jueves, 29 de diciembre de 2022

ESCUELAS CATÓLICAS... VISIGODAS

El cristianismo no es contrario al desarrollo material y cultural del ser humano, sino que tiene como misión perfeccionarlo y elevarlo mediante la aportación de un sentido trascendente.

Por el padre Pablo Sierra López


La educación ha estado siempre presente en la obra de la evangelización de la Iglesia: su presencia en la promoción de la cultura y en la creación de instituciones educativas ha buscado explicar, ilustrar y demostrar el mensaje de la fe, partiendo del conocimiento de la Creación y de las capacidades intelectuales del ser humano.

La Iglesia educa, en primer lugar, para transmitir el mensaje de Cristo a las nuevas generaciones y para que así puedan hacerse cristianas; es lo que llamamos “la iniciación cristiana”, que se realiza en cada persona normalmente con la colaboración de la familia, la parroquia y la escuela.

La educación de la Iglesia sirve también para mostrar de manera concreta el ideal evangélico de que todos somos hermanos, puesto que se pretende transmitir el conocimiento a todos, y especialmente a los más pobres. Solo hay que pensar en la cantidad de iniciativas dirigidas a la educación de los más necesitados de la sociedad que ha habido a lo largo de la historia. Esto muestra que el cristianismo no es contrario al desarrollo material y cultural del ser humano, sino que tiene como misión perfeccionarlo y elevarlo mediante la aportación de un sentido trascendente. La Iglesia, como maestra de humanidad, educa para formar personas de manera íntegra y plena, imitando a Jesús, el maestro de Nazaret.

Tras la caída del Imperio romano y la formación de los diversos reinos, proliferaron escuelas episcopales para formar a los candidatos al sacerdocio: el II Concilio de Toledo del año 527 prescribió en su canon I que los jóvenes oblatos, una vez tonsurados, fueran educados por la Iglesia, bajo la tutela del obispo local, por una persona encargada especialmente de su educación, y que vivieran junto al obispo en la “Domus Ecclesiae”, la “Casa de la Iglesia”. Las escuelas monásticas —que ya habían aparecido con el monacato en Oriente— cultivaban la formación intelectual y la espiritual en los novicios.

Así, podemos afirmar que en la época visigoda había dos tipos de escuelas diferentes: las monásticas y las diocesanas, según fueran dirigidas a futuros monjes o a futuros clérigos seculares. Los sacerdotes y los monjes se convirtieron no solo en guías morales y espirituales del pueblo, sino también en agentes de instrucción elemental. En aquellas escuelas de la Iglesia se daban mezcladas la enseñanza religiosa, moral y literaria, y no solo para futuros sacerdotes y monjes, puesto que también se admitía a otros niños y jóvenes no llamados a la vida consagrada.

El IV Concilio de Toledo (633), presidido por san Isidoro, ordenó que todo presbítero pasara por una escuela catedralicia antes de su ordenación, estableciendo que todas las diócesis creasen escuelas catedralicias en las que, además del Trivium (gramática latina, retórica, lógica) y del Qvadrivivm (aritmética, astronomía, geometría, música), se enseñaran hebreo, griego, teología, derecho y medicina.

A finales del siglo VII el reino visigodo hispánico había asimilado los saberes de los exiliados africanos y estaba en un momento de gran esplendor cultural, realizando innovaciones políticas y sociales que preludiaban la aparición de la monarquía absoluta moderna. Era un proceso paralelo al que se desarrollaba en Bizancio, el Imperio romano de oriente.

Los escritores de la España visigótica nos describen los diversos aspectos de la labor educativa eclesial, transmitiéndonos que la misión de los sacerdotes era “predicar y enseñar”, algo nada fácil en una sociedad rural y poco cristianizada. Encontramos escritos que muestran un atento estudio y conocimiento de la psicología infantil y juvenil, como la explicación que hace san Isidoro de las etapas del desarrollo racional y madurativo de la persona. El mismo san Isidoro es un ejemplo de la acción educadora por iniciativa de los obispos, pues siendo joven iniciaría sus estudios en la biblioteca episcopal de su hermano san Leandro, donde abundaban los libros de poetas paganos (Cicerón, Salustio, Marcial y otros) y diversos manuales escolares latinos. Esta formación le sirvió para sus escritos de historia y política, y sobre todo para su gran obra, “Las Etimologías”, así como para su misión de obispo de Sevilla. La Iglesia influyó de manera notable en el desarrollo de la cultura y la espiritualidad del reino, gracias a los letrados formados en las escuelas y bibliotecas episcopales y monásticas de Toledo, Sevilla, Mérida, Zaragoza y otras.

El Concilio II de Toledo (527) estableció el reglamento de la escuela episcopal, donde los aspirantes al sacerdocio debían recibir instrucción de un prepósito, bajo la presidencia del obispo, hasta que cumplidos los dieciocho años decidieran entre la vida religiosa o la secular. También existieron escuelas parroquiales, como muestra el Concilio de Mérida del año 666. Los escritos mozárabes hacen suponer que fueron muy abundantes.

En las zonas rurales, los hijos de los campesinos recibían la instrucción en las primeras letras del sacerdote de la parroquia o de algún monje de un monasterio cercano. Así lo indicaban las directrices de los obispos en los concilios. En las ciudades había más posibilidades educativas: san Eulogio habla de los maestros de las basílicas cordobesas de san Acisclo y de los Tres Santos; san Eladio instruyó en su monasterio de Toledo a Justo, a Eugenio II y a lldefonso; el poeta san Eugenio III fue maestro de san Julián en la escuela episcopal, e igual se cuenta de san Leandro, san Braulio, san Isidoro o san Eulogio. Estos testimonios de la vida de ilustres eclesiásticos nos muestran que la educación comenzaba a edad temprana en centros educativos de la Iglesia. Es probable que hubiera algún maestro laico, pero tenían poca importancia ante la gran preparación de los maestros y doctores eclesiásticos.

Aunque no hay muchos datos acerca de los métodos de enseñanza o acerca de las retribuciones de los maestros, sí se puede afirmar que las clases se impartían en latín, y que hubo un trasiego constante entre la clerecía y el monacato, como se ve en los casos de monjes que fueron elegidos obispos.


Santidad en la Hispania Visigotica

REGIMENTAR EL CUERPO Y DESTRUIR EL ALMA: EL FEO LEGADO DEL BRUTALISMO

La sociedad "woke" (despierta), cada vez más totalitaria, necesita un estilo arquitectónico que exprese su fealdad represiva y su filosofía de lucha de clases. El brutalismo bien podría ser su elección.

Por Edwin Benson


A los modernistas les gusta manipular las palabras, a menudo “hilándolas” en significados que parecen sencillos pero que son relativamente oscuros. Por ejemplo, consideremos el mal uso moderno de términos como “acompañamiento”, “justicia social” o incluso “woke” (despertar).

No es el caso del estilo arquitectónico conocido como "brutalismo".


La arquitectura de la desesperación

El diccionario de sinónimos define “brutal” con las palabras bestial, bárbaro, feroz, inhumano, cruel, vándalo, violento, duro. Y el Diccionario de la Real Academia Española se refiere al brutalismo como "movimiento artístico, especialmente arquitectónico, que se caracteriza por enfatizar la naturaleza expresiva de los materiales".

Aunque muchos no estén familiarizados con la palabra, pocos han escapado a las estructuras brutalistas. Un momento de reflexión probablemente acabe con el misterio. Cualquiera que imagine un edificio frío, duro, severo y desagradable probablemente se imagina una estructura brutalista.

Al hablar de un estilo de construcción, los arquitectos suelen hablar de "elementos" típicos. Pueden faltar elementos individuales, pero la mayoría aparecerán en un estilo concreto. Todos los siguientes son elementos del brutalismo:
● Enorme

● Construido principalmente con hormigón armado en bruto sin pintar

● Paredes ásperas e inacabadas

● Mecánica estructural expuesta, a menudo vigas, conductos y tuberías.

● Formas irregulares

● Falta de ornamentación

● Uso limitado o nulo del color

● Radicalmente utilitario

● Elementos modulares que podrían haberse construido en otro lugar y llevado al sitio.
Irónicamente, el término brutalismo no se refiere al ataque a los sentidos que representan muchos de estos edificios. Proviene de la expresión francesa para el hormigón en bruto, "béton brut".


La fealdad omnipresente

Por desgracia, abundan los ejemplos de brutalismo. Entre 1960 y 1980, muchos funcionarios públicos y empresas abrazaron apasionadamente este estilo. Su masividad y su expresión de utilidad implicaban un poder abrumador de la institución, que envolvía a los individuos con una sensación de encierro, insignificancia e incomodidad.

Uno de los motivos de inspiración de este artículo fue una elogiosa reseña de la autobiografía If Walls Could Speak (Si las paredes hablaran) de Moshe Safdie, uno de los principales arquitectos brutalistas.

Safdie inició su estudio de arquitectura en 1964, tras licenciarse en la Universidad McGill de Canadá. El mundo de la arquitectura se fijó en él en 1967, cuando su Habitat '67, de doce plantas, se expuso en la Feria Mundial de Montreal de ese año.


Una versión horrible del futuro

Habitat '67 consiste en módulos prefabricados de hormigón idénticos conectados sin patrón aparente. Es una revolución contra todas las reglas anteriores de la arquitectura. La reseña del libro antes mencionado lo describe y su significado.

"Safdie tomó 354 módulos prefabricados de hormigón y los dibujó juntos..... Desafiaba la noción de que un edificio era un objeto con una forma definida; aquí no había forma formal alguna, sólo aglomeración.... Hábitat 67 abolió la calle tradicional y quizá, si se lleva hasta sus últimas consecuencias, la propia ciudad. Anticipaba un futuro en el que la propia habitación humana podría transformarse, en el que ya no se pensaría en términos de edificios y habitaciones, sino de células y cápsulas" (Énfasis añadido).

Habitat '67 consiste en módulos prefabricados de hormigón idénticos conectados sin ningún patrón aparente.

