sábado, 28 de julio de 2001

FIRMA IN TRADITIONE (13 DE JUNIO DE 1974)


PABLO VI

CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO

FIRMA IN TRADITIONE

POR EL CUAL

SE ESTABLECEN DETERMINADOS PRINCIPIOS

SOBRE LAS FACULTADES

RELATIVAS A LAS LIMOSNAS DE LA MISA

Es tradición constante de la Iglesia que los fieles, movidos por su sentido religioso y eclesial, deseen unir su aportación personal a una participación más activa en la celebración eucarística, contribuyendo así a las necesidades de la Iglesia y, en particular, al sustento de sus ministros, según el espíritu de la frase del Señor: El obrero es digno de su salario (Lc 10,7), recordada por el Apóstol Pablo en la Primera Carta a Timoteo (5,18) y en la Primera Carta a los Corintios (9,7-14).

Esta costumbre, por la que los fieles se asocian más íntimamente a Cristo oferente y perciben frutos más abundantes, no sólo ha sido aprobada, sino también alentada por la Iglesia, que la considera una especie de signo de la unión del bautizado con Cristo, así como de los fieles con el sacerdote, que ejerce su ministerio precisamente en su nombre.

Para mantener siempre intacto este sentido, preservándolo de posibles distorsiones, se han introducido en el curso del tiempo normas apropiadas, tendentes a asegurar que el culto que los fieles se proponen liberalmente rendir a Dios se celebre efectivamente con no menos observancia y generosidad. Sin embargo, dado que circunstancias particulares de los tiempos y de la sociedad pueden hacer a veces moralmente imposible, y por lo tanto menos equitativo, el cumplimiento íntegro de los compromisos exigidos y asumidos, la Iglesia se ve en esos casos en la necesidad de recurrir a revisiones congruentes de los compromisos mismos, manteniendo una línea de fidelidad a sí misma y a los oblatos.

Con la intención especial de unificar los criterios que deben regular la grave y delicada materia de las limosnas para las Santas Misas, decidimos, por una medida comunicada por la Secretaría de Estado el 29 de noviembre de 1971 (AAS 63 [1971], p. 841), reservarnos personalmente, de modo provisional, todas las deliberaciones relativas a las peticiones de reducciones, con donaciones y conmutaciones de limosnas para las Santas Misas, suspendiendo, a partir del 1 de febrero de 1972, todas las facultades a quien y como las concediera.

Cumplidos ya sustancialmente los fines que motivaron esta medida, creemos llegado el momento de levantar la reserva. Para que la reorganización de la materia pueda partir entonces de nuevas bases y no se vea sometida a interpretaciones menos exactas basadas en lo que pudo tener su legitimidad en el pasado, se decidió eliminar toda pervivencia de facultades anteriores.

Por otra parte, para responder de algún modo a las necesidades que a veces tienen Nuestros Hermanos en el episcopado, y en vista de la buena experiencia de las facultades que les fueron concedidas por el Motu Proprio Pastorale munus (AAS 56 [1964], pp. 5-12) y De Episcoporum muneribus (AAS 58 [1966], pp. 467-472), hemos juzgado oportuno confiar a quienes comparten con Nosotros el ministerio pastoral en la Iglesia ciertas facultades.

Por lo tanto, después de madura consideración, por Motu Proprio y con la plenitud de Nuestra autoridad Apostólica establecemos y decidimos para toda la Iglesia lo siguiente:

I. A partir del primero de julio de 1974 cesará la primera reserva, mencionada en la notificación de la Secretaría de Estado del 29 de noviembre de 1971. Desde el mismo día, por lo tanto, las Sagradas Congregaciones de la Curia Romana reanudarán el ejercicio de su jurisdicción, adaptándolo, sin embargo, a las nuevas y más precisas normas que se dictarán por separado. Cualquier solicitud a este respecto deberá, por lo tanto, dirigirse a las mismas Sagradas Congregaciones.

II. A partir de la misma fecha, quedan definitivamente revocadas todas las facultades pasadas, de cualquier modo concedidas o adquiridas, en materia de limosnas para las Santas Misas. Por lo tanto, cesan tanto las concedidas a cualquier persona, física o moral, por Nos, por Nuestros Predecesores, incluso verbalmente, por la Curia Romana o por cualquier otra autoridad, por privilegio, indulto, dispensa o de cualquier otro modo, incluso por ley particular, como las adquiridas por comunicación, costumbre, incluso particular, secular o inmemorial, prescripción o de cualquier otro modo.

Hecha esta revocación, establecemos que para el futuro sólo estarán en vigor las siguientes facultades

a) las facultades ahora concedidas a las Sagradas Congregaciones de la Curia Romana mencionadas en el n. I;

b) las facultades previstas en el Motu proprio Pastorale munus y en las “Listas de facultades” a favor de los Ordinarios y de los Representantes Pontificios;

c) las nuevas facultades concedidas a los Obispos por el actual Motu proprio, mencionadas más adelante en el n. III.

III. A las mismas personas indicadas en el citado Motu proprio Pastorale munus y en las mismas condiciones concedemos, también a partir del 1 de julio, las siguientes facultades

(a) Permitir a los sacerdotes, que celebran en la diócesis santas Misas dobles y triples, aplicarlas bien con limosnas que se dispensarán para las necesidades determinadas por el obispo diocesano, bien para aquellas intenciones de santas Misas, para las que de otro modo se exigiría la condonación o incluso la reducción. La facultad no se extiende a los bautismos en concelebración, a los que se refiere la Declaración de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, del 7 de agosto de 1972, en el n. 3, b (AAS 64 [1972], pp. 561-563);

b) reducir, en proporción a la disminución de los ingresos, la obligación de los cabildos catedralicios y colegiales de aplicar diariamente la Santa Misa Conventual a los bienhechores, salvo al menos una Misa Conventual al mes;

c) trasladar, por causa proporcionada, la carga de las Santas Misas a días, iglesias o altares distintos de los establecidos en las fundaciones.

Estas disposiciones entrarán en vigor el próximo 1 de julio.

Lo sancionado por Nos en esta Carta promulgada en forma de Motu Proprio, queremos que sea estable y eficaz, sin perjuicio de cualquier otra disposición en contrario, aunque merezca especial mención.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 13 de junio de 1974, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, en el undécimo año de Nuestro Pontificado.

PABLO PP. VI 
 

viernes, 27 de julio de 2001

DISCURSO DEL PAPA PIO XII A LOS PARTICIPANTES EN EL I CONGRESO INTERNACIONAL DE ALTA MODA (8 DE NOVIEMBRE DE 1957)


Discurso del Papa Pío XII en el Congreso de la Unión Latina de la Alta Costura Di gran cuore.


Os acogemos de corazón, amados hijos e hijas, promotores y asociados de la “Unión Latina de Alta Moda”, que habéis querido acudir a Nuestra presencia para dar testimonio de vuestra devoción filial y, al mismo tiempo, implorar los favores celestiales sobre vuestra Unión, poniéndola, desde su nacimiento, bajo los auspicios de Aquel, a cuya gloria debe dirigirse toda actividad humana, incluso las que parecen profanas, según el precepto del Apóstol de los gentiles: “Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis otras cosas, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Cor. 10, 31).

Os proponéis tratar un problema, tan delicado como complejo, de miras e intenciones cristianas, cuyas ineludibles repercusiones morales han sido en todos los tiempos objeto de atención e inquietud por parte de aquellos cuyo oficio es, en la familia, en la sociedad y en la Iglesia, esforzarse por preservar a las almas de las asechanzas de la corrupción y a toda la comunidad de la decadencia de las costumbres: el problema, es decir, de la moda, especialmente femenina.

Es justo que vuestras generosas intenciones se vean correspondidas por nuestra gratitud y la de la Iglesia, y por el ferviente deseo de que vuestra Unión, nacida e inspirada por una sana conciencia religiosa y civil, obtenga, mediante la autodisciplina ilustrada de los propios creadores de moda, el doble objetivo declarado en vuestros estatutos: moralizar este importante sector de la vida pública y contribuir a elevar la moda a la categoría de instrumento y expresión de una civilización bien intencionada.

Deseosos de alentar tan loable empresa, nos permitimos gustosamente el deseo que se nos ha manifestado de expresaros algunas reflexiones, en particular sobre el correcto planteamiento del problema y sus aspectos morales, indicando también algunas sugerencias prácticas para asegurar a la Unión una autoridad bien aceptada en un campo a menudo tan controvertido.

I - ALGUNOS ASPECTOS GENERALES DE LA MODA

Siguiendo el consejo de la sabiduría antigua, que señala la finalidad de las cosas como el criterio supremo de toda valoración teórica y la certeza de las normas morales, será útil recordar qué propósitos se ha fijado siempre el hombre al recurrir al vestido. Sin duda obedece a las tres necesidades bien conocidas de higiene, modestia y decoro. Estas tres necesidades están tan profundamente arraigadas en la naturaleza que no pueden desatenderse, ni contradecirse, sin provocar repulsión y prejuicios. Conservan su carácter de necesidad hoy como en el pasado; se encuentran en casi todos los linajes; se hallan en todas las formas de la vasta gama en que se ha concretado histórica y etnológicamente la necesidad natural del vestido. Es importante señalar la estrecha y sólida interdependencia entre las tres necesidades, a pesar de que brotan de fuentes diferentes: una del lado físico, la otra del espiritual, la tercera del complejo psicológico-artístico.

La exigencia higiénica del vestido concierne sobre todo al clima, a sus variaciones y a otros agentes externos como posibles causas de incomodidad o dolencia. De la mencionada interdependencia se deduce que la razón, o mejor dicho, el pretexto higiénico no es válido para justificar la licencia deplorable, sobre todo en público y fuera de casos excepcionales de necesidad probada, incluso en los que, por otra parte, cualquier alma bien nacida no podrá escapar a la angustia de una perturbación espontánea, expresada exteriormente por el enrojecimiento natural. Del mismo modo, una manera de vestir perjudicial para la salud, de la cual se citan no pocos ejemplos en la historia de la moda, no puede legitimarse con el pretexto de la estética; del mismo modo que las normas comunes del pudor deben ceder ante la necesidad de los cuidados médicos, que, aunque parezcan violarlas, las respetan con la debida cautela moral.

Igualmente evidente, como origen y finalidad del vestido, es la exigencia natural del pudor, entendido tanto en su sentido más amplio, que incluye también la debida consideración a la sensibilidad ajena ante los objetos repugnantes a la vista; como, sobre todo, como protección de la honestidad moral y escudo contra la sensualidad desordenada. La singular opinión que atribuye el sentido del pudor a la relatividad de tal o cual educación; que, por el contrario, lo considera casi una deformación conceptual de la realidad inocente, un falso producto de la civilización, e incluso un estímulo a la deshonestidad y una fuente de hipocresía, no se apoya en ninguna razón seria; por el contrario, encuentra una condena explícita en la repugnancia sobrevenida de quienes a veces se atrevieron a adoptarlo como sistema de vida, confirmando así la rectitud del sentido común, manifiesta en las costumbres universales. El pudor, dada su significación estrictamente moral, cualquiera que sea su origen, se basa en la tendencia innata y más o menos consciente de cada individuo a defender el propio bien físico de la codicia indiscriminada de los demás, para reservarlo, con una prudente elección de las circunstancias, a los sabios fines del Creador, que Él mismo puso bajo el manto de la castidad y del pudor. Esta segunda virtud, el pudor, cuyo sinónimo “modestia” (de modus, medida, limitación) tal vez exprese mejor la función de gobernar y dominar las pasiones, particularmente las sensuales, es el baluarte natural de la castidad, su protección válida, pues modera los actos próximos al objeto propio de la castidad. Como una escolta avanzada, el pudor hace sentir al hombre su advertencia desde que adquiere el uso de razón, incluso antes de que aprenda la noción de castidad y su objeto, y le acompaña a lo largo de toda su vida, exigiendo que ciertos actos, honestos en sí mismos, porque divinamente dispuestos, sean protegidos por el discreto velo de la sombra y la reserva del silencio, como para conciliarlos con el respeto debido a la dignidad de su gran finalidad.

Es, pues, justo que el pudor, como depositario de tan preciosos bienes, reclame para sí una autoridad que prevalezca sobre cualquier otra tendencia o capricho, y presida la determinación de los estilos de vestir.

Y he aquí la tercera finalidad del vestido, de la que deriva más directamente la moda, y que responde a la necesidad innata, más vivamente sentida por la mujer, de resaltar la belleza y la dignidad de la persona, con los mismos medios que satisfacen las otras dos. Para no restringir el alcance de esta tercera necesidad únicamente a la belleza física, y mucho más para desvincular el fenómeno de la moda del afán de seducción como su primera y única causa, es preferible el término decoro al de embellecimiento. La inclinación a adornar la propia persona procede manifiestamente de la naturaleza y, por lo tanto, es legítima.

Independientemente del uso del vestido para disimular imperfecciones físicas, la juventud exige de él ese brillo de esplendor, que canta el tema feliz de la primavera de la vida y facilita, en armonía con los dictados del pudor, las premisas psicológicas necesarias para la formación de nuevas familias; mientras que la edad madura pretende obtener del vestido apropiado un aura de dignidad, seriedad y serena alegría. En todos los casos en que se trate de acentuar la belleza moral de la persona, el estilo del vestido será tal que casi eclipse el físico en la austera sombra del ocultamiento, para desviarla de la atención de los sentidos y concentrarla, en cambio, en el espíritu.

