domingo, 9 de septiembre de 2001

DISCURSO DE APERTURA DE LA SEGUNDA SESION DEL CONCILIO VATICANO II (29 DE SEPTIEMBRE DE 1963)


ALOCUCIÓN DE PABLO VI

EN LA APERTURA DE LA SEGUNDA SESIÓN

DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II

Os saludamos, hermanos amadísimos en Cristo, a quienes Nos hemos convocado de todas las partes del mundo donde la santa Iglesia católica ha llegado a implantar su jerarquía. Os saludamos a cuantos, acogiendo nuestra invitación, habéis acudido a celebrar juntamente con Nos la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II que hoy, bajo la égida del arcángel San Miguel, celeste protector del pueblo de Dios, tenemos la dicha de inaugurar.

En verdad que cuadra a esta solemne y fraterna asamblea, en la que se reúnen el Oriente y el Occidente, las latitudes septentrionales y las meridionales, el profético nombre de “Ecclesia”, es decir, congregación, convocación. En verdad que, de una manera nueva, se cumple la palabra que en este momento nos viene a la memoria: “Por toda la tierra resonó la voz y hasta los últimos confines de la habitada tierra llegó el mensaje” (cf. Rm 10, 18; Ps 18, 5). En verdad que un misterio de unidad resplandece sobre otro misterio de catolicidad; y este espectáculo de universalidad evoca el origen apostólico que, fidelísimamente reflejado y celebrado, evoca a su vez la finalidad santificadora de nuestra queridísima Iglesia de Dios. Refulgen sus notas características, el rostro de la Esposa de Cristo resplandece, nuestros ánimos se embriagan con aquella conocidísima, pero siempre arcana experiencia, que nos hace sentirnos Cuerpo místico de Cristo y gustar el gozo incomparable y todavía ignorado por el mundo profano del “quam iucundum habitare fratres in unum” (Ps 132, 1). No es inútil acoger en nuestros espíritus, desde este primer momento, la advertencia del fenómeno humano y divino que estamos llevando a cabo: aquí otra vez, como el nuevo cenáculo, que resulta estrecho no por las dimensiones amplísimas de su mole, sino por la multitud de cuantos en él están reunidos; aquí, con la asistencia segura desde el cielo de la Virgen Madre de Cristo; aquí, hermanos, en torno al último de los sucesores de Pedro en el tiempo y en el mérito, pero idéntico al primer apóstol en la autoridad y en la misión, congregados como los apóstoles, pues lo sois, originarios del colegio apostólico y sus auténticos continuadores; aquí, juntamente orando y juntamente unificados por una misma fe y una misma caridad; aquí, disfrutaremos del carisma del Espíritu Santo que no dejará de estar presente, animando, enseñando, fortaleciendo; aquí todas las lenguas serán una sola voz, y una sola voz será el mensaje al universo entero; aquí llega con paso franco, después de casi veinte siglos de camino, la Iglesia peregrina, aquí, en la fuente que apaga toda sed y despierta toda sed nueva, se restaura todo junto el escuadrón apostólico esparcido por el mundo y de aquí volverá a emprender confiadamente el camino en el mundo y en el tiempo hacia la meta que está más allá de la tierra y más allá del siglo.

¡Os saludamos, hermanos! Así os acoge el más pequeño de entre vosotros, el siervo de los siervos de Dios por más que esté cargado con las llaves supremas entregadas a Pedro por Cristo Señor nuestro; así os agradece la prueba de obediencia y de la confianza que vuestra presencia le trae; así os demuestra con hechos su voluntad de orar con vosotros, de dialogar con vosotros, de deliberar con vosotros y de trabajar con vosotros. ¡Oh!, el Señor Nos es testigo cuando desde este momento inicial de la segunda sesión del gran Sínodo os decimos que no hay en nuestro ánimo ningún propósito de humano dominio, celos algunos de poder exclusivo, sino tan sólo deseo y voluntad de ejercitar el divino mandato que entre vosotros y de vosotros, hermanos, nos hace Pastor supremo, y que de vosotros demanda lo que constituye su gozo y su corona, la “comunión de los santos”, vuestra fidelidad, vuestra adhesión, vuestra colaboración; y a vosotros os ofrece, en cambio, lo que más le regocija dar: su veneración, su estima, su confianza y su caridad.

Era pensamiento nuestro, como una sagrada costumbre nos lo prescribe, enviaros a todos vosotros nuestra primera Carta Encíclica; pero, ¿para qué, Nos hemos dicho, confiar al escrito lo que, gracias a una felicísima y singularísima ocasión —es decir, gracias a este Concilio Ecuménico— podemos manifestar de viva voz? Es cierto que no podemos decir ahora de palabra todo lo que tenemos en el corazón y que por escrito es más fácil expresar. Pero valga, por esta vez la presente alocución como preludio no solamente de este Concilio, sino también de nuestro Pontificado. Sustituya la palabra viva a la Carta Encíclica que, Dios mediante, transcurridos estos días laboriosos, esperamos más adelante dirigiros.

Así, pues, después de haberos saludado, Nos presentamos a vosotros. Somos, en efecto, nuevos en el oficio pontifical que estamos ejercitando, o, por mejor decir, inaugurando. Sabéis, efectivamente, que el Sagrado Colegio cardenalicio aquí presente, al que queremos honrar una vez más con nuestro cordial respeto, no mirando a nuestros desmerecimientos y a nuestra pequeñez, el día 21 de junio pasado, día por feliz coincidencia dedicado este año a la fiesta del Corazón santísimo de Cristo, nos ha querido elegir para la sede episcopal de Roma, y, por lo tanto, para el sumo pontificado de la Iglesia universal.

Evocación de Juan XXIII

No podemos recordar este suceso sin acordarnos de nuestro Predecesor, de feliz e inmortal memoria, de Nos amadísimo, Juan XXIII. Su nombre evoca en Nos, y ciertamente en cuantos tuvisteis la dicha de verle, aquí en este mismo sitio, su amable y majestuosa figura, cuando abría, el 11 de octubre del pasado año, la primera sesión de este Concilio Ecuménico Vaticano II y pronunciaba aquel discurso, que pareció a la Iglesia y al mundo la voz profética para nuestro siglo y que todavía resuena en nuestra memoria y en nuestra conciencia para trazar al Concilio el camino que ha de recorrer y liberar nuestros ánimos de toda duda, de todo cansancio que en este recorrido nada fácil nos pudiera sorprender. ¡Oh, querido y venerado Papa Juan, gracias y alabanzas sean dadas a ti, que por divina inspiración, como creemos, quisiste y convocaste este Concilio a fin de abrir a la Iglesia nuevos derroteros y hacer brotar sobre la tierra nuevas venas de aguas escondidas y fresquísimas de la doctrina y de la gracia de Cristo Señor. Tú solo, sin que te moviese algún estímulo terrenal o alguna particular circunstancia apremiante, sino como adivinando los celestes designios y penetrando en las oscuras y atormentadas necesidades de la Edad Moderna, has unido el hilo interrumpido del Concilio Vaticano primero, y has deshecho, sin dificultad, la desconfianza, sin razón, que en algunos nacía de la idea de que ya bastaban los supremos poderes reconocidos como dados por Cristo al Romano Pontífice para gobernar y vivificar la Iglesia; has llamado a tus hermanos sucesores de los Apóstoles no sólo para que continúen el estudio interrumpido y la legislación pendientes, sino para que sintiéndose unidos con el Papa en un cuerpo unitario, sean confortados por él y por él dirigidos “para que el depósito de la doctrina cristiana se conserve y exponga de un modo más eficaz” (AAS 1962, pág. 790). Pero tú, señalando así el fin más alto del Concilio, le has añadido una finalidad más urgente y actualmente más provechosa, la finalidad pastoral, cuando afirmabas: “Ni nuestra obra mira como fin principal el que se discutan algunos puntos principales de la doctrina de la Iglesia...”, sino más bien “el que se investigue y se exponga de la manera que requieren nuestros tiempos”, ibid., 791-792). Has reavivado en la conciencia del magisterio eclesiástico la persuasión de que la doctrina cristiana no debe ser solamente una verdad capaz de impulsar al estudio teórico sino palabra creadora de vida y de acción, y que no sólo se debe limitar la disciplina de la fe a condenar los errores que la perjudican, sino que se debe extender a proclamar las enseñanzas positivas y vitales que la fecundan. El oficio del magisterio eclesiástico, ni sólo especulativo ni sólo negativo, debe manifestar con preferencia en este Concilio la virtud vivificante del mensaje de Cristo, que dijo: “Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida” (Jn 6, 63). Por esto no olvidaremos las normas que tú, primer Padre de este Concilio, le has trazado sabiamente y que gustosamente vamos a repetir ahora:

“... Nuestro deber no es sólo custodiar este tesoro precioso —el de la doctrina católica—, como si únicamente nos ocupásemos de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad diligente, sin temores, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que la Iglesia recorre desde hace veinte siglos. Ni nuestra obra mira como fin principal el que se discutan algunos puntos principales de la doctrina de la Iglesia...; hay que buscar aquellas formas de exponerla que más se adapten al magisterio cuyo carácter es prevalentemente pastoral” (AAS 1962, 791-792).

Ni dejaremos a un lado el gran problema de la unificación en un solo redil de cuantos creen en Cristo y ansían ser miembros de su Iglesia, que tú, Juan, has señalado como la casa del padre abierta a todos, de tal forma, que el desarrollo de esta sesión del Concilio promovido e inaugurado por ti, proceda fiel y coherente por los caminos que tú le has trazado y pueda, con la ayuda de Dios, alcanzar las metas que tan ardientemente deseaste y esperaste.

Metas de nuestro camino

Volvemos, pues, hermanos, a emprender el camino. Este sencillo propósito trae a nuestro ánimo otro pensamiento tan importante y tan luminoso que nos obliga a comunicarlo a esta asamblea, aun cuando ya está informada e ilustrada sobre él.

Hermanos, ¿de dónde arranca nuestro viaje? ¿Qué ruta pretende recorrer si ponemos la atención, más que en las indicaciones prácticas hace un momento recordadas, en las normas divinas a las que debe obedecer? ¿Y qué meta, hermanos, deberá fijarse nuestro itinerario, de modo que se asiente, sí, sobre el plano de la historia terrena, en el tiempo y en el modo de esta nuestra vida presente, pero que se oriente también al límite final y supremo que estamos seguros no puede faltar al término de nuestra peregrinación?

Estas tres preguntas sencillísimas y capitales, tienen, como bien sabemos, una sola respuesta, que aquí, en esta hora, debemos darnos a nosotros mismos, y anunciarla al mundo que nos rodea: ¡Cristo! Cristo, nuestro principio; Cristo, nuestra vida y nuestro guía; Cristo, nuestra esperanza y nuestro término.

Que preste este Concilio plena atención a la relación múltiple y única, firme y estimulante, misteriosa y clarísima, que nos apremia y nos hace dichosos, entre nosotros y Jesús bendito, entre esta santa y viva Iglesia, que somos nosotros, y Cristo, del cual venimos, por el cual vivimos y al cual vamos. Que no se cierna sobre esta reunión otra luz si no es Cristo, luz del mundo; que ninguna otra verdad atraiga nuestros ánimos fuera de las palabras del Señor, único Maestro; que ninguna otra aspiración nos anime si no es el deseo de serle absolutamente fieles; que ninguna otra esperanza nos sostenga sino aquella que conforta, mediante su palabra, nuestra angustiosa debilidad: “Y he aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mt 28, 20).

¡Ojalá fuésemos capaces en esta hora de elevar a nuestro Señor Jesucristo una voz digna de Él! Diremos con la de la sagrada liturgia: “Solamente te conocemos a Ti, Cristo; — a Ti con alma sencilla y pura — llorando y cantando te buscamos; — Mira nuestros sentimientos!” (Himno ad Laudes, feria VI). Y al clamar así, nos parece que se presenta Él mismo a nuestros ojos, extasiados y atónitos, en la majestad propia del Pantocrátor de vuestras basílicas, hermanos de las Iglesias orientales, y también de las occidentales: Nos nos vemos representados en el humildísimo adorador, nuestro Predecesor Honorio III, que aparece en el espléndido mosaico del ábside de la basílica de San Pablo, extramuros, pequeño y casi aniquilado, besando en tierra el pie de Cristo, de enormes dimensiones, el cual, en actitud de maestro soberano domina y bendice a la asamblea reunida en la misma basílica, es decir, a la Iglesia. Nos parece que la escena se repite, aquí, pero no ya en una imagen diseñada o pintada, sino más bien en una realidad histórica y humana que reconoce en Cristo la fuente de la humanidad redimida, de su Iglesia y en la Iglesia como su efluvio y continuación terrena, y al mismo tiempo misteriosa. De tal manera, que parece representarse a nuestro espíritu la visión apocalíptica del Apóstol: “Y me mostró el río de agua viva, resplandeciente del trono de Dios y del Cordero” (Ap 22, 1).

