jueves, 7 de septiembre de 2000

VERBI SPONSA (13 DE MAYO DE 1999)


CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA

Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTOLICA

VERBI SPONSA

Instrucción sobre la clausura de las Monjas


INTRODUCCIÓN

1. La Iglesia, Esposa del Verbo, lleva a cabo el misterio de su unión exclusiva con Dios, de modo ejemplar, en los que se entregan a la vida íntegramente contemplativa. Por este motivo la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata presenta la vocación y misión de las monjas de clausura como «signo de la unión exclusiva de la Iglesia-Esposa con su Señor, profundamente amado» (1), poniendo de relieve la gracia singular y el don precioso en el misterio de santidad de la Iglesia.

Las monjas de clausura, en la escucha unánime y en la acogida amorosa de la palabra del Padre: «Éste es mi Hijo predilecto, en el cual me complazco» (cf. Mt 3, 17), permanecen siempre «con Él en el monte santo» (2 Pe 1, 17-18) y, fijando la mirada en Jesucristo, envueltas por la nube de la presencia divina, se adhieren plenamente al Señor (2).

Se reconocen de modo especial en María (3), virgen, esposa y madre, figura de la Iglesia (4) y, participando de la bienaventuranza de quien cree (cf. Lc 1, 45; 11, 28), perpetúan el «sí» y el amor de adoración a la Palabra de vida, convirtiéndose, junto con Ella, en memoria del corazón esponsal (cf. Lc 2, 19.51) de la Iglesia (5).

La estima con la que la comunidad cristiana rodea desde siempre a las monjas ha crecido paralelamente al descubrimiento de la naturaleza contemplativa de la Iglesia y de la llamada de cada uno al misterioso encuentro con Dios en la oración. Las monjas, en efecto, viviendo continuamente «escondidas con Cristo en Dios» (cf. Col 3, 3), llevan a cabo en grado sumo la vocación contemplativa de todo el pueblo cristiano (6) convirtiéndose así en fúlgido testimonio del Reino de Dios (cf. Rm 14, 17) «gloria de la Iglesia y manantial de gracias celestes» (7).

2. A partir del Concilio Ecuménico Vaticano II, varios documentos del Magisterio han profundizado el significado y el valor de este género de vida, promoviendo la dimensión contemplativa de las comunidades de clausura y su papel específico en la vida de la Iglesia (8), especialmente el Decreto conciliar Perfectae caritatis (n. 7 y n. 16) y la Instrucción Venite seorsum, que ha presentado de modo admirable los fundamentos evangélicos, teológicos, espirituales y ascéticos de la separación del mundo con vistas a una dedicación total y exclusiva a Dios en la contemplación.

El Santo Padre Juan Pablo II ha animado frecuentemente a las monjas a permanecer fieles a la vida de clausura según el propio carisma y, en la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, ha dispuesto que se dieran ulteriormente normas específicas relativas a la disciplina concreta de la clausura, en línea con el camino de renovación ya llevado a cabo, para que responda mejor a la variedad de los Institutos contemplativos y a las tradiciones de los monasterios, de modo que las contemplativas claustrales, regeneradas por el Espíritu Santo y fieles a la propia índole y misión, caminen hacia el futuro con auténtico impulso y nuevo vigor (9).

La presente Instrucción, a la vez que reafirma los fundamentos doctrinales de la clausura propuestos por la Instrucción Venite seorsum (I-IV) y por la Exhortación Vita consecrata (n. 59), establece las normas que deben regular la clausura papal de las monjas, dedicadas a la vida íntegramente contemplativa.


PARTE I

SIGNIFICADO Y VALOR

DE LA CLAUSURA DE LAS MONJAS


En el misterio del Hijo que vive la comunión de amor con el Padre

3. Las contemplativas claustrales, de modo específico y radical, se conforman a Jesucristo en oración sobre la montaña y a su misterio pascual, que es una muerte para la resurrección (10).

La antigua tradición espiritual de la Iglesia, seguida por el Concilio Vaticano II, une expresamente la vida contemplativa a la oración de Jesús «en la montaña» (11), o en cualquier caso, en un sitio solitario, no accesible a todos, sino sólo a aquellos a los que Él llama consigo, en un lugar apartado (cf. Mt 7, 1-9; Lc 6, 12-13; Mc 6, 30-31; 2 Pe 1, 16-18).

El Hijo está siempre unido al Padre (cf. Jn 10, 30; 17, 11), pero en su vida hay un espacio, constituido por momentos particulares de soledad y oración, de encuentro y comunión, en el júbilo de la filiación divina. Así manifiesta Él la amorosa tensión y el perenne movimiento de su Persona de Hijo hacia Aquel que lo engendra desde la eternidad.

Este asociar la vida contemplativa a la oración de Jesús en un lugar solitario denota un modo especial de participar en la relación de Cristo con el Padre. El Espíritu Santo, que condujo a Jesús al desierto (cf. Lc 4, 1), invita a la monja a compartir la soledad de Jesucristo, que por medio del «Espíritu eterno» (Hb 9, 14) se ofreció al Padre. La celda solitaria y el claustro cerrado son el lugar donde la monja, esposa del Verbo Encarnado, vive plenamente recogida con Cristo en Dios. El misterio de esta comunión se le manifiesta en la medida en que, dócil al Espíritu Santo y vivificada por sus dones, escucha al Hijo (cf. Mt 17, 5), fija la mirada en su rostro (cf. 2 Co 3, 18), y se deja conformar con su vida, hasta la suprema oblación al Padre (cf. Flp 2, 5ss) como expresa alabanza de gloria.

La clausura, incluso en su aspecto concreto, es, por eso mismo, un modo particular de estar con el Señor, de compartir «el anonadamiento de Cristo mediante una pobreza radical que se manifiesta en la renuncia no sólo de las cosas, sino también del «espacio», de los contactos externos, de tantos bienes de la creación» (12), uniéndose al silencio fecundo del Verbo en la cruz. Se comprende entonces que «el retirarse del mundo para dedicarse en la soledad a una vida más intensa de oración no es otra cosa que una manera particular de vivir y expresar el misterio pascual de Cristo» (13), un verdadero encuentro con el Señor Resucitado, en un camino de continua ascensión hacia la morada del Padre.

En la espera vigilante de la venida del Señor, la clausura se convierte así en una respuesta al amor absoluto de Dios por su criatura y el cumplimiento de su eterno deseo de acogerla en el misterio de intimidad con el Verbo, que se ha hecho don esponsal en la Eucaristía (14) y permanece en el sagrario como centro de la plena comunión de amor con Él, recogiendo toda la vida de la monja para ofrecerla continuamente al Padre (cf. Hb 7, 25). Al don de Cristo-Esposo, que en la Cruz ofreció todo su cuerpo, la monja responde de igual modo con el don del «cuerpo», ofreciéndose con Jesucristo al Padre y colaborando en la obra de la Redención. De esta forma, la separación del mundo da a toda la vida de clausura un valor eucarístico, «además del aspecto de sacrificio y de expiación, adquiere la dimensión de la acción de gracias al Padre, participando de la acción de gracias del Hijo predilecto». (15)

En el misterio de la Iglesia que vive su unión exclusiva con Cristo Esposo

4. La historia de Dios con la humanidad es una historia de amor esponsal, preparado en el Antiguo Testamento y celebrado en la plenitud de los tiempos.

La Divina Revelación describe con la imagen nupcial la relación íntima e indisoluble entre Dios y su pueblo (Os 1-2; Is 54, 4-8; Jr 2, 2; Ez 16; 2 Co 11, 2; Rm 11, 29).

El Hijo de Dios se presenta como el Esposo-Mesías (cf. Mt 9, 15; 25, 1), venido para llevar a cabo las bodas de Dios con la humanidad (16), en un admirable intercambio de amor, que comienza en la Encarnación, alcanza la cumbre oblativa en la Pasión y se perpetua como don en la Eucaristía.

El Señor Jesús, derramando en el corazón de los hombres su amor y el del Padre, los hace capaces de responder totalmente, mediante el don del Espíritu Santo, que siempre implora con la Esposa: «Ven» (Ap 22, 17). Esta perfección de gracia y santidad se realiza en la «Esposa del Cordero... que baja del cielo, de Dios, resplandeciente de la gloria de Dios» (Ap 21, 9-10).

La dimensión esponsal es característica de toda la Iglesia, pero la vida consagrada es imagen viva de la misma, manifestando más profundamente la tensión hacia el único Esposo (17).

De modo aún más significativo y radical, el misterio de la unión exclusiva de la Iglesia-Esposa con el Señor se expresa en la vocación de las monjas de clausura, precisamente porque su vida está totalmente dedicada a Dios, sumamente amado, en la constante tensión hacia la Jerusalén celeste y en la anticipación de la Iglesia escatológica; fija en la posesión y en la contemplación de Dios (18), es una llamada para todo el pueblo cristiano a la fundamental vocación de cada uno al encuentro con Dios (19), representación de la meta hacia la cual camina toda la comunidad eclesial (20), que vivirá siempre como Esposa del Cordero.

Por medio de la clausura, las monjas llevan a cabo el éxodo del mundo para encontrar a Dios en la soledad del «desierto claustral», que comprende también la soledad interior, las pruebas del espíritu y la dificultad cotidiana de la vida común (cf. Ef 4, 15-16), compartiendo de modo esponsal la soledad de Jesús en el Getsemaní y su sufrimiento redentor en la cruz (cf. Ga 6, 14).

Además, las monjas, por su misma naturaleza femenina, manifiestan más eficazmente el misterio de la Iglesia «Esposa Inmaculada del Cordero Inmaculado», reconociéndose a sí mismas de manera singular en la dimensión esponsal de la vocación íntegramente contemplativa (21).

La vida monástica femenina tiene, pues, una capacidad especial para realizar el carácter esponsal de la relación con Cristo y para ser signo vivo de ella: ¿No es acaso en una mujer, la Virgen María, donde se cumple el misterio de la Iglesia? (22)

A la luz de esto, las monjas reviven y continúan en la Iglesia la obra de María. Acogiendo al Verbo en la fe y en el silencio de adoración, se ponen al servicio del misterio de la Encarnación y, unidas a Jesucristo en su ofrenda al Padre, se convierten en colaboradoras del misterio de la Redención. Así como María, con su presencia orante en el Cenáculo, custodió en su corazón los orígenes de la Iglesia, así al corazón amante y a las manos juntas de las monjas se confía el camino de la Iglesia.

La clausura en su dimensión ascética

5. La clausura, medio ascético de inmenso valor (23) es muy adecuada para la vida enteramente dedicada a la contemplación. Es un signo de la santa protección de Dios hacia su criatura y es, por otra parte, una forma especial de pertenecer sólo a Él, porque la totalidad caracteriza la absoluta entrega a Dios. Se trata de una modalidad típica y adecuada de vivir la relación esponsal con Dios en la unicidad del amor y sin interferencias indebidas de personas o de cosas, de modo que la criatura, dirigida y absorta en Dios, pueda vivir únicamente para alabanza de su gloria (cf. Ef 1, 6.10-12.14).

La monja de clausura cumple en grado sumo el primer mandamiento del Señor: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente» (Lc 10, 27), haciendo de ello el sentido pleno de su vida y amando en Dios a todos los hermanos y hermanas. Ella tiende a la perfección de la caridad, acogiendo a Dios como el «único necesario» (cf. Lc 10, 42), amándolo exclusivamente como el Todo de todas las cosas, llevando a cabo con amor incondicional hacia Él, en el espíritu de renuncia propuesto por el Evangelio (24) (cf. Mt 13, 45; Lc 9, 23), el sacrificio de todo bien, es decir, «haciendo sagrado» a Dios solo todo bien, (25) para que sólo Él habite en el silencio absoluto del claustro, llenándolo con su Palabra y su Presencia, y la Esposa pueda verdaderamente dedicarse al Único, «en continua oración e intensa penitencia» (26) en el misterio de un amor total y exclusivo.

Por eso, la tradición espiritual más antigua ha asociado espontáneamente al retiro completo del mundo (27) y de cualquier actividad apostólica este tipo de vida que se hace irradiación silenciosa de amor y de gracia sobreabundante en el corazón palpitante de la Iglesia-Esposa. El monasterio, situado en un lugar apartado o en el centro de la ciudad, con su particular estructura arquitectónica, tiene precisamente por objeto crear un espacio de separación, de soledad y de silencio, donde poder buscar más libremente a Dios y donde vivir no sólo para Él y con Él, sino también sólo de Él.

Es pues necesario que la persona, libre de todo apego, inquietud o distracción, interior y exterior, unifique sus facultades dirigiéndolas a Dios para acoger su presencia en la alegría de la adoración y la alabanza.

La contemplación llega a ser la bienaventuranza de los puros de corazón (Mt 5, 8). El corazón puro es el espejo límpido de la interioridad de la persona, purificada y unificada en el amor, en cuyo interior se refleja la imagen de Dios que allí mora (28), es como un cristal terso, que iluminado por la luz de Dios emana su mismo esplendor (29).

A la luz de la contemplación como comunión de amor con Dios, la pureza del corazón tiene su máxima expresión en la virginidad del espíritu, porque exige la integridad de un corazón no sólo purificado del pecado, sino unificado en la tensión hacia Dios y que, por consiguiente, ama totalmente y sin división, a imagen del amor purísimo de la Santísima Trinidad, que ha sido llamada por los Padres «la primera Virgen» (30).

El desierto claustral es una gran ayuda para conseguir la pureza de corazón entendida en este sentido, porque limita a lo esencial las ocasiones de contacto con el mundo exterior, para que éste no irrumpa con sus variadas modalidades en el monasterio, turbando su clima de paz y de santa unidad con el único Señor y con las hermanas. De este modo la clausura elimina en gran medida la dispersión, proveniente de tantos contactos innecesarios, de una multitud de imágenes, que con frecuencia dan origen a ideas profanas y deseos vanos, y de informaciones y emociones que distraen de lo único necesario y disipan la unidad interior. «En el monasterio, todo se orienta a la búsqueda del rostro de Dios; todo tiende a lo esencial, porque es importante sólo lo que acerca a Él. El recogimiento monástico significa atención a la presencia de Dios: si uno se distrae en muchas cosas, se afloja el paso y se pierde de vista la meta» (31).

La monja, apartada de las cosas externas en la intimidad de su ser, purificando el corazón y la mente mediante un serio camino de oración, de renuncia, de vida fraterna, de escucha de la Palabra de Dios y de ejercicio de las virtudes teologales, está llamada a conversar con el Esposo divino, meditando su Ley día y noche para recibir el don de la Sabiduría del Verbo y, bajo el impulso del Espíritu Santo, hacerse con Él una sola cosa (32).

Este anhelo de plena realización en Dios, en una ininterrumpida nostalgia del corazón que con deseo incesante se dirige a la contemplación del Esposo, alimenta el compromiso ascético de la monja. Embargada completamente de su belleza, encuentra en la clausura su morada de gracia y la bienaventuranza anticipada de la visión del Señor. Acrisolada por la llama purificadora de la presencia divina, se prepara a la bienaventuranza plena entonando en su corazón el canto nuevo de los salvados, sobre el Monte del sacrificio y del ofrecimiento, del templo y de la contemplación de Dios.

Por consiguiente, también la disciplina de la clausura, en su aspecto práctico, debe ser tal que permita la realización de este sublime ideal contemplativo, que implica la totalidad de la entrega, la integridad de la atención, la unidad de los sentimientos y la coherencia de los comportamientos.