De hecho, Hábitat 67 rompió las reglas por el mero hecho de romperlas. Todavía en pie, el edificio sumerge al observador en un mar de desarmonía. Es una expresión arquitectónica que refleja bien los caóticos años sesenta y setenta, que se convirtieron en un hervidero de revolución.


Un signo de los tiempos

La Exposición Universal de Montreal se inauguró al mismo tiempo que el llamado Verano del Amor en San Francisco salpicando los titulares y la imaginación de legiones de "baby boomers" en la adolescencia y la veintena. Al año siguiente se produjo la Revolución de la Sorbona en París y los disturbios en muchas ciudades de Estados Unidos impulsados por el movimiento contra la guerra de Vietnam. Era la época del LSD y otras drogas "psicodélicas".

Otros arquitectos y urbanistas se dieron cuenta del cambio de ambiente. A medida que el estado de bienestar buscaba abordar los problemas de las ciudades centrales que se desmoronaban, miraron hacia el nuevo estilo brutalista. Aunque Hábitat 67 era demasiado ineficiente en cuanto al espacio para servir de modelo a los agentes de los sueños de renovación urbana de Lyndon Johnson, las lecciones de su construcción fueron útiles.

Un proyecto de construcción basado en el hormigón armado es rápido y barato. Los constructores pueden montar rápidamente secciones prefabricadas. Cubrir conductos y tuberías con yeso y molduras era costoso, pero el nuevo estilo lo hacía innecesario. La irregularidad del brutalismo liberó a arquitectos y constructores de las limitaciones de un único estilo. Por fin, la utilidad podía prevalecer sobre el estilo; la forma podía seguir a la función, como habían deseado los arquitectos de vanguardia desde 1900.

También apreciaron el aspecto simbólico del estilo, que proyectaba una imagen de generosidad masiva del gobierno, igualitarismo radical y rebelión contra lo establecido.


La vida en una cápsula

En la evaluación final, ¿qué eran los edificios de apartamentos urbanos de gran altura -especialmente los construidos para alojar a los pobres- sino una serie de "celdas y cápsulas"? La burocracia decretó la eliminación de bloques de viviendas victorianas en ruinas y su sustitución por "proyectos de vivienda pública" diseñados científicamente para millones de personas en situación de pobreza.

El brutalismo también se convirtió en el estilo elegido por los tiranos socialistas y comunistas. Su ideología rechazaba conceptos "burgueses" como la belleza. El "partido" descartaba todo lo individual en nombre del "bien común". La necesidad de albergar millones de fuentes de trabajo intercambiables supuso la construcción de cada vez más celdas y cápsulas, cada nuevo edificio menos humano y más igualitario que el que sustituía.

El brutalismo también se convirtió en el estilo elegido por los tiranos socialistas y comunistas. Su ideología rechazaba conceptos "burgueses" como la belleza.

Sin embargo, la gente quiere vivir en hogares, no en cápsulas de hormigón. Esa casa debe ser cálida y acogedora, no prohibitiva y fría. Debe ser un refugio contra la inhumanidad del mundo exterior, no un espacio sin alma para moldear a personas sin alma. Muchos rechazaron la pesadilla urbanística de los "proyectos".

Por desgracia, ese rechazo tardó unos cuantos años en cuajar. Mientras tanto, millones de ayuntamientos brutalistas, comisarías de policía, juzgados, bancos, edificios de aulas universitarias y estructuras de oficinas dejaron cicatrices en la nación. Estos nuevos edificios rechazaban a la humanidad, por lo que los humanos rechazaban estos edificios.


Brutalismo eclesiástico

Quizá el aspecto más sorprendente del brutalismo fue cómo la Iglesia postconciliar adoptó el estilo. Haciéndose eco de los urbanistas, los "espacios de culto" de hormigón vertido sustituyeron a cientos de edificios góticos victorianos. En las parroquias que no podían permitirse nuevos edificios, los altares altos, las estatuas y las superficies pintadas dieron paso a elementos feos, lisos y planos y a paredes pintadas de beige. Los estandartes de arpillera y fieltro que colgaban de demasiadas paredes eran los únicos y lamentables intentos de humanizar esos lugares.

Todo esto se hizo porque los "expertos" decían que los nuevos espacios daban dignidad a la congregación. El estilo gótico, por el contrario, hacía que los fieles se sintieran "insignificantes". Inspirar temor era hacer "impersonal" la experiencia del culto.

Por supuesto, nadie preguntó a las personas por las que los expertos decían "abogar". Las congregaciones lloraron cuando las bolas de demolición y los martillos destruyeron la belleza que sus abuelos y bisabuelos se habían sacrificado en crear.

Quizá el aspecto más sorprendente del brutalismo fue cómo la Iglesia postconciliar adoptó el estilo.

Así, muchos miembros de estas congregaciones "votaron con los pies", abandonando en masa tales abominaciones, mientras que otros permanecieron en los nuevos espacios ajenos, pero nunca se sintieron cómodos en ellos.


Ninguna idea es demasiado mala para volver

Por desgracia, este repugnante estilo puede estar volviendo. Entre otros lugares, su regreso aparece en el sitio web "My Modern Met".

"Dicen que las tendencias son circulares y que lo viejo vuelve a ser nuevo. Esto es cierto para la moda, la música y el arte. En el caso de la arquitectura, no hay estilo arquitectónico que ejemplifique mejor este principio que el brutalismo. Desde mediados del siglo XX, este estilo fue ganando popularidad antes de alcanzar su punto álgido a mediados de los setenta, cuando se derrumbó como modelo de mal gusto. Pero todo eso está cambiando ahora, con un renovado interés y aprecio por este estilo arquitectónico antaño ridiculizado".

La sociedad "woke" (despierta), cada vez más totalitaria, necesita un estilo arquitectónico que exprese su fealdad represiva y su filosofía de lucha de clases. El brutalismo bien podría ser su elección.


Tradition, Family and Property


300 AÑOS DE INFILTRACIÓN MASÓNICA

Las banderas rojas comenzaron a aparecer en a Iglesia mucho antes del Concilio Vaticano II

Por David L. Gray


Hubo un cambio tan dramático en las disposiciones sociales y teológicas hacia la masonería entre muchos católicos europeos, argentinos y norteamericanos inmediatamente después de la conclusión del Concilio Vaticano II en 1965, que, como mínimo, debería haber provocado una preocupación razonable y racional entre los fieles.

Algunos han argumentado que esta divergencia de la enseñanza tradicional sobre la masonería era sólo el fruto de una infiltración de masones que comenzó con el complot de Alta Vendita de los Carbonari en 1859. Sin embargo, este análisis es demasiado simplista.

Los Carbonari eran una secta política italiana, cuyos miembros no estaban compuestos exclusivamente por masones. No era una secta masónica (es decir, en deuda como afiliada o apéndice de la Gran Logia). El hecho de que la Iglesia Católica nunca haya tratado a los Carbonari como una secta masónica, sino como una sociedad secreta distinta que conspira contra la Iglesia, está afirmado por el Papa Pío VII en su Ecclesiam a Jesu de 1821, y por el Papa León XIII en su Quo Graviora de 1825.

Esto no quiere decir que no haya habido masones iniciados en el clero, porque ciertamente ha sido así en el pasado y en el presente. Más bien, se trata de decir que podemos hacer mejor en analizar y verificar aquellos movimientos dentro de la Iglesia Católica que la hicieron más amigable con los francmasones y más simpática hacia algunas sectas de la francmasonería. Este primer artículo analizará algunas de las influencias masónicas anteriores al Vaticano II, que se remontan a unos trescientos años atrás. En el próximo artículo trataremos más específicamente la pretensión de algunos de culpar de la infiltración únicamente a la trama de la Alta Vendita.


Banderas rojas del Vaticano II

Verdaderamente, las señales de humo deberían haberse encendido en 1967 cuando la Conferencia Episcopal Escandinava (formada por los países de Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca e Islandia), tras un estudio de cuatro años sobre la masonería en sus diócesis, decidió permitir a los católicos de sus diócesis conservar su pertenencia masónica, "pero sólo con el permiso específico del obispo de esa persona" [1]. Esta deferencia hacia el ordinario local en un asunto, hasta ahora, considerado inmutable, fue la interpretación de los obispos escandinavos de la Carta Apostólica Motu Proprio de Pablo VI, De Episcoporum Muneribus, que, en sí misma es una lectura interpretativa del párrafo 27 de Lumen Gentium, dio a los obispos más autoridad para ser los árbitros finales del Derecho Canónico.

Verdaderamente, las campanas de alarma deberían haber saltado el 16 de marzo de 1968, The Tablet (un semanario internacional católico progresista publicado en Londres) informó en su sección de noticias y notas 'La Iglesia en el Mundo':
Luz verde para los masones católicos: Fuentes vaticanas han dicho recientemente que los católicos son ahora libres de unirse a los masones en los Estados Unidos, Gran Bretaña y la mayoría de los demás países del mundo. Sin embargo, la Gran Logia de Oriente de los masones europeos, establecida principalmente en Italia y Francia, sigue siendo considerada anticatólica o, al menos, atea.
Ese mismo año, The Tablet también adoptaría una postura editorial contraria a la encíclica Humanae vitae del Papa Pablo VI.

Verdaderamente, el pánico visible debería haber sobrevenido el 19 de julio de 1974, cuando el Cardenal Franjo Seper, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, escribió una carta, que supuestamente pretendía ser correspondencia privada, al Cardenal John Krol, el Arzobispo de Filadelfia en ese momento, apoyando la interpretación escandinava de De Episcoporum Muneribus relativa a la Ley Canónica nº 2335 (que prohíbe la pertenencia a sociedades que conspiran contra la Iglesia Católica), declarando:
Muchos Obispos han preguntado a esta Sagrada Congregación sobre el alcance y la interpretación del Canon 2335 del Código de Derecho Canónico que prohíbe a los católicos, bajo pena de excomunión, pertenecer a asociaciones masónicas, o similares... Tomando en consideración los casos particulares, es esencial recordar que la ley penal debe ser interpretada en sentido restrictivo. Por esta razón, uno puede ciertamente señalar, y seguir, la opinión de aquellos escritores que sostienen que el Canon 2335 afecta sólo a aquellos católicos que son miembros de asociaciones que de hecho conspiran contra la Iglesia.
Resultaba casi cómico que hombres que conspiraban contra la Iglesia Católica se pusieran luego en posición de decirnos qué sectas de masones no conspiraban contra la Iglesia católica. Pero esto era algo que se remontaba a siglos atrás.