Es conveniente, a nuestro juicio, que este Concilio arranque de esta visión, más aún, de esta mística celebración, que confiesa que Él, nuestro Señor Jesucristo, es el Verbo Encarnado, el Hijo de Dios y el hijo del Hombre, el Mesías del mundo, esto es, la esperanza de la humanidad y su único supremo Maestro. Él el Pastor, Él el Pan de la vida, Él nuestro Pontífice y nuestra Víctima. Él el único Mediador entre Dios y los hombres, Él el Salvador de la tierra, Él el que ha de venir Rey del siglo eterno; visión que declara que nosotros somos sus llamados, sus discípulos, sus apóstoles, sus testigos, sus ministros, sus representantes, y junto con los demás fieles, sus miembros vivos, entrelazados en el inmenso y único Cuerpo místico, que Él, mediante la fe y los sacramentos, se va formando en el sucederse de las generaciones humanas, su Iglesia, espiritual y visible, fraterna y jerárquica, temporal hoy y mañana eterna.

Si nosotros, venerables hermanos, colocamos delante de nuestro espíritu esta soberana concepción que Cristo es nuestro Fundador, nuestra Cabeza, invisible pero real, y que nosotros lo recibimos todo de Él; que formamos con Él el “Cristo total” del que habla San Agustín y del que está penetrada toda la teología de la Iglesia, podremos comprender mejor los fines principales de este Concilio, que, por razones de brevedad y de mejor inteligencia, reduciremos a cuatro puntos: el conocimiento, o si se prefiere de otro modo, la conciencia de la Iglesia, su reforma, la reconstrucción de la unidad de todos los cristianos y el coloquio de la Iglesia con el mundo contemporáneo.

Necesidad y deber de que la Iglesia se defina mejor a sí misma

Está fuera de duda que es deseo, necesidad y deber de la Iglesia, que se dé finalmente una más meditada definición de sí misma. Todos nosotros recordamos las magníficas imágenes con que la Sagrada Escritura nos hace pensar en la naturaleza de la Iglesia, llamada frecuentemente el edificio construido por Cristo, la casa de Dios, el templo y tabernáculo de Dios, su pueblo, su rebaño, su viña, su campo, su ciudad, la columna de la verdad, y, por fin, la Esposa de Cristo, su Cuerpo místico. La misma riqueza de estas imágenes luminosas ha hecho desembocar la meditación de la Iglesia en un reconocimiento de sí misma como sociedad histórica, visible y jerárquicamente organizada pero vivificada misteriosamente. La célebre encíclica del Papa Pío XII, Mystici Corporis, ha respondido por una parte al anhelo que la Iglesia tenía de manifestarse por fin a sí misma con una doctrina completa, y ha estimulado, por otra, el deseo de dar de sí misma una definición más exhaustiva. Ya el Concilio Vaticano I había señalado este tema y muchas causas externas concurrían a presentarlo al estudio religioso dentro y fuera de la Iglesia católica como el aumento de la sociabilidad de la civilización temporal, el desarrollo de las comunicaciones entre los hombres, la necesidad de enjuiciar las diversas denominaciones cristianas según la verdadera y unívoca concepción contenida en la revelación divina, etc.

No hay por qué extrañarse si después de veinte siglos de cristianismo y del gran desarrollo histórico y geográfico de la Iglesia católica y de las confesiones religiosas que llevan el nombre de Cristo y se honran con el de Iglesias, el concepto verdadero, profundo y completo de la Iglesia, como Cristo la fundó y los Apóstoles la comenzaron a construir, tiene todavía necesidad de ser enunciado con más exactitud. La Iglesia es misterio, es decir, realidad penetrada por la divina presencia y por esto siempre capaz de nuevas y más profundas investigaciones.

El entendimiento humano progresa. De una verdad conocida experimentalmente pasa a un conocimiento científico más racional, de una verdad cierta deduce lógicamente otra, y ante una realidad permanente y complicada se detiene a considerar ya un aspecto ya otro, dando lugar así al desarrollo de su actividad, que la Historia registra. Nos parece que ha llegado la hora en la que la verdad acerca de la Iglesia de Cristo debe ser estudiada, organizada y formulada, no, quizá, con los solemnes enunciados que se llaman definiciones dogmáticas, sino con declaraciones que dicen a la misma Iglesia con el magisterio más vario, pero no por eso menos explícito y autorizado, lo que ella piensa de sí misma. Es la conciencia de la Iglesia la que se aclara con la adhesión fidelísima a las palabras y al pensamiento de Cristo, con el recuerdo sagrado de la enseñanza autorizada de la tradición eclesiástica y con la docilidad a la iluminación interior del Espíritu Santo, que parece precisamente querer hoy de la Iglesia que haga todo lo posible para ser reconocida verdaderamente tal cual es.

Y creemos que en este Concilio Ecuménico el Espíritu de verdad encenderá en el cuerpo docente de la Iglesia una luz más radiante e inspirará una doctrina más completa sobre la naturaleza de la Iglesia de modo tal que la Esposa de Cristo en Él se refleje y en Él, con ardentísimo amor, quiera descubrir su propia imagen, aquella belleza que Él quiere resplandezca en ella.

Será, pues, para esto, tema principal de esta sesión del presente Concilio el que se refiere a la Iglesia misma y pretende estudiar su íntima esencia para darnos, en cuanto es posible al humano lenguaje, la definición que mejor nos instruya sobre la real y fundamental constitución de la Iglesia y nos muestre su múltiple y salvadora misión. La doctrina teológica puede obtener de aquí magníficos progresos que merecen atenta consideración por parte también de los hermanos separados, ya que como Nos ardientemente deseamos, les abre más fácilmente el camino hacia un consentimiento unitario.

Entre los varios problemas que presentará esta meditación a la que el Concilio se dispone será el primero el que se refiere a todos vosotros, venerables hermanos, como obispos de la Iglesia de Dios. Nos no vacilamos en deciros que aguardamos con viva expectación y sincera confianza este próximo estudio, que dejando a salvo las declaraciones dogmáticas del Concilio Vaticano I sobre el Pontificado romano, deberá ahora profundizar la doctrina sobre el Episcopado, sobre sus funciones y sobre sus relaciones con Pedro, y nos ofrecerá ciertamente a Nos mismo los criterios doctrinales y prácticos por los que nuestro apostólico oficio, aunque dotado por Cristo de la plenitud y la suficiencia de potestad que vosotros conocéis, pueda ser mejor asistido y ayudado según las formas que se determinen con una más eficaz y responsable colaboración de nuestros amados y venerables hermanos en el Episcopado.

A tal declaración doctrinal deberá luego seguir la que se refiere a la variada composición del cuerpo visible y místico que es la Iglesia, militante y peregrina en el mundo, es decir, los sacerdotes, los religiosos y los fieles sin olvidar a los hermanos separados de nosotros llamados también ellos a la unión de manera plena y completa.

Nadie dejará de ver la importancia de semejante tarea doctrinal del Concilio, de donde la Iglesia puede sacar una luminosa, elevada y santificadora conciencia de sí misma. Quiera Dios que sean oídas nuestras esperanzas.

Esperanzas que también se vuelven hacia otro objetivo principalísimo de este Concilio, el de la así llamada reforma de la Santa Iglesia.

Aun este fin debería derivarse, a nuestro juicio, de nuestra conciencia de la relación que une a Cristo con su Iglesia. Decíamos que deseábamos que la Iglesia se reflejase en Él. Si alguna sombra o defecto al compararla con Él apareciese en el rostro de la Iglesia o sobre su veste nupcial, ¿qué debería hacer ella como por instinto, con todo valor? Esta claro: reformarse, corregirse y esforzarse por devolver a sí misma la conformidad con su divino modelo que constituye su deber fundamental.

Recordemos las palabras del Señor en su oración sacerdotal al aproximarse su inminente pasión: “Yo me santifico a Mí mismo para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19). El Concilio Ecuménico Vaticano II debe colocarse, a nuestro parecer, en este orden esencial querido por Cristo. Solamente después de esta obra de santificación interior la Iglesia podrá mostrar su rostro al mundo entero diciendo: el que me ve a mí, ve a Cristo, como Cristo había dicho de sí: “el que me ve a Mí, ve al Padre” (Jn 14, 9).

Decidido propósito de rejuvenecimiento y reforma

Bajo este aspecto el Concilio quiere ser un despertar primaveral de inmensas energías espirituales y morales latentes en el seno de la Iglesia. Se presenta como un decidido propósito de rejuvenecimiento no sólo de las fuerzas interiores, sino también de las normas que regulan sus estructuras canónicas y sus formas rituales. Es decir, el Concilio pretende dar o acrecentar a la Iglesia la hermosura de perfección y santidad que sólo la imitación de Cristo y la mística unión con Él, en el Espíritu Santo, le pueden conferir.

Sí, el Concilio tiende a una nueva reforma. Pero, atención: no es que al hablar así y expresar estos deseos reconozcamos que la Iglesia católica de hoy pueda ser acusada de infidelidad sustancial al pensamiento de su divino Fundador, sino que más bien el reconocimiento profundo de su fidelidad sustancial la llena de gratitud y humildad y le infunde el valor de corregirse de las imperfecciones que son propias de la humana debilidad. No es, pues, la reforma que pretende el Concilio, un cambio radical de la vida presente de la Iglesia, o bien una ruptura con la tradición en lo que ésta tiene de esencial y digno de veneración, sino que más bien en esa reforma rinde homenaje a esta tradición al querer despojarla de toda caduca y defectuosa manifestación para hacerla genuina y fecunda.

¿No dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que en Mí no lleva fruto, lo arranca, y a todo el que lleva fruto lo poda para que lleve fruto más abundante”? (Jn 15, 1-2). Basta esta alusión evangélica para presentarnos los capítulos principales del perfeccionamiento al que hoy aspira la Iglesia: el primero se refiere a su vitalidad interior y exterior. A Cristo vivo debe responder una Iglesia viva. Si la fe y la caridad son los principios de su vida es evidente que no se deberá descuidar nada para dar a la fe una gozosa seguridad y un nuevo alimento y para hacer eficaz la iniciación y la pedagogía cristiana indispensable a un tal fin: un estudio más asiduo y un culto más devoto de la palabra de Dios serán ciertamente el fundamento de esta primera reforma. Y la formación de la caridad tendrá en adelante el puesto de honor: deberíamos ansiar la Iglesia de la caridad si queremos que esté en disposición de renovarse profundamente y de renovar el mundo a su alrededor: ¡inmensa tarea! También, como es sabido, porque la caridad es la reina y la raíz de las demás virtudes cristianas: la humildad, la pobreza, la religiosidad, el espíritu de sacrificio, el valor de la verdad y el amor de la justicia, y toda cualquier fuerza activa en el hombre.

El programa del Concilio se dilata aquí en campos inmensos: uno de éstos, selectísimos y rebosante de caridad, es la sagrada liturgia, a la que la primera sesión dedicó largas discusiones y a la que esperamos que esta segunda reserve acertadísimas conclusiones. Otros campos atraerán, asimismo, la interesada atención de los padres conciliares, aunque tememos que la brevedad del tiempo de que disponemos no nos permita estudiarlos todos como convendría y que, por lo tanto, nos ofrezcan trabajo para una futura sesión.

Hacia una ecumenicidad total

Existe un tercer fin que toca a este Concilio y que constituye en cierto sentido su drama espiritual: y es el que nos propuso también el Papa Juan XXIII y se refiere “a los otros cristianos”, es decir, a los que creen en Cristo, pero a los que no tenemos la dicha de contar unidos con nosotros en perfecta unidad con Cristo. Unidad que sólo la Iglesia católica les puede ofrecer, siendo así que de por sí les sería debida por el Bautismo y ellos la desean ya virtualmente. Porque los recientes movimientos que aun ahora están en pleno desarrollo en el seno de las comunidades cristianas separadas de nosotros, nos demuestran con evidencia dos cosas: que la Iglesia de Cristo es una sola y por eso debe ser única, y que esta misteriosa y visible unión no se puede alcanzar sino en la identidad de la fe, en la participación de unos mismos sacramentos y en la armonía orgánica de una única dirección eclesiástica, aun cuando esto puede darse junto con el respeto a una amplia variedad de expresiones lingüísticas de formas rituales, de tradiciones históricas, de prerrogativas locales, de corrientes espirituales, de instituciones legítimas y actividades preferidas.

¿Cuál es la postura del Concilio frente a estos inmensos bloques de hermanos separados y ante el posible pluralismo en el desarrollo de la unidad? Es clara. La convocación de este Concilio es característica también bajo este aspecto. Tiende a una ecumenicidad que quisiera ser total, universal, por lo menos en el deseo, en la invocación, en la preparación. Hoy en esperanza, para que mañana lo sea en realidad. Es decir, que este Concilio al mismo tiempo que llama, cuenta y guarda en el redil de Cristo las ovejas que lo forman y que le pertenecen con pleno y justo derecho, abre también la puerta y levanta la voz, espera ansioso tantas otras ovejas de Cristo, que no están todavía en el único redil. Es, por tanto, un Concilio de invitación, de esperanza, de confianza en una más ancha y fraternal participación en su auténtica ecumenicidad.

Aquí nuestras palabras se dirigen con respeto a los representantes de las denominaciones cristianas separadas de la Iglesia católica, pero que han sido por ella invitados a asistir en calidad de observadores a esta solemne asamblea.

Nos los saludamos de corazón.

Nos les agradecemos su intervención.

Nos enviamos valiéndonos de su presencia nuestro mensaje de paternidad y fraternidad a las venerables comunidades cristianas que están representando aquí.

