jueves, 22 de diciembre de 2005

DISCURSO DE BENEDICTO XVI A LOS PRELADOS PARA OFRECERLES SUS FELICITACIONES NAVIDEÑAS


DISCURSO DE BENEDICTO XVI

A LOS CARDENALES, ARZOBISPOS, OBISPOS

Y PRELADOS SUPERIORES DE LA CURIA ROMANA

PARA OFRECERLES SUS FELICITACIONES NAVIDEÑAS

Señores cardenales,

venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado,

queridos hermanos y hermanas:

"Expergiscere, homo: quia pro te Deus factus est homo", "Despierta, hombre, pues por ti Dios se hizo hombre" (san Agustín, Discurso 185). Con esta invitación de san Agustín a captar el sentido auténtico de la Navidad de Cristo, comienzo mi encuentro con vosotros, queridos colaboradores de la Curia romana, en la cercanía de las fiestas navideñas. A cada uno dirijo mi saludo más cordial, agradeciéndoos los sentimientos de devoción y afecto de los que se ha hecho intérprete eficaz el cardenal decano, al cual expreso mi gratitud.

Dios se hizo hombre por nosotros: este es el mensaje que cada año se difunde desde el silencioso portal de Belén hasta los rincones más lejanos de la tierra. La Navidad es fiesta de luz y de paz, es día de asombro y alegría interior que se expande al universo, porque "Dios se ha hecho hombre". Desde el humilde portal de Belén, el Hijo eterno de Dios, que se ha hecho un Niño pequeño, se dirige a cada uno de nosotros: nos interpela, nos invita a renacer en él para que, juntamente con él, podamos vivir eternamente en la comunión de la santísima Trinidad.

Con el corazón lleno de la alegría que deriva de esta conciencia, repasamos con el pensamiento las vicisitudes del año que está llegando a su ocaso. Han quedado atrás grandes acontecimientos, que han marcado profundamente la vida de la Iglesia. Pienso, ante todo, en el fallecimiento de nuestro amado Santo Padre Juan Pablo II, precedido por un largo camino de sufrimiento y de pérdida gradual de la palabra. Ningún Papa nos ha dejado tantos textos como los que nos ha legado él; ningún Papa anteriormente ha podido visitar, como él, todo el mundo y hablar directamente a los hombres de todos los continentes. Pero, al final, le tocó un camino de sufrimiento y de silencio.

Siguen siendo inolvidables para nosotros las imágenes del domingo de Ramos, cuando, con la rama de olivo en la mano y marcado por el dolor, se asomó a la ventana y nos dio la bendición del Señor que estaba a punto de encaminarse hacia la cruz. Y la imagen de cuando, en su capilla privada, sosteniendo en la mano el crucifijo, participó en el vía crucis del Coliseo, donde tantas veces había guiado la procesión llevando él mismo la cruz. Por último, la muda bendición del domingo de Pascua, en la que, con gran dolor, vimos resplandecer la promesa de la resurrección, de la vida eterna.

El Santo Padre, con sus palabras y sus obras, nos donó cosas grandes; pero no menos importante es la lección que nos dio desde la cátedra del sufrimiento y el silencio. En su último libro, "Memoria e identidad" (ed. La esfera de los libros, Madrid 2005), nos dejó una interpretación del sufrimiento que no es una teoría teológica o filosófica, sino un fruto madurado a lo largo de su camino personal de sufrimiento, que recorrió con el apoyo de la fe en el Señor crucificado. Esta interpretación, que él había elaborado en la fe y que daba sentido a su sufrimiento vivido en comunión con el del Señor, hablaba a través de su mudo dolor, transformándolo en un gran mensaje.

Tanto al inicio como al final de ese libro, el Papa se muestra profundamente impresionado por el espectáculo del poder del mal que, en el siglo recién concluido, pudimos experimentar de modo dramático. Dice textualmente: "No fue un mal en edición reducida (...). Fue un mal en proporciones gigantescas, un mal que ha usado las estructuras estatales mismas para llevar a cabo su funesto cometido, un mal erigido en sistema" (pp. 206-207). ¿El mal es invencible? ¿Es, en verdad, la última fuerza de la historia? A causa de la experiencia del mal, para el Papa Wojtyla la cuestión de la redención se había convertido en la pregunta esencial y central de su vida y de su pensamiento como cristiano.

¿Existe un límite contra el cual se estrella la fuerza del mal? Sí, existe, responde el Papa en ese libro, como también en su encíclica sobre la redención. El poder que pone un límite al mal es la misericordia divina. A la violencia, a la ostentación del mal, se opone en la historia —como "el totalmente otro" de Dios, como el poder propio de Dios— la misericordia divina. Podríamos decir con el Apocalipsis: el cordero es más fuerte que el dragón.

Al final del libro, en la mirada retrospectiva sobre el atentado del 13 de mayo de 1981, y también basándose en la experiencia de su camino con Dios y con el mundo, Juan Pablo II profundizó aún más esta respuesta. El límite del poder del mal, la fuerza que, en última instancia, lo vence es —como él nos dice— el sufrimiento de Dios, el sufrimiento del Hijo de Dios en la cruz: "El sufrimiento de Dios crucificado no es sólo una forma de dolor entre otros (...). Cristo, padeciendo por todos nosotros, ha dado al sufrimiento un nuevo sentido, lo ha introducido en una nueva dimensión, en otro orden: en el orden del amor. (...) La pasión de Cristo en la cruz ha dado un sentido totalmente nuevo al sufrimiento y lo ha transformado desde dentro. (...) Es el sufrimiento que destruye y consume el mal con el fuego del amor (...). Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad, encierra en sí una promesa de liberación (...). El mal (...) existe en el mundo también para despertar en nosotros el amor, que es la entrega de sí mismo (...) a los que se ven afectados por el sufrimiento. (...) Cristo es el Redentor del mundo: (...) "Sus cicatrices nos curaron" (Is 53, 5)" (pp. 207-208).

Todo esto no es simplemente teología docta, sino expresión de una fe vivida y madurada en el sufrimiento. Ciertamente, debemos hacer todo lo posible para aliviar el sufrimiento e impedir la injusticia que causa el sufrimiento de los inocentes. Sin embargo, también debemos hacer todo lo posible para que los hombres puedan descubrir el sentido del sufrimiento, para ser así capaces de aceptar nuestro propio sufrimiento y unirlo al sufrimiento de Cristo. De este modo, ese sufrimiento se funde con el amor redentor y, en consecuencia, se transforma en una fuerza contra el mal en el mundo.

La respuesta que se dio en todo el mundo a la muerte del Papa fue una manifestación conmovedora de gratitud por el hecho de que él, en su ministerio, se ofreció totalmente a Dios por el mundo; gratitud por el hecho de que él, en un mundo lleno de odio y de violencia, nos enseñó nuevamente a amar y sufrir al servicio de los demás; por decirlo así, nos mostró de una forma viva al Redentor, la redención, y nos dio la certeza de que, de hecho, el mal no tiene la última palabra en el mundo

Quisiera mencionar ahora, aunque sea brevemente, otros dos acontecimientos, puestos en marcha por el Papa Juan Pablo II: se trata de la Jornada mundial de la juventud celebrada en Colonia y del Sínodo de los obispos sobre la Eucaristía, con el que también se concluyó el Año de la Eucaristía, inaugurado por el Papa Juan Pablo II.

La Jornada mundial de la juventud ha quedado grabada como un gran don en la memoria de todos los que estuvieron presentes. Más de un millón de jóvenes se reunieron en la ciudad de Colonia, situada junto al río Rhin, y en las ciudades vecinas, para escuchar juntos la palabra de Dios, para orar juntos, para recibir los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, para cantar y festejar juntos, para gozar de la existencia, y para adorar y recibir al Señor eucarístico en los grandes encuentros del sábado por la noche y el domingo. Durante todos esos días reinó sencillamente la alegría. Prescindiendo de los servicios de orden, la policía no tuvo que hacer nada. El Señor había reunido a su familia, superando sensiblemente todas las fronteras y barreras, y, en la gran comunión entre nosotros, nos había hecho experimentar su presencia.

El lema elegido para esas jornadas —"Hemos venido a adorarlo"— contenía dos grandes imágenes que, desde el inicio, favorecieron el enfoque adecuado. Ante todo, incluía la imagen de la peregrinación, la imagen del hombre que, elevando la mirada por encima de sus asuntos y de su vida ordinaria, se pone en camino en busca de su destino esencial, de la verdad, de la vida verdadera, de Dios.

Esta imagen del hombre en camino hacia la meta de la vida contenía en sí misma dos indicaciones claras. Ante todo, la invitación a no ver el mundo que nos rodea sólo como la materia bruta con la que podemos hacer algo, sino a tratar de descubrir en él la "caligrafía del Creador", la razón creadora y el amor del que nació el mundo y del que nos habla el universo, si prestamos atención, si nuestros sentidos interiores se despiertan y se hacen capaces de percibir las dimensiones más profundas de la realidad. Como segundo elemento, se añadía la invitación a ponerse a la escucha de la revelación histórica, única que puede darnos la clave de lectura para el misterio silencioso de la creación, indicándonos concretamente el camino hacia el verdadero Señor del mundo y de la historia, que se oculta en la pobreza del establo de Belén.

La otra imagen que contenía el lema de la Jornada mundial de la juventud era el hombre en adoración: "Hemos venido a adorarlo". Antes que cualquier actividad y que cualquier cambio del mundo, debe estar la adoración. Sólo ella nos hace verdaderamente libres, sólo ella nos da los criterios para nuestra acción. Precisamente en un mundo en el que progresivamente se van perdiendo los criterios de orientación y existe el peligro de que cada uno se convierta en su propio criterio, es fundamental subrayar la adoración.

