sábado, 3 de junio de 2000

AD APOSTOLORUM PRINCIPIS (29 DE JUNIO DE 1958)


AD APOSTOLORUM PRINCIPIS 

ENCÍCLICA DEL PAPA PÍO XII 

SOBRE EL COMUNISMO Y LA IGLESIA EN CHINA 

A NUESTROS HERMANOS VENERABLES Y NIÑOS QUERIDOS,

ARZOBISPOS, OBISPOS, OTROS ORDINARIOS LOCALES

Y EL CLERO Y LAS PERSONAS DE CHINA

EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA VIDA APOSTÓLICA

Venerables hermanos y amados hijos,
saludos y bendiciones apostólicas.

En la tumba del Príncipe de los Apóstoles, en la majestuosa Basílica del Vaticano, nuestro predecesor inmediato de memoria inmortal, Pío XI, hace treinta y dos años, dio la plenitud del sacerdocio "a los primeros frutos y los nuevos brotes del episcopado chino", [1] así fluyeron los sentimientos de alegría íntima a través de los cuales, en ese momento solemne, su corazón fue invadido: "Venerables hermanos, han venido a ver a Pedro; para ustedes que no son poca esperanza de llevar la verdad del evangelio a sus conciudadanos" [2]

En esa solemne ocasión añadió estas palabras: "Han venido, Venerables Hermanos, a visitar a Pedro, y han recibido de él el personal del pastor, con el cual emprenderán sus viajes apostólicos y juntarán sus ovejas. Es Pedro que con gran amor te ha abrazado y eres en gran parte nuestra esperanza para la difusión de la verdad del Evangelio entre tu pueblo" [2]

El eco de estas palabras vuelve a la mente y al corazón, venerados hermanos y queridos hijos, en esta hora de angustia para la Iglesia, en su tierra natal. En ese momento, la esperanza del gran pontífice no era en vano, si una hilera de nuevos pastores y heraldos del evangelio, si un exuberante florecer de nuevas obras de apostolado, incluso en medio de muchas dificultades, siguió ese primer manípulo de obispos que Pedro, viviendo en su sucesor, había enviado a gobernar aquellas porciones elegidas del rebaño de Cristo. Y cuando más tarde tuvimos la alegría de erigir la sagrada jerarquía en China, la hicimos nuestra y aumentamos esa esperanza y vimos perspectivas aún más amplias que se abrían a la expansión del reino divino de Jesucristo.

Sin embargo, después de unos años, nubes oscuras cubrieron el cielo, y para estas comunidades cristianas, algunas de ellas de la antigua evangelización, comenzaron días funestos y dolorosos. Vimos misioneros, entre los cuales había un gran número de arzobispos, obispos entusiastas y nuestro propio representante, obligados a abandonar China; y la prisión o privación o sufrimiento de cualquier tipo está reservado para obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y muchos fieles.

Hoy nos acordamos de esa alocución, Venerables Hermanos y queridos hijos, ya que la Iglesia Católica en su patria está experimentando un gran sufrimiento y pérdida. Pero la esperanza de nuestro gran Predecesor no fue en vano, ni resultó sin efecto, ya que nuevas bandas de pastores y heraldos del Evangelio se unieron al primer grupo de obispos a quienes Pedro, que vivía en su Sucesor, envió para alimentar a esos rebaños elegidos del Señor.

Nuevas obras y emprendimientos religiosos prosperaron entre ustedes a pesar de muchos obstáculos. También compartimos esa esperanza cuando más tarde tuvimos el placer de establecer la jerarquía en China y vimos caminos aún más amplios que se abrían para la expansión del Reino de Jesucristo.

Pero, por desgracia, después de unos años, el cielo estaba cubierto por nubes de tormenta. A sus comunidades cristianas, muchas de las cuales habían florecido desde tiempos pasados, llegaron tiempos tristes y dolorosos. Los misioneros, entre los que se encontraban muchos arzobispos y obispos que destacaban por su celo apostólico, y Nuestro propio Internuncio fueron expulsados ​​de China, mientras que obispos, sacerdotes y religiosos y religiosas, junto con muchos de los fieles, fueron encarcelados o incurrieron en todo tipo de moderación y sufrimiento.

En esa ocasión alzamos nuestra voz con tristeza y, en nuestra encíclica del 18 de enero de 1952, Cupimus imprimis, [3] reprendimos el ataque injusto. En esa carta, por el bien de la verdad y consciente de Nuestro deber, declaramos que la Iglesia Católica no es ajena a ninguna persona en la tierra, y mucho menos hostil a nadie. Con la ansiedad de una madre, abraza a todos los pueblos con caridad imparcial. Ella no busca ninguna ventaja terrenal, pero emplea los poderes que posee para atraer las almas de todos los hombres a buscar lo que es eterno. También declaramos que los misioneros promueven el interés de ninguna nación en particular; provienen de todos los rincones de la tierra y están unidos por un solo amor, Dios, y por eso buscan y esperan nada más que la expansión del reino de Dios. Por lo tanto, está claro que su trabajo no es con un propósito perjudicial.

Y unos dos años después, el 7 de octubre de 1954, se les envió otra Carta Encíclica, Ad Sinarum gentem, [4] en la que refutamos las acusaciones hechas contra los católicos en China. Declaramos abiertamente que los católicos no cedieron ante nadie (ni podían hacerlo) en su verdadera lealtad y amor por su país natal. Al ver también que se estaba difundiendo entre ustedes la doctrina de las llamadas "tres autonomías", advertimos, en virtud de esa autoridad de enseñanza universal que ejercemos por mandato divino, que esta misma doctrina tal como la entendieron sus autores, ya sea en teoría o en sus consecuencias, no puede recibir la aprobación de un católico, ya que aleja las mentes de la unidad esencial de la Iglesia.

En estos días, sin embargo, tenemos que llamar la atención sobre el hecho de que la Iglesia en sus tierras en los últimos años ha sido llevada a una situación aún peor. En medio de tantas grandes penas, habéis dado testimonio de esta fe y amor de innumerables maneras, de las cuales solo una pequeña parte es conocida por los hombres, pero por las cuales algún día recibiréis una recompensa eterna de Dios.

Sin embargo, consideramos que es nuestro deber declarar abiertamente, con un corazón lleno de tristeza y ansiedad, que los asuntos en China, por engaño y esfuerzo astuto, están cambiando para peor, que la falsa doctrina ya condenada por Nosotros, parece que nos está acercando a sus etapas finales y está causando el daño más grave.

Porque mediante una actividad particularmente sutil se ha creado una asociación entre ustedes a la que se le ha asignado el título de "patriótica", y los católicos se ven obligados por todos los medios a participar en ella. Esta asociación, como se ha proclamado a menudo, se formó aparentemente para unirse al clero y a los fieles enamorados de su religión y su país, con estos objetivos a la vista: que podrían fomentar sentimientos patrióticos; para que puedan avanzar la causa de la paz internacional; para que puedan aceptar esa especie de socialismo que se ha introducido entre ustedes y, una vez aceptado, apoyarla y difundirla; que, finalmente, podrían cooperar activamente con las autoridades civiles en la defensa de lo que describen como libertad política y religiosa.

Y sin embargo, a pesar de estas generalizaciones sobre la defensa de la paz y la patria, bajo una apariencia de patriotismo, que en realidad es solo un fraude, esta asociación tiene como objetivo principal hacer que los católicos adopten gradualmente los principios del materialismo ateo, por el cual Dios mismo es negado y los principios religiosos son rechazados.

Con el pretexto de defender la paz, la misma asociación recibe y difunde rumores falsos y acusaciones por las cuales muchos del clero, incluidos los venerables obispos e incluso la misma Santa Sede, admitirían y promoverían esquemas para la dominación terrenal o entregar el consentimiento voluntario para la explotación de la gente, como si ellos, con opiniones preconcebidas, actuaran con intenciones hostiles contra la nación china.

Si bien declaran que es esencial que exista todo tipo de libertad en materia religiosa y que esto facilite las relaciones mutuas entre los poderes eclesiástico y civil, esta asociación en realidad tiene como objetivo dejar de lado y descuidar los derechos de la Iglesia y ejercer su completa sujeción a las autoridades civiles.

Por lo tanto, todos sus miembros se ven obligados a aprobar esas prescripciones injustas por las cuales los misioneros son arrojados al exilio, y por los cuales obispos, sacerdotes, religiosos, monjas y fieles en cantidades considerables son encarcelados; debiendo dar su consentimiento a aquellas medidas por las cuales la jurisdicción de muchos pastores legítimos se ve constantemente obstruida; debiendo defender principios malvados totalmente opuestos a la unidad, la universalidad y la constitución jerárquica de la Iglesia; debiendo admitir esos primeros pasos por los cuales el clero y los fieles son socavados en la obediencia debida a los obispos legítimos; y para separar las comunidades católicas de la Sede Apostólica.

Con el fin de difundir estos principios malvados de manera más eficiente y fijarlos en la mente de todos, esta asociación, que, como hemos dicho, se jacta de su patriotismo, utiliza una variedad de medios que incluyen violencia y opresión.

Los reacios son obligados a participar en reuniones por incitación, amenazas y engaños. Si algún espíritu audaz se esfuerza por defender la verdad, su voz se sofoca y vence fácilmente y se le marca con una infamia como enemigo de su tierra natal y de la nueva sociedad.

También deben señalarse aquellos cursos de instrucción mediante los cuales los alumnos se ven obligados a absorber y aceptar esta falsa doctrina. Sacerdotes, religiosos y religiosas, estudiantes eclesiásticos y fieles de todas las edades se ven obligados a asistir a estos cursos. Una serie casi interminable de conferencias y debates, que dura semanas y meses, debilita y entumece la fuerza de la mente y la voluntad ya que mediante la coerción psíquica se extrae un asentimiento que casi no contiene ningún elemento humano, un asentimiento que no se pide libremente como debería ser el caso.

Además de estos, existen otros métodos por los cuales las personas están molestas: en privado y en público, por trampas, engaños, miedo grave, las llamadas confesiones forzadas, los ciudadanos son custodiados en un lugar donde son "reeducados" y esos "Tribunales de los Pueblos" a los que incluso venerables obispos han sido arrastrados ignominiosamente a juicio.

Contra métodos de actuación como estos, que violan los derechos principales de la persona humana y pisotean la libertad sagrada de los hijos de Dios, todos los cristianos de todas partes del mundo, de hecho, todos los hombres de buen sentido no pueden abstenerse de unir sus voces con las nuestras con verdadero horror y de pronunciar una protesta por estos métodos que deploran la conciencia de sus semejantes.

Y dado que estos crímenes se cometen bajo la apariencia de patriotismo, consideramos nuestro deber recordar a todos una vez más las enseñanzas de la Iglesia sobre este tema.

Porque la Iglesia exhorta y alienta a los católicos a amar a su país con un amor sincero y fuerte, a dar la debida obediencia de acuerdo con la ley divina natural y positiva a quienes ocupan cargos públicos, a brindarles asistencia activa y pronta para la promoción de aquellos emprendimientos por los cuales su tierra natal puede en paz y orden diariamente lograr mayor prosperidad y un mayor desarrollo verdadero.

