domingo, 2 de enero de 2000

DIVINI REDEMPTORIS (19 DE MARZO DE 1937)

DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE EL COMUNISMO ATEO

A los patriarcas, primados, arzobispos, obispos 
y otros ordinarios, en paz y comunión con la Sede Apostólica

1. La promesa de un Redentor ilumina la primera página de la historia de la humanidad, y la confiada esperanza suscitada por esta promesa suavizó el agudo pesar por un paraíso que se había perdido. Fue esta esperanza la que acompañó al género humano en su fatigoso camino hasta que en la plenitud de los tiempos, el Salvador esperado vino a iniciar una nueva civilización universal, la civilización cristiana, muy superior incluso a la que hasta entonces habían logrado laboriosamente algunas naciones más privilegiadas.

2. Sin embargo, la lucha entre el bien y el mal permaneció en el mundo como una triste herencia de la caída original. Tampoco el antiguo tentador ha dejado de engañar a la humanidad con falsas promesas. Es por ello que una convulsión tras otra ha marcado el paso de los siglos, hasta la revolución de nuestros días. Esta revolución moderna, puede decirse, ha estallado o amenaza con estallar en todas partes, y excede en amplitud y violencia todo lo que se ha experimentado en las persecuciones precedentes lanzadas contra la Iglesia. Pueblos enteros se encuentran en peligro de volver a caer en una barbarie peor que la que oprimía a la mayor parte del mundo a la venida del Redentor.

3. Este peligro demasiado inminente, Venerables Hermanos, como ya habéis supuesto, es el comunismo bolchevique y ateo, que pretende trastornar el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana.

4. Ante tal amenaza, la Iglesia Católica no podía permanecer y no permanece en silencio. Esta Sede Apostólica, sobre todo, no se ha abstenido de alzar su voz, pues sabe que su misión propia y social es defender la verdad, la justicia y todos aquellos valores eternos que el comunismo ignora o ataca. Desde los días en que se formaron grupos de "intelectuales" en un intento arrogante de liberar a la civilización de las ataduras de la moral y la religión, Nuestros Predecesores llamaron abierta y explícitamente la atención del mundo sobre las consecuencias de la descristianización de la sociedad humana. Con referencia al comunismo, Nuestro Venerable Predecesor, Pío IX, de santa memoria, ya en 1846 pronunció una solemne condena, que confirmó en las palabras del Syllabus dirigido contra "esa infame doctrina del llamado comunismo, que es absolutamente contraria a la propia ley natural, y que si se adoptara destruiría por completo los derechos, la propiedad y las posesiones de todos los hombres, e incluso la sociedad misma" [1]. Más tarde, otro de Nuestros predecesores, el inmortal León XIII, en su Encíclica Quod Apostolici Muneris, definió el comunismo como "la plaga fatal que se insinúa en la médula misma de la sociedad humana sólo para provocar su ruina" [2]. Con clara intuición señaló que los movimientos ateos existentes entre las masas de la Edad de la Máquina tenían su origen en esa escuela filosófica que durante siglos había tratado de divorciar la ciencia de la vida de la Fe y de la Iglesia.

5. Durante Nuestro Pontificado también hemos denunciado con frecuencia y con urgente insistencia la actual tendencia al ateísmo, que va en alarmante aumento. En 1924, cuando nuestra misión de socorro regresó de la Unión Soviética, condenamos el comunismo en una alocución especial [3] que dirigimos a todo el mundo. En nuestras Encíclicas Miserentissimus Redemptor [4], Quadragesimo Anno [5] Caritate Christi [6], Acerba Animi [7], Dilectissima Nobis [8], elevamos una solemne protesta contra las persecuciones desatadas en Rusia, en México y ahora en España. Nuestras dos alocuciones del año pasado, la primera con motivo de la inauguración de la Exposición Internacional de la Prensa Católica, y la segunda durante Nuestra audiencia a los refugiados españoles, junto con Nuestro mensaje de la pasada Navidad, han evocado un eco mundial que aún no se ha agotado. En efecto, los enemigos más persistentes de la Iglesia, que desde Moscú dirigen la lucha contra la civilización cristiana, testimonian ellos mismos, con sus incesantes ataques de palabra y de obra, que hasta esta hora el Papado ha seguido protegiendo fielmente el santuario de la religión cristiana, y que ha llamado la atención de la opinión pública sobre los peligros del comunismo con más frecuencia y eficacia que cualquier otra autoridad pública de la tierra.

6. Para Nuestra gran satisfacción, Venerables Hermanos, habéis transmitido y explicado con precisión a los fieles estas advertencias por medio de Cartas pastorales individuales e incluso conjuntas. Sin embargo, a pesar de Nuestras frecuentes y paternales advertencias, el peligro no hace más que aumentar de día en día a causa de la presión ejercida por hábiles agitadores. Por lo tanto, creemos que es Nuestro deber alzar Nuestra voz una vez más, en una misiva aún más solemne, de acuerdo con la tradición de esta Sede Apostólica, la Maestra de la Verdad, y de acuerdo con el deseo de todo el mundo católico, que hace que la aparición de tal documento no sea más que natural. Confiamos en que el eco de Nuestra voz llegue a todas las mentes libres de prejuicios y a todos los corazones sinceramente deseosos del bien de la humanidad. Lo deseamos tanto más cuanto que Nuestras palabras están recibiendo ahora la lamentable confirmación del espectáculo de los amargos frutos de las ideas subversivas, que Nosotros previmos y anunciamos, y que de hecho se multiplican temerosamente en los países ya golpeados, o amenazan a todos los demás países del mundo.

7. Por eso queremos exponer una vez más, en una breve síntesis, los principios del comunismo ateo tal como se manifiestan principalmente en el bolchevismo. Deseamos también indicar su método de acción y contrastar con sus falsos principios la clara doctrina de la Iglesia, para inculcar de nuevo y con mayor insistencia los medios por los que la civilización cristiana, la verdadera civitas humana, puede ser salvada del flagelo satánico, y no sólo salvada, sino mejor desarrollada para el bienestar de la sociedad humana.

8. El comunismo de hoy, con más énfasis que los movimientos similares del pasado, esconde en sí mismo una falsa idea mesiánica. Un pseudo-ideal de justicia, de igualdad y de fraternidad en el trabajo impregna toda su doctrina y actividad de un misticismo engañoso, que comunica un entusiasmo celoso y contagioso a las multitudes atrapadas por promesas engañosas. Esto es especialmente cierto en una época como la nuestra, en la que la miseria inusitada ha sido el resultado de la distribución desigual de los bienes de este mundo. Este pseudo-ideal es incluso promovido con jactancia como si fuera responsable de un cierto progreso económico. En realidad, cuando ese progreso es real, sus verdaderas causas son muy distintas, como por ejemplo la intensificación del industrialismo en países que antes casi no lo tenían, la explotación de inmensos recursos naturales y el uso de los métodos más brutales para asegurar la realización de proyectos gigantescos con un mínimo de gastos.

9. La doctrina del comunismo moderno, que a menudo se oculta bajo los ropajes más seductores, se basa en esencia en los principios del materialismo dialéctico e histórico preconizados anteriormente por Marx, de los que los teóricos del bolchevismo pretenden poseer la única interpretación genuina. Según esta doctrina, en el mundo sólo existe una realidad, la materia, cuyas fuerzas ciegas evolucionan hacia la planta, el animal y el hombre. Incluso la sociedad humana no es más que un fenómeno y una forma de la materia, que evoluciona de la misma manera. Por una ley de necesidad inexorable y a través de un perpetuo conflicto de fuerzas, la materia avanza hacia la síntesis final de una sociedad sin clases. En tal doctrina, como es evidente, no hay lugar para la idea de Dios; no hay diferencia entre la materia y el espíritu, entre el alma y el cuerpo; no hay supervivencia del alma después de la muerte ni esperanza en una vida futura. Insistiendo en el aspecto dialéctico de su materialismo, los comunistas afirman que el conflicto que lleva al mundo hacia su síntesis final puede ser acelerado por el hombre. De ahí que se esfuercen por agudizar los antagonismos que surgen entre las distintas clases de la sociedad. Así, la lucha de clases, con su consiguiente odio violento y destrucción, adquiere los aspectos de una cruzada por el progreso de la humanidad. Por otra parte, todas las demás fuerzas, mientras se resistan a esa violencia sistemática, deben ser aniquiladas como hostiles al género humano.

10. El comunismo, además, despoja al hombre de su libertad, despoja a la personalidad humana de toda su dignidad y elimina todas las restricciones morales que frenan las erupciones del impulso ciego. No se reconoce ningún derecho del individuo en sus relaciones con la colectividad; no se concede ningún derecho natural a la personalidad humana, que es un mero engranaje en el sistema comunista. En las relaciones del hombre con otros individuos, además, los comunistas sostienen el principio de la igualdad absoluta, rechazando toda jerarquía y autoridad divinamente constituida, incluida la autoridad de los padres. Lo que los hombres llaman autoridad y subordinación se deriva de la comunidad como su primera y única fuente. Tampoco se concede al individuo ningún derecho de propiedad sobre los bienes materiales o los medios de producción, pues en la medida en que éstos son la fuente de la riqueza ulterior, su posesión daría a un hombre el poder sobre otro. Precisamente en este sentido, hay que erradicar toda forma de propiedad privada, pues está en el origen de toda esclavitud económica.

11. Negando a la vida humana todo carácter sagrado o espiritual, tal doctrina hace lógicamente del matrimonio y de la familia una institución puramente artificial y civil, resultado de un sistema económico determinado. No existe ningún vínculo matrimonial de carácter jurídico-moral que no esté sujeto al capricho del individuo o de la colectividad. Naturalmente, por lo tanto, se descarta la noción de un vínculo matrimonial indisoluble. El comunismo se caracteriza especialmente por el rechazo de cualquier vínculo que ate a la mujer a la familia y al hogar, y se proclama su emancipación como principio básico. Se la retira de la familia y del cuidado de sus hijos, para empujarla a la vida pública y a la producción colectiva en las mismas condiciones que el hombre. El cuidado del hogar y de los hijos recae entonces en la colectividad. Por último, se niega a los padres el derecho a la educación, pues se concibe como una prerrogativa exclusiva de la colectividad, en cuyo nombre y por cuyo mandato los padres pueden ejercer este derecho.

12. ¿Cuál sería la condición de una sociedad humana basada en tales postulados materialistas? Sería una colectividad sin más jerarquía que la del sistema económico. Tendría una sola misión: la producción de cosas materiales mediante el trabajo colectivo, para que los bienes de este mundo pudieran ser disfrutados en un paraíso donde cada uno "diera según sus facultades" y "recibiera según sus necesidades". El comunismo reconoce en la colectividad el derecho, o mejor dicho, la discreción ilimitada, de reclutar individuos para el trabajo de la colectividad sin tener en cuenta su bienestar personal; de modo que incluso la violencia podría ejercerse legítimamente para reclutar a los recalcitrantes en contra de su voluntad. En la mancomunidad comunista la moral y el derecho no serían más que una derivación del orden económico existente, de origen puramente terrenal y de carácter inestable. En una palabra, los comunistas pretenden inaugurar una nueva era y una nueva civilización que es el resultado de fuerzas evolutivas ciegas que culminan en una humanidad sin Dios.

13. Cuando todos los hombres hayan adquirido finalmente la mentalidad colectivista en esta utopía de una sociedad realmente sin clases, el Estado político, que ahora es concebido por los comunistas simplemente como el instrumento mediante el cual el proletariado es oprimido por los capitalistas, habrá perdido toda razón de ser y se "marchitará". Sin embargo, hasta que se produzca esa feliz consumación, el Estado y los poderes del Estado proporcionan al comunismo los medios más eficaces y más amplios para la consecución de su objetivo.

14. Tal es, Venerables Hermanos, el nuevo evangelio que el comunismo bolchevique y ateo ofrece al mundo como la buena nueva de la liberación y la salvación. Es un sistema lleno de errores y sofismas. Se opone tanto a la razón como a la Revelación Divina. Subvierte el orden social, porque significa la destrucción de sus fundamentos; porque ignora el verdadero origen y finalidad del Estado; porque niega los derechos, la dignidad y la libertad de la personalidad humana.

15. ¿Cómo es posible que un sistema semejante, rechazado científicamente desde hace tiempo y que ahora se ha demostrado erróneo por la experiencia, cómo es, nos preguntamos, que un sistema semejante haya podido extenderse tan rápidamente en todas las partes del mundo? La explicación reside en el hecho de que muy pocos han sido capaces de comprender la naturaleza del comunismo. La mayoría, en cambio, sucumbe a su engaño, hábilmente disimulado por las más extravagantes promesas. Fingiendo que sólo desea la mejora de la condición de las clases trabajadoras, instando a la eliminación de los abusos muy reales imputables al orden económico liberalista, y exigiendo una distribución más equitativa de los bienes de este mundo (objetivos total e indudablemente legítimos), el comunista se aprovecha de la actual crisis económica mundial para atraer a su esfera de influencia incluso a aquellos sectores de la población que por principio rechazan toda forma de materialismo y terrorismo. Y como todo error contiene su elemento de verdad, las verdades parciales a las que nos hemos referido se presentan astutamente según las necesidades de tiempo y lugar, para ocultar, cuando conviene, la repulsiva crudeza e inhumanidad de los principios y tácticas comunistas. De este modo, el ideal comunista se gana a muchos de los miembros de la comunidad con mejor mentalidad. Estos, a su vez, se convierten en los apóstoles del movimiento entre los intelectuales más jóvenes, que todavía son demasiado inmaduros para reconocer los errores intrínsecos del sistema. Los predicadores del comunismo también saben explotar los antagonismos raciales y las divisiones y oposiciones políticas. Aprovechan la falta de orientación característica de la ciencia agnóstica moderna para introducirse en las universidades, donde refuerzan los principios de su doctrina con argumentos pseudocientíficos.

16. Si queremos explicar la ciega aceptación del comunismo por parte de tantos miles de obreros, debemos recordar que el camino ya había sido preparado por la indigencia religiosa y moral en que los asalariados habían sido dejados por la economía liberal. Incluso los domingos y días festivos, los obreros no tenían tiempo para atender sus deberes religiosos esenciales. Nadie pensó en construir iglesias a una distancia conveniente de las fábricas, ni en facilitar la labor del sacerdote. Por el contrario, se promovió activa y persistentemente el laicismo, con el resultado de que ahora estamos cosechando los frutos de los errores tantas veces denunciados por Nuestros Predecesores y por Nosotros mismos. No puede sorprender a nadie que la falacia comunista se extienda en un mundo ya en gran medida descristianizado.

17. Hay otra explicación para la rápida difusión de las ideas comunistas que ahora se filtran en todas las naciones, grandes y pequeñas, avanzadas y atrasadas, de modo que ningún rincón de la tierra está libre de ellas. Esta explicación se encuentra en una propaganda tan verdaderamente diabólica que el mundo tal vez nunca haya presenciado algo similar. Está dirigida desde un centro común. Está astutamente adaptada a las diferentes condiciones de los diversos pueblos. Tiene a su disposición grandes recursos financieros, organizaciones gigantescas, congresos internacionales e innumerables trabajadores capacitados. Utiliza folletos y revistas, el cine, el teatro y la radio, las escuelas e incluso las universidades. Poco a poco penetra en todas las clases del pueblo e incluso llega a los grupos de mejor mentalidad de la comunidad, con el resultado de que pocos son conscientes del veneno que impregna cada vez más sus mentes y corazones.

18. Un tercer factor poderoso en la difusión del comunismo es la conspiración del silencio por parte de una gran parte de la prensa no católica del mundo. Decimos conspiración, porque es imposible explicar de otro modo cómo una prensa habitualmente tan ansiosa de explotar incluso los pequeños incidentes cotidianos de la vida ha podido permanecer en silencio durante tanto tiempo sobre los horrores perpetrados en Rusia, en México e incluso en gran parte de España; y que tenga relativamente tan poco que decir sobre una organización mundial tan vasta como el comunismo ruso. Este silencio se debe en parte a una política miope, y está favorecido por diversas fuerzas ocultas que desde hace mucho tiempo trabajan para el derrocamiento del Orden Social Cristiano.

19. Mientras tanto, los lamentables efectos de esta propaganda están ante nuestros ojos. Allí donde el comunismo ha podido afirmar su poder -y aquí pensamos con especial afecto en los pueblos de Rusia y México- se ha esforzado por todos los medios posibles, como se jactan abiertamente sus campeones, en destruir la civilización cristiana y la religión cristiana, desterrando todo recuerdo de ellas del corazón de los hombres, especialmente de los jóvenes. Obispos y sacerdotes fueron exiliados, condenados a trabajos forzados, fusilados y ejecutados de forma inhumana; los laicos sospechosos de defender su religión fueron vejados, perseguidos, arrastrados a juicio y arrojados a la cárcel.

20. Incluso allí donde el azote del comunismo no ha tenido aún tiempo de ejercer plenamente sus efectos lógicos, como lo atestigua Nuestra querida España, ha encontrado, desgraciadamente, una compensación en la violencia más feroz de su ataque. No sólo se saqueó tal o cual iglesia o monasterio aislado, sino que en la medida de lo posible se destruyó toda iglesia y todo monasterio. Todo vestigio de la religión cristiana fue erradicado, aunque estuviera íntimamente ligado a los más raros monumentos del arte y la ciencia. La furia del comunismo no se ha limitado a la matanza indiscriminada de obispos, de miles de sacerdotes y religiosos de ambos sexos; busca sobre todo a los que han dedicado su vida al bienestar de las clases trabajadoras y de los pobres. Pero la mayoría de sus víctimas han sido laicos de toda condición y clase. Incluso hasta el momento actual, masas de ellos son asesinados casi a diario sin otra ofensa que el hecho de ser buenos cristianos o al menos oponerse al comunismo ateo. Y esta temible destrucción se ha llevado a cabo con un odio y una barbarie salvaje que uno no hubiera creído posible en nuestra época. Ningún hombre de buen sentido, ni ningún estadista consciente de su responsabilidad, puede dejar de estremecerse al pensar que lo que está ocurriendo hoy en España puede quizás repetirse mañana en otros países civilizados.

21. Tampoco puede decirse que estas atrocidades sean un fenómeno transitorio, el acompañamiento habitual de todas las grandes revoluciones, los excesos aislados comunes a toda guerra. No, son el fruto natural de un sistema que carece de todo freno interior. El hombre, ya sea como individuo o como sociedad, necesita cierta contención. Incluso los pueblos bárbaros tenían este control interno en la ley natural escrita por Dios en el corazón de cada hombre. Y allí donde esta ley natural era tenida en mayor estima, las naciones antiguas se elevaron a una grandeza que todavía fascina -más de lo debido- a ciertos estudiantes superficiales de la historia humana. Pero arrancad la idea misma de Dios del corazón de los hombres, y éstos son necesariamente impulsados por sus pasiones a la más atroz barbarie.

