jueves, 3 de noviembre de 1988

LA IGLESIA ANTE EL RACISMO (3 DE NOVIEMBRE DE 1988)


PONTIFICIA COMISIÓN “IUSTITIA ET PAX”

LA IGLESIA ANTE EL RACISMO

PARA UNA SOCIEDAD MÁS FRATERNA

1. Introducción

Los prejuicios o las conductas racistas siguen empañando las relaciones entre las personas, los grupos humanos y las naciones. La opinión pública se conmueve siempre más. Y la conciencia moral no puede de ninguna manera aceptar tales prejuicios o conductas.

La Iglesia es particularmente sensible a las actitudes discriminatorias: el mensaje que ella recibe de la Revelación bíblica afirma vigorosamente la dignidad de cada persona creada a imagen de Dios, la unidad del género humano en el designio del Creador y la dinámica de la reconciliación realizada por el Cristo Redentor, quien ha derribado el muro de odio que separaba los mundos contrapuestos [1] para recapitular en sí la humanidad entera.

En virtud de esto, el Santo Padre ha confiado la Pontificia Comisión “Iustitia et Pax” la misión de ayudar a esclarecer y estimular las conciencias acerca de esta cuestión capital: el recíproco respeto entre los grupos étnicos y raciales y su convivencia fraterna. Esto supone a su vez un lúcido análisis de ciertos hechos complejos del pasado y del presente y una apreciación imparcial de las deficiencias morales o las iniciativas positivas, a la luz de los principios éticos fundamentales del mensaje cristiano.

Cristo ha denunciado el mal, incluso con riesgo de su vida; lo ha hecho no para condenar, sino para salvar.

A ejemplo suyo, la Santa Sede siente el deber de estigmatizar proféticamente las situaciones condenables, pero se cuida bien de condenar o excluir las personas; querría en cambio ayudarlas a verse libre de esas situaciones mediante un esfuerzo determinado y progresivo. Desea, con realismo, animar la esperanza de una renovación que siempre es posible, y proponer orientaciones pastorales adecuadas, a los cristianos como a los hombres de buena voluntad, preocupados por conseguir los mismos fines.

El presente documento se propone examinar ante todo el fenómeno del racismo en sentido estricto. No obstante, trata también ocasionalmente de algunas otras manifestaciones (actitudes conflictivas, intolerancia, prejuicios) en la medida en que tales manifestaciones están vinculadas al racismo o conllevan elementos racistas. A la luz de su tema central, el documento subraya así las conexiones existentes entre ciertos conflictos y los prejuicios raciales.

PRIMERA PARTE

LAS CONDUCTAS RACISTAS

EN EL CURSO DE LA HISTORIA [78]

2. Las conductas y las ideologías racistas no han comenzado ayer; hunden sus raíces en la realidad del pecado desde el origen del género humano, tal como la Biblia nos lo presenta con el relato acerca de Caín y Abel y de la Torre de Babel.

Históricamente, el prejuicio racista en sentido estricto, en cuanto conciencia de la superioridad biológicamente de terminada de la propia raza o grupo étnico respecto de los otros, se ha desarrollado sobre todo a partir de la práctica de la colonización y la esclavitud, al principio de la época moderna. Si se mira, a ojo de águila, la historia de las civilizaciones precedentes, al Occidente como al Oriente, al Norte como al Sur, se encuentran ya comportamientos sociales injustos o discriminatorios, si bien no siempre racistas, en propiedad de términos.

La antigüedad greco-romana, por ejemplo, no parece haber conocido el mito de la raza. Los griegos estaban ciertamente convencidos de la superioridad cultural de su civilización, pero no por eso consideraban los pueblos que llamaban “bárbaros” como inferiores por razones biológicas congénitas. No cabe duda que la esclavitud mantenía un número considerable de individuos en una situación deplorable, tenidos por “objetos” a disposición de sus dueños. Pero, originariamente, se trataba sobre todo de miembros de los pueblos sometidos por la guerra, no de grupos humanos despreciados por la raza.

El pueblo hebreo, según atestiguan los libros del Antiguo Testamento, era consciente, a un grado único, del amor de Dios por él, manifestado bajo la forma de una alianza gratuita entre Dios y el pueblo. En ese sentido, objeto de la elección y de la promesa, era un pueblo aparte de los otros pueblos. Pero el criterio de la distinción era el plan de salvación que Dios despliega en el curso de la historia. Israel era considerado como la propiedad personal del Señor entre todos los pueblos [2]. El lugar de esos otros pueblos en la historia de la salvación no fue siempre bien percibido desde el principio, y a veces esos pueblos eran estigmatizados en la predicación profética, en la medida en que permanecían idólatras. Pero no fueron objeto ni de menosprecio ni de una maldición divina a causa de su diferencia étnica. El criterio de la distinción era religioso. Y un cierto universalismo comenzaba a ser entrevisto.

Según el mensaje de Cristo, en orden al cual el pueblo de la Antigua Alianza debía preparar la humanidad, la salvación es ofrecida a la totalidad del género humano, a toda criatura y a todas las naciones [3]. Los primeros cristianos aceptaban de buen grado que se los considerara como el pueblo de la “tercera raza”, conforme a una expresión de Tertuliano [4]; no ciertamente en sentido racial, sino en el sentido espiritual de nuevo pueblo, en el cual confluyen, reconciliadas por Cristo, las dos primeras razas humanas desde una óptica religiosa: los judíos y los paganos. Igualmente, la Edad Media cristiana distinguía los pueblos según criterios religiosos, en cristianos, judíos e “infieles”. Y, a causa de ello, dentro de los límites de la Cristiandad, los judíos, testigos de un rechazo tenaz de la fe en Cristo, conocieron a menudo graves humillaciones, acusaciones y proscripciones.

3. Con el descubrimiento del Nuevo Mundo, las actitudes cambian. La primera gran corriente de colonización europea es acompañada de hecho por la destrucción masiva de las civilizaciones precolombinas y por la sujeción brutal de sus habitantes. Si los grandes navegantes de los siglos XV y XVI eran libres de prejuicios raciales, los soldados y los comerciantes no practicaban el mismo respeto: mataban para instalarse, reducían a esclavitud los “indios” para aprovecharse de su mano de obra, como después de la de los negros, y se empezó a elaborar una teoría racista para justificarse.

Los Papas no tardaron en reaccionar. El 2 de junio de 1537, la bula Sublimis Deus de Pablo III denunciaba a los que sostenían que “los indios del Oeste y del Sur... debían ser tratados como bestias mudas creadas para nuestro servicio”; y el Papa afirmaba solemnemente: “Deseando proporcionar un amplio remedio para estos males, definimos y declaramos por estas Nuestras cartas [...] a pesar de lo que se haya dicho o se diga en contrario, dichos indios y todas las demás personas que posteriormente sean descubiertas por los cristianos, no deben ser privados de su libertad ni de la posesión de sus bienes, aun cuando estén fuera de la fe de Jesucristo; y que pueden y deben, libre y legítimamente, disfrutar de su libertad y de la posesión de sus bienes; ni deben ser esclavizados de ninguna manera” [5]. Las directivas de la Santa Sede eran así de claras, incluso si, por desgracia, su aplicación conoció en seguida varias vicisitudes. Más tarde, Urbano VIII llegaría a excomulgar los que retuvieran a indios como esclavos.

Por su parte, los teólogos y los misioneros habían asumido ya la defensa de los autóctonos. El compromiso decidido en favor de los indios de un Bartolomé de Las Casas, soldado ordenado sacerdote, luego profeso dominico y obispo, seguido pronto por otros misioneros, conducía los gobiernos de España y Portugal al rechazo de la teoría de la inferioridad humana de los indios y a la imposición de una legislación protectora, de la cual se beneficiarán también, de algún modo, un siglo más tarde, los esclavos negros traídos de África.

La obra de De Las Casas es uno de los primeros aportes a la doctrina de los derechos universales del hombre, fundados sobre la dignidad de la persona, independientemente de toda afiliación étnica o religiosa. A su zaga, los grandes teólogos y juristas españoles, Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, iniciadores del derecho de gentes, desarrollaron esta doctrina de la igualdad fundamental de todos los hombres y de todos los pueblos. Sin embargo, la estrecha dependencia en que el régimen del Patronato mantenía al clero del Nuevo Mundo no siempre permitió a la Iglesia tomar las decisiones pastorales necesarias.

4. En el contexto del menosprecio racista, aunque la motivación dominante fuera la de procurarse mano de obra barata, no se puede dejar de mencionar aquí la trata de negros, tratados de África, por dinero, hacia las tres Américas, en centenares de miles. El modo de captura y las condiciones de transporte eran tales que un gran número desaparecía antes de la partida o antes de llegar al Nuevo Mundo, donde eran destinados a los trabajos más penosos prácticamente como esclavos. Ese comercio comenzó ya en 1562 y la esclavitud consiguiente perduró por casi tres siglos. Los Papas y los teólogos, como asimismo numerosos humanistas, protestaron contra esta práctica. León XIII la ha condenado con vigor en su encíclica In plurimis del 5 de mayo 1888, felicitando al Brasil por haberla abolido. El presente documento coincide con el centenario de este texto memorable. El Papa Juan Pablo II no vaciló, en su discurso a los intelectuales africanos, en Yaoundé (13 de agosto 1985), en deplorar que personas pertenecientes a naciones cristianas hayan contribuido a la trata de negros.

5. Preocupada siempre de mejorar el respeto a las poblaciones indígenas, la Santa Sede no ha dejado de insistir en que se mantuviera una cuidadosa distinción entre la obra de evangelización y el imperialismo colonial, con el cual se corría el peligro de verla confundida. La Sagrada Congregación de Propaganda Fide fue creada, en 1622, con esta inspiración. En 1659, la Congregación dirigía a los “vicarios apostólicos a punto de partir hacia los reinos chinos de Tonkín y la Cochinchina” una esclarecedora Instrucción acerca de la actitud de la Iglesia ante los pueblos a los que se abría ahora la posibilidad de anunciar el Evangelio [6]. Allí donde los misioneros permanecieron en una más estrecha dependencia de los poderes políticos, les fue más difícil poner freno a la voluntad de dominio de los colonizadores. A veces, los han incluso apoyado, recurriendo a interpretaciones falaces de la Biblia [7].

6. En el siglo XVIII, una verdadera ideología racista ha sido forjada, opuesta a las enseñanzas de la Iglesia, en contraste también con el empeño de algunos filósofos humanistas en pro de la dignidad y libertad de los esclavos negros, que eran entonces objeto de un desvergonzado comercio de considerables proporciones. Esta ideología creyó poder encontrar en la ciencia la justificación de sus prejuicios. Apoyándose en la diferencia de los rasgos físicos y en el color de la piel, entendía concluir a una diversidad esencial, de carácter biológico hereditario, a fin de afirmar que los pueblos sometidos pertenecían a “razas” intrínsecamente inferiores, en cuanto a sus cualidades mentales, morales o sociales. La palabra “raza” es utilizada por primera vez, a fines del siglo XVIII, para clasificar biológicamente los seres humanos. El siglo siguiente, esto condujo a interpretar la historia de las civilizaciones en términos biológicos, como una competencia entre razas fuertes y débiles, éstas genéticamente inferiores a las otras. La decadencia de las grandes civilizaciones se explicaría por su “degeneración”, es decir, por la mezcla de razas que comprometía la pureza de la sangre [8].

7. Semejantes afirmaciones encontraron un eco considerable en Alemania. Es sabido que el partido totalitario nacional socialista erigió la ideología racista en fundamento de su programa clemencial, encaminado a la eliminación física de aquéllos que juzgaba pertenecer a “razas inferiores”. El partido en cuestión se hizo responsable de uno de los más grandes genocidios de la historia. Su locura homicida hirió en primer término al pueblo judío, en proporciones inauditas; luego a otros pueblos, como los Gitanos y Tziganos, todavía a otras categorías de personas, como los lisiados o los enfermos mentales. Del racismo al eugenismo no había más que un paso, rápidamente franqueado.

La Iglesia no ha dejado de alzar su voz [9]. El Papa Pío XI condenó sin ambages las doctrinas nazis en su encíclica Mit brennender Sorge, declarando que: “Quien toma la raza, o el pueblo o el Estado ... o cualquier otro valor fundamental de la comunidad humana... para separarlo de la escala de valores... y los diviniza por un culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden de las cosas creado y establecido por Dios” [10]. El 13 de abril de 1938, el Papa hacía que la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades dirigiera a todos los rectores y decanos de Facultades una carta, imponiendo a todos los profesores de teología la obligación de refutar, según el método propio de cada disciplina, las seudo-verdades científicas con las cuales el nazismo intentaba justificar su ideología racista [11]. El mismo Pío XI preparaba, ya desde 1937, una gran encíclica sobre la unidad del género humano, que debía condenar el racismo y el antisemitismo. Fue sorprendido por la muerte antes de que pudiera publicarla. Su sucesor, Pío XII, incorporo algunos elementos en su primera encíclica Summi Pontificatus [12] y sobre todo en el Mensaje de Navidad de 1942, donde afirmaba que entre los falsos postulados del positivismo jurídico “hay que incluir una teoría que reivindica para tal nación, tal raza, tal clase, el " instinto jurídico ", imperativo supremo y norma inapelable”. Y el Papa lanzaba a la vez un llamado vibrante en favor de un orden social nuevo y mejor: “Este empeño, la humanidad lo debe a centenares de miles de personas, que sin la menor culpa de su parte, sino a veces simplemente porque pertenecen a tal raza o a tal nacionalidad, son destinadas a la muerte o a una progresiva consunción” [13]. En la misma Alemania, hubo entonces una valiente resistencia del catolicismo, de la cual el Papa Juan Pablo II se ha hecho eco el 30 de abril de 1987 [14] con ocasión de su segundo viaje a ese país.

La insistencia en el drama del racismo nazi no debe hacer caer en el olvido otras exterminaciones en masa de poblaciones, como los armenios al acabar la primera guerra mundial y, más recientemente, una parte importante del pueblo camboyano, por razones ideológicas.

La memoria de los crímenes así cometidos no debe ser jamás cancelada: las jóvenes generaciones y las todavía por venir deben saber a qué extremos el hombre y la sociedad son capaces de llegar, cuando ceden al poder del desprecio y el odio.

En Asia y África, hay todavía sociedades donde reina una muy neta división entre castas diferentes, así como otras estratificaciones sociales, de difícil superación. El mismo fenómeno de la esclavitud, otrora universal en el tiempo y en el espacio, no se puede considerar, por desgracia, del todo liquidado. Estas manifestaciones negativas, y muchas otras que se podría enumerar, si no dependen siempre de concepciones filosóficas racistas, en el sentido propio de la palabra, revelan no obstante la existencia de una tendencia bastante extendida e inquietante a servirse de otras criaturas humanas para los fines propios, y de ese modo, a considerarlas como de menor valor, y, por así decir, de inferior categoría.

SEGUNDA PARTE

FORMAS ACTUALES DEL RACISMO

8. El racismo no ha desaparecido todavía; incluso se es testigo aquí y allá de inquietantes resurgimientos, que se presentan bajo formas diferentes, espontáneas, oficialmente toleradas o institucionalizadas. En efecto, si las situaciones de segregación, fundadas sobre teorías raciales son, al presente, en el mundo, una excepción, no se puede decir lo mismo de ciertos fenómenos de exclusión o de agresividad, de los cuales son víctimas ciertos grupos de personas, cuya apariencia física, características étnicas, culturales o religiosas, difieren de las propias del grupo dominante, y son por él interpretadas como indicios de una inferioridad innata y definitiva, apta a justificar cualquier práctica discriminatoria respecto de ellos. Pues, si la raza define un grupo humano en función de ciertos rasgos físicos inmutables y hereditarios, el prejuicio racial, que dicta los comportamientos racistas, puede extenderse, con los mismos efectos negativos, a todas las personas cuyo origen étnico, lengua, religión y costumbres señalan como diversas.

9. La forma más patente de racismo, en sentido propio, que se presenta hoy día, es el racismo institucionalizado, sancionado todavía por la constitución y las leyes de un país y justificado por una ideología de superioridad de las personas de origen europeo sobre las de origen africano, indio o “de color“, a veces sustentada por una interpretación aberrante de la Biblia. Es el régimen de apartheid o del “separate development”. Este régimen se caracteriza, desde tiempo atrás, por una segregación radical, en varias manifestaciones de la vida pública, entre las poblaciones negra, mestiza, india y blanca. Esta última, aunque minoritaria numéricamente, es la única que detenta el poder político y se considera dueña de la inmensa mayoría del territorio. Todo sudafricano es definido por una raza que le es atribuida reglamentariamente. Si bien en los últimos años, se han dado algunos pasos en dirección de una reforma, la mayoría de la población negra permanece excluida de la real representación en el gobierno nacional y no disfruta de la ciudadanía sino de nombre. Muchos son asignados a “homelands” poco viables, que son además económica y políticamente dependientes del poder central. La mayoría de las Iglesias cristianas del país han denunciado la política de segregación. La comunidad internacional [15] y la Santa Sede [16] se han pronunciado también enérgicamente en el mismo sentido.

Sudáfrica es un caso extremo de una concepción de la desigualdad de las razas. La prolongación del estado de represión del cual es víctima la población mayoritaria es cada vez menos tolerada. Esto conlleva, entre los que son así oprimidos, un germen de reflejos racistas tan inaceptables como aquéllos que hoy padecen. Por esta razón es urgente superar el abismo de los prejuicios, a fin de construir el futuro sobre los principios de la igual dignidad de todos los hombres. La experiencia ha podido mostrar, en otros casos, que evoluciones pacíficas son posibles en este terreno. La comunidad sudafricana y la comunidad internacional deben poner por obra todos los medios para favorecer un diálogo correcto entre los protagonistas. Es importante desterrar el miedo que provoca tanta rigidez. Es importante igualmente evitar que los conflictos internos sean explotados por otros, en detrimento de la justicia y la paz [17].

