miércoles, 3 de enero de 2001

CHRISTI ECCLESIAE (30 DE DICIEMBRE DE 1797)

BULA

CHRISTI ECCLESIAE

Del Sumo Pontífice

Pío VI

El Obispo Pío, Siervo de los siervos de Dios, en perpetua memoria.

1. Aunque la misión de gobernar la Iglesia de Cristo ha estado siempre expuesta a angustias cotidianas y casi continuas, sin embargo, todo el curso de Nuestro Pontificado hasta ahora se ha visto perturbado por olas de preocupación tan extraordinarias y violentas que nos parece que no podremos salir de ellas con la ayuda del valor, la sabiduría y el esfuerzo humanos, a menos que opere la asistencia divina. No ha habido ni un momento de respiro de nuevas tormentas, temores y peligros, ni ha cesado el embate de las ofensas, ansiedades, calamidades y tantas penurias ya experimentadas, de modo que no podemos tener todavía paz, pues el tiempo de las noticias dolorosas no ha pasado aún. Hay que ser constantemente vigilante, cauto y tolerante. No sólo debemos afligirnos por los males presentes, sino también por los futuros, que son inciertos y temibles, y a los que debemos hacer frente con Nuestras oraciones a Dios y con todos los esfuerzos que podamos hacer. Y que en estos asuntos humanos y en esta ambigua e incierta adversidad de los tiempos, encontremos el modo de llevar alguna esperanza de respiro y consuelo a los perseguidos durante tanto tiempo, a la Iglesia cuyos bienes han sido devastados y a los pueblos fieles. Por eso, insistiendo en el ejemplo de Nuestros predecesores, ahora nos ocupamos sobre todo de lo que debe hacerse cuando esta Santa Sede quede vacante. Precisamente para cubrir esa vacante, corresponderá a los Cardenales de la Santa Iglesia Romana convocar las asambleas de las que emana la eficacia suprema de las sagradas deliberaciones y el estado futuro de gran parte de la Iglesia. Con respecto a este gravísimo problema de la elección de un nuevo Papa, nuestros predecesores idearon y tomaron numerosas y sabias decisiones adecuadas a su tiempo. Pero ante nuevas situaciones, hay que añadir nuevas deliberaciones y adaptarse a ellas.

2. En primer lugar, ¿tendrán que decidir los electores el lugar mismo de las asambleas, es decir, un gran cónclave en el que se reúnan todos y permanezcan hasta la elección del nuevo Pontífice: tendrán quizá que retirarse, aunque ya exista la antigua costumbre de reunirse en el palacio cercano a San Pedro (como a veces ocurría en siglos anteriores) para evitar la insalubridad del aire? ¿Será que una mayor seguridad para la permanencia, así como la libertad en la expresión de los votos, o un menor gasto en la organización del cónclave según la tradición, por las dificultades en el desembolso del dinero del tesoro o de los electores, y finalmente la necesidad de realizar la operación (de la que hablaremos específicamente en un momento) podrían obligar a elegir otra sede no incómoda y más adecuada a las circunstancias?

Por lo tanto, deseando que los mismos cardenales queden libres y exentos de toda incertidumbre en cuanto al cambio de lugar para el cónclave, concedemos a los que estarán presentes la facultad en virtud de la cual, si no todos, al menos la mayoría de ellos, podrán elegir un lugar más adecuado y apropiado al que deberán trasladarse todos; declaramos que el traslado a otro cónclave no desvirtúa jurídicamente el trabajo a realizar.

3. Las mismas dificultades actuales derivadas de las circunstancias y de los tiempos, que apenas podemos esperar que se conviertan tan fácilmente en la antigua regla de la tranquilidad pública y segura, para que ningún obstáculo se oponga a la observancia de la otra regla relativa al día de la entrada en el cónclave de los cardenales que deben estar presentes y que deben reunirse en un día determinado después de la vacante de la sede papal, y ser confinados para completar la elección, nos llevan, después de una madura reflexión, a expresar lo que pensamos y lo que debe hacerse en el futuro, después de haber eliminado de nuestros corazones cualquier duda que pueda surgir. Sabemos que esta costumbre fue introducida hace algunos siglos y confirmada posteriormente, y que se reforzó aún más después de las Constituciones de Gregorio X, Pío IV, Gregorio XV y otros Pontífices y especialmente Clemente XII, que en su Constitución Apostolatus officium no hizo ninguna mención explícita, sino que lo confirmó genéricamente junto con los otros que ya habían sido establecidos por los Pontífices anteriores, de modo que el décimo día después de la muerte del Papa los Cardenales están obligados a entrar en el cónclave y, encerrados en él, a dedicarse a la elección. Según esta norma, muchos canonistas afirman que los cardenales tienen un deber de conciencia en el sentido de que es justo y adecuado que los cardenales ausentes puedan intervenir en el espacio de diez días, pero que este espacio no debe ampliarse por la ausencia de algunos, ya que se considera que debe darse mayor peso al hecho de que la Iglesia no puede permanecer demasiado tiempo sin una cabeza visible, sin su pastor. ¿Quizás se pueda imponer una norma bien definida sobre la dificultad indefinida de los tiempos agitados? ¿Quién podría prever ahora, en estas coyunturas humanas que dudamos puedan cambiar, cuáles son los tiempos preestablecidos para trabajar en circunstancias muy graves y muy importantes, y cuáles deben ser a veces acortados o, por el contrario, prolongados?

Por lo tanto, mitiguemos la costumbre y norma de los diez días y permitamos o concedamos a los Cardenales de la Santa Iglesia Romana que estarán presentes la facultad de no esperar el plazo de diez días después de la vacante de la Sede Apostólica, y de prevenir los impedimentos previstos reuniéndose en cónclave y rompiendo todas las demoras; si entonces surge alguna dificultad grave o por el levantamiento tumultuoso del pueblo inquieto o el temor de incursiones o de guerra u otras causas similares e inminentes de acontecimientos calamitosos; O si, por el contrario, la misma gravedad de los impedimentos ya está presente y con su violencia parece trastornarlo todo y no permite ningún espacio para la tranquilidad y la libertad, entonces los mismos Cardenales tendrán que alargar y prolongar ese periodo de tiempo hasta que la tormenta vaya amainando y se restablezca un orden de cosas más sereno. Queremos que los Cardenales de la Santa Iglesia Romana tengan el juicio y el poder, según las circunstancias, de decidir el inicio del cónclave en tal o cual lugar, y aunque no todos estén de acuerdo, en cualquier caso todos estarán obligados a adherirse a las decisiones de la mayoría y a llevarlas a cabo.

4. Si entonces esos días no son tranquilos, ni toda la situación es tan segura como en un puerto y sin ninguna sospecha fundada de alguna desgracia, entonces todo debe proceder según la norma prescrita y, por lo tanto, deben observarse los diez días habituales antes de entrar en cónclave, para que el número no despreciable de cardenales que están particularmente distantes puedan intervenir a tiempo y no parezca que haya ninguna prisa o retraso en la conclusión de tan importante tarea, ni que las acciones se lleven a cabo precipitadamente, sino que la consulta para una elección legítima se ha realizado con plena conciencia. Los días no pueden transcurrir en la ociosidad, ya que mientras tanto los Cardenales deben cumplir numerosas formalidades y, por supuesto, celebrar los oficios diarios en sufragio del Pontífice fallecido y soportar toda la carga (que recae sobre ellos) de velar por los intereses del Estado, y los demás asuntos que deben gestionarse según las normas de las Constituciones Apostólicas superiores, cuya gravedad no pretendemos en modo alguno disminuir con esta Nuestra Constitución, sino más bien confirmarla en su vigor integral, salvo en los casos que antes hemos descrito, es decir, la más grave inclemencia de los tiempos y la propia seguridad del cuerpo católico, que especialmente desde su cabeza se extiende a los demás miembros. No se necesitan nuevas leyes en este momento. Pero no queremos abolir, sino mitigar, y adaptar a los tiempos que puedan venir, ciertas normas que no se ajustan a la nueva realidad y que, sin embargo, no impiden la misma elección en ese caso concreto. Concedemos a los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, presentes y futuros, una facultad por la que -cuando la Sede Apostólica quede vacante y se produzcan esos impedimentos a la libre elección a los que nos recuerda la grave situación política actual- los mismos Cardenales no tendrán duda ni temor de extender su poder, si es posible, a las leyes antes mencionadas, que no deben ser cambiadas sino sólo actualizadas con el consentimiento de la mayoría de ellas; por esta Nuestra carta introducimos y autorizamos esta facultad.

5. Por lo tanto, siguiendo la opinión y aprobación de Nuestros Venerados Hermanos Cardenales de la Santa Romana Iglesia y en la plenitud del poder apostólico, queremos y ordenamos que, después de la muerte de los Sumos Pontífices, se reúnan pronto nuestros Venerables Hermanos Cardenales de la Santa Romana Iglesia que estará presente y que se consulten entre sí valorando la situación del momento, y decidan si mantener o elegir una nueva sede del cónclave, si adelantar o prorrogar el día de entrada en el mismo. Lo que la mayoría habrá decidido es obligación de todos, y sin vacilación alguna, haciendo uso de las facultades ya concedidas, deben proceder, con la ayuda de Dios, a la elección del nuevo Pontífice.

6. Quienes se opongan a esta carta y a lo que ella contiene, y tengan algún derecho o interés en lo anterior, o crean no estar de acuerdo en algún punto o en algunos puntos, y no hayan sido citados ni oídos, saben sin embargo que esta carta debe considerarse siempre firme, válida y eficaz a perpetuidad, y debe expresarse plenamente y producir todos sus efectos, y aquellos ante quienes es y será responsable, por el tiempo en que lo sean, están obligados inviolable y respectivamente a observar eso. Irritante y vanidoso se tendrá por hecho lo que en este asunto se haya hecho, de modo diferente, por cualquiera y con cualquier autoridad, a sabiendas o irresponsablemente.

7. Como las normas Nuestra y de la Cancillería Apostólica no se oponen al derecho adquirido (que no debe ser suprimido hasta que sea necesario) y a las Constituciones y disposiciones promulgadas hasta ahora por Alejandro III, Gregorio X, Clemente V y por del citado Pío IV y de los demás Romanos Pontífices Nuestros predecesores en cuanto a la elección del Sumo Pontífice, queremos que las disposiciones de aquellas cartas queden plena y suficientemente expresadas en el presente, como si estuvieran insertadas palabra por palabra, y mandamos a cualquiera quien está en contra de que todo y los contenidos individuales sigan siendo válidos en toda su fuerza.

8. Queremos también, y con autoridad apostólica lo disponemos, que esta carta nuestra sea reproducida en un folleto e integrada a las demás Constituciones de nuestros predecesores; también queremos que las copias de esta carta, aunque impresa, firmada por la mano de un notario público y con el sello de una persona constituida en dignidad eclesiástica, tenga la misma credibilidad, tanto en la corte como en otros lugares, que se le daría en la actualidad si fuera exhibida o mostrada.

9. Por lo tanto, a nadie le es absolutamente lícito arrebatar esta página de Nuestras concesiones, facilitaciones, dispensas, indultos, facultades, ordenaciones, decretos, mandatos, testamentos y excepciones, ni oponerse a ella con un gesto temerario; y si alguien se hubiera atrevido a tanto, que sepa que incurrirá en la indignación de Dios todopoderoso y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor de 1797, a 30 de diciembre, año vigésimo tercero de Nuestro Pontificado.


martes, 2 de enero de 2001

CUM POPULI (13 DE ABRIL DE 1791)


BREVE

CUM POPULI

DEL SUMO PONTÍFICE

PÍO VI

Al Venerable Hermano Juan, Obispo de Aleria.
El Papa Pío VI. Venerable hermano, salud y bendición apostólica. 