22. Esto es, por desgracia, lo que ahora contemplamos. Por primera vez en la historia, asistimos a una lucha a sangre fría y planificada hasta el más mínimo detalle, entre el hombre y "todo lo que se llama Dios" [9] El comunismo es, por naturaleza, antirreligioso. Considera la religión como "el opio del pueblo" porque los principios de la religión que hablan de una vida de ultratumba disuaden al proletariado del sueño de un paraíso soviético que es de este mundo.

23. Pero la ley de la naturaleza y su Autor no pueden ser burlados impunemente. El comunismo no ha podido, ni podrá, alcanzar sus objetivos ni siquiera en la esfera meramente económica. Es cierto que en Rusia ha contribuido a sacar a los hombres y a los materiales de la inercia de los siglos, y a obtener por toda clase de medios, a menudo sin escrúpulos, cierta medida de éxito material. Sin embargo, sabemos, por testimonios fiables e incluso muy recientes, que ni siquiera allí, a pesar de la esclavitud impuesta a millones de hombres, el comunismo ha alcanzado su meta prometida. Después de todo, incluso la esfera de la economía necesita algo de moralidad, algún sentido moral de la responsabilidad, que no puede encontrar lugar en un sistema tan completamente materialista como el comunismo. El terrorismo es el único sustituto posible, y es el terrorismo el que reina hoy en Rusia, donde los antiguos compañeros de revolución se exterminan entre sí. El terrorismo, habiendo fracasado a pesar de todo para frenar la marea de la corrupción moral, no puede impedir ni siquiera la disolución de la propia sociedad.

24. Al hacer estas observaciones no es Nuestra intención condenar en masa a los pueblos de la Unión Soviética. Por ellos sentimos el más cálido afecto paternal. Sabemos muy bien que no pocos de ellos gimen bajo el yugo que les han impuesto hombres que en gran parte son ajenos a los verdaderos intereses del país. Reconocemos que muchos otros fueron engañados por esperanzas falaces. Sólo culpamos al sistema, con sus autores y encubridores que consideraron a Rusia como el campo mejor preparado para experimentar un plan elaborado hace décadas, y que desde allí siguen difundiéndolo de un extremo a otro del mundo.

25. Hemos desenmascarado los errores y las tácticas violentas y engañosas del comunismo bolchevique y ateo. Es ahora el momento, Venerables Hermanos, de contrastar con él la verdadera noción, ya conocida por vosotros, de la civitas humana o sociedad humana, tal como la enseña la razón y la Revelación por boca de la Iglesia, Magistra Gentium.

26. Por encima de toda otra realidad existe un Ser supremo: Dios, Creador omnipotente de todas las cosas, Juez omnisciente y justo de todos los hombres. Esta realidad suprema, Dios, es la condena absoluta de las impúdicas falsedades del comunismo. En verdad, no es porque los hombres crean en Dios que Él existe; más bien, porque Él existe, todos los hombres cuyos ojos no están deliberadamente cerrados a la verdad creen en Él y le rezan.

27. En la Encíclica sobre la Educación Cristiana [10] explicamos la doctrina fundamental sobre el hombre, tal como se desprende de la razón y de la Fe. El hombre tiene un alma espiritual e inmortal. Es una persona, maravillosamente dotada por su Creador con dones de cuerpo y mente. Es un verdadero "microcosmos", como decían los antiguos, un mundo en miniatura, con un valor muy superior al del vasto cosmos inanimado. Sólo Dios es su último fin, en esta vida y en la otra. Por la gracia santificante es elevado a la dignidad de hijo de Dios, e incorporado al Reino de Dios en el Cuerpo Místico de Cristo. En consecuencia, ha sido dotado por Dios de muchas y variadas prerrogativas: el derecho a la vida, a la integridad corporal, a los medios necesarios para la existencia; el derecho a tender hacia su fin último en el camino que Dios le ha marcado; el derecho de asociación y el derecho a poseer y usar la propiedad.

28. Así como el matrimonio y el derecho a su uso natural son de origen divino, así también la constitución y las prerrogativas fundamentales de la familia están fijadas y determinadas por el Creador. En la Encíclica sobre el matrimonio cristiano [11] y en nuestra otra Encíclica sobre la educación, ya citada, hemos tratado estos temas con bastante extensión.

29. Pero Dios también ha destinado al hombre a la sociedad civil según los dictados de su propia naturaleza. En el plan del Creador, la sociedad es un medio natural que el hombre puede y debe utilizar para alcanzar el fin al que está destinado. La sociedad es para el hombre y no al revés. Esto no debe entenderse en el sentido del individualismo liberalista, que subordina la sociedad al uso egoísta del individuo; sino sólo en el sentido de que mediante la unión orgánica con la sociedad y la colaboración mutua se pone al alcance de todos la consecución de la felicidad terrenal. En otro sentido, es la sociedad la que ofrece las oportunidades para el desarrollo de todos los dones individuales y sociales otorgados a la naturaleza humana. Estos dones naturales tienen un valor que supera los intereses inmediatos del momento, pues en la sociedad reflejan la perfección divina, lo que no sería cierto si el hombre viviera solo. Pero en última instancia, incluso en esta última función, la sociedad está hecha para el hombre, para que pueda reconocer este reflejo de la perfección divina, y referirlo en alabanza y adoración al Creador. Sólo el hombre, la persona humana, y no la sociedad en cualquiera de sus formas, está dotado de razón y de una voluntad moralmente libre.

30. El hombre no puede ser eximido de sus obligaciones impuestas por Dios hacia la sociedad civil, y los representantes de la autoridad tienen derecho a coaccionarle cuando se niega sin razón a cumplir con su deber. La sociedad, por otra parte, no puede defraudar al hombre de los derechos que Dios le ha concedido, los más importantes de los cuales hemos indicado anteriormente. Tampoco puede la sociedad anular sistemáticamente estos derechos haciendo imposible su uso. Por lo tanto, de acuerdo con los dictados de la razón, todas las cosas materiales deben ser ordenadas al hombre como persona, para que a través de su mediación puedan encontrar su camino hacia el Creador. En este sentido podemos aplicar al hombre, a la persona humana, las palabras del Apóstol de las Gentes, que escribe a los Corintios sobre la economía cristiana de la salvación: "Todas las cosas son vuestras, y vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios" [12] Mientras el comunismo empobrece la personalidad humana invirtiendo los términos de la relación del hombre con la sociedad, ¡a qué elevadas alturas no es elevado el hombre por la razón y la Revelación!

31. Los principios directivos relativos al orden socio-económico han sido expuestos en la Encíclica social de León XIII sobre la cuestión del trabajo [13] Nuestra propia Encíclica sobre la Reconstrucción del Orden Social [14] adaptó estos principios a las necesidades actuales. Luego, insistiendo de nuevo en la antigua doctrina de la Iglesia sobre el carácter individual y social de la propiedad privada, explicamos claramente el derecho y la dignidad del trabajo, las relaciones de ayuda mutua y de colaboración que deben existir entre los que poseen el capital y los que trabajan, el salario debido en estricta justicia al trabajador para sí y para su familia.

32. En esta misma Encíclica nuestra hemos mostrado que los medios para salvar al mundo de hoy de la lamentable ruina en que nos ha sumido un liberalismo moral, no son ni la lucha de clases ni el terror, ni tampoco el abuso autocrático del poder del Estado, sino la infusión de la justicia social y del sentimiento de amor cristiano en el orden socioeconómico. Hemos indicado cómo ha de restablecerse una sana prosperidad según los verdaderos principios de un sistema corporativo sano que respete la adecuada estructura jerárquica de la sociedad; y cómo todos los grupos ocupacionales deben fundirse en una unidad armoniosa inspirada en el principio del bien común. Y la función genuina y principal de la autoridad pública y civil consiste precisamente en promover eficazmente esta armonía y coordinación de todas las fuerzas sociales.

33. En vista de este esfuerzo común organizado para una vida pacífica, la doctrina católica reivindica para el Estado la dignidad y la autoridad de un defensor vigilante y providente de aquellos derechos divinos y humanos en los que tanto insisten las Sagradas Escrituras y los Padres de la Iglesia. No es cierto que todos tengan los mismos derechos en la sociedad civil. No es cierto que no exista una jerarquía social lícita. Baste remitirse a las Encíclicas de León XIII ya citadas, especialmente a la relativa a los poderes del Estado [15] y a la otra sobre la Constitución Cristiana de los Estados [16]. En estos documentos el católico encontrará los principios de la razón y de la Fe claramente explicados, y estos principios le permitirán defenderse de los errores y peligros de una concepción comunista del Estado. La esclavización del hombre despojado de sus derechos, la negación del origen trascendental del Estado y de su autoridad, el horrible abuso del poder público al servicio de un terrorismo colectivista, son todo lo contrario de lo que corresponde a la ética natural y a la voluntad del Creador. Tanto el hombre como la sociedad civil tienen su origen en el Creador, que los ha ordenado mutuamente. De ahí que ninguno de los dos pueda eximirse de sus obligaciones correlativas, ni negar o disminuir los derechos del otro. El Creador mismo ha regulado esta relación mutua en sus líneas fundamentales, y es por una usurpación injusta que el comunismo se arroga el derecho de aplicar, en lugar de la ley divina basada en los principios inmutables de la verdad y la caridad, un programa político partidista que deriva de la voluntad humana arbitraria y está repleto de odio.

34. Al enseñar esta doctrina esclarecedora, la Iglesia no tiene otra intención que la de hacer realidad la alegre noticia cantada por los Ángeles sobre la cueva de Belén en el nacimiento del Redentor: "Gloria a Dios... y... paz a los hombres..." [17], la verdadera paz y la verdadera felicidad, incluso aquí abajo en la medida de lo posible, como preparación para la felicidad del cielo, pero a los hombres de buena voluntad. Esta doctrina está igualmente alejada de todos los extremos del error y de todas las exageraciones de los partidos o sistemas que provienen del error. Mantiene un equilibrio constante de verdad y justicia, que reivindica en la teoría y aplica y promueve en la práctica, poniendo en armonía los derechos y deberes de todas las partes. Así se concilia la autoridad con la libertad, la dignidad del individuo con la del Estado, la personalidad humana del súbdito con la delegación divina del superior; y de este modo se logra un equilibrio entre la debida dependencia y el amor bien ordenado del hombre a sí mismo, a su familia y a su país, y su amor a las demás familias y a los demás pueblos, fundado en el amor a Dios, Padre de todos, su primer principio y último fin. La Iglesia no separa la debida atención al bienestar temporal de la solicitud por el eterno. Si subordina lo primero a lo segundo, según las palabras de su divino Fundador: "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura" [18], está, sin embargo, tan lejos de despreocuparse de los asuntos humanos, tan lejos de obstaculizar el progreso civil y el avance material, que de hecho los fomenta y promueve del modo más sensato y eficaz. Así, incluso en el campo de la economía social, aunque la Iglesia nunca ha propuesto un sistema técnico definido, ya que no es su campo, sin embargo, ha esbozado claramente los principios rectores que, si bien son susceptibles de variadas aplicaciones concretas según las diversas condiciones de los tiempos y lugares y de los pueblos, indican el camino seguro para asegurar el feliz progreso de la sociedad.

35. La sabiduría y la suprema utilidad de esta doctrina son admitidas por todos los que realmente la entienden. Con razón, destacados estadistas han afirmado que, después de un estudio de diversos sistemas sociales, no han encontrado nada más sólido que los principios expuestos en las Encíclicas Rerum NovarumQuadragesimo Anno. En los países no católicos, incluso en los no cristianos, los hombres reconocen el gran valor para la sociedad de la doctrina social de la Iglesia. Así, hace apenas un mes, un eminente político del Extremo Oriente, no cristiano, no dudó en afirmar públicamente que la Iglesia, con su doctrina de la paz y de la fraternidad cristiana, está aportando una notable contribución a la difícil tarea de establecer y mantener la paz entre las naciones. Finalmente, sabemos, por informaciones fidedignas que llegan a este Centro de la Cristiandad desde todas las partes del mundo, que los mismos comunistas, cuando no están totalmente depravados, reconocen la superioridad de la doctrina social de la Iglesia, cuando se les explica, sobre las doctrinas de sus dirigentes y de sus maestros. Sólo los cegados por la pasión y el odio cierran los ojos a la luz de la verdad y luchan obstinadamente contra ella.

36. Pero los enemigos de la Iglesia, aunque se ven obligados a reconocer la sabiduría de su doctrina, la acusan de no haber actuado conforme a sus principios, y de ahí concluyen la necesidad de buscar otras soluciones. La absoluta falsedad e injusticia de esta acusación queda demostrada por toda la historia del cristianismo. Para referirnos sólo a un rasgo típico, fue el cristianismo el primero en afirmar la fraternidad real y universal de todos los hombres de cualquier raza y condición. Esta doctrina la proclamó con un método, y con una amplitud y convicción, desconocidos para los siglos precedentes; y con ella contribuyó poderosamente a la abolición de la esclavitud. No se trata de una revolución sangrienta, sino que la fuerza interior de su enseñanza hizo que la orgullosa matrona romana viera en su esclava a una hermana en Cristo. Es el cristianismo el que adora al Hijo de Dios, hecho Hombre por amor al hombre, y convertido no sólo en "Hijo de un carpintero", sino en Él mismo en "carpintero" [19] Fue el cristianismo el que elevó el trabajo manual a su verdadera dignidad, mientras que hasta entonces había sido tan despreciado que incluso el moderado Cicerón no dudó en resumir la opinión general de su tiempo con palabras de las que se avergonzaría cualquier sociólogo moderno: "Todos los artesanos se dedican a oficios sórdidos, pues no puede haber nada ennoblecedor en un taller" [20].

37. Fiel a estos principios, la Iglesia ha dado nueva vida a la sociedad humana. Bajo su influencia surgieron prodigiosas organizaciones caritativas, grandes gremios de artesanos y obreros de todo tipo. Estos gremios, ridiculizados como "medievales" por el liberalismo del siglo pasado, reclaman hoy la admiración de nuestros contemporáneos en muchos países que se esfuerzan por revivirlos en alguna forma moderna. Y cuando otros sistemas obstaculizaron su obra y levantaron obstáculos a la saludable influencia de la Iglesia, ella no dejó de advertirles de su error. Basta recordar con qué firmeza y energía constantes Nuestro Predecesor, León XIII, reivindicó para el obrero el derecho a organizarse, que el liberalismo dominante de los Estados más poderosos le negaba implacablemente. También hoy la autoridad de esta doctrina de la Iglesia es mayor de lo que parece; pues la influencia de las ideas en el terreno de los hechos, aunque sea invisible y no se pueda medir fácilmente, tiene sin duda una importancia predominante.

38. Puede decirse con toda verdad que la Iglesia, como Cristo, atraviesa los siglos haciendo el bien a todos. No habría hoy ni socialismo ni comunismo si los gobernantes de las naciones no hubieran despreciado las enseñanzas y las advertencias maternas de la Iglesia. Sobre las bases del liberalismo y del laicismo quisieron construir otros edificios sociales que, por poderosos e imponentes que parecieran al principio, pronto revelaron la debilidad de sus cimientos, y hoy se desmoronan uno tras otro ante nuestros ojos, como debe desmoronarse todo lo que no está cimentado en la única piedra angular que es Cristo Jesús.

39. Esta es, Venerables Hermanos, la doctrina de la Iglesia, la única que, tanto en el campo social como en todos los demás, puede ofrecer verdadera luz y asegurar la salvación frente a la ideología comunista. Pero esta doctrina debe reducirse consecuentemente a la práctica en la vida cotidiana, según la advertencia del Apóstol Santiago: "Sed hacedores de la palabra y no sólo oidores, engañándoos a vosotros mismos" [21]. La necesidad más urgente de la actualidad es, por tanto, la aplicación enérgica y oportuna de remedios que conjuren eficazmente la catástrofe que cada día se hace más amenazante. Abrigamos la firme esperanza de que el fanatismo con que los hijos de las tinieblas trabajan día y noche en su propaganda materialista y atea, sirva al menos para el santo propósito de estimular a los hijos de la luz a un celo semejante y aún mayor por el honor de la Divina Majestad.

40. ¿Qué hay que hacer, pues, qué remedios hay que emplear para defender a Cristo y a la civilización cristiana de este pernicioso enemigo? Como un padre en medio de su familia, quisiéramos hablar muy íntimamente de aquellos deberes que la gran lucha de nuestros días impone a todos los hijos de la Iglesia; y dirigiríamos Nuestra paternal amonestación incluso a aquellos hijos que se han alejado de ella.

41. Como en todos los períodos tormentosos de la historia de la Iglesia, el remedio fundamental reside hoy en una sincera renovación de la vida privada y pública según los principios del Evangelio por parte de todos los que pertenecen al Redil de Cristo, para que sean en verdad la sal de la tierra que preserve a la sociedad humana de la corrupción total.

42. Con el corazón profundamente agradecido al Padre de la Luz, de quien desciende "todo don mejor y todo don perfecto"[22], vemos por todas partes signos consoladores de esta renovación espiritual. La vemos no sólo en tantas almas singularmente escogidas que en estos últimos años se han elevado a las sublimes alturas de la santidad, y en tantas otras que con corazón generoso se encaminan hacia la misma meta luminosa, sino también en el nuevo florecimiento de una piedad profunda y práctica en todas las clases de la sociedad, incluso en las más cultas, como señalamos en Nuestro reciente Motu Proprio In multis solaciis del 28 de octubre pasado, con ocasión de la reorganización de la Pontificia Academia de las Ciencias [23].

43. Sin embargo, no podemos negar que aún queda mucho por hacer en materia de renovación espiritual. Incluso en los países católicos hay todavía demasiados que son católicos apenas más que de nombre. Hay demasiados que cumplen más o menos fielmente las obligaciones más esenciales de la religión que se jactan de profesar, pero no tienen ningún deseo de conocerla mejor, de profundizar en su convicción interior, y menos aún de poner en conformidad con la glosa exterior el esplendor interior de una conciencia recta e inmaculada, que reconoce y cumple todos sus deberes bajo la mirada de Dios. Sabemos cuánto detestaba Nuestro Divino Salvador este espectáculo farisaico vacío, Quien deseaba que todos adoraran al Padre "en espíritu y en verdad" [24]. El católico que no vive real y sinceramente según la fe que profesa, no será por mucho tiempo dueño de sí mismo en estos días en que los vientos de la lucha y de la persecución soplan tan ferozmente, sino que será arrastrado indefenso en este nuevo diluvio que amenaza al mundo. Y así, mientras prepara su propia ruina, expone al ridículo el propio nombre de cristiano.

