viernes, 27 de marzo de 2020

LA MORAL DE REALITY SHOW EN TIEMPOS DE PANDEMIA


El reality show continúa. La idiotización se extiende. La realidad, sin embargo, pegará muy duro en la sociedad del Gran Hermano.

Por Agustín Laje

La pandemia trajo consigo, en muchas latitudes, la política del encierro: encierro que aísla, con el objeto de evitar el contacto humano a partir del cual la peste se multiplica a una velocidad inusitada.

La política del encierro, cuando se aplica sobre una población idiota, es transformada por esta última en reality show. Que no se me entienda mal: etimológicamente hablando, idiota proviene del idios griego, que refiere precisamente a aquella persona ensimismada, desprovista de acceso a los lugares comunes de los demás, privada, en definitiva, de la realidad. ¿Y qué es un reality show sino un conjunto de idiotas encerrados, es decir, de un conjunto de personas privadas del acceso común a la realidad?

Recuerdo que cuando algún participante del programa Gran Hermano salía por fin de la casa, después de varios meses de encierro, lo primero que el conductor hacía era ponerlo al tanto de la realidad; es decir, de todo lo que había pasado y estaba pasando mientras el sujeto en cuestión había estado sumergido en semejante proceso de, literalmente hablando, idiotización. Devolverlo a la realidad era una forma de quitarle lo idiota. ¿Pero cómo se le quita lo idiota no a un individuo, sino a una sociedad acostumbrada a vivir al margen de la realidad?

La política del encierro dio lugar al más imponente reality show de todos los tiempos: los habitantes del Gran Hermano no son ya unos pocos a los que muchos miran hacer sus idioteces, sino que ahora son muchos en ambos sentidos: muchos los vistos, muchos los espectadores.

Por fin el reality show se ha democratizado, y debemos en tal sentido agradecer a la pandemia: las elitistas selecciones en las que un jurado especializado, y muy riguroso por cierto, consagraba de entre decenas de miles de inscriptos apenas una veintena de idiotas que procuraban ser famosos encerrándose en una casa, ya no existen más. Ya nadie nos selecciona: nosotros nos seleccionamos. La puerta de nuestra casa durante la pandemia debe estar cerrada, pero la puerta de la casa de Gran Hermano está permanentemente abierta, para quien quiera ingresar a ella y mostrarle al mundo qué bien que hace sus ejercicios gimnásticos desde el hogar; para lanzar algún “challenge” a través del cual conmover a los espectadores con fotos de la infancia, o sorprendernos pateando un rollo de papel higiénico, o bien lamiendo el borde de un inodoro, como hizo recientemente un imbécil de por ahí para recibir más “me gusta”. Pero sobre todo, el reality show nos permite, tal vez por primera y única vez en nuestras vidas, sentirnos autoridades morales: “quédate en tu casa, estúpido”.

Se siente bien. En un mundo donde la libertad fue desligada de la responsabilidad, sacar a relucir nuestro eventual cumplimiento de esta última proporciona sentimientos morales que muchas personas jamás han experimentado antes (porque jamás experimentaron el significado de la responsabilidad, en primer lugar). “Quédate en tu casa, te dije”. Se siente estupendo descubrir un imperativo categórico que, no obstante, es vivido lúdicamente, como reality show.

Y es que, en rigor, lo que se siente bien no es el acatamiento de una ley moral en sí misma, el “deber por el deber” kantiano, sino el input espectacular que la teatralización que ese cumplimiento ofrece: el deber de quedarse en el hogar es transformado en estrategia de reality show. No nos complace cumplir con el deber, sino mostrar que cumplimos con el deber. Porque en la casa de Gran Hermano, aquello que las cámaras no captan, sencillamente no existe. No hay realidad inmediata en el reality show; como en la “sociedad del espectáculo” de Guy Debord, toda realidad es mediada, y, por eso mismo, parece no existir moral sin espectáculo en el reality de la pandemia. Pero si algo aniquila el espectáculo, eso es precisamente lo moral.

Estas ideas me preocupan. La idiotez me preocupa. Porque, como ya dije, idiota es aquel que vive al margen de la realidad. Y la política de encierro sobre una sociedad idiota se transforma en recreo lúdico. No digo que no haya que divertirse; más bien, digo que la forma y el alcance de la diversión, en este caso, es sintomático de que la gente no tiene los pies en el suelo respecto de lo que está pasando. Escucho gente hablar de los cisnes que por fin pueden nadar en los canales de Venecia; escucho gente hablar de qué bien le está yendo a la flora y la fauna ahora que, hace una semana, los humanos nos encerramos: 
¡hurra por los delfines!; escucho a gente hablar de que el “verdadero virus es el capitalismo”, cuando precisamente la fulminante crisis económica que vendrá será a causa del detenimiento abrupto de la inversión capitalista, de la producción capitalista, y del intercambio capitalista. Todos estos son ejemplos de cuán distanciada está la gente de la realidad.

Idiotez es estar sumergido en tu reality show, sin tener la más pálida idea de lo que está pasando. Hay gente que realmente cree que 15 días de encierro espectacular devolverán las cosas tal como estaban. La verdad es que los gobiernos no tienen la menor idea de qué hacer en esta circunstancia inédita. Desde el punto de vista epidemiológico, es una buena idea el aislamiento. Ahora bien, es una medida que, extendida en el tiempo, se vuelve tan o más mortal que la propia enfermedad. No pasa, por tanto, de ser un recurso de cortísimo plazo. Así, mientras los adictos al reality show dan sus lecciones morales espectaculares, al tiempo que hacen “jueguitos” con papel higiénico o muestran su ingenio para el ejercicio físico casero, no pierden oportunidad de prescribir: “quédate en tu casa, estúpido”. Como si todas las personas estuvieran una situación en la que la prioridad más urgente consiste en encontrar aquel “filtro” que mejor defina o re-defina la belleza del rostro.

Hay gente que si no trabaja, sencillamente no come. Quince días encerrados, para una inmensa cantidad de personas, más que una política de salud es una política de hambre e inanición. ¿Y qué tal un mes, dos meses, tres meses de encierro? Política de muerte. Así de simple. Por eso, el encierro total no puede ser más que una política de cortísimo plazo, porque su contrapartida se llama guerra civil.

Mientras tanto, el reality show continúa. La idiotización se extiende. La realidad, sin embargo, pegará muy duro en la sociedad del Gran Hermano.

Prensa Republicana

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