miércoles, 27 de noviembre de 2024

YA, NI LA IGLESIA (II)

NO se puede compatibilizar una conciencia católica con aceptar, únicamente con “rechazo interior”, lo que hay obligación “en conciencia” de combatir a como dé lugar.

Por el padre José Luis Aberasturi


Seguimos. Falta hace.

Llama la atención que, cuanto más han arreciado las persecuciones, no sólo no se ha empequeñecido la Santa Iglesia de Dios, sino todo lo contrario: ha ido a más, en todos los órdenes de su Ser y de su Vida.

Su prestigio ha ido creciendo en esa misma medida. Y también ha ido creciendo por el universo mundo.

Así son -y es lo que tienen-, las Obras de Dios cuando sus hijos, que las gobiernan e implementan, son hijos fieles. Y administradores leales y competentes.

Item más. La sangre de los Mártires no sólo es semilla de nuevos cristianos. La sangre de los Mártires purifica a toda la Iglesia, a todos los hijos de Dios en medio del mundo. Es un verdadero baño de Regeneración. Y estos son los efectos que producen.

La confabulación masónico-marxista, con las Repúblicas como regímenes políticos, más tarde devenidas en Democracias, al excluir a Dios y, en consecuencia, a la Iglesia, no sólo perdió a la persona como “valor en sí mismo, anterior incluso al propio ordenamiento político y jurídico implantado por el poder", sino que busca, descaradamente, someterla, a como dé lugar. Y someterla es destruirla: hay que arrancar la Imagen de Dios que ES cada persona. Máxime la persona Bautizada; que pasa de Imagen a “participar de la misma Naturaleza Divina”. Un salto que sólo los Santos, o los que van a por ello decididamente, son capaces de valorar en su justa medida.

Los “métodos” para cargarse a la persona van a importar cada vez menos, puesto que: “el fin justifica los medios".

De este modo y con esta premisa, si hay que mentir, se miente; si hay que cargarse la separación de Poderes, se los carga; si hay que esquilmar al personal, se le esquilma; si hay que matar, se mata; si hay que esclavizar al personal, se esclaviza: y en ésto se está; para gozo y disfrute de los políticos de nómina y cargo, con la multitud de paniaguados que florece, porque votan a toque de silbato, a su sombra; etc.

De hecho, el Sistema ES la MENTIRA, con la CORRUPCIÓN que desgraciada y necesariamente genera. Ésto es, porque en ésto ha ido degenerando exactamente, la tan famosa “democracia” occidental, exportada a todo país que quiera perricas sin que le pidan rendir cuentas.

Maravilla y asombra, por no decir que horroriza, la pasmosa “tranquilidad” con que “los católicos” -es un decir-, han abrazado todas estás animaladas; como si la conciencia personal católica de cada uno NO tuviese nada que objetar; como si la única postura posible como católico fuera únicamente “tragar”, fruto de aquello tan lejos de su Ser católicos de: “No ver. No oír. No hablar”.

Algo que quizá sea tragable con lo oriental, pero que choca de frente con el Señor, con su Iglesia y con la propia Vocación Cristiana: ser Sal de la Tierra, ser Luz del Mundo, y ser Levadura que hace fermentar toda la Masa: la hace comestible, la hace Vida para todos nosotros.

Sin renunciar a todo ésto, NO puede uno meterse en harinas políticas y democráticas.

Sin dejar de ser Católico, NO se puede sostener este Sistema Inicuo, que va contra Dios, que va contra la persona.

NO se puede compatibilizar una conciencia católica con aceptar, únicamente con “rechazo interior”, lo que hay obligación “en conciencia” de combatir a como dé lugar.

Sí hace falta jugarse patrimonios, famas, carreras políticas o incluso la vida -esto, en la Iglesia, sigue siendo el pan de cada día para muchos católicos en muchos países-, se hace.

Este es el temple de nuestra Fé!!!

Y el que no está dispuesto a todo ésto NO actúa como Católico, cien por cien, que es como hay que vivir en católico: en Plenitud de Vocación.

Y si lo hace a sabiendas, dejándose llevar de “la prudencia de la carne” -nada que ver con el sexo, es otro horizonte-, se juega la Vida Eterna: ha renunciado a vivir y a morir como hijo de Dios en su Iglesia en medio del mundo.

¿Que hay católicos que NO entienden estas cosas? Por supuesto.

¿Que hay católicos que, quizá entendiéndolo, les importa 3 pepinos? Por supuesto. ¿No hay “católicos por el Socialismo? ¿Y por el marxismo? Pues eso…

¿Que hay católicos que piensan que su obligación moral “como católicos” está en ir a votar sí o sí? Seguimos en las mismas.

Pero ninguna de esas posturas es católica. Ya lo siento por todos los que están ahí. Pero así son las cosas “católicas”. Realmente “católicas”.

Sin rebajas, tergiversaciones, males menores, o llegar a “lo posible”… sin obligar a nadie. Por supuesto: ellos sí pueden imponer todo lo contra-católico; o sea: lo “revolucionario”. Y nosotros, “a tragar!!!”.

Ah, y poniendo la otra mejilla; que si no, no vamos bien…!!!

O los católicos ponemos en valor LO católico, o nos hemos pasado al enemigo, con armas, bagajes y la propia conciencia: el lugar, dado por Dios, para hablar y encontrarnos con Él.

Me da que vamos a tener que seguir manteniendo vivo el tema. Porque aquí -en las tragaderas que hemos desarrollado sin el menor juicio crítico -, está la explicación de cómo “lo bien impuesto” desde arriba, tanto por lo civil como por lo Eclesial, ha calado; hasta hacer de nuestra nación un país que ya NO es católico.

POR QUÉ TU BEBÉ DEBE SER BAUTIZADO LO ANTES POSIBLE

Existe la tentación de retrasar el bautismo por factores sociales o por pensar que no es necesario hacerlo “lo antes posible”. El padre Michael Müller responde a esta pregunta.


Nota del editor:

El padre Michael Müller (1825-1899) fue un redentorista estadounidense que escribió prolíficamente sobre la fe, a menudo en un estilo popular.

A lo largo de los siglos, la Iglesia y los escritores católicos han considerado necesario recordar a los padres la importancia de bautizar a sus hijos lo antes posible.

Puede existir la tentación de retrasar el bautismo de un niño debido a factores familiares o sociales, como el deseo de que algunos miembros de la familia estén presentes, o la idea de que es necesaria una fiesta para celebrar un acontecimiento tan importante como el bautismo.

La legitimidad de tales retrasos parece basarse en una combinación de tres ideas:

● Los llamamientos históricos a bautizar a los niños lo antes posible no son válidos hoy en día, porque se basaban en las altas tasas de mortalidad infantil, que ahora han disminuido.

● El peligro para la vida de un bebé dejará tiempo suficiente a los padres o cuidadores para bautizarlo antes de que sea demasiado tarde.

● La intención de los padres de bautizar es suficiente para que el bebé se salve y alcance la visión beatífica (es decir, los bebés no bautizados van al Cielo, en lugar de al Limbo).

Sin embargo...

● Aunque las tasas de mortalidad infantil hayan disminuido, no se han reducido a cero. ¿Estamos dispuestos a correr riesgos con las almas de nuestros hijos basándonos en porcentajes y tasas de mortalidad?

Cuando se nos dice que la tasa de reacciones adversas a ciertos “tratamientos médicos” innecesarios es muy baja, muchos responden diciendo:
“Puede que sea así. Pero no quiero que mi hijo sea uno de los que, según dices, siguen sufriendo daños”.
Al menos con estos supuestos “tratamientos médicos”, hay cierta sensación (o al menos ilusión) de que son por el bien común. Pero no se sirve a ningún bien común retrasando el bautismo del propio hijo.

Por el contrario, hay muchas medidas naturales que deben tomarse con relativa rapidez en el caso de los recién nacidos. Por ejemplo, hay que cortar el cordón umbilical; hay que limpiarlos, vestirlos y alimentarlos; y a veces hay que someterlos a procedimientos o tratamientos médicos legítimos.

● Hoy en día, los padres suelen ser quienes cortan los cordones; pero si el padre estuviera ausente (por ejemplo, es un soldado que está en la guerra, o cualquier otro motivo), consideraríamos absurdo dejar el cordón sin cortar y una placenta ensangrentada colgando del bebé durante días o semanas.

● La lactancia materna es el medio recomendado para alimentar a los lactantes; pero si la madre no pudiera amamantarlo inmediatamente por cualquier motivo, consideraríamos absurdo esperar para alimentar al lactante los días o semanas necesarios para que su salud se recupere o la lactancia comience en serio.

● Los lactantes deben ser aseados y vestidos con prontitud, y no toleraríamos ningún retraso (aun reconociendo prácticas como dejar el vérnix sobre el niño).

● Si un niño nace con una enfermedad potencialmente mortal o debilitante, nos parecería absurdo retrasar el tratamiento por cualquier motivo, por no hablar de algo tan trivial como esperar al médico de cabecera, o al tío médico, etc.

Retrasar el bautizo de un bebé más de lo necesario es peor que negarse a cortar el cordón umbilical; peor que negarse a limpiarlo o vestirlo; peor que negarse a recibir el tratamiento necesario para asegurar la vida.

El cardenal Gibbons presenta aquí algunos de estos argumentos.

Algunas de las razones ofrecidas en el pasado para los modestos retrasos incluían una larga distancia desde la iglesia parroquial, y la dificultad de llevar a un recién nacido hasta allí, ya fuera al aire libre, a pie o en carro, en climas difíciles. Esos problemas persisten, de forma diferente, para quienes viven a grandes distancias en coche de sus capillas.

Sin embargo, la llegada de los coches climatizados debería reducir al máximo estos retrasos. Nacemos prisioneros de Satanás; el bautismo libera a nuestros niños de este estado, los limpia del pecado original y los pone en estado de gracia, los hace cristianos, los convierte en hijos adoptivos de Dios y en miembros de la Iglesia. Todo esto constituye un gran bien que da gloria a Dios, permitiendo al alma bautizada decir con Nuestra Señora: “Mi alma engrandece al Señor”.

Deberíamos aprovechar la disminución de la mortalidad infantil y la facilidad para llegar a la Iglesia, en lugar de aprovecharnos de ello para esperar más de lo necesario.

Respecto a las otras dos “ideas tácitas”:

● La idea de que siempre tendremos tiempo de bautizar a un infante antes de morir carece de todo fundamento. Cualquiera de nosotros -bebé, niño o adulto- podría morir instantáneamente en un accidente de coche, o mientras dormimos, o en un atentado terrorista o acto de guerra, etc.

● La idea de que la intención de los padres es suficiente para que el niño alcance la recompensa sobrenatural del Cielo y la visión beatífica carece de fundamento en la fe católica. El padre Müller lo aborda en detalle más adelante, citando también la famosa advertencia de San Agustín: “Si quieres ser católico, no creas, no digas, no enseñes, que los niños que mueren antes de ser bautizados pueden obtener la remisión del pecado original”.

Por último, puede ser tentador pensar que es necesaria una celebración para transmitir la importancia del bautismo a los demás hijos o a la familia ampliada, y que así se justifican los retrasos que acompañan al propio bautismo. Pero tal intento de transmitir la importancia del bautismo se verá totalmente frustrado si implica retrasar el sacramento más de lo justificado o necesario.

En contra de tales retrasos, el padre Müller habla de la importancia de que los padres bauticen a sus hijos lo antes posible, exponiendo las razones por las que esto es necesario, las consecuencias de no hacerlo y las recompensas que aguardan a quienes hacen esta profesión de fe.
Aunque tomar la decisión de bautizar a un bebé “lo antes posible” puede generar problemas y causar dificultades -quizá porque algunos familiares no puedan venir tan pronto-, esta decisión merece la pena.
Así pues, a la luz de todo esto, ¡no lo demores!

A su debido tiempo, ofreceremos algunos ejemplos más de la Iglesia y sus moralistas sobre lo que se entiende por “lo antes posible” en este contexto.

El primer y más necesario sacramento

P. Michael Müller

Benziger Bros, Nueva York, 1882.

Capítulo IV, Bautismo, 179-192

Disponible en Archive.org

¿Cuál es el primer y más necesario sacramento?

