domingo, 2 de abril de 2000

QUADRAGESIMO ANNO (15 DE MAYO DE 1931)


CARTA ENCÍCLICA

QUADRAGESIMO ANNO

DE SU SANTIDAD

PÍO XI

SOBRE LA RESTAURACIÓN DEL ORDEN SOCIAL EN PERFECTA

CONFORMIDAD CON LA LEY EVANGÉLICA

AL CELEBRARSE EL 40º ANIVERSARIO DE LA ENCÍCLICA

"RERUM NOVARUM" DE LEÓN XIII


A LOS VENERABLES HERMANOS PATRIARCAS,

PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR

EN PAZ Y COMUNIÓN CON ESTA SEDE APOSTÓLICA,

A TODOS LOS SACERDOTES Y FIELES DEL ORBE CATÓLICO.

Venerables hermanos y queridos hijos:

1. En el cuadragésimo aniversario de publicada la egregia encíclica Rerum novarum, debida a León XIII, de feliz recordación, todo el orbe católico se siente conmovido por tan grato recuerdo y se dispone a conmemorar dicha carta con la solemnidad que se merece.

2. Y con razón, ya que, aun cuando a este insigne documento de pastoral solicitud le habían preparado el camino, en cierto modo, las encíclicas de este mismo predecesor nuestro sobre el fundamento de la sociedad humana, que es la familia, y el venerando sacramento del matrimonio (Enc. Arcanum, 10 de febrero de 1880), sobre el origen del poder civil (Enc. Diuturnum, 29 de junio de 1881) y sus relaciones con la Iglesia (Enc. Immortale Dei, 1 de noviembre de 1885), sobre los principales deberes de los ciudadanos cristianos (Enc. Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890), contra los errores de los «socialistas» (Enc. Quod apostolici muneris, 28 de diciembre de 1878) y la funesta doctrina sobre la libertad humana ((Enc. Libertas, 20 de junio de 1888), y otras de este mismo orden, que habían expresado ampliamente el pensamiento de León XIII, la encíclica Rerum novarum tiene de peculiar entre todas las demás el haber dado al género humano, en el momento de máxima oportunidad e incluso de necesidad, normas las más seguras para resolver adecuadamente ese difícil problema de humana convivencia que se conoce bajo el nombre de «cuestión social».


Ocasión

3. Pues, a finales del siglo XIX, el planteamiento de un nuevo sistema económico y el desarrollo de la industria habían llegado en la mayor parte de las naciones al punto de que se viera a la sociedad humana cada vez más dividida en dos clases: una, ciertamente poco numerosa, que disfrutaba de casi la totalidad de los bienes que tan copiosamente proporcionaban los inventos modernos, mientras la otra, integrada por la ingente multitud de los trabajadores, oprimida por angustiosa miseria, pugnaba en vano por liberarse del agobio en que vivía.

4. Soportaban fácilmente la situación, desde luego, quienes, abundando en riquezas, juzgaban que una tal situación venía impuesta por leyes necesarias de la economía y pretendían, por lo mismo, que todo afán por aliviar las miserias debía confiarse exclusivamente a la caridad, cual si la caridad estuviera en el deber de encubrir una violación de la justicia, no sólo tolerada, sino incluso sancionada a veces por los legisladores.

Los obreros, en cambio, afligidos por una más dura suerte, soportaban esto con suma dificultad y se resistían a vivir por más tiempo sometidos a un tan pesado yugo, recurriendo unos, arrebatados por el ardor de los malos consejos, al desorden y aferrándose otros, a quienes su formación cristiana apartaba de tan perversos intentos, a la idea de que había muchos puntos en esta materia que estaban pidiendo una reforma profunda y urgente.

5. Y no era otra la convicción de muchos católicos, sacerdotes y laicos, a quienes una admirable caridad venía impulsando ya de tiempo a aliviar la injusta miseria de los proletarios, los cuales no alcanzaban a persuadirse en modo alguno que una tan enorme y tan inicua diferencia en la distribución de los bienes temporales pudieran estar efectivamente conforme con los designios del sapientísimo Creador.

6. Éstos, en efecto, buscaban sinceramente el remedio inmediato para el lamentable desorden de los pueblos y una firme defensa contra males peores; pero —debilidad propia de las humanas mentes, aun de las mejores—, rechazados aquí cual perniciosos innovadores, obstaculizados allá por los propios compañeros de la buena obra partidarios de otras soluciones, inciertos entre pareceres encontrados, se quedaban perplejos sin saber a dónde dirigirse.

7. En medio de tan enorme desacuerdo, puesto que las discusiones no se desarrollaban siempre pacíficamente, como ocurre con frecuencia en otros asuntos, los ojos de todos se volvía a la Cátedra de Pedro, a este sagrado depósito de toda verdad, del que emanan palabras de salvación para todo el orbe, y, afluyendo con insólita frecuencia a los pies del Vicario de Cristo en la tierra, no sólo los peritos en materia social y los patronos, sino incluso los mismos obreros, las voces de todos se confundían en la demanda de que se les indica, finalmente, el camino seguro.

8. El prudentísimo Pontífice meditó largamente acerca de todo esto ante la presencia de Dios, solicitó el asesoramiento de los más doctos, examinó atentamente la importancia del problema en todos sus aspectos y, por fin, urgiéndole «la conciencia de su apostólico oficio» (Rerum novarum, 1), para que no pareciera que, permaneciendo en silencio, faltaba a su deber (Rerum novarum, 13), resolvió dirigirse, con la autoridad del divino magisterio a él confiado, a toda la Iglesia de Cristo y a todo el género humano.

9. Resonó, pues, el día 15 de mayo de 1891 aquella tan deseada voz, sin aterrarse por la dificultad del tema ni debilitada por la vejez, enseñando con renovada energía a toda la humana familia a emprender nuevos caminos en materia social.


Puntos capitales

10. Conocéis, venerables hermanos y amados hijos, y os hacéis cargo perfectamente de la admirable doctrina que hizo siempre célebre la encíclica Rerum novarum. En ella, el óptimo Pastor, doliéndose de que una parte tan grande de los hombres "se debatiera inmerecidamente en una situación miserable y calamitosa", tomó a su cargo personalmente, con toda valentía, la causa de los obreros, a quienes "el tiempo fue insensiblemente entregando, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores" (Rerum novarum, 9), sin recurrir al auxilio ni del liberalismo ni del socialismo, el primero de los cuales se había mostrado impotente en absoluto para dirimir adecuadamente la cuestión social, y el segundo, puesto que propone un remedio mucho peor que el mal mismo, habría arrojado a la humanidad a más graves peligros.

11. El Pontífice, en cambio, haciendo uso de su pleno derecho y sosteniendo con toda rectitud que la custodia de la religión y la dispensación de aquellas cosas a ella estrechamente vinculadas le han sido confiadas principalísimamente a él, puesto que se trataba de una cuestión "cuya solución aceptable sería verdaderamente nula si no se buscara bajo los auspicios de la religión y de la Iglesia" (Rerum novarum, 13), fundado exclusivamente en los inmutables principios derivados de la recta razón y del tesoro de la revelación divina, indicó y proclamó con toda firmeza y "como teniendo potestad" (Mt 7,29) "los derechos y deberes a que han de atenerse los ricos y los proletarios, los que aportan el capital y los que ponen el trabajo" (Rerum novarum, 1), así como también lo que corresponde hacer a la Iglesia, a los poderes públicos y a los mismos interesados directamente en el problema.

12. Y no resonó en vano la voz apostólica, pues la escucharon, estupefactos, y le prestaron el máximo apoyo no sólo los hijos sumisos de la Iglesia, sino también muchos de entre los más distanciados de la verdad y de la unidad de la fe, así como casi todos los que posteriormente se han ocupado, sea como investigadores particulares o como legisladores, de materia social y económica.

13. Pero sobre todo recibieron con júbilo esta encíclica los trabajadores cristianos, que se sintieron reivindicados y defendidos por la suprema autoridad sobre la tierra, e igualmente aquellos generosos varones que, dedicados ya de mucho tiempo a aliviar la condición de los trabajadores, apenas habían logrado hasta la fecha otra cosas que indiferencia en muchos y odiosas sospechas en la mayor parte, cuando no una abierta hostilidad. Con razón, por consiguiente, todos ellos han distinguido siempre con tantos honores esta encíclica, celebrándose en todas partes el aniversario de su aparición con diversas manifestaciones de gratitud, según los diversos lugares.

14. No faltaron, sin embargo, en medio de tanta concordia, quienes mostraron cierta inquietud; de lo que resultó que una tan noble y elevada doctrina como la de León XIII, totalmente nueva para los oídos mundanos, fuera considerada sospechosa para algunos, incluso católicos, y otros la vieran hasta peligrosa. Audazmente atacados por ella, en efecto, los errores del liberalismo se vinieron abajo, quedaron relegados los inveterados prejuicios y se produjo un cambio que no se esperaba; de forma de los tardos de corazón tuvieron a menos aceptar esta nueva filosofía social y los cortos de espíritu temieron remontarse a tales alturas. Hubo quienes admiraron esa luz, pero juzgándola más como un ideal de perfección utópico, capaz, sí, de despertar anhelos, pero imposible de realizar.


Finalidad de esta encíclica

15. Por ello, hemos considerado oportuno, venerables hermanos y amados hijos, puesto que todos por doquiera, y especialmente los obreros católicos, que desde todas partes se reúnen en esta ciudad santa de Roma, conmemoran con tanto fervor de alma y tanta solemnidad el cuadragésimo aniversario de la encíclica Rerum novarum, aprovechar esta ocasión para recordar los grandes bienes que de ella se han seguido, tanto para la Iglesia católica como para toda la sociedad humana; defender de ciertas dudas la doctrina de un tan gran maestro en materia social y económica, desarrollando más algunos puntos de la misma, y, finalmente, tras un cuidadoso examen de la economía contemporánea y del socialismo, descubrir la raíz del presente desorden social y mostrar el mismo tiempo el único camino de restauración salvadora, es decir, la reforma cristiana de las costumbres. Todo esto que nos proponemos tratar comprenderá tres capítulos, cuyo desarrollo ocupará por entero la presente encíclica.


I. Beneficios de la encíclica "Rerum novarum"

16. Comenzando por lo que hemos propuesto tratar en primer término, fieles al consejo de San Ambrosio, según el cual "ningún deber mayor que el agradecimiento", no podemos menos de dar las más fervorosas gracias a Dios omnipotente por los inmensos beneficios que de la encíclica León XIII se han seguido para la Iglesia y para la sociedad humana.

Beneficios que, de querer recordarlos siquiera superficialmente, tendríamos que repasar toda la historia de las cuestiones sociales de estos últimos cuarenta años. Pueden, sin embargo, reducirse fácilmente a tres puntos principales, según los tres tipos de ayuda que nuestro predecesor deseaba para realizar su gran obra de restauración.


1. La obra de la Iglesia

17. El propio León XIII había enseñado ya claramente qué se debía esperar de la Iglesia: "En efecto, es la Iglesia la que saca del Evangelio las enseñanzas en virtud de las cuales se puede resolver por completo el conflicto o, limando sus asperezas, hacerlo más soportable; ella es la que trata no sólo de instruir las inteligencias, sino también de encauzar la vida y las costumbres de cada uno con sus preceptos; ella la que mejora la situación de los proletarios con muchas utilísimas instituciones" (Rerum novarum, 13).


En materia doctrinal

18. Ahora bien, la Iglesia no dejó, en modo alguno, que estos manantiales quedaran estancados en su seno, sino que bebió copiosamente de ellos para bien común de la tan deseada paz.

La doctrina sobre materia social y económica de la encíclica Rerum novarum había sodio ya proclamada una y otra vez, de palabra y por escrito, por el mismo León XIII y por sus sucesores, que no dejaron de insistir sobre ella y adaptarla convenientemente a las circunstancias de los tiempos cuando se presentó la ocasión, poniendo siempre por delante, en la defensa de los pobres y de los débiles, una caridad de padres y una constancia de pastores; y no fue otro el comportamiento de tantos obispos, que, interpretando asidua y prudentemente la misma doctrina, la ilustraron con comentarios y procuraron acomodarla a las circunstancias de las diversas regiones, según la mente y las enseñanzas de la Santa Sede.

19. Nada de extraño, por consiguiente, que, bajo la dirección y el magisterio de la Iglesia, muchos doctos varones, así eclesiásticos como seglares, se hayan consagrado con todo empeño al estudio de la ciencia social y económica, conforme a las exigencias de nuestro tiempo, impulsados sobre todo por el anhelo de que la doctrina inalterada y absolutamente inalterable de a Iglesia saliera eficazmente al paso a las nuevas necesidades.

20. De este modo, mostrando el camino y llevando la luz que trajo la encíclica de León XIII, surgió una verdadera doctrina social de la Iglesia, que esos eruditos varones, a los cuales hemos dado el nombre de cooperadores de la Iglesia, fomentan y enriquecen de día en día con inagotable esfuerzo, y no la ocultan ciertamente en las reuniones cultas, sino que la sacan a la luz del sol y a la calle, como claramente lo demuestran las tan provechosas y celebradas escuelas instituidas en universidades católicas, en academias y seminarios, las reuniones o "semanas sociales, tan numerosas y colmadas de los mejores frutos; los círculos de estudios y, por último, tantos oportunos y sanos escritos divulgados por doquiera y por todos los medios.

21. Y no queda reducido a estos límites el beneficio derivado de la encíclica de León XIII, pues la doctrina enseñada en la Rerum novarum ha sido insensiblemente adueñándose incluso de aquellos que, apartados de la unidad católica, no reconocen la potestad de la Iglesia; con lo cual, los principios católicos en materia social han pasado poco a poco a ser patrimonio de toda periódicos y libros, incluso acatólicos, sino también en los organismos legislativos o en los tribunales de justicia.

22. ¿Qué más que, después de una guerra, terrible, los gobernantes de las naciones más poderosas, restaurando la paz y luego de haber restablecido las condiciones sociales, entre las normas dictadas para atemperar a la justicia y a la equidad el trabajo de los obreros, dictaron muchas cosas que están tan de acuerdo con los principios y admoniciones de León XIII, que parecen deducidas de éstos?

La encíclica Rerum novarum ha quedado, en efecto, consagrada como un documento memorable, pudiendo aplicársele con justicia las palabras de Isaías: ¡Levantó una bandera entre las naciones! (Is 11, 12)


En la aplicación de la doctrina

23. Entre tanto, mientras con el avance de las investigaciones científicas los preceptos de León XIII se difundían ampliamente entre los hombres, se procedió a la puesta en práctica de los mismos.

Ante todo, se dedicaron con diligente benevolencia los más solícitos cuidados a elevar esa clase de hombres que, a consecuencia del enorme progreso de las industrias modernas, no habían logrado todavía un puesto o grado equitativo en el consorcio humano y permanecía, por ello, poco menos que olvidada y menospreciada: nos referimos a los obreros, a quienes no pocos sacerdotes del clero tanto secular como regular, aun cuando ocupados en otros menesteres pastorales, siguiendo el ejemplo de los obispos, tendieron inmediatamente la mano para ayudarlos, con gran fruto de esas almas.

Labor constante emprendida para imbuir los ánimos de los obreros en el espíritu cristiano, que ayudó mucho también para darles a conocer su verdadera dignidad y capacitarlos, mediante la clara enseñanza de los derechos y deberes de su clase, para progresar legítima y prósperamente y aun convertirlos en guías de los demás.

24. De ello obtuvieron con mayor seguridad más exuberantes ayudas en todos los aspectos de la vida, pues no sólo comenzaron a multiplicarse, conforme a las exhortaciones del Pontífice, las obras de beneficencia y de caridad, sino que de día en día fueron surgiendo por todas partes nuevas y provechosas instituciones, mediante las cuales, bajo el consejo de la Iglesia y de la mayor parte de los sacerdotes, los obreros, los artesanos, los agricultores y los asalariados de toda índole se prestan mutuo auxilio y ayuda.


2. Labor del Estado

25. Por lo que se refiere al poder civil, León XIII, desbordando audazmente los límites impuestos por el liberalismo, enseña valientemente que no debe limitarse a ser un mero guardián del derecho y del recto orden, sino que, por el contrario, debe luchar con todas sus energías para que "con toda la fuerza de las leyes y de las instituciones, esto es, haciendo que de la ordenación y administración misma del Estado brote espontáneamente la prosperidad, tanto de la sociedad como de los individuos" (Rerum novarum, 26).

Lo mismo a los individuos que a las familias debe permitírseles una justa libertad de acción, pero quedando siempre a salvo el bien común y sin que se produzca injuria para nadie. A los gobernantes de la nación compete la defensa de la comunidad y de sus miembros, pero en la protección de esos derechos de los particulares deberá sobre todo velarse por los débiles y los necesitados.

Puesto que "la gente rica, protegida por sus propios recursos, necesita menos de la tutela pública, la clase humilde, por el contrario, carente de todo recurso, se confía principalmente al patrocinio del Estado. Éste deberá, por consiguiente, rodear de singulares cuidados y providencia a los asalariados, que se cuentan entre la muchedumbre desvalida" (Rerum novarum, 29).

26. No negamos, desde luego, que algunos gobernantes, aun antes de la encíclica de León XIII, atendieron algunas necesidades de los trabajadores y reprimieron atroces injurias a ellos inferidas. Pero, una vez que hubo resonado desde la Cátedra de Pedro para todo el orbe la voz apostólica, los gobernantes, con una más clara conciencia de su cometido, pusieron el pensamiento y el corazón en promover una política social más fecunda.

27. La encíclica Rerum novarum, efectivamente, a vacilar los principios del liberalismo, que desde hacía mucho tiempo venían impidiendo una labor eficaz de los gobernantes, impulsó a los pueblos mismos a fomentar más verdadera e intensamente una política social e incitó a algunos óptimos varones católicos a prestar una valiosa colaboración en esta materia a los dirigentes del Estado, siendo con frecuencia ellos los más ilustres promotores de esta nueva política en los parlamentos; más aún, esas mismas leyes sociales recientemente dictadas fueron no pocas veces sugeridas por los sagrados ministros de la Iglesia, profundamente imbuidos en la doctrina de León XIII, a la aprobación de los oradores populares, exigiendo y promoviendo después enérgicamente la ejecución de las mismas.

28. De esta labor ininterrumpida e incansable surgió una nueva y con anterioridad totalmente desconocida rama del derecho, que con toda firmeza defiende los sagrados derechos de los trabajadores, derechos emanados de su dignidad de hombres y de cristianos: el alma, la salud, el vigor, la familia, la casa, el lugar de trabajo, finalmente, a la condición de los asalariados, toman bajo su protección estas leyes y, sobre todo, cuanto atañe a las mujeres y a los niños.

Y si estas leyes no se ajustan estrictamente en todas partes y en todo a las enseñanzas de León XIII, no puede, sin embargo, negarse que en ellas se advierten muchos puntos que saben fuertemente a Rerum novarum, encíclica a la que debe sobremanera el que haya mejorado tanto la condición de los trabajadores.

3. Labor de las partes interesadas

29. Finalmente, el providentísimo Pontífice demuestra que los patronos y los mismos obreros pueden mucho en este campo, "esto es, con esas instituciones, mediante las cuales puedan atender convenientemente a las necesidades y acercar más una clase a la otra" (Rerum novarum, 36).

Y afirma que el primer lugar entre estas instituciones debe atribuirse a las asociaciones que comprenden, ya sea a sólo obreros, ya juntamente a obreros y patronos, y se detiene largamente en exponerlas y recomendarlas, explicando, con una sabiduría verdaderamente admirable, su naturaleza, su motivo, su oportunidad, sus derechos, sus deberes y sus leyes.

30. Enseñanzas publicadas muy oportunamente, pues en aquel tiempo los encargados de regir los destinos públicos de muchas naciones, totalmente adictos al liberalismo, no prestaban apoyo a tales asociaciones, sino que más bien eran opuestos a ellas y, reconociendo sin dificultades asociaciones similares de otras clases de personas, patrocinándolas incluso, denegaban a los trabajadores, con evidente injusticia, el derecho natural de asociarse, siendo ellos los que más lo necesitaban para defenderse de los abusos de los poderosos; y no faltaban aun entre los mismos católicos quienes miraran con recelo este afán de los obreros por constituir tales asociaciones, como si éstas estuvieran resabiadas de socialismo y sedición.


Asociaciones de obreros

31. Deben tenerse, por consiguiente, en la máxima estimación las normas dadas por León XIII en virtud de su autoridad, que han podido superar estas contrariedades y desvanecer tales sospechas; pero su mérito principal radica en que incitaron a los trabajadores a la constitución de asociaciones profesionales, les enseñaron el modo de llevar esto a cabo y confirmaron en el camino del deber a muchísimos, a quienes atraían poderosamente las instituciones de los socialistas, que, alardeando de redentoras, se presentaban a sí mismas como la única defensa de los humildes y de los oprimidos.

32. Con una gran oportunidad declaraba la encíclica Rerum novarum que estas asociaciones "se han de constituir y gobernar de tal modo que proporcionen los medios más idóneos y convenientes para el fin que se proponen, consistente en que cada miembro consiga de la sociedad, en la medida de lo posible, un aumento de los bienes del cuerpo, del alma y de la familia. Pero es evidente que se ha de tender, como a fin principal, a la perfección de la piedad y de las costumbres y, asimismo, que a este fin habrá de encaminarse toda la disciplina social" (Rerum novarum, 42).

