jueves, 25 de mayo de 2000

SICUT DUDUM (13 DE ENERO DE 1435)


SICUT DUDUM

CONTRA LA ESCLAVITUD DE LOS NATIVOS NEGROS DE LAS ISLAS CANARIAS

PAPA EUGENIO IV - 1435

A nuestros venerables hermanos, paz y bendición apostólica

1. No hace mucho tiempo, aprendimos de nuestro hermano Fernando, obispo de Rubicón y representante de los fieles residentes en las Islas Canarias, y de los mensajeros enviados por ellos a la Sede Apostólica, y de otros informadores confiables, los siguientes hechos: En dichas islas, algunas llamadas Lanzarote, y en otras islas cercanas, los habitantes, imitando solo la ley natural, y sin haber conocido previamente ninguna secta de apóstatas o herejes, han pasado poco tiempo desde que fueron conducidos a la fe católica ortodoxa con la ayuda de la misericordia de Dios.

2. Algunas de estas personas ya estaban bautizadas; otros incluso fueron engañados por la promesa del bautismo, ya que se les hizo una promesa de seguridad que no se cumplió. Han privado a los nativos de la propiedad, o la han utilizado para su propio uso, y han sometido a algunos de los habitantes de dichas islas a la esclavitud perpetua, los han vendido a otras personas y han cometido otros actos ilícitos y malvados contra ellos, debido a que muchos de los que permanecieron en dichas islas, y condenaron tal esclavitud, han permanecido involucrados en sus errores anteriores, habiendo retirado su intención de recibir el Bautismo, ofendiendo así la majestad de Dios, poniendo en peligro sus almas y causando no poco daño a la religión cristiana

3. Por lo tanto, nosotros, a quienes corresponde, especialmente con respecto a los asuntos antes mencionados, reprender a cada pecador por su pecado, y no querer pasar por disimular y desear, como se espera del oficio pastoral que tenemos, hasta el momento como sea posible, para saludar, con una preocupación santa y paterna, por los sufrimientos de los habitantes, suplicar al Señor y exhortar, al rociar la Sangre de Jesucristo derramada por sus pecados, todos y cada uno, príncipes temporales, señores, capitanes, hombres armados, barones, soldados, nobles, comunidades y todos los demás, de todo tipo, entre los fieles cristianos de cualquier estado, grado o condición, que ellos mismos desistan de los hechos antes mencionados, causan que aquellos sujetos a ellos desistan de ellos, y frenarlos rigurosamente.

4. Y no menos ordenamos a todos y cada uno de los fieles de cada sexo, dentro de los quince días posteriores a la publicación de estas cartas en el lugar donde viven, que restablezcan su libertad anterior a todas y cada una de las personas de cualquier sexo que alguna vez fueron residentes de dichas Islas Canarias, y que fueron cautivos desde el momento de su captura, y que han sido sometidos a la esclavitud. Estas personas deben ser total y perpetuamente libres, y deben dejarse ir sin la exigencia o la recepción de dinero. Si esto no se hace cuando hayan transcurrido los quince días, incurrirán en la sentencia de excomunión por el acto mismo, de la cual no pueden ser absueltos, excepto en el momento de la muerte, incluso por la Santa Sede, o por cualquier obispo español, o por el ya mencionado Fernando, a menos que primero hayan dado libertad a estas personas cautivas y restaurado sus bienes. Desearemos que cualquiera de las personas que intenten capturar, vender o someter a esclavitud a los residentes bautizados de las Islas Canarias, o aquellos que buscan libremente el bautismo, incurran en una sentencia de excomunión, la cual no podrá ser absuelta, excepto como se indicó encima.

5. Los que obedecen con humildad y eficacia estas, nuestras exhortaciones y mandamientos merecen, además de nuestro favor, y el de la Sede Apostólica, y las bendiciones que se derivan de allí, pero deben ser poseedores de felicidad eterna y ser colocados en la diestra de Dios.

Dado en Florencia, el 13 de enero, en el año de Nuestro Señor, 1435.


Fuente: Apéndice B del p. El libro de Joel S. Panzer, "Los Papas y la Esclavitud" (Sociedad de San Pablo, 1996) en la página 75 de Annales Ecclesiastici de Baronius, ed. O. Raynaldus (Luca, 1752) vol. 28, págs. 226-227.



miércoles, 24 de mayo de 2000

PRAECLARA GRATULATIONIS (20 DE JUNIO DE 1894)


CARTA APOSTÓLICA

PRAECLARA GRATULATIONIS

SOBRE LA UNIDAD DE A IGLESIA

LEON XIII

A los soberanos y pueblos del mundo.

Salud y paz en el Señor.

Los luminosos testimonios de gratitud pública que recibimos de todo el año pasado como un recordatorio del comienzo de nuestro episcopado (testimonios recientemente incrementados por la eminente devoción de los españoles) nos trajeron sobre todo una fuente de alegría como esa afinidad y armonía de sentimientos. La unidad de la Iglesia y su admirable unión con el Sumo Pontífice brillaron. Parecía que en aquellos días el mundo católico había olvidado todos los demás eventos y había dirigido su mirada y pensamientos incesantemente al Vaticano.

Multitudes de peregrinos, cartas llenas de afecto, ceremonias sagradas confirmaron claramente que solo uno es el corazón y el alma de todos los católicos en el respeto a la Sede Apostólica. Este hecho fue aún más feliz y más agradable para nosotros, ya que se ajustaba plenamente a nuestras enseñanzas y acciones. Ciertamente conscientes de los tiempos y de nuestra misión, a lo largo de nuestro pontificado nos hemos propuesto constantemente y nos hemos esforzado (en la medida en que la enseñanza y la acción nos fueron posibles) para mantener a todos los pueblos más cerca de nosotros y para resaltar la virtud, en todos los aspectos beneficiosos, del pontificado romano.

En primer lugar, por lo tanto, damos sumas gracias a la benevolencia divina, porque por su don benéfico hemos alcanzado una edad tan larga ilesos; luego a los príncipes, a los obispos, al clero, a todas las personas, a aquellos que, con múltiples manifestaciones de piedad y respeto, se comportaron para honrar a Nuestra persona y dignidad, ofreciéndonos una comodidad especialmente apropiada.

Sin embargo, no faltó nuestro consuelo total. De hecho, entre los mismos testimonios de alegría y afecto popular, apareció una multitud interminable, sin relación con la armonía de los católicos en la celebración, en parte porque completamente inconscientes de la sabiduría evangélica, en parte porque, a pesar de haberse iniciado en el cristianismo, sin embargo, no estaban de acuerdo con la fe católica. Por esta razón, nos hemos entristecido amargamente: de hecho, no es correcto dirigir el pensamiento, sin condolencias íntimas, a gran parte de la raza humana que se aleja de nosotros, desviándose del camino correcto. Y de hecho, dado que somos vicarios del Dios Todopoderoso en la tierra, que quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad, y porque la vejez y la amargura nos empujan al final de la vida, Rezo... para que todos sean uno. "Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que ellos también sean uno en nosotros" ( Jn 17,20-21). Esta oración y súplica divina no solo abarca a los que creyeron en Cristo en ese momento, sino también a los que creerían en tiempos posteriores; por lo tanto, nos confía una razón válida para manifestar con confianza nuestros votos y para garantizar (en la medida de lo posible) que, sin distinción de linaje o lugar, todos los hombres sean llamados y conducidos a la unidad de la fe divina.

Impulsado por la caridad, que se apresura con más urgencia donde hay una mayor necesidad de ayuda, el alma se dirige ante todo a las personas más pobres de todas, a aquellos que de ninguna manera acogieron la luz del Evangelio o, aunque lo recibieron, lo extinguieron, ya sea por descuido o por el paso del tiempo; y por lo tanto, ignoran a Dios y viven en el error más grave. Como toda salvación proviene de Jesucristo, y "de hecho bajo el cielo no se le da otro nombre al que debemos nuestra salvación" (Hechos 4:12), este es el más ardiente de nuestros votos: que el nombre sagrado de Jesús rápidamente llene y domine cada espacio en la tierra.

En este esfuerzo, la Iglesia nunca descuidó cumplir la misión que Dios le había encomendado: ¿por qué trabajó durante diecinueve siglos, por qué actuó con más ardor y constancia, si no fue para guiar a la gente a la verdad y a los principios cristianos? Hoy, muy a menudo, para Nuestra asignación, los subastadores del Evangelio cruzan los mares para ingresar a los distritos más remotos; y todos los días le rogamos a Dios que benevolentemente multiplique a los sacerdotes, dignos de la misión apostólica, quienes, para extender el reino de Cristo, no evitan sacrificar las comodidades, la seguridad y, en caso de necesidad, la vida misma.

Date prisa, pues, Salvador y Padre de la humanidad, Jesucristo; no pospongas el cumplimiento de lo que prometiste: una vez exaltado en la tierra, todos habrías atraído hacia ti. Por lo tanto, desciendan hasta el final y reúnase a las infinitas multitudes que aún desconocen los beneficios supremos que les dieron a los mortales con su sangre; sacude a los que yacen en la oscuridad y en la sombra de la muerte, para que puedan unirse en uno e iluminarse con los rayos de tu sabiduría y tu virtud.

Pensando en este misterio de unidad, todos los pueblos que la piedad divina había extraído de los antiguos errores de la sabiduría del Evangelio se ofrecen a nuestra mirada. De hecho, ningún recuerdo es más feliz o más brillante en alabanza a la divina providencia que el recuerdo de aquellas épocas antiguas, cuando la fe divinamente inspirada se consideraba universalmente una herencia común e indivisa; cuando la fe cristiana unía a las personas civilizadas, disociadas de lugares, cultura, costumbres y, por lo tanto, de muchas maneras discordantes y, a menudo, en conflicto entre sí, y aun así estaban de acuerdo en cuestiones de religión. En recuerdo de tal pasado, el alma está demasiado afligida teniendo en cuenta que, con el paso del tiempo y con el inicio de la desconfianza y la rivalidad, los eventos desafortunados han arrancado a las grandes y florecientes naciones del seno de la Iglesia romana.

En primer lugar, dirigimos una mirada amorosa hacia el Este, desde donde comenzó inicialmente la salvación del mundo. En verdad, la ansiedad de Nuestro deseo nos ordena abrirnos con la feliz esperanza de que las Iglesias orientales, distinguidas por su fe y su antigua gloria, pronto regresarán allí desde donde se fueron. Confiamos en esto especialmente porque las distancias que nos separan no son relevantes; de hecho, excepto por algunas cosas, por lo demás, estamos tan de acuerdo que en defensa de la catolicidad no inferimos infrecuentemente testimonios y pruebas de la doctrina, la costumbre y los ritos practicados por los orientales. El punto principal del conflicto es la primacía del Romano Pontífice. Pero vuelven al principio, consideran el sentimiento de sus precursores, el legado de la época más cercana a los orígenes. De hecho, esa afirmación divina de Cristo "Eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia ”confirma magníficamente el reconocimiento de los Romanos Pontífices.

Y en las filas de los Papas, no pocos en la antigüedad vinieron del mismo Oriente: entre los primeros, Anacleto, Evaristo, Aniceto, Eleuterio, Zosimo, Agatone. Muchos de ellos también se consagraron con el derramamiento de sangre al gobierno de toda la comunidad cristiana, gobernado con sabiduría y santidad. Es bien sabido en qué momento, por qué causa, de qué promotores se encendió la injusta discordia. Antes de ese tiempo, cuando el hombre separó lo que Dios había unido, el nombre de la Sede Apostólica fue venerado entre todos los pueblos del mundo cristiano, y al Romano Pontífice, como el sucesor legítimo del Beato Pedro y, por lo tanto, vicario de Jesucristo en la tierra, obedecieron tanto a Oriente como a Occidente con uniformidad de principios y sin reservas.

Por esta razón, si consideramos el origen del conflicto, el propio Fozio se encargó de enviar delegados a Roma en apoyo de sus razones, y en verdad Nicolás I, el máximo pontífice envió a sus embajadores de Roma a Constantinopla sin que nadie hiciera oposición, "para investigar cuidadosamente el litigio del patriarca Ignacio y luego informar a la Sede Apostólica con testimonios verdaderos y completos".

Por lo tanto, toda esa historia confirma claramente la primacía de la Sede romana, con la que había surgido un contraste entonces. Finalmente, nadie ignora el hecho de que en dos concilios ecuménicos, el de Lyon II y el Florentino, con consentimiento espontáneo y con una sola voz, todos, latinos y griegos juntos, sancionaron el poder supremo de los Romanos Pontífices como dogma.

Hemos recordado a propósito estos hechos, ya que son casi una invitación a restaurar la paz; más aún en los orientales. Parece que ahora percibimos una disposición mental mucho más suave hacia los católicos, de hecho una cierta actitud benevolente. Se confirmó recientemente cuando vimos testimonios singulares de cordialidad y amistad con nuestros devotos peregrinos en el Este. Por lo tanto, "Nuestra boca se abre para ti" tantos como eres, de rito griego u otro oriental en desacuerdo con la Iglesia Católica. Queremos sinceramente que todos recuerden el discurso severo y afectuoso que Bessarion dirigió a sus padres: "¿Qué respuesta podremos dar a Dios, si estamos divididos con nuestros hermanos, mientras que para unirnos y reunirnos en un redil, descendió del cielo, encarnó y fue crucificado? ¿Cómo nos defenderemos en nuestra posteridad? No debemos sufrir esta vergüenza, venerables Padres: rechazamos tal decisión, no nos comportamos de una manera tan perniciosa para nosotros y para nuestros fieles". Considera sabiamente nuestros deseos ante Dios. Ciertamente no inducido por motivos humanos, sino por la caridad divina y la ansiedad por la salvación común, instamos a la reconciliación y la unión con la Iglesia romana: queremos decir una unión plena y perfecta. De hecho, tal no sería de ninguna manera si no traía nada más que una cierta concordia sobre los dogmas en los que creer y un intercambio de amor fraternal. La verdadera unión entre cristianos es la que el fundador de la Iglesia, Jesucristo, instituyó y quiso, colocándola en la unidad de fe y disciplina. Tampoco tiene motivos para temer que Nosotros o Nuestros Sucesores de alguna manera queramos dañar su derecho, las prerrogativas patriarcales, las costumbres rituales de cada Iglesia.

De hecho, una vez que se haya restablecido la unidad con nosotros, la dignidad y la gloria que caerían sobre sus Iglesias por el don divino ciertamente serían admirables.

Que Dios acepte gentilmente su propia oración: "Dejen que terminen los cismas de las Iglesias" [1] y "Recojan a los dispersos y guíen a los vagabundos a reunirse con su santa Iglesia católica y apostólica" [2] . Así regresan a esa fe única y santa que la antigüedad más remota nos transmitió sin cambios en cuanto a ti; a esa fe que los padres y tus antepasados ​​mantuvieron intactos; a esa misma fe que con el esplendor de las virtudes, con el apogeo del ingenio, con la excelencia de la doctrina fue iluminada por la competencia de Atanasio, Basilio, Gregorio Nazianzeno, Giovanni Crisostomo, los dos Cirilos y muchos otros grandes, cuya gloria, como herencia común, pertenece igualmente a Oriente y Occidente.