En todos los que estaban presentes ha quedado grabado de forma imborrable el intenso silencio de aquel millón de jóvenes, un silencio que nos unía y elevaba a todos mientras se colocaba sobre el altar al Señor en el Sacramento. Conservamos en nuestro corazón las imágenes de Colonia: son una indicación que sigue impulsando a la acción. Sin mencionar nombres, en esta ocasión quisiera dar las gracias a todos los que hicieron posible la Jornada mundial de la juventud. Y sobre todo debemos dar gracias juntos al Señor porque, en última instancia, sólo él podía darnos esas jornadas tal como las vivimos.

La palabra "adoración" nos lleva al segundo gran acontecimiento del que quisiera hablar: el Sínodo de los obispos y el Año de la Eucaristía. El Papa Juan Pablo II, con la encíclica Ecclesia de Eucharistia y con la carta apostólica Mane nobiscum Domine, ya nos había dado las orientaciones esenciales y, al mismo tiempo, con su experiencia personal de fe eucarística, había concretado la enseñanza de la Iglesia. Asimismo, la Congregación para el culto divino, en íntima relación con la encíclica, había publicado la instrucción Redemptionis Sacramentum como ayuda práctica para la correcta realización de la constitución conciliar sobre la liturgia y de la reforma litúrgica.

Además de todo eso, ¿se podía realmente decir todavía algo nuevo, desarrollar aún más el conjunto de la doctrina? Precisamente esta fue la gran experiencia del Sínodo, cuando en las aportaciones de los padres se vio reflejada la riqueza de la vida eucarística de la Iglesia de hoy y se manifestó que su fe eucarística es inagotable. Lo que los padres pensaron y expresaron se deberá presentar, en estrecha relación con las Propositiones del Sínodo, en un documento postsinodal. Aquí sólo quisiera subrayar una vez más el punto que acabamos de tratar en el contexto de la Jornada mundial de la juventud: la adoración del Señor resucitado, presente en la Eucaristía con su carne y su sangre, con su cuerpo y su alma, con su divinidad y su humanidad.

Para mí es conmovedor ver cómo por doquier en la Iglesia se está despertando la alegría de la adoración eucarística y se manifiestan sus frutos. En el período de la reforma litúrgica, a menudo la misa y la adoración fuera de ella se vieron como opuestas entre sí; según una objeción entonces difundida, el Pan eucarístico no nos lo habrían dado para ser contemplado, sino para ser comido. En la experiencia de oración de la Iglesia ya se ha manifestado la falta de sentido de esa contraposición. Ya san Agustín había dicho: "...nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; ... peccemus non adorando", "Nadie come esta carne sin antes adorarla; ... pecaríamos si no la adoráramos" (cf. Enarr. In Ps. 98, 9. CCL XXXIX 1385).

De hecho, no es que en la Eucaristía simplemente recibamos algo. Es un encuentro y una unificación de personas, pero la persona que viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros es el Hijo de Dios. Esa unificación sólo puede realizarse según la modalidad de la adoración. Recibir la Eucaristía significa adorar a Aquel a quien recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos uno con él. Por eso, el desarrollo de la adoración eucarística, como tomó forma a lo largo de la Edad Media, era la consecuencia más coherente del mismo misterio eucarístico: sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros.

El último acontecimiento de este año sobre el que quisiera reflexionar en esta ocasión es la celebración de la clausura del concilio Vaticano II hace cuarenta años. Ese recuerdo suscita la pregunta: ¿cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha sido recibido de modo correcto? En la recepción del Concilio, ¿qué se ha hecho bien?, ¿qué ha sido insuficiente o equivocado?, ¿qué queda aún por hacer?

Nadie puede negar que, en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil, aunque no queremos aplicar a lo que ha sucedido en estos años la descripción que hace san Basilio, el gran doctor de la Iglesia, de la situación de la Iglesia después del concilio de Nicea: la compara con una batalla naval en la oscuridad de la tempestad, diciendo entre otras cosas: "El grito ronco de los que por la discordia se alzan unos contra otros, las charlas incomprensibles, el ruido confuso de los gritos ininterrumpidos ha llenado ya casi toda la Iglesia, tergiversando, por exceso o por defecto, la recta doctrina de la fe..." (De Spiritu Sancto XXX, 77: PG 32, 213 A; Sch 17 bis, p. 524). No queremos aplicar precisamente esta descripción dramática a la situación del posconcilio, pero refleja algo de lo que ha acontecido.

Surge la pregunta: ¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos.

Por una parte existe una interpretación que podría llamar "hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura"; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la "hermenéutica de la reforma", de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.

La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar. Afirma que los textos del Concilio como tales no serían aún la verdadera expresión del espíritu del Concilio. Serían el resultado de componendas, en las cuales, para lograr la unanimidad, se tuvo que retroceder aún, reconfirmando muchas cosas antiguas ya inútiles. Pero en estas componendas no se reflejaría el verdadero espíritu del Concilio, sino en los impulsos hacia lo nuevo que subyacen en los textos: sólo esos impulsos representarían el verdadero espíritu del Concilio, y partiendo de ellos y de acuerdo con ellos sería necesario seguir adelante. Precisamente porque los textos sólo reflejarían de modo imperfecto el verdadero espíritu del Concilio y su novedad, sería necesario tener la valentía de ir más allá de los textos, dejando espacio a la novedad en la que se expresaría la intención más profunda, aunque aún indeterminada, del Concilio. En una palabra: sería preciso seguir no los textos del Concilio, sino su espíritu.

De ese modo, como es obvio, queda un amplio margen para la pregunta sobre cómo se define entonces ese espíritu y, en consecuencia, se deja espacio a cualquier arbitrariedad. Pero así se tergiversa en su raíz la naturaleza de un Concilio como tal. De esta manera, se lo considera como una especie de Asamblea Constituyente, que elimina una Constitución antigua y crea una nueva. Pero la Asamblea Constituyente necesita una autoridad que le confiera el mandato y luego una confirmación por parte de esa autoridad, es decir, del pueblo al que la Constitución debe servir.

Los padres no tenían ese mandato y nadie se lo había dado; por lo demás, nadie podía dárselo, porque la Constitución esencial de la Iglesia viene del Señor y nos ha sido dada para que nosotros podamos alcanzar la vida eterna y, partiendo de esta perspectiva, podamos iluminar también la vida en el tiempo y el tiempo mismo.

Los obispos, mediante el sacramento que han recibido, son fiduciarios del don del Señor. Son "administradores de los misterios de Dios" (1 Co 4, 1), y como tales deben ser "fieles y prudentes" (cf. Lc 12, 41-48). Eso significa que deben administrar el don del Señor de modo correcto, para que no quede oculto en algún escondrijo, sino que dé fruto y el Señor, al final, pueda decir al administrador: "Puesto que has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho" (cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 11-27). En estas parábolas evangélicas se manifiesta la dinámica de la fidelidad, que afecta al servicio del Señor, y en ellas también resulta evidente que en un Concilio la dinámica y la fidelidad deben ser una sola cosa.

A la hermenéutica de la discontinuidad se opone la hermenéutica de la reforma, como la presentaron primero el Papa Juan XXIII en su discurso de apertura del Concilio el 11 de octubre de 1962 y luego el Papa Pablo VI en el discurso de clausura el 7 de diciembre de 1965. Aquí quisiera citar solamente las palabras, muy conocidas, del Papa Juan XXIII, en las que esta hermenéutica se expresa de una forma inequívoca cuando dice que el Concilio "quiere transmitir la doctrina en su pureza e integridad, sin atenuaciones ni deformaciones", y prosigue: "Nuestra tarea no es únicamente guardar este tesoro precioso, como si nos preocupáramos tan sólo de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad diligente, sin temor, a estudiar lo que exige nuestra época (...). Es necesario que esta doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar fielmente obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de nuestro tiempo. En efecto, una cosa es el depósito de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta el modo como se enuncian estas verdades, conservando sin embargo el mismo sentido y significado" (Concilio ecuménico Vaticano II, Constituciones. Decretos. Declaraciones, BAC, Madrid 1993, pp. 1094-1095).

Es claro que este esfuerzo por expresar de un modo nuevo una determinada verdad exige una nueva reflexión sobre ella y una nueva relación vital con ella; asimismo, es claro que la nueva palabra sólo puede madurar si nace de una comprensión consciente de la verdad expresada y que, por otra parte, la reflexión sobre la fe exige también que se viva esta fe. En este sentido, el programa propuesto por el Papa Juan XXIII era sumamente exigente, como es exigente la síntesis de fidelidad y dinamismo. Pero donde esta interpretación ha sido la orientación que ha guiado la recepción del Concilio, ha crecido una nueva vida y han madurado nuevos frutos. Cuarenta años después del Concilio podemos constatar que lo positivo es más grande y más vivo de lo que pudiera parecer en la agitación de los años cercanos al 1968. Hoy vemos que la semilla buena, a pesar de desarrollarse lentamente, crece, y así crece también nuestra profunda gratitud por la obra realizada por el Concilio.

Pablo VI, en su discurso durante la clausura del Concilio, indicó también una motivación específica por la cual una hermenéutica de la discontinuidad podría parecer convincente. En el gran debate sobre el hombre, que caracteriza el tiempo moderno, el Concilio debía dedicarse de modo especial al tema de la antropología. Debía interrogarse sobre la relación entre la Iglesia y su fe, por una parte, y el hombre y el mundo actual, por otra (cf. ib., pp. 1173-1181). La cuestión resulta mucho más clara si en lugar del término genérico "mundo actual" elegimos otro más preciso: el Concilio debía determinar de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la edad moderna.

