miércoles, 30 de septiembre de 2026

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (132)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


132. Discurso de conclusión, en Aguas Claras, antes de la fiesta de la Purificación (178).  
17 de marzo de 1945. 

1 “Hijos míos en el Señor, la fiesta de la Purificación está ya a las puertas, y a ella Yo, Luz del mundo, os envío preparados con lo mínimo necesario para celebrarla bien, la primera lámpara de la fiesta, que podrá daros llama para todas las otras; porque verdaderamente estúpido sería quien pretendiera encender muchas lámparas no teniendo cómo encender la primera; y aún más estúpido sería quien pretendiese empezar su santificación partiendo de las cosas más arduas, relegando lo que constituye la base del edificio inmutable de la perfección: el Decálogo.

2 Se lee en los Macabeos (179) que Judas, con los suyos, habiendo recuperado, con la protección del Señor, el Templo y la Ciudad, destruyó los altares levantados a los dioses extranjeros, así como los edificios de culto, y purificó el Templo. Luego erigió otro altar, y con el pedernal produjo fuego, y ofreció los sacrificios, quemó incienso, puso las lámparas y los panes de la proposición, y luego, postrados todos en tierra, le suplicaron al Señor que no permitiera que volvieran a pecar, o que, si por propia debilidad, cayeran de nuevo en el pecado, los tratara con divina misericordia. Esto sucedía el veinticinco del mes de Kisléu.  
Consideremos esta narración y apliquémosla a nosotros mismos; en efecto, toda palabra de la historia de Israel, siendo palabra de pueblo elegido, tiene un significado espiritual. La vida es siempre enseñanza. La vida de Israel es enseñanza, no sólo para el tiempo terreno, sino también para la conquista de la eternidad. "Destruyeron los altares y los templos paganos".
Esta es la primera operación, la que os he indicado que hagáis al nombraros a los dioses individuales que substituyen al Dios verdadero: las idolatrías del sentido, del oro, del orgullo; los vicios capitales que conducen a la profanación y muerte del alma y del cuerpo y al castigo de Dios.
Yo no os he aplastado con esas innumerables fórmulas que al presente agobian a los fieles, y que se muestran como baluarte ante la verdadera Ley, oprimida, tapada bajo cúmulos y cúmulos de prohibiciones que son completamente externas. Tales prohibiciones, con su atosigamiento, le llevan al fiel a perder de vista la coherente, clara, santa voz del Señor que dice: "No blasfemes, no seas idólatra, no profanes las fiestas, no deshonres a los padres, no mates, no cometas fornicación, no robes, no mientas, no envidies las cosas ajenas, no desees la mujer que a otro pertenece". Diez no es; ni uno más. Y son las diez columnas del templo del alma. En lo alto resplandece el oro del precepto santo entre los santos: "Ama a tu Dios, ama a tu prójimo": es el remate del templo, es la protección de los cimientos, es la gloria del constructor. Sin el amor, uno no podría prestar obediencia a las diez reglas, y caerían las columnas –todas o alguna–, y el templo se derrumbaría o total o parcialmente; en todo caso, estaría destruido, inadecuado ya para acoger al Santísimo.
Haced lo que os he dicho, derribando las tres concupiscencias, dándole un nombre claro a vuestro vicio, como claro es Dios al deciros: "No hagas esto o aquello". Es inútil entrar en sutilezas acerca de las formas. Quien tiene un amor más fuerte que el que da a Dios, cualquiera que fuera este amor, es un idólatra. Quien nombra a Dios, profesándose su siervo, y luego le desobedece, es un rebelde. Quien por avaricia trabaja en sábado es un profanador y un desconfiado y presuntuoso. Quien niega una ayuda a sus padres aduciendo pretextos, aunque diga que se trata de obras dadas a Dios, está contra Dios, que ha puesto a los padres y a las madres como figura suya sobre la Tierra. Quien mata es siempre asesino. Quien fornica es siempre lujurioso. Quien roba es siempre un ladrón. Quien miente es siempre una persona vil. Quien desea para sí lo que no es suyo es siempre un glotón que padece la más abominable de las hambres. Quien profana un tálamo es siempre un inmundo.
Es así. Y os recuerdo que después de la erección del becerro de oro vino la ira del Señor (180); después de la idolatría de Salomón, el cisma que dividió y debilitó a Israel (181); después del helenismo, aceptado (es más, bien acogido, e introducido, por judíos indignos bajo Antíoco Epifanes), vinieron nuestras actuales desventuras de espíritu, de fortuna y de nacionalidad (182). Os recuerdo que Nabal y Abiú, falsos siervos de Dios (183), fueron castigados por Yahvé. Os recuerdo que no era santo el maná del sábado (184). Os recuerdo a Cam y a Absalón (185). Os recuerdo el pecado de David contra Urías (186) y el de Absalón contra Amnón. Os recuerdo como acabaron Absalón y Amnón (187). Os recuerdo la suerte de Heliodoro, ladrón (188), y de Simón y Menelao (189). Os recuerdo el innoble final de los dos regidores embusteros que habían testificado falsamente de Susana (190). Y podría seguir sin hallar límite a los ejemplos. 

3 Mas, volvamos a los Macabeos. "Y purificaron el Templo". 
No basta decir: "Destruyo". Hay que decir: "Purifico". Os he dicho cómo se purifica el hombre: con el arrepentimiento humilde y sincero. No hay pecado que Dios no perdone si el pecador está realmente arrepentido. Tened fe en la Bondad divina. Si pudierais llegar a comprender lo que es esta Bondad, aunque tuvierais todos los pecados del mundo, no huiríais de Dios; todo lo contrario, correríais a echaros a sus pies, porque sólo el Bonísimo puede perdonar lo que el hombre no perdona.
"Y erigieron otro altar". 
No pretendáis engaño con el Señor. No seáis falsos en vuestro actuar. No mezcléis a Dios con Satanás; tendríais un altar vacío: el de Dios. Porque es inútil erigir un altar nuevo si quedan aunque sólo sea restos del otro. O Dios o el ídolo; elegid.
"E hicieron brotar el fuego con la piedra y la yesca". 
Piedra es la firme voluntad de ser de Dios; yesca es el deseo de cancelar del corazón de Dios, durante el resto de la vida, hasta el recuerdo de vuestro pecado. He aquí que entonces se hace surgir el fuego: el amor. Porque el hijo que trata, con toda una vida honesta, de reconfortar al padre ofendido, ¿qué hace sino amar al padre, deseando que esté contento de su hijo, antes lágrima y ahora alegría? En este estado podéis ofrecer los sacrificios, quemar los inciensos, poner las lámparas y los panes: no le desagradarán a Dios los sacrificios; gratas le serán las oraciones; el altar estará verdaderamente iluminado, rico del alimento de vuestra ofrenda diaria. Podréis orar diciendo: "Sé protector nuestro", porque El será con vosotros amigo.
Pero su misericordia no ha esperado a que pidierais piedad. Se ha adelantado a vuestro deseo, os ha enviado la Misericordia para deciros: "Tened esperanza, Yo os lo digo: Dios os perdona. Venid al Señor". Ya hay un altar en medio de vosotros: el nuevo altar. De él manan ríos de luz y de perdón; como aceite se expanden, medican, refuerzan. Creed en la Palabra que de aquél proviene. Llorad conmigo vuestros pecados. Como el levita que dirige el coro, Yo oriento vuestras voces a Dios, y no será rechazado vuestro gemido si está unido a mi voz. Con vosotros me aniquilo (Hermano para los hombres en la carne; para el Padre, Hijo en el espíritu) y digo por vosotros, con vosotros: "Desde este profundo abismo donde Yo–Humanidad he caído, grito a ti, Señor. Escucha la voz de quien se mira y suspira, no cierres tu oído a mis palabras. Verme me supone horror. ¡Soy un horror incluso para mis ojos! ¡Qué será para los tuyos! No prestes atención a mis culpas, Señor, porque si lo haces no podré resistir en tu presencia; usa, por el contrario, conmigo tu misericordia. Tú lo has dicho: 'Yo soy Misericordia'. Yo creo en tu palabra. Mi alma, herida y abatida, confía en ti, en tu promesa, y, desde el alba hasta la noche, desde la juventud hasta la ancianidad, esperaré en ti" (191).

4 Culpable de homicidio y adulterio, reprobado por Dios, bien obtiene David perdón, tras haber gritado al Señor: "Ten piedad, no por consideración a mí, sino por el honor de tu misericordia, que es infinita; cancela por ella mi pecado. No hay agua que pueda lavar mi corazón sino la que se toma en las aguas profundas de tu santa bondad. Lávame con ella de la iniquidad mía y purifícame de mi inmundicia. No niego que he pecado. Antes bien, confieso mi delito; cual testigo acusador la culpa está siempre ante mí. He ofendido al hombre en el prójimo y en mí mismo; mas duélome, sobre todo, de haber pecado contra ti. Dígate esto que reconozco que eres justo en tus palabras y temo tu juicio, que triunfa sobre toda potencia humana. Considera, no obstante, ¡Oh Eterno!, que en culpa nací y pecadora fue la que me concibió, y que, aun así, Tú me has amado hasta el punto de llegar a develarme tu sabiduría y a dármela como maestra para que fuera comprendiendo los misterios de tus sublimes verdades. Y, si tanto has hecho, ¿debo tener miedo de ti? No. No temo. Aspérjame con la amargura del dolor y quedaré purificado; lávame con el llanto y seré como nieve alpina; hazme oír tu voz y exultará tu siervo humillado, porque tu voz es alegría y gozo aun cuando reprende. Vuelve tu rostro hacia mis pecados. Tu mirada borrará mis iniquidades. Satanás y mi débil humanidad me han profanado el corazón que me diste. Créame un nuevo corazón que sea puro y destruye lo que de corrupción hay en las entrañas de tu siervo, para que en él reine sólo un espíritu recto. No me arrojes de tu presencia, no me prives de tu amistad, porque sólo la salud que de ti viene es alegría para mi alma, y tu espíritu soberano es consuelo del humillado. Haz que yo venga a ser aquel que mezclado entre los hombres vaya diciendo: 'Observad lo bueno que es el Señor. Id por sus caminos y os sentiréis benditos como yo me siento, yo, aborto del hombre, pero que vuelvo a ser ahora hijo de Dios por la gracia que renace en mí'. Y a ti se convertirán los impíos. La sangre y la carne hierven y gritan en mí. Libérame de ellas, ¡Oh Señor!, salvación de mi alma, y yo cantaré tus alabanzas. Estaba en la ignorancia, mas ahora he comprendido. Tú no deseas un sacrificio de carneros, sino el holocausto de un corazón contrito. Un corazón contrito y humillado te es más grato que los borregos y carneros, porque Tú para ti nos has creado, y quieres que esto lo tengamos presente y te restituyamos lo que es tuyo. Séme benigno por tu gran bondad y edifica de nuevo mi y tu Jerusalén: la de un espíritu purificado y perdonado sobre el que se pueda ofrecer el sacrificio, la oblación y el holocausto por el pecado, como acción de gracias y como alabanza. Todo nuevo día mío sea una hostia de santidad consumada en tu altar para que ascienda junto al olor de mi amor hasta ti".

5 Venid. Vayamos al Señor. Yo, delante; vosotros, detrás. Vayamos a las aguas de salud, vayamos a los pastos santos, vayamos a las tierras de Dios. Olvidad el pasado. Sonreídle al futuro. No penséis en el fango, mirad más bien a las estrellas. No digáis: "Soy tiniebla"; decid: "Dios es Luz". Yo he venido a anunciaros la paz, a manifestar a los mansos la Buena Nueva (192), a asistir a aquellos cuyo corazón se siente aplastado bajo el peso de demasiadas cosas, a predicar la libertad a todos los esclavos (los primeros de todos, los de Satanás), a liberar de las concupiscencias a los prisioneros.
Yo os digo: ha llegado el año de gracia. No lloréis, vosotros, los que padecéis la tristeza de quien se siente pecador, no vertáis lágrimas, lejanos del Reino de Dios. Yo substituyo la ceniza por el oro, las lágrimas por el óleo. Os visto de fiesta para presentaros al Señor y decir: "Estas son las ovejas que Tú me enviaste a buscar" (193). He acudido a ellas, las he reunido, las he contado, he buscado a las dispersas, y te las he traído librándolas de nubarrones y densas brumas. Las he tomado de entre todos los pueblos, las he reunido de todas las regiones para conducirlas a la Tierra que no es ya tierra (194) y que Tú has preparado para ellas, ¡Oh Padre Santo!, para llevarlas hasta las cimas paradisíacas de tus montes opimos, donde todo es luz y belleza, a lo largo de los arroyos de las celestes bienaventuranzas, donde se sacian de ti los espíritus que Tú amas. He ido a buscar también a las heridas, he curado a las que tenían alguna fractura, he confortado a las débiles, no he descuidado ni una sola, He cargado sobre mis hombros, como un yugo de amor, a la más descuartizada por causa de los ávidos lobos de los sentidos, y te la deposito a tus pies, Padre benigno y santo, porque ella no puede ya seguir caminando; ignora tus palabras, es una pobre alma perseguida por los remordimientos y los hombres, es un espíritu doliente, un espíritu que tiembla, es como una ola empujada y rechazada por el flujo del mar contra el litoral; viene con el deseo, la rechaza la cognición de sí misma... Ábrele tu seno, Padre todo amor, para que en él encuentre paz esta criatura descarriada. Dile: '¡Ven!'. Dile: 'Eres mía'. Tuvo un sinnúmero de dueños, pero está nauseada y asustada de ello. Dice: 'Todo patrón es un sucio esbirro". Haz que pueda decir: '¡Este Rey mío me ha proporcionado la alegría de ser prendida!'. No sabe qué es el amor. Mas si Tú la acoges sabrá qué es este amor celeste que es el amor nupcial entre Dios y el espíritu humano, y, como un pájaro liberado de las jaulas de los hombres crueles, subirá, subirá, cada vez más alto, hasta ti, hasta el Cielo, hasta la alegría, hasta la gloria, cantando: 'He encontrado a Aquel que yo buscaba. Mi corazón no tiene ningún otro deseo. En ti me poso y me regocijo, Señor eterno, por los siglos de los siglos feliz' ". Podéis iros. Con espíritu nuevo celebrad la fiesta de la Purificación. Y que la luz de Dios se encienda en vosotros”. 
Jesús ha estado arrollador en el cierre de su discurso. Un rostro luminoso de ojos radiantes, una sonrisa y unas notas que son de una dulzura no conocida, han... casi extasiado a la gente, que no se mueve hasta que El repite: “Podéis iros. La paz sea con vosotros”. Entonces empiezan a marcharse los peregrinos hablando con gran viveza entre sí.

6 La velada se marcha rauda como siempre, con su paso ágil y levemente ondulante. Parece como si tuviera alas, debido al viento, que le infla por detrás el manto. 
“Ahora lograré saber si es de Israel” dice Pedro.
“¿Por qué?”. 
“Porque si está aquí es señal de que...”. 
“...es una pobre mujer sin casa propia. Nada más, no lo olvides, Pedro”. 
Jesús camina hacia el pueblo.
 “Sí, Maestro. Lo recordaré... ¿Y nosotros qué vamos a hacer ahora que todos estarán en sus casas para la fiesta?”. 
“Nuestras mujeres encenderán por nosotros los cirios”.
“Lo siento... Será el primer año que no voy a verlos encender en la mía, o que no los encenderé yo...”. 
“A pesar de tu edad, sigues siendo un niño. Encenderemos también nosotros los cirios. Así se te quitará esa cara de malhumor. Y vas a ser tú quien los va a encender”.
“¿Yo? Yo no, Señor. Tú eres la Cabeza de nuestra familia. Te corresponde a ti”. 
 “Yo soy siempre un cirio encendido... y desearía que tales fuerais también vosotros. Soy la Encenia sempiterna, Pedro. ¿Sabes que nací exactamente el veinticinco de Kisléu?”. 
 
7  “¡Cuántas lámparas encendidas, ¿no?!” pregunta admirado Pedro. 
“No se podían ni contar... Eran todas las estrellas del cielo...”. 
“¡No me digas! ¿No celebraron tu nacimiento en Nazaret?”.
“No he nacido en Nazaret, sino entre unos muros derruidos, en Belén. Veo que Juan ha sabido callar. Juan es muy obediente”.
“Y no es curioso. Yo, sin embargo, sí lo soy, y mucho. ¿Me lo cuentas?... A tu pobre Simón. Si no, ¿cómo me las voy a arreglar para hablar de ti? A veces la gente pregunta y yo no sé nunca qué decir... Los otros saben cómo hacer, me refiero a tus hermanos y a Simón, Bartolomé y Judas de Simón. Y... sí, también Tomás sabe hablar... parece un voceador del mercado que estuviera vendiendo una mercancía, pero logra hablar...
Mateo..., bueno él va bien, usa la vieja sabiduría que tenía para pelar a la gente en su banco de cobro de impuestos para forzarlos a decir: "Es como tú dices". ¡Pero yo...! ¡pobre Simón de Jonás! ¿Qué te han enseñado los peces; qué el lago? Dos cosas... pero no son útiles: los peces, a callar y a tener constancia (ellos, constantes en evitar caer en la red; yo, constante para meterlos en ella); el lago, a tener coraje y a estar atento a todo. Y ¿qué me ha enseñado la barca?: a trabajar duramente sin excusa para ningún músculo y cómo mantenerse erguido en medio de olas agitadas y con el riesgo de caerse. Estar atento a la Polar, tener mano firme en el timón, fuerza, coraje, constancia, atención: esto me ha enseñado mi pobre vida...”. 
Jesús le pone una mano sobre el hombro y le agita suavemente, mirándole con afecto y admiración, verdadera admiración por tanta simplicidad, y dice: “¿Y te parece poco, Simón Pedro? Tienes todo lo que se necesita para ser mi "piedra". Nada hay que poner, nada hay que quitar. Serás el nauta eterno, Simón. Y, a quien venga después de ti, le dirás: "Atención a la Polar: Jesús; mano firme al timón; fuerza, coraje, constancia, atención, trabajar duramente sin reservas, estar atento a todo, y saber mantenerse erguido en medio de olas agitadas…". Respecto al silencio… ¡venga, hombre, que los peces eso no te lo han enseñado!”. 
“Pero para lo que debería saber decir soy más mudo que los peces. ¿Las otras palabras?... También las gallinas saben ser charlatanas como yo... Pero, dime, Maestro mío, ¿me vas a dar un hijo también a mí? Somos ancianos... pero Tú dijiste que el Bautista nació de una anciana... Y ahora has dicho: "Y a quien venga después de ti le dirás…". Y ¿quién viene después de un hombre sino el que por él ha sido engendrado?”. Pedro tiene un rostro de súplica y de esperanza.

8 “No, Pedro, y no te apenes por ello. Recuerdas exactamente a tu lago cuando una nube oculta el Sol: de ameno, pasa a estar triste. No, Pedro mío; no uno, sino mil, diez mil hijos tendrás, y en todas las naciones... ¿No te acuerdas cuando te dije: "Serás pescador de hombres"?”. 
“¡Oh... sí... pero... la idea de un hijo que me llamara "padre'' era algo tan agradable!...”. 
“Tendrás tantos, que no los podrás ni contar; y les darás la vida eterna, y los encontrarás en el Cielo y me los traerás diciendo: "Son los hijos de tu Pedro y quiero que estén donde yo estoy"; y Yo te diré: "Sí, Pedro; sea como tu quieres, porque tú todo has hecho por mí y Yo todo hago por ti"”. Jesús se muestra dulcísimo al manifestar estas promesas. 
Pedro traga saliva entre el llanto por la esperanza que muere de una paternidad terrena y el llanto de un éxtasis que ya se anuncia. 
“¡Oh, Señor! –dice–, pero para dar la vida eterna es necesario persuadir a las almas en orden al bien, y… volvemos al mismo punto: yo no sé hablar”. 
“Sabrás hablar, cuando sea la hora, mejor que Gamaliel”. 
“Quiero creer... Pero haz Tú el milagro, porque como tenga que llegar a ello por mí mismo...”.
Jesús ríe con su sonrisa serena y dice: 
“Hoy soy todo tuyo. Vamos al pueblo, a ver a esa viuda; tengo un donativo secreto, un anillo que vender. ¿Sabes cómo ha llegado a mi poder? Una piedra que cayó a mis pies mientras oraba junto a este sauce. A la piedra venía unido un pequeño envoltorio con una tira de pergamino. Dentro del envoltorio, el anillo; en la tira, la palabra "caridad"”. 
“¿Me dejas ver? ¡Oh..., bonito! De mujer. ¡Qué dedo más pequeño! ¡Y cuánto metal!...”. 
“Ahora tú lo vendes. Yo no entiendo de esto. El dueño de la posada compra oro. Lo sé. Yo te espero junto a donde hacen el pan. Ve, Pedro”. 
“Pero... ¿y si no lo hago bien? Yo el oro... No entiendo de oro yo”. 
“Piensa que es pan para quien tiene hambre y haz como mejor puedas. Adiós”. 
Y Pedro se dirige hacia la derecha mientras Jesús, más lentamente, se dirige hacia la izquierda, hacia el pueblo, que aparece relativamente lejano detrás de un bosquecito que está más allá de la casa del capataz.


Notas:

178) Cfr. Salmos 129 y 50. 

179) Cfr. 1 Mac. 4, 36–52.  
 
180) Cfr. Ex. 32. 

181) Cfr. 3 Re. 11–13; 2 Paralip. 10, 1 – 11, 4. 

182) Cfr. 1 Mac. 1; 2 Mac. 4–7. 

183) Cfr. Ex. 6, 23; 24, 1 y 9; 28, 1; Lev. 10, 1–7; Núm. 3, 1–4; 26, 60–61; 1 Paralip. 24, 1–2. 

184) Cfr. Ex. 16; Núm. 11, 7–9. 

185) No sabemos a qué se refiera precisamente. Tal vez “Cam” es un error involuntario de la escritora, en lugar de “Noé” o de “Ammón”. 

186) Cfr. 2 Re. 11, 1 – 12, 23. 

187) Cfr. 2 Re. 13, 1–38; 18, 1– 18. 

188) Cfr. 2 Mac. 3, 1–34. 

189) Cfr. 2 Mac. 4–5; 13, 1–8.

190) Cfr. Dan. 13.

191) Paráfrasis del Salmo 50. 

192) Cfr. Is. 61, 1–3. 

193) Cfr. Ex. 34, 11–16. 

194) Esto es, el Cielo, la Jerusalén celestial; cfr. Is. 65, 17; 66, 22; Apoc. 21.  

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  

 
 
 

 
 
 
 
 

 
 

30 DE SEPTIEMBRE: SAN JERÓNIMO, PRESBÍTERO Y DOCTOR


30 de Septiembre: San Jerónimo, presbítero y doctor

(✞ 419)

El austero penitente Doctor máximo de la Iglesia y eruditísimo intérprete de la Sagrada Escritura, San Jerónimo, nació en Estridón de Dalmacia.

Siendo todavía muy joven fue enviado por su padre a Roma para aprender las letras humanas, y en aquella ciudad, cabeza del orbe cristiano, recibió el Bautismo.

La instruyeron Donato y otros célebres maestros en cuantas ciencias por aquellos tiempos se enseñaban.

Ansioso de saber y amigo de los libros y del trato de hombres doctos, recorrió las Galias y pasó a Constantinopla para ver y oír a San Gregorio Nacianceno, de quien confiesa haber aprendido las Letras Sagradas, como de otros la filosofía y la elocuencia.

Viajó luego a Palestina para venerar el pesebre del Señor, en muchas ocasiones trató con los Doctores más eruditos de los hebreos, ayudándose con ellos en gran manera para entender las Santas Escrituras.

De Belén pasó a Siria, donde estuvo cuatro años en la soledad del desierto, ejercitándose en santas meditaciones y austerisíma penitencia; llegando hasta golpearse el pecho con una piedra, aterrorizado por el sonido de aquella trompeta que como dice el Sagrado Evangelio, nos ha de llamar a juicio.

De aquí le llamó a Antioquía el Obispo Paulino para combatir el cisma, y lo ordenó como presbítero, y volvió después a Roma a donde le llamó el Papa San Dámaso para que le ayudase en el gobierno de la Iglesia, más, llevado por el amor a la soledad, muerto el Papa, volvió por segunda vez a Belén, y puso su asiento en un monasterio fundado allí por Santa Paula, haciendo en aquel retiro una vida celestial.