10. En un cierto número de países, subsisten todavía formas de discriminación racial respecto de las poblaciones aborígenes, las cuales no son, en muchos casos, más que los restos de la población original de esas regiones, sobrevivientes de verdaderos genocidios, realizados en otro tiempo por los invasores o tolerados por los poderes coloniales. Y no es raro que esas poblaciones aborígenes resulten marginadas respecto al desarrollo del país.

En varios casos, la suerte que les cabe se acerca, de hecho sino de derecho, a los regímenes segregacionistas, en la medida en que quedan acantonadas en territorios estrechos y sometidos a estatutos que los nuevos ocupantes les han otorgado, casi siempre por un acto unilateral. El derecho de los primeros ocupantes a una tierra, a una organización social y política que preserve su identidad cultural, aún en la apertura a los demás, les debe ser garantizado. A este respecto, la justicia requiere que, acerca de las minorías aborígenes a menudo exiguas como número, dos escollos opuestos sean evitados: por una parte, que se las acantone en reservas como si debieran habitar en ellas para siempre, replegadas hacia su pasado; y por la otra, que se las someta a una asimilación forzada, sin consideración de su derecho a mantener una identidad propia. Ciertamente, las soluciones son difíciles: la historia no puede ser re-escrita. Pero se puede encontrar formas de convivencia que tomen en cuenta la vulnerabilidad de los grupos autóctonos y les brinde la posibilidad de ser ellos mismos en el contexto de conjuntos más amplios, a los que pertenecen con pleno derecho. La integración más o menos intensa en la sociedad circunstante debe poder realizarse conforme a su elección libre [18].

11. Otros Estados conservan, en diverso grado, restos de una legislación discriminatoria, que limita apreciablemente los derechos civiles y religiosos de aquéllos que pertenecen a minorías de religión diferente, miembros en general de grupos étnicos diversos de aquél al cual pertenece la mayoría de los ciudadanos. En razón de tales criterios religiosos y étnicos, los miembros de esas minorías, aún si se les otorga hospitalidad, no pueden obtener, en el caso de que la solicitaran, la ciudadanía del país donde residen y trabajan. Sucede también que la conversión a la fe cristiana comporta la pérdida de la ciudadanía. Estas personas son siempre, en todo caso, ciudadanos de segunda categoría, en cuanto concierne, por ejemplo, la educación superior, el alojamiento, el empleo, especialmente en los servicios públicos y la administración de las comunidades locales. En este contexto se debe mencionar también aquellas situaciones en que, en un mismo país, se impone a otras comunidades la propia ley religiosa con sus consecuencias en la vida diaria, como por ejemplo la “sharia” en algunos estados de mayoría musulmana.

12. De manera general, hay que mencionar aquí el “etnocentrismo”, actitud bastante difundida, según la cual un pueblo tiende naturalmente a defender su identidad, denigrando la de otros, hasta el extremo de negarles, simbólicamente al menos, la cualidad humana. Semejante conducta responde sin duda a una instintiva necesidad de proteger los propios valores, creencias y costumbres, percibidos como puestos en peligro por los demás. Se ve a qué consecuencias extremas puede llevar ese sentimiento, si no es purificado y relativizado por la apertura recíproca, por la información objetiva y el mutuo intercambio. El rechazo de la diversidad puede conducir hasta aquélla forma de aniquilación cultural, que los etnólogos llaman “etnocidio”, la cual no tolera la presencia del otro si no en cuanto se deja asimilar a la cultura dominante.

Rara vez las fronteras políticas de un país coinciden exactamente con las de los pueblos, y casi todos los Estados, sean ellos de constitución antigua o reciente, conocen el problema de minorías alógenas instaladas dentro de las propias fronteras. Cuando los derechos de las minorías no son respetados, los antagonismos pueden tomar el aspecto de conflictos étnicos y generar reflejos racistas y tribales. De este modo, el fin de regímenes coloniales y de situaciones de discriminación racial no ha traído siempre consigo el ocaso del racismo en los nuevos Estados independientes de África y de Asia. Dentro de las fronteras artificiales, heredadas de las potencias coloniales, la cohabitación entre grupos étnicos de tradiciones, lenguas, culturas, incluso religiones diferentes, choca a menudo con el obstáculo de una hostilidad recíproca de tipo racista. Las oposiciones tribales ponen a veces en peligro, si no la paz, al menos la búsqueda del bien común al conjunto de la sociedad, creando así dificultades a la vida de las Iglesias y a la acogida de pastores de otro origen étnico. Incluso cuando las Constituciones de esos países afirman formalmente la igualdad de todos los ciudadanos entre sí y ante la ley, no es extraño que unos grupos étnicos dominen a otros y les rehúsen el pleno disfrute de sus derechos [19]. A veces, estas situaciones de hecho han desembocado en conflictos sangrientos, siempre presentes a la memoria. Otras veces todavía, los poderes públicos no dudan en aprovechar las rivalidades étnicas como diversivo de sus dificultades internas, con gran detrimento del bien común y de la justicia que están llamados a servir.

Es importante subrayar aquí que se dan situaciones análogas, cuando, por rabones complejas, poblaciones enteras son mantenidas en estado de desarraigo, refugiadas fuera del país donde estaban legítimamente instaladas, a menudo carentes de techo, y en todo caso, sin patria; o bien, cuando, residentes en la propia tierra, se encuentran en condiciones humillantes [20].

13. No es exagerado afirmar que, dentro de un mismo país y de un mismo grupo étnico, pueden darse formas de racismo social, cuando, por ejemplo, inmensas masas de campesinos pobres son tratados sin ninguna consideración por su dignidad y sus derechos, expulsados de sus tierras, explotados y mantenidos en un estado de inferioridad económica y social por propietarios omnipotentes, que gozan además de la inercia o la activa complicidad de las autoridades. Son nuevas formas de esclavitud, frecuentes en el Tercer Mundo. No hay mucha diferencia entre aquéllos que consideran inferiores a otros hombres por razón de su raza, y aquéllos que tratan como inferiores a sus propios conciudadanos cuya mano de obra explotan. Es necesario que, en este caso, los principios de justicia social sean eficazmente aplicados. Se evitará así entre otras cosas, que las clases demasiado privilegiadas lleguen a abrigar sentimientos propiamente “racistas” hacia los propios conciudadanos y encuentren en ello un pretexto más para mantener estructuras injustas.

14. Más universal y más extendido, sobre todo en países de fuerte inmigración, es el fenómeno del racismo espontáneo, que es dable observar entre los habitantes de esos países respecto de los extranjeros, especialmente cuando éstos se distinguen por su origen étnico y su religión. Los prejuicios con los cuales estos inmigrantes son con frecuencia recibidos, corren el riesgo de desencadenar reacciones que se pueden manifestar al principio por un nacionalismo exacerbado, más allá del legítimo orgullo por la propia patria e incluso de un superficial chauvinismo, degenerando después fácilmente en xenofobia o incluso en odio racial. Tales actitudes reprensibles nacen de un temor irracional, provocado a menudo por la presencia del otro y la necesidad de confrontarse con lo diverso. El objetivo expreso o implícito que las inspira es la negación al otro del derecho a ser lo que es, y en todo caso del serlo “entre nosotros”. Puede haber, sin duda, problemas de equilibrio de poblaciones, de identidad cultural y de seguridad. Pero deben ser resueltos en el respeto del otro, con la confianza también en la riqueza que aporta la diversidad humana. Ciertos grandes países del Nuevo Mundo han recibido un aumento de vitalidad de ese crisol de culturas. Por el contrario, el ostracismo y los múltiples vejámenes de los cuales son a menudo víctima refugiados o inmigrantes, exigen reprobación, mientras tienen como resultado el empujarles a estrechar sus filas, a vivir por así decir en un ghetto; y esto a su vez retrasa su integración en la sociedad que los ha recibido, desde el punto de vista administrativo, pero no de manera plenamente humana.

15. Entre las manifestaciones de desconfianza racial sistemática, es preciso volver aquí explícitamente sobre el antisemitismo. Ha sido ciertamente la forma más trágica que la ideología racista ha asumido en nuestro siglo, con los horrores del “holocausto” judío [21], pero por desgracia no ha desaparecido todavía del todo. Parece, en efecto, que algunos no hubieran aprendido nada de los crímenes del pasado: hay organizaciones que alimentan, mediante ramificaciones en numerosos países, el mito racista antisemita, con el apoyo de una red de publicaciones. En estos últimos años, se han multiplicado los actos de terrorismo que tienen por mira personas y símbolos judíos y muestran la radicalización de esos grupos. El antisionismo — de otro orden, ya que consiste en una contestación del Estado de Israel y su política — sirve a veces de cobertura al antisemitismo, se nutre de él y lo promueve. Además, ciertos países aducen pretextos seudo-jurídicos y ponen restricciones a una libre emigración de los judíos.

16. Un temor difuso ante la posible aparición de nuevas formas, todavía desconocidas, de racismo, se expresa ocasionalmente a propósito del uso que se podría hacer de las “técnicas de procreación artificial”, con la fecundación in vitro y las posibilidades de manipulación genética. Si bien tales temores se inspiran en parte todavía de hipótesis, no dejan de llamar la atención de la humanidad sobre una nueva inquietante dimensión del poder del hombre sobre el hombre, y en consecuencia, sobre la urgencia de la ética correspondiente. Es necesario que el derecho determine, cuanto antes, barreras infranqueables, a fin de que esas “técnicas” no caigan en manos de poderes abusivos e irresponsables, dedicados a “producir” seres humanos seleccionados según criterios de raza, u otras peculiaridades, cualesquiera sean. Se podría ser testigo del resurgimiento del funesto mito del racismo eugénico, cuyos efectos desastrosos el mundo ha ya padecido [22]. Un abuso parecido consistiría en evitar que vinieran al mundo seres humanos de tal o cual categoría social o étnica, mediante el recurso al aborto y a campañas de esterilización. Cuando se esfuma el respeto absoluto que se debe a la vida y a su transmisión, conforme a la voluntad del Creador, es de temer que desaparezca a la par todo freno moral al poder de los hombres, incluido el de elaborar una humanidad a la triste imagen de esos aprendices de brujo.

A fin de rechazar con firmeza tales modos de proceder, y extirpar de nuestras sociedades las conductas racistas, cualesquiera fuesen, y las mentalidades que a ellas conducen, es necesario poseer profundas convicciones acerca de la dignidad de toda persona y de la unidad de la familia humana. La moral brota de estas convicciones. Las leyes pueden contribuir a la salvaguardia de las aplicaciones esenciales de la moral. Pero no bastan para cambiar el corazón del hombre. El momento llega, pues, de escuchar el mensaje de la Iglesia que estructura aquellas convicciones y les brinda su fundamento.

TERCERA PARTE

LA DIGNIDAD DE TODA RAZA

Y LA UNIDAD DEL GÉNERO HUMANO. 

VISIÓN CRISTIANA

17. La doctrina cristiana sobre el hombre se ha desarrollado a partir de la Revelación bíblica y a su luz, así como también en una incesante confrontación con las aspiraciones y experiencias de los pueblos. Es esta doctrina que ha inspirado las actitudes de la Iglesia, que hemos señalado ya, en el curso de la historia. Ha sido reiterada de manera clara y sintética, para nuestro tiempo, por el Concilio Vaticano II, en varios textos decisivos. El siguiente texto puede servir de ilustración: “La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino. Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada, por ser contraria al plan divino” [23].

Esta enseñanza es reiterada a menudo por los Papas y los obispos. Así, Pablo VI precisaba ante el cuerpo diplomático: “Para quien cree en Dios, todos los seres humanos, incluso los menos favorecidos, son hijos del Padre universal que los ha creado a su imagen y guía sus destinos con amor solícito. La paternidad de Dios significa fraternidad entre los hombres: éste es uno de los puntos clave del universalismo cristiano, un punto en común también con otras grandes religiones, y un axioma de la más profunda sabiduría humana de todos los tiempos, la que rinde culto a la dignidad del hombre” [24].

Y Juan Pablo II insiste: “La creación del hombre por Dios "a su imagen" confiere a toda persona humana una dignidad eminente; supone además la igualdad fundamental de todos los seres humanos. Para la Iglesia, esta igualdad, enraizada en le mismo ser del hombre, adquiere la dimensión de una fraternidad especialísima mediante la encarnación del Hijo de Dios... En la redención realizada por Jesucristo, la Iglesia contempla una nueva base para los derechos y deberes de la persona humana. Por ello, cualquier forma de discriminación por causa de la raza ... es absolutamente inaceptable” [25].

18. Este principio de la igual dignidad de todos los hombres, cualquiera sea la raza a que pertenecen, encuentra ya un serio apoyo en el plano científico, y un sólido fundamento en el plano de la filosofía, de la moral y de las religiones en general. La fe cristiana respeta esta intuición y la afirmación consiguiente y se regocija por ella. Revela una convergencia muy digna de nota entre las diversas disciplinas que refuerza las convicciones de la mayoría de los hombres de buena voluntad y permite la elaboración de declaraciones, convenciones y pactos internacionales para la salvaguardia de los derechos del hombre y la eliminación de toda forma de discriminación racial. En este sentido, Pablo VI podía hablar de “un axioma de la más profunda sabiduría humana de todos los tiempos”.

Sin embargo, todos estos abordajes no son del mismo orden y es importante respetar sus niveles respectivos.

Las ciencias, por su parte, contribuyen a disipar no pocas falsas certidumbres con las cuales se intenta cubrirse cuando se quiere justificar conductas racistas o retrasar las transformaciones necesarias. Según el texto de una declaración, redactada en la UNESCO el 8 de junio de 1951 por un cierto número de personalidades científicas: “Los sabios reconocen generalmente que todos los hombres actualmente vivientes pertenecen a una misma especie, el homo sapiens, y que proceden de un mismo tronco” [26]. Pero las ciencias no son suficientes para asegurar las convicciones anti-racistas: por sus métodos mismos, ellas se prohíben a sí mismas decir una palabra final sobre el hombre y su destino y definir reglas morales universales obligatorias para las conciencias.

La filosofía, la moral y las grandes religiones se interesan, ellas también, del origen, la naturaleza y el destino del hombre, y ello en un plano che supera la investigación científica abandonada a sus fuerzas. Procuran fundamentar el respeto incondicional de toda vida humana sobre una base más firme que la observación de las costumbres y el consenso, siempre frágil y ambiguo, de una época. Logran así, en el mejor de los casos, adoptar un universalismo que la doctrina cristiana apoya sólidamente en la Revelación divina.

19. Según esta Revelación bíblica, Dios ha creado el ser humano — hombre y mujer — a su imagen y semejanza [27]. Este vínculo del hombre con su Creador funda su dignidad y sus derechos humanos inalienables, con Dios mismo como garante. A esos derechos personales corresponden evidentemente deberes hacia los demás hombres. Ni el individuo, ni la sociedad, ni el Estado, ni ninguna otra institución humana, pueden reducir al hombre — o un grupo de hombres — al estado de objeto.

La fe en un Dios que está al origen del género humano, trasciende, unifica y da sentido a todas las observaciones parciales que la ciencia puede acumular sobre el proceso de la evolución y el desenvolvimiento de las sociedades. Es la afirmación más radical de la idéntica dignidad de todos los hombres en Dios. Conforme a esta concepción, la persona escapa a todas las manipulaciones de los poderes humanos y de la propaganda ideológica destinada a justificar la sujeción de los más débiles. La fe en un solo Dios, Creador y Redentor de todo el género humano, hecho a su imagen y semejanza, constituye la negación absoluta e insoslayable de toda ideología racista. Pero es preciso extraer de ella todas sus consecuencias: “No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios” [28].

20. La Revelación insiste, en efecto, igualmente, en la unidad de la familia humana: todos los hombres creados tienen en Dios un mismo origen. Cualquiera sea, en el curso de la historia, su dispersión geográfica o la acentuación de sus diferencias, están siempre destinados a formar una sola familia, según el plan de Dios establecido “al principio”. En el primer hombre, la unidad de todo el género humano, presente y futuro, es tipológicamente afirmada. Adán —de adama, la tierra — es un singular colectivo. Es la especie humana que es “imagen de Dios”. Eva, la primera mujer, es llamada “la madre de todos los vivientes” [29]. De la primera pareja “proviene la raza de los hombres” [30]. Todos son de la “familia de Adán” [31]. San Pablo declarará a los atenienses: “Dios creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra”; de manera que todos pueden decir con el poeta que son del “linaje” mismo de Dios [32].

La elección del pueblo judío no contradice este universalismo, se trata de una pedagogía divina que se propone asegurar la preservación y el desarrollo de la fe en el Eterno, que es único, y fundamentar así las responsabilidades consiguientes. Si el pueblo de Israel ha tomado conciencia de una relación especial con Dios, ha afirmado también que hay una alianza con El de todo el género humano [33] y que, aún en la Alianza concluida con él, todos los pueblos son llamados a la salvación: “Y serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra” declara Dios a Abraham [34].

21. El Nuevo Testamento refuerza esta revelación de la dignidad de todos los hombres, de su unidad fundamental y de su deber de fraternidad, porque todos han sido igualmente salvados y reunidos por Cristo.

