miércoles, 30 de agosto de 2023

EL “TESTAMENTO ESPIRITUAL” DEL PADRE ARRUPE



Renovación Espiritual 

Primera pregunta que debemos hacernos, una y otra vez, en todas las etapas de nuestra vida de jesuitas: en qué punto nos hallamos respecto a nuestra experiencia de Dios, “en primer lugar atienda a Dios, y luego a la manera de ser de este Instituto que es un camino hacia Él” (Fórmula del Instituto). 

El mundo se seculariza. La Compañía acepta este hecho. Más aún, saca las consecuencias de él, a fin de adaptar su género de vida y sus formas de apostolado; y está dispuesta a hacerlo mucho más todavía. Pero se impone una condición: que nuestro encuentro personal con Dios dé a nuestra vida su sello de absoluto, de exigencia radical, de respuesta incondicional. 

Este encuentro con Dios toma, naturalmente, muchas formas según los carismas y temperamentos. Pero siempre será una adhesión a Cristo, un descubrir por Él el amor del Padre, una disponibilidad permanente para dejarse guiar por su Espíritu. 

Ahora bien, actualmente en la Compañía hay que hacer hincapié en este punto básico –a veces no sin valentía– como una condición de vida y como un criterio para enjuiciar nuestra actuación. 
1. ¿Cuál es la experiencia personal de cada uno de nosotros en este encuentro con Cristo? 

2. ¿Es para nosotros el Evangelio la revelación personal del Verbo de Dios, simplemente un conjunto de valores religiosos o sociales que hay que defender? 

3. Desde el punto de vista del ministerio sacerdotal, de la inserción profesional, de la proclamación de la Palabra, de la ayuda al desarrollo de los pueblos, etc., ¿llevan nuestros compromisos apostólicos el sello de esa misión, cuyo sentido consiste en revelar a los hombres el amor que Dios les tiene? 

4. Nuestro comportamiento psicológico, afectivo, intelectual, artístico, social, ¿revela –incluso sin que sea necesario ni posible nombrarla– esa presencia interior de la cual vivimos y es la única garantía eficaz para el Reino de Dios? 

5. Aunque las palabras renuncia o abnegación tengan para nosotros un sentido ambiguo, ¿aceptamos realmente participar de la “kénosis” de Cristo y de su misión de Siervo? 
Se nos ocurren estas preguntas y muchas más para enjuiciar la autenticidad de nuestro comportamiento como jesuitas. Con demasiada frecuencia hablamos de vivir de Cristo, de discernir su Espíritu, de humildad, de pobreza, e incluso de oración, sin que esto responda a una experiencia cuyas exigencias queremos vivir hasta el fondo; en ese caso, se convierten en palabras vacías, en teorías que, o no llegamos a experimentar personalmente, o las desmentimos de hecho. Nuestra renovación espiritual pasa primero por un esfuerzo de sinceridad, de autenticidad, de rechazo de la “hipocresía” farisaica, y de unidad profunda de nuestra personalidad interiormente transformada o transfigurada por una gracia operante que reconocemos y confesamos. 

La libertad interior (indiferencia), o positiva disposición a dejarse dirigir por el Espíritu Santo, es absolutamente necesaria para la adaptación y la renovación apostólica, tanto más cuanto que no podemos quedarnos en veleidades del tipo de la del segundo binario de hombres (EE 154). Cuanto mayor sea la libertad interior, menos limitación habrá en el dinamismo apostólico: el que goza de libertad interior puede hacer planes apostólicos sin temor a nada ni a nadie. 

Interroguémonos acerca de la clase de encuentro, de diálogo, de unión, de docilidad al Espíritu de Cristo, que tratamos de insertar en nuestras vidas. Las palabras tienen sólo una significación aproximada: hay que rebasarlas para encontrar una verdad escueta y extraer todas sus consecuencias: Cristo vive, habla y actúa recibiendo de su Padre su ser, su palabra y su acción; y in Christo, participando de sus relaciones con el Padre, se desarrolla toda nuestra vida. 

De donde se desprende lo siguiente: En qué situación nos encontramos respecto a nuestra oración (con lo que necesariamente comporta de adoración, purificación, disponibilidad, llamamiento a trabajar por el Reino universal de Cristo). Hay que repetir incansablemente a todos los jesuitas que su vocación, más que cualquier regla o control, es la que les obliga a la oración; y por eso mismo, su responsabilidad está gravemente comprometida. Y que la Compañía mantiene esto como criterio para juzgar la fidelidad a la vocación.


1. “Encontrar en todo a Dios” 

Para un jesuita esta fórmula expresa un ideal que debe ir alcanzando poco a poco por medio del apostolado. El trabajo es un medio de unión con Cristo, y de hacer esta unión más profunda por una absoluta mortificación de sí mismo; pero con tal que se realice en caridad, es decir, por el amor que Dios nos da y recibimos sin cesar. Hay que deshacer dos equívocos: 

Persuadirse a la ligera de haber cumplido las condiciones de un trabajo que santifica; cuando se ha obrado sólo por actividad natural. 

Creer que lo primero es la oración y que el trabajo va después; siendo así que éste, realizado bajo la acción del Espíritu Santo, lleva en sí el medio de progresar en la unión con Dios. 

Habría que añadir una intención: favorecer con empeño el intercambio y la comunicación en el plano espiritual. Nos ayudará a ello la práctica de un verdadero discernimiento comunitario; porque la comunicación de las experiencias interiores es un medio magnífico para unificar una comunidad. (24 junio 1971).


2. Integración Espiritual y Apostólica 

Mi propósito ahora es continuar este múltiple diálogo -que es búsqueda conjunta y progresiva de la voluntad del Señor-, proponiendo algunos temas para guiar el proceso de reflexión y de examen que nos pide la Congregación General. Empiezo planteando una pregunta: 
¿Cómo podríamos asegurar y robustecer nuestra vida espiritual y nuestro apostolado, como un todo perfectamente integrado, de forma que nuestra vida y actividades resulten realmente evangelizadoras y anuncien eficazmente a Jesucristo hoy?
Pregunta que yo desglosaría en estas otras dos: 
– ¿Nuestra espiritualidad, tal y como vivimos en la práctica, es tal, que nos permita vivir nuestra vida apostólica con la creatividad, disponibilidad, riesgo y compromiso que requiere la CG.?

– ¿Nuestra manera de concebir y ejercer de hecho nuestra misión apostólica hoy, individual y comunitariamente, es tal, que refleje una espiritualidad profunda y nos permita desarrollarla y sostenerla?
No se trata, como bien podéis suponer, de preguntas retóricas. Me lleva a hacérmelas, y a proponéroslas, la constatación de que, al lado de un prometedor resurgir espiritual y de un nuevo dinamismo apostólico, hay en la Compañía síntomas de un real deterioro en ambos aspectos y de una estéril dicotomía que no los íntegra suficientemente, de modo personal, en bastantes de los jesuitas. Esto da lugar, como consecuencia, a situaciones de insatisfacción, de desgaste y desilusión personal por un lado y a tensiones individuales y comunitarias por otro. Se constatan también formas de actividad, nuevas y antiguas, que acaparan por entero la generosidad de no pocos de nuestros hombres. Por otro lado se constata la existencia de una práctica fiel en apariencia a expresiones tradicionales de nuestra vida espiritual, pero a la que no corresponde la creatividad apostólica que requiere hoy la evangelización de una nueva sociedad.


Problema fundamental: ser, de hecho, “in actione contemplativus” 

Estas consideraciones no agotan, por supuesto, toda la realidad, que es mucho más compleja y más rica, pero sí revelan un verdadero problema de fondo, a saber: la falta en no pocos de esa profunda experiencia personal de fe y también de esa integración real de la vida espiritual y apostolado (fe y misión) que han de penetrar y dinamizar todos los aspectos de nuestra vida. En otros términos, la necesidad de realizar también hoy de manera concreta el “in actione contemplativus”, de modo que no sea meramente una frase, un “slogan”, sino una realidad vivida. 

Propuestas: 
§ Tener hoy la intuición y el valor de realizar creativamente nuestras opciones apostólicas prioritarias, rompiendo generosamente con connaturales inercias, requiere una docilidad al Espíritu que no se consigue sino como un don, fruto de humilde escucha de ese Espíritu en el seno de una vida verdaderamente de oración. 

§ Mantener el sentido especificador, religioso, apostólico, sacerdotal, de todas nuestras actividades, aun las de cuño material más “secular”, sólo será posible desde una consciente vivencia espiritual personal, compartida comunitariamente. Más aún, cuando las exigencias de la misma evangelización sólo permitan o aconsejen una manifestación implícita de nuestra fe, tanto más viva habrá de ser esa fe en nosotros, más explícita para nosotros mismos la intencionalidad apostólica que nos justifica en esas actividades, y más exigente la coherencia de nuestra propia vida con esa fe. Todo ello es impensable sin un don de Dios implorado en humilde oración. 

§ Vivir hoy, en todo momento y en toda misión, el “in actione contemplativus”, supone un don y una pedagogía de oración que nos capacite para una renovada “lectura” de la realidad (de toda la realidad) desde el Evangelio y para una constante confrontación de esa realidad con el Evangelio. 

§ Finalmente, hoy, más quizá que en un cercano pasado, se nos ha hecho claro que la fe no es algo adquirido de una vez para siempre, sino que puede debilitarse y hasta perderse, y necesita ser renovada, alimentada y fortalecida constantemente. De ahí que vivir nuestra fe y nuestra esperanza a la intemperie, “expuestos a la prueba de la increencia y de la injusticia”, requiera de nosotros más que nunca la oración que pide esa fe, que tiene que sernos dada en cada momento. La oración nos da a nosotros nuestra propia medida, destierra seguridades puramente humanas y dogmatismos polarizantes, y nos prepara así, en humildad y sencillez, a que nos sea comunicada la revelación que se hace únicamente a los pequeños. 

