domingo, 24 de noviembre de 2019

LA DEVOCIÓN A LA DIVINA MISERICORDIA NO ES CATÓLICA

Primeramente debemos reconocer que muchas personas sin duda alguna han recibido gracias al rezar la devoción de la Divina Misericordia propagada por Sor Faustina. También hay que decir que se aprecia en ella a un alma de oración asidua. Sin embargo estos dos hechos no implican necesariamente que esta devoción venga de Dios.

Aquí no es nuestra intención juzgar sus intenciones, su buena o mala fe. Nuestra única intención es hacer eco a lo que ha dicho la Iglesia acerca de este tema por el bien de las almas. Sabemos los católicos con certeza, gracias a la promesa que nos hizo Jesucristo mismo, de que el Espíritu Santo sería el guía de la Iglesia Católica hasta el fin del mundo.

Precisamente por eso cada vez que la Iglesia se pronuncia acerca de un punto en materia de fe o de moral, Ella cuenta siempre con Su asistencia infalible. Gracias a ello, los Papas, Vicarios de Cristo, están obligados a transmitir fielmente el depósito divino que se les ha confiado y no pueden salirse de éste bajo pena de ir contra el Espíritu Santo. Un papa futuro no podría entonces ir en contra de los decretos infalibles de la Iglesia en materia de fe y de moral que se han estado definiendo y transmitiendo a través de su Magisterio a través de los siglos.

Si un Papa hiciera eso, él estaría hablando en nombre propio y estaría sin duda alguna enseñado doctrinas humanas en contra del mismísimo Espíritu Santo y en ese caso todos los católicos estaríamos en la obligación de desobedecer a ese Papa. La verdad es inmutable, no cambia ni puede cambiar. Los modernistas niegan esto, relativizan todo, y pretenden ponerse en el lugar de Dios.

Primero se debe recordar de que La Devoción de la Divina Misericordia fue prohibida ya de manera definitiva por la Iglesia Católica. El Diario de la Hermana Faustina Kowalska la colocó la Iglesia en el índice de libros prohibidos. Esa fue la decisión del Papa Pío XII. Estas decisiones son parte del Magisterio infalible de la Iglesia católica. El Santo Padre consideró la obra de Sor Faustina como un peligro contra la Fe católica a causa de las “apariciones” y mensajes que ella recibió.

Apoyado de esto, por orden del Santo Padre, El Santo Oficio, reunido en sesión plenaria el 19 de Noviembre de 1958, declaró lo siguiente:

1.- El aspecto sobrenatural de las revelaciones hechas a Sor Faustina no son evidentes.


2.- Ninguna fiesta de la Divina Misericordia debe establecerse. 

3.- Está prohibido divulgar las imágenes y escritos que propagan ésta devoción de acuerdo a la manera que fue recibida por Sor Faustina. - Totalmente contrario a esta decisión de la Iglesia están las palabras de “Jesús” en el Diario: “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá” (No. 48, Diario).

Un segundo decreto del Santo Oficio hecho el 6 de Marzo de 1959 ratificó lo anterior, pidiendo además a los obispos del mundo actuar en dicha dirección. Esta oficina estaba bajo el control directo del Papa, y era la responsable de mantener la pureza de la Doctrina Católica protegiéndola de las falsas o peligrosas doctrinas.

La razón de esta prohibición se debe a que el diario de Sor Faustina hace mucho énfasis en la Misericordia de Dios minimizando al mismo tiempo la realidad de la Justicia Divina. La Iglesia nunca había permitido que se adorase la misericordia divina sin hacer alusión explícita a su justicia. En Dios no se pueden separar su Misericordia de su Justicia.

Nuestros pecados y la gravedad de la ofensa hecha, así como el daño ocasionado por ellos con sus consecuencias, no pueden ignorarse cuando se busca la misericordia de Dios. Tiene que haber humildad, arrepentimiento, deseo de hacer reparación, y propósito de enmienda cada vez que uno se acerca a Dios pidiéndole el perdón de nuestros pecados mientras al mismo tiempo apelamos a su infinita bondad. Estas condiciones que representan el temor de Dios son condiciones indispensables para obtener la misericordia de Dios (lo dice claramente la Santísima Virgen en su cántico del Magnificat).

Estas condiciones son completamente ignoradas en la devoción propuesta por Sor Faustina. Este arrepentimiento, reparación, y penitencia es precisamente en lo que tanto insistió la Santísima Virgen María en sus grandes apariciones de La Salette, Lourdes y Fátima como condición INDISPENSABLE para poder obtener la misericordia y perdón de Dios.

La imagen tradicional de la misericordia de Dios unida a su justicia siempre fue el Sagrado Corazón de Jesús. Allí su Corazón Sacratísimo, traspasado con una lanza, coronado de espinas, y derramando su Preciosísima Sangre, siempre nos pone de manifiesto, primero, a que debemos abandonar el pecado, a que tenemos que arrepentirnos, y a hacer reparación.

La imagen del Sagrado Corazón nos recuerda a través de los dolores de su Pasión la gravedad del pecado y el precio que tuvo que pagar en la Cruz para poder perdonarnos; allí sus Sagradas Llagas nos piden explícitamente que ya NO lo ofendamos más. Estas disposiciones son los que nos hacen recibir el Amor infinito de Dios y su perdón. Jamás debemos separar en Jesucristo a Él mismo de su Pasión ni de su Cruz. La misericordia procede de la Cruz y de nuestra participación en ella. No puede verse la misericordia separada de la Cruz, de la Justicia, del precio de nuestra redención.

Ahora vamos a abordar varios errores particulares encontrados en el diario de Sor Faustina para terminar de convencernos de lo peligroso que es esta doctrina:

1.- En el diario de Sor Faustina se hacen muchas alusiones a que en el tiempo PRESENTE es tiempo de misericordia y que BASTA con confiar en su misericordia para salvarse. Dice que el tiempo de Justicia será hasta el final o hasta después de la muerte. Estas enseñanzas son falsas y muy peligrosas. En el tiempo presente hay misericordia pero esta está CONDICIONADA a nuestro sincero arrepentimiento; si no hay arrepentimiento entonces SOLO habrá justicia. La misericordia es para el presente y para la eternidad. La justicia lo es también para el presente y para la eternidad. Depende de nosotros los que nos vaya a tocar. NO BASTA solo confiar en la misericordia para salvarse.

Esta falsa “confianza” que de hecho se debería llamar “presunción” (pecado contra la esperanza), es lo que resume lo que verdaderamente es esta devoción que Sor Faustina predica. “¡Jesús, En Tí confío!” es el título que caracteriza a la imagen de la Divina Misericordia. Esta es la típica enseñanza protestante presuntuosa que NO demanda del pecador ni arrepentimiento ni enmienda.

Para el Protestante “basta tener fe, confianza en Jesús” para salvarse. La confianza sin arrepentimiento NO es suficiente para salvarnos. 

- En la página 101, dice: “La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a mi misericordia”.(No. 300, Diario de Sor Faustina). 

- En la página 187, dice “El alma que confíe en mi misericordia no perecerá” (No. 723, Diario de Sor Faustina). 

- En la página 118, dice: “En el momento en que me arrodillé para tachar mi propia voluntad, como me había mandado el Señor, oí en el alma esta voz: “Desde hoy no tengas miedo del juicio de Dios, ya que no serás juzgada”. (No. 374, Diario de Sor Faustina, del 4 de febrero de 1935)

2.- La extraña promesa hecha a Sor Faustina de ser librados de todo el castigo temporal debido al pecado, para aquellos que rezan la Coronilla a las 3:00 pm, es una muestra de esa falsa misericordia. 

Es la presunción de obtener el perdón aunque se haya pecado, y aunque no exista arrepentimiento, aunque no haya reparación. La Iglesia en su tradición sólo otorga este privilegio, a través de la indulgencia plenaria, a aquellos que no tengan NINGUN APEGO ni siquiera al pecado venial, o sea a aquellos que están arrepentidos y enmendados. Esta es otra enseñanza también INFALIBLE y constante que nos ha enseñado nuestra Madre la Iglesia por 20 siglos. 


- “Hasta el pecador más empedernido, si reza la Coronilla de la Divina Misericordia una sola vez, recibirá la gracias de Mi misericordia infinita” (No. 687, Diario de Sor Faustina).

3.-En su diario falta en Sor Faustina esa profunda humildad, ese sentido de indignidad, falta ese sentido de la gravedad del pecado y su confesión y dolor continuo; disposiciones propias de los grandes místicos y videntes de Dios. Jesucristo a sus hijos que ama los castiga y humilla para que den más fruto en virtud y santidad. Ese “Jesús” del que habla Sor Faustina más bien se parece al tentador del desierto.

Ella escribe lo siguiente en su diario:

- En la página 185 le dijo “Jesús”: “Ahora sé que no me amas por las gracias ni por los dones, sino porque Mi voluntad te es más querida que la vida. Por eso Me uno a ti tan estrechamente como a ninguna otra criatura” (No. 707, Diario de Sor Faustina).

- En la página 355 dice: “mi alma fue invadida por un gran deseo de que también en nuestra casa hubiera una santa y rompí a llorar como una niña pequeña. Y el Señor Jesús me dijo: No llores, tú lo eres” (No. 1650, Diario de Sor Faustina).

- En la página 259 leemos que “Jesús” le dijo a Faustina: “Dile a la Superiora General que cuente contigo como con la hija más fiel de la Orden”. (No. 1130 Diario de Sor Faustina).

- Sor Faustina reza así: “Oh Jesús, sé perfectamente que puedo ser sacerdote misionero y predicador, puedo morir en el martirio” (No. 302, Diario de Sor Faustina).

4.- No es sorpresivo que Juan Pablo II promoviera esta devoción cuando sabemos que él enseña también, en su encíclica “Dives in Misericordia”, este concepto de la falsa misericordia. En su teología del “Misterio Pascual” él mismo hace de lado cualquier consideración acerca de la gravedad del pecado y de la necesidad de hacer penitencia como satisfacción a la JUSTICIA Divina. Niega que la Santa Misa sea un sacrificio expiatorio y pasa de largo la necesidad de ganar indulgencias para mitigar el castigo divino.

Para él, ya que Dios es “infinitamente” misericordioso, nuestros pecados no tienen importancia ni hay que preocuparse de sus consecuencias. Esto NO es un espíritu católico. Todos y cada uno, por el contrario, estamos obligados “a hacer reparación por nuestros pecados y por los del mundo entero”, tal y como lo enseñara el mismo Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita Maria de Alacoque. Este es parte del gran misterio de la Cruz al cuál nos tenemos que asociar para ayudarle a Cristo Nuestro Señor a salvar almas.

- “La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita. Infinita pues inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a su casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón”. (Dives in Misericordia No. 13).


NOTA: Esa prontitud de Dios es infinita pero CONDICIONAL. En la práctica, debido a nuestras disposiciones imperfectas, la aplicación de la misericordia de Dios a cada persona en particular será solo condicionada y finita. Es importante notar aquí que los atributos de Dios que manan de su Divina Esencia son siempre infinitos, como la Bondad, el Poder, el Amor, etc.

Los seres humanos no son infinitos en la creación, por eso no se puede hablar de una Creación infinita. Pasa lo mismo con la misericordia. La misericordia como su nombre lo indica significa la compasión de Dios hacia el miserable, la compasión hacia aquél que se reconoce miserable al tener un espíritu humilde y arrepentido, como en las parábolas del Evangelio del publicano o del hijo pródigo; ahí ellos mostraron arrepentimiento antes de recibir misericordia.


Por eso es que Dios ejerce misericordia y compasión hacia nosotros sólo en proporción a nuestras disposiciones, a nuestra humildad, a nuestra fe, a nuestro arrepentimiento. Por eso nuestro Señor dice: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos obtendrán misericordia” (Mateo 5,7). Está aquí Nuestro Señor condicionando su misericordia. La misericordia nunca la ejercita Dios sin relación a nosotros. La misericordia sería entonces lo más gigante posible en proporción a nuestra humildad y arrepentimiento. Por este motivo no encontraremos en las Sagradas Escrituras NINGUNA mención ni uso del termino “infinita misericordia” de Dios para con los hombres. 

Lo usan continuamente sin embargo tanto Juan Pablo II, como Sor Faustina, y la nueva Evangelización desde el Concilio Vaticano II también. La tradición católica a la misericordia la describe por lo general con el término “ETERNA misericordia”, esto es, que “la misericordia de Dios se extiende de generación en generación a los que le temen” (Magnificat de la Bienaventurada siempre Virgen María, Lucas 1,46-55). - En la página 181 dice: “Oí estas palabras: Tú darás el testimonio de Mi misericordia infinita”. (No. 689 diario de Sor Faustina).

5.- Vemos además con mucho dolor que la Coronilla de la Divina Misericordia se ha venido utilizando como sustituto del Santo Rosario. ¿Revelaría Dios una nueva devoción que se dice en las cuentas del Rosario poco después de que Su Madre se apareciera en muchos lugares desde hace 8 siglos, y últimamente en Fátima, hasta realizar un poderoso milagro para revelar, entre otras cosas, la necesidad del Rosario? 


La instrucción específica dada a la hermana Faustina acerca de la manera de realizar la Devoción de la Divina Misericordia, es que debe recitarse usando las mismas cuentas del Rosario.

Esto ha ocasionado que de hecho muchas personas sustituyan el rezo del Santo Rosario por el de la Coronilla de la Divina Misericordia.

De hecho “Jesús” en el diario de Sor Faustina concede a la Coronilla LAS MISMAS PROMESAS de salvación (¡y hasta mas!) de que goza el Santo Rosario.

¡Eso no es así! De hecho, el Santo Rosario es irremplazable ya que fue pedido expresamente por Dios y la Iglesia desde hace 8 siglos sin interrupción.

- En la página 139 dice “Esta oración es para aplacar Mi ira, la rezarás durante nueve días con un rosario común” (No. 476).

6.- Otro problema gravísimo, que de hecho es una “invitación” a cometer sacrilegio, es la promoción de la práctica de la comunión en la mano, que supuestamente es promovida por Nuestro Señor en el diario.

La Hostia es transportada a las manos de Sor Faustina varias veces; Nuestro Señor supuestamente dice que quiere descansar en sus manos.

Esto fue de hecho un fundamento “divino” que usó el mismo Juan Pablo II para aprobar la Comunión en la mano en las liturgias modernas.

Cuando sabemos con certeza por la Tradición de que ni siquiera a la Santísima Virgen le fue permitido jamás tocar la Sagrada Hostia (En el primer siglo se usaba un paño de tela que se colocaba encima de la manos. Uso quitado desde hace ya varios siglos debido al peligro de sacrilegio.

Solo el sacerdote, Cristo, a través de las manos consagradas sacerdotales, es Quién se da a Si Mismo en alimento a sus hijos. Dar la comunión es un ministerio sacerdotal que ningún laico puede asumir).

- En la página 29 del Diario de la Hermana Faustina, dice: “… y la Hostia salió del tabernáculo y descansó en mis manos, y yo con alegría La coloqué en el tabernáculo. Eso se repitió otra vez, y yo hice con Ella lo mismo, sin embargo eso se repitió la tercera vez...”

- En la página 68 del Diario, Faustina dice: “Cuando el sacerdote se acercó otra vez, le di la Hostia para que la pusiera en el cáliz… de la Hostia oí estas palabras: "Deseaba descansar en tus manos, no solo en tu corazón"”. (No. 60).

7.-La Devoción de la Divina Misericordia a causado que la Iglesia se centre en la misericordia en un momento en que la humanidad está a punto de desbordar la copa de la justicia divina.

El problema de hoy es que el hombre no teme a Dios y lo está ofendiendo de la manera más grave que jamás haya existido.

Lo que necesitamos escuchar hoy es acerca de su JUSTICIA DIVINA. Así lo hizo la Santísima Virgen de Fátima advirtiendo del infierno y de los castigos divinos sobre los países y la Iglesia si las personas “NO SE CONVERTÍAN” (lo cuál no ha sucedido).

Dijo que la devoción a su Corazón Inmaculado y el rezo del Santo Rosario eran “los ÚLTIMOS medios que Dios daba al mundo para que éste se convirtiese y se salvara”.

Preguntada la hermana Lucía acerca de qué significaban las palabras “los últimos remedios”, ella contestó: “Dijo ‘últimos’ ya que NO HABRÍA OTROS (esto es, ¡La Coronilla!”).

La devoción de la Divina Misericordia fue la falsa devoción y el mensaje perfecto para hacer creer a las personas que obtendrían la misericordia de Dios incluso si continuaban en sus pecados

Faustina insiste en que se debe "adorar" su misericordia (“mi destino es adorar y glorificar la Divina Misericordia”- No. 729, Diario de Sor Faustina).
CONCLUSIÓN 


Considerando todas estas cosas juntas, y apoyados en obediencia al Magisterio infalible de la Iglesia Católica, y a las consecuencias nefastas de esta falsa doctrina, falsa piedad y últimamente falso medio de salvación, concluimos, de manera ineludible, que el Diario de Sor Faustina junto con su devoción a la Divina Misericordia que ahí se incluye, es algo prohibido y que los católicos deben evitar


“El que tenga oídos para oír, que escuche”. (Mt 13,9)


Con la bendición.
REV. PADRE RAFAEL OSB






MANERAS ÚTILES EN QUE LOS CRISTIANOS PUEDEN MANTENER LA PUREZA EN UN MUNDO OBSESIONADO CON EL SEXO




Un católico debería dar un lugar crucial a la comunión frecuente para la preservación y el fortalecimiento de la castidad, suponiendo, que quien se acerca a la comunión está en estado de gracia, ya que ha confesado cualquier pecado mortal de antemano.

Por Peter Kwasniewski


La razón por la que nos beneficiamos tanto de la comunión es que entramos en contacto con la carne de Cristo santa, pura, inmaculada y vivificante, el virginal Sumo Sacerdote que colocó la voluntad de su Padre por encima de todos los bienes y bienes terrenales, por grandes que sean (o parece ser). 


De Su Sagrado Corazón, el horno ardiente de la caridad, recibimos la fuerza de la voluntad, la determinación del propósito, la restricción de la pasión, la calma de la mente, para buscar primero el Reino de Dios y su justicia, en lugar de desviarnos del camino.

Si caemos en pecado, además, sabemos que Dios no nos ha abandonado, sino que ha permitido este tropiezo para nuestra humillación y la agitación del espíritu de arrepentimiento, sin el cual ningún ser humano caído será salvo. Incluso aquellos que están muy avanzados en el camino de la perfección en la caridad deben lamentarse por sus pecados y los pecados del mundo entero.

De hecho, como vemos en la vida de los santos, son los más perfectos los que sienten más agudamente la ingratitud de los pecados veniales más leves en comparación con la inmensidad de la bondad de Dios.

Los maestros espirituales enseñan que aquellos que conquistan los pecados de la carne a menudo caen en vicios más sutiles, sobre todo, ¡el orgullo por estar libres de pecados menores! - y que el Señor, conociendo su peligro, a veces les permitirá ceder a un pecado que creyeron haber superado. De esta manera, les enseña múltiples lecciones a la vez:

1) Su virtud no es exclusivamente su propio trabajo, sino que proviene ante todo de Dios, a quien deben suplicarle humildemente

2) El orgullo va antes de una caída, como dice la Sagrada Escritura, y aquellos a quienes Dios favorece con gracias, deben pedir aún más insistentemente humildad

3) La espina de la concupiscencia desordenada se adherirá a nuestra carne hasta el momento en que el alma sea arrancada del cuerpo, por lo que no debemos ser ingenuos en nuestros pensamientos o acciones.


Los Sacramentales


El Señor ha facultado a su Iglesia para instituir lo que llamamos “sacramentales”, que el Catecismo de la Iglesia Católica define como “signos sagrados que se parecen a los sacramentos” que “significan efectos, particularmente de naturaleza espiritual, que se obtienen a través de la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres están dispuestos a recibir el efecto principal de los sacramentos, y varias ocasiones en la vida se vuelven santas” (n. 1667).
Los sacramentales se instituyen para la santificación de ciertos ministerios de la Iglesia, ciertos estados de la vida, una gran variedad de circunstancias en la vida cristiana y el uso de muchas cosas útiles para el hombre. De acuerdo con las decisiones pastorales de los obispos, también pueden responder a las necesidades, la cultura y la historia especial del pueblo cristiano de una región o época en particular. Los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo en la forma en que lo hacen los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia, nos preparan para recibir la gracia y nos disponen a cooperar con ella. (nn. 1668, 1670)
Por lo tanto, no debería sorprendernos descubrir que la Santa Madre Iglesia ha instituido varios sacramentales destinados a ayudarnos a preservar la castidad.

El que he estado usando durante muchos años es el Cordón de la Pureza de la Cofradía de la Guerra Angélica. Consiste en un cordón 
blanco bendecido anudado que uno usa alrededor de la cintura como un recordatorio de que el cuerpo pertenece a Cristo y como una súplica silenciosa por la gracia en la batalla por la pureza. Esta práctica se deriva del cordón original que los ángeles le dieron a Santo Tomás de Aquino después de alejar a una prostituta con una marca ardiente (el enfoque del "diálogo", evidentemente, no era popular en ese entonces). Hasta el día de hoy, los dominicanos están a cargo de la Cofradía y han creado un sitio web útil sobre cómo inscribirse en ella. Muchas personas santas, como San Luis Gonzaga, el beato Pedro Jorge Frassati, la beata Columba Rieti y Santa Estefanía Quinzani, han pertenecido a esta cofradía.

Existen otros sacramentales con el mismo propósito en nuestra tradición católica. Por ejemplo, el Cordón de Santa Filomena. Otro es el Cinturón de San José. También he visto mención del Cordón Blanco de San Francisco, aunque parece mucho menos popular que los cordones mencionados anteriormente.

La tradición católica está prácticamente repleta de devociones, por lo que no debemos dejarnos abrumar por las opciones disponibles para nosotros. Debido a que todos disfrutan de la bendición de la Iglesia y han demostrado su eficacia durante un largo período de tiempo, podemos elegir libremente cualquiera de ellos, sin la necesidad de recolectar y combinar tantos sacramentales como sea posible. 


Lo más importante es que nos demos cuenta de las ayudas que ponemos a nuestra disposición, lo que incluiría el crucifijo, el agua bendita, el rosario, la medalla de San Benito, el escapulario marrón, otros escapularios y los cordones de castidad, el punto es usar al menos algunos de ellos de manera consistente. 

También es muy importante que cualquier sacramental que uses sea bendecido por un sacerdote que use el Ritual Romano, que en realidad bendice los objetos, en lugar del Libro de Bendiciones, que simplemente dice cosas buenas sobre ellos y sobre nosotros.

Me gustaría concluir con una nota que me envió un joven, escribiéndome sobre su experiencia con el Cordón de Santa Filomena.

“He encontrado esto muy útil contra la tentación. A veces ni siquiera somos conscientes de la diferencia que conlleva llevar o llevar un objeto bendecido en nuestra persona, pero debo decir que este fue realmente notable en sus efectos sobre mis pensamientos y sentimientos. ¿Por qué no se habla más de esto? ¿Por qué los capellanes no se los dan a los estudiantes con más frecuencia, dada la plaga de la falta de castidad en las escuelas? A veces siento que hay un fracaso por parte de aquellos que deberían estar hablando de los maravillosos tesoros de la Iglesia, no de ustedes, sino de otros, y un fracaso de los jóvenes católicos por no tener o incluso saber qué podría ayudar a salvar sus almas”.
No podría estar mas de acuerdo.

Santa María, Virgen Más Pura, Virgen Más Casta, ¡ruega por nosotros!

San José, Casto Esposo de la Madre de Dios, ¡ruega por nosotros!

Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Asís, Santa Filomena: ¡rogad por nosotros!


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sábado, 23 de noviembre de 2019

SANTO TOMÁS DE AQUINO Y LA CASTIDAD

Santo Tomás de Aquino es un poderoso mecenas de la castidad porque en su propia vida recibió una gracia especial de castidad y pureza y ahora está listo en el cielo para compartirlo con los demás. 

Santo Tomás de Aquino nació en 1226 como el hijo menor de una familia noble en Italia. Sus padres querían que se convirtiera en un monje benedictino con la esperanza de que algún día pudiera convertirse en abad o líder de un monasterio de prestigio. 

Sin embargo, Dios tenía otros planes. En su adolescencia, los monjes enviaron a Santo Tomás a estudiar teología en Nápoles, Italia, y allí se encontró con miembros de la Orden Dominicana. En ese momento, la Orden Dominicana era relativamente joven y tenía poco prestigio social. Santo Tomás se interesó mucho en la vida dominicana y se unió a la orden en contra de los deseos de sus padres. Sus padres se opusieron tan vehementemente a su decisión de convertirse en dominicano que lo arrestaron por sus propios hermanos y lo encarcelaron en uno de los castillos familiares. No lo soltarían hasta que cediera e intentaran muchas veces persuadirlo para que cambiara de opinión. 

Durante un año completo se negó a ceder. En cambio, estudió en silencio la Biblia y creció en sabiduría y conocimiento. Finalmente, después de cansarse de esperar, los hermanos de Santo Tomás concibieron un último plan. Estaban seguros de que la tentación física lo llevaría a romper su voto de castidad, después de lo cual seguramente abandonaría su vocación religiosa.

Entonces, una noche, los hermanos introdujeron a una prostituta con poca ropa en la habitación donde estaba recluido St. Thomas. El plan no funcionó según lo previsto. Inmediatamente, St. Thomas arrebató un trozo de carbón encendido del hogar, sacó a la mujer de la habitación, cerró la puerta de golpe y colocó la señal de la cruz en la puerta marcándola al rojo vivo. Luego cayó de rodillas con lágrimas de acción de gracias y rezó para ser preservado en su castidad, pureza e intención de vivir la vida religiosa.

Según los registros de su canonización, Tomas cayó de inmediato en un sueño místico y tuvo una visión. Dos ángeles vinieron a él desde el cielo y le ataron una cuerda alrededor de la cintura, diciendo: "En nombre de Dios, te ceñimos con el cordón de la castidad, un cordón que ningún ataque jamás destruirá". 


En los registros de su canonización, muchos testigos que conocieron a Santo Tomás en diferentes momentos de su vida comentaron su evidente alto grado de pureza y castidad. 

El don de los ángeles preservaba a Santo Tomás de la tentación sexual y le otorgaba una pureza duradera que ennoblecía todos sus pensamientos y acciones. 

El Papa Pío XI escribió: "Si Santo Tomás no hubiera salido victorioso cuando su castidad estaba en peligro, es muy probable que la Iglesia nunca hubiera tenido su Doctor Angélico".

A lo largo de su vida, la conducta de Santo Tomás reveló que había recibido una gracia especial de castidad y pureza, una gracia que ahora está lista para compartir con los demás a través de la comunión de los santos.


¿Cuándo se fundó la Cofradía?

Después de la muerte de Santo Tomás de Aquino, el cordón de pureza que había usado fue preservado por los hermanos y puesto a disposición del público en la ciudad italiana de Vercelli (aunque hoy reside en la Iglesia Dominicana en la ciudad de Chieri, en las afueras de Turín, Italia). Mucho antes de que se estableciera oficialmente la cofradía, parece que la gente comenzó a visitar el cordón de Santo Tomás y a rezar por la pureza. Parece que muchos tenían cuerdas que habían sido tocadas por la reliquia y las usaban, con la esperanza de que las oraciones de este santo tan puro los ayudara en la lucha por la castidad.

La mayoría de la gente considera al padre Francis Duerwerders, OP, como el primero en organizar la devoción tal como se nos presenta hoy. Se estableció como una cofradía de la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, en la mitad del siglo XVII.

La Cofradía comenzó a crecer en diferentes partes de Europa y fue fundada oficialmente para toda la Iglesia en el año 1727 por el Papa Benedicto XII. Es una de las tres cofradías antiguas de la orden dominicana.


¿Han pertenecido a esta cofradía santos o beatos?

Varios santos y beatos, como San Luis Gonzaga, el beato Pedro Jorge Frassati, la beata Columba Rieti y la beata Estefanía Quinzani (que promovieron activamente la cofradía entre las mujeres), han pertenecido a esta cofradía.


Angelic War Fare Confraternity




DE LA DEMOCRACIA, ¿PUEDE SALIR ALGO BUENO?

La democracia, sepulturera del «demos»

Por Flavio Infante

Es frecuente que cuando algo es exaltado sobremanera, cuando a algo o alguien se le arroga un puesto en la escala de los seres muy por encima de su real talante, lo que sigue sea la aniquilación implacable del objeto así encumbrado. Porque el absurdo es corrosivo, y el abstraer a nadie de su real puesto en el cosmos atrae la intervención de esa justicia vindicativa implícita en las obras de la Providencia divina, que no se está ociosa ante los desafueros de los mortales. Poner a algo o alguien por las nubes suele seguirse de su conversión en gas, en humo.

Algo así ocurrió con esa unidad orgánica y jerárquica llamada «pueblo» después de que agitadores e ideólogos de la Revolución levantaran el increíble estandarte de la «soberanía popular», dotando de atributos regios (que, por definición, corresponden a uno solo) a la muchedumbre. Muy pronto desde entonces la unidad del pueblo (que le venía dada por su identidad histórico-cultural) pasó a fundarse en esta prerrogativa que se le birlara al Príncipe, lo que supuso quizás la más crasa cristalización del error voluntarista -y de mayor alcance- que se conozca en la vida de las sociedades históricas.

Fue un golpe de mano al nivel de las concepciones primordiales, de los conceptos que traducen la aprehensión misma de las cosas, una herida en la inteligencia que determinó la vasta hecatombe de extravíos que se han venido sucediendo hasta la actualidad en progresión siempre creciente. 


Como consecuencia, el pueblo dejó de existir a instancias de la masa -esa entidad voluble, de pura materialidad sin forma, pasible de ser domeñada, como la masilla, por las manos de aquel que se la apropie. Y susceptible también de ser arreada detrás de una “causa” tan volátil como la honra de sus propugnadores. 

En nuestros días lo comprueba sin atenuantes el auge incontrastable de la estupidez, cuyo cultivo se revela prioritaria política de Estado, al igual que la coexistencia (la paradoja no es más que aparente) del individualismo y la despersonalización más extremos, en una hipnótica síntesis de liberalismo y colectivismo marxista consumada por esa «fraternidad» postrera llamada a superar la tensión (latente ya desde los días de Desmoulins y de Babeuf) entre la libertad y la igualdad revolucionarias. 

La democracia –dogma inatacable de nuestro tiempo, y por ello tabla a la que se aferra el hombre limitado a su solo instinto de conservación, como lo comprueba tanto comedido obispo- supo así erigir al buenismo como árbitro de las disociadoras fuerzas del orgullo y de la envidia que bullían en su seno. Por este recurso extremo logra la sociedad pervivir en su símil, tal como el pueblo lo venía haciendo en su simio.


El convencionalismo axiológico, fruto del trastorno democrático de los principios

La remota e indeficiente lección de un Pitágoras, que supo a lo múltiple derivado de lo Uno, apenas dice nada a nuestros contemporáneos arrastrados tan habitualmente al caos como periódicamente a las urnas. Ni se sentirán sus ideólogos llamados, como aquellos ilustres filósofos que la historia registra con el mote de «presocráticos», a remontar afanosamente la pluralidad de los seres en busca del Principio unitario. En política, concretamente, aquel talante fructificó en el viejo Platón de la Carta VII y en el mayor de sus discípulos, cuya máxima luego glosada por santo Tomás («sapientis est ordinare») cifraba una cualidad tan netamente personal que mal podía atribuirse a la multitud. Sabio se dice de uno, que no de muchos. Corresponde, en todo caso, a los muchos (y esto es efecto de la sana regulación de la política) beneficiarse del rebalse del gobernante sabio.

En la vieja noción de la soberanía real como dimanada de Dios, las leyes del buen gobierno temporal no pueden sino reproducir por analogía el gobierno providencial del Creador sobre todas las cosas, al paso que es la propia Providencia la que designa al mandante, la que lo trae al pináculo de la existencia pública para que encarne aquellos principios. 

Alguno podrá replicar que esto podría igualmente decirse del gobernante consagrado por los votos de miríadas de electores encantados por la propaganda multimedia, toda vez que la Providencia no tuvo a bien impedir su ascenso fulminándolo con un rayo. 

Será menester entonces notar la profunda disparidad de los principios que animan a una y otra concepción para entender que difícilmente disponga Dios ungir al príncipe que ha sido fruto de la rebelión contra Su ley, haciendo al pueblo la fuente del poder. A lo más, todo lo que caiga de este lado servirá a explicar ese singular aspecto de la Providencia conocido como «permisión del mal».

La democracia ateniense había sido el régimen político proporcionado a la tesis de Protágoras (el puro metro humano) y a la logomaquia de los sofistas. La democracia moderna, para salvar el abismo de tantos siglos, aprovechó el jalón del absolutismo real -si es que no estaba implícita en él: el rey, poniéndose al margen de todo lo que limitaba el ejercicio de su autoridad (empezando por la tradición política común, de la que se tenía voluntariamente por ab-suelto, como así también de todo ligamen trascendente a la mera razón de Estado), y aunque siguiera invocando el origen divino de su mandato, actuaba persuadido de la autodeterminación del mismo. Bastó sólo con cambiar el sujeto de esta autodeterminación (que ya constituía una doctrina extraña aunque la encarnara un hombre de cetro y corona) para desencadenar la catástrofe democrática en agobiante vigor. No es casual que la Revolución política triunfara primeramente en aquellas naciones (Inglaterra, Francia) que antes habían sucumbido a la deriva absolutista.