Participación de las monjas de vida íntegramente contemplativa en la comunión y misión de la Iglesia

En la comunión de la Iglesia

6. Las monjas de clausura, por su llamada específica a la unión con Dios en la contemplación, se insertan plenamente en la comunión eclesial, haciéndose signo singular de la unión íntima con Dios de toda la comunidad cristiana. Mediante la oración, particularmente con la celebración de la liturgia y su ofrecimiento cotidiano, interceden por todo el pueblo de Dios y se unen a la acción de gracias de Jesucristo al Padre (cf. 2 Co 1, 20; Ef 5, 19-20).

La misma vida contemplativa es, pues, su modo característico de ser Iglesia, de realizar en ella la comunión, de cumplir una misión en beneficio de toda la Iglesia (33). A las contemplativas de clausura no se les pide por tanto que hagan comunión participando en nuevas formas de presencia activa, sino más bien que permanezcan en la fuente de la comunión trinitaria, viviendo en el corazón de la Iglesia (34).

La comunidad de clausura es además una óptima escuela de vida fraterna, expresión de auténtica comunión y fuerza que lleva a la comunión (35).

Gracias al amor recíproco, la vida fraterna es el espacio teologal en el que se experimenta la presencia mística del Señor resucitado (36): en espíritu de comunión, las monjas comparten la gracia de la misma vocación con los miembros de su propia comunidad, ayudándose recíprocamente para caminar unidas y avanzar juntas, concordes y unánimes, hacia el Señor.

Las monjas comparten con los monasterios de la misma Orden el empeño de crecer en la fidelidad al carisma específico y al propio patrimonio espiritual, colaborando para ello, si es necesario, en los modos previstos por las Constituciones.

En virtud de su misma vocación, que las sitúa en el corazón de la Iglesia, las monjas se comprometerán de modo particular a «sentir con la Iglesia», con la adhesión sincera al Magisterio y la obediencia incondicional al Papa.

En la misión de la Iglesia

7. «La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera» (37), por ello, la misión es esencial también para los Institutos de vida contemplativa (38). Las monjas de clausura la viven permaneciendo en el corazón misionero de la Iglesia mediante la oración continua, la oblación de sí mismas y el ofrecimiento del sacrificio de alabanza.

De este modo, su vida se convierte en una misteriosa fuente de fecundidad apostólica (39) y de bendición para la comunidad cristiana y para el mundo entero.

La caridad, infundida en los corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5), convierte a las monjas de clausura en cooperadoras de la verdad (cf. Jn 3, 8), partícipes de la obra de la Redención de Cristo (cf. Col 1, 24) y, uniéndolas vitalmente a los demás miembros del Cuerpo Místico, hace fecunda su vida, ordenada enteramente a la consecución de la caridad, en beneficio de todos (40). San Juan de la Cruz escribe que, «es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas cosas» (41). En el asombro de su espléndida intuición, S. Teresa del Niño Jesús afirma: «... entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia... Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia... en el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor» (42).

La convicción de la santa de Lisieux es la misma de la Iglesia, expresada repetidamente por el Magisterio: «La Iglesia está firmemente convencida, y lo proclama con fuerza y sin vacilar, de que hay una relación íntima entre oración y difusión del Reino de Dios, entre oración y conversión de los corazones, entre oración y aceptación fructuosa del mensaje salvador y sublime del Evangelio» (43).

La aportación concreta de las monjas a la evangelización, al ecumenismo, a la extensión del Reino de Dios en las diversas culturas, es eminentemente espiritual, como alma y fermento de las iniciativas apostólicas, dejando la participación activa en las mismas a quienes corresponde por vocación (44).

Además, quien llega a ser absoluta propiedad de Dios se convierte en don de Dios para todos, por esto su vida «es verdaderamente un don que se coloca en el centro del misterio de la comunión eclesial, acompañando la misión apostólica de cuantos trabajan para anunciar el Evangelio» (45).

Como reflejo e irradiación de su vida contemplativa, las monjas ofrecen a la Comunidad cristiana y al mundo de hoy, necesitado más que nunca de auténticos valores espirituales, un anuncio silencioso y un testimonio humilde del misterio de Dios, manteniendo viva de este modo la profecía en el corazón esponsal de la Iglesia (46).

Su existencia, totalmente entregada al servicio de la alabanza divina en la gratuidad plena (cf. Jn 12, 1-8), proclama y difunde por sí misma la primacía de Dios y la trascendencia de la persona humana, creada a su imagen y semejanza. Es, pues, una invitación para todos a «aquella celda del corazón en la que cada uno está llamado a vivir la unión con el Señor» (47).

Viviendo en la presencia y de la presencia del Señor, las monjas significan una especial anticipación de la Iglesia escatológica, pues, fijas en la posesión y en la contemplación de Dios, «prefiguran visiblemente la meta hacia la cual se dirige la entera comunidad eclesial que, entregada a la acción y dada a la contemplación, se encamina por las sendas del tiempo con la mirada fija en la futura recapitulación de todo en Cristo» (48).

El monasterio en la Iglesia local

8. El monasterio es el lugar que Dios custodia (cf. Za 2, 9); es la morada de su presencia singular, a imagen de la tienda de la Alianza, en la que se realiza el encuentro cotidiano con Él, donde el Dios tres veces Santo ocupa todo el espacio y es reconocido y honrado como el único Señor.

Un monasterio contemplativo es un don también para la Iglesia local, a la que pertenece. Representando su rostro orante, hace más plena y más significativa su presencia de Iglesia. (49) Se puede parangonar una comunidad monástica con Moisés, que en la oración determina la suerte de las batallas de Israel (cf. Ex 17, 11), y con el centinela que vigila en la noche esperando el amanecer (cf. Is 21, 6).

El monasterio representa la intimidad misma de una Iglesia, el corazón, donde el Espíritu siempre gime y suplica por las necesidades de toda la comunidad y donde se eleva sin descanso la acción de gracias por la Vida que cada día Él nos regala (cf. Col 3, 17).

Es importante que los fieles aprendan a reconocer el carisma y el papel específico de los contemplativos, su presencia discreta pero vital, su testimonio silencioso que constituye una llamada a la oración y a la verdad de la existencia de Dios.

Los Obispos, como pastores y guías de todo el rebaño de Dios (50), son los primeros custodios del carisma contemplativo. Por tanto, deben alimentar la Comunidad contemplativa con el pan de la Palabra y de la Eucaristía, proporcionando también, si es necesario, una asistencia espiritual adecuada por medio de sacerdotes preparados para ello. Al mismo tiempo, han de compartir con la Comunidad misma la responsabilidad de vigilar para que, en la sociedad actual inclinada a la dispersión, a la falta de silencio y a los valores aparentes, la vida de los monasterios, sostenida por el Espíritu Santo, permanezca auténtica y enteramente orientada a la contemplación de Dios.

Solamente en la perspectiva de la verdadera y fundamental misión apostólica que les es propia, que consiste en el «ocuparse sólo de Dios», los monasterios pueden acoger, en la medida y según las modalidades que convengan a su espíritu y a las tradiciones de la propia familia religiosa, a cuantos desean beber de su experiencia espiritual o participar en la oración de la Comunidad. Se ha de mantener, sin embargo, la separación material de modo que sea una llamada al significado de la vida contemplativa y una custodia de sus exigencias, en conformidad con las Normas sobre la clausura del presente Documento (51).

Con ánimo libre y acogedor, «en las entrañas de Cristo» (52) las monjas llevan en el corazón los sufrimientos y las ansias de cuantos recurren a su ayuda y de todos los hombres y mujeres. Profundamente solidarias con las vicisitudes de la Iglesia y del hombre de hoy, colaboran espiritualmente en la edificación del Reino de Cristo para que «Dios sea todo en todo» (1 Co 15, 28).


PARTE II

LA CLAUSURA DE LAS MONJAS

9. Los monasterios dedicados a la vida contemplativa han reconocido en la clausura, desde el comienzo y de manera particularísima, una ayuda bien probada para realizar su vocación (53). Las especiales exigencias de la separación del mundo han sido, pues, acogidas por la Iglesia y ordenadas canónicamente para el bien de la vida contemplativa misma. Por lo tanto, la disciplina de la clausura es un don, puesto que tutela el carisma fundacional de los monasterios.

Cada Instituto contemplativo debe mantener fielmente su forma de separación del mundo. Esta fidelidad es fundamental para la existencia de un Instituto, el cual, en realidad, sólo subsiste mientras mantiene la adhesión a los pilares del carisma original (54). Por eso, la renovación vital de los monasterios está esencialmente vinculada con la autenticidad de la búsqueda de Dios en la contemplación y de los medios para conseguirla, y se debe considerar genuina cuando recupera su primitivo esplendor.

El cometido, la responsabilidad y el gozo de las monjas consiste en comprender, custodiar y defender con firmeza e inteligencia su especial vocación, salvaguardando la identidad del carisma específico frente a cualquier presión interna o externa.

La clausura papal

10. «Los monasterios de monjas de vida íntegramente contemplativa deben observar la clausura papal, es decir, según las normas dadas por la Sede Apostólica» (55).

Puesto que una entrega a Dios, estable y vinculante, expresa más adecuadamente la unión de Cristo con la Iglesia, su Esposa, la clausura papal, con su forma de separación particularmente rigurosa, manifiesta y realiza mejor la completa dedicación de las monjas a Jesucristo. Es el signo, la protección y la forma (56) de la vida íntegramente contemplativa, vivida en la totalidad del don, que comprende la integridad no sólo intencional, sino real, de manera que Jesús sea verdaderamente el Señor, la única nostalgia y la única bienaventuranza de la monja, exultante en la espera y radiante en la contemplación anticipada de su rostro.

Para las monjas, la clausura papal significa un reconocimiento específico de vida íntegramente contemplativa femenina, que desarrollando dentro del monacato la espiritualidad de las nupcias con Cristo, se hace signo y realización de la unión exclusiva de la Iglesia Esposa con su Señor (57).

Una separación real del mundo, el silencio y la soledad, expresan y salvaguardan la integridad e identidad de la vida únicamente contemplativa, para que sea fiel a su carisma específico y a las sanas tradiciones del Instituto.

El Magisterio de la Iglesia ha reiterado varias veces la necesidad de mantener fielmente este género de vida, que es para la Iglesia una fuente de gracia y de santidad (58).

11. La vida íntegramente contemplativa, para ser considerada como clausura papal, debe estar ordenada única y totalmente a conseguir la unión con Dios en la contemplación.

Un Instituto es considerado de vida íntegramente contemplativa si:

a) sus miembros orientan toda su actividad interior y exterior a la constante e intensa búsqueda de la unión con Dios;

b) excluye compromisos externos y directos de apostolado, aunque sea de manera limitada, y la participación física en acontecimientos y ministerios de la comunidad eclesial (59), que, consiguientemente, no ha ser solicitada, puesto que representaría un antitestimonio de la verdadera participación de las monjas en la vida de la Iglesia y de su auténtica misión;

c) pone en práctica la separación del mundo de manera concreta y eficaz (60), no simplemente simbólica. Cualquier adaptación de las formas de separación del exterior debe hacerse de modo que «se mantenga la separación material» (61) y debe ser sometida a la aprobación de la Santa Sede.

Clausura según las Constituciones

12. Los monasterios de monjas que profesan la vida contemplativa, pero asocian a la función primordial del culto divino alguna obra apostólica o caritativa, no siguen la clausura papal.

Estos monasterios mantienen con todo cuidado su fisonomía principal o predominantemente contemplativa, empeñándose sobre todo en la oración, la ascesis y el ardiente progreso espiritual, así como en la esmerada celebración de la liturgia, la observancia regular y la disciplina de la separación del mundo. En sus Constituciones establecen una clausura adecuada a su propia índole y según las sanas tradiciones (62).

La Superiora puede autorizar las entradas y salidas según las normas del derecho propio.

Los monasterios de monjas de antigua tradición monástica


13. Los monasterios de monjas de venerable tradición monástica (63), que se manifiesta en varias formas de vida contemplativa, cuando se dedican íntegramente al culto divino con una vida escondida dentro de los muros del monasterio, observan la clausura papal; si asocian a la vida contemplativa alguna actividad en favor del pueblo de Dios o practican formas más amplias de hospitalidad de acuerdo con la tradición de la Orden, definen su clausura en las Constituciones (64).

Respetando su propia identidad, cada monasterio o Congregación monástica sigue la clausura papal o la define en las Constituciones.


NORMAS SOBRE LA CLAUSURA PAPAL

DE LAS MONJAS

Principios generales

14. § 1. La clausura reservada a las monjas de vida únicamente contemplativa se llama papal porque las normas que la regulan deben ser confirmadas por la Santa Sede, aún cuando se trate de normas que han de fijarse en las Constituciones y los otros Códigos del Instituto (Estatutos, Directorio, etc.) (65).

Dada la variedad de los Institutos dedicados a una vida íntegramente contemplativa y de sus tradiciones, algunas modalidades de separación del mundo se dejan al derecho particular y han de ser aprobadas por la Sede Apostólica.

El derecho propio puede establecer también normas más severas sobre la clausura.

Extensión de la clausura

§ 2. La ley de la clausura papal se extiende al edificio y a todos los espacios, internos y externos, reservados a las monjas.

La separación del exterior del edificio monástico, del coro, de los locutorios y de todo el espacio reservado a las monjas, debe ser material y efectiva, no sólo simbólica o según la modalidad llamada «neutra»; ha de estar establecida en las Constituciones y en los reglamentos adicionales, teniendo siempre en cuenta tanto las diversas tradiciones de cada Instituto o monasterio como las circunstancias del lugar.

La participación de los fieles en las celebraciones litúrgicas no consiente la salida de las monjas de la clausura ni la entrada de los fieles en el coro de las monjas; si hubiera huéspedes, éstos no pueden ser introducidos en la clausura del monasterio.

Obligatoriedad de la clausura

§ 3. a) En virtud de la ley de la clausura, las monjas, las novicias y las postulantes han de vivir dentro de la clausura del monasterio, y no les es lícito salir de ella, salvo en los casos previstos por el derecho; ni está permitido a nadie entrar en el ámbito de la clausura del monasterio, excepto en los casos previstos.

§ 3. b) Las normas sobre la separación del mundo de las Hermanas externas ha de ser definida por el derecho propio.

§ 3. c) La ley de la clausura comporta obligación grave de conciencia, tanto para las monjas como para los extraños.

Salidas y entradas

15. La concesión de permisos para entrar o salir requiere siempre una causa justa y grave (66), es decir, dictada por una verdadera necesidad de alguna de las monjas o del monasterio. Así lo exige la tutela de las condiciones requeridas para la vida íntegramente contemplativa y, por parte de las monjas, de coherencia con su opción vocacional. De por sí, pues, cada salida o entrada ha de ser una excepción.

La costumbre de anotar en un libro las entradas y salidas puede conservarse, a discreción del Capítulo conventual, contribuyendo así también a un mejor conocimiento de la vida y la historia del monasterio.

16. § 1. Corresponde a la Superiora del monasterio la custodia directa de la clausura, garantizar las condiciones concretas de la separación y promover, dentro del monasterio, el amor por el silencio, el recogimiento y la oración.

Ella es la que juzga la oportunidad de las entradas y salidas de la clausura, valorando con prudencia y discreción su necesidad, a la luz de la vocación íntegramente contemplativa, según las normas del presente documento y de las Constituciones.

§ 2. Toda la comunidad tiene la obligación moral de tutelar, promover y observar la clausura papal, de manera que no prevalezcan motivaciones secundarias o subjetivas sobre el fin que se propone la separación.