La Iglesia siempre ha impreso en las mentes de sus hijos esa declaración del Divino Redentor: "Ríndele al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" [5]. Lo llamamos una declaración porque estas palabras hacen seguro e incontestable el principio de que el cristianismo nunca se opone u obstruye a lo que es realmente útil o ventajoso para un país.

Sin embargo, si los cristianos están obligados en conciencia a entregar al César (es decir, a la autoridad humana) lo que pertenece al César, entonces el César, o aquellos que controlan el estado, no pueden exigir obediencia cuando usurparían los derechos de Dios o forzarían a los cristianos a actuar en desacuerdo con sus deberes religiosos o separarse de la unidad de la Iglesia y su jerarquía legal.

En tales circunstancias, cada cristiano debería dejar de lado toda duda y repetir con calma y firmeza las palabras con las que Pedro y los demás apóstoles respondieron a los primeros perseguidores de la Iglesia: "Debemos obedecer a Dios en lugar de a los hombres" [6].

Con insistencia enfática, aquellos que promueven los intereses de esta asociación que reclama el monopolio del patriotismo, hablan una y otra vez de la paz y exhortan a los católicos a ejercer todos sus esfuerzos para establecerla. En la superficie, estas palabras son excelentes y justas, porque ¿quién merece mayores elogios que el hombre que prepara el camino para introducir y establecer la paz?

Pero la paz, como bien saben, Venerables Hermanos e hijos amados, no consiste solo en palabras y no se basa en cambiar las fórmulas que son adecuadas por el momento, sino que contradicen los planes y prácticas reales, que no se ajustan al significado y camino de verdadera paz pero con odio, discordia y engaño.

La paz digna de ese nombre debe basarse en los principios de caridad y justicia que enseñó quien es el "Príncipe de la Paz" [7] y que adoptó este título como una especie de norma real para sí mismo. La verdadera paz es lo que la Iglesia desea que se establezca: una que sea estable, justa y fundada en el orden correcto; una que una a todos - ciudadanos, familias y pueblos - por los lazos firmes de los derechos del Legislador Supremo, y por los lazos de amor y cooperación fraternos mutuos.

Mientras espera esta pacífica convivencia conjunta de las naciones, la Iglesia espera que cada nación conserve ese grado de dignidad, que se convierta en ella. La Iglesia, que siempre ha mantenido una actitud amistosa hacia los diversos eventos en su país, hace mucho tiempo habló a través de Nuestro difunto predecesor de feliz memoria y expresó el deseo de que "se otorgue un reconocimiento completo a las aspiraciones y derechos legítimos de la nación, es más poblado que cualquier otro, cuya civilización y cultura se remontan a los primeros tiempos, que en el pasado, con el desarrollo de sus recursos, tuvo períodos de gran prosperidad y que, puede ser razonablemente conjeturado, se volverá incluso mayor en las edades futuras, siempre que busque justicia y honor". [8]

Por otro lado, como se ha dado a conocer por la radio y la prensa, hay algunos, incluso entre las filas del clero, que no rehúyen arrojar sospechas sobre la Sede Apostólica e insinúan que tiene intenciones malvadas hacia ese país.

Asumiendo premisas falsas e injustas, no tienen miedo de tomar una posición que limitaría dentro de un alcance limitado a la autoridad suprema de enseñanza de la Iglesia, alegando que hay ciertas preguntas, como las que se refieren a asuntos sociales y económicos, en las que los católicos pueden ignorar las enseñanzas y las directrices de esta Sede Apostólica.

Esta opinión, parece completamente innecesaria demostrar su existencia, es completamente falsa y está llena de errores porque, como declaramos hace unos años en una reunión especial de Nuestros Venerables Hermanos en el episcopado:

"El poder de la Iglesia no se limita en ningún sentido a los llamados" asuntos estrictamente religiosos "; pero todo el asunto de la ley natural, su institución, interpretación y aplicación, en lo que respecta al aspecto moral, está dentro de su poder.

"Por el nombramiento de Dios, la observancia de la ley natural se refiere a la forma en que el hombre debe esforzarse hacia su fin sobrenatural. La Iglesia muestra el camino y es la guía y el guardián de los hombres con respecto a su fin sobrenatural". [9]

Nuestra verdad ya había sido sabiamente explicada por Nuestro Predecesor San Pío X en su Carta Encíclica Singulari quadam del 24 de septiembre de 1912, en la que hizo esta declaración: "Todas las acciones de un cristiano en la medida en que sean moralmente buenas o malas, es decir, siempre que estén de acuerdo o sean contrarias a la ley natural y divina, caen bajo el juicio y la jurisdicción de la Iglesia". [10]

Además, incluso cuando aquellos que establecen y defienden arbitrariamente estos límites estrechos profesan el deseo de obedecer al Romano Pontífice con respecto a las verdades que se creen, y de observar lo que llaman directivas eclesiásticas, proceden con tanta audacia que se niegan a obedecer las prescripciones precisas y definidas de la Santa Sede. Ellos protestan porque estos se refieren a asuntos políticos debido a un significado oculto por el autor, como si estas recetas tomaran su origen de alguna conspiración secreta contra su propia nación.

Aquí debemos mencionar un síntoma de este alejamiento de la Iglesia. Es un asunto muy serio y llena Nuestro corazón, el corazón de un Padre y Pastor universal de los fieles, con un dolor que desafía la descripción. Para aquellos que profesan estar más interesados ​​en el bienestar de su país, durante un tiempo considerable se han esforzado por difundir entre la gente la posición, desprovista de toda verdad, de que los católicos tienen el poder de elegir directamente a sus obispos. Para excusar este tipo de elecciones, alegan la necesidad de cuidar a las buenas almas con toda la velocidad posible y confiar la administración de las diócesis a aquellos pastores que, debido a que no se oponen a los deseos y métodos políticos comunistas, son aceptados por el poder civil.

Hemos escuchado que muchas de esas elecciones se han celebrado en contra de todos los derechos y leyes y que, además, ciertos eclesiásticos se han atrevido precipitadamente a recibir la consagración episcopal, a pesar de la advertencia pública y severa que esta Sede Apostólica dio a los involucrados.

Dado que, por lo tanto, se están cometiendo ofensas tan graves contra la disciplina y la unidad de la Iglesia, debemos advertir en conciencia que todo esto está completamente en desacuerdo con las enseñanzas y principios sobre los cuales descansa el orden correcto de la sociedad divinamente instituida por Jesucristo nuestro Señor.

Porque se ha establecido clara y expresamente en los cánones que corresponde a la única Sede Apostólica para juzgar si una persona es apta para la dignidad y la carga del episcopado, [11] y esa libertad completa en la nominación de los obispos es el derecho del Romano Pontífice. [12] Pero si, como sucede a veces, a algunas personas o grupos se les permite participar en la selección de un candidato episcopal, esto es legal solo si la Sede Apostólica lo ha permitido en términos expresos y en cada caso particular para personas o grupos claramente definidos, las condiciones y circunstancias están muy claramente determinadas.

Conforme a esta excepción, se deduce que los obispos que no han sido nombrados ni confirmados por la Sede Apostólica, pero que, por el contrario, han sido elegidos y consagrados desafiando sus órdenes expresas, no disfrutan de poderes de enseñanza o jurisdicción que pasa a los obispos sólo a través del Romano Pontífice, como lo advertimos en la Carta Encíclica Mystici Corporis en las siguientes palabras: "... lo gobierna en nombre de Cristo. Sin embargo, en el ejercicio de este cargo no son del todo independientes, sino que están subordinados a la autoridad legal del Romano Pontífice, aunque disfrutan del poder ordinario de jurisdicción que reciben directamente del mismo Sumo Pontífice". [13]

Y cuando más tarde le dirigimos la carta Ad Sinarum gentem, nuevamente nos referimos a esta enseñanza en estas palabras: "El poder de jurisdicción que se confiere directamente por el derecho divino al Sumo Pontífice llega a los obispos por ese mismo derecho, pero solo a través del sucesor de Pedro, a quien no solo los fieles sino también todos los obispos están obligados a estar constantemente sujetos y a adherirse tanto por la reverencia de la obediencia como por el vínculo de la unidad". [14]

Los actos que requieren el poder de las órdenes sagradas que realizan los eclesiásticos de este tipo, aunque son válidos siempre y cuando la consagración que se les haya conferido sea válida, aún son gravemente ilícitos, es decir, criminales y sacrílegos.

Para tal conducta, las palabras de advertencia del Divino Maestro se aplican adecuadamente: "En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Pero el que entra por la puerta, es el pastor de las ovejas.…". [15] "Las ovejas oyen su voz... y lo siguen porque conocen su voz... Pero a un desconocido no seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.…" [16]

Somos conscientes de que aquellos que menosprecian la obediencia para justificarse con respecto a las funciones que han asumido injustamente, defienden su posición recordando un uso que prevaleció en épocas pasadas. Sin embargo, todos ven que toda la disciplina eclesiástica es derrocada si de alguna manera es legal restablecer arreglos que ya no son válidos porque la autoridad suprema de la Iglesia hace mucho tiempo decretó lo contrario. En ningún sentido excusan su forma de actuar apelando a otra costumbre, e indiscutiblemente prueban que siguen esta línea deliberadamente para escapar de la disciplina que ahora prevalece y que deberían obedecer.

Nos referimos a esa disciplina que se ha establecido no solo para China y las regiones recientemente iluminadas por la luz del Evangelio, sino para toda la Iglesia, una disciplina que toma su sanción de ese poder universal y supremo de cuidar, gobernar, y el gobierno que nuestro Señor otorgó a los sucesores en el oficio de San Pedro Apóstol.

Son bien conocidos los términos de la definición solemne del Concilio Vaticano: "Basándonos en el testimonio abierto de las Escrituras y cumpliendo con los sabios y claros decretos de nuestros predecesores, los Pontífices Romanos y los Concilios generales, renovamos la definición del Concilio ecuménico de Florencia, en virtud del cual todos los fieles deben creer que "la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen primacía sobre el mundo entero, y el mismo Romano Pontífice es el Sucesor del bendito Pedro y continúa siendo el verdadero Vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia, el padre y maestro de todos los cristianos, y para él es el bendito Pedro. Nuestro Señor Jesucristo, comprometió todo el poder de cuidar y gobernar la Iglesia Universal...'

"Enseñamos, ... Declaramos que la Iglesia romana por la Providencia de Dios tiene la primacía del poder ordinario sobre todos los demás, y que este poder de jurisdicción del Romano Pontífice, es verdaderamente episcopal, es inmediato. Hacia él, los pastores y los fieles de cualquier rito y dignidad, tanto individual como colectivamente, están obligados por el deber de subordinación jerárquica y verdadera obediencia, no solo en asuntos relacionados con la fe y la moral, sino también en aquellos que conciernen a la disciplina. El gobierno de la Iglesia se extendió por todo el mundo, de tal manera que una vez que la unidad de la comunión y la profesión de la misma Fe se ha conservado con el Romano Pontífice, hay un rebaño de la Iglesia de Cristo bajo un pastor supremo.Esta es la enseñanza de la verdad católica de la cual nadie puede partir sin perder la fe y la salvación" [17].