En este punto, se permite hacer una mención particular de todos ustedes, eslavos, cuyo nombre claro es testigo de muchas páginas de la historia. Sabes cuán loables son los eslavos que tus padres en la fe son Cirilo y Metodio, en memoria de los cuales nosotros mismos decretamos hace unos años una deuda de honores cada vez mayor. De su virtud y su trabajo, la civilización y la salvación se han derivado para muchos pueblos de tu linaje. Por lo tanto, entre los eslavos y los pontífices romanos duró un intercambio muy noble de beneficios, por un lado, y de una fiel devoción por el otro. Si la adversidad maligna de los tiempos ha desviado en gran medida a tus mayores de la fe de Roma, considera cuán digno sería tu regreso a la unidad. La Iglesia insiste en llamarte a su abrazo también, asegurándote una amplia gama de salud.

Con igual afecto dirigimos nuestra mirada a los pueblos que en tiempos más recientes se separaron de la Iglesia romana debido a un cambio inusual de cosas y tiempos. Entregado al olvido de los diversos eventos de tiempos pasados, eleva tu mente sobre todas las miserias humanas y con un alma sedienta de verdad y salvación reflexiona sobre la Iglesia fundada por Cristo. Si quieren comparar sus congregaciones con ella y considerar qué lugar ocupa la religión en ellas, admitirán fácilmente que han olvidado sus orígenes y que han venido, de un error a otro, a novedades falaces en muchos asuntos de suma importancia; ni negarán el de ese patrimonio de verdad (que los partidarios de la novedad habían traído consigo al separarse) casi ninguna fórmula de fe segura y autoritaria permanece con ellos.

De hecho, ha llegado al punto de que muchos no temen socavar el fundamento sobre el cual descansa toda la religión y toda esperanza de los mortales, es decir, la naturaleza divina del salvador Jesucristo. Por lo tanto, aquellos que anteriormente afirmaban que los libros del Antiguo y Nuevo Testamento fueron escritos por inspiración divina, ahora les niegan tal autoridad, y era inevitable que esto sucediera, ya que a cualquiera se le había dado la facultad de interpretar esos textos para talento propio y discreción.

De ello se deduce que la conciencia de cada uno se convierte en la única guía y norma de vida, rechazando cualquier otra regla de funcionamiento; derivan opiniones conflictivas y sectas múltiples que a menudo se degradan en las doctrinas del naturalismo o el racionalismo. Por lo tanto, desesperados de aceptar las doctrinas, ahora exaltan y recomiendan la unión en el amor fraternal. Y esto es correcto en que todos debemos estar unidos por el amor mutuo. Sobre todo, tal era la enseñanza de Jesucristo, quien precisamente quería el amor mutuo como la insignia de sus seguidores. En verdad, ¿qué amor perfecto pueden unir las almas si la fe no ha hecho que las mentes estén de acuerdo?

Por estas razones, muchos de los que estamos hablando, sanos de intelecto y ansiosos por la verdad, buscaron un medio seguro de salvación en la Iglesia Católica, habiendo entendido completamente que uno no puede unirse a Jesucristo como líder si uno no se adhiere también a su cuerpo que es la Iglesia; ni se puede lograr la verdadera fe de Cristo si su legítimo magisterio, confiado a Pedro y sus sucesores, es repudiado. En otras palabras, reconocieron en la Iglesia romana la imagen viva y completa de la Iglesia verdadera, fácilmente reconocible por los signos que Dios, el creador, ha impreso en ella. Por lo tanto, entre ellos hay muchos, de inteligencia viva y perspicacia sagaz en la exploración de las épocas antiguas, que con escritos distinguidos han demostrado la continuación ininterrumpida de los Apóstoles por la continuación de la Iglesia romana, la integridad de los dogmas y la disciplina constante. Por lo tanto, siguiendo el ejemplo de estos, nuestro espíritu aún más de lo que la palabra los inspira a ustedes, nuestros hermanos, quienes durante tres siglos han estado en desacuerdo con nosotros acerca de la fe cristiana, ustedes también, cuántos son, quién más tarde por cualquier razón se separaron de nosotros: "Reunámonos todos en la unidad de fe y conocimiento del Hijo de Dios" ( Ef. 4:13).

A esta unidad que la Iglesia Católica nunca ha perdido, ni por ningún motivo puede fallar, permítannos invitarlos y que les ofrezcamos el derecho con profundo amor. La Iglesia, la madre común, los ha estado llamando por algún tiempo. Todos los católicos lo esperan con ansiedad fraterna, para que puedan venerar a Dios con nosotros, unidos en perfecta caridad en la profesión de un Evangelio, una fe, una esperanza.

Para que la concentración de la codiciada unidad sea plena, todo lo que queda es dirigir la discusión a aquellos (que están en todo el mundo) a cuya salvación hemos dedicado nuestros cuidados y pensamientos durante algún tiempo: nos referimos a los católicos que, profesando la fe romana, son obedientes a la Sede Apostólica y, por lo tanto, se unen a Jesucristo. Por supuesto, no hay necesidad de exhortarlos a la verdadera y santa unidad, ya que ya son partícipes de ellos por la bondad de Dios. Sin embargo, debemos advertirles que no deshonren ese gran regalo de Dios en la pereza y la indolencia, mientras que los peligros aumentan en todas partes. Con este fin, extraen una norma apropiada, al pensar y actuar, de aquellos documentos que nosotros mismos hemos enviado otras veces a todas las naciones católicas; y sobre todo se imponen como ley suprema para obedecer en cualquier caso el magisterio y la autoridad de la Iglesia, no con reserva o timidez sino con toda el alma y con una voluntad feliz. En ese caso, se refleja cuán perjudicial para la unidad cristiana es esa variedad errónea de opiniones que a veces oscurecieron y borraron la esencia y la noción genuinas de la Iglesia.

De hecho, por la voluntad y el mandamiento de Dios, quien fue su fundador, es una sociedad perfecta de este tipo, cuyo deber y misión consiste en educar a la humanidad con los preceptos y las enseñanzas evangélicas, en la protección de la pureza de costumbres y el ejercicio de las virtudes cristianas, y en llevar a esa felicidad que se propone a cada uno en el cielo.

Como hemos dicho, es una sociedad perfecta, tiene una fuerza y ​​una virtud de la vida no extraídas del exterior, sino que insiste en la sabiduría divina y en su propia naturaleza; por esta razón posee una facultad original para promulgar leyes y es correcto que al promulgarlas no esté sujeta a nadie. Además, es necesario que sea libre en los demás asuntos de su competencia. Sin embargo, esta libertad no es para ofrecer ningún motivo de emulación y envidia; de hecho, la Iglesia no persigue el poder ni está impulsada por ambiciones particulares, sino que solo quiere esto, este es su único propósito: proteger los deberes de la virtud en los hombres y de esta manera, proporcionar su salud eterna. Por lo tanto, es costumbre usar la condescendencia y la indulgencia maternas; de hecho, no es raro que se abstenga de hacer valer sus derechos atribuyendo las razones a los diferentes niveles de civilización. Prueba amplia de esto son los concordatos a menudo firmados con los gobiernos. Nada le es más ajeno que robar cualquier derecho de un estado; sin embargo, es un deber que el estado a su vez respete los derechos de la Iglesia y tenga cuidado de no apropiarse de algunos de ellos.

Ahora, si miras la realidad, ¿qué revela el curso del tiempo? Muchos están acostumbrados a sospechar, despreciar, odiar y calumniar a la Iglesia; y es aún más grave que esto se haga por todos los medios y con furia, para esclavizarla al poder de los gobiernos. El resultado es el robo de sus bienes y la limitación de su libertad; las dificultades encontradas en la educación de los clérigos; las leyes de severidad excepcional sancionadas contra el clero; la disolución y prohibición de asociaciones religiosas, presidios válidos del cristianismo; en resumen, la renovación, con mayor dureza, de los preceptos y hechos de los "regalisti".

Esto significa violentar los derechos sagrados de la Iglesia y esto causa un daño inmenso a la sociedad civil, debido al hecho de que los principios divinos se oponen abiertamente. Dios, gobernante y autor del universo, preparó providencialmente el poder civil y religioso para la convivencia humana; él quería que permanecieran distintos, y prohibió que hubiera fracturas y conflictos entre ellos. De hecho, tanto la voluntad de Dios mismo como el bien común del consorcio humano requieren de manera perentoria que el poder civil armonice con el poder eclesiástico en el gobierno y la gobernación. Por lo tanto, el Estado y la Iglesia tienen sus propios derechos y deberes, pero es necesario que uno con el otro esté conectado con el vínculo de concordia. Tan seguro será que las funciones mutuas de la Iglesia y el Estado escaparán de esas tensiones que ahora son de muchas maneras dañinas e insoportables para todas las personas honestas; También se obtendrá que, sin confundir o separar las razones de ambas instituciones, los ciudadanos “al César lo que le pertenece al César, a Dios lo que le pertenece a Dios”.

Del mismo modo, la unidad religiosa de la secta llamada "masónica" está en gran riesgo, cuyo poder fatal ha estado presionando durante algún tiempo, especialmente las naciones católicas. Favorecida por tiempos difíciles, y audaz por la fuerza, la riqueza y el éxito, intenta con muchos medios consolidarse de manera más estable y extender su dominio más ampliamente. De las escondidas y las emboscadas, ya ha salido a la luz en las ciudades y también se ha establecido en este mismo Urbe, el centro del catolicismo, como para desafiar la presencia de Dios. Pero lo peor es que donde sea que pise, se insinúa en todas las clases y en todas las instituciones estatales, para lograr finalmente la suma del poder. Una amenaza muy grave: de hecho, tanto la maldad de sus opiniones como la iniquidad de sus propósitos son evidentes. Bajo el pretexto de reclamar los derechos humanos y revivir la sociedad civil, ataca ferozmente al cristianismo; repudia la doctrina transmitida por Dios; reprocha los deberes religiosos, los sacramentos divinos y los bienes más sagrados como supersticiones: el matrimonio, la familia, las escuelas juveniles, todas las costumbres públicas y privadas; busca desgarrar la impronta cristiana y eliminar del alma de los pueblos todo respeto por la autoridad humana y divina. Luego enseña que el hombre debe honrar la naturaleza y que solo sus leyes deben medir y regular la verdad, la honestidad y la justicia. De esta manera, como es evidente, el hombre es conducido a las costumbres de vida de los paganos y de aquellos que se vuelven más corruptos por las continuas tentaciones. Aunque en otras ocasiones hemos hablado severamente sobre este tema, sin embargo, la vigilancia apostólica nos guía a insistir y advertir una y otra vez, sobre un peligro tan inminente, que no hay precaución excesiva hasta el punto de no tener que adoptar una mayor. Dios Clemente prohíbe las malas intenciones; pero el pueblo cristiano debe advertir y comprender que tarde o temprano el yugo vergonzoso de la secta debe ser sacudido; y los más severamente oprimidos, es decir, los italianos y los franceses, lo sacuden con mayor vigor. Con qué armas y con qué uso de la razón pueden lograr más fácilmente este fin, ya lo indicamos Nosotros; y la victoria para aquellos que confían en ese líder cuya palabra divina siempre es relevante: "He vencido al mundo" ( Jn 16, 33).

Una vez que ambos fueron removidos, los Estados y las comunidades volvieron a la unidad de la fe, ¡qué remedio efectivo resultaría del mal y qué abundancia de bienes! Se permite mencionar los más importantes.

La primera se refiere a la dignidad y las funciones de la Iglesia: de hecho, recuperaría el grado de honor que se le debe y, dispensadora de gracia y verdad evangélica, continuaría su camino libre de envidia y en libertad segura, con ganancias extraordinarias para las naciones. De hecho, como maestro y guía de la humanidad por disposición divina, es capaz de contribuir efectivamente a moderar, para el bien común, las transformaciones más importantes de los tiempos, para resolver equitativamente los problemas más complejos, para promover el orden y justicia que son bases sólidas de los estados.

También seguiría un vínculo más fuerte entre las naciones, más deseable que nunca en nuestra era, para evitar los oscuros peligros de la guerra. Tenemos ante nosotros la situación de Europa. Durante muchos años, las personas han estado viviendo en una paz más aparente que real. Dominadas por sospechas mutuas, casi todas las naciones insisten en competir en la instalación de equipos de guerra. Los jóvenes sin experiencia están expuestos a los peligros de la vida militar, lejos de la orientación y las enseñanzas de sus padres; Con los años se ha desviado del cultivo de los campos, de excelentes estudios, del comercio, de las artes que se envían bajo las armas. Como resultado, las autoridades fiscales están agotadas por los enormes gastos, las finanzas públicas están agotadas, las fortunas privadas están en declive; Esta paz armada ya no es soportable. ¿La condición del consorcio civil es tal por naturaleza? Pero no podemos salir de esta condición y lograr la verdadera paz, excepto a través de la gracia de Jesucristo. De hecho, nada es más efectivo que la virtud cristiana, y sobre todo la justicia, para frenar la ambición, el deseo de las cosas y la rivalidad de otras personas, que son los rostros incendiarios de las guerras. Es gracias a esta virtud que los derechos de las naciones y el respeto de los tratados, así como los lazos de hermandad, pueden permanecer intactos, siempre que uno esté convencido de que "la justicia hace grandes a las naciones ”( Pr 14,34).

Del mismo modo, habrá una protección del bien público en el hogar mucho más segura y efectiva que la que ofrecen las leyes y las armas. No somos alguien que no ve cómo los peligros para la seguridad pública y la tranquilidad empeoran cada día, ya que las congregaciones subversivas (como lo confirma la frecuencia de sus crímenes atroces) se combinan para la ruina y la destrucción de la sociedad civil. Con gran pasión discutimos esta doble cuestión que ellos llaman "social" y "política". Ambos muy serios, sin duda. Y aunque se están realizando estudios, ajustes y juicios dignos de elogio para resolver ambos problemas con sabiduría y justicia, sin embargo, nada será tan apropiado como educar a las mentes en la correcta conciencia del deber a través del fundamento interno de la fe cristiana.

Ya hemos tratado la cuestión "social" no hace mucho con una obra específica, basada en los principios del Evangelio y la razón natural. Con respecto a la cuestión "política", con el propósito de conciliar la libertad con la autoridad, nociones que muchos confunden y sin restricciones por separado, se puede obtener una ayuda muy útil de la filosofía cristiana. De hecho, dado y reconocido universalmente que cualquiera que sea la forma del Estado, la autoridad proviene de Dios, en consecuencia la razón reconoce en algunos el derecho a gobernar, el deber de obedecer en otros, y esto no es contrario a la dignidad porque la verdad obedece a Dios más que el hombre. De hecho, Dios predice " un juicio duro para aquellos que mandan", si no lo representan con justicia. De hecho, la libertad de los individuos para cualquiera puede ser sospechosa u oculta porque, sin dañar a nadie, se manifestará en acciones límpidas y honestas compatibles con la tranquilidad pública. Finalmente, si consideramos cuánto puede la Iglesia, madre y conciliadora de los príncipes, nacidos para beneficiarse tanto con autoridad como con consejos, entonces quedará claro cuánto interesa la salvación común que todos los pueblos inducen al alma a sentir y profesar de la misma manera la fe cristiana.