Ya que "puesto el fundamento de las leyes sociales en la religión, el camino queda expedito para establecer las mutuas relaciones entre los asociados, para llegar a sociedades pacíficas y a un florecimiento del bienestar" (Rerum novarum, 43).

33. Con una ciertamente laudable diligencia se han consagrado por todas partes a la constitución de estas asociaciones tanto el clero como los laicos, deseosos de llevar íntegramente a su realización el proyecto de León XIII.

Asociaciones de esta índole han formado trabajadores verdaderamente cristianos, que, uniendo amigablemente el diligente ejercicio de su oficio con los saludables preceptos religiosos, fueran capaces de defender eficaz y decididamente sus propios asuntos temporales y derechos, con el debido respeto a la justicia y el sincero anhelo de colaborar con otras clases de asociaciones en la total renovación de la vida cristiana.

34. Los consejos y advertencias de León XIII han sido llevados a la práctica de manera diferente, conforme a las exigencias de cada lugar. En algunas partes asumió la realización de todos los fines indicados por el Pontífice una asociación única; en cambio, en otras, por aconsejarlo o imponerlo así las circunstancias, se crearon asociaciones diferentes: unas, que dedicaran su atención a la defensa de los derechos y a los legítimos intereses de los asociados en el mercado del trabajo; otras, que cuidaran de las prestaciones de ayuda mutua en materia económica; otras, finalmente, que se ocuparan sólo de los deberes religiosos y morales y demás obligaciones de este tipo.

35. Este segundo procedimiento se siguió principalmente allí donde las leyes nacionales, determinadas instituciones económicas o ese lamentable desacuerdo de ánimos y voluntades, tan difusamente extendido en nuestra sociedad contemporánea, así como la urgente necesidad de resistir en bloque cerrado de anhelos y de fuerzas contra los apretados escuadrones de los deseosos de novedades, constituían un impedimento para la formación de sindicatos católicos.

En tales circunstancias es poco menos que obligado adscribirse a los sindicatos neutros, los cuales, no obstante, profesan siempre la equidad y la justicia y dejan a sus socios católicos en plena libertad de cumplir con su conciencia y obedecer los mandatos de la Iglesia.

Pero toca a los obispos aprobar, allí donde vean que las circunstancias hacen necesarias estas asociaciones y no peligrosas para la religión, que los obreros católicos se inscriban en ellas, teniendo siempre ante los ojos, sin embargo, los principios y cautelas que recomendaba nuestro predecesor Pío X, de santa memoria (Pío X, Enc. Singulari quadam, 24 de septiembre de 1912); de las cuales cautelas la primer ay principal es ésta: que haya, simultáneamente con dichos sindicatos, asociaciones que se ocupen afanosamente en imbuir y formar a los socios en la disciplina de la religión y de las costumbres, a fin de que éstos puedan entrar luego en las asociaciones sindicales con ese buen espíritu con que deben gobernarse en todas sus acciones; de donde resultará que tales asociaciones fructifiquen incluso fuera del ámbito de sus seguidores.

36. Debe atribuirse a la encíclica de León XIII, por consiguiente, que estas asociaciones de trabajadores hayan prosperado por todas partes, hasta el punto de que ya ahora, aun cuando lamentablemente las asociaciones de socialistas y de comunistas las superan en número, engloban una gran multitud de obreros y son capaces, tanto dentro de las fronteras de cada nación cuanto en un terreno más amplio, de defender poderosamente los derechos y los legítimos postulados de los obreros católicos e incluso imponer a la sociedad los saludables principios cristianos.


Asociaciones de otros tipos

37. Lo que tan sabiamente enseñó y tan valientemente defendió León XIII sobre el derecho natural de asociación, comenzó a aplicarse fácilmente a otras asociaciones, no ya sólo a los obreros; por ello debe atribuirse igualmente a la encíclica de León XIII un no pequeño influjo en el hecho de que aun entre los agricultores y otras gentes de condición media hayan florecido tanto y prosperen de día en día unas tan ventajosas asociaciones de esta índole y otras instituciones de este género, en que felizmente se hermana el beneficio económico con el cuidado de las almas.


Asociaciones de patronos

38. Si no puede afirmarse lo mismo de las asociaciones que nuestro mismo predecesor deseaba tan vehementemente que se instituyeran entre patronos y los jefes de industria, y que ciertamente lamentamos que sean tan pocas, esto no debe atribuirse exclusivamente a la voluntad de los hombres, sino a las dificultades muchos mayores que obstaculizan estas asociaciones, y que Nos conocemos perfectamente y estimamos en su justo valor.

Abrigamos, no obstante, la firme esperanza de que dentro de muy poco estos estorbos desaparecerán, y ya saludamos con íntimo gozo de nuestro ánimo ciertos no vanos ensayos de este campo, cuyos copiosos frutos prometen ser mucho más exuberantes en el futuro.


Conclusión: La "Rerum novarum", carta magna del orden social

39. Pero, venerables hermanos y amados hijos, todos estos beneficios de la encíclica de León XIII, que, apuntando más que describiendo, hemos recordado, son tantos y son tan grandes, que prueban plenamente que en ese inmortal documento no se pinta un ideal quimérico, por más que bellísimo, de la sociedad humana, sino que, por el contrario, nuestro predecesor bebió del Evangelio, y por tanto de una fuente siempre viva y vivificante, las doctrinas que pueden, si no acabar en el acto, por lo menos suavizar grandemente esa ruinosa e intestina lucha que desgarra la familia humana.

Que parte de esta buena semilla, tan copiosamente sembrada hace ya cuarenta años, ha caído en tierra buena, lo atestiguan los ricos frutos que la Iglesia de Cristo y el género humano, con el favor de Dios, cosechan de ella para bien de todos.

No es temerario afirmar, por consiguiente, que la encíclica de León XIII, por la experiencia de largo tiempo, ha demostrado ser la carta magna que necesariamente deberá tomar como base toda la actividad cristiana en material social.

Y quienes parecen despreciar dicha carta pontificia y su conmemoración, o blasfeman de lo que ignoran, o nada entienden de lo que de cualquier modo han conocido, o, si lo entienden, habrán de reconocerse reos de injuria y de ingratitud.

40. Ahora bien, como en el curso de estos años no sólo han ido surgiendo algunas dudas sobre la interpretación de algunos puntos de la encíclica de León XIII o sobre las consecuencias que de ella pueden sacarse, lo que ha dado pie incluso entre los católicos a controversias no siempre pacíficas, sino que también, por otro lado, las nuevas necesidades de nuestros tiempos y la diferente condición de las cosas han hecho necesaria una más cuidadosa aplicación de la doctrina de León XIII e incluso algunas ediciones, hemos aprovechado con sumo agrado la oportunidad de satisfacer, en cuanto esté de nuestra parte, estas dudas y estas exigencias de nuestras edad, conforme a nuestro ministerio apostólico, por el cual a todos somos deudores (cf. Rom 1, 14).


II. Doctrina económica y social de la Iglesia

41. Pero antes de entrar en la explicación de estos puntos hay que establecer lo que hace ya tiempo confirmó claramente León XIII: que Nos tenemos el derecho y el deber de juzgar con autoridad suprema sobre estas materias sociales y económicas (Rerum novarum, 13).

Cierto que no se le impuso a la Iglesia la obligación de dirigir a los hombres a la felicidad exclusivamente caduca y temporal, sino a la eterna; más aún, "la Iglesia considera impropio inmiscuirse sin razón en estos asuntos terrenos" (Ubi arcano, 23 de diciembre de 1922). Pero no puede en modo alguno renunciar al cometido, a ella confiado por Dios, de interponer su autoridad, no ciertamente en materias técnicas, para las cuales no cuenta con los medios adecuados ni es su cometido, sino en todas aquellas que se refieren a la moral.

En lo que atañe a estas cosas, el depósito de la verdad, a Nos confiado por Dios, y el gravísimo deber de divulgar, de interpretar y aun de urgir oportuna e importunamente toda la ley moral, somete y sujeta a nuestro supremo juicio tanto el orden de las cosas sociales cuanto el de las mismas cosas económicas.

42. Pues, aun cuando la economía y la disciplina moral, cada cual en su ámbito, tienen principios propios, a pesar de ello es erróneo que el orden económico y el moral estén tan distanciados y ajenos entre sí, que bajo ningún aspecto dependa aquél de éste.

Las leyes llamadas económicas, fundadas sobre la naturaleza de las cosas y en la índole del cuerpo y del alma humanos, establecen, desde luego, con toda certeza qué fines no y cuáles sí, y con qué medios, puede alcanzar la actividad humana dentro del orden económico; pero la razón también, apoyándose igualmente en la naturaleza de las cosas y del hombre, individual y socialmente considerado, demuestra claramente que a ese orden económico en su totalidad le ha sido prescrito un fin por Dios Creador.

43. Una y la misma es, efectivamente, la ley moral que nos manda buscar, así como directamente en la totalidad de nuestras acciones nuestro fin supremo y ultimo, así también en cada uno de los órdenes particulares esos fines que entendemos que la naturaleza o, mejor dicho, el autor de la naturaleza, Dios, ha fijado a cada orden de cosas factibles, y someterlos subordinadamente a aquél.

Obedeciendo fielmente esta ley, resultará que los fines particulares, tanto individuales como sociales, perseguidos por la economía, quedan perfectamente encuadrados en el orden total de los fines, y nosotros, ascendiendo a través de ellos como por grados, conseguiremos el fin ultimo de todas las cosas, esto es, Dios, bien sumo e inexhausto de sí mismo y nuestro.


1. Del dominio o derecho de propiedad

44. Y para entrar ya en los temas concretos, comenzamos por el dominio o derecho de propiedad. Bien sabéis, venerables hermanos y amados hijos, que nuestro predecesor, de feliz recordación, defendió con toda firmeza el derecho de propiedad contra los errores de los socialistas de su tiempo, demostrando que la supresión de la propiedad privada, lejos de redundar en beneficio de la clase trabajadora, constituiría su más completa ruina contra los proletarios, lo que constituye la más atroz de las injusticias, y, además, los católicos no se hallan de acuerdo en torno al auténtico pensamiento de León XIII, hemos estimado necesario no sólo refutar las calumnias contra su doctrina, que es la de la Iglesia en esta materia, sino también defenderla de falsas interpretaciones.


Su carácter individual y social

45. Ante todo, pues, debe tenerse por cierto y probado que ni León XIII ni los teólogos que han enseñado bajo la dirección y magisterio de la Iglesia han negado jamás ni puesto en duda ese doble carácter del derecho de propiedad llamado social e individual, según se refiera a los individuos o mire al bien común, sino que siempre han afirmado unánimemente que por la naturaleza o por el Creador mismo se ha conferido al hombre el derecho de dominio privado, tanto para que los individuos puedan atender a sus necesidades propias y a las de su familia, cuanto para que, por medio de esta institución, los medios que el Creador destinó a toda la familia humana sirvan efectivamente para tal fin, todo lo cual no puede obtenerse, en modo alguno, a no ser observando un orden firme y determinado.

46. Hay, por consiguiente, que evitar con todo cuidado dos escollos contra los cuales se puede chocar. Pues, igual que negando o suprimiendo el carácter social y publico del derecho de propiedad se cae o se incurre en peligro de caer en el "individualismo", rechazando o disminuyendo el carácter privado e individual de tal derecho, se va necesariamente a dar en el "colectivismo" o, por lo menos, a rozar con sus errores.

Si no se tiene en cuanta esto, se irá lógicamente a naufragar en los escollos del modernismo moral, jurídico y social, denunciado por Nos en la encíclica dada a comienzos de nuestro pontificado (Ubi arcano, 23 de diciembre de 1992); y de esto han debido darse perfectísima cuenta quienes, deseosos de novedades, no temen acusar a la Iglesia con criminales calumnias, cual si hubiera consentido que en la doctrina de los teólogos se infiltrara un concepto pagano del dominio, que sería preciso sustituir por otro, que ellos, con asombrosa ignorancia, llaman "cristiano".


Obligaciones inherentes al dominio

47. Y, para poner límites precisos a las controversias que han comenzado a suscitarse en torno a la propiedad y a los deberes a ella inherentes, hay que establecer previamente como fundamento lo que ya sentó León XIII, esto es, que el derecho de propiedad se distingue de su ejercicio (Rerum novarum, 19).

La justicia llamada conmutativa manda, es verdad, respetar santamente la división de la propiedad y no invadir el derecho ajeno excediendo los límites del propio dominio; pero que los dueños no hagan uso de los propio si no es honestamente, esto no atañe ya dicha justicia, sino a otras virtudes, el cumplimiento de las cuales "no hay derecho de exigirlo por la ley" (Ibíd.).

Afirman sin razón, por consiguiente, algunos que tanto vale propiedad como uso honesto de la misma, distando todavía mucho más de ser verdadero que el derecho de propiedad perezca o se pierda por el abuso o por el simple no uso.

48. Por ello, igual que realizan una obra saludable y digna de todo encomio cuantos trata, a salvo siempre la concordia de los espíritus y la integridad de la doctrina tradicional de la Iglesia, de determinar la íntima naturaleza de estos deberes y los límites dentro de los cuales deben hallarse circunscritos por las necesidades de la convivencia social tanto el derecho de propiedad cuanto el uso o ejercicio del dominio, así, por el contrario, se equivocan y yerran quienes pugnan por limitar tanto el carácter individual del dominio, que prácticamente lo anulan.


Atribuciones del Estado

49. De la índole misma individual y social del dominio, de que hemos hablado, se sigue que los hombres deben tener presente en esta materia no sólo su particular utilidad, sino también el bien común. Y puntualizar esto, cuando la necesidad lo exige y la ley natural misma no lo determina, es cometido del Estado.

Por consiguiente, la autoridad pública puede decretar puntualmente, examinada la verdadera necesidad el bien común y teniendo siempre presente la ley tanto natural como divina, qué es lícito y qué no a los poseedores en el uso de sus bienes. El propio León XIII había enseñado sabiamente que "Dios dejó la delimitación de las posesiones privadas a la industria de los individuos y a las instituciones de los pueblos" (Rerum novarum, 7).

Nos mismo, en efecto, hemos declarado que, como atestigua la historia, se comprueba que, del mismo modo que los demás elementos de la vida social, el dominio no es absolutamente inmutable, con estas palabras: "Cuán diversas formas ha revestido la propiedad desde aquella primitiva de los pueblos rudos y salvajes, que aún nos es dado contemplar en nuestros días en algunos países, hasta la forma de posesión de la era patriarcal, y luego en las diversas formas tiránicas (y usamos este término en su sentido clásico), así como bajo los regímenes feudales y monárquicos hasta los tiempos modernos" (Discurso al Comité de Acción Católica de Italia, 16 de mayo de 1926).

Ahora bien, está claro que al Estado no le es lícito desempeñar este cometido de una manera arbitraria, pues es necesario que el derecho natural de poseer en privado y de transmitir los bienes por herencia permanezca siempre intacto e inviolable, no pudiendo quitarlo el Estado, porque "el hombre es anterior al Estado" (Rerum novarum, 6), y también "la familia es lógica y realmente anterior a la sociedad civil" (Rerum novarum, 10).

Por ello, el sapientísimo Pontífice declaró ilícito que el Estado gravara la propiedad privada con exceso de tributos e impuestos. Pues "el derecho de poseer bienes en privado no ha sido dado por la ley, sino por la naturaleza, y, por tanto, la autoridad pública no puede abolirlo, sino solamente moderar su uso y compaginarlo con el bien común" (Rerum novarum, 35).

Ahora bien, cuando el Estado armoniza la propiedad privada con las necesidades del bien común, no perjudica a los poseedores particulares, sino que, por el contrario, les presta un eficaz apoyo, en cuanto que de ese modo impide vigorosamente que la posesión privada de los bienes, que el providentísimo Autor de la naturaleza dispuso para sustento de la vida humana, provoque daños intolerables y se precipite en la ruina: no destruye la propiedad privada, sino que la defiende; no debilita el dominio particular, sino que lo robustece.


Obligaciones sobre la renta libre

50. Tampoco quedan en absoluto al arbitrio del hombre los réditos libres, es decir, aquellos que no le son necesarios para el sostenimiento decoroso y conveniente de su vida, sino que, por el contrario, tanto la Sagrada Escritura como los Santos Padres de la Iglesia evidencian con un lenguaje de toda claridad que los ricos están obligados por el precepto gravísimo de practicar la limosna, la beneficencia y la liberalidad.

51. Ahora bien, partiendo de los principios del Doctor Angélico (cf. Sum. Theol. II-II q. 134), Nos colegimos que el empleo de grandes capitales para dar más amplias facilidades al trabajo asalariado, siempre que este trabajo se destine a la producción de bienes verdaderamente útiles, debe considerarse como la obra más digna de la virtud de la liberalidad y sumamente apropiada a las necesidades de los tiempos.


Títulos de dominio

52. Tanto la tradición universal cuanto la doctrina de nuestro predecesor León XIII atestiguan claramente que son títulos de dominio no sólo la ocupación de una cosa de nadie, sino también el trabajo o, como suele decirse, la especificación. A nadie se le hace injuria, en efecto, cuando se ocupa una cosa que está al paso y no tiene dueño; y el trabajo, que el hombre pone de su parte y en virtud del cual la cosa recibe una nueva forma o aumenta, es lo único que adjudica esos frutos al que los trabaja.


2. Riqueza ("capital") y trabajo

53. Carácter muy diferente tiene el trabajo que, alquilado a otros, se realiza sobre cosa ajena. A éste se aplica principalmente lo dicho por León XIII: "es verdad incuestionable que la riqueza nacional proviene no de otra cosa que del trabajo de los obreros" (Rerum novarum, 27).

¿No vemos acaso con nuestros propios ojos cómo los incalculables bienes que constituyen la riqueza de los hombres son producidos y brotan de las manos de los trabajadores, ya sea directamente, ya sea por medio de máquinas que multiplican de una manera admirable su esfuerzo?

Más aún, nadie puede ignorar que jamás pueblo alguno ha llegado desde la miseria y la indigencia a una mejor y más elevada fortuna, si no es con el enorme trabajo acumulado por los ciudadanos —tanto de los que dirigen cuanto de los que ejecutan—.Pero está no menos claro que todos esos intentos hubieran sido nulos y vanos, y ni siquiera habrían podido iniciarse, si el Creador de todas las cosas, según su bondad, no hubiera otorgado generosamente antes las riquezas y los instrumentos naturales, el poder y las fuerzas de la naturaleza.

¿Qué es, en efecto, trabajar, sino aplicar y ejercitar las energías espirituales y corporales a los bienes de la naturaleza o por medio de ellos? Ahora bien, la ley natural, es decir, la voluntad de Dios promulgada por medio de aquélla, exige que en la aplicación de las cosas naturales a los usos humanos se observe el recto orden, consistente en que cada cosa tenga su dueño.

De donde se deduce que, a no ser que uno realice su trabajo sobre cosa propia, capital y trabajo deberán unirse en una empresa común, pues nada podrán hacer el uno sin el otro. Lo que tuvo presente, sin duda, León XIII cuando escribió: "Ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital" (Rerum novarum, 15).

Por lo cual es absolutamente falso atribuir únicamente al capital o únicamente al trabajo lo que es resultado de la efectividad unida de los dos, y totalmente injusto que uno de ellos, negada la eficacia del otro, trate de arrogarse para sí todo lo que hay en el efecto.


Injustas pretensiones del capital

54. Durante mucho tiempo, en efecto, las riquezas o "capital" se atribuyeron demasiado a sí mismos. El capital reivindicaba para sí todo el rendimiento, la totalidad del producto, dejando al trabajador apenas lo necesario para reparar y restituir sus fuerzas.

Pues se decía que, en virtud de una ley económica absolutamente incontrastable, toda acumulación de capital correspondía a los ricos, y que, en virtud de esa misma ley, los trabajadores estaban condenados y reducidos a perpetua miseria o a un sumamente escaso bienestar. Pero es lo cierto que ni siempre ni en todas partes la realidad de los hechos estuvo de acuerdo con esta opinión de los liberales vulgarmente llamados manchesterianos, aun cuando tampoco pueda negarse que las instituciones económico-sociales se inclinaban constantemente a este principio.

Por consiguiente, nadie deberá extrañarse que esas falsas opiniones, que tales engañosos postulados haya sido atacados duramente y no sólo por aquellos que, en virtud de tales teorías, se veían privados de su natural derecho a conseguir una mejor fortuna.


Injustas reivindicaciones del trabajo
55. Fue debido a esto que se acercaran a los oprimidos trabajadores los llamados "intelectuales", proponiéndoles contra esa supuesta ley un principio moral no menos imaginario que ella, es decir, que, quitando únicamente lo suficiente para amortizar y reconstruir el capital, todo el producto y el rendimiento restante corresponde en derecho a los obreros.

El cual error, mientras más tentador se muestra que el de los socialistas, según los cuales todos los medios de producción deben transferirse al Estado, esto es, como vulgarmente se dice, "socializarse", tanto es más peligroso e idóneo para engañar a los incautos: veneno suave que bebieron ávidamente muchos, a quienes un socialismo desembozado no había podido seducir.


