domingo, 3 de septiembre de 2000

SEDES SAPIENTIAE (31 DE MAYO DE 1956)


CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA

SEDES SAPIENTIAE

- Sobre la formación de los jóvenes religiosos -

DEL SUMO PONTÍFICE

PÍO XII

Sobre la formación de los jóvenes religiosos: enunciación de principios y exposición de las reglas generales

Para Perpetua Memoria


Introducción: María y la Vocación Religiosa y Sacerdotal

1. Hemos consagrado todo un año santo a la veneración de la Santísima Virgen María, asiento de la sabiduría, Madre de Dios, Madre de las ciencias 1 y Reina de los Apóstoles 2, no sin razón considerada como la Madre y especialmente la formadora de todos aquellos que abrazan los estados de perfección y que, además pretenden servir en el Ejército Apostólico de Cristo, Soberano Sacerdote. Estos tienen, en efecto, necesidad de su dirección y de su ayuda para aplicarse eficazmente a la preparación y a la formación de una tan grande y sublime vocación, a la vez Religiosa, Apostólica y Sacerdotal. ¿No fue Ella constituida en Mediadora de todas las gracias de santificación? Con justo título, pues, se llama la Madre, la Reina del Sacerdocio Católico y del Apostolado. Nos, imploramos, por tanto, su favor para que, tras de haber sido la mediadora de la luz de lo alto en el establecimiento de las presentes reglas, conceda todavía su ayuda y su Patronazgo a aquellos que tienen la misión de llevarlas a buen término.


Primera Parte:

La Vida Religiosa en su relación con el Sacerdocio

Aumento del porcentaje de Sacerdotes entre los Religiosos

2. Es un altísimo bien de la divina Providencia que constantemente, en el transcurso de los siglos, Cristo Redentor haya inspirado a las almas objeto de su predilección, mediante una palabra interior y casi misteriosa, aquella invitación que dirigió ya de viva voz al joven que le preguntaba sobre la vida eterna: Ven y sígueme 3. Por lo que a un gran numero de aquellos que han recibido esta invitación de la gracia de Dios y hecho suya la declaración del Santo Apóstol: Pues bien, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido 4, Nuestro Señor los ha hecho pescadores de hombres 5 y los ha elegido como obreros 6 para enviar a su mies.

3. Esto se da, como en tiempos pasados, así también en nuestros días, porque cada vez se hace mas frecuente y más íntima la unión de los que buscan los estados de perfección con la Dignidad Sacerdotal y la Misión Apostólica. En efecto, si en tiempos pasados la mayor parte de los Monjes no eran Sacerdotes y si un pequeño número de ellos se veían como forzados por la necesidad a recibir el Sacerdocio para convertir a la Religión cristiana a los Pueblos, se hacía como arrancándolos a su Regla. Y si después los Mendicantes, bien impregnados de un admirable Espíritu Apostólico, no estaban obligados por su Regla al Sacerdocio -su Santo Padre de Asís no fue tampoco elevado al Sacerdocio- por el contrario, los Canónigos y los Clérigos Regulares, por una vocación especial divinamente inspirada, recibían y ejercían los Sagrados Ministerios y Ordenes. Después, innumerables Congregaciones y Sociedades lo imitaron en la vida en común al mismo tiempo que Clerical. Hoy hay que añadir - porque Dios provee siempre a las necesidades de toda época- un cierto número de institutos seculares que cuentan también con Sacerdotes.

4. Por lo demás, actualmente, incluso en las Ordenes más antiguas de la Iglesia Latina, que no son designadas formalmente laicas 7, todos los Religiosos - exceptuados aquellos llamados coadjutores o conversos - están destinados al Sacerdocio, que es absolutamente exigido a quienes ejercen el gobierno de sus respectivas Ordenes.

5. Del Clero Regular y Secular. De ahí que en nuestros días tenga la Iglesia a su disposición una gran multitud de Ministros que se aplican a lograr la perfección, por la práctica de los consejos evangélicos, que se llama el Clero Regular, al lado del que se llama Secular o Diocesano. Ambos, en una emulación fraternal y en una fecunda asistencia, están bajo la sola y suprema autoridad del Pontífice de Roma, quedando enteramente salvaguardado el poder de los Obispos.

Necesidad de reglamentación coordinadora

6. Ahora bien, todo el mundo ve que este Clero Religioso, para alcanzar como conviene y con seguridad el doble fin que le es propio, tiene necesidad de reglas muy prudentes para dirigir y favorecer su preparación y su formación religiosa a la vez que clerical.

A esta necesidad responden ampliamente y hasta aquí las constituciones de cada una de esas sociedades y sus estatutos para la preparación de los jóvenes y la organización de los estudios. Por otra parte, no faltan a este respecto las prescripciones y recomendaciones de la Santa Sede.

7. Sin embargo, desde hace tiempo se echan de menos disposiciones generales coordinadas y más completas, apoyadas en la autoridad apostólica y obligatorias para todos y en todas partes, a fin de que una tal tarea y empresa, que interesa al más alto bien de las almas, gane seguridad, para desarrollarse felizmente y perfeccionarse mediante un esfuerzo adecuado y prolongado.

Vigilancia de la formación y la Comisión especial para realizarla

8. Una obra tan excelente exige, en efecto, la constante vigilancia de la Sede Apostólica; pues lo mismo que los Seminarios del Clero Diocesano, en cuanto a instituciones públicas de la Iglesia, están bajo la vigilancia de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades 8, de la misma forma y por igual razón, las escuelas propias para los estados de perfección reconocidas y aprobadas por la Iglesia, son públicas y dependen de la autoridad de la Sagrada Congregación de Religiosos 9.

Por estas numerosas razones, ya en 1944 Nos decidimos, en virtud de Nuestra Autoridad Apostólica, erigir y establecer en el seno de esta Sagrada Congregación un Consejo o Comisión especial de hombres competentes para tratar todas las cuestiones y asuntos que, de alguna forma, tengan relación con la Formación Clerical y Religiosa, la cultura literaria y científica de los postulantes y novicios y de los jóvenes religiosos de cualquier religión y sociedad que viven en común sin votos 10.

9. Esta Comisión que se compone de hombres competentes de diversas congregaciones y naciones ha tenido conocimiento de todos los documentos concernientes a esta cuestión. Después de haber recogido de todas partes las manifestaciones que pedían las circulares dirigidas a todos los Superiores Generales 11, había realizado ya un inmenso trabajo cuando se anunció el Congreso General de los Estados de Perfección, en 1950. La Comisión se sirvió de las propuestas oportunas que le habían sido hechas, pesó todos los proyectos anteriormente preparados y los puso a punto; y todo ello ha sido, por último, sometido a Nuestra aprobación.

10. Ahora Nos publicamos algunas normas que hacemos preceder de principios y reglas fundamentales para la preparación y la Formación Religiosa, Clerical y Apostólica de los estudiantes, y que todos han de tener muy en cuenta.


Segunda Parte:

Sobre la Vocación Religiosa en general

El elemento divino de la vocación

11. Ante todo, Nos queremos que nadie ignore el fundamento de toda vida, ya Religiosa, ya Sacerdotal y Apostólica - lo que se llama Vocación Divina -, y está constituida por un doble elemento en cierto modo esencial, a saber: uno Divino, otro, en cambio, Eclesiástico.

12. Por lo que se refiere al primero, ante todo, conviene decir que la vocación de Dios es necesaria para abrazar el estado Religioso o Sacerdotal; que, si falta, ha de decirse que falta el fundamento mismo sobre el que se apoya todo el edificio.

Pues al que Dios no llama, no es conducido ni ayudado por su gracia. Por lo demás, si se dice que hay una verdadera Vocación en cierto modo divina para cualquier estado, puesto que el Autor primero de todos los estados y de todos los dones y disposiciones, tanto naturales como sobrenaturales, es Dios mismo, con mayor razón ha de decirse de la Vocación Religiosa y sacerdotal, que brilla con una excelencia tan sublime y está dotada con tantas distinciones naturales y sobrenaturales, hasta el punto de que no puede tener otro origen que el Padre de la luz de quien viene todo don excelente, toda gracia perfecta 12.

El elemento eclesiástico de la vocación

13. En cambio, respecto al otro elemento de la Vocación Religiosa y Sacerdotal, el Catecismo Romano enseña que se dicen llamados por Dios aquellos que han sido llamados por los Ministros legítimos de la Iglesia 13.

Lo que, lejos de estar en contradicción con lo que Nos hemos dicho de la Vocación Divina, muy al contrario se encuentra estrechamente unido. Porque la Vocación al estado Religioso y Clerical - dado que se obliga a cada uno a llevar públicamente una vida de santificación y a ejercer un Ministerio Jerárquico en la Iglesia, sociedad visible y jerárquica - debe ser, en virtud de un mandamiento, aprobada, aceptada y reglada por los Superiores, igualmente Jerárquicos, a quienes ha sido confiado por Dios el gobierno de la Iglesia.

14. A ello deben estar atentos cuantos se aplican a reclutar y examinar las vocaciones de esta clase. No deben, por consiguiente, forzar nunca a nadie, de cualquier forma que sea, al estado Sacerdotal o Religioso 14, ni a el atraer o admitir a quien no diera realmente verdaderas señales de Vocación Divina, ni paralelamente, promover al Ministerio Clerical a quien no diere pruebas de haber recibido divinamente su Vocación Religiosa; y a aquellos que igualmente no hubieren recibido este don de Dios, no deben impulsarlos u orientarlos hacia el Clero Secular. Por último, no deben apartar a nadie del estado Sacerdotal si se prueba, por signos ciertos, que se trata de un llamamiento de Dios 15.

