viernes, 2 de diciembre de 2022

LOS OBJETIVOS DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO

El ser humano se enfrenta ante el problema de si el fundamento de todo, incluido el orden moral, es Dios o el hombre.

Por el padre Pedro Trevijano Etcheverria


Los que no aceptan a Dios, sólo admiten las leyes establecidas por los Estados y demás autoridades públicas civiles, siendo los derechos humanos el resultado de procedimientos consensuados, lo que hace que puedan modificarse con nuevos derechos humanos que pueden cambiarse y se convierten así en una especie de religión laica relativista que se va abriendo paso en la cultura y en la política. Tres son sus frentes principales: el ecologismo panteísta, el feminismo radical y el neomaltusianismo antinatalista. Se niega que exista una naturaleza humana, recibida y no construida por el hombre y que la dignidad humana es superior moralmente a toda hechura humana.

El primero de estos objetivos es el ecologismo panteísta, por el que pasamos de ser los reyes de la Creación (Gén 2,19-20), a ser meramente parte de ella. Se trata de una ética universal, basada en el consenso sobre valores relativos, como el cuidado de la naturaleza. En esta concepción no se puede ser sabio ni feliz ni siquiera gozar de salud sin espiritualidad. Claro que ya no basta abordarla solo desde la religión. Las nuevas formas culturales y económicas exigen otra forma de entender la espiritualidad, más abierta, menos dogmática. Las antiguas creencias se nos han quedado obsoletas. Es decir, se trata de buscar una nueva o nuevas espiritualidades fuera del ámbito católico y cristiano.

La New Age es claramente panteísta. La divinidad del cosmos no puede ser aceptada por los creyentes en Dios, porque el mundo tiene origen y edad, y por lo tanto, no es divino. Además prefiero participar de la vida divina sin perder mi propia personalidad, como me promete el cristianismo, que diluirme en la divinidad como una gota de agua en el océano, como se piensa en la New Age, perdiendo así mi personalidad e individualidad. “Dios y yo somos la misma cosa”, es una afirmación panteísta obviamente falsa. Pero tal vez lo que más me impresiona es que esta ideología no da respuesta a los grandes interrogantes del hombre, como qué sucede después de la muerte. Se trata de una nueva religión secular, una religión sin Dios, o, si se quiere, un nuevo Dios que sería la misma tierra con el nombre de GAIA.

En el feminismo radical se da paso a la Ideología de Género, una ideología de corte totalitario y basada en el odio. En 1967 la ONU publicó la Declaración sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la Mujer (CEDAW), en la que tomando como base la existencia de discriminaciones contra las mujeres, intentan, apoyados por el lobby lgbt, luchar por el reconocimiento de la homosexualidad, la eliminación del término ‘madre’ de los documentos oficiales, porque ésta conduce a las mujeres a la esclavitud, defendiendo en cambio el acceso a la contracepción y al aborto libre y gratuito, siendo la familia tradicional una institución a combatir.

El neomaltusianismo sostenido por muchas agencias y ONGs al servicio de la ONU, defiende la globalización como principio ético-político del desarrollo y de la ‘gobernanza’ mundial, tratando de proteger a los países ricos con el control eficaz de la natalidad del crecimiento de los países pobres, y condicionando la ayuda a estos países a la aceptación de programas maltusianos. En esta concepción el hombre es el causante de todos los males que afligen la Tierra, por lo que debemos controlar la población y no permitir un crecimiento desordenado. En cuanto al cristianismo y de modo especial el catolicismo, con su visión que el mundo está al servicio del hombre, es el culpable de la crisis medioambiental y, por tanto, debe ser combatido.


InfoCatolica


FRANCISCO VUELVE A PONER EN DUDA SI LOS NO NACIDOS SON PERSONAS

Ha comenzado el hermoso tiempo de Adviento, y si hay un hombre que sabe interrumpir este tiempo sagrado de penitencia y preparación para la Navidad es el apóstata argentino Jorge Bergoglio ("papa Francisco").


El 22 de noviembre de 2022, el jesuita más hablador del mundo se sentó con una variedad de periodistas de la revista jesuita America y les concedió una entrevista que se publicó el 28 de noviembre:

La entrevista de Francisco con la revista jesuita America

Una de las entrevistadoras fue Gloria Purvis. Ella planteó la siguiente pregunta al hombre que ella cree erróneamente que es el papa de la Iglesia Católica:

Santo Padre, el aborto es un tema fuertemente politizado en los Estados Unidos. Sabemos que está mal y recientemente la Corte Suprema de Estados Unidos decretó que no hay un derecho constitucional al aborto, aunque esto aún parece afectar a la Iglesia en el sentido de que nos divide. ¿Los obispos deben darle prioridad al aborto en relación a otras cuestiones de justicia social? 

La respuesta del falso papa es típica para él: por un lado, condena el aborto y, sin embargo, al mismo tiempo, agrega gratuitamente algo a su respuesta para potencialmente socavar, relativizar o neutralizar esta condena. Aquí están sus palabras textuales, en su totalidad:

Sobre el aborto te digo estas cosas que repito ahora. En cualquier libro de embriología se dice que un poco antes del mes de la concepción ya están delineados los órganos en el feto chiquitito y el DNA. Antes que la madre se dé cuenta. Por tanto, es un ser humano vivoNo digo una persona, porque se discute eso, pero un ser humano. Y me hago dos preguntas. ¿Es justo eliminar un ser humano para resolver un problema? Segunda pregunta: ¿es justo alquilar un sicario para resolver un problema? El problema es cuando esta realidad de matar a un ser humano se transforma en un problema político. O cuando un pastor de la iglesia entra en una categorización política. 

Cada vez que un problema pierde pastoralidad, ese problema se transforma en un problema político. Y pasa a ser más político que pastoral. O sea, no dejemos que nadie se apropie de esa verdad que es universal. No es de tal partido o de tal otro. Es universal. Cuando yo veo que un problema como este, que es un crimen, adquiere una intensidad fuertemente política, yo digo, ahí falta pastoralidad en el modo de abordar ese problema. Sea en este problema del aborto como en otros problemas, no hay que perder de vista la pastoralidad: un obispo es un pastor, una diócesis es el santo pueblo fiel de Dios con su pastor. No podemos tratarlo como si fuera una cosa civil. 

(subrayado añadido)

Después de casi 10 años del “papa” Francisco en acción, tal respuesta no sorprende. Mucha gente en la Iglesia del Vaticano II está a favor del aborto, aunque la posición oficial del Novus Ordo es antiaborto. Con esta respuesta, Bergoglio ofrece algo a todos: cada lado puede elegir lo que le gusta, centrándose solo en una parte específica de su respuesta. Los defensores de la vida pueden informar: “El papa compara el aborto con volver a contratar a un asesino a sueldo”; mientras que los proabortistas pueden decir: “El papa dice que los no nacidos no pueden ser Personas”. Y ambos serían correctos.

Así que examinemos las palabras de Francisco. Primero, observe que omite cualquier mención del hecho biológico incontrovertible de que la vida humana comienza en la concepción; extrañamente, solo habla de lo que se puede observar "poco antes de un mes después de la concepción". Esta no es la primera vez que hace esto; y aunque nada de lo que dice contradice el hecho de que la vida humana comienza en la concepción, la omisión es sospechosa. Si vamos a hablar de lo que nos puede decir “cualquier libro de embriología”, ¿por qué no también cuándo comienza la vida humana? Es en la concepción que se determina el ADN, de todos modos. Sin embargo, si leemos sus palabras cuidadosamente, el falso papa afirma que existe un ser humano vivo “poco antes de un mes después de la concepción”; no dice nada del período inicial que comienza con la concepción. El hecho de que deje innecesariamente esta fase en el “limbo”, por así decirlo, sin decir una cosa u otra, es muy sospechoso y muy peligroso.

A continuación, Francisco hace más daño. Se niega a afirmar que el ser humano en el útero materno desde “poco antes de un mes después de la concepción” es persona, porque “eso está en debate”. Pero, ¿por quién, dónde y con qué fin? Cualquier cosa en este mundo es "debatida", incluida, podríamos agregar, la cuestión de si él es el papa. Obviamente, lo que la gente puede o no debatir difícilmente puede ser el estándar para el católico. La verdadera cuestión es si la condición de persona del no nacido es discutible.

No lo es. Francisco abre aquí una puerta peligrosa, y una vez más lo hace gratuitamente, es decir, sin ninguna buena razón. Afirma, en efecto, que hay (o puede haber) una diferencia entre una vida humana y una persona humana, y que es legítimo disentir al respecto. Sin embargo, es precisamente la negación de los no nacidos como personas (y, por ejemplo, de los enfermos terminales que han perdido irreversiblemente la conciencia) que la “cultura del descarte” —término de Francisco— prospera, ya que hacen de ella -la falta de persona, no la falta de vida humana- el factor moral determinante. Entonces, ¿por qué mencionarlo? ¿Por qué permitir que los enemigos de la vida humana inocente pongan el pie en la puerta de esa manera?

Por supuesto, la razón de Bergoglio para retener su juicio sobre si el pequeño embrión es una persona es una mera excusa. Lo sabemos porque hay muchas cosas que sí son debatidas y discutibles sobre las que tiene una actitud muy dogmática. Basta pensar en temas como el impacto del hombre en el clima, el deber de acoger a los migrantes, la importancia de la conversión ecológica o la cuestión moral de la pena de muerte. Estos temas no están abiertos a debate para Bergoglio. Pero la personalidad de los no nacidos es? ¡Absurdo!