Abrirnos a nuevas experiencias 

Este cuadro plural de circunstancias y de causas, nos hace aún más necesario el abrir responsablemente nuestra experiencia de oración. El Espíritu Santo enriquece en nuestros días la vida cristiana suscitando formas y estímulos de oración, de índole individual o comunitaria, algunos relativamente nuevos, otros patrimonio habitual de muchos jesuitas de todos los tiempos, hombres de empeñadísimo compromiso apostólico, como el mismo Ignacio, Javier, Fabro... Muchos de estos modos de auténtica experiencia espiritual pueden sin duda ser incorporados a nuestra existencia. 

Quiero en este sentido manifestar mi agradecimiento a los que, enviados por la Compañía en misión a situaciones de difícil inserción, se esfuerzan sinceramente por integrar, en estas nuevas circunstancias, contemplación y acción, y lo hacen con humildad, ayudándose en verdadero discernimiento de otros hermanos de la Compañía expertos en las cosas del espíritu. 

Si su experiencia de contemplación “a la manera de Ignacio” les lleva a ser captados renovadamente por la llamada de Jesucristo, Hijo de Dios, será experiencia auténtica, y nos harán a todos un gran servicio haciéndonos partícipes de ella. Necesitamos aprender todos. Sepamos oír a quienes el Señor se comunica. El Espíritu “sopla donde quiere”. 

Preguntarnos periódicamente, como deseaba S. Ignacio, y hasta de modo sistemático, después de cada jornada o al final de nuestras sesiones y encuentros de trabajo, sobre la obra que el Espíritu ha hecho en nosotros durante ese tiempo, sobre lo que el Señor ha querido significarnos, sobre lo que no hemos obrado según el Espíritu, etc., nos irá poco a poco educando a trascender los aspectos puramente técnicos y seculares de nuestro trabajo y a desarrollar nuestra actividad, con la especificidad que nos es propia como compañeros de Jesús. ¿No es ése el más profundo sentido del examen de conciencia ignaciano? 

Finalmente os invito a que en actitud de sincero discernimiento ante Dios Nuestro Señor os hagáis y os respondáis, individual y comunitariamente, preguntas como éstas:
1. ¿Mi actividad en la Compañía, tiene objetivamente en sí, en mi intención personal y en el modo de vivirla (objetivos, motivación, medios y procedimientos), toda la impronta apostólica que debe caracterizarla y especificarla en fuerza de mi vocación? 

2. ¿Cómo integro de hecho, vitalmente, en lo concreto. de mi existencia, mi experiencia de Dios y la acción apostólica más comprometida que me pide la Compañía? 

3. Mi experiencia personal de Dios, y la que comparto con mi comunidad, ¿es más que una formalidad externa que observo con fidelidad? ¿Qué he de hacer para que lo sea? 

4. ¿Hasta qué punto mi compromiso por la justicia brota de mi fe? ¿Y hasta qué punto mi fe es tan auténtica, que me proyecta apostólicamente en un real seguimiento del Jesús pobre y humillado que me compromete en la promoción de la justicia?

5. ¿Me ayudo del Superior y sé humildemente tomar consejo del director espiritual para concretar responsablemente mi tiempo y modo de oración a mis circunstancias concretas? 
Quiera el Señor ayudarnos a descubrir más y más profundamente, con clarividencia y con gozo, para nuestro momento presente y para el inmediato futuro, esa “espiritualidad de fuertes trazos”, esa “fuerte espiritualidad de San Ignacio”. No es otra la raíz viva de nuestra eficacia apostólica, la única que nos interesa, que no se funda en poder humano, sino pura-mente en “la fuerza de Dios”. (1 noviembre 1976)


Pedro Arrupe, hombre de todos 

Le conocí personalmente en mayo de 1965. En el momento mismo de ser elegido General de la Compañía de Jesús. Tenía entonces 58 años. Yo 40. Traía sobre sí una historia movidísima: alumno de los Escolapios (Bilbao), universitario (Madrid), jesuita en formación (Loyola, Bélgica, USA...), jesuita en activo, más de veinte años misionero en Japón (maestro de novicios, Provincial...) 

Le había conocido antes por las páginas de su autobiografía “Este Japón increíble”, que me cautivaron. Sobre todo como autorretrato de un hombre capaz de vivir en “encarnación permanente”, “haciéndose todo a todos”. Eso, que luego él divulgaría como “inculturación” y sobre lo que, desde la hondura de esta su experiencia personal, escribiría páginas definitivas. Me impresionó su primer gesto, apenas llegado a Japón, el de arrinconar definitivamente sus apuntes de filosofía y teología, laboriosamente preparados en Occidente para la evangelización que imaginaba, porque “a esta gente sólo le interesa experimentar como viven ésos que dicen que creen en Dios”. Y simplemente se dedicó a eso: a vivir su fe viendo como vivió Jesucristo. Así lo encontró el estallido de la primera bomba atómica. Y no pensó en otra cosa que en desvivirse por todos hasta la extenuación. Como lo había contemplado muchas veces en el autorretrato de Jesús, el buen samaritano de la parábola (Lc 10, 29-37). 

Poco después pude conocerle más, y más despacio, en el día a día, durante nueve años y medio, sus últimos como General, hasta el umbral mismo de su enfermedad terminal.

Necesito afirmar que, después de la fe (en la que incluyo la llamada del Señor a la Compañía de Jesús), estos años viviendo con Arrupe -1972-1981- han sido la gracia más importante de mi vida: 
j Porque es una gracia vivir con un hombre apasionado del mundo -de este mundo- apasionado de un Dios que no tiene otra voluntad que salvarlo liberando su libertad, la huella más divina que todo ser humano lleva dentro de sí. Por lo que esta salvación no se impone por ningún tipo de violencia, se ofrece, se “derrocha” (Ef 1,8) y ha de ser libremente recibida. 

j Es una gracia vivir con un hombre humilde que, porque cada día experimenta la opción de Dios por él, por su pobreza, es decidido y valiente a la hora de su opción por todos los pobres de todas las pobrezas y vive continuamente arriesgándose por encima de todo cálculo y de todo interés personal. Como evangélicamente pequeño, que es, todo lo debe, todo lo tiene, todo lo da. 

j Es una gracia vivir con un servidor voluntario a quien no hace falta decirle dónde está la necesidad, porque él mismo se anticipa a descubrirlo y moviliza toda su capacidad de respuesta y de recursos en ello (refugiados, ateísmo, inculturación, ecumenismo, problemas teológicos de naturaleza y transmisión de la vida, marxismo, diálogo interreligioso...) 

j Es una gracia vivir con un hombre que rebosa el optimismo de la misericordia, que no cierra los ojos al mal, pero los abre, penetrantes, al bien. El bien que obra Dios presente y activo en todo corazón humano. Por eso cree en el hombre, se fía, aunque le engañen, -y le engañaron!-, hace crecer a todos a costa de sí mismo. A su lado se crecía. 

j Es una gracia vivir con un “amigo fuerte de Dios”, un apasionado de Jesús, a quien se remite y refiere de continuo, sobre el que ha dejado páginas bellísimas. Como quien se explica por El, no se explica a sí mismo sin El, se justifica únicamente por El y necesita decirlo, con la vida y la palabra, cono la razón de su esperanza. “EN ÉL SÓLO LA ESPERANZA” fue lema de Ignacio de Loyola y suyo y será más tarde título de un compendio de páginas íntimas suyas. 

j Es una gracia vivir con un seguidor de ese Jesús, que, por eso, no se reserva, no discrimina, busca abiertamente a los discriminados. 

j Es una gracia vivir con un hermano de todos, a quien todo lo humano le resuena como propio, lo registra en su corazón, -como María-, y lo recuerda y lo revive en el momento oportuno, como algo siempre fresco, personal, a punto. 

j Es una gracia vivir con un hijo de la Iglesia, a quien le duelen las debilidades de su madre, pero no menos las críticas de quienes, -siendo, de hecho, y diciéndose, hijos suyos-, la miran y la maltratan como realidad ajena. Y sale siempre, inmediatamente, al paso de ambas. 
Corto, porque me lo mandan; no porque haya agotado la gracia de Dios de ese hombre, ambulante por todos los caminos del mundo y por todos los escenarios de los hombres, que fue PEDRO ARRUPE, hombre de todos y para todos. O, más todavía “por” todos. Como el Maestro. Todos se sintieron importantes a su lado. A nadie hizo sombra. Quienes le conocimos, le tuvimos, y le seguimos teniendo, por nuestro.

Ignacio Iglesias, SJ



SANTA ROSA DE LIMA: LAICA CÉLIBE POR VOLUNTAD DE NUESTRA SEÑORA

En Santa Rosa de Lima vemos lo que puede hacer una sola alma entregándose enteramente a Nuestro Señor y a Nuestra Señora.

Por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira


Medio siglo después de la conquista de América por los españoles, la ciudad de Lima, fundada al pie de la Cordillera de los Andes como capital del Virreinato del Perú, sufría tal corrupción de costumbres que San Francisco Solano la amenazó con castigos divinos, como el profeta Jonás amenazó a Nínive. La Divina Misericordia, sin embargo, ya estaba actuando en el alma de una niña capaz de hacer la expiación necesaria.

Rosa de Lima, nacida el 20 de abril de 1586, creció bajo el amparo de la Bondad Divina. Tomó el hábito de la Orden Terciaria de Santo Domingo a los 20 años, ofreciendo oración constante y sacrificios en su pequeño oratorio en el jardín familiar. Tenía solo 31 años cuando, en la noche de la fiesta de San Bartolomé (24 de agosto) en 1617, gritó: "¡El Esposo está aquí!" y entregó su alma a Dios.

El celo por la causa de Dios consumió a esta virgen. Cuando volvía los ojos a las naciones infieles de América del Sur, lloraba y sufría tormentos del alma. Aconsejó a menudo a los sacerdotes y monjes que acudieran a toda prisa en ayuda de esas naciones. Una vez pensó en adoptar a un niño para criarlo y luego encaminarlo a las misiones, pero su muerte impidió la realización de ese deseo.