Esta relación tuvo un inicio muy problemático con el proceso a Galileo. Luego se rompió totalmente cuando Kant definió la "religión dentro de la razón pura" y cuando, en la fase radical de la revolución francesa, se difundió una imagen del Estado y del hombre que prácticamente no quería conceder espacio alguno a la Iglesia y a la fe. El enfrentamiento de la fe de la Iglesia con un liberalismo radical y también con unas ciencias naturales que pretendían abarcar con sus conocimientos toda la realidad hasta sus confines, proponiéndose tercamente hacer superflua la "hipótesis Dios", había provocado en el siglo XIX, bajo Pío IX, por parte de la Iglesia, ásperas y radicales condenas de ese espíritu de la edad moderna. Así pues, aparentemente no había ningún ámbito abierto a un entendimiento positivo y fructuoso, y también eran drásticos los rechazos por parte de los que se sentían representantes de la edad moderna.

Sin embargo, mientras tanto, incluso la edad moderna había evolucionado. La gente se daba cuenta de que la revolución americana había ofrecido un modelo de Estado moderno diverso del que fomentaban las tendencias radicales surgidas en la segunda fase de la revolución francesa. Las ciencias naturales comenzaban a reflexionar, cada vez más claramente, sobre su propio límite, impuesto por su mismo método que, aunque realizaba cosas grandiosas, no era capaz de comprender la totalidad de la realidad.

Así, ambas partes comenzaron a abrirse progresivamente la una a la otra. En el período entre las dos guerras mundiales, y más aún después de la segunda guerra mundial, hombres de Estado católicos habían demostrado que puede existir un Estado moderno laico, que no es neutro con respecto a los valores, sino que vive tomando de las grandes fuentes éticas abiertas por el cristianismo.

La doctrina social católica, que se fue desarrollando progresivamente, se había convertido en un modelo importante entre el liberalismo radical y la teoría marxista del Estado. Las ciencias naturales, que sin reservas hacían profesión de su método, en el que Dios no tenía acceso, se daban cuenta cada vez con mayor claridad de que este método no abarcaba la totalidad de la realidad y, por tanto, abrían de nuevo las puertas a Dios, sabiendo que la realidad es más grande que el método naturalista y que lo que ese método puede abarcar.

Se podría decir que ahora, en la hora del Vaticano II, se habían formado tres círculos de preguntas, que esperaban una respuesta. Ante todo, era necesario definir de modo nuevo la relación entre la fe y las ciencias modernas; por lo demás, eso no sólo afectaba a las ciencias naturales, sino también a la ciencia histórica, porque, en cierta escuela, el método histórico-crítico reclamaba para sí la última palabra en la interpretación de la Biblia y, pretendiendo la plena exclusividad para su comprensión de las sagradas Escrituras, se oponía en puntos importantes a la interpretación que la fe de la Iglesia había elaborado.

En segundo lugar, había que definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y el Estado moderno, que concedía espacio a ciudadanos de varias religiones e ideologías, comportándose con estas religiones de modo imparcial y asumiendo simplemente la responsabilidad de una convivencia ordenada y tolerante entre los ciudadanos y de su libertad de practicar su religión.

En tercer lugar, con eso estaba relacionado de modo más general el problema de la tolerancia religiosa, una cuestión que exigía una nueva definición de la relación entre la fe cristiana y las religiones del mundo. En particular, ante los recientes crímenes del régimen nacionalsocialista y, en general, con una mirada retrospectiva sobre una larga historia difícil, resultaba necesario valorar y definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la fe de Israel.

Todos estos temas tienen un gran alcance —eran los grandes temas de la segunda parte del Concilio— y no nos es posible reflexionar más ampliamente sobre ellos en este contexto. Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema, podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que, en cierto sentido, de hecho se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios; este hecho fácilmente escapa a la primera percepción.

Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma. En este proceso de novedad en la continuidad debíamos aprender a captar más concretamente que antes que las decisiones de la Iglesia relativas a cosas contingentes —por ejemplo, ciertas formas concretas de liberalismo o de interpretación liberal de la Biblia— necesariamente debían ser contingentes también ellas, precisamente porque se referían a una realidad determinada en sí misma mudable. Era necesario aprender a reconocer que, en esas decisiones, sólo los principios expresan el aspecto duradero, permaneciendo en el fondo y motivando la decisión desde dentro.

En cambio, no son igualmente permanentes las formas concretas, que dependen de la situación histórica y, por tanto, pueden sufrir cambios. Así, las decisiones de fondo pueden seguir siendo válidas, mientras que las formas de su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar. Por ejemplo, si la libertad de religión se considera como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad y, por consiguiente, se transforma en canonización del relativismo, entonces pasa impropiamente de necesidad social e histórica al nivel metafísico, y así se la priva de su verdadero sentido, con la consecuencia de que no la puede aceptar quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y está vinculado a ese conocimiento basándose en la dignidad interior de la verdad.

Por el contrario, algo totalmente diferente es considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción.

El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos.

La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia.

Una Iglesia misionera, consciente de que tiene el deber de anunciar su mensaje a todos los pueblos, necesariamente debe comprometerse en favor de la libertad de la fe. Quiere transmitir el don de la verdad que existe para todos y, al mismo tiempo, asegura a los pueblos y a sus gobiernos que con ello no quiere destruir su identidad y sus culturas, sino que, al contrario, les lleva una respuesta que esperan en lo más íntimo de su ser, una respuesta con la que no se pierde la multiplicidad de las culturas, sino que se promueve la unidad entre los hombres y también la paz entre los pueblos.

El concilio Vaticano II, con la nueva definición de la relación entre la fe de la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, revisó o incluso corrigió algunas decisiones históricas, pero en esta aparente discontinuidad mantuvo y profundizó su íntima naturaleza y su verdadera identidad. La Iglesia, tanto antes como después del Concilio, es la misma Iglesia una, santa, católica y apostólica en camino a través de los tiempos; prosigue "su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios", anunciando la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. Lumen gentium, 8).

Quienes esperaban que con este "sí" fundamental a la edad moderna todas las tensiones desaparecerían y la "apertura al mundo" así realizada lo transformaría todo en pura armonía, habían subestimado las tensiones interiores y también las contradicciones de la misma edad moderna; habían subestimado la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que en todos los períodos de la historia y en toda situación histórica es una amenaza para el camino del hombre.

Estos peligros, con las nuevas posibilidades y con el nuevo poder del hombre sobre la materia y sobre sí mismo, no han desaparecido; al contrario, asumen nuevas dimensiones: una mirada a la historia actual lo demuestra claramente. También en nuestro tiempo la Iglesia sigue siendo un "signo de contradicción" (Lc 2, 34). No sin motivo el Papa Juan Pablo II, siendo aún cardenal, puso este título a los ejercicios espirituales que predicó en 1976 al Papa Pablo VI y a la Curia romana.

El Concilio no podía tener la intención de abolir esta contradicción del Evangelio con respecto a los peligros y los errores del hombre. En cambio, no cabe duda de que quería eliminar contradicciones erróneas o superfluas, para presentar al mundo actual la exigencia del Evangelio en toda su grandeza y pureza. El paso dado por el Concilio hacia la edad moderna, que de un modo muy impreciso se ha presentado como "apertura al mundo", pertenece en último término al problema perenne de la relación entre la fe y la razón, que se vuelve a presentar de formas siempre nuevas.

La situación que el Concilio debía afrontar se puede equiparar, sin duda, a acontecimientos de épocas anteriores. San Pedro, en su primera carta, exhortó a los cristianos a estar siempre dispuestos a dar respuesta (apo-logía) a quien le pidiera el logos (la razón) de su fe (cf. 1 P 3, 15). Esto significaba que la fe bíblica debía entrar en discusión y en relación con la cultura griega y aprender a reconocer mediante la interpretación la línea de distinción, pero también el contacto y la afinidad entre ellos en la única razón dada por Dios.

Cuando, en el siglo XIII, mediante filósofos judíos y árabes, el pensamiento aristotélico entró en contacto con la cristiandad medieval formada en la tradición platónica, y la fe y la razón corrían el peligro de entrar en una contradicción inconciliable, fue sobre todo santo Tomás de Aquino quien medió el nuevo encuentro entre la fe y la filosofía aristotélica, poniendo así la fe en una relación positiva con la forma de razón dominante en su tiempo.

La ardua disputa entre la razón moderna y la fe cristiana que en un primer momento, con el proceso a Galileo, había comenzado de modo negativo, ciertamente atravesó muchas fases, pero con el concilio Vaticano II llegó la hora en que se requería una profunda reflexión. Desde luego, en los textos conciliares su contenido sólo está trazado en grandes líneas, pero así se determinó la dirección esencial, de forma que el diálogo entre la razón y la fe, hoy particularmente importante, ha encontrado su orientación sobre la base del Vaticano II.

Ahora, este diálogo se debe desarrollar con gran apertura mental, pero también con la claridad en el discernimiento de espíritus que el mundo, con razón, espera de nosotros precisamente en este momento. Así hoy podemos volver con gratitud nuestra mirada al concilio Vaticano II: si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia.

Por último, ¿debo recordar una vez más aquel 19 de abril de este año, en que el Colegio cardenalicio, con susto mío no pequeño, me eligió como sucesor del Papa Juan Pablo II, como sucesor de san Pedro en la cátedra del Obispo de Roma? Esa tarea estaba totalmente fuera de lo que yo hubiera podido imaginar como vocación mía. Así, sólo gracias a un gran acto de confianza en Dios pude pronunciar con obediencia mi "sí" a esta elección. Como entonces, también hoy os pido a todos vuestra oración, con cuya fuerza y apoyo cuento. Al mismo tiempo, deseo dar las gracias de corazón en este momento a todos los que me han acogido y me siguen acogiendo con tanta confianza, bondad y comprensión, acompañándome día tras día con su oración.