Puesto que los pueblos de este reino, atrapados por los engaños de otros, han abrazado la constitución civil del clero galicano, promulgada por la Asamblea Nacional, en oposición al dogma y al antiguo y nuevo orden de la Iglesia, Nuestra paternal solicitud no tolera en absoluto que Vos, Venerable Hermano, y los capítulos de vuestra diócesis, los párrocos, el clero y el pueblo en su conjunto, ignoréis esos lazos de deber a los que cada uno en su orden está obligado, a menos que prefieran hacerse súbditos del cisma y sufrir esas penas que, en obediencia a los cánones, se infligen a los corruptores de la doctrina y la disciplina. Y puesto que ya hemos expuesto los deberes de los individuos de forma extensa y clara en Nuestra carta dirigida a Nuestros amados hijos, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, a los Venerables Hermanos Arzobispos y Obispos, y a los amados hijos de los capítulos, el clero y el pueblo del reino de las Galias, Hemos creído oportuno, en cualquier caso, enviaros algunas copias de esta carta para que ni Vos ni toda la grey de vuestra diócesis dejéis de advertir la necesidad de actuar en esta convulsión de los intereses eclesiásticos para evitar las empresas criminales y sacrílegas que se están llevando a cabo en todas partes, y para escapar de la terrible tormenta que se ha desatado contra la religión católica. Es una realidad que debe estimular e inflamar vuestra ardiente vocación religiosa cuanto más graves sean los peligros y las persecuciones que se ciernen sobre la Iglesia desde todas partes. Sostenidos por esa esperanza que nos guía hacia la certeza de vuestra vigilancia pastoral, a Vos, Venerable Hermano, y al rebaño confiado a vuestro cuidado os impartimos con todo el afecto de nuestras almas la Bendición Apostólica.
Dado en Roma, en San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el 13 de abril de 1791, en el decimoséptimo año de Nuestro Pontificado.

Papa Pío VI

* * *

[La misma copia a los obispos de Ajaccio, Sagone, Nebbio, Mariana].



lunes, 1 de enero de 2001

RERUM OMNIUM PERTURBATIONEM (26 DE ENERO DE 1923 )


ENCÍCLICA DEL PAPA PÍO XI

SOBRE SAN FRANCISCO DE SALES

A Nuestros Venerables Hermanos, los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en Paz y Comunión con la Sede Apostólica.

1. En nuestra reciente encíclica examinamos los desórdenes con los que lucha el mundo de hoy, con el fin de encontrar un remedio seguro para males tan grandes. En aquel tiempo dijimos que las raíces de estos males están en el alma de los hombres y que la única esperanza de curarlos es recurrir a la asistencia del Divino Sanador Jesucristo por los medios que Él ha puesto a disposición de Su Santa Iglesia. La gran necesidad de nuestros días es frenar los deseos desmedidos de la humanidad, deseos que son la causa fundamental de las guerras y disensiones, que actúan, también, como una fuerza disolvente en la vida social y en las relaciones internacionales. No es menos necesario hacer retroceder la mente de los hombres de las cosas pasajeras de este mundo a las que son eternas, las cuales, por desgracia, con demasiada frecuencia son descuidadas por la gran mayoría de la humanidad. Si cada individuo se resolviera a cumplir fielmente con sus obligaciones, se realizaría casi inmediatamente una gran mejora social. Tal mejora es precisamente el objetivo de las enseñanzas y del ministerio de la Iglesia, cuya misión especial es instruir a los hombres mediante la predicación de las verdades divinamente reveladas y santificarlas por medio de la gracia de Dios. Mediante el uso de estos métodos, ella espera llamar de nuevo a la sociedad civil a caminos conformes al espíritu de Cristo que alguna vez seguimos. Se siente impulsada a hacer esto cada vez que encuentra que la sociedad se desvía de los caminos de la rectitud porque su misión especial es instruir a la humanidad mediante la predicación de las verdades divinamente reveladas y santificarlas por medio de la gracia de Dios. 

2. La Iglesia tiene más éxito en esta obra de santificación cuando le es posible, por la misericordia de Dios, hacer frente a la imitación fiel de uno u otro de sus hijos más queridos que se ha hecho notar por la práctica de toda virtud para la santificación. Esta obra de santificación es del genio mismo de la Iglesia, ya que fue hecha por Cristo, su Fundador, no sólo santa ella misma, sino fuente de santidad en los demás. Todos los que aceptan la guía de su ministerio deben, por mandato de Dios, hacer todo lo posible para santificar sus propias vidas. Como dice San Pablo: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (I Tes. 4,3) Cristo mismo ha enseñado en qué consiste esta santificación: “Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mat. V, 48)

3. No podemos aceptar la creencia de que este mandato de Cristo concierne sólo a un grupo selecto y privilegiado de almas y que todas las demás pueden considerarse agradables a Él si han alcanzado un grado inferior de santidad. Todo lo contrario es cierto, como se desprende de la misma generalidad de sus palabras. La ley de la santidad abarca a todos los hombres y no admite excepción. El gran número de almas de toda condición de vida, tanto jóvenes como mayores, que como nos informa la historia han alcanzado el cenit de la perfección cristiana, estos santos sintieron en sí mismos las debilidades de la naturaleza humana y tuvieron que vencer las mismas tentaciones que nosotros. Tan cierto es esto que, como escribió tan bellamente San Agustín, “Dios no nos pide lo imposible. Pero cuando Él nos ordena hacer algo, Él, por Sus mismos mandamientos, nos amonesta a hacer lo que podemos hacer y a pedirle ayuda en lo que no podemos hacer por nosotros mismos” (de Natura et Gratia, Cap. 43, No. 50.)

4. La solemne conmemoración el año pasado del tercer centenario de la canonización de cinco grandes santos —Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús e Isidoro el Labrador— ayudó mucho, Venerables Hermanos, a despertar entre los fieles el amor por la vida cristiana. Ahora estamos llamados con alegría a celebrar el Tercer Centenario de la entrada al cielo de otro gran santo, que se destacó no sólo por la sublime santidad de vida que alcanzó, sino también por la sabiduría con la que dirigió a las almas por los caminos de la santidad. Este santo era nada menos que Francisco de Sales, obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia Universal. Como esos brillantes ejemplos de perfección y sabiduría cristianas a los que nos acabamos de referir, parecía haber sido enviado especialmente por Dios para luchar contra las herejías engendradas por la Reforma. Es en estas herejías que descubrimos los comienzos de esa apostasía de la humanidad de la Iglesia, cuyos tristes y desastrosos efectos son deplorados, incluso hasta el momento presente, por toda mente justa. Además, parece que Francisco de Sales fue dado a la Iglesia por Dios para una misión muy especial. Su tarea era desmentir un prejuicio que en su vida estaba profundamente arraigado y no ha sido destruido aún hoy, que el ideal de santidad genuina que la Iglesia propone para nuestra imitación es imposible de alcanzar o, en el mejor de los casos, es tan difícil de alcanzar que supera las capacidades de la gran mayoría de los fieles y, por lo tanto, debe pensarse como posesión exclusiva de unas pocas grandes almas.

5. Nuestro estimado predecesor Benedicto XV, refiriéndose a los cinco santos de los que hemos hablado, hizo mención también de la proximidad del Centenario de la muerte de Francisco de Sales y expresó la esperanza de escribir particularmente de él en una encíclica dirigida al mundo entero. Con mucho gusto trataremos de cumplir este y otros deseos de Nuestro Predecesor, pues los consideramos como una herencia sagrada que nos ha dejado. En este particular, seguimos sus deseos tanto más gustosamente cuanto que de este Centenario esperamos frutos no menos maravillosos que los que acompañaron las fiestas que lo han precedido.

6. Quien repase con atención la vida de san Francisco descubrirá que, desde sus primeros años, fue modelo de santidad. No fue un santo melancólico, austero, sino muy amable y amistoso con todos, tanto que se puede decir de él con la mayor verdad: “Su conversación (sabiduría) no tiene amargura, ni su compañía tedio, sino gozo y alegría” (Sabiduría, viii, 16) Dotado de todas las virtudes, sobresalió en la mansedumbre de corazón, una virtud tan peculiar a él mismo que podría considerarse su rasgo más característico. Su mansedumbre, sin embargo, difería por completo de esa gentileza artificial que consiste en la mera posesión de modales refinados y en el despliegue de una afabilidad puramente convencional. Se diferenciaba también tanto de la apatía que no puede ser movida por ninguna fuerza como de la timidez que no se atreve a indignarse, incluso cuando se requiere indignación de uno. Esta virtud, que creció en el corazón de San Francisco como un delicioso efecto de su amor a Dios y fue alimentada por el espíritu de compasión y ternura, templó con tanta dulzura la gravedad natural de su comportamiento y suavizó tanto su voz como sus modales que se ganó la afectuosa consideración de todos los que encontró.

7. No menos conocidas son la facilidad y amabilidad con que recibía a todos. Pecadores y apóstatas acudían especialmente a su casa para, con su ayuda, reconciliarse con Dios y enmendar su vida. Era muy partidario de los desafortunados prisioneros a quienes, mediante cien artificios de caridad, buscaba consolar durante sus frecuentes visitas a las prisiones. También mostró gran amabilidad con sus propios sirvientes, cuya pereza y torpeza soportó con heroica paciencia. Su bondad de corazón nunca varió, sin importar quiénes fueran las personas con las que tuvo que tratar, la hora del día, las circunstancias difíciles que tuvo que enfrentar. Ni siquiera los herejes, que a menudo se mostraban muy ofensivos, lo encontraron un poco menos afable o menos accesible. De hecho, su celo era tan grande que durante el primer año de su sacerdocio, intentó, a pesar de la oposición de su propio padre, reconciliar a la gente de La Chablais con la Iglesia. En esto fue secundado gustosamente por Granier, el obispo de Ginebra. Para realizar esta obra, no rehusó ningún deber, no huyó de ningún peligro, ni siquiera el de una posible muerte. Su bondad imperturbable le fue más útil para llevar a cabo la conversión de tantos miles de personas que la amplia erudición y la maravillosa elocuencia que caracterizaron su desempeño de los muchos deberes del sagrado ministerio.

8. Acostumbraba a repetirse a sí mismo, como fuente de inspiración, aquella conocida frase: “Los apóstoles luchan con sus sufrimientos y sólo triunfan en la muerte”. Es casi increíble con qué vigor y constancia defendió la causa de Jesucristo entre la gente de La Chablais. Para llevarles la luz de la fe y las comodidades de la religión cristiana, se sabe que viajó por profundos valles y escaló montañas escarpadas. Si huían de él, los perseguía, llamándolos con fuerza. Rechazado brutalmente, nunca abandonó la lucha; cuando fue amenazado, solo renovó sus esfuerzos. A menudo lo echaban de los alojamientos, en cuyo momento pasaba la noche dormido sobre la nieve bajo el dosel del cielo. Celebraría Misa aunque nadie asistiría. Cuando, durante un sermón, casi toda la audiencia uno tras otro abandonaba la Iglesia, continuaba predicando. En ningún momento perdió su equilibrio mental o su espíritu de bondad hacia estos desagradecidos oyentes. Fue por medios como estos que finalmente venció la resistencia de sus adversarios más formidables.

9. Uno se equivocaría, sin embargo, si imaginara que el carácter que poseía San Francisco de Sales era un don de la naturaleza, otorgado a él por la gracia de Dios “con la bendición de la mansedumbre”, como tantas veces leemos a ha sido el caso de otras almas benditas. Por el contrario, Francisco, naturalmente, era de mal genio y se enojaba fácilmente. Habiendo hecho voto de tomar por modelo a Jesús, que ha dicho: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11,29), así, mediante la constante vigilancia sobre sí mismo y la violencia hacia sus propia voluntad, logró aprender a refrenar y dominar hasta tal punto los impulsos de la naturaleza que llegó a ser una viva semejanza del Dios de la Paz y la Mansedumbre. Este hecho está ampliamente probado por el testimonio de los médicos que prepararon su cuerpo para el entierro para cuando, como leemos, embalsamaron el cuerpo, encontraron su bilis convertida en piedra que se había roto en las partículas más pequeñas imaginables. Sabían por este extraño suceso los terribles esfuerzos que debió costarle a nuestro Santo, durante un período de cincuenta años, dominar su temperamento naturalmente irritable.

