miércoles, 29 de abril de 2015

CUMBRE DEL VATICANO: 'HAY UN IMPERATIVO MORAL PARA ACTUAR SOBRE EL CAMBIO CLIMÁTICO'

Al concluir una cumbre sobre el medio ambiente en el Vaticano, los líderes mundiales emitieron una declaración en la que dicen que una acción decisiva para enfrentar el cambio climático es “un imperativo moral y religioso para la humanidad”.

El taller de cambio climático del martes, titulado “Proteger la Tierra, Dignificar la humanidad: las dimensiones morales del cambio climático y la humanidad sostenible”, fue organizado por la Academia Pontificia de las Ciencias, la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, SDSN y Religiones por la Paz.

Más de 100 expertos, incluidos los premios Nobel del mundo de la ciencia, la política, los negocios y los académicos, así como los líderes religiosos.

La declaración dice que “el cambio climático inducido por el hombre es una realidad científica y su mitigación decisiva es un imperativo moral y religioso para la humanidad”.

“En este espacio moral fundamental, las religiones del mundo desempeñan un papel muy importante. Todas estas tradiciones afirman la dignidad inherente de cada individuo vinculado al bien común de toda la humanidad”, dijo.

La declaración continuó: “El mundo tiene en su alcance tecnológico, medios financieros y conocimientos técnicos y los medios para mitigar el cambio climático y al mismo tiempo poner fin a la pobreza extrema, a través de la aplicación de soluciones de desarrollo sostenible, incluida la adopción de sistemas de energía baja en carbono respaldados por tecnologías de la información y las comunicaciones”.

“La financiación del desarrollo sostenible, incluida la mitigación del clima, debe reforzarse mediante nuevos incentivos para la transición hacia la energía baja en carbono y mediante la búsqueda incesante de la paz, que también permitirá el cambio de la financiación pública del gasto militar a inversiones urgentes para desarrollo sostenible.

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, pronunció un discurso al comienzo de la cumbre , diciendo que “si alguna vez hubo un problema que requiera unidad de propósito” entre los gobiernos, las empresas privadas, la sociedad civil y los grupos religiosos, “es el cambio climático”.


Texto completo

Declaración de líderes religiosos, líderes políticos, líderes empresariales, científicos y profesionales del desarrollo (28 de abril de 2015)

Los abajo firmantes nos hemos reunido en las Academias Pontificias de Ciencias y Ciencias Sociales para abordar los desafíos del cambio climático inducido por el hombre, la pobreza extrema y la marginación social, incluida la trata de personas, en el contexto del desarrollo sostenible. Nos unimos de muchas religiones y estilos de vida, reflejando el anhelo compartido de la humanidad por la paz, la felicidad, la prosperidad, la justicia y la sostenibilidad ambiental. Hemos considerado la abrumadora evidencia científica con respecto al cambio climático inducido por el hombre, la pérdida de la biodiversidad y las vulnerabilidades de los pobres a los choques económicos, sociales y ambientales.

Ante las emergencias del cambio climático inducido por el hombre, la exclusión social y la pobreza extrema, nos unimos para declarar que: El cambio climático inducido por el hombre es una realidad científica y su mitigación decisiva es un imperativo moral y religioso para la humanidad; En este espacio moral fundamental, las religiones del mundo desempeñan un papel muy importante. Todas estas tradiciones afirman la dignidad inherente de cada individuo vinculado al bien común de toda la humanidad.

Afirman la belleza, la maravilla y la bondad inherente del mundo natural, y aprecian que es un regalo precioso confiado a nuestro cuidado común, por lo que es nuestro deber moral respetar en lugar de destruir el jardín que es nuestro hogar; Los pobres y excluidos se enfrentan a graves amenazas por las interrupciones del clima, incluida la mayor frecuencia de sequías, tormentas extremas, olas de calor y el aumento del nivel del mar; El mundo tiene dentro de su alcance tecnológico, medios financieros y conocimientos técnicos los medios para mitigar el cambio climático y también para poner fin a la pobreza extrema, mediante la aplicación de soluciones de desarrollo sostenible, incluida la adopción de sistemas de energía con bajas emisiones de carbono respaldados por tecnologías de la información y las comunicaciones; La financiación del desarrollo sostenible, incluida la mitigación del clima, debe reforzarse con nuevos incentivos para la transición hacia la energía baja en carbono y mediante la búsqueda incesante de la paz, que también permitirá el cambio de la financiación pública del gasto militar a inversiones urgentes para inversiones sostenibles.

El mundo debería tomar nota de que la cumbre del clima en París a finales de este año (COP21) puede ser la última oportunidad efectiva para negociar acuerdos que mantengan el calentamiento inducido por humanos por debajo de 2 grados C, y apunten a permanecer muy por debajo de 2 grados C para seguridad, sin embargo, la trayectoria actual puede alcanzar un nivel devastador de 4 grados C o más; Los líderes políticos de todos los estados miembros de la ONU tienen la responsabilidad especial de acordar en la COP21 un acuerdo audaz sobre el clima que limita el calentamiento global a un límite seguro para la humanidad, al tiempo que protege a los pobres y vulnerables del cambio climático en curso que pone en grave peligro sus vidas.

Los países de altos ingresos deberían ayudar a financiar los costos de la mitigación del cambio climático en los países de bajos ingresos, como lo prometieron los países de altos ingresos; La mitigación del cambio climático requerirá una rápida transformación mundial a un mundo impulsado por energías renovables y otras bajas en carbono y la gestión sostenible de los ecosistemas. Estas transformaciones deben llevarse a cabo en el contexto de los Objetivos de Desarrollo Sostenible acordados a nivel mundial, en consonancia con el fin de la pobreza extrema; garantizar el acceso universal a la atención médica, la educación de calidad, el agua segura y la energía sostenible y cooperar para acabar con la trata de personas y todas las formas de esclavitud moderna; Todos los sectores y partes interesadas deben hacer su parte, un compromiso con el que nos comprometemos plenamente en nuestras capacidades individuales.



martes, 28 de abril de 2015

BERGOGLIO: LOS CRISTIANOS DEBEN ARRODILLARSE ANTE LOS POBRES

Estas palabras de Bergoglio se produjeron durante un mensaje de video transmitido durante una función teatral benéfica organizada por Cáritas Roma.


Según informó Vatican Radio, el falso papa afirmó el martes que “la pobreza es la gran enseñanza que Jesús nos dejó” y que “podemos encontrar su rostro entre los pobres y necesitados”

"Si no fuera por ti" fue el título de la función benéfica en el Teatro Brancaccio de Roma, donde el elenco no estaba compuesto por actores profesionales, sino por personas pobres y necesitadas que se encuentran alojadas en albergues de Cáritas en la capital. Los artistas exploraron el tema del amor, incluyendo historias de amor desdichadas, el amor que sienten por sus hijos y padres, por la vida y por Dios.