Esfuerzos anteriores al Vaticano II para normalizar la masonería

Este esquema para diferenciar las sectas anglosajonas de la francmasonería (aquellas cuyos estatutos y garantías se originan en las Grandes Logias Madres de Inglaterra, Irlanda y Escocia) de las sectas continentales de la francmasonería (aquellas cuyas constituciones y ritos se basan en las Grandes Logias de Oriente de Francia e Italia) comenzó en 1738, cuando en vísperas de que el Papa Clemente XII emitiera su Constitución Apostólica In Eminenti apostolatus specula (La Alta Vigilancia) el 28 de abril de 1738. Este Pontífice, de hecho, tuvo que soportar los esfuerzos de su sobrino, el Cardenal Neri Maria Corsini, que intentó convencerle de que la masonería en Inglaterra no era más que una "inocente alegría" [2].

De hecho, quizás el Cardenal Neri se reveló como francmasón con su elección de esas palabras descriptivas, que curiosamente son la instrucción exacta dada a los francmasones en el Artículo VI de la Constitución de 1723 de la Gran Logia de Inglaterra (llamada Constitución de Anderson) sobre cómo los francmasones deben comportarse entre ellos después de que la reunión oficial de la logia haya concluido y los hermanos no se hayan ido todavía; "Podéis divertiros con inocente alegría...".

Pío IX enseñó claramente en este Etsi Multa de 1873 que la enseñanza de la Iglesia no distingue entre sectas de la masonería: "Enséñales que estos decretos se refieren no sólo a los grupos masónicos de Europa, sino también a los de América y de otras regiones del mundo". No obstante, el padre John E. Burke, del Catholic Board of Negro Mission, informó a los obispos de Estados Unidos de que una de las barreras existentes que impedía que más negros estadounidenses se convirtieran al catolicismo era que demasiados de ellos pertenecían a sociedades secretas prohibidas, como los masones. Por lo tanto, argumentó, se debería obtener el permiso de la Santa Sede para permitir que los futuros conversos negros americanos mantuvieran su pertenencia a dichas sociedades por los beneficios económicos. La errónea conclusión de Burke era que las sociedades secretas negras no representaban la misma amenaza para los católicos que las sociedades blancas [3].

La idea de que son una versión socialmente aceptable y teológicamente compatible de la masonería es un mito. Todas las sectas de la masonería siempre han estado prohibidas porque todas se aferran al dogma del indiferentismo y a la creencia de que la masonería es el bien supremo del hombre. Sin embargo, hasta el día de hoy, este mito demencial, pronunciado por primera vez por el Cardenal Neri al Papa Clemente XII, sigue siendo difundido por toda la Iglesia Católica e hizo sorprendentes avances en la neo-heterodox-praxis de la fe católica gracias a la interpretación liberal del párrafo 27 de la Lumen Gentium que dio a luz De Episcoporum Muneribus a raíz del Vaticano II.


La Segunda Guerra Mundial y el acercamiento católico-masónico

Lo único que católicos, masones y judíos tenían en común hace unos ochenta años era que ambos eran igualmente odiados por comunistas y nazis. Desde alrededor de 1917, hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial, muchos activistas de estos alineamientos encontraron que las circunstancias del momento a veces hacían que fueran compañeros de cama tolerables, a pesar de tener creencias ideológica, filosófica y teológicamente incompatibles entre sí.

Las maquinaciones del Tercer Reich contra los católicos y los francmasones son demasiado numerosas para los propósitos de este ensayo, pero baste decir que, dado el estado de caída de la Iglesia Católica en la Alemania actual, Hitler ganó. El remanente de fieles católicos que queda hoy en Alemania lucha denodadamente contra la normalidad del espíritu demoníaco de la homosexualidad, mientras que el remanente de la secta anglosajona de la masonería en Alemania lucha hoy denodadamente contra la normalidad de las logias femeninas y co-género.

Los complots del Tercer Reich contra la Iglesia católica y la masonería empezaron ambos de la misma manera: se difundía una mentira escribiéndola en un libro. Contra el catolicismo, Alfred Rosenberg escribió en 1930 “El mito del siglo XX”, que entre otras muchas cosas postulaba que el catolicismo estaba judaizado y era una estafa espiritual. En 1937, Adolfo Hitler concedió a Rosenberg el "Premio Estatal de Arte y Ciencia" inaugural por este libro. Contra los francmasones, el general Erich von Ludendorff escribió en 1931 “La destrucción de la francmasonería mediante la revelación de sus secretos”, en el que, entre otras muchas cosas, afirmaba que la francmasonería estaba judaizada: sus rituales eran de origen judío, los francmasones eran agentes de los judíos, cuando los francmasones hablaban de "hermanos en la sociedad" se referían a los judíos, y los francmasones llevaban delantales para ocultar que estaban circuncidados [4].

Desde el 19 de agosto de 1944 hasta que la guarnición alemana rindió la capital francesa el 25 de agosto de 1944, muchos católicos y francmasones de secta continental se encontraron luchando codo con codo. Personas como el líder de la resistencia masónica Marc Rucart y el líder de la resistencia católica Henri Frenay, que se reunían en secreto después de la batalla, encontraron mucho en lo que coincidir. Aquí, Godwin señala:
Tras la victoria, el Consejo General del Gran Oriente escribió al general De Gaulle como había hecho con Pétain en agosto de 1940. Expresaron su "profunda admiración" por las acciones de De Gaulle "que han permitido a Francia recuperar su ideal de libertad" y le elogiaron por abolir las leyes antimasónicas ilegales de Vichy. A De Gaulle le disgustaban los masones tanto como a otros generales franceses; al igual que Pétain en 1940, no respondió a la carta del Gran Oriente [5].
No pasaría mucho tiempo después del Concilio Vaticano II para que se reanudaran las hostilidades de las Grandes Logias de Oriente contra la Iglesia católica; más notablemente a través de Propaganda Due (Logia P2) del Gran Oriente Italia, pero por el momento, se acordó que el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Tal noción de trabajar juntos y reunirse en secreto estaba tan alejada de las enseñanzas del Papa Clemente XII en su bula papal de 1732 In Eminenti apostolatus specula que nos enseñaba que no sólo no podemos convertirnos en masones bajo ninguna circunstancia y bajo pena de excomunión, sino que tampoco podemos recibirlos en nuestra casa o morada, ni ocultarlos, ni estar presentes con ellos, ni darles poder o permiso para que se reúnan en otro lugar, ni ayudarlos de ninguna manera, ni darles en modo alguno consejo, aliento o apoyo, ya sea abiertamente o en secreto, directa o indirectamente, por sí mismos o por medio de otros; ni tampoco instar a otros o decírselo, ni estar presentes o ayudarlos en modo alguno...


Los años liberales de Pío IX

La idea de que los católicos fueran amigos de los masones no fue sólo un sentimiento de tiempos de guerra, sino que fue una idea nacida por el propio Papa Pío IX durante sus años liberales. En 1854, Pío IX donó un bloque de mármol del Templo de la Concordia en Roma para ser utilizado en la construcción del muro interior del Monumento a George Washington en Washington, D.C. El grave problema con la donación de la piedra es que el Monumento a Washington es un edificio masónico, cuya piedra angular ceremonial fue colocada por los masones durante su ritual de dedicación. Si nueve hombres del Partido Antimasónico no hubieran robado esa piedra la noche del 6 de marzo de 1854, la Iglesia católica nunca habría podido quitarse la mancha de esa mano de amistad extendida y aceptada.

El número de católicos prominentes que ignoraron las enseñanzas de la Iglesia y se convirtieron más que en amigos, en hermanos francmasones es también demasiado extenso para enumerarlo aquí, pero van desde Wolfgang Amadeus Mozart a Joseph Hayden, padre de la sinfonía, hasta Edward Jenner, padre de la vacunología, a quien el Papa Pío VII nombró Caballero de la Espuela de Oro, aunque sabía que Jenner era francmasón [6].


Conclusión: ¿Infiltración?

Simpatizo con los católicos a quienes les gustaría explicar todo esto con el mito de una gran infiltración de algún grupo nefasto. Tal esquema maquiavélico ciertamente suena sensacionalista y nos da un enemigo al que señalar con nuestro dedo victimista, pero lo que está mucho más cerca de ser la verdad completa, y más claramente verificable, es que nosotros los católicos hemos tenido una historia de casi 300 años de dar concesiones, negociar compromisos y desviarnos de la enseñanza dogmática contra la masonería. Esto no quiere decir que no hayamos tenido enemigos de fuera que se han abierto camino dentro. Bella Dodd ha tejido pruebas convincentes y la evidencia de una red homosexual de estado profundo hoy en la Iglesia Católica es innegable.

Por el contrario, el objetivo de este ensayo es simplemente presentar el hecho de que la infiltración más penetrante en la Iglesia católica no llegó por la vía de una organización, sino de una idea. La idea era que los fieles católicos podíamos ser amigos del mundo y de quienes quieren destruirnos. En este caso, esa idea no comenzó en el Concilio Vaticano II. Pero ese Concilio tampoco se resistió a la propagación demoníaca de esa mentira. Todo lo contrario.


Notas:

[1] 
The Church in the World (La Iglesia en el mundo), The Tablet, (30 de marzo de 1968). 25 <Recuperado el 9/12/2019>.