10. La mansedumbre de san Francisco era, pues, efecto de su tremenda fuerza de voluntad, constantemente fortalecida por su fe viva y los fuegos del amor divino que ardían en él. Ciertamente, a él podemos aplicar las palabras de la Sagrada Escritura: “De lo fuerte salió dulzura” (Jueces xiv, 14) No es de extrañar, entonces, que esta “bondad pastoral” que poseía y que, según San Juan Crisóstomo “es más violenta que la virtud” (Homilía 58 sobre el Génesis) poseía el poder de atraer los corazones en esa misma medida de éxito que Cristo mismo ha prometido a los mansos: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra” (Mat. V, 4)

11. Por otra parte, la gran fuerza de voluntad de este modelo de mansedumbre se manifestó siempre que se vio obligado a oponerse a los poderosos para proteger los intereses de Dios, la dignidad de la Iglesia o la salvación de las almas. Así, en una ocasión en que recibió una carta en la que el Senado de Chambéry le amenazaba con perder parte de sus ingresos, no perdió tiempo en defender la inmunidad de los derechos de la Iglesia frente a este acto de injerencia civil. No sólo respondió al emisario que le envió de una manera acorde con su propio alto rango, sino que no cesó de exigir la reparación del daño causado hasta después de haber recibido la plena satisfacción del Senado. Igualmente firme fue cuando se atrevió a enfrentar la ira del Príncipe, ante quien tanto él como sus hermanos habían sido acusados ​​falsamente. Tampoco fue menos vigoroso en resistir la interferencia de los estadistas en la concesión de beneficios eclesiásticos. Finalmente, cuando todos los demás métodos habían fallado, excomulgó a aquellos que persistentemente se negaron a pagar sus diezmos al Capítulo de Ginebra. Tenía también la costumbre de reprochar con franqueza evangélica los vicios del pueblo y desenmascarar la hipocresía que pretendía simular la virtud y la piedad. Aunque posiblemente era más respetuoso que nadie hacia sus soberanos, nunca se rebajó ni por un instante a halagar sus pasiones o a inclinarse ante sus altivas pretensiones. 

12. Veamos ahora, Venerables Hermanos, cómo san Francisco, que fue él mismo un modelo tan amoroso de santidad, mostró a los demás con sus escritos el camino seguro y fácil de la perfección cristiana, imitando también a Cristo, que “empezó a hacer y enseñar” (Hechos I, 1)

13. San Francisco publicó muchas obras de piedad, entre las que podemos destacar sus dos libros más conocidos, “Filotea: Introducción a la vida devota” y “El tratado sobre el amor de Dios”. En la “Introducción a la vida devota” San Francisco, después de mostrar claramente cómo la dureza de corazón desanima a uno en la práctica de la virtud y es completamente ajena a la piedad genuina (no despoja a la piedad de esa severidad que está en armonía con el modo de vida cristiano) se propone entonces expresamente probar que la santidad es perfectamente posible en todos los estados y condiciones de la vida secular, y mostrar cómo cada hombre puede vivir en el mundo de tal manera que salve su propia alma, con tal de que se guarde libre del espíritu del mundo.

14. Al mismo tiempo, aprendemos del Santo cómo no solo realizar los actos habituales de la vida cotidiana (con la excepción, por supuesto, del pecado), sino también un hecho que todos desconocen, cómo hacer estas cosas correctamente con la única intención de agradar a Dios. Nos enseña a observar las convenciones sociales que llama uno de los efectos encantadores de la vida virtuosa, no para destruir nuestras inclinaciones naturales sino para conquistarlas de modo que poco a poco sin demasiado esfuerzo, como la paloma, si por casualidad no nos ha sido concedida la fuerza del águila, podamos elevarnos hasta el mismo cielo. Lo que el Santo quiere decir con esta metáfora es que si no estamos llamados a una perfección personal extraordinaria, sin embargo podemos alcanzar la santidad santificando las acciones de la vida cotidiana.

15. Escribió en todo momento en un estilo digno pero sencillo, variando de vez en cuando por una maravillosa agudeza de pensamiento y gracia de expresión, y en razón de estas cualidades sus escritos han demostrado ser de lectura bastante agradable. Después de haber señalado cómo debemos huir del pecado, luchar contra nuestras malas inclinaciones y evitar todas las acciones inútiles y dañinas, continúa exponiendo la naturaleza de aquellas prácticas de piedad que hacen crecer el alma, y ​​cómo es posible que el hombre permanezca siempre unido a Dios. A continuación, muestra cuán necesario es seleccionar una virtud especial para la práctica constante hasta que podamos decir que la hemos dominado. Escribe también sobre las virtudes individuales, sobre la modestia, sobre el lenguaje moral e inmoral, sobre las diversiones lícitas y peligrosas, sobre la fidelidad a Dios, sobre los deberes de los esposos, de las viudas y de las jóvenes.

16. Finalmente, nos enseña cómo no sólo vencer los peligros, las tentaciones y las seducciones del placer, sino cómo cada año es necesario que cada uno de nosotros renueve y reavive su amor a Dios con la toma de santos propósitos. Quiera Dios que este libro, el más perfecto en su género a juicio de los contemporáneos del Santo, sea leído ahora como antaño por prácticamente todos. Si se hiciera esto, la piedad cristiana ciertamente florecería en todo el mundo y la Iglesia de Dios podría regocijarse en la seguridad de un logro generalizado de la santidad por parte de sus hijos.

17. “El Tratado sobre el amor de Dios”, sin embargo, es un libro mucho más importante y significativo que cualquiera de los otros que publicó. En esta obra el santo Doctor hace una verdadera historia del amor de Dios, explicando su origen y desarrollo entre los hombres, al mismo tiempo que muestra cómo el amor divino comienza a enfriarse y luego a languidecer. También esboza los métodos para desarrollarse y crecer en el amor a Dios. Cuando es necesario, profundiza incluso en explicaciones de los problemas más difíciles como, por ejemplo, el de la gracia eficaz, la predestinación y el don de la fe. Esto no lo hace secamente sino, en razón de la mente ágil y bien formada que poseía, de tal manera que sus discusiones abundan en lenguaje hermosísimo y están llenas de una función igualmente deseable.

18. Los principios de la vida espiritual que se tratan en los dos libros antedichos fueron también aprovechados por su diario ministerio, la dirección espiritual que dio y por las admirables “Cartas” que escribió, para beneficio de las almas. Aplicó los mismos principios espirituales a la dirección de las Hermanas de la Visitación, institución fundada por él que ha conservado fielmente, incluso hasta nuestros días, su espíritu. La atmósfera de esta comunidad religiosa en particular es de moderación y bondad amorosa en todas las cosas. Estaba organizada para recibir a mujeres jóvenes, viudas y casadas que, por su debilidad, enfermedad o avanzada edad, no están físicamente a la altura de las tareas que su fervor religioso les impondría gustosamente. Por eso no están obligadas a largas vigilias ni al cambio del santo oficio, tampoco están obligadas a sufrir estrictas penitencias y mortificaciones. Sólo están sujetas a la observancia de su regla, que es tan suave y fácil que todas las Hermanas, incluso las que están enfermas, pueden seguirla.

19. Pero esta misma mansedumbre y sencillez que caracterizan su regla, debe inspirar a su observancia con tan gran amor de Dios, que las Hermanas que se glorían en su título, Hijas de San Francisco de Sales, sean conocidas por su perfecta abnegación de la fe y por su humilde obediencia en todo momento. Ellas, por lo tanto, deben hacer todo lo posible para adquirir una virtud sólida y no meramente superficial, morir siempre a sí mismas para vivir sólo para Dios. ¿Hay alguien que no pueda reconocer en su modo de vida esa unión de fuerza y ​​mansedumbre que tanto se admira en el mismo San Francisco, su santo Fundador?

20. Es necesario pasar por alto muchos de los otros escritos de San Francisco en los que, sin embargo, no podemos menos que descubrir “aquella doctrina enviada por el cielo que, como un arroyo de agua viva, ha regado la viña del Señor... y ha ayudado mucho a lograr el bienestar del pueblo de Dios” (Carta Apostólica de Pío IX, 16 Nov. 1877) Pero, no podemos permitirnos dejar de hablar de su obra titulada “Controversias”, en la que incuestionablemente se encuentra una “plena y completa demostración de la verdad de la Religión Católica” (Carta Apostólica de Pío IX, 16 de noviembre de 1877)

21. Vosotros, Venerables Hermanos, sabéis bien las circunstancias que rodearon la misión de san Francisco en La Chablais, pues cuando, hacia finales de 1593, según sabemos por la historia, el duque de Saboya concertó una tregua con los habitantes de Berna y Ginebra, nada se consideró más importante para reconciliar a la población con la Iglesia que enviarles predicadores celosos y eruditos que, por la fuerza persuasiva de su elocuencia, recuperarían lenta pero seguramente a estas personas a su lealtad a la fe.

22. El primer misionero enviado abandonó el campo de batalla, ya sea porque se desesperó por convertir a estos herejes o porque los temía. Pero San Francisco de Sales que, como hemos dicho, ya se había ofrecido para la obra misionera al obispo de Ginebra, partió a pie en septiembre de 1594, sin comida ni dinero, y sin más compañía que la de un primo suyo, para asumir este trabajo. Fue sólo después de largos y repetidos ayunos y oraciones a Dios, sólo con cuya ayuda esperaba que su misión tuviera éxito, que intentó entrar en el país de los herejes. Ellos, sin embargo, no escucharon sus sermones. Entonces trató de refutar sus doctrinas erróneas por medio de folletos sueltos que escribió en los intervalos entre sus sermones.

23. Esta obra de esparcir folletos, sin embargo, disminuyó gradualmente y cesó por completo cuando la gente de estas partes en gran número comenzó a asistir a sus sermones. Estos folletos, escritos por la mano del mismo santo Doctor, se perdieron durante un tiempo después de su muerte. Posteriormente fueron encontrados y recogidos en un volumen y presentados a Nuestro Predecesor, Alejandro VII, quien tuvo la dicha, tras el acostumbrado proceso de canonización, de adscribir a San Francisco primero entre los beatos, y luego entre los santos.

24. En sus “Controversias”, aunque el santo Doctor hizo mucho uso de la literatura polémica del pasado, exhibe sin embargo un método controvertido muy peculiarmente suyo. En primer lugar, prueba que no puede decirse que exista autoridad en la Iglesia de Cristo a menos que le haya sido otorgada por un mandato autoritativo, mandato que de ningún modo puede decirse que poseen los ministros de las creencias heréticas. Después de haber señalado los errores de estos últimos sobre la naturaleza de la Iglesia, esboza las notas de la verdadera Iglesia y prueba que no se encuentran en las iglesias reformadas, sino sólo en la Iglesia Católica. También explica de manera sólida la Regla de la Fe y demuestra que los herejes la quebrantan, mientras que en cambio los católicos la guardan íntegramente. En conclusión, discute varios temas especiales, pero solo no existen los folletos que tratan de los Sacramentos y del Purgatorio. En verdad, las muchas explicaciones de la doctrina y los argumentos que ha ordenado, son dignas de todo elogio. Con estos argumentos, a los que hay que añadir una sutil y pulida ironía que caracteriza su manera controvertida, enfrentó fácilmente a sus adversarios y derrotó todas sus mentiras y falacias.

25. Aunque a veces su lenguaje parece ser algo fuerte, sin embargo, como incluso sus oponentes admitieron, sus escritos siempre respiran un espíritu de caridad que siempre fue el motivo principal en cada controversia en la que se involucró. Esto es tan cierto que aun cuando reprochó a estos niños descarriados su apostasía de la Iglesia Católica, es evidente que no tenía otro propósito en mente que abrir de par en par las puertas por las cuales pudieran regresar a la Fe. En las “Controversias” se percibe fácilmente esa misma amplitud de miras y magnanimidad de alma que impregnan los libros que escribió con el propósito de promover la piedad. En fin, su estilo es tan elegante, tan pulido, tan impresionante, que los ministros herejes acostumbraban advertir a sus seguidores que no se dejaran engañar y conquistar por las lisonjas del misionero de Ginebra.

26. Después de este breve resumen de la obra y los escritos de san Francisco de Sales, Venerables Hermanos, sólo queda exhortaros a que celebréis su Centenario lo más dignamente posible en vuestras diócesis. No deseamos que este Centenario se convierta en una mera conmemoración de ciertos hechos de la historia que resulten en una función puramente estéril, ni que se limite a unos pocos días escogidos. Os deseamos que, durante todo el año y hasta el veintiocho de diciembre, día en que san Francisco pasó de la tierra al cielo, hagáis todo lo posible por instruir a los fieles en las doctrinas y virtudes que caracterizaron al santo Doctor.

27. En primer lugar, debéis dar a conocer e incluso explicar con toda diligencia esta encíclica tanto a vuestro clero como a las personas encomendadas a vuestro cuidado. En particular, deseamos mucho que hagáis todo lo que esté a vuestro alcance para llamar a los fieles a su deber de practicar las obligaciones y virtudes propias del estado de vida de cada uno, ya que incluso en nuestro tiempo es muy grande el número que nunca piensa en la eternidad y que descuidan casi totalmente la salvación de sus almas. Algunos están tan inmersos en los negocios que no piensan más que en acumular riquezas y, por consecuencia, la vida espiritual deja de existir para ellos. Otros se entregan enteramente a la satisfacción de sus pasiones y así caen tan bajo que, con dificultad, si es que lo hacen, pueden apreciar cualquier cosa que trascienda la vida de los sentidos. Por fin, hay muchos que dedican todos sus pensamientos a la política, y esto hasta tal punto, que mientras están completamente dedicados al bienestar del público, se olvidan por completo de una cosa, el bienestar de sus propias almas. Por estos hechos, Venerables Hermanos, debéis esforzaros, siguiendo el ejemplo de san Francisco, por instruir a fondo a los fieles en la verdad de que la santidad de vida no es privilegio de unos pocos elegidos. Todos son llamados por Dios a un estado de santidad y todos están obligados a tratar de alcanzarlo. Enseñadles también que la adquisición de la virtud, aunque no puede hacerse sin mucho trabajo (tal trabajo tiene sus propias compensaciones, los consuelos espirituales y los gozos que siempre lo acompañan) es posible para todos con la ayuda de la gracia de Dios, que nunca se nos niega. 