17. § 1. La salida de la clausura, salvo indultos particulares de la Santa Sede o en caso de peligro inminente y gravísimo, es autorizada por la Superiora en los casos ordinarios que se refieren a la salud de las monjas, la asistencia a las monjas enfermas, el ejercicio de los derechos civiles y aquellas otras necesidades del monasterio que no pueden ser atendidas de otro modo.

§ 2. Por otras causas justas y graves, la Superiora, con el consentimiento de su Consejo o del Capítulo conventual, según lo dispongan las Constituciones, puede autorizar la salida por el tiempo necesario, pero no más de una semana. Si la permanencia fuera del monasterio se debiera prorrogar por más tiempo, hasta un máximo de tres meses, la Superiora pedirá permiso al Obispo diocesano (67) o al Superior regular, si existe. Si la ausencia supera los tres meses, salvo en los casos de cuidados de la propia salud, se ha de pedir autorización a la Santa Sede.

La Superiora aplicará estas normas también en la autorización de salidas para participar, cuando sea necesario, en cursos de formación religiosa organizados por los monasterios (68).

Téngase presente que la norma del c. 665, § 1 sobre la permanencia fuera del Instituto, no se refiere a las monjas de clausura.

§ 3. Para enviar novicias o profesas, cuando fuere necesario, (69) a realizar parte de la formación en otro monasterio de la Orden, así como para hacer traslados temporales o definitivos (70) a otros monasterios de la Orden, la Superiora expresará su consentimiento, haciendo intervenir el Consejo o el Capítulo conventual, según la norma de las Constituciones.

18. § 1. La entrada en clausura se permite, salvo indultos particulares de la Santa Sede:

– a los Cardenales, los cuales pueden llevar consigo algún acompañante; a los Nuncios y Delegados Apostólicos en los lugares sujetos a su jurisdicción; al Visitador durante la Visita canónica, al Obispo diocesano o al Superior Regular, por causa justa.

§ 2. Con permiso de la Superiora:

– al Sacerdote para administrar los sacramentos a las enfermas, para asistir a las que padecen graves o prolongadas dolencias y, si fuera el caso, para celebrar alguna vez para ellas la Santa Misa. Eventualmente, para las procesiones litúrgicas y los ritos de exequias;

– a quienes cuyo trabajo o competencia son necesarios para atender la salud de las monjas y proveer a las necesidades del monasterio;

– a las propias aspirantes y a las monjas de paso, si así está previsto en el derecho propio.

Reuniones de monjas

19. Se pueden organizar, previa autorización de la Santa Sede, aquellas reuniones de monjas del mismo Instituto contemplativo, en el ámbito de la misma nación o región, que estén motivadas por una verdadera necesidad de reflexión común, siempre que las monjas lo acepten libremente y no suceda con demasiada frecuencia. Ténganse dichas reuniones preferentemente en un monasterio de la Orden.

Los monasterios que están reunidos en Federaciones establecen la periodicidad y la modalidad de las propias asambleas federales en sus Estatutos, respetando el espíritu y las exigencias de la vida íntegramente contemplativa.

Los medios de comunicación social

20. La normativa sobre los medios de comunicación social, en toda la variedad de sus formas actuales, tiende a salvaguardar el recogimiento. En efecto, el silencio contemplativo puede vaciarse si la clausura se llena de ruidos, noticias y palabras.

Por lo tanto, estos medios han de usarse con sobriedad y discreción (71), no solamente en lo que se refiere a su contenido, sino también a la cantidad de las informaciones y al tipo de comunicación. Téngase presente que, para quienes están habituados al silencio interior, todo esto incide con mayor fuerza en la sensibilidad y en la emotividad, haciendo más difícil el recogimiento.

El uso de la radio y de la televisión puede permitirse en circunstancias particulares de carácter religioso.

Se puede consentir al monasterio el eventual uso de otros medios modernos de comunicación, como fax, teléfono celular, Internet, por razones de información o de trabajo, con prudente discernimiento y para utilidad común, según las disposiciones del Capítulo conventual.

Las monjas han de procurar tener la debida información sobre la Iglesia y el mundo, no con multitud de noticias, sino sabiendo escoger las que son esenciales a la luz de Dios, para llevarlas a la oración, en sintonía con el corazón de Cristo.

La vigilancia de la clausura

21. El Obispo diocesano, o el Superior regular, vigilen la observancia de la clausura en los monasterios a ellos confiados y la defiendan de acuerdo con sus competencias, ayudando a la Superiora, a la cual compete la custodia inmediata.

El Obispo diocesano o el Superior regular no intervienen ordinariamente en la concesión de las dispensas de la clausura, sino sólo en casos particulares, según las normas de la presente Instrucción.

Durante la Visita canónica, el Visitador debe verificar la observancia de las normas de la clausura y del espíritu de separación del mundo.

La Iglesia, por el inmenso aprecio que tiene por su vocación, anima a las monjas a permanecer fieles a la vida claustral, viviendo con sentido de responsabilidad el espíritu y la disciplina claustrales para promover en la comunidad una provechosa y completa orientación hacia la contemplación del Dios Uno y Trino.


PARTE III

PERSEVERANCIA EN LA FIDELIDAD

La formación

22. La formación de las claustrales trata de preparar a la persona para su consagración total a Dios en el seguimiento de Cristo, según la forma de vida ordenada únicamente a la contemplación, propia de su peculiar misión en la Iglesia (72).

La formación debe entrar profundamente en la persona, tratando de unificarla en un itinerario progresivo de conformación a Jesucristo y a su ofrenda total al Padre. El método propio para ello debe asumir y expresar, pues, la característica de la totalidad (73), educando en la sabiduría del corazón (74). Está claro que esta formación, precisamente porque tiende a la transformación de toda la persona, no termina nunca.

Las exigencias particulares de la formación de quienes son llamadas a la vida totalmente contemplativa han sido expuestas en la Instrucción Potissimum institutioni (Parte IV, 72-85).

La formación de las contemplativas es ante todo formación en la fe, «fundamento y primicia de una auténtica contemplación» (75). En efecto, mediante la fe se aprende a descubrir la presencia constante de Dios para adherirse en la caridad a su misterio de comunión.

La renovación de la vida contemplativa se confía, en gran parte, a la formación de cada monja y de toda la comunidad, para que puedan alcanzar la realización del proyecto divino mediante la asimilación del propio carisma.

23. A este respecto tiene una importancia particular el programa formativo, inspirado en el carisma específico, que debe abarcar, bien diferenciados, los primeros años hasta la profesión solemne o perpetua y los sucesivos, los cuales deben asegurar la perseverancia en la fidelidad durante toda la vida. Para ello las comunidades claustrales deberán tener una adecuada ratio formationis, (76) que formará parte del propio derecho, después de haber sido sometida a la Santa Sede y previo voto deliberativo del Capítulo conventual.

El contexto de las culturas de nuestro tiempo comporta para los Institutos de vida contemplativa un nivel de preparación adecuada a la dignidad y a las exigencias de este estado de vida consagrada. Por lo cual, los monasterios exijan a las candidatas, antes de su admisión al noviciado, un grado de madurez personal y afectiva, humana y espiritual, que las haga idóneas para la fidelidad y la comprensión de la naturaleza de la vida ordenada enteramente a la contemplación en clausura. Las obligaciones propias de la vida claustral deben ser bien conocidas y aceptadas por cada candidata en el primer período de formación y, en cualquier caso, antes de la emisión de los votos solemnes o perpetuos (77).

El estudio de la Palabra de Dios, de la tradición de los Padres, de los documentos del Magisterio, de la liturgia, de la espiritualidad y de la teología, debe ser la base doctrinal de la formación, tratando de ofrecer los fundamentos del conocimiento del misterio de Dios que hay en la Revelación cristiana, «penetrando a la luz de la fe la verdad escondida en el misterio de Cristo» (78).

La vida contemplativa debe alimentarse continuamente en el misterio de Dios; por esto es esencial dar a las monjas las bases y el método para una formación personal y comunitaria que sean constantes y no limitadas a experiencias periódicas.

24. La norma general es que todo el ciclo de la formación inicial y permanente se desarrolle dentro del monasterio. La ausencia de actividades externas y la estabilidad de los miembros permite seguir gradualmente y con mayor participación las diversas etapas de la formación. En el propio monasterio, la monja crece y madura en la vida espiritual y alcanza la gracia de la contemplación. La formación en el propio monasterio tiene también la ventaja de favorecer la armonía de toda la comunidad. Además, el monasterio, con su característico ambiente y ritmo de vida, es el lugar más conveniente para realizar el camino formativo (79), ya que el alimento diario de la Eucaristía, la liturgia, la lectio divina, la devoción mariana, la ascesis y el trabajo, el ejercicio de la caridad fraterna y la experiencia de la soledad y del silencio, son momentos y factores esenciales de la formación para la vida contemplativa.

La Superiora de un monasterio, como primera responsable de la formación (80), favorezca un adecuado camino formativo inicial de las candidatas. Promueva también la formación permanente de las monjas enseñando a alimentarse del misterio de Dios que se da continuamente en la liturgia y en los diversos momentos de la vida monástica, ofreciendo los medios adecuados para la formación espiritual y doctrinal y, finalmente, estimulando hacia un continuo crecimiento como exigencia de fidelidad al don siempre nuevo de la llamada divina.

La formación es un derecho y un deber de cada monasterio, que puede servirse incluso de la colaboración de personas externas, sobre todo del Instituto al que eventualmente estuviese asociado. Si es necesario, la Superiora podrá permitir que se sigan los cursos por correspondencia relativos a las materias del programa formativo del monasterio.

Cuando un monasterio no es autosuficiente, algunos servicios de enseñanza comunes se pueden organizar en uno de los monasterios del mismo Instituto, y por lo general, en la misma área geográfica. Los monasterios interesados determinarán las modalidades, la frecuencia y la duración, de modo que se respeten las exigencias fundamentales de la vocación contemplativa en la clausura y las indicaciones de la propia ratio formationis. La normativa de la clausura rige también las salidas por motivos de formación (81).

De todas formas, la frecuencia de los cursos de formación no puede sustituir la formación sistemática y gradual en la propia comunidad.

Cada monasterio ha de poder ser, de hecho, artífice de la propia vitalidad y de su futuro; por lo tanto, es necesario que sea autosuficiente sobre todo en el campo de la formación, que no puede ser dirigida sólo a algunos de sus miembros, sino que debe abarcar a toda la comunidad, para que sea lugar de progreso dinámico y crecimiento espiritual.

Autonomía del monasterio

25. La Iglesia reconoce a cada monasterio sui iuris una justa autonomía jurídica, de vida y de gobierno, para que con ella pueda gozar de su propia disciplina y conservar íntegro el propio patrimonio (82).

La autonomía favorece la estabilidad de vida y la unidad interna de cada comunidad, garantizando las mejores condiciones para el ejercicio de la contemplación.

Esta autonomía es un derecho del monasterio, que por su naturaleza es autónomo; por esto no puede limitarse o disminuirse por intervenciones externas. Sin embargo, la autonomía no equivale a independencia de la autoridad eclesiástica, sino que es justa, conveniente y oportuna para tutelar la índole e identidad propia de un monasterio de vida íntegramente contemplativa.

Es cometido del Ordinario del lugar conservar y defender esta autonomía (83).

El Obispo diocesano, en los monasterios encomendados a su vigilancia (84) o el Superior regular, cuando exista, desempeñan su encargo según las leyes de la Iglesia y las Constituciones. Éstas deben indicar lo que les compete, de modo particular lo relativo a la presidencia de las elecciones, la visita canónica y la administración de los bienes.

Desde el momento en que los monasterios son autónomos y recíprocamente independientes, cualquier forma de coordinación entre sí, de cara al bien común, necesita la libre adhesión de los monasterios mismos y la aprobación de la Sede Apostólica.

Relaciones con los Institutos masculinos

26. A lo largo de los siglos el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia familias religiosas compuestas por varias ramas, unidas vitalmente por la misma espiritualidad pero distintas entre sí y a menudo diversificadas en la forma de vida.

Los monasterios de monjas han tenido con los respectivos Institutos masculinos vínculos diferentes, que se han concretado en modos diversos.

Una relación entre los monasterios y el respectivo Instituto masculino, salva la disciplina claustral, puede favorecer el crecimiento en la espiritualidad común. Bajo esta óptica la asociación de los monasterios al Instituto masculino, respetando la autonomía jurídica propia de cada uno, trata de conservar en los monasterios mismos el espíritu genuino de la familia religiosa para encarnarlo en una dimensión únicamente contemplativa.

El monasterio asociado a un Instituto masculino mantiene su propio ordenamiento y su propio gobierno (85). Por lo tanto, la delimitación de los recíprocos derechos y obligaciones, orientados hacia el bien espiritual, debe salvaguardar la autonomía efectiva del monasterio.

En la nueva visión y en la perspectiva con que la Iglesia considera hoy el papel y la presencia de la mujer, es preciso superar, cuando exista, aquella forma de tutela jurídica, por parte de las Órdenes masculinas y de los Superiores regulares, que puede limitar de hecho la autonomía de los monasterios de monjas.

Los Superiores masculinos deben desempeñar su cometido con espíritu de colaboración y de humilde servicio, evitando crear cualquier subordinación indebida hacia las monjas, a fin de que ellas decidan con libertad de espíritu y sentido de responsabilidad en lo relativo a su vida religiosa.


PARTE IV

ASOCIACIONES Y FEDERACIONES

27. Las Asociaciones y las Federaciones son órganos de ayuda y coordinación entre los monasterios, para que puedan realizar adecuadamente su vocación en la Iglesia. Su fin principal es, pues, custodiar y promover los valores de la vida contemplativa de los monasterios que forman parte las mismas (86).

Se han de favorecer estos organismos sobre todo donde, no habiendo otras formas eficaces de coordinación y de ayuda, las Comunidades podrían encontrarse en la imposibilidad de responder a las necesidades fundamentales de diverso tipo.

Las normas que en este documento se refieren a las Federaciones son válidas igualmente para las Asociaciones, teniendo en cuenta su estructura jurídica y sus propios Estatutos.

La constitución de cualquier forma de Asociación, Federación o Confederación de monasterios de monjas está reservada a la Sede Apostólica, a la cual compete también aprobar sus Estatutos, ejercer sobre las mismas la vigilancia y autoridad necesarias (87), inscribir o separar de ellas a los monasterios.

La opción de adherirse o no depende de cada Comunidad, cuya libertad debe respetarse.

28. La Federación, por estar al servicio del monasterio, debe respetar su autonomía jurídica y no tiene sobre el mismo autoridad de gobierno, por lo cual no puede decidir sobre todo lo relativo al monasterio ni tiene un cometido de representación de la Orden.

Los monasterios federados viven la comunión fraterna entre sí de manera coherente con su vocación claustral, no con la multiplicidad de reuniones y de experiencias comunes, sino con al apoyo mutuo y la solícita colaboración en las peticiones de ayuda, contribuyendo en la medida de sus posibilidades y respetando su autonomía.

Las Federaciones, con espíritu evangélico de servicio, procuren responder a las necesidades concretas y reales de las Comunidades, promoviendo su dedicación solamente a la búsqueda de Dios, la observancia regular y la dinámica de la unidad interna.

Las ayudas que las Federaciones pueden ofrecer para resolver problemas comunes son principalmente: la conveniente renovación y también la reorganización de los monasterios, la formación tanto inicial como permanente y el mutuo apoyo económico (88).

Las modalidades de colaboración de los monasterios con la Federación son ofrecidas y determinadas por la Asamblea de Superioras de los monasterios que, según los Estatutos aprobados, precisan los cometidos que dicha Federación debe desempeñar en beneficio y ayuda de sus monasterios.

Ordinariamente la Santa Sede nombra un Asistente religioso, al cual podrá delegar, para lo que considere necesario o en casos particulares, algunas facultades o encargos. Es cometido del Asistente: procurar que en la Federación se conserve o acreciente el espíritu genuino de la vida enteramente contemplativa de la propia Orden; colaborar con espíritu de servicio fraterno en la guía de la Federación y en los problemas económicos de mayor importancia y contribuir a una sólida formación de las novicias y de las profesas.

La formación

29. El servicio de formación que puede ofrecer la Federación es subsidiario (89). Los monasterios federados deben elaborar una ratio formationis, que contenga normas concretas de aplicación (90) y que formará parte del derecho propio de un monasterio, previa conformidad del Capítulo conventual del monasterio mismo y después de ser sometida, sucesivamente, a la Santa Sede.

Cada monasterio tiene por derecho su Noviciado. Sin embargo la Federación, aun evitando el centralismo, puede instituir un Noviciado y otros servicios de enseñanza para los monasterios que, por falta de candidatas, de docentes o demás, no son autosuficientes y desean libremente servirse de ellos; estos servicios formativos, que serán determinados en la ratio formationis, se han de desarrollar en un monasterio, ordinariamente de la Federación (91), respetando las exigencias fundamentales de la vida contemplativa en clausura.

Las Federaciones procuren que las Comunidades vayan siendo gradualmente autosuficientes en lo relativo a su formación permanente, lo cual comporta un esfuerzo espiritual y de estudio no intermitente sino continuado, favoreciendo en los monasterios el desarrollo de una cultura y de una mentalidad contemplativas.

Renovación y ayuda a los monasterios

30. Las Federaciones pueden cooperar válidamente en dar nuevo vigor a los monasterios, renovando su impulso vocacional en torno a los elementos esenciales de la propia espiritualidad, en la dimensión íntegramente contemplativa de la forma de vida y estimulando la fervorosa observancia de la Regla y de las Constituciones.

Los monasterios de una Federación deben ayudarse mutuamente, incluso, cuando fuese verdaderamente necesario y evitando la inestabilidad, con el intercambio de monjas (92).

De todos modos corresponde a cada Comunidad decidir sobre la petición y la respuesta, en la medida de sus posibilidades.

Los monasterios que no pueden garantizar la vida regular o que se encuentran en circunstancias particularmente graves, pueden dirigirse a la Presidenta con su Consejo, para buscar una adecuada solución.

Cuando hubiese una Comunidad que ya no cuenta con las condiciones para funcionar de manera libre, autónoma y responsable, la Presidenta debe avisar al Obispo diocesano y al Superior regular, donde exista, y someter el caso a la Santa Sede (93).


CONCLUSIÓN

31. Con esta Instrucción se quiere confirmar el gran aprecio de la Iglesia por la vida íntegramente contemplativa de las monjas de clausura y su solicitud por salvaguardar su autenticidad, «para que no falte un rayo de la divina belleza que ilumine el camino de la existencia humana» (94).

Que sostengan y animen a todas las contemplativas las palabras alentadoras del Santo Padre Juan Pablo II: «Al igual que los Apóstoles, reunidos en oración con María y otras mujeres en el cenáculo, quedaron llenos del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14), la comunidad de los creyentes espera hoy poder experimentar, también gracias a vuestra oración, un nuevo Pentecostés, para dar testimonio evangélico más eficaz en el umbral del nuevo milenio. Queridas hermanas, encomiendo a María, Virgen fiel y morada consagrada a Dios, vuestras comunidades y a cada una de vosotras, así como a cuantas aspiran a compartir vuestra misma experiencia espiritual. La Madre del Señor obtenga que desde Loreto, a través de los jóvenes que han llegado aquí en peregrinación, se irradie nuevamente a Europa un haz de esa luz que envolvió al mundo cuando el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (95).

El 1 de mayo de 1999, el Santo Padre ha aprobado el presente documento de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, autorizando su publicación.

Vaticano, 13 de mayo de 1999, solemnidad de la Ascensión del Señor.

Eduardo Card. Martínez Somalo
Prefecto

Piergiorgio Silvano Nesti
Secretario


INDICE

Introducción

Parte I – Significado y valor de la clausura de las monjas

En el misterio del Hijo que vive la comunión de amor con el Padre

En el misterio de la Iglesia que vive su unión exclusiva con Cristo Esposo

La clausura en su dimensión ascética

Participación de las monjas de vida íntegramente contemplativa en la comunión y misión de la Iglesia

Parte II – La clausura de las monjas

La clausura papal

Clausura según las Constituciones

Los monasterios de monjas de antigua tradición monástica


NORMAS SOBRE LA CLAUSURA PAPAL DE LAS MONJAS

Principios generales

Salidas y entradas

Reuniones de monjas

Los medios de comunicación social

La vigilancia de la clausura

Parte III – Perseverancia en la fidelidad

La formación

Autonomía del monasterio

Relaciones con los Institutos masculinos

Parte IV – Asociaciones y Federaciones

La formación

Renovación y ayuda a los monasterios

Conclusión


(1) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59.

(2) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 8; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 14; 32; Catecismo de la Iglesia Católica, 555; S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, 45, 4, ad 2: «Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa»; Casiano, Conferencia 10, 6: PL 49, 827: «Se retiró solo a la montaña a orar para enseñarnos, dándonos de ese modo ejemplo de retiro, para que también nosotros, si queremos interpelar a Dios con afecto de corazón puro e íntegro, del mismo modo nos alejemos de toda inquietud y confusión de la gente»; Guillermo de San Thierry, A los hermanos del Monte de Dios, I, 1: PL 184, 310: «La vida solitaria fue practicada familiarmente por el mismo Señor mientras estaba junto con los discípulos; cuando se transfiguró en el Monte santo, provocando en ellos un deseo tal que Pedro dijo inmediatamente: ¡Qué feliz sería permaneciendo aquí para siempre!».

(3) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 28; 112.

(4) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 63.

(5) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987), 43; Discurso a las monjas de clausura (Loreto, 10 de septiembre de 1995), 2: «¿Qué es la vida claustral si no una continua renovación de un “sí” que abre las puertas del propio ser a la acogida del Salvador? Vosotras pronunciáis este “sí” en la diaria aceptación de la obra divina y en la asidua contemplación de los misterios de la salvación».

(6) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosantum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 2; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana Orationis Formas (15 de octubre de 1989), 1; Catecismo de la Iglesia católica, 2566-2567.

(7) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 7; cf. Juan Pablo II, Angelus (17 de noviembre de 1996): «¡Qué tesoro tan inestimable para la Iglesia y la sociedad son las comunidades de vida contemplativa!».

(8) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 46; Pablo VI, Motu proprio Ecclesiae sanctae (6 de agosto de 1966), II, 30-31; Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, La dimensión contemplativa de la vida religiosa (12 de agosto de 1980), 24-29; Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instr. Potissimum institutioni, sobre la formación en los Institutos religiosos (2 de febrero de 1990), IV, 72-85; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 8; 59.

(9) Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Gaudete in Domino (9 de mayo de 1975), VI: «La Iglesia, en efecto, regenerada por el Espíritu Santo, en cuanto que permanece fiel a su tarea y a su misión, ha de ser considerada como la verdadera “juventud del mundo”».

(10) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 46; Código de Derecho Canónico, can. 577; Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, Instr. Venite seorsum, sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas (15 de agosto de 1969), I; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59; Discurso a las monjas de clausura (Nairobi, 7 de mayo de 1980), 3: «En vuestra vida de oración se continúa la alabanza de Cristo a su Eterno Padre. La totalidad de su amor al Padre y de su obediencia a la voluntad del Padre, se refleja en vuestra consagración radical por amor. Su inmolación abnegada en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia, se expresa en el ofrecimiento de vuestra vida unida a su sacrificio».

(11) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 46; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 14.

(12) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59.

(13) Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, Instr. Venite seorsum, sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas (15 de agosto de 1969), I.

(14) Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 26: «Nos encontramos en el centro mismo del Misterio pascual, que revela hasta el fondo el amor esponsal de Dios. Cristo es el Esposo porque “se ha entregado a sí mismo”: su cuerpo ha sido “dado”, su sangre ha sido “derramada” (cf. Lc 22, 19-20). De este modo “amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). El “don sincero” contenido en el sacrificio de la Cruz, hace resaltar de manera definitiva el sentido esponsal del amor de Dios. Cristo es el Esposo de la Iglesia, como Redentor del mundo. La Eucaristía es el sacramento del Esposo, de la Esposa».

(15) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59. Cf. Carta a las Monjas Clarisas, con ocasión del VIII Centenario del nacimiento de Santa Clara de Asís (11 de agosto de 1993), 7: «En realidad, toda la vida de Clara era una eucaristía, porque —al igual que Francisco— elevaba desde su clausura una continua acción de gracias a Dios con la oración, la alabanza, la súplica, la intercesión, el llanto, el ofrecimiento y el sacrificio. Acogía y ofrecía todo al Padre en unión con la infinita acción de gracias del Hijo Unigénito»; B. Isabel de la Trinidad, Escritos, Retiro 10, 2: «Una alabanza de gloria está siempre ocupada en la acción de gracias. Cada uno de sus actos, de sus movimientos, cada pensamiento suyo y cada aspiración, al mismo tiempo que la radican más profundamente en el amor, son como un eco del eterno Sanctus».

(16) Cf. S. Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, homilía 38, 3: PL 76, 1283: «Entonces, en efecto, Dios Padre celebró las nupcias de Dios su Hijo, cuando en el seno de la Virgen lo unió a la naturaleza humana, cuando quiso que el que era Dios antes del tiempo, se convirtiese en hombre al final de los tiempos»; S. Antonio de Padua, Sermones, Domingo 20 después de Pentecostés, I, 4: «La Sabiduría, el Hijo de Dios, ha construido la casa de su humanidad en el seno de la beata Virgen, casa sostenida por siete columnas, esto es, de los dones de la gracia septiforme. Esto es lo mismo que decir: Celebraré las nupcias de su Hijo»; Juan Pablo II, Carta ap. Dies Domini (31 de mayo de 1988), 12: «Dios se manifiesta como el esposo ante su esposa (cf. Os 2, 16-24: Jr 2, 2; Is 54, 4-8). [...] Conviene destacar la intensidad esponsal que caracteriza, desde el Antiguo al Nuevo Testamento, la relación de Dios con su pueblo. Así lo expresa, por ejemplo, esta maravillosa página de Oseas: “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor” (2, 22)».

(17) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 12: «evocan ante todos los cristianos aquel maravilloso matrimonio, fundado por Dios y que se ha de manifestar plenamente en el siglo futuro, por el que la Iglesia tiene como único esposo a Cristo»; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 3; 34.

(18) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59.

(19) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 19: «La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios».

(20) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59; Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosantum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 2.

(21) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59; Carta ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 20; Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, Instr. Venite seorsum, sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas (15 de agosto de 1969), IV.

(22) Cf. S. Ambrosio, Formación de la virgen, 24: PL 16, 326-327.

(23) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59.

(24) Cf. S. Benito, Regla, 72, 11: «No anteponer absolutamente nada a Cristo»: CSEL 75, 5.163; Máximo el Confesor, Libro ascético, n. 43: PG 90, 953 B: «Démonos al Señor con todo el corazón para poder acogerlo enteramente»; Juan Pablo II, Carta a las Carmelitas Descalzas con ocasión del IV centenario de la muerte de Santa Teresa (31 de mayo de 1982), 5: «No dudo que las Carmelitas de hoy, no menos de las de ayer, tenderán alegremente a la meta de este absoluto, para responder adecuadamente a las instancias profundas que brotan de un amor total hacia Cristo y de una entrega sin reservas a la misión de la Iglesia».

(25) S. Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, libro 2, homilía 8, 16: CCL 142, 348: «Cuando una persona ofrece al Dios omnipotente todo lo que tiene, su vida, todo lo que posee, es un holocausto ... Y es esto lo que hacen los que dejan el tiempo presente».

(26) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 7.

(27) Cf. S. Agustín, Sermón 339, 4: PL 38,1481: «Nadie me superaría en ansias de vivir en esa seguridad plena de la contemplación; nada hay mejor, nada más dulce y buena que escrutar el divino tesoro sin ruido alguno; es cosa dulce y buena»; Guido I, «Elogio de la vida solitaria», Costumbres, 80, 11: PL 153, 757-758: «Nada mejor que la soledad para favorecer la suavidad de la salmodia, la aplicación a la lectura, los fervores de la oración, la meditación penetrante, el éxtasis de la contemplación y el bautismo de las lágrimas»; S. Euquerio de Lyon, «Alabanza del eremo», Cartas a Hilario, 3: PL 50, 702-703: «Con razón llamo al eremo templo incircunscrito de nuestro Dios... Sin duda se debe creer que Dios está más inmediatamente allí, donde más fácilmente se deja encontrar».

(28) Cf. S. Basilio, La verdadera integridad de la virginidad, 49: PG 30, 765 C: «El alma de la virgen, esposa de Cristo, es como una fuente purísima...; no debe ser perturbada por palabras que provienen del exterior y se comunican al oído, ni distraída de su serena tranquilidad por imágenes que distraen la vista, de modo que, contemplando como en un espejo purísimo su imagen y la belleza del Esposo, se colme cada vez más de su verdadero amor».

(29) Cf. S. Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, 2, 5, 6.

(30) S. Gregorio Nacianceno, Poemas, I, 2, 1, v. 20: PG 37, 523.

(31) Juan Pablo II, Discurso a las monjas de clausura (Loreto, 10 de septiembre de 1995), 3.

(32) Cf. S. Buenaventura, En honor de S. Inés V. y M., Serm. 1: Opera Omnia, IX, 504 b: «Cuando una persona gusta cuán es suave el Señor, se aparta de todas las ocupaciones exteriores; entra entonces en su corazón y se dispone plenamente a la contemplación de Dios dirigida enteramente a los esplendores eternos; se hace radiante y es poseída por el esplendor eterno. Si el alma viera este Bellísimo incomparable, todos los vínculos de este mundo no podrían ya separarla de Él».

(33) Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, La dimensión contemplativa de la vida religiosa (12 de agosto de 1980), 26; Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en Comunidad (2 de febrero de 1994), 59: «La comunidad de tipo contemplativo (que presenta a Cristo en el montaña) está centrada en la doble comunión con Dios y con sus miembros. Tiene un proyección apostólica eficacísima que, sin embargo, permanece en gran parte escondida en el misterio»; Juan Pablo II, Discurso al clero, a los consagrados y a las monjas de clausura (Chiavari, 18 de septiembre de 1998), 4: «Ahora deseo dirigiros unas palabras en particular a vosotras, queridas monjas de clausura, que constituís el signo de la unión exclusiva de la Iglesia-Esposa con su Señor, sumamente amado. Os impulsa un irresistible atractivo que os arrastra hacia Dios, meta exclusiva de todos vuestros sentimientos y de todas vuestras acciones. La contemplación de la belleza de Dios ha llegado a ser vuestra herencia, vuestro programa de vida, vuestro modo de estar presentes en la Iglesia».

(34) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4: «Así toda la Iglesia aparece como el pueblo unido “por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”»; S. Cipriano, La oración del Señor, 23: PL 4, 536.

(35) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 46; Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en Comunidad (2 de febrero de 1994), 10: «La vida fraterna en común, en un monasterio, está llamada a ser signo vivo del misterio de la Iglesia».

(36) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 42.

(37) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 2.

(38) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 72; Carta Enc. Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990), 23.

(39) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 7; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 8; 59.

(40) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, 953; S. Clara de Asís, 3 Carta a Inés de Praga, 8; Escritos: SC 325, 102: «Y, valiéndome de las palabras mismas del Apóstol, te considero colaboradora de Dios mismo y sostén de los miembros débiles y vacilantes de su inefable cuerpo».

(41) Cántico Espiritual 29, 2; cf. Juan Pablo II, Homilía en la Basílica Vaticana (30 de noviembre de 1997), 5: «A las religiosas de vida contemplativa les pido que se sitúen en el corazón mismo de la misión con su constante oración de adoración y de contemplación del misterio de la cruz y de la resurrección».

(42) Ms B, 3vo.

(43) Juan Pablo II, Discurso a las monjas de clausura (Nairobi, 7 de mayo de 1980), 2; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 40: «Los Institutos de vida contemplativa, por sus oraciones, obras de penitencia y tribulaciones, tienen importancia máxima en la conversión de las almas, siendo Dios mismo quien, por la oración, envía obreros a su mies (cf. Mt 9, 38), abre las mentes de los no cristianos para escuchar el Evangelio (cf. Hch 16, 14) y fecunda la palabra de salvación en sus corazones (cf. 1 Co 3, 7)».

(44) Cf. B. Jordán de Sajonia, Carta IV a la B. Diana d'Andalò: «Lo que tú cumples en tu quietud, yo lo cumplo caminando de lugar en lugar: todo esto lo hacemos por su amor. Él es nuestro único fin».

(45) Juan Pablo II, Discurso a las monjas de clausura (Loreto, 10 de septiembre de 1995), 4.

(46) Cf. S. Ireneo, Contra las herejías, 4, 20, 8ss: PG 7, 1037: «No sólo hablando profetizaban los profetas, sino también contemplando y conversando con Dios y con todas las acciones que realizaban, realizando cuanto les sugería el Espíritu».

(47) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59.

(48) Ibíd.

(49) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 18.

(50) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 45; Decr. Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los Obispos, 15; Código de Derecho Canónico, can. 586, 2.

(51) Cf. Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares y Sagrada Congregación para los Obispos, Notas directivas Mutuae relationes (14 de mayo de 1978), 25; Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, La dimensión contemplativa de la vida religiosa (12 de agosto de 1980), 26.

(52) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 46.

(53) Cf. Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, Instr. Venite seorsum, sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas (15 de agosto de 1969), VII.

(54) Cf. Juan Pablo II, Discurso a la sesión Plenaria de la Congregación para los Religiosos e Institutos seculares (7 de marzo de 1980), 3: «Efectivamente, el abandono de la clausura significaría fallar en lo específico de una de las formas de vida religiosa, con las cuales la Iglesia manifiesta frente al mundo la preeminencia de la contemplación sobre la acción, de lo que es eterno sobre lo que es temporal».

(55) Código de Derecho Canónico, can. 667 § 3; cf. Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, Instr. Venite seorsum, sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas (15 de agosto de 1969), Normae, 1.

(56) Cf. Pablo VI, Motu proprio Ecclesiae sanctae (6 de agosto de 1966), II, 30.

(57) Cf. Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, Instr. Venite seorsum, sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas (15 de agosto de 1969), IV.

(58) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 7; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 8; Alocución a las religiosas contemplativas en el Carmelo de Lisieux (2 de junio de 1980), 4: «amad vuestra separación del mundo, comparable en todo al desierto bíblico. Paradójicamente, este desierto no es el vacío. Allí habla el Señor a vuestro corazón y os asocia estrechamente a su obra de salvación»; Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, La dimensión contemplativa de la vida religiosa (12 de agosto de 1980), 29.

(59) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 674.

(60) Cf. Juan Pablo II, Discurso a las monjas de clausura (Bolonia, 28 de septiembre de 1997), 4: «Vuestra vida, que con su apartamiento del mundo, manifestado de forma concreta y eficaz, proclama la primacía de Dios, constituye una llamada constante a la preeminencia de la contemplación sobre la acción, de lo eterno sobre lo temporal».

(61) Cf. Pablo VI, Motu Proprio Ecclesiae sanctae (6 de agosto de 1966), II, 31.

(62) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 667, § 3.

(63) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 9; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 6.

(64) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 667, § 3.

(65) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 16; Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares, Instr. Venite seorsum, sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas (15 de agosto de 1969), Normae 1; 9.

(66) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59.

(67) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 667, § 4.

(68) Cf. Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica, Instr. Potissimum institutioni, sobre la formación en los Institutos religiosos (2 de febrero de 1990), IV, 81; 82.

(69) Cf. ibíd.

(70) Cuando se trata de traslados definitivos de Monjas de votos perpetuos o solemnes, se han de seguir las prescripciones del can. 684, § 3.

(71) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 666: «Debe observarse la necesario discreción en el uso de los medios de comunicación».

(72) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 65.

(73) Cf. ibíd.

(74) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Optatam totius, sobre la formación sacerdotal, 16, nota 32; S. Buenaventura, Itinerario de la mente en Dios, Pról. n. 4: Opera omnia V, 296 a: «Nadie crea que le basta la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la circunspección sin la exultación, la industria sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia, el espejo sin la sabiduría divinamente inspirada».

(75) Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instr. Potissimum institutioni, sobre la formación en los Institutos religiosos (2 de febrero de 1990), 74.

(76) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 68; Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instr. Potissimum institutioni, sobre la formación en los Institutos religiosos (2 de febrero de 1990), 85.

(77) Cf. Juan Pablo II, Catequesis en la audiencia general (4 de enero de 1995), 8: «Los contemplativos se dedican ... a un estado de oblación personal tan elevada que exige una vocación especial, que es preciso verificar antes de la admisión o de la profesión definitiva».

(78) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 24; cf. Const. past. Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 22: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir (cf. Rm 5, 14), es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación».

(79) Cf. Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instr. Potissimum institutioni, sobre la formación en los Institutos religiosos (2 de febrero de 1990), 81. Juan Pablo II, Discurso a las monjas de clausura (Bolonia, 28 de septiembre de 1997), 5: «Vuestras comunidades de clausura, con su propio ritmo de oración y ejercicio de la caridad fraterna, en donde la soledad se colma con la suave presencia del Señor y el silencio prepara el espíritu para la escucha de sus sugerencias interiores, son el lugar donde cada día os formáis en este conocimiento amoroso del Padre».

(80) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 619; 641; 661.

(81) Cf. Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instr. Potissimum institutioni, sobre la formación en los Institutos religiosos (2 de febrero de 1990), 82.

(82) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 586, § 1.

(83) Cf. ibíd., can. 586. § 2.

(84) Cf. ibíd., can. 615.

(85) Cf. ibíd., can. 614.

(86) Cf. Pío XII, Const. ap. Sponsa Christi (21 de noviembre de 1950), VII, § 2, 2; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59.

(87) Cf. Pío XII, Const. ap. Sponsa Christi (21 de noviembre de 1950), VII, § 3; § 4; § 6.

(88) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 59.

(89) Cf. Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instr. Potissimum institutioni, sobre la formación en los Institutos religiosos (2 de febrero de 1990), 81; 82.

(90) Cf. ibíd., 85.

(91) Cf. Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instr. Potissimum institutioni, sobre la formación en los Institutos religiosos (2 de febrero de 1990), 82.

(92) Cf. Pío XII, Const. ap. Sponsa Christi (21 de noviembre de 1950), VII, § 8, 3.

(93) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 21; Código de Derecho Canónico, can. 616, § 4.

(94) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (25 de marzo de 1996), 109.

(95) Discurso a las monjas de clausura (Loreto, 10 de septiembre de 1995), 4.



miércoles, 6 de septiembre de 2000

MINISTERIAL ULTIMIS TEMPORIBUS (30 DE NOVIEMBRE DE 1971)


SÍNODO DE LOS OBISPOS

DOCUMENTO ACERCA DEL SACERDOCIO 

MINISTERIAL ULTIMIS TEMPORIBUS

TEXTO DEFINITIVO APROBADO POR LOS OBISPOS SINODALES


INTRODUCCIÓN

En los últimos años, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia está experimentando un profundo movimiento de renovación, que debe ser continuado por todos los cristianos con gran gozo y fidelidad al Evangelio. Se ve ahí pues actuando la virtud del Espíritu Santo para iluminar, corroborar y perfecciona nuestra misión.

Toda renovación, en el verdadero sentido de la palabra, produce indudablemente beneficios de gran valor para la Iglesia. Y sabemos muy bien que, a raíz del reciente Concilio, los sacerdotes se han sentido inflamados por un nuevo ardor y que ellos ha contribuido notablemente a fomentar esta renovación con su solicitud cotidiana. Tenemos presentes a tantos y tantos hermanos fieles al ministerio, que transcurren contentos su vida consagrada a Dios, bien sea en países donde la Iglesia está sometida a duro yugo, bien sea en territorios de misión. Al mismo tiempo esta renovación lleva también consigo ciertas dificultades que notan todos los sacerdotes, tanto los obispos como los presbíteros.

En esta etapa de renovación, todos nosotros debemos escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio (cf. GS 4), para que, aunando los esfuerzos, sepamos discernir los espíritus, si vienen de Dios, de modo que la misión de la Iglesia no quede oscurecida por las ambigüedades, ni la necesaria adaptación se vea obstaculizada por la excesiva uniformidad. Así experimentándolo todo y quedándose con lo bueno la actual crisis puede ser una gran ocasión para incrementar la fe.

El Santo Padre escogió como tema del Sínodo de este año el ministerio sacerdotal, habida cuenta de su importancia. Muchas Conferencias Episcopales han tratado ya, antes del Sínodo, este tema en unión con los presbíteros y en muchos casos también con los seglares. Al Sínodo han sido invitados algunos presbíteros en calidad de auditores, con el fin de que presten su ayuda a los obispos, a la hora de tratar problemas de tanta importancia.

Hemos querido cumplir nuestro deber con la sencillez propia de los Pastores que sirven a la Iglesia. Conscientes de nuestra responsabilidad en pro de la fraterna comunidad de la Iglesia, deseamos confirmar la fe de nuestros hermanos en el sacerdocio ministerial y de todos los cristianos, alentar su esperanza, fomentar su caridad. ¡Ojalá nuestras palabras sean de consuelo y renueven el gozo a todo el Pueblo de Dios y a los sacerdotes consagrados a su servicio!


DESCRIPCIÓN DE LA SITUACIÓN

1. El alcance de la misión de la Iglesia fue ampliamente desarrollado por el Concilio Vaticano II, más aun, sus relaciones con el mundo fueron objeto sobre todo de la Constitución Pastoral Gaudium et spes. Una consideración más detenida de esta materia ha dado grandes frutos: se ve con mayor claridad que la salvación no es una cosa abstracta o, como si dijéramos, ahistórica, atemporal, sino algo que proviene de Dios y que debe penetran todo el hombre y toda la historia de la humanidad, y conducir a los mismos hombres libremente al reino de Dios, para que finalmente Dios sea todo en todas las cosas (1Cor 15,28).

No obstante, como es fácil de comprender, han surgido también dificultades: algunos sacerdotes se sienten extraños a los movimientos que afectan a los grupos humanos y al mismo tiempo impreparados para resolver los problemas de mayor preocupación para los hombres. No pocas veces los problemas e inquietudes de los presbíteros nacen también del hecho de que, en su solicitud pastoral y misionera, deben afrontar la mentalidad moderna con métodos quizá ya trasnochados, En semejante situación se presentan graves problemas y muchos interrogantes planteados en primer lugar por las dificultades reales que experimentan los presbíteros en el ejercicio de su ministerio, y no en un exacerbado espíritu de contestación o en egoístas preocupaciones personales (lo cual no deja de ser verdad en algunos casos), ¿Es posible animar a los seglares como si dijéramos, desde fuera? ¿Está suficientemente presente la Iglesia en ciertos grupos, sin la presencia activa del sacerdote? Si la condición propia del sacerdote es la de estar segregado de la vida del mundo, ¡no es preferible la condición del seglar? En las actuales circunstancias, ¿que puede uno pensar del celibato sacerdotal de la Iglesia Latina y de la vida espiritual propia del sacerdote que vive sumergido en el mundo?

2. No pocos sacerdotes, al experimentar dentro de sí mismos las contestaciones provocadas por la secularización del mundo, sienten la necesidad de santificar las actividades profanas ejerciéndolas directamente, y de introducir el fermento del Evangelio en el curso de los acontecimientos. De modo similar, va creciendo el deseo de cooperar con los esfuerzos colectivos de los hombres para la construcción de una sociedad más justa y fraterna. En un mundo donde aparecen las implicaciones políticas de casi todos los problemas, no faltan quienes creen indispensable la participación en la política, más aun, en la acción revolucionaria.

3. El Concilio subrayó la preeminencia de la proclamación del Evangelio, la cual debe arrastrar, por medio de la fe, a la plenitud de la celebración de los sacramentos; pero el pensamiento actual sobre el fenómeno religioso hace alimentar, en el ánimo de no pocos, dudas en tono al sentido del ministerio sacramental y cultual. En cambio, gran número de sacerdotes, que no padecen ninguna crisis de su identidad, se plantean este otro problema: ¿Qué métodos se deben emplear para que la práctica sacramental sea una expresión de fe, que penetre de verdad toda la vida personal y social y para que el culto cristiano no quede falsamente reducido a un puro ritualismo externo?

Dada la extraordinaria atención que prestan los sacerdotes a la imagen que la Iglesia parece presentar de sí misma ante el mundo, y al mismo tiempo, profundamente conscientes de la singular dignidad de la persona humana, desean introducir un cambio en las relaciones entre las personas, entre estas y las instituciones y en las estructuras mismas de la autoridad.

4. Las relaciones entre obispos y presbíteros, y de los mismos presbíteros entre sí, resultan tantos más difíciles cuanto más se va diversificando el ejercicio del ministerio. La sociedad actual está muy dividida en grupos, con diversas formas de vida, los cuales exigen toda una variedad de especializaciones y formas apostólicas. De ahí nacen problemas que afectan a la fraternidad, a la unión y a la coherencia en el ministerio sacerdotal.

Afortunadamente el reciente Concilio ha vuelto a recordar la doctrina tradicional y fecunda sobre el sacerdocio común de los fieles (cf. LG 10). Esto mismo, sin embargo, como por un movimiento pendular, ha dado origen a algunos problemas que parecen oscurecer la condición del ministerio sacerdotal, dentro de la misma Iglesia y que causan una profunda desazón en el ánimo de algunos sacerdotes y fieles. Muchas actividades, por ejemplo, las catequéticas, las de administración dentro de las comunidades, más aun, las litúrgicas, que hasta ayer estaban reservadas a los presbíteros, son ejercidas hoy con mayor frecuencia por los seglares; mientras que, por otra parte, muchos sacerdotes, debido a los motivos ya aducidos, tratan de inserirse en la condición de vida de los seglares. Ante este hecho, nacen en algunos estas inquietantes preguntas: ¿Existe o no existe una razón específica del ministerio sacerdotal? ¿Es o no es necesario este ministerio? ¿Es permanente el sacerdocio? ¿Qué quiere decir hoy ser sacerdote? No seria suficiente para el servicio de las comunidades poder contar con unos presidentes designados para servir al bien común, sin necesidad de recibir la ordenación sacerdotal, y que ejercieran su cargo temporalmente?

5. Se plantean otras cuestiones más graves aún, derivadas en parte de las investigaciones exegéticas e históricas que revelan una crisis de confianza en la Iglesia: ¿No se habrá alejado demasiado de sus orígenes la Iglesia actual para que pueda anunciar de manera creíble el primitivo Evangelio a los hombres de nuestro tiempo? ¿Es posible todavía el acceso a la realidad de Cristo, después de tantas investigaciones criticas? ¿Conocemos bastante las estructuras esenciales de la Iglesia primitiva, hasta el punto de que puedan y deban ser consideradas como un esquema invariable para todos los siglos, incluso el nuestro?

6. Los problemas hasta aquí indicados, en parte nuevos y en parte ya conocidos desde antiguamente, pero planteados hoy bajo nuevas formas, no pueden ser comprendidos al margen del contexto total de la cultura moderna, que pone seriamente en duda su propio sentido y valor. Los nuevos recursos de la técnica suscitan una esperanza fundada demasiado en el entusiasmo, a la vez que una profunda inquietud. Uno se puede preguntar con toda razón si el hombre será capaz de dominar su propia obra y de encauzarla hacia el progreso.

Algunos, jóvenes sobre todo, han perdido la esperanza en el sentido de este mundo y buscan la salvación en sistemas puramente meditativos, en paraísos artificiales y marginales, rehuyendo el esfuerzo común de la humanidad.

Otros, animados por utópicas esperanzas sin alguna relación a Dios, se empeñan en la consecución de un estado de liberación total y trasladan del presente al futuro el sentido de toda su vida personal.

Con esto, quedan completamente desvinculadas acción y contemplación, trabajo y recreación, cultura y religión, aspecto inmanente y trascendente de la vida humana.

El mismo mundo espera vagamente la solución de este dilema, allanando así el camino para que la Iglesia pueda seguir anunciando el Evangelio. En efecto, la única salvación total ofrecida a los hombres es el mismo Cristo, Hijo de Dios e hijo del hombre, guíen por la Iglesia se hace a sí mismo presente en la historia: Él une inseparablemente la caridad inagotable de Dios para con los hombres que buscan el camino entre las sombras y el valor del amor humano, por el cual uno da la vida por sus amigos. En Cristo y solamente en Él, se une todo esto y en esta síntesis resplandece finalmente el sentido de la vida humana, individual y social. Por consiguiente, no es que haya envejecido la misión de la Iglesia, Cuerpo de Cristo; sino que más bien se revela de una gran actualidad para el presente y para el futuro: La Iglesia entera es testimonio y signo eficaz de esta unión, especialmente a través del ministerio sacerdotal. En efecto, la función propia del ministro en la Iglesia es hacer presente el amor de Dios en Cristo para con nosotros mediante la palabra y el sacramento y suscitar al mismo tiempo la comunión de los hombres con Dios y entre sí. Todo lo cual exige ciertamente que todos nosotros, especialmente quienes ejercen funciones sagradas, nos esforcemos cada día por renovamos según el Evangelio.

7. Sabemos que hay diversas partes del mundo donde no se ha sentido tanto hasta el presente este profundo cambio de la cultura y que las cuestiones puestas de relieve anteriormente no se plantean en todos los sitios, ni por todos los sacerdotes, ni bajo el mismo punto de vista. Pero como la comunicación entre los hombres y entre los pueblos se ha hecho hoy mucho más intensa y ha adquirido un ritmo más rápido, creemos que es bueno y oportuno considerar estas cuestiones a la luz de la fe y dar, con humildad y con la fortaleza del Espíritu Santo, algunos principios aptos para encontrar respuestas más concretas. Aunque esta respuesta deba aplicarse diversamente según las circunstancias de cada región, tendrá sin embargo, fuerza de verdad para todos los fieles y sacerdotes que se hallan en condiciones de mayor tranquilidad. Por esto y con el ardiente deseo de corroborar el testimonio de la fe, exhortamos fraternalmente a todos los fieles cristianos a que vean a Jesucristo viviente en su Iglesia, y operante singularmente por medio de sus ministros; llegarán así a la convicción de que la comunidad cristiana no puede cumplir plenamente su misión sin el sacerdocio ministerial. Sepan, por consiguiente, los sacerdotes que los Obispos comparten de hecho sus inquietudes y desean participar aún más en ellas.

Movidos por este deseo, los Padres del Sínodo, en espíritu evangélico, siguiendo la doctrina del Concilio Vaticano II y teniendo también presentes los documentos y alocuciones del Sumo Pontífice, quieren exponer brevemente algunas ideas fundamentales, hoy día más urgentes, de la doctrina de la Iglesia sobre el sacerdocio ministerial y algunas orientaciones de tipo pastoral.


PRIMERA PARTE

PRINCIPIOS DOCTRINALES

1. Cristo, Alfa y Omega

Jesucristo, Hijo y Verbo de Dios, al cual el Padre santificó y envió al mundo (Jn 10, 36), marcado con la plenitud del Espíritu Santo (cf. Lc 4, 1. 18-21; Hch 10, 38), anunció al mundo el Evangelio de la reconciliación entre Dios y los hombres. Su predicación profética, refrendada por los milagros, tuvo su momento culminante en el misterio pascual, suprema palabra del amor divino con que el Padre nos habló. En la cruz, de modo especial, Jesús se demuestra a sí mismo el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas para congregarlas en esa unidad que tiene en Él su consistencia (cf. Jn 10, 15ss; 11, 52). Ejerciendo el sumo y único sacerdocio mediante su propia oblación, superó dándolos cumplimiento, todos los sacerdocios rituales y los sacrificios del Antiguo Testamento, incluso los de los gentiles. En su sacrificio asumió las miserias y sacrificios de los hombres de todos los tiempos, más aún, asumió también las aspiraciones de quienes padecen por la justicia o que se ven agobiados cada día por una infeliz suerte, y los esfuerzos de quienes, abandonando el mundo, tratan de llegar a Dios por la ascesis y la contemplación, y los trabajos de quienes gastan su vida con corazón sincero por una sociedad mejor, presente y futura. Soportó en la cruz los pecados de todos nosotros; resucitando de entre los muertos y constituido Señor (cf. Flp 9, 9-11), nos reconcilió con Dios, y puso los fundamentos del Pueblo de la Nueva Alianza, que es la Iglesia.

Él es el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús (1Tim 2, 5), porque en El fueron creadas todas las cosas (Col 1, 16; cf. Jn 1, 3s.) y en El se recapitulan todas las cosas (ef. Ef 1, 10). Siendo Imagen del Padre y manifestación del Dios invisible (cf. Col 1, 15) por su anonadamiento y exaltación nos introdujo en la comunión del Espíritu Santo, que Él mismo vive con el Padre.

Por consiguiente, cuando hablamos del sacerdocio de Cristo, es necesario tener presente este hecho único, incomparable, que incluye la función profética y real del Verbo de Dios encarnado.

Así Jesucristo significa y manifiesta de muchas maneras la presencia y la eficacia permanente del amor previo de Dios. El mismo Señor, con su influencia permanente en la Iglesia por medio del Espíritu Santo, suscita y promueve la respuesta de todos los hombres que se ofrecen a este amor gratuito.

2. El acceso a Cristo en la Iglesia

 El acceso a la persona y al misterio de Cristo está siempre abierto en el Espíritu Santo por medio de las Escrituras, entendidas según la Tradición viva de la Iglesia. Todas las Escrituras, especialmente el Nuevo Testamento, han de ser interpretadas como íntimamente unidas y coordinadas entre sí por una única inspiración. Y los libros del Nuevo Testamento no son de valor tan distinto, como para que algunos de ellos puedan ser considerados cual meras creaciones muy posteriores.

La relación personal e inmediata con Cristo en la Iglesia debe representar para el fiel de hoy el sustento de toda su vida espiritual.

3. La Iglesia por Cristo a través de los Apóstoles 

La Iglesia, cuya edificación había anunciado Cristo sobre Pedro, fue fundada por Él sobre los Apóstoles (cf. LG 18), en los cuales se manifiesta ya un doble aspecto de ella: en el colegio de los doce Apóstoles existe ya la comunión en el Espíritu y el origen del ministerio jerárquico (cf. AG 5). Por esto los escritos del Nuevo Testamento hablan de la Iglesia fundada sobre los Apóstoles (cf. Ap 21,14; cf. Mt 16,18), lo cual fue expresado brevemente por la antigua tradición de la siguiente manera: “Las Iglesias de los Apóstoles, los Apóstoles de Cristo, Cristo de Dios” (1).

Por lo tanto, la Iglesia, fundada sobre los Apóstoles, enviada al mundo y peregrina en él, ha sido instituida para ser el sacramento de la salvación que desde Dios llega hasta nosotros en Cristo presente y operante como Salvador del mundo, de sal manera que se correspondan entre si el amor ofrecido por Dios a los hombres y la respuesta de estos. El Espíritu Santo suscita en la Iglesia y por medio de ella impulsos de generosa libertad, mediante los cuales el hombre participa en la misma obra de la creación y redención.

4. Origen y razón de ser del ministerio jerárquico

La Iglesia constituida mediante el don del Espíritu con una trabazón orgánica, participa de diversos modos las funciones de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey para que en nombre suyo y con su poder pueda levar a cabo, como pueblo sacerdotal (cf. LG 10), la misión de salvación.

Por los escritos del Nuevo Testamento aparece claro que a la estructura original inalienable de la Iglesia pertenecen el Apóstol y la comunidad de los fieles, unidos entre sí por una mutua conexión, bajo Cristo Cabeza y bajo el influjo de su Espíritu. Los doce ejercieron, pues, su misión y sus funciones y “no solo tuvieron varios colaboradores en el ministerio” (cf. Hch 6, 2-6; 11, 30; 13, 1; 14, 23; 20, 17; 1 Tes 5, 12-13; Flp 1, 1; Col 4, 11ss.), sino que con el fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, dejaron a modo de testamento a sus inmediatos colaboradores, el encargo de perfeccionar y confirmar la obra comenzada por ellos (cf. Hch 20, 25-27; 2 Tim 4, 6; 1 Tim 5, 22; 2 Tim 2, 2; Tit 1, 5; S. Clem. Rom, ad Cor. 44,3); encomendándoles que atendieran a toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo los había puesto para apacentar la Iglesia de Dios (cf. Hch 20,28). Y así establecieron tales colaboradores y les dieron además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio (cf S. Clem. Rom. ad Cor. 44, 2) (LG 20).

Las Cartas de san Pablo demuestran que él mismo era consciente de obrar en virtud de la misión y del mandato de Cristo (cf. 2 Cor 5, 18ss.). Los poderes, confiados al Apóstol en favor de las Iglesias, eran entregados en cuanto comunicables a otros varones (cf. 2 Tim 1, 6), los cuales a su vez quedaban obligados a entregarlos de nuevo (cf. Tit 1, 3).

Aquella estructura esencial de la Iglesia, constituida por la grey y los pastores expresamente designados (cf. 1 Pe 5, 1-4), fue siempre y sigue siendo normativa, en conformidad con la tradición de la misma Iglesia, mediante tal estructura se logra que la Iglesia no pueda quedar nunca encerrada en sí misma y que esté siempre orientada a Cristo, como a su origen y Cabeza.

Entre los diversos carismas y servicios, únicamente el ministerio sacerdotal del Nuevo Testamento, que continúa el ministerio de Cristo mediador y es distinto del sacerdocio común de los fieles por su esencia y no solo por grado (cf. LG 10), es el que hace perenne la obra esencial de los Apóstoles: en efecto, proclamando eficazmente el Evangelio, reuniendo y guiando la comunidad, perdonando los pecados y sobre todo celebrando la Eucaristía, hace presente a Cristo, Cabeza de la comunidad, en el ejercicio de su obra de redención humana y de perfecta glorificación a Dios.

Los obispos, pues, y en grado ciertamente subordinado los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden que confiere la unción del Espíritu Santo y los configura a Cristo (cf. PO 2), se hacen partícipes de las funciones de santificar, enseñar y regir, cuyo ejercicio es determinado más en concreto por la comunión jerárquica (cf. LG 24, 27 y 28).

El misterio sacerdotal alcanza un punto culminante en la celebración de la Sagrada Eucaristía, que es la fuente y el centro de la unidad de la Iglesia. Solo el sacerdote puede actuar "in persona Christi" para presidir y realizar el banquete sacrificial, en el cual el Pueblo de Dios se asocia: a la oblación de Cristo (cf. LG 28).

El sacerdote es signo del designio previo de Dios, proclamado y hecho eficaz hoy en la Iglesia. El mismo hace sacramentalmente presente a Cristo, Salvador de todo el hombre, entre los hermanos, no solo en su vida personal, sino también social. Es fiador tanto de la inicial proclamación del Evangelio para congregar la Iglesia, como de la incansable renovación de la Iglesia ya congregada. Faltando la presencia y la acción del ministerio, que se recibe por la imposición de manos acompañada de la oración, la Iglesia no puede estar plenamente segura de su fidelidad y de su visible continuidad.

5. Permanencia del Sacerdocio

Por la imposición de manos se comunica el don imperecedero del Espíritu Santo (cf. 2 Tim 1, 6). Esta realidad configura y consagra el ministro ordenado a Cristo Sacerdote (cf. PO 2) y le hace partícipe de la misión de Cristo en su doble aspecto, a saber, de autoridad y de servicio. Esa autoridad no es propia del ministro: es una manifestación "exousiae" (es decir, de la potestad) del Señor, en razón de la cual el sacerdote cumple una misión de enviado en la obra escatológica de la reconciliación (cf. 2 Cor 5, 18-20). El mismo está al servicio de la conversión de las libertades humanas hacia Dios, para edificación de la comunidad cristiana.

La permanencia de esta realidad que marca una huella para toda la vida -doctrina de fe conocida en la tradición de la Iglesia con el nombre de carácter sacerdotal- demuestra que Cristo asoció a sí irrevocablemente la Iglesia para la salvación del mundo y que la misma Iglesia está consagrada definitivamente a Cristo para cumplimiento de su obra. El ministro, cuya vida lleva consigo el sello del don recibido por el sacramento del orden, recuerda a la Iglesia que el don de Dios es definitivo. En medio de la comunidad cristiana que vive del Espíritu, y no obstante sus deficiencias, es prenda de la presencia salvífica de Cristo.

Esta peculiar participación al sacerdocio de Cristo no desaparece de ningún modo, aunque el sacerdote sea dispensado o removido del ejercicio del ministerio por motivos eclesiales o personales.

6. Al servicio de la comunión

El sacerdote, por más que su ministerio se ejerza dentro de una comunidad particular, sin embargo, no puede estar centrado exclusivamente en un grupo singular de fieles. Su ministerio tiende siempre a la unidad de toda la Iglesia y a congregar en ella todas las gentes. Cualquier comunidad singular de fieles tiene necesidad de la comunión con el Obispo y con la Iglesia universal. De este modo, el ministerio sacerdotal es también esencialmente comunitario en el seno del presbiterio y con el Obispo, el cual, conservando la comunión con el Sucesor de Pedro, forma parte del Colegio Episcopal. Esto vale también para los sacerdotes que no están dedicados al servicio inmediato de una comunidad o para aquellos que trabajan en territorios lejanos y aislados. Los religiosos sacerdotes están asociados igualmente de manera indisoluble a la misión eclesial orgánica, en el contexto de la finalidad peculiar y de las estructuras del propio instituto.

Toda la vida y la actividad del sacerdote debe estar impregnada por el espíritu de la catolicidad, es decir, por el sentido de la misión universal de la Iglesia, de manera que reconozca con complacencia todos los dones del Espíritu, les abra el campo de su libertad y los oriente al bien común.