En su mensaje de video, Francisco dijo a los artistas que “transmitirán una valiosa enseñanza no sólo sobre el tema del amor, sino también sobre nuestra necesidad los unos de los otros, sobre la solidaridad y cómo en medio de todas las dificultades podemos descubrir el amor de Dios por nosotros”.

“La pobreza -dijo- es la gran enseñanza que Jesús nos dio” y aseguró a los artistas que “nunca son una carga para nosotros”. Al contrario, “representa, un recurso sin el cual nuestros intentos de descubrir el rostro de Jesús serían en vano”.

Concluyó su discurso expresando su profundo deseo de que “la ciudad de Roma brillara con la luz de su compasión y su acogida a quienes sufren, huyen de la guerra y la muerte, y respondieran con una sonrisa a quienes han perdido la esperanza”. Bergoglio expresó su deseo de que la comunidad eclesial de Roma “reconociera en ellos el rostro de nuestro Señor”. “Cuánto desearía -dijo- que los cristianos pudieran arrodillarse en veneración cuando un pobre entra en la iglesia”.
 

miércoles, 22 de abril de 2015

EL CARDENAL DANNEELS INTENTÓ CONVENCER AL REY BELGA DE QUE FIRMARA EL PROYECTO DE LEY PARA LEGALIZAR EL ABORTO





Dos políticos belgas han declarado abiertamente que el Cardenal Godfried Danneels, ex arzobispo de Mechlin-Bruselas en Bélgica y elegido personalmente por Bergoglio para participar en el Sínodo sobre la Familia, intentó convencer al rey Baudouin de que debía promulgar el proyecto de ley sobre el aborto belga en 1990. 


El rey estaba profundamente reacio a oponerse por su respeto personal por la vida humana inocente y se avecinaba una gran crisis política debido a su negativa a cooperar.

Philippe Moureaux, miembro del Partido Socialista Belga y viceprimer ministro de la época, y Mark Eyskens, miembro del Partido Demócrata Cristiano CVP y ex primer ministro, confirmaron que varios miembros del gobierno belga pidieron al cardenal que ejerciera presión sobre el rey.

El rey Baudouin se mantuvo firme en su determinación de no participar de ninguna manera en la legalización del aborto. Finalmente aceptó formalmente pedirle al gobierno que encuentre una "solución" que "garantice el respeto por la democracia parlamentaria". Esto dio lugar a una renuncia ficticia del rey de los belgas durante 36 horas, mientras que la ley, que había sido aprobada por la legislatura cinco días antes, fue firmada por los 14 miembros del gobierno en la noche del 3 al 4 de abril de 1990. El Parlamento belga le devolvió su puesto al Rey el 5 de abril.

El cardenal Danneels se ha negado a comentar sobre las declaraciones de Moureaux y Eyskens.

El presunto papel del cardenal Danneels en el asunto fue mencionado en 2001 por su biógrafo Peter-Jan Bogaert, aunque no dijo si el cardenal había hablado directamente con el rey sobre el asunto. Si bien es cierto que el cardenal se oponía personalmente a la legalización del aborto, también se sabe que dijo que “aprobó totalmente la separación entre Iglesia y Estado”, considerando que “la Iglesia no tiene ningún poder político”. Bogaert especificó : “El cardenal reconoce que vivimos en una sociedad pluricultural y que sus estándares están cada vez más en conflicto con las enseñanzas de la Iglesia”. En ese momento, el cardenal tampoco comentó lo que equivalía a una acusación, al menos a los ojos de los conservadores católicos.

Catorce años después, parece que el cardenal Danneels no solo ejerció presión sobre el rey, sino que fue utilizado por el gobierno de coalición del demócrata cristiano Wilfried Martens, el primer ministro que firmó el proyecto de ley de aborto, aunque se negó a votar por él- para salir del punto muerto constitucional creado por la objeción de conciencia del Rey.

Durante los días que precedieron a la “incapacitación” del rey, Martens y otros ministros fueron a verlo y discutieron durante horas contra su negativa a firmar el proyecto de ley. Baudouin les dijo que su postura no era religiosa: “Si ustedes” les dijo, “vinieran aquí con el Papa de Roma, yo todavía diría que no”. “Saben que soy un creyente profundo, pero para mí es una cuestión del respeto que tengo por la vida humana”, subrayó.

La negativa del rey a ceder hizo que el gobierno belga llamara al cardenal Danneels, un hecho que los políticos belgas comentaron por primera vez frente a una cámara el 6 de abril de este año, según el Flemish TV VTM. Según Moureaux, “el gobierno organizó una intervención cautelosa y discreta por parte de Danneels, que siempre estaría presente en los eventos familiares de la Familia Real: dirigió todos los matrimonios reales y bautizó a las sobrinas y sobrinos del Rey”, dice Moureaux. “De alguna manera fue el capellán y el concienzudo director de la familia real”, agrega Mark Eyskens. “Pero no tuvo ningún resultado”.

Willy Claes vincula la negativa del rey Baudouin a su propia tragedia personal: él y la reina Fabiola debían permanecer sin hijos después de que la reina sufriera cuatro abortos involuntarios. Una biografía del rey belga afirma que ella casi murió durante su primer embarazo y que el rey suplicó que se salvara su vida, incluso si eso significaba abortar a la niña que llevaba. Se dice que Fabiola se negó "de una vez por todas", diciendo que si la forzaban a abortar significaría el final de su matrimonio y que se retiraría al claustro de una monja. El mismo libro, publicado en 1996, mencionó por primera vez que el Cardenal Danneels había intervenido para convencer al Rey de que debía firmar la ley del aborto.

Un portavoz de la Familia Real reaccionó oficialmente, diciendo que Danneels nunca había “presionado de ninguna manera” a Baudouin, lo que no significa necesariamente que no lo intentara.

El 5 de abril de este año, el cardenal Godfried Danneels fue entrevistado por la televisión de habla francesa rtl.be. Él dijo que el aniversario de la ley belga sobre el aborto “es inaceptable que sea marcado como una piedra negra”, “no solo por lo que dice la ley sino por la pendiente resbaladiza que está convirtiendo el aborto en un acto común. “Creo que algunas mujeres sufren mucho debido a la ley”, dijo.

Cuando se le preguntó si se debía revocar la ley, Danneels respondió: “Siempre está dentro de los límites de la política y del Parlamento crear un marco legal. Evidentemente no es una norma moral, porque la moral es algo diferente de un marco legal que se hace. El Estado puede hacer eso. Pero lamento profundamente que, cada vez más, los valores se pierdan por completo por la vida de un niño pequeño, de un infante, es una vida humana... Los valores que deberían ser evidentes, como la protección de la vida, se están perdiendo y ni siquiera somos conscientes del hecho, y creo que a menudo las mujeres que enfrentan esta dificultad, que han tenido un aborto, sufren mucho más de lo que pensamos: no es un acto ordinario en la experiencia de una mujer, estoy seguro”.