28. La mansedumbre de san Francisco debe ser puesta a disposición de los fieles de modo muy especial para su imitación, porque esta virtud recuerda tan bien a nuestra mente y expresa tan verdaderamente la bondad de Jesucristo. Posee también, en un grado notable, el poder de unir las almas unas con otras. Esta virtud, dondequiera que se practica entre los hombres, tiende principalmente a dirimir las diferencias tanto públicas como privadas que tan a menudo nos separan. Del mismo modo, ¿no podemos esperar que, por la práctica de esta virtud que con razón llamamos el signo externo de la posesión interior del amor divino, resulte una perfecta paz y concordia tanto en la vida familiar como entre las naciones?

29. Si la sociedad humana estuviese motivada por la mansedumbre, ¿no se convertiría ésta en un poderoso aliado del apostolado, como se le llama, del clero y de los laicos que tiene como finalidad la mejora del mundo?

30. Se ve fácilmente, por lo tanto, cuán importante es para el pueblo cristiano volverse al ejemplo de santidad dado por san Francisco, para que en él se edifique y haga de sus enseñanzas la regla de su propia vida. Sería imposible exagerar el valor de sus libros y folletos, de los que hemos escrito, para lograr este propósito. Estos libros deben distribuirse lo más ampliamente posible entre los católicos, porque sus escritos son fáciles de entender y se pueden leer con gran placer. No pueden dejar de inspirar en las almas de los fieles un amor de verdadera y sólida piedad, un amor que el clero puede desarrollar con los más felices resultados si aprenden a asimilar completamente las enseñanzas de San Francisco e imitar las bondadosas cualidades que caracterizaron su predicación.

31. Venerables Hermanos, la historia nos informa que Nuestro Predecesor, Clemente VIII, en su tiempo, anticipó Nuestra conclusión de que sería una maravillosa ayuda para promover la piedad si los sermones y escritos de San Francisco fueran llevados a la atención de los 
pueblos cristianos. Este Pontífice, en presencia de cardenales y otros personajes eruditos, después de haber profundizado en los conocimientos teológicos de san Francisco, entonces obispo electo, se apoderó de él con tal admiración que lo abrazó con gran afecto y se dirigió a él con las siguientes palabras: “Ve, Hijo, 'bebe el agua de tu propia cisterna, y los arroyos de tu propio pozo; que tus fuentes sean conducidas al exterior, y en las plazas divide tus aguas'” (Prov. 5, 15, 16).

32. De hecho, San Francisco predicó tan bien que sus sermones no eran más que "una exposición de la gracia y el poder que habitaban dentro de su propia alma". Sus sermones, por estar compuestos en gran parte de las enseñanzas de la Biblia y de los Padres, se convirtieron no sólo en fuente de sana doctrina, sino también agradables y persuasivos para sus oyentes por la dulzura del amor que llenaba su corazón. No es de extrañar entonces que un número tan grande de herejes regresaran a la Iglesia por su obra y que, siguiendo la guía de tal maestro, tantos fieles hayan alcanzado, durante los últimos trescientos años, un grado verdaderamente alto de la perfección

33. Es Nuestro deseo que los mayores frutos sean obtenidos en este solemne Centenario por aquellos católicos que como periodistas y escritores exponen, difunden y defienden las doctrinas de la Iglesia. Es necesario que ellos, en sus escritos, imiten y exhiban en todo momento esa fuerza unida siempre a la moderación y la caridad, que fue la característica especial de San Francisco. Él, con su ejemplo, les enseña de manera precisa cómo deben escribir. En primer lugar, y esto es lo más importante de todo, cada escritor debe esforzarse por todos los medios y en la medida de lo posible para obtener una comprensión completa de las enseñanzas de la Iglesia. Nunca deben transigir en lo que respecta a la verdad ni, por temor a ofender a un oponente, minimizarla o disimularla. Deben prestar especial atención al estilo literario y deben tratar de expresar sus pensamientos con claridad y en un lenguaje hermoso para que sus lectores lleguen a amar la verdad más fácilmente. Cuando sea necesario entrar en controversia, estén preparados para refutar el error y vencer las asechanzas de los malvados, pero siempre de manera que demuestren claramente que están animados por los más altos principios y movidos únicamente por la caridad cristiana.

34. Como San Francisco, hasta el momento, no ha sido nombrado Patrono de los Escritores en ningún documento solemne y público de esta Sede Apostólica, aprovechamos esta feliz ocasión, después de madura deliberación y con pleno conocimiento, por Nuestra autoridad Apostólica, publicar, confirmar y declarar por la presente encíclica, a pesar de todo lo contrario, a San Francisco de Sales, Obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia, para ser el Patrono Celestial de todos los Escritores.

35. Para que las celebraciones con motivo de este Centenario resulten espléndidas y fecundas, Venerables Hermanos, bien sería que se prestara a vuestros rebaños todas aquellas piadosas ayudas que los lleven a la honra, con la veneración que a él se debe esta gran luz en la Iglesia. Que por su intercesión, sus almas sean purificadas de la mancha del pecado y alimentadas en la mesa de la Eucaristía, sean conducidas suave pero contundentemente a la adquisición de la santidad, y eso en muy poco tiempo. Procurad, pues, que en vuestras ciudades episcopales y en todas las parroquias de vuestras diócesis, en algún momento del presente año, hasta el veintiocho de diciembre inclusive, se celebre un triduo o novena, durante la cual se prediquen sermones, porque es de suma importancia que la gente esté bien instruida en aquellas verdades que, bajo la guía de San Francisco, no pueden sino elevar el nivel de sus vidas espirituales. Dejamos a vuestro celo conmemorar de la forma que mejor os parezca la buena obra de este santo obispo.

36. Mientras tanto, por el bien de las almas, concedemos, del tesoro de las santas indulgencias confiado por Dios a Nuestra custodia, a todos los que asisten piadosamente a las funciones celebradas en honor de San Francisco, una indulgencia de siete años y siete cuarentenas a diario. En el último día de estas funciones, o en cualquier otro día que se elija, concedemos, en las condiciones acostumbradas, una indulgencia plenaria. Para dar una señal muy especial de Nuestro afecto al Convento de las Hermanas de la Visitación en Annecy, donde descansa el cuerpo de San Francisco —en el altar mismo sobre su cuerpo hemos celebrado Misa con gran alegría espiritual— y en el Convento de Treviso donde se conserva su corazón, y a todos los demás Conventos de la Visitación, les concedemos durante las funciones que cada mes realizarán en acción de gracias a Dios, y además de estos días, el veintiocho de diciembre, pero sólo por este año en particular, a todos los que hagan las visitas habituales a sus iglesias, la indulgencia plenaria, siempre que se confiesen y comulguen y recen según Nuestra intención.

37 Os pedimos, Venerables Hermanos, que exhortéis a vuestro rebaño a orar al Santo Doctor por Nosotros. Conceda, oh Dios, cuyo placer es que gobernemos Su Iglesia en estos tiempos peligrosos, que, bajo el patrocinio de San Francisco de Sales, quien fue dotado de un amor y una reverencia verdaderamente notables por esta Sede Apostólica y quien, en las controversias defendió con valentía sus derechos y su autoridad, felizmente acontecerá que todos los que están apartados de la ley y del amor de Cristo regresen a los verdes pastos de la vida eterna, para que así nos sea dada la oportunidad para abrazarlos en la unidad y en el beso de la paz.

38. Mientras tanto, como prenda de los eternos favores venideros y en testimonio de nuestro afecto paternal, os impartimos con mucho cariño, Venerables Hermanos, a todo vuestro clero y a vuestro pueblo, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día veintiséis de enero del año 1923, primero de Nuestro Pontificado.

Papa Pío XI

domingo, 31 de diciembre de 2000

DISCURSO DEL PAPA PABLO VI A LOS MIEMBROS DEL COMITÉ PERMANENTE DEL CONGRESO INTERNACIONAL PARA EL APOSTOLADO DE LOS LAICOS (8 DE MARZO DE 1966)


DISCURSO DEL PAPA PABLO VI

A LOS MIEMBROS DEL COMITÉ PERMANENTE DEL

CONGRESO INTERNACIONAL

PARA EL APOSTOLADO DE LOS LAICOS

martes, 8 de marzo de 1966

Queridos hijos:

Es para Nos una gran alegría recibir a los miembros del consejo directivo, de la comisión eclesiástica y del secretariado del comité permanente de los congresos internacionales para el apostolado de los laicos, junto a un distinguido grupo de expertos eclesiásticos y laicos pertenecientes a diversas organizaciones católicas internacionales y que vienen de varios continentes para participar en esta reunión preparatoria del tercer congreso mundial. Y estamos felices de saludar también a los observadores no católicos que tuvieron la amabilidad de unirse a vosotros.

La audiencia de esta mañana evoca en Nuestra memoria la preparación del primer congreso mundial, durante el Año Santo de 1950, así como la creación por el Papa Pío XII, de venerada memoria, del comité permanente, al frente del cual el Sr. Vittorino Veronese - a quien Nos complace reconocer entre vosotros- trabajó incansablemente para organizar los dos primeros congresos. Y recordamos con emoción el segundo congreso en el que tuvimos el privilegio de hablar personalmente en una presentación sobre la misión de la Iglesia.

Cuántos acontecimientos han tenido lugar desde entonces en la vida de la Iglesia, en particular el breve pero intenso pontificado de Nuestro amado Predecesor Juan XXIII, a quien corresponde el mérito de convocar el Concilio Ecuménico.

Recogiendo de sus manos esta pesada herencia, pudimos, con la gracia de Dios, llevar a buen término esta inmensa empresa. Pero si la obra de los Padres ha llegado a su fin, su puesta en práctica está comenzando, y a ello pretendéis dedicaros generosamente, preparando el próximo Congreso Mundial del Apostolado de los Laicos, que se celebrará en 1967.

El Concilio ha dado lugar a una renovada conciencia de la naturaleza y la misión de la Iglesia y ha proporcionado valiosas directrices para la participación responsable de todos los miembros del Pueblo de Dios en la misión salvadora confiada por Cristo a sus apóstoles al final de su vida terrenal. La preparación del Congreso será una ocasión providencial para que los laicos católicos, en la diversidad de sus razas, culturas, situaciones sociales y estados de vida, descubran más plenamente la vocación de todo bautizado al apostolado, y lo que se requiere de cada uno de ellos en su participación consciente y activa en las tareas de la Iglesia después del Concilio.

Porque no se trata sólo de recoger y difundir las enseñanzas del Concilio, sino de transformarse para ponerse a imagen de la Iglesia conciliar renovada en su oración, en la expresión de su fe y de su esperanza, y en la caridad de su diálogo con todos los cristianos, con todos los hombres. Así cada católico podrá ayudar a su hermano a creer en Cristo y a reconocerlo en su Iglesia.

Esto muestra el estado de ánimo con el que los laicos deben dedicarse a su tarea: lo que la Iglesia espera de ellos no es una actitud negativa, un cuestionamiento arbitrario, una ansiedad estéril, sino una actitud positiva, una colaboración constructiva, un compromiso responsable. El período postconciliar debe ciertamente cuestionar ciertas formas de apostolado y estimular en este ámbito, como en todos los demás, el necesario aggiornamento, las indispensables adaptaciones y las nuevas iniciativas que las necesidades del tiempo actual conllevan. ¿Pero quién puede dejar de ver que esta actualización no es un cuestionamiento?