15. Es evidente, en efecto, que quienes aspiran a servir a la Clerecía, para quienes se han fijado estas reglas, deben reunir todos los requisitos exigidos para constituir esta múltiple Vocación Religiosa, Sacerdotal y Apostólica. Por consiguiente, deben tener todos los dones y cualidades que se estiman necesarias para llenar este tan sublime Oficio Divino.


Tercera Parte:

La formación natural y sobrenatural

Las reglas generales para los Educadores de esas Vocaciones

16. Ahora bien, todos saben que los gérmenes de Vocación, así como las cualidades que esta requiere, una vez que se dan, tienen necesidad de educación y formación para su desarrollo y madurez. Nada, en efecto, es perfecto desde el primer instante de su nacimiento; antes bien, la perfección se adquiere por progresos graduales. Para dirigir esta evolución es necesario tener en cuenta todo, ya sea lo que es objeto de la Vocación Divina, como las condicionases de lugar y tiempo, para alcanzar eficazmente el fin propuesto. Es necesario, pues, que la educación y la formación de los jóvenes religiosos estén plenamente aseguradas, ilustradas, sean sólidas, completas, adaptadas sabiamente y en relación con las necesidades de hoy, tanto interiores como exteriores, cultivadas asidua y atentamente, no sólo en lo que concierne a la perfección de la Vida Religiosa, sino también de la Vida Sacerdotal y Apostólica.

17. Todo esto, como enseña la experiencia, no puede realizarse sino mediante hombres elegidos, probados, que se distingan, no sólo por la doctrina, la prudencia, el discernimiento de los espíritus y por una experiencia múltiple de los hombres y de las cosas y por otras cualidades humanas, sino que estén también llenos del Espíritu Santo y que, por su santidad y su ejemplo de todas las virtudes, ilustren a los jóvenes, ya que éstos, como se sabe, en todo conjunto de su formación, están más influidos por las virtudes y las buenas acciones que por los discursos 16.

En el cumplimiento de esta gravísima tarea, los Educadores habrán de tener como regla primera, la que el Señor anunciara en el Evangelio, diciendo: Yo soy el buen pastor, el buen pastor da su vida por sus ovejas... Yo soy el buen pastor y conozco las mías, y las mías me conocen 17, es lo que San Bernardo expresaba con estas palabras: Percataos de que debéis ser más madres que maestros; buscad más el ser amados que temidos 18. El propio Concilio de Trento exhortaba insistentemente a los Superiores Eclesiásticos para que recordaran que han de tener en cuenta que son Pastores y no castigadores, que han de dirigir a sus súbditos no haciéndoles sentir su dominio sino amándoles como a hijos y hermanos más jóvenes; que se esfuercen, mediante sus exhortaciones y sus advertencias, para apartarlos de lo que no está permitido, para que, cuando falten, no se vean obligados a infligirles los castigos que merezcan. Pero si por fragilidad humana llegan a pecar, que observen a este respecto el precepto del Apóstol, reprendiéndoles, amenazándoles y exhortándoles con toda bondad y paciencia; porque la benevolencia al corregir, consigue más que la severidad, más la exhortación que la amenaza, más la caridad que la autoridad. Pero si la gravedad de la falta obliga a emplear la vara es necesario entonces, unir el rigor con la bondad, la justicia con la misericordia y la severidad con la dulzura, para mantener sin aspereza la disciplina, saludable y necesaria a los Pueblos, y para enmendar a los que se corrigen, o si rehúsan arrepentirse, los demás se aparten del mal por un saludable ejemplo de corrección 19.

La formación armoniosa y de santificación

18. Recuerden, además, todos aquellos que por cualquier título están encargados de la formación de los Religiosos, que esta educación y formación debe darse en una progresión armoniosa y con todos los medios y métodos convenientes según las ocasiones, y que debe abarcar al hombre entero, es decir, bajo todos los aspectos de su Vocación, de forma que se llegue a hacer de él realmente un hombre perfecto en Cristo Jesús 20. En lo que concierne a los medios y los métodos de formación, es evidente que los que proporcionan la naturaleza misma y los adelantos humanos de nuestra época no han de ser menospreciados, si son buenos; muy al contrario, conviene tenerlos muy en cuenta y admitirlos prudentemente. Sin embargo, no habría peor error que el de aquellos que, en la formación de los discípulos elegidos, preocupados por el exceso de métodos naturales o de estos solos, pusieran en segundo lugar o bajo cualquier pretexto olvidaran los recursos y los medios del Orden Sobrenatural, siendo así que para alcanzar la perfección Religiosa y Clerical u obtener sus frutos Apostólicos, los recursos sobrenaturales, tales como los Sacramentos, la oración, la mortificación y otros semejantes, no sólo son necesarios, sino primordiales; más aún, esenciales.

19. Guardando este orden en los métodos y medios, es preciso no olvidar nada de todo aquello que pueda ser útil de algún modo para perfeccionar el cuerpo y el alma, para cultivar todas las virtudes naturales y formar virilmente un tipo de hombre completo, de modo que, en consecuencia, la formación sobrenatural, ya Religiosa, ya Sacerdotal, descanse sobre el fundamento solidísimo de una honestidad natural y de un humanismo cultivado 21, puesto que será más fácil y seguro para los hombres encontrar el camino para llegar a Cristo si, en la persona del Sacerdote, ven más claramente reflejados la benignidad y el amor de Dios Nuestro Salvador 22.

20. Pero así como todos deben atender muy bien a una formación humana y natural del Clero Religioso, tengan en cuenta que la santificación sobrenatural de su alma es lo más importante en el curso de su formación. Pues si el consejo del Apóstol vale para todo cristiano cuando afirma que lo que Dios quiere es vuestra santificación 23, cuánto más está obligado a ello aquel que no solamente está investido del Sacerdocio, sino que profesa la aspiración a la perfección evangélica misma y, a la vez, en virtud de su Ministerio, se convierte en instrumento de santificación para los demás, dependiendo grandemente de su propia santidad la misma salvación de las almas y el incremento del Reino de Dios.

21. Que todos los miembros que buscan los estados de perfección evangélica recuerden, pues, y mediten frecuentemente ante Dios, que no les basta para cumplir el deber de su profesión evitar los pecados, ya graves, ya incluso, con la ayuda de Dios, las faltas veniales, ni conformarse material y solamente con las órdenes de los superiores, e incluso con sus votos y cuanto puede ligar su conciencia, ni aún siquiera con sus Constituciones particulares, según las cuales, como ordena la Iglesia en sus santos cánones, todos y cada uno de los Religiosos, Superiores, e individuos, deben... modelar su vida y tender así a la perfección de su estado 24, pues es preciso que cumplan todo esto de todo corazón y con un amor ardiente, no sólo por necesidad, sino mas bien en conciencia 25, ya que para elevarse a las cumbres de la santidad y para poder comunicar a todos las fuentes vivas de la caridad cristiana, deben estar adornados de todas las virtudes y abrasarse en la más ardiente caridad hacia Dios y hacia el prójimo.


Cuarta Parte:

Las reglas generales de su formación doctrinal y pastoral

Los motivos de su formación religiosa y completa

22. Pero allí donde se provee a esta santificación del alma, conviene igualmente que se dé a los Religiosos una formación muy cuidada, tanto intelectual como Pastoral. Queremos enunciar y explanar un poco más ampliamente estos principios dada la importancia del tema y en atención a Nuestra conciencia de la Suprema Tarea Pastoral que Nos incumbe.

23. La necesidad para estos Religiosos de recibir una formación intelectual sólida y completa en todas las materias, es secuela manifiesta de la triple dignidad que brilla en la Iglesia de Dios: la Dignidad Religiosa, Sacerdotal y Apostólica.

En efecto, los Religiosos que tienen por tarea principal la contemplación de las cosas divinas, buscando únicamente a Dios y uniéndose a Él y la de transmitirlas a los demás, deben tener muy en cuenta que no pueden en forma alguna alcanzar los simples frutos de esta tarea santísima sin elevarse a una sublime unión con Cristo, lo que no conseguirán si no tienen abundantemente este conocimiento profundo y siempre perfectible de Dios y de sus misterios, que se adquiere mediante los estudios sagrados 26.

La Dignidad Sacerdotal, que da al que de ella está revestido, el estar constituido en legado del Señor de las ciencias y ser llamado con especial título sal de la tierra y luz del mundo, exige una formación sólida muy amplia, especialmente en lo que concierne a las Disciplinas Eclesiásticas, que pueden alimentar y fortificar la vida espiritual del Sacerdote mismo y guardarle de todo error y de toda peligrosa novedad, y que, además, le hace fiel dispensador de los misterios de Dios y perfecciona al hombre de Dios, pronto para toda obra buena.

Por último, la Misión Apostólica que los miembros de los estados de perfección ejercen en la Iglesia por el hecho de su Vocación, ya sea por la predicación, ya por la formación cristiana de los niños y de los jóvenes, ya por la administración de los Sacramentos especialmente el de la penitencia, ya por las Misiones en países de infieles, ya por la dirección espiritual de las almas, ya, finalmente, por la forma de vida cotidiana que llevan entre las gentes, no podrán producir frutos abundantes y duraderos si no conocen perfectamente la Doctrina Sagrada y se preocupan de penetrar más en ella.

24. Los Superiores Religiosos, en primer lugar, deben velar por esta formación sólida y completísima de la inteligencia, teniendo en cuenta el desarrollo natural de los jóvenes y la distribución de estudios, no perdonando medios para que la cultura literaria y científica de los alumnos religiosos no desmerezca de la de los laicos que siguen los mismos estudios. Si se atiende a ello se habrá proveído seriamente a la formación de los espíritus y obtenido en el tiempo preciso la selección de los candidatos, y se habrá asegurado el que estos mismos alumnos estén preparados para profundizar en las Disciplinas Eclesiásticas proporcionándoles los medios.