Una vez, una flota holandesa de herejes protestantes se detuvo frente al puerto de Lima. Se dio la alarma en la ciudad para prepararse para una invasión. Rosa corrió a la Iglesia de Santo Domingo y como una guerrera se colocó ante el Sagrario para proteger a Nuestro Señor con su vida. Dios, sin embargo, quedó satisfecho con esa manifestación de su dedicación. La flota enemiga partió sin dañar la ciudad.

No sólo en Lima, sino en todo el Perú y América Latina, se recibieron milagros de conversión e innumerables gracias por intercesión de aquella humilde virgen, desconocida hasta su muerte. El Sumo Pontífice testificó que desde el descubrimiento del Perú, ningún misionero había producido nunca un espíritu de penitencia tan universal.

La joven que oraba y sufría en medio de la corrupción general de su ciudad deseaba vivir en el silencio y la oscuridad. Su acción después de la muerte, sin embargo, la convirtió en la Patrona del Perú, y el Papa Clemente X extendió su protección a toda América, las Islas Filipinas y la India.

Comentarios del Prof. Plinio:

Estos hechos de la vida de Santa Rosa de Lima nos permiten ver la condición de América Latina en ese momento. Tanto en Brasil como en Hispanoamérica, la llegada de los íberos produjo un trauma moral muy peligroso. Aquellos hombres que llegaron al Nuevo Mundo estaban movidos por una sed de aventura. Al llegar aquí, encontraron una exuberante flora tropical y un clima que favorecía la lujuria y la desnudez. La mayoría de ellos sucumbieron a una vida de inmoralidad y completa vulgaridad. Esto llevó a la nueva sociedad a un nivel muy bajo.

Nuestra Señora y el Niño Jesús con Santa Rosa de Lima, a la derecha , y Santa Catalina de Siena, a la izquierda

Santa Rosa de Lima entendió que a menos que hubiera una fuerte reacción asistida por la gracia, los planes de la Divina Providencia de traer a los íberos a América Latina se verían frustrados. El plan era hacer católicos a esos pueblos indios y formar un inmenso bloque católico que se extendiera desde México hasta el sur de Argentina y Chile.

En esa terrible situación moral, Dios llamó, no a un gran predicador para convertir a aquellos íberos e indios, sino a una persona con vocación universal para cambiar la vida de todos ellos. Esta persona era una mujer joven, Santa Rosa de Lima. A través de sus penitencias, sufrimientos y oraciones, logró en el ámbito de la Comunión de los Santos lo que se necesitaba para salvar no solo a su país, sino a otros. Su santidad influyó en toda América Latina y obró innumerables milagros y conversiones. Tanto en vida como después de su muerte, difundió el espíritu de la penitencia y la mortificación, algo muy difícil de aceptar para la gente.

Con esto detuvo en buena medida la corrupción general de las costumbres, e inmunizó a aquellos pueblos contra el espíritu de la Revolución.

Vemos lo que puede hacer una sola alma entregándose enteramente a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, renunciando a todas las ventajas y comodidades que el mundo puede dar y entregándose a la penitencia y a la Divina Misericordia. Si uno de nosotros decidiera ser santo, se podría hacer un bien indecible.

Esto debería animarnos a pedir esta gracia a Nuestra Señora y a Santa Rosa de Lima. 

Pidámosle a Santa Rosa de Lima, que tanto bien hizo por nuestro Continente para hacer de América Latina un verdadero Continente Católico para que pueda cumplir su misión de proveer pueblos fieles para el Reino de María.


Tradition in Action




martes, 29 de agosto de 2023

¿CÓMO RECONOCER UNA AUTÉNTICA BIBLIA CATÓLICA?

Respondiendo a una pregunta que nos repiten mucho, y sin afán de ser exhaustivo porque no somos peritos bíblicos ni teólogos, damos una respuesta simple que puede ilustrar a muchos.


Primero hay que responder cuáles Biblias no hay que usar:

1.- Latinoamericana

2.- Dios Habla Hoy (Protestante).

3.- Biblia de América.

4.- Biblia de Nuestro Pueblo.

5.- Mucho menos la pésima Biblia de los Jóvenes.

Y un largo etcétera.


¿Cuáles son las particularidades de las que acabamos de mencionar, así como de sus ediciones derivadas?

Se hicieron a partir del Concilio Vaticano II y por lo tanto, varios pasajes y palabras fueron alterados con fines ‘ecuménicos’ y hasta liberales Así que, como un Huevo Kínder Sorpresa, en cada nueva edición introducen cambios de traducción e interpretación.

Luego, introdujeron como comentaristas a teólogos modernistas y protestantes. 

En fin, fueron hechas para protestantizar a los católicos y a través ello de agradar a los protestantes.

Uno de los muchos nefastos resultados fue crear católicos deformados y aniñados.

Como nota adicional debemos decir que ni siquiera la Biblia de Jerusalén se salvó: en principio su edición fue ordenada por SS Pío XII como fruto de la Encíclica Divino Afflante Spiritu del año 1943, animando especialmente a los fieles a su lectura, meditación y estudio. 

La primera edición de la Biblia de Jerusalén fue lanzada en varios tomos, pero fue tanto el éxito y la difusión que tuvo, que se ordenó una edición en un solo tomo para que fuera de fácil adquisición entre el pueblo católico, siendo la primera edición en ese formato en el año 1966, y la segunda en 1975. 

Lamentablemente el modernismo también alcanzó a esta magnífica obra en su edición de un solo tomo, que a partir de las ediciones de 1998 comenzó a haber cambios en la traducción, para que finalmente, la edición del año 2022 cambiara las palabras “los haré pescadores de hombres” a “los haré pescadores de personas”. Cabe hacer mención especial que la llamada Edición Nauta (tamaño familiar) de la Biblia de Jerusalén de 1967 ó 1969 presenta como comentaristas a laicos modernistas, además de cambiar por completo las ilustraciones de arte sacro, poniendo en su lugar horribles imágenes de pinturas de Dalí, Picasso y hasta del comunista mexicano David Alfaro Siqueiros. 

Por lo tanto, en cuanto a la Biblia de Jerusalén se refiere, únicamente hay que adquirir las ediciones que sean de 1966 y 1975, aunque hayan sido impresas en años posteriores.


¿Y CUÁLES BIBLIAS DEBEMOS USAR Y PREFERIR?

1.- Vulgata Latina.

2.- La versión Felipe Scio de San Miguel.

3.- la versión de José Miguel Petisco.

4.- La indispensable versión de Mons. Félix Torres Amat.

5.- Las de Nacar Colunga,

6.- Bover Cantera (sobre todo hasta los años 60 del siglo pasado).

7.- Jerusalén, ediciones 1966 y 1975

8.- Y la mejor de todas en lengua castellana, por su erudición en los comentarios, tomados de los Padres Apostólicos, es la Biblia Comentada o Platense, de Mons. Juan Straubinger en sus ediciones de 1948, 1950, 1958, 1962 y 1969.

El común denominador de esta última lista, es que todas son conforme a la Tradición Católica auténtica: se basan en la Vulgata, así como los textos originales del Arameo y Griego. Con ellas no hay engaños modernistas ni protestantes.


IMPUREZA: EL CAMINO AL INFIERNO

Los impuros dicen: “Dios tiene compasión de nosotros que estamos sujetos a este vicio, porque sabe que somos carne”. 


¿Qué dices? Dios tiene compasión de este vicio. Pero debéis saber que los castigos más horribles con que Dios ha visitado jamás la tierra han sido atraídos por este vicio. 

San Jerónimo dice que este es el único pecado del que leemos que hizo que Dios se arrepintiera de haber hecho al hombre. Se arrepintió Aquel que había hecho al hombre... porque toda carne había corrompido su camino (Gen. vi. 6-12). Por lo cual, dice San Jerónimo: “no hay pecado que Dios castigue tan rigurosamente, incluso sobre la tierra, como este”

Una vez envió fuego del cielo sobre cinco ciudades, y consumió a todos sus habitantes por este pecado. Principalmente a causa de este pecado Dios destruyó a la humanidad, con excepción de ocho personas, mediante el diluvio. 

Es un pecado que Dios castiga, no sólo en la otra vida, sino también en esta. Para confirmar esto, sólo hay que entrar en los hospitales, y ver allí a los muchos pobres jóvenes, que una vez fueron fuertes y robustos, pero ahora son débiles, escuálidos, llenos de dolores, atormentados con lancetas y cáustico, y úlceras, todo por este maldito vicio. 

Porque me has olvidado y me has desechado a mis espaldas, ¿llevarás también tu maldad y tus fornicaciones? Porque -dice Dios- te has olvidado de mí y me has dado la espalda, por un miserable placer de la carne, estoy resuelto a que aún en esta vida pagues el precio de tu maldad.

Dices que Dios tiene compasión de los hombres sujetos a este pecado. Pero es este pecado el que envía a la mayoría de los hombres al infierno. 

San Remigio dice que “la mayor parte de los condenados están en el infierno por este vicio”. 

El padre Segneri escribe que “así como este vicio llena el mundo de pecadores, así llena el infierno de almas condenadas”; y antes de él San Bernardino de Siena escribió: “Este pecado atrae al mundo entero, por así decirlo, al pecado”

Y antes que él dijo San Bernardo que “el género humano está sometido al poder del demonio más por la lujuria que por todos los demás vicios”. La razón es que este vicio procede de la inclinación natural de la carne. Por eso dice el angélico Doctor, que “el demonio no se complace tanto en asegurar la comisión de otro pecado como de éste, porque la persona que se sumerge en este lodazal infernal, queda en él aprisionada, y casi del todo incapaz de librarse más”. 

“Nadie es tan obstinado en el pecado como el impuro”, dice Santo Tomás de Villanova. 