La Navidad está ya muy cercana. El Señor Dios no se ha opuesto a las amenazas de la historia con el poder exterior, como hubiéramos esperado nosotros los hombres, según las perspectivas de nuestro mundo. Su arma ha sido la bondad. Se ha revelado como niño, nacido en un establo. Es precisamente así como contrapone su poder, completamente diverso, a las potencias destructoras de la violencia. Precisamente así nos salva él. Precisamente así nos muestra lo que salva. En estos días navideños queremos salir a su encuentro llenos de confianza, como los pastores, como los magos de Oriente.

Pidamos a María que nos lleve al Señor. Pidámosle a él mismo que haga brillar su rostro sobre nosotros. Pidámosle que venza él mismo la violencia en el mundo y nos haga experimentar el poder de su bondad.

Con estos sentimientos, os imparto de corazón a todos la bendición apostólica.

jueves, 1 de diciembre de 2005

NUEVO «TEÓLOGO DEL PAPA», EL SACERDOTE DOMINICO WOJCIECH GIERTYCH

Benedicto XVI ha nombrado teólogo de la Casa Pontificia, cargo comúnmente conocido como el «teólogo del Papa», al padre Wojciech Giertych, de la Orden de los Frailes Predicadores, según anunció este jueves la Oficina de Información de la Santa Sede.

Sustituye en el cargo al cardenal suizo Georges-Marie Cottier, también religioso dominico, de 83 años de edad, quien recibió ese nombramiento de Juan Pablo II en diciembre de 1989.

El padre Giertych, miembro del Consejo General de la Orden de los Frailes Predicadores, profesor de Teología en la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino en Roma y en el «Studium» de la provincia dominica de Polonia, en Cracovia, nació hace 54 años en Londres, en el seno de una familia polaca.

Emitió la profesión de los votos religiosos en la Orden de los Dominicos el 15 de agosto de 1976 y fue ordenado sacerdote el 20 de junio de 1981.

Se doctoró en teología en la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino en Roma y es «magister» en historia.

Habla polaco, inglés, francés, italiano, español, alemán y ruso.

El cargo de teólogo de la Casa Pontificia parece remontarse a santo Domingo de Guzmán, en tiempos del Papa Honorio III (1216-1227), según explica el Anuario Pontificio. Por este motivo, este cargo tradicionalmente lo desempeña un dominico.

Según explicó el padre Cottier en una entrevista concedida a Zenit («Confesiones del teólogo del Papa»), el trabajo del teólogo de la Casa Pontificia consiste, en particular, en leer y dar el «nihil obstat» a todos los textos que preparan los colaboradores del Papa que le asisten en la preparación de sus discursos, mensajes, etc., a excepción de los que afectan a las relaciones con el Cuerpo diplomático y la diplomacia vaticana.

sábado, 26 de noviembre de 2005

¿PUEDEN LOS “GAYS” SER SACERDOTES?

El documento del Vaticano sobre la homosexualidad en el sacerdocio, que se publicará la próxima semana, se ha filtrado sustancialmente. Aquí el ex Maestro de los Dominicos evalúa lo que tiene que decir sobre los hombres homosexuales y su idoneidad para las órdenes sagradas.

Por Fr. Timothy Radcliffe


Hace dos semanas estaba en Nueva Escocia, dando un retiro para obispos y sacerdotes del este de Canadá. Un sacerdote envió un trozo de papel con una pregunta que era demasiado tímido para formular públicamente: “¿Significará este documento sobre la admisión de homosexuales al sacerdocio que ya no soy bienvenido? ¿Significa que la gente como yo somos sacerdotes de segunda clase?”. He oído esta misma pregunta, de una forma u otra, a sacerdotes de todo el mundo. El próximo documento del Vaticano sobre la homosexualidad y el sacerdocio es el centro de una intensa ansiedad, por lo que debemos prestar atención a lo que dice exactamente.

Hay dos principios a tener en cuenta: en primer lugar, debemos darle una interpretación lo más positiva posible. No se trata de dar un giro positivo a los documentos, sino de intentar discernir cuáles son las verdaderas intenciones de los autores. Nuestros medios de comunicación están llenos de acusaciones y este documento será denunciado como otro ataque a los homosexuales. Esta denuncia también se produce dentro de la Iglesia. La Congregación para la Doctrina de la Fe ha dado a menudo interpretaciones tendenciosas de los escritos de los teólogos. Los teólogos, a su vez, dan la interpretación más negativa posible a los documentos vaticanos. Nada bueno puede venir de Roma. Como Iglesia debemos encontrar otra manera de escucharnos, que atienda realmente a lo que se dice. Lo exigen la justicia y la veracidad.

En segundo lugar, la vocación es una llamada de Dios. Es verdad que, como dice el documento, se recibe “por la Iglesia, en la Iglesia y para el servicio de la Iglesia”, pero es Dios quien llama. Después de haber trabajado con obispos y sacerdotes, diocesanos y religiosos, de todo el mundo, no tengo ninguna duda de que Dios sí llama a los homosexuales al sacerdocio, y se encuentran entre los sacerdotes más dedicados e impresionantes que he conocido. Así que ningún sacerdote que esté convencido de su vocación debería sentir que este documento le clasifica como un sacerdote defectuoso. Y podemos suponer que Dios seguirá llamando al sacerdocio tanto a homosexuales como a heterosexuales, porque la Iglesia necesita los dones de ambos.

La Iglesia tiene el derecho y el deber de ejercer un cuidadoso discernimiento en la admisión de seminaristas. Cuando el documento dice que esto se ha hecho “más urgente por la situación actual”, es de suponer que está pensando en la crisis de abusos sexuales que ha sacudido a la Iglesia en Occidente. Así que hay dos preguntas: ¿ofrece este documento buenos criterios para discernir quién tiene vocación? Y ¿ayudará a afrontar la crisis de los abusos sexuales?

El documento insiste en que el candidato al sacerdocio debe alcanzar una madurez afectiva que “le permita relacionarse adecuadamente con hombres y mujeres, desarrollando en él un verdadero sentido de paternidad espiritual para la comunidad eclesial que le será confiada”. Dejemos de lado por el momento la cuestión de la “paternidad espiritual” y centrémonos en la madurez afectiva. ¿Qué significa ésta?

El documento afirma que la Iglesia “no puede admitir al Seminario o a las Órdenes Sagradas a quienes son activamente homosexuales, tienen tendencias homosexuales profundamente arraigadas o apoyan la llamada cultura gay”. El primer criterio es sencillo. Lo mismo podría decirse de quienes son activamente heterosexuales. Los dos segundos requieren una aclaración.

¿Qué se entiende por “tendencia homosexual profundamente arraigada”? El contraejemplo que da el documento es el de alguien que pasa por una fase temporal de atracción homosexual, y afirma que el seminarista debería haber superado esto al menos tres años antes de la ordenación diaconal. Esto no cubriría todos los casos de seminaristas que reflexionan sobre su vocación a la luz de este documento.

También podría interpretarse como una orientación homosexual permanente. Pero esto no puede ser correcto ya que, como he dicho, hay muchos sacerdotes excelentes que son homosexuales y que claramente tienen una vocación de Dios. Quizás se entienda mejor como alguien cuya orientación sexual es tan central en su autopercepción como para ser obsesiva, dominando su imaginación. Esto plantearía dudas sobre si podría vivir felizmente como sacerdote célibe. Pero cualquier heterosexual que estuviera tan centrado en su sexualidad también tendría problemas. Lo que importa es la madurez sexual y no la orientación.

Luego está la cuestión del apoyo a la “cultura gay”. Es correcto que los seminaristas o sacerdotes no vayan a bares gays y que los seminarios no desarrollen una subcultura gay. Esto sería celebrar como central en sus vidas lo que no es fundamental. Los seminaristas deberían aprender a estar a gusto con cualquiera que sea su orientación sexual, contentos con el corazón que Dios les ha dado, pero cualquier tipo de subcultura sexual, gay o heterosexual, sería subversiva para el celibato. Una subcultura machista llena de insinuaciones heterosexuales sería igual de inapropiada.

Pero, ¿apoyar una “cultura gay” significa sólo eso? Como dice el documento, la Iglesia debe oponerse a la “injusta discriminación” contra los homosexuales, igual que a la discriminación racial. Eso significa que todos los sacerdotes deben estar dispuestos a ponerse del lado de los homosexuales si sufren opresión, y ser vistos como si estuvieran de su parte. Por supuesto, esto plantea cuestiones complejas. Oponerse al matrimonio homosexual será visto por algunas personas como discriminación, mientras que en la enseñanza católica oficial no lo es. Si uno se opone a la discriminación, puede ser malinterpretado. Es un riesgo que a veces hay que correr.

Por último, está la cuestión de la “paternidad espiritual”. No es un concepto con el que esté familiarizado. ¿Sólo los heterosexuales pueden ofrecerla? Esta es la opinión del obispo de las fuerzas armadas americanas, que dijo recientemente: “No queremos que nuestra gente piense, como dice ahora nuestra cultura, que realmente no hay diferencia si uno es gay o hetero, es homosexual o heterosexual. Creemos que para nuestra vocación hay una diferencia, y nuestra gente espera tener un sacerdocio masculino que establezca un fuerte modelo de masculinidad”. No puedo creer que esta sea la intención del documento. Hay pocas pruebas de cristianismo muscular en el Vaticano. Si el papel del sacerdote fuera ser un modelo de masculinidad, entonces sería relevante para menos de la mitad de la congregación y, por lo tanto, se podría argumentar que las mujeres también deberían ser ordenadas como modelos de feminidad. Supongo que la “paternidad espiritual” se ejerce sobre todo a través del cuidado del pueblo y la predicación de una palabra fecunda que da vida, pero ninguna de las dos cosas tiene relación con la orientación sexual.

