Solo en el Cielo podremos disfrutar de paz y tranquilidad, en la tierra estamos siendo puestos a prueba en la “Iglesia militante” y la victoria está reservada para el Cielo.
Por el padre Bernhard Zaby
1. La “resistencia” entre los católicos no es un fenómeno nuevo. Hasta ahora era tan necesaria como lo era el hecho de que los enemigos de la Iglesia comenzaran a ocupar puestos de liderazgo en ella. Así se formó la “iglesia conciliar”, contra la cual los católicos se unieron en resistencia, es decir, en un “movimiento tradicionalista”. La lucha continuó durante décadas, hasta que finalmente el espíritu combativo se debilitó considerablemente.
Ahora que gran parte de la antigua resistencia se ha pasado al bando enemigo, al menos espiritualmente, solo queda un pequeño resto de resistencia, que, sin embargo, se ha debilitado debido a la carga heredada de todas estas décadas de “tradicionalismo” y, por lo tanto, parece demasiado débil para continuar la enorme lucha que, como es sabido, “no es contra la sangre y la carne, sino contra los principados y potestades, contra los gobernadores de este mundo de tinieblas y contra los espíritus malignos en las regiones celestes” (Ef 6,12). Por lo tanto, para reforzar un poco la moral de combate, queremos llamar la atención sobre algunos de los peligros que acechan a la “resistencia”.
2. El principal representante episcopal de la “tradición” y, más recientemente, de la “resistencia” a esa misma “tradición” dijo hace más de diez años lo siguiente: “En 1984, por ejemplo, aplaudí el paso que parecía importante para la misa, el inicio, porque, para ser sincero, no veía ninguna trampa en él. Y quería ver lo bueno, y si Roma hacía algo bueno, yo también quería decir que era bueno (j’avais envie de), porque no quería estar siempre criticando, criticando y criticando a Roma. Así que tenía en mí un sentimiento que quería ser benévolo con Roma. En 2007 también quería ver lo bueno. Tampoco entonces vi ninguna trampa; sí, no escribí nada sobre lo que podía significar Summorum Pontificum... Quería aprobar algo que venía de Roma, no solo criticar, criticar y criticar”.
3. Estas sinceras palabras son muy interesantes y aleccionadoras. Aluden a una actitud muy extendida en el movimiento mencionado anteriormente, pero que, lamentablemente, no es en absoluto inofensiva.
Por un lado, estas palabras denotan cierto cansancio. Durante décadas hubo que luchar sin descanso contra el concilio Vaticano II, el modernismo, la Roma conciliar, los obispos modernistas, los sacerdotes, los teólogos, los profesores, la nueva misa, la prensa y la política liberales, la inmoralidad creciente, etc. Siempre hay que criticar, siempre hay que ver todo de forma negativa, nunca se puede descansar y prestar atención a las cosas (posiblemente) positivas, etc. A largo plazo, esto es, por supuesto, muy agotador y desmoralizador. Porque la naturaleza humana anhela la paz, la tranquilidad y el descanso.
Por muy comprensible que sea este deseo, proviene de nuestra naturaleza humana y, por lo tanto, no refleja lo que Dios quiere, sino lo que el hombre quiere. “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer la paz, sino la espada. He venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra. El hombre tendrá como enemigos a los de su propia familia” (Mt 10,34-36). Nuestro destino en la tierra no es la paz, la tranquilidad y el descanso, sino la lucha y el combate, incluso en nuestro propio hogar. “¿Acaso no es el destino del hombre servir en la tierra?”, pregunta el sufriente Job (Job 7,1). Solo en el Cielo podemos disfrutar de la paz y la tranquilidad, en la tierra estamos siendo puestos a prueba. Por eso se llama a la Iglesia en la tierra la “Iglesia militante”, la victoria está reservada para el Cielo.
4. La razón de esto es la corrupción de la naturaleza. El mundo y el hombre ya no son como los creó originalmente el Creador. En el paraíso reinaba la paz. El jardín del Edén era un jardín de alegría, tranquilidad y contemplación. Pero nuestros padres primigenios pecaron. Creyeron más en el diablo que en el Dios bueno. Por eso fueron expulsados del paraíso. Desde entonces, la paz, la tranquilidad y la alegría no existen en esta tierra, ya que nos amenaza constantemente un triple enemigo: el diablo, al que el pecado le ha dado poder sobre nosotros; el mundo, es decir, las personas que, como Caín, viven de forma totalmente terrenal y orientadas hacia el mundo, y por eso persiguen a Abel, que tiene un sentimiento celestial; y el peor enemigo, la corrupción de nuestro propio corazón y nuestros deseos desordenados, que nos empujan constantemente hacia el mal.
Por eso no podemos ni debemos permanecer en este mundo sin luchar. Al igual que nuestro cuerpo está constantemente expuesto al peligro de la invasión de agentes patógenos, a los que debe resistir con la ayuda del sistema inmunológico para no enfermar o morir, lo mismo ocurre con nuestra alma. Debe resistir constantemente los ataques contra la fe y la moral, que luchan contra ella a veces con más fuerza, a veces con menos, a veces de forma visible, a veces de forma invisible. Si el “sistema inmunológico” del alma falla, se enferma e incluso puede morir, es decir, perderse para siempre. Solo aquel que se muestra fiel y persevera lealmente en la lucha hasta el final se salva.
5. Es natural que esto nos resulte agotador y doloroso, sobre todo porque, en realidad, fuimos creados para el paraíso y el recuerdo de él sigue vivo en nosotros de forma dolorosa. Sin embargo, solo por este camino podemos llegar al paraíso definitivo y perfecto, al Cielo. “Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios” (Ap 2,7). “Sé fiel hasta la muerte, y te daré como recompensa la corona de la vida. [...] La segunda muerte no tendrá poder sobre el vencedor” (Ap 2,10-11). “Al vencedor le daré maná escondido y una piedra blanca. En la piedra hay un nombre nuevo que nadie conoce sino el que lo recibe” (Apocalipsis 2:17). “Pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga. Al vencedor, al que permanezca fiel en mi servicio hasta el fin, le daré autoridad sobre las naciones. Gobernará con vara de hierro...” (Apocalipsis 2:25-27). “Al vencedor lo vestiré de vestiduras blancas. No borraré su nombre del libro de la vida, sino que lo confesaré delante de mi Padre y de sus ángeles” (Apocalipsis 3:5). “Retén lo que tienes, para que nadie te quite tu corona. Al vencedor lo pondré como columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí” (Apocalipsis 3,11-12). – “Al vencedor lo sentaré conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me siento con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3,21).
Por lo tanto, es muy importante que perseveremos en la lucha, porque solo así podremos estar entre los “vencedores”. Por supuesto, la lucha constante de las últimas décadas es muy agotadora y fatigante, pero Dios es nuestra fuerza, como nos enseña una y otra vez la Sagrada Escritura. Sí, en el libro de Nehemías lo dice aún más claramente: “No os entristezcáis, porque la alegría del Señor es vuestra fortaleza” (Neh 8,10). Solo mirando a Él encontramos la fuerza y la paz, el consuelo y la alegría que nos fortalecen en nuestro servicio diario.
6. Sin embargo, en los tiempos actuales sufrimos una forma especial de martirio. En Quito, Nuestra Señora del Buen Suceso, profetizó el 2 de febrero de 1634 lo siguiente para nuestra época: “Las pocas almas que permanezcan fieles a la gracia de Dios sufrirán un martirio cruel, indescriptible y prolongado. Debido a la intensidad de los sufrimientos, muchos morirán y serán contados entre los mártires que se sacrificaron por la Iglesia y la patria”.
En el diario de Mechthild Thaller-Schönwerth (“Ancilla Domini”, 1868-1919, madre espiritual de muchos sacerdotes, monjes y laicos), leemos estas palabras consoladoras de Cristo: “Mis siervos elegidos, mis sacerdotes, se convertirán en enemigos unos de otros, y algunos de los que más me han servido a mí y a la Iglesia pagarán su fidelidad hacia mí con el exilio. No será solo el martirio de los primeros cristianos que dieron su vida por mí el que merezca la mayor recompensa. El presente también trae a la Iglesia la gloria del martirio. Ahora se está produciendo un martirio sin sangre, pero aún más cruel que en los primeros siglos del cristianismo. En aquella época, los cristianos tenían que ofrecer sacrificios a las estatuas de los ídolos, pero ahora se quiere obligar a las personas por todos los medios posibles a que se sacrifiquen a los ídolos de la ciencia y la libre investigación. Aquellos que permanezcan fieles a mí y a su antigua fe serán perseguidos, se verá amenazada su subsistencia, serán ridiculizados y crucificados”.
7. No nos cansemos, no nos desanimemos en esta época de sufrimientos y luchas tan especiales y prolongadas. Ese es uno de los peligros. Sin embargo, a esto se suma un segundo peligro o un segundo momento que hace que este peligro sea aún mayor. Porque nosotros, los católicos, hoy no sólo tenemos que sufrir y luchar bajo el dominio y contra un mundo hostil que viene de fuera, sino también contra nuestra propia casa, como dijo el Salvador: “El hombre tendrá a su propia familia como enemiga”.
O peor aún: aparentemente, debemos luchar contra nuestras propias autoridades, sí, contra las más altas autoridades de la Iglesia, los obispos, Roma, el “papa”. Esto no puede dejar indiferente a nadie que aún sea católico de corazón. Nuestra alma cristiana nos impulsa, por otra parte, a acoger a todas las personas con bondad y amor, ¡cuánto más deberíamos hacerlo con nuestros hermanos en la fe y, sobre todo, con las autoridades eclesiásticas!
Es una característica natural del corazón católico someterse a los superiores eclesiásticos y, en particular, al “papa”, el padre de la cristiandad. El amor y el respeto que sentimos por el Padre Todopoderoso del Cielo los transferimos a su “vicario” en la tierra. Nada nos puede repugnar y atormentar más que la desobediencia a un Papa. La Iglesia romana es nuestra Maestra y nuestra Madre. ¿Qué otra cosa podríamos hacer más que aferrarnos a ella con un amor filial inquebrantable?
Anhelamos lo bueno, lo bello, el orden, lo normal. El alma atormentada anhela así poder reconciliarse por fin con la “Roma conciliar” y busca desesperadamente cualquier rayo de esperanza que pueda indicar que por fin ha llegado el momento de dejar de resistirse, de poder lanzarse por fin a los brazos del “santo padre” como el hijo pródigo. Y este deseo o creencia es ahora el mayor peligro.
8. Porque la “Roma conciliar” no es la Roma católica, los “papas conciliares” no son nuestros Santos Padres. Por eso es muy importante para nosotros, los católicos que seguimos luchando, tener siempre presente la verdad y no dejarnos engañar por las apariencias. De lo contrario, estaremos perdidos sin remedio. ...
