miércoles, 6 de diciembre de 2000

SACRORUM ANTISTITUM (1 DE SEPTIEMBRE DE 1910)


MOTU PROPRIO

SACRORUM ANTISTITUM

Algunas normas para rechazar el peligro del modernismo

PAPA PÍO X


Venerables hermanos: Salud y bendición apostólica

El peligro del modernismo subsiste

Nos parece que a ningún Obispo se le oculta que esa clase de hombres, los modernistas, cuya personalidad fue descrita en la encíclica Pascendi dominici gregis (1), no han dejado de maquinar para perturbar la paz de la Iglesia. Tampoco han cesado de atraerse adeptos, formando un grupo clandestino; sirviéndose de ello, inyectan en las venas de la sociedad cristiana el virus de su doctrina, a base de editar libros y publicar artículos anónimos o con nombres supuestos. Al releer Nuestra carta citada y considerarla atentamente, se ve con claridad que esta deliberada astucia es obra de esos hombres que en ella describíamos, enemigos tanto más temibles cuanto que están más cercanos; abusan de su ministerio para ofrecer su alimento envenenado y sorprender a los incautos, dando una falsa doctrina en la que se encierra el compendio de todos los errores.

Ante esta peste que se extiende por esa parcela del campo del Señor, donde deberían esperarse los frutos que más alegría tendrían que darnos, corresponde a todos los Obispos trabajar en la defensa de la fe y vigilar con suma diligencia para que la integridad del divino depósito no sufra detrimento; y a Nos corresponde en el mayor grado cumplir con el mandato de nuestro Salvador Jesucristo, que le dijo a Pedro -cuyo principado ostentamos, aunque indignos de ello-: Confirma a tus hermanos. Por este motivo, es decir, para infundir nuevas fuerzas a las almas buenas, en esta batalla que estamos manteniendo, Nos ha parecido oportuno recordar literalmente las palabras y las prescripciones de Nuestro referido documento:

“Os rogamos, pues, y os instamos para que en cosa de tanta importancia no falte vuestra vigilancia, vuestra diligencia, vuestra fortaleza, ni toleréis en ello lo más mínimo. Y lo que a vosotros os pedimos y de vosotros esperamos, lo pedimos y lo esperamos de todos los pastores de almas y de los que enseñan a los jóvenes clérigos, y de modo especial lo esperamos de los maestros superiores de las Ordenes Religiosas”.


Los estudios de filosofía y teología

I – Por lo que se refiere a los estudios, queremos y mandamos taxativamente que como fundamento de los estudios sagrados se ponga la filosofía escolástica.

Ciertamente que si hay alguna cosa tratada con excesivas sutilezas o enseñada superficialmente por los doctores escolásticos; si algo no concuerda con las doctrinas comprobadas posteriormente, o que incluso de algún modo no es probable, está lejos de Nuestra intención el proponer que hoy día se continúe (2). Es importante notar que, al prescribir que se siga la filosofía escolástica. Nos referimos principalmente a la que enseñó Santo Tomás de Aquino: todo lo que Nuestro Predecesor decretó acerca de la misma, queremos que siga en vigor y, por si fuera necesario, lo repetimos y lo confirmamos, y mandamos que se observe estrictamente por todos. Los Obispos deberán, en el caso de que esto se hubiese descuidado en los Seminarios, urgir y exigir que de ahora en adelante se observe. Igual mandamos a los Superiores de las Ordenes Religiosas. A los profesores advertimos que tengan por seguro que, abandonar a Aquino, especialmente en metafísica, da lugar a graves daños. Un pequeño error en los comienzos -dice el mismo Santo Tomás- se hace grande al final (3).

Puestos así los fundamentos filosóficos, se deberá proceder a levantar con todo cuidado el edificio de la teología.

Estimulad con todo vuestro esfuerzo, Venerables Hermanos, los estudios teológicos, para conseguir que, al salir del Seminario, los sacerdotes sepan apreciar esos estudios y los tengan como una de las ocupaciones más gratas. Nadie ignora que entre las muchas y diversas materias que se ofrecen a un espíritu ávido de la verdad, la Sagrada Teología ocupa el primer puesto; ya los sabios antiguos afirmaban que a las demás ciencias y artes les correspondía el papel de servirle, como si fueran sus esclavas (4).

A esto hay que añadir que son dignos de elogio quienes ponen su esfuerzo en aportar nuevo lustre a la teología positiva -siempre con el respeto que se debe a la Tradición, a los Padres y al magisterio eclesiástico (y esto no se puede decir de todos)- con luces tomadas de la verdadera historia.

Ciertamente que hoy hay que tener más en cuenta que antes la teología positiva, pero sin que la teología escolástica salga perjudicada; debe llamarse la atención a los que elogien la teología positiva de tal modo que parezcan despreciar la escolástica, pues así hacen el juego a los modernistas.

En lo que se refiere a las ciencias profanas, basta con remitirnos a lo que sabiamente dijo Nuestro Predecesor: Trabajad con denuedo en el estudio de las cosas naturales, pues así como ahora causan admiración los ingeniosos inventos y las empresas llenas de eficacia de hoy día, más adelante serán objeto de perenne aprobación y elogio (5). Pero todo esto sin detrimento alguno de los estudios sagrados; ya lo advierte también nuestro Predecesor, con estas serias palabras: Si se investigan con detenimiento las causas de estos errores, se advierte que consisten principalmente en que hoy, cuanto con mayor intensidad se cultivan las ciencias naturales, tanto más se marchitan las disciplinas fundamentales y superiores; algunas de ellas incluso han caído en el olvido, otras se tratan de un modo superficial e insuficiente y, lo que ya es indignante, se les arrebata el esplendor de su dignidad, manchándolas con enseñanzas perversas y con doctrinas monstruosas (6). Mandamos, pues, que en los Seminarios las ciencias naturales se cultiven teniendo en cuenta estos extremos.


Selección de profesores

II.-Es necesario tener presentes estas disposiciones Nuestras y de Nuestros Predecesores, a la hora de escoger los Superiores y los profesores de los Seminarios y de las Universidades Católicas.

Todo aquel que de cualquier modo estuviese tocado por el modernismo, sin ninguna consideración deberá ser apartado de los puestos de gobierno y de la enseñanza; si ya los ocupa, habrá que sustituirlo. Igual hay que hacer con quienes de modo encubierto o abiertamente alienten el modernismo, alabando a los modernistas y disculpándolos, criticando la Escolástica, los Padres y el magisterio eclesiástico, haciendo de menos a la obediencia a la potestad eclesiástica en quienquiera que la ostente; y también hay que obrar así con quienes se aficionen a las novedades en materia de historia, de arqueología o de estudios bíblicos; y con quienes ponen a un lado a las disciplinas sagradas, o les anteponen las profanas.

En esto, Venerables Hermanos, sobre todo en la elección de profesores, nunca será demasiada la vigilancia y la constancia; los discípulos saldrán como los maestros. Por estos motivos, con conciencia clara de cuál es vuestro oficio, actuad en ello con prudencia y con fortaleza.

Con la misma vigilancia y exigencia se deberá conocer y seleccionar a quienes deseen ser ordenados. ¡Lejos, lejos de las Sagradas Ordenes el amor a las novedades! Dios aborrece los espíritus soberbios y contumaces.

Nadie podrá obtener de ahora en adelante el doctorado en Teología y en Derecho Canónico, si no ha cursado antes los estudios de filosofía escolástica. Y, si lo obtiene, será inválido.

Decretamos que se extienda a todas las naciones lo que la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares determinó en 1896 con respecto a los clérigos seculares y regulares de Italia.

Los clérigos y sacerdotes que se inscriban en una Universidad o en un Instituto católico, no deberán estudiar en ninguna Universidad civil las disciplinas de las que ya haya cátedra en aquellos. Si en algún sitio se hubiese permitido esto, mandamos que no se vuelva a hacer.

Los Obispos que estén al frente de estas Universidades o Institutos, cuiden con toda diligencia de que se observe en todo momento lo que hemos mandado.


La prohibición de libros


III.-Igualmente los Obispos tienen la obligación de velar para que no se lean los escritos modernistas, o que tienen sabor a modernismo o le hacen propaganda; si estos escritos no están editados, deberán prohibir que se editen.

No se deberá permitir que los alumnos de Seminarios y Universidades tengan acceso a esta clase de libros, periódicos y revistas, pues no son menos dañinos que los contrarios a las buenas costumbres; incluso hacen más daño, porque corroen los fundamentos de la vida cristiana.

El mismo juicio merecen las publicaciones de algunos escritores católicos -por lo demás, bien intencionados-, que, poco formados en teología y contagiados de filosofía moderna, se dedican a armonizar esta filosofía con la fe y hasta pretenden, según dicen, que la fe saque provecho de ello. Precisamente porque estos escritos se leen sin recelo, dado el buen nombre de sus autores, es por lo que representan un mayor peligro para ir paulatinamente deslizándose hacia el modernismo.

En materia tan importante como ésta, Venerables Hermanos, procurad desterrar con energía todo libro pernicioso que circule en vuestras diócesis, por medio incluso de una prohibición solemne. Por más que la Apostólica Sede se esfuerce en eliminar esta clase de escritos, son ya tan abundantes, que faltan las fuerzas para localizarlos a todos. Así, puede suceder que se eche mano de la medicina cuando la enfermedad se ha contraído hace tiempo. Queremos, pues, que los Obispos cumplan con su obligación sin miedo, sin prudencia de la carne, sin escuchar clamores de protesta, con suavidad, ciertamente, pero imperturbablemente; recuerden lo que prescribía León XIII en la Constitución apostólica Officiorum ac munerum: Los Ordinarios, incluso actuando como delegados de la Apostólica Sede, deben proscribir y alejar del alcance de los fieles los libros y los escritos perjudiciales que se editen o se difundan en sus diócesis (7). Estas palabras conceden un derecho, pero también imponen una obligación. Nadie puede pensar que cumple con esa obligación si denuncia algún que otro libro, pero consiente que otros muchos se difundan por todas partes.

Y no os confiéis, Venerables Hermanos, por el hecho de que algún autor haya obtenido el Imprimatur en otra diócesis, porque puede ser falso o porque le ha podido ser concedido con ligereza o con demasiada blandura o por un exceso de Confianza en el autor; cosa ésta que puede ocurrir al- una vez en las Ordenes Religiosas. Sucede que, así como no a todos conviene el mismo alimento, libros que en un lugar pueden ser inocuos, en otro lugar pueden ser perniciosos por una serie de circunstancias. Así, pues, si algún Obispo, después de asesorarse debidamente, cree conveniente prohibir en su diócesis alguno de estos libros, le concedemos sin más facultad para hacerlo, e incluso le mandamos que lo haga. Pero llévese a cabo todo esto con delicadeza, limitando la prohibición al clero, si ello bastara; los libreros católicos tienen el deber de no poner a la venta los libros prohibidos por el Obispo.

Ya que hemos tocado este punto, miren los Obispos que los libreros no comercien con mala mercancía por afán de lucro, pues en algunos catálogos abundan los libros modernistas elogiados profusamente. Si estos libreros se niegan a obedecer, no duden los Obispos, después de llamarles la atención, en retirarles el título de libreros católicos; y más todavía si tienen el título de libreros episcopales. Si ostentan el título de libreros pontificios, habrán de ser denunciados a la Santa Sede.

Por último, queremos recordar a todos lo que se dice en el artículo XXVI de la Constitución Officiorum: Todos aquellos que han obtenido permiso apostólico para leer y retener libros prohibidos, no pueden por eso leer ni retener los libros o periódicos prohibidos por el Ordinario del lugar, a no ser que en el indulto apostólico se haga constar la facultad de leer y retener libros condenados por quienquiera.


Los censores de oficio

IV .-Pero no basta con impedir la lectura y la venta de los libros malos, sino que es preciso también evitar su edición. Por consiguiente, los Obispos han de conceder con mucha exigencia la licencia para editar.

Dado que son muchas las cosas que se exigen en la Constitución Officiorum, para que el Ordinario conceda el permiso de editar, y como no es posible que el Obispo pueda hacerlo todo de por sí, en cada Diócesis deberá haber un número suficiente de censores de oficio, para examinar los libros. Recomendamos encarecidamente esta institución de los censores, y no sólo aconsejamos sino que mandamos taxativamente que se extienda a todas las diócesis. Deberá haber en todas las curias diocesanas censores de Oficio, que examinen los escritos que se vayan a editar; se deberán elegir de entre ambos cleros, que merezcan confianza por su edad, su erudición, su prudencia, que mantengan un firme equilibrio en lo que se refiere a las doctrinas que se deben aprobar y las que no se deben aprobar. A ellos se deberá encomendar el examen de los escritos que, según los artículos 41 y 42 de la Constitución citada, necesitan autorización para ser publicados; el Censor expresará su juicio por escrito. Si este juicio fuera favorable, el Obispo autorizará la publicación, con la palabra Imprimatur, que irá precedida de la expresión Nihil obstat y la firma del Censor.

Igual que en las demás otras, también en la Curia romana se han de instituir censores de oficio. Serán nombrados por el Maestro del Sacro Palacio, oído el Cardenal Vicario de la Urbe y con el consentimiento y la aprobación del Sumo Pontífice. Será el Maestro del Sacro Palacio quien designe el censor que deba examinar cada escrito, y también él dará la autorización de publicar -igualmente podrá hacerlo el Cardenal Vicario del Pontífice o quien haga sus veces-, siempre precedida, como queda dicho, de la fórmula de aprobación y de la firma del Censor

Sólo en circunstancias extraordinarias y muy excepcionalmente, según el prudente juicio del obispo, podrá omitirse el nombre del Censor.

El nombre del Censor no deberá ser conocido por el autor, hasta que emita un juicio favorable, para evitarle molestias mientras está examinando el escrito o por si no autoriza la publicación.

Nunca se deberá nombrar censores Religiosos sin primero pedir la opinión reservada de su Superior Provincial o, si es en Roma, del Superior General; ellos darán fe de las buenas costumbres, de la ciencia y de la rectitud doctrinal de la persona designada.

Advertimos a los Superiores Religiosos del gravísimo deber que tienen de no permitir que ninguno de sus súbditos publique nada sin que medie la aprobación de ellos mismos o del Ordinario.

Por último, advertimos y declaramos que quien ostente el título de censor no podrá nunca hacerlo valer ni nunca lo ha de utilizar para refrendar sus opiniones personales.

Una vez dichas estas cosas en general, mandamos que en concreto se observe lo que estatuye en el artículo 42 la Constitución Officiorum con estas palabras: Está prohibido que, sin previa autorización del Ordinario, los clérigos seculares dirijan diarios o publicaciones periódicas. Si usan mal de esa autorización, se les deberá amonestar y privar de ella.

En cuanto a los sacerdotes que son corresponsales o colaboradores de prensa, dado que con frecuencia escriben en publicaciones tocadas con el virus del modernismo, los Obispos deben cuidar de que no traspasen los límites permitidos y si es preciso, retírenles la autorización. Advertimos seriamente a los Superiores Religiosos que hagan lo mismo: si no hacen caso de esta advertencia, deberán intervenir los Ordinarios con autoridad delegada del Sumo Pontífice.

Se hará todo lo posible para que los periódicos y las revistas escritas por católicos tengan un censor. Su trabajo consistirá en leer todo lo escrito después de publicado, y, si encuentran algo incorrecto, deberán exigir una rápida rectificación. Esta misma facultad tendrá el Obispo, incluso contra la opinión favorable del Censor.


La asistencia a Congresos y Asambleas


V.-Ya hemos citado los Congresos y las Asambleas, como lugares en los que los modernistas tratan de defender y propagar públicamente su pensamiento.