Su formación filosófico - teológica

25. En lo que concierne a la Filosofía y a la Teología, que han de ser enseñadas muy escrupulosamente por maestros capaces y cuidadosamente elegidos, es necesario observar todo lo prescrito por los sagrados cánones por Nuestros Predecesores y por Nos mismo, especialmente en lo que se refiere al Magisterio Eclesiástico y la fidelidad al mismo, que ha de manifestarse de todas maneras, siempre y en todas partes, e inculcada en las almas y en los espíritus de los alumnos, como ha de inculcarse la prudencia y la precaución que es preciso tener siempre cuando se trata de las nuevas cuestiones que los nuevos tiempos plantean; igualmente por lo que se refiere a la defensa o argumentación en favor de la Doctrina y de los principios del Doctor Angélico, que deben ser santamente mantenidos y enteramente seguidos en la enseñanza filosófica y teológica de los alumnos.

26. La Teología debe a la vez enseñarse por el Método Positivo y el Llamado Eclesiástico, tomando a Santo Tomás de Aquino como guía y maestro, de suerte que a la luz de una enseñanza auténtica las fuentes de la Revelación Divina sean estudiadas en forma profunda con los medios adecuados y que los tesoros de verdad que de ella provienen sean claramente expuestos y eficazmente defendidos.

27. Puesto que es sólo al Magisterio de la Iglesia a quien se han confiado interpretar auténticamente el deposito de la Revelación, ésta debe ser explicada no siguiendo razonamientos puramente humanos y opiniones particulares sino de acuerdo fidelísimamente con el sentido y el espíritu de la Iglesia misma. Por lo tanto, que los Profesores de Filosofía Cristiana y de Teología sepan ejercer su función no por derecho propio y en nombre propio, sino en nombre y bajo la autoridad del Magisterio Supremo, y por consiguiente, bajo su vigilancia y dirección; de ese Magisterio han recibido como una Misión Canónica; de ahí que, salvaguardando enteramente la justa libertad de discusión sobre los puntos en que es todavía admitida, deben recordar muy bien que el poder de enseñar no los ha sido dado para transmitir a sus alumnos sus opiniones propias, sino las doctrinas perfectamente aprobadas por la Iglesia.

Su formación integral

28. De otra parte, todos, tanto los maestros como los alumnos nunca deben perder de vista que los Estudios Eclesiásticos están orientados no solamente a la formación intelectual, sino a una formación integral y sólida tanto Religiosa como Sacerdotal y Apostólica; por ello, su finalidad no es solamente permitirlos rendir los exámenes sino imprimir en las almas de los alumnos como un sello indeleble, del que obtendrán cuando lo necesiten, luz y fuerza para sus propias necesidades y las de los demás.

29. Para alcanzar este fin, la enseñanza intelectual debe, ante todo, estar estrechamente unida con el amor a la oración y a la contemplación de las cosas divinas. Debe, además ser completa, sin omitir ninguna parte de las materias prescritas, puesto que hay entre ellas una coherencia y, así conjugadas en todas sus partes, todas las materias convergen hacia un solo sistema, sólido y bien ordenado; igualmente, dicha enseñanza ha de ser sabiamente adaptada para responder a los errores de nuestros tiempos y proveer a sus necesidades; ha de estar también al corriente de los modernos descubrimientos y, a la vez, en perfecto acuerdo con la Venerable Tradición; por último ha de ordenarse eficazmente a un cumplimiento fructuoso de todas las Tareas Pastorales de forma que permita a los futuros Sacerdotes instruidos en esa ciencia, proponer y defender fácil y exactamente la sana Doctrina tanto a la gente ruda como a la docta en sermones y catequesis, administrar rectamente los Sacramentos, promover activamente el bien de las almas y ser a todos útiles por sus palabras y por sus actos.

Su formación pastoral

30. Aunque todo esto que hemos dicho hasta aquí sobre la formación espiritual o intelectual de los alumnos, concurre desde el más alto punto de vista el preparar hombres realmente Apostólicos y es necesario para esa formación, de suerte que si falta al Sacerdote la santidad y la ciencia requerida le falta todo. Nuestro gravísimo Cargo Pastoral Nos impone el deber de añadir a esto que, además de la santidad y de la ciencia requerida, es absolutamente necesario que el Sacerdote, para cumplir fielmente su Ministerio Apostólico, reciba una Preparación Pastoral muy cuidadosa y en todos los aspectos perfecta, que le dé la habilidad y la destreza necesaria para llenar convenientemente las numerosas tareas del Apostolado Cristiano.

Si es habitual que cada uno, antes de profesar o ejercer una materia, comience por una sólida preparación tanto teórica o, como se dice, técnica como práctica, mediante un largo aprendizaje, ¿quién negará que debe preceder una preparación cuidadosísima y profundísima a la que con justo título se llama arte de las artes?

31. Esta Formación Pastoral de los alumnos, que debe iniciarse desde el comienzo mismo del ciclo de estudios y perfeccionarse gradualmente a medida que aquellos avanzan en edad, y prepararse para un aprendizaje especial después de los estudios de Teología en consonancia con el fin de cada Instituto, debe procurar ante todo que los futuros Ministros y Apóstoles de Cristo, a ejemplo de Cristo mismo, estén sólida y profundamente impregnados de Virtudes Apostólicas, es decir, un celo ardiente y purísimo para trabajar por la gloria de Dios, un amor activo y ardiente hacia la Iglesia para defender sus derechos; conservar y difundir su Doctrina; un celo ardoroso por la salvación de las almas, una prudencia sobrenatural en las palabras y en los actos, unida a la sencillez evangélica; una humilde abnegación de sí mismo y una dócil sumisión a los Superiores; una firmísima confianza en Dios y una conciencia clarísima de su Misión, una viril habilidad para acometer los asuntos y constancia para continuar lo emprendido; una fidelidad escrupulosa para llenar su Tarea; un gran valor para realizar y soportar las mas duras pruebas y, por último, una amabilidad y una humanidad cristianas que atraigan a todos.

32. Es necesario esforzarse, además, en la Formación Pastoral para que, teniendo en cuenta el grado de progreso en los estudios, los alumnos secan instruidos en todas las materias que puedan conducir a formar en todos los aspectos al buen soldado de Cristo Jesús y proporcionarle la armas apostólicas apropiadas. Por consiguiente, además de los Estudios Filosóficos y Teológicos, para prepararlo oportunamente a la Acción Pastoral es absolutamente necesario, como hemos, dicho, que los futuros Pastores de la grey del Señor reciban de parte de maestros competentes, según las normas de la Sede Apostólica, una enseñanza relativa a las cuestiones psicológicas y pedagógicas, didácticas y catequísticas, sociales y pastorales y otras similares que respondan al progreso actual de estas materias y que les prepare para las múltiples necesidades del Apostolado moderno.

33. Para que esta Formación Apostólica Doctrinal sea robustecida por el uso y la experiencia es necesario unirla a los llamados Ejercicios Prácticos, progresando gradualmente con circunspección y prudencia ordenadas. Nos queremos que se ejerciten en un aprendizaje especial una vez recibido el Sacerdocio, bajo la guía de hombres muy competentes por su Doctrina, sus consejos y sus ejemplos, y que se consoliden en una forma continua, sin interrumpir nunca los Estudios Sagrados.

Epílogo:

La vigencia de estas normas y el papel de la S. C. de Religiosos

34. Después de enunciados estos importantes principios, que deben regir tanto en la tarea de formación como en los educadores y sus alumnos, y después de haber examinado las leyes generales que hacen relación a cada punto de esta materia tan importante, Nos declaramos y estatuimos de ciencia cierta y en virtud de la plenitud del Poder Apostólico, que deben ser observadas; por aquellos a quienes conciernen.

35. Además, por Nuestra autoridad, otorgamos a la Sagrada Congregación de Religiosos la potestad de publicar las Ordenanzas, Instrucciones, Declaraciones, Interpretaciones y cualquier Documento análogo para la aplicación de los Estatutos Generales, ya aprobados por Nos, y dictar cuantas medidas sean necesarias para hacer observar fielmente la Constitución, los Estatutos y las Ordenanzas, sin que obste nada en contrario, incluso digno de especial mención.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 31 de Mayo de 1956, 18 de Nuestro Pontificado, en la Festividad de la Bienaventurada Virgen María, Reina del Mundo.

Pío XII


Notas:

1 Cf. 1 Reg. (1 Sam.) 2, 3.

2 Litan. lauret.

3 Cf. Iac. 1, 17.

4 Catech. Rom., p. 2, c. 7.

5 Cf. C.I.C. can. 971.

6 Ibid.

7 Ibid., can. 124.

8 Io. 10, 11-12. 14.

9 In cantica serm. 23 PL 183, 885 B.

10 Cf. C.I.C. can. 2214 #2; Conc. Trid. de ref. c. 1.

11 Col. 1, 28.

12 Cf. Phil. 4, 5.

13 Tit. 3, 4.

14 1 Tes. 4, 3.

15 Cf. C.I.C. can. 593.

16 Rom. 13, 5.

17 Cf. Pío XI: Litt. ap. Unigenitus Dei Filius 19 mart. 1924 A.A.S. 16 (1924) 137-138: Enchiridion de statibus perfectionis Romae 1940, n. 348. p. 403-404.