Hay, pues, una doble indebida apropiación, un auténtico pillaje en la raíz misma de este régimen que ha sido universalmente impuesto a sangre y fuego en el arco que va de las guerras napoleónicas hasta las dos Guerras Mundiales. Lo que descarta, para el caso, el profesarle alguna indulgencia por recurso a la manida «indiferencia» respecto del modo de gobierno en tanto éste conspire al bien común. [Urge, por lo demás, descartar la engañosa identificación de «bien común» con desarrollo técnico-económico: si hay un espejismo que no debiera hacer mella entre católicos es éste, estrechamente asimilable al carácter de las tentaciones sufridas por Nuestro Señor en el desierto, reductibles al cabo a la conversio ad creaturam. Ésta es precisamente la adulterada noción de «bien común» que prevalece, cuando aún se la invoca, en la híspida conglutinación democrática]

Una vez creado y ensanchado el vacío, lo que matemáticamente sigue (si acaso, a modo de paliativo instado por el horror vacui) es la agotadora recurrencia a la constitución escrita, esa especie de compromiso entre el derecho positivo y la ley no escrita en la que anidan aquellos principios «de rango constitucional» que garantizarían alguna solidez en la licuefacción del moderno devenir político. Pero aun estos principios fundantes no pueden sustraerse a su carácter enteramente convencional, indiferentes como lo son a la naturaleza de las cosas invocadas en sus formulísticos notariales parágrafos. La democracia es cínicamente positivista, consagra la pura facticidad contra el «deber ser», y sus leyes suelen ser más la expresión de la procacidad autosuficiente de una Babel orbital que no el reflejo de una armonía incoada en la convivencia de los hombres. Una pura nadería dimanada de consensos artificiales que no alcanza a llenar de alguna sustancia a esos sus «valores» ululados hasta la extenuación.

A la postre, no hay nada de innoble, de vergonzoso o de protervo que la democracia no se avenga a reivindicar, allí donde la «diversidad» es el supremo paradigma.


La democracia es una religión

En un texto escrito hace ya cien años e incluido en su El espectador, Ortega aludía al hecho de que «como la democracia es una pura forma jurídica, incapaz de procurarnos orientación alguna para todas aquellas funciones vitales que no son derecho público, es decir, para casi toda nuestra vida, al hacer de ella principio integral de la existencia se engendran las mayores extravagancias». Entre estas extravagancias el autor deploraba particularmente el plebeyismo que, lejos de suponer la elevación de la plebe a partir de la adquisición de un cierto inventario de derechos que otrora le habrían sido denegados, se reducía al «proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos». Certera en este último punto la observación, lo que Ortega no advierte es que la democracia, desde su funesta irrupción, se pretende a sí misma precisamente «principio integral de la existencia», y que en el ya remoto origen histórico de este convulso movimiento hacia el establecimiento de la Civitas hominis late un postulado lo suficientemente radical como para reclamar algo más que «puras formas jurídicas» que lo coronen. Esa primacía o imperio concedidos, en insuperable impostura tética, a un «pueblo» que no es sino la hipóstasis larvada del mero arbitrio humano, ese hachazo aplicado a las raíces mismas de unos hábitos sociales fundados en la convicción inmemorial de que hay leyes inherentes a las cosas y al hombre y que éstas son previas a su arbitrio, ese auténtico salto histórico al vacío (y acá volvemos a considerar la correspondencia con una de las tentaciones rechazadas por el Señor en el desierto) no puede no querer constituir sino un «principio integral de la existencia» -o más bien un principio desintegrador de la misma. La democracia pretende ser mucho más, en suma, que una mera ordenación jurídica.

Lo vio con la acuidad que es suya propia Nicolás Gómez Dávila, quien antes de abordar el tema de la democracia en su desarrollo histórico se sirvió recordar que «todo acto se inscribe en una multitud simultánea de contextos; pero un contexto unívoco, inmoto y último los circunscribe a todos. Una noción de Dios, explícita o tácita, es el contexto final que los ordena». De ahí que «ninguna situación concreta es analizable sin residuos o dilucidable coherentemente mientras no se determine el tipo de fallo teológico que la estructura». Se aplica aquí lo del Evangelio: «antorcha de tu cuerpo son tus ojos: si tu ojo fuere puro, o estuviere limpio, todo tu cuerpo estará iluminado. Mas si tienes malicioso o malo tu ojo, todo tu cuerpo estará oscurecido« (Mt 6,22). La democracia supone una identificación fundamental del hombre con la divinidad: es antropolátrica. «Su doctrina es una teología del hombre-dios; su práctica es la realización del principio en comportamientos, en instituciones y en obras»: esto es, la proyección corpórea de lo que el ojo ha previamente concebido.

Por esto es que el abordaje de la democracia conviene sea hecho no tanto desde la teoría política cuanto desde la teología de la historia. Surgida para acabar con el régimen de cristiandad y para opugnar y suplantar al cristianismo (cosa inmediatamente advertida por los mártires de La Vendée y por los más esclarecidos testigos de la infestación revolucionaria, entre ellos un acatólico como Edmund Burke), este maldito propósito y la latitud de su éxito obligan a configurarla con las profecías atinentes a las postrimerías, al reinado del Anticristo –o, al menos, a retenerla su más esclarecido precursor. Su carácter sustitutivo y simiesco resulta, por lo demás, explícito al advertir el encomio que la democracia ha hecho a menudo de sus «padres», no que de sus «apóstoles» y «mártires». Como un organismo parásito, tomó la nomenclatura cristiana para re-semantizarla de conformidad con sus fétidos fantasmas.

En estos tiempos de delirante ecumenismo dados a exagerar la porción de verdad contenida de hecho en las distintas religiones(los semina Verbi que san Justino vio esparcidos desde antiguo en los más diversos cultos), no estará de más precaverse contra la más irredimible de las religiones, aquella que ostenta el cero perfecto en punto a siembra de verdades parciales, la religión que enaltece a la humanidad, que es -otra vez en palabras de Gómez Dávila- «el único dios totalmente falso».


Efectos deletéreos de la democracia

Así como en el microscopio se escrutan los agentes patógenos, los efectos devastadores de los rituales democráticos en una nación pueden reconocerse al vivo en los pueblitos de campaña. Quien suscribe estas líneas vive en una localidad de la pampa húmeda que supera en poco los quinientos habitantes, y puede dar cuenta de lo que cualquier vecino podría confirmar: la proximidad de las elecciones pone a los candidatos (que suelen ser dos) en una frenética campaña de “compra de voluntades”, con erogación de dinero contante y sonante a cambio del voto. Tanto es así, que no extraña que el derrotado pueda alegar como razón de su derrota su menor disponibilidad financiera para el ejercicio de la venalidad.

El carácter religioso invertido, como de superchería inapelable, se destaca al comparar la escasísima asistencia a Misa (o lo que eso parece, picado el nuevo rito dizque católico de toda suerte de guiños democratizantes y antropolátricos), en contraste con la masiva afluencia al cuarto oscuro. Endomingados para la fiesta cívica a la que acuden con la prestancia de las reses al matadero, los vecinos revelan sin saberlo el carácter sustitutivo de la verdadera religión que asume esta otra completamente ajena al esplendor y la belleza de la Verdad. Para no hablar del efecto inmediato de la comparsa comicial: la enemistad facciosa, de grupetes, fundada ni siquiera en la inconciliabilidad de cosmovisiones en pugna, sino –mucho más acá- en una rivalidad inducida, de gallos de riña, con susceptibilidades heridas a golpe de monosílabo y resquemores tan pueriles como durables. Como su nombre lo explicita, la política “de partido” vuelve a exhibir, aun en los escenarios más simples, todo el tenor de su aversión a la unidad.

Es conocido aquel pasaje del Martín Fierro en que el protagonista es «arreado en montón» para ir a servir en la frontera con el indio, a instancias de un juez de paz que no le perdona su poca afición a los comicios:


A mí el juez me tomó entre ojos

En la última votación.

Me le había hecho el remolón

Y no me arrimé ese día,

Y él dijo que yo servía

A los de la esposición.

Y ansí sufrí ese castigo,

Tal vez por culpas ajenas.

Que sean malas o sean güenas

Las listas, siempre me escondo:

Yo soy un gaucho redondo

Y esas cosas no me enllenan.

Se observa cómo el delirio polarizador inspira a los facciosos de uno y otro bando el atribuirle al abstencionista su presunta pertenencia al rival, «a los de la oposición». En nuestra campaña de la segunda mitad del siglo XIX, el hombre que llevaba en la latitud de su soledad el eco de una tradición atacada por el cosmopolitismo de los necios, sabía despreciar rotundamente las tretas de los mercaderes de ilusiones y las lisonjas prometeicas. Sabía, sin demasiadas letras, que «esas cosas» no son la plenitud de nadie.

La plenitud que reivindicaba Fierro, con todo, luce imposible en tiempos de tal vacío existencial que hace que nuestros contemporáneos suenen a hueco si se los golpea un poco. La célebre pregunta de Natanael, aplicada ya no a Nazaret sino a la democracia o a la modernidad (que ambos son términos intercambiables por metonimia, como «feudalismo» y «alta Edad Media») puede responderse con un «ven y verás» que exhiba el mustio cuadro de la pura problematicidad de la existencia, la crisis político-económica crónica, la demolición de la familia, el aborto, la perversión sexual, la corrupción de las conciencias de los niños, el apogeo de la usura, la depresión y el hastío de la vida, la desmembración de las naciones y su repoblación a expensas de inmigraciones sustitutivas, la falsificación sistemática de todo lo visible y lo invisible, etc, …para comprender que el católico que esté dispuesto a cumplir un módico servicio a la verdad aceptando las reglas de la moderna política de partidos tendrá que hacer abstracción de sus principios –los suyos propios y los de la democracia-, y rehuir toda atención a las consecuencias y fines atinentes a unas premisas lo bastante explícitas como para augurar algo mejor que lo que vemos con espanto. Tendrá que admitir la homologación del Evangelio con las doctrinas más aberrantes, del mismo modo que el procedimiento eleccionario empareja al héroe y al desertor, al santo y al rufián, ya que todo voto vale uno.

