sábado, 6 de enero de 2001

NOVO MILLENNIO INEUNTE (6 DE ENERO DE 2001)


CARTA APOSTÓLICA

NOVO MILLENNIO INEUNTE

DEL SUMO PONTÍFICE

JUAN PABLO II

AL EPISCOPADO

AL CLERO Y A LOS FIELES

AL CONCLUIR EL GRAN JUBILEO

DEL AÑO 2000

A los Obispos,

a los sacerdotes y diáconos,

a los religiosos y religiosas y

a todos los fieles laicos.

1. Al comienzo del nuevo milenio, mientras se cierra el Gran Jubileo en el que hemos celebrado los dos mil años del nacimiento de Jesús y se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a «remar mar adentro» para pescar: «Duc in altum» (Lc 5,4). Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y echaron las redes. «Y habiéndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces» (Lc 5,6).

¡Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: «Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8).

La alegría de la Iglesia, que se ha dedicado a contemplar el rostro de su Esposo y Señor, ha sido grande este año. Se ha convertido, más que nunca, en pueblo peregrino, guiado por Aquél que es «el gran Pastor de las ovejas» (Hb 13,20). Con un extraordinario dinamismo, que ha implicado a todos sus miembros, el Pueblo de Dios, aquí en Roma, así como en Jerusalén y en todas las Iglesias locales, ha pasado a través de la «Puerta Santa» que es Cristo. A él, meta de la historia y único Salvador del mundo, la Iglesia y el Espíritu Santo han elevado su voz: «Marana tha - Ven, Señor Jesús» (cf. Ap 22,17.20; 1 Co 16,22).

Es imposible medir la efusión de gracia que, a lo largo del año, ha tocado las conciencias. Pero ciertamente, un «río de agua viva», aquel que continuamente brota «del trono de Dios y del Cordero» (cf. Ap 22,1), se ha derramado sobre la Iglesia. Es el agua del Espíritu Santo que apaga la sed y renueva (cf. Jn 4,14). Es el amor misericordioso del Padre que, en Cristo, se nos ha revelado y dado otra vez. Al final de este año podemos repetir, con renovado regocijo, la antigua palabra de gratitud: «Cantad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Sal 118-117,1).

2. Por eso, siento el deber de dirigirme a todos vosotros para compartir el canto de alabanza. Había pensado en este Año Santo del dos mil como un momento importante desde el inicio de mi Pontificado. Pensé en esta celebración como una convocatoria providencial en la cual la Iglesia, treinta y cinco años después del Concilio Ecuménico Vaticano II, habría sido invitada a interrogarse sobre su renovación para asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora.

¿Lo ha logrado el Jubileo? Nuestro compromiso, con sus generosos esfuerzos y las inevitables fragilidades, está ante la mirada de Dios. Pero no podemos olvidar el deber de gratitud por las «maravillas» que Dios ha realizado por nosotros. «Misericordias Domini in aeternum cantabo» (Sal 89-88,2).

Al mismo tiempo, lo ocurrido ante nosotros exige ser considerado y, en cierto sentido, interpretado, para escuchar lo que el Espíritu, a lo largo de este año tan intenso, ha dicho a la Iglesia (cf. Ap 2,7.11.17 etc.).

3. Sobre todo, queridos hermanos y hermanas, es necesario pensar en el futuro que nos espera. Tantas veces, durante estos meses, hemos mirado hacia el nuevo milenio que se abre, viviendo el Jubileo no sólo como memoria del pasado, sino como profecía del futuro. Es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de acción concretas. Es una tarea a la cual deseo invitar a todas las Iglesias locales. En cada una de ellas, congregada en torno al propio Obispo, en la escucha de la Palabra, en la comunión fraterna y en la «fracción del pan» (cf. Hch 2,42), está «verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica» [1]. Es especialmente en la realidad concreta de cada Iglesia donde el misterio del único Pueblo de Dios asume aquella especial configuración que lo hace adecuado a todos los contextos y culturas.

Este encarnarse de la Iglesia en el tiempo y en el espacio refleja, en definitiva, el movimiento mismo de la Encarnación. Es, pues, el momento de que cada Iglesia, reflexionando sobre lo que el Espíritu ha dicho al Pueblo de Dios en este especial año de gracia, más aún, en el período más amplio de tiempo que va desde el Concilio Vaticano II al Gran Jubileo, analice su fervor y recupere un nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral. Con este objetivo, deseo ofrecer en esta Carta, al concluir el Año Jubilar, la contribución de mi ministerio petrino, para que la Iglesia brille cada vez más en la variedad de sus dones y en la unidad de su camino.


I

EL ENCUENTRO CON CRISTO,

HERENCIA DEL GRAN JUBILEO

4. «Gracias te damos, Señor, Dios omnipotente» (Ap 11,17). En la Bula de convocatoria del Jubileo auguraba que la celebración bimilenaria del misterio de la Encarnación se viviera como un «único e ininterrumpido canto de alabanza a la Trinidad» [2] y a la vez «como camino de reconciliación y como signo de genuina esperanza para quienes miran a Cristo y a su Iglesia» [3]. La experiencia del año jubilar se ha movido precisamente en estas dimensiones vitales, alcanzando momentos de intensidad que nos han hecho como tocar con la mano la presencia misericordiosa de Dios, del cual procede «toda dádiva buena y todo don perfecto» (St 1,17).

Pienso, sobre todo, en la dimensión de la alabanza. Desde ella se mueve toda respuesta auténtica de fe a la revelación de Dios en Cristo. El cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que, satisfecho no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura, y después de haber hablado muchas veces y de diversos modos por medio de los profetas, «últimamente, en estos días, nos ha hablado por medio de su Hijo» (Hb 1,1-2).

¡En estos días! Sí, el Jubileo nos ha hecho sentir que dos mil años de historia han pasado sin disminuir la actualidad de aquel «hoy» con el que los ángeles anunciaron a los pastores el acontecimiento maravilloso del nacimiento de Jesús en Belén: «Hoy os ha nacido en la ciudad de David un salvador, que es Cristo el Señor» (Lc 2,11). Han pasado dos mil años, pero permanece más viva que nunca la proclamación que Jesús hizo de su misión ante sus atónitos conciudadanos en la Sinagoga de Nazaret, aplicando a sí mismo la profecía de Isaías: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Han pasado dos mil años, pero siente siempre consolador para los pecadores necesitados de misericordia —y ¿quién no lo es?— aquel «hoy» de la salvación que en la Cruz abrió las puertas del Reino de Dios al ladrón arrepentido: «En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43).

La plenitud de los tiempos

5. La coincidencia de este Jubileo con la entrada en un nuevo milenio, ha favorecido ciertamente, sin ceder a fantasías milenaristas, la percepción del misterio de Cristo en el gran horizonte de la historia de la salvación. ¡El cristianismo es la religión que ha entrado en la historia! En efecto, es sobre el terreno de la historia donde Dios ha querido establecer con Israel una alianza y preparar así el nacimiento del Hijo del seno de María, «en la plenitud de los tiempos» (Ga 4,4). Contemplado en su misterio divino y humano, Cristo es el fundamento y el centro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última. En efecto, es por medio él, Verbo e imagen del Padre, que «todo se hizo» (Jn 1,3; cf. Col 1,15). Su encarnación, culminada en el misterio pascual y en el don del Espíritu, es el eje del tiempo, la hora misteriosa en la cual el Reino de Dios se ha hecho cercano (cf. Mc 1,15), más aún, ha puesto sus raíces, como una semilla destinada a convertirse en un gran árbol (cf. Mc 4,30-32), en nuestra historia.

«Gloria a ti, Cristo Jesús, hoy y siempre tú reinarás». Con este canto, tantas veces repetido, hemos contemplado en este año a Cristo como nos lo presenta el Apocalipsis: «El Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin» (Ap 22,13). Y contemplando a Cristo hemos adorado juntos al Padre y al Espíritu, la única e indivisible Trinidad, misterio inefable en el cual todo tiene su origen y su realización.

Purificación de la memoria


6. Para que nosotros pudiéramos contemplar con mirada más pura el misterio, este Año jubilar ha estado fuertemente caracterizado por la petición de perdón. Y esto ha sido así no sólo para cada uno individualmente, que se ha examinado sobre la propia vida para implorar misericordia y obtener el don especial de la indulgencia, sino también para toda la Iglesia, que ha querido recordar las infidelidades con las cuales tantos hijos suyos, a lo largo de la historia, han ensombrecido su rostro de Esposa de Cristo.

Para este examen de conciencia nos habíamos preparado mucho antes, conscientes de que la Iglesia, acogiendo en su seno a los pecadores «es santa y a la vez tiene necesidad de purificación»[4]. Unos Congresos científicos nos han ayudado a centrar aquellos aspectos en los que el espíritu evangélico, durante los dos primeros milenios, no siempre ha brillado. ¿Cómo olvidar la conmovedora Liturgia del 12 de marzo de 2000, en la cual yo mismo, en la Basílica de san Pedro, fijando la mirada en Cristo Crucificado, me he hecho portavoz de la Iglesia pidiendo perdón por el pecado de tantos hijos suyos? Esta «purificación de la memoria» ha reforzado nuestros pasos en el camino hacia el futuro, haciéndonos a la vez más humildes y atentos en nuestra adhesión al Evangelio.

Los testigos de la fe

7. Sin embargo, la viva conciencia penitencial no nos ha impedido dar gloria al Señor por todo lo que ha obrado a lo largo de los siglos, y especialmente en el siglo que hemos dejado atrás, concediendo a su Iglesia una gran multitud de santos y de mártires. Para algunos de ellos el Año jubilar ha sido también el año de su beatificación o canonización. Respecto a Pontífices bien conocidos en la historia o a humildes figuras de laicos y religiosos, de un continente a otro del mundo, la santidad se ha manifestado más que nunca como la dimensión que expresa mejor el misterio de la Iglesia. Mensaje elocuente que no necesita palabras, la santidad representa al vivo el rostro de Cristo.

Mucho se ha trabajado también, con ocasión del Año Santo, para recoger las memorias preciosas de los Testigos de la fe en el siglo XX. Los hemos conmemorado el 7 de mayo de 2000, junto con representantes de otras Iglesias y Comunidades eclesiales, en el sugestivo marco del Coliseo, símbolo de las antiguas persecuciones. Es una herencia que no se debe perder y que se ha de trasmitir para un perenne deber de gratitud y un renovado propósito de imitación.

Iglesia peregrina

8. Siguiendo las huellas de los Santos, se han acercado aquí a Roma, ante las tumbas de los Apóstoles, innumerables hijos de la Iglesia, deseosos de profesar la propia fe, confesar los propios pecados y recibir la misericordia que salva. Mi mirada en este año ha quedado impresionada no sólo por las multitudes que han llenado la Plaza de san Pedro durante muchas celebraciones. Frecuentemente me he parado a mirar las largas filas de peregrinos en espera paciente de cruzar la Puerta Santa. En cada uno de ellos trataba de imaginar la historia de su vida, llena de alegrías, ansias y dolores; una historia de encuentro con Cristo y que en el diálogo con él reemprendía su camino de esperanza.

Observando también el continuo fluir de los grupos, los veía como una imagen plástica de la Iglesia peregrina, la Iglesia que está, como dice san Agustín «entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios»[5]. Nosotros sólo podemos observar el aspecto más externo de este acontecimiento singular. ¿Quién puede valorar las maravillas de la gracia que se han dado en los corazones? Conviene callar y adorar, confiando humildemente en la acción misteriosa de Dios y cantar su amor infinito: «¡Misericordias Domini in aeternum cantabo!».

Los jóvenes

9. Los numerosos encuentros jubilares han congregado las más diversas clases de personas, notándose una participación realmente impresionante, que a veces ha puesto a prueba el esfuerzo de los organizadores y animadores, tanto eclesiales como civiles. Deseo aprovechar esta Carta para expresar a todos ellos mi agradecimiento más cordial. Pero, además del número, lo que tantas veces me ha conmovido ha sido constatar el serio esfuerzo de oración, de reflexión y de comunión que estos encuentros han manifestado.

Y, ¿cómo no recordar especialmente el alegre y entusiasmante encuentro de los jóvenes? Si hay una imagen del Jubileo del Año 2000 que quedará viva en el recuerdo más que las otras es seguramente la de la multitud de jóvenes con los cuales he podido establecer una especie de diálogo privilegiado, basado en una recíproca simpatía y un profundo entendimiento. Fue así desde la bienvenida que les di en la Plaza de san Juan de Letrán y en la Plaza de san Pedro. Después les vi deambular por la Ciudad, alegres como deben ser los jóvenes, pero también reflexivos, deseosos de oración, de «sentido» y de amistad verdadera. No será fácil, ni para ellos mismos, ni para cuantos los vieron, borrar de la memoria aquella semana en la cual Roma se hizo «joven con los jóvenes». No será posible olvidar la celebración eucarística de Tor Vergata.

Una vez más, los jóvenes han sido para Roma y para la Iglesia un don especial del Espíritu de Dios. A veces, cuando se mira a los jóvenes, con los problemas y las fragilidades que les caracterizan en la sociedad contemporánea, hay una tendencia al pesimismo. Es como si el Jubileo de los Jóvenes nos hubiera «sorprendido», trasmitiéndonos, en cambio, el mensaje de una juventud que expresa un deseo profundo, a pesar de posibles ambigüedades, de aquellos valores auténticos que tienen su plenitud en Cristo. ¿No es, tal vez, Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica? Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz. Por eso, vibrando con su entusiasmo, no dudé en pedirles una opción radical de fe y de vida, señalándoles una tarea estupenda: la de hacerse «centinelas de la mañana» (cf. Is 21,11-12) en esta aurora del nuevo milenio.

Peregrinos de diversas clases

10. Obviamente no puedo detenerme en detalles sobre todas las celebraciones jubilares. Cada una de ellas ha tenido sus características y ha dejado su mensaje no sólo a los que han asistido directamente, sino también a los que lo han conocido o han participado a distancia a través de los medios de comunicación social. Pero, ¿cómo no recordar el tono festivo del primer gran encuentro dedicado a los niños? Empezar por ellos significaba, en cierto modo, respetar la exhortación de Jesús: «Dejad que los niños se acerquen a mí» (Mc 10,14). Más aún, quizás significaba repetir el gesto que él hizo cuando «colocó en medio» a un niño y lo presentó como símbolo mismo de la actitud que había que asumir, si se quiere entrar en el Reino de Dios (cf. Mt 18,2-4).

Y así, en cierto sentido, siguiendo las huellas de los niños han venido a pedir la misericordia jubilar las más diversas clases de adultos: desde los ancianos a los enfermos y minusválidos, desde los trabajadores de las oficinas y del campo a los deportistas, desde los artistas a los profesores universitarios, desde los Obispos y presbíteros a las personas de vida consagrada, desde los políticos y los periodistas hasta los militares, venidos para confirmar el sentido de su servicio como un servicio a la paz.

Gran impacto tuvo el encuentro de los trabajadores, desarrollado el 1 de mayo dentro de la tradicional fecha de la fiesta del trabajo. A ellos les pedí que vivieran la espiritualidad del trabajo, a imitación de san José y de Jesús mismo. Su jubileo me ofreció, además, la ocasión para lanzar una fuerte llamada a remediar los desequilibrios económicos y sociales existentes en el mundo del trabajo, y a gestionar con decisión los procesos de la globalización económica en función de la solidaridad y del respeto debido a cada persona humana.

Los niños, con su incontenible comportamiento festivo, volvieron en el Jubileo de las Familias, en el cual han sido señalados al mundo como «primavera de la familia y de la sociedad». Muy elocuente fue este encuentro jubilar en el cual tantas familias, procedentes de diversas partes del mundo, vinieron para obtener, con renovado fervor, la luz de Cristo sobre el proyecto originario de Dios (cf. Mc 10,6-8; Mt 19,4-6). Ellas se comprometieron a difundirla en una cultura que corre el peligro de perder, de modo cada vez más preocupante, el sentido mismo del matrimonio y de la institución familiar.

Entre los encuentros más emotivos está también para mí el que tuve con los presos de Regina Caeli. En sus ojos leí el dolor, pero también el arrepentimiento y la esperanza. Para ellos el Jubileo fue por un motivo muy particular un «año de misericordia».

Simpático fue, finalmente, en los últimos días del año, el encuentro con el mundo del espectáculo. A las personas que trabajan en este sector recordé la gran responsabilidad de proponer, con la alegre diversión, mensajes positivos, moralmente sanos, capaces de transmitir confianza y amor a la vida.

Congreso Eucarístico Internacional

11. En la lógica de este Año jubilar, un significado determinante debía tener el Congreso Eucarístico Internacional. ¡Y lo tuvo! Si la Eucaristía es el sacrificio de Cristo que se hace presente entre nosotros, ¿cómo podía su presencia real no ser el centro del Año Santo dedicado a la encarnación del Verbo? Precisamente por ello fue previsto como año «intensamente eucarístico» [6] y así hemos procurado vivirlo. Al mismo tiempo, ¿cómo podía faltar, al lado del recuerdo del nacimiento del Hijo, el de la Madre? María ha estado presente en las celebraciones jubilares no sólo por medio de oportunos y cualificados congresos, sino sobre todo a través del gran Acto de consagración con el que, rodeado por buena parte del Episcopado mundial, confié a su solicitud materna la vida de los hombres y de las mujeres del nuevo milenio.

La dimensión ecuménica

12. Se comprenderá así que hable espontáneamente del Jubileo visto desde la Sede de Pedro. Sin embargo, no olvido que yo mismo quise que su celebración tuviese lugar de pleno derecho también en las Iglesias particulares, y es allí donde la mayor parte de los fieles han podido obtener las gracias especiales y, en particular, la indulgencia del Año jubilar. Así pues, es significativo que muchas Diócesis hayan sentido el deseo de hacerse presentes, con numerosos grupos de fieles, también aquí en Roma. La Ciudad Eterna ha manifestado, pues, una vez más su papel providencial de lugar donde las riquezas y los dones de todas y cada una de las Iglesias, y también de cada nación y cultura, se armonizan en la «catolicidad», para que la única Iglesia de Cristo manifieste de modo cada vez más elocuente su misterio de sacramento de unidad [7].

Había pedido también que, en el programa del Año jubilar, se prestara una particular atención a la dimensión ecuménica. ¿Qué ocasión más propicia para animar el camino hacia la plena comunión que la celebración común del nacimiento de Cristo? Se han llevado a cabo muchos esfuerzos para este objetivo, y entre ellos destaca el encuentro ecuménico en la Basílica de San Pablo el 18 de enero de 2000, cuando por primera vez en la historia una Puerta Santa fue abierta conjuntamente por el Sucesor de Pedro, por el Primado Anglicano y por un Metropolitano del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, en presencia de representantes de Iglesias y Comunidades eclesiales del todo el mundo. En esta misma dirección han ido también algunos importantes encuentros con Patriarcas ortodoxos y Jerarcas de otras Confesiones cristianas. Recuerdo, en particular, la reciente visita de S.S. Karekin II, Patriarca Supremo y Catholicós de todos los Armenios. Además, muchos fieles de otras Iglesias y Comunidades eclesiales han participado en los encuentros jubilares de los diversos grupos. El camino ecuménico es ciertamente laborioso, quizás largo, pero nos anima la esperanza de estar guiados por la presencia de Cristo resucitado y por la fuerza inagotable de su Espíritu, capaz de sorpresas siempre nuevas.

La peregrinación en Tierra Santa

13. ¿Cómo no recordar también mi Jubileo personal por los caminos de Tierra Santa? Habría deseado iniciarlo en Ur de los Caldeos, para seguir casi prácticamente las huellas de Abraham «nuestro padre en la fe» (cf. Rm 4,11-16). En cambio, tuve que contentarme con una etapa únicamente espiritual, mediante la sugestiva «Liturgia de la palabra» celebrada el 23 de febrero en el Aula Pablo VI. A continuación tuvo lugar la verdadera peregrinación, siguiendo el itinerario de la historia de la salvación. Así tuve el gozo de pararme en el Monte Sinaí, lugar que recuerda la entrega del Decálogo y de la primera Alianza. Un mes después retomé el camino, llegando al Monte Nebo y visitando luego los mismos lugares habitados y santificados por el Redentor. Es difícil expresar la emoción que experimenté al poder venerar los lugares del nacimiento y de la vida de Cristo, en Belén y Nazaret, al celebrar la Eucaristía en el Cenáculo, en el mismo lugar de su institución, al meditar el misterio de la Cruz sobre el Gólgota, donde él dio su vida por nosotros. En aquellos lugares, aún tan probados e incluso recientemente entristecidos por la violencia, pude experimentar una acogida extraordinaria no sólo por parte de los hijos de la Iglesia, sino también por parte de las comunidades israelítica y palestina. Grande fue mi emoción en la oración ante el Muro de las Lamentaciones y durante la visita al Mausoleo de Yad Vashem, en el recuerdo aterrador de las víctimas de los campos de exterminio nazis. Aquella peregrinación fue un momento de fraternidad y de paz, que me complace señalar como uno de los dones más bellos del acontecimiento jubilar. Pensando en el clima vivido en aquellos días, expreso el sincero augurio de una pronta y justa solución de los problemas aún abiertos en aquellos lugares santos, tan queridos a la vez por los judíos, los cristianos y los musulmanes.

La deuda internacional

14. El Jubileo ha sido también, —y no podía ser de otro modo— un gran acontecimiento de caridad. Desde los años preparatorios, hice una llamada a una mayor y más comprometida atención a los problemas de la pobreza que aún afligen al mundo. Un significado particular ha tenido, a este respecto, el problema de la deuda internacional de los Países pobres. En relación con éstos, un gesto de generosidad estaba en la lógica misma del Jubileo, que en su originaria configuración bíblica era precisamente el tiempo en el cual la comunidad se comprometía a restablecer la justicia y la solidaridad en las relaciones entre las personas, restituyendo también los bienes materiales substraídos. Me complace observar que recientemente los Parlamentos de muchos Estados acreedores han votado una reducción sustancial de la deuda bilateral que tienen los Países más pobres y endeudados. Formulo mis votos para que los respectivos Gobiernos acaten, en breve plazo, estas decisiones parlamentarias. Más problemática ha resultado, sin embargo, la cuestión de la deuda multilateral, contraída por Países pobres con los Organismos financieros internacionales. Es de desear que los Estados miembros de tales organizaciones, sobre todo los que tienen un mayor peso en las decisiones, logren encontrar el consenso necesario para llegar a una rápida solución de una cuestión de la que depende el proceso de desarrollo de muchos Países, con graves consecuencias para la condición económica y existencial de tantas personas.

Un nuevo dinamismo

15. Éstos son algunos de los aspectos más sobresalientes de la experiencia jubilar. Ésta deja en nosotros tantos recuerdos. Pero si quisiéramos individuar el núcleo esencial de la gran herencia que nos deja, no dudaría en concretarlo en la contemplación del rostro de Cristo: contemplado en sus coordenadas históricas y en su misterio, acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino.

Ahora tenemos que mirar hacia adelante, debemos «remar mar adentro», confiando en la palabra de Cristo: ¡Duc in altum! Lo que hemos hecho este año no puede justificar una sensación de dejadez y menos aún llevarnos a una actitud de desinterés. Al contrario, las experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empujándonos a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jesús mismo nos lo advierte: «Quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atrás, no sirve para el Reino de Dios» (Lc 9,62). En la causa del Reino no hay tiempo para mirar para atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza. Es mucho lo que nos espera y por eso tenemos que emprender una eficaz programación pastoral postjubilar.

Sin embargo, es importante que lo que nos propongamos, con la ayuda de Dios, esté fundado en la contemplación y en la oración. El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del «hacer por hacer». Tenemos que resistir a esta tentación, buscando «ser» antes que «hacer». Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: «Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo sólo una es necesaria» (Lc 10,41-42). Con este espíritu, antes de someter a vuestra consideración unas líneas de acción, deseo haceros partícipes de algunos puntos de meditación sobre el misterio de Cristo, fundamento absoluto de toda nuestra acción pastoral.


II

UN ROSTRO PARA CONTEMPLAR

16. «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Esta petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este Año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?

Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al final del Jubileo, a la vez que reemprendemos el ritmo ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante este período singular, la mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor.

El testimonio de los Evangelios

17. La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo» [8]. Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1).

Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible [9].

18. En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial. Sobre la base de estos testimonios iniciales ellos, bajo la acción iluminada del Espíritu Santo, descubrieron el dato humanamente desconcertante del nacimiento virginal de Jesús de María, esposa de José. De quienes lo habían conocido durante los casi treinta años transcurridos por él en Nazaret (cf. Lc 3,23), recogieron los datos sobre su vida de «hijo del carpintero» (Mt 13,55) y también como «carpintero», en medio de sus parientes (cf. Mc 6,3). Hablaron de su religiosidad, que lo movía a ir con los suyos en peregrinación anual al templo de Jerusalén (cf. Lc 2,41) y sobre todo porque acudía de forma habitual a la sinagoga de su ciudad (cf. Lc 4,16).

Después los relatos serán más extensos, aún sin ser una narración orgánica y detallada, en el período del ministerio público, a partir del momento en que el joven galileo se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán y, apoyado por el testimonio de lo alto, con la conciencia de ser el «Hijo amado» (cf. Lc 3,22), inicia su predicación de la venida del Reino de Dios, enseñando sus exigencias y su fuerza mediante palabras y signos de gracia y misericordia. Los Evangelios nos lo presentan así en camino por ciudades y aldeas, acompañado por doce Apóstoles elegidos por él (cf. Mc 3,13-19), por un grupo de mujeres que los ayudan (cf. Lc 8,2-3), por muchedumbres que lo buscan y lo siguen, por enfermos que imploran su poder de curación, por interlocutores que escuchan, con diferente eco, sus palabras.

La narración de los Evangelios coincide además en mostrar la creciente tensión que hay entre Jesús y los grupos dominantes de la sociedad religiosa de su tiempo, hasta la crisis final, que tiene su epílogo dramático en el Gólgota. Es la hora de las tinieblas, a la que seguirá una nueva, radiante y definitiva aurora. En efecto, las narraciones evangélicas terminan mostrando al Nazareno victorioso sobre la muerte, señalan la tumba vacía y lo siguen en el ciclo de las apariciones, en las cuales los discípulos, perplejos y atónitos antes, llenos de indecible gozo después, lo experimentan vivo y radiante, y de él reciben el don del Espíritu Santo (cf. Jn 20,22) y el mandato de anunciar el Evangelio a «todas las gentes» (Mt 28,19).

El camino de la fe

19. «Los discípulos se alegraron de ver al Señor» (Jn 20,20). El rostro que los Apóstoles contemplaron después de la resurrección era el mismo de aquel Jesús con quien habían vivido unos tres años, y que ahora los convencía de la verdad asombrosa de su nueva vida mostrándoles «las manos y el costado» (ibíd.). Ciertamente no fue fácil creer. Los discípulos de Emaús creyeron sólo después de un laborioso itinerario del espíritu (cf. Lc 24,13-35). El apóstol Tomás creyó únicamente después de haber comprobado el prodigio (cf. Jn 20,24-29). En realidad, aunque se viese y se tocase su cuerpo, sólo la fe podía franquear el misterio de aquel rostro. Ésta era una experiencia que los discípulos debían haber hecho ya en la vida histórica de Cristo, con las preguntas que afloraban en su mente cada vez que se sentían interpelados por sus gestos y por sus palabras. A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16,13-20). A los discípulos, como haciendo un primer balance de su misión, Jesús les pregunta quién dice la «gente» que es él, recibiendo como respuesta: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas» (Mt 16,14). Respuesta elevada, pero distante aún —¡y cuánto!— de la verdad. El pueblo llega a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de este rabbí que habla de manera fascinante, pero que no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto! Es precisamente este ulterior grado de conocimiento, que atañe al nivel profundo de su persona, lo que él espera de los «suyos»: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15). Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

20. ¿Cómo llegó Pedro a esta fe? ¿Y qué se nos pide a nosotros si queremos seguir de modo cada vez más convencido sus pasos? Mateo nos da una indicación clarificadora en las palabras con que Jesús acoge la confesión de Pedro: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (16,17). La expresión «carne y sangre» evoca al hombre y el modo común de conocer. Esto, en el caso de Jesús, no basta. Es necesaria una gracia de «revelación» que viene del Padre (cf. ibíd.). Lucas nos ofrece un dato que sigue la misma dirección, haciendo notar que este diálogo con los discípulos se desarrolló mientras Jesús «estaba orando a solas» (Lc 9,18). Ambas indicaciones nos hacen tomar conciencia del hecho de que a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

La profundidad del misterio

21. ¡La Palabra y la carne, la gloria divina y su morada entre los hombres! En la unión íntima e inseparable de estas dos polaridades está la identidad de Cristo, según la formulación clásica del Concilio de Calcedonia (a. 451): «Una persona en dos naturalezas». La persona es aquélla, y sólo aquélla, la Palabra eterna, el hijo del Padre. Sus dos naturalezas, sin confusión alguna, pero sin separación alguna posible, son la divina y la humana [10].

Somos conscientes de los límites de nuestros conceptos y palabras. La fórmula, aunque siempre humana, está sin embargo expresada cuidadosamente en su contenido doctrinal y nos permite asomarnos, en cierto modo, a la profundidad del misterio. Ciertamente, ¡Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre! Como el apóstol Tomás, la Iglesia está invitada continuamente por Cristo a tocar sus llagas, es decir, a reconocer la plena humanidad asumida en María, entregada a la muerte, transfigurada por la resurrección: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20,27). Como Tomás, la Iglesia se postra ante Cristo resucitado, en la plenitud de su divino esplendor, y exclama perennemente: ¡«Señor mío y Dios mío»! (Jn 20,28).

22. «La Palabra se hizo carne» (Jn 1,14). Esta espléndida presentación joánica del misterio de Cristo está confirmada por todo el Nuevo Testamento. En este sentido se sitúa también el apóstol Pablo cuando afirma que el Hijo de Dios nació de la estirpe de David «según la carne» (Rm 1,3; cf. 9,5). Si hoy, con el racionalismo que reina en gran parte de la cultura contemporánea, es sobre todo la fe en la divinidad de Cristo lo que constituye un problema, en otros contextos históricos y culturales hubo más bien la tendencia a rebajar o desconocer el aspecto histórico concreto de la humanidad de Jesús. Pero para la fe de la Iglesia es esencial e irrenunciable afirmar que realmente la Palabra «se hizo carne» y asumió todas las características del ser humano, excepto el pecado (cf. Hb 4,15). En esta perspectiva, la Encarnación es verdaderamente una kenosis, un "despojarse", por parte del Hijo de Dios, de la gloria que tiene desde la eternidad (cf. Flp 2,6-8; 1 P 3,18).

Por otra parte, este rebajarse del Hijo de Dios no es un fin en sí mismo; tiende más bien a la plena glorificación de Cristo, incluso en su humanidad. «Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un Nombre sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,9-11).

23. «Señor, busco tu rostro» (Sal 2726,8). El antiguo anhelo del Salmista no podía recibir una respuesta mejor y sorprendente más que en la contemplación del rostro de Cristo. En él Dios nos ha bendecido verdaderamente y ha hecho «brillar su rostro sobre nosotros» (Sal 6766,3). Al mismo tiempo, Dios y hombre como es, Cristo nos revela también el auténtico rostro del hombre, «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»[11].

Jesús es el «hombre nuevo» (cf. Ef 4,24; Col 3,10) que llama a participar de su vida divina a la humanidad redimida. En el misterio de la Encarnación están las bases para una antropología que es capaz de ir más allá de sus propios límites y contradicciones, moviéndose hacia Dios mismo, más aún, hacia la meta de la «divinización», a través de la incorporación a Cristo del hombre redimido, admitido a la intimidad de la vida trinitaria. Sobre esta dimensión salvífica del misterio de la Encarnación los Padres han insistido mucho: sólo porque el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, el hombre puede, en él y por medio de él, llegar a ser realmente hijo de Dios [12].

Rostro del Hijo

24. Esta identidad divino-humana brota vigorosamente de los Evangelios, que nos ofrecen una serie de elementos gracias a los cuales podemos introducirnos en la «zona-límite» del misterio, representada por la autoconciencia de Cristo. La Iglesia no duda de que en su narración los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo, captaran correctamente, en las palabras pronunciadas por Jesús, la verdad que él tenía sobre su conciencia y su persona. ¿No es quizás esto lo que nos quiere decir Lucas, recogiendo las primeras palabras de Jesús, apenas con doce años, en el templo de Jerusalén? Entonces él aparece ya consciente de tener una relación única con Dios, como es la propia del «hijo». En efecto, a su Madre, que le hace notar la angustia con que ella y José lo han buscado, Jesús responde sin dudar: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2,49). No es de extrañar, pues, que, en la madurez, su lenguaje expresara firmemente la profundidad de su misterio, como está abundantemente subrayado tanto por los Evangelios sinópticos (cf. Mt 11,27; Lc 10,22), como por el evangelista Juan. En su autoconciencia Jesús no tiene dudas: «El Padre está en mí, y yo en el Padre» (Jn 10,38).

Aunque sea lícito pensar que, por su condición humana que lo hacía crecer «en sabiduría, en estatura y en gracia» (Lc 2,52), la conciencia humana de su misterio progresa también hasta la plena expresión de su humanidad glorificada, no hay duda de que ya en su existencia terrena Jesús tenía conciencia de su identidad de Hijo de Dios. Juan lo subraya llegando a afirmar que, en definitiva, por esto fue rechazado y condenado. En efecto, buscaban matarlo, «porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,18). En el marco de Getsemaní y del Gólgota, la conciencia humana de Jesús se verá sometida a la prueba más dura. Pero ni siquiera el drama de la pasión y muerte conseguirá afectar su serena seguridad de ser el Hijo del Padre celestial.

Rostro doliente

25. La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración.

Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía en el huerto de los Olivos. Jesús, abrumado por la previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: «¡Abbá, Padre!». Le pide que aleje de él, si es posible, la copa del sufrimiento (cf. Mc 14,36). Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del «rostro» del pecado. «Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5,21).

Nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la cruz: «"Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?" —que quiere decir— "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?"» (Mc 15,34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa? En realidad, el angustioso « por qué » dirigido al Padre con las palabras iniciales del Salmo 22, aun conservando todo el realismo de un dolor indecible, se ilumina con el sentido de toda la oración en la que el Salmista presenta unidos, en un conjunto conmovedor de sentimientos, el sufrimiento y la confianza. En efecto, continúa el Salmo: «En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste... ¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca, no hay para mí socorro!» (2221, 5.12).

26. El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, «abandonado» por el Padre, él se «abandona» en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática.

27. Ante este misterio, además de la investigación teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la «teología vivida» de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como «noche oscura». Muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús en la cruz en la paradójica confluencia de felicidad y dolor. En el Diálogo de la Divina Providencia Dios Padre muestra a Catalina de Siena cómo en las almas santas puede estar presente la alegría junto con el sufrimiento: «Y el alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido en sí misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba feliz y doliente» [13]. Del mismo modo Teresa de Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: «Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, comprendo algo» [14]. Es un testimonio muy claro. Por otra parte, la misma narración de los evangelistas da lugar a esta percepción eclesial de la conciencia de Cristo cuando recuerda que, aun en su profundo dolor, él muere implorando el perdón para sus verdugos (cf. Lc 23,34) y expresando al Padre su extremo abandono filial: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46).

Rostro del Resucitado

28. Como en el Viernes y en el Sábado Santo, la Iglesia permanece en la contemplación de este rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14). La resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la Carta a los Hebreos: «El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (5,7-9).

La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo: «Tú sabes que te quiero» (Jn 21,15.17). Lo hace unida a Pablo, que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por él: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia» (Flp 1,21).

Después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. «Dulcis Iesu memoria, dans vera cordis gaudia»: ¡cuán dulce es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría del corazón! La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él «es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8).


III

CAMINAR DESDE CRISTO

29. «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Esta certeza, queridos hermanos y hermanas, ha acompañado a la Iglesia durante dos milenios y se ha avivado ahora en nuestros corazones por la celebración del Jubileo. De ella debemos sacar un renovado impulso en la vida cristiana, haciendo que sea, además, la fuerza inspiradora de nuestro camino. Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro en Jerusalén, inmediatamente después de su discurso de Pentecostés: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» (Hch 2,37).

Nos lo preguntamos con confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas. No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!

No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este programa de siempre es el nuestro para el tercer milenio.

Sin embargo, es necesario que el programa formule orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de cada comunidad. El Jubileo nos ha ofrecido la oportunidad extraordinaria de dedicarnos, durante algunos años, a un camino de unidad en toda la Iglesia, un camino de catequesis articulada sobre el tema trinitario y acompañada por objetivos pastorales orientados hacia una fecunda experiencia jubilar. Doy las gracias por la cordial adhesión con la que ha sido acogida la propuesta que hice en la Carta apostólica Tertio millennio adveniente. Sin embargo, ahora ya no estamos ante una meta inmediata, sino ante el mayor y no menos comprometedor horizonte de la pastoral ordinaria. Dentro de las coordenadas universales e irrenunciables, es necesario que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial, como siempre se ha hecho. En las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas —objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios— que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura.

Por tanto, exhorto ardientemente a los Pastores de las Iglesias particulares a que, ayudados por la participación de los diversos sectores del Pueblo de Dios, señalen las etapas del camino futuro, sintonizando las opciones de cada Comunidad diocesana con las de las Iglesias colindantes y con las de la Iglesia universal.

Dicha sintonía será ciertamente más fácil por el trabajo colegial, que ya se ha hecho habitual, desarrollado por los Obispos en las Conferencias episcopales y en los Sínodos. ¿No ha sido éste quizás el objetivo de las Asambleas de los Sínodos, que han precedido la preparación al Jubileo, elaborando orientaciones significativas para el anuncio actual del Evangelio en los múltiples contextos y las diversas culturas? No se debe perder este rico patrimonio de reflexión, sino hacerlo concretamente operativo.

Nos espera, pues, una apasionante tarea de renacimiento pastoral. Una obra que implica a todos. Sin embargo, deseo señalar, como punto de referencia y orientación común, algunas prioridades pastorales que la experiencia misma del Gran Jubileo ha puesto especialmente de relieve ante mis ojos.

La santidad

30. En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. ¿Acaso no era éste el sentido último de la indulgencia jubilar, como gracia especial ofrecida por Cristo para que la vida de cada bautizado pudiera purificarse y renovarse profundamente?

Espero que, entre quienes han participado en el Jubileo, hayan sido muchos los beneficiados con esta gracia, plenamente conscientes de su carácter exigente. Terminado el Jubileo, empieza de nuevo el camino ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral.

Conviene además descubrir en todo su valor programático el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, dedicado a la «vocación universal a la santidad». Si los Padres conciliares concedieron tanto relieve a esta temática no fue para dar una especie de toque espiritual a la eclesiología, sino más bien para poner de relieve una dinámica intrínseca y determinante. Descubrir a la Iglesia como «misterio», es decir, como pueblo «congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» [15], llevaba a descubrir también su «santidad», entendida en su sentido fundamental de pertenecer a Aquél que por excelencia es el Santo, el «tres veces Santo» (cf. Is 6,3). Confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su rostro de Esposa de Cristo, por la cual él se entregó, precisamente para santificarla (cf. Ef 5,25-26). Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado.

Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: «Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor» [16].

31. Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede «programar» la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?

En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, «¿quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle, «¿quieres ser santo?» Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «genios» de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia.

La oración

32. Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. El Año jubilar ha sido un año de oración personal y comunitaria más intensa. Pero sabemos bien que rezar tampoco es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: «Permaneced en mí, como yo en vosotros» (Jn 15,4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre. Aprender esta lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial [17], pero también de la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas.

33. ¿No es acaso un «signo de los tiempos» el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar? También las otras religiones, ya presentes extensamente en los territorios de antigua cristianización, ofrecen sus propias respuestas a esta necesidad, y lo hacen a veces de manera atractiva. Nosotros, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo, debemos enseñar a qué grado de interiorización nos puede llevar la relación con él.

La gran tradición mística de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, puede enseñar mucho a este respecto. Muestra cómo la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre. Entonces se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo: «El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21). Se trata de un camino sostenido enteramente por la gracia, el cual, sin embargo, requiere un intenso compromiso espiritual que encuentra también dolorosas purificaciones (la «noche oscura»), pero que llega, de tantas formas posibles, al indecible gozo vivido por los místicos como «unión esponsal». ¿Cómo no recordar aquí, entre tantos testimonios espléndidos, la doctrina de san Juan de la Cruz y de santa Teresa de Jesús?

Sí, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas «escuelas de oración», donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el «arrebato del corazón». Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios [18].

34. Ciertamente, los fieles que han recibido el don de la vocación a una vida de especial consagración están llamados de manera particular a la oración: por su naturaleza, la consagración les hace más disponibles para la experiencia contemplativa, y es importante que ellos la cultiven con generosa dedicación. Pero se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino «cristianos con riesgo». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición. Hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral. Yo mismo me he propuesto dedicar las próximas catequesis de los miércoles a la reflexión sobre los Salmos, comenzando por los de la oración de Laudes, con la cual la Iglesia nos invita a «consagrar» y orientar nuestra jornada. Cuánto ayudaría que no sólo en las comunidades religiosas, sino también en las parroquiales, nos esforzáramos más para que todo el ambiente espiritual estuviera marcado por la oración. Convendría valorizar, con el oportuno discernimiento, las formas populares y sobre todo educar en las litúrgicas. Está quizá más cercano de lo que ordinariamente se cree, el día en que en la comunidad cristiana se conjuguen los múltiples compromisos pastorales y de testimonio en el mundo con la celebración eucarística y quizás con el rezo de Laudes y Vísperas. Lo demuestra la experiencia de tantos grupos comprometidos cristianamente, incluso con una buena representación de seglares.

La Eucaristía dominical

35. El mayor empeño se ha de poner, pues, en la liturgia, «cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» [19]. En el siglo XX, especialmente a partir del Concilio, la comunidad cristiana ha ganado mucho en el modo de celebrar los Sacramentos y sobre todo la Eucaristía. Es preciso insistir en este sentido, dando un realce particular a la Eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana [20]. Desde hace dos mil años, el tiempo cristiano está marcado por la memoria de aquel «primer día después del sábado» (Mc 16,2.9; Lc 24,1; Jn 20,1¿, en el que Cristo resucitado llevó a los Apóstoles el don de la paz y del Espíritu (cf. Jn 20,19-23). La verdad de la resurrección de Cristo es el dato originario sobre el que se apoya la fe cristiana (cf. 1 Co 15,14), acontecimiento que es el centro del misterio del tiempo y que prefigura el último día, cuando Cristo vuelva glorioso. No sabemos qué acontecimientos nos reservará el milenio que está comenzando, pero tenemos la certeza de que éste permanecerá firmemente en las manos de Cristo, el «Rey de Reyes y Señor de los Señores» (Ap 19,16) y precisamente celebrando su Pascua, no sólo una vez al año sino cada domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada generación «lo que constituye el eje central de la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y del destino final del mundo» [21].

36. Por tanto, quisiera insistir, en la línea de la Exhortación «Dies Domini», para que la participación en la Eucaristía sea, para cada bautizado, el centro del domingo. Es un deber irrenunciable, que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente. Estamos entrando en un milenio que se presenta caracterizado por un profundo entramado de culturas y religiones incluso en Países de antigua cristianización. En muchas regiones los cristianos son, o lo están siendo, un «pequeño rebaño» (Lc 12,32). Esto les pone ante el reto de testimoniar con mayor fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos específicos de su propia identidad. El deber de la participación eucarística cada domingo es una de éstos. La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión. Es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia [22], que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad.

El sacramento de la Reconciliación

37. Deseo pedir, además, una renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación. Como se recordará, en 1984 intervine sobre este tema con la Exhortación postsinodal Reconciliatio et paenitentia, que recogía los frutos de la reflexión de una Asamblea del Sínodo de los Obispos, dedicada a esta problemática. Entonces invitaba a esforzarse por todos los medios para afrontar la crisis del «sentido del pecado» que se da en la cultura contemporánea [23], pero más aún, invitaba a hacer descubrir a Cristo como mysterium pietatis, en el que Dios nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo. Éste es el rostro de Cristo que conviene hacer descubrir también a través del sacramento de la penitencia que, para un cristiano, «es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo» [24]. Cuando el mencionado Sínodo afrontó el problema, era patente a todos la crisis del Sacramento, especialmente en algunas regiones del mundo. Los motivos que lo originan no se han desvanecido en este breve lapso de tiempo. Pero el Año jubilar, que se ha caracterizado particularmente por el recurso a la Penitencia sacramental nos ha ofrecido un mensaje alentador, que no se ha de desperdiciar: si muchos, entre ellos tantos jóvenes, se han acercado con fruto a este sacramento, probablemente es necesario que los Pastores tengan mayor confianza, creatividad y perseverancia en presentarlo y valorizarlo. ¡No debemos rendirnos, queridos hermanos sacerdotes, ante las crisis contemporáneas! Los dones del Señor —y los Sacramentos son de los más preciosos— vienen de Aquél que conoce bien el corazón del hombre y es el Señor de la historia.

Primacía de la gracia

38. En la programación que nos espera, trabajar con mayor confianza en una pastoral que dé prioridad a la oración, personal y comunitaria, significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, «no podemos hacer nada» (cf. Jn 15,5).

La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con él, la primacía de la vida interior y de la santidad. Cuando no se respeta este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven al fracaso y dejen en el alma un humillante sentimiento de frustración? Hagamos, pues, la experiencia de los discípulos en el episodio evangélico de la pesca milagrosa: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada» (Lc 5,5). Este es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Cristo que pase por nosotros con toda su fuerza: ¡Duc in altum! En aquella ocasión, fue Pedro quien habló con fe: «en tu palabra, echaré las redes» (ibíd.). Permitidle al Sucesor de Pedro que, en el comienzo de este milenio, invite a toda la Iglesia a este acto de fe, que se expresa en un renovado compromiso de oración.

Escucha de la Palabra

39. No cabe duda de que esta primacía de la santidad y de la oración sólo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la palabra de Dios. Desde que el Concilio Vaticano II ha subrayado el papel preeminente de la palabra de Dios en la vida de la Iglesia, ciertamente se ha avanzado mucho en la asidua escucha y en la lectura atenta de la Sagrada Escritura. Ella ha recibido el honor que le corresponde en la oración pública de la Iglesia. Tanto las personas individualmente como las comunidades recurren ya en gran número a la Escritura, y entre los laicos mismos son muchos quienes se dedican a ella con la valiosa ayuda de estudios teológicos y bíblicos. Precisamente con esta atención a la palabra de Dios se está revitalizando principalmente la tarea de la evangelización y la catequesis. Hace falta, queridos hermanos y hermanas, consolidar y profundizar esta orientación, incluso a través de la difusión de la Biblia en las familias. Es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia.

Anuncio de la Palabra

40. Alimentarnos de la Palabra para ser «servidores de la Palabra» en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio. Ha pasado ya, incluso en los Países de antigua evangelización, la situación de una «sociedad cristiana», la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. He repetido muchas veces en estos años la «llamada» a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16).

Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos «especialistas», sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos. Sin embargo, esto debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas en las que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud.

El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado. De la belleza de este rostro pluriforme de la Iglesia hemos gozado particularmente en este Año jubilar. Quizás es sólo el comienzo, un icono apenas esbozado del futuro que el Espíritu de Dios nos prepara.

La propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. Se ha de dirigir a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin esconder nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico, atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se refiere a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de Pablo cuando decía: «Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos» (1 Co 9,22). Al recomendar todo esto, pienso en particular en la pastoral juvenil. Precisamente por lo que se refiere a los jóvenes, como antes he recordado, el Jubileo nos ha ofrecido un testimonio consolador de generosa disponibilidad. Hemos de saber valorizar aquella respuesta alentadora, empleando aquel entusiasmo como un nuevo talento (cf. Mt 25,15) que Dios ha puesto en nuestras manos para que los hagamos fructificar.

41. Que nos ayude y oriente, en esta acción misionera confiada, emprendedora y creativa, el ejemplo esplendoroso de tantos testigos de la fe que el Jubileo nos ha hecho recordar. La Iglesia ha encontrado siempre, en sus mártires, una semilla de vida. Sanguis martyrum - semen christianorum [25]. Esta célebre «ley» enunciada por Tertuliano, se ha demostrado siempre verdadera ante la prueba de la historia. ¿No será así también para el siglo y para el milenio que estamos iniciando? Quizás estábamos demasiado acostumbrados a pensar en los mártires en términos un poco lejanos, como si se tratase de un grupo del pasado, vinculado sobre todo a los primeros siglos de la era cristiana. La memoria jubilar nos ha abierto un panorama sorprendente, mostrándonos nuestro tiempo particularmente rico en testigos que, de una manera u otra, han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, a menudo hasta dar su propia sangre como prueba suprema. En ellos la palabra de Dios, sembrada en terreno fértil, ha fructificado el céntuplo (cf. Mt 13,8.23). Con su ejemplo nos han señalado y casi «allanado» el camino del futuro. A nosotros nos toca, con la gracia de Dios, seguir sus huellas.


IV

TESTIGOS DEL AMOR

42. «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,35). Si verdaderamente hemos contemplado el rostro de Cristo, queridos hermanos y hermanas, nuestra programación pastoral se inspirará en el «mandamiento nuevo» que él nos dio: «Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34).

Otro aspecto importante en que será necesario poner un decidido empeño programático, tanto en el ámbito de la Iglesia universal como de la Iglesias particulares, es el de la comunión (koinonía), que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (cf. Rm 5,5), para hacer de todos nosotros «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se manifiesta como «sacramento», o sea, «signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano» [26].

Las palabras del Señor a este respecto son demasiado precisas como para minimizar su alcance. Muchas cosas serán necesarias para el camino histórico de la Iglesia también este nuevo siglo; pero si faltara la caridad (ágape), todo sería inútil. Nos lo recuerda el apóstol Pablo en el himno a la caridad: aunque habláramos las lenguas de los hombres y los ángeles, y tuviéramos una fe «que mueve las montañas», si faltamos a la caridad, todo sería «nada» (cf. 1 Co 13,2). La caridad es verdaderamente el «corazón» de la Iglesia, como bien intuyó santa Teresa de Lisieux, a la que he querido proclamar Doctora de la Iglesia, precisamente como experta en la scientia amoris: «Comprendí que la Iglesia tenía un Corazón y que este Corazón ardía de amor. Entendí que sólo el amor movía a los miembros de la Iglesia [...]. Entendí que el amor comprendía todas las vocaciones, que el Amor era todo» [27].

Espiritualidad de comunión

43. Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo.

¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento.

44. Sobre esta base el nuevo siglo debe comprometernos más que nunca a valorar y desarrollar aquellos ámbitos e instrumentos que, según las grandes directrices del Concilio Vaticano II, sirven para asegurar y garantizar la comunión. ¿Cómo no pensar, ante todo, en los servicios específicos de la comunión que son el ministerio petrino y, en estrecha relación con él, la colegialidad episcopal? Se trata de realidades que tienen su fundamento y su consistencia en el designio mismo de Cristo sobre la Iglesia [28], pero que precisamente por eso necesitan de una continua verificación que asegure su auténtica inspiración evangélica.

También se ha hecho mucho, desde el Concilio Vaticano II, en lo que se refiere a la reforma de la Curia romana, la organización de los Sínodos y el funcionamiento de las Conferencias Episcopales. Pero queda ciertamente aún mucho por hacer para expresar de la mejor manera las potencialidades de estos instrumentos de la comunión, particularmente necesarios hoy ante la exigencia de responder con prontitud y eficacia a los problemas que la Iglesia tiene que afrontar en los cambios tan rápidos de nuestro tiempo.

45. Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales. Para ello se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos por el Derecho canónico, como los Consejos presbiterales y pastorales. Éstos, como es sabido, no se inspiran en los criterios de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera consultiva y no deliberativa [29] sin embargo, no pierden por ello su significado e importancia. En efecto, la teología y la espiritualidad de la comunión aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre Pastores y fieles, manteniéndolos por un lado unidos a priori en todo lo que es esencial y, por otro, impulsándolos a confluir normalmente incluso en lo opinable hacia opciones ponderadas y compartidas.

Para ello, hemos de hacer nuestra la antigua sabiduría, la cual, sin perjuicio alguno del papel jerárquico de los Pastores, sabía animarlos a escuchar atentamente a todo el Pueblo de Dios. Es significativo lo que san Benito recuerda al Abad del monasterio, cuando le invita a consultar también a los más jóvenes: «Dios inspira a menudo al más joven lo que es mejor» [30]. Y san Paulino de Nola exhorta: «Estemos pendientes de los labios de los fieles, porque en cada fiel sopla el Espíritu de Dios» [31].

Por tanto, así como la prudencia jurídica, poniendo reglas precisas para la participación, manifiesta la estructura jerárquica de la Iglesia y evita tentaciones de arbitrariedad y pretensiones injustificadas, la espiritualidad de la comunión da un alma a la estructura institucional, con una llamada a la confianza y apertura que responde plenamente a la dignidad y responsabilidad de cada miembro del Pueblo de Dios.

Variedad de vocaciones

46. Esta perspectiva de comunión está estrechamente unida a la capacidad de la comunidad cristiana para acoger todos los dones del Espíritu. La unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino integración orgánica de las legítimas diversidades. Es la realidad de muchos miembros unidos en un sólo cuerpo, el único Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12,12). Es necesario, pues, que la Iglesia del tercer milenio impulse a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Junto con el ministerio ordenado, pueden florecer otros ministerios, instituidos o simplemente reconocidos, para el bien de toda la comunidad, atendiéndola en sus múltiples necesidades: de la catequesis a la animación litúrgica, de la educación de los jóvenes a las más diversas manifestaciones de la caridad.

Se ha de hacer ciertamente un generoso esfuerzo —sobre todo con la oración insistente al Dueño de la mies (cf. Mt 9,38)— en la promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida de especial consagración. Éste es un problema muy importante para la vida de la Iglesia en todas las partes del mundo. Además, en algunos países de antigua evangelización, se ha hecho incluso dramático debido al contexto social cambiante y al enfriamiento religioso causado por el consumismo y el secularismo. Es necesario y urgente organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y familias, suscitando una reflexión atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la total entrega de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino.

En este contexto cobran también toda su importancia las demás vocaciones, enraizadas básicamente en la riqueza de la vida nueva recibida en el sacramento del Bautismo. En particular, es necesario descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos, llamados como tales a «buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios» [32] y a llevar a cabo «en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde [...] con su empeño por evangelizar y santificar a los hombres» [33].

En esta misma línea, tiene gran importancia para la comunión el deber de promover las diversas realidades de asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más nuevas de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu. Conviene ciertamente que, tanto en la Iglesia universal como en las Iglesias particulares, las asociaciones y movimientos actúen en plena sintonía eclesial y en obediencia a las directrices de los Pastores. Pero es también exigente y perentoria para todos la exhortación del Apóstol: «No extingáis el Espíritu, no despreciéis las profecías, examinadlo todo y quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,19-21).

47. Una atención especial se ha de prestar también a la pastoral de la familia, especialmente necesaria un momento histórico como el presente, en el que se está constatando una crisis generalizada y radical de esta institución fundamental. En la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer —relación recíproca y total, única e indisoluble— responde al proyecto primitivo de Dios, ofuscado en la historia por la «dureza de corazón», pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido «desde el principio» (cf. Mt 19,8). En el matrimonio, elevado a la dignidad de Sacramento, se expresa además el «gran misterio» del amor esponsal de Cristo a su Iglesia (cf. Ef 5,32).