El bautismo es el primer sacramento, porque antes de él no puede recibirse ningún otro; y es también el sacramento más necesario, porque sin él nadie puede salvarse.

Hemos explicado la naturaleza, necesidad y eficacia de los sacramentos en general. Ahora, naturalmente, daremos cuenta de cada uno en particular. El bautismo es el primero.

Es tan particularmente el primero, que no podemos recibir ningún otro sacramento antes de él. Intentar dar o recibir cualquier otro sacramento antes del bautismo sería una ceremonia sin valor. Si una persona, por ejemplo, que no ha sido bautizada, recibiera el orden sagrado, no sería sacerdote; ni siquiera sería cristiano.

Sólo por el bautismo tenemos derecho al privilegio de recibir los demás sacramentos.

La necesidad del bautismo

El bautismo es también el más necesario de todos los sacramentos, pues sin él nadie puede salvarse. La razón de esto es, porque el bautismo ha sido ordenado por Jesucristo como el único medio de recibir el perdón del pecado original, y de todos los pecados cometidos antes del bautismo:
“Id -dijo a sus apóstoles- por todo el mundo, enseñad a todas las gentes y bautizadlas... El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea” (y, en consecuencia, no se bautice) será condenado” (Marcos xvi, 15, 16).
Quien, por lo tanto, muera sin bautismo quedará fijado para toda la eternidad en el estado de pecado original, y también de pecado actual, si lo ha cometido; porque Dios, que es la santidad infinita misma, nunca puede unirse a un alma que esté en pecado y enemistada con Él. Por esta razón, nuestro Señor dijo a Nicodemo:
“En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de nuevo del agua y del Espíritu Santo” (es decir, en el bautismo), “no puede entrar en el reino de Dios” (Juan iii, 5). (Juan iii, 5.)
Después de su milagrosa conversión, San Pablo fue a Damasco, y allí oró y ayunó durante tres días. Pero, como ni la fe, ni el arrepentimiento, ni el ayuno, ni la oración, sirven para la salvación sin el bautismo, Ananías fue enviado por nuestro Señor para decirle “que se bautice y lave sus pecados” (Hechos xxii, 16). (Hechos xxii, 16.) Los judíos, convertidos por el primer sermón de San Pedro, preguntaron: “Hombres y hermanos, ¿qué debemos hacer?”. San Pedro respondió: “Haced penitencia y bautizaos cada uno de vosotros para el perdón de vuestros pecados” (Hechos ii, 38).

La necesidad del bautismo para los niños

Esta necesidad del bautismo se extiende a todas las personas, incluso a los niños; porque ellos también vienen al mundo “como hijos de ira”, teniendo la mancha y la culpa del pecado original, y estando en un estado de separación de Dios, y sujetos a la sentencia de muerte temporal y eterna decretada por Dios contra todos los descendientes de Adán; y permanecen en este estado de separación de Dios hasta que reciben la inestimable bendición de un nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu Santo.

Nuestro divino Salvador desea que los niños vengan a él, y declara que de los tales es el reino de Dios; pero reconoce que está en poder de los demás permitirlo o impedirlo: “Dejad que los niños venir a mí, y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios” (Marcos x, 14.). Los padres y tutores pueden “dejarlos ir” a Jesús, haciéndolos bautizar; también pueden impedirlo o “prohibirlo”, descuidando asegurarles esta bendición por su propia indiferencia o incredulidad; pero no pueden, con sus opiniones heréticas o infieles, cambiar la ley de Cristo, que exige que tanto los niños como los adultos sean bautizados para ser salvos.

De ahí que la práctica de la Iglesia haya sido siempre bautizar a los niños poco después de su nacimiento. Esto demuestra su creencia de que, a causa del pecado original, no pueden entrar en el cielo si mueren sin bautismo (1). Por lo tanto...
“Si quieres -dice San Agustín- ser católico, no creas, no digas, no enseñes, que los niños que mueren antes de ser bautizados pueden obtener la remisión del pecado original” (2).
Y:
“Quien diga que los mismos infantes son vivificados en Jesucristo cuando mueren sin bautismo, se opone directamente a todo lo que los apóstoles han predicado; condena a toda la Iglesia, en la que se apresuran a bautizar a los pequeños infantes, porque creen que estos infantes no pueden de otro modo tener vida en Jesucristo” (3).
Milagros realizados para probar esta necesidad de los niños

A veces Dios ha obrado milagros para mostrar cuán necesario es el bautismo para la salvación de los niños. Ha sucedido que algunos de estos pobres infantes, habiendo muerto sin ser bautizados, fueron milagrosamente restaurados a la vida.

San Agustín relata un caso interesante de este tipo. En Uzale, una mujer tenía un hijo pequeño. Deseaba tan ardientemente convertirlo en un buen cristiano, que ya lo había inscrito en la lista de los catecúmenos. Desgraciadamente, murió antes de que tuvieran tiempo de bautizarlo. Su madre se sintió abrumada por el dolor, más aún por haberle privado de la vida eterna que por haber muerto para ella. Llena de confianza, cogió al niño muerto y lo llevó públicamente a la iglesia de San Esteban, el primer mártir. Allí rezó por el hijo que acababa de perder, y ésta fue su oración:
“Santo mártir, ves que me quedé sin ningún consuelo, pues no puedo decir que mi hijo se ha ido antes que yo, ya que tú sabes que está perdido; y por eso lloro. ¡Devuélveme a mi hijo, para que lo pueda ver en el cielo en presencia de Aquel que te coronó!”.
Mientras rezaba de este modo y derramaba amargas lágrimas, su hijo se conmovió, lanzó un grito y de repente volvió a la vida. Y como su madre había dicho: “Tú sabes por qué le pido que vuelva”, Dios se complació en demostrar que hablaba con sinceridad. Inmediatamente lo llevó al sacerdote.

Fue bautizado, santificado, ungido, confirmado y, tras recibir así los sacramentos del bautismo y la confirmación, volvió a morir. La piadosa madre, feliz de verlo regenerado en las aguas del bautismo, se cuidó de no lamentar su muerte; al contrario, lo siguió a la tumba con aire alegre y sonriente, porque sabía muy bien que no iba a una tumba fría, sino a morar con los ángeles en el cielo (4).

El milagro de la niña asesinada

Un milagro semejante fue presenciado por toda la parroquia de San Martín-des-Champs, en París. Este milagro tuvo lugar en 1393, por la poderosa intercesión de la Santísima Virgen, Madre de Dios; y ese prodigio lleva impreso el carácter de la verdad.

Una desgraciada mujer, habiendo olvidado las leyes de la religión y del honor, de un crimen se precipitó en otro. Incluso llegó a sofocar los gritos de la naturaleza. Para salvar su reputación y librarse de una niña que había traído al mundo, tuvo la horrible idea de quitarle la vida a la indefensa criatura metiéndole un trozo de lino en la boca, de modo que no pudiera respirar y quedara asfixiada. Luego la sacó en secreto de la ciudad y la enterró en un montón de estiércol, cerca de la puerta de St. Martin-des-Champs.

La Providencia quiso que un cazador pasara por allí algún tiempo después: uno de sus perros se detuvo en el lugar, empezó a olisquear el montón de tierra, lo esparció con sus patas y dejó la niña a la vista. La gente corrió de todas partes y, como no había pruebas de que se hubiera administrado el bautismo, se pensó que el cuerpo no debía ser enterrado en tierra consagrada.

Mientras la gente consultaba sobre el asunto, una mujer, conmovida por la compasión, exclamó que era una gran lástima que una criatura inocente se viera privada de la vista de Dios por culpa de sus padres; y, al instante, cogiendo el cuerpecito en brazos, propuso llevarlo a la iglesia y pedir a la Santísima Virgen que intercediera por él.

Fue un segundo prodigio, comenta el historiador de la época de Carlos VI, que, de más de cuatrocientas personas que oyeron lo que dijo la mujer, ninguna se opuso; y que, por el contrario, todas se dirigieron a la iglesia de San Martín-des-Champs. Cuando llegaron a la iglesia, la piadosa mujer depositó la niño ante el altar de la Santísima Virgen, y se pidió a los religiosos y a todos los presentes que rezaran por ella.

Al cabo de unos instantes, la protección de María se manifestó públicamente: la niña muerta dio señales de vida; hizo un esfuerzo por arrojar el paño que la había sofocado, y lo consiguió; luego lanzó un fuerte grito. Esta fue la señal para la aclamación universal; se tocaron todas las campanas, se cantó el Te Deum y, como la multitud era tan densa que no se podía dar un paso en la iglesia hacia la pila bautismal, la niña fue bautizada al pie del altar y recibió el nombre de María.

Vivió tres horas después, a la vista de todos. La niña de la bendición murió y, al día siguiente, fue enterrada en la iglesia, bajo el mismo altar en el que había sido bautizada (5).

San Cipriano: “Ningún alma debe perderse por retrasos inútiles”

Como la vida de todos los niños es demasiado frágil para poder contar con ella, es deber de los padres procurar que los hijos que les nazcan, nazcan también pronto para Dios por el bautismo.

En tiempos de San Cipriano, cierto obispo, llamado Fidus, sostenía que el bautismo no debía darse a los niños antes del octavo día después de su nacimiento. San Cipriano reunió un concilio en Cartago para discutir esta opinión, que fue condenada por todos los obispos.
“La gracia y la misericordia de Dios -dice el concilio- no deben negarse a ningún hijo de hombre nacido de hombre; porque, como dice el Señor en el Evangelio: 'El Hijo del hombre no ha venido a destruir las almas de los hombres, sino a salvarlas'; así, por lo que depende de nosotros, ningún alma debe perderse por retrasos inútiles” (6).
Recuérdese, pues, dice San Alfonso, que aplazar el bautismo de los niños más de diez u once días es, según la opinión más común de los teólogos, pecado mortal, a no ser que haya alguna razón extraordinaria para aplazarlo.

Los Padres sobre las malas razones para retrasar el bautismo

San Gregorio Nacianceno reprende duramente a las madres que, demasiado preocupadas por la salud de sus hijos, posponen su bautismo, alegando que su vida es demasiado delicada para pasar por las ceremonias del bautismo.
“No expongáis a vuestros hijos al mal, sino santificadlos y consagradlos al Espíritu Santo desde su más tierna edad. ¿Acaso teméis sellarlos con el sello de Dios a causa de su débil naturaleza? ¡Oh madres de poca fe! Ana, antes de que Samuel naciera, lo prometió a Dios; y, cuando nació, lo consagró instantáneamente al Señor. Lo educó para que fuera sacerdote y lo vistió con las vestiduras sacerdotales. Puso su confianza en Dios y no tuvo en cuenta los temores y las consideraciones humanas” (7).
En efecto, “si el judío”, dice San Basilio...
“... no pospone la circuncisión de su hijo por la amenaza de Dios de que toda alma que no sea circuncidada al octavo día será exterminada de su pueblo (Gen. xvii, 14), ¿por qué retrasas el bautismo, a pesar de haber oído del mismo Señor: 'En verdad, en verdad os digo que el que no nazca del agua y del Espíritu Santo no entrará en el reino de Dios'?” (8).
Por eso, “a nadie”, dice san Cipriano...
“'... se le debe negar el acceso a la gracia de Dios, particularmente a los niños, quienes, por sus lágrimas y llantos después de su nacimiento, parecen implorar nuestra ayuda de la manera más conmovedora. Ellos tienen el mejor derecho de todos a las misericordias de Dios. Si no se niega la remisión de los pecados a los más grandes pecadores, ¡cuánta menos razón hay para negársela a los niños, que, como acaban de nacer, no pueden ser culpables de ningún pecado, con la única excepción de que, por descender de Adán, son culpables de su pecado y susceptibles de castigo!”.
El verdadero amor paternal buscará el bautismo, incluso ante la dificultad

Una buena madre, es cierto, sonríe ante el primer llanto de su hijo; sin embargo, siente que le falta algo para colmar la medida de su felicidad. Sabe que su tierno bebé es todavía un hijo de la ira, excluido del cielo por decreto del Todopoderoso, y sin derecho alguno a la herencia celestial. No es un “hijo de la ira”, sino un ángel, lo que la buena madre desea estrechar contra su corazón. Ella, por lo tanto, lo lleva a la iglesia, poco después de su nacimiento, para que nazca de nuevo, en el bautismo, para Dios y el cielo.