Por lo tanto, nada nos ayudará, no podemos flaquear, debemos seguir luchando, y eso significa que seguiremos criticando, criticando, criticando todo lo que quiera robarnos nuestra fe católica, que es la única que nos salva. Por muy difícil que nos resulte, por mucho que estemos hartos, por muchas críticas que recibamos por ello, o por mucho que se burlen de nosotros y nos ridiculicen por ello.
9. Quien es “positivo” con Cristo, debe ser “negativo” con sus enemigos, incluso con aquellos que se sientan en la “Roma conciliar” o en las llamadas “comunidades tradicionalistas”, aunque ocupen los puestos más altos. Quien quiera ser “positivo” frente a estos enemigos, será “negativo” frente a Cristo.
No nos dejemos intimidar por las acusaciones de desobediencia, falta de amor, fanatismo, desequilibrio, intransigencia, parcialidad y todo lo que nos echen en cara, porque queremos permanecer inquebrantables junto a nuestro Señor Jesucristo. “El que no está conmigo, está contra mí”, y el que está con Él debe estar contra sus enemigos, debe “criticar, criticar, criticar” sin cesar.
Nota:
Criticar no significa más que emitir un juicio de valor sobre algo, y no sobre alguien. Pongamos un ejemplo: si tres personas perdidas en el desierto deciden, basándose en sus mapas, hacia dónde ir en busca de agua, y el que va delante no sigue este plan, sino que se desvía en un punto, los otros dos, si quieren seguir con vida, deben determinar si este desvío fue correcto o no. Es decir, deben juzgar la acción del tercero, “deben criticarla”. Si el resultado del análisis es negativo, no solo no deben seguir a su compañero, sino que, por amor al prójimo, deben decírselo: es decir, deben criticarlo.
Del mismo modo, sin crítica, un católico no puede decidir qué es correcto y qué no lo es; qué es lo que se ajusta a los dos mil años de enseñanza católica y qué es lo que no solo “acorta el camino hacia la salvación”, sino que realmente se desvía de él. Por eso, especialmente en el mundo actual, que nunca antes había sufrido tanto bajo el poder del mal, incluso dentro de la Iglesia, una persona que quiera seguir siendo católica debe someterlo todo a una crítica constante. Y, si está en posición de hacerlo, debe expresar su crítica. Si no está en posición de hacerlo, tiene la obligación de advertir al menos una vez, ya sea verbalmente o por escrito.
16 de febrero de 2014.
lunes, 29 de septiembre de 2025
LA ERA DE ACUARIO: UNA CLAVE PARA COMPRENDER LA MENTALIDAD DE LA ÉLITE OCULTISTA
Algunos creen que la humanidad está entrando en “Era de Acuario” y la describen como una “era de iluminación”, otros creen que será el comienzo de una “era oscura espiritual” precedente a la llegada del Anticristo.
Por Vigilant Citizen
Al examinar los sistemas de creencias a lo largo de la historia, a menudo nos topamos con el concepto de “épocas” o “eras”: un período de miles de años regido por fuerzas específicas. Si bien cada cultura articula este fenómeno de forma diferente, sorprendentemente tienden a apuntar en direcciones similares, como si el concepto de “eras” fuera universal para la experiencia humana.
No sería exagerado afirmar que muchas personas sienten que nos encontramos en los albores de una nueva era, como si esta se palpara en el aire. Tras siglos de relativa estabilidad, numerosas verdades que antes se consideraban inmutables y simples hechos de la vida se cuestionan y redefinen en su esencia. Los conceptos de “género”, moralidad y sexualidad se han vuelto “fluidos”... como el agua que fluye de una jarra.
Apropiadamente, ese es el símbolo principal asociado con el signo de Acuario. Según los cálculos de astroteólogos e investigadores ocultistas, nos encontramos en el umbral de la legendaria “Era de Acuario”. A medida que la humanidad avanza, ya sea orgánica o forzadamente, hacia nuevos paradigmas, las predicciones milenarias parecen hacerse realidad.
El concepto de “eras” también se menciona numerosas veces en la Biblia. Se dice que la venida de Jesucristo revolucionó la “antigua era” y dio inicio a una nueva era en la historia de la salvación. El libro del Apocalipsis anticipa la plena realización del reino de Dios, precedido por un período de gran agitación y tribulaciones, que culminará con el surgimiento del Anticristo.
¿Podría coincidir este período bíblico con la Era de Acuario, según la definen los ocultistas? Como veremos, algunos investigadores, como el famoso psicoanalista Carl Jung, así lo creen.
Una cosa es segura: quienes gobiernan el mundo creen en la llegada de la Era de Acuario. Conocer este hecho nos permite comprender mejor las motivaciones profundas de sus acciones y agendas.
Según los ocultistas, las principales religiones del mundo están asociadas con el sol y, consciente o inconscientemente, han adoptado el símbolo relacionado con el signo zodiacal del Gran Año que les ha tocado regir.
Por ejemplo, el sol ha estado en Piscis durante los últimos 2000 años. Casualmente, el pez ha sido uno de los principales símbolos del cristianismo.
Según figuras ocultistas como Max Heindel, líder del Rosacrucismo moderno, este fenómeno se ha podido observar a lo largo de la historia.
Se supone que la humanidad está a punto de pasar de la era de Piscis a una nueva era de Acuario, caracterizada por su propio conjunto de símbolos que representan los rasgos principales de la era.
Manly P. Hall hace referencia a Lucas 22:10 en el Nuevo Testamento, donde Jesús habla de un “hombre que llevaba un cántaro de agua”.
Algunos interpretan esotéricamente este pasaje bíblico como una referencia a la venidera Era de Acuario. Curiosamente, en los versículos bíblicos inmediatamente anteriores a Lucas 22:10, Jesús habla de “las señales de los tiempos y el fin de los tiempos”.
En resumen, Jesús predice que los cristianos serían perseguidos durante el “Fin de los Tiempos”. Escuelas ocultistas como el rosacrucismo también coinciden en que quienes permanezcan fieles a las antiguas religiones (como el cristianismo) serán considerados paganos en la nueva era.
Aunque los miembros de las sociedades secretas ocultistas generalmente ven la Era de Acuario de forma positiva, otros investigadores temen que marque el comienzo de una nueva era oscura.
Esta evaluación de la era de Acuario, donde élites secretas y ávidas de poder gobiernan el mundo, cobra cada vez más relevancia y precisión con el paso del tiempo. Además, es paralela al período de tribulación predicho en el Apocalipsis antes de la llegada del Anticristo.
En su libro “Aion”, Carl Jung describe la Era de Acuario como un período oscuro y espiritualmente deficiente que “constelará el problema de la unión de los opuestos”. Añade:
Según Jung, el Anticristo surgirá de esta era en la que el mal se normaliza, combinado con sentimientos generalizados de miedo y ansiedad. También afirma que la Era de Acuario revelará “secretos” de naturaleza esotérica y psicológica, donde la espiritualidad se convertirá en una experiencia individual.
En resumen, muchos creen que la Era de Acuario hará que las religiones pierdan relevancia a medida que los humanos busquen la divinidad en su interior. Aunque el bien y el mal aún suelen definirse por las religiones, estos conceptos ganarán “fluidez” en la Era de Acuario.
Algunos creen que esto ya ocurrió. Aleister Crowley, el ocultista más prominente e influyente del siglo XX, redefinió la moralidad con el lema de la nueva era: “Haz lo que quieras”.
Crowley percibía la nueva era desde una perspectiva ligeramente distinta a la anterior. Creía que una “nueva era” comenzó en 1904, cuando la humanidad empezó a alejarse de una sociedad “paternalista” para adquirir las características de un niño.
Aleister Crowley afirmó que los últimos 2000 años fueron el “Eón de Osiris”. Osiris era el “rey de los vivos y gobernante de los muertos”, y su Era se caracterizó por gobiernos y religiones fuertes, en particular por el énfasis del cristianismo en la muerte, el sufrimiento, la tristeza y la negación del cuerpo. Según Crowley, la humanidad entró en el Eón de Horus (llamado así por el hijo de Osiris) en el siglo XX. En esta fase, los humanos aprenderían a aspirar a convertirse en dioses.
Aleister Crowley creía que las sólidas estructuras de la vejez eran un paralelo de Osiris como figura paterna. Por el contrario, en el Eón de Horus, la humanidad adoptaría los rasgos de un niño.
Después de encontrar la “Estela de la Revelación” en un museo egipcio (era la exhibición n° 666), Crowley escribió esto sobre el próximo Nuevo Eón:
En su libro Perdurabo: La vida de Aleister Crowley, el ocultista Richard Kaczynski observa que el “Eón de Horus” de Crowley se alinea con las principales características atribuidas a la Era de Acuario. La sincronicidad entre la obra de Crowley y el panorama espiritual en evolución del siglo XX, que abandonó los Diez Mandamientos para abrazar el “haz lo que quieras”, ejemplifica la Era de Acuario.
Teniendo en cuenta que Aleister Crowley se hacía llamar “Gran Bestia 666” (en honor a la figura malvada y poderosa del Libro del Apocalipsis), uno puede preguntarse si esta “Era de liberación espiritual” es en realidad un trampolín hacia el satanismo global.
Diversas fuentes, incluyendo textos ocultistas y bíblicos, hablan de una “nueva era” en la que la espiritualidad humana se transformará drásticamente. Según la fuente, esta próxima era se describe como una época de innovación, liberación e iluminación, o como una época de maldad, oscuridad y confusión.
Mientras tanto, la élite oculta, que abraza la llegada de una “nueva era”, ha estado trabajando duro para forzar su aspecto más crucial del signo de Acuario: la fluidez.
Bien y mal, hombre y mujer, heterosexualidad y homosexualidad: las rígidas fronteras del pasado están desapareciendo, y los conceptos ancestrales se han vuelto relativos y se definen por la experiencia personal. Incluso estamos observando una enorme fluidez en las poblaciones mundiales, ya que la difuminación de las fronteras nacionales favorece la fusión de culturas para crear un crisol global.
¿Suceden estas cosas de forma natural? ¿O son forzadas por poderes globales secretos? ¿La humanidad evoluciona naturalmente según las energías emitidas por los cuerpos astrales? ¿O se está preparando para un Nuevo Orden Mundial que coronará al Anticristo? ¿Es todo voluntad de Dios? ¿O son todos los humanos jugando a ser Dios? ¿Pueden todas estas cosas ser ciertas al mismo tiempo?
Estas respuestas eventualmente inundarán la Tierra, como agua vertida del cántaro de un aguador.
Por Vigilant Citizen
Al examinar los sistemas de creencias a lo largo de la historia, a menudo nos topamos con el concepto de “épocas” o “eras”: un período de miles de años regido por fuerzas específicas. Si bien cada cultura articula este fenómeno de forma diferente, sorprendentemente tienden a apuntar en direcciones similares, como si el concepto de “eras” fuera universal para la experiencia humana.
No sería exagerado afirmar que muchas personas sienten que nos encontramos en los albores de una nueva era, como si esta se palpara en el aire. Tras siglos de relativa estabilidad, numerosas verdades que antes se consideraban inmutables y simples hechos de la vida se cuestionan y redefinen en su esencia. Los conceptos de “género”, moralidad y sexualidad se han vuelto “fluidos”... como el agua que fluye de una jarra.
Apropiadamente, ese es el símbolo principal asociado con el signo de Acuario. Según los cálculos de astroteólogos e investigadores ocultistas, nos encontramos en el umbral de la legendaria “Era de Acuario”. A medida que la humanidad avanza, ya sea orgánica o forzadamente, hacia nuevos paradigmas, las predicciones milenarias parecen hacerse realidad.
El concepto de “eras” también se menciona numerosas veces en la Biblia. Se dice que la venida de Jesucristo revolucionó la “antigua era” y dio inicio a una nueva era en la historia de la salvación. El libro del Apocalipsis anticipa la plena realización del reino de Dios, precedido por un período de gran agitación y tribulaciones, que culminará con el surgimiento del Anticristo.
¿Podría coincidir este período bíblico con la Era de Acuario, según la definen los ocultistas? Como veremos, algunos investigadores, como el famoso psicoanalista Carl Jung, así lo creen.
Una cosa es segura: quienes gobiernan el mundo creen en la llegada de la Era de Acuario. Conocer este hecho nos permite comprender mejor las motivaciones profundas de sus acciones y agendas.
De la Era de Piscis a la Era de Acuario
Según los ocultistas, las principales religiones del mundo están asociadas con el sol y, consciente o inconscientemente, han adoptado el símbolo relacionado con el signo zodiacal del Gran Año que les ha tocado regir.
Por ejemplo, el sol ha estado en Piscis durante los últimos 2000 años. Casualmente, el pez ha sido uno de los principales símbolos del cristianismo.
En la historia cristiana primitiva, el símbolo del ichthys (también conocido como el pez de Jesús) tenía un significado sumamente sagrado. Sigue siendo uno de los símbolos más prominentes del cristianismo.
En la era anterior, el sol estaba en Aries (el carnero). Uno de los principales símbolos del judaísmo —la religión que imperó en la era aria— es el shofar, un cuerno de carnero.
Según figuras ocultistas como Max Heindel, líder del Rosacrucismo moderno, este fenómeno se ha podido observar a lo largo de la historia.
Al final de la era de Tauro, hace unos 4.000 años, el pueblo de Dios huyó de la ira venidera al salir de Egipto, la tierra donde adoraban al Toro. Fueron guiados en su huida hacia la tierra prometida por Moisés, cuya cabeza, en antiguas imágenes esotéricas, está adornada con cuernos de carnero en forma de corona, símbolo de ser el heraldo de la era aria de 2.100 años, durante la cual cada mañana de Pascua, el sol primaveral teñía de rojo los postes de las puertas como con la sangre del cordero, al pasar sobre el Ecuador en la Constelación (no el signo) del carnero Aries.
De manera similar, cuando el sol, por precesión, se acercaba a la constelación acuática de Piscis -los Peces- Juan sumergió a los conversos a la religión mesiánica en las aguas del Jordán, y Jesús llamó a sus discípulos “pescadores” de hombres. Así como el “cordero” fue inmolado en la Pascua mientras el sol pasaba por la constelación de Aries, el Carnero, así también los fieles, en obediencia al mandato de su Iglesia, se han alimentado de peces durante la Cuaresma en el ciclo actual de Piscis, los Peces.
Cuando el sol, por precesión, abandonó la constelación de Tauro -el Toro-, quienes adoraban a este animal fueron declarados paganos e idólatras. Un nuevo símbolo del Salvador, o Mesías, se encontró en el cordero, que corresponde a la constelación de Aries; pero cuando el sol, por precesión, abandonó dicho signo, el judaísmo se convirtió en una religión del pasado, y a partir de entonces los obispos de la nueva religión cristiana usaron una mitra con forma de cabeza de pez para indicar su posición como ministros de la iglesia durante la Era de Piscis, que ahora está llegando a su fin.
– Max Heindel, Enseñanzas de un Iniciado
Según Max Heindel, las mitras que usan los obispos están diseñadas para parecerse a cabezas de pescado.
Se supone que la humanidad está a punto de pasar de la era de Piscis a una nueva era de Acuario, caracterizada por su propio conjunto de símbolos que representan los rasgos principales de la era.
Acuario, tal como lo representa Johannes Hevelius en su Firmamentum Sobiescianum sive Uranographia (1687). La androginia del aguador resulta bastante apropiada en nuestra era de desdibujamiento de “género”.
Acuario es llamado el Signo del Aguador, o el hombre con una jarra de agua al hombro mencionado en el Nuevo Testamento. A veces se le representa como una figura angelical, supuestamente andrógina, ya sea vertiendo agua de una urna o cargando la vasija al hombro.
– Manly P. Hall, “Las Enseñanzas Secretas de Todas las Eras”
Manly P. Hall hace referencia a Lucas 22:10 en el Nuevo Testamento, donde Jesús habla de un “hombre que llevaba un cántaro de agua”.
Y les dijo: He aquí, cuando entréis en la ciudad, os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo hasta la casa donde entre.
Algunos interpretan esotéricamente este pasaje bíblico como una referencia a la venidera Era de Acuario. Curiosamente, en los versículos bíblicos inmediatamente anteriores a Lucas 22:10, Jesús habla de “las señales de los tiempos y el fin de los tiempos”.
Entonces le preguntaron, diciendo: “Maestro, ¿cuándo sucederá esto? ¿Y qué señal habrá cuando estas cosas estén por suceder?”
Y Él dijo: “Cuídense de ser engañados. Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: 'Yo soy' y 'El tiempo se acerca'. Por lo tanto, no los sigan. Pero cuando oigan de guerras y conmociones, no se alarmen; porque es necesario que estas cosas sucedan primero, pero el fin no llegará inmediatamente”.
Entonces les dijo: “Se levantará nación contra nación, y reino contra reino. Habrá grandes terremotos en diversos lugares, hambrunas y pestilencias; habrá escenas aterradoras y grandes señales del cielo. Pero antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán , entregándoos a las sinagogas y a las cárceles. Seréis llevados ante reyes y gobernantes por causa de mi nombre. Pero esto os servirá de testimonio. Por lo tanto, no premeditéis de antemano qué vais a responder; porque os daré palabras y sabiduría que todos vuestros adversarios no podrán contradecir ni resistir. Seréis traicionados incluso por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos; y a algunos de vosotros los matarán. Y seréis odiados por todos por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá. Con vuestra paciencia, poseed vuestras almas” – Lucas 22:7-19
En resumen, Jesús predice que los cristianos serían perseguidos durante el “Fin de los Tiempos”. Escuelas ocultistas como el rosacrucismo también coinciden en que quienes permanezcan fieles a las antiguas religiones (como el cristianismo) serán considerados paganos en la nueva era.
Al contemplar el futuro desde la perspectiva del pasado, es evidente que una nueva era se inaugurará cuando el Sol entre en la constelación de Acuario, el Aguador, dentro de unos cientos de años. A juzgar por los acontecimientos del pasado, es razonable esperar que una nueva fase religiosa sustituya a nuestro sistema actual, revelando ideales más elevados y nobles que nuestra concepción actual de la religión cristiana. Por lo tanto, es cierto que si en ese día no queremos ser clasificados entre los idólatras y paganos, debemos prepararnos para alinearnos con estos nuevos ideales.
– Heindel, Op. Cit.
Aunque los miembros de las sociedades secretas ocultistas generalmente ven la Era de Acuario de forma positiva, otros investigadores temen que marque el comienzo de una nueva era oscura.
Los defensores de la astrología medieval sugieren que el mundo de Piscis, donde la religión es el opio de las masas, será reemplazado en la era de Acuario por un mundo gobernado por élites secretas y ávidas de poder que buscan el poder absoluto sobre los demás; que el conocimiento en la era de Acuario solo se valorará por su capacidad para ganar guerras; que se abusará del conocimiento y la ciencia, no de la industria y el comercio; y que la era de Acuario será otra era oscura en la que la religión se considerará ofensiva.
– Zoller, Robert (septiembre de 2002). “El uso de arquetipos en la predicción”. Revista de la Federación de Astrólogos Australianos (FAA).
Esta evaluación de la era de Acuario, donde élites secretas y ávidas de poder gobiernan el mundo, cobra cada vez más relevancia y precisión con el paso del tiempo. Además, es paralela al período de tribulación predicho en el Apocalipsis antes de la llegada del Anticristo.
El psicoanalista Carl Jung creía que los dos peces del símbolo de Piscis representan el inicio y el fin de la era de Piscis. El pez erguido representa a Jesucristo, y el pez boca abajo representa al Anticristo.
En su libro “Aion”, Carl Jung describe la Era de Acuario como un período oscuro y espiritualmente deficiente que “constelará el problema de la unión de los opuestos”. Añade:
“Ya no será posible descartar el mal como una mera privación del bien; su existencia real deberá ser reconocida en la era de Acuario”.
Según Jung, el Anticristo surgirá de esta era en la que el mal se normaliza, combinado con sentimientos generalizados de miedo y ansiedad. También afirma que la Era de Acuario revelará “secretos” de naturaleza esotérica y psicológica, donde la espiritualidad se convertirá en una experiencia individual.
En resumen, muchos creen que la Era de Acuario hará que las religiones pierdan relevancia a medida que los humanos busquen la divinidad en su interior. Aunque el bien y el mal aún suelen definirse por las religiones, estos conceptos ganarán “fluidez” en la Era de Acuario.
Algunos creen que esto ya ocurrió. Aleister Crowley, el ocultista más prominente e influyente del siglo XX, redefinió la moralidad con el lema de la nueva era: “Haz lo que quieras”.
El lema de Crowley relativiza el “bien” como todo aquello que permite alcanzar la “verdadera voluntad”. Esta filosofía ha definido el clima cultural de las últimas décadas.
Crowley percibía la nueva era desde una perspectiva ligeramente distinta a la anterior. Creía que una “nueva era” comenzó en 1904, cuando la humanidad empezó a alejarse de una sociedad “paternalista” para adquirir las características de un niño.
El Eón de Horus
La carta Aeon de la baraja de tarot Thoth de Aleister Crowley representa simbólicamente los fundamentos del Aeon de Horus.
Aleister Crowley afirmó que los últimos 2000 años fueron el “Eón de Osiris”. Osiris era el “rey de los vivos y gobernante de los muertos”, y su Era se caracterizó por gobiernos y religiones fuertes, en particular por el énfasis del cristianismo en la muerte, el sufrimiento, la tristeza y la negación del cuerpo. Según Crowley, la humanidad entró en el Eón de Horus (llamado así por el hijo de Osiris) en el siglo XX. En esta fase, los humanos aprenderían a aspirar a convertirse en dioses.