El misterio de la Encarnación manifiesta en qué honor Dios ha tenido la naturaleza humana, ya que, en su Hijo, ha querido, sin confusión ni separación, unirla a la suya. Cristo se ha unido, en cierto modo con todo hombre [35]. Cristo es, por título exclusivo, “la imagen de Dios invisible” [36]. Sólo El revela de manera perfecta el ser de Dios en la humilde condición humana que ha asumido libremente [37]. Por ello, es el “nuevo Adán”, prototipo de una humanidad nueva, “primogénito entre muchos hermanos” [38], en quien ha sido restaurada la semejanza divina empañada por el pecado. Al hacerse carne entre nosotros, el Verbo eterno de Dios “ha compartido nuestra humanidad” [39] para conformarnos a su divinidad. La obra de salvación realizada por Cristo es universal. No tiene como destinatario solamente el pueblo elegido. Toda la “raza de Adán” es afectada, “recapitulada” en Cristo, según la expresión de San Ireneo [40]. En Cristo, todos los hombres son llamados a entrar, por la fe, en la Alianza definitiva con Dios [41], al margen de la circuncisión, de la Ley de Moisés y de la raza.

Esta Alianza ha sido realizada y sellada por el sacrificio de Cristo, que obró la Redención de una humanidad pecadora. Por su cruz fue abolida la división religiosa — que se había hecho más rígida como división étnica — entre el pueblo de la promesa, ahora cumplida, y el resto de la humanidad. Los gentiles, hasta ahora “excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a las alianzas de la promesa”, “han llegado a estar cerca por la sangre de Cristo” [42]. El, “de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad” [43]. A partir del judío y del gentil, Cristo ha querido “crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo”. Este “Hombre Nuevo” es el nombre colectivo de la humanidad redimida por El, en toda la variedad de sus componentes, reconciliada con Dios para formar un solo Cuerpo que es la Iglesia, gracias a la cruz que ha suprimido la enemistad [44]. De esta manera, no hay ya más “griego ni judío, circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos” [45]. El creyente, cualquiera fuera su condición anterior, ha revestido así ese Hombre Nuevo, que no cesa de ser renovado a imagen de su Creador. Y Cristo reúne los hijos de Dios que estaban dispersos [46].

El mensaje de Cristo no mira solamente a una fraternidad espiritual. Presupone y pone en marcha comportamientos concretos, muy importantes en la vida cotidiana: Cristo mismo ha dado el ejemplo. El marco estrecho de Palestina, donde se ha desarrollado casi toda su vida terrestre, no le brindaba demasiadas ocasiones de encontrar gente de otras razas. No obstante, se ha mostrado acogedor con todas las categorías de personas con las cuales entró en contacto. No temió dedicarse a los samaritanos [47] y ponerlos como ejemplo [48], cuando eran menospreciados por los judíos y tratados como herejes. Ha hecho beneficiarios de su salvación a todos los que estaban marginados por una u otra razón: los enfermos, los pecadores hombres y mujeres, las prostitutas, los publicanos, los paganos como la mujer sirofenicia [49].

Han quedado excluidos solamente los que se auto-excluyen, por su suficiencia, como algunos fariseos. Y él nos amonesta solemnemente: habremos de ser juzgados según la actitud que tuvimos hacia el extranjero, o hacia el más pequeño de sus hermanos. Incluso sin saberlo, encontramos en ellos a El mismo [50].

La resurrección de Cristo y el don del Espíritu Santo en Pentecostés han inaugurado esta humanidad nueva. La incorporación a ella se realiza por la fe y el bautismo, a la zaga de la predicación y la libre adhesión al Evangelio. Y esta buena nueva está destinada a todas las razas. “Haced discípulos a todas las gentes” [51].

22. La Iglesia tiene en consecuencia la vocación de ser, en medio del mundo, “el pueblo de los redimidos”, reconciliados con Dios y entre sí, siendo “un solo cuerpo y un solo espíritu” en Cristo [52] y manifestando a todos los hombres respeto y amor. “Todas las naciones que hay bajo el cielo” estaban representadas simbólicamente en Jerusalén, el día de Pentecostés [53], superación y anticipo de la dispersión de Babel [54]. Como afirma Pedro, cuando fue llamado a casa del pagano Cornelio: “a mí me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano o impuro a ningún hombre ... Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas” [55].

La Iglesia ha recibido la vocación sublime de realizar, primero en sí misma, la unidad del género humano, más allá de toda división étnica, cultural, nacional, social y otras todavía, a fin de significar precisamente el término de esas divisiones, abolidas por la cruz de Cristo. Al hacerlo, contribuye a promover la convivencia fraterna entre los pueblos. El Concilio Vaticano II ha definido muy justamente la Iglesia “como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” [56], porque “Cristo y la Iglesia ... trascienden todo particularismo de raza o de nación” [57]. En la Iglesia no hay “ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo” [58]. Es precisamente el sentido del término “católico”, es decir, universal; él caracteriza la Iglesia. Y a medida que ésta realiza su expansión, la catolicidad se vuelve más manifiesta: la Iglesia reúne efectivamente los fieles de Cristo de todas las naciones del mundo, con las culturas más variadas, guiadas por los pastores de sus pueblos, comulgando todos en la misma fe y en la misma caridad.

Aquello que la Iglesia tiene vocación y misión de realizar, por mandato divino, sus fracasos repetidos, obra de la dureza de los hombres y de los pecados de sus miembros, no pueden de ninguna manera anularlo. Esto confirma que no se trata de una empresa de hombres, sino de un proyecto que supera las fuerzas humanas. Es importante, en todo caso, que los cristianos se den cuenta mejor que son llamados, todos ellos, a ejercer el papel de signos en el mundo. A través de su conducta, que excluye toda forma de discriminación racial, étnica, nacional o cultural, el mundo debe poder reconocer la novedad del Evangelio de la reconciliación. Les toca anticipar, en la Iglesia, la comunidad escatológica y definitiva del Reino de Dios.

23. La doctrina cristiana, que acabamos de exponer, tiene, en efecto, serias consecuencias morales, que se puede resumir en tres palabras claves: respeto de las diferencias, fraternidad, solidaridad. Si los hombres y las comunidades humanas, son todos iguales en dignidad, ello no quiere decir que todos disfrutan, simultáneamente, de las mismas capacidades físicas, los mismos dones culturales, las mismas fuerzas intelectuales y morales, el mismo estadio de desarrollo. La igualdad no es uniformidad. Importa reconocer la diversidad y la complementariedad de las riquezas culturales y las cualidades morales de unos y de otros. La igualdad de trato presupone así un cierto reconocimiento de la diferencia, que las minorías reclaman a fin de desenvolverse según su genio propio, en el respeto de los demás y del bien común de la sociedad y de la comunidad mundial. Pero ningún grupo humano se puede engreír de poseer sobre otros una superioridad de naturaleza [59] ni de ejercer ninguna discriminación que afecte los derechos fundamentales de la persona.

Sin embargo, el mutuo respeto no basta. Es preciso instaurar una fraternidad. El dinamismo necesario para tal fraternidad no es otro que la caridad, que está, también ella, en el corazón del mensaje cristiano: “Todo hombre es mi hermano” [60]. La caridad no es un simple sentimiento de benevolencia o de piedad; se orienta más bien a hacer que cada uno se beneficie efectivamente de aquéllas condiciones de vida dignas que le corresponden por justicia, en orden a su subsistencia, su libertad y su desarrollo bajo todos los aspectos. Ella hace ver en todo hombre y en toda mujer otro ser como uno, en Cristo, conforme al precepto divino: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

El reconocimiento de la fraternidad no basta. Se trata de ir hasta la solidaridad activa con todos, y en especial entre ricos y pobres. La reciente encíclica de Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre 1987) insiste en el hecho de la interdependencia, “percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo actual ... y asumida como categoría moral. Cuando la interdependencia es reconocida así, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y como "virtud", es la solidaridad” [61]. En esto se juega la paz entre hombres y naciones: “Opus solidaritatis pax, la paz como fruto de la solidaridad” [62].

CUARTA PARTE

CONTRIBUCIÓN DE LOS CRISTIANOS A LA PROMOCIÓN,

CON LOS DEMÁS, DE LA FRATERNIDAD

Y LA SOLIDARIDAD ENTRE LAS RAZAS

24. El prejuicio racista, que niega la igual dignidad de todos los miembros de la familia humana y blasfema de su Creador, sólo puede ser combatido donde nace, es decir, en el corazón del hombre. Del corazón brotan los comportamientos justos o injustos [63], según que el hombre se abra a la voluntad de Dios, en el orden natural y en su Palabra viva, o se encierre en sí mismo y en su egoísmo, dictado por el miedo o por el instinto de dominio. Es la visión del otro que es preciso purificar. Alimentar concepciones y fomentar actitudes racistas es un pecado contra la enseñanza específica de Cristo, para quien el “prójimo” no es solamente el hombre de mi tribu, de mi ambiente, de mi religión o de mi nación, es todo ser humano que encuentro en mi camino.

Los medios externos, legislación o demostración científica, no bastan para extirpar al prejuicio racista. No es suficiente, en efecto, que las leyes eviten o sancionen toda clase de discriminación racial. Pueden ser fácilmente soslayadas, si la comunidad a la cual son destinadas no adhiere a ellas plenamente. Y para esto, una comunidad debe apropiarse los valores que inspiran las leyes justas y además traducir en la vida cotidiana la convicción de la igual dignidad de todo ser humano.

25. La conversión del corazón no puede ser alcanzada, sin afirmar las convicciones del espíritu acerca del respeto debido a las otras razas y grupos étnicos. La Iglesia, por su lado, coopera a la formación de las conciencias presentando claramente la íntegra doctrina cristiana sobre este punto. Pide en especial a los pastores, a los predicadores, a los maestros y a los catequistas, esclarecer la enseñanza auténtica de la Escritura y la tradición acerca del origen de todos los hombres en Dios, de su destino final común en el Reino de Dios, del valor del precepto del amor fraterno y de la total incompatibilidad entre el exclusivismo racista y la vocación universal de todos los hombres a la misma salvación en Jesucristo. El recurso a la Biblia para justificar a posteriori prejuicios racistas debe ser enérgicamente condenado. La Iglesia no ha autorizado nunca semejante distorsión de la interpretación bíblica.

La obra de persuasión de la Iglesia se realizará igualmente mediante el testimonio de vida de los cristianos: respeto de los extranjeros, aceptación del diálogo, la participación, la ayuda fraterna y la colaboración con los otros grupos étnicos. El mundo necesita la verificación entre los cristianos, de esta parábola en acción, a fin de dejarse convencer por el mensaje de Cristo. Sin duda, los cristianos ellos mismos deben confesar humildemente que miembros de la Iglesia, en todos los niveles, no han tenido siempre una conducta coherente, en este punto, en el curso de la historia. No obstante, deben continuar proclamando lo que es justo, mientras se empeñan a la vez por “realizar” la verdad [64].

26. No basta tampoco exponer la doctrina y proponer un ejemplo. Es necesario además asumir la defensa de las víctimas del racismo dondequiera se encuentren. Los actos de discriminación entre los hombres y pueblos, por motivos racistas, o por otros motivos, sean religiosos o ideológicos, pero que desembocan en una actitud de menosprecio o de exclusión, deben ser dados a conocer con severidad y enérgicamente reprobados, para suscitar comportamientos, disposiciones legales y estructuras sociales equitativas.

Son muchos aquellos que se han vuelto más sensibles a esta injusticia y se empeñan en la lucha contra toda forma de racismo. Lo hagan por convicción religiosa o por razones humanitarias, son llevados a veces a desafiar las represiones de ciertos poderes, o por lo menos la presión de una opinión pública sectaria, y a hacer frente a persecuciones y a la cárcel. Los cristianos no dudan en asumir su propio lugar en esta lucha por la dignidad de sus hermanos, con el necesario discernimiento y prefiriendo siempre los medios no violentos [65].

27. La Iglesia, en su denuncia del racismo, procura mantener una actitud evangélica respecto de todos. En esto consiste su originalidad. Si ella no teme analizar lúcidamente las causas del racismo y manifestar su desaprobación, incluso delante de los responsables, procura también comprender cómo se ha podido llegar a estos extremos, y querría ayudar a encontrar una salida razonable del callejón en el cual aquéllos responsables se han encerrado. Como Dios, que no se regocija con la muerte del pecador [66], la Iglesia mira más bien a su reconciliación, si consiente en reparar las injusticias cometidas. Ella se preocupa también de evitar que las víctimas recurran a la lucha violenta y acaben por caer en un racismo análogo al que rechazan. Quiere ofrecer un espacio de reconciliación y no acentuar las oposiciones. Exhorta a obrar de tal modo que se excluya el odio. Predica el amor y prepara pacientemente un cambio de mentalidad, sin el cual un cambio de estructuras sería inútil.

28. Para la instauración de una conciencia no racista, el papel de la escuela es primario. El Magisterio de la Iglesia ha subrayado siempre la importancia de una educación que insiste en lo que es común a todos los seres humanos. Importa también ayudar a ver que el otro, porque es diferente, puede precisamente enriquecer nuestra experiencia. Es normal ciertamente que la historia, por ejemplo, cultive el aprecio por la propia nación, pero sería lamentable que condujera a un miope chauvinismo y asignara a las realizaciones de las otras naciones sólo un lugar accesorio que resulte inferior. Como se ha hecho ya en algunos países, puede llegar a ser necesario revisar los manuales escolares que falsifican la historia, al callar los crímenes históricos del racismo o justifican sus principios. Igualmente, la instrucción cívica debe ser concebida de tal manera que sean arrancados de raíz los reflejos discriminatorios respecto de personas que pertenecen a otros grupos étnicos. La escuela brinda siempre más, a los hijos de inmigrantes, la ocasión de mezclarse con los autóctonos: ¡ojalá se aprovechara esta circunstancia para ayudar unos y otros a conocerse mejor y preparar una convivencia armoniosa!

Muchos jóvenes parecen, hoy día, estar menos ligados a prejuicios raciales. Se nos brinda así un recurso para el futuro, que es preciso saber cultivar. Mueve tanto más a amargura comprobar que otros jóvenes se organizan en bandas para cometer violencias contra ciertos grupos raciales o transformar encuentros deportivos en manifestaciones de chauvinismo que culminan en actos vandálicos o en masacres. Los prejuicios raciales, si no se nutren de ideologías, nacen, más a menudo, de una ignorancia del otro, que abre la puerta a la imaginación legendaria y engendra el temor. Ahora bien, no faltan, hoy, ocasiones para acostumbrar los jóvenes al respeto y la estima de la diversidad: intercambios internacionales, viajes, cursos de lenguas, creación de vínculos entre ciudades gemelas, campamentos de vacaciones, escuelas internacionales, actividades deportivas y culturales.

29. La persuasión y la educación deben ir acompañadas paralelamente por la voluntad de traducir en textos legales el respeto de otros grupos étnicos, así como también en las estructuras y el funcionamiento de las instituciones regionales o nacionales.

Cuando el racismo muere en los corazones, acaba por desaparecer en las leyes. Pero es preciso actuar directamente también en el terreno jurídico. Donde existen todavía leyes discriminatorias, los ciudadanos, conscientes de la perversidad de tal ideología, deben asumir sus responsabilidades a fin de que, por medio de los procesos democráticos, el derecho sea puesto de acuerdo con la ley moral. Dentro de un mismo Estado, la ley debe ser igual para todos los ciudadanos indistintamente. Un grupo dominante, numéricamente mayoritario o minoritario, no puede, en ningún caso, disponer a su arbitrio de los derechos fundamentales de los demás grupos. Es necesario que las minorías étnicas, lingüísticas o religiosas que viven dentro de las fronteras de un mismo Estado, se vean reconocer los mismos derechos inalienables de los otros ciudadanos, incluido el de vivir como grupo según sus finalidades culturales y religiosas. Deben gozar de la facultad de integrarse libremente a la cultura circundante [67].

El estatuto de otras categorías de personas, como los inmigrantes, los refugiados, o también los trabajadores extranjeros estacionales, es a menudo más precario todavía. Es así más urgente que sus derechos humanos fundamentales sean reconocidos y garantizados. Ahora bien, son estas personas quienes, más frecuentemente, resultan víctimas de prejuicios racistas. Las leyes deberán atender a que sean reprimidos los actos de agresión respecto de ellos, como también los comportamientos de quienquiera (empleador, funcionario o persona privada) pretendiera someter las personas más desprotegidas a diversas formas de explotación, económicas u otras.

Pertenece, sin duda, a los poderes públicos, responsables del bien común, determinar la proporción de refugiados o inmigrantes que el país acoge, atendidas las posibilidades de empleo y las perspectivas de desarrollo, pero también la urgencia de las necesidades de otros pueblos. El Estado cuidará igualmente que no se creen situaciones de grave desequilibrio social, acompañadas por fenómenos sociológicos de rechazo como puede ocurrir cuando una excesiva concentración de personas de diferente cultura es percibida como una amenaza directa a la identidad y las costumbres de la comunidad de acogida. En el aprendizaje de la diversidad, todo no se puede exigir de entrada. Pero es preciso considerar las posibilidades que se abren de una nueva convivencia y aún de un mutuo enriquecimiento. Y una vez que un extranjero ha sido admitido y se ha sometido a los reglamentos de orden público, tiene derecho a la protección de la ley, mientras dure el período de su inserción social.

Igualmente, la legislación laboral no debe permitir que, por una prestación igual de trabajo, los extranjeros que hubieran encontrado empleo en un país del cual no son ciudadanos, padezcan discriminación en cuanto al salario, los beneficios sociales y seguro de ancianidad, respecto de los trabajadores autóctonos. Es justamente en las relaciones de trabajo que debería surgir un mejor conocimiento y aceptación mutuos entre personas de origen étnico y cultural diferente, y crearse una solidaridad humana capaz de superar los prejuicios de la primera hora.

30. En el plano internacional, importa continuar a elaborar instrumentos jurídicos de lucha contra el racismo, y sobre todo conferirles plena eficacia.