44. Y aquí queremos, Venerables Hermanos, insistir más particularmente en dos enseñanzas de Nuestro Señor que tienen especial relación con la condición actual del género humano: el desprendimiento de los bienes terrenales y el precepto de la caridad. "Bienaventurados los pobres de espíritu" fueron las primeras palabras que salieron de los labios del Divino Maestro en su sermón de la montaña [25]. Esta lección es más necesaria que nunca en estos días de materialismo sediento de los bienes y placeres de esta tierra. Todos los cristianos, ricos o pobres, deben tener la mirada puesta en el cielo, recordando que "no tenemos aquí una ciudad duradera, sino que buscamos la que ha de venir" [26] Los ricos no deben poner su felicidad en las cosas de la tierra ni gastar sus mejores esfuerzos en la adquisición de las mismas. Más bien, considerándose sólo como administradores de sus bienes terrenales, tengan presente la cuenta que han de rendir de ellos a su Señor y Maestro, y valórenlos como medios preciosos que Dios ha puesto en sus manos para hacer el bien; no dejen, además, de repartir de su abundancia a los pobres, según el precepto evangélico [27]; de lo contrario se verificará de ellos y de sus riquezas la dura condena del Apóstol Santiago: "Id ahora, ricos, llorad y aullad en vuestras miserias que os sobrevendrán. Vuestras riquezas se han corrompido, y vuestros vestidos se han apolillado; vuestro oro y vuestra plata se han enladrillado; y la herrumbre de ellos será un testimonio contra vosotros y comerá vuestra carne como el fuego. Habéis almacenado para vosotros la ira contra los últimos días..." [28]

45. Pero también los pobres, a su vez, mientras se empeñan, según las leyes de la caridad y de la justicia, en adquirir las necesidades de la vida y también en mejorar su condición, deben permanecer siempre "pobres de espíritu" [29] y tener en mayor estima los bienes espirituales que los bienes y los placeres terrenales. Que recuerden que el mundo nunca podrá librarse de la miseria, el dolor y la tribulación, que son la parte incluso de los que parecen más prósperos. La paciencia, por lo tanto, es la necesidad de todos, esa paciencia cristiana que reconforta el corazón con la divina seguridad de la felicidad eterna. "Tened, pues, paciencia, hermanos -repetimos con San Lázaro- hasta la venida del Señor. He aquí que el labrador espera el precioso fruto de la tierra, soportando pacientemente hasta recibir la lluvia temprana y la tardía. Sed, pues, vosotros también pacientes y fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca" [30] Sólo así se cumplirá la consoladora promesa del Señor: "¡Bienaventurados los pobres!" Estas palabras no son un vano consuelo, una promesa tan vacía como las de los comunistas. Son palabras de vida, preñadas de una soberana realidad. Se verifican plenamente aquí en la tierra, así como en la eternidad. En efecto, cuántos pobres, en previsión del Reino de los Cielos ya proclamaron el suyo: "porque vuestro es el Reino de los Cielos" [31], encuentran en estas palabras una felicidad que tantos ricos, incómodos con sus riquezas y siempre sedientos de más, buscan en vano.

46. Más importante aún, como remedio para el mal que estamos considerando, o ciertamente más directamente calculado para curarlo, es el precepto de la caridad. Pensamos en esa caridad cristiana, "paciente y bondadosa" [32], que evita toda apariencia de paternalismo degradante, y toda ostentación; esa caridad que desde el principio del cristianismo ganó para Cristo a los más pobres entre los pobres, los esclavos. Y agradecemos a todos los miembros de las asociaciones caritativas, desde las conferencias de San Vicente de Paúl hasta las recientes grandes organizaciones de ayuda, que practican con perseverancia las obras de misericordia espirituales y corporales. Cuanto más se den cuenta los obreros y los pobres de lo que hace por ellos el espíritu de amor animado por la virtud de Cristo, más fácilmente abandonarán la falsa persuasión de que el cristianismo ha perdido su eficacia y de que la Iglesia está del lado de los explotadores de su trabajo.

47. Pero cuando, por una parte, vemos a miles de necesitados, víctimas de una verdadera miseria por diversas causas ajenas a su voluntad, y, por otra, a tantos que los rodean y que gastan enormes sumas de dinero en cosas inútiles y en frívolas diversiones, no podemos dejar de constatar con dolor no sólo que la justicia es poco observada, sino que el precepto de la caridad tampoco es suficientemente apreciado, no es algo vital en la vida cotidiana. Deseamos, pues, Venerables Hermanos, que este divino precepto, esta preciosa señal de identificación dejada por Cristo a sus verdaderos discípulos, sea cada vez más explicada por la pluma y la palabra; este precepto que nos enseña a ver en los que sufren a Cristo mismo, y que quiere que amemos a nuestros hermanos como nuestro divino Salvador nos ha amado, es decir, incluso con el sacrificio de nosotros mismos, y, si es necesario, de nuestra misma vida. Meditemos, pues, todos con frecuencia aquellas palabras de la sentencia final, tan consoladora y a la vez tan aterradora, que el Juez Supremo pronunciará el día del Juicio Final: "Venid, benditos de mi Padre... porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber.... Os aseguro que en cuanto lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" [33] Y al revés: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno... porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber. Os aseguro que mientras no lo hicisteis con uno de estos más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo" [34].

48. Para estar seguros de la vida eterna, por tanto, y poder ayudar eficazmente a los pobres, es imperativo volver a un modo de vida más moderado, renunciar a las alegrías, a menudo pecaminosas, que el mundo de hoy ofrece con tanta abundancia; olvidarse de sí mismo por amor al prójimo. Hay una fuerza regeneradora divina en este "nuevo precepto" (como lo llamó Cristo) de la caridad cristiana [35]: su fiel observancia derramará en el corazón una paz interior que el mundo no conoce, y curará finalmente los males que oprimen a la humanidad.

49. Pero la caridad nunca será verdadera caridad si no tiene en cuenta constantemente la justicia. El Apóstol enseña que "el que ama a su prójimo ha cumplido la ley" y da la razón: "Porque no cometerás adulterio, no matarás, no robarás... y si hay algún otro mandamiento, está comprendido en esta palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" [36]. Según el Apóstol, pues, todos los mandamientos, incluso los que son de estricta justicia, como los que nos prohíben matar o robar, pueden reducirse al único precepto de la verdadera caridad. De esto se deduce que una "caridad" que priva al trabajador del salario al que tiene estricto derecho en justicia, no es caridad en absoluto, sino sólo su nombre vacío y su apariencia hueca. El asalariado no debe recibir como limosna lo que le corresponde en justicia. Y que nadie intente con insignificantes donaciones caritativas eximirse de los grandes deberes que impone la justicia. Tanto la justicia como la caridad dictan a menudo obligaciones que tocan la misma materia, pero bajo aspectos diferentes; y la misma dignidad del trabajador le hace justa y agudamente sensible a los deberes de los demás respecto a él.

50. Por eso nos dirigimos de nuevo de manera especial a vosotros, empresarios e industriales cristianos, cuyo problema es a menudo tan difícil por la razón de que cargáis con la pesada herencia de un régimen económico injusto cuya ruinosa influencia se ha dejado sentir a través de muchas generaciones. Os pedimos que seáis conscientes de vuestra responsabilidad. Es desgraciadamente cierto que la manera de actuar de ciertos círculos católicos ha hecho mucho para sacudir la fe de las clases populares en la religión de Jesucristo. Estos grupos se han negado a comprender que la caridad cristiana exige el reconocimiento de ciertos derechos debidos al trabajador, que la Iglesia ha reconocido explícitamente. ¿Qué pensar de la acción de aquellos empresarios católicos que en un lugar lograron impedir la lectura de Nuestra Encíclica Quadragesimo Anno en sus iglesias locales? ¿O de aquellos industriales católicos que hasta hoy se han mostrado hostiles a un movimiento obrero que Nosotros mismos recomendamos? ¿No es deplorable que el derecho de propiedad privada defendido por la Iglesia haya sido utilizado tantas veces como arma para defraudar al obrero su justo salario y sus derechos sociales?

51. En realidad, además de la justicia conmutativa, existe también la justicia social con sus propias obligaciones, de las que no pueden escapar ni los patronos ni los obreros. Ahora bien, es de la esencia misma de la justicia social exigir para cada individuo todo lo necesario para el bien común. Pero así como en el organismo vivo es imposible proveer al bien del conjunto si no se da a cada parte y a cada miembro individual lo que necesita para el ejercicio de sus funciones propias, así también es imposible cuidar el organismo social y el bien de la sociedad como unidad si no se provee a cada parte y a cada miembro individual -es decir, a cada hombre individual en la dignidad de su personalidad humana- de todo lo necesario para el ejercicio de sus funciones sociales. Si se satisface la justicia social, el resultado será una intensa actividad de la vida económica en su conjunto, desarrollada con tranquilidad y orden. Esta actividad será la prueba de la salud del cuerpo social, así como la salud del cuerpo humano se reconoce en la regularidad imperturbable y en la perfecta eficiencia de todo el organismo.

52. Pero no puede decirse que la justicia social esté satisfecha mientras se niegue a los trabajadores un salario que les permita asegurar el sustento adecuado para ellos y para sus familias; mientras se les niegue la oportunidad de adquirir una modesta fortuna y de prevenir la plaga del pauperismo universal; mientras no puedan hacer provisiones adecuadas mediante seguros públicos o privados para la vejez, para los períodos de enfermedad y de desempleo. En una palabra, para repetir lo que se ha dicho en nuestra Encíclica Quadragesimo Anno: "El orden económico y social sólo se establecerá sólidamente y alcanzará sus fines, cuando ofrezca, a todos y a cada uno, todos aquellos bienes que la riqueza y los recursos de la naturaleza, la ciencia técnica y la organización corporativa de los asuntos sociales pueden dar. Estos bienes deben ser suficientes para satisfacer todas las necesidades y comodidades razonables, y para elevar a los hombres a ese nivel de vida superior que, siempre que se utilice con prudencia, no sólo no es un obstáculo, sino que es una ayuda singular para la virtud" [37].

53. Sin embargo, ocurre con demasiada frecuencia, en el sistema salarial, que los empresarios individuales son impotentes para garantizar la justicia, a menos que, con vistas a su práctica, organicen instituciones cuyo objeto sea impedir una competencia incompatible con un trato justo para los trabajadores. Cuando esto es cierto, es deber de los contratistas y de los empleadores apoyar y promover esas organizaciones necesarias como instrumentos normales que les permitan cumplir con sus obligaciones de justicia. Pero también los obreros deben ser conscientes de su deber de amar y tratar con justicia a sus empleadores, y persuadirse de que no hay mejor medio de salvaguardar sus propios intereses.

54. Por lo tanto, si consideramos toda la estructura de la vida económica, como ya hemos señalado en Nuestra Encíclica Quadragesimo Anno, el reino de la colaboración mutua entre la justicia y la caridad en las relaciones socio-económicas sólo puede lograrse mediante un cuerpo de organizaciones profesionales e interprofesionales, construidas sobre bases sólidamente cristianas, que trabajen juntas para realizar, bajo formas adaptadas a los diferentes lugares y circunstancias, lo que se ha llamado la Corporación .

55. Para dar a esta actividad social una mayor eficacia, es necesario promover un estudio más amplio de los problemas sociales a la luz de la doctrina de la Iglesia y bajo la égida de su autoridad constituida. Si el modo de actuar de algunos católicos en el campo socio-económico ha dejado mucho que desear, ello se ha debido muchas veces a que no han conocido y ponderado suficientemente las enseñanzas de los Sumos Pontífices sobre estas cuestiones. Por lo tanto, es de suma importancia fomentar en todas las clases de la sociedad un programa intensivo de educación social adaptado a los diversos grados de cultura intelectual. Es necesario, con todo cuidado y diligencia, procurar la mayor difusión posible de las enseñanzas de la Iglesia, incluso entre las clases trabajadoras. Hay que iluminar las mentes de los hombres con la luz segura de la enseñanza católica, y atraer sus voluntades para que la sigan y la apliquen como norma de vida recta en el cumplimiento consciente de sus múltiples deberes sociales. Así se opondrán a esa incoherencia y discontinuidad de la vida cristiana que tantas veces hemos lamentado. Porque hay algunos que, siendo exteriormente fieles a la práctica de su religión, en el campo del trabajo y de la industria, en las profesiones, en el comercio y en los negocios, permiten una deplorable escisión en su conciencia, y viven una vida demasiado poco conforme con los claros principios de la justicia y de la caridad cristiana. Tales vidas son un escándalo para los débiles, y para los maliciosos un pretexto para desacreditar a la Iglesia.

56. En esta renovación la prensa católica puede desempeñar un papel destacado. Su principal deber es fomentar, de diversas formas atractivas, una comprensión cada vez mejor de la doctrina social. También debe proporcionar una información precisa y completa sobre la actividad del enemigo y sobre los medios de resistencia que han resultado más eficaces en los diversos sectores. Debe ofrecer sugerencias útiles y advertir contra los insidiosos engaños con los que los comunistas se esfuerzan, con demasiado éxito, en atraer incluso a los hombres de buena fe.

57. Sobre este punto ya hemos insistido en Nuestra Alocución del 12 de mayo del año pasado, pero creemos que es un deber de especial urgencia, Venerables Hermanos, llamar de nuevo vuestra atención sobre él. Al principio el comunismo se mostró como lo que era en toda su perversidad; pero muy pronto se dio cuenta de que así alienaba al pueblo. Por lo tanto, ha cambiado su táctica, y se esfuerza por atraer a las multitudes mediante engaños de diversas formas, ocultando sus verdaderos designios detrás de ideas que en sí mismas son buenas y atractivas. Así, conscientes del deseo universal de paz, los dirigentes del comunismo pretenden ser los más celosos promotores y propagandistas del movimiento por la amistad mundial. Sin embargo, al mismo tiempo, suscitan una guerra de clases que hace correr ríos de sangre y, al darse cuenta de que su sistema no ofrece ninguna garantía interna de paz, recurren a un armamento ilimitado. Bajo diversos nombres que no sugieren el comunismo, crean organizaciones y publicaciones periódicas con el único propósito de llevar sus ideas a sectores que de otro modo serían inaccesibles. Intentan pérfidamente abrirse camino incluso en organizaciones profesamente católicas y religiosas. Además, sin apartarse un ápice de sus principios subversivos, invitan a los católicos a colaborar con ellos en el ámbito del llamado humanitarismo y la caridad; y a veces incluso hacen propuestas que están en perfecta armonía con el espíritu cristiano y la doctrina de la Iglesia. En otros lugares llevan su hipocresía hasta el punto de alentar la creencia de que el comunismo, en los países donde la fe y la cultura están más arraigadas, asumirá otra forma mucho más suave. No interferirá con la práctica de la religión. Respetará la libertad de conciencia. Hay incluso quienes se refieren a ciertos cambios introducidos recientemente en la legislación soviética como una prueba de que el comunismo está a punto de abandonar su programa de guerra contra Dios.

58. Velad, venerables hermanos, para que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente malo, y nadie que quiera salvar la civilización cristiana puede colaborar con él en ninguna empresa. Los que se dejen engañar para prestar su ayuda al triunfo del comunismo en su propio país, serán los primeros en caer víctimas de su error. Y cuanto más grande sea la antigüedad y la grandeza de la civilización cristiana en las regiones donde el comunismo penetre con éxito, tanto más devastador será el odio desplegado por los impíos.

59. Pero "si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila quien la guarda" [38]. Por eso, como último y más eficaz remedio, os recomendamos, Venerables Hermanos, que en vuestras Diócesis utilicéis los medios más prácticos para fomentar e intensificar el espíritu de oración unido a la penitencia cristiana. Cuando los Apóstoles preguntaron al Salvador por qué no habían podido expulsar el espíritu maligno de un endemoniado, Nuestro Señor respondió: "Esta clase no se expulsa sino con la oración y el ayuno" [39]. Pedimos especialmente a las Órdenes Contemplativas, hombres y mujeres, que redoblen sus oraciones y sacrificios para obtener del cielo una ayuda eficaz para la Iglesia en la presente lucha. Que imploren también la poderosa intercesión de la Virgen Inmaculada que, habiendo aplastado la cabeza de la serpiente de antaño, sigue siendo la segura protectora y el invencible "Auxilio de los cristianos".

60. Para aplicar los remedios así brevemente indicados a la tarea de la salvación del mundo, tal como la hemos trazado más arriba, Jesucristo, nuestro divino Rey, ha elegido a los sacerdotes como ministros y mensajeros de primera línea de su Evangelio. A ellos les corresponde el deber, asignado por una vocación especial, bajo la dirección de sus Obispos y en obediencia filial al Vicario de Cristo en la tierra, de mantener encendida en el mundo la antorcha de la Fe, y de llenar los corazones de los Fieles con esa confianza sobrenatural que ha ayudado a la Iglesia a luchar y ganar tantas otras batallas en nombre de Cristo: "Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra Fe" [40].

61. A los sacerdotes os recomendamos de nuevo el consejo, tantas veces repetido, de Nuestro Predecesor, León XIII, de ir al obrero. Hacemos nuestro este consejo y, fieles a las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia, lo completamos así "Id al obrero, especialmente donde es pobre; y en general, id a los pobres". Es evidente que los pobres están más expuestos que los demás a las artimañas de los agitadores que, aprovechando su extrema necesidad, encienden sus corazones a la envidia de los ricos y les instan a apoderarse por la fuerza de lo que la fortuna parece haberles negado injustamente. Si el sacerdote no va al obrero y al pobre, para advertirles o desengañarles de los prejuicios y de las falsas teorías, se convertirán en presa fácil de los apóstoles del comunismo.

62. Es indudable que se ha hecho mucho en este sentido, sobre todo después de la publicación de las Encíclicas Rerum Novarum y Quadragesimo Anno. Nos complace expresar Nuestra paternal aprobación de la celosa actividad pastoral manifestada por tantos Obispos y sacerdotes que, con la debida prudencia y cautela, han proyectado y aplicado nuevos métodos de apostolado más adaptados a las necesidades modernas. Pero para la solución de nuestro problema actual, todo este esfuerzo sigue siendo insuficiente. Cuando nuestro país está en peligro, todo lo que no es estrictamente necesario, todo lo que no tiene que ver directamente con la cuestión urgente de la defensa unificada, pasa a un segundo plano. Así debemos actuar en la crisis actual. Cualquier otra empresa, por atractiva y útil que sea, debe ceder ante la necesidad vital de proteger el fundamento mismo de la Fe y de la civilización cristiana. Que nuestros párrocos, por lo tanto, sin dejar de atender las necesidades normales de los fieles, dediquen la mayor parte de sus esfuerzos y de su celo a reconquistar para Cristo y para su Iglesia a las masas trabajadoras. Que trabajen para infundir el espíritu cristiano en los sectores donde menos se siente. La respuesta voluntaria de las masas, y los resultados que superan sus expectativas, no dejarán de recompensarles por su esforzada labor de pioneros. Esta ha sido y sigue siendo nuestra experiencia en Roma y en otras capitales, donde se están formando celosas comunidades parroquiales a medida que se construyen nuevas iglesias en los barrios de la periferia, y se están obrando verdaderos milagros en la conversión de personas cuya hostilidad a la religión se ha debido únicamente al hecho de no conocerla.