Siguiendo el ejemplo de Cristo, los sacerdotes han de fomentar entre sí y con el Obispo la fraternidad, fundada en la ordenación y en la unidad de misión, para que su testimonio sacerdotal se haga más creíble.

7. El sacerdote y las realidades temporales

Cualquier iniciativa verdaderamente cristiana se orienta a la salvación de los hombres, la cual, siendo de índole escatológica, abarca también las realidades temporales: toda realidad desde este mundo ha de ser sometida al dominio de Cristo, lo cual no significa, sin embargo que la Iglesia reivindique para sí una competencia técnica en el orden secular, menospreciando su autonomía.

La misión propia del sacerdote, como también de la Iglesia, que Cristo le ha confiado, no es de orden político o social, sino religioso (cf. GS 42); sin embargo, dentro de la línea de su ministerio, puede contribuir mucho a la instauración de un orden secular más justo, sobre todo allí donde los problemas humanos de la injusticia y de la opresión son más graves; pero conservando siempre la comunión eclesial y excluyendo la violencia de la palabra y de los hechos, como no evangélica.

En verdad la palabra del Evangelio, que él mismo anuncia en nombre de Cristo y de la Iglesia, y la gracia eficaz de la vida sacramental que administra, deben liberar al hombre de sus egoísmos personales y sociales y promover entre los hombres las condiciones de justicia, que sean signo de la caridad de Cristo presente entre nosotros (cf. GS 58, al final).


SEGUNDA PARTE

ORIENTACIONES PARA LA VIDA Y EL MINISTERIO 

DEL SACERDOTE

Considerando la misión sacerdotal a la luz del misterio de Cristo y de la comunión de la Iglesia, los Padres de este Sínodo, unidos al Romano Pontífice, conscientes de las inquietudes que experimentan los obispos y presbíteros por las dificultades que encuentran hoy en el ejercicio de su función común, ofrecen las siguientes orientaciones, con el objeto de aclarar algunas cuestiones y darles nuevos ánimos.


I. LOS PRESBÍTEROS EN LA MISIÓN DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

1. Misión: Evangelización y vida sacramental

a) “Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y orientación, son segregados en cierto modo en el seno del Pueblo de Dios; pero no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para la cual el Señor los llama” (PO 3). Los presbíteros encuentran por tanto su identidad viviendo plenamente la misión de la Iglesia y ejerciéndola de diversos modos en comunión con todo el Pueblo de Dios como pastores y ministros del Señor en el Espíritu, para completar con su obra el designio de salvación en la historia. “Porque los presbíteros comunicando con Cristo Cabeza por su propio ministerio -que consiste sobre todo en la Eucaristía, la cual perfecciona la Iglesia-y llevando a otros a la misma comunión, no pueden menos de sentir cuánto falta aún para la plenitud del Cuerpo, y cuánto por ende, hay que trabajar para que vaya creciendo cada día” (AG 39).

b) Los presbíteros son enviados a todos los hombres y su misión debe comenzar por la predicación de la palabra de Dios. "Los presbíteros tienen como deber primero el de anunciar a todos el Evangelio de Dios... Porque por la palabra de salvación se suscita la fe en el corazón de los que no creen y se nutre en el corazón de los fieles" (PO 4). La Evangelización está ordenada a que "todos, una vez hechos hijos de Dios en la Iglesia, participen en el Sacrificio y coman la Cena del Señor" (SC 10). El ministerio de la palabra, rectamente entendido, leva a los sacramentos y a la vida cristiana, tal como se practica en la comunidad visible de la Iglesia y en el mundo.

En efecto, los Sacramentos se celebran juntamente con la proclamación de la Palabra de Dios y de esta manera desarrollan la fe, corroborándola con la gracia. Por tanto, no se pueden menospreciar los Sacramentos, ya que por medio de ellos la palabra consigue su efecto más pleno, es decir, la comunión del misterio de Cristo. Más aún, los sacerdotes ejerzan su misión de tal manera que los fieles "reciban con la mayor frecuencia posible aquellos sacramentos que han sido instituidos para alimentar la vida cristiana" (SC 59).

La evangelización permanente y la ordenada vida sacramental de la comunidad exigen por su naturaleza la diaconía de la autoridad, esto es, el servicio de la unidad y la presidencia de la comunidad en la caridad. De este modo aparece manifiesta la recíproca relación existente entre la evangelización y la celebración de los Sacramentos en la misión de la Iglesia. La separación de ambas dividiría el corazón mismo de la Iglesia, hasta poner en peligro la fe: y el presbítero, que está destinado al servicio de la unidad dentro de la comunidad, deformaría gravemente su ministerio.

La unidad entre evangelización y vida sacramental es siempre propia del sacerdocio ministerial y debe ser muy tenida en cuenta por todo presbítero. La aplicación de este principio a la vida y al ministerio de cada uno debe ser hecha con discreción pues el ejercicio del ministerio sacerdotal debe ramificarse en la práctica, con el fin de responder mejor a las situaciones peculiares o nuevas en que ha de ser anunciado el Evangelio.

c) Aunque la pedagogía de la fe exige que el hombre sea iniciado gradualmente en la vida cristiana, sin embargo, el Evangelio debe ser siempre íntegramente anunciado al mundo por la Iglesia. Todo presbítero participa en la especial responsabilidad de predicar toda la palabra de Dios y de interpretarla según la de la Iglesia.

La proclamación de la palabra de Dios, que es el anuncio de las maravillas realizadas por Dios en virtud del Espíritu y la vocación de los hombres a participar en el misterio pascual y a introducirlo como fermento en la historia concreta de los hombres, es una acción de Dios mediante la cual la virtud del Espíritu Santo congrega la Iglesia interna y externamente. El ministro de la palabra prepara paciente y fielmente mediante la evangelización, los caminos del Señor conformándose a las diversas condiciones de la vida de las personas y de los pueblos que se va desenvolviendo más o menos rápidamente.

Impulsada por la necesidad de considerar los aspectos ya personales, ya sociales, del anuncio evangélico para responder a la vez a los interrogantes más fundamentales de los hombres (cf CD 13); la Iglesia no solo predica la conversión de cada hombre a Dios, sino también por su parte, a modo de conciencia de la sociedad, habla a la sociedad misma y ejerce en su seno una función profética, precupándose siempre por su propia renovación.

Por lo que se refiere a las experiencias de la vida, tanto de los hombres en general como de los presbíteros, que hay que tener siempre presentes e interpretarlas a la luz del Evangelio, ellos no pueden ser ni la sola ni la principal norma de predicación.

d) La salvación, que se realiza por los sacramentos, no proviene de nosotros, sino de lo alto, de Dios; lo cual demuestra la primacía de la acción de Cristo, único Sacerdote y Mediador, en su cuerpo que es la Iglesia.

Siendo los sacramentos realmente sacramentos de la fe (SC 59) exigen a todo cristiano, que tenga uso de razón, la participación consciente y libre. De ahí la gran importancia que tienen la preparación y la disposición de la fe para quien recibe los Sacramentos; de ahí también la necesidad del testimonio de la fe por parte del ministro en toda su vida, sobre todo en la manera de estimar y celebrar los mismos Sacramentos.

Ha sido confiado a los Obispos y, en los casos establecidos por el derecho, a las Conferencias Episcopales la función de promover autorizadamente, conforme a las normas de la Santa Sede la actividad pastoral y la renovación litúrgica, más adaptadas a cada región, y también determinar los criterios a seguir en la admisión a los Sacramentos. Estos criterios, que han de ser aplicados por los presbíteros, deben ser explicados también a los fieles de manera que quien pide un Sacramento sea más consciente de la propia responsabilidad.

Los presbíteros, conscientes de su misión de reconciliar a todos los hombres en el amor de Cristo y atentos a los peligros de escisiones, pongan todo el interés, con gran prudencia y caridad pastoral, en la formación de las comunidades animadas de celo apostólico, que hagan presente en todas partes el espíritu misionero de la Iglesia. Las pequeñas comunidades que no se contraponen a la estructura parroquial o diocesana, deben ser inseridas en la comunidad parroquial y diocesana de manera que sean en medio de ellas como el fermento del espíritu misionero. La necesidad de encontrar formas aptas para que el anuncio evangélico llegue eficazmente a todos los hombres en las diversas situaciones, da lugar al ejercicio multiforme de ministerios inferiores al presbiterado.

2. Actividades profanas y políticas

a) El ministerio sacerdotal, aun si se compara con otras actividades, no solo ha de ser considerado como una actividad humana plenamente válida, sino también más excelente que las demás, aunque este rico valor solo se puede comprender plenamente a la luz de la fe. Por esta razón se debe dar al ministerio sacerdotal, como norma ordinaria, tiempo pleno. Por tanto, la participación en las actividades seculares de los hombres no puede fijarse de ningún modo como fin principal, ni puede bastar para reflejar toda la responsabilidad especifica de los presbíteros. Estos, sin ser del mundo y sin tener el mundo como ejemplo deben, sin embargo, vivir en el mundo (cf. PO 3; 17, Jn 17, 14-16) como testigos y dispensadores de otra vida distinta de esta vida terrena (cf. PO 3).

Para poder determinar en las circunstancias concretas la conformidad entre las actividades profanas y el ministerio sacerdotal, es necesario preguntarse si tales funciones y actividades sirven, y en qué modo, no solo a la misión de la Iglesia, sino también a los hombres, aún a los no evangelizados, y finalmente a la comunidad cristiana, a juicio del Obispo del lugar con su presbiterio, consultando, si es necesario, la Conferencia Episcopal.

Cuando estas actividades, que de ordinario competen a los seglares, son exigidas en cierto modo por la misma misión evangelizadora del presbítero, se requiere que estén de acuerdo con las otras actividades ministeriales, ya que en tales circunstancias pueden ser consideradas como modalidades necesarias del verdadero ministerio (cf. PO 8).

b) Los presbíteros, juntamente con toda la Iglesia, están obligados, en la medida de sus posibilidades, a adoptar una línea clara de acción cuando se trata de defender los derechos humanos, de promover integralmente la persona y de trabajar por la causa de la paz y de la justicia, con medios siempre conformes al Evangelio. Todo esto tiene valor no solamente en el orden individual, sino también social; por lo cual los presbíteros han de ayudar a los seglares a formarse una recta conciencia propia.

En aquellas circunstancias en que se presentan legítimamente diversas opciones políticas, sociales o económicas, los presbíteros, como todos los ciudadanos, tienen el derecho de asumir sus propias opciones. Pero como las opciones políticas son contingentes por naturaleza y no expresan nunca total, adecuada y perennemente el Evangelio, el presbítero, testigo de las cosas futuras, debe mantener cierta distancia de cualquier cargo o empeño político.

Para seguir siendo un signo válido de la unidad y para poder anunciar el Evangelio en toda su plenitud, el presbítero puede ser obligado en alguna ocasión a abstenerse del ejercicio de su derecho en este campo. Más aún, hay que procurar que su opción o aparezca ante los cristianos como la única legitima o que se convierta en motivo de división entre los fieles. No olviden los presbíteros la madurez de los seglares, que ha de tenerse en gran estima cuando se trata de su campo especifico.

El asumir una función directiva (leadership) o "militar" activamente en un partido político, es algo que debe excluir cualquier presbítero a no ser que, en circunstancias concretas y excepcionales, lo exija realmente el bien de la comunidad, obteniendo el consentimiento del Obispo, consultado el Consejo Presbiteral y -si el caso lo requiere- también la Conferencia Episcopal.

Por lo tanto, hay que tener siempre presente la prioridad de la misión específica que empeña toda la existencia de los presbíteros, de manera que ellos mismos, adquiriendo con gran confianza una experiencia renovada de las cosas de Dios, puedan anunciarlas eficaz y gozosamente a los hombres que la esperan.

3. Vida espiritual de los presbíteros

El sacerdote encontrará en su vocación y en su ministerio la razón intima para encauzar toda su vida en la unidad y en el vigor del espíritu. El presbítero ha sido llamado, como también los demás bautizados, a conformarse a Cristo (Rom 8,29), más aún, como los Doce, participa de modo especial en la vida íntima con Cristo y en su misión como Pastor Supremo. "Y designó a doce para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar" (Mc 3,14). Por lo tanto, no cabe en la vida sacerdotal un corte entre el amor a Cristo y el celo por las almas.

Así como Cristo, ungido por el Espíritu Santo, se sintió impulsado por su amor íntimo hacia el Padre a dar la propia vida por los hombres, así también el presbítero, consagrado por el Espíritu Santo y suficientemente configurado con Cristo Sacerdote, se entrega a la obra del Padre levada a cabo por el Hijo. Por consiguiente, la norma de la vida sacerdotal queda expresada en las palabras de Jesús: "Y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad" (Jn 17, 19).

A ejemplo pues de Cristo, que estaba continuamente en oración, y guiados por el Espíritu Santo, en el cual clamamos "Abba, Padre", los presbíteros deben entregarse a la contemplación del Verbo de Dios y aprovecharla cada día como una ocasión favorable para reflexionar sobre los acontecimientos de la vida a la luz del Evangelio, de manera que, convertidos en oyentes fieles atentos del Verbo, logren ser ministros veraces de la palabra; sean asiduos en la oración personal, en la recitación de la Liturgia de las Horas, en la recepción frecuente del Sacramento de la Penitencia y sobre todo en la devoción al misterio eucarístico. Esta celebración de la Eucaristía, aun cuando se haga sin participación de fieles, sigue siendo, sin embargo, el centro de la vida de toda la Iglesia y el corazón de la existencia sacerdotal.

Con el pensamiento puesto en las cosas celestiales y sintiéndose partícipe de la comunión de los Santos, el presbítero mire con frecuencia a María Madre de Dios, que recibió con fe perfecta al Verbo de Dios y le pida cada día la gracia de conformarse a su Hijo.

Las actividades del apostolado ofrecen por su parte el alimento indispensable para fomentar la vida espiritual del presbítero: «Desempeñando el oficio del Buen Pastor, en el mismo ejercicio de la caridad pastoral hallarán el vinculo de la perfección sacerdotal, que reduzca a unidad su vida y acción» (PO 14). El presbítero, pues, en el ejercicio de su ministerio es iluminado y alentado por la acción de la Iglesia y el ejemplo de los fieles. Las renuncias que impone la misma vida pastoral lo ayudan a conseguir una participación cada vez más profunda de la Cruz de Cristo, y por consiguiente una caridad pastoral más pura.

La misma caridad de los presbíteros será determinante también para acomodar su vida espiritual a los modos y las formas de santificación que son más aptas y más adaptadas a los hombres de la propia época y de la propia cultura. Deseando hacerse todo a todos, para salvarlos a todos (cf. 1 Cor 9, 22), el sacerdote debe estar atento al soplo del Espíritu Santo en estos tiempos. Así no solo anunciará la palabra de Dios con empeño humano, sino que será asumido como un instrumento válido por el mismo Verbo, cuya palabra es "eficaz y tajante más que una espada de dos filos" (Heb 4, 12).

4. Celibato

a) Fundamento del celibato

El celibato de los sacerdotes está totalmente de acuerdo con la vocación al seguimiento apostólico de Cristo y con la respuesta incondicional del llamado, que asume el servicio pastoral. Por el celibato, el sacerdote, siguiendo a su Señor, se muestra más plenamente disponible y, comprendiendo el camino de la cruz con gozo pascual, desea ardientemente consumarse en una ofrenda que puede compararse en cierto modo a la Eucarística.