Luego de los excesos del nazismo, las Naciones Unidas se empeñaron intensamente en favor del respeto de hombres y pueblos [68]. Una importante Convención internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial fue adoptada por la XX Asamblea General de las Naciones Unidas el 21 de diciembre de 1965. Estipula, entre otras cosas, que “nada podría justificar, en ninguna parte, la discriminación racial, ni en teoría, ni en la práctica” (Preámbulo (6a parte); y prevé medidas legislativas y judiciales para poner por obra estas disposiciones. Entró en vigor el 4 de enero de 1969 y fue formalmente ratificada por la Santa Sede el 1° de mayo de ese mismo año.

La ONU decidía todavía, el 2 de noviembre de 1973, proclamar un “Decenio de lucha contra el racismo y la discriminación racial”. El Papa Pablo VI manifestó enseguida su “gran interés” y su “viva satisfacción” por esta nueva iniciativa: “Esta iniciativa eminentemente humana encontrará una vez más lado a lado la Santa Sede y las Naciones Unidas, si bien en planos diversos y con medios diferentes” [69].

El Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (ECOSOC) comprende desde 1946 una Comisión de Derechos Humanos, la cual ha instituido a su vez una Subcomisión de prevención de discriminaciones y protección a las minorías.

La contribución de la Santa Sede ha proseguido mediante la participación de su s delegaciones en numerosas manifestaciones importantes del primer decenio y en otras reuniones intergubernamentales [70]. Un segundo Decenio ha sido proclamado después (1983-1993).

31. Estos esfuerzos de la Santa Sede en cuanto miembro cualificado de la comunidad internacional, no deben ser disociados de los múltiples esfuerzos de las comunidades cristianas en el mundo ni del empeño personal de los cristianos en el marco de las comunes instituciones sociales.

En este contexto, es necesario mencionar especialmente la contribución de algunos episcopados. Se puede citar, por ejemplo, los esfuerzos realizados por los obispos de dos países signados por una experiencia aguda, si bien distinta en cada caso, de los problemas del racismo.

El-primer caso es el de Estados Unidos de América, donde la discriminación racial ha sido mantenida en la legislación de varios Estados, mucho después de la Guerra civil (1861-1865). Recién en 1964 la Ley sobre los derechos civiles puso punto final a toda forma de discriminación racial legalmente practicada. Fue un gran paso adelante, largamente madurado y jalonado por numerosas iniciativas de carácter no violento. La Iglesia católica, particularmente por medio de las declaraciones del Episcopado [71], y su extensa red educacional, contribuyó a este proceso.

A pesar de los esfuerzos continuados y múltiples, mucho queda todavía por hacer para eliminar del todo el prejuicio y la conducta racista, incluso en este país que puede ser tenido por uno de los más interraciales del mundo. Prueba de ello es la declaración adoptada por el “Administrative Board” de la Conferencia católica de los Estados Unidos, el 26 de marzo de 1987, que llama la atención sobre la persistencia de indicios de racismo en la sociedad americana y condena la actividad de organizaciones de tipo racista como el “Ku Klux Klan”.

El segundo ejemplo es el de la Iglesia de Sudáfrica que hace frente a una situación muy diferente. El empeño de los obispos sudafricanos, a menudo en estrecha colaboración con otras Iglesias cristianas, en favor de la igualdad racial y contra el apartheid, es bien conocido. A este respecto, se pueden mencionar algunos recientes documentos de la Conferencia episcopal: la Carta Pastoral del 1º de mayo de 1986, con el título significativo: “La esperanza cristiana en la crisis actual” [72] y el mensaje dirigido al Jefe del Estado en agosto del mismo año [73].

La situación en Sudáfrica ha suscitado en todas partes numerosas manifestaciones de solidaridad con los que sufren a causa del apartheid y de apoyo a las iniciativas eclesiales [74], tomadas por los demás frecuentemente en un acuerdo ecuménico. El Papa Juan Pablo II, de parte suya, no ha dejado de demostrar a menudo su solicitud a los obispos católicos de este país [75]. Durante su viaje al África Austral, el 10 de septiembre de 1988, el Papa se dirigió a todos los obispos de la región, reunidos en Harare, diciéndoles entre otras cosas: “El problema del apartheid, entendido como sistema de discriminación social, económica y política, ocupa vuestra misión como maestros y guías espirituales de vuestra grey en un esfuerzo serio y resuelto para contrarrestar injusticias y propugnar la sustitución de esa política por una que esté de acuerdo con la justicia y el amor. Yo os aliento a que continuéis manteniendo firme y valientemente los principios en los que se basa la respuesta pacífica y justa a las legítimas aspiraciones de vuestros conciudadanos. Tengo presentes las actitudes expresadas a lo largo de estos años por la Conferencia Episcopal Sudafricana, desde su primera declaración conjunta de 1952. La Santa Sede y yo mismo hemos llamado la atención sobre las injusticias del apartheid en numerosas ocasiones y muy recientemente ante un grupo ecuménico de líderes cristianos de Sudáfrica en visita a Roma. Les recordé que "puesto que la reconciliación está en el corazón del Evangelio, los cristianos no pueden aceptar estructuras de discriminación racial que violen los derechos humanos. Pero deben advertir también que un cambio de estructuras está ligado a un cambio de corazones. Los cambios que buscan están enraizados en la fuerza del amor, el amor divino del que brota toda acción y transformación cristiana" (Discurso a una Delegación Ecuménica Conjunta de Sudáfrica, 27 de mayo de 1988)” [76].

32. Finalmente, el racismo, si perturba la paz de las sociedades, contamina asimismo la paz internacional. Cuando falta la justicia en es te punto capital, la violencia y las guerras se desencadenan fácilmente, y las relaciones con las naciones vecinas se alteran.

En el campo de las relaciones entre los Estados, la aplicación leal de los principios sobre la igual dignidad de todos los pueblos debería impedir que unas naciones sean tratadas por otras a partir de prejuicios racistas. En situaciones de tensión entre Estados, es posible incriminar tal decisión política de un adversario, su comportamiento injusto en tal o cual punto, eventualmente el faltar a la palabra dada, pero no se puede condenar globalmente un pueblo por lo que no es a menudo más que una falta de sus dirigentes. Es en estas reacciones primarias e irracionales que los prejuicios racistas pueden reanimarse y comprometer de manera perdurable las relaciones entre las naciones.

La comunidad internacional no dispone de medios de coacción respecto de los Estados que practican todavía, conforme a su sistema jurídico, la discriminación racial con sus propias poblaciones. No obstante, el derecho internacional permite que adecuadas presiones exteriores puedan serles aplicadas a fin de conducirlos, según un plan orgánico y negociado, a abolir la legislación racista y a establecer, en su lugar, una legislación conforme a los derechos humanos. La comunidad internacional deberá, en este caso, atender, con sumo cuidado, a que su acción no arroje al país en cuestión a conflictos interiores todavía más dramáticos.

En cuanto a los mismos países donde reinan graves tensiones raciales, es preciso que se den cuenta de lo precario de una paz que no se funda sobre el consenso de todos los componentes de la sociedad. La historia enseña que el desconocimiento prolongado de los derechos del hombre concluye casi siempre por provocar explosiones de violencia incontrolable. A fin de generar un orden fundado en el derecho, es necesario que los grupos antagonistas se dejen vencer por los valores supremos y trascendentes que están en la base de toda comunidad humana y de toda relación pacífica entre las naciones.

33. Conclusión.

La lucha contra el racismo parece ser ahora un imperativo ampliamente radicado en las conciencias humanas. La Convención de la ONU (1965) ha formulado con fuerza esta convicción: “Toda doctrina de superioridad fundada sobre la diferenciación entre las razas, es científicamente falsa, moralmente condenable y socialmente injusta y peligrosa” [77]. La doctrina de la Iglesia afirma lo mismo, con no menos vigor: toda doctrina racista es contraria a la fe y al amor cristianos. No obstante, en contradicción con esta conciencia más madura de la dignidad humana, el racismo todavía existe, y resurge incluso bajo nuevas formas. Es como una llaga que sigue misteriosamente abierta en el flanco de la humanidad. Es necesario entonces que nos empeñemos todos en curarla con gran firmeza y paciencia.

Pero no hay que exponerse a confusiones. Hay grados y tipos de racismo. El racismo propiamente tal consiste en el desprecio de una raza, caracterizada por su origen étnico, su color o su lengua. El apartheid es hoy día la forma más típica y sistemática: un cambio es aquí absolutamente necesario y urgente. Pero hay muchas otras formas de exclusión y de rechazo, cuya motivación explícita no es la raza; los efectos son, sin embargo, análogos. Así, se trata de oponerse firmemente a todas las formas de discriminación. Sería hipócrita señalar con el dedo un solo país. El rechazo de tipo racista existe en todos los continentes. Muchos practican en los hechos la discriminación que aborrecen en las leyes.

El respeto por todo hombre, por toda raza, es el respeto por los derechos fundamentales, la dignidad, la igualdad básica. No se trata ciertamente de ignorar las diferencias culturales. Importa más bien educar a apreciar de manera positiva la diversidad complementaria entre los pueblos. Un pluralismo bien entendido resuelve el problema del racismo cerril.

La condenación del racismo y de los hechos racistas es necesaria. La aplicación de medidas legislativas, disciplinares y administrativas contra lo uno y lo otro, sin excluir las adecuadas presiones exteriores, puede ser oportuna. Los países y las organizaciones internacionales disponen, en orden a ello, de todo un ámbito de iniciativas por tomar o suscitar. Y es igualmente responsabilidad de los ciudadanos afectados, sin que por eso se deba llegar a reemplazar, mediante la violencia, una situación injusta por otra. Hay que procurar siempre soluciones constructivas.

Todo esto, la Iglesia católica lo anima. La Santa Sede tiene también su parte en ello, en el marco de su misión específica. Todos los católicos son llamados a obrar sobre el terreno, lado a lado con los otros cristianos y con cuantos se inspiran del mismo respeto por el ser humano. La Iglesia se empeña sobre todo en cambiar la mentalidad racista, también en sus propias comunidades. Por su parte, apela ante todo al sentido moral y religioso del hombre. Presenta sus exigencias utilizando la persuasión fraterna, que es su única arma. Pide a Dios que cambie los corazones. Brinda un espacio de reconciliación. Promueve iniciativas de acogida, de intercambio, y de ayuda respecto de los hombres y mujeres de otros grupos étnicos.

En esta empresa gigantesca en favor de la fraternidad humana, su misión es aportar un suplemento de alma. A pesar de los límites de sus miembros pecadores, ella, hoy como ayer, es consciente de haber sido constituida testigo de la caridad de Cristo sobre la tierra, signo e instrumento de la unidad del género humano. La consigna que propone a todos y que ella procura vivir es: “Todo hombre es mi hermano”.

3 de noviembre de 1988. Memoria litúrgica de San Martín de Porres (nacido en Lima de un español y una esclava negra)

Cardenal ROGER ETCHEGARAY
Presidente

JORGE MEJÍA
Vice-Presidente


Notas:

[1] Cf. Ef 2, 14.

[2] Cf Ex 19, 5.

[3] Cf. Mc 16, 15; Mt 28, 19.

[4] Ad Nat. I, 8; PL 1, 601.

[5] Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de América y Oceanía, vol. 7, Madrid 1867, 414. Ver también el Breve Pastorale officium del 29-5-1537 al Arzobispo de Toledo, ib. 414; y H. DENZINGER - A. SCHOENMETZER, Enchiridion Symbolorum, Barcelona 1973.

[6] “No dediquéis vuestro celo, no propongáis ningún argumento para convencer esos pueblos a cambiar sus ritos, sus hábitos y sus costumbres, a menos que sean claramente contrarias a la religión y a la moral. Nada más absurdo que transferir a los chinos, Francia, España, Italia o cualquier otro país de Europa. No llevéis a esos pueblos vuestros países, sino la fe ... No procuréis suplantar los usos de esos pueblos con los europeos y tratad de adaptaros vosotros a ellos”.

Collectanea S. Congregationis de Propaganda Fide, seu Decreta Instructiones, Prescripta pro apostolicis missionibus (1622-1866), vol. I, Roma 1907, n. 135; Codicis luris Canonici Fontes (ed. Card. J. Serédi), Vaticano 1935, vol. VII, n. 4463, p. 20.

[7] Es conocida, entre otras, la interpretación que los fundamentalistas dan de la maldición pronunciada por Noé sobre su hijo Cam, en su nieto Canaán, condenado a ser servidor de sus hermanos (cf. Gen. 9, 24-27). Se engañaban acerca del sentido y el contenido verdadero del texto sagrado, que se refiere a una concreta situación histórica: las relaciones difíciles entre los Cananeos y el pueblo de Israel. Veían en Cam o Canaán el antepasado de los pueblos africanos a ellos sometidos, y en consecuencia, los consideraban como signados por Dios con una imborrable inferioridad que los destinaba a ser para siempre esclavos de los blancos.

[8] Cf. entre otras la obra de J. A. GOBINEAU, Essai sur l'inegalité des races humaines, 4 vol. París 1853-55. Gobineau se inspiraba de Darwin y extendía a las sociedades y a las civilizaciones las tesis sobre la selección natural de las especies.

[9] El 25-3-1928, un decreto del Santo Oficio condenaba el antisemitismo: AAS XX (1928), 103-104.

[10] AAS XXIX (1937), 149.

[11] Cf. texto francés en Documentation Catholique 1938, 579-580. El Papa Pío XI decía todavía, en un discurso a los miembros del Colegio de Propaganda Fide, el 28-7-1938: “Católico quiere decir universal, no racista, no nacionalista, en el sentido de separación que pueden tener estos dos atributos ... No queremos separar nada en la familia humana ... La expresión “género humano” revela precisamente la familia humana. Es preciso decir que los hombres son ante todo un único, grande, género, una grande y única familia de seres vivientes ... Existe una sola raza humana universal, “católica” .. y con ella y en ella, variaciones diversas ... Esta es la respuesta de la Iglesia”, en L'Osservatore Romano, 30-7-1938.

[12] Cf. Encíclica Summi Pontificatus del 28-10-1939: AAS XXXI (1939), 481-509.

[13] Radiomensaje de Navidad 1942, AAS XXXV (1943), 14; 23.

[14] Ante los obispos de la Conferencia episcopal alemana, reunidos en la Maternushaus de la arquidiócesis de Colonia, el Papa Juan Pablo II ha propuesto el testimonio del Cardenal Conde Clemens August von Galen, de la carmelita Edith Stein, del jesuita Rupert Mayer: ... “otros muchos testigos valerosos de la fe que, frente a aquella tiranía inhumana, se opusieron a la arbitrariedad y la injusticia impías movidos por sus convicciones de fe o en nombre de la humanidad... Todos ellos representan a la otra Alemania que no se doblegó ante la brutal arrogancia y la violencia y que, tras el hundimiento definitivo, pudo constituir el núcleo y la fuente de energía para la posterior y grandiosa reconstrucción moral y material” (L'Osservatore Romano, en español, 17 de mayo de 1987, p. 9).

[15] El 30-11-1973, las Naciones Unidas adoptaron una Convención internacional para la supresión y el castigo del crimen del apartheid. Cf. también, a propósito de las incidencias del apartheid sobre el empleo, la séptima Conferencia Regional de la OIT en Harare (Zimbabwe) del 29-11 al 7-12-1988.

[16] Pablo VI, Alocución al Comité especial de las Naciones Unidas sobre el apartheid, 22-5-1974, L'Osservatore Romano, en español, 9 de junio de 1974, pp. 9-10; JUAN PABLO II, Alocución al mismo Comité, 7-7-1984, L'Osservatore Romano, en español, 9 de diciembre de 1984, p. 18; Discurso a los Cuerpos constituidos y al Cuerpo Diplomático en Yaoundé, 12-8-1985 n. 13, L'Osservatore Romano, en español, 1 de septiembre de 1985, p. 8.

[17] Cf. discurso de Juan Pablo II al Cuerpo Diplomático, 11-1-1986 n. 4, L'Osservatore Romano, en español, 19 de enero de 1986, p. 2.

[18] Cf. los siguientes discursos de Juan Pablo II:

a los indios de Ecuador, en Latacunga, 31-1-1985, L'Osservatore Romano, en español, 10 de febrero de 1985, pp. 16-17;

a los indios de Perú, en Cuzco, 3-2-1985, L'Osservatore Romano, en español, 17 de febrero de 1985, pp. 9-10

a los aborígenes de Australia, en Alice Springs, 29-11-1986, L'Osservatore Romano, en español, 14 de diciembre de 1986, p. 18;

a los indios de América del Norte, en Phoenix, 14-9-1987, L'Osservatore Romano, en español, 11 de octubre de 1987, p. 20;

a los indios del Canadá, en Fort Simpson, 20-9-1987, L'Osservatore Romano, en español, 15 de noviembre de 1987, p. 22.

— Cf. también el Mensaje del Papa Juan Pablo II para la Jornada de la Paz 1989: “Para construir la paz, respeta las minorías”.

[19] Por lo que toca al África, ver Pablo VI, Mensaje Africae Terrarum 20-10-1967, en AAS LIX (1967), 1073-1097; Discurso al Parlamento de Uganda, Kampala, 1-8-1969, AAS LXI (1969), 584-585; Discurso al Cuerpo Diplomático, 14-1-1978, L'Osservatore Romano, en español, 22 de enero de 1978, pp. 2 y 11; Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático en Yaoundé, 12 de agosto de 1985, nn. 11-12, L'Osservatore Romano en español, 1 de septiembre de 1985, pp. 7-8.

[20] El Papa Juan Pablo II ha recordado a menudo el derecho del pueblo palestino como el del pueblo judío, a tener una patria.