De lo que hemos dicho, se deduce que ninguna autoridad, salvo la que es propia del Pastor Supremo, puede anular el nombramiento canónico otorgado a cualquier obispo; que ninguna persona o grupo, ya sea de sacerdotes o de laicos, puede reclamar el derecho de nominar obispos; que nadie puede conferir legalmente la consagración episcopal a menos que haya recibido el mandato de la Sede Apostólica [18].

En consecuencia, si se hace una consagración de este tipo contraria a todos los derechos y leyes, y por este delito se ataca seriamente la unidad de la Iglesia, se establece una excomunión reservada specialissimo modo a la Sede Apostólica, en la que incurre automáticamente el consagrador y cualquier persona que haya recibido la consagración conferida de manera irresponsable [19].

¿Cuál será entonces la opinión con respecto a la excusa agregada por los miembros de la asociación que promueve el falso patriotismo, que tenían que actuar como alegaron debido a la necesidad de atender a las almas en esas diócesis que estaban sin obispo?

Es obvio que no se piensa en el bien espiritual de los fieles si se violan las leyes de la Iglesia, y además, no se trata de sedes vacantes, como desean argumentar en defensa, sino de sedes episcopales cuyos gobernantes legítimos han sido expulsados ​​o ahora languidecen en prisión o están siendo obstruidos de varias maneras para el libre ejercicio de su poder de jurisdicción. También debe agregarse que esos clérigos han sido encarcelados, exiliados o retirados por otros medios, a quienes los superiores eclesiásticos legales habían designado de acuerdo con el derecho canónico y los poderes especiales recibidos de la Sede Apostólica para actuar en su lugar de las diócesis.

Seguramente es motivo de pena que, si bien los obispos santos que se destacan por su celo por las almas están soportando tantas pruebas, se aprovechan de sus dificultades para establecer falsos pastores en su lugar de modo que el orden jerárquico de la Iglesia sea derrocado y la autoridad del Romano Pontífice sea traicioneramente resistida.

Y algunos incluso se han vuelto tan arrogantes que culpan a la Sede Apostólica de estos terribles y trágicos eventos (que ciertamente han sido logros deliberados de los perseguidores de la Iglesia) a pesar de que todos saben que la Iglesia ha sido incapaz, en el pasado y en el presente, cuando se ha necesitado dicha información, para obtener los datos necesarios sobre candidatos calificados para el episcopado simplemente porque se le impidió comunicarse de forma libre y segura con las diócesis de China.

Venerables hermanos y queridos hijos, hasta ahora les hemos contado sobre la ansiedad con la que nos conmueven los errores que ciertos hombres intentan sembrar entre ustedes y las disensiones que se están despertando. Nuestra intención es que, iluminado y fortalecido por el estímulo de su padre común, pueda permanecer firme y sin mancha en esa fe por la cual estamos unidos y por la cual solo obtendremos la salvación.

Pero ahora, siguiendo los ardientes dictados de Nuestro corazón, debemos contarte los sentimientos íntimos y particulares de intimidad que nos acercan a ti. A nuestra mente llegan esos tormentos que desgarran sus cuerpos o sus mentes, particularmente aquellos que los testigos más valientes de Cristo están soportando, entre cuyo número se encuentran varios de Nuestros Venerables Hermanos en el episcopado. Diariamente en el altar ofrecemos al Redentor Divino las pruebas de todos ellos, junto con las oraciones y los sufrimientos de toda la Iglesia.

Sé constante y confía en Él de acuerdo con las palabras: "Pon toda tu ansiedad sobre Él, porque Él se preocupa por ti" [20].

Él ve claramente tu angustia y tus tormentos. Él encuentra particularmente aceptable el dolor del alma y las lágrimas que muchos de ustedes, obispos y sacerdotes, religiosos y laicos, derraman en secreto cuando contemplan los esfuerzos de aquellos que se esfuerzan por subvertir a los cristianos entre ustedes. Estas lágrimas, estos dolores corporales y las torturas, la sangre de los mártires del pasado y del presente, todo lo hará posible, a través de la poderosa intervención de María, la Virgen Madre de Dios, Reina de China.

Confiando en esta esperanza, para usted y para los rebaños comprometidos a su cuidado. Amorosamente en el Señor, otorgamos como muestra de los dones divinos y un signo de Nuestra especial buena voluntad, Nuestra Bendición Apostólica.

Dado en San Pedro, en Roma, el 29 de junio, la fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, en el año 1958, el 20 de Nuestro Pontificado.

Pio XII


1. Acta Apostolicae Sedis 18 (1926) 432.

2. Ibid.

3. AAS 44 (1952) 153 y ss.

4. AAS 47 (1955) 5 ss.

5. Lucas 20:25.

6. Hechos 5:29.

7. Isaías 9: 6.

8. Cfr. mensaje de Pío XI al Delegado Apostólico en China, 1 de agosto de 1928: Acta Apostolicae Sedis 20 (1928) 245.

9. Discurso a los cardenales y obispos, 2 de noviembre de 1954: AAS 46 (1954) 671-672. [Eng. tr .: TPS v. 1, no. 4, págs. 375 y ss. - Ed.]

10. AAS 4 (1912) 658.

11. Canon 331, sec. 3)

12. Canon 329, sec. 2)

13. Carta encíclica Mystici Corporis, 29 de junio de 1943: AAS 35 (1943) 211-212.

14. Epístola encíclica Ad Sinarum gentem, 7 de octubre de 1954: AAS 47 (1955) 9.

15. Juan 10: 1.

16. Juan 10: 4-5.

17. Concilio Vaticano, sesión IV, cap. 3; Coll. Lac., Vll, p.484.

18. Canon 953.

19. Decreto de la Sagrada Congregación del Santo Oficio, 9 de abril de 1951: AAS 43 (1951) pp. 217-18.

20. 1 Pedro 5: 7.

viernes, 2 de junio de 2000

SIGNUM MAGNUM (13 DE MAYO DE 1967)


«SIGNUM MAGNUM»

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA

DE NUESTRO SEÑOR

PABLO VI

SOBRE EL CULTO

QUE HA DE TRIBUTARSE

A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA,

MADRE DE LA IGLESIA

Y MODELO DE TODAS LAS VIRTUDES

1. Señal grande -la que el apóstol San Juan vio en el cielo: una Mujer vertida de sol-1 que la sagrada liturgia, no sin razón, interpreta como refiriéndose a la beatísima Virgen María, Madre de todos los hombres por la gracia de Cristo Redentor.

2. Está todavía vivo en nuestro espíritu, venerables hermanos, el recuerdo de la gran emoción experimentada al proclamar a la augusta Madre de Dios Madre espiritual de la Iglesia 2, esto es, de todos los fieles y de los sagrados pastores, como coronamiento de la tercera sesión del Concilio Ecuménico Vaticano lI, luego de haber promulgado solemnemente la Constitución dogmática Lumen gentium 3.

3. Grande fue también la alegría, tanto de muchísimos Padres Conciliares como de los fieles presentes en el sacro rito en la basílica de San Pedro y de todo el pueblo cristiano esparcidos por el mundo. Entonces volvió, espontáneo, a la mente de muchos el recuerdo del primer grandioso triunfo logrado por la humilde Esclava del Señor, cuando los Padres de Oriente y de Occidente, reunidos en Concilio Ecuménico, en Éfeso, el año 431, proclamaron a María Theotokos: Madre de Dios. Con jubiloso entusiasmo de fe, a la alegría de los Padres se asociaron los cristianos de la ciudad, que con antorchas les acompañaron hasta sus moradas. ¡Oh!, con qué maternal complacencia, en aquella hora gloriosa para la historia de la Iglesia, la Virgen María habrá mirado a pastores y fieles, reconociendo en los himnos de alabanza alzados en honor principalmente del Hijo, y luego en honor suyo, el eco del profético canto que Ella misma, bajo el impulso del Espíritu Santo, había elevado al Altísimo: 4 Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humildad de su esclava, y por eso, desde ahora, todas las generaciones me llamarán bienaventurada; porque grandes cosas ha hecho en mí el Poderoso 5.

4. Tomando ocasión de las solemnidades religiosas -como honra a la Virgen Madre de Dios- que estos días se desarrollan en Fátima, en Portugal, donde numerosas multitudes de fieles la veneran por su Corazón maternal y compasivo 6, Nos deseamos, una vez más, llamar la atención de todos los hijos de la Iglesia sobre el inseparable lazo existente entre la maternidad espiritual de María, tan ampliamente ilustrado en la Constitución dogmática Lumen gentium 7, y los deberes de los hombres redimidos hacia Ella, como Madre de la Iglesia.

5. Porque, una vez admitido, en virtud de los numerosos testimonios ofrecidos por los sagrados textos y por los Santos Padres recordados en la ya citada Constitución que María, Madre de Dios y Redentor 8, le ha estado unida por un vínculo estrecho e indisoluble 9, y que ha tenido una singularísima función... en el misterio del Verbo encarnado y del Cuerpo Místico 10, esto es en la economía de la salvación 11, aparece evidente que la Virgen, no tan sólo como Madre santísima de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo 12, sino también como Madre de la Iglesia 13, justamente es honrada por la Iglesia con especial culto 14, singularmente litúrgico 15.

6. Ni es de temerse que la reforma litúrgica -si se realiza conforme a la fórmula: La ley de la fe debe establecer la ley de la oración 16- pueda resultar en detrimento del culto totalmente singular 17 debido a María Virgen por sus prerrogativas, entre las que sobresale la dignidad de Madre de Dios. Mas tampoco, por el contrario, ha de temerse que el incremento del culto, tanto litúrgico como privado, a Ella tributado, pueda oscurecer o disminuir «el culto de adoración, que se tributa al Verbo encarnado, así como al Padre y al Espíritu» 18.

7. Por lo tanto, sin querer ahora, venerables hermanos, plantear de nuevo en su conjunto la tradicional doctrina relativa a la función de la Madre de Dios en el plano de la salvación y las relaciones de Ella con la Iglesia, creemos hacer cosa de gran utilidad a las almas de los fieles, si Nos detenemos a considerar dos verdades muy importantes para la renovación de la vida cristiana.

I. Culto debido a María como Madre de la Iglesia

8. Ésta es la primera verdad: María es de la Iglesia no sólo porque es Madre de Jesucristo y su intimísima Compañera -«Es el momento en que el Hijo de Dios tomó de Maria la naturaleza humana para librar al hombre del pecado por medio de los misterios vividos en su carne» 19-, sino también porque «brilla como modelo de virtudes ante toda la comunidad de los elegidos» 20. Porque, así como toda madre humana no puede limitar su misión a la generación de un nuevo hombre, sino que debe extenderla a las funciones de la alimentación y de la educación de la prole, lo mismo hace la bienaventurada Virgen María. Después de haber participado en el sacrificio redentor del Hijo, y ello en modo tan íntimo que mereció ser proclamada por Él Madre no sólo del discípulo Juan, sino -permítasenos afirmarlo- del género humano representado de alguna manera por él 21. Ahora, desde el cielo, continúa cumpliendo su maternal función de cooperadora en el nacimiento y en el desarrollo de la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos. Ésta es una muy consoladora verdad, que por libre beneplácito del sapientísimo Dios forma parte integrante del misterio de la humana salvación: por ello ha de mantenerse como de fe por todos los cristianos.