Nuestra voz tiembla, nuestro corazón late porque tanto mayor es para nosotros inefable consolación y dulcísima esperanza su proximidad de hoy, cuanto su persistente separación nos llena de profundo dolor.

Si alguna culpa se nos puede imputar por esta separación, nosotros pedimos perdón a Dios humildemente y rogamos también a los hermanos que se sientan ofendidos por nosotros, que nos excusen. Por nuestra parte estamos dispuestos a perdonar las ofensas de las que la Iglesia católica ha sido objeto y a olvidar el dolor que le ha producido la larga serie de disensiones y separaciones.

Que el Padre celeste acoja esta nuestra declaración y haga que todos gocemos de nuevo una paz verdaderamente fraternal.

Quedan, como sabemos, graves y complejas cuestiones objetivas por estudiar, tratar y resolver. Quisiéramos que esto aconteciese en seguida porque la caridad de Cristo “nos apremia”; pero estamos persuadidos de que semejantes problemas exigen muchas condiciones para que sean allanados y resueltos; condiciones que hoy todavía no están maduras, y no tememos esperar pacientemente la hora dichosa de la perfecta reconciliación.

Entretanto, sin embargo, queremos confirmar a los observadores presentes, para que lo refieran a sus respectivas comunidades cristianas y para que llegue también nuestra voz a las otras venerables comunidades cristianas, separadas de nosotros y que no han acogido nuestra invitación a asistir, aun sin ningún compromiso recíproco a este Concilio, algunos criterios en los que se inspira nuestra actitud en orden a la reconstrucción de la unidad eclesiástica con los hermanos separados. Ya conocen, como creemos, tales criterios, pero el proponerlos aquí puede ser provechoso.

Nuestro lenguaje con ellos quiere ser pacifico y absolutamente leal y sincero. No esconde asechanzas ni intereses temporales. Nosotros debemos a nuestra fe, que creemos divina, la más pura y firme adhesión; pero estamos convencidos que ella no es obstáculo a la deseada unión con los hermanos separados, precisamente porque es la verdad del Señor y, por eso, principio de unión y no de diferencia y separación. De todos modos no queremos hacer de nuestra fe motivo de polémica con ellos.

En segundo lugar miramos con reverencia su patrimonio religioso originalmente común, conservado y aun en parte bien desarrollado en nuestros hermanos separados. Vemos con complacencia el empeño de los que tratan honradamente de poner en evidencia y de honrar los auténticos tesoros de verdad y de vida espiritual, poseídos por los mismos hermanos separados, a fin de mejorar nuestras relaciones con ellos. Esperamos que también ellos, con igual deseo, querrán estudiar nuestra doctrina y su lógica derivación del depósito de la revelación y conocer mejor nuestra historia y nuestra vida religiosa.

Declaramos, finalmente, a este respecto que, conscientes de las enormes dificultades que se oponen hasta ahora a la deseada unificación ponemos humildemente nuestra confianza en Dios. Seguiremos orando, trataremos de testimoniar mejor nuestro esfuerzo por una vida genuinamente cristiana y una caridad fraternal. Y recordaremos cuando la realidad histórica tratase de desilusionar nuestra esperanza, las palabras de Cristo: “Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (Lc 18, 27).

Un puente hacia el mundo contemporáneo.

Por último, tratará el Concilio de tender un puente hacia el mundo contemporáneo. Singular fenómeno: mientras la Iglesia, buscando cómo animar su vitalidad interior del Espíritu del Señor, se diferencia y se separa de la sociedad profana en la que vive sumergida, al mismo tiempo se define como fermento vivificador e instrumento de salvación de ese mismo mundo descubriendo y reafirmando su vocación misionera, que es como decir su destino esencial a hacer de la humanidad, en cualesquiera condiciones en que ésta se encuentre, el objeto de su apasionada misión evangelizadora.

Vosotros mismos, venerables hermanos, habéis experimentado este prodigio. Vosotros, en efecto, al iniciar los trabajos de la primera sesión, y como inflamados por las palabras inaugurales del Papa Juan XXIII, sentisteis inmediatamente la necesidad de abrir, por así decirlo, las puertas de esta asamblea y gritar en seguida al mundo desde los umbrales abiertos de par en par, un mensaje de saludo, de hermandad y de esperanza. ¡Original, pero admirable gesto! Se diría que el carisma profético de la Santa Iglesia se despertó en un momento, y como Pedro el día de Pentecostés, sintió en seguida el impulso de levantar su voz y hablar al pueblo, así vosotros quisisteis en seguida tratar no ya de vuestras cosas, sino de las del mundo, no ya entablar el diálogo entre vosotros mismos, sino entablarlo con el mundo.

Esto significa, venerables hermanos, que el presente Concilio está caracterizado por el amor, por el amor más amplio y urgente, por el amor que se preocupa de los otros antes que de sí mismo, ¡por el amor universal de Cristo!

Este amor es el que nos sostiene ahora porque al tender nuestra mirada sobre la vida humana contemporánea deberíamos estar espantados más bien que alentados, afligidos más bien que regocijados, dispuestos a la defensa y a la condena más bien que a la confianza y a la amistad.

Debemos ser realistas, no ocultando la herida que no pocas regiones causan a este mismo Sínodo universal. ¿Podemos estar ciegos y no advertir que muchos puestos de esta asamblea están vacíos? ¿Dónde están nuestros hermanos de naciones en las que la Iglesia es combatida y en qué condiciones se encuentra la religión en estos territorios? Ante este recuerdo se aflige nuestro ánimo por las cosas que conocemos y todavía más por todo lo que no Nos es dado saber, sea referente a la sagrada jerarquía, a los religiosos y religiosas, como a tantos hijos nuestros sometidos a temores, vejaciones, privaciones y opresiones por causa de su fidelidad a Cristo y a su Iglesia. ¡Cuánta tristeza por estos dolores y cuánta amargura al ver que en ciertos países la libertad religiosa, así como otros derechos fundamentales del hombre, son conculcados por principios y métodos de intolerancia política, racial o antirreligiosa! Duele el corazón al tener que ver cómo en el mundo existen todavía tantas injusticias contra la honrada y libre profesión de la propia fe religiosa. Pero más que con amargas palabras queremos todavía expresar nuestro dolor con una franca y humana exhortación a cuantos fuesen responsables de estas cosas, para que noblemente depongan su injustificada hostilidad hacia la religión católica, cuyos miembros deben ser considerados no como enemigos o como ciudadanos desleales, sino más bien como miembros honrados y laboriosos de la sociedad civil a la que pertenecen. Y enviamos, además, en esta ocasión, a los católicos que sufren por causa de su fe, nuestro afectuoso saludo e invocamos para ellos el consuelo del Señor.

No termina aquí nuestra amargura. La mirada sobre el mundo nos llena de inmensa tristeza al contemplar tantas calamidades: el ateísmo invade parte de la humanidad y arrastra consigo el desequilibrio del orden intelectual, moral y social del que el mundo pierde la verdadera noción. Mientras aumenta la luz de la ciencia de las cosas, se extiende la oscuridad sobre la ciencia de Dios y, consiguientemente, sobre la verdadera ciencia del hombre. Mientras el progreso perfecciona maravillosamente los instrumentos de toda clase de que el hombre dispone, su corazón va cayendo hacia el vacío, la tristeza y la desesperación.

Tendríamos muchas cosas que decir sobre estas difíciles y tristes condiciones del hombre moderno. Pero no es ahora el momento. Ahora, decíamos, el amor llena nuestro corazón y el de la Iglesia reunida en Concilio. Miramos a nuestro tiempo y a sus variadas y opuestas manifestaciones con inmensa simpatía y con un inmenso deseo de presentar a los hombres de hoy el mensaje de amistad, de salvación y de esperanza que Cristo ha traído al mundo. “Porque no ha enviado Dios al mundo a su Hijo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3, 17).

Que lo sepa el mundo: La Iglesia lo mira con profunda comprensión, con sincera admiración y con sincero propósito no de conquistarlo, sino de servirlo; no de despreciarlo, sino de valorizarlo; no de condenarlo, sino de confortarlo y de salvarlo.

La Iglesia asomada a la ventana del Concilio, abierta sobre el mundo, mira con particular interés a determinadas categorías de personas. Mira a los pobres, a los necesitados, a los afligidos, a los hambrientos, a los enfermos, a los encarcelados, es decir, mira a toda la humanidad que sufre y que llora; ésta le pertenece por derecho evangélico y Nos nos complacemos en repetir a cuantos la forman “Venid a Mí todos” (Mt 11, 28).

Mira a los hombres de la cultura, a los estudiosos, a los científicos, a los artistas y también de éstos tiene la Iglesia una grandísima estima y un grandísimo deseo de recibir sus experiencias, de fomentar su pensamiento, de defender su libertad y de ensanchar gozosamente la dilatación de su espíritu atormentado en las esferas luminosas de la Palabra y la Gracia divina.

Mira a los trabajadores, a la dignidad de sus personas y de sus fatigas, a la legitimidad de sus esperanzas, a la necesidad de mejora social y de elevación interior que tanto los aflige todavía, a la misión que se les puede reconocer, si es buena, si es cristiana, de crear un mundo nuevo de hombres libres y hermanos. ¡La Iglesia, Madre y Maestra está junto a ellos!

Mira a los jefes de los pueblos, y las palabras graves y amonestadoras que con frecuencia Ella se ve obligada a dirigirles las sustituye hoy con una palabra de aliento y de confianza: ¡Animo, gobernantes de las naciones, vosotros podéis dar a vuestros pueblos muchos de los bienes que la vida necesita: el pan, la instrucción, el trabajo, el orden, la dignidad de ciudadanos libres y concordes, con sólo que conozcáis verdaderamente qué es el hombre, y sólo la sabiduría cristiana os lo puede decir con plenitud de luz; vosotros podéis, trabajando a una en la justicia y el amor, crear la paz, bien supremo tan deseado, y tan defendido y promovido por la Iglesia, y hacer de la humanidad una sola ciudad. ¡Dios sea con vosotros!

Pero la Iglesia católica mira más allá, por encima de los confines del horizonte cristiano: ¿cómo podría Ella poner límites a su amor si debe hacer suyo el de Dios Padre que hace descender la lluvia de sus gracias sobre todos (Mt 5, 48) y ha amado al mundo de tal manera que le ha dado a su Hijo Unigénito (Jn 3, 16)? Ella mira, por lo tanto, más allá de su propia esfera y ve las otras religiones que conservan el sentido y el concepto de Dios, único, creador, providente, sumo y trascendente, que tributan a Dios un culto con actos de sincera piedad y que fundan sobre estas creencias y prácticas los principios de la vida moral y social. La Iglesia católica descubre, naturalmente, y con dolor, lagunas, insuficiencias y errores en muchas de estas expresiones religiosas; pero no puede dejar de volver hacia ellas su pensamiento, para recordarles que por todo lo que en ellas hay de verdadero, de bueno y de humano, la religión católica tiene el aprecio que merecen, y que para conservar en la sociedad moderna el sentido religioso y el culto de Dios —deber y necesidad de la verdadera civilización— Ella está en primera línea como el más válido sostén de los derechos de Dios sobre la humanidad.

La mirada de la Iglesia se extiende todavía sobre otros inmensos campos humanos: los de las nuevas generaciones de juventud que suben con el deseo de vivir y afirmarse, los de los pueblos nuevos que están adquiriendo conciencia de sí, independencia y organización civil, y los de las innumerables criaturas humanas que se sienten solas, en medio del torbellino de una sociedad que no es capaz de darles una palabra verdadera para su espíritu, y a todos, a todos, lanza su grito de saludo y de esperanza, a todos desea y ofrece la luz de la verdad, de la vida y de la salvación, Porque Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (Tm 2, 4).

Venerables hermanos:

Nuestra misión de ministros de la salvación es grande y grave. Para mejor llevarla a cabo estamos ahora reunidos en esta solemne asamblea. La comunión de nuestros ánimos, profunda y fraternal, nos sirva de guía y nos dé vigor. La comunión con la Iglesia celeste nos sea propicia: asístannos los santos de nuestras diócesis y de nuestras familias religiosas, asístannos los ángeles y santos todos, especialmente los santos Pedro y Pablo y San Juan Bautista, y en particular San José, declarado Patrono de este Concilio. Maternal y potente nos sea la asistencia de María Santísima a quien de corazón invocamos; presida Cristo y todo sea a la gloria de Dios, de la Santísima Trinidad, cuya bendición nos atrevemos a daros a todos vosotros, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
 

sábado, 8 de septiembre de 2001

RADIOMENSAJE DEL PAPA PÍO XII (2 DE MARZO DE 1944)


DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII

ANTE EL SAGRADO COLEGIO

EL DÍA DE SAN EUGENIO,

CON MOTIVO DE LA CELEBRACIÓN DE SU ONOMÁSTICO*

A los Eminentes Cardenales que presentaron sus saludos al Santo Padre con motivo de la fiesta de San Eugenio.

