Por el padre José María Iraburu
Las síntesis históricas, por muy sintéticas que sean, exigen desarrollos largos, que no caben en un lugar como éste. “Grandes rebajas del cristianismo”, enormes rebajas, fueron las realizadas por Lutero, del que ya traté en otro artículo. Grandes rebajas y falsificaciones del cristianismo fueron producidas también por tantos otros herejes anteriores y posteriores a él. En el artículo actual me limitaré a considerar el modernismo, y más concretamente el modernismo actual, llamado a veces progresismo, personificándolo en el profesor Schillebeeckx y su entorno holandés.
El modernismo
En la segunda mitad del siglo XIX se configuró ya plenamente el modernismo, una síntesis de protestantismo liberal, Ilustración, positivismo, naturalismo, liberalismo, exégesis crítica, historicismo, evolucionismo (Tyrrel +1909, Loysy +1940, etc.). En el Syllabus (1864), el Beato Pío IX condenó 65 proposiciones claramente modernistas. Y San Pío X en la encíclica Pascendi (1907, n. 38) afirmó que el modernismo es “el conjunto de todas las herejías”. Y lo enfrentó con el mayor empeño, como puede verse en el motu proprio Sacrorum Antistitum, conocido como Juramento antimodernista (1910).
Una imagen del libro Christian Cartoons (1922) muestra en caricatura la gran rebaja de la escalera modernista descendente, que conduce derechamente a la apostasía (Cristianismo – Biblia no infalible – hombre no imagen de Dios – no milagros – no nacimiento virginal de Jesús – no divinidad de Jesús – no expiación – no resurrección – agnosticismo – ateísmo).
El padre Edward Schillebeeckx, O. P.
La brevedad propia de un blog me obliga a concentrar este breve estudio en la figura significativa del profesor Schillebeeckx (Amberes 1914-2009). Ingresó en los dominicos (1931) y se doctoró en teología (1951). Ejerció la docencia en Lovaina y desde 1956 en la Universidad Católica de Nimega. Aunque era belga, fue asesor del Episcopado holandés durante el concilio Vaticano II, y también se le puede considerar como el inspirador principal tanto del Catecismo holandés como del Concilio pastoral de Holanda. En 1965 fundó, con otros teólogos progresistas, la revista Concilium. Es quizá el teólogo modernista de mayor influjo en la segunda mitad del siglo XX.
Recuerdo algunas de sus obras en sus ediciones españolas: Jesús, la historia de un viviente, Cristiandad 1981; En torno al problema de Jesús, ib. 1983; Cristo y los cristianos, ib. 1983; El ministerio eclesial, ib. 1983; Jesús en nuestra cultura, ib. 1987; Los hombres, relato de Dios, Sígueme 1994; Soy un teólogo feliz, Sociedad de Educación Atenas 1994.
Recuerdo algunas de sus obras en sus ediciones españolas: Jesús, la historia de un viviente, Cristiandad 1981; En torno al problema de Jesús, ib. 1983; Cristo y los cristianos, ib. 1983; El ministerio eclesial, ib. 1983; Jesús en nuestra cultura, ib. 1987; Los hombres, relato de Dios, Sígueme 1994; Soy un teólogo feliz, Sociedad de Educación Atenas 1994.
El Catecismo holandés
Al terminar el concilio Vaticano II, el Instituto Superior de Catequética de Nimega, bajo la inspiración principal de Schillebeeckx y con el imprimatur del cardenal Bernard Alfrink, publicó el Nuevo Catecismo de Adultos (1966). En él se replantean, más o menos abiertamente, casi todos los errores y ambigüedades del anterior modernismo, aunque a veces, para llegar a las mismas conclusiones, se empleen argumentaciones diversas, más sofisticadas. Por eso puede considerarse que el Catecismo holandés es el manual modernista que más ha influido en el pensamiento católico desviado de los decenios siguientes. Casi todos los errores actuales en el campo católico ya fueron expresados o sugeridos en aquel Catecismo y concretamente en la obra del profesor Schillebeeckx. El Catecismo contenía tantos errores y ambigüedades, que fueron denunciados a Roma por católicos holandeses, y Pablo VI estableció para examinarlo una Comisión de Cardenales, que emitió una Declaración (15-X-1968), en la que se indicaba un gran número de correcciones y adiciones necesarias.