18 Cf. 1 Reg. (1 Sam.) 2, 3.

19 Cf. Mat. 5, 13-14.

20 Cf. 1 Cor. 4, 1-2.

21 Cf. 2 Tim. 3, 17.

22 Pío XII: Adh. ap. Menti Nostrae 23 sept. 1950 A.A.S. 42 (1950) 687.

23 Pío XII: Enc. Humani generis 12 aug. 1950 A.A.S. 42 (1950) 573, 577-578. C.I.C. can. 1366.

24 S. Pío X: Motu pr. Doctoris angelici 29 iul. 1914 A.A.S. (1914) 338: Enchiridion n. 373, p. 531.

25 Cf. Pío XII, Sermo ad alumnos 24 iun. 1939 A.A.S. 31 (1939) 246: Enchiridion n. 373 p. 531.

26 2 Tim. 2, 3.



sábado, 2 de septiembre de 2000

MISERENTISSIMUS REDEMPTOR (8 DE MAYO DE 1928)


CARTA ENCÍCLICA

MISERENTISSIMUS REDEMPTOR

DEL SUMO PONTÍFICE

PÍO XI

SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN

AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


INTRODUCCIÓN

Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque


1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos, acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajadas, y aun la Iglesia, de tantas impugnaciones sin tregua y por tantas asechanzas oprimida.

Esta divina promesa, así como en un principio levantó los ánimos abatidos de los Apóstoles, y levantados, los encendió e inflamó para esparcir la semilla de la doctrina evangélica en todo el mundo, así después alentó a la Iglesia a la victoria sobre las puertas del infierno. Ciertamente en todo tiempo estuvo presente en su Iglesia nuestro Señor Jesucristo; pero lo estuvo con especial auxilio y protección cuantas veces se vio cercada de más graves peligros y molestias, para suministrarle los remedios convenientes a la condición de los tiempos y las cosas, con aquella divina Sabiduría que «toca de extremo a extremo con fortaleza y todo lo dispone con suavidad» (Sab 8,1). Pero «no se encogió la mano del Señor» (Is 59,1) en los tiempos más cercanos; especialmente cuando se introdujo y se difundió ampliamente aquel error del cual era de temer que en cierto modo secara las fuentes de la vida cristiana para los hombres, alejándolos del amor y del trato con Dios.

Mas como algunos del pueblo tal vez desconocen todavía, y otros desdeñan, aquellas quejas del amantísimo Jesús al aparecerse a Santa Margarita María de Alacoque, y lo que manifestó esperar y querer a los hombres, en provecho de ellos, plácenos, venerables hermanos, deciros algo acerca de la honesta satisfacción a que estamos obligados respecto al Corazón Santísimo de Jesús; con el designio de que lo que os comuniquemos cada uno de vosotros, lo enseñéis a vuestra grey y la excitéis a practicarlo.

2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia» (Col 2, 3).

Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes» (Gén 2, 14), así en los turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas, enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre cuanto temérsele como implacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate. A este propósito, nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, en su encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en escribir: «Cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen, sufría la opresión del yugo de los Césares, la Cruz, aparecida en la altura a un joven emperador, fue simultáneamente signo y causa de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Otro signo se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz superpuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido candor. En El han de colocarse todas las esperanzas; en Él han de buscar y esperar la salvación de los hombres».

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consiguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la Religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las circunstancias.

Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesús ha ido de día en día creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el culto al Corazón Divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús.

La consagración

4. Mas, entre todo cuanto propiamente atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón Divino de Jesús, con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios. Después que nuestro Salvador, movido más que por su propio derecho, por su inmensa caridad para nosotros, enseñó a la inocentísima discípula de su Corazón, Santa Margarita María, cuánto deseaba que los hombres le rindiesen este tributo de devoción, ella fue, con su maestro espiritual, el Padre Claudio de la Colombiére, la primera en rendirlo. Siguieron, andando el tiempo, los individuos particulares, después las familias privadas y las asociaciones y, finalmente, los magistrados, las ciudades y los reinos.

Mas, como en el siglo precedente y en el nuestro, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a despreciar el imperio de Cristo Nuestro Señor y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al Derecho Divino y a la Ley Natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: «No queremos que reine sobre nosotros» (Lc 19,14), por esta consagración que decíamos, la voz de todos los amantes del Corazón de Jesús prorrumpía unánime oponiendo acérrimamente, para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: «Es necesario que Cristo reine (1 Cor 15,25). Venga su reino». De lo cual fue consecuencia feliz que todo el género humano, que por nativo derecho posee Jesucristo, único en quien todas las cosas se restauran (Ef 1,10), al empezar este siglo, se consagra al Sacratísimo Corazón, por nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, aplaudiendo el orbe cristiano.

Comienzos tan faustos y agradables, Nos, como ya dijimos en nuestra encíclica Quas primas, accediendo a los deseos y a las preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles, con el favor de Dios completamos y perfeccionamos, cuando, al término del año jubilar, instituimos la Fiesta de Cristo Rey y su solemne celebración en todo el orbe cristiano.

Cuando eso hicimos, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey. Por esto ordenábamos también que en el día de esta Fiesta se renovase todos los años aquella consagración para conseguir más cierta y abundantemente sus frutos y para unir a los pueblos todos con el vínculo de la caridad cristiana y la conciliación de la paz en el Corazón de Cristo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan.


LA EXPIACIÓN O REPARACIÓN

5. A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructífera y confirmada en la Fiesta de Cristo Rey, necesario es añadir otro deber, del que un poco más por extenso queremos, venerables hermanos, hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparación.

Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación.

Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo.

Pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con sólo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita; sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, «por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias». A la consagración, pues, con que nos ofrecemos a Dios, con aquella santidad y firmeza que, como dice el Angélico, son propias de la consagración [1], ha de añadirse la expiación con que totalmente se extingan los pecados, no sea que la santidad de la divina justicia rechace nuestra indignidad impudente, y repulse nuestra ofrenda, siéndole ingrata, en vez de aceptarla como agradable.

Este deber de expiación a todo el género humano incumbe, pues, como sabemos por la fe cristiana, después de la caída miserable de Adán, el género humano, inficionado de la culpa hereditaria, sujeto a las concupiscencias y míseramente depravado, había merecido ser arrojado a la ruina sempiterna. Soberbios filósofos de nuestros tiempos, siguiendo el antiguo error de Pelagio, esto niegan blasonando de cierta virtud innata en la naturaleza humana, que por sus propias fuerzas continuamente progresa a perfecciones cada vez más altas; pero estas inyecciones del orgullo rechaza el Apóstol cuando nos advierte que «éramos por naturaleza hijos de ira» (Ef 2,3).

En efecto, ya desde el principio, los hombres en cierto modo, reconocieron el deber de aquella común expiación y comenzaron a practicarlo guiados por cierto natural sentido, ofreciendo a Dios sacrificios, aun públicos, para aplacar su justicia.

Expiación de Cristo

6. Pero ninguna fuerza creada era suficiente para expiar los crímenes de los hombres si el Hijo de Dios no hubiese tomado la humana naturaleza para repararla. Así lo anunció el mismo Salvador de los hombres por los labios del sagrado Salmista: «Hostia y oblación no quisiste; mas me apropiaste cuerpo. Holocaustos por el pecado no te agradaron; entonces dije: heme aquí» (Heb 10,5.7)). Y «ciertamente El llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; herido fue por nuestras iniquidades» (Is 53, 4-5); y «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pe 2,24); «borrando la cédula del decreto que nos era contrario, quitándole de en medio y enclavándole en la cruz» (Col 2,14), «para que, muertos al pecado, vivamos a la justicia» (1 Pe 2,24).

Expiación nuestra, Sacerdotes en Cristo

7. Mas, aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente «perdonó nuestros pecados» (Col 2,13); por aquella admirable disposición de la Divina Sabiduría, según la cual ha de completarse en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24), aun a las oraciones y satisfacciones «que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores» podemos y debemos añadir también las nuestras.

8. Necesario es no olvidar nunca que toda la fuerza de la expiación pende únicamente del cruento sacrificio de Cristo, que por modo incruento, se renueva sin interrupción en nuestros altares; pues, ciertamente, «una y la misma es la Hostia, el mismo es el que ahora se ofrece mediante el ministerio de los Sacerdotes que el que antes se ofreció en la cruz; sólo es diverso el modo de ofrecerse» [2]; por lo cual debe unirse con este augustísimo sacrificio eucarístico la inmolación de los Ministros y de los otros fieles para que también se ofrezcan como «hostias vivas, santas, agradables a Dios» (Rom 12,1). Así, no duda afirmar San Cipriano «que el sacrificio del Señor no se celebra con la santificación debida si no corresponde a la pasión nuestra oblación y sacrificio» [3].

Por ello, nos amonesta el Apóstol que, «llevando en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús» (2 Cor 4,10), y con Cristo sepultados y plantados, no sólo a semejanza de su muerte crucifiquemos nuestra carne con sus vicios y concupiscencias (cf Gál 5,24), «huyendo de lo que en el mundo es corrupción de concupiscencia» (2 Pe 1,4), sino que «en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús» (2 Cor 4,10), y, hechos partícipes de su eterno sacerdocio, «ofrezcamos dones y sacrificios por los pecados» (Heb 5,1).

Ni solamente gozan de la participación de este misterioso sacerdocio y de este deber de satisfacer y sacrificar aquellos de quienes nuestro Señor Jesucristo se sirve para ofrecer a Dios la oblación inmaculada desde el oriente hasta el ocaso en todo lugar (Mal 1-2), sino que toda la grey cristiana, llamada con razón por el Príncipe de los Apóstoles «linaje escogido, real sacerdocio» (1 Pe 2,9), debe ofrecer por sí y por todo el género humano sacrificios por los pecados, casi de la propia manera que todo Sacerdote y Pontífice «tomado entre los hombres, a favor de los hombres es constituido en lo que toca a Dios» (Heb 5,1).