Mirando hacia atrás en estas preguntas y con el alma iluminada por el deseo, vemos desde lejos cuál podría ser el nuevo orden de cosas en la tierra en el futuro, y no encontramos nada más reconfortante que la contemplación de los bienes que derivarían de él. Difícilmente se puede imaginar el rápido progreso que habría en todas partes entre las personas hacia todas las condiciones óptimas de prosperidad, cuando se restaurara la tranquilidad y la paz, se alentaran, fundaran y aumentaran las cartas en un sentido cristiano, de acuerdo con Nuestras prescripciones, las asociaciones de agricultores, de trabajadores, de industriales, mediante los cuales se reprime el desgaste voraz y se expande el campo de las obras útiles.

La efectividad de estos beneficios no quedaría limitada dentro de las fronteras de las naciones civilizadas y cultivadas, sino que, como un río desbordado, se extendería por todas partes. De hecho, debemos reflexionar sobre lo que dijimos al principio: que multitudes interminables han estado esperando durante muchos siglos a quienes les traen la luz de la verdad y la civilización. Ciertamente, en lo que respecta a la salud eterna de los pueblos y los decretos de la mente divina, están muy lejos de la inteligencia humana: sin embargo, si en varias regiones de la tierra la superstición miserable todavía está tan extendida, es necesario atribuir la culpa, en parte no pequeña, a los conflictos insurgentes en religión. De hecho, en la medida en que la razón de los mortales es capaz de interpretar los eventos, la misión encomendada por Dios a Europa parece ser la siguiente: propagar la civilización cristiana por toda la tierra. Los comienzos y el progreso de una empresa tan noble, debido a las tribulaciones de épocas anteriores, estaban alcanzando los resultados más felices, cuando de repente estalló la discordia en el siglo X. Con la cristiandad dividida por disputas y conflictos, las fuerzas de Europa desgastadas en disputas y guerras, las misiones sagradas se vieron afectadas por la fuerza fatal de los acontecimientos. Continuando con las causas de la discordia, ¿qué se pregunta si tantos mortales están subyugados por costumbres inhumanas y ritos locos? Por lo tanto, trabajemos todos con los mismos esfuerzos para restaurar la antigua armonía para el bien común. 

Para restablecer la armonía y para difundir los beneficios de la sabiduría cristiana, los tiempos son muy propicios, ya que los sentimientos de la fraternidad humana nunca penetraron más profundamente en las mentes, y en ninguna época se vio al hombre buscando a sus semejantes con mayor ansiedad para conocerlos y ayudarlos. Los vagones y barcos cruzan inmensos tramos de tierra y mares con increíble rapidez; Esto ciertamente conlleva ventajas considerables no sólo para el comercio y la investigación de los científicos, sino también para la difusión de la palabra de Dios desde el amanecer hasta el ocaso.

No ignoramos cuán larga y laboriosa es la tarea de encontrar ese orden con el que soñamos. Tampoco faltarán aquellos que juzgan la esperanza a la que nos confiamos, más deseable que confiable. Pero ponemos toda la esperanza y plena confianza en Jesucristo, Salvador de la humanidad, recordando correctamente qué y cuántos efectos vinieron de la necedad de la Cruz y de su predicación, al asombro y la confusión de la sabiduría mundana. En particular, recemos por los príncipes y gobernantes para que, en nombre de su sabiduría civil y su cuidado amoroso por los pueblos, puedan juzgar nuestros consejos de acuerdo con la verdad y apoyarlos con el favor de su autoridad. Si solo se cosechara una parte de la fruta deseada, no se consideraría un beneficio modesto en medio de tal decadencia universal, teniendo en cuenta que la intolerancia a las condiciones actuales debe ir acompañada de aprensión por el futuro.

El final del siglo anterior dejó a Europa cansada de las masacres y ansiosa por los movimientos revolucionarios. Por otro lado, ¿por qué está llegando a su fin este siglo? ¿Por qué no debería heredar los deseos de la humanidad y la esperanza de los bienes invaluables contenidos en la unidad de la fe cristiana?

Dios, rico en misericordia, en cuyo poder están los tiempos y los momentos, favorezca benigno Nuestros votos y Nuestros deseos, y se apresure a concedernos con su benignidad suma el cumplimiento de aquella promesa de Jesucristo, de que habrá un solo redil y un solo pastor: "Fiet unum ovile et unus Pastor" ( Jn 10:16).

Dado en Roma, en San Pedro, el 20 de junio del año 1894, el decimoséptimo de nuestro pontificado.

LEÓN XIII


[1] Παυυον τά σχίσματα των έκκλσιων (En liturg. S. Basilii).

[2] Τούςέσκορπισένουςέπισυνάγαγε, τους πεπλανημένους έπανάγαγε, συναψον τή άγια kai σου καθολικη kai άποστολικη Εκκλησία . ( Ib. )





martes, 23 de mayo de 2000

VETERUM SAPIENTIA (22 DE FEBRERO DE 1962)


CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA

VETERUM SAPIENTIA 

del Papa Juan XXIII

(SOBRE EL ESTUDIO Y USO DEL LATÍN)

La sabiduría antigua, encerrada en obras literarias romanas y griegas, y asimismo las enseñanzas más ilustres de los pueblos antiguos deben considerarse casi un anunciador del Evangelio, que el Hijo de Dios, "árbitro y maestro de gracia y ciencia, luz y guía de la humanidad "(1) anunciado en esta tierra.

De hecho, los Padres y Doctores de la Iglesia reconocieron en estos monumentos literarios muy antiguos y muy importantes una cierta preparación de las mentes para recibir la riqueza celestial, que Jesucristo "en el cumplimiento del tiempo" (2), comunicó a los mortales. De esto, parece claro que, con el advenimiento del cristianismo, los siglos pasados ​​habían producido lo que era verdadero, justo, noble e incluso bello.

Por lo cual la Santa Iglesia siempre tuvo en gran honor los documentos de esa sabiduría y, en primer lugar, las lenguas latinas y griegas, casi una prenda de oro de la misma sabiduría; también aceptó el uso de otras lenguas venerables, que florecieron en las regiones orientales, que contribuyeron en gran medida al progreso de la humanidad y la civilización; el mismo, usado en ceremonias religiosas o en la interpretación de las Sagradas Escrituras, tiene vigor incluso hoy en algunas regiones, casi nunca interrumpió las voces de un uso antiguo aún vigoroso.

La variedad de estos idiomas ciertamente distingue al que, nacido en Lazio, se benefició admirablemente de la difusión del cristianismo en las regiones occidentales. Dado que, no sin la provisión de la Divina Providencia, sucedió que el lenguaje, que durante muchos siglos había unido a tantas personas bajo el Imperio Romano, se convirtió en propio de la Sede Apostólica (3) y, guardado para la posteridad, unió en un estrecho vínculo, el entre sí, los pueblos cristianos de Europa.

De hecho, por su propia naturaleza, el idioma latino es apto para promover cualquier forma de cultura entre cualquier persona; Como no despierta celos, es imparcial para todas las personas, no es un privilegio de nadie, y finalmente es aceptado y amigable para todos. Tampoco debemos olvidar que el idioma latino tiene nobleza de estructura y léxico, ya que ofrece la posibilidad de "un estilo conciso, rico y armonioso, lleno de majestad y dignidad" (4), que beneficia singularmente la claridad y la gravedad.

Por estas razones, la Santa Sede vigiló celosamente la preservación y el progreso del idioma latino y consideró que valía la pena usarlo "como un magnífico atuendo de doctrina celestial y de las más santas leyes" (5), en el ejercicio de su magisterio, y ella quería que sus ministros lo usaran también. De hecho, estos hombres de la Iglesia, donde sea que estén, usando el lenguaje de Roma, pueden aprender más rápidamente sobre la Santa Sede y comunicarse más fácilmente con ella y entre ellos.

"El pleno conocimiento y uso de este lenguaje, tan vinculado a la vida de la Iglesia, no afecta tanto a la cultura y las letras como a la Religión" (6), como advirtió nuestro Precursor de la memoria inmortal Pío XI; él, habiendo abordado científicamente el tema, señaló claramente tres cualidades de este lenguaje, admirablemente de conformidad con la naturaleza de la Iglesia: "de hecho, la Iglesia, ya que mantiene unidos a todos los pueblos en su abrazo y durará hasta la consumación de los siglos... requiere para su naturaleza un lenguaje universal, inmutable, no vulgar "(7).

Como es realmente necesario que "todas las Iglesias se unan en la Iglesia Romana" (8) y, como los Sumos Pontífices tienen "autoridad episcopal, ordinaria e inmediata sobre todas las Iglesias y sobre cada Iglesia en particular, sobre todos los pastores y en cada pastor y en los fieles "(9) de cualquier rito, de cualquier nación, de cualquier idioma que sean, parece completamente consecuente que los medios de comunicación son universales e iguales para todos, particularmente entre la Sede Apostólica y las Iglesias que  siguen el mismo rito latino. Por lo tanto, tanto los pontífices romanos, cuando quieren enseñar al pueblo católico, como los dicasterios de la Curia romana, cuando se ocupan de los negocios, cuando redactan decretos que conciernen a todos los fieles.

Y es necesario que la Iglesia use un lenguaje que no solo sea universal, sino también inmutable. Si, de hecho, las verdades de la Iglesia Católica se confiaran a algunos o muchos de los idiomas modernos que están sujetos a cambios constantes, y de los cuales ninguno tiene mayor autoridad y prestigio sobre los demás, indudablemente resultaría que, debido a su variedad, no A muchos les parecería con suficiente precisión y claridad el significado de estas verdades, ni, por otro lado, tendrían un lenguaje común y estable con el que comparar el significado de los demás. En cambio, el idioma latino, mucho tiempo inmune a esas variaciones que el uso diario de las personas suele introducir en las palabras, debe considerarse estable e inmóvil, porque los nuevos significados de algunas palabras latinas exigidos por el desarrollo, por la explicación y defensa de las verdades cristianas, han sido ya desde hace tiempo determinados establemente.

Finalmente, dado que la Iglesia Católica, fundada por Cristo Nuestro Señor, se destaca por mucho en dignidad sobre todas las sociedades humanas, es extremadamente conveniente que use un lenguaje no popular, pero rico en majestad y nobleza.

Además, la lengua latina, que "con razón podemos decir católica" (10), ya que es propia de la Sede Apostólica, madre y maestra de todas las Iglesias, y consagrada por el uso perenne, debe considerarse "tesoro de valor incomparable" (11) y casi a través del cual el acceso a las mismas verdades cristianas, transmitidas desde la antigüedad, está abierto a todos, para interpretar los testimonios de la doctrina de la Iglesia (12) y, finalmente, el vínculo más adecuado, a través del cual la Iglesia permanece unida a las edades pasadas y futuras de una manera admirable.

De hecho, nadie puede dudar de que el idioma latino y la cultura humanista están dotados de la fuerza que se cree que es más adecuada para educar y entrenar las mentes de los jóvenes. A través de él, de hecho, las mejores facultades del espíritu son educadas, maduras, perfeccionadas; la sutileza de la mente y el juicio se agudizan; además, la inteligencia del niño está más convenientemente entrenada para comprender y juzgar todo en el sentido correcto; finalmente, uno aprende a pensar y hablar en el orden más alto.

Si se reflexiona sobre todos estos méritos, se comprende por qué los pontífices romanos alabaron con tanta frecuencia no solo la importancia y excelencia de la lengua latina, sino que prescribieron su estudio y práctica a los ministros sagrados de uno y de los otros cleros, sin dejar de denunciar los peligros derivados de su abandono.

Nosotros también, impulsados ​​por estas razones muy serias, como nuestros predecesores y los sínodos provinciales (13), con firme voluntad intentaremos hacer todo lo posible para que el estudio y el uso de este lenguaje, restaurado a su dignidad, progrese más y más. Dado que en nuestro tiempo, el uso de la lengua romana ha comenzado a ser cuestionado en muchos lugares y muchos piden la opinión de la Sede Apostólica sobre este tema, hemos decidido, con las normas apropiadas, establecidas en este documento, asegurarnos de que se conserve la costumbre antigua y nunca interrumpida del idioma latino y, si en algunos casos se ha dejado de usar, se restaure por completo.

Además, cualesquiera que sean nuestros pensamientos sobre este tema, creemos que lo hemos dicho con bastante claridad cuando dirigimos estas palabras a ilustres eruditos latinos: "Desafortunadamente, hay muchos que, exageradamente seducidos por el progreso extraordinario de las ciencias, tienen la presunción de rechazar o limitar estudio del latín y otras disciplinas de este tipo... Precisamente impulsado por esta necesidad, creemos que se debe tomar el camino opuesto. Dado que el alma alimenta y penetra todo lo que honra la naturaleza y dignidad del hombre, con mayor ardor uno debe adquirir lo que enriquece y embellece el espíritu, para que los pobres mortales no sean fríos, áridos y carentes de amor.

Después de haber examinado estas cosas y después de haberlas evaluado cuidadosamente, con la conciencia segura de nuestra oficina y en el ejercicio de nuestra autoridad, establecemos y ordenamos lo siguiente:

1. Tanto los Obispos como los Superiores Generales de las Órdenes religiosas deben hacer un esfuerzo efectivo para asegurar que en sus Seminarios y Escuelas, donde los jóvenes estén preparados para el sacerdocio, todos cumplan con el compromiso de la voluntad de la Sede Apostólica y obedezcan con la mayor diligencia estas, nuestras recetas.

2. Los mismos Obispos y Superiores Generales de las Órdenes religiosas, movidos por la preocupación paterna, se asegurarán de que ninguno de sus sujetos, ansiosos por la novedad, escriba en contra del uso del idioma latino en la enseñanza de las disciplinas sagradas y en los sagrados ritos de la Liturgia.

3. Como se establece en las disposiciones del Código de Derecho Canónico y de Nuestros predecesores, los aspirantes al Sacerdocio, antes de emprender estudios eclesiásticos reales, reciben instrucción en el idioma latino con el mayor cuidado y con un método racional por parte de maestros altamente experimentados por un período de tiempo adecuado, "también porque, posteriormente, al acercarse a disciplinas de mayor compromiso... no suceda que, ignorando el idioma, no puedan alcanzar una comprensión completa de las doctrinas o incluso participar en disputas escolares, por medio de que las mentes de los jóvenes se refinan para defender la verdad" (15). Y queremos que esta norma se extienda también a aquellos que, llamados por voluntad divina a recibir órdenes sagradas en la vejez, aplicaron poco o nada a los estudios humanistas. Nadie, de hecho, debe ser introducido en el estudio de disciplinas filosóficas o teológicas a menos que haya recibido una formación completa y perfecta en este idioma y sepa cómo usarlo bien.

4. Si en algún país, entonces, por haber adoptado un programa de estudio de las escuelas públicas del Estado, el estudio del idioma latino ha sufrido disminuciones, con daños a una enseñanza sólida y efectiva, decretamos que en este caso se restaurará por completo el orden tradicional de enseñar este idioma para la formación de sacerdotes: dado que todos deben estar convencidos de que, incluso en este campo, el método de educación de los futuros sacerdotes debe ser defendido escrupulosamente, no sólo en relación con el número y el género de los sujetos, sino también en relación con los períodos de tiempo necesarios para enseñarles. Y, si por circunstancias de tiempo y lugar, hay que añadir otras materias a las ordinarias, habrá que ampliar el número de cursos, o tratar estas materias en compendio, o habrá que dejar su estudio para otro tiempo.