Es sumamente urgente que formemos sacerdotes “afectivamente maduros”, capaces de relacionarse fácilmente con hombres y mujeres. Este documento trata de identificar criterios que ayuden a discernir esa madurez y señala cuestiones de innegable importancia. Estos criterios deben aplicarse por igual a todos los candidatos, independientemente de su orientación sexual.

Nuestra sociedad suele dar la impresión de que heterosexuales y homosexuales son prácticamente dos especies de seres humanos. Pero el corazón humano es complejo y los patrones de deseo cambian y evolucionan. He conocido sacerdotes que pensaban que eran homosexuales cuando tenían 30 años, y luego descubren que no lo eran, y viceversa. Si queremos formar sacerdotes que vivan fructíferamente su celibato, deben estar a gusto consigo mismos, en toda su complejidad emocional, sin engañarse pensando que es el núcleo de nuestra identidad. Así es Cristo. “Todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (I Juan 3:2).

Nuestra sociedad está obsesionada por el sexo y la Iglesia debería ofrecer un modelo de aceptación sana pero no compulsiva de la sexualidad. El Catecismo del Concilio de Trento enseñaba que los sacerdotes deben hablar de sexo “con moderación más que con copiosidad”. Deberíamos estar más atentos a quien pueden tender a odiar nuestros seminaristas que a quien aman. El racismo, la misoginia y la homofobia serían signos de que alguien no puede ser un buen modelo de Cristo.

El documento concluye instando a los seminaristas a ser sinceros con sus directores espirituales. Mentir no se correspondería con “el espíritu de verdad, lealtad y disponibilidad que debe caracterizar la personalidad de quien se considera llamado a servir a Cristo y a su Iglesia en el sacerdocio ministerial”. Esto tiene una importancia fundamental. Pero si los criterios de este documento se interpretan en sentido estricto en el sentido de que nadie que sea gay puede ser ordenado, entonces algunos seminaristas se encontrarían en una situación imposible. Si hablan abiertamente, entonces puede que no sean aceptados. Si no lo hacen, estarán faltando a la transparencia. El peligro es que los más sinceros se marchen y los menos sinceros se queden, con lo que se formaría un sacerdocio inmaduro, incómodo consigo mismo y más propenso a seguir cometiendo abusos. Por lo tanto, es muy importante que estos criterios no se interpreten de manera que lleven a la gente a ocultar su identidad. Eso impediría activamente la formación de sacerdotes afectivamente maduros.


Timothy Radcliffe OP, ex Maestro de los Dominicos, está ahora en Blackfriars, Oxford. Su último libro, What is the Point of Being a Christian? será publicado por Continuum la próxima semana.

The Tablet


domingo, 13 de noviembre de 2005

CARDENAL RATZINGER: LA IGLESIA DEBE ARRASAR SUS BASTIONES Y NO VOLVER NUNCA MÁS AL PROGRAMA DE ESTUDIOS

En su libro Principios de teología católica, publicado por primera vez en 1982, el Card. Joseph Ratzinger describía la crisis dentro de la Iglesia como consecuencia del Vaticano II. Entonces se preguntaba: ¿Hay que revocar el Concilio?


En su respuesta, afirmó categóricamente que la Iglesia no puede volver a los principios del Syllabus de Pío IX. También afirmó que arrasar los baluartes de la Iglesia, como había propuesto el padre von Balthasar, era un deber urgente de los católicos.

A continuación, fotocopias del texto en francés:




A continuación, la traducción (subrayado añadido):

¿Significa esto que el propio Concilio debe ser revocado? En absoluto. Sólo significa que la verdadera recepción del Concilio aún no ha comenzado. Lo que ha asolado a la Iglesia en la última década no es el Concilio, sino el rechazo a recibirlo: esto se hizo evidente gracias al análisis de la influencia de Gaudium et spes. Lo que se ha presentado como el Concilio era en gran medida una actitud que no encontraba justificación en las afirmaciones del propio texto, sino que eran [sólo] tendencias en su elaboración y en algunas de sus formulaciones.

El deber es, por lo tanto, no suprimir el Concilio, sino descubrir el verdadero Concilio y profundizar en lo que realmente quiere con respecto a lo que ha sucedido desde entonces.

Esto implica que no es posible volver al Syllabus, que bien podría haber sido un primer paso en el combate contra el liberalismo y el marxismo naciente, pero que no puede ser la última palabra. Ni los abrazos ni el gueto pueden resolver el problema de [las relaciones con] el mundo moderno para el cristiano. De ahí que el "arrasamiento de los bastiones" que Hans Urs von Balthasar pedía ya en 1952 fuera en efecto, un deber urgente....

Era necesario que ella [la Iglesia] arrasara con los viejos baluartes y confiara sólo en la protección de la fe, el poder de la palabra que es su fuerza única, verdadera y permanente. Pero arrasar los baluartes no puede significar que ya no tenga nada que proteger, o que pueda vivir gracias a fuerzas distintas de las que la engendraron: el agua y la sangre que brotaron del costado abierto de su Señor crucificado.



viernes, 4 de noviembre de 2005

INSTRUCCIÓN SOBRE LOS CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO VOCACIONAL EN RELACIÓN CON LAS PERSONAS DE TENDENCIAS HOMOSEXUALES ANTES DE SU ADMISIÓN AL SEMINARIO Y A LAS ÓRDENES SAGRADAS (5 DE NOVIEMBRE DE 2005)


CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA


INSTRUCCIÓN

SOBRE LOS CRITERIOS

DE DISCERNIMIENTO VOCACIONAL

EN RELACIÓN CON LAS PERSONAS

DE TENDENCIAS HOMOSEXUALES

ANTES DE SU ADMISIÓN AL SEMINARIO

Y A LAS ÓRDENES SAGRADAS


INTRODUCCIÓN

En continuidad con la enseñanza del Concilio Vaticano II y, en particular, con el decreto Optatam totius [1] sobre la formación sacerdotal, la Congregación para la Educación Católica ha publicado diversos documentos con el fin de promover la adecuada formación integral de los futuros sacerdotes, ofreciendo orientaciones y normas precisas acerca de varios de sus aspectos [2]. El Sínodo de los Obispos de 1990 también reflexionó sobre la formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales, con la intención de aplicar la doctrina conciliar sobre este tema y hacerla más explícita y adecuada al mundo contemporáneo. Como fruto de este Sínodo, Juan Pablo II publicó la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores dabo vobis [3].

A la luz de esta rica enseñanza, la presente Instrucción no pretende tratar todas las cuestiones de orden afectivo o sexual que requieren atento discernimiento a lo largo del período formativo. Contiene únicamente normas acerca de una cuestión particular que las circunstancias actuales han hecho más urgente, a saber, la admisión o no admisión al Seminario y a las Órdenes Sagradas de candidatos con tendencias homosexuales profundamente arraigadas.

1. Madurez afectiva y paternidad espiritual

Según la constante Tradición de la Iglesia recibe válidamente la Sagrada Ordenación exclusivamente el bautizado de sexo masculino [4]. A través del Sacramento del Orden el Espíritu Santo configura al candidato, por un título nuevo y específico, con Jesucristo: el Sacerdote, en efecto, representa sacramentalmente a Cristo Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia [5]. Por razón de esta configuración con Cristo, la vida toda del Ministro Sagrado debe estar animada por la entrega de su persona a la Iglesia y por una auténtica caridad pastoral [6].

El candidato al ministerio ordenado debe, por tanto, alcanzar la madurez afectiva. Tal madurez lo capacitará para situarse en una relación correcta con hombres y mujeres, desarrollando en él un verdadero sentido de la paternidad espiritual en relación con la comunidad eclesial que le será confiada[7].

2. La homosexualidad y el ministerio ordenado

Desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, diversos documentos del Magisterio y especialmente el Catecismo de la Iglesia Católica han confirmado la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad. El Catecismo distingue entre los actos homosexuales y las tendencias homosexuales.

Respecto a los actos enseña que en la Sagrada Escritura éstos son presentados como pecados graves. La Tradición los ha considerado siempre intrínsecamente inmorales y contrarios a la ley natural. Por lo tanto, no pueden aprobarse en ningún caso.

Por lo que se refiere a las tendencias homosexuales profundamente arraigadas, que se encuentran en un cierto número de hombres y mujeres, son también éstas objetivamente desordenadas y con frecuencia constituyen, también para ellos, una prueba. Tales personas deben ser acogidas con respeto y delicadeza; respecto a ellas se evitará cualquier estigma que indique una injusta discriminación. Ellas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en sus vidas y a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que puedan encontrar [8].

A la luz de tales enseñanzas este Dicasterio, de acuerdo con la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, cree necesario afirmar con claridad que la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión,[9] no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay [10].

Dichas personas se encuentran, efectivamente, en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres. De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la Ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas.

Si se tratase, en cambio, de tendencias homosexuales que fuesen sólo la expresión de un problema transitorio, como, por ejemplo, el de una adolescencia todavía no terminada, ésas deberán ser claramente superadas al menos tres años antes de la Ordenación diaconal.

3. El discernimiento de la idoneidad de los candidatos por parte de la Iglesia

Dos son los aspectos inseparables en toda vocación sacerdotal: el don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre. La vocación es un don de la gracia divina, recibido a través de la Iglesia, en la Iglesia y para el servicio de la Iglesia. Respondiendo a la llamada de Dios, el hombre se ofrece libremente a Él en el amor [11]. El solo deseo de llegar a ser Sacerdote no es suficiente y no existe un derecho a recibir la Sagrada Ordenación. Compete a la Iglesia, responsable de establecer los requisitos necesarios para la recepción de los Sacramentos instituidos por Cristo, discernir la idoneidad de quien desea entrar en el Seminario [12], acompañarlo durante los años de la formación y llamarlo a las Órdenes Sagradas, si lo juzga dotado de las cualidades requeridas [13].