Una eficiente acción política católica para nuestros tiempos estribaría –así lo suponemos y así lo ponemos por obra- en un estado de repulsa categórica y de espera vertical, opiniendo a aquellos novissimus diebus [quibus] instabunt tempora periculosa (II Tim 3,1) el testimonio de una prestancia ojival y una solidez inconmutable, como de piedra viviente integrada en el templo espiritual de los redimidos. Dios nos lo conceda. Porque de los laberintos se sale por arriba, y a esta bestia pluricéfala y de aliento venenoso como la hidra sólo puede vencerla aquel Heracles divino que vendrá como el rayo, y no a la cabeza de ninguna lista eleccionaria.


Adelante la Fe

CUANDO LA IGLESIA SE VOLVIO IDÓLATRA

Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna. (Evangelio 1 Juan 5: 20)

Por Jean-Pierre Dickès


El 4 de octubre en el Vaticano, el papa organizó una redada con indios del Amazonas; hizo una declaración a la vez sincrética (todas las religiones merecen existir: aire conocido desde la reunión en la mezquita de El Cairo) y panteísta (Dios está en todo, es el culto a Gaia). 

Después de que Francisco plantó un roble, los Cardenales se unieron para adorar a la diosa Pachamama con los indios, unos pocos blancos y un monje; formando un círculo, se postraron frente a tótems esparcidos en el suelo sobre una abigarrada manta de signos extraños. 

El conjunto fue trasladado en un bote a la hermosa iglesia de Santa María en Traspontina, muy cerca del Vaticano. 

El papa y los cardenales se organizaron alrededor de este bote para rezar juntos. 

La manta multicolor utilizada en el jardín del Vaticano estaba desplegada al pie del altar, cubierta con una red hecha a mano; otras redes con los colores del arco iris eran visibles en el santuario. 

El ritual a la estatua de Pachamama, la "Madre Tierra", se celebró una vez más después de que los objetos dispersos en los Jardines del Vaticano fueron traídos de vuelta en procesión

Luego siguieron las danzas rituales. 

Una joven india fue llevada triunfante en el bote. 

Después, la vimos bailando en el medio del pasillo central de la iglesia, alentada por los aplausos del público. 

Un gran cartel había sido colocado a un lado, representando a una mujer amazónica desnuda, sosteniendo a su bebé contra su pecho izquierdo y con su mano derecha sosteniendo una comadreja que succionaba su pecho desnudo.


El hecho de que la estatua de Pachamama fuera venerada, así como un personaje fálico, sin duda recuerda el culto a los ídolos. 

El nombre de Pachamama, diosa de la madre tierra, está más cerca del canto de Pachacamac (dios peruano) que acompaña a Tintín, quien debe ser quemado vivo por los incas.

No tengas miedo de las palabras. Un gato es un gato y una ceremonia de adoración de ídolos es una ceremonia pagana en la que participaron varios prelados, así como el mismísimo papa

Pasemos al ridículo que hicieron estos prelados prestándose a una comedia de esta naturaleza en un lugar sagrado del catolicismo. 

Escandalizados, unos cristianos entraron a la iglesia por la noche, recuperaron cinco ídolos de madera y los arrojaron al río Tíber. Incluso hicieron un video completo mostrando su hazaña.

Entre los adoradores de un día estuvo el cardenal Baldisseri, quien había sido nuncio apostólico en Brasil entre 2002 y 2012. 

Él no puede ignorar el hecho de que las tribus amazónicas practicaban sacrificios de niños. Pero no dijo ni una palabra al respecto. 

Fue en el año 2007 que el parlamento brasileño había legislado prohibiendo el infanticidio entre las tribus indias. 

Sandro Magister afirmó en su publicación del 9 y 10 de octubre que algunos prelados en nombre del “ecumenismo” aceptan estos infanticidios

No decir nada es ser cómplice de estos asesinatos.

La lectura de la Biblia nos enseña esto: Cuando el pueblo de Dios adopta las costumbres morales o culturales de los paganos o adora ídolos, las peores desgracias lo golpearán. Será el diluvio, los exiliados en Egipto, Babilonia, la destrucción de Sodoma y Gomorra, el templo de Jerusalén y la diáspora. El futuro es oscuro para todo el mundo.


“Por tanto, vienen días -declara el SEÑOR- en que castigaré a sus ídolos, y por toda su tierra gemirán los heridos de muerte”
 Jeremías 51:52


Medias-Presse

viernes, 22 de noviembre de 2019

LA TEOLOGÍA DETRÁS DE LAS MUJERES CON VELO EN LA IGLESIA

Hay muchas razones por las cuales la práctica de usar velos de capilla es deseable

Por Peter Kwasniewski

La noble lengua latina que alimentó la piedad durante siglos; la serenidad del canto llano gregoriano; el esplendor de la vestimenta sacerdotal; y el énfasis visible en la naturaleza sacrificial de la Misa, en la que el Señor de gloria hace que Su ofrenda sobre la Cruz vuelva a estar presente para el beneficio de los vivos y los muertos, en un grado u otro, todas estas cosas y desaparecieron más rápidamente después de el Concilio Vaticano II, bajo el pretexto engañoso de que el "hombre moderno" necesitaba algo más accesible de inmediato, que solemnidad, silencio y santidad. Ciertamente, este fue un gran error, como han señalado los laicos, el clero e incluso los obispos con una franqueza creciente en las últimas décadas. El trabajo de recuperación ha caído en gran medida al nivel de "base".

En las discusiones sobre reformas posconciliares, los católicos tradicionales a menudo se detendrán en cosas como el destierro del latín, el canto, la orientación y el arrodillarse para la comunión. Esto no es sorprendente, ya que estos cambios son los más notables, y su efecto acumulativo en el carácter de la adoración católica ha sido el más profundo. Pero ha habido otros cambios sutiles que también, a la larga, afectan nuestra comprensión de la Fe. Un ejemplo sería la falta de genuflexión en el pasaje del Credo: "Et incarnatus est de Spiritu Sancto, ex Maria Virgine, et homo factus est" . Del mismo modo, la mayoría de las personas ya no inclinan sus cabezas por reverencia cuando el Santo Nombre de Jesús es mencionado.

Uno de esos cambios fue la extinción más o menos total de la costumbre de las mujeres que usaban velo cuando rezaban en la iglesia. Al ingresar a una iglesia parroquial para la misa antes del Concilio, uno habría visto a todas las mujeres con la cabeza cubierta, ya sea con boinas, gorros, velos o mantillas. Aunque hoy en día se ve a las mujeres en una misa de Novus Ordo con sombrero o velo (el número es mayor en países no occidentales donde el espíritu moderno aún no ha penetrado), en general, la costumbre se ha desvanecido fuera de los lugares donde el latín tradicional ha sobrevivido o regresado. E incluso en los últimos lugares, la costumbre no se practica universalmente. Las mujeres que se sienten a la defensiva pueden decir que el derecho canónico no lo exige, el obispo no lo autoriza y el párroco no lo menciona. De hecho, aquellos que lo ven como una muestra de una era en la que (suponen) que las mujeres eran consideradas ciudadanas de segunda clase en la Iglesia se alegran de que el velo de la capilla se haya desvanecido.

Sin embargo, antes de descartar el cambio como una instancia de algo anticuado que se descartó porque ya no era relevante, deberíamos considerar lo que significaba la costumbre en sí, y si simboliza una verdad importante, tan cierta para nosotros como para nuestros predecesores. Las costumbres de la piedad popular a menudo tienen raíces religiosas y humanas más profundas de lo que inicialmente pensamos. En este mundo acelerado, las cosas buenas del pasado a menudo se dejan atrás no porque se haya encontrado algo mejor que las reemplace, sino porque la gente ha olvidado una verdad básica que necesita, más que nunca, ser escuchada y seguida.