Los errores y ambigüedades señalados por la Comisión versaban sobre: existencia de ángeles y demonios, creación inmediata del alma, pecado original, Adán y Eva, poligenismo, concepción virginal de Jesús, virginidad perpetua de María, satisfacción expiatoria ofrecida por Cristo en el sacrificio de la Cruz, perpetuación del sacrificio en la Eucaristía, real Presencia eucarística, transubstanciación, infalibilidad de la Iglesia, sacerdocio ministerial y sacerdocio común, autoridad en la Iglesia, Primado romano, conocimiento de la Trinidad, conciencia divina de Jesús, bautismo, sacramento de la penitencia, milagros, muerte y resurrección, juicio y purgatorio, universalidad de las leyes morales, indisolubilidad del matrimonio, regulación de los nacimientos, pecados graves y leves, estado matrimonial (Nuevo Catecismo de Adultos, Herder, Barcelona 1969, 511 pgs.; el libro lleva encartado un Suplemento de 54 págs. con las Enmiendas y adiciones al Catecismo holandés, redactadas según las indicaciones de la Comisión Cardenalicia). Estos mismos errores y ambigüedades continuaron afirmándose en el Concilio pastoral de Holanda (1967-1969).
Pronto la Iglesia, la Santa Sede principalmente, reafirmó la fe católica ante agresión tan fuerte, que por otra parte de ningún modo era única, sino que coincidía más o menos en los diversos países del Occidente rico con otros muchos sínodos y asambleas, publicaciones y movimientos. Ante esa oleada heterodoxa, la Iglesia reafirmó la fe católica no solo en el citado dictamen de la Comisión cardenalicia, sino en varios documentos doctrinales importantes, el más valioso sin duda el Credo del Pueblo de Dios (30-VI-1968), en el que Pablo VI reafirma prácticamente todas las verdades de fe negadas o puestas en dudas por el modernismo del momento. Ya que estoy señalando con especial atención las grandes rebajas del cristianismo referidas a la fe en Cristo (arrianismo) y a la necesidad de la gracia (pelagianismo), recordaré aquí únicamente la Declaración Mysterium Filii Dei, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe (21-II-1972: Acta Apostolicæ Sedis 64, 1972, 237-241). En ella la Iglesia describió y condenó el neo-arrianismo que en ese tiempo estaba invadiendo más y más el campo católico progresista, y que se afirmaba como si fuera una idea nueva y vanguardista, cuando en realidad venía a repetir, aunque con fundamentaciones y formulaciones diversas, errores del siglo IV. La Declaración señaló los
Los errores y ambigüedades señalados por la Comisión versaban sobre: existencia de ángeles y demonios, creación inmediata del alma, pecado original, Adán y Eva, poligenismo, concepción virginal de Jesús, virginidad perpetua de María, satisfacción expiatoria ofrecida por Cristo en el sacrificio de la Cruz, perpetuación del sacrificio en la Eucaristía, real Presencia eucarística, transubstanciación, infalibilidad de la Iglesia, sacerdocio ministerial y sacerdocio común, autoridad en la Iglesia, Primado romano, conocimiento de la Trinidad, conciencia divina de Jesús, bautismo, sacramento de la penitencia, milagros, muerte y resurrección, juicio y purgatorio, universalidad de las leyes morales, indisolubilidad del matrimonio, regulación de los nacimientos, pecados graves y leves, estado matrimonial (Nuevo Catecismo de Adultos, Herder, Barcelona 1969, 511 pgs.; el libro lleva encartado un Suplemento de 54 págs. con las Enmiendas y adiciones al Catecismo holandés, redactadas según las indicaciones de la Comisión Cardenalicia). Estos mismos errores y ambigüedades continuaron afirmándose en el Concilio pastoral de Holanda (1967-1969).