Crear estructuras más adecuadas, coordinar mejor la acción emprendida, es preocuparse por hacer más orgánico y más profundo el apostolado en el mundo de hoy. Pero quien dice apostolado dice necesariamente apóstol, y por lo tanto, más que nunca almas ardientes, generosas, abrasadas del amor de Cristo y dedicadas incansablemente a esparcirlo a su alrededor. ¿Y quién podría merecer este hermoso nombre de apóstol si no estuviera, con todas las fibras de su ser, profundamente unido a los que son los sucesores de los doce, y especialmente al primero de ellos, que recibió el Estado de Pedro? Os corresponde, pues, queridos hijos, en amorosa fidelidad a la Iglesia, en docilidad filial a los que en su seno han recibido el encargo de pastorear al pueblo de Dios, en constante disponibilidad a la inspiración del Espíritu, estar dispuestos a prestar generosamente la colaboración que se os pide para la renovación interior de la Iglesia, el acercamiento de todos los cristianos y el testimonio de la caridad en el mundo de hoy: "que sean uno, para que el mundo crea".

Tales son las exaltantes tareas que se os ofrecen en esta importantísima hora posterior al Concilio, que estará marcada por su Tercer Congreso Mundial. Este encuentro será la ocasión providencial para demostrar a todos la admirable vitalidad del laicado católico. En medio de las corrientes ideológicas que hoy disputan al mundo, algunas de las cuales sólo pueden conducirlo en direcciones que todo católico debe rechazar, el laico podrá dar testimonio del poder de la gracia de Cristo y de la fecundidad de la Iglesia siempre joven, dando expresiones vivas y originales al espíritu específico del catolicismo, para marcar las mentes y mover los corazones hacia Aquel que se hizo uno de nosotros para llamarnos a ser sus amados hermanos, el Emmanuel, Dios con nosotros.

Queridos hijos, nos alegramos vivamente de vuestro ardor en el estudio y aplicación de las orientaciones conciliares sobre el apostolado de los laicos en el mundo de hoy. Bendecimos de todo corazón el trabajo con el que van a preparar el próximo congreso mundial, y a todos los que van a trabajar allí. Y saludamos ya con Nuestros deseos a los laicos que pronto vendrán de todo el mundo a Roma para poner en común su entusiasmo militante al servicio de nuestra Santa Madre Iglesia, como testigos gozosos y vivos del amor de Cristo Salvador. En estos sentimientos os damos, como prenda de la abundancia de las gracias divinas sobre vuestra generosa actividad apostólica, nuestra paternal y afectuosa bendición apostólica.


sábado, 30 de diciembre de 2000

DISCURSO DEL PAPA PABLO VI DURANTE LA ÚLTIMA REUNIÓN GENERAL DEL CONCILIO VATICANO II (7 DE DICIEMBRE DE 1965)


DISCURSO DEL PAPA PABLO VI

DURANTE LA ÚLTIMA REUNIÓN GENERAL

DEL CONCILIO VATICANO II

7 de diciembre de 1965

Hoy estamos concluyendo el Concilio Vaticano II. Lo concluimos en la plenitud de su eficacia: la presencia de tantos de vosotros aquí lo demuestra claramente; el patrón bien ordenado de esta asamblea da testimonio de ello; la conclusión normal de los trabajos del concilio lo confirma; la armonía de sentimientos y decisiones lo proclama. Y si bastantes preguntas planteadas durante el transcurso del mismo concilio todavía esperan respuestas apropiadas, esto muestra que sus trabajos están ahora llegando a su fin no por cansancio, sino en un estado de vitalidad que este sínodo universal ha despertado. En el período posconciliar esta vitalidad aplicará, si Dios quiere, sus energías generosas y bien reguladas al estudio de tales cuestiones.

Este concilio lega a la historia una imagen de la Iglesia católica simbolizada por esta sala, llena como está de pastores de almas que profesan la misma fe, respiran la misma caridad, asociados en la misma comunión de oración, disciplina y actividad y que es maravilloso, todos deseando una cosa: a saber, ofrecerse como Cristo, nuestro Maestro y Señor, por la vida de la Iglesia y por la salvación del mundo. Este concilio entrega a la posteridad no sólo la imagen de la Iglesia sino también el patrimonio de su doctrina y de sus mandamientos, el "depósito" recibido de Cristo y meditado a lo largo de los siglos, vivido y expresado ahora y esclarecido en tantas de sus partes, asentado y arreglado en su integridad. El depósito, es decir, que vive por el poder divino de la verdad y de la gracia que lo constituye, y es, por lo tanto, capaz de vivificar a quien lo recibe y alimenta con él su propia existencia humana.

¿Qué fue entonces el concilio? ¿Qué ha logrado? La respuesta a estas preguntas sería el tema lógico de nuestra presente meditación. Pero requeriría demasiado de nuestra atención y tiempo: esta última y estupenda hora tal vez no nos daría la suficiente tranquilidad de espíritu para hacer tal síntesis. Quisiéramos dedicar este precioso momento a un solo pensamiento que doblega nuestro espíritu en la humildad y al mismo tiempo lo eleva a la cumbre de nuestras aspiraciones. Y ese pensamiento es: ¿cuál es el valor religioso de este concilio? Nos referimos a él como religioso por su relación directa con el Dios vivo, esa relación que es la razón de ser de la Iglesia, de todo lo que ella cree, espera y ama; de todo lo que es y hace.

¿Podemos hablar de haber dado gloria a Dios, de haber buscado el conocimiento y el amor de Él, de haber progresado en nuestro esfuerzo de contemplarlo, en nuestro afán de honrarlo y en el arte de anunciarlo a los hombres que nos admiran en cuanto a pastores y maestros de la vida de Dios? Con toda sinceridad, creemos que la respuesta es sí. También porque a partir de este propósito básico se desarrolló el principio rector que debía dar dirección al futuro concilio. Aún están frescas en nuestra memoria las palabras pronunciadas en esta basílica por nuestro venerado predecesor, Juan XXIII, a quien en verdad podemos llamar el iniciador de este gran sínodo. En su discurso de apertura ante el concilio dijo lo siguiente: "La mayor preocupación del concilio ecuménico es esta: que el depósito sagrado de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado más eficazmente... El Señor ha dicho: 'Buscad primero el reino de Dios y su justicia.' La palabra 'primero' expresa la dirección en la que deben moverse nuestros pensamientos y energías" (Discorsi, 1962, p. 583).

Su gran propósito ahora se ha logrado. Para apreciarlo adecuadamente es necesario recordar el tiempo en que se realizó: un tiempo que todo el mundo admite que está orientado hacia la conquista del reino de la tierra más que del cielo; un tiempo en el que el olvido de Dios se ha vuelto habitual y parece, muy equivocadamente, ser impulsado por el progreso de la ciencia; un tiempo en que el acto fundamental de la persona humana, más consciente ahora de sí misma y de su libertad, tiende a pronunciarse a favor de su propia autonomía absoluta, en emancipación de toda ley trascendente; un tiempo en el que el laicismo parece la consecuencia legítima del pensamiento moderno y la más alta sabiduría en el ordenamiento temporal de la sociedad; un tiempo, además, en que el alma del hombre ha sondeado las profundidades de la irracionalidad y la desolación; un tiempo, finalmente, que se caracteriza por las convulsiones y un declive hasta ahora desconocido incluso en las grandes religiones del mundo.

Fue en un momento como éste cuando nuestro concilio se celebró en honor de Dios, en el nombre de Cristo y bajo el impulso del Espíritu: que "lo escudriña todo", "haciéndonos comprender los dones que Dios nos da" (cf. 1 Co 2, 10-12), y que ahora está vivificando a la Iglesia, dándole una visión a la vez profunda y global de la vida del mundo. El concilio ha dado una nueva importancia al concepto teocéntrico y teológico del hombre y el universo, casi desafiando la acusación de anacronismo e irrelevancia, a través de afirmaciones que el mundo juzgará al principio como tontas, pero que, esperamos, más tarde llegará a reconocer como verdaderamente humano, sabio y saludable: a saber, Dios es, y más aún, es real, vive, un Dios personal, providente, infinitamente bueno; y no sólo bueno en sí mismo, sino también inconmensurablemente bueno con nosotros. Él será reconocido como Nuestro Creador, nuestra verdad, nuestra felicidad; tanto es así que el esfuerzo de mirarlo y de centrar nuestro corazón en Él, lo que llamamos contemplación, es el acto más alto, el más perfecto del espíritu, el acto que aún hoy puede y debe estar en la cúspide de toda actividad del ser humano.

Los hombres se darán cuenta de que el Concilio dedicó su atención no tanto a las verdades divinas, sino más bien, y principalmente, a la Iglesia: su naturaleza y composición, su vocación ecuménica, su actividad apostólica y misionera. Esta sociedad religiosa laica, que es la Iglesia, se ha esforzado en realizar un acto de reflexión sobre sí misma, para conocerse mejor, para definirse mejor y, en consecuencia, para enderezar lo que siente y lo que manda. Todo esto es cierto. Pero esta introspección no ha sido un fin en sí mismo, no ha sido simplemente un ejercicio de comprensión humana o de una cultura meramente mundana. La Iglesia se ha reunido en profunda conciencia espiritual, no para producir un erudito análisis de psicología religiosa, o un relato de sus propias experiencias, ni siquiera para dedicarse a reafirmar sus derechos y explicar sus leyes. Más bien se trataba de encontrar en ella, activo y vivo, el Espíritu Santo, la palabra de Cristo; y de sondear más profundamente aún el misterio, el designio y la presencia de Dios por encima y dentro de ella; de revitalizar en sí misma esa fe que es el secreto de su confianza y de su sabiduría, y ese amor que la impulsa a cantar sin cesar las alabanzas de Dios. "Cantare amantis est" (El canto es la expresión de un amante), dice San Agustín (Serm. 336; P. L. 38, 1472).

Los documentos conciliares -especialmente los relativos a la revelación divina, a la liturgia, a la Iglesia, a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos- dejan bien a la vista esta intención religiosa primaria y focal, y muestran cuán clara, fresca y rica es la corriente espiritual que el contacto con el Dios vivo hace brotar en el corazón de la Iglesia, y que fluye desde ella sobre los áridos desechos de nuestro mundo.

Pero no podemos pasar por alto una consideración importante en nuestro análisis del significado religioso del concilio: ha estado profundamente comprometido con el estudio del mundo moderno. Nunca antes, tanto como en esta ocasión, la Iglesia ha sentido la necesidad de conocer, acercarse, comprender, penetrar, servir y evangelizar la sociedad en la que vive; y enfrentarse a ella, casi correr tras ella, en su cambio rápido y continuo. Esta actitud, respuesta a las distancias y divisiones que hemos presenciado en los últimos siglos, en el siglo pasado y especialmente en el nuestro, entre la Iglesia y la sociedad secular, esta actitud ha obrado fuerte e incesantemente en el Concilio; tanto es así que algunos se han inclinado a sospechar que una receptividad excesiva y despreocupada hacia el mundo exterior, hacia los eventos pasajeros, modas culturales, necesidades temporales, una forma de pensar ajena... pueden haber influido en las personas y en los actos del sínodo ecuménico, a expensas de la fidelidad que se debe a la tradición, y esto en detrimento de la orientación religiosa del mismo concilio. No creemos que se le deba imputar esta carencia, a sus intenciones reales y profundas, a sus manifestaciones auténticas.

Preferimos señalar cómo la caridad ha sido el principal rasgo religioso de este concilio. Ahora bien, nadie puede reprochar como falta de religión o infidelidad al Evangelio una orientación tan básica, cuando recordamos que es Cristo mismo quien nos enseñó que el amor a los hermanos es la marca distintiva de sus discípulos (cf. Jn 13, 35). ); cuando escuchamos las palabras del apóstol: "La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo" (Santiago 1:27) y otra vez: "Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?" (1 Juan 4:20).

Sí, la Iglesia del Concilio se ha preocupado, no sólo de sí misma y de su relación de unión con Dios, sino del hombre, del hombre tal como es hoy: hombre vivo, hombre envuelto en sí mismo, hombre que se hace no sólo el centro de todos sus intereses, sino que se atreve a afirmar que él es el principio y la explicación de toda la realidad. Cada elemento perceptible en el hombre, cada una de las innumerables formas en que se presenta, ha sido, en cierto modo, manifestado a la vista de los Padres conciliares, quienes, a su vez, son meros hombres y, sin embargo, todos ellos son pastores y hermanos cuya posición los llena de solicitud y de amor. Entre estos disfraces podemos citar al hombre como el actor trágico de sus propias obras; el hombre como el superhombre de ayer y de hoy, siempre frágil, irreal, egoísta y salvaje; el hombre infeliz consigo mismo mientras ríe y llora; el hombre como actor versátil dispuesto a interpretar cualquier papel; el hombre como devoto estrecho de nada más que la realidad científica; el hombre tal como es, una criatura que piensa y ama y trabaja y siempre está esperando algo, el "hijo creciente"  (Gn 49, 22); el hombre sagrado por la inocencia de su infancia, por el misterio de su pobreza, por la entrega de su sufrimiento; el hombre como individuo y el hombre en sociedad; el hombre que vive en las glorias del pasado y sueña con las del futuro; el hombre pecador y el hombre santo, etc.

