jueves, 10 de marzo de 2022

LA MISIÓN APOSTÓLICA DE LA ESCUELA CATÓLICA

Al alumno-discípulo católico se le enseña a pensar desde una visión cristiana de la realidad y desarrollar la virtud para poder vivir de acuerdo con esa visión.

Por el Dr. R. Jared Staudt


¿Son las escuelas católicas lugares de refugio o centros de misión?

Muchas personas pueden venir a nuestras escuelas simplemente para escapar de las influencias negativas de la cultura o de la ideología que impregna las escuelas públicas. Aun así, cuando llegan, deberían encontrar una comunidad de discípulos centrada en la misión, que vive el mandato apostólico de compartir la buena noticia de Jesucristo. Incluso si la inscripción en una escuela católica no puede hacer desaparecer las influencias negativas de la cultura, como lugares donde se encuentra a Jesús, pueden ofrecer curación, transformación y esperanza, algo que yo experimenté como estudiante transferido de séptimo grado hace muchos años.

Aunque es común que las escuelas católicas desarrollen declaraciones de misión, su misión les ha sido dada por Jesús como parte de la gran comisión:
“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado; y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).
Como apostolado de la Iglesia, la escuela católica es una expresión concreta de la misión general de la Iglesia de formar discípulos. La educación fluye naturalmente de esta tarea, ya que la palabra "discípulo" significa literalmente "alumno" y Jesús dice que sus discípulos deben ser enseñados. La escuela es un lugar para aprender la vida cristiana.

El Arzobispo Samuel J. Aquila ha identificado el discipulado como una tarea central para la educación católica, escribiendo en el marco de “La Escuela del Servicio del Señor” (en ingles aquí) de la Archidiócesis de Denver:
Jesús es realmente la razón de ser de nuestras escuelas católicas, y quiere guiarnos en todo lo que hacemos... Nuestras escuelas deben ser lugares de encuentro con Jesús; nada es más importante. ¿Qué significa ser discípulo de Jesucristo? Significa que hemos encontrado y conocido verdaderamente a Jesús como Hijo de Dios, hemos experimentado personalmente su amor y su misericordia, y lo hemos aceptado como nuestro Señor, viviendo en una relación comprometida y cotidiana con él.
Un graduado de la escuela católica debería tener la oportunidad de conocer a Jesús y tener oportunidades regulares de crecer en amistad con él.

Aunque ésta ha sido la misión de la escuela católica a lo largo de los siglos, la formación de discípulos en la actualidad conlleva desafíos únicos. Algunos educadores tienen la tentación de rendirse al enfrentarse a la creciente división entre la Iglesia y la cultura, que aleja a los padres y a los alumnos cada vez más de una visión del mundo y un modo de vida cristianos.

Por otra parte, esta división hace que la misión de la escuela sea aún más importante, porque los jóvenes discípulos necesitan más formación y apoyo. En el pasado, las escuelas católicas contaban con mucho más apoyo para su misión, incluso por parte de la cultura circundante. Hoy ya no podemos presuponer el conocimiento del Evangelio. Tenemos que proponerlo explícitamente, compartiendo el kerigma (el mensaje de salvación en Jesús) e invitando a los profesores, a los alumnos y a los padres a una fe más profunda, interiorizada y vivida.

El discipulado busca tender un puente entre la fe y la cultura, ayudando a que lo que creemos se plasme en la vida cotidiana. La Congregación para la Educación del Vaticano, en su documento titulado "La Escuela Católica", llegó a plantear esto como el objetivo primordial de la escuela católica, “cuya tarea es fundamentalmente una síntesis de la cultura y la fe, y una síntesis de la fe y la vida: la primera se alcanza integrando todos los diferentes aspectos del conocimiento humano a través de las materias enseñadas, a la luz del Evangelio; la segunda en el crecimiento de las virtudes propias del cristiano”. Al alumno-discípulo católico se le enseña a pensar desde una visión cristiana de la realidad y desarrolla la virtud para poder vivir de acuerdo con esa visión.

Una escuela apostólica no puede resolver todos los problemas de nuestra sociedad o incluso de la familia, aunque sí se toma en serio su llamada a ayudar a sus alumnos a vivir en amistad con Jesús, el único que puede resolver nuestros problemas. La educación católica ofrece la única cosa necesaria (Lucas 10:42) que, cuando se posea, ayudará a que todo lo demás encaje.

Poner a Jesús en primer lugar fortalece todo lo que se hace en la escuela: la instrucción, atrayendo a los alumnos al Verbo que hizo el universo; la formación del carácter a través de la gracia que Él da; la preparación para el futuro, estando dispuestos a servir; y la construcción de una comunidad unida en la fe y la caridad. Una escuela apostólica tiene mucho que ofrecer al mundo, dándole lo que más necesita.


Catholic World Report



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