martes, 30 de junio de 2026

RESUMEN DE LOS DOLORES QUE LA SABIDURIA ENCARNADA QUISO PADECER POR AMOR NUESTRO (Cap. 13)

Continuamos con la publicación del capítulo 13 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO DECIMOTERCERO

RESUMEN DE LOS INEXPLICABLES DOLORES QUE LA SABIDURIA ENCARNADA QUISO PADECER POR AMOR NUESTRO

1 - EL MOTIVO MAS PODEROSO PARA AMAR LA SABIDURIA

La razón más poderosa que puede impulsarnos a amar a Jesús, la Sabiduría encarnada, es, a mi juicio, la consideración de los dolores que quiso padecer para mostrarnos su amor. "Hay -dice San Bernardo- un motivo que los supera a todos, que me aguijonea más sensiblemente y me apremia a amar a Jesucristo: es, ¡oh Señor!, el cáliz de amargura que quisiste apurar por nosotros. Sí, ¡la obra de nuestra redención te hace amable a nuestros corazones! Porque este beneficio supremo e incomparable testimonio de tu amor conquista fácilmente el nuestro. ¡Nos atrae más suavemente, nos obliga más justicieramente, nos liga más íntimamente y nos afecta más poderosamente!" Y en pocas palabras resume las razones: "Porque este amable Salvador ha trabajado y sufrido mucho para lograr nuestra salvación. ¡Oh! ¡Cuántas penas y amarguras tuvo que soportar!" (1).

2 - LAS CIRCUNSTANCIAS DE LA PASION DE LA SABIDURIA

Pero donde podemos ver más claramente el amor infinito de la Sabiduría hacia nosotros, es en las circunstancias que acompañan sus dolores.

1. Excelencia de su persona

La primera es la excelencia de su persona, que comunica valor infinito a cuanto sufre en su pasión. Si Dios hubiera enviado un serafín o un ángel del último coro para que, haciéndose hombre, muriera por nosotros, hubiera sido, en verdad, algo admirable y digno de nuestra eterna gratitud. Pero que el mismo Creador del Cielo y de la tierra, el Hijo único de Dios, la Sabiduría Eterna, se haya encarnado y haya dado su vida -a cuyo lado las vidas de todos los ángeles, de todos los hombres y de todas las criaturas juntas son infinitamente menos importantes de lo que sería la de un mosquito comparada con la de todos los reyes-, ¡qué exceso de amor no resplandece en este misterio y cuál no debe ser nuestra admiración y gratitud!

2. Padecimientos, incluso por sus enemigos

La segunda circunstancia es la condición de las personas por quienes padece. Son hombres, criaturas despreciables, enemigos suyos, de quienes nada podía temer ni esperar. Se han dado casos de personas que mueren por sus amigos. Pero ¿se dará jamás el caso -excepto el del Hijo de Dios- de que alguien muera por sus enemigos? Pero Cristo murió por nosotros cuando éramos aún pecadores -es decir, enemigos suyos-; así demuestra Dios el amor que nos tiene (2).

3. Enormidad y duración de sus múltiples padecimientos

La tercera circunstancia es la multitud, enormidad y duración de sus padecimientos. Fue tal el torrente de sus dolores, que se le llamó “hombre de dolores” (3), en quien desde la planta del pie hasta la cabeza no queda parte ilesa (4). Este gran amante de nuestras almas sufrió en todo: dolores externos e internos, en el cuerpo y en el alma (5).

Padeció en sus bienes. Sin recordar la pobreza de su nacimiento, la huida a Egipto y su permanencia allí, la pobreza de toda su vida, pensemos que en su pasión fue despojado de sus vestiduras por los soldados, que las sortearon entre sí, y luego clavado en la cruz, sin que le dejasen un pobre harapo para cubrirse.

Sufrió en su honor y reputación. Fue saturado de oprobios, tratado de blasfemo, sedicioso, borracho, comilón y endemoniado.

Fue menospreciado en su sabiduría, al ser considerado como ignorante e impostor y tratado de loco e insensato.

Fue ultrajado en su poder, al ser considerado como mago y hechicero, capaz de hacer falsos milagros en unión de Satanás.

Sufrió a causa de sus discípulos: el uno lo vendió y traicionó; el primero de ellos lo negó, y los demás lo abandonaron.

Sufrió de parte de toda clase de personas: reyes, gobernantes, jueces, cortesanos, soldados, pontífices, sacerdotes, eclesiásticos y seglares, judíos y gentiles, hombres y mujeres; de todos, sin excepción. Incluso, su santísima Madre aumentó de manera terrible sus aflicciones cuando la vio presenciando su muerte junto a la cruz, anegada en un mar de tristeza.


Nuestro amantísimo Salvador padeció en todos los miembros de su cuerpo: su cabeza fue coronada de espinas; sus cabellos y la barba, mesados; sus mejillas, abofeteadas; su rostro, cubierto de salivazos; su cuello y sus brazos, torturados con cuerdas; sus espaldas, cargadas y desolladas por el peso de la cruz; sus manos y pies, taladrados por los clavos; su costado y corazón, atravesados por la lanza. En una palabra: todo su cuerpo fue desgarrado sin misericordia por más de cinco mil azotes, de forma que se veían sus huesos medio descarnados.