Danneels no respondió directamente sobre el punto de su intervención, o no, para hacer que el rey Baudouin firme la ley belga sobre el aborto, pero sí la distinción que hace entre “normas morales” y “marcos legales” que son responsabilidad del Estado que acepta la existencia de un aborto legalizado en la medida en que es el resultado de una decisión política, y eso sugeriría que, en principio, no se habría negado a aconsejar al Rey que firme la ley.

Pero este tipo de razonamiento, que se basa en una separación completa entre las decisiones políticas y las normas morales, por supuesto justificaría cualquier delito legalizado por una mayoría democrática o legítima.

El cardenal Danneels está calificado como un cardenal “progresista”. En junio de 2013 Danneels se refirió a las leyes del matrimonio homosexual como un desarrollo positivo. Su intervención en el Sínodo sobre la Familia, donde fue personalmente nombrado como Padre sinodal por el papa Francisco, fue ambigua y “cuidadosamente medida”. Mostró su flexibilidad para predicar la “misericordia para los divorciados vueltos a casar​​” e ignoró en silencio los sufrimientos de los cónyuges abandonados.


LifeSiteNews



sábado, 11 de abril de 2015

MISERICORDIAE VULTUS (11 DE ABRIL DE 2015)


BULA DE CONVOCACIÓN

DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO

DE LA MISERICORDIA

MISERICORDIAE VULTUS


FRANCISCO

OBISPO DE ROMA

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

A CUANTOS LEAN ESTA CARTA

GRACIA, MISERICORDIA Y PAZ

1. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, «rico en misericordia» (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad» (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la «plenitud del tiempo» (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona [1] revela la misericordia de Dios.

2. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado.

3. Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.

El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza.

El domingo siguiente, III de Adviento, se abrirá la Puerta Santa en la Catedral de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán. Sucesivamente se abrirá la Puerta Santa en las otras Basílicas Papales. Para el mismo domingo establezco que en cada Iglesia particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o en la Concatedral o en una iglesia de significado especial se abra por todo el Año Santo una idéntica Puerta de la Misericordia. A juicio del Ordinario, ella podrá ser abierta también en los Santuarios, meta de tantos peregrinos que en estos lugares santos con frecuencia son tocados en el corazón por la gracia y encuentran el camino de la conversión. Cada Iglesia particular, entonces, estará directamente comprometida a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual. El Jubileo, por tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia.

4. He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.

Vuelven a la mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: «En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad … La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella» [2]. En el mismo horizonte se colocaba también el beato Pablo VI quien, en la Conclusión del Concilio, se expresaba de esta manera: «Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad … La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio … Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas … Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades» [3].

Con estos sentimientos de agradecimiento por cuanto la Iglesia ha recibido y de responsabilidad por la tarea que nos espera, atravesaremos la Puerta Santa, en la plena confianza de sabernos acompañados por la fuerza del Señor Resucitado que continua sosteniendo nuestra peregrinación. El Espíritu Santo que conduce los pasos de los creyentes para que cooperen en la obra de salvación realizada por Cristo, sea guía y apoyo del Pueblo de Dios para ayudarlo a contemplar el rostro de la misericordia [4].

5. El Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que derrame su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. ¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros.

6. «Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia» [5]. Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios. Es por esto que la liturgia, en una de las colectas más antiguas, invita a orar diciendo: «Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón» [6]. Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso.

“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los Salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: «Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia» (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro Salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: «El Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados» (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: «El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas. […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo» (147,3.6). Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.

7. “Eterna es su misericordia”: es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios. En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con Israel una historia de salvación. Repetir continuamente “Eterna es su misericordia”, como lo hace el Salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes.

Antes de la Pasión Jesús oró con este Salmo de la misericordia. Lo atestigua el evangelista Mateo cuando dice que «después de haber cantado el himno» (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este Salmo, lo hace para nosotros los cristianos aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: “Eterna es su misericordia”.

8. Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.

Jesús, ante la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y extenuadas, perdidas y sin guía, sintió desde lo profundo del corazón una intensa compasión por ellas (cfr Mt 9,36). A causa de este amor compasivo curó los enfermos que le presentaban (cfr Mt 14,14) y con pocos panes y peces calmó el hambre de grandes muchedumbres (cfr Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales. Cuando encontró la viuda de Naim, que llevaba su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso dolor de la madre en lágrimas, y le devolvió a su hijo resucitándolo de la muerte (cfr Lc 7,15). Después de haber liberado el endemoniado de Gerasa, le confía esta misión: «Anuncia todo lo que el Señor te ha hecho y la misericordia que ha obrado contigo» (Mc 5,19). También la vocación de Mateo se coloca en el horizonte de la misericordia. Pasando delante del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se posan sobre los de Mateo. Era una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. San Beda el Venerable, comentando esta escena del Evangelio, escribió que Jesús miró a Mateo con amor misericordioso y lo eligió: miserando atque eligendo [7]. Siempre me ha cautivado esta expresión, tanto que quise hacerla mi propio lema.

9. En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.

De otra parábola, además, podemos extraer una enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano. Provocado por la pregunta de Pedro acerca de cuántas veces fuese necesario perdonar, Jesús responde: «No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,22) y pronunció la parábola del “siervo despiadado”. Este, llamado por el patrón a restituir una grande suma, le suplica de rodillas y el patrón le condona la deuda. Pero inmediatamente encuentra otro siervo como él que le debía unos pocos centésimos, el cual le suplica de rodillas que tenga piedad, pero él se niega y lo hace encarcelar. Entonces el patrón, advertido del hecho, se irrita mucho y volviendo a llamar aquel siervo le dice: «¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?» (Mt 18,33). Y Jesús concluye: «Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos» (Mt 18,35).

La parábola ofrece una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices. Acojamos entonces la exhortación del Apóstol: «No permitan que la noche los sorprenda enojados» (Ef 4,26). Y sobre todo escuchemos la palabra de Jesús que ha señalado la misericordia como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe. «Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia» (Mt 5,7) es la bienaventuranza en la que hay que inspirarse durante este Año Santo.

Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.

10. La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia «vive un deseo inagotable de brindar misericordia» [8]. Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.

11. No podemos olvidar la gran enseñanza que san Juan Pablo II ofreció en su segunda encíclica Dives in misericordia, que en su momento llegó sin ser esperada y tomó a muchos por sorpresa en razón del tema que afrontaba. Dos pasajes en particular quiero recordar. Ante todo, el santo Papa hacía notar el olvido del tema de la misericordia en la cultura presente: «La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de misericordia parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado (cfr Gn 1,28). Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia … Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios» [9].

Además, san Juan Pablo II motivaba con estas palabras la urgencia de anunciar y testimoniar la misericordia en el mundo contemporáneo: «Ella está dictada por el amor al hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de los contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo ... me obliga al mismo tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo. Ello me obliga también a recurrir a tal misericordia y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del mundo» [10]. Esta enseñanza es hoy más que nunca actual y merece ser retomada en este Año Santo. Acojamos nuevamente sus palabras: «La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia – el atributo más estupendo del Creador y del Redentor – y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora» [11].