63. Pero el medio más eficaz de apostolado entre los pobres y humildes es el ejemplo del sacerdote, la práctica de todas aquellas virtudes sacerdotales que hemos descrito en Nuestra Encíclica Ad Catholici Sacerdotii [41]. Sin embargo, es especialmente necesario para la situación actual el ejemplo luminoso de una vida humilde, pobre y desinteresada, a imitación de un Divino Maestro que pudo decir al mundo con divina sencillez: "Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza" [42]. Un sacerdote realmente pobre y desinteresado en el sentido evangélico puede hacer entre su rebaño maravillas que recuerdan a un San Vicente de Paúl, a un Cura de Ars, a un Cottolengo, a un Don Bosco y a tantos otros; mientras que un sacerdote avaro y egoísta, como hemos señalado en la citada Encíclica, aunque no se precipite con Judas al abismo de la traición, nunca será más que un "metal que suena" y un "címbalo que tintinea" [43]. En efecto, con demasiada frecuencia será un obstáculo más que un instrumento de gracia en medio de su pueblo. Además, cuando un sacerdote secular o un religioso está obligado por su oficio a administrar los bienes temporales, recuerde que no sólo debe observar escrupulosamente todo lo que la caridad y la justicia prescriben, sino que tiene una obligación especial de comportarse en verdad como un padre de los pobres.

64. Después de este llamamiento al clero, extendemos Nuestra paternal invitación a Nuestros queridos hijos entre los laicos que están dando la batalla en las filas de la Acción Católica. En otra ocasión [44] hemos llamado a este movimiento tan querido por Nuestro corazón "una ayuda particularmente providencial" en la obra de la Iglesia en estos tiempos difíciles. La Acción Católica es, en efecto, también un apostolado social, en la medida en que su objeto es difundir el Reino de Jesucristo no sólo entre los individuos, sino también en las familias y en la sociedad. Por lo tanto, debe tener como objetivo principal formar a sus miembros con especial cuidado y prepararlos para luchar en las batallas del Señor. Esta tarea de formación, hoy más urgente e indispensable que nunca, que debe preceder siempre a la acción directa sobre el terreno, será servida, sin duda, por los círculos de estudio, las conferencias, los cursillos y las diversas actividades emprendidas con el fin de dar a conocer la solución cristiana del problema social.

65. Los dirigentes militantes de la Acción Católica, debidamente preparados y armados, serán los primeros e inmediatos apóstoles de sus compañeros de trabajo. Serán una ayuda inestimable para que el sacerdote lleve la antorcha de la verdad y alivie los graves sufrimientos espirituales y materiales, en muchos sectores donde el inveterado prejuicio anticlerical o la deplorable indiferencia religiosa han demostrado ser un obstáculo constante para la actividad pastoral de los ministros de Dios. Así colaborarán, bajo la dirección de sacerdotes especialmente cualificados, en esa obra de auxilio espiritual a las clases trabajadoras en la que ponemos tanto empeño, porque es el medio mejor calculado para salvar a estos, Nuestros amados hijos, de las trampas del comunismo.

66. Además de este apostolado individual que, aunque útil y eficaz, pasa a menudo desapercibido, la Acción Católica debe organizar una propaganda en gran escala para difundir el conocimiento de los principios fundamentales sobre los que, según los documentos pontificios, debe edificarse un Orden Social Cristiano.

67. Junto a la Acción Católica están los grupos que Nosotros hemos tenido a bien llamar sus fuerzas auxiliares. Con paternal afecto exhortamos también a estas valiosas organizaciones a dedicarse a la gran misión de la que venimos tratando, causa que hoy trasciende en importancia vital a todas las demás.

68. Pensamos igualmente en las asociaciones de obreros, de campesinos, de técnicos, de médicos, de empresarios, de estudiantes y otras de carácter similar, grupos de hombres y mujeres que viven en el mismo ambiente cultural y comparten el mismo modo de vida. Precisamente estos grupos y organizaciones están destinados a introducir en la sociedad aquel orden que hemos previsto en Nuestra Encíclica Quadragesimo Anno y a difundir así en los vastos y diversos campos de la cultura y del trabajo el reconocimiento del Reino de Cristo.

69. Aun en los casos en que el Estado, a causa de la evolución de las condiciones sociales y económicas, se ha sentido obligado a intervenir directamente para ayudar y regular tales organizaciones mediante disposiciones legislativas especiales, suponiendo siempre el necesario respeto a la libertad y a la iniciativa privada, la Acción Católica no puede alegar esta circunstancia como excusa para abandonar el campo. Sus miembros deben contribuir con prudencia e inteligencia al estudio de los problemas del momento a la luz de la doctrina católica. Deben participar leal y generosamente en la formación de las nuevas instituciones, aportando a ellas el espíritu cristiano que es el principio básico del orden allí donde los hombres trabajan juntos en armonía fraterna.

70. Aquí quisiéramos dirigir una palabra particularmente afectuosa a nuestros obreros católicos, jóvenes y viejos. A ellos se les ha encomendado, tal vez como premio a su fidelidad, a menudo heroica, en estos días de prueba, una misión noble y ardua. Bajo la dirección de sus Obispos y Sacerdotes, deben devolver a la Iglesia y a Dios a las inmensas multitudes de sus hermanos obreros que, por no haber sido comprendidos o tratados con el respeto que les corresponde, se han alejado con amargura de Dios. Que los obreros católicos muestren a estos hermanos errantes, con la palabra y el ejemplo, que la Iglesia es una tierna Madre para todos los que trabajan y sufren, y que nunca ha faltado, ni faltará, a su sagrado deber maternal de proteger a sus hijos. Si esta misión, que debe cumplirse en las minas, en las fábricas, en los talleres, dondequiera que se trabaje, exige a veces grandes sacrificios, nuestros obreros recordarán que el Salvador del mundo les ha dado ejemplo no sólo de trabajo, sino de inmolación.

71. A todos Nuestros hijos, en fin, de todos los rangos sociales y de todas las naciones, a todas las organizaciones religiosas y laicas de la Iglesia, hacemos otro y más urgente llamamiento a la unión. Muchas veces Nuestro corazón paternal se ha entristecido por las divergencias -a menudo ociosas en sus causas, siempre trágicas en sus consecuencias- que ponen en campos opuestos a los hijos de la misma Madre Iglesia. Así es como los radicales, que no son muy numerosos, aprovechando esta discordia, son capaces de agudizarla, y terminan enfrentando a los católicos entre sí. A la vista de los acontecimientos de los últimos meses, nuestra advertencia debe parecer superflua. Sin embargo, la repetimos una vez más, para aquellos que no han entendido, o tal vez no quieren entender. Aquellos que se dedican a propagar la disensión entre los católicos asumen una terrible responsabilidad ante Dios y la Iglesia.

72. Pero en esta batalla unida por las potencias de las tinieblas contra la idea misma de la Divinidad, es Nuestro deseo que, además de la hueste que se gloría en el nombre de Cristo, tomen parte decisiva todos aquellos -y son la inmensa mayoría de la humanidad- que todavía creen en Dios y le rinden homenaje. Por lo tanto, renovamos la invitación que les hicimos hace cinco años en Nuestra Encíclica Caritate Christi, invocando su leal y cordial colaboración "para alejar de la humanidad el gran peligro que amenaza a todos por igual". Puesto que, como dijimos entonces, "la creencia en Dios es el fundamento inconmovible de todo orden social y de toda responsabilidad en la tierra, se deduce que todos los que no quieren la anarquía y el terrorismo deben tomar medidas enérgicas para impedir que los enemigos de la religión alcancen el objetivo que tan descaradamente han proclamado al mundo" [45].

73. Tal es la tarea positiva, que abarca a la vez la teoría y la práctica, que la Iglesia emprende en virtud de la misión, que le ha sido confiada por Cristo, de construir una sociedad cristiana y, en nuestra época, de resistir hasta la victoria los ataques del comunismo. El Estado cristiano tiene el deber de participar activamente en esta empresa espiritual de la Iglesia, ayudándola con los medios que tiene a su alcance, que aunque sean dispositivos externos, tienen sin embargo como objeto principal el bien de las almas.

74. Esto significa que los Estados deben ejercer toda la diligencia para impedir en sus territorios los estragos de una campaña anti-Dios que sacuda la sociedad hasta sus cimientos. Porque no puede haber autoridad en la tierra si no se reconoce la autoridad de la Divina Majestad; ningún juramento será vinculante si no se hace en el Nombre del Dios vivo. Repetimos lo que hemos dicho con frecuente insistencia en el pasado, especialmente en Nuestra Encíclica Caritate Christi: "¿Cómo puede mantenerse ningún contrato, y qué valor puede tener ningún tratado, en el que falte toda garantía de conciencia? ¿Y cómo se puede hablar de garantías de conciencia cuando ha desaparecido toda fe en Dios y todo temor de Dios? Quitad esta base, y con ella cae toda la ley moral, y no queda ningún remedio para detener la destrucción gradual pero inevitable de los pueblos, de las familias, del Estado, de la civilización misma" [46].

75. Asimismo, debe ser el cuidado especial del Estado crear aquellas condiciones materiales de vida sin las cuales no puede existir una sociedad ordenada. El Estado debe tomar todas las medidas necesarias para proporcionar empleo, especialmente a los jefes de familia y a los jóvenes. Para lograr este fin exigido por las apremiantes necesidades del bienestar común, las clases acomodadas deben ser inducidas a asumir aquellas cargas sin las cuales la sociedad humana no puede salvarse ni ellos mismos permanecer seguros. Sin embargo, las medidas tomadas por el Estado con este fin deben ser de tal naturaleza que afecten realmente a aquellos que poseen realmente más que su cuota de recursos de capital, y que continúan acumulándolos en grave detrimento de los demás.

76. El propio Estado, consciente de su responsabilidad ante Dios y la sociedad, debe ser un modelo de prudencia y sobriedad en la administración de la colectividad. Hoy más que nunca la aguda crisis mundial exige que quienes disponen de inmensos fondos, acumulados con el sudor y el trabajo de millones de personas, tengan constante y singularmente presente el bien común. Los funcionarios del Estado y todos los empleados están obligados en conciencia a desempeñar sus funciones con fidelidad y desinterés, imitando el brillante ejemplo de los hombres ilustres del pasado y de nuestros días, que con una labor incansable lo sacrificaron todo por el bien de su país. En las relaciones comerciales internacionales, que se empleen seductoramente todos los medios para la eliminación de esas barreras artificiales a la vida económica que son los efectos de la desconfianza y el odio. Todos deben recordar que los pueblos de la tierra forman una sola familia en Dios.

77. Al mismo tiempo, el Estado debe dejar a la Iglesia plena libertad para cumplir su misión divina y espiritual, y esto será en sí mismo una contribución eficaz al rescate de las naciones del terrible tormento de la hora actual. En todas partes se apela hoy con ansiedad a las fuerzas morales y espirituales; y con razón, pues el mal que debemos combatir es en su origen principalmente un mal de orden espiritual. De esta fuente contaminada fluyen con lógica satánica las monstruosas emanaciones del sistema comunista. Ahora bien, la Iglesia católica es indudablemente preeminente entre las fuerzas morales y religiosas de hoy. Por lo tanto, el bien mismo de la humanidad exige que se permita que su trabajo continúe sin obstáculos.

78. Los que actúan de otro modo y, al mismo tiempo, pretenden caprichosamente alcanzar su objetivo con medios puramente políticos o económicos, están en las garras de un peligroso error. Cuando se destierra la religión de la escuela, de la educación y de la vida pública, cuando se ridiculiza a los representantes del cristianismo y de sus ritos sagrados, ¿no se está fomentando realmente el materialismo que es el terreno fértil del comunismo? Ni la fuerza, por muy bien organizada que esté, ni los ideales terrenales por muy elevados o nobles que sean, pueden controlar un movimiento cuyas raíces están en la excesiva estima de los bienes de este mundo.

79. Confiamos en que los gobernantes de las naciones, conscientes del extremo peligro que amenaza hoy a todos los pueblos, se convenzan cada vez más de su supremo deber de no obstaculizar a la Iglesia en el cumplimiento de su misión. Esto es tanto más imperativo cuanto que, teniendo en cuenta que esta misión tiene por objeto la felicidad del hombre en el cielo, no puede sino promover su verdadera felicidad en el tiempo.

80. No podemos concluir esta Carta Encíclica sin dirigir algunas palabras a aquellos de Nuestros hijos que están más o menos contaminados por la plaga comunista. Les exhortamos encarecidamente a que escuchen la voz de su Padre amoroso. Pedimos al Señor que los ilumine para que abandonen el camino resbaladizo que precipitará a todos y cada uno a la ruina y a la catástrofe, y que reconozcan que Jesucristo, Nuestro Señor, es su único Salvador: "Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, por el que podamos salvarnos" [47].

81. Para acelerar el advenimiento de esa "paz de Cristo en el reino de Cristo" [48] tan ardientemente deseada por todos, ponemos la vasta campaña de la Iglesia contra el comunismo mundial bajo el estandarte de San José, su poderoso Protector. Pertenece a la clase obrera, y soportó las cargas de la pobreza por sí mismo y por la Sagrada Familia, de la que fue su tierna y vigilante cabeza. A él se le confió el Divino Niño cuando Herodes soltó a sus asesinos contra Él. En una vida de fiel cumplimiento de los deberes cotidianos, dejó un ejemplo para todos los que deben ganarse el pan con el trabajo de sus manos. Ganó para sí el título de "El Justo", sirviendo así de modelo vivo de esa justicia cristiana que debe reinar en la vida social.

82. Nos, levantando la mirada, vigorizada por la virtud de la fe, creemos ya ver los nuevos cielos y la nueva tierra de que habla nuestro primer antecesor, San Pedro (49). Y mientras las promesas de los falsos profetas de un paraíso terrestre se disipan entre crímenes sangrientos y dolorosos, resuena desde el ciclo con alegría profunda la gran profecía apocalíptica del Redentor del mundo: He aquí que hago nuevas todas las cosas (50).

No nos queda otra cosa, Venerables Hermanos, que elevar nuestras manos paternas y hacer descender sobre vosotros, sobre vuestro clero y pueblo, sobre la gran familia católica, la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de San José, Patrono de la Iglesia universal, el día 19 de marzo de 1937, año decimosexto de nuestro pontificado.

PÍO XI


Notas

[1] Pío IX, Enc. Qui pluribus, 9 de noviembre de 1846 (Acta Pii IX, vol.I, p.13). Cf. Syllabus  c.4: ASS 3 (1865)

[2] León XIII, Encl. Quod Apostolici Muneris, 28 de diciembre de 1878

[3] Pío XI, Aloc. Nostis qua, 18 de diciembre de 1924

[4] Enc.  Miserentissimus Redemptor8 de mayo de 1928: AAS 20 (1928) 165-178.

[5] Enc. Quadragesimo Anno15 de mayo de 1931: AAS 23 (1931) 177-228.

[6] Enc. Caritate Christi, 3 de mayo de 1932: AAS 24 (1932) 177-194.

[7] Enc. Acerba Animi29 de septiembre de 1932: AAS 24 (1932) 331-332.

[8] Enc. Dilectissima Nobis, 3 de junio de 1933: AAS 25 (1937) 261-274.

[9] II Tesalonicenses 2: 4

[10] Enc. Divini illius Magistri, 31 de diciembre de 1929: AAS 22 (1930)

[11] Enc. Casti connubii, 31 de diciembre de 1930: AAS 22 (1930)

[12] I Corintios , III, 23.

[13] Enc. Rerum Novarum, 15 de mayo de 1891 (Acta Leonis XIII, vol. IV, p.177-209).

[14] Enc. Quadragesimo Anno, 15 de mayo de 1931: AAS 23 (1931), p.177-288.

[15] Enc. Diuturnum illud, 20 de junio de 1881 (Acta Leonis XIII, vol. I, p.210-222)

[16] Enc. Immortale Dei, 1 de noviembre de 18856, (Acta Leonis XIII, vol. II, p.146-168)

[17] San Lucas, 11, 14.

[18] San Mateo, VI, 33.

[19] Cf. San Mateo, XIII, 55: San Marcos, Vl, 3.

[20] Cicerón, De Officiis, Bk. I, c. 42.

[21] Santiago, I, 22.

[22] Santiago, I, 17.

[23] AAS, vol. XXVIII (1936); págs. 421424.

[24] San Juan, IV, 23.

[25] San Mateo, V, 3.

[26] Hebreos, XIII, 14.

[27] San Lucas, Xl, 41

[28] Santiago, V, 1-3.

[29] San Mateo, V, 3.

[30] Santiago, V, 7, 8.

[31] San Lucas, VI, 20.

[32] I Corintios , XIII, 4.

[33] San Mateo, XXV, 34-40.

[34] San Mateo, XXV, 41-45.

[35] San Juan, XIII, 34.

[36] Romanos, XIII, 8, 9.

[37] Enc. Quadragesimo anno, 15 de mayo de 1931

[38] Salmos, CXXVI, 1.

[39] San Mateo, XVII, 20

[40] I Epist. San Juan, V, 4.

[41] Enc. Ad Catholici Sacerdotii20 de diciembre de 1935, AAS, vol. XXVIII (1936), págs. 5-53. 

[42] 42. San Mateo, VIII, 20.

[43] I Corintios, XIII, 1.

[44] 12 de mayo de 1936.

[45] Enc. Caritate Christi, 3 de mayo de 1932: AAS 24 (1932) 

[46] Enc. Caritate Christi, 3 de mayo de 1932: AAS 24 (1932) 

[47] Hechos, IV, 12.

[48] Enc. Ubi Arcano, 23 de diciembre de 1922

[49] II Epist. San Pedro, III, 13; cf. Isaias, LXV, 17 y LXVI, 22; Apoc., XXI, 1.

