domingo, 26 de febrero de 2023

TRES PREGUNTAS PARA LOS CATÓLICOS QUE SE OPONEN A LA PENA CAPITAL

Cuando se leen con atención las declaraciones de Francisco sobre la pena de muerte, resulta difícil interpretarlas de manera que su asentimiento sea vinculante para los católicos.

Por el Dr. Edward Feser



El papa Juan Pablo II era partidario de la abolición de la pena capital. Sin embargo, el catecismo que promulgó enseñaba que la pena de muerte puede ser legítima "si es el único modo posible de defender eficazmente vidas humanas contra el agresor injusto". Además, el portavoz doctrinal del papa, el cardenal Joseph Ratzinger, que más tarde se convertiría en Benedicto XVI, dejó claro que el llamamiento de Juan Pablo II a la abolición reflejaba un juicio prudencial con el que los fieles católicos no tenían por qué estar de acuerdo. En un memorándum de 2004, el cardenal escribió que "si un católico estuviera en desacuerdo con el Santo Padre sobre la aplicación de la pena capital... no por ello sería considerado indigno de presentarse a recibir la Sagrada Comunión", y que "puede haber una legítima diversidad de opiniones incluso entre católicos sobre... la aplicación de la pena de muerte".

Francisco ha adoptado una línea más dura contra la pena capital que sus predecesores. Ha denunciado enérgica y repetidamente la práctica en discursos públicos, y ha alterado el catecismo de modo que ahora declara la pena de muerte rotundamente "inadmisible" y pide "su abolición en todo el mundo". La excepción de Juan Pablo II ha sido eliminada. Algunos católicos contrarios a la pena capital apelan a estos hechos como prueba de que todos los católicos están ahora obligados a favorecer su abolición, por lo que ya no puede existir la "legítima diversidad de opiniones" de la que hablaba el entonces cardenal Ratzinger. Etiquetan de "disidentes" a quienes siguen apoyando la pena de muerte y les atribuyen motivos de dudosa reputación, como la sed de sangre o una agenda política.

Pero este punto de vista tiene serios problemas (aparte del obvio de que estas últimas acusaciones no son más que ataques ad hominem baratos). Por un lado, cuando se leen atentamente las declaraciones de Francisco sobre la pena de muerte, resulta difícil interpretarlas de manera que su aceptación sea vinculante para los católicos. Por otra parte, si los católicos que se oponen a la pena de muerte fueran coherentes en su apelación a estas declaraciones, entonces tendrían que aceptar algunas conclusiones adicionales que parece que pocos de ellos aceptan - y que sería difícil para cualquier fiel católico aceptar. Explicaré lo que tengo en mente exponiendo tres cuestiones que cualquier católico intelectualmente honesto tiene que abordar antes de poder afirmar que todos los católicos están obligados a oponerse a la pena capital:

1. Las enseñanzas de Francisco sobre la pena capital, ¿equivalen a un cambio doctrinal o a un mero juicio prudencial?

Hay dos interpretaciones posibles de las enseñanzas de Francisco sobre la pena de muerte. O bien pretende revisar los principios doctrinales relevantes, o bien pretende simplemente hacer un juicio prudencial sobre la mejor manera de aplicar los principios doctrinales existentes a las circunstancias actuales. Pero ninguna de las dos interpretaciones puede obligar a los católicos a asentir a su posición (en lugar de simplemente considerarla con respeto).

He aquí por qué. Consideremos primero la sugerencia de que Francisco pretende revisar los principios doctrinales relevantes. Ahora bien, la Iglesia enseña que hay límites a lo que cualquier Papa puede hacer mediante tal revisión. Por ejemplo, el Concilio Vaticano I enseñó:
"Porque el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro no para que, por su revelación, dieran a conocer una nueva doctrina, sino para que, con su ayuda, custodiaran religiosamente y expusieran fielmente la revelación o depósito de la fe transmitida por los apóstoles".
En la misma línea, Benedicto XVI enseñó:
"El Papa no es un monarca absoluto cuyos pensamientos y deseos son ley. Al contrario: el ministerio del Papa es garantía de obediencia a Cristo y a su Palabra. No debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente a sí mismo y a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, frente a todo intento de adaptarla o diluirla, y a toda forma de oportunismo...