Principio regulador de la justa distribución

56. Indudablemente, para que estas falsas doctrinas no cerraran el paso a la paz y a la justicia, unos y otros tuvieron que ser advertidos por las palabras de nuestro sapientísimo predecesor: "A pesar de que se halle repartida entre los particulares, la tierra no deja por ello de servir a la común utilidad de todos".

Y Nos hemos enseñado eso mismo también poco antes, cuando afirmamos que esa participación de los bienes que se opera por medio de la propiedad privada, para que las cosas creadas pudieran prestar a los hombres esa utilidad de un modo seguro y estable, ha sido establecida por la misma naturaleza. Lo que siempre se debe tener ante los ojos para no apartarse del recto camino de la verdad.

57. Ahora bien, no toda distribución de bienes y riquezas entre los hombres es idónea para conseguir, o en absoluto o con la perfección requerida, el fin establecido por Dios. Es necesario, por ello, que las riquezas, que se van aumentando constantemente merced al desarrollo económico-social, se distribuyan entre cada una de las personas y clases de hombres, de modo que quede a salvo esa común utilidad de todos, tan alabada por León XIII, o, con otras palabras, que se conserve inmune el bien común de toda la sociedad.

Por consiguiente, no viola menos está ley la clase rica cuando, libre de preocupación por la abundancia de sus bienes, considera como justo orden de cosas aquel en que todo va a parar a ella y nada al trabajador; que la viola la clase proletaria cuando, enardecida por la conculcación de la justicia y dada en exceso a reivindicar inadecuadamente el único derecho que a ella le parece defendible, el suyo, lo reclama todo para sí en cuanto fruto de sus manos e impugna y trata de abolir, por ello, sin más razón que por se tales, el dominio y réditos o beneficios que no se deben al trabajo, cualquiera que sea el género de éstos y la función que desempeñen en la convivencia humana.

Y no deben pasarse por alto que a este propósito algunos apelan torpe e infundadamente al Apóstol, que decía: Si alguno no quiere trabajar, que no coma (2Tes 3, 10); pues el Apóstol se refiere en esa frase a quienes, pudiendo y debiendo trabajar, no lo hacen, y nos exhorta a que aprovechemos diligentemente el tiempo, así como las energías del cuerpo y del espíritu, para nos ser gravosos a los demás, pudiendo valernos por nosotros mismos. Pero el Apóstol no enseña en modo alguno que el único título que da derecho a alimento o a rentas sea el trabajo (Ibíd., 3,8-10).

58. A cada cual, por consiguiente, debe dársele lo suyo en la distribución de los bienes, siendo necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata ve cuán gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados.


3. La redención del proletariado

59. He aquí el fin que nuestro predecesor manifestó que debía conseguirse necesariamente: la redención del proletariado. Y esto debemos afirmarlo tanto más enérgicamente y repetirlo con tanta mayor insistencia cuanto que estos saludables mandatos del Pontífice fueron no pocas veces echados en olvido, ya con un estudiado silencio, ya por estimar que eran irrealizables, siendo así que no sólo pueden, sino que deben llevarse a la práctica.

Y no cabe decir que, por haber disminuido aquel pauperismo que León XIII veía en todos sus horrores, tales preceptos han perdido en nuestro tiempo su vigor y su sabiduría. Es cierto que ha mejorado y que se ha hecho más equitativa la condición de los trabajadores, sobre todo en las naciones más cultas y populosas, en que los obreros no pueden ser ya considerados por igual afligidos por la miseria o padeciendo escasez.

Pero luego que las artes mecánicas y la industria del hombre han invadido extensas regiones, tanto en las llamadas tierras nuevas cuanto en los reinos del Extremo Oriente, de tan antigua civilización, ha crecido hasta la inmensidad el número de los proletarios necesitados, cuyos gemidos llegan desde la tierra hasta el cielo; añádase a éstos el ejército enorme de los asalariados rurales, reducidos a las más ínfimas condiciones de vida y privados de toda esperanza de adquirir jamás "algo vinculado por el suelo" (Rerum novarum, 35), y, por tanto, si no se aplican los oportunos y eficaces remedios, condenados para siempre a la triste condición de proletarios.

60. Y aun siendo muy verdad que la condición de proletario debe distinguirse en rigor del pauperismo, no obstante, de un lado, la enorme masa de proletarios, y, de otro, los fabulosos recursos de unos pocos sumamente ricos, constituyen argumento de mayor excepción de que las riquezas tan copiosamente producidas en esta época nuestra, llamada del "industrialismo", no se hallan rectamente distribuidas ni aplicadas con equidad a las diversas clases de hombres.

61. Hay que luchar, por consiguiente, con todo vigor y empeño para que, al menos en el futuro, se modere equitativamente la acumulación de riquezas en manos de los ricos, a fin de que se repartan también con la suficiente profusión entre los trabajadores, no para que éstos se hagan remisos en el trabajo —pues que el hombre ha nacido para el trabajo, como el ave para volar—, sino para que aumenten con el ahorro el patrimonio familiar; administrando prudentemente estos aumentados ingresos, puedan sostener más fácil y seguramente las cargas familiares, y, liberados de la incierta fortuna de la vida, cuya inestabilidad tiene en constante inquietud a los proletarios, puedan no sólo soportar las vicisitudes de la existencia, sino incluso confiar en que, al abandonar este mundo, quedarán convenientemente provistos los que dejan tras sí.

62. Todo esto, que no sólo insinúa, sino que clara y abiertamente proclama nuestro predecesor, Nos lo inculcamos más y más en esta nuestra encíclica, pues, sí no se pone empeño en llevarlo varonilmente y sin demora a su realización, nadie podrá abrigar la convicción de que quepa defender eficazmente el orden público, la paz y la tranquilidad de la sociedad humana contra los promotores de la revolución.


4. El salario justo

63. Mas no podrá tener efectividad si los obreros no llegan a formar con diligencia y ahorro su pequeño patrimonio, como ya hemos indicado, insistiendo en las consignas de nuestro predecesor. Pero ¿de dónde, si no es del pago por su trabajo, podrá ir apartando algo quien no cuenta con otro recurso para ganarse la comida y cubrir sus otras necesidades vitales fuera del trabajo?

Vamos, pues, a acometer esta cuestión del salario, que León XIII consideró "de la mayor importancia" (Rerum novarum, 34), explicando y, donde fuere necesario, ampliando su doctrina y preceptos.


El salario no es injusto de suyo

64. Y, en primer lugar, quienes sostienen que el contrato de arriendo y alquiler de trabajo es de por sí injusto y que, por tanto, debe ser sustituido por el contrato de sociedad, afirman indudablemente una inexactitud y calumnian gravemente a nuestro predecesor, cuya encíclica no sólo admite el "salariado", sino que incluso se detiene largamente a explicarlo según las normas de la justicia que han de regirlo.

65. De todos modos, estimamos que estaría más conforme con las actuales condiciones de la convivencia humana que, en la medida de lo posible, el contrato de trabajo se suavizara algo mediante el contrato de sociedad, como ha comenzado a efectuarse ya de diferentes manera, con no poco provecho de patronos y obreros. De este modo, los obreros y empleados se hacen socios en el dominio o en la administración o participan, en cierta medida, de los beneficios percibidos.

66. Ahora bien, la cuantía del salario habrá de fijarse no en función de uno solo, sino de diversos factores, como ya expresaba sabiamente León XIII con aquellas palabras: "Para establecer la medida del salario con justicia, hay que considerar muchas razones" (Rerum novarum, 17).

67. Declaración con que queda rechazada totalmente la ligereza de aquellos según los cuales esta dificilísima cuestión puede resolverse con el fácil recurso de aplicar una regla única, y ésta nada conforme con la verdad.

68. Se equivocan de medio a medio, efectivamente, quienes no vacilan en divulgar el principio según el cual el valor del trabajo y su remuneración debe fijarse en lo que se tase el valor del fruto por él producido y que, por lo mismo, asiste al trabajo el derecho de reclamar todo aquello que ha sido producido por su trabajo, error que queda evidenciado sólo con lo que antes dijimos acerca del capital y del trabajo.


Carácter individual y social del trabajo

69. Mas, igual que en el dominio, también en el trabajo, sobre todo en el que se alquila a otro por medio de contrato, además del carácter personal o individual, hay que considerar evidentemente el carácter social, ya que, si no existe un verdadero cuerpo social y orgánico, si no hay un orden social y jurídico que garantice el ejercicio del trabajo, si los diferentes oficios, dependientes los unos de los otros, no colaboran y se completan entre sí y, lo que es más todavía, no se asocian y se funden como en una unidad la inteligencia, el capital y el trabajo, la eficiencia humana no será capaz de producir sus frutos. Luego el trabajo no puede ser valorado justamente ni remunerado equitativamente si no se tiene en cuanta su carácter social e individual.


Tres puntos que se deben considerar

70. De este doble carácter, implicado en la naturaleza misma del trabajo humano, se siguen consecuencias de la mayor gravedad, que deben regular y determinar el salario.


a) Sustento del obrero y de su familia

71. Ante todo, el trabajador hay que fijarle una remuneración que alcance a cubrir el sustento suyo y el de su familia (cf. Casti connubii). Es justo, desde luego, que el resto de la familia contribuya también al sostenimiento común de todos, como puede verse especialmente en las familias de campesinos, así como también en las de muchos artesanos y pequeños comerciantes; pero no es justo abusar de la edad infantil y de la debilidad de la mujer.

Las madres de familia trabajarán principalísimamente en casa o en sus inmediaciones, sin desatender los quehaceres domésticos. Constituye un horrendo abuso, y debe ser eliminado con todo empeño, que las madres de familia, a causa de la cortedad del sueldo del padre, se vean en la precisión de buscar un trabajo remunerado fuera del hogar, teniendo que abandonar sus peculiares deberes y, sobre todo, la educación de los hijos.

Hay que luchar denodadamente, por tanto, para que los padres de familia reciban un sueldo lo suficientemente amplio para tender convenientemente a las necesidades domésticas ordinarias. Y si en las actuales circunstancias esto no siempre fuera posible, la justicia social postula que se introduzcan lo más rápidamente posible las reformas necesarias para que se fije a todo ciudadano adulto un salario de este tipo.

No está fuera de lugar hacer aquí el elogio de todos aquellos que, con muy sabio y provechoso consejo, han experimentado y probado diversos procedimientos para que la remuneración del trabajo se ajuste a las cargas familiares, de modo que, aumentando éstas, aumente también aquél; e incluso, si fuere menester, que satisfaga a las necesidades extraordinarias.


b) Situación de la empresa

72. Para fijar la cuantía del salario deben tenerse en cuanta también las condiciones de la empresa y del empresario, pues sería injusto exigir unos salarios tan elevados que, sin la ruina propia y la consiguiente de todos los obreros, la empresa no podría soportar. No debe, sin embargo, reputarse como causa justa para disminuir a los obreros el salario el escaso rédito de la empresa cuando esto sea debido a incapacidad o abandono o a la despreocupación por el progreso técnico y económico.

Y cuando los ingresos no son lo suficientemente elevados para poder atender a la equitativa remuneración de los obreros, porque las empresas se ven gravadas por cargas injustas o forzadas a vender los productos del trabajo a un precio no remunerador, quienes de tal modo las agobian son reos de un grave delito, ya que privan de su justo salario a los obreros, que, obligados por la necesidad, se ven compelidos a aceptar otro menor que el justo.

73. Unidos fuerzas y propósitos, traten todos, por consiguiente, obreros y patronos, de superar las dificultades y obstáculos y présteles su ayuda en una obra tan beneficiosa la sabia previsión de la autoridad pública.

Y si la cosa llegara a una dificultad extrema, entonces habrá llegado, por fin, el momento de someter a deliberación si la empresa puede continuar o si se ha de mirar de alguna otra manera por los obreros. En este punto, verdaderamente gravísimo, conviene que actúe eficazmente una cierta unión y una concordia cristiana entre patronos y obreros.


c) Necesidad del bien común

74. Finalmente, la cuantía del salario debe acomodarse al bien público económico. Ya hemos indicado lo importante que es para el bien común que los obreros y empleados apartando algo de su sueldo, una vez cubiertas sus necesidades, lleguen a reunir un pequeño patrimonio; pero hay otro punto de no menor importancia y en nuestros tiempos sumamente necesario, o sea, que se dé oportunidad de trabajar a quienes pueden y quieren hacerlo.

Y esto depende no poco de la determinación del salario, el cual, lo mismo que, cuando se lo mantiene dentro de los justos límites, puede ayudar, puede, por el contrario, cuando los rebasa, constituir un tropiezo. ¿Quién ignora, en efecto, que se ha debido a los salarios o demasiado bajos o excesivamente elevados el que los obreros se hayan visto privados de trabajo?

Mal que, por haberse desarrollado especialmente en el tiempo de nuestro pontificado, Nos mismo vemos que ha perjudicado a muchos, precipitando a los obreros en la miseria y en las más duras pruebas, arruinando la prosperidad de las naciones y destruyendo el orden, la paz y la tranquilidad de todo el orbe de la tierra.

Es contrario, por consiguiente, a la justicia social disminuir o aumentar excesivamente, por la ambición de mayores ganancias y sin tener en cuanta el bien común, los salarios de los obreros; y esa misma justicia pide que, en unión de mentes y voluntades y en la medida que fuere posible, los salarios se rijan de tal modo que haya trabajo para el mayor número y que puedan percibir una remuneración suficiente para el sostenimiento de su vida.

75. A esto contribuye grandemente también la justa proporción entre los salarios, con la cual se relaciona estrechamente la proporción de los precios a que se venden los diversos productos agrícolas, industriales, etc. Si tales proporciones se guardan de una manera conveniente, los diversos ramos de la producción se complementarán y ensamblarán, aportándose, a manera de miembros, ayuda y perfección mutua.

Ya que la economía social logrará un verdadero equilibrio y alcanzará sus fines sólo cuando a todos y a cada uno les fueren dados todos los bienes que las riquezas y los medios naturales, la técnica y la organización pueden aportar a la economía social; bienes que deben bastar no sólo para cubrir las necesidades y un honesto bienestar, sino también para llevar a los hombres a una feliz condición de vida, que, con tal de que se lleven prudentemente las cosas, no sólo no se pone a la virtud, sino que la favorece notablemente (cf. Santo Tomás, De regimine principium I, 15; (Rerum novarum, 27).


5. Restauración del orden social

76. Todo cuanto llevamos dicho hasta aquí sobre la equitativa distribución de los bienes y sobre el justo salario se refiere a las personas particulares y sólo indirectamente toca al orden social, a cuya restauración, en conformidad con los principios de la sana filosofía y con los altísimos preceptos de la ley evangélica, dirigió todos sus afanes y pensamientos nuestro predecesor León XIII.

77. Mas para dar consistencia a lo felizmente iniciado por él, perfeccionar lo que aún queda por hacer y conseguir frutos aún más exuberantes y felices para la humana familia, se necesitan sobre todo dos cosas: la reforma de las instituciones y la enmienda de las costumbres.

78. Y, al hablar de la reforma de las instituciones, se nos viene al pensamiento especialmente el Estado, no porque haya de esperarse de él la solución de todos los problemas, sino porque, a causa del vicio por Nos indicado del "individualismo", las cosas habían llegado a un extremo tal que, postrada o destruida casi por completo aquella exuberante y en otros tiempos evolucionada vida social por medio de asociaciones de la más diversa índole, habían quedado casi solos frente a frente los individuos y el Estado, con no pequeño perjuicio del Estado mismo, que, perdida la forma del régimen social y teniendo que soportar todas las cargas sobrellevadas antes por las extinguidas corporaciones, se veía oprimido por un sinfín de atenciones diversas.

79. Pues aun siendo verdad, y la historia lo demuestra claramente, que, por el cambio operado en las condiciones sociales, muchas cosas que en otros tiempos podían realizar incluso las asociaciones pequeñas, hoy son posibles sólo a las grandes corporaciones, sigue, no obstante, en pie y firme en la filosofía social aquel gravísimo principio inamovible e inmutable: como no se puede quitar a los individuos y dar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos.

80. Conviene, por tanto, que la suprema autoridad del Estado permita resolver a las asociaciones inferiores aquellos asuntos y cuidados de menor importancia, en los cuales, por lo demás perdería mucho tiempo, con lo cual logrará realizar más libre, más firme y más eficazmente todo aquello que es de su exclusiva competencia, en cuanto que sólo él puede realizar, dirigiendo, vigilando, urgiendo y castigando, según el caso requiera y la necesidad exija.

Por lo tanto, tengan muy presente los gobernantes que, mientras más vigorosamente reine, salvado este principio de función "subsidiaria", el orden jerárquico entre las diversas asociaciones, tanto más firme será no sólo la autoridad, sino también la eficiencia social, y tanto más feliz y próspero el estado de la nación.


Mutua colaboración de las "profesiones"

81. Tanto el Estado cuanto todo buen ciudadano deben tratar y tender especialmente a que, superada la pugna entre las "clases" opuestas, se fomente y prospere la colaboración entre las diversas "profesiones".

82. La política social tiene, pues, que dedicarse a reconstruir las profesiones. Hasta ahora, en efecto, el estado de la sociedad humana sigue aun violento y, por tanto, inestable y vacilante, como basado en clases de tendencias diversas, contrarias entre sí, y por lo mismo inclinadas a enemistades y luchas.

83. Efectivamente, aun cuando el trabajo, como claramente expone nuestro predecesor en su encíclica (cf. Rerum novarum, 16), no es una vil mercancía, sino que es necesario reconocer la dignidad humana del trabajador y, por lo tanto, no puede venderse ni comprarse al modo de una mercancía cualquiera, lo cierto es que, en la actual situación de cosas, la contratación y locación de la mano de obra, en lo que llaman mercado del trabajo, divide a los hombres en dos bancos o ejércitos, que con su rivalidad convierten dicho mercado como en un palenque en que esos dos ejércitos se atacan rudamente.

Nadie dejará de comprender que es de la mayor urgencia poner remedio a un mal que está llevando a la ruina a toda la sociedad humana. La curación total no llegará, sin embargo, sino cuando, eliminada esa lucha, los miembros del cuerpo social reciban la adecuada organización, es decir, cuando se constituyan unos "órdenes" en que los hombres se encuadren no conforme a la categoría que se les asigna en el mercado del trabajo, sino en conformidad con la función social que cada uno desempeña.

Pues se hallan vinculados por la vecindad de lugar constituyen municipios, así ha ocurrido que cuantos se ocupan en un mismo oficio o profesión —sea ésta económica o de otra índole— constituyeran ciertos colegios o corporaciones, hasta el punto de que tales agrupaciones, regidas por un derecho propio, llegaran a ser consideradas por muchos, si no como esenciales, sí, al menos, como connaturales a la sociedad civil.

84. Ahora bien, siendo el orden, como egregiamente enseña Santo Tomás (cf Santo Tomás, Contra Genes III 71; Sum. Theol. I q.65 a.2), una unidad que surge de la conveniente disposición de muchas cosas, el verdadero y genuino orden social postula que los distintos miembros de la sociedad se unan entre sí por algún vínculo fuerte.

Y ese vínculo se encuentra ya tanto en los mismos bienes a producir o en los servicios a prestar, en cuya aportación trabajan de común acuerdo patronos y obreros de un mismo "ramo", cuanto en ese bien común a que debe colaborar en amigable unión, cada cual dentro de su propio campo, los diferentes "ramos".Unión que será tanto más fuerte y eficaz cuanto con mayor exactitud tratan, así los individuos como los "ramos" mismos, de ejercer su profesión y de distinguirse en ella.

85. De donde se deduce fácilmente que es primerísima misión de estos colegios velar por los intereses comunes de todo el "ramo", entre los cuales destaca el de cada oficio por contribuir en la mayor medida posible al bien común de toda la sociedad.

En cambio, en los negocios relativos al especial cuidado y tutela de los peculiares intereses de los patronos y de los obreros, si se presentara el caso, unos y otros podrán deliberar o resolver por separado, según convenga.

86. Apenas es necesario recordar que la doctrina de León XIII acerca del régimen político puede aplicarse, en la debida proporción, a los colegios o corporaciones profesionales; esto es, que los hombres son libres para elegir la forma de gobierno que les plazca, con tal de que queden a salvo la justicia y las exigencias del bien común (cf Immortale Dei, 1 de noviembre de 1885).

87. Ahora bien, así como los habitantes de un municipio suelen crear asociaciones con fines diversos con la más amplia libertad de inscribirse en ellas o no, así también los que profesan un mismo oficio pueden igualmente constituir unos con otros asociaciones libres con fines en algún modo relacionados con el ejercicio de su profesión.

Y puesto que nuestro predecesor, de feliz memoria, describió con toda claridad tales asociaciones, Nos consideramos bastante con inculcar sólo esto: que el hombre es libre no sólo para fundar asociaciones de orden y derecho privado, sino también para "elegir aquella organización y aquellas leyes que estime más conducentes al fin que se ha propuesto" (Rerum novarum, 42).