Según la enseñanza oficial del Novus Ordo que suscribe Francisco, la personalidad del no nacido desde el momento de la concepción nunca fue definida magistralmente, pero tampoco cuestionada: “El ser humano debe ser respetado -como persona- desde el primer instante de su existencia, dice la instrucción de la CDF de 1987 Donum Vitae (I.1). Fue firmado por el entonces “cardenal” Joseph Ratzinger y aprobado por el “San” Juan Pablo II . Esta enseñanza se incluyó en el Catecismo oficial Novus Ordo de la Iglesia Católica de 1992 (n. 2270) y en la encíclica Evangelium Vitae de Juan Pablo de 1995 (n. 60).

Entonces Francisco plantea dos preguntas, a saber: “¿Es correcto deshacerse de un ser humano para resolver un problema?”. Segunda pregunta: “¿Es correcto contratar a un 'asesino a sueldo' para resolver un problema?”. Hubiera sido aún mejor si en lugar de simplemente plantear las preguntas, también las hubiera respondido. Porque, lo creas o no, hay gente que sí cree que es correcto “deshacerse de un ser humano para resolver un problema”. Entre ellos se encuentran personas como Emma Bonino, Nancy Pelosi y Joe Biden, a todos los cuales este “papa” ha recibido con los brazos abiertos. Francisco incluso llamó a Bonino, quien anteriormente realizaba abortos ella misma cuando hacerlo era ilegal en su país, "está entre los grandes de la Italia de hoy". Y hace unos días nombró a una atea pro-aborto para la “Academia Pontificia para la Vida”. Las acciones hablan más que las palabras.

Todas las tonterías de Francisco sobre la "dimensión pastoral" y demás, podemos ignorarlas con tranquilidad. Se le hizo una pregunta directa sobre si los obispos del Novus Ordo de los EE. UU. deberían priorizar el aborto sobre otros asuntos, y obviamente no está interesado en responder, lo que en sí mismo es una respuesta. Todos sabemos que cuando se trata del aborto, él dice una cosa (y a veces dos cosas) y luego hace otra.

También es digno de mención que Francisco opone "pastoral" a "político" en su respuesta a Gloria Purvis, como si los dos términos fueran mutuamente excluyentes. Probablemente hace esto simplemente para desviar la atención de los lectores de la pregunta original. De cualquier manera, es totalmente irónico que use la palabra “político” de manera tan despectiva allí, considerando que en otras ocasiones, Bergoglio ha alabado la política como “la forma más alta de caridad” .

Pero entonces, así es como opera Bergoglio: crear la mayor confusión posible enviando señales contradictorias, dando algo a todos los lados y diciendo una cosa mientras hace otra.


Novus Ordo Watch


CUIDADORAS DEL ALMA

Las madres espirituales están llamadas a ser signos del amor, la ternura, la belleza, la dignidad y el misterio de Dios.

Por Carolyn Humphreys, OCDS


En la primera morada de su clásico espiritual, “El castillo interior”, Teresa de Ávila nos advierte: “Sabemos que tenemos alma. Sin embargo, rara vez consideramos las cosas preciosas que se pueden encontrar en esta alma, o quién habita en ella, o su alto valor. En consecuencia, se hace poco esfuerzo para preservar su belleza. Toda nuestra atención se centra en la sencillez del engaste del diamante... es decir, en estos cuerpos nuestros”.

¿Cuál es la parte más fascinante de nuestra persona humana? No podemos verlo, entenderlo, medirlo o evaluarlo, porque está más allá de nuestras capacidades humanas. Por supuesto, es nuestra alma. El alma es la fuerza de vida vital de nuestro cuerpo y mente, y la parte más auténtica y eterna de nuestra personalidad. Dado que nuestra alma alberga la presencia de Dios dentro de nosotros, el cuidado del alma es esencial para nuestro bienestar espiritual. El enfoque apropiado en nuestra alma eleva nuestros pensamientos, esperanzas y aspiraciones a un reino más allá del que pueden alcanzar nuestro desarrollo físico o nuestras habilidades mentales. Nuestra alma es una continuación esplendorosa de nosotros mismos que se extiende más allá del tiempo, el espacio, la dimensión o las teorías cognitivas. El desarrollo del alma es un proceso sensible y continuo dentro de nuestra dimensión espiritual.

Muchas personas pueden no ser conscientes de su dimensión espiritual. Aunque no se reconozca, o incluso se desprecie, la dimensión espiritual es el núcleo de nuestro ser. Es donde percibimos a Dios y nos comunicamos con él. La dimensión espiritual nos revela que valemos más de lo que hacemos o de lo que logramos porque ya estamos hechos a imagen de Dios, y somos preciosos a sus ojos. Nuestra dimensión espiritual abarca nuestra relación con Dios y nuestra respuesta a lo sobrenatural.

El camino espiritual de nuestra alma no nos eleva por encima de la familia humana. No nos distingue como seres singularmente sagrados. Es el viaje más noble y más difícil de esta tierra. Podemos experimentar el peor de los tiempos mientras avanzamos aquí en la tierra, pero experimentaremos el mejor de los tiempos cuando alcancemos nuestro destino eterno. Es una buena idea buscar ayuda en este viaje.

De todos los corazones de la humanidad, el corazón de una madre puede sentir la pérdida, la aflicción y la angustia de manera más aguda. Más profundo aún es lo que María experimenta en su corazón. No es posible imaginar los profundos movimientos de amor dentro del corazón de María. Louis de Montfort escribió: “Si pusieras todo el amor de las madres en un solo corazón, todavía no igualaría el amor del corazón de María por sus hijos”. Ella nos insta a invocarla en tiempos de angustia. No podemos comprender cómo este corazón tierno y maternal soportó tanto dolor y angustia durante su vida. María puede ver los pecados y faltas de los que no se preocupan por conocer a Dios y los pensamientos y deseos de los que aman a Dios. Ella es muy consciente de cómo el mal aleja a las personas de Dios. Su fe brilla como un faro de luz brillante en una noche oscurecida por el pecado. Ella desea que todas las personas conozcan a su Hijo y vivan de sus enseñanzas. Ella nunca se da por vencida con sus hijos, incluso con los pecadores más empedernidos.

La vida de María es el mejor ejemplo de lo que significa ser un cristiano valiente. Nos anima su mirada maternal que graba en nuestros corazones la seguridad de que somos amados por Dios y nunca seremos abandonados por él. Ella nos insta a rehacer la sociedad a través de nuestra propia santidad personal. ¿No es este un desafío inspirador digno de nuestro compromiso?


La llamada

En el mundo de hoy, María nos ayuda a comprender el verdadero valor de la feminidad y la exquisita belleza de la pureza. Con su ayuda, podemos difundir el mensaje de Jesús de amor auténtico y tierna misericordia. Ella es nuestra madre espiritual por excelencia y anima a las mujeres a mantener un tierno amor por ella y seguirla en la vocación de la maternidad espiritual. Ella acoge a las mujeres cristianas a esta vocación como sus ayudantes en la construcción del reino de Dios en la tierra.


Juan Pablo II extiende la antorcha de la maternidad espiritual de María a todas las mujeres que siguen a su Hijo. Escribió: “La fuerza moral y espiritual de la mujer va unida a su conciencia de que Dios le confía el ser humano de manera especial... Porque al entregarse a los demás cada día, la mujer cumple su vocación más profunda. Tal vez más que los hombres, las mujeres reconocen a la persona, porque ven a las personas con el corazón. Las ven independientemente de los distintos sistemas ideológicos o políticos. Ven a los demás en su grandeza y en sus limitaciones; intentan ir hacia ellos y ayudarles”.

¿Cómo está predispuesta la mujer cristiana a reconocer y apreciar su alma, la parte más bella de su ser? La maternidad espiritual es una invitación para que la mujer cristiana se ocupe activamente del desarrollo espiritual del pueblo de Dios. Cuando miran a su alrededor, ven a muchas personas que necesitan nutrición espiritual, afirmación y guía. Muchas personas no son conscientes de su anhelo por el sustento espiritual. Las personas que están despojadas espiritualmente están en todas partes. Están en aulas, albergues, barrios acomodados, lechos de enfermos, centros comerciales, bares y salas de espera. La mayoría de los encuentros sociales rozan la superficie de lo que realmente somos. Se abordan las necesidades temporales, pero las necesidades espirituales se descartan fácilmente. De vez en cuando, cada uno de nosotros necesita el consejo, la ayuda y el aliento de un mentor espiritual de confianza o de un amigo santo.

La maternidad espiritual es un llamado que a menudo se pasa por alto o se subestima, incluso en las conversaciones religiosas. De manera sutil, las madres espirituales nutren la vida espiritual de los demás ayudándolos a crecer y convertirse en las personas que Dios quiere que lleguen a ser. Esto se logra a través de la oración, el compañerismo y la compasión, muchas veces en pequeñas formas. Muchas mujeres tienen el don de ver más allá de la disposición exterior de una persona y adentrarse en las preocupaciones y ansiedades más profundas del corazón y el alma. Una persona puede estar riendo por fuera y llorando por dentro, o escondiendo heridas profundas. Tal vez unas pocas preguntas sin pretensiones puedan traer paz a un alma atribulada. Esta es una faceta, pero no la faceta principal, de ser una madre espiritual.