El vestido, considerado desde este lado más amplio, tiene su propio lenguaje multiforme y eficaz, a veces espontáneo, y por lo tanto, fiel intérprete de sentimientos y costumbres, a veces convencional y artificial, y en consecuencia escasamente sincero. En todos los sentidos, el vestido sirve para expresar la alegría o el luto, la autoridad o el poder, el orgullo o la sencillez, la riqueza o la pobreza, lo sagrado o lo profano. La concreción de las formas de expresión depende de las tradiciones y la cultura de tal o cual pueblo, mientras que su mutabilidad es tanto más lenta cuanto más estables son las instituciones, los caracteres y los sentimientos que esas modas interpretan.

El énfasis en la belleza física viene dado expresamente por la moda, una antigua forma de arte de origen incierto, compleja por los factores psicológicos y sociales que se mezclan en ella, y que en la actualidad ha alcanzado una importancia incuestionable en la vida pública, tanto como expresión estética del traje como deseo público y convergencia de importantes intereses económicos. Una observación en profundidad del fenómeno demuestra que la moda no es sólo una forma extraña, sino un punto de encuentro de diversos factores psicológicos y morales, como el gusto por la belleza, la sed de novedad, la afirmación de la personalidad, la intolerancia a la monotonía, así como el lujo, la ambición y la vanidad. La moda es, en efecto, elegancia, pero condicionada por una mutación continua, de tal modo que su propia inestabilidad le confiere su impronta más evidente. La razón de su perpetua mutación, más lenta en sus líneas fundamentales, pero muy rápida en sus variaciones secundarias, que ya se han convertido en estacionales, parece encontrarse en la ansiedad por superar el pasado, facilitada por la naturaleza frenética de la época contemporánea, que tiene el tremendo poder de quemar rápidamente todo lo destinado a la satisfacción de la imaginación y los sentidos. Es comprensible que las nuevas generaciones, que luchan por su propio futuro, soñado como diferente y mejor que el de sus padres, sientan la necesidad de desprenderse de aquellas formas no sólo de vestir, sino de objetos y mobiliario, que más descaradamente recuerdan un modo de vida que quieren superar. Pero la extrema inestabilidad de la moda actual está sobre todo determinada por la voluntad de sus creadores y guías, que tienen de su parte algunos medios desconocidos en el pasado, como la enorme y variada producción textil, la fertilidad inventiva de los “modelistas”, la facilidad de los medios de información y “lanzamiento” en la prensa, el cine, la televisión y en las exposiciones y “desfiles de moda”. La rapidez de los cambios también se ve favorecida por una especie de competencia muda, ciertamente no nueva, entre las “élites”, deseosas de afirmar su personalidad con formas originales de vestir, y el público, que se las apropia inmediatamente, con imitaciones más o menos felices. Tampoco hay que pasar por alto el otro motivo sutil y decadente: el estudio de los “modelistas” que, para garantizar el éxito de sus “creaciones”, se centran en el factor de la seducción, conscientes del efecto que pueden producir la sorpresa y el capricho continuamente renovados.

Otra característica de la moda actual es que, sin dejar de ser ante todo un hecho estético, ha adquirido también las propiedades de un elemento económico de grandes proporciones. Los pocos modistos de alta costura de antaño, que dictaban sin discusión las leyes de la elegancia al mundo culto europeo desde tal o cual metrópoli, han sido sustituidos por numerosas organizaciones, poderosas en cuanto a medios financieros, que, al tiempo que satisfacen la necesidad de ropa, modelan el gusto de la población, estimulan sus deseos para construir mercados cada vez más amplios. Las causas de esta transformación hay que buscarlas, por una parte, en la llamada “democratización” de la moda, por la que un número cada vez mayor de individuos se ven sometidos al encanto de la elegancia, y, por otra, en el progreso técnico, que permite la producción en serie de modelos que, de otro modo, serían caros, pero que ahora se pueden adquirir fácilmente en el llamado mercado del “prêt-à-porter”. Así ha surgido el mundo de la moda, que engloba a artistas y artesanos, industriales y comerciantes, editores y críticos, así como a toda una clase de humildes trabajadores y trabajadoras, que viven de la moda.

Aunque el factor económico es el motor de esta actividad, el alma de la misma es siempre el “patronista”, es decir, aquel que con una ingeniosa elección de tejidos, colores, corte, línea y adornos accesorios, da vida a un nuevo modelo expresivo que sea del agrado del gran público. No hay que decir lo difícil que es este arte, fruto del genio y la habilidad, y mucho más, de la sensibilidad al gusto del momento. Un modelo, cuyo éxito es seguro, adquiere la importancia de un invento; se rodea de secretismo, a la espera del “lanzamiento”; luego, puesto a la venta, alcanza precios elevados, mientras los medios de comunicación le dan amplia difusión, hablando de él como si fuera un acontecimiento de interés nacional. La influencia de los “patronistas” es tan decisiva que la propia industria textil se guía por ellos a la hora de determinar su producción, tanto en términos de calidad como de cantidad. Igualmente grande es su influencia social en el papel que desempeñan en la interpretación de las costumbres públicas; pues si la moda ha sido siempre la expresión externa de las costumbres de un pueblo, hoy lo es aún más que cuando era el resultado de la reflexión y el estudio.

Pero la formación del gusto y de las preferencias del pueblo y la orientación de la propia sociedad hacia costumbres serias o decadentes no dependen sólo de los modelistas, sino de todo el complejo organizado de la moda, especialmente de los fabricantes y de los críticos, en ese sector más refinado que tiene por clientes a las clases sociales más altas, asumiendo el nombre de “Alta Costura”, casi como para designar la fuente de las corrientes que el pueblo seguirá luego, casi a ciegas y como por imposición mágica.

Ahora bien, ante tantos valores elevados, puestos en tela de juicio por la moda y a veces en peligro, como hemos enumerado aquí en rápida sucesión, parece providencial la labor de personas formadas técnica y cristianamente que se proponen contribuir a liberar la moda de tendencias poco recomendables; de personas que ven en ella ante todo el arte de la confección, cuya finalidad es, aunque sea parcialmente, resaltar moderadamente la belleza del cuerpo humano, obra maestra de la creación divina, pero de tal manera que no se oscurezca sino que, por el contrario, se exalte -como dice el Príncipe de los Apóstoles- “el ornamento incorruptible de un espíritu tranquilo y modesto, que es tan precioso a los ojos de Dios” (1 Pe. 3, 4).

II - PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA MORAL DE LA MODA Y SUS SOLUCIONES

Salvo que conciliar en equilibrada armonía el adorno exterior de la persona con el adorno interior de “un espíritu tranquilo y modesto” constituye el problema de la moda. Pero ¿existe realmente -se preguntan algunos- un problema moral en torno a un hecho tan exterior, contingente y relativo como la moda? Y, concedido, ¿en qué términos debe plantearse el problema y con qué principios debe resolverse?

No es necesario deplorar aquí extensamente la insistencia de no pocos contemporáneos en el empeño de sustraer las actividades externas del hombre al ámbito moral, como si pertenecieran a otro universo y el hombre mismo no fuera su sujeto, su término y, por lo tanto, su responsabilidad ante el Supremo Ordenador de todas las cosas. Es cierto que la moda, como el arte, la ciencia, la política y otras actividades similares llamadas profanas, tienen sus propias reglas para alcanzar los fines inmediatos a los que están destinadas; sin embargo, su sujeto es invariablemente el hombre, que no puede prescindir de orientar esas actividades hacia el fin último y supremo, al que él mismo está esencial y totalmente ordenado. Existe, pues, el problema moral de la moda, no sólo como actividad genéricamente humana, sino más específicamente, en cuanto que se desarrolla en un campo común, o al menos muy próximo, a valores morales evidentes, y, más aún, en cuanto que los fines, en sí honestos, de la moda, están más expuestos a ser confundidos por las inclinaciones piadosas de la naturaleza humana caída por la culpa original, y transformados en ocasiones de pecado y escándalo. Esta propensión de la naturaleza corrompida al mal uso de la moda llevó a la tradición eclesiástica a tratarla no pocas veces con recelo y severos juicios, expresados por insignes oradores sagrados con viva firmeza, y por celosos misioneros, incluso con la “quema de vanidades”, que, de acuerdo con la costumbre y austeridad de los tiempos, se estimaban de eficaz elocuencia entre el pueblo. De tales manifestaciones de severidad, que en el fondo mostraban la maternal preocupación de la Iglesia por el bien de las almas y los valores morales de la civilización, no puede deducirse, sin embargo, que el cristianismo exija una abjuración casi absoluta del culto o cuidado de la persona física y de su decoro externo. Quien concluyera en este sentido demostraría que ha olvidado lo que escribió el Apóstol de las gentes: “Que las mujeres se atavíen con ropas decorosas, con veracidad y modestia” (1 Tim. 2, 9).

La Iglesia, por lo tanto, ni culpa ni condena la moda, cuando está destinada al decoro y adorno propio del cuerpo; sin embargo, nunca deja de advertir a los fieles contra su fácil decadencia.

Esta actitud positiva de la Iglesia deriva de motivos mucho más elevados que los meramente estéticos o hedonistas asumidos por un paganismo resucitado. Ella sabe y enseña que el cuerpo humano, obra maestra de Dios en el mundo visible al servicio del alma, fue elevado por el divino Redentor a templo e instrumento del Espíritu Santo, y debe ser respetado como tal. Por lo tanto, su belleza no debe ser exaltada como un fin en sí misma, y mucho menos de manera que rebaje esa dignidad adquirida.

En el terreno concreto, es innegable que junto a una moda honesta hay otra indecorosa, que es causa de perturbación en los espíritus ordenados, cuando no también incentivo para el mal. Siempre es difícil señalar con normas universales las fronteras entre lo honesto y lo indecoroso, ya que la valoración moral de un peinado depende de muchos factores; sin embargo, la llamada relatividad de la moda respecto a épocas, lugares, personas y educación no es razón válida para renunciar “a priori” a un juicio moral sobre tal o cual moda que en el momento traspase los límites del pudor normal. Éste, casi sin ser cuestionado, percibe de inmediato dónde acechan la proclividad y la seducción, la idolatría de la materia y el lujo, o la simple frivolidad; y si los artesanos de la moda indecorosa son hábiles para introducir de contrabando la perversión, mezclándola en un conjunto de elementos estéticos honestos en sí mismos, es por desgracia más justo que la sensualidad humana la descubra y se apreste a sentir su encanto. La mayor sensibilidad para percibir la insidia del mal, aquí como en otras partes, lejos de constituir un título de culpa para los que están dotados de ella, como si sólo fuera efecto de la depravación interior, es, por el contrario, la marca de un espíritu libre y de la vigilancia sobre las pasiones. Pero por vasta e inestable que sea la relatividad moral de la moda, siempre hay un absoluto que salvar, habiendo atendido a la advertencia de la conciencia, al advertir el peligro: la moda nunca debe proporcionar una ocasión próxima para el pecado.

Entre los elementos objetivos que contribuyen a la formación de una moda indecorosa figura en primer lugar la mala intención de sus creadores. Cuando pretenden suscitar fantasmas y sensaciones indecorosas con sus modelos, no les falta, aun sin llegar a los extremos, una técnica de malicia disimulada. Saben, entre otras cosas, que la audacia en tales materias no puede ir más allá de ciertos límites, pero saben también que el efecto buscado se encuentra a poca distancia de éstos, y que una hábil mezcla de elementos artísticos y serios con otros de peor calidad tienen más probabilidades de sorprender a la imaginación y a los sentidos, haciendo al mismo tiempo que el modelo sea aceptable para las personas que desean el mismo efecto, sin por ello comprometer, al menos en su opinión, el buen nombre de las personas honradas. Toda reorganización de la moda debe partir, pues, de la intención tanto del modelo como de su portador: en uno y en otro, debe despertarse de nuevo la conciencia de la responsabilidad por las consecuencias nefastas que pueden derivarse de un atuendo demasiado atrevido, sobre todo cuando se lleva en la vía pública.

De manera más general, la inmoralidad de ciertas modas depende, en gran medida, de los excesos, tanto de inmodestia como de lujo. En cuanto a los primeros, que prácticamente ponen en tela de juicio el corte, deben evaluarse no según la estimación de una sociedad decadente o ya corrompida, sino según las aspiraciones de una sociedad que aprecia la dignidad y la seriedad de las costumbres públicas. Suele decirse, y casi con inerte resignación, que la moda expresa las costumbres de un pueblo; pero sería más exacto y más útil decir que expresa la voluntad y la dirección moral que una nación se propone tomar, es decir, si naufragar en el salvajismo, o mantenerse en el nivel al que la religión y la civilización la han elevado.