5. Las disciplinas sagradas más importantes, como se ha ordenado muy a menudo, deben enseñarse en latín, que, como lo demuestra la experiencia de varios siglos, "se considera la más adecuada para explicar la naturaleza íntima y profunda de nociones y formas con absoluta claridad y lucidez "(16); tanto más que se ha enriquecido con palabras apropiadas y precisas, adecuadas para defender la integridad de la fe católica y adaptarse severamente para cortar cada verbosidad vacía. Por esta razón, quienes enseñan estas disciplinas en universidades o seminarios están obligados a hablar latín y a usar textos escritos en latín. Si algunos, ignorando el idioma latino, no pueden obedecer estas prescripciones de la Santa Sede, deben ser reemplazados gradualmente por maestros preparados para esto. Si los alumnos y los maestros agregan dificultades, es necesario que se superen con la firmeza de los obispos y superiores religiosos y con la buena disposición de los maestros.

6. Dado que el idioma latino es el idioma vivo de la Iglesia, que debe adaptarse continuamente a las necesidades crecientes del idioma y enriquecerse con palabras nuevas, apropiadas y convenientes, de acuerdo con una regla constante, universal y conforme al espíritu del idioma latino antiguo -regla que ya siguieron los Santos Padres y los mejores escritores "escolásticos"- confiamos la tarea a la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades para fundar una Academia de Estudios Latinos. Para esta Academia, en la que se debe establecer un Colegio de profesores altamente experimentados en latín y griego, convocados desde diferentes partes del mundo, se ordenará sobre todo que, a diferencia de lo que sucede con las Academias nacionales establecidas para aumentar el idioma nacional de los respectivos países, proporcionar al mismo tiempo un desarrollo ordenado del estudio del idioma latino y, si es necesario, aumentar el léxico con palabras adecuadas para su naturaleza y carácter, y al mismo tiempo tomar cursos sobre el latín de cada era, pero especialmente de la cristiana. 

En estas escuelas también se les instruirá en un conocimiento más profundo del latín, en su uso, de una manera apropiada y elegante de escribir a aquellos que están destinados o para enseñarlo en seminarios y colegios eclesiásticos, o para escribir decretos y oraciones, o para cuidar la correspondencia en Congregaciones de la Santa Sede, en las Curias, en las diócesis, en los oficios de las órdenes religiosas. 

7. Dado que el idioma latino está estrechamente relacionado con el griego, y por la totalidad de su estructura y por la importancia de los textos transmitidos, es necesario que en esto también, como muchas veces han ordenado Nuestros predecesores, el futuro ministros de arte de las escuelas inferiores y medias, de modo que, cuando se aplican a disciplinas superiores y sobre todo si alcanzan cursos académicos sobre las Sagradas Escrituras y la Sagrada Teología, tienen la oportunidad de acercarse e interpretar correctamente no solo las fuentes griegas de filosofía "Escolástica", pero también los textos originales de las Sagradas Escrituras, de la Liturgia y de los Padres griegos.

8. A la misma Sagrada Congregación ordenamos preparar un sistema de estudios sobre el idioma latino, que todos deben aplicar con extrema diligencia, para que quienes lo siguen adquieran el conocimiento y la práctica apropiados del idioma. Si el caso lo requiere, las Comisiones de Ordinarios pueden regular el programa de manera diferente, pero nunca cambian o disminuyen su naturaleza y propósito. No obstante, los Obispos mismos no se permitirán implementar sus decisiones a menos que la Sagrada Congregación las haya examinado y aprobado primero.

Finalmente, en virtud de Nuestra Autoridad Apostólica, queremos y ordenamos que lo que hemos establecido, decretado y ordenado con esta Nuestra Constitución permanezca definitivamente firme y sancionado a pesar de cualquier prescripción contraria, aunque merece una mención especial.

Dado en Roma, en San Pedro, el 22 de febrero, Fiesta de la Cátedra de San Pedro Apóstol, en el año 1962, el cuarto de Nuestro Pontificado. 

Juan XXIII


NOTAS

1 - TERTULL., Apol., 21: Migne, PL, 1, 394.

2 - S. PABLO, Epist. a los efesios, 1, 10.

3 - Epist. S. Congr. Semental. Vehementer cuerdo ad Ep. universos, 1-7-1908: Enchirid. Clérigo No. 830. Ver también Epist. Ap. Pío XI Unigenitus Dei Filius, 19-3-1924: AAS 16 (1924), 141.

4 - Pío XI, Epist. Ap. Officiorum omnium, 1-8-1922: AAS 14 (1922), 452-453.

5 - Pío XI, Motu Proprio Litterarum Latinarum, 10-20-24: AAS

6 - Pío XI, Epist. Ap. Officiorum omnium, 1-8-1922: AAS 14 (1922), 452.

7 - Ibidem.

8 - S. IRENEO, Adv. Hær, 3, 3, 2: Migne, PG, 7, 848.

9 - CIC, can. 218, par. 2)

10 - Ver Pío XI, Epist. Ap. Officiorum omnium, 1-8-1922: AAS 14 (1922), 453.

11 - Pío XII, Alloc. Magis quam, 23/11-1951: AAS 43 (1951), 737.

12 - León XIII, Epist. Encicl. Depuis le Jour, 8-9-1899: Acta Leon XIII 19 (1899), 166.

13 - Ver Collectio Lacensis, especialmente vol. III, 1018 s. (Conc. Prov. Wesmonasteriense, a. 1859); vol. IV, 29 (Conc. Prov. Parisiense, a. 1849); vol. IV, 149, 153 (Conc. Prov. Rhemense, a. 1849); vol. IV, 359, 361 (Conc. Prov. Amenionense, a. 1849); vol. IV, 394, 396 (Conc. Prov. Burdigalense, a. 1850); vol. V, 61 (Conc. Prov. Strigoniense, a. 1858); vol. V, 664 (Conc. Prov. Colocense, a. 1863); vol. VI, 619 (Sínodo. Vicariatus Sutchenensis, a. 1803).

14 - En el Congreso Internacional Ciceronianis Studiis provehendis, 7-9-1959: en Discursos, Mensajes, Conversaciones del Santo Padre Juan XXIII, I, pp. 334-335; cfr. también Alloc. ad cives diocesis Placentinæ romana peregrinantes habita, 15-4-1959: en L'Osservatore Romano, 16-4-1959; Epist. Pater misericordiarum, 22-8-1961: AAS 53 (1961); Alloc. in solemni auspicatione Insularum Philippinarum de Urbe Habita, 7-10-1961: sobre L'Osservatore Romano, 9-10 de octubre de 1961; Epist. Iucunda laudatio, 8-12-1961: AAS 53 (1961), 812.

15 - Pío XI, Epist. Ap. Officiorum omnium, 1-8-1922: AAS 14 (1922), 453.

16 - Epist. S. Congr. Semental. Vehementer cuerdo ad Ep. universos, 1-7-1908: Enchirid. Clérigo No. 821.


lunes, 22 de mayo de 2000

DOMINICAE CENAE (24 DE FEBRERO DE 1980)


CARTA

DOMINICAE CENAE

DEL SUMO PONTÍFICE

JUAN PABLO

A TODOS LOS OBISPOS DE LA IGLESIA

SOBRE EL MISTERIO Y EL CULTO DE LA EUCARISTÍA

Venerados y queridos hermanos:

1. También este año, os dirijo a vosotros, para el próximo Jueves Santo, una carta que tiene una relación inmediata con la que habéis recibido el año pasado, en la misma ocasión, junto con la Carta para los sacerdotes. Deseo ante todo agradeceros cordialmente que hayáis acogido mis cartas precedentes con aquel espíritu de unidad que el Señor ha establecido entre nosotros y que hayáis transmitido a vuestro Presbiterio los pensamientos que deseaba expresar al principio de mi pontificado.

Durante la Liturgia Eucarística del Jueves Santo, habéis renovado —junto con vuestros sacerdotes— las promesas y compromisos asumidos en el momento de la ordenación. Muchos de vosotros, venerados y queridos Hermanos, me lo habéis comunicado después, añadiendo palabras de agradecimiento personal y mandando a veces las de vuestro propio Presbiterio. Además, muchos sacerdotes han manifestado su alegría, tanto por el carácter profundo y solemne del Jueves Santo, en cuanto «fiesta anual de los sacerdotes», como por la importancia de los problemas tratados en la Carta a ellos dirigida. Tales respuestas forman una rica colección que, una vez más, indican cuán querida es para la gran mayoría del Presbiterio de la Iglesia católica la senda de la vida sacerdotal por la que esta Iglesia camina desde hace siglos, cuán amada y estimada es para los sacerdotes y cómo desean proseguirla en el futuro.

He de añadir aquí que en la Carta a los sacerdotes han hallado eco solamente algunos problemas, como ya se ha señalado claramente al principio de la misma[1]. Además ha sido puesto principalmente de relieve el carácter pastoral del ministerio sacerdotal, lo cual no significa ciertamente que no hayan sido tenidos también en cuenta aquellos grupos de sacerdotes que no desarrollan una actividad directamente pastoral. A este propósito quiero recordar una vez más el magisterio del Concilio Vaticano II, así como las enunciaciones del Sínodo de los Obispos del 1971.

El carácter pastoral del ministerio sacerdotal no deja de acompañar la vida de cada sacerdote, aunque las tareas cotidianas que desarrolla no estén orientadas explícitamente a la pastoral de los sacramentos. En este sentido, la Carta dirigida a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo iba dirigida a todos sin excepción, aunque, como he insinuado antes, ella no haya tratado todos los problemas de la vida y actividad de los sacerdotes. Creo útil y oportuna tal aclaración al principio de esta Carta.

I EL MISTERIO EUCARÍSTICO EN LA VIDA DE LA IGLESIA Y DEL SACERDOTE

Eucaristía y sacerdocio

2. La Carta presente que dirijo a vosotros, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado, —y que, como he dicho, es en cierto modo una continuación de la precedente— está también en estrecha relación con el misterio del Jueves Santo y asimismo con el sacerdocio. En efecto, quiero dedicarla a la Eucaristía y, más en concreto, a algunos aspectos del misterio eucarístico y de su incidencia en la vida de quien es su ministro. Por ello los directos destinatarios de esta Carta sois vosotros, Obispos de la Iglesia; junto con vosotros, todos los Sacerdotes; y, según su orden, también los Diáconos.

En realidad, el sacerdocio ministerial o jerárquico, el sacerdocio de los Obispos y de los Presbíteros y, junto a ellos, el ministerio de los Diáconos —ministerios que empiezan normalmente con el anuncio del evangelio— están en relación muy estrecha con la Eucaristía. Esta es la principal y central razón de ser del Sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella [2]. No sin razón las palabras «Haced esto en conmemoración mía» son pronunciadas inmediatamente después de las palabras de la consagración eucarística y nosotros las repetimos cada vez que celebramos el Santo Sacrificio [3].

Mediante nuestra ordenación —cuya celebración está vinculada a la Santa Misa desde el primer testimonio litúrgico— [4] nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, «por ella» y «para ella». Somos, de modo particular, responsables «de ella», tanto cada sacerdote en su propia comunidad como cada obispo en virtud del cuidado que debe a todas las comunidades que le son encomendadas, por razón de la «sollicitudo omnium ecclesiarum» de la que habla San Pablo [5]. Está pues encomendado a nosotros, obispos y sacerdotes, el gran «Sacramento de nuestra fe», y si él es entregado también a todo el Pueblo de Dios, a todos los creyentes en Cristo, sin embargo se nos confía a nosotros la Eucaristía también «para» los otros, que esperan de nosotros un particular testimonio de veneración y de amor hacia este Sacramento, para que ellos puedan igualmente ser edificados y vivificados «para ofrecer sacrificios espirituales». [6]

De esta manera nuestro culto eucarístico, tanto en la celebración de la Misa como en lo referente al Santísimo Sacramento, es como una corriente vivificante, que une nuestro sacerdocio ministerial o jerárquico al sacerdocio común de los fieles y lo presenta en su dimensión vertical y con su valor central. El sacerdote ejerce su misión principal y se manifiesta en toda su plenitud celebrando la Eucaristía [7], y tal manifestación es más completa cuando él mismo deja traslucir la profundidad de este misterio, para que sólo él resplandezca en los corazones y en las conciencias humanas a través de su ministerio. Este es el ejercicio supremo del «sacerdocio real», la «fuente y cumbre de toda la vida cristiana»[8].

Culto del misterio eucarístico

3. Tal culto está dirigido a Dios Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Ante todo al Padre, como afirma el evangelio de San Juan: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna».[9]

Se dirige también en el Espíritu Santo a aquel Hijo encarnado, según la economía de salvación, sobre todo en aquel momento de entrega suprema y de abandono total de sí mismo, al que se refieren las palabras pronunciadas en el cenáculo: «esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros» ...«éste es el cáliz de mi Sangre ... que será derramada por vosotros».[10] La aclamación litúrgica: «Anunciamos tu muerte» nos hace recordar aquel momento. Al proclamar a la vez su resurrección, abrazamos en el mismo acto de veneración a Cristo resucitado y glorificado «a la derecha del Padre», así como la perspectiva de su «venida con gloria». Sin embargo, es su anonadamiento voluntario, agradable al Padre y glorificado con la resurrección, lo que, al ser celebrado sacramentalmente junto con la resurrección, nos lleva a la adoración del Redentor que «se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz».[11]

Esta adoración nuestra contiene otra característica particular: está compenetrada con la grandeza de esa Muerte Humana, en la que el mundo, es decir, cada uno de nosotros, es amado «hasta el fin».[12] Así pues, ella es también una respuesta que quiere corresponder a aquel Amor inmolado que llega hasta la muerte en la cruz: es nuestra «Eucaristía», es decir, nuestro agradecimiento, nuestra alabanza por habernos redimido con su muerte y hecho participantes de su vida inmortal mediante su resurrección.

Tal culto, tributado así a la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, acompaña y se enraíza ante todo en la celebración de la liturgia eucarística. Pero debe asimismo llenar nuestros templos, incluso fuera del horario de las Misas. En efecto, dado que el misterio eucarístico ha sido instituido por amor y nos hace presente sacramentalmente a Cristo, es digno de acción de gracias y de culto. Este culto debe manifestarse en todo encuentro nuestro con el Santísimo Sacramento, tanto cuando visitamos las iglesias como cuando las sagradas Especies son llevadas o administradas a los enfermos.

La adoración a Cristo en este sacramento de amor debe encontrar expresión en diversas formas de devoción eucarística: plegarias personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales (las cuarenta horas), bendiciones eucarísticas, procesiones eucarísticas, Congresos eucarísticos[13]. A este respecto merece una mención particular la solemnidad del «Corpus Christi» como acto de culto público tributado a Cristo presente en la Eucaristía, establecida por mi Predecesor Urbano IV en recuerdo de la institución de este gran Misterio. [14] Todo ello corresponde a los principios generales y a las normas particulares existentes desde hace tiempo y formuladas de nuevo durante o después del Concilio Vaticano II.[15]

La animación y robustecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto como finalidad y de la que es el punto central. Esto, venerados y queridos hermanos, merece una reflexión aparte. La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración.

Eucaristía e Iglesia

4. Gracias al Concilio nos hemos dado cuenta, con mayor claridad, de esta verdad: como la Iglesia «hace la Eucaristía» así «la Eucaristía construye» la Iglesia;[16] esta verdad está estrechamente unida al misterio del Jueves Santo. La Iglesia ha sido fundada, en cuanto comunidad nueva del Pueblo de Dios, sobre la comunidad apostólica de los Doce que, en la última Cena, han participado del Cuerpo y de la Sangre del Señor bajo las especies del pan y del vino. Cristo les había dicho: «tomad y comed» ... «tomad y bebed». Y ellos, obedeciendo este mandato, han entrado por primera vez en comunión sacramental con el Hijo de Dios, comunión que es prenda de vida eterna. Desde aquel momento hasta el fin de los siglos, la Iglesia se construye mediante la misma comunión con el Hijo de Dios, que es prenda de la Pascua eterna.

Como maestros y guardianes de la verdad salvífica de la Eucaristía, debemos, queridos y venerados Hermanos en el Episcopado, guardar siempre y en todas partes este significado y esta dimensión del encuentro sacramental y de la intimidad con Cristo. Ellos constituyen, en efecto, la substancia misma del culto eucarístico. El sentido de esta verdad antes expuesta no disminuye en modo alguno, sino que facilita el carácter eucarístico de acercamiento espiritual y de unión entre los hombres que participan en el Sacrificio, el cual con la Comunión se convierte luego en banquete para ellos. Este acercamiento y esta unión, cuyo prototipo es la unión de los Apóstoles en torno a Cristo durante la última Cena, expresan y realizan la Iglesia.

Pero ella no se realiza sólo mediante el hecho de la unión entre los hombres a través de la experiencia de la fraternidad a la que da ocasión el banquete eucarístico. La Iglesia se realiza cuando en aquella unión y comunión fraternas, celebramos el sacrificio de la cruz de Cristo, cuando anunciamos «la muerte del Señor hasta que El venga»[17] Y luego cuando, compenetrados profundamente en el misterio de nuestra salvación, nos acercamos comunitariamente a la mesa del Señor, para nutrirnos sacramentalmente con los frutos del Santo Sacrificio propiciatorio. En la Comunión eucarística recibimos pues a Cristo, a Cristo mismo; y nuestra unión con El, que es don y gracia para cada uno, hace que nos asociemos en Él a la unidad de su Cuerpo, que es la Iglesia.

Solamente de esta manera, mediante tal fe y disposición de ánimo, se realiza esa construcción de la Iglesia, que, según la conocida expresión del Concilio Vaticano II, halla en la Eucaristía la «fuente y cumbre de toda la vida cristiana».[18] Esta verdad, que por obra del mismo Concilio ha recibido un nuevo y vigoroso relieve,[19] debe ser tema frecuente de nuestras reflexiones y de nuestra enseñanza. Nútrase de ella toda actividad pastoral, sea también alimento para nosotros mismos y para todos los sacerdotes que colaboran con nosotros, y finalmente para todas las comunidades encomendadas a nuestro cuidado. En esta praxis ha de revelarse, casi a cada paso, aquella estrecha relación que hay entre la vitalidad espiritual y apostólica de la Iglesia y la Eucaristía, entendida en su significado profundo y bajo todos los puntos de vista. [20]

Eucaristía y caridad

5. Antes de pasar a observaciones más detalladas sobre el tema de la celebración del Santo Sacrificio, deseo recordar brevemente que el culto eucarístico constituye el alma de toda la vida cristiana. En efecto, si la vida cristiana se manifiesta en el cumplimiento del principal mandamiento, es decir, en el amor a Dios y al prójimo, este amor encuentra su fuente precisamente en el Santísimo Sacramento, llamado generalmente Sacramento del amor.

La Eucaristía significa esta caridad, y por ello la recuerda, la hace presente y al mismo tiempo la realiza. Cada vez que participamos en ella de manera consciente, se abre en nuestra alma una dimensión real de aquel amor inescrutable que encierra en sí todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y que hace continuamente, según las palabras de Cristo: «Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también». [21] Junto con este don insondable y gratuito, que es la caridad revelada hasta el extremo en el sacrificio salvífico del Hijo de Dios —del que la Eucaristía es señal indeleble— nace en nosotros una viva respuesta de amor. No sólo conocemos el amor, sino que nosotros mismos comenzamos a amar. Entramos, por así decirlo, en la vía del amor y progresamos en este camino. El amor que nace en nosotros de la Eucaristía, se desarrolla gracias a ella, se profundiza, se refuerza.

El culto eucarístico es, pues, precisamente expresión de este amor, que es la característica auténtica y más profunda de la vocación cristiana. Este culto brota del amor y sirve al amor, al cual todos somos llamados en Cristo Jesús. [22] Fruto vivo de este culto es la perfección de la imagen de Dios que llevamos en nosotros, imagen que corresponde a la que Cristo nos ha revelado. Convirtiéndonos así en adoradores del Padre «en espíritu y verdad»,[23] maduramos en una creciente unión con Cristo, estamos cada vez más unidos a Él y —si podemos emplear esta expresión— somos más solidarios con Él.

La doctrina de la Eucaristía, «signo de unidad» y «vínculo de caridad», enseñada por San Pablo, [24] ha sido luego profundizada en los escritos de tantos santos, que son para nosotros un ejemplo vivo de culto eucarístico. Hemos de tener siempre esta realidad ante los ojos y, al mismo tiempo, debemos esforzarnos continuamente para que también nuestra generación añada a esos maravillosos ejemplos del pasado otros ejemplos nuevos, no menos vivos y elocuentes, que reflejen la época a la que pertenecemos.

Eucaristía y prójimo

6. El auténtico sentido de la Eucaristía se convierte de por sí en escuela de amor activo al prójimo. Sabemos que es éste el orden verdadero e integral del amor que nos ha enseñado el Señor: «En esto conoceréis todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros».[25] La Eucaristía nos educa para este amor de modo más profundo; en efecto, demuestra qué valor debe de tener a los ojos de Dios todo hombre, nuestro hermano y hermana, si Cristo se ofrece a sí mismo de igual modo a cada uno, bajo las especies de pan y de vino. Si nuestro culto eucarístico es auténtico, debe hacer aumentar en nosotros la conciencia de la dignidad de todo hombre. La conciencia de esta dignidad se convierte en el motivo más profundo de nuestra relación con el prójimo.

Asimismo debemos hacernos particularmente sensibles a todo sufrimiento y miseria humana, a toda injusticia y ofensa, buscando el modo de repararlos de manera eficaz. Aprendamos a descubrir con respeto la verdad del hombre interior, porque precisamente este interior del hombre se hace morada de Dios presente en la Eucaristía. Cristo viene a los corazones y visita las conciencias de nuestros hermanos y hermanas. ¡Cómo cambia la imagen de todos y cada uno, cuando adquirimos conciencia de esta realidad, cuando la hacemos objeto de nuestras reflexiones! El sentido del Misterio eucarístico nos impulsa al amor al prójimo, al amor a todo hombre. [26]

Eucaristía y vida

7. Siendo pues fuente de caridad, la Eucaristía ha ocupado siempre el centro de la vida de los discípulos de Cristo. Tiene el aspecto de pan y de vino, es decir, de comida y de bebida; por lo mismo es tan familiar al hombre, y está tan estrechamente vinculada a su vida, como lo están efectivamente la comida y la bebida. La veneración a Dios que es Amor nace del culto eucarístico de esa especie de intimidad en la que el mismo, análogamente a la comida y a la bebida, llena nuestro ser espiritual, asegurándole, al igual que ellos, la vida. Tal veneración «eucarística» de Dios corresponde pues estrictamente a sus planes salvíficos. El mismo, el Padre, quiere que los «verdaderos adoradores»[27] lo adoren precisamente así, y Cristo es intérprete de este querer con sus palabras a la vez que con este sacramento, en el cual nos hace posible la adoración al Padre, de la manera más conforme a su voluntad.

De tal concepción del culto eucarístico brota todo el estilo sacramental de la vida del cristiano. En efecto, conducir una vida basada en los sacramentos, animada por el sacerdocio común, significa ante todo por parte del cristiano, desear que Dios actúe en él para hacerle llegar en el Espíritu «a la plena madurez de Cristo».[28] Dios, por su parte, no lo toca solamente a través de los acontecimientos y con su gracia interna, sino que actúa en él, con mayor certeza y fuerza, a través de los sacramentos. Ellos dan a su vida un estilo sacramental.

Ahora bien, entre todos los sacramentos, es el de la Santísima Eucaristía el que conduce a plenitud su iniciación de cristiano y confiere al ejercicio del sacerdocio común esta forma sacramental y eclesial que lo pone en conexión —como hemos insinuado anteriormente— [29] con el ejercicio del sacerdocio ministerial. De este modo el culto eucarístico es centro y fin de toda la vida sacramental. [30] Resuenan continuamente en él, como un eco profundo, los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo y Confirmación. ¿Dónde está mejor expresada la verdad de que además de ser «llamados hijos de Dios», lo «somos realmente», [31] en virtud del Sacramento del Bautismo, sino precisamente en el hecho de que en la Eucaristía nos hacemos partícipes del Cuerpo y de la Sangre del unigénito Hijo de Dios? Y ¿qué es lo que nos predispone mayormente a «ser verdaderos testimonios de Cristo», [32] frente al mundo, como resultado del Sacramento de la Confirmación, sino la comunión eucarística, en la que Cristo nos da testimonio a nosotros y nosotros a Él?

Es imposible analizar aquí en sus pormenores los lazos existentes entre la Eucaristía y los demás Sacramentos, particularmente con el Sacramento de la vida familiar y el Sacramento de los enfermos. Acerca de la estrecha vinculación, existente entre el Sacramento de la Penitencia y el de la Eucaristía llamé ya la atención en la Encíclica «Redemptor Hominis».[33] No es solamente la Penitencia la que conduce a la Eucaristía, sino que también la Eucaristía lleva a la Penitencia. En efecto, cuando nos damos cuenta de Quien es el que recibimos en la Comunión eucarística, nace en nosotros casi espontáneamente un sentido de indignidad, junto con el dolor de nuestros pecados y con la necesidad interior de purificación.

No obstante debemos vigilar siempre, para que este gran encuentro con Cristo en la Eucaristía no se convierta para nosotros en un acto rutinario y a fin de que no lo recibamos indignamente, es decir, en estado de pecado mortal. La práctica de la virtud de la penitencia y el sacramento de la Penitencia son indispensables a fin de sostener en nosotros y profundizar continuamente el espíritu de veneración, que el hombre debe a Dios mismo y a su Amor tan admirablemente revelado.

Estas palabras quisieran presentar algunas reflexiones generales sobre el culto del Misterio eucarístico, que podrían ser desarrolladas más larga y ampliamente. Concretamente, se podría enlazar cuanto se dijo acerca de los efectos de la Eucaristía sobre el amor por el hombre con lo que hemos puesto de relieve ahora sobre los compromisos contraídos para con el hombre y la Iglesia en la comunión eucarística, y consiguientemente delinear la imagen de la «tierra nueva»[34] que nace de la Eucaristía a través de todo «hombre nuevo».[35]

Efectivamente en este Sacramento del pan y del vino, de la comida y de la bebida, todo lo que es humano sufre una singular transformación y elevación. El culto eucarístico no es tanto culto de la trascendencia inaccesible, cuanto de la divina condescendencia y es a su vez transformación misericordiosa y redentora del mundo en el corazón del hombre.

Recordando todo esto, sólo brevemente, deseo, no obstante la concisión, crear un contexto más amplio para las cuestiones que deberé tratar enseguida: ellas están estrechamente vinculadas a la celebración del Santo Sacrificio. En efecto, en esta celebración se expresa de manera más directa el culto de la Eucaristía. Este emana del corazón como preciosísimo homenaje inspirado por la fe, la esperanza y la caridad, infundidas en nosotros en el Bautismo. Es precisamente de ella, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado, sacerdotes y diáconos, de lo que quiero escribiros en esta Carta, a la que la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino hará seguir indicaciones más concretas.

II SACRALIDAD DE LA EUCARISTÍA Y SACRIFICIO

Sacralidad


8. La celebración de la Eucaristía, comenzando por el cenáculo y por el Jueves Santo, tiene una larga historia propia, larga cuanto la historia de la Iglesia. En el curso de esta historia los elementos secundarios han sufrido ciertos cambios; no obstante, ha permanecido inmutada la esencia del «Mysterium», instituido por el Redentor del mundo, durante la última cena. También el Concilio Vaticano II ha aportado algunas modificaciones, en virtud de las cuales la liturgia actual de la Misa se diferencia en cierto sentido de la conocida antes del Concilio. No pensamos hablar de estas diferencias; por ahora conviene que nos detengamos en lo que es esencial e inmutable en la liturgia eucarística.

Y con este elemento está estrechamente vinculado el carácter de «sacrum» de la Eucaristía, esto es, de acción santa y sagrada. Santa y sagrada, porque en ella está continuamente presente y actúa Cristo, «el Santo» de Dios, [36]«ungido por el Espíritu Santo»,[37] «consagrado por el Padre»,[38] para dar libremente y recobrar su vida, [39] «Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza».[40] Es El, en efecto, quien, representado por el celebrante, hace su ingreso en el santuario y anuncia su evangelio. Es El «el oferente y el ofrecido, el consagrante y el consagrado». [41] Acción santa y sagrada, porque es constitutiva de las especies sagradas, del «Sancta sanctis», es decir, de las «cosas santas —Cristo el Santo— dadas a los santos», como cantan todas las liturgias de Oriente en el momento en que se alza el pan eucarístico para invitar a los fieles a la Cena del Señor.

El «Sacrum» de la Misa no es por tanto una «sacralización», es decir, una añadidura del hombre a la acción de Cristo en el cenáculo, ya que la Cena del Jueves Santo fue un rito sagrado, liturgia primaria y constitutiva, con la que Cristo, comprometiéndose a dar la vida por nosotros, celebró sacramentalmente, El mismo, el misterio de su Pasión y Resurrección, corazón de toda Misa. Derivando de esta liturgia, nuestras Misas revisten de por sí una forma litúrgica completa, que, no obstante esté diversificada según las familias rituales, permanece sustancialmente idéntica. El «Sacrum» de la Misa es una sacralidad instituida por Cristo. Las palabras y la acción de todo sacerdote, a las que corresponde la participación consciente y activa de toda la asamblea eucarística, hacen eco a las del Jueves Santo.

El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental con el «Sumo y Eterno Sacerdote», [42] que es el Autor y el Sujeto principal de este su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. Solamente El, solamente Cristo, podía y puede ser siempre verdadera y efectiva «propitiatio pro peccatis nostris ... sed etiam totius mundi».[43] Solamente su sacrificio, y ningún otro, podía y puede tener «fuerza propiciatoria» ante Dios, ante la Trinidad, ante su trascendental santidad. La toma de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el significado del sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y obrando «in persona Christi», es introducido e insertado, de modo sacramental (y al mismo tiempo inefable), en este estrictísimo «Sacrum», en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarística.