La maternidad espiritual suele estar escondida, formada en el amor a Dios y al prójimo. Las mujeres cristianas de todas las edades y condiciones de vida, solteras, casadas, viudas o en la vida consagrada, pueden responder a la invitación de ser madre espiritual: una mujer soltera de mediana edad debilitada por una enfermedad crónica pero fuerte en la fe; una madre joven que tiene el hábito de orar después de que su esposo se va a trabajar y sus hijos se van a la escuela; una adolescente que es sabia más allá de su edad y conoce el valor y la necesidad de la oración; un pequeño grupo de religiosas jubiladas en el convento parroquial que enseñaban en la escuela parroquial, pero ahora tienen más tiempo para orar y rezar por todos los feligreses; una gerente de oficina que no sabe que ella es una madre espiritual para la persona en el cubículo de al lado; una anciana frágil que mantiene a personas específicas en la oración diaria.


Cualquiera que sea su posición en la vida, la madre espiritual debe tener tiempo para ser una mujer de oración, porque su principal apostolado es la oración de intercesión. Esta llamada a la oración se vive en la rutina ordinaria de su día en la que la oración es una parte intrínseca. Aquellos por los que se siente atraída a rezar es su confianza sagrada. Su conciencia de los otros que le son confiados la lleva a confiarlos a Dios. Una mujer puede ser una madre espiritual para personas de cualquier edad. Puede que no los conozca personalmente, y que ellos no sepan de su existencia. Pero lo que importa es que ella los sostiene con ternura en los fuertes lazos de la oración.


¿Quién?

Las madres espirituales no tienen las muchas demandas, preocupaciones y responsabilidades de las madres biológicas. La maternidad espiritual no es como la maternidad física. La maternidad espiritual no es estar por encima o ser mejor que las demás, no es algo de lo que jactarse, no es un tema de largas discusiones. Sus deberes no deben alterar el bienestar emocional.

Cuando las madres espirituales oran por los demás, están convencidas de su propia necesidad de reforma al reconocer su propia pecaminosidad y confiar en la misericordia de Dios. Saben que son estudiantes perpetuas en la escuela de oración y se comprometen a aprender continuamente sobre este bello arte. Como un deber sagrado, la maternidad espiritual es un servicio precioso que se lleva a cabo en el corazón. Su corazón las guía a caminar junto a ciertas personas, como compañera o mentora, en un camino compartido. Caminan humildemente con sentido común y ligereza de corazón. La dirección y las decisiones confirman la identificación como cristianos y los principios como católicos. Una sana dimensión espiritual mantiene a Dios presente en el corazón y en los días, dando así un significado más profundo a lo que hacen y creando mejores relaciones con sus conocidos.

Las madres espirituales están llamadas a ser signos del amor, la ternura, la belleza, la dignidad y el misterio de Dios. Las oraciones de la madre espiritual no son superficiales. La maternidad espiritual no se toma a la ligera. Es más desconocida que conocida, aunque está basada en Dios y unida con la fuerza de los valores cristianos y la fe sólida. El cristianismo necesita el apoyo de mujeres orantes profundamente virtuosas y centradas en Dios para fomentar la propagación de la fe. El compromiso tranquilo, disciplinado y consistente con el amor en oración tiene más impacto que el razonamiento académico. Permanecer fiel a la voz apacible y delicada de Dios en el interior conduce a las profundidades de la oración. La oración no son dulces imaginaciones que deleitan los apetitos espirituales, sino un hambre espiritual que, si no se alimenta, crea un vacío interior inexplicable.


¿Qué?

¿Qué es la oración? Teresa de Ávila escribió que la oración es un ejercicio de amor, una conversación amistosa con Dios que nos ama y un compartir íntimo entre amigos. El servicio principal de la madre espiritual es la oración. Sin embargo, esta oración no debe interferir o ser un escape del cumplimiento de los deberes de la posición de una en la vida. El número de personas que una madre espiritual mantiene en oración depende de ella. De alguna manera, ella cree que Dios la ha llamado a orar por personas o grupos específicos. El llamado por quién orar es único para cada mujer y se mantiene en lo más recóndito de su corazón, lo que significa que generalmente es confidencial. En otras palabras, ella no se jacta de ello. Ella ora por aquellos por quienes tiene un interés especial. Puede orar por un presentador de noticias, un profesional de la salud, un maestro, un atleta, un cantante, un actor o un político. Ella puede orar por etnias, grupos de personas culturales, religiosas, marginadas o perseguidas. Puede orar por los que le gustan y por los que le desagradan. Debe rezar por lo que pide el Ofrecimiento de la mañana: “La salvación de las almas, la reparación de los pecados y la reunión de todos los cristianos”. Con discernimiento de gracia, descubre a quién Dios ha puesto en su camino para adoptar en la oración.


Las madres espirituales envuelven a aquellos a quienes cuidan en tiernas alas de oración utilizando un arreglo de oraciones que les atrae. Son constantes y consistentes con sus oraciones incluso durante los días en que no tienen incentivos para orar, sienten que la oración no vale nada o se sienten abandonadas por Dios. Las oraciones pueden ser tan variadas como las flores de la primavera. Pueden incluir visitas al Santísimo Sacramento para el clero, un rosario para un misionero, la letanía del Sagrado Corazón para una persona en peligro, una coronilla de misericordia para los traumatizados, la Liturgia de las Horas para los de vida consagrada (religiosos, vírgenes consagradas, ermitaños diocesanos), un Memorare para mujeres maltratadas, una canción para niños pequeños, o una oración espontánea con un propósito especial. El tiempo para mantener a una persona en oración depende de la madre espiritual.

Cuando se encuentra con las personas por las que reza, la madre espiritual no se considera su superior espiritual. Como en todas las relaciones humanas, la igualdad reina sobre el dominio, la amabilidad sobre la confrontación, la amabilidad sobre la descortesía, la humildad sobre la arrogancia, escuchar sobre hablar y glorificar a Dios sobre glorificarse a sí mismas. La presencia de la madre espiritual debe reforzar la dignidad de la otra persona manteniendo en alto las verdades del cristianismo. En el servicio oculto de la maternidad espiritual, esas verdades dan frutos, muchas veces desconocidos por la madre espiritual.

Una madre espiritual necesita tiempo para el silencio en oración. Esther de Wall escribió: “A menos que guarde silencio, no escucharé a Dios, y hasta que escuche a Dios no llegaré a conocer a Dios. El silencio me pide velar y esperar y escuchar, ser como María en disponibilidad para recibir la Palabra. Si tengo algún respeto por Dios, trataré de encontrar un tiempo, por breve que sea, para el silencio. Sin él no tengo muchas esperanzas de establecer esa relación con Dios de escuchar y responder que me va a ayudar a enraizar toda mi vida en la oración”.

El contacto de la madre espiritual con aquellos a quienes sirve es frecuente, poco frecuente, una vez o quizás nunca. Si se reúne con alguien, por lo general no se programa regularmente, sino cuando surge la necesidad. Es más probable que las reuniones se realicen en un patio trasero o en la mesa de la cocina, en lugar de en una oficina o en un instituto. Su sabiduría puede extraerse más de los axiomas de los países fronterizos que de los sagrados salones de la academia, y se inclina más hacia el pequeño camino de Teresa de Lisieux que hacia un tomo de teología. Las oraciones de sabiduría son gemas que dicen poco y significan mucho. Las palabras de una madre espiritual son pocas, su servicio es simple y su conducta amable. Su principal preocupación es la salud espiritual y el crecimiento de aquellos a quienes cuida, porque su amor por ellos siempre está dirigido a Jesús. Mientras se esfuerza por mantener a Dios como punto de referencia, puede compartir mucho.

A veces, la maternidad espiritual incluye ser animadora de alguien que está intentando algo nuevo o necesita un impulso en la confianza en sí mismo. Una nota escrita, una llamada telefónica, un correo electrónico o un mensaje de voz son formas sencillas de recordarle a una persona que no está sola. Sin embargo, la mayoría de las veces la maternidad espiritual es un servicio de oración. La atención a Dios en la oración profundiza la capacidad de escuchar al aumentar una presencia de escucha tranquila. Esto se puede definir como una llamada de la luz tranquila que ofrece esperanza. Compartir el dolor de alguien escuchando con el corazón puede proporcionar más consuelo y ser una ayuda mayor que la que pueden transmitir las palabras.


Un hombre de mediana edad tenía un problema profundamente preocupante. Fue a un parque, se sentó en un banco y pensó en algunos aspectos del problema. Pasó un amigo, se sentó a su lado y le preguntó cómo estaba. El hombre compartió un poco sobre su problema. Su amigo le dio información no solicitada, consejos no solicitados, experiencias personales y soluciones. Hablaba continuamente, y cuando se fue, el hombre pensativo se alegró de verlo partir, sintió alivio y no recordó nada de lo que dijo su amigo. Poco después, vino otro amigo. Se sentó en silencio y habló poco. El silencio reveló una tranquila preocupación. Se levantó y se fue. Su presencia silenciosa fue recordada y apreciada por el hombre perturbado durante mucho, mucho tiempo.


Salud del alma

“Señor Jesús, una vez hablaste a los hombres en la montaña, en la llanura. Oh, ayúdanos a escuchar ahora, como entonces, y asombrarnos de nuevo ante tus palabras. Todos tenemos miedos secretos que enfrentar, nuestras mentes y motivos para enmendar. Buscamos tu verdad, necesitamos tu gracia, nuestro Señor vivo y amigo presente. El Evangelio habla, y recibimos tu luz, tu amor, tu propio mandato. Oh, ayúdanos a vivir lo que creemos en el trabajo diario de corazón y mano”.
Las madres espirituales tratan de "vivir a Jesús", el hermoso lema de las Monjas de la Visitación. Hoy en día, se hace mucho hincapié en el mantenimiento de la salud física, pero se aborda poco la salud del alma. Jesús muestra a las personas cómo mantener su alma sana a través de sus enseñanzas en los Evangelios. Al igual que el cuerpo de una persona puede contraer una enfermedad grave, también puede hacerlo el alma de una persona. El alma descuidada, el alma oscura, el alma marchita y el alma desnutrida son algunos ejemplos de enfermedades del alma. Una madre espiritual debe mantener un alma sana antes de poder orar por las almas de los demás. El corazón es el hogar del alma mientras está en la tierra. La oración es el servicio del corazón, y la oración regular requiere cierta fortaleza espiritual y diligencia. ¿Cómo mantiene una madre espiritual un alma limpia y vibrante? El alma necesita alimentarse a través de una dieta espiritual que incluye la asistencia a misa, la recepción de los sacramentos, las oraciones diarias y las devociones personales. Los ejercicios espirituales, como la meditación diaria, los días de recogimiento y los retiros, le dan energía en su camino espiritual. Su camino espiritual puede incluir visitas a galerías de arte religioso, asistencia a conciertos de música sacra y disfrute de otras expresiones artísticas de la fe que refrescan el alma.

Isabel de la Trinidad, una joven monja carmelita, nos dice: “Amad siempre la oración, y cuando digo oración, no me refiero tanto a imponeros muchas oraciones vocales para recitar todos los días, cuanto a esa elevación del alma hacia Dios a través de todas las cosas que nos establece en una especie de comunión continua con la Santísima Trinidad simplemente haciéndolo todo en su presencia”. Vivir como si la Segunda Persona de la Trinidad estuviera a nuestro lado es un signo seguro de nuestra creencia en esta presencia.

La maternidad espiritual no requiere un doctorado en teología. Sin embargo, se necesita vitalidad espiritual y el deseo de luchar siempre por la santidad. El cuidado del alma motiva a la madre espiritual a esforzarse en imitar a María y ver esto como una actividad diaria sagrada y factible. Como una estrella guía, la maternidad espiritual de María orienta a las madres espirituales. Dicen, con ella y por ella, que son las siervas del Señor. Con su luz brillante, María camina delante de las madres espirituales mientras navegan a través de los días y las noches oscuras de la vida. Cada madre espiritual lleva su propia luz, cada una diferente en forma y tamaño, pero con la misma llama que arde por amor a Jesús, e ilumina el camino hacia él para los demás. La oración es el combustible que mantiene estas luces encendidas, para que las madres espirituales vean con mayor claridad a las personas que Dios ha puesto en su camino para adoptar como hijos e hijas espirituales. María siempre les asegura que Dios está siempre con ellas mientras les muestra la miríada de bellezas en el camino de la santidad, sobre todo, la magnífica belleza de su Hijo. Las madres espirituales, como cuidadoras del alma, son también sus hijas, mientras cantan:

¡Madre querida, ruega por mí!
Mientras estoy lejos del cielo y de ti,
deambulo en una barca frágil,
sobre el mar tempestuoso de la vida.

Oh Virgen Madre, desde tu trono
tan brillante en la felicidad,
protege a tu hijo y alegra mi camino
Con tu dulce sonrisa de amor.

Madre querida, ¡oh, reza por mí!
Si la sirena del placer
tienta a tu hijo a alejarse
del camino de la virtud.

Cuando las espinas asedien el tortuoso camino de la vida
y las aguas oscuras fluyan.
Entonces María ayuda a tu hijo que llora,
Muéstrate como madre.

¡Madre querida, acuérdate de mí!
Y nunca dejes de cuidarme,
Hasta que en el cielo eternamente
comparta tu amor y tu felicidad.


Homiletic & Pastoral

jueves, 1 de diciembre de 2022

CONTRA LOS MODERNISTAS Y LOS IMPÍOS (III): LA SANTA MISA

No importa el más allá. Importa el aquí y ahora. Si hay algo más allá, será el cielo “a donde va todo el mundo”. Por eso los funerales se han convertido en ceremonias de canonización y ya nadie reza por los difuntos: ¿para qué, si “están todos en el cielo”

Por Pedro Luis Llera


Se ha oído a menudo últimamente que la Eucaristía no es “un premio para los buenos”, sino “la fuerza para los débiles”; para los pecadores es el perdón, el viático que nos ayuda a andar, a caminar. Y es verdad, si no nos hacemos trampas en solitario. Porque algún teólogo avispado razonaba no hace mucho de esta manera:
1. Los que sufren, los enfermos, discapacitados y moribundos reciben el Cuerpo de Cristo como viático para su último paso al Reino.

2. Los divorciados también sufren.

3. En consecuencia, los divorciados vueltos a casar, que forman parte de ese grupo de personas que sufren, también deberían poder comulgar, porque la fuerza de la Eucaristía les va a ser de gran ayuda.
Así discurren los impíos. El silogismo (la trampa, la falacia) no puede ser más evidente. ¿Qué tendrá que ver un agonizante con un divorciado vuelto a casar? Quien vive en pecado mortal no debe comulgar, si antes no se arrepiente de sus pecados con propósito de enmienda, se confiesa; y recibe la absolución y cumple la penitencia.

Dice el Apóstol en 1 Co 11,27: Quien comiere el pan y el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor.

Nuestro Señor nos manifiesta que es necesario acercarse a recibir el alimento eucarístico con las almas bien preparadas; pues Él mismo, antes de dar a sus Apóstoles el Sacramento, no obstante de estar ya limpios, les lavó los pies (Jn. 13 5.), enseñándonos a acercarnos a este Sacramento con gran pureza de conciencia. Así como aprovecha mucho recibir este Sacramento con buenas disposiciones, siendo causa de vida eterna, también daña mucho el recibirlo con malas, siendo causa de ruina eterna.

El pecador, al trasgredir voluntariamente la ley divina en materia grave, renuncia a la amistad con Dios poniéndose de espaldas a Él como fin último sobrenatural. El pecado mortal se opone diametralmente a la caridad y por eso la destruye totalmente. El pecado mortal nos vuelve enemigos de Dios.

“Como el cuerpo muere cuando le falta el alma, así el alma muere cuando pierde a Dios. Y hay una diferencia: la muerte del cuerpo sucede necesariamente; pero la del alma es voluntaria” (In Ioannis 41,9-12; cf. Rm 7,24-25).

Enseña Santo Tomás de Aquino respecto a la comunión:
No todas las medicinas son buenas para todas las enfermedades. Porque una medicina que se da a quienes se han librado de la fiebre para fortalecerles, dañaría a los que tienen fiebre todavía. Pues así, el bautismo y la penitencia son como medicinas purgativas, que se suministran para quitar la fiebre del pecado. Mientras que este sacramento es una medicina reconfortante, que no debe suministrarse más que a los que se han librado del pecado.
Por lo tanto, el pecado mortal es la muerte para la vida de la gracia y para la caridad. Y no puede comulgar con Dios quien voluntariamente se ha apartado de Él.

Pero no solo no tienen los réprobos problema con la comunión de los pecadores públicos – no solo los divorciados vueltos a casar, también los políticos que promueven las leyes del aborto o de la eutanasia – sino que tampoco tienen reparos en que comulguen paganos, ateos, budistas, protestantes o musulmanes. ¡Que comulguen todos! ¡Venga, alegría!

Dice Santo Tomás de Aquino:
Pero pesa más el impedimento que va contra la caridad misma que contra su fervor. Por eso, el pecado de incredulidad, que separa radicalmente al hombre de la unidad de la Iglesia, hablando en absoluto, es el que hace al hombre más inepto para recibir este sacramento, que es el sacramento de la unidad de la Iglesia, como ya se dijo. De donde se deduce que peca más gravemente el infiel que recibe este sacramento que el pecador fiel; el infiel, además, ultraja más a Cristo, presente en este sacramento, muy especialmente si no cree que Cristo está verdaderamente presente en él, porque, en lo que de él depende, disminuye la santidad de este sacramento y la virtud de Cristo que opera en él, que es ultrajar el sacramento en sí mismo. Sin embargo, el fiel que comulga con conciencia de pecado no ultraja este sacramento en sí mismo, sino en su uso, por recibirlo indignamente. (Suma Teológica III Qu.80).
Para los impíos, el pan consagrado es solo un “símbolo”, una “metáfora”. Representa para ellos la “solidaridad”, la “fraternidad universal de todos los hombres de cualquier raza, sexo o religión”. La comunión es el símbolo del “compartir”: cuando todos ponemos lo que tenemos a disposición de los demás, hay suficientes recursos para que todos coman y todavía sobran (así interpretan de forma naturalista la multiplicación de los panes y los peces).

En el documento Del Conflicto a la Comunión, Conmemoración Conjunta Luterano-Católico Romana de la Reforma en el 2017 (Sal Terrae) se dice literalmente:
154. Tanto luteranos como católicos pueden afirmar en conjunto la presencia real de Jesucristo en la Cena del Señor: “En el sacramento de la Cena del Señor, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su sangre, bajo los signos del pan y del vino” (Eucaristía 16). Esta declaración en común afirma todos los elementos esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo sin adoptar la terminología conceptual de “transustanciación”. De esta forma, católicos y luteranos entienden que “el Señor exaltado está presente en la Cena del Señor, en el cuerpo y la sangre que él ofreció, con su divinidad y su humanidad, mediante la palabra de promesa, en los dones del pan y del vino, en el poder del Espíritu Santo, para su recepción mediante la congregación”.
Se lo resumo: los luteranos y los católicos estamos de acuerdo en todo respecto a la Eucaristía, excepto en lo fundamental: el concepto de transubstanciación. Y este es el punto fundamental para los impíos: acabar con la transubstanciación.

Volvemos a Santo Tomás:
“Como en este sacramento toda una sustancia se cambia en toda otra sustancia, a esta conversión se la llama propiamente transustanciación”.

“Y esto es lo que sucede por el poder divino en este sacramento. Porque toda la sustancia del pan se convierte en toda la sustancia del cuerpo de Cristo, y toda la sustancia del vino, en toda la sustancia de la sangre de Cristo. Por donde se ve que esta conversión no es formal, sino sustancial, y no está contenida entre las conversiones que siguen el curso de la naturaleza, por lo que puede decirse que su nombre propio es el de transustanciación” (Suma Teológica III Qu.75 a.4).
Dice el Catecismo Romano:
La transustanciación

1º La cosa. — Después de la consagración no queda en el Sacramento sustancia de pan ni de vino; lo cual es una consecuencia de lo anterior. En efecto, después de la consagración el cuerpo de Cristo se encuentra bajo las especies de pan, y su sangre bajo las especies de vino; y esto sólo puede suceder por la conversión del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo. Esto último es lo que se verifica; por lo tanto, nada queda de la sustancia del pan ni del vino.

2º Testimonios de la Escritura. — Cristo mismo afirmó dicha verdad, al enseñar tajantemente en varias ocasiones que nos da su cuerpo y su sangre bajo este sacramento para que sean nuestra comida y bebida (Jn. 6 52-56.); y especialmente en el momento de instituir este sacramento, cuando dijo: “Esto es mi cuerpo, éste es el cáliz de mi sangre” (Mt. 26 26; Mc. 14 22; Lc. 22 19; I Cor. 11 24.). Si a su carne llama comida, y a su sangre bebida, claro está que no queda ni pan ni vino en este sacramento.

Testimonios de los Padres y del Magisterio. — Esta ha sido también la doctrina constante de los Santos Padres, que han afirmado de mil maneras que, antes de la consagración, en el sacramento hay sólo pan y vino, pero que, por la consagración, ese pan se hace carne de Cristo y ese vino sangre de Cristo. Por eso, los Concilios de Letrán el Grande y de Florencia confirmaron la verdad de este artículo (Dz 430 y 698.), y el Concilio de Trento la definió más claramente como verdad de fe (Dz. 884.). Y si llamamos “pan” a la Eucaristía incluso después de la consagración, es sólo porque conserva la apariencia de pan y porque retiene la cualidad natural de alimentar y nutrir al cuerpo, la cual es propia del pan.

4º Modo de verificarse la transustanciación. — Por el poder de Dios, toda la sustancia del pan se convierte en toda la sustancia del cuerpo de Cristo, y toda la sustancia del vino se convierte en toda la sustancia de la sangre de Cristo, sin que ello suponga en nuestro Señor alteración ninguna. Por esta razón, el Concilio de Trento declaró que a tan admirable conversión había que darle el nombre de “transustanciación” (Dz. 877 y 884.), esto es, de cambio de sustancia, que recta y sabiamente usaron nuestros mayores.
Pero para los herejes, la Eucaristía ya no tiene que tener nada de sobrenatural y queda reducida a algo puramente natural. Ya no hay milagro alguno. Todo es puramente inmanente y natural. Hay que “compartir” y “ser solidario” y entonces construiremos entre todos “un mundo mejor y más justo”. Por eso la Iglesia del Anticristo no pretende salvar para el más allá. No se preocupa por la salvación de las almas para que todos vayan al cielo, sino que busca exclusivamente crear un paraíso aquí en la tierra. Por eso el Anticristo y su Iglesia son progresistas y creen que en el futuro habrá un paraíso terrenal construido por el hombre, gracias a la ciencia, a la tecnología y a un nuevo humanismo, en el que el hombre nuevo vivirá por fin en paz, en armonía con la naturaleza y en un mundo justo y solidario (y “sostenible”… Se me olvidaba “sostenible”). Todas las religiones deben contribuir a la paz y, crean en lo que crean, deben ser distintos modos de colaborar a ese mundo mejor que construiremos entre todos.

La Eucaristía para los impíos amigos del Anticristo es una fiesta: la fiesta de reino. Pero de un reino de este mundo: de la solidaridad aquí y ahora en esta vida terrenal. Es un “banquete festivo” porque “celebramos la vida” – esta vida terrenal –; celebramos el “compartir”, la “justicia” y la “solidaridad”. Porque para el Anticristo no hay más allá. No hay “metafísica”; es decir, no hay nada hay más allá de la naturaleza. El “más allá”, lo que haya después de la muerte ya no se predica apenas. No importa el más allá. Importa el aquí y ahora. Si hay algo más allá, será el cielo “a donde va todo el mundo”. Por eso los funerales se han convertido en ceremonias de canonización y ya nadie reza por los difuntos: ¿para qué, si “están todos en el cielo”? Lo de pedir misas por los difuntos es “cosa de viejas”: eso era antes de que algún listo decretara que el infierno, de existir, probablemente esté vacío (salvo Hitler).

“Todos somos hermanos, hijos del mismo dios, se llame como se llame; hijos de la ‘Madre Tierra’, que nos cobija y nos da de comer. Vivimos en una ‘casa común’ y ‘somos todos hermanos’. Abracémonos todos y acabemos con las guerras y con la propiedad privada que es el origen de todas las desigualdades. Todo es de todos. Nada es de nadie. No hay fronteras ni países que nos dividan. Acabemos con los ejércitos y démonos todos besos. Abramos las fronteras y eliminémoslas: cuando vemos una imagen del plantea, las fronteras no se ven… Derribemos muros y tendamos puentes”.

El Sacrificio de la Misa es el mismo que el de la cruz. Confesamos, pues, y así debe creerse que es uno y el mismo Sacrificio el que se ofrece en la Misa y el que se ofreció en la Cruz, así como es una y la misma ofrenda, es a saber: Cristo Señor nuestro, el cual sólo una vez vertiendo su sangre se ofreció a sí mismo en el ara de la Cruz. Porque la Hostia cruenta e incruenta no son dos, sino una misma, cuyo sacrificio se renueva cada día en la Eucaristía, después que mandó así el Señor: “Haced esto en memoria mía”.

La Santa Misa es un sacrificio, no sólo de alabanza y acción de gracias, sino también propiciatorio (Dz. 940 y 950.), por el cual Dios se muestra aplacado y benigno con nosotros. Por eso, si con corazón puro, fe viva y verdadero arrepentimiento de los pecados, se ofrece este sacrificio, se obtiene de Dios misericordia y gracia en el tiempo oportuno (Heb. 4 16.), pues nos aplica los frutos de la Pasión sangrienta de Jesucristo, y Dios Padre, en atención a él, nos comunica los dones de gracia y de penitencia, y nos perdona los pecados.

Dice el Catecismo:
1367 El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “La víctima es una y la misma. El mismo el que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, el que se ofreció a sí mismo en la cruz, y solo es diferente el modo de ofrecer” (Concilio de Trento: DS 1743). “Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz ‘se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento’; […] este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio” (Ibíd).
El Concilio de Trento señala que:
Si alguno dijere, que no se ofrece a Dios en la Misa verdadero y propio sacrificio; o que el ofrecerse este no es otra cosa que darnos a Cristo, para que le comamos; sea excomulgado. Can. I, de las ses. XXII.

Si alguno dijere, que sola la fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la Santísima Eucaristía; sea excomulgado. Y para que no se reciba indignamente tan grande Sacramento, y por lo mismo cause muerte y condenación, establece y declara el mismo santo Concilio, que los que se sienten gravados con conciencia de pecado mortal, por contritos que se crean, deben para recibirlo, anticipar necesariamente la confesión sacramental, habiendo confesor. Y si alguno presumiere enseñar, predicar o afirmar con pertinacia lo contrario, o también defenderlo en disputas públicas, quede por el mismo caso excomulgado. Can. XI, ses. XIII, Conc. Tri.
En definitiva, la Eucaristía produce en el alma los mismos efectos que el pan y el vino en el cuerpo. Esto es, alimenta al alma sosteniendo la vida de la gracia para que no desfallezca, reparando sus fuerzas perdidas, haciéndola crecer y deleitándola espiritualmente. Pero no lo hace transformando el Sacramento en nuestra sustancia, sino transformándonos a nosotros en Cristo. La Santa Misa es la cima de la mística: la unión del alma con Dios. El cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Cristo se unen a nosotros, si estamos en gracia de Dios. Y así, después de salir de la oscuridad del pecado por la confesión sacramental, estamos en disposición para unirnos amorosamente a nuestro Señor.

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado;

cesó todo, y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.


“Quedéme y olvidéme”. Cuando el alma se une a Dios, nada más hace falta. Silencio, recogimiento, adoración. No hace falta nada. Sobra todo lo demás. Solo Dios basta.

La Eucaristía nos abre las puertas de la gloria eterna: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día” (Jn. 6 55.).

Bendito sea Dios en el Santísimo Sacramento del Altar.


Santiago de Gobiendes


EL INFIERNO ES UNA BUENA NOTICIA

La función de la doctrina del infierno no es motivarnos a predicar el Evangelio porque otros están en peligro. Es obligarnos a mirarnos a nosotros mismos. 