Y esa misma libertad ha de reivindicarse para constituir asociaciones que se salgan de los límites de cada profesión. Las asociaciones libres que ya existen y disfrutan de saludables beneficios dispónganse a preparar el camino a esas asociaciones u "órdenes" más amplios, de que hablamos, y a llevarlas a cabo decididamente conforme a la doctrina social cristiana.


Restauración del principio rector de la economía

88. Queda por tratar otro punto estrechamente unido con el anterior. Igual que la unidad del cuerpo social no puede basarse en la lucha de "clases", tampoco el recto orden económico puede dejarse a la libre concurrencia de las fuerzas.

Pues de este principio, como de una fuente envenenada, han manado todos los errores de la economía "individualista", que, suprimiendo, por olvido o por ignorancia, el carácter social y moral de la economía, estimó que ésta debía ser considerada y tratada como totalmente independiente de la autoridad del Estado, ya que tenía su principio regulador en el mercado o libre concurrencia de los competidores, y por el cual podría regirse mucho mejor que por la intervención de cualquier entendimiento creado.

Mas la libre concurrencia, aun cuando dentro de ciertos límites es justa e indudablemente beneficiosa, no puede en modo alguno regir la economía, como quedó demostrado hasta la saciedad por la experiencia, una vez que entraron en juego los principios del funesto individualismo.

Es de todo punto necesario, por consiguiente, que la economía se atenga y someta de nuevo a un verdadero y eficaz principio rector. Y mucho menos aún pueda desempeñar esta función la dictadura económica, que hace poco ha sustituido a la libre concurrencia, pues tratándose de una fuerza impetuosa y de una enorme potencia, para ser provechosa a los hombres tiene que ser frenada poderosamente y regirse con gran sabiduría, y no puede ni frenarse ni regirse por sí misma.

Por tanto, han de buscarse principios más elevados y más nobles, que regulen severa e íntegramente a dicha dictadura, es decir, la justicia social y la caridad social. Por ello conviene que las instituciones públicas y toda la vida social estén imbuidas de esa justicia, y sobre todo es necesario que sea suficiente, esto es, que constituya un orden social y jurídico, con que quede como informada toda la economía.

Y la caridad social debe ser como el alma de dicho orden, a cuya eficaz tutela y defensa deberá atender solícitamente la autoridad pública, a lo que podrá dedicarse con mucha mayor facilidad si se descarga de esos cometidos que, como antes dijimos, no son de su incumbencia.

89. Más aún: es conveniente que las diversas naciones, uniendo sus afanes y trabajos, puesto que en el orden económico dependen en gran manera unas de otras y mutuamente se necesitan, promuevan, por medio de sabios tratados e instituciones, una fecunda y feliz cooperación de la economía internacional.

90. Por consiguiente, si los miembros del cuerpo social se restauran del modo indicado y se restablece el principio rector del orden económico-social, podrán aplicarse en cierto modo a este cuerpo también las palabras del Apóstol sobre el cuerpo místico de Cristo: «Todo el cuerpo compacto y unido por todos sus vasos, según la proporción de cada miembro, opera el aumento del cuerpo para su edificación en la caridad» (Ef 4,16).

91. Como todos saben, recientemente se ha iniciado una especial manera de organización sindical y corporativa, que, dada la materia de esta encíclica, debe ser explicada aquí brevemente, añadiendo algunas oportunas observaciones.

92. La propia potestad civil constituye al sindicato en persona jurídica, de tal manera, que al mismo tiempo le otorga cierto privilegio de monopolio, puesto que sólo el sindicato, aprobado como tal, puede representar (según la especie de sindicato) los derechos de los obreros o de los patronos, y sólo él estipular las condiciones sobre la conducción y locación de mano de obra, así como garantizar los llamados contratos de trabajo.

Inscribirse o no a un sindicato es potestativo de cada uno, y sólo en este sentido puede decirse libre un sindicato de esta índole, puesto que, por lo demás, son obligatorias no sólo la cuota sindical, sino también algunas otras peculiares aportaciones absolutamente para todos los miembros de cada oficio o profesión, sean éstos obreros o patronos, igual que todos están ligados por los contratos de trabajo estipulados por el sindicato jurídico.

Si bien es verdad que ha sido oficialmente declarado que este sindicato no se opone a la existencia de otras asociaciones de la misma profesión, pero no reconocidas en derecho.

93. Los colegios o corporaciones están constituidos por delegados de ambos sindicatos (es decir, de obreros y patronos) de un mismo oficio o profesión y, como verdaderos y propios instrumentos e instituciones del Estado, dirigen esos mismos sindicatos y los coordinan en las cosas de interés común.

94. Quedan prohibidas las huelgas; si las partes en litigio no se ponen de acuerdo, interviene la magistratura.

95. Con poco que se medite sobre ello, se podrá fácilmente ver cuántos beneficios reporta esta institución, que hemos expuesto muy sumariamente: la colaboración pacífica de las diversas clases, la represión de las organizaciones socialistas, la supresión de desórdenes, una magistratura especial ejerciendo una autoridad moderadora.

No obstante, para no omitir nada en torno a un asunto de tanta importancia, y de acuerdo con los principios generales anteriormente expuestos y con los que añadiremos después, nos vemos en la precisión de reconocer que no faltan quienes teman que el Estado, debiendo limitarse a prestar una ayuda necesaria y suficiente, venga a reemplazar a la libre actividad, o que esa nueva organización sindical y corporativa sea excesivamente burocrática y política, o que (aun admitiendo esos más amplios beneficios) sirva más bien a particulares fines políticos que a la restauración y fomento de un mejor orden social.

96. Mas para conseguir este nobilísimo fin y beneficiar al máximo, de una manera estable y segura, al bien común, juzgamos en primer lugar y, ante todo, absolutamente necesario que Dios asista propicio y luego que aporten su colaboración a dicho fin todos los hombres de buena voluntad.

Estamos persuadidos, además, y lo deducimos de los anterior, que ese fin se logrará con tanto mayor seguridad cuanto más copioso sea el número de aquellos que estén dispuestos a contribuir con su pericia técnica, profesional y social, y también (cosa más importante todavía) cuanto mayor sea la importancia concedida a la aportación de los principios católicos y su práctica, no ciertamente por la Acción Católica (que no se permite a sí misma actividad propiamente sindical o política) sino por parte de aquellos hijos nuestros que esa misma Acción Católica forma en esos principios y a los cuales prepara para el ejercicio del apostolado bajo la dirección y el magisterio de la Iglesia; de la Iglesia, decimos, que también en este campo de que hablamos, como dondequiera que se plantean cuestiones y discusiones sobre moral, jamás puede olvidar ni descuidar el mandato de vigilancia y de magisterio que le ha sido impuesto por Dios.

97. Cuanto hemos enseñado sobre la restauración y perfeccionamiento del orden social no puede llevarse a cabo, sin embargo, sin la reforma de las costumbres, como con toda claridad demuestra la historia.

Existió, efectivamente, en otros tiempos un orden social que, aun no siendo perfecto ni completo en todos sus puntos, no obstante, dadas las circunstancias y las necesidades de la época, estaba de algún modo conforme con la recta razón.

Y si aquel orden cayó, es indudable que no se debió a que no pudiera, evolucionando y en cierto modo ampliándose, adaptarse a las nuevas circunstancias y necesidades, sino más bien a que los hombres, o, endurecidos por el exceso de egoísmo, rehusaron ampliar los límites de ese orden en la medida que hubiera convenido al número creciente de la muchedumbre, o, seducidos por una falsa apariencia de libertad y por otros errores, rebeldes a cualquier potestad, trataron de quitarse de encima todo yugo.

98. Queda, pues, una vez llamados de nuevo a juicio tanto el actual régimen económico cuanto el socialismo, su acérrimo acusador, y dictado acerca de ellos una clara y justa sentencia, por investigar profundamente cuál sea la raíz de tantos males y por indicar que el primero y más necesario remedio consiste en la reforma de las costumbres.


III. Cambio profundo operado después de León XIII

99. Grandes cambios han sufrido tanto la economía como el socialismo desde los tiempos de León XIII.


1. En la economía

100. En primer lugar, está a los ojos de todos que la estructura de la economía ha sufrido una transformación profunda. Sabéis, venerables hermanos y amados hijos, que nuestro predecesor, de feliz recordación, se refirió especialmente en su encíclica a ese tipo de economía en que se procede poniendo unos el capital y otros el trabajo, cual lo definía él mismo sirviéndose de una frase feliz: "Ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital" (Rerum novarum, 52).

101. León XIII puso todo su empeño en ajustar este tipo de economía a las normas del recto orden, de lo que se deduce que tal economía no es condenable por sí misma. Y realmente no es viciosa por naturaleza, sino que viola el recto orden sólo cuando el capital abusa de los obreros y de la clase proletaria con la finalidad y de tal forma que los negocios e incluso toda la economía se plieguen a su exclusiva voluntad y provecho, sin tener en cuanta para nada ni la dignidad humana de los trabajadores, ni el carácter social de la economía, ni aun siquiera la misma justicia social y bien común.

102. Es verdad que ni aun hoy es éste el único régimen económico vigente en todas partes: existe otro, en efecto, bajo el cual vive todavía una ingente multitud de hombres, poderosa no sólo por su número, sino también por su peso, como, por ejemplo, la clase agrícola, en que la mayor parte del género humano se gana honesta y honradamente lo necesario para su sustento y bienestar.

También éste tiene sus estrecheces y dificultades, que nuestro predecesor toca en no pocos lugares de su encíclica, y Nos mismo tocamos en esta nuestra más de una vez.

103. De todos modos, el régimen "capitalista" de la economía, por haber invadido el industrialismo todo el orbe de la tierra, se ha extendido tanto también, después de publicada la encíclica de León XIII, por todas partes, que ha llegado a invadir y penetrar la condición económica y social incluso de aquellos que viven fuera de su ámbito, imponiéndole y en cierto modo informándola con sus ventajas o desventajas, lo mismo que con sus vicios.

104. Así, pues, atendemos al bien no sólo de aquellos que viven en regiones dominadas por el "capital" y la industria, sino en absoluto de todos los hombres, cuando dedicamos nuestra atención de una manera especial a los cambios que ha experimentado a partir de los tiempos de León XIII el régimen económico capitalista.


A la libre concurrencia sucede la dictadura económica

105. Salta a los ojos de todos, en primer lugar, que en nuestros tiempos no sólo se acumulan riquezas, sino que también se acumula una descomunal y tiránica potencia económica en manos de unos pocos, que la mayor parte de las veces no son dueños, sino sólo custodios y administradores de una riqueza en depósito, que ellos manejan a su voluntad y arbitrio.

106. Dominio ejercido de la manera más tiránica por aquellos que, teniendo en sus manos el dinero y dominando sobre él, se apoderan también de las finanzas y señorean sobre el crédito, y por esta razón administran, diríase, la sangre de que vive toda la economía y tienen en sus manos así como el alma de la misma, de tal modo que nadie puede ni aun respirar contra su voluntad.

107. Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi característica de la economía contemporánea, es el fruto natural de la limitada libertad de los competidores, de la que han sobrevivido sólo los más poderosos, lo que con frecuencia es tanto como decir los más violentos y los más desprovistos de conciencia.

108. Tal acumulación de riquezas y de poder origina, a su vez, tres tipos de lucha: se lucha en primer lugar por la hegemonía económica; es entable luego el rudo combate para adueñarse del poder público, para poder abusar de su influencia y autoridad en los conflictos económicos; finalmente, pugnan entre sí los diferentes Estados, ya porque las naciones emplean su fuerza y su política para promover cada cual los intereses económicos de sus súbditos, ya porque tratan de dirimir las controversias políticas surgidas entre las naciones, recurriendo a su poderío y recursos económicos.


Consecuencias funestas

109. Ultimas consecuencias del espíritu individualista en economía, venerables hermanos y amados hijos, son esas que vosotros mismos no sólo estáis viendo, sino también padeciendo: la libre concurrencia se ha destruido a sí misma; la dictadura económica se ha adueñado del mercado libre; por consiguiente, al deseo de lucro ha sucedido la desenfrenada ambición de poderío; la economía toda se ha hecho horrendamente dura, cruel, atroz.

A esto se añaden los daños gravísimos que han surgido de la deplorable mezcla y confusión entre las atribuciones y cargas del Estado y las de la economía, entre los cuales daños, uno de los más graves, se halla una cierta caída del prestigio del Estado, que, libre de todo interés de partes y atento exclusivamente al bien común a la justicia debería ocupar el elevado puesto de rector y supremo árbitro de las cosas; se hace, por el contrario, esclavo, entregado y vendido a la pasión y a las ambiciones humanas.

Por lo que atañe a las naciones en sus relaciones mutuas, de una misma fuente manan dos ríos diversos: por un lado, el "nacionalismo" o también el "imperialismo económico"; del otro, el no menos funesto y execrable "internacionalismo" o "imperialismo" internacional del dinero, para el cual, donde el bien, allí la patria.


Remedios

110. Los remedios para unos males tan enormes han sido indicados en la segunda parte de esta encíclica, donde hemos tratado doctrinalmente la materia, de modo que consideramos suficiente recordarla aquí brevemente.

Puesto que el sistema actual descansa principalmente sobre el capital y el trabajo, es necesario que se conozcan y se lleven a la práctica los principios de la recta razón o de la filosofía social cristiana sobre el capital y el trabajo y su mutua coordinación.

Ante todo, para evitar los escollos tanto del individualismo como del colectivismo, debe sopesarse con toda equidad y rigor el doble carácter, esto es, individual y social, del capital o dominio y del trabajo.

Las relaciones mutuas entre ambos deben ser reguladas conforme a las leyes de la más estricta justicia, llamada conmutativa, con la ayuda de la caridad cristiana. La libre concurrencia, contenida dentro de límites seguros y justos, y sobre todo la dictadura económica, deben estar imprescindiblemente sometidas de una manera eficaz a la autoridad pública en todas aquellas cosas que le competen.

Las instituciones públicas deben conformar toda la sociedad humana a las exigencias del bien común, o sea, a la norma de la justicia social, con lo cual ese importantísimo sector de la vida social que es la economía no podrá menos de encuadrarse dentro de un orden recto y sano.


2. Transformación del socialismo

111. No menos profundamente que la estructura de la economía ha cambiado, después de León XIII, el propio socialismo, con el cual hubo principalmente de luchas nuestro predecesor.

El que entonces podía considerarse, en efecto, casi único y propugnaba unos principios doctrinales definidos y en un cuerpo compacto, se fraccionó después principalmente en dos bloques de ordinario opuestos y aún en la más enconada enemistad, pero de modo que ninguno de esos dos bloques renunciara al fundamento anticristiano propio del socialismo.


Bloque violento o comunismo

112. Uno de esos bloques del socialismo sufrió un cambio parecido al que antes hemos indicado respecto de la economía capitalista, y fue a dar en el "comunismo", que enseña y persigue dos cosas, y no oculta y disimuladamente, sino clara y abiertamente, recurriendo a todos los medios, aun los más violentos: la encarnizada lucha de clases y la total abolición de la propiedad privada.

Para lograr estas dos cosas no hay nada que no intente, nada que lo detenga; y con el poder en sus manos, es increíble y hasta monstruoso lo atroz e inhumano que se muestra. Ahí están pregonándolo las horrendas matanzas y destrucciones con que han devastado inmensas regiones de la Europa oriental y de Asia; y cuán grande y declarado enemigo de la santa Iglesia y de Dios sea, demasiado, ¡oh dolor!, demasiado lo aprueban los hechos y es de todos conocido.

Por ello, aun cuando estimamos superfluo prevenir a los hijos buenos y fieles de la Iglesia acerca del carácter impío e inicuo del comunismo, no podemos menos de ver, sin embargo, con profundo dolor la incuria de aquellos que parecen despreciar estos inminentes peligros y con cierta pasiva desidia permiten que se propaguen por todas partes unos principios que acabarán destrozando por la violencia y la muerte a la sociedad entera; ya tanto más condenable es todavía la negligencia de aquellos que nos e ocupan de eliminar o modificar esas condiciones de cosas, con que se lleva a los pueblos a la exasperación y se prepara el camino a la revolución y ruina de la sociedad.


Bloque moderado, que ha conservado el nombre de socialismo

113. Más moderado es, indudablemente, el otro bloque, que ha conservado el nombre de "socialismo".No sólo profesa éste la abstención de toda violencia, sino que, aun no rechazando la lucha de clases ni la extinción de la propiedad privada, en cierto modo la mitiga y la modera.

Diríase que, aterrado de sus principios y de las consecuencias de los mismos a partir del comunismo, el socialismo parece inclinarse y hasta acercarse a las verdades que la tradición cristiana ha mantenido siempre inviolables: no se puede negar, en efecto, que sus postulados se aproximan a veces mucho a aquellos que los reformadores cristianos de la sociedad con justa razón reclaman.


Se aparta algo de la lucha de clases y de la abolición de la propiedad

114. La lucha de clases, efectivamente, siempre que se abstenga de enemistades y de odio mutuo, insensiblemente se convierte en una honesta discusión, fundada en el amor a la justicia, que, si no es aquella dichosa paz social que todos anhelamos, puede y debe ser el principio por donde se llegue a la mutua cooperación "profesional".

La misma guerra contra la propiedad privada, cada vez más suavizada, se restringe hasta el punto de que, por fin, algunas veces ya no se ataca la posesión en sí de los medios de producción, sino cierto imperio social que contra todo derecho se ha tomado y arrogado la propiedad.

Ese imperio realmente no es propio de los dueños, sino del poder público. Por este medio puede llegarse insensiblemente a que estos postulados del socialismo moderado no se distingan ya de los anhelos y postulados de aquellos que, fundados en los principios cristianos, tratan de reformar la humana sociedad.

Con razón, en efecto, se pretende que se reserve a la potestad pública ciertos géneros de bienes que comportan consigo una tal preponderancia, que no pueden dejarse en manos de particulares sin peligro para el Estado.

115. Estos justos postulados y apetencias de esta índole ya nada tienen contrario a la verdad cristiana ni mucho menos son propios del socialismo. Por lo cual, quienes persiguen sólo esto no tienen por qué afiliarse a este sistema.


¿Cabe un camino intermedio?


116. No vaya, sin embargo, a creer cualquiera que las sectas o facciones socialistas que no son comunistas se contenten de hecho o de palabra solamente con esto. Por lo general, no renuncian ni a la lucha de clases ni a la abolición de la propiedad, sino que sólo las suavizan un tanto.

Ahora bien, si los falsos principios pueden de este modo mitigarse y de alguna manera desdibujarse, surge o más bien se plantea indebidamente por algunos la cuestión de si no cabría también en algún aspecto mitigar y amoldar los principios de la verdad cristiana, de modo que se acercaran algo al socialismo y encontraran con él como un camino intermedio.

Hay quienes se ilusionan con la estéril esperanza de que por este medio los socialistas vendrían a nosotros. ¡Vana esperanza! Los que quieran ser apóstoles entre los socialistas es necesario que profesen abierta y sinceramente la verdad cristiana plena e íntegra y no estén en connivencia bajo ningún aspecto con los errores.

Si de verdad quieren ser pregoneros del Evangelio, esfuércense ante todo en mostrar a los socialistas que sus postulados, en la medida en que sean justos, pueden ser defendidos con mucho más vigor en virtud de los principios de la fe y promovidos mucho más eficazmente en virtud de la caridad cristiana.

117. Pero ¿qué decir si, en lo tocante a la lucha de clases y a la propiedad privada, el socialismo se suaviza y se enmienda hasta el punto de que, en cuanto a eso, ya nada haya de reprensible en él? ¿Acaso abdicó ya por eso de su naturaleza, contraria a la religión cristiana?

Es ésta una cuestión que tiene perplejos los ánimos de muchos. Y son muchos los católicos que, sabiendo perfectamente que los principios cristianos jamás pueden abandonarse ni suprimirse, parecen volver los ojos a esta Santa Sede y pedir con insistencia que resolvamos si un tal socialismo se ha limpiado de falsas doctrinas lo suficientemente, de modo que pueda ser admitido y en cierta manera bautizado sin quebranto de ningún principio cristiano.

Para satisfacer con nuestra paternal solicitud a estos deseos, declaramos los siguiente: considérese como doctrina, como hecho histórico o como "acción" social, el socialismo, si sigue siendo verdadero socialismo, aun después de haber cedido a la verdad y a la justicia en los puntos indicados, es incompatible con los dogmas de la Iglesia católica, puesto que concibe la sociedad de una manera sumamente opuesta a la verdad cristiana.


Concibe la sociedad y la naturaleza humana de un modo contrario a la verdad cristiana

118. El hombre, en efecto, dotado de naturaleza social según la doctrina cristiana, es colocado en la tierra para que, viviendo en sociedad y bajo una autoridad ordenada por Dios (cf Rom 13,1), cultive y desarrolle plenamente todas sus facultades para alabanza y gloria del Creador y, desempeñando fielmente los deberes de su profesión o de cualquiera vocación que sea la suya, logre para sí juntamente la felicidad temporal y la eterna.

El socialismo, en cambio, ignorante y despreocupado en absoluto de este sublime fin tanto del hombre como de la sociedad, pretende que la sociedad humana ha sido instituida exclusivamente para el bien terreno.