El Papa sabe que, en sus decisiones importantes, está vinculado a la gran comunidad de fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes que se han desarrollado a lo largo de la peregrinación de la Iglesia".
Ahora bien, como reconocen incluso muchos católicos que se oponen a la pena de muerte, la Iglesia no puede enseñar que la pena capital sea intrínsecamente o por su propia naturaleza, mala. Lo más que la Iglesia puede enseñar es que la pena capital es mala en determinadas circunstancias. La razón es que las Escrituras, los Padres y Doctores de la Iglesia y los Papas anteriores a Francisco han enseñado sistemáticamente que la pena capital puede ser legítima, al menos en principio. Dadas las afirmaciones de la Iglesia sobre la fiabilidad de las Escrituras y de su magisterio ordinario, no es posible que la tradición se haya equivocado durante más de dos milenios sobre algo tan fundamental. De hecho, la enseñanza tradicional sobre la legitimidad en principio de la pena capital cumple claramente los criterios para ser una parte irreformable del magisterio ordinario. (Joseph Bessette y yo exponemos las pruebas de ello con más detalle en nuestro libro
By Man Shall His Blood Be Shed: A Catholic Defense of Capital Punishment). Así pues, lo más que podría hacer cualquier Papa revisando los principios doctrinales pertinentes sería aclarar las circunstancias en las que la pena capital puede ser legítima.

El problema es el siguiente. Francisco sostiene que la pena de muerte no debe aplicarse bajo ninguna circunstancia. Ni siquiera admite, como hizo Juan Pablo II, que puede haber raras circunstancias en las que sea justificable para proteger a otros del delincuente. Ahora bien, si dijera que es verdad, como cuestión de principio doctrinal, que la pena capital no debe usarse nunca, entonces parece que estaría contradiciendo la enseñanza irreformable de la Escritura y la Tradición. Porque ¿cómo podría ser el caso de que la pena capital no debiera aplicarse nunca, ni siquiera en principio, ni siquiera para proteger a los inocentes, a menos que fuera intrínsecamente mala?

Ahora bien, ningún católico puede estar obligado a asentir a nada que contradiga la Escritura y la Tradición, ni siquiera si lo dice un Papa. Después de todo, la Iglesia reconoce que los papas no son infalibles cuando no hablan ex cathedra. Además, aunque existe una fuerte presunción de que los católicos deben asentir incluso a las enseñanzas no infalibles de un Papa, la Iglesia también reconoce que hay casos en los que esta presunción puede ser anulada y las declaraciones magisteriales deficientes criticadas respetuosamente. Los casos más evidentes serían precisamente aquellos en los que un Papa parece contradecir una doctrina irreformable. Existe una amplia doctrina al respecto, tanto en documentos eclesiásticos recientes como en la tradición. Por ejemplo, la instrucción Donum Veritatis, emitida bajo Juan Pablo II, afirma:
La voluntad de someterse lealmente a la enseñanza del Magisterio sobre cuestiones per se no irreformables debe ser la regla. Puede suceder, sin embargo, que un teólogo plantee, según los casos, cuestiones sobre la oportunidad, la forma o incluso el contenido de las intervenciones magisteriales...

Si, a pesar de un esfuerzo leal por parte del teólogo, las dificultades persisten, el teólogo tiene el deber de poner en conocimiento de las autoridades magisteriales los problemas planteados por la enseñanza en sí misma, en los argumentos propuestos para justificarla o incluso en el modo de presentarla.
Nótese que el documento enseña que a veces puede ser un deber plantear críticas respetuosas. Donum Veritatis incluso llega a decir que un teólogo fiel que se siente obligado a plantear tales cuestiones a las autoridades magisteriales puede decirse que "sufre por la verdad". El documento también distingue explícitamente el planteamiento de tales dificultades de la "disidencia" asociada a teólogos heterodoxos que quieren revertir las enseñanzas tradicionales de la Iglesia.