Y cuanto más perfectamente respondan al sacrificio del Señor nuestra oblación y sacrificio, que es inmolar nuestro amor propio y nuestras concupiscencias y crucificar nuestra carne con aquella crucifixión mística de que habla el Apóstol, tantos más abundantes frutos de propiciación y de expiación para nosotros y para los demás percibiremos. Hay una relación maravillosa de los fieles con Cristo, semejante a la que hay entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo, y asimismo una misteriosa comunión de los santos, que por la Fe Católica profesamos, por donde los individuos y los pueblos no sólo se unen entre sí, sino también con Jesucristo, que es la cabeza; «del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado por todas las junturas, según la operación proporcionada de cada miembro, recibe aumento propio, edificándose en amor» (Ef 4,15-16). Lo cual el mismo Mediador de Dios y de los hombres, Jesucristo, próximo a la muerte, lo pidió al Padre: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad» (Jn 17,23).

Así, pues, como la consagración profesa y afirma la unión con Cristo, así la expiación da principio a esta unión borrando las culpas, la perfecciona participando de sus padecimientos y la consuma ofreciendo sacrificios por los hermanos. Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad.

Comunión Reparadora y Hora Santa

9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu de expiación y reparación; ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtud y prácticas propias de esta devoción, como la Historia y la Tradición, la Sagrada Liturgia y las Actas que los Santos Pontífices confirman.

Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de grabarse en las almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor». Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras cosas que los hombres comulgaran con ánimo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, sino que enriqueció con copiosos favores espirituales.

Consolar a Cristo

10. Mas ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo» [4].

Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras culpas» (Is 53,5) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio» (Is 5). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo (Lc 22,43) se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la Sagrada Liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé» (Sal 68,21).

La pasión de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia

11. Añádase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustín [5]: «Cristo padeció cuanto debió padecer; nada falta a la medida de su pasión. Completa está la pasión, pero en la cabeza; faltaban todavía las pasiones de Cristo en el cuerpo». Nuestro Señor se dignó declarar esto mismo cuando, apareciéndose a Saulo, «que respiraba amenazas y muerte contra los discípulos» (Hech 91,1), le dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hech 5); significando claramente que en las persecuciones contra la Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razón, pues, Jesucristo, que todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con El nuestra propia necesidad; porque siendo como somos «cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro» (1 Cor 12,27), necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros (Ibíd.).

Necesidad actual de expiación por tantos pecados

12. Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultará a quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo» (1 Jn 5,19). De todas partes sube a Nos clamor de pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia (2 Pe 2,2). Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos crímenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse «los principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora» (2 Tes 2,4).

Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el Bautismo con la sangre del Cordero Inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increíble ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vidas llena de vicios, lejos de la casa del Padre; vidas no iluminadas por la luz de la fe, ni alentadas de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte. Cunde además entre los fieles la incuria de la eclesiástica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la vida cristiana se funda y con que se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada totalmente o depravada con halagos la educación de los niños, aún negada a la Iglesia la facultad de educar a la juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la mujer; la codicia desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la difamación de la autoridad legítima, y, finalmente, el menosprecio de la Palabra de Dios, con que la Fe se destruye o se pone al borde de la ruina.

Forman el cúmulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los discípulos, vacilantes en la fe míseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los satélites de Satanás; no menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o sacrílegamente comulgan o se pasan a los campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por nuestro Señor: «Y porque abundó la iniquidad, se enfrió la caridad de muchos» (Mt 24,12).

El ansia ardiente de expiar

13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podrán menos de sentir, encendidos en amor a Cristo apenado, el ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de acudir a la salud eterna de las almas. Las palabras del Apóstol: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20), de alguna manera se acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece, maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a Cristo como víctimas.

Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazón lo grabe, no podrá menos que aborrecer y abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregará a la voluntad divina y se afanará por reparar el ofendido honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a la expiación toda su vida.

Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como ambicioso de servir, se proponen hacer día y noche las veces del Ángel que consoló a Jesús en el Huerto; de aquí las piadosas asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostólica y enriquecidas con indulgencias, que hacen suyo también este oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes actos de desagravio encaminados a reparar el honor divino, no sólo por los fieles particulares, sino también por las Parroquias, las Diócesis y ciudades.


LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS

Causa de muchos bienes

14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humilde, extendida después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la expiación o reparación, desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos deseamos mucho que, más firmemente sancionada por nuestra Autoridad Apostólica, más solemnemente se practique por todo el universo Católico. A este fin disponemos y mandamos que cada año en la Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús —Fiesta que con esta ocasión ordenamos se eleve al grado Litúrgico de doble de primera clase con octava— en todos los templos del mundo se rece solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para que se reparen nuestras culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.

No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia, muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica, ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita María «que todos aquellos que con esta devoción honraran su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».

Los pecadores, ciertamente, «viendo al que traspasaron» (Jn 19,37), y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia, doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, «volverán a su corazón» (Is 46,8); no sea que obcecados e impenitentes en sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron «venir en las nubes del cielo» (Mt 26,64), tarde y en vano lloren sobre El (cf. Ap 1,7).

Los justos más y más se justificarán y se santificarán, y con nuevas fervores se entregarán al servicio de su Rey, a quien miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente se sentirán enardecidos para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la Divina Víctima: «¿Qué utilidad en mi sangre?» (Sal 19,10); y de aquel gozo que recibirá el Corazón sacratísimo de Jesús «por un solo pecador que hiciere penitencia» (Lc 15,4).

Especialmente anhelamos y esperamos que aquella justicia de Dios, que por diez justos movido a misericordia perdonó a los de Sodoma, mucho más perdonará a todos los hombres, suplicantemente invocada y felizmente aplacada por toda la comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y Cabeza.

La Virgen Reparadora

15. Plazcan, finalmente, a la benignísima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando nos dio al Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofreció como hostia, por su unión misteriosa con Cristo y singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora. Nos, confiados en su intercesión con Cristo, que siendo el «único Mediador entre Dios y los hombres» (Tim 2,3), quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora, amantísimamente os damos como prenda de los dones celestiales de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, día 8 de mayo de 1928, séptimo de nuestro pontificado.

PÍO XI


ORACIÓN EXPIATORIA

AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.

Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo, tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del Bautismo.

Al mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra Ti y contra tus Santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el Orden Sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por ti fundada.

¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofreciste un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la Fe, la inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las injurias contra Ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento. Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para que lleguemos todos un día a la Patria donde Tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.



Notas

[1] S. Th. II-II q.81, a.8c.

[2] Conc. Trid., sess.22 c.2.

[3] Epist. 63 n.381.

[4] In Ioan. tr.XXVI 4.

[5] In Ps. 86.



viernes, 1 de septiembre de 2000

TAMETSI FUTURA (1 DE NOVIEMBRE DE 1900)


TAMETSI FUTURA

PROSPICIENTIBUS

ENCÍCLICA DEL PAPA LEON XIII SOBRE

JESUCRISTO REDENTOR

A Nuestros Venerables Hermanos, los Patriarcas, Primados,
Arzobispos, Obispos y otros Ordinarios Locales en 
Paz y Comunión con la Santa Sede.

Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

La perspectiva del futuro no está en absoluto exenta de inquietud; al contrario, hay muchos y graves motivos de alarma, debido a las numerosas y antiguas causas de mal, tanto de carácter público como privado. Sin embargo, el final del siglo parece realmente, por la misericordia de Dios, ofrecernos cierto grado de consuelo y esperanza. Porque nadie negará que el renovado interés por los asuntos espirituales y el renacimiento de la fe y la piedad cristianas son influencias de gran importancia para el bien común. Y hay indicios suficientemente claros en la actualidad de un renacimiento o aumento muy general de estas virtudes. Por ejemplo, en medio de las seducciones mundanas y a pesar de tantos obstáculos a la piedad, ¡qué grandes multitudes han acudido a Roma para visitar el "Umbral de los Apóstoles" por invitación del Soberano Pontífice! Tanto los italianos como los extranjeros se dedican abiertamente a los ejercicios religiosos y, confiando en las indulgencias ofrecidas por la Iglesia, buscan con ahínco los medios para asegurar su salvación eterna. ¿Quién puede dejar de conmoverse por el actual y evidente aumento de la devoción hacia la persona de Nuestro Salvador? El celo ardiente de tantos miles de personas, unidas en el corazón y en la mente, "desde la salida del Sol hasta el ocaso", para venerar el Nombre de Jesucristo y proclamar sus alabanzas, es digno de los mejores días de la cristiandad. Ojalá el estallido de estas llamas de la fe antigua fuera seguido por una poderosa conflagración. ¡Ojalá que el espléndido ejemplo de tantos encienda el entusiasmo de todos! Porque, ¿qué es tan necesario para nuestros tiempos como una renovación generalizada entre las naciones de los principios cristianos y de las virtudes de antaño? La gran desgracia es que demasiados hacen oídos sordos y no escuchan las enseñanzas de este renacimiento de la piedad. Sin embargo, "si conocieran el don de Dios", si se dieran cuenta de que la mayor de todas las desgracias es alejarse del Redentor del mundo y abandonar la fe y la práctica cristianas, estarían muy dispuestos a dar marcha atrás y escapar así de una destrucción segura.