En este punto la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura, aunque sea muy extendida y a veces «militante». Conviene más bien procurar que, mediante una educación evangélica cada vez más completa, las familias cristianas ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana: tanto la de los cónyuges como, sobre todo, la de los más frágiles que son los hijos. Las familias mismas deben ser cada vez más conscientes de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de una eficaz presencia eclesial y social para tutelar sus derechos.

El campo ecuménico

48. ¿Y qué decir, además, de la urgencia de promover la comunión en el delicado ámbito del campo ecuménico? La triste herencia del pasado nos afecta todavía al cruzar el umbral del nuevo milenio. La celebración jubilar ha incluido algún signo verdaderamente profético y conmovedor, pero queda aún mucho camino por hacer.

En realidad, al hacernos poner la mirada en Cristo, el Gran Jubileo ha hecho tomar una conciencia más viva de la Iglesia como misterio de unidad. «Creo en la Iglesia, que es una»: esto que manifestamos en la profesión de fe tiene su fundamento último en Cristo, en el cual la Iglesia no está dividida (1 Co 1,11-13). Como Cuerpo suyo, en la unidad obtenida por los dones del Espíritu, es indivisible. La realidad de la división se produce en el ámbito de la historia, en las relaciones entre los hijos de la Iglesia, como consecuencia de la fragilidad humana para acoger el don que fluye continuamente del Cristo-Cabeza en el Cuerpo místico. La oración de Jesús en el cenáculo —«como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Jn 17, 21)— es a la vez revelación e invocación. Nos revela la unidad de Cristo con el Padre como el lugar de donde nace la unidad de la Iglesia y como don perenne que, en él, recibirá misteriosamente hasta el fin de los tiempos. Esta unidad que se realiza concretamente en la Iglesia católica, a pesar de los límites propios de lo humano, emerge también de manera diversa en tantos elementos de santificación y de verdad que existen dentro de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales; dichos elementos, en cuanto dones propios de la Iglesia de Cristo, les empujan sin cesar hacia la unidad plena [34].

La oración de Cristo nos recuerda que este don ha de ser acogido y desarrollado de manera cada vez más profunda. La invocación «ut unum sint» es, a la vez, imperativo que nos obliga, fuerza que nos sostiene y saludable reproche por nuestra desidia y estrechez de corazón. La confianza de poder alcanzar, incluso en la historia, la comunión plena y visible de todos los cristianos se apoya en la plegaria de Jesús, no en nuestras capacidades.

En esta perspectiva de renovado camino postjubilar, miro con gran esperanza a las Iglesias de Oriente, deseando que se recupere plenamente ese intercambio de dones que ha enriquecido la Iglesia del primer milenio. El recuerdo del tiempo en que la Iglesia respiraba con «dos pulmones» ha de impulsar a los cristianos de oriente y occidente a caminar juntos, en la unidad de la fe y en el respeto de las legítimas diferencias, acogiéndose y apoyándose mutuamente como miembros del único Cuerpo de Cristo.

Con análogo esmero se ha de cultivar el diálogo ecuménico con los hermanos y hermanas de la Comunión anglicana y de las Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma. La confrontación teológica sobre puntos esenciales de la fe y de la moral cristiana, la colaboración en la caridad y, sobre todo, el gran ecumenismo de la santidad, con la ayuda de Dios, producirán sus frutos en el futuro. Entre tanto, continuemos con confianza en el camino, anhelando el momento en que, con todos los discípulos de Cristo sin excepción, podamos cantar juntos con voz clara: «Ved qué dulzura, que delicia, convivir los hermanos unidos» (Sal 133,1).

Apostar por la caridad

49. A partir de la comunión intraeclesial, la caridad se abre por su naturaleza al servicio universal, proyectándonos hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano. Éste es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral. El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse: «He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado que beber; fui forastero y me habéis hospedado; desnudo y me habéis vestido, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme» (Mt 25,35-36). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia.

No debe olvidarse, ciertamente, que nadie puede ser excluido de nuestro amor, desde el momento que «con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre» [35]. Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. Mediante esta opción, se testimonia el estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna manera, se siembran todavía en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase de necesidades espirituales y materiales.

50. En efecto, son muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana. Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quién está condenado al analfabetismo; quién carece de la asistencia médica más elemental; quién no tiene techo donde cobijarse?

El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social. El cristiano, que se asoma a este panorama, debe aprender a hacer su acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento que él dirige desde este mundo de la pobreza. Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor creatividad. Es la hora de un nueva «imaginación de la caridad», que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno.

Por eso tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como «en su casa». ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena nueva del Reino? Sin esta forma de evangelización, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras.

Retos actuales

51. ¿Podemos quedar al margen ante las perspectivas de un desequilibrio ecológico, que hace inhabitables y enemigas del hombre vastas áreas del planeta? ¿O ante los problemas de la paz, amenazada a menudo con la pesadilla de guerras catastróficas? ¿O frente al vilipendio de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente de los niños? Muchas son las urgencias ante las cuales el espíritu cristiano no puede permanecer insensible.

Se debe prestar especial atención a algunos aspectos de la radicalidad evangélica que a menudo son menos comprendidos, hasta el punto de hacer impopular la intervención de la Iglesia, pero que no pueden por ello desaparecer de la agenda eclesial de la caridad. Me refiero al deber de comprometerse en la defensa del respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural. Del mismo modo, el servicio al hombre nos obliga a proclamar, oportuna e importunamente, que cuantos se valen de las nuevas potencialidades de la ciencia, especialmente en el terreno de las biotecnologías, nunca han de ignorar las exigencias fundamentales de la ética, apelando tal vez a una discutible solidaridad que acaba por discriminar entre vida y vida, con el desprecio de la dignidad propia de cada ser humano.

Para la eficacia del testimonio cristiano, especialmente en estos campos delicados y controvertidos, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando sobre todo que no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano. La caridad se convertirá entonces necesariamente en servicio a la cultura, a la política, a la economía, a la familia, para que en todas partes se respeten los principios fundamentales, de los que depende el destino del ser humano y el futuro de la civilización.

52. Obviamente todo esto tiene que realizarse con un estilo específicamente cristiano: deben ser sobre todo los laicos, en virtud de su propia vocación, quienes se hagan presentes en estas tareas, sin ceder nunca a la tentación de reducir las comunidades cristianas a agencias sociales. En particular, la relación con la sociedad civil tendrá que configurarse de tal modo que respete la autonomía y las competencias de esta última, según las enseñanzas propuestas por la doctrina social de la Iglesia.

Es notorio el esfuerzo que el Magisterio eclesial ha realizado, sobre todo en el siglo XX, para interpretar la realidad social a la luz del Evangelio y ofrecer de modo cada vez más puntual y orgánico su propia contribución a la solución de la cuestión social, que ha llegado a ser ya una cuestión planetaria.

Esta vertiente ético-social se propone como una dimensión imprescindible del testimonio cristiano. Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad, ni con la lógica de la Encarnación y, en definitiva, con la misma tensión escatológica del cristianismo. Si esta última nos hace conscientes del carácter relativo de la historia, no nos exime en ningún modo del deber de construirla. Es muy actual a este respecto la enseñanza del Concilio Vaticano II: «El mensaje cristiano, no aparta los hombres de la tarea de la construcción el mundo, ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber» [36].

Un signo concreto

53. Como signo de este mensaje de caridad y de promoción humana, que se basa en las íntimas exigencias del Evangelio, he querido que el mismo Año jubilar, entre los numerosos frutos de caridad que ya ha producido en el curso de su desarrollo —pienso particularmente en la ayuda ofrecida a tantos hermanos más pobres para hacer posible su participación en el Jubileo— dejase también una obra que sea, de alguna manera, el fruto y el sello de la caridad jubilar. En efecto, muchos peregrinos han contribuido de diferentes modos con su limosna y, junto con ellos, también muchos protagonistas del mundo económico han ofrecido ayudas generosas, que han servido para asegurar la conveniente realización del acontecimiento jubilar. Una vez cubiertos los gastos que se han debido afrontar a lo largo del año, el dinero que pueda sobrar, debe destinarse a fines caritativos. En efecto, es importante excluir de un acontecimiento religioso tan significativo cualquier apariencia de especulación económica. Lo que sobre servirá para repetir también en esta ocasión la experiencia vivida tantas otras veces a lo largo de la historia desde que, en los comienzos de la Iglesia, la comunidad de Jerusalén ofreció a los no cristianos la imagen conmovedora de un intercambio espontáneo de dones, hasta la comunión de los bienes, en favor de los más pobres (cf. Hch 2,44–45).

La obra que se realice será solamente un pequeño arroyo que confluirá en el gran río de la caridad cristiana que recorre la historia. Pequeño, pero significativo arroyo: el Jubileo ha movido al mundo a mirar hacia Roma, la Iglesia «que preside en la caridad» [37] y a ofrecer a Pedro la propia limosna. Ahora la caridad manifestada en el centro de la catolicidad vuelve, de alguna manera, hacia el mundo a través de este gesto, que quiere quedar como fruto y memoria viva de la comunión experimentada con ocasión del Jubileo.

Diálogo y misión

54. Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su «reflejo». Es el mysterium lunae tan querido por la contemplación de los Padres, los cuales indicaron con esta imagen que la Iglesia dependía de Cristo, Sol del cual ella refleja la luz [38]. Era un modo de expresar lo que Cristo mismo dice, al presentarse como «luz del mundo» (Jn 8,12) y al pedir a la vez a sus discípulos que fueran «la luz del mundo» (cf Mt 5,14).

Ésta es una tarea que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad que tan a menudo nos vuelve opacos y llenos de sombras. Pero es una tarea posible si, expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos a su gracia que nos hace hombres nuevos.

55. En esta perspectiva se sitúa también el gran desafío del diálogo interreligioso, en el cual estaremos todavía comprometidos durante el nuevo siglo, en la línea indicada por el Concilio Vaticano II [39]. En los años de preparación al Gran Jubileo la Iglesia, mediante encuentros de notable interés simbólico, ha tratado de establecer una relación de apertura y diálogo con representantes de otras religiones. El diálogo debe continuar. En la situación de un marcado pluralismo cultural y religioso, tal como se va presentando en la sociedad del nuevo milenio, este diálogo es también importante para proponer una firme base de paz y alejar el espectro funesto de las guerras de religión que han bañado de sangre tantos períodos en la historia de la humanidad. El nombre del único Dios tiene que ser cada vez más, como ya es de por sí, un nombre de paz y un imperativo de paz.

56. Pero el diálogo no puede basarse en la indiferencia religiosa, y nosotros como cristianos tenemos el deber de desarrollarlo ofreciendo el pleno testimonio de la esperanza que está en nosotros (cf. 1 Pt 3,15). No debemos temer que pueda constituir una ofensa a la identidad del otro lo que, en cambio, es anuncio gozoso de un don para todos, y que se propone a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno: el don de la revelación del Dios-Amor, que «tanto amó al mundo que le dio su Hijo unigénito» (Jn 3,16). Todo esto, como también ha sido subrayado recientemente por la Declaración Dominus Iesus, no puede ser objeto de una especie de negociación dialogística, como si para nosotros fuese una simple opinión. Al contrario, para nosotros es una gracia que nos llena de alegría, una noticia que debemos anunciar.

La Iglesia, por tanto, no puede sustraerse a la actividad misionera hacia los pueblos, y una tarea prioritaria de la missio ad gentes sigue siendo anunciar a Cristo, «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6), en el cual los hombres encuentran la salvación. El diálogo interreligioso «tampoco puede sustituir al anuncio; de todos modos, aquél sigue orientándose hacia el anuncio» [40]. Por otra parte, el deber misionero no nos impide entablar el diálogo íntimamente dispuestos a la escucha. En efecto, sabemos que, frente al misterio de gracia infinitamente rico por sus dimensiones e implicaciones para la vida y la historia del hombre, la Iglesia misma nunca dejará de escudriñar, contando con la ayuda del Paráclito, el Espíritu de verdad (cf. Jn 14,17), al que compete precisamente llevarla a la «plenitud de la verdad» (Jn 16,13).

Este principio es la base no sólo de la inagotable profundización teológica de la verdad cristiana, sino también del diálogo cristiano con las filosofías, las culturas y las religiones. No es raro que el Espíritu de Dios, que «sopla donde quiere» (Jn 3,8), suscite en la experiencia humana universal, a pesar de sus múltiples contradicciones, signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo a comprender más profundamente el mensaje del que son portadores. ¿No ha sido quizás esta humilde y confiada apertura con la que el Concilio Vaticano II se esforzó en leer los «signos de los tiempos»? [41]. Incluso llevando a cabo un laborioso y atento discernimiento, para captar los «verdaderos signos de la presencia o del designio de Dios» [42], la Iglesia reconoce que no sólo ha dado, sino que también ha «recibido de la historia y del desarrollo del género humano» [43]. Esta actitud de apertura, y también de atento discernimiento respecto a las otras religiones, la inauguró el Concilio. A nosotros nos corresponde seguir con gran fidelidad sus enseñanzas y sus indicaciones.

A la luz del Concilio

57. ¡Cuánta riqueza, queridos hermanos y hermanas, en las orientaciones que nos dio el Concilio Vaticano II! Por eso, en la preparación del Gran Jubileo, he pedido a la Iglesia que se interrogase sobre la acogida del Concilio [44]. ¿Se ha hecho? El Congreso que se ha tenido aquí en el Vaticano ha sido un momento de esta reflexión, y espero que, de diferentes modos, se haya realizado igualmente en todas las Iglesias particulares. A medida que pasan los años, aquellos textos no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. Después de concluir el Jubileo siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza.


CONCLUSIÓN

¡DUC IN ALTUM!

58. ¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. ¿No ha sido quizás para tomar contacto con este manantial vivo de nuestra esperanza, por lo que hemos celebrado el Año jubilar? El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: «Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza «que no defrauda» (Rm 5,5).

Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida al recorrer los senderos del mundo. Los caminos, por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias camina, son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida. Cada domingo Cristo resucitado nos convoca de nuevo como en el Cenáculo, donde al atardecer del día «primero de la semana» (Jn 20,19) se presentó a los suyos para «exhalar» sobre de ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura de la evangelización.

Nos acompaña en este camino la Santísima Virgen, a la que hace algunos meses, junto con muchos Obispos llegados a Roma desde todas las partes del mundo, he confiado el tercer milenio. Muchas veces en estos años la he presentado e invocado como «Estrella de la nueva evangelización». La indico aún como aurora luminosa y guía segura de nuestro camino. «Mujer, he aquí tus hijos», le repito, evocando la voz misma de Jesús (cf. Jn 19,26), y haciéndome voz, ante ella, del cariño filial de toda la Iglesia.

59. ¡Queridos hermanos y hermanas! El símbolo de la Puerta Santa se cierra a nuestras espaldas, pero para dejar abierta más que nunca la puerta viva que es Cristo. Después del entusiasmo jubilar ya no volvemos a un anodino día a día. Al contrario, si nuestra peregrinación ha sido auténtica debe como desentumecer nuestras piernas para el camino que nos espera. Tenemos que imitar la intrepidez del apóstol Pablo: «Lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto, en Cristo Jesús» (Flp 13,14). Al mismo tiempo, hemos de imitar la contemplación de María, la cual, después de la peregrinación a la ciudad santa de Jerusalén, volvió a su casa de Nazaret meditando en su corazón el misterio del Hijo (cf. Lc 2,51).

Que Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose reconocer como a los discípulos de Emaús «al partir el pan» (Lc 24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran anuncio: «¡Hemos visto al Señor!» (Jn 20,25).

Éste es el fruto tan deseado del Jubileo del Año dos mil, Jubileo que nos ha presentado de manera palpable el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios y Redentor del hombre.

Mientras se concluye y nos abre a un futuro de esperanza, suba hasta el Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, la alabanza y el agradecimiento de toda la Iglesia.

Con estos augurios y desde lo más profundo del corazón, imparto a todos mi Bendición.

Vaticano, 6 de enero, Solemnidad de la Epifanía del Señor, del año 2001, vigésimo tercero de Pontificado.

JUAN PABLO II


[1] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Christus Dominus, sobre la función pastoral de los Obispos, 11.

[2] Bula Incarnationis mysterium, 3: AAS 91 (1999), 132.

[3] Ibíd., 4: l.c., 133.

[4] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.

[5] De civ. Dei XVIII, 51,2: PL 41, 614; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.

[6] Cf. Cart. ap. Tertio millennio adveniente, 55: AAS 87 (1995), 38.

[7] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

[8] «Ignoratio enim Scripturarum ignoratio Christi est»: Comm. in Is., Prol.: PL 24, 17.

[9] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 19.

[10] «Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre [...] uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, [...] no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo y Señor Jesucristo»: DS 301-302.

[11] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.

[12] A este respecto observa san Atanasio: «El hombre no podía ser divinizado permaneciendo unido a una criatura, si el Hijo no fuese verdaderamente Dios», Discurso II contra los Arrianos 70: PG 26, 425 B.

[13] N. 78.

[14] Últimos Coloquios. Cuaderno amarillo, 6 de julio de 1897: Opere complete, Ciudad del Vaticano 1997, 1003.

[15] S. Cipriano, De Orat. Dom. 23: PL 4, 553; cf. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4.

[16] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 40.

[17] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 10.

[18] Cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Cart. Orationis formas, sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 15 de octubre de 1989: AAS 82 (1990), 362-379.

[19] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 10.

[20] Cart. ap. Dies Domini, 19: AAS 90 (1998), 724.

[21] Ibíd., 2: l.c., 714.

[22] Cf. Ibíd., 35: l.c., 734.

[23] Cf. n. 18: AAS 77 (1985), 224.

[24] Ibíd., 31: l.c., 258

[25] Tertuliano, Apol., 50,13: PL 1, 534.

[26] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

[27] MsB 3vo, Opere Complete, Libreria Editrice Vaticana Edizioni OCD, Roma 1997, p. 223.

[28] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, c. III.

[29] Cf. Congr. para el Clero y Otras, Instr. interdicasterial Ecclesiae de mysterio, sobre algunas cuestiones relativas la colaboración de los fieles laicos en el ministerio de los sacerdotes, (15 agosto 1997): AAS 89 (1997), 852–877, especialmente art. 5: «Los organismos de colaboración en la Iglesia particular».

[30] Reg. III, 3: «Ideo autem omnes ad consilium vocari diximus, quia saepe iuniori Dominus revelat quod melius est».

[31] «De omnium fidelium ore pendeamus, quia in omnem fidelem Spiritus Dei spirat» (Epist. 23, 36 a Sulpicio Severo: CSEL 29, 193.

[32] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31.

[33] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 2.

[34] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.

[35] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.

[36] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 34.

[37] S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, Pref., ed. Funk, I, 252.