Si además el celibato es vivido en el espíritu del Evangelio, en la oración y vigilancia, con pobreza, alegría, desprecio de los honores, con amor fraterno, es un signo que no puede permanecer escondido largo tiempo, sino que proclama eficazmente a Cristo ante los hombres de nuestro tiempo. En efecto, hoy se concede poco valor a las palabras; en cambio el testimonio de vida, que manifiesta el carácter radical del Evangelio, tiene una gran fuerza de atracción.

b) Convergencia de motivos

El celibato, como opción personal, por un bien mayor incluso de orden meramente natural puede promover la plena madurez e integración de la personalidad humana; con mayor razón esto vale para el celibato elegido por el reino de los cielos, como aparece claro en la vida de tantos santos y fieles que, viviendo una vida célibe por Dios y por los hombres se han entregado plenamente a promover el progreso humano y cristiano.

En la cultura actual, donde los valores del espíritu están tan apagados, el sacerdote célibe está insinuando la presencia del Dios Absoluto, que nos invita a renovarnos a su imagen. Por otra parte, cuando el valor de la sexualidad se exagera tanto que el genuino amor cae en el olvido, el celibato por el reino de Cristo es para los hombres una llamada a la sublimidad del amor fiel y esclarece el sentido supremo de la vida.

Más aún, con razón se habla sobre el valor del celibato en cuanto signo escatológico. El sacerdote célibe, superando todo valor humano contingente, se asocia de manera especial a Cristo como bien ultimo y absoluto y manifiesta anticipadamente la libertad de los hijos de Dios. Admitido plenamente el valor del signo y santidad del matrimonio cristiano, el celibato por el Reino pone de manifiesto más claramente aquella fecundidad espiritual o virtud generadora de la Nueva Ley, por la cual el Apóstol es consciente de ser en Cristo padre y madre de sus comunidades.

En este peculiar seguimiento de Cristo, el sacerdote halla las mejores energías para edificar la Iglesia; estas energías no pueden conservarse ni aumentarse, sino en unión intima y permanente con su Espíritu. El Pueblo fiel de Dios quiere ver y puede discernir en sus pastores esta unión con Cristo.

Por medio del celibato, los sacerdotes pueden servir más fácilmente a Dios con un corazón no dividido y darse por sus ovejas, de manera que puedan ser más plenamente promotores de la evangelización y de la unidad dentro de la Iglesia. De este modo los sacerdotes, aunque sean menos, pero con tal de que resplandezcan por este preclaro testimonio de vida, gozarán de una mayor fecundidad apostólica.

El celibato sacerdotal es además testimonio no solo de una persona, sino que, por razón de la comunión peculiar, que vincula a los miembros del presbiterio entre sí, reviste también un aspecto social en cuanto testimonio de todo el orden sacerdotal que está destinado a enriquecer el Pueblo de Dios.

c) En la Iglesia latina ha de ser conservado el celibato

Queden a salvo las tradiciones de las Iglesias Orientales, tal como están en vigor actualmente en los distintos territorios.

La Iglesia tiene el derecho y el deber de determinar la forma concreta del ministerio sacerdotal, y, por tanto, también de escoger los candidatos más aptos, dotados de ciertas cualidades humanas y sobrenaturales. Cuando la Iglesia latina exige el celibato como condición indispensable para el sacerdocio (cf. PO 16) no lo hace porque piense que este modo de vida sea el único camino para conseguir la santificación. Lo hace teniendo en cuenta seriamente la forma concreta de ejercer el ministerio en la comunidad para edificación de la Iglesia.

Dada la intima y multiforme coherencia existente entre la misión pastoral y la vida célibe, se mantiene la ley vigente: en efecto, quien libremente quiere la disponibilidad total, nota distintiva de esta misión, acepta también libremente la vida célibe. El candidato debe sentir esta forma de vida no como algo impuesto desde fuera, sino más bien como la manifestación de su libre donación, que es aceptada y ratificada por la Iglesia a través del Obispo. De este modo la ley se convierte en tutela y defensa de la libertad con la que el sacerdote se da a Cristo, y resulta como un «yugo suave».

d) Condiciones favorables al celibato

Sabemos perfectamente que en el mundo actual asedian por todas partes al celibato dificultades peculiares, que, por lo demás, ya experimentaron muchas veces los sacerdotes a través de los siglos.

Los presbíteros pueden superar estas dificultades, si se promueven las condiciones aptas, es decir: el incremento de la vida interior mediante la oración, la abnegación, la caridad ardiente hacia Dios y hacia el prójimo, y los demás medios de la vida espiritual, el equilibrio humano mediante la ordenada incorporación al campo complejo de las relaciones sociales, el trato fraterno y los contactos con los otros presbíteros y con el Obispo, adaptando mejor para ello las estructuras pastorales y también con la ayuda de la comunidad de los fieles.

Realmente hay que confesar que el celibato, en cuanto don de Dios, no puede ser observado si el candidato no está debidamente preparado. Ya desde el comienzo es necesario que los candidatos consideren atentamente las razones positivas para abrazar el celibato, sin que se dejen inquietar por aquellas objeciones cuya acumulación y continua presión denuncian más bien que su valor genuino ha sido puesto en peligro. No olviden tampoco que el poder confortador de Dios nunca faltará a quienes deseen servirlo con total fidelidad.

El sacerdote que deja el ejercicio del ministerio sea tratado equitativa y fraternamente; pero, aunque pueda colaborar en el servicio de la Iglesia, no sea admitido al ejercicio de actividades sacerdotales.

e) Ley del celibato

La ley del celibato sacerdotal, vigente en la Iglesia latina, debe ser mantenida íntegramente (2).

f) Ordenación de hombres casados

Dos fórmulas han sido propuestas al voto de los Padres:

Fórmula A: Quedando siempre a salvo el derecho del Sumo Pontífice, no se admite, ni siquiera en casos particulares, la ordenación presbiteral de hombres casados.

Fórmula B: Compete solo al Sumo Pontífice, en casos particulares, por necesidades pastorales, teniendo en cuenta el bien universal de la Iglesia, conceder la ordenación presbiteral de hombres casados, que sean, sin embargo de edad madura y de vida honesta (3).


II. LOS PRESBÍTEROS EN LA COMUNIÓN DE LA IGLESIA

1. Relaciones entre los presbíteros y el obispo


Los sacerdotes serán tanto más fieles a su misión cuanto más fieles se sepan y se presenten ante la comunidad eclesial. Así el ministerio pastoral, que es ejercido por los obispos, los presbíteros y los diáconos, se convierte dentro de la Iglesia en un signo eminente de esta comunión eclesial, en cuanto ellos han recibido un mandato peculiar de servir a tal comunión.

Pero para que este ministerio sea de verdad un signo de comunión, han de ser tenidas muy en cuenta las condiciones concretas en que se ejerce.

El principio directivo expresado por el Concilio Vaticano II en el Decreto Presbyterorum ordinis, en virtud del cual la misma unidad de consagración y de misión requiere la comunión jerárquica de los presbíteros con el orden de los obispos, se considera fundamental para restaurar o renovar prácticamente, con plena confianza, las mutuas relaciones entre el Obispo y el presbiterio que preside el mismo Obispo. Este principio ha de ser aplicado e modo concreto principalmente mediante la solicitud de los obispos. El servicio de la autoridad por una parte y el ejercicio de la obediencia no meramente pasiva por otra deben llevarse con caridad mutua, con filial y amistosa confianza, con diálogo constante y paciente, de manera que la colaboración y la sincera cooperación responsable de los presbíteros con el obispo resulte sincera, humana y sobrenatural al mismo tiempo (cf. LG 28, CD 15; PO 7).

Por lo demás, la libertad personal en correspondencia a la propia vocación y a los carismas recibidos de Dios, y al mismo tiempo la solidaridad común ordenada al servicio de la comunidad y para el bien común a realizar, son dos condiciones que deben configurar la modalidad propia de la acción pastoral de la Iglesia (PO 7), fiadora de tales condiciones es la autoridad del obispo, que ha de ser ejercida con espíritu de servicio.

El Consejo Presbiteral, diocesano por naturaleza, es una forma de manifestar institucionalmente la fraternidad entre los sacerdotes, fundada en el sacramento del Orden.

La actividad de este Consejo no puede ser plenamente delineada por la legislación; su eficacia depende sobre todo del continuo empeño por escuchar las opiniones de todos, para llegar a un acuerdo con el Obispo, a quien compete tomar la decisión final.

Si todo esto se hace con la mayor sinceridad y humildad, superando todo tipo de unilateralidad, se podrá llegar con mayor facilidad a proveer al bien común.

El Consejo Presbiteral es una institución dentro de la cual los presbíteros, dado el continuo aumento de la variedad en el ejercicio de los ministerios, se hacen conscientes de que deben completarse mutuamente en el servicio a la única e idéntica misión de la Iglesia.

A él compete, entre otras cosas, señalar objetivos claros y bien definidos, establecer las relativas prioridades, identificar métodos de acción, impulsar todo aquello que el Espíritu suscita habitualmente por medio de los individuos y los grupos, fomentar la vida espiritual, de manera que se pueda lograr más fácilmente la necesaria unidad. Se deben ir buscando nuevas formas de comunión jerárquica entre obispos y presbíteros (cf. PO 7), para que haya un intercambio más amplio de las Iglesias locales entre si; y hay que buscar los modos de colaboración de los presbíteros con los obispos en los organismos y en las iniciativas a nivel supra diocesano.

Es necesaria la colaboración de los presbíteros religiosos con el obispo en el presbiterio, porque su labor constituye una valiosa ayuda en el servicio a la Iglesia universal.

2. Relaciones de los presbíteros entre sí

Estando los presbíteros vinculados entre sí por la intima fraternidad sacramental y por la misión, y siendo colaboradores activos en una misma obra, es necesario fomentar entre ellos una cierta comunidad de vida o tipo de convivencia, que puede revestir diversas formas, incluso no institucionales; todo lo cual debe estar previsto por el derecho con normas oportunas y renovando o introduciendo nuevas estructuras pastorales.

Deben fomentarse también las asociaciones sacerdotales, las cuales, en espíritu de comunión eclesial y reconocidas por la competente autoridad eclesiástica, traten de promover los fines propios de su función y también «la santidad en el ejercicio del ministerio» (PO 8), «por medio de una adecuada ordenación de la vida, convenientemente aprobada, y por la ayuda fraternal»(PO ibid.).

Es de desear que, en cuanto sea posible, se busque la manera, aunque resulte difícil, de que puedan ser atraídas a la comunión y a la estructura eclesial las asociaciones que quizá dividen el clero en facciones.

Procúrese intensificar las relaciones entre los sacerdotes religiosos y diocesanos, para que exista entre ellos una verdadera fraternidad sacerdotal y se presten mutua ayuda, sobre todo espiritual.

3. Relaciones entre presbíteros y seglares

No olviden los presbíteros encomendar "con confianza a los seglares funciones en servicio de la Iglesia, dejándoles libertad y campo de acción, más aún, invitándolos oportunamente a que emprendan también obras por iniciativa propia» (PO 9). Los seglares participando, por su parte, de las solicitudes de aquellos "ayuden en lo posible a sus presbíteros con la oración y el trabajo a fin de que puedan superar mejor las dificultades y cumplir más fructuosamente sus deberes" (PO ibid.). Hay que tener siempre presente la índole propia de la comunión de la Iglesia, para que tanto la libertad personal, según las funciones y los carismas verdaderos de cada uno, como la unidad de vida y de acción del Pueblo de Dios se conjuguen adecuadamente.

El Consejo Pastoral, en el que toman parte clérigos, religiosos y seglares especialmente elegidos, ofrece con su estudio y reflexión los elementos necesarios para que la comunidad diocesana pueda programar orgánicamente la actividad pastoral y realizarla eficazmente.

Cuanto más se refuerza cada día la mutua corresponsabilidad entre obispos y presbíteros, sobre todo mediante los Consejos Presbiterales, tanto más es de desear la formación del Consejo Presbiteral en todas las diócesis.

4. Cuestión económica

Los problemas económicos de la Iglesia no pueden ser adecuadamente solucionados, si no están bien planteados en el contexto de la comunión y de la misión del Pueblo de Dios. Es un deber de todos los fieles prestar ayuda a las necesidades de la Iglesia.

Al tratar estos problemas hay que tener presente no solo la solidaridad dentro de la Iglesia local o de la diócesis o del instituto religioso, sino también la condición de las diócesis de la misma región o nación, más aún de todo el mundo, y singular ente de las Iglesias de los territorios llamados de misión y de otras regiones pobres.

La remuneración de los sacerdotes, que hay que determinar ciertamente según el espíritu de la pobreza evangélica, pero que también ha de ser equitativa y suficiente según las posibilidades es un deber de justicia y ha de comprender la previsión local. Hay que hacer desaparecer en este punto las excesivas diferencias existentes, sobre todo entre los presbíteros de una misma diócesis o jurisdicción, teniendo en cuenta las condiciones comunes de la gente de la región.

Es muy de desear que el pueblo cristiano sea formado gradualmente, de manera que la remuneración de los sacerdotes quede desligada de los actos del ministerio, especialmente los de naturaleza sacramental.


CONCLUSIÓN

Los sacerdotes, que ejercen el ministerio del Espíritu (cf. 2Cor 3, 4-12) en medio de la comunión de toda la Iglesia, tienen abiertos nuevos caminos para dar un testimonio profundamente renovado en el mundo actual.

Es necesario, pues, mirar al futuro con confianza cristiana y pedir al Espíritu Santo que, no obstante los peligros que la Iglesia no puede obviar con recursos meramente humanos, bajo su guía e inspiración, se abran las puertas al Evangelio.

Teniendo siempre presente a los Apóstoles, especialmente a Pedro y a Pablo, como modelo ideal de la renovación del sacerdocio, demos gracias a Dios Padre porque nos ha ofrecido una ocasión para manifestar más fielmente ante todos el rostro de Cristo.

Ya aparecen verdaderos signos de renacimiento de la vida espiritual, mientras los hombres, que se encuentran sumergidos por todas partes en las incertidumbres de este tiempo, están esperando la plenitud de vida. Esta inmensa renovación ciertamente no puede ser llevada a cabo sin participar en la cruz del Señor porque no en el siervo mayor que su señor (cf. Jn 13,16). Olvidando lo pasado nos abrimos hacia el futuro (cf. Flp 3, 13).

Es necesario mostrar al mundo con verdadera audacia la plenitud del misterio escondido en Dios desde los siglos, para que los hombres puedan entrar por su participación en la plenitud total de Dios (ef. Ef 3,19).

"Os anunciamos la vida eterna que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1Jn 1, 2-3).


Notas:




LG: Lumen Gentium

SC: Sacerdotalis Coelibatus


(1) TERT. De praesor haer. XXI, 4; cf. también 1 Ep. CLEMENTIS Ad. Cor. XLII, 14; Ignacio ANTIOQUÍA Ad. Magn. VI y ss., IRENEO Adv. Haer. 4, 21, 3; ORÍGENES De Princip. IV, 2, 1; SERAPIÓN Ob. Ant. en Eus. Hist. Eccl. VI, 12.

(2) Resultado de la votación: Placet 168. Non placet 10. Placet iuxta modum 21. Abstentiones 3.

(3) Según las disposiciones dadas por los Presidentes, no se ha votado con placet o non placet; sino eligiendo una de las dos fórmulas. (La primera, la A, ha obtenido 107 votos; la segunda, esto es la B, 87 Las abstenciones han sido 2 y ha habido 3 votos nulos).