jueves, 6 de enero de 2000

AETERNI PATRIS (4 DE AGOSTO DE 1879)


EPÍSTOLA ENCÍCLICA

AETERNI PATRIS

DEL SUMO PONTÍFICE

LEÓN XIII

SOBRE LA RESTAURACIÓN DE LA FILOSOFÍA CRISTIANA

CONFORME A LA DOCTRINA 

DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

Venerables Hermanos:
Salud y bendición apostólica.

El Hijo Unigénito del Eterno Padre, que apareció sobre la tierra para traer al humano linaje la salvación y la luz de la divina sabiduría hizo ciertamente un grande y admirable beneficio al mundo cuando, habiendo de subir nuevamente a los cielos, mandó a los apóstoles que «fuesen a enseñar a todas las gentes» (Mt 28,19), y dejó a la Iglesia por él fundada por común y suprema maestra de los pueblos. Pues los hombres, a quien la verdad había libertado debían ser conservados por la verdad; ni hubieran durado por largo tiempo los frutos de las celestiales doctrinas, por los que adquirió el hombre la salud, si Cristo Nuestro Señor no hubiese constituido un magisterio perenne para instruir los entendimientos en la fe. Pero la Iglesia, ora animada con las promesas de su divino autor, ora imitando su caridad, de tal suerte cumplió sus preceptos, que tuvo siempre por mira y fue su principal deseo enseñar la Religión y luchar perpetuamente con los errores. A esto tienden los diligentes trabajos de cada uno de los Obispos, a esto las leyes y decretos promulgados de los Concilios y en especial la cotidiana solicitud de los Romanos Pontífices, a quienes como a sucesores en el primado del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, pertenecen el derecho y la obligación de enseñar y confirmar a sus hermanos en la fe. Pero como, según el aviso del Apóstol, «por la filosofía y la vana falacia» (Col 2,18) suelen ser engañadas las mentes de los fieles cristianos y es corrompida la sinceridad de la fe en los hombres, los supremos pastores de la Iglesia siempre juzgaron ser también propio de su misión promover con todas sus fuerzas las ciencias que merecen tal nombre, y a la vez proveer con singular vigilancia para que las ciencias humanas se enseñasen en todas partes según la regla de la Fe Católica, y en especial la Filosofía, de la cual sin duda depende en gran parte la recta enseñanza de las demás ciencias. Ya Nos, Venerables Hermanos, os advertimos brevemente, entre otras cosas, esto mismo, cuando por primera vez nos hemos dirigido a vosotros por cartas Encíclicas; pero ahora, por la gravedad del asunto y la condición de los tiempos, nos vemos compelidos por segunda vez a tratar con vosotros de establecer para los estudios filosóficos un método que no solo corresponda perfectamente al bien de la Fe, sino que esté conforme con la misma dignidad de las Ciencias Humanas.

Si alguno fija la consideración en la acerbidad de nuestros tiempos, y abraza con el pensamiento la condición de las cosas que pública y privadamente se ejecutan, descubrirá sin duda la causa fecunda de los males, tanto de aquellos que hoy nos oprimen, como de los que tememos, consiste en que los perversos principios sobre las cosas divinas y humanas, emanados hace tiempo de las escuelas de los filósofos, se han introducido en todos los órdenes de la sociedad recibidos por el común sufragio de muchos. Pues siendo natural al hombre que en el obrar tenga a la razón por guía, si en algo falta la inteligencia, fácilmente cae también en lo mismo la voluntad; y así acontece que la perversidad de las opiniones, cuyo asiento está en la inteligencia, influye en las acciones humanas y las pervierte. Por el contrario, si está sano el entendimiento del hombre y se apoya firmemente en sólidos y verdaderos principios, producirá muchos beneficios de pública y privada utilidad. Ciertamente no atribuimos tal fuerza y autoridad a la filosofía humana, que la creamos suficiente para rechazar y arrancar todos los errores; pues así como cuando al principio fue instituida la religión cristiana, el mundo tuvo la dicha de ser restituido a su dignidad primitiva, mediante la luz admirable de la fe, «no con las persuasivas palabras de la humana sabiduría, sino en la manifestación del espíritu y de la virtud» (1Cor 2,4) así también al presente debe esperarse principalísimamente del omnipotente poder de Dios y de su auxilio, que las inteligencias de los hombres, disipadas las tinieblas del error, vuelvan a la verdad. Pero no se han de despreciar ni posponer los auxilios naturales, que por beneficio de la divina sabiduría, que dispone fuerte y suavemente todas las cosas, están a disposición del género humano, entre cuyos auxilios consta ser el principal el recto uso de la Filosofía. No en vano imprimió Dios en la mente humana la luz de la razón, y dista tanto de apagar o disminuir la añadida luz de la fe la virtud de la inteligencia, que antes bien la perfecciona, y aumentadas sus fuerzas, la hace hábil para mayores empresas. Pide, pues, el orden de la misma Providencia, que se pida apoyo aun a la ciencia humana, al llamar a los pueblos a la fe y a la salud: industria plausible y sabia que los monumentos de la antigüedad atestiguan haber sido practicada por los preclarísimos Padres de la Iglesia. Estos acostumbraron a ocupar la razón en muchos e importantes oficios, todos los que compendió brevísimamente el grande Agustín, «atribuyendo a esta ciencia... aquello con que la fe salubérrima... se engendra, se nutre, se defiende, se consolida» [1].

En primer lugar, la Filosofía, si se emplea debidamente por los sabios, puede de cierto allanar y facilitar de algún modo el camino a la verdadera Fe y preparar convenientemente los ánimos de sus alumnos a recibir la revelación; por lo cual, no sin injusticia, fue llamada por los antiguos, «ora previa institución a la fe cristiana» [2], «ora preludio y auxilio del cristianismo» [3], «ora pedagogo del Evangelio» [4].

Y en verdad, nuestro benignísimo Dios, en lo que toca a las cosas divinas no nos manifestó solamente aquellas verdades para cuyo conocimiento es insuficiente la humana inteligencia, sino que manifestó también algunas, no del todo inaccesibles a la razón, para que sobreviniendo la autoridad de Dios al punto y sin ninguna mezcla de error, se hiciesen a todos manifiestas. De aquí que los mismos sabios, iluminados tan solo por la razón natural hayan conocido, demostrado y defendido con argumentos convenientes algunas verdades que, o se proponen como objeto de fe divina, o están unidas por ciertos estrechísimos lazos con la doctrina de la Fe. «Porque las cosas de él invisibles se ven después de la creación del mundo, consideradas por las obras criadas aun su sempiterna virtud y divinidad» (Rom 1, 20), y «las gentes que no tienen la ley... sin embargo, muestran la obra de la ley escrita en sus corazones» (Rom 11. 14, 15). Es, pues, sumamente oportuno que estas verdades, aun reconocidas por los mismos sabios paganos, se conviertan en provecho y utilidad de la doctrina revelada, para que, en efecto, se manifieste que también la humana sabiduría y el mismo testimonio de los adversarios favorecen a la fe cristiana; cuyo modelo de obrar consta que no ha sido recientemente introducido, sino que es antiguo, y fue usado muchas veces por los Santos Padres de la Iglesia. Aun más: estos venerables testigos y custodios de las Tradiciones Religiosas reconocen cierta norma de esto, y casi una figura en el hecho de los hebreos que, al tiempo de salir de Egipto, recibieron el mandato de llevar consigo los vasos de oro y plata de los egipcios, para que, cambiado repentinamente su uso, sirviese a la religión del Dios verdadero aquella vajilla, que antes había servido para ritos ignominiosos y para la superstición. Gregorio Neocesarense [5] alaba a Orígenes, porque convirtió con admirable destreza muchos conocimientos tomados ingeniosamente de las máximas de los infieles, como dardos casi arrebatados a los enemigos, en defensa de la filosofía cristiana y en perjuicio de la superstición. Y el mismo modo de disputar alaban y aprueban en Basilio el Grande, ya Gregorio Nacianceno [6], ya Gregorio Niseno [7], y Jerónimo le recomienda grandemente en Cuadrato, discípulo de los Apóstoles, en Arístides, en Justino, en Ireneo y otros muchos [8]. Y Agustín dice: «¿No vemos con cuánto oro y plata, y con qué vestidos salió cargado de Egipto Cipriano, doctor suavísimo y mártir beatísimo? ¿Con cuánto Lactancio? ¿Con cuánto Victorino, Optato, Hilario? Y para no hablar de los vivos, ¿con cuánto innumerables griegos?» [9]. Verdaderamente, si la razón natural dio tan óptima semilla de doctrina antes de ser fecundada con la virtud de Cristo, mucho más abundante la producirá ciertamente después que la gracia del Salvador restauró y enriqueció las fuerzas naturales de la mente humana. ¿Y quién no ve que con este modo de filosofar se abre un camino llano y practicable a la Fe?

No se circunscribe, no obstante, dentro de estos límites la utilidad que dimana de aquella manera de filosofar. Y realmente, las páginas de la divina sabiduría reprenden gravemente la necedad de aquellos hombres «que de los bienes que se ven no supieron conocer al que es, ni considerando las obras reconocieron quien fuese su artífice» (Sap 13,1). Así en primer lugar el grande y excelentísimo fruto que se recoge de la razón humana es el demostrar que hay un Dios: «pues por la grandeza de la hermosura de la criatura se podrá a las claras venir en conocimiento del Criador de ellas» (Sap 13,5). Después demuestra (la razón) que Dios sobresale singularmente por la reunión de todas las perfecciones, primero por la infinita sabiduría, a la cual jamás puede ocultarse cosa alguna, y por la suma justicia a la cual nunca puede vencer afecto alguno perverso; por lo mismo que Dios no solo es veraz, sino también la misma verdad, incapaz de engañar y de engañarse. De lo cual se sigue clarísimamente que la razón humana granjea a la palabra de Dios plenísima Fe y autoridad. Igualmente la razón declara que la doctrina evangélica brilló aun desde su origen por ciertos prodigios, como argumentos ciertos de la verdad, y que por lo tanto, todos los que creen en el Evangelio no creen temerariamente, como si siguiesen doctas fábulas (cf. 2Petr1, 16), sino que con un obsequio del todo racional, sujetan su inteligencia y su juicio a la divina autoridad. Entiéndase que no es de menor precio el que la razón ponga de manifiesto que la iglesia instituida por Cristo, como estableció el Concilio Vaticano «por su admirable propagación, eximia santidad e inagotable fecundidad en todas las religiones, por la unidad católica, e invencible estabilidad, es un grande y perenne motivo de credibilidad y testimonio irrefragable de su divina misión» [10].

Puestos así estos solidísimos fundamentos, todavía se requiere un uso perpetuo y múltiple de la Filosofía para que la Sagrada Teología tome y vista la naturaleza, hábito e índole de verdadera Ciencia. En ésta, la más noble de todas las ciencias, es grandemente necesario que las muchas y diversas partes de las celestiales doctrinas se reúnan como en un cuerpo, para que cada una de ellas, convenientemente dispuesta en su lugar, y deducida de sus propios principios, esté relacionada con las demás por una conexión oportuna; por último, que todas y cada una de ellas se confirmen en sus propios e invencibles argumentos. Ni se ha de pasar en silencio o estimar en poco aquel más diligente y abundante conocimiento de las cosas, que de los mismos misterios de la Fe, que Agustín y otros Santos Padres alabaron y procuraron conseguir, y que el mismo Concilio Vaticano [11] juzgó fructuosísima, y ciertamente conseguirán más perfecta y fácilmente este conocimiento y esta inteligencia aquellos que, con la integridad de la vida y el amor a la fe, reúnan un ingenio adornado con las ciencias filosóficas, especialmente enseñando el Sínodo Vaticano, que esta misma inteligencia de los sagrados dogmas conviene tomarla «ya de la analogía de las cosas que naturalmente se conocen, ya del enlace de los mismos misterios entre sí y con el fin último del hombre» [12].

Por último, también pertenece a las ciencias filosóficas, defender religiosamente las verdades enseñadas por revelación y resistir a los que se atrevan a impugnarlas. Bajo este respecto es grande alabanza de la filosofía el ser considerada baluarte de la fe y como firme defensa de la Religión. Como atestigua Clemente Alejandrino, «es por sí misma perfecta la doctrina del Salvador y de ninguno necesita, siendo virtud y sabiduría de Dios. La filosofía griega, que se le une, no hace más poderosa la verdad; pero haciendo débiles los argumentos de los sofistas contra aquella, y rechazando las engañosas asechanzas contra la misma, fue llamada oportunamente cerca y valla de la viña» [13]. Ciertamente, así como los enemigos del nombre cristiano para pelear contra la religión toman muchas veces de la razón filosófica sus instrumentos bélicos; así los defensores de las ciencias divinas toman del arsenal de la filosofía muchas cosas con que poder defender los dogmas revelados. Ni se ha de juzgar que obtenga pequeño triunfo la fe cristiana, porque las armas de los adversarios, preparadas por arte de la humana razón para hacer daño, sean rechazadas poderosa y prontamente por la misma humana razón.

Esta especie de combate religioso fue usado por el mismo Apóstol de las gentes, como lo recuerda San Jerónimo escribiendo a Magno: «Pablo, capitán del ejército cristiano, es orador invicto, defendiendo la causa de Cristo, hace servir con arte una inscripción fortuita para argumento de la fe; había aprendido del verdadero David a arrancar la espada de manos de los enemigos, y a cortar la cabeza del soberbio Goliat con su espada» [14]. Y la misma Iglesia no solamente aconseja, sino que también manda que los doctores católicos pidan este auxilio a la filosofía. Pues el Concilio Lateranense V, después de establecer que «toda aserción contraria a la verdad de la Fe revelada es completamente falsa, porque la verdad jamás se opuso a la verdad» [15], manda a los Doctores de Filosofía, que se ocupen diligentemente en resolver los engañosos argumentos, pues como testifica Agustino, «si se da una razón contra la autoridad de las Divinas Escrituras, por más aguda que sea, engañará con la semejanza de verdad, pero no puede ser verdadera» [16].

Mas para que la Filosofía sea capaz de producir los preciosos frutos que hemos recibido, es de todo punto necesario que jamás se aparte de aquellos trámites que siguió la veneranda antigüedad de los Padres y aprobó el Sínodo Vaticano con el solemne sufragio de la autoridad. En verdad está claramente averiguado que se han de aceptar muchas verdades del orden sobrenatural que superan con mucho las fuerzas de todas las inteligencias, la razón humana, conocedora de la propia debilidad, no se atreve a aceptar cosas superiores a ella, ni negar las mismas verdades, ni medirlas con su propia capacidad, ni interpretarlas a su antojo; antes bien debe recibirlas con plena y humilde fe y tener a sumo honor el serla permitido por beneficio de Dios servir como esclava y servidora a las doctrinas celestiales y de algún modo llegarlas a conocer. En todas estas doctrinas principales, que la humana inteligencia no puede recibir naturalmente, es muy justo que la filosofía use de su método, de sus principios y argumentos; pero no de tal modo que parezca querer sustraerse a la divina autoridad. Antes constando que las cosas conocidas por revelación gozan de una verdad indisputable, y que las que se oponen a la fe pugnan también con la recta razón, debe tener presente el filósofo católico que violará a la vez los derechos de la fe y la razón, abrazando algún principio que conoce que repugna a la doctrina revelada.

Sabemos muy bien que no faltan quienes, ensalzando más de lo justo las facultades de la naturaleza humana, defiendan que la inteligencia del hombre, una vez sometida a la autoridad divina, cae de su natural dignidad, está ligada y como impedida para que no pueda llegar a la cumbre de la verdad y de la excelencia. Pero estas doctrinas están llenas de error y de falacia, y finalmente tienden a que los hombres con suma necedad, y no sin el crimen de ingratitud, repudien las más sublimes verdades y espontáneamente rechacen el beneficio de la Fe, de la cual aun para la sociedad civil brotaron las fuentes de todos los bienes. Pues hallándose encerrada la mente humana en ciertos y muy estrechos límites, está sujeta a muchos errores y a ignorar muchas cosas. Por el contrario, la Fe Cristiana, apoyándose en la autoridad de Dios, es maestra infalible de la verdad, siguiendo la cual ninguno cae en los lazos del error, ni es agitado por las olas de inciertas opiniones. Por lo cual, los que unen el estudio de la Filosofía con la obediencia a la fe cristiana, razonan perfectamente, supuesto que el esplendor de las divinas verdades, recibido por el alma, auxilia la inteligencia, a la cual no quita nada de su dignidad, sino que la añade muchísima nobleza, penetración y energía. Y cuando dirigen la perspicacia del ingenio a rechazar las sentencias que repugnan a la fe y a aprobar las que concuerdan con ésta, ejercitan digna y utilísimamente la razón: pues en lo primero descubren las causas del error y conocen el vicio de los argumentos, y en lo último están en posesión de las razones con que se demuestra sólidamente y se persuade a todo hombre prudente de la verdad de dichas sentencias. El que niegue que con esta industria y ejercicio se aumentan las riquezas de la mente y se desarrollan sus facultades, es necesario que absurdamente pretenda que no conduce al perfeccionamiento del ingenio la distinción de lo verdadero y de lo falso. Con razón el Concilio Vaticano recuerda con estas palabras los beneficios que a la razón presta la Fe: «La Fe libra y defiende a la razón de los errores y la instruye en muchos conocimientos» [17]. Y por consiguiente el hombre, si lo entendiese, no debía culpar a la Fe de enemiga de la razón, antes bien debía dar dignas gracias a Dios, y alegrarse vehementemente de que entre las muchas causas de la ignorancia y en medio de las olas de los errores le haya iluminado aquella Fe santísima, que como amiga estrella indica el puerto de la verdad, excluyendo todo temor de errar.

