CAPITULO DECIMOTERCERO
RESUMEN DE LOS INEXPLICABLES DOLORES QUE LA SABIDURIA ENCARNADA QUISO PADECER POR AMOR NUESTRO
1 - EL MOTIVO MAS PODEROSO PARA AMAR LA SABIDURIA
2 - LAS CIRCUNSTANCIAS DE LA PASION DE LA SABIDURIA
1. Excelencia de su persona
La primera es la excelencia de su persona, que comunica valor infinito a cuanto sufre en su pasión. Si Dios hubiera enviado un serafín o un ángel del último coro para que, haciéndose hombre, muriera por nosotros, hubiera sido, en verdad, algo admirable y digno de nuestra eterna gratitud. Pero que el mismo Creador del Cielo y de la tierra, el Hijo único de Dios, la Sabiduría Eterna, se haya encarnado y haya dado su vida -a cuyo lado las vidas de todos los ángeles, de todos los hombres y de todas las criaturas juntas son infinitamente menos importantes de lo que sería la de un mosquito comparada con la de todos los reyes-, ¡qué exceso de amor no resplandece en este misterio y cuál no debe ser nuestra admiración y gratitud!
2. Padecimientos, incluso por sus enemigos
La segunda circunstancia es la condición de las personas por quienes padece. Son hombres, criaturas despreciables, enemigos suyos, de quienes nada podía temer ni esperar. Se han dado casos de personas que mueren por sus amigos. Pero ¿se dará jamás el caso -excepto el del Hijo de Dios- de que alguien muera por sus enemigos? Pero Cristo murió por nosotros cuando éramos aún pecadores -es decir, enemigos suyos-; así demuestra Dios el amor que nos tiene (2).
3. Enormidad y duración de sus múltiples padecimientos
La tercera circunstancia es la multitud, enormidad y duración de sus padecimientos. Fue tal el torrente de sus dolores, que se le llamó “hombre de dolores” (3), en quien desde la planta del pie hasta la cabeza no queda parte ilesa (4). Este gran amante de nuestras almas sufrió en todo: dolores externos e internos, en el cuerpo y en el alma (5).
Padeció en sus bienes. Sin recordar la pobreza de su nacimiento, la huida a Egipto y su permanencia allí, la pobreza de toda su vida, pensemos que en su pasión fue despojado de sus vestiduras por los soldados, que las sortearon entre sí, y luego clavado en la cruz, sin que le dejasen un pobre harapo para cubrirse.
Sufrió en su honor y reputación. Fue saturado de oprobios, tratado de blasfemo, sedicioso, borracho, comilón y endemoniado.
Fue menospreciado en su sabiduría, al ser considerado como ignorante e impostor y tratado de loco e insensato.
Fue ultrajado en su poder, al ser considerado como mago y hechicero, capaz de hacer falsos milagros en unión de Satanás.
Sufrió a causa de sus discípulos: el uno lo vendió y traicionó; el primero de ellos lo negó, y los demás lo abandonaron.
Sufrió de parte de toda clase de personas: reyes, gobernantes, jueces, cortesanos, soldados, pontífices, sacerdotes, eclesiásticos y seglares, judíos y gentiles, hombres y mujeres; de todos, sin excepción. Incluso, su santísima Madre aumentó de manera terrible sus aflicciones cuando la vio presenciando su muerte junto a la cruz, anegada en un mar de tristeza.
Todos sus sentidos se vieron sumergidos en este mar de dolor: sus ojos, al contemplar las mofas y burlas de sus enemigos y las lágrimas y desolación de sus amigos; sus oídos, al escuchar las injurias, los falsos testimonios, las calumnias y horrendas blasfemias que aquellas bocas malditas vomitaban contra él; su olfato, al percibir la fetidez de los salivazos que le lanzaban; su gusto, al padecer aquella sed abrasadora que, en son de burla, pretendieron mitigar dándole a beber hiel y vinagre; y su tacto, al experimentar el exceso de dolor que le causaron los azotes, las espinas y los clavos.
El alma santísima de Jesús se vio cruelmente atormentada por los pecados de todos los hombres -como otros tantos ultrajes inferidos al Padre, a quien amaba infinitamente- y a causa de la perdición de tantas almas que, no obstante su pasión y muerte, se condenarían.
Sentía compasión no sólo de todos en general, sino de cada uno en particular, dado que los conocía a todos distintamente.
Contribuyó a aumentar sus dolores la duración de los mismos. Sufrió desde el momento de su concepción hasta su muerte, puesto que, gracias a la luz infinita de su sabiduría, veía distintamente y siempre tenía presentes todos los males que debía soportar.
Añadamos a estos tormentos el más cruel y espantoso de todos: el abandono en la cruz cuando exclamó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (6).
3. AMOR SUPREMO DE LA SABIDURIA EN SUS DOLORES
Si, pues, el menor de los dolores del Hijo de Dios es más valioso y debe conmovernos más que si todos los ángeles y hombres hubieran muerto y sido aniquilados por nosotros, ¿cuál no debe ser nuestro dolor, agradecimiento y amor para con El, ya que padeció por nosotros cuanto es posible y con tales excesos de amor, sin estar obligado a ello? Por la dicha que le esperaba sobrellevó la cruz (7). Es decir, que Jesucristo, la Sabiduría eterna, habiendo podido permanecer en la gloria del Cielo, infinitamente alejado de nuestra indigencia, prefirió, por nuestro amor, bajar a la tierra, encarnarse y ser crucificado -según afirman los Santos Padres-. Una vez hecho hombre, podía comunicar a su cuerpo el gozo, la inmortalidad y la alegría de que ahora goza. Pero no quiso obrar así para poder padecer.
Añade Ruperto que el Padre ofreció a su Hijo, en el momento de la encarnación, la alternativa de salvar el mundo por el placer o por el dolor, por los honores o por los desprecios, por la riqueza o por la pobreza, por la vida o por la muerte. De modo que, si hubiera querido, hubiera podido redimir a los hombres y llevarlos al paraíso por medio de goces, delicias, placeres, honores y riquezas, gloria y triunfos. Pero El escogió los dolores y la cruz para dar mayor gloria al Padre, y a los hombres el testimonio de un amor más grande.
Más aún, nos amó tanto que, en lugar de abreviar sus dolores, deseaba prolongarlos y soportarlos mil veces más. Por ello, sobre la cruz, colmado de oprobios y abismado de dolores, como si los que padecía no fueran bastantes, exclamó: Tengo sed (8). Pero ¿de qué? "Su sed -dice San Lorenzo Justiniano- provenía del fuego de su amor, de la fuente y abundancia de su caridad. Tenía sed de nosotros, de entregarse a nosotros y padecer por nosotros" (9).
4 - CONCLUSION
Continúa...
Notas:
1) San Bernardo.
2) Rm 5,8.
3) Is 53,3.
4) Is 1,6.
5) S. Th. III, q.46 a.5-7.
6) Mt 27,46.
7) Heb 12,2.
8) Jn 19,28.
9) De triumphali Christi agone, c 19.
10) Jn 1,10.
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