Por Brett Salkeld


Un día, conduciendo y escuchando la radio nacional financiada con fondos públicos de Canadá, mis oídos se agudizaron. La discusión parecía girar en torno a la teología. El autor entrevistado acababa de publicar un libro sobre el infierno. Sin embargo, mis esperanzas de obtener nuevos conocimientos sobre el tema se vieron defraudadas. El enfoque no era teológico, sino sociológico, y la respuesta a la pregunta "¿Por qué el infierno?" era dolorosamente tópica.

Se informó al oyente de que las diversas versiones del infierno aparecen en las culturas y religiones a lo largo de la historia y tienen un notable poder de permanencia porque tales mitologías sirven a la élite cultural para controlar a las masas mediante el miedo y la amenaza del castigo eterno. Por muy conveniente que algunas élites hayan encontrado esta versión del infierno, una razón más profunda y penetrante de la ubicuidad y tenacidad de la noción del infierno es el simple hecho de su realidad. Muchos de nosotros pasamos gran parte de nuestro tiempo allí.

El infierno no es una doctrina inventada para controlarte. Es, como toda doctrina verdadera, una ventana a tu alma, un medio para entender a Dios, a ti mismo, tus relaciones y tu destino eterno. Es una buena regla general, al considerar lo que la teología ha llamado tradicionalmente las cuatro últimas cosas (cielo, infierno, purgatorio, juicio), tener en cuenta que lo que sucede después de la muerte está íntimamente relacionado con lo que sucede en la vida. Las dinámicas básicas del pecado y la gracia que tienen su fruto en las cuatro últimas cosas ya se están desarrollando, y pueden ser observadas provechosamente, en nuestra vida cotidiana. Todos hemos vislumbrado al menos, y a veces soportado positivamente, la realidad del infierno.

Una de las cosas más difíciles de explicar para la doctrina sociológica del infierno es por qué Jesús -que no fue, nota bene, ejecutado debido a sus éxitos proporcionando a la élite social doctrinas justas para dominar a la población- habla de él más que cualquier otra figura de la Biblia. No es que los sociólogos e historiadores de la religión sean los únicos que pasan por alto este punto. No es raro escuchar, en círculos cristianos, la noción (neo)marcionista de que el infierno es una especie de doctrina del Antiguo Testamento que el evangelio de amor y misericordia de Jesús eliminó junto con la ira, el juicio y el desprecio de Dios por el cerdo y el marisco.

La raíz de esta disonancia no es difícil de imaginar. Jesús vino proclamando buenas noticias. Y el infierno, parece obvio, es una muy mala noticia. ¿Por qué, entonces, Jesús parece tan comprometido con la idea? ¿Podría ser que se deba a su profunda comprensión del corazón humano?


¿El infierno como motivación para la misión?

Los recientes debates sobre la doctrina del infierno en el catolicismo popular, a menudo con referencia a la obra de Hans Urs von Balthasar, se han centrado en si el infierno está relativamente lleno o vacío. Ambas partes son capaces de sacar provecho de las Escrituras y de la Tradición de la Iglesia, pero pronto queda claro para cualquiera que se sumerja en estas aguas que el debate no es realmente sobre lo que enseñan las Escrituras y la Tradición. Se trata de la utilidad de una doctrina del infierno como motivo de evangelización.

Hay que enseñar a los católicos que la mayoría de la gente está condenada, dicen los partidarios de un infierno completo, para que no se vuelvan complacientes en su deber de predicar el Evangelio. Que los partidarios de un infierno relativamente vacío con los que pelean hayan dedicado su vida a predicar el Evangelio, no parece registrarse como un contrapunto a esta lógica.

Pero, ¿estamos realmente satisfechos con las premisas de este argumento? ¿Es convincente creer en un infierno (relativamente lleno) porque tal creencia es conveniente como motivo para la evangelización cristiana? De hecho, uno se pregunta qué podrían hacer los sociólogos seculares del infierno con este argumento. ¿Quizás otra razón para la persistencia de una doctrina del infierno en las culturas humanas es que las religiones que creen en el infierno sienten la necesidad de convertir a otros a su religión para salvarlos de él?

Al igual que nuestra primera explicación sociológica, puede ser cierta al menos en parte. Pero es igual de insatisfactoria desde el punto de vista teológico. Y es la enseñanza de Jesús sobre el infierno en los Evangelios la que vuelve a dejar esto claro. De hecho, a pesar de la lógica aparentemente evidente de este argumento, Jesús, y con él todo el Nuevo Testamento, es totalmente inocente. Cuando Jesús habla del infierno, nunca habla de la misión, y cuando habla de la misión, nunca habla del infierno. Eso debería ser suficiente para hacernos reflexionar.

Las enseñanzas de Jesús sobre el infierno nunca se refieren al destino de nadie, excepto el de su audiencia. Sólo habla a personas que deberían estar preocupadas por el infierno, nunca sobre otras personas que deberían preocuparse por el infierno. Su preocupación es sacudir a su audiencia de su complacencia y autosatisfacción, para alertarles de la posibilidad real del infierno presente en ellos, es decir, en cada uno de nosotros. No tiene nada bueno que decir a (o sobre) nadie cuya confianza en su propia justicia sea la otra cara de su fácil condena a los demás. Tomar las palabras de Jesús sobre el infierno como prueba de que otras personas están condenadas es invertir perfectamente su significado, y ponerse en mayor peligro. "No juzguéis, para que no seáis juzgados".

Por su parte, San Pablo no da ninguna indicación, en todos sus afanes en nombre del Evangelio, de que su motivación para la misión derive de un temor a que millones de almas se condenen. No dice: "Ay del mundo si no predico el Evangelio". La motivación de Pablo no es externa, sino interna. Ha conocido a Jesucristo. Había estado encerrado en una prisión de su propia autojustificación y ha sido liberado. Su experiencia de libertad en el Señor Resucitado le impulsó: "Ay de mí si no predico el Evangelio".

Como dice el papa Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris missio: "la misión de la Iglesia deriva no sólo del mandato del Señor, sino también de las profundas exigencias de la vida de Dios en nosotros" (§11). En este mismo párrafo, el papa cita la severa advertencia de Lumen Gentium a los católicos (cf. Lumen Gentium §14) de que son ellos los que corren el riesgo de condenarse si dan por sentado su estatus en Cristo y no responden a la gracia de Dios en sus vidas dando testimonio de ella.

La función de la doctrina del infierno no es motivarnos a predicar el Evangelio porque otros están en peligro. Es obligarnos a mirarnos a nosotros mismos. Como escribió Henri de Lubac: "Si dejo de evangelizar, es porque la caridad se ha retirado de mí. Si ya no siento la necesidad de comunicar la llama, es porque ya no arde en mí" [1]. Las miras de cualquier doctrina propiamente católica sobre el infierno nunca están puestas en nadie más que en mí.


El fuego del amor

Jesús predicó sobre el infierno, no para motivar a los cristianos tibios a predicar el Evangelio, sino porque se tomó la situación humana ante Dios con la máxima seriedad. Y el ser humano ha creado el infierno [2]: hemos intentado vivir sin Dios. Esto no significa simplemente que pecamos. Significa que tratamos de justificar nuestro pecado. El infierno es la patética realidad humana de intentar superar el pecado mediante la autojustificación. Esto está condenado al fracaso. La autojustificación no supera el pecado, sino que lo multiplica. Esta es la condición humana sin Dios. Nuestra realidad existencial requiere un reconocimiento sincero de la existencia del infierno para que haya alguna posibilidad real de su derrota. Cualquier religión que no tenga una doctrina del infierno no puede tener una doctrina de la salvación.

Ya hemos señalado las cuatro últimas cosas que se experimentan en esta vida. Esto se debe a que el cielo, el infierno, el purgatorio y el juicio son los conceptos que utilizamos para describir nuestros encuentros con Dios. Como dice von Balthasar de forma evocadora: “Dios es la Última Cosa de la criatura. Ganado Él, es su paraíso; perdido, es su infierno; como exigente, Él es su juicio; y como limpieza, Él es su purgatorio” 
[3]. En esta vida, encontramos a Dios como todas estas cosas: en la belleza y el amor; en el pecado y la autojustificación; en la conciencia y el desafío; en dolorosas consecuencias soportadas pacientemente.

Dios es Dios, pero nuestro encuentro con Dios está marcado por el estado de nuestras almas. Por eso podemos decir que los seres humanos han creado el infierno: porque hemos creado las condiciones en las que el amor de Dios puede experimentarse como dolor y pérdida. Por sí solo, el pecado no es suficiente para crear estas condiciones. En Dios, el pecado encuentra el perdón radical. Puede doler, pero el perdón aceptado no es el infierno sino el purgatorio. Lo que convierte el pecado en una experiencia de infierno es el rechazo de la justificación gratuita de Dios en Cristo a favor de la autojustificación. El infierno es la postura permanente, tomada ante Dios y toda la creación, de que mis pecados no son realmente pecados, que mis supuestas faltas están justificadas, que mis víctimas tenían lo que se merecían. Para esta postura, una oferta de perdón es una afrenta insoportable.