Ese «Sacrum», actuado en formas litúrgicas diversas, puede prescindir de algún elemento secundario, pero no puede ser privado de ningún modo de su sacralidad y sacramentalidad esenciales, porque fueron queridas por Cristo y transmitidas y controladas por la Iglesia. Ese «Sacrum» no puede tampoco ser instrumentalizado para otros fines. El misterio eucarístico, desgajado de su propia naturaleza sacrificial y sacramental, deja simplemente de ser tal. No admite ninguna imitación «profana», que se convertiría muy fácilmente (si no incluso como norma) en una profanación. Esto hay que recordarlo siempre, y quizá sobre todo en nuestro tiempo en el que observamos una tendencia a borrar la distinción entre «sacrum» y «profanum», dada la difundida tendencia general (al menos en algunos lugares) a la desacralización de todo.

En tal realidad la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el «sacrum» de la Eucaristía. En nuestra sociedad pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana —fe consciente incluso de los propios derechos con respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe— garantiza a este «sacrum» el derecho de ciudadanía. El deber de respetar la fe de cada uno es al mismo tiempo correlativa al derecho natural y civil de la libertad de conciencia y de religión.

La sacralidad de la Eucaristía ha encontrado y encuentra siempre expresión en la terminología teológica y litúrgica. [44] Este sentido de la sacralidad objetiva del Misterio eucarístico es tan constitutivo de la fe del Pueblo de Dios que con ella se ha enriquecido y robustecido. [45] Los ministros de la Eucaristía deben por tanto, sobre todo en nuestros días, ser iluminados por la plenitud de esta fe viva, y a la luz de ella deben comprender y cumplir todo lo que forma parte de su ministerio sacerdotal, por voluntad de Cristo y de su Iglesia.

Sacrificio

9. La Eucaristía es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la Redención y al mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza, [46] como creemos y como claramente profesan las Iglesias Orientales: «el sacrificio actual —afirmó hace siglos la Iglesia griega— es como aquél que un día ofreció el Unigénito Verbo encarnado, es ofrecido (hoy como entonces) por El, siendo el mismo y único sacrificio».[47] Por esto, y precisamente haciendo presente este sacrificio único de nuestra salvación, el hombre y el mundo son restituidos a Dios por medio de la novedad pascual de la Redención. Esta restitución no puede faltar: es fundamento de la «alianza nueva y eterna» de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Si llegase a faltar, se debería poner en tela de juicio bien sea la excelencia del sacrificio de la Redención que fue perfecto y definitivo, bien sea el valor sacrificial de la Santa Misa. Por tanto la Eucaristía, siendo verdadero sacrificio, obra esa restitución a Dios.

Se sigue de ahí que el celebrante, en cuanto ministro del sacrificio, es el auténtico sacerdote, que lleva a cabo —en virtud del poder específico de la sagrada ordenación— el verdadero acto sacrificial que lleva de nuevo a los seres a Dios. En cambio todos aquellos que participan en la Eucaristía, sin sacrificar como él, ofrecen con él, en virtud del sacerdocio común, sus propios sacrificios espirituales, representados por el pan y el vino, desde el momento de su presentación en el altar. Efectivamente, este acto litúrgico solemnizado por casi todas las liturgias, «tiene su valor y su significado espiritual».[48] El pan y el vino se convierten en cierto sentido en símbolo de todo lo que lleva la asamblea eucarística, por sí misma, en ofrenda a Dios y que ofrece en espíritu.

Es importante que este primer momento de la liturgia eucarística, en sentido estricto, encuentre su expresión en el comportamiento de los participantes. A esto corresponde la llamada procesión de las ofrendas, prevista por la reciente reforma litúrgica [49], y acompañada, según la antigua tradición, por un salmo o un cántico. Es necesario un cierto espacio de tiempo, a fin de que todos puedan tomar conciencia de este acto, expresado contemporáneamente por las palabras del celebrante.

La conciencia del acto de presentar las ofrendas, debería ser mantenida durante toda la Misa. Más aún, debe ser llevada a plenitud en el momento de la consagración y de la oblación anamnética, tal como lo exige el valor fundamental del momento del sacrificio. Para demostrar esto ayudan las palabras de la oración eucarística que el sacerdote pronuncia en alta voz. Parece útil repetir aquí algunas expresiones de la tercera oración eucarística, que manifiestan especialmente el carácter sacrificial de la Eucaristía y unen el ofrecimiento de nuestras personas al de Cristo: «Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. Que Él nos transforme en ofrenda permanente».

Este valor sacrificial está ya expresado en cada celebración por las palabras con que el sacerdote concluye la presentación de los dones al pedir a los fieles que oren para que «este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso». Tales palabras tienen un valor de compromiso en cuanto expresan el carácter de toda la liturgia eucarística y la plenitud de su contenido tanto divino como eclesial.

Todos los que participan con fe en la Eucaristía se dan cuenta de que ella es «Sacrificium», es decir, una «Ofrenda consagrada». En efecto, el pan y el vino, presentados en el altar y acompañados por la devoción y por los sacrificios espirituales de los participantes, son finalmente consagrados, para que se conviertan verdadera, real y sustancialmente en el Cuerpo entregado y en la Sangre derramada de Cristo mismo. Así, en virtud de la consagración, las especies del pan y del vino, «re-presentan»,[50] de modo sacramental e incruento, el Sacrificio cruento propiciatorio ofrecido por El en la cruz al Padre para la salvación del mundo. El solo, en efecto, ofreciéndose como víctima propiciatoria en un acto de suprema entrega e inmolación, ha reconciliado a la humanidad con el Padre, únicamente mediante su sacrificio, «borrando el acta de los decretos que nos era contraria». [51]

A este sacrificio, que es renovado de forma sacramental sobre el altar, las ofrendas del pan y del vino, unidas a la devoción de los fieles, dan además una contribución insustituible, ya que, mediante la consagración sacerdotal se convierten en las sagradas Especies. Esto se hace patente en el comportamiento del sacerdote durante la oración eucarística, sobre todo durante la consagración, y también cuando la celebración del Santo Sacrificio y la participación en él están acompañadas por la conciencia de que «el Maestro está ahí y te llama». [52] Esta llamada del Señor, dirigida a nosotros mediante su Sacrificio, abre los corazones, a fin de que purificados en el Misterio de nuestra Redención se unan a El en la comunión eucarística, que da a la participación en la Misa un valor maduro, pleno, comprometedor para la existencia humana: «la Iglesia desea que los fieles no sólo ofrezcan la hostia inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos, y que de día en día perfeccionen con la mediación de Cristo, la unión con Dios y entre sí, de modo que sea Dios todo en todos».[53]

Es por tanto muy conveniente y necesario que continúe poniéndose en práctica una nueva e intensa educación, para descubrir todas las riquezas encerradas en la nueva Liturgia. En efecto, la renovación litúrgica realizada después del Concilio Vaticano II ha dado al sacrificio eucarístico una mayor visibilidad. Entre otras cosas, contribuyen a ello las palabras de la oración eucarística recitadas por el celebrante en voz alta y, en especial, las palabras de la consagración, la aclamación de la asamblea inmediatamente después de la elevación.

Si todo esto debe llenarnos de gozo, debemos también recordar que estos cambios exigen una nueva conciencia y madurez espiritual, tanto por parte del celebrante— sobre todo hoy que celebra «de cara al pueblo»— como por parte de los fieles. El culto eucarístico madura y crece cuando las palabras de la plegaria eucarística, y especialmente las de la consagración, son pronunciadas con gran humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto esencial de la liturgia eucarística es realizado sin prisas; cuando nos compromete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento.

III LAS DOS MESAS DEL SEÑOR Y EL BIEN COMÚN DE LA IGLESIA

Mesa de la Palabra de Dios

10. Sabemos bien que la celebración de la Eucaristía ha estado vinculada, desde tiempos muy antiguos, no sólo a la oración, sino también a la lectura de la Sagrada Escritura, y al canto de toda la asamblea. Gracias a esto ha sido posible, desde hace mucho tiempo, relacionar con la Misa el parangón hecho por los Padres con las dos mesas, sobre las cuales la Iglesia prepara para sus hijos la Palabra de Dios y la Eucaristía, es decir, el Pan del Señor. Debemos pues volver a la primera parte del Sagrado Misterio que, con frecuencia, en el presente se le llama Liturgia de la Palabra, y dedicarle un poco de atención.

La lectura de los fragmentos de la Sagrada Escritura, escogidos para cada día, ha sido sometida por el Concilio a criterios y exigencias nuevas. [54] Como consecuencia de tales normas conciliares se ha hecho una nueva selección de lecturas, en las que se ha aplicado, en cierta medida, el principio de la continuidad de los textos, y también el principio de hacer accesible el conjunto de los Libros Sagrados. La introducción de los salmos con los responsorios en la liturgia familiariza a los participantes con los más bellos recursos de la oración y de la poesía del Antiguo Testamento. Además el hecho de que los relativos textos sean leídos y cantados en la propia lengua, hace que todos puedan participar y comprenderlos más plenamente. No faltan, sin embargo, quienes, educados todavía según la antigua liturgia en latín, sienten la falta de esta «lengua única», que ha sido en todo el mundo una expresión de la unidad de la Iglesia y que con su dignidad ha suscitado un profundo sentido del Misterio Eucarístico. Hay que demostrar pues no solamente comprensión, sino también pleno respeto hacia estos sentimientos y deseos y, en cuanto sea posible, secundarlos, como está previsto además en las nuevas disposiciones. [55] La Iglesia romana tiene especiales deberes, con el latín, espléndida lengua de la antigua Roma, y debe manifestarlo siempre que se presente ocasión.

De hecho las posibilidades creadas actualmente por la renovación posconciliar son a menudo utilizadas de manera que nos hacen testigos y partícipes de la auténtica celebración de la Palabra de Dios. Aumenta también el número de personas que toman parte activa en esta celebración. Surgen grupos de lectores y de cantores, más aún, de «scholae cantorum», masculinas o femeninas, que con gran celo se dedican a ello. La Palabra de Dios, la Sagrada Escritura, comienza a pulsar con nueva vida en muchas comunidades cristianas. Los fieles, reunidos para la liturgia, se preparan con el canto para escuchar el Evangelio, que es anunciado con la debida devoción y amor.

Constatando todo esto con gran estima y agradecimiento, no puede sin embargo olvidarse que una plena renovación tiene otras exigencias. Estas consisten en una nueva responsabilidad ante la Palabra de Dios transmitida mediante la liturgia, en diversas lenguas, y esto corresponde ciertamente al carácter universal y a las finalidades del Evangelio. La misma responsabilidad atañe también a la ejecución de las relativas acciones litúrgicas, la lectura o el canto, lo cual debe responder también a los principios del arte. Para preservar estas acciones de cualquier artificio, conviene expresar en ellas una capacidad, una sencillez y al mismo tiempo una dignidad tales, que haga resplandecer, desde el mismo modo de leer o de cantar, el carácter peculiar del texto sagrado.

Por tanto, estas exigencias, que brotan de la nueva responsabilidad ante la Palabra de Dios en la liturgia, [56] llegan todavía más a lo hondo y afectan a la disposición interior con la que los ministros de la Palabra cumplen su función en la asamblea litúrgica. [57] La misma responsabilidad se refiere finalmente a la selección de los textos. Esa selección ha sido ya hecha por la competente autoridad eclesiástica, que ha previsto incluso los casos, en que se pueden escoger lecturas más adecuadas a una situación especial. [58] Además, conviene siempre recordar que en el conjunto de los textos de las Lecturas de la Misa puede entrar sólo la Palabra de Dios. La lectura de la Escritura no puede ser sustituida por la lectura de otros textos, aun cuando tuvieran indudables valores religiosos y morales. Tales textos en cambio podrán utilizarse, con gran provecho, en las homilías. Efectivamente, la homilía es especialmente idónea para la utilización de esos textos, con tal de que respondan a las requeridas condiciones de contenido, por cuanto es propio de la homilía, entre otras cosas, demostrar la convergencia entre la sabiduría divina revelada y el noble pensamiento humano, que por distintos caminos busca la verdad.

Mesa del Pan del Señor

11. La segunda mesa del misterio eucarístico, es decir, la mesa del Pan del Señor, exige también un adecuada reflexión desde el punto de vista de la renovación litúrgica actual. Es éste un problema de grandísima importancia, tratándose de un acto particular de fe viva, más aún, como se atestigua desde los primeros siglos, [59]de una manifestación de culto a Cristo, que en la comunión eucarística se entrega a sí mismo a cada uno de nosotros, a nuestro corazón, a nuestra conciencia, a nuestros labios y a nuestra boca, en forma de alimento. Y por esto, en relación con ese problema, es particularmente necesaria la vigilancia de la que habla el Evangelio, tanto por parte de los Pastores responsables del culto eucarístico, como por parte del Pueblo de Dios, cuyo «sentido de la fe»[60] debe ser precisamente en esto muy consciente y agudo.

Por esto, deseo confiar también este problema al corazón de cada uno de vosotros, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado. Vosotros debéis sobre todo insertarlo en vuestra solicitud por todas las Iglesias, confiadas a vosotros. Os lo pido en nombre de la unidad que hemos recibido en herencia de los Apóstoles: la unidad colegial. Esta unidad ha nacido, en cierto sentido, en la mesa del Pan del Señor, el Jueves Santo. Con la ayuda de vuestros Hermanos en el sacerdocio, haced todo lo que podáis, para garantizar la dignidad sagrada del ministerio eucarístico y el profundo espíritu de la comunión eucarística, que es un bien peculiar de la Iglesia como Pueblo de Dios, y al mismo tiempo la herencia especial transmitida a nosotros por los Apóstoles, por diversas tradiciones litúrgicas y por tantas generaciones de fieles, a menudo testigos heroicos de Cristo, educados en la «escuela de la Cruz» (Redención) y de la Eucaristía.

Conviene pues recordar que la Eucaristía, como mesa del Pan del Señor, es una continua invitación, como se desprende de la alusión litúrgica del celebrante en el momento del «Este es el Cordero de Dios. Dichosos los llamados a la cena del Señor» [61] y de la conocida parábola del Evangelio sobre los invitados al banquete de bodas. [62] Recordemos que en esta parábola hay muchos que se excusan de aceptar la invitación por distintas circunstancias. Ciertamente también en nuestras comunidades católicas no faltan aquellos que podrían participar en la Comunión eucarística, y no participan, aun no teniendo en su conciencia impedimento de pecado grave. Esa actitud, que en algunos va unida a una exagerada severidad, se ha cambiado, a decir verdad, en nuestro tiempo, aunque en algunos sitios se nota aún. En realidad, más frecuente que el sentido de indignidad, se nota una cierta falta de disponibilidad interior —si puede llamarse así—, falta de «hambre» y de «sed» eucarística, detrás de la que se esconde también la falta de una adecuada sensibilidad y comprensión de la naturaleza del gran Sacramento del amor.

Sin embargo, en estos últimos años, asistimos también a otro fenómeno. Algunas veces, incluso en casos muy numerosos, todos los participantes en la asamblea eucarística se acercan a la comunión, pero entonces, como confirman pastores expertos, no ha habido la debida preocupación por acercarse al sacramento de la Penitencia para purificar la propia conciencia. Esto naturalmente puede significar que los que se acercan a la Mesa del Señor no encuentren, en su conciencia y según la ley objetiva de Dios, nada que impida aquel sublime y gozoso acto de su unión sacramental con Cristo. Pero puede también esconderse aquí, al menos alguna vez, otra convicción: es decir el considerar la Misa sólo como un banquete, [63] en el que se participa recibiendo el Cuerpo de Cristo, para manifestar sobre todo la comunión fraterna. A estos motivos se pueden añadir fácilmente una cierta consideración humana y un simple «conformismo».