Ha pasado un año, Venerables Hermanos, desde que, con motivo de la fiesta de Nuestro Santo Patrono y Predecesor, tuvimos, por quinta vez, el consuelo de aceptar con gratitud —de labios del muy amado y venerado Cardenal Dean, a quien lamentamos no ver hoy entre Nosotros— sus devotos buenos deseos, el don de sus oraciones, la promesa de su dedicación a los deberes cada vez mayores y las graves responsabilidades del ministerio apostólico, el renovado compromiso de su asidua participación en el cuidado y la solicitud del Padre de la Cristiandad. Ha pasado un año: “brevi aevi spatium” aún tan lleno de acontecimientos lúgubres, muy tristes y de un dolor inmenso e inefable; pues la inmensa tragedia del conflicto mundial, que se desarrolla ante Nosotros y a nuestro alrededor, ha alcanzado grados y formas de atrocidad que estremecen y horrorizan todo sentido cristiano y humano. Por lo tanto, al regresar este día, que es festivo para Nosotros, y al veros reunidos aquí una vez más, sentimos la necesidad de confiaros la íntima angustia de Nuestra alma, y ​​de lamentar con vosotros el empeoramiento, la tempestuosidad y la sangrienta destrucción, ruina y masacres hasta tal punto que lo que, hace un año, pudo haber parecido a muchos algo improbable o imposible, lamentablemente se ha convertido en realidad.

La Ciudad Eterna, célula madre de la civilización, y el propio territorio sagrado que rodea la tumba de Pedro, han tenido que experimentar y demostrar cómo el espíritu de los métodos de guerra actuales, cada vez más feroces por muchas razones, se ha alejado de aquellas normas indefectibles, que una vez fueron consideradas leyes inviolables.

Sin embargo, en medio de tanto sufrimiento, no queremos dejar de señalar cómo la amenaza de bombardeos aéreos sobre las zonas periféricas de Roma ha propiciado una práctica y un trato más considerados. Abrigamos la esperanza de que esta tendencia más equitativa y moderada prevalezca sobre consideraciones contrarias de aparente utilidad y las supuestas exigencias y necesidades militares, y que la Ciudad sea, en cualquier caso y a toda costa, preservada de convertirse en un escenario de guerra. Por lo tanto, no dudamos en repetir una vez más, con igual imparcialidad y firmeza: Quien se atreva a alzar la mano contra Roma será culpable de matricidio ante el mundo civilizado y en el juicio eterno de Dios.

Si observamos la situación actual del mundo, presenciamos acontecimientos cuyas consecuencias espirituales y materiales nos llenan de justa inquietud. Las amargas disonancias y conflictos entre los hijos de un mismo pueblo, que encierran las semillas de las consecuencias más perjudiciales, crean un ambiente en el que la autoridad de la Iglesia, que está por encima de las corrientes de pensamiento terrenales e inconstantes, se ve arrastrada hacia uno u otro lado del torbellino de controversias, donde a menudo falta la claridad de ideas y el equilibrio de juicio necesarios. Así, el peso de la responsabilidad que recae sobre nuestros frágiles hombros aumenta hasta alcanzar un grado desconocido en otros tiempos y nos exige, día tras día, hora tras hora, una vigilancia constante, una inquebrantable disposición a actuar y una incansable apertura de corazón a todas las almas que sinceramente buscan la verdad y el bien.

Pero aquí conviene hacer referencia histórica a los sentimientos expresados ​​en el año 449 por un obispo oriental, Eusebio de Dorilea, en una carta dirigida al papa San León Magno (1): “El trono apostólico —escribió— ha estado acostumbrado desde el principio a defender a quienes han sufrido injusticias... y a levantar, según la posibilidad, a quienes yacen en el suelo: en verdad, sientes compasión por todos los hombres. La razón de ello es que te anima el sentido común y mantienes una fe inquebrantable en nuestro Señor Jesucristo, y además demuestras una caridad sincera hacia todos los hermanos y los que son llamados en el nombre de Cristo”.

Estas nobles palabras, que dan testimonio de la constante defensa de la verdad y la ley por parte de esta Sede Apostólica y de su amor benéfico por todos los atribulados y oprimidos, fueron dictadas por la experiencia de los primeros siglos del cristianismo. Pero la Iglesia Romana agradece y alaba al Señor por haber mantenido, con ayuda divina, esta santa costumbre también en tiempos posteriores. De modo que uno de los historiadores más notables del siglo XIX, ciertamente no sospechoso de tener sentimientos favorables hacia la Sede de Pedro, no dudó en confesar al final de su obra sobre la ciudad de Roma en la Edad Media que “la historia no tiene suficientes títulos de héroes,... para indicar con ellos siquiera aproximada la actividad mundial, las grandes creaciones y la gloria eterna de los Papas” (2).

Movidos, pues, por el ejemplo de nuestros predecesores, nosotros también, venerables hermanos, consideramos nuestro sagrado deber, en este tiempo de adversidad y pobreza sin precedentes, dirigir nuestra solicitud pastoral, con un alcance hasta ahora difícilmente superado o alcanzado, a la pobreza que nos rodea por doquier y clama por ayuda. No es que la Iglesia, especialmente en este momento, aspire en modo alguno a ventajas terrenales o gloria humana; pues nuestros pensamientos están dirigidos día y noche a un solo objetivo: cómo podemos superar esta dura prueba ayudando a todos sin distinción de nacionalidad ni raza, y cómo podemos cooperar para que la paz sea finalmente restaurada a la humanidad, atormentada por la guerra.

Preocupación por la grave situación en Roma

Si en la actualidad nuestra preocupación se centra de manera particular en Roma, esto se debe a las miserables condiciones en las que se encuentra gran parte de la población de la Ciudad, que es también nuestra diócesis. Ciertamente, no es la primera vez que la ciudad eterna sufre una catástrofe. La Roma cristiana, a lo largo de su historia, ha conocido otras adversidades muy duras: ocupaciones y saqueos, desde Alarico hasta el terrible saqueo de 1527; luchas internas entre partidos, como en el siglo X; abandono, como en el período de Aviñón y en la época del gran Cisma de Occidente; peste, como en los calamitosos días del gran San Gregorio y bajo el pontificado del Papa Sixto IV; hambre y hambruna por causas naturales, como durante el pontificado de Clemente XIII en los años 1763 y 1764 (3). Incluso en esta última calamidad pública, multitudes hambrientas de todos los Estados Pontificios, e incluso de Toscana y Nápoles, se refugiaron en Roma, lo que requirió grandes esfuerzos para proporcionarles alojamiento y alimento. El Papa, con mano incansable y generosa, logró evitar una catástrofe. Pero ¿qué representaban los 6.000 refugiados de aquella época, sumados a los menos de 160.000 romanos —todos los Estados Pontificios apenas superaban los dos millones de habitantes—, comparados con la situación actual? ¿Con el número de habitantes, la pobreza, los riesgos, la angustia, las separaciones, los sufrimientos de toda índole que tantos temen y padecen?

En pocos lugares de Italia, y mucho menos del mundo, la escasez de bienes básicos es tan grave como en Roma y sus alrededores, y el peligro de que empeore aún más, provocando un empobrecimiento casi inconmensurable de grandes masas de población. Por otro lado, el atractivo que la ciudad ejerce sobre muchas víctimas de la guerra, que buscan refugio y ayuda en ella, plantea a quienes se encargan de su vivienda y sustento problemas a veces casi irresolubles. A pesar de los loables esfuerzos de las autoridades públicas y las asociaciones benéficas, el número de pobres crece día a día. Cada vez con mayor ansiedad, estos desafortunados dirigen su mirada, cada vez con mayor súplica elevan sus manos al Padre Celestial: no pocos se ven obligados hoy a invocar la caridad de la que ellos mismos fueron generosos apenas ayer.

Hasta el límite máximo de Nuestros medios y fuerzas, apoyados y sostenidos por las ofrendas de almas generosas, por la actividad organizativa de expertos perspicaces y laboriosos, por el coraje y el espíritu de abnegación de trabajadores honestos y dignos, a quienes todos deseamos expresar nuestra sincera gratitud, a menudo hemos podido penetrar en la oscuridad de la miseria más angustiosa y el abandono más cruel un rayo reconfortante de amor paternal luminoso y útil, lamentablemente no siempre suficiente para la inmensidad de la necesidad y el impulso íntimo de Nuestro corazón.

Sin rehuir ningún sacrificio, sin amedrentarnos ante ninguna negativa, sin amedrentarnos ante ninguna violación de nuestros derechos, no hemos cesado de contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, a sustentar a la población de Roma y las regiones circundantes con al menos los suministros de alimentos más necesarios y urgentes. También hemos iniciado los trámites para transportar suministros de alimentos por mar utilizando buques papales. Pero aún esperamos el consentimiento de una de las partes beligerantes para llevar a cabo tal empresa, que proporcionaría un remedio verdaderamente eficaz para tan gran mal. En cualquier caso, por Nuestra parte, no disminuiremos Nuestros esfuerzos para superar los obstáculos y vencer la resistencia, para que esta Nuestra ciudad natal y episcopal, que hoy más que nunca acoge entre sus muros a hijos e hijas de todas las regiones de Italia, pueda, en la medida de lo posible, librarse, en uno de los momentos más graves de su historia rica en glorias y tristezas, de tener que aplicarse a sí misma las palabras del Profeta: “Todo su pueblo gime y pide pan... Los niños pedían pan, y no había quien se lo diera” (4).

LA PRIMACÍA DE LA IGLESIA ROMANA

Pero por encima de estas preocupaciones externas y de los deberes particulares impuestos por las contingencias del tiempo y del lugar, Venerables Hermanos, se alza como Nuestro deber central y supremo, de cuyo pleno y concienzudo cumplimiento ningún poder humano puede apartarnos, ninguna angustia externa puede apartarnos, la obediencia absoluta al mandato del Señor: “¡Pasce agnos meos! ¡Pasce oves meas! ¡Apacienta mis corderos! ¡Apacienta mis ovejas!” (5).

Este mandato divino, que ha pasado desde el primer Pedro a través de la larga serie de sucesos de los Romanos Pontífices hasta Nosotros, su indigno Sucesor, abarca en el mundo confuso y desgarrado de hoy una acumulación aún mayor de responsabilidades sagradas, y encuentra impedimentos y oposición, que exigen de la Iglesia, en su Cabeza visible y en sus miembros, mayor diligencia y vigilancia.

Las nefastas consecuencias de la separación de la Madre Iglesia

Hoy, más que nunca, el triste balance negativo que los cismas de la Madre Iglesia han infligido al cristianismo a lo largo de los siglos se hace evidente para todo observador lúcido y justo. En una época turbulenta y convulsa como la nuestra, cuando la humanidad se prepara para afrontar las consecuencias de una decadencia espiritual que la ha sumido en el abismo, y en todas las naciones se alzan voces que claman por la gigantesca obra del nuevo orden, no solo por garantías externas sino también por los indispensables fundamentos legales y morales, será fundamental conocer la influencia que la corriente de ideas y normas de la vida cristiana podrá ejercer sobre el contenido y el espíritu de este futuro orden, y contrarrestar la recurrencia del predominio de tendencias falsas y desastrosas.

La Iglesia Católica Romana, fiel a la constitución recibida de su divino Fundador y aún hoy firme sobre la roca sólida sobre la que su voluntad la edificó, posee en la primacía de Pedro y sus legítimos Sucesores la seguridad, garantizada por las promesas divinas, de custodiar y transmitir, intacta e inviolable, a través de siglos y milenios, hasta el fin de los tiempos, la totalidad de la verdad y la gracia contenidas en la misión redentora de Cristo. Y mientras, en la estimulante y reconfortante conciencia de esta doble posesión, encuentra la fuerza para superar todas las tinieblas del error y todas las desviaciones morales, lleva a cabo su obra en beneficio no solo del cristianismo, sino del mundo entero, inspirando sentimientos de justicia conciliadora y auténtico amor fraterno, en las grandes controversias en las que la bendición y la calamidad, la cosecha abundante y la cosecha pobre, a menudo van de la mano.

Pero ¡cuánto más fuerte y efectiva sería la influencia del pensamiento y la vida cristiana en los fundamentos morales de los futuros planes de paz y reconstrucción social si no fuera por la enorme división y dispersión de las denominaciones religiosas que se han separado de la Iglesia Madre a lo largo del tiempo! ¿Quién podría hoy no reconocer cuánta esencia de la fe, cuánta fuerza interior de resistencia contra las influencias antirreligiosas, se ha perdido en muchos grupos a causa de esta separación?

De esta dolorosa realidad, entre muchas otras, la historia del racionalismo y el naturalismo en los últimos dos siglos es una prueba elocuente. Donde el oficio confiado a quien ostenta la primacía, “confirma a tus hermanos” (6), no puede ejercer y llevar a cabo su acción protectora y preservadora, las malas hierbas del racionalismo han penetrado en mil especies diferentes, con sus tallos y semillas infestadas, en el pensamiento y el sentido de muchas almas que se llaman a sí mismas cristianas, y han envenenado lo que aún quedaba en ellas de la semilla divina de la verdad revelada, causando sobre todo oscuridad, división y un creciente abandono de la fe en la divinidad de Cristo.