[2] Matthew Scanlan,“The Pope and the Spy” (El Papa y el espía), Freemasonry Today (número 25, verano de 2003). "En una carta escrita a raíz de la bula, el cardenal subraya que encontró que la francmasonería en Inglaterra no era más que una 'inocente alegría/divertimento', pero que en Florencia había degenerado en una 'escuela de ateísmo' e identificó claramente a Stosch como el responsable de tal degeneración". El barón Philip von Stosch era el agente de confianza del rey Jorge II y trabajaba como espía a sueldo de Holanda. En 1720 fue enviado por Gran Bretaña a Roma para espiar a Jacobo Estuardo, de la exiliada Casa Estuardo, y acabaría estableciendo su cuartel general en Florencia, Italia.

[3] Cyprian Davis, The History of Black Catholics in the United States (Nueva York: The Crossroad Publishing Company, 1990), 195.

[4] Ludendorff, Vernichtung der Freimaurerei durch Enthüllung ihrer Geheimnisse, 6, 14, 76.

[5] Jasper Godwin Ridley, The Freemasons: A History of the World's Most Powerful Secret Society (Arcade), 219-220.

[6] Ibídem, 241.


One Peter Five



miércoles, 28 de diciembre de 2022

LAS COMPARACIONES SON TREMENDAMENTE CLARIFICADORAS

Ya sabemos eso de que las comparaciones son odiosas. Pues depende cuáles, porque comparar siempre ha sido una forma elemental de exigir justicia.

Por el padre Jorge González Guadalix


Desde que somos niños invocamos las comparaciones como forma elemental de reivindicar una justicia que sea igual para todos, vieja aspiración humana: por qué mi hermana puede hacer tal y yo no, por qué Fulanito tiene permiso para esto y a mí se me niega. Ni les cuento en las parroquias: a Fulanita le han bautizado al niño cuando ha querido y a mí me obligan a hacerlo en un bautizo comunitario, o por qué Vanessa ha podido hacer la comunión en tercero y mi niño nada hasta que esté en cuarto. Son argumentos de bastante peso y difícilmente rebatibles.

En pocos días han salido a la prensa los desgraciados y escabrosos casos de dos sacerdotes católicos: el padre Roberto Juan Yannuzzi, fundador del Instituto Miles Christi, y el padre Marko Ivan Rupnik, de la Compañía de Jesús. Los cargos son prácticamente los mismos en los dos casos: “culpable de los delitos contra el sexto mandamiento con adultos, de absolución del cómplice y de abuso de autoridad”.

Lo que sorprende es con qué diferencia se han tratado los dos casos.

En el primer caso, según podemos leer en Aciprensa, el Arzobispado de La Plata determinó que se rescinda el contrato por el que, desde hace 16 años, el Instituto Miles Christi tiene a cargo la Parroquia San Luis Gonzaga y el Colegio San Francisco de Asís. Seguimos leyendo que “el papa Francisco además expulsó a Yannuzzi del estado clerical”.

El caso Rupnik se las trae porque era conocido desde hace años lo que estaba pasando. Aciprensa también. Lean, que merece la pena. Por absolución de cómplice incurrió en pena de excomunión latae sententiae que le fue levantada en el sorprendente tiempo de apenas un mes. Por supuesto que nadie lo ha expulsado del estado clerical. Tiene, solo faltaba, algunas restricciones y ya: “prohibición de ejercer el sacramento de la Confesión, la dirección espiritual y la realización de Ejercicios Espirituales”. Tiene prohibido también “participar en actividades públicas sin el permiso de su superior local”.

Dos casos muy semejantes. Un trato del todo diferente. ¿Por qué a mi hermana la dejas comer caramelos y a mí no? ¿Por qué, señorita, Fulanito puede ir al baño cada vez que lo pide y yo no? ¿Y por qué si estábamos hablando en clase los dos yo me quedo sin recreo y mi amiguito no? ¿Y porqué tengo que ir yo siempre a por el pan y mi hermano no?

¿Y por qué a uno se le expulsa del estado clerical y al otro no? Cosa de las comparaciones, ya se sabe. Unos tiene gorra, o padrinos o padrino, por ejemplo el padre Rupnik… y otros a los gorrazos, como el padre Yanuzzi. Como tampoco se entiende la amplísima gorra de que disfruta el padre James Martin, activista pro gay, ni los gorrazos al padre Frank Pavone, quizá el sacerdote más activo y conocido en la causa provida de Estados Unidos, director nacional de Sacerdotes por la Vida y presidente del Consejo Religioso Nacional Pro-Vida, que ha sido reducido al estado laical.

Misterios.


De profesión, cura


TOTUM AMORIS EST (28 DE DICIEMBRE DE 2022)


CARTA APOSTÓLICA

TOTUM AMORIS EST

DEL SANTO PADRE

FRANCISCO

EN EL IV CENTENARIO DE LA MUERTE

DE SAN FRANCISCO DE SALES

“Todo pertenece al amor” [1]. En estas palabras podemos recoger la herencia espiritual legada por san Francisco de Sales, que murió hace cuatro siglos, el 28 de diciembre de 1622, en Lyon. Tenía poco más de cincuenta años y, durante los últimos veinte años, había sido obispo y príncipe “exiliado” de Ginebra. Había llegado a Lyon después de su última misión diplomática. El duque de Saboya le había pedido que acompañara al cardenal Mauricio de Saboya a Aviñón. Juntos habrían rendido homenaje al joven rey Luis XIII, que regresaba a París, subiendo el valle del Ródano, luego de una victoriosa campaña militar en el sur de Francia. Cansado y con la salud deteriorada, Francisco se había puesto en camino por puro espíritu de servicio. “Si no fuera tan útil a su servicio que yo haga este viaje, tendría, ciertamente, muy buenas y sólidas razones para eximirme de él; pero, si se trata de su servicio, vivo o muerto, no me echaré atrás, sino que iré o me haré arrastrar” [2]. Este era su carácter. Finalmente, cuando llegó a Lyon se alojó en el monasterio de las Visitandinas, en la casa del jardinero, para no causar demasiadas molestias y, al mismo tiempo, ser más libre para encontrarse con quien lo necesitara.

Poco impresionado desde hacía bastante tiempo por “las débiles grandezas de la corte” [3], también había consumado sus últimos días llevando adelante el ministerio de pastor en una sucesión de compromisos: confesiones, coloquios, conferencias, predicaciones y las últimas, infaltables, cartas de amistad espiritual. La razón profunda de este estilo de vida lleno de Dios se le había hecho cada vez más nítida a lo largo del tiempo, y él la había formulado con sencillez y precisión en su célebre Tratado del amor de Dios: “Tan pronto como el hombre fija con alguna atención su pensamiento en la consideración de la divinidad, siente cierta dulce emoción en su corazón, que muestra que Dios es Dios del corazón humano” [4]. Es la síntesis de su pensamiento. La experiencia de Dios es una evidencia del corazón humano. Esta no es una construcción mental, más bien es un reconocimiento lleno de asombro y de gratitud, que resulta de la manifestación de Dios. En el corazón y por medio del corazón es donde se realiza ese sutil e intenso proceso unitario en virtud del cual el hombre reconoce a Dios y, al mismo tiempo, a sí mismo, su propio origen y profundidad, su propia realización en la llamada al amor. Descubre que la fe no es un movimiento ciego, sino sobre todo una disposición del corazón. A través de ella el hombre confía en una verdad que se presenta a la conciencia como una “dulce emoción”, capaz de suscitar un correspondiente e irrenunciable bien-querer por cada realidad creada, como a él le gustaba decir.

A esta luz se comprende cómo para san Francisco de Sales no hay mejor lugar donde encontrar a Dios y ayudar a buscarlo que en el corazón de cada mujer y hombre de su tiempo. Lo había aprendido desde su temprana juventud, observándose a sí mismo con fina atención y escrutando el corazón humano.

En el último encuentro de esos días en Lyon, y con el sentido íntimo de una cotidianidad habitada por Dios, había dejado a sus Visitandinas la expresión con la que posteriormente había querido que fuera sellada su memoria: “He resumido todo en estas dos palabras, cuando os he dicho: nada pedir, nada rehusar. No tengo más que deciros” [5]. Sin embargo, no se trataba de un ejercicio de mero voluntarismo, “una voluntad sin humildad” [6], aquella sutil tentación del camino hacia la santidad, que la confunde con la justificación por medio de las propias fuerzas, con la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad, “que se traduce en una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor” [7]. Mucho menos se trataba de un mero quietismo, de un abandono pasivo y sin afectos en una doctrina sin carne y sin historia [8]. Nacía más bien de la contemplación de la misma vida del Hijo encarnado. Era el 26 de diciembre, y el santo hablaba a las hermanas en el corazón del misterio de la Navidad: “¿Veis al Niño Jesús en el pesebre? Acepta todas las inclemencias del tiempo, el frío y todo lo que su Padre permite le suceda. No está escrito que haya extendido alguna vez sus manos a los pechos de su Madre, se abandonaba totalmente a su cuidado y previsión, sin rehusar los pequeños alivios que ella le daba. Del mismo modo nosotros no debemos desear ni rehusar nada, sino aceptar igualmente todo lo que la Providencia de Dios permita que nos suceda, el frío y las inclemencias del tiempo” [9]. Es conmovedora su atención en reconocer el cuidado de lo que es humano como indispensable. En la escuela de la encarnación había aprendido a leer la historia y a habitarla con confianza.

El criterio del amor

Por medio de la experiencia había reconocido el deseo como la raíz de toda vida espiritual verdadera y, al mismo tiempo, como lugar de su falsificación. Por eso, recogiendo a manos llenas de la tradición espiritual que lo había precedido, había comprendido la importancia de poner constantemente a prueba el deseo, mediante un continuo ejercicio de discernimiento. El criterio último para su evaluación lo había redescubierto en el amor. En esa última estadía en Lyon, en la fiesta de san Esteban, dos días antes de su muerte, había dicho: “El amor es lo que da valor a nuestras obras. Os digo más aún: una persona que sufre el martirio por Dios con una onza de amor, merece mucho, pues la vida es lo más que se puede dar; pero si hay otra persona que sólo sufre un golpe con dos onzas de amor tendrá mucho más mérito, porque la caridad y el amor son los que dan el valor a nuestras obras” [10].

