domingo, 10 de julio de 2022

LA CARIDAD: HABITO OPERATIVO EXCELENTE

Para cuyo crecimiento relativo se requiere de actos de entrega, cada vez más intensos

Por Juan Carlos Grisolia


“A la tarde de la vida, te examinarán en el amor”
San Juan de la Cruz

La contemplación obra como causa eficiente por la cual el amor pasa de la potencia al acto. Es decir, abandona la inclinación propia de la naturaleza redimida, para concretarse en acciones de entrega perfectiva al prójimo, que es dación desinteresada. Esta es la caridad.

Para obrar esa entrega, se hace necesario beber en las fuentes que han de suministrar a la Persona Humana, que ejercita la virtud de la caridad, la participación suficiente en el Ser Absoluto, de la bondad y la belleza eternas; pero fundamentalmente de la verdad. Esta es el ser de Dios participado a los hombres, en la Creación de los mismos, como sujetos diversos del Creador.

Y en cuanto la caridad es un hábito sobrenatural, en tanto virtud, para ejercerla solo podemos hacerlo elevándonos para recibirla como verdadero don.

Cierto es que el hombre puede convertirse en “fuente de la que manan ríos de agua viva” (conf. Jn. 7,37-38). No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios (conf. Jn. 19, 34)” (Benedicto XVI. “Deus Cartas Est”. Ediciones Paulinas pág. 18).

Y con esta condición el hombre puede brindar genuinamente, en su descenso y entrega a su prójimo, el amor oblativo que es aquél definido en la perfección por la naturaleza de su origen.

Se define la acción de contemplar como un “ocuparse con intensidad en pensar en Dios y considerar sus atributos divinos o los misterios de la religión” (D.R.A.E.).

Pero contemplar consiste en el ejercicio de las facultades propias de la Persona Humana, imagen y semejanza de su Creador, para conocerle en aquellas perfecciones de las que la criatura participa, esto es la verdad, la bondad y la belleza en grado sumo, imposible de superar. Esta es la sabiduría, que es la que suministra el fin más elevado de la actividad humana.

Aristóteles ha escrito al respecto: “Esta actividad contemplativa es por sí misma la más elevada; de todo lo que hay en nosotros, el espíritu ocupa el primer puesto, y entre todo lo que se relaciona con el conocimiento, las cuestiones que el espíritu abarca son las más elevadas…. La sabiduría trae aparejados placeres maravillosos, tanto por su pureza como por su solidez, y la vida para aquellos que saben se revelan como más agradable que para aquellos que intentan saber… Si pues el espíritu, en relación al hombre es un atributo divino, una existencia conforme al espíritu será, en relación a la vida humana verdaderamente divina” (Nic. 1177 a 1179).

La sabiduría, vocablo cuya raíz sugiere “sapere” es decir el goce de la verdad por el intelecto, en tanto conocimiento superior, es de por sí difusivo, pues el saber tiende a incrementarse para satisfacer su naturaleza, que es aquella determinada por su origen, y que por ser parcial busca -aunque en este mundo no ha de encontrar- la plenitud de la que se nutre.

El hombre, persona humana, en posesión de la sabiduría, entonces, se encuentra impulsado a brindar las perfecciones propias del ser aprehendido. Por ello es que la caridad es el más alto grado del amor, pues impulsa a la entrega al prójimo del mismo modo que Dios en el acto de creación y su Hijo en el acto de redención, se brindaron.

San Pablo insiste “La caridad es la perfección de la ley” (Romanos 13,10), “Pues toda ley se resume en este precepto: ‘ama a tu prójimo como a ti mismo’ (Gal. 5,14)”.

Y es aquí donde adquieren singular relevancia las palabras de Aristóteles –a quien con toda justicia se llamó el cristiano preexistente- que nos enseñan “No debemos escuchar a las personas que nos aconsejan, con el pretexto de que somos hombres, no pensar sino en las cosas humanas y, con el pretexto de que somos mortales, renunciar a las cosas inmortales” (Nic. 1177 a 1179).

Ya el Estagirita ubicaba y expresaba la esencia de la virtud de la caridad, como un contenido del alma, que por tanto no se encontraba sujeto a los apetitos de una materia vacía, inadmisible a poco que se reflexionara sobre el orden del universo en el que estaba inserta aquella que era propia del hombre.

Esto decía de la excelencia propia de la caridad, entre las demás virtudes, en tanto se destaca su ejercicio por dirigir todos los demás hábitos de la Persona Humana a su fin último sobrenatural, esto es, por afirmar la trascendencia, evidencia exigida si queremos entender el sentido del hombre.

La sabiduría, fruto de la contemplación, nos brinda el conocimiento de nuestra propia realidad y de la de nuestro prójimo. El encuentro con éste, ya es un acto de caridad, pues la definición del sujeto receptor del ser que lo perfecciona, indica movimiento, entrega y provoca esa mutación.

Jean Guitton, citando a Alain, señala: “La caridad consiste menos en desear el bien de los hombres que en encontrarlos magníficos y en un no saciarse de verlos” y agrega el gran filósofo francés: “Estamos tan inclinados al desprecio o al miedo. Ese amor es una virtud en el sentido noble del término. Hay que tender humildemente a ella. Cuando consideramos al prójimo como un ser irremplazable, en vez de ignorarlo o de despreciarlo, nos sorprendemos admirándole en sus trabajos habituales, en sus sufrimientos, en sus largas horas de tedio o en sus reacciones instintivas… Entonces lo amamos, incluso sin tener que pronunciar la palabra bondad, tan mágica y tan insulsa” (Sabiduría Cotidiana. Pág. 52).

Se trata de la contemplación, y por ello de la visión de la realidad del Absoluto expresadas en sus criaturas.

La contemplación modifica cualitativamente a la persona. La ordena a la meditación, a la consideración, a la reflexión. El idioma alemán designa la contemplación con el conocido vocablo Betrachtung, que precisamente expresa las acciones arriba detalladas en éste párrafo.

No se puede amar, si no se conoce lo que se da ni a quien se le da. Se trata de la actividad natural del intelecto, que penetra la realidad suprema en sus manifestaciones temporales, para elevarse en el conocimiento cada vez mayor de las esencias, cuyos contenidos –en tanto participados del Absoluto- no tienen límites.

Esta modificación cualitativa tiene una especial incidencia en la perfección de las acciones de la Persona Humana, que encuentran su causa próxima determinante en la generosidad. La generosidad entonces, prima en el incremento óntico de la condición ética.

Así entonces, es ella -la generosidad- el ánimo, en tanto voluntad operante, que se inclina “a anteponer el decoro a la utilidad y al interés” (D.R.A.E.). Esto es la primacía de la pureza, la honestidad, el recato; al provecho personal, a la ganancia.

En este contexto, la Persona Humana, al ejercer la caridad, necesariamente debe incrementar su capacidad óntica. Esto es el amor operante, el amor efectivo, perfecciona a la Persona Humana para que esta pueda brindar perfección. Es incompatible con la mediocridad, la negación de la realidad objetiva, los mecanismos mediante los cuales el hombre maniobra para posicionarse socialmente en la atención exclusiva a lo que se denomina lo práctico o lo útil. Todo lo cual determina el egoísmo que, en definitiva, no es sino –como varias veces lo he señalado- el abrazo a la propia sombra y con ello la angustia de una existencia que se hunde en el vacío propio de la carencia de sentido.

Es prudente retornar al idioma alemán, porque sus vocablos suelen expresar profundos contenidos conceptuales. Así, la palabra española generosidad, en alemán se expresa con los vocablos Grossmut palabra compuesta por los términos Gross (grande), Mut (valor, coraje, bravura, valentía). Edelmut palabra formada por los vocablos Edel (noble, hidalgo, caballeroso) que califica tales condiciones con el valor, el coraje. Y también Seelengrösse, término integrado por los vocablos Seele (alma) calificada por su grandeza, y finalmente es prudente señalar el vocablo Freigebigkeit, en el que se destaca el término libre.

Tales calidades de la voluntad, preparan la Persona Humana para una entrega cada vez menos condicionada por su egoísmo. Es el acercamiento del hombre a la grandeza de su Creador, de la que participa.

Por ello puede insistirse en que el amor operante, esto es la caridad, perfecciona a quién la ejerce y con ello obtiene las calidades necesarias para brindarse al prójimo.

Es un movimiento de causas eficientes y finales en armónica interacción.

La sabiduría, por lo tanto, y en principio, no consiste en conocimientos obtenidos por medio de profundos y extensos estudios. Ella se obtiene con la simple visión del orden natural y de su ley, todo lo que nuestra naturaleza percibe como propio. Se trata, primariamente de un acto de introspección personal y, a partir del mismo, de proyección al prójimo que está en el entorno de la realidad a la que pertenecemos. Posible de mayor perfección por el conocimiento místico, que es el que se sustenta en la fe. En tanto tenemos conciencia de nuestros hermanos, ya los estamos amando. Por ello, la caridad no consiste- inicialmente - en la entrega de cosas materiales, sino en la unión espiritual, aquella que no sólo no se agota, sino que requiere, permanentemente de la renovación de la misma, die Seeleverbindung, la unión en las almas, que permite que los cuerpos se amalgamen, in die Gemeinschaft, en la comunidad.

Por eso la caridad es el medio que garantiza la unión en la comunidad y, con ello, la satisfacción de la tendencia social de la Persona Humana.

La caridad únicamente es posible en libertad. Y ello así por cuanto esta es exclusivamente “la preferencia reflexiva de lo mejor”. La caridad es el impulso a hacer lo que se debe, y la sabiduría, fruto de la contemplación no admite otra opción. Aquí, lo que se debe coincide con lo que se quiere. La atracción, el examen, la deliberación y, finalmente, la decisión, que componen las distintas etapas en la formación del acto libre, son regidas por los componentes de los principios propios de la sabiduría. Por eso, en el acto de caridad la libertad se afirma abundando el ser del que ama, para mejor brindarse al ser amado.