119. Del hecho de que la ordenada división del trabajo es mucho más eficaz en orden a la producción de los bienes que el esfuerzo aislado de los particulares, deducen, en efecto, los socialistas que la actividad económica, en la cual consideran nada más que los objetos materiales, tiene que proceder socialmente por necesidad.

En lo que atañe a la producción de los bienes, estiman ellos que los hombres están obligados a entregarse y someterse por entero a esta necesidad. Más aún, tan grande es la importancia que para ellos tiene poseer la abundancia mayor posible de bienes para servir a las satisfacciones de esta vida, que, ante las exigencias de la más eficaz producción de bienes, han de preterirse y aún inmolarse los más elevados bienes del hombre, sin excluir ni siquiera la libertad.

Sostienen que este perjuicio de la dignidad humana, necesario en el proceso de producción "socializado", se compensará fácilmente por la abundancia de bienes socialmente producidos, los cuales se derramarán profusamente entre los individuos, para que cada cual pueda hacer uso libremente y a su beneplácito de ellos para atender a las necesidades y al bienestar de la vida.

Pero la sociedad que se imagina el socialismo ni puede existir ni puede concebirse sin el empleo de una enorme violencia, de un lado, y por el otro supone una no menos falsa libertad, al no existir en ella una verdadera autoridad social, ya que ésta no puede fundarse en bienes temporales y materiales, sino que proviene exclusivamente de Dios, Creador y fin último de todas las cosas (Diuturnum, 29 de junio de 1881).


Socialista y católico son términos contradictorios

120. Aun cuando el socialismo, como todos los errores, tiene en sí algo de verdadero (cosa que jamás han negado los Sumos Pontífices), se funda sobre una doctrina de la sociedad humana propia suya, opuesta al verdadero cristianismo. Socialismo religioso, socialismo cristiano, implican términos contradictorios: nadie puede ser a la vez buen católico y verdadero socialista


Socialismo educador

121. Cuanto hemos recordado y confirmado con nuestra solemne autoridad debe aplicarse de igual modo a una nueva forma de socialismo, poco conocido hasta ahora, pero que se está extendiendo entre diferentes núcleos socialistas. Se dedica ante todo a la educación de los espíritus y de las costumbres; se atrae especialmente a los niños, bajo capa de amistad, y los arrastra consigo, pero hace también a toda clase de personas, para formar hombres socialistas, que amolden a sus principios de la sociedad humana.

122. Habiendo tratado ampliamente en nuestra encíclica Divini illius Magistri sobre qué principios descansa y qué fines persigue la pedagogía cristiana, es tan claro y evidente cuán opuesto a ello es lo que hace y pretende este socialismo invasor de las costumbres y de la educación que no hace falta declararlo.

Parecen, no obstante, o ignorar o no conceder importancia a los gravísimos peligros que tal socialismo trae consigo quienes no se toman ningún interés por combatirlo con energía y decisión, dada la gravedad de las cosas. Corresponde a nuestra pastoral solicitud advertir a éstos sobre la inminencia de un mal tan grave; tengan presente todos que el padre de este socialismo educador es el liberalismo, y su heredero, el bolchevismo.


Desertores católicos al socialismo

123. Siendo las cosas así, venerables hermanos, bien podéis entender con qué dolor veremos que, sobre todo en algunas regiones, no pocos de nuestros hijos, los cuales no podemos persuadirnos de que hayan abandonado la verdadera fe ni su recta voluntad, han desertado del campo de la Iglesia y volado a las filas del socialismo: unos, para gloriarse abiertamente del nombre de socialistas y profesar los principios del socialismo; otros, indolentes o incluso contra su voluntad, para adherirse a asociaciones que ideológicamente o de hecho son socialistas.

124. Nos, angustiados por nuestra paternal solicitud, examinamos y tratamos de averiguar qué ha podido ocurrir para llevarlos a tal aberración, y nos parece oír que muchos de ellos responden y se excusan con que la Iglesia y los que se proclaman adictos a ella favorecen a los ricos, desprecian a los trabajadores y que para nada se cuidan de ellos, y que ha sido la necesidad de velar por sí mismos lo que los ha llevado a encuadrarse y alistarse en las filas del socialismo.

125. Es verdaderamente lamentable, venerables hermanos, que haya habido y siga habiendo todavía quienes, confesándose católicos, apenas si se acuerdan de esa sublime ley de justicia y de caridad, en virtud de la cual estamos obligados no sólo a dar a cada uno lo que es suyo, sino también a socorrer a nuestros hermanos necesitados como si fuera al propio Cristo Nuestro Señor (cf. Sant c.2), y, lo que es aún más grave, no temen oprimir a los trabajadores por espíritu de lucro.

No faltan incluso quienes abusan de la religión misma y tratan de encubrir con el nombre de ella sus injustas exacciones, para defenderse de las justas reclamaciones de los obreros. Conducta que no dejaremos jamás de reprochar enérgicamente.

Ellos son la causa, en efecto, de que la Iglesia, aunque inmerecidamente, haya podido parecer y ser acusada de favorecer a los ricos, sin conmoverse, en cambio, lo más mínimo ante las necesidades y las angustias de aquellos que se veían como privados de su natural heredad.

La historia entera de la Iglesia demuestra claramente que tal apariencia y tal acusación es inmerecida e injusta, y la misma encíclica cuyo aniversario celebramos es un testimonio elocuentísimo de la suma injusticia con que esas calumnias y ofensas se dirigen contra la Iglesia y su doctrina.


Invitación a que vuelvan


126. No obstante, aun cuando, afligidos por la injuria y oprimidos por el dolor paterno, estamos tan lejos de repeler y rechazar a los hijos lastimosamente engañados y tan alejados de la verdad y de la salvación, que no podemos menos de invitarlos, con toda la solicitud de que somos capaces, a que vuelvan al seno maternal de la Iglesia. ¡Ojalá presten oído atento a nuestras palabras! ¡Ojalá vuelvan al lugar de donde salieron, esto es, a la casa paterna, y perseveren en ella, donde tienen su lugar propio, es decir, en las filas de aquellos que, siguiendo afanosamente los consejos promulgados por León XIII y por Nos solemnemente renovados, tratan de renovar la sociedad según el espíritu de la Iglesia, afianzando la justicia y la caridad sociales!

Persuádanse de que en ninguna otra parte podrán hallar una más completa felicidad, aun en la tierra, como junto a Aquel que por nosotros se hizo pobre siendo rico, para que con su pobreza fuéramos ricos nosotros (2Cor 8,9); que fue pobre y trabajador desde su juventud; que llama a sí a todos los agobiados por sufrimientos y trabajos para reconfortarlos plenamente con el amor de su corazón (Mt 11,28); que, finalmente, sin ninguna acepción de personas, exigirá más a quienes más se haya dado (cf. Lc 12,48) y dará a cada uno según sus méritos (Mt 16,27).


3. Reforma de las costumbres

127. Pero, si consideramos más atenta y profundamente la cuestión, veremos con toda claridad que es necesario que a esta tan deseada restauración social preceda la renovación del espíritu cristiano, del cual tan lamentablemente se han alejado por doquiera, tantos economistas, para que tantos esfuerzos no resulten estériles ni se levante el edificio sobre arena, en vez de sobre roca (cf. Mt 7,24).

128. Y ciertamente, venerables hermanos y amados hijos, hemos examinado la economía actual y la hemos encontrado plagada de vicios gravísimos. Otra vez hemos llamado a juicio también al comunismo y al socialismo, y hemos visto que todas sus formas, aun las más moderadas, andan muy lejos de los preceptos evangélicos.

129. "Por lo tanto —y nos servimos de las palabras de las palabras de nuestro predecesor—, si hay que curar a la sociedad humana, sólo podrá curarla el retorno a la vida y a las costumbres cristianas" (Rerum novarum, 22). Sólo ésta, en efecto, puede aportar el remedio eficaz contra la excesiva solicitud por las cosas caducas, que es el origen de todos los vicios; ésta la única que puede apartar los ojos fascinados de los hombres y clavados en las cosas mudables de la tierra y hacer que los levanten al cielo. ¿Quién negará que es éste el remedio que más necesita hoy el género humano?


El desorden actual trae sobre todo la ruina de las almas

130. Los ánimos de todos, efectivamente, se dejan impresionar exclusivamente por las perturbaciones, por los desastres y por las ruinas temporales. Y ¿qué es todo eso, si miramos las cosas con los ojos cristianos, como debe ser, comparado con la ruina de las almas? Y, sin embargo, puede afirmarse sin temeridad que son tales en la actualidad las condiciones de la vida social y económica, que crean a muchos hombres las mayores dificultades para preocuparse de lo único necesario, esto es, de la salvación eterna.

131. Constituido ciertamente en pastor y defensor de estas ovejas por el Príncipe de los pastores, que las redimió con su sangre, no podemos ver sin lágrimas en los ojos este enorme peligro en que se hallan, sino que más bien, consciente de nuestro pastoral deber, meditamos constantemente con paternal solicitud no sólo en cómo podremos ayudarlas, sino invocando también el incansable celo de aquellos a quienes en justicia y en caridad les interesa.

Pues ¿qué les aprovecharía a los hombres hacerse capaces, con un más sabio uso de las riquezas, de conquistar aun el mundo entero si con ello padecen daño de su alma? (cf. Mt 15,26) ¿De qué sirve enseñarles los seguros principios de la economía, si por una sórdida y desenfrenada codicia se dejan arrastrar de tal manera por la pasión de sus riquezas, que, oyendo los mandatos del Señor, hacen todo lo contrario? (cf. Jud 2, 17)


Causas de este mal

132. Raíz y origen de esta descristianización del orden social y económico, así como de la apostasía de gran parte de los trabajadores que de ella se deriva, son las desordenadas pasiones del alma, triste consecuencia del pecado original, el cual ha perturbado de tal manera la admirable armonía de las facultades, que el hombre, fácilmente arrastrado por los perversos instintos, se siente vehementemente incitado a preferir los bienes de este mundo a los celestiales y permanentes.

De aquí esa sed insaciable de riquezas y de bienes temporales, que en todos los tiempos inclinó a los hombres a quebrantar las leyes de Dios ya a conculcar los derechos del prójimo, pero que por medio de la actual organización de la economía tiende lazos mucho más numerosos a la fragilidad humana.

Como la inestabilidad de la economía y, sobre todo, su complejidad exigen, de quienes se consagran a ella, una máxima y constante tensión de ánimo, en algunos se han embotado de tal modo los estímulos de la conciencia, que han llegado a tener la persuasión de que les es lícito no sólo sus ganancias como quiera que sea, sino también defender unas riquezas ganadas con tanto empeño y trabajo, contra los reveses de la fortuna, sin reparar en medios.

Las fáciles ganancias que un mercado desamparado de toda ley ofrece a cualquiera, incitan a muchísimos al cambio y tráfico de mercancías, los cuales, sin otra mira que lograr pronto las mayores ganancias con el menor esfuerzo, es una especulación desenfrenada, tan pronto suben como bajan, según su capricho y codicia, los precios de las mercancías, desconcertando las prudentes previsiones de los fabricantes.

Las instituciones jurídicas destinadas a favorecer la colaboración de capitales, repartiendo o limitando los riesgos, han dado pie a las más condenables licencias. Vemos, en efecto, que los ánimos se dejan impresionar muy poco por esta débil obligación de rendición de cuentas; además, al amparo de un nombre colectivo se perpetran abominables injusticias y fraudes; por otra parte, los encargados de estas sociedades económicas, olvidados de su cometido, traicionan los derechos de aquellos cuyos ahorros recibieron en administración.

Y no debe olvidarse, por último, a esos astutos individuos que, bien poco cuidadosos del beneficio honesto de su negocio, no temen aguijonear las ambiciones de los demás y, cuando los ven lanzados, aprovecharse de ellos para su propio lucro.

133. Eliminar estos gravísimos peligros, o incluso prevenirlos, hubiera podido hacerlo una severa y firme disciplina moral, inflexiblemente aplicada por los gobernantes; pero, desdichadamente, ésta ha faltado con exceso de frecuencia.

Pues, habiendo hecho su aparición los primeros gérmenes de este nuevo sistema económico cuando los errores del racionalismo se habían posesionado y arraigado profundamente en las mentes de muchos, surgió en poco tiempo una cierta doctrina económica apartada de la verdadera ley moral, con lo que vinieron a soltarse por completo las riendas de las pasiones humanas.

134. Así ocurrió que creciera mucho más que antes el número de los que no se ocupaban ya sino de aumentar del modo que fuera sus riquezas, buscándose a sí mismos, ante todo y por encima de todo, sin que nada, ni aun los más graves delitos contra el prójimo fuera capaz de hacerlos volverse a la religión.

Los primeros que emprendieron este camino espacioso hacia la perdición (cf. Mt 7,13) encontraron muchos imitadores de su iniquidad, fuera por el ejemplo de su aparente éxito, ya por el presuntuoso alarde de sus riquezas, ora por su mofa de la conciencia de los demás, cual si la acometieran escrúpulos vanos, o también, finalmente, por su triunfo sobre competidores más timoratos.

135. Siguiendo los dirigentes de la economía un camino tan desviado de la rectitud, fue natural que los trabajadores rodaran en masa a idéntico abismo, y tanto más cuanto que los patronos se servían de sus obreros como de meras herramientas, sin preocuparse lo más mínimo de su alma y sin pensar siquiera en los más elevados intereses.

Ciertamente, el ánimo se siente horrorizado cuando se piensa en los gravísimos peligros a que están expuestas las costumbres de los trabajadores (sobre todo los jóvenes), así como el pudor de las doncellas y demás mujeres; cuando se considera con cuánta frecuencia el moderno régimen del trabajo y, sobre todo, las inadecuadas condiciones de la vivienda crean obstáculos a la unión y a la intimidad familiar; cuando se reflexiona en cuántos y cuán graves impedimentos se ponen a la conveniente santificación de las fiestas, cuando se constata el universal debilitamiento de ese sentido cristiano, que ha hecho encumbrarse a tan altos misterios aun a los hombres rudos e indoctos, suplantado hoy por el exclusivo afán de procurarse, como quiera que sea, el sustento cotidiano.

Providencia había establecido que se ejerciera, incluso después del pecado original, para bien justamente del cuerpo y del alma humanos, es convertido por doquiera en instrumento de perversión; es decir, que de las fábricas sale ennoblecida la materia inerte, pero los hombres se corrompen y se hacen más viles.


Remedios

a) Cristianización de la vida económica

136. A esta lamentable ruina de las almas, persistiendo la cual será vano todo intento de regeneración social, no puede aplicarse remedio alguno eficaz, como no sea haciendo volver a los hombres abierta y sinceramente a la doctrina evangélica, es decir, a los principios de Aquel que es el único que tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,70), y palabras tales que, aun cuando pasen el cielo y la tierra, ellas jamás pasarán (cf. Mt 16,35).

Los verdaderamente enterados sobre cuestiones sociales piden insistentemente una reforma ajustada a los principios de la razón, que pueda llevar a la economía hacia un orden recto y sano. Pero ese orden, que Nos mismo deseamos tan ardientemente y promovemos con tanto afán, quedará en absoluto manco e imperfecto si las actividades humanas todas no cooperan en amigable acuerdo a imitar y, en la medida que sea dado a las fuerzas de los hombres, reproducir esa admirable unidad del plan divino; o sea, que se dirijan a Dios, como a término primero y supremo de toda actividad creada, y que por bajo de Dios, cualesquiera que sean los bienes creados, no se los considere más que como simples medios, de los cuales se ha de usar nada más que en la medida en que lleven a la consecución del fin supremo.

No se ha de pensar, sin embargo, que con esto se hace de menos a las ocupaciones lucrativas o que rebajen la dignidad humana, sino que, todo lo contrario, en ellas se nos enseña a reconocer con veneración la clara voluntad del divino Hacedor, que puso al hombres sobre la tierra para trabajarla y hacerla servir a sus múltiples necesidades.

No se prohíbe, en efecto, aumentar adecuada y justamente su fortuna a quienquiera que trabaja para producir bienes, sino que aun es justo que quien sirve a la comunidad y la enriquece, con los bienes aumentados de la sociedad se haga él mismo también, más rico, siempre que todo esto se persiga con el debido respeto para con las leyes de Dios y sin menoscabo de los derechos ajenos y se emplee según el orden de la fe y de la recta razón.

Si estas normas fueran observadas por todos, en todas partes y siempre, pronto volverían a los límites de la equidad y de la justa distribución tanto la producción y adquisición de las cosas cuanto el uso de las riquezas, que ahora se nos muestra con frecuencia tan desordenado; a ese sórdido apego a lo propio, que es la afrenta y el gran pecado de nuestro siglo, se opondría en la práctica y en los hechos la suavísima y a la vez poderosísima ley de la templanza cristiana, que manda al hombre buscar primero el reino de Dios y su justicia, pues sabe ciertamente, por la segura promesa de la liberalidad divina, que los bienes temporales se le darán por añadidura en la medida que le fueren necesarios (cf. Mt 6,33).


b) Función de la caridad

137. En la prestación de todo esto, sin embargo, es conveniente que se dé la mayor parte a la ley de la caridad, que es vínculo de perfección (Col 3,14). ¡Cuánto se engañan, por consiguiente, esos incautos que, atentos sólo al cumplimiento de la justicia, y de la conmutativa nada más, rechazan soberbiamente la ayuda de la caridad! La caridad, desde luego, de ninguna manera puede considerarse como un sucedáneo de la justicia, debida por obligación e inicuamente dejada de cumplir.

Pero, aun dado por supuesto que cada cual acabará obteniendo todo aquello a que tiene derecho, el campo de la caridad es mucho más amplio: la sola justicia, en efecto, por fielmente que se la aplique, no cabe duda alguna que podrá remover las causas de litigio en materia social, pero no llegará jamás a unir los corazones y las almas.

Ahora bien, todas las instituciones destinadas a robustecer la paz y a promover la mutua ayuda entre los hombres, por perfectas que parezcan, tienen su más fuerte fundamente en la vinculación mutua de las almas, con que los socios se unen entre sí, faltando el cual, como frecuentemente ha enseñado la experiencia, los ordenamientos más perfectos acaban en nada.

Así, pues, la verdadera unión de todo en orden al bien común único podrá lograrse sólo cuando las partes de la sociedad se sientan miembros de una misma familia e hijos todos de un mismo Padre celestial, y todavía más, un mismo cuerpo en Cristo, siendo todos miembros los unos de los otros (Rom 12,5), de modo que, si un miembro padece, todos padecen con él (1Cor 12,26).

Entonces los ricos y los demás próceres cambiarán su anterior indiferencia para con sus hermanos pobres en un solícito y eficiente amor, escucharán con el corazón abierto sus justas reclamaciones y perdonarán espontáneamente sus posibles culpas y errores. Y los obreros, depuesto sinceramente todo sentido de odio y de animosidad, de que tan astutamente abusan los agitadores de la lucha social, no sólo no aceptarán con fastidio el puesto de la divina Providencia les ha asignado en la convivencia social, sino que harán lo posible, en cuanto bien conscientes de sí mismos, por colaborar de una manera verdaderamente útil y honrosa, cada cual en su profesión y deber, al bien común, siguiendo muy de cerca las huellas de Aquel que, siendo Dios, quiso ser carpintero entre los hombres y ser tenido por hijo de un carpintero.


La tarea es difícil

138. De esta nueva difusión por el mundo, pues, del espíritu evangélico, que es espíritu de templanza cristiana y de universal caridad, confiamos que ha de surgir la tan sumamente deseada y plena restauración de la sociedad humana en Cristo y esa "paz de Cristo en el reino de Cristo", a la cual resolvimos y nos propusimos firmemente desde el comienzo de nuestro pontificado consagrar todo nuestro esfuerzo y solicitud pastoral (Ubi arcano); y vosotros, venerables hermanos, que por mandato del Espíritu Santo regís con Nos la Iglesia de Dios (cf. Hch 20,28), colaboráis con muy laudable celo a este mismo principal y en los presentes tiempos tan necesario fin, en todas las regiones del orbe, incluso en las de sagradas misiones entre infieles.

Recibid todos vosotros el merecido elogio, así como todos esos cotidianos partícipes y magníficos colaboradores, tanto clérigos como laicos, de esta misma gran obra, a los cuales vemos con alegría, amados hijos nuestros, adscritos a la Acción Católica, que con peculiar afán comparte con Nos el cuidado de la cuestión social, en cuanto compete e incumbe a la Iglesia por su misma institución divina.

A todos éstos los exhortamos una y otra vez en el Señor a que no regateen trabajo, a que no se dejen vencer por ninguna dificultad, sino que de día en día crezcan en valor y fortaleza (cf. Dt 31,7). Es sin duda arduo el trabajo que les proponemos acometer; en efecto, conocemos muy bien los muchos obstáculos e impedimentos que por ambas partes, tanto en las clases superiores cuanto en las inferiores de la sociedad, hay que vencer.

Que no se desanimen, sin embargo: es propio de cristianos afrontar rudas batallas; propio de los que, como buenos soldados de Cristo, le siguen más de cerca, soportar los más graves dolores.

