Por el padre Jerry Pokorsky
Los primeros sacerdotes, los Apóstoles, fueron hombres. En 1994, en respuesta a la controversia cultural que promovía la ordenación de mujeres, Juan Pablo II reafirmó que solo los hombres pueden ser ordenados sacerdotes: “Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia” (Ordinatio Sacerdotalis). El sacerdocio exclusivamente masculino tiene su origen en la concepción bíblica del hombre y la Encarnación. El sacerdocio masculino es fundamental para comprender la relación esponsal de Cristo con la Iglesia.
El relato de la creación subraya la conexión inseparable entre hombres y mujeres. “Dios creó al hombre; varón y hembra los creó”. El amor humano llena la tierra de niños, multiplica las familias y refleja el designio divino de comunión.
Dios es la fuente del amor humano. En el Génesis, Eva concibe un hijo por el amor de Dios, mediado por Adán: “Adán conoció a Eva, su mujer, y ella concibió y dio a luz a Caín, diciendo: 'Con la ayuda del Señor he adquirido un varón'” (Gn 4:1). Eva reconoce a su hijo como un don de Dios, con Adán como el amoroso intermediario. El abrazo conyugal es sacramental: un signo externo del amor de Dios. De esta manera, la generación humana refleja el modelo divino del amor: la generosidad creadora de la Santísima Trinidad como fuente, el hombre como instrumento de Dios y la nueva vida como su don.
Eva se regocija en su hijo como una bendición de Dios a través de Adán. Sus hijos no son posesiones, sino dones que se les confiaron como administradores, guiados por la generosidad divina.
La masculinidad y la feminidad son aspectos distintos pero complementarios de la identidad humana. Nuestros cuerpos expresan quiénes somos y nuestra capacidad de dar y recibir amor. Estas diferencias reflejan el designio de Dios de que el hombre y la mujer reflejen su amor a través de la unión, la familia y la comunidad.
Jesucristo, el Nuevo Adán, reconcilia a Dios y al hombre, cuerpo y alma, varón y mujer: “Porque así como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:21-22). Él es también el Esposo Divino: “¿Pueden ayunar los invitados a una boda mientras el novio está con ellos?” (Marcos 2:19).
Como el Nuevo Adán, Jesús media el amor del Padre: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). En su masculinidad, transmite sacramentalmente el amor de Dios a la Santa Madre Iglesia. En la cruz, da su vida por su Esposa: “Nadie tiene mayor amor que este: dar la vida por sus amigos” (Juan 15:13).
Las palabras de Jesús en la cruz, “Todo está consumado” (Juan 19:30), proclaman la plenitud de su amor redentor, que une a Dios con su pueblo. Su masculinidad conlleva un mensaje teológico específico: como Esposo, Él media el amor divino a la Iglesia, su Esposa. Esta mediación esponsal es esencial para el designio providencial: puesto que los sacramentos significan lo que producen, quien representa a Cristo debe ser capaz de manifestar esta relación de forma natural y humana.
Jesús recurrió a colaboradores varones para continuar su mediación. En la Última Cena, les ordenó a los apóstoles: “Haced esto en memoria mía” (Lucas 22:19). Actuando in persona Christi, los sacerdotes participan en esta mediación, así como los padres participan de la paternidad de Dios.
El carácter nupcial del Jueves Santo se cumple en el Viernes Santo y la Pascua. En Pentecostés nace la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo. “Porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado…” (Ap 19,7). Al igual que Eva, la Iglesia se regocija en sus hijos nacidos en la fe mediante el Bautismo. La Iglesia es la guardiana, no la dueña, de la fe de sus hijos espirituales. Los bautizados se forman para recibir la Eucaristía.
En la Misa, el sacerdote representa sacramentalmente a Cristo Esposo ante su Esposa, la Iglesia. Su masculinidad es esencial para este signo. El santuario se convierte en la cámara sagrada del Divino Esposo, y los sacerdotes son “amigos del Esposo”.
En la Eucaristía, el único sacrificio de Cristo se hace presente, invitando a los fieles a recibir el don sacramental de su amor divino. Durante la distribución de la Sagrada Comunión, el Divino Esposo sale al encuentro de su Esposa, la Iglesia. “Un ángel dice: 'Ven, te mostraré a la esposa del Cordero'…” (Apocalipsis 21:9).
A través del ministerio de los sacerdotes, Cristo se entrega como el Pan de Vida, reconciliando a Dios y al hombre y atrayendo a los fieles a la comunión con Él.
La alianza matrimonial de Adán y Eva, con su amor fiel y fecundo, se cumple en la nueva y eterna Alianza de la Misa. Nuestro “Amén” en la Sagrada Comunión es el “Sí, quiero” de la unión de alianza entre Dios y el hombre.
Mantenernos fieles a la enseñanza constante de la Iglesia, defendiendo la doctrina del sacerdocio exclusivamente masculino, nos ayuda a preservar la dignidad de la persona humana frente a la proliferación de errores contemporáneos que niegan la unidad de cuerpo y alma. El igualitarismo desdibuja la distinción entre hombres y mujeres. Las ideologías lgbtq+ retoman las antiguas herejías gnósticas, rechazando la bondad de la creación divina y separando lo material de lo espiritual. El feminismo moderno niega la auténtica feminidad al redefinirla con criterios masculinos.
Dios nos crea a su imagen. Necesitamos al “hombre”: varón y mujer, unidos en matrimonio y abiertos a la vida. La Sagrada Tradición afirma que el sacerdocio masculino pertenece al Depósito de la Fe. No se trata simplemente de una disciplina influenciada por normas culturales, sino que surge de la lógica sacramental de la mediación esponsal de Cristo, hecha visible en el sacerdote.
El amor de Dios → Adán (hombre y padre) → Eva (mujer y madre) → Caín (niño)
El Padre → Jesucristo, el Nuevo Adán → Santa Madre Iglesia → sus hijos espirituales
Dios → el sacerdote varón que actúa in persona Christi → Santa Madre Iglesia → sus hijos bautizados alimentados por la Eucaristía.
El sacerdocio masculino es una expresión misteriosa del amor mutuo entre el hombre y la mujer, y entre Dios y su Iglesia. Una mujer no puede ser padre. Un hombre no puede ser madre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario