martes, 18 de octubre de 2022

SOR PASCUALINA, LA MUJER QUE LOS CURIALISTAS DE LA ÉPOCA LLAMABAN "VIRGO POTENS"

Pío XII confió plenamente en su secretaria, que muchos miraron con recelo por el gran ascendiente que tuvo sobre él

Por el padre Alberto Royo Mejía


Es conocido el dicho: “Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Pío XII fue grande por muchos conceptos, aunque algunos ahora discuten su envergadura. Al menos no se le podrá negar haber sido el pontífice que mejor encarnó la idea de grandeza unida tradicionalmente al Papado. Pues bien, detrás de Eugenio Pacelli se escondía una mujer más bien diminuta, pero con un temple de acero y una voluntad a toda prueba: sor Pascualina Lehnert, monja de la congregación de las Hermanas de la Santa Cruz de Menzingen”. Así comenzaba don Apeles Santolaria de Puey y Cruells un capítulo que en su enjundioso libro “Historias de los Papas” (1999) dedicó a la más influyente y menos visible mujer que ha habido cerca del trono de Pedro. Y las hubo de campanillas: desde las Teofilactas hasta la reina Cristina de Suecia, pasando por la condesa Matilde, Lucrecia Borgia y donna Olimpia Maidalchini.

La Madre Pascalina (o Pascualina) –como se la conocía popularmente– fue llamada de manera irónica y maliciosa la Virgo potens por aquellos que soportaban mal su ascendiente sobre Pío XII y su posición de privilegio en los Palacios Apostólicos. En un mundo tradicionalmente cerrado y dominado por hombres, las mujeres desempeñaban tareas muy subalternas y, desde luego, no en el entorno inmediato del Papa. Por eso, ya Pío XI había debido enfrentarse a los monseñores vaticanos cuando se trajo consigo desde Milán a su fiel gobernanta lombarda, Teodolinda Banfi, para que le llevara los apartamentos papales. Pero la monja a la que Eugenio Pacelli otorgó toda su confianza fue mucho más que un ama de llaves: fue también secretaria y confidente, fue la organizadora y gobernadora indiscutible del entorno del Papa, sólo que, imbuida de un sentido sobrenatural de las cosas, nunca abusó de esta circunstancia ventajosa. Y ello en medio de un mundillo donde el carrierismo es una tentación cotidiana.

La historia de esta extraordinaria mujer comienza en Ebersberg, un pueblo de la Baja Baviera (la misma región donde vería la luz Benedicto XVI), donde nació el 25 de agosto de 1894. Era la séptima de los doce hijos de un matrimonio de campesinos fervientemente católicos. Desde pequeña dio muestras de su gran sentido de responsabilidad y de orden, así como de su dedicación al trabajo. Ayudaba como ninguna en las tareas domésticas. Con quince años marchó de la casa paterna para seguir una temprana vocación religiosa, ingresando en la congregación de las Hermanas de la Santa Cruz de Menzingen, fundada en Suiza a mediados del siglo XIX y dedicada fundamentalmente a la enseñanza. Hecha la profesión religiosa con el nombre de sor Josefina, la joven monja fue destinada a la instrucción de niñas en colegios de la congregación. En uno de éstos se encontraba cuando en marzo de 1918 la mandó llamar la madre provincial de Alttöting (casa de la que dependía) para enviarla, junto a otra hermana, para ayudar en la organización material de la nunciatura de Munich por un período de dos meses. Sólo que, como escribió en sus memorias, la ayuda se prolongó indefinidamente.


Desde su primer encuentro surgió una mutua simpatía entre Pacelli y sor Pascalina. Ésta quedó impresionada por la elegancia natural y sin artificio del nuncio y adivinó la necesidad que tenía de un ambiente familiar e íntimo, en el que pudiera refugiarse una persona delicada como él. A su vez el prelado supo inmediatamente apreciar la laboriosidad, eficiencia y discreción de la monja y que podía contar con ella y otorgarle su confianza. Tanta depositó en ella que salió garante de su integridad cuando se suscitaron las primeras intrigas por parte de los otros empleados de la casa, que no llevaban bien el ritmo de trabajo impuesto por sor Pascalina, cuyo sentido de la disciplina y la energía con que la aplicaba la hacían parecer autoritaria. Aunque su fuerte carácter no contribuía a crearle simpatías, nadie pudo negar nunca su profunda fe y su lealtad a la Iglesia.