139. Confiados, por consiguiente, sólo en el omnipotente auxilio de Aquel que quiere que todos los hombres se salven (cf. 2Tim 2,3), tratemos de ayudar con todas nuestras fuerzas a esas miserables almas apartadas de Dios y, apartándolas de los cuidados temporales, a que se entregan con exceso, enseñémoslas a aspirar confiadamente a los eternos.

A veces esto se logrará más fácilmente de lo que a primera vista pudiera parecer. Pues si en lo íntimo de los hombres aun más perversos se esconden, como brasas entre la ceniza, energías espirituales admirables, testimonios indudables del alma naturalmente cristiana, ¡cuánto más en los corazones de aquellos incontables que han sido llevado al error más bien por ignorancia y por las circunstancias exteriores de las cosas!

140. Por lo demás, dan felices muestras de cierta restauración social esos mismos ejércitos de obreros, entre los cuales, con gozo grande de nuestro ánimo, vemos apretados haces de jóvenes obreros que no sólo reciben con oídos atentos las inspiraciones de la divina gracia, sino que tratan, además, con admirable celo, de ganar para Cristo a sus compañeros.

Y no son menos dignos de elogio los jefes de las asociaciones obreras, los cuales, posponiendo sus propios intereses y atentos exclusivamente al bien de los asociados, tratan prudentemente de compaginar sus justas reclamaciones con la prosperidad de todo el gremio y de promoverlas, sin dejarse acobardar en este noble cometido ni por impedimentos ni suspicacias.

Es de ver, además, a muchos jóvenes, que luego han de ocupar elevados puestos entre las clases superiores, tanto por su talento cuanto por sus riquezas, dedicados con todo afán a los estudios sociológicos, lo que hace concebir la feliz esperanza de que se entregarán por entero a la restauración social.


Camino que se debe seguir

141. Así, pues, venerables hermanos, las presentes circunstancias marcan claramente el camino que se ha de seguir. Nos toca ahora, como ha ocurrido más de una vez en la historia de la Iglesia, enfrentarnos con un mundo que ha recaído en gran parte en el paganismo.

Para que todas estas clases tornen a Cristo, a quien han negado, hay que elegir de entre ellos mismos y formar los soldados auxiliares de la Iglesia, que conozcan bien sus ideas y sus apetencias, los cuales puedan adentrarse en sus corazones mediante cierta suave caridad fraternal.

O sea, que los primeros e inmediatos apóstoles de los obreros han de ser obreros, y los apóstoles del mundo industrial y comercial deben ser de sus propios gremios.

142. Buscar diligentemente a estos laicos, así obreros como patronos; elegirlos prudentemente, educarlos adecuadamente e instruirlos, ése es cometido vuestro, venerables hermanos, y de vuestro clero. Obligación difícil, sin duda alguna, la que se impone a los sacerdotes, para realizar la cual tendrán que prepararse con un intenso estudio de las cuestiones sociales cuantos constituyen la esperanza de la Iglesia; pero sobre todo es necesario que aquellos a quienes especialmente vais a confiar esta misión se muestren tales que, dotados de un exquisito sentido de la justicia, se opongan en absoluto, con viril constancia, a todo el que pide algo inicuo o hace algo injusto; sobresalgan en una prudencia y discreción, ajena a todo extremismo, y estén penetrados sobre todo por la caridad de Cristo, que es la única capaz de someter, a la vez suave y fuertemente, los corazones y las voluntades de los hombres a las leyes de la justicia y de la equidad.

No hay que dudar en emprender decididamente este camino, que una feliz experiencia ha comprobado más de una vez.

143. A estos amados hijos nuestros, elegidos para una obra de tanta responsabilidad, los exhortamos insistentemente en el Señor a que se entreguen por entero a la educación de los hombres que les han sido confiados, y que en el cumplimiento de ese deber verdaderamente sacerdotal y apostólico se sirvan oportunamente de todos los medios de educación cristiana, enseñando a los jóvenes, creando asociaciones cristianas, fundando círculos de estudio, que deben llevarse según las normas de la fe.

En primer lugar, estimen mucho y apliquen asiduamente, para bien de sus alumnos, ese valiosísimo instrumento de renovación, tanto privada como social, que son los ejercicios espirituales, como ya enseñamos en nuestra encíclica Mens nostra.

En esa encíclica hemos recordado expresamente y recomendado con insistencia tanto los ejercicios para toda clase de laicos cuanto también los retiros, tan provechosos para los obreros; en esa escuela del espíritu, en efecto, no sólo se forman óptimos cristianos, sino también verdaderos apóstoles para toda condición de vida, y se inflaman en el fuego del corazón de Cristo.

De esta escuela saldrán, como los apóstoles del cenáculo de Jerusalén, fuertes en la fe, robustecidos por una invicta constancia en las persecuciones, ardiendo en celo, atentos sólo a extender el reino de Cristo por todas partes.

144. Y de veras que hoy se necesita de unos tales robustos soldados de Cristo, que luchen con todas sus fuerzas para conservar incólume a la familia humana de la tremenda ruina en que caería si, despreciadas las doctrinas del Evangelio, se dejara prevalecer un orden de cosas que conculca no menos las leyes naturales que las divinas.

La Iglesia de Cristo, fundada sobre una piedra inconmovible, nada tiene que temer por sí, puesto que sabe ciertamente que jamás las puertas del infierno prevalecerán contra ella (Mt 16,18); antes bien, por la experiencia de todos los siglos, tiene claramente demostrado que siempre ha salido más fuerte de las mayores borrascas y coronado por nuevos triunfos.

Pero sus maternales entrañas no pueden menos de conmoverse a causa de los incontables males que en medio de estas borrascas maltratan a miles de hombres y, sobre todo, por los gravísimos daños espirituales que de ello habrían de seguirse, que causarían la ruina de tantas almas redimidas por la sangre de Cristo.

145. Nada deberá dejar de intentarse, por consiguiente, para alejar tan grandes males de la sociedad humana: tiendan a ello los trabajos, los esfuerzos todos, las constantes y fervorosas oraciones de Dios. Puesto que, con el auxilio de la gracia divina, la suerte de la humana familia está en nuestras manos.

146. No permitamos, venerables hermanos y amados hijos, que los hijos de este siglo se muestren en su generación más prudentes que nosotros, que por la divina bondad somos hijos de la luz (cf. Lc 8). Los vemos, efectivamente, elegir con la máxima sagacidad adeptos decididos e instruirlos para que vayan extendiendo cada día más sus errores por todas las clases de hombres y en todas las naciones de la tierra.

Y siempre que se proponen atacar con más vehemencia a la Iglesia, los vemos deponer sus luchas intestinas, formar un solo frente en la mayor concordia y lanzarse en un haz compacto al logro de sus fines.


Se recomienda estrecha unión y colaboración

147. Ahora bien, no hay nadie ciertamente que ignore cuántas y cuán grandes obras crea el incansable celo de los católicos, tanto en orden al bien social y económico cuanto en materia docente y religiosa. Esta acción admirable y laboriosa, sin embargo, no pocas veces resulta menos eficaz por la excesiva dispersión de las fuerzas.

Únanse, por tanto, todos los hombres de buena voluntad, cuantos quieran participar, bajo la conducta de los pastores de la Iglesia, en esta buena y pacífica batalla de Cristo, y todos, bajo la guía y el magisterio de la Iglesia, en conformidad con el ingenio, las fuerzas y la condición de cada uno, traten de hacer algo por esa restauración cristiana de la sociedad humana, que León XIII propugnó por medio de su inmortal encíclica Rerum novarum; nos e busquen a sí mismos o su provecho, sino los intereses de Cristo (cf. Flp 2,21; no pretendan imponer en absoluto sus propios pareceres, sino muéstrense dispuestos a renunciar a ellos, por buenos que sean, si el bien común así parezca requerirlo, para que en todo y sobre todo reine Cristo, impere Cristo, a quien se deben el honor y la gloria y el poder por los siglos (Ap 5,13).

148. Y para que todo esto tenga feliz realización, a vosotros todos, venerables hermanos y amados hijos, cuantos sois miembros de esta grandiosa familia católica a Nos confiada, pero con particular afecto de nuestro corazón a los obreros y demás trabajadores manuales, encomendados especialmente a Nos por la divina Providencia, así como también a los patronos y administradores de obras cristianas, impartimos paternalmente la bendición apostólica.

Dada en Roma, junto a San Pedro, a 15 de mayo de 1931, año décimo de nuestro pontificado.

PÍO XI




sábado, 1 de abril de 2000

SAPIENTIAE CHRISTIANAE (10 DE ENERO DE 1890)


ENCÍCLICA

SAPIENTIAE CHRISTIANAE

Sobre los cristianos como ciudadanos

A los Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos del mundo católico en gracia y comunión con la Sede Apostólica.

1. Cada día se hace más evidente la necesidad de tener siempre presentes los principios de la sabiduría cristiana y de que la vida, la moral y las instituciones de las naciones se ajusten totalmente a ellos. Porque, cuando se han ignorado estos principios, se han acumulado males tan vastos que ningún hombre de mente recta puede afrontar las pruebas del momento sin grave ansiedad o considerar el futuro sin alarma. Se ha hecho un progreso nada despreciable para asegurar el bienestar del cuerpo y de las cosas materiales, pero el mundo material, con la posesión de riquezas, poder y recursos, aunque puede procurar comodidades y aumentar el disfrute de la vida, es incapaz de satisfacer nuestra alma creada para cosas más altas y gloriosas. Contemplar a Dios y tender a Él es la ley suprema de la vida del hombre. Pues hemos sido creados a imagen y semejanza divina, y estamos impulsados, por nuestra propia naturaleza, al disfrute de nuestro Creador. Pero no por el movimiento o esfuerzo corporal avanzamos hacia Dios, sino por actos del alma, es decir, por el conocimiento y el amor. Porque, en efecto, Dios es la primera y suprema verdad, y la mente sólo se alimenta de la verdad. Dios es la santidad perfecta y el bien soberano, al que sólo la voluntad puede desear y alcanzar, cuando la virtud es su guía.

2. Pero lo que se aplica a los hombres individuales se aplica igualmente a la sociedad, tanto doméstica como civil. La naturaleza no ha formado la sociedad para que el hombre busque en ella su último fin, sino para que en ella y por ella encuentre los medios adecuados para alcanzar su propia perfección. Por lo tanto, si un gobierno político se esfuerza sólo por obtener ventajas externas y lograr una vida culta y próspera; si, al administrar los asuntos públicos, suele dejar de lado a Dios y no muestra ninguna preocupación por el cumplimiento de la ley moral, se desvía lamentablemente de su curso correcto y de los mandatos de la naturaleza; ni debe ser considerado como una sociedad o una comunidad de hombres, sino sólo como la imitación engañosa o la apariencia de una sociedad.

3. En cuanto a lo que hemos llamado los bienes del alma, que consisten principalmente en la práctica de la verdadera religión y en la observancia inquebrantable de los preceptos cristianos, vemos que cada día pierden estima entre los hombres, ya sea por olvido o desprecio, de tal manera que todo lo que se gana para el bienestar del cuerpo parece perderse para el del alma. Una prueba sorprendente de la disminución y el debilitamiento de la fe cristiana se ve en los insultos que con demasiada frecuencia se hacen a la Iglesia católica, abierta y públicamente -insultos, por cierto, que una época que apreciaba la religión no habría tolerado. Por estas razones, una increíble multitud de hombres está en peligro de no alcanzar la salvación; y ni siquiera las naciones y los imperios mismos pueden permanecer indemnes por mucho tiempo, ya que, cuando las instituciones cristianas y la moralidad decaen, el fundamento principal de la sociedad humana se va con ellas. Sólo la fuerza podrá preservar la tranquilidad y el orden públicos. Pero la fuerza es muy débil cuando el baluarte de la religión ha sido eliminado, y, siendo más apta para engendrar esclavitud que obediencia, lleva en sí misma los gérmenes de problemas cada vez mayores. El presente siglo ha encontrado desastres memorables, y no es seguro que no sean inminentes otros igualmente terribles.

Los mismos tiempos en que vivimos nos advierten que debemos buscar los remedios allí donde sólo se encuentran, es decir, restableciendo en el círculo familiar y en toda la sociedad las doctrinas y prácticas de la religión cristiana. En esto radica el único medio de liberarnos de los males que ahora nos agobian, de prevenir los peligros que ahora amenazan al mundo. Para la realización de este fin, venerables hermanos, debemos emplear toda la actividad y diligencia que esté a nuestro alcance. Aunque ya hemos tratado en otras circunstancias, y siempre que la ocasión lo requería, de estos asuntos, consideramos conveniente en esta carta definir más detalladamente los deberes de los católicos, ya que éstos, si se observan estrictamente, contribuirán maravillosamente al bien de la comunidad. Hemos caído en tiempos en los que se libra una batalla violenta y casi diaria sobre asuntos de máxima importancia, una batalla en la que es difícil no dejarse engañar a veces, no extraviarse y, para muchos, no perder el ánimo. Nos corresponde, Venerables Hermanos, advertir, instruir y exhortar a cada uno de los fieles con la seriedad que corresponde a la ocasión, para que ninguno abandone el camino de la verdad [1].

4. No se puede dudar de que a los católicos les incumben deberes más numerosos y de mayor importancia que a los que, o no están suficientemente ilustrados en relación con la fe católica, o desconocen por completo sus doctrinas. Considerando que inmediatamente después de la salvación de la humanidad, Jesucristo impuso a sus Apóstoles el mandato de “predicar el Evangelio a toda criatura”, es evidente que impuso a todos los hombres el deber de aprender a fondo y creer lo que se les enseñaba. Este deber está íntimamente ligado a la obtención de la salvación eterna: “El que crea y se bautice se salvará; pero el que no crea, se condenará” [2] Pero el hombre que ha abrazado la fe cristiana, como en un deber, es por ese mismo hecho súbdito de la Iglesia como uno de los hijos nacidos de ella, y se convierte en miembro de ese cuerpo más grande y más santo, que es el encargo especial del Romano Pontífice de gobernar con poder supremo, bajo su cabeza invisible, Jesucristo.

5. Ahora bien, si la ley natural nos obliga a amar devotamente y a defender la patria en la que hemos nacido y en la que nos hemos criado, de modo que todo buen ciudadano no duda en afrontar la muerte por su tierra natal, con mucha mayor razón es deber urgente de los cristianos estar siempre animados por sentimientos semejantes hacia la Iglesia. Porque la Iglesia es la santa Ciudad del Dios vivo, nacida de Dios mismo, y por Él edificada y establecida. En esta tierra, en efecto, cumple su peregrinación, pero instruyendo y guiando a los hombres los convoca a la felicidad eterna. Estamos, pues, obligados a amar entrañablemente la patria de la que hemos recibido los medios de goce que nos proporciona esta vida mortal, pero tenemos una obligación mucho más urgente de amar, con ardiente amor, a la Iglesia a la que debemos la vida del alma, una vida que perdurará eternamente. Porque es conveniente preferir el bien del alma al bienestar del cuerpo, ya que los deberes para con Dios son de un carácter mucho más sagrado que los que se tienen para con los hombres.

6. Además, si queremos juzgar correctamente, el amor sobrenatural a la Iglesia y el amor natural a nuestra propia patria proceden del mismo principio eterno, ya que Dios mismo es su Autor y Causa originaria. Por consiguiente, se deduce que entre los deberes que respectivamente imponen, ninguno puede entrar en colisión con el otro. Podemos, ciertamente, y debemos amarnos a nosotros mismos, comportarnos amablemente con nuestros semejantes, alimentar el afecto por el Estado y los poderes gobernantes; pero al mismo tiempo podemos y debemos abrigar hacia la Iglesia un sentimiento de piedad filial, y amar a Dios con el más profundo amor de que seamos capaces. Sin embargo, el orden de prelación de estos deberes se invierte a veces, bien por la tensión de las calamidades públicas, bien por la perversa voluntad de los hombres. Porque se dan casos en los que el Estado parece exigir a los hombres como súbditos una cosa, y la religión, a los hombres como cristianos, otra muy distinta; y esto, en realidad, sin más fundamento que el hecho de que los gobernantes del Estado o bien no tienen en cuenta el sagrado poder de la Iglesia, o bien tratan de someterlo a su propia voluntad. De ahí surge un conflicto, y una ocasión, a través de dicho conflicto, de poner a prueba la virtud. Los dos poderes se enfrentan e instan a sus mandatos en sentido contrario; obedecer a ambos es totalmente imposible. Nadie puede servir a dos amos [3], pues complacer a uno equivale a despreciar al otro.

7. En cuanto a cuál de los dos debe ser preferido, nadie debe sopesar ni un instante. En efecto, es un gran crimen retirar la lealtad a Dios para complacer a los hombres, un acto de consumada maldad romper las leyes de Jesucristo, para rendir obediencia a los gobernantes terrenales, o, bajo el pretexto de guardar la ley civil, ignorar los derechos de la Iglesia; “debemos obedecer a Dios antes que a los hombres” [4]. Esta respuesta, que antiguamente Pedro y los demás Apóstoles solían dar a las autoridades civiles que ordenaban cosas injustas, debemos darla siempre y sin vacilar en circunstancias similares. No hay mejor ciudadano, ya sea en tiempo de paz o de guerra, que el cristiano que tiene presente su deber; pero éste debe estar dispuesto a sufrir todo, incluso la misma muerte, antes que abandonar la causa de Dios o de la Iglesia.

8. Por lo tanto, los que culpan, y llaman con el nombre de sedición, a esta firmeza de actitud en la elección del deber, no han aprehendido correctamente la fuerza y la naturaleza de la verdadera ley. Hablamos de asuntos ampliamente conocidos, y que antes de ahora hemos explicado más de una vez completamente. La ley es en su esencia un mandato de la recta razón, proclamado por una autoridad debidamente constituida, para el bien común. Pero la autoridad verdadera y legítima está vacía de sanción, a menos que proceda de Dios, el supremo Gobernante y Señor de todo. Sólo el Todopoderoso puede conferir poder a un hombre sobre sus semejantes [5], ni puede considerarse como recta razón lo que está en desacuerdo con la verdad y con la razón divina; ni lo que se tiene por verdadero bien lo que repugna al bien supremo e inmutable, o lo que aparta y aparta las voluntades de los hombres de la caridad de Dios.

9. Por lo tanto, en la mente de los cristianos está santificada la idea misma de la autoridad pública, en la que reconocen alguna semejanza y símbolo, por así decirlo, de la Majestad Divina, incluso cuando es ejercida por alguien indigno. Una justa y debida reverencia a las leyes habita en ellos, no por la fuerza y las amenazas, sino por la conciencia del deber; “porque Dios no nos ha dado espíritu de temor” [6].

10. Pero, si las leyes del Estado están manifiestamente en desacuerdo con la ley divina, conteniendo disposiciones perjudiciales para la Iglesia, o transmitiendo mandatos adversos a los deberes impuestos por la religión, o si violan en la persona del Sumo Pontífice la autoridad de Jesucristo, entonces, verdaderamente, resistirse se convierte en un deber positivo, obedecer, en un crimen; un crimen, además, combinado con la falta contra el Estado mismo, en la medida en que toda ofensa dirigida contra la religión es también un pecado contra el Estado. Aquí se hace de nuevo evidente cuán injusto es el reproche de sedición; pues no se rechaza la obediencia debida a los gobernantes y legisladores, sino que hay una desviación de su voluntad sólo en aquellos preceptos que no tienen poder para ordenar. Los mandatos que se emiten en contra del honor que se debe a Dios, y por lo tanto están fuera del alcance de la justicia, deben ser considerados como cualquier cosa en lugar de leyes. Sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que esto es lo que sostiene el Apóstol San Pablo, quien, al escribir a Tito, después de recordar a los cristianos que deben “estar sujetos a los príncipes y a las potestades, y obedecer a la palabra”. Con ello declara abiertamente que, si las leyes de los hombres contienen mandatos contrarios a la ley eterna de Dios, es justo no obedecerlas. Del mismo modo, el Príncipe de los Apóstoles dio esta valiente y sublime respuesta a quienes querían privarle de la libertad de predicar el Evangelio: “Si es justo a los ojos de Dios escucharos a vosotros antes que a Dios, juzgad vosotros, porque no podemos dejar de decir las cosas que hemos visto y oído” [8].

11. Por lo tanto, amar ambos países, el de la tierra de abajo y el del cielo de arriba, pero de tal manera que el amor a nuestro cielo supere el amor a nuestra casa terrenal, y que las leyes humanas nunca se pongan por encima de la ley divina, es el deber esencial de los cristianos, y la fuente, por así decirlo, de la que brotan todos los demás deberes. El Redentor de la humanidad ha dicho de sí mismo: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” [9]. “He venido a echar fuego en la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?” [10] En el conocimiento de esta verdad, que constituye la más alta perfección de la mente; en la caridad divina, que, de igual modo, completa la voluntad, se asientan toda la vida y la libertad cristianas. Este noble patrimonio de la verdad y de la caridad, confiado por Jesucristo a la Iglesia, lo defiende y mantiene siempre con incansable esfuerzo y vigilancia.