9. Mas ¿de qué modo coopera María al incremento de los miembros del Cuerpo Místico en la vida de la gracia? Ante todo, mediante su incesante plegaria, inspirada por una ardentísima caridad. Porque la santísima Virgen, aunque radiante de alegría por la visión de la augusta Trinidad, no olvida a sus hijos que, como Ella, un día avanzan en la peregrinación de la fe 22; más aún, contemplándolos en Dios y viendo bien sus necesidades, en comunión con Jesucristo, que está siempre vivo para interceder por nosotros 23, se hace para ellos su Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora 24. De esta su ininterrumpida intercesión junto al Hijo por el Pueblo de Dios, la Iglesia ha estado persuadida ya desde los primeros siglos, como lo atestigua esta antiquísima antífona, que, con alguna ligera diferencia, forma parte de la plegaria litúrgica tanto de Oriente como de Occidente: Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, mas líbranos siempre de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita 25. No se piense que la maternal intervención de María sea en perjuicio de la eficacia predominante e insustituible de Cristo, Salvador nuestro; por el contrario, ella (la intervención) saca de la mediación de Cristo su propia fuerza y es una prueba luminosa de la misma 26.

10. Mas la cooperación de la Madre de Dios al desarrollo de la vida divina en las almas no se agota con el patrocinio junto al Hijo. Ella ejerce otro influjo en los hombres redimidos: el del ejemplo. Influjo, en verdad, muy importante, conforme a la conocida frase: Verba movent, exempla trahunt (Las palabras mueven, los ejemplos arrastran). Porque, así como las enseñanzas de los padres adquieren una eficacia aún mucho mayor cuando van convalidadas por el ejemplo de una vida conforme a las normas de prudencia humana y cristiana, así la dulzura y el encanto que emanan de las excelsas virtudes de la Inmaculada Madre de Dios atraen en forma irresistible a las almas hacia la imitación del divino modelo, Jesucristo, cuya más fiel imagen ha sido Ella misma.

11. Por ello, el Concilio ha declarado: «La Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración, penetra más profundamente en el supremo misterio de la Encarnación y se identifica más y más a su Esposo» 27.

12. Conviene, además, tener presente que la eminente santidad de María no fue tan sólo un don singular de la divina liberalidad: fue también el fruto de la continua y generosa correspondencia de su libre voluntad a las internas mociones del Espíritu Santo. Y en razón de la perfecta armonía entre la gracia divina y la actividad de su naturaleza humana es como la Virgen dio suma gloria a la Santísima Trinidad y se ha convertido en gloria insigne de la Iglesia, como ésta la saluda en la sagrada liturgia: Tú (eres) la gloria de Jerusalén; tú, la alegría de Israel; tú, el honor de nuestro pueblo 28.

13. Admiremos ahora, en las páginas del Evangelio, los testimonios de tan sublime armonía. María, luego que por la voz del ángel Gabriel fue asegurada de que Dios la elegía para Madre inmaculada de su Unigénito, sin dudar un momento dio su propio consentimiento a una obra que habría de empeñar todas las energías de su frágil naturaleza: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra 29. Desde aquel momento se consagró Ella toda entera al servicio no tan sólo del Padre celestial y del Verbo encarnado, hecho Hijo suyo, sino también al (servicio) de todo el género humano, habiendo comprendido bien que Jesús, además de salvar a su pueblo de la esclavitud del pecado, habría de ser Rey de un Reino mesiánico, universal e imperecedero 30.

14. Por esto, la vida de la inmaculada Esposa de José, Virgen en el parto y después del parto -como siempre ha creído y profesado la Iglesia católica 31 y como convenía a la que había sido elevada a la incomparable dignidad de la divina maternidad 32-, fue una vida de tan perfecta comunión con el Hijo, que compartió alegrías, dolores y triunfos. Y también, después de la ascensión de Jesús al cielo, Ella permaneció unida a Él con ardentísimo amor, mientras con fidelidad cumplía la nueva misión de Madre espiritual del discípulo amado y de la naciente Iglesia. Puede, por lo tanto, afirmarse que toda la vida de la humilde esclava del Señor, desde el momento de ser saludada por el ángel hasta su asunción en alma y cuerpo a la gloria celestial, fue una vida de amoroso servicio.

15. Nos, por lo tanto, asociándonos a los evangelistas, a los Padres y a los doctores de la Iglesia, recordados por el Concilio Ecuménico en la Constitución dogmática Lumen gentium (cap. VIII), llenos de admiración contemplamos a María firme en la fe, pronta a la obediencia, sencilla en la humildad, exultante en ensalzar al Señor, ardiente en la caridad, fuerte y constante en cumplir su misión hasta el holocausto de sí misma, en plena comunión de sentimientos con su Hijo, que sobre la cruz se inmolaba para dar a los hombres una nueva vida.

16. Ahora bien; ante tanto esplendor de virtudes, el primer deber de cuantos en la Madre de Dios reconocen el modelo de la Iglesia es el de unirse a Ella en dar gracias al Altísimo por haber obrado en María cosas grandes para beneficio de toda la humanidad. Mas esto no basta. Deber también de todos los fieles es tributar a la fidelísima Esclava del Señor un culto de alabanza, de gratitud y de amor, porque, conforme a la sabia y dulce disposición divina, su libre consentimiento y su generosa cooperación a los planes de Dios han tenido, y tienen todavía, una gran influencia en el cumplimiento de la humana salvación 33. Razón por la cual todo cristiano puede hacer suya propia la invocación de San Anselmo: Oh gloriosa Señora, haz que por mediación tuya merezcamos ascender a Jesús, tu Hijo, que por medio de Ti se dignó descender hasta nosotros 34.

II. Devota imitación de las virtudes de María Santísima

17. Pero ni la gracia del divino Redentor, ni la poderosa intercesión de su Madre y nuestra Madre espiritual, ni su excelsa santidad podrían conducirnos al puerto de la salvación, si a ellas no correspondiera nuestra perseverante voluntad de honrar a Jesucristo y a la Virgen Santa con la devota imitación de sus sublimes virtudes.

18. Consiguiente deber de todos los cristianos es imitar con ánimo reverente los ejemplos de bondad que les ha dejado su Madre celestial. Ésta es, venerables hermanos, la otra verdad, sobre la cual Nos place llamar vuestra atención y la de los fieles confiados a vuestra cura pastoral, para que ellos sigan dócilmente la exhortación de los Padres del Concilio Vaticano II: «Recuerden, pues, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un estéril y transitorio sentimentalismo, ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, que nos lleva a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos inclina a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» 35.

19. Imitación de Jesucristo: ella es, indudablemente, el camino real que se ha de recorrer para llegar a la santidad e imitar, en nosotros mismos, la absoluta perfección del Padre celestial. Mas si la Iglesia católica ha proclamado siempre una tan sacrosanta verdad, a la par ha afirmado también que la imitación de la Virgen María, lejos de apartar a las almas del fiel seguimiento de Cristo, lo hace más amable, más fácil; porque, al haber cumplido Ella siempre la voluntad de Dios, fue la primera en merecer el elogio dirigido por Jesús a sus discípulos: El que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre 36.

20. Vale, pues, también para la imitación de Cristo la norma general: Per Mariam ad lesum (A Jesús por María). No se turbe empero nuestra fe, como si la intervención de una criatura que nos es semejante en todo, menos en el pecado, ofenda nuestra personal dignidad e impida la inmediata intimidad de nuestras relaciones de adoración y amistad con el Hijo de Dios. Reconozcamos, más bien, la bondad y amor de Dios Salvador 37, el cual, descendiendo hasta nuestra miseria, tan alejada de su infinita santidad, ha querido facilitarnos la imitación proponiéndonos el modelo de la persona humana de su Madre. Porque Ella, en efecto, entre las humanas criaturas ofrece el ejemplo más claro y más cercano a nosotros de aquella perfecta obediencia por la que nos conformamos amorosa y prontamente a los deseos del Eterno Padre; y Cristo mismo, como bien sabemos, puso en esta plena adhesión al beneplácito del Padre el ideal supremo de su conducta humana, cuando declaró: Yo hago siempre todo lo que a Él le place 38.

21. Si ahora contemplamos a la humilde Virgen de Nazaret en la aureola de sus prerrogativas y de sus virtudes, la veremos brillar ante nuestra mirada como la Nueva Eva 39, la excelsa hija de Sión, el vértice del Antiguo Testamento y la aurora del Nuevo, en la que se ha realizado la plenitud de los tiempos 40, preordenada por Dios Padre para el envío de su Hijo Unigénito al mundo. Ciertamente que la Virgen María, más que todos los patriarcas y profetas, más que el justo y piadoso Simeón, ha esperado e implorado la consolación de Israel... el Mesías del Señor 41 y luego con el cántico del Magnificat ha saludado su llegada, cuando Él descendió al castísimo seno de Ella, para en él tomar nuestra carne. Por ello, la Iglesia tiene en María el ejemplo del modo más digno de recibir en nuestros espíritus el Verbo de Dios, conforme a la luminosa sentencia de San Agustín: María fue, por lo tanto, más feliz al recibir la fe en Cristo que al concebir la carne de Cristo. De suerte que la consanguinidad materna de nada le habría servido a María, si Ella no se hubiera sentido más afortunada por acoger a Cristo en el corazón que en el seno 42. Y también en Ella es donde los cristianos pueden admirar el ejemplo de cómo cumplir, con humildad a la vez que con magnanimidad, la misión que Dios confía a cada uno en este mundo, en orden a la propia salvación eterna y a la del prójimo.

22. Os exhorto, pues: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo 43. Palabras estas que, con mayor razón que el apóstol Pablo a los cristianos de Corintio, puede la Madre de la Iglesia dirigir a las multitudes de los creyentes que, en sintonía de fe y de amor con las generaciones de los siglos pasados, la proclaman bienaventurada 44. Invitación a la que obligado es prestar dócil acogida.

23. Además de que un mensaje de suma utilidad parece llegar hoy a los fieles de Aquella que es la Inmaculada, la toda santa, la cooperadora del Hijo en la obra de la restauración de la vida sobrenatural de las almas 45. Porque, de hecho, al contemplar devotamente a María, reciben de Ella invitación a la confiada oración, estímulo para el santo temor de Dios. E igualmente en esta elevación mariana es donde ellos oyen más frecuentemente resonar las palabras de Jesucristo cuando, anunciando la llegada del Reino de los Cielos, decia: Convertíos y creed en el Evangelio 46; y aquel su tan severo aviso: Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis de la misma forma 47.

