Por el padre José María Iraburu
“Kirche 2011. Ein notwendiger Aufbruch” (Iglesia 2011. Un resurgimiento imprescindible) es un manifiesto firmado por unos 150 “profesores de teología” de Alemania, Suiza y Austria, publicado en el diario Süddeutsche Zeitung el 4 de febrero de 2011, y que fue difundido ampliamente.
El escrito, aprovechando que el río Pisuerga pasa por Valladolid, parte de “los casos de abuso sexual en niños y jóvenes por sacerdotes y religiosos en el Colegio Canisius en Berlín/Alemania”. Aquel horror ha sumido desde hace un año a la Iglesia Católica en Alemania “en una crisis sin precedentes”, ocasionando en muchos cristianos el convencimiento de que “son necesarias reformas profundas”. Como “no se vislumbran apenas reformas que miren al futuro”, éstas que los firmantes proponen, son tan necesarias y urgentes que, si no fueran acogidas, “un silencio sepulcral echaría por tierra las últimas esperanzas”, y no significaría más que “la alternativa de un silencio sepulcral”. Tremenda situación.
¿Y cuáles eran esas reformas “profundas” tan urgentes? ¿Reafirmar la divinidad de Jesucristo, su condición única de Salvador, la virginidad de María, la fe en la Iglesia como “sacramento universal de salvación”, la distinción real entre sacerdocio ministerial y común? ¿O se intentaba recuperar la misa dominical, la oración y los sacramentos, especialmente el de la penitencia, casi extinguido? Etc.
No. La salvación de la Iglesia exige absoluta y urgentemente “la renovación de las estructuras eclesiales”. Consideraban que es imprescindible que haya “más estructuras sinodales en todos los niveles de la Iglesia”. Que es absolutamente necesario afirmar con más fuerza la libertad de conciencia, la opción por la justicia y los pobres, la participación de los fieles en la elección de Obispos y párrocos, el reconocimiento de que “la Iglesia necesita también sacerdotes casados y mujeres en dignidades eclesiásticas”, la no exclusión (se entiende, de la Eucaristía) de las parejas adúlteras o de las parejas homosexuales. Todo metido en un mismo saco.
Manifiestos como éste ha habido docenas desde hace medio siglo. La Kirche 2011 es una continuación de la Declaración de Colonia, firmada en 1989 por 220 “teólogos” y con-firmada entonces por 62 “teólogos” de España. Continúa también la iniciativa Somos Iglesia de 1995, y está en la línea de otras muchas. En España, la Asociación de “teólogos” y “teólogas” Juan XXIII las producen anualmente.
Y es notable que los apologistas católicos que hoy salen al frente de los errores anti-católicos y de estos manifiestos-basura suelen ser muchas veces laicos. En otros tiempos eran algunos Obispos y Teólogos –Ireneo, Agustín, Bellarmino– quienes con más fuerza y autoridad salían a defender públicamente la fe y la disciplina de la Iglesia. Hoy esa misión suelen ser cumplida por los laicos, como Messori, Caturelli, Weigel, Michael O’Brien, quienes con más fuerza “combaten los buenos combates por la fe” (1Tim 6,13). Son excepciones poco frecuentes escritos como aquel de Mons. Demetrio Fernández, actual Obispo de Córdoba, sobre el Jesús de Pagola.
La Kirche 2011 fue enérgicamente rechazada por los laicos Luis Fernando Pérez Bustamante y por Bruno Moreno, éste primero en clave jocosa, y después en serio. También ha sido muy fuerte la crítica del escritor alemán Peter Seewald, el entrevistador del cardenal Ratzinger y de Benedicto XVI. Considera a los firmantes “ramas podridas” del árbol de la Iglesia, y ve en este nuevo bodrio teológico “una acción concertada de fuerzas neoliberales que hacen presión para conseguir transformaciones que tendrían por resultado despojar a la Iglesia Católica de su mismo ser, y por lo tanto, de su espíritu y de su fuerza”. Pide finalmente la dimisión del portavoz de la Conferencia Episcopal alemana, P. Hans Langendörfe, S. J., que acogió el documento como “una contribución positiva” de los firmantes del diálogo con los Obispos.