La voluntad de Cristo en la institución del primado

Entre Cristo y Pedro, desde el día de la promesa en Cesarea de Filipo hasta su cumplimiento en el mar de Tiberíades, existió un vínculo misterioso pero eminentemente real. Este vínculo se produjo una sola vez en el tiempo, pero tiene sus raíces en los designios eternos del Todopoderoso. El Padre celestial, que reveló a Simón, hijo de Jonás, el misterio de la filiación divina de Cristo y así le permitió responder con una confesión abierta y pronta a la pregunta del Redentor, había predestinado desde la eternidad al pescador de Betsaida a su singular oficio; y Cristo mismo simplemente cumplió la voluntad del Padre cuando, en la promesa y en la concesión de la primacía, utilizó expresiones que establecerían para siempre la singularidad de la posición privilegiada atribuida a Pedro.

Por lo tanto, quienes —como han afirmado (o más bien, repetido) recientemente algunos representantes de denominaciones religiosas que se dicen cristianas— declaran que no hay Vicario de Cristo en la tierra, porque Cristo mismo prometió permanecer con su Iglesia como Cabeza y Señor hasta el fin de los tiempos, además de despojar a todo cargo episcopal de su fundamento, ignoran y distorsionan el profundo significado de la primacía papal, que no es la negación, sino el cumplimiento de esa promesa. Pues, si es cierto que Cristo, en la plenitud de su poder divino, tiene a su disposición las más variadas formas de iluminación y santificación, en las que está verdaderamente con quienes lo confiesan, no es menos cierto que quiso confiar a Pedro y a sus sucesores la guía y el gobierno de la Iglesia universal y los tesoros de la verdad y la gracia de su obra redentora. Las palabras de Cristo a Pedro no dejan lugar a dudas sobre su significado: así lo han reconocido y creído Occidente y Oriente en tiempos insospechados y con admirable armonía. Intentar crear una oposición entre Cristo como Cabeza de la Iglesia y su Vicario, ver en la afirmación de uno la negación del otro, significa distorsionar las páginas más claras y luminosas del Evangelio, cerrar los ojos a los testimonios más antiguos y venerables de la tradición y privar al cristianismo de esa preciosa herencia, cuyo correcto conocimiento y apreciación, actualmente conocidos solo por Dios y gracias a la luz de la gracia impartida solo por Él, pueden despertar en nuestros hermanos separados una añoranza nostálgica por el hogar paterno y la voluntad efectiva de regresar a él.

Cuando, cada año, en la víspera de la fiesta de los Príncipes de los Apóstoles, visitamos nuestra Basílica Patriarcal del Vaticano, para implorar ante la tumba del primer Pedro la fuerza para servir al rebaño que se nos ha confiado según los planes y propósitos del eterno Sumo Sacerdote, desde el majestuoso entablamento de ese templo sublime aparecen ante nuestra mirada en resplandeciente mosaico las poderosas palabras con las que Cristo manifestó su propósito de edificar la Iglesia sobre la roca de Pedro, y nos recuerdan nuestro deber obligatorio de conservar intacta esta incomparable herencia del divino Redentor. Mientras contemplamos la gloria de Bernini resplandeciendo ante nosotros, y sobre la Cátedra, sostenida en lo alto por las gigantescas figuras de un Ambrosio y un Agustín, de un Atanasio y un Juan Crisóstomo, vemos el símbolo del Espíritu Santo brillar y dominar en una luz magnífica, sentimos y experimentamos todo el carácter sagrado, toda la misión sobrehumana, que la voluntad del Señor, con la ayuda del Espíritu prometido y enviado por Él, ha conferido a este punto central de la Iglesia del Dios vivo, “columna et firmamentum veritatis” (7). Y en esta octava de Pentecostés, desde nuestro corazón y desde nuestros labios brota la invocación al Espíritu Creador, para que despierte en nuestros hermanos separados el deseo de regresar a la unidad perdida y les conceda la fuerza para seguir este impulso. ¡Que todos aquellos que “censuran la profesión cristiana” comprendan el campo de acción sin parangón que estaría reservado para el cristianismo en este tiempo, si en plena unión de fe y voluntad dedicaran su trabajo a salvar a la familia humana y prepararla para un futuro mejor!

CONSIDERACIONES SOBRE EL PROBLEMA DE LA PAZ

Al abrir los corazones a la esperanza de un futuro más sereno y pacífico, resulta sin duda un indicio significativo de que, si bien los medios militares de destrucción han alcanzado un grado de poder nunca antes visto y el mundo se encuentra en vísperas de acontecimientos aún más dramáticos y, en opinión de algunos, quizás definitivos, el debate sobre la dirección fundamental y las normas específicas de la paz futura atrae cada vez a más personas y encuentra una participación e interés cada vez mayores.

Pero, junto a las voces de sabiduría y moderación, no faltan otras de violencia apenas disimulada o de proclamación abierta de venganza. Mientras que las primeras siguen el pensamiento de aquel líder griego, de quien leemos que consideraba notable la victoria en la que la clemencia prevaleció sobre la crueldad: “Eam praeclaram victoriam ducebat, in qua plus esset clementiae quam crudelitatis” (8), las otras, en cambio, recuerdan de cerca el dicho de Cicerón, de que la victoria por naturaleza es insolente y orgullosa: “victoria quae natura insolens et superba est” (9).

De este modo, surge en muchos la impresión y el temor de que no existiera otra alternativa, ni siquiera para los pueblos y las naciones como tales: la victoria total o la destrucción total.

Una vez que este agudo dilema se arraiga en la mente de las personas, su nefasta influencia actúa como un estímulo que prolonga la guerra, incluso entre aquellos que, por impulso interno o consideraciones realistas, se inclinarían por una paz razonable. El espectro de esa alternativa, la convicción de la voluntad real o imaginaria del enemigo de destruir la vida nacional hasta sus cimientos, sofoca toda otra reflexión e infunde en muchos el valor de la desesperación. Quienes se dejan llevar por tales sentimientos avanzan, como en un sueño hipnótico, a través de abismos de sacrificios indescriptibles, obligando así a otros a una lucha agotadora y sangrienta, cuyas consecuencias económicas, sociales y espirituales amenazan con convertirse en el flagelo de la era venidera.

Dos aspectos diferentes del problema de la paz

Por lo tanto, es de suma importancia que este temor sea reemplazado por una expectativa bien fundada de soluciones honestas; soluciones que no sean temporales ni susceptibles a las semillas venenosas de nuevos disturbios y peligros para la paz, sino verdaderas y duraderas; soluciones que partan de la idea de que las guerras, hoy tanto como en el pasado, difícilmente pueden atribuirse a los pueblos como tales.

Venerables Hermanos, saben bien que, cumpliendo con un deber esencial de Nuestro ministerio apostólico, ya hemos señalado reiteradamente y de manera concreta los fundamentos indispensables, conforme al pensamiento cristiano, no solo para la convivencia pacífica y la cooperación internacional, sino también para el orden interno de los Estados y los pueblos. Hoy nos limitamos a observar que toda solución correcta al conflicto mundial debe considerar dos cuestiones graves y complejas como claramente diferenciadas: la culpabilidad por incitar o prolongar la guerra, por un lado, y la construcción de la paz y su seguridad, por otro. Esta distinción, naturalmente, deja intactos los postulados de la justa expiación por los actos violentos contra personas o cosas que no fueron realmente necesarios para la conducción de la guerra, y las garantías necesarias para defender el derecho frente a posibles ataques de la fuerza.

Estos dos aspectos distintos del formidable problema han tenido gran eco en la conciencia popular, e incluso en las declaraciones públicas de las autoridades competentes se ha expresado la intención y el deseo de brindar al mundo, al final del conflicto armado, una paz tolerable para todas las naciones. Deseamos y esperamos que la prolongación de la guerra, junto con la escalada progresiva de los métodos bélicos y la consiguiente mayor tensión y exasperación de los ánimos, no disminuyan ni extingan finalmente estos sentimientos sanos, y con ellos la disposición a subordinar los instintos de venganza y la ira, “quae est inimica consilio”, a la majestad de la justicia y la ecuanimidad.

En cualquier guerra, si una de las partes beligerantes lograra una victoria clara e inequívoca únicamente mediante la fuerza de la espada u otros medios de coerción irresistibles, estaría físicamente capacitada para imponer una paz injusta por la fuerza. Pero también es cierto que nadie cuya conciencia se guíe por los principios de la verdadera justicia podría considerar una solución tan precaria como una cuestión de sabiduría certera y previsora.

Si bien es cierto que el período de transición entre el cese de las hostilidades y la conclusión formal de la paz, hasta que se alcance un nivel suficiente de estabilidad social, puede estar determinado predominantemente por el poder del vencedor sobre el vencido, el arte político sabio y, por lo tanto, moderado, nunca olvida ni deja de brindar al bando derrotado la esperanza, podríamos decir la confianza, de que su propio pueblo y sus necesidades vitales también estarán preparados y se les asignará legalmente un lugar digno.

Por lo tanto, nos gustaría ver presente en las mentes de gobernantes y pueblos, al menos como un ideal por el que esforzarse, el pensamiento fundamental que inspiró las palabras pronunciadas en la gracia de M. Claudio Marcello por el más ilustre orador de la antigua Roma: “Animum vincere, iracundiam cohibere, victo temperare, adversarium extollere iacentem, haec qui faciat, non ego eum cum summis viris comparo, sed simillimum deo iudico”, Es decir: “Conquistarse a uno mismo, refrenar la ira, perdonar al vencido; levantar al adversario caído, quien hace estas cosas, no lo comparo con los más grandes hombres, sino que lo considero muy semejante a un dios” (10).

Esperamos que todos Nuestros hijos e hijas dispersos por la tierra tengan una aguda conciencia de su corresponsabilidad individual y colectiva en el nacimiento y la formación de un orden público conforme a las necesidades fundamentales de la conciencia humana y cristiana, recordando siempre que, para aquellos que se enorgullecen del nombre cristiano, toda propuesta de paz se mantiene siempre bajo el estandarte infalible: “illa respuere, quae huic inimica sunt nomini, et ea, quae sunt apta, sectari”.

Con la ferviente esperanza de que la gracia del Todopoderoso pronto traiga consigo el amanecer de una paz así sobre las colinas de la Ciudad Eterna y en todo el mundo, les expresamos, Venerables Hermanos, nuestra más profunda gratitud por los buenos deseos que tan amablemente nos han ofrecido por boca de su eminente Cardenal Subdecano, y les impartimos de todo corazón, a ustedes y a todos los que están particularmente unidos a ustedes en el Señor, nuestra Bendición Apostólica.

Notas:

(1) Véase Eduardo. Schwartz, Acta Conciliorum Oecumen., t. II (Conc. Univ. Calcedonense) vol. 2, pág. 1, 1932, pág. 79.

(2) Ferdinand Gregorovius, Geschichte der Stadt Rom im Mittelalter, t. 8 [Stuttgart 1896], pág. 668.

(3) Cfr. Pastor, Geschichte der Päpste, t. II, pág. 579; t. XVI pág. 1, págs. 461-463.

(4) Thren, 1, 11; 4, 4.

(5) Ioann., 21, 15-17.

(6) Lucas, 22, 32.

(7) 1 Timoteo 3, 15.

(8) Cornelii Nepotis, Timoleon, n. 2.

(9) Pro M. Marcello, n. 3.

(10) Cfr. Cicer, Pro M. Marcello, n. 3.

Radiomensaje de Su Santidad Pío XII en el quinto año de su pontificado, 2 de marzo de 1944
 

CONFERENCIA MUNDIAL CONTRA EL RACISMO (8 DE SEPTIEMBRE DE 2001)


COMUNICADO DEL CONSEJO PONTIFICIO JUSTICIA Y PAZ

CONFERENCIA MUNDIAL CONTRA EL RACISMO,

LA DISCRIMINACIÓN RACIAL, LA XENOFOBIA

Y OTRAS FORMAS DE INTOLERANCIA

Durban (Sudáfrica), del 31 de agosto al 7 de septiembre

Premisa

Del 31 de agosto al 7 de septiembre se está celebrando en Durban (Sudáfrica), bajo el patrocinio de las Naciones Unidas, la Conferencia mundial contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y demás formas de intolerancia. La Santa Sede, consciente de la relevancia del tema que se está debatiendo en esta Conferencia, se halla representada por una importante delegación. Con esta ocasión, se ha distribuido a los participantes la segunda edición del documento titulado “La Iglesia frente al racismo, para una sociedad más fraterna”. Este documento fue publicado, por primera vez, por el Consejo pontificio Justicia y paz, a petición del Santo Padre, en el año 1988. Sin embargo, dicho Consejo, teniendo presente, por una parte, un marco internacional en plena evolución y, por otra, los principales temas de la Conferencia, ha puesto al inicio de la edición de este año una articulada introducción, actualizando el tema con nuevas reflexiones.

Mundialización y nuevos particularismos

En efecto, la mundialización se está produciendo cada vez con mayor rapidez: los países, las economías, las culturas y los estilos de vida se acercan, se universalizan y se funden. El fenómeno de la interdependencia se extiende a todos los campos: político, económico, financiero, social y cultural. Los descubrimientos científicos y el desarrollo de las técnicas de comunicación han "empequeñecido" notablemente el planeta.

A la vez, de forma paradójica, los contrastes se acentúan cada vez más, las violencias étnicas aumentan, la búsqueda de identidad del grupo, de la etnia o de la nación se exaspera rechazando a los otros, a los que son diferentes, hasta el punto de cometer, a veces, actos de barbarie. Así, este último decenio se ha caracterizado por guerras étnicas o nacionalistas, que constituyen motivos de creciente preocupación para el futuro.