La libertad permite la necesaria distinción, exigida por la diversidad de los contenidos, de la entrega perfectiva - y de sus modalidades - conforme el sujeto receptor. Es posible así entender el amor entre padres e hijos, entre esposos, entre compañeros de trabajo o de deporte, entre amigos. Todas son formas de dación del ser, pero, en su natural distinción, la caridad es el factor unitivo de lo que aparece distinto. Y en esa unidad se complementan los sujetos que la integran con las esencias comunes del amor operante. Aquellas que conducen a la trascendencia.


Del eros y del agapé

El primero designa el amor carnal, sexual.

Los antiguos griegos llamaron eros al amor entre el hombre y la mujer. Por su naturaleza se imponía fuertemente al ser humano.

En principio se debe afirmar, que en lo atinente al vínculo que genera toda acción de caridad, aquélla que se pretende sustentada solo en lo erótico, carece de la estabilidad necesaria a la unión permanente que es el objetivo del acto de amor.

Al estar afirmado sólo en el deseo carnal, el vínculo, la relación, se agota y desaparece con la satisfacción del mismo.

Friedrich Nietzsche, en su obra “Jenseits von Gut und Böse”, acusa al cristianismo de haber “dado de beber al eros un veneno, el cual, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio”.

Benedicto XVI, en la Encíclica “Deus Caritas Est” formula las siguientes precisiones: “Pero, ¿es realmente así?. El cristianismo ¿ha destruido verdaderamente el eros?. Los griegos –sin duda análogamente a otras culturas- consideraban el eros ante todo como un arrebato, una ‘locura divina’ que prevalece sobre la razón, que arranca al hombre de la limitación de su existencia, y, en este quedar estremecido por una potencia divina, le hace experimentar la dicha más alta... El eros se celebraba pues, como una fuerza divina, como comunión con la divinidad… A esta forma de religión… El antiguo Testamento se opuso con máxima firmeza, combatiéndola como perversión de la religiosidad. No obstante, en modo alguno rechazó con ello el eros como tal, sino que declaró la guerra a su desviación destructora, puesto que la falsa divinización del eros, que se produce en esos casos, lo priva de su dignidad divina y lo deshumaniza… Por eso, el eros ebrio e indisciplinado, no es elevación, ‘éxtasis’ hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre” (Ediciones Paulinas. Pág. 10 y 11).

Los tiempos que vivimos han reducido las relaciones sexuales al único objetivo que debe buscarse consumar en un vínculo entre un hombre y una mujer. Es el culto al placer, por el placer mismo. Se trata del hedonismo que es el nombre de la doctrina que persiguen los hombres a pesar del vacío en el que se sumergen en cada acción de este tipo.

Dice Jean Guitton, (ob. cit. pág. 27): “Ese amor de concupiscencia tiene como objetivo su interés, busca el gozo más que la alegría. No ama en verdad al otro, sino que se ama a sí mismo a través del otro”. Es una desviación del amor, es lo sensible descontrolado.

Por eso Benedicto XVI abunda en el concepto señalando: “Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El eros, degradado a puro ‘sexo’, se convierte en mercancía, en simple ‘objeto’ que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía” (“Deus Caritas Est”. Cit. pág. 13).

El hombre queda así desmembrado. Ni siquiera se trata de considerar el cuerpo en toda su integridad, y lo genital, solo es considerado en lo que de goce puede suministrar como atractivo, con total prescindencia de lo funcional. Esto explica el desprecio por el propio cuerpo, pero fundamentalmente del de aquél o del de aquella en el que el sujeto ha pretendido encontrar un vínculo, una permanencia, imposible de ser sustentada en el arrebato de lo sensible.

Agrega Benedicto XVI: “La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno, en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza” (“Deus Caritas Est”. Cit. pág. 14).

Se ha dicho que el amor sustentado en la sabiduría, genera el vínculo que impone el carácter inagotable de las perfecciones a las que se puede acceder por su ejercicio, esto es por la caridad. Se trata de un requerimiento de la naturaleza perfectible del hombre, que encuentra su satisfacción, aunque provisoria y relativa, en la elevación y purificación. Es la exaltación tranquila de la voluntad asentada sobre las conclusiones del intelecto. Es un goce pleno, profundo. Es el goce del sabor de la bondad, belleza y verdad eternas.

El amor agapé, también llamado caridad, “nos impulsa ….. a darnos a otros, a alegrarnos por su bien, a imaginar un todo del que somos solamente una parte” (Jean Guitton. Ob. Cit. pág. 27). Y como es el bien por excelencia, es unitivo, y en la unidad perfectiva, dando sentido aún, al goce sensible que es una expresión del presupuesto que nace de la relación y hasta de la fusión entre dos personas humanas.

Es la evidencia que surge de la comprensión de nuestra naturaleza corporal y espiritual. Con este presupuesto, el amor apasionado se desprende de lo sensible, para abrazarse como afición vehemente a la verdad, que es el ser. Es el hombre, Persona Humana, que en su integridad afronta el desafío que proviene de la certeza del goce futuro que provocará la visión del Absoluto. Por ello busca y permanece en la unidad consigo mismo y con el prójimo, en la que hasta el momento de trascender, encontrará bienes sucesivos, que le permitirán gozar de la dicha y paz propia de la auténtica felicidad.

El hombre lo sabe, pues se le ha revelado el misterio a través de la entrega que Dios ha hecho de su Hijo, lo que permite predicar con Benedicto XVI: “Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor” (“Deus Caritas Est”. Cit. pág. 23).


La caridad causa de la paz

San Agustín ha definido la Paz como “la tranquilidad en el orden”.

Por lo demás, de lo formulado hasta este estado del presente desarrollo, puede concluirse que la caridad es la participación del hombre en el poder de Dios. Por cuanto el mismo se traduce en la entrega creadora del Padre. Así como el hombre es imagen y semejanza de quien le ha dado existencia, participa, en la medida de sus limitaciones, de la capacidad de amar, lo que se traduce en el ejercicio del poder que le permite encauzar o modificar la realidad.

La caridad, entonces, sustentada en la sabiduría y operada en el marco amplio que la generosidad otorga a la voluntad; y la libertad, en tanto condición de la Persona Humana, que le permite, en su recto ejercicio –asegurado por el intelecto y la voluntad como causas recíprocas- la aprehensión de lo mejor, o sea del bien; es la virtud que opera como hábito que se manifiesta en los afectos, en tanto se concretan éstos en el amor –que es entrega- como en los sentimientos externos que se definen como la forma que contiene la esencia de la dación.

La caridad, solo puede ejercerse en el marco del orden, pues éste es la “unidad que resulta de la armónica disposición de las cosas” y la unidad, que es garantía de las esencias, permite hacer efectiva la entrega perfectiva a la Persona Humana, definida por su naturaleza espiritual, con prescindencia de las variantes generadas por lo accidental.


Conclusión:

En cuanto el servicio del amor, que implica la caridad, se abandone o se desprecie, entonces, no habrá paz. Y no la habrá:

* Mientras la caridad sea un simple enunciado

* Mientras la palabra amor sea el medio de engaño por el que se oculten perversos intereses

* Mientras la dignidad de la Persona Humana sea un concepto extraño en la sociedad

* Mientras la vida de los pequeños que viven en el seno materno sea un medio de cambio en el triste negocio de conservación de la permanencia en los despachos públicos.

* Mientras la vida de los más débiles – por vejez o enfermedad – o de aquellos hermanos con capacidades diferentes, quede sometida a las reglamentaciones de la eutanasia que preparan los actuales cultores de las doctrinas eugenésicas

* Mientras las voluntades de los hombres masificados se compren con míseras limosnas

* Mientras las Personas Humanas sean consideradas cosas, simple materia, usadas para brindar el aplauso pagado con la ración vergonzante

* Mientras los sabios enmudezcan, porque el grito de los necios, que sólo aturde, les impida expresarse

* Mientras el virtuoso sea burlado y el corrupto alabado

* Mientras el concepto de amor sea bastardeado aplicándoselo a uniones aberrantes

Y como todo esto ya está sucediendo, progresivamente la paz se irá totalmente extinguiendo. Y la sociedad, que ya soporta estallidos acotados, se desmembrará en múltiples fragmentos. Y, entonces, habremos privado a nuestros hijos y nietos, del destino por cuya grandeza muchos lucharon y hasta dieron su vida. Y los responsables seguirán exclamando. Y la exclamación será sólo ruido, aquel que escuchamos desde hace tiempo, y por el que se ha perdido el silencio que es calma. Ésta, la necesaria al pensamiento que debe preceder la acción que transforme. Y, así inmovilizados, permaneceremos infecundos y la comunidad se encaminará al agotamiento para ser presa de quienes, extraños a la tierra, aguardan dominar.

Pero en la esperanza, es posible y necesario afirmar: La Nación encenegada todavía resiste en su esencia, pues no hay barro que, por espeso y pestilente, pueda opacar la historia en la que se alzan – docentes – vidas heroicas afirmadas en el dolor y la sangre, que es como ejercieron el genuino amor a sus hermanos.

Y otra vez la Patria Argentina, por la obra de sus hijos, deberá cimentar – con el sufrimiento que templa – el nuevo camino que conduzca al destino que nunca debió ser quitado.

En tanto nosotros, prestos a rendir las cuentas exigidas, recordaremos aquella sentencia de San Juan de la Cruz, que dice: “A la tarde de la vida te examinarán en el Amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición”. Instalados, entonces, en el ejercicio de la caridad, antes que sea demasiado tarde.


MONSEÑOR VIGANÒ AL SACERDOTE MISERICORDIADO POR BERGOGLIO: “TE CASTIGAN POR SER CATÓLICO”

Publicamos la carta abierta que el arzobispo Carlo Maria Viganò dirigió al sacerdote Jesusmary Missigbètò, expulsado del Opus Dei y sancionado por las críticas dirigidas al pontífice reinante


Amén dico vobis: tolerabilius erit

terræ Sodomorum et Gomorræorum

in die judicii, quam illi civitati.

