lunes, 4 de septiembre de 2023

OBJECIONES CONTRA LA RELIGION (1)

¿Qué falta me hace a mí la Religión? Yo no tengo ninguna religión y esto no me quita de estar tan gordo y tan bueno.

Por Monseñor De Segur (1820-1881)


Objeción 1:

Excelente discurso, si yo te quisiera ofrecer la Religión como un medio para estar gordo y bueno. Pero, ¿hemos venido al mundo para echar carnes como los cerdos? Porque todos los hombres en todos tiempos han creído otra cosa, y no me parece fácil que tú solo tengas razón contra todos los hombres.

La Religión te enseña lo que es bueno y lo que es malo; te muestra los medios seguros para que obres lo bueno y aborrezcas lo malo; te promete el premio de una gloria sin fin si obras lo bueno, y te asegura el castigo de un infierno también perdurable si obras lo malo. En resumen: la Religión nos enseña lo que somos los hombres, de dónde venimos, la senda que debemos seguir en esta vida y el término que nos aguarda en la otra, proporcionado al bien o al mal que hayamos obrado en la tierra. Si esto no te interesa, no sé qué otra cosa puede interesarte en este mundo.

Por lo pronto, dime tú, discurriendo con tu razón natural, si te parece posible que viva del mismo modo un hombre religioso que otro que no tenga religión ninguna: dime tú qué interés tiene en ser bueno el hombre que ningún premio aguarde, y qué freno pueden contener las maldades del que ningún castigo tema en la otra vida. ¿Creerás que sea bastante para dejar de obrar mal el temor a la justicia de los hombres? Esto no puedes creerlo, pues ni la justicia de los hombres tiene poder contra todos los malos, aunque sepa sus maldades, ni es tampoco tan sabia y prudente que pueda saber todo el mal que se obra. Podrá la justicia humana castigarte si matas a un hombre; pero, ¿podrá del mismo modo castigar el deseo que tengas de matarlo, mientras no lo pongas por obra? Y no me dirás que el solo deseo de matar a un hombre no sea ya una maldad que por fuerza ha de recibir castigo. Voy a ponerte esto más claro todavía.

Supongamos que tú eres un hombre sin Religión ninguna, lo que Dios no permita; supongamos que te nombran juez de la causa de un vecino tuyo que ha matado a su padre con un puñal, ¿Qué sentencia darás contra este hijo malvado? De seguro, lo condenarás a un patíbulo. ¿Y por qué lo condenas? Porque sabes que el matar a su padre es un delito horrible; porque tu conciencia de hombre te dice que un delito de esta especie debe ser castigado; y últimamente, porque hay leyes humanas que lo condenan y castigan con la muerte. Pues figúrate ahora que este hijo delincuente ha matado a su padre no con un puñal sino a fuerza de disgustos que le ha causado, y con la deliberada intención de que se muera de pena. ¿Qué sucederá en este caso? En primer lugar, es muy difícil probar en juicio los disgustos que el hijo le haya dado al padre; y mucho más difícil de probar todavía, que le haya dado estos disgustos con la deliberada intención de que se muera a causa de ellos; en segundo lugar, aunque todo esto se probara sería imposible probar que efectivamente estos disgustos, y no otra causa cualquiera, han ocasionado la muerte del padre. De manera que la justicia humana carece absolutamente de medios, no ya para castigar, ni aún para juzgar esta clase de delitos. ¿Que resultará entonces?  Que el delito quedará sin castigo. Y en ello no hay remedio: igual es el crimen en un caso y en otro; tan criminal es el hijo que mata a su padre de una puñalada, como el que le mata a fuerza de causarle disgustos, con deliberada intención de que se muera. Este crimen no puede ser castigado por la justicia de los hombres; tu conciencia te dice que no puede quedar sin castigo; los hombres no se lo dan. ¿Quién se lo da?

Se lo da Dios. Esto cree el que tenga Religión; pero ¿y el que no la tenga? El que no la tenga verá que el crimen se queda sin castigo; no lo recibe de los hombres, porque la justicia humana no alcanza a probar, ni aún quizás a saber el delito; no lo recibe de Dios, porque no hay Dios... ¡Que horror, hijo mío! Y sin embargo, en esto viene a parar el no tener Religión.

En vista de este ejemplo, no me negarás que la Religión es, cuando menos, una cosa conveniente. Una vez confesado esto, y aunque tengas la desgracia de pensar que no hay ninguna Religión verdadera, por poco razonable que seas, habrás también de confesarme que no es imposible que la haya; del mismo modo que, aunque tú no creas que yo estoy escribiendo estas líneas con la mano izquierda, por ejemplo, confesarás que no es imposible que así sea. Es decir, que no solo me confesarás que la Religión es una cosa conveniente, sino también que es posible que haya una verdadera.

Porque, una de dos: o tú me aseguras que no hay ninguna Religión, ni verdadera ni falsa, ni mala ni buena, y me lo aseguras con la misma certeza con que aseguras que estás ahora leyendo esto, o me confiesas que es posible que haya alguna Religión verdadera. Lo primero no puedes tú asegurármelo, porque no lo sabes; y si me confiesas lo segundo, yo te diré: Sí, por una parte, no es imposible que haya una Religión verdadera, y por otra es conveniente que la haya, racional y juicioso es pensar que la hay.

Y la hay, hijo mío, la hay. No te pido que me lo creas desde luego por mí palabra, pero lee con atención estas pocas páginas que te presento; procura hacerte cargo de todas las razones que te doy; consulta con personas sensatas y buenas lo que no entendieres; procura al mismo tiempo refrenar los malos pensamientos que nacen en tu alma, los vicios y pasiones que dominan tu corazón. Haz esto, hijo mío, y la ayuda de Dios no te faltará, y te dará luz para que veas la verdad de lo que yo te enseño, y te dará la firme voluntad y el ardiente deseo de obrar conforme a esta verdad que, con la misma ayuda de Dios, quiero enseñarte.

Mira, hijo mio: en todos los tiempos ha habido hombres perversos, interesados en apartar de lo bueno a los demás y enseñarles lo malo; pero hoy día permite Dios que haya muchos más medios que nunca ha habido de pervertir y de alucinar al mundo. La santa Religión que yo voy a enseñarte manda a los ricos que tengan caridad y a los pobres que tengan paciencia. Pues bien, hijito mío; los ricos endurecidos, que no quieren tener caridad con los pobres, y los pobres soberbios, que se cansan de sufrir con paciencia sus trabajos, tienen interés en que se olvide o se aborrezca una Religión que no quiere que los ricos abandonen a sus hermanos los pobres, ni que los pobres se apoderen por fuerza o miren con envidia los bienes de los ricos. Todo el rico que no quiere dar nada al pobre, y todo el pobre que desea apoderarse injustamente de lo que posee el rico, son enemigos de la Religión.

Es menester que te penetres bien de esto, para que desoigas y condenes, como es justo, la multitud de cosas que te dirán y te alabarán contrarias a nuestra Santa Religión. Los interesados en perderte no te dirán que esta Religión, tan calumniada por ellos, ha sido creída y practicada, y enseñada y defendida por los hombres más sabios y más buenos que ha habido en el mundo. Sin salir de nuestra España te nombraré al prudente, al esforzado, al humilde y venturoso nuestro Santo Rey don Fernando III, terror de los moros, conquistador de Sevilla y autor de las leyes más veneradas que rigen a nuestra monarquía; te citaré a la piadosa heroína nuestra Reina Católica doña Isabel I, la que conquistó a Granada y acabó de echar de nuestro territorio a los moros y judíos que lo infestaban y oprimían; te citaré a nuestro Rey Carlos I el emperador, que después de haber sido señor del mundo entero fue a acabar sus días santamente en el monasterio de Yuste. Y no haré si no mencionarte el gran número de compatriotas nuestros que, desde los tiempos más remotos de la monarquía, han venido admirando al mundo por su saber y sus virtudes; un San Isidoro, arzobispo de Sevilla, grande historiador y gran filósofo; un San Vicente Ferrer, a cuya palabra caían helados de espanto los soberbios y se regocijaban los humildes; un San Francisco Javier, apóstol de las Indias; un cardenal Jiménez de Cisneros, ilustre ministro de la Reina Católica, un San Ignacio de Loyola, un San Juan de la Cruz, una Santa Teresa, un venerable maestro Fray Luis de Granada, y en fin, otros miles de miles, pues sería cuento de nunca acabar. Y no te hablo de los grandes artistas y poetas que, inspirados por nuestra Santa Religión, nos han dejado para eterna memoria de su nombre, esas catedrales, esas pinturas y esculturas, esos poemas de toda especie, que nos envidia el mundo. Y no te hablo tampoco del sinnúmero de hombres, no menos eminentes en saber y virtud, nacidos fuera de nuestra España; de un San Luis, Rey de Francia, tan ilustre por su valor como por su ciencia y virtudes; de un Santo Tomás de Aquino, lumbrera del mundo, y el hombre más sabio que ha tenido la tierra; de un San Vicente de Paúl, verdadero ángel de caridad, fundador de esas Hermanas celestiales que ves a cada hora arrostrando la muerte en los campos de batalla y en los hospitales pestilentes; de un San Francisco de Sales, tan profundo conocedor del corazón humano; de un Pontífice Gregorio VII, pacificador de la Iglesia, abogado de los débiles, freno de los opresores; de un San Pío V, reformador de la Iglesia.