No menos nefastos, aunque en un campo diferente, son los excesos de la moda, cuando se le asigna el oficio de satisfacer la sed de lujo. El escaso mérito del lujo, como fuente de trabajo, queda casi siempre anulado por los graves trastornos que ocasiona en la vida privada y pública. Aparte del despilfarro de riquezas que el lujo excesivo exige de sus adoradores, la mayoría de los cuales están destinados a ser devorados por él, suena siempre como un insulto a la honradez de quienes viven de su trabajo, al tiempo que revela un cinismo de espíritu hacia la pobreza, ya sea denunciando la ganancia demasiado fácil, ya sea sembrando la sospecha sobre la conducta de vida de quienes se rodean de ella. Allí donde la conciencia moral no modera el uso de las riquezas, por honradamente que se hayan ganado, o se levantan temibles barreras de clase, o la sociedad en su conjunto irá a la deriva, enervada por la carrera hacia la utopía de la felicidad material.

Mencionar los daños que el desenfreno de la moda puede causar a las personas y a la sociedad, no significa que queramos frenar su fuerza expansiva, ni frenar el instinto creativo de sus creadores, ni reducirla al inmovilismo de la moda, a la monotonía o a la severidad sombría, sino más bien mostrarle el camino correcto, para que pueda alcanzar el objetivo de ser fiel intérprete de la tradición civil y cristiana. Para conseguirlo, hay algunos principios, casi piedras angulares en la solución del problema moral de la moda, de los que es fácil deducir normas más concretas.

El primero es no dar demasiada poca importancia a la influencia de la propia moda, tanto para bien como para mal. El lenguaje del vestir, como ya hemos dicho, es tanto más eficaz cuanto más frecuentemente es utilizado y comprendido por todos. La sociedad, por así decirlo, habla por el vestido que lleva; por el vestido revela sus aspiraciones secretas, y lo utiliza, al menos en parte, para construir o destruir su propio futuro. Pero el cristiano, sea autor o cliente, se guardará de los peligros y de la ruina espiritual que siembran las modas inmodestas, especialmente las públicas, por la coherencia que debe existir entre la doctrina profesada y la conducta externa. Recordará la alta pureza que el Redentor exige de sus discípulos, incluso en sus miradas y pensamientos; y recordará también la severidad mostrada por Dios con los sembradores de escándalo. A este respecto, cabe recordar la poderosa página del profeta Isaías, en la que predice la desgracia destinada a la ciudad santa de Sión a causa de la impudicia de sus hijas (cf. Is 3, 16-24); y aquella otra en la que el supremo poeta italiano expresaba, con palabras ardientes, su indignación por la maldad que se extendía en su ciudad (cf. Purg 23, 94-108).

El segundo principio es que hay que dominar la moda, en lugar de abandonarla al capricho y servirla supinamente. Esto vale para los creadores de la moda -modelistas y críticos-, a quienes la conciencia exige que no se sometan ciegamente al gusto depravado que pueda manifestar la sociedad, o más bien una parte de ella, no siempre la más notable por su sabiduría. Pero también tiene valor para los individuos, a quienes la dignidad exige que se liberen, con una conciencia libre e ilustrada, de la imposición de ciertos gustos, especialmente cuestionables en un contexto moral. Dominar la moda significa también reaccionar con firmeza ante las corrientes adversas a las mejores tradiciones. El dominio de la moda no invalida, sino que valida el dicho de que “la moda no nace fuera y contra la sociedad”, siempre que a la sociedad se le conceda, como debe ser, conciencia y autonomía para dirigirse a sí misma.

El tercer principio, aún más concreto, es el respeto de la “medida”, es decir, la moderación en todo el ámbito de la moda. Así como el exceso es la causa principal de su deformación, la moderación conservará su valor. Deberá actuar en primer lugar sobre las almas, regulando a toda costa el ansia de lujo, la ambición, el capricho. Es por el sentido de la moderación por lo que los creadores de moda, especialmente los “modelistas”, se dejarán guiar a la hora de diseñar la línea o el corte, y de elegir los adornos de un vestido, convencidos de que la sobriedad es la mejor dote del arte. Lejos de querer reconducirles a formas superadas por el tiempo -que, por otra parte, no pocas veces se repiten como novedades en la moda-, sino sólo para confirmar el valor perenne de la sobriedad, quisiéramos invitar a los artistas de hoy a detenerse, en las obras maestras del arte clásico, en ciertas figuras femeninas de indiscutible valor estético, donde el vestido, marcado por la modestia cristiana, es un digno ornamento de la persona, con cuya belleza se funde como en un solo triunfo de admirable dignidad.

III - SUGERENCIAS PARTICULARES A LOS PROMOTORES Y ASOCIADOS DE LA “UNIÓN”

Y ahora algunas sugerencias particulares a vosotros, amados hijos e hijas, como promotores y asociados de la “Unione Latina Alta Moda”. Nos parece que la misma palabra “latina”, con la que habéis designado vuestra Asociación, expresa no sólo un ámbito geográfico, sino sobre todo la orientación ideal de vuestra acción. En efecto, este término “latino”, tan rico en altos significados, parece expresar, entre otras cosas, la viva sensibilidad y el respeto por los valores de la civilización, y al mismo tiempo el sentido de la “medida”, del equilibrio y de la concreción, cualidades todas ellas necesarias para los miembros de vuestra Unión. Hemos observado con satisfacción que estas características han inspirado los objetivos estatutarios, que vosotros habéis tenido la amabilidad de poner en nuestro conocimiento, derivados de una visión lograda del complejo problema de la moda, pero sobre todo de vuestra firme convicción de su responsabilidad moral. Vuestro programa es, pues, tan amplio como el propio problema, contemplando todos los sectores que determinan la moda: la clase femenina directamente, con el fin de orientarla en la formación del gusto y en la elección del vestido; las casas “creadoras de moda” y la industria textil, para que, de común acuerdo, adapten su producción a los sanos principios profesados por la Unión; y puesto que vuestra Unión está constituida por organismos, no simples espectadores, sino más bien operadores y, casi diríamos, protagonistas en el teatro de la moda, vuestro programa trata también oportunamente del aspecto económico, actualmente más arduo por las transformaciones esperadas de la producción y la unificación de los mercados europeos.

Una de las condiciones indispensables para alcanzar los objetivos de su Unión es la formación de un gusto sano en el público. Se trata, en efecto, de una empresa ardua, a veces frustrada por designios premeditados, que exige de vosotros mucha inteligencia, mucho tacto y mucha paciencia. A pesar de todo, afrontadla con espíritu intrépido, seguros de las buenas alianzas que encontraréis, en primer lugar, en las excelentes familias cristianas, de las que todavía hay muchas en vuestra patria. Es evidente que vuestra solicitud a este respecto, debe dirigirse sobre todo a ganar para vuestra causa a aquellos que, a través de la prensa y otros medios de información, dirigen la opinión pública. En la moda, más que en cualquier otra actividad, el pueblo quiere ser guiado. No es que carezcan de espíritu crítico en materia de estética y de honestidad, pero, a veces demasiado dóciles, a veces perezosos en el empleo de esta facultad, aceptan al principio lo que se les ofrece, para darse cuenta más tarde de la mediocridad o de la impropiedad de ciertos modelos. Es necesario, pues, que su acción sea oportuna. Por otra parte, entre los que más eficazmente orientan el gusto del público en la actualidad se encuentran los que gozan de celebridad, en particular en el mundo del teatro y del cine. Tan grave es su responsabilidad como fructífera vuestra acción, si lográis ganar al menos a algunos de ellos para la buena causa.

Un rasgo distintivo de vuestra Unión parece ser el estudio reflexivo de los problemas estéticos y morales de la moda en reuniones periódicas, como el presente Congreso, con una tendencia cada vez más internacional, convencidos, como estáis, de que la moda del futuro tendrá un carácter unitario en cada uno de los continentes. Por ello, esforzaos por aportar a estos congresos la contribución cristiana de vuestra inteligencia y experiencia, con una sabiduría tan persuasiva que nadie deba sospechar en vosotros ni prejuicios partidistas ni debilidad para transigir. La firme coherencia de vuestros principios será puesta a prueba por el llamado espíritu moderno, impaciente de moderación, y por la misma indiferencia de muchos hacia el lado moral de la moda. Los sofismas más insidiosos, que suelen repetirse para justificar la desvergüenza, parecen ser los mismos en todas partes. Uno de ellos apela al antiguo dicho “ab assuetis non fit passio” (de las cosas a las que estamos acostumbrados no nace la pasión), para dar por superada la sana rebelión de los honrados contra las modas excesivamente atrevidas. ¿Es necesario demostrar lo fuera de lugar que está el antiguo dicho en este asunto? Ya hemos aludido, al hablar de los límites absolutos que hay que salvar en el relativismo de la moda, a lo infundado también de otra opinión falaz, según la cual el pudor ya no conviene a los tiempos contemporáneos, liberados ahora de escrúpulos inútiles y dañinos. Ciertamente, existen diversos grados de moralidad pública según las épocas, los temperamentos y las condiciones de civilización de cada pueblo; pero este estado de cosas no invalida la obligación de tender al ideal de perfección, ni es razón suficiente para renunciar a las cimas morales alcanzadas, que se manifiestan precisamente en la mayor sensibilidad que las conciencias tienen ante el mal y sus emboscadas.

Que vuestra Unión se comprometa, pues, con presteza en esta lucha, que tiene por objeto asegurar a la moral pública de vuestro país un grado de moralidad cada vez más elevado, digno de sus tradiciones cristianas. No por casualidad llamamos “lucha” a vuestra obra de moralización de la moda, como es lucha toda empresa que se proponga devolver al espíritu el predominio sobre la materia. Consideradas cada una en particular, son episodios individuales y significativos del combate encarnizado y perenne que deben sostener aquí abajo todos los que son llamados a la libertad por el Espíritu de Dios; combate del que el Apóstol de las gentes describe con inspirada exactitud el frente y las milicias contrarias. “La carne tiene deseos contrarios al espíritu, y el espíritu tiene deseos contrarios a la carne; son contrarios entre sí, para que no hagáis todo lo que queréis” (Gal . 5, 17). Al enumerar, pues, las obras de la carne, como sombrío inventario de la herencia de la culpa original, enumera también entre ellas la impureza, a la que opone, como fruto del Espíritu, la modestia. Empeñaos con generosidad y confianza, sin dejaros sorprender jamás por la timidez, que hizo decir al gran Judas Macabeo a la milicia, escasa en número pero heroica: “¿Cómo podremos nosotros, tan pocos, luchar contra una multitud tan grande?” (1 Mac 3, 17). Nos anima la misma respuesta del mismo gran luchador por Dios y por la patria: “Ganar una batalla no reside en el número de soldados, sino que del Cielo viene la fuerza” (ib. 19).

Con esta seguridad celestial en el corazón, nos despedimos de vosotros, amados hijos e hijas, y elevamos Nuestras súplicas al Todopoderoso, para que se digne prodigar Su ayuda a vuestra Unión, y Sus gracias a cada uno de vosotros, a vuestras familias y, en particular, a los humildes trabajadores y trabajadoras de la moda. Como prenda de los favores deseados, os impartimos de todo corazón Nuestra paternal Bendición Apostólica.


*Discursos y Radiomensajes de Su Santidad Pío XII, XIX,
 XIX Año de Pontificado, 2 de marzo de 1957-1 de marzo de 1958, pp. 569-582
 

jueves, 26 de julio de 2001

CRUZADA CONTRA LAS MODAS INMODESTAS (23 DE AGOSTO DE 1928)


La Cruzada contra las Modas Inmodestas, especialmente en las Escuelas Dirigidas por Religiosos, ordenada por el Papa Pío XI el 23 de agosto de 1928, fue prácticamente ignorada incluso por la prensa católica. La carta con la orden se envió a todos los Ordinarios de Italia a través de la Sagrada Congregación de Religiosos y se dio a conocer al mundo mediante Acta Apostolicae Sedis en 1930 (Vol. 22, págs. 26-28). Sin embargo, hasta el día de hoy, muy pocos católicos han oído hablar de este documento; y casi nadie parece conocer su contenido, tan solemne. 

Carta de la Sagrada Congregación para los Religiosos (1928)

A los Ordinarios de Italia: sobre la cruzada contra las modas inmodestas, especialmente en las escuelas dirigidas por Religiosas.

Circular

Ilustrísimo y Reverendísimo Señor, bien conocidas son las graves palabras de condena que el Santo Padre pronunció, en varias ocasiones, con autoridad apostólica, contra la inmodesta moda de vestir de las mujeres que hoy prevalece en detrimento de la buena crianza.

Baste recordar las gravísimas palabras, cargadas de dolor y admonición, con las que en el discurso del 15 de agosto actual, en el aula consistorial, promulgando el decreto sobre las virtudes heroicas del Venerable Paoloa Frassinetti, Su Santidad denunció una vez más el peligro, que por su seductora fascinación, amenaza a tantas almas incautas, que profesan pertenecer al rebaño de Jesucristo y a su Santa Iglesia.

Es doloroso señalar a este respecto que la deplorable costumbre tiende a insinuarse entre las jóvenes que frecuentan, como alumnas externas, algunas de las escuelas dirigidas por religiosas y las clases dominicales que se imparten en las instituciones religiosas femeninas.