Lo visitó Dios nuestro Señor con enfermedades, las que sufrió él con la admirable paciencia, siempre ocupado en escribir, leer y tratar con Dios.

Desde el pesebre del Señor fue un sol que alumbró a toda la Iglesia, pues con el conocimiento que tenía de las lenguas latina, griega, hebrea y caldea, podía como pocos alcanzar perfecta inteligencia de las Sagradas Escrituras, y así a él acudían como a un oráculo los Doctores y Prelados de toda la cristiandad.

Lo consultó entre otros aquella resplandeciente lumbrera de la Iglesia, San Agustín, el cual afirma que San Jerónimo había leído todo cuanto hasta entonces se había escrito.

Fue llamado con razón el martillo de los herejes y cismáticos, y columna de la Iglesia Católica.

Tradujo con admirable fidelidad y gracia del cielo los libros del Antiguo Testamento del original hebreo a la lengua latina, corrigió por encargo de San Dámaso el texto griego del Nuevo Testamento y lo interpretó en gran parte, y ocupado en estas y otras grandes obras y trabajos, llegó a una edad muy avanzada, que dicen que fue de setenta y ocho años.

Su bendita alma voló al cielo en tiempos del emperador Honorio, dejándonos ilustre memoria de santidad y doctrina.

Su cuerpo sepultado en Belén, descansa hoy en Roma en Santa María ad Pracsepe.

Reflexión:

Este gran Santo traía el temor del día del juicio muy metido en las entrañas. Pues ¿Cómo vivimos tan olvidados de esta verdad revelada por Dios, nosotros, miserables pecadores? Temamos aquel divino tribunal, porque es cosa horrenda caer en las manos de Dios airado. Démosle mientras vivimos cumplida satisfacción de todas nuestras culpas, y así podremos esperar en aquel día una sentencia favorable de gloria eterna.

Oración:

Oh Dios, que te dignaste proveer a tu Iglesia del santo confesor y doctor máximo San Jerónimo para la exposición de las Sagradas Escrituras, concédenos, te rogamos, que con tu auxilio podamos poner por obra lo que él con palabras y ejemplos enseñó. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

 

martes, 29 de septiembre de 2026

UN CATECISMO SOBRE LOS ERRORES DOCTRINALES DE LA SECTA DEL NOVUS ORDO (11)

El Error sobre la sucesión apostólica

Por Mark Escobar


Nota: El autor de este artículo es un laico que, en la actual crisis de la Iglesia, representada por Acción Católica, se ha permitido, mediante el uso de textos de los Papas y otros libros católicos autorizados y aprobados, escritos por autores santos y fiables, defender la fe católica. Ahora bien, si —Dios no lo quiera— algo en ello resultara contrario a la verdadera fe católica, el autor se somete de antemano a la decisión de la Santa Sede y está dispuesto a retractarse de cualquier parte de sus escritos inmediatamente al percatarse de su contradicción con las enseñanzas de la Iglesia.

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11. Error sobre la sucesión apostólica.

Pregunta: ¿Cuál es la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la sucesión apostólica?

Respuesta: Una de las características de la verdadera Iglesia es la apostolicidad. Una manifestación de la apostolicidad de la Iglesia es la apostolicidad por sucesión, o apostolicidad en el ministerio; es decir, siempre hay personas en la Iglesia que poseen la autoridad y los tres poderes de los Apóstoles (enseñar, santificar y gobernar), lo que se denomina potestad jurisdiccional. Ahora bien, la enseñanza de la Iglesia Católica es que la jurisdicción ordinaria no permanece en los sacerdotes no católicos, sean cismáticos o heréticos, incluso si poseen órdenes válidas; y si previamente poseían jurisdicción, tan pronto como se vuelven heréticos o cismáticos, la pierden. El Código de Derecho Canónico de 1917 también se formuló íntegramente sobre esta base. Además, la jurisdicción ordinaria en una diócesis se confiere a los obispos directamente por medio del Papa.

Por lo tanto, los sacerdotes de sectas no católicas, al no tener comunión con la Iglesia Católica y no ser considerados fundamentalmente miembros de la Iglesia de Cristo, no tienen jurisdicción alguna, incluso si poseen Órdenes válidas; no son sacerdotes legítimos y, por lo tanto, carecen de Sucesión Apostólica.

Pregunta: Cite los textos eclesiásticos y también las opiniones de los teólogos sobre este tema.

Respuesta: Respecto a esto, leemos:

He aquí lo que el pontífice de la Sede Romana… y Celestino, presidente del gran Concilio de Éfeso, juzgan acerca de aquellos que habían sido depuestos y excomulgados por Nestorio, después de que se creyera que el propio Nestorio ya había sido depuesto ante los ojos del Juez Supremo… Pues, escribiendo a los obispos orientales, dice (Epístola 6): “Pero si alguien, sea obispo o clérigo, ha sido excomulgado o privado de dignidad por el obispo Nestorio o por otros que le siguen, desde el momento en que comenzaron a predicar tales cosas, es evidente que ha permanecido y permanece en nuestra comunión. Ni lo consideramos expulsado, porque la sentencia de quien ya se había mostrado expulsado no podía expulsar a nadie”. Asimismo, el mismo hombre dice abiertamente al clero de Constantinopla (Epístola 4): “La autoridad de nuestra Sede ha decretado que ningún obispo, clérigo o cristiano de cualquier profesión, que haya sido expulsado de su cargo o de la comunión por Nestorio o por otros como él, desde el momento en que comenzaron a predicar tales cosas, debe ser considerado depuesto o excomulgado; más bien, todos ellos estuvieron y permanecen hasta ahora en nuestra comunión: porque quien se tambaleaba predicando tales cosas no podía expulsar ni apartar a nadie”. ¿Has comprendido, Emperador, de lo mencionado anteriormente, que aquellos que ya habían sido apartados no podían apartar a nadie —ni mucho menos a su propio prelado, ni a ninguna persona— ni los ya derrocados podían deponer a nadie? … Es absurdo que a quien, según las sagradas normas, ni siquiera le está permitido comulgar con las personas más insignificantes, se le permita entre vosotros juzgar sobre asuntos de mayor importancia.

- Papa San Nicolás I, Epistolae et decreta (Nicolaus I)/9

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Los Santos Padres enseñan unánimemente que los herejes no solo están fuera de la Iglesia, sino que también, por el mero hecho de serlo, están privados de toda jurisdicción y dignidad eclesiástica. Cipriano (Libro 2, Epístola 6) afirma: “Decimos que todos los herejes y cismáticos, sin excepción, carecen de poder y derecho alguno”. Y en el Libro 2, Epístola 1, enseña que los herejes que regresan a la Iglesia deben ser recibidos como laicos, incluso si anteriormente fueron sacerdotes u obispos. Optato (Libro 1, contra Parmeniano) enseña que los herejes y cismáticos no pueden tener las llaves del reino de los cielos, ni pueden atar ni desatar. Ambrosio (Libro 1, sobre la Penitencia, Cap. 2) y Agustín (en el Enquiridión, Cap. 65) enseñan lo mismo. Jerónimo enseña asimismo (Libro contra los luciferinos): “No que quienes habían sido herejes puedan ser obispos, sino que era evidente que quienes fueron recibidos no habían sido [realmente] herejes”. El papa Celestino I (en la Epístola a Juan de Antioquía, que se encuentra en el Concilio de Éfeso, vol. 1, cap. 19): “Si alguien -dice- ha sido excomulgado o despojado de su dignidad episcopal o clerical por el obispo Nestorio o por otros que le siguen, desde que comenzaron a predicar tales cosas, es evidente que ha permanecido y permanece en nuestra comunión; ni lo consideramos expulsado, porque la sentencia de quien ya se había mostrado digno de expulsión no podía expulsar a nadie”. Y en la Epístola al Clero de Constantinopla: “La autoridad de nuestra Sede ha sancionado que ningún obispo, clérigo o cristiano de ninguna profesión, que haya sido desplazado de su cargo o comunión por Nestorio o sus semejantes desde que comenzaron a predicar tales cosas, será considerado desplazado o excomulgado; pues quien tropezó al predicar tales cosas no podía desplazar ni destituir a nadie”. Nicolás I repite y confirma lo mismo en su Epístola a Miguel. Finalmente, incluso Santo Tomás [de Aquino] (2–2, q. 39, art. 3) enseña que los cismáticos pierden inmediatamente toda jurisdicción, y todo lo que intenten hacer en aras de la jurisdicción es nulo y sin efecto. … Esta es la opinión de todos los Padres antiguos, que enseñan que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción.