Pronto la Iglesia, la Santa Sede principalmente, reafirmó la fe católica ante agresión tan fuerte, que por otra parte de ningún modo era única, sino que coincidía más o menos en los diversos países del Occidente rico con otros muchos sínodos y asambleas, publicaciones y movimientos. Ante esa oleada heterodoxa, la Iglesia reafirmó la fe católica no solo en el citado dictamen de la Comisión cardenalicia, sino en varios documentos doctrinales importantes, el más valioso sin duda el Credo del Pueblo de Dios (30-VI-1968), en el que Pablo VI reafirma prácticamente todas las verdades de fe negadas o puestas en dudas por el modernismo del momento. Ya que estoy señalando con especial atención las grandes rebajas del cristianismo referidas a la fe en Cristo (arrianismo) y a la necesidad de la gracia (pelagianismo), recordaré aquí únicamente la Declaración Mysterium Filii Dei, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe (21-II-1972: Acta Apostolicæ Sedis 64, 1972, 237-241). En ella la Iglesia describió y condenó el neo-arrianismo que en ese tiempo estaba invadiendo más y más el campo católico progresista, y que se afirmaba como si fuera una idea nueva y vanguardista, cuando en realidad venía a repetir, aunque con fundamentaciones y formulaciones diversas, errores del siglo IV. La Declaración señaló los
“recientes errores sobre la fe en el Hijo de Dios hecho hombre. Son claramente opuestas a esta fe las opiniones según las cuales no nos habría sido revelado y manifestado que el Hijo de Dios subsiste desde la eternidad en el misterio de Dios, distinto del Padre y del Espíritu Santo; e igualmente, las opiniones según las cuales debería abandonarse la noción de la única persona de Jesucristo, nacida antes de todos los siglos del Padre, según la naturaleza divina, y en el tiempo de María Virgen, según la naturaleza humana; y, finalmente, la afirmación según la cual la humanidad de Jesucristo existiría, no como asumida en la persona eterna del Hijo de Dios, sino, más bien, en sí misma como persona humana, y, en consecuencia, el misterio de Jesucristo consistiría en el hecho de que Dios, al revelarse, estaría en grado sumo presente en la persona humana de Jesús”.
“Los que piensan de semejante modo permanecen alejados de la verdadera fe de Jesucristo, incluso cuando afirman que la presencia única de Dios en Jesús hace que Él sea la expresión suprema y definitiva de la Revelación divina; y no recobran la verdadera fe en la unidad de Cristo, cuando afirman que Jesús puede ser llamado Dios por el hecho de que, en la que dicen su persona humana, Dios está sumamente presente”.
“Los que piensan de semejante modo” eran y son muchísimos entre los católicos, pues los difusores de esos graves errores han ocupado durante decenios, en la Iglesia de los países más ricos de Occidente, las cátedras más importantes en los Seminarios y Facultades de Teología. Todos ellos, por supuesto, han sido promovidos o mantenidos en su docencia por sus Obispos respectivos. El cherchez la femme podría traducirse aquí por el cherchez l’Évêque ou le Cardinal. El profesor Schillebeeckx no hubiera sido nada sin la protección sucesiva de los cardenales Alfrink y Willebrands. Y así ha sido siempre: nada hubiera sido Arrio sin el apoyo activo o pasivo de los obispos arrianos. Y así continúa siendo ahora.
La Congregación de la Doctrina de la Fe intervino en cuatro ocasiones acerca de la producción “teológica” del profesor Schillebeeckx:
1ª –Coloquio de la Congregación con el P. Schillebeeckx (13-14-XII-1979: Documentation catholique 7, 1980, 16). Convocado el profesor a Roma, mantuvo un coloquio clarificador con tres teólogos (Descamps, Patfoort, O. P. y Galot, S. J.). El diario La Croix (18-XII-1979) informó que las mayores dificultades se produjeron en referencia a las definiciones cristológicas del Concilio de Calcedonia. Según el P. Schillebeeckx: “las palabras están hoy cargadas de unas significaciones diferentes de las que tenían en el siglo V. Para ser fiel, hace falta encontrar otra formulación”. “El P. Galot, en el coloquio, mantuvo que en el último libro del P. Schillebeeckx no había encontrado la afirmación de la divinidad de Cristo”. Un “pequeño” olvido.