Porque, Venerables Hermanos, si dirigís una mirada a la historia de la Filosofía, comprenderéis que todas las cosas que poco antes hemos dicho se comprueban con los hechos. Y ciertamente de los antiguos filósofos, que carecieron del beneficio de la Fe, aun los que son considerados como más sabios, erraron pésimamente en muchas cosas, falsas e indecorosas, cuantas inciertas y dudosas entre algunas verdaderas, enseñaron sobre la verdadera naturaleza de la divinidad, sobre el origen primitivo de las cosas sobre el gobierno del mundo, sobre el conocimiento divino de las cosas futuras, sobre la causa y principio de los males, sobre el último fin del hombre y la eterna bienaventuranza, sobre las virtudes y los vicios y sobre otras doctrinas cuyo verdadero y cierto conocimiento es la cosa más necesaria al género humano.

Por el contrario, los primeros Padres y Doctores de la Iglesia, que habían entendido muy bien que por decreto de la divina voluntad el restaurador de la ciencia humana era también Jesucristo, que es la virtud de Dios y su sabiduría (1Cor 1,24), y «en el cual están escondidos los tesoros de la sabiduría» (Col 2,3), trataron de investigar los libros de los antiguos sabios y de comparar sus sentencias con las doctrinas reveladas, y con prudente elección abrazaron las que en ellas vieron perfectamente dichas y sabiamente pensadas, enmendando o rechazando las demás. Pues así como Dios, infinitamente próvido, suscitó para defensa de la Iglesia mártires fortísimos, pródigos de sus grandes almas, contra la crueldad de los tiranos, así a los falsos filósofos o herejes opuso varones grandísimos en sabiduría, que defendiesen, aun con el apoyo de la razón el depósito de las verdades reveladas. Y así desde los primeros días de la Iglesia la Doctrina Católica tuvo adversarios muy hostiles que, burlándose de dogmas e instituciones de los cristianos, sostenían la pluralidad de los dioses, que la materia del mundo careció de principio y de causa, y que el curso de las cosas se conservaba mediante una fuerza ciega y una necesidad fatal y no era dirigido por el consejo de la Divina Providencia. Ahora bien; con estos maestros de disparatada doctrina disputaron oportunamente aquellos sabios que llamamos Apologistas, quienes precedidos de la Fe usaron también los argumentos de la sabiduría humana con los que establecieron que debe ser adorado un sólo Dios, excelentísimo en todo género de perfecciones, que todas las cosas que han sido sacadas de la nada por su omnipotente virtud, subsisten por su sabiduría y cada una se mueve y dirige a sus propios fines. Ocupa el primer puesto entre estos San Justino Mártir, quien después de haber recorrido las más célebres academias de los griegos para adquirir experiencia, y de haber visto, como él mismo confiesa a boca llena, que la verdad solamente puede sacarse de las doctrinas reveladas, abrazándolas con todo el ardor de su espíritu, las purgó de calumnias, ante los Emperadores romanos, y en no pocas sentencias de los filósofos griegos convino con éstos. Lo mismo hicieron excelentemente por este tiempo Quadrato y Aristides, Hermias y Atenágoras. Ni menos gloria consiguió por el mismo motivo Ireneo, Mártir invicto y Obispo de la iglesia de Lyon, quien refutando valerosamente las perversas opiniones de los orientales diseminadas merced a los gnósticos por todo el imperio romano,«explicó, según San Jerónimo, los principios de cada una de las herejías y de qué fuentes filosóficas dimanaron» [18]. Todos conocen las disputas de Clemente Alejandrino, que el mismo Jerónimo, para honrarlas, recuerda así: «¿Qué hay en ellas de indocto? y más, ¿qué no hay de la filosofía media?» [19]. El mismo trató con increíble variedad de muchas cosas utilísimas para fundar la Filosofía de la historia, ejercitar oportunamente la dialéctica, establecer la concordia entre la Razón y la Fe. Siguiendo a éste Orígenes, insigne en el magisterio de la iglesia alejandrina, eruditísimo en las doctrinas de los griegos y de los orientales, dio a luz muchos y eruditos volúmenes para explicar las sagradas letras y para ilustrar los dogmas sagrados, cuyas obras, aunque como hoy existen no carezcan absolutamente de errores, contienen, no obstante, gran cantidad de sentencias, con las que se aumentan las verdades naturales en número y en firmeza. Tertuliano combate contra los herejes con la autoridad de las sagradas letras, y con los filósofos, cambiando el género de armas filosóficamente, y convence a éstos tan sutil y eruditamente que a las claras y con confianza les dice: «Ni en la ciencia ni el arte somos igualados, como pensáis vosotros» [20].

Arnobio, en los libros publicados contra los herejes, y Lactancio, especialmente en sus instituciones divinas, se esfuerzan valerosamente por persuadir a los hombres con igual elocuencia y gallardía de la verdad de los preceptos de la sabiduría cristiana, no destruyendo la Filosofía, como acostumbran los académicos [21], sino convenciendo a aquellos, en parte con sus propias armas, y en parte con las tomadas de la lucha de los filósofos entre sí [22].

Las cosas que del alma humana, de los divinos atributos y otras cuestiones de suma importancia dejaron escritas el gran Atanasio y Crisóstomo el Príncipe de los oradores, de tal manera, a juicio de todos, sobresalen, que parece no poderse añadir casi nada a su ingeniosidad y riqueza. Y para no ser pesados en enumerar cada uno de los apologistas, añadimos el catálogo de los excelsos varones de que se ha hecho mención, a Basilio el Grande y a los dos Gregorios, quienes habiendo salido de Atenas, emporio de las humanas letras, equipados abundantemente con todo el armamento de la filosofía, convirtieron aquellas mismas ciencias, que con ardoroso estudio habían adquirido, en refutar a los herejes e instruir a los cristianos. Pero a todos arrebató la gloria Agustín, quien de ingenio poderoso, e imbuido perfectamente en las ciencias sagradas y profanas, lucho acérrimamente contra todos los errores de sus tiempos con suma Fe y no menor doctrina. ¿Qué punto de la Filosofía no trató y, aun más, cuál no investigó diligentísimamente, ora cuando proponía a los fieles los altísimos misterios de la Fe y los defendía contra los furiosos ímpetus de los adversarios, ora cuando, reducidas a la nada las fábulas de los maniqueos o académicos, colocaba sobre tierra firme los fundamentos de la humana ciencia y su estabilidad, o indagaba la razón del origen, y las causas de los males que oprimen al género humano? ¿Cuánto no discutió sutilísimamente acerca de los ángeles, del alma, de la mente humana, de la voluntad y del libre albedrío, de la religión y de la vida bienaventurada, y aun de la misma naturaleza de los cuerpos mudables? Después de este tiempo en el Oriente Juan Damasceno, siguiendo las huellas de Basilio y Gregorio de Nacianzo, y en Occidente Boecio y Anselmo, profesando las doctrinas de Agustín, enriquecieron muchísimo el patrimonio de la filosofía.

Enseguida los Doctores de la Edad Media, llamados Escolásticos, acometieron una obra magna, a saber: reunir diligentemente las fecundas y abundantes mieses de Doctrina, refundidas en las voluminosas obras de los Santos Padres, y reunidas, colocarlas en un solo lugar para uso y comodidad de los venideros. Cuál sea el origen, la índole y excelencia de la ciencia escolástica, es útil aquí, Venerables Hermanos, mostrarlo más difusamente con las palabras de sapientísimo varón, nuestro predecesor, Sixto V: «Por don divino de Aquél, único que da el espíritu de la ciencia, de la sabiduría y del entendimiento, y que enriquece con nuevos beneficios a su Iglesia en las cadenas de los siglos, según lo reclama la necesidad, y la provee de nuevos auxilios fue hallada por nuestros santísimos mayores la teología escolástica, la cual cultivaron y adornaron principalísimamente dos gloriosos Doctores, el angélico Santo Tomás y el seráfico San Buenaventura, clarísimos Profesores de esta facultad... con ingenio excelente, asiduo estudio, grandes trabajos y vigilias, y la legaron a la posteridad, dispuesta óptimamente y explicada con brillantez de muchas maneras. Y, en verdad, el conocimiento y ejercicio de esta saludable ciencia, que fluye de las abundantísimas fuentes de las diversas letras, Sumos Pontífices, Santos Padres y Concilios, pudo siempre proporcionar grande auxilio a la Iglesia, ya para entender e interpretar verdadera y sanamente las mismas Escrituras, ya para leer y explicar más segura y útilmente los Padres, ya para descubrir y rebatir los varios errores y herejías; pero en estos últimos días, en que llegaron ya los tiempos peligrosos descritos por el Apóstol, y hombres blasfemos, soberbios, seductores, crecen en maldad, errando e induciendo a otros a error, es en verdad sumamente necesaria para confirmar las dogmas de la Fe Católica y para refutar las herejías» [23].

Palabras son éstas que, aunque parezcan abrazar solamente la Teología Escolástica, está claro que deben entenderse también de la Filosofía y sus alabanzas. Pues las preclaras dotes que hacen tan temible a los enemigos de la verdad la Teología Escolástica, como dice el mismo Pontífice «aquella oportuna y enlazada coherencia de causas y de cosas entre sí, aquel orden y aquella disposición como la formación de los soldados en batalla, aquellas claras definiciones y distinciones, aquella firmeza de los argumentos y de las agudísimas disputas en que se distinguen la luz de las tinieblas, lo verdadero de lo falso, las mentiras de los herejes envueltas en muchas apariencias y falacias, que como si se les quitase el vestido aparecen manifiestas y desnudas» [24]; estas excelsas y admirables dotes, decimos, se derivan únicamente del recto uso de aquella Filosofía que los maestros Escolásticos, de propósito y con sabio consejo, acostumbraron a usar frecuentemente aun en las disputas filosóficas. Además, siendo propio y singular de los Teólogos Escolásticos el haber unido la ciencia humana y divina entre sí con estrechísimo lazo, la Teología, en la que sobresalieron, no habría obtenido tantos honores y alabanzas de parte de los hombres si hubiesen empleado una filosofía manca e imperfecta o ligera.

Ahora bien: entre los Doctores escolásticos brilla grandemente Santo Tomás de Aquino, Príncipe y Maestro de todos, el cual, como advierte Cayetano, «por haber venerado en gran manera los antiguos Doctores sagrados, obtuvo de algún modo la inteligencia de todos» [25]. Sus doctrinas, como miembros dispersos de un cuerpo, reunió y congregó en uno Tomás, dispuso con orden admirable, y de tal modo las aumentó con nuevos principios, que con razón y justicia es tenido por singular apoyo de la Iglesia Católica; de dócil y penetrante ingenio, de memoria fácil y tenaz, de vida integérrima, amador únicamente de la verdad, riquísimo en la ciencia divina y humana, comparado al sol, animó al mundo con el calor de sus virtudes, y le iluminó con esplendor. No hay parte de la filosofía que no haya tratado aguda y a la vez sólidamente: trató de las leyes del raciocinio, de Dios y de las substancias incorpóreas, del hombre y de otras cosas sensibles, de los actos humanos y de sus principios, de tal modo, que no se echan de menos en él, ni la abundancia de cuestiones, ni la oportuna disposición de las partes, ni la firmeza de los principios o la robustez de los argumentos, ni la claridad y propiedad del lenguaje, ni cierta facilidad de explicar las cosas abstrusas.

Añádese a esto que el Doctor Angélico indagó las conclusiones filosóficas en las razones y principios de las cosas, los que se extienden muy latamente, y encierran como en su seno las semillas de casi infinitas verdades, que habían de abrirse con fruto abundantísimo por los maestros posteriores. Habiendo empleado este método de Filosofía, consiguió haber vencido él solo los errores de los tiempos pasados, y haber suministrado armas invencibles, para refutar los errores que perpetuamente se han de renovar en los siglos futuros. Además, distinguiendo muy bien la razón de la fe, como es justo, y asociándolas, sin embargo amigablemente, conservó los derechos de una y otra, proveyó a su dignidad de tal suerte, que la razón elevada a la mayor altura en alas de Tomás, ya casi no puede levantarse a regiones más sublimes, ni la Fe puede casi esperar de la razón más y más poderosos auxilios que los que hasta aquí ha conseguido por Tomás.

Por estas razones, hombres doctísimos en las edades pasadas, y dignísimos de alabanza por su saber teológico y filosófico, buscando con indecible afán los volúmenes inmortales de Tomás, se consagraron a su angélica sabiduría, no tanto para perfeccionarle en ella, cuanto para ser totalmente por ella sustentados. Es un hecho constante que casi todos los fundadores y legisladores de las Ordenes Religiosas mandaron a sus compañeros estudiar las doctrinas de Santo Tomás, y adherirse a ellas religiosamente, disponiendo que a nadie fuese lícito impunemente separarse, ni aun en lo más mínimo, de las huellas de tan gran Maestro. Y dejando a un lado la familia Dominicana, que con derecho indisputable se gloria de este su sumo Doctor, están obligados a esta ley los Benedictinos, los Carmelitas, los Agustinos, los Jesuitas y otras muchas Ordenes Sagradas, como los estatutos de cada una nos lo manifiestan.

Y en este lugar, con indecible placer recuerda el alma aquellas celebérrimas Academias y escuelas que en otro tiempo florecieron en Europa, a saber: la parisiense, la salmanticense, la complutense, la duacense, la tolosana, la lovaniense, la patavina, la boloniana, la napolitana, la coimbricense y otras muchas. Nadie ignora que la fama de éstas creció en cierto modo con el tiempo, y que las sentencias que se les pedían cuando se agitaban gravísimas cuestiones, tenían mucha autoridad entre los sabios. Pues bien, es cosa fuera de duda que en aquellos grandes emporios del saber humano, como en su reino, dominó como príncipe Tomás, y que los ánimos de todos, tanto maestros como discípulos, descansaron con admirable concordia en el magisterio y autoridad del Doctor Angélico.

Pero lo que es más, los Romanos Pontífices nuestros predecesores, honraron la sabiduría de Tomás de Aquino con singulares elogios y testimonios amplísimos. Pues Clemente VI [26], Nicolás V [27], Benedicto XIII [28] y otros, atestiguan que la Iglesia universal es ilustrada con su admirable doctrina; San Pío V [29], confiesa que con la misma doctrina las herejías, confundidas y vencidas, se disipan, y el universo mundo es libertado cotidianamente; otros, con Clemente XII [30], afirman que de sus doctrinas dimanaron a la Iglesia católica abundantísimos bienes, y que él mismo debe ser venerado con aquel honor que se da a los Sumos Doctores de la Iglesia Gregorio, Ambrosio, Agustín y Jerónimo; otros, finalmente, no dudaron en proponer en las Academias y grandes liceos a Santo Tomás como ejemplar y maestro, a quien debía seguirse con pie firme. Respecto a lo que parecen muy dignas de recordarse las palabras del B. Urbano V: «Queremos, y por las presentes os mandamos, que adoptéis la doctrina del bienaventurado Tomás, como verídica y católica, y procuréis ampliarla con todas vuestras fuerzas» [31]. Renovaron el ejemplo de Urbano en la Universidad de estudios de Lovaina Inocencio XII [32], y Benedicto XIV [33], en el Colegio Dionisiano de los Granatenses. Añádase a estos juicios de los Sumos Pontífices, sobre Tomás de Aquino, el testimonio de Inocencio VI, como complemento: «La doctrina de éste tiene sobre las demás, exceptuada la canónica, propiedad en las palabras, orden en las materias, verdad en las sentencias, de tal suerte, que nunca a aquellos que la siguieren se les verá apartarse del camino e la verdad, y siempre será sospechoso de error el que la impugnare» [34].

