No he querido, estimado lector, mezclar mis palabras insignificantes con la autoridad del Espíritu Santo. Permíteme ahora las siguientes reflexiones:
1. La Sabiduría es dulce, sencilla, atrayente y, a la vez, luminosa, excelente y sublime. Convoca a los hombres para enseñarles los medios de ser felices: los busca, les sonríe, los colma de favores, les sale al encuentro de mil maneras, hasta sentarse a la puerta de sus casas para esperarlos y darles pruebas de su amistad. ¿Es posible tener corazón y negárselo a esta dulce conquistadora?
2. ¡Qué desgracia la de los ricos y poderosos, si no aman la Sabiduría! ¡Qué palabras tan aterradoras les dirige ella! ¡Imposible traducirlas a nuestro idioma! Repentino y estremecedor vendrá contra ustedes, porque a los encumbrados se les juzga implacablemente… Los fuertes sufrirán una fuerte pena… A los poderosos les aguarda un control riguroso (Sab. 6:5-8).
2. ¡Qué desgracia la de los ricos y poderosos, si no aman la Sabiduría! ¡Qué palabras tan aterradoras les dirige ella! ¡Imposible traducirlas a nuestro idioma! Repentino y estremecedor vendrá contra ustedes, porque a los encumbrados se les juzga implacablemente… Los fuertes sufrirán una fuerte pena… A los poderosos les aguarda un control riguroso (Sab. 6:5-8).
Añadamos también a estas palabras las pronunciadas por la Sabiduría, o hechas decir por ella, a los ricos y poderosos después de la encarnación: ¡Ay de ustedes, los ricos! (Luc. 6:24). Más fácil es que entre un camello por el ojo de una aguja, que no que entre un rico en el Reino de Dios (Mt 19,24).
Estas últimas palabras fueron repetidas tantas veces por la divina Sabiduría durante su vida terrestre, que tres evangelistas las han referido sin diferencia alguna. Lo que debería mover a los ricos a romper en llanto, lamentarse y gemir: Vamos ahora con los ricos; lloren a gritos por la desgracia que se les viene encima (Sant. 5: 1).
Mas, ¡ay! Ellos tienen su consuelo en este mundo; hechizados como se hallan por los placeres y riquezas, no se dan cuenta de los peligros que penden sobre su cabeza.
Salomón asegura que hace una descripción fiel y exacta de la Sabiduría: ni la envidia ni el orgullo -contrarios a la caridad- le impedirán comunicar la ciencia que el cielo le ha dado. No teme, por ello, que otros puedan llegar a igualarlo o superarlo en dicho conocimiento (Sab. 6: 24-26).
A ejemplo de este gran hombre, voy a tratar de explicar lo que es la Sabiduría antes de la encarnación, durante la encarnación y después de ella, y los medios para alcanzarla y conservarla.
Pero no teniendo tanta ciencia ni tantas luces como él, tampoco debo temer tanto la envidia y el orgullo cuanto mi incapacidad e ignorancia. ¡Te ruego, pues, que me soportes y disculpes con caridad!
Continúa...
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