Para hacer frente a un peligro que, al extenderse, se hace cada vez más grave, esta Sagrada Congregación, por orden del Santo Padre, hace un llamamiento a los Ordinarios de Italia para que comuniquen a los superiores de las casas de religiosas de sus respectivas diócesis las siguientes prescripciones de esta Sagrada Congregación, confirmadas por Su Santidad en audiencia en el día de hoy:
a) En todas las escuelas, academias, centros de recreo, escuelas dominicales y laboratorios dirigidos por religiosas, no serán admitidas en adelante aquellas niñas que no observen en su atuendo las reglas del pudor y de la decencia cristiana.

b) Con este fin, las mismas superioras estarán obligadas a ejercer una estrecha vigilancia y a excluir perentoriamente de las escuelas y de los proyectos de sus instituciones a las alumnas que no se ajusten a estas prescripciones.

c) No deben dejarse influir en esto por ningún respeto humano, ni por consideraciones materiales, ni por razón del prestigio social de las familias de sus alumnos, aunque disminuya el alumnado.

d) Además, las Hermanas, en el cumplimiento de sus deberes educativos, deben esforzarse por inculcar dulce y fuertemente en sus alumnas el amor y el gusto por el santo pudor, signo y guardián de la pureza y delicado adorno de la mujer.
Vuestra Reverencia velará para que estos mandatos sean exactamente observados y para que haya perfecta conformidad de conducta entre todos los institutos de religiosas de la diócesis.

Llamará severamente la atención a quien falte a esto, y si se prolongase algún abuso, lo notificará a esta Sagrada Congregación.

Con el mayor afecto, le saluda

Devotamente suyo,

Cardenal G. Laurenti

Prefecto (de la Sagrada Congregación de Religiosos)

Roma, 23 de agosto de 1928
  

miércoles, 25 de julio de 2001

SOBRE LA MODESTIA CRISTIANA (12 DE ENERO DE 1930)


 CARTA  

SOBRE LA MODESTIA CRISTIANA

DE LA SAGRADA CONGREGACIÓN DEL CONCILIO

En virtud del supremo apostolado que ejerce sobre la Iglesia Universal por Divina Voluntad, nuestro Santísimo Padre el Papa Pío XI no ha cesado de inculcar, tanto verbalmente como por sus escritos, las palabras de San Pablo (I Tim. XI, 9-10), a saber: 'Las mujeres... adornándose con modestia y sobriedad... y profesando la piedad con buenas obras'.

Muy a menudo, cuando se presentaba la ocasión, el mismo Sumo Pontífice condenaba enfáticamente la inmodesta moda de vestir adoptada por las mujeres y muchachas católicas, moda que no sólo ofende la dignidad de la mujer y contra su adorno, sino que conduce a la ruina temporal de las mujeres y muchachas, y, lo que es aún peor, a su ruina eterna, arrastrando miserablemente a otros en su caída. No es de extrañar, por lo tanto, que todos los Obispos y demás Ordinarios, como es deber de los ministros de Cristo, se hayan opuesto unánimemente en sus propias diócesis a su depravado libertinaje y promiscuidad de costumbres, soportando a menudo con entereza las burlas y escarnios que por esta causa se han vertido contra ellos.

Por lo tanto, este Sagrado Concilio, que vela por la disciplina del clero y del pueblo, a la vez que elogia cordialmente la acción de los Venerables Obispos, les exhorta con la mayor insistencia a perseverar en su actitud y a incrementar sus actividades en la medida en que sus fuerzas se lo permitan, a fin de que esta malsana enfermedad sea definitivamente desarraigada de la sociedad humana.

Para facilitar el efecto deseado, esta Sagrada Congregación, por mandato del Santísimo Padre, ha decretado lo siguiente:

Exhortación a las Autoridades

1. El párroco, y especialmente el predicador, cuando se presente la ocasión, insistan, argumenten, exhorten y manden, según las palabras del Apóstol Pablo (2 Tim. IV, 2), que el traje femenino se base en la modestia y el ornamento femenino sea una defensa de la virtud. Que amonesten igualmente a los padres para que hagan cesar a sus hijas de usar vestidos indecorosos.

2. Los padres, conscientes de sus graves obligaciones para con la educación, especialmente religiosa y moral, de su prole, deben procurar que sus hijas sean sólidamente instruidas, desde la más tierna infancia, en la doctrina cristiana; y ellos mismos deben inculcar asiduamente en sus almas, con la palabra y el ejemplo, el amor a las virtudes de la modestia y la castidad; y puesto que su familia debe seguir el ejemplo de la Sagrada Familia, deben gobernar de tal manera que todos sus miembros, criados dentro de las paredes del hogar, encuentren razón e incentivo para amar y conservar la modestia.

3. Que los padres mantengan a sus hijas alejadas de los juegos y concursos gimnásticos públicos; pero si sus hijas se ven obligadas a asistir a tales exhibiciones, que procuren que vayan vestidas completa y modestamente. Que nunca permitan que sus hijas lleven atuendos inmodestos.

4. Las Superioras y las maestras de las escuelas de niñas deben hacer todo lo posible para inculcar el amor al pudor en el corazón de las doncellas confiadas a su cuidado y exhortarlas a vestir modestamente.

5. Dichas Superioras y maestras no deben recibir en sus colegios y escuelas a niñas inmodestamente vestidas, y ni siquiera deben hacer una excepción en el caso de las madres de las alumnas. Si, después de ser admitidas, las niñas persisten en vestir inmodestamente, dichas alumnas deben ser despedidas.

6. Las Monjas, en cumplimiento de la Carta del 23 de agosto de 1928 de la Sagrada Congregación de Religiosos, no deben recibir en sus colegios, escuelas, oratorios o recintos de recreo, o, si una vez admitidas toleran, a niñas que no estén vestidas con modestia cristiana; dichas Monjas, además, deben hacer todo lo posible para que el amor a la santa castidad y a la modestia cristiana arraigue profundamente en el corazón de sus alumnas.

7. Es deseable que se funden organizaciones piadosas de mujeres que, con su consejo, ejemplo y propaganda, combatan el uso de prendas impropias de la modestia cristiana y promuevan la pureza de costumbres y la modestia en el vestir.

8. En las asociaciones piadosas de mujeres no deben admitirse como socias a las que vistan con inmodestia; pero si, por ventura, son recibidas y, después de haber sido admitidas, vuelven a caer en su error, deben ser despedidas inmediatamente.

9. Las doncellas y mujeres vestidas inmodestamente deben ser excluidas de la Sagrada Comunión y de actuar como madrinas en los Sacramentos del Bautismo y la Confirmación; además, si la ofensa es extrema, se les puede incluso prohibir la entrada en la Iglesia.

Cardenal Donato Sbaretti,
(Prefecto de la Congregación del Concilio)
Roma, 12 de enero de 1930
 

martes, 24 de julio de 2001

SACRA PROPEDIEM (6 DE ENERO DE 1921)


SACRA PROPEDIEM

ENCÍCLICA DEL PAPA BENEDICTO XV

SOBRE LA TERCERA ORDEN DE SAN FRANCISCO FRANCISCO

A LOS PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS

OBISPOS Y OTROS ORDINARIOS

EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA.

Venerables Hermanos,
Salud y Bendición Apostólica.

Consideramos muy oportuno que se celebren solemnes fiestas con ocasión del VII Centenario de la Tercera Orden de la Penitencia. Muchos motivos Nos impulsan a exaltar la ocasión a los ojos del mundo católico, en virtud de Nuestra autoridad apostólica, pero ante todo está la esperanza de las incontestables ventajas que el pueblo cristiano sacará de ello.

1. En segundo lugar está el recuerdo personal que nos evocan. Nos gusta recordar que en 1882, cuando el centenario de su nacimiento difundió entre la masa de los fieles el ferviente culto a Francisco de Asís, quisimos situarnos entre los discípulos de aquel gran Patriarca, y recibimos regularmente el hábito de los Terciarios en la célebre iglesia de Ara Coeli, servida por los Hermanos Menores. Hoy, colocados por la Providencia en la cátedra del Príncipe de los Apóstoles, Nos sentimos particularmente felices de aprovechar esta ocasión para testimoniar Nuestra devoción a San Francisco, exhortando a los católicos del mundo entero a afiliarse con afán o a permanecer fielmente unidos a esta institución franciscana, que hoy responde maravillosamente a las necesidades de la sociedad.

3. Lo que importa ahora es reponer ante todos los ojos la verdadera fisonomía moral de San Francisco. El San Francisco de Asís que ciertos modernos nos presentan, y que brota de la imaginación de los modernistas, este hombre, guardado en su obediencia a la Sede Apostólica, espécimen de una religiosidad vaga y vana, no es ciertamente ni Francisco de Asís ni un santo.

4. Los sorprendentes e inmortales servicios prestados por Francisco a la causa cristiana, que han mostrado en él al defensor que Dios reservó a la Iglesia en tiempos tan turbulentos, encontraron, por así decirlo, su coronación en la Tercera Orden. ¿Hay algo que pruebe más claramente la grandeza y la violencia del ardiente deseo que consumía su alma de difundir por toda la tierra la gloria de Jesucristo?

5. Profundamente entristecido por las desgracias por las que atravesaba entonces la Iglesia, Francisco concibió el increíble designio de renovarlo todo conforme a los principios de la ley cristiana. Después de haber fundado una doble familia religiosa, una de Hermanos y otra de Hermanas, que se comprometían con votos solemnes a imitar la humildad de la Cruz, Francisco, ante la imposibilidad de abrir el claustro a todos aquellos a quienes atraía el deseo de formarse en su escuela, resolvió procurar, incluso a las almas que vivían en el torbellino del mundo, los medios de tender a la perfección cristiana. Fundó, pues, una Orden llamada propiamente Terciarios, diferenciándose de las otras dos Órdenes en que no llevaría el vínculo de los votos religiosos, pero se caracterizaría por la misma sencillez de vida y el mismo espíritu de penitencia. Así pues, el proyecto que ningún fundador de una Orden regular había imaginado hasta entonces, de hacer que la vida religiosa fuera practicada por todos, Francisco lo concibió por primera vez y la gracia de Dios le concedió realizarlo con el mayor éxito. No tenemos otra prueba de ello que este hermoso homenaje de Tomás de Celano: “Maravilloso obrero, cuyo ejemplo, dirección y enseñanzas tienen este admirable resultado, renovar en ambos sexos la Iglesia de Cristo y conducir al triunfo una triple falange de almas preocupadas por su salvación” (I Cel. xv. 40).

6. Nos limitaremos a este testimonio de un contemporáneo tan autorizado; por sí mismo basta ampliamente para mostrar hasta qué profundidad y en qué medida esta iniciativa de Francisco de Asís conmovió a las masas populares, qué notables y saludables reparaciones obró en ellas.

7. Fundador indiscutible de la Tercera Orden, como lo fue de las dos primeras, Francisco fue para ella, además, sin duda, el más sabio legislador. Sabemos que para esta obra contó con la preciosa ayuda del Cardenal Ugolino, que más tarde, bajo el nombre de Gregorio IX, había de hacer ilustre esta Sede Apostólica, y que, después de haber mantenido mientras vivió las más estrechas relaciones con el Patriarca de Asís, elevó más tarde sobre su tumba una magnífica y suntuosa basílica. En cuanto a la regla de los Terciarios, nadie ignora que fue regularmente aprobada por Nuestro predecesor, Nicolás IV.

8. Pero no nos demoraremos, Venerables Hermanos, demasiado en estas cuestiones; Nuestro objeto es aquí, ante todo, poner de manifiesto el carácter y, como quien dice, el espíritu particular de la tercera Orden, pues la Iglesia espera de ella ventajas especiales para el pueblo cristiano en esta época, tan hostil a la virtud y a la fe como lo fue la época de Francisco de Asís. Con su profundo sentido de las situaciones y de los tiempos Nuestro predecesor, León XIII, de feliz memoria, deseoso de adaptar mejor el reglamento de vida de los Terciarios al nivel social de cada uno de los fieles, aportó, por la Constitución “Misericors Dei Filius” (1883) a, sus estatutos o regla las más sabias motivaciones que debían ponerlos de acuerdo con el estado actual de la sociedad; la modificó en algunos puntos secundarios respondiendo pero imperfectamente a nuestras costumbres de hoy.

9. “Que nadie crea”, dijo, “que estos cambios quitan algo de los principios esenciales de esa Orden. Deseamos absolutamente que permanezcan en su integridad, y a salvo de cualquier ramificación”. La regla de la Tercera Orden no ha sufrido entonces más que retoques de detalle; se han respetado su alcance y su espíritu, que siguen siendo lo que su santo fundador quiso. Ahora bien, tenemos la convicción de que el espíritu de la Tercera Orden, totalmente impregnado de la sabiduría del Evangelio, sería un poderoso elemento para sanear las orales privadas y públicas, si se difundiera de nuevo como en los tiempos en que Francisco, con su palabra y su ejemplo, predicaba por todas partes el Reino de Dios.

10. Lo que Francisco quiso que resplandeciese, sobre todo, en sus Terciarios, y que debe ser como su nota característica, es la caridad fraterna, vigilantísima guardiana de la paz y de la concordia. Sabiendo que la caridad es el mandamiento especial traído por Jesucristo y la síntesis de toda la ley cristiana, San Francisco tuvo cuidado de hacer de ella la Regla espiritual de sus hijos; y llegó a este resultado, que la Tercera Orden prestó naturalmente el mayor servicio a toda la familia humana.