En términos sencillos, el Eón de Horus significa que la Divinidad se transmite al individuo, quien necesita aprender a activar y encontrar a su Dios interior. Este último Eón marca el comienzo del fin del Poder Divino y la autoridad, en manos de reyes, reinas, religiones, gobiernos, grandes instituciones y dictaduras, que cada vez sufrirán un fracaso estrepitoso. El individuo tendrá la oportunidad de liberarse por completo y tomar las riendas de su propio destino espiritual.
– Paul Dunne, “La Magia de la Nueva Era de Acuario y el Nuevo Eón de Horus”
Aleister Crowley creía que las sólidas estructuras de la vejez eran un paralelo de Osiris como figura paterna. Por el contrario, en el Eón de Horus, la humanidad adoptaría los rasgos de un niño.
Después de encontrar la “Estela de la Revelación” en un museo egipcio (era la exhibición n° 666), Crowley escribió esto sobre el próximo Nuevo Eón:
Horus gobierna el período actual de 2000 años, a partir de 1904. Su gobierno se está arraigando por doquier. Observen ustedes mismos la decadencia del sentido del pecado, el crecimiento de la inocencia y la irresponsabilidad, las extrañas modificaciones del instinto reproductivo con tendencia a la bisexualidad o al epiceno, la confianza infantil en el progreso combinada con un miedo de pesadilla a la catástrofe, contra el cual aún nos resistimos a tomar precauciones.
Pensemos en el afloramiento de dictaduras, sólo posibles cuando el crecimiento moral está en sus etapas más tempranas, y en la prevalencia de cultos infantiles como el comunismo, el fascismo, el pacifismo, las locuras por la salud, el ocultismo en casi todas sus formas, religiones sentimentalizadas hasta el punto de su práctica extinción.
Pensemos en la popularidad del cine, la radio, las quinielas de fútbol y los concursos de adivinanzas, todos ellos dispositivos para calmar a niños rebeldes, sin ninguna semilla de propósito en ellos.
Pensemos en el deporte, en los entusiasmos infantiles y las rabietas que despierta, en naciones enteras perturbadas por disputas entre muchachos.
Pensemos en la guerra, en las atrocidades que ocurren a diario y que nos dejan impasibles y apenas preocupados.
“Somos niños”
– Aleister Crowley, “Libro de la Ley del Nuevo Eón / Era de Horus”
En su libro Perdurabo: La vida de Aleister Crowley, el ocultista Richard Kaczynski observa que el “Eón de Horus” de Crowley se alinea con las principales características atribuidas a la Era de Acuario. La sincronicidad entre la obra de Crowley y el panorama espiritual en evolución del siglo XX, que abandonó los Diez Mandamientos para abrazar el “haz lo que quieras”, ejemplifica la Era de Acuario.
Teniendo en cuenta que Aleister Crowley se hacía llamar “Gran Bestia 666” (en honor a la figura malvada y poderosa del Libro del Apocalipsis), uno puede preguntarse si esta “Era de liberación espiritual” es en realidad un trampolín hacia el satanismo global.
En conclusión
Diversas fuentes, incluyendo textos ocultistas y bíblicos, hablan de una “nueva era” en la que la espiritualidad humana se transformará drásticamente. Según la fuente, esta próxima era se describe como una época de innovación, liberación e iluminación, o como una época de maldad, oscuridad y confusión.
Mientras tanto, la élite oculta, que abraza la llegada de una “nueva era”, ha estado trabajando duro para forzar su aspecto más crucial del signo de Acuario: la fluidez.
Bien y mal, hombre y mujer, heterosexualidad y homosexualidad: las rígidas fronteras del pasado están desapareciendo, y los conceptos ancestrales se han vuelto relativos y se definen por la experiencia personal. Incluso estamos observando una enorme fluidez en las poblaciones mundiales, ya que la difuminación de las fronteras nacionales favorece la fusión de culturas para crear un crisol global.
¿Suceden estas cosas de forma natural? ¿O son forzadas por poderes globales secretos? ¿La humanidad evoluciona naturalmente según las energías emitidas por los cuerpos astrales? ¿O se está preparando para un Nuevo Orden Mundial que coronará al Anticristo? ¿Es todo voluntad de Dios? ¿O son todos los humanos jugando a ser Dios? ¿Pueden todas estas cosas ser ciertas al mismo tiempo?
Estas respuestas eventualmente inundarán la Tierra, como agua vertida del cántaro de un aguador.
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29 DE SEPTIEMBRE: LA FIESTA DE SAN MIGUEL, ARCÁNGEL
29 de Septiembre: La fiesta de San Miguel, Arcángel
Celebra hoy la Santa Iglesia una fiesta particular, no sólo de San Miguel que es el príncipe de toda la milicia celestial, sino también es honra de todos los Santos Ángeles.
Estos soberanos espíritus, cuya muchedumbre excede, como dicen algunos Doctores, al número de las estrellas del cielo y de las gotas del mar y de los átomos del aire, fueron criados antes que todas las criaturas o con las primeras de todas, y son incorruptibles e inmortales.
Su inteligencia entiende el discurso todas las cosas que naturalmente se pueden saber: su voluntad es tan constante que, según dice Santo Tomás, nunca se aparta de lo que una vez escogió; su memoria nunca se olvida de lo que una vez aprendió; su poder es grande sobre toda fuerza de la naturaleza corpórea, y su agilidad es tan admirable, que no hay velocidad en la tierra ni en los cuerpos celestes que con la suya pueda compararse.
Enseña el Doctor Angélico que no hay ningún ángel que no difiera en especie de todos los demás; y con todo, son distintos en tres jerarquías: Suprema, Media e Ínfima, y cada jerarquía dividida en tres coros, como se saca de las Divinas Letras y Santos Doctores.
En la suprema jerarquía hay tres órdenes: Serafines, Querubines y Tronos, en la segunda hay tres coros: Dominaciones, Virtudes y Potestades; en la tercera: Principados, Arcángeles y Ángeles.
Se llaman todos estos soberanos espíritus con el nombre de Ángeles, porque como dice San Pablo, son Ministros del Señor para bien de los que han de heredar la bienaventuranza eterna.
Todos ellos están vestidos con la estola de la gracia que nunca perdieron, y son la familia lucidísima de criados que sirven a Dios y de Ministros que ejecutan su voluntad soberana en la gobernación del mundo y en la particular providencia que tienen de la Iglesia, y también de cada uno de los hombres, así fieles y cristianos, como infieles y pecadores, pues todos tienen su Ángel de Guarda.
Por estas excelencias de los Santos Ángeles y por los beneficios que de sus manos recibimos, los debemos honrar, y señaladamente, al gloriosísimo Príncipe de ellos, San Miguel, que es soberano protector de la Iglesia.
Su nombre significa ¿Quién como Dios? Porque cuando el príncipe de los ángeles Lucifer, envanecido con la grandeza de sus dones y gracias, se negó a adorar el misterio de la humana naturaleza tan ensalzada en la persona de Cristo, y atrajo a su rebelión a muchos ángeles, el fidelísimo San Miguel volvió por la honra de Dios, y de su Unigénito, y con gran poder arrojó de los cielos a los ángeles rebeldes.
Entonces fue exaltado San Miguel al Trono que perdió Lucifer, y recibió el Principado de todos los Ejércitos Celestiales, y la representación de la divina autoridad en la tierra, y la protección de la Iglesia de Cristo a la cual defenderá de todos los poderes del mundo y del infierno, hasta el fin de los siglos.
Reflexión:
Entiendan bien todos los católicos que esa actual rebelión de los hombres que ensoberbecidos por los progresos materiales, apostatan de la fe, no son otra cosa que una imitación de la rebeldía de los ángeles malos, que inspira Lucifer a los pobres hijos de Adán, para que no logren la dicha de reinar en el cielo con los ángeles buenos, sino que se condenen y padezcan eternamente con los demonios.
Oración:
¡San Miguel Arcángel! Defiéndenos en la batalla, sé nuestra protección contra la malicia y las acechanzas del diablo. Reprímale Dios, suplicamos humildemente; y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, arroja a los infiernos a Satanás y a otros espíritus malignos que andan sueltos por el mundo, para causar la perdición de las almas. Amén.
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domingo, 28 de septiembre de 2025
LA SEÑORA MECHTHILD THALLER SCHÖNWERTH Y LOS SANTOS ÁNGELES
Ella fue una mística alemana que nació el 30 de marzo de 1868 y a partir de los cuatro años de edad veía frecuentemente al Ángel de la guarda y desde los 5 años comenzó a buscar la perfección.
Asistía en Münich a la escuela con las madres escolapias del convento de Anger, adquiriendo una formación extraordinariamente elevada. En ese tiempo escogió como confesor al padre redentorista Schora, de quien se dice fue un director espiritual iluminado por Dios y excepcional en todos los aspectos; era muy severo en la relación que mantenía con su penitente y, cuando supo que Mechthild caminaba por sendas extraordinarias de gracia guiada por su Ángel de la guarda, se abocó a extinguir en ella toda semilla de orgullo y egoísmo y a fortalecer la virtud de la humildad, así como la prontitud para el sacrificio y el sufrimiento.
En aquellos días, un amigo de los hermanos de Mechthild que frecuentaba la casa -cuatro años mayor que ella pidió su mano. El padre Schora le advirtió que el matrimonio era la voluntad divina. Tal vez por ello, Mechthild, acostumbrada a escuchar en las palabras de su confesor la voz de Dios, consintió y se casó a los 17 años. Hasta su muerte guardó una fidelidad total a su marido, demostrando un gran amor y arrostrando un sinfín de sacrificios, aunque este hombre fuera un tirano sin consideración, caprichoso e infiel.
A través de las cartas de esta mujer y principalmente de sus diarios que se conservaron es posible conocer muchos detalles sobre las pesadumbres y sufrimientos que hubo de padecer, pero también sobre gracias extraordinarias y consuelos celestiales concedidos por el Dios todopoderoso.
Una cruz muy grande para la señora Mechthild Thaller, además del comportamiento en desamor de su esposo, era la ausencia de hijos. No obstante, el Señor la recompensó con una gran familia de hijos espirituales, hombres y mujeres, religiosos y laicos, que se colocaron bajo su dirección y a quienes guió preferentemente por medio de la correspondencia; incluso los medios extraordinarios que Dios le otorgó sirvieron para este fin, como, entre otros, el don de la bilocación. De esta manera acostumbraba durante la Primera Guerra Mundial cuidar durante largas vigilias a los heridos en los hospitales militares del frente occidental, los cuales, a su regreso, la reconocían como su enfermera.
También explica en estos escritos por qué, según su propia opinión, los hombres veneramos tan poco a los Ángeles:
La gran mayoría de los pasajes y notas confirman que esta mujer, venerada por muchos fieles de hoy como la “gran intercesora y auxiliadora en el cielo”, fue realmente una “confidente de los Ángeles” en la tierra. Falleció el 30 de Noviembre de 1919.