Todos sus sentidos se vieron sumergidos en este mar de dolor: sus ojos, al contemplar las mofas y burlas de sus enemigos y las lágrimas y desolación de sus amigos; sus oídos, al escuchar las injurias, los falsos testimonios, las calumnias y horrendas blasfemias que aquellas bocas malditas vomitaban contra él; su olfato, al percibir la fetidez de los salivazos que le lanzaban; su gusto, al padecer aquella sed abrasadora que, en son de burla, pretendieron mitigar dándole a beber hiel y vinagre; y su tacto, al experimentar el exceso de dolor que le causaron los azotes, las espinas y los clavos.

El alma santísima de Jesús se vio cruelmente atormentada por los pecados de todos los hombres -como otros tantos ultrajes inferidos al Padre, a quien amaba infinitamente- y a causa de la perdición de tantas almas que, no obstante su pasión y muerte, se condenarían.

Sentía compasión no sólo de todos en general, sino de cada uno en particular, dado que los conocía a todos distintamente.

Contribuyó a aumentar sus dolores la duración de los mismos. Sufrió desde el momento de su concepción hasta su muerte, puesto que, gracias a la luz infinita de su sabiduría, veía distintamente y siempre tenía presentes todos los males que debía soportar.

Añadamos a estos tormentos el más cruel y espantoso de todos: el abandono en la cruz cuando exclamó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (6).

3. AMOR SUPREMO DE LA SABIDURIA EN SUS DOLORES

De lo anterior debemos inferir -con Santo Tomás y los Santos Padres- que el buen Jesús padeció más que todos los mártires que han existido o existirán hasta el fin del mundo.

Si, pues, el menor de los dolores del Hijo de Dios es más valioso y debe conmovernos más que si todos los ángeles y hombres hubieran muerto y sido aniquilados por nosotros, ¿cuál no debe ser nuestro dolor, agradecimiento y amor para con El, ya que padeció por nosotros cuanto es posible y con tales excesos de amor, sin estar obligado a ello? Por la dicha que le esperaba sobrellevó la cruz (7). Es decir, que Jesucristo, la Sabiduría eterna, habiendo podido permanecer en la gloria del Cielo, infinitamente alejado de nuestra indigencia, prefirió, por nuestro amor, bajar a la tierra, encarnarse y ser crucificado -según afirman los Santos Padres-. Una vez hecho hombre, podía comunicar a su cuerpo el gozo, la inmortalidad y la alegría de que ahora goza. Pero no quiso obrar así para poder padecer.

Añade Ruperto que el Padre ofreció a su Hijo, en el momento de la encarnación, la alternativa de salvar el mundo por el placer o por el dolor, por los honores o por los desprecios, por la riqueza o por la pobreza, por la vida o por la muerte. De modo que, si hubiera querido, hubiera podido redimir a los hombres y llevarlos al paraíso por medio de goces, delicias, placeres, honores y riquezas, gloria y triunfos. Pero El escogió los dolores y la cruz para dar mayor gloria al Padre, y a los hombres el testimonio de un amor más grande.

Más aún, nos amó tanto que, en lugar de abreviar sus dolores, deseaba prolongarlos y soportarlos mil veces más. Por ello, sobre la cruz, colmado de oprobios y abismado de dolores, como si los que padecía no fueran bastantes, exclamó: Tengo sed (8). Pero ¿de qué? "Su sed -dice San Lorenzo Justiniano- provenía del fuego de su amor, de la fuente y abundancia de su caridad. Tenía sed de nosotros, de entregarse a nosotros y padecer por nosotros" (9).

4 - CONCLUSION

Después de considerar todo esto, ciertamente hallamos motivos sobrados para exclamar con San Francisco de Paula: "¡Oh caridad! ¡Oh Dios de caridad! ¡La caridad que demostraste al sufrir, y padecer y morir, es, en verdad, excesiva!". O con Santa Magdalena de Pazzis, abrazada al crucifijo: "¡Oh amor! ¡Amor! ¡Cuán poco conocido eres!". O, finalmente, con San Francisco de Asís, arrastrándose por el fango de las calles: "¡Jesús, mi amor crucificado, no es conocido! ¡Jesús, mi amor, no es amado!".


Sí, en efecto, la Santa Iglesia hace repetir todos los días con sobrada razón: El mundo no lo conoció (10). El mundo no conoce a Jesucristo, la Sabiduría encarnada. Y, hablando razonablemente, conocer lo que Nuestro Señor ha padecido por nosotros y no amarlo con ardor -cosa que hace el mundo-, es algo moralmente imposible.

Continúa...

Notas:

1) San Bernardo.

2) Rm 5,8.

3) Is 53,3.

4) Is 1,6.

5) S. Th. III, q.46 a.5-7.

6) Mt 27,46.

7) Heb 12,2.

8) Jn 19,28.

9) De triumphali Christi agone, c 19.

10) Jn 1,10.


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