11. Además, Francisco no podía contener en lo más recóndito de su corazón el amor seráfico que lo consumía por Dios y por sus hermanos; se veía obligado a permitir que se desbordara sobre todas las almas a las que podía llegar. Así fue como se propuso reformar la vida individual y familiar de sus discípulos formándolos en la práctica de las virtudes cristianas con tal ardor que haría creer que todo era su programa. Pero no soñaba con limitarse a esto; la conversión individual no era sino un instrumento del que se servía para despertar en el seno de la sociedad el amor a la sabiduría cristiana y ganar a todos los hombres para Cristo.

12. La preocupación que había movido a Francisco de Asís a hacer de los miembros de la Tercera Orden mensajeros y apóstoles de la paz en medio de las amargas discordias y guerras civiles de su tiempo, era la nuestra en los días en que la conflagración de una horrible guerra se encendía en casi todo el mundo; no ha dejado de serlo en un momento en que, aquí y allá, el hogar humeante de esta conflagración mal apagada sigue lanzando llamas.

13. A este azote se había añadido la crisis interior por la que atraviesan las naciones, primero del olvido y prolongado desprecio de los principios cristianos. Queremos decir que esta lucha por el reparto de los bienes que enfrenta a las diferentes clases de la sociedad es tan implacable que amenaza ya con conducir a una catástrofe universal.

14. En este campo tan vasto, en el que, como representante del Rey pacificador, hemos prodigado Nuestros cuidados especialmente atentos, hacemos un llamamiento a la ayuda celosa de todos los que reclaman para sí la paz cristiana, pero especialmente a la colaboración de los Terciarios. Ellos ejercerán una maravillosa influencia en el restablecimiento de la concordia en el espíritu el día en que su número y sus esfuerzos se desarrollen. Es, pues, deseable que en cada ciudad, en cada pueblo, incluso en cada aldea, la Tercera Orden cuente en adelante con un grupo suficiente de miembros, no de adherentes inactivos satisfechos con el mero título de Terciarios, sino, por el contrario, de aquellos que se gastan con celo por su propia salvación y la de sus hermanos. ¿Por qué incluso las diversas asociaciones católicas que se multiplican por doquier, asociaciones de jóvenes, de obreros, de mujeres, no habrían de afiliarse a la Tercera Orden para seguir trabajando por la gloria de Jesucristo y el triunfo de la Iglesia con el mismo celo que Francisco tuvo por la paz y la caridad?

15. La paz por la que clama la humanidad no es la que puede decretar la laboriosa elaboración de tratados de la prudencia humana, sino la que Cristo trajo con su mensaje: “Mi paz os traigo; no la doy como la da el mundo” (Juan xiv: 27). Los acuerdos entre Estado y Estado, o entre clase y clase, que los hombres han sido capaces de ensombrecer, no serán duraderos, y no tendrán la fuerza de la verdadera paz, sino a condición de que se funden en la pacificación de los corazones; y esto mismo sólo es posible si el deber ha refrenado las pasiones de donde brotan todos los conflictos. “¿De dónde vienen -pregunta el Apóstol Santiago- las guerras y contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que combaten en vuestros miembros?” (Santiago iv, 1.) Ahora bien, regular sabiamente todos los movimientos inherentes a la naturaleza de modo que el hombre sea dueño, y no esclavo, de sus pasiones, sumiso él mismo y dócil a la voluntad divina, la jerarquía, que está en la base de la paz universal, que pertenece a Cristo y su acción, manifiesta una eficacia maravillosa en la familia de los Terciarios Franciscanos.

16. Esta Orden, teniendo por objeto, como hemos dicho formar a sus miembros en la perfección cristiana, aunque estén sumidos en las vergüenzas de la edad, tan cierto es que ningún estado de vida es incompatible con la santidad, sucede, por decirlo así, necesariamente, donde los Terciarios en número observan fielmente su regla, que son para todos a su alrededor una fuente de estímulo en el cumplimiento de sus deberes, y aun para tender a una perfección de vida superior a las exigencias de la ley común. El testimonio dado por el Divino Maestro a los que se le unieron estrechamente: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn xvii:16), puede aplicarse con justicia a los hijos de Francisco, quienes, si observan los consejos evangélicos de mente y corazón en la medida de lo posible en el mundo, pueden legítimamente poner a su favor las palabras del Apóstol: “En cuanto a nosotros, no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que viene de Dios” (1 Cor., 11, 12).

17. Procurarán, pues -ajenos por completo ellos mismos al espíritu del mundo- introducir el Espíritu de Jesucristo en la corriente de la vida social por todos los lados a los que tienen acceso.

18. Hay hoy dos pasiones dominantes en la profunda anarquía de las costumbres: el deseo ilimitado de riquezas y la sed insaciable de placeres. Esto es lo que marca con un estigma vergonzoso nuestra época; mientras va incesantemente de progreso en progreso en el orden de todo lo que toca al bienestar y a la conveniencia de la vida, parece que en el orden superior de la honestidad y de la rectitud moral un retroceso lamentable la lleva de nuevo a las ignominias del antiguo paganismo. En esa medida, en verdad, en que los hombres pierden de vista los bienes eternos que el Cielo les reservó, se dejan embaucar más por el engañoso espejismo de los bienes efímeros de aquí abajo, y una vez que sus almas se vuelven hacia la tierra, un fácil descenso les lleva insensiblemente a relajarse en la virtud, a experimentar repugnancia por las cosas espirituales y a no gustar nada fuera de las seducciones del placer. De ahí la situación general que constatamos: en algunos el deseo de adquirir riquezas o de aumentar su patrimonio no conoce límites; otros ya no saben, como antaño, soportar las pruebas que son el resultado habitual de la necesidad o de la pobreza; y en la misma hora en que las rivalidades que hemos señalado ponen por las orejas a los ricos y al proletariado un gran número parece querer excitar aún más el odio de los pobres por un lujo desenfrenado que acompaña a la corrupción más repugnante.

19. Desde este punto de vista no se puede deplorar bastante la ceguera de tantas mujeres de toda edad y condición; embrutecidas por el deseo de agradar, no ven hasta qué punto la indecencia de sus vestidos escandaliza a todo hombre honrado y ofende a Dios. La mayor parte de ellas se habrían ruborizado antes por esas toilettes como por una falta grave contra el pudor cristiano; ahora no les basta exhibirlas en las vías públicas; no temen cruzar el umbral de las iglesias, asistir al Santo sacrificio de la Misa, y aun llevar el seductor alimento de las pasiones vergonzosas a la Mesa Eucarística, donde se recibe al Autor celestial de la pureza. Y no hablamos de esos bailes exóticos y bárbaros recientemente importados a los círculos de moda, uno más escandaloso que el otro; no se puede imaginar nada más adecuado para desterrar todo resto de pudor.

20. Al considerar atentamente este estado de cosas, los Terciarios comprenderán qué es lo que nuestra época espera de los discípulos de San Francisco. Si vuelven su mirada a la vida de su Padre, verán qué perfecta y viva semejanza con Jesucristo, sobre todo en su huida de las satisfacciones y su amor a las pruebas en esta vida, tenía aquel a quien llaman el Poverello, y que había recibido en su carne los estigmas del Crucificado. A ellos corresponde demostrar que siguen siendo dignos de él abrazando la pobreza, al menos de espíritu, renunciando a sí mismos y llevando cada uno su cruz.

21. En lo que concierne especialmente a las Hermanas Terciarias, les pedimos que, por su vestido y modo de llevarlo, sean modelos de santa modestia para las demás señoras y jóvenes; que estén plenamente convencidas de que el mejor modo de ser útiles a la Iglesia y a la Sociedad es trabajar por la mejora de las costumbres.

22. Además, después de haber creado diversas obras de caridad para solaz de los indigentes en sus necesidades de todo género, los miembros de esta Orden desearían, además, estamos seguros, hacer que se beneficiasen con su caridad aquellos de sus hermanos que están privados de bienes más preciosos que los de la tierra.

23. Nos viene aquí a la memoria el consejo del Apóstol Pedro, pidiendo a los cristianos que sean, por la santidad de su vida, modelos para los gentiles, y esto para que, “notando vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios en el día de su visitación” (Pedro II.: 12). Como ellos, los Terciarios Franciscanos deben, por la integridad de su fe, la santidad de su vida y el ardor de su celo, difundir las buenas palabras de Cristo, advertir a aquellos de sus hermanos que se han alejado del camino y apremiarlos a reemprenderlo. He aquí lo que la Iglesia les pide, lo que espera de ellos.

24. En cuanto a Nosotros, abrigamos la esperanza de que la próxima celebración marcará para la Tercera Orden un nuevo desarrollo, y no dudamos de que vosotros mismos, Venerables Hermanos, así como los demás pastores de almas, haréis grandes esfuerzos para hacer florecer de nuevo los grupos de Terciarios allí donde vegetan, y para crear otros en todas partes donde sea posible, y hacer que todos florezcan, tanto por la observancia de la Regla como por el número de sus miembros.

25. En verdad, de lo que se trata definitivamente es, por imitación de Francisco de Asís, de abrir al mayor número posible de almas el camino que las conducirá de nuevo a Cristo; es en este retorno donde reside la más firme esperanza de salvación para la sociedad. La palabra de San Pablo: “Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo” (I Cor. xi.; i), podemos ponerla con razón en labios de Francisco, que, imitando al Apóstol, se ha convertido en la más fiel imagen y copia de Jesucristo.

26. Así pues, para que estas celebraciones den aún más fruto, a instancias de los Ministros generales de las tres familias franciscanas de la Primera Orden, concedemos los siguientes favores sacados del tesoro de la Santa Iglesia:
I. En todas las Iglesias donde está erigida canónicamente la Tercera Orden, y donde se celebrarán por Triduo las solemnidades del Centenario en el año que comenzará el próximo 16 de abril: los Terciarios cada día del Triduo, los demás Fieles una sola vez, podrán ganar la indulgencia plenaria de sus pecados. Todos los fieles que, con corazón contrito, visiten al Santísimo Sacramento en una de estas iglesias, podrán ganar en cada visita (toties quoties) una indulgencia de siete años.

II. Todos los altares de estas iglesias serán considerados durante esos tres días altares privilegiados; durante el transcurso del Triduo todo sacerdote podrá celebrar allí la Misa de San Francisco, siguiendo el rito de la Misa pro re gravi et simul publice de causa según las rúbricas generales del Misal Romano insertadas en la última edición vaticana.

III. Todos los sacerdotes que sirven en estas iglesias pueden, durante estos mismos días, bendecir cuentas, medallas y otros objetos de piedad, enriquecerlos con indulgencias apostólicas y aplicar a las cuentas las indulgencias del Báculo y de la Brígida.
Como prenda de los favores divinos y en testimonio de Nuestra paternal benevolencia, os concedemos de todo corazón, Venerables Hermanos, y a todos los miembros de la Tercera Orden, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día de la Epifanía del año 1921, en el séptimo año de Nuestro Pontificado.

BENEDICTO XV


lunes, 23 de julio de 2001

ADIUTRICEM POPULI (5 DE SEPTIEMBRE DE 1895)


ADJUTRICEM POPULI

A Nuestros Venerables Hermanos los Patriarcas, Primados,

Arzobispos, Obispos y otros Ordinarios en Paz

y Comunión con la Sede Apostólica.

La Auxiliadora más poderosa y misericordiosa del pueblo cristiano es la Virgen Madre de Dios. Cuán oportuno es concederle honores cada vez más esplendorosos e invocar su ayuda con una confianza cada vez más ardiente. Las abundantes bendiciones, infinitamente variadas y en constante multiplicación, que fluyen de ella por todo el mundo para el beneficio común de la humanidad, añaden nuevos motivos para invocarla y honrarla.

La devoción católica a María

2. Por tan magnánimos favores, los católicos, por su parte, no han dejado de corresponderle con la tierna devoción de corazones agradecidos; porque, si alguna vez hubo una época en que el amor y la veneración a la Santísima Virgen despertaron a nueva vida e inflamaron a todas las clases de la sociedad, es en estos días tan amargamente antirreligiosos. La prueba más clara de este hecho está en las sodalidades que en todas partes se han restaurado y multiplicado bajo su patrocinio; en los magníficos templos erigidos a su augusto nombre; en las peregrinaciones emprendidas por multitudes de almas devotas a sus santuarios más venerados; en los congresos cuyas deliberaciones se dedican al aumento de su gloria; en otras cosas de la misma naturaleza que son loables en sí mismas y auguran un buen futuro.

Devoción generalizada al Rosario

3. Es especialmente digno de mención y Nos complace sobremanera recordar que, de todas las formas de devoción a la Santísima Virgen, el más excelente método de oración, el Rosario de María, es el que goza de mayor estima y práctica popular. Esto, repetimos, es para Nos motivo de gran alegría. Si hemos empleado una parte tan grande de nuestras actividades en promover la devoción del Rosario, podemos ver fácilmente con qué benevolencia la Reina del Cielo ha acudido en Nuestra ayuda cuando le hemos rezado; y expresamos la convicción confiada de que Ella continuará estando a Nuestro lado para aligerar las cargas y las aflicciones que los días venideros traerán.

La extensión del Reino de Cristo

4. Es sobre todo para extender el reino de Cristo que buscamos en el Rosario la ayuda más eficaz. En muchas ocasiones hemos declarado que el objeto que actualmente absorbe Nuestra más ferviente atención, es la reconciliación con la Iglesia de las naciones que se han separado de ella. Reconocemos, al mismo tiempo, que la realización de Nuestras esperanzas debe buscarse principalmente en la oración y la súplica dirigidas a Dios todopoderoso. Esta convicción la volvimos a afirmar no hace mucho, cuando recomendamos que se elevasen oraciones especiales con esta intención al Espíritu Santo durante las solemnidades de Pentecostés; recomendación que fue adoptada en todas partes con la mayor buena voluntad.