También los Concilios Ecuménicos, en los que brilla la flor de la sabiduría escogida en todo el orbe, procuraron perpetuamente tributar honor singular a Tomás de Aquino. En los Concilios de Lyon, de Viene, de Florencia y Vaticano, puede decirse que intervino Tomás en las deliberaciones y decretos de los Padres, y casi fue el presidente, peleando con fuerza ineluctable y faustísimo éxito contra los errores de los griegos, de los herejes y de los racionalistas. Pero la mayor gloria propia de Tomás, alabanza no participada nunca por ninguno de los Doctores católicos, consiste en que los Padres tridentinos, para establecer el orden en el mismo Concilio, quisieron que juntamente con los libros de la Escritura y los decretos de los Sumos Pontífices se viese sobre el altar la Suma de Tomás de Aquino, a la cual se pidiesen consejos, razones y oráculos.

Últimamente, también estaba reservada al varón incomparable obtener la palma de conseguir obsequios, alabanzas, admiración de los mismos adversarios del nombre católico. Pues está averiguado que no faltaron jefes de las facciones heréticas que confesasen públicamente que, una vez quitada de en medio la doctrina de Tomás de Aquino, «podían fácilmente entrar en combate con todos los Doctores católicos, y vencerlos y derrotar la Iglesia» [35]. Vana esperanza, ciertamente, pero testimonio no vano.

Por esto, venerables Hermanos, siempre que consideramos la bondad, la fuerza y las excelentes utilidades de su ciencia filosófica, que tanto amaron nuestros mayores, juzgamos, que se obró temerariamente no conservando siempre y en todas partes el honor que le es debido; constando especialmente que el uso continuo, el juicio de grandes hombres, y lo que es más el sufragio de la Iglesia, favorecían a la filosofía escolástica. Y en lugar de la antigua doctrina presentóse en varias partes cierta nueva especie de filosofía, de la cual no se recogieron los frutos deseados y saludables que la Iglesia y la misma sociedad civil habían anhelado. Procurándolo los innovadores del siglo XVI, agradó el filosofar sin respeto alguno a la Fe, y fue pedida alternativamente la potestad de escogitar según el gusto y el genio de cualesquiera cosas. Por cuyo motivo fue ya fácil que se multiplicasen más de lo justo los géneros de filosofía y naciesen sentencias diversas y contrarias entre sí aun, acerca de las cosas principales en los conocimientos humanos. De la multitud de las sentencias se pasó frecuentísimamente a las vacilaciones y a las dudas, y desde la lucha, cuán fácilmente caen en error los entendimientos de los hombres, no hay ninguno que lo ignore. Dejándose arrastrar los hombres por el ejemplo, el amor a la novedad pareció también invadir en algunas partes los ánimos de los filósofos católicos, los cuales, desechando el patrimonio de la antigua sabiduría, quisieron, mas con prudencia ciertamente poco sabia y no sin detrimento de las ciencias, hacer cosas nuevas, que aumentar y perfeccionar con las nuevas las antiguas. Pues esta múltiple regla de doctrina, fundándose en la autoridad y arbitrio de cada uno de los maestros, tiene fundamento variable, y por esta razón, no hace a la Filosofía firme, estable ni robusta como la antigua, sino fluctuante y movediza, a la cual, si acaso sucede que se la halla alguna vez insuficiente para sufrir el ímpetu de los enemigos, sépase que la causa y culpa de esto reside en ella misma. Y al decir esto no condenamos en verdad a aquellos hombres doctos e ingeniosos que ponen su industria y erudición y las riquezas de los nuevos descubrimientos al servicio de la filosofía; pues sabemos muy bien que con esto recibe incremento la ciencia. Pero se ha de evitar diligentísimamente no hacer consistir en aquella industria y erudición todo o el principal ejercicio de la Filosofía. Del mismo modo se ha de juzgar de la Sagrada Teología, la cual nos agrada que sea ayudada e ilustrada con los múltiples auxilios de la erudición; pero es de todo punto necesario que sea tratada según la grave costumbre de los Escolásticos, para que unidas en ella las fuerzas de la revelación y de la razón continúe siendo «defensa invencible de la Fe» [36].

Con excelente consejo no pocos cultivadores de las ciencias filosóficas intentaron en estos últimos tiempos restaurar últimamente la Filosofía, renovar la preclara Doctrina de Tomás de Aquino y devolverla su antiguo esplendor.

Hemos sabido, Venerables Hermanos, que muchos de vuestro Orden, con igual deseo han entrado gallardamente por esta vía con grande regocijo de nuestro ánimo. A los cuales alabamos ardientemente y exhortamos a permanecer en el plan comenzado; y a todos los demás de entre vosotros en particular os hacemos saber, que nada nos es más grato ni más apetecible que el que todos suministréis copiosa y abundantemente a la estudiosa juventud los ríos purísimos de sabiduría que manan en continua y riquísima vena del Angélico Doctor.

Los motivos que nos mueven a querer esto con grande ardor son muchos. Primeramente, siendo costumbre en nuestros días tempetuosos combatir la Fe con las maquinaciones y las astucias de una falsa sabiduría, todos los jóvenes, y en especial los que se educan para esperanza de la Iglesia, deben ser alimentados por esto mismo con el poderoso y robusto pacto de Doctrina, para que, potentes con sus fuerzas y equipados con suficiente armamento se acostumbren un tiempo a defender fuerte y sabiamente la causa de la Religión, dispuesto siempre, según los consejos evangélicos, «a satisfacer a todo el que pregunte la razón de aquella esperanza que tenemos» (1Pet 3,15), y «exhortar con la sana doctrina y argüir a los que contradicen» (Tit 1,9). Además, muchos de los hombres que, apartando su espíritu de la Fe, aborrecen las enseñanzas Católicas, profesan que para ella es sólo la razón maestra y guía. Y para sanar a éstos y volverlos a la Fe Católica, además del auxilio sobrenatural de Dios, juzgamos que nada es más oportuno que la sólida Doctrina de los Padres y de los Escolásticos, los cuales demuestran con tanta evidencia y energía los firmísimos fundamentos de la Fe, su divino origen, su infalible verdad, los argumentos con que se prueban, los beneficios que ha prestado al género humano y su perfecta armonía con la razón, cuanto basta y aun sobra para doblegar los entendimientos, aun los más opuestos y contrarios.

La misma sociedad civil y la doméstica, que se halla en el grave peligro que todos sabemos, a causa de la peste dominante de las perversas opiniones, viviría ciertamente más tranquila y más segura, si en las Academias y en las escuelas se enseñase Doctrina más sana y más conforme con el Magisterio de la enseñanza de la Iglesia, tal como la contienen los volúmenes de Tomás de Aquino. Todo lo relativo a la genuina noción de la libertad, que hoy degenera en licencia, al origen divino de toda autoridad, a las leyes y a su fuerza, al paternal y equitativo imperio de los Príncipes supremos, a la obediencia a las potestades superiores, a la mutua caridad entre todos; todo lo que de estas cosas y otras del mismo tenor es enseñado por Tomás, tiene una robustez grandísima e invencible para echar por tierra los principios del nuevo derecho, que, como todos saben, son peligrosos para el tranquilo orden de las cosas y para el público bienestar. Finalmente, todas las ciencias humanas deben esperar aumento y prometerse grande auxilio de esta restauración de las ciencias filosóficas por Nos propuesta. Porque todas las buenas artes acostumbraron tomar de la filosofía, como de la ciencia reguladora, la sana enseñanza y el recto modo, y de aquélla, como de común fuente de vida, sacar energía.

Una constante experiencia nos demuestra que, cuando florecieron mayormente las artes liberales, permaneció incólume el honor y el sabio juicio de la Filosofía, y que fueron descuidadas y casi olvidadas, cuando la Filosofía se inclinó a los errores o se enredó en inepcias. Por lo cual, aún las ciencias físicas que son hoy tan apreciadas y excitan singular admiración con tantos inventos, no recibirán perjuicio alguno con la restauración de la antigua Filosofía, sino que, al contrario, recibirán grande auxilio. Pues para su fructuoso ejercicio e incremento, no solamente se han de considerar los hechos y se ha de contemplar la naturaleza, sino que de los hechos se ha de subir más alto y se ha de trabajar ingeniosamente para conocer la esencia de las cosas corpóreas, para investigar las leyes a que obedecen, y los principios de donde proceden su orden y unidad en la variedad, y la mutua afinidad en la diversidad. A cuyas investigaciones es maravillosa cuanta fuerza, luz y auxilio da la Filosofía Católica, si se enseña con un sabio método.

Acerca de lo que debe advertirse también que es grave injuria atribuir a la Filosofía el ser contraria al incremento y desarrollo de las ciencias naturales. Pues cuando los Escolásticos, siguiendo el sentir de los Santos Padres, enseñaron con frecuencia en la antropología, que la inteligencia humana solamente por las cosas sensibles se elevaba a conocer las cosas que carecían de cuerpo y de materia, naturalmente que nada era más útil al filósofo que investigar diligentemente los arcanos de la naturaleza y ocuparse en el estudio de las cosas físicas mucho y por mucho tiempo. Lo cual confirmaron con su conducta, pues Santo Tomás, el bienaventurado Alberto el Grande, y otros Príncipes de los Escolásticos no se consagraron a la contemplación de la Filosofía, de tal suerte, que no pusiesen grande empeño en conocer las cosas naturales, y muchos dichos y sentencias suyos en este género de cosas los aprueban los maestros modernos, y confiesan estar conformes con la verdad. Además, en nuestros mismos días muchos y muy insignes Doctores de las ciencias físicas atestiguan clara y manifiestamente que entre las ciertas y aprobadas conclusiones de la física más reciente y los principios filosóficos de la Escuela, no existe verdadera pugna.

Nos, pues, mientras manifestamos que recibiremos con buena voluntad y agradecimiento todo lo que se haya dicho sabiamente, todo lo útil que se haya inventado y escogitado por cualquiera, a vosotros todos, Venerables Hermanos, con grave empeño exhortamos a que, para defensa y gloria de la Fe Católica, bien de la sociedad e incremento de todas las ciencias, renovéis y propaguéis latísimamente la áurea sabiduría de Santo Tomás. Decimos la sabiduría de Santo Tomás, pues si hay alguna cosa tratada por los Escolásticos con demasiada sutileza o enseñada inconsideradamente; si hay algo menos concorde con las doctrinas manifiestas de las últimas edades, o finalmente, no laudable de cualquier modo, de ninguna manera está en nuestro ánimo proponerlo para ser imitado en nuestra edad. Por lo demás procuren los maestros elegidos inteligentemente por vosotros, insinuar en los ánimos de sus discípulos la Doctrina de Tomás de Aquino, y pongan en evidencia su solidez y excelencia sobre todas las demás. Las Academias fundadas por vosotros, o las que habéis de fundar, ilustren y defiendan la misma Doctrina y la usen para la refutación de los errores que circulan, Mas para que no se beba la supuesta Doctrina por la verdadera, ni la corrompida por la sincera, cuidad de que la sabiduría de Tomás se tome de las mismas fuentes o al menos de aquellos ríos que, según cierta y conocida opinión de hombres sabios, han salido de la misma fuente y todavía corren íntegros y puros; pero de los que se dicen haber procedido de éstos y en realidad crecieron con aguas ajenas y no saludables, procurad apartar los ánimos de los jóvenes.

Muy bien conocemos que nuestros propósitos serán de ningún valor si no favorece las comunes empresas, Venerables Hermanos, Aquel que en las divinas letras es llamado «Dios de las ciencias» (I Reg 2, 3) en las que también aprendemos «que toda dádiva buena y todo don perfecto viene de arriba, descendiendo del Padre de las luces» (Iac. 1, 17). Y además; «si alguno necesita de sabiduría, pida a Dios que da a todos abundantemente y no se apresure y se le dará» (Iac 1, 5).

También en esto sigamos el ejemplo del Doctor Angélico, que nunca se puso a leer y escribir sin haberse hecho propicio a Dios con sus ruegos, y el cual confesó cándidamente que todo lo que sabía no lo había adquirido tanto con su estudio y trabajo, sino que lo había recibido divinamente; y por lo mismo roguemos todos juntamente a Dios con humilde y concorde súplica que derrame sobre todos los hijos de la Iglesia el espíritu de ciencia y de entendimiento y les abra el sentido para entender la sabiduría. Y para percibir más abundantes frutos de la divina bondad, interponed también delante de Dios el patrocinio eficacísimo de la Virgen María, que es llamada asiento de la sabiduría, y a la vez tomad por intercesores al bienaventurado José, purísimo esposo de la Virgen María, y a los grandes Apóstoles Pedro y Pablo, que renovaron con la verdad el universo mundo corrompido por el inmundo cieno de los errores y le llenaron con la luz de la celestial sabiduría.

Por último, sostenidos con la esperanza del divino auxilio y confiados en vuestra diligencia pastoral, os damos amantísimamente en el Señor a todos vosotros, Venerables Hermanos, a todo el Clero y Pueblo, a cada uno de vosotros encomendado, la apostólica bendición, augurio de celestiales dones y testimonio de nuestra singular benevolencia.

Dado en Roma, en San Pedro a 4 de Agosto de 1879. En el año segundo de nuestro Pontificado.

LEÓN XIII


Notas

[1] De Trin. lib. XIV, c. 1.
[2] Clem. Alex. Strom. lib. 1, c. 16; l. VII, c. 3.
[3] Orig. ad Greg. Thaum.
[4] Clem. Alex., Strom. I, c. 5.
[5] Orat. paneg. ad Origen.
[6] Vit. Moys.
[7] Carm. 1, Iamb. 3.
[8] Epist. ad Magn.
[9] De doctr. christ. I. 11, c. 40.
[10] Const. dogm. de Fid. Cath., cap. 3.
[11] Const. dogm. de Fid. Cath. cap. 4.
[12] Ibíd.
[13] Strom. lib. 1, c. 20.
[14] Epist. ad Magn.
[15] Bula Apostolici regiminis.
[16] Epist. 143 (al 7) ad Marcellin., n. 7.
[17] Const. dogm. de Fid. Cath., cap. 4.
[18] Epis. ad Magn.
[19] Ibíd.
[20] Apologet. §46.
[21] Inst. VII, cap. 7.
[22] De opif. Dei, cap. 21.
[23] Bula Triumphantis, an. 1588.
[24] Ibíd.
[25] In 2ª, 2ª, q. 148, a. 4, in fin.
[26] Bula In ordine.
[27] Breve ad fratres. ord. Praedicat. 1451.
[28] Bula Pretiosus.
[29] Bula Mirabilis.
[30] Bula Verbo Dei.
[31] Const. 5ª dat die 3 Aug. 1368 ad Cancell. Univ. Tolos.
[32] Litt. in form. Brer., die 6 Febr. 1694.
[33] Litt. in form. Brer., die 21 Aug. 1752.
[34] Serm. de S. Tom.
[35] Beza Bucerus.
[36] Sixtus V, Bull. cit.


miércoles, 5 de enero de 2000

ARCANUM DIVINAE SAPIENTIAE (10 DE FEBRERO DE 1880)

CARTA ENCÍCLICA

ARCANUM DIVINAE SAPIENTIAE

DEL SUMO PONTÍFICE

LEÓN XIII

SOBRE LA FAMILIA


I. INTRODUCCIÓN

Restauración de todas las cosas en Cristo

1. El arcano designio de la sabiduría divina que Jesucristo, Salvador de los hombres, había de llevar a cabo en la tierra tuvo por finalidad restaurar El mismo divinamente por sí y en sí al mundo, que parecía estar envejeciendo. Lo que expresó en frase espléndida y profunda el apóstol San Pablo, cuando escribía a los efesios: «El sacramento de su voluntad..., restaurarlo todo en Cristo, lo que hay en el cielo y en la tierra» [1]. Y, realmente, cuando Cristo Nuestro Señor decidió cumplir el mandato que recibiera del Padre, lo primero que hizo fue, despojándolas de su vejez, dar a todas las cosas una forma y una fisonomía nuevas. El mismo curó, en efecto, las heridas que había causado a la naturaleza humana el pecado del primer padre; restituyó a todos los hombres, por naturaleza hijos de ira, a la amistad con Dios; trajo a la luz de la verdad a los fatigados por una larga vida de errores; renovó en toda virtud a los que se hallaban plagados de toda impureza, y dio a los recobrados para la herencia de la felicidad eterna la esperanza segura de que su propio cuerpo, mortal y caduco, había de participar algún día de la inmortalidad y de la gloria celestial. Y para que unos tan singulares beneficios permanecieran sobre la tierra mientras hubiera hombres, constituyó a la Iglesia en vicaria de su misión y le mandó, mirando al futuro, que, si algo padeciera perturbación en la sociedad humana, lo ordenara; que, si algo estuviere caído, que lo levantara.