La Iglesia sostiene que se trata de una posibilidad real que toda persona humana debe tomar en serio y que es posible que ningún individuo haya llegado nunca a esta posición de manera definitiva. Como Karl Rahner, SJ escribió una vez:
Incluso si pudiera suponer que los criminales más abandonados de la historia del mundo, capaces de todo, son en realidad criaturas miserables hechas así por la herencia y el entorno, incluso si tuviera que defender al mundo entero, debo estar preparado para admitir que hay una persona que no se puede defender y que supo, aunque no quiso saber, aunque lo reprimió, aunque tuvo mil buenas causas que lo excusaron: y debo tener el coraje de serlo [4].
Esta tensión, en la propia Escritura y en la enseñanza de la Iglesia, impide que la doctrina del infierno se convierta en una ocasión de desesperación o de presunción, esos dos vicios gemelos que se oponen a la virtud de la esperanza. Si somos sinceros, debemos admitir que nunca podemos juzgar lo que puede haber en el corazón de los demás como que sabemos, en nuestro propio corazón, que la tentación de la autojustificación permanente es real. Se esconde en cada excusa poco convincente, en cada fracaso de la crítica, en cada reacción exagerada a la acusación. Estas cosas pueden consumirse en el fuego del amor de Dios, y verse, con vergüenza y alivio, como lo que son: una autoprotección innecesaria e incluso un autoengaño que nos aleja de la comunión con Dios y con los demás. Pero hay otra posibilidad. Enfrentados a la verdad sobre nosotros mismos, y ofrecidos a la misericordia a la luz de la misma, podemos redoblar la apuesta por la falsedad, prefiriendo nuestra ficción a la realidad de Dios.

Dios es amor. Y la justicia de Dios es la misericordia de Dios. Decir que el infierno es algo que elegimos los humanos, o decir que el infierno es una expresión de la justicia de Dios, o decir que el infierno es la experiencia de la misericordia de Dios rechazada, no es decir tres cosas diferentes, sino decir una cosa desde tres ángulos diferentes.

El infierno no es en absoluto una doctrina del Antiguo Testamento. El antiguo concepto hebreo de sheol sólo insinúa la noción de infierno [5]. El infierno es una doctrina totalmente neotestamentaria, porque sólo alcanza su pleno significado una vez que se ha ofrecido y rechazado la misericordia, es más, cuando la misericordia se experimenta como acusación y rechazo.


Asimetría

Es sorprendente que la Iglesia enseñe definitivamente que ciertos individuos humanos han perseverado en la gracia de Dios y viven ahora en la gloria con Dios para siempre en el cielo, y que no haya una enseñanza equivalente sobre los individuos en el infierno. Pensemos lo que pensemos sobre el estado del alma de Judas, o de Hitler, o de Stalin, o de Nerón, la Iglesia no sólo no enseña que están condenados, sino que nos invita positivamente a rezar por su salvación. "Lleva al cielo a todas las almas", dice la oración de Fátima, "especialmente a las más necesitadas de tu misericordia".

Así como la catequesis debe enseñar a los niños que Satanás no es el gran rival dualista de Dios, igual y opuesto, enzarzado en un combate eterno, debemos reconocer que el infierno no es rival del cielo. Ya sea que sus habitantes sean muchos, pocos o ninguno, el infierno no es, como imagina la doctrina calvinista de la doble predestinación, un lugar que Dios ha planeado o querido para cualquier criatura humana. Es, más bien, un corolario del cielo, que puede o no realizarse nunca.

Pero aunque el infierno esté vacío, no es porque no exista. Si bien la Iglesia no declara que ningún individuo esté ciertamente condenado, sí enseña que un individuo ha ido al infierno. Cristo mismo, dice el credo, descendió a los infierno. La situación humana de la que hablaba Cristo cuando enseñaba sobre el infierno, la profundidad total de la soledad y la desolación humanas sin Dios, no se descartó cuando él mismo asumió la condición humana. La encarnación, también llamada a veces descenso, fue el "sí" de Dios a todo ello. El cristianismo no nos enseña que el infierno existe. Eso lo podemos saber por simple y honesta observación. El cristianismo nos enseña que es posible encontrar a Dios en las profundidades del olvido. Y al tercer día, resucitó.


Notas:

[1] Fondement, 41. Citado en Paul McPartlan Sacrament of Salvation: An Introduction to Eucharistic Ecclesiology (Edimburgo: T & T Clark, 1995), 75.

[2] Como dice un destacado tomista contemporáneo: "¿Cuáles son los orígenes del infierno? ¿De dónde viene? Fundamentalmente, la condenación eterna no proviene de Dios, sino de las elecciones de los seres humanos, que se apartan libremente de Dios, de Cristo y de la ley moral". Thomas Joseph White, The Light of Christ: An Introduction to Catholicism (Washington, D.C.: CUAP 2017), 266.

[3] Trato los orígenes de esta frase en mi Can Catholics and Evangelicals Agree about Purgatory and the Last Judgment? Mahwah, NJ: Paulist Press, 2011, p. 112, n. 4.

[4] Karl Rahner, The Priesthood (Chestnut Ridge, NY: Herder and Herder, 1973).

[5] Ver: Joseph Ratzinger, Introduction to Christianity (San Francisco: Ignatius), 1969: 301.


EL SUFRIMIENTO Y EL CASTIGO DIVINO DE LOS BUENOS JUNTO A LOS MALOS

El gran San Agustín ve con claridad y habla con franqueza sobre temas con los que nos engañamos y ofuscamos.

Por el Dr. Edward Feser


Hoy en día, muchos trabajan bajo la ilusión de que la realidad del sufrimiento es una dificultad para el cristianismo - como si la doctrina cristiana nos llevara a esperar poco o ningún sufrimiento, de modo que sus adherentes deberían estar desconcertados por la prevalencia del sufrimiento. Pero esto es lo contrario de la verdad. La fe católica enseña que el sufrimiento es la consecuencia inexorable del pecado original y de los pecados de nuestro pasado. Es una parte esencial del largo y doloroso proceso de santificación, de superación de los hábitos pecaminosos de pensamiento y acción. Es el concomitante inevitable de la persecución que los cristianos deben afrontar por predicar el Evangelio y condenar la maldad del mundo. Es un castigo ineludible por el pecado, que debemos asumir con espíritu penitencial. Mediante el sufrimiento pagamos tanto nuestra propia deuda temporal como la de los demás, por los que podemos ofrecer nuestro sufrimiento. Por medio de él, nos unimos más estrechamente a la Pasión de Cristo. La amplitud y la profundidad del sufrimiento humano confirman, pues, más que desconfirmar, las pretensiones del cristianismo.

El desconcierto ante el sufrimiento es menos la causa que la consecuencia de la apostasía del Occidente moderno respecto a la fe católica. También refleja la blandura y la decadencia de una civilización moribunda que se ha acostumbrado a la opulencia y no puede comprender un bien superior más allá de la facilidad y más allá de esta vida, por el cual podríamos abrazar el sufrimiento. No son sólo los apóstatas los que muestran esta ceguera. La podredumbre espiritual ha penetrado profundamente en la Iglesia, afligiendo incluso a aquellos que son leales a la ortodoxia y a la moral cristiana. Y en nuestra renuencia a aceptar el sufrimiento, sólo nos aseguramos más de él.

Aquí, como en otras partes, el gran San Agustín ve con claridad y habla con franqueza donde los modernos nos engañamos y ofuscamos. En los capítulos 8 a 10 del Libro I de “La Ciudad de Dios”, analiza cómo y por qué el mal y el sufrimiento afectan tanto a los buenos como a los malos en esta vida. A medida que nuestra época desciende hacia un desorden moral, político, social y económico cada vez más profundo, haríamos bien en meditar sobre su estimulante enseñanza. Si los fieles creen que se librarán o deberían librarse del castigo que los pecados de nuestra civilización pueden acarrear, están muy equivocados. Es probable que las cosas empeoren para todos nosotros, aunque sólo sea para que la providencia divina pueda finalmente sacar algo mejor del caos.

En el capítulo 8, Agustín señala que, si bien existe en esta vida cierta conexión entre las acciones malas y el sufrimiento, por un lado, y la rectitud y las bendiciones, por otro, está muy lejos de ser estrecha. Los malvados disfrutan de muchas cosas buenas, mientras que los buenos sufren muchas desgracias. Sin duda, esto se corregirá en la otra vida, cuando los buenos sean recompensados con la felicidad eterna y los malvados con el tormento eterno. “Pero en cuanto a los bienes de esta vida y a sus males -escribe Agustín-, Dios ha querido que sean comunes a ambos, para que no codiciemos con demasiada avidez las cosas que los malvados disfrutan, ni nos retraigamos con un temor indecoroso de los males que incluso los hombres buenos sufren a menudo”.


Cuando nos preguntamos por qué Dios permite que suframos aunque intentemos obedecerle, parte de la razón es precisamente para que podamos salvarnos. Porque si perseguimos la justicia sólo cuando es fácil hacerlo, nuestra virtud está destinada a ser superficial y difícilmente duradera. Por otra parte, si la conexión entre el comportamiento virtuoso y las bendiciones materiales es demasiado estrecha, es probable que persigamos lo primero por las razones correctas. No podemos alcanzar la felicidad en el mundo venidero si nos apegamos demasiado al mundo de hoy, y el sufrimiento es un medio para evitar esto último.

