Por José Reilly
Si alguien me preguntara cuál es un versículo bíblico que todo hombre que busca mayor autoridad en su matrimonio y más respeto de su familia y amigos debería conocer, sería este: “El atuendo del hombre, la risa de sus dientes, su caminar revelan lo que es” (Eclesiastés 19:30). Este versículo, meditado con serenidad, encierra toda la sabiduría necesaria para comprender la importancia de las buenas costumbres.
Dios nos diseñó de tal manera que nuestro exterior es un reflejo de nuestro interior. Sin embargo, hoy en día, los jóvenes quieren creer que este vínculo no existe y no importa. Un joven encuentra la tradición, regresa a Misa y reza todos los días. Sin embargo, no cambia su comportamiento ni su vestimenta, y continúa vistiéndose y actuando de manera muy similar a como lo hacía antes de su conversión. Se convierte en el católico “solo los domingos”, donde su dignidad como hombre se muestra únicamente en Misa.
Cuando se le plantea la idea de que debería vestirse y actuar con más decoro en su vida diaria, objetará que quien le da ese consejo es escrupuloso y que a Dios no le importan esas cosas materiales intrascendentes, sino solo lo que hay en el corazón.
A pesar de sentir instintivamente un vínculo entre su exterior y su interior, no puede reconocerlo ni cambiar sus hábitos.
Razones para rechazar el cambio
Primero, cuando un hombre comienza a arrepentirse de pecados graves como la pornografía, la fornicación, el robo, la mentira, la desobediencia, etc., siente un gran alivio y empieza a experimentar el poder sanador de Dios. La nueva vida que ha ganado le ha costado tanto esfuerzo que ahora siente que ha “ganado la batalla” contra sus pecados y entra en una especie de “modo de mantenimiento”. Ahora solo tiene que mantenerse alerta ante los malos hábitos que lo llevaron al pecado para que no vuelvan a infiltrarse en su vida diaria y así poder permanecer en estado de gracia. Ya no hay nuevas dificultades que superar.
Segundo, disfruta de su comportamiento descuidado. Cuando un hombre —como la mayoría de los hombres de hoy— se ha formado siguiendo el estilo de vida moderno y despreocupado, simplemente no desea alterar esta vida cómoda. La comodidad se ha vuelto más importante para él que la dignidad, y si se le sugiere que, para dar la debida gloria a Dios, debería dejar de usar pantalones vaqueros y contar chistes groseros, prefiere ignorar esas palabras y se recuesta en el sofá con los pies sobre la mesa, como ha hecho durante la mayor parte de su vida.
Tercero, no soporta el dolor de molestar y potencialmente perder a sus amigos y familiares. ¿Cuántas veces un amigo se burlará de un hombre que empieza a comportarse con dignidad y decoro de forma constante?
Un hombre que elige complacer a su familia y amigos antes que a Dios se justificará fácilmente: “Bueno, estas costumbres no son tan importantes y no quiero llamar la atención molestando a los demás. Al fin y al cabo, ¿acaso preocuparse por dar una buena imagen no es una forma de alimentar el orgullo y la vanidad?”.
Es solo una excusa. La verdad es que un hombre civilizado se presenta con la dignidad que su condición social exige para demostrar el respeto que se tiene a sí mismo y a Dios, en cuya presencia siempre está. En pocas palabras, ama a su familia y amigos más que a Dios, y por eso lo excluye de la ecuación cuando erróneamente cree que su vestimenta y costumbres no tienen ninguna relación con su vida espiritual.
Vemos aquí que la mayor debilidad que puede cometer un “buen” católico es la que lleva a la mayoría de esos “buenos” hombres al infierno: el autoengaño.
Se engaña a sí mismo creyendo que no necesita cambiar su comportamiento ni su forma de vestir, que sus modales descuidados no son pecaminosos y que su debilidad para afrontar las miradas críticas de su familia y amigos no es en realidad un defecto ni resultado de la falta de respeto humano. En resumen, le preocupan más las opiniones de sus semejantes que el juicio de Dios.
Cuando un hombre sirve a Dios según sus propios términos, rechaza los buenos consejos objetivos y se convence a sí mismo de que su postura es la correcta. Todo lo que tiene que hacer es decir: “Las costumbres no importan, la ropa no importa, voy a misa y rezo, ¡y eso es todo lo que importa!”. Si lee el versículo del Eclesiástico (19:30), lo ignorará y fingirá que se refiere a las costumbres propias de la sociedad de aquella época, y no a una verdad objetiva para todos los tiempos, y listo.
El efecto en el matrimonio
Pero las cosas no van bien en el hogar. La esposa, que busca en su marido guía y liderazgo, descubre que nada ha cambiado en su vestimenta, lenguaje y modales vulgares. Es demasiado perezoso para cambiar en este aspecto y, por consiguiente, demasiado perezoso para asumir las responsabilidades de liderazgo en la familia. Ha estado ciego a la gravedad de estos pequeños hábitos durante mucho tiempo, y ahora ni siquiera se le pasa por la cabeza que esta falta de dignidad pueda causar problemas en su matrimonio.
Su esposa, que probablemente haya cambiado sus costumbres con el regreso a la tradición, abre los ojos ante la situación de su marido. Ve que su vestimenta es la de un muchacho inmaduro, su risa y expresiones son erráticas y ruidosas, sus andares y gestos carecen de disciplina y orden. Esto se convierte en un sufrimiento creciente para ella, que continúa creciendo y caminando sola con dignidad y buenas costumbres. Dado que se espera que siga a este hombre que no da buen ejemplo ni una guía seria, comienza a resentirlo, y esto afecta no solo su vida espiritual, sino también la armonía en el hogar que tanto anhela.
Para que un hombre cambie hoy, que lea, medite en este versículo, lo comprenda bien y lo ponga en práctica. Que se convierta en parte de su ser y esté presente en sus pensamientos y acciones, guiándolo a tomar decisiones correctas en su vida personal y familiar. Si las verdades de este versículo se consideran irrelevantes, el hombre caerá en el autoengaño. En resumen, estará negando y rechazando el fruto de miles de años de esfuerzo católico por corregir las malas tendencias humanas y construir una civilización católica.
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