De los tiempos de Munich fue testigo de excepción de un dramático episodio del que fue protagonista Pacelli. Fue poco después del final de l Gran Guerra. La monarquía milenaria de los Wittelsbach había caído y había quedado instaurado un régimen socialdemócrata presidido por Kurt Eisner. Al ser asesinado éste en febrero de 1919, los comunistas se levantaron en armas y asaltaron el poder proclamando la efímera pero sangrienta República Soviética de Baviera. En medio de los desórdenes callejeros, volvió el nuncio a su residencia desde Suiza, donde había pasado un período de convalecencia. Cierto día los revolucionarios armados invadieron la nunciatura. Monseñor Pacelli salió y se enfrentó a los asaltantes, uno de los cuales llegó a apuntarle con su revólver en el pecho. Sólo el aplomo y la desarmante dignidad del prelado hicieron que aquéllos se retiraran sin causar más daño. A pesar de la campaña de desprestigio de la que fue objeto el nuncio por parte de las autoridades revolucionarias, no detuvo su acción benéfica a favor de los más necesitados, en la cual se había prodigado desde que puso pie en Alemania en 1917, fiel a la línea de Benedicto XV, que, no pudiendo detener l’inutile strage de la guerra, quería paliar sus efectos mediante el ejercicio de una intensiva y eficiente red de caridad.

En 1920 fue nombrado nuncio ante la República de Weimar, reteniendo la nunciatura de Munich. No marchó a Berlín hasta 1925, siendo precedido por sor Pascualina, a la que había enviado a la capital alemana para buscar una sede adecuada para la nueva representación pontificia y organizarla, lo cual hizo ella a satisfacción, escogiendo una bella residencia al lado del Tiergarten y dirigiendo los trabajos de restauración y adaptación. Gracias a la gran personalidad de Pacelli y a la sabia administración de su gobernanta, la nunciatura berlinesa se convirtió en el corazón de la vida católica en una ciudad de rigurosa tradición protestante. Sus salones fueron escenario de las más brillantes recepciones y su capilla el de bautizos, comuniones y hasta conversiones. El nuncio, decano del cuerpo diplomático y dotado de un extraordinario don de gentes, fue conocido y querido no sólo por los propios, sino también por los extraños. Por eso, cuando en 1929 fue llamado por Pío XI a Roma para recibir el rojo capelo, la despedida, en la estación ferroviaria de Berlín, fue apoteósica y muy emotiva.

Pascalina creyó llegada la hora de decir adiós a su querido monseñor tras once años de fieles servicios, pero Pacelli no supo, ni pudo ni quiso prescindir de ella y la llamó a Roma. Ella partió sólo después de haberse encargado personalmente de mandar expedir el nuevo mobiliario del neo-cardenal, que le fue regalado por los obispos germanos como recuerdo de su fructífera estancia en Alemania. En la Ciudad Eterna, la religiosa siguió siendo la fiel y discreta auxiliar de siempre. Fue testigo de la paciente elaboración de la encíclica Mit brenneder Sorge contra el nazismo, obra conjunta de los cardenales Pacelli y Faulhaber, que Pío XI firmó y mandó publicar desde los púlpitos de todas las parroquias de Alemania en 1934. Pascalina participó en los viajes del cardenal secretario de Estado para subvenir a sus necesidades de orden práctico, en lo que se desempañaba de maravilla. Lo hizo con tal prudencia y recato que nadie se percató de su presencia en los diferentes países que visitó junto a Pacelli. Se había hecho tan necesaria a éste que, incluso, por un privilegio sin precedentes, se la autorizó a asistir al cardenal durante el cónclave que siguió a la muerte de Pío XI y del que saldría aquél elegido, siendo la única mujer conclavista de la Historia.