12. La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.

La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.

13. Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: «Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso» (Lc 6,36). Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr Lc 6,27). Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.

14. La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo, porque es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada. También para llegar a la Puerta Santa en Roma y en cualquier otro lugar, cada uno deberá realizar, de acuerdo con las propias fuerzas, una peregrinación. Esto será un signo del hecho que también la misericordia es una meta por alcanzar y que requiere compromiso y sacrificio. La peregrinación, entonces, sea estímulo para la conversión: atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros.

El Señor Jesús indica las etapas de la peregrinación mediante la cual es posible alcanzar esta meta: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque seréis medidos con la medida que midáis» (Lc 6,37-38). Dice, ante todo, no juzgar y no condenar. Si no se quiere incurrir en el juicio de Dios, nadie puede convertirse en el juez del propio hermano. Los hombres ciertamente con sus juicios se detienen en la superficie, mientras el Padre mira el interior. ¡Cuánto mal hacen las palabras cuando están motivadas por sentimientos de celos y envidia! Hablar mal del propio hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su reputación y a dejarlo a merced del chisme. No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo. Sin embargo, esto no es todavía suficiente para manifestar la misericordia. Jesús pide también perdonar y dar. Ser instrumentos del perdón, porque hemos sido los primeros en haberlo recibido de Dios. Ser generosos con todos sabiendo que también Dios dispensa sobre nosotros su benevolencia con magnanimidad.

Así entonces, misericordiosos como el Padre es el “lema” del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio. Viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos. Es bello que la oración cotidiana de la Iglesia inicie con estas palabras: «Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme» (Sal 70,2). El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros. Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos.

15. En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo.

Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga ... para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: «En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor» [12].

16. En el Evangelio de Lucas encontramos otro aspecto importante para vivir con fe el Jubileo. El evangelista narra que Jesús, un sábado, volvió a Nazaret y, como era costumbre, entró en la Sinagoga. Lo llamaron para que leyera la Escritura y la comentara. El paso era el del profeta Isaías donde está escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (61,1-2). “Un año de gracia”: es esto lo que el Señor anuncia y lo que deseamos vivir. Este Año Santo lleva consigo la riqueza de la misión de Jesús que resuena en las palabras del Profeta: llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella. La predicación de Jesús se hace de nuevo visible en las respuestas de fe que el testimonio de los cristianos está llamado a ofrecer. Nos acompañen las palabras del Apóstol: «El que practica misericordia, que lo haga con alegría» (Rm 12,8).

17. La Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios. ¡Cuántas páginas de la Sagrada Escritura pueden ser meditadas en las semanas de Cuaresma para redescubrir el rostro misericordioso del Padre! Con las palabras del profeta Miqueas también nosotros podemos repetir: Tú, oh Señor, eres un Dios que cancelas la iniquidad y perdonas el pecado, que no mantienes para siempre tu cólera, pues amas la misericordia. Tú, Señor, volverás a compadecerte de nosotros y a tener piedad de tu pueblo. Destruirás nuestras culpas y arrojarás en el fondo del mar todos nuestros pecados (cfr 7,18-19).

Las páginas del profeta Isaías podrán ser meditadas con mayor atención en este tiempo de oración, ayuno y caridad: «Este es el ayuno que yo deseo: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no abandonar a tus semejantes. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu herida se curará rápidamente; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: “¡Aquí estoy!”. Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si partes tu pan con el hambriento y sacias al afligido de corazón, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor; tú serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan» (58,6-11).

La iniciativa “24 horas para el Señor”, a celebrarse durante el viernes y sábado que anteceden el IV domingo de Cuaresma, se incremente en las Diócesis. Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior.

Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido ante la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.

18. Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe. Serán sacerdotes a los cuales daré la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica, para que se haga evidente la amplitud de su mandato. Serán, sobre todo, signo vivo de cómo el Padre acoge cuantos están en busca de su perdón. Serán misioneros de la misericordia porque serán los artífices ante todos de un encuentro cargado de humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los obstáculos y retomar la vida nueva del Bautismo. Se dejarán conducir en su misión por las palabras del Apóstol: «Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos» (Rm 11,32). Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento a la misericordia. Los misioneros vivan esta llamada conscientes de poder fijar la mirada sobre Jesús, «sumo sacerdote misericordioso y digno de fe» (Hb 2,17).

Pido a los hermanos Obispos que inviten y acojan estos Misioneros, para que sean ante todo predicadores convincentes de la misericordia. Se organicen en las Diócesis “misiones para el pueblo” de modo que estos Misioneros sean anunciadores de la alegría del perdón. Se les pida celebrar el sacramento de la Reconciliación para los fieles, para que el tiempo de gracia donado en el Año jubilar permita a tantos hijos alejados encontrar el camino de regreso hacia la casa paterna. Los Pastores, especialmente durante el tiempo fuerte de Cuaresma, sean solícitos en invitar a los fieles a acercarse «al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia» (Hb 4,16).

19. La palabra del perdón pueda llegar a todos y la llamada a experimentar la misericordia no deje a ninguno indiferente. Mi invitación a la conversión se dirige con mayor insistencia a aquellas personas que se encuentran lejanas de la gracia de Dios debido a su conducta de vida. Pienso en modo particular a los hombres y mujeres que pertenecen a algún grupo criminal, cualquiera que éste sea. Por vuestro bien, os pido cambiar de vida. Os lo pido en el nombre del Hijo de Dios que si bien combate el pecado nunca rechaza a ningún pecador. No caigáis en la terrible trampa de pensar que la vida depende del dinero y que ante él todo el resto se vuelve carente de valor y dignidad. Es solo una ilusión. No llevamos el dinero con nosotros al más allá. El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos, tarde o temprano, llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar.

La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Es una obra de las tinieblas, sostenida por la sospecha y la intriga. Corruptio optimi pessima, decía con razón san Gregorio Magno, para indicar que ninguno puede sentirse inmune de esta tentación. Para erradicarla de la vida personal y social son necesarias prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia.

¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Ante el mal cometido, incluso crímenes graves, es el momento de escuchar el llanto de todas las personas inocentes depredadas de los bienes, la dignidad, los afectos, la vida misma. Permanecer en el camino del mal es sólo fuente de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto. Dios no se cansa de tender la mano. Está dispuesto a escuchar, y también yo lo estoy, al igual que mis hermanos obispos y sacerdotes. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia.

20. No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino dos dimensiones de una única realidad que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor. La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno se debe dar lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios. Esta visión, sin embargo, ha conducido no pocas veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios.

Por su parte, Jesús habla muchas veces de la importancia de la fe, más bien que de la observancia de la ley. Es en este sentido que debemos comprender sus palabras cuando estando a la mesa con Mateo y otros publicanos y pecadores, dice a los fariseos que le replicaban: «Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13). Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación. Se comprende por qué, en presencia de una perspectiva tan liberadora y fuente de renovación, Jesús haya sido rechazado por los fariseos y por los doctores de la ley. Estos, para ser fieles a la ley, ponían solo pesos sobre las espaldas de las personas, pero así frustraban la misericordia del Padre. El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención a las necesidades que tocan la dignidad de las personas.