Sé de una madre que, hace unos cincuenta años, llevó a su hijo trescientas setenta millas para que lo bautizara un sacerdote. ¡Qué edificante es que los padres lleven a sus hijos, poco después de nacer, a la iglesia, para que allí nazcan de nuevo, por el bautismo, para Dios y para el cielo! Pero ¡cuán criminales y crueles son aquellos padres que, por descuido, posponen o descuidan por completo el bautismo de sus hijos!

La criminalidad de retrasar el bautismo

Es un gran crimen retener injustamente, durante un tiempo considerable, una gran herencia terrenal a quien justamente tiene derecho a ella. Ahora bien, ¿acaso el retraso del bautismo de los niños es otra cosa que retenerles la gracia de Dios, su herencia celestial? ¡Cuán culpables, pues, a los ojos de Dios, deben ser los que cometen semejante crimen! Pero mucho más culpables son aquellos padres que, al impedir que sus hijos sean bautizados, les roban la herencia del cielo.

Cuidar tan poco del bautismo de los niños pequeños es ver, con ojos indiferentes, la sangre de Jesucristo pisoteada; es ver la imagen de Dios yacer en el fango del pecado, y no cuidarla; es despreciar a la Santísima Trinidad: al Padre que los creó; al Hijo que los redimió; al Espíritu Santo que los quiere santificar.

¡Qué vergüenza para los cristianos preocuparse tan poco de la felicidad o pérdida eterna de esas criaturas indefensas! ¡Como si no fuera verdad lo que dicen los padres de la Iglesia, que la salvación de un alma vale más que todo el mundo visible! ¿Hubo alguna vez un tiempo en que el precio de las almas de los niños pequeños fuera menor? Mientras el precio de la sangre de Jesucristo tenga un valor infinito, el precio de las almas seguirá siendo el mismo. El cielo y la tierra pasarán, pero esta verdad no.

El diablo lo sabe y lo comprende demasiado bien. Cómo se complace con esos padres criminales, a quienes Jesucristo llama más bien “asalariados” que padres y madres, “porque no tienen cuidado de sus ovejas”, -del bienestar espiritual de sus pequeños-, “y ven venir al lobo”, es decir, la muerte, “y dejan las ovejas y huyen” (Juan x, 12).

Algunos cuidan más de los animales que del alma de sus hijos

En el día del juicio tales padres serán confundidos por aquel pobre hombre de quien leemos en la vida de San Francisco de Sales lo siguiente:

Un día, este santo y celoso pastor visitó una parroquia situada en una montaña muy alta. Al llegar a la cima de la montaña, se sintió abrumado por la fatiga, y sus manos y pies estaban completamente entumecidos por el frío. Mientras contemplaba, con asombro, los inmensos bloques de hielo de aquel país, le contaron que, algunos días antes, un pastor, al correr tras una oveja descarriada, cayó en uno de los espantosos precipicios de aquella región; y que su compañero, deseoso de salvar la vida del pastor, o de honrarlo con un entierro cristiano, en caso de que fuera encontrado muerto, se dejó caer en el precipicio helado por medio de una cuerda, y fue sacado de nuevo, atravesado por el frío, y sosteniendo en sus brazos a su compañero muerto.

Al oír este relato, San Francisco se dirigió a sus asistentes y dijo:
“Algunos piensan que hacemos demasiado, pero ciertamente hacemos mucho menos que esta pobre gente. Habéis oído de qué manera uno ha perdido la vida en el intento de encontrar un animal extraviado; y cómo otro se ha expuesto al peligro de perecer, con el fin de procurar a su amigo un entierro cristiano, que, en estas circunstancias, podría haber sido omitido. Estos ejemplos nos hablan con un lenguaje fuerte; por esta caridad estamos confundidos, nosotros que hacemos mucho menos por la salvación de las almas confiadas a nuestro cuidado, de lo que esa pobre gente hace por la seguridad de los animales confiados a su cargo”.
Entonces el santo prelado lanzó un profundo suspiro, diciendo:
“¡Dios mío, qué hermosa lección para obispos y pastores! ¡Este pobre pastor ha sacrificado su vida para salvar a una oveja descarriada, y yo, ¡ay! tengo tan poco celo por la salvación de las almas! El menor obstáculo basta para disuadirme y hacerme calcular cada uno de mis pasos. Gran Dios, dame el verdadero celo y el verdadero espíritu de un buen pastor. Ah, cuántos pastores de almas no juzgará este pastor!”.
Algunos sólo se preocupan de la salud física de sus hijos

¡Cuán justa y verdadera es esta última observación! Los padres son los pastores de sus pequeños. Si los vieran atacados por una peligrosa enfermedad corporal, pensarían en medios para salvarles la vida corporal.

¡Ahora los ven muy enfermos en el alma por el pecado original, y se preocupan menos por su salud espiritual que por su salud corporal!

Oyen llorar a uno de sus hijos, y enseguida tratan de consolarlo; oyen a un perrito que gime a la puerta, y le abren; oyen a un mendigo que pide un pedazo de pan, y se lo dan; y oyen a la madre espiritual de sus hijos, la Iglesia católica, gritar con acentos lamentables: “Que mis pequeños tengan la vida de la gracia por el bautismo”, y no atienden a su voz.

El juicio y los castigos que esperan a los padres negligentes

Oyen gritar a Jesucristo: “En verdad, en verdad os digo que el que no renazca del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios” (Juan iii, 5); “Dejad, pues, que los pequeños vengan a mí” (por el bautismo), “y no se lo impidáis”, -no les impidáis venir a mí por este sacramento, no los mantengáis más tiempo separados de mí, sufriendo que vivan y mueran en el pecado original; oyen decir a nuestro Señor: “Ay del que escandaliza a un niño pequeño”, -que lo mantiene privado de mi gracia y amistad, de mi gloria y felicidad eternas-; le oyen decir: “Ay de vosotros: vosotros mismos no habéis entrado en unión conmigo, y a los que estaban entrando, se lo habéis impedido” (Lucas xi, 52); ven a nuestro querido Salvador llorar por Jerusalén, por la pérdida de tantos pequeños que mueren sin bautismo, y le oyen decir: “No lloréis por mí, sino por vuestros hijos”, y ni su voz ni sus lágrimas les impresionan.

Dicen, con el hombre del Evangelio: “No me molestes, la puerta” (de nuestro corazón) “ya está cerrada: no puedo levantarme y darte” (Lucas xi, 7). “Si un asno”, dice nuestro Señor, “cae en un pozo, lo sacaréis incluso en sábado”; ¡y desterráis las almas de miles de niños pequeños de mi presencia impidiéndoles el bautismo! ¡Oh, qué gran crueldad, qué dureza de corazón, es más, qué gran impiedad! Si fueran ciegos, no cometerían pecado; pero, como Jesucristo ha hablado tan claramente sobre la necesidad del bautismo para la salvación, no tienen excusa para su pecado de permitir que sus hijos permanezcan sin bautizar para siempre, o al menos durante un tiempo considerable.

A veces, Dios ha castigado temerosamente a ciertas personas que crecieron sin bautismo, y después tardaron en bautizarse, aunque comprendían la absoluta necesidad del bautismo para la salvación. San Wulfran convirtió a muchos frisones de su idolatría a la fe católica, por los grandes milagros que realizó entre ellos. Un día, dos niños fueron arrojados al mar, para ser ahogados en honor de los ídolos. San Wulfran los rescató de la muerte con un milagro. Cuando Radbod, rey de Frisia, presenció este milagro, prometió hacerse cristiano y se hizo instruir con otros catecúmenos.

Cuando estaba a punto de bautizarse, preguntó dónde estaba en el otro mundo el gran número de sus antepasados y nobles. San Wulfran le respondió que el infierno es la porción de todos los que mueren culpables de idolatría. Ante estas palabras, el rey retrocedió y rechazó el bautismo, diciendo que iría con esa gente. Este tirano mandó después llamar a San Wulfran para tratar con él su conversión, pero murió antes de que el santo llegara (9).

Si Dios castigó así a este rey por retrasar su bautismo y rechazarlo cuando estaba preparado para recibirlo, ¿será el Señor más misericordioso con aquellos padres por cuya culpa tantos pequeños han muerto sin bautismo, y por ello se ven privados para siempre de la visión beatífica de Dios?

¡Oh, padres y madres, indignos de este nombre, que practicáis tal crueldad con vuestros pequeños! ¿Por qué no habéis muerto antes de convertiros en padres y madres tan antinaturales? Dios quiere que los hijos que os dio sean también hijos suyos por el bautismo, y vosotros despreciáis esta bendición retrasando su bautismo. ¡Qué horrible ceguera! ¡Qué crimen imperdonable! ¡Qué espantoso asesinato de las almas de vuestros hijos!

El limbo es una conclusión necesaria, digan lo que digan

¿Cuál es, pues, la suerte de los que mueren en pecado original sin ser culpables de pecado actual? Es un artículo de fe que nunca entrarán en el cielo ni disfrutarán de la visión beatífica de Dios.

Sin embargo, Santo Tomás de Aquino y muchos otros eminentes teólogos opinan que, aunque estas almas nunca verán a Dios, no serán atormentadas en sus sentidos, ni serán afligidas a causa de la privación de la visión de Dios, de una felicidad que son incapaces de disfrutar.

Como un hombre, dicen, no siente dolor por no poder volar, así estos infantes no se afligen por no poder gozar de la gloria que nunca fueron capaces de poseer, ni en el orden de la naturaleza, ni en el de la gracia. Piensan que estos infantes, al menos después del juicio final, gozarán de una bienaventuranza natural, en cuanto tendrán un conocimiento natural y un amor natural de Dios; que serán colocados en una especie de paraíso terrestre; es decir, estos infantes habitarán la tierra después de haber sido renovada, y gozarán de las delicias de los elementos purificados.

“Considerando la bondad divina -dice San Alfonso- me parece más probable que estas almas no reciban ni recompensa ni castigo en la otra vida”; y de esta opinión no disiente San Agustín” (10).

La recompensa de los que bautizan pronto a sus hijos

Si Dios castiga a los que privan a los niños de la gracia del bautismo para siempre, o al menos durante un tiempo considerable, recompensa, en cambio, a los que los llevan al bautismo lo antes posible, pues está más deseoso de conceder recompensas que de infligir castigos.

“Cualquiera -dice nuestro querido Salvador- que dé de beber a uno de estos pequeños, aunque sea un vaso de agua fría, no perderá su recompensa” (Mt. x, 42). Si Dios Todopoderoso recompensa a uno por un vaso de agua fría que se da a un niño pequeño, ¿qué recompensa no concederá a quien da a un niño el reino de los cielos por medio del bautismo? Sin duda, una de las mayores bendiciones que Dios puede conceder a una persona es el don de la verdadera fe.

Ahora bien, hay registrados muchos ejemplos que demuestran que Dios concedió este inestimable don de la fe a los no católicos que permiten que sus hijos sean bautizados en la Iglesia Católica. En 1848, vivía cerca de Milwaukee, Wisconsin, una familia protestante de apellido Pollworth, que era visitada a menudo por el Rev. A. Urbanek.

Al poco tiempo, la Sra. Pollworth se unió a la Iglesia Católica, pero su marido seguía obstinado y a menudo decía que nunca se haría católico. Sin embargo, consintió en bautizar a sus hijos. Las ceremonias bautismales se celebraron con la mayor solemnidad antes de la Misa mayor, tras la cual se expuso el Santísimo Sacramento.

Los niños recién bautizados se colocaban cerca de las gradas del altar, y su padre inmediatamente detrás de ellos. Jesucristo quería recompensarle por haber permitido que sus hijos fueran bautizados.

Durante la exposición del Santísimo Sacramento, se apareció a Pollworth en la sagrada hostia como el Buen Pastor, con un cordero sobre los hombros. La aparición duró unos cinco minutos. Al salir de la iglesia, Pollworth preguntó a algunos de sus vecinos si no habían visto algo extraño durante el servicio divino; pero al darse cuenta de que nadie había visto nada de la aparición, no dijo nada más.

Al día siguiente invitó al sacerdote a que le hiciera una visita, y en cuanto el reverendo P. Urbanek entró en la casa, Pollworth dijo:
“Ahora, en verdad, la oveja perdida ha sido encontrada por fin, después de su largo extravío entre las zarzas. Deseo hacerme católico”.
Pocos días después, fue recibido en la Iglesia y, tras haber hecho profesión de fe, atestiguó solemnemente con juramento la verdad sobre la aparición de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento.


WMReview


martes, 26 de noviembre de 2024

LA RENOVADA CATEDRAL DE BERLÍN REFLEJA LA RELIGIÓN NOVUS ORDO: TERRENAL, ESTÉRIL Y SIN SENTIDO

No, no son escombros de una construcción, sino el nuevo santuario de la Catedral de Santa Eduvigis


Santa Eduvigis (c. 1174-1243) es una santa popular en Polonia y Alemania. Canonizada por el Papa Clemente IV menos de 24 años después de su muerte, es una de las primeras santas de Silesia. Es la patrona de Berlín, la capital alemana, y la catedral diocesana está dedicada a ella.

Santa Eduvigis, la primera iglesia católica que se permitió construir en el Berlín protestante tras la llamada “Reforma”, se terminó de construir en 1773. Aquí se puede ver una vista desde el exterior:


Aunque el cuerpo de la iglesia es circular, el interior original era de una vocación católica profunda y majestuosa, y no se parecía en nada a una disposición de mesas redondas. La siguiente foto, tomada alrededor de 1886, muestra la nave de Santa Eduvigis frente al santuario.


Santa Eduvigis se convirtió en catedral en 1930, cuando el Papa Pío XI creó la diócesis de Berlín (no fue hasta 1994 que Juan Pablo II intentó convertirla en archidiócesis). El interior fue rediseñado por el arquitecto Clemens Holzmeister.

Aquí hay una foto del interior de Santa Eduvigis como catedral, tomada el 31 de diciembre de 1934:


Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-45), la cúpula y el interior de la catedral, junto con su cripta, fueron completamente destruidos después de que las fuerzas aliadas lanzaran una bomba incendiaria el 1 de marzo de 1943.

Tras la guerra, Berlín quedó dividida en cuatro sectores (estadounidense, británico, francés y soviético). Santa Eduvigis terminó en el sector de la ciudad ocupado por los soviéticos, que para 1949 se había convertido en Berlín Oriental, la capital del recién creado país socialista oficialmente llamado República Democrática Alemana (RDA), conocido coloquialmente como Alemania Oriental.

La reconstrucción de la catedral comenzó en 1952, pero no fue hasta 1960 que se reconstruyó el interior, según los diseños del arquitecto Hans Schwippert. El nuevo altar fue consagrado el 1 de noviembre de 1963 por el obispo Alfred Bengsch (1921-1979). El interior permaneció prácticamente igual hasta 2018, cuando se inició la renovación más reciente.

La siguiente imagen muestra la catedral bajo la ocupación del Novus Ordo. La fotografía fue tomada el 24 de junio de 2015.


Si se pregunta qué está viendo, seguro que no es el único. En la década de 1960, se abrió el suelo de la catedral para exponer la capilla de la cripta, con escaleras que la hacían accesible directamente desde la planta principal, y el altar superior se conectaba con el inferior. Aquí hay una vista desde arriba. (Quizás la idea era imitar el acceso a las Grutas Vaticanas en la Basílica de San Pedro, a las que también se accede por una escalera justo delante del altar mayor).

Pero no se preocupen; la última renovación ha vuelto a cerrar el piso. A continuación, verán capturas de pantalla del video publicado de la ceremonia de inauguración el pasado domingo 24 de noviembre de 2024.



El principal celebrante de esta galería de horrores es el actual “arzobispo” de Berlín, el Sr. Heiner Koch (n. 1954). Pero no fue él, debemos recalcar, quien impulsó esta afeación. Fue su predecesor, el Sr. Rainer Maria Woelki (n. 1956), quien fue trasladado a Colonia en 2014 y estuvo presente en la ceremonia de dedicación del domingo pasado (abajo, a la izquierda) y concelebró:


No es sorprendente que los vasos "sagrados" utilizados para esta “celebración eucarística” parezcan provenir del mismo depósito de chatarra modernista que el resto de la parafernalia y el mobiliario encontrados en la catedral, especialmente el altar, que merece una mención deshonrosa aparte.


Creada por el austriaco Leo Zogmayer, la parodia de “altar católico” está hecha de piedrecillas donadas por feligreses y otros fieles del novus ordo de toda Alemania. Al menos visualmente, está claramente inspirada en productos de IKEA como estos y quizás en este original macetero. El nuevo altar fue consagrado oficialmente hace un año, cuando la catedral aún no había reabierto. 

Por último, no podemos dejar de mencionar que hay una obra de arte instalada en la iglesia inferior de Santa Eduvigis, obra del escandaloso “obispo” Hermann Glettler de Innsbruck, Austria:


El artículo se titula CrossFit. Un primer plano de detalle revela lo que se ve:


Se trata de una colección de cuerpos crucificados, unidos para crear una especie de “red de salvación”. Los cuerpos fueron extraídos de ataúdes listos para ser incinerados en una cremación. ¡Esto es increíble!

Glettler ha ofendido deliberadamente a Dios una y otra vez con arte blasfemo instalado en iglesias de su diócesis, y lo ha hecho con impunidad. La instalación más horrorosa que jamás haya presentado fue probablemente el desgarrador “Reloj de Jesús” de 2019. El CrossFit es simplemente la última obra estrafalaria del blasfemo austriaco.

Hasta ahora, la última remodelación de la Catedral de Santa Eduvigis en Berlín. ¿Qué opinan? ¿Cuánto costó todo? El precio total reportado superó los 40 millones de euros, lo que equivale aproximadamente a 42 millones de dólares estadounidenses.

Obviamente, cada centavo fue un centavo gastado de más.


Novus Ordo Watch
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (4)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


4. Ana, con una canción, anuncia que es madre.
En su seno está el alma inmaculada de María.
24 de agosto de 1944.

1 Veo de nuevo la casa de Joaquín y Ana. Nada ha cambiado en su interior, si se exceptúan las muchas ramas florecidas, colocadas aquí y allá en jarrones (sin duda provienen de la podadura de los árboles del huerto, que están todos en flor: una nube que varía del blanco nieve al rojo típico de ciertos corales).
También es distinto el trabajo que está realizando Ana. En un telar más pequeño, teje lindas telas de lino, y canta rimando el movimiento del pie con la voz. Canta y sonríe... ¿A quién? A sí misma, a algo que ve en su interior.
El canto, lento pero alegre –que he escrito aparte para seguirle, porque le repite una y otra vez, como gozándose en él, y cada vez con más fuerza y seguridad, como la persona que ha descubierto un ritmo en su corazón y primero lo susurra calladamente, y luego, segura, va más expedita y alta de tono– dice (y le transcribo porque, dentro de su sencillez, es muy dulce):
¡Gloria al Señor omnipotente que ha amado a los hijos de David! ¡Gloria al Señor!
Su suprema gracia desde el Cielo me ha visitado.
El árbol viejo ha echado nueva rama y yo soy bienaventurada.
Por la Fiesta de las Luces echó semilla la esperanza;
ahora de Nisán la fragancia la ve germinar.
Como el almendro, se cubre de flores mi carne en primavera.
Su fruto, cercano ya el ocaso, ella siente llevar.
En la rama hay una rosa, hay uno de los más dulces pomos.
Una estrella reluciente, un párvulo inocente.
La alegría de la casa, del esposo y de la esposa.
Loor a Dios, a mi Señor, que piedad tuvo de mí.
Me lo dijo su luz: "Una estrella te llegará".
¡Gloria, gloria! Tuyo será este fruto del árbol,
primero y extremo, santo y puro como don del Señor.
Tuyo será. ¡Que por él venga alegría y paz a la tierra!
¡Vuela, lanzadera! Aprieta el hilo para la tela del recién nacido.
¡El nace! Laudatorio a Dios vaya el canto de mi corazón
.

2 Entra Joaquín en el momento en que ella iba a repetir por cuarta vez su canto. 
¿Estás contenta, Ana? Pareces un ave en primavera. ¿Qué canción es ésta? A nadie se la he oído nunca. ¿De dónde nos viene?.
De mí corazón, Joaquín. Ana se ha levantado y ahora se dirige hacia su esposo, toda sonriente. Parece más joven y más guapa.
No sabía que fueras poetisa dice su marido mirándola con visible admiración. No parecen dos esposos ya mayores. En su mirada hay una ternura de jóvenes cónyuges. He venido desde la otra parte del huerto oyéndote cantar. Hacía años que no oía tu voz de tórtola enamorada. ¿Quieres repetirme esa canción?.
Te la repetiría aunque no lo pidieras. Los hijos de Israel han encomendado siempre al canto los gritos más auténticos de sus esperanzas, alegrías y dolores. Yo he encomendado al canto la solicitud de anunciarme y de anunciarte una gran alegría. Sí, también a mí, porque es cosa tan grande que, a pesar de que yo ya esté segura de ella, me parece aún no verdadera.... Y empieza a entonar de nuevo la canción. Pero cuando llega al punto: En la rama hay una rosa, hay uno de los más dulces pomos, una estrella..., su bien entonada voz de contralto primero se oye trémula y luego se rompe; se echa a llorar de alegría, mira a Joaquín y, levantando los brazos, grita: ¡Soy madre, amado mío!, y se refugia en su corazón, entre los brazos que él ha tendido para volver a cerrarlos en torno a ella, su esposa dichosa. Es el más casto y feliz abrazo que he visto desde que estoy en este mundo. Casto y ardiente, dentro de su castidad.
Y la delicada reprensión entre los cabellos blanco–negros de Ana: 
¿Y no me lo decías?.
Porque quería estar segura. Siendo vieja como soy... verme madre... No podía creer que fuera verdad... y no quería darte la más amarga de las desilusiones. Desde finales de diciembre siento renovarse mis entrañas profundas y echar, como digo, una nueva rama. Mas ahora en esa rama el fruto es seguro... ¿Ves? Esa tela ya es para el que ha de venir.
¿No es el lino que compraste en Jerusalén en octubre?.
Sí. Lo he hilado durante la espera... y con esperanza.

3 Tenía esperanza por lo que sucedió el último día mientras oraba en el Templo –lo más que puede una mujer en la Casa de Dios– ya de noche. ¿Te acuerdas que decía: "Un poco más, todavía un poco más"? ¡No sabía separarme de allí sin haber recibido gracia! Pues bien, descendiendo ya las sombras, desde el interior del lugar sagrado al que yo miraba con arrobo para arrancarle al Dios presente su asentimiento, vi surgir una luz. Era una chispa de luz bellísima. Cándida como la luna pero que tenía en sí todas las luces de todas las perlas y gemas que hay en la tierra. Parecía como si una de las estrellas preciosas del Velo –las que están colocadas bajo los pies de los querubines–, se separase y adquiriese esplendor de luz sobrenatural... Parecía como si desde el otro lado del Velo sagrado, desde la Gloria misma, hubiera salido un fuego y viniera veloz hacia mí, y que al cortar el aire cantara con voz celeste diciendo: "Recibe lo que has pedido". Por eso canto: "Una estrella te llegará". ¿Y qué hijo será éste, nuestro, que se manifiesta como luz de estrella en el Templo y que dice "existo" en la Fiesta de las Luces (14)? ¿Será que has acertado al pensar en mí como una nueva Ana de Elcana (15)?