En parte, esa paradoja, muy conocida, se suele explicar con el miedo a perder la propia identidad en un mundo que se hace planetario con demasiada rapidez, precisamente en el momento en que las desigualdades se acentúan. Pero esa paradoja se debe a múltiples causas. Es sabido que la caída del muro de Berlín despertó rencores y nacionalismos, que desde hacía años se hallaban adormecidos bajo la ceniza; y también es sabido que, con mucha frecuencia, las fronteras heredadas de la colonización no respetan la historia y la identidad de los pueblos y, además, de modo cruel, no se practica la solidaridad en sociedades cuyo entramado social se desintegra.

Los temas de la Conferencia

Consiguientemente, frente a estas crisis, en los últimos decenios la situación, desde el punto de vista del racismo, de la discriminación racial, de la xenofobia y de las formas de intolerancia que implican, por desgracia no ha mejorado; más aún, tal vez ha empeorado, precisamente cuando los movimientos de población están aumentando y el entramado de las culturas y la realidad multiétnica se han convertido en fenómenos sociales generalizados. De ahí la importancia de esta Conferencia mundial sobre el racismo, importancia que la Santa Sede desea subrayar.

En un contexto internacional de este tipo, el comité preparatorio de la Conferencia de Durban decidió, el pasado mes de junio, incluir en el orden del día provisional de la Conferencia los siguientes cinco grandes puntos.

En primer lugar, proponía que se examinaran las fuentes, las causas, las formas y las manifestaciones contemporáneas del racismo, de la discriminación racial, de la xenofobia y de las formas de intolerancia que implican.

El segundo punto pedía tomar en consideración las víctimas de esos males.

En el tercero se invitaba a sugerir medidas, en el ámbito de la prevención, de la educación y de la protección, encaminadas a eliminar esos males, tanto a nivel nacional como regional e internacional.

El cuarto punto incluía la búsqueda de recursos útiles, medios jurídicos, reparación y medidas de indemnización. Ya desde ahora se puede señalar que esta última cuestión, la de las "medidas de indemnización", fue puesta entre comillas en el texto del comité preparatorio, dado que es objeto de controversia: en efecto, algunos Estados desean que la esclavitud y la colonización se reconozcan explícitamente como fuente primaria de racismo y, por consiguiente, que las ex potencias coloniales asuman su deber de reparación, y esas naciones no lo aceptan.

El quinto y último punto se refería a las estrategias orientadas a instaurar la igualdad integral y efectiva, particularmente la cooperación internacional y la consolidación de los mecanismos de puesta en práctica por parte de la Organización de las Naciones Unidas y otros mecanismos internacionales en el ámbito de la lucha contra el racismo.

La contribución de la Iglesia: perdón y reconciliación

En este marco, podemos preguntarnos cuál ha de ser la contribución específica que la Iglesia católica está llamada a dar, no sólo a la actual Conferencia de Durban, sino también, más en general, a la lucha contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y la intolerancia.

La primera respuesta, obligada, es que, dado que del corazón del hombre nacen los asesinatos, las maldades, la envidia, la soberbia y la insensatez (cf. Mc 7, 21), en este nivel es donde la contribución de la Iglesia católica, con sus constantes llamadas a la conversión personal, es más importante e insustituible.

En efecto, es preciso ante todo dirigirse al corazón del hombre, porque es el primero que necesita purificarse para que no reinen en él ni el miedo ni el espíritu de dominio, sino la apertura a los demás, la fraternidad y la solidaridad. De ahí el papel fundamental de las religiones y, en particular, de la fe cristiana, que enseña la dignidad de todo ser humano y la unidad del género humano. Y, si la guerra o situaciones graves convirtieran a otros hombres en enemigos, el primer mandamiento cristiano, y el más radical, es precisamente el del amor al enemigo y responder al mal con el bien.

Al cristiano no se le permite tener propósitos o comportamientos racistas o discriminatorios, aunque, por desgracia, esto no siempre se vive en la práctica, y no siempre se ha cumplido a lo largo de la historia. A este respecto, el Papa Juan Pablo II quiso que el Año jubilar 2000 se caracterizara por repetidas peticiones de perdón en nombre de la Iglesia, a fin de que la memoria de la Iglesia fuera purificada de todas las "formas de antitestimonio y de escándalo" (Tertio millennio adveniente, 33) que se sucedieron en el decurso del milenio pasado.

En efecto, en ciertas situaciones acontece que el mal sobrevive a quien lo ha realizado, a través de las consecuencias de los comportamientos, y estos últimos pueden convertirse en pesadas cargas que gravan sobre la conciencia y la memoria de los descendientes. Entonces resulta necesaria una purificación de la memoria: "Purificar la memoria significa eliminar de la conciencia personal y común todas las formas de resentimiento y de violencia que la herencia del pasado haya dejado, sobre la base de un juicio histórico-teológico nuevo y riguroso, que funda un posterior comportamiento moral renovado (...), con vistas al crecimiento de la reconciliación en la verdad, en la justicia y en la caridad entre los seres humanos y, en particular, entre la Iglesia y las diversas comunidades religiosas, culturales o civiles con las que entra en relación" (Comisión teológica internacional, Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado, n. 1).

La petición de perdón afecta en primer lugar a la vida de los cristianos que forman parte de la Iglesia; sin embargo, "es legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos, sobre todo los que se hallan implicados en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y el recuerdo de heridas a menudo antiguas, se dejen guiar por el espíritu de perdón y reconciliación testimoniado por la Iglesia, y se esfuercen por resolver sus contrastes mediante un diálogo leal y abierto" (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en un congreso internacional sobre la Inquisición, 31 de octubre de 1998, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de noviembre de 1998, p. 2).

El perdón, acto de amor gratuito, tiene sus exigencias: es necesario reconocer el mal que se ha realizado y, en la medida de las posibilidades, remediarlo. Por consiguiente, la primera exigencia es el respeto a la verdad. En efecto, la mentira, la deslealtad, la corrupción, la manipulación ideológica o política hacen imposible entablar relaciones sociales pacíficas. De ahí la importancia de procesos que permitan establecer la verdad, procesos necesarios pero delicados, pues la investigación de la verdad corre el peligro de transformarse en sed de venganza.

La cuestión de la reparación

Una segunda exigencia es la justicia, dado que "el perdón no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación, que es propia de la justicia, sino que trata de reintegrar tanto a las personas y los grupos en la sociedad, como a los Estados en la comunidad de las naciones" (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1997, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de diciembre de 1996, p. 11).

La Santa Sede es muy consciente de la importancia y, al mismo tiempo, de la delicadeza de los problemas vinculados a "la exigencia de reparación", especialmente cuando se traduce en demandas de indemnización. El debate que se entabló entre algunos Estados miembros de las Naciones Unidas en el momento de aceptar el orden del día provisional de la Conferencia de Durban es un testimonio ulterior. A la Iglesia no compete proponer una solución técnica a ese problema tan complejo. Sin embargo, la Santa Sede expresa su convicción de que cada vez es más necesario mirar al pasado con memoria purificada para poder afrontar serenamente el futuro.

La educación en los derechos humanos

Entre las recomendaciones que se proponen en el programa de la Conferencia de Durban se halla también el compromiso de educar en los derechos humanos, particularmente a través de los medios de comunicación y la labor de las religiones.

La Santa Sede es consciente de que las raíces del racismo, de la discriminación y de la intolerancia se encuentran en los prejuicios y en la ignorancia, ante todo frutos del pecado, pero también de una educación equivocada e insuficiente. De ahí el papel fundamental de la educación. Al respecto, la Iglesia católica recuerda su papel activo "en la base" -papel que tiene un enorme alcance- para educar e instruir a los jóvenes de cualquier confesión religiosa y de todos los continentes, y eso desde hace siglos. La Iglesia, fiel a sus valores, imparte una educación al servicio del hombre y de todo el hombre. Esta acción fundamental en favor de la causa de los derechos humanos es muy conocida.

Con respecto al papel insustituible de las religiones, y en particular de la fe cristiana, para educar en el respeto a los derechos del hombre, baste recordar que una enseñanza correcta de la religión permite alejarse de esos "ídolos falsos" que son el nacionalismo y el racismo. El Papa Juan Pablo II afirmaba ante la asamblea interreligiosa de 1999: "La tarea que debemos cumplir consiste en promover una cultura del diálogo. Individualmente y todos juntos debemos demostrar que la creencia religiosa se inspira en la paz, fomenta la solidaridad, impulsa la justicia y sostiene la libertad" (Discurso durante el encuentro con los líderes de diversas religiones, 28 de octubre de 1999, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de noviembre de 1999, p. 6).

Las discriminaciones positivas

Entre las recomendaciones del orden del día de la Conferencia de Durban se incluyen también las "discriminaciones positivas". En efecto, la Convención internacional sobre la eliminación de toda forma de discriminación racial, del 21 de diciembre de 1965, que la Santa Sede ratificó, prevé la posibilidad de adoptar medidas especiales "con el único fin de asegurar de modo adecuado el progreso de algunos grupos raciales o étnicos y de personas que requieren protección, la cual puede serles necesaria para disfrutar de los derechos humanos (...) en condiciones de igualdad" (art. 1, 4).

Sobre esta base de la "acción positiva", algunos países han adoptado legislaciones que conceden una protección especial a los pueblos autóctonos o minoritarios. Con todo, la elección de este tipo de política sigue siendo objeto de controversia. Existe el peligro real de que esas medidas consoliden la diferencia, en vez de favorecer la cohesión social; que, por ejemplo, en lo que atañe al empleo o a la vida política, se recluten o elijan las personas según su grupo étnico y no de acuerdo con su competencia; y, por último, que la libertad de elección quede condicionada.

Es indiscutible que, a veces, el peso de los antecedentes de índole histórica, social y cultural exige acciones positivas por parte de los Estados. Los pueblos autóctonos, en particular, aún sufren mucho a causa de discriminaciones. Ahora bien, la Iglesia católica, siempre muy atenta a la defensa de la realidad del hombre concreto, en su situación histórica, reivindica un respeto efectivo de los derechos humanos.

Formas inéditas de racismo

Por consiguiente, estas políticas son legítimas si se respeta la prudente reserva del artículo 1° 4 de la Convención de 1965. En efecto, ese artículo establece que las discriminaciones positivas sean temporales, que no tengan como efecto el mantenimiento de derechos distintos para grupos diferentes, y que no sigan en vigor una vez obtenidos los objetivos fijados.

Notemos, por último, que desde 1988 se han ahondado dos grandes brechas a nivel mundial: la, cada vez más dramática, de la pobreza y de la discriminación social; y la, más nueva y menos denunciada, del ser humano no nacido, sujeto a experimentos y objeto de la técnica (a través de las técnicas de procreación artificial, la utilización de "embriones sobrantes", la clonación llamada terapéutica, etc.). Es muy real el peligro de una forma inédita de racismo, pues el desarrollo de estas técnicas podría llevar a la creación de una "sub-categoría de seres humanos" destinada esencialmente a la utilidad de algunos. Se trata de una nueva y terrible forma de esclavitud. Ahora algunos poderosos intereses comerciales quisieran aprovecharse de esta latente tentación eugenésica. Por eso, los gobiernos y la comunidad científica internacional tienen el deber de vigilar atentamente.

Conclusión

En septiembre de 1995, el Papa Juan Pablo II, en su visita a Sudáfrica, afirmó que la solidaridad "es el único camino posible para salir del completo fracaso moral de los prejuicios raciales y de las rivalidades étnicas" (Homilía en Johannesburgo, 17 de septiembre de 1995, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de septiembre de 1995, p. 11). La solidaridad se ha de desarrollar entre los Estados pero también en el seno de todas las sociedades donde, indiscutiblemente, la deshumanización y la desintegración del entramado social están llevando a la exacerbación de las opiniones y de las conductas racistas y xenófobas, y al rechazo del más débil, sea extranjero, inválido o pobre.

La solidaridad se funda en la unidad de la familia humana, pues todos los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios, tienen el mismo origen y están llamados al mismo destino. Sobre esta base es insustituible la contribución de las religiones y esa contribución deben darla todos los creyentes que, adhiriéndose libremente a su fe, la viven diariamente. En todo esto nos ha de impulsar la convicción de que la libertad de conciencia y de religión sigue siendo el presupuesto, el principio y el fundamento de cualquier otra libertad, humana y civil, individual y comunitaria.

Cardenal François-Xavier Nguyên van Thuân
Presidente del Consejo pontificio Justicia y paz

S. E. Mons. Giampaolo Crepaldi
Secretario
 

viernes, 7 de septiembre de 2001

RADIOMENSAJE DE NAVIDAD DE SU SANTIDAD PÍO XII (24 DE DICIEMBRE DE 1953)


RADIOMENSAJE DE NAVIDAD

DE SU SANTIDAD PÍO XII

Jueves 24 de diciembre de 1953

“El pueblo, que vivía en tinieblas, vio una gran luz”. Con esta viva imagen el espíritu profético de Isaías (Is 9, 1) anunció la venida a la tierra del Niño celestial, Padre del futuro siglo y Príncipe de la paz.