Oración:
Oh tú, amigo más fiel, hermano más amado, santo Ángel, te saludo mil veces en el nombre de Jesús y agradezco a Dios que te creó tan bello, tan bondadoso y poderoso. Amén
Resumen de “Unidos con los ángeles y los santos”, de Ferdinand Holböck
Asistía en Münich a la escuela con las madres escolapias del convento de Anger, adquiriendo una formación extraordinariamente elevada. En ese tiempo escogió como confesor al padre redentorista Schora, de quien se dice fue un director espiritual iluminado por Dios y excepcional en todos los aspectos; era muy severo en la relación que mantenía con su penitente y, cuando supo que Mechthild caminaba por sendas extraordinarias de gracia guiada por su Ángel de la guarda, se abocó a extinguir en ella toda semilla de orgullo y egoísmo y a fortalecer la virtud de la humildad, así como la prontitud para el sacrificio y el sufrimiento.
En aquellos días, un amigo de los hermanos de Mechthild que frecuentaba la casa -cuatro años mayor que ella pidió su mano. El padre Schora le advirtió que el matrimonio era la voluntad divina. Tal vez por ello, Mechthild, acostumbrada a escuchar en las palabras de su confesor la voz de Dios, consintió y se casó a los 17 años. Hasta su muerte guardó una fidelidad total a su marido, demostrando un gran amor y arrostrando un sinfín de sacrificios, aunque este hombre fuera un tirano sin consideración, caprichoso e infiel.
A través de las cartas de esta mujer y principalmente de sus diarios que se conservaron es posible conocer muchos detalles sobre las pesadumbres y sufrimientos que hubo de padecer, pero también sobre gracias extraordinarias y consuelos celestiales concedidos por el Dios todopoderoso.
Una cruz muy grande para la señora Mechthild Thaller, además del comportamiento en desamor de su esposo, era la ausencia de hijos. No obstante, el Señor la recompensó con una gran familia de hijos espirituales, hombres y mujeres, religiosos y laicos, que se colocaron bajo su dirección y a quienes guió preferentemente por medio de la correspondencia; incluso los medios extraordinarios que Dios le otorgó sirvieron para este fin, como, entre otros, el don de la bilocación. De esta manera acostumbraba durante la Primera Guerra Mundial cuidar durante largas vigilias a los heridos en los hospitales militares del frente occidental, los cuales, a su regreso, la reconocían como su enfermera.
También explica en estos escritos por qué, según su propia opinión, los hombres veneramos tan poco a los Ángeles:
No los conocemos, o tal vez los conocemos muy precariamente. Y ambos, la veneración y el amor, presuponen el conocimiento. Del conocimiento de la sublimidad y perfección de los Ángeles, de su relación cercana con Dios, sus preferencias y su poder, en definitiva, del conocimiento íntegro de la esencia de los santos Ángeles nace, de eso no cabe ninguna duda, una gran veneración.
Y cuando pudiéramos conocer cómo nos aman a causa de Dios, cómo rodean el alma con todo el amor de que son capaces, porque fueron testigos del más sublime acto de amor, la muerte voluntaria de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, cuando supieron el gran precio que el propio Dios pagó por cada alma humana, esto debería inflamar también nuestro amor hacia ellos; entonces estaríamos felices en humildad de poder saludarlos como amigos y hermanos en Dios.
Pero no los conocemos, ni siquiera a nuestro propio Ángel de la guarda, aunque sea un compañero fiel y amigo por toda nuestra vida. Lo podríamos conocer, al menos a él, si nos esforzáramos un poco. Realmente, ¡él lo merece!
La beatitud angelical no puede aumentar, porque es perfecta; pero su alegría sí puede acrecentarse. Así, por ejemplo, cada vez que un Ángel de la guarda conduce un alma del purgatorio al cielo aumenta su alegría, es decir, se alegra en extremo porque ya se encuentra ahí un nuevo espíritu, digno del amor divino, que alabe y bendiga sin cesar al Dios infinito, lo que constituye una alegría indescriptiblemente grande para ellos, porque poseen la certeza de que los frutos de la salvación y de la preciosísima Sangre de Jesucristo en los confiados a su protección no se perderán jamás.
El Ángel de la guarda que asistió al hombre en la tierra también estará en el cielo a su lado. Con la entrada del alma a la alegría celestial, la alegría del Ángel de la guarda aumenta casi infinitamente. Sin embargo, los que se encargaron de aquellos infelices que no verán jamás la gloria del Dios todopoderoso no son inferiores a los otros.
[...]
No existe nada más hermoso que un Ángel de la guarda, nada más agraciado por la bondad de Dios que ama tanto nuestras almas que sintió que debían ser protegidas, exhortadas e incluso servidas por un Ángel celestial.
La gran mayoría de los pasajes y notas confirman que esta mujer, venerada por muchos fieles de hoy como la “gran intercesora y auxiliadora en el cielo”, fue realmente una “confidente de los Ángeles” en la tierra. Falleció el 30 de Noviembre de 1919.
Oración:
Oh tú, amigo más fiel, hermano más amado, santo Ángel, te saludo mil veces en el nombre de Jesús y agradezco a Dios que te creó tan bello, tan bondadoso y poderoso. Amén
Resumen de “Unidos con los ángeles y los santos”, de Ferdinand Holböck
PRÉVOST NOMBRA SUCESOR EN DICASTERIO DE LOS OBISPOS
Riggitano-Prévost nombró a Filippo Iannone como Prefecto del Dicasterio para los Obispos y Presidente de la Comisión Pontificia para América Latina (cargo que tenía Riggitano-Prévost antes de su “elección”).
Filippo Iannone nació en Nápoles el 13 de Diciembre de 1957. Entró en la Orden Carmelita de Antigua Regla Monástica el 1 de Agosto de 1976, tomó los primeros votos el 1 de Octubre de 1977 y los votos solemnes el 15 de Octubre de 1980. Fue instalado como “presbítero” el 26 de Junio de 1982 por el “obispo” auxiliar de Nápoles Antonio Ambrosanio.
Iannone es doctor in utróque juris (en derecho civil y canónico) de la Pontificia Universidad Lateranense, y recibió un curso adicional en la Rota Romana.
El 27 de Mayo de 2001, fue instalado como “obispo” auxiliar de Nápoles por el “cardenal” Michele Giordano, siendo el “obispo” más joven de Italia en su tiempo. En 2009, fue nombrado “obispo” de Sora-Aquino-Pontecorvo y más tarde se desempeñó como vicegerente de la Diócesis de Roma de 2012 a 2017, elevándolo a “arzobispo”.
El 11 de Noviembre de 2017, Jorge Bergoglio nombró a Iannone como secretario adjunto del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, cargo que estaba vacante desde el año 2000. Y el 7 de Abril de 2018, se convirtió en presidente del mismo organismo, pasando por alto al español Juan Ignacio Arrieta Ochoa de Chinchetru, secretario del departamento desde 2007, quien se esperaba que fuera nombrado presidente.
Iannone sucedió al “cardenal” Francesco Coccopalmerio Ceppi, quien había sido acusado de participar en orgías homosexuales con drogas.
Algunos observadores sostienen que el Secretario Arrieta maneja la mayoría de las evaluaciones técnicas y académicas del dicasterio, mientras que Iannone actuaba más como una figura no ejecutiva.
En Septiembre de 2019, Iannone firmó la evaluación legal de cuatro páginas que acompañó a la carta de advertencia del “cardenal” Marc Ouellet a los “obispos” de Alemania sobre el “Camino Sinodal”.
La nota de Iannone argumentó que la asamblea sinodal alemana carecía de la competencia para decidir sobre asuntos que vinculan a la Iglesia universal, citando explícitamente áreas como la moralidad sexual, la vida sacerdotal, el gobierno y las estructuras, y el papel de la mujer. También declaró que el proceso 'no sería eclesiológicamente válido' si tuviera como objetivo cambiar la doctrina o la disciplina universal.
En Septiembre de 2024, Iannone y Arrieta informaron a los “obispos” que las listas diocesanas de “clérigos” creíblemente acusados de abuso generalmente no pueden hacerse públicas, porque pueden infringir los derechos relativos a la reputación.
La carta cita la presunción de inocencia, la no retroactividad y los bajos estándares de los hallazgos de “credibilidad” diocesana, también ayudó a proteger al clero homosexual abusivo, lo cual era importante para Bergoglio.
Un mes después, la Comisión de derecho canónico de los “obispos” de Estados Unidos distribuyó una respuesta del “arzobispo” Iannone, afirmando que la Fiesta de la Inmaculada Concepción 'debe observarse como un día de obligación el día al que se transfiere', significando que el lunes 9 de diciembre de 2024 sería un día de obligación en los Estados Unidos, a pesar de que los calendarios anteriores sugerían lo contrario (aun cuando el derecho canónico wojtiliano permite a las conferencias episcopales regular tales obligaciones).
El 23 de enero de 2025, el Dicasterio para el Culto Divino emitió una nota oficial corrigiendo a Iannone, aclarando que cuando se transfiere un día santo, la obligación no se transfiere, reemplazando efectivamente la directriz anterior.
A finales de 2024, Bergoglio pidió a “Tucho” Fernández que colaborara con Iannone para elaborar la tipificación del “abuso espiritual” como tipo penal canónico independiente. El grupo estudió casos en los que la autoridad espiritual o el “falso misticismo” manipulaba las conciencias y redactó normas concretas, incluidos los elementos del delito, los procedimientos y las sanciones.
Iannone insinuó que Bergoglio tuvo que ver en el caso del “presbítero” argentino Ariel Alberto Príncipi: condenado por abuso de menores por los tribunales eclesiásticos en Córdoba (2023) y Buenos Aires (2024), después de lo cual fue laicizado. Aun así, en Septiembre de 2024, la Secretaría de Estado, a través del “arzobispo” Edgar Franklin Peña Parra, invocó un “procedimiento extraordinario de revisión” para restablecerlo. La Congregación para la Doctrina de la Fe anuló esta decisión y reafirmó la laicización. Iannone le dijo a Vatican News que los casos de abuso recaen exclusivamente en la Congregación, y que cualquier revisión “extraordinaria” debe ser especialmente confiada. La entrevista implicaba que el intento de la Secretaría de Estado había requerido la autorización personal de Bergoglio.
En abril de 2025, Iannone emitió una nota explicativa que aclaraba que las entradas bautismales constituyen un “hecho histórico trascendental” y, por lo tanto, no pueden ser alteradas o eliminadas, excepto en casos de error de transcripción. Esto fue en respuesta a las solicitudes de borrar o reescribir registros debido a delirios de género.
Además, nombró al brasileño Ilson de Jesús Montanari como secretario del Dicasterio, y al “presbítero” bosnio Ivan Kovač como subsecretario ad quinquénium.
Iannone tomará posesión de su cargo el 15 de octubre de 2025.
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EN CAIDA LIBRE (II)
El concilio Vaticano II abrió la trampilla, la revolución ya podía comenzar, pues en ese momento todo estaba en caída libre, ¡ya todo era posible!