Al respecto es muy significativa la referencia que Jesús hace al profeta Oseas –«yo quiero amor, no sacrificio» (6, 6). Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores. La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús. Ella es un verdadero reto para sus interlocutores que se detienen en el respeto formal de la ley. Jesús, en cambio, va más allá de la ley; su compartir con aquellos que la ley consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega su misericordia.

También el Apóstol Pablo hizo un recorrido parecido. Antes de encontrar a Jesús en el camino a Damasco, su vida estaba dedicada a perseguir de manera irreprensible la justicia de la ley (cfr Flp 3,6). La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: «Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley» (2,16). Su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. No es la observancia de la ley lo que salva, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón (cfr Sal 51,11-16).

21. La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer. La experiencia del profeta Oseas viene en nuestra ayuda para mostrarnos la superación de la justicia en dirección hacia la misericordia. La época de este profeta se cuenta entre las más dramáticas de la historia del pueblo hebreo. El Reino está cercano de la destrucción; el pueblo no ha permanecido fiel a la alianza, se ha alejado de Dios y ha perdido la fe de los Padres. Según una lógica humana, es justo que Dios piense en rechazar el pueblo infiel: no ha observado el pacto establecido y por tanto merece la pena correspondiente, el exilio. Las palabras del profeta lo atestiguan: «Volverá al país de Egipto, y Asur será su rey, porque se han negado a convertirse» (Os 11,5). Y sin embargo, después de esta reacción que apela a la justicia, el profeta modifica radicalmente su lenguaje y revela el verdadero rostro de Dios: «Mi corazón se convulsiona dentro de mí, y al mismo tiempo se estremecen mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, porque soy Dios, no un hombre; el Santo en medio de ti y no es mi deseo aniquilar» (11,8-9). San Agustín, como comentando las palabras del profeta dice: «Es más fácil que Dios contenga la ira que la misericordia» [13]. Es precisamente así. La ira de Dios dura un instante, mientras que su misericordia dura eternamente.

Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia. Debemos prestar mucha atención a cuanto escribe Pablo para no caer en el mismo error que el Apóstol reprochaba a sus contemporáneos judíos: «Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree» (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva.

22. El Jubileo lleva también consigo la referencia a la indulgencia. En el Año Santo de la Misericordia ella adquiere una relevancia particular. El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites. En la muerte y resurrección de Jesucristo, Dios hace evidente este amor que es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres. Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia. Así entonces, Dios está siempre disponible al perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada. Todos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado. Sabemos que estamos llamados a la perfección (cfr Mt 5,48), pero sentimos fuerte el peso del pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado.

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos cuyo número es incalculable (cfr Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de ir al encuentro de la debilidad de unos con la santidad de otros. Vivir entonces la indulgencia en el Año Santo significa acercarse a la misericordia del Padre con la certeza que su perdón se extiende sobre toda la vida del creyente. Indulgencia es experimentar la santidad de la Iglesia que participa a todos de los beneficios de la redención de Cristo, para que el perdón sea extendido hasta las extremas consecuencias a la cual llega el amor de Dios. Vivamos intensamente el Jubileo pidiendo al Padre el perdón de los pecados y la dispensación de su indulgencia misericordiosa.

23. La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios. Israel primero que todo recibió esta revelación, que permanece en la historia como el comienzo de una riqueza inconmensurable de ofrecer a la entera humanidad. Como hemos visto, las páginas del Antiguo Testamento están entretejidas de misericordia porque narran las obras que el Señor ha realizado en favor de su pueblo en los momentos más difíciles de su historia. El islam, por su parte, entre los nombres que le atribuye al Creador está el de Misericordioso y Clemente. Esta invocación aparece con frecuencia en los labios de los fieles musulmanes, que se sienten acompañados y sostenidos por la misericordia en su cotidiana debilidad. También ellos creen que nadie puede limitar la misericordia divina porque sus puertas están siempre abiertas.

Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al diálogo para conocernos y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación.

24. El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.

Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende «de generación en generación» (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María. Esto nos servirá de consolación y de apoyo mientras atravesaremos la Puerta Santa para experimentar los frutos de la misericordia divina.

Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.

Nuestra plegaria se extienda también a tantos Santos y Beatos que hicieron de la misericordia su misión de vida. En particular el pensamiento se dirige a la grande apóstol de la misericordia, santa Faustina Kowalska. Ella que fue llamada a entrar en las profundidades de la divina misericordia, interceda por nosotros y nos obtenga vivir y caminar siempre en el perdón de Dios y en la inquebrantable confianza en su amor.

25. Un Año Santo extraordinario, entonces, para vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo. La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo. Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin. Es tan insondable la profundidad del misterio que encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene.

En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: «Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos» (Sal 25,6).

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de abril, Vigilia del Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, del Año del Señor 2015, tercero de mi pontificado.

Franciscus


[1] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 4.

[2] Discurso de apertura del Conc. Ecum. Vat. II, Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 2-3.

[3] Alocución en la última sesión pública, 7 de diciembre de 1965.

[4] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 16; Const. past. Gaudium et spes, 15.

[5] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 30, a. 4.

[6] XXVI domingo del tiempo ordinario. Esta colecta se encuentra ya en el Siglo VIII, entre los textos eucológicos del Sacramentario Gelasiano (1198).

[7] Cfr Hom. 21: CCL 122, 149-151.

[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24.

[9] N. 2.

[10] Carta Enc. Dives in misericordia, 15.

[11] Ibíd., 13.

[12] Palabras de luz y de amor, 57.

[13] Enarr. in Ps. 76, 11.



martes, 31 de marzo de 2015

EL VATICANO DEFIENDE EL NOMBRAMIENTO DE OBISPO CHILENO ACUSADO DE ENCUBRIMIENTO DE ABUSOS SEXUALES

El Vaticano defendió el martes el nombramiento del obispo Juan Barros Madrid, después de que las acusaciones de que el obispo ayudó a encubrir abusos sexuales provocaron críticas al nombramiento por parte de Francisco.

Por Abby Ohlheiser


Como señala el National Catholic Reporter, la breve declaración de 19 palabras representa un comentario poco común del Vaticano sobre un nombramiento. “La Congregación para los Obispos examinó atentamente la candidatura del prelado”, afirma el subdirector de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el pasionista padre Ciro Benedettini dice: “y no encontró razones objetivas que impidan el nombramiento”.

Las críticas a Barros se centran en acusaciones de larga data de que ayudó a encubrir los abusos sexuales de su entonces superior, el reverendo Fernando Karadima, a quien el Vaticano declaró culpable en 2011 de abusar sexualmente de menores. Karadima, de 84 años, vive ahora enclaustrado en “penitencia y oración”.