4 ¿Cómo la llamaremos a esta criatura nuestra que, dulce como canción de aguas, siento que me habla en el seno con su corazoncito, latiendo, latiendo, como el de una tortolita entre los huecos de las manos?
.
Si es varón, le llamaremos Samuel; si es niña, Estrella, la palabra que ha detenido tu canto para darme esta alegría de saber que soy padre, la forma que ha tomado para manifestarse entre las sagradas sombras del Templo.
Estrella. Nuestra Estrella, porque... no lo sé, pero creo que es una niña. Pienso que unas caricias tan delicadas no pueden provenir sino de una dulcísima hija. Porque no la llevo yo, no me produce dolor; es ella la que me lleva por un sendero azul y florido, como si ángeles santos me sostuvieran y la tierra estuviera ya lejana... Siempre he oído decir a las mujeres que el concebir y el llevar al hijo en el seno supone dolor (16), pero yo no lo siento. Me siento fuerte, joven, fresca; más que cuando te entregué mi virginidad en la lejana juventud. Hija de Dios –porque es más de Dios que nuestra, siendo así que nacerá de un tronco aridecido– que no da dolor a su madre; sólo le trae paz y bendición: los frutos de Dios, su verdadero Padre.
Entonces la llamaremos María. Estrella de nuestro mar, perla, felicidad, el nombre de la primera gran mujer de Israel (17). Pero no pecará nunca contra el Señor, que será el único al que dará su canto, porque ha sido ofrecida a Él como hostia antes de nacer.
Está ofrecida a Él, sí. Sea niño o niña nuestra criatura, se la daremos al Señor, después de tres años de júbilo con ella. Nosotros seremos también hostias, con ella, para la gloria de Dios.

No veo ni oigo nada más.

La Inmaculada jamás se vio privada del pensamiento de Dios.

5 Dice Jesús:
La Sabiduría, tras haberlos iluminado con los sueños de la noche, descendió; Ella, que es "emanación de la potencia de Dios, genuino efluvio de la gloria del Omnipotente" (18) y se hizo Palabra para la estéril. Quien ya veía cercano su tiempo de redimir, Yo, el Cristo, nieto de Ana, casi cincuenta años después, mediante la Palabra, obraría milagros en las estériles y en las enfermas, en las obsesas, en las desoladas; los obraría en todas las miserias de la tierra.
Pero, entretanto, por la alegría de tener una Madre, he aquí que susurro una arcana palabra en las sombras del Templo que contenía las esperanzas de Israel, del Templo que ya estaba en la frontera de su vida. En efecto, un nuevo y verdadero Templo, no ya portador de esperanzas para un pueblo, sino certeza de Paraíso para el pueblo de toda la tierra, y por los siglos de los siglos hasta el fin del mundo, estaba para descender sobre la tierra. Esta Palabra obra el milagro de hacer fecundo lo que era infecundo, y de darme una Madre, la cual no tuvo sólo óptimo natural, como era de esperarse naciendo de dos santos, y no tuvo sólo un alma buena, como muchos también la tienen, y continuo crecimiento de esta bondad por su buena voluntad, ni sólo un cuerpo inmaculado... Tuvo –caso único entre las criaturas– inmaculado el espíritu.

6 Tú has visto la generación continua de las almas por Dios. Piensa ahora cuál debió ser la belleza de esta alma que el Padre había soñado antes de que el tiempo fuera, de esta alma que constituía las delicias de la Trinidad, Trinidad que ardientemente deseaba adornarla con sus dones para donársela a sí misma. ¡Oh, Todo Santa que Dios creó para sí, y luego para salud de los hombres! Portadora del Salvador, tú fuiste la primera salvación; vivo Paraíso, con tu sonrisa comenzaste a santificar la tierra.
¡Oh, el alma creada para ser alma de la Madre de Dios!... Cuando, de un más vivo latido del trino Amor, surgió esta chispa vital, se regocijaron los ángeles, pues luz más viva nunca había visto el Paraíso. Como pétalo de empírea rosa, pétalo inmaterial y preciado, gema y llama, aliento de Dios que descendía a animar a una carne de forma muy distinta que a las otras, con un fuego tan vivo que la Culpa no pudo contaminarla, traspasó los espacios y se cerró en un seno santo (19).
La tierra tenía su Flor y aún no lo sabía. La verdadera, única Flor que florece eterna: azucena y rosa, violeta y jazmín, helianto y ciclamino sintetizados, y con ellas todas las flores de la tierra fusionadas en una sola Flor, María, en la cual toda virtud y gracia se unen.
En abril, la tierra de Palestina parecía un enorme jardín. Fragancias y colores deleitaban el corazón de los hombres. Sin embargo, aún ignorábase la más bella Rosa. Ya florecía para Dios en el secreto del claustro materno, porque mi Madre amó desde que fue concebida (20), mas sólo cuando la vid da su sangre para hacer vino, y el olor de los mostos, dulce y penetrante, llena las eras y el olfato, Ella sonreiría, primero a Dios y luego al mundo, diciendo con su superinocente sonrisa: "Mirad: la Vid que os va a dar el Racimo para ser prensado y ser Medicina eterna para vuestro mal está entre vosotros".
He dicho que María amó desde que fue concebida. ¿Qué es lo que da al espíritu luz y conocimiento? La Gracia (21). ¿Qué es lo que quita la Gracia? El pecado original y el pecado mortal. María, la Sin Mancha, nunca se vio privada del recuerdo de Dios, de su cercanía, de su amor, de su luz, de su sabiduría. Ella pudo por ello comprender y amar cuando no era más que una carne que se condensaba en torno a un alma inmaculada que continuaba amando.

7 Más adelante te daré a contemplar mentalmente la profundidad de las virginidades en María. Te producirá un vértigo celeste semejante a cuando te di a considerar nuestra eternidad. Entretanto, piensa cómo el hecho de llevar en las entrañas a una criatura exenta de la Mancha que priva de Dios le da a la madre –que, no obstante, la concibió en modo natural, humano– una inteligencia superior, y la hace profeta, la profetisa de su hija, a la que llama "Hija de Dios". Y piensa lo que habría sido si de los Primeros Padres inocentes hubieran nacido hijos inocentes, como Dios quería.
Este, ¡Oh, hombres que decís que vais hacia el "superhombre" y que de hecho con vuestros vicios estáis yendo únicamente hacia el super–demonio!, éste habría sido el medio que conduciría al "superhombre": saber estar libres de toda contaminación de Satanás, para dejarle a Dios la administración de la vida, del conocimiento, del bien; no deseando más de cuanto Dios os hubiera dado, que era poco menos que infinito, para poder engendrar, en una continua evolución hacia lo perfecto, hijos que fueran hombres en el cuerpo y, en el espíritu, hijos de la Inteligencia, es decir, triunfadores, es decir, fuertes, es decir, gigantes contra Satanás, que habría mordido el polvo muchos miles de siglos antes de la hora en que lo haga, y con él todo su mal
.





Notas:

14) Fiesta de las Luces: esto es, fiesta de las “Hogueras” o Fiesta de los Tabernáculos. La razón del nombre es que se encendían fogatas.

15) Cfr. 1 Rey. 1, 9 ss.

16) Entiéndase: renunciar a la virginidad y lo que consigo trae.

17) Cfr. Ex. 15, 20–21; Núm. 12, 1–15.

18) Cfr. Sab. 7, 25

19) Este álito vital o chispa divina que Dios inspiró e infundió para animar el cuerpo de la Predestinada Madre del Verbo, este acto de Amor, que amó infinitamente a su amada Hija, Esposa, Madre futura, omnipotente en su amor y en su querer de tal modo que la mancha del Odio no pudo deshojarla, se infundió en un santo seno, en el cuerpo de María.

20) La gracia es amor, es sabiduría, es todo. Y María que todo lo tuvo, amó desde el momento en que tuvo alma.

21) Adán y Eva desde el momento en que fueron creados, fueron capaces de amar, por conocer sus perfecciones (pues las conocían), a Dios. La Gracia y los otros dones recibidos junto con la vida, los hacía capaces de ello. María llena de gracia en su alma amó con su espíritu purísimo, desde el momento en que la poseyó, adelantándose al tiempo en que – con todo su ser, dotada con todos los dones divinos que se le dieron con plenitud y sobreabundancia en vista de su futura misión y perfección – amó con toda su mente, con todo su corazón, con todas sus fuerzas. Esta fuerza de amor no debe extrañar a nadie si se medita en el Evangelio de Lucas 1, 44 y 15, donde se dice que el Bautista – encerrado en el seno materno, pero presantificado, esto es, limpio de la culpa original y por lo tanto convertido en ser sumamente inteligente, esto es, proporcionado a la condición de una criatura elevada al orden sobrenatural – reconoció, se alegró, amó, adoró a su Señor encerrado en el seno de María, confirmando las palabras que el Arcángel Gabriel había dicho a Zacarías: “Juan... será lleno del Espíritu Santo desde el seno materno”.
 

¿QUÉ ES UN “ACTO HEROICO DE CARIDAD”?

El analfabetismo religioso contemporáneo general hace que estos conceptos -claros para las generaciones anteriores de católicos- puedan hoy resultar extraños o confusos.

Por John M. Grondelski, Ph.D.


En un ensayo anterior, escribí acerca de por qué la oración por los difuntos es una necesidad, no sólo una “cosa bonita que hacer” durante el mes de noviembre. Para que todas nuestras oraciones y buenas acciones sean espiritualmente eficaces, necesitamos estar en estado de gracia, sencillamente porque no podemos compartir el amor sobrenatural sin poseerlo nosotros mismos.

Dicho esto, consideremos un acto particular de amor sobrenatural hacia las almas santas, un tanto olvidado en nuestros días: el Acto Heroico de Caridad.

Dicho brevemente, el “Acto Heroico de Caridad” es el ofrecimiento que una persona hace a Dios de toda la satisfacción por sus pecados merecida en esta vida, así como la satisfacción que le corresponde por los sufragios (por ejemplo, las Misas ofrecidas por su intención de su reposo) después de la muerte en favor de aquellas almas difuntas a las que Dios quiera aplicarlos. Tradicionalmente, esta ofrenda se hacía a través de la Santísima Virgen María. Es entregar aquellas obras de satisfacción, de esta vida y ofrecidas por nosotros después de esta vida, en favor de los demás.

De nuevo, como en el caso de la “comunión de los santos”, el analfabetismo religioso contemporáneo general hace que estos conceptos -una vez claros para las generaciones anteriores de católicos- puedan resultar extraños o confusos para algunos. Aclaremos.

Por “comunión de los santos”, entendemos que todos los que están unidos a Dios lo están también entre sí: los que están en la tierra trabajando activamente con Dios por su salvación, los que están en el purgatorio purificándose de lo que aún les impide la unión total con Dios, y los que están en el cielo y han alcanzado el objetivo de su vida. La savia que los une a todos y que les permite ayudarse mutuamente es la caridad sobrenatural.

Pero también hay que incluir un tema que antaño estaba relacionado con la enseñanza sobre las indulgencias y que hoy raramente tratamos: ¿por qué la Iglesia habla siempre de indulgencias?

En pocas palabras, está relacionado con la teología del pecado. El pecado, después de todo, no es normal. Dios no quiso que el hombre fuera pecador. La libertad no es la neutralidad moral entre el bien y el mal, sino la capacidad de hacer el bien y hacerlo mío.

Pero sabemos que todos -excepto Jesús y María- somos pecadores. Podremos ser más o menos pecadores, pero somos pecadores.

La Iglesia hablaba tradicionalmente de castigos “eternos” y “temporales” debidos al pecado. ¿Por qué Dios nos castiga por el pecado? No porque sea sádico, sino por dos razones: amor y justicia.

Dios nos ama y quiere nuestro amor. El amor no es un sentimiento, una actitud o una vibración. El amor es algo arraigado en una realidad común y compartida que, en el caso de Dios y del alma, sólo puede ser buena. O Dios y la persona humana comparten la bondad (lo que significa que la persona es buena y, por lo tanto, se parece a Dios) o no la comparten (en cuyo caso la persona es mala y, por lo tanto, carece de algo en común con Dios). Persistir en el mal grave hasta la muerte conduce al infierno, no porque Dios quiera castigarnos, sino porque Dios y la persona no tienen nada en común y la persona no quiere tener algo en común con Dios.

En cuanto a la justicia, Dios nos invita a relacionarnos con Él, pero no somos sus iguales. Dios es nuestro Creador y, por lo tanto, tiene ciertos derechos sobre nosotros. Dios creó a la humanidad buena, pero la humanidad eligió el pecado. Esa elección no es indiferente: que una persona elija el mal no hace que el mal sea bueno. (Éste es el error fundamental del llamado “derecho a elegir”). Dios sigue teniendo derecho a esperar que el hombre sea lo que Él creó que fuera. Cuando se hace malo, no es sólo asunto suyo. En justicia, Dios tiene derecho a exigir del hombre la bondad que le dio originalmente.