Con sorprendente concreción había continuado ilustrando la difícil relación entre contemplación y acción: “Sabéis o debéis saber que la contemplación es mejor que la acción y la vida activa; pero si en esta hay más unión [con Dios], entonces es mejor que aquella. Si una hermana que está en la cocina manejando la sartén junto al fuego tiene más amor y caridad que otra, el fuego material no le quitará el mérito, al contrario, le ayudará y será más grata a Dios. Con bastante frecuencia se está tan unido a Dios en la acción como en la soledad. En fin, vuelvo siempre a la cuestión, donde se encuentre más amor” [11]. Esta es la verdadera pregunta que disipa instantáneamente toda rigidez inútil o todo repliegue sobre sí mismo: interrogarse en todo momento, en toda decisión, en toda circunstancia de la vida dónde reside el mayor amor. No es casualidad que san Francisco de Sales haya sido llamado por san Juan Pablo II “doctor del amor divino” [12], no fue sólo porque escribió un magnífico Tratado sobre este tema, sino sobre todo porque fue testigo de ese amor. Por otra parte, sus escritos no se pueden considerar como una teoría redactada en un escritorio, lejos de las preocupaciones del hombre común. Su enseñanza, en efecto, nació de una escucha atenta de la experiencia. Él no hizo más que transformar en doctrina lo que vivía y leía en su singular e innovadora acción pastoral, gracias a una agudeza iluminada por el Espíritu. Una síntesis de este modo de proceder se encuentra en el Prólogo del mismo Tratado del amor de Dios: “Todo en la Iglesia es para el amor, en el amor, por el amor y del amor” [13].

Los años de la primera formación: la aventura de conocerse en Dios

Nació el 21 de agosto de 1567, en el castillo de Sales, cerca de Thorens, de Francisco de Nouvelles, señor de Boisy, y de Francisca de Sionnaz. “Vivió a caballo entre dos siglos, el XVI y el XVII, recogió en sí lo mejor de las enseñanzas y de las conquistas culturales del siglo que terminaba, reconciliando la herencia del humanismo con la tendencia hacia lo absoluto propia de las corrientes místicas” [14].

Después de la formación cultural inicial, primero en el colegio de La Roche-sur-Foron y después en el de Annecy, llegó a París, al colegio jesuita Clermont, que había sido fundado recientemente. En la capital del Reino de Francia, devastada por las guerras de religión, experimentó en poco tiempo dos crisis interiores consecutivas, que marcaron su vida de modo indeleble. Esa ardiente oración hecha en la Iglesia de Saint-Étienne-des-Grès, frente a la Virgen Negra de París, en medio de la oscuridad, le encenderá en el corazón una llama que permanecerá viva en él para siempre, como clave de lectura de su propia experiencia y de la de otros. “Señor, tú que tienes todo en tus manos y cuyos caminos son justicia y verdad, cualquier cosa que suceda, […] yo te amaré, Señor […], te amaré aquí, oh Dios mío, y siempre esperaré en tu misericordia, y siempre cantaré tus alabanzas. […] Oh, Señor Jesús, tú siempre serás mi esperanza y mi salvación en la tierra de los vivientes” [15].

Eso había escrito en su cuaderno, recuperando la paz. Y esta experiencia, con sus inquietudes y sus interrogantes, para él siempre será iluminadora y le dará un singular camino de acceso al misterio de la relación de Dios con el hombre. Le ayudará a escuchar la vida de los demás y a reconocer, con fino discernimiento, la actitud interior que une el pensamiento al sentimiento, la razón a los afectos, y que de ese modo es capaz de llamar por nombre al “Dios del corazón humano”. Por este camino Francisco no corrió el peligro de atribuir un valor teórico a la propia experiencia personal, absolutizándola, sino que aprendió algo extraordinario, fruto de la gracia: a leer en Dios lo vivido por él y por los demás.

Aunque nunca haya pretendido elaborar un sistema teológico propiamente dicho, su reflexión sobre la vida espiritual tuvo una notable dignidad teológica. Aparecen en él los rasgos esenciales del quehacer teológico, para el cual es necesario no olvidar dos dimensiones constitutivas. La primera es precisamente la vida espiritual, porque es en la oración humilde y perseverante, en la apertura al Espíritu Santo, que se puede tratar de comprender y de expresar al Verbo de Dios. Los teólogos se fraguan en el crisol de la oración. La segunda dimensión es la vida eclesial: sentir en la Iglesia y con la Iglesia. También la teología se ha visto afectada por la cultura individualista, pero el teólogo cristiano elabora su pensamiento inmerso en la comunidad, partiendo en ella el pan de la Palabra [16]. La reflexión de Francisco de Sales, al margen de las disputas entre las escuelas de su época, y aun respetándolas, nace precisamente de estos dos rasgos constitutivos.

El descubrimiento de un mundo nuevo

Cuando finalizó los estudios humanísticos, continuó con los de derecho en la Universidad de Padua. Al regresar a Annecy ya había decidido la orientación de su vida, no obstante las resistencias de sus padres. Fue ordenado sacerdote el 18 de diciembre de 1593. En los primeros días de septiembre del año siguiente, por invitación del obispo, Mons. Claude de Granier, fue llamado a la difícil misión en el Chablais, territorio perteneciente a la diócesis de Annecy, de confesión calvinista, que, en el intrincado laberinto de guerras y tratados de paz, había pasado nuevamente a estar bajo el control del ducado de Saboya. Fueron años intensos y dramáticos. Aquí descubrió, junto con alguna rígida intransigencia que luego le hará reflexionar, sus aptitudes de mediador y hombre de diálogo. Además, se descubrió inventor de originales y audaces praxis pastorales, como las famosas “hojas volantes”, que se colgaban en todas partes e incluso se deslizaban debajo de las puertas de las casas.

En 1602 regresó a París, ocupado en llevar adelante una delicada misión diplomática, en nombre del mismo Granier y con instrucciones precisas de la Sede Apostólica, después de la enésima modificación del cuadro político-religioso del territorio de la diócesis de Ginebra. A pesar de la buena disposición por parte del rey de Francia, la misión fracasó. Él mismo escribió al Papa Clemente VIII: “Después de nueve meses, me vi obligado a dar marcha atrás sin haber concluido casi nada” [17]. Sin embargo, aquella misión se reveló para él y para la Iglesia de una riqueza inesperada bajo el perfil humano, cultural y religioso. En el tiempo libre que los negociados diplomáticos le concedían, Francisco predicó ante la presencia del rey y de la corte de Francia, estableció relaciones importantes y, sobre todo, se sumergió totalmente en la prodigiosa primavera espiritual y cultural de la moderna capital del Reino.

Allí todo había cambiado y estaba cambiando. Él mismo se dejó tocar e interrogar tanto por los grandes problemas que se presentaban en el mundo y el nuevo modo de observarlos, como por la sorprendente demanda de espiritualidad que había nacido y las cuestiones inéditas que esta planteaba. En pocas palabras, percibió un verdadero “cambio de época”, al que era necesario responder con lenguajes antiguos y nuevos. Ciertamente, no era la primera vez que encontraba cristianos fervorosos, pero se trataba de algo distinto. No era la París devastada por las guerras de religión, que había visto en sus años de formación, ni la lucha encarnizada librada en los territorios del Chablais. Era una realidad inesperada: una multitud “de santos, de verdaderos santos, numerosos y que estaban en todas partes” [18]. Eran hombres y mujeres de cultura, profesores de la Sorbona, representantes de las instituciones, príncipes y princesas, siervos y siervas, religiosos y religiosas. Un mundo que estaba sediento de Dios.

Conocer a esas personas y tomar conciencia de sus interrogantes fue una de las circunstancias providenciales más importantes de su vida. Así, días aparentemente inútiles e infructuosos se transformaron en una escuela incomparable para leer los estados de ánimo de esa época, sin nunca elogiarlos. En él, el hábil e infatigable controversista se estaba transformando, por la gracia, en un fino intérprete del tiempo y extraordinario director de almas. Su acción pastoral, las grandes obras (Introducción a la vida devota y Tratado del amor de Dios), la infinidad de cartas de amistad espiritual que fueron enviadas, dentro y fuera de los muros de los conventos y los monasterios, a religiosos y religiosas, a hombres y mujeres de la corte y a la gente común, el encuentro con Juana Francisca de Chantal y la misma fundación de la Visitación en 1610 resultarían incomprensibles sin este cambio interior. Evangelio y cultura encontraban de ese modo una síntesis fecunda, de la que derivaba la intuición de un método auténtico, maduro y listo para una cosecha duradera y prometedora.

En una de las primeras cartas de dirección y amistad espiritual que Francisco de Sales envió a una de las comunidades que visitó en París, mencionaba, con humildad, un “método suyo”, que se diferenciaba de los demás, con vistas a una verdadera reforma. Un método que renunciaba a la severidad y confiaba plenamente en la dignidad y capacidad de un alma devota, no obstante sus debilidades: “Me viene la duda de que a vuestra reforma también se pueda oponer otro impedimento: tal vez aquellos que os la han impuesto han curado la llaga con demasiada dureza. […] Yo alabo su método, aunque no sea el que suelo usar, especialmente con respecto a espíritus nobles y bien educados como los vuestros. Creo que sea mejor limitarse a mostrarles el mal y a poner el bisturí en sus manos para que ellos mismos practiquen la incisión necesaria. Pero no descuidéis por ello la reforma que necesitáis” [19]. En estas palabras se trasluce esa mirada que ha hecho célebre el optimismo salesiano, que ha dejado su huella permanente en la historia de la espiritualidad y que ha florecido sucesivamente, como en el caso de don Bosco dos siglos después.

Cuando regresó a Annecy, fue ordenado obispo el 8 de diciembre del mismo año 1602. El influjo de su ministerio episcopal en la Europa de esa época y de los siglos posteriores resulta inmenso. “Fue apóstol, predicador, escritor, hombre de acción y de oración; comprometido en hacer realidad los ideales del concilio de Trento; implicado en la controversia y en el diálogo con los protestantes, experimentando cada vez más la eficacia de la relación personal y de la caridad, más allá del necesario enfrentamiento teológico; encargado de misiones diplomáticas a nivel europeo, y de tareas sociales de mediación y reconciliación” [20]. Sobre todo, fue intérprete del cambio de época y guía de las almas en un tiempo que tenía sed de Dios de un modo nuevo.

La caridad hace todo por sus hijos

Entre 1620 y 1621, es decir, ya al final de su vida, Francisco dirigió a un sacerdote de su diócesis unas palabras capaces de iluminar su visión de la época. Lo animaba a secundar su deseo de dedicarse a la escritura de textos originales, que lograran interceptar los nuevos interrogantes, intuyendo en ellos las necesidades. “Os debo decir que el conocimiento que voy adquiriendo cada día de los estados de ánimo del mundo me lleva a desear apasionadamente que la divina Bondad inspire a alguno de sus siervos a escribir según el gusto de este pobre mundo” [21]. La razón de este estímulo la encontraba en la propia visión del tiempo: “El mundo se está volviendo tan delicado, que dentro de poco nadie se atreverá más a tocarlo, sino con guantes de seda, ni a medicar sus llagas, sino con cataplasmas de cebolla; pero, ¿qué importa, si los hombres son curados y, en definitiva, salvados? Nuestra reina, la caridad, hace todo por sus hijos” [22]. No era algo que se daba por sentado, ni mucho menos una rendición final frente a una derrota. Se trataba, más bien, de la intuición de un cambio que estaba en curso y de la exigencia, totalmente evangélica, de comprender cómo poder habitarlo.

La misma conciencia, además, la había madurado y expresado en el Prólogo, al introducir el Tratado del amor de Dios: “He tenido en cuenta la condición de las almas en estos tiempos, y además debía tenerla, porque importa mucho mirar la condición de los tiempos en que se escribe” [23]. Rogando, asimismo, la benevolencia del lector, afirmaba: “Y si encontrares el estilo un poco diferente del que he usado escribiendo a Filotea, y ambos muy diversos del que empleé en la Defensa de la cruz, debes saber que en diecinueve años se aprenden y se olvidan muchas cosas; que el lenguaje de la guerra no es igual que el de la paz, y que de una manera se habla a los muchachos principiantes y de otra a los viejos compañeros” [24]. Pero, frente a este cambio, ¿por dónde comenzar? No lejos de la misma historia de Dios con el hombre. De aquí el objetivo final de su Tratado: “Mi pensamiento ha sido tan sólo exponer sencilla y llanamente, sin artificios ni aderezos de estilo, la historia del nacimiento, progreso, decadencia, operaciones, propiedades, beneficios y excelencias del amor divino” [25].

Las preguntas de un cambio de época

En la memoria del cuarto centenario de la muerte de san Francisco de Sales, me he preguntado sobre su legado para nuestra época, y he encontrado iluminadoras su flexibilidad y su capacidad de visión. Un poco por don de Dios, un poco por índole personal, y también por la profundización constante de sus vivencias, había tenido la nítida percepción del cambio de los tiempos. Ni él mismo hubiera llegado a imaginar que en esto reconocería una gran oportunidad para el anuncio del Evangelio. La Palabra que había amado desde su juventud era capaz de hacerse camino abriendo horizontes nuevos e impredecibles en un mundo en rápida transición.

Es lo que también nos espera como tarea esencial para este cambio de época: una Iglesia no autorreferencial, libre de toda mundanidad pero capaz de habitar el mundo, de compartir la vida de la gente, de caminar juntos, de escuchar y de acoger [26]. Es lo que realizó Francisco de Sales leyendo su época con ayuda de la gracia. Por eso, él nos invita a salir de la preocupación excesiva por nosotros mismos, por las estructuras, por la imagen social, y a preguntarnos más bien cuáles son las necesidades concretas y las esperanzas espirituales de nuestro pueblo [27]. Por lo tanto, releer algunas de sus decisiones cruciales es importante también hoy, para vivir el cambio con sabiduría evangélica.

La brisa y las alas


La primera de dichas decisiones fue la de releer y volver a proponer a cada uno, en su condición específica, la feliz relación entre Dios y el ser humano. En definitiva, la razón última y el objetivo concreto del Tratado era precisamente ilustrar a los contemporáneos el encanto del amor de Dios. “¿Cuáles son —se preguntaba— los lazos habituales por los cuales la Providencia divina acostumbra atraer nuestros corazones a su amor?” [28]. Partiendo sugestivamente del texto de Oseas 11,4 [29], definía tales medios ordinarios como “lazos de humanidad, o de caridad y amistad. No cabe duda —escribía— de que Dios no nos atrae con cadenas de hierro, como a los toros y a los búfalos, sino mediante invitaciones, dulces encantos y santas inspiraciones, que son los lazos de Adán y de la humanidad, es decir, los propios y convenientes al corazón humano, que naturalmente está dotado de libertad” [30]. Es a través de estos lazos que Dios ha sacado a su pueblo de la esclavitud, enseñándole a caminar, llevándolo de la mano, como hace un papá o una mamá con el propio hijo. Por consiguiente, ninguna imposición externa, ninguna fuerza despótica y arbitraria, ninguna violencia. Más bien, la forma persuasiva de una invitación que deja intacta la libertad del hombre. “La gracia —proseguía, pensando ciertamente en tantas historias de vida que había conocido— tiene fuerza, no para obligar, sino para atraer el corazón; ejerce una santa violencia, no para vulnerar, sino para enamorar nuestra libertad; obra fuertemente, mas con suavidad tan admirable, que nuestra voluntad no queda agobiada bajo tan poderosa acción; nos presiona, pero no sofoca nuestra libertad. Así, pues, en medio de toda su fuerza, podemos consentir o resistir a sus impulsos, según nos place” [31].

Poco antes había bosquejado dicha relación utilizando el curioso ejemplo del “ápodo”: “Hay cierta clase de pájaros, oh Teótimo, a los cuales Aristóteles llama “ápodos”, esto es, sin pies, porque, teniendo las piernas extremadamente cortas y los pies sin fuerza, no les sirven más que si realmente no los tuvieran. Por donde sucede que, si una vez caen a tierra, permanecen como clavados en ella, sin que puedan nunca por sí mismos recobrar el vuelo, porque, no pudiéndose valer de sus piernas ni de sus pies, no tienen medio ninguno para tomar impulso y lanzarse de nuevo al aire. Así, quedan allí inmóviles y hasta llegan a morir, si el viento propicio a su impotencia, soplando fuertemente sobre la faz de la tierra, no viene a arrebatarlos y levantarlos, como hace con otras cosas; porque entonces, si empleando ellos sus alas, corresponden a este impulso y primer vuelo que el viento les da, el mismo viento continúa ayudándoles, impeliéndoles cada vez más a volar” [32]. Así es el hombre: hecho por Dios para volar y desplegar todas sus potencialidades en la llamada al amor, corre el riesgo de volverse incapaz de levantar el vuelo cuando cae a tierra y no acepta volver a abrir las alas a la brisa del Espíritu.

Esta es, pues, la “forma” a través de la cual la gracia de Dios se concede a los hombres: la de los preciosos y muy humanos vínculos de Adán. La fuerza de Dios no deja de ser absolutamente capaz de restablecer el vuelo y, sin embargo, su dulzura hace que la libertad de consentimiento no sea violada o inútil. Corresponde al hombre levantarse o no levantarse. Aunque la gracia lo haya tocado para despertarlo, sin él, esta no quiere que el hombre se levante sin su consentimiento. De esa manera obtiene su reflexión conclusiva: “Las inspiraciones, oh Teótimo, nos previenen, y antes de que hayamos pensado en ellas, experimentamos su presencia, mas después de haberlas sentido, a nosotros toca consentir, secundándolas y siguiendo sus impulsos, o disentir y rechazarlas: ellas se hacen sentir en nosotros y sin nosotros, pero no obtienen el consentimiento sin nosotros” [33]. Por lo tanto, la relación con Dios se trata siempre de una experiencia de gratuidad que manifiesta la profundidad del amor del Padre.

Ahora bien, esta gracia nunca hace al hombre pasivo, sino que lleva a comprender que estamos precedidos radicalmente por el amor de Dios, y que su primer don consiste precisamente en haber recibido su mismo amor. Pero cada uno tiene el deber de cooperar en su propia realización, desplegando con confianza las propias alas a la brisa de Dios. Aquí vemos un aspecto importante de nuestra vocación humana: “El mandato de Dios a Adán y Eva en el relato del Génesis es ser fecundos. La humanidad ha recibido el mandato de cambiar, construir y dominar la creación en el sentido positivo de crear desde y con ella. Entonces, el futuro no depende de un mecanismo invisible en el que los humanos son espectadores pasivos. No, somos protagonistas, somos —forzando la palabra—cocreadores” [34]. Francisco de Sales lo comprendió bien y trató de transmitirlo en su ministerio de guía espiritual.

La verdadera devoción

Una segunda y gran decisión crucial fue la de haberse centrado en la cuestión de la devoción. También en este caso, el nuevo cambio de época había formulado no pocos interrogantes, tal como ocurre en nuestros días. Dos aspectos en particular requieren que sean comprendidos y revitalizados también hoy. El primero se refiere a la idea misma de devoción, el segundo, a su carácter universal y popular. Indicar, ante todo, qué se entiende por devoción es la primera consideración que encontramos al comienzo de Filotea: “Es necesario que conozcas, desde el principio, en qué consiste la virtud de la devoción, pues son numerosas las devociones falsas e inútiles y sólo hay una verdadera, que, si no la conoces, podrías sufrir engaño determinándote a seguir alguna devoción inconveniente y supersticiosa” [35].