El humanismo secular, revelándose en su horrible realidad anticlerical, ha desafiado en cierto sentido al concilio. La religión del Dios que se hizo hombre se ha encontrado con la religión (porque tal es) del hombre que se hace Dios. ¿Y que pasó? ¿Hubo un choque, una batalla, una condena? Podría haberlo, pero no lo hubo. La vieja historia del samaritano ha sido el modelo de la espiritualidad del concilio. Un sentimiento de simpatía sin límites lo ha impregnado todo. La atención de nuestro concilio ha sido absorbida por el descubrimiento de las necesidades humanas (y estas necesidades crecen en proporción a la grandeza que el hijo de la tierra reclama para sí). Pero hacemos un llamamiento a los que se autodenominan humanistas modernos, y que han renunciado al valor trascendente de las realidades más elevadas, para que den crédito al concilio al menos por una cualidad y reconozcan nuestro propio nuevo tipo de humanismo: nosotros también, de hecho, nosotros más que nadie, honramos a la humanidad.

¿Y qué aspecto de la humanidad ha estudiado este augusto senado? ¿Qué meta se fijó bajo inspiración divina? Se detuvo también en la siempre doble faceta de la humanidad, a saber, la miseria del hombre y su grandeza, su profunda debilidad —que es innegable y no puede ser curada por sí mismo— y el bien que subsiste en él, que está siempre marcado por una belleza oculta y una serenidad invencible. Pero hay que darse cuenta de que este concilio, que se expuso al juicio humano, insistió mucho más en este lado agradable del hombre que en el desagradable. Su actitud era muy y deliberadamente optimista. Una ola de afecto y admiración fluyó desde el concilio sobre el mundo moderno de la humanidad. Los errores eran condenados, ciertamente, porque la caridad lo exigía no menos que la verdad, pero para las personas mismas sólo había advertencia, respeto y amor. En vez de diagnósticos deprimentes, remedios alentadores; en vez de pronósticos funestos, mensajes de confianza salían del concilio hacia el mundo actual. Los valores del mundo moderno no sólo fueron respetados, sino honrados, sus esfuerzos aprobados, sus aspiraciones purificadas y bendecidas.

Ved, por ejemplo, cómo las innumerables lenguas diferentes de los pueblos existentes hoy fueron admitidas para la expresión litúrgica de la comunicación de los hombres con Dios y de Dios con los hombres: al hombre como tal se le reconoció su pretensión fundamental de gozar de la plena posesión de sus derechos y de su destino trascendental. Se purificaron y promovieron sus supremas aspiraciones a la vida, a la dignidad personal, a su justa libertad, a la cultura, a la renovación del orden social, a la justicia y a la paz; y a todos los hombres se dirigió la invitación pastoral y misionera a la luz del Evangelio.

Ahora podemos hablar muy brevemente sobre las muchas y vastas cuestiones, relativas al bienestar humano, de las que se ocupó el concilio. No intentó resolver todos los problemas urgentes de la vida moderna; algunos de estos han sido reservados para un estudio ulterior que la Iglesia pretende hacer de ellos, muchos de ellos fueron presentados en términos muy restringidos y generales, y por eso están abiertos a ulteriores investigaciones y diversas aplicaciones.

Pero una cosa debe señalarse aquí, a saber, que el magisterio de la Iglesia, aun sin querer emitir pronunciamientos dogmáticos extraordinarios, ha dado a conocer cabalmente su enseñanza autorizada sobre una serie de cuestiones que pesan hoy sobre la conciencia y la actividad del hombre, descendiendo, por así decirlo, en un diálogo con él, pero siempre conservando su propia autoridad y fuerza; ha hablado con la voz amable y complaciente de la caridad pastoral; su deseo ha sido ser escuchado y comprendido por todos; no se ha concentrado únicamente en la comprensión intelectual sino que también ha buscado expresarse en un estilo conversacional sencillo, actual, derivado de la experiencia real y de un trato cordial que lo hacen más vital, atractivo y persuasivo; le ha hablado al hombre moderno tal como es.

Otro punto que debemos subrayar es este: toda esta rica enseñanza está encauzada en una sola dirección, al servicio del hombre, de toda condición, en toda debilidad y necesidad. La Iglesia se ha declarado, por así decirlo, servidora de la humanidad, en el mismo momento en que su función docente y su gobierno pastoral, con motivo de la solemnidad del Concilio, han cobrado mayor esplendor y vigor: la idea de servicio ha sido central.

Se podría decir que todo esto y todo lo demás que podamos decir sobre los valores humanos del concilio ha desviado la atención de la Iglesia en concilio hacia la tendencia de la cultura moderna, centrada en la humanidad. Diríamos que no desviada, sino dirigida. Cualquier observador cuidadoso del interés predominante del Concilio por los valores humanos y temporales no puede negar que es de carácter pastoral que el Concilio ha hecho virtualmente su programa, y ​​debe reconocer que el mismo interés nunca está divorciado del más genuino interés religioso, ya sea por la razón de la caridad, su única inspiración (¡donde está la caridad, está Dios!), o los intentos constantes y explícitos del Concilio de vincular los valores humanos y temporales con los específicamente espirituales, religiosos y eternos; su preocupación es con el hombre y con la tierra, pero se eleva al reino de Dios.

La mente moderna, acostumbrada a evaluar todo en términos de utilidad, admitirá fácilmente que el valor del concilio es grande aunque sólo sea porque todo se ha referido a la utilidad humana. Por eso nadie debe decir jamás que una religión como la católica es inútil, ya que cuando tiene su mayor autoconciencia y eficacia, como la tiene en el concilio, se declara enteramente del lado del hombre y en su servicio. De este modo, la religión católica y la vida humana reafirman su alianza, el hecho de que convergen en una sola realidad humana: la religión católica es para la humanidad. En cierto sentido es la vida de la humanidad. Lo es por la interpretación extremadamente precisa y sublime que nuestra religión da de la humanidad (ciertamente el hombre por sí mismo es un misterio para sí mismo) y da esta interpretación en virtud de su conocimiento de Dios: un conocimiento de Dios es un requisito previo para un conocimiento del hombre tal como es realmente, en toda su plenitud; como prueba de ello baste recordar la ardiente expresión de Santa Catalina de Siena: "En tu naturaleza, Dios eterno, conoceré la mía". La religión católica es la vida del hombre, porque determina la naturaleza y el destino de la vida; le da su verdadero sentido, establece la ley suprema de la vida y le infunde esa misteriosa actividad que podemos decir que la diviniza.

En consecuencia, si recordamos, venerables hermanos y todos vosotros, hijos nuestros, aquí reunidos, cómo en todos podemos y debemos reconocer el semblante de Cristo (cf. Mt. 25,40), el Hijo del Hombre, sobre todo cuando las lágrimas y las penas lo hacen ver, y si podemos y debemos reconocer en el rostro de Cristo el rostro de nuestro Padre celestial "El que me ve a mí -dijo Nuestro Señor- ve también al Padre" (Juan 14,9), nuestro humanismo se convierte en cristianismo, nuestro cristianismo se centra en Dios; de tal manera que podemos decir, por decirlo de otra manera: el conocimiento del hombre es una condición previa para el conocimiento de Dios.

Entonces, este concilio, que se ha concentrado principalmente en el hombre, ¿no estaría destinado a proponer de nuevo al mundo de hoy la escalera que conduce a la libertad y al consuelo? ¿No sería, en definitiva, una enseñanza sencilla, nueva y solemne amar al hombre para amar a Dios? Amar al hombre, decimos, no como un medio sino como el primer paso hacia la meta final y trascendente que es la base y la causa de todo amor. Y así este concilio se puede resumir en su sentido religioso último, que no es sino una apremiante y amistosa invitación a los hombres de hoy a redescubrir en el amor fraterno a Dios "darte a ti la espalda es morir, volver a ti es revivir, morar en ti es vivir" (San Agustín, Solil. I, 1, 3; PL 32, 870).

Esta es nuestra esperanza al término de este Concilio Ecuménico Vaticano II y al inicio de la renovación humana y religiosa que el Concilio se propuso estudiar y promover; esta es nuestra esperanza para vosotros, hermanos y Padres del Concilio; esta es nuestra esperanza para toda la humanidad que aquí hemos aprendido a amar más y a servir mejor.

Con este fin invocamos de nuevo la intercesión de San Juan Bautista y de San José, que son los patronos del concilio ecuménico; de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, cimientos y columnas de la Santa Iglesia; y con ellos de San Ambrosio, el obispo cuya fiesta celebramos hoy, como uniendo en él la Iglesia de Oriente y la de Occidente. Imploramos también encarecidamente la protección de María Santísima, Madre de Cristo y, por lo tanto, llamada por nosotros también, Madre de la Iglesia. Con una sola voz y con un solo corazón damos gracias y gloria al Dios vivo y verdadero, al Dios único y soberano, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.




viernes, 29 de diciembre de 2000

WIR HEISSEN SIE (3 DE JUNIO DE 1956)


ALOCUCIÓN 

WIR HEISSEN SIE

DISCURSO DEL PAPA PÍO XII

A LOS ESTUDIANTES Y PROFESORES DE LA

UNIVERSIDAD DE VIENA*


Salón del Trono - Domingo, 3 de junio de 1956


Os damos la bienvenida, honorables caballeros, a quienes el camino ha traído desde Viena a Roma y a Nos.

Os dedicáis al estudio y la investigación del derecho canónico y la historia jurídica. Ambos campos, el primero intrínsecamente necesario, pero también el segundo os ponen en contacto con la vida jurídica de la Iglesia Católica.

El derecho canónico no es un fin en sí mismo. Siempre es un medio para un fin que está por encima de él. Como todo en la Iglesia, está al servicio de la "salus animarum", y por lo tanto, de la pastoral. Debe ayudar a abrir y allanar el camino para la verdad y la gracia de Jesucristo en los corazones de las personas.

Sin embargo, esto no significa que sea algo que sólo se añada a la estructura interna, a la esencia de la Iglesia desde fuera y que sea sólo obra de los hombres. Ciertamente, muchos cánones son sólo normas de protección, por ejemplo, para proteger la posesión de la fe de la destrucción, la dignidad de la gracia y los sacramentos de la profanación. Pero además, hay normas jurídicas que están incorporadas a la propia estructura eclesiástica y que, según su contenido, proceden directamente del divino fundador de la Iglesia: formas de división del cuerpo místico de Cristo, como en el derecho constitucional eclesiástico, en las disposiciones sobre la autoridad del Papa y de los obispos. Cristo fundó su Iglesia no como un movimiento espiritual no formado, sino como una comunidad firmemente establecida.

Ciertamente, el derecho canónico no debe sobrepasar los valores espirituales y sobrenaturales a cuyo servicio se encuentra. Se le ha reprochado que lo haga y se ha hablado de "juridificación" de la Iglesia. Pero, por una vez, el reproche se dirige con demasiada frecuencia a la adhesión inflexible de la Iglesia a la indisolubilidad del matrimonio cristiano válidamente celebrado y consumado. Y sin embargo, precisamente en este caso, no actúa por insensibilidad y dureza jurídica, como si no sintiera la tragedia que a menudo es inherente a estos casos, sino simplemente en fiel aplicación de la ley del matrimonio que su divino Fundador mismo estableció y sobre la que la Iglesia no tiene competencia para gobernar.

A continuación, no hace falta que os digamos a vosotros, que sois juristas, que las escasas leyes de los tiempos apostólicos no bastarían para gobernar hoy una Iglesia universal de más de 400 millones de fieles. Cada vez que la Iglesia se expandía geográficamente o la vida religiosa se fortalecía y florecía de nuevas maneras, el desarrollo posterior de la jurisprudencia eclesiástica también comenzó, casi espontáneamente, a regular y proteger el flujo de esa vida religiosa.

En la creación del Codex Iuris Canonici, el actual código jurídico de la Iglesia, podemos ver también la acción de la Providencia; la reorganización del derecho canónico estuvo, en cualquier caso, muy en consonancia con la expansión espacial y el desarrollo interior de la Iglesia en el siglo XIX, que a este respecto probablemente no alcanzó ninguno de sus predecesores. Esto no condujo a una "juridificación" de la Iglesia. Hoy en día, en particular, se encuentra una voluntad religiosa, poderes espirituales y una vida sacramental en el mundo de los fieles que no fueron más poderosos en el pasado, tal vez nunca existieron.