[21] Cf. Discurso de Juan Pablo II cuando su visita a la Sinagoga de Roma, 134-1986, L'Osservatore Romano, en español, 20 de abril de 1986, pp. I y 12.

[22] Cf. Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, Donum Vitae, del 22-2-1987, III: “El eugenismo y la discriminación entre los seres humanos podrían verse legitimados, lo cual constituiría un grave atentado contra la igualdad, contra la dignidad y contra los derechos fundamentales de la persona humana”.

[23] Constitución Gaudium et spes, n. 29; cf. también ibid. n. 60 (para el derecho a la cultura); cf. Declaración Nostra aetate, n. 5, Decreto Ad Gentes, n. 15; Declaración Gravissimum educationis, n. 1 (para el derecho a la educación).

[24] Discurso al Cuerpo Diplomático, 14-1-1978, AAS LXX (1978), 172. Numerosos textos anteriores se pronunciaban en el mismo sentido, especialmente: enc. Populorum Progressio, nn. 47, 63; Mensaje de Pablo VI Africae Terrarum, 1-8-1969, AAS LXI (1969), 580-586; Carta apostólica Octogesima adveniens, de Pablo VI, n. 16, AAS LXIII (1971), 413; Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1971: “Todo hombre es mi hermano”.

[25] Alocución de Juan Pablo II al Comité especial de las Naciones Unidas contra el apartheid, 7-7-1984, L'Osservatore Romano, en español, 9 de diciembre de 1984, p. 18.

[26] El racismo ante la ciencia, UNESCO, París 1973, n. 1, p. 369.

[27] Cf. Gen 1, 26-27; 5, 1-2; 9, 6: está prohibido derramar la sangre del hombre creado a imagen de Dios.

[28] Declaración Nostra aetate, n. 5, citada en el discurso de Juan Pablo II a los jóvenes musulmanes, en Casablanca, 19-8-1985, quien añade: “Por otra parte, la obediencia a Dios y el amor hacia el hombre ha de conducirnos a respetar los derechos del hombre, esos derechos que son expresión de la voluntad de Dios y exigencia de la naturaleza humana como Dios la ha creado” (L'Osservatore Romano, en español, 15 de septiembre de 1985, p. 14).

[29] Gen 3, 20.

[30] Tob 8, 6.

[31] Cf. Gen 5, 1.

[32] Cf. Hech 17, 26, 28, 29.

[33] Cf. Gen 9, 11 ss.

[34] Gen 12, 3; Hech 3, 25.

[35] Cf. Constitución Gaudium et spes, n. 22.

[36] Col 1, 1S; cf. 2 Co 4, 4.

[37] Cf. Fil 2, 6-7.

[38] Rm 8, 29.

[39] Missale romanum, offertorium.

[40] Cf. Adversus Haereses, III, 22, 3: “El Señor es quien ha recapitulado en sí mismo todas las naciones dispersas desde Adán, todas las lenguas y todas las generaciones, incluido el mismo Adán”. Ireneo se inspiraba en San Pablo: Ef 1, 10; Col 1, 20.

[41] Cf. Rm 1, 16-17.

[42] Cf. Ef 2, 11-13.

[43] Ibid. 2, 14.

[44] Cf. ibid. 2, 15-16.

[45] Col 3, 11, cf. Ga 3, 28.

[46] Cf. Jn 11, 52.

[47] Cf. Jn 4, 4-42.

[48] Cf. Lc 10, 33.

[49] Cf. Mc 7, 24.

[50] Mt 25, 38; 40.

[51] Mt 28, 19.

[52] Oración eucarística, n. 3.

[53] Cf. Hech 2, 5.

[54] Cf. Gen 11, 1-9.

[55] Hech 10, 28; 34.

[56] Constitución Lumen gentium, n. 1.

[57] Decreto Ad Gentes, n. 8.

[58] Constitución Lumen gentium, n. 32.

[59] Cf. Encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, 11-4-1963, que denuncia, después de Pío IX, el escándalo de la persistencia de las ideologías, según las cuales “ciertos seres humanos o ciertas naciones son superiores a otras por naturaleza”.

[60] Tema de la Jornada Mundial de la Paz 1971.

[61] Encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 38.

[62] Ibid., n. 39.

[63] Cf. Mc 7, 21-23.

[64] Cf. Jn 3, 21.

[65] Instrucción de la Congregación para la doctrina de la fe, Libertatis conscientia, 22-3-1986, 78-79: “Determinadas situaciones de grave injusticia requieren el coraje de unas reformas en profundidad y la supresión de unos privilegios injustificables. Pero quienes desacreditan la vía de las reformas en provecho del mito de la revolución, no solamente alimentan la ilusión de que la abolición de una situación inicua es suficiente por sí misma para crear una sociedad más humana, sino que incluso favorecen la llegada al poder de regímenes totalitarios. La lucha contra las injusticias solamente tiene sentido si está encaminada a la instauración de un nuevo orden social y político conforme a las exigencias de la justicia. Esta debe ya marcar las etapas de su instauración. Existe una moralidad de los medios... En efecto, a causa del desarrollo continuo de las técnicas empleadas y de la creciente gravedad de los peligros implicados en el recurso a la violencia, lo que se llama hoy "resistencia pasiva" abre un camino más conforme con los principios morales y no menos prometedor de éxito”.

[66] Cf. Ez 18, 32

[67] Mensaje del Papa Juan Pablo II para la Jornada de la Paz 1989: “Para construir la paz, respeta las minorías”.

[68] En especial: Carta de las Naciones Unidas, 26-6-1945, art. 1, § 3; Declaración universal de los derechos del hombre, 10-12-1948, art. 1; 2; 16; 26, II; Declaración de las Naciones Unidas sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial, 20-11-1963.

[69] Mensaje a las Naciones Unidas por el 25° aniversario de la Declaración universal de los derechos del hombre, 10-12-1973, AAS LXV (1973), 673-677. Con ocasión de ese decenio, la Pontificia Comisión “Iustitia et Pax” publicó en 1979, con la firma del R. P. Roger Heckel s.j., un libro intitulado La lucha contra el racismo: aportes de la Iglesia que presentaba el estado preciso de la cuestión.

[70] Se puede citar especialmente: la Conferencia internacional sobre la Namibia y los derechos del hombre (Dakar, 5-8 de enero de 1976); — la Conferencia mundial para la acción contra el apartheid (Lagos, 22-26 de agosto de 1977); — la reunión de representantes de los Gobiernos encargados de elaborar un proyecto de Declaración sobre la raza y los prejuicios raciales (UNESCO, París 13-21 de marzo de 1978); — la Conferencia mundial para la lucha contra el racismo y la discriminación racial (Ginebra 14-25 de agosto de 1978); — la 2a Conferencia mundial para la lucha contra el racismo y la discriminación racial (Ginebra 1-12 de agosto de 1983).

[71] Cf. el documento más importante del último decenio: “Brothers and Sisters to Us: a Pastoral Letter on Racism in Our Day”, publicado en 1979.

[72] Cf. Origins vol. 16, n. 1, p. 11.

[73] Cf. L'Osservatore Romano, 3-4 de noviembre de 1986, p. 6.

[74] Se puede mencionar la carta que el Cardenal Roger Etchegaray dirigió, el 8-3-1986 a Mons. Denis Hurley, entonces Presidente de la Conferencia episcopal, a fin de animar los esfuerzos de los obispos y examinar las vías posibles para superar el conflicto; cf. L'Osservatore Romano 19-4-1986, p. 5.

[75] En particular con ocasión de las visitas ad limina; la última tuvo lugar en noviembre 1987; cf. Discurso de Juan Pablo II, en L'Osservatore Romano, en español, 14 de febrero de 1988, pp. 9-10.

[76] L'Osservatore Romano, en español, 9 de octubre de 1988, p. 14.

[77] Convención internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial (adoptada el 21 de diciembre de 1965 y con fuerza de ley desde el 4 de enero de 1969), consideración preliminar n. 6.

[78] La intención de estas páginas no es hacer una historia completa del racismo, ni de la actitud de la Iglesia a su respecto, sino tan sólo enumerar algunos puntos salientes de esa historia y subrayar la coherencia de la enseñanza del Magisterio frente al fenómeno racista. Al hacerlo no se pretende disimular las debilidades y, a veces, también las connivencias tanto de los hombres de Iglesia como de los simples cristianos.
 

miércoles, 6 de julio de 1988

CARTA ABIERTA AL CARDENAL GANTIN, PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN PARA LOS OBISPOS


Luego que el Vaticano declarara la excomunión de los obispos de la FSSPX, el entonces Superior General, padre Franz Schmidberger, escribió esta carta, firmada conjuntamente por numerosos superiores de distrito y otros, que estaban felices de no estar en comunión con “una iglesia falsificada”


Ecône, 6 de julio de 1988


Eminencia:

Reunidos en torno a nuestro Superior General, los Superiores de los Distritos, de los Seminarios y de las casas autónomas de la Sociedad Sacerdotal San Pío X consideramos oportuno expresarle respetuosamente las siguientes reflexiones.

Usted ha considerado oportuno, por carta del 1 de julio, informar a Su Excelencia el Arzobispo Marcel Lefebvre, al Obispo Antonio de Castro Mayer y a los cuatro Obispos que consagraron el 30 de junio en Ecône, de la excomunión latæ sententiæ. Le dejamos juzgar por usted mismo el valor de tal declaración, proveniente de una autoridad que, en su ejercicio, rompe con todos sus predecesores hasta el Papa Pío XII, en el culto, la enseñanza y el gobierno de la Iglesia.

En cuanto a nosotros, estamos en plena comunión con todos los Papas y Obispos anteriores al Concilio Vaticano II, celebrando precisamente la Misa que ellos codificaron y celebraron, enseñando el Catecismo que ellos redactaron, levantándonos contra los errores que muchas veces han condenado en sus encíclicas y cartas pastorales. Os dejamos juzgar de qué lado se encuentra la ruptura. Nos entristece enormemente la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón de las autoridades romanas.

Por otra parte, nunca hemos querido pertenecer a este sistema que se llama a sí mismo Iglesia Conciliar, y se define con el Novus Ordo Missæ, un ecumenismo que conduce al indiferentismo y a la laicización de toda la sociedad. Sí, no tenemos parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión por un decreto de Vuestra Eminencia o de otra Congregación romana sólo sería la prueba irrefutable de ello. Nada pedimos mejor que ser declarados fuera de comunión con este espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace 25 años; nada pedimos mejor que ser declarados fuera de esta comunión impía de impíos. Creemos en el Único Dios, Nuestro Señor Jesucristo, con el Padre y el Espíritu Santo, y permaneceremos siempre fieles a Su única Esposa, la Única Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Asociarnos públicamente a esta sanción que se inflige a los seis Obispos Católicos, Defensores de la Fe en su integridad y plenitud, sería para nosotros una marca de honor y un signo de ortodoxia ante los fieles. En efecto, éstos tienen el estricto derecho de saber que los sacerdotes que les sirven no están en comunión con una Iglesia falsificada, promotora de la evolución, el pentecostalismo y el sincretismo. En unión con estos fieles, hacemos nuestras las palabras del Profeta: “Præparate corda vestra Domino et servite Illi soli: et liberabit vos de manibus inimicorum vestrorum. Convertimini ad Eum in toto corde vestro, et auferte deos alienos de medio vestri” - “Abrid vuestros corazones al Señor y servidle sólo a Él: y Él os librará de las manos de vuestros enemigos. Con todo vuestro corazón volveos a Él, y quitad de en medio a todos los dioses extraños” (I Reyes 7:3).95

Confiados en la protección de Aquella que ha aplastado todas las herejías del mundo, aseguramos a Vuestra Eminencia nuestra entrega a Aquel que es el único Camino de salvación.

Fr. Franz Schmidberger, Superior General
Fr. Paul Aulagnier, Distrito Superior, Francia
Fr. Franz-Josef Maessen, Distrito Superior, Alemania
Fr. Edward Black, Distrito Superior, Gran Bretaña
Fr. Anthony Esposito, Distrito Superior de Italia
Fr. François Laisney, Distrito Superior, Estados Unidos
Fr. Jacques Emily, Distrito Superior de Canadá
Fr. Jean Michel Faure, Distrito Superior de México
Fr. Gerard Hogan, Distrito Superior de Australia
Fr. Alain Lorans, Superior, Seminario de Ecône
Fr. Jean Paul André, Superior, Seminario de Francia
Fr. Paul Natterer, Superior, Seminario de Alemania
Fr. Andrès Morello, Superior, Seminario de Argentina
Fr. William Welsh, Superior, Seminario de Australia
Fr. Michel Simoulin, Rector de la Universidad San Pio X
Fr. Patrice Laroche, Vice-Rector, Seminario de Ecône
Fr. Philippe François, Superior, Bélgica
Fr. Roland de Mérode, Superior, Holanda
Fr. Georg Pflüger, Superior, Austria
Fr. Guillaume Devillers, Superior, España
Fr. Philippe Pazat, Superior, Portugal
Fr. Daniel Couture, Superior, Irlanda
Fr. Patrick Groche, Superior, Gabón
Fr. Frank Peek, Superior, Sudáfrica


No se recibió respuesta.

95. Antífona en Maitines, leída a principios de julio.



jueves, 5 de mayo de 1988

PROTOCOLO DE ACUERDO DE MONS. LEFEBVRE CON ROMA (5 DE MAYO DE 1988)

El “Protocolo” del 5 de mayo de 1988 fue un acuerdo tentativo entre el arzobispo Marcel Lefebvre y el Vaticano, firmado por él y el cardenal Ratzinger. 


El objetivo era lograr la “reconciliación”, lo cual incluía el reconocimiento de “las enseñanzas del Vaticano II” y tras ese acuerdo, se permitiría la consagración de obispos por parte de la FSSPX. 

Monseñor Lefebvre finalmente renunció a ese acuerdo, lo que llevó a su “excomunión” por proceder con consagraciones episcopales no autorizadas el 30 de junio de 1988, que la Roma apóstata consideró “cismáticas”


PROTOCOLO DE ACUERDO (5 DE MAYO DE 1988)

I. TEXTO DE LA DECLARACIÓN DOCTRINAL

Yo, Marcel Lefebvre, arzobispo-obispo emérito de Tulle, así como los miembros de la Fraternidad San Pío X fundada por mí:

1. Prometemos ser siempre fieles a la Iglesia católica y al Romano Pontífice, su Supremo Pastor, Vicario de Cristo, Sucesor del Beato Pedro en su primado como cabeza del cuerpo de los obispos.

2. Declaramos nuestra aceptación de la doctrina contenida en el § 25 de la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio eclesiástico y la adhesión a ella debida.

3. Sobre algunos puntos enseñados por el Concilio Vaticano II o concernientes a reformas posteriores de la liturgia y del derecho, y que no nos parecen fácilmente conciliables con la Tradición, nos comprometemos a tener una actitud positiva de estudio y de comunicación con la Sede Apostólica, evitando toda polémica.

4. Además, declaramos que reconocemos la validez del Sacrificio de la Misa y de los Sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y según los ritos indicados en las ediciones típicas del Misal Romano y los Rituales de los Sacramentos promulgados por los Papas Pablo VI y Juan Pablo II.

5. Finalmente, prometemos respetar la disciplina común de la Iglesia y las leyes eclesiásticas, especialmente las contenidas en el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II, sin perjuicio de la disciplina especial concedida a la Compañía por el derecho particular.

II. CUESTIONES JURÍDICAS

Considerando que desde hace 18 años la Fraternidad San Pío X es entendida como una sociedad de vida común —y después de estudiar las propuestas formuladas por Su Excelencia Marcel Lefebvre y las conclusiones de la Visita Apostólica realizada por Su Eminencia el Cardenal Gagnon— la forma canónica más adecuada es la de una sociedad de vida apostólica.

1. Sociedad de Vida Apostólica

Esta solución es canónicamente posible y tiene la ventaja de poder incorporar también a la Sociedad de Vida Apostólica clerical a la vez que se incorporan también laicos (por ejemplo, hermanos coadjutores).

Según el Código de Derecho Canónico promulgado en 1983, cánones 731-746, esta Sociedad goza de plena autonomía, puede formar a sus miembros, puede incardinar clérigos y provee a la vida común de sus miembros.

En los Estatutos propios, con flexibilidad y margen de creatividad en comparación con los modelos conocidos de dichas Sociedades de vida apostólica, se prevén exenciones respecto a los obispos diocesanos (cf. canon 591) en asuntos relativos al culto público, la cura animarum [pastoral de almas] y otras actividades apostólicas, teniendo en cuenta los cánones 679-683. En cuanto a la jurisdicción respecto a los fieles que recurren a los sacerdotes de la Sociedad, esta les será conferida por los Ordinarios locales o por la Sede Apostólica.

2. Comisión Romana

Se constituirá, por los buenos oficios de la Santa Sede, una comisión encargada de coordinar las relaciones con los diversos dicasterios y obispos diocesanos, y también de resolver los problemas y controversias que puedan surgir, y que estará dotada de las facultades necesarias para tratar las cuestiones mencionadas (por ejemplo, a petición de los fieles, el establecimiento de una casa de culto donde no haya casa de la Compañía, ad mentem [según] el canon 683, § 2).

Esta comisión estará compuesta por un presidente, un vicepresidente y cinco miembros, dos de los cuales serán de la Sociedad.

Entre otras cosas, tendría la función de supervisar y ofrecer asistencia para consolidar la obra de reconciliación, y resolver cuestiones relativas a las comunidades religiosas que tengan vínculo jurídico o moral con la Compañía.

3. Condición de las personas afiliadas a la Sociedad

3.1. Los miembros de la Sociedad clerical de Vida Apostólica (sacerdotes y hermanos laicos coadjutores) se rigen por los Estatutos de la Sociedad de Derecho Pontificio.