[50] Apoc. XXI, 5.



sábado, 1 de enero de 2000

RERUM NOVARUM (15 DE MAYO DE 1891)


CARTA ENCÍCLICA

RERUM NOVARUM

DEL SUMO PONTÍFICE

LEÓN XIII

SOBRE LA SITUACIÓN DE LOS OBREROS

1. Despertado el prurito revolucionario que desde hace ya tiempo agita a los pueblos, era de esperar que el afán de cambiarlo todo llegara un día a derramarse desde el campo de la política al terreno, con él colindante, de la economía. En efecto, los adelantos de la industria y de las artes, que caminan por nuevos derroteros; el cambio operado en las relaciones mutuas entre patronos y obreros; la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría; la mayor confianza de los obreros en sí mismos y la más estrecha cohesión entre ellos, juntamente con la relajación de la moral, han determinado el planteamiento de la contienda. Cuál y cuán grande sea la importancia de las cosas que van en ello, se ve por la punzante ansiedad en que viven todos los espíritus; esto mismo pone en actividad los ingenios de los doctos, informa las reuniones de los sabios, las asambleas del pueblo, el juicio de los legisladores, las decisiones de los gobernantes, hasta el punto que parece no haber otro tema que pueda ocupar más hondamente los anhelos de los hombres.

Así, pues, debiendo Nos velar por la causa de la Iglesia y por la salvación común, creemos oportuno, venerables hermanos, y por las mismas razones, hacer, respecto de la situación de los obreros, lo que hemos acostumbrado, dirigiéndoos cartas sobre el poder político, sobre la libertad humana, sobre la cristiana constitución de los Estados y otras parecidas, que estimamos oportunas para refutar los sofismas de algunas opiniones. Este tema ha sido tratado por Nos incidentalmente ya más de una vez; mas la conciencia de nuestro oficio apostólico nos incita a tratar de intento en esta encíclica la cuestión por entero, a fin de que resplandezcan los principios con que poder dirimir la contienda conforme lo piden la verdad y la justicia. El asunto es difícil de tratar y no exento de peligros. Es difícil realmente determinar los derechos y deberes dentro de los cuales hayan de mantenerse los ricos y los proletarios, los que aportan el capital y los que ponen el trabajo. Es discusión peligrosa, porque de ella se sirven con frecuencia hombres turbulentos y astutos para torcer el juicio de la verdad y para incitar sediciosamente a las turbas. Sea de ello, sin embargo, lo que quiera, vemos claramente, cosa en que todos convienen, que es urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que, disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios.

2. Para solucionar este mal, los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes y administrados por las personas que rigen el municipio o gobiernan la nación. Creen que con este traslado de los bienes de los particulares a la comunidad, distribuyendo por igual las riquezas y el bienestar entre todos los ciudadanos, se podría curar el mal presente. Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones.

3. Sin duda alguna, como es fácil de ver, la razón misma del trabajo que aportan los que se ocupan en algún oficio lucrativo y el fin primordial que busca el obrero es procurarse algo para sí y poseer con propio derecho una cosa como suya. Si, por consiguiente, presta sus fuerzas o su habilidad a otro, lo hará por esta razón: para conseguir lo necesario para la comida y el vestido; y por ello, merced al trabajo aportado, adquiere un verdadero y perfecto derecho no sólo a exigir el salario, sino también para emplearlo a su gusto. Luego si, reduciendo sus gastos, ahorra algo e invierte el fruto de sus ahorros en una finca, con lo que puede asegurarse más su manutención, esta finca realmente no es otra cosa que el mismo salario revestido de otra apariencia, y de ahí que la finca adquirida por el obrero de esta forma debe ser tan de su dominio como el salario ganado con su trabajo. Ahora bien: es en esto precisamente en lo que consiste, como fácilmente se colige, la propiedad de las cosas, tanto muebles como inmuebles. Luego los socialistas empeoran la situación de los obreros todos, en cuanto tratan de transferir los bienes de los particulares a la comunidad, puesto que, privándolos de la libertad de colocar sus beneficios, con ello mismo los despojan de la esperanza y de la facultad de aumentar los bienes familiares y de procurarse utilidades.

4. Pero, lo que todavía es más grave, proponen un remedio en pugna abierta contra la justicia, en cuanto que el poseer algo en privado como propio es un derecho dado al hombre por la naturaleza. En efecto, también en esto es grande la diferencia entre el hombre y el género animal. Las bestias, indudablemente, no se gobiernan a sí mismas, sino que lo son por un doble instinto natural, que ya mantiene en ellas despierta la facultad de obrar y desarrolla sus fuerzas oportunamente, ya provoca y determina, a su vez, cada uno de sus movimientos. Uno de esos instintos las impulsa a la conservación de sí mismas y a la defensa de su propia vida; el otro, a la conservación de la especie. Ambas cosas se consiguen, sin embargo, fácilmente con el uso de las cosas al alcance inmediato, y no podrían ciertamente ir más allá, puesto que son movidas sólo por el sentido y por la percepción de las cosas singulares. Muy otra es, en cambio, la naturaleza del hombre. Comprende simultáneamente la fuerza toda y perfecta de la naturaleza animal, siéndole concedido por esta parte, y desde luego en no menor grado que al resto de los animales, el disfrute de los bienes de las cosas corporales. La naturaleza animal, sin embargo, por elevada que sea la medida en que se la posea, dista tanto de contener y abarcar en sí la naturaleza humana, que es muy inferior a ella y nacida para servirle y obedecerle. Lo que se acusa y sobresale en nosotros, lo que da al hombre el que lo sea y se distinga de las bestias, es la razón o inteligencia. Y por esta causa de que es el único animal dotado de razón, es de necesidad conceder al hombre no sólo el uso de los bienes, cosa común a todos los animales, sino también el poseerlos con derecho estable y permanente, y tanto los bienes que se consumen con el uso cuanto los que, pese al uso que se hace de ellos, perduran.

5. Esto resalta todavía más claro cuando se estudia en sí misma la naturaleza del hombre. Pues el hombre, abarcando con su razón cosas innumerables, enlazando y relacionando las cosas futuras con las presentes y siendo dueño de sus actos, se gobierna a sí mismo con la previsión de su inteligencia, sometido además a la ley eterna y bajo el poder de Dios; por lo cual tiene en su mano elegir las cosas que estime más convenientes para su bienestar, no sólo en cuanto al presente, sino también para el futuro. De donde se sigue la necesidad de que se halle en el hombre el dominio no sólo de los frutos terrenales, sino también el de la tierra misma, pues ve que de la fecundidad de la tierra le son proporcionadas las cosas necesarias para el futuro.

Las necesidades de cada hombre se repiten de una manera constante; de modo que, satisfechas hoy, exigen nuevas cosas para mañana. Por tanto, la naturaleza tiene que haber dotado al hombre de algo estable y perpetuamente duradero, de que pueda esperar la continuidad del socorro. Ahora bien: esta continuidad no puede garantizarla más que la tierra con su fertilidad.

6. Y no hay por qué inmiscuir la providencia de la república, pues que el hombre es anterior a ella, y consiguientemente debió tener por naturaleza, antes de que se constituyera comunidad política alguna, el derecho de velar por su vida y por su cuerpo. El que Dios haya dado la tierra para usufructuarla y disfrutarla a la totalidad del género humano no puede oponerse en modo alguno a la propiedad privada. Pues se dice que Dios dio la tierra en común al género humano no porque quisiera que su posesión fuera indivisa para todos, sino porque no asignó a nadie la parte que habría de poseer, dejando la delimitación de las posesiones privadas a la industria de los individuos y a las instituciones de los pueblos. Por lo demás, a pesar de que se halle repartida entre los particulares, no deja por ello de servir a la común utilidad de todos, ya que no hay mortal alguno que no se alimente con lo que los campos producen. Los que carecen de propiedad, lo suplen con el trabajo; de modo que cabe afirmar con verdad que el medio universal de procurarse la comida y el vestido está en el trabajo, el cual, rendido en el fundo propio o en un oficio mecánico, recibe, finalmente, como merced no otra cosa que los múltiples frutos de la tierra o algo que se cambia por ellos.

7. Con lo que de nuevo viene a demostrarse que las posesiones privadas son conforme a la naturaleza. Pues la tierra produce con largueza las cosas que se precisan para la conservación de la vida y aun para su perfeccionamiento, pero no podría producirlas por sí sola sin el cultivo y el cuidado del hombre. Ahora bien: cuando el hombre aplica su habilidad intelectual y sus fuerzas corporales a procurarse los bienes de la naturaleza, por este mismo hecho se adjudica a sí aquella parte de la naturaleza corpórea que él mismo cultivó, en la que su persona dejó impresa una a modo de huella, de modo que sea absolutamente justo que use de esa parte como suya y que de ningún modo sea lícito que venga nadie a violar ese derecho de él mismo.

8. Es tan clara la fuerza de estos argumentos, que sorprende ver disentir de ellos a algunos restauradores de desusadas opiniones, los cuales conceden, es cierto, el uso del suelo y los diversos productos del campo al individuo, pero le niegan de plano la existencia del derecho a poseer como dueño el suelo sobre que ha edificado o el campo que cultivó. No ven que, al negar esto, el hombre se vería privado de cosas producidas con su trabajo. En efecto, el campo cultivado por la mano e industria del agricultor cambia por completo su fisonomía: de silvestre, se hace fructífero; de infecundo, feraz. Ahora bien: todas esas obras de mejora se adhieren de tal manera y se funden con el suelo, que, por lo general, no hay modo de separarlas del mismo. ¿Y va a admitir la justicia que venga nadie a apropiarse de lo que otro regó con sus sudores? Igual que los efectos siguen a la causa que los produce, es justo que el fruto del trabajo sea de aquellos que pusieron el trabajo. Con razón, por consiguiente, la totalidad del género humano, sin preocuparse en absoluto de las opiniones de unos pocos en desacuerdo, con la mirada firme en la naturaleza, encontró en la ley de la misma naturaleza el fundamento de la división de los bienes y consagró, con la práctica de los siglos, la propiedad privada como la más conforme con la naturaleza del hombre y con la pacífica y tranquila convivencia. Y las leyes civiles, que, cuando son justas, deducen su vigor de esa misma ley natural, confirman y amparan incluso con la fuerza este derecho de que hablamos. Y lo mismo sancionó la autoridad de las leyes divinas, que prohíben gravísimamente hasta el deseo de lo ajeno: «No desearás la mujer de tu prójimo; ni la casa, ni el campo, ni la esclava, ni el buey, ni el asno, ni nada de lo que es suyo»[1].

9. Ahora bien: esos derechos de los individuos se estima que tienen más fuerza cuando se hallan ligados y relacionados con los deberes del hombre en la sociedad doméstica. Está fuera de duda que, en la elección del género de vida, está en la mano y en la voluntad de cada cual preferir uno de estos dos: o seguir el consejo de Jesucristo sobre la virginidad o ligarse con el vínculo matrimonial. No hay ley humana que pueda quitar al hombre el derecho natural y primario de casarse, ni limitar, de cualquier modo que sea, la finalidad principal del matrimonio, instituido en el principio por la autoridad de Dios: «Creced y multiplicaos»[2].

He aquí, pues, la familia o sociedad doméstica, bien pequeña, es cierto, pero verdadera sociedad y más antigua que cualquiera otra, la cual es de absoluta necesidad que tenga unos derechos y unos deberes propios, totalmente independientes de la potestad civil. Por tanto, es necesario que ese derecho de dominio atribuido por la naturaleza a cada persona, según hemos demostrado, sea transferido al hombre en cuanto cabeza de la familia; más aún, ese derecho es tanto más firme cuanto la persona abarca más en la sociedad doméstica.

Es ley santísima de naturaleza que el padre de familia provea al sustento y a todas las atenciones de los que engendró; e igualmente se deduce de la misma naturaleza que quiera adquirir y disponer para sus hijos, que se refieren y en cierto modo prolongan la personalidad del padre, algo con que puedan defenderse honestamente, en el mudable curso de la vida, de los embates de la adversa fortuna. Y esto es lo que no puede lograrse sino mediante la posesión de cosas productivas, transmisibles por herencia a los hijos. Al igual que el Estado, según hemos dicho, la familia es una verdadera sociedad, que se rige por una potestad propia, esto es, la paterna. Por lo cual, guardados efectivamente los límites que su causa próxima ha determinado, tiene ciertamente la familia derechos por lo menos iguales que la sociedad civil para elegir y aplicar los medios necesarios en orden a su incolumidad y justa libertad. Y hemos dicho «por lo menos» iguales, porque, siendo la familia lógica y realmente anterior a la sociedad civil, se sigue que sus derechos y deberes son también anteriores y más naturales. Pues si los ciudadanos, si las familias, hechos partícipes de la convivencia y sociedad humanas, encontraran en los poderes públicos perjuicio en vez de ayuda, un cercenamiento de sus derechos más bien que una tutela de los mismos, la sociedad sería, más que deseable, digna de repulsa.

10. Querer, por consiguiente, que la potestad civil penetre a su arbitrio hasta la intimidad de los hogares es un error grave y pernicioso. Cierto es que, si una familia se encontrara eventualmente en una situación de extrema angustia y carente en absoluto de medios para salir de por sí de tal agobio, es justo que los poderes públicos la socorran con medios extraordinarios, porque cada familia es una parte de la sociedad. Cierto también que, si dentro del hogar se produjera una alteración grave de los derechos mutuos, la potestad civil deberá amparar el derecho de cada uno; esto no sería apropiarse los derechos de los ciudadanos, sino protegerlos y afianzarlos con una justa y debida tutela. Pero es necesario de todo punto que los gobernantes se detengan ahí; la naturaleza no tolera que se exceda de estos límites. Es tal la patria potestad, que no puede ser ni extinguida ni absorbida por el poder público, pues que tiene idéntico y común principio con la vida misma de los hombres. Los hijos son algo del padre y como una cierta ampliación de la persona paterna, y, si hemos de hablar con propiedad, no entran a formar parte de la sociedad civil sino a través de la comunidad doméstica en la que han nacido. Y por esta misma razón, porque los hijos son «naturalmente algo del padre..., antes de que tengan el uso del libre albedrío se hallan bajo la protección de dos padres»[3]. De ahí que cuando los socialistas, pretiriendo en absoluto la providencia de los padres, hacen intervenir a los poderes públicos, obran contra la justicia natural y destruyen la organización familiar.

11. Pero, además de la injusticia, se deja ver con demasiada claridad cuál sería la perturbación y el trastorno de todos los órdenes, cuán dura y odiosa la opresión de los ciudadanos que habría de seguirse. Se abriría de par en par la puerta a las mutuas envidias, a la maledicencia y a las discordias; quitado el estímulo al ingenio y a la habilidad de los individuos, necesariamente vendrían a secarse las mismas fuentes de las riquezas, y esa igualdad con que sueñan no sería ciertamente otra cosa que una general situación, por igual miserable y abyecta, de todos los hombres sin excepción alguna. De todo lo cual se sigue claramente que debe rechazarse de plano esa fantasía del socialismo de reducir a común la propiedad privada, pues que daña a esos mismos a quienes se pretende socorrer, repugna a los derechos naturales de los individuos y perturba las funciones del Estado y la tranquilidad común. Por lo tanto, cuando se plantea el problema de mejorar la condición de las clases inferiores, se ha de tener como fundamental el principio de que la propiedad privada ha de conservarse inviolable. Sentado lo cual, explicaremos dónde debe buscarse el remedio que conviene.

12. Confiadamente y con pleno derecho nuestro, atacamos la cuestión, por cuanto se trata de un problema cuya solución aceptable sería verdaderamente nula si no se buscara bajo los auspicios de la religión y de la Iglesia. Y, estando principalmente en nuestras manos la defensa de la religión y la administración de aquellas cosas que están bajo la potestad de la Iglesia, Nos estimaríamos que, permaneciendo en silencio, faltábamos a nuestro deber. Sin duda que esta grave cuestión pide también la contribución y el esfuerzo de los demás; queremos decir de los gobernantes, de los señores y ricos, y, finalmente, de los mismos por quienes se lucha, de los proletarios; pero afirmamos, sin temor a equivocarnos, que serán inútiles y vanos los intentos de los hombres si se da de lado a la Iglesia. En efecto, es la Iglesia la que saca del Evangelio las enseñanzas en virtud de las cuales se puede resolver por completo el conflicto, o, limando sus asperezas, hacerlo más soportable; ella es la que trata no sólo de instruir la inteligencia, sino también de encauzar la vida y las costumbres de cada uno con sus preceptos; ella la que mejora la situación de los proletarios con muchas utilísimas instituciones; ella la que quiere y desea ardientemente que los pensamientos y las fuerzas de todos los órdenes sociales se alíen con la finalidad de mirar por el bien de la causa obrera de la mejor manera posible, y estima que a tal fin deben orientarse, si bien con justicia y moderación, las mismas leyes y la autoridad del Estado.

13.
Establézcase, por tanto, en primer lugar, que debe ser respetada la condición humana, que no se puede igualar en la sociedad civil lo alto con lo bajo. Los socialistas lo pretenden, es verdad, pero todo es vana tentativa contra la naturaleza de las cosas. Y hay por naturaleza entre los hombres muchas y grandes diferencias; no son iguales los talentos de todos, no la habilidad, ni la salud, ni lo son las fuerzas; y de la inevitable diferencia de estas cosas brota espontáneamente la diferencia de fortuna. Todo esto en correlación perfecta con los usos y necesidades tanto de los particulares cuanto de la comunidad, pues que la vida en común precisa de aptitudes varias, de oficios diversos, al desempeño de los cuales se sienten impelidos los hombres, más que nada, por la diferente posición social de cada uno. Y por lo que hace al trabajo corporal, aun en el mismo estado de inocencia, jamás el hombre hubiera permanecido totalmente inactivo; mas lo que entonces hubiera deseado libremente la voluntad para deleite del espíritu, tuvo que soportarlo después necesariamente, y no sin molestias, para expiación de su pecado: «Maldita la tierra en tu trabajo; comerás de ellas entre fatigas todos los días de tu vida». Y de igual modo, el fin de las demás adversidades no se dará en la tierra, porque los males consiguientes al pecado son ásperos, duros y difíciles de soportar y es preciso que acompañen al hombre hasta el último instante de su vida. Así, pues, sufrir y padecer es cosa humana, y para los hombres que lo experimenten todo y lo intenten todo, no habrá fuerza ni ingenio capaz de desterrar por completo estas incomodidades de la sociedad humana. Si algunos alardean de que pueden lograrlo, si prometen a las clases humildes una vida exenta de dolor y de calamidades, llena de constantes placeres, ésos engañan indudablemente al pueblo y cometen un fraude que tarde o temprano acabará produciendo males mayores que los presentes. Lo mejor que puede hacerse es ver las cosas humanas como son y buscar al mismo tiempo por otros medios, según hemos dicho, el oportuno alivio de los males.

14. Es mal capital, en la cuestión que estamos tratando, suponer que una clase social sea espontáneamente enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiera dispuesto a los ricos y a los pobres para combatirse mutuamente en un perpetuo duelo. Es esto tan ajeno a la razón y a la verdad, que, por el contrario, es lo más cierto que como en el cuerpo se ensamblan entre sí miembros diversos, de donde surge aquella proporcionada disposición que justamente podríase llamar armonía, así ha dispuesto la naturaleza que, en la sociedad humana, dichas clases gemelas concuerden armónicamente y se ajusten para lograr el equilibrio. Ambas se necesitan en absoluto: ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital. El acuerdo engendra la belleza y el orden de las cosas; por el contrario, de la persistencia de la lucha tiene que derivarse necesariamente la confusión juntamente con un bárbaro salvajismo.