La enseñanza del apóstol

La tradición de las mujeres que llevan velo en la iglesia se basa en las palabras de San Pablo: 
“Porque un hombre no debe cubrirse la cabeza, ya que él es la imagen y la gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre. Porque el hombre no estaba hecho de mujer, sino la mujer del hombre. Ni el hombre fue creado para la mujer, sino la mujer para el hombre. Es por eso que una mujer debe usar un velo en la cabeza, por el bien de los ángeles” (1 Cor. 11: 7–10). 
La palabra generalmente traducida como "velo" es exousia, que significa "poder" o "autoridad". [1] Una traducción muy literal del pasaje sería: "la mujer debe tener un poder [o autoridad] sobre su cabeza". Ve el texto expandido en una paráfrasis: "un poder sobre su cabeza, simbolizado por un velo". Esto es más claro, pero aún así, ¿por qué un velo? Debemos recurrir a la tradición de la Iglesia para obtener una respuesta.

Según ciertos Padres y Doctores de la Iglesia, este pasaje se refiere a los ángeles que velan sus rostros ante la presencia de Dios, adorando ante Su trono [2] :
“Vi al Señor sentado en un trono, alto y elevado; y su tren llenó el templo. Por encima de él estaban los serafines; cada uno tenía seis alas: con dos se cubrió la cara, y con dos se cubrió los pies, y con dos voló. Y uno llamó al otro y dijo: 'Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria' ” (Is. 6: 2)
Los ángeles cubren o cubren sus rostros como un signo de reverencia ante el glorioso poder y majestad de Dios; están bajo su autoridad. San Pablo diría, entonces, que así como los ángeles se cubren la cara ante el trono de Dios, las mujeres deben cubrirse la cabeza en la adoración. 

¿Pero por qué solo las mujeres? ¿No están los hombres también en presencia de Dios? La respuesta se puede encontrar en una serie de analogías que San Pablo establece anteriormente en el mismo capítulo:
“La cabeza de cada hombre es Cristo, la cabeza de una mujer es su esposo, y la cabeza de Cristo es Dios” (1 Cor. 11: 3). 
Es decir, Cristo se para con Su Padre como el esposo se para con Cristo, y el esposo se para con Cristo como la esposa se para con su esposo, en una secuencia de autoridad descendente. Observe cuán notable es la última parte de esta analogía: la esposa cristiana, en su relación con su esposo, está siendo comparada con la Segunda Persona de la Trinidad en su relación con el Padre. Por lo tanto, el significado último de la vocación de una mujer como esposa y madre es participar, imitar y manifestar el misterio de la misión de Cristo: su entrega es reflejar la entrega de Cristo.


Una imitación específica de Cristo y de la Iglesia

Para desarrollar más el significado de este pasaje, debemos considerar lo que dice San Pablo en Efesios, donde agrega otra dimensión al simbolismo: 
“Esposas, estén sujetas a sus esposos, como al Señor. Porque el esposo es la cabeza de la esposa como Cristo es la cabeza de la Iglesia, y él mismo es su Salvador. Como la iglesia está sujeta a Cristo, que las esposas también estén sujetas en todo a sus esposos” (Ef. 5: 22–24). 
El esposo representa a la esposa como Cristo representa a la Iglesia. De esto, vemos que, de la misma manera, una esposa está llamada a imitar y participar en la obra de la Iglesia, que sigue a Cristo, y Cristo sigue al Padre. Un gran misterio sobrenatural se anuncia en las cosas terrenales: la obediencia de las esposas está arraigada y fluye de la obediencia de Cristo al Padre y de la sumisión de la Iglesia a su Señor.

La obediencia a la cual una mujer se une en el matrimonio es una elección, una respuesta del corazón a un regalo del Señor, incluso cuando una monja promete obediencia a su superior como parte de su vocación de servir al único Señor. La obediencia de la esposa se da en el contexto de un sacramento; No es una cuestión de dependencia o inferioridad natural. Una esposa se somete a su esposo principalmente por el amor de Dios, en obediencia a su llamado. Tampoco este sacrificio de sí mismo, sostenido por la gracia de Dios y entendido adecuadamente por ella, pone en peligro el estatus de la esposa como igual a su esposo [3] .

El Hijo es co-igual con el Padre (como Orígenes sostuvo, y como se definió después), sin embargo, el Hijo es obediente al Padre. Una cosa tan dulcemente conocida en muchas relaciones de amor humano está, más allá de la imaginación, presente en los secretos más remotos del cielo. Porque el Hijo en su eterno Ahora desea subordinación, y es Suyo. Él quiere ser así; Él co-inherente obediente y filialmente en el Padre, como el Padre autoritaria y paternalmente co-inhere en Él. Y las Tres personas completas son co-eternas juntas, y co-iguales. [4]

Dentro de la Santísima Trinidad, la distinción de Personas no pone en peligro la unidad de la Divinidad, compartida de manera esencial e igual por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta jerarquía dentro de la igualdad en la Trinidad se refleja en el orden de salvación que se produce mediante el envío del Padre de Cristo, en la relación nupcial de Cristo y la Iglesia, y nuevamente en el orden del matrimonio.

La herida de la rebelión pecaminosa fue sanada por la muerte de Cristo y la salvación del hombre se obtuvo precisamente a través de la obediencia a la voluntad de Dios, que comenzó con el fiat de la Virgen: 
“Hágase en mí según tu palabra”. 
De manera similar, vista como una participación en el misterio de Cristo y de su Iglesia, la relación de una mujer con su esposo es salvífica, precisamente como un sacrificio libremente consagrado y colocado dentro del único sacrificio de Cristo. 

Todos los cristianos están llamados a imitar a la Virgen, y todos están llamados a unirse a Cristo y a los demás en Él, pero esta vocación tiene un carácter diferente para las mujeres de cómo se manifiesta en los hombres. 

Si bien María es el arquetipo de todos los cristianos, su vida, como modelo de verdadera feminidad, exhibe ciertas verdades especialmente aplicables a las mujeres. El velo y cualquier otro símbolo asociado con las mujeres deben verse a la luz del fiat de la Virgen, su abandono a la voluntad de Dios, el acto por el cual aplastó la cabeza de la serpiente, al igual que la sumisión de Cristo a la voluntad del Padre. 


“Hasta la muerte” fue la derrota de Satanás. 
“He aquí, soy la esclava del Señor”. 
“No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Al ofrecerse, la Virgen se convirtió en la “compañera de ayuda” necesaria para que el nuevo Adán, el gran Sumo Sacerdote, ofreciera el sacrificio por todos: su cuerpo y sangre.


La corresponsabilidad del esposo

Para tener una imagen completa, debemos recordar la enseñanza aguda que San Pablo da a los esposos en Efesios 5. El Apóstol dice que los esposos deben representar a Cristo; deben servir como cabeza de la iglesia doméstica. ¿Qué significa esto? La verdadera autoridad que viene a través de los sacramentos que dan vida tiene poco que ver con la comprensión del poder del hombre caído, de gobernar sobre otros para su propio beneficio. 
“Ustedes saben que los gobernantes de los gentiles lo dominan, y sus grandes hombres ejercen autoridad sobre ellos. No será así entre ustedes; pero quien sea el primero entre ustedes debe ser su sirviente; así como el Hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir” (Mt 20: 25-28). 
Los esposos deben actuar como Cristo Rey: el Rey entronizado en la Cruz: 
“Esposos, amen a sus esposas, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Efesios 5:25). 
La autoridad del esposo es verdaderamente en sí misma cuando se ejerce imitando a Cristo. Santo Tomás de Aquino capta bien este punto: 
“La esposa está sujeta a Dios al estar sujeta a su esposo bajo Dios” [subiicitur viro sub Deo], 
lo que significa que está sujeta a él en la medida en que él mismo está “bajo Dios”, es decir, gobernar de acuerdo con los mandamientos de Dios [5] .

Por lo tanto, en cada matrimonio, el esposo y la esposa están llamados a imitar y manifestar, el uno al otro y al mundo, el amor de Cristo y la Iglesia, siguiendo el misterio del amor dentro de la Santísima Trinidad. Esta imitación y manifestación solo se puede lograr por la gracia de Dios, el Dios que es Amor; se necesita oración constante y discernimiento, paciencia y perseverancia. 

Solo a través de una conciencia continua de la grandeza de la vocación de uno para amar, para gobernar y servir por medio del amor y por amor, se puede mantener el equilibrio de la jerarquía en igualdad y la igualdad en jerarquía. 

La relación adecuada de la esposa con el esposo y el precioso don de la maternidad sufrieron daños por la caída (cf. Génesis 3:16), como se puede ver tanto en los hombres que abusan de su autoridad como en los hombres que son demasiado tímidos o afeminados al abrazar sus responsabilidades. 

Podemos ver todo tipo de problemas: hombres que gobiernan para su propio beneficio egoísta; hombres que se niegan a gobernar por el bien de nadie; mujeres que se niegan a dejarse gobernar en absoluto; mujeres que actúan como felpudos y no cuestionan los abusos de autoridad. Creo que esta es la razón por la cual encontramos el ejemplo de una pareja felizmente casada viviendo juntos en paz y alegría tan refrescante y alentador. Demuestra que, de hecho, se puede lograr mediante un esfuerzo humano determinado y la gracia implorada de Dios.