Influencia de la religión en el orden temporal

2. Mas, aunque esta divina restauración de que hemos hablado toca de una manera principal y directa a los hombres constituidos en el orden sobrenatural de la gracia, sus preciosos y saludables frutos han trascendido, de todos modos, al orden natural ampliamente; por lo cual han recibido perfeccionamiento notable en todos los aspectos tanto los individuos en particular cuanto la universal sociedad humana. Pues ocurrió, tan pronto como quedó establecido el orden cristiano de las cosas, que los individuos humanos aprendieran y se acostumbraran a confiar en la paternal providencia de Dios y a alimentar una esperanza, que no defrauda, de los auxilios celestiales; con lo que se consiguen la fortaleza, la moderación, la constancia, la tranquilidad del espíritu en paz y, finalmente, otras muchas preclaras virtudes e insignes hechos. Por lo que toca a la sociedad doméstica y civil, es admirable cuánto haya ganado en dignidad, en firmeza y honestidad. Se ha hecho más equitativa y respetable la autoridad de los príncipes, más pronta y más fácil la obediencia de los pueblos, más estrecha la unión entre los ciudadanos, más seguro el derecho de propiedad. La religión cristiana ha favorecido y fomentado en absoluto todas aquellas cosas que en la sociedad civil son consideradas como útiles, y hasta tal punto que, como dice San Agustín, aun cuando hubiera nacido exclusivamente para administrar y aumentar los bienes y comodidades de la vida terrena, no parece que hubiera podido ella misma aportar más en orden a una vida buena y feliz.

3. Pero no es nuestro propósito tratar ahora por completo de cada una de estas cosas; vamos a hablar sobre la sociedad doméstica, que tiene su principio y fundamento en el matrimonio.


II. EL MATRIMONIO CRISTIANO

Origen y propiedades

4. Para todos consta, venerables hermanos, cuál es el verdadero origen del matrimonio. Pues, a pesar de que los detractores de la fe cristiana traten de desconocer la doctrina constante de la Iglesia acerca de este punto y se esfuerzan ya desde tiempo por borrar la memoria de todos los siglos, no han logrado, sin embargo, ni extinguir ni siquiera debilitar la fuerza y la luz de la verdad. Recordamos cosas conocidas de todos y de que nadie duda: después que en el sexto día de la creación formó Dios al hombre del limo de la tierra e infundió en su rostro el aliento de vida, quiso darle una compañera, sacada admirablemente del costado de él mismo mientras dormía. Con lo cual quiso el providentísimo Dios que aquella pareja de cónyuges fuera el natural principio de todos los hombres, o sea, de donde se propagara el género humano y mediante ininterrumpidas procreaciones se conservara por todos los tiempos. Y aquella unión del hombre y de la mujer, para responder de la mejor manera a los sapientísimos designios de Dios, manifestó desde ese mismo momento dos principalísimas propiedades, nobilísimas sobre todo y como impresas y grabadas ante sí: la unidad y la perpetuidad. Y esto lo vemos declarado y abiertamente confirmado en el Evangelio por la autoridad divina de Jesucristo, que atestiguó a los judíos y a los apóstoles que el matrimonio, por su misma institución, sólo puede verificarse entre dos, esto es, entre un hombre y una mujer; que de estos dos viene a resultar como una sola carne, y que el vínculo nupcial está tan íntima y tan fuertemente atado por la voluntad de Dios, que por nadie de los hombres puede ser desatado o roto. Se unirá (el hombre) a su esposa y serán dos en una carne. Y así no son dos, sino una carne. Por consiguiente, lo que Dios unió, el hombre no lo separe [2].

Corrupción del matrimonio antiguo

5. Pero esta forma del matrimonio, tan excelente y superior, comenzó poco a poco a corromperse y desaparecer entre los pueblos gentiles; incluso entre los mismos hebreos pareció nublarse y oscurecerse. Entre éstos, en efecto, había prevalecido la costumbre de que fuera lícito al varón tener más de una mujer; y luego, cuando, por la dureza de corazón de los mismos [3], Moisés les permitió indulgentemente la facultad de repudio, se abrió la puerta a los divorcios. Por lo que toca a la sociedad pagana, apenas cabe creerse cuánto degeneró y qué cambios experimentó el matrimonio, expuesto como se hallaba al oleaje de los errores y de las más torpes pasiones de cada pueblo.

Todas las naciones parecieron olvidar, más o menos, la noción y el verdadero origen del matrimonio, dándose por doquiera leyes emanadas, desde luego, de la autoridad pública, pero no las que la naturaleza dicta. Ritos solemnes, instituidos al capricho de los legisladores, conferían a las mujeres el título honesto de esposas o el torpe de concubinas; se llegó incluso a que determinara la autoridad de los gobernantes a quiénes les estaba permitido contraer matrimonio y a quiénes no, leyes que conculcaban gravemente la equidad y el honor. La poligamia, la poliandria, el divorcio, fueron otras tantas causas, además, de que se relajara enormemente el vínculo conyugal. Gran desorden hubo también en lo que atañe a los mutuos derechos y deberes de los cónyuges, ya que el marido adquiría el dominio de la mujer y muchas veces la despedía sin motivo alguno justo; en cambio, a él, entregado a una sensualidad desenfrenada e indomable, le estaba permitido discurrir impunemente entre lupanares y esclavas, como si la culpa dependiera de la dignidad y no de la voluntad [4]. Imperando la licencia marital, nada era más miserable que la esposa, relegada a un grado de abyección tal, que se la consideraba como un mero instrumento para satisfacción del vicio o para engendrar hijos. Impúdicamente se compraba y vendía a las que iban a casarse, cual si se tratara de cosas materiales [5], concediéndose a veces al padre y al marido incluso la potestad de castigar a la esposa con el último suplicio. La familia nacida de tales matrimonios necesariamente tenía que contarse entre los bienes del Estado o se hallaba bajo el dominio del padre, a quien las leyes facultaban, además, para proponer y concertar a su arbitrio los matrimonios de sus hijos y hasta para ejercer sobre los mismos la monstruosa potestad de vida y muerte.

Su ennoblecimiento por Cristo

6. Tan numerosos vicios, tan enormes ignominias como mancillaban el matrimonio, tuvieron, finalmente, alivio y remedio, sin embargo, pues Jesucristo, restaurador de la dignidad humana y perfeccionador de las leyes mosaicas, dedicó al matrimonio un no pequeño ni el menor de sus cuidados. Ennobleció, en efecto, con su presencia las bodas de Caná de Galilea, inmortalizándolas con el primero de sus milagros [6], motivo por el que, ya desde aquel momento, el matrimonio parece haber sido perfeccionado con principios de nueva santidad. Restituyó luego el matrimonio a la nobleza de su primer origen, ya reprobando las costumbres de los hebreos, que abusaban de la pluralidad de mujeres y de la facultad de repudio, ya sobre todo mandando que nadie desatara lo que el mismo Dios había atado con un vínculo de unión perpetua. Por todo ello, después de refutar las objeciones fundadas en la ley mosaica, revistiéndose de la dignidad de legislador supremo, estableció sobre el matrimonio esto: “Os digo, pues,que todo el que abandona a su mujer, a no ser por causa de fornicación, y toma otra, adultera; y el que toma a la abandonada, adultera” [7].

Transmisión de su doctrina por los apóstoles

7. Cuanto por voluntad de Dios ha sido decretado y establecido sobre los matrimonios, sin embargo, nos lo han transmitido por escrito y más claramente los apóstoles, mensajeros de las leyes divinas. Y dentro del magisterio apostólico, debe considerarse lo que los Santos Padres, los concilios y la Tradición de la Iglesia universal han enseñado siempre [8], esto es, que Cristo Nuestro Señor elevó el matrimonio a la dignidad de sacramento, haciendo al mismo tiempo que los cónyuges, protegidos y auxiliados por la gracia celestial conseguida por los méritos de El, alcanzasen en el matrimonio mismo la santidad, y no sólo perfeccionando en éste, admirablemente concebido a semejanza de la mística unión de Cristo con la Iglesia, el amor que brota de la naturaleza [9], sino también robusteciendo la unión, ya de suyo irrompible, entre marido y mujer con un más fuerte vínculo de caridad. “Maridos —dice el apóstol San Pablo— amad a vuestras mujeres igual que Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla... Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos... ya que nadie aborrece jamás su propia carne, sino que la nutre y la abriga, como Cristo también a la Iglesia; porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán dos en una carne”. Sacramento grande es éste; pero os lo digo: en Cristo y en la Iglesia [10]. Por magisterio de los apóstoles sabemos igualmente que Cristo mandó que la unidad y la perpetua estabilidad, propias del matrimonio desde su mismo origen, fueran sagradas y por siempre inviolables. “A los casados —dice el mismo San Pablo— les mando, no yo, sino el Señor, que la mujer no se aparte de su marido; y si se apartare, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con su marido” [11]. Y de nuevo: “La mujer está ligada a su ley mientras viviere su marido; y si su marido muere, queda libre” [12]. Es por estas causas que el matrimonio es “sacramento grande y entre todos honorable” [13], piadoso, casto, venerable, por ser imagen y representación de cosas altísimas.

La finalidad del matrimonio en el cristianismo

8. Su excelencia y perfección cristiana no se limita sólo a lo que acabamos de recordar. Pues, en primer lugar, se asignó a la sociedad conyugal una finalidad más noble y más excelsa que antes, porque se determinó que era misión suya no sólo la propagación del género humano, sino también la de engendrar la prole de la Iglesia, conciudadanos de los santos y domésticos de Dios [14], esto es, la procreación y educación del pueblo para el culto y religión del verdadero Dios y de Cristo nuestro Salvador [15]. En segundo lugar, quedaron definidos íntegramente los deberes de ambos cónyuges, establecidos perfectamente sus derechos. Es decir, que es necesario que se hallen siempre dispuestos de tal modo que entiendan que mutuamente se deben el más grande amor, una constante fidelidad y una solícita y continua ayuda. El marido es el jefe de la familia y cabeza de la mujer, la cual, sin embargo, puesto que es carne de su carne y hueso de sus huesos, debe someterse y obedecer al marido, no a modo de esclava, sino de compañera; esto es, que a la obediencia prestada no le falten ni la honestidad ni la dignidad. Tanto en el que manda como en la que obedece, dado que ambos son imagen, el uno de Cristo y el otro de la Iglesia, sea la caridad reguladora constante del deber. Puesto que el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia... Y así como la Iglesia está sometida a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo [16]. Por lo que toca a los hijos, deben éstos someterse y obedecer a sus padres y honrarlos por motivos de conciencia; y los padres, a su vez, es necesario que consagren todos sus cuidados y pensamientos a la protección de sus hijos, y principalísimamente a educarlos en la virtud: Padres... educad (a vuestros hijos) en la disciplina y en el respeto del Señor [17]. De lo que se infiere que los deberes de los cónyuges no son ni pocos ni leves; mas para los esposos buenos, a causa de la virtud que se percibe del sacramento, les serán no sólo tolerables, sino incluso gratos.

La potestad de la Iglesia

9. Cristo, por consiguiente, habiendo renovado el matrimonio con tal y tan grande excelencia, confió y encomendó toda la disciplina del mismo a la Iglesia. La cual ejerció en todo tiempo y lugar su potestad sobre los matrimonios de los cristianos, y la ejerció de tal manera que dicha potestad apareciera como propia suya, y no obtenida por concesión de los hombres, sino recibida de Dios por voluntad de su fundador. Es de sobra conocido por todos, para que se haga necesario demostrarlo, cuántos y qué vigilantes cuidados haya puesto para conservar la santidad del matrimonio a fin de que éste se mantuviera incólume. Sabemos, en efecto, con toda certeza, que los amores disolutos y libres fueron condenados por sentencia del concilio de Jerusalén [18]; que un ciudadano incestuoso de Corinto fue condenado por autoridad de San Pablo [19]; que siempre fueron rechazados y combatidos con igual vigor los intentos de muchos que atacaban el matrimonio cristiano: los gnósticos, los maniqueos y los montanistas en los orígenes del cristianismo; y, en nuestros tiempos, los mormones, los sansimonianos, los falansterianos y los comunistas. Quedó igualmente establecido un mismo y único derecho imparcial del matrimonio para todos, suprimida la antigua diferencia entre esclavos y libres [20]; igualados los derechos del marido y de la mujer, pues, como decía San Jerónimo, entre nosotros, lo que no es lícito a las mujeres, justamente tampoco es lícito a los maridos, y una misma obligación es de igual condición para los dos [21]; consolidados de una manera estable esos mismos derechos por la correspondencia en el amor y por la reciprocidad de los deberes; asegurada y reivindicada la dignidad de la mujer; prohibido al marido castigar a la adúltera con la muerte [22] y violar libidinosa o impúdicamente la fidelidad jurada. Y es grande también que la Iglesia limitara, en cuanto fue conveniente, la potestad de los padres de familia, a fin de que no restaran nada de la justa libertad a los hijos o hijas que desearan casarse [23]; prohibiera los matrimonios entre parientes y afines de determinados grados [24], con objeto de que el amor sobrenatural de los cónyuges se extendiera por un más ancho campo; cuidara de que se prohibieran en los matrimonios, hasta donde fuera posible, el error, la violencia y el fraude [25], y ordenara que se protegieran la santa honestidad del tálamo, la seguridad de las personas [26], el decoro de los matrimonios [27] y la integridad de la religión [28]. En fin, defendió con tal vigor, con tan previsoras leyes esta divina institución, que ningún observador imparcial de la realidad podrá menos que reconocer que, también por lo que se refiere al matrimonio, el mejor custodio y defensor del género humano es la Iglesia, cuya sabiduría ha triunfado del tiempo, de las injurias de los hombres y de las vicisitudes innumerables de las cosas.


III. ATAQUES DE QUE ES OBJETO

Negación de la potestad de la Iglesia

10. No faltan, sin embargo, quienes, ayudados por el enemigo del género humano, igual que con incalificable ingratitud rechazan los demás beneficios de la redención, desprecian también o tratan de desconocer en absoluto la restauración y elevación del matrimonio. Fue falta de no pocos entre los antiguos haber sido enemigos en algo del matrimonio; pero es mucho más grave en nuestros tiempos el pecado de aquellos que tratan de destruir totalmente su naturaleza, perfecta y completa en todas sus partes. La causa de ello reside principalmente en que, imbuidos en las opiniones de una filosofía falsa y por la corrupción de las costumbres, muchos nada toleran menos que someterse y obedecer, trabajando denodadamente, además, para que no sólo los individuos, sino también las familias y hasta la sociedad humana entera desoiga soberbiamente el mandato de Dios. Ahora bien: hallándose la fuente y el origen de la sociedad humana en el matrimonio, les resulta insufrible que el mismo esté bajo la jurisdicción de la Iglesia y tratan, por el contrario, de despojarlo de toda santidad y de reducirlo al círculo verdaderamente muy estrecho de las cosas de institución humana y que se rigen y administran por el derecho civil de las naciones. De donde necesariamente había de seguirse que atribuyeran todo derecho sobre el matrimonio a los poderes estatales, negándoselo en absoluto a la Iglesia, la cual, si en un tiempo ejerció tal potestad, esto se debió a indulgencia de los príncipes o fue contra derecho. Y ya es tiempo, dicen, que los gobernantes del Estado reivindiquen enérgicamente sus derechos y reglamenten a su arbitrio cuanto se refiere al matrimonio. De aquí han nacido los llamados matrimonios civiles, de aquí esas conocidas leyes sobre las causas que impiden los matrimonios; de aquí esas sentencias judiciales acerca de si los contratos conyugales fueron celebrados válidamente o no. Finalmente, vemos que le ha sido arrebatada con tanta saña a la Iglesia católica toda potestad de instituir y dictar leyes sobre este asunto, que ya no se tiene en cuenta para nada ni su poder divino ni sus previsoras leyes, con las cuales vivieron durante tanto tiempo unos pueblos, a los cuales llegó la luz de la civilización juntamente con la sabiduría cristiana.