15. Ahora bien: para acabar con la lucha y cortar hasta sus mismas raíces, es admirable y varia la fuerza de las doctrinas cristianas. En primer lugar, toda la doctrina de la religión cristiana, de la cual es intérprete y custodio la Iglesia, puede grandemente arreglar entre sí y unir a los ricos con los proletarios, es decir, llamando a ambas clases al cumplimiento de sus deberes respectivos y, ante todo, a los deberes de justicia. De esos deberes, los que corresponden a los proletarios y obreros son: cumplir íntegra y fielmente lo que por propia libertad y con arreglo a justicia se haya estipulado sobre el trabajo; no dañar en modo alguno al capital; no ofender a la persona de los patronos; abstenerse de toda violencia al defender sus derechos y no promover sediciones; no mezclarse con hombres depravados, que alientan pretensiones inmoderadas y se prometen artificiosamente grandes cosas, lo que lleva consigo arrepentimientos estériles y las consiguientes pérdidas de fortuna.

Y éstos, los deberes de los ricos y patronos: no considerar a los obreros como esclavos; respetar en ellos, como es justo, la dignidad de la persona, sobre todo ennoblecida por lo que se llama el carácter cristiano. Que los trabajos remunerados, si se atiende a la naturaleza y a la filosofa cristiana, no son vergonzosos para el hombre, sino de mucha honra, en cuanto dan honesta posibilidad de ganarse la vida. Que lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como de cosas de lucro y no estimarlos en más que cuanto sus nervios y músculos pueden dar de sí. E igualmente se manda que se tengan en cuenta las exigencias de la religión y los bienes de las almas de los proletarios. Por lo cual es obligación de los patronos disponer que el obrero tenga un espacio de tiempo idóneo para atender a la piedad, no exponer al hombre a los halagos de la corrupción y a las ocasiones de pecar y no apartarlo en modo alguno de sus atenciones domésticas y de la afición al ahorro. Tampoco debe imponérseles más trabajo del que puedan soportar sus fuerzas, ni de una clase que no esté conforme con su edad y su sexo. Pero entre los primordiales deberes de los patronos se destaca el de dar a cada uno lo que sea justo.

Cierto es que para establecer la medida del salario con justicia hay que considerar muchas razones; pero, generalmente, tengan presente los ricos y los patronos que oprimir para su lucro a los necesitados y a los desvalidos y buscar su ganancia en la pobreza ajena no lo permiten ni las leyes divinas ni las humanas. Y defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen, que llama a voces las iras vengadoras del cielo. «He aquí que el salario de los obreros... que fue defraudado por vosotras, clama; y el clamor de ellos ha llegado a los oídos del Dios de los ejércitos»[4].

Por último, han de evitar cuidadosamente los ricos perjudicar en lo más mínimo los intereses de los proletarios ni con violencias, ni con engaños, ni con artilugios usurarios; tanto más cuanto que no están suficientemente preparados contra la injusticia y el atropello, y, por eso mismo, mientras más débil sea su economía, tanto más debe considerarse sagrada.

16. ¿No bastaría por sí solo el sometimiento a estas leyes para atenuar la violencia y los motivos de discordia? Pero la Iglesia, con Cristo por maestro y guía, persigue una meta más alta: o sea, preceptuando algo más perfecto, trata de unir una clase con la otra por la aproximación y la amistad. No podemos, indudablemente, comprender y estimar en su valor las cosas caducas si no es fijando el alma sus ojos en la vida inmortal de ultratumba, quitada la cual se vendría inmediatamente abajo toda especie y verdadera noción de lo honesto; más aún, todo este universo de cosas se convertiría en un misterio impenetrable a toda investigación humana. Pues lo que nos enseña de por sí la naturaleza, que sólo habremos de vivir la verdadera vida cuando hayamos salido de este mundo, eso mismo es dogma cristiano y fundamento de la razón y de todo el ser de la religión. Pues que Dios no creó al hombre para estas cosas frágiles y perecederas, sino para las celestiales y eternas, dándonos la tierra como lugar de exilio y no de residencia permanente. Y, ya nades en la abundancia, ya carezcas de riquezas y de todo lo demás que llamamos bienes, nada importa eso para la felicidad eterna; lo verdaderamente importante es el modo como se usa de ellos.

Jesucristo no suprimió en modo alguno con su copiosa redención las tribulaciones diversas de que está tejida casi por completo la vida mortal, sino que hizo de ellas estímulo de virtudes y materia de merecimientos, hasta el punto de que ningún mortal podrá alcanzar los premios eternos si no sigue las huellas ensangrentadas de Cristo. Si «sufrimos, también reinaremos con El»[5]. Tomando El libremente sobre sí los trabajos y sufrimientos, mitigó notablemente la rudeza de los trabajos y sufrimientos nuestros; y no sólo hizo más llevaderos los sufrimientos con su ejemplo, sino también con su gracia y con la esperanza del eterno galardón: «Porque lo que hay al presente de momentánea y leve tribulación nuestra, produce en nosotros una cantidad de gloria eterna de inconmensurable sublimidad»[6].

17. Así, pues, quedan avisados los ricos de que las riquezas no aportan consigo la exención del dolor, ni aprovechan nada para la felicidad eterna, sino que más bien la obstaculizan[7]; de que deben imponer temor a los ricos las tremendas amenazas de Jesucristo[8] y de que pronto o tarde se habrá de dar cuenta severísima al divino juez del uso de las riquezas.

Sobre el uso de las riquezas hay una doctrina excelente y de gran importancia, que, si bien fue iniciada por la filosofía, la Iglesia la ha enseñado también perfeccionada por completo y ha hecho que no se quede en puro conocimiento, sino que informe de hecho las costumbres. El fundamento de dicha doctrina consiste en distinguir entre la recta posesión del dinero y el recto uso del mismo. Poseer bienes en privado, según hemos dicho poco antes, es derecho natural del hombre, y usar de este derecho, sobre todo en la sociedad de la vida, no sólo es lícito, sino incluso necesario en absoluto. «Es lícito que el hombre posea cosas propias. Y es necesario también para la vida humana»[9]. Y si se pregunta cuál es necesario que sea el uso de los bienes, la Iglesia responderá sin vacilación alguna: «En cuanto a esto, el hombre no debe considerar las cosas externas como propias, sino como comunes; es decir, de modo que las comparta fácilmente con otros en sus necesidades. De donde el Apóstol dice: "Manda a los ricos de este siglo... que den, que compartan con facilidad"»[10].

A nadie se manda socorrer a los demás con lo necesario para sus usos personales o de los suyos; ni siquiera a dar a otro lo que él mismo necesita para conservar lo que convenga a la persona, a su decoro: «Nadie debe vivir de una manera inconveniente»[11]. Pero cuando se ha atendido suficientemente a la necesidad y al decoro, es un deber socorrer a los indigentes con lo que sobra. «Lo que sobra, dadlo de limosna»[12]. No son éstos, sin embargo, deberes de justicia, salvo en los casos de necesidad extrema, sino de caridad cristiana, la cual, ciertamente, no hay derecho de exigirla por la ley. Pero antes que la ley y el juicio de los hombres están la ley y el juicio de Cristo Dios, que de modos diversos y suavemente aconseja la práctica de dar: «Es mejor dar que recibir»[13], y que juzgará la caridad hecha o negada a los pobres como hecha o negada a El en persona: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis»[14]. Todo lo cual se resume en que todo el que ha recibido abundancia de bienes, sean éstos del cuerpo y externos, sean del espíritu, los ha recibido para perfeccionamiento propio, y, al mismo tiempo, para que, como ministro de la Providencia divina, los emplee en beneficio de los demás. «Por lo tanto, el que tenga talento, que cuide mucho de no estarse callado; el que tenga abundancia de bienes, que no se deje entorpecer para la largueza de la misericordia; el que tenga un oficio con que se desenvuelve, que se afane en compartir su uso y su utilidad con el prójimo»[15].

18. Los que, por el contrario, carezcan de bienes de fortuna, aprendan de la Iglesia que la pobreza no es considerada como una deshonra ante el juicio de Dios y que no han de avergonzarse por el hecho de ganarse el sustento con su trabajo. Y esto lo confirmó realmente y de hecho Cristo, Señor nuestro, que por la salvación de los hombres se hizo pobre siendo rico; y, siendo Hijo de Dios y Dios él mismo, quiso, con todo, aparecer y ser tenido por hijo de un artesano, ni rehusó pasar la mayor parte de su vida en el trabajo manual. «¿No es acaso éste el artesano, el hijo de María?»[16]

19. Contemplando lo divino de este ejemplo, se comprende más fácilmente que la verdadera dignidad y excelencia del hombre radica en lo moral, es decir, en la virtud; que la virtud es patrimonio común de todos los mortales, asequible por igual a altos y bajos, a ricos y pobres; y que el premio de la felicidad eterna no puede ser consecuencia de otra cosa que de las virtudes y de los méritos, sean éstos de quienes fueren. Más aún, la misma voluntad de Dios parece más inclinada del lado de los afligidos, pues Jesucristo llama felices a los pobres, invita amantísimamente a que se acerquen a El, fuente de consolación, todos los que sufren y lloran, y abraza con particular claridad a los más bajos y vejados por la injuria. Conociendo estas cosas, se baja fácilmente el ánimo hinchado de los ricos y se levanta el deprimido de los afligidos; unos se pliegan a la benevolencia, otros a la modestia. De este modo, el pasional alejamiento de la soberbia se hará más corto y se logrará sin dificultades que las voluntades de una y otra clase, estrechadas amistosamente las manos, se unan también entre sí.

20. Para los cuales, sin embargo, si siguen los preceptos de Cristo, resultará poco la amistad y se unirán por el amor fraterno. Pues verán y comprenderán que todos los hombres han sido creados por el mismo Dios, Padre común; que todos tienden al mismo fin, que es el mismo Dios, el único que puede dar la felicidad perfecta y absoluta a los hombres y a los ángeles; que, además, todos han sido igualmente redimidos por el beneficio de Jesucristo y elevados a la dignidad de hijos de Dios, de modo que se sientan unidos, por parentesco fraternal, tanto entre sí como con Cristo, primogénito entre muchos hermanos. De igual manera que los bienes naturales, los dones de la gracia divina pertenecen en común y generalmente a todo el linaje humano, y nadie, a no ser que se haga indigno, será desheredado de los bienes celestiales: «Si hijos, pues, también herederos; herederos ciertamente de Dios y coherederos de Cristo»[17].

Tales son los deberes y derechos que la filosofía cristiana profesa. ¿No parece que acabaría por extinguirse bien pronto toda lucha allí donde ella entrara en vigor en la sociedad civil?

21. Finalmente, la Iglesia no considera bastante con indicar el camino para llegar a la curación, sino que aplica ella misma por su mano la medicina, pues que está dedicada por entero a instruir y enseñar a los hombres su doctrina, cuyos saludables raudales procura que se extiendan, con la mayor amplitud posible, por la obra de los obispos y del clero. Trata, además de influir sobre los espíritus y de doblegar las voluntades, a fin de que se dejen regir y gobernar por la enseñanza de los preceptos divinos. Y en este aspecto, que es el principal y de gran importancia, pues que en él se halla la suma y la causa total de todos los bienes, es la Iglesia la única que tiene verdadero poder, ya que los instrumentos de que se sirve para mover los ánimos le fueron dados por Jesucristo y tienen en sí eficacia infundida por Dios. Son instrumentos de esta índole los únicos que pueden llegar eficazmente hasta las intimidades del corazón y lograr que el hombre se muestre obediente al deber, que modere los impulsos del alma ambiciosa, que ame a Dios y al prójimo con singular y suma caridad y destruya animosamente cuanto obstaculice el sendero de la virtud.

Bastará en este orden con recordar brevemente los ejemplos de los antiguos. Recordamos cosas y hechos que no ofrecen duda alguna: que la sociedad humana fue renovada desde sus cimientos por las costumbres cristianas; que, en virtud de esta renovación, fue impulsado el género humano a cosas mejores; más aún, fue sacado de la muerte a la vida y colmado de una tan elevada perfección, que ni existió otra igual en tiempos anteriores ni podrá haberla mayor en el futuro. Finalmente, que Jesucristo es el principio y el fin mismo de estos beneficios y que, como de El han procedido, a El tendrán todos que referirse. Recibida la luz del Evangelio, habiendo conocido el orbe entero el gran misterio de la encarnación del Verbo y de la redención de los hombres, la vida de Jesucristo, Dios y hombre, penetró todas las naciones y las imbuyó a todas en su fe, en sus preceptos y en sus leyes. Por lo cual, si hay que curar a la sociedad humana, sólo podrá curarla el retorno a la vida y a las costumbres cristianas, ya que, cuando se trata de restaurar la sociedades decadentes, hay que hacerlas volver a sus principios. Porque la perfección de toda sociedad está en buscar y conseguir aquello para que fue instituida, de modo que sea causa de los movimientos y actos sociales la misma causa que originó la sociedad. Por lo cual, apartarse de lo estatuido es corrupción, tornar a ello es curación. Y con toda verdad, lo mismo que respecto de todo el cuerpo de la sociedad humana, lo decimos de igual modo de esa clase de ciudadanos que se gana el sustento con el trabajo, que son la inmensa mayoría.

22.
No se ha de pensar, sin embargo, que todos los desvelos de la Iglesia estén tan fijos en el cuidado de las almas, que se olvide de lo que atañe a la vida mortal y terrena. En relación con los proletarios concretamente, quiere y se esfuerza en que salgan de su misérrimo estado y logren una mejor situación. Y a ello contribuye con su aportación, no pequeña, llamando y guiando a los hombres hacia la virtud. Dado que, dondequiera que se observen íntegramente, las virtudes cristianas aportan una parte de la prosperidad a las cosas externas, en cuanto que aproximan a Dios, principio y fuente de todos los bienes; reprime esas dos plagas de la vida que hacen sumamente miserable al hombre incluso cuando nada en la abundancia, como son el exceso de ambición y la sed de placeres[18]; en fin, contentos con un atuendo y una mesa frugal, suplen la renta con el ahorro, lejos de los vicios, que arruinan no sólo las pequeñas, sino aun las grandes fortunas, y disipan los más cuantiosos patrimonios. Pero, además, provee directamente al bienestar de los proletarios, creando y fomentando lo que estima conducente a remediar su indigencia, habiéndose distinguido tanto en esta clase de beneficios, que se ha merecido las alabanzas de sus propios enemigos.

Tal era el vigor de la mutua caridad entre los cristianos primitivos, que frecuentemente los más ricos se desprendían de sus bienes para socorrer, «y no... había ningún necesitado entre ellos»[19]. A los diáconos, orden precisamente instituido para esto, fue encomendado por los apóstoles el cometido de llevar a cabo la misión de la beneficencia diaria; y Pablo Apóstol, aunque sobrecargado por la solicitud de todas las Iglesias, no dudó, sin embargo, en acometer penosos viajes para llevar en persona la colecta a los cristianos más pobres. A dichas colectas, realizadas espontáneamente por los cristianos en cada reunión, la llama Tertuliano «depósitos de piedad», porque se invertían «en alimentar y enterrar a los pobres, a los niños y niñas carentes de bienes y de padres, entre los sirvientes ancianos y entre los náufragos»[20]. De aquí fue poco a poco formándose aquel patrimonio que la Iglesia guardó con religioso cuidado, como herencia de los pobres. Más aún, proveyó de socorros a una muchedumbre de indigentes, librándolos de la vergüenza de pedir limosna. Pues como madre común de ricos y pobres, excitada la caridad por todas partes hasta un grado sumo, fundó congregaciones religiosas y otras muchas instituciones benéficas, con cuyas atenciones apenas hubo género de miseria que careciera de consuelo. Hoy, ciertamente, son muchos los que, como en otro tiempo hicieran los gentiles, se propasan a censurar a la Iglesia esta tan eximia caridad, en cuyo lugar se ha pretendido poner la beneficencia establecida por las leyes civiles. Pero no se encontrarán recursos humanos capaces de suplir la caridad cristiana, que se entrega toda entera a sí misma para utilidad de los demás. Tal virtud es exclusiva de la Iglesia, porque, si no brotara del sacratísimo corazón de Jesucristo, jamás hubiera existido, pues anda errante lejos de Cristo el que se separa de la Iglesia.

Mas no puede caber duda que para lo propuesto se requieren también las ayudas que están en manos de los hombres. Absolutamente es necesario que todos aquellos a quienes interesa la cuestión tiendan a lo mismo y trabajen por ello en la parte que les corresponda. Lo cual tiene cierta semejanza con la providencia que gobierna al mundo, pues vemos que el éxito de las cosas proviene de la coordinación de las causas de que dependen.

23. Queda ahora por investigar qué parte de ayuda puede esperarse del Estado. Entendemos aquí por Estado no el que de hecho tiene tal o cual pueblo, sino el que pide la recta razón de conformidad con la naturaleza, por un lado, y aprueban, por otro, las enseñanzas de la sabiduría divina, que Nos mismo hemos expuesto concretamente en la encíclica sobre la constitución cristiana de las naciones. Así, pues, los que gobiernan deber cooperar, primeramente y en términos generales, con toda la fuerza de las leyes e instituciones, esto es, haciendo que de la ordenación y administración misma del Estado brote espontáneamente la prosperidad tanto de la sociedad como de los individuos, ya que éste es el cometido de la política y el deber inexcusable de los gobernantes. Ahora bien: lo que más contribuye a la prosperidad de las naciones es la probidad de las costumbres, la recta y ordenada constitución de las familias, la observancia de la religión y de la justicia, las moderadas cargas públicas y su equitativa distribución, los progresos de la industria y del comercio, la floreciente agricultura y otros factores de esta índole, si quedan, los cuales, cuanto con mayor afán son impulsados, tanto mejor y más felizmente permitirán vivir a los ciudadanos. A través de estas cosas queda al alcance de los gobernantes beneficiar a los demás órdenes sociales y aliviar grandemente la situación de los proletarios, y esto en virtud del mejor derecho y sin la más leve sospecha de injerencia, ya que el Estado debe velar por el bien común como propia misión suya. Y cuanto mayor fuere la abundancia de medios procedentes de esta general providencia, tanto menor será la necesidad de probar caminos nuevos para el bienestar de los obreros.