Este fenómeno exige, por parte nuestra, una vigilante atención y un análisis teológico y pastoral, guiado por el sentido de una máxima responsabilidad. No podemos permitir que en la vida de nuestras comunidades se disipe aquel bien que es la sensibilidad de la conciencia cristiana, guiada únicamente por el respeto a Cristo que, recibido en la Eucaristía, debe encontrar en el corazón de cada uno de nosotros una digna morada. Este problema está estrechamente relacionado no sólo con la práctica del Sacramento de la Penitencia, sino también con el recto sentido de responsabilidad de cara al depósito de toda la doctrina moral y de cara a la distinción precisa entre bien y mal, la cual viene a ser a continuación, para cada uno de los participantes en la Eucaristía, base de correcto juicio de sí mismos en la intimidad de la propia conciencia. Son bien conocidas las palabras de San Pablo: «Examínese, pues, el hombre a sí mismo»; [64] ese juicio es condición indispensable para una decisión personal, a fin de acercarse a la comunión eucarística o bien abstenerse.

La celebración de la Eucaristía nos sitúa ante muchas otras exigencias, por lo que respecta al ministerio de la Mesa eucarística, que se refieren, en parte, tanto a los solos sacerdotes y diáconos, como a todos los que participan en la liturgia eucarística. A los sacerdotes y a los diáconos es necesario recordar que el servicio de la mesa del Pan del Señor les impone obligaciones especiales, que se refieren, en primer lugar, al mismo Cristo presente en la Eucaristía y luego a todos los actuales y posibles participantes en la Eucaristía. Respecto al primero, no será quizás superfluo recordar las palabras del Pontifical que, en el día de la ordenación, el Obispo dirige al nuevo sacerdote, mientras le entrega en la patena y en el cáliz el pan y el vino ofrecidos por los fieles y preparados por el diácono: «Accipe oblationem plebis sanctae Deo offerendam. Agnosce quod ages, imitare quod tractabis, et vitam tuam mysterio dominicae crucis conforma».[65] Esta última amonestación hecha a él por el Obispo debe quedar como una de las normas más apreciadas en su ministerio eucarístico.

En ella debe inspirarse el sacerdote en su modo de tratar el Pan y el Vino, convertidos en Cuerpo y Sangre del Redentor. Conviene pues que todos nosotros, que somos ministros de la Eucaristía, examinemos con atención nuestras acciones ante el altar, en especial el modo con que tratamos aquel Alimento y aquella Bebida, que son el Cuerpo y la Sangre de nuestro Dios y Señor en nuestras manos; cómo distribuimos la Santa Comunión; cómo hacemos la purificación.

Todas estas acciones tienen su significado. Conviene naturalmente evitar la escrupulosidad, pero Dios nos guarde de un comportamiento sin respeto, de una prisa inoportuna, de una impaciencia escandalosa. Nuestro honor más grande consiste —además del empeño en la misión evangelizadora— en ejercer ese misterioso poder sobre el Cuerpo del Redentor, y en nosotros todo debe estar claramente ordenado a esto. Debemos, además, recordar siempre que hemos sido sacramentalmente consagrados para ese poder, que hemos sido escogidos entre los hombres y «en favor de los hombres».[66] Debemos reflexionar sobre ello especialmente nosotros sacerdotes de la Iglesia Romana latina, cuyo rito de ordenación añade, en el curso de los siglos, el uso de ungir las manos del sacerdote.

En algunos Países se ha introducido el uso de la comunión en la mano. Esta práctica ha sido solicitada por algunas Conferencias Episcopales y ha obtenido la aprobación de la Sede Apostólica. Sin embargo, llegan voces sobre casos de faltas deplorables de respeto a las Especies eucarísticas, faltas que gravan no sólo sobre las personas culpables de tal comportamiento, sino también sobre los Pastores de la Iglesia, que hayan sido menos vigilantes sobre el comportamiento de los fieles hacia la Eucaristía. Sucede también que, a veces, no se tiene en cuenta la libre opción y voluntad de los que, incluso donde ha sido autorizada la distribución de la comunión en la mano, prefieren atenerse al uso de recibirla en la boca. Es difícil pues en el contexto de esta Carta, no aludir a los dolorosos fenómenos antes mencionados. Escribiendo esto no quiero de ninguna manera referirme a las personas que, recibiendo al Señor Jesús en la mano, lo hacen con espíritu de profunda reverencia y devoción, en los Países donde esta praxis ha sido autorizada.

Conviene sin embargo no olvidar el deber primordial de los sacerdotes, que han sido consagrados en su ordenación para representar a Cristo Sacerdote: por eso sus manos, como su palabra y su voluntad, se han hecho instrumento directo de Cristo. Por eso, es decir, como ministros de la sagrada Eucaristía, éstos tienen sobre las sagradas Especies una responsabilidad primaria, porque es total: ofrecen el pan y el vino, los consagran, y luego distribuyen las sagradas Especies a los participantes en la Asamblea. Los diáconos pueden solamente llevar al altar las ofrendas de los fieles y, una vez consagradas por el sacerdote, distribuirlas. Por eso cuán elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu Santo.

El tocar las sagradas Especies, su distribución con las propias manos es un privilegio de los ordenados, que indica una participación activa en el ministerio de la Eucaristía. Es obvio que la Iglesia puede conceder esa facultad a personas que no son ni sacerdotes ni diáconos, como son tanto los acólitos, en preparación para sus futuras ordenaciones, como otros laicos, que la han recibido por una justa necesidad, pero siempre después de una adecuada preparación.

Bien común de la Iglesia

12. No podemos, ni siquiera por un instante, olvidar que la Eucaristía es un bien peculiar de toda la Iglesia. Es el don más grande que, en el orden de la gracia y del sacramento, el divino Esposo ha ofrecido y ofrece sin cesar a su Esposa. Y, precisamente porque se trata de tal don, todos debemos, con espíritu de fe profunda, dejarnos guiar por el sentido de una responsabilidad verdaderamente cristiana. Un don nos obliga tanto más profundamente porque nos habla, no con la fuerza de un rígido derecho, sino con la fuerza de la confianza personal, y así —sin obligaciones legales— exige correspondencia y gratitud. La Eucaristía es verdaderamente tal don, es tal bien. Debemos permanecer fieles en los pormenores a lo que ella expresa en sí y a lo que nos pide, o sea la acción de gracias.

La Eucaristía es un bien común de toda la Iglesia, como sacramento de su unidad. Y, por consiguiente, la Iglesia tiene el riguroso deber de precisar todo lo que concierne a la participación y celebración de la misma. Debemos, por lo tanto, actuar según los principios establecidos por el último Concilio que, en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, ha definido las autorizaciones y obligaciones, sea de los respectivos Obispos en sus diócesis, sea de las Conferencias Episcopales, dado que unos y otras actúan unidos colegialmente con la Sede Apostólica.

Además debemos seguir las instrucciones emanadas en este campo de los diversos Dicasterios: sea en materia litúrgica, en las normas establecidas por los libros litúrgicos, en lo concerniente al misterio eucarístico, y en las Instrucciones dedicadas al mismo misterio, [67] sea en lo que tiene relación con la «communicatio in sacris», en las normas del «Directorium de re oecumenica»[68] y en la «Instructio de peculiaribus casibus admittendi alios christianos ad communionem eucharisticam in Ecclesia catholica»[69]. Y aunque, en esta etapa de renovación, se ha admitido la posibilidad de una cierta autonomía «creativa», sin embargo ella misma debe respetar estrictamente las exigencias de la unidad substancial. Por el camino de este pluralismo (que brota ya entre otras cosas por la introducción de las distintas lenguas en la liturgia) podemos proseguir únicamente hasta allí donde no se hayan cancelado las características esenciales de la celebración de la Eucaristía y se hayan respetado las normas prescriptas por la reciente reforma litúrgica.

Hay que realizar en todas partes un esfuerzo indispensable, para que dentro del pluralismo del culto eucarístico, programado por el Concilio Vaticano II, se manifieste la unidad de la que la Eucaristía es signo y causa. Esta tarea sobre la cual, obligada por las circunstancias, debe vigilar la Sede Apostólica, debería ser asumida no sólo por cada una de las Conferencias Episcopales, sino también, por cada ministro de la Eucaristía, sin excepción. Cada uno debe además recordar que es responsable del bien común de la Iglesia entera. El sacerdote como ministro, como celebrante, como quien preside la asamblea eucarística de los fieles, debe poseer un particular sentido del bien común de la Iglesia, que él mismo representa mediante su ministerio, pero al que debe también subordinarse, según una recta disciplina de la fe. El no puede considerarse como «propietario», que libremente dispone del texto litúrgico y del sagrado rito como de un bien propio, de manera que pueda darle un estilo personal y arbitrario. Esto puede a veces parecer de mayor efecto, puede también corresponder mayormente a una piedad subjetiva; sin embargo, objetivamente, es siempre una traición a aquella unión que, de modo especial, debe encontrar la propia expresión en el sacramento de la unidad.

Todo sacerdote, cuando ofrece el Santo Sacrificio, debe recordar que, durante este Sacrificio, no es únicamente él con su comunidad quien ora, sino que ora la Iglesia entera, expresando así, también con el uso del texto litúrgico aprobado, su unidad espiritual en este sacramento. Si alguien quisiera tachar de «uniformidad» tal postura, esto comprobaría sólo la ignorancia de las exigencias objetivas de la auténtica unidad y sería un síntoma de dañoso individualismo.

Esta subordinación del ministro, del celebrante, al «Mysterium», que le ha sido confiado por la Iglesia para el bien de todo el Pueblo de Dios, debe encontrar también su expresión en la observancia de las exigencias litúrgicas relativas a la celebración del Santo Sacrificio. Estas exigencias se refieren, por ejemplo, al hábito y, particularmente, a los ornamentos que reviste el celebrante. Es obvio que hayan existido y existan circunstancias en las que las prescripciones no obligan. Hemos leído con conmoción, en libros escritos por sacerdotes ex-prisioneros en campos de exterminio, relatos de celebraciones eucarísticas sin observar las mencionadas normas, o sea sin altar y sin ornamentos. Pero si en tales circunstancias esto era prueba de heroísmo y debía suscitar profunda estima, sin embargo en condiciones normales, omitir las prescripciones litúrgicas puede ser interpretado como una falta de respeto hacia la Eucaristía, dictada tal vez por individualismo o por un defecto de sentido crítico sobre las opiniones corrientes, o bien por una cierta falta de espíritu de fe.

Sobre todos nosotros, que somos, por gracia de Dios, ministros de la Eucaristía, pesa de modo particular la responsabilidad por las ideas y actitudes de nuestros hermanos y hermanas, encomendados a nuestra cura pastoral. Nuestra vocación es la de suscitar, sobre todo con el ejemplo personal, toda sana manifestación de culto hacia Cristo presente y operante en el Sacramento del amor. Dios nos preserve de obrar diversamente, de debilitar aquel culto, desacostumbrándonos de varias manifestaciones y formas de culto eucarístico, en las que se expresa una tal vez tradicional pero sana piedad, y sobre todo aquel «sentido de la fe», que el Pueblo de Dios entero posee, como ha recordado el Concilio Vaticano II. [70]

Llegando ya al término de mis reflexiones, quiero pedir perdón —en mi nombre y en el de todos vosotros, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado— por todo lo que, por el motivo que sea y por cualquiera debilidad humana, impaciencia, negligencia, en virtud también de la aplicación a veces parcial, unilateral y errónea de las normas del Concilio Vaticano II, pueda haber causado escándalo y malestar acerca de la interpretación de la doctrina y la veneración debida a este gran Sacramento. Y pido al Señor Jesús para que en el futuro se evite, en nuestro modo de tratar este sagrado Misterio, lo que puede, de alguna manera, debilitar o desorientar el sentido de reverencia y amor en nuestros fieles.

Que el mismo Cristo nos ayude a continuar por el camino de la verdadera renovación hacia aquella plenitud de vida y culto eucarístico, a través del cual se construye la Iglesia en esa unidad que ella misma ya posee y que desea poder realizar aun más para gloria del Dios vivo y para la salvación de todos los hombres.

CONCLUSIÓN

13. Permitidme, venerables y queridos Hermanos, que termine ya estas consideraciones, que se han limitado a profundizar sólo algunas cuestiones. Al proponerlas he tenido delante toda la obra desarrollada por el Concilio Vaticano II, y he tenido presente en mi mente la Encíclica de Pablo VI «Mysterium Fidei», promulgada durante el Concilio, así como todos los documentos emanados después del mismo Concilio para poner en práctica la renovación litúrgica postconciliar. Existe, en efecto, un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia.

La Iglesia no sólo actúa, sino que se expresa también en la liturgia, vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida. Y por ello, la renovación litúrgica, realizada de modo justo, conforme al espíritu del Vaticano II, es, en cierto sentido, la medida y la condición para poner en práctica las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que queremos aceptar con fe profunda, convencidos de que, mediante el mismo, el Espíritu Santo «ha dicho a la Iglesia» las verdades y ha dado las indicaciones que son necesarias para el cumplimiento de su misión respecto a los hombres de hoy y de mañana.

También en el futuro habremos de tener una particular solicitud para promover y seguir la renovación de la Iglesia, conforme a la doctrina del Vaticano II, en el espíritu de una Tradición siempre viva. En efecto, pertenece también a la sustancia de la Tradición, justamente entendida, una correcta «relectura» de los «signos de los tiempos», según los cuales hay que sacar del rico tesoro de la Revelación «cosas nuevas y cosas antiguas».[71] Obrando en este espíritu, según el consejo del Evangelio, el Concilio Vaticano II ha realizado un esfuerzo providencial para renovar el rostro de la Iglesia en la sagrada liturgia, conectando frecuentemente con lo que es «antiguo», con lo que proviene de la herencia de los Padres y es expresión de la fe y de la doctrina de la Iglesia unida desde hace tantos siglos.

Para continuar poniendo en práctica, en el futuro, las normas del Concilio en el campo de la liturgia, y concretamente en el campo del culto eucarístico, es necesaria una íntima colaboración entre el correspondiente Dicasterio de la Santa Sede y cada Conferencia Episcopal, colaboración atenta y a la vez creadora, con la mirada fija en la grandeza del santísimo Misterio y, al mismo tiempo, en las evoluciones espirituales y en los cambios sociales, tan significativos para nuestra época, dado que no sólo crean a veces dificultades, sino que disponen además a un modo nuevo de participar en ese gran Misterio de la fe.

Me apremia sobre todo el subrayar que los problemas de la liturgia, y en concreto de la Liturgia eucarística, no pueden ser ocasión para dividir a los católicos y amenazar la unidad de la Iglesia. Lo exige una elemental comprensión de ese Sacramento, que Cristo nos ha dejado como fuente de unidad espiritual. Y ¿cómo podría precisamente la Eucaristía, que es en la Iglesia «sacramentum pietatis, signum unitatis, vinculum caritatis»[72] constituir en este momento, entre nosotros, punto de división y fuente de disconformidad de pensamientos y comportamientos, en vez de ser centro focal y constitutivo, cual es verdaderamente en su esencia, de la unidad de la misma Iglesia?