De ahora en adelante, los Obispos no permitirán, sino por rara excepción, que se celebren asambleas de sacerdotes. Y aun en el caso de permitirlas, que sólo sea con la condición de que no se trate en ellas de asuntos que únicamente competen a los Obispos o a la Sede Apostólica; que nada se proponga o se reclame en detrimento de la potestad sagrada; que en absoluto se hable en ellas de nada que huela a modernismo, a presbiterianismo o a laicismo.

A estas asambleas o congresos, autorizados uno a uno por escrito y en momento adecuado, no deberá asistir ningún sacerdote de otra diócesis a quien su Obispo no se lo permita por escrito.

Los sacerdotes deberán siempre tener presente la seria advertencia de León XIII (8): La autoridad de sus Obispos ha de ser santa para los sacerdotes; tengan por cierto que, si el ministerio sacerdotal no se ejerce bajo el magisterio de los Obispos, no será ni santo, ni eficaz, ni limpio.


El Consejo de Vigilancia

VI.-¿De qué serviría, Venerables Hermanos, que diésemos órdenes y preceptos, si no se observaran puntual y decididamente? Para tener la alegría de ver que estas prescripciones se cumplen, Nos ha parecido conveniente extender a todas las diócesis lo que, ya hace años, decidieron los Obispos de la Umbría (9): Para arrancar los errores que se han difundido y para evitar que se sigan divulgando o que sigan surgiendo maestros de impiedad que mantengan vivos los perniciosos efectos que ha producido esta divulgación, el Santo Sínodo determina que, siguiendo el ejemplo de San Carlos Borromeo, en cada diócesis se cree un Consejo compuesto por sacerdotes de uno y otro clero, cuyo cometido sea estar atentos para ver qué nuevos errores nacen y con qué nuevas técnicas se difunden, e informar de ello al Obispo, para que, debidamente asesorado, ponga los remedios que apaguen el mal desde su mismo comienzo, a fin de que no se divulgue haciendo cada vez más daño a las almas, o que no eche raíces y crezca, lo cual sería peor.

Este Consejo, que queremos se llame de vigilancia, mandamos que sea creado cuanto antes en cada una de las diócesis. Las personas que de él formen parte, cumplirán con su cometido del mismo modo que hemos establecido para los censores. Cada dos meses tendrán una reunión con el Obispo; lo que en esa reunión traten o decidan será secreto.

Por razón de su oficio, tendrán las siguientes atribuciones: estar alerta para descubrir cualquier indicio de modernismo en los libros y en la enseñanza; determinar, con prudencia, pero con rapidez y eficacia, lo que sea preciso para conservar sano el clero y la gente joven.

Tened cuidado con los vocablos de nuevo cuño, y recordad los consejos de León XIII (10): No se deberá tolerar en escritos católicos los modos de decir que siguiendo la corriente a las novedades malas, se burlen de la piedad de los fieles, propongan un nuevo estilo de vida cristiana, unos nuevos preceptos de la Iglesia, unas nuevas aspiraciones espirituales, una nueva vocación social del clero, una nueva civilización cristiana, y otras muchas cosas parecidas. Nada de esto se tolerará ni en los libros ni en las conferencias.


Las Sagradas Reliquias y las tradiciones piadosas

No os olvidéis de prestar atención a los libros que tratan de tradiciones piadosas locales o de las Sagradas Reliquias. No consentiréis que en periódicos o revistas piadosas se hable de estos temas sin respeto o con desprecio, ni pretendiendo dar criterio, principalmente -como ocurre con frecuencia-, si se afirma que son cosas relativas o se emiten opiniones basadas en prejuicios.

Acerca de las Sagradas Reliquias, hay que tener en cuenta lo siguiente: si los Obispos -que son los únicos que tienen esta facultad- saben con certeza que una reliquia no es auténtica, la deben retirar del culto de los fieles; si una reliquia no tiene su «auténtica» (certificado de autenticidad), por haberse perdido en alguna revolución civil o por alguna otra causa, no se deberá proponer al culto público hasta que el Obispo no la haya reconocido debidamente. No se echará mano del argumento de prescripción o de presunción fundada sino cuando se pueda basar en la antigüedad del culto, como recomienda el Decreto de la Congregación para las Indulgencias y para las Sagradas Reliquias, del año 1896: Las reliquias antiguas se deben seguir venerando como siempre, a no ser que en un caso particular haya motivos para pensar que son falsas.

Cuando se trate de juzgar las tradiciones piadosas, se deberá tener presente que la Iglesia ha obrado en esto siempre con tanta prudencia, que no permite que estas tradiciones se pongan por escrito si no es con toda cautela y sin antes hacer la declaración mandada por Urbano VIII; y aun actuando así, no afirma la verdad del hecho: se limita a no prohibir que se crea en él, a no ser que para ello falten argumentos humanos. La Sagrada Congregación de Ritos, hace treinta años decretaba (11): Esas apariciones o revelaciones no fueron ni aprobadas ni condenadas por la Sede Apostólica, que solamente permite que se crea piadosamente en ellas con fe humana, conforme a la tradición de que gozan, confirmada por testimonios y documentos apropiados. Quien se atenga a esto nada debe temer, pues la devoción a alguna aparición, en lo que respecta al hecho, lleva implícita la condición de que ese hecho sea verdad, y entonces se llama relativa; pero también se llama y es absoluta porque se fundamenta en la verdad, ya que se dirige a las personas de los Santos que se quiere honrar. Esto mismo se ha de decir de las Reliquias.

Por último, encomendamos a este Consejo de vigilancia que no pierda de vista en ningún momento a las instituciones sociales y a los escritos sobre cuestiones sociales, para que no se introduzca en ellos nada de modernismo, sino que se atengan a las prescripciones de los Romanos Pontífices.


Ultimas recomendaciones

VII.-Para que no caiga en olvido lo que aquí mandamos, deseamos y ordenamos que todos los Obispos, en el plazo de un año después de publicado este documento, y más adelante cada tres años, manden un informe detallado y jurado a la Sede Apostólica acerca de todos los extremos que en esta Carta hemos desarrollado; asimismo lo harán acerca de las doctrinas que estén de actualidad entre el clero, de modo particular en los Seminarios y en los demás Institutos católicos, incluidos los que no estén sometidos a la autoridad del Ordinario. Lo mismo ordenamos a los Superiores Generales de las Ordenes Religiosas.


La enseñanza en los Seminarios y Noviciados

Confirmamos todo esto, urgiéndoos en conciencia, contra quienes, sabedores de ello, no obedezcáis; y añadimos algunas particularidades que se refieren a los alumnos de los Seminarios y a los novicios de los Institutos religiosos.

En los Seminarios, las enseñanzas deben de estar programadas de modo tal que toda su planificación lleve a formar sacerdotes dignos de llevar ese hombre. No se puede pensar que la combinación de todas las enseñanzas vaya a ir en detrimento de la piedad. Todo ello toma parte en la formación, y son como las palestras en donde con una preparación diaria se ejercita la sagrada milicia de Cristo. Para conseguir un ejército bien entrenado, dos cosas son absolutamente necesarias: la doctrina que cultiva la mente y la virtud que perfecciona el alma. La una exige que los jóvenes alumnos seminaristas se instruyan en aquello que tiene más íntima relación con los estudios de las cosas divinas; la otra exige una singular categoría en la virtud y en la constancia. Observad, pues, quienes enseñáis las asignaturas y la piedad, qué esperanzas da cada uno de los alumnos, y examinad las disposiciones que cada cual tiene; ved si se dejan llevar por su manera de ser, si son proclives al espíritu profano; si tienen disposiciones para ser dóciles, inclinados a ser piadosos, si no son dados a tenerse en buen concepto, si saben aprender lo que se les enseña; miren si van hacia la dignidad sacerdotal con rectitud de intención, o si se mueven por razones humanas; observad, por último, si poseen la santidad y la doctrina convenientes para esa vida; si faltara algo de esto, mirad si al menos se podría asegurar que se proponen adquirirlo con decisión. Ofrecen no pocas dificultades estas averiguaciones; si les faltan las virtudes a las que Nos hemos referido, cumplirán los actos de piedad hipócritamente, y se someterán a la disciplina sólo por temor y no por convencimiento interior. Quien obedezca servilmente o rompa la disciplina por superficialidad o por rebeldía, está muy lejos de poder desempeñar el sacerdocio santamente. No se puede pensar que quien menosprecia la disciplina en casa no se apartará de ningún modo de las leyes públicas de la Iglesia. Si un Superior ve que algún muchacho está en estas malas disposiciones, advertidle de ello una y otra vez y, después de la experiencia de un año, si veis que no se corrige, deberéis dimitirlo y ningún otro Obispo lo volverá a admitir.


Condiciones para acceder al sacerdocio

Hay dos cosas que se requieren absolutamente para promover a alguien al sacerdocio; una vida limpia junto con una doctrina sana. No olvidéis que los preceptos y consejos que los Obispos dirigen a quienes se inician en las Sagradas Ordenes, también se aplican a quienes se preparan para ellas: “Hay que procurar que estos elegidos estén adornados de sabiduría celestial, de buenas costumbres y de una continua observancia de la justicia. Que sean honestos y maduros en ciencia y en obras… que en ellos brille toda forma de justicia”.

Habríamos dicho ya bastante acerca de la honestidad de vida, si no fuera porque no es fácil separarla de la doctrina que cada cual asimile y las opiniones propias que defienda. Mas, como se dice en el libro de los Proverbios: Al hombre se le conoce por su sabiduría (12); y como dice el Apóstol: Quien… no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (13). Cuando hay que dedicarse a aprender tantas y tan variadas cosas como nuestro tiempo enseña, de nada mejor se puede echar mano que de las luces que proporciona el progreso humano. Así, pues, si quienes forman parte del clero quieren llevar acabo su tarea según exigen estos tiempos, si quieren con fruto exhortar a la sana doctrina y argumentar contra quienes la impugnan (14), si quieren aprovechar para la Iglesia las realizaciones del genio humano, es necesario que adquieran ciencia y no una ciencia vulgar, y es necesario que se mantengan firmes en la doctrina. Hay que luchar contra enemigos bien preparados, que con frecuencia unen un alto nivel de estudios a una ciencia construida con astucia, cuyas teorías erróneas y vibrantes están expuestas con gran aparato de palabras, para que parezca que están diciendo algo nuevo y peregrino. Por eso hay que preparar seriamente las armas, es decir, han de adquirir gran riqueza de doctrina todos aquellos que se disponen a pelear en una tarea santísima y particularmente ardua.

Como la vida del hombre es tan limitada, que apenas si puede tomar un sorbo del abundante manantial que es el conocimiento de las cosas, hay que moderar el ansia de aprender y recordar estas palabras de San Pablo: no elevarse por encima de lo debido (15). Por esta razón, como los clérigos tienen la obligación de estudiar mucho y seriamente, ya en lo que se refiere a las Escrituras, como a la Fe, a las costumbres, a la piedad y al culto -la así llama- da ascética-, ya lo que se refiere a la historia de la Iglesia, el derecho canónico, a la elocuencia sagrada; con objeto de que los jóvenes no distraigan su tiempo con otras cuestiones, recortándolo de lo que es su principal estudio, prohibimos terminantemente que lean periódicos y revistas, por buenas que sean; los Superiores que no cuiden extremadamente esto, han de sentir gravemente culpable su conciencia.


Medidas contra la infiltración del modernismo

Para evitar toda posibilidad de que el modernismo se infiltre disimuladamente, queremos no sólo que se observe lo que decíamos en el número segundo más arriba transcrito, sino que además mandamos que cada doctor, al acabar los estudios de su segundo año, presente a su Obispo el texto que se propone explicar, o las cuestiones o tesis que va a exponer; aparte de esto, se deberá observar cómo lleva sus clases durante un año; si se ve que se aparta de la buena doctrina, esto será motivo para que se le haga abandonar la docencia. Por último, aparte de la profesión de fe, habrá de entregar a su Obispo el juramento, cuya fórmula se incluye más adelante, debidamente firmado.

También entregarán a su Obispo este juramento, además de la profesión de Fe, con la fórmula prescrita por Nuestro Antecesor Pío IV, y las definiciones añadidas por el Concilio Vaticano I:

I.-Los clérigos que se inician en las Ordenes Mayores; a cada uno de ellos habrá que entregarle antes un ejemplar de la profesión de fe y otro del juramento, para que lo consideren detenidamente y conozcan también la sanción que lleva consigo la violación del juramento, como más adelante diremos.

II.-Los sacerdotes que se destinen a oír confesiones y los oradores sagrados, antes de que se les conceda autorización para ejercer sus funciones.

III.-Los Párrocos, Canónigos, Beneficiarios, antes de tomar posesión de su beneficio.

IV .-Los oficiales de las curias episcopales y de los tribunales eclesiásticos, incluidos el Vicario general y los jueces.

V .-Los predicadores en tiempo de Cuaresma.

VI.-Todos los oficiales de las Congregaciones Romanas o de los tribunales, ante el Cardenal Prefecto o el Secretario de la Congregación o tribunal correspondiente.

VIl.-Los Superiores y doctores de las Familias Religiosas y de las Congregaciones, antes de tomar posesión de su cargo.

La profesión de fe a que nos hemos referido y el documento impreso con el juramento han de ser expuestos en un tablón de anuncios especial en las Curias episcopales y en las oficinas de todas las Congregaciones Romanas. Si alguien osara violar este juramento -lo que Dios no permita- será acusado ante el Tribunal del Santo Oficio.


JURAMENTO CONTRA LOS ERRORES DEL MODERNISMO

Yo…, abrazo y acepto firmemente todas y cada una de las cosas que han sido definidas, afirmadas y declaradas por el Magisterio inerrante de la Iglesia, principalmente aquellos puntos de doctrina que directamente se oponen a los errores de la época presente y,

En primer lugar: profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser ciertamente conocido y, por lo tanto, también demostrado, como la causa por sus efectos, por la luz natural de la razón mediante las cosas que han sido hechas, es decir, por las obras visibles de la creación. 

En segundo lugar: admito y reconozco como signos certísimos del origen divino de la religión cristiana, los argumentos externos de la revelación, esto es, hechos divinos, y en primer término, los milagros y las profecías, y sostengo que son sobremanera acomodados a la inteligencia de todas las épocas y de los hombres, aun los de este tiempo. 

En tercer lugar: creo igualmente con fe firme que la Iglesia, guardiana y maestra de la palabra revelada, fue próxima y directamente instituida por el mismo verdadero e histórico Cristo, mientras vivía entre nosotros, y que fue edificada sobre Pedro, príncipe de la jerarquía apostólica, y sus sucesores para siempre. 

Cuarto: acepto sinceramente la doctrina de la fe transmitida hasta nosotros desde los Apóstoles por medio de los Padres ortodoxos, siempre en el mismo sentido y en la misma sentencia; y por lo tanto, de todo punto rechazo la invención herética de la evolución de los dogmas, que pasarían de un sentido a otro diverso del que primero mantuvo la Iglesia; igualmente condeno todo error, por el que al depósito divino, entregado a la Esposa de Cristo y que por ella ha de ser fielmente custodiado, sustituye un invento filosófico o una creación de la conciencia humana, lentamente formada por el esfuerzo de los hombres y que en adelante ha de perfeccionarse por progreso indefinido. 

Quinto: Sostengo con toda certeza y sinceramente profeso que la fe no es un sentimiento ciego de la religión que brota de los escondrijos de la subconsciencia, bajo presión del corazón y la inclinación de la voluntad formada moralmente, sino un verdadero asentimiento del entendimiento a la verdad recibida por fuera por oído, por el que creemos ser verdaderas las cosas que han sido dichas, atestiguadas y reveladas por el Dios personal, creador y Señor nuestro, y lo creemos por la autoridad de Dios, sumamente veraz.

También me someto con la debida reverencia y de todo corazón me adhiero a las condenaciones, declaraciones y prescripciones todas que se contienen en la Carta Encíclica Pascendi dominici gregis y en el Decreto Lamentabili, particularmente en lo relativo a lo que llaman historia de los dogmas.

Asimismo repruebo el error de los que afirman que la fe propuesta por la Iglesia puede repugnar a la historia, y que los dogmas católicos en el sentido en que ahora son entendidos, no pueden conciliarse con los auténticos orígenes de la religión cristiana.

Condeno y rechazo también la sentencia de aquellos que dicen que el cristiano erudito se reviste de doble personalidad, una de creyente y otra de historiador, como si fuera lícito al historiador sostener lo que contradice a la fe del creyente, o sentar premisas de las que se siga que los dogmas son falsos y dudosos, con tal de que éstos no se nieguen directamente. Repruebo igualmente el método de juzgar e interpretar la Sagrada Escritura que, sin tener en cuenta la tradición de la Iglesia, la analogía de la fe y las normas de la Sede Apostólica, sigue los delirios de los racionalistas y abraza no menos libre que temerariamente la crítica del texto como regla única y suprema. Rechazo además la sentencia de aquellos que sostienen que quien enseña la historia de la teología o escribe sobre esas materias, tiene que dejar antes a un lado la opinión preconcebida, ora sobre el origen sobrenatural de la tradición católica, ora sobre la promesa divina de una ayuda para la conservación perenne de cada una de las verdades reveladas, y que además los escritos de cada uno de los Padres han de interpretarse por los solos principios de la ciencia, excluida toda autoridad sagrada, y con aquella libertad de juicio con que suelen investigarse cualesquiera monumentos profanos. De manera general, finalmente, me profeso totalmente ajeno al error por el que los modernistas sostienen que en la sagrada tradición no hay nada divino, o lo que es mucho peor, lo admiten en sentido panteístico, de suerte que ya no quede sino el hecho escueto y sencillo, que ha de ponerse al nivel de los hechos comunes de la historia, a saber: unos hombres que por su industria, ingenio y diligencia, continúan en las edades siguientes la escuela comenzada por Cristo y sus Apóstoles. Por lo tanto, mantengo firmísimamente la fe de los Padres y la mantendré hasta el postrer aliento de mi vida sobre el carisma cierto de la verdad, que está, estuvo y estará siempre en la sucesión del episcopado desde los Apóstoles (16); no para que se mantenga lo que mejor y más apto pueda parecer conforme a la cultura de cada época, sino para que nunca se crea de otro modo, nunca de otro modo se entienda la verdad absoluta e inmutable predicada desde el principio por los Apóstoles (17).

Todo esto prometo que lo he de guardar íntegra y sinceramente y custodiar inviolablemente sin apartarme nunca de ello, ni enseñando ni de otro modo cualquiera de palabra o por escrito. Así lo prometo, así lo juro, así me ayude Dios, etc.


LA PREDICACIÓN SAGRADA

Como quiera que después de una detenida observación Nos hemos dado cuenta de que sirven de poco los cuidados que los Obispos ponen para que se predique la Palabra, y esto no por culpa de los oyentes, sino más bien por causa de la arrogancia de los predicadores, que exponen la palabra de los hombres y no la de Dios, hemos creído oportuno divulgar en lengua latina, y recomendar a los Ordinarios el documento que, por mandato de Nuestro Predecesor León XIII, fue publicado por la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, el día 31 de julio de 1894, y enviado a los Ordinarios de Italia y a los Superiores de las Familias y Congregaciones Religiosas:


Piedad y doctrina

1.º «En primer lugar, por lo que se refiere a las virtudes de que deben estar adornados de manera muy eminente los oradores sagrados, tengan buen cuidado los Ordinarios y los Superiores de las Familias religiosas de no confiar el santo y salutífero ministerio de la palabra divina a quienes no sean piadosos con Dios ni amen a Jesucristo, Hijo de Dios y Señor nuestro, y no desborden de sí esta piedad y este amor. Si estas dotes faltan en los predicadores de la doctrina católica, no conseguirán ser más que bronces que resuenan o unos címbalos que tañen (18); jamás les debe faltar aquello de lo que procede la fuerza y la eficacia de la predicación evangélica, es decir, el celo por la gloria de Dios y por la salvación eterna de las almas. Esta necesaria piedad que deben tener los oradores sagrados ha de traslucirse muy particularmente en la manera de manifestar su vida, no vaya a ser que la conducta de quienes predican esté en contradicción con lo que recomiendan sobre los preceptos y las costumbres cristianas, y no destruyan con obras lo que edifican de palabra. Esa piedad no debe resentirse de nada profano: debe estar adornada de gravedad, para que se vea que de verdad son ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (19). De lo contrario, como acertadamente advierte el Doctor Angélico: si la doctrina es buena y el predicador es malo, éste es ocasión de blasfemia de la doctrina divina (20).

Pero a la piedad y las demás virtudes cristianas no les debe faltar ciencia; es evidente por sí, y la experiencia así lo confirma, que quienes no poseen abundante doctrina -principalmente doctrina sagrada- no pueden expresarse con sabiduría, no con rigor sistemático, ni con fruto; y tampoco quienes confiados en su innata facilidad de palabra, suben al púlpito con desenfado, casi sin prepararse. Estos ciertamente dan palos en el vacío, e inconscientemente son causa de que la palabra divina sea despreciada y objeto de burla; a ellos se les pueden aplicar sin restricción las palabras divinas: Ya que tú has rechazado la ciencia, yo te rechazaré también, para que no ejerzas mi sacerdocio (21)»


«Predicad el Evangelio…»

2º. – «Por consiguiente, que los Obispos y los Ordinarios de las Familias religiosas no confíen el ministerio de la palabra a ningún sacerdote, sin que antes les conste que tiene una notable cantidad de piedad y de doctrina. Vigilad atentamente para que sólo hablen de las cosas que son propias de la predicación divina. En qué consisten estas cosas lo dijo el mismo Cristo nuestro Señor: Predicad el Evangelio… (22). Enseñando a observar todo lo que os he mandado (23). A lo cual Santo Tomás comenta: Los predicadores deben dar luz en lo que hay que creer, orientar en lo que hay que hacer, decir lo que hay que evitar, y ya apremiando, ya exhortando, no cesar de predicar a los hombres (24) . El Concilio de Trento dice: Poniéndoles de manifiesto los vicios que deben abandonar, y las virtudes que les conviene adquirir, para que puedan eludir la pena eterna y alcanzar la gloria del cielo (25). Todo esto lo resumió Pío IX escribiendo así: Predicando a Cristo crucificado, y no a vosotros mismos, anunciad al pueblo con claridad y sencillez los dogmas y preceptos de nuestra santa religión, valiéndoos de un lenguaje serio y elegante; exponed a todos con detalle cuáles son sus correspondientes deberes, apartad a todos del pecado, encendedlos en piedad; de esta forma, los fieles, alimentados con la palabra de Dios, se apartarán de todos los vicios, se sentirán inclinados a la virtud y podrán verse a salvo de las penas eternas y alcanzarán la gloria del cielo (26). De todo esto resulta evidente que los temas sobre los que hay que predicar son el Símbolo de los Apóstoles, la ley de Dios, los Mandamientos de la Iglesia, los Sacramentos, las virtudes y los vicios, los deberes de estado, los Novísimos del hombre, y las demás verdades eternas».


Más sermones y menos «conferencias»

3º – «Pero no es raro que a los modernos ministros de la palabra divina se les dé poco por esta riquísima e importantísima cantidad de cosas; dejándolas de lado como si fueran algo desusado e inútil y casi rechazándolas. Se han dado cuenta de que estas cosas que hemos citado no son precisamente las más apropiadas para arrancar esa popularidad que tanto apetecen; buscan sus propias cosas, no las cosas de Jesucristo (27), y esto lo hacen incluso durante los días de cuaresma y en los demás tiempos solemnes del año. No sólo le cambian el nombre a todo, sino que ahora sustituyen los sermones de siempre por una especie de discursos poco adecuados para dirigirse a las mentes, a los que llaman CONFERENCIAS, que se prestan más a elucubraciones que a mover las voluntades y a estimular las buenas costumbres. No se convencen de que los sermones morales aprovechan a todos, mientras que las conferencias apenas si son de provecho para unos pocos; si en la predicación se lleva acabo un examen detenido de las costumbres, inculcando la castidad, la humildad, la docilidad a la autoridad de la Iglesia, de por sí se rectificarán las ideas equivocadas en la fe y se dará acogida a la luz de la verdad con mejor disposición de ánimo. Los conceptos equivocados que muchos tienen sobre la religión, sobre todo entre los mismos católicos, se deben achacar más a las malas inclinaciones de la concuspiscencia que a una actitud errada de la inteligencia, como afirman estas palabras divinas: Del corazón salen los malos pensamientos. ..las blasfemias (28). Haciendo referencia a las palabras del Salmista: Dijo el insensato en su corazón: Dios no existe (29), San Agustín comenta: en su corazón no en su cabeza».


Predicar con sencillez

4º – «De todas formas no hay que tomar lo que hemos dicho como si estas maneras de dirigir la palabra sean por sí reprobables, sino por el contrario, si se hace bien, pueden ser grandemente útiles e incluso necesarias para combatir los errores con que la religión es atacada. Pero hay que eliminar absolutamente del púlpito las maneras pomposas de hablar, que no hacen más que dar vueltas a las cosas en vez de animar a la buena conducta; que se refieren a lo que es más propio de la sociedad civil que de la religión; que miran más a la elegancia en el decir que al logro de frutos. Todas estas cosas son más propias de ensayos literarios y de discursos académicos, pero no concuerdan en absoluto con la dignidad y la categoría de la casa de Dios. Los Discursos o conferencias que tienen por objeto defender la religión contra los ataques de los enemigos aun cuando a veces sean necesarios, no son cosa que esté al alcance de todos, sino que hay que ser muy capaz para ello. Pero incluso estos eximios oradores se han de andar con gran cautela, pues estas defensas a la religión sólo convienen si así lo aconsejan las circunstancias de lugar, de tiempo y de género de oyentes, y cuando se vea que no van a quedar infructuosas: es innegable que el juicio acerca de la oportunidad o no, corresponde a los Ordinarios. Además, en esta clase de discursos confiad más en la fuerza de la doctrina sagrada que en las palabras de la sabiduría humana; que la exposición tenga fuerza y sea lúcida, no ocurra que en las mentes de los oyentes queden grabadas más profundamente las teorías falsas que la verdad que se les opone, o que sobresalgan más las objeciones que las respuestas. De manera especial habrá que no abusar de estos discursos, sustituyendo por ellos a los sermones, como si éstos fuesen de menor categoría y menos eficaces, dejándolos, por consiguiente, para predicadores y oyentes vulgares. Es muy cierto que a la gran masa de fieles les son altamente necesarios los sermones sobre las buenas costumbres, pero esto no quiere decir que deban tener menos categoría que los discursos apologéticos; de manera que los sermones se han de predicar por oradores de gran prestigio, sin tener en cuenta si el público oyente es de lo más elegante o de lo más corriente, y, al menos de vez en cuando, se deberán organizar estos sermones con especial cuidado. Si no se hace así, la mayoría de los fieles estará siempre oyendo hablar de los errores, que casi todos ellos detestan; pero nunca oirá hablar de los vicios y pecados que a ellos y a todos nos acechan y manchan».


La Sagrada Escritura, fuente de predicación

5º. – Cuando el tema escogido para los sermones no es desacertado, hay otras cosas, muy graves, que producen lástima, si se consideran el estilo y la forma del discurso. Como espléndidamente dice Santo Tomás de Aquino, para que de verdad sea luz del mundo, el predicador de la palabra divina ha de reunir tres condiciones: primero, la solidez de doctrina, para no desviar de la verdad; segundo, claridad de exposición, para que su enseñanza no sea confusa; tercero, eficacia, para buscar la alabanza de Dios y no la suya propia (30). Pero la verdad es que, las más de las veces, la forma de hablar hoy día no está poco lejos de esas claridad y sencillez evangélicas que deben ser sus características, sino que más bien está toda cifrada en filigranas oratorias y en temas abstractos, que superan la capacidad de entender del pueblo corriente. Es cosa verdaderamente lamentable, dan ganas de llorar con las palabras del profeta: Las criaturas pidieron pan y no hubo quien se lo diera (31). Y también es muy te triste que con frecuencia falte en los sermones contenido religioso, ese soplo de piedad cristiana, esa fuerza divina y esa virtud del Espíritu Santo que mueve las almas y las impulsa hacia el bien: para conseguir esta fuerza y esta virtud, los predicadores sagrados siempre han de tener presentes las palabras del Apóstol: Mi palabra y mi predicación no consisten en persuasivos vocablos de sabiduría humana, sino en mostrar el espíritu y la virtud (32). Quienes confían en persuasivos vocablos de sabiduría humana, casi nada o nada tienen en cuenta la palabra divina ni las Sagradas Escrituras, que ofrecen el más poderoso y abundante manantial para la predicación, como no hace mucho tiempo enseñaba León XIII, con estas importantes palabras: Esta característica virtud de las Escrituras, que procede del soplo del Espíritu Santo, es la que da autoridad al orador sagrado, le otorga la libertad de apostolado, le confiere una elocuencia viva y convincente. Quienquiera que esgrime al hablar el espíritu y la fuerza de la palabra divina, ése no habla sólo con palabras, sino con firmeza, con el Espíritu Santo y lleno de confianza (33). Hay que decir que actúan a la ligera y con imprudencia quienes predican sus sermones y enseñan los preceptos divinos como si solamente utilizaran palabras de ciencia y de prudencia humanas, apoyándose más en sus propios argumentos que en los divinos. La oratoria de éstos, aun cuando sea brillante, necesariamente carecerá de vigor y será fría, puesto que le falta el fuego de la palabra de Dios, y por eso estará lejos de tener esa fuerza que es propia de la palabra divina: Viva es la palabra de Dios, y eficaz, y penetrante como una espada de doble filo que llega hasta los entresijos del alma (34). Además de que las personas más sabias están de acuerdo en que las Sagradas Escrituras son de una maravillosa, variada y rica elocuencia, adecuada a las cosas más grandes, San Agustín también lo comprendió así y habló de ello ampliamente (35); incluso es algo que se pone en evidencia en los oradores sagrados de mayor categoría, y quienes deben su fama a una asidua frecuentación y a una piadosa meditación de los Libros Sagrados así lo afirmaron, dando gracias a Dios (36).

La Biblia es, pues, la principal y más asequible fuente de elocuencia sagrada. Pero quienes se constituyen en pregoneros de novedades, no alimentan el acervo de sus discursos de la fuente de agua viva, sino que insensatamente y equivocados se arriman a las cisternas agrietadas de la sabiduría humana; así, dejando de lado a la doctrina inspirada por Dios, o a la de los Padres de la Iglesia y a la de los Concilios, todo se les vuelve a los nombres y las ideas de escritores profanos y recientes, que todavía viven: estas ideas dan lugar con frecuencia a interpretaciones ambiguas o muy peligrosas.


Buscar el fruto sobrenatural en la predicación

Otra manera de hacer daño es la de quienes hablan de las cosas de la religión como si hubiesen de ser medidas según los cánones y las conveniencias de esta vida que pasa, dando al olvido la vida eterna futura: hablan brillantemente de los beneficios que la religión cristiana ha aportado a la humanidad, pero silencian las obligaciones que impone; pregonan la caridad de Jesucristo nuestro Salvador, pero nada dicen de la justicia. El fruto que esta predicación produce es exiguo, ya que, después de oírla, cualquier profano llega a persuadirse de que, sin necesidad de cambiar de vida, él es un buen cristiano con tal de decir: Creo en Jesucristo (37).