Dime, por tu vida, hijito mío, si encuentras que pueda compararse con cualquiera de éstos, ni en sabiduría, ni en virtud, ni en grandeza, ni en heroísmo, ninguno de esos que te hablan o te escriben en contra de la Religión. Dime por tu vida, si es conveniente, si es natural, si es racional siquiera, negar que sea útil, y dudar de que es santa y verdadera una Religión que tiene a su favor el testimonio de servidores tan ilustres y en número casi tan infinito. Dime, en fin, y sobre todo, si puede ser puesta en duda o despreciada una Religión que ha hecho al mundo tan grandes beneficios, como son el establecer entre los hombres esa caridad, por la cual, considerándose todos como hermanos, hijos del Padre común que está en los cielos, llegan todos a ser verdaderamente libres y verdaderamente iguales ante el Dios bueno que a todos los hizo de la misma masa, y a todos infundió entendimiento para conocerle y voluntad para amarle.

¡Ah! ¡Si te pararas un poco a considerar el bien que ha hecho esta Religión santa! ¡Si la vieses como yo la veo, enjugar a cada instante las lágrimas del pobre, convertir los corazones más depravados y derramar en todas partes la verdad, la paz, la esperanza y la alegría! 

Quiero contarte aquí brevemente una historia que viene a pelo: Hubo en España, hace ya más de dos siglos, un caballero llamado D. Rodrigo Calderón.

Nacido de padres no ricos, aunque hidalgos, llegó por varios modos haberse de tal altura que, aunque falto de merecimientos y de vida nada cristiana, alcanzó a ser primer ministro y poderoso privado del monarca D. Felipe III, que entonces reinaba; tuvo los títulos de conde de la Oliva, marqués de Siete Iglesias, y alcanzó, en fin, tal grandeza y poderío, que él solo disponía de todos los dineros y de todas las mercedes del reino. Se ensoberbeció, D. Rodrigo hasta tal punto con tan inesperada fortuna, y soltó a sus pasiones tan larga rienda que, atropellado por sus propios desmanes y perseguido por sus émulos, perdió en un día, con la gracia del soberano, su poder, sus riquezas, sus honores; y encausado y preso, fue condenado por sentencia del Rey a morir degollado en la Plaza Mayor de Madrid.

Oyó D. Rodrigo su sentencia con gran valor, y volviéndose a un Crucifijo que estaba en su prisión, exclamó compungido: “Bendito seáis, mi Dios! ¡Cúmplase en mí vuestra voluntad!”.

Desde ese momento su vida fue tan penitente y santa, que las asperezas de ayunos, cilicios y otras con que se trataba, no menos que la humildad con que adornaba todo su porte y las grandes limosnas que hacía, solo podían compararse a la ostentación con que había vivido antes de llegar a aquel trance.

De esta manera pasó tres meses aguardando la ejecución de su sentencia, hasta que ya una noche, su confesor, después de haberle encarecido los premios que Dios da a los que saben aprovecharse de lo que padecen, ofreciéndole sus trabajos en retorno de su Sagrada Pasión, le anunció que de allí a dos días daría su cuello al verdugo. “Quiera Dios, padre mío (le respondió D. Rodrigo entonces), que mis pecados no sean parte para que yo pierda tanto bien; pues por ahora le puedo asegurar que me ha dado su Majestad tanto gusto al condenarme a muerte, que, si no pareciera mal, me riera”.

Lleno el rostro de alegría, y con grandísimos actos de fe, recibió al siguiente día por la mañana el Santísimo Sacramento, diciendo tiernamente: “¡Señor mío, Jesucristo! pues hoy venís Vos a mí, consiga yo ir mañana a Vos: en vuestras manos encomiendo mi espíritu...”

Pidió luego recado de escribir, y puso a su padre, que aún vivía, una carta, donde, entre otras cosas, le dice: “Triunfó la emulación, pero con tan distinto modo del que discurrieron sus designios, que habiendo sido su fin perderme para siempre, para siempre me he ganado, asegurándome lo principal, que es mi salvación, según la confianza que tengo de la Divina misericordia... Se me ha confirmado la sentencia de muerte, que padeceré tan gustoso, que deseo por instantes llegue el de entregar mi garganta al cuchillo y derramar mi sangre por la voluntad de mi Señor Jesucristo, en descuento de mis pecados, pues el mismo Señor tan liberalmente derramó por mí la suya”.

En este ánimo continuó hasta su última hora. Lo único que le causaba gran vergüenza era el considerar que daba ocasión con sus devociones para que se creyese que era más ostentación que virtud, y con este pensamiento, poco antes de salir al patíbulo, se quitó los cilicios, para que no se hiciesen públicos. A todos sus amigos y criados consolaba diciéndoles: “Señores, ahora no es tiempo de llorar, pues voy a ver a Dios y a ejecutar su santísima voluntad”.

Llegado a la puerta de la casa en que había tenido su prisión, vio la mula en que había de ir, y dijo: “Jesús, ¿mula para mí? No había de ser sino un serón en que me llevasen arrastrando, y que me fuesen atenaceando, sacándome bocados de mis carnes”.

En el último escalón, para subir en la mula, dio el Santo Cristo a su confesor, y tomando la rienda en la mano izquierda, se santiguó con la derecha, puso el pie en el estribo, y teniendo el otro el verdugo, subió a la cabalgadura tan airosamente y con tanto valor como si fuera a fiestas. Luego se compuso la túnica, y volvió a tomar el Crucifijo, besándolo con grande fervor. Llegó luego el verdugo a atarle las piernas con una liga por debajo de las cinchas de la mula, y le dijo don Rodrigo: “No me ates, amigo, ¿piensas que me tengo que escapar? Bien sé que voy a morir”. Le replicó su confesor: “Sosiéguese V.S., que el verdugo obra lo mandado”. A lo cual respondió don Rodrigo: “Pues siendo así, ata, amigo, ata”.

Empezó a caminar, y el pueblo, lastimado, pedía por él a gritos, diciendo: “Dios te perdone; Dios te dé valor; Dios te dé buena muerte”; y él respondía sin mirar a nadie: “Amén, Dios os lo pague, que sí hará”. Llegó su confesor a animarle, y él le respondió: “Padre mío, vamos en buena hora, que no me falta ánimo, pues le llevo grandísimo para padecer esta muerte, pues por mí la padeció más deshonrada mi Señor Jesucristo. Vamos en nombre de Dios; y pues su Divina Majestad y el Rey mi señor lo quieren, voy contentísimo a cumplir su voluntad y pagar mis pecados”. Y más adelante, añadía: “Padre, esto no es ir afrentado, esto es ir siguiendo a mi Señor Jesucristo, y triunfando; pues a su Divina Majestad le iban blasfemando y escupiendo, y a mí me van encomendando a Dios. Rueguen a su Majestad, padres míos, no quiera pagarme en esta vida el triunfo que padezco por el mucho gozo que siento”.

A vista ya del cadalso, pues oyó a unas mujeres que decían en altas voces: “Dios vaya contigo y te perdone tus pecados”; a lo cual don Rodrigo, sin mirar quién lo decía, y alzando los ojos al cielo, respondió: “¡Dios mío, por la sangre santísima que derramasteis por mí, que hagáis lo que os pide vuestro pueblo!”.

Puesto ya de pie sobre el cadalso, y después sentado en la silla donde había de ser degollado, no desmayó un solo punto, ni el valor, ni la piedad, ni la humilde contrición de D. Rodrigo. No pudiendo abrazar al verdugo, por tener los brazos atados, le dio el beso de la paz en el carrillo. 

Llegó, por fin, el terrible momento, y reconciliado nuevamente con su Dios, dejó la vida en manos del verdugo, pronunciando con fervor inexplicable, pero sin miedo, y hasta su último aliento, el dulcísimo nombre de Jesús.

Párate bien, hijo mío, párate bien a considerar la vida y la muerte de este hombre. De cuna humilde, sube a las grandezas del favor cortesano, embriagado por su fortuna, se olvida de Dios, y busca satisfacciones a su orgullo y a su ansia de gozar, sin que pudiera hallar un momento de verdadero goce ni de paz interior. Y este mismo hombre, cuando Dios le llama a padecer la afrenta de una prisión tan larga y de un suplicio público, consigue, solo con volver los ojos a aquella Religión de cuya observancia había vivido lejos, consigue, te digo, encontrar en la ignominia y en la muerte la paz interior, la santa alegría y la celestial esperanza que no logró mientras fue grande, poderoso y afortunado.

¿Te parece, hijo mío, que una Religión capaz de conseguir sobre un hombre, tan grande y casi milagroso triunfo, no es, cuando menos, una cosa que merece bien ser conocida y estudiada? Ven, pues, dócilmente conmigo, y oye sin prevención alguna de las breves máximas de verdad y de virtud que me propongo enseñarte. Dios sea contigo y conmigo en esta obra de bendición.





domingo, 3 de septiembre de 2023

EL “PADRE” SPADARO Y EL NUEVO ARRIANISMO

Rígido, indiferente, nacionalista, confuso… Así sería el Jesús descrito por el “padre” Antonio Spadaro, director del órgano jesuita La Civiltà Cattolica y estrecho colaborador de Bergoglio.

Por Bruno M.