Cuando Pío XII se instaló en los apartamentos papales en el tercer piso del Palacio Apostólico, sor Pascalina se encargó de recrear en ellos la atmósfera hogareña y sencilla que tanto necesitaba Pacelli y ella había sabido imponer en el pasado. El círculo íntimo de Pacelli era predominantemente alemán: monseñor Ludwig Kaas, a quien le unía una buena amistad desde los tiempos en que éste era presidente del Zentrum o partido católico alemán; el padre Robert Leiber, jesuita, su secretario; el padre Agustín Bea, su confesor, y, las hermanas Maria Corrada y Erwaldiss, dirigidas por sor Pascalina, encargadas de la tareas domésticas. A la familiaridad del Papa eran admitidos también el conde Enrico Galeazzi y su medio hermano el oftalmólogo Riccardo Galeazzi-Lisi –que fungía de arquíatra pontificio– y, por supuesto, los sobrinos del Papa. También los cardenales Faulhaber y Spellman, amigos personales de Pío XII. Sor Pascalina vigilaba atentamente para que el Santo Padre pudiera tener tranquilidad en sus pocas horas de intimidad, cosa que requería una gran firmeza y una buena dosis de coraje para enfrentarse a los curiales y a todo aquel que pretendía franquear ese pequeño mundo doméstico.


Y es que la solícita franciscana sabía mejor que nadie la vida de auténtico sacrificio que llevaba el Papa, que consideraba su deber no dejar de recibir a los fieles católicos del mundo entero que venían a verle (recuérdese que antaño los pontífices no viajaban). De las audiencias de rigor con sus colaboradores de los dicasterios de la Curia Romana y de las de protocolo para recibir a Jefes de Estado, gobernantes, diplomáticos y personalidades, pasaba a las audiencias generales, en las que no paraba de bendecir y extender la mano para que la gente pudiera besarle el anillo o para acariciar con el sincero afecto del padre común a los atribulados y a los niños. Y aunque las audiencias le dejaban exhausto, no se permitía más solaz durante el día que su paseo cotidiano de una hora por los jardines vaticanos, para volver en seguida al trabajo, esta vez de despacho, escribiendo sus discursos y encíclicas, documentándolos cuidadosamente y repasándolos y corrigiéndolos una y otra vez, tanta era su meticulosidad. Sor Pascalina tenía siempre a mano manguitos para que no se ensuciara la blanca sotana con la tinta con la que escribía.

Durante los terribles años de la Segunda Guerra Mundial y de la ocupación la rutina en los apartamentos pontificios se vio alterada por nuevas responsabilidades. El Papa multiplicó las audiencias y abolió el protocolo para recibir a los heridos y mutilados. Además, creó una Oficina de Información para recabar y brindar toda clase de informaciones sobre prisioneros de guerra y desparecidos. Siguiendo el ejemplo de Benedicto XV durante la Gran Guerra, Pío XII ejerció una eficaz acción de beneficencia para paliar los horrores de la contienda. Sor Pascualina fue puesta al frente de los almacenes en los que se clasificaban toda clase de subsistencias que, a continuación, partían hacia los más diversos destinos llevando el auxilio y el consuelo material del Papa a las pobres víctimas. También fue testigo directo la gobernanza de cuanto se hizo por indicación suya a favor de los judíos perseguidos; cómo levantó la clausura de los monasterios y conventos femeninos para que pudieran recibir refugiados; cómo dispuso la apertura del palacio lateranense, de la villa papal de Castelgandolfo, de los edificios extraterritoriales y de las dependencias de la Santa Sede para acoger a los proscritos, sin distinción de raza ni de credo religioso o político; cómo vació las arcas papales para aliviar la penuria de los más desgraciados. Cuando Roma fue bombardeada, su hijo más ilustre, nacido en la Urbe, no dudó un momento en acudir a consolar a las víctimas. En esas correrías, sor Pascualina pidió a monseñor Montini que no dejara solo al Papa.


