domingo, 31 de diciembre de 2000

DISCURSO DEL PAPA PABLO VI A LOS MIEMBROS DEL COMITÉ PERMANENTE DEL CONGRESO INTERNACIONAL PARA EL APOSTOLADO DE LOS LAICOS (8 DE MARZO DE 1966)


DISCURSO DEL PAPA PABLO VI

A LOS MIEMBROS DEL COMITÉ PERMANENTE DEL

CONGRESO INTERNACIONAL

PARA EL APOSTOLADO DE LOS LAICOS

martes, 8 de marzo de 1966

Queridos hijos:

Es para Nos una gran alegría recibir a los miembros del consejo directivo, de la comisión eclesiástica y del secretariado del comité permanente de los congresos internacionales para el apostolado de los laicos, junto a un distinguido grupo de expertos eclesiásticos y laicos pertenecientes a diversas organizaciones católicas internacionales y que vienen de varios continentes para participar en esta reunión preparatoria del tercer congreso mundial. Y estamos felices de saludar también a los observadores no católicos que tuvieron la amabilidad de unirse a vosotros.

La audiencia de esta mañana evoca en Nuestra memoria la preparación del primer congreso mundial, durante el Año Santo de 1950, así como la creación por el Papa Pío XII, de venerada memoria, del comité permanente, al frente del cual el Sr. Vittorino Veronese - a quien Nos complace reconocer entre vosotros- trabajó incansablemente para organizar los dos primeros congresos. Y recordamos con emoción el segundo congreso en el que tuvimos el privilegio de hablar personalmente en una presentación sobre la misión de la Iglesia.

Cuántos acontecimientos han tenido lugar desde entonces en la vida de la Iglesia, en particular el breve pero intenso pontificado de Nuestro amado Predecesor Juan XXIII, a quien corresponde el mérito de convocar el Concilio Ecuménico.

Recogiendo de sus manos esta pesada herencia, pudimos, con la gracia de Dios, llevar a buen término esta inmensa empresa. Pero si la obra de los Padres ha llegado a su fin, su puesta en práctica está comenzando, y a ello pretendéis dedicaros generosamente, preparando el próximo Congreso Mundial del Apostolado de los Laicos, que se celebrará en 1967.

El Concilio ha dado lugar a una renovada conciencia de la naturaleza y la misión de la Iglesia y ha proporcionado valiosas directrices para la participación responsable de todos los miembros del Pueblo de Dios en la misión salvadora confiada por Cristo a sus apóstoles al final de su vida terrenal. La preparación del Congreso será una ocasión providencial para que los laicos católicos, en la diversidad de sus razas, culturas, situaciones sociales y estados de vida, descubran más plenamente la vocación de todo bautizado al apostolado, y lo que se requiere de cada uno de ellos en su participación consciente y activa en las tareas de la Iglesia después del Concilio.

Porque no se trata sólo de recoger y difundir las enseñanzas del Concilio, sino de transformarse para ponerse a imagen de la Iglesia conciliar renovada en su oración, en la expresión de su fe y de su esperanza, y en la caridad de su diálogo con todos los cristianos, con todos los hombres. Así cada católico podrá ayudar a su hermano a creer en Cristo y a reconocerlo en su Iglesia.

Esto muestra el estado de ánimo con el que los laicos deben dedicarse a su tarea: lo que la Iglesia espera de ellos no es una actitud negativa, un cuestionamiento arbitrario, una ansiedad estéril, sino una actitud positiva, una colaboración constructiva, un compromiso responsable. El período postconciliar debe ciertamente cuestionar ciertas formas de apostolado y estimular en este ámbito, como en todos los demás, el necesario aggiornamento, las indispensables adaptaciones y las nuevas iniciativas que las necesidades del tiempo actual conllevan. ¿Pero quién puede dejar de ver que esta actualización no es un cuestionamiento?

Crear estructuras más adecuadas, coordinar mejor la acción emprendida, es preocuparse por hacer más orgánico y más profundo el apostolado en el mundo de hoy. Pero quien dice apostolado dice necesariamente apóstol, y por lo tanto, más que nunca almas ardientes, generosas, abrasadas del amor de Cristo y dedicadas incansablemente a esparcirlo a su alrededor. ¿Y quién podría merecer este hermoso nombre de apóstol si no estuviera, con todas las fibras de su ser, profundamente unido a los que son los sucesores de los doce, y especialmente al primero de ellos, que recibió el Estado de Pedro? Os corresponde, pues, queridos hijos, en amorosa fidelidad a la Iglesia, en docilidad filial a los que en su seno han recibido el encargo de pastorear al pueblo de Dios, en constante disponibilidad a la inspiración del Espíritu, estar dispuestos a prestar generosamente la colaboración que se os pide para la renovación interior de la Iglesia, el acercamiento de todos los cristianos y el testimonio de la caridad en el mundo de hoy: "que sean uno, para que el mundo crea".

Tales son las exaltantes tareas que se os ofrecen en esta importantísima hora posterior al Concilio, que estará marcada por su Tercer Congreso Mundial. Este encuentro será la ocasión providencial para demostrar a todos la admirable vitalidad del laicado católico. En medio de las corrientes ideológicas que hoy disputan al mundo, algunas de las cuales sólo pueden conducirlo en direcciones que todo católico debe rechazar, el laico podrá dar testimonio del poder de la gracia de Cristo y de la fecundidad de la Iglesia siempre joven, dando expresiones vivas y originales al espíritu específico del catolicismo, para marcar las mentes y mover los corazones hacia Aquel que se hizo uno de nosotros para llamarnos a ser sus amados hermanos, el Emmanuel, Dios con nosotros.

Queridos hijos, nos alegramos vivamente de vuestro ardor en el estudio y aplicación de las orientaciones conciliares sobre el apostolado de los laicos en el mundo de hoy. Bendecimos de todo corazón el trabajo con el que van a preparar el próximo congreso mundial, y a todos los que van a trabajar allí. Y saludamos ya con Nuestros deseos a los laicos que pronto vendrán de todo el mundo a Roma para poner en común su entusiasmo militante al servicio de nuestra Santa Madre Iglesia, como testigos gozosos y vivos del amor de Cristo Salvador. En estos sentimientos os damos, como prenda de la abundancia de las gracias divinas sobre vuestra generosa actividad apostólica, nuestra paternal y afectuosa bendición apostólica.


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