En este blog y en InfoCatólica en general, hemos señalado en varias ocasiones las preocupantes afirmaciones de algunos de los colaboradores más cercanos a Francisco: desde mons. Paglia a mons. Sánchez Sorondo, el cardenal Kasper, el cardenal Hollerich, el (ya casi) cardenal Víctor Manuel Fernández, el nuevo arzobispo de La Plata o los nuevos miembros favorables a la eutanasia, el aborto o los anticonceptivos de la Pontificia Academia para la Vida. Debido a la confusión que suele acompañar a sus palabras, no siempre es fácil decir en qué creen exactamente estos eclesiásticos, pero caben pocas dudas de que esas creencias se apartan sustancialmente de lo que la Iglesia siempre ha enseñado sobre varios temas.

Para completar este elenco de colaboradores, me ha parecido oportuno traer al blog el último artículo del “padre” Spadaro SJ en el diario italiano Il Fatto Quotidiano. En el artículo, el jesuita y director de La Civilta Cattolica hace gala de lo que podríamos llamar el nuevo arrianismo, que, sin negar expresamente la divinidad de Cristo, lo concibe en la práctica como un mero ser humano, falible y lleno de defectos y limitaciones como los demás hijos de Adán.

El artículo se refiere al Evangelio donde se relata el episodio de la curación por nuestro Señor de la hija de una mujer cananea, que estaba atormentada por un demonio. En el texto evangélico, se describe cómo Jesús se hace de rogar antes de concederle a la mujer lo que pide, algo que la Tradición de la Iglesia siempre ha interpretado como un ejemplo de la pedagogía de Jesús, que quiere suscitar una mayor fe en la cananea. Como decía San Agustín, Cristo actuó así con ella “no para negarle su misericordia, sino para encender su deseo”.

La escena que nos pinta Spadaro, en cambio, es completamente diferente. Cuando la mujer le suplica, “Jesús permanece indiferente” ante el asombro de sus discípulos. “A Jesús no le importa” y le da a la cananea una “respuesta airada e insensible”, en la que se manifiesta que “la dureza del Maestro es inquebrantable”, porque “Jesús hace de teólogo” (algo que, en el vocabulario de Spadaro, es netamente negativo) y considera que “la misericordia no es para ella”.

Por si esto fuera poco, cuando la cananea dice “¡Señor, ayúdame!”, reconociendo así su autoridad, Jesús “responde de manera burlona e irrespetuosa hacia esa pobre mujer”, con “una caída de tono, de estilo y de humanidad”. Según Spadaro, “Jesús parece cegado por el nacionalismo y el rigorismo teológico”. No hay aquí una pedagogía de Jesús, como en la interpretación de los padres de la Iglesia, sino más bien una manifestación de graves defectos y limitaciones del propio Jesús, por contagio de su tiempo, que le impiden responder con misericordia.

Ante esa falta de humanidad de Jesús, las palabras de la cananea, diciendo con humildad que también los perritos comen los mendrugos que caen de la mesa de sus amos, lo cambian todo. Son “pocas palabras, pero bien planteadas y capaces de trastornar la rigidez de Jesús, de confundirlo, de ‘convertirlo‘ a sí mismo”.

Es decir, aunque la hija es curada por Jesús, la verdadera salvadora es la mujer, porque “también Jesús aparece curado y al final se muestra libre de la rigidez de los elementos teológicos, políticos y culturales dominantes de su tiempo”. Era Jesús el que necesitaba ser curado de algo mucho más grave y, cuando recibe esa curación y “le da la razón” a la mujer pagana, ese hecho “es la semilla de una revolución”.

La explicación de Spadaro es, evidentemente, opuesta a la que siempre ha dado la Iglesia. En lugar de aparecer como Maestro, Jesús aparece como discípulo; en lugar de liberar, es “liberado de su rigidez”; en lugar de suscitar la fe y la conversión en la cananea, es Jesús el que necesita convertirse; en lugar de ser el Amor mismo hecho carne, Jesús actúa de forma burlona, irrespetuosa, indiferente y airada; en lugar de ser la Verdad encarnada, muestra que es un hombre equivocado y “cegado” más, que al final tiene que dar la razón a la mujer; en vez de ser el único que conoce al Padre y nos lo revela, “hace de teólogo” y mete la pata hasta el fondo; en lugar de ser el Logos mismo, la sabiduría divina y eterna, Cristo comparte los prejuicios de su tiempo hasta que una mujer le saca de ellos y consigue que, por fin, opine lo mismo que el “padre” Spadaro.

En ningún momento se dice que Jesús no sea Dios, pero, en la práctica, tal como lo entiende el “padre” Spadaro, no hay nada de divino en Él: es pecador, ignorante, obstinado, rígido, mundano, inhumano, necesitado de conversión y un ciego que guía a otros ciegos. Se consigue así un criterio perfecto para desechar todo lo que resulta incómodo o demasiado “poco moderno” del Evangelio, atribuyéndolo simplemente a cosas en las que Jesús se equivocó, “cegado” por la mentalidad de su tiempo, algo que nosotros podemos juzgar con la ventaja de vivir en una época mucho mejor que la suya.

Desgraciadamente, esta idea no es algo aislado ni mucho menos exclusivo del célebre jesuita. En esencia es lo mismo por lo que, en pontificados anteriores, fueron condenados o desautorizados Pagola, Queiruga, Arregui, Küng, Boff, Jon Sobrino y tantos otros hasta llegar a Loisy o Tyrrell. El nuevo arrianismo, en efecto, es hijo del modernismo y no se coloca en el terreno racional de las afirmaciones dogmáticas, sino en el terreno puramente emotivo de lo que se sugiere y se da a entender (siempre contra la fe y a favor del mundo), la omisión sistemática de la divinidad de Cristo y todo elemento sobrenatural del Evangelio, la increencia práctica, el sentimiento de superioridad sobre todo lo antiguo y la risita satisfecha y engreída frente a la Tradición y la fe de los fieles.

El resultado, como puede verse en el artículo en cuestión, es bastante pobre, contradictorio y a menudo ridículo. Al menos yo no he podido evitar reírme al ver que el “padre” Spadaro atribuye a Cristo precisamente las cosas de las que acusa a sus enemigos, como la “rigidez” o la fidelidad a las verdades teológicas. Soy tan viejo que aún recuerdo tiempos en que ser comparado con Cristo era un elogio, pero parece que ahora hay otros estándares.

La falta de coherencia y racionalidad del nuevo arrianismo del “padre” Spadaro y compañía, sin embargo, hace que sea aún más disolvente que el antiguo y mucho más peligroso, porque no se sujeta a nada exterior a él, incluida la razón. La Tradición, la Escritura y el Magisterio solo tienen valor para estos autores en cuanto se puedan retorcer para adaptarse a la mentalidad modernista y resultan irrelevantes cuando obviamente se oponen a esa mentalidad. Se trata de una nueva fe, irracional y dogmática, para la cual lo nuevo y progresista siempre es mejor que lo antiguo y todo, absolutamente todo, incluido el mismo Jesucristo, debe hincar la rodilla ante la posmodernidad salvadora y omnisciente.


Espada de Doble Filo


¿LOS TRADICIONALISTAS DESAFÍAN LA AUTORIDAD PAPAL?

Los católicos nuevos en el Movimiento Tradicional a veces temen estar desafiando la autoridad papal. ¿Lo están haciendo?

Por el Rev. Anthony Cekada (♰)


No. A diferencia de muchos grupos tradicionalistas, no creemos que se pueda sostener simultáneamente que (a) los cambios en la Iglesia fueron malos y (b) los papas que promulgaron esos cambios continuaron poseyendo la autoridad de Cristo.

Ambas proposiciones no pueden ser ciertas. La autoridad de la Iglesia no puede dar mal ni error.

Pero una vez que se reconoce lo obvio -que los cambios del Vaticano II fueron de hecho dañinos para las almas- sólo queda una explicación razonable: los hombres que promulgaron estos cambios, desde Pablo VI en adelante, perdieron o carecieron de verdadera autoridad para hacerlo.


Una breve explicación

¿Cómo puede ser esto así? El razonamiento es como sigue:

1. Las enseñanzas y leyes oficialmente sancionadas por el Vaticano II y post-Vaticano II encarnan errores y/o promueven el mal.

2. Porque la Iglesia es indefectible, su enseñanza no puede cambiar, y porque es infalible, sus leyes no pueden producir mal.

3. Por lo tanto, es imposible que los errores y males oficialmente sancionados en las enseñanzas y leyes del Vaticano II y posteriores al Vaticano II pudieran haber procedido de la autoridad de la Iglesia.

4. Quienes promulgan tales errores y males deben de alguna manera carecer de autoridad real en la Iglesia.

5. Los canonistas y teólogos enseñan que la defección de la fe, una vez que se manifiesta, trae consigo la pérdida automática del cargo (autoridad) eclesiástico. Aplican este principio incluso a un Papa que, a título personal, de alguna manera se convierte en hereje. (Ver Herejía y pérdida del oficio Papal).

6. Incluso los papas han reconocido la posibilidad de que un hereje algún día termine en el trono de Pedro. Pablo IV decretó que la elección de tal Papa sería inválida y que carecería de toda autoridad. (Ver Herejía y pérdida del oficio Papal).

7. Dado que la Iglesia no puede desertar, pero un Papa como individuo puede desertar (como, a fortiori, también pueden hacerlo los obispos diocesanos), la mejor explicación para los errores y males posteriores al Vaticano II que hemos catalogado es que procedieron (proceden) de individuos. quienes, a pesar de su ocupación del Vaticano y de varias catedrales diocesanas, no poseían objetivamente autoridad canónica.