No se trata de una enseñanza novedosa de la Iglesia. Santo Tomás de Aquino enseñó que, aunque los fieles no tienen autoridad para castigar a un prelado díscolo, puede haber circunstancias en las que deban corregir a un prelado díscolo, incluso públicamente, siempre que se haga con respeto. Y ofreció un ejemplo que deja claro que esto incluye a los Papas:
La corrección fraterna es una obra de misericordia. Por lo tanto, incluso los prelados deben ser corregidos...

Debe observarse... que si la fe estuviera en peligro, un súbdito debería reprender a su prelado incluso públicamente. De ahí que Pablo, que era súbdito de Pedro, le reprendiera en público, a causa del peligro inminente de escándalo en relación con la fe, y, como dice la glosa de Agustín sobre Gálatas 2:11, "Pedro dio ejemplo a los superiores para que, si en algún momento se desviaran del camino recto, no desdeñaran ser reprendidos por sus súbditos".
Un ejemplo posterior sería el caso del Papa Juan XXII, que fue reprendido por los teólogos de su tiempo por contradecir la enseñanza tradicional sobre el estado postmortem del alma, y que se retractó de este error en su lecho de muerte. Si Francisco enseñara que la pena capital es intrínsecamente mala, entonces estaríamos en una situación similar, y tendríamos un caso claro en el que se aplicaría la enseñanza de Donum Veritatis y de Santo Tomás. Tendríamos un caso en el que los católicos no necesitan asentir, de hecho no deben asentir.

Pero de nuevo, hay una interpretación alternativa de la enseñanza de Francisco. Se puede interpretar, no como una intención de revisar los principios doctrinales pertinentes a la pena capital, sino más bien como un mero juicio prudencial. Ahora bien, hacer un juicio prudencial es cuestión de aplicar principios doctrinales a circunstancias concretas. Los Papas y otros eclesiásticos carecen a menudo de conocimientos especiales sobre tales circunstancias, razón por la cual sus juicios prudenciales al respecto no son vinculantes para los fieles. Un ejemplo típico sería la aplicación prudencial de la doctrina católica de la guerra justa. La Iglesia enseña que, para que una guerra sea justa, debe cumplir ciertas condiciones. Por ejemplo, la causa debe ser justa, el daño causado por el agresor debe ser grave, la acción militar propuesta debe tener buenas posibilidades de éxito, etcétera. Los eclesiásticos tienen autoridad para exigir a los católicos que acepten estos criterios. Pero no tienen un conocimiento especial de al menos parte de la información necesaria para aplicar los criterios. Por ejemplo, no tienen conocimientos especiales sobre estrategia y táctica militar. Así pues, en la medida en que la aplicación de la doctrina de la guerra justa a circunstancias concretas requiere tales conocimientos, los eclesiásticos no pueden emitir juicios prudenciales al respecto que sean vinculantes para los fieles. Por eso el Catecismo enseña que "la evaluación de estas condiciones de legitimidad moral corresponde al juicio prudencial de quienes tienen la responsabilidad del bien común", es decir, las autoridades gubernamentales. Si un Papa enseña que es inmoral violar los criterios de la guerra justa, todos los católicos están obligados a asentir a esa enseñanza. Pero si un Papa emitiera un juicio sobre la probabilidad de éxito de una determinada operación militar propuesta, los católicos no estarían obligados a asentir.

Ahora bien, si Francisco está emitiendo un juicio prudencial cuando afirma que la pena de muerte no debería aplicarse nunca en ningún lugar, entonces lo que está diciendo es que, en su opinión, los fines a los que el Catecismo dice que sirve el castigo -como reparar el desorden causado por el delito, garantizar la seguridad del público y promover la corrección del delincuente- tienen, en todos los países del mundo de hoy, más probabilidades de ser garantizados por un sistema de justicia penal que haya abolido por completo la pena capital que por uno que la mantenga en vigor.

Pero este juicio hace suposiciones cruciales sobre asuntos en los que los papas no tienen experiencia especial. Por ejemplo, ¿tiene la pena de muerte un valor disuasorio significativo? ¿Es probable que algunos delincuentes violentos supongan un peligro significativo para la vida de otros presos o del personal penitenciario? ¿Es probable que algunas figuras del crimen organizado ordenen asesinatos desde detrás de los muros de la prisión? ¿Carecen algunos países subdesarrollados de medios adecuados para encarcelar eficazmente a los delincuentes más peligrosos? ¿El mantenimiento de la pena de muerte en los libros proporciona a los fiscales una valiosa moneda de cambio para animar a los delincuentes a delatar a otros criminales peligrosos? ¿Es probable que un número significativo de delincuentes se mueva al arrepentimiento precisamente ante la perspectiva de la ejecución? ¿Es probable que desaparezca la comprensión del principio de que el castigo debe ser proporcional a la gravedad del delito en una sociedad en la que nunca se ejecuta a nadie, por horribles que sean sus crímenes? Una respuesta afirmativa a una o más de estas preguntas daría motivos para concluir que la abolición de la pena de muerte no sirve mejor a los fines del castigo.

Una vez más, los papas y otros eclesiásticos simplemente no tienen conocimientos especiales sobre estas cuestiones. Más bien, los científicos sociales, los fiscales y la policía son los que tienen la experiencia necesaria, y muchos de ellos juzgan que la pena de muerte sigue siendo esencial para la realización de tales fines del castigo como garantizar la seguridad pública. Por supuesto, los expertos no están de acuerdo entre sí sobre estas cuestiones, pero el desacuerdo entre expertos es cierto en casi todas las áreas en las que se requieren juicios prudenciales. Además, precisamente porque los propios eclesiásticos carecen de conocimientos especiales sobre las cuestiones en debate, también carecen de competencia especial para determinar quiénes son los mejores expertos.

Ahora bien, como reconoce explícitamente el Catecismo, son los funcionarios públicos y no los eclesiásticos quienes, en última instancia, tienen la responsabilidad de emitir juicios prudenciales sobre cómo aplicar los criterios de la guerra justa. Entonces, ¿cómo podría no ser cierto que también son los funcionarios públicos, y no los eclesiásticos, quienes en última instancia tienen la responsabilidad de emitir juicios prudenciales sobre la aplicación de la pena de muerte? Después de todo, hacer la guerra es un asunto mucho más grave que ejecutar a un delincuente. Implica el asesinato intencionado de agresores a una escala mucho mayor, y también el riesgo de matar a inocentes a una escala mucho mayor. Si, a pesar de todo, la Iglesia enseña que las decisiones finales sobre estos asuntos están en manos de los funcionarios públicos y no de los eclesiásticos, entonces, por lógica, tiene que enseñar lo mismo sobre la pena capital. Por la misma razón, si los fieles católicos pueden legítimamente estar en desacuerdo con los juicios prudenciales papales sobre una cosa, entonces pueden legítimamente estar en desacuerdo con los juicios prudenciales papales sobre la otra.

De hecho, en su memorándum de 2004, el entonces cardenal Ratzinger vinculó explícitamente ambas cuestiones, escribiendo que "puede haber una legítima diversidad de opiniones incluso entre los católicos sobre hacer la guerra y aplicar la pena de muerte". Contrastó explícitamente esto con el aborto y la eutanasia, sobre los que dijo que no puede haber legítima diversidad de opinión entre los católicos. La razón es que la Iglesia enseña que el aborto y la eutanasia son intrínsecamente malos, mientras que hacer la guerra y aplicar la pena de muerte no lo son. No se requiere ningún juicio prudencial a la hora de decidir si realizar un aborto directo o aplicar la eutanasia a alguien. Simplemente no se debe hacer nunca, y punto. Pero se requiere un juicio prudencial cuando se trata de hacer la guerra y aplicar la pena capital, porque estas cosas se pueden hacer en determinadas circunstancias. Nada de lo que ha dicho Francisco hace que esto sea menos cierto ahora que en 2004. Por lo tanto, si Francisco está haciendo simplemente un juicio prudencial cuando dice que la pena capital no debe usarse nunca, entonces lo que el entonces cardenal Ratzinger dijo en 2004 parece aplicarse también hoy. Y lo que dijo, de nuevo, es que "si un católico estuviera en desacuerdo con el Santo Padre sobre la aplicación de la pena capital... no por ello sería considerado indigno de presentarse para recibir la Sagrada Comunión", y que "puede haber una legítima diversidad de opiniones incluso entre católicos sobre... la aplicación de la pena de muerte".