Todo pecado, por lo tanto, tiene un doble aspecto, reflejado en los términos castigo “eterno” y “temporal”. La pena eterna es la deuda contraída por el pecado, que se condona en los Sacramentos del Bautismo y la Reconciliación.

Pero el pecado no es sólo el mal que hice. El pecado es también las malas consecuencias que deja tras de sí. Puedo arrepentirme de haber matado a alguien y ser perdonado, pero esa persona sigue muerta y todo el mal que se deriva de esa situación que es, pero que no debería haber sido, tiene que ser reparado de alguna manera. De eso hablamos cuando hablamos de “castigo temporal”.

Y sobre esto habla la teología católica sobre las consecuencias temporales del pecado.

Consciente de que Cristo es nuestra redención última, la persona verdaderamente arrepentida también quiere hacer lo que pueda para “acumular” el “tesoro” del bien en el mundo y saldar sus deudas de maldad. Cómo “cuantificar” esas cosas no está, obviamente, al alcance de nuestra limitada capacidad humana: eso se lo dejamos a Dios. Pero reconocemos que, de alguna manera, queremos dejar “más bien” -más bien sobrenatural- tras nuestra muerte.

Como todos somos pecadores, esa satisfacción de nuestras vidas terrenales (y la satisfacción que otros ofrecen a través de sus Misas, actos de caridad y oraciones por nosotros después de la muerte) sería normalmente nuestra. En el Acto Heroico de Caridad, ofrecemos a Dios esa satisfacción, entregándosela a Él para que la aplique al alma o almas que Él desee. Se trata de un acto valiente y generoso en favor de los demás, una voluntad de ser pobre espiritualmente por el bien de los demás.

¿Debemos temer estar “exponiéndonos” a cosas malas? No. Como en muchas cosas a lo largo de la vida, a menudo se nos invita a confiar en que, al confiar en Su Amor y Misericordia (frente a nuestra propia autosuficiencia), no sólo le complacemos, sino que salimos ganando. El Acto Heroico de Caridad es un gran don espiritual pero, como nos recuerdan las Escrituras, Dios nunca será superado en generosidad por el hombre. El Acto Heroico de Caridad es también un Acto Heroico de Esperanza y de Confianza, en que Dios no nos pone en una situación peor por querer ser mejores.

Muchas personas ofrecen actos particulares de caridad o satisfacciones (por ejemplo, dolores o sufrimientos) que reciben en este mundo para la salvación de los fieles difuntos en el Purgatorio. El Acto heroico añade el elemento adicional de estar dispuesto incluso a ofrecer parte de la propia eternidad -la propia satisfacción temporal- en favor de otro.

¿Significa eso que hacemos el Acto Heroico con una “expectativa” de guiño y asentimiento por parte de Dios? No. La confianza no es presunción: no hacemos el bien esperando que Dios nos corresponda. Dios y nosotros no somos socios en igualdad de condiciones y cualquier bien que hagamos proviene de Él. Pero, al entregarle lo que es nuestro para que disponga de ello como quiera, realizamos un acto verdaderamente supererogatorio que ofrece, por amor, lo que es nuestro, en favor de otro. Es quizá lo más cerca que el hombre puede llegar en el orden espiritual a tener “no hay amor más grande que dar la vida por el amigo” (Jn 15,13).

Esta confianza en Dios desafía también otro error del pensamiento moderno: la idolatría del “desinterés”. Desde Immanuel Kant en el siglo XVIII, la gente ha pensado erróneamente que hacer el bien tiene que ser de alguna manera “desinteresado”, que cualquier interés personal en hacer el bien lo mancha. Por supuesto, no queremos hacer el bien por razones hipócritas, para promocionarnos a nosotros mismos o sin sinceridad. Pero el bien y mi bien tampoco tienen por qué oponerse. Cuando me arrepiento de mis pecados, mis motivos suelen ser mixtos: pueden implicar amor a Dios, a quien mis pecados ofenden, así como temor a Dios, a quien no quiero perder (o ser castigado) a causa de esos pecados. La atrición (dolor motivado por el miedo sobrenatural a las consecuencias del pecado) no es mala; es ya una contrición incipiente (dolor motivado por el amor a Dios) que los méritos de Cristo en el Sacramento de la Reconciliación perfeccionan.

Mientras estemos sobrenaturalmente motivados para caminar hacia Dios, reconocer la identidad entre lo que Dios quiere y lo que es nuestro propio y genuino bien, no es malo. La vida que Dios quiere de nosotros y una vida verdaderamente humana están en relación directa, no inversa.

Entonces, ¿debería un católico considerar la posibilidad de realizar un Acto Heroico de Caridad en favor de los fieles difuntos? Mi propósito aquí es simplemente explicar qué es y cómo encaja en lo que creemos. La decisión de si una persona en particular debe realizar la ofrenda es algo que es mejor dejar en manos de la persona en particular, consultando con un buen director espiritual. (También hay que recordar que el acto siempre es revocable). Me remito a la prudencia sobrenatural y la madurez espiritual en esa elección.

IGLESIAS DESCRISTIANIZADAS POR LA ECLOSIÓN DE RIQUEZAS EN EL MUNDO

¿Cómo ha podido producirse una descristianización de la Iglesia tan profunda, tan cuantiosa y rápida? ¿Cuáles son sus causas?

Por el padre José María Iraburu


La descristianización de buena parte de las Iglesias locales de Occidente se viene gestando desde hace siglos (masonería, naturalismo, Ilustración, Revolución Francesa, socialismo, comunismo, liberalismo, etc.), pero en el Postconcilio del Vaticano II esa descristianización se acelera notablemente, sobre todo en los últimos decenios. Naciones hay de Centroeuropa, por ejemplo, de antigua filiación cristiana, en las que sus Iglesias locales pierden cada año muchas decenas de miles de católicos; y algunas avanzan con firme paso innovador hacia la extinción. Aunque siempre quedará, Dios mediante, un Resto fiel a Cristo.

Es natural que los católicos nos preguntemos “¿Cómo ha podido producirse una descristianización de la Iglesia tan profunda, tan cuantiosa y rápida?”, “Cuáles son sus causas?” Serán muchas con-causas.. Entonces, “cuál es su causa principal?”. Los grandes fenómenos de la historia siempre tienen muchas causas simultáneas. Es muy difícil señalar una Causa principal, pero con el favor de Dios lo intentaré.

La descristianización de muchas Iglesias hoy se debe principalmente al enorme desarrollo, sin precedente alguno comparable en la historia, que en siglo XX, hasta hoy, ha tenido el mundo en su riqueza. La afirmación, que puede parecer atrevida, tiene mucho fundamento en el Evangelio.

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Sagrada Escritura

–El Antiguo Testamento apenas desvela el valor religioso de la pobreza. Israel considera que la riqueza ha de ser considerada bendición de Yavé sobre los justos (Job 42,10; Ez 36.28-30; Joel 2,21-27). Aunque también revela en bastantes lugares que “se regocijarán en Yavé los humillados (anawim), y aun los pobres (ebionim) se gozarán en el Santo de Israel” (Is 29,19). Pero el Salvador esperado es el Siervo de Yavé, imagen de pobreza, de humillación y de rechazo ignominioso; no precisamente de riqueza prepotente.

–Es en el Nuevo Testamento, en Cristo, donde se revela plenamente el Evangelio de la Pobreza, que comienza en el misterio de la Encarnación: “Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que tomó la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres” (Flp 2,5-7).

Cristo y sus apóstoles eligen la pobreza

“Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por amor a nosotros, para que fuésemos ricos por su pobreza” (2Cor 8,9). Traducido: El Hijo divino eterno, se hizo hombre por amor, para que quienes somos hombres, fuéramos deificados como hijos de Dios por su gracia. –Y es voluntad de Cristo que los apóstoles, re-presentantes suyos, expresen en sus vidas ese mismo descenso. Como así fue: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mt 19,27).

Cristo enseña que la pobreza, o al menos su espíritu, es condición necesaria para ser cristiano

“Todo aquel de vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío” (Lc 14,33). Más aún: –“Si quieres ser perfecto, véndelo todo, y dalo a los pobres” (Mt 19,21). –“Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición; y son muchos los que entran por ella” (Mt 7,13). Puertas y caminos son estrechos para los pobres – anchos y floridos para los ricos.

Cristo revela la peligrosidad espiritual de la riqueza

Por el contrario, “en verdad os digo: qué difícilmente entra un rico en el reino de los cielos. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos” (Mt 19,23-24). –“No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt 6,24). “¡Ay de vosotros los ricos! pues ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre” (6,24-25).

Cristo bendice la pobreza

“Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” (Lc 6,21). –Hasta la dulcísima Virgen María, con Cristo ya en su seno, proclama esta realidad, bendiciendo a Dios por ella: “Proclama mi alma la grandeza del Señor… A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1,53).

Que el Espíritu Santo revele o confirme al lector en este conocimiento salvífico sobrenatural. Sin su asistencia divina, no se entenderán las enseñanzas evangélicas de Cristo; parecerán absurdas. Y con su asistencia –que suplicamos– recibimos en ellas la luz y la verdad.

A la luz de estas Palabras de Dios, nos atrevemos a pensar que el Occidente fue cristiano mientras fue “pobre”, y se fue descristianizando con la explosión de “riqueza” que se dio en el siglo XX, iniciado siglos antes.

No tuerza el gesto el lector, pues cuando lea cómo explico esa afirmación, no cabe excluir que acabe por estar de acuerdo conmigo.

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Qué tenían en el Mundo antiguo

Tenían familias perseverantes en la unión, y numerosas en hijos, lo que imponía una vida austera y mucho trabajo de los padres, aunque también mucho gozo: el gozo de la cruz. En los pueblos, tenían ventanas abiertas a los prados y a los bosques. Salían temprano a trabajar los campos o a sacar el ganado. No pocos iban a Misa antes de ir al trabajo. La Catequesis era uno de los centros sociales del pueblo. Recogían por la tarde vacas y cabras, y las ordeñaban. Tenían perro, y algunos cazaban o pescaban. Cortaban leña para el fuego de la cocina. Se juntaban en la taberna, y los principales en el casino. Jugaban al dominó o la partida de mus. Se quedaban en casa porque era la única hora para estar con sus hijos. Algunos leían, pocos, en privado o en voz alta de algún libro. Era frecuente en algunos la confesión, y muchos rezaban al toque de Difuntos y el Rosario en la familia o en la Parroquia, a fin de tarde… Tenían en su gran mayoría una religiosidad cristiana, mejor o peor vivida. Y rara era la parroquia que no daba algún seminarista o religiosa.


No tenían en los pueblos ni luz eléctrica, ni radio, ni teléfono, ni periódico. El periódico, de unas seis páginas, lo recibían, y no a diario, el alcalde, el párroco y el rico del pueblo. Tampoco tenían transporte de bicicletas (existían solo las del Circo, con una rueda grande), ni de motos, y menos de coches. El rico del pueblo tenía un carricoche con caballo. El pueblo, solo el burro. Los domingos salían de paseo por la carretera. Las casas normalmente mantenían abierta la puerta, incluso si sus dueños se ausentaban unas horas. El cartero pasaba una vez por semana. Algunos pueblos mayores tenían telégrafo. Una escuela atendía a los niños de un pueblo o de varios. El reloj personal apenas lo tenían, sobre su estómago, los ricos. Los demás oían las horas de la torre parroquial, miraban el reloj de sol de la plaza o calculaban por el estado de la luz. No todos sabían leer y escribir… En algo eran ricos: “Tenían tiempo”. No vivían con prisas, sobrecargados.

En las ciudades había más posibilidades sociales y técnicas, como es lógico, pero no muchas más que en los pueblos. Las “atracciones” en espectáculos, bibliotecas, estudios, piano en la casa, servicio doméstico, conciertos y teatros, se daban en una vida más rica en posibilidades, pero de hecho era aprovechada por la clase alta de la ciudad. El resto, la mayoría, estaba más o menos como en los pueblos.