Dicho de otra manera:

La Fe misma nos obliga a afirmar que aquellos que han enseñado estos errores o promulgado estas leyes malvadas, sin importar la apariencia de autoridad que puedan tener, de hecho no poseen la autoridad de la Iglesia Católica. Sólo así se preserva la indefectibilidad de la Iglesia católica. Por lo tanto, como católicos que afirmamos que la Iglesia es indefectible e infalible, debemos rechazar y repudiar las afirmaciones de que Pablo VI y sus sucesores han sido verdaderos papas. Por otro lado, dejamos a la autoridad de la Iglesia, cuando vuelva a funcionar con normalidad, declarar con autoridad que estos supuestos papas no eran papas. Después de todo, nosotros, como simples sacerdotes, no podemos emitir juicios autorizados, ya sean legales o doctrinales, que vinculen la conciencia de los fieles.



CONSTRUYAMOS, PERO SIN ESPERAR AYUDA

Al diablo con la frustración. Construye, lee, canta, aprende, cásate, ten hijos, rinde culto, juega.

Por Anthony Esolen


Para mí está claro que los católicos fieles no pueden esperar ninguna ayuda, o en el mejor de los casos, una ayuda poca y tímida, de la Iglesia institucional cuando intentamos reformar las viejas escuelas, fundar nuevas escuelas, reintegrar en nuestro culto el arte y la música de buena a gran calidad (en todas las tradiciones culturales y populares), ayudar a resucitar o recrear algunos de los muchos géneros de las artes y oficios que se han perdido, reformar o fundar instituciones de bienestar social, revivir una tradición intelectual genuinamente católica y cristiana en todas las disciplinas y -lo que es más importante cuando se trata de los laicos y de lo que son directamente responsables- predicar y encarnar las virtudes que hacen que la vida familiar sea coherente y vibrante.

Este último punto requerirá que respiremos hondo y nos opongamos a una forma de triste y patética locura tras otra, a pesar de las previsibles calumnias con las que seremos recibidos.

Se dirá que nos preocupamos más por “los pecados de la carne” que por “los pecados contra los pobres”. Podremos señalar que lo que hace más urgente nuestro compromiso con esas virtudes que hacen familia, es que su abrogación perjudica primero y más terriblemente a los pobres, y que es imposible sacar a una generación de la pobreza sin esas virtudes, que católicos de izquierdas como Chesterton y Maritain solían entender estas cosas, y que las virtudes son buenas y bellas por derecho propio.

No importa. No seremos escuchados.

Podemos decir que es incoherente llamar a Jesús nuestro Señor el domingo, pero en todos los demás días de la semana, en la escuela, en el trabajo y en los hábitos de nuestra vida cotidiana, pretender que alguna otra institución tiene un reclamo anterior y más apremiante sobre nosotros - más obviamente y obstinadamente, el Estado, que ahora imita a Dios mismo en sus intentos de ser omnisciente, omnipresente y omnicompetente.

Podemos decir que, en su crecimiento maligno, el Estado ha dejado de hacer incluso las cosas fundamentales para las que se establecen los Estados; al igual que una escuela que presume de rehacer la humanidad y reiniciar la historia humana ha dejado de realizar el trabajo de una escuela. Podemos decir cosas que barrerían la baraja política.

No importa.

No renunciamos a intentar que las personas vean la luz. Otra cosa son las instituciones, suponiendo que puedan ver. No es sensato gastar energías intentando apuntalar un muro que ya no es un muro, sino un desmoronamiento de yeso empapado y madera podrida. Es una pérdida de tiempo, y puedes acabar agotado, fracaso tras fracaso, de modo que te resultará tentador concluir que Dios quiere que el muro sea así; es un muro de desarrollo y no de deterioro; es el muro del futuro.

Que así sea. Mientras tanto, el trabajo de reconstrucción debe hacerse, ahora, mirando al pasado en busca de inspiración, al presente en busca de necesidades y recursos inmediatos, y al buen tiempo de Dios en el futuro para cualquier medida de cumplimiento que se nos conceda.

Por supuesto, no quiero decir que todo el mundo deba participar en todos los aspectos de la recuperación, que probablemente será lenta e irregular. Las vastas máquinas de la política de masas, el entretenimiento de masas y la escolarización de masas están unidas contra nosotros, junto con los malos hábitos que estas cosas nos han llevado a adquirir.

Que el artista recupere su arte, paso a paso, lento e incierto. Que el hogar familiar sea más un hogar y menos un albergue de mala muerte. Aprendamos todos a leer de nuevo. No será fácil. Pero nos esperan maravillas, como las cosas bellas del mundo natural que hemos olvidado contemplar.

Mientras tanto, si nos dejamos arrastrar a las peleas y gruñidos contra compañeros católicos, algunos de los cuales pueden ser de buena voluntad pero simplemente están engañados por los fenómenos de masas, arriesgaremos nuestra cordura y nuestras vidas espirituales, y nada productivo saldrá de ello.

Debemos hacer al menos algo que podamos hacer.

¿Se suprime la misa en latín? Hablo como alguien que no asiste a ese rito: podemos responder fácilmente redoblando los esfuerzos para rezar las horas tradicionales, y cantar juntos los cantos. Esto no es “desobediencia”.

¿Se nos está intimidando para que hagamos la vista gorda ante las violaciones de la naturaleza creadas por el hombre? Tendremos que redoblar nuestros esfuerzos para enseñar a chicos y chicas a hacerse amigos de forma sana, y para que se unan en un disfrute inocente de la juventud, preparándose para el matrimonio.

No debemos perder la alegría. El mundo es ahora un lugar asombrosamente amargo y solitario. Puedes verlo en los ojos de la gente cuando viajas en tren. Puedes verlo en la desgana de los universitarios incluso en los lugares más sanos. Puedes verlo en el marchitamiento casi completo de las canciones de amor en nuestro tiempo; en el colapso del matrimonio; en el método por defecto en nuestras escuelas, que es menospreciar a los grandes y matar el asombro.

Nosotros, por el contrario, debemos ser atractivos en nuestra salud y nuestro buen humor, nuestra abundancia en el matrimonio, nuestros niños gritando mientras juegan.

Aléjate de los viejos cascarrabias anclados en los años setenta. No tienen nada que decir que no hayamos oído cientos de veces. No han conseguido nada. Su proyecto de licencia sexual, secularización de las escuelas y confianza en la maquinaria política para las necesidades del hombre ya se ha demostrado que es peor que un callejón sin salida. Es un camino que termina en un pozo.

Pero basta ya. Es hora de construir, y si te distraes con el ruido y los gritos de la gente que no puede admitir sus errores, ponte los tapones para los oídos, o vete a otro campo de pelota desatendido, y juega.

Al diablo con la frustración. Construye, lee, canta, aprende, cásate, ten hijos, rinde culto, juega.


The Catholic Thing

sábado, 2 de septiembre de 2023

“ES POR TU PROPIO BIEN”

“Es por tu propio bien” es la justificación con la que los tiranos de hoy imponen su voluntad a sus súbditos.

Por el Arzobispo Carlo Maria Vigano


Con ese mismo “Es por tu propio bien” nos impusieron el Concilio y el novus ordo, diciéndonos que “el pueblo lo pedía a gritos”

Luego, con el “Es por tu propio bien” nos montaron los Sínodos sobre la Familia, sobre la Amazonia, sobre la Sinodalidad, socavando la Fe y la Moral. 

En nombre del “Es por tu propio bien” Bergoglio canceló el Motu Proprio Summorum Pontificum, para que los católicos “rígidos” volvieran al redil conciliar.

Hoy es el turno de los católicos. Él critica su “actitud reaccionaria muy fuerte” y glosa: “Están enfadados, pero sigamos, sigamos. Es por tu propio bien”.

Con esto Bergoglio demuestra el enésimo fraude contra el pueblo de Dios: no hay sinodalidad, ni parresía, ni papel alguno de los laicos en la iglesia bergogliana: es un engaño que atribuye a los fieles lo que la propia iglesia profunda quiere, y cuando los fieles no obedecen, se le cae la careta al tirano y aparece el peor autoritarismo clerical en clave modernista: “Es por tu propio bien”.

Por cierto: “Es por tu propio bien” también ha servido al Estado profundo para legitimar los encierros, las სαcunac1on
es forzosas, la transición verde, las sanciones de guerra, la carne sintética y las ciudades inteligentes y el dinero electrónico.

Puedes notar el patrón?


EL RECHAZO Y LA RESTAURACIÓN DE LA BELLEZA

El mundo que nos rodea está lleno de fealdad. Para luchar contra esta fealdad, debemos abordar las cosas elegidas voluntariamente y cambiar nuestras costumbres en consecuencia.

Por Francis Slobodnik


El mundo que nos rodea está lleno de fealdad. Para luchar contra esta fealdad, debemos ocuparnos de las cosas voluntariamente elegidas y cambiar nuestra forma de actuar en consecuencia.

Una forma importante de hacerlo es cambiar nuestra forma de apariencia personal. Por todas partes vemos signos de desorden en este campo. Los individuos exhiben múltiples piercings de aspecto desagradable, pelo despeinado de colores extraños, tatuajes en abundancia y ropa desparejada, rota y fea.

Este culto a la fealdad estalló en los años sesenta, cuando la moral laxa dio lugar a modas laxas, poco convencionales e inmorales. Detrás de esta tendencia había un rechazo revolucionario de todos los aspectos de la civilización cristiana. Se abrió la compuerta de las pasiones desordenadas que se extendieron como un reguero de pólvora por todo el mundo en poco tiempo.