Barros ha negado las acusaciones, como informó la NCR, y ha dicho que “nunca tuvo conocimiento ni imaginó los graves abusos que este sacerdote [Karadima] cometió con su víctima”.

Como informó Associated Press, las acusaciones incluyen declaraciones de tres de las víctimas de Karadima diciendo que Barros presenció personalmente su abuso y no tomó medidas para detenerlo. También se alega que Barros destruyó una carta dirigida a su obispo que exponía las acusaciones contra su mentor.

Barros fue instalado a principios de este mes, una decisión que provocó protestas en la catedral de su diócesis chilena, así como un boicot por parte de la mayoría de los diáconos y sacerdotes de la diócesis y declaraciones de preocupación de varios miembros de la junta asesora del papa sobre abusos sexuales.

En una entrevista la semana pasada con The Washington Post, la sobreviviente de abusos Marie Collins, quien fue nombrada miembro de la comisión creada para asesorar al Vaticano sobre posibles reformas, dijo que el nombramiento de Barros “parece contrario a lo que el santo padre ha dicho en el pasado sobre la respuesta de la Iglesia al escándalo de abuso sexual. Creo que es sincero en cuanto a la protección infantil, pero me resulta difícil entender el nombramiento”.

Algunos miembros de la comisión están considerando un viaje a Roma para intentar hablar personalmente con Francisco sobre el nombramiento.

Para muchos, el nombramiento de Barros contrasta con la aceptación por parte del Papa de la renuncia del cardenal Keith O'Brien a principios de este mes. O'Brien, ex miembro poderoso de la presencia de la Iglesia católica en el Reino Unido, fue acusado de hacer insinuaciones sexuales hacia varios sacerdotes en el pasado.

Aunque Francisco ha tomado medidas para abordar la crisis internacional de abusos sexuales que enfrenta la Iglesia, algunos grupos de víctimas dicen que el Vaticano no está haciendo lo suficiente.

David Clohessy, director de SNAP, un grupo que defiende a las víctimas de abusos sexuales por parte del clero, dijo en un comunicado que Francisco es “mucho más experto en relaciones públicas que la mayoría” de los líderes anteriores de la Iglesia Católica en el tema del escándalo de abusos sexuales. "Es un maestro en el uso de símbolos y gestos", dijo Clohessy. "Él dice más de las cosas correctas". Pero Clohessy cree que el nombramiento de Barros demuestra que Francisco “no es diferente de cualquiera que lo haya precedido”.



lunes, 23 de marzo de 2015

AL PAPA FRANCISCO SE LE RECONOCE HABER REALIZADO “UN MILAGRO”


Al papa Francisco se le atribuye un milagro, o al menos un "medio milagro", después de que la sangre de San Gennaro se licuara en su presencia en Nápoles el sábado.

Por Ed Mazza


La sangre del santo suele estar seca dentro de su ampolla de vidrio sellada. Sin embargo, después de que el papa besó la reliquia, comenzó a volverse líquida.

"Es la señal de que San Genaro ama al papa Francisco: la mitad de la sangre se volvió líquida ", dijo el cardenal Crescenzo Sepe, arzobispo de Nápoles, a la multitud que lo vitoreaba, según Vatican Insider.

“Si solo la mitad se licuó, eso significa que todavía tenemos trabajo por hacer; tenemos que hacerlo mejor”, respondió el pontífice. “Tenemos solo la mitad del amor del santo”.

El sitio web informa que la sangre continuó licuándose hasta que todo el contenido de la ampolla se convirtió en líquido, lo que provocó que algunos en la multitud lloraran.

San Genaro, también conocido como San Januarius, fue el obispo de Nápoles hasta que fue martirizado en 305 durante la persecución bajo el emperador romano Diocleciano, informa Aleteia. En aquellos días, era común que los cristianos recolectaran la sangre de sus mártires y la guardaran en las catacumbas con el cadáver del difunto. La presencia de la sangre es una indicación de que la persona murió mártir, dijo el sitio web.

Los fieles creen que la sangre de San Genaro se licua tres veces al año si rezan lo suficiente: en la fiesta del santo del 19 de septiembre, el sábado anterior al primer domingo de mayo y el 16 de diciembre, informó el National Catholic Register.

La licuefacción de la sangre se ha documentado durante al menos seis siglos, informó AFP, ocurriendo hasta 18 veces al año en algunos casos.

El sábado marcó la primera vez que la sangre se licua en presencia papal desde 1848, cuando lo hizo frente al Papa Pío IX, según el Catholic Herald. La sangre no se licuó frente al Papa Juan Pablo II cuando lo visitó en 1979, ni lo hizo cuando Benedicto XVI lo visitó en 2007, según el sitio web.

Los escépticos creen que hay otra explicación para el fenómeno. Una posibilidad es que la sangre se licue cuando hay ciertos cambios en las condiciones, como cuando la reliquia se mueve de un lugar a otro para exhibirla.

Mientras estaba en Nápoles, el Papa Francisco también criticó el crimen organizado y compartió una comida con los presos, incluidos algunos que tienen SIDA y algunos que son transgénero.


Huff Post



viernes, 20 de marzo de 2015

CARTA DEL PAPA A LA COMISIÓN INTERNACIONAL CONTRA LA PENA DE MUERTE (20 DE MARZO DE 2015)


Publicamos la carta que el papa Francisco entregó al Presidente de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, Federico Mayor, en el transcurso de la audiencia de esta mañana con la comisión en el Vaticano.


* * *

Su Excelencia Señor

Federico Mayor

Presidente de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte


Señor presidente:

Con esta carta deseo hacer llegar mi saludo a todos los miembros de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, al conjunto de países que la apoyan y a los que colaboran con el organismo que usted preside. Deseo, además, expresar mi agradecimiento personal, y también el de los hombres de buena voluntad, por su compromiso con un mundo libre de la pena de muerte y por su contribución al establecimiento de una moratoria universal de las ejecuciones en todo el mundo, con miras a a la abolición de la pena capital.

He compartido algunas ideas sobre este tema en mi carta a la Asociación Internacional de Derecho Penal y a la Asociación Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología, del 30 de mayo de 2014. Tuve la oportunidad de reflexionar más sobre ellas en mi alocución ante los cinco grandes asociaciones mundiales dedicadas al estudio del derecho penal, la criminología, la victimología y las cuestiones penitenciarias del 23 de octubre de 2014. En esta oportunidad, deseo compartir con ustedes algunas reflexiones con las que la Iglesia puede contribuir a los esfuerzos humanistas de la Comisión.

El Magisterio de la Iglesia, a partir de la Sagrada Escritura y de la experiencia secular del Pueblo de Dios, defiende la vida desde la concepción hasta la muerte natural, y sostiene la dignidad humana plena en cuanto imagen de Dios (cf. Génesis 1, 26). La vida humana es sagrada porque desde su comienzo, desde el primer instante de la concepción, es fruto de la acción creadora de Dios (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2258), y desde ese momento, el hombre, la única criatura que Dios ama por sí misma, es objeto de un amor personal por parte de Dios (cf. Gaudium et spes, 24).