Monte 10, 15


Reverendo Padre Janvier:

Querido Padre Jesusmary Missigbètò:


Supe por la prensa la noticia de su suspensión a divinis y expulsión del Opus Dei, impuesta por la Congregación de Obispos como sanción canónica por no haber "respetado y obedecido al Sumo Pontífice".

Permíteme expresarte mi cercanía espiritual, en un momento de gran prueba para ti: como bautizado y como Ministro de Dios, debe ser doloroso ser acusado por quien, con la misericordia que distingue cada acto, recibe en audiencia a reconocidos abortistas, concubinarios públicos, travestis, sodomitas, clérigos rebeldes, herejes, usureros y hambrientos.

Supongo que es muy descorazonador que se te reproche lo que en otros tiempos merecía el elogio -si no la gloria de los altares- a los santos que no dudaron en regañar, aunque sea con dureza, la corrupción de la corte papal. Un San Pedro Damian, una Santa Catalina de Siena se escandalizarían hoy por la duplicidad de aquellos que nunca pierden la oportunidad de denigrar a los buenos católicos y complacer a los enemigos de Cristo y de su Iglesia.

Lo que afrontas por tu fidelidad al Magisterio y por verdadero respeto a la Sede del Santísimo Pedro es una oportunidad para expiar los pecados y escándalos de los clérigos, en el espíritu de expiación y reparación que nos une a nosotros, miembros del Cuerpo Místico, a Nuestro Señor, su Cabeza, inmolada en la Cruz para reparar las ofensas de los hombres a la Santísima Trinidad.

Tu prueba, querido y reverendo don Gbénou, te une a otras tribulaciones, a menudo más difíciles de soportar, a las que son sometidos muchos de tus hermanos por parte de sus Superiores: sacerdotes expulsados ​​de las parroquias y obligados a vivir y dormir en coches o en alojamientos improvisados; párrocos removidos porque no están dispuestos a renunciar a la celebración del Santo Sacrificio en el rito apostólico; religiosos expulsados ​​de monasterios y conventos por no querer renunciar a la fidelidad al carisma de la Orden; seminaristas que se ven impedidos de la formación sacerdotal sólo porque no aceptan la disipación y la mundanalidad que se les impone.

Si alguna vez tienes dudas sobre las intenciones de aquellos que, usurpando una autoridad contra el fin para el que fue instituida por Cristo, se enfurecen contra los buenos, te invito a considerar cómo su severidad se disuelve ante faltas mucho más graves de clérigos fornicarios, de prelados corruptos, de cardenales hostigadores y ladrones.

Tu culpa, reverendo, es haber creado un peligroso término de comparación con ellos al descubrir la tumba llena de gusanos de la iglesia bergogliana. Si hubieras participado en el Orgullo Gay publicando tus fotos en actitudes indignas, no me refiero a la de un clérigo, sino también a la de un pagano; si hubieras provocado escándalo al permitirte vergonzosos abrazos con otro sacerdote; si hubieras negado las Verdades Católicas o impugnado la Moralidad Cristiana, estarías ahora a la cabeza de un Dicasterio Romano, o de una Diócesis prestigiosa, y aparecerías con traje de hilo junto con quien te privó del derecho a celebrar, escuchar Confesiones y predicar. Como tú, muchos otros sacerdotes y no pocos obispos y algunos cardenales, en cambio, se ven ridiculizados, ofendidos, injustamente castigados por el hecho de ser demasiado católicos.

Me pregunto si, ante la vergüenza de la corrupción del clero descarriado que tanto le gusta a Bergoglio, al punto de rodearse de ellos hasta en las salas de Santa Marta, no deberías considerar las sanciones que te han impuesto como una fuente de orgullo. El exilio que se me da, me honra. Si la casa de Dios se ha convertido en una cueva de ladrones, los que quieran permanecer cerca del Señor deben sacudirse el polvo de los zapatos (Mt 10, 14), y no saludar a los que niegan a Cristo y lo crucifican a diario con su conducta.

Alégrate, pues, amado y reverendo Padre, porque si los enemigos de Dios no encontraran en ti motivo para perseguirte, significaría que no estás dando testimonio de tu fidelidad al Señor. Si el mundo los aborrece, tengan presente que antes que a ustedes, me aborreció a mí (Jn 15,18), decía la Sabiduría encarnada. Las pruebas presentes son, pues, motivo de consuelo espiritual, ocasión de santificación, ocasión de edificación para los sencillos. Cien veces te recompensará el Señor por lo que estás soportando.

A ti, querido Padre, y a todos los que como tú son perseguidos propter justitiam (Mt 5, 10), vaya mi recuerdo orante en el Santo Sacrificio de la Misa.

+ Arzobispo Carlo Maria Viganò


SOY RESTAURACIONISTA

El papa Francisco no puede enseñarme a amar lo feo o lo hueco o lo incoherente, ni puede enseñarme a despreciar lo bello y lo racional, y los misterios más allá de la razón.

Por Anthony Esolen


Hola. Mi nombre es Tony. Soy restauracionista. 

No siempre fui así. Crecí en los años sesenta y setenta, y todos dábamos por sentado todo lo que los sacerdotes y obispos decían que teníamos que hacer según las indicaciones del Concilio Vaticano II. Ninguno de nosotros había leído los documentos, pero suponíamos que nuestros líderes sí lo habían hecho, y obedecimos. Ellos contaban con eso.

Cuando nuestro párroco retiró el comulgatorio de mármol con sus incrustaciones de mosaico con símbolos eucarísticos (una cesta con cinco panes, dos peces, un racimo de uvas, el Cordero de Dios), supusimos que sabía lo que hacía, y nos sometimos. Cuando blanqueó las paredes de la iglesia, eliminando los patrones estarcidos de la flor de lis
, de modo que lo que había sido cálido y sombreado ahora estaba desnudo, sin conexión de color entre las vidrieras, las pinturas murales de figuras del Antiguo Testamento y el techo pintado, supusimos que sabía lo que hacía, y nos sometimos. Cuando cubrió las baldosas hexagonales del suelo, de color blanco y verde oscuro en patrones cruciformes, con una alfombra de color rojo brillante, nos limpiamos los pies y obedecimos.

Obedecíamos mucho entonces. El obispo se había contagiado del fervor del concilio, y pronto la diócesis se vio salpicada de vallas publicitarias en las que se leía "Proyecto Expansión". Era una época de expansión, pensábamos, una época de construcción de nuevos institutos diocesanos, nuevas escuelas parroquiales, nuevas parroquias. Y toda esa expansión costaba dinero. Se pidió a cada familia que se comprometiera con lo que pudiera pagar. Mi familia prometió, no sé cuánto, pero mi padre y mi madre eran católicos devotos, generosos y obedientes, y lo que prometieron, lo pagaron.

No culpo al obispo. ¿Cómo podía saber que estábamos al borde de un colapso calamitoso? Nuestra escuela parroquial, construida con el dinero de la familia de un pastor irlandés hace cien años, se convirtió ahora en oficinas del municipio y la cárcel. A la diócesis no le queda más que una escuela secundaria.

En otro turno, de golpe, íbamos a cantar himnos. La estrategia consistía en enseñárselos a los niños de la escuela, y luego hacer que asistieran a la misa de las 9:15, la tercera de cinco cada domingo, para cantarlos y así enseñárselos a sus padres. Recuerdo que me aprendí "A Mighty Fortress Is Our God" (Una fortaleza poderosa es nuestro Dios), que me gustó mucho. 
¿Las demás? Bueno, la mayoría eran aburridas "This Is My Body" (Este es mi cuerpo) o ñoñas "Sing to the Mountains" (Canta a las montañas), pero ninguno de nosotros sabía nada de la larga tradición de la himnodia cristiana.

La mayoría de los hombres no cantaban. En el instituto teníamos misa el día de Todos los Santos y otras fiestas, y entonces sí sacábamos las guitarras, y casi todo el mundo cantaba las canciones. No sabíamos nada más. Esas canciones se desgastan con el tiempo. Como música, eran y son bastante malas, como torpes melodías de espectáculo para una comedia romántica fuera de Broadway. Su teología era peor y la poesía lo peor de todo. Pero yo obedecía.

En aquella época casi no aprendíamos oraciones. En la escuela primaria, cada primer viernes por la tarde, las monjas nos llevaban a la iglesia para confesarnos, los niños por un lado y las niñas por otro. Después rezábamos el rosario y llegaba la bendición. Recuerdo ahora que el sacerdote se arrodillaba ante el altar y nos dirigía en las Alabanzas Divinas, y todavía puedo oír las respuestas de las monjas, que sabían que cuando él decía: "Cristo, escúchanos", la respuesta era: "Cristo, 
misericordiosamente escúchanos".

Me gustaba la Bendición. No sabía, entonces, que en pocos años ese rito estaría olvidado en la mayoría de los lugares y que me encontraría con muchos católicos que nunca lo habían visto o ni siquiera habían oído hablar de él. Pero eso no me escandalizaba. Una vez más, pensé que los responsables sabían lo que hacían.

Lo único que dolió a la gente de mi ciudad, por lo que recuerdo, fue que ciertos santos muy queridos fueron eliminados del calendario -Santa Barbara, Santa Lucía, San Cristóbal, San Jorge- por ser considerados “meras fábulas”. Eso fue un shock. Si la Iglesia se había equivocado con eso, ¿con qué más podía equivocarse? Si la Iglesia tenía que ponerse al día en su propio calendario, tal vez tenía que ponerse al día también en otros aspectos.

La moral sexual era la candidata obvia para el progreso. No entendía nada de eso cuando era un escolar, pero cuando los alumnos de primer año de la escuela secundaria teníamos una clase de "aclaración de valores" en lugar de un verdadero estudio de las Escrituras o del catecismo, me imaginé que la hermana sabía lo que estaba haciendo. Era una característica de la nueva Iglesia: la Iglesia sabía más y mejor sobre el sexo que antes.

Aunque la mayoría de nosotros en ese instituto tenía un viejo residuo de sentido moral, cuando fui a la universidad en 1977, la Iglesia en su vida ordinaria -en su predicación y su práctica obvia- no nos ofrecía ninguna barandilla, ninguna dirección. Nunca me consideré desobediente porque la Iglesia, en su vida práctica, tampoco me consideraba así. El amor cubre una multitud de pecados.