La formación del futuro sacerdote debe integrar, en una complementariedad esencial, las cuatro dimensiones de la formación: humana, espiritual, intelectual y pastoral [14]. En ese contexto, se debe anotar la particular importancia de la formación humana, base necesaria de toda la formación [15]. Para admitir a un candidato a la Ordenación diaconal, la Iglesia debe verificar, entre otras cosas, que haya sido alcanzada la madurez afectiva del candidato al sacerdocio [16].

La llamada a las Órdenes es responsabilidad personal del Obispo [17] o del Superior Mayor. Teniendo presente el parecer de aquellos a los que se ha confiado la responsabilidad de la formación, el Obispo o el Superior Mayor, antes de admitir al candidato a la Ordenación, debe llegar a formarse un juicio moralmente cierto sobre sus aptitudes. En caso de seria duda a este respecto, no debe admitirlo a la Ordenación [18].

Es también un grave deber del rector y de los demás formadores del Seminario el discernimiento de la vocación y de la madurez del candidato. Antes de cada Ordenación, el rector debe expresar su juicio sobre las cualidades requeridas por la Iglesia [19].

Corresponde al director espiritual una tarea importante en el discernimiento de la idoneidad para la Ordenación. Aunque vinculado por el secreto, representa a la Iglesia en el fuero interno. En los coloquios con el candidato debe recordarle de modo muy particular las exigencias de la Iglesia sobre la castidad sacerdotal y sobre la madurez afectiva específica del Sacerdote, así como ayudarlo a discernir si posee las cualidades necesarias [20]. Tiene la obligación de evaluar todas las cualidades de la personalidad y cerciorarse de que el candidato no presenta desajustes sexuales incompatibles con el Sacerdocio. Si un candidato practica la homosexualidad o presenta tendencias homosexuales profundamente arraigadas, su director espiritual, así como su confesor, tienen el deber de disuadirlo en conciencia de seguir adelante hacia la Ordenación.

Ciertamente el candidato mismo es el primer responsable de la propia formación [21]. Debe someterse confiadamente al discernimiento de la Iglesia, del Obispo que llama a las Órdenes, del rector del Seminario, del director espiritual y de los demás formadores a los que el Obispo o el Superior Mayor han confiado la tarea de educar a los futuros Sacerdotes. Sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder, a pesar de todo, a la Ordenación. Disposición tan falta de rectitud no corresponde al espíritu de verdad, de lealtad y de disponibilidad que debe caracterizar la personalidad de quien cree que ha sido llamado a servir a Cristo y a su Iglesia en el Ministerio Sacerdotal.


CONCLUSIÓN

Esta Congregación reafirma la necesidad de que los Obispos, los Superiores Mayores y todos los responsables implicados realicen un atento discernimiento sobre la idoneidad de los candidatos a las Órdenes Sagradas, desde su admisión al Seminario hasta la Ordenación. Este discernimiento debe hacerse a la luz de un concepto de sacerdocio ministerial en sintonía con las enseñanzas de la Iglesia.

Los Obispos, las Conferencias Episcopales y los Superiores Mayores vigilen para que las normas de esta Instrucción sean observadas fielmente para el bien de los candidatos mismos y para garantizar siempre a la Iglesia Sacerdotes idóneos.

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, con fecha del 31 de agosto de 2005, ha aprobado la presente Instrucción y ha mandado su publicación.

Roma, 4 de noviembre de 2005, Memoria de San Carlos Borromeo, Patrono de los Seminarios.


ZENON Card.GROCHOLEWSKI
Prefecto

J. MICHAEL MILLER, C.S.B.
Arzobispo tit. de Vertara Secretario


Notas

[1] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius (28 de octubre de 1965): AAS 58 (1966), 713-727.

[2] Cf. Congregación para la Educación Católica, Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (6 de enero de 1970; edición nueva, 19 de marzo de 1985); Carta Circular sobre la enseñanza de la Filosofía en los Seminarios (20 de enero de 1972); Orientaciones para la educación en el celibato sacerdotal (11 de abril de 1974); Carta Circular sobre la enseñanza del Derecho Canónico para los aspirantes al sacerdocio (2 de abril de 1975); La formación teológica de los futuros sacerdotes (22 de febrero de 1976); Epistula circularis de formatione vocationarum adultarum (14 de julio de 1976); Instrucción sobre la formación litúrgica en los Seminarios (3 de junio de 1979); Carta Circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los Seminarios (6 de enero de 1980); Orientaciones educativas sobre el Amor Humano. Pautas de educación sexual (1 de noviembre de 1983); Carta Circular sobre la pastoral de la Movilidad Humana en la formación de los futuros sacerdotes (25 de enero de 1985); Orientaciones para la formación de los futuros sacerdotes para el uso de los instrumentos de la Comunicación Social (19 de marzo de 1986); Carta Circular acerca de los estudios sobre las Iglesias Orientales (6 de enero de 1987); Carta Circular sobre la Virgen María en la formación intelectual y espiritual (25 de marzo de 1988); Orientaciones para el estudio y la enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes (30 de diciembre de 1988); Instrucción sobre el estudio de los Padres de la Iglesia en la formación sacerdotal (10 de noviembre de 1989); Directrices sobre la preparación de los Formadores en los Seminarios (4 de noviembre de 1993); Directrices sobre la formación de los seminaristas acerca de los problemas relativos al matrimonio y a la familia (19 de marzo de 1995); Instrucción a las Conferencias Episcopales sobre la admisión al Seminario de candidatos provenientes de otros Seminarios o Familias religiosas (9 de octubre de 1986 y 8 de marzo de 1996); El período Propedéutico: documento informativo (1 de mayo de 1998); Lettere circolari circa le norme canoniche relative alle irregolarità e agli impedimenti sia ad Ordines recipiendos, sia ad Ordines exercendos (27 de julio de 1992 y 2 de febrero de 199).

[3] Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992): AAS 84 (1992), 657-864.

[4] Cf. C.I.C., can. 1024 y C.C.E.O., can. 754; Juan Pablo II, Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis sobre reservar la Ordenación sacerdotal sólo a los hombres (22 de mayo de 1994): AAS 86 (1994), 545-548.

[5] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis (7 de diciembre de 1965), n. 2: AAS 58 (1966), 991-993; 
Pastores dabo vobis, n. 16: AAS 84 (1992), 681-682.

Respecto a la configuración con Cristo, Esposo de la Iglesia, la 
Pastores dabo vobis afirma: «El sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo Esposo de la Iglesia [...]. Por tanto, está llamado a revivir en su vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa. Su vida debe estar iluminada y orientada también por este rasgo esponsal, que le pide ser testigo del amor de Cristo como Esposo» (n. 22): AAS 84 (1992), 691.

[6] Cf. Presbyterorum ordinis, n. 14: AAS 58 (1966), 1013-1014; 
Pastores dabo vobis, n. 23: AAS 84 (1992), 691-694.

[7] Cf. Congregación para el Clero, Directorio Dives Ecclesiae para el ministerio y la vida de los presbíteros (31 de marzo de 1994), n. 58.

[8] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (edición típica, 1997), nn. 2357-2358. Cf. también los diversos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe: Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual Persona humana (29 de diciembre de 1975); Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales Homosexualitatis problema (1 de octubre de 1986); Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales (23 de julio de 1992); Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales (3 de junio de 2003).

Respecto a la inclinación homosexual, la Carta Homosexualitatis problema afirma: «La particular inclinación de la persona homosexual, aunque no sea en sí un pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada» (n. 3).

[9] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (edición típica, 1997), n. 2358; cfr. también C.I.C., can. 208 y C.C.E.O., can. 11.

[10] Cf. Congregación para la Educación Católica, A memorandum to Bishops seeking advice on matters concerning homosexuality and candidates for admission to Seminary (9 de julio de 1985); Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Carta (16 de mayo de 2002): Notitiae 38 (2002), 586.

[11] Cf. 
Pastores dabo vobis, n. 35-36: AAS 84 (1992), 714-718.

[12] Cf. C.I.C., can. 241 § 1: «El Obispo diocesano sólo debe admitir en el seminario mayor a aquellos que, atendiendo a sus dotes humanas y morales, espirituales e intelectuales, a su salud física y a su equilibrio psíquico, y a su recta intención, sean considerados capaces de dedicarse a los sagrados ministerios de manera perpetua» y C.C.E.O., can. 342, § 1.

[13] Cf.Optatam totius, n. 6: AAS 58 (1966), 717. Cfr. también C.I.C.,can. 1029: « Sólo deben ser ordenados aquellos que, según el juicio prudente del Obispo propio o del Superior mayor competente, sopesadas todas las circunstancias, tienen una fe íntegra, están movidos por recta intención, poseen la ciencia debida, gozan de buena fama y costumbres intachables, virtudes probadas y otras cualidades físicas y psíquicas congruentes con el orden que van a recibir» y C.C.E.O., can. 758.

No llamar a las órdenes a aquel que no tiene las cualidades requeridas no es una injusta discriminación: cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales.

[14] Cf. 
Pastores dabo vobis, nn. 43-59: AAS 84 (1992), 731-762.

[15] Cf. ibid., n. 43: « El presbítero, llamado a ser “imagen viva” de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, debe procurar reflejar en sí mismo, en la medida de lo posible, aquella perfección humana que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre y que se trasparenta con singular eficacia en sus actitudes hacia los demás»: AAS 84 (1992), 732.