[38] Así, por ejemplo, S. Agustín: «También la luna representa a la Iglesia, porque no tiene luz propia, sino que la recibe del Hijo unigénito de Dios, el cual en muchas pasajes de la Escritura alegóricamente es llamado sol»: Enarr. In Ps. 10, 3: CCL 38, 42.

[39] Cf. Decl. Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas.

[40] Pont. Cons. para el Diálogo Interreligioso y Congr. para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio: reflexiones y orientaciones (19 mayo 1991), 82: AAS 84 (1992), 444.

[41] Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 4.

[42] Ibíd., 11.

[43] Ibíd., 44.

[44] Cf. Cart. Ap. Tertio millennio adveniente, 36.




viernes, 5 de enero de 2001

QUARE LACRYMAE (28 DE AGOSTO DE 1794)

ALOCUCIÓN 

QUARE LACRYMAE

DEL GRAN PONTÍFICE 

PÍO VI

Venerables Hermanos:

1. ¿Cómo es que las lágrimas y los gemidos no ahogan Nuestras palabras? ¿No nos es mejor expresar con gemidos que con palabras ese inmenso dolor del alma que debemos expresaros, mientras os explicamos lo ocurrido en París el 21 de enero de este año? ¡Espantoso espectáculo de crueldad y barbarie!

2. El cristianísimo rey Luis XVI fue condenado a muerte por conspiración de impíos y la sentencia fue ejecutada de inmediato. Pero qué proceso, y cómo se logró esto, les informaremos brevemente: la cosa la hizo la Asamblea Nacional sin ninguna autoridad y sin ningún derecho. En efecto, habiendo abolido la forma de gobierno más prestigiosa, la monárquica, traspasaron todo el poder público al pueblo, que no se deja guiar ni por la razón ni por el consejo; no hace distinción entre el bien y el mal; aprecia y estima pocas cosas según la verdad, pero muchas según la opinión corriente; es inconstante, fácil de engañar y conducida a todos los excesos; es desagradecido, arrogante, cruel. Le gusta ver la sangre humana, la masacre, el luto y el tormento de los moribundos, como se veía en los anfiteatros antiguos, y se alimenta voluptuosamente de ella. La parte más feroz de este pueblo, no contenta con haber degradado la majestad de su Rey, queriendo quitarle también la vida, mandó que actuaran como jueces sus propios acusadores, que se le habían declarado enemigos. Estos, en el transcurso del juicio, de repente quisieron llamar a otros peores, para que el número de jueces a favor de la sentencia prevaleciera sobre los demás. Sin embargo, no consiguieron aumentar el número, por lo que el Rey fue condenado con menos votos de los exigidos por la ley. Y de tantos jueces inicuos y perversos, de tantos votos extorsionados, ¿qué se debe esperar y temer sino un resultado triste, horrible, odiado por todos los siglos? Sin embargo, como el horror de semejante villanía había hecho retroceder a muchos, y había surgido una gran disputa entre los votantes, se decidió repetir de nuevo la votación, cuyo resultado, aunque sólo fue la expresión de los conspiradores, fue declarado legítimo.

Pasemos aquí por alto en silencio otros actos ilegítimos, ciertamente nulos, que pueden leerse en la digna defensa de los abogados y aquí y allá en los periódicos públicos. Dejemos también de lado todo lo que el Rey se vio obligado a sufrir y padecer antes de la sentencia de la pena capital: su larga reclusión en diversas cárceles, de las que a veces era sacado para ser llevado ante las rejas de la Convención; el asesinato de su confesor; la segregación de su queridísima familia real, y muchas otras clases de tribulaciones para aumentar su castigo e ignominia. Ante estas tribulaciones, todo el mundo con algún sentimiento de humanidad no puede sentir más que horror, ya que el carácter amable, benévolo, clemente y paciente de Luis XVI, amante de su pueblo, ajeno al rigor y la severidad, cordial e indulgente, era bien conocido por todos.

Por esta razón se nos indujo a convocar las Asambleas del Reino, solicitadas insistentemente, y que resultaron ser contra su autoridad real y finalmente contra su persona.

Sin embargo, no podemos pasar en silencio todas las virtudes que se desprenden de su testamento, escrito de su puño y letra, que revela las profundidades de su alma, y que desde entonces ha sido publicado en toda la prensa. ¡Qué virtud en él; qué celo y amor por la religión católica! ¡Qué testimonio de verdadera piedad hacia Dios! ¡Cuánto dolor, cuánto arrepentimiento por haber tenido que poner su firma en actos contrarios a la disciplina y a la verdadera Fe de la Iglesia! Estando casi sumergido bajo las olas de tantas adversidades cada día más acuciantes, pudo repetir las palabras del rey de Inglaterra Jacobo I: "que era calumniado en todas las asambleas populares no por haber cometido ningún crimen, sino sólo por ser el Rey; lo que se consideraba el peor de los crímenes". Pero omitamos hablar de Luis por un momento, para traer de la historia un ejemplo que se ajusta plenamente a nuestro tema y que está probado por el luminoso testimonio de escritores honestos.

3. María Estuardo, reina de Escocia, hija de Jacobo V, rey de Escocia, y viuda de Francisco II, rey de Francia, habiendo asumido los títulos e insignias de los reyes de Inglaterra, que los ingleses ya habían atribuido a Isabel, como relatan muchos historiadores, ¡cuántas adversidades tuvo que afrontar por parte de su rival y de los alborotadores calvinistas, que le trajeron traición y violencia! A menudo encarcelada, a menudo sometida a los interrogatorios de los jueces, se negó a responder, diciendo que una reina debe dar cuenta de su vida sólo a Dios. Vencida una y otra vez y en todos los sentidos, respondió, demostró la falta de fundamento de los delitos que se le atribuían y probó su inocencia. Sin embargo, no por ello los jueces se abstuvieron de llevar a cabo la injusticia ya premeditada y pronunciaron contra ella la sentencia de muerte, como si fuera irrefutablemente culpable, y esa cabeza real fue truncada en el escenario.

4. Pío VI, en el tercer libro sobre la Beatificación de los Siervos de Dios, cap. 13, núm. 10, razonaba así sobre este acontecimiento: "Si se instituyera un juicio sobre el martirio de esta Reina, juicio que nunca se ha dispuesto hasta ahora, surgiría inmediatamente una objeción evidente contra su martirio, deducida de la sentencia del juicio y de todas las calumnias que los herejes han despotricado contra ella, especialmente George Buchanan en ese libro infame titulado: "María desenmascarada". Pero si se examina la verdadera causa de su muerte, que se resume en el odio contra la religión católica que sólo ella, la única superviviente, profesó en Inglaterra; si se examina la invencible constancia con la que rechazó las propuestas de abjurar de la religión católica; Si se observa la admirable fortaleza con la que soportó la muerte; si se tiene en cuenta, como debe ser, que protestó antes de la decapitación, y en la propia ejecución, que siempre había vivido como católica, y que murió voluntariamente por la fe católica; Si no se omiten, como no se debe, las razones muy evidentes de las que se desprende no sólo la falsedad de los crímenes atribuidos a la reina María por sus adversarios, sino también la injusta condena a muerte, fundada en calumnias inspiradas en el odio contra la Religión Católica, para que los dogmas heréticos permanecieran inmutables en el reino de Inglaterra; entonces se comprenderá que no falta ninguna condición necesaria para afirmar que el suyo fue un verdadero martirio".

5. Sabemos por San Agustín que "no es la tortura lo que hace al mártir, sino la causa". Por esta razón, Pío VI se declaró inclinado a considerar el asesinato de María Estuardo como un verdadero martirio. Se preguntaba "si para el martirio es suficiente demostrar que el tirano estaba movido por el odio contra la Fe de Cristo, aunque la ocasión de la muerte se atribuya a otra causa que no concierne a la Fe de Cristo o pertenece a ella sólo accidentalmente". Resolvió el caso en forma afirmativa, impulsado por la razón de que un acto deduce su naturaleza específica no de una ocasión u otra causa impulsiva, sino de la causa fundamental. Por lo tanto, para declarar un verdadero martirio, es suficiente que el perseguidor, para procurar la muerte, esté motivado por el odio contra la Fe, aunque la ocasión de la muerte provenga de otros motivos, que, por las circunstancias, no pertenecen a la Fe.

6. Volvamos ahora al rey Luis XVI. Si la autoridad del Papa Pío VI es grande, y debemos dar gran peso a su opinión cuando se inclina por calificar el asesinato de la reina Estuardo como un martirio, ¿por qué no deberíamos considerar también la muerte del rey Luis como un mártir? También en este caso había el mismo apego a la religión, el mismo propósito y la misma ferocidad. Por lo tanto, hay que reconocer el mismo mérito. ¿Y quién puede dudar de que este Rey fue ejecutado por odio a la Fe y por ultraje a los dogmas del catolicismo?

Durante algún tiempo los calvinistas habían tratado de derrocar la religión católica en Francia; pero primero era necesario preparar las mentes. Había que adoctrinar al pueblo con ideologías impías que no dejaba de difundir entre el vulgo por medio de panfletos rebosantes de perfidia y excitantes a la rebelión; y para realizar su intento usaron el trabajo de filósofos perversos. La Asamblea General del Clero Galicano del año 1745 ya había condenado esta perniciosa villanía de los artífices de doctrinas inicuas. Nosotros mismos, al comienzo de Nuestro Pontificado, denunciamos por medio de una carta encíclica dirigida a todos los Obispos de la Iglesia Católica la detestable maniobra de los hombres pérfidos y el gravísimo peligro arriba, cuando los exhortábamos con estas palabras: “Quita el mal de en medio de ti, es decir, con gran energía y solicitud, trata de hacer desaparecer de tu rebaño todos esos libros envenenados”. Si Nuestras exhortaciones y advertencias hubieran tenido éxito, no tendríamos que lamentar hoy el progreso de esta conspiración contra los reyes y la ruina de los reinos. Cuando estos depravados notaron el resultado favorable de su trabajo, y que ya había llegado el momento de poner en práctica sus designios, comenzaron a argumentar abiertamente en aquel libro publicado en el año 1787 que esta afirmación de Hugh Rosario, a no ser que fuera otro el autor del libro: "Es cosa loable quitar de en medio al príncipe que no quiere adherirse a la religión reformada y no quiere participar en la defensa de la religión de los protestantes".

7. A raíz de la inicua afirmación anterior, queda claro para todos cuál fue el origen de las dolorosas desgracias a las que se vio sometido Luis: había que constatar que estos frutos derivaban en Francia de los libros malignos, como de un árbol venenoso. Se ha escrito en la Vida del infame Voltaire que la humanidad debería estarle eternamente agradecida por haber sido el primer defensor de la revolución general, por haber incitado al pueblo a reconocer sus reivindicaciones de libertad y a utilizar su fuerza para derribar el formidable bastión del despotismo, es decir, el poder religioso y el sacerdotal, por cuya supervivencia, decían, el yugo de la tiranía nunca sería derrotado, porque ambas autoridades están tan estrechamente entrelazadas, que una vez derrocada la una, la otra debía caer necesariamente. Y ellos, ya cantando victoria por el fin del reino y el derrocamiento de la Religión, exaltan el nombre glorioso de estos escritores impíos, como si fueran los comandantes de ejércitos victoriosos. Y así sucedió, que con estas artes han atraído a su lado a una gran multitud del pueblo, seduciéndolo cada vez más, o más bien engañándolo con grandes promesas; han recorrido todas las regiones de Francia, usando el especioso nombre de libertad para llamar a todos a reunirse bajo estos estandartes y banderas desplegados. Esta es, pues, esa libertad filosófica que tiene como resultado corromper las mentes, depravar la moral, subvertir el orden de las leyes y todas las instituciones. Esta falsa libertad fue condenada por la Asamblea del Clero francés cuando ya se extendía entre el pueblo con estas falaces opiniones; nosotros mismos en la ya citada carta encíclica [Inscrutabile divinae del 25 de diciembre de 1775] la caracterizamos y definimos con estas palabras: "Estos perversos filósofos pretenden además hacer que los hombres aflojen todos aquellos lazos por los que están unidos entre sí y a sus soberanos por el vínculo de su deber; proclaman hasta la náusea que el hombre nace libre y no está sujeto a nadie. Por lo tanto, la sociedad es una multitud de hombres ineptos, cuya estupidez se postra ante los sacerdotes (por quienes son engañados) y ante los reyes (por quienes son oprimidos), de modo que el acuerdo entre el sacerdocio y el imperio no es más que una gran conspiración contra la libertad natural del hombre".

8. Los mencionados defensores de la humanidad han añadido a este nombre falso y mentiroso de libertad el nombre igualmente falso de igualdad: Es decir, la igualdad entre los hombres que se constituyen en sociedad civil, aunque sean de distintas opiniones, procedan en direcciones diferentes, cada uno impulsado por su propia voluntad, y no debe haber nadie que se imponga por la autoridad y la fuerza, mande, modere y llame de nuevo a la acción en el camino del deber, que la sociedad misma, bajo la presión conflictiva de tantas facciones, no caiga en la anarquía y se disuelva, como cualquier armonía que se compone del acuerdo de muchos sonidos, y que si no obtiene un equilibrio adecuado entre los instrumentos y los sonidos, degenera en ruidos confusos y totalmente desafinados. Habiéndose proclamado entonces ellos mismos reformadores de los mandamientos, en realidad árbitros de la Religión, mientras que, según la expresión de San Hilario de Poitiers, la Religión exige el deber de la obediencia, ellos mismos comenzaron a promulgar normas y estatutos inauditos sobre la propia Iglesia. De este laboratorio salió aquella sacrílega Constitución que rechazamos en Nuestra respuesta del 10 de marzo de 1791, firmada por treinta Obispos. Y aquí podemos adaptar con justicia al caso lo que escribió San Cipriano: "¿Cómo es posible que los herejes sean jueces de los cristianos, los enfermos los sanos, los heridos los no heridos, los pecadores los santos, los culpables los jueces y los sacrílegos los sacerdotes?" ¿Qué le queda a la Iglesia sino ceder a la insensatez?

Aquellos en las diferentes clases de ciudadanos que aún permanecían fieles a su credo, y se negaban constantemente a someterse por juramento a la nueva constitución, fueron inmediatamente hechos objeto de malversación y destinados a la muerte. Se suprimieron los obispos, que debían estar rodeados de devoción y reverencia, como enseñó Cristo el Señor con su ejemplo, quien, como dice San Cipriano, 'hasta el día de su pasión respetó a los pontífices y sacerdotes judíos, aunque no tuvieran el santo temor de Dios, ni reconocieran en él al Mesías'.

Una multitud de hombres de todas las clases fue así suprimida. El castigo menor era conducirlos al exilio en lugares extranjeros, sin distinción de edad, sexo o condición. En realidad se había decretado que cada uno podía profesar libremente la religión que quisiera, como si todas las religiones fueran verdaderas y condujeran a la salvación eterna. En realidad, sin embargo, sólo se prohibió la religión católica, y para extirparla se derramó sangre en las plazas y en las casas, como si todo creyente fuera a ser castigado con la pena capital. Los que se habían refugiado en las regiones del exilio no pudieron ser defendidos ni asegurados, pues allí fueron detenidos y, engañados a traición, reprimidos. Esta es la característica de todas las herejías, esta es la costumbre de los herejes desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia; y esto se confirma también por la conducta tiránica de los calvinistas, especialmente en Francia, donde intentan con amenazas y violencia inducir a todos a aceptar su confesión.

9. De esta serie ininterrumpida de violencias impías, que se iniciaron en Francia, se desprende que el propósito principal de estas maquinaciones era desahogar el odio contra la religión católica; y toda Europa está ahora agitada y perturbada por ello, y nadie puede negar que ésta fue la causa de la muerte infligida al rey Luis. Contra él se han esforzado en preparar un cúmulo de acusaciones inspiradas en motivos políticos, y entre ellas destaca el principal motivo, es decir, su firmeza de ánimo con la que se negó a aprobar y sancionar el decreto de exilio de los sacerdotes católicos, así como la afirmación contenida en la carta enviada al obispo de Clermont, de que quería restablecer el culto católico en Francia lo antes posible. ¿No es todo esto suficiente para afirmar y establecer que Luis fue un mártir? Incluso la sentencia capital contra María Estuardo pretendía basarse en supuestas maquinaciones, crímenes y conspiraciones contra el Estado, sin apenas mencionar la Religión. Sin embargo, Pío VI, rechazando las mentiras expresadas en la sentencia, indicó cuál era realmente la causa principal de la condena, a saber, el odio contra la Religión Católica; por lo tanto, existía la razón del martirio.

10. Pero, como oímos, contra este martirio de Luis hay quienes objetan que él había aprobado la Constitución que fue rechazada por Nosotros en Nuestra respuesta a los Obispos ya citada. Por otra parte, varias personas creen que las cosas han resultado de otra manera y afirman que, cuando se presentó la Constitución al rey para su firma, éste vaciló, recogido en sus pensamientos; luego se negó a firmarlo, temiendo que la firma tuviera valor de aprobación. Pero cuando uno de sus ministros (y también se menciona su nombre) en quien tanta confianza había depositado, le dijo que la firma significaba sólo que el escrito era el texto verdadero y auténtico de la Constitución, de modo que Nosotros, para quien se dirigía el texto, no teníamos sospecha de su autenticidad, por esta sencilla razón se le indujo a firmar, y esto lo confirmó en su testamento cuando escribió que había firmado contra su voluntad. Y de hecho no habría sido consecuente consigo mismo si entonces hubiera rechazado constantemente lo que había aprobado, no habiendo querido nunca firmar el decreto por el cual aquellos sacerdotes que habían rehusado el juramento eran arrojados al destierro; ni habría declarado al obispo de Clermont que estaba decidido a restablecer el culto católico en Francia. Pero independientemente de como hayan sucedido los hechos (de los que no nos responsabilizamos), incluso si concedemos que Luis aprobó la Constitución con su firma, ya sea por engaño, error o descuido, ¿debemos variar nuestro juicio sobre su martirio? Nos lo prohíbe la segura y solemne retractación del Rey que le siguió, y también el hecho -como hemos demostrado anteriormente- de que su muerte fue infligida en odio a la religión católica. Y esto no priva al Rey del honor y la gloria del martirio. De la misma manera para San Cipriano, que había expresado principios contrarios a la verdad respecto al bautismo de los herejes; San Agustín afirma repetidamente en palabras y escritos que Dios lo había purificado con la guadaña del martirio, como se poda una rama para que dé fruto.