La conclusión, pues, es esta. Cuando Francisco dice que la pena capital no debe usarse nunca, entonces o está haciendo un cambio doctrinal que contradice la enseñanza de la Escritura y la Tradición, o simplemente está haciendo un juicio prudencial. Si está haciendo lo primero, entonces los católicos fieles no deberían estar de acuerdo con él. Si está haciendo lo segundo, entonces los católicos fieles no tienen por qué estar de acuerdo con él. En cualquier caso, no están obligados a estar de acuerdo con él.

Si a los católicos que se oponen a la pena capital no les gusta esta conclusión e insisten en afirmar que los católicos están obligados a oponerse a la pena capital en todos los casos, entonces tienen que explicar exactamente qué hay de malo en el argumento que acabo de exponer. No basta con pisar fuerte y lanzar ataques ad hominem.

Pero esto es sólo el principio de los graves problemas a los que se enfrentan estos opositores a la pena capital. Pasemos a las otras cuestiones.

2. ¿Está usted de acuerdo con Francisco en que la cadena perpetua debe ser abolida?

La postura habitual de los católicos que se oponen a la pena capital ha sido durante décadas que esta práctica es innecesaria, en la medida en que los delincuentes peligrosos pueden ser encarcelados de por vida. De ahí que los obispos católicos estadounidenses hayan afirmado que "una alternativa a la pena de muerte es la cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional para quienes sigan representando una amenaza mortal para la sociedad".

Sin embargo, Francisco ha condenado sistemáticamente las cadenas perpetuas, así como la pena de muerte, y ha dicho que son objetables por las mismas razones. Es decir, en opinión de Francisco, si te opones a la pena capital, ¡para ser coherente también deberías oponerte a la cadena perpetua! Por alguna razón, los que defienden las opiniones de Francisco sobre la pena de muerte rara vez llaman la atención sobre este aspecto de su posición. No han exigido a gritos que todos los católicos trabajen por la abolición de la cadena perpetua, como sí han exigido a gritos que todos los católicos se opongan a la pena capital.

Pero el propio Francisco ha sido claro. He aquí algunos de sus comentarios sobre el tema. En un discurso el 23 de octubre de 2014, él dijo:
Todos los cristianos y los hombres de buena voluntad están llamados, por lo tanto, a luchar no sólo por la abolición de la pena de muerte, legal o ilegal que sea, y en todas sus formas, sino también con el fin de mejorar las condiciones carcelarias, en el respeto de la dignidad humana de las personas privadas de libertad. Y esto yo lo relaciono con la cadena perpetua. Desde hace poco tiempo, en el Código penal vaticano, ya no existe la cadena perpetua. La cadena perpetua es una pena de muerte oculta.
En una carta del 20 de marzo de 2015, Francisco dijo:
La cadena perpetua, así como aquellas penas que por su duración imposibiliten al condenado a planificar un futuro en libertad, pueden ser consideradas penas de muerte encubiertas, porque con ellas el culpable no sólo está privado de su libertad, sino también insidiosamente privado de esperanza. Pero, aunque el sistema de justicia penal pueda apropiarse del tiempo de los culpables, nunca debe quitarles la esperanza.
En otra entrevista en noviembre de 2016, Francisco afirmó que "si una pena no tiene esperanza, no es una pena cristiana, no es humana" y que la cadena perpetua es una "especie de pena de muerte encubierta". En agosto de 2017, comparó la cadena perpetua con la "tortura". Y en un discurso del 17 de diciembre de 2018, el papa Francisco afirmó:
El Magisterio de la Iglesia sostiene que la cadena perpetua, que quita la posibilidad de redención moral y existencial de la persona condenada y a favor de la comunidad, es una forma de pena de muerte encubierta.
Notemos varias cosas sobre estas observaciones. En primer lugar, una vez más, Francisco afirma que la cadena perpetua está moralmente al mismo nivel que la pena de muerte, y sugiere que oponerse a esta última exige oponerse también a la primera. En segundo lugar, dice que se parecen en que ambas privan al delincuente de "esperanza" y de la posibilidad de "redención". En tercer lugar, ha planteado esta cuestión en repetidas ocasiones y en discursos formales, y no simplemente en uno o dos comentarios improvisados. En cuarto lugar, ha invocado "el Magisterio de la Iglesia" al hablar de esta cuestión, en lugar de presentarla como una mera opinión personal.