Por el padre Hermann Weinzierl (✞ 2024)
Parte I
La apostasía, el alejamiento de Dios, conduce naturalmente a una caída libre hacia el abismo. Dado que la “iglesia artificial” que surgió en el Vaticano II es una “iglesia” apóstata, necesariamente debe avanzar cada vez más y con mayor rapidez. Los “tradicionalistas” y los “conservadores” hablan en este contexto de la “autodestrucción de la iglesia” y quieren detenerla o al menos ralentizarla. En última instancia, esto es una empresa inútil, y al hacerlo solo se convierten en cómplices o en una tapadera de la apostasía. Los modernistas lo ven con mayor claridad, y los ateos a menudo tienen una perspectiva aún mejor, como se muestra a continuación.
La “misión” de Yves Congar
El 4 de febrero de 1964, Yves Congar, refiriéndose a la “miserable eclesiología ultramontana” de la que era responsable “esta influyente Congregación, donde imperan idiotas” [esta expresión ya era ofensiva en aquel entonces], señaló: “Mi trabajo es indeseable entre ellos porque, y lo entienden bien, pretende difundir algunas ideas que han intentado eliminar durante 400 años, pero especialmente en los últimos 100. Pero esta es mi vocación y mi servicio en nombre del Evangelio y la Tradición”.
Los “idiotas” modernistas nunca han carecido de un sentido pseudoprofético de misión. En cualquier caso, ante una confesión tan clara, nadie puede afirmar que Yves Congar y sus aliados no estuvieran comprometidos con sus convicciones. No, presentarían con sangre fría las herejías de los últimos 400 años ante la audiencia, lamentablemente nada asombrada, de los “padres conciliares” como “una necesidad de la era moderna y los últimos descubrimientos científicos”. Congar y sus seguidores sabían exactamente lo que sus jefes les habían ordenado destruir. Y también sabían perfectamente que el éxito de su labor destructiva estaba ahora garantizado, porque Roncalli, y más tarde, por supuesto, Montini, los respaldaban firmemente. En todas las situaciones decisivas, los “papas conciliares” asistirían posteriormente a los revolucionarios y los ayudarían a alcanzar la victoria, tal como estaba previsto, ya que eran infiltrados y, por lo tanto, estaban bien informados.
La “madurez” de los “padres conciliares”
Para ilustrar la madurez de los “padres conciliares”, presentamos una anécdota de la vida de Fulton Sheen. El obispo fue asignado a una comisión que preparaba el concilio. Varios miembros estaban decididos a “introducir un capítulo sobre turismo en el concilio”. Sheen no soportaba tales ideas. “Para convencerme, el cardenal que presidía trajo un día una lista de discursos que Pío XI había pronunciado durante su pontificado. Señaló que había hablado cuatro veces ante grupos de turistas, y si el Papa consideraba tan importante ese tema, ¿por qué yo no? Esa noche, tomé una lista de los discursos que el Papa había pronunciado ante otros grupos y descubrí que había hablado con urólogos cinco veces. Al día siguiente, argumenté que, dado que el Santo Padre había hablado con urólogos con más frecuencia que sobre turismo, debíamos incluir un capítulo sobre urología. Estoy seguro de que la defensa de los urólogos presentada en latín fue única en un concilio”.
Esto último es ciertamente real y además arroja una luz muy especial sobre este “concilio”, cuyos textos están plagados de errores. Un sacerdote celoso identificó al menos 250 frases erróneas en ellos. Algo así habría sido difícil de lograr si se hubieran utilizado los textos preparados por el Santo Oficio, es decir, si al menos los modelos se hubieran basado en la teología católica. Pues, como todos saben, los modernistas son muy ingeniosos al incorporar herejías en sus textos. Y lo hacen de determinada manera para que no sean inmediatamente obvias. Y como todos deberían saber también, la gran mayoría de estos “padres conciliares”, extremadamente “maduros”, no fueron capaces de identificar ninguna herejía. Al fin y al cabo, simplemente aprobaron los textos porque su “papa” así lo quería.
Los ateos prominentes ven más que los obispos modernistas
Así se abrió la trampilla, la revolución ya podía comenzar, pues en ese momento todo estaba en caída libre, ¡ya todo era posible!
En la introducción de su libro “El Concilio de los Corredores de Apuestas - La Destrucción de la Sensualidad - Una Crítica a la Religión”, publicado por primera vez en 1981, Alfred Lorenzer confiesa:
Este es el libro de un ateo, escrito para lectores que, presumiblemente, también son ateos en su mayoría. Por lo tanto, se inscribe en esa tradición de la Ilustración que abarca desde el grito de Voltaire: “¡Exterminad a los infames!” hasta la afirmación —diferenciada— de Marx:
La miseria religiosa es, por un lado, la expresión de la miseria real y, por otro, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el alma de un mundo desalmado, como es el espíritu de las condiciones desalmadas. Es el opio del pueblo.
hasta el presente nos lleva a la esperanza que Sigmund Freud formuló en “El futuro de una ilusión”:
Si el ser humano “retira sus expectativas del más allá y concentra todas las fuerzas liberadas en la vida terrenal” para lograr “que la vida sea soportable para todos y que la cultura ya no oprima a nadie, […] entonces podrá decir sin remordimientos, junto con uno de nuestros compañeros incrédulos: dejemos el cielo a los ángeles y a los gorriones”.
Esta tradición se cierne como una sombra sobre nuestras reflexiones, sobre todo cuando nuestra crítica de la situación actual incluye la cuestión de las necesidades de las personas, su forma de pensar y actuar basada en sus necesidades.
(Alfred Lorenzer, El Concilio de los Corredores de Apuestas, Fischer Taschenbuch Verlag, Frankfurt am Main 1984, p. 9)
El libro pretende ser, por lo tanto, una crítica explícita de un ateo que, por así decirlo, quiere analizar desde fuera los acontecimientos que tuvieron lugar durante y después del llamado “concilio Vaticano II”. Alfred Lorenzer pertenece a la clase de ateos que al menos reconocen los logros de la Iglesia Católica en la construcción social, incluso otorgándole un papel dominante en la socialización de nuestra cultura. A la sombra de la tradición atea, Alfred Lorenzer añade dos observaciones restrictivas, que también podríamos decir, que amplían la perspectiva:
Marcuse, en contraposición explícita al escrito de Freud “El futuro de una ilusión”, señaló:
“Allí donde la religión sigue preservando la búsqueda incondicional de la paz y la felicidad, sus 'ilusiones' tienen un mayor contenido de verdad que la ciencia, que trabaja para eliminar estos objetivos. El contenido reprimido y transformado de la religión no puede liberarse entregándolo a la actitud científica”.
(Ibidem)
Siempre sorprende que pensadores como Herbert Marcuse, posiblemente uno de los representantes más destacados de la llamada Escuela de Frankfurt, tengan una mejor perspectiva sobre el asunto que los obispos que sucumbieron al modernismo. Si el llamado “concilio” hubiera considerado lo que Marcuse sabía: “El contenido reprimido y transformado de la religión no puede liberarse entregándolo a la actitud científica”, no habrían caído tan bajo.
Si se hubieran adoptado también otras ideas de este pensador marxista, seguramente se habría tomado un rumbo diferente y se habría conseguido en el ámbito eclesiástico lo que Marcuse, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudo conseguir en el ámbito político: es decir, una verdadera restauración.
La tolerancia universal hacia el mundo tecnocrático
En su ensayo “El hombre unidimensional”, Marcuse señala:
“La tolerancia del pensamiento positivo es impuesta, no por ninguna agencia terrorista, sino por el poder y la eficacia abrumadores y anónimos de la sociedad tecnológica. Como tal, impregna la conciencia general, incluida la del crítico. La absorción de lo negativo por lo positivo se confirma en la experiencia cotidiana, que difumina la diferencia entre la apariencia racional y la realidad irracional”.
Lo mismo aplica a la tolerancia religiosa moderna, a la que llamamos “libertad religiosa”. Toda religión que se toma en serio reivindica la verdad. Marcuse ve con toda razón que la victoria que se esconde tras esta “tolerancia” se paga cara: la absorción de lo negativo por lo positivo se confirma en la experiencia cotidiana, que difumina la diferencia entre la apariencia racional y la realidad irracional. Por supuesto, como católicos, debemos cambiar el segundo término y escribir “realidad sobrenatural”. Llevamos décadas comprobando que es cierto: a través del aggiornamento —la tolerancia universal hacia este mundo tecnocrático—, cualquier diferencia entre las apariencias racionalizadas y el mundo sobrenatural de Dios y la gracia no solo se difuminará, sino que desaparecerá por completo. Lo sobrenatural es, por así decirlo, absorbido por lo natural y, por lo tanto, destruido.
Herbert Marcuse examina más a fondo este proceso de descomposición en sus escritos cuando afirma:
“La sociedad industrial posee los medios para transformar lo metafísico en físico, lo interior en exterior, las aventuras del espíritu en aventuras tecnológicas. Las terribles frases (y realidades) de los “ingenieros del alma”, los “psiquiatras”, la “gestión científica” y la “ciencia del consumo” describen (de forma lastimosa) la progresiva racionalización de lo irracional, de lo “espiritual”: el rechazo de la cultura idealista. Por supuesto, la perfección de la racionalidad tecnológica, al traducir la ideología en realidad, también trascendería la antítesis materialista de esta cultura. Pues la traducción de valores en necesidades es un doble proceso: 1) de satisfacción material (materialización de la libertad) y 2) del libre desarrollo de las necesidades basado en la satisfacción (sublimación no represiva). En este proceso, la relación entre las capacidades y necesidades materiales e intelectuales experimenta un cambio fundamental. El libre juego del pensamiento y la imaginación adquiere un papel significativo en la realización de una existencia pacífica. La relación entre el hombre y la naturaleza asume una función racional y orientadora. Y las ideas de justicia, libertad y humanidad se convierten entonces en una verdad y una cuestión de buena conciencia en el único terreno en el que pueden ser verdad y tener buena conciencia: como satisfacción de las necesidades materiales del ser humano, como organización razonable del reino de la necesidad”.
Al considerar la “fe primitiva” en el progresismo de los “padres conciliares” en el llamado concilio Vaticano II, uno solo puede avergonzarse. ¡Qué enorme caída del nirvana espiritual ante este mundo moderno de “científica” terrenalidad! Y tal ingenuidad se encuentra entre personas que se suponía eran “clérigos”, es decir, “hombres de letras”. Cuesta creerlo, pero lamentablemente, es absolutamente cierto: fue un “concilio” de contables, o mejor aún, de administradores concursales, o mejor aún, de prolongadores de la insolvencia, ya que, ante la inminente catástrofe, proclamaron al público, que lamentablemente no se sorprendió, “un nuevo Pentecostés!”.
Alfred Lorenzer cita a otro pensador que también hizo una aguda crítica social y del que podríamos haber aprendido mucho.