Carácter religioso del matrimonio

11. Los naturalistas y todos aquellos que se glorían de rendir culto sobre todo al numen popular y se esfuerzan en divulgar por todas las naciones estas perversas doctrinas, no pueden verse libres de la acusación de falsedad. En efecto, teniendo el matrimonio por su autor a Dios, por eso mismo hay en él algo de sagrado y religioso, no adventicio, sino ingénito; no recibido de los hombres, sino radicado en la naturaleza. Por ello, Inocencio III [29] y Honorio III [30], predecesores nuestros, han podido afirmar, no sin razón ni temerariamente, que el Sacramento del matrimonio existe entre fieles e infieles. Nos dan testimonio de ello tanto los monumentos de la antigüedad cuanto las costumbres e instituciones de los pueblos que anduvieron más cerca de la civilización y se distinguieron por un conocimiento más perfecto del derecho y de la equidad: consta que en las mentes de todos éstos se hallaba informado y anticipado que, cuando se pensaba en el matrimonio, se pensaba en algo que implicaba religión y santidad. Por esta razón, las bodas acostumbraron a celebrarse frecuentemente entre ellos, no sin las ceremonias religiosas, mediante la autorización de los pontífices y el ministerio de los Sacerdotes. ¡Tan gran poder tuvieron en estos ánimos carentes de la doctrina celestial la naturaleza de las cosas, la memoria de los orígenes y la conciencia del género humano! Por consiguiente, siendo el matrimonio por su virtud, por su naturaleza, de suyo algo sagrado, lógico es que se rija y se gobierne no por autoridad de príncipes, sino por la divina autoridad de la Iglesia, la única que tiene el magisterio de las cosas sagradas. Hay que considerar después la dignidad del sacramento, con cuya adición los matrimonios cristianos quedan sumamente ennoblecidos. Ahora bien: estatuir y mandar en materia de Sacramentos, por voluntad de Cristo, sólo puede y debe hacerlo la Iglesia, hasta el punto de que es totalmente absurdo querer trasladar aun la más pequeña parte de este poder a los gobernantes civiles. Finalmente, es grande el peso y la fuerza de la historia, que clarísimamente nos enseña que la potestad legislativa y judicial de que venimos hablando fue ejercida libre y constantemente por la Iglesia, aun en aquellos tiempos en que torpe y neciamente se supone que los poderes públicos consentían en ello o transigían. ¡Cuán increíble, cuán absurdo que Cristo Nuestro Señor hubiera condenado la inveterada corruptela de la poligamia y del repudio con una potestad delegada en El por el procurador de la provincia o por el rey de los judíos! ¡O que el apóstol San Pablo declarara ilícitos el divorcio y los matrimonios incestuosos por cesión o tácito mandato de Tiberio, de Calígula o de Nerón! Jamás se logrará persuadir a un hombre de sano entendimiento que la Iglesia llegara a promulgar tantas leyes sobre la santidad y firmeza del matrimonio [31], sobre los matrimonios entre esclavos y libres [32], con una facultad otorgada por los emperadores romanos, enemigos máximos del cristianismo, cuyo supremo anhelo no fue otro que el de aplastar con la violencia y la muerte la naciente religión de Cristo; sobre todo cuando el derecho emanado de la Iglesia se apartaba del derecho civil, hasta el punto de que Ignacio Mártir [33], Justino [34], Atenágoras [35] y Tertuliano [36] condenaban públicamente como injustos y adulterinos algunos matrimonios que, por el contrario, amparaban las leyes imperiales. Y cuando la plenitud del poder vino a manos de los emperadores cristianos, los Sumos Pontífices y los obispos reunidos en los concilios prosiguieron, siempre con igual libertad y conciencia de su derecho, mandando y prohibiendo en materia de matrimonios lo que estimaron útil y conveniente según los tiempos, sin preocuparles discrepar de las instituciones civiles. Nadie ignora cuántas instituciones, frecuentemente muy en desacuerdo con las disposiciones imperiales, fueron dictadas por los prelados de la Iglesia sobre los impedimentos de vínculo, de voto, de disparidad de culto, de consanguinidad, de crimen, de honestidad pública en los concilios Iliberitano [37], Arelatense [38], Calcedonense [39], Milevitano II [40] y otros. Y ha estado tan lejos de que los príncipes reclamaran para sí la potestad sobre el matrimonio cristiano, que antes bien han reconocido y declarado que, cuanta es, corresponde a la Iglesia. En efecto, Honorio, Teodosio el Joven y Justiniano [41] no han dudado en manifestar que, en todo lo referente a matrimonios, no les era lícito ser otra cosa que custodios y defensores de los sagrados cánones. Y si dictaminaron algo acerca de impedimentos matrimoniales, hicieron saber que no procedían contra la voluntad, sino con el permiso y la autoridad de la Iglesia [42], cuyo parecer acostumbraron a consultar y aceptar reverentemente en las controversias sobre la honestidad de los nacimientos [43], sobre los divorcios [44] y, finalmente, sobre todo lo relacionado de cualquier modo con el vínculo conyugal [45]. Con el mejor derecho, por consiguiente, se definió en el concilio Tridentino que es potestad de la Iglesia establecer los impedimentos dirimentes del matrimonio [46] y que las causas matrimoniales son de la competencia de los jueces eclesiásticos [47].

Intento de separar contrato y Sacramento

12. Y no se le ocurra a nadie aducir aquella decantada distinción de los regalistas entre el contrato nupcial y el Sacramento, inventada con el propósito de adjudicar al poder y arbitrio de los príncipes la jurisdicción sobre el contrato, reservando a la Iglesia la del Sacramento. Dicha distinción o, mejor dicho, partición no puede probarse, siendo cosa demostrada que en el matrimonio cristiano el contrato es inseparable del sacramento. Cristo Nuestro Señor, efectivamente, enriqueció con la dignidad de sacramento el matrimonio, y el matrimonio es ese mismo contrato, siempre que se haya celebrado legítimamente. Añádese a esto que el matrimonio es Sacramento porque es un signo sagrado y eficiente de gracia y es imagen de la unión mística de Cristo con la Iglesia. Ahora bien: la forma y figura de esta unión está expresada por ese mismo vínculo de unión suma con que se ligan entre sí el marido y la mujer, y que no es otra cosa sino el matrimonio mismo. Así, pues, queda claro que todo matrimonio legítimo entre cristianos es en sí y por sí Sacramento y que nada es más contrario a la verdad que considerar el Sacramento como un cierto ornato sobreañadido o como una propiedad extrínseca, que quepa distinguir o separar del contrato, al arbitrio de los hombres. Ni por la razón ni por la historia se prueba, por consiguiente, que la potestad sobre los matrimonios de los cristianos haya pasado a los gobernantes civiles. Y si en esto ha sido violado el derecho ajeno, nadie podrá decir, indudablemente, que haya sido violado por la Iglesia.

Los principios del naturalismo

13. ¡Ojalá que los oráculos de los naturalistas, así como están llenos de falsedad y de injusticia, estuvieran también vacíos de daños y calamidades! Pero es fácil ver cuánto perjuicio ha causado la profanación del matrimonio y lo que aún reportará a toda la sociedad humana. En un principio fue divinamente establecida la ley de que las cosas hechura de Dios o de la naturaleza nos resultaran tanto más útiles y saludables cuanto se conservaran más íntegras e inmutables en su estado nativo, puesto que Dios, creador de todas las cosas, supo muy bien qué convendría a la estructura y conservación de las cosas singulares, y las ordenó todas en su voluntad y en su mente de tal manera que cada cual llegara a tener su más adecuada realización. Ahora bien: si la irreflexión de los hombres o su maldad se empeñara en torcer o perturbar un orden tan providentísimamente establecido, entonces las cosas más sabia y provechosamente instituidas o comienzan a convertirse en un obstáculo o dejan de ser provechosas, ya por haber perdido en el cambio su poder de ayudar, ya porque Dios mismo quiera castigar la soberbia y el atrevimiento de los mortales. Ahora bien: los que niegan que el matrimonio sea algo sagrado y, despojándolo de toda santidad, lo arrojan al montón de las cosas humanas, éstos pervierten los fundamentos de la naturaleza, se oponen a los designios de la divina Providencia y destruyen, en lo posible, lo instituido. Por ello, nada tiene de extrañar que de tales insensatos e impíos principios resulte una tal cosecha de males, que nada pueda ser peor para la salvación de las almas y el bienestar de la república.

Frutos del matrimonio cristiano

14. Si se considera a qué fin tiende la divina institución del matrimonio, se verá con toda claridad que Dios quiso poner en él las fuentes ubérrimas de la utilidad y de la salud públicas. Y no cabe la menor duda de que, aparte de lo relativo a la propagación del género humano, tiende también a hacer mejor y más feliz la vida de los cónyuges; y esto por muchas razones, a saber: por la ayuda mutua en el remedio de las necesidades, por el amor fiel y constante, por la comunidad de todos los bienes y por la gracia celestial que brota del Sacramento. Es también un medio eficacísimo en orden al bienestar familiar, ya que los matrimonios, siempre que sean conformes a la naturaleza y estén de acuerdo con los consejos de Dios, podrán de seguro robustecer la concordia entre los padres, asegurar la buena educación de los hijos, moderar la patria potestad con el ejemplo del poder divino, hacer obedientes a los hijos para con sus padres, a los sirvientes respecto de sus señores. De unos matrimonios así, las naciones podrán fundadamente esperar ciudadanos animados del mejor espíritu y que, acostumbrados a reverenciar y amar a Dios, estimen como deber suyo obedecer a los que justa y legítimamente mandan amar a todos y no hacer daño a nadie.

La ausencia de religión en el matrimonio

15. Estos tan grandes y tan valiosos frutos produjo realmente el matrimonio mientras conservó sus propiedades de santidad, unidad y perpetuidad, de las que recibe toda su fructífera y saludable eficacia; y no cabe la menor duda de que los hubiera producido semejantes e iguales si siempre y en todas partes se hubiera hallado bajo la potestad y celo de la Iglesia, que es la más fiel conservadora y defensora de tales propiedades. Mas, al surgir por doquier el afán de sustituir por el humano los derechos divino y natural, no sólo comenzó a desvanecerse la idea y la noción elevadísima a que la naturaleza había impreso y como grabado en el ánimo de los hombres, sino que incluso en los mismos matrimonios entre cristianos, por perversión humana, se ha debilitado mucho aquella fuerza procreadora de tan grandes bienes. ¿Qué de bueno pueden reportar, en efecto, aquellos matrimonios de los que se halla ausente la religión cristiana, que es madre de todos los bienes, que nutre las más excelsas virtudes, que excita e impele a cuanto puede honrar a un ánimo generoso y noble? Desterrada y rechazada la religión, por consiguiente, sin otra defensa que la bien poco eficaz honestidad natural, los matrimonios tienen que caer necesariamente de nuevo en la esclavitud de la naturaleza viciada y de la peor tiranía de las pasiones. De esta fuente han manado múltiples calamidades, que han influido no sólo sobre las familias, sino incluso sobre las sociedades, ya que, perdido el saludable temor de Dios y suprimido el cumplimiento de los deberes, que jamás en parte alguna ha sido más estricto que en la religión cristiana, con mucha frecuencia ocurre, cosa fácil en efecto, que las cargas y obligaciones del matrimonio parezcan apenas soportables y que muchos ansíen liberarse de un vínculo que, en su opinión, es de derecho humano y voluntario, tan pronto como la incompatibilidad de caracteres, o las discordias, o la violación de la fidelidad por cualquiera de ellos, o el consentimiento mutuo u otras causas aconsejen la necesidad de separarse. Y si entonces los códigos les impiden dar satisfacción a su libertinaje, se revuelven contra las leyes, motejándolas de inicuas, de inhumanas y de contrarias al derecho de ciudadanos libres, pidiendo, por lo mismo, que se vea de desecharlas y derogarlas y de decretar otra más humana en que sean lícitos los divorcios.

16. Los legisladores de nuestros tiempos, confesándose partidarios y amantes de los mismos principios de derecho, no pueden verse libres, aun queriéndolo con todas sus fuerzas, de la mencionada perversidad de los hombres; hay, por tanto, que ceder a los tiempos y conceder la facultad de divorcio. Lo mismo que la propia historia testifica. Dejando a un lado, en efecto, otros hechos, al finalizar el pasado siglo, en la no tanto revolución cuanto conflagración francesa, cuando, negado Dios, se profanaba todo en la sociedad, entonces se accedió, al fin, a que las separaciones conyugales fueran ratificadas por las leyes. Y muchos propugnan que esas mismas leyes sean restablecidas en nuestros tiempos, pues quieren apartar en absoluto a Dios y a la Iglesia de la sociedad conyugal, pensando neciamente que el remedio más eficaz contra la creciente corrupción de las costumbres debe buscarse en semejantes leyes.

Males del divorcio

17. Realmente, apenas cabe expresar el cúmulo de males que el divorcio lleva consigo. Debido a él, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogra la asistencia y la educación de los hijos, se da pie a la disolución de la sociedad doméstica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empequeñece y se deprime la dignidad de las mujeres, que corren el peligro de verse abandonadas así que hayan satisfecho la sensualidad de los maridos. Y puesto que, para perder a las familias y destruir el poderío de los reinos, nada contribuye tanto como la corrupción de las costumbres, fácilmente se verá cuán enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravación moral de los pueblos, y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las más relajadas costumbres de la vida privada y pública. Y se advertirá que son mucho más graves estos males si se considera que, una vez concedida la facultad de divorciarse, no habrá freno suficientemente poderoso para contenerla dentro de unos límites fijos o previamente establecidos. Muy grande es la fuerza del ejemplo, pero es mayor la de las pasiones: con estos incentivos tiene que suceder que el prurito de los divorcios, cundiendo más de día en día, invada los ánimos de muchos como una contagiosa enfermedad o como un torrente que se desborda rotos los diques.

Su confirmación por los hechos

18. Todas estas cosas son ciertamente claras de suyo; pero con el renovado recuerdo de los hechos se harán más claras todavía. Tan pronto como la ley franqueó seguro camino al divorcio, aumentaron enormemente las disensiones, los odios y las separaciones, siguiéndose una tan espantosa relajación moral, que llegaron a arrepentirse hasta los propios defensores de tales separaciones; los cuales, de no haber buscado rápidamente el remedio en la ley contraria, era de temer que se precipitara en la ruina la propia sociedad civil. Se dice que los antiguos romanos se horrorizaron ante los primeros casos de divorcio; tardó poco, sin embargo, en comenzar a embotarse en los espíritus el sentido de la honestidad, a languidecer el pudor que modera la sensualidad, a quebrantarse la fidelidad conyugal en medio de tamaña licencia, hasta el punto de que parece muy verosímil lo que se lee en algunos autores: que las mujeres introdujeron la costumbre de contarse los años no por los cambios de cónsules, sino de maridos. Los protestantes, de igual modo, dictaron al principio leyes autorizando el divorcio en determinadas causas, pocas desde luego; pero ésas, por afinidad entre cosas semejantes, es sabido que se multiplicaron tanto entre alemanes, americanos y otros, que los hombres sensatos pensaran en que había de lamentarse grandemente la inmensa depravación moral y la intolerable torpeza de las leyes. Y no ocurrió de otra manera en las naciones católicas, en las que, si alguna vez se dio lugar al divorcio, la muchedumbre de los males que se siguió dejó pequeños los cálculos de los gobernantes. Pues fue crimen de muchos inventar todo género de malicias y de engaños y recurrir a la crueldad, a las injurias y al adulterio al objeto de alegar motivos con que disolver impunemente el vínculo conyugal, de que ya se habían hastiado, y esto con tan grave daño de la honestidad pública, que públicamente se llegara a estimar de urgente necesidad entregarse cuanto antes a la enmienda de tales leyes. ¿Y quién podrá dudar de que los resultados de las leyes protectoras del divorcio habrían de ser igualmente lamentables y calamitosas si llegaran a establecerse en nuestros días? No se halla ciertamente en los proyectos ni en los decretos de los hombres una potestad tan grande como para llegar a cambiar la índole ni la estructura natural de las cosas; por ello interpretan muy desatinadamente el bienestar público quienes creen que puede trastocarse impunemente la verdadera estructura del matrimonio y, prescindiendo de toda santidad, tanto de la religión cuanto del Sacramento, parecen querer rehacer y reformar el matrimonio con mayor torpeza todavía que fue costumbre en las mismas instituciones paganas. Por ello, si no cambian estas maneras de pensar, tanto las familias cuanto la sociedad humana vivirán en constante temor de verse arrastradas lamentablemente a ese peligro y ruina universal, que desde hace ya tiempo vienen proponiendo las criminales hordas de socialistas y comunistas. En esto puede verse cuán equivocado y absurdo sea esperar el bienestar público del divorcio, que, todo lo contrario, arrastra a la sociedad a una ruina segura.

Conducta de la Iglesia frente al divorcio

19. Hay que reconocer, por consiguiente, que la Iglesia católica, atenta siempre a defender la santidad y la perpetuidad de los matrimonios, ha servido de la mejor manera al bien común de todos los pueblos, y que se le debe no pequeña gratitud por sus públicas protestas, en el curso de los últimos cien años, contra las leyes civiles que pecaban gravemente en esta materia [48]; por su anatema dictado contra la detestable herejía de los protestantes acerca de los divorcios y repudios [49]; por haber condenado de muchas maneras la separación conyugal en uso entre los griegos [50]; por haber declarado nulos los matrimonios contraídos con la condición de disolverlos en un tiempo dado [51]; finalmente, por haberse opuesto ya desde los primeros tiempos a las leyes imperiales que amparaban perniciosamente los divorcios y repudios [52]. Además, cuantas veces los Sumos Pontífices resistieron a poderosos príncipes, los cuales pedían incluso con amenazas que la Iglesia ratificara los divorcios por ellos efectuados, otras tantas deben ser considerados como defensores no sólo de la integridad de la religión, sino también de la civilización de los pueblos. A este propósito, la posteridad toda verá con admiración los documentos reveladores de un espíritu invicto, dictados: por Nicolás II contra Lotario; por Urbano II y Pascual II contra Felipe I, rey de Francia; por Celestino III e Inocencio III contra Felipe II, príncipe de Francia; por Clemente VII y Paulo III contra Enrique VIII, y, finalmente, por el santo y valeroso pontífice Pío VII contra Napoleón, engreído por su prosperidad y por la magnitud de su Imperio.