La gente abandonó las normas civilizadas de decoro que hacían hincapié en la dignidad de los individuos tal y como se presentan a la sociedad. La principal preocupación era agradar a los demás, no sentirse cómodo.

Hoy en día, la inmensa mayoría viste habitualmente un uniforme oficial consistente en una camiseta, unos vaqueros azules (rotos o no) y unas zapatillas deportivas. Para actos más formales, se puede llevar una chaqueta sobre la camiseta acompañada de unos vaqueros sin rasgar. Cuando hace calor, muchos sustituyen los vaqueros por pantalones cortos, incluso para ir a misa.

Además de la ropa, hay peinados extraños en colores poco atractivos, a veces de varias combinaciones. Los piercings abarcan la cara, las orejas, los labios, la lengua y otros lugares. El último desfiguro consiste en tatuajes, que se encuentran de la cabeza a los pies, con mensajes variados.


La joyería se ha vuelto pagana, brutal y tribal. Algunas joyas contemporáneas tienen formas extrañas, tamaños groseramente grandes y desproporcionados, y utilizan materiales de calidad inferior.

Lo único que importa es rechazar el orden y la belleza, cueste lo que cueste. Lo que empezó en los años sesenta como una rebelión revolucionaria contra las normas establecidas se ha convertido en un tsunami de lo feo, desagradable y desaliñado.

Este rechazo casi universal de la belleza tiene un efecto degradante en la Iglesia, la familia, las instituciones y la sociedad. Todo se mueve hacia la fealdad, y esta influencia se filtra hasta la persona corriente. Estos individuos pueden no llegar a los extremos, pero se adherirán a alguna forma de fealdad o mal gusto en el arreglo personal.

La Iglesia y la civilización cristiana entendían la belleza como el esplendor de la verdad. En la medida en que algo corresponde a su naturaleza y es agradable a los sentidos, tiene belleza.

Así, la gente comprendía la importancia de vestirse adecuadamente, según la naturaleza, la dignidad, los oficios o la edad de la persona. Las personas que visten de forma desaliñada, inmoral o con ropas rasgadas o sucias no están a la altura de esta norma. No respetan la necesidad de los demás de experimentar la belleza que les rodea.

Antiguamente, la gente entendía que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo y que debían adornarse teniendo esto en cuenta. Podríamos comparar cómo nos vestimos con cómo se viste un hermoso tabernáculo. El velo del tabernáculo es hermoso y está hecho de materiales de alta calidad para reflejar a Aquel que está dentro de él.

Cuando nos adornamos, teniendo en cuenta que somos templos del Espíritu Santo, estamos diciendo a los demás que cuidamos de nuestros cuerpos y almas como vasos de gracia. Esto eleva y edifica a nuestro prójimo, que naturalmente nos admirará.

La ropa inmodesta degrada a la persona y proporciona graves tentaciones a los demás. Sobre todo, ofende gravemente a Dios. Sería como poner una arpillera deshilachada sobre un tabernáculo.


La inmodestia es una manifestación del orgullo, que es la raíz de todos los vicios. Las personas son egocéntricas sin tener en cuenta al prójimo. También llaman la atención por su obsesión con impactar con sus peinados, su maquillaje, su ropa y su comportamiento extravagantes.

Como ocurre con todas las revoluciones, existe una tremenda presión para participar en las últimas modas. Los padres preocupados parecen a menudo paralizados a la acción porque ya no saben cómo decir “no”.

La solución está en el triunfo del Corazón Inmaculado de María. Podemos ayudar a la Virgen a conseguir su triunfo eligiendo y mostrando la auténtica belleza católica en lugar de la fealdad.

En efecto, la fealdad atrae el pecado y el mal. La belleza auténtica atrae la bondad y la virtud. Exhibiendo y promoviendo la belleza, las almas pueden ser atraídas a Nuestro Señor, que es la fuente y la plenitud de la belleza.

Así pues, debemos vestirnos de manera digna y modesta. Debemos llevar joyas y peinados apropiados. Debemos actuar como templo del Espíritu Santo llevando la cruz de la modestia, a pesar de las burlas de los demás.

Vestirse con belleza y modestia suscita comentarios positivos de los demás. Si un hombre viste traje y corbata en público, o una mujer lleva un vestido modesto y hermoso, recibirán comúnmente comentarios favorables de los demás. Esta es una forma de apostolado.

Cuando tenemos el valor de hacer lo que es justo, la Virgen y sus ángeles estarán con nosotros, dándonos valor y consuelo. Nuestras buenas elecciones tendrán también un impacto en los demás, que podrán considerar la posibilidad de mejorar sus elecciones.

Esta batalla es una especie de guerra espiritual en la que todo depende de la fidelidad de unos pocos. A veces, se avanza centímetro a centímetro hasta alcanzar la victoria. Con la gracia de Dios, nosotros también podemos ayudar a establecer el triunfo del Corazón Inmaculado de María influyendo en los que nos rodean en nuestra vida cotidiana.


Tradition Family Property


NUESTRA CULTURA SIN DIOS

Si bien no enfrentamos las miserias de la Primera Guerra Mundial ni las tormentas que condujeron a la Segunda Guerra Mundial, un cambio espiritual en el eje ha permitido que los cimientos que alguna vez fueron firmes para nuestra vida común se desmoronen

Por el Arzobispo Samuel J. Aquila


“Las cosas se desmoronan; el centro no puede aguantar”. Estas palabras del poema de WB Yeats “La segunda venida” se publicaron por primera vez hace cien años, en una época no del todo diferente a la nuestra. La epidemia de gripe de 1918-1919 había devastado gran parte de Europa, arrasando comunidades y familias sin discriminación. (Yeats casi pierde a su esposa y a su hijo por nacer a causa de la gripe). El hedor de la Primera Guerra Mundial todavía flotaba sobre las trincheras y nuevos conflictos hervían a fuego lento. La gente no estaba segura del futuro, mientras los líderes políticos luchaban con un mundo cambiante. Sin embargo, a través de todas estas pruebas, la fe permaneció en el centro y mantuvo unido al mundo occidental, aunque a veces débilmente.

Hoy, sin embargo, hay una diferencia notable. Si bien no enfrentamos las miserias de la Primera Guerra Mundial ni las tormentas que condujeron a la Segunda Guerra Mundial, un cambio espiritual en el eje ha permitido que los cimientos que alguna vez fueron firmes para nuestra vida común se desmoronen. Según Gallup, sólo el 81% de los estadounidenses cree en Dios (el porcentaje más bajo registrado desde que comenzó a hacer la pregunta en 1944), mientras que sólo el 56% cree en Dios tal como se describe en la Biblia. Y esta caída de las cifras parece haber cambiado el tenor de nuestra cultura.

Las manifestaciones que observamos hoy contra verdaderas injusticias han sido cooptadas en algunos lugares por una agenda que quiere destrozar el centro de la cultura occidental. En lugar de protestar pacíficamente contra la discriminación racial, algunos han centrado su energía en destruir iglesias o símbolos del cristianismo. Otros están redefiniendo la naturaleza para dar cabida a la licencia moral o a la expresión sin restricciones de la “identidad” elegida por uno. Otros más utilizan el poder ejecutivo, las legislaturas o los tribunales para marginar a las personas de fe y las obras de servicio cristiano. Un caos organizado ha fracturado nuestra identidad común y amenaza con deshacer la herencia que se nos ha confiado para transmitir a nuestros hijos.

Detrás de todo esto está la eliminación de Dios del centro. Es Dios (y para los cristianos, Jesús) quien mantiene unido al mundo caído y frágil. Dios, sin embargo, ya no es el centro de nuestro orden social. Sin duda, la situación que nos afectó a partir de 2020 reveló nuestra fragilidad, pero esa no es la causa de la disfunción, que ya estaba ahí.

Es por el miedo generalizado a la muerte y la estrechez del alma que sólo puede surgir si nos distanciamos de Dios. Al quitar a Dios del centro, nuestra cultura ha llegado al punto de la disolución social. La priorización de nuestro bienestar físico (por muy importante que sea) sobre nuestro bienestar espiritual delata un enfoque miope en lo temporal sobre lo eterno, lo horizontal sobre lo vertical.

Una cultura que no tiene fe en Dios y Su creación es una cultura que no se mantendrá. Quizás este momento que enfrentamos sea simplemente otro momento de la historia que se desvanecerá, o quizás este sea un momento de cambio de época que alterará para siempre quiénes somos y cómo nos entendemos a nosotros mismos. La respuesta a esta pregunta depende de la cuestión de Dios. ¿Tenemos nosotros, como pueblo unido en idioma y lugar, también puntos en común con respecto a nuestro lugar ante nuestro Creador, o hemos abandonado nuestra herencia y hemos hecho del individuo la medida de todas las cosas?