Además, este vicio priva a uno de toda luz, porque el hombre impuro se vuelve tan ciego que casi olvida a Dios por completo, dice San Lorenzo Justiniano; lo cual está de acuerdo con lo dicho por el profeta Oseas: “No pondrán sus pensamientos en volverse á su Dios, porque espíritu de fornicación está en medio de ellos, y no conocen a Dios”

“El hombre impuro no conoce a Dios; no obedece ni a Dios ni a la razón” -como dice San Jerónimo- “obedece sólo al apetito sensual que le lleva a actuar como una bestia”.

Este pecado, porque halaga, nos hace caer inmediatamente en el hábito, hábito que algunos llevan consigo hasta la muerte. 

Veis maridos y ancianos decrépitos, entregados a los mismos pensamientos y cometiendo los mismos pecados que cometieron en su juventud. Y debido a que los pecados de este tipo se cometen tan fácilmente, se multiplican sin número. 

Pregúntale al pecador cuántos pensamientos impuros ha consentido: te dirá que no puede recordar. Pero, hermano, si tú no puedes decir el número, Dios puede hacerlo; y sabes que un solo pensamiento inmodesto es suficiente para enviarte al infierno. 

¿Cuántas palabras inmodestas has dicho, en las que te deleitabas y con las que escandalizabas a tu prójimo? 

De los pensamientos y de las palabras se pasa a los actos, y a esas innumerables impurezas en las que se revuelcan como puercos esos desgraciados, sin quedar nunca satisfechos, porque este vicio nunca se satisface.



EL PAPA FRANCISCO Y SAN VICENTE DE LÉRINS

Vicente clamó “guarda el depósito, evitando las novedades profanas”. Pero Francisco afirmó que el depósito de la fe “no es algo estático”.

Por Mons. Thomas G. Guarino


Francisco ha recurrido a menudo a San Vicente de Lérins en busca de iluminación teológica. Más recientemente, en un vuelo el 29 de julio, Francisco dijo que Vicente proporcionó una regla “muy clara y esclarecedora” para un desarrollo doctrinal adecuado.

San Vicente ha tenido una carrera teológica bastante accidentada. Si bien su obra fundamental, el Commonitorium, fue popular cuando fue redescubierto en el siglo XVI (después de haber estado perdido durante un milenio) y siguió siendo popular durante varios siglos después, gradualmente cayó en desgracia. Sobre la base de una frase famosa: “Mantenemos esa fe que ha sido creída en todas partes, siempre y por todos” (ubique, semper, et ab omnibus), Vicente llegó a ser considerado un conservador rígido, con poca conciencia histórica.

Esta es una mala interpretación de la obra fundamental de Vicente. Por eso es alentador ver que Francisco no se ha dejado atrapar por la mala interpretación generalizada del leriniano. Por el contrario, Francisco enfatiza precisamente aquellos aspectos del razonamiento teológico de Vicente que lo convierten en un autor profético. Porque el teólogo de Lérins es uno de los pocos escritores cristianos antiguos que aborda la cuestión del desarrollo doctrinal a lo largo del tiempo, y lo hace de frente.

Cuando San Vicente escribió el Commonitorium en el año 434 d.C., algunos pensadores cristianos de la época argumentaban en contra del uso por parte de la Iglesia de términos como homoousios (consustancial) y Theotokos (María como portadora de Dios) que no se encontraban en la Biblia. Se opusieron expresamente a estas nuevas palabras por considerarlas ilegítimas. Pero Vicente argumentó que los términos novedosos eran correctos porque la doctrina cristiana necesariamente crece con el tiempo, así como una semilla se convierte en planta y un niño se convierte en adulto. De manera similar, estas nuevas palabras ayudan a desarrollar y aclarar el significado de las Escrituras. Vicente reconoce que todo lo necesario para la fe cristiana se encuentra in nuce en las Sagradas Escrituras. Pero también insiste en un crecimiento gradual y homogéneo en el tiempo.

Al notar que algunos preguntarán: “¿No hay progreso de la religión en la Iglesia de Cristo?”, Vicente responde: “¡Hay un progreso sumamente grande!” Este progreso, sin embargo, debe ser siempre un avance de la fe y no una deformación de la misma. La Doctrina se desarrolla de manera análoga a los seres humanos. Aunque una persona pasa por muchos cambios desde la juventud hasta la vejez, sigue siendo la misma persona, la misma naturaleza. Hay un crecimiento orgánico y arquitectónico a lo largo del tiempo, tanto en los seres humanos como en la doctrina cristiana. Pero este progreso, sostiene Vicente, debe ser de cierto tipo y forma, protegiendo siempre los logros doctrinales anteriores de la fe cristiana. Un cambio no puede crear un significado diferente. Más bien, las formulaciones posteriores deben ser “según la misma doctrina, el mismo significado y el mismo juicio” que las anteriores.

Más adelante en el Commonitorium, Vicente señala un punto frecuentemente citado por Francisco: “La doctrina cristiana también sigue esta ley del progreso. Se consolida a través de los años, se desarrolla con el tiempo, se refina con la edad”. Francisco ha citado su pasaje preferido de San Vicente muchas veces desde su elección en 2013, incluso en la encíclica Laudato Si'. Quizás sus comentarios más expansivos se encuentren en un discurso de 2017 sobre el Catecismo. Allí, Francisco afirmó audazmente que la pena de muerte es “per se contraria al Evangelio”. Y cita a San Vicente en defensa de esta posición, que implica, afirma Francisco, reconocer el compromiso de la Iglesia con la inviolable dignidad humana. Se trataría de “un desarrollo armonioso de la doctrina”.

Francisco continúa hablando de la Tradición de una manera que el leriniano respaldaría, describiendo la Tradición como “una realidad viva”. Volvió a invocar “la feliz formulación” de Vicente de que la doctrina cristiana “se consolida con los años, se amplía con el tiempo y se refina con la edad”. Seguramente Francisco tiene razón en que se trata de una frase crucial. Pero si tuviera que aconsejar a Francisco, lo alentaría a que tomara en cuenta todo el Commonitorium de San Vicente, no simplemente la selección que cita repetidamente.

Tened en cuenta que San Vicente nunca habla positivamente de los reveses. Un retroceso, para Vicente, no es un avance en la comprensión de la verdad por parte de la Iglesia; no es un ejemplo de una enseñanza “ampliada por el tiempo”. Por el contrario, las reversiones son el sello distintivo de los herejes. Los reveses indicarían que el mundo entero incorporado a Cristo Cabeza “se habría equivocado, habría blasfemado, no habría sabido qué creer”. Cuando condena las reversiones, Vicente siempre se refiere al intento de revertir o alterar las enseñanzas solemnes de los concilios ecuménicos. El leriniano se siente particularmente obsesionado por los intentos de revertir las enseñanzas de Nicea, como ocurrió en el Concilio de Ariminum (Rímini, 359 dC ), que, en su credo propuesto, eliminó la palabra crucial, homoousios (Consubstancialidad).

También invitaría a Francisco a invocar las saludables barreras que Vicente levanta para garantizar un desarrollo adecuado. Mientras que Francisco está cautivado por la frase de Vicente dilatetur tempore (“ampliada por el tiempo”), el leriniano también usa la sugerente frase res amplificetur in se (“la cosa crece dentro de sí misma”). El leriniano sostiene que hay dos tipos de cambio: un cambio legítimo, un profectus, es un avance (crecimiento homogéneo en el tiempo), como cuando un niño se convierte en adulto. Un cambio inadecuado es una deformación perniciosa, llamada permutatio. Se trata de un cambio en la esencia misma de alguien o algo, como un rosal que se convierte en meras espinas y cardos.

Hacer referencia a esta distinción podría ayudar a Francisco a mostrar cómo alguna enseñanza en particular representa un verdadero profectus fidei.

Otra barrera de seguridad es la afirmación vicenciana de que el crecimiento y el cambio deben ser in eodem sensu eademque sententia, es decir, según el mismo significado y el mismo juicio. Para el monje de Lérins, cualquier crecimiento o desarrollo a lo largo del tiempo debe preservar el significado sustantivo de las enseñanzas anteriores. Por ejemplo, la Iglesia ciertamente puede crecer en su comprensión de la humanidad y la divinidad de Jesucristo, pero nunca puede retroceder en la definición de Nicea. El idem sensus o “mismo significado” debe mantenerse siempre en cualquier desarrollo futuro. Francisco rara vez, o nunca, cita esta importante frase vicentina, pero se debe demostrar que cualquier llamado al cambio no es simplemente una alteración, o incluso una reversión de la enseñanza anterior, sino que, de hecho, in eodem sensu con lo que le precedió.

También aconsejaría a Francisco que evite citar a San Vicente para apoyar cambios, como ocurre con su enseñanza de que la pena de muerte es “per se contraria al Evangelio”. La comprensión orgánica y lineal del desarrollo de Vicente no incluye cambios en posiciones anteriores. San Vicente deposita su mayor confianza en el cuerpo unido de obispos que, juntos, dan testimonio de la fe cristiana en todo el mundo. Es probable que el teólogo de Lérins sostuviera que las revocaciones, especialmente las de posiciones antiguas, se sancionan mejor mediante un concilio ecuménico o, al menos, mediante el acuerdo general de todo el episcopado, aunque con el Papa al frente, dada la autoridad de su Sede.

A lo largo de su obra, Vicente clama con San Pablo: “Oh Timoteo, guarda el depósito, evitando las novedades profanas” (1 Tim. 6:20). En su discurso de 2017, Francisco afirmó que el depósito de la fe “no es algo estático”. Vicente estaría de acuerdo en que el depositum está vivo y crece, pero al mismo tiempo insistiría en que ese crecimiento debe estar profundamente relacionado y en continuidad con la Tradición dogmática anterior de la Iglesia.


El Rev. Mons. Thomas G. Guarino es profesor emérito de teología sistemática en la Universidad Seton Hall y autor de Vincent of Lérins and the Development of Christian Doctrine.