La descripción de Francisco de Sales acerca de la falsa devoción, en la que no nos es difícil reconocernos, es amena y siempre actual, sin dejar fuera una pizca eficaz de sano sentido del humor: “El que se siente inclinado a ayunar se considerará muy devoto si no come, aunque su corazón esté lleno de rencor; y mientras por sobriedad no se atreve a mojar su lengua, no digo en vino, pero ni siquiera en agua, no temerá teñirla en la sangre del prójimo mediante maledicencias y calumnias. Otro se creerá devoto porque reza diariamente un sinnúmero de oraciones, aunque después su lengua se desate de continuo en palabras insolentes, arrogantes e injuriosas contra sus familiares y vecinos. Algún otro abrirá su bolsa de buena gana para distribuir limosnas entre los pobres, pero no es capaz de sacar dulzura de su corazón perdonando a sus enemigos. Aquel perdonará a sus enemigos, pero no saldará sus deudas si no es apremiado por la justicia” [36]. Evidentemente, son los vicios y las dificultades de siempre, también de hoy, por lo que el santo concluye: “Todos estos son tenidos vulgarmente por devotos; nombre que de ninguna manera merecen” [37].

En cambio, la novedad y la verdad de la devoción se encuentran en otro lado, en una raíz profundamente unida a la vida divina en nosotros. De ese modo “la devoción viva y verdadera […] presupone el amor de Dios; mejor dicho, no es otra cosa que el verdadero amor de Dios, y no un amor cualquiera” [38]. En su ferviente imaginación la devoción no es más que, “en resumen, una agilidad o viveza espiritual por cuyo medio la caridad actúa en nosotros y nosotros actuamos en ella con prontitud y alegría” [39]. Por eso no se coloca junto a la caridad, sino que es una de sus manifestaciones y, al mismo tiempo, conduce a ella. Es como una llama con respecto al fuego: reaviva su intensidad, sin cambiar su naturaleza. “En conclusión, se puede decir que entre la caridad y la devoción no existe mayor diferencia que entre la llama y el fuego; siendo la caridad fuego espiritual, cuando está bien inflamada, se llama devoción; así que la devoción nada añade al fuego de la caridad fuera de la llama que la hace pronta, activa, diligente, no sólo en la observancia de los mandamientos, sino también en el ejercicio de los consejos e inspiraciones celestiales” [40]. Una devoción así entendida no tiene nada de abstracto. Es, más bien, un estilo de vida, un modo de ser en lo concreto de la existencia cotidiana. Esta recoge e interpreta las pequeñas cosas de cada día, la comida y el vestido, el trabajo y el descanso, el amor y la descendencia, la atención a las obligaciones profesionales; en síntesis, ilumina la vocación de cada uno.

Aquí se intuye la raíz popular de la devoción, afirmada desde las primeras líneas de Filotea: “Casi todos los que hasta ahora han tratado de la devoción, se han dirigido a los que viven alejados de este mundo o, por lo menos, han trazado caminos que empujan a un absoluto retiro. Mi intención es instruir a los que viven en las ciudades, con sus familias, en la corte y, por su condición, están obligados, por las conveniencias sociales, a vivir en medio de los demás” [41]. Es por ello que está muy equivocado quien piensa en relegar la devoción a algún ámbito protegido o reservado. Esta es, más bien, de todos y para todos, dondequiera que estemos, y cada uno la puede practicar según la propia vocación. Como escribía san Pablo VI en el cuarto centenario del nacimiento de Francisco de Sales, “la santidad no es prerrogativa de una clase o de otra; sino que a todos los cristianos se les dirige esta invitación apremiante: '¡Amigo, siéntate en un lugar más destacado!'” (Lc 14,10); todos están vinculados por el deber de subir al monte de Dios, aunque no todos por el mismo camino. “La devoción se ha de ejercitar de diversas maneras, según que se trate de una persona noble o de un obrero, de un criado o de un príncipe, de una viuda o de una joven soltera, o bien de una mujer casada. Más aún: la devoción se ha de practicar de un modo acomodado a las fuerzas, negocios y ocupaciones particulares de cada uno” [42]. Recorrer la ciudad secular manteniendo la interioridad y conjugar el deseo de perfección con cada estado de vida, volviendo a encontrar un centro que no se separa del mundo, sino que enseña a habitarlo, a apreciarlo, aprendiendo también a tomar de él una justa distancia; ese era el propósito del santo, y sigue siendo una valiosa lección para cada mujer y hombre de nuestro tiempo.

Este es el tema conciliar de la vocación universal a la santidad: “Todos los fieles, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre celestial” [43]. “Cada uno por su camino”. “Entonces, no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables” [44]. La madre Iglesia no nos los propone para que intentemos copiarlos, sino para que nos alienten a caminar por la senda única y particular que el Señor ha pensado para nosotros. “Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él” (cf.1 Co 12,7) [45].

El éxtasis de la vida

Todo ello condujo al santo obispo a considerar la vida cristiana en su totalidad como “el éxtasis de la obra y de la vida” [46]. Pero no hay que confundirla con una fuga fácil o una retirada intimista, mucho menos con una obediencia triste y gris. Sabemos que este peligro siempre está presente en la vida de fe. En efecto, “hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. […] Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias” [47].

Permitir que se despierte la alegría es precisamente lo que expresa Francisco de Sales al describir “el éxtasis de la obra y de la vida”. Gracias a ella “no sólo llevamos una vida civil, honesta y cristiana, sino también una vida sobrehumana, espiritual, devota y extática, es decir, una vida, bajo todos los conceptos, fuera y por encima de nuestra condición natural” [48]. Nos encontramos aquí en las páginas centrales y más luminosas del Tratado. El éxtasis es el desbordamiento feliz de la vida cristiana, lanzada más allá de la mediocridad de la mera observancia: “No robar, no mentir, no cometer actos lujuriosos, orar a Dios, no jurar en vano, amar y honrar a los padres, no matar; todo esto es vivir según la razón natural del hombre. Mas dejar todos nuestros bienes, amar la pobreza, buscarla y estimarla como la más deliciosa señora, tener los oprobios, desprecios, humillaciones, persecuciones y martirios por felicidad y dicha, contenerse en los términos de una absoluta castidad, y, en fin, vivir en medio del mundo y en esta vida mortal en oposición a todas las opiniones y máximas mundanas y contra la corriente del río de esta vida, con habitual resignación, renuncias y abnegaciones de nosotros mismos, todo esto no es vivir humana, sino sobrehumanamente; no es vivir en nosotros, sino fuera de nosotros y sobre nosotros. Y porque nadie puede salir de este modo sobre sí mismo si el Padre Eterno no le atrae, por eso este género de vida debe ser un rapto continuo y un éxtasis perpetuo de acción y de operación” [49].

Es una vida que, ante toda aridez y frente a la tentación de replegarse sobre sí, ha encontrado nuevamente la fuente de la alegría. En efecto, “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida” [50].

A la descripción del “éxtasis de la obra y de la vida”, san Francisco añade dos observaciones importantes, válidas también para nuestro tiempo. La primera se refiere a un criterio eficaz para el discernimiento de la verdad de ese mismo estilo de vida y la segunda a su origen profundo. En cuanto al criterio de discernimiento, él afirma que, si por un lado dicho éxtasis comporta un auténtico salir de sí mismo, por otro lado, no significa un abandono de la vida. Es importante no olvidarlo nunca, para evitar peligrosas desviaciones. En otras palabras, quien presume de elevarse hacia Dios, pero no vive la caridad para con el prójimo, se engaña a sí mismo y a los demás.

Volvemos a encontrar aquí el mismo criterio que él aplicaba a la calidad de la verdadera devoción. “Cuando se ve a una persona que en la oración tiene raptos por los cuales sale y sube encima de sí misma hasta Dios, y, sin embargo, no tiene éxtasis en su vida, esto es, no lleva una vida elevada y unida a Dios, […] sobre todo, por medio de una continua caridad, creedme que todos estos raptos son grandemente dudosos y peligrosos”. Su conclusión es muy eficaz: “Estar sobre sí mismo en la oración y bajo sí mismo en las obras y en la vida, ser angélico en la meditación y bestial en la conversación […] es una señal cierta de que tales raptos y tales éxtasis no son más que ardides y engaños del espíritu maligno” [51]. Se trata, en definitiva, de lo que ya recordaba Pablo a los corintios en el himno a la caridad: “Aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada” (1 Co 13,2-3).

Por lo tanto, para san Francisco de Sales la vida cristiana nunca está exenta de éxtasis y, sin embargo, el éxtasis no es auténtico sin la vida. En efecto, la vida sin éxtasis corre el riesgo de reducirse a una obediencia opaca, a un Evangelio que ha olvidado su alegría. Por otra parte, el éxtasis sin la vida se expone fácilmente a la ilusión y al engaño del Maligno. Las grandes polaridades de la vida cristiana no se pueden resolver la una en la otra. En todo caso, una mantiene a la otra en su autenticidad. De ese modo, la verdad no es tal sin justicia; la satisfacción, sin responsabilidad; la espontaneidad, sin ley; y viceversa.

Por otra parte, en cuanto al origen profundo de este éxtasis, él lo vincula sabiamente al amor manifestado por el Hijo encarnado. Si, por un lado, es verdad que “el amor es el primer acto y el principio de nuestra vida devota o espiritual por el cual vivimos, sentimos y nos movemos” y, por otro lado, que “nuestra vida espiritual consiste toda en nuestros movimientos afectivos”, está claro que “un corazón que no tiene afecto, no tiene amor”, como también que “un corazón que tiene amor, no puede estar sin movimiento afectivo” [52]. Pero el origen de este amor que atrae el corazón es la vida de Jesucristo: “Nada urge y aprieta tanto al corazón del hombre como el amor”, y el culmen de dicha urgencia es que “Jesucristo murió por nosotros, nos ha dado la vida con su muerte. Nosotros sólo vivimos porque Él murió; murió por nosotros, para nosotros y en nosotros” [53].