No me gustaba la arquitectura eclesiástica modernista, pero no me importaba lo suficiente como para suscitar un verdadero aborrecimiento. Me había cansado de las malas canciones, pero de nuevo, no conocía otra cosa. Pensaba que tener monaguillas era una buena idea, sobre todo porque no me importaban las vocaciones al sacerdocio, y no lo veía como parte del furioso ataque a los sexos como tal. 


Si las mujeres querían ser lectoras, que lo fueran. No me gustaban las voces estridentes, pero ¿quién prestaba realmente atención a las Escrituras? La primera Biblia que me compré fue La Biblia de Jerusalén, y me pareció estupenda, sobre todo en su traducción de los profetas.

La obra de Hans Kung “¿Existe Dios?” me ayudó a mantenerme en el redil por su recorrido por la historia de la filosofía y la teología, que yo desconocía en su mayor parte. Le dije a mi padre que la Iglesia había asfixiado al mayor teólogo de su tiempo, Pierre Teilhard de Chardin. Vean qué obediente era yo. Si alguna vez hubo un fantasma del Vaticano II, yo tenía mi tabla de ouija católica y anotaba mensajes del más allá.

Pero poco a poco, muy poco a poco, empecé a aprender cosas. Parte de ello provenía de mi estudio de la literatura medieval y renacentista. Una parte se debió a que terminé como profesor en un colegio dirigido por dominicos, de modo que yo -cuya iglesia y escuela de la infancia llevaban su nombre- leí por primera vez a Tomás de Aquino. Una parte se debe a que tuve que enseñar arte y arquitectura del Renacimiento y la Edad Media. Otra gran parte vino de mi querida esposa, una protestante, que conocía los antiguos himnos, de modo que yo cantaba, por primera vez en mi vida -porque ella insistía en ir a misa sólo donde la música es real-, canciones tan poderosas como "The King of Love My Shepherd is" (El rey del amor es mi pastor) y "Thine Is the Glory" (Tuya es la gloria).

Mucho vino de la lectura. C.S. Lewis dijo una vez que un ateo debe tener cuidado con lo que lee, para no ser emboscado por la verdad. A mí me emboscó la belleza, la profundidad espiritual y la coherencia. Lo confieso: escuché la Missa Papae Marcelli de Palestrina y pensé que había entrado en otro mundo. Lo confieso: he aprendido el griego koiné y puedo abrirme camino en el hebreo del Antiguo Testamento, y poseo Biblias en esos idiomas, así como en latín, alemán, francés, español, portugués, galés y ruso, de modo que la Biblia de Jerusalén ya no me impresiona, y mucho menos esa versión de agua de baño que escuchamos en el leccionario cada semana.

Lo confieso: tengo un viejo Gradual para uso de los canadienses francófonos, y he visto los cantos que los coros de nuestro antiguo pueblo de pescadores solían cantar. Lo confieso: he mirado las porciones de las Escrituras deliberadamente eliminadas de las lecturas de la Misa. Lo confieso: he mirado, y a menudo rezo, el Tesoro de Oraciones impreso en la parte posterior del viejo Misal de San José, que todo el mundo solía tener. Lo confieso: he traducido 100 salmos para un breviario que utilizan los católicos de rito oriental en América, y he aprendido a apreciar la antigua hora canónica de Prime.

Lo confieso: he llegado a ver las conexiones entre el minimalismo en el arte y el minimalismo en la moral, entre el minimalismo en nuestra apreciación de los sexos y el minimalismo en nuestro sentido de la paternidad de Dios, y entre todas las formas de minimalismo, es decir, el modernismo, y la desaparición de vastos campos de aprendizaje y belleza; entre el sacerdote que desprecia lo que nuestro Señor mismo dice sobre la fornicación porque lo que Él dice es supuestamente antiguo y limitado en el tiempo y el estudiante que desprecia la lectura de Chaucer, o incluso de Dickens, por las mismas razones.

He leído demasiado, he contemplado demasiado, he oído y cantado demasiado. Soy un restaurador. Soy como alguien que sabe que hay riquezas a la vuelta de la esquina, y quiero que todo el mundo venga a verlas. Ya no puedo evitarlo. La experiencia de la belleza es alcohólica. Me alegra el corazón. El papa Francisco no puede, me temo, enseñarme a amar lo feo o lo hueco o lo incoherente, ni puede enseñarme a despreciar lo bello y lo racional, y los misterios más allá de la razón. Que rece por mí, pues, para que el vino que se me ha subido a la cabeza vuelva a convertirse en agua. Nada más servirá.


Crisis Magazine



sábado, 9 de julio de 2022

LA MECANIZACIÓN DEL HOMBRE

¿Qué sucede cuando uno se convierte en nada más que un engranaje de la máquina para los que están en el poder, para ser usado y desechado como les parezca?

Por Christopher Lippold


Ya he escrito sobre la mercantilización del hombre, que ha sido, en cierto nivel, una tentación para el hombre desde el principio. Sin embargo, al igual que ha aumentado el cambio de significado de la persona humana cuando esa idea se cruza con el desarrollo cada vez más rápido de la tecnología, también se han desarrollado nuevas ideas en ese tiempo.

Una de esas nuevas ideas es la mecanización del hombre. La base de este cambio en la visión de la persona humana puede rastrearse en la enorme agitación que supuso la Revolución Industrial. Aunque al ver ese nombre, "Revolución Industrial", uno sólo piensa en máquinas y fábricas, hubo un cambio mucho más fundamental que se produjo en esa época.

Si bien es cierto que antes de esta Revolución había ciudades durante muchos milenios, la mayoría de la gente seguía viviendo en granjas. En estas granjas, vivían según el flujo natural de los días y las estaciones. Producían gran parte de lo que necesitaban, aunque tenían grandes dificultades en épocas de sequía y otros desastres. Tenían una profunda conexión con la creación de Dios.


En la ciudad, la conexión quizás no era tan fuerte, pero la mayoría de los que vivían en la ciudad trabajaban para pequeñas empresas locales, incluyendo a los muchos que eran autónomos o que dirigían negocios familiares. Muchas de esas empresas familiares se habían transmitido durante siglos. Había una profunda conexión con el producto que se fabricaba. Si empezaban a fabricar un producto de calidad inferior, la gente dejaba de comprarlo y se quedaban sin negocio. Encontrar sustitutos para las personas que ayudaban con los productos especializados tampoco era tan fácil, lo que daba un impulso adicional para pagar a cualquier trabajador contratado un salario justo y tratarlo bien.

Aunque no es perfecto en sí mismo -la mercantilización del hombre también es un hecho en esa época-, el cambio profundo llegó con la llegada de la nueva era de la industria pesada. El rápido crecimiento de la industria pesada condujo a un deterioro de la vida de los habitantes de las ciudades. La situación médica ya era bastante mala después de un tiempo, con diversas mezclas de humos nocivos, venenosos y llenos de hollín que llenaban el aire y los desechos humanos en las calles que provocaban problemas masivos de enfermedad. Estas amenazas a la salud se veían exacerbadas por el gran número de personas del país que se hacinaban en pequeñas habitaciones de los barrios marginales. Sin embargo, una vez que se encontraba trabajo, la situación era mucho peor.

El que encontraba trabajo se convertía en un simple engranaje intercambiable para su empleador. Se le pagaba lo menos posible y, a la vez, se le obligaba a hacer todo el trabajo posible durante el mayor tiempo posible para maximizar los beneficios. Si uno no pudiera trabajar, o tuviera que marcharse por una emergencia familiar, podría ser rápidamente sustituido por otra persona que pudiera hacer el trabajo. El trabajador y su familia serían arrojados a la calle sin preocuparse por su bienestar.


Algunas minas, sobre todo en Estados Unidos, idearon una forma ingeniosamente perversa de evitar que sus empleados se fueran. Al estar a veces lejos de la siguiente ciudad, tenían una tienda de la empresa en la que se podía comprar lo que se necesitaba. Si les faltaba el dinero, podían pedir lo que necesitaban a crédito. Sin embargo, para evitar que los mineros se marcharan, los precios se disparaban para obligar a la mayoría de ellos, si no a todos, a pedir un crédito.

Si dejaban su trabajo, se les exigía que pagaran inmediatamente todas sus deudas antes de marcharse. Si no podían, podían ser enviados a la prisión de deudores hasta que su deuda fuera pagada, dejando a su familia sin ningún ingreso para ellos hasta que su ser querido fuera liberado. Este era un destino peor que trabajar en las minas.

Se trataba de una esclavitud literal en muchos sentidos, pero el respeto de los propietarios por la persona humana se había deteriorado tanto que lo único que veían eran piezas intercambiables (sus trabajadores) y el signo del dólar. Si bien el hambre creciente de lo más nuevo e interesante había comenzado a crecer antes de la Revolución Industrial, luego se aceleró, ya que era más fácil crear más de lo más nuevo e interesante con mayor rapidez, algo que el trabajador haría que sucediera o no.

Con el crecimiento de las filosofías modernas, ya llenas de problemas, se desarrollaron nuevas ideas para resolver estos problemas. Pero a veces el remedio era peor que el problema. Si bien la filosofía del utilitarismo -la idea de que lo mejor que se puede hacer es lo que crea la mayor cantidad de felicidad, a pesar de cualquier concepto claro, fijo y consensuado de cómo determinar el mayor bien sin una base de Revelación Divina- era lo suficientemente peligrosa, lo peor vendría con el crecimiento del marxismo.

Si bien el comunismo, una consecuencia del utopismo, en algunas formas fue anterior a Marx y Engels, éstos desarrollaron su filosofía como respuesta al maltrato de los trabajadores en las fábricas y como asalto a las instituciones religiosas (y al propio concepto de Dios). El utilitarismo ya era bastante malo, pues dejaba claro que el individuo no importaba si el grupo más grande y colectivo mejoraba como resultado de su detrimento forzado. Pero el marxismo era mucho peor, debido a sus constantes ataques contra las instituciones básicas que sostenían la sociedad (como el núcleo familiar) y a su absoluta incompetencia a la hora de desarrollar una sociedad dirigida por la lógica científica en lugar de por métodos probados con el tiempo.