La vida eclesiástica y el derecho eclesiástico van juntos. Símbolo de ello es San Pío X, creador del nuevo código jurídico eclesiástico, que abrió los resortes y las compuertas de esa vida sacramental.

Os deseamos, queridos señores, éxito escolar y enriquecimiento interior con vuestros estudios jurídicos y, con paternal benevolencia, os concedemos la bendición apostólica.


*Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santità Pio XII, XVIII,
 18. Pontifikatsjahr, 2. März 1956 - 1. März 1957, SS. 259 - 260


jueves, 28 de diciembre de 2000

CUM SUPREMAE (25 DE MARZO DE 1928)


DECRETO

CUM SUPREMAE

sobre la Abolición de la Asociación

comúnmente llamada “Amici Israel”

Cuando esta Suprema Congregación del Santo Oficio consideró formalmente la naturaleza y finalidad de la asociación denominada “Amici Israel” [“Amigos de Israel”], así como el folleto titulado Pax super Israel [Paz sobre Israel], que había sido publicado y distribuidos a lo largo y ancho para que la misión y el modo de proceder de la asociación fueran conocidos por el público en general, los Eminentísimos Padres, encargados de salvaguardar la fe y la moral, reconocieron ante todo su loable propósito de exhortar a los fieles a orar a Dios y trabajar por la conversión de los israelitas al Reino de Cristo.

No es de extrañar que, desde el principio, no sólo un número de fieles cristianos y sacerdotes, conscientes de este objetivo, se unieran a esa asociación, sino también no pocos obispos y señores cardenales. La razón es que la Iglesia Católica siempre ha estado acostumbrada a orar por el pueblo judío, que fue depositario de las promesas divinas hasta la llegada de Jesucristo, a pesar de su posterior ceguera, o mejor dicho, a causa de esta misma ceguera. Movida por esa caridad, la Sede Apostólica ha protegido al mismo pueblo de los malos tratos injustos, y así como censura todo odio y enemistad entre los hombres, así también condena en el más alto grado posible el odio contra el pueblo una vez elegido por Dios, a saber: el odio que ahora es lo que generalmente se entiende en el lenguaje común por el término conocido generalmente como "antisemitismo".

Sin embargo, notando y considerando que la asociación “Amici Israel” emprendió entonces un plan de actuar y comunicar en desacuerdo con el sentido de la Iglesia, la mente de los Santos Padres de la Iglesia y la Sagrada Liturgia, los Eminentísimos Padres, sobre la anterior recomendación de los Consultores, decretada en la sesión plenaria celebrada el miércoles 21 de marzo de 1928, que la asociación “Amici Israel” debía ser abolida, y la declararon abolida de hecho, y ordenaron que en el futuro nadie aventurarse a escribir o publicar libros o folletos que de cualquier forma promuevan iniciativas erróneas de este tipo.

Y el jueves siguiente, día 22 del mismo mes y año, Su Santidad Pío XI, por la divina Providencia Papa, en la acostumbrada audiencia compartida con el Asesor del Santo Oficio, aprobó, confirmó y mandó publicar la decisión de los Eminentísimos Padres, que le habían sido referidos.

Dado en Roma, en el Palacio del Santo Oficio, el 25 de marzo de 1928.

A. Castellano
Notario de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio

miércoles, 27 de diciembre de 2000

HOMILÍA DE PABLO VI: "EL HUMO DE SATANÁS HA ENTRADO EN EL PUEBLO DE DIOS" (29 DE JUNIO DE 1972)


IX ANIVERSARIO DE LA CORONACIÓN DE SU SANTIDAD

HOMILÍA DE PABLO VI

“RESISTITE FORTES IN FIDE” 

Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo

Jueves, 29 de junio de 1972

Al atardecer del jueves 29 de junio, Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, en presencia de una considerable multitud de fieles de todo el mundo, el Santo Padre celebró la Misa y el inicio de su décimo año de Pontificado como Sucesor de San Pedro.

Con el Decano del Sagrado Colegio, Su Eminencia el Cardenal Amleto Giovanni Cicognani y el Subdiácono, Su Eminencia el Cardenal Luigi Traglia, están presentes hoy en Roma treinta Cardenales, de la Curia, y algunos Pastores de diócesis.
Dos Señores Cardenales de cada Orden acompañan procesionalmente al Santo Padre hasta el altar.

El Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede está completo, con el Sustituto de la Secretaría de Estado, monseñor Giovanni Benelli, y el Secretario del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, monseñor Agostino Casaroli.

Damos cuenta de la homilía de Su Santidad.

El Santo Padre comenzó afirmando que debía un sentidísimo agradecimiento a todos aquellos, hermanos e hijos, presentes en la Basílica y a los que, lejos pero espiritualmente asociados a ellos, asistieron al sagrado rito, que, a la intención celebratoria del Apóstol Pedro, a quien está dedicada la Basílica Vaticana, custodio privilegiado de su tumba y de sus reliquias, y del Apóstol Pablo, siempre unido a él en el designio y el culto apostólico, une otra intención, la de conmemorar el aniversario de su elección para suceder en el ministerio pastoral al pescador Simón, hijo de Jonás, a quien Cristo llamó Pedro, y por lo tanto, en la función de Obispo de Roma, Pontífice de la Iglesia universal y visible y humildísimo Vicario en la tierra de Cristo el Señor. El agradecimiento más vivo es por lo que la presencia de tantos fieles le muestra el amor al mismo Cristo en el signo de su pobre persona, y por lo tanto, le asegura su fidelidad e indulgencia hacia él, así como su intención consoladora de ayudarle con sus oraciones.

LA IGLESIA DE JESÚS, LA IGLESIA DE PEDRO

Pablo VI continúa diciendo que no quiere hablar, en su breve discurso, de él, de San Pedro, pues sería demasiado largo y quizá superfluo para quienes ya conocen su admirable historia; ni de él mismo, de quien la prensa y la radio ya hablan demasiado, a quien, además, expresa su debida gratitud. Queriendo más bien hablar de la Iglesia, que en ese momento y desde esa sede parece aparecer ante sus ojos como extendida en su vasto y complicadísimo panorama, se limita a repetir una palabra del propio apóstol Pedro, tal como fue pronunciada por él a la inmensa comunidad católica; por él, en su primera carta, recogida en el canon de los escritos del Nuevo Testamento. Este hermoso mensaje, dirigido desde Roma a los primeros cristianos de Asia Menor, de origen en parte judío y en parte pagano, como para demostrar ya entonces la universalidad del ministerio apostólico de Pedro, tiene un carácter parenético, es decir, exhortativo, pero no carece de enseñanzas doctrinales, y la palabra que cita el Papa es precisamente tal, hasta el punto de que el reciente Concilio se ha servido de ella para una de sus enseñanzas características. Pablo VI nos invita a escucharla tal y como la pronunció el propio San Pedro para aquellos a los que se dirige en ese momento.

Después de recordar el pasaje del Éxodo en el que se cuenta cómo Dios, hablando a Moisés antes de darle la Ley, dijo: "Haré de este pueblo un pueblo sacerdotal y real", Pablo VI declara que San Pedro recogió esta palabra exaltante, tan grande, y la aplicó al nuevo pueblo de Dios, heredero y continuador del Israel de la Biblia para formar un nuevo Israel, el Israel de Cristo. San Pedro dice: Será el pueblo sacerdotal y real el que glorifique al Dios de la misericordia, al Dios de la salvación.

Esta palabra, señala el Santo Padre, ha sido malinterpretada por algunos, como si el sacerdocio fuera sólo de un orden, es decir, se comunicara a los que están incluidos en el Cuerpo Místico de Cristo, a los que son cristianos. Esto es cierto en lo que se refiere al llamado sacerdocio común, pero el Concilio nos dice, y la Tradición ya nos había enseñado, que hay otro grado del sacerdocio, el sacerdocio ministerial, que tiene facultades, prerrogativas particulares y exclusivas.

Pero lo que interesa a todos es el sacerdocio real y el Papa se detiene en el significado de esta expresión. El sacerdocio significa la capacidad de adorar a Dios, de comunicarse con Él, de ofrecerle dignamente algo en su honor, de conversar con Él, de buscarlo siempre en una nueva profundidad, en un nuevo descubrimiento, en un nuevo amor. Este impulso de la humanidad hacia Dios, que nunca es suficientemente alcanzado, ni suficientemente conocido, es el sacerdocio de uno que está incluido en el único Sacerdote, que es Cristo, después de la inauguración del Nuevo Testamento. Quien es cristiano está dotado, por eso mismo, de esta cualidad, de esta prerrogativa de poder hablar con el Señor en términos verdaderos, como el hijo con el padre.

LA NECESARIA CONVERSACIÓN CON DIOS

"Audemus dicere": sí podemos celebrar, ante el Señor, un rito, una liturgia de oración común, una santificación incluso de la vida profana que distingue al cristiano de los que no lo son. Este pueblo es distinto, aunque se confunda en medio de la gran marea de la humanidad. Tiene su propia distinción, su propia característica inconfundible. San Pablo se llamó a sí mismo 'segregatus', desligado, distinto del resto de la humanidad, precisamente porque está investido de prerrogativas y funciones que no tienen quienes no poseen la extrema fortuna y excelencia de ser miembros de Cristo.

Pablo VI añade, por lo tanto, que los fieles, llamados a la filiación de Dios, a la participación en el Cuerpo Místico de Cristo, animados por el Espíritu Santo y hechos templo de la presencia de Dios, deben ejercitar este diálogo, este coloquio, esta conversación con Dios en la religión, en el culto litúrgico, en el culto privado, y extender el sentido de lo sagrado incluso a las acciones profanas. "Tanto si comes como si bebes -dice San Pablo-, hazlo por la gloria de Dios". Y lo dice varias veces, en sus cartas, como para reclamar para el cristiano la capacidad de infundir algo nuevo, de iluminar, de sacralizar incluso las cosas temporales, externas, pasajeras, profanas.

Se nos invita a dar al pueblo cristiano, que se llama Iglesia, un sentido verdaderamente sagrado. Y sentimos que debemos contener la ola de profanación, de desacralización, de secularización que se levanta y quiere confundir y arrollar el sentido religioso en lo secreto del corazón, en la vida privada o incluso en las afirmaciones de la vida exterior. Hoy se tiende a afirmar que no es necesario distinguir a un hombre de otro, que no hay nada que pueda hacer esta distinción. Por el contrario, se tiende a devolver al hombre su autenticidad, su ser como los demás. Pero la Iglesia, y hoy San Pedro, llamando al pueblo cristiano a tomar conciencia de sí mismo, le dicen que es el pueblo elegido, distinto, "comprado" por Cristo, un pueblo que debe ejercer una relación especial con Dios, un sacerdocio con Dios. Esta sacralización de la vida no debe ser hoy borrada, expurgada de la costumbre y de la realidad cotidiana como si ya no tuviera que figurar.

LA SACRALIDAD DEL PUEBLO CRISTIANO

Hemos perdido, señala Pablo VI, el hábito religioso, y tantas otras manifestaciones externas de la vida religiosa. Sobre esto hay mucho que discutir y mucho que conceder, pero debemos mantener el concepto, y con el concepto también algunos signos, de la sacralidad del pueblo cristiano, de los que están insertos en Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote.

Hoy, ciertas corrientes sociológicas tienden a estudiar a la humanidad al margen de este contacto con Dios. La sociología de San Pedro, en cambio, la sociología de la Iglesia, al estudiar al hombre, pone el acento precisamente en este aspecto sacral, de conversación con lo inefable, con Dios, con el mundo divino. Esto debe afirmarse en el estudio de toda diferenciación humana. Por muy heterogéneo que sea el género humano, no debemos olvidar esta unidad fundamental que el Señor nos concede cuando nos da la gracia: todos somos hermanos en el mismo Cristo. Ya no hay judío, griego, escita, bárbaro, hombre o mujer. Todos somos uno en Cristo. Todos estamos santificados, todos compartimos esta elevación sobrenatural que Cristo nos ha otorgado. San Pedro nos lo recuerda: es la sociología de la Iglesia la que no debemos borrar ni olvidar.