3.2. Los oblatos, tanto hombres como mujeres, hayan hecho o no votos privados, y los miembros de la Tercera Orden afiliados a la Sociedad, pertenecen todos a una asociación de fieles afiliada a la Sociedad según los términos del canon 303, y colaboran con ella.

3.3. Las Hermanas (es decir, la Congregación fundada por Monseñor Lefebvre) que hacen votos públicos constituyen un verdadero instituto de vida consagrada, con estructura propia y autonomía propia, si bien se puede prever cierto vínculo con la Superiora de la Compañía para la unidad de su espiritualidad. Esta Congregación, al menos inicialmente, dependería de la Comisión Romana, en lugar de la Congregación para los Religiosos.

3.4. A los miembros de las comunidades que viven según la regla de diversos institutos religiosos (Carmelitas, Benedictinos, Dominicos, etc.) y que tengan un vínculo moral con la Compañía, se les debe conceder un estatuto particular que regule sus relaciones con su respectiva Orden.

3.5. Los sacerdotes que, individualmente, estén moralmente vinculados con la Compañía recibirán un estatus personal que tenga en cuenta sus aspiraciones y, al mismo tiempo, las obligaciones derivadas de su incardinación. Otros casos particulares de la misma naturaleza serán examinados y resueltos por la Comisión Romana.

En cuanto a los laicos que piden asistencia pastoral a las comunidades de la Compañía: permanecen bajo la jurisdicción del obispo diocesano, pero —en particular a causa de los ritos litúrgicos de las comunidades de la Compañía— pueden dirigirse a ellas para la administración de los sacramentos (para los sacramentos del bautismo, de la confirmación y del matrimonio, deben seguir haciéndose las notificaciones habituales a la propia parroquia; cf. cánones 878, 896, 1122).

Nota: Hay buenas razones para considerar la complejidad particular:

1. de la cuestión de la recepción de los sacramentos del bautismo, de la confirmación y del matrimonio por los laicos en las comunidades de la Compañía;

2. de la cuestión de las comunidades que practican la regla de tal o cual instituto religioso, sin pertenecer a él.

La Comisión Romana tendrá la responsabilidad de resolver estos problemas.

4. Ordenaciones

En cuanto a las ordenaciones, se deben distinguir dos fases:

1. En el futuro inmediato: Para las ordenaciones previstas para el futuro inmediato, Monseñor Lefebvre estaría autorizado a conferirlas o, si no pudiera, otro obispo aceptado por él.

2. Una vez erigida la Sociedad de Vida Apostólica:

En la medida de lo posible, y a juicio del Superior General, se seguirá el procedimiento habitual: enviar cartas dimisorias a un obispo que acepte ordenar miembros de la Sociedad.

Dada la situación particular de la Sociedad (véase más arriba), se procederá a la ordenación de un miembro de la Sociedad como obispo, quien, entre otras funciones, también podrá proceder a las ordenaciones.

5. El problema de un obispo

1. En el plano doctrinal (eclesiológico), la garantía de la estabilidad y del mantenimiento de la vida y de la actividad de la Compañía está asegurada por su erección como Sociedad de Vida Apostólica de derecho pontificio y por la aprobación de sus Estatutos por el Santo Padre.

2. Sin embargo, por razones prácticas y psicológicas, la consagración de un miembro de la Compañía como obispo parece útil. Por ello, en el marco de la solución doctrinal y canónica de la reconciliación, sugerimos al Santo Padre que nombre a un obispo elegido de la Compañía, tras la presentación de una terna de candidatos por parte del Arzobispo Lefebvre. Del principio citado (5.1) se desprende que este obispo normalmente no es el Superior General de la Compañía, pero parece oportuno que sea miembro de la Comisión Romana.

6. Problemas particulares a resolver (mediante decreto o declaración)

1. Levantamiento de la suspensión a divinis de Monseñor Lefebvre y dispensa de las irregularidades en que había incurrido por el hecho de las ordenaciones.

2. Sanación in radice, al menos ad cautelam (por precaución), de los matrimonios ya celebrados por los sacerdotes de la Compañía sin la delegación requerida.

3. Previsión de una “amnistía” y un acuerdo para las casas y lugares de culto erigidos —o utilizados— por la Sociedad hasta ahora sin la autorización de los obispos [locales].

[FIRMADO] Joseph Cardenal Ratzinger. Marcel Lefebvre.

☙❧

Carta del Arzobispo Lefebvre al Cardenal Ratzinger

6 de mayo de 1988

Su Eminencia,

Ayer firmé con gran satisfacción el Protocolo redactado los días anteriores. Sin embargo, usted mismo ha sido testigo de mi profunda decepción al leer la carta que me envió informándome de la respuesta del Santo Padre sobre las consagraciones episcopales.

En la práctica, posponer las consagraciones episcopales a una fecha posterior indeterminada sería la cuarta vez que pospusiera la fecha de la ceremonia. En mis cartas anteriores, el 30 de junio estaba claramente indicado como la fecha límite posible.

Ya les he entregado el expediente de los candidatos. Aún faltan dos meses para definir el mandato.

Dadas las circunstancias particulares de esta propuesta, el Santo Padre puede muy fácilmente simplificar el procedimiento para que el mandato nos pueda ser comunicado hacia mediados de junio.

Si la respuesta fuera no, me encontraría en conciencia obligado a proceder a las consagraciones, apoyándome en el acuerdo dado por la Santa Sede en el Protocolo para la consagración de un obispo miembro de la Fraternidad.

Las dudas expresadas sobre la consagración episcopal de un miembro de la Compañía, ya sea por escrito o verbalmente, me hacen temer retrasos. Todo está listo para la ceremonia del 30 de junio: reserva de hotel, transporte y alquiler de carpas gigantes para albergar la ceremonia.

La decepción de nuestros sacerdotes y fieles laicos sería enorme. Todos esperan que esta consagración se realice con el consentimiento de la Santa Sede; pero, decepcionados ya por retrasos anteriores, no comprenderían que aceptara una nueva demora. Son conscientes y anhelan sobre todo que verdaderos obispos católicos les transmitan la verdadera fe y les comuniquen con seguridad las gracias de la salvación a las que aspiran para sí mismos y para sus hijos.

Con la esperanza de que esta petición no constituya un obstáculo insuperable para la reconciliación en curso, le ruego, Eminencia, acepte mis respetuosos y fraternos sentimientos en Christo et Maria.

+ Marcel Lefebvre

Ex arzobispo-obispo de Tulle
 

viernes, 20 de abril de 1984

REDEMPTIONIS ANNO (20 DE ABRIL DE 1984)


CARTA APOSTÓLICA

REDEMPTIONIS ANNO

DEL SUMO PONTÍFICE

JUAN PABLO II

SOBRE LA CIUDAD DE JERUSALÉN

A los obispos,

sacerdotes,

familias religiosas y fieles de toda la Iglesia católica

sobre la ciudad de Jerusalén,

patrimonio sagrado de todos los creyentes

y deseada encrucijada de paz

para los pueblos del Oriente Medio


Venerables hermanos y queridos hijos, salud y bendición apostólica:

El Año Jubilar de la Redención se concluye y, mientras tanto, mi pensamiento se dirige a la tierra privilegiada, situada en el punto de confluencia de Europa, Asia y África, donde se realizó la redención del género humano "una vez para siempre" (cf. Rom 6, 10; Heb 7, 27; 9, 12; 10, 10).

Es la tierra que llamamos santa por haber sido la patria terrena de Cristo, que Él recorrió "predicando el Evangelio del reino y curando en el pueblo toda enfermedad y toda dolencia" (Mt 4, 23).

Este año en particular hubiera deseado revivir la profunda emoción y la inmensa alegría que sintió mi predecesor, el Papa Pablo VI, cuando en 1964, fue a Tierra Santa y a Jerusalén.

Aunque no me ha sido posible estar allí físicamente, sin embargo, me siento espiritualmente peregrino en la tierra donde se realizó nuestra reconciliación con Dios, para pedir al Príncipe de la Paz el don precioso de la redención y de la paz, por la que suspiran los corazones de los hombres, las familias, los pueblos y, en particular, las gentes que habitan precisamente en esa región.

Pero pienso, sobre todo, en la ciudad de Jerusalén, donde Jesús, ofreciendo su vida, "hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de la separación, anulando, en su carne la enemistad" (Ef 2, 14).

Jerusalén, antes de que fuera la ciudad de Jesús Redentor, fue el lugar histórico de la revelación bíblica de Dios, el punto donde más que en cualquier otro lugar se establece el diálogo entre Dios y los hombres, como si fuese el punto de encuentro entre el cielo y la tierra.

Los cristianos miran a Jerusalén con religioso y solícito afecto, ya que allí resonó muchas veces la palabra de Cristo, allí tuvieron lugar los grandes acontecimientos de la redención, esto es, la pasión, muerte y resurrección del Señor. En Jerusalén surgió la primera comunidad cristiana y allí se mantuvo durante siglos, incluso en medio de dificultades, una presencia eclesial continua.

Para los judíos es objeto de vivo amor y de evocación perenne, por su riqueza de tantos vestigios y recuerdos, desde el tiempo de David que la eligió como capital, y de Salomón que edificó en ella el templo. Se puede decir que, desde entonces, la miran cada día y la señalan como símbolo de su nación.

También los musulmanes llaman a Jerusalén "la Santa", con ardiente amor, que se remonta a los orígenes del Islam, y está motivado por lugares privilegiados de peregrinación y por una presencia más que milenaria y casi ininterrumpida.

Además de estos eximios y eminentes testimonios, Jerusalén acoge comunidades vivas de creyentes, cuya presencia es prenda y fuente de esperanza para las personas que desde todas las partes del mundo miran a la Ciudad Santa como a un patrimonio espiritual propio y un signo de paz y de armonía.

Así es, porque en su calidad de patria del corazón de todos los descendientes espirituales de Abraham, para quienes resulta inmensamente entrañable, y en su calidad de punto de confluencia, Jerusalén se levanta, a los ojos de la fe, entre la trascendencia infinita de Dios y la realidad del ser creado, como símbolo de encuentro, de unión y de paz para toda la familia humana.

La Ciudad Santa encierra, pues, una profunda invitación a la paz, dirigida a toda la humanidad, y en particular a los adoradores del Dios único y grande, Padre misericordioso de los pueblos. Pero, por desgracia, hay que reconocer que Jerusalén está siendo motivo de persistente rivalidad, de violencia y de reivindicaciones exclusivistas.

Esta situación y estas consideraciones traen espontáneamente a los labios las palabras del Profeta: "Por amor de Sión yo no me callaré, y por Jerusalén no pararé hasta que resplandezca su justicia como luz esplendente, y su salvación como antorcha encendida" (Is 62, 1).

Pienso y suspiro por el día en que todos seamos realmente tan "enseñados por Dios" (Jn 6, 45), que escuchemos su mensaje de reconciliación y de paz. Pienso en el día en que judíos, cristianos y musulmanes puedan intercambiarse en Jerusalén el saludo de paz que Jesús dirigió a los discípulos, después de su resurrección: "La paz sea con vosotros" (Jn 20, 19).

Los Romanos Pontífices, sobre todo en este siglo, han seguido siempre con ansiosa solicitud los acontecimientos dolorosos en que se ha visto implicada Jerusalén durante muchos decenios, y han prestado vigilante atención a los pronunciamientos de las Instituciones internacionales que se han interesado por la Ciudad Santa.

En numerosas ocasiones la Santa Sede ha invitado a la reflexión y ha exhortado a encontrar una solución adecuada a la compleja y delicada cuestión. Lo ha hecho porque está profundamente preocupada por la paz entre los pueblos, no menos que por motivos espirituales, históricos, culturales, de naturaleza eminentemente religiosa.

Toda la humanidad, y en primer lugar los pueblos y naciones que tienen en Jerusalén a sus hermanos de fe, cristianos, judíos y musulmanes, se sienten justamente implicados e impulsados a hacer lo posible para preservar el carácter sagrado, único e irrepetible de la Ciudad. No sólo los monumentos y lugares santos, sino todo el conjunto de la Jerusalén histórica y la existencia de las comunidades religiosas, su condición, su porvenir no pueden dejar de ser objeto de interés y solicitud por parte de todos.

Efectivamente, es justo que se encuentre, con buena voluntad y clarividencia, un modo concreto y justo, en virtud del cual los diversos intereses y aspiraciones se concilien de manera armónica y estable y se tutelen de forma adecuada y eficaz por un Estatuto internacional garantizado, de suerte que ni unos ni otros pueden ponerlo en peligro.

Ante las comunidades cristianas, ante los que profesan la fe en el Dios único y que están comprometidos en la defensa de los valores fundamentales del hombre, siento también el deber apremiante de repetir que la cuestión de Jerusalén es fundamental para la paz justa en Oriente Medio. Tengo la convicción de que la identidad religiosa de la Ciudad y, en particular, la común tradición de fe monoteísta pueden allanar el camino para promover la armonía entre todos los que juzgan como suya, por diversas razones, la Ciudad Santa.

Estoy convencido que el no buscar una solución adecuada a la cuestión de Jerusalén, así como el resignarse a un aplazamiento del problema, no hacen más que comprometer ulteriormente la deseada armonía pacífica y justa de la crisis de todo el Oriente Medio.

Es natural recordar, en este contexto, que en la región hay dos pueblos, el judío y el palestino, que desde decenios están contrapuestos en un antagonismo que parece irreductible.

La Iglesia, que mira a Cristo Redentor y descubre su imagen en el rostro de cada uno de los hombres, pide paz y reconciliación para los pueblos de esa tierra que fue la Suya.

Para el pueblo judío que vive en el Estado de Israel y que conserva en esa tierra tan preciosos testimonios de su historia y de su fe, debemos pedir la deseada seguridad y la justa tranquilidad que es prerrogativa de toda nación y condición de vida y de progreso para toda sociedad.

El pueblo palestino, que hunde sus raíces históricas en esa tierra y que vive disperso, desde hace decenios, tiene el derecho natural, por justicia, de volver a encontrar una patria y de poder vivir en paz y tranquilidad con los otros pueblos de la región.

Todas las gentes del Oriente Medio, cada una con un patrimonio propio de valores espirituales, no podrán superar las trágicas vicisitudes en las que se ven implicadas -pienso en el Líbano tan probado- si no saben descubrir el auténtico sentido de su historia, que por medio de la fe en el único Dios las llama a una convivencia pacífica de entendimiento y de mutua colaboración.

Por lo tanto, quiero llamar la atención de los hombres políticos, de cuantos son responsables de los destinos de los pueblos, de quien está al frente de Instituciones internacionales, sobre la suerte de la ciudad de Jerusalén y de las comunidades que habitan en ella. Efectivamente, nadie ignora que las diversas expresiones de fe y cultura presentes en la Ciudad Santa pueden y deben ser un coeficiente de concordia y de paz.

Este Viernes Santo, en que recordamos solemnemente la pasión y muerte del Salvador, quisiera invitar a todos, venerables hermanos en el Episcopado, y a todos los sacerdotes, personas consagradas, fieles de todo el mundo, a poner entre las especiales intenciones de vuestras plegarias la petición en favor de una solución justa del problema de Jerusalén y de Tierra Santa, y en favor del retorno de la paz a Oriente Medio.

En el Año Santo que va a concluir y que hemos celebrado con gran alegría espiritual, tanto en Roma como en todas las diócesis de la Iglesia universal, Jerusalén ha sido el término ideal, el lugar natural adonde se dirigen nuestros pensamientos de amor y gratitud por el gran don de la redención, que en la Ciudad Santa realizó el Hijo del Hombre en beneficio de toda la humanidad.

Y ya que el fruto de la redención es la reconciliación del hombre con Dios y de cada uno de los hombres con sus hermanos, debemos pedir que también en Jerusalén, en la Tierra Santa de Jesús, los creyentes en Dios puedan volver a encontrar, después de tan dolorosas divisiones y discordias, la reconciliación y la paz.

Que esta paz, anunciada por Jesucristo en nombre del Padre que está en los cielos, convierta así a Jerusalén en signo viviente del gran ideal de unidad, de fraternidad y convergencia entre los pueblos, según las palabras luminosas del libro de Isaías: "Vendrán muchedumbres de pueblos diciendo: / Venid y subamos al monte de Yavé, / a la casa del Dios de Jacob, / y Él nos enseñará sus caminos e iremos por sus sendas" (Is 2, 3).

Para terminar, imparto de corazón mi bendición apostólica.

Roma, junto a San Pedro, 20 de abril, Viernes Santo de 1984, VI año de mi pontificado.


JOANNES PAULUS PP. II



domingo, 11 de diciembre de 1983

DISCURSO DE JUAN PABLO II ANTE LA CONGREGACIÓN EVANGÉLICA LUTERANA DE ROMA


DISCURSO DE JUAN PABLO II

DURANTE EL ENCUENTRO ECUMÉNICO

CON LA CONGREGACIÓN EVANGÉLICA LUTERANA DE ROMA

11 de diciembre de 1983

¡Queridos hermanos y hermanas en Cristo!

“Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por siempre“, así está escrito bajo la imagen del Pantocrátor en el ábside de esta Iglesia de Cristo. Con estas palabras, saludo a la congregación evangélica luterana de Roma y a todos los aquí presentes. Agradezco a los representantes de la congregación la invitación fraterna a esta visita. En el nombre de Jesucristo y bajo su palabra, nos hemos reunido aquí para confesar, alabar y glorificar a nuestro común Redentor y Señor, con la unidad de nuestros corazones y a una sola voz.

El Verbo eterno de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. En este momento trascendental del Tercer Domingo de Adviento, deseo dar testimonio con ustedes de este único Señor y Salvador, presente ayer, hoy y siempre. Con gratitud, recordamos nuestro origen común, el don de nuestra redención y el propósito compartido de nuestra peregrinación. Todos nos encontramos bajo la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Él es el centro y el eje en quien reside todo el ser, el sentido y la salvación de este mundo y de nuestras vidas.