Los métodos científicos que desarrolló el marxismo se mezclaron con el utopismo que lo precedió, lo que provocó la muerte de cientos de millones de personas. El pueblo no era más que un sujeto de prueba en los diversos esfuerzos científicos destinados a remodelar la sociedad. Si les perjudicaba, no importaba; sólo significaba que se desarrollaría un nuevo experimento, y más gente sufriría. Al ver el daño que el cambio social de la Revolución Industrial había hecho a la sociedad, algunos pensaron que forzar a la gente a salir de las ciudades y volver a las granjas lo curaría todo.

En la mayoría de los casos, esto condujo a una hambruna masiva porque la gente carecía de los conocimientos necesarios para cultivar y, cuando fracasaban, un gobierno cuyos funcionarios tampoco sabían cultivar castigaba a las masas hambrientas o ideaba formas peores de arruinar tanto el proceso agrícola como el medio ambiente local. Esto empeoraba aún más la vida de las masas hambrientas. El pueblo no era más que una máquina biológica, con la que los señores dictatoriales debían jugar a su antojo, sin que el propio pueblo aportara nada.

En los países que no cayeron bajo la influencia comunista, comenzó a producirse el mismo tipo de deshumanización, aunque a un ritmo mucho más lento. Se puede ver un ejemplo de esto en el trato/interacción de las personas en los grandes y modernos edificios de oficinas. Aunque hay muchos ejemplos de medios de comunicación que describen la situación en los grandes edificios de oficinas, fábricas y almacenes, uno de los más humorísticos se encuentra en una película llamada simplemente Office Space, en español llamada “Trabajo Basura” (1999).


En esta película, algunos de los puntos más destacados son la separación de las personas entre sí al obligarlas a trabajar en un cubículo la mayor parte del día, la desconexión de la clase directiva de sus trabajadores de manera que parece que ni siquiera saben quiénes son sus propios trabajadores, y la enorme cantidad de trabajo innecesario y sin sentido que se ven obligados a hacer. No sólo se refuerza a través de las acciones de la dirección que los trabajadores realmente no importan, sino que también se deja claro que, en demasiados casos, el trabajo que hacen es una pérdida de tiempo, aparte del sueldo que reciben.

No es de extrañar que, a medida que todas estas fuerzas han ido creciendo, haya cambiado la visión que el ciudadano medio tiene del ser humano. A través de las acciones de otros y de las palabras de las mentes científicas del momento, se les muestra que no son más que máquinas biológicas que necesitan ignorar cualquier problema que puedan ver con los llamados “expertos” y simplemente cumplir. No tienen otro propósito que lo que está sucediendo en el aquí y ahora. No es de extrañar que el abuso de drogas, el abuso de alcohol y los suicidios vayan en aumento. Su única vía de escape puede ser el mundo electrónico, un mundo que los poderes manipuladores de las redes sociales están más que contentos de proporcionar, sólo por el precio de sus datos si tiene suerte.

La idea de que el mundo espiritual y el material están separados crece junto con todas las ideas mencionadas en esta pieza, especialmente cuando el único escape del dolor es esconderse o abandonar el mundo oscuro, malvado y sin esperanza. Al ver que la ciencia no tiene ninguna base para el significado o la verdad última, puede empezar a parecer que estas cosas no existen realmente. A medida que la visión occidental de la persona humana se parece cada vez más a la de los comunistas, el peligro para nosotros también crece.


Crisis Magazine


ARGENTINA: CUIDADOS PALIATIVOS ES LEY

A través de los cuidados paliativos se le proporciona al paciente asistencia integral (física, psicológica, social y espiritual)


La eutanasia busca la eliminación de la persona que sufre mientras que los cuidados paliativos, alivian el sufrimiento y mejoran su calidad de vida.

El equipo de cuidados paliativos le brinda al enfermo y a su familia, un acompañamiento compasivo y amoroso.

Con 218 votos positivos y 1 negativo la Cámara de Diputados le dio sanción definitiva al proyecto que garantiza cuidados paliativos (OD 65/2022). El Senado lo había aprobado por unanimidad en octubre de 2020.

La iniciativa tiene entre sus principios rectores el “respeto por la vida y el bienestar de las personas” y la equidad en el acceso oportuno a las prestaciones paliativas que se deberán garantizar tanto en el sistema público de salud como en las obras sociales y prepagas.

Cuando haya enfermedades amenazantes y/o limitantes para la vida (aquellas en las que existe riesgo de muerte) se deberá prevenir y aliviar el sufrimiento, y brindar asistencia integral (física, psicológica, social y espiritual).

Se creará un Observatorio Nacional de Evaluación de Cuidados Paliativos.

El debate en el recinto

Mónica Fein
(PS, Sta.Fe): Dijo que los cuidados paliativos hablan de “una actitud humanizada de la medicina, pero basada en un método científico”. Afirmó que hay una profunda inequidad en el acceso a los cuidados paliativos y que se estima que en el mundo sólo un 14% de las personas tienen acceso a ellos, lo mismo pasa en Argentina, añadió. “Los cuidados paliativos no son un privilegio, deben ser considerados un derecho de toda la ciudadanía”.

Rubén Manzi (CC, Catamarca): “La función del médico es curar, pero también cuidar”. “Este proyecto fortalece ese paradigma: el rol de cuidado del sistema de salud”. “El paciente no se puede sentir abandonado por quién no pudo curarlo”.

Susana Landriscini
(FdT, Río Negro): “Si esta ley se aprueba de manera unánime va a reflejar el máximo respeto por la vida humana”. Exhortó a trabajar para que las provincias adhieran y la ley sea efectiva en todo el territorio.

Gabriela Lena (UCR, Ente Ríos): “Los cuidados paliativos emergen de la dignidad intrínseca de todos los enfermos incurables”. Puntualizó que su provincia sancionó una ley de cuidados paliativos en el 2010 y que aún no se reglamentó.

Alejandro Vilca (FIT, Jujuy): Adelantó el apoyo del Frente de Izquierda y criticó la “precariedad” del sistema de salud.

Paula Omodeo (CREO, Tucumán): Celebró que estuvieran tratando una ley que le sirva a la gente. Habló del respeto a la vida “desde la concepción y hasta la muerte natural”. “Salud, educación, seguridad; allí queremos al estado”, enfatizó.

Guillermo Carnaghi (Fdt, Neuquén): Habló de los escasos servicios que se brindan en su extensa provincia y estimó que la ley va a ser una herramienta eficaz para que esos servicios se extiendan.

Luis Di Giácomo (Juntos Somos Río Negro): Consideró que esta ley le va a dar empuje a los equipos multidisciplinarios de salud y que va a resaltar el trabajo de todos sus miembros. Subrayó que lo más importante de los cuidados paliativos son los recursos humanos y abogó por la capacitación de equipos.

Paola Vessvessian (Fdt, Sta. Cruz): Estimó que esta ley tiene que ver con la mirada que se tiene hacia el paciente y su familia. Mencionó que sólo hay 5 países con leyes de cuidados paliativos, por lo que ésta sería “una ley de avanzada”.

Jimena López (FdT, BsAs): Situó a los cuidados paliativos en el marco de los derechos humanos y llamó a humanizar las prácticas en el sistema de salud. “No hay que institucionalizar más de lo necesario y hay que contener a los grupos familiares”.


NOTIVIDA

Editora: Lic. Mónica del Río


LA MUERTE DEL PAPA FRANCISCO

¿Cómo se explica que el papa de la sinodalidad se empeñe en no escuchar y, aún más, en perseguir, a una buena parte de ese pueblo por el simple hecho de mirar atrás en la historia de la Iglesia? 


Después de leer rápidamente la Carta Apostólica Desiderium desideravi del papa Francisco me pregunté si valía la pena gastar tiempo y energía en leerla detenidamente y escribir algo sobre ella. Y decidí que no. La carta, en términos generales, no está mal en tanto dice lo que siempre la Iglesia ha dicho sobre la liturgia, y algunos párrafos aquí y allá, no son más que las mismas incoherencias y superficialidades ya que conocemos. Además, ya otros —muy pocos en verdad—, han hecho el análisis por mí.

Sin embargo, la publicación de la Carta y su escasísima repercusión ha venido a añadir un elemento más que demuestra una realidad que ya es evidente para todos: el papa Francisco está muerto y sólo resta esperar que la parca termine de hacer su trabajo. Curiosamente, la suya es una situación especular a la del presidente peronista argentino, Alberto Fernández, que también está muerto y sólo resta esperar hasta diciembre de 2023 para sus funerales, aunque es posible que el hedor exija que se adelanten.

Y señalo aquí otro hecho que abona mi hipótesis de un pontífice muerto. El viernes pasado se publicó una larga entrevista que le hizo al Sumo Pontífice la agencia oficial argentina de noticias Telam. La entrevista no tuvo repercusión alguna en los medios internacionales y ni siquiera en los medios del país. Hasta donde sé, de los medios de prensa argentinos con alguna relevancia, solamente dos le concedieron un espacio completamente marginal: Infobae y Página 12. Los diarios más reconocidos, como La Nación o Clarín, no se apercibieron del reportaje. Está por verse si el motivo es la completa intrascendencia —o muerte de hecho— de Bergoglio, o por simple piedad, pues es piadoso cubrir las vergüenzas de los ebrios o de los ancianos. Sus declaraciones sobre las Naciones Unidas, sus frases clarividentes como “Porque si no cambiamos de actitud con el ambiente, nos vamos todos al pozo”, o “Es importante ayudar a los jóvenes en ese compromiso socio-político y, también, a que no les vendan un buzón”, indican que Bergoglio está mayor; chochea y, lo peor de todo, se empeña en hacer público su juicio débil y terminal.