12. Pero sería inoportuno insistir ahora en la amargura y las múltiples formas con que se ha librado la guerra contra la Iglesia. Desde el momento en que se le ha concedido a la razón humana la posibilidad de arrebatar a la naturaleza, mediante las investigaciones de la ciencia, muchos de sus atesorados secretos y de aplicarlos convenientemente a las diversas exigencias de la vida, los hombres se han visto poseídos de un sentido tan arrogante de sus propios poderes que ya se consideran capaces de desterrar de la vida social la autoridad y el imperio de Dios. Llevados por este engaño, atribuyen a la naturaleza humana el dominio del que creen que Dios ha sido despojado; de la naturaleza, sostienen, debemos buscar el principio y la regla de toda verdad; de la naturaleza, afirman, sólo surgen, y a ella deben remitirse, todos los deberes que el sentimiento religioso impulsa. Por lo tanto, niegan toda revelación de lo alto, y toda la lealtad debida a la enseñanza cristiana de la moral, así como toda la obediencia a la Iglesia, y llegan a negar su poder de hacer leyes y ejercer cualquier otro tipo de derecho, incluso negando a la Iglesia cualquier lugar entre las instituciones civiles del bien común. Estos hombres aspiran injustamente, y con su poderío se esfuerzan, por obtener el control de los asuntos públicos y poner las manos en el timón del Estado, para que la legislación pueda adaptarse más fácilmente a estos principios, y la moral del pueblo pueda ser influenciada de acuerdo con ellos. De ahí que en muchos países el catolicismo sea abiertamente atacado o bien interferido secretamente, concediéndose plena impunidad a las doctrinas más perniciosas, mientras que la profesión pública de la verdad cristiana es encadenada a menudo con múltiples restricciones.

13. En tales circunstancias, cada uno está obligado en conciencia a velar por sí mismo, tomando todos los medios posibles para conservar la fe inviolada en el fondo de su alma, evitando todo riesgo y armándose en todas las ocasiones, especialmente contra los diversos sofismas engañosos que proliferan entre los no creyentes. Para salvaguardar esta virtud de la fe en su integridad, declaramos que es muy provechoso y conforme a las exigencias de los tiempos, que cada uno, según la medida de su capacidad e inteligencia, haga un estudio profundo de la doctrina cristiana, e impregne su mente de un conocimiento tan perfecto como sea posible de aquellas materias que se entrelazan con la religión y se encuentran dentro del rango de la razón. Y como es necesario que la fe no sólo permanezca incólume en el alma, sino que crezca con un aumento siempre esmerado, el suplicante y humilde ruego de los apóstoles debe dirigirse constantemente a Dios: “Aumenta nuestra fe” [11].

14. Pero en esta misma materia, referente a la fe cristiana, hay otros deberes cuya exacta y religiosa observancia, necesaria en todo tiempo en interés de la salvación eterna, lo es más especialmente en estos días. En medio de tan temeraria y extendida locura de opinión, es, como hemos dicho, oficio de la Iglesia emprender la defensa de la verdad y desarraigar los errores de la mente, y este cargo ha de ser en todo momento sagradamente observado por ella, ya que el honor de Dios y la salvación de los hombres están confiados a su custodia. Pero, cuando la necesidad obliga, no sólo los que están investidos de poder de gobierno están obligados a salvaguardar la integridad de la fe, sino que, como sostiene Santo Tomás “Cada uno tiene la obligación de manifestar su fe, ya sea para instruir y animar a los demás fieles, ya sea para rechazar los ataques de los incrédulos” [12] Retroceder ante el enemigo, o guardar silencio cuando desde todas partes se levantan tales clamores contra la verdad, es propio de un hombre o bien carente de carácter o bien que alberga dudas sobre la verdad de lo que profesa creer. En ambos casos ese modo de comportarse es vil y es un insulto a Dios, y ambos son incompatibles con la salvación de la humanidad. Esta clase de conducta sólo es provechosa para los enemigos de la fe, pues nada envalentona tanto a los malvados como la falta de valor por parte de los buenos. Además, la falta de vigor por parte de los cristianos es tanto más censurable, cuanto que no pocas veces se necesitaría poco de su parte para echar por tierra las falsas acusaciones y refutar las opiniones erróneas, y esforzándose siempre con más ahínco podrían contar con el éxito. Después de todo, a nadie se le puede impedir que haga gala de esa fuerza de alma que caracteriza a los verdaderos cristianos, y con mucha frecuencia, gracias a ese despliegue de valor, nuestros enemigos se desaniman y sus designios se ven frustrados. Además, los cristianos han nacido para el combate, del que cuanto mayor sea la vehemencia, más seguro, con la ayuda de Dios, será el triunfo: “Tened confianza; yo he vencido al mundo” [13]. 

 Tampoco hay ningún motivo para alegar que Jesucristo, el Guardián y Campeón de la Iglesia, no necesita en modo alguno la ayuda de los hombres. Ciertamente, el poder no le falta, pero en su amorosa bondad nos asigna una participación en la obtención y aplicación de los frutos de la salvación procurada por su gracia.

15. Los elementos principales de este deber consisten en profesar abiertamente y sin vacilar la doctrina católica, y en propagarla con todas nuestras fuerzas. Porque, como se dice a menudo, con la mayor verdad, no hay nada tan perjudicial para la sabiduría cristiana como que no se conozca, ya que posee, cuando se recibe lealmente, un poder inherente para alejar el error. Tan pronto como la verdad católica es aprehendida por un alma sencilla y desprejuiciada, la razón cede su asentimiento. Ahora bien, la fe, como virtud, es una gran bendición de la gracia y la bondad divinas; sin embargo, los objetos mismos a los que debe aplicarse la fe apenas se conocen de otro modo que a través del oído. “¿Cómo creerán a aquel de quien no han oído? y ¿cómo oirán sin un predicador? La fe, pues, viene por el oír, y el oír, por la palabra de Cristo” [14] Puesto que la fe es necesaria para la salvación, se deduce que la palabra de Cristo debe ser predicada. En efecto, el oficio de la predicación, es decir, de la enseñanza, corresponde por derecho divino a los pastores, es decir, a los obispos que “el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios” [15] y pertenece, sobre todo, al Romano Pontífice, vicario de Jesucristo, constituido en cabeza de la Iglesia universal, maestro de todo lo que pertenece a la moral y a la fe.

16. Nadie, sin embargo, debe pensar que los particulares estén impedidos de tomar alguna parte activa en este deber de enseñar, especialmente aquellos a quienes Dios ha concedido dones de espíritu con el vivo deseo de hacerse útiles. Éstos, tantas veces como las circunstancias lo exijan, pueden asumir, no ya el oficio de pastor, sino la tarea de comunicar a otros lo que ellos mismos han recibido, convirtiéndose, por así decirlo, en ecos vivos de sus maestros en la fe. Esta cooperación de los laicos les ha parecido a los Padres del Concilio Vaticano tan oportuna y fecunda que han creído conveniente invitarla. “A todos los fieles cristianos, pero sobre todo a los que ocupan un puesto importante o se dedican a la enseñanza, os rogamos, por la compasión de Jesucristo, y os ordenamos por la autoridad del mismo Dios y Salvador, que aportéis vuestra ayuda para alejar y eliminar estos errores de la santa Iglesia, y contribuyáis con vuestro celo a difundir la luz de la fe incontaminada”. Por lo tanto, que cada uno tenga presente que puede y debe, en la medida de lo posible, predicar la fe católica con la autoridad de su ejemplo y con la profesión abierta y constante de las obligaciones que impone. Por consiguiente, respecto a los deberes que nos unen a Dios y a la Iglesia, debe tenerse muy presente que en la propagación de la verdad cristiana y en la defensa de los errores debe intervenir activamente, en la medida de lo posible, el celo de los laicos.

17. Sin embargo, los fieles no cumplirían tan completa y ventajosamente con estos deberes como sería conveniente que lo hicieran si entraran en el campo como campeones aislados de la fe. Jesucristo, en efecto, ha insinuado claramente que la hostilidad y el odio de los hombres, que Él experimentó en primer lugar, se manifestarían en igual grado hacia la obra fundada por Él, de modo que a muchos se les impediría beneficiarse de la salvación por la que todos están en deuda con su amorosa bondad. Por lo tanto, quiso no sólo formar a los discípulos en su doctrina, sino unirlos en una sociedad, y estrecharlos en un solo cuerpo, “que es la Iglesia” [17] de la que Él sería la cabeza. La vida de Jesucristo impregna, por lo tanto, todo el entramado de este cuerpo, cuida y alimenta cada uno de sus miembros, uniendo a cada uno de ellos y haciendo que todos trabajen juntos para el mismo fin, aunque la acción de cada uno no sea la misma [18]. De ahí que no sólo la Iglesia sea una sociedad perfecta que supera con creces a cualquier otra, sino que su Fundador le ordena que, para la salvación de los hombres, luche “como un ejército preparado para la batalla” [19] La organización y la constitución de la sociedad cristiana no pueden cambiarse en modo alguno, ni ninguno de sus miembros puede vivir como quiera, ni elegir el modo de lucha que más le agrade. Porque, en efecto, se dispersa y no se reúne quien no se reúne con la Iglesia y con Jesucristo, y todos los que no luchan conjuntamente con él y con la Iglesia están en verdad contendiendo contra Dios [20].

18. Para que se produzca tal unión de espíritus y uniformidad de acción -no sin razón tan temida por los enemigos del catolicismo-, el punto principal es que prevalezca una perfecta armonía de opiniones; en cuyo intento encontramos al apóstol Pablo exhortando a los corintios con celo ferviente y peso solemne de palabras: “Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya cismas entre vosotros, sino que estéis perfectamente en una misma mente y en un mismo juicio” [21]

19. La sabiduría de este precepto se comprende fácilmente. En verdad, el pensamiento es el principio de la acción, y por lo tanto no puede existir acuerdo de voluntad, ni similitud de acción, si todos los hombres piensan de manera diferente unos de otros.

20. En el caso de aquellos que profesan tomar la razón como su única guía, difícilmente se encontraría, si es que alguna vez pudiera encontrarse, unidad de doctrina. En efecto, el arte de conocer las cosas como realmente son es sumamente difícil; además, la mente del hombre es, por naturaleza, débil y se ve arrastrada a un lado y a otro por una variedad de opiniones, y no pocas veces se ve desviada por impresiones procedentes del exterior; y, además, la influencia de las pasiones a menudo quita, o ciertamente disminuye, la capacidad de captar la verdad. Por esta razón, en el control de los asuntos del Estado se utilizan a menudo medios para mantener unidos por la fuerza a quienes no pueden coincidir en su forma de pensar.

21. No ocurre lo mismo con los cristianos, que reciben su regla de fe de la Iglesia, por cuya autoridad y bajo cuya dirección tienen conciencia de haber alcanzado indiscutiblemente la verdad. Por consiguiente, como la Iglesia es una, porque Jesucristo es uno, así en todo el mundo cristiano hay y debe haber una sola doctrina: “Un solo Señor, una sola fe” [22] “pero teniendo un mismo espíritu de fe” [23] poseen el principio salvador del que procede espontáneamente una misma voluntad en todos, y un mismo tenor de acción.

22. Ahora bien, como exhorta el Apóstol Pablo, esta unanimidad debe ser perfecta. La fe cristiana no se apoya en la autoridad humana, sino en la divina, pues lo que Dios ha revelado “lo creemos no por la evidencia intrínseca de la verdad percibida por la luz natural de nuestra razón, sino por la autoridad de Dios revelador, que no puede ser engañado ni engañarse a sí mismo” [24]. Se sigue como consecuencia que cualquier cosa manifiestamente revelada por Dios debemos recibirla con un asentimiento similar e igual. Negarse a creer alguna de ellas equivale a rechazarlas todas, pues destruyen de inmediato el fundamento mismo de la fe quienes niegan que Dios haya hablado a los hombres, o ponen en duda su infinita verdad y sabiduría. Sin embargo, determinar cuáles son las doctrinas divinamente reveladas corresponde a la Iglesia docente, a la que Dios ha confiado la custodia e interpretación de sus manifestaciones. Pero el maestro supremo de la Iglesia es el Romano Pontífice. La unión de los espíritus, por lo tanto, exige, junto con una perfecta concordancia en la única fe, una completa sumisión y obediencia de la voluntad a la Iglesia y al Romano Pontífice, como a Dios mismo. Sin embargo, esta obediencia debe ser perfecta, porque es ordenada por la misma fe, y tiene esto en común con la fe, que no puede ser dada en pedazos; es más, si no fuera absoluta y perfecta en cada particular, podría llevar el nombre de obediencia, pero su esencia desaparecería. El uso cristiano atribuye tal valor a esta perfección de la obediencia, que ha sido y será siempre la marca distintiva por la que podemos reconocer a los católicos. El siguiente pasaje de Santo Tomás de Aquino nos presenta admirablemente el punto de vista correcto: “El objeto formal de la fe es la verdad primaria, tal como se muestra en las Sagradas Escrituras y en la enseñanza de la Iglesia, que procede de la fuente de la verdad. Se deduce, por lo tanto, que quien no se adhiere, como a una regla divina infalible, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la verdad primaria manifestada en las santas Escrituras, no posee el hábito de la fe; sino que en materia de fe sostiene otra cosa que la verdadera fe. Ahora bien, es evidente que quien se aferra a las doctrinas de la Iglesia como a una regla infalible, cede su asentimiento a todo lo que la Iglesia enseña; pero de otro modo, si con referencia a lo que la Iglesia enseña sostiene lo que le gusta, pero no sostiene lo que no le gusta, no se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como a una regla infalible, sino a su propia voluntad” [25].

23. “La fe de toda la Iglesia debe ser una, según el precepto” (1 Cor. 1,10). “Que todos hablen una misma cosa, y que no haya cismas entre vosotros”. Y esto no puede observarse sino a condición de que las cuestiones que se suscitan en torno a la fe sean resueltas por aquel que preside toda la Iglesia, cuya sentencia debe, en consecuencia, ser aceptada sin vacilaciones. Por lo tanto, corresponde a la única autoridad del Sumo Pontífice publicar una nueva revisión del símbolo, así como decretar todas las demás cuestiones que conciernen a la Iglesia universal [26].

24. Al definir los límites de la obediencia debida a los pastores de almas, pero sobre todo a la autoridad del Romano Pontífice, no se debe suponer que sólo se debe ceder en relación con los dogmas cuya negación obstinada no puede disociarse del delito de herejía. Más aún, no basta asentir sincera y firmemente a doctrinas que, aunque no estén definidas por ningún pronunciamiento solemne de la Iglesia, son propuestas por ella a la creencia, como divinamente reveladas, en su enseñanza común y universal, y que el Concilio Vaticano declaró que deben ser creadas “con fe católica y divina”. Pero también debe contarse entre los deberes de los cristianos el de dejarse gobernar y dirigir por la autoridad y dirección de los obispos y, sobre todo, de la sede apostólica. Y cualquiera puede darse cuenta de lo conveniente que es que esto sea así. Porque las cosas contenidas en los oráculos divinos se refieren en parte a Dios, y en parte al hombre, y a todo lo que es necesario para lograr su salvación eterna. Ahora bien, ambas cosas, es decir, lo que estamos obligados a creer y lo que estamos obligados a hacer, son establecidas, como hemos dicho, por la Iglesia en uso de su derecho divino, y en la Iglesia por el Sumo Pontífice. Por lo tanto, corresponde al Papa juzgar con autoridad qué cosas contienen los oráculos sagrados, así como qué doctrinas están en armonía y cuáles en desacuerdo con ellos; y también, por la misma razón, mostrar qué cosas deben ser aceptadas como correctas y cuáles deben ser rechazadas como inútiles; qué es necesario hacer y qué evitar hacer, para alcanzar la salvación eterna. Porque, de lo contrario, no habría ningún intérprete seguro de los mandatos de Dios, ni habría ninguna guía segura que mostrara al hombre el modo en que debe vivir.

25. Además de lo que se ha expuesto, es necesario entrar más a fondo en la naturaleza de la Iglesia. Ella no es una asociación de cristianos reunidos por casualidad, sino una sociedad divinamente establecida y admirablemente constituida, que tiene como fin directo y próximo conducir al mundo a la paz y a la santidad. Y como la Iglesia es la única que ha recibido, por la gracia de Dios, los medios necesarios para realizar tal fin, tiene sus leyes fijas, sus esferas de acción especiales y un método determinado, fijo y conforme a su naturaleza, para gobernar los pueblos cristianos. Pero el ejercicio de este poder de gobierno es difícil y deja lugar a innumerables conflictos, ya que la Iglesia gobierna pueblos dispersos por todas las partes de la tierra, que difieren en raza y costumbres, y que, viviendo bajo el dominio de las leyes de sus respectivos países, deben obediencia por igual a las autoridades civiles y religiosas. Los deberes que se imponen incumben a las mismas personas, como ya se ha dicho, y entre ellos no hay contradicción ni confusión, pues unos tienen relación con la prosperidad del Estado, otros se refieren al bien general de la Iglesia, y ambos tienen por objeto formar a los hombres para la perfección.

26. Trazados así estos derechos y deberes, es evidente que las potencias gobernantes son enteramente libres de llevar a cabo los negocios del Estado; y esto no sólo no contra el deseo de la Iglesia, sino manifiestamente con su cooperación, por cuanto ella exhorta fuertemente a la práctica de la piedad, que implica un recto sentir hacia Dios, y por ese mismo hecho inspira un recto sentir hacia los gobernantes en el Estado. El poder espiritual, sin embargo, tiene un propósito mucho más elevado, ya que la Iglesia dirige su objetivo a gobernar las mentes de los hombres en la defensa del “reino de Dios, y su justicia” [28], una tarea que está totalmente empeñada en cumplir.

27. Sin embargo, nadie puede, sin riesgo para la fe, fomentar ninguna duda en cuanto a que sólo la Iglesia ha sido investida con tal poder de gobernar las almas como para excluir por completo a la autoridad civil. En verdad, no fue al César, sino a Pedro, a quien Jesucristo confió las llaves del reino de los cielos. De esta doctrina sobre las relaciones entre la política y la religión se derivan importantes consecuencias que no podemos pasar por alto.

28. Existe una notable diferencia entre todo tipo de gobierno civil y el del reino de Cristo. Si este último tiene cierta semejanza y carácter con un reino civil, se distingue de él por su origen, principio y esencia. La Iglesia, por lo tanto, posee el derecho de existir y de protegerse por medio de instituciones y leyes acordes con su naturaleza. Y puesto que no sólo es una sociedad perfecta en sí misma, sino que es superior a cualquier otra sociedad de crecimiento humano, se niega resueltamente, promovida tanto por el derecho como por el deber, a vincularse a cualquier mero partido y a someterse a las fugaces exigencias de la política. Por las mismas razones, la Iglesia, guardiana siempre de su propio derecho y más observadora del de los demás, sostiene que no le corresponde decidir cuál es la mejor entre las muchas y diversas formas de gobierno y las instituciones civiles de los Estados cristianos, y entre los diversos tipos de gobierno del Estado no desaprueba ninguno, siempre que se mantenga el respeto debido a la religión y la observancia de las buenas costumbres. Por esta norma de conducta deben regirse los pensamientos y el modo de actuar de todo católico.

29. No hay duda de que en la esfera de la política puede haber amplia materia para la legítima diferencia de opiniones, y que, con la sola reserva de los derechos de la justicia y la verdad, todos pueden esforzarse por llevar a la práctica las ideas que se creen más conducentes que otras al bienestar general. Pero tratar de involucrar a la Iglesia en luchas partidistas, y tratar de hacer valer su apoyo contra los que adoptan puntos de vista opuestos, sólo es digno de los partidistas. Por el contrario, la religión debe ser considerada por todos como santa e inviolable; más aún, en el orden público mismo de los Estados -que no puede separarse de las leyes que influyen en la moral y de los deberes religiosos- es siempre urgente, y de hecho la principal preocupación, tomar en consideración la mejor manera de consultar los intereses del catolicismo. Dondequiera que éstos parezcan estar en peligro a causa de los esfuerzos de los adversarios, deben cesar inmediatamente todas las diferencias de opinión entre los católicos, a fin de que, prevaleciendo pensamientos y consejos semejantes, se apresuren a socorrer a la religión, bien general y supremo, al que debe remitirse todo lo demás. Creemos conveniente tratar este asunto con algo más de detalle.

30. La Iglesia y el Estado, sin duda, poseen ambos la soberanía individual; por lo tanto, en el desempeño de los asuntos públicos, ninguno obedece al otro dentro de los límites a los que cada uno está restringido por su constitución. Sin embargo, de esto no se deduce que la Iglesia y el Estado estén separados de alguna manera, y menos aún que sean antagónicos, la naturaleza, de hecho, nos ha dado no sólo la existencia física, sino también la vida moral. Por lo tanto, de la tranquilidad del orden público, que es el propósito inmediato de la sociedad civil, el hombre espera obtener su bienestar, y aún más el cuidado protector necesario para su vida moral, que consiste exclusivamente en el conocimiento y la práctica de la virtud. Desea, además, al mismo tiempo, como en un deber, encontrar en la Iglesia los auxilios necesarios para su perfección religiosa, en el conocimiento y la práctica de la verdadera religión; de esa religión que es la reina de las virtudes, porque al vincularlas a Dios las completa todas y las perfecciona. Por lo tanto, los que se ocupan de redactar las constituciones y de la naturaleza religiosa del hombre, y se preocupan de ayudarle, pero de forma correcta y ordenada, a conseguir la perfección, no ordenando ni prohibiendo nada sino lo que es razonablemente coherente con las exigencias civiles, así como con las religiosas. Por esto mismo, la Iglesia no puede permanecer indiferente a la importancia y al significado de las leyes promulgadas por el Estado; no en cuanto se refieren al Estado, sino en cuanto, traspasando los límites debidos, atentan contra los derechos de la Iglesia.