Somos todos igualmente deudores hacia nuestro Redentor. Todos juntos debemos prestar oído al Espíritu de verdad y amor, que El ha prometido a la Iglesia y que obra en ella. En nombre de esta verdad y de este amor, en nombre del mismo Cristo Crucificado y de su Madre, os ruego y suplico que, dejando toda oposición y división, nos unamos todos en esta grande y salvífica misión, que es precio y a la vez fruto de nuestra redención. La Sede Apostólica hará todo lo posible para buscar, también en el futuro, los medios que puedan garantizar la unidad de la que hablamos. Evite cada uno, en su modo de actuar, «entristecer al Espíritu Santo».[73]

Para que esta unidad y la colaboración constante y sistemática que a ella conduce, puedan proseguirse con perseverancia, imploro de rodillas para todos nosotros la luz del Espíritu Santo, por intercesión de María, su Santa Esposa y Madre de la Iglesia. Al bendecir a todos de corazón, me dirijo una vez más a vosotros, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado, con un saludo fraterno y plena confianza. En esta unidad colegial de la que participamos, hagamos el máximo esfuerzo para que, dentro de la unidad universal de la Iglesia de Cristo sobre la tierra, la Eucaristía se convierta cada vez más en fuente de vida y luz para la conciencia de todos nuestros hermanos, en todas las comunidades.

Con espíritu de fraterna caridad, me es grato impartir la Bendición Apostólica a vosotros y a todos los hermanos en el sacerdocio.

Vaticano, 24 de febrero, domingo I de Cuaresma, del año 1980, segundo de mi Pontificado

JUAN PABLO II


Notas

[1] Cf. cap. 2: AAS 71 (1979), pp. 395 ss.

[2] Cf. Conc. Ecum. Tridentino, sesión XII, can. 2: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, 3a ed., Bologna, 1973, p. 735.

[3] Una Liturgia eucarística etiópica, con motivo de tal precepto del Señor, recuerda: los Apóstoles «han establecido, para nosotros, Patriarcas, Arzobispos, Presbíteros y Diáconos con el fin de celebrar el rito de tu Iglesia Santa»: Anaphora S. Athanasii: Prex Eucharistica, Haenggi-Pahl, Fribourg (Suisse), 1968, p. 183.

[4] Cf. La Tradition apostolique de saint Hippolyte, nn. 2-4, ed. Botte, Munster-Westfalen, 1963, pp. 5-17.

[5] 2 Cor 11, 28.

[6] 1 Pe 2, 5

[7] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 28 a: AAS 57 (1965), pp. 33 ss.; Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, nn. 2; 5: AAS 58 (1966), pp. 993; 998; Decr. sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, n. 39: AAS 58 (1966), p. 968.

[8] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.; sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 11: AAS 57 (1965), p. 15.

[9] Jn 3, 16. Es interesante señalar cómo estas palabras están tomadas de la Liturgia de S. Juan Crisóstomo inmediatamente antes de las de la consagración, e introducen a las mismas: cf. La divina Liturgia del santo nostro Padre Giovanni Crisostomo, Roma-Grottaferrata, 1967, pp. 104 s.

[10] Cf. Mt 26, 26 ss.; Mc 14, 22-25; Lc 22, 18 ss.; I Cor 11, 23 ss.; cf. también las Plegarias Eucarísticas de la Liturgia actual.

[11] Fil 2, 8.

[12] Jn 13, 1.

[13] Cf. Juan Pablo II, Homilía en el Phoenix Park de Dublín, n. 7: AAS 71 (1979), pp. 1074 ss.; S. Congr. de Ritos, Instr. Eucharisticum Mysterium: AAS 59 (1967), pp. 539-573; Rituale Romanum. «De sacra communione et de cultu Mysterii eucaristici extra Missam», ed. typica, 1973. Es de señalar que el valor del culto y la fuerza de santificación de estas formas de devoción a la Eucaristía no dependen de las formas mismas, sino, más bien, de las actitudes interiores.

[14] Cf. Bula Transiturus de hoc mundo (11 de agosto de 1264): Aemilii Friedberg, Corpus Iuris Canonici, Pars II. Decretalium collectiones, Leipzig 1881, pp. 1174-1177; Studi eucaristici, VII centenario della Bolla «Transiturus» 1264-1964, Orvieto 1966, pp. 302-317.

[15] Cf. Pablo VI, Carta Encícl. Mysterium Fidei: AAS 57 (1965), pp. 753-774; S. Congr. de Ritos, Instr. Eucharisticum Mysterium: AAS 59 (1967), pp. 539-573; Rituale Romanum. «De sacra communione et de cultu Mysterii eucharistici extra Missam», ed. typica, 1973.

[16] Juan Pablo II, Carta Encícl. Redemptor Hominis, n. 20: AAS 71 (1979), p. 311; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 11: AAS 57 (1965), pp. 15 ss.; además, la nota 57 en el número 20 del Esquema II de la misma Constitución dogmática en Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Oecumenici Vaticani II, vol. II, periodus 2a, pars I, sessio publica II, pp. 251 s.; Pablo VI, Discurso en la Audiencia General del dia 15 de septiembre de 1965: Insegnamenti di Paolo VI, III (1965), p. 1036; H. de Lubac, Méditation sur l'Eglise. 2 ed., Paris 1953, p. 129-137.

[17] 1 Cor 11, 26.

[18] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 11: AAS 57 (1965), pp. 15s.; Const. sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 10: AAS 56 (1964), p. 102; Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, n. 5: AAS 58 (1966), pp. 997s.; Decr. sobre el oficio pastoral de los Obispos en la Iglesia Christus Dominus, n. 30: AAS 58 (1966), pp. 688 s.; Decr. sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, n. 9: AAS 58 (1966), pp. 957 s.

[19] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 26: AAS 57 (1956), pp. 21 s.; Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, n. 15: AAS 57 (1965), pp. 101 s.

[20] Esto es lo que pide la colecta del Jueves Santo: «concédenos alcanzar por la participación en este sacramento la plenitud del amor v de la vida», cf. Misal Romano; así como las epíclesis de comunión del Misal Romano: «Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo. Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra y... llévala a su perfección por la caridad»: Plegaria Eucarística II, ibid, cf. Plegaria Eucarística III, ibid.

[21] Jn 5, 17.

[22] Cf. Misal Romano: Oración después de la comunión del Domingo XXII Ordinario: «Te rogamos, Señor, que este sacramento con que nos has alimentado, nos haga crecer en tu amor y nos impulse a servirte en nuestros prójimos».

[23] Jn 4, 23.

[24] 1 Cor 10, 17; comentado por S. Agustín In Evangelium Ioannis tract. 31, 13: PL 35, 1613; por el Concilio de Trento, sesión XIII, c. 8: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, ed. 3ª, Bologna 1973, p. 697, 7; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 7: AAS 57 (1965), p. 9.

[25] Jn 13, 35.

[26] Así lo expresan varias oraciones del Misal Romano: la oración sobre las ofrendas de la Misa «por los que hicieron obras de misericordia»: «haz que ... aumente en nosotros, a ejemplo de tus santos, nuestra generosidad contigo y con el prójimo»; oración después de la comunión de la Misa «por los educadores»: «para que... podamos comunicar a los demás la luz de la verdad y el fuego de tu amor»; cf. también Oración para después de la comunión de la Misa del Domingo XXII Ordinario, citado en la nota 22.

[27] Jn 4, 23

[28] Ef 4, 13

[29] Cf. supra, § 2.

[30] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, nn. 9 y 13: AAS 58 (1966), pp. 958; 967 s.; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, n. 5: AAS 58 (1966), p. 997.

[31] 1 Jn 3,1.

[32] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 11: AAS 57 (1965), p. 15.

[33] Cf. n. 20: AAS 71 (1979), pp. 313 ss.

[34] 2 Pe 3, 13.

[35] Col 3, 10.

[36] Lc 1, 34; Jn 6, 69; He 3, 14; Apoc 3, 7.

[37] He 10, 38; Lc 4,18.

[38] Jn 10, 36.

[39] Cf. Jn 10, 17.

[40] Heb 3, 1; 4, 15, etc.

[41] Como decía la liturgia bizantina del siglo IX, según el códice más antiguo, antes denominado Barberino di San Marco (Florencia) y actualmente en la Biblioteca Apostólica Vaticana denominado Barberini greco 336, f° 8 vuelto, líneas 17-20, publicado, por lo que se refiere a esta parte, por F. E. Brightman, Liturgies Eastern and Western, I, Eastern Liturgies, Oxford 1896, p 318, 34-35.

[42] Cf. Misal Romano: Colecta de la Misa votiva de la Sagrada Eucaristía, B.

[43] 1 Jn 2, 2; cf. ibid. 4, 10.

[44] Hablamos del «divinum Mysterium», del «Sanctissimum» o del «Sacrosanctum», es decir, del «Sacro» y del «Santo» por excelencia. A su vez las Iglesias Orientales llaman a la Misa «raza», esto es «mystérion », «hagiasmós», «quddasa», «qedassé», es decir, «consagración» por excelencia. Hay además ritos litúrgicos que, para inspirar el sentido de lo sagrado, exigen bien sea el silencio, el estar de pie o de rodillas, bien sea las profesiones de fe, la incensación del evangelio, del altar, del celebrante y de las sagradas Especies. Es más, tales ritos reclaman la ayuda de los seres angélicos, creados para el servicio del Dios Santo: con el «Sanctus» de nuestras Iglesias latinas, con el «Trisagion» y el «Sancta Sanctis» de las Liturgias de Oriente.

[45] Por ejemplo, en la invitación a comulgar, esta fe ha sido formada para descubrir aspectos complementarios de la presencia de Cristo Santo: el aspecto epifánico revelado por los Bizantinos («Bendito el que viene en nombre del Señor: el Señor es Dios y se ha aparecido a nosotros»: La divina Liturgia del santo nostro Padre Giovanni Crisostomo, Grottaferrata 1967, pp. 136 ss.); el aspecto relacional y unitivo, cantado por los Armenios (Liturgia de S. Ignacio de Antioquía: «Un solo Padre santo con nosotros, un solo Hijo santo con nosotros, un solo Espíritu santo con nosotros »: Die Anaphora des heiligen Ignatius von Antiochien, ubersetzt von A. RUCKER, Oriens Christianus, ser. 3ª, 5 [1930], p. 76); el aspecto recóndito y celeste, celebrado por los Caldeos y Malabares (cf. Himno antifonario, cantado entre sacerdote y asamblea después de la comunión: F. E. Brightman, o. c., p. 299).

[46] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, nn. 2, 47: AAS 56 (1964), pp. 83 ss.; 113; Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, nn. 3, 28: AAS 57 (1965), pp. ó, 33 ss.; Decreto sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, n. 2: AAS 57 (l965), p. 91; Dec. sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, n. 13: AAS 58 (1966), pp. 1011 ss.; Conc. Ecum. Tridentino, sesión XXII, cap. I y II: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna 1973, pp. 732 ss.; especialmente: «una eademque est hostia, idem nunc offerens sacerdotum ministerio, qui se ipsum tunc in cruce obtulit, sola offerendi ratione diversa» (ibid. p. 733).

[47] Synodus Constantinopolitana Adversus Sotericum (enero 1156 y mayo 1157): Angelo Mai, Spicilegium romanum, t. X, Romae 1844, p. 77; PG 140, 190; cf. Martin Jugie, Dict. Théol. Cath., t. X, 1338; Theologia dogmatica christianorum orientalium, París 1930, pp. 317-320.

[48] Instrucción General para el uso del Misal Romano, n. 49: cf. Misal Romano; cf. CONC ECUM. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, n. 5: AAS 58 (1966), pp. 99 ss.

[49] Cf. Ordo Missae cum populo, n. 18: cf. Misal Romano.

[50] Conc. Ecum. Tridentino, Sessio XXII, c. I, Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna 1973, pp. 732 ss.

[51] Col 2, 14.

[52] Jn 11, 28.

[53] Así lo desea la «Instrucción General para el uso del Misal Romano», n. 55 s.: cf. Misal Romano.

[54] Cf. Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, nn. 35, 1: 51: AAS 56 (1964), pp. 109, 114.

[55] Cf. S. Congr. de Ritos, Instr. In edicendis normis, VI, 17. 18; VII, 19-20: AAS 57 (1965), pp. 1012 ss.; Instr. Musicam Sacram, IV, 48: AAS 59 (1967), P. 314; Decr. De titulo Basilicae Minoris, II, 8: AAS 60 (1968), P. 538; S. Congr. para el Culto Divino, Notif. De Missali Romano, Liturgia Horarum et Calendario I, 4: AAS 63 (1971), p. 714.

[56] Cf. Pablo VI, Const. Apost. Missale Romanum: «Vivamente confiamos que la nueva ordenación del Misal permitirá a todos, sacerdotes y fieles, preparar sus corazones a la celebración de la Cena del Señor con renovado espíritu religioso y, al mismo tiempo, sostenidos por una meditación más profunda de las Sagradas Escrituras, alimentarse cada día más y con mayor abundancia de la Palabra del Señor». Cf. Misal Romano.

[57] Cf. Pontificale Romanum. «De Institutione Lectorum et Acolythorum», n. 4, ed. typica 1972, pp. 19 ss.

[58] Cf. Instrucción General para el uso del Misal Romano, nn. 319-320: cf. Misal Romano.

[59] Cf. Fr. J. Dölger, Das Segnen der Sinne mit der Eucharistie. Eine altchristliche Kommunionsitte: Antike und Christentum, t. 3 (1932), pp. 231-244; Das Kultvergehen der Donatistin Lucilla von Karthago. Reliquienkuss vor dem Kuss der Eucharistie, ibid., pp. 245-252.

[60] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, nn. 12. 35: AAS 57 (1965), pp. 16; 40.

[61] Cf. Jn 1, 29; Ap 19, 9.

[62] Cf. Lc 14, 16 ss.

[63] Cf. Instrucción General para el uso del Misal Romano, nn. 7-8; cf. Misal Romano.

[64] 1 Cor 11, 28.

[65] Pontificale Romanum. «De Ordinatione Diaconi, Presbyteri et Episcopi». edit. typica 1968, p. 93.

[66] Heb 5, 1.

[67] S. Congr. de Ritos, Instructio «Eucharisticum Mysterium» de cultu Mysterii eucharistici: AAS 59 (1967), pp. 539-573; Rituale Romanum, «De sacra communione et de cultu Mysterii eucharistici extra Missam», edit. typica 1973; S. Congr. para el Culto Divino, Litterae circulares ad Conferentiarum Episcopalium Praesides de precibus eucharisticis: AAS 65 (1973), pp. 340-347.

[68] Nn. 38-63: AAS 59 (1967), pp. 586-592.

[69] AAS 64 (1972), PP. 518-525. Cf. también la «Communicatio» publicada el año siguiente para la correcta aplicación de dicha Instrucción: AAS 65 (1973), pp. 616-619.

[70] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 12: AAS 57 (1965), pp. 16 s.

[71] Mt 13, 52.

[72] Cf. S. Agustín, In Ioann. Ev. tract. 26, 13: PL 35, 1612 ss.

[73] Ef 4, 30