Sus desvaríos muestran, también sus obsesiones y berrinches, que cambian con las estaciones y siempre son incoherentes. Si en un momento eran los curas burgueses y los obispos viajeros; o las monjas solteronas y los fieles pelagianos, ahora su obsesión son los restauracionistas y el indietrismo. El día de San Pedro y Pablo impuso el palio (“estola”, dice el imbécil del locutor) a los nuevos arzobispos y su discurso es desopilante por las insensateces a las que recurre una y otra vez. Advierte sobre los peligros del indietrismo, recurriendo a un neologismo italiano que podríamos traducir al español como volveratrasismo: la Iglesia no debe volver la mirada atrás con nostalgia por los tiempos pasados que habrían sido mejores y más brillantes. Pero esto plantea varias dificultades al interno de su propio discurso, y sin que tengamos que recurrir a discursos de autores restauracionistas.

En primer lugar, ¿cuál es el punto a quo, desde el cual la Iglesia podría ser mirada? A tenor de sus últimas declaraciones, pareciera que es el Concilio Vaticano II. Sólo podríamos mirar a la Iglesia a partir de ese magno momento y no volver la mirada a tiempos anteriores, con lo cual Francisco suscribe la tesis de la llamada Escuela de Bolonia: el Vaticano II significa una ruptura en la Iglesia y una re-fundación de la misma. Y, consecuentemente, se ubica en las antípodas de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Por otro lado, ¿de qué modo justifica ese punto temporal? ¿Por qué no podemos mirar más atrás con nostalgia y deseos de restauración? ¿Qué motivos teológicos, más que el deseo del papa romano, que es infalible, hay para tamaña decisión? Son preguntas que nunca ha respondido ni responderá, porque no puede hacerlo.

En segundo lugar, el papa afirma que el indietrismo está 'muy de moda' en la Iglesia actual. Es decir, hay un gran número de católicos, clérigos y fieles, que miran con nostalgia el pasado e, incluso, buscan restauraciones prohibidas. Pero, ¿no acaba de decir en ese mismo discurso y con un énfasis muy marcado que en la Iglesia hay lugar para todos? ¿O será, acaso, que el papa berrea para que los adúlteros y los lgbt tengan su lugar en la Iglesia, pero impide que lo tengan los indietristas? ¿Cómo se explica que el papa de la sinodalidad, que exige “poner el oído en el pueblo”, que es fuente de revelación y manifestación divina, se empeñe en no escuchar y, aún más, en perseguir a una buena parte de ese pueblo —él mismo admite que son muchos— por el simple hecho de mirar atrás en la historia de la Iglesia? Insensateces e incoherencias que ya nadie puede negar.

Fuerza es reconocer que la pasmosa mediocridad que observamos en el Romano Pontífice, no es privativa de él. Los gobernantes que hoy tienen las riendas de los asuntos planetarios asombran por su estupidez. Y para ejemplo basta un botón: durante la cumbre de los países de la OTAN reunidos la semana pasada en Madrid, los asistentes podían elegir, de acuerdo al menú, como plato de entrada “ensaladilla rusa”. Debido a los comentarios y reclamos realizados, los encargados del catering debieron re-imprimir los menús y renombrarla como “ensaladilla tradicional”. Para alivio del bolsillo de los organizadores, el papa Francisco no estaba invitado a la cumbre.


Wanderer


viernes, 8 de julio de 2022

¿TODO LO QUE NECESITAS ES AMOR?

"All You Need Is Love" es el título de una canción de los Beatles de 1967. También puede servir como título de la herejía cristiana más influyente de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial: el liberalismo.

Por David Carlin


En el siglo XIX, el cardenal (ahora santo) John Henry Newman definió el liberalismo religioso como la idea de que cada cristiano debe ser libre de elegir sus propias opiniones religiosas; en otras palabras, que el cristianismo no tiene un contenido doctrinal autorizado. La doctrina no importa realmente. Lo que verdaderamente cuenta es la moral.

Mientras seas una persona moralmente buena, no importa si eres católico o protestante, o si eres trinitario o unitario, o si crees en todos los artículos del Credo de Nicea o sólo en algunos de ellos o en ninguno.

En su época pre-católica, Newman vio cómo el liberalismo crecía en la Inglaterra protestante e incluso en su propia Iglesia de Inglaterra. Lo consideraba un resultado lógico del principio protestante del "juicio privado", según el cual cada cristiano es libre -o más bien está obligado- a hacer su propia interpretación de la Biblia.

Newman también consideraba el liberalismo religioso inglés como un subproducto de la infidelidad continental. El ateísmo francés, aunque no ganaba muchos conversos en Inglaterra, estaba socavando indirectamente el protestantismo inglés. A la larga, el liberalismo conduciría al ateísmo. El liberalismo religioso era una especie de posada en el camino del cristianismo ortodoxo al ateísmo.

Fue su miedo al liberalismo, tanto como cualquier otra cosa, lo que llevó a Newman, primero, a alejarse de su temprano evangelismo hacia el anglocatolicismo de sus años tractares; y más tarde le llevó a abandonar por completo la Iglesia de Inglaterra y a entrar en la Iglesia de Roma. El viaje completo desde el protestantismo juvenil hasta el catolicismo maduro duró unos veinte años, desde mediados de la década de 1820 hasta mediados de la década de 1840, todos estos años pasados en Oxford.

Durante el último medio siglo más o menos, los protestantes liberales estadounidenses llevaron el liberalismo religioso de la época de Newman un paso más allá. No sólo han sostenido que la moral -no la doctrina- es la esencia del cristianismo, sino que han simplificado este principio añadiendo que el amor al prójimo es la suma y la sustancia de la moral cristiana.

A primera vista, esto parece una afirmación muy plausible. Después de todo, ¿no dijo Jesús que el amor al prójimo es uno de los dos grandes mandamientos (el otro es el amor a Dios)? Y en muchos siglos posteriores, ¿no han coincidido con Jesús innumerables santos y maestros cristianos?

Pero hay una diferencia crítica entre la forma tradicional cristiana de decir "Ama a tu prójimo" y la forma liberal moderna. En la forma tradicional, "Ama a tu prójimo" es un resumen práctico de todos los mandamientos más específicos, por ejemplo, "No matarás", "No cometerás adulterio", "No robarás", "No dirás mentiras". A la manera liberal moderna, el mandamiento "Ama a tu prójimo" triunfa sobre los mandamientos supuestamente "menores".

Y así, en ciertas circunstancias, la regla del amor al prójimo puede exigirme, o al menos permitirme, realizar actos de fornicación, adulterio, sodomía homosexual, asesinato (incluido el aborto), mentira, robo, etc.

Por ejemplo, el adulterio, en general, es algo malo, que produce más daño que bien para todos los afectados: los dos cónyuges, el tercero y las personas relacionadas o vinculadas con estos tres.

Pero si un hombre casado se dice a sí mismo: "Ir a la cama con mi amante producirá beneficios para mí, para mi mujer, para mi amante, y no será perjudicial para nadie más". Y si se convence a sí mismo, tras la debida oración y reflexión concienzuda, de que todo esto es cierto, entonces puede concluir: "Está claro que tengo el deber cristiano de ir a la cama con esa deliciosa joven, mi amante".

El locus classicus de este tipo de razonamiento es un libro titulado Situation Ethics (Situación Ética). Fue escrito por Joseph Fletcher, un sacerdote episcopal que era profesor en la Episcopal Divinity School de Cambridge, Massachusetts.

Joseph Fletcher

Su libro se convirtió en una especie de best-seller teológico, probablemente porque, al aparecer en los primeros días de la revolución sexual, satisfacía una necesidad urgente: enseñaba cómo reconciliar el pecado sexual con el cristianismo. Pero no sólo justificaba los pecados sexuales. También podía servir para justificar el aborto y la sodomía homosexual. Más tarde, Fletcher se convirtió en ateo - el punto final lógico que Newman había predicho.

Conocí a Fletcher brevemente, en 1968, en un cóctel tras una conferencia filosófica celebrada en la Universidad Católica de Washington DC. Me pareció un anciano amable; un tipo de abuelo; más bien como lo soy yo hoy. Me pregunto si la publicación de su libro (1966) influyó en la creación de la canción de los Beatles (1967).

Esta idea -que el amor al prójimo (redefinido) es la suma y la sustancia del cristianismo- no es tan común en los círculos católicos como en los protestantes. Pero no está ni mucho menos ausente. Se encuentra sobre todo entre los católicos que toleran el aborto y simpatizan con la homosexualidad.

Porque esta tolerancia es una forma de ser amable (= ser cristiano) con las jóvenes en dificultades, y esta simpatía es una forma de ser amable (= ser cristiano) con las personas que "han nacido así". Esto puede llamarse la idea Biden-Pelosi del catolicismo.

Para bien o para mal, el cristianismo no es simplemente una cuestión de bondad moral; es también una cuestión de doctrina, como lo ha sido desde los tiempos de los Apóstoles. Si la moral es la superestructura del cristianismo, la doctrina es su fundamento. Si se eliminan los cimientos, o simplemente no se toma la molestia de mantenerlos en buen estado, la estructura se derrumbará.

Este colapso no ocurrirá de la noche a la mañana. Será gradual. Y aquellos que no mantengan los cimientos -ya sean ministros protestantes u obispos católicos- serán en su mayoría personas amables, más bien como Joseph Fletcher.


The Catholic Thing


MONSEÑOR VIGANÒ: “EL MOVIMIENTO 'ORGULLO' ES SATÁNICO”

Publicamos un mensaje entregado por el arzobispo Viganò a la marcha de reparación realizada por la Asociación Beata Giovanna Scopelli de Reggio Emilia (Rimini, Italia) el 2 de julio de 2022


Queridos fieles, Laudetur Iesus Christus - ¡Alabado sea Jesucristo!

Para los que participan en la procesión de reparación de esta tarde, y especialmente para los participantes menos jóvenes, parece casi increíble que en el curso de unas pocas décadas Italia haya podido transformarse de manera tan radical, cancelando el legado del catolicismo que la hizo grande y próspera entre las naciones.

