jueves, 8 de junio de 2023

MEDITANDO EN EL MES DE JUNIO

La devoción al Sagrado Corazón acompaña la vida espiritual de todo católico, y cada año, en el mes de junio, debe renovarse, nutrirse, profundizarse.

Por Roberto de Mattei


Así como el mes de mayo está dedicado a Nuestra Señora, el de junio está tradicionalmente dedicado al Sagrado Corazón. La devoción al Sagrado Corazón acompaña la vida espiritual de todo católico, y cada año, en el mes de junio, debe renovarse, nutrirse, profundizarse. Alimentar y profundizar una devoción significa no limitarse a su aspecto sentimental, aunque esto también es importante, porque toda verdadera devoción nace del corazón, sino también utilizar la razón para reflexionar sobre su naturaleza y significado. En el caso de la devoción al Sagrado Corazón, esto se puede hacer releyendo tres encíclicas, escritas por tres papas diferentes, dedicadas al Sagrado Corazón.

La primera es la encíclica Annum Sacrum de León XIII (25 de mayo de 1899), en la que el Papa exhorta a los hombres, familias y pueblos a consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús, como remedio de los males que aquejan a la humanidad.
“Nos hemos extraviado y debemos volver al camino correcto; las tinieblas han cubierto nuestras mentes, y la oscuridad debe ser disipada por la luz de la verdad; la muerte se ha apoderado de nosotros, y debemos aferrarnos a la vida. Por fin será posible que nuestras muchas heridas sean curadas y que toda la justicia brote de nuevo con la esperanza de una autoridad restaurada; que los esplendores de la paz se renueven, y que las espadas y las armas caigan de la mano cuando todos los hombres reconozcan el imperio de Cristo y obedezcan voluntariamente su palabra, y 'toda lengua confiese que nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre'” (Filipenses 2:11)”
La segunda encíclica es Miserentissimus Redemptor del Papa Pío XI (8 de mayo de 1928), en la que el Papa añade a la consagración al Sagrado Corazón, por la cual nos ofrecemos a Dios y nos volvemos sagrados para Él, la necesidad de actos de expiación y reparación por pecados que nosotros y otros hemos cometido.
“... con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado.... los hombres en cierto modo, reconocieron el deber de aquella común expiación y comenzaron a practicarlo guiados por cierto natural sentido”.
La tercera encíclica es Haurietis Aquas de Pío XII (15 de mayo de 1956), en la que el Papa afirma que no se debe suponer que la devoción al Sagrado Corazón apareció casi abruptamente en la vida de la Iglesia:
“Es evidente, por lo tanto, cómo las revelaciones de que fue favorecida santa Margarita María ninguna nueva verdad añadieron a la doctrina católica. Su importancia consiste en que —al mostrar el Señor su Corazón Sacratísimo— de modo extraordinario y singular quiso atraer la consideración de los hombres a la contemplación y a la veneración del amor tan misericordioso de Dios al género humano. De hecho, mediante una manifestación tan excepcional, Jesucristo expresamente y en repetidas veces mostró su Corazón como el símbolo más apto para estimular a los hombres al conocimiento y a la estima de su amor; y al mismo tiempo lo constituyó como señal y prenda de su misericordia y de su gracia para las necesidades espirituales de la Iglesia en los tiempos modernos”.
Hablando en la Basílica de San Juan de Letrán el 2 de junio de 2016, el papa Francisco aconsejó a los obispos y sacerdotes que lo escuchaban y que releyeran la encíclica Haurietis Aquas de Pío XII : “Recuerdo cuando Pío XII completó su encíclica sobre el Sagrado Corazón”, dijo el papa Bergoglio, “Alguien comentó: '¿Por qué una encíclica sobre esto? Esto es para religiosas'”. En cambio, agregó, “haríamos bien en leerla”, aunque algunos dirán que “es preconciliar”. Lo mismo vale para las otras dos encíclicas, de León XIII y de Pío XI, que haríamos bien en leer de nuevo, aunque algunos digan que son “preconciliares”.

Pero al recordar la devoción al Sagrado Corazón, ¿cómo no asociarla con la del Inmaculado Corazón de María, la criatura que, más perfectamente que ninguna otra, comprendió y amó al Divino Redentor?

La oración que el ángel enseñó a los tres pastorcitos de Fátima en el otoño de 1916, antes de que comenzaran las apariciones de Nuestra Señora el 13 de mayo de 1917, es la siguiente:
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciantísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias que tanto le ofenden. Y, por los méritos infinitos del Sacratísimo Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, os suplico la conversión de los pobres pecadores”.
Es una oración profundamente teológica, que se abre con un acto de adoración a la Santísima Trinidad, recordando el primer misterio del cristianismo: un solo Dios en tres personas divinas. El acto de adoración es el más perfecto que cualquier católico puede realizar porque, en este acto, reconocemos nuestra propia nada y la totalidad de Dios, nuestra completa dependencia de Dios, a quien le debemos todo. La oración del ángel nos invita a aliarnos con el sacerdote que, renovando el Sacrificio del Altar, ofrece el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente no sólo en el momento de la consagración eucarística sino en todos los tabernáculos del mundo en que se reserva la Hostia consagrada. ¿Cómo no ver en esto una invitación muy oportuna a la adoración eucarística,

Profundamente teológica, finalmente, es la distinción entre los méritos infinitos del Sacratísimo Corazón de Jesús y la intercesión del Inmaculado Corazón de María, que, sin embargo, están inseparablemente unidos por un único fuego de amor. Por eso, Pío XII escribe en Haurietis Aquas:
“Y para que la devoción al Corazón augustísimo de Jesús produzca más copiosos frutos de bien en la familia cristiana y aun en toda la humanidad, procuren los fieles unir a ella estrechamente la devoción al Inmaculado Corazón de la Madre de Dios. Ha sido voluntad de Dios que, en la obra de la Redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Jesucristo; tanto, que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos, a los cuales estaban íntimamente unidos el amor y los dolores de su Madre... Por eso, el pueblo cristiano que por medio de María ha recibído de Jesucristo la vida divina, después de haber dado al Sagrado Corazón de Jesús el debido culto, rinda también al amantísimo Corazón de su Madre celestial parecidos obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparación”.
Por los méritos infinitos del Sacratísimo Corazón de Jesús, y por la intercesión del Inmaculado Corazón de María, pidamos, pues, la conversión de los pobres pecadores, que es la conversión de toda la humanidad, pero ante todo nuestra propia conversión. 


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