11. No muy diferente fue la cuestión planteada en la Congregación de Ritos, de si era un obstáculo para reconocer el martirio del jesuita Juan de Britto, que en la misión de Madura había utilizado los llamados ritos chinos que habían sido prohibidos. Los electores no dudaron en responder negativamente: es decir, el hecho no era un obstáculo en absoluto, ya que el siervo de Dios se había retractado del uso de tales ritos con sangre en su posterior martirio. Pero los cardenales se dividieron entonces al expresar un decreto favorable, para no aprovechar la oportunidad de abogar más tarde por la retirada de la prohibición de estos ritos. Pero Pío VI eliminó todas las dificultades, afirmando que de la proclamación de ese decreto no podía deducirse que la Santa Sede tuviera la intención de retractarse de los decretos de sus predecesores, que habían prohibido los citados ritos. Al mismo tiempo aprobó la retractación emitida por el Venerable Juan no con tinta sino con sangre, y declaró que la excepción que se había planteado en la causa de beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan de Britto no debía impedir que se siguiera discutiendo sobre la verdadera causa de su martirio y aún más sobre la verdad de los signos y milagros que se habían realizado por su intercesión. Debía discutirse según el decreto emitido y publicado el 2 de julio de 1741.

Nosotros, alentados por este decreto, reconociendo que la retractación de Luis fue verdadera y ampliamente probada, escrita no sólo con tinta sino con su propia y generosa sangre, creemos que no estamos lejos de la opinión del Papa Benedicto para no emitir tal decreto y mantenernos en la opinión que nos hemos formado sobre el martirio del rey Luis, a pesar de que haya habido -si es que la hubo- una aprobación de la Constitución Civil del clero.

12. ¡Ay Francia, ay Francia! Llamada por Nuestros predecesores "espejo de toda la cristiandad y pilar seguro de la fe", ¡tú que en el fervor de la fe cristiana y la devoción a la Sede Apostólica nunca has seguido a otras naciones, sino que siempre las has precedido! ¡Qué lejos estáis hoy de Nosotros, con esta alma tan hostil a la verdadera Religión: os habéis convertido en el enemigo más implacable de todos los opositores a la Fe que han existido jamás!

Pero no podéis ignorar, aunque quisierais, que la Religión de la Fe Cristiana es el más fuerte apoyo de los reinos, reprimiendo el abuso de los poderosos y la licencia de los súbditos. Por eso, los envidiosos enemigos del poder de los reyes aspiran a subvertir la fe católica para acabar con ella.

13. ¡Ay, Francia, una vez más! ¡Tú que pediste tener un rey católico, ya que las leyes fundamentales del reino no exigen otro rey que no sea católico, sólo por ser católico lo habéis matado!

14. Fue tanta vuestra rabia contra el Rey que no quedasteis apaciguados y saciados ni aun con su decapitación. También queríais infligir violencia al cadáver; queríais que su cuerpo fuera enterrado inmediatamente sin ningún tipo de sepultura honorable. En cambio, María Estuardo, ya extinta, recibió el honor debido a su dignidad real. Su cuerpo fue llevado a la ciudadela, embalsamado y colocado en un nicho ya preparado para el entierro. Se ordenó a sus criados y ministros que permanecieran con ella con las libreas e insignias de su dignidad, sin dárselas a nadie, hasta que se encontrara un entierro honroso.

¿Qué habéis ganado, con todo vuestro odio inextinguible, sino la deshonra y la infamia, y por parte de reyes y príncipes una aversión, repugnancia, odio e indignación aún mayores que los que se encendieron contra Isabel de Inglaterra?

15. ¡Oh día triunfal para Luis! ¡Dios le dio paciencia en la persecución, victoria en la tortura! Tenemos la firme confianza de que habéis cambiado felizmente una corona real caduca y los lirios, que pronto se marchitan, por otra corona perenne, tejida por los Ángeles con lirios inmortales.

16. Lo que debemos hacer ahora según Nuestro deber apostólico, lo deducimos de la carta de San Bernardo a su discípulo, el Papa Eugenio IV, cuando le exhorta a "esforzarse con todas sus energías para que los infieles se conviertan a la Fe, para que los convertidos no se extravíen más y para que los alejados vuelvan". También tenemos ante nuestros ojos el ejemplo de Nuestro predecesor Clemente VI que no cesó de perseguir el crimen del asesinato del rey de Sicilia, Andrés, infligiendo castigos espirituales muy severos contra los conspiradores y asesinos, como leemos en su carta. Pero, ¿qué podemos obtener de un pueblo que no sólo despreció nuestras advertencias, sino que nos insultó con las más graves ofensas, abusos, injurias y calumnias, y llegó a tal punto de audacia y locura como para escribir cartas falsas bajo nuestro nombre, en las que insertaron sus propios errores? Dejemos, pues, en su miserable depravación a quien quiera perseverar en su obstinación; confiemos en que la sangre inocente de Luis clame e interceda de algún modo para que el pueblo francés reconozca y deteste su obstinación en acumular crímenes, y considere los diversos y más amargos castigos que Dios, justo juez de la maldad, suele infligir a las personas por delitos mucho menos graves.

17. Hemos querido hacer estas observaciones con ustedes para tener un poco de alivio en tan horrible catástrofe.

Concluimos Nuestro discurso invitándoos a celebrar con Nosotros las solemnes exequias por el rey difunto, según la costumbre, aunque nuestros oficios fúnebres de sufragio parezcan inútiles, ya que, como se cree, ha alcanzado el nombre de mártir. San Agustín afirma que "la Iglesia no reza por los mártires, sino que se encomienda a sus oraciones"; sin embargo, la afirmación del Santo debe aplicarse no a quien por juicio humano ha sido considerado mártir, sino como tal ha sido declarado por la Sede Apostólica.

Por lo tanto, en el día que se os notificará, junto con vosotros, venerables hermanos, celebraremos el funeral público en nuestra capilla pontificia por el cristianísimo rey Luis XVI.


jueves, 4 de enero de 2001

AD NOSTRAS MANUS (31 DE JULIO DE 1793)


ENCÍCLICA

AD NOSTRAS MANUS

DEL SUMO PONTÍFICE

PÍO VI

A nuestros amados Hijos, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, a los Venerables Hermanos Arzobispos y Obispos, a los amados Hijos de los Capítulos, al Clero y al Pueblo del Reino de Francia, Salud y Bendición Apostólica.

1. Ha llegado a nuestras manos cierto escrito que lleva por título "Manifiesto de l'armée chrétienne et royale au peuple français à Clisson, ce premier Jun 1793". En este manifiesto publicado a nombre de los generales del ejército cristiano, se declara, entre otras cosas, que si quieren, por todos los medios posibles, restaurar la religión católica a su estado anterior, es decir, hacer volviendo a florecer, invitan a los curas y vicarios destituidos en virtud de las facultades generales de sus legítimos obispos, a dirigirse al obispo de Agra, vicario apostólico que vive en cierta ciudad llamada Saint-Laurent sur Sèvre, para preguntarle cómo deben comportarse y cómo deben planificar sus acciones.

2. En verdad no sabemos si un escrito de este tipo es auténtico o no. Al fin y al cabo, quienes lo publicaron merecen una advertencia: dejen en libertad a los franceses para que concedan al texto la confianza que creen que se merece.

Sin embargo, desde el restablecimiento de la Religión Católica, a la que las intenciones de los citados generales parecen apuntar no sin los mayores elogios, ha sido siempre el fin principal y único de Nuestras funciones apostólicas, ya que los citados comandantes, eligiendo en este caso un cierto individuo que se considera Obispo de Agra y Vicario Apostólico, no sólo no logran el fin que se propusieron, sino que abren un camino más amplio al error, no sin una gravísima mistificación para los fieles, ya que nos parece que no hay obispo en ninguna parte con ese nombre y que el oficio de vicario apostólico nunca fue conferido por nosotros. Para despejar cualquier duda sobre la historia en tan importante momento, hemos decidido advertirles, amados Hijos y Venerables Hermanos, que cualquiera que haya tenido el coraje de usar el título de obispo de Agra y calificar como vicario apostólico no debe ser considerado como tal por nadie; por el contrario, todos deben rechazarlo y evitarlo como usurpador de ambas dignidades y considerar todos sus actos como sacrilegios que están viciados con el signo de la nulidad. De la escritura anterior no está claro cuál es el nombre de este pseudo-obispo, pero de otra fuente hemos sabido que se llama Guillot de Folleville.

3. Invitamos, pues, a cada uno de vosotros, Venerados Hermanos, en el nombre del Señor, a advertir a las poblaciones individuales y, en particular, a vuestros diocesanos contra este engaño. Ya que, como se dice con certeza, este pseudo-obispo y vicario apostólico prolonga su estancia por un largo tiempo en el recordado pueblo de Saint-Laurent, en la diócesis de Poitiers, no lejos de la diócesis de Saint-Pol de Léon. Me dirijo a vosotros, Venerados Hermanos Obispos de Poitiers y de Saint-Pol de Léon, y también a vosotros que tenéis las diócesis en las provincias de Poitou y de Bretaña, para que os cuidéis de informar de esto a vuestros diocesanos de la mejor manera posible, y es necesario que uséis el celo que os es común a vosotros y a los demás obispos franceses y que os dediquéis a ello con todas vuestras fuerzas.

4. A estas firmes amonestaciones, Venerables Hermanos, añadid también la vuestra contra el seudo-obispo y vicario, ordenándole, como le ordenamos con esta carta nuestra, que se abstenga de todo oficio propio de dignidades usurpadas, abandonando los delitos impíos según su conciencia, y para satisfacer las obligaciones para con la Iglesia de obtener el perdón y la absolución de las gravísimas penas a que está expuesto sobre la base de las reglas de los sagrados cánones, a que se refieren nuestras otras cartas apostólicas. 

5. Ciertamente no podemos dudar, Venerables Hermanos, de que cada uno de vosotros, cuando se vio obligado a abandonar sus sedes, no atendió adecuadamente a las necesidades espirituales de los fieles y no hizo uso de las facultades extraordinarias para delegar en otros esos poderes que os habíamos concedido.

Sin embargo, si la persecución de los adversarios hace inútiles y vanas vuestras provisiones, de modo que se prive a cualquier localidad de la legítima autoridad eclesiástica, recurrid a la Sede Apostólica los que tenéis el honor de tan loablemente defender la causa del sacerdocio. Intervendremos con pronta y legítima ayuda para que todos podáis llegar de nuevo, dirigir y administrar vuestras diócesis.

Mientras tanto, el Señor quiera que se cumplan Nuestros votos comunes y que volváis en breve a vuestros asientos, ejerzáis libremente el ministerio pastoral y restablezcáis la paz y la religión en el ilustre reino de Francia, tal como os imploramos y confiamos que tendrá lugar en el futuro.

Mientras tanto, afectuosamente os impartimos, Nuestros amados Hijos y Venerables Hermanos, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, en Santa María la Mayor, el 31 de julio de 1793, año decimonoveno de Nuestro Pontificado.



miércoles, 3 de enero de 2001

CHRISTI ECCLESIAE (30 DE DICIEMBRE DE 1797)

BULA

CHRISTI ECCLESIAE

Del Sumo Pontífice

Pío VI

El Obispo Pío, Siervo de los siervos de Dios, en perpetua memoria.

1. Aunque la misión de gobernar la Iglesia de Cristo ha estado siempre expuesta a angustias cotidianas y casi continuas, sin embargo, todo el curso de Nuestro Pontificado hasta ahora se ha visto perturbado por olas de preocupación tan extraordinarias y violentas que nos parece que no podremos salir de ellas con la ayuda del valor, la sabiduría y el esfuerzo humanos, a menos que opere la asistencia divina. No ha habido ni un momento de respiro de nuevas tormentas, temores y peligros, ni ha cesado el embate de las ofensas, ansiedades, calamidades y tantas penurias ya experimentadas, de modo que no podemos tener todavía paz, pues el tiempo de las noticias dolorosas no ha pasado aún. Hay que ser constantemente vigilante, cauto y tolerante. No sólo debemos afligirnos por los males presentes, sino también por los futuros, que son inciertos y temibles, y a los que debemos hacer frente con Nuestras oraciones a Dios y con todos los esfuerzos que podamos hacer. Y que en estos asuntos humanos y en esta ambigua e incierta adversidad de los tiempos, encontremos el modo de llevar alguna esperanza de respiro y consuelo a los perseguidos durante tanto tiempo, a la Iglesia cuyos bienes han sido devastados y a los pueblos fieles. Por eso, insistiendo en el ejemplo de Nuestros predecesores, ahora nos ocupamos sobre todo de lo que debe hacerse cuando esta Santa Sede quede vacante. Precisamente para cubrir esa vacante, corresponderá a los Cardenales de la Santa Iglesia Romana convocar las asambleas de las que emana la eficacia suprema de las sagradas deliberaciones y el estado futuro de gran parte de la Iglesia. Con respecto a este gravísimo problema de la elección de un nuevo Papa, nuestros predecesores idearon y tomaron numerosas y sabias decisiones adecuadas a su tiempo. Pero ante nuevas situaciones, hay que añadir nuevas deliberaciones y adaptarse a ellas.

2. En primer lugar, ¿tendrán que decidir los electores el lugar mismo de las asambleas, es decir, un gran cónclave en el que se reúnan todos y permanezcan hasta la elección del nuevo Pontífice: tendrán quizá que retirarse, aunque ya exista la antigua costumbre de reunirse en el palacio cercano a San Pedro (como a veces ocurría en siglos anteriores) para evitar la insalubridad del aire? ¿Será que una mayor seguridad para la permanencia, así como la libertad en la expresión de los votos, o un menor gasto en la organización del cónclave según la tradición, por las dificultades en el desembolso del dinero del tesoro o de los electores, y finalmente la necesidad de realizar la operación (de la que hablaremos específicamente en un momento) podrían obligar a elegir otra sede no incómoda y más adecuada a las circunstancias?

Por lo tanto, deseando que los mismos cardenales queden libres y exentos de toda incertidumbre en cuanto al cambio de lugar para el cónclave, concedemos a los que estarán presentes la facultad en virtud de la cual, si no todos, al menos la mayoría de ellos, podrán elegir un lugar más adecuado y apropiado al que deberán trasladarse todos; declaramos que el traslado a otro cónclave no desvirtúa jurídicamente el trabajo a realizar.

3. Las mismas dificultades actuales derivadas de las circunstancias y de los tiempos, que apenas podemos esperar que se conviertan tan fácilmente en la antigua regla de la tranquilidad pública y segura, para que ningún obstáculo se oponga a la observancia de la otra regla relativa al día de la entrada en el cónclave de los cardenales que deben estar presentes y que deben reunirse en un día determinado después de la vacante de la sede papal, y ser confinados para completar la elección, nos llevan, después de una madura reflexión, a expresar lo que pensamos y lo que debe hacerse en el futuro, después de haber eliminado de nuestros corazones cualquier duda que pueda surgir. Sabemos que esta costumbre fue introducida hace algunos siglos y confirmada posteriormente, y que se reforzó aún más después de las Constituciones de Gregorio X, Pío IV, Gregorio XV y otros Pontífices y especialmente Clemente XII, que en su Constitución Apostolatus officium no hizo ninguna mención explícita, sino que lo confirmó genéricamente junto con los otros que ya habían sido establecidos por los Pontífices anteriores, de modo que el décimo día después de la muerte del Papa los Cardenales están obligados a entrar en el cónclave y, encerrados en él, a dedicarse a la elección. Según esta norma, muchos canonistas afirman que los cardenales tienen un deber de conciencia en el sentido de que es justo y adecuado que los cardenales ausentes puedan intervenir en el espacio de diez días, pero que este espacio no debe ampliarse por la ausencia de algunos, ya que se considera que debe darse mayor peso al hecho de que la Iglesia no puede permanecer demasiado tiempo sin una cabeza visible, sin su pastor. ¿Quizás se pueda imponer una norma bien definida sobre la dificultad indefinida de los tiempos agitados? ¿Quién podría prever ahora, en estas coyunturas humanas que dudamos puedan cambiar, cuáles son los tiempos preestablecidos para trabajar en circunstancias muy graves y muy importantes, y cuáles deben ser a veces acortados o, por el contrario, prolongados?

Por lo tanto, mitiguemos la costumbre y norma de los diez días y permitamos o concedamos a los Cardenales de la Santa Iglesia Romana que estarán presentes la facultad de no esperar el plazo de diez días después de la vacante de la Sede Apostólica, y de prevenir los impedimentos previstos reuniéndose en cónclave y rompiendo todas las demoras; si entonces surge alguna dificultad grave o por el levantamiento tumultuoso del pueblo inquieto o el temor de incursiones o de guerra u otras causas similares e inminentes de acontecimientos calamitosos; O si, por el contrario, la misma gravedad de los impedimentos ya está presente y con su violencia parece trastornarlo todo y no permite ningún espacio para la tranquilidad y la libertad, entonces los mismos Cardenales tendrán que alargar y prolongar ese periodo de tiempo hasta que la tormenta vaya amainando y se restablezca un orden de cosas más sereno. Queremos que los Cardenales de la Santa Iglesia Romana tengan el juicio y el poder, según las circunstancias, de decidir el inicio del cónclave en tal o cual lugar, y aunque no todos estén de acuerdo, en cualquier caso todos estarán obligados a adherirse a las decisiones de la mayoría y a llevarlas a cabo.

4. Si entonces esos días no son tranquilos, ni toda la situación es tan segura como en un puerto y sin ninguna sospecha fundada de alguna desgracia, entonces todo debe proceder según la norma prescrita y, por lo tanto, deben observarse los diez días habituales antes de entrar en cónclave, para que el número no despreciable de cardenales que están particularmente distantes puedan intervenir a tiempo y no parezca que haya ninguna prisa o retraso en la conclusión de tan importante tarea, ni que las acciones se lleven a cabo precipitadamente, sino que la consulta para una elección legítima se ha realizado con plena conciencia. Los días no pueden transcurrir en la ociosidad, ya que mientras tanto los Cardenales deben cumplir numerosas formalidades y, por supuesto, celebrar los oficios diarios en sufragio del Pontífice fallecido y soportar toda la carga (que recae sobre ellos) de velar por los intereses del Estado, y los demás asuntos que deben gestionarse según las normas de las Constituciones Apostólicas superiores, cuya gravedad no pretendemos en modo alguno disminuir con esta Nuestra Constitución, sino más bien confirmarla en su vigor integral, salvo en los casos que antes hemos descrito, es decir, la más grave inclemencia de los tiempos y la propia seguridad del cuerpo católico, que especialmente desde su cabeza se extiende a los demás miembros. No se necesitan nuevas leyes en este momento. Pero no queremos abolir, sino mitigar, y adaptar a los tiempos que puedan venir, ciertas normas que no se ajustan a la nueva realidad y que, sin embargo, no impiden la misma elección en ese caso concreto. Concedemos a los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, presentes y futuros, una facultad por la que -cuando la Sede Apostólica quede vacante y se produzcan esos impedimentos a la libre elección a los que nos recuerda la grave situación política actual- los mismos Cardenales no tendrán duda ni temor de extender su poder, si es posible, a las leyes antes mencionadas, que no deben ser cambiadas sino sólo actualizadas con el consentimiento de la mayoría de ellas; por esta Nuestra carta introducimos y autorizamos esta facultad.