Los Estados pueden matar por acción cuando aplican la pena de muerte, cuando llevan a sus pueblos a la guerra o cuando llevan a cabo ejecuciones extrajudiciales o sumarias. También pueden matar por omisión, cuando no garantizan a sus pueblos el acceso a los medios esenciales para la vida. “Así como el mandamiento 'no matarás' pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir 'no a una economía de exclusión y desigualdad'” (Evangelii gaudium, 53).

La vida, especialmente la vida humana, pertenece sólo a Dios. Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y el mismo Dios se hace su garante. Como enseña san Ambrosio, Dios no quiso castigar a Caín por el asesinato, pues quiere el arrepentimiento del pecador, no su muerte (cf. Evangelium vitae, 9).

En algunas ocasiones es necesario repeler proporcionalmente una agresión en curso para evitar que un agresor cause daño, y la necesidad de neutralizarlo puede conllevar su eliminación: es el caso de la legítima defensa (Cf. Evangelium vitae, 55). Sin embargo, los supuestos de legítima defensa personal no son aplicables al medio social, sin riesgo de distorsión. Porque cuando se aplica la pena de muerte, no se mata a las personas por agresiones presentes, sino por daños causados ​​en el pasado. Además, se aplica a las personas cuya capacidad de hacer daño no está presente porque ya ha sido neutralizada, y que se encuentran privadas de su libertad.

Hoy la pena de muerte es inadmisible, por grave que sea el delito del condenado. Es una ofensa contra la inviolabilidad de la vida y la dignidad de la persona humana que contradice el proyecto de Dios sobre el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa, e impide cumplir el justo fin de las penas. No hace justicia a las víctimas, sino que fomenta la venganza.

Para un Estado de Derecho, la pena de muerte representa un fracaso, porque obliga a matar en nombre de la justicia. Dostoievski escribió: “Matar a quien mató es un castigo incomparablemente mayor que el crimen mismo. Matar en virtud de una sentencia es mucho peor que el asesinato cometido por un criminal”. Nunca se llegará a la justicia matando a un ser humano.

La pena de muerte pierde toda legitimidad ante la defectuosa selectividad del sistema penal y ante la posibilidad de error judicial. La justicia humana es imperfecta, y no reconocer su falibilidad puede convertirla en fuente de injusticias. Con la aplicación de la pena capital se niega al condenado la posibilidad de reparación o enmienda del daño causado; la posibilidad de la Confesión, por la que el hombre expresa su conversión interior; y contrición, puerta de arrepentimiento y de expiación, para acudir al encuentro del amor misericordioso y sanador de Dios.

Además, la pena capital es un recurso frecuente utilizado por algunos regímenes totalitarios y grupos fanáticos, para el exterminio de disidentes políticos, de minorías y de cualquier individuo etiquetado como “peligroso” o que pueda ser percibido como una amenaza para el poder o para llevar a cabo los fines de uno. Como en los primeros siglos, hoy también la Iglesia sufre la aplicación de este castigo a sus nuevos mártires.

La pena de muerte es contraria al sentido de la humanitas y a la misericordia divina, que debe ser modelo de justicia de los hombres. Implica un trato cruel, inhumano y degradante como lo es también la angustia previa al momento de la ejecución y la terrible espera entre el dictado de la sentencia y la aplicación de la pena, suele durar muchos años, y en la sala de espera de la muerte, no pocas veces conduce a la enfermedad y la locura.

En algunos lugares se debate sobre la forma de matar, como si hubiera una forma de “hacerlo bien”. A lo largo de la historia se han defendido diferentes mecanismos de muerte para reducir el sufrimiento y la agonía de los condenados. Sin embargo, no existe una forma humana de matar a otra persona.

En la actualidad no sólo existen medios para reprimir eficazmente el delito, sin privar definitivamente a quien lo ha cometido de la posibilidad de redimirse (Cf. Evangelium vitae, 27), sino que se ha desarrollado una mayor sensibilidad moral en relación con el valor de la vida humana, provocando una creciente aversión a la pena de muerte y el apoyo de la opinión pública a las diversas disposiciones que tienden a su abolición o a la postergación de su aplicación (Cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 405).

Por otra parte, las penas de reclusión perpetua, así como aquellas que por su duración entrañan la posibilidad para el castigado de proyectar un futuro en libertad, pueden ser consideradas penas de muerte velada, pues con ellas no se priva al culpable de libertad pero hay un intento de privarlo de la esperanza. Sin embargo, aunque el sistema penal puede quitarle tiempo a los culpables, nunca les puede quitar la esperanza.

Como expresé en mi alocución del pasado 23 de octubre, “la pena de muerte implica la negación del amor a los enemigos, predicada en el Evangelio. Todos los cristianos y todos los hombres de buena voluntad están obligados no sólo a luchar por la abolición de la pena de muerte, legal o ilegal, y en todas sus formas, sino también por la mejora de las condiciones carcelarias, en el respeto de la dignidad humana de las personas privadas de su libertad”.

Queridos amigos, los animo a continuar con el trabajo que realizan, ya que el mundo necesita testigos de la misericordia y la ternura de Dios.

Me despido encomendándoos al Señor Jesús, que en los días de su vida terrena no quiso que sus perseguidores fueran heridos en su defensa -“Vuelve tu espada a su lugar” (Mateo 26,52)-, él fue arrestado y condenado a muerte injustamente, y se identificó con todos los presos, culpables o no: “Estuve en la cárcel y tú viniste a mí” (Mateo 25:36). Él, que ante la mujer adúltera no cuestionó su culpabilidad, sino que invitó a sus acusadores a examinar su propia conciencia antes de apedrearla (cf. Juan 8, 1-11), os conceda el don de la sabiduría, para que las acciones que emprender en favor de la abolición de este cruel castigo, son justos y fructíferos.

Ruego que ores por mí.

Cordialmente,

Vaticano, 20 de marzo de 2015

FRANCISCO


CARTA DEL PAPA FRANCISCO AL PRESIDENTE DE LA COMISIÓN INTERNACIONAL CONTRA LA PENA DE MUERTE


CARTA DEL PAPA FRANCISCO

AL PRESIDENTE DE LA COMISIÓN INTERNACIONAL 

CONTRA LA PENA DE MUERTE


Distinguido señor Federico Mayor

Presidente de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte

Señor presidente:

Con estas palabras, quisiera transmitir mi saludo a todos los miembros de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, al grupo de países que la apoyan y a quienes colaboran con la organización que ustedes presiden. Además, me gustaría expresar mi gratitud personal, y también la de los hombres de buena voluntad, por su compromiso de lograr un mundo libre de la pena de muerte y por su contribución al establecimiento de una moratoria universal de las ejecuciones en todo el mundo para abolir la pena capital.