En este tiempo de salvación durante el Adviento, nuestros oídos y corazones están atentos; escuchan y perciben el mensaje gozoso de aquel que ya vino y que finalmente regresará. En nuestra vida cotidiana, a menudo experimentamos la apremiante realidad de este período de transición. ¿Acaso no recordamos constantemente la situación de Juan el Bautista? Él se encontraba —como nos dice el Evangelio— en una posición de decisión. Tenía que conciliar la contradicción entre su comprensión del Mesías y sus propias circunstancias personales, marcadas por el encarcelamiento y la amenaza de muerte. La pregunta de Juan, por lo tanto, era sincera y nacida de una gran angustia: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”.

Jesús responde a la inquietud buscadora de su precursor y guía su fe hacia la certeza: ¡Ha llegado el tiempo de la salvación, el reino de Dios! ¡El Mesías está aquí! Ciertamente, las señales y los prodigios no son concluyentes por sí solos. Sin embargo, quienes entienden las señales como indicios del cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento en el presente kairós pueden regocijarse al ser ciudadanos del reino escatológico de Dios.

Jesús reconoce a su precursor, quien se encuentra en el atrio de su venida. “Entre todos los hombres no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista”, testifica el Señor. “Sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él”. Jesús se refiere a la persona pobre y necesitada en todo sentido, que llega a la fe en la salvación a través de Jesucristo. Tal persona puede abrir su corazón y su boca para unirse al himno de alabanza de María: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo: El don de este encuentro me conmueve profundamente. Deseaba especialmente que se celebrara durante el Adviento. Es una excelente oportunidad para buscar juntos al Señor y esperar al Dios de nuestra salvación.

Ya nos acercamos al año 2000. “Estamos, en cierto sentido, en un tiempo de nuevo Adviento, un tiempo de expectativa”. Por eso, he ido, por así decirlo, a nuestros vecinos, a aquellos ciudadanos de esta ciudad “unidos por un parentesco especial”. He venido para hacer presente con ustedes el misterio compartido de la fe del Adviento, su profunda y multifacética riqueza, en la oración y la meditación. He venido porque el Espíritu de Dios, en nuestro tiempo, nos ha guiado, a través del diálogo ecuménico, a la búsqueda de la plena unidad de los cristianos. Somos conscientes de la difícil historia de esta congregación evangélica luterana en Roma, de sus arduos comienzos y de las luces y sombras de su desarrollo en las condiciones de esta ciudad. Esto hace que la pregunta sea aún más apremiante: “A pesar de toda debilidad humana, a pesar de las deficiencias de siglos pasados, ¿acaso podemos desconfiar de la gracia de nuestros Señores, que se ha revelado en los últimos tiempos por medio de la palabra del Espíritu Santo, que escuchamos durante el Concilio?”.

Así, en medio de las evidentes divisiones que aún existen en la doctrina y la práctica, nos vemos profundamente unidos en la solidaridad de todos los cristianos adventistas. Anhelamos la unidad y nos esforzamos por alcanzarla sin desanimarnos ante las dificultades que puedan surgir en el camino. Finalmente, en este año que conmemora el quinto aniversario del nacimiento de Martín Lutero, creemos poder discernir, como desde lejos, el amanecer del Adviento, una restauración de nuestra unidad y comunión. Esta unidad es fruto de la renovación diaria, la conversión y el arrepentimiento de todos los cristianos a la luz de la Palabra eterna de Dios. Es también la mejor preparación para la venida de Dios a nuestro mundo.

Sigamos la gran figura del Adviento, sigamos el ejemplo de Juan el Bautista, la voz que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor”. ¡Atendamos a la invitación a la reconciliación con Dios y entre nosotros! Cristo, el Todopoderoso, no solo está por encima de nosotros, sino también entre nosotros como el Señor que fue, que es y que será por siempre.

Les deseo de todo corazón a ustedes y a sus familias una feliz Navidad.
 

jueves, 6 de enero de 1983

APERITE PORTAS REDEMPTORI (6 DE ENERO DE 1983)


BULA DE CONVOCACIÓN

DEL JUBILEO

PARA EL 1950 ANIVERSARIO

DE LA REDENCIÓN

APERITE PORTAS REDEMPTORI


JUAN PABLO OBISPO

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

A TODOS LOS FIELES DEL MUNDO CATÓLICO:

SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA


1. « ABRID LAS PUERTAS AL REDENTOR ». He aquí la llamada que, en la perspectiva del Año jubilar de la Redención, dirijo a toda la Iglesia, renovando la invitación hecha a los pocos días de mi elección a la Cátedra de Pedro. Desde aquel instante, mis sentimientos y mi pensamiento se han orientado más que nunca a Cristo Redentor, a su misterio pascual, vértice de la Revelación divina y actuación suprema de la misericordia de Dios para con los hombres de todos los tiempos [1].

En efecto, el ministerio universal, propio del Obispo de Roma, arranca del acontecimiento de la Redención llevada a cabo por Cristo mediante su muerte y resurrección; y este ministerio fue puesto por el Redentor al servicio del mismo evento [2], que ocupa el lugar central en toda la historia de la salvación [3].

2. Cada año litúrgico es en verdad celebración de los misterios de nuestra Redención; pero la conmemoración jubilar de la muerte salvífica de Cristo sugiere que tal celebración sea más intensamente participada. Ya en 1933 el Papa Pío XI de venerable memoria quiso recordar, con feliz intuición, el XIX Centenario de la Redención con un Año Extraordinario, sin entrar por otra parte en la cuestión de la fecha precisa en que fue crucificado el Señor [4].

Dado que este año 1983 coincide con el 1950 aniversario de aquel gran acontecimiento, ha ido madurando dentro de mí la decisión, que ya manifesté al Colegio Cardenalicio el 26 de noviembre de 1982, de dedicar un año entero a recordar de modo especial la Redención, con el fin de que ésta penetre más a fondo en el pensamiento y en la acción de toda la Iglesia.

Tal jubileo comenzará el día 25 del próximo mes de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor, que recuerda el instante providencial en que el Verbo eterno, haciéndose hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, participó de nuestra carne «para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y liberar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre» [5]. Se concluirá el día 22 de abril de 1984, Domingo de Pascua, día de la plenitud de la alegría procurada por el Sacrificio redentor de Cristo, gracias al cual la Iglesia «renace y se alimenta continuamente de modo maravilloso» [6].

Sea pues éste un Año verdaderamente Santo, sea realmente un tiempo de gracia y de salvación, más intensamente santificado por la aceptación de las gracias de la Redención por parte de la humanidad de nuestro tiempo, mediante la renovación espiritual de todo el pueblo de Dios, que tiene como cabeza a Cristo «que fue entregado a muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» [7].

3. Toda la vida de la Iglesia está inmersa en la Redención, respira la Redención. Para redimirnos, vino Cristo al mundo desde el seno del Padre; para redimirnos, se ofreció a sí mismo sobre la cruz en acto de amor supremo hacia la humanidad, dejando a su Iglesia su Cuerpo y su Sangre «en memoria suya» [8] y haciéndola ministro de la reconciliación con poder para perdonar los pecados [9].

La Redención se comunica al hombre mediante la proclamación de la Palabra de Dios y los sacramentos, dentro de la economía divina por la cual la Iglesia está constituida, en cuanto cuerpo de Cristo, «como sacramento universal de salvación» [10]. El Bautismo, sacramento del nuevo nacimiento en Cristo, introduce vitalmente a los fieles en esta corriente que brota del Salvador. La Confirmación los vincula más estrechamente con la Iglesia, los corrobora en el testimonio de Cristo y en el amor coherente a Dios y a los hermanos. La Eucaristía en particular hace presente toda la obra de la Redención que se perpetúa a lo largo del año en la celebración de los divinos misterios; en ella el mismo Redentor, realmente presente bajo las especies sagradas, se da a los fieles, acercándolos «siempre al amor que es más fuerte que la muerte» [11], los une a sí y al mismo tiempo entre sí. De este modo la Eucaristía construye la Iglesia, ya que es signo y causa de la unidad del Pueblo de Dios, y consiguientemente fuente y culmen de toda la vida cristiana [12]. La Penitencia los purifica, como se dirá ampliamente más adelante. El Orden Sagrado configura a los elegidos a Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, y les confiere el poder de apacentar en su nombre a la Iglesia con la palabra y la gracia de Dios, sobre todo en el culto eucarístico. En el Matrimonio «el genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia» [13]. Finalmente la Unción de los Enfermos, uniendo los sufrimientos de los fieles a los del Redentor, los purifica con vistas a la redención completa del hombre incluso en su cuerpo y los prepara al encuentro beatífico con Dios, Uno y Trino.

Por otra parte, los diversos elementos de la práctica religiosa cristiana, en particular los que se entienden con el nombre de «sacramentales», así como las expresiones de una genuina piedad popular, extrayendo también ellos su eficacia de la riqueza que mana sin cesar de la Muerte en Cruz y de la Resurrección de Cristo Redentor, facilitan a los fieles un contacto siempre renovado y vivificante con el Señor.

Si pues toda la actividad de la Iglesia está marcada por la fuerza transformadora de la Redención de Cristo y se alimenta continuamente en estas fuentes de la salvación[14], es claro que el Jubileo de la Redención —como dije al Sacro Colegio el 23 de diciembre— no debe ser sino un «año ordinario celebrado cíe modo extraordinario: la posesión de la gracia de la Redención, vivida ordinariamente dentro y mediante la estructura misma de la Iglesia, se convierte en extraordinaria por la peculiaridad de la celebración anunciada »[15]. De este modo, la vida y la actividad de la Iglesia se hacen este año « jubilares »: el Año de la Redención debe dejar una huella particular en toda la vida de la Iglesia, para que los cristianos sepan descubrir de nuevo en su experiencia existencial todas las riquezas inherentes a la salvación que les ha sido comunicada desde el bautismo y se sientan impulsados por el amor de Cristo « persuadidos de que si uno murió por todos, luego todos son muertos; y murió por todos para que los que viven no vivan ya para sí sino para aquel que por ellos murió y resucitó» [16]. Dado que la Iglesia es dispensadora de la multiforme gracia de Dios, si atribuye a este Año un significado específico, entonces la economía divina de la salvación se actuará en las diversas formas en que se manifieste este Año Jubilar de la Redención.

De todo ello se deriva para este acontecimiento un acentuado carácter pastoral. En el descubrimiento y en la práctica vivida de la economía sacramental de la Iglesia, a través de la cual llega a cada uno y a la comunidad la gracia de Dios en Cristo, hay que ver el profundo significado y la belleza arcana de este Año que el Señor nos concede celebrar.

Por otra parte, tiene que quedar claro que este tiempo fuerte, durante el cual todo cristiano está llamado a realizar más en profundidad su vocación a la reconciliación con el Padre en el Hijo, conseguirá plenamente su objetivo únicamente cuando desemboque en un nuevo compromiso por parte de cada uno y de todos al servicio de la reconciliación no sólo entre todos los discípulos de Cristo, sino también entre todos los hombres, y al servicio de la paz entre todos los pueblos. Una fe y una vida auténticamente cristianas deben desembocar necesariamente en una caridad que lleva a la verdad y promueve la justicia.

4. La extraordinaria celebración jubilar de la Redención quiere ante todo reavivar en los hijos de la Iglesia católica la conciencia de que «su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que, si no responden de pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad» [17].

Consiguientemente, todo fiel debe sentirse llamado en primer lugar a un compromiso singular de penitencia y renovación, porque tal es el estado permanente de la Iglesia misma, la cual, «Siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación» [18] siguiendo la invitación hecha por Cristo a las muchedumbres, al comienzo de su ministerio: «Convertíos y creed en el evangelio» [19].

Dentro de este específico compromiso, el Año que estarnos para celebrar, se coloca en la línea del Año Santo 1975, al que mi venerado Predecesor Pablo VI asignó como finalidad primordial la renovación en Cristo y la reconciliación con Dios[20]. En efecto, no puede darse renovación espiritual que no pase por la penitencia-conversión, bien sea como actitud interior y permanente del creyente y como ejercicio de la virtud que corresponde a la incitación del Apóstol a «hacerse reconciliar con Dios» [21], bien sea como acceso al perdón de Dios mediante el Sacramento de la Penitencia.

Es efectivamente una exigencia de su misma condición eclesial el que todo católico no omita nada para mantenerse en la vida de gracia y haga todo lo posible para no caer en el pecado que le separaría de ella, para que esté siempre en condiciones de participar en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, y sea así de provecho para toda la Iglesia en su misma santificación personal y en el compromiso cada vez más sincero al servicio del Señor.

5. La libertad del pecado es por tanto fruto y exigencia primaria de la fe en Cristo Redentor y en su Iglesia, habiéndonos liberado él para que quedásemos libres [22] y participásemos en el don de su Cuerpo sacramental para edificación de su Cuerpo eclesial.

Al servicio de esta libertad el Señor Jesús instituyó en su Iglesia el Sacramento de la Penitencia, para que quienes han cometido pecado después del bautismo sean reconciliados con Dios, al que han ofendido, y con la Iglesia misma, a la que han herido [23].

La llamada universal a la conversión [24] se insiere precisamente en este contexto. Dado que todos son pecadores, todos tienen necesidad cíe ese cambio radical de espíritu, de mente y de vida, que en la Biblia se llama metánoia, conversión. Esta actitud es suscitada y alimentada por la palabra de Dios que es revelación de la misericordia del Señor [25], se actúa sobre todo por vía sacramental y se manifiesta en múltiples formas de caridad y de servicio a los hermanos.

Para que se pueda restablecer el estado de gracia, en la economía ordinaria no basta reconocer internamente la propia culpa ni hacer una reparación externa. En efecto, Cristo Redentor, instituyendo la Iglesia y constituyéndola sacramento universal de salvación, ha establecido que la salvación de cada uno se verifique dentro de la Iglesia y mediante el ministerio de la Iglesia misma[26], del cual Dios se sirve también para comunicar el comienzo de la salvación, que es la fe [27].

Ciertamente los caminos del Señor son inescrutables y el misterio del encuentro con Dios en la conciencia es insondable; pero el «camino» que Cristo nos ha hecho conocer es el que pasa a través de la Iglesia, la cual, mediante el sacramento o al menos el «voto» del mismo, restablece un nuevo contacto personal entre el pecador y el Redentor. Tal contacto vivificante es indicado también por el signo de la absolución sacramental, en la cual Cristo que perdona, a través de su ministro, alcanza en su individualidad la persona que necesita ser perdonada, y vivifica en ella la convicción de fe, de la que depende cualquier otra: «la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» [28].

6. Cada nueva experiencia del amor misericordioso de Dios y cada respuesta individual de amor penitente por parte del hombre es siempre un acontecimiento eclesial. A la virtud propia del Sacramento se añaden, como participación en el mérito y valor satisfactorio infinito de la Sangre de Cristo, único Redentor, los méritos y satisfacciones de todos aquellos que, santificados en Jesucristo y fieles a la vocación a ser santos [29], ofrecen gozos y oraciones, privaciones y sufrimientos en favor de los hermanos en la fe más necesitados de perdón, y más aún en favor de todo el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia [30].

Por consiguiente, la práctica de la Confesión sacramental, en el contexto de la comunión de los santos que ayuda de diversas maneras a acercar los hombres a Cristo[31], es un acto de fe en el misterio de la Redención y de su realización en la Iglesia. La celebración de la penitencia sacramental es siempre, en efecto, un acto de la Iglesia con el cual ella proclama su fe, da gracias a Dios por la libertad con que Cristo nos ha liberado, ofrece su vida como sacrificio espiritual en alabanza de la gloria de Dios y entre tanto acelera el paso hacia Cristo el Señor.

Es exigencia del mismo misterio de la Redención que el ministerio de la reconciliación, confiado por Dios a los Pastores de la Iglesia [32], encuentre su natural realización en el Sacramento de la Penitencia. De ello son responsables los Obispos, que son en la Iglesia los administradores cíe la gracia [33] derivada del sacerdocio de Cristo, participado a sus ministros, también como moderadores de la disciplina penitencial; de ello son responsables los Sacerdotes, los cuales pueden unirse a la intención y a la caridad de Cristo, particularmente administrando el Sacramento de la Penitencia [34].

7. Con estas consideraciones me siento cercano y unido a las preocupaciones pastorales de todos mis Hermanos en el Episcopado. Es, al respecto, muy significativo que el Sínodo de los Obispos, que se celebrará en este Año jubilar de la Redención, tenga como tema precisamente la reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia.

Ciertamente los Sagrados Pastores dedicarán, junto conmigo, particular atención a la función insustituible del Sacramento de la Penitencia en esta misión salvífica de la Iglesia, y pondrán todo esfuerzo para que no se omita nada de lo que ayuda a la edificación del Cuerpo de Cristo [35]. ¿No es quizás nuestro común y más ardiente deseo que, en este Año de la Redención, disminuya el número de las ovejas errantes y tenga lugar para todos un retorno hacia el Padre que espera [36] y hacia Cristo, pastor y guardián de las almas de todos? [37]

La Iglesia, acercándose al inicio de su tercer milenio, se siente particularmente comprometida en la fidelidad a los dones divinos, que tienen en la Redención de Cristo su fuente, y mediante los cuales el Espíritu Santo la guía a su desarrollo y renovación, para que sea esposa cada vez más digna de su Señor[38]. Por eso ella confía en el Espíritu Santo y quiere asociarse a su acción misteriosa como la Esposa que invoca la llegada de Cristo [39].