¿Qué clase de fruto quieren obtener estos predicadores? No tienen ciertamente ningún otro propósito más que el de buscar por todos los medios ganarse adeptos halagándoles los oídos, con tal de ver el templo lleno a rebosar, no les importa que las almas queden vacías. Por eso es por lo que ni mencionan el pecado, los novísimos, ni ninguna otra cosa importante, sino que se quedan sólo en palabras complacientes, con una elocuencia más propia de un arenga profana que de un sermón apostólico y sagrado, para conseguir el clamor y el aplauso; contra estos oradores escribía San Jerónimo: Cuando enseñes en la Iglesia, debes provocar no el clamor del pueblo, sino su compunción: las lágrimas de quienes te oigan deben ser tu alabanza (38). Así también estos discursos se rodean de un cierto aparato escénico, tengan lugar dentro o fuera de un lugar sagrado, y prescinden de todo ambiente de santidad y de eficacia espiritual. De ahí que no lleguen a los oídos del pueblo, y también de muchos del clero, las delicias que brotan de la palabra divina; de ahí el desprecio de las cosas buenas; de ahí el escaso o el nulo aprovechamiento que sacan los que andan en el pecado, pues aunque acudan gustosos a escuchar, sobre todo si se trata de esos temas cien veces seductores, como el progreso de la humanidad, la patria, los más recientes avances de la ciencia, una vez que han aplaudido al perito de turno, salen del templo igual que entraron, como aquellos que se llenaban de admiración, pero no se convertían (39).


Deber grave de los Obispos

Siendo, pues, deseo de esta Sagrada Congregación, por mandato de nuestro Santísimo Señor el Papa, cortar tantos y tan grandes abusos, apremia a los Obispos y a los Superiores de las Familias Religiosas para que con toda vuestra autoridad apostólica os opongáis a ellos y cuidéis de extirparlos con todo vuestro empeño. Habréis de recordar lo que os ordenaba el Concilio de Trento (40) -tenéis la obligación de buscar personas idóneas para este oficio de predicar-, conduciéndoos en este asunto con la mayor diligencia y cautela. Si se tratase de sacerdotes de vuestra propia diócesis, cuidad los Ordinarios de no autorizar nunca para predicar a nadie cuya vida, cuya ciencia y cuyas costumbres no hayan sido antes probadas (41), es decir, si no se les ha encontrado idóneos por medio de un examen o de algún otro modo. Si se trata de sacerdotes de otra diócesis, no permitiréis que suban al púlpito, sobre todo en las festividades solemnes, si no consta antes por escrito la autorización de su propio Ordinario, garantizando sus buenas costumbres y su aptitud para ese oficio. Los Superiores de las Ordenes, Sociedades o Congregaciones Religiosas no autorizareis a ninguno de vuestros súbditos para que prediquen, y mucho menos los recomendarán ante los Ordinarios, si no estáis debidamente convencidos de su honestidad de vida y de sus facultades para predicar. Si después de haber autorizado por escrito a un predicador, comprobáis que éste se aparta en su predicación de las normas que en este documento establecemos, deberéis obligarle a obedecer; y si no hiciera caso, le deberéis prohibir que predique, incluso si fuese menester con las penas canónicas que os parezcan oportunas.

Hemos creído conveniente prescribir y recordar todo esto, mandando que se observe religiosamente; Nos vemos movidos a ello por la gravedad del mal que aumenta día a día, y al que hay que salir al paso con toda energía. Ya no tenemos que vernos, como en un primer momento, con adversarios disfrazados de ovejas, sino con enemigos abiertos y descarados, dentro mismo de casa, que, puestos de acuerdo con los principales adversarios de la Iglesia, tienen el propósito de destruir la fe. Se trata de hombres cuya arrogancia frente a la sabiduría del cielo se renueva todos los días, y se adjudican el derecho de rectificarla, como si se estuviese corrompiendo; quieren renovarla, como si la vejez la hubiese consumido; darle nuevo impulso y adaptarla a los gustos del mundo, al progreso, a los caprichos, como si se opusiese no a la ligereza de unos pocos sino al bien de la sociedad.

Nunca serán demasiadas la vigilancia y la firmeza, con que os opongáis a estas acometidas contra la doctrina evangélica y contra la tradición eclesiástica, quienes tenéis la responsabilidad de custodiar fielmente su sagrado depósito.

Hacemos públicas estas advertencias y estos saludables mandatos, por medio de este Motu proprio y con conciencia de lo que hacemos; habrán de ser observados por todos los Ordinarios del mundo católico y por los Superiores Generales de las Ordenes Religiosas y de los Institutos eclesiásticos; queremos y mandamos que se ratifique todo esto con Nuestra firma y autoridad, sin que obste nada en contra.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 1 de septiembre de 1910, año octavo de Nuestro Pontificado.

PÍO PP. X


Notas:

(1) Del 8 de septiembre de 1907

(2) León XII, encíclica Aeterni Patris

(3) De ente et Essentia, introducción

(4) León XIII, carta apostólica, 10 de diciembre de 1889

(5) Alocución Pergratus Nobis a los investigadores de la ciencia, del 7 de marzo de 1880

(6) Ibidem

(7) 25-1-1897: ASS, vol. 30, pag.39

(8) Encíclica Nobilísima, 8-2-1884

(9) Actas de la Reunión de Obispos de la Umbría, Noviembre de 1849. tit. II, art. 6

(10) Instrucción S. C. NN. EE. EE., 27-1-1902

(11) Decreto del 2 de mayo de 1877

(12) Prov. 12, 8

(13) 2 Jn. 9

(14) Tit. 1, 9.

(15) Rom., 12, 3

(16) San Irineo

(17) Tertuliano, De praescr, c. 28

(18) I Cor. 13, 1

(19) i Cor 4,1

(20) Com. en Mat. V

(21) Os 4, 6

(22) Mc 16 15

(23) Mt 28,20

(24) Ibidem

(25) Sesión V, cap. 2 De Reform.

(26) Encíclica 9-XI-1846

(27) Filip 2,21

(28) Mt. 15,19

(29) Salm 13, 1

(30) Ibidem

(31) Tren 4, 4

(32) I Cor. 2, 4

(33) I Tes 1, 5

(34) Hebr. 4, 12

(35) De Doctr. Christ., IV, 6, 7

(36) Encíclica de Studiis Script. Sacr., 18-XI-1893

(37) Cardenal Bausa, arzobispo de Florencia, ad iuniorem clerum, 1892

(38) Ad Nepotian

(39) Cfr. San Agustín, en Mat. XIX, 25

(40) Sesión V, c.2 De reform.

(41) Ibidem



martes, 5 de diciembre de 2000

SUMMORUM PONTIFICUM (25 DE JULIO DE 1922)


CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA

SUMMORUM PONTIFICUM

San Ignacio de Loyola es declarado

Patrono Celestial de los Ejercicios Espirituales

Desde tiempos inmemoriales, los Sumos Pontífices han prestado el mayor interés a las prácticas particularmente adecuadas para el desarrollo de la piedad y la perfección de la vida cristiana, recomendándolas con su supremo elogio y alentándolas con apremiantes exhortaciones. Ahora bien, entre estos diversos complementos de la religión, un lugar de honor lo ocupan los Ejercicios Espirituales que San Ignacio, bajo el impulso del Espíritu divino, introdujo en la Iglesia. Sin duda, gracias a la misericordiosa bondad de Dios, nunca han faltado hombres que, profundamente imbuidos de las verdades celestiales, hayan sabido proponerlas con fruto a las meditaciones de los fieles. Sin embargo, Ignacio fue el primero que, en un opúsculo compuesto por un hombre que entonces no tenía cultura literaria y que él mismo tituló Ejercicios Espirituales, se comprometió a enseñar un método, una dirección especial para hacer retiros espirituales, tan maravillosamente adecuados para facilitar a los fieles la detestación de sus pecados y una santa organización de su vida según el modelo de la de Nuestro Señor Jesucristo.

Tal ha sido la virtud de este método ignaciano, que la soberana utilidad de los Ejercicios, como afirmó nuestro ilustre predecesor León XIII, ha sido demostrada "por la experiencia de tres siglos ya... y por el testimonio de todos los hombres que, durante ese mismo tiempo, han brillado por su conocimiento ascético o por la santidad de sus vidas".

Además de tantas personas tan famosas por su santidad y de los mismos miembros de la familia ignaciana, que han declarado elocuentemente que sacaban la razón de su virtud de esta fuente, nos complace citar estas dos luces de la Iglesia tomadas del clero secular, San Francisco de Sales y San Carlos Borromeo. Francisco de Sales, de hecho, para prepararse dignamente para su consagración episcopal, practicó cuidadosamente los Ejercicios Ignacianos, en el curso de los cuales estableció el tipo de vida que siempre mantuvo después, de acuerdo con los principios para la reforma de la vida establecidos en el opúsculo de San Ignacio.

Por su parte, Carlos Borromeo, como ha demostrado Nuestro predecesor de feliz memoria, Pío X, y como Nosotros mismos hemos constatado por documentos históricos publicados antes de Nuestro Pontificado, después de haber probado en sí mismo la virtud de los Ejercicios que le habían impulsado a una vida más perfecta, propagó su uso entre el clero y el pueblo. En cuanto a los santos hombres y mujeres formados en la disciplina religiosa, basta nombrar a modo de ejemplo a aquella eminente maestra de la vida contemplativa, Santa Teresa, y al hijo del Seráfico Patriarca, Leonardo de Puerto Mauricio, que tenía en tan alta estima la obra de San Ignacio, que declaraba seguir enteramente su método para llevar las almas a Dios.

También los Romanos Pontífices, después de haber aprobado solemnemente este pequeño pero "admirable libro" desde su primera edición, habiéndolo elogiado altamente y apoyado con la autoridad apostólica, no han cesado desde entonces de recomendar su uso, ya sea colmándolo de preciosas indulgencias, ya sea honrándolo con nuevos y repetidos elogios.

Nosotros, por lo tanto, convencidos de que los males de nuestro tiempo deben su origen en su mayor parte al hecho de que ya no hay nadie que reflexione en su corazón; convencidos de que los Ejercicios Espirituales, practicados según la disciplina de San Ignacio, son el medio más poderoso para superar las formidables dificultades en medio de las cuales se debate actualmente la sociedad humana en muchos lugares; habiendo constatado que hoy, como en el pasado, la rica cosecha de virtudes está madurando en los santos retiros, tanto entre las familias religiosas y los sacerdotes seculares como entre los laicos, y -algo particularmente notable en nuestro tiempo- entre los propios trabajadores. Es Nuestro mayor deseo ver que la práctica de estos ejercicios espirituales se difunde cada día más, y que se multiplican y prosperan por todas partes estas piadosas moradas en las que uno se retira, ya sea durante todo un mes, ya sea durante ocho días, o incluso durante unos pocos días solamente, si eso es todo lo posible, para entregarse a una especie de gimnasia de la vida cristiana.

Al mismo tiempo que Nuestro amor al rebaño del Señor Nos hace dirigir esta oración a Dios, deseando satisfacer los deseos y las urgentes peticiones de casi todos los obispos del mundo, de ambos ritos, queriendo también, con ocasión de las solemnidades del tercer centenario de la canonización de San Ignacio y del cuarto de la composición de este libro de oro, dar testimonio inequívoco de Nuestra gratitud al santo patriarca, siguiendo el ejemplo de Nuestros predecesores que asignaron patronos tutelares a diversos Institutos, siendo éste el único que ha podido hacerlo, dar testimonio inequívoco de Nuestra gratitud al santo patriarca, siguiendo el ejemplo de Nuestros Predecesores que asignaron a varios Institutos patronos tutelares, éste a uno, aquél a otro, habiendo tomado el consejo de Nuestros Venerables Hermanos los Cardenales encargados de la Sagrada Congregación de Ritos, de acuerdo con el ejemplo de Nuestros Predecesores. Congregación de Ritos, en virtud de Nuestra autoridad apostólica, declaramos, establecemos y proclamamos a San Ignacio de Loyola como celestial patrono de todos los Ejercicios Espirituales y, en consecuencia, de todos los Institutos, asociaciones y grupos de todo tipo que ponen su acción y su celo a disposición de los que hacen los Ejercicios Espirituales

Asimismo, declaramos que confirmamos la presente Carta, y que deseamos que tenga ahora y siempre toda su fuerza y eficacia, y que pueda entrar en vigor y obtener su pleno y completo efecto, a pesar de cualquier disposición en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en el año del Señor de 1922, el 25 de julio del primer año de Nuestro Pontificado.


Card. Antonio Vico
Obispo de Porto y Santa Rufina
Prefecto de la Congregacion de Ritos Sagrados

Card. Ottavio Cagiano,
Canciller de la Santa Iglesia Romana


Raphael Virili, Protonotario Apostólico

Leopold Capitani, subst. reg. por deleg. espec.


Fuente: Actes de S. S. Pio XI, Maison de la Bonne Presse, París-8, 1940

lunes, 4 de diciembre de 2000

MEDITANTIBUS NOBIS (3 DE DICIEMBRE DE 1922)


CARTA APOSTÓLICA

MEDITANTIBUS NOBIS

AL REV. WLADIMIR LEDOCHOWSKI, 

GENERAL DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Con motivo del tercer centenario de la canonización

de San Ignacio y San Francisco Javier.

Querido hijo, saludos y bendición apostólica.

Cuando, en el umbral de nuestro pontificado, meditamos cómo procurar a la Santa Iglesia una situación interior más favorable y aumentos exteriores útiles, aconteció oportunamente que el recuerdo era de otros santos, de Ignacio de Loyola y de Francisco Javier, en el tercer centenario de su canonización, se renovó de manera muy solemne. Uno, por una divina beneficencia, fue dado como auxiliar de la Iglesia de Cristo en el momento en que inauguraba un nuevo período de su existencia, período de luchas y peligros; el otro, esparciendo la luz del Evangelio con celo e intrepidez, se mostró adornado con tantos y tan grandes dones del Espíritu Santo, que parecía heredero del poder y del celo que se desplegaba con los apóstoles.

Ahora bien, los tiempos peligrosos en que Ignacio acudió en auxilio de la Iglesia no están todavía cerrados, pues de esta fuente brotan casi todos nuestros males; y hoy más que nunca es manifiesto que una puerta ancha está abierta a la propagación del Evangelio de Cristo, a la que se dedicaron principalmente los trabajos de Javier. Por eso nos ha parecido bien, querido Hijo, no sólo por el bien de vuestra Sociedad, sino por el bien común, enviaros esta carta para elogiar vuestro fundador y el más grande de vuestros hijos; es de suma importancia que por las instituciones de uno, el nombre cristiano se haga cada vez más floreciente y que bajo los auspicios del otro, la propagación del Evangelio recobre todo su vigor.

Es rasgo común de todos aquellos a quienes la Iglesia reconoce el mérito de la santidad, sobresalir en toda clase de virtudes, pero como una estrella difiere de otra estrella en el brillo (I Cor, 15, 41), los santos, gracias a su preeminencia en alguna virtud particular, se distinguen entre sí por una diversidad admirable.

Al contemplar la vida de Ignacio, uno queda primero admirado por su magnanimidad en la búsqueda muy ansiosa de la mayor gloria de Dios. No contento con ejercer él mismo las diversas funciones del santo ministerio y con abrazar todas las ocupaciones de la benevolencia cristiana con miras a la salvación de las almas, se asoció a compañeros decididos y activos, tropa muy dispuesta a extender el reino de Dios entre cristianos y bárbaros

Pero si examinamos las cosas más a fondo, descubriremos fácilmente que había en Ignacio un señalado espíritu de obediencia; era como la tarea que Dios le había encomendado para llevar a los hombres a profesar esta virtud con más ardor.

Conocemos la época en que vivió Ignacio y también los males que aquejaron a la Iglesia durante este período. Lo principal fue que, en gran medida, los hombres negaron a Dios el servicio de la obediencia. Los primeros en escapar de esta servidumbre del deber fueron aquellos que, reduciendo la regla de la fe divina al juicio privado de cada uno, repudiaron obstinadamente la autoridad de la Iglesia Católica. Pero aparte de ellos, había demasiados, si no abiertamente, sí de hecho, que parecían haber rechazado la sumisión a Cristo y vivían más como paganos que como cristianos, como si el renacimiento de la civilización y de las letras hubiera reavivado algo de la antigua superstición.

Incluso se puede afirmar que, si una licencia de pensamiento desenfrenada no hubiera contagiado ampliamente a la sociedad cristiana como un veneno pestilente, del cuerpo de la Iglesia no habría brotado la erupción de esta nueva herejía. No sólo entre los fieles, sino entre los mismos clérigos, el respeto por las leyes divinas dejaba casi completamente que desear; empujados a la rebelión por los innovadores, numerosos pueblos, donde los lazos del deber se habían relajado, se desgarraron de los brazos maternos de la Iglesia. Así fue el grito de toda buena gente y su súplica al divino Fundador de la Iglesia para que se acuerde de su promesa y, en circunstancias tan apremiantes, acuda en ayuda de su Esposo.

De hecho, vino en su ayuda cuando juzgó la hora propicia, de la manera más maravillosa, por la celebración del Concilio de Trento. Además, para consuelo de la Iglesia, levantó aquellos magníficos modelos de todas las virtudes, un Charles Borromeo, un Gaétan de Thiène, un Antoine Zaccaria, un Philippe de Néri, una Thérèse y otros, que fueron, por su propia vida , testigos de la perennidad de la santidad en la Iglesia Católica y para reprimir, con sus palabras, sus escritos y sus ejemplos, la impiedad y la corrupción de la moral tan difundidas.

El trabajo de todos ellos fue considerable y muy útil, pero era necesario ir al origen oculto de estos males y detenerlos en sus raíces profundas: esta fue la tarea a la que, sobre todo, la divina Providencia parece haber destinado a Ignacio.

Su temperamento parecía admirablemente hecho tanto para el mando como para la obediencia. Desde niño lo fortaleció con la disciplina militar. Con este temperamento de alma, fruto de la naturaleza y de la educación, tan pronto como, iluminado por la luz de lo alto, comprendió que estaba llamado a promover la gloria de Dios a través de la salvación de las almas, maravilloso fue el impetuoso ímpetu con que ganó el campo del Rey de los dos.

Queriendo preludiar, según la costumbre, la entrada en esta nueva milicia, velaba toda la noche bajo las armas, frente al altar de la Virgen. Poco después, en el retiro de Manresa, aprendió de la misma Madre de Dios cómo debía librar las batallas del Señor. Fue como si de sus manos recibiera este código tan perfecto —es el nombre que con toda verdad podemos darle— que todo soldado de Jesucristo debe usar. Queremos hablar de los Ejercicios Espirituales, que, según la Tradición, fueron dadas del cielo a Ignacio. No es que no se deban estimar los otros Ejercicios de este género, en uso en otras partes, pero en los que están organizados según el método ignaciano, todo está arreglado con tanta sabiduría, todo está en tan estrecha coordinación que, si no se opone ninguna resistencia a la gracia divina, renuevan al hombre hasta su esencia y lo someten plenamente a la autoridad divina.

Habiéndose así preparado para la acción, Ignacio se preocupó igualmente de formar a sus compañeros, deseando que, por su obediencia a Dios y al Vicario de Dios, el Soberano Pontífice, sirvieran de ejemplo e hizo resplandecer esta virtud como la nota característica de su Sociedad. Decidió que su pueblo se acostumbrara a utilizar estos Ejercicios sobre todo para alimentar el fervor del espíritu y les proporcionó para siempre este instrumento que les serviría para reconducir a la Iglesia las voluntades hostiles de los hombres y para colocar completamente bajo el poder de Cristo.

La historia atestigua, en efecto, y los mismos enemigos de la Iglesia están de acuerdo, que el universo católico, defendido muy oportunamente por la ayuda de Ignacio, pronto volvió a respirar. No es fácil recordar las numerosas y grandes obras de todo tipo que la Compañía de Jesús, bajo la inspiración y dirección de san Ignacio, realizó para gloria de Dios.

Vemos a estos infatigables compañeros aplastando victoriosamente la resistencia de los herejes, trabajando en todas partes para corregir la moral corrupta, conduciendo a un número considerable de almas a la cima de la perfección cristiana. Muchos de ellos se dedican a formar en la piedad a los jóvenes, a instruirlos, con la esperanza de preparar generaciones verdaderamente cristianas. Al mismo tiempo, la conversión de los infieles es el objeto de sus obras sobresalientes, por las cuales el reino de Jesucristo gana nuevos auges.

Con mucho gusto tocamos estos puntos en nuestra carta. Son una prueba de la bondad divina para con la Iglesia, pero también parecen una gran oportunidad para este tiempo infeliz en que fuimos elevados a la Sede Apostólica. Si los males que hoy padece el género humano se remontan a su origen más remoto, hay que decir que todos ellos brotan de esta deserción hacia la autoridad de la Iglesia introducida por los innovadores. Después de haber tenido mucho desarrollo en el siglo XVIII, en esa conmoción universal donde con tanta soberbia se afirmaban los "derechos del hombre", ahora es llevada hasta sus últimas consecuencias. Vemos el poder de la razón humana exaltado más allá de la medida; todo lo que excede la fuerza y la medida del hombre, o no parece estar contenido en el dominio de la naturaleza, es rechazado y despreciado.

Incluso los derechos tres veces santos de Dios, ya sea individual o socialmente, se consideran sin importancia.

Por tanto, excluido Dios, único principio y fuente de todo poder, se deduce necesariamente que ya no existe ningún poder humano cuya autoridad se considere inviolable.

El desprecio por la autoridad divina de la Iglesia lleva muy pronto a la sacudida y caída de la autoridad civil, ya que, con el aumento de la audacia y la locura de las pasiones, se pervierten impunemente todas las leyes de la comunidad humana.

Ahora bien, a esta situación tan espantosa y tan desesperada de la sociedad humana, no podemos —y toda buena gente siente la necesidad de hacerlo— dar un remedio oportuno si no restablecemos en todas partes la sumisión a Dios y la obediencia a su voluntad. En las innumerables vicisitudes de los tiempos y de los acontecimientos, el primer y principal deber de los hombres sigue siendo el de la sumisión y obediencia al soberano Creador, Conservador y Árbitro de todas las cosas. Cada vez que se olvida este deber, es necesario el pronto arrepentimiento si se quiere restablecer el orden turbado sobre sus cimientos y liberarse del lodo de todas las miserias que lo abruman.

Allí, además, está contenida toda la vida cristiana. Esto es lo que claramente quiere decir el apóstol Pablo cuando resume la vida misma del divino Restaurador de los hombres en estas pocas y admirables palabras: Se humilló a sí mismo, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz... (Fil, 2, 8) Así como por la desobediencia de un hombre, muchos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia de uno solo, los muchos serán constituidos justos (Rm, 5, 19).

A este retorno de los hombres hacia la obediencia ayudan maravillosamente los Ejercicios Espirituales, porque, sobre todo si se hacen según el método ignaciano, invitan de manera muy segura a la perfecta aquiescencia a la ley divina, basada en los principios eternos de la naturaleza y fe. Por lo tanto, deseando que su uso se extienda cada día más ampliamente, Nosotros mismos, siguiendo el ejemplo de muchos de nuestros predecesores, no sólo por Nuestra Constitución Apostólica Summorum Pontificum, nuevamente los encomendamos a los fieles, sino que nuevamente declaramos a San Ignacio de Loyola, Patrono Celestial de todos los Ejercicios Espirituales. Aunque en verdad, como ya hemos dicho, no faltan otros métodos para hacer los Ejercicios, es cierto sin embargo que el de Ignacio sobresale en él y, sobre todo, por la esperanza más segura de que si da ventajas sólidas y duraderas, es objeto de una aprobación más amplia de la Sede Apostólica. Este instrumento de santidad, si la mayoría de los fieles lo utilizan con diligencia, nos da la confianza de que pronto, frenada la pasión por la libertad intempestiva y restablecida la noción y el cumplimiento del deber, la sociedad humana podrá por fin disfrutar de los beneficios de la paz.

Lo que se acaba de recordar atañe estrictamente al interés íntimo y doméstico del cristianismo. Es el aumento externo al que apuntan Nuestras breves indicaciones sobre Francisco Javier, aunque tienen, con el método ignaciano que acabamos de elogiar, la conexión más estrecha. Javier se entregó a las vanidades de la gloria humana cuando Ignacio lo conoció. Con su disciplina lo transformó hasta el punto de hacer de él, muy vil para el Lejano Oriente, un valiente heraldo del Evangelio y, por consiguiente, un apóstol.

Esta maravillosa transformación debe atribuirse con mucha justicia a la virtud de los Ejercicios, si más de una vez atravesó inmensas extensiones de tierra y mar; si fue el primero en llevar el nombre de Cristo en Japón, que con razón se llamaría la isla de los mártires; si enfrentó grandes peligros y realizó obras increíbles; si se sumergió en el agua bendita del bautismo de innumerables multitudes; si además hizo infinitas maravillas de todas clases, es al padre de su alma, como él lo llamaba, a Ignacio, que después de que Dios, Francisco en sus cartas se reconociera deudor de ellas, Ignacio que, en el retiro espiritual de los Ejercicios, lo había imbuido completamente del conocimiento y del amor de Cristo.

Aquí debemos exaltar la bondad y la sabiduría de la divina Providencia. En un tiempo en que la Iglesia estaba en violenta angustia interior y exteriormente y sufría enormes pérdidas entre los pueblos, ella le dio, por medio de los Ejercicios solos, un doble apoyo de grandísima oportunidad, el que restauraría la disciplina doméstica y el que, al traer naciones extranjeras a la fe de Cristo, repararía las mismas pérdidas de la Iglesia.

El primero, después de un largo intervalo, pareció renovar el ejemplo de los apóstoles, pues en las numerosas naciones bárbaras, que había cultivado con mucho cansancio y, por sus virtudes admirables, excitado a la piedad, estableció el cristianismo de una manera brillante y abrió a nuestros misioneros vastas regiones hasta ahora cerradas a cualquier intervención cristiana. Javier, como corresponde, dejó la herencia de su mente primero a sus compañeros, y sabemos que nunca, hasta ahora, han degenerado de su virtud, y siempre han cultivado cuidadosamente esta herencia; pero la memoria de Francisco Javier ha sido también para los demás heraldos del Evangelio una incesante exhortación, tanto que, por decreto solemne de esta Sede Apostólica, ha sido proclamado Patrono de la Obra de Propagación de la Fe.

Nuestra época tiene todavía, con la de Javier, esa semejanza de que la fe de los antepasados, rechazada con altivez y desdén por muchos de nuestros contemporáneos, parece querer emigrar también a otras naciones, que la reclaman ardientemente. Las cartas de los misioneros nos hacen saber a menudo cómo, en las remotas regiones de África y Asia, ya está blanqueando la mies evangélica que reparará las pérdidas sufridas por la Iglesia en Europa.

Además, más activamente que antes, los fieles están interesados ​​en promover la propagación del Evangelio. Este celo, ciertamente suscitado por la gracia divina, esperamos de corazón verlo encendido en todas partes con el ejemplo y el patrocinio de Javier, para que, respondiendo a las súplicas, el Señor envíe obreros a la mies y que todo buen cristiano les ayude con su oraciones y no les niegue sus recursos.

Por eso, queridos hijos que pertenecéis a la Compañía de Jesús, os exhortamos a todos, recordando la solemne memoria de vuestro fundador y de vuestro hermano mayor, a continuar con los nuevos servicios prestados a la Iglesia, a desarrollar incesantemente, siguiendo su ejemplo, vuestro Instituto, en varias ocasiones excelentemente elogiado por la Santa Sede.

Sobre todo, queremos que saquéis un doble fruto de esta solemnidad. En primer lugar, esforzáos por aprovechar cada día más los Ejercicios Espirituales en beneficio propio y de los demás.

Sabemos que, en este tema, muy afortunadamente habéis comenzado, en beneficio de los trabajadores, a trabajar con una aplicación particular. Es deseable que trabajéis con el mismo éxito para las demás clases de la sociedad.

El otro punto se refiere a la difusión de las misiones católicas. Somos conscientes de vuestra diligencia en este asunto y de vuestra muy notable actividad, porque sabemos que entre vosotros sois dos mil que, repartidos en unas cuarenta misiones, vivís entre los infieles. Sin embargo, oramos fervientemente a Dios para que agudicéis aún más en vosotros y desarrolléis este celo deslumbrante.

Para que todo esto resulte para mayor gloria de Dios, en beneficio de la Santa Iglesia, para la salvación de las almas, como prenda de los beneficios divinos y testimonio de Nuestra paternal benevolencia, os impartimos la Bendición Apostólica, amado Hijo, y a todos los que, bajo vuestro generalato, pertenecen a la Compañía de Jesús.

Dado en Roma, cerca de San Pedro, el 3 de diciembre, fiesta de San Francisco Javier, del año 1922, año primero de nuestro Pontificado.

PÍO XI



domingo, 3 de diciembre de 2000

SACRO VERGENTE ANNO (7 DE JULIO DE 1952)


CARTA APOSTÓLICA

SACRO VERGENTE ANNO

CONSAGRACIÓN DE RUSIA

AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Pío XII

Cuando el año santo se acercaba felizmente a su fin, y nos fue dado por disposición divina definir solemnemente el dogma de la Asunción al Cielo de la gran Virgen María, la Madre de Dios, en cuerpo y alma, muchos de todas las partes del mundo nos expresaron su más sentida exultación; entre ellos había quienes, al enviarnos cartas de agradecimiento, nos imploraban que consagráramos a todo el pueblo de Rusia, en la angustia del momento presente, al Corazón Inmaculado de la Virgen María.

Esta súplica Nos fue muy grata, pues aunque Nuestro paternal afecto abarca a todos los pueblos, se dirige especialmente a aquellos que, aunque en su mayor parte separados por los acontecimientos históricos de esta Sede Apostólica, conservan, sin embargo, el nombre cristiano y se encuentran en tal condición que no sólo les es muy difícil escuchar Nuestra voz y conocer las enseñanzas de la doctrina católica, sino que son inducidos por artes engañosas y perniciosas a rechazar incluso la fe y el nombre de Dios.

1. Recuerdo constante en la oración

Tan pronto como fuimos elevados al pontificado supremo, Nuestro pensamiento se dirigió a vosotros, que constituís un pueblo inmenso, distinguido en la historia por las obras gloriosas, por el amor a la patria, por la laboriosidad y el ahorro, por la piedad hacia Dios y la Virgen María.

Nunca hemos dejado de elevar Nuestras peticiones a Dios, para que os asista siempre con Su luz y ayuda divina, y os conceda todo lo que podáis alcanzar, junto con una justa prosperidad material, también aquella libertad por la que cada uno de vosotros pueda proteger su dignidad humana, conocer las enseñanzas de la verdadera religión y rendir el debido culto a Dios no sólo en el fondo de vuestra conciencia, sino también abiertamente en el ejercicio de vuestra vida pública y privada.

Porque sabéis que nuestros predecesores, siempre que han tenido la oportunidad, no han hecho otra cosa que mostraros su buena voluntad y ofreceros su ayuda. Sabéis que los apóstoles de los eslavos occidentales, los santos Cirilo y Metodio, que junto con la religión cristiana trajeron la civilización a los antepasados de los eslavos occidentales, se dirigieron a esta gran ciudad, para que su actividad apostólica fuera confirmada por la autoridad de los pontífices romanos. Y cuando hicieron su entrada en Roma, nuestro predecesor Adriano III, de feliz memoria, "salió a recibirlos con grandes honores, acompañado del clero y del pueblo"(2) y, después de haber aprobado y alabado su obra, no sólo los elevó al episcopado, sino que él mismo quiso consagrarlos con la solemne majestad de los ritos sagrados.