First Things


lunes, 28 de agosto de 2023

CUARTA PARTE DEL LIBRO "VIDAS DE LOS HERMANOS" (CAPÍTULO VI)

Continuamos con la publicación de la Cuarta Parte del antiguo librito (1928) escrito por el fraile dominico Paulino Álvarez (1850-1939) de la Orden de Predicadores.


CUARTA PARTE

DEL LIBRO INTITULADO

"VIDAS DE LOS HERMANOS" 

CAPÍTULO VI

CONTRA LOS NEGLIGENTES EN EL OFICIO DIVINO

I. Hubo en Inglaterra un Hermano, por nombre David, muy religioso y devoto, el cual en una enfermedad de que murió, llevado en espíritu al juicio de Dios, oyó a la Bienaventurada Virgen que se quejaba de aquellos que con negligencia, deprisa e irreverentemente, decían su Oficio; a la cual su Hijo Jesús respondía: “Enviemos éste a sus Hermanos para que los prevenga que no hagan nunca lo que otros”. Vuelto en sí del éxtasis dicho enfermo e incorporándose en su cama anunció lo que había oído y exhortó a los Hermanos a que con mayor devoción dijesen las Horas de la Reina del Cielo María; y esto dicho, al poco expiró.

II. En la misma Provincia de Inglaterra, estando ya exánime Fr. Ricardo, de repente exclamó: “Ay de vosotros los que con negligencia rezáis el Oficio! Pues quéjanse las almas del purgatorio de que tan tarde y tibiamente pagáis lo que les debéis y nada sobreañadís. ¡Ay! que la Bienaventurada Virgen, oyéndolo yo, se ha quejado de vosotros a su Hijo, porque eso poco que de Ella decís, con distraído e indevoto corazón lo decís, como cosa de ninguna importancia. He oído en el cielo una melodía cual no se puede imaginar en la tierra”. Dichas estas cosas descansó en el Señor.

III. Un Hermano antiguo en la Orden, de religiosa vida, refirió que cuando los Hermanos decían los Maitines de la Bienaventurada Virgen, había visto a Nuestra Señora con dos doncellas a la puerta del dormitorio, diciendo: ¡Fuerte! ¡fuerte! ¡Varones fuertes! Lo contó al Prelado para que amonestase a los Hermanos al amor de la Virgen y a decir con más devoción su Oficio. 


EL PROBLEMA DE LAS PARROQUIAS SIN PODER

¿Por qué la típica Parroquia Católica está perdiendo su poder de salvación?

Por Eric Sammons


Conozco a una familia católica que, desde cualquier punto de vista histórico, lo ha hecho todo bien. Son padres devotos, se toman en serio su fe y reciben regularmente los sacramentos. Catequizan a sus hijos, están muy implicados en su parroquia y ayudan a los necesitados de su comunidad. Sin embargo, todos sus hijos, al llegar a la edad adulta, dejaron de practicar la fe.

¿Por qué? Yo diría que se debe a que la típica Parroquia Católica está perdiendo su poder de salvación.

Antes de explicarlo, permítanme aclarar algo. Como todos los padres saben, educar a los hijos no es una ciencia. No hay un modo infalible de garantizar que tus hijos sigan siendo católicos practicantes después de dejar el nido. Los mejores padres pueden tener hijos que caen, e incluso las peores familias pueden producir santos. El libre albedrío y nuestra naturaleza caída y todo eso.

Al mismo tiempo, en general, los padres practicantes normalmente producirán hijos practicantes. Esto ha sido históricamente una verdad de Perogrullo. Sin embargo, hoy en día con demasiada frecuencia no es así. Los padres católicos que hacen todo como se hacía hace 100 años -asistir a Misa, enseñar la fe a sus hijos, implicarse en la Parroquia local- tienen muchas menos probabilidades de éxito que sus abuelos.

La trágica realidad es que la típica Parroquia Católica -el pilar de la vida católica- hace muy poco por llevar almas al cielo. Es impotente para proteger contra las tentaciones de este mundo. Si pones tu confianza en ella, como han hecho los padres católicos durante generaciones, arriesgas la salvación de tu hijo.

Para comprender esto, hay que reconocer la relación entre los aspectos objetivos y subjetivos de la salvación. Primero están los medios objetivos: los Sacramentos, escuchar la Palabra de Dios en las Escrituras y aprender el Catecismo son ejemplos de medios que siempre están disponibles para las almas que los desean. Nadie niega que las Parroquias Católicas pongan estos medios objetivos a disposición de sus miembros (suponiendo que tengan Sacramentos válidos, por supuesto).

Pero la salvación es una interacción entre la gracia de Dios y nuestra respuesta a ella, entre medios objetivos y medios subjetivos. Para recibir estas gracias, debemos estar abiertos a ellas; debemos querer recibirlas. Dios no se impone a nadie.

Esto significa, en general, que una persona debe estar interesada en recibir estos medios objetivos; debe desear vivir la vida a la que Dios le llama. Sin este interés y deseo, ningún medio objetivo beneficiará al alma. Son semillas plantadas en suelo pedregoso.

Y aquí es donde la típica Parroquia Católica se queda corta. La vida católica actual es tan insípida, tan divorciada de las realidades sobrenaturales, que la mayoría de los jóvenes la encuentran totalmente carente de interés. Aunque los católicos fieles saben que hay un poder sobrenatural detrás incluso de las celebraciones sacramentales más anodinas, los que no están plenamente formados en la fe no suelen reconocerlo. Ven lo anodino con sus propios ojos, y sus ojos de fe no están lo suficientemente desarrollados como para ver el poder sobrenatural que hay debajo.

Así el joven que ve la vida parroquial como un ejercicio de afeminamiento y cuenta los días hasta que esté solo y pueda dejar de asistir. O la joven que quiere algo más que tópicos y una religión que le haga sentirse bien -que quiere dar su vida por una causa- y por eso deja el catolicismo por una robusta iglesia protestante evangélica o por el activismo político.

En pocas palabras, las parroquias católicas no sólo no apoyan, sino que socavan activamente la práctica real del Catolicismo a ultranza. Mientras ofrecen los Sacramentos en una mano, dan razones para no aceptarlos en la otra. Aunque los católicos puedan quejarse de que la gente debería entender mejor la realidad objetiva, esto es esencialmente culpar a las víctimas. Alguien que sólo ha experimentado la típica vida parroquial católica ve poco que le inspire y pocas razones para abrazar la Fe. Es una religión muy poco atractiva.

En mi opinión, el mayor escándalo de la Iglesia actual no es el padre James Martin o lo último que haya dicho Francisco; es el débil estado de nuestras parroquias. Estas instituciones son los puntos de contacto de la vida católica para la mayoría de los católicos, y por lo tanto son lo que acercará a los católicos a Cristo, o, más comúnmente hoy en día, los alejará del Señor.

Lo más trágico de esta situación es que las Parroquias Católicas fuertes son hoy más necesarias que nunca. Hace un siglo, cuando la mayor parte de la cultura orientaba a la gente hacia una vida moral e incluso hacia Cristo, una parroquia débil no era necesariamente un asesino de almas. Hoy, sin embargo, cuando toda la cultura aleja a las almas de Cristo, una parroquia débil es como un jugador de las ligas menores enfrentándose a un lanzador de las grandes ligas. Está irremediablemente superada.

Tampoco hay una solución fácil para este problema. Un hereje como el padre James Martin puede ser silenciado (¡por Dios!), pero una parroquia con debilidades sistémicas tardará al menos una generación en reformarse. Afortunadamente, muchos de los jóvenes que se están ordenando en los últimos años parecen estar seriamente dispuestos a hacerlo, pero un padre con hijos pequeños ahora podría no ser capaz de esperar. Esta es la razón por la que tantos padres católicos recorren largas distancias -incluso se mudan- para asistir a parroquias que son verdaderamente robustas, con liturgias reverentes, una predicación audaz y una catequesis sólida. También es la razón por la que las Parroquias de Misa Tradicional en latín han crecido tanto en los últimos años.

Muchos católicos lamentan el "ir de parroquia en parroquia", pero cuando lo que está en juego son las almas, las sutilezas burocráticas como los límites de las parroquias pasan a un segundo plano frente a prioridades más altas. El principal objetivo de un padre es la salvación de sus hijos, y ningún líder de la Iglesia puede obligar a los padres a asistir a parroquias que saben que podrían ser perjudiciales para la salvación de sus hijos. Ir de parroquia en parroquia puede ser menos que ideal, pero es mucho mejor que arriesgar el destino eterno de sus hijos.

A largo plazo, será necesario que obispos, sacerdotes y laicos trabajen juntos para que todas las parroquias católicas conduzcan a las personas hacia Cristo y su Iglesia, en lugar de alejarlas de ellos. Hasta entonces, los padres deben dar prioridad a encontrar una parroquia que haga lo primero en lugar de lo segundo.


Crisis Magazine


BERGOGLIO RECHAZA LA IDEA DE QUE LOS HOMOSEXUALES ESTÉN LLAMADOS A LA CASTIDAD

Bergoglio ha vuelto a indicar una apertura a la actividad homosexual, ya que se ha negado a afirmar la enseñanza católica sobre la castidad y el celibato para los homosexuales.


El 28 de agosto se dieron a conocer todos los detalles de la reciente conversación de Bergoglio con los jesuitas portugueses. Incluyen los pensamientos de Francisco sobre la homosexualidad, la condena de “una actitud reaccionaria” entre los católicos estadounidenses, la habitual crítica a los “indietistas” y al “clericalismo”, y los elogios al “sínodo sobre la sinodalidad”.

Reproducimos la transcripción de la entrevista que ha sido publicada por La Civilta Cattolica, dirigida por los jesuitas. Las palabras de Bergoglio destacadas en negrita e itálica son nuestras.