[16] Cf. ibid.,nn. 44 y 50: AAS 84 (1992), 733-736 y 746-748. Cfr. también: Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Carta circular Entre las más delicadas a los Excmos. y Revmos. Señores Obispos diocesanos y demás Ordinarios canónicamente facultados para llamar a las Sagradas Órdenes, sobre los escrutinios acerca de la idoneidad de los candidatos (10 de noviembre de 1997): Notitiae 33 (1997), 495-506, particularmente el Adjunto V.

[17] Cf. Congregación para los Obispos, Directorio para el Ministerio pastoral de los obispos Apostolorum Successores (22 de febrero de 2004), n. 88.

[18] Cf. C.I.C., can. 1052 § 3: « Si [...] el Obispo duda con razones ciertas de la idoneidad del candidato para recibir las órdenes, no lo debe ordenar». Cfr. también C.C.E.O., can. 770.

[19] Cf. C.I.C., can. 1051: « Por lo que se refiere a la investigación de las cualidades que se requieren en el ordenando [...] el rector del seminario o de la casa de formación hade certificar que el candidato posee las cualidades necesarias para recibir el orden, es decir, doctrina recta, piedad sincera, buenas costumbres y aptitud para ejercer el ministerio; e igualmente, después de la investigación oportuna, hará constar su estado de salud física y psíquica».

[20] Cf. 
Pastores dabo vobis, nn. 50 y 66: AAS 84 (1992), 746-748 y 772-774. Cfr. también Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis, n. 48.

[21] Cf. 
Pastores dabo vobis, n. 69: AAS 84 (1992), 778.


domingo, 30 de octubre de 2005

MILES DE CONDONES DISTRIBUIDOS EN LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2002

Un grupo de jóvenes “católicos” del movimiento Challenge the Church preparándose para comenzar la distribución de condones en la JMJ-2002 en Toronto. 


No fueron los únicos católicos que repartieron preservativos a los jóvenes; la organización Catholics for Free Choice (CFFC) también estuvo en Toronto con el mismo propósito.

CFFC también estuvo en la JMJ-2005 en Colonia y afirmó que “su mensaje fue recibido con un éxito extraordinario por los asistentes”. En Toronto, Challenge the Church distribuyó al menos 10.000 condones. El paquete estaba inscrito con el perfil de un ángel y las palabras “Challenge the Church” o el mensaje: “Si la abstinencia no te funciona... no lo dejes en manos de tu ángel de la guarda”

Al preguntarle si los obispos prohibirían a los católicos distribuir condones, “monseñor” Peter Schonenbach, secretario general de la Conferencia de Obispos Católicos, declaró al Globe and Mail: “Es un país libre. Pueden hacer lo que quieran…” (1 de febrero de 2002). 

Durante la JMJ-2005 en Colonia, CFFC colocó vallas publicitarias en el metro y a lo largo de otras rutas de acceso al lugar de la reunión con los mensajes “Buen católico, usa condones” y “Condones para la vida”

¿Pero por qué estas organizaciones distribuyen preservativos para los jóvenes en las JMJ si no es con la presuposición de que se usarán para actos de “amor libre”? Esta obvia presuposición, admitida por todos en todas partes, es negada por conservadores ciegos que solo quieren ver “una alegre manifestación de piedad” en estas reuniones. 
 

sábado, 29 de octubre de 2005

“CARDENAL TEÓLOGO PAPAL” APRUEBA EL USO DE PRESERVATIVOS CONTRA EL SIDA

En febrero de 2005, el “cardenal” Georges Cottier, “teólogo del papa”, declaró que los profilácticos podrían usarse para contener la propagación del SIDA.


Antes, el impedimento contra el uso del preservativo se basaba en la oposición unánime de la doctrina de la Iglesia. Hasta hace dos años, solo los progresistas de vanguardia defendían el uso de este anticonceptivo. Sin embargo, han surgido algunas fisuras en esa barrera antes impenetrable.

En enero de 2004, el “cardenal” Godfried Danneels de Bruselas sugirió que el uso de preservativos podría ser un “mal menor” en comparación con la propagación del SIDA.

En enero de 2005, un portavoz de la Conferencia Episcopal Española afirmó que “los preservativos tienen un papel legítimo en la lucha contra la enfermedad”.

En febrero de 2005, el “cardenal” Georges Cottier, “teólogo del papa”, declaró que los profilácticos “podrían usarse para contener la propagación del SIDA”.

Estas tres declaraciones rompieron sin duda la unanimidad de la doctrina anterior sobre el tema.

Una vez rota, se da rienda suelta al uso del preservativo con el pretexto de que existe un riesgo cercano o lejano de contagio. Un hombre que razonara de esa manera bien podría argumentar que simplemente sigue la orientación de una Conferencia Episcopal y dos “cardenales”, uno de ellos el “teólogo personal” de Juan Pablo II.

En esta era posterior al concilio Vaticano II, casi ninguna autoridad religiosa recuerda a los fieles que el uso de anticonceptivos fue condenado por la Iglesia Católica como una forma de onanismo, nombre tomado de la acción de Onán en el Antiguo Testamento, quien en las relaciones conyugales con su esposa solía impedir la concepción. Por esta razón, su acción fue considerada “detestable” y “por eso Dios también lo mató” (Gn 38:9-10).

En el pontificado de Pío XII, el famoso moralista Cardenal Francesco Roberti resumió la enseñanza de la Iglesia sobre el tema:

Onanismo - 1. Concepto - Los teólogos suelen usar este término para referirse al acto conyugal en el que se frustra deliberadamente la concepción; toma su nombre del pecado de Onán registrado en la Sagrada Escritura. Posteriormente, también se le denominó neomalthusianismo, por el nombre del sociólogo Malthus. Muchos también han asignado este término a la contaminación voluntaria [masturbación].

2. Onanismo conyugal y su calificación moral - El onanismo conyugal puede cometerse de forma natural, interrumpiendo el acto conyugal y completándolo individualmente, o de forma artificial, utilizando métodos anticonceptivos que evitan la transmisión del semen.

Cualquiera que sea la forma en que se practique, el onanismo conyugal es gravemente ilícito, ya que este comportamiento viola las leyes naturales que regulan y completan el acto conyugal. Por esta razón, la Iglesia lo condena con justicia.

Diccionario de Teología Moral, F. Roberti, Barcelona: ELESA, 1960, entrada Onanismo.

A continuación, reproducimos una copia facsímil del artículo que transcribe las declaraciones de Cottier. Fue publicado en Catholic World News el 1 de febrero de 2005.


 

sábado, 22 de octubre de 2005

COSTO DESASTROSO DE LA OSTPOLITIK DEL VATICANO CON CHINA

Los verdaderos católicos chinos deben negar su glorioso pasado de martirio y fidelidad al Papa porque un Papa les ordena que lo hagan...
Por Atila Sinke Guimarães

 
 - Para participar en las reuniones del Sínodo de octubre de 2005 en el Vaticano, el Papa Benedicto XVI invitó a cuatro obispos chinos, uno de la Iglesia Católica clandestina fiel a Roma y tres de la “Asociación Patriótica Católica” independientes de Roma y controladas por el régimen comunista. Sería la primera vez que un obispo "subterráneo" de China asistiera a un sínodo. En 1988, cuando Juan Pablo II invitó a dos para asistir al Sínodo para Asia, la autoridad comunista les negó la autorización para abandonar el país. En cuanto a los demás, hasta ahora era impensable que los “obispos patrióticos” asistieran a cualquier reunión católica, ya que esta organización es notoriamente cismática; elige a sus propios “obispos” bajo la dirección del Partido Comunista Chino.

¿Cuál fue la situación anterior? Permítanme ofrecerles una breve sinopsis.

La Declaración de Shanghai de 1972 de Nixon y Mao Tse Tung abrió la puerta al crecimiento comercial chino


Deng Xioping y Carter en Washington (1979) 

En 1949, Mao Tse Tung tomó el poder en China y estableció la República Popular Comunista de China. Casi inmediatamente, la Iglesia Católica comenzó a ser perseguida por el régimen comunista. En protesta, la Santa Sede cortó los lazos diplomáticos y estableció relaciones con Taiwán, que se convirtió en el representante de la república china anterior y en un refugio para los refugiados anticomunistas. De la misma manera, casi todas las naciones no comunistas establecieron relaciones diplomáticas con Taiwán.

En 1971 las Naciones Unidas destruyeron esta situación política. Se invitó a la China comunista a ser miembro de la ONU. Esto obligó a Taiwán a abandonar la organización y, en consecuencia, romper relaciones diplomáticas con casi todas las naciones miembros. Tratando de reparar esa situación y mantener el prestigio y la influencia, Taiwan intensificó su comercio internacional. Tuvo éxito en este esfuerzo y se convirtió en uno de los “Tigres asiáticos” en la vanguardia de la economía asiática.

Pero también hubo un segundo golpe para quebrar a Taiwan en este reino. Tras la iniciativa de convertir a China en miembro de la ONU, Richard Nixon y Jimmy Carter establecieron acuerdos comerciales privilegiados entre los Estados Unidos y la China comunista en los años setenta. A partir de entonces, tales acuerdos proliferaron en muchos países de Occidente. Una vez más, Taiwán perdió sus ventajas en beneficio de la China comunista. Estos fueron los dos ataques frontales que rompieron a Taiwán política y económicamente.


¿Cómo se enfrentó la Santa Sede a este panorama cambiado?

Durante algún tiempo mantuvo la misma postura de jure. Pero a partir de la década de 1980, importantes prelados católicos comenzaron a visitar China bajo distintos pretexto, tratando de “construir puentes” con el régimen comunista: el cardenal Roger Etchegaray hizo cuatro viajes; como así también lo hicieron el cardenal Jaime Sin de Manila y el cardenal Godfried Daneels de Bruselas.
Etchegaray hizo cuatro viajes a China - BBC , 17 de julio de 2003

Por lo tanto, la posición de facto del Vaticano cambió. En lugar de reconocer solo a una China representada por Taiwán, comenzó a reconocer “dos Chinas”.