2. Un milenio después de los primeros encuentros

En cuanto a tus antepasados, los pontífices romanos, siempre que las circunstancias lo permitían, trataban de establecer o consolidar lazos de amistad con ellos. Así, en el año 977, nuestro predecesor Benedicto VII, de feliz memoria, envió a sus legados al príncipe Jaropolk, hermano del famoso Vladimir; Y al mismo gran príncipe Vladimir, bajo cuyos auspicios el nombre cristiano y la civilización brillaron por primera vez entre vuestro pueblo, le fueron enviadas legaciones por Nuestros predecesores Juan XV en 991 y Silvestre II en 999; lo que fue graciosamente correspondido por el mismo Vladimir, que a su vez envió embajadores a los mismos pontífices romanos. Y cabe destacar que en el momento en que este príncipe llevó a estos pueblos a la religión de Jesucristo, la cristiandad oriental y occidental estaban unidas bajo la autoridad del Pontífice romano, como cabeza suprema de toda la iglesia.

En efecto, no pocos años después, en 1075, vuestro príncipe Isjaslav envió a su hijo Iaropolk al Sumo Pontífice Gregorio VII; y este Nuestro predecesor de inmortal memoria escribió a este príncipe y a su augusta consorte lo siguiente: "Vuestro hijo, mientras visitaba los sagrados umbrales de los apóstoles, acudió a Nosotros, y como deseaba obtener ese reino por Nuestra mano como regalo de San Pedro, habiendo hecho profesión de fidelidad al mismo príncipe de los apóstoles, lo solicitó con devotas súplicas, asegurándoos sin duda alguna que su petición sería ratificada y confirmada por Vos, en caso de contar con el favor y la protección de la autoridad apostólica. Como estos votos y estas peticiones nos parecieron legítimos, tanto por vuestro consentimiento como por la devoción del peticionario, finalmente los aceptamos, y le entregamos en nombre de San Pedro el gobierno de vuestro reino, con esta intención y con este ardiente deseo, de que el bienaventurado Pedro por su intercesión ante Dios os guarde a Vos, a vuestro reino y a todas vuestras cosas, y os haga poseer ese mismo reino en toda paz y también con honor y gloria hasta el final de vuestra vida. ..." (3).

(3) También hay que señalar que Isidoro, el Metropolitano de Kiev, en el Concilio Ecuménico de Florencia, firmó el decreto que sancionaba solemnemente la unión de las Iglesias orientales y occidentales bajo la autoridad del Romano Pontífice para toda su provincia eclesiástica, es decir, para todo el reino de Rusia, y permaneció fiel a esta sanción de unidad hasta el final de su vida terrenal.

3. Admirables páginas de generosidad y amor

Y si entretanto y después, debido a una multitud de circunstancias adversas, la comunicación de una parte y de otra se hizo más difícil, y en consecuencia la unidad de las almas más difícil -aunque hasta 1448 no tenemos ningún documento público que declare a vuestra Iglesia separada de la Sede Apostólica- esto, sin embargo, en general, no debe atribuirse al pueblo eslavo, ni ciertamente a Nuestros predecesores, que siempre rodearon a estos pueblos con amor paternal, y cuando fue posible, se preocuparon de apoyarlos y ayudarlos en todo.

Omitimos no pocos otros documentos históricos que muestran la benevolencia de Nuestros predecesores hacia vuestra nación, pero no podemos dejar de mencionar brevemente lo que hicieron los Sumos Pontífices Benedicto XV y Pío XI cuando, después del primer conflicto europeo, especialmente en las regiones del sur de vuestro país, grandes multitudes de hombres, mujeres y niños y niñas inocentes fueron golpeados por una terrible hambruna y una extrema pobreza. Pues, por afecto paternal a sus compatriotas, enviaron a estas personas alimentos, ropa y mucho dinero recogido de toda la familia católica, para ayudar a todos los que estaban hambrientos e infelices, y aliviar de alguna manera sus calamidades. Y Nuestros predecesores proveyeron, según sus posibilidades, no sólo a las necesidades materiales, sino también a las espirituales; pues no contentos con hacer súplicas a Dios, Padre de las misericordias y fuente de todo consuelo (cf. 2 Cor. 1,3), quisieron también que se ofrecieran oraciones públicas por vuestra condición religiosa, tan alterada y perturbada por los negadores y enemigos de Dios, que se empeñan en erradicar de las mentes la fe y la noción misma de la Divinidad. Así, el Sumo Pontífice Pío XI decretó en 1930 que en la fiesta de San José, patrón de la Iglesia universal, "se eleven oraciones comunes a Dios..." en la Basílica Vaticana por "las infelices condiciones de la religión en Rusia" (4); y él mismo quiso estar presente, rodeado de una multitud muy numerosa y piadosa. Además, en el solemne discurso del consistorio exhortó a todos con estas palabras: "Debemos rezar a Cristo... Redentor de la humanidad, para que la paz y la libertad de profesar la fe sean devueltas a los infelices hijos de Rusia... y deseamos que según esta intención, es decir, para Rusia, se reciten aquellas oraciones que Nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, mandó que los sacerdotes rezaran junto con el pueblo después de la Santa Misa; los obispos y el clero regular y secular procuren con todo cuidado inculcar lo anterior a sus fieles o a cualquier asistente a la Santa Misa, y se lo recuerden a menudo" (5).

4. Imparcialidad del Sumo Pontífice

Confirmamos y renovamos de buen grado esta exhortación y este mandato, ya que la situación religiosa entre vosotros no es ciertamente mejor en la actualidad, y porque nos sentimos animados por el mismo afecto vivo y la misma preocupación por estos pueblos.

Cuando estalló el último terrible y largo conflicto, hicimos todo lo que pudimos, con la palabra, la exhortación y la acción, para que las diferencias fueran sanadas por una paz justa y equitativa, y para que todos los pueblos, sin diferencia de raza, se unieran amistosa y fraternalmente, y trabajaran juntos para lograr una mayor prosperidad.

Ni siquiera en ese momento salió de Nuestra boca una palabra que pudiera parecer injusta o dura para cualquiera de las partes en conflicto. Ciertamente, reprendimos, como es debido, toda iniquidad y toda violación del derecho; pero lo hicimos de tal manera que evitamos con toda diligencia todo lo que pudiera convertirse, aunque injustamente, en causa de mayor aflicción para los pueblos oprimidos. Y cuando desde algunos sectores se presionó para que aprobáramos de algún modo, verbalmente o por escrito, la guerra emprendida contra Rusia en 1941, nunca lo consentimos, como lo expresamos abiertamente el 25 de febrero de 1946, en el discurso que pronunciamos ante el Sagrado Colegio y en todas las representaciones diplomáticas ante la Santa Sede (6).

5. Por la libertad de las almas y por la justicia

Cuando se trata de defender la causa de la religión, de la verdad, de la justicia y de la civilización cristiana, no podemos ciertamente callar; porque a esto se dirigen siempre nuestros pensamientos e intenciones, para que no con la violencia de las armas, sino con la majestad del derecho, se gobierne a todos los pueblos; Y que cada uno de ellos, poseyendo la debida libertad civil y religiosa dentro de los límites de su propio país, pueda ser conducido a la concordia, la paz y esa vida de trabajo por la que los ciudadanos individuales puedan procurar lo necesario para la alimentación, la vivienda, el sustento y el gobierno de sus familias. Nuestras palabras y exhortaciones se han referido y conciernen a todas las naciones, y por lo tanto también a vosotros, que estáis siempre presente en Nuestro corazón, y cuyas necesidades y calamidades queremos aliviar según Nuestras fuerzas. Aquellos que no aman la mentira sino la verdad, saben que durante todo el curso del reciente y más amargo conflicto, hemos sido imparciales hacia todos los beligerantes, y lo hemos demostrado a menudo de palabra y de hecho; y hemos incluido en Nuestra más ardiente caridad a todas las naciones, incluso a aquellas cuyos gobernantes profesaban ser enemigos de esta Sede Apostólica, e incluso a aquellas en las que los negadores de Dios se oponen ferozmente a todo lo que es cristiano y divino, y tratan de borrarlo de las mentes de los ciudadanos. Porque por mandato de Jesucristo, que confió todo el rebaño del pueblo cristiano a San Pedro, Príncipe de los Apóstoles (cf. Jn 21,15-17) -cuyo indigno sucesor somos-, amamos a todos los pueblos con intenso amor y deseamos procurar la prosperidad terrenal y la salud eterna de cada uno. Por lo tanto, todos los pueblos, ya sea que estén en guerra entre sí por la fuerza de las armas, o en disputa a causa de desacuerdos graves, son considerados por Nosotros como hijos queridos; y nada más deseamos, nada más pedimos a Dios por ellos en la oración, sino su mutua concordia, la paz justa y verdadera, y una prosperidad cada vez mayor. En efecto, si algunos, engañados por la mentira y la calumnia, Nos profesan una abierta hostilidad, Nos animamos hacia ellos con mayor piedad y más ardiente afecto.

6. Condenación del error y caridad para los que se equivocan

Indudablemente hemos condenado y rechazado -como lo exige el deber de Nuestro oficio- los errores que los defensores del comunismo ateo enseñan y se esfuerzan por propagar en gran perjuicio y ruina de los ciudadanos; pero a los descarriados, lejos de rechazarlos, les deseamos que vuelvan a la verdad y sean conducidos al camino correcto. En efecto, hemos expuesto y reprobado esas mentiras, que a menudo aparecen bajo falsas pretensiones de verdad, porque os tenemos un afecto paternal y buscamos vuestro bien. Porque estamos firmemente convencidos de que sólo podéis obtener el mayor daño de esos errores, pues no sólo privan a vuestras almas de esa luz sobrenatural y de esos supremos consuelos que provienen de la piedad y del culto a Dios, sino que también os privan de la dignidad humana y de la justa libertad que se debe a los ciudadanos.

7. La poderosa protección de la Madre de Dios

Sabemos que muchos de vosotros guardáis la fe cristiana en el fuero interno de vuestra conciencia, que no os dejáis inducir en modo alguno a favorecer a los enemigos de la religión, sino que deseáis ardientemente profesar las enseñanzas cristianas, únicos y seguros fundamentos de la vida civil, no sólo en privado, sino si fuera posible, como corresponde a las personas libres, incluso abiertamente. Y sabemos también, con gran esperanza y consuelo, que amáis y honráis a la Virgen María, Madre de Dios, con el mayor afecto, y que veneráis sus sagradas imágenes. Nos consta que el mismo Kremlin se construyó como un templo -ahora desgraciadamente sustraído al culto divino- dedicado a María Santísima Asunta al Cielo; y esto es un testimonio clarísimo del amor que vuestros antepasados y vosotros tenéis hacia la gran Madre de Dios.

Ahora bien, sabemos que la esperanza de salvación no puede fallar allí donde las almas se dirigen con sinceridad y ardiente piedad a la Santísima Madre de Dios. Pues aunque los hombres se esfuercen, por impíos y poderosos que sean, en alejar del corazón de los ciudadanos la santa religión y la virtud cristiana, aunque el mismo Satanás trate de promover esta lucha sacrílega por todos los medios, según la sentencia del Apóstol de las Gentes: "... no tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra príncipes y potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos..." (Ef 6,12); pero si María interpone su válido patrocinio, las puertas del infierno no pueden prevalecer. Porque ella es la más bondadosa y poderosa Madre de Dios y de todos nosotros, y nunca se supo de nadie que no recurriera a ella en la súplica, y que no experimentara su poderosísima intercesión. Continuad, pues, como acostumbráis, venerándola con ferviente piedad, amándola ardientemente e invocándola con estas palabras, que os son familiares: "A ti sola se te ha concedido, Santísima y Purísima Madre de Dios, ser siempre escuchada" (7).

8. Un ferviente llamamiento a la paz

También junto con vosotros elevamos Nuestra petición, para que la verdad cristiana, el decoro y el apoyo de la convivencia humana, se fortalezcan y refuercen entre los pueblos de Rusia, y para que todos los engaños de los enemigos de la religión, todos sus errores y sus pérfidas artes sean rechazados por vosotros; para que las costumbres públicas y privadas vuelvan a ser conformes con las normas del Evangelio; para que, especialmente entre vosotros, los que se profesan católicos, aunque privados de sus pastores, resistan con intrépida fortaleza los asaltos de la impiedad hasta la muerte. Para que la justa libertad que se debe a la persona humana, a los ciudadanos y a los cristianos, sea restituida a todos, como es su derecho, y en primer lugar sea restituida a la Iglesia, que tiene el mandato divino de enseñar a todos los hombres en las verdades y virtudes religiosas; y por último, para que la verdadera paz brille sobre vuestra amadísima nación y sobre toda la humanidad, y para que esta paz, fundada en la justicia y alimentada por la caridad, dirija felizmente a todas las naciones a esa prosperidad común de los ciudadanos y de los pueblos que proviene de la mutua armonía de las almas.

Que nuestra amantísima Madre se complazca en mirar con ojos bondadosos también a los que organizan las filas de los ateos militantes y en dar todo el impulso a sus iniciativas. Que ella ilumine sus mentes con la luz que viene de lo alto, y dirija sus corazones a la salvación con la gracia divina.

9. Consagración de los pueblos de Rusia al Corazón Inmaculado de María

Por eso, para que nuestras oraciones y las vuestras sean más fácilmente atendidas, y para daros un singular testimonio de Nuestra especial benevolencia, así como hace unos años consagramos el mundo entero al Corazón Inmaculado de la Virgen Madre de Dios, así ahora, de manera especialísima, Consagramos todos los pueblos de Rusia al mismo Corazón Inmaculado, en la segura confianza de que, con el poderosísimo patrocinio de la Virgen María, se cumplirán cuanto antes los votos que nosotros, vosotros y todos los hombres de bien hacemos por la verdadera paz, la armonía fraterna y la debida libertad para todos, y en primer lugar para la Iglesia; para que, mediante la oración que elevamos junto a vosotros y a todos los cristianos, triunfe y se establezca firmemente en toda la tierra el reino salvador de Cristo, que es "el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz" (8).

Y con suplicante invocación roguemos a la misma Clementísima Madre, para que asista a cada uno de vosotros en las presentes calamidades y obtenga de su divino Hijo para vuestras mentes aquella luz que viene del Cielo, e imparta a vuestras almas aquella virtud y fuerza, por la cual, sostenidos por la gracia divina, podáis vencer victoriosamente toda impiedad y error.

Roma, en San Pedro, 7 de julio de 1952, fiesta de los santos Cirilo y Metodio, en el decimocuarto año de Nuestro pontificado.

PIO XII



sábado, 2 de diciembre de 2000

CUM HOC SIT (4 DE AGOSTO DE 1880)


BREVE

CUM HOC SIT

Proclamación de Santo Tomás de Aquino 

como Patrono de las Escuelas Católicas

Es una práctica fundada en la naturaleza y aprobada por la Iglesia Católica, buscar el patrocinio de hombres celebrados por la santidad, y los ejemplos de aquellos que se han superado o alcanzado la perfección en alguna forma, para imitarlos. Es por esto que un gran número de Órdenes Religiosas, Facultades, Sociedades Literarias, desde hace mucho tiempo han querido elegir, con la aprobación de la Santa Sede, como maestro y patrón a Santo Tomás de Aquino, quien siempre brilló como el sol en doctrina y virtud.

Ahora, en nuestros tiempos, habiéndose incrementado por doquier el estudio de su doctrina, han surgido muchas peticiones para que se le asigne como patrono, por autoridad de esta Sede Apostólica, a todos los Colegios, Academias y Escuelas del mundo católico. Varios obispos han hecho saber que este era su deseo, y han enviado cartas privadas o conjuntas en este sentido; los miembros de muchas Academias y Sociedades Científicas han reclamado el mismo favor con humildes y fervientes súplicas.