- San Roberto Belarmino SJ, SRE Cardinalis Roberti Bellarmini… Opera Omnia, L. Pedone Lauriel, vol. I, [1872], De Romano Pontifice, págs. 419, 420

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39. … sería absurdo pretender que un hombre excluido de la Iglesia tuviese autoridad en la Iglesia

- Papa León XIII, Satis Cognitum, 29 de junio de 1896

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Finalmente llegamos a otro argumento. Ciertamente, quien reside fuera de la Iglesia queda automáticamente inhabilitado para toda jurisdicción ordinaria, por ejemplo, la episcopal. La razón es que quien posee jurisdicción ordinaria o verdaderamente episcopal tiene la dignidad de ser cabeza, y nadie puede ser cabeza, ni siquiera de una iglesia en particular, si no es miembro de la Iglesia. De hecho, ¿qué fue alguna vez una cabeza que no fuera miembro? Por lo tanto, si la herejía oculta excluyera a un hombre de la Iglesia, cada vez que surgiera una duda sobre la legitimidad y autoridad de los pastores, no habría certeza moral sobre su fe interna. Pero Dios no permita que el establecimiento de Cristo sufra una anomalía tan monstruosa que debilite la disciplina. No solo empleamos argumentos más probables en este asunto, porque se nos informa clara y expresamente que un obispo, por causa de la herejía, no pierde su poder de atar y desatar, excepto cuando predica la herejía y la profesa abiertamente. En este sentido, entre otros documentos, se conserva la carta del Papa Celestino al clero y al pueblo de Constantinopla en el caso de Nestorio, donde el Pontífice exhorta a los católicos a luchar valientemente por la fe, a soportar las dificultades con paciencia y a no temer el exilio. “Ningún cristiano -dice- debe lamentar un exilio temporal que se le imponga, porque nadie es un exiliado para Dios. Temamos más bien el exilio del reino de los vivos, es decir, de aquel reino que deseamos que sea nuestra patria. Ese es nuestra morada perpetua y eterna. En verdad, lo nuestro no es un lugar efímero, verdaderamente nuestros son aquellos bienes que nos promete una esperanza certísima. Luego, declarando inválida la opinión por la cual Nestorio había destituido a algunas personas de su cargo o de la comunión de los fieles, prosigue: “No obstante, para que la opinión de quien ya se había atribuido una sentencia judicial divina no parezca válida incluso en ese momento, la autoridad de nuestra Sede ha decretado que, desde el momento en que Nestorio y los que son como él comienzan a proclamar tal [herejía], no consideramos exiliados ni excomulgados a ninguno de los obispos, clérigos o cristianos de cualquier profesión que fueron destituidos de su cargo o expulsados ​​de la comunión por él y sus seguidores. Más bien, todos estuvieron y siguen estando en comunión con Nosotros, porque una persona que erróneamente predica tal [herejía] no puede expulsar ni destituir a nadie”. Por lo tanto, veis que un obispo que es hereje en secreto sigue investido con el poder de atar y desatar, puesto que pierde la jurisdicción episcopal y el poder de excomunión solo desde el momento en que comienza a predicar la herejía abiertamente. Además, la conclusión es evidente. Porque si quien no pertenece a la Iglesia no puede tener autoridad respecto a ella, y un hereje oculto puede tenerla —mejor aún, en algún momento la posee en la realidad—, es claro que un hereje oculto aún no ha sido excluido del cuerpo de la Iglesia.

- Louis Billot, SJ, Tractatus de Ecclesia Christi, Prati: ex officina libraria Giachetti, [1909], págs. 300-301

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La apostolicidad de la misión implica que la Iglesia es un solo cuerpo moral, poseedor de la misión encomendada por Jesucristo a los Apóstoles y transmitida a través de ellos y sus legítimos sucesores en una cadena ininterrumpida hasta los actuales representantes de Cristo en la tierra. Esta transmisión autorizada del poder en la Iglesia constituye la sucesión apostólica. Esta sucesión apostólica debe ser tanto material como formal; la material consiste en la sucesión real en la Iglesia, a través de una serie de personas desde la época apostólica hasta el presente; la formal añade el elemento de autoridad en la transmisión del poder. Consiste en la transmisión legítima del poder ministerial conferido por Cristo a sus Apóstoles. Nadie puede otorgar un poder que no posee. Por lo tanto, al rastrear la misión de la Iglesia hasta los Apóstoles, no puede permitirse ninguna laguna, no puede surgir ninguna nueva misión; sino que la misión conferida por Cristo debe pasar de generación en generación a través de una sucesión legítima ininterrumpida.

- Charles George Herbermann, The Catholic Encyclopedia, Appleton, vol. 1, [1907], pág. 648

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Can. 108. (…) § 3. Por institución divina, la jerarquía sagrada en cuanto a los órdenes está compuesta por obispos, presbíteros y ministros; por razón de jurisdicción, [está compuesta por] el pontificado supremo y el episcopado subordinado; por institución de la Iglesia se pueden añadir otros grados.

Canon 109. Quienes son admitidos en la jerarquía eclesiástica no están obligados a ella por el consentimiento o llamado del pueblo o del poder secular, sino que son constituidos en los grados del poder de las órdenes por la ordenación sagrada; en el pontificado supremo, por la misma ley divina al completarse las condiciones de elección y aceptación legítimas; en los grados inferiores de jurisdicción, por la misión canónica.

- Papa Benedicto XV, Código de Derecho Canónico, 27 de mayo de 1917

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42. (…) cada uno como verdadero pastor apacienta la grey que le ha sido encomendada y la gobierna en el nombre de Cristo. Sin embargo, en el ejercicio de este oficio no son del todo independientes, sino que están subordinados a la autoridad legítima del Romano Pontífice, aunque gozan del poder ordinario de jurisdicción que reciben directamente del mismo Sumo Pontífice.

- Papa Pío XII, Mystici Corporis, 29 de junio de 1943

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12. (…) Así el poder de jurisdicción, que se confiere al Sumo Pontífice directamente por los derechos divinos, fluye a los Obispos por el mismo derecho, pero solo a través del Sucesor de San Pedro, a quien no solo los fieles simples, sino también todos los Obispos deben estar constantemente sujetos, y a quienes deben estar ligados por la obediencia y con el vínculo de la unidad.

- Papa Pío XII, Ad Sinarum Gentes, 7 de octubre de 1954

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(…) se deduce que los obispos que no han sido nombrados ni confirmados por la Sede Apostólica, pero que, por el contrario, han sido elegidos y consagrados desafiando sus órdenes expresas, no disfrutan de poderes de enseñanza o jurisdicción que pasa a los obispos sólo a través del Romano Pontífice

- Papa Pío XII, Ad Apostolorum Principis, 29 de junio de 1958

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Siempre habría en la Iglesia un cuerpo de hombres investidos con ese triple poder que disfrutaron los apóstoles. Esta tesis es un dogma de fe, como sabemos, por ejemplo, del Concilio de Trento, Sess. 23, с. 4 (DB 960). … La apostolicidad del gobierno —o misión, o autoridad— significa que la Iglesia siempre está gobernada por pastores que forman una misma persona jurídica con los apóstoles. En otras palabras, siempre está gobernada por pastores que son los legítimos sucesores de los apóstoles. (…) Obviamente, un hombre no se convierte en un verdadero sucesor de los apóstoles simplemente arrogándose el título de “obispo”, o desempeñando de alguna manera una función que alguna vez realizaron los apóstoles. Tampoco basta con que un hombre posea algún poder individual, digamos, por ejemplo, el poder de las órdenes. — El poder de las órdenes puede adquirirse incluso ilícitamente, y una vez adquirido, jamás se pierde. — Lo que se requiere para una auténtica sucesión apostólica es que un hombre goce de los plenos poderes (es decir, poderes ordinarios, no extraordinarios) de un apóstol. Debe, pues, además del poder de ordenar, poseer también el poder de jurisdicción. Jurisdicción significa el poder de enseñar y gobernar. — Este poder se confiere únicamente mediante una autorización legítima y, aun una vez recibido, puede perderse al ser revocado. (…) Una sucesión puramente física no prueba absolutamente nada (…) Cualquier hombre, pues, que se jacte de sucesión apostólica pero no esté unido al Romano Pontífice, puede, en efecto, poseer el poder de ordenar; incluso puede, por sucesión puramente física, ocupar una cátedra que antes ocupó un apóstol —al menos podría hacerlo—, pero no sería un auténtico sucesor de los apóstoles en su oficio pastoral. Sería un usurpador.