Así, en la teología de San Pablo, el velo es un símbolo de consagración y sacrificio personal. Así como la Iglesia se somete a Cristo y Cristo el Hijo obedece al Padre, una esposa está “bajo” el poder y la protección de su esposo. Especialmente cuando están ante el Señor en adoración, tiene sentido litúrgico para ella usar un signo externo de esta verdad interna, un símbolo público y visible de su vocación como esposa. 
El velo es testigo silencioso de su dignidad y poder en su propia sumisión a su esposo. Es sacramental en sentido amplio: una cosa física humilde que significa una realidad espiritual profunda. Así como las monjas dan testimonio del mundo a través de sus hábitos (incluido el velo), de la misma manera las esposas dan testimonio del carácter especial del matrimonio cristiano al cubrirse la cabeza en la misa. Este hermoso símbolo le da a la esposa la oportunidad de vivir esa vocación más plenamente recordándose a sí misma y a los otros, incluidas sus hijas, su carácter mariano de humildad. Incluso se podría ir más lejos: este delicado símbolo de lo que es un excelente ejemplo de “pequeñez” teresiana puede ser un poderoso medio de reparación para aquellos que están en rebelión contra su identidad o infieles a sus llamamientos.


Tradición codificada en símbolos


Habiendo visto esto, es posible explicar otro detalle en 1 Corintios 11 que podría pasar desapercibido. El capítulo comienza con la insistencia del apóstol de que los cristianos en Corinto mantienen las tradiciones que les ha transmitido. 
“Te felicito porque me recuerdas en todo y mantienes las tradiciones incluso cuando te las he entregado. Pero quiero que entiendan que la cabeza de cada hombre es Cristo, la cabeza de una mujer es su esposo y la cabeza de Cristo es Dios”.
Parte de la tradición sagrada que les transmitió es la enseñanza sobre las esposas y su sumisión a sus esposos, y es dentro de este marco que el “poder” simbolizado por el velo entra en su exhortación. 

En otras palabras, San Pablo está instando a todos los que se esfuerzan por “imitar a Cristo” (1 Cor. 11: 1) a mantener las tradiciones que contienen y confirman una sana doctrina y una vida santa. 
“Entonces, hermanos, manténganse firmes y respeten las tradiciones que les enseñamos, ya sea de boca en boca o por carta” (2 Tes. 1:15). 
De hecho, esta es una enseñanza a la que debemos aferrarnos en el mundo moderno. La desintegración actual de la vida familiar se debe en cierta medida al hecho de que la tradición apostólica de la jerarquía familiar no ha sido mantenida ni por la familia ni por la jerarquía eclesiástica misma.

Según las enseñanzas de San Pablo, parece claro que el uso de una cubierta para la cabeza tiene su significado “sacramental” completo solo para las mujeres casadas o prometidas (incluidas las monjas que están casadas con Cristo y las novicias que se preparan para esta boda mística) . Estudiada en contexto, la recomendación de San Pablo de que “la mujer debe tener un velo sobre su cabeza” como símbolo del poder del hombre (exousia), sin duda, no se refiere al hombre y a la mujer como tales, sino a las mujeres casadas en relación con su propio maridos (Sin embargo, también se notará que el mismo capítulo da instrucciones aplicables a todas las mujeres). 


San Pablo va y viene entre las mujeres en general y las que están casadas, diciendo cosas diferentes apropiadas para cada una. Por esta razón, la costumbre de todas las mujeres que llevan un velo en la iglesia parece encontrar justificación en el orden natural y sobrenatural de cada mujer de ser esposa, ya sea como novia de Cristo en la vida religiosa o como esposa en un matrimonio cristiano. Incluso antes de que se actualice este orden, e incluso cuando nunca se actualiza, sigue siendo una realidad ontológica y espiritual que merece ser reconocida, honrada y colocada dentro del gran mysterium fidei celebrado en la Santa Misa.


Razones prácticas

También hay razones prácticas para usar un velo de capilla, y dado que estas razones se aplican tanto a los casados ​​como a los solteros, apoyan la convención más antigua de todas las mujeres que usan velo en la iglesia.

En primer lugar, usar un velo puede evitar la distracción, tanto para uno mismo como para los demás. ¿Cuántas veces nos hemos sorprendido mirando a otros en la iglesia, en lugar de concentrarnos en la oración? Para las mujeres, el velo puede ayudar. Aquellos que están protegidos por el velo, envueltos en él, pueden enfocarse mejor [6] , recordando por qué están en la iglesia para empezar: este es un tiempo sagrado, y estoy aquí para adorar a Dios.

Otro motivo para usar un velo en la iglesia es una cierta “privacidad”, la necesidad de estar a solas con Dios, en lugar de ser amable y sociable. En la misa, el divino Novio visita el alma cristiana nupcial; debemos estar preparados para su visita. El énfasis excesivo moderno en la dimensión social de la adoración a menudo conduce a una pérdida de contacto con la única realidad que hace que todo lo demás sea real: Jesucristo, Dios verdadero y hombre verdadero, que debe ser recibido con la atención total y absoluta del alma. El velo la marca como una mujer de oración, que sabe por qué ha venido y para quién ha venido. La gente puede decir a sus espaldas que es demasiado piadosa y anticuada, pero en su corazón está en paz: sus esfuerzos se hacen por amor, y esto es lo único que importa.

Una mujer que lleva velo les dice a sus vecinas: “estamos aquí juntas para adorar a Dios”. De esta manera, ella está prestando un servicio a las demás, ayudándoles a recordar de qué se trata la misa, y eventualmente otras mujeres pueden seguir su ejemplo.

Hay muchas razones, entonces, por las cuales la práctica de usar velos de capilla es deseable [7]. Lo más importante, para las esposas, tiene el mismo carácter que un hábito tiene para una hermana religiosa: es una señal de su llamado y consagración al Señor, con y a través de su esposo. En lugar de ser un estigma de la “opresión de las mujeres”, es un signo de un amor genuino y comprometido, incluso cuando la Cruz es el mayor signo de amor jamás dado a la humanidad.

Incluso esta pequeña costumbre de nuestros antepasados ​​es, por lo tanto, parte de una renovación litúrgica más grande y más exitosa que abarca correctamente el pasado, comprende las verdaderas necesidades del presente y preserva la belleza y el simbolismo de la adoración católica en los siglos venideros.


[1] Según Ronald Knox, algunos comentaristas sostienen que Pablo está intentando, por medio de esta palabra griega, presentar una palabra hebrea que signifique el velo tradicionalmente usado por una mujer judía casada.

[2] Estos ángeles, generalmente identificados como querubines, se describen de esta manera en Isaías, Ezequiel, la Revelación de Juan, y consistentemente a lo largo de la tradición rabínica judía. Ver, para referencias bíblicas, Cornelius a Lapide, Commentaria in Scripturam Sacram (París: Vives, 1868), 18: 355–56.

[3] La doctrina de que las mujeres no son iguales a los hombres es herética, análoga a la herejía del subordinacionismo que niega la igualdad del Hijo al Padre. Esto queda claro en Casti Connubii de Pío XI, que enseña que los hombres y las mujeres disfrutan de "igualdad en la diferencia" e "igualdad en la jefatura y la subordinación".

[4] Charles Williams, citado en Mary McDermott Shideler, The Theology of Romantic Love (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Co., 1962), 81–82.

[5] Ver Lectura super primam epistolam ad Corinthios cap. XI, lec. 3, n. 612.

[6] Obviamente estoy hablando de un velo más largo, no de la versión "tapete" que apenas se ve. No es necesario que esté hecho de encaje (aunque tiene la conveniencia de poder sujetarlo al cabello), sino que puede ser una bufanda de gasa normal o una longitud de material liviano. También está la cuestión de los sombreros. Si bien es cierto que los sombreros pueden (y a menudo lo hicieron) la función de cubrirse la cabeza, pertenecen más al mundo de la moda que a la esfera de la vida sacramental y litúrgica. No llevan todo el peso simbólico del velo.

[7] Para aquellos que deseen aprender más, puedo recomendar varios otros artículos: "Mantilla: El velo de la novia de Cristo - Un nuevo libro sobre la práctica del velo"; "El velo de la capilla y los derechos de una mujer"; ¿Qué está usando tu esposa? Hombres, velos y el misterio de la feminidad”; "Headcoverings in Church in the Extraordinary Form" (esto también está contenido como un capítulo en el libro The Case for Liturgical Restoration, ¡que debería estar en cada biblioteca bien provista!); y las preguntas frecuentes en Veils by Lily.


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