Compartí varias ideas sobre este tema en mi carta del 30 de mayo de 2014 a la Asociación Internacional de Derecho Penal y a la Asociación Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología. En mi discurso ante las cinco grandes asociaciones mundiales dedicadas al estudio del derecho penal, la criminología, la victimología y las cuestiones del encarcelamiento el 23 de octubre de 2014, aproveché la oportunidad para profundizar en estos temas. En esta ocasión, quisiera ofrecerles algunas sugerencias con las que la Iglesia puede contribuir al esfuerzo humano de la Comisión.

El Magisterio de la Iglesia, a partir de la Sagrada Escritura y de la experiencia del Pueblo de Dios durante milenios, defiende la vida desde la concepción hasta la muerte natural y sostiene la plena dignidad humana como imagen de Dios (cf. Gn 1, 26). La vida humana es sagrada porque desde su inicio, desde el primer momento de la concepción, es fruto de la acción creadora de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica , n. 2258), y desde ese momento, el hombre, única criatura... que Dios quiso por sí mismo, es el destinatario del amor personal de Dios (cf. Gaudium et spes, n. 24).

Los Estados pueden matar con su acción cuando aplican la pena de muerte, cuando llevan a su pueblo a la guerra o cuando realizan ejecuciones extrajudiciales o sumarias. También pueden matar por omisión, cuando no garantizan a su gente el acceso a las necesidades básicas de la vida. “Así como el mandamiento 'No matarás' establece un límite claro para salvaguardar el valor de la vida humana, hoy también tenemos que decir 'no matarás' a una economía de exclusión y desigualdad” (Evangelii Gaudium, n. 53).

La vida, la vida humana sobre todo, pertenece solo a Dios. Ni siquiera un asesino pierde su dignidad personal, y Dios mismo se compromete a garantizarlo. Como enseñaba san Ambrosio, Dios no quiso castigar a Caín con el homicidio, porque quiere que el pecador se arrepienta más que muera (cf. Evangelium vitae, n. 9).

En determinadas circunstancias, cuando las hostilidades están en curso, es necesaria una reacción mesurada para evitar que el agresor cause daño, y la necesidad de neutralizar al agresor puede resultar en su eliminación; se trata de un caso de legítima defensa (cf. Evangelium Vitae, n. 55). Sin embargo, los requisitos de la legítima defensa personal no son aplicables en el ámbito social sin riesgo de distorsión. De hecho, cuando se aplica la pena de muerte, las personas mueren no por actos de agresión actuales, sino por delitos cometidos en el pasado. Además, se aplica a personas cuya capacidad de causar daño no está vigente, porque ya ha sido neutralizada, y se encuentran privadas de su libertad.

Hoy la pena capital es inaceptable, por grave que haya sido el crimen del condenado. Es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona humana que contradice el designio de Dios para el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa, y no se ajusta a ningún propósito justo de castigo. No hace justicia a las víctimas, sino que fomenta la venganza.

Para un Estado constitucional la pena de muerte representa un fracaso, porque obliga al Estado a matar en nombre de la justicia. Dostoyevsky escribió: “Matar a un asesino es un castigo incomparablemente peor que el crimen mismo. El asesinato por sentencia legal es inconmensurablemente más terrible que el asesinato por un criminal”. La justicia nunca se alcanza matando a un ser humano.

La pena de muerte pierde toda legitimidad por la selectividad defectuosa del sistema de justicia penal y ante la posibilidad de error judicial. La justicia humana es imperfecta y el no reconocer su falibilidad puede transformarla en fuente de injusticia. Con la aplicación de la pena capital, al condenado se le niega la posibilidad de enmendar o arrepentirse del daño causado; la posibilidad de la confesión, con la que el hombre expresa su conversión interior; y de la contrición, medio de arrepentimiento y expiación, para llegar al encuentro con el amor misericordioso y sanador de Dios.

Además, la pena capital es una práctica frecuente a la que recurren regímenes totalitarios y grupos fanáticos, para el exterminio de disidentes políticos, minorías y todo individuo etiquetado como "peligroso" o que pueda ser percibido como una amenaza para su poder o para la consecución de sus objetivos. Como en los primeros siglos y también en el actual, la Iglesia sufre la aplicación de esta pena a sus nuevos mártires.

La pena de muerte es contraria al significado de humanitas y a la misericordia divina, que deben ser modelos de justicia humana. Implica un trato cruel, inhumano y degradante, como lo es la angustia ante el momento de la ejecución y el terrible suspenso entre el dictado de la sentencia y la ejecución de la pena, una forma de “tortura” que, en nombre del correcto procedimiento, tiende a durar muchos años y, a menudo, conduce a la enfermedad y la locura en el corredor de la muerte.

En algunos ámbitos se debate el método de ejecución, como si se tratara de encontrar “la mejor” forma. A lo largo de la historia se han defendido diversos mecanismos letales porque redujeron el sufrimiento y la agonía de los condenados. Pero no existe una forma humana de matar a otra persona.

Hoy en día, no solo existen medios para abordar eficazmente el crimen sin privar definitivamente a los delincuentes de la posibilidad de reformarse (cf. Evangelium Vitae, n. 27), sino que también existe una mayor sensibilidad moral sobre el valor de la vida humana, despertando la opinión pública en apoyo de las distintas disposiciones destinadas a su abolición o suspensión de su aplicación y una creciente aversión a la pena de muerte (cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 405).

Por otro lado, la cadena perpetua, así como aquellas penas que por su duración imposibiliten al condenado a planificar un futuro en libertad, pueden ser consideradas penas de muerte encubiertas, porque con ellas el culpable no sólo está privado de su libertad, sino también insidiosamente privado de esperanza. Pero, aunque el sistema de justicia penal pueda apropiarse del tiempo de los culpables, nunca debe quitarles la esperanza.

Como dije en mi discurso el pasado 23 de octubre, la pena de muerte se refiere directamente a la negación del amor a los enemigos predicada por el Evangelio. “Todos los cristianos y hombres de buena voluntad están llamados hoy a luchar no solo por la abolición de la pena de muerte, legal o ilegal, y en todas sus formas, sino también para mejorar las condiciones carcelarias, respetando la dignidad humana de las personas privadas de libertad”.

Queridos amigos, los animo a continuar con la obra que están haciendo porque el mundo necesita testigos de la misericordia y la ternura de Dios.

Me despido mientras te confío al Señor Jesús que, en los días de su vida terrena, no quiso que sus perseguidores fueran lastimados en su defensa: “Vuelve tu espada a su lugar” (Mt 26, 52), fue capturado y condenado injustamente a muerte, y que se identificaba con todos los presos, culpables o no: “Estuve en la cárcel y vinieron a visitarme” (Mt 25, 36). Que Él, que ante la mujer adúltera no cuestionó su culpa, sino que invitó a los acusadores a examinar su propia conciencia antes de arrojarle una piedra (cf. Jn 8, 1-11), os conceda el don de la sabiduría, para que la acción que emprenda a favor de la abolición de este cruel castigo, puede ser apropiada y fructífera.

Les pido que recen por mí.

Cordialmente,

FRANCISCO

Vaticano, 20 de marzo de 2015