Qué tenemos en el Mundo actual

A lo largo del siglo XX, los adelantos técnicos y sociales produjeron una explosión enorme, continuada, invasora, que se ha visto prolongada hasta nuestros días. En los “países desarrollados”, disminuyó mucho el número de habitantes en los pueblos y aumentaron mucho en las ciudades. Los trabajos industriales, comerciales y de servicios superaron enormemente a los agrícolas. Y los bienes de consumo y de agrado se multiplicaron como nunca en la historia.

1) Tenemos mil “riquezas” posibles. Nadie hace más de un siglo hubiera imaginado en Occidente que un ciudadano medio tuviera normalmente acceso a luz y energía eléctrica, reloj de muñeca, coche, moto, frigorífico, lavadora, lavaplatos, máquinas de coser, radio, televisión familiar y personal, teléfono propio nacional e internacional –con mi pequeño móvil hablo con un amigo chileno, cruzando el Atlántico y los Andes, como si estuviera en la habitación de al lado–, internet, la web, Google, diarios impresos y digitales, smartphone, ordenadores e impresoras personales, máquinas de traducción automática, grabadoras de sonido o que fotografían imágenes, supermercados con innumerables productos, acceso a piscina y a viajes… Y recientemente, un gran número de prodigios informáticos y digitales: Facebook, Instagram, X, Telegram, Zoom, WhatsApp, navegador GPS, código de barras, asistente de voz, que hablando al PC lo pasa a escrito, código QR, Inteligencia Artificial (ChatGPT)…


Y muchas cosas más a lo largo del siglo XX y hasta hoy: servicios regulares aéreos, alquiler de vuelos, coches, caballos, veleros, trajes de etiqueta, equipos de esquiar; vacaciones con sueldo mantenido, becas de estudio nacionales o extranjeras. Seguridad social médica, medicina moderna, análisis, medicinas sorprendentes, cirugía milagrosa; cursos, a veces gratuitos, de cocina, artesanía, gimnasia, baile, marquetería, yudo, idiomas, floristería, aeromodelismo y muchas especialidades más. Bicicletas, motos, patines eléctricos, alas de vuelo, drones. Baterías múltiples, algunas del tamaño de una lenteja, que mantienen activo un reloj o una máquina durante años. Pagos por tarjeta, afiliación a partidos políticos o a otras asociaciones, predicción atmosférica exacta (no el Calendario Zaragozano), acceso continuo a películas, conciertos, noticiarios de política, sucesos notables, y en directo o diferido, competiciones deportivas –futbol, baloncesto, golf, tenis, regatas, Olimpíadas, campeonatos locales, regionales, nacionales, internacionales–, captables en casi todo el mundo. Agencia de viajes lejanos a precios increibles; reportajes sobre fauna terrena, acuática y volante, famosos, sucesos catastróficos o acciones extraordinarias…

Todo esto, y muchas cosas más, sobrevenidas invasoramente en poco más de un siglo, tiene el Mundo actual rico de Occidente, y no lo tenía el Mundo antiguo pobre, cien veces más escaso de recursos e incitaciones, sencillo y quieto. Y nótese que en los paises desarrollados, muchos bienes preciosos que ofrece el Mundo actual son asequibles prácticamente a casi todos los ciudadanos. Un smartphone, por ejemplo, ofrecido en diversas fabricaciones, se halla en modelos muy baratos y en otros muy caros. Puede adquirirlos cualquiera. Basta hacer un viaje largo en autobús o tren para comprobar que la mitad o más de los pasajeros pasan el tiempo con sus móviles más o menos perfectos = caros. Casi todos lo tienen.

(Nota. –Estas prolijas enumeraciones habrán sido para el lector fatigosas, pero que se consuele pensando que más me ha fatigado hacerlas. Así he querido dar a los lectores una impresión abrumadora de la abrumadora cantidad de incitaciones –casi todas mundanas, naturalistas, adictivas, y muchas anticristianas–, que en el “rico” Mundo actual reciben los ciudadanos. Si la persona no ejercita selecciones muy estrictas, y lleva con gran dominio el uso, son suficientes para descristianizar a los cristianos, y consecuentemente a las Iglesias.

En algo, en cambio, somos ahora pobres: “No tenemos tiempo”, porque estamos “sobrecargados” de aparatos y de actividades impuestas o asumidas por activismo, por emulación, por necesidad o curiosidad. Es éste el tiempo de la descristanización en numerosas Iglesias locales. “–No tenemos tiempo para ir a Misa o rezar el Rosario en familia. Imposible. –¿Ni siquiera el Domingo? –Ni siquiera”. Y es verdad, porque el Domingo lo tienen ocupado en otras cosas…

Todos esos inventos y adelantos prodigiosos se hacen realidad por el impulso primero que Dios puso en el hombre: “Dios los bendijo y les dijo, “sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla, dominadlo todo”… (Gén 1,27-31). Y pueden conseguirse esos nuevos bienes porque son casi infinitas las posibilidades de la Creación divina, obra digna de un Creador divino omnipotente.

Pero esos formidables inventos y descubrimientos realizados por científicos, técnicos y trabajadores, no han suscitado en el hombre moderno la glorificación del Creador, sino el culto a la Creación y al HOMBRE, a su inteligencia y trabajo. “Alardeando de sabios se hicieron necios, y dieron culto a las criaturas, en lugar de al Creador” (Rm 1,25).

Ese enriquecimiento indecible del mundo, llevó a la cuantiosa descristianización de muchas Iglesias, débiles en la fe, por ser débiles en predicación y Cruz, en sacramentos y oración.

2) –Tiene el mundo actual además otras “atracciones” seductoras, que dan libre acceso a lo que siempre estuvo prohibido (y que sigue prohibido en naciones “retrasadas”). 

–La anticoncepción sistemática en los matrimonios, que trae un número mínimo de hijos. 

–La multiplicada fornicación anticonceptiva, las uniones “irregulares” reconocidas, sean heterosexuales u homosexuales, protegidas y aún promovidas y financiadas. 

–El “derecho” al aborto, inexistente obviamente, es impuesto por leyes criminales, y pretende ser universal. 

–El impudor en el vestir se aproxima cada vez más a la desnudez. Una maestra nórdica de adolescentes, para justificar su total desnudez en la playa, argumentaba a los padres quejosos, “yo no tengo nada que ocultar”

–El divorcio como un derecho natural, sin necesidad de “causa”, también aspira a la universalidad. Alguno que se casaba por tercera vez declaró: “Sí, es mi tercer matrimonio. Cuando me caso, si falla la unión, la rompemos, y pruebo con otra unión, sin que tenga por eso ningún problema moral ni legal. El divorcio es un derecho natural, y la ley civil entiende que cada uno tiene derecho a ser feliz, o al menos a buscar su felicidad”. Y tantas otras pésimas posibilidades libres.


Un jovencito le exige a su padre: “Papá, cómprame una moto. Todos los de mí cuadrilla la tienen. Ahora en verano se van en moto a la playa. Llegan en una hora y para la cena ya han vuelto. Y yo paso todo el día solo”. No le dice que cada uno se lleva su novia. Pero el “bondadoso” padre ya lo sabe, y sin embargo accede a la compra. Es un cristiano no-practicante, que desde joven no quiso ser mártir, entrando por la senda estrecha. Y también ahora quiere que su hijo no sea en su vida un mártir, “un pato en un gallinero”. –Un niño le pide a su padre un smartphone. “Todos mis amigos lo tienen”. El padre bondadoso acepta comprárselo, pero un poco más adelante, cuando el niño haga la primera comunión, que por supuesto será la última. Y así consigue el generoso padre que ya su hijo a los 9 o 10 años sea un pequeño experto en pornografía, iniciado por sus compañeros.

3) –Y tenemos un mundo especialmente anti-cristiano en el conjunto de las máximas Organizaciones internacionales. La financiación principal de todas ellas procede de los Estados Unidos, y todas dan lógicamente una dirección común en las cuestiones fundamentales, como por ejemplo la “necesidad universal” del aborto, la destrucción de la familia, la anulación del cristianismo en leyes, costumbres, mentalidades e instituciones. Es decir, todas son Entidades criminales: la ONU (Organización de las Naciones Unidas), la FAO (Organización Mundial para la Agricultura y Alimentación), el FMI (Fondo Monetario Internacional), el Banco Mundial, el Consejo de Europa (que se negó a incluir en su Constitución al cristianismo como integrante del origen de Europa), la OIT (Organización Internacional del Trabajo), la OMS (Organización Mundial de la Salud). Y este mismo macro-fenómeno se da en las Grandes Tecnológicas, en los principales centros mundiales de comunicación y de información, también encabezados sobre todo por los Estados Unidos

“¡Ay de vosotros, ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!” (Lc 6,24-25)… La bendición de la pobreza se entiende mejor cuando se contrapone a la maldición de la riqueza, muchas veces ignorada, otras veces malentendida, y siempre silenciada. En todo caso, cuidado: la grave peligrosidad de las riquezas ha de ser considerada a la luz de todas las enseñanzas de Cristo.

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Doctrina cristiana sobre la riqueza

1. –“Toda criatura de Dios es buena” (1Tim 4,4). Esta es una enseñanza muy fundamental en la Biblia (Gén 1,31; Rm 14,20; 1 Cor 6,12; Tit 1,15), y es la revelación de una verdad que muchas religiones y filosofías antiguas ignoraban. En efecto, todas las criaturas son ontológicamente buenas, aunque en relación al hombre concreto, puedan adquirir luego una significación moral buena, mala o indiferente.

2. –Es bueno poseer bienes de este mundo, en principio es algo querido por Dios. Fue el mismo Señor quien mandó al hombre poseer la tierra, dominarla y ponerla a su servicio (Gén 1,28-29; Sal 8,7-9). Por lo tanto, el instinto primario de apropiación en sí es sano, es natural y bueno.

3. –Incluso puede ser bueno poseer riquezas, es decir, una abundancia de bienes claramente superior a la media. Si Dios creó el mundo naturalmente jerárquico y desigual, es indudable que en la Providencia divina ricos y no-ricos tienen su lugar. El igualitarismo es un falso dogma liberal. No es voluntad de Dios que todos sean iguales en la posesión de bienes de este mundo. O en otras palabras: puede haber riquezas legítimamente adquiridas y poseídas en caridad fraterna. Puede haber, sin duda, riquezas benéficas, realmente puestas al servicio de Dios y del bien común de los hombres.

4. –Los religiosos “lo dejan todo”, como los apóstoles, porque quieren vivir con Cristo pobre; porque quieren consagrarse a Él totalmente; para no tener el corazón dividido, y pueda mantenerse unido por su dedicación total a Cristo y a su Reino; porque quieren caminar por el camino estrecho de la cruz, el que más fácil y ciertamente lleva a la vida; porque la pobreza favorece la humildad y el amor fraterno (Vat. II, Perfectae caritatis, 1. 13)… Con razón ha visto la Iglesia desde el principio, en las comunidades de vírgenes consagradas, y pronto en las comunidades religiosas contemplativas y después en las activas, que los tres consejos evangélicos, y concretamente el de pobreza, forman el camino más favorable, seguro y expedito para el crecimiento de la persona en la santidad. Más favorable de suyo, se entiende, siempre que sea Dios quien elija y conceda ese don vocacional al cristiano.


En su día comenzaron justamente a ser calificadas estas vidas “religiosas”, como “estados de perfección”. Denominación hoy silenciada ominosamente, como si todos los estados de vida cristianos, de suyo, fueran iguales en orden a la perfección. Pero no es ése el pensamiento de Cristo. 

La palabra de Cristo es en todos los siglos la misma: “Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes, da a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Ven y sígueme” (Mt 19,21)… llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él [amigos íntimos] Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar [colaboradores, apóstoles], especialmente asociados a Su obra de salvación (Mc 3, 13-14). Y ellos, “dejándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,11)… Pobreza, celibato-virginidad y obediencia, crean unos espacios de vida muy favorables al crecimiento en Cristo, pobre, célibe y obediente en todo al Padre… ¡Ay de los ricos! ¡Bienaventurados los pobres!