2ª –Carta al P. Schillebeeckx, en relación con alguno de sus escritos en materia de Cristología (20-XI-1980: Doc. Cath. 78, 1981,667-670). En una larga carta del Prefecto de la Congregación, card. Franjo Seper, y en Nota anexa, informó de las Clarificaciones, precisiones y rectificaciones hechas por el P. Schillebeeckx:
Él ha “concedido” que “el teólogo cuando se dedica a una investigación exegética o histórica, no puede pretender sinceramente que haya que abandonar las afirmaciones de la fe de la Iglesia”. “A diferencia de cuanto había hecho en sus obras… no ha eludido el reconocimiento explícito de la divinidad de Jesús… ha reconocido la preexistencia de la Persona divina del Hijo y una “identificación hipostática” del Hijo de Dios con “el modo de ser personalmente humano” de Jesús”. “Ha declarado que en la relación de Jesús con el Padre está implicada para Él la conciencia de ser el Hijo único”. “Ha declarado que él “cree, en virtud del Magisterio de la Iglesia que se ha expresado sobre este punto”, en el nacimiento virginal de Jesús”. “Ha reconocido que “el sacrificio de Jesús es expiación por nuestros pecados”. “Ha declarado que “para él está claro que Jesús quiso fundar la Iglesia”.
También se añadieron en la Carta algunas rectificaciones y puntualizaciones del P. Schillebeeckx sobre el título “Hijo de Dios”, sobre la institución de la Eucaristía, y sobre la relación entre la tumba vacía y la resurrección. Y se señalaron los límites de los resultados obtenidos y ambigüedades que subsistían, concretamente en cuanto a la concepción virginal de María, la relación entre resurrección y apariciones, y las reticencias en cuanto al uso del término “unión hipostática”. “El lector se encontrará traído y llevado entre estos dos sentidos: persona humana, no persona humana”.
3ª –Carta al P. Schillebeeckx (AAS 77, 1985, 994-997). En ella el cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación, trató del libro El ministerio en la Iglesia. En este libro señalaba su Autor que para recibir el poder de celebrar la Eucaristía válida y lícitamente había una vía “ordinaria”, la del sacramento del orden, y otra “extraordinaria”, la transmitida por la comunidad local cristiana. Esta posibilidad fue excluida por el card. Prefecto:
“Estos “ministros extraordinarios” reciben, según Ud. dice, por el simple hecho de “su llamada por la comunidad y de su institución en y por la comunidad”, una real “competencia” que les permite hacer “en suma, según las circunstancias, todo lo que es necesario a la vida comunitaria de una Iglesia de Dios”, y esa competencia no es puramente un “permiso” (de orden canónico), sino un “poder sacramental”. Reciben ellos el “sacramentum ordinis”, que les es transmitido entonces “de una manera extraordinaria”, sin inserción en la sucesión apostólica en el sentido técnico de esta expresión…” El cardenal Ratzinger, por el contrario, le recordó que sobre esta cuestión “la Congregación para la Doctrina de la Fe se ha pronunciado de forma autorizada en su Carta Sacerdotium Ministeriale (6-VIII-1983)”, y ha declarado que excluye “la vía extraordinaria que piensa Ud. que es posible proponer. De ahí resulta que no estamos ante una “cuestión libre”, y que la “última palabra” ya ha sido dicha”.
El cardenal prefecto termina su carta indicando al P. Schillebeeckx que, dado su prestigio y el hecho de que la obra ha tenido gran difusión en diversas lenguas, “se ha hecho indispensable que Ud. mismo reconozca públicamente la enseñanza de la Iglesia, y la necesidad de recurrir a otras vías que aquellas que Ud. preconiza para resolver los problemas” de las comunidades cristianas sin sacerdote. “En consecuencia, la Congregación le pide que haga conocer en el tiempo acordado (30 días útiles después de la recepción de esta carta) que Ud. se adhiere a la enseñanza de la Carta Sacerdotium Ministeriale, reconociendo así que la última responsabilidad en materia de fe y práctica sacramental recae en el magisterio”. La petición cayó en el vacío, al menos que yo sepa.