- Mons. G. Van Noort, Dogmatic Theology, vol. II: Christ’s Church, The Newman Press, [1959], págs. 37 y 151-153

Pregunta: Ahora bien, ¿qué cambio ha introducido la secta Novus Ordo en esta enseñanza?

Respuesta: Puesto que la apostolicidad es una de las características de la verdadera Iglesia, y puesto que poseer la autoridad y los poderes de los Apóstoles está entre los requisitos de la sucesión apostólica, esta secta, habiendo presentado a las Iglesias no católicas como las verdaderas Iglesias de Cristo, tuvo que idear una solución a este problema; pues es evidente que los sacerdotes de las Iglesias no católicas no tienen comunión con el Papa y no han recibido de él el poder jurisdiccional necesario para gobernar una diócesis.

Para resolver este problema, en contra de la doctrina católica, enseñaban que los obispos no católicos, en virtud de su consagración episcopal, adquirían tanto los munera como los poderes necesarios para gobernar una diócesis. Y dado que las sectas no católicas poseen una consagración episcopal válida, estos poderes también existen en ellas a pesar de su herejía y cisma. Por lo tanto, según esta secta, los sacerdotes no católicos poseen munera, poderes, misión y sucesión apostólica válidos. En consecuencia, desde la perspectiva de esta secta, el fundamento de la sucesión apostólica, así como la fuente del poder de un obispo en una diócesis, es, como han afirmado claramente, la consagración episcopal.

Pregunta: Cite los textos de la secta Novus Ordo relativos a este asunto.

Respuesta: Respecto a esto, leemos:

21. (…) La consagración episcopal, junto con el oficio de santificar, confiere también los oficios de enseñar y de regir (…) es cosa clara que por la imposición de las manos y las palabras de la consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y se imprime el sagrado carácter, de tal manera que los Obispos, de modo visible y eminente, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice, y actúan en lugar suyo

- Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 21 de noviembre de 1964

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2. (…) los Obispos, por su parte, puestos por el Espíritu Santo, ocupan el lugar de los Apóstoles como pastores de las almas (…) Cristo dio a los Apóstoles y a sus sucesores el mandato y el poder de enseñar a todas las gentes y de santificar a los hombres en la verdad y de apacentarlos. Por consiguiente, los Obispos han sido constituidos por el Espíritu Santo, que se les ha dado, verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores.

- Concilio Vaticano II, Christus Dominus, 28 de octubre de 1965

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Lata 375

§1. Los obispos, que por institución divina suceden a los apóstoles por medio del Espíritu Santo que les ha sido dado, son constituidos pastores en la Iglesia, de modo que son maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno.

§2. Mediante la consagración episcopal misma, los obispos reciben con la función de santificar también las funciones (munera) de enseñar y gobernar.

- Juan Pablo II, Código de Derecho Canónico, 25 de enero de 1983

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815. ¿Cuáles son estos lazos de unidad? (…) — la sucesión apostólica a través del sacramento del Orden Sagrado.

875. (…) Nadie puede arrogarse el mandato y la misión de proclamar el Evangelio (…) Este hecho presupone que los ministros de la gracia, autorizados y facultados por Cristo, reciben la misión y la facultad del poder sagrado (sacram potestatem) para actuar in persona Christi Capitis. El ministerio en el que los emisarios de Cristo hacen y dan por la gracia de Dios lo que no pueden hacer y dar por sus propias fuerzas, es llamado «sacramento» por la tradición de la Iglesia. En efecto, el ministerio de la Iglesia se confiere mediante un sacramento especial.

1556. Para cumplir su excelsa misión, “los apóstoles fueron dotados por Cristo con un derramamiento especial del Espíritu Santo que descendió sobre ellos, y por la imposición de manos transmitieron a sus auxiliares el don del Espíritu, que se transmite hasta nuestros días “a través de la consagración episcopal”.

1558. La consagración episcopal confiere, junto con el oficio de santificar, también los oficios (munera) de enseñar y gobernar… En efecto… mediante la imposición de manos y las palabras de la consagración, se otorga la gracia del Espíritu Santo y se imprime un carácter sagrado de tal manera que los obispos, de forma eminente y visible, toman el lugar del mismo Cristo, maestro, pastor y sacerdote, y actúan como su representante en su persona. Por consiguiente, en virtud del Espíritu Santo que les ha sido dado, los obispos han sido constituidos verdaderos y auténticos maestros de la fe y han sido hechos pontífices y pastores.

1576. Puesto que el sacramento del Orden Sagrado es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los obispos, como sucesores de los apóstoles, transmitir el don del Espíritu Santo, la línea apostólica. Los obispos válidamente ordenados, es decir, aquellos que se encuentran en la línea de sucesión apostólica, confieren válidamente los tres grados del sacramento del Orden Sagrado.

- Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, 11 de octubre de 1992

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176. ¿Qué es la sucesión apostólica?

La sucesión apostólica es la transmisión, mediante el sacramento del Orden Sagrado, de la misión y potestad (potestate) de los Apóstoles a sus sucesores, los obispos.

179. (…) Cristo instituyó una jerarquía eclesiástica con la misión de alimentar al pueblo de Dios en su nombre y para ello le otorgó autoridad. La jerarquía está formada por ministros sagrados: obispos, presbíteros y diáconos. Gracias al sacramento del Orden, obispos y presbíteros ejercen su ministerio en el nombre y la persona de Cristo, la Cabeza.

181. (…) cada ministro, en virtud del sacramento del Orden Sagrado, es responsable ante Cristo que lo llamó personalmente y le confirió su misión.

326. (…) La ordenación episcopal (…) hace del obispo un legítimo sucesor de los apóstoles y lo integra en el colegio episcopal (…) Le confiere los oficios de enseñar, santificar y gobernar.

- Benedicto XVI, Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 28 de junio de 2005

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8. (…) en China también la Iglesia es gobernada por obispos que, mediante la ordenación episcopal conferida por otros obispos válidamente ordenados, han recibido, junto con el oficio santificante, los oficios (munera) de enseñar y gobernar al pueblo que les ha sido confiado en sus respectivas Iglesias particulares, con un poder (potestate) que es conferido por Dios mediante la gracia del sacramento del Orden Sagrado.

- Benedicto XVI, Carta a los obispos de China, 27 de mayo de 2007

Pregunta: ¿Esta sección, en el nuevo Código de Derecho Canónico, ha previsto algún equivalente para los cánones 108 y 109 del Código de Derecho Canónico de 1917, que expresaban la constitución divina de la Iglesia?

Respuesta: No; debido a que esos cánones eran totalmente contrarios a su nueva eclesiología, fueron eliminados por completo del Código de Derecho Canónico y no se proporcionó ningún equivalente para ellos en el Código de Derecho Canónico de 1983.

Pregunta: ¿No es precisamente por eso que los líderes de la secta del Novus Ordo presentan repetidamente a las Iglesias no católicas como poseedoras de la Sucesión Apostólica?

Respuesta: Sí; como leemos:

15. (…) estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos y, sobre todo por su sucesión apostólica

- Concilio Vaticano II, Unitatis Redintegratio, 21 de noviembre de 1964

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17. (…) Iglesias ortodoxas orientales, que, aunque separadas de la Sede de Pedro, permanecen unidas a la Iglesia católica por medio de vínculos muy estrechos, como la sucesión apostólica.

- Congregación para la Doctrina y la Fe bajo Juan Pablo II, Carta a los obispos de la Iglesia Católica, 28 de mayo de 1992

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1399. Las iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica celebran la Eucaristía con gran amor. “Estas Iglesias, aunque separadas de nosotros, poseen verdaderos sacramentos, sobre todo por sucesión apostólica”.

- Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, 11 de octubre de 1992

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29. Los obispos y sacerdotes tienen el deber ante Dios de respetar la autoridad que el Espíritu Santo ha dado a los obispos y sacerdotes de la otra Iglesia.

- Comisión Internacional Conjunta para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa bajo el pontificado de Juan Pablo II, 23 de junio de 1993

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62. Con el venerable Patriarca de la Iglesia de Etiopía, Abuna Paulos, que me visitó en Roma el 11 de junio de 1993, hemos puesto de relieve la profunda comunión existente entre nuestras dos Iglesias: “Compartimos la fe transmitida por los Apóstoles, así como los mismos sacramentos y el mismo ministerio, que se remontan a la sucesión apostólica. Hoy, además, podemos afirmar que profesamos la misma fe en Cristo, a pesar de que durante mucho tiempo esto fue causa de división entre nosotros”.

- Juan Pablo II, Ut Unum Sint, 25 de mayo de 1995

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2. (…) En nuestras Iglesias la sucesión apostólica es fundamental (…) la Comisión Conjunta ha podido declarar que nuestras Iglesias se reconocen entre sí como Iglesias Hermanas, responsables juntas de salvaguardar la única Iglesia de Dios.

- Juan Pablo II, Declaración común con el patriarca cismático Bartolomé, 29 de junio de 1995

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17. (…) Las Iglesias que no están en perfecta comunión con la Iglesia católica pero se mantienen unidas a ella por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión apostólica...

- Congregación para la Doctrina y la Fe bajo Juan Pablo II, Dominus Iesus, 6 de agosto de 2000

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4. (…) la Iglesia Católica reconoce la misión que las Iglesias Ortodoxas están llamadas a llevar a cabo en los países donde han estado arraigadas durante siglos.

- Juan Pablo II, Discurso, 12 de octubre de 2002


 
 

VIGANÒ: “LA IGLESIA SINODAL ES UN CADÁVER”

Monseñor Viganò ha cambiado su postura y decide volver sobre sus pasos.



Primera Parte aquí.

Segunda Parte aquí.


En esta tercera parte de la entrevista concedida a Lifesite, monseñor Viganò se centra en sus reflexiones sobre los límites de la obediencia, la legitimidad de resistir el error doctrinal, las acusaciones de sedevacantismo que se le imputan y, finalmente, lo que él considera que es el camino hacia la restauración de la doctrina, la liturgia y el gobierno católicos.

LifeSite: En varias ocasiones, usted ha dicho que sus peticiones de aclaración teológica a León XIV quedaron sin respuesta. ¿Cómo interpreta el hecho de que un papa que insiste tanto en el diálogo, la reconciliación y la escucha esté dispuesto a reunirse con interlocutores muy alejados de la doctrina católica (pienso en James Martin o en la supuesta “arzobispa” de Canterbury), pero no parezca dispuesto a entablar un diálogo con un arzobispo que le pide públicamente que dé explicaciones sobre cuestiones teológicas fundamentales?

Arzobispo Viganò : Lo interpreto como la prueba más clara de lo que llevo defendiendo desde hace años. El “diálogo” de la iglesia sinodal no es diálogo: es un mecanismo selectivo. La iglesia sinodal dialoga con los no creyentes, porque con los no creyentes no hay nada que defender; no dialoga con los creyentes, porque estos plantean preguntas que la iglesia sinodal no quiere responder. La audiencia que se me concedió fue cancelada sin explicación; durante esos mismos días, una “arzobispa” anglicana fue recibida con honores e impartió su bendición en la tumba de San Pedro. La secuencia de los hechos habla por sí sola.

Le escribí tres cosas sencillas a León: le pedí una audiencia; le pedí que se arrepintiera y me confirmara en la fe, como Cristo le mandó a Pedro; y le pedí que me dijera en qué sentido contradigo el Depositum Fidei, porque le habría mostrado lo que creo punto por punto y le habría dicho cómo pienso continuar.

No recibí respuesta alguna. Y la razón no es ni distracción ni exceso de trabajo: es que responder le habría exigido decir lo que cree la iglesia sinodal y, por lo tanto, confesar en qué se diferencia de lo que la Iglesia Católica siempre ha creído. El silencio le sirve para preservar la ambigüedad; la excomunión lo exime de refutar. Pero el silencio es en sí mismo una respuesta, y la más elocuente. Un papa que recibe a James Martin y no recibe a un arzobispo que le pide la confirmación en la fe ya ha dejado claro de qué lado está.

LSN: Se le objeta que separar la institución de la persona del sucesor de Pedro produce un papado abstracto y desencarnado —casi un nestorianismo eclesiológico— y que el principio Prima Sedes a nemine judicatur (“La Primera Sede no es juzgada por nadie”) prohíbe a los fieles juzgar al pontífice. ¿Cómo responde usted?

Viganò: Respondo que la acusación está teológicamente invertida. Nestorio dividió lo que en Cristo está unido hipostáticamente, es decir, en la misma Persona del Verbo: una división imposible, porque esa unión es sustancial e indisoluble. Pero la unión de un hombre con el oficio papal no es hipostática: es jurídica y moral.


El papa no es Cristo: es su Vicario, y el término Vicarius Christi encierra la distinción que se me reprocha, puesto que un vicario es, por definición, aquel que no se identifica con aquel en cuyo lugar actúa. El cónclave no altera la naturaleza del hombre: le confiere un cargo. El hombre que entra en la Capilla Sixtina y el que sale de ella son el mismo hombre, con la misma alma que salvar y los mismos pecados que enmendar; lo que se le añade es poder, no una segunda naturaleza. La gracia del Estado lo asiste, no lo transfigura, y como toda gracia, puede aceptarse o rechazarse.

Si, pues, alguien incurre aquí en un error cristológico, son aquellos que distinguen lo que legítimamente es distinto: son quienes funden la persona y el oficio en una sola sustancia, tal como los monofisitas fundían las dos naturalezas. Conocemos el nombre de ese error, y no es el nestorianismo: es la papolatría.

Además, ni yo ni los tradicionalistas inventamos esta distinción: la hizo la Santa Iglesia, con palabras que valdría la pena releer. Cuando el Tercer Concilio de Constantinopla anatematizó a Honorio, y el Papa León II confirmó su condena, utilizaron la siguiente fórmula: hanc apostolicam sedem non apostolicæ traditionis doctrina lustravit – “no iluminó esta Sede Apostólica con la doctrina de la Tradición apostólica”.

Que cada palabra sea sopesada: hay una Sede, que tiene su propia doctrina y su propia luz; y hay un hombre que debía servir a esa Sede, y no lo hizo. El reproche no va dirigido a la Sede, sino a quien la preside, y se formula en nombre de la Sede. Esta es la distinción por la que hoy se me reprocha, la misma que formuló un Pontífice al ratificar un Concilio ecuménico.

Consideremos lo que se deduce de esto. La condena recayó sobre Honorio, no sobre la Iglesia romana: nadie afirmó que la Sede de Pedro hubiera cometido un error. Si quien preside la Sede y la Sede misma fueran una misma cosa, condenar a uno habría significado condenar al otro, y la indefectibilidad de la Iglesia romana se habría derrumbado en ese mismo instante. Que la Iglesia pudiera condenar a un papa sin colapsar es la prueba, no la excepción, de lo que sostengo.

Para mayor claridad, agrego que Honorio no fue condenado por definir una herejía, sino por no extinguir el fuego que tenía el deber de apagar; y que la sentencia provino después de su muerte, de un Concilio y un Papa, no de particulares. Pero esto es precisamente lo que fortalece el ejemplo, no lo debilita: demuestra que el cargo resistió el fallo de la persona, que el Depósito no se vio afectado por la negligencia de quien debía custodiarlo, y que la Sede se mantuvo firme incluso cuando quien la ocupaba no lo hizo.

En cuanto al principio Prima Sedes a nemine judicatur (La Primera Sede no es juzgada por nadie), léase atentamente el sujeto de la proposición: no se refiere a la Sede (o quien preside), sino a la Sede misma. Es la Primera Sede la que no es juzgada, y por una razón precisa: puesto que el cargo que ejerce es universal, no existe jurisdicción en la tierra superior a ella, y por lo tanto, ningún tribunal puede estar por encima de ella. La inmunidad es ratione Sedis, no ratione personæ: protege el cargo, no a quien lo ocupa. Aplicarla a quien preside la Sede en lugar de a la Sede misma implica cometer precisamente la confusión entre ambos términos que denuncio; de modo que el argumento esgrimido en mi contra, tras un examen minucioso, constituye la mejor confirmación de mi tesis.