Hace más de 1.500 años San Agustín resumió las dos opciones de todo ciudadano: “Dos amores han hecho las dos ciudades. El amor a sí mismo, hasta el desprecio de Dios, hizo la ciudad terrena; y el amor a Dios, hasta el desprecio de uno mismo, hizo la ciudad celestial”. Más recientemente, Christopher Dawson escribió con frecuencia sobre el lugar del “culto” en una sociedad adecuadamente ordenada. La cultura de un pueblo se define principalmente por a quién o qué adoran o colocan en el centro: lo que identifican como el propósito de su existencia. Desde la fundación de nuestro país hubo un sentimiento de que Dios era esencial para nuestra vida común. Se entendió que la religión y la virtud eran necesarias para mantener unida a una población que de otro modo sería diversa. En su discurso de despedida, el primer presidente de los EEUU, George Washington advirtió: “Y seamos cautos al suponer que la moralidad puede mantenerse sin la religión.... La razón y la experiencia nos prohíben esperar que la moralidad nacional pueda prevalecer excluyendo los principios religiosos”. El centro cultural se mantuvo porque teníamos una base moral común arraigada en las creencias judeocristianas.

En el siglo pasado nos hemos convertido cada vez más en un país desvinculado de la verdad de que un Padre amoroso nos creó para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida, que es el camino hacia nuestra felicidad en la próxima. Parece que nos estamos olvidando de esto. Nuestra salud física es ciertamente una gran bendición que debemos proteger, pero es nuestra salud espiritual la que determina nuestro destino eterno. Dejar que lo físico eclipse lo espiritual es rendirse al diablo y sus promesas vacías.

Debemos volvernos a una persona: Cristo. La Iglesia tiene un papel único que desempeñar en el mantenimiento del centro. Ella es un recordatorio visible de que Cristo vive y continúa actuando entre nosotros. No sorprende, entonces, que se hayan desfigurado estatuas de santos, se hayan incendiado edificios de iglesias e incluso se hayan causado daños físicos a los fieles en nombre del “progreso”. Del mismo modo, esta nueva moral “revolucionaria” ha redefinido la comprensión de la separación de la iglesia y el estado, que originalmente tenía como objetivo garantizar la libre práctica de la religión (y por lo tanto proteger a la iglesia desde el estado. Hoy en día esta noción se ha invertido, y muchos creen que la fe debería ser completamente excluida de la esfera pública y, peor aún, que en lugares de conflicto el Estado debería dictar órdenes a la Iglesia (por ejemplo, obligando a las agencias de adopción católicas a entregar niños a parejas del mismo sexo u obligando a las Hermanitas de los Pobres a pagar los anticonceptivos). Quizás quienes infligen esta nueva moral “revolucionaria” no sean plenamente conscientes de lo que hacen, pero el diablo sí lo es, y sin duda está aprovechando el momento actual para hacer su trabajo.

La Iglesia –obispos, sacerdotes, religiosos y todos los fieles– debe comprometerse en este tiempo de incertidumbre a dar un fuerte testimonio de la fe. Sólo así podremos oponernos a la obra del gran ser espiritual que los cristianos conocen como el Adversario. Los fieles —y me refiero aquí específicamente a mí y a mis hermanos obispos— tenemos el deber de ser la voz de la razón en estos tiempos irracionales. En nuestra ordenación episcopal, entramos plenamente en el triple oficio de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Como sacerdotes estamos llamados a ofrecer sacrificio, el sacrificio de la Misa pero también el sacrificio de nuestra vida. Esta época de un centro en ruinas ofrece nuevas formas para que cada uno de nosotros ofrezcamos nuestros sacrificios diarios por la santificación del mundo. Hoy en día no faltan formas de sacrificio para todos nosotros, y no es la menor de ellas ofrecer las oraciones, las obras, las alegrías y los sufrimientos de cada día, tal y como se nos instruye en la Ofrenda Matutina.

También debemos asegurarnos de que la Misa siga siendo la fuente y cumbre de nuestra vida cristiana. El único y verdadero sacrificio de Cristo es el sacrificio en el que deben injertarse todos los demás sacrificios. Sin duda, las autoridades civiles tienen el derecho y el deber de proteger a la población, pero la Misa no puede convertirse en un lujo menos importante que otras reuniones públicas. Si se produjera otro encierro, la Iglesia debe estar preparada para defender el lugar de culto. La Misa es esencial para el bienestar espiritual de todo cristiano. Ciertamente, la Iglesia debe respetar la autoridad civil y aceptar limitaciones a lo que define una reunión prudente de fieles, pero la autoridad civil también debe respetar el lugar de una comunidad religiosa, al menos en la medida en que tolera (o promueve) otras reuniones públicas. La fe, especialmente la participación en los sacramentos, es esencial.

El oficio profético exige que la Iglesia enseñe la verdad a tiempo y fuera de tiempo. Si bien los bancos pueden estar menos llenos en un mundo pospandémico, nuestra necesidad de enseñar el poder salvador de Cristo no es menos urgente. Los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles deberían encontrar creativamente maneras de apoyar la fe de los demás en una cultura que puede ser hostil y de difundir el evangelio en esa misma cultura, que en el mejor de los casos considera que la religión es irrelevante. La tecnología es una herramienta útil para este trabajo, pero el contacto personal es crucial. La evangelización y la catequesis deben realizarse de forma innovadora para llevar a Jesús a nuestras comunidades, cambiando la cultura persona a persona. Este oficio profético también requiere que proclamemos la verdad al creciente número de voces dentro de la Iglesia que buscan cambiar una doctrina arraigada desde hace mucho tiempo.

El oficio real, o el oficio de gobierno, debe ejercerse para llevar a la gente a Cristo. No es un cargo de autoridad sobre los fieles, sino una autoridad otorgada a la Iglesia, trabajando a través de los obispos, para conducir a la gente a Cristo. A medida que atravesamos estos tiempos difíciles, es necesario tomar decisiones difíciles teniendo en cuenta una gran cantidad de consideraciones prácticas. Pero deben hacerse a la luz de la misión dada a la Iglesia de atraer a todas las personas a Cristo. Si Jesús es la medida con la que se toman las decisiones, el Espíritu Santo sacará el bien del mal. Debemos orar para que el cierre de parroquias o escuelas, por difícil que sea para toda la comunidad, pueda transformarse misteriosamente en bien si Cristo, más que las consideraciones financieras o legales, está en el centro. Mis hermanos obispos y yo sólo podemos liderar si nos colocamos ante Cristo todos los días en oración y recibimos las oraciones de los fieles. Si la Iglesia no ora, entonces el Espíritu Santo no está invitado a actuar. La naturaleza no permite el vacío; cuando eliminamos a Cristo, el espacio se llena con algo o alguien más, siempre algo que no es tan bueno para nosotros y, con demasiada frecuencia, algo que es malo.

Sin un tiempo específico dedicado exclusivamente a Dios en oración y adoración, inevitablemente nuestro tiempo estará lleno de cosas que nos distraen o incluso nos alejan de nuestro amoroso Creador. Pero cuando encontramos tiempo diariamente para presentarnos ante Dios para adorarlo y pedirle, entonces podemos escuchar Su voz. Es entonces cuando nos convertimos e irradiamos al mundo el amor que el Padre tiene por cada uno de nosotros, amor que tanto se necesita hoy. En ese amor podemos encontrar nuestra identidad como Sus amados hijos e hijas. En ese amor, podemos mantener todo lo que es verdadero y bueno dentro de nuestra herencia mientras buscamos reformar lo que no lo es. En ese amor, el centro comienza a sostenerse una vez más.

Las palabras de Yeats nos parecen verdaderas hoy, pero no tienen por qué serlo. Lo que necesitamos ahora es trabajar y orar para mantener a Jesús en el centro para que Él pueda mantener unido a este mundo caído y llevarnos a cada uno de nosotros a nuestro hogar celestial.


El Reverendísimo Samuel J. Aquila es el arzobispo de Denver. Su lema episcopal es: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5).


viernes, 1 de septiembre de 2023

COMO QUEDAMOS DESPUES DEL CONCILIO DE LA CÁBALA LLAMADO VATICANO II

Llamamiento a la unidad ante la división entre los obispos católicos sedevacantistas.

Por Monseñor Moisés Carmona


Desde que terminó la cábala, pomposamente llamada VATICANO II, todos vimos que aparecía una NUEVA IGLESIA, fundada por Pablo VI y sus incondicionales obispos conciliares; pero también vimos, aunque no todos, que era una iglesia muy extraña, que se alejaba de todo lo divino, que enseñaba lo contrario de lo que siempre ha enseñado la IGLESIA DE CRISTO; que condenaba todo lo que antes adoraba y adoraba todo lo que antes se condenaba; que el ALTAR CONSAGRADO fue sustituido por una mesa, como hizo Martín Lutero en Alemania y Crammer en Inglaterra; y que donde no pudieron destruir el ALTAR, porque era artístico, lo dejaron pero sin usarlo y ante él colocaron su mesa para realizar lo que ahora han venido a llamar la “CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA”, pero no el SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, que ha sido sustituido por la CENA PROTESTANTE.

Algunos, advertidos de que todos estos cambios eran queridos y ordenados por el “PAPA”, arrastrados por una falsa obediencia a sus vergonzosos y asalariados pastores, RECHAZARON LA VERDADERA IGLESIA y se unieron a la APOSTASÍA UNIVERSAL, aunque más bien forzados que por voluntad propia. Cada vez que tienen la oportunidad de asistir a una MISA CATÓLICA, son presionados para que no asistan y amenazados con la excomunión y el castigo eterno en el infierno por sus “sacerdotes” renegados. Estos son la inmensa mayoría.