2. El deber más importante de la Iglesia, y el que le es más propio, es defender y propagar por todo el mundo el Reino del Hijo de Dios, y llevar a todos los hombres a la salvación comunicándoles los beneficios divinos, hasta el punto de que su poder y su autoridad se ejercen principalmente en esta obra. A este fin somos conscientes de haber dedicado Nuestras energías a lo largo de Nuestro difícil y angustioso Pontificado hasta el día de hoy. Y vosotros también, Venerables Hermanos, soléis dedicar constantemente, sí, diariamente, vuestros principales pensamientos y esfuerzos junto con los Nuestros a la misma tarea. Pero en el momento presente todos nosotros debemos esforzarnos aún más, sobre todo con ocasión del Año Santo, para difundir a lo largo y ancho el mejor conocimiento y el amor de Jesucristo, enseñando, persuadiendo, exhortando, si acaso nuestra voz puede ser escuchada; y esto, no tanto a los que están siempre dispuestos a escuchar de buen grado las enseñanzas cristianas, sino a los hombres más desgraciados que, aun profesando el nombre cristiano, viven ajenos a la fe y al amor de Cristo. Por ellos sentimos la más profunda compasión: a éstos, sobre todo, les exhortamos a que piensen seriamente en su vida actual y en cuáles serán sus consecuencias si no se arrepienten.

3. La mayor de todas las desgracias es no haber conocido nunca a Jesucristo; sin embargo, tal estado está libre del pecado de obstinación e ingratitud. Pero el haberle conocido primero, y después negarle u olvidarle, es un crimen tan infame y tan insano que parece imposible que ningún hombre sea culpable de él. Porque Cristo es la fuente, cabeza de todo bien. La humanidad no puede ser salvada sin su poder, como tampoco podría ser redimida sin su misericordia. "Tampoco hay salvación en ningún otro. Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, por el que podamos ser salvados" (Hechos IV, 12). Qué clase de vida es aquella de la que se excluye a Jesucristo, "el poder de Dios y la sabiduría de Dios"; qué clase de moral y qué tipo de muerte son sus consecuencias, se puede aprender claramente del ejemplo de las naciones privadas de la luz del cristianismo. Si recordamos la descripción de San Pablo ( Romanos I, 24-32) de la ceguera mental, la depravación natural, las supersticiones y lujurias monstruosas de tales pueblos, nuestras mentes se llenarán de horror y piedad. Lo que aquí registramos es bastante conocido, pero no suficientemente comprendido ni reflexionado. La soberbia no engañaría, ni la indiferencia enervaría tantas mentes, si las misericordias divinas fuesen más generalmente recordadas y si se recordase de qué abismo liberó Cristo a la humanidad y a qué altura la elevó. El género humano, desterrado y desheredado, se precipitaba desde hacía siglos en la ruina, envuelto en los terribles e innumerables males provocados por el pecado de nuestros primeros padres, y no había ninguna esperanza humana de salvación, cuando Cristo Nuestro Señor bajó como Salvador del Cielo. En el mismo principio del mundo, Dios lo había prometido como vencedor de "la serpiente", por lo que las épocas sucesivas habían esperado ansiosamente su llegada. Los profetas habían declarado larga y claramente que toda la esperanza estaba en Él. Las diversas fortunas, los logros, las costumbres, las leyes, las ceremonias y los sacrificios del Pueblo Elegido habían presagiado clara y lúcidamente la verdad de que la salvación de la humanidad se realizaría en Aquel que sería el Sacerdote, la Víctima, el Libertador, el Príncipe de la Paz, el Maestro de todas las Naciones, el Fundador de un Reino Eterno. Con todos estos títulos, imágenes y profecías, que difieren en el tipo aunque son similares en el significado, se designó sólo a Aquel que "por su gran caridad con que nos amó", se entregó para nuestra salvación. Y así, cuando llegó la plenitud de los tiempos en la divina providencia de Dios, el Hijo unigénito de Dios se hizo hombre, y en favor de la humanidad satisfizo con su sangre la más abundante majestad ultrajada de su Padre, y por este precio infinito redimió al hombre para los suyos. "No habéis sido redimidos con cosas corruptibles como oro o plata... sino con la preciosa Sangre de Cristo, como de un cordero, sin mancha y sin contaminación" (1 Pedro I, 18-19). Así, todos los hombres, aunque ya sometidos a su poder real, en cuanto que Él es el Creador y Conservador de todo, fueron hechos, además, de su propiedad por una compra verdadera y real. "No sois vuestros, porque habéis sido comprados a gran precio" (2 Corintios VI, 19-20). De ahí que en Cristo todas las cosas sean hechas nuevas. "El misterio de su voluntad, según su beneplácito que se propuso, en la dispensación de la plenitud de los tiempos para restablecer todas las cosas en Cristo" (Efesios I, 9-10). Cuando Jesucristo borró la letra del decreto que estaba en contra de nosotros, fijándola en la cruz, de inmediato se aplacó la ira de Dios, se le quitaron al hombre infeliz y descarriado los primitivos grilletes de la esclavitud, se recuperó el favor de Dios, se restauró la gracia, se abrieron las puertas del Cielo, se reavivó el derecho a entrar en ellas y se facilitaron los medios para hacerlo. Entonces el hombre, como si despertara de un letargo prolongado y mortal, contempló por fin la luz de la verdad, que durante mucho tiempo había deseado, pero buscado en vano. En primer lugar, se dio cuenta de que había nacido para cosas mucho más elevadas y gloriosas que los frágiles e inconstantes objetos de los sentidos que hasta entonces habían constituido el fin de sus pensamientos y preocupaciones. Aprendió que el sentido de la vida humana, la ley suprema, el fin de todas las cosas era éste: que venimos de Dios y debemos volver a Él. A partir de este primer principio se reavivó la conciencia de la dignidad humana: los corazones de los hombres se dieron cuenta de la fraternidad universal: como consecuencia, los derechos y deberes humanos se perfeccionaron o incluso se crearon de nuevo, mientras que por todas partes se evocaron virtudes inimaginables en la filosofía pagana. Así, los objetivos, la vida, los hábitos y las costumbres de los hombres recibieron una nueva orientación. A medida que el conocimiento del Redentor se extendía a lo largo y ancho y su poder, que destruye la ignorancia y los vicios anteriores, penetraba en la propia sangre vital de las naciones, se produjo un cambio tal que la faz del mundo se vio enteramente alterada por la creación de una civilización cristiana. 

El recuerdo de estos acontecimientos, Venerables Hermanos, está lleno de infinita alegría, pero también nos enseña la lección de que debemos sentir y rendir con todo nuestro corazón gratitud a nuestro Divino Salvador.

4. En efecto, estamos ahora muy alejados en el tiempo de los primeros comienzos de la Redención; pero ¿qué diferencia hace esto cuando los beneficios de la misma son perennes e inmortales? Aquel que una vez restauró la naturaleza humana arruinada por el pecado, la conserva y la conservará para siempre. "Se dio a sí mismo una redención para todos" (1 Timoteo II, 6). "En Cristo todos serán vivificados" (1 Corintios XV, 22). "Y su reino no tendrá fin" (Lucas I, 33). Por lo tanto, según el decreto eterno de Dios, la salvación de todos los hombres, tanto individual como colectivamente, depende de Jesucristo. Los que le abandonan se hacen culpables por el hecho mismo, en su ceguera e insensatez, de su propia ruina; mientras que al mismo tiempo hacen todo lo que está en ellos para provocar una reacción violenta de la humanidad en la dirección de esa masa de males y miserias de las que el Redentor, en su misericordia, les había liberado.

5. Los que se desvían del camino se alejan de la meta a la que aspiran. Del mismo modo, si se rechaza la luz pura y verdadera de la verdad, las mentes de los hombres han de ser necesariamente oscurecidas y sus almas engañadas por ideas deplorablemente falsas. ¿Qué esperanza de salvación pueden tener quienes abandonan el principio y la fuente de la vida? Sólo Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida (Juan XIV, 6). Si se abandona a Él, se eliminan las tres condiciones necesarias para la salvación.