Pasada la tormenta, mientras los hombres de Estado y los políticos se dedicaban a reconstruir la Europa martirizada, Eugenio Pacelli erigía a la Iglesia Católica como un faro y un punto de referencia para el resurgimiento de aquélla. Fueron años en los que la institución gozó el máximo prestigio alcanzado en tiempos modernos. No faltaban ciertamente los puntos obscuros (que andando el tiempo se manifestarían con virulencia), pero la Cristiandad estaba en su apogeo, el cual tuvo una expresión inequívoca con ocasión del Año Santo de 1950. A partir de entonces y tras el inaudito esfuerzo realizado por un hombre de salud delicada, las fuerzas de Pío XII empezaron a declinar, aunque él no se diera tregua ni se hiciera a sí mismo concesión alguna. Sólo interrumpió su habitual ritmo obligado por algunas graves crisis que hicieron temer por su vida, siendo la peor la experimentada durante el Año Santo Mariano de 1954, durante la que estuvo a las puertas de la muerte. Tanto en los momentos de triunfo como en los de postración física, Pascalina Lehnert fue su ángel tutelar, que contrarrestó con su dedicación las inepcias de algunos tratamientos que recibió el Santo Padre y no hicieron otra cosa que debilitarlo aún más. El cerco en torno a él se cerró aún más con evidente disgusto de los miembros de la Curia Romana. Pero a la monja no le dolían las prendas a la hora de preservar el necesario aislamiento del Papa. Gracias a sus cuidados y a una increíble capacidad de resistencia puede decirse que logró sobrevivir unos años más.

Hasta que sucedió lo inevitable, la inexorable ley de vida, a la que no escapan ni siquiera los Papas: la muerte. Ésta le sobrevino hallándose en Castelgandolfo, después de una agonía penosa, durante la cual sor Pascalina le rodeó de una atención conmovedora, ayudada de sus hermanas de hábito. De su dedicación amorosa al augusto moribundo dan fe unas fotografías que de los últimos momentos tomó subrepticiamente el profesor Galeazzi-Lisi para venderlas a un semanario francés y que revelan en medio del dramatismo la gran dimensión humana de la religiosa que estuvo cuarenta años al servicio lleno de devoción y desinteresado de un gran papa. De no haber sido por esta traición a la confianza depositada en él que cometió el arquíatra pontificio, la figura de sor Pascualina habría quedado definitivamente en la sombra bajo la que quiso vivir mientras estuvo junto a Pío XII. En efecto, en esos cuarenta años ella vivió siempre hurtándose escrupulosamente a las miradas ajenas, hasta el punto que, si todo el mundo hablaba de la monja que servía al Papa, a la que se atribuía un poder grandísimo, nadie era capaz de describirla porque simplemente no la habían visto nunca.


Momentos durísimos debieron ser para sor Pascalina los que siguieron al fallecimiento de su bienamado pontífice. Se desataron entonces todos los rencores contenidos en vida de éste y no le fueron ahorrados desaires e incomprensiones. Sin embargo, no era ella mujer que se arredrara ante la adversidad, de modo que se quedó en Roma como procuradora de su congregación y supervisora del servicio en el nuevo colegio para los seminaristas norteamericanos en el Janículo. Con el tiempo y donativos de gente amiga (entre ellos el conde Enrico Galeazzi) logró construir una casa de reposo para señoras ancianas, a la que puso por nombre Pastor Angelicus en recuerdo del papa Pacelli. Según ella misma declaró, sus últimos años quería dedicarlos a honrar la memoria de Pío XII y a rezar por su beatificación, aunque confesaba su escepticismo al ver con disgusto cómo se desperdiciaba la gran herencia de su pontificado. Fiel a su vocación, a sus recuerdos y a sí misma, sor Pascalina Lehnert murió el 13 de noviembre de 1983 en Viena, a los 89 años de edad, en la brecha y en el combate por honrar la memoria del gran Eugenio Pacelli. Sus exequias fueron oficiadas por el que fuera obispo vicario de la Ciudad del Vaticano, el mismo que compuso la hermosa oración por la beatificación de Pío XII: monseñor Petrus Canisius van Lierde. 


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