- Hola, mi nombre es Vasco, estoy estudiando filosofía, soy el más joven de la Provincia… Quería hacerle una pregunta. Teniendo en cuenta los desafíos de nuestra generación, teniendo en cuenta nuestra sociedad sexualizada, consumista… de su experiencia como jesuita, ¿usted cree que nuestra formación está estructurada para afrontar estos retos? ¿Y cómo podemos cuidar más y mejor nuestra formación como jesuitas a nivel afectivo, sexual, corporal?

- Dos preguntas son claves ahí, ¿no? Una afirmación y una pregunta. Vivimos en una sociedad “mundanizada”, que a mí me preocupa mucho. Me preocupa cuando la mundanidad se mete en la vida consagrada. Precisamente hoy se hizo pública una carta que escribí para los sacerdotes romanos sobre el clericalismo, que es una forma de mundanidad [1]. Fíjense que la mundanidad espiritual es una trampita que se nos mete a cada rato. Hay que saber distinguir: una cosa es prepararse para dialogar con el mundo – como hacen ustedes con el diálogo con el mundo del arte y de la cultura –, pero otra cosa es meterse en las cosas del mundo, con la mundanidad.

A mí me impresionó mucho leer la conclusión de un libro del padre de Lubac: dedica las cuatro páginas finales de Meditación sobre la Iglesia – son solo cuatro páginas, léanlas – a la mundanidad espiritual. Ustedes, que hacen discernimiento, ¿alguna vez se preguntaron sobre la propia mundanidad espiritual? ¿Yo soy mundano espiritualmente? Es una pregunta que les dejo. ¿Y saben lo que dice de Lubac? Dice que es el peor mal que puede acarrearse a la Iglesia, peor aún que el tiempo de los papas libertinos.

Sin embargo, hay que dialogar con el mundo. Porque ustedes no pueden vivir en vinagre, ser religiosos hacia adentro, que sonríen hacia adentro, hablan hacia adentro, arman su ambiente hacia adentro y no convocan a nadie. Entonces, hay que salir a este mundo con los valores y antivalores que tiene. Y tú marcaste un poquito el problema de la vida fácil, de la vida burguesa, usaste una palabra: “sociedad sexualizada”, y es verdad…

El año pasado di una charla – mejor dicho, dije dos o tres palabras y después hicieron preguntas – a todos los curas que trabajan en la Curia. La mayoría son chicos jóvenes. Y, en un momento, les dije: “aquí hay algo que ustedes no mencionan, que es el recurso al celular y a la pornografía del celular. ¿Cuántos de ustedes hacen uso de la pornografía del celular?”. Después que conté eso, me contaron que uno dijo: “se ve que este tiene horas de confesionario”.

Cuando yo era novicio, nos hablaban de la castidad, de la santa castidad. Nos decían que no miráramos fotos un poco atrevidas… O sea, era otra época. Una época donde los problemas no estaban tan agudizados y en la que también se escondían los problemas. Hoy, gracias a Dios, los problemas tienen la puerta abierta para no ser escondidos. Si uno esconde sus problemas es un problema suyo, pero no es de la sociedad, no es de tu comunidad religiosa. Es una de las cosas lindas que tiene la Compañía: no arrincona los problemas, se habla de ellos, con el Superior y también entre ustedes.

Hoy el problema serio son los refugios escondidos de búsquedas de sí mismo, que muchas veces van por la sexualidad y muchas veces van por otro lado. ¿Qué hacer? A mí me ayuda el examen de conciencia, como pedía San Ignacio. Pensar que rara vez te eximía de esto San Ignacio. Te eximía de la oración si estabas enfermo, si no podías, pero no te eximía del examen, porque eso sirve para ver lo que está pasando aquí adentro. Y hay personas consagradas cuyo corazón es como una pieza abierta, con las ventanas abiertas, las puertas abiertas. O sea, no tienen consistencia en sí mismos.

Yo respondería a lo tuyo con una pregunta: “¿Qué espíritu me mueve a mí? ¿Cuál es el espíritu que me mueve ordinariamente, y cuál me mueve en tal día o tal otro?”

Yo no le tengo miedo a la sociedad sexualizada, no; le tengo miedo a cómo yo me relaciono con ella, eso sí. A los criterios mundanos. Me gusta más el término “mundanos” que “sexualizados”, porque mundanos abarca todo. Por ejemplo, el criterio de promoción. Estar promoviéndose, o como decimos en Argentina, “trepando”. Y pensar que la persona que trepa termina mal consigo misma.

Mi abuela, que era una vieja sabia, un día nos dijo: “En la vida hay que progresar”, comprar un terreno, ladrillos, la casa… Claro, era la experiencia del migrante, como la de mi papá. “Pero no confundan progresar con trepar”, agregaba, “porque el que trepa, sube, sube, sube, y en vez de tener una casa, en vez de armar una industria y trabajar, cuando está arriba, lo único que deja ver son las nalgas”. Esa es la sabiduría.

- Buenas tardes Su Santidad, muchas gracias una vez más. Me llamo Lourenço y trabajo con niños y jóvenes de un barrio pobre cerca de Lisboa. Usted nos ha hablado muchas veces de la importancia de la cercanía y la amistad con los pobres y los migrantes. Me gustaría preguntarle, nosotros, jesuitas, ¿qué podemos hacer, personalmente y en nuestras comunidades, para que nuestro estilo de vida y testimonio sean cada vez más un signo profético, para que tengan un impacto mayor en la vida de los más pobres? Gracias.

- El trabajo con los más pobres, si bien está implícito en la fórmula ignaciana, en la Compañía ha tenido varios caminos, varias búsquedas, alguna desviación también, pero es una búsqueda sobre todo del siglo pasado, muy fuerte.

Me acuerdo que en Argentina había un padre que fue a vivir a una Villa – yo era estudiante – y lo miraban un poco de reojo, algo así como el padre Llanos en Madrid [2]. O sea, un loco que se va a vivir a una Villa. Hoy en día no se habla así, al contrario, vemos que la misma espiritualidad nos lleva a eso, a un compromiso con aquellos que están en el margen, no solo al margen de la religión sino también al margen de la vida.

Después, en tiempos del padre Janssens, nacieron los centros de investigación y acción social, que, en su momento, abrieron un lindo camino de reflexión, y lo último que llegó fue la “inserción”, la decisión de vivir con las personas más pobres. Por eso mencioné a este cura que es uno de los que se animó a la inserción. Hoy en día, la inserción con los pobres nos ayuda a nosotros mismos, nos evangeliza. San Ignacio nos pide hacer un voto, el de no cambiar la pobreza en la Compañía, a menos que se haga más estrecha todavía. Hay una intuición ahí, un espíritu de pobreza que creo que tenemos que tener todos.

Entonces, ¿que está en la espiritualidad ignaciana?, sí, está la opción por los pobres y acompañar a los pobres; ¿que no es el único modo de la justicia social?, también es verdad, no es el único modo. Hay mil modos de acercarnos a los problemas sociales. La inserción, probablemente, tiene una dosis de autenticidad muy linda porque es el compartir. Y nos permite conocer y seguir la sabiduría popular.

Les cuento una anécdota. A mí me gustaba ir a las Villas Miseria cuando era Arzobispo. Un día que fui, Juan Pablo II estaba muy grave. Entonces tomé el colectivo para ir allá, a una de las villas, y cuando llegué me dijeron que había muerto. Celebré la misa con la gente y después tuvimos un diálogo con ellos. Una viejita me preguntó: “dígame, ¿cómo se elige a un Papa?”. Yo explicaba… “¿Y a usted lo pueden hacer Papa?”, y yo le dije: “a todos nos pueden hacer Papa”. “Le doy un consejo”, me respondió, “si lo hacen Papa, cómprese un perrito”. “¿Para qué?”, le dije yo. “Dele de comer al perrito primero”, me respondió. La vieja es pobre, de una villa miseria, pero conocía las internas de la Iglesia…

Es interesante. Los pobres tienen una sabiduría especial, la sabiduría del trabajo, y también la sabiduría que da el asumir el trabajo y su condición con dignidad. Cuando el pobre se “malea” porque no aguanta sus situaciones – y es comprensible –, entonces ahí puede entrar el rencor y el odio. Ese es nuestro trabajo también: al acompañarlo, hay que evitar que el pobre se vuelque también a eso, con la perspectiva de ayudarlo a caminar, a progresar, y a reconocer su dignidad. En los barrios pobres hay problemas serios, que no son más serios que los que hay a veces en zonas residenciales, además que estos se esconden.

Hay problemas serios, pero también hay mucha sabiduría en las personas que viven de su trabajo, que han tenido que migrar, que sufren, lo que se ve en cómo llevan la enfermedad, cómo enfrentan la muerte. La pastoral popular es una riqueza, así que, quienes de ustedes están llamados a esto, háganlo de corazón porque eso es un bien para toda la Compañía.

- Papa Francisco, querría hacerle una pregunta como hermano. Soy Francisco, el año pasado tuve un año sabático en EEUU. Una cosa que me impresionó mucho ahí, y que a veces me hizo sufrir un poco, fue ver a tantos críticos del liderazgo de la Iglesia actual, incluso obispos. Ellos acusan a los jesuitas, que normalmente son como una reserva crítica del Papa, y ahora ya no lo son. Usted, ¿siente la falta de la crítica jesuita respecto al Papa, al Magisterio, al Vaticano?

- He comprobado que en los Estados Unidos la cosa no es fácil: hay una actitud reaccionaria muy fuerte, organizada, que estructura una pertenencia incluso afectiva. A estas personas quiero recordar que el “indietrismo” es inútil, y que es necesario comprender que existe una justa evolución en la comprensión de las cuestiones de fe y de moral, siempre que se sigan los tres criterios que ya indicaba Vicente de Lerins en el siglo V: que la doctrina evolucione ut annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate. En otras palabras, la doctrina también progresa, se consolida con el tiempo, se expande y se hace más firme, pero siempre progresando. El cambio se desarrolla desde la raíz hacia arriba, creciendo con estos tres criterios.