24. Pero también ha de tenerse presente, punto que atañe más profundamente a la cuestión, que la naturaleza única de la sociedad es común a los de arriba y a los de abajo. Los proletarios, sin duda alguna, son por naturaleza tan ciudadanos como los ricos, es decir, partes verdaderas y vivientes que, a través de la familia, integran el cuerpo de la nación, sin añadir que en toda nación son inmensa mayoría. Por consiguiente, siendo absurdo en grado sumo atender a una parte de los ciudadanos y abandonar a la otra, se sigue que los desvelos públicos han de prestar los debidos cuidados a la salvación y al bienestar de la clase proletaria; y si tal no hace, violará la justicia, que manda dar a cada uno lo que es suyo. Sobre lo cual escribe sabiamente Santo Tomás: «Así como la parte y el todo son, en cierto modo, la misma cosa, así lo que es del todo, en cierto modo, lo es de la parte»[21]. De ahí que entre los deberes, ni pocos ni leves, de los gobernantes que velan por el bien del pueblo, se destaca entre los primeros el de defender por igual a todas las clases sociales, observando inviolablemente la justicia llamada distributiva.

25. Mas, aunque todos los ciudadanos, sin excepción alguna, deban contribuir necesariamente a la totalidad del bien común, del cual deriva una parte no pequeña a los individuos, no todos, sin embargo, pueden aportar lo mismo ni en igual cantidad. Cualesquiera que sean las vicisitudes en las distintas formas de gobierno, siempre existirá en el estado de los ciudadanos aquella diferencia sin la cual no puede existir ni concebirse sociedad alguna. Es necesario en absoluto que haya quienes se dediquen a las funciones de gobierno, quienes legislen, quienes juzguen y, finalmente, quienes con su dictamen y autoridad administren los asuntos civiles y militares. Aportaciones de tales hombres que nadie dejará de ver que son principales y que ellos deben ser considerados como superiores en toda sociedad por el hecho de que contribuyen al bien común más de cerca y con más altas razones. Los que ejercen algún oficio, por el contrario, no aprovechan a la sociedad en el mismo grado y con las mismas funciones que aquéllos, mas también ellos concurren al bien común de modo notable, aunque menos directamente. Y, teniendo que ser el bien común de naturaleza tal que los hombres, consiguiéndolo, se hagan mejores, debe colocarse principalmente en la virtud. De todos modos, para la buena constitución de una nación es necesaria también la abundancia de los bienes del cuerpo y externos, «cuyo uso es necesario para que se actualice el acto de virtud»[22]. Y para la obtención de estos bienes es sumamente eficaz y necesario el trabajo de los proletarios, ya ejerzan sus habilidades y destreza en el cultivo del campo, ya en los talleres e industrias. Más aún: llega a tanto la eficacia y poder de los mismos en este orden de cosas, que es verdad incuestionable que la riqueza nacional proviene no de otra cosa que del trabajo de los obreros. La equidad exige, por consiguiente, que las autoridades públicas prodiguen sus cuidados al proletario para que éste reciba algo de lo que aporta al bien común, como la casa, el vestido y el poder sobrellevar la vida con mayor facilidad. De donde se desprende que se habrán de fomentar todas aquellas cosas que de cualquier modo resulten favorables para los obreros. Cuidado que dista mucho de perjudicar a nadie, antes bien aprovechará a todos, ya que interesa mucho al Estado que no vivan en la miseria aquellos de quienes provienen unos bienes tan necesarios.

26. No es justo, según hemos dicho, que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie. No obstante, los que gobiernan deberán atender a la defensa de la comunidad y de sus miembros. De la comunidad, porque la naturaleza confió su conservación a la suma potestad, hasta el punto que la custodia de la salud pública no es sólo la suprema ley, sino la razón total del poder; de los miembros, porque la administración del Estado debe tender por naturaleza no a la utilidad de aquellos a quienes se ha confiado, sino de los que se le confían, como unánimemente afirman la filosofía y la fe cristiana. Y, puesto que el poder proviene de Dios y es una cierta participación del poder infinito, deberá aplicarse a la manera de la potestad divina, que vela con solicitud paternal no menos de los individuos que de la totalidad de las cosas. Si, por tanto, se ha producido o amenaza algún daño al bien común o a los intereses de cada una de las clases que no pueda subsanarse de otro modo, necesariamente deberá afrontarlo el poder público.

Ahora bien: interesa tanto a la salud pública cuanto a la privada que las cosas estén en paz y en orden; e igualmente que la totalidad del orden doméstico se rija conforme a los mandatos de Dios y a los preceptos de la naturaleza; que se respete y practique la religión; que florezca la integridad de las costumbres privadas y públicas; que se mantenga inviolada la justicia y que no atenten impunemente unos contra otros; que los ciudadanos crezcan robustos y aptos, si fuera preciso, para ayudar y defender a la patria. Por consiguiente, si alguna vez ocurre que algo amenaza entre el pueblo por tumultos de obreros o por huelgas; que se relajan entre los proletarios los lazos naturales de la familia; que se quebranta entre ellos la religión por no contar con la suficiente holgura para los deberes religiosos; si se plantea en los talleres el peligro para la pureza de las costumbres por la promiscuidad o por otros incentivos de pecado; si la clase patronal oprime a los obreros con cargas injustas o los veja imponiéndoles condiciones ofensivas para la persona y dignidad humanas; si daña la salud con trabajo excesivo, impropio del sexo o de la edad, en todos estos casos deberá intervenir de lleno, dentro de ciertos límites, el vigor y la autoridad de las leyes. Límites determinados por la misma causa que reclama el auxilio de la ley, o sea, que las leyes no deberán abarcar ni ir más allá de lo que requieren el remedio de los males o la evitación del peligro.

27. Los derechos, sean de quien fueren, habrán de respetarse inviolablemente; y para que cada uno disfrute del suyo deberá proveer el poder civil, impidiendo o castigando las injurias. Sólo que en la protección de los derechos individuales se habrá de mirar principalmente por los débiles y los pobres. La gente rica, protegida por sus propios recursos, necesita menos de la tutela pública; la clase humilde, por el contrario, carente de todo recurso, se confía principalmente al patrocinio del Estado. Este deberá, por consiguiente, rodear de singulares cuidados y providencia a los asalariados, que se cuentan entre la muchedumbre desvalida.

28. Pero quedan por tratar todavía detalladamente algunos puntos de mayor importancia. El principal es que debe asegurar las posesiones privadas con el imperio y fuerza de las leyes. Y principalísimamente deberá mantenerse a la plebe dentro de los límites del deber, en medio de un ya tal desenfreno de ambiciones; porque, si bien se concede la aspiración a mejorar, sin que oponga reparos la justicia, sí veda ésta, y tampoco autoriza la propia razón del bien común, quitar a otro lo que es suyo o, bajo capa de una pretendida igualdad, caer sobre las fortunas ajenas. Ciertamente, la mayor parte de los obreros prefieren mejorar mediante el trabajo honrado sin perjuicio de nadie; se cuenta, sin embargo, no pocos, imbuidos de perversas doctrinas y deseosos de revolución, que pretenden por todos los medíos concitar a las turbas y lanzar a los demás a la violencia. Intervenga, por tanto, la autoridad del Estado y, frenando a los agitadores, aleje la corrupción de las costumbres de los obreros y el peligro de las rapiñas de los legítimos dueños.

29. El trabajo demasiado largo o pesado y la opinión de que el salario es poco dan pie con frecuencia a los obreros para entregarse a la huelga y al ocio voluntario. A este mal frecuente y grave se ha de poner remedio públicamente, pues esta clase de huelga perjudica no sólo a los patronos y a los mismos obreros, sino también al comercio y a los intereses públicos; y como no escasean la violencia y los tumultos, con frecuencia ponen en peligro la tranquilidad pública. En lo cual, lo más eficaz y saludable es anticiparse con la autoridad de las leyes e impedir que pueda brotar el mal, removiendo a tiempo las causas de donde parezca que habría de surgir el conflicto entre patronos y obreros.

30. De igual manera hay muchas cosas en el obrero que se han de tutelar con la protección del Estado, y, en primer lugar, los bienes del alma, puesto que la vida mortal, aunque buena y deseable, no es, con todo, el fin último para que hemos sido creados, sino tan sólo el camino y el instrumento para perfeccionarla vida del alma con el conocimiento de la verdad y el amor del bien. El alma es la que lleva impresa la imagen y semejanza de Dios, en la que reside aquel poder mediante el cual se mandó al hombre que dominara sobre las criaturas inferiores y sometiera a su beneficio a las tierras todas y los mares. «Llenad la tierra y sometedla, y dominad a los peces del mar y a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra»[23]. En esto son todos los hombres iguales, y nada hay que determine diferencias entre los ricos y los pobres, entre los señores y los operarios, entre los gobernantes y los particulares, «pues uno mismo es el Señor todos»[24]. A nadie le está permitido violar impunemente la dignidad humana, de la que Dios mismo dispone con gran reverencia; ni ponerle trabas en la marcha hacia su perfeccionamiento, que lleva a la sempiterna vida de los cielos. Más aún, ni siquiera por voluntad propia puede el hombre ser tratado, en este orden, de una manera inconveniente o someterse a una esclavitud de alma pues no se trata de derechos de que el hombre tenga pleno dominio, sino de deberes para con Dios, y que deben ser guardados puntualmente. De aquí se deduce la necesidad de interrumpir las obras y trabajos durante los días festivos. Nadie, sin embargo, deberá entenderlo como el disfrute de una más larga holganza inoperante, ni menos aún como una ociosidad, como muchos desean, engendradora de vicios y fomentadora de derroches de dinero, sino justamente del descanso consagrado por la religión. Unido con la religión, el descanso aparta al hombre de los trabajos y de los problemas de la vida diaria, para atraerlo al pensamiento de las cosas celestiales y a rendir a la suprema divinidad el culto justo y debido. Este es, principalmente, el carácter y ésta la causa del descanso de los días festivos, que Dios sancionó ya en el Viejo Testamento con una ley especial: «Acuérdate de santificar el sábado»[25],enseñándolo, además, con el ejemplo de aquel arcano descanso después de haber creado al hombre:«Descansó el séptimo día de toda la obra que había realizado»[26].

31.
Por lo que respecta a la tutela de los bienes del cuerpo y externos, lo primero que se ha de hacer es librar a los pobres obreros de la crueldad de los ambiciosos, que abusan de las personas sin moderación, como si fueran cosas para su medro personal. O sea, que ni la justicia ni la humanidad toleran la exigencia de un rendimiento tal, que el espíritu se embote por el exceso de trabajo y al mismo tiempo el cuerpo se rinda a la fatiga. Como todo en la naturaleza del hombre, su eficiencia se halla circunscrita a determinados límites, más allá de los cuales no se puede pasar. Cierto que se agudiza con el ejercicio y la práctica, pero siempre a condición de que el trabajo se interrumpa de cuando en cuando y se dé lugar al descanso.

Se ha de mirar por ello que la jornada diaria no se prolongue más horas de las que permitan las fuerzas. Ahora bien: cuánto deba ser el intervalo dedicado al descanso, lo determinarán la clase de trabajo, las circunstancias de tiempo y lugar y la condición misma de los operarios. La dureza del trabajo de los que se ocupan ensacar piedras en las canteras o en minas de hierro, cobre y otras cosas de esta índole, ha de ser compensada con la brevedad de la duración, pues requiere mucho más esfuerzo que otros y es peligroso para la salud.

Hay que tener en cuenta igualmente las épocas del año, pues ocurre con frecuencia que un trabajo fácilmente soportable en una estación es insufrible en otra o no puede realizarse sino con grandes dificultades. Finalmente, lo que puede hacer y soportar un hombre adulto y robusto no se le puede exigir a una mujer o a un niño. Y, en cuanto a los niños, se ha de evitar cuidadosamente y sobre todo que entren en talleres antes de que la edad haya dado el suficiente desarrollo a su cuerpo, a su inteligencia y a su alma. Puesto que la actividad precoz agosta, como a las hierbas tiernas, las fuerzas que brotan de la infancia, con lo que la constitución de la niñez vendría a destruirse por completo. Igualmente, hay oficios menos aptos para la mujer, nacida para las labores domésticas; labores estas que no sólo protegen sobremanera el decoro femenino, sino que responden por naturaleza a la educación de los hijos y a la prosperidad de la familia. Establézcase en general que se dé a los obreros todo el reposo necesario para que recuperen las energías consumidas en el trabajo, puesto que el descanso debe restaurar las fuerzas gastadas por el uso. En todo contrato concluido entre patronos y obreros debe contenerse siempre esta condición expresa o tácita: que se provea a uno y otro tipo de descanso, pues no sería honesto pactar lo contrario, ya que a nadie es lícito exigir ni prometer el abandono de las obligaciones que el hombre tiene para con Dios o para consigo mismo.

32. Atacamos aquí un asunto de la mayor importancia, y que debe ser entendido rectamente para que no se peque por ninguna de las partes. A saber: que es establecida la cuantía del salario por libre consentimiento, y, según eso, pagado el salario convenido, parece que el patrono ha cumplido por su parte y que nada más debe. Que procede injustamente el patrono sólo cuando se niega a pagar el sueldo pactado, y el obrero sólo cuando no rinde el trabajo que se estipuló; que en estos casos es justo que intervenga el poder político, pero nada más que para poner a salvo el derecho de cada uno. Un juez equitativo que atienda a la realidad de las cosas no asentirá fácilmente ni en su totalidad a esta argumentación, pues no es completa en todas sus partes; le falta algo de verdadera importancia.

Trabajar es ocuparse en hacer algo con el objeto de adquirir las cosas necesarias para los usos diversos de la vida y, sobre todo, para la propia conservación: «Te ganarás el pan con el sudor de tu frente»[27]. Luego el trabajo implica por naturaleza estas dos a modo de notas: que sea personal, en cuanto la energía que opera es inherente a la persona y propia en absoluto del que la ejerce y para cuya utilidad le ha sido dada, y que sea necesario, por cuanto el fruto de su trabajo le es necesario al hombre para la defensa de su vida, defensa a que le obliga la naturaleza misma de las cosas, a que hay que plegarse por encima de todo. Pues bien: si se mira el trabajo exclusivamente en su aspecto personal, es indudable que el obrero es libre para pactar por toda retribución una cantidad corta; trabaja voluntariamente, y puede, por tanto, contentarse voluntariamente con una retribución exigua o nula. Mas hay que pensar de una manera muy distinta cuando, juntamente con el aspecto personal, se considera el necesario, separable sólo conceptualmente del primero, pero no en la realidad. En efecto, conservarse en la vida es obligación común de todo individuo, y es criminoso incumplirla. De aquí la necesaria consecuencia del derecho a buscarse cuanto sirve al sustento de la vida, y la posibilidad de lograr esto se la da a cualquier pobre nada más que el sueldo ganado con su trabajo. Pase, pues, que obrero y patrono estén libremente de acuerdo sobre lo mismo, y concretamente sobre la cuantía del salario; queda, sin embargo, latente siempre algo de justicia natural superior y anterior a la libre voluntad de las partes contratantes, a saber: que el salario no debe ser en manera alguna insuficiente para alimentar a un obrero frugal y morigerado. Por tanto, si el obrero, obligado por la necesidad o acosado por el miedo de un mal mayor, acepta, aun no queriéndola, una condición más dura, porque la imponen el patrono o el empresario, esto es ciertamente soportar una violencia, contra la cual reclama la justicia. Sin embargo, en estas y otras cuestiones semejantes, como el número de horas de la jornada laboral en cada tipo de industria, así como las precauciones con que se haya de velar por la salud, especialmente en los lugares de trabajo, para evitar injerencias de la magistratura, sobre todo siendo tan diversas las circunstancias de cosas, tiempos y lugares, será mejor reservarlas al criterio de las asociaciones de que hablaremos después, o se buscará otro medio que salvaguarde, como es justo, los derechos de los obreros, interviniendo, si las circunstancias lo pidieren, la autoridad pública.

33. Si el obrero percibe un salario lo suficientemente amplio para sustentarse a sí mismo, a su mujer y a sus hijos, dado que sea prudente, se inclinará fácilmente al ahorro y hará lo que parece aconsejar la misma naturaleza: reducir gastos, al objeto de que quede algo con que ir constituyendo un pequeño patrimonio. Pues ya vimos que la cuestión que tratamos no puede tener una solución eficaz si no es dando por sentado y aceptado que el derecho de propiedad debe considerarse inviolable. Por ello, las leyes deben favorecer este derecho y proveer, en la medida de lo posible, a que la mayor parte de la masa obrera tenga algo en propiedad. Con ello se obtendrían notables ventajas, y en primer lugar, sin duda alguna, una más equitativa distribución de las riquezas.

La violencia de las revoluciones civiles ha dividido a las naciones en dos clases de ciudadanos, abriendo un inmenso abismo entre una y otra. En un lado, la clase poderosa, por rica, que monopoliza la producción y el comercio, aprovechando en su propia comodidad y beneficio toda la potencia productiva de las riquezas, y goza de no poca influencia en la administración del Estado. En el otro, la multitud desamparada y débil, con el alma lacerada y dispuesta en todo momento al alboroto. Mas, si se llegara prudentemente a despertar el interés de las masas con la esperanza de adquirir algo vinculado con el suelo, poco a poco se iría aproximando una clase a la otra al ir cegándose el abismo entre las extremadas riquezas y la extremada indigencia. Habría, además, mayor abundancia de productos de la tierra. Los hombres, sabiendo que trabajan lo que es suyo, ponen mayor esmero y entusiasmo. Aprenden incluso a amar más a la tierra cultivada por sus propias manos, de la que esperan no sólo el sustento, sino también una cierta holgura económica para sí y para los suyos. No hay nadie que deje de ver lo mucho que importa este entusiasmo de la voluntad para la abundancia de productos y para el incremento de las riquezas de la sociedad. De todo lo cual se originará otro tercer provecho, consistente en que los hombres sentirán fácilmente apego a la tierra en que han nacido y visto la primera luz, y no cambiarán su patria por una tierra extraña si la patria les da la posibilidad de vivir desahogadamente. Sin embargo, estas ventajas no podrán obtenerse sino con la condición de que la propiedad privada no se vea absorbida por la dureza de los tributos e impuestos. El derecho de poseer bienes en privado no ha sido dado por la ley, sino por la naturaleza, y, por tanto, la autoridad pública no puede abolirlo, sino solamente moderar su uso y compaginarlo con el bien común. Procedería, por consiguiente, de una manera injusta e inhumana si exigiera de los bienes privados más de lo que es justo bajo razón de tributos.