5. Pero en vista de la importancia y la dificultad de tal empresa, y de la necesidad de perseverancia en la práctica de cualquier virtud, es bueno recordar el acertado consejo del Apóstol: “Sed constantes en la oración” (1), consejo tanto más oportuno cuanto que un comienzo auspicioso de la empresa será el mejor aliciente para la perseverancia en la oración. El próximo mes de octubre, por lo tanto, si vosotros y los vuestros nos acompañáis con devoción durante todo el mes rezando asiduamente a la Virgen Madre de Dios con el Rosario y las demás devociones acostumbradas, nada podrá favorecer más este proyecto ni sernos más grato. Tenemos las mejores razones para confiar a su protección nuestros proyectos y nuestras aspiraciones, y las mayores esperanzas de verlos realizados.

Jesús entregó a María a su Iglesia


6. El misterio del inmenso amor de Cristo por nosotros se revela con deslumbrante brillantez en el hecho de que el Salvador moribundo legó a Su Madre a Su discípulo Juan en el memorable testamento: “He aquí a tu hijo”. Ahora bien, en Juan, como ha enseñado constantemente la Iglesia, Cristo designó a todo el género humano, y en primer rango están los que se unen a Él por la fe. Es en este sentido que San Anselmo de Canterbury dice: “¿Qué dignidad, oh Virgen, podría ser más apreciada que la de ser la Madre de aquellos a quienes Cristo se dignó ser Padre y Hermano?” (2) Con un corazón generoso, María asumió y cumplió los deberes de su alto pero laborioso oficio, cuyos comienzos fueron consagrados en el Cenáculo. Con admirable solicitud alimentó a los primeros cristianos con su santo ejemplo, sus autorizados consejos, su dulce consuelo y sus fecundas oraciones. Fue, en verdad, la Madre de la Iglesia, la Maestra y Reina de los Apóstoles, a quienes, además, confió no poca parte de los misterios divinos que guardaba en su corazón.

7. Es imposible medir el poder y el alcance de sus oficios desde el día en que fue elevada a la altura de la gloria celestial en compañía de su Hijo, a la que le dan derecho la dignidad y el brillo de sus méritos. Desde su morada celestial comenzó, por decreto de Dios, a velar por la Iglesia, a asistirnos y a ayudarnos como Madre nuestra, de modo que la que estuvo tan íntimamente asociada al misterio de la salvación humana, está igualmente asociada a la distribución de las gracias que brotarán para siempre de la Redención.

María, Auxilio de los cristianos

8. El poder así puesto en sus manos es casi ilimitado. Cuánta razón tienen, pues, las almas cristianas cuando se dirigen a María en busca de ayuda como impulsadas por un instinto de la naturaleza, compartiendo confiadamente con Ella sus esperanzas futuras y sus logros pasados, sus penas y alegrías, encomendándose como niños al cuidado de una madre generosa. Con cuánta razón, también, todas las naciones y todas las liturgias sin excepción han aclamado su gran renombre, que ha crecido con la voz de cada siglo sucesivo. Entre otros muchos títulos, la encontramos aclamada como “nuestra Señora, nuestra Mediadora” (3), “la Reparadora del mundo entero” (4), “la Dispensadora de todos los dones celestiales” (5).

María y nuestra fe

9. Puesto que la fe es el fundamento, la fuente de los dones de Dios por los que el hombre se eleva sobre el orden de la naturaleza y es dotado de las disposiciones necesarias para la vida eterna, estamos en justicia obligados a reconocer la influencia oculta de María en la obtención del don de la fe y su saludable cultivo, de María que trajo a este mundo al “autor de la fe” (6) y que, a causa de su propia gran fe, fue llamada “bienaventurada”. “Oh Virgen santísima, nadie abunda en el conocimiento de Dios sino por ti; nadie, oh Madre de Dios, alcanza la salvación sino por ti; nadie recibe un don del trono de la misericordia sino por ti” (7).

10. No es exagerado decir que se debe principalmente a su guía y ayuda que la sabiduría y las enseñanzas del Evangelio se extendieran tan rápidamente a todas las naciones del mundo, a pesar de las dificultades más obstinadas y las persecuciones más crueles, y trajeran consigo un nuevo reino de justicia y paz. Esto fue lo que movió el alma de San Cirilo de Alejandría a dirigir la siguiente oración a la Santísima Virgen: “Por ti los Apóstoles anunciaron la salvación a las naciones; por ti la inestimable Cruz es honrada y venerada en todas partes; por ti los demonios han sido abatidos y la humanidad ha sido llamada de nuevo al Cielo; por ti toda criatura extraviada y esclavizada por los ídolos es llevada a reconocer la verdad; por ti los fieles han sido llevados a la capa del santo Bautismo y se han fundado iglesias en todos los pueblos” (8).

Siempre protectora de la fe católica

11. Es más, incluso, como afirma este mismo Doctor, ha sostenido y dado fuerza al “cetro de la fe ortodoxa” (9). Su preocupación constante ha sido que la fe católica se mantuviera firmemente arraigada en medio del pueblo, para que prosperara en su fecunda e indivisa unidad. Muchas y bien conocidas son las pruebas de su solicitud, manifestada de vez en cuando incluso de modo milagroso. En los tiempos y lugares en que, para dolor de la Iglesia, la fe languidecía en letárgica indiferencia o era atormentada por el azote nefasto de la herejía, nuestra grande y bondadosa Señora, en su bondad, estaba siempre dispuesta con su ayuda y consuelo.

12. Bajo su inspiración, fuertes por su poder, se levantaron grandes hombres -ilustres no sólo por su santidad, sino también por su espíritu apostólico- para rechazar los ataques de los malvados adversarios y reconducir a las almas por los caminos virtuosos de la vida cristiana, encendiéndolas con un amor ardiente por las cosas de Dios. Uno de estos hombres, un ejército en sí mismo, fue Domingo Guzmán. Poniendo toda su confianza en el Rosario de Nuestra Señora, se entregó sin temor a la realización de estas dos tareas con felices resultados.

Sede de la Sabiduría

13. Nadie dejará de notar cuánto redundan en la Virgen Madre de Dios los méritos de los venerables Padres y Doctores de la Iglesia, que gastaron su vida en la defensa y explicación de la fe católica. Porque de Ella, Sede de la Divina Sabiduría, como ellos mismos nos dicen con gratitud, ha corrido por sus escritos una fuerte corriente de la más sublime sabiduría. Y se apresuraron a reconocer que no por ellos mismos, sino por Ella, han sido superados errores inicuos. Por último, tanto los príncipes como los pontífices, guardianes y defensores de la fe -los primeros mediante guerras santas, los segundos mediante decretos solemnes- no han dudado en invocar el nombre de la Madre de nuestro Dios, y han encontrado su respuesta poderosa y propicia.

14. De ahí que la Iglesia y los Padres hayan expresado su alegría por María con palabras cuya belleza está a la altura de su verdad: “Dios te salve, voz de los Apóstoles siempre elocuente, fundamento sólido de la fe, sostén inconmovible de la Iglesia” (10); “Dios te salve, por quien hemos sido inscritos como ciudadanos de la Iglesia una, santa, católica y apostólica” (11); “Dios te salve, fuente que brota por designio de Dios, cuyos ríos se desbordan en olas puras e inmaculadas de ortodoxia, poniendo en fuga a las huestes del error” (12). “Alégrate, porque sólo tú has destruido todas las herejías del mundo” (13).

Madre de las naciones

15. El papel sin par que la Virgen ha desempeñado y desempeña admirablemente en el progreso, en los combates y en los triunfos de la fe católica, pone de manifiesto el designio de Dios. Debería llenar los corazones de todas las personas de bien con una firme esperanza de obtener aquellas cosas que ahora son objeto de nuestro deseo común. Confiad en María, implorad su ayuda.

16. Que la misma profesión de fe una los espíritus de las naciones cristianas en la paz y en la concordia, que el único vínculo de la caridad perfecta reúna sus corazones en su seno: tal es nuestra esperanza en la oración. Y que María, con su poderosa ayuda, nos conceda este don tan ardientemente deseado. Y recordando que su Hijo unigénito rogó tan fervorosamente a su Padre celestial por la unión más estrecha entre las naciones que Él ha llamado por el único Bautismo a la única herencia de salvación comprada por un precio infinito, ¿no procurará, por esa razón, que todos en su maravillosa luz se esfuercen como con una sola mente por la unidad? ¿Y no será su deseo emplear su bondad y providencia para consolar a la Esposa de Cristo, la Iglesia, mediante sus esfuerzos largamente sostenidos en esta empresa, así como para llevar a la plena perfección la bendición de la unidad entre los miembros de la familia cristiana, que es el fruto ilustre de su maternidad?

Amado vínculo de la cristiandad

17. La convicción y la confianza que calientan los corazones de los devotos son un indicio de que estas esperanzas pronto se harán realidad. María será el vínculo feliz que unirá, con fuerza pero con dulzura, a todos los que aman a Cristo, dondequiera que se encuentren, para formar una nación de hermanos que rindan obediencia al Vicario de Cristo en la tierra, el Romano Pontífice, su Padre común.

18. Aquí nuestra mente, casi por propia voluntad, se remonta a través de los anales de la Iglesia a los ejemplos ilustres de su antigua unidad, y se detiene con afectuosa consideración en el recuerdo del gran Concilio de Éfeso. La unidad absoluta de la fe, la participación en un culto idéntico, que en aquellos días unía a Oriente con Occidente, se manifestó en el Concilio con una fuerza sin igual, y brilló más allá de él con una belleza radiante cuando, después de que los Padres hubieron subrayado el dogma de que la Santísima Virgen es la Madre de Dios, la noticia de su procedimiento -difundida por el exultante populacho de la más devota de las ciudades- llenó a toda la cristiandad de transportes de alegría universal.

Nuestro amor católico a la unidad

19. Todo motivo que refuerce y aumente la confianza en el poder de nuestra poderosa y bondadosa Virgen Madre para obtener las cosas que pedimos, debe actuar como un poderoso incentivo que genere en nosotros ese ardiente celo de rezarle, un celo que Nosotros incitaríamos en cada corazón católico. Además, que cada uno considere por sí mismo hasta qué punto es conveniente y provechosa esta práctica para sí mismo, y hasta qué punto es aceptable y agradable a la Santísima Virgen. Porque, poseyendo como poseen la unidad de la fe, los católicos ponen así de manifiesto no sólo que valoran en su justo valor este precioso don, sino también que se proponen conservarlo con celosa tenacidad. No hay mejor manera de demostrar un sentimiento fraternal hacia sus hermanos separados que ayudarles por todos los medios a su alcance a recuperar éste, el mayor de todos los dones.

Madre de la Unidad y de la Concordia

20. Este afecto fraterno, verdaderamente cristiano y practicado desde que la Iglesia tiene memoria, ha buscado tradicionalmente una eficacia especial en la Madre de Dios, ya que Ella ha sido la principal promotora de la paz y de la unidad. San Germán de Constantinopla le dirige esta oración: “Acuérdate de los cristianos que son tus siervos; encomienda las oraciones de todos; ayuda a todos a realizar sus esperanzas; fortalece la fe; mantén a la Iglesia en la unidad” (14). Y hasta el día de hoy los griegos le suplican de esta manera: “¡Oh Virgen purísima, que tienes el privilegio de acercarte a tu Hijo sin temor a ser rechazada! Suplícale, oh Virgen santísima, que concedas la paz al mundo y que infundas en las iglesias de la cristiandad una sola mente y un solo corazón; y todos te engrandeceremos” (15).

Las Iglesias orientales y María

21. Hay otra razón especial por la que María estará favorablemente dispuesta a conceder nuestras oraciones unidas en favor de las naciones separadas de la comunión con la Iglesia: a saber, las prodigiosas cosas que han hecho por su honor en el pasado, especialmente en Oriente. A ellos se debe gran parte del mérito de propagar y aumentar la devoción a ella. De ellos han salido algunos de los más recordados heraldos y paladines de su dignidad, que han ejercido una poderosa influencia por su autoridad o por sus escritos: elogiadores famosos por el ardor y el encanto de su elocuencia; “emperatriz bien amada por Dios” (16). que imitaron a la Virgen purísima en el ejemplo de sus vidas, y le rindieron honor con pródiga generosidad; templos y basílicas construidos para su gloria con regio esplendor.

Los iconos de María

22. Y podemos añadir aquí un detalle que no es ajeno a Nuestro tema y que refleja más gloria sobre la Madre de Dios. Es bien sabido que, bajo las cambiantes fortunas del tiempo, un gran número de venerables imágenes de Nuestra Señora han sido traídas de Oriente a Occidente, encontrando la mayoría de ellas su camino a Italia y a Roma.