Estamos asistiendo a un proceso -aparentemente irreversible- de apostasía de la Fe; un proceso que es lo contrario de lo que describió San León Magno al celebrar la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, en la que alabó el papel providencial del Alma Urbe, la amada Ciudad de Roma: habiendo sido maestra del error, Roma se convirtió en discípula de la Verdad, escribió el gran Pontífice. Hoy podríamos decir, con la consternación de los hijos traicionados por su padre, que la Roma de los mártires y de los santos habiendo sido maestra de la Verdad, se ha convertido en discípula del error. Porque la apostasía actual, que envuelve a la autoridad civil y religiosa en una rebelión contra Dios Creador y Redentor, no empezó desde abajo, sino desde arriba.

Los que gobiernan los asuntos públicos, así como los Pastores de la Iglesia, se muestran obedientes al antievangelio del mundo, y mientras se niegan a rendir el debido respeto a Cristo Rey y la obediencia a Su santa Voluntad, doblan sus rodillas ante los nuevos ídolos de lo políticamente correcto y queman incienso ante el simulacro de la humanidad embrutecida por el vicio y el pecado. Los que hoy dirigen al pueblo en las cosas temporales y espirituales no tienen como finalidad el bien común de los ciudadanos y la salvación de las almas de los fieles, sino su corrupción, su condenación. Y las masas, habiendo abandonado el camino de la honestidad, de la rectitud y de la santidad, se abandonan al engaño, a la corrupción y a la revuelta infernal contra Dios.

No es sorprendente ver las obscenas manifestaciones del "Orgullo" por las calles de las ciudades: el espacio público que los aberrantes han conquistado en las últimas décadas fue abandonado mucho antes por los católicos, cuyo clero consideraba las profesiones en honor del Santísimo Sacramento, la Santísima Virgen y los Santos Patronos como "ostentaciones de triunfalismo post-tridentino".

No es de extrañar la legalización del divorcio, del aborto, de la eutanasia, de las uniones sodomíticas y de todo lo peor de que es capaz una humanidad desviada y desquiciada: si esto ha ocurrido es porque a los católicos se les dijo que no podían imponer su propia visión del mundo y de la sociedad, y que tendrían que convivir, en nombre de la democracia y de la libertad, con los enemigos de Cristo. Y fue un engaño, porque la tolerancia que exigían a la mayoría cristiana del país ya no está permitida, y todos deben someterse a la dictadura del pensamiento alineado, la ideología de género y la doctrina lgbtq. ¿No lo recuerdan? No se cuestionó el “matrimonio”, pero se nos pidió que aceptáramos las “uniones civiles”. Y una vez legitimados los grupos de interés, se abrió la puerta al “matrimonio” entre personas del mismo sexo, a las adopciones para parejas del mismo sexo, a la maternidad subrogada, al aborto postnatal y a la eutanasia impuesta en algunas naciones incluso a los jóvenes y a los pobres.

Scelesta turba clamitat: Regnare Christum nolumus, cantamos en el himno Te Saeculorum Principem para la fiesta de Cristo Rey. La chusma delirante grita: No queremos que Cristo reine. Ese grito infernal, inspirado por Satanás, es quizá lo único honesto que pueden decir. Y es cierto: en el Reino social de Cristo no hay lugar para el vicio; no puede haber legitimidad para el pecado ni tolerancia para la corrupción de los jóvenes. Nuestros adversarios saben bien que la Civitas Dei y la civitas diaboli son enemigas, y que cualquier coexistencia es no sólo imposible sino impensable y absurda, ya que la sociedad cristiana es antitética e irreconciliable con la sociedad "laica".

Os habéis reunido para dar testimonio público de la Fe, con la intención de reparar los sacrilegios y blasfemias de la scelesta turba contra Jesucristo y su Santísima Madre. Porque ante el odio cruel y obsceno de estas almas rebeldes debemos seguir el ejemplo del Señor, ultrajado por sus verdugos en el mismo momento en que se sacrificó en la Cruz por su salvación. En efecto, es el propio Cristo, con su Encarnación, Pasión y Muerte, el primero en reparar los infinitos pecados de los hombres hacia el Padre eterno. Porque sólo un Dios podía expiar la desobediencia a Dios, y sólo un Hombre podía ofrecer esta reparación en nombre de la humanidad. Y también nosotros, que somos miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia Santa, podemos y debemos reparar las ofensas y pecados de nuestros semejantes con el mismo espíritu, la misma obediencia y el mismo abandono confiado en el Padre.

Y mientras miramos con dolor la multitud de pecados erigidos como modelos a imitar por una sociedad que está en contra del hombre precisamente porque está en contra de Dios, el deber de la Caridad nos exige rezar por aquellos que se han dejado seducir por el engaño de la Serpiente, para que se conviertan y se arrepientan. El mundo inclusivo que os han prometido; la supuesta libertad de ser y hacer lo que queráis sin tener en cuenta la Ley del Señor; la licencia y el vicio que se celebran y la virtud que se burla y desacredita, todo eso es mentira, como también era mentira la promesa: "Seréis como dioses", que Satanás hizo a nuestros primeros padres en el paraíso terrenal.

Me dirijo a los que participan en estas manifestaciones del llamado "orgullo gay"

No, no seréis como dioses; seréis como bestias

No tendréis felicidad; tendréis dolor, enfermedad y muerte -muerte eterna-. 

No tendréis paz; tendréis discordia y peleas y guerras. 

No tendréis prosperidad; tendréis pobreza. 

No seréis libres; seréis esclavos. 

Y esto sucederá indefectiblemente, porque el Mentiroso es un asesino desde el principio, y quiere vuestra muerte, borrando en vuestros ojos la imagen de Dios, robándoos esa bendita eternidad que primero perdió con su propia rebelión. Porque el primero en pecar por soberbia fue Lucifer, con su Non serviam - no me doblegaré; no me inclinaré ante Dios; no lo reconoceré como mi Señor y Creador. ¿Cómo podéis esperar que quien odia al Autor de la vida pueda amaros a vosotros, que sois sus criaturas? ¿Cómo podéis creer que aquel que ha sido condenado a la condenación eterna pueda ser capaz de prometeros esa dicha eterna de la que él fue el primero en ser privado para siempre?

Esta procesión no debe ser una ocasión de enfrentamiento, sino una oportunidad para mostrar a los muchos engañados por el Maligno que existe un pueblo animado por sentimientos de Fe y Caridad, un pueblo que con generosidad y con una mirada sobrenatural ofrece sus oraciones, ayunos y sacrificios para implorar el perdón de los pecados de sus hermanos. 

La Caridad, fundada en la verdad inmutable, es un arma tremenda contra Satanás y un instrumento infalible para convertir el mundo y devolver muchas almas al Señor. Devolverlas a Aquel que derramó su sangre incluso por ellas, por amor, un amor infinito e irrevocable, un amor que conquista el mundo, un amor que mueve montañas, un amor que da sentido a nuestra vida y no frustra nuestra existencia.

Cuando vemos la imagen del Salvador clavado en la Cruz y pensamos en los tormentos que sufrió para rescatarnos y redimirnos, no podemos permanecer insensibles, como no han permanecido insensibles los paganos, los idólatras y los pecadores de los siglos pasados. Las sociedades corrompidas en el intelecto y en la voluntad, entregadas a los peores vicios y atrapadas por las falsas religiones, han sido vencidas por ese amor -más aún: por esa caridad- que llevó a los mártires, incluso a los niños, a las mujeres y a los ancianos, a no reaccionar contra sus verdugos, para no faltar al amor de Dios. ¡Cuántos se han convertido al ver morir dignamente a los cristianos perseguidos por su fe! ¡Cuántos se han bautizado después de presenciar el ejemplo de los cristianos y la simple verdad del Evangelio!

Realicemos, pues, esta reparación. Hagámosla con espíritu sobrenatural, convencidos de que precisamente en el humilde seguimiento de Cristo en el camino del Calvario podremos llevar a Él a muchas almas que hoy están tan alejadas. Y cuanto más vemos que se desatan los poderes del mal, perseveremos aún más en el bien y en la certeza de la victoria de Cristo, verdadera y única Luz del mundo, sobre las tinieblas del pecado y de la muerte.

Pidamos con confianza filial al Espíritu Santo que infunda su santa gracia en los pecadores, que toque sus corazones, ilumine sus mentes y anime su voluntad. Para que los que hasta ahora han sido maestros del error y ejemplos del pecado sean, por la ayuda y la misericordia de Dios y por la intercesión de su Santísima Madre y de la nuestra, discípulos de la verdad y ejemplo de la virtud. Y que así sea.

+ Arzobispo Carlo Maria Vigano



ANTES DE ELEGIR AL ELEGIDO

Hay algunas preguntas muy concretas que hay que hacerse antes de elegir a un cónyuge.

Por el padre Michel Poinsinet de Sivry


El matrimonio es un contrato. Es un contrato que define los términos que unen a los cónyuges con el fin de fundar una familia. El origen del matrimonio se remonta al Génesis. Dios creó a Adán pero, dijo, "no es bueno que el hombre esté solo". Así que tomó una costilla de Adán y formó con ella el cuerpo de Eva. Cuando Adán vio a la primera mujer, se escribió a sí mismo: "Esto es hueso de mis huesos y carne de mi carne (...). Por lo tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne". Así se instituyó el matrimonio. En el Nuevo Testamento, Nuestro Señor Jesucristo lo elevó al rango de sacramento. En adelante, los esposos encuentran en esta institución los medios suficientes para la santidad. A través de la gracia sacramental, tienen todas las gracias que necesitan para cumplir santamente los deberes del contrato matrimonial: la procreación, la educación y el apoyo mutuo. De esta gracia sacramental sacan su fuerza, su esperanza y su fidelidad. El matrimonio no es una institución como las demás. Se ordena al bien común de la sociedad civil y eclesiástica de tal manera que la estabilidad y la paz de estas sociedades dependen en gran medida de la estabilidad y la paz del matrimonio. Esto demuestra lo importante que es contraer un buen matrimonio y, por lo tanto, elegir al cónyuge adecuado.