IV. LOS REMEDIOS

El poder civil

20. Siendo las cosas así, los gobernantes y estadistas, de haber querido seguir los dictados de la razón, de la sabiduría y de la misma utilidad de los pueblos, debieron preferir que las sagradas leyes sobre el matrimonio permanecieran intactas y prestar a la Iglesia la oportuna ayuda para tutela de las costumbres y prosperidad de las familias, antes que constituirse en sus enemigos y acusarla falsa e inicuamente de haber violado el derecho civil.

21. Y esto con tanta mayor razón cuanto que la Iglesia, igual que no puede apartarse en cosa alguna del cumplimiento de su deber y de la defensa de su derecho, así suele ser, sobre todo, propensa a la benignidad y a la indulgencia en todo lo que sea compatible con la integridad de sus derechos y con la santidad de sus deberes. Por ello jamás dictaminó nada sobre matrimonios sin tener en cuenta el estado de la comunidad y las condiciones de los pueblos, mitigando en más de una ocasión, en cuanto le fue posible, lo establecido en sus leyes, cuando hubo causas justas y graves para tal mitigación. Tampoco ignora ni niega que el Sacramento del matrimonio, encaminado también a la conservación y al incremento de la sociedad humana, tiene parentesco y vinculación con cosas humanas, consecuencias indudables del matrimonio, pero que caen del lado de lo civil y respecto de las cuales con justa competencia legislan y entienden los gobernantes del Estado.

El poder eclesiástico

22. Nadie duda que el fundador de la Iglesia, nuestro Señor Jesucristo, quiso que la potestad sagrada fuera distinta de la civil, y libres y expeditas cada una de ellas en el desempeño de sus respectivas funciones; pero con este aditamento: que a las dos conviene y a todos los hombres interesa que entre las dos reinen la unión y la concordia, y que en aquellas cosas que, aun cuando bajo aspectos diversos, son de derecho y juicio común, una, la que tiene a su cargo las cosas humanas, dependa oportuna y convenientemente de la otra, a que se han confiado las cosas celestiales. En una composición y casi armonía de esta índole se contiene no sólo la mejor relación entre las potestades, sino también el modo más conveniente y eficaz de ayuda al género humano, tanto en lo que se refiere a los asuntos de esta vida cuanto en lo tocante a la esperanza de la salvación eterna. En efecto, así como la inteligencia de los hombres, según hemos expuesto en anteriores encíclicas, si está de acuerdo con la fe cristiana, gana mucho en nobleza y en vigor para desechar los errores, y, a su vez, la fe recibe de ella no pequeña ayuda, de igual manera, si la potestad civil se comporta amigablemente con la Iglesia, las dos habrán de salir grandemente gananciosas. La dignidad de la una se enaltece, y yendo por delante la religión, jamás será injusto su mandato; la otra obtendrá medios de tutela y de defensa para el bien común de los fieles.

23. Nos, por consiguiente, movidos por esta consideración de las cosas, con el mismo afecto que otras veces lo hemos hecho, invitamos de nuevo con toda insistencia en la presente a los gobernantes a estrechar la concordia y la amistad, y somos Nos el primero en tender, con paternal benevolencia, nuestra diestra con el ofrecimiento del auxilio de nuestra suprema potestad, tanto más necesario en estos tiempos cuanto que el derecho de mandar, cual si hubiera recibido una herida, se halla debilitado en la opinión de los hombres. Ardiendo ya los ánimos en el más osado libertinaje y vilipendiando con criminal audacia todo yugo de autoridad, por legítima que sea; la salud pública postula que las fuerzas de las dos potestades se unan para impedir los daños que amenazan no sólo a la Iglesia, sino también a la sociedad civil.

Exhortación a los obispos

24. Mas, al mismo tiempo que aconsejamos insistentemente la amigable unión de las voluntades y suplicamos a Dios, príncipe de la paz, que infunda en los ánimos de todos los hombres el amor de la concordia, no podemos menos de incitar, venerables hermanos, exhortándoos una y otra vez, vuestro ingenio, vuestro celo y vigilancia, que sabemos que es máxima en vosotros. En cuanto esté a vuestro alcance, con todo lo que pueda vuestra autoridad, trabajad para que entre las gentes confiadas a vuestra vigilancia se mantenga íntegra e incorruptible la doctrina que enseñaron Cristo Nuestro Señor y los Apóstoles, intérpretes de la voluntad divina, y que la Iglesia católica observó religiosamente ella misma y mandó que en todos los tiempos observaran los fieles cristianos.

25. Tomaos el mayor cuidado de que los pueblos abunden en los preceptos de la sabiduría cristiana y no olviden jamás que el matrimonio no fue instituido por voluntad de los hombres, sino en el principio por autoridad y disposición de Dios, y precisamente bajo esta ley, de que sea de uno con una; y que Cristo, autor de la Nueva Alianza, lo elevó de menester de naturaleza a sacramento y que, por lo que atañe al vínculo, atribuyó la potestad legislativa y judicial a su Iglesia. Acerca de esto habrá que tener mucho cuidado de que las mentes no se vean arrastradas por las falaces conclusiones de los adversarios, según los cuales esta potestad le ha sido quitada a la Iglesia. Todos deben igualmente saber que, si se llevara a cabo entre fieles una unión de hombre con mujer fuera del Sacramento, tal unión carece de toda fuerza y razón de legítimo matrimonio; y que, aun cuando se hubiera verificado convenientemente conforme a las leyes del país, esto no pasaría de ser una práctica o costumbre introducida por el derecho civil, y este derecho sólo puede ordenar y administrar aquellas cosas que los matrimonios producen de sí en el orden civil, las cuales claro está que no podrán producirse sin que exista su verdadera y legítima causa, es decir, el vínculo nupcial.

Importa sobre todo que estas cosas sean conocidas de los esposos, a los cuales incluso habrá que demostrárselas e inculcárselas en los ánimos, a fin de que puedan cumplir con las leyes, a lo que de ningún modo se opone la Iglesia, antes bien quiere y desea que los efectos del matrimonio se logren en todas sus partes y que de ningún modo se perjudique a los hijos. También es necesario que se sepa, en medio de tan enorme confusión de opiniones como se propagan de día en día, que no hay potestad capaz de disolver el vínculo de un matrimonio consumado entre cristianos y que, por lo mismo, son reos de evidente crimen los cónyuges que, antes de haber sido roto el primero por la muerte, se ligan con un nuevo vínculo matrimonial, por más razones que aleguen en su descargo. Porque, si las cosas llegaran a tal extremo que ya la convivencia es imposible, entonces la Iglesia deja al uno vivir separado de la otra y, aplicando los cuidados y remedios acomodados a las condiciones de los cónyuges, trata de suavizar los inconvenientes de la separación, trabajando siempre por restablecer la concordia, sin desesperar nunca de lograrlo. Son éstos, sin embargo, casos extremos, los cuales sería fácil soslayar si los prometidos, en vez de dejarse arrastrar por la pasión, pensaran antes seriamente tanto en las obligaciones de los cónyuges cuanto en las nobilísimas causas del matrimonio, acercándose a él con las debidas intenciones, sin anticiparse a las nupcias, irritando a Dios, con una serie ininterrumpida de pecados. Y, para decirlo todo en pocas palabras, los matrimonios disfrutarán de una plácida y quieta estabilidad si los cónyuges informan su espíritu y su vida con la virtud de la religión, que da al hombre un ánimo fuerte e invencible y hace que los vicios, dado que existieran en ellos, que la diferencia de costumbres y de carácter, que la carga de los cuidados maternales, que la penosa solicitud de la educación de los hijos, que los trabajos propios de la vida y que los contratiempos se soporten no sólo con moderación, sino incluso con agrado.

Matrimonios con acatólicos

26. Deberá evitarse también que se contraigan fácilmente matrimonios con acatólicos, pues cuando no existe acuerdo en materia religiosa, apenas si cabe esperar que lo haya en lo demás. Más aún: dichos matrimonios deben evitarse a toda costa, porque dan ocasión a un trato y comunicación vedados sobre cosas sagradas, porque crean un peligro para la religión del cónyuge católico, porque impiden la buena educación de los hijos y porque muchas veces impulsan a considerar a todas las religiones a un mismo nivel, sin discriminación de lo verdadero y de lo falso. Entendiendo, por último, que nadie puede ser ajeno a nuestra caridad, encomendamos a la autoridad de la fe y a vuestra piedad, venerables hermanos, a aquellos miserables que, arrebatados por la llama de las pasiones y olvidados por completo de su salvación, viven ilegalmente, unidos sin legítimo vínculo de matrimonio. Empeñad todo vuestro diligente celo en atraer a éstos al cumplimiento del deber, y, directamente vosotros o por mediación de personas buenas, procurad por todos los medios que se den cuenta de que han obrado pecaminosamente, hagan penitencia de su maldad y contraigan matrimonio según el rito católico.


V. CONCLUSIÓN

27. Estas enseñanzas y preceptos acerca del matrimonio cristiano, que por medio de esta carta hemos estimado oportuno tratar con vosotros, venerables hermanos, podéis ver fácilmente que interesan no menos para la conservación de la comunidad civil que para la salvación eterna de los hombres. Haga Dios, pues, que cuanto mayor es su importancia y gravedad, tanto más dóciles y dispuestos a obedecer encuentren por todas partes los ánimos. Imploremos para esto igualmente todos, con fervorosas oraciones, el auxilio de la Santísima Inmaculada Virgen María, la cual, inclinando las mentes a someterse a la fe, se muestre madre y protectora de los hombres. Y con no menor fervor supliquemos a los Príncipes de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo, vencedores de la superstición y sembradores de la verdad, que defiendan al género humano con su poderoso patrocinio del aluvión desbordado de los errores.

28. Entretanto, como prenda de los dones celestiales y testimonio de nuestra singular benevolencia, os impartimos de corazón a todos vosotros, venerables hermanos, y a los pueblos confiados a vuestra vigilancia, la bendición apostólica.

Dada en Roma, junto a San Pedro, a 10 de febrero de 1880, año segundo de nuestro pontificado.

LEÓN XIII


Notas

[1] Ef 1,9-10.
[2] Mt 19,5-6.
[3] Ibíd., 8.
[4] San Jerónimo, Opera t.l co1.455.
[5] Arnobio, Contra los gentiles 4.
[6] Jn c.2
[7] Mt 19,9.
[8] Concilio Tridentino Ses.24 al princ.
[9] Ibíd., c.l De reform. matr.
[10] Ef 5,25ss.
[11] 1 Cor 7,10-11.
[12] Ef 5,39.
[13] Heb 13,4.
[14] Ef 2,19.
[15] Catec. Romano c.8.
[16] Ef 5,23-24.
[17] Ef 6,4.
[18] Hech 15,29.
[19] 1 Cor 5,5.
[20] C.1 De coniug. serv.
[21] Opera t.l co1.455.
[22] Canon Interfectores y canon Admonere cuest. 2.
[23] C.30 cuest.3 c.3 De cognat. spirit
[24] C.8 De consang. et affin; c.l De cognat. legali.
[25] C.26 De sponsal.; c.13,15-29 De sponsal. et matrim. et alibi.
[26] C.1 De convers. infid.; c.5 y 6 De eo que duxit in matr.
[27] C.3.5.8 De sponsal. et matrim.; Concilio Tridentino, ses.24 c.3 De reform. matrim.
[28] C.7 De divort.
[29] C.8 De divort.
[30] C.11 De transact.
[31] Can. apost. 16.17.18.
[32] Philosophum. Oxon ( 1851 ).
[33] Carta a Policarpo c.5.
[34] Apolog. mai n.15.
[35] Legat. pro Christian. n.32-33.
[36] De coron. milit. c.13.
[37] De Aguirre, Conc. Hispan. t.l can.13.15.16.17.
[38] Harduin, Act. Concil. t.l can.l l.
[39] Ibíd., can.l6.
[40] Ibíd., can.l7.
[41] Novel. 137.
[42] Feier, Matrim. ex institut. Christ. (Pest 1835).
[43] C.3 De ordin. cognit.
[44] C.3 De divort.
[45] C.13 Qui filii sint legit.
[46] Tridentino, ses.24 can.4.
[47] Ibíd., can.l2.
[48] Pío VI, epístola al obispo lucionense, de 28 de mayo de 1793; Pío VII, encíclica de 17 de febrero de 1809 y constitución de fecha 19 de julio de 1817; Pío VIII, encíclica de 29 de mayo de 1829; Gregorio XVI, constitución del 15 de agosto de 1832; Pío IX, alocución de 22 de septiembre de 1852.
[49] Concilio Tridentino, ses.24 can.5 y 7.
[50] Concilio Florentino e instrucción de Eugenio IV a los armenios; Benedicto XIV, constitución Etsi pastoralis, de 6 de mayo de 1742.
[51] C.7 De condit. apost.
[52] San Jerónimo, Epist. 79, ad Ocean; San Ambrosio, 1.8 sobre el c.16 de San Lucas, n.5; San Agustín, De nuptiis c.10.


martes, 4 de enero de 2000

GRANDE MUNUS (30 DE SEPTIEMBRE DE 1880)


CARTA ENCÍCLICA

GRANDE MUNUS

DE SU SANTIDAD

LEÓN XIII

Sobre extender a toda la Iglesia el culto de los santos Cirilo y Metodio


A todos los Venerables Hermanos Patriarcas, Primados,
Arzobispos y Obispos del mundo católico
que tienen gracia y comunión con la Sede Apostólica.
Venerables hermanos, salud y bendición apostólica.

La gran tarea de difundir el nombre cristiano, confiada de manera especial al Beato Pedro, Príncipe de los Apóstoles y a sus sucesores, llevó a los Pontífices romanos a enviar anunciantes del Santo Evangelio en diferentes momentos a los diversos pueblos de la tierra, según lo exigían las circunstancias y de la voluntad del Dios misericordioso. 

Por lo tanto, así como delegaron para la dirección de las almas un Agustín a los Bretones, un Patricio a los Irlandeses, un Bonifacio a los Germanos, un Wilbrodio a los Frisones, Batavos, Belgas y a otros muchos pueblos, así confirieron a los santos Cirilo y Metodio el poder de llenar el ministerio apostólico cerca de los pueblos eslavos, los cuales, gracias, a su celo y a sus grandes trabajos, vieron la luz del Evangelio y pasaron de la vida de la barbarie a la vida de la civilización.

Si la fama, fiel al recuerdo de sus beneficios, nunca ha dejado de celebrar en todo el país eslavo a Cirilo y Metodio, ilustre pareja de apóstoles, la Iglesia Romana con no menos afecto los ha venerado, y ya en vida honró al uno y al otro en muchas maneras, no queriéndose privar de las cenizas del primero que murió de los dos. Así desde el año 1858 los Bohemios, los Moravos y los Croatas de raza eslava que acostumbran celebrar todos los años el 9 de Marzo una solemne función en honor de Cirilo y Metodio, obtuvieron el favor de Pío IX, Nuestro predecesor de inmortal memoria, el celebrar la fiesta el 5 de julio, recitando el oficio de la Misa en memoria de Cirilo y Metodio.

Poco después, en la época en que se celebraba el gran Concilio Vaticano, muchos Obispos pidieron con instancia a la Sede Apostólica que su culto y su fiesta de rito determinado se extendiera a toda la Iglesia. Pero como el asunto no ha llegado a término hasta hoy, y como en el estado político de aquellas comarcas, parécenos la ocasión favorable para ser útil a los pueblos eslavos en cuya conservación y salvación Nos estamos profundamente interesados.

Por esto, a la vez que Nos queremos que nuestro afecto paternal en nada les falte, queremos también que se extienda y acreciente el culto de esos hombres santos que, así como en otro tiempo sacaron a los pueblos eslavos de la muerte a la salvación, propagando la fe católica entre ellos, así hoy les defenderán eficazmente por su celestial patronato.

Cirilo y Metodio, hermanos nacidos en la célebre ciudad de Tesalónica, fueron en edad temprana a Constantinopla para estudiar las ciencias humanas en la capital de Oriente. No se tardó en notar la chispa de genio que brillaba en aquellos jóvenes: uno y otro hicieron grandes progresos en poco tiempo: pero sobre todo Cirilo, que se distinguió hasta tal punto en las ciencias, que mereció por honor particular, que se le llamara "el filósofo".