5. Por lo tanto, siguiendo la opinión y aprobación de Nuestros Venerados Hermanos Cardenales de la Santa Romana Iglesia y en la plenitud del poder apostólico, queremos y ordenamos que, después de la muerte de los Sumos Pontífices, se reúnan pronto nuestros Venerables Hermanos Cardenales de la Santa Romana Iglesia que estará presente y que se consulten entre sí valorando la situación del momento, y decidan si mantener o elegir una nueva sede del cónclave, si adelantar o prorrogar el día de entrada en el mismo. Lo que la mayoría habrá decidido es obligación de todos, y sin vacilación alguna, haciendo uso de las facultades ya concedidas, deben proceder, con la ayuda de Dios, a la elección del nuevo Pontífice.

6. Quienes se opongan a esta carta y a lo que ella contiene, y tengan algún derecho o interés en lo anterior, o crean no estar de acuerdo en algún punto o en algunos puntos, y no hayan sido citados ni oídos, saben sin embargo que esta carta debe considerarse siempre firme, válida y eficaz a perpetuidad, y debe expresarse plenamente y producir todos sus efectos, y aquellos ante quienes es y será responsable, por el tiempo en que lo sean, están obligados inviolable y respectivamente a observar eso. Irritante y vanidoso se tendrá por hecho lo que en este asunto se haya hecho, de modo diferente, por cualquiera y con cualquier autoridad, a sabiendas o irresponsablemente.

7. Como las normas Nuestra y de la Cancillería Apostólica no se oponen al derecho adquirido (que no debe ser suprimido hasta que sea necesario) y a las Constituciones y disposiciones promulgadas hasta ahora por Alejandro III, Gregorio X, Clemente V y por del citado Pío IV y de los demás Romanos Pontífices Nuestros predecesores en cuanto a la elección del Sumo Pontífice, queremos que las disposiciones de aquellas cartas queden plena y suficientemente expresadas en el presente, como si estuvieran insertadas palabra por palabra, y mandamos a cualquiera quien está en contra de que todo y los contenidos individuales sigan siendo válidos en toda su fuerza.

8. Queremos también, y con autoridad apostólica lo disponemos, que esta carta nuestra sea reproducida en un folleto e integrada a las demás Constituciones de nuestros predecesores; también queremos que las copias de esta carta, aunque impresa, firmada por la mano de un notario público y con el sello de una persona constituida en dignidad eclesiástica, tenga la misma credibilidad, tanto en la corte como en otros lugares, que se le daría en la actualidad si fuera exhibida o mostrada.

9. Por lo tanto, a nadie le es absolutamente lícito arrebatar esta página de Nuestras concesiones, facilitaciones, dispensas, indultos, facultades, ordenaciones, decretos, mandatos, testamentos y excepciones, ni oponerse a ella con un gesto temerario; y si alguien se hubiera atrevido a tanto, que sepa que incurrirá en la indignación de Dios todopoderoso y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor de 1797, a 30 de diciembre, año vigésimo tercero de Nuestro Pontificado.


martes, 2 de enero de 2001

CUM POPULI (13 DE ABRIL DE 1791)


BREVE

CUM POPULI

DEL SUMO PONTÍFICE

PÍO VI

Al Venerable Hermano Juan, Obispo de Aleria.
El Papa Pío VI. Venerable hermano, salud y bendición apostólica. 

Puesto que los pueblos de este reino, atrapados por los engaños de otros, han abrazado la constitución civil del clero galicano, promulgada por la Asamblea Nacional, en oposición al dogma y al antiguo y nuevo orden de la Iglesia, Nuestra paternal solicitud no tolera en absoluto que Vos, Venerable Hermano, y los capítulos de vuestra diócesis, los párrocos, el clero y el pueblo en su conjunto, ignoréis esos lazos de deber a los que cada uno en su orden está obligado, a menos que prefieran hacerse súbditos del cisma y sufrir esas penas que, en obediencia a los cánones, se infligen a los corruptores de la doctrina y la disciplina. Y puesto que ya hemos expuesto los deberes de los individuos de forma extensa y clara en Nuestra carta dirigida a Nuestros amados hijos, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, a los Venerables Hermanos Arzobispos y Obispos, y a los amados hijos de los capítulos, el clero y el pueblo del reino de las Galias, Hemos creído oportuno, en cualquier caso, enviaros algunas copias de esta carta para que ni Vos ni toda la grey de vuestra diócesis dejéis de advertir la necesidad de actuar en esta convulsión de los intereses eclesiásticos para evitar las empresas criminales y sacrílegas que se están llevando a cabo en todas partes, y para escapar de la terrible tormenta que se ha desatado contra la religión católica. Es una realidad que debe estimular e inflamar vuestra ardiente vocación religiosa cuanto más graves sean los peligros y las persecuciones que se ciernen sobre la Iglesia desde todas partes. Sostenidos por esa esperanza que nos guía hacia la certeza de vuestra vigilancia pastoral, a Vos, Venerable Hermano, y al rebaño confiado a vuestro cuidado os impartimos con todo el afecto de nuestras almas la Bendición Apostólica.
Dado en Roma, en San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el 13 de abril de 1791, en el decimoséptimo año de Nuestro Pontificado.

Papa Pío VI

* * *

[La misma copia a los obispos de Ajaccio, Sagone, Nebbio, Mariana].



lunes, 1 de enero de 2001

RERUM OMNIUM PERTURBATIONEM (26 DE ENERO DE 1923 )


ENCÍCLICA DEL PAPA PÍO XI

SOBRE SAN FRANCISCO DE SALES

A Nuestros Venerables Hermanos, los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en Paz y Comunión con la Sede Apostólica.

1. En nuestra reciente encíclica examinamos los desórdenes con los que lucha el mundo de hoy, con el fin de encontrar un remedio seguro para males tan grandes. En aquel tiempo dijimos que las raíces de estos males están en el alma de los hombres y que la única esperanza de curarlos es recurrir a la asistencia del Divino Sanador Jesucristo por los medios que Él ha puesto a disposición de Su Santa Iglesia. La gran necesidad de nuestros días es frenar los deseos desmedidos de la humanidad, deseos que son la causa fundamental de las guerras y disensiones, que actúan, también, como una fuerza disolvente en la vida social y en las relaciones internacionales. No es menos necesario hacer retroceder la mente de los hombres de las cosas pasajeras de este mundo a las que son eternas, las cuales, por desgracia, con demasiada frecuencia son descuidadas por la gran mayoría de la humanidad. Si cada individuo se resolviera a cumplir fielmente con sus obligaciones, se realizaría casi inmediatamente una gran mejora social. Tal mejora es precisamente el objetivo de las enseñanzas y del ministerio de la Iglesia, cuya misión especial es instruir a los hombres mediante la predicación de las verdades divinamente reveladas y santificarlas por medio de la gracia de Dios. Mediante el uso de estos métodos, ella espera llamar de nuevo a la sociedad civil a caminos conformes al espíritu de Cristo que alguna vez seguimos. Se siente impulsada a hacer esto cada vez que encuentra que la sociedad se desvía de los caminos de la rectitud porque su misión especial es instruir a la humanidad mediante la predicación de las verdades divinamente reveladas y santificarlas por medio de la gracia de Dios. 

2. La Iglesia tiene más éxito en esta obra de santificación cuando le es posible, por la misericordia de Dios, hacer frente a la imitación fiel de uno u otro de sus hijos más queridos que se ha hecho notar por la práctica de toda virtud para la santificación. Esta obra de santificación es del genio mismo de la Iglesia, ya que fue hecha por Cristo, su Fundador, no sólo santa ella misma, sino fuente de santidad en los demás. Todos los que aceptan la guía de su ministerio deben, por mandato de Dios, hacer todo lo posible para santificar sus propias vidas. Como dice San Pablo: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (I Tes. 4,3) Cristo mismo ha enseñado en qué consiste esta santificación: “Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mat. V, 48)

3. No podemos aceptar la creencia de que este mandato de Cristo concierne sólo a un grupo selecto y privilegiado de almas y que todas las demás pueden considerarse agradables a Él si han alcanzado un grado inferior de santidad. Todo lo contrario es cierto, como se desprende de la misma generalidad de sus palabras. La ley de la santidad abarca a todos los hombres y no admite excepción. El gran número de almas de toda condición de vida, tanto jóvenes como mayores, que como nos informa la historia han alcanzado el cenit de la perfección cristiana, estos santos sintieron en sí mismos las debilidades de la naturaleza humana y tuvieron que vencer las mismas tentaciones que nosotros. Tan cierto es esto que, como escribió tan bellamente San Agustín, “Dios no nos pide lo imposible. Pero cuando Él nos ordena hacer algo, Él, por Sus mismos mandamientos, nos amonesta a hacer lo que podemos hacer y a pedirle ayuda en lo que no podemos hacer por nosotros mismos” (de Natura et Gratia, Cap. 43, No. 50.)

4. La solemne conmemoración el año pasado del tercer centenario de la canonización de cinco grandes santos —Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús e Isidoro el Labrador— ayudó mucho, Venerables Hermanos, a despertar entre los fieles el amor por la vida cristiana. Ahora estamos llamados con alegría a celebrar el Tercer Centenario de la entrada al cielo de otro gran santo, que se destacó no sólo por la sublime santidad de vida que alcanzó, sino también por la sabiduría con la que dirigió a las almas por los caminos de la santidad. Este santo era nada menos que Francisco de Sales, obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia Universal. Como esos brillantes ejemplos de perfección y sabiduría cristianas a los que nos acabamos de referir, parecía haber sido enviado especialmente por Dios para luchar contra las herejías engendradas por la Reforma. Es en estas herejías que descubrimos los comienzos de esa apostasía de la humanidad de la Iglesia, cuyos tristes y desastrosos efectos son deplorados, incluso hasta el momento presente, por toda mente justa. Además, parece que Francisco de Sales fue dado a la Iglesia por Dios para una misión muy especial. Su tarea era desmentir un prejuicio que en su vida estaba profundamente arraigado y no ha sido destruido aún hoy, que el ideal de santidad genuina que la Iglesia propone para nuestra imitación es imposible de alcanzar o, en el mejor de los casos, es tan difícil de alcanzar que supera las capacidades de la gran mayoría de los fieles y, por lo tanto, debe pensarse como posesión exclusiva de unas pocas grandes almas.

5. Nuestro estimado predecesor Benedicto XV, refiriéndose a los cinco santos de los que hemos hablado, hizo mención también de la proximidad del Centenario de la muerte de Francisco de Sales y expresó la esperanza de escribir particularmente de él en una encíclica dirigida al mundo entero. Con mucho gusto trataremos de cumplir este y otros deseos de Nuestro Predecesor, pues los consideramos como una herencia sagrada que nos ha dejado. En este particular, seguimos sus deseos tanto más gustosamente cuanto que de este Centenario esperamos frutos no menos maravillosos que los que acompañaron las fiestas que lo han precedido.

6. Quien repase con atención la vida de san Francisco descubrirá que, desde sus primeros años, fue modelo de santidad. No fue un santo melancólico, austero, sino muy amable y amistoso con todos, tanto que se puede decir de él con la mayor verdad: “Su conversación (sabiduría) no tiene amargura, ni su compañía tedio, sino gozo y alegría” (Sabiduría, viii, 16) Dotado de todas las virtudes, sobresalió en la mansedumbre de corazón, una virtud tan peculiar a él mismo que podría considerarse su rasgo más característico. Su mansedumbre, sin embargo, difería por completo de esa gentileza artificial que consiste en la mera posesión de modales refinados y en el despliegue de una afabilidad puramente convencional. Se diferenciaba también tanto de la apatía que no puede ser movida por ninguna fuerza como de la timidez que no se atreve a indignarse, incluso cuando se requiere indignación de uno. Esta virtud, que creció en el corazón de San Francisco como un delicioso efecto de su amor a Dios y fue alimentada por el espíritu de compasión y ternura, templó con tanta dulzura la gravedad natural de su comportamiento y suavizó tanto su voz como sus modales que se ganó la afectuosa consideración de todos los que encontró.

7. No menos conocidas son la facilidad y amabilidad con que recibía a todos. Pecadores y apóstatas acudían especialmente a su casa para, con su ayuda, reconciliarse con Dios y enmendar su vida. Era muy partidario de los desafortunados prisioneros a quienes, mediante cien artificios de caridad, buscaba consolar durante sus frecuentes visitas a las prisiones. También mostró gran amabilidad con sus propios sirvientes, cuya pereza y torpeza soportó con heroica paciencia. Su bondad de corazón nunca varió, sin importar quiénes fueran las personas con las que tuvo que tratar, la hora del día, las circunstancias difíciles que tuvo que enfrentar. Ni siquiera los herejes, que a menudo se mostraban muy ofensivos, lo encontraron un poco menos afable o menos accesible. De hecho, su celo era tan grande que durante el primer año de su sacerdocio, intentó, a pesar de la oposición de su propio padre, reconciliar a la gente de La Chablais con la Iglesia. En esto fue secundado gustosamente por Granier, el obispo de Ginebra. Para realizar esta obra, no rehusó ningún deber, no huyó de ningún peligro, ni siquiera el de una posible muerte. Su bondad imperturbable le fue más útil para llevar a cabo la conversión de tantos miles de personas que la amplia erudición y la maravillosa elocuencia que caracterizaron su desempeño de los muchos deberes del sagrado ministerio.

8. Acostumbraba a repetirse a sí mismo, como fuente de inspiración, aquella conocida frase: “Los apóstoles luchan con sus sufrimientos y sólo triunfan en la muerte”. Es casi increíble con qué vigor y constancia defendió la causa de Jesucristo entre la gente de La Chablais. Para llevarles la luz de la fe y las comodidades de la religión cristiana, se sabe que viajó por profundos valles y escaló montañas escarpadas. Si huían de él, los perseguía, llamándolos con fuerza. Rechazado brutalmente, nunca abandonó la lucha; cuando fue amenazado, solo renovó sus esfuerzos. A menudo lo echaban de los alojamientos, en cuyo momento pasaba la noche dormido sobre la nieve bajo el dosel del cielo. Celebraría Misa aunque nadie asistiría. Cuando, durante un sermón, casi toda la audiencia uno tras otro abandonaba la Iglesia, continuaba predicando. En ningún momento perdió su equilibrio mental o su espíritu de bondad hacia estos desagradecidos oyentes. Fue por medios como estos que finalmente venció la resistencia de sus adversarios más formidables.

9. Uno se equivocaría, sin embargo, si imaginara que el carácter que poseía San Francisco de Sales era un don de la naturaleza, otorgado a él por la gracia de Dios “con la bendición de la mansedumbre”, como tantas veces leemos a ha sido el caso de otras almas benditas. Por el contrario, Francisco, naturalmente, era de mal genio y se enojaba fácilmente. Habiendo hecho voto de tomar por modelo a Jesús, que ha dicho: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11,29), así, mediante la constante vigilancia sobre sí mismo y la violencia hacia sus propia voluntad, logró aprender a refrenar y dominar hasta tal punto los impulsos de la naturaleza que llegó a ser una viva semejanza del Dios de la Paz y la Mansedumbre. Este hecho está ampliamente probado por el testimonio de los médicos que prepararon su cuerpo para el entierro para cuando, como leemos, embalsamaron el cuerpo, encontraron su bilis convertida en piedra que se había roto en las partículas más pequeñas imaginables. Sabían por este extraño suceso los terribles esfuerzos que debió costarle a nuestro Santo, durante un período de cincuenta años, dominar su temperamento naturalmente irritable.

10. La mansedumbre de san Francisco era, pues, efecto de su tremenda fuerza de voluntad, constantemente fortalecida por su fe viva y los fuegos del amor divino que ardían en él. Ciertamente, a él podemos aplicar las palabras de la Sagrada Escritura: “De lo fuerte salió dulzura” (Jueces xiv, 14) No es de extrañar, entonces, que esta “bondad pastoral” que poseía y que, según San Juan Crisóstomo “es más violenta que la virtud” (Homilía 58 sobre el Génesis) poseía el poder de atraer los corazones en esa misma medida de éxito que Cristo mismo ha prometido a los mansos: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra” (Mat. V, 4)

11. Por otra parte, la gran fuerza de voluntad de este modelo de mansedumbre se manifestó siempre que se vio obligado a oponerse a los poderosos para proteger los intereses de Dios, la dignidad de la Iglesia o la salvación de las almas. Así, en una ocasión en que recibió una carta en la que el Senado de Chambéry le amenazaba con perder parte de sus ingresos, no perdió tiempo en defender la inmunidad de los derechos de la Iglesia frente a este acto de injerencia civil. No sólo respondió al emisario que le envió de una manera acorde con su propio alto rango, sino que no cesó de exigir la reparación del daño causado hasta después de haber recibido la plena satisfacción del Senado. Igualmente firme fue cuando se atrevió a enfrentar la ira del Príncipe, ante quien tanto él como sus hermanos habían sido acusados ​​falsamente. Tampoco fue menos vigoroso en resistir la interferencia de los estadistas en la concesión de beneficios eclesiásticos. Finalmente, cuando todos los demás métodos habían fallado, excomulgó a aquellos que persistentemente se negaron a pagar sus diezmos al Capítulo de Ginebra. Tenía también la costumbre de reprochar con franqueza evangélica los vicios del pueblo y desenmascarar la hipocresía que pretendía simular la virtud y la piedad. Aunque posiblemente era más respetuoso que nadie hacia sus soberanos, nunca se rebajó ni por un instante a halagar sus pasiones o a inclinarse ante sus altivas pretensiones. 

12. Veamos ahora, Venerables Hermanos, cómo san Francisco, que fue él mismo un modelo tan amoroso de santidad, mostró a los demás con sus escritos el camino seguro y fácil de la perfección cristiana, imitando también a Cristo, que “empezó a hacer y enseñar” (Hechos I, 1)

13. San Francisco publicó muchas obras de piedad, entre las que podemos destacar sus dos libros más conocidos, “Filotea: Introducción a la vida devota” y “El tratado sobre el amor de Dios”. En la “Introducción a la vida devota” San Francisco, después de mostrar claramente cómo la dureza de corazón desanima a uno en la práctica de la virtud y es completamente ajena a la piedad genuina (no despoja a la piedad de esa severidad que está en armonía con el modo de vida cristiano) se propone entonces expresamente probar que la santidad es perfectamente posible en todos los estados y condiciones de la vida secular, y mostrar cómo cada hombre puede vivir en el mundo de tal manera que salve su propia alma, con tal de que se guarde libre del espíritu del mundo.