23. Nuestros antepasados las recibieron con profundo respeto y las veneraron con magníficos honores; y sus descendientes, emulando su piedad, continúan atesorando estas imágenes como tesoros altamente sagrados. Es un deleite para la mente descubrir en este hecho la aprobación y el favor de una madre enteramente dedicada a sus hijos. Porque parece indicar que estas imágenes han quedado entre nosotros como testimonio de los tiempos en que toda la familia cristiana estaba unida por lazos de absoluta unidad, y como tantas prendas preciosas de nuestra herencia común. Su sola contemplación debe invitar a las almas, como si la misma Virgen se lo pidiera, a recordar devotamente a aquellos a quienes la Iglesia católica llama con amoroso cuidado a la paz y a la alegría de que gozaron en otro tiempo, dentro de su abrazo.

María, Guardiana de la Unidad

24. Así pues, Dios nos ha dado en María a la más celosa guardiana de la unidad de los cristianos. Hay, por supuesto, más de un modo de ganar su protección mediante la oración, pero en cuanto a Nosotros, pensamos que el mejor y más eficaz camino hacia su favor está en el Rosario. En otra parte lo hemos señalado a la atención del cristiano devoto, y no es la menor de las ventajas del Rosario el medio pronto y fácil que pone en sus manos para alimentar su fe, y para alejarle de la ignorancia de su religión y del peligro del error.

25. El mismo origen del Rosario lo pone de manifiesto. Cuando esa fe se ejercita repitiendo vocalmente el Padrenuestro y el Avemaría de las oraciones del Rosario, o mejor aún en la contemplación de los misterios, es evidente cuán cerca estamos de María. En efecto, cada vez que rezamos devotamente el Rosario en súplica ante Ella, nos encontramos de nuevo cara a cara con la maravilla de nuestra salvación; contemplamos los misterios de nuestra Redención como si se desarrollaran ante nuestros ojos; y a medida que se suceden unos y otros, María se revela a la vez como Madre de Dios y Madre nuestra.

26. La sublimidad de esta doble dignidad, los frutos de su doble ministerio, aparecen a la luz cuando, en devota meditación, pensamos en la participación de María en los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de su Hijo. El corazón se inflama por estas reflexiones con un sentimiento de amor agradecido hacia Ella y, estimando todo lo que está por debajo de Ella como paja sin valor, se esfuerza con propósito varonil por mostrarse digno de tal Madre y de los dones que concede. La meditación de los misterios del Rosario, repetida a menudo con espíritu de fe, no puede menos que agradarle y que moverla, a ella, la más cariñosa de las madres, a mostrar misericordia hacia sus hijos.

Por nuestros hermanos separados

27. Por eso decimos que el Rosario es, con mucho, la mejor oración para defender ante Ella la causa de nuestros hermanos separados. Conceder una audiencia favorable pertenece propiamente a su oficio de Madre espiritual. En efecto, María no ha engendrado -ni podría engendrar- a los que son de Cristo sino en la misma Fe y en el mismo amor; porque “¿Cristo puede estar dividido?” (17). Todos deben vivir la vida de Cristo en una unidad orgánica para “dar fruto a Dios” (18) en el mismo cuerpo. Por lo tanto, cada una de las multitudes a las que el mal de los acontecimientos calamitosos ha sustraído a esa unidad, debe nacer de nuevo a Cristo de esa misma Madre a la que Dios ha dotado de una fecundidad inagotable para engendrar un pueblo santo. Y esto es lo que María, por su parte, anhela hacer. Adornada por nosotros con guirnaldas de su oración predilecta, obtendrá con sus súplicas ayuda en abundancia del Espíritu que vivifica. Dios quiera que no se nieguen a cumplir el ardiente deseo de su Madre misericordiosa, sino que, por el contrario, presten oído, como hombres de buena voluntad, con la debida consideración a su salvación eterna, a la voz, suavemente persuasiva, que les llama: “Hijitos míos, de quienes vuelvo a estar de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros” (19).

La devoción al Rosario en Oriente

28. Conociendo el poder que posee el Rosario de Nuestra Señora, no pocos de Nuestros Predecesores pusieron especial cuidado en difundir la devoción por los países de Oriente -en particular Eugenio IV en la Constitución Advesperascente, promulgada en 1439, y más tarde Inocencio XII y Clemente XI-. Con su autoridad, se concedieron amplios privilegios a la Orden de Predicadores en favor de este proyecto. Los resultados esperados llegaron, gracias a la enérgica actividad de los hermanos de esa Orden, resultado del que dan testimonio muchas brillantes actas, aunque el tiempo y la adversidad han levantado desde entonces grandes obstáculos en el camino de nuevos progresos. Sin embargo, aún hoy el mismo celo por la devoción del Rosario, que citábamos al principio de esta Carta, sigue llenando los corazones de gran número de personas en aquellas tierras, hecho que, confiamos, será tan útil para la realización de Nuestras esperanzas como lo fue para suscitarlas.

29. Junto a esta esperanza, está el hecho gozoso, de igual importancia para Oriente y Occidente, y en consonancia con el anhelo que hemos expresado: a saber, el plan, Venerables Hermanos, que tomó forma en el célebre Congreso Eucarístico celebrado en Jerusalén, de construir un santuario en honor de la Reina del Santísimo Rosario en Patrás de Acaya, no lejos de los lugares donde en un tiempo el cristianismo, bajo su patrocinio, brilló brillantemente. Pues, como hemos sabido con gran placer por la comisión que se organizó con Nuestra aprobación para adelantar el proyecto y hacerse cargo de los trabajos, la mayoría de vosotros habéis enviado ya las contribuciones recogidas para este fin y habéis prometido continuar vuestra ayuda hasta que el proyecto se haya completado.

30. Sobre la base de esto se ha decidido comenzar el trabajo en una escala proporcionada al tamaño de la empresa, y hemos concedido permiso para la colocación de la primera piedra del santuario en una fecha temprana con ceremonias solemnes. El templo se erigirá como un monumento de eterna acción de gracias erigido en nombre del pueblo cristiano a su Auxiliadora y Madre celestial. Allí se la invocará sin cesar en los ritos griego y latino para que, cada vez más propicia, siga acumulando nuevos favores sobre las antiguas bendiciones.

Que todos se dirijan a María

31. Y ahora, Venerables Hermanos, Nuestra exhortación vuelve al punto de donde partió. Que todos, pastores y rebaños, acudan con plena confianza a la protección de la gran Virgen, especialmente el próximo mes. Que no dejen de invocar su nombre, con una sola voz suplicándole como Madre de Dios, en público y en privado, con la alabanza, con la oración, con el ardor de su deseo: “Muéstrate Madre nuestra”. Que su compasión maternal mantenga a toda su familia a salvo de todo peligro, la conduzca por el camino de la verdadera prosperidad y, sobre todo, la establezca en la santa unidad. Ella mira con bondad a los católicos de todas las naciones. Cuando el vínculo de la caridad los une, los hace más dispuestos, más y más decididos, a defender el honor de la religión que, al mismo tiempo, trae al Estado las mayores bendiciones. Que mire con la mayor compasión a las grandes e ilustres naciones que están alejadas de la Iglesia y a las nobles almas que no han olvidado su deber cristiano.

32. Que Ella despierte en ellos los más saludables deseos, fomente sus santas aspiraciones y las lleve a feliz término. En Oriente, que la extendida devoción que le profesan las naciones disidentes, así como los innumerables actos gloriosos de sus antepasados en su honor, les ayuden eficazmente. En Occidente, que el recuerdo de su benéfico patrocinio sirva de apoyo a sus disidentes; a través de los siglos, ella ha manifestado su aprobación y ha recompensado la admirable devoción mostrada por todas las clases.

33. Que los pueblos de Oriente y Occidente, y todos los demás dondequiera que se encuentren, se beneficien de la voz suplicante de los católicos unidos en oración, y de nuestra voz que gritará hasta Nuestro último aliento: Muéstrate Madre.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día cinco de septiembre del año dieciocho de Nuestro Pontificado.

LEON XIII


Notas:

1. Col. 4:2.

2. St. Anselm, Orat, 47.

3. St. Bernard, Serm. II in Adv.

4. St. Tharasius, Orat. in Praesentatione. 5. On Off. Graec., 8 Dec.

6. Hebr. 12:I.

7. St. Germ. Constantinop., Orat. II, in Dormitione B.M.V.

8. St. Cyril Alex., Homil. contra Nestor.

9. Ibid.

10. Ex hymno Graecorum.

11. St. John Damasc., in Annuntiatione Deigenitricis, n. 9.

12. St. German. Constantinop., Orat. in Praesentatione B.M. V.

13. In Officio B.M.V.

14. Orat. hist. in Dormitione Deiparae.

15. Men., 5 maii, Theotokion.

16. St. Cyril Alex., De fide, Ad Pulcheriam.

17. I Cor. I:13.

18. Rom. 7:4.

19. Gal. 4:19.
 

domingo, 22 de julio de 2001

PÍO XII: DISCURSO A LAS MADRES DE LA ACCIÓN CATÓLICA ITALIANA (26 DE OCTUBRE DE 1941)


PÍO XII 

DISCURSO A LAS MADRES DE LA ACCIÓN CATÓLICA ITALIANA 

26 DE OCTUBRE DE 1941

Nuestra mirada se transporta a los confines de Italia y del Mundo, abrazando a todos los queridos niños, flores de la Humanidad y alegrías de sus madres. El Papa XI, en su encíclica Divini illius Magistri (1929), trató en profundidad la educación cristiana de la juventud. Después de haber determinado el papel que tienen la Iglesia, la Familia y el Estado, constata con dolor cómo, con demasiada frecuencia, los padres están poco o nada preparados para su papel de educadores; Conspiró con los pastores de almas “para hacer todo lo posible para que los padres conozcan bien, no sólo en general, sino también en detalle, sus deberes respecto a la educación religiosa, moral y cívica de sus hijos, y también los métodos más adecuados para lograr dicha educación, además del buen ejemplo de su propia vida”.

En las madres de familia -y también en las personas que las ayudan- vemos a las primeras y más íntimas educadoras de las almas de los pequeños que deben ser educados en la piedad y en la virtud.

No nos detendremos aquí en recordar la grandeza y la necesidad de esta obra de educación en el hogar ni la obligación de una madre de no descuidarla, de no hacerla a medias, de no dedicarse a ella con negligencia. Hablando a nuestras queridas hijas, sabemos bien que en esta obligación ellas ven el primero de sus deberes de madres cristianas y una función en la que nadie podría sustituirlas. Pero no basta tener la conciencia y la voluntad de llevar a cabo este deber; Tienes que asegurarte de llevarlo bien.

Necesidad de una preparación seria para el difícil trabajo de la educación

Pío XI ya deploraba: “Cuando a nadie se le ocurriría hacerse, sin preparación, mecánico o ingeniero, médico o abogado, pues bien, cada día numerosos jóvenes se casan y se unen sin haber pensado ni un solo momento en los arduos deberes que les esperan en la educación de sus hijos”. San Gregorio Magno no llega a llamar a todo gobierno de las almas ars artium, el arte de las artes; Es un arte laborioso formar las almas de los pequeños, almas nuevas, flexibles y por lo tanto, fáciles de deformar siguiendo una impresión imprudente o una incitación engañosa, almas entre las más difíciles y delicadas de conducir, almas sobre las que una influencia desastrosa o una negligencia culpable son capaces de imprimir huellas indelebles y perversas. Felices aquellos hijos que encuentran en su Madre un segundo ángel custodio junto a su cuna para inspirarles el bien y mostrarles el camino… Sólo podemos exhortarlas a desarrollar cada vez más las hermosas instituciones que, como la Semana de la Madre, se comprometen en formar educadores conscientes de la grandeza de su misión y llenos de reserva frente al mal, celosos del bien. ¡Es en este sentimiento de mujer y madre donde encontramos toda la dignidad y veneración de la fiel compañera del Hombre, que es el centro, el apoyo y el faro del hogar familiar!

Acción educativa de la madre durante la infancia

Luz oportuna que irradiáis desde vuestra Unión de Acción Católica a través del Apostolado de la Cuna y de la Madre de los pequeños, que os preocupáis de formar y ayudar a las jóvenes esposas incluso antes del nacimiento de sus hijos y luego durante la primera infancia. A imitación de los ángeles, os convertís en las guardianas de la madre y del niño que lleva en su seno, y cuando el bebé nace, os acercáis a la cuna donde hace sus ruiditos y asistís a la madre que, desde su pecho y sus sonrisas, nutre el cuerpo y el alma de este pequeño ángel del Cielo. (Nota: Ángeles: Pío XIII se dirige evidentemente aquí a las madres de los niños bautizados inmediatamente después del nacimiento o, como máximo, al día siguiente, como es una obligación gravísima de los padres y como ha hecho siempre la Iglesia. Dios confió a la mujer la misión sagrada y dolorosa, pero también fuente de pura alegría, de la maternidad (cf. Juan XVI, 21). La madre, más que cualquier otra persona, es la encargada de la educación inicial del niño durante los primeros meses y años. No hablaremos de los legados secretos transmitidos por los padres a sus hijos, que tienen una influencia tan considerable en la formación de su carácter: legados que a veces denuncian la vida rebelde de padres tan responsables que hacen quizás muy difícil para sus descendientes la práctica de una verdadera vida de piedad. Padres y madres, preparad desde antes del nacimiento del niño la pureza del ambiente familiar en el que sus ojos y su alma se abrirán a la luz y a la vida. Vosotras, oh madres, porque sois más sensibles, debéis, durante la infancia de vuestros hijos, seguirlos en cada momento con vuestra mirada atenta, velando por el desarrollo y la salud de su pequeño cuerpo, que es carne de vuestra carne y fruto de vuestro seno materno. Pensad que estos pequeños, hechos hijos de Dios por el bautismo, son los predilectos de Cristo y que sus ángeles ven el rostro del Padre celestial (Mt 18,10): también vosotros, velando por estos pequeños, fortaleciéndolos, educándolos, debéis ser otros ángeles que, con vuestro cuidado y ejerciendo vuestra vigilancia, tengan siempre la mirada elevada hacia el Cielo. Desde la cuna, debéis comenzar su educación, no sólo física sino espiritual; Porque si no los educamos, ellos se educarán solos, para bien o para mal. Muchos de los comportamientos que observamos en la adolescencia y la adultez tienen su origen en patrones de crecimiento temprano en la infancia; los hábitos adquiridos a una edad muy temprana quizá más tarde se conviertan en un severo obstáculo para la vida espiritual del alma. Pondréis, pues, toda vuestra atención en que los cuidados que prestéis a vuestros hijos sean conformes a las exigencias de una higiene perfecta, a fin de preparar y fortalecer en ellos, para el momento en que despierte el uso de su razón, facultades corporales y órganos sanos, robustos y sin desviaciones; Por eso es deseable que la madre amamante ella misma a su bebé. ¿Quién puede comprender las misteriosas influencias que ejerce sobre esta pequeña criatura la nodriza de quien depende enteramente su desarrollo?