Otros, conscientes de que un hereje no puede ser el legítimo sucesor de San Pedro, y convencidos también de que la NUEVA MISA, expresada por los Cardenales Ottaviani y Bacci, se alejaba de forma impresionante de la TEOLOGÍA CATÓLICA y se acercaba más a la protestante; y seguros como están de que los Cardenales elegidos por los falsos Papas, no son Cardenales legítimos y que, por lo tanto, no pueden darnos un PAPA LEGÍTIMO, apoyados en la preciosa Bula de Pablo IV, “CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO” y encabezados por el conocido teólogo de hierro, el ilustre sacerdote D. Joaquín Saénz Arriaga, sostuvo la tesis que asusta a todos los pusilánimes indecisos, pero que es la verdad:

“LA SANTA SEDE ESTÁ VACANTE, 

LA NUEVA MISA ES INVÁLIDA 

Y LOS TRES ÚLTIMOS CÓNCLAVES SON INVÁLIDOS”.

Otros rechazaron los cambios porque descubrieron en ellos herejías, pero no rechazaron al que patrocinó tales herejías, al que siguieron reconociendo como legítimo Papa y al que siguen llamando “SU SANTIDAD”, a pesar de que la ya citada Bula “CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO” dice claramente:

“Agregamos que si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que ANTES DE SU PROMOCIÓN al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, LA PROMOCIÓN O LA ASUNCIÓN, INCLUSO SI ÉSTA HUBIERA OCURRIDO CON EL ACUERDO UNÁNIME DE TODOS LOS CARDENALES, ES NULA, INVÁLIDA Y SIN NINGÚN EFECTO; Y DE NINGÚN MODO PUEDE CONSIDERARSE QUE TAL ASUNCIÓN HAYA ADQUIRIDO VALIDEZ, POR ACEPTACIÓN DEL CARGO Y POR SU CONSAGRACIÓN, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de GOBIERNO Y ADMINISTRACION, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, O POR LA OBEDIENCIA QUE TODOS LE HAYAN PRESTADO, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. TAL ASUNCIÓN NO SERÁ TENIDA POR LEGÍTIMA EN NINGUNA DE SUS PARTES, y no será posible considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad de administrar en las cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales circunstancias, a la dignidad de obispo, arzobispo, patriarca o primado, o a los que han asumido la función de Cardenales, o de Pontífice Romano, SINO QUE POR EL CONTRARIO TODOS Y CADA UNO DE LOS PRONUNCIAMIENTOS, HECHOS, ACTOS Y RESOLUCIONES Y SUS CONSECUENTES EFECTOS CARECEN DE FUERZA, Y NO OTORGAN NINGUNA VALIDEZ, Y NINGÚN DERECHO A NADIE”.

Estos son los Lefevristas, que finalmente se rebelaron contra su “PAPA” y le desobedecieron consagrando obispos contra su voluntad, por lo que fueron excomulgados de su propia iglesia, y aunque se autodenominan católicos, no lo son ni lo han sido nunca, ya que en todo momento han buscado componendas con la falsa iglesia.

Por último, han aparecido otros que, en contra del sentir de todos los teólogos católicos, han enseñado que un PAPA que cae en la herejía queda automáticamente fuera de la IGLESIA y ya no puede seguir siendo su cabeza visible, dándose aires de gran inteligencia y asombrosa sabiduría, han sacado de sus reservas dos brillantes terminologías: MATERIALITER y FORMALITER, para venir a decirnos que un hereje sí puede ser Papa legítimo pero materialiter no formaliter y pretenden imponer esta fórmula maravillosamente inventada a todos aquellos que desconocen que es esta distinción se aplica perfectamente al pecado que puede ser este, sí, material o formal en quien lo comete, pero de ninguna manera al PAPADO, algo en lo que la IGLESIA siempre ha sido clara y contundente: “O SE ES PAPA O NO SE LO ES”.

La citada Bula es clara y nos dice que los así promovidos deben ser evitados como si fueran hechiceros, paganos, recaudadores de impuestos o heresiarcas.

Es verdaderamente lamentable que aquellos que fueron consagrados en la misma línea que el Obispo Thuc, que sin duda nunca fue de esa opinión, estén ahora dividiendo a la familia por cosas tan triviales, cuando debería estar más unida. ¿Hemos olvidado que TODO REINO DIVIDIDO CONTRA SÍ MISMO ES ASOLADO; Y TODA CIUDAD O CASA DIVIDIDA CONTRA SÍ MISMA NO PERMANECERÁ? (Mt. 12.25)

Reflexionemos seriamente y convenzámonos de que una Iglesia dividida no puede ser la IGLESIA INMACULADA DE CRISTO...

A todos los hermanos que, creyendo hacer lo correcto, provocan divisiones en las filas de la verdadera Iglesia, tenemos que recordarles lo mismo que San Pablo escribió a los Corintios:

“OS RUEGO, PUES, HERMANOS, POR EL NOMBRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, QUE HABLÉIS TODOS UNA MISMA COSA, Y QUE NO HAYA ENTRE VOSOTROS DISENSIONES, SINO QUE ESTÉIS PERFECTAMENTE UNIDOS EN UNA MISMA MENTE Y EN UN MISMO PARECER” (Cor 1,10).


EL “ARZOBISPO” BRASILEÑO JUSTIFICA DAR LA “COMUNIÓN” A UN JEQUE MUSULMÁN

No queda nada católico en la religión del Vaticano II. Es una secta apóstata del infierno que no puede desaparecer de esta tierra lo suficientemente pronto.


En la religión del Vaticano II, el Sr. Geremias Steinmetz (n. 1965) es el “arzobispo católico” de Londrina, Brasil. Jorge Bergoglio, alias “papa Francisco”, lo nombró personalmente para ese cargo en 2017.

Con la reciente muerte del “cardenal” Geraldo Majella Agnelo, de 89 años (26 de agosto de 2023), ex “arzobispo” de São Salvador da Bahia, Steinmetz se encontró participando en una “misa” fúnebre presidida por el “cardenal” Sérgio da Rocha el lunes 28 de agosto. (Hace unos años, da Rocha presidió una “misa” especial con un drag queen, pero esa es otra historia).

Cuando llegó el momento de la distribución de lo que se suponía era la Sagrada Comunión (pero en realidad era simplemente la hostia inválida del novus ordo), un clérigo musulmán que estaba presente se acercó a Steinmetz. Se trataba del jeque Ahmad Saleh Mahairi, fundador de la mezquita local Rey Faiçal (1972). Efectivamente, “arzobispo” Steinmetz puso la hostia en manos no católicas del jeque, quien se la llevó.

El incidente fue capturado en la transmisión en vivo del evento (que comienza a las 1:38:18 hora aquí), y se muestra en este clip que se encuentra en Instagram:


Uno sólo puede imaginar lo que se ha logrado con todo el “diálogo interreligioso” desde el Vaticano II si los musulmanes no son conscientes de que no pueden participar en los (putativos) sacramentos católicos. Pero entonces, tal vez el jeque había estado escuchando al “papa” Francisco enfatizar que la Iglesia Católica es una sociedad de la que “nadie está excluido”, y pensó que había puesto a prueba la afirmación de Bergoglio.

Hasta ahí, todo mal. Pero entonces las cosas empeoraron.

Habría sido bastante terrible si Steinmetz hubiera tenido simplemente un colosal lapsus de juicio y luego se hubiera arrepentido. Pero no, Steinmetz publicó después una “nota aclaratoria” en la página web de su archidiócesis justificando su decisión de administrar la “Sagrada Comunión” a un no bautizado no creyente.

Con fecha del 30 de agosto de 2023, el texto dice lo siguiente:

NOTA DE ACLARACIÓN

Queridos hermanos y hermanas, aún de luto por la muerte del Cardenal Geraldo Majella Agnelo, arzobispo emérito de São Salvador y primado de Brasil, ex arzobispo de Londrina, queremos emitir un comunicado sobre las repercusiones generadas por la comunión dada por mí, Dom Geremias Steinmetz, al Sheiki Jeque Ahmad Saleh Mahairi.

En los últimos días hemos vivido una ceremonia muy hermosa en nuestra Iglesia Católica Romana, que celebra no la muerte, sino la fe en la vida eterna a través de Cristo vivo y resucitado. El funeral de Dom Geraldo, uno de los hombres más importantes de la Iglesia en Brasil y el mundo, implicó más de 24 horas de oración ininterrumpida en la Catedral Metropolitana de Londrina, con la presencia de sacerdotes de todos los decanatos de la Arquidiócesis de Londrina , que abarca 16 municipios de la región, y alrededor de 20 obispos, entre ellos tres cardenales, sacerdotes y religiosos de todo el país.

Además de ser una respetada autoridad religiosa, Dom Geraldo era un amigo y un ser querido de muchos que asistieron a las celebraciones, especialmente a la última Santa Misa antes de su entierro a las 10 de la mañana, para presentar sus respetos. Allí estaban personas de diferentes confesiones religiosas, incluidas autoridades civiles y religiosas, como el Sheiki Jeque Ahmad Saleh Mahairi, de la mezquita del Rey Faiçal.

El jeque Mahairi conocía a Dom Geraldo Majella desde los años 1980 y estuvo en el funeral del cardenal Agnelo como amigo, entristecido por el entierro de otro amigo. El jeque es muy conocido en diversos ámbitos de la sociedad y mantiene una relación respetuosa con la Iglesia católica. También era amigo de otro arzobispo de Londrina, el fallecido Dom Albano Cavallin, con quien mantuvo una estrecha relación. Como amigo, participó en la celebración eucarística y, entrando en la fila de la comunión, recibió el cuerpo de Cristo.