Han perdido la fe
No son católicos… Bruno Moreno en su crítica llegó a una conclusión terrible: “muestran claramente que no tienen fe. Les da igual la doctrina de la Iglesia. Es triste decirlo, pero no son católicos”… Esta afirmación puede parecer excesiva, pero si consideramos, aunque sea brevemente, la doctrina católica, se hace necesario reconocer que es una afirmación exacta.
La Escritura afirma que la Esposa de Cristo, “la Iglesia de Dios vivo, es el fundamento y la columna de la verdad” (1Tim 3,15). Es la Iglesia la que con Dios genera las Escrituras y la única que tiene autoridad infalible para interpretarla. Creemos en los cuatro Evangelios canónicos, y no en los apócrifos, porque la Iglesia así lo enseña. Creemos luego en una y otra verdad revelada en los Evangelios porque así lo entiende la Iglesia, no según el parecer individual de cada uno.
Los Padres de la Iglesia enseñaban que los herejes solamente de nombre son cristianos, porque no reconociendo la infalibilidad docente de la Iglesia, no teniéndola por Madre y Maestra, aceptando unas verdades y rechazando otras, no tienen la fe teologal. San Agustín decía que “los que en el Evangelio creéis lo que queréis, creéis más que en el Evangelio en vosotros mismos” (Contra Faustum 17,3).
La teología enseña igualmente que quien no acepta todas las verdades de fe enseñadas por la Iglesia es un hereje, pues deja de creer en su autoridad docente apostólica e infalible, y al apartarse del credo in Ecclesiam, destruye en sí mismo la virtud teologal de la fe. Y en este sentido, para caer en la herejía viene a ser lo mismo negar una o muchas de las verdades de la fe católica.
Podrá, sin duda, haber herejes –protestantes, por ejemplo– en absoluta buena fe, que por error invencible, creyendo sinceramente que no es necesaria la mediación de la Iglesia para poder prestar adhesión plena a la Escritura revelada, incurren así en herejía no formal, sino puramente material, y llegan a tener fe divina, aunque no fe divina católica. Pero resulta casi imposible admitir que tan grave error pueda ser invencible en católicos especialmente formados. Si el Catecismo de la Iglesia Católica confiesa, por ejemplo, que la existencia de los ángeles “es una verdad de fe” (328), son ciertamente herejes el párroco, el teólogo o el catequista que niegan esa existencia o la ponen en duda. ¿Qué ganamos con silenciar esta verdad? Son católicos que han perdido la fe. Y que, con el fervor de conversos, hacen todo lo posible para que también otros la pierdan.
Santo Tomás de Aquino enseñó que para caer en la herejía basta con negar una sola de las verdades de la fe católica (STh II-II,5, 3). Ateniéndose a la tradición patrística, lo argumenta así:
“El hereje que rechaza un artículo de fe no tiene el hábito [la virtud] de la fe, ni formada ni informe… El objeto formal de la fe es la Verdad primera, manifestada en las sagradas Escrituras y en la doctrina de la Iglesia. Por lo tanto, quien no se conforma ni se adhiere, como a regla infalible y divina, a la doctrina de la Iglesia, que procede de la Verdad primera, manifestada en las Escrituras, no posee el hábito de la fe, sino que las cosas de fe las retiene por otro medio diferente”.
Puede un hombre que no tiene fe reconocer, p. ej., a Dios como Creador único, sin llegar a ese conocimiento por la fe, sino por la sola razón (cf. Rom 1). No tiene fe, aunque afirme una verdad de fe.
“Por eso es evidente que quien presta su adhesión a la doctrina de la Iglesia, como regla infalible, asiente a todo lo que ella enseña. Por el contrario, si de las cosas que sostiene la Iglesia admite unas y rechaza otras libremente, entonces no da su adhesión a la doctrina de la Iglesia como a regla infalible, sino a su propia voluntad y juicio”.
“El hereje, pues, que pertinazmente rechaza un artículo [de la fe] no se halla dispuesto para seguir en todo la doctrina de la Iglesia –aunque no sería hereje, sino solo un equivocado, si no lo hiciera con pertinacia–. Consiguientemente, queda manifiesto que el hereje que niega un solo artículo no tiene “fe” de los otros artículos, sino únicamente “opinión” según su propia voluntad”. Por el libre examen se abandona la fe teologal y se pasa a la opinión personal.