Poco tiempo después, Metodio abrazó el estado monástico; por su parte, Cirilo fue juzgado digno de que la emperatriz Teodora, por petición del Patriarca Ignacio, le encargara de instruir en la fe cristiana a los kázaros, pueblos situados más allá del Quersoneso, que pedían a Constantinopla Sacerdotes instruidos.

Aceptó de buen grado este Ministerio, y habiendo ido desde luego a Quersoneso dedicó algún tiempo, según lo cuentan varios autores, al estudio de la lengua del país, consiguiendo en aquella época, por un muy dichoso presagio, el descubrir los restos sagrados del papa San Clemente I, que reconoció fácilmente, gracias a la antigua tradición, así como por el ancla con que se sabía que el magnánimo mártir fue precipitado al mar por orden del emperador Trajano y enterrado en seguida con ella.

Dueño de tan preciado tesoro, penetró en las ciudades y residencias de los kazaros, y muy luego, después de haber abolido diversos géneros de superstición, ganó para Jesucristo aquellos pueblos por sus enseñanzas y movidos por el espíritu de Dios. Constituida felizmente la nueva Comunidad cristiana, dio un memorable ejemplo de continencia y de caridad a la vez, rehusando todos los presentes que le ofrecían los habitantes, excepto la manumisión de los eslavos, que profesasen el Cristianismo. Pronto volvió a Constantinopla, retirándose al Monasterio de Policrono, donde también se había retirado Metodio.

Durante este tiempo la fama llevó a Ratislao, príncipe de Moravia, el rumor de los felices acontecimientos sucedidos en Kazaria; el Príncipe, excitado por su ejemplo, negoció con el Emperador Miguel III el envío de Constantinopla de algunos obreros evangélicos, obteniendo sin dificultad lo que deseaba; y el mérito insigne de Cirilo y Metodio, y su amor bien conocido hacia el prójimo, hizo que fueran designados para la misión de Moravia.

Habiéndose puesto en camino a través de Bulgaria, que había ya recibido la iniciación en la fe cristiana, no descuidaron en lugar alguno la ocasión de extender los sentimientos religiosos. En Moravia la multitud salió a su encuentro hasta los límites del Principado, siendo recibidos con gran ansia e intenso júbilo. Sin demora se consagraron a inculcar en los ánimos las enseñanzas cristianas, elevándolos hacia la esperanza de los bienes celestiales, y esto, con tanto ardor y con tan laborioso celo, que en poco tiempo la nación morava se había dado espontáneamente a Jesucristo.

El conocimiento que Cirilo había anteriormente adquirido del idioma eslavo no contribuyó poco a estos resultados, y la influencia de la literatura sagrada de los dos Testamentos que había traducido en lengua popular, fue muy considerable. Así toda la nación eslava debe mucho a  aquel de quien ella ha recibido, no solamente la fe cristiana, sino también los beneficios de la civilización, porque Cirilo y Metodio fueron los inventores del alfabeto que ha dado a la lengua eslava sus signos y medios de expresión y por esta causa aparecen, con justicia, como fundadores de la misma lengua.

La fama había llevado también de esas provincias tan lejanas y aisladas, hasta Roma, la gloria de tales actos. Así el Soberano Pontífice Nicolás I, habiendo ordenado a los Santos hermanos que fueran a Roma, estos se apresuraron a ejecutar órdenes, llevando consigo las reliquias de San Clemente. Al saber esto Adriano II, que había sucedido al Papa Nicolás, avanzó en medio del concurso del Clero y del pueblo, con el aparato de una recepción solemne, al encuentro de los ilustres huéspedes; y el cuerpo de San Clemente, honrado allí mismo por estupendos milagros, fue llevado con gran pompa a la Basílica levantada en tiempos de Constantino sobre las mismas ruinas de la casa paterna del Mártir invicto.

Cirilo y Metodio dieron cuenta, en presencia del Clero, al Soberano Pontífice, de la misión apostólica que tan laboriosa y santamente habían llevado. Y como se les acusara de haber obrado contra las antiguas costumbres y contra los ritos más santos, empleando la lengua eslava para la celebración de los santos Misterios, abogaron por su causa con razones tan justas y concluyentes, que al Pontífice y todo el Clero les alabaron y aprobaron. Después, habiendo los dos prestado juramento, según la fórmula de la profesión católica, afirmando que permanecerían en la fe del bienaventurado Pedro y de los Pontífices Romanos, fueron creados y consagrados Obispos por el mismo Adriano, siendo promovidos también a las diferentes Órdenes Sagradas muchos de sus discípulos.

El designio de la Providencia era que Cirilo terminara el curso de su vida en Roma el 14 de febrero del año 869, más maduro en virtud que en años. Tuvo funerales públicos y solemnes, celebrados con la misma pompa que para los Pontífices Romanos, colocándole con gran honor en la tumba que Adriano había hecho construir para sí mismo. El santo cuerpo del difunto, que el pueblo romano no quiso que se transportara a Constantinopla, a pesar de los deseos de su madre desolada, fue conducido a la Basílica de San Clemente, y depositado cerca de las cenizas de aquel a quien el mismo Cirilo había conservado con veneración durante muchos años. Y mientras era llevado a través de la ciudad, en medio del alegre cántico de los salmos, se hubiera dicho que el pueblo romano, al rendirle honores celestiales, le dedicaba honores de triunfo más bien que honras fúnebres.

Después de esto, Metodio volvió como Obispo, por orden y bajo los auspicios del Soberano Pontífice, a seguir sus funciones apostólicas en Moravia, y hecho ejemplar de su rebaño, se aplicó en aquella provincia a servir más y más a la causa católica. Se le vio combatir enérgicamente a los innovadores para impedirles que concluyeran con el nombre católico por la locura de las opiniones; instruir en la Religión al príncipe Sventopluk, que había reemplazado a Ratislao; reprenderle cuando faltaba a su deber; reprocharle su conducta, y hasta amenazarle con la excomunión. Atrájose por estas razones el odio del cruel e impúdico tirano, que le desterró; pero  llamado del destierro poco tiempo después, obtuvo, por medio de hábiles exhortaciones, que el Príncipe diera pruebas de mejor disposición de ánimo y que comprendiera la necesidad de rescatar sus antiguos hábitos con un nuevo estilo de vida.

Lo que hay de más admirable es que la vigilante caridad de Metodio, habiendo traspasado los límites de la Moravia, alcanzando en vida de Cirilo a los Liburnienses y a los Serbios, llegó después a los Panonios, a cuyo Príncipe convirtió a la Religión Católica; a los Búlgaros, a quienes confirmó en la fe cristiana, juntamente con su Príncipe Boris; a los Dálmatas a quienes distribuyó y dispensó las gracias especiales; a los Corintios, con quienes trabajó ardientemente por traerles al conocimiento y al culto del único Dios verdadero.

Eso debía convertirse para él en una fuente de pruebas, porque algunos miembros de la Sociedad Cristiana, envidiosos de los actos de valor y virtud de Metodio, le acusaron, a pesar de su inocencia, ante el Papa Juan III, sucesor de Adriano, de tener una fe sospechosa y de violar las tradiciones de los antepasados, los cuales en la celebración de los santos misterios se servían de la lengua griega y de la latina, con exclusión de todas las demás. En vista de lo cual, el Pontífice, en su celo por el mantenimiento de la integridad de la fe y de las antiguas tradiciones, llamó a Metodio a Roma, invitándole a que rechazara la acusación y se justificase.

Metodio, siempre dispuesto a obedecer y fuerte con el testimonio de su conciencia, compareció en el año 880 ante el Papa Juan, muchos Obispo y el Clero romano, consiguiendo una fácil victoria y probando que siempre había guardado y enseñado fielmente la fe que, con la aprobación de Adriano, había profesado y prometido guardar por juramento sagrado en la tumba de los Apóstoles; y que si se había servido para los santos misterios de la lengua eslava, era por justos motivos, por licencia especial del Pontífice, y sin violar el Texto Sagrado. Por esta defensa, se justificó tan bien de todos los cargos que en el acto, el Papa le abrazó y quiso confirmar en su poder archiepiscopal y en su misión entre los eslavos.
Además el Pontífice, habiendo delegado a muchos Obispos para que, presididos por Metodio, le ayudasen en la gestión de los asuntos cristianos, lo volvió a enviar a Moravia con cartas muy halagüeñas y plenos poderes. Y más tarde, cuando de nuevo la envidia de los males atacó otra vez a Metodio, el Soberano Pontífice, por nuevas letras, confirmó sus anteriores favores.

Así que, plenamente tranquilizado y unido al Soberano Pontífice y a toda su Iglesia romana por el lazo apretadísimo de la fe y la caridad, Metodio perseveró con más vigilancia en el cumplimiento del cargo que le había sido confiado, sin que se hicieran esperar muchos los frutos notabilísimos de su celo. Porque, después de haber él mismo, con ayuda de un Sacerdote, convertido a la fe católica al Duque de los Bohemios, Bořivoj, y poco más tarde a la esposa de este Príncipe, supo en poco tiempo hacer de modo que el Cristianismo se difundiera en toda la nación. Al mismo tiempo puso especial cuidado en hacer que llegara la luz del Evangelio a Polonia, y habiendo penetrado él mismo en Galicia, fundó una sede episcopal en Leopol.

Habiendo vuelto desde allí a Moscovia, propiamente dicha, estableció la Sede Episcopal de Kiev, y habiéndose cubierto de este modo de laureles inmortales, volvió a Moravia con los suyos. Conociendo que se acercaba a su Clero y pueblo, abandonó en paz esta vida, que para él había sido camino del Cielo. Así como Roma lloró a Cirilo, Moravia dio muestras de su dolor por la muerte de Metodio, y de su pena por tal pérdida honrándolo de todas maneras en sus funerales.

Gran alegría, venerables Hermanos, nos causó el recuerdo de estos sucesos, y experimentamos no pequeña emoción al contemplar en tiempos tan lejanos la unión tan magnífica en sus hermosos orígenes de las naciones eslavas con la Iglesia Romana, Pues si esas dos propagandas del nombre cristiano salieron de Constantinopla para penetrar entre los fieles, recibieron la investidura de su misión de esta Sede apostólica, o la santa necesaria aprobación de esa misión. En efecto, aquí en esta ciudad de Roma dieron cuenta de su misión y respondieron a sus acusadores; aquí en el sepulcro de San Pedro y Pablo juraron guardar la Fe Católica, recibieron la consagración episcopal a la vez que la facultad de constituir la jerarquía sagrada, observando la distinción de las Órdenes. Aquí, en fin, se solicitó y obtuvo licencia para emplear la lengua eslava en los ritos sagrados; y hace este año diez siglos que el Sumo Pontífice Juan VIII escribió a Sventopluk, príncipe de Moravia:
 
Con razón alabamos las letras eslavas... que resuenan en las alabanzas debidas a Dios y ordenamos que en esta misma lengua sean celebradas las alabanzas y las obras de Nuestro Señor Jesucristo. Nada en la fe ortodoxa y en la doctrina impide que se cante la Misa en lengua eslava, o que se lea en esta lengua el Santo Evangelio o las lecciones divinas del Nuevo y el Antiguo Testamento, bien traducidas e interpretadas, o que se canten todos los oficios de las Horas". 

Esta costumbre, después de muchas vicisitudes, fue sancionada por Benedicto XIV por letras Apostólicas de 25 de agosto de 1754.

Pero los Pontífices Romanos, siempre que se solicitó su ayuda por los Príncipes que gobernaban los pueblos que el celo de Cirilo y Metodio había guiado al Cristianismo, obraron de tal suerte, que nunca se les pudo acusar de falta de ternura al socorrer, de falta de dulzura al enseñar, de falta de benevolencia en sus consejos, y en todo lo que era posible, de la mayor condescendencia. Rastiz, sobre todo, y Sventopluk y Kocel, y Santa Ludmilla, y Boris, conocieron la insigne caridad de nuestros Predecesores en circunstancias y épocas diversas.

La solicitud paternal de los Pontífices Romanos hacia los pueblos eslavos, no se ha detenido ni relajado desde la muerte de Cirilo y Metodio. Afirmóse siempre, protegiendo entre ellos la santidad de la Religión y la conservación de la pública prosperidad. En efecto, Nicolás envió de Roma a los Sacerdotes Búlgaros encargados de instruir al pueblo, y los Obispos de Populonia y Porto, encargados de organizar la nueva sociedad cristiana. El mismo Papa respondió con mucho amor a las numerosas controversias de los Búlgaros, acerca del derecho sagrado; de tal suerte, que hasta aquellos más prevenidos en contra de la Iglesia Romana reconocen y alaban la prudencia de esas respuestas.

Después de la dolorosa calamidad del cisma, es gloria de Inocente III el haber reconciliado a los Búlgaros con la Iglesia católica, así como a Gregorio IX, Inocencio IV, Nicolás IV y Eugenio IV, corresponde la de haber mantenido esta reconciliación. Lo mismo respecto a los Bosniacos y Herzegovinos, engañados por el contagio de opiniones perversas, se vio brillar resplandeciente la caridad de nuestros predecesores, Inocencio III, e Inocencio IV, Gregorio IX, Clemente VI, Pío II, que se esforzaron los dos primeros en arrancar el error de los espíritus, los tres últimos en afirmar sólidamente en estos países los grados  de la jerarquía sagrada. Debe pensarse que Inocencio III, Nicolás IV, Benedicto XI, Clemente V, no consagraron pequeña o escasa parte de sus cuidados a los Serbios, pues con gran previsión reprimieron los fraudes astutamente combinados en este país para destruir la Religión. Asimismo los Dálmatas y los Libornenses recibieron de Juan X, Gregorio IX, Urbano IV, testimonios de favor particular y grandes loores por su constancia en la fe, en recompensa de sus buenos servicios.

En fin, existen numerosos monumentos de la benevolencia de Gregorio IX y Clemente XIV hacia la Iglesia de Serbia, destruida en el siglo XVI por las incursiones de los bárbaros, y restaurada más tarde por el celo piadoso de San Esteban, rey de Hungría.

Por eso comprendemos que debemos dar gracias a Dios de tener ocasión favorable de conceder un favor a la nación eslava y proveer a su bien general, y ciertamente no con menor celo que el demostrado por nuestros predecesores. En fin que nos proponemos, lo que únicamente deseamos es no descuidar esfuerzo alguno para que las naciones eslavas sean instruidas por gran número de Obispos, para que afirmen en el culto de la verdadera fe, en la obediencia a la verdadera Iglesia de Jesucristo, para que reconozcan cada vez más, por experiencia diaria, la fuerza para el bien que emana de los preceptos de la Iglesia católica sobre el hogar doméstico y todas las clases del país. A esas Iglesias se dedican en gran parte nuestros cuidados, y nada deseamos más vivamente que estar en disposición de proveer a su bienestar, prosperidad y unirlas a Nos con el nudo perpetuo de la concordia, que es el mayor y mejor vínculo de salvación.

Fáltanos conseguir que Dios, rico en misericordia, favorezca nuestros proyectos y secunde nuestra empresa. Entre tanto invoquemos como intercesores cerca de él a Cirilo y Metodio, Doctores del país de los eslavos, pues como deseamos extender su culto, confiamos en que no nos ha de faltar su protección. Por eso ordenamos, que en el quinto día del mes de julio, fijado por Pío IX, de feliz memoria, se inserte en el Calendario de la Iglesia Romana y universal, y anualmente se celebre la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, con oficio del rito doble menor y Misa propia que la Sagrada Congregación ha aprobado.

Y a vosotros, Venerables Hermanos, os ordenamos que veléis por la publicación de esta Encíclica, y prescribáis la observancia de lo en ella dispuesto a todos los Presbíteros que celebran los oficios de la Iglesia Romana en sus Iglesias, Provincias, Ciudades, Diócesis y Conventos de seglares. Queremos, en fin, que, con ayuda de vuestros consejos y exhortaciones, Cirilo y Metodio sean invocados en el mundo entero, a fin de que con todo el favor de que gozan cerca de Dios, protejan la Religión Cristiana en todo el Oriente, y obtengan la constancia de los Católicos e inspiren a los disidentes el deseo de reconciliarse con la Iglesia verdadera.

Mandamos que lo arriba escrito sea rato y firme sin que obsten las constituciones publicadas por Pío V, Nuestro predecesor, y las demás constituciones apostólicas acerca de la reforma del Breviario y del Misal Romano; ni los usos y costumbres, aun los más antiguos, ni cosa alguna otra en contrario. Como prenda de los favores celestiales y de nuestra particular benevolencia os concedemos con todo amor a vosotros todos, Venerables Hermanos, a todo el Clero y pueblo confiados a vuestro cuidado, la bendición Apostólica.

Dado en Roma, en San Pedro, el 30 de septiembre de 1880, tercer año de Nuestro Pontificado.

