jueves, 28 de enero de 2021

LA IGLESIA, INIGUALABLE Y ÚNICA

Es preferible ser ciudadano de una Ciudad inmortal y divina en sus horas bajas que esclavo de los más altos proyectos humanos, que por su propia naturaleza son perecederos y vanos, por mucho que estén de moda esta semana o este siglo.

Por Bruno M.


“No hay, ni ha habido nunca sobre la tierra, una obra humana que tanto merezca ser analizada como la Iglesia Católica. La historia de esa Iglesia une las dos grandes eras de la civilización humana. No hay otra institución que aún perviva y que lleve nuestro pensamiento a la época en que el humo de los sacrificios se elevaba desde el Panteón y las jirafas y los tigres saltaban en el Coliseo. Las más orgullosas dinastías reales apenas son cosa de ayer en comparación con la sucesión de sumos Pontífices. Esa sucesión retrocede de forma ininterrumpida desde el Papa que coronó a Napoleón en el siglo XIX al Papa que coronó a Pipino en el VIII, pero la augusta dinastía se extiende mucho más allá de la época de Pipino, hasta perderse en la penumbra de la leyenda. La república de Venecia la sigue en antigüedad, pero la república de Venecia era moderna en comparación con el Papado y, además, la república de Venecia ha desaparecido y el Papado permanece.

El Papado permanece, pero no en decadencia como una mera antigüedad, sino lleno de vida y de vigor juvenil. La Iglesia Católica sigue enviando a los confines del mundo misioneros tan llenos de celo como los que desembarcaron en Kent con Agustín de Canterbury y continúa haciendo frente a los reyes hostiles con el mismo espíritu con el que hizo frente a Atila. El número de sus hijos es mayor que en ninguna época pasada. Sus adquisiciones en el Nuevo Mundo han compensado con creces lo que ha perdido en el Viejo. Su autoridad espiritual abarca los vastos países que se encuentran entre las llanuras del río Misuri y el cabo de Hornos, países que, dentro de un siglo, tendrán probablemente una población tan grande como la actual de Europa. Los miembros de su comunión alcanzan sin duda los ciento cincuenta millones, mientras que los demás grupos cristianos juntos apenas llegan a los ciento veinte millones.

No vemos ningún indicio que sugiera que se acerque el fin de su largo dominio. Ella presenció el comienzo de todos los gobiernos y todas las instituciones eclesiásticas que existen en el mundo y no podemos decir con seguridad que no esté destinada a presenciar el final de todos ellos. Era grande y respetada antes de que los sajones pisaran tierras británicas, antes de que los francos cruzaran el Rin, cuando la elocuencia de Grecia aún florecía en Antioquía, cuando todavía se adoraba a los ídolos en el templo de la Meca. Y puede que siga existiendo, con el mismo vigor, cuando algún viajero de Nueva Zelanda, rodeado por un vasto páramo despoblado, se coloque sobre uno de los arcos derrumbados del Puente de Londres para hacer un boceto de las ruinas de la catedral de San Pablo”.


Thomas Babington Macaulay, Ensayo sobre la Historia de los Papas de Roma de Leopold Ranke, Edinburgh Review, 1840.


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El autor de estos párrafos, Macaulay, fue un historiador británico, protestante, marcadamente liberal y convencido de la indiscutible superioridad de Inglaterra sobre todos los pueblos de la tierra, pero aun así vislumbraba algo en la Iglesia que despertaba su sincera admiración. Cuando escribió estas líneas, la situación del catolicismo en Inglaterra era cuando menos precaria y solo se había permitido votar a los católicos diez años antes, después de siglos de persecución, pero esa debilidad práctica y real de la Iglesia a su alrededor no le impidió darse cuenta de que, de algún modo, la Iglesia era única en su tiempo y en todos los tiempos.

Su admiración es particularmente significativa si tenemos en cuenta que, por razones obvias, Macaulay no podía ver la realidad sobrenatural de la Iglesia, sino sólo la humana, que siempre rebosa debilidad, pecado y contradicciones. No obstante, incluso en esa realidad humana tan débil brillan, para quien los quiere ver, la gloria y el esplendor de la Jerusalén celeste, la vida inmortal que recorre el cuerpo de Cristo y el agua inagotable del Espíritu que salta hasta el cielo.

Algunos me dirán, con razón, que humanamente hablando la Iglesia pasa de nuevo por horas bajas. No seré yo quien lo niegue, pero es preferible ser ciudadano de una Ciudad inmortal y divina en sus horas bajas que esclavo de los más altos proyectos humanos, que por su propia naturaleza son perecederos y vanos, por mucho que estén de moda esta semana o este siglo. Jerusalén será reconstruida, con zafiros y esmeraldas. Benditos los que te aman, los que sufren por tus castigos.

Cuántas gracias tenemos que dar a Dios por la Iglesia. También en sus horas bajas. Especialmente en sus horas bajas, cuando ya no nos deslumbran las grandezas humanas y solo brilla ante nosotros, con el brillo tenue pero firme de la fe, la realidad divina que alberga su frágil envoltorio humano, porque llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se manifieste que lo sublime de este amor viene de Dios y no viene de nosotros. La fe sólo puede subsistir en un corazón agradecido y admirado.

Pueblo santo de Dios y canal de toda santificación; tienda del encuentro con el Eterno, Fuerte e Inmortal; única arca que puede salvarnos del diluvio y de la muerte; ciudad firme amurallada; viña que rebosa de la Sangre santa que da la vida eterna; esposa de Cristo y virgen sensata; rebaño que pace en las verdes praderas de la Escritura, tranquilo al cuidado del buen Pastor; nave de Pedro impulsada por el viento del Espíritu; Maestra de nuestra ignorancia y consuelo de nuestras heridas. ¡Madre, Madre, solo en ti está lo único que importa en esta vida y en la otra!


Espada de Doble Filo



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