Además, dice Agustín, la diferencia entre un hombre verdaderamente justo y uno malvado suele quedar al descubierto precisamente por el sufrimiento:
Por lo tanto, aunque los hombres buenos y malos sufran por igual, no debemos suponer que no hay diferencia entre los hombres mismos, porque no hay diferencia en lo que ambos sufren. Porque incluso en la semejanza de los sufrimientos, sigue habiendo una diferencia en los que los padecen; y aunque estén expuestos a la misma angustia, la virtud y el vicio no son la misma cosa. Pues como el mismo fuego hace brillar el oro y ahumar la paja... así la misma violencia de la aflicción prueba, purga, aclara al bueno, pero condena, arruina, extermina al malvado. Y así es que en la misma aflicción los malvados detestan a Dios y blasfeman, mientras que los buenos rezan y alaban. Tan material es la diferencia, no de los males que se sufren, sino de la clase de hombre que los sufre.
Ahora bien, hasta ahora Agustín se refiere al sufrimiento que es inmerecido. Pero también hay sufrimientos que los hombres buenos pueden merecer y atraer sobre sí mismos, como explica Agustín en el capítulo 9. Esto es así de varias maneras. En primer lugar, por supuesto, nadie es perfecto. Incluso aquellos que evitan las violaciones más flagrantes de la moral cristiana suelen mostrar fallos morales de diversa índole:
Aunque estén lejos de los excesos de los hombres malvados, inmorales e impíos, no se juzgan a sí mismos tan limpios de todas las faltas como para ser demasiado buenos para sufrir por estos males incluso temporales. Porque todo hombre, por muy loablemente que viva, cede en algunos puntos a los deseos de la carne. Aunque no caiga en la enorme enormidad de la maldad, ni en la viciosidad abandonada, ni en la profanidad abominable, sin embargo, se desliza en algunos pecados, ya sea raramente o tanto más frecuentemente cuanto que los pecados parecen de menor importancia.
Pero también está la actitud que el hombre de bien adopta hacia los que llevan una vida especialmente perversa. Hay muchos que desaprueban esa maldad y nunca la practicarían ellos mismos, pero que, sin embargo, por cobardía, se abstienen de criticarla en otros. Aquí Agustín hace algunas observaciones que son especialmente relevantes para nuestros tiempos, y que vale la pena citar ampliamente:
¿Dónde podemos encontrar fácilmente un hombre que tenga en buena y justa estima a aquellas personas a causa de cuyo repugnante orgullo, lujo y avaricia, y malditas iniquidades e impiedades, Dios ahora golpea la tierra como amenazaron sus predicciones? ¿Dónde está el hombre que vive con ellos en el estilo en que nos conviene vivir con ellos? Porque a menudo nos cegamos impíamente ante las ocasiones de enseñarles y amonestarles, a veces incluso de reprenderles y regañarles, ya sea porque rehusamos la labor o nos da vergüenza ofenderles, o porque tememos perder las buenas amistades, no sea que esto se interponga en nuestro progreso, o nos perjudique en algún asunto mundano, que o bien nuestra disposición codiciosa desea obtener, o nuestra debilidad se resiste a perder. De modo que, aunque la conducta de los malvados es desagradable para los buenos, y por lo tanto, no caen con ellos en la condenación que en la otra vida les espera a tales personas, sin embargo, porque perdonan sus pecados abominables por temor, aunque sus propios pecados sean leves y veniales, son justamente azotados con los malvados en este mundo, aunque en la eternidad escapen completamente al castigo. Justamente, cuando Dios los aflige en común con los malvados, encuentran amarga esta vida, por negarse a ser amargos con estos pecadores.
Aquí Agustín enseña que no basta con abstenerse de los pecados de los hombres malvados. El cristiano debe también criticarles por su maldad y tratar de que se arrepientan de ella. Sin duda, Agustín reconoce que puede haber ocasiones en las que uno puede optar justificadamente por posponer tal crítica hasta un momento oportuno, o abstenerse de ella por un temor razonable a hacer más daño que bien. Pero aquí enseña que no es justificable abstenerse de tal crítica simplemente porque es difícil, o porque tememos causar ofensa y perder amigos, o porque no queremos arriesgarnos a perder estatus u otros bienes mundanos. Porque los malvados corren el peligro de condenarse si no se arrepienten, y nosotros "nos cegamos perversamente" si eludimos nuestro deber de animarles a hacerlo. Incluso si evitamos la condenación, sufriremos justamente junto a ellos cuando la providencia divina les imponga castigos de este mundo (desorden social y económico, desastres naturales, etc.).


También aquí Agustín subraya que Dios permite que los buenos sufran junto a los malvados, en parte para despojarlos de su apego a este mundo, donde su reticencia a criticar a los malvados es un síntoma de este apego:
Lo que es digno de reproche es que aquellos que se rebelan contra la conducta de los malvados y viven de otra manera, perdonan las faltas de los demás hombres que deberían reprender y desechar; y las perdonan porque temen ofender, para no perjudicar sus intereses en las cosas que los hombres buenos pueden usar inocente y legítimamente, aunque las usan con más avidez que lo que corresponde a los que son extraños en este mundo y profesan la esperanza de un país celestial.
Agustín es especialmente duro con los cristianos (como los clérigos) que no tienen obligaciones familiares y similares de las que preocuparse, y que, sin embargo, rehúsan cumplir con su deber de condenar la maldad que les rodea:
Suelen pensar en su propia seguridad y en su buen nombre, y se abstienen de censurar a los malvados, porque temen sus artimañas y su violencia .... Se abstienen de intervenir, porque temen que, si no surte buen efecto, su propia seguridad o reputación pueda ser dañada o destruida; no porque vean que la preservación de su buen nombre es necesaria, para poder influir en aquellos que necesitan su instrucción, sino más bien, porque les gusta la adulación y el respeto de los hombres, y temen los juicios de la gente, y el dolor o la muerte del cuerpo; es decir, su no intervención es el resultado del egoísmo, y no del amor.
La aplicación a la actualidad es evidente. Consideremos los pecados sexuales en los que nuestra época se ha hundido, posiblemente, más profundamente que en ninguna otra anterior. Para evitar criticar estos pecados con demasiada dureza o incluso hablar mucho de ellos, incluso muchos cristianos, por lo demás conservadores, se mienten a sí mismos sobre su gravedad, fingiendo que son leves cuando en realidad (y como siempre ha insistido la Tradición) son extremadamente graves. Tales pecados tienen, entre sus consecuencias: el pecado aún más grave del asesinato, en forma de aborto; la falta de padre y la pobreza y la desintegración social que son su secuela; la adicción a la pornografía y los problemas matrimoniales que conlleva; la soledad y la inseguridad económica de las mujeres que en su juventud fueron utilizadas por los hombres para el placer, y que más tarde son incapaces de encontrar marido; una quiebra general de la racionalidad que ha llegado al punto de negar incluso la diferencia objetiva entre hombres y mujeres; y la voluntad de mutilar los cuerpos de los niños en nombre de la ideología de género.


Peor aún, muchos cristianos se engañan pensando que es el amor o la compasión por el pecador lo que les impide condenar estos pecados con demasiada dureza. De hecho, dado el grave daño que causan estos pecados, y la dificultad que tienen tantos para salir de ellos, abstenerse de advertir a otros contra ellos es lo contrario de la compasión. Sin embargo, la época actual es tan adicta a ellos que, de todos los pecados, los sexuales son aquellos cuya crítica pone al crítico en mayor peligro. La gente teme por su reputación, e incluso por su sustento, si habla. Por eso, como dice Agustín, "su no intervención es el resultado del egoísmo, y no del amor".

La consecuencia, enseña Agustín, es que muchos pecadores que podrían haberse arrepentido si se les hubiera advertido, acabarán condenados por ello. Y quienes no les advirtieron sufrirán junto a ellos al menos castigos temporales, porque estaban demasiado apegados a las comodidades de esta vida como para ayudar a otros a prepararse para la próxima. Escribe Agustín:
En consecuencia, me parece que ésta es una de las principales razones por las que los buenos son castigados junto con los malvados, cuando Dios se complace en visitar con castigos temporales las costumbres despilfarradoras de una comunidad. Se les castiga juntos, no porque hayan pasado una vida igualmente corrompida, sino porque tanto los buenos como los malos, aunque no igualmente con ellos, aman esta vida presente; mientras que deberían abaratarla, para que los malos, siendo amonestados y reformados por su ejemplo, puedan aferrarse a la vida eterna... Mientras vivan, sigue siendo incierto que no lleguen a tener una mente mejor. Estos egoístas tienen más motivos para temer que aquellos a los que se les dijo por medio del profeta: "Pero si el centinela ve venir la espada y no toca la trompeta, y el pueblo no es advertido, y una espada viene y se lleva a uno de entre ellos, él será llevado por su iniquidad; pero yo demandaré su sangre de mano del centinela" (Ezequiel 33:6).

En el capítulo 10, Agustín insiste en el tema de que el tesoro de los cristianos se encuentra en el cielo y no en ninguno de los bienes de esta vida, y que, en consecuencia, ningún sufrimiento mundano puede perjudicarlos realmente. Escribe:
Deben soportar todos los tormentos, si es necesario, por amor a Cristo; para que se les enseñe a amar más bien a Aquel que enriquece con la felicidad eterna a todos los que sufren por Él, y no a la plata y al oro, por los que es lamentable sufrir, tanto si los conservan diciendo una mentira como si los pierden diciendo la verdad. Pues bajo estas torturas nadie pierde a Cristo por confesarlo...
Como indica esta última observación, la pérdida de las bendiciones mundanas -bienes materiales, reputación, amistades, salud, sustento, incluso la vida misma- es permitida por Dios para que aprendamos a no aferrarnos a estas cosas a expensas de la visión beatífica, cuyo valor supera todo lo demás. Por lo tanto, Dios sólo permite el sufrimiento no a pesar de su bondad, sino precisamente por su bondad. Como dice Agustín, no hay "ningún mal que le suceda al fiel y al piadoso que no se pueda convertir en beneficio", de modo que, con San Pablo, "sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios" (Romanos 8:28).


Catholic World Report