Se había creído necesario posponer la satisfacción del ardor de estos deseos y de estas oraciones, para que el tiempo aumentara su número; pero la conveniencia de esta declaración apareció a raíz de la publicación hecha el año pasado, en este día, de nuestra Carta Encíclica sobre la Restauración en las escuelas católicas de filosofía cristiana según el espíritu del doctor angélico Santo Tomás de Aquino. En efecto, los obispos, las Academias, los decanos de las Facultades y los estudiosos de todos los puntos de la tierra, declararon, de un solo corazón y como una sola voz, que serían dóciles con nuestras prescripciones; que incluso deseaban, en la enseñanza de la filosofía y de la teología, seguir enteramente las huellas de Santo Tomás; afirman, en efecto, que están, como nosotros, convencidos de que la doctrina tomista posee, con eminente superioridad, una fuerza y ​​una singular virtud para curar los males que aquejan a nuestro tiempo.

Nosotros, pues, que desde hace tiempo y con fervor deseamos ver florecer todas las escuelas bajo el cuidado y patrocinio de tan excelso maestro, dada la formal y contundente constancia del anhelo universal, juzgamos llegado el momento de añadir este nuevo alabanza a la gloria inmortal de Tomás de Aquino.

Ahora bien, aquí está el principal y el resumen de los motivos que nos determinan: es que Santo Tomás es el modelo más perfecto que, en las diversas ramas de las ciencias, los católicos pueden proponerse. En él están, en efecto, todas las luces del corazón y de la mente que imponen justamente la imitación; una doctrina muy fecunda, muy pura, perfectamente ordenada; reverencia por la fe y acuerdo admirable con las verdades divinamente reveladas; la integridad de la vida y el esplendor de las virtudes más altas.

Su doctrina es tan vasta que contiene, como un mar, toda la sabiduría que brota de los antiguos. Todo lo dicho en verdad, todo lo sabiamente discutido por los filósofos paganos, por los Padres y Doctores de la Iglesia, por los hombres superiores que florecieron antes que él, no sólo lo ha conocido plenamente, sino que lo ha aumentado, completado, clasificado, haciéndolo con tal perspicacia de especie, con tal perfección de método y tal propiedad de términos, que parece haber dejado a los que querían seguirle sólo la facultad de imitarle, privándoles de la posibilidad de igualarlo.

Y aún queda esto de considerable importancia: es que su doctrina, al estar formada y, por así decirlo, armada con principios de una gran amplitud de aplicación, responde a las necesidades, no sólo de una época, sino de todos los tiempos, y que es muy adecuado para superar errores recurrentes. Apoyándose en su propia fuerza y ​​valor, permanece invencible y causa un profundo temor a sus adversarios.

No debemos menos apreciar, especialmente a juicio de los cristianos, la perfecta concordancia entre la razón y la fe. En efecto, el santo Doctor demuestra con pruebas que las verdades del orden natural no pueden estar en desacuerdo con las verdades que se creen, sobre la palabra de Dios: que, por tanto, seguir y practicar la fe cristiana, no es una humillación y despreciable servidumbre de la razón, sino una noble obediencia que sustenta la mente y la eleva a mayores alturas; finalmente, que la razón y la fe proceden ambas de Dios, no para que estén en disputa, sino para que, unidas por un lazo de amistad, se protejan mutuamente.

Ahora bien, en todos los escritos del Beato Tomás vemos el modelo de esta unión y de este admirable acuerdo. Pues vemos que a veces domina y brilla la razón que, precedida por la fe, alcanza el objeto de su investigación de la naturaleza; a veces la fe, que se explica y defiende con la ayuda de la razón, de tal modo, sin embargo, que cada una de ellas conserva intactas su fuerza y ​​su dignidad; finalmente, cuando el tema lo exige, los dos marchan juntos como aliados contra los enemigos de ambos. Pero, si siempre fue muy importante que existiera el acuerdo entre la razón y la fe, fue mucho más importante aún desde el siglo XVI; pues, en ese momento, comenzaron a sembrarse las semillas de una libertad más allá de todos los límites y de todas las reglas, lo que hace que la razón humana repudie abiertamente la autoridad divina y exija a la filosofía armas para socavar y combatir las verdades religiosas.

Finalmente, el Doctor Angélico, si es grande en doctrina, no lo es menos en virtud y santidad. Ahora bien, la virtud es la mejor preparación para el ejercicio de las facultades de la mente y la adquisición de la ciencia; los que la descuidan se imaginan falsamente que han adquirido una ciencia sólida y fecunda, porque la ciencia no entrará en un alma mala, y no morará en un cuerpo sujeto al pecado (Sg, I, 4). Esta preparación del alma, que procede de la virtud, existía en Tomás de Aquino en grado, no sólo excelente y eminente, sino de tal modo que merecía ser señalada divinamente con un signo luminoso. En efecto, como había salido victorioso de una fortísima tentación de placer, el castísimo adolescente obtuvo de Dios, como premio a su valentía, llevar alrededor de su cintura un cinturón misterioso y al mismo tiempo sentir completamente extinguido el fuego de la concupiscencia. A partir de entonces, vivió como si estuviera exento de todo contagio corporal, que pudiera compararse a los espíritus evangélicos, no menos por la inocencia que por el genio.

Por estas razones, juzgamos al Doctor Angélico digno en todos los aspectos de ser elegido como patrón de los estudios, y, al pronunciar este juicio con alegría, actuamos pensando que el patrocinio de este hombre muy grande y muy santo será muy poderoso para la restauración de los estudios filosóficos y teológicos, en gran beneficio de la sociedad. Pues, tan pronto como las escuelas católicas se hayan puesto bajo la dirección y tutela del Doctor Angélico, fácilmente veremos florecer la verdadera ciencia, extraída de ciertos principios y desarrollándose en un orden racional. Las doctrinas puras producirán moral pura, sea en la vida privada o en la vida pública, y la buena moral redundará en la salvación de los pueblos, el orden, el apaciguamiento y la tranquilidad general. Los que se dedican a las ciencias sagradas, tan violentamente atacada en nuestros días, sacarán de las obras de Santo Tomás los medios para demostrar ampliamente los fundamentos de la ley cristiana, para persuadir las verdades sobrenaturales, y para defender victoriosamente nuestra Santísima Religión contra los ataques criminales de sus enemigos. Todas las ciencias humanas comprenderán que no serán impedidas ni retardadas en su progreso por esta razón; sino, por el contrario, estimulado y agrandado; en cuanto a la razón, volverá a la gracia con la fe, habiendo desaparecido las causas del desacuerdo, y la tomará como guía en la búsqueda de la verdad. Finalmente, todos los hombres ávidos de aprender, formados por los ejemplos y preceptos de tan gran maestro, se acostumbrarán a prepararse bien para el estudio con integridad moral; y no seguirán esa ciencia que, separada de la caridad,del Padre de las Luces y del Maestro de las Ciencias, conduce también a él.

Nos hemos complacido en preguntar también la opinión de la Sagrada Congregación de Ritos, y habiendo estado su opinión unánime en pleno acuerdo con Nuestros deseos, en virtud de Nuestra autoridad suprema, para la gloria de Dios Todopoderoso y el honor del Doctor Angélico, para el crecimiento de las ciencias y la utilidad común de la sociedad humana, 

Declaramos a Santo Tomás, Doctor Angélico, Patrono de las Universidades, Academias, Facultades, Escuelas Católicas, y queremos que sea, como tal, sostenido, venerado y honrado por todos; se entiende, sin embargo, que nada cambia para el futuro en los honores y rangos dados a los santos que las Academias o Facultades hayan elegido como patrones particulares.

Dado en Roma, cerca de San Pedro, bajo el anillo del pescador, el 4 de agosto de 1880, año tercero de nuestro pontificado.

Cardenal Théodore Mertel



viernes, 1 de diciembre de 2000

COMMISSUM DIVINITUS (17 DE MAYO DE 1835)


ENCICLICA

COMMISSUM DIVINITUS

DEL GRAN PONTÍFICE

GREGORIO XVI

Venerables Hermanos y Amadísimos Hijos, Salud y Bendición Apostólica.

La tarea del oficio apostólico, encomendada por Dios a nuestra humilde persona, nos exige velar con asiduidad y empeño por custodiar el rebaño del Señor, y orientar nuestras intenciones y esfuerzos de manera particular, en la medida de nuestras posibilidades, hacia donde parece que la salvación eterna de las ovejas y la misma religión católica están en peligro.

En efecto, somos perfectamente conscientes, y nos entristece profundamente, que en estas regiones los adversarios, con perfidia y no sin resultados reales, traman muchas cosas que van directamente en perjuicio explícito de la grey cristiana y en detrimento de la situación de catolicidad. Nuestro dolor se incrementa por el hecho de que ellos, para engañar a la gente sencilla, pretenden que no quieren en absoluto socavar la integridad de la fe, tratando sólo de salvaguardar los derechos que pertenecen al poder laico. Sin embargo, se preocupan por establecer y sancionar estos supuestos derechos con pretensiones de derecho público completamente falsas, sustentadas en doctrinas erróneas y perversas, ampliamente insinuadas y propagadas. De ahí la convocatoria de asambleas y consultas, con las que se atreven a declarar y definir una legislación segura, mediante la cual el poder secular pueda intervenir libremente en los asuntos eclesiásticos.

Ya sabéis, Venerados Hermanos y amados Hijos, que Nos hemos pronunciado sobre lo escandalosamente realizado, o más bien perpetrado, en el mes de enero del año pasado en la ciudad de Baden en el Cantón de Aargau. Todos estos hechos os han llenado de una angustia muy profunda y aún os mantienen ansiosos y perplejos.

No podemos ocultaros que al principio no queríamos creer que los laicos se habían reunido en un lugar establecido [Baden] sólo con la intención de tratar asuntos de interés religioso y que querían llegar a deliberar, como era su derecho, a varias cosas pertenecientes exclusivamente al poder eclesiástico, y presentar las decisiones adoptadas, para que sean aprobadas por ley, a los que detentan el poder en estas provincias federadas.

Pero las mismas actas de la conferencia antes mencionada, recientemente publicadas en forma impresa en Gynopedio (Frauenfeld), documentaron a Noi cómo estaban realmente las cosas; muestran los nombres de los presentes, de los diputados en la conferencia, los discursos pronunciados por algunos de ellos en varias sesiones y, finalmente, la totalidad de las resoluciones allí adoptadas. En verdad, leyendo atentamente tanto las intervenciones como estas deliberaciones, nos horrorizamos al darnos cuenta de que contenían principios que traen convulsiones contra la Iglesia Católica; estos principios, precisamente por ser expresamente contrarios a su doctrina y disciplina y, además, encaminados abiertamente a la ruina de las almas, no pueden ser sostenidos en modo alguno.

Sin duda, Aquel que hizo todas las cosas con profunda sabiduría y las dispuso según un orden preciso, quiso también que se hiciera presente en su Iglesia un orden jerárquico, de modo que unos tuvieran la tarea de presidir y mandar, y otros de ser sumisos y obedientes... En consecuencia, la Iglesia, por la misma institución divina, posee no sólo la potestad de magisterio para enseñar y precisar los datos de la fe y las costumbres y para interpretar las Sagradas Escrituras sin peligro de error, sino también la potestad de gobierno, para mantener y confirmar en la doctrina de la tradición a quienes acogió en su seno de una vez por todas; por lo tanto, promueve leyes en todas aquellas materias que conciernen a la salvación de las almas, al ejercicio del sagrado ministerio y al culto de Dios.

Cualquiera que se oponga a estas leyes es culpable de un delito muy grave. Además, esta potestad de enseñar y de mandar en las materias que conciernen a la Religión ha sido atribuida por Cristo a su Esposa no sólo de manera completamente específica a los pastores y prelados, fuera de toda posible injerencia de los magistrados del gobierno civil, sino en formas completamente libres y de ninguna manera dependientes de ningún poder terrenal.

En efecto, no a los Príncipes de este mundo, sino a los Apóstoles y a sus sucesores en el mandato, Cristo confió el depósito de la doctrina revelada y sólo a ellos dijo: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; quien os desprecia a vosotros, me desprecia a mí”. Los mismos Apóstoles, pues, no por reconocimiento del poder civil, sino también en discrepancia con él, proclamaron el Evangelio, difundieron las colonias de la Iglesia, establecieron la disciplina. En efecto, cuando los líderes de la Sinagoga se atrevieron a imponer a los Apóstoles que no predicaran, Pedro y Juan, defendiendo la libertad del Evangelio, respondieron: “Si es justo ante Dios obedeceros a vosotros más que a él, juzgad vosotros mismos”. Por lo tanto, sólo golpeando la fe y violando abiertamente la constitución divina de la Iglesia y la naturaleza de su gobierno, puede suceder que se le imponga el poder del mundo o que se ate su doctrina hasta el punto de impedirle producir y promulgar las leyes pertinentes al sagrado ministerio, al culto divino y al bien espiritual de los fieles.

Estos derechos de la Iglesia son ciertos e inmutables sobre la base de la autoridad de todos los padres antiguos y están garantizados por la Tradición.

Osio, obispo de Córdoba, escribió al emperador Constantino: “No os metáis en asuntos eclesiásticos, y en este asunto no nos mandéis órdenes; por el contrario, aprended de nosotros lo siguiente: A vosotros Dios os encomendó el imperio y a nosotros nos encomendó la Iglesia. Cualquiera que de cualquier manera os quite el imperio, está contra el orden establecido por Dios; pero también vosotros tened cuidado de no ser culpables de un gran crimen, queriendo entrometeros en las cosas de la Iglesia”.

Los príncipes cristianos reconocieron todo esto y sintieron que era su orgullo confesarlo abiertamente. Entre ellos, el emperador Basilio el Grande se expresó en el VIII Concilio: “En cuanto a vosotros, laicos, tanto respecto de los que ostentan cargos de poder, como respecto de todos los demás a los que me refiero, no tengo otra cosa que decir, si no que de ninguna manera se os permite tratar asuntos eclesiásticos. La investigación en este campo están reservadas a los patriarcas, pontífices y sacerdotes expresamente delegados a la oficina de gobierno de la Iglesia. Tienen poder para santificar, atar y desatar, porque están en posesión de las llaves eclesiásticas y celestiales. Los laicos, necesitados de ser guiados, santificados, ligados legalmente y disueltos, no tenemos potestades eclesiásticas”.

Con un criterio diametralmente opuesto a todo esto, se decidió en la asamblea de Baden, de la cual se emitieron artículos que destruyen la justa doctrina del poder eclesiástico, y reducen a la misma Iglesia a una reprobable e injusta esclavitud. La Iglesia estaría sujeta al poder secular en la publicación de decretos dogmáticos si se estableciera que las leyes dictadas por ella relativas a la disciplina quedarían sin fuerza y ​​sin efecto si no se promulgan con el consentimiento de la autoridad secular, con el agregado de la intención de proceder penalmente contra quienes se comportaron de manera diferente. ¿Qué otra cosa? El mismo poder civil tiene facultad libre para aprobar o rechazar todo lo que los sínodos, que llamamos diocesanos, han establecido para circunstancias particulares: presidir seminarios; para confirmar su disciplina interna establecida por los obispos sagrados; designar clérigos para cargos eclesiásticos después de un examen en las materias científicas individuales; disponer del pueblo en toda institución religiosa y moral; en fin, reglamentar todo lo que concierne a lo que llaman la disciplina exterior de la Iglesia, aunque sea de carácter y naturaleza espiritual, y ordenar el culto divino y la salud de las almas.