¿No habéis observado nunca esos ojitos abiertos e interrogadores, siempre en movimiento, deslizándose sobre mil objetos, siguiendo un movimiento o un gesto, manifestando ya alegría y dolor, cólera y terquedad, signos de las pequeñas pasiones que anidan en el corazón humano, antes de que los pequeños labios hayan aprendido a articular una palabra? No os sorprendáis. No nacemos con conocimientos innatos ni con recuerdos de un pasado ya vivido. El espíritu de un niño pequeño es una página en la que nada está escrito: allí estarán grabadas las imágenes y los pensamientos de las cosas que encuentra de hora en hora, desde la cuna hasta la tumba, sus ojos y otros sentidos, externos e internos, que le transmiten la vida del mundo. Un instinto irresistible hacia la Verdad y el Bien conduce al “alma simple que nada sabe” hacia las cosas sensibles; Toda esta sensibilidad, todas estas sensaciones, a través de las cuales la inteligencia y la voluntad se manifiestan y despiertan, necesitan una educación, una dirección vigilante para evitar que se distorsione el despertar y el funcionamiento regular de tan nobles facultades espirituales. A partir de ese momento, el pequeño, bajo una mirada tierna, bajo una palabra imperativa, deberá aprender a no ceder a todas sus impresiones, a discernir con el desarrollo de su razón y a dominar la motilidad de sus sensaciones, para comenzar, bajo la dirección y las advertencias de su madre, la obra de su educación.

Estudiad al niño en su corta edad. Si lo conocéis bien, lo educaréis bien; no tomaréis su naturaleza de manera equivocada o torcida; Podréis comprenderlo y ceder, pero no de forma inadecuada: ¡no todos los niños están dotados de buen carácter!

Educación de la inteligencia

Educad la inteligencia de vuestros pequeños. No les deis ideas falsas ni razones falsas de las cosas; no respondáis a sus preguntas con trivialidades o afirmaciones falsas a las que sus mentes rara vez ceden; pero aprovechad estas preguntas para orientar, con paciencia y amor, su espíritu que no desea nada más que abrirse a la Verdad y aprender a conquistarla por la vía todavía inocente de las primeras reflexiones. ¿Quién puede decir todo lo que tantas mentes humanas deben a estas preguntas y consultas lejanas y confiadas de la infancia, intercambiadas en el seno del hogar?

Educación del carácter

Educar el carácter; mitigar o corregir sus defectos; crecer y cultivar buenas cualidades y unirlas a esta firmeza que es el preludio de resoluciones sólidas a lo largo de la vida. Los hijos, sintiendo sobre ellos, a medida que empiezan a pensar y a querer, una buena voluntad paterna y materna, ignorante de la violencia y de la cólera, constante y fuerte, libre de debilidad o de inconsistencia, aprenderán pronto a ver en ella a la intérprete de una voluntad superior, la de Dios, y así arraigarán en su alma estos primeros y poderosos hábitos morales que forman y sostienen un carácter, dispuesto a dominarse frente a los inconvenientes y a la adversidad, a no retroceder ni ante la lucha ni ante el sacrificio, imbuido de un profundo sentido del deber cristiano.

Educación del corazón

¡Qué depravaciones preparan con demasiada frecuencia en el corazón de los niños las bienaventuradas admiraciones y alabanzas, las solicitudes imprudentes, las condescendencias de unos padres cegados por un amor mal comprendido, que acostumbran a estos pequeños corazones inconstantes a ver todo gravitar a su alrededor, sometiéndose a sus voluntades y caprichos, y arraigando así en ellos el germen de un egoísmo desenfrenado, del que los padres serán las primeras víctimas!

¡Cuántas capacidades de cariño, de bondad, de devoción o de obediencia duermen en el corazón del pequeño! Vosotras, oh madres, las despertaréis, las cultivaréis, las dirigiréis, las elevaréis hacia quienes deben santificarlas: Jesús y María. La Madre Celestial abrirá este corazón a la piedad, le enseñará a ofrecer al divino Amigo de los pequeños, con la oración, sus sacrificios y sus victorias llenas de candor y de inocencia, a sentir también compasión por los pobres y los miserables.

La educación de la voluntad durante la adolescencia

Pero llegará el día en que el corazón de este niño sentirá el despertar de impulsos e inclinaciones que perturbarán el hermoso cielo de la primera edad. En esta prueba, acordaos, oh madres, que educar el corazón significa educar la voluntad, para que se oponga a las asechanzas del Mal y a los engaños de las pasiones; en este paso hacia la pureza consciente y victoriosa de la adolescencia, vuestro papel es capital. Debéis preparar a vuestros hijos e hijas para atravesar con valentía este período de crisis y de transformación física, como quien pasa entre serpientes, sin perder nada de la alegría de la inocencia, pero manteniendo ese instinto natural del pudor... freno a las pasiones demasiado propensas a desbordarse y perderse. Evitaréis que este sentimiento de pudor, hermano del sentimiento religioso, en su modestia espontánea, hoy poco considerada, sea arrebatado a vuestros hijos por el vestido, la manera de vestir, una familiaridad mal entendida, espectáculos y representaciones inmorales; Al contrario, los haréis cada vez más delicados y vigilantes, sinceros y puros. Mantendréis los ojos abiertos sobre sus actividades: prohibirás que el candor de sus almas se manche y se corrompa por el contacto con compañeros corruptos y corruptores; Inspiraréis en ellos una alta estima y un celoso amor por la castidad, mostrándoles la protección maternal de la Virgen Inmaculada como su fiel guardiana. Finalmente, con vuestra perspicacia de madres y de educadoras, gracias a la confiada apertura de corazón que habéis sabido infundir en vuestros hijos e hijas, no dejaréis de buscar y descubrir la ocasión y el momento en que ciertas preguntas secretas habrán producido particulares perturbaciones en sus sentidos. Entonces os pertenecerá a vosotras, a vosotras con vuestras hijas, al papa con vuestros hijos (Nota: aunque hoy los dos juntos o complementándose) levantar delicadamente el velo de la verdad, dar una respuesta prudente, justa y cristiana a sus preguntas y a sus preocupaciones. Las revelaciones sobre las leyes misteriosas y admirables de la vida, recibidas de vuestros labios de padres católicos en el tiempo oportuno, en la medida que se requiere y con las precauciones requeridas, serán escuchadas con respeto y reconocimiento; Iluminarán las almas de los adolescentes con mucho menos peligro que si lo aprendieran a través de encuentros sucios, de conversaciones clandestinas, en la escuela, por compañeros de clase, a través de lecturas hechas a escondidas y tanto más peligrosas y perniciosas cuanto que el secreto inflama aún más la imaginación y los sentidos. Vuestras palabras, si son dichas en el momento oportuno y con prudencia, se convertirán en una salvaguardia en medio de las tentaciones de la actual corrupción universal. “Una flecha prevista llega más lentamente”.

La poderosa ayuda de la religión

Pero... en esta obra de educación cristiana no basta la formación de la familia, por sabia y profunda que sea: es necesario completarla y perfeccionarla con la ayuda poderosa de la Religión. Debéis haceros colaboradores del sacerdote, cuya paternidad y autoridad espiritual sobre vuestros hijos está a vuestro lado para enseñar los primeros rudimentos de la piedad y del catecismo, fundamento de toda educación sólida y del que conviene que vosotros, primeros maestros de vuestros hijos, tengáis un conocimiento suficiente y seguro. ¿Cómo podríais enseñar lo que no sabéis? Enseñadles a amar a Dios, a Jesucristo, a nuestra Madre Iglesia y a los pastores. Amad el Catecismo y haced que lo amen vuestros pequeños: es el gran libro del amor y del temor de Dios, de la sabiduría cristiana y de la vida eterna.

Vuestros colaboradores en la educación de vuestros hijos

En vuestra labor educativa sentiréis la necesidad de acudir a los demás; elegidlos católicos como vosotros, y con todo el cuidado que merece el tesoro que les confiáis, es decir, la Fe, la modestia y la piedad de vuestros hijos. Pero cuando los hayáis elegido, no penséis que por ello estáis libres de vigilancia; Deben colaborar contigo. Que estos maestros sean los educadores eminentes que deseáis; pero muy poco podrán hacer por la educación de vuestros hijos si no compagináis vuestra acción con la de ellos. ¿Qué ganaréis si vuestras acciones, en lugar de ayudar y fortalecer el trabajo de estos maestros, se alzaran para contradecirlo? ¿Y si vuestras debilidades, vuestros a priori, por un amor que sólo será mezquino egoísmo, destruyen en el seno familiar lo que se ha hecho bien en la escuela, en el catecismo, en las asociaciones católicas para formar el carácter y guiar la piedad de vuestros hijos?

¡Pero es tan difícil educar a los niños de hoy! ¡Con este hijo, con esta hija, no hay nada que hacer, no se puede conseguir nada! – Es cierto, a los 12 o 15 años muchos niños y niñas son ingobernables. ¿Pero por qué? Porque cuando yo tenía 2 ó 3 años todo estaba concedido y permitido… Hay, es cierto, temperamentos ingratos y rebeldes; Pero ¿qué niño, cerrado, testarudo, insensible, deja, a causa de sus defectos, de ser vuestro hijo? ¿Lo amaríais menos que a sus hermanos si fuese enfermo o torcido? Dios también os lo ha confiado; No dejéis que se convierta en la oveja negra de la familia. Nadie es tan duro que no pueda ser ablandado con cuidado, paciencia, cariño; Es muy raro que, en terreno tan rocoso, consigáis hacer crecer alguna flor de sumisión y de virtud, siempre que no corráis el riesgo de desanimar en esa pequeña alma orgullosa, con severidades parciales e irrazonables, la profundidad de la buena voluntad oculta. Destruiríais toda la educación de vuestros hijos si descubrieran en ti –y Dios sabe que tienes ojos para hacerlo– predilecciones por hermanos o hermanas, preferencias en favores, antipatías hacia unos o hacia otros; …es necesario que sientan, que vean en vuestra considerada severidad como en vuestras caricias, un amor igual que no hace distinciones entre ellos, salvo para corregir el mal y promover el bien; ¿No lo habéis recibido todos igualmente de Dios?

Educadores junto a madres cristianas

Oh madres de familia… con vosotras, hoy vemos a nuestro alrededor una corona de monjas, maestras… guardianas, asistentes que consagran sus esfuerzos y su trabajo a la educación y reeducación de la infancia; No son madres por naturaleza, por sangre, sino por impulso de amor. Sí, también vosotras que trabajáis como educadoras junto a las madres, sois madres porque tenéis un corazón de madre en el que late la llama de la caridad que el Espíritu Santo ha infundido en vuestros corazones. En esta caridad…encontraréis luz, ayuda y un programa…; de retoños… esperanzas de los padres y de la Iglesia, formáis una familia más grande de 20, 100, miles y miles de hijos de los cuales educáis más profunda y noblemente la inteligencia, el carácter y el corazón, criándolos en este ambiente espiritual y moral donde, con la alegría de la inocencia, brillan la fe en Dios y el respeto a las cosas santas, la piedad filial hacia los padres y el patriotismo… Educadoras como madres, hermanas de una maternidad espiritual que coronan de lirios…

Conclusión

¡Qué misión incomparable, sembrada de obstáculos y dificultades…! ¡Qué gran es una Madre en el hogar familiar, aquella que está destinada por Dios a ser, junto a la cuna, nodriza y educadora de sus pequeños! Maravillaos de su actividad, que muchos estarían tentados a considerar insuficiente, si la gracia divina omnipotente no estuviera a su lado para iluminarla, dirigirla y sostenerla en las preocupaciones y trabajos de cada día; Si, para colaborar con ella en la formación de estas almas, no hubiera inspirado y llamado a su lado a otros educadores cuyos corazones y obras rivalizan con ella en el amor maternal.