34. Finalmente, los mismos patronos y obreros pueden hacer mucho en esta cuestión, esto es, con esas instituciones mediante las cuales atender convenientemente a los necesitados y acercar más una clase a la otra. Entre las de su género deben citarse las sociedades de socorros mutuos; entidades diversas instituidas por la previsión de los particulares para proteger a los obreros, amparar a sus viudas e hijos en los imprevistos, enfermedades y cualquier accidente propio de las cosas humanas; los patronatos fundados para cuidar de los niños, niñas, jóvenes y ancianos. Pero el lugar preferente lo ocupan las sociedades de obreros, que comprenden en sí todas las demás. Los gremios de artesanos reportaron durante mucho tiempo grandes beneficios a nuestros antepasados. En efecto, no sólo trajeron grandes ventajas para los obreros, sino también a las artes mismas un desarrollo y esplendor atestiguado por numerosos monumentos. Es preciso que los gremios se adapten a las condiciones actuales de edad más culta, con costumbres nuevas y con más exigencias de vida cotidiana. Es grato encontrarse con que constantemente se están constituyendo asociaciones de este género, de obreros solamente o mixtas de las dos clases; es de desear que crezcan en número y eficiencia. Y, aunque hemos hablado más de una vez de ellas, Nos sentimos agrado en manifestar aquí que son muy convenientes y que las asiste pleno derecho, así como hablar sobre su reglamentación y cometido.

35. La reconocida cortedad de las fuerzas humanas aconseja e impele al hombre a buscarse el apoyo de los demás. De las Sagradas Escrituras es esta sentencia:«Es mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno cae, será levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá quien lo levante!»[28]. Y también esta otra: «El hermano, ayudado por su hermano, es como una ciudad fortificada»[29]. En virtud de esta propensión natural, el hombre, igual que es llevado a constituir la sociedad civil, busca la formación de otras sociedades entre ciudadanos, pequeñas e imperfectas, es verdad, pero de todos modos sociedades. Entre éstas y la sociedad civil median grandes diferencias por causas diversas. El fin establecido para la sociedad civil alcanza a todos, en cuanto que persigue el bien común, del cual es justo que participen todos y cada uno según la proporción debida. Por esto, dicha sociedad recibe el nombre de pública, pues que mediante ella se unen los hombres entre sí para constituir un pueblo (o nación)[30]. Las que se forman, por el contrario, diríamos en su seno, se consideran y son sociedades privadas, ya que su finalidad inmediata es el bien privado de sus miembros exclusivamente.«Es sociedad privada, en cambio, la que se constituye con miras a algún negocio privado, como cuando dos o tres se asocian para comerciar unido»[31].

Ahora bien: aunque las sociedades privadas se den dentro de la sociedad civil y sean como otras tantas partes suyas, hablando en términos generales y de por sí, no está en poder del Estado impedir su existencia, ya que el constituir sociedades privadas es derecho concedido al hombre por la ley natural, y la sociedad civil ha sido instituida para garantizar el derecho natural y no para conculcarlo; y, si prohibiera a los ciudadanos la constitución de sociedades, obraría en abierta pugna consigo misma, puesto que tanto ella como las sociedades privadas nacen del mismo principio: que los hombres son sociables por naturaleza. Pero concurren a veces circunstancias en que es justo que las leyes se opongan a asociaciones de ese tipo; por ejemplo, si se pretendiera como finalidad algo que esté en clara oposición con la honradez, con la justicia o abiertamente dañe a la salud pública. En tales casos, el poder del Estado prohíbe, con justa razón, que se formen, y con igual derecho las disuelve cuando se han formado; pero habrá de proceder con toda cautela, no sea que viole los derechos de los ciudadanos o establezca, bajo apariencia de utilidad pública, algo que la razón no apruebe, ya que las leyes han de ser obedecidas sólo en cuanto estén conformes con la recta razón y con la ley eterna de Dios[32].

36. Recordamos aquí las diversas corporaciones, congregaciones y órdenes religiosas instituidas por la autoridad de la Iglesia y la piadosa voluntad de los fieles; la historia habla muy alto de los grandes beneficios que reportaron siempre a la humanidad sociedades de esta índole, al juicio de la sola razón, puesto que, instituidas con una finalidad honesta, es evidente que se han constituido conforme a derecho natural y que en lo que tienen de religión están sometidas exclusivamente a la potestad de la Iglesia. Por consiguiente, las autoridades civiles no pueden arrogarse ningún derecho sobre ellas ni pueden en justicia alzarse con la administración de las mismas; antes bien, el Estado tiene el deber de respetarlas, conservarlas y, si se diera el caso, defenderlas de toda injuria. Lo cual, sin embargo, vemos que se hace muy al contrario especialmente en los tiempos actuales: Son muchos los lugares en que los poderes públicos han violado comunidades de esta índole, y con múltiples injurias, ya asfixiándolas con el dogal de sus leyes civiles, ya despojándolas de su legítimo derecho de personas morales o despojándolas de sus bienes. Bienes en que tenía su derecho la Iglesia, el suyo cada uno de los miembros de tales comunidades, el suyo también quienes las habían consagrado a una determinada finalidad y el suyo, finalmente, todos aquellos a cuya utilidad y consuelo habían sido destinadas. Nos no podemos menos de quejarnos, por todo ello, de estos expolios injustos y nocivos, tanto más cuanto que se prohíben las asociaciones de hombres católicos, por demás pacíficos y beneficiosos para todos los órdenes sociales, precisamente cuando se proclama la licitud ante la ley del derecho de asociación y se da, en cambio, esa facultad, ciertamente sin limitaciones, a hombres que agitan propósitos destructores juntamente de la religión y del Estado.

37. Efectivamente, el número de las más diversas asociaciones, principalmente de obreros, es en la actualidad mucho mayor que en otros tiempos. No es lugar indicado éste para estudiar el origen de muchas de ellas, qué pretenden, qué camino siguen. Existe, no obstante, la opinión, confirmada por múltiples observaciones, de que en la mayor parte de los casos están dirigidas por jefes ocultos, los cuales imponen una disciplina no conforme con el nombre cristiano ni con la salud pública; acaparada la totalidad de las fuentes de producción, proceden de tal modo, que hacen pagar con la miseria a cuantos rehúsan asociarse con ellos. En este estado de cosas, los obreros cristianos se ven ante la alternativa o de inscribirse en asociaciones de las que cabe temer peligros para la religión, o constituir entre sí sus propias sociedades, aunando de este modo sus energías para liberarse valientemente de esa injusta e insoportable opresión. ¿Qué duda cabe de que cuantos no quieran exponer a un peligro cierto el supremo bien del hombre habrán de optar sin vacilaciones por esta segunda postura?

38. Son dignos de encomio, ciertamente, muchos de los nuestros que, examinando concienzudamente lo que piden los tiempos, experimentan y ensayan los medios de mejorar a los obreros con oficios honestos. Tomado a pechos el patrocinio de los mismos, se afanan en aumentar su prosperidad tanto familiar como individual; de moderar igualmente, con la justicia, las relaciones entre obreros y patronos; de formar y robustecer en unos y otros la conciencia del deber y la observancia de los preceptos evangélicos, que, apartando al hombre de todo exceso, impiden que se rompan los límites de la moderación y defienden la armonía entre personas y cosas de tan distinta condición. Vemos por esta razón que con frecuencia se congregan en un mismo lugar hombres egregios para comunicarse sus inquietudes, para coadunar sus fuerzas y para llevar a la realidad lo que se estime más conveniente. Otros se dedican a encuadrar en eficaces organizaciones a los obreros, ayudándolos de palabra y de hecho y procurando que no les falte un trabajo honesto y productivo. Suman su entusiasmo y prodigan su protección los obispos, y, bajo su autoridad y dependencia, otros muchos de ambos cleros cuidan celosamente del cultivo del espíritu en los asociados. Finalmente, no faltan católicos de copiosas fortunas que, uniéndose voluntariamente a los asalariados, se esfuerzan en fundar y propagar estas asociaciones con su generosa aportación económica, y con ayuda de las cuales pueden los obreros fácilmente procurarse no sólo los bienes presentes, sino también asegurarse con su trabajo un honesto descanso futuro. Cuánto haya contribuido tan múltiple y entusiasta diligencia al bien común, es demasiado conocido para que sea necesario repetirlo. De aquí que Nos podamos alentar sanas esperanzas para el futuro, siempre que estas asociaciones se incrementen de continuo y se organicen con prudente moderación. Proteja el Estado estas asociaciones de ciudadanos, unidos con pleno derecho; pero no se inmiscuya en su constitución interna ni en su régimen de vida; el movimiento vital es producido por un principio interno, y fácilmente se destruye con la injerencia del exterior.

39. Efectivamente, se necesita moderación y disciplina prudente para que se produzca el acuerdo y la unanimidad de voluntades en la acción. Por ello, si los ciudadanos tienen el libre derecho de asociarse, como así es en efecto, tienen igualmente el derecho de elegir libremente aquella organización y aquellas leyes que estimen más conducentes al fin que se han propuesto. Nos estimamos que no puede determinarse con reglas concretas y definidas cuál haya de ser en cada lugar la organización y leyes de las sociedades a que aludimos, puesto que han de establecerse conforme a la índole de cada pueblo, a la experiencia y a las costumbres, a la clase y efectividad de los trabajos, al desarrollo del comercio y a otras circunstancias de cosas y de tiempos, que se han de sopesar con toda prudencia. En principio, se ha de establecer como ley general y perpetua que las asociaciones de obreros se han de constituir y gobernar de tal modo que proporcionen los medios más idóneos y convenientes para el fin que se proponen, consistente en que cada miembro de la sociedad consiga, en la medida de lo posible, un aumento de los bienes del cuerpo, del alma y de la familia. Pero es evidente que se ha de tender, como fin principal, a la perfección de la piedad y de las costumbres, y asimismo que a este fin habrá de encaminarse toda la disciplina social. De lo contrario, degeneraría y no aventajarían mucho a ese tipo de asociaciones en que no suele contar para nada ninguna razón religiosa. Por lo demás, ¿de qué le serviría al obrero haber conseguido, a través de la asociación, abundancia de cosas, si peligra la salvación de su alma por falta del alimento adecuado? «¿Qué aprovecha al hombre conquistar el mundo entero si pierde su alma?»[33]. Cristo nuestro Señor enseña que la nota característica por la cual se distinga a un cristiano de un gentil debe ser ésa precisamente: «Eso lo buscan todas las gentes... Vosotros buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura»[34].

Aceptados, pues, los principios divinos, désele un gran valor a la instrucción religiosa, de modo que cada uno conozca sus obligaciones para con Dios; que sepa lo que ha de creer, lo que ha esperar y lo que ha de hacer para su salvación eterna; y se ha de cuidar celosamente de fortalecerlos contra los errores de ciertas opiniones y contra las diversas corruptelas del vicio. Ínstese, incítese a los obreros al culto de Dios y a la afición a la piedad; sobre todo a velar por el cumplimiento de la obligación de los días festivos. Que aprendan a amar y reverenciar a la Iglesia, madre común de todos, e igualmente a cumplir sus preceptos y frecuentar los sacramentos, que son los instrumentos divinos de purificación y santificación.

40. Puesto el fundamento de las leyes sociales en la religión, el camino queda expedito para establecer las mutuas relaciones entre los asociados, para llegar a sociedades pacíficas y a un floreciente bienestar. Los cargos en las asociaciones se otorgarán en conformidad con los intereses comunes, de tal modo que la disparidad de criterios noreste unanimidad a las resoluciones. Interesa mucho para este fin distribuir las cargas con prudencia y determinarlas con claridad para no quebrantar derechos de nadie. Lo común debe administrarse con toda integridad, de modo que la cuantía del socorro esté determinada por la necesidad de cada uno; que los derechos y deberes de los patronos se conjuguen armónicamente con los derechos y deberes de los obreros. Si alguna de las clases estima que se perjudica en algo su derecho, nada es más de desear como que se designe a varones prudentes e íntegros de la misma corporación, mediante cuyo arbitrio las mismas leyes sociales manden que se resuelva la lid. También se ha de proveer diligentemente que en ningún momento falte al obrero abundancia de trabajo y que se establezca una aportación con que poder subvenir a las necesidades de cada uno, tanto en los casos de accidentes fortuitos de la industria cuanto en la enfermedad, en la vejez y en cualquier infortunio. Con estos principios, con tal de que se los acepte de buena voluntad, se habrá provisto bastante para el bienestar y la tutela de los débiles, y las asociaciones católicas serán consideradas de no pequeña importancia para la prosperidad de las naciones.

Por los eventos pasados prevemos sin temeridad los futuros. Las edades se suceden unas a otras, pero la semejanza de sus hechos es admirable, ya que se rigen por la providencia de Dios, que gobierna y encauza la continuidad y sucesión de las cosas a la finalidad que se propuso al crear el humano linaje. Sabemos que se consideraba ominoso para los cristianos de la Iglesia naciente el que la mayor parte viviera de limosnas o del trabajo. Pero, desprovistos de riquezas y de poder, lograron, no obstante, ganarse plenamente la simpatía de los ricos y se atrajeron el valimiento de los poderosos. Podía vérseles diligentes, laboriosos, pacíficos, firmes en el ejemplo de la caridad. Ante un espectáculo tal de vida y costumbres, se desvaneció todo prejuicio, se calló la maledicencia de los malvados y las ficciones de la antigua idolatría cedieron poco a poco ante la doctrina cristiana.

Actualmente se discute sobre la situación de los obreros; interesa sobremanera al Estado que la polémica se resuelva conforme a la razón o no. Pero se resolverá fácilmente conforme a la razón por los obreros cristianos si, asociados y bajo la dirección de jefes prudentes, emprenden el mismo camino que siguieron nuestros padres y mayores, con singular beneficio suyo y público. Pues, aun siendo grande en el hombre el influjo de los prejuicios y de las pasiones, a no ser que la mala voluntad haya embotado el sentido de lo honesto, la benevolencia de los ciudadanos se mostrará indudablemente más inclinada hacia los que vean más trabajadores y modestos, los cuales consta que anteponen la justicia al lucro y el cumplimiento del deber a toda otra razón. De lo que se seguirá, además, otra ventaja: que se dará una esperanza y una oportunidad de enmienda no pequeña a aquellos obreros que viven en el más completo abandono de la fe cristiana o siguiendo unas costumbres ajenas a la profesión de la misma. Estos, indudablemente, se dan cuenta con frecuencia de que han sido engañados por una falsa esperanza o por la fingida apariencia de las cosas. Pues ven que han sido tratados inhumanamente por patronos ambiciosos y que apenas se los ha considerado en más que el beneficio que reportaban con su trabajo, e igualmente de que en las sociedades a que se habían adscrito, en vez de caridad y de amor, lo que había eran discordias internas, compañeras inseparables de la pobreza petulante e incrédula. Decaído el ánimo, extenuado el cuerpo, muchos querrían verse libres de una tan vil esclavitud, pero no se atreven o por vergüenza o por miedo a la miseria. Ahora bien: a todos éstos podrían beneficiar de una manera admirable las asociaciones católicas si atrajeran a su seno a los que fluctúan, allanando las dificultades; si acogieran bajo su protección a los que vuelven a la fe.

41. Tenéis, venerables hermanos, ahí quiénes y de qué manera han de laboraren esta cuestión tan difícil. Que se ciña cada cual a la parte que le corresponde, y con presteza suma, no sea que un mal de tanta magnitud se haga incurable por la demora del remedio. Apliquen la providencia de las leyes y de las instituciones los que gobiernan las naciones; recuerden sus deberes los ricos y patronos; esfuércense razonablemente los proletarios, de cuya causa se trata; y, como dijimos al principio, puesto que la religión es la única que puede curar radicalmente el mal, todos deben laborar para que se restauren las costumbres cristianas, sin las cuales aun las mismas medidas de prudencia que se estiman adecuadas servirían muy poco en orden a la solución.

Por lo que respecta a la Iglesia, nunca ni bajo ningún aspecto regateará su esfuerzo, prestando una ayuda tanto mayor cuanto mayor sea la libertad con que cuente en su acción; y tomen nota especialmente de esto los que tienen a su cargo velar por la salud pública. Canalicen hacia esto todas las fuerzas del espíritu y su competencia los ministros sagrados y, precedidos por vosotros, venerables hermanos, con vuestra autoridad y vuestro ejemplo, no cesen de inculcar en todos los hombres de cualquier clase social las máximas de vida tomadas del Evangelio; que luchen con todas las fuerzas a su alcance por la salvación de los pueblos y que, sobre todo, se afanen por conservar en sí mismos e inculcar en los demás, desde los más altos hasta los más humildes, la caridad, señora y reina de todas las virtudes. Ya que la ansiada solución se ha de esperar principalmente de una gran efusión de la caridad, de la caridad cristiana entendemos, que compendia en sí toda la ley del Evangelio, y que, dispuesta en todo momento a entregarse por el bien de los demás, es el antídoto más seguro contra la insolvencia y el egoísmo del mundo, y cuyos rasgos y grados divinos expresó el apóstol San Pablo en estas palabras: «La caridad es paciente, es benigna, no se aferra a lo que es suyo; lo sufre todo, lo soporta todo»[35].

42. En prenda de los dones divinos y en testimonio de nuestra benevolencia, a cada uno de vosotros, venerables hermanos, y a vuestro clero y pueblo, amantísimamente en el Señor os impartimos la bendición apostólica.

Dada en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo de 1891, año decimocuarto de nuestro pontificado.

LEÓN PP XIII


Notas
[1] Dt 5,21.
[2] Gén 1,28.
[3] Santo Tomás, II-II q.10 a.12.
[4] Sant 5,4.
[5] 2 Tim 2,12.
[6] 2 Cor 2,12.
[7] Mt 19,23-24.
[8] Lc 6,24-25.
[9] II-II q.66 a.2.
[10] II-II q.65 a.2.
[11] II-II q.32 a.6.
[12] Lc 11,41.
[13] Hech 20,35.
[14] Mt 25,40.
[15] San Gregorio Magno, Sobre el Evangelio hom.9 n.7.
[16] 2 Cor 8,9.
[17] Rom 8,17.
[18] Radix omnium malorum est cupiditas (1 Tim 6,10).
[19] Hech 4,34.
[20] Apol. 2,39.
[21] II-II q.61 a.l ad 2.
[22]Santo Tomás, De regimine principum 1 c.15.
[23] Gén 1,28.
[24] Rom 10,12.
[25] Ex 20,8.
[26] Gén 2,2.
[27] Gén 3,19.
[28] Ecl 4,9-12.
[29] Prov 18,19.
[30] Santo Tomás, Contra los que impugnan el culto de Dios y la religión c.l l.
[31] Ibíd.
[32] «La ley humana en tanto tiene razón de ley en cuanto está conforme con la recta razón y, según esto, es manifiesto que se deriva de la ley eterna. Pero en cuanto se aparta de la razón, se llama ley inicua, y entonces no tiene razón de ley, sino más bien de una violencia» (Santo Tomás, I-II q.13 a.3).
[33] Mt 16,26.
[34] Ibíd., 6,32-33.
[35] 1 Cor 13,4-7.