Cristo, el Camino

6. Seguramente no es necesario demostrar lo que la experiencia muestra constantemente y lo que cada individuo siente en sí mismo, incluso en medio de toda la prosperidad temporal: que sólo en Dios puede la voluntad humana encontrar la paz absoluta y perfecta. Dios es el único fin del hombre. Toda nuestra vida en la tierra es la imagen veraz y exacta de una peregrinación. Ahora bien, Cristo es el "Camino", pues nunca podremos llegar a Dios, el bien supremo y último, por este camino fatigoso y dudoso de la vida mortal, si no es con Cristo como líder y guía. ¿Cómo? En primer lugar y principalmente por su gracia; pero ésta quedaría "vacía" en el hombre si se descuidaran los preceptos de su ley. Porque, como necesariamente ocurrió después de que Jesucristo ganó nuestra salvación, dejó tras de sí su Ley para la protección y el bienestar del género humano, bajo cuya guía los hombres, convertidos de la vida mala, podrían tender con seguridad hacia Dios. "Id, enseñad a todas las naciones... enseñándoles a observar todo lo que os he mandado" (Mateo XXVIII, 19-20). "Guardad mis mandamientos" (Juan XIV, 15). Se comprenderá, pues, que en la religión cristiana la primera y más necesaria condición es la docilidad a los preceptos de Jesucristo, la absoluta lealtad de voluntad hacia Él como Señor y Rey. Es un deber muy serio, que a menudo exige un trabajo extenuante, un esfuerzo sincero y una perseverancia. Porque, aunque por la gracia de Nuestro Redentor la naturaleza humana ha sido regenerada, sigue habiendo en cada individuo cierta debilidad y tendencia al mal. Diversos apetitos naturales atraen al hombre por un lado y por otro; las seducciones del mundo material impulsan a su alma a seguir lo que es agradable en lugar de la ley de Cristo. Aun así, debemos esforzarnos al máximo y resistir nuestras inclinaciones naturales con todas nuestras fuerzas "a la obediencia de Cristo". Porque a menos que obedezcan a la razón, se convierten en nuestros amos, y alejando al hombre entero de Cristo, lo hacen su esclavo. "Los hombres de mente corrompida, que han naufragado de la fe, no pueden evitar ser esclavos... Son esclavos de una triple concupiscencia: de la voluntad, del orgullo o del espectáculo exterior" (San Agustín, De Vera Religione, 37).  En esta contienda, todo hombre debe estar dispuesto a sufrir dificultades y problemas por causa de Cristo. Es difícil rechazar lo que tan poderosamente seduce y deleita. Es duro y doloroso despreciar los supuestos bienes de los sentidos y de la fortuna por la voluntad y los preceptos de Cristo nuestro Señor. Pero el cristiano está absolutamente obligado a ser firme, y paciente en el sufrimiento, si quiere llevar una vida cristiana. ¿Hemos olvidado de qué Cuerpo y de qué Cabeza somos miembros? "Teniendo el gozo puesto delante de Él, soportó la Cruz", y nos ordenó negarnos a nosotros mismos. La dignidad misma de la naturaleza humana depende de esta disposición de ánimo. Porque, como percibió incluso la antigua filosofía pagana, ser dueño de sí mismo y hacer que la parte inferior del alma, obedezca a la parte superior, está tan lejos de ser una debilidad de la voluntad que es realmente un poder noble, en consonancia con la recta razón y muy digno de un hombre. Además, soportar y sufrir es la condición ordinaria del hombre. El hombre no puede crear para sí mismo una vida libre de sufrimiento y llena de toda felicidad, como tampoco puede abrogar los decretos de su Divino Hacedor, que ha querido que las consecuencias del pecado original sean perpetuas. Es razonable, por lo tanto, no esperar el fin de los problemas en este mundo, sino más bien acerar el alma para soportar los problemas, por lo que se nos enseña a esperar con certeza la felicidad suprema. Cristo no ha prometido la felicidad eterna en el cielo a las riquezas, ni a la vida fácil, a los honores o al poder, sino a la longanimidad y a las lágrimas, al amor a la justicia y a la limpieza de corazón.

7. De esto se desprende claramente cuáles son las consecuencias de ese falso orgullo que, rechazando la Realeza de nuestro Salvador, coloca al hombre en la cima de todas las cosas y declara que la naturaleza humana debe gobernar en forma suprema. Y, sin embargo, este gobierno supremo no puede ser alcanzado ni siquiera definido. El gobierno de Jesucristo deriva su forma y su poder del Amor Divino: una caridad santa y ordenada es su fundamento y su corona. Sus consecuencias necesarias son el estricto cumplimiento del deber, el respeto de los derechos mutuos, la estimación de las cosas del cielo sobre las de la tierra, la preferencia del amor de Dios sobre todas las cosas. Pero esta supremacía del hombre, que rechaza abiertamente a Cristo, o al menos lo ignora, está enteramente fundada en el egoísmo, no conociendo ni la caridad ni la devoción a sí mismo. El hombre puede, en efecto, ser rey, por medio de Jesucristo: pero sólo a condición de que obedezca primero a Dios, y busque diligentemente su regla de vida en la ley de Dios. Por la ley de Cristo entendemos no sólo los preceptos naturales de la moral y la Ley Antigua, todo lo cual Jesucristo ha perfeccionado y coronado con su declaración, explicación y sanción; sino también el resto de su doctrina y sus propias instituciones peculiares. De éstas, la principal es su Iglesia. En efecto, todas las cosas que Cristo ha instituido están contenidas en su Iglesia. Además, quiso perpetuar el oficio que le asignó su Padre por medio del ministerio de la Iglesia tan gloriosamente fundada por Él mismo. Por una parte, le confió todos los medios de salvación de los hombres, y por otra, ordenó solemnemente a los hombres que se sometieran a ella y la obedecieran diligentemente, y que la siguieran como a sí mismo: "El que os escucha a vosotros, me escucha a mí; y el que os desprecia a vosotros, me desprecia a mí" (Lucas X, 16). Por tanto, la ley de Cristo debe buscarse en la Iglesia. Cristo es el "camino" del hombre; la Iglesia es también su "camino": Cristo por sí mismo y por su propia naturaleza, la Iglesia por su encargo y la comunicación de su poder. Por eso, todos los que quieren encontrar la salvación fuera de la Iglesia, se extravían y se esfuerzan en vano.

8. Al igual que con los individuos, también con las naciones. También éstas deben tender necesariamente a la ruina si se desvían del "Camino". El Hijo de Dios, el Creador y Redentor de la humanidad, es Rey y Señor de la tierra, y tiene el dominio supremo sobre los hombres, tanto individual como colectivamente. "Y le dio poder, gloria y reino; y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán" (Daniel VII, 14). "Yo he sido nombrado Rey por Él... Te daré los gentiles como herencia, y los confines de la tierra como posesión" (Salmo II, 6, 8). Por lo tanto, la ley de Cristo debe prevalecer en la sociedad humana y ser la guía y maestra de la vida pública, así como de la privada. Puesto que esto es así por decreto divino, y ningún hombre puede impunemente contravenirlo, es un mal para el bien común dondequiera que el cristianismo no ocupe el lugar que le corresponde. Cuando Jesucristo está ausente, la razón humana fracasa, quedando privada de su principal protección y luz, y se pierde de vista el fin mismo para el que, bajo la providencia de Dios, se ha construido la sociedad humana. Este fin es la obtención por parte de los miembros de la sociedad del bien natural mediante la ayuda de la unidad civil, aunque siempre en armonía con el bien perfecto y eterno que está por encima de la naturaleza. Pero cuando las mentes de los hombres están nubladas, tanto los gobernantes como los gobernados se extravían, pues no tienen una línea segura que seguir ni un fin al que apuntar.

Cristo, la Verdad

9. Así como es el colmo de la desgracia desviarse del "Camino", también lo es abandonar la "Verdad". Cristo mismo es la "Verdad" primera, absoluta y esencial, en cuanto es el Verbo de Dios, consustancial y coeterno con el Padre, siendo Él y el Padre uno. "Yo soy el Camino y la Verdad". Por lo tanto, si el intelecto humano busca la Verdad, debe someterse primero a Jesucristo, y apoyarse con seguridad en su enseñanza, ya que en ella habla la Verdad misma. Hay innumerables y extensos campos de pensamiento, que pertenecen propiamente a la mente humana, en los que puede tener libre alcance para sus investigaciones y especulaciones, y eso no sólo de acuerdo con su naturaleza, sino incluso por una necesidad de su naturaleza. Pero lo que es ilícito y antinatural es que la mente humana se niegue a ser restringida dentro de sus propios límites y, dejando de lado su modestia, se niegue a reconocer la enseñanza de Cristo. Esta enseñanza, de la que depende nuestra salvación, se refiere casi por completo a Dios y a las cosas de Dios. Ninguna sabiduría humana la ha inventado, sino que el Hijo de Dios la ha recibido y bebido enteramente de su Padre: "Las palabras que me alegras, se las he dado" (Juan XVII, 8). De ahí que esta enseñanza abarque necesariamente muchos temas que no son ciertamente contrarios a la razón -pues eso sería una imposibilidad-, sino tan exaltados que no podemos alcanzarlos por nuestro propio razonamiento como no podemos comprender a Dios tal como es en sí mismo. Si hay tantas cosas ocultas y veladas por la naturaleza, que ningún ingenio humano puede explicar y, sin embargo, ningún hombre en sus sentidos puede dudar, sería un abuso de la libertad negarse a aceptar las que están totalmente por encima de la naturaleza, porque su esencia no puede ser descubierta. Rechazar el dogma es simplemente negar el cristianismo. Nuestro intelecto debe inclinarse humilde y reverentemente "a la obediencia de Cristo", para que sea cautivo de su divinidad y autoridad: "llevando en cautiverio todo entendimiento a la obediencia de Cristo" (2 Corintios X, 5). Tal obediencia exige Cristo, y con justicia. Porque Él es Dios, y como tal tiene el dominio supremo sobre el intelecto del hombre, así como sobre su voluntad. Al obedecer a Cristo con su intelecto, el hombre no actúa de ningún modo de manera servil, sino en completa conformidad con su razón y su dignidad natural. Pues con su voluntad se somete, no a la autoridad de ningún hombre, sino a la de Dios, autor de su ser y primer principio al que está sometido por la propia ley de su naturaleza. No se deja forzar por las teorías de ningún maestro humano, sino por la verdad eterna e inmutable. De este modo, alcanza al mismo tiempo el bien natural del intelecto y su propia libertad. Porque la verdad que procede de la enseñanza de Cristo demuestra claramente la verdadera naturaleza y el valor de todo ser; y el hombre, dotado de este conocimiento, si obedece a la verdad percibida, hará que todas las cosas se sometan a él, no él a ellas; sus apetitos a su razón, no su razón a sus apetitos. Así se sacudirá la esclavitud del pecado y de la falsedad, y alcanzará la más perfecta libertad: "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan VIII, 32). Es, pues, evidente que aquellos cuyo intelecto rechaza el yugo de Cristo se obstinan en luchar contra Dios. Habiendo sacudido la autoridad de Dios, no son de ninguna manera más libres, pues caerán bajo algún dominio humano. Seguramente elegirán a alguien a quien escucharán, obedecerán y seguirán como su guía. Además, retiran su intelecto de la comunicación de las verdades divinas, y lo limitan así a un círculo más estrecho de conocimiento, de modo que son menos aptos para tener éxito en la búsqueda incluso de la ciencia natural. Pues hay en la naturaleza muchas cosas cuya comprensión o explicación se ve muy favorecida por la luz de la verdad divina. No pocas veces, también, Dios, para castigar su orgullo, no permite a los hombres ver la verdad, y así son castigados en las cosas en que pecan. Por eso vemos a menudo que hombres de gran poder intelectual y erudición cometen los más groseros errores incluso en las ciencias naturales.