Las imágenes de la Santa Misa transmitida muestran al Jeque Mahairi recibiendo la Eucaristía de mis manos, pero no lo muestran consumiéndola. Ante las repercusiones de estas imágenes, pedí al vicario general de la archidiócesis de Londrina, padre Rafael Solano, que hablara con el jeque para aclarar la situación. Lamentando profundamente lo sucedido, porque su deseo no era faltarle el respeto a la Iglesia católica, el jeque Mahairi le dijo al vicario general que recibió a Jesús, se dirigió a su banco, se sentó y consumió la Eucaristía. Según él, Mons. Albano había explicado hace muchos años que la Eucaristía es el cuerpo de Jesús, considerado un profeta para el Islam.

[Cita del Vaticano II:] La Iglesia también mira con estima a los musulmanes. Adoran al Dios único, vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, creador del cielo y de la tierra, que ha hablado a los hombres y a cuyos decretos, aunque ocultos, tratan de someterse de todo corazón, como Abraham sometió a Dios, a quien la fe islámica evoca con gusto. Aunque no lo reconocen como Dios, veneran a Jesús como profeta y honran a María, su madre virginal, a quien a veces invocan con devoción. Esperan el día del juicio, cuando Dios pagará a todos los hombres una vez que hayan resucitado. Por tanto, tienen en alta estima la vida moral y adoran a Dios sobre todo mediante la oración, la limosna y el ayuno (Declaración “Nostra Aetate”, n. 3). [Fin de la cita]

Aclarados estos puntos, nos gustaría finalmente considerar lo que nos enseña el Papa Francisco en su último documento sobre la Liturgia, Desiderio Desideravi, de 2022. Nadie se había ganado un lugar en la Última Cena. Más bien, fueron invitados, atraídos, por el ardiente deseo del mismo Jesús de comer con ellos esa Pascua, cuyo cordero es él mismo.

“Antes de nuestra respuesta a la invitación –mucho antes- está su deseo por nosotros: puede que ni siquiera seamos conscientes de ello, pero cada vez que vamos a Misa la razón principal es porque somos atraídos por su deseo por nosotros. Por nuestra parte, la respuesta posible, la ascesis más exigente es, como siempre, entregarnos a su amor, dejarnos atraer por él. Lo cierto es que todas nuestras comuniones en el Cuerpo y la Sangre de Cristo fueron deseadas por él en la Última Cena”, escribió el Papa Francisco. Toda la creación es una manifestación del amor de Dios. Y como este amor se manifestó en la plenitud de la Cruz de Jesús, “toda la creación es atraída hacia él. Es toda la creación la que es asumida para ser puesta al servicio del encuentro con el Verbo encarnado, crucificado, muerto, resucitado, que ha ascendido al Padre”. (n. 42)

La Eucaristía que resucita, verdadero Cuerpo y Sangre de Jesús, es recibida por el pueblo reunido alrededor del altar también como signo de caridad, de ese amor irrepetible de Dios que se manifiesta en la Cruz de Jesús. Por lo tanto, “dejemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, preservemos la comunión, sigamos maravillándonos de la belleza de la Liturgia. La Pascua nos ha sido regalada, dejémonos custodiar por el deseo que el Señor sigue teniendo de poder comerla con nosotros. Bajo la mirada de María, Madre de la Iglesia”. (Papa Francisco – Desiderio Desideravi, n.65). La celebración eucarística nos enseña el noble ejercicio de la caridad, alimenta la mansedumbre, nos conduce a la fraternidad y al respeto de todos. Que la Eucaristía, misterio de amor, sea para todos fuente de gracia y luz que ilumine los caminos de la vida.

Londrina, 30 de agosto de 2023

En Cristo Jesús. Mis bendiciones,

Arzobispo Geremías Steinmetz

Arzobispo Metropolitano de Londrina

(Fuente; subrayado añadido; letra en negrita).

Señoras y señores, ¿hay algo más que decir? ¿Necesita esto algún comentario? ¡Las excusas dadas son abismales y blasfemas! Este malvado pseudo-arzobispo ni siquiera se avergüenza de argumentar que, en última instancia, ¡es Cristo mismo quien “invitó” al musulmán a recibir la Comunión!

Claramente, el “arzobispo” Steinmetz no tiene remordimientos - está feliz de dar la “Sagrada Comunión” a cualquiera que pueda llegar al frente de la fila, incluso a personas que no están bautizadas y son enemigos de Dios porque rechazan abiertamente la Fe Católica “sin la cual es imposible agradar a Dios” (Heb 11:6a), no están en estado de gracia santificante, e incluso repudian a la Santísima Trinidad. Quién sabe, tal vez el “arzobispo” Steinmetz habría hecho una excepción si el jeque se hubiera arrodillado para recibir.

No queda nada católico en la religión del Vaticano II. Es una secta apóstata del infierno que no puede desaparecer de esta tierra lo suficientemente pronto.


Novus Ordo Watch


PADRE DJ: LA MASTURBACIÓN Y LA SODOMÍA "ES PERSONAL DE CADA UNO"

El “padre” Guilherme Peixoto, más conocido como “el padre DJ”, conocido por su estilo relajado, respondió a las preguntas del entrevistador Rui Unas respecto a la confesión de actos sexuales fuera de relaciones normales de pareja.

Por Maciel Rodrigues


El “padre” Guilherme Peixoto, más conocido como “el padre DJ”, provocó recientemente una polémica en Facebook por haber afirmado, en una entrevista en el podcast Maluco Beleza del 23-09-2020, que los actos de naturaleza sexual fuera de las relaciones conyugales normales, específicamente la masturbación y la sodomía, “son de la competencia personal de cada uno”.

Entre los comentarios que siguieron a la publicación del video hay sacerdotes que lo acusan de “apóstata” y “anatema”, otro advierte que “como este, lamentablemente, hay tantos…”, y otro sacerdote se lamenta: “Qué triste… tan buena oportunidad para dar a conocer la Doctrina y la Moral Católica... Qué falta de formación... palabras banales, secas... que tristeza...”.

El párroco de Laúndos y Amorim, de la archidiócesis de Braga, que también es DJ, mayor y capellán de los Comandos del Ejército, conocido por su estilo relajado, respondió a las curiosas preguntas del entrevistador Rui Unas sobre el contexto de confesión de actos sexuales fuera de relaciones normales de pareja.

Inicialmente, cuando el entrevistador pregunta si la persona que tiene fantasías y se masturba debe confesarse, el sacerdote sólo indica que pide a los fieles que se confiesen sin describirlo, diciendo sólo genéricamente “he pecado contra la castidad”, pero cuando Unas insiste en saber si “el acto masturbatorio es pecado contra la castidad” el cura relativiza: “es competencia personal de cada uno”, “el que crea que está bien, ya está”, “depende de cada persona saber si el acto que ha cometido le ha quitado su dignidad como ser humano”.

La polémica se agrava cuando el “loco” Rui Unas, al darse cuenta de que el sacerdote estaba omitiendo la enseñanza oficial de la Iglesia, le hace una pregunta sobre un sofisticado acto de sodomía:
“Permíteme que te haga la pregunta contraria a la que te he hecho antes. Si alguien que comete un acto de sodomía, de acuerdo con su pareja, e incluso con cierta violencia, con cierta... ¿cuál es el término correcto?... cierta picardía... poco convencional y católica en este sentido... pero si en su conciencia no tiene sentimiento de culpa y si siente que no ha dañado su dignidad... ¿está todo bien?”
La respuesta del Padre DJ sonó como música techno para los oídos liberales de Unas:
“Yo creo que sí. Creo que sí porque el amor entre ellos se ha fortalecido, todo lo que pasa en el dormitorio es personal”.
“¡Que haya un sacerdote que lo diga!” respondió Unas efusivamente.

Contactado por este sitio web, el padre Guilherme no respondió, precisamente porque omite la enseñanza oficial de la Iglesia sobre la naturaleza de dichos actos, pareciendo incluso admitir que un acto contrario a la castidad puede incluso “fortalecer el amor”.

El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda repetidamente que la Tradición de la Iglesia siempre ha considerado estos actos como “intrínseca y gravemente desordenados” y “pecados gravemente contrarios a la castidad” (Catecismo de la Iglesia Católica, capítulo segundo, artículo 6 “El Sexto Mandamiento”), tal como la Biblia, por ejemplo, en la Primera Epístola de San Pablo a los Corintios, capítulo 6, versículo 9: “No os dejéis engañar: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los hombres que se acuestan con hombres, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los ladrones heredarán el reino de Dios”.


La vena liberal del padre Guilherme lo ha involucrado en polémicas escandalosas para la comunidad católica, como cuando fue contratado  por la casa de apuestas deportivas Betclic para intervenir en el famoso anuncio de apuestas, del 26/04/2021, junto a Fernando Rocha vestido como el papa en una parodia, cuyos ingresos publicitarios supuestamente servirían para encubrir gastos parroquiales.

Sin embargo, a pesar de que esta posición le garantiza un gran protagonismo mediático y social, a la Iglesia no le gustan los excesos. Según el sitio JN, mientras el “padre DJ” relativizaba su participación en ese video, el canónigo José Paulo Abreu respondió a ese diario que “no todos los medios justifican los fines”.

También nos pusimos en contacto con el arcipreste de Vila do Conde/Póvoa de Varzim, el padre Manuel Casado Neiva, quien se negó a comentar las “declaraciones de los compañeros” concluyendo que “cada uno es responsable de sus declaraciones”.


Inconveniente