24. Impulsados, pues, por el amor y por el propósito de aplacar a Dios a causa de las ofensas hechas a su santidad y a su justicia, y a la par animados por la confianza en su infinita misericordia, hemos de soportar los sufrimientos del espíritu y del cuerpo, para que expiemos nuestros pecados y los del prójimo, y así evitemos la doble pena: del daño y del sentido, esto es, la pérdida de Dios, sumo Bien, y el fuego eterno 48.

25. Mas lo que aún debe estimular más a los fieles a seguir los ejemplos de la Virgen Santísima es el hecho de que Jesús mismo, al dárnosla para Madre, tácitamente la ha señalado como modelo que hay que seguir; porque natural es que los hijos tengan los mismos sentimientos de sus madres y reflejen sus méritos y virtudes. Si, pues, cada uno de nosotros puede repetir con San Pablo: El Hijo de Dios me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí 49, también con toda confianza puede creer que el divino Salvador le ha dejado también a su Madre en herencia espiritual, con todos los tesoros de gracia y de virtud, con que la había colmado, a fin de que los tornara a derramar sobre nosotros con el influjo de su poderosa intercesión y nuestra voluntariosa imitación. Con toda razón, pues, afirma San Bernardo: Al venir a Ella el Espíritu Santo, la colmó de gracia para sí misma; al inundarla de nuevo el mismo Espíritu, Ella se hizo superabundante y rebosante de gracia también para nosotros 50.

26. Todo cuanto hemos venido exponiendo a la luz del Evangelio y de la tradición católica hace evidente que la espiritual maternidad de María trasciende más allá del espacio y del tiempo, y pertenece a la historia universal de la Iglesia, porque Ella le ha estado siempre presente con su maternal asistencia. Por esto resulta también claro el sentido de la afirmación tantas veces repetida: nuestro tiempo muy bien puede llamarse la era mariana. Porque si es verdad que, por una insigne gracia del Señor, hoy por vastos estratos del pueblo cristiano ha sido comprendido más profundamente el papel providencial de María Santísima en la historia de la salvación, esto, sin embargo, no debe inducir a pensar que las pasadas edades no hayan visto de algún modo tal verdad o que las futuras puedan ignorarla. La verdad es que todos los períodos de la historia de la Iglesia se han beneficiado y se beneficiarán de la maternal presencia de la Madre de Dios, pues Ella permanecerá siempre unida indisolublemente al misterio del Cuerpo Místico, de cuya Cabeza se ha escrito: Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre 51.

27. Venerables hermanos: La persuasión de que el pensamiento de la Iglesia católica sobre el culto de alabanza, de gratitud y de amor, debido a la beatísima Virgen, se conforma plenamente con la doctrina del santo Evangelio, tal como más precisamente ha sido entendida y explicada por la Tradición, así de Oriente como de Occidente, Nos infunde en el ánimo la esperanza de que esta nuestra exhortación pastoral, para una piedad mariana cada vez más ferviente y más fructuosa, será acogida con generosa adhesión no sólo por los fieles confiados a vuestros cuidados, sino también por los que, aun no gozando la plena comunión con la Iglesia católica, admiran, sin embargo, y veneran con nosotros en la Esclava del Señor, a la Virgen María, Madre del Hijo de Dios.

28. Que el Corazón Inmaculado de María resplandezca ante la mirada de todos los cristianos como modelo de perfecto amor a Dios y al prójimo; Él les induzca a la frecuencia de los Santos Sacramentos, por cuya virtud las almas quedan limpias de las manchas del pecado y preservadas de ellas; que, además, los estimule a reparar las innumerables ofensas hechas a la divina Majestad; que brille, en fin, como bandera de unidad y estímulo para perfeccionar los vínculos de hermandad entre los cristianos todos en el seno de la única Iglesia de Jesucristo, la cual, «enseñada por el Espíritu Santo, con filial afecto de piedad honra a la Virgen María como a Madre amantísima» 52.

29. Y, puesto que en este mismo año se recuerda el XXV aniversario de la consagración de la Iglesia, y del género humano a María, Madre de Dios, y a su Inmaculado Corazón, hecha por nuestro predecesor, de santa memoria, Pío XII, el 31 de octubre de 1942, con ocasión del Radiomensaje a la nación de Portugal 53 -consagración que Nos mismo hemos renovado el 21 de noviembre de 1964-54 exhortamos a todos los hijos de la Iglesia a que renueven personalmente la propia consagración al Corazón Inmaculado de la Madre de la Iglesia, y a que vivan este nobilísimo acto de culto con una vida cada vez más conforme a la Divina Voluntad 55, con espíritu de filial servicio y de devota imitación de su celestial Reina.

Expresamos, por último, venerables hermanos, la confianza de que gracias a vuestro aliento, el clero y el pueblo cristiano confiados a vuestro ministerio pastoral, responderán con ánimo generoso a esta nuestra exhortación, de modo que demuestre hacia la Virgen Madre de Dios una más ardiente piedad y una confianza más digna. Mientras tanto, nos conforta la seguridad de que la ínclita Reina del Cielo y Madre nuestra dulcísima, jamás cesará de asistir a todos y a cada uno de sus hijos y jamás apartará de la Iglesia toda de Cristo su celeste patrocinio, a vosotros mismos, a vuestros fieles, en prenda de los divinos favores y en señal de nuestra benevolencia, impartimos de corazón la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 13 de mayo del año 1967, cuarto de nuestro pontificado.

PABLO VI

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1 Cf. Ap 12, 1.

2 Cf. Epist. in fest. Apparit. B. M. V. Immacul., d. 11 m. Februarii.

3 Cf. A.A.S. 57 (1965), 1-67.

4 Cf. Lc 1, 38.

5 Ibíd. 1, 46.48-49.

6 Mensaje radiofónico de Pío XII, el 13 de mayo de 1946, a los fieles de Portugal, con motivo de los solemnes cultos de la coronación de la Virgen en su santuario de Fátima: A.A.S. 36 (1946), 264.

7 Cf. cap. VIII § III, De Beata Virgine et Ecclesia: A.A.S. 57 (1965), 62-65.

8 Cf. ibid. n. 53, p. 58.

9 Cf. ibid.

10 Ibid. n. 54, p. 59

11 Ibid. n. 55, p. 59

12 Ibíd. n. 66, p. 65.

13 Discurso al final de la III Sesión del Concilio Vaticano II: A.A.S. 57.

14 Cf. Const. dogm. LG n. 66: A.A.S. 57 (1965), 65.

15 Cf. ibid. n. 67, p. 65.

16 Pio XII, Lit. Enc. MD: A.A.S. 39 (1947), 541.

17 Cf. Const. dogm. LG n. 66: 1. c., p. 65.

18 Ibíd. n. 66, p. 65.(1964), 1016.

19 lbid. n. 55, p. 60.

20 Ibíd. n. 65, p. 64; cf. et. n. 63.

21 Cf. ibid. n. 58, p. 61; AL 15 (1896), 302.

22 Cf. dogm. LG n. 58: 1. c. p. 61.

23 Heb 7, 25.

24 Cf. C. d. LG n. 62: 1. c. p. 63.

25 Cf. Dom F. Mercenier, L'Antienne mariale grecque la plus ancienne, en Le Muséon 52 (1939), pp.229-233.

26 Cf. C. d. LG n. 62, 1. c. 63.

27 Ibld. n. 65, p. 64.

28 Ant. 2 ad Laud., in f. Conc. Irnmac. B. M. V

29 Lc 1, 38.

30 Cf. Mt 1, 21; Lc 1, 33.

31 Cf. S. Leo M., Ep. Lectis dilectionis tuae ad Flav. PL 54, 759; idem, Ep. Licet per nostros ad Iulian. Ep. Coensem: PL 54, 803; S. Hormisdas, Ep. ínter ea quae ad Iustinum imp.: PL 63, 514; Pelagius I, Ep. Humani generis ad Childebertum I: PL 69, 407; Conc. Lateran., oct. 649 sub Martino I, can. 3; Caspar, ZKG, 51 (1932), 88; Conc. Tolet. XVI, Symbol. art. 22; J. Madoz, El Símbolo del Conc. XVI de Toledo, en Estudios Onienses, 1, 3, 1946; C. d. LG nn. 52.55.57.59.63, l. c. 58-64.

32 Cf. S. Th. 1, 25, 6, ad 4.

33 Cf. C. d. LG n. 56,1. c. 60.

34 Orat. 54: PL 158, 961.

35 C. d. LG 67, l. c. 60.

36 Mc 12, 50.

37 Cf.Tit 3,4.

38 Jn 8, 29.

39 Cf. S. Iren. Adv. Haer: 3, 22, 4 PG 7, 959; 729; S. Ephiphanius Haer. 78, 18 PG 42, 728-729; S. lo. Damasc. Hom. 1 in Nat. B. M. V.; PG 96, 671 ss.; C. d. LG n. 56, l. c. 60-61.

40 Gal 4, 4.

41 Lc 2, 25-26.

42 Serm. 215, 1 PL 38, 1074.

43 1 Cor 4, 16.

44 Cf. Lc 1, 48.

45 Cf. C. d LG n. 48, l. c. 54.

46 Mc 1, 15; cf. Mat 3, 2; 4, 17.

47 Lc 13,5.

48 Cf. Mt 25, 41; C. d. LG n. 48, l. c. 54.

49 Gal 2, 20; cf. Ef 5, 2.

50 Hom. 2 super Missus est.

51 Heb 13, 8.

52 C. d. LG n. 53, l. c. 59.

53 Cf. DR, 4, 260-262; cf. A.A.S. 34 (1942), 345-346.

54 Cf. A.A.S. 56 (1864), 1017.

55 Cf. Oratio in f. Immacul. Cordis B. M. V, d. 22 aug.


jueves, 1 de junio de 2000

MUNIFICENTISSIMUS DEUS (1 DE NOVIEMBRE DE 1950)


Munificentissimus Deus 

de Pío XII

Constitución Apostólica en la que se define como Dogma de Fe que la Virgen María fue Asunta en cuerpo y alma a la Gloria celeste.

1. El munificentísimo Dios, que todo lo puede y cuyos planes providentes están hechos con sabiduría y amor, compensa en sus inescrutables designios, tanto en la vida de los pueblos como en la de los individuos, los dolores y las alegrías para que, por caminos diversos y de diversas maneras, todo coopere al bien de aquellos que le aman (cfr. Ro 8, 28).

2. Nuestro Pontificado, del mismo modo que la edad presente, está oprimido por grandes cuidados, preocupaciones y angustias, por las actuales gravísimas calamidades y la aberración de la verdad y de la virtud; pero nos es de gran consuelo ver que, mientras la fe católica se manifiesta en público cada vez más activa, se enciende cada día más la devoción hacia la Virgen Madre de Dios y casi en todas partes es estímulo y auspicio de una vida mejor y más santa, de donde resulta que, mientras la Santísima Virgen cumple amorosísimamente las funciones de madre hacia los redimidos por la sangre de Cristo, la mente y el corazón de los hijos se estimulan a una más amorosa contemplación de sus privilegios.