Y vamos a lo concreto. Hoy es pecado tener bombas atómicas; la pena de muerte es pecado, no se puede practicar, y antes no era así; en cuanto a la esclavitud, algunos Pontífices anteriores a mí la toleraron, pero las cosas hoy son distintas. Así que se cambia, se cambia, pero con estos criterios. A mí me gusta usar la imagen “hacia arriba”, es decir: ut annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate. Siempre en ese camino, que va desde la raíz con esa savia que va subiendo, y por eso el cambio es necesario.

Pero algunos se salen, van hacia atrás, son lo que yo llamo “indietristas” [3]. Es decir, cuando uno se va hacia atrás, forma algo cerrado, sin conexión con las raíces de la Iglesia, pierde la savia de la revelación. Si no cambias hacia arriba, te vas hacia atrás, y entonces tomas criterios de cambios de otro lado que no son los criterios que la misma fe te da para crecer y cambiar. Y los efectos en la moral son impresionantes. Los problemas que los moralistas tienen que ver hoy día son muy graves, y tienen que arriesgarse a cambiar y hacer las cosas, pero en este sentido.

Tú has estado en Estados Unidos y dices que has experimentado un clima de cerrazón. Sí, creo que se puede experimentar este clima en algunas situaciones. Pero entonces se pierde la verdadera tradición y se acude a las “ideologías” en busca de un apoyo y sostén de cualquier tipo. En otras palabras, la “ideología” suplanta a la fe, la pertenencia a un sector de la Iglesia sustituye a la pertenencia a la Iglesia.

Yo quiero rendir homenaje al coraje de Arrupe. Arrupe se encontró con una Compañía que se había estancado, por decirlo de alguna manera. Fíjense que cuando el general Ledóchowski hace el Epítome… ¿saben lo que es el Epítome [4] los jóvenes? ¡Ni idea! Así duró el Epítome… El Epítome era una selección de Constituciones y Reglas, todo mezclado. Pero Ledóchowski, que era muy ordenado, con la mentalidad de la época, dijo: “voy a hacer esto para que los jesuitas tengan todo clarito lo que tienen que hacer”. Y el primer ejemplar se lo mandó a un abad benedictino de Roma, del que era muy amigo, y este le contesta con un billetito: “con esto usted mató la Compañía”.

En otras palabras, se formó la Compañía del Epítome, esa Compañía que yo viví en el noviciado, con grandes maestros, que ayudaban mucho, por supuesto, pero con ciertas cosas que fosilizaron la Compañía. Esa es la espiritualidad que recibe Arrupe, que tuvo el coraje de ponerla en movimiento. Algunas cosas se le fueron de las manos, era inevitable, como por ejemplo el asunto del análisis marxista de la realidad. Después tuvo que salir a precisar algunas cosas, pero fue un hombre que miró hacia delante. ¿Y con qué herramienta Arrupe enfrenta la realidad? Con los Ejercicios espirituales. En 1969 fundó el Centro Ignaciano de Espiritualidad. El secretario del centro, el padre Luis González Hernández, dio vueltas por todo el mundo dando Ejercicios y abriendo este nuevo panorama.

Ustedes, los más jóvenes, no han vivido esto, pero lo que dices de algunos sectores en los Estados Unidos me recuerda lo que vivimos con el Epítome, que generó una mentalidad rígida y cuadrada. Estos grupos estadounidenses de los que hablas, se van a aislar solos. Y en vez de vivir de doctrina, de la verdadera doctrina que siempre crece y da fruto, viven de “ideologías”. Entonces, cuando uno en la vida deja la doctrina para suplirla por una ideología, pierdes como en la guerra.

- Santo Padre, usted es para mí el Papa de mis sueños Post Concilio Vaticano II. ¿Cuáles son sus sueños para la Iglesia del futuro?

- El Vaticano II lo ponen en cuestión tantos, sin mencionarlo. Ponen en cuestión las enseñanzas del Vaticano II. Y mirando al futuro, pienso que debemos seguir “el Espíritu”, ver qué nos dice, con coraje. La semana pasada leí el documento que sintetiza el estado de la Compañía de Jesús, el De statu Societatis. Habla del ahora, pero siempre con apertura. Señala una posibilidad de ir adelante, una necesidad de ir por ese camino. Mi sueño para el futuro es estar abierto a lo que “el Espíritu” nos está diciendo, abiertos al “discernimiento” y no al funcionalismo.

Recuerdo mucho el “testamento” de Arrupe, cuando en Tailandia habló a los jesuitas que trabajaban en centros de refugiados. ¿De qué les habló? De la oración. A estos tipos que estaban metidísimos con los trabajos con refugiados, les habló de la oración. En el viaje de vuelta tuvo un derrame cerebral, así que ese fue su testamento.

El jesuita, con la oración, va adelante, no le tiene miedo a nada, porque sabe que el Señor le va a inspirar en su momento lo que tiene que hacer. Porque cuando un jesuita no reza, se convierte en un jesuita seco. En Portugal se diría: “sos un bacalao”.

- Santidad, muchas gracias por venir aquí. Soy Frederico, y últimamente el Provincial me ha nombrado maestro de novicios. Usted ha hablado de los Ejercicios. San Ignacio los describe en el inicio como algo para ordenar su vida, para no dejarse determinar por una afección desordenada. ¿Qué afecciones desordenadas cree que son más frecuentes en la Iglesia, y sobre todo en la Compañía?

- Hoy se publicó la carta sobre la mundanidad y el clericalismo. Yo subrayaría esas dos en nuestra clerecía. El clericalismo que entra en los sacerdotes, pero peor aun cuando se mete en los laicos. Los laicos clericalizados son terribles. Te respondo con esos dos espíritus, la mundanidad y el clericalismo, que pueden afectar a la Compañía muy fuerte.

¿Qué espíritu me movió? Yo tuve un gran maestro espiritual, el padre Fiorito, autor de muchos libros [5]. Él me hizo conocer las obras de un director espiritual del siglo XVIII, del escolasticado de Chantilly, un jesuita, el padre Claude Judde, que tiene un lindo trozo de discernimiento sobre las “palabras motoras”, es decir, las palabras que yo me digo para tomar una decisión, o que me orientan en tal o cual camino [6].

Vuelvo sobre el tema. La preocupación de los grandes jesuitas sobre qué espíritu les llega, puede ser de gran ayuda. El espíritu bueno puede dar por sentado que tienes buen espíritu. Sí, hoy lo puedes tener, y tienes que agradecer al Señor, pero mañana puede aparecer el otro. No olviden la parábola del Evangelio. Cuando el mal espíritu sale de un hombre, este se va a vagar por el desierto y se aburre. Y este hombre empieza su conversión, lo cambia todo. Pasado un tiempo, el espíritu se dice: “voy a ver la casa que tenía antes, a ver cómo está”. Mira por la ventana y no lo puede creer: toda ordenada, toda limpia. Entonces va a buscar a siete peores que él, y con los diablitos, con estos siete demonios, entra en la casa. Pero entra educadamente, sin que uno se dé cuenta.

Entonces, un examen de conciencia serio debe estar alerta a los demonios que tocan el timbre, que dicen “permiso”, que parece que no son nada y después toman posesión de la casa. Jesús termina diciendo que el fin de este hombre es peor que el principio. En otras palabras, tengan cuidado con resbalar lentamente. Hay un tango argentino muy lindo, que se llama “Barranca abajo”. Cuando una persona empieza a andar barranca abajo, perdió. Va resbalando, y desde abajo te va tirando, tirando. De ahí la importancia del examen de conciencia, para que los demonios educados no se nos metan sin hacer ruido.

Tanta gente – ustedes la habrán visto en los Ejercicios, buena gente, celosos – que después de un tiempo terminan en desolación, terminan viviendo de manera mundana, de una manera no cristiana. ¿Cómo llegaron a eso? Por esta falta de introspección, de examen de conciencia, que es la alerta para ver si hay siete demonios, peores que el primero.

Por eso esto les recomiendo: métanse en el examen en serio, no lo dejen, y sean honestos, porque no se trata solo del pecado – eso déjenlo para la confesión –, porque el examen es una cosa de todos los días: ¿qué pasó por mi corazón hoy?, No hay que perder eso.

- Querido Santo Padre. Soy el hermano José, el hermano más joven de la Provincia de Portugal, con 56 años de edad y 32 de Compañía [7]. La Compañía de Jesús vive una gran crisis de vocaciones de hermanos, en todo el mundo, en Europa particularmente, y en Portugal por supuesto también. En este momento, según las estadísticas de la Curia General, actualmente los hermanos representan solamente y apenas el 5% de todos los jesuitas de la Compañía. Me gustaría preguntarle: ¿qué piensa usted que puede hacer la Compañía de Jesús vocacionalmente para revertir esta crisis y quizá vivir con paz, para que podamos tener más jóvenes que quieran ser jesuitas hermanos?

- El Padre General me invitó el año pasado a hablar a una reunión de hermanos de todo el mundo. Y estaban muy entusiasmados, no solo en vivir como hermanos sino en dar a conocer esta vocación. Sí, hubo un tiempo en que la Compañía tenía muchos hermanos, muchos.

Siendo Provincial, los mejores informes para la ordenación de un escolar me los daban los hermanos o las mujeres que trabajaban en la casa de formación. Recuerdo a un hermano: era un verdadero hombre de Dios, no hablaba casi nunca, trabajaba en sus cosas, siempre muy sonriente, rezaba mucho. Un día le pedí su parecer acerca de un caso. Vino a verme y me dijo: “mire, no ordene a este escolar. No lo eche, pero no lo ordene, y mire qué pasa”. A los seis meses se fue de la Compañía, porque no toleró el no ser ordenado en ese preciso momento. Detrás de eso había una vida afectiva muy desordenada.

Los hermanos tienen buen ojo, son la memoria de la Compañía de alguna manera. La memoria de todos los días. Ahí, en La Civiltà Cattolica, murió el hermano Carlo Rizzo. ¿Cuántos años tenía? ¡97! Y ese santo varón sabía todo lo que pasaba con los intelectuales con los que vivía. Con mucho silencio servía.