LA SOLICITUD Y EL AFECTO POR LOS DÉBILES Y DESCONCERTADOS

Pablo VI se pregunta entonces si la Iglesia de hoy puede afrontar con serenidad las palabras que Pedro legó y ofrecerlas para su meditación. "Pensemos en este momento con inmensa caridad -dijo el Santo Padre- en todos los hermanos y hermanas que nos dejan, en tantos fugitivos y olvidados, en tantos que tal vez nunca llegaron a tomar conciencia de su vocación cristiana, aunque recibieron el Bautismo. Cómo quisiéramos realmente tenderles la mano y decirles que el corazón está siempre abierto, que la puerta es fácil, y cómo quisiéramos hacerles partícipes de la gran e inefable fortuna de nuestra felicidad, la de estar en comunicación con Dios, que no quita nada a la visión temporal y al realismo positivo del mundo exterior".

Tal vez este estar en comunicación con Dios nos obligue a hacer renuncias, a hacer sacrificios, pero a la vez que nos priva de algo nos multiplica sus dones. Sí, impone renuncias pero nos hace rebosar de otras riquezas. No somos pobres, somos ricos, porque tenemos la riqueza del Señor. Pues bien -añadió el Papa-, quisiéramos decir a estos hermanos, cuyas lágrimas casi sentimos en las entrañas de nuestra alma sacerdotal, cuánto están presentes para nosotros, cuánto los amamos ahora y siempre y cuánto rezamos por ellos y cuánto intentamos con este esfuerzo que los persigue, los rodea, suplir la interrupción que ellos mismos interponen a nuestra comunión con Cristo.

Refiriéndose a la situación de la Iglesia en la actualidad, el Santo Padre dice que tiene la sensación de que a través de alguna grieta el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios. Hay duda, incertidumbre, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no nos fiamos de la Iglesia, nos fiamos del primer profeta profano que venga a hablarnos desde algún periódico o algún movimiento social para perseguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la vida verdadera. Y no nos sentimos ya sus dueños y señores. La duda ha entrado en nuestras conciencias, y lo ha hecho a través de ventanas que deberían haberse abierto a la luz. De la ciencia, que está hecha para darnos verdades que no nos alejen de Dios, sino que nos hagan buscarlo aún más y celebrarlo con mayor intensidad, ha venido en cambio la crítica, la duda. Los científicos son los que más reflexionan y más dolorosamente doblan la frente. Y acaban enseñando: 'No lo sé, no lo sabemos, no podemos saberlo'. La escuela se convierte en un campo de entrenamiento para la confusión y las contradicciones a veces absurdas. Se celebra el progreso para luego demolerlo con las revoluciones más extrañas y radicales, para negar todo lo conquistado, para volver a lo primitivo después de haber ensalzado tanto el progreso del mundo moderno.

Este estado de incertidumbre también reina en la Iglesia. Se creía que después del Concilio llegaría un día soleado para la historia de la Iglesia. En cambio, ha llegado un día de nubes, de tormenta, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre. Predicamos el ecumenismo y nos distanciamos cada vez más de los demás. Hemos logrado cavar abismos en vez de allanarlos

POR UN "CREDO" VIVIFICANTE Y REDENTOR

¿Cómo ha ocurrido esto? El Papa confió a los presentes su pensamiento: que existía la intervención de un poder adverso. Su nombre es el diablo, este misterioso ser al que también se alude en la Carta de San Pedro. Muchas veces, en cambio, en el Evangelio, en los mismos labios de Cristo, vuelve a mencionarse a este enemigo de los hombres. Creemos -observa el Santo Padre- en algo preternatural que vino al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio Ecuménico, y para impedir que la Iglesia estalle en el himno de la alegría por haber recuperado la plena conciencia de sí misma. Precisamente por eso quisiéramos ser capaces, más que nunca en este momento, de ejercer la función asignada por Dios a Pedro, de confirmar a nuestros hermanos en la Fe. Nos gustaría comunicaros este carisma de certeza que el Señor da a quien le representa incluso indignamente en esta tierra. La fe nos da certeza, seguridad, cuando se basa en la Palabra de Dios aceptada y encontrada de acuerdo con nuestra propia razón y alma humana. Quien cree con sencillez, con humildad, siente que está en el camino correcto, que tiene un testimonio interior que le reconforta en la difícil conquista de la verdad.

El Señor, concluye el Papa, se muestra luz y verdad a los que lo acogen en su Palabra, y su Palabra ya no se convierte en un obstáculo para la verdad y el camino del ser, sino en un peldaño por el que podemos subir y ser verdaderamente vencedores del Señor que se muestra a través del camino de la fe, esta anticipación y garantía de la visión definitiva.

Destacando otro aspecto de la humanidad contemporánea, Pablo VI recuerda la existencia de un gran número de almas humildes, sencillas, puras, rectas y fuertes que siguen la invitación de San Pedro a ser "fortes in fide". Y deseamos -así lo dice- que esta fuerza de la fe, esta seguridad, esta paz, triunfen sobre todos los obstáculos. Por último, el Papa invita a los fieles a un acto de fe humilde y sincero, a un esfuerzo psicológico para encontrar dentro de sí el impulso hacia un acto consciente de adhesión: "Señor, creo en tu palabra, creo en tu revelación, creo en aquellos que me has dado como testigo y garante de esta tu revelación para sentir y experimentar, con la fuerza de la fe, la anticipación de la dicha de la vida que con la fe se nos promete".


martes, 26 de diciembre de 2000

EPISTOLA TUA (17 DE JUNIO DE 1885)


EPISTOLA 

TUA

SOBRE LA SUMISIÓN AL PAPA 

EN MATERIA RELIGIOSA

LEÓN, OBISPO, 

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS, 

PARA PERPETUA MEMORIA

Vuestra filial carta dirigida a Nosotros, carta llena de los más refinados sentimientos de amor y de sincera devoción, ha aliviado con dulce consuelo nuestros espíritus, afligidos por una reciente y pesada tristeza. Bien sabéis que nada puede preocuparnos más gravemente que ver turbado el espíritu de concordia entre los católicos, sacudida la paz de las almas, vaciada la confianza y desechada la sumisión propia de los hijos a la autoridad paterna que los gobierna. En consecuencia, a la primera señal de este desastre, no podemos evitar sentirnos muy molestos y tener cuidado de prevenir el peligro de inmediato.

Por lo tanto, la reciente publicación de cierto escrito, de una fuente menos esperada y que Vos también deploráis, el revuelo que suscitó y los comentarios que suscitó, me obligan a no callar en modo alguno sobre un asunto cuya consideración, aunque tal vez resulte desagradable, no por ello será menos útil tanto en Francia como en otros lugares.

Por ciertos indicios no es difícil concluir que entre los católicos -sin duda a causa de los males actuales- hay algunos que, lejos de estar satisfechos con la condición de “súbdito” que tienen en la Iglesia, se creen capaces de tomar alguna parte en su gobierno, o por lo menos, creen que pueden examinar y juzgar a su manera los actos de autoridad. Una opinión fuera de lugar, sin duda. Si prevaleciera, haría gravísimo daño a la Iglesia de Dios, en la cual, por voluntad manifiesta de su Divino Fundador, unos deben enseñar y otros obedecer; que hay rebaño y hay pastores; y que entre los mismos pastores existe uno que es el supremo y el principal de todos ellos. 

Sólo a los pastores se les dio todo el poder de enseñar, de juzgar, de dirigir; a los fieles se les impuso el deber de seguir su enseñanza, de someterse con docilidad a su juicio y de dejarse gobernar, corregir y guiar por ellos en el camino de la salvación. Por lo tanto, es una necesidad absoluta para los fieles simples someterse en mente y corazón a sus propios pastores, y que éstos se sometan con ellos al Pastor Principal y Supremo. En esta subordinación y dependencia radica el orden y la vida de la Iglesia; en ella se encuentra la condición indispensable del bienestar y del buen gobierno. Por el contrario, si se atribuye autoridad los que carecen de ella, si pretenden ser maestros y jueces al mismo tiempo, si los inferiores en el gobierno de la vida cristiana pretenden seguir un camino distinto del señalado por la legítima autoridad, entonces el orden se rompe, el juicio de la mayoría se perturba y quedan todos desviados del camino.

Y para faltar a este santísimo deber no es necesario realizar una acción en abierta oposición a los Obispos o a la Cabeza de la Iglesia; basta que esta oposición opere indirectamente, tanto más peligrosa cuanto más oculta está. Incurren en el mismo pecado los que defienden la autoridad y los derechos del Romano Pontífice, pero no obedecen a sus respectivos obispos, o no aprecian su autoridad en la medida debida, o interpretan sus decretos o decisiones de mala manera, anticipándose así al juicio de la Sede Apostólica.

Denota igualmente cierta insinceridad en la obediencia comparar a un Pontífice con otro. Quienes, ante dos distintas maneras de proceder, rechazan la actual y alaban la pasada, muestran poca obediencia a aquel a quien por derecho deben obedecer para ser gobernados; y tienen, además, cierta semejanza con aquellos que al verse condenados apelan a un futuro concilio o al Romano Pontífice para que examinen de nuevo su causa.

Sobre este punto conviene recordar que en el gobierno de la Iglesia, salvo los deberes esenciales que su oficio apostólico impone a todos los Pontífices, cada uno de ellos puede adoptar la actitud que juzgue mejor según los tiempos y las circunstancias. De esto sólo él es juez. Es verdad que para esto no sólo tiene luces especiales, sino más aún el conocimiento de las necesidades y condiciones de toda la cristiandad, a las que, como conviene, debe proveer su cuidado apostólico. Tiene a su cargo el bien universal de la Iglesia, al que está subordinada toda necesidad particular, y todos los demás que están sujetos a este orden deben secundar la acción del director supremo y servir al fin que él tiene en vista. Puesto que la Iglesia es una y su cabeza es una, también su gobierno es uno, y todo debe conformarse a esto.

Cuando se olvidan estos principios se nota entre los católicos una disminución del respeto, de la veneración y de la confianza en aquel que les ha sido dado por guía; entonces se relaja el vínculo de amor y sumisión que debe unir a todos los fieles con sus pastores y con el Pastor supremo, vínculo en el que se encuentra principalmente la seguridad y la salvación común.

Del mismo modo, al olvidar o descuidar estos principios, se abre de par en par la puerta a divisiones y disensiones entre los católicos, en grave perjuicio de la unión que es el signo distintivo de los fieles de Cristo, y que, en todos los tiempos, pero particularmente hoy, por razón de las fuerzas combinadas del enemigo, debe ser de interés supremo y universal, en favor del cual debe dejarse de lado todo sentimiento de preferencia personal o ventaja individual.

Esa obligación, si por lo general incumbe a todos, se puede decir que apremia especialmente a los periodistas. Si no han sido imbuidos del espíritu dócil y sumiso tan necesario a todo católico, ayudarían a difundir más estas deplorables materias y a hacerlas más gravosas. La tarea que les corresponde en todo lo que concierne a la religión y que está íntimamente ligado a la acción de la Iglesia en la sociedad humana es esta: someterse completamente de mente y voluntad, como lo están todos los demás fieles, a sus propios obispos y al Romano Pontífice; seguir y dar a conocer sus enseñanzas; estar total y voluntariamente subordinado a su influencia; y a reverenciar sus preceptos y hacer que se respeten. Quien actuara de otro modo, de modo que sirviese a los fines e intereses de aquellos cuyo espíritu e intenciones hemos reprobado en esta carta, fracasaría en la noble misión que ha emprendido. Al hacerlo, en vano se jactaría de atender el bien de la Iglesia pues obraría de un modo parecido al que tiene el que ama la verdad católica a medias o la ama con límites.

Para hablar con Vos de estos asuntos, querido hijo nuestro, nos han movido la confianza de que esta carta sería oportuna en Francia, el conocimiento que de Vos tenemos y la manera de obrar que habéis seguido en estos difíciles tiempos. Con vuestra acostumbrada constancia y fortaleza habéis querido defender con virilidad y públicamente los valores de la religión y los sagrados derechos de la Iglesia. Habéis sabido unir la serenidad de juicio, digna de la noble causa que defendéis, con la fortaleza necesaria, y siempre habéis dado a entender que procedéis con espíritu libre de pasión y plenamente sumiso a la Sede Apostólica, y devotísimo de nuestra persona. 

Dirigimos nuestras fervientes peticiones a Dios y derramamos continuas oraciones para que os devuelva la mejor salud y os conserve bien durante mucho tiempo. Y como prenda de los favores divinos que invocamos en abundancia sobre Vos, desde lo más profundo de Nuestro corazón, os otorgamos Nuestra Bendición Apostólica, amado Hijo, y a todo vuestro clero y pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 17 de junio del año 1885, octavo de Nuestro Pontificado.

León XIII, Papa