Con la misma imagen, que en la plenitud de los tiempos se ha convertido en realidad confortante de las generaciones humanas que se suceden en este mundo lleno de tinieblas, Nos deseamos, amados hijos e hijas del orbe católico, comenzar Nuestro Mensaje navideño, y servirnos de ella para guiaros otra vez a la cuna del Salvador recién nacido, fulgurante manantial de luz.

Luz que disipa y vence las tinieblas es, en verdad, el Nacimiento del Señor en su significado esencial, que el Apóstol San Juan expuso y compendió en el sublime exordio de su Evangelio, en el cual resuena la solemnidad de la primera página del Génesis al aparecer la luz primera: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros: y nosotros fuimos testigos de su gloria, gloria propia del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). Él, vida y luz en sí mismo, resplandece en las tinieblas y concede a todos los que le abren sus ojos y su corazón, a aquellos que le reciben y creen en Él, el poder de llegar a ser hijos de Dios (cf. Jn 1, 12).

2. No obstante este copioso fulgor de la luz divina que irradia del humilde pesebre, posee el hombre la tremenda facultad de hundirse en las antiguas tinieblas, causadas por el primer pecado, en las que el espíritu se agota en obras de fango y de muerte. Para esos ciegos voluntarios, que lo son por haber perdido o debilitado la fe, la misma Navidad no tiene otros atractivos que los de una fiesta meramente humana, reducida a pobres sentimientos y a recuerdos puramente terrenales, mirada frecuentemente con dulzura, pero como envoltura sin contenido y cáscara vacía. Aun quedan pues, en torno a la refulgente cuna del Redentor zonas de tinieblas y la rodean hombres de ojos apagados a la luz celestial, mas no porque el Dios Encarnado no tenga, aun dentro del misterio, luz para iluminar a todo hombre que viene a este mundo, sino porque muchos, ofuscados por el efímero esplendor de ideales y obras humanas circunscriben su vista en los límites de lo creado, haciéndose incapaces de levantarla al Creador, principio armonía y fin de todo lo que existe.

3. A estos hombres de las tinieblas deseamos señalar la gran luz que irradia del pesebre, invitándoles, ante todo, a reconocer la causa actual que les ciega y les hace insensibles a las cosas divinas. La causa es el excesivo y a veces exclusivo aprecio del llamado “progreso técnico”. Este progreso, soñado al principio cual mito omnipotente y fuente de felicidad, promovido más tarde con gran ardor hasta las más audaces conquistas, se ha impuesto a la conciencia ordinaria como fin último del hombre y de la vida, en sustitución de todo otro ideal religioso y espiritual.

Hoy vemos, con claridad cada vez mayor, que su inmerecida exaltación ha cegado los ojos del hombre moderno y ha endurecido sus oídos de tal modo, que se realice en ellos lo que el Libro de la Sabiduría flagelaba en los idolatras de su tiempo (Sab 13, 1); son incapaces de conocer por medio del mundo visible a Aquel que existe y de descubrir al Artífice por sus obras, y aun más hoy en día, para esos que caminan en tinieblas, el mundo sobrenatural y la obra de la Redención, que supera a toda la naturaleza y que fue realizada por Jesucristo, quedan envueltos en completa oscuridad.

4. Y, sin embargo, no debería existir tal extravío, ni estas Nuestras observaciones se han de entender como si fueran una reprobación del progreso técnico en si mismo. La Iglesia ama el progreso humano, y lo favorece. Es innegable que el progreso técnico viene de Dios y, por consecuencia, puede y debe llevar a Dios. Acaece, en efecto, con frecuencia que el creyente, al admirar las conquistas de la técnica y al servirse de ellas para penetrar mas profundamente en el conocimiento de la creación y de las fuerzas naturales y para mejor dominarlas por medio de las máquinas y de los instrumentos, en servicio del hombre y del bienestar de la vida terrenal, se siente como arrastrado a adorar al Dador de aquellos bienes que admira y utiliza, sabiendo que el Hijo eterno de Dios es el “primogénito de todas las criaturas, porque en Él han sido hechas las cosas todas en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles” (Col 1, 15-16), Muy lejos, por lo tanto, de sentirse inclinado a rechazar las maravillas de la técnica y su legítimo empleo, el creyente se encuentra más pronto, si cabe, a doblar su rodilla ante el Niño divino del pesebre, más consciente de su deuda de gratitud al que dio la inteligencia y las cosas, más dispuesto a servirse de las obras de la técnica para entonar aquel cántico de los ángeles en Belén: “Gloria a Dios en lo más alto de los cielos” (Lc 2, 14). El creyente tendrá, incluso, por cosa natural, el ofrecer al Niño Dios, junto al oro, el incienso y mirra de los Magos, las conquistas modernas de la técnica: máquinas y números, laboratorios e invenciones, potencia y recursos. Más aún, tal oferta es como un presentarle ya ejecutada, aunque no completamente, la obra por Él encargada. “Poblad la tierra y sometedla” (Gn 1, 28), dijo Dios al hombre, al confiarle la creación como herencia provisional. ¡Qué camino tan largo y áspero desde entonces hasta los tiempos presentes, en el cual pueden los hombres de algún modo afirmar que han cumplido el precepto divino!

5. La técnica conduce al hombre de hoy hacia una perfección nunca igualada en el dominio del mundo material. La máquina moderna permite una producción que sustituye y agiganta la energía humana del trabajo, que se libera enteramente del concurso de las fuerzas orgánicas, que se asegura un máximo de potencial en extensión e intensidad y, al mismo tiempo, de precisión. Abrazando con una mirada los resultados de esta evolución, parece como si la misma naturaleza aprobase satisfecha todo cuanto el hombre ha realizado en ella y le estimulase a continuar más adelante en la investigación y en la utilización de sus extraordinarias posibilidades. Ahora bien, es claro que toda investigación y descubrimiento de las fuerzas de la naturaleza, realizados por la técnica, se resuelven en investigación y descubrimiento de la grandeza, de la sabiduría, de la armonía de Dios. Considerada así la técnica, ¿quién podrá desaprobarla y condenarla?

6. Con todo, parece inconcuso que la técnica misma, llegada en nuestro siglo al apogeo de su esplendor y de su rendimiento, se cambia, por circunstancias de hecho, en un grave peligro espiritual. Ella parece comunicar al hombre moderno, postrado ante su altar, un sentimiento de autosuficiencia y de satisfacción de sus aspiraciones ilimitadas a conocer y poder. Con su empleo múltiple, con la confianza absoluta que inspira, con las inagotables posibilidades que promete, la técnica moderna abre al hombre contemporáneo una visión tan vasta, que para muchos llega a confundirse con el mismo infinito.

7. Se le atribuye, por consiguiente, una imposible autonomía que, a su vez, en el pensamiento de algunos, se transforma en una errónea concepción de la vida y del mundo, designada con el apelativo de “espíritu técnico”. ¿En qué consiste propiamente este espíritu? Consiste en que se considera como el más alto valor humano y de la vida, el lograr el mayor provecho de las fuerzas y de los elementos de la naturaleza; en que se toman como fin, con preferencia a todas las demás actividades humanas, los métodos técnicamente posibles de producción mecánica, y se ve en ellos la perfección de la cultura y de la felicidad terrenal.

8. Hay, ante todo, un engaño fundamental en esta visión torcida del mundo, que el “espíritu técnico” ofrece. El panorama, a primera vista ilimitado, que la técnica despliega ante los ojos del hombre moderno, por muy extenso que sea, no es, con todo, más que una proyección parcial de la vida sobre la realidad, pues no expresa sino las relaciones de ésta con la materia. Por eso es un panorama que alucina y acaba por encerrar al hombre, demasiado crédulo, en la inmensidad y en la omnipotencia de la técnica, en una prisión, que es ciertamente vasta, pero circunscrita y, por lo tanto, a la larga, insoportable a su genuino espíritu. Su mirada, lejos de extenderse hacia la realidad infinita, que no es sólo materia, se sentirá coartada por las barreras que ésta necesariamente le opone. De donde nace la íntima angustia del hombre contemporáneo, que se ha vuelto ciego, por haberse rodeado voluntariamente de tinieblas.

9. Mucho más graves son los daños que se derivan del “espíritu técnico” para el hombre, que se deja embriagar por él, en el sector de las verdades propiamente religiosas y en sus relaciones con lo sobrenatural. Son éstas también las tinieblas a las que alude el Evangelista San Juan, que el Verbo Encarnado vino a disipar y que impiden la comprensión espiritual de los misterios de Dios.

No es que la técnica de suyo exija la negación de los valores religiosos en virtud de la lógica —la cual, como hemos dicho, conduce más bien a descubrirla—, sino que ese “espíritu técnico” pone al hombre en condiciones desfavorables para buscar, ver y aceptar las verdades y los bienes sobrenaturales. La mente que se deja seducir por la concepción de la vida moldeada según el “espíritu técnico”, permanece insensible y despreocupada y, por consiguiente, ciega ante aquellas obras de Dios, de naturaleza totalmente diversa de la técnica, como son los misterios de la fe cristiana. Aun el remedio mismo, que debería de consistir en un redoblado esfuerzo para extender la mirada más allá de las barreras de las tinieblas y para despertar en el alma el interés por las realidades sobrenaturales, lo hace ineficaz, ya desde el principio, el mismo “espíritu técnico”, puesto que priva a los hombres del sentido crítico a causa de la singular inquietud y superficialidad de nuestro tiempo; defecto que deben desgraciadamente reconocer como una de sus consecuencias aun los mismos que verdadera y sinceramente aprueban el progreso técnico. Los hombres imbuidos del “espíritu técnico” difícilmente encuentran la calma, la serenidad y la interioridad necesarias para poder reconocer el camino que conduce al Hijo de Dios hecho hombre.

Llegarán ellos hasta denigrar al Creador y su obra, declarando que la naturaleza humana es una construcción defectuosa, si la capacidad de acción del cerebro y de los demás órganos humanos, necesariamente limitada, impide la realización de los cálculos y proyectos tecnológicos.

Y aún son menos aptos para comprender y estimar los altísimos misterios de la vida y de la economía divina, como, por ejemplo, el Misterio de Navidad, en el que la unión del Verbo Eterno con la naturaleza humana cumple realidades y grandezas muy diferentes de las que considera la técnica. Su pensamiento sigue otros caminos y otros métodos, bajo la sugestión unilateral del “espíritu técnico” que no reconoce y no aprecia como realidades sino lo que se puede expresar con números y con cálculos utilitarios. Creen que así descomponen la realidad en sus elementos, pero su conocimiento no pasa de la superficie y sólo se mueve en una dirección. Es evidente que quien adopta el método técnico como único instrumento en la búsqueda de la verdad, debe renunciar a penetrar, por ejemplo, en las profundas realidades de la vida orgánica, y más aún en las de la vida espiritual y en las realidades vivientes del individuo y de la sociedad humana, porque no pueden formularse con expresiones cuantitativas. ¿Cómo se puede esperar de una mente así formada el asentimiento y la admiración ante las imponentes realidades a las cuales hemos sido elevados por Jesucristo, mediante su Encarnación y Redención, su Revelación y su gracia?

Aun prescindiendo de la ceguedad religiosa que se derive del “espíritu técnico”, el hombre poseído por él queda rebajado en su pensamiento, precisamente en cuanto que por él es imagen de Dios. Dios es la inteligencia infinitamente comprensiva, mientras que el “espíritu técnico” hace todo lo posible por coartar en el hombre la libre expansión de su entendimiento. Al técnico, maestro o discípulo, que quiere salvarse de esta disminución de sí, es necesaria no sólo una educación profunda de la mente sino, sobre todo, una formación religiosa que, contra lo que a veces se afirma, es la más apta para defender su pensamiento contra los influjos unilaterales. Entonces se romperá el cerco de su conocimiento, entonces la creación se le presentará iluminada en todas sus dimensiones, especialmente cuando, ante el Nacimiento, se esfuerce por “comprender cuál sea la anchura longitud y altura y profundidad y el conocimiento de la caridad de Cristo” (Ef 3, 18). En caso contrario, la era técnica llevará a cabo su monstruosa obra maestra de transformar al hombre en un gigante del mundo físico, con detrimento de su espíritu, reducido a pigmeo del mundo sobrenatural y eterno.

10. Pero no se detiene aquí el influjo ejercido por el progreso técnico, una vez que ha sido acogido en la conciencia como algo autónomo y como fin de sí mismo. A nadie se le oculta el peligro de un “concepto técnico de la vida”, es decir, el considerar la vida exclusivamente por sus valores técnicos, como elemento y factor técnico. Su influjo se refleja tanto en el modo de vivir de los hombres modernos, como en sus recíprocas relaciones.