14. Al mismo tiempo, aprendemos del Santo cómo no solo realizar los actos habituales de la vida cotidiana (con la excepción, por supuesto, del pecado), sino también un hecho que todos desconocen, cómo hacer estas cosas correctamente con la única intención de agradar a Dios. Nos enseña a observar las convenciones sociales que llama uno de los efectos encantadores de la vida virtuosa, no para destruir nuestras inclinaciones naturales sino para conquistarlas de modo que poco a poco sin demasiado esfuerzo, como la paloma, si por casualidad no nos ha sido concedida la fuerza del águila, podamos elevarnos hasta el mismo cielo. Lo que el Santo quiere decir con esta metáfora es que si no estamos llamados a una perfección personal extraordinaria, sin embargo podemos alcanzar la santidad santificando las acciones de la vida cotidiana.

15. Escribió en todo momento en un estilo digno pero sencillo, variando de vez en cuando por una maravillosa agudeza de pensamiento y gracia de expresión, y en razón de estas cualidades sus escritos han demostrado ser de lectura bastante agradable. Después de haber señalado cómo debemos huir del pecado, luchar contra nuestras malas inclinaciones y evitar todas las acciones inútiles y dañinas, continúa exponiendo la naturaleza de aquellas prácticas de piedad que hacen crecer el alma, y ​​cómo es posible que el hombre permanezca siempre unido a Dios. A continuación, muestra cuán necesario es seleccionar una virtud especial para la práctica constante hasta que podamos decir que la hemos dominado. Escribe también sobre las virtudes individuales, sobre la modestia, sobre el lenguaje moral e inmoral, sobre las diversiones lícitas y peligrosas, sobre la fidelidad a Dios, sobre los deberes de los esposos, de las viudas y de las jóvenes.

16. Finalmente, nos enseña cómo no sólo vencer los peligros, las tentaciones y las seducciones del placer, sino cómo cada año es necesario que cada uno de nosotros renueve y reavive su amor a Dios con la toma de santos propósitos. Quiera Dios que este libro, el más perfecto en su género a juicio de los contemporáneos del Santo, sea leído ahora como antaño por prácticamente todos. Si se hiciera esto, la piedad cristiana ciertamente florecería en todo el mundo y la Iglesia de Dios podría regocijarse en la seguridad de un logro generalizado de la santidad por parte de sus hijos.

17. “El Tratado sobre el amor de Dios”, sin embargo, es un libro mucho más importante y significativo que cualquiera de los otros que publicó. En esta obra el santo Doctor hace una verdadera historia del amor de Dios, explicando su origen y desarrollo entre los hombres, al mismo tiempo que muestra cómo el amor divino comienza a enfriarse y luego a languidecer. También esboza los métodos para desarrollarse y crecer en el amor a Dios. Cuando es necesario, profundiza incluso en explicaciones de los problemas más difíciles como, por ejemplo, el de la gracia eficaz, la predestinación y el don de la fe. Esto no lo hace secamente sino, en razón de la mente ágil y bien formada que poseía, de tal manera que sus discusiones abundan en lenguaje hermosísimo y están llenas de una función igualmente deseable.

18. Los principios de la vida espiritual que se tratan en los dos libros antedichos fueron también aprovechados por su diario ministerio, la dirección espiritual que dio y por las admirables “Cartas” que escribió, para beneficio de las almas. Aplicó los mismos principios espirituales a la dirección de las Hermanas de la Visitación, institución fundada por él que ha conservado fielmente, incluso hasta nuestros días, su espíritu. La atmósfera de esta comunidad religiosa en particular es de moderación y bondad amorosa en todas las cosas. Estaba organizada para recibir a mujeres jóvenes, viudas y casadas que, por su debilidad, enfermedad o avanzada edad, no están físicamente a la altura de las tareas que su fervor religioso les impondría gustosamente. Por eso no están obligadas a largas vigilias ni al cambio del santo oficio, tampoco están obligadas a sufrir estrictas penitencias y mortificaciones. Sólo están sujetas a la observancia de su regla, que es tan suave y fácil que todas las Hermanas, incluso las que están enfermas, pueden seguirla.

19. Pero esta misma mansedumbre y sencillez que caracterizan su regla, debe inspirar a su observancia con tan gran amor de Dios, que las Hermanas que se glorían en su título, Hijas de San Francisco de Sales, sean conocidas por su perfecta abnegación de la fe y por su humilde obediencia en todo momento. Ellas, por lo tanto, deben hacer todo lo posible para adquirir una virtud sólida y no meramente superficial, morir siempre a sí mismas para vivir sólo para Dios. ¿Hay alguien que no pueda reconocer en su modo de vida esa unión de fuerza y ​​mansedumbre que tanto se admira en el mismo San Francisco, su santo Fundador?

20. Es necesario pasar por alto muchos de los otros escritos de San Francisco en los que, sin embargo, no podemos menos que descubrir “aquella doctrina enviada por el cielo que, como un arroyo de agua viva, ha regado la viña del Señor... y ha ayudado mucho a lograr el bienestar del pueblo de Dios” (Carta Apostólica de Pío IX, 16 Nov. 1877) Pero, no podemos permitirnos dejar de hablar de su obra titulada “Controversias”, en la que incuestionablemente se encuentra una “plena y completa demostración de la verdad de la Religión Católica” (Carta Apostólica de Pío IX, 16 de noviembre de 1877)

21. Vosotros, Venerables Hermanos, sabéis bien las circunstancias que rodearon la misión de san Francisco en La Chablais, pues cuando, hacia finales de 1593, según sabemos por la historia, el duque de Saboya concertó una tregua con los habitantes de Berna y Ginebra, nada se consideró más importante para reconciliar a la población con la Iglesia que enviarles predicadores celosos y eruditos que, por la fuerza persuasiva de su elocuencia, recuperarían lenta pero seguramente a estas personas a su lealtad a la fe.

22. El primer misionero enviado abandonó el campo de batalla, ya sea porque se desesperó por convertir a estos herejes o porque los temía. Pero San Francisco de Sales que, como hemos dicho, ya se había ofrecido para la obra misionera al obispo de Ginebra, partió a pie en septiembre de 1594, sin comida ni dinero, y sin más compañía que la de un primo suyo, para asumir este trabajo. Fue sólo después de largos y repetidos ayunos y oraciones a Dios, sólo con cuya ayuda esperaba que su misión tuviera éxito, que intentó entrar en el país de los herejes. Ellos, sin embargo, no escucharon sus sermones. Entonces trató de refutar sus doctrinas erróneas por medio de folletos sueltos que escribió en los intervalos entre sus sermones.

23. Esta obra de esparcir folletos, sin embargo, disminuyó gradualmente y cesó por completo cuando la gente de estas partes en gran número comenzó a asistir a sus sermones. Estos folletos, escritos por la mano del mismo santo Doctor, se perdieron durante un tiempo después de su muerte. Posteriormente fueron encontrados y recogidos en un volumen y presentados a Nuestro Predecesor, Alejandro VII, quien tuvo la dicha, tras el acostumbrado proceso de canonización, de adscribir a San Francisco primero entre los beatos, y luego entre los santos.

24. En sus “Controversias”, aunque el santo Doctor hizo mucho uso de la literatura polémica del pasado, exhibe sin embargo un método controvertido muy peculiarmente suyo. En primer lugar, prueba que no puede decirse que exista autoridad en la Iglesia de Cristo a menos que le haya sido otorgada por un mandato autoritativo, mandato que de ningún modo puede decirse que poseen los ministros de las creencias heréticas. Después de haber señalado los errores de estos últimos sobre la naturaleza de la Iglesia, esboza las notas de la verdadera Iglesia y prueba que no se encuentran en las iglesias reformadas, sino sólo en la Iglesia Católica. También explica de manera sólida la Regla de la Fe y demuestra que los herejes la quebrantan, mientras que en cambio los católicos la guardan íntegramente. En conclusión, discute varios temas especiales, pero solo no existen los folletos que tratan de los Sacramentos y del Purgatorio. En verdad, las muchas explicaciones de la doctrina y los argumentos que ha ordenado, son dignas de todo elogio. Con estos argumentos, a los que hay que añadir una sutil y pulida ironía que caracteriza su manera controvertida, enfrentó fácilmente a sus adversarios y derrotó todas sus mentiras y falacias.

25. Aunque a veces su lenguaje parece ser algo fuerte, sin embargo, como incluso sus oponentes admitieron, sus escritos siempre respiran un espíritu de caridad que siempre fue el motivo principal en cada controversia en la que se involucró. Esto es tan cierto que aun cuando reprochó a estos niños descarriados su apostasía de la Iglesia Católica, es evidente que no tenía otro propósito en mente que abrir de par en par las puertas por las cuales pudieran regresar a la Fe. En las “Controversias” se percibe fácilmente esa misma amplitud de miras y magnanimidad de alma que impregnan los libros que escribió con el propósito de promover la piedad. En fin, su estilo es tan elegante, tan pulido, tan impresionante, que los ministros herejes acostumbraban advertir a sus seguidores que no se dejaran engañar y conquistar por las lisonjas del misionero de Ginebra.

26. Después de este breve resumen de la obra y los escritos de san Francisco de Sales, Venerables Hermanos, sólo queda exhortaros a que celebréis su Centenario lo más dignamente posible en vuestras diócesis. No deseamos que este Centenario se convierta en una mera conmemoración de ciertos hechos de la historia que resulten en una función puramente estéril, ni que se limite a unos pocos días escogidos. Os deseamos que, durante todo el año y hasta el veintiocho de diciembre, día en que san Francisco pasó de la tierra al cielo, hagáis todo lo posible por instruir a los fieles en las doctrinas y virtudes que caracterizaron al santo Doctor.

27. En primer lugar, debéis dar a conocer e incluso explicar con toda diligencia esta encíclica tanto a vuestro clero como a las personas encomendadas a vuestro cuidado. En particular, deseamos mucho que hagáis todo lo que esté a vuestro alcance para llamar a los fieles a su deber de practicar las obligaciones y virtudes propias del estado de vida de cada uno, ya que incluso en nuestro tiempo es muy grande el número que nunca piensa en la eternidad y que descuidan casi totalmente la salvación de sus almas. Algunos están tan inmersos en los negocios que no piensan más que en acumular riquezas y, por consecuencia, la vida espiritual deja de existir para ellos. Otros se entregan enteramente a la satisfacción de sus pasiones y así caen tan bajo que, con dificultad, si es que lo hacen, pueden apreciar cualquier cosa que trascienda la vida de los sentidos. Por fin, hay muchos que dedican todos sus pensamientos a la política, y esto hasta tal punto, que mientras están completamente dedicados al bienestar del público, se olvidan por completo de una cosa, el bienestar de sus propias almas. Por estos hechos, Venerables Hermanos, debéis esforzaros, siguiendo el ejemplo de san Francisco, por instruir a fondo a los fieles en la verdad de que la santidad de vida no es privilegio de unos pocos elegidos. Todos son llamados por Dios a un estado de santidad y todos están obligados a tratar de alcanzarlo. Enseñadles también que la adquisición de la virtud, aunque no puede hacerse sin mucho trabajo (tal trabajo tiene sus propias compensaciones, los consuelos espirituales y los gozos que siempre lo acompañan) es posible para todos con la ayuda de la gracia de Dios, que nunca se nos niega. 

28. La mansedumbre de san Francisco debe ser puesta a disposición de los fieles de modo muy especial para su imitación, porque esta virtud recuerda tan bien a nuestra mente y expresa tan verdaderamente la bondad de Jesucristo. Posee también, en un grado notable, el poder de unir las almas unas con otras. Esta virtud, dondequiera que se practica entre los hombres, tiende principalmente a dirimir las diferencias tanto públicas como privadas que tan a menudo nos separan. Del mismo modo, ¿no podemos esperar que, por la práctica de esta virtud que con razón llamamos el signo externo de la posesión interior del amor divino, resulte una perfecta paz y concordia tanto en la vida familiar como entre las naciones?

29. Si la sociedad humana estuviese motivada por la mansedumbre, ¿no se convertiría ésta en un poderoso aliado del apostolado, como se le llama, del clero y de los laicos que tiene como finalidad la mejora del mundo?

30. Se ve fácilmente, por lo tanto, cuán importante es para el pueblo cristiano volverse al ejemplo de santidad dado por san Francisco, para que en él se edifique y haga de sus enseñanzas la regla de su propia vida. Sería imposible exagerar el valor de sus libros y folletos, de los que hemos escrito, para lograr este propósito. Estos libros deben distribuirse lo más ampliamente posible entre los católicos, porque sus escritos son fáciles de entender y se pueden leer con gran placer. No pueden dejar de inspirar en las almas de los fieles un amor de verdadera y sólida piedad, un amor que el clero puede desarrollar con los más felices resultados si aprenden a asimilar completamente las enseñanzas de San Francisco e imitar las bondadosas cualidades que caracterizaron su predicación.

31. Venerables Hermanos, la historia nos informa que Nuestro Predecesor, Clemente VIII, en su tiempo, anticipó Nuestra conclusión de que sería una maravillosa ayuda para promover la piedad si los sermones y escritos de San Francisco fueran llevados a la atención de los 
pueblos cristianos. Este Pontífice, en presencia de cardenales y otros personajes eruditos, después de haber profundizado en los conocimientos teológicos de san Francisco, entonces obispo electo, se apoderó de él con tal admiración que lo abrazó con gran afecto y se dirigió a él con las siguientes palabras: “Ve, Hijo, 'bebe el agua de tu propia cisterna, y los arroyos de tu propio pozo; que tus fuentes sean conducidas al exterior, y en las plazas divide tus aguas'” (Prov. 5, 15, 16).

32. De hecho, San Francisco predicó tan bien que sus sermones no eran más que "una exposición de la gracia y el poder que habitaban dentro de su propia alma". Sus sermones, por estar compuestos en gran parte de las enseñanzas de la Biblia y de los Padres, se convirtieron no sólo en fuente de sana doctrina, sino también agradables y persuasivos para sus oyentes por la dulzura del amor que llenaba su corazón. No es de extrañar entonces que un número tan grande de herejes regresaran a la Iglesia por su obra y que, siguiendo la guía de tal maestro, tantos fieles hayan alcanzado, durante los últimos trescientos años, un grado verdaderamente alto de la perfección

33. Es Nuestro deseo que los mayores frutos sean obtenidos en este solemne Centenario por aquellos católicos que como periodistas y escritores exponen, difunden y defienden las doctrinas de la Iglesia. Es necesario que ellos, en sus escritos, imiten y exhiban en todo momento esa fuerza unida siempre a la moderación y la caridad, que fue la característica especial de San Francisco. Él, con su ejemplo, les enseña de manera precisa cómo deben escribir. En primer lugar, y esto es lo más importante de todo, cada escritor debe esforzarse por todos los medios y en la medida de lo posible para obtener una comprensión completa de las enseñanzas de la Iglesia. Nunca deben transigir en lo que respecta a la verdad ni, por temor a ofender a un oponente, minimizarla o disimularla. Deben prestar especial atención al estilo literario y deben tratar de expresar sus pensamientos con claridad y en un lenguaje hermoso para que sus lectores lleguen a amar la verdad más fácilmente. Cuando sea necesario entrar en controversia, estén preparados para refutar el error y vencer las asechanzas de los malvados, pero siempre de manera que demuestren claramente que están animados por los más altos principios y movidos únicamente por la caridad cristiana.

34. Como San Francisco, hasta el momento, no ha sido nombrado Patrono de los Escritores en ningún documento solemne y público de esta Sede Apostólica, aprovechamos esta feliz ocasión, después de madura deliberación y con pleno conocimiento, por Nuestra autoridad Apostólica, publicar, confirmar y declarar por la presente encíclica, a pesar de todo lo contrario, a San Francisco de Sales, Obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia, para ser el Patrono Celestial de todos los Escritores.

35. Para que las celebraciones con motivo de este Centenario resulten espléndidas y fecundas, Venerables Hermanos, bien sería que se prestara a vuestros rebaños todas aquellas piadosas ayudas que los lleven a la honra, con la veneración que a él se debe esta gran luz en la Iglesia. Que por su intercesión, sus almas sean purificadas de la mancha del pecado y alimentadas en la mesa de la Eucaristía, sean conducidas suave pero contundentemente a la adquisición de la santidad, y eso en muy poco tiempo. Procurad, pues, que en vuestras ciudades episcopales y en todas las parroquias de vuestras diócesis, en algún momento del presente año, hasta el veintiocho de diciembre inclusive, se celebre un triduo o novena, durante la cual se prediquen sermones, porque es de suma importancia que la gente esté bien instruida en aquellas verdades que, bajo la guía de San Francisco, no pueden sino elevar el nivel de sus vidas espirituales. Dejamos a vuestro celo conmemorar de la forma que mejor os parezca la buena obra de este santo obispo.

36. Mientras tanto, por el bien de las almas, concedemos, del tesoro de las santas indulgencias confiado por Dios a Nuestra custodia, a todos los que asisten piadosamente a las funciones celebradas en honor de San Francisco, una indulgencia de siete años y siete cuarentenas a diario. En el último día de estas funciones, o en cualquier otro día que se elija, concedemos, en las condiciones acostumbradas, una indulgencia plenaria. Para dar una señal muy especial de Nuestro afecto al Convento de las Hermanas de la Visitación en Annecy, donde descansa el cuerpo de San Francisco —en el altar mismo sobre su cuerpo hemos celebrado Misa con gran alegría espiritual— y en el Convento de Treviso donde se conserva su corazón, y a todos los demás Conventos de la Visitación, les concedemos durante las funciones que cada mes realizarán en acción de gracias a Dios, y además de estos días, el veintiocho de diciembre, pero sólo por este año en particular, a todos los que hagan las visitas habituales a sus iglesias, la indulgencia plenaria, siempre que se confiesen y comulguen y recen según Nuestra intención.

37 Os pedimos, Venerables Hermanos, que exhortéis a vuestro rebaño a orar al Santo Doctor por Nosotros. Conceda, oh Dios, cuyo placer es que gobernemos Su Iglesia en estos tiempos peligrosos, que, bajo el patrocinio de San Francisco de Sales, quien fue dotado de un amor y una reverencia verdaderamente notables por esta Sede Apostólica y quien, en las controversias defendió con valentía sus derechos y su autoridad, felizmente acontecerá que todos los que están apartados de la ley y del amor de Cristo regresen a los verdes pastos de la vida eterna, para que así nos sea dada la oportunidad para abrazarlos en la unidad y en el beso de la paz.

38. Mientras tanto, como prenda de los eternos favores venideros y en testimonio de nuestro afecto paternal, os impartimos con mucho cariño, Venerables Hermanos, a todo vuestro clero y a vuestro pueblo, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día veintiséis de enero del año 1923, primero de Nuestro Pontificado.

Papa Pío XI