Y en el Ad secundum del mismo lugar:
“a todos los artículos revelados asiente la fe por un único medio, cual es la Verdad primera, como se nos propone en las Escrituras interpretadas según la sana doctrina de la Iglesia. Por lo tanto, quien se aparta de este medio [la autoridad docente de la Iglesia] pierde totalmente la fe (totaliter fide caret)”.
Es un error grave y muy difundido estimar que alguien es ortodoxo y tiene la fe católica en casi todo su pensamiento, aunque se desvíe en unas pocas cuestiones de fe y costumbres. En realidad, no tiene la fe católica si no admite toda la doctrina de la Iglesia.
Así es como la Iglesia entiende la naturaleza de la herejía y del cisma: “Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad (una) que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos” (Código Dº Canónico 751; Catecismo 2089). Y “el apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latæ sententiæ” (Código 1364,1).
Según esto, muchos “teólogos católicos” actuales son herejes y están excomulgados, pues niegan con pertinacia una o más verdades de la fe católica, como, por ejemplo, la intrínseca y grave maldad del adulterio o de la unión estable homosexual. Son muchos, como digo, los “teólogos católicos” que niegan alguna, varias o todas las verdades que refiero ahora a modo de ejemplo: la preexistencia divina del Verbo, la historicidad objetiva de los Evangelios, y concretamente de la resurrección de Jesús, la condición única de Cristo como Salvador de los hombres, la virginidad perpetua de María, la realidad verdadera de la Presencia eucarística, la naturaleza y transmisión del pecado original, la existencia del purgatorio, de los ángeles, de los demonios, la posibilidad de una condenación eterna, la necesidad del sacramento de la penitencia, la condición sacrílega e inválida de una “Eucaristía” celebrada por fieles no ordenados, la necesidad de la fe y de las misiones, y como éstas, otras muchas verdades de la fe.
No son católicos, sino solo de nombre
Han perdido la fe, y trabajan cuanto pueden para que otros cristianos, cuantos más mejor, también la pierdan. Hoy yo querría para los predicadores apostólicos el celo que muestran los predicadores anti-apostólicos.
Están excomulgados, aunque no se haya dictado por parte de la autoridad de la Iglesia ninguna sentencia de excomunión: incurren en ella latæ sententiæ. Y si son sacerdotes y, estando excomulgados, celebran la Eucaristía y los sacramentos cometen sacrilegios.
En aquellos casos en que ciertos “teólogos” son herejes es una vergüenza hablar de ellos como “teólogos disidentes”. Los eufemismos no son cristianos, nada tienen que ver con el modo de hablar de Cristo y de los Apóstoles, como ya vimos (aquí y aquí). Solamente valen para expresar una realidad horrible con unas palabras débiles, suavizantes, que les quitan gravedad. Solo consiguen revestir una realidad pésima con una apariencia respetable, impidiendo así su corrección y sanación. El lenguaje eufemístico desde hace medio siglo hace estragos en la ortodoxia eclesial, y especialmente en el campo del “ecumenismo”.
Muchos “teólogos”, siendo herejes y excomulgados, han enseñado y están enseñando durante varios decenios en Seminarios y Facultades católicas de teología, en noviciados y parroquias, en catequesis y ciclos de conferencias, y a través también de numerosas publicaciones, ampliamente difundidas por Librerías católicas, algunas de ellas diocesanas. Todo esto son hechos innegables.
Son muchos los que han enseñado y siguen enseñando impunemente durante decenios dentro de la Iglesia verdaderas herejías. Esto lo sabe cualquier católico medianamente instruido. No se les aplica la norma establecida por la Ley de la Iglesia:
“debe ser castigado con una pena justa: 1.-quien enseña una doctrina condenada por el Romano Pontífice o por un Concilio ecuménico… y amonestado por la Sede Apostólica o por el Ordinario, no se retracta” (Código 1371,1).
Más aún, algunos de ellos han sido promovidos a altas funciones eclesiásticas.
Orate, fratres. Oremos, hermanos, por la conversión de los herejes, especialmente por aquellos que se consideran y son tenidos como “católicos”. Corruptio optimi pessima. Oremos al Señor para que nuestra propia conversión ayude a la de ellos. Oremos por el pueblo cristiano y fiel, para que las herejías internas, que tantas veces lo confunden y desvían, sean superadas en la Iglesia de Cristo, “fundamento y columna de la verdad”, por la doctrina ortodoxa.

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