Vedlo, por un momento, al influir en el pueblo, en el cual ya se va difundiendo, y reflexionad especialmente cómo ha alterado el concepto humano y cristiano del trabajo y qué influjo ejercita en la legislación y en la administración. El pueblo, con razón, ha acogido favorablemente el progreso técnico porque alivia el peso del trabajo y acrecienta la productividad. Pero también es preciso confesar que, si tal sentimiento no se mantiene dentro de los rectos límites, el concepto humano y cristiano del trabajo sufre necesariamente daño. De igual manera, del falso concepto técnico de la vida y, por lo tanto, del trabajo, se sigue el considerar el tiempo libre como fin de sí mismo, en vez de considerarlo y utilizarlo como justo alivio y restablecimiento de fuerzas, esencialmente ligado al ritmo de una vida ordenada, en la que el descanso y el trabajo se alternen en un tejido único y se integren en una sola armonía. Más visible aún es el influjo del “espíritu técnico” aplicado al trabajo, cuando se quite al domingo su dignidad singular de día del culto divino y del descanso físico y espiritual para los individuos y la familia, y viene a ser, en cambio, solamente, uno de los días libres de la semana, que pueden ser, por otra parte, distintos para cada miembro de la familia, según el mayor rendimiento que se espera obtener de tal distribución técnica de la energía material y humana o bien cuando el trabajo profesional se halla tan condicionado y sujeto al “funcionamiento” de la máquina y de los aparatos, que llega a consumir rápidamente al trabajador, como si un año de ejercicio de la profesión le hubiese agotado la fuerza de dos o más años de vida normal.

11. Renunciamos a exponer más extensamente cómo este sistema, al inspirarse tan sólo en miras técnicas, contrariamente a lo que se esperaba, ocasiona un derroche de recursos materiales, no menos que de las principales fuentes de energía —entre las cuales hay que incluir al hombre mismo—, y cómo, por consecuencia, se ha de revelar, a la larga, como un peso dispendioso para la economía global. Sin embargo, no podemos menos de llamar la atención sobre la nueva forma de materialismo que el “espíritu técnico” introduce en la vida.

Bastará indicar cómo la despoja de su contenido, ya que la técnica está ordenada al hombre y al conjunto de los valores espirituales y materiales que se refieren a su naturaleza y a su dignidad personal. Si la técnica dominase con autonomía, la sociedad humana se transformaría en una turba incolora, en algo impersonal y esquemático contrario, por lo tanto, a lo que la naturaleza y su Creador han demostrado querer.

Sin duda que una gran parte de la Humanidad no ha sido aún contagiada por este concepto técnico de la vida, pero es de temer que, dondequiera que penetre sin cautela el progreso técnico, no tardará en manifestarse el peligro de las deformaciones denunciadas.

12. Y pensamos con ansia particular en el peligro que amenaza a la familia, que en la vida social es el más sólido principio de orden, en cuanto que sabe suscitar entre sus miembros innumerables servicios personales que le renuevan diariamente, se une con vínculos de afecto a la casa y al hogar, y despierta en cada uno de ellos el amor de la tradición familiar en la producción y conservación de los bienes de uso. En cambio, donde penetra el concepto técnico de la vida, la familia pierde el vínculo personal de su unidad, pierde su calor y su estabilidad. La familia no permanece unida, sino en la medida en que se vea obligada por las exigencias de la producción en masa, hacia la cual se corre cada día con más insistencia. La familia ya no es la obra del amor y el refugio de las almas, sino un depósito desolado —según las circunstancias— o de mano de obra para la producción, o de consumidores de los bienes materiales producidos.

13. El “concepto técnico” de la vida no es, por lo tanto, sino una forma particular del materialismo, en cuanto que ofrece, como última respuesta al problema de la existencia, una fórmula matemática y de cálculo utilitario. Por esta razón, el desarrollo técnico de nuestros días, como si fuese consciente de hallarse envuelto en tinieblas, manifiesta inquietud y angustia, advertidas especialmente por quienes se emplean en la búsqueda febril de sistemas cada vez más complejos, cada vez más arriesgados. Un mundo así guiado no se puede decir iluminado por aquella luz ni animado por aquella vida que el Verbo, esplendor de la gloria de Dios (Hb 1, 3), haciéndose hombre, ha venido a comunicar a los hombres.

14. Y he aquí que a Nuestra mirada, que ansía constantemente descubrir en el horizonte señales de claridad estable (signo de aquella luz plena de que habló el Profeta), se ofrece, por lo contrario, la oscura visión de una Europa todavía inquieta, en la que el materialismo, del cual hemos hablado, en lugar de resolver, exaspera sus problemas fundamentales íntimamente unidos con la paz y con el orden del mundo entero.

Ciertamente que el materialismo no amenaza a este continente más seriamente que a las demás regiones de la tierra; por lo contrario, creemos que los pueblos que llegan con retraso y de repente al rápido progreso de la técnica, están más expuestos a los peligros indicados, y particularmente sacudidos en su equilibrio moral y psicológico; ya que el desarrollo adquirido, no mediante una evolución continua, sino por saltos interrumpidos, no encuentra sólidos diques de resistencia de corrección, de adaptación ni en la madurez de los individuos ni en la cultura tradicional.

Sin embargo, Nuestras graves preocupaciones con relación a Europa son producidas por las incesantes desilusiones en que, a causa de la concepción materialista del problema de la paz, naufragan, ya desde hace años, los deseos sinceros de paz y distensión acariciados por estos pueblos. Nos pensamos de un modo particular en aquellos que juzgan la cuestión de la paz como si fuese de naturaleza técnica, y consideran la vida de los individuos y de las naciones bajo el aspecto técnico­económico. Tal concepción materialista de la vida amenaza ser la norma de conducta de algunos activos agentes de paz y la fórmula de su política pacifista. Juzgan ellos que el secreto de la solución consiste en dar a todos los pueblos la prosperidad material mediante el aumento constante de la producción del trabajo y el tenor de vida, así como hace un siglo otra fórmula semejante se ganaba la absoluta confianza de los estadistas: “Libertad de comercio, eterna paz”.

15. Pero ningún materialismo ha sido jamás medio idóneo para instaurar la paz, porque ésta, antes que nada, es una condición del espíritu, y sólo en segundo orden, un equilibrio armónico de fuerzas externas. Es, pues, un error de principio confiar la paz al materialismo moderno, que corrompe al hombre en su raíz y ahoga su vida personal y espiritual. A la misma desconfianza conduce, por lo demás, la experiencia; la cual demuestra, aun en nuestros días, que el costosísimo potencial de fuerzas técnicas y económicas, aunque sea distribuido más o menos igualmente entre las dos partes, impone un temor reciproco. De ello resultaría, por lo tanto, solamente una paz de temor; no la paz que es seguridad en el porvenir. Conviene repetir esto sin cansarse, y persuadir de ello a los que, entre el pueblo, se dejan fácilmente alucinar por el espejismo de que la paz consiste en la abundancia de bienes, mientras la paz segura y estable es, sobre todo, un problema de unidad espiritual y de disposiciones morales. Ella exige, bajo pena de una nueva catástrofe de la humanidad, que se renuncie a la autonomía falaz de las fuerzas materiales, las cuales, en nuestros días, no se distinguen gran cosa de las armas propiamente bélicas. No mejorará la condición presente de las cosas si todos los pueblos no llegan a reconocer los comunes fines espirituales y morales de la humanidad; si no se ayudan a realizarlos y si, en consecuencia, no se entienden mutuamente para oponerse a la disolvente discrepancia que domina entre ellos en relación con el tenor de vida y con la producción del trabajo.

16. Todo esto se puede y aun se debe hacer en Europa, creando esa unión continental entre sus pueblos, diferentes, es cierto, mas geográfica e históricamente ligados entre sí. Un fuerte argumento en favor de tal unión es el manifiesto fracaso de la política contraria, y el hecho de que los mismos pueblos, en sus clases más humildes, están esperándola y la juzgan necesaria y prácticamente posible. Ha llegado, según parece, el tiempo de que el proyecto se convierta en realidad. Por lo tanto, Nos exhortamos a la acción a los políticos cristianos, a quienes bastará recordar que toda unión pacifica de pueblos fue siempre un gran ideal del cristianismo. ¿Por qué se ha de dudar todavía? El fin es claro; las necesidades de los pueblos están a la vista de todos. A quien exigiese con anticipación la garantía absoluta del éxito, se le debería responder que se trata, sí, de un riesgo, pero necesario; de un riesgo, pero acomodado a los tiempos presentes; de un riesgo conforme a la razón. Es necesario, sin duda, proceder con precaución, avanzar con pasos calculados; mas ¿por qué desconfiar precisamente ahora del alto grado alcanzado por la ciencia y la práctica de la política, las cuales son suficientes para prever los obstáculos y poner los remedios? Empujen, sobre todo, a la acción las difíciles circunstancias en que Europa se debate, para ella no hay seguridad sin riesgo. El que exige una certeza absoluta, no demuestra buena voluntad hacia Europa.

17. Teniendo siempre a la vista este fin, Nos exhortamos también a los políticos cristianos a la acción dentro de sus propios países. Si el orden no reina en la vida interna de los pueblos es inútil esperar la unión de Europa y la seguridad de la paz universal. En tiempos como los nuestros, en que los errores se convierten fácilmente en catástrofes, un político cristiano no puede —hoy menos que nunca— intensificar la tensión social interna, dramatizándola, olvidando los puntos positivos y dejando que se pierda la visión recta de lo que se presenta como razonablemente posible. Se le exige tenacidad en la aplicación de la doctrina social cristiana, tenacidad y confianza mayores que las que los enemigos demuestran tener en sus errores. Si la doctrina social cristiana, de más de cien años acá, se ha desarrollado y se ha hecho fecunda en la práctica política de muchos pueblos —desgraciadamente no de todos—, los que llegan demasiado tarde, no tienen hoy derecho a lamentarse de que el Cristianismo deja en el campo social una laguna, que, según ellos dicen, deberá llenarse mediante una revolución de la conciencia cristiana, como la llaman. La laguna no está en el Cristianismo, sino en la mente de sus acusadores.

Siendo esto así, el político cristiano no sirve a la paz interna ni consiguientemente a la externa, cuando abandona la base sólida de la experiencia objetiva y de los claros principios, y se transforma en un como “heraldo carismático” de una nueva tierra social, contribuyendo a aumentar la desorientación de las inteligencias, ya turbadas.

18. De este crimen se torna responsable quien cree poder hacer experimentos sobre el orden social y particularmente quien no está resuelto a hacer que en todos los grupos prevalezca la legítima autoridad del Estado y el cumplimiento de las justas leyes. ¿Precisa acaso demostrar que la debilidad de la autoridad socava la solidez de una nación más aún que todas las demás dificultades, y que la debilidad de una nación lleva consigo la debilitación de Europa y pone en peligro la paz general?

Por lo tanto, urge reaccionar contra la equivocada idea de que el justo predominio de la autoridad y de las leyes abre necesariamente el camino a la tiranía. Nos mismo, hace algunos años, en ocasión de esta misma festividad (24 diciembre 1944), hablando de la democracia, indicamos que en un Estado democrático, no menos que en cualquier otro bien ordenado, la autoridad debe ser verdadera y efectiva. La democracia pretende, sin duda, realizar el ideal de la libertad; pero ideal es únicamente aquella libertad que se aleja de todo desenfreno, aquella libertad que a la conciencia del propio derecho une el respeto a la libertad, a la dignidad y al derecho de los demás, y es consciente de la propia responsabilidad hacia el bien general. Naturalmente que esta genuina democracia no puede vivir ni prosperar sino en una atmósfera de respeto hacia Dios y de cumplimiento de sus mandamientos, no menos que de solidaridad y hermandad cristianas.

19. De esta manera, amados hijos e hijas, la obra de la paz prometida a los hombres en la espléndida noche de Belén, se realizará, al fin, con la buena voluntad de cada uno, pero tiene su principio en la plenitud de la verdad que ahuyenta las tinieblas de las mentes. Como en la Creación, al principio era el Verbo, y no las cosas ni sus leyes, ni su poder y abundancia, así en la realización de la misteriosa empresa encargada por el Creador a la Humanidad, debe ser colocado en el principio el mismo Verbo, su verdad, su caridad y su gracia; y solamente después, la ciencia y la técnica.

Hemos querido exponeros este orden y os exhortamos a tutelarlo eficazmente. De nuestra parte esta la historia que, como bien sabéis, es una buena maestra. Parece, sin embargo, que quienes no entienden sus enseñanzas y por ello se sienten inclinados a probar nuevas aventuras, son mucho más numerosos que los demás a quienes con sus locuras sacrifican. Nos hemos hablado en nombre de estas víctimas que lloran todavía sobre tumbas vecinas o lejanas y ya están temiendo que se abran otras nuevas; que aún moran entre ruinas, y ven ya aproximarse nuevas destrucciones; que aún estén esperando a sus familiares prisioneros y dispersos, y temen ya por su propia libertad. Es tan grande el peligro, que desde la cuna del Príncipe eterno de la paz Nos hemos visto en la precisión de dirigir palabras graves, aun con el peligro de provocar temores todavía más vivos. Pero siempre se puede confiar en que con la gracia de Dios será éste un temor saludable y eficaz que conduzca hacia la unión de los pueblos, reforzando de esta manera la paz.

Oiga estas Nuestras ansias y votos la Madre de Dios y Madre de los hombres, María Inmaculada, ante cuyos altares se postran este año en modo especial los pueblos de la tierra, a fin de que interponga entre ésta y el Trono de Dios su maternal intercesión.

Con tales augurios en los labios y en el corazón, os impartimos a vosotros todos, amados hijos e hijas, a vuestras familias, y especialmente a los humildes, a los pobres, a los oprimidos, a los perseguidos por su fidelidad a Cristo y a su Iglesia, con efusión del corazón, Nuestra paternal Bendición Apostólica.