Antes de elegir...

Es muy apropiado considerar la santidad del matrimonio y pedir al Espíritu Santo que nos guíe en la importante elección que tenemos ante nosotros. Conviene entonces considerar el juicio de nuestros padres que nos conocen y nos quieren bien. Así como el de nuestros hermanos y hermanas o el de nuestros amigos. En general, estas personas son muy espontáneas y sencillas en sus opiniones. Por último, nuestro director espiritual también tiene un juicio informado porque se basa en la experiencia de la Iglesia y del confesionario. Consideremos las cuestiones concretas que hay que plantear en este asunto, tan importante y tan delicado a la vez.


Las preguntas clave

Empecemos por el principio. Debemos preguntarnos si nos parece razonable considerar al futuro padre o madre de mis hijos en la persona con la que estoy saliendo. Esta perspectiva ayuda a madurar nuestro juicio y apoya la virtud de la prudencia, que es un término medio entre la prisa y la indecisión.

En segundo lugar, debemos decirnos a nosotros mismos que el hogar será más santo si es estable y ordenado. Esta estabilidad es un principio de paz porque es el resultado del ejercicio habitual de la caridad. Este es el secreto de la santidad matrimonial. Para lograr esta estabilidad, por lo tanto, debe haber una profunda unidad entre los cónyuges. ¿Cómo sabemos si seremos capaces de construirlo juntos?


Vida espiritual y sacramental

Lo primero que hay que hacer es hablar de la vida espiritual y sacramental. ¿Dónde quiere ir mi pareja a misa el domingo? ¿A qué comunidad quiere asistir regularmente? Es obvio que esta cuestión repercute en la predicación y la catequesis que recibirán los niños. Es imperativo que este asunto se resuelva (¡al menos para evitar las discusiones semanales!). En el contexto de la crisis de la Iglesia, sucede que esta discusión tan delicada se vuelve bastante acalorada a causa de un desacuerdo. Se necesita mucha paciencia, sensibilidad y claridad para que el futuro cónyuge consiga aclarar la posición del otro. La verdad se transmite con dulzura, humildad y perseverancia. Si este punto no se resuelve antes del matrimonio, no se resolverá después. Es una ilusión pensar lo contrario. Y muchas personas caen en esta trampa... ¡y luego se arrepienten! Imaginamos que el futuro cónyuge cambiará necesariamente, cuando en realidad rara vez lo hace. A veces nos damos cuenta de que esta ilusión se mantiene deliberadamente para evitar afrontar el problema. Cuidado, no hay que olvidar que el matrimonio es un sacramento ordenado al bien común, ¡un error voluntario repercutirá en la sociedad y, más especialmente, en los hijos! Por lo tanto, debemos pensar siempre en las consecuencias de las decisiones tomadas.

En el ámbito de la vida espiritual, sin convertirse en confesor, hay que observar la vida religiosa de la persona con la que se está en contacto: ¿es fiel a la oración diaria, al rosario, a la comunión y a la confesión frecuente? ¿Ha hecho él o ella alguna vez un retiro (o lo hizo antes de casarse)? ¿Conoce los principales conceptos de la doctrina católica? No olvidemos que el día de mañana seremos educadores y que tendremos que transmitir nuestros conocimientos. Ya conocemos el dicho: sólo se da lo que se tiene. Puede ocurrir que el cónyuge esté en proceso de conversión: hay que estar muy atentos porque suele ser un camino largo y arduo, ya que requiere un cambio total de vida de acuerdo con el Evangelio. Para saber si el futuro cónyuge no está fingiendo la conversión, observemos si va a misa los domingos por sí mismo, si sigue estudiando el catecismo, si hace preguntas sobre la fe y la moral, si tiene incluso objeciones, signos de reflexión sobre el tema.


La personalidad del futuro cónyuge

Veamos la personalidad de nuestro futuro cónyuge. Es difícil vivir sólo de las apariencias. Si persigues lo natural, vuelve a por ti. Para observar al futuro cónyuge en la realidad de lo que es, es aconsejable visitar a los futuros suegros varias veces. A continuación, se vislumbra al futuro cónyuge en su elemento natural, en el que inevitablemente será real. Así es más fácil responder a las preguntas que arrojan más luz sobre su personalidad: ¿le conozco bien? ¿Desde cuándo le conozco? ¿Cuáles son sus cualidades? ¿Cuáles son sus defectos? ¿Cuáles son mis cualidades? ¿Mis defectos? ¿Cuáles son las diferencias de carácter entre él y yo? ¿Me asustan estas diferencias? ¿Son importantes? ¿Creo que puedo manejarlos y sobre todo ayudar a mi pareja a superarlos? ¿He pensado en las formas correctas de ayudarle a hacerlo? Porque en eso consiste el amor conyugal: en querer el bien del otro. "Exhorto a los esposos sobre todo al amor mutuo que tanto les recomienda el Espíritu Santo en la Escritura", dijo Pío XII en un discurso a los recién casados. Pero, ¿qué es ese amor que te inculca el piadoso maestro de la vida cristiana? ¿Es acaso el simple amor natural e instintivo, como el de una pareja de tórtolas?, escribe San Francisco de Sales, ¿o el amor puramente humano que conocen y practican los paganos? No, este no es el amor que el Espíritu Santo recomienda a los esposos. Recomienda más que eso: un amor que, sin negar los santos afectos humanos, asciende más alto, para ser en su origen, en sus ventajas, en su forma y en su modo "todo santo, todo sagrado, todo divino", semejante al amor que une a Cristo y a su Iglesia.

Hay que preguntarse: ¿Qué educación recibió? ¿Dónde fue a la escuela? ¿Serán interesantes los temas de conversación en general? ¿Me conviene su forma de vida? ¿Es mi futuro cónyuge educado? ¿Sabe cómo comportarse en sociedad? Recuerda que siempre vivirás con él/ella. La diferencia de educación recibida puede ser un obstáculo para la estabilidad matrimonial. Por lo tanto, es importante comprobar si mi familia y la de mi futuro cónyuge tienen más o menos el mismo rango social y la misma forma de educar.

Conocer a la futura familia política es necesario porque no sólo es una pista adicional de la personalidad del futuro cónyuge sino que, además, será la segunda familia a la que visitaré regularmente. Entonces: ¿pasaste unos días con tus futuros suegros? ¿Fueron bien las estancias? ¿Qué piensas de tus futuros suegros? ¿Te gustan? ¿Por qué te gustan? ¿Están tus futuros suegros contentos con el matrimonio? Si la respuesta es no, ¿por qué? Nunca descuides la opinión de los suegros que conocen a tu cónyuge más que tú. ¿Conoces a sus hermanos y hermanas? ¿Te gustan? ¿Tienes una buena relación con ellos? ¿Qué le han dicho sobre su futuro? ¿Está preparado para pasar unas vacaciones con ellos?

Recuerda que inevitablemente dejarás a tus hijos con tus suegros. ¿Estás preparado para hacerlo? Si no, ¿por qué no? Los suegros, los cuñados, las cuñadas y los futuros primos influirán en sus hijos. ¿Compartes las mismas convicciones en los ámbitos esenciales: religión, educación, cultura, política?


Unidad de creencias

La estabilidad matrimonial también se basa en la unidad de creencias en áreas importantes. En primer lugar, la forma de entender la vida matrimonial: ¿dónde quieres vivir? ¿Has discutido seriamente el problema del trabajo de la esposa y su presencia en casa [1]? ¿Tu pareja va a estar mucho tiempo fuera? ¿Por su trabajo o por sus asociaciones? ¿Otros? Cuidado con la participación en la comunidad que interfiere con la vida familiar. El compromiso sólo es digno de elogio en la medida en que no me impida cumplir con mis deberes maritales. La vida de casado me obliga a veces a dejar ciertas actividades.

Hay que discutir todos los temas, incluso algunos delicados como la moral que rodea a las relaciones conyugales: ¿estoy dispuesto a acoger generosamente a todos los hijos que Dios nos dé? ¿Está su futuro en las mismas condiciones? ¿Tiene usted alguna aprensión? ¿Crees que la castidad conyugal será difícil de mantener? El matrimonio es ciertamente un remedio para la concupiscencia, pero no extingue todas las tentaciones contra la carne. Por lo tanto, la virtud de la pureza debe perfeccionarse tanto antes como durante el matrimonio. Si hay alguna pregunta sobre la moralidad de este sacramento, es esencial encontrar las respuestas del sacerdote que te está preparando. Nunca hay que quedarse con la duda, sobre todo en un ámbito como éste, tanto para eliminar escrúpulos como para evitar laxitudes que lleven a los cónyuges al pecado.


La educación de los niños

En el ámbito de la educación, ¿están de acuerdo en la forma de concebir la educación? ¿Tiene conocimientos personales suficientes para transmitir la cultura? ¿Informar el juicio de su hijo en las esferas religiosa, política y social? ¿En qué colegio piensas matricular a tus hijos? ¿Qué catecismo quieres para ellos? ¿Cuál crees que es la forma ideal de fomentar la virtud en los niños? ¿En la adolescencia? ¿Cómo ves la forma de corregir al niño? ¿Y al adolescente? Hablar de estos temas siempre es muy ilustrativo porque ayuda a comprender la educación recibida por el futuro cónyuge. En general, tendemos a reproducir lo que hemos experimentado.

Las preguntas propuestas no son, obviamente, exhaustivas. Hay otras que surgirán de forma natural a medida que avance el proceso de preparación al matrimonio.

Que los novios sean siempre muy sencillos y cuidadosos en este ámbito. Gran sencillez porque no hay un cónyuge ideal. Seguro que hay imperfecciones en el otro. Pero en la medida en que no sean un obstáculo importante para la santidad conyugal, serán un principio de virtud. Prudencia, pues el fin del sacramento es grande.

Que los novios se confíen con confianza a la Sagrada Familia. 


Notas:

1) Véase Foyers Ardents n° 15, 24 y 30[].


La Porte Latine