La entrega de la Religión a la “ciencia”
La fatalidad de someter la problemática de la religión a la “actitud científica” se agrava de manera siniestra cuando se generaliza el propio punto de vista con una actitud arrogante. Y se ignora lo que Nietzsche ya objetó hace un siglo a aquellos que se liberaron de la superstición, la religión y la metafísica:
Un nivel de educación, ciertamente muy alto, se alcanza cuando una persona trasciende los conceptos y temores supersticiosos y religiosos y, por ejemplo, deja de creer en los ángeles o en el pecado original, y además ha olvidado cómo hablar de la salvación del alma. Una vez alcanzado este nivel de liberación, también debe superar la metafísica con el mayor esfuerzo de su serenidad. Pero entonces es necesario un retroceso: debe comprender la justificación histórica y psicológica de tales ideas; debe reconocer cómo el mayor avance de la humanidad ha provenido de ahí y cómo, sin ese retroceso, se privaría de los mayores logros de la humanidad hasta la fecha.
(Ibid. pág. 9 y sig.)
Al leer a Friedrich Nietzsche, hay que tener siempre presente que este hombre terminó en la locura. Quizás, en el fondo, fue demasiado honesto como para aceptar su nihilismo como verdad. En cualquier caso, nunca superó los miedos supersticiosos de este mundo moderno porque rechazó la verdadera fe. Y simplemente no es cierto que el hombre pueda liberarse de los santos ángeles y de la doctrina del pecado original sin sufrir daño, sin caer en la superstición más profunda de la desesperación. Y si, además, este hombre ha superado con el cielo también la metafísica, entonces puede intentar convencerse a sí mismo de que no le importa morir mañana, pero este intento fracasará a más tardar cuando realmente esté muriendo. Bueno, Nietzsche se desesperó antes y cayó en la locura.
El pesimista Nietzsche, en su desesperación, reconoció correctamente, sin embargo, que “el mayor avance de la humanidad ha provenido de ahí”, es decir, de la metafísica y la creencia en la revelación divina. En lugar de repensar este “movimiento retrógrado”, los padres de este extraño “concilio” se lanzaron a los brazos del “espíritu de la época”. No, con esto no le hicieron ningún favor a la humanidad, sino que la privaron de “los mayores logros de la humanidad hasta la fecha”.
Los ateos reconocen a la Iglesia Católica como una “institución de socialización de nuestra cultura”
Alfred Lorenzer explica:
La “justificación psicológica” se refiere al hecho de que la Iglesia ha sido una de las grandes instituciones de socialización de nuestra cultura, una institución de socialización de tan considerable importancia que su desintegración requiere toda nuestra atención: sin rencor (si recordamos los oscuros momentos de nuestra juventud) y no sólo por interés científico (al fin y al cabo, el ámbito de los procesos de socialización posinfantil y extrafamiliar es un terreno aún poco explorado por nuestro conocimiento), sino también por preocupación política, aunque, por supuesto, hay que superar esa arrogancia ilustrada, ese “etnocentrismo intelectual” que no quiere comprender que nuestro futuro depende quizás menos de nosotros que de los millones de personas que aún organizan su conciencia dentro de la forma de vida eclesiástica.
(Ibid. pág. 10)
Mientras que un ateo reconoce que la Iglesia “ha sido una de las grandes instituciones socializadoras de nuestra cultura”, los católicos se dejaron acorralar cada vez más por el espectro de la formación de guetos. En lugar de fortalecer el fundamento sobrenatural y redescubrir y utilizar con mayor diligencia todos los medios de gracia otorgados por Dios, esperaban “impulsos espirituales” y “un renovado fervor misionero” en su acercamiento al mundo. ¡Qué locura! En lugar de cerrar la trampilla, la destrabaron y la abrieron de par en par. Las masas humanas quedaron desorientadas. Desde esta nueva “iglesia artificial” creada por el hombre, ya no podían organizar su conciencia de forma católica, porque las formas de vida eclesiásticas se desmoronaban a un ritmo vertiginoso.
Alfred Lorenzer explica con más detalle:
La “trascendencia interior” del ser humano, el arraigo de su experiencia, pensamiento y acción en “más allá de lo racional”, se preserva de manera más adecuada en las creencias religiosas que en las construcciones metapsicológicas del psicoanálisis. Sin embargo, el psicoanálisis por sí solo no puede lograr la exploración crítica de estas creencias. [...] El inconsciente debe reconocerse como un producto social. Debe quedar claro cómo los elementos del inconsciente se organizan colectivamente por debajo del lenguaje y cómo esta organización ha sido hasta ahora esencialmente responsabilidad de la Iglesia. La definición de la religión como “sistema simbólico sensorial de anhelos y deseos no sujetos al lenguaje”, como el lado opuesto a las ideologías, es la base argumentativa a partir de la cual se puede entender por qué el punto central de nuestra crítica es la reforma litúrgica. Solo entonces queda claro cuál es el objetivo final de nuestra discusión: la abolición de la falta de imaginación atea y del concretismo mítico teísta. La crítica a la destrucción de la imaginación, este gesto contraemancipatorio del concilio de sometimiento a lo malo existente, es un primer paso en este camino.
(Ibid. pág. 11 y sig.)
En la mezcolanza de la terminología moderna, el inconsciente y el subconsciente desempeñan un papel fundamental. Forman parte del repertorio irracional del pensamiento moderno por excelencia. Sin la ayuda de la verdad divina, el hombre cae rápida e inevitablemente en diversos complejos de represión, ya que no quiere aceptar la verdad, es decir, no quiere aceptar la realidad tal y como es. Las inevitables explicaciones erróneas resultantes de esta negación de la realidad acorralan al incrédulo. Como no quiere admitirlo, busca desesperadamente todas las explicaciones alternativas, tanto posibles como imposibles. Y la ciencia moderna le ayuda con entusiasmo en esa tarea.
“Concretismo mítico teísta”
La Iglesia debería haber respondido a esto con calma y reflexión, pero también con valiente confianza y el compromiso persistente con todas sus fuerzas. Pero hizo lo contrario, pensó que se podía hacer frente al mundo ateo con un “concretismo mítico teísta”, que a su vez se sumió en una “falta de imaginación” paralizante.
Utilizando el ejemplo de la reforma litúrgica, Alfred Lorenzer demuestra la catástrofe que siguió. Comienza con una observación importante que los tradicionalistas deberían haber tenido en cuenta:
La crítica al Concilio Vaticano II no debe malinterpretarse como un intento de salvación religiosa. Además de que cualquier intento de este tipo desde afuera no tiene ninguna posibilidad de éxito, la Iglesia también ha quedado históricamente obsoleta como sistema simbólico representativo; cuyo significado se aclarará a lo largo de la exposición. Los rituales que una vez fueron destruidos son tan difíciles de restaurar como resucitar a los muertos con palabras de aliento. Sin duda, no hay vuelta atrás después del Concilio Vaticano II.
Pero, insisto: no hay motivo para el alivio ni la alegría maliciosa. Aún no está claro qué formas organizativas podrían desarrollarse en la resistencia contra esa adaptación a la que la Iglesia sucumbió de forma tan vergonzosa y miserable en el concilio Vaticano II.
(Ibid. pág. 12)
Continúa...
LA CAVERNA DIGITAL: PRISIONEROS DEL ALGORITMO
La desconexión no es un lujo ni un acto de nostalgia, sino una condición necesaria para la verdadera libertad humana.
Por José Gastón
Seguramente alguna vez han leído la célebre alegoría de la caverna de Platón. Recordemos brevemente la escena: los prisioneros encadenados, el muro detrás de ellos, las figuras que desfilan portando objetos sobre la cabeza, el fuego que los ilumina y las sombras que se proyectan en la pared, únicas imágenes de la realidad a las que los cautivos tienen acceso. Esta construcción plástica, que Platón despliega con los recursos imaginativos de su tiempo, busca expresar la condición universal del ser humano frente al conocimiento y la verdad. Pero surge la pregunta: ¿cómo describiría Platón esa caverna si viviera hoy, aquí, entre nosotros?
Imagina a un grupo de personas encerradas en una caverna digital. Desde su nacimiento están sentadas frente a pantallas luminosas: smartphones, televisores, tablets, computadoras. Sus cuerpos permanecen casi inmóviles; solo sus ojos y dedos se mueven al ritmo de las notificaciones o del “scroleo”. Nunca han visto el mundo exterior directamente: su única experiencia es lo que aparece en las pantallas.
Delante de ellas se proyecta un flujo interminable de imágenes: series, memes, influencers, videos, mensajes virales. Creen que eso es la realidad misma, pues nunca han tenido acceso a otra cosa. Lo que aparece en el “feed” es lo que define lo que existe.
Detrás de ellos, en lugar de un fuego, hay un algoritmo que selecciona y ordena lo que ven. Este algoritmo es invisible, pero determina qué sombras se proyectan en la caverna digital. Influencers, publicistas y grandes corporaciones hacen desfilar contenidos que se convierten en la única verdad para los cautivos.
Si uno de esos prisioneros lograra apartar la vista, apagar la pantalla y salir al exterior, al principio quedaría desconcertado: el silencio, la lentitud y el vacío del mundo real le resultarían insoportables tras tanta estimulación digital. Pero poco a poco descubriría que existe la naturaleza, las relaciones cara a cara, el tiempo sin conexión, el silencio como descanso, la lentitud como posibilidad de profundizar, la experiencia no mediada por filtros ni algoritmos.
Solo padecer y aceptar este dolor hará posible reeducar la percepción para recuperar la capacidad de contemplar.
En la sociedad actual, la omnipresencia de los dispositivos digitales y de las plataformas sociales configura una auténtica prisión invisible. Aunque se presentan como instrumentos de conectividad y libertad, en realidad nos sumergen en un universo de imágenes, notificaciones y estímulos incesantes que velan la realidad y restringen nuestra autonomía. Nadie puede negar los beneficios que aporta un uso adecuado de estas tecnologías; sin embargo, el ser humano, desordenado, aturdido y vulnerable a sus pasiones, fácilmente abusa de ellas, hasta quedar atrapado en un destino funesto: convertirse en prisionero de su propio artefacto.
Filósofos como Byung-Chul Han (2012) advierten que, al igual que los prisioneros de Platón, creemos ser libres mientras somos manipulados y convertidos en productos de un sistema que nos explota bajo la apariencia de lo “gratuito”. La aparente gratuidad de los servicios digitales es una ilusión: las plataformas recopilan nuestros datos, analizan comportamientos y ofrecen contenido personalizado para mantenernos enganchados, transformándonos en mercancías que generan valor para las empresas tecnológicas mientras creemos estar disfrutando de servicios sin costo (Han, 2012; 2015; Newport, 2019).
En “La sociedad del rendimiento”, Han describe cómo hemos transitado de una sociedad disciplinaria, donde el control era externo, a una sociedad del rendimiento, donde el control es interno. La constante necesidad de estar conectados, de responder rápidamente a mensajes y notificaciones, y de producir contenido para las redes sociales nos lleva a una autoexplotación constante, convirtiéndonos en “emprendedores de nosotros mismos” donde la productividad y la visibilidad se vuelven imperativos existenciales.