8. La gracia específica del Año de la Redención es pues un renovado descubrimiento del amor de Dios que se da, y es una profundización de las riquezas inescrutables del misterio pascual de Cristo, hechas propias mediante la experiencia cotidiana de la vida cristiana, en todas sus formas. Las diversas prácticas de este Año jubilar deben orientarse hacia tal gracia, con un esfuerzo continuo que supone y exige el alejamiento del pecado, de la mentalidad del mundo el cual « yace en poder del Maligno »[40], de todo lo que impide o frena el camino de la conversión.

En esta perspectiva de gracia se sitúa también el don de la indulgencia, propio y característico del Año jubilar, que la Iglesia, en virtud del poder que le confirió Cristo, ofrece a todos aquellos que con las disposiciones indicadas cumplen las prescripciones propias del jubileo. Como subrayaba mi Predecesor Pablo VI en la Bula de Convocación del Año Santo del 1975, «con la indulgencia la Iglesia, sirviéndose de su potestad de ministro de la Redención operada por Cristo el Señor, comunica a los fieles la participación de esta plenitud de Cristo en la comunión de los Santos, ofreciéndoles en medida amplísima los medios para alcanzar la salvación» [41].

La Iglesia, dispensadora de gracia por expresa voluntad de su Fundador, concede a todos los fieles la posibilidad de acercarse, mediante la indulgencia, al don total de la misericordia de Dios, pero requiere que haya plena disponibilidad y la necesaria purificación interior, ya que la indulgencia no es separable de la virtud y del Sacramento de la Penitencia. Confío mucho en que con el Jubileo pueda purificarse en los fieles el don del «temor de Dios», dado por el Espíritu Santo que, en la delicadeza de su amor, los lleve cada vez más a evitar el pecado y a tratar de repararlo en sí mismos y en los otros, aceptando los sufrimientos cotidianos y cumpliendo las diversas prácticas jubilares. Conviene descubrir el sentido del pecado, y para llegar a ello conviene descubrir el sentido de Dios. El pecado es, en efecto, una ofensa hecha a Dios justo y misericordioso, que exige ser convenientemente expiada en ésta o en la otra vida. Cómo no recordar la saludable amonestación: «¡El Señor juzgará a su pueblo. Es tremendo caer en las manos de Dios vivo!» [42].

A esta renovada conciencia del pecado y de sus consecuencias debe corresponder una revalorización de la vida de gracia, de la que la Iglesia gozará como de un nuevo don de Redención de su Señor Crucificado y Resucitado. A eso está dirigida la intención eminentemente pastoral del Jubileo, de la que ya he hablado.

9. Por eso, la Iglesia entera, desde los Obispos hasta los fieles más pequeños y humildes, se siente llamada a vivir la última fase de este siglo XX de la Redención que la prepare para el tercer milenio ya cercano, con los mismos sentimientos con los que la Virgen María esperaba el nacimiento del Señor en la humildad de nuestra naturaleza humana. Como María ha precedido a la Iglesia en la fe y en el amor en el alba de la era de la Redención, así la preceda hoy mientras, en este jubileo, se prepara hacia el nuevo milenio de la Redención.

Nunca como en esta nueva época de su historia, en María la Iglesia «admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención y la contempla gozosamente como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser» [43]; en María reconoce, venera e invoca la «primera redimida» y, al mismo tiempo, la primera en ser asociada más cercanamente a la obra de la Redención.

La Iglesia entera deberá, pues, tratar de concentrarse, como María, con amor indiviso, en Jesucristo su Señor, dando testimonio con la enseñanza y con la vida de que nada se puede hacer sin El, ya que en nadie más puede estar la salvación [44]. Y como María, aceptando la Palabra divina, llegó a ser Madre de Jesús y se consagró totalmente a sí misma a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención [45], así la Iglesia debe proclamar hoy y siempre que no conoce, en medio de los hombres, sino a Jesucristo Crucificado, que por nosotros se ha hecho sabiduría, justificación, santificación y redención [46].

Con este testimonio de Cristo Redentor también la Iglesia, como María, podrá encender la llama de una nueva esperanza para el mundo entero.

10. Durante este Año Jubilar de la Redención, que sabemos se realizó una vez para siempre, pero que se aplica y expande para incremento de la santificación universal que siempre debe perfeccionarse, deseo con trepidante esperanza un recíproco encuentro de intenciones entre todos los que creen en Cristo: incluso en aquellos hermanos nuestros que están en comunión real con nosotros, aunque no plena, porque están unidos en la fe en el Hijo de Dios, Redentor y Señor nuestro, y en el bautismo común [47].

En efecto, todos los que han respondido a la elección divina para obedecer a Jesucristo, para ser rociados con su sangre y llegar a ser partícipes de su resurrección [48], creen que la Redención de la esclavitud del pecado es el cumplimiento de toda la Revelación divina, porque en ella se ha verificado lo que ninguna criatura habría podido nunca pensar ni hacer: o sea, que Dios inmortal en Cristo se inmoló en la Cruz por el hombre y que la humanidad mortal ha resucitado en El. Creen que la Redención es la suprema exaltación del hombre, ya que lo hace morir al pecado con el fin de hacerlo partícipe de la vida misma de Dios. Creen que cada existencia humana y la historia entera de la humanidad reciben plenitud de significado solamente por la inquebrantable certeza de que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» [49].

Ojalá que la renovada experiencia de esta única fe pueda, también en el Año Jubilar, acelerar el tiempo del inefable gozo de los hermanos que viven juntos, escuchando la voz de Cristo en su única grey, con él como único y supremo Pastor [50].

Mientras tanto me alegro de saber que muchos de ellos se preparan a celebrar de modo especial este año a Jesucristo como vida del mundo. Deseo que sus iniciativas tengan éxito y pido al Señor que los bendiga.

11.Sin embargo, come es lógico, la celebración del Año Jubilar concierne principalmente a los fieles de la Iglesia que comparten íntegramente su fe en Cristo Redentor y viven en plena comunión con ella. Como he anunciado ya, el Año Jubilar será celebrado a la vez en Roma y en todas las otras diócesis del mundo [51]. Para ganar la gracias espirituales relacionadas con el jubileo me limitaré a dar aquí, además de algunas disposiciones, ciertas orientaciones de carácter general, dejando a las Conferencias Episcopales y a los Obispos de cada diócesis la misión de establecer indicaciones y sugerencias pastorales más concretas, de acuerdo con la mentalidad y costumbre de cada lugar y con las finalidades del 1950º aniversario de la muerte y resurrección de Cristo. En efecto, la celebración de este acontecimiento quiere ser ante todo una llamada al arrepentimiento y a la conversión, como disposiciones necesarias para la participación en la gracia de la Redención llevada a cabo por él, y para llegar así a una renovación espiritual en cada uno de los fieles, en las familias, en las parroquias, en las diócesis, en las comunidades religiosas y en los otros centros de vida cristiana y de apostolado.

Deseo en primer lugar que se dé una importancia fundamental a las dos condiciones principales requeridas para lucrar la indulgencia plenaria, es decir, a la confesión sacramental personal e íntegra, en la que se da el encuentro entre la miseria del hombre y la misericordia de Dios, y a la comunión eucarística recibida dignamente.

A este respecto, exhorto a todos los sacerdotes a ofrecer con generosa disponibilidad y entrega la más amplia posibilidad a los fieles de disfrutar de los medios de salvación; y para facilitar la misión de los confesores, dispongo que los sacerdotes que acompañen o se unan a peregrinaciones jubilares fuera de su propia diócesis puedan servirse de las facultades que les han concedido en la propia diócesis las legítimas Autoridades. Facultades especiales serán otorgadas por la S. Penitenciaria Apostólica a los Penitenciarios de las Basílicas Patriarcales Romanas y, en cierta medida, también a los otros sacerdotes que escuchen las confesiones de los fieles que se acerquen al sacramento de la Penitencia para lucrar el Jubileo.

Interpretando el sentimiento materno de la Iglesia, dispongo que la indulgencia del jubileo pueda ser lucrada eligiendo uno de los modos siguientes, que podrán ser a la vez expresión y compromiso renovado de ejemplar vida eclesial:


A

Participar devotamente en una celebración comunitaria organizada a nivel diocesano, o de acuerdo con las indicaciones del Obispo también en cada parroquia, para ganar el Jubileo. En tal celebración deberá tenerse siempre una plegaria por mis intenciones, en especial para que el acontecimiento de la Redención pueda ser anunciado a todos los pueblos, y para que en cada Nación los creyentes en Cristo Redentor puedan profesar libremente su propia fe. Es de desear que la celebración vaya acompañada, en lo posible, por una obra de misericordia, en la que el penitente continúe y exprese su compromiso de conversión.

El acto comunitario podrá consistir, de manera especial, en la participación:

— en la Santa Misa organizada para el Jubileo. Procuren los Obispos que en sus diócesis se asegure a los fieles la posibilidad de participar en ella y que la celebración sea digna y bien preparada. Cuando las normas litúrgicas lo permitan, se aconseja que se elija una de las Misas «pro reconciliatione, pro remissione peccatorum, ad postulandam caritatem, pro concordia fovenda, de mysterio Sanctae Crucis, de SS. Eucharistia, de pretiosissimo Sanguine D. N. I. C.», cuyos formularios se encuentran en el Misal Romano, y se podrá usar una de las Plegarias eucarísticas para la reconciliación;

— o bien en una celebración de la Palabra, que podría ser una adaptación o ampliación del Oficio de las Lecturas, o en la celebración de Laudes o Vísperas, con tal que tales celebraciones estén destinadas a los fines del Jubileo;

— o bien en una celebración penitencial promovida para ganar el Jubileo, que termine con la confesión individual de cada penitente, según está previsto en el Rito de la Penitencia (II forma);

— o bien en una administración solemne del Bautismo o de otros Sacramentos (como, por ejemplo, la Confirmación o la Unción de los Enfermos «dentro de la Eucaristía»);

— o bien en el piadoso ejercicio del Vía crucis, organizado para ganar el Jubileo.

Los Obispos diocesanos podrán disponer además que la indulgencia jubilar pueda ser lucrada mediante la participación en una misión popular promovida por las parroquias con motivo del Jubileo de la Redención, o participando en jornadas de retiro espiritual organizadas para grupos o categorías de personas. Obviamente, no podrá faltar una oración por las intenciones del Papa.


B

Visitar individualmente, o bien —como sería preferible— acompañado de la propia familia, una de las iglesias o lugares indicados más abajo, dedicándose allí a «un tiempo de meditación» y renovando la propia fe recitando el Credo y el Padrenuestro y rezando por mis intenciones, como indicado más arriba.

Por lo que se refiere a las iglesias y lugares, dispongo lo siguiente:

a) En Roma deberá realizarse una visita a una de las cuatro Basílicas Patriarcales (San Juan de Letrán, San Pedro en el Vaticano, San Pablo Extramuros y Santa María la Mayor), o bien a una de las Catacumbas o la Basílica de Santa Cruz de Jerusalén.

El Comité para el Año Jubilar, en colaboración con la diócesis de Roma, se ocupará de la programación coordinada y continua de las celebraciones litúrgicas con una adecuada asistencia religiosa y espiritual a los peregrinos.

b) en las otras diócesis del mundo el Jubileo podrá ser ganado visitando una de las iglesias designadas por los Obispos. En la designación de tales lugares, entre los que deberá ser incluida en primer lugar la Catedral, los Obispos deberán tener presente las necesidades de los fieles, pero a la vez es conveniente que se conserve, en lo posible, el sentido de peregrinación, el cual expresa en su simbolismo la necesidad, la búsqueda, y a veces la inquietud del alma que anhela establecer o restablecer un vínculo de amor con Dios Padre, con el Hijo, Redentor del hombre, y con el Espíritu Santo que realiza la salvación en los corazones.

Todos los que por motivos de deficiente salud no puedan ir a una de las iglesias indicadas por el Ordinario local, podrán ganar las indulgencias del Jubileo realizando una visita a su propia iglesia parroquial. Para los enfermos que no pueden realizar tal visita, bastará que se unan espiritualmente al acto que para ganar el Jubileo realizan sus propios familiares o parroquia, ofreciendo a Dios sus oraciones y sufrimientos. Análogas facilitaciones son concedidas a los que viven en institutos para ancianos o en centros penitenciarios, a los que deberán prestarse esmeradas atenciones pastorales a la luz de Cristo Redentor universal.

Los religiosos y religiosas de clausura podrán ganar el Jubileo en sus iglesias monásticas o conventuales.

Durante el Año Jubilar quedan en vigor las otras concesiones de indulgencias, y la norma según la cual se puede lucrar el don de la Indulgencia plenaria solamente una vez al día [52]. Todas las indulgencias pueden ser aplicadas a los difuntos como sufragios [53].

12. La Puerta Santa, que yo mismo abriré en la Basílica Vaticana el 25 de marzo próximo, sea signo y símbolo de un nuevo acercamiento a Cristo, Redentor del hombre, que llama a todos, sin excluir a nadie, a una consideración más apropiada del misterio de la Redención y a participar en sus frutos [54], especialmente mediante el Sacramento de la Penitencia.

Un especial rito de plegaria y de penitencia podrá ser celebrado por los Obispos de todo el mundo en las respectivas Catedrales, el mismo día o en fecha inmediatamente sucesiva, a fin de que al comenzar solemnemente el Jubileo, el Episcopado de los cinco Continentes, unido a sus propios sacerdotes y fieles, manifieste su unión espiritual con el Sucesor de Pedro.

Invito de corazón a mis hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles todos a vivir y hacer vivir intensamente este año de gracia.

Pido a María Santísima, Madre del Redentor y Madre de la Iglesia, que interceda por nosotros y nos obtenga la gracia de una fructuosa celebración del Año Jubilar, a 20 años del Concilio Vaticano II, y «muestre una vez más a toda la Iglesia, más aún a toda la humanidad, a Jesús, que es el "fruto bendito de su vientre", y que es el Redentor de todos» [55]. En sus manos y corazón de Madre deposito el buen resultado de esta celebración jubilar.

Quiero que esta carta tenga plena eficacia en toda la Iglesia y sea cumplida no obstante cualquier disposición contraria.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, día 6 de enero del año 1983, quinto de mi Pontificado.

YO JUAN PABLO

OBISPO DE LA IGLESIA CATÓLICA


Notas

[1] Cfr. Homilía en el comienzo solemne del Pontificado: AAS 70 (1978), 949; Enc. Redemptor hominis, 2: AAS 71 (1979), 259 s.; Enc. Dives in misericordia, 7: AAS 72 (1980), 1199-1203.

[2] Cfr. Mt 16, 17-19; 28, 18-20.

[3] Cfr. Gál 4, 4-6.

[4] Bula Quod nuper: AAS 25 (1933), 6.

[5] Cfr. Heb 2, 14 s.

[6] Misal Romano, Domingo de Pascua de Resurrección, Misa del día. Oración sobre las ofrendas.

[7] Rom 4,25.

[8] Cfr. Lc 22, 19; 1Cor 11, 24 s.

[9] Cfr. Jn 20, 23; 2Cor 5,18 s.

[10] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 48.

[11] Juan Pablo PP. II, Enc. Dives in misericordia, 13: AAS 72 (1980), 1219.

[12] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 11.

[13] Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium et spes, 48.

[14] Cfr. Is 12, 3.

[15] Discurso a los Cardenales y Miembros de la Curia Romana, 3: «L'Osservatore Romano», edición en lengua española, 2 de enero de 1983.

[16] Cfr. 2Cor 5, 14 s.

[17] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 14.

[18] Ibid., 8.

[19] Mc 1, 15.

[20] Cfr. Bula Apostolorum limina, I: AAS 66 (1974), 292 ss.

[21] Cfr. 2 Cor 5, 20.

[22] Cfr. Gál 5, 1.

[23] Cfr. Cont. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 11; Ordo Paenitentiae, n. 2.

[24] Cfr. Mc 1, 15; Lc 13, 3-5.

[25] Cfr. Mc 1, 15.

[26] Cfr. Ordo Paenitentiae, n. 46.

[27] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm, sobre la Iglesia, Lumen gentium, 11; Conc. Ecum. Trid., Sess. VI De iustific., can. 8: DS 1532.

[28] Gál 2, 20.

[29] Cfr. 1 Cor 1, 2.

[30] Cfr. Gál 6, 10; Col 1, 24.

[31] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 50.

[32] Cfr. 2 Cor. 5, 18.

[33] Cfr. 1 Pe 4, 10.

[34] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 26; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, 13.

[35]Cfr . Ef 4, 12.

[36] Cfr. Lc 15, 20.

[37] Cfr. 1 Pe 2, 25.

[38] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 9, 12.

[39] Cfr. Ap 22, 17.

[40] 1Jn 5, 19.

[41] Bula Apostolorum limina, II: AAS 66 (1974), 295.

[42] Heb 10, 30 s.

[43] Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia, Sacrosanctum Concilium, 103.

[44] Cfr. Jn 15, 5; Act 4, 12

[45] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56.

[46] Cfr..1 Cor. 1, 30; 2, 2.

[47] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, 12, 2.

[48] Cfr. 1 Pe 1, 1 s.; Col 3, 1.

[49] Jn 3, 16.

[50] Cfr. Sal 133 (I32), 1; Jn 10, 16.

[51] Discurso a los Cardenales y Miembros de la Curia Romana, 3: «L'Osservatore Romano», edición en lengua española 2 de enero de 1983.

[52] Cfr. Enchiridion Indulgentiarum, Normae de Indulgentiis n. 24, 1.

[53] Cfr. ibid., 1. c., n. 4.

[54] Cfr. 1 Tim 2, 4.

[50] Discurso a los Cardenales y Miembros de la Curia Romana, 11: «L'Osservatore Romano», edición en lengua española, 2 de enero de 1983.