3. En efecto, Dios, que desde toda la eternidad mira a la Virgen María con particular y plenísima complacencia, «cuando vino la plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4) ejecutó los planes de su providencia de tal modo que resplandecen en perfecta armonía los privilegios y las prerrogativas que con suma liberalidad le había concedido. Y si esta suma liberalidad y plena armonía de gracia fue siempre reconocida, y cada vez mejor penetrada por la Iglesia en el curso de los siglos, en nuestro tiempo ha sido puesta a mayor luz el privilegio de la Asunción corporal al cielo de la Virgen Madre de Dios, María.

4. Este privilegio resplandeció con nuevo fulgor desde que nuestro predecesor Pío IX, de inmortal memoria, definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de la augusta Madre de Dios. Estos dos privilegios están, en efecto, estrechamente unidos entre sí. Cristo, con su muerte, venció la muerte y el pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta también la victoria en virtud de Cristo todo aquel que ha sido regenerado sobrenaturalmente por el bautismo. Pero por ley general, Dios no quiere conceder a los justos el pleno efecto de esta victoria sobre la muerte, sino cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso, también los cuerpos de los justos se disuelven después de la muerte, y sólo en el último día volverá a unirse cada uno con su propia alma gloriosa.

5. Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la bienaventurada Virgen María. Ella, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su concepción inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo.

6. Por eso, cuando fue solemnemente definido que la Virgen Madre de Dios, María, estaba inmune de la mancha hereditaria de su concepción, los fieles se llenaron de una más viva esperanza de que cuanto antes fuera definido por el supremo magisterio de la Iglesia el dogma de la Asunción corporal al cielo de María Virgen.

7. Efectivamente, se vio que no sólo los fieles particulares, sino los representantes de naciones o de provincias eclesiásticas, y aun no pocos padres del Concilio Vaticano, pidieron con vivas instancias a la Sede Apostólica esta definición.

Innúmeras peticiones

8. Después, estas peticiones y votos no sólo no disminuyeron, sino que aumentaron de día en día en número e insistencia. En efecto, a este fin fueron promovidas cruzadas de oraciones; muchos y eximios teólogos intensificaron sus estudios sobre este tema, ya en privado, ya en los públicos ateneos eclesiásticos y en las otras escuelas destinadas a la enseñanza de las sagradas disciplinas; en muchas partes del orbe católico se celebraron congresos marianos, tanto nacionales como internacionales. Todos estos estudios e investigaciones pusieron más de relieve que en el depósito de la fe confiado a la Iglesia, estaba contenida también la Asunción de María Virgen al cielo, y generalmente siguieron a ello peticiones en que se pedía instantemente a esta Sede Apostólica que esta verdad fuese solemnemente definida.

9. En esta piadosa competición, los fieles estuvieron admirablemente unidos con sus pastores, los cuales, en número verdaderamente impresionante, dirigieron peticiones semejantes a esta cátedra de San Pedro. Por eso, cuando fuimos elevados al trono del Sumo Pontificado, habían sido ya presentados a esta Sede Apostólica muchos millares de tales súplicas de todas partes de la tierra y por toda clase de personas: por nuestros amados hijos los cardenales del Sagrado Colegio, por Venerables Hermanos arzobispos y obispos de las diócesis y de las parroquias.

10. Por eso, mientras elevábamos a Dios ardientes plegarias para que infundiese en nuestra mente la luz del Espíritu Santo para decidir una causa tan importante, dimos especiales órdenes de que se iniciaran estudios más rigurosos sobre este asunto, y entretanto se recogiesen y ponderasen cuidadosamente todas las peticiones que, desde el tiempo de nuestro predecesor Pío IX, de feliz memoria, hasta nuestros días, habían sido enviadas a esta Sede Apostólica a propósito de la Asunción de la beatísima Virgen María al cielo 1.

Encuesta oficial

11. Pero como se trataba de cosa de tanta importancia y gravedad, creímos oportuno pedir directamente y en forma oficial a todos los Venerables Hermanos en el Episcopado, que nos expusiesen abiertamente su pensamiento. Por eso, el 1 de mayo de 1946 les dirigimos la carta Deiparae Virginis Mariae, en la que preguntábamos: «Si vosotros, Venerables Hermanos, en vuestra eximia sabiduría y prudencia, creéis que la Asunción corporal de la beatísima Virgen se puede proponer y definir como dogma de fe y si con vuestro clero y vuestro pueblo lo deseáis».

12. Y aquellos que «el Espíritu Santo ha puesto como obispos para regir la Iglesia de Dios» (Hch 20, 28) han dado a una y otra pregunta una respuesta casi unánimemente afirmativa. Este «singular consentimiento del Episcopado católico y de los fieles» 2, al creer definible como dogma de fe la Asunción corporal al cielo de la Madre de Dios, presentándonos la enseñanza concorde del magisterio ordinario de la Iglesia y la fe concorde del pueblo cristiano, por él sostenida y dirigida, manifestó por sí mismo de modo cierto e infalible que tal privilegio es verdad revelada por Dios y contenida en aquel divino depósito que Cristo confió a su Esposa, para que lo custodiase fielmente e infaliblemente lo declarase 3. El magisterio de la Iglesia, no ciertamente por industria puramente humana, sino por la asistencia del Espíritu de Verdad (cfr. Jn 14, 26), y por eso infaliblemente, cumple su mandato de conservar perennemente puras e íntegras las verdades reveladas y las transmite sin contaminaciones, sin añadiduras, sin disminuciones. «En efecto, como enseña el Concilio Vaticano, a los sucesores de Pedro no fue prometido el Espíritu Santo para que, por su revelación, manifestasen una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, custodiasen inviolablemente y expresasen con fidelidad la revelación transmitida por los Apóstoles, o sea el depósito de la fe» 4. Por eso, del consentimiento universal del magisterio ordinario de la Iglesia se deduce un argumento cierto y seguro para afirmar que la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al cielo -la cual, en cuanto a la celestial glorificación del cuerpo virgíneo de la augusta Madre de Dios, no podía ser conocida por ninguna facultad humana con sus solas fuerzas naturales-, es verdad revelada por Dios, y por eso todos los fieles de la Iglesia deben creerla con firmeza y fidelidad. Porque, como enseña el mismo Concilio Vaticano, «deben ser creídas por fe divina y católica todas aquellas cosas que están contenidas en la palabra de Dios, escritas o transmitidas oralmente, y que la Iglesia, o con solemne juicio o con su ordinario y universal magisterio, propone a la creencia como reveladas por Dios» (De fide catholica, cap. 3).

13. De esta fe común de la Iglesia se tuvieron desde la antigüedad, a lo largo del curso de los siglos, varios testimonios, indicios y vestigios; y tal fe se fue manifestando cada vez con más claridad.

Consentimiento unánime

14. Los fieles, guiados e instruidos por sus pastores, aprendieron también de la Sagrada Escritura que la Virgen María, durante su peregrinación terrena, llevó una vida llena de preocupaciones, angustias y dolores; y que se verificó lo que el santo viejo Simeón había predicho: que una agudísima espada le traspasaría el corazón a los pies de la cruz de su divino Hijo, nuestro Redentor. Igualmente, no encontraron dificultad en admitir que María haya muerto del mismo modo que su Unigénito. Pero esto, no les impidió creer y profesar abiertamente que no estuvo sujeta a la corrupción del sepulcro su sagrado cuerpo y que no fue reducida a putrefacción y cenizas el augusto tabernáculo del Verbo Divino. Así, iluminados por la divina gracia e impulsados por el amor hacia aquella que es Madre de Dios y Madre nuestra dulcísima, han contemplado con luz cada vez más clara la armonía maravillosa de los privilegios que el providentísimo Dios concedió al alma Socia de nuestro Redentor y que llegaron a una tal altísima cúspide a la que jamás ningún ser creado, exceptuada la naturaleza humana de Jesucristo, había llegado.

15. Esta misma fe la atestiguan claramente aquellos innumerables templos dedicados a Dios en honor de María Virgen asunta al cielo y las sagradas imágenes en ellos expuestas a la veneración de los fieles, las cuales ponen ante los ojos de todos este singular triunfo de la bienaventurada Virgen. Además, ciudades, diócesis y regiones fueron puestas bajo el especial patrocinio de la Virgen asunta al cielo; del mismo modo, con la aprobación de la Iglesia, surgieron institutos religiosos, que toman nombre de tal privilegio. No debe olvidarse que en el rosario mariano, cuya recitación tan recomendada es por esta Sede Apostólica, se propone a la meditación piadosa un misterio que, como todos saben, trata de la Asunción de la beatísima Virgen.

16. Pero de modo más espléndido y universal esta fe de los sagrados pastores y de los fieles cristianos se manifiesta por el hecho de que desde la antigüedad se celebra en Oriente y en Occidente una solemne fiesta litúrgica, de la cual los Padres Santos y doctores no dejaron nunca de sacar luz porque, como es bien sabido, la sagrada liturgia «siendo también una profesión de las celestiales verdades, sometida al supremo magisterio de la Iglesia, puede oír argumentos y testimonios de no pequeño valor para determinar algún punto particular de la doctrina cristiana» 5.

El testimonio de la liturgia

17. En los libros litúrgicos que contienen la fiesta, bien sea de la Dormición, bien de la Asunción de la Virgen María, se tienen expresiones en cierto modo concordantes al decir que cuando la Virgen Madre de Dios pasó de este destierro, a su sagrado cuerpo, por disposición de la divina Providencia, le ocurrieron cosas correspondientes a su dignidad de Madre del Verbo encarnado y a los otros privilegios que se le habían concedido.

Esto se afirma, por poner un ejemplo, en aquel «Sacramentario» que nuestro predecesor Adriano I, de inmortal memoria, mandó al emperador Carlomagno. En éste se lee, en efecto: «Digna de veneración es para Nos, ¡oh Señor!, la festividad de este día en que la santa Madre de Dios sufrió la muerte temporal, pero no pudo ser humillada por los vínculos de la muerte Aquella que engendró a tu Hijo, Nuestro Señor, encarnado en ella» 6.

18. Lo que aquí está indicado con la sobriedad acostumbrada en la liturgia romana, en los libros de las otras antiguas liturgias, tanto orientales como occidentales, se expresa más difusamente y con mayor claridad. El «Sacramentario Galicano», por ejemplo, define este privilegio de María, «inexplicable misterio, tanto más admirable cuanto más singular es entre los hombres». Y en la liturgia bizantina se asocia repetidamente la Asunción corporal de María no sólo con su dignidad de Madre de Dios, sino también con sus otros privilegios, especialmente con su maternidad virginal, preestablecida por un designio singular de la Providencia divina: «A Ti, Dios, Rey del universo, te concedió cosas que son sobre la naturaleza; porque así como en el parto te conservó virgen, así en el sepulcro conservó incorrupto tu cuerpo, y con la divina traslación lo glorificó» 7.