LEÓN XIII


lunes, 3 de enero de 2000

ENCÍCLICA SANCTA DEI CIVITAS (3 DE DICIEMBRE DE 1880)


ENCICLICA

SANCTA DEI CIVITAS

DEL PAPA LEÓN XIII

SOBRE LAS SOCIEDADES DE MISIÓN


A todos los Patriarcas, Primados, Arzobispos
y Obispos del mundo católico, en la gracia
y comunión de la Sede apostólica.

Hermanos Venerables, salud y la bendición apostólica.
La Ciudad Santa de Dios, que es la Iglesia, al no estar contenida dentro de los límites de ningún Estado, tiene desde su fundador este poder infundido que cada día amplía más y más "el lugar de su tienda" y "extiende las pieles" de sus tabernáculos" (1). Pero este crecimiento de las naciones cristianas, aunque está causado principalmente por la respiración interior y la ayuda del Espíritu Santo, sin embargo, se produce externamente por la acción de los hombres y de una manera humana; porque la sabiduría de Dios exige que todas las cosas se ordenen y se completen de la manera que corresponda a la naturaleza de cada uno. Pero no hay un solo tipo de hombres o de cargos, por el cual se produce el acceso de nuevos ciudadanos a esta Sión terrestre. Porque el primer lugar es el de los que predican la Palabra de Dios; Cristo enseñó esto por su ejemplo y sus preceptos; el apóstol Pablo instó a esto con estas palabras: "¿Cómo creerán a aquel a quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin un predicador?... La fe entonces viene por escuchar y Escuchando por la palabra de Cristo" (2). Pero este cargo pertenece a aquellos que han sido debidamente admitidos para ministrar en cosas sagradas. A ellos, además, aquellos que no suelen proporcionar ayuda en asuntos externos o para bajar las gracias celestiales por medio de oraciones dirigidas a Dios, no podemos brindar poca ayuda y apoyo. Por eso se elogia a las mujeres en el Evangelio, quienes cuando Cristo predicaba el reino de Dios, lo "ayudaban con sus propias sustancias" (3), y Pablo testifica que a aquellos a quienes predican el Evangelio se les ha concedido, por la voluntad de Dios, que ellos vivan del Evangelio (4). De igual manera, sabemos que Cristo así lo ordenó a sus seguidores y oyentes: "Orad el Señor de la mies para que envíe a los obreros en su cosecha" (5) y que sus primeros discípulos, siguiendo a los apóstoles, estaban acostumbrados a dirigirse a Dios en oración: "Concede a tus siervos que con toda confianza hablen tu palabra" (6).

2. Estos dos oficios, que consisten en dar y en orar, son muy útiles para ampliar las fronteras del Reino de los cielos, y también tienen esta propiedad, que pueden ser fácilmente cumplidos por hombres de todos los rangos. Porque, ¿quién está allí de tal fortuna esbelta que se le impida dar en un momento u otro una pequeña limosna, u ocuparse de tantas cosas que no puede orar a Dios por los mensajeros del Santo Evangelio? Los hombres apostólicos siempre han estado acostumbrados a usar ayudas de este tipo, especialmente los Romanos Pontífices, a quienes especialmente incumbe el cuidado de propagar la Fe Cristiana; aunque el método de recolección de estos suministros no siempre ha sido el mismo, sino variado y diverso, de acuerdo con la variedad de lugares y la diversidad de tiempos.

3. Cuando, en nuestro tiempo, las personas desean intentar empresas difíciles con el consejo y la fuerza de varias personas, hemos visto sociedades establecidas en todas partes, algunas de las cuales se han formado con este mismo propósito, a saber, para servir a la propagación de la religión en ciertos países. Entre otros, brilla la piadosa asociación fundada hace unos sesenta años en Lyon, Francia, que ha tomado el nombre de la Propagación de la Fe. Su primer objetivo fue llevar asistencia a ciertas misiones en América: pronto, como el grano de la semilla de mostaza, creció hasta convertirse en un gran árbol, cuyas umbrías ramas se extendieron a lo largo y ancho, de modo que ofrece ayuda efectiva a todas las misiones en toda la tierra. Esta gran institución fue aprobada sin demora por los Pastores de la Iglesia y ha sido honrada por abundantes testimonios laudatorios. Los Romanos Pontífices, Pío VII, León XII, Pío VIII, Nuestros predecesores, la recomendaron y la enriquecieron con los dones de las indulgencias. Y Gregorio XVI, aún más cálidamente la favoreció y la abrazó en la plenitud de su caridad paterna, ya que él, en sus Cartas Encíclicas del 15 de agosto, en el año 40 de este siglo, habló de lo mismo en estos términos: "Juzgamos muy digna de la admiración y del amor de todos los hombres de bien esta obra verdaderamente grande y santísima, que por modestas ofrendas y oraciones diarias dirigidas por cada asociado a Dios se sostiene, se acrecienta y se fortalece, y que se ocupa de mantener a los obreros apostólicos y de ejercer obras de caridad cristiana con los neófitos, así como de librar a los fieles del ataque de las persecuciones. Tampoco debemos pensar que no es un designio peculiar de la Divina Providencia que una institución de tanta ventaja y utilidad para la Iglesia le haya sido concedida en estos últimos tiempos. Porque mientras toda clase de maquinaciones del enemigo infernal acosan a la amada esposa de Cristo, nada podría haber sucedido más oportunamente para ella que el hecho de que los fieles, influenciados por el deseo de propagar la verdad católica, con celo unido y fuerza reunida se esfuercen por ganar a todos los hombres para Cristo". Con este prefacio, exhortó a los Obispos a que se apliquen con diligencia, cada uno en su propia Diócesis, para que una institución tan saludable pueda crecer y aumentar diariamente. Tampoco Pío IX, de memoria gloriosa, se apartó de los pasos de su predecesor, al ver que no dejó pasar ninguna oportunidad de asistir a esta sociedad más merecedora y de promover su prosperidad. De hecho, por su autoridad se otorgaron a los asociados más amplios privilegios de indulgencia pontificia, la piedad de los cristianos se entusiasmó con el mantenimiento de su trabajo, y los más eminentes entre los asociados, cuyos méritos especiales eran manifiestos, fueron decorados con varias insignias de honor; Finalmente, ciertas ayudas externas que se acumularon en esta institución fueron honradas con elogio y aprobación por el mismo Pontífice.

4. Al mismo tiempo, la emulación piadosa provocó la coalición de otras dos sociedades, una llamada "de la Santa Infancia de Jesucristo" y la otra "de las Escuelas de Oriente". La primera se comprometió a rescatar y educar en las costumbres cristianas a los infelices niños a los que sus padres, presionados por la ociosidad o la necesidad, exponían inhumanamente, especialmente en China, donde esta bárbara costumbre es más frecuente. Estos niños que la Caridad de la Cofradía abraza con ternura, a veces los canjean mediante el pago de una suma de dinero y cuidan de que sean lavados en la capa de regeneración, para que, con la ayuda de Dios, sean educados como la esperanza de la Iglesia, o al menos puedan, en caso de su muerte, ser dotados de los medios para adquirir la felicidad eterna. La otra asociación que hemos mencionado se ocupa de los que están creciendo, y se esfuerza por todos los medios en impregnarles de la sana doctrina, y al mismo tiempo vigila para alejar de ellos los peligros de la falsa ciencia a los que muy a menudo están expuestos por el descuidado afán de adquirir conocimientos.

5. Pero ambas sociedades se apoyan en la más antigua, la Sociedad de la Propagación de la Fe, y, unidas a ella en una alianza amistosa, se proponen el mismo fin, contando con las limosnas y las oraciones de las naciones cristianas, pues todas tienen el mismo fin, a saber, llevar, mediante la difusión de la luz del Evangelio, al mayor número posible de personas ajenas a la Iglesia al conocimiento y al culto de Dios y de Jesucristo, a quien Él ha enviado. De ahí que nuestro predecesor Pío IX, como hemos insinuado, haya elogiado en cartas apostólicas estas dos instituciones y las haya enriquecido generosamente con sagradas indulgencias.

6.  Estas tres asociaciones, pues, habiendo florecido con tan marcado favor de los Soberanos Pontífices y no habiendo cesado cada una de ellas de proseguir su obra sin rivalidad, han producido abundantes frutos de salvación, han asistido poderosamente a Nuestra Congregación de la Propaganda en el cumplimiento de los onerosos deberes de sus misiones, y han prosperado en tal grado que dan para el futuro la alegre esperanza de una más rica cosecha. Pero las numerosas y violentas tormentas que se han desatado contra la Iglesia en los países largamente iluminados por la luz del Evangelio han perjudicado las obras destinadas a civilizar a las naciones bárbaras. Muchas causas, en efecto, se han combinado para disminuir el número y la generosidad de los asociados. Y, en efecto, cuando tantas opiniones perversas se esparcen entre las masas, agudizando sus apetitos de felicidad terrenal y desterrando la esperanza de los bienes celestiales, ¿qué puede esperarse de quienes usan sus mentes para inventar placeres y sus cuerpos para realizarlos? ¿Los hombres como éstos elevan sus oraciones a Dios para que, en su misericordia, traiga a la luz divina del Evangelio, por su gracia victoriosa, a las personas que están sentadas en las tinieblas? ¿Contribuyen con subsidios a los Sacerdotes que trabajan y combaten por la Fe? Las desgracias de la época han contribuido también a disminuir los impulsos generosos de las mismas personas piadosas, en parte porque por la abundancia de la iniquidad se ha enfriado el amor de muchos, y en parte porque los disturbios políticos (sin contar el temor de tiempos aún peores) han hecho que la mayoría de ellos se inclinen más por la economía y sean menos liberales en la entrega de sus bienes.

7. Por otra parte, son muchas y graves las necesidades que pesan y oprimen a las misiones apostólicas, pues el número de los sagrados obreros disminuye cada día, ni encontramos que tantos o tan celosos misioneros reemplacen a los que la muerte se ha llevado, a los que la edad ha debilitado o a los que el trabajo ha quebrado. Porque vemos que las comunidades religiosas, de las que salió un gran número de misioneros, son disueltas por leyes inicuas, que el clero es arrancado del altar y obligado a hacer el servicio militar, y que los bienes de las Ordenes del clero son puestos en venta y proscritos en casi todas partes.

8. Mientras tanto, se han abierto nuevas rutas, como consecuencia de una exploración más completa de los lugares y de las poblaciones, hacia países que hasta ahora se consideraban impracticables; se han formado numerosas expediciones de los soldados de Cristo, y se han establecido nuevas estaciones; y así se necesitan ahora muchos obreros para dedicarse a estas misiones, y contribuir con una ayuda oportuna. Pasamos en silencio las dificultades y los obstáculos que surgen de las contradicciones. Porque a menudo ocurre que los engañadores, sembrando el error, simulan a los Apóstoles de Cristo, y, estando abundantemente provistos de recursos humanos, interfieren en el ministerio de los Sacerdotes Católicos, o se introducen después de su partida, o levantan púlpito contra púlpito, creyendo que es suficiente para hacer dudoso el camino de la salvación a las personas que oyen la palabra de Dios interpretada de diferentes maneras. ¡Ojalá sus artificios no tuvieran éxito! Es ciertamente de lamentar que incluso aquellos que están disgustados con tales maestros, o que nunca se han encontrado con ellos, y que desean la pura luz de la verdad, no tengan a menudo a mano a ningún hombre que les instruya en la sana doctrina y les introduzca en el seno de la Iglesia.

9. En verdad, los pequeños piden pan, y no hay quien se lo parta; las regiones están blancas para la cosecha, y la cosecha es abundante, pero los obreros son pocos y pronto, tal vez, serán aún menos.

10.  Siendo así, Venerables Hermanos, consideramos nuestro deber estimular los piadosos esfuerzos y la caridad de los cristianos, para que se esfuercen, ya sea con la oración o con los donativos, en ayudar a la sagrada obra de las misiones y en mostrarse favorables a la propagación de la fe. El bien que se propone asegurar, y los frutos que se recogerán, prueban la importancia de esta santa empresa. Pues esta obra tiende directamente a la gloria del nombre divino y a la difusión del Reino de Cristo en la tierra. Pero es increíblemente beneficiosa para aquellos que son llamados a salir de la inmundicia del vicio y de la sombra de la muerte; y que, siendo hechos partícipes de la vida eterna, son también sacados de la barbarie y de un estado de modales salvajes a la plenitud de la vida civilizada. Además, es muy útil y ventajosa para los que participan en ella, ya que les procura riquezas espirituales, les proporciona una ocasión de mérito y hace, por así decirlo, que Dios mismo sea su deudor.

11. Os exhortamos, pues, Venerables Hermanos, una y otra vez, -a vosotros que estáis llamados a participar de Nuestra solicitud-, a que de común acuerdo os esforcéis seductora y fervientemente en ayudar a las misiones apostólicas, poniendo vuestra confianza en Dios, y no dejándoos disuadir por ninguna dificultad. Está en juego la salvación de las almas, por la que Nuestro Salvador entregó su vida, y nos designó Obispos y Sacerdotes para la obra de los santos, para el perfeccionamiento de su cuerpo. Por lo tanto, mientras cada uno permanece en el puesto donde Dios lo ha colocado y cuida el rebaño que Dios le ha confiado, procuremos en lo posible que las santas misiones sean provistas de aquellos apoyos de los que hemos hablado que han estado en uso desde los comienzos de la Iglesia, es decir, la predicación del Evangelio y las oraciones y limosnas de los hombres piadosos.

12. Por lo tanto, si conocéis a alguno celoso de la gloria de Dios, y al mismo tiempo dispuesto y apto para ir a estas santas expediciones, animadlo, para que, siendo bien conocida y clara la voluntad de Dios, no escuche a la carne y a la sangre, sino que se apresure a corresponder a la llamada del Espíritu Santo. Pero de los restantes Sacerdotes, de las Órdenes Religiosas de ambos sexos de todos los fieles, encomendados a vuestro cuidado, exigid con toda urgencia, que por sus oraciones incesantes obtengan la asistencia divina para los que siembran la semilla de la Palabra de Dios. Y que empleen como intercesores a la Virgen Madre de Dios, que tiene poder para destruir todos los monstruos del error, y a su castísimo Esposo, a quien muchas misiones han tomado ya como patrona y protectora, y a quien la Sede Apostólica ha dado recientemente como Patrono a la Iglesia Universal. Que se invoque a los Príncipes de los Apóstoles y a toda aquella compañía desde la que resonó la primera predicación del Evangelio por todo el mundo; y en fin, a todos los demás eminentes por la santidad, que han gastado sus fuerzas en el mismo Ministerio y derramado su vida junto con su sangre. Que la limosna se añada a la oración, pues su eficacia es tal que hará que los que están muy separados en el lugar y distraídos con otros cuidados sean coadjutores de los hombres apostólicos, y los hará sus compañeros tanto en el trabajo como en el mérito. En efecto, los tiempos son tales que muchas personas padecen carencias en sus hogares; pero que nadie se desanime por ello, pues la cantidad requerida para este fin apenas puede ser una contribución pesada para nadie, aunque de muchas pequeñas sumas sumadas se pueden obtener suministros tolerablemente grandes. Pero cuando vosotros, Venerables Hermanos, os dediquéis a exhortar, considerad cada uno que su liberalidad no será para él una pérdida, sino una ganancia, porque el que da a los pobres presta al Señor, y por eso la práctica de la limosna ha sido llamada la más provechosa de todas las prácticas. Ciertamente, si, según el testimonio de Jesucristo, un vaso de agua fría dado a uno de estos pequeños no perderá su recompensa, la más amplia recompensa esperará a quien haya gastado incluso una pequeña suma de dinero en misiones sagradas, y, añadiendo también sus oraciones, ejerza al mismo tiempo muchos y diversos oficios de caridad, y, haciendo lo que los santos Padres han dicho que es la más divina de todas las obras divinas, se convierta en un ayudante del mismo Dios para la salvación de sus vecinos.

13.  Nos sentimos seguros, Venerables Hermanos, de que todos los que se glorían en el nombre de Católico, meditando estas consideraciones, e inflamados por vuestras exhortaciones, no fracasarán en esta obra de piedad que tanto nos importa. Ni permitirán que su cuidado por el engrandecimiento del reino de Jesucristo sea superado por la presteza e industria de los que se esfuerzan por propagar el dominio del príncipe de las tinieblas. Entretanto, rogando a Dios que sea propicio a las piadosas empresas de las naciones cristianas, impartimos con todo cariño en el Señor la bendición apostólica, como prenda especial de Nuestra buena voluntad, a vosotros, Venerables Hermanos, al clero y al pueblo encomendado a vuestro cuidado.

Dado en Roma, en San Pedro, el 3 de diciembre de 1880, en el 3er año de Nuestro Pontificado.


LEÓN XIII


Referencias:

1. Is. XIV, 2.
2. Rom. X, 14, 17.
3. Lucas VIII, 3.
4. 1 Cor. IX, 14.
5. Mat. IV, 38.
6. Act. IV, 29.