4ª –Notificación al P. Schillebeeckx (15-IX-1986: AAS 79, 1987, 221-223). Comienza el documento, firmado por el cardenal Ratzinger, recordando que en dos obras sobre el ministerio en la Iglesia el P. Schillebeeckx, en 1979 y 1980, “estimaba haber establecido la “posibilidad dogmática” de un “ministro extraordinario” de la Eucaristía”, enfrentándose así abiertamente con la doctrina de la Iglesia ya expresada.
“Es preciso comprobar con pena que el Autor continúa concibiendo y presentando la apostolicidad de la Iglesia de tal manera que la sucesión apostólica por la ordenación sacramental representa un don no esencial para el ejercicio del ministerio, y consiguientemente para la colación del poder de consagrar la Eucaristía, oponiéndose así a la doctrina de la Iglesia”. Concluye, pues, la Congregación que esta tesis sobre el ministerio “permanece en desacuerdo con la enseñanza de la Iglesia sobre temas importantes. Su misión en relación a los fieles le impone el deber de hacer pública la determinación” de esta Notificación. La petición volvió a caer en el vacío.
La “misa” holandesa
Por el contrario, la doctrina de Schillebeeckx sobre la Eucaristía válida y lícitamente celebrada por un laico, en la ausencia inevitable del sacerdote, se ha ido aplicando más y más en Holanda y otros países afines. Cuando tenía 93 años, “el teólogo feliz” pudo comprobar la multiplicación progresiva de estas “misas” inválidas e ilícitas. En un artículo sobre la situación de la Iglesia en Holanda informaba Sandro Magister (3-X-2007):
“Los dominicos, con el consenso de los provinciales de la orden… distribuyeron en todas las 1.300 parroquias católicas un opúsculo de 38 páginas, titulado Kerk en Ambt, (Iglesia y ministerio)”, en el que se afirma que, a falta de un sacerdote, puede celebrar la Eucaristía una persona elegida por la comunidad: “sea hombre o mujer, homo o heterosexual, casado o célibe”. Conviene que esta persona y la comunidad pronuncien juntos las palabras de la consagración, como también conviene que el obispo confirme a esas personas elegidas. Pero si así no fuera, “sepan que ellas de todos modos están habilitadas para celebrar una real y genuina eucaristía cada vez que se reúnen en oración y comparten el pan y el vino”.
En Holanda, la Iglesia local florecía notablemente antes del concilio Vaticano II, y era la que tenía mayor número proporcional de misioneros. Hoy se ve humillada en la más profunda desolación. “Por los frutos los conoceréis” (Mt 7,20). No es una sospecha, no es una observación opinable; es un dato cierto: aquellas Iglesias locales que se han abierto más al modernismo, que pretende acercar mejor el Evangelio al hombre moderno, en sesenta años se han quedado desiertas. No hay en ellas ni noticia del hombre moderno. Están al borde de la desaparición.
“El mejor teólogo católico sin duda del siglo XX”
Así es calificado el P. Schillebeeckx en la enciclopedia Wikipedia, la más leída y consultada en el mundo. Es verdad que en ella escriben personas de filiación mental incierta. Pero otras instancias que son “explícitamente católicas” vienen a expresar esa misma estima suprema por Schillebeeckx.
Pueden comprobarlo, por ejemplo, en el XXVI Curso de Teología que se celebró en Santander en enero y febrero de 2010, patrocinado por la Universidad de Cantabria, el Obispado de Santander y Santander 2016. El ciclo Grandes teólogos del siglo XX está dedicado a de Lubac, Schillebeeckx, Moltmann, Pannenberg, Küng, Boff y Ratzinger. El director del Curso fue el P. José Luis R. Capillas, S. J.
Pueden comprobarlo, por ejemplo, en el XXVI Curso de Teología que se celebró en Santander en enero y febrero de 2010, patrocinado por la Universidad de Cantabria, el Obispado de Santander y Santander 2016. El ciclo Grandes teólogos del siglo XX está dedicado a de Lubac, Schillebeeckx, Moltmann, Pannenberg, Küng, Boff y Ratzinger. El director del Curso fue el P. José Luis R. Capillas, S. J.


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