19. El hecho de que la Sede Apostólica, heredera del oficio confiado al Príncipe de los Apóstoles de confirmar en la fe a los hermanos (cfr. Lc 22, 32), y con su autoridad hiciese cada vez más solemne esta fiesta, estimula eficazmente a los fieles a apreciar cada vez más la grandeza de este misterio. Así, la fiesta de la Asunsión, del puesto honroso que tuvo desde el comienzo entre las otras celebraciones marianas, llegó en seguida a los más solemnes de todo el ciclo litúrgico. Nuestro predecesor, San Sergio I, prescribiendo la letanía o procesión estacional para las cuatro fiestas marianas, enumera junto a la Natividad, la Anunciación, la Purificación y la Dormición de María (Liber Pontificalis). Después, San León IV quiso añadir a la fiesta, que ya se celebraba bajo el título de la Asunción de la bienaventurada Madre de Dios, una mayor solemnidad prescribiendo su vigilia y su octava; y en tal circunstancia quiso participar personalmente en la celebración en medio de una gran multitud de fieles (Liber Pontificalis). Además de que ya antiguamente esta fiesta estaba precedida por la obligación del ayuno, aparece claro de lo que atestigua nuestro predecesor, San Nicolás I, donde habla de los principales ayunos «que la santa Iglesia Romana recibió de la antigüedad y observa todavía» 8.

Exigencia de la incorrupción


20. Pero como la liturgia no crea la fe, sino que la supone, y de ésta derivan como frutos del árbol las prácticas del culto, los Santos Padres y los grandes doctores, en las homilías y en los discursos dirigidos al pueblo con ocasión de esta fiesta, no recibieron de ella como de primera fuente, la doctrina, sino que hablaron de ésta como de cosa conocida y admitida por los fieles; la aclararon mejor; precisaron y profundizaron su sentido y objeto, declarando especialmente lo que con frecuencia los libros litúrgicos habían sólo fugazmente indicado; es decir, que el objeto de la fiesta no era solamente la incorrupción del cuerpo muerto de la bienaventurada Virgen María, sino también su triunfo sobre la muerte y su celestial glorificación a semejanza de su Unigénito.

21. Así, San Juan Damasceno, que se distingue entre todos como testigo eximio de esta tradición, considerando la Asunción corporal de la Madre de Dios a la luz de los otros privilegios suyos, exclama con vigorosa elocuencia: «Era necesario que Aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad, conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que Aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitase en los tabernáculos divinos. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que Aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, lo contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios» 9.

Afirmación de esta doctrina

22. Estas expresiones de San Juan Damasceno corresponden fielmente a aquellas de otros que afirman la misma doctrina. Efectivamente, palabras no menos claras y precisas se encuentran en los discursos que, con ocasión de la fiesta, tuvieron otros Padres anteriores o contemporáneos. Así, por citar otros ejemplos, San Germán de Constantinopla encontraba que correspondía la incorrupción y Asunción al cielo del cuerpo de la Virgen Madre de Dios no sólo a su divina maternidad, sino también a la especial santidad de su mismo cuerpo virginal: «Tú, como fue escrito, apareces "en belleza" y tu cuerpo virginal es todo santo, todo casto, todo domicilio de Dios; así también por esto es preciso que sea inmune de resolverse en polvo; sino que debe ser transformado, en cuanto humano, hasta convertirse en incorruptible; y debe ser vivo, gloriosísimo, incólume y dotado de la plenitud de la vida» 10. Y otro antiguo escritor dice: «Como gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Salvador y Dios, donador de la vida y de la inmortalidad, y vivificada por Él, revestida de cuerpo en una eterna incorruptibilidad con Él, que la resucitó del sepulcro y la llevó consigo de modo que sólo Él conoce» 11.

23. Al extenderse y afirmarse la fiesta litúrgica, los pastores de la Iglesia y los sagrados oradores, en número cada vez mayor, creyeron un deber precisar abiertamente y con claridad el objeto de la fiesta y su estrecha conexión con las otras verdades reveladas.

Los argumentos teológicos

24. Entre los teólogos escolásticos no faltaron quienes, queriendo penetrar más adentro en las verdades reveladas y mostrar el acuerdo entre la razón teológica y la fe, pusieron de relieve que este privilegio de la Asunción de María Virgen concuerda admirablemente con las verdades que nos son enseñadas por la Sagrada Escritura.

25. Partiendo de este presupuesto, presentaron, para ilustrar este privilegio mariano, diversas razones contenidas casi en germen en esto: que Jesús ha querido la Asunción de María al cielo por su piedad filial hacia ella. Opinaban que la fuerza de tales argumentos reposa sobre la dignidad incomparable de la maternidad divina y sobre todas aquellas otras dotes que de ella se siguen: su insigne santidad, superior a la de todos los hombres y todos los ángeles; la íntima unión de María con su Hijo, y aquel amor sumo que el Hijo tenía hacia su dignísima Madre.

26. Frecuentemente se encuentran después teólogos y sagrados oradores que, sobre las huellas de los Santos Padres 12, para ilustrar su fe en la Asunción, se sirven con una cierta libertad de hechos y dichos de la Sagrada Escritura. Así, para citar sólo algunos testimonios entre los más usados, los hay que recuerdan las palabras del salmista: «Ven, ¡oh Señor!, a tu descanso, Tú y el arca de tu santificación» (Sal 131, 8), y ven en el «arca de la alianza», hecha de madera incorruptible y puesta en el templo del Señor, como una imagen del cuerpo purísimo de María Virgen, preservado de toda corrupción del sepulcro y elevado a tanta gloria en el cielo. A este mismo fin describen a la Reina que entra triunfalmente en el palacio celeste y se sienta a la diestra del divino Redentor (Sal 44, 10; 14-16), lo mismo que la Esposa de los Cantares, «que sube por el desierto como una columna de humo de los aromas de mirra y de incienso» para ser coronada (Cnt 3, 6; cfr. 4, 8; 6, 9). La una y la otra son propuestas como figuras de aquella Reina y Esposa celeste que, junto a su divino Esposo, fue elevada al reino de los cielos.

Los doctores escolásticos

27. Además, los doctores escolásticos vieron indicada la Asunción de la Virgen Madre de Dios no sólo en varias figuras del Antiguo Testamento, sino también en aquella Señora vestida de sol, que el apóstol Juan contempló en la isla de Patmos (Ap 12, 1ss.). Del mismo modo, entre los dichos del Nuevo Testamento consideraron con particular interés las palabras «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres» (Lc 1, 28), porque veían en el misterio de la Asunción un complemento de la plenitud de gracia concedida a la bienaventurada Virgen y una bendición singular, en oposición a la maldición de Eva.

28. Por eso, al comienzo de la teología escolástica, el piadoso Amadeo, obispo de Lausana, afirma que la carne de María Virgen permaneció incorrupta («no se puede creer, en efecto, que su cuerpo viese la corrupción»), porque realmente se reunió a su alma, y junto con ella fue envuelta en altísima gloria en la corte celeste. «Era llena de gracia y bendita entre las mujeres» (Lc 1, 28). «Ella sola mereció concebir al Dios verdadero del Dios verdadero, y le parió virgen, le amamantó virgen, estrechándole contra su seno, y le prestó en todo sus santos servicios y homenajes» 13.

Testimonio de San Antonio de Padua

29. Entre los sagrados escritores que en este tiempo, sirviéndose de textos escriturísticos o de semejanza y analogía, ilustraron y confirmaron la piadosa creencia de la Asunción, ocupa un puesto especial el doctor evangélico, San Antonio de Padua. En la fiesta de la Asunción, comentando las palabras de Isaías «Glorificaré el lugar de mis pies» (Is 60, 13), afirmó con seguridad que el divino Redentor ha glorificado de modo excelso a su Madre amadísima, de la cual había tomado carne humana. «De aquí se deduce claramente, dice, que la bienaventurada Virgen María fue asunta con el cuerpo que había sido el sitio de los pies del Señor». Por eso escribe el salmista: «Ven, ¡oh Señor!, a tu reposo, tú y el Arca de tu santificación». Como Jesucristo, dice el santo, resurgió de la muerte vencida y subió a la diestra de su Padre, así «resurgió también el Arca de su santificación, porque en este día la Virgen Madre fue asunta al tálamo celeste» 14.

De San Alberto Magno

30. Cuando en la Edad Media la teología escolástica alcanzó su máximo esplendor, San Alberto Magno, después de haber recogido, para probar esta verdad, varios argumentos fundados en la Sagrada Escritura, la tradición, la liturgia y la razón teológica, concluye: «De estas razones y autoridades y de muchas otras es claro que la beatísima Madre de Dios fue asunta en cuerpo y alma por encima de los coros de los ángeles. Y esto lo creemos como absolutamente verdadero» 15. Y en un discurso tenido el día de la Anunciación de María, explicando estas palabras del saludo del ángel «Dios te salve, llena eres de gracia...», el Doctor Universal compara a la Santísima Virgen con Eva y dice expresamente que fue inmune de la cuádruple maldición a la que Eva estuvo sujeta 16.

Doctrina de Santo Tomás


31. El Doctor Angélico, siguiendo los vestigios de su insigne maestro, aunque no trató nunca expresamente la cuestión, sin embargo, siempre que ocasionalmente habla de ella, sostiene constantemente con la Iglesia que junto al alma fue asunto al cielo también el cuerpo de María 17.

De San Buenaventura

32. Del mismo parecer es, entre otros muchos, el Doctor Seráfico, el cual sostiene como absolutamente cierto que, del mismo modo que Dios preservó a María Santísima de la violación del pudor y de la integridad virginal en la concepción y en el parto, así no permitió que su cuerpo se deshiciese en podredumbre y ceniza 18. Interpretando y aplicando a la bienaventurada Virgen estas palabras de la Sagrada Escritura «¿Quién es esa que sube del desierto, llena de delicias, apoyada en su amado?» (Cnt 8, 5), razona así: «Y de aquí puede constar que está allí (en la ciudad celeste) corporalmente (...) Porque, en efecto (...), la felicidad no sería plena si no estuviese en ella personalmente, porque la persona no es el alma, sino el compuesto, y es claro que está allí según el compuesto, es decir, con cuerpo y alma, o de otro modo no tendría un pleno gozo» 19.

La escolástica moderna

33. En la escolástica posterior, o sea en el siglo XV, San Bernardino de Siena, resumiendo todo lo que los teólogos de la Edad Media habían dicho y discutido a este propósito, no se limitó a recordar las principales consideraciones ya propuestas por los doctores precedentes, sino que añadió otras. Es decir, la semejanza de la divina Madre con el Hijo divino, en cuanto a la nobleza y dignidad del alma y del cuerpo -porque no se puede pensar que la celeste Reina esté separada del Rey de los cielos-, exige abiertamente que «María no debe estar sino donde está Cristo» 20; además es razonable y conveniente que se encuentren ya glorificados en el cielo el alma y el cuerpo, lo mismo que del hombre, de la mujer; en fin, el hecho de que la Iglesia no haya nunca buscado y propuesto a la veneración de los fieles las reliquias corporales de la bienaventurada Virgen, suministra un argumento que puede decirse «como una prueba sensible» 21.