En verdad, nada pertenece más propiamente a la Iglesia, y Cristo no quiso reservar nada más estrictamente para sus pastores que la administración de los sacramentos instituidos por él. La razón de esta reserva sólo puede ser juzgada por aquellos a quienes Él nombró como ministros de su obra en la tierra. Por lo tanto, es completamente injusto que el poder civil pretenda para sí algo del ejercicio santísimo del poder eclesiástico; es muy injusto que el poder civil establezca algo en este ejercicio o imponga obligaciones a los sagrados ministros; es completamente injusto que el poder civil con sus leyes se oponga a las normas que establecen la forma de administrar los sagrados misterios al pueblo cristiano, tanto los establecidos en los escritos como los transmitidos de voz desde los orígenes de la Iglesia hasta nuestros días.

San Gelasio, Nuestro Predecesor, en su carta al emperador Anastasio escribió: “Has sabido perfectamente, oh clementísimo hijo, lo que os está permitido, por vuestra dignidad, como presidente de la sociedad humana; sin embargo, sois devotamente sumisos a los obispos en las cosas divinas, y les pedís las fuentes de vuestra salvación. Al recibir los Sacramentos celestiales y en su administración, por aquellos que tienen competencia legítima, reconocéis abiertamente que debes estar sujeto al orden de la Religión, en lugar de presidirlo. Habéis reconocido, pues, que en este terreno dependes del juicio de los prelados y que no podéis esperar que se ajusten a vuestro Poder”.

Por otra parte, cosa que parece del todo increíble e imaginativa, en la asamblea de Baden llegamos a atribuir al poder secular el derecho y la tarea de disponer la administración misma de los Sacramentos. Los artículos deliberados con temeraria arrogancia sobre el gran sacramento del matrimonio que ha de celebrarse en Cristo y en la Iglesia se centran en este aspecto preciso. De ahí un apoyo explícito al decreto sobre matrimonios entre diferentes confesiones religiosas; de ahí la imposición a los párrocos católicos de bendecir esta boda, ignorando por completo la diferencia en la confesión religiosa de los dos cónyuges; de aquí finalmente severas amenazas y castigos hacia quienes violen estas disposiciones. Todas estas cosas no son sólo y merecidamente rechazables por el hecho de que el poder civil legisla sobre la celebración del Sacramento instituido por Dios, y por el hecho de que se atreve a imponer su propia autoridad a los sagrados pastores en tan importante materia; pero también deben ser rechazadas con mayor fuerza por el hecho de que favorecen la opinión completamente absurda e impía que se conoce con el nombre de indiferentismo, en el que, de hecho, se fundan necesariamente.

Por lo tanto, todas estas cosas son absolutamente contrarias a la verdad católica y a la doctrina de la Iglesia, que continuamente detestó y siempre prohibió los matrimonios mixtos, tanto como una comunión escandalosa en una cosa sagrada, como un grave peligro de perversión del cónyuge católico, y jamás concedió la facultad gratuita de contraer matrimonios mixtos, si no bajo condiciones específicas que mantuvieran alejadas de los matrimonios las causas de discrepancia y peligro.

El Apóstol Pablo, escribiendo a los Efesios, expone muy claramente cómo Cristo confirió a su Iglesia el poder supremo para gobernar la religión y la dirección de la sociedad cristiana, en modo alguno sujeta al poder civil, en beneficio de la unidad interna. Pero, ¿cómo sería posible esta unidad si no hubiera una sola persona responsable de presidir toda la Iglesia, de defenderla y protegerla, de unir a todos los miembros de la Iglesia misma en la única profesión de fe y unirlos en un único vínculo de caridad y comunión?

La sabiduría del divino Legislador pretendía en realidad hacer que una cabeza visible correspondiera a un cuerpo social visible, de modo que “con su institución se evitara todo riesgo de cisma”. De aquí se sigue que todos los Obispos, a quienes el Espíritu Santo ha designado para gobernar la Iglesia de Dios, aunque tienen una dignidad común y un poder igual en cuanto a las potestades de orden, no obstante, no todos tienen un solo nivel jerárquico, ni el mismo alcance de la jurisdicción. Al respecto Nos remitimos a lo que declaraba San León Magno: “Si es verdad que aun entre los bienaventurados Apóstoles hubo cierta participación igualitaria en el poder en cuanto a la dignidad, siendo la elección la misma para todos, sin embargo, a uno solo se le ha confiado el poder de presidir sobre todos... porque el Señor ordenó que la tarea de anunciar el Evangelio, propia de la misión de los Apóstoles, correspondiera de manera preeminente al Beato Pedro, sobre todos los Apóstoles”.

Por lo tanto, lo que el Señor concedió sólo a Pedro entre todos los Apóstoles, cuando le confió las llaves del Reino de los cielos junto con el mandato de apacentar los corderos y las ovejas y de confirmar a los hermanos en la fe, quiso extenderlo también a los sucesores de Pedro, a quien puso a la cabeza de la Iglesia con iguales derechos, para la eficacia de la Iglesia misma, destinada a existir hasta el fin del mundo.

Esta fue siempre la opinión unánime y bien fundada de todos los católicos; es un dogma de fe que el Romano Pontífice, sucesor del Beato Pedro, Príncipe de los Apóstoles, ostenta en la Iglesia universal no sólo un primado de honor, sino también de potestad y jurisdicción; en consecuencia, los mismos obispos están sujetos a él. A este respecto, el mismo San León continúa: “Es necesario que toda la Iglesia, extendida por el mundo, se una a la Santa Iglesia Romana, la Sede de Pedro, y converja en el centro de la unidad católica y de la comunión eclesiástica. Cualquiera que se atreva a desprenderse del fundamento de Pedro debe comprender que está ajeno al misterio divino”.

San Jerónimo añade: “Quien come el cordero [pascual] fuera de esta casa queda excluido de la salvación; si alguno no está en este arca de Noé, está destinado a perecer en el tiempo del diluvio”. Así como el que no recoge con Cristo todo lo dispersa, así el que no recoge con su Vicario no recoge nada.

¿Cómo puede el que destruye su sagrada autoridad reunirse con el Vicario de Cristo, pisotear los derechos que sólo él posee como cabeza de la Iglesia y centro de unidad: derechos de los que deriva la primacía del orden y la jurisdicción junto con el poder supremo, encomendado a él por Dios, para pastorear y gobernar la Iglesia universal?

En verdad, lo afirmamos entre lágrimas, esto es precisamente lo que se atrevió a hacer en la asamblea de Baden. Sólo un Romano Pontífice, y no cualquier obispo, puede por derecho inherente cambiar los días establecidos como fiestas a celebrar o destinados al ayuno, o abrogar el precepto de participar en la Misa, como está abiertamente definido en la constitución "Auctorem fidei" contra los Pistoianos, promulgada por Pío VI, Nuestro Predecesor de la Santa Memoria, el 28 de agosto de 1794. En cambio, surge lo contrario en los artículos de la asamblea de Baden, que parecen más peligrosos porque legislaron indiscriminadamente sobre las mismas materias, reconociendo explícitamente el poder civil tiene derecho a decidir.

Por otra parte, sólo los Romanos Pontífices tienen el derecho particular de eximir a las Órdenes Religiosas de la jurisdicción de los Obispos y someterlas directamente a sí mismos. Este derecho ha sido practicado por ellos desde la antigüedad, sin posibilidad de negación. Los artículos de la asamblea de Baden también violan este derecho de manera bastante explícita. En efecto, sin mencionar el permiso que debe solicitarse y obtenerse como condición necesaria de la Sede Apostólica, se estableció que el poder secular adopta aquellas decisiones por las cuales, una vez abolido el impedimento para los Cenobios presentes en Suiza, se someten a la autoridad ordinaria familias religiosas de los obispos.

A todo esto hay que añadir las normas establecidas sobre el ejercicio de los derechos de los Obispos; todas las cosas que, si se consideran con profunda atención, parecen claramente conectadas con aquellos principios sobre los que se establecieron los demás artículos en la misma asamblea. En ellos parece entenderse que la jurisdicción de los obispos, en causas bien fundadas, no puede ni debe estar ligada a la suprema autoridad del Romano Pontífice, y en ocasiones debe limitarse a ciertos límites.

Tampoco pueden quedar fuera los asuntos tratados y propuestos sobre la elección de la sede metropolitana, y sobre los territorios de algunas diócesis allí para unirse a otra iglesia catedral situada fuera de las fronteras suizas. Aunque en este caso se tuvieron en cuenta en parte los derechos de la Sede Apostólica, sin embargo, no se cumplieron estrictamente los requisitos y la naturaleza del primado divino de la misma Sede; de hecho en Baden se decidió decidir sobre problemas fundamentales concernientes a las necesidades espirituales del pueblo cristiano, como si el poder civil pudiera, por derecho propio, actuar con total libertad.

Dejamos de lado varias otras observaciones, que sería tedioso informar en detalle; Sin embargo, incluso tales datos no dañan poco a esta santa Cátedra de Pedro y menoscaban, violan y desprecian su dignidad y autoridad.

Dados los hechos, en una perturbación tan grande y explícita de la sana doctrina y del derecho eclesiástico, en una discriminación tan fuerte y grave de la situación de los católicos en estas regiones, por nuestra parte, tan pronto como terminó la asamblea de Baden, debemos alzar la voz de protesta desde este monte santo y para contradecir, rechazar y condenar abiertamente todos los artículos allí debatidos. Efectivamente, por ningún motivo ni por un momento hemos tenido opiniones diferentes sobre la perversidad de tales proposiciones, pero esperábamos que no sólo no fueran ratificadas luego, sino que fueran totalmente rechazadas por quienes detentan el poder en la administración allí.

Pero como la mayoría de estos artículos no habían sido sometidos a libre voto y, en verdad, con profunda pena supimos que en algún lugar se habían promulgado leyes por las cuales los mismos artículos se confirman y validan con sanciones públicas, entendimos que ya no podíamos aplazarlo y no pronunciarnos, ya que ocupamos el cargo de maestro y médico universal, por indigno que sea, que tiene el laborioso deber de impedir que alguien, siguiendo el ejemplo de Nuestra actitud, sea miserablemente engañado, creyendo que los artículos de la asamblea de Baden a menudo mencionados no son en absoluto contrarios a la doctrina y disciplina de la Iglesia.

Para que esta Santa Sede se pronuncie sobre un problema de tan grave trascendencia con la mayor cautela, hemos querido que los propios artículos fueran sometidos a un examen muy detenido. Habiendo escuchado varios consejos sobre este asunto, recibido las opiniones de Nuestros Venerables Hermanos Cardenales de la Santa Iglesia Romana a través de la Congregación responsable del manejo de los asuntos eclesiásticos, y además, por nuestra parte, sopesado la situación en todos los aspectos con seriedad y detenimiento, con  motu proprio y cierta ciencia en la plenitud del poder apostólico, volvemos a condenar y juzgar como reprensibles y condenados a perpetuidad los citados artículos de la asamblea de Baden; las afirmaciones contenidas en ellos deben ser consideradas falsas, temerarias, erróneas, contrarias a los derechos de la Santa Sede, trastornando el gobierno de la Iglesia y su constitución divina como emanaciones de los principios condenados; herejes y cismáticos, pretenden someter el ministerio eclesiástico al poder secular. Todo lo que hemos considerado necesario declarar, con base en la misión de Nuestro oficio apostólico, os lo decimos con el más amplio afecto paternal: sois partícipes de aquella autoridad de la que el Príncipe de los Pastores Nos confió la plenitud, absolutamente inmerecida.

¡Cuántas angustias oprimen Nuestro corazón, oh Venerables Hermanos, en medio de tantos males por los que la Iglesia Católica gime oprimida en casi todas partes, en estos tiempos llenos de tribulación! Os dejamos imaginar cuánta tristeza nos pesa, sin que sea necesario decírselo a todos, sobre todo por los recientes hechos allí ocurridos, tramados con descarada audacia para la ruina de la Iglesia. Sin embargo, no podemos ocultarte que nos llegó un fuerte alivio de Nuestro dolor al saber todo lo que habéis hecho para defender la causa católica y cuidar de la salvación del rebaño confiado a vuestra fe. Por esto bendecimos desde lo más profundo del alma al Padre de toda misericordia, Dios de todo consuelo, que Nos consuela en vosotros, asociados a Nosotros en la prueba.

En verdad, pensamos que no hay necesidad de ello, pero como la gravedad del peligro lo requiere, no podemos dejar de estimular vuestro celo constante hacia la Religión; os exhortamos con todo fervor, para que cuanto más amargo sea el ímpetu de vuestros enemigos, mayor sea la aplicación que toméis en serio a la causa de Dios y de la Iglesia. A vosotros os corresponde de manera muy especial erigiros como baluarte, para que no se ponga en la fe cristiana un fundamento diferente del que se puso al principio; el santísimo depósito de la fe debe ser conservado y defendido intacto. Pero hay otro depósito que debéis defender con empeño y salvaguardar en su integridad: el de las sagradas leyes de la Iglesia, por las cuales la Iglesia misma estableció su propia disciplina, y también el de los derechos de esta Sede Apostólica, con la cual la Esposa de Cristo se yergue orgullosa como un ejército alineado para la batalla.

Por lo tanto, Venerables Hermanos, obrad de acuerdo con el cargo que desempeñáis, la dignidad que os confiere, el poder que habéis recibido, el juramento al que os comprometéis en el solemne momento inicial de vuestra misión. Desenvainad la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; recordado, exhortado, reprochado con toda magnanimidad y doctrina; por la Religión Católica, por el poder divino de la Iglesia y por sus leyes, por la Cátedra de Pedro, por su dignidad y por sus derechos, comprométanse plenamente y cuiden “no sólo que los justos perseveren en el camino recto, sino los que han sido atrapados por la seducción también pueden ser recobrados del error”. Para que los esfuerzos y trabajos emprendidos por Nuestros Venerables Hermanos en el Episcopado alcancen el tan ansiado resultado, apelamos también a todos vosotros, sagrados ministros dependientes de los Obispos, pastores de almas y predicadores de la Palabra divina. Vuestra tarea específica es estar en comunión de propósito con los Obispos; estar inflamados por el mismo celo, cooperar con un solo consenso de mentes, de tal manera que el pueblo cristiano esté completamente protegido de cualquier contagio de males inminentes y del peligro de errores.

Dedicaos a hacer, amados hijos, que todos participen de la misma unidad, no os dejéis desviar de ninguna manera por teorías vanas y fugaces, evitad las novedades impías, permaneced firmes con toda precaución en la fe católica, sed siempre sujetos al poder y autoridad de la Iglesia, y a esta Cátedra que el poderoso Redentor de Jacob edificó sobre una columna de hierro y un muro de bronce contra los enemigos de la Religión, para que los cristianos cada día fortalezcan su unidad y comunión.

Además, a todos aquellos a quienes acojáis para educarlos en la ley de Cristo y de la Iglesia, cuidad de hacerlos sensibles al mismo tiempo a la gravísima obligación de dar obediencia también al poder civil y a las leyes promulgadas por que se trata del bien de la sociedad, no sólo por temor a ser castigado, sino también por respeto a la voz de la propia conciencia: nunca es lícito desviarse vergonzosamente de la fidelidad que le es debida.

Cuando hayáis formado así las almas de vuestros fieles a través de vuestro apostolado, podréis proveer de la mejor manera tanto a la paz de los ciudadanos como al bien de la Iglesia: las dos entidades no pueden oponerse.

Que el Dios de toda benevolencia, de quien esperamos toda gracia y todo don, cumpla estos deseos nuestros; así que de los frutos que ardientemente esperamos de esta porción del rebaño católico, sea auspiciosa nuestra Bendición Apostólica que os impartimos de todo corazón, Venerables Hermanos y Señores, para que se extienda también al pueblo fiel!

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 17 de mayo de 1835, año quinto de Nuestro Pontificado.

GREGORIO XVI