10. Por lo tanto, hay que admitir claramente que, en la vida del cristiano, el intelecto debe estar enteramente sometido a la autoridad de Dios. Y si, en esta sumisión de la razón a la autoridad, nuestro amor propio, que es tan fuerte, es restringido y hecho sufrir, esto sólo prueba la necesidad para un cristiano de la longanimidad no sólo en la voluntad sino también en el intelecto. Queremos recordar esta verdad a las personas que desean un tipo de cristianismo como el que ellos mismos han ideado, cuyos preceptos deberían ser muy suaves, mucho más indulgentes con la naturaleza humana, y que requieren pocas o ninguna dificultad para ser soportados. No entienden bien el significado de la fe y de los preceptos cristianos. No ven que la Cruz nos sale al encuentro en todas partes, el modelo de nuestra vida, la norma eterna de todos los que quieren seguir a Cristo en la realidad y no sólo en el nombre.

Cristo, la Vida

11. Sólo Dios es la Vida. Todos los demás seres participan de la vida, pero no son vida. Cristo, desde toda la eternidad y por su propia naturaleza, es "la Vida", así como es la Verdad, porque es Dios de Dios. De Él, como de su fuente más sagrada, toda la vida impregna y siempre impregnará la creación. Todo lo que es, es por Él; todo lo que vive, vive por Él. Porque por el Verbo "todo fue hecho; y sin Él no se hizo nada de lo que se hizo". Esto es cierto en lo que respecta a la vida natural; pero, como ya hemos indicado suficientemente, tenemos una vida mucho más elevada y mejor, ganada para nosotros por la misericordia de Cristo, es decir, "la vida de la gracia", cuya feliz consumación es "la vida de la gloria", a la que deben dirigirse todos nuestros pensamientos y acciones. Todo el objeto de la doctrina y la moral cristianas es que "muertos al pecado, vivamos para la justicia" (1 Pedro II, 24), es decir, para la virtud y la santidad. En esto consiste la vida moral, con la esperanza cierta de una eternidad feliz. Esta justicia, para que sea ventajosa para la salvación, se nutre de la fe cristiana. "El justo vive por la fe" (Gálatas III, II). "Sin fe es imposible agradar a Dios" (Hebreos XI., 6). Por consiguiente, Jesucristo, creador y conservador de la fe, también conserva y alimenta nuestra vida moral. Esto lo hace principalmente por el ministerio de su Iglesia. A ella, en su sabio y misericordioso consejo, le ha confiado ciertos organismos que engendran la vida sobrenatural, la protegen y la reaniman si falla. Este poder generador y conservador de las virtudes que hacen la salvación se pierde, por tanto, siempre que la moral se disocia de la fe divina. Un sistema de moral basado exclusivamente en la razón humana despoja al hombre de su más alta dignidad y lo rebaja de la vida sobrenatural a la meramente natural. No sino que el hombre es capaz, mediante el uso correcto de la razón, de conocer y obedecer ciertos principios de la ley natural. Pero aunque los conozca todos y los guarde inviolablemente a lo largo de la vida -e incluso esto es imposible sin la ayuda de la gracia de nuestro Redentor-, es vano que alguien sin fe se prometa la salvación eterna. "Si alguno no permanece en mí, será arrojado como un sarmiento, y se secará, y lo recogerán y lo echarán al fuego, y arderá" (Juan XV, 6). "El que no crea será condenado" (Marcos XVI, 16). Tenemos demasiadas pruebas del valor y del resultado de una moral divorciada de la fe divina. ¿Cómo es posible que, a pesar de todo el celo por el bienestar de las masas, las naciones se encuentren en tales apuros y hasta en la angustia, y que el mal vaya cada día en aumento? Se nos dice que la sociedad es perfectamente capaz de ayudarse a sí misma; que puede florecer sin la ayuda del cristianismo, y alcanzar su fin por sus propios esfuerzos. Los administradores públicos prefieren un sistema de gobierno puramente secular. Todo rastro de la religión de nuestros antepasados desaparece cada día de la vida política y de la administración. ¡Qué ceguera! Una vez que se olvida la idea de la autoridad de Dios como Juez del bien y del mal, la ley debe necesariamente perder su autoridad primaria y la justicia debe perecer: y estos son los dos vínculos más poderosos y más necesarios de la sociedad. Del mismo modo, una vez que la esperanza y la expectativa de la felicidad eterna son eliminadas, los bienes temporales serán buscados con avidez. Cada hombre se esforzará por conseguir la mayor parte para sí mismo. De ahí surgen la envidia, los celos y el odio. Las consecuencias son la conspiración, la anarquía y el nihilismo. No hay paz en el exterior ni seguridad en el interior. La vida pública está manchada por el crimen.

12. Tan grande es esta lucha de pasiones y tan graves los peligros que entraña, que debemos prever la ruina final o buscar un remedio eficaz. Desde luego, es justo y necesario castigar a los malhechores, educar a las masas y prevenir el crimen por todos los medios posibles, pero todo esto no es suficiente. La salvación de las naciones debe buscarse más arriba. Hay que llamar a un poder superior al humano para que enseñe a los corazones de los hombres, despierte en ellos el sentido del deber y los haga mejores. Este es el poder que una vez salvó al mundo de la destrucción cuando gemía bajo males mucho más terribles. Una vez que se eliminen todos los impedimentos y se permita que el espíritu cristiano reviva y se fortalezca en una nación, esa nación sanará. La lucha entre las clases y las masas desaparecerá; los derechos mutuos serán respetados. Si se escucha a Cristo, tanto los ricos como los pobres cumplirán con su deber. Los primeros se darán cuenta de que deben observar la justicia y la caridad, los segundos la autocontención y la moderación, si ambos han de salvarse. La vida doméstica estará firmemente establecida por el saludable temor a Dios como legislador. Del mismo modo, los preceptos de la ley natural, que dictan el respeto a la autoridad legítima y la obediencia a las leyes, ejercerán su influencia sobre el pueblo. Cesarán las sediciones y las conspiraciones. Dondequiera que el cristianismo gobierne sobre todo, sin permitirlo ni obstaculizarlo, allí se preserva el orden establecido por la Divina Providencia, y tanto la seguridad como la prosperidad son el feliz resultado. El bienestar común, por lo tanto, exige urgentemente un retorno a Aquel de quien nunca deberíamos habernos desviado; a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida, y esto por parte no sólo de los individuos sino de la sociedad en su conjunto. Debemos devolverle a Cristo la posesión que le corresponde. Hay que hacer que todos los elementos de la vida nacional beban de la Vida que procede de Él la legislación, las instituciones políticas, la educación, el matrimonio y la vida familiar, el capital y el trabajo. Todos deben ver que el mismo crecimiento de la civilización que tan ardientemente se desea depende en gran medida de esto, ya que se alimenta y crece no tanto por la riqueza y prosperidad material, como por las cualidades espirituales de la moralidad y la virtud.

13. Es más bien la ignorancia que la mala voluntad lo que aleja a las multitudes de Jesucristo. Son muchos los que estudian la humanidad y el mundo natural; pocos los que estudian al Hijo de Dios. El primer paso, pues, es sustituir la ignorancia por el conocimiento, para que Él deje de ser despreciado o rechazado por ser desconocido. Invocamos a todos los cristianos del mundo a que se esfuercen por conocer a su Redentor como realmente es. Cuanto más se le contempla con mente sincera y desprejuiciada, más claro resulta que no puede haber nada más saludable que su ley, más divino que su enseñanza. En esta obra, vuestra influencia, Venerables Hermanos, y el celo y la seriedad de todo el Clero, pueden hacer maravillas. Debéis considerar como parte principal de vuestro deber el grabar en las mentes de vuestro pueblo el verdadero conocimiento, la propia semejanza de Jesucristo; ilustrar su caridad, sus misericordias, su enseñanza, mediante vuestros escritos y vuestras palabras, en las escuelas, en las Universidades, desde el púlpito; dondequiera que se os ofrezca la oportunidad. El mundo ya ha oído hablar bastante de los llamados "derechos del hombre". Que escuche algo de los derechos de Dios. Que el momento es adecuado lo demuestra el renacimiento general del sentimiento religioso ya mencionado, y especialmente esa devoción hacia Nuestro Salvador de la que hay tantos indicios, y que, por favor, entregaremos al Nuevo Siglo como prenda de tiempos más felices por venir. Pero como esta consumación no puede esperarse sino con la ayuda de la gracia divina, esforcémonos en la oración, con el corazón y la voz unidos, para inclinar a Dios Todopoderoso a la misericordia, para que no permita que perezcan aquellos que ha redimido con su Sangre. Que Él mire con misericordia a este mundo, que ciertamente ha pecado mucho, pero que también ha sufrido mucho en expiación. Y, abrazando en Su amorosa bondad a todas las razas y clases de la humanidad, que recuerde Sus propias palabras: "Yo, si soy levantado de la tierra, atraeré todas las cosas hacia mí" (Juan XII, 32).

14. Como prenda de los favores divinos, y en muestra de Nuestro afecto paternal, os impartimos amorosamente, Venerables Hermanos, y a vuestro Clero y Pueblo, la Bendición Apostólica.

Dado en San Pedro de Roma, el primer día de noviembre de 1900, en el 23º año de Nuestro Pontificado.

LEÓN XIII