Que aquel que se sienta en la Sede siempre ha estado sujeto a un posible juicio lo afirma la historia, y antes de la historia, la Sagrada Escritura. Esto no es una anécdota transmitida por los hombres: es el Espíritu Santo quien quiso plasmar en el Canon inspirado la escena de Antioquía (cf. Gál 2,11 y 14). Cum autem venisset Cephas Antiochiam, in faciem ei restiti, quia reprehensibilis erat (Pero cuando Pedro llegó a Antioquía, me opuse a él cara a cara, porque estaba condenado); y un poco más adelante: dixi Cephæ coram omnibus (Hablé con Cefas delante de todos).

Pablo reprende a Pedro, y lo reprende delante de todos, en asamblea. Si el que preside la Sede estuviera exento de todo juicio, esa página no se habría escrito, o se habría escrito para que cayera en el olvido; en cambio, es la Palabra de Dios, y la Iglesia la ha leído durante los últimos veinte siglos.

San Agustín sacó de allí la conclusión que hace suya Santo Tomás de Aquino: ipse Petrus exemplum majoribus præbuit ut, sicubi forte rectum tramitem reliquissent, non dedignentur etiam a posterioribus corrigi – “Pedro mismo dio a los superiores el ejemplo de no desdeñar ser corregidos incluso por los inferiores, si se hubieran desviado del recto camino” (cf. S. Th. , II-II, q.33, a.4, ad 2). El Doctor Angélico añade la regla que rige precisamente nuestro caso: ubi immineret periculum fidei, etiam publice essent prælati a subditis argumentndi – “dondequiera que un peligro amenace la fe, los prelados deben ser reprendidos por sus súbditos, incluso públicamente”.

Por eso, quienes hoy aplican el criterio de la Tradición no están “juzgando al Papa”, sino la conformidad de una doctrina con el Depósito. Si no fuera así, la Tradición dejaría de ser un criterio válido. Quod semper, quod ubique, quod ab omnibus (Lo que siempre se ha creído, en todas partes y por todos) se convertiría en letra muerta, y San Pablo habría escrito en vano que ni siquiera un ángel del Cielo puede anunciar otro Evangelio.

El “papado abstracto” —si se me permite llamarlo así— es suyo. Es el papado de quienes lo definen en función de quien lo ocupa y permiten que se llene con cualquier contenido que esa persona le atribuya. El papado al que me refiero, sin embargo, es concreto: Tu es Petrus, confirma fratres tuos, pasce oves meas (Tú eres Pedro; fortalece a tus hermanos; apacienta mis ovejas). El cargo tiene un contenido determinado, y precisamente por tenerlo, es posible comprobar cuándo quien lo ostenta no lo cumple.

LSN: Muchos de sus críticos sostienen que la distinción entre el papado y la persona del papa, llevada a las consecuencias que usted extrae de ella, conduce inevitablemente al sedevacantismo: si el papa es el primer enemigo del papado, ¿en qué sentido sigue siendo papa? ¿Qué responde a quienes le dicen que su postura es sedevacantista sin tener el valor de declararse como tal?

Viganò: Respondo que el sedevacantismo y la papolatría son dos errores simétricos, nacidos de la misma premisa: que la persona y el cargo coinciden. El papólatra dice: puesto que este hombre es papa, todo lo que hace es bueno. El sedevacantista dice: puesto que lo que hace no es bueno, este hombre no es papa.

Ambas posturas parten de la identificación que yo cuestiono, y por ello ambas se ven desarmadas ante la realidad. Yo, en cambio, afirmo lo único que los hechos permiten: que el oficio pertenece a Cristo, que quien lo ocupa hoy lo ocupa verdaderamente, pero que lo ejerce en contra del fin para el que existe.

Que un pontífice pueda fallar en su mandato no es mi tesis: la cuestión del papa hæreticus fue debatida durante siglos por los teólogos más autorizados, y la Iglesia nunca la resolvió con una definición.

San Roberto Belarmino enumeró las opiniones sin cerrar la cuestión y dio a los fieles la regla práctica que me basta: sicut licet resistere Pontifici invadenti corpus, ita licet resistere invadenti animas – “así como es lícito resistir al Pontífice que ataca el cuerpo, también es lícito resistirlo cuando ataca las almas”. Resistir: no deponer.

Porque ese es precisamente el punto. Deponer a un papa o declarar vacante la Sede es un acto de jurisdicción, y ningún particular —sea obispo o laico— posee la jurisdicción para llevarlo a cabo.

Quien se arroga tal poder comete, a la inversa, el mismo abuso que reprocha a Roma: se erige en la medida de aquello de lo que solo es custodio. Y sufre las consecuencias: una Iglesia sin una Sede visible, sin la posibilidad de un futuro papa por los cauces ordinarios, sin otro criterio que el juicio privado de quienes la han declarado vacante. Es un camino que termina en un callejón sin salida, y he visto cómo se cierra sobre demasiadas almas sinceras.

Existe, pues, una razón más humilde, y para mí, decisiva. Desconozco la solución definitiva a este misterio, y no pretendo conocerla: un papa o un concilio la resolverán, o el mismo Señor cuando Él lo desee. Pero sé cuál es mi deber mientras tanto, y no requiere ninguna sentencia jurídica. No me corresponde deponer a un papa, ni seguirlo en el error, y como pastor tengo el deber de advertir al rebaño del Señor.

LSN: Tras haber denunciado durante años lo que usted considera una crisis de autoridad sin precedentes en la Iglesia, y después de haber abordado en su libro la distinción entre el papado como cargo y la persona del papa, ¿cuál cree que es la mejor manera de salir de esta crisis? ¿Cómo puede la Iglesia recuperar la integridad de la fe, la certeza de la doctrina y, sobre todo, una autoridad verdaderamente fiel al mandato petrino?

Viganò: No encontraremos la solución mediante recursos humanos, y sería presuntuoso pretender diseñarla desde un escritorio. Sin embargo, algunas cosas son ciertas, porque la historia de la Iglesia así lo demuestra.

La primera es que la crisis terminará cuando la autoridad vuelva a cumplir con el propósito para el que Cristo la estableció: un papa que, con un acto solemne, condene los errores del concilio Vaticano II y del período posconciliar, restaure la liturgia de la Iglesia, restablezca la disciplina y repudie la sinodalidad como algo ajeno a la constitución divina de la Iglesia. Humanamente hablando, hoy no es evidente cómo podría suceder esto, puesto que toda la jerarquía está corrupta y entre quienes podrían realizar tal acto no hay ni uno solo que muestre el deseo de hacerlo. Sin embargo, no se trata de una esperanza utópica: es lo que los papas siempre han hecho frente a las herejías, y lo que un día se hará, porque portæ inferi non prævalebunt (Las puertas del infierno no prevalecerán). Si hemos llegado al final, y ya no hay un papa que lo lleve a cabo, Nuestro Señor mismo lo hará en su gloriosa segunda venida.

La segunda certeza nos concierne, mientras tanto. Nuestra tarea no es declarar vacante la Sede ni resignarnos a una obediencia que nos convertiría en cómplices. Es permanecer católicos: preservar la fe intacta, celebrar y asistir a la Misa de todos los tiempos, formar sacerdotes y obispos puros, resistir los mandatos ilícitos con la firmeza de los santos y sin perder jamás la caridad. No es casualidad que donde sobrevive la Tradición, florezcan las vocaciones, las familias y los jóvenes: la Iglesia de todos los tiempos está viva, y la Iglesia sinodal es un cadáver: iam fœtet (a estas alturas apesta). Quien permanece fiel hoy prepara la restauración del mañana, como los monjes durante los siglos de barbarie.

La tercera certeza es sobrenatural, y es la más importante. Esta crisis es una prueba permitida por Dios para purificar a su Iglesia, y como toda prueba, pasará. El katéchon humano puede ser removido; pero Aquella que prometió: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”, permanece. Recemos el Santo Rosario, hagamos penitencia y reparemos nuestros pecados, y pidamos a la Santísima Virgen que nos conceda un papa que sea verdaderamente Pedro.