San Roberto Belarmino

34. En tiempos más recientes, las opiniones mencionadas de los Santos Padres y de los doctores fueron de uso común. Adhiriéndose al pensamiento cristiano transmitido de los siglos pasados, san Roberto Belarmino exclama: «¿Y quién, pregunto, podría creer que el arca de la santidad, el domicilio del Verbo, el templo del Espíritu Santo, haya caído? Mi alma aborrece el solo pensamiento de que aquella carne virginal que engendró a Dios, le dio a luz, le alimentó, le llevó, haya sido reducida a cenizas o haya sido dada por pasto a los gusanos» 22.

35. De igual manera, san Francisco de Sales, después de haber afirmado no ser lícito dudar que Jesucristo haya ejecutado del modo más perfecto el mandato divino por el que se impone a los hijos el deber de honrar a los propios padres, se propone esta pregunta: «¿Quién es el hijo que, si pudiese, no volvería a llamar a la vida a su propia madre y no la llevaría consigo después de la muerte al paraíso?» 23. Y san Alfonso escribe: «Jesús preservó el cuerpo de María de la corrupción, porque redundaba en deshonor suyo que fuese comida de la podredumbre aquella carne virginal de la que Él se había vestido» 24.

Temeridad de la opinión contraria

36. Aclarado el objeto de esta fiesta, no faltaron doctores que más bien que ocuparse de las razones teológicas, en las que se demuestra la suma conveniencia de la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al cielo, dirigieron su atención a la fe de la Iglesia, mística Esposa de Cristo, que no tiene mancha ni arruga (cfr. Ef 5, 27), la cual es llamada por el Apóstol «columna y sostén de la verdad» (1Ti 3, 15), y, apoyados en esta fe común, sostuvieron que era temeraria, por no decir herética, la sentencia contraria. En efecto, san Pedro Canisio, entre muchos otros, después de haber declarado que el término Asunción significa glorificación no sólo del alma, sino también del cuerpo, y después de haber puesto de relieve que la Iglesia ya desde hace muchos siglos, venera y celebra solemnemente este misterio mariano, dice: «Esta sentencia está admitida ya desde hace algunos siglos y de tal manera fija en el alma de los piadosos fieles y tan aceptada en toda la Iglesia, que aquellos que niegan que el cuerpo de María haya sido asunto al cielo, ni siquiera pueden ser escuchados con paciencia, sino abochornados por demasiado tercos o del todo temerarios y animados de espíritu herético más bien que católico» 25.

Francisco Suárez
37. Por el mismo tiempo, el Doctor Eximio, puesta como norma de la mariología que «los misterios de la gracia que Dios ha obrado en la Virgen no son medidos por las leyes ordinarias, sino por la omnipotencia de Dios, supuesta la conveniencia de la cosa en sí mismo y excluida toda contradicción o repugnancia por parte de la Sagrada Escritura» 26, fundándose en la fe de la Iglesia en el tema de la Asunción, podía concluir que este misterio debía creerse con la misma firmeza de alma con que debía creerse la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen, y ya entonces sostenía que estas dos verdades podían ser definidas.

38. Todas estas razones y consideraciones de los Santos Padres y de los teólogos tienen como último fundamento la Sagrada Escritura, la cual nos presenta al alma de la Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo y siempre partícipe de su suerte. De donde parece casi imposible imaginarse separada de Cristo, si no con el alma, al menos con el cuerpo, después de esta vida, a Aquella que lo concibió, le dio a luz, le nutrió con su leche, lo llevó en sus brazos y lo apretó a su pecho. Desde el momento en que nuestro Redentor es hijo de Maria, no podía, ciertamente, como observador perfectísimo de la divina ley, menos de honrar, además de al Eterno Padre, también a su amadísima Madre. Pudiendo, pues, dar a su Madre tanto honor al preservarla inmune de la corrupción del sepulcro, debe creerse que lo hizo realmente.

39. Pero ya se ha recordado especialmente que desde el siglo II María Virgen es presentada por los Santos Padres como nueva Eva estrechamente unida al nuevo Adán, si bien sujeta a él, en aquella lucha contra el enemigo infernal que, como fue preanunciado en el protoevangelio (Gn 3, 15), habría terminado con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte, siempre unidos en los escritos del Apóstol de las Gentes (cfr. Ro 5; 6; 1Cor 15, 21-26; 54-57). Por lo cual, como la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final de esta victoria, así también para María la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal; porque, como dice el mismo Apóstol, «cuando (...) este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito: la muerte fue absorbida en la victoria» (1Cor 15, 54).

40. De tal modo, la augusta Madre de Dios, arcanamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad «con un mismo decreto» 27 de predestinación, inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa Socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos (cfr. 1Ti 1, 17).

Es llegado el momento

41. Y como la Iglesia universal, en la que vive el Espíritu de Verdad, que la conduce infaliblemente al conocimiento de las verdades reveladas, en el curso de los siglos ha manifestado de muchos modos su fe, y como los obispos del orbe católico, con casi unánime consentimiento, piden que sea definido como dogma de fe divina y católica la verdad de la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al cielo -verdad fundada en la Sagrada Escritura, profundamente arraigada en el alma de los fieles, confirmada por el culto eclesiástico desde tiempos remotísimos, sumamente en consonancia con otras verdades reveladas, espléndidamente ilustrada y explicada por el estudio de la ciencia y sabiduría de los teólogos-, creemos llegado el momento preestablecido por la providencia de Dios para proclamar solemnemente este privilegio de María Virgen.

42. Nos, que hemos puesto nuestro pontificado bajo el especial patrocinio de la Santísima Virgen, a la que nos hemos dirigido en tantas tristísimas contingencias; Nos, que con rito público hemos consagrado a todo el género humano a su Inmaculado Corazón y hemos experimentado repetidamente su validísima protección, tenemos firme confianza de que esta proclamación y definición solemne de la Asunción será de gran provecho para la Humanidad entera, porque dará gloria a la Santísima Trinidad, a la que la Virgen Madre de Dios está ligada por vínculos singulares. Es de esperar, en efecto, que todos los cristianos sean estimulados a una mayor devoción hacia la Madre celestial y que el corazón de todos aquellos que se glorían del nombre cristiano se mueva a desear la unión con el Cuerpo Místico de Jesucristo y el aumento del propio amor hacia Aquella que tiene entrañas maternales para todos los miembros de aquel Cuerpo augusto. Es de esperar, además, que todos aquellos que mediten los gloriosos ejemplos de María se persuadan cada vez más del valor de la vida humana, si está entregada totalmente a la ejecución de la voluntad del Padre Celeste y al bien de los prójimos; que, mientras el materialismo y la corrupción de las costumbres derivadas de él amenazan sumergir toda virtud y hacer estragos de vidas humanas, suscitando guerras, se ponga ante los ojos de todos de modo luminosísimo a qué excelso fin están destinados los cuerpos y las almas; que, en fin, la fe en la Asunción corporal de María al cielo haga más firme y más activa la fe en nuestra resurrección.

43. La coincidencia providencial de este acontecimiento solemne con el Año Santo que se está desarrollando, nos es particularmente grata; porque esto nos permite adornar la frente de la Virgen Madre de Dios con esta fúlgida perla, a la vez que se celebra el máximo jubileo, y dejar un monumento perenne de nuestra ardiente piedad hacia la Madre de Dios.

Fórmula definitoria

44. Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.

45. Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica.

46. Para que nuestra definición de la Asunción corporal de María Virgen al cielo sea llevada a conocimiento de la Iglesia universal, hemos querido que conste para perpetua memoria esta nuestra carta apostólica; mandando que a sus copias y ejemplares, aun impresos, firmados por la mano de cualquier notario público y adornados del sello de cualquier persona constituida en dignidad eclesiástica, se preste absolutamente por todos la misma fe que se prestaría a la presente si fuese exhibida o mostrada.

47. A ninguno, pues, sea lícito infringir esta nuestra declaración, proclamación y definición u oponerse o contravenir a ella. Si alguno se atreviere a intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de sus santos apóstoles Pedro y Pablo.

Nos, PÍO XII,

Obispo de la Iglesia católica,

definiéndolo así, lo hemos suscrito.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el año del máximo Jubileo de mil novecientos cincuenta, el día primero del mes de noviembre, fiesta de Todos los Santos, el año duodécimo de nuestro pontificado.

Notas:

1 Petitiones de Asumptione corporea B. Virginis Mariae in coelum definienda ad S. Sedem delatae; 2 vol., Typis Polyglottis Vaticanis, 1942.

2 Bula Ineffabilis Deus, Acta Pío IX, p. 1, vol. 1, p. 615.

3 Cfr. Conc. Vat. De fide catholica, cap. 4.

4 Conc. Vat. Const. De ecclesia Christi, cap. 4.

5 Carta encíclica Mediator Dei, A. A. S., vol. 39, p. 541.

6 Sacramentarium Gregorianum.

7 Menaei totius anni.

8 «Responsa Nicolai Papae I ad consulta Bulgarorum».

9 S. loan Damasc., Encomium in Dormitionem Dei Genitricis semperque Virginis Mariae, hom. II, 14; cfr. etiam ibid., n. 3.

10 San Germ. Const., In Sanctae Dei Genitricis Dormitionem, sermón 1.

11 Encomium in Dormitionem Sanctissimae Dominae nostrae Deiparae semperque Virginis Mariae., S. Modesto Hierosol, attributum I, núm. 14.

12 Cfr. Ioan Damasc., Encomium in Dormitionem Dei Genitricis semperque Virginis Mariae, hom. II, 2, 11; Encomium in Dormitionem, S. Modesto Hierosol, attributum.

13 Amadeus Lausannensis, De Beatae Virginis obitu, Assumptione in caelum, exaltatione ad Filii dexteram.

14 San Antonius Patav., Sermones dominicales et in solemnitatibus. In Assumptione S. Mariae Virgini sermo.

15 S. Albertus Magnus, Mariale sive quaestionet super Evang. Missut est, q. 132.

16 S. Albertus Magnus, Sermones de sanctis, sermón 15: In Anuntiatione B. Mariae, cfr. Etiam Mariale, q. 132.

17 Cfr. Summa Theol., 3, q. 27, a. 1 c.; ibid., q. 83, a. 5 ad 8, Expositio salutationis angelicae, In symb., Apostolorum expositio, art. 5; In IV Sent., d. 12, q. 1, art. 3, sol. 3; d: 43, q. 1, art. 3, sol. 1 et 2.

18 Cfr. S. Bonaventura, De Nativitate B. Mariae Virginis, sermón 5.

19 S. Bonaventura, De Assumptione B. Mariae Virginis, sermón 1.

20 S. Bernardinus Senens., In Assumptione B. M. Virginis, sermón 2.

21 S. Bernardinus Senens., In Assumptione B. M. Virginis, sermón 2.

22 S. Robertus Bellarminus, Canciones habitae Lovanii, canción 40: De Assumptionae B. Mariae Virginis.

23 Oeuvres de St. François de Sales, sermon autographe pour la fete de l'Assumption.

24 S. Alfonso M. de Ligouri, Le glorie di Maria, parte II, disc. 1.

25 S. Petrus Canisius, De Maria Virgine.

26 Suárez, F, In tertiam partem D. Thomae, quaest. 27, art. 2, disp. 3, sec. 5, n. 31.

27 Bula Ineffabilis Deus, 1 c, p. 599.