Por lo que sé, esta política cordial ha sido unilateral. El régimen comunista nunca ha correspondido al reconocer “dos iglesias católicas”, como sería normal. En su lugar, continúa persiguiendo implacablemente a los católicos “clandestinos”.

Además, Beijing impuso una demanda intransigente para restablecer las relaciones: el Vaticano debe dejar de reconocer a Taiwán. No tolerará la diplomacia vaticana de “dos Chinas”. Tiene que ser solo “una China”, la comunista.

En 1999, el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, respondió a esta demanda y dijo que el nuncio apostólico que reside actualmente en Taiwán es, de hecho, el enviado del Vaticano a China. Si el gobierno de la parte continental establecería relaciones diplomáticas con Roma, dijo, la nunciatura se trasladaría de Taiwán a Pekín. (“El Informe del Mundo Católico”, agosto / septiembre de 2005).

Otra condición comunista es que el Vaticano debe aceptar nunca “interferir” en los asuntos internos chinos. Para el régimen, esto significa simplemente que el Vaticano no puede dirigir a la Iglesia Católica China, que considera la “interferencia” de un Estado extranjero con la soberanía de la República Popular.

Desde abril, cuando Benedicto XVI comenzó a ocupar el Papado, el Vaticano envió muchas señales que indicaban que aceptaría las condiciones chinas. Permítanme enumerar estos indicadores así como algunas respuestas chinas:

• El 12 de mayo de 2005, en su primer discurso ante el cuerpo diplomático representado en el Vaticano, Benedicto XVI dijo que había dirigido sus pensamientos “hacia aquellas naciones con las que la Santa Sede todavía no tiene relaciones diplomáticas”. Luego dijo que le gustaría “verlos representados ante la Sede Apostólica lo antes posible” (www.catholic.or.kr). Esta declaración fue generalmente interpretada como referida principalmente a la China comunista.

Lajolo: “No hay obstáculos infranqueables para restablecer las relaciones diplomáticas entre el Vaticano y China”
junio-julio de 2004

• El 22 de junio, el Arzobispo Giovanni Lajolo, Secretario de Relaciones con los Estados del Vaticano, dijo a Radio Vaticano que “no había obstáculos insuperables para establecer relaciones diplomáticas entre el Vaticano y China” (Catholic News Service, 30 de septiembre de 2005). “Es obvio que la Santa Sede reconoce al Estado chino”, dijo, “aunque los dos no tienen vínculos diplomáticos formales”. Lajolo hizo estas declaraciones después de un viaje al sur de Asia. En un discurso en Singapur, declaró que “el Vaticano está preparado para restablecer las relaciones diplomáticas con China, si Pekín simplemente garantiza la libertad religiosa” (The Catholic World Report, agosto / septiembre de 2005, p. 24).

• El 28 de junio, el obispo designado por el gobierno, Joseph Xing Wenzhi, fue consagrado “con la aprobación de la Santa Sede”, según un comunicado de los Padres de Maryknoll en Nueva York, cuyo superior viajó a China para asistir a la ceremonia. Se supone que Xing es el sucesor del obispo “patriótico” de Shanghai, Aloysius Jin Luxian, y del obispo “subterráneo” Joseph Fan Zhongliang, fiel a Roma (National Catholic Reporter, 15 de julio de 2005; Estados Unidos, 18 de julio de 2005).

Contradiciendo esta declaración, la Oficina de Asuntos Religiosos del gobierno comunista negó categóricamente que el nombramiento de Joseph Xing hubiera sido aprobado por el Vaticano. “La nominación del obispo Xing es un asunto chino y el Vaticano no tiene nada que ver con eso”, afirmó (Adista, 16 de julio de 2005, pág. 12).

El obispo “patriótico” Jin Luxian ordena al obispo Xing, aprobado por el Vaticano y la China comunista - NCR , 15 de julio de 2005
Las fuentes de la agencia de noticias de Asia, sin embargo, confirmaron que Xing fue aprobado por el Vaticano. Joseph Zen, obispo católico de Hong Kong, explicó: “Hay muchos casos en que el Vaticano y Pekín han alcanzado acuerdos sobre las nominaciones de los obispos. Pero es normal que el gobierno niegue esto para mantener todo tranquilo” (Adista, 16 de julio de 2005). Una fuente anónima del Vaticano confirmó la declaración, y agregó que “la mayoría de los otros obispos chinos que están activos en la iglesia 'oficial' también han recibido la aprobación de la Santa Sede” (The Catholic World Report, agosto / septiembre de 2005, pág. 25). 

• El 4 de julio, el obispo católico “subterráneo” Julius Jia Zhiguo de Zhengiding, norte de China, fue arrestado por la policía. Fue su sexto arresto desde 2002. El obispo Jia tiene 70 años y ha pasado 20 años de su vida en prisión. La razón no oficial de su encarcelamiento fue evitar que él presidiera las ceremonias católicas y obligar a los fieles a asistir a las ceremonias religiosas de la “Asociación Patriótica” (Adista, 16 de julio de 2005).

Los informes de Asia News verifican que la “Asociación Patriótica 
Católica” no tiene la adhesión de los fieles, que boicotean sus actividades y se oponen a sus prelados (ibid). 

Cincuenta obispos y sacerdotes de la Iglesia “clandestina” siguen encarcelados, según un informe de Asia News. Señaló que, desde el pasado mes de julio, el gobierno ha adoptado diferentes posiciones de tolerancia y represión. Por ejemplo, el padre Vincent Kong Guocun fue puesto en libertad después de casi seis años de arresto domiciliario. Pero el obispo James Lin Xili, de 84 años, jefe de la Diócesis de Wenshou, permanece confinado en los terrenos de la catedral, donde ha estado bajo arresto domiciliario desde septiembre de 1999 (The Catholic World Report, agosto / septiembre de 2005, pág. 25).

• A principios de agosto, Benedicto XVI recibió a 28 sacerdotes y seminaristas de la “Asociación Patriótica” en una audiencia en el Vaticano. En esa ocasión, dijo: “Saludo con especial afecto al grupo de sacerdotes de China” (The Tablet, 20 de agosto de 2005, pág. 30).

• El 8 de septiembre, la Santa Sede publicó la lista de obispos invitados por Benedicto XVI para asistir al Sínodo de octubre en Roma. La lista incluía tres obispos “patriotas”, Anthony Li Duan de Xian, Louis Jin Luxian de Shanghai y Luke Li Jingfend de Fengxiang, y un obispo católico “clandestino”, Joseph Wei Jingyi de Qiqihar (Zenit, 16 de septiembre de 2005).

• Después de tres semanas de intensa especulación sobre si los obispos viajarían o no, el 30 de septiembre Asia News y UCA News informaron que las autoridades chinas negaron las visas para que los obispos asistieran al sínodo (Catholic News Service, 30 de septiembre de 2005; Le Monde en línea 1 de octubre de 2005). El presidente de la “Asociación Patriótica”, Liu Bainian, criticó a la Santa Sede por mantener lazos con Taiwán, y dijo que era “descortés” liberar la lista de invitaciones sin consultar primero con Beijing (Zenit, 30 de septiembre de 2005).

Estos son los hechos. ¿Qué debería uno pensar sobre ellos?

Yo distingo dos conjuntos de consecuencias.

Primero, con respecto a la fiel Iglesia Católica “clandestina”, el Vaticano parece estar castigándola. En efecto, durante 55 años, los prelados y los católicos sufrieron todo tipo de sufrimiento físico y moral porque se negaron a adherirse a la “Asociación Católica Patriótica”, dirigida por el Partido Comunista. Esta Iglesia “subterránea” representaba el heroísmo y la fidelidad a Roma; la iglesia “patriota” representaba cobardía y traición.

Cuando Benedicto XVI invitó tanto al perseguidor como a los obispos perseguidos para asistir al Sínodo, dio a entender que los dos eran iguales a los ojos de Roma. Este hecho envió un fuerte mensaje a la “Iglesia clandestina” para cambiar su actitud: debe renunciar a su oposición al gobierno comunista, que debe aceptar y apoyar. También sugiere que los católicos terminen su lucha contra la “Asociación Católica Patriótica”. Esto es lo que Benedicto XVI significa para los heroicos ocho millones de católicos chinos de las catacumbas. Deben negar su glorioso pasado de martirio y fidelidad al Papa porque un Papa les ordena que lo hagan...

Segundo, en relación con el régimen comunista, el Vaticano afirma tácitamente que es legítimo de acuerdo con la Ley Natural y la doctrina católica. 
Sin embargo, esto no es cierto. La China comunista sigue siendo un régimen ilegítimo desde ambos puntos de vista. De hecho, el Vaticano está cediendo a los principios para lograr una “ventaja” práctica, una supuesta “libertad religiosa” para los católicos en China. Pero, ¿qué tipo de “libertad religiosa” sería esta? El gobierno ya ha establecido las reglas. No Roma, sino que el régimen comunista debería controlar a la Iglesia Católica en China. Es decir, la iglesia católica estaría subordinada al régimen. En la práctica, significa que, antes del régimen, los fieles católicos deberían adoptar en masa la posición de la “Asociación Patriótica”. ¿No sería esto una victoria para el comunismo? Parece que sí. 

Además, la Santa Sede tendría que retirar su apoyo a Taiwán. Esto representa implícitamente una negación de su posición anticomunista anterior de 55 años. El régimen de Taiwán, ya traicionado por la ONU y los EE.UU. ahora también sería traicionado por la Santa Sede.

Estas son, en mi opinión, las consecuencias vergonzosas y desastrosas de la actual Ostpolitik del Vaticano, que uno puede ver está vivo y activo.


Tradition In Action