Es conmovedora esta indicación que, más allá de una visión iluminada y no evidente de la relación entre Dios y el hombre, manifiesta el estrecho vínculo afectivo que unía al santo obispo con el Señor Jesús. La verdad del éxtasis de la vida y de la acción no es genérica, sino que se manifiesta según la forma de la caridad de Cristo, que culmina en la cruz. Este amor no anula la existencia, sino que la hace brillar de una manera extraordinaria.

Es por ello que, con una imagen muy hermosa, san Francisco de Sales describía el Calvario como “el monte de los amantes” [54]. Allí, y sólo allí, se comprende que “no se puede tener la vida sin el amor, ni el amor sin la muerte del Redentor; mas, fuera de allí, todo es o muerte eterna o amor eterno, y toda la sabiduría cristiana consiste en elegir bien” [55]. De esta manera puede cerrar su Tratado remitiendo a la conclusión de un discurso de san Agustín sobre la caridad: “¿Qué hay más fiel que el amor, no al servicio de la vanidad, sino de la eternidad? En efecto, tolera todo en la vida presente, porque cree todo lo referente a la vida futura, y sufre todo lo que aquí le sobreviene, porque espera todo lo que allí se le promete; con razón nunca desfallece. Así, pues, perseguid el amor y, pensando devotamente en él, aportad frutos de justicia. Y cualquier alabanza que vosotros hayáis encontrado más exuberante de lo que yo haya podido decir, muéstrese en vuestras costumbres” [56].

Esto es lo que nos deja ver la vida del santo obispo de Annecy, y que se nos entrega nuevamente a cada uno. Que la celebración del cuarto centenario de su nacimiento al cielo nos ayude a hacer de ello devota memoria; y que, por su intercesión, el Señor infunda con abundancia los dones del Espíritu en el camino del santo Pueblo fiel de Dios.

Roma, San Juan de Letrán, 28 de diciembre de 2022.

FRANCISCO


Notas:

[1] S. Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, Préface, ed. Ravier – Devos, París 1969, 336.

[2] Íd., Lett. 2103: A Monsieur Sylvestre de Saluces de la Mente, Abbé d'Hautecombe (3 noviembre 1622), en Œuvres de Saint François de Sales, XXVI, Annecy 1932, 490-491.

[3] Íd., Lett. 1961: À une dame (19 diciembre 1622), en Œuvres de Saint François de Sales, XX (Lettres, X: 1621-1622), Annecy 1918, 395.

[4] Íd., Traité de l’amour de Dieu, I, 15, ed. Ravier – Devos, París 1969, 395.

[5] Íd., Entretiens spirituels, Dernier entretien [21], ed. Ravier – Devos, París 1969, 1319.

[6] Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 49: AAS 110 (2018), 1124.

[7] Ibíd., 57: AAS 110 (2018), 1127.

[8] Cf. ibíd., 37-39: AAS 110 (2018), 1121-1122.

[9] S. Francisco de Sales, Entretiens spirituels, Dernier entretien [21], ed. Ravier – Devos, París 1969, 1319.

[10] Ibíd., 1308.

[11] Ibíd.

[12] Carta a Mons. Yves Boivineau, Obispo de Annecy, con ocasión del IV centenario de la consagración episcopal de san Francisco de Sales (23 noviembre 2002), 3: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (20 diciembre 2002), p. 10.

[13] S. Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, Préface, ed. Ravier – Devos, París 1969, 336.

[14] Benedicto XVI, Catequesis (2 marzo 2011): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (6 marzo 2011), p. 11.

[15] S. Francisco de Sales, Fragments d’écrits intimes, 3: Acte d’abandon héroïque, en Œuvres de Saint François de Sales, XXII (Opuscules, I), Annecy 1925, 41.

[16] Cf. Discurso a la Comisión Teológica Internacional (29 noviembre 2019): L’Osservatore Romano (30 noviembre 2019), p. 8.

[17] S. Francisco de Sales, Lett. 165: À Sa Sainteté Clément VIII (fines de octubre de 1602), en Œuvres de Saint François de Sales, XII (Lettres, II: 1599-1604), Annecy 1902, 128.

[18] H. Bremond, L’humanisme dévôt: 1580-1660, en Histoire littéraire du sentiment religieux en France: depuis la fin des guerres de religion jusqu’à nos jours, I, Jérôme Millon, Grenoble 2006, 131.

[19] S. Francisco de Sales, Lett. 168: Aux religieuses du monastère des “Filles-Dieu” (22 noviembre 1602), en Œuvres de Saint François de Sales, XII (Lettres, II: 1599-1604), Annecy 1902,105.

[20] Benedicto XVI, Catequesis (2 marzo 2011): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (6 marzo 2011), p. 12.

[21] S. Francisco de Sales, Lett. 1869: À M. Pierre Jay (1620 o 1621), en Œuvres de Saint François de Sales, XX (Lettres, X: 1621-1622), Annecy 1918, 219.

[22] Ibíd.

[23] Íd., Traité de l’amour de Dieu, Préface, ed. Ravier – Devos, París 1969, 339.

[24] Ibíd., 347.

[25] Ibíd., 338-339.

[26] Cf. Discurso a los obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y catequistas, Bratislava (13 septiembre 2021): L’Osservatore Romano (13 septiembre 2021), pp. 11-12.

[27] Cf. ibíd.

[28] S. Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, II, 12, ed. Ravier – Devos, París 1969, 444.

[29] “Con afecto humano [Vulg: in funiculis Adam], con lazos de amor los atraía. Fui para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas y se inclina hacia él para darle de comer”.

[30] S. Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, II, 12, ed. Ravier – Devos, París 1969, 444.

[31] Ibíd., II, 12, 444-445.

[32] Ibíd., II, 9, 434.

[33] Ibíd., II, 12, 446.

[34] Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor, Conversaciones con Austen Ivereigh, Simon & Schuster, Nueva York 2020, 4.

[35] S. Francisco de Sales, Introduction à la vie dévote, I, 1, ed. Ravier – Devos, París 1969, 31.

[36] Ibíd.,31-32.

[37] Ibíd., 32.

[38] Ibíd.

[39] Ibíd.

[40] Ibíd., 33.

[41] Ibíd., Préface, ed. Ravier – Devos, París 1969, 23.

[42] Epíst. ap. Sabaudiae gemma, en el IV centenario del nacimiento de san Francisco de Sales, doctor de la Iglesia (29 enero 1967): AAS 59 (1967), 119.

[43] Conc. Ecum. Vat. II,Const. dogm. Lumen gentium, 11.

[44] Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 11: AAS 110 (2018), 1114.

[45] Ibíd.

[46] S. Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, VII, 6, ed. Ravier – Devos, París 1969, 682.

[47] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013),6: AAS 105 (2013), 1021-1022.

[48] S. Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, VII, 6, ed. Ravier – Devos, París 1969, 682-683.

[49] Ibíd., 683.

[50] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 2: AAS 105 (2013), 1019-1020.

[51] S. Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, VII, 7, ed. Ravier – Devos, París 1969, 685.

[52] Ibíd., 684.

[53] Ibíd., VII, 8,687.688.

[54] Ibíd., XII, 13, 971.

[55] Ibíd.

[56] Discursos, 350, 3: PL 39, 1535.


[Texto original: Italiano]



BENEDICTO XVI CERCA DE LA MUERTE, FRANCISCO PIDE ORACIONES

Deterioro repentino debido a insuficiencia renal agravada...


Al final de su Audiencia General semanal de hoy, el 'Papa' Francisco hizo el siguiente anuncio:

Me gustaría pedirles a todos una oración especial por el Papa Emérito Benedicto, que está apoyando a la Iglesia en silencio. Acordaos de él -está muy enfermo- pidiéndole al Señor que lo consuele y lo sostenga en este testimonio de amor a la Iglesia, hasta el final.

(Antipapa Francisco, Audiencia generalVatican.va, 28 de diciembre de 2022)

Posteriormente, el portavoz de la Oficina de Prensa del Vaticano, Matteo Bruni, difundió el siguiente comunicado:

En cuanto al estado de salud del Papa Emérito, por quien el Papa Francisco pidió oración al término de la Audiencia General de esta mañana, puedo confirmar que en las últimas horas se ha verificado un empeoramiento debido a su avanzada edad. Hasta el momento la situación está bajo control, seguido constantemente por los médicos.

Al final de la audiencia general, el Papa Francisco se dirigió al monasterio Mater Ecclesiae para visitar a Benedicto XVI. Nos unimos a él en oración por el Papa Emérito.

(“Official Statement of the Vatican’s Spokesman on Benedict XVI’s State of Health”Zenit , 28 de diciembre de 2022)

Para que el Vaticano haga anuncios tan sinceros, la condición de Benedicto XVI, de 95 años, debe ser realmente grave. Por lo general, el Vaticano es el último en admitir que existe un grave problema de salud que afecta al 'papa' o, en este caso, al 'papa emérito'.

Parece claro, por tanto, que el padre Joseph Ratzinger (nombre real de Benedicto XVI) está cerca de la muerte, y eso significa que su juicio por parte de Dios Todopoderoso es inminente. Oremos para que se convierta en sus horas finales, arrepintiéndose de las terribles herejías y otros errores que personalmente ha enseñado, promovido, avanzado, insinuado, permitido y tolerado durante décadas, así como de todos sus otros pecados.


Pocas personas en el mundo han hecho tanto daño duradero a las almas como Joseph Ratzinger con su teología. El liberalismo con un barniz conservador ha sido su pedigrí.

Nuestro Bendito Señor y Salvador Jesucristo derramó Su Preciosísima Sangre también por Joseph Ratzinger. Que no se haya derramado en vano. Oren para que Ratzinger no pierda su alma, no presuma ni desespere de su salvación, sino que, muriendo en la Fe, la esperanza y la caridad, escape de las garras del infierno y del maligno en estas horas finales.

Señor Jesús, ten piedad del padre Ratzinger y concédele una contrición perfecta antes de que muera. Amén.


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