Yo diría que, para la vocación de hermanos, no hay que buscar candidatos – eso lo hará el Señor –, pero tenemos que encontrarlos y abrir las puertas para encontrar en tantos jóvenes esta posibilidad.

- Santo Padre, soy João, lo abracé en Roma hace algunos años, no le dije mi nombre porque estaba demasiado nervioso. Trabajo en el centro universitario de Coimbra. Le voy a hacer una pregunta difícil. En su discurso, en la ceremonia de acogida el jueves pasado, aquí en Lisboa, dijo que todos estamos llamados tal como somos, y que en la Iglesia hay espacio para todos. Yo trabajo pastoralmente con jóvenes universitarios todos los días, y entre ellos hay muchos que son muy buenos, muy comprometidos con la Iglesia, con el centro, y que son muy amigos de los jesuitas, pero que se identifican como homosexuales. Se sienten parte activa de la Iglesia, pero muchas veces no ven en la doctrina cómo vivir su afectividad, y no ven la llamada a la castidad como una llamada personal al celibato sino más bien como una imposición. Sabiendo que en otros ámbitos de su vida viven vidas virtuosas, y que conocen la doctrina, ¿podemos decir que están todos equivocados, porque no sienten, en su conciencia, que sus relaciones son pecaminosas? ¿Y cómo podemos nosotros actuar pastoralmente para que estas personas se sientan, en el modo en que ellos viven, llamados por Dios a una vida afectiva sana y que produzca frutos? ¿Podemos reconocer que sus relaciones son capaces de ser semillas del verdadero amor cristiano, como el bien posible que pueden realizar, como la respuesta posible que pueden dar al Señor?

- Yo creo que sobre la llamada a “todos” no hay discusión. Jesús en eso es muy claro: todos. No quisieron venir a la fiesta los elegidos. Entonces él insta a salir a los cruces de los caminos e invitar a todos, todos, todos. Y para que sea claro, Jesús dice “sanos y enfermos”, “justos y pecadores”, todos, todos, todos. En otras palabras, abrir la puerta a todos, todos tienen lugar en la Iglesia. ¿Cómo va a vivir eso cada uno? Ayudémoslos a vivir de modo que ese lugar sea uno de madurez para ellos, para todo tipo de personas.

Conozco un sacerdote en Roma que trabaja con chicos homosexuales. Evidentemente hoy día el tema de la homosexualidad está muy alto, porque según las circunstancias históricas esto cambia. Pero a mí lo que no me gusta es que esté la lupa puesta en ese “pecado de la carne”, como antes estaba puesta en el sexto mandamiento. Si explotabas a los obreros, o si mentías o si estafabas, eso no era importante, pero sí los pecados de debajo de la cintura, esos sí eran relevantes.

Así que todos están invitados. Este es el punto. Con la metodología pastoral que convenga a cada uno. Eso sí, no hay que ser ingenuos, y obligarles a veces a una pastoral para la cual todavía no están maduros, o no son capaces. Para acompañar espiritual y pastoralmente a las personas se requiere mucha sensibilidad y creatividad. Pero todos, todos, todos están llamados a vivir en la Iglesia: nunca olviden eso.

Aprovecho tu pregunta para agregar una cosa sobre las personas transexuales. Los miércoles, en la Audiencia General, hay una monja de Charles Foucauld, la hermana Geneviève, que tiene 80 años y es capellana del Circo de Roma con otras dos monjas. Vive en una casa rodante al lado del Circo. Un día las visité. Ahí tienen su capillita, la cocina, el lugar donde duermen, todo muy bien organizado. Y esta monja trabaja mucho con chicas transgender. Un día me dijo: “¿las puedo llevar a Audiencia?”. “Por supuesto”, le dije, “¿por qué no?”. Y siempre vienen grupos de chicas trans. La primera vez que vinieron, lloraban. Les pregunté por qué. Una de ellas me dijo: “¡no pensé que el Papa me podía recibir!”. Después de la primera sorpresa ya se acostumbraron a venir. Alguna me escribe, y yo le contesto por mail. ¡Todos están invitados! Me di cuenta de que estas personas se sienten rechazadas, y eso es realmente duro.

- Hola Santidad, yo soy Domingos, estoy iniciando la etapa de formación del «magisterio» [8]. Usted nos pide siempre rezar por Usted… ¿podría compartir con nosotros qué cosas están más cerca de su corazón en este último tiempo? De un lado, ¿qué cosas le están pesando más en el corazón?, y, de otro, ¿qué alegrías está viviendo en estos tiempos?

- La alegría que más tengo presente, aunque a veces veo que hay deficiencia en el modo de llevarla, es la preparación al Sínodo. La alegría de ver cómo de los pequeños grupos parroquiales, los pequeños grupos de iglesias, van surgiendo reflexiones muy bonitas y hay gran fermento. Eso es una alegría.

Sobre esto quiero marcar una cosa: el Sínodo no es una invención mía. Fue Pablo VI, al final del Concilio, que se dio cuenta de que la Iglesia Católica había perdido la sinodalidad. La Oriental la mantiene. Entonces dijo: “hay que hacer algo”, y creó la Secretaría para el Sínodo de los Obispos. En todo este tiempo se fue progresando lentamente. A veces, de manera muy imperfecta. Hace algún tiempo, en 2001, participé como Presidente delegado en el Sínodo dedicado al obispo como servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo. Cuando estaba preparando lo que venía de los grupos para la votación, el cardenal encargado del Sínodo me dijo: “No, esto no lo pongas. Sácalo”. O sea, se quería tener un Sínodo con censura, una censura curial que no dejaba llegar las cosas.

Son las imperfecciones que tuvo este camino. Eran muchas las imperfecciones, pero también, era un camino que se andaba. Cuando se cumplieron 50 años de la creación de la Secretaría del Sínodo de los Obispos, firmé un documento redactado por teólogos expertos en teología sinodal. Si quieren ver un resultado lindo después de 50 años de camino, vean ese documento. Y en estos últimos diez años seguimos progresando, hasta llegar, creo, a una expresión madura de lo que es la sinodalidad.

La sinodalidad no es andar buscando votos como lo haría un partido político, no es una cuestión de preferencias, que si soy de este partido o del otro. En un Sínodo, el protagonista es el Espíritu Santo. Él es el protagonista. Entonces, hay que hacer de modo que sea el Espíritu el que guíe las cosas. Que se exprese como se expresó la mañana de Pentecostés. Creo que ese es el camino más fuerte.

A propósito de preocupaciones, por supuesto que una cosa que me preocupa mucho, sin duda, son las guerras. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, no ha parado de haber guerras en todo el mundo. Y hoy vemos lo que está sucediendo en el mundo. No hace falta añadir palabras.

- Muchas gracias, Su Santidad, por venir a Lisboa. Me llamo Francisco también. Usted ha cambiado verdaderamente el ambiente de esta ciudad y de este país, y me parece que de todo el mundo cristiano. Yo fui uno de los últimos tres que hice los últimos votos. Me siento trabajando a su lado, muchísimo. Por eso le pregunto: ¿cuál es nuestra misión en cuanto Iglesia, en cuanto Compañía universal, y en cuanto Provincia portuguesa? ¿Cuál es nuestro papel para recoger los frutos de esta Jornada Mundial de la Juventud? Las cosas están verdaderamente cambiando, las personas están muy entusiasmadas, ¿cómo hacemos para no perder esta gran oportunidad que usted nos dio?

- Muchos jóvenes portugueses están participando de la Jornada Mundial de la Juventud. Ustedes, reciban la inquietud de los jóvenes y ayúdenlos a que la vayan desarrollando. Que la inquietud no se transforme en un hecho que pasó. La inquietud tiene que ir desarrollándose lentamente. La Jornada Mundial de la Juventud es una siembra en el corazón de cada chico y de cada chica. Y entonces, eso no puede quedar escondido en una anécdota que pasó. Debe terminar en un fruto, y esto no es fácil. Les pido que sigan, con los jóvenes que estuvieron y con los que no estuvieron. Acá hay una buena movida de agua, que el Espíritu Santo aprovecha para tocar corazones. Cada uno de estos chicos sale distinto, que lo “distinto” se mantenga. Y ahí entran ustedes: acompañar a que esto se mantenga y que crezca. Es el momento de echar las redes, en el sentido evangélico de la palabra.


Notas:


2) El padre José María de Llanos, conocido como “Padre Llanos” (Madrid, 26 de abril de 1906 – Alcalá de Henares, 10 de febrero de 1992), fue un jesuita español, el más conocido de los llamados “curas obreros” en España.

3) Neologismo proveniente del italiano que quiere decir “el que mira hacia atrás” (indietro: atrás).

4) El Papa se refiere a una especie de resumen práctico en uso en la Compañía y reformulado en el siglo XX, que se consideraba un sustituto de las Constituciones. Durante un tiempo, la formación de los jesuitas en la Compañía estuvo marcada por este texto, hasta el punto de que algunos nunca llegaron a leer las Constituciones, que son el texto fundacional. Para el Papa, durante este período en la Compañía las reglas corrían el riesgo de abrumar al espíritu, y venció la tentación de explicitar y sobredeclarar el carisma.

5) El padre Miguel Ángel Fiorito, jesuita, fue el padre espiritual de Francisco. La Civiltà Cattolica ha publicado sus escritos en cinco volúmenes: www.laciviltacattolica.it/categoria-prodotto/escritos-fiorito

6) Cfr. C. Judde, Oeuvres spirituelles, Lyon, Perisses, 1883, II, 313-319.

7) Los hermanos jesuitas con votos religiosos, y sin recibir la ordenación sacerdotal, consagran su vida a ayudar a la misión común del cuerpo de la Compañía.

8) Etapa de la formación de un jesuita, que generalmente implica el ejercicio de una actividad apostólica entre el estudio de la Filosofía y la Teología.