5. –El peligro de las riquezas es gravemente enseñado por Cristo. En la parábola del sembrador señala que “con los afanes, riquezas y placeres” (Lc 8,14), se ahoga la Palabra divina sembrada en las almas (+Mt 13,22; Mc 4,19; Lc 21,34). Se pierde el hombre que, dejándose llevar por la avidez posesiva y consumista del mundo anticristiano, “atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc 12,15-21). Al fuego eterno irán los malos ricos, que no supieron compadecerse del pobre Lázaro, aunque lo tenían a su puerta (16,19-31). No supieron ver en él a Cristo: “Tuve hambre y no me disteis de comer” (Mt 25,31-46).

No siempre, por supuesto, la riqueza es ocasión de perdición eterna, pero con gran frecuencia impide ir a la perfección. Es el caso del joven rico que, no obstante ser bueno y fiel, respondió a la llamada de Cristo negativamente. Y “se entristeció mucho, porque era muy rico” (Lc 18,18-23).

Los apóstoles hacen también advertencias gravísimas a los ricos (Sant 5,1-5), hombres y naciones (Ap 18,7.16).

“Los que quieren enriquecerse caen en tentaciones, en lazos y en muchas codicias locas y perniciosas, que hunden a los hombres en la perdición y en la ruina, porque la raíz de todos los males es la avaricia, y muchos, por dejarse llevar de ella, se extravían en la fe y a sí mismos se atormentan con muchos dolores” (1 Tim 6,9-10).

Un texto muy preciso de Santo Tomás puede darnos una síntesis del pensamiento de los Padres y de los santos:

“Desde el momento en que una persona posee bienes de este mundo, ve su alma arrastrada al amor de los mismos. Por eso el primer fundamento para adquirir la perfección de la caridad es la pobreza voluntaria, según dice el Señor: “Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, ven y sígueme” (Mt 19,21). La posesión de las riquezas de suyo dificulta la perfección de la caridad, principalmente porque arrastran el afecto y lo distraen; ya se ha dicho que “los cuidados del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra” de Dios (13,22). Por eso es difícil conservar la caridad entre las riquezas. Y así dice el Señor: “Qué difícilmente entra un rico en el reino de los cielos” (19,23). Y esto, ciertamente, debe entenderse de aquel que de hecho posee riquezas, pues de aquel que pone su afecto en las riquezas, dice el Señor que es imposible, cuando añade: “Más fácil es a un camello entrar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos” (19, 24)” (STh II-II,186,3 in c. y ad 4m). [Los que desprecian a Sto. Tomás y a la escolástica en general, desprecian lo que ignoran].

San Juan de la Cruz: “Cuanto más se gozare el alma en otra cosa que en Dios, tanto menos fuertemente se empleará su gozo en Dios” (3Subida 16,2). Esto es así porque el hombre es pecador, y aunque es verdad que los bienes temporales, de suyo, necesariamente no hacen pecar, pero porque ordinariamente con flaqueza de afición se ase el corazón del hombre a ellos, falta a Dios… Por eso dice el Sabio que [si fueras rico] no estarás libre de pecado (18,1).

Errores sobre la riqueza

1) Es herejía creer que ningún rico puede salvarse. Ebionitas, apostólicos o apotácticos, encratitas o abstinentes, tacianos, cátaros, y no pocos cristianos de hoy, pensaron y piensan que riqueza y caridad son absolutamente incompatibles. La Iglesia ha tenido que rechazar este error no pocas veces al paso de los siglos.

El clérigo Duran de Huesca, en 1208, dijo que “se salvan los que permanecen en el mundo poseyendo sus cosas, y hacen limosnas y otras obras buenas con sus propios bienes, guardando los preceptos del Señor” (ib.142: Denz 797). También la Iglesia condenó el error de Guillermo Cornelisz, el cual mantenía que “ningún rico puede salvarse y que todo rico es avaro” (Guibert,171; +Dionisio Foullechat, a.1369, ib.306-308: Denz 1087-1094). Jesús, refiriéndose precisamente a la salvación de los ricos, dijo: “Para los hombres, imposible; mas para Dios todo es posible” (Mt 19,25-26). Santo Tomás, fraile mendicante y gran teólogo de la pobreza, nunca enseñó que las riquezas sean algo perverso, un mal en sí; por el contrario, reconoció que “también las riquezas, en cuanto son cierto bien, son algo divino, principalmente en cuanto dan posibilidad de hacer muchas obras buenas” (Quodlibeto 10,q.6, a.12 ad 2m; + a.14; STh II-II,129,8; C.Gentes III,133).

2) Es herejía negar la peligrosidad de las riquezas. Muchos cristianos no lo saben e ignoran las graves advertencias del Señor. En no pocos casos se debe a que no se les ha predicado suficientemente ese evangelio. Y la mayoría de los fieles no se ha enterado de que hay que elegir entre servir a Dios y servir a las riquezas (Mt 7,24).

La descristianización de tantas Iglesias locales se produce cuando en el siglo XX, y hasta hoy, pasa Occidente del antiguo mundo “pobre” al mundo “rico”, sin temor alguno al peligro de las riquezas. Y el apagamiento de la fe en los cristianos durante ese tiempo nuevo y deslumbrante, se da en parte porque no se ven asistidos suficientemente por la Iglesia docente con el Evangelio de la riqueza y la pobreza… Sin esa luz y gracia adjunta ¡qué difícil es que las naciones cristianas, inundadas de las nuevas “riquezas y atracciones” mundanas referidas, perseveren en la fe y la caridad! El resultado son las Iglesias descristianizadas.

Hay, por supuesto, hoy en Iglesias descristianizadas asociaciones laicales, que no caen en ese error, y que siguen caminos de perfección evangélica, en su condición de seglares, como fieles conocedores y realizadores del Evangelio y de las mejores tradiciones espirituales de la Iglesia. Y también como valiosos creadores, por gracia de Dios, de excelentes desarrollos.


¿Y el Catecismo, la Misa dominical, la confesión, la comunión, el Rosario, la educación en el pudor, el silencio total sobre la salvación-condenación?… Todo esas realidades fueron aminorándose “para evitar el camino estrecho”, y ni siquiera mencionarlo; “por falta de tiempo”; por “falta de sitio en el alma”, atiborrada de criaturas; para no estar entre los compañeros “como un pato en un gallinero”…

Los cristianos mundanizados, fascinados por las mil “riquezas” nuevas asequibles y por las “atracciones” malas liberales, se atracan cuanto pueden de los bienes y atracciones de este mundo, y así llegan a “dar culto a las criaturas, en lugar de al Creador, que es bendito por los siglos” (Rm 1,25). Ni se acuerdan de Dios, ni le agradecen, ni lo celebran, aunque “en Él vivimos y nos movemos y existimos”, como les dijo San Pablo a los atenienses (Hch 17,28). Es un horror. Que, sin embargo, no parece “horrorizar” a ciertos Pastores, aunque algunos de ellos, en el tiempo de su ministerio, hayan perdido la mitad de las ovejas que el Buen Pastor les había confiado.

Triunfo del Demonio, del Mundo y de la Carne. Iglesias descristianizadas y disminuidas, que se aproximan a su extinción. Descristianización y disminución de las Iglesias locales. Cristianos que, sin recibir las luces y los avisos apremiantes de sus Pastores, poniendo su corazón en las riquezas y en las atracciones liberales anexas, sin mayores traumas intelectuales o morales, se hacen no-practicantes, dejan la Misa y todo lo que de ella fluye. Y al excluirse ellos de la vida de la Iglesia, pasan a ser alejados, olvidados de Dios y de que en la vida presente se están jugando la vida eterna.

Animados por falsos maestros del Postconcilio, extasiados ante la mera palabra “mundo”, o por decirlo en expresión de Jacques Maritain, “arrodillados ante el mundo” (Le Paysan de la Garonne, 1966), navegaban pacíficamente en el mar de la recuperada paz y prosperidad.

Santa Teresa: “Yo lo pienso muchas veces y no puedo acabar de entender cómo hay tanto sosiego y paz en las personas muy regaladas” (Medit. Cantares 2,15). “Gózanse de lo que tienen, dan una limosna de cuando en cuando, no miran que aquellos bienes no son suyos, sino que se los dio el Señor como a mayordomos suyos para que repartan a los pobres, y que le han de dar estrecha cuenta del tiempo que lo tienen sobrado en el arca, suspendido y entretenido a los pobres, si ellos están padeciendo” (2,8). Es como si ignorasen que de esos mundanizados presupuestos familiares, de vestimentas, viajes, vacaciones muy costosas, de esas necesidades falsas admitidas como reales por mimetismo mundano, y de tanto gasto inútil, han de dar estrecha cuenta a Dios: Y ¡cuán estrecha! Si lo entendiese [el rico], no comería con tanto contento ni se daría a gastar lo que tiene en cosas impertinentes y de vanidad (2,11). “¡Ay de los ricos!”, dice el Señor…

La tentación de las riquezas se ha dado siempre, pero nunca con la fuerza atrayente del siglo XX. En las Iglesias descristianizadas de Occidente es una tentación que ha arrasado con sus fascinaciones a la mayor parte del pueblo cristiano. De ser hijos de la Iglesia, mundanizándose, secularizándose, pasaron a no-practicantes, a alejados auto-excomulgados, y finalmente a apóstatas de la fe.

En el optimismo y la prosperidad posterior a la II Guerra Mundial, en el triunfalismo mundanizante del Postconcilio Vaticano II –“he aquí que hago nuevas todas las cosas” (Hch 21,5)–, muchos cristianos se echaron al mar del mundo sin salvavidas. No estaba iluminada en el pueblo cristiano, por falta de predicación y de vida espiritual consecuente, la fe en la peligrosidad de las riquezas. Aunque claramente se demostró en la realidad histórica del siglo XX la veracidad de la palabra de Cristo: “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt 6,24). Y con bastante rapidez, fue decreciendo el servicio de Dios y creciendo la adicción a las riquezas del mundo. Los cristianos no-practicantes fueron sobrepasando en las Iglesias el número de los realmente fieles. Se perdió el santo temor a “las solicitudes del mundo y a la seducción de las riquezas” (Mt 13,22).

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¿Y el Catecismo, la Misa dominical, la confesión, la comunión, el Rosario, la educación en el pudor, el silencio sobre la divinidad de Jesucristo, la salvación o condenación?… Todo eso se fue perdiendo “por evitar el camino estrecho”; “por falta de tiempo”; por “falta de sitio en el alma”, atiborrada de criaturas; por no estar entre los compañeros “como un pato en un gallinero”… Los cristianos mundanizados, fascinados por las mil “riquezas” nuevas asequibles y por las “atracciones” malas liberales, se atracan cuanto pueden de los bienes y atracciones de este mundo, y así llegan a “dar culto a las criaturas, en lugar de al Creador, que es bendito por los siglos” (Rm 1,25).

Ni se acuerdan de Dios, ni le agradecen, ni le celebran, aunque “en Él vivimos y nos movemos y existimos”, como les dijo San Pablo a los atenienses (Hch 17,28)… Dejan la Misa y todo lo que de ella fluye… “No tienen tiempo”… No tenéis tiempo, pero “si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53).

“¡Qué difícilmente entra un rico en el reino de los cielos!” (Mt 19,23).

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Esperanza“El poder del infierno no derrotará a la Iglesia” (Mt 16,18). Cristo nos conforta en la esperanza: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). Si Él resucitó a su amigo Lázaro, que llevaba cuatro días muerto, ¿no querrá y podrá sanar y revivificar a su esposa, que es la Iglesia, donde esté enferma o moribunda?… Lo hará con la Santísima Virgen María, con San Miguel y sus ángeles, con los santos y con los apóstoles de los últimos tiempos.

Mártires. Los católicos que sobreviven en una Iglesia descristianizada son heroicos testigos (mártires) del fiel amor de Dios por su esposa la Iglesia; del poder de la gracia de Dios para guardarlos vivos como Restos fieles, pocos en número, pero semillas del renacimiento de la Iglesia, allí donde está desfallecida, hasta el punto que ya no puede hablar la fe… Son pocos, pero “al Cielo lo mismo le cuesta salvar con muchos que con pocos”
 (1Mac 3,18).