Como advierte Byung-Chul Han, vivimos en una “sociedad de la transparencia” que nos impulsa a exponerlo todo: la intimidad se convierte en mercancía, la privacidad en obstáculo. Debo venderme, debo aparecer en el algoritmo; me exhibo, luego existo. En “La expulsión de lo distinto”, Han analiza cómo las redes sociales transforman nuestras interacciones y advierte que, en lugar de ser espacios de encuentro y diálogo, se han convertido en plataformas donde la experiencia social se privatiza. Las relaciones se mediatizan y se convierten en mercancías, reemplazando la autenticidad por la apariencia y generando lo que él denomina una “sociedad del espectáculo”. En estas plataformas somos el producto.
En consonancia, Cal Newport advierte que la adicción a las redes sociales y el uso constante de smartphones fragmenta nuestra atención, erosiona nuestra capacidad de concentración profunda y reduce el tiempo disponible para actividades significativas fuera del mundo digital. Newport propone que la libertad digital requiere un uso intencional y consciente de la tecnología, subrayando que la gestión deliberada de nuestra atención es esencial para recuperar autonomía personal.
Los datos empíricos respaldan estas advertencias teóricas: en Argentina, los ciudadanos dedican un promedio de ¡¡¡9 horas y 39 minutos diarios!!! al uso del celular (un equivalente aproximado a 135 días al año), de las cuales aproximadamente 4 horas y 24 minutos se destinan a redes sociales (Elesquiu, 2024; UFasta, 2024). Este uso intensivo genera sobrecarga de información y disminuye la capacidad de concentración y reflexión profunda, tal como advierte Newport (2019).
La arquitectura de las aplicaciones y plataformas digitales está diseñada para maximizar el tiempo de uso mediante notificaciones, algoritmos de recomendación y ciclos de retroalimentación que refuerzan el comportamiento adictivo. Estudios muestran que los usuarios revisan sus teléfonos en promedio 205 veces al día (ITC, 2024), provocando ansiedad por la desconexión y dependencia emocional de la validación social en línea. Necesito publicar, necesito subir un estado, una historia, una imagen, y que se me valide con un “me gusta” o un “me encanta”; eso me hace sentir bien. Esto coincide con la crítica de Han sobre la autoexplotación y el control interno.
Así, la “prisión digital” actualiza la alegoría platónica: nos mantiene conectados a costa de nuestra libertad real, ofreciendo la ilusión de estar informados y conectados, pero alejándonos de la reflexión profunda, la autenticidad y el encuentro genuino con los demás. Como señala Han (2012), “la libertad se ha convertido en una carga, en una obligación de rendimiento que nos priva de nuestra capacidad de ser”, mientras que Newport (2019) enfatiza que solo mediante un uso consciente y selectivo de la tecnología se puede restaurar la autonomía personal.
La caverna digital es hoy una realidad tan inquietante como la que Platón representó hace veinticuatro siglos. La diferencia es que, en lugar de cadenas materiales, nos atan cadenas invisibles: notificaciones, algoritmos y la necesidad de aprobación. Salir de la caverna exige aprender a desconectarnos, a reencontrarnos con el silencio, la contemplación y la lentitud. La desconexión no es un lujo ni un acto de nostalgia, sino una condición necesaria para la verdadera libertad humana. Solo quien se atreve a apagar las pantallas y enfrentar el vacío inicial del mundo real puede volver a mirar la realidad cara a cara, sin filtros ni mediaciones, y recuperar la dignidad de un ser humano capaz de habitar el tiempo y el espacio en plenitud.
Por José Gastón
Seguramente alguna vez han leído la célebre alegoría de la caverna de Platón. Recordemos brevemente la escena: los prisioneros encadenados, el muro detrás de ellos, las figuras que desfilan portando objetos sobre la cabeza, el fuego que los ilumina y las sombras que se proyectan en la pared, únicas imágenes de la realidad a las que los cautivos tienen acceso. Esta construcción plástica, que Platón despliega con los recursos imaginativos de su tiempo, busca expresar la condición universal del ser humano frente al conocimiento y la verdad. Pero surge la pregunta: ¿cómo describiría Platón esa caverna si viviera hoy, aquí, entre nosotros?
Imagina a un grupo de personas encerradas en una caverna digital. Desde su nacimiento están sentadas frente a pantallas luminosas: smartphones, televisores, tablets, computadoras. Sus cuerpos permanecen casi inmóviles; solo sus ojos y dedos se mueven al ritmo de las notificaciones o del “scroleo”. Nunca han visto el mundo exterior directamente: su única experiencia es lo que aparece en las pantallas.
Delante de ellas se proyecta un flujo interminable de imágenes: series, memes, influencers, videos, mensajes virales. Creen que eso es la realidad misma, pues nunca han tenido acceso a otra cosa. Lo que aparece en el “feed” es lo que define lo que existe.
Detrás de ellos, en lugar de un fuego, hay un algoritmo que selecciona y ordena lo que ven. Este algoritmo es invisible, pero determina qué sombras se proyectan en la caverna digital. Influencers, publicistas y grandes corporaciones hacen desfilar contenidos que se convierten en la única verdad para los cautivos.
Si uno de esos prisioneros lograra apartar la vista, apagar la pantalla y salir al exterior, al principio quedaría desconcertado: el silencio, la lentitud y el vacío del mundo real le resultarían insoportables tras tanta estimulación digital. Pero poco a poco descubriría que existe la naturaleza, las relaciones cara a cara, el tiempo sin conexión, el silencio como descanso, la lentitud como posibilidad de profundizar, la experiencia no mediada por filtros ni algoritmos.
Solo padecer y aceptar este dolor hará posible reeducar la percepción para recuperar la capacidad de contemplar.
En la sociedad actual, la omnipresencia de los dispositivos digitales y de las plataformas sociales configura una auténtica prisión invisible. Aunque se presentan como instrumentos de conectividad y libertad, en realidad nos sumergen en un universo de imágenes, notificaciones y estímulos incesantes que velan la realidad y restringen nuestra autonomía. Nadie puede negar los beneficios que aporta un uso adecuado de estas tecnologías; sin embargo, el ser humano, desordenado, aturdido y vulnerable a sus pasiones, fácilmente abusa de ellas, hasta quedar atrapado en un destino funesto: convertirse en prisionero de su propio artefacto.
Filósofos como Byung-Chul Han (2012) advierten que, al igual que los prisioneros de Platón, creemos ser libres mientras somos manipulados y convertidos en productos de un sistema que nos explota bajo la apariencia de lo “gratuito”. La aparente gratuidad de los servicios digitales es una ilusión: las plataformas recopilan nuestros datos, analizan comportamientos y ofrecen contenido personalizado para mantenernos enganchados, transformándonos en mercancías que generan valor para las empresas tecnológicas mientras creemos estar disfrutando de servicios sin costo (Han, 2012; 2015; Newport, 2019).
En “La sociedad del rendimiento”, Han describe cómo hemos transitado de una sociedad disciplinaria, donde el control era externo, a una sociedad del rendimiento, donde el control es interno. La constante necesidad de estar conectados, de responder rápidamente a mensajes y notificaciones, y de producir contenido para las redes sociales nos lleva a una autoexplotación constante, convirtiéndonos en “emprendedores de nosotros mismos” donde la productividad y la visibilidad se vuelven imperativos existenciales.
Como advierte Byung-Chul Han, vivimos en una “sociedad de la transparencia” que nos impulsa a exponerlo todo: la intimidad se convierte en mercancía, la privacidad en obstáculo. Debo venderme, debo aparecer en el algoritmo; me exhibo, luego existo. En “La expulsión de lo distinto”, Han analiza cómo las redes sociales transforman nuestras interacciones y advierte que, en lugar de ser espacios de encuentro y diálogo, se han convertido en plataformas donde la experiencia social se privatiza. Las relaciones se mediatizan y se convierten en mercancías, reemplazando la autenticidad por la apariencia y generando lo que él denomina una “sociedad del espectáculo”. En estas plataformas somos el producto.
En consonancia, Cal Newport advierte que la adicción a las redes sociales y el uso constante de smartphones fragmenta nuestra atención, erosiona nuestra capacidad de concentración profunda y reduce el tiempo disponible para actividades significativas fuera del mundo digital. Newport propone que la libertad digital requiere un uso intencional y consciente de la tecnología, subrayando que la gestión deliberada de nuestra atención es esencial para recuperar autonomía personal.
Los datos empíricos respaldan estas advertencias teóricas: en Argentina, los ciudadanos dedican un promedio de ¡¡¡9 horas y 39 minutos diarios!!! al uso del celular (un equivalente aproximado a 135 días al año), de las cuales aproximadamente 4 horas y 24 minutos se destinan a redes sociales (Elesquiu, 2024; UFasta, 2024). Este uso intensivo genera sobrecarga de información y disminuye la capacidad de concentración y reflexión profunda, tal como advierte Newport (2019).
La arquitectura de las aplicaciones y plataformas digitales está diseñada para maximizar el tiempo de uso mediante notificaciones, algoritmos de recomendación y ciclos de retroalimentación que refuerzan el comportamiento adictivo. Estudios muestran que los usuarios revisan sus teléfonos en promedio 205 veces al día (ITC, 2024), provocando ansiedad por la desconexión y dependencia emocional de la validación social en línea. Necesito publicar, necesito subir un estado, una historia, una imagen, y que se me valide con un “me gusta” o un “me encanta”; eso me hace sentir bien. Esto coincide con la crítica de Han sobre la autoexplotación y el control interno.
Así, la “prisión digital” actualiza la alegoría platónica: nos mantiene conectados a costa de nuestra libertad real, ofreciendo la ilusión de estar informados y conectados, pero alejándonos de la reflexión profunda, la autenticidad y el encuentro genuino con los demás. Como señala Han (2012), “la libertad se ha convertido en una carga, en una obligación de rendimiento que nos priva de nuestra capacidad de ser”, mientras que Newport (2019) enfatiza que solo mediante un uso consciente y selectivo de la tecnología se puede restaurar la autonomía personal.
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La caverna digital es hoy una realidad tan inquietante como la que Platón representó hace veinticuatro siglos. La diferencia es que, en lugar de cadenas materiales, nos atan cadenas invisibles: notificaciones, algoritmos y la necesidad de aprobación. Salir de la caverna exige aprender a desconectarnos, a reencontrarnos con el silencio, la contemplación y la lentitud. La desconexión no es un lujo ni un acto de nostalgia, sino una condición necesaria para la verdadera libertad humana. Solo quien se atreve a apagar las pantallas y enfrentar el vacío inicial del mundo real puede volver a mirar la realidad cara a cara, sin filtros ni mediaciones, y recuperar la dignidad de un ser humano capaz de habitar el tiempo y el espacio en plenitud.
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