31. Dios ha asignado a la Iglesia el deber no sólo de interponer resistencia, si en algún momento el gobierno del Estado fuera contrario a la religión, sino, además, de esforzarse con fuerza para que el poder del Evangelio penetre en la ley y en las instituciones de las naciones. Y como el destino del Estado depende principalmente de la disposición de quienes están a la cabeza de los asuntos, se deduce que la Iglesia no puede dar su apoyo o favor a quienes sabe que están imbuidos de un espíritu de hostilidad hacia ella; que se niegan abiertamente a respetar sus derechos; que hacen su objetivo y propósito de romper la alianza que, por la propia naturaleza de las cosas, debería conectar los intereses de la religión con los del Estado. Por el contrario, ella es (como debe ser) la defensora de aquellos que están imbuidos de la manera correcta de pensar en cuanto a las relaciones entre la Iglesia y el Estado, y que se esfuerzan por hacer que trabajen en perfecto acuerdo para el bien común. Estos preceptos contienen el principio permanente por el que todo católico debe guiar su conducta respecto a la vida pública. En resumen, donde la Iglesia no prohíbe tomar parte en los asuntos públicos, es conveniente y apropiado dar apoyo a los hombres de reconocida valía, y que se comprometen a merecer el bien en la causa católica, y por ningún motivo se puede permitir preferir a ellos a individuos que sean hostiles a la religión.

32. De donde se desprende cuán urgente es el deber de mantener la perfecta unión de los espíritus, especialmente en estos tiempos, en que el nombre cristiano es atacado con designios tan concertados y sutiles. Todos los que tienen la intención de adherirse a la Iglesia, que es “columna y fundamento de la verdad” [29] se apartarán fácilmente de los maestros que “les mienten y prometen la libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción” [30] es más, haciéndose partícipes de la virtud divina que reside en la Iglesia, triunfarán sobre la astucia de sus adversarios por la sabiduría, y sobre su violencia por el valor. No es este el momento ni el lugar para indagar si la inercia y las disensiones internas de los católicos han contribuido a la condición actual de las cosas, y en qué medida; pero es cierto, al menos, que los perversos mostrarían menos audacia, y no habrían provocado tal acumulación de males, si la fe “que obra por la caridad” [31] hubiera sido, en general, más enérgica y viva en las almas de los hombres, y si no hubiera habido un alejamiento tan universal de la regla de moralidad divinamente establecida en toda la cristiandad. Que, al menos, las lecciones que proporciona la memoria del pasado tengan el buen resultado de conducir a un modo de actuar más sabio en el futuro.

33. En cuanto a los que pretenden tomar parte en los asuntos públicos, deben evitar con sumo cuidado dos excesos criminales: la llamada prudencia y el falso valor. En efecto, hay quienes sostienen que no es oportuno atacar audazmente el mal en su poderío y cuando está en ascenso, no sea que, como dicen, la oposición exaspere a las mentes ya hostiles. Estos hacen que se adivine si están a favor o en contra de la Iglesia, ya que por una parte se presentan como profesantes de la fe católica y, sin embargo, desean que la Iglesia permita que se difundan impunemente ciertas opiniones que están en desacuerdo con su enseñanza. Se quejan de la pérdida de la fe y de la perversión de las costumbres, pero no se preocupan de poner remedio; es más, no pocas veces incluso aumentan la intensidad del mal con demasiada indulgencia o con disimulos perjudiciales. Estos mismos individuos no quieren que nadie dude de su buena voluntad hacia la Santa Sede, pero siempre tienen algo que reprochar al Sumo Pontífice.

34. La prudencia de los hombres de esta clase es de la que el apóstol Pablo califica de “sabiduría de la carne” y de “muerte” del alma, “porque no se sujeta a la ley de Dios, ni puede hacerlo” [32]. Nada está menos calculado para enmendar tales males que una prudencia de esta clase. Porque los enemigos de la Iglesia tienen por objeto -y no dudan en proclamarlo, y muchos de ellos se jactan de ello- destruir de plano, si es posible, la religión católica, que es la única verdadera. Con tal propósito en la mano, no rehuyen nada, pues son plenamente conscientes de que cuanto más pusilánimes se vuelvan los que les resisten, más fácil será llevar a cabo su perversa voluntad. Por lo tanto, los que abrigan la “prudencia de la carne” y pretenden ignorar que todo cristiano debe ser un valiente soldado de Cristo; los que quisieran obtener las recompensas debidas a los vencedores, mientras llevan una vida de cobardes, sin ser tocados en la lucha, están tan lejos de frustrar la marcha de los malvados que, por el contrario, incluso la ayudan a avanzar.

35. Por otra parte, no pocos, impulsados por un falso celo, o -lo que es más censurable aún- afectando sentimientos que su conducta desmiente, se arrogan un papel que no les corresponde. Les gustaría ver el modo de actuar de la Iglesia influenciado por sus ideas y su juicio hasta tal punto que todo lo que se hace de otro modo lo toman a mal o lo aceptan con repugnancia. Algunos, de nuevo, gastan sus energías en disputas infructuosas, siendo dignos de ser reprochados al igual que los primeros. Actuar de tal manera no es seguir la autoridad legítima, sino adelantarse a ella, y, sin autorización, asumir los deberes de los gobernantes espirituales, con gran perjuicio del orden que Dios estableció en su Iglesia para ser observado por siempre, y que no permite que sea violado impunemente por nadie, sea quien sea.

36. Honor, pues, a los que no rehúsan entrar en la arena cuantas veces sea necesario, creyendo y estando convencidos de que la violencia de la injusticia llegará a su fin y cederá finalmente el paso a la santidad del derecho y de la religión. Parecen verdaderamente investidos de la dignidad de la virtud honrada por el tiempo, ya que luchan por defender la religión, y principalmente contra la facción que se ha agrupado para atacar al cristianismo con extrema audacia y sin cansarse, y para perseguir con incesante hostilidad al soberano Pontífice, caído en su poder. Pero los hombres de este alto carácter mantienen sin vacilar el amor a la obediencia, ni suelen emprender nada por su propia autoridad. Ahora bien, como es necesaria una resolución semejante de obedecer, combinada con la constancia y el valor robusto, para que, cualesquiera que sean las pruebas que la presión de los acontecimientos les depare, no les falte “nada” [33], deseamos vivamente que se fije en lo más profundo de la mente de cada uno lo que Pablo llama la “sabiduría del espíritu” [34], pues en el control de las acciones humanas esta sabiduría sigue la excelente regla de la moderación, con el feliz resultado de que nadie desespere tímidamente por falta de valor ni presuma demasiado por falta de prudencia. Hay, sin embargo, una diferencia entre la prudencia política que se refiere al bien general y la que se refiere al bien de los individuos. Esta última se manifiesta en el caso de los particulares que obedecen al impulso de la recta razón en la dirección de su propia conducta; mientras que la primera es la característica de los que están puestos sobre otros, y principalmente de los gobernantes del Estado, cuyo deber es ejercer el poder de mando, de modo que la prudencia política de los particulares parecería consistir enteramente en cumplir fielmente las órdenes emitidas por la autoridad legítima [35].

37. La misma disposición y el mismo orden deben prevalecer en la sociedad cristiana, tanto más cuanto que la prudencia política del Pontífice abarca cosas diversas y multiformes, pues le corresponde no sólo gobernar la Iglesia, sino, en general, regular las acciones de los ciudadanos cristianos para que sean conformes a su esperanza de alcanzar la salvación eterna. De donde se desprende que, además de la completa conformidad de pensamiento y obra, los fieles deben seguir la sabiduría política práctica de la autoridad eclesiástica. Ahora bien, la administración de los asuntos cristianos inmediatamente bajo el Romano Pontífice corresponde a los obispos, quienes, aunque no llegan a la cima del poder pontificio, son sin embargo verdaderos príncipes en la jerarquía eclesiástica; y como cada uno de ellos administra una iglesia particular, son “como maestros de obra en el edificio espiritual” [36] y cuentan con miembros del clero para compartir sus funciones y ejecutar sus decisiones. Cada uno debe regular su modo de conducta según esta constitución de la Iglesia, que no está en el poder de ningún hombre cambiar. Por consiguiente, así como en el ejercicio de su autoridad episcopal los obispos deben estar unidos a la sede apostólica, así los miembros del clero y los laicos deben vivir en estrecha unión con sus obispos. Entre los prelados, ciertamente, puede haber uno u otro que se preste a la crítica, ya sea por su conducta personal, ya sea por las opiniones que tenga sobre puntos de la doctrina; pero ningún particular puede arrogarse el oficio de juez que Cristo nuestro Señor ha conferido a aquel único que puso al frente de sus corderos y de sus ovejas. Que cada uno tenga en cuenta la sabia enseñanza de Gregorio Magno: “Los súbditos deben ser amonestados a no juzgar precipitadamente a sus prelados, aunque los vean actuar de manera censurable, no sea que, reprobando justamente lo que está mal, sean llevados por el orgullo a un mal mayor. Deben ser advertidos contra el peligro de oponerse audazmente a los superiores cuyos defectos pueden notar. Por lo tanto, si los superiores han cometido realmente pecados graves, sus inferiores, penetrados por el temor de Dios, no deben negarles una sumisión respetuosa. Las acciones de los superiores no deben ser azotadas por la espada de la palabra, aun cuando se juzgue con razón que han merecido censura” [37].

38. Sin embargo, todos los esfuerzos servirán de poco si nuestra vida no se regula conforme a la disciplina de las virtudes cristianas. Recordemos lo que la Sagrada Escritura dice sobre la nación judía: “Mientras no pecaron a los ojos de su Dios, les fue bien; porque su Dios aborrece la iniquidad”. Ahora bien, la nación de los judíos tenía una semblanza incipiente del pueblo cristiano, y las vicisitudes de su historia en los tiempos antiguos han prefigurado a menudo la verdad que había de venir, salvando que Dios, en su bondad, nos ha enriquecido y cargado de beneficios mucho mayores, y por ello los pecados de los cristianos son mucho mayores, y llevan el sello de una ingratitud más vergonzosa y criminal.

39. Si todos los tiempos pasados han experimentado la fuerza de esta verdad, ¿por qué no habría de hacerlo el nuestro? Hay, en verdad, muchos signos que proclaman que los justos castigos son ya amenazantes, y la condición de los Estados modernos tiende a confirmar esta creencia, ya que percibimos a muchos de ellos en triste situación por desórdenes intestinales, y no hay ninguno totalmente exento. Pero, si los que se alían en la maldad se apresuran a seguir el camino que han elegido audazmente, si aumentan su influencia y poder en la medida en que avanzan en sus malvados propósitos y astutos planes, habrá motivos para temer que los mismos cimientos que la naturaleza ha puesto para que los Estados descansen sean completamente destruidos. No se pueden eliminar estos recelos con un simple esfuerzo humano, sobre todo porque un gran número de hombres, habiendo rechazado la fe cristiana, están incurriendo por ello en el castigo de su orgullo, ya que cegados por sus pasiones buscan en vano la verdad, aferrándose a lo falso por lo verdadero, y creyéndose sabios cuando llaman “bien al mal, y mal al bien” y “ponen las tinieblas en lugar de la luz, y la luz en lugar de las tinieblas” [40]. Es, pues, necesario que Dios acuda al rescate y que, atento a su misericordia, ponga un ojo de compasión en la sociedad humana.

40. De ahí que renovemos la urgente súplica que ya hemos hecho, de redoblar el celo y la perseverancia, al dirigir humildes súplicas a nuestro Dios misericordioso, para que se reaviven las virtudes por las que se perfecciona la vida cristiana. Sin embargo, es urgente, ante todo, que la caridad, que es el fundamento principal de la vida cristiana, y sin la cual las demás virtudes no existen o permanecen estériles, sea avivada y mantenida. Por eso el Apóstol Pablo, después de haber exhortado a los Colosenses a huir de todo vicio y a cultivar toda virtud, añade: “En verdad, la caridad es el vínculo de la perfección, porque une íntimamente a Dios a aquellos a quienes ha abrazado y, con amorosa ternura, les hace sacar su vida de Dios, actuar con Dios y referirlo todo a Dios. Sin embargo, el amor a Dios no debe separarse del amor al prójimo, ya que los hombres participan de la bondad infinita de Dios y llevan en sí mismos la huella de su imagen y semejanza. Este mandamiento tenemos de Dios: el que ama a Dios, ame también a su hermano” [42] “Si alguno dice que ama a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso” [43] Y este mandamiento relativo a la caridad su divino proclamador lo calificó de nuevo, no en el sentido de que una ley anterior, o incluso la misma naturaleza, no hubiera ordenado que los hombres se amaran unos a otros, sino porque el precepto cristiano de amarse de esa manera era verdaderamente nuevo, y totalmente inédito en la memoria del hombre. En efecto, ese amor con el que Jesucristo es amado por su Padre y con el que Él mismo ama a los hombres, lo obtuvo para sus discípulos y seguidores, a fin de que fueran un solo corazón y un solo espíritu en Él por la caridad, como Él mismo y su Padre son uno por su naturaleza.

41. Nadie ignora cuán profundamente y desde el principio se ha implantado en el seno de los cristianos el significado de ese precepto, y qué abundantes frutos de concordia, benevolencia mutua, piedad, paciencia y fortaleza ha producido. ¿Por qué, pues, no habríamos de dedicarnos a imitar los ejemplos dados por nuestros padres? Los mismos tiempos en que vivimos deberían ofrecer suficientes motivos para la práctica de la caridad. Puesto que los hombres impíos se empeñan en dar un nuevo impulso a su odio contra Jesucristo, los cristianos deben reanimarse en la piedad, y la caridad, que es la inspiradora de las obras elevadas, debe estar impregnada de nueva vida. Cesen, pues, por completo las disensiones, si las hay; dispárense las contiendas que malgastan las fuerzas de los combatientes, sin que de ellas resulte ventaja alguna para la religión; únanse todas las mentes en la fe y todos los corazones en la caridad, para que, como corresponde, se gaste la vida en la práctica del amor de Dios y del amor de los hombres.

42. Este es un momento oportuno para exhortar especialmente a los jefes de familia a que gobiernen sus hogares según estos preceptos, y a que se preocupen sin desmayo por la recta formación de sus hijos. La familia puede considerarse como la cuna de la sociedad civil, y es en gran medida dentro del círculo de la vida familiar donde se fomenta el destino de los Estados. De ahí que los que quieren romper con la disciplina cristiana trabajen para corromper la vida familiar y destruirla por completo, de raíz y de rama. De tan impío propósito no se dejan desviar por la reflexión de que no puede, ni siquiera en un grado, llevarse a cabo sin infligir un cruel ultraje a los padres. Éstos tienen por naturaleza el derecho de educar a los hijos que han dado a luz, con la obligación añadida de moldear y dirigir la educación de sus pequeños hacia el fin para el que Dios concedió el privilegio de transmitir el don de la vida. Corresponde, pues, a los padres poner todo su empeño en evitar semejante atropello, y esforzarse por tener y mantener la autoridad exclusiva para dirigir cristianamente la educación de sus hijos, según convenga, y ante todo mantenerlos alejados de las escuelas donde se corre el riesgo de que beban el veneno de la impiedad. En lo que respecta a la correcta educación de la juventud, no se puede emprender ninguna cantidad de problemas ni de trabajo, por grande que sea, sino que se puede exigir una aún mayor. A este respecto, se encuentran en muchos países católicos dignos de admiración general, que hacen considerables gastos y ponen mucho celo en la fundación de escuelas para la educación de la juventud. Es muy deseable que este noble ejemplo sea generosamente seguido, donde el tiempo y las circunstancias lo exijan, pero todos deben estar íntimamente persuadidos de que la mente de los niños está más influenciada por la formación que reciben en el hogar. Si en sus primeros años encuentran dentro de las paredes de sus hogares la regla de una vida recta y la disciplina de las virtudes cristianas, el futuro bienestar de la sociedad estará en gran medida garantizado.

43. Y ahora parece que hemos tocado los asuntos que los católicos deben seguir principalmente hoy en día, o principalmente evitar. Os corresponde a vosotros, Venerables Hermanos, tomar medidas para que Nuestra voz llegue a todas partes, y para que unos y otros comprendáis la urgencia de reducir a la práctica las enseñanzas expuestas en esta Nuestra carta. La observancia de estos deberes no puede ser molesta ni onerosa, pues el yugo de Jesucristo es dulce y su carga es ligera. Sin embargo, si algo parece demasiado difícil de cumplir, les ayudaréis con la autoridad de vuestro ejemplo, para que cada uno de los fieles se esfuerce más y muestre un alma invencible ante las dificultades. Hacedles comprender, como Nosotros mismos os hemos advertido a menudo, que están en juego asuntos de la mayor importancia y dignos de todo honor, por cuya salvaguardia deben soportarse fácilmente todos los esfuerzos más penosos, y que se espera una sublime recompensa por los trabajos de una vida cristiana. Por otra parte, abstenerse de luchar por Jesucristo equivale a luchar contra Él; Él mismo nos asegura que “negará ante su Padre en el cielo a los que se hayan negado a confesarle en la tierra” [44]. En cuanto a nosotros y a todos vosotros, nunca, con seguridad, mientras dure la vida, permitiremos que nuestra autoridad, nuestros consejos y nuestra solicitud falten en modo alguno en el conflicto. No hay que dudar de que, mientras dure la lucha, se concederá una ayuda especial del gran Dios, tanto al rebaño como a los pastores.

Sostenidos por esta confianza, como prenda de los dones celestiales, y de Nuestra amorosa bondad en el Señor hacia vosotros, Venerables Hermanos, hacia vuestro clero y hacia todo vuestro pueblo, os concedemos la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 10 de enero de 1890, año duodécimo de Nuestro Pontificado.

LEÓN XIII


REFERENCIAS:

1. Tobías 1:2.
2. Marcos 16:16.
3. Mat. 6:24.
4 Hechos 5:29.
5. Nótese la extrema importancia de este principio; justifica la doctrina según la cual el único fundamento concebible de la autoridad política debe ser de origen divino.
6. 2 Ti. 1:7.
7. Tito 3:1.
8. Hechos 4:19-20.
9. Juan 18:37.
10. Lucas 12:49.
11. Lucas 17:5.
12. Summa theologiae, lla-llae, qu. iii, arte. 2, ad 2m.
13. Juan 16:33.
14. Rom. 10:14, 17.
15. Hechos 20:28.
16. Constitución Dei Filius, al final.
17. Col. 1:24.
18. Cf. Rom. 12:4-5.
19. Canto. 6:9.
20. Cf. Lucas 11:22.
21. 1 Cor. 1:10.
22. Efe. 4:5.
23. 2 Co. 4:13.
24. Constitución Dei Filius, cap. 3.
25. Summa theologiae, lla-llae, q. V, arte. 3.
26. Ibíd., q. yo, arte. 10
27. Concilio Vaticano, Const. de fide catholica, cap. 3, De fide. Cf. H. Denziger, Enchiridion Symbolorium 11 ed., Freiburg i. Br., 1911), pág. 476.
28. Mat. 6:33.
29. 1 Tim. 3:15.
30. 2 Pedro 2:1, 19.
31. Gal. 5:6.
32. Cf. Rom. 8:6-7.
33. Santiago 1:4.
34. Rom. 8:6.
35. “La prudencia procede de la razón, ya la razón le corresponde especialmente guiar y gobernar. De donde se sigue que, en la medida en que alguno toma parte en el control y gobierno de los asuntos, en la medida en que debe estar dotado de razón y prudencia. Pero es evidente que el súbdito, en cuanto súbdito, y el servidor no deben mandar ni gobernar, sino ser controlados y gobernados. La prudencia, pues, no es virtud especial del siervo, en cuanto siervo, ni del súbdito, en cuanto súbdito. Pero como cualquier hombre, por su carácter de ser razonable, puede tener alguna participación en el gobierno por la elección racional que ejerce, conviene que en tal proporción posea la virtud de la prudencia. De donde resulta manifiestamente que la prudencia existe en el gobernante como el arte de construir existe en el arquitecto, mientras que la prudencia existe en el sujeto como el arte de construir existe en la mano del obrero empleado en la construcción”. Summa theologiae, lla-llae, q. xlvii, art. 12, Respuesta. Santo Tomás de Aquino se refiere a Aristóteles, Ethic. Nic., Bk. VI, 8, 1141b 21-29.
36. Tomás de Aquino Quaest Quodl., 1, G. 7, art. 2, Respuesta. 37. Regula pastoralis, Parte 3, cap. 4 (PL 77, 55).
38. Judit 5:21-22.
39. Prov. 14:34.
40. Isa. 5:20.
41. Col. 3: 14.
42. 1 Juan 4:21.
43. 1 Juan 4:20.
44. Lucas 9:26.