En quinto lugar, y sorprendentemente, Francisco parece oponerse no solo a la cadena perpetua, sino a cualquier condena de una duración especialmente larga. Pues en su carta del 20 de marzo de 2015 critica "la cadena perpetua, así como aquellas penas que por su duración imposibiliten al condenado a planificar un futuro en libertad" (el subrayado es nuestro). Francisco parece estar diciendo que es un error infligir a cualquier delincuente una condena tan larga que le impida volver con el tiempo a una vida normal fuera de la cárcel.

Ahora bien, las implicaciones de todo esto son bastante notables, incluso chocantes. Pensemos, por poner sólo uno de los innumerables ejemplos posibles, en un asesino en serie como Dennis Rader, que se autodenominó el asesino BTK por "Bind, Torture, Kill" (atar, torturar, matar). Actualmente está en prisión de por vida por asesinar a diez personas, entre ellas dos niños, de una manera tan horrible como cabría esperar del apodo que eligió. Si Francisco tiene razón, entonces es un error haber encarcelado a Rader de por vida. De hecho, si Francisco tiene razón, entonces Rader no debería estar en prisión por ningún período de tiempo que pudiera impedirle ser capaz de "planear un futuro en libertad". Rader tiene 74 años, por lo que eso implicaría que Rader debería salir bastante pronto para que pueda planificar cómo vivir los pocos años que le quedan. Y si Francisco tiene razón, lo mismo puede decirse de otros asesinos en serie que envejecen. Tal vez Francisco pondría condiciones a su liberación, como garantías realistas de que no es probable que vuelvan a matar. Pero sus palabras ciertamente implican que sería un error negar al menos la posibilidad de libertad condicional a cualquiera de ellos, sin importar lo atroces o numerosos que sean sus crímenes.

Pero incluso esto no capta realmente la enormidad de lo que Francisco está diciendo. Pensemos en los juicios de Núremberg, en los que muchos criminales de guerra nazis fueron condenados a muerte o a cadena perpetua. La opinión de Francisco implicaría que todas estas sentencias fueron injustas. De hecho, la postura de Francisco parece implicar que, si Hitler hubiera sobrevivido a la guerra, ¡habría sido un error condenarlo a más de unos veinte años de prisión! Porque Hitler tenía cincuenta años cuando murió, de modo que si hubiera sido condenado a más que eso, no habría podido "planear un futuro en libertad" -como verdulero o guardia de cruce, tal vez. Las opiniones de Francisco implican que los jueces de Núremberg deberían haber estado al menos abiertos a la posibilidad de dejar ir a Hitler con una sentencia tan leve y permitirle volver a una vida normal, ¡a pesar de ser culpable del Holocausto y de fomentar la Segunda Guerra Mundial! Tal vez Francisco rehuiría estas implicaciones de sus opiniones. Eso esperamos. Pero son las implicaciones de sus opiniones.

Ahora bien, ¿están obligados los católicos a estar de acuerdo con Francisco en que las cadenas perpetuas deben ser abolidas? Yo diría que no están obligados, y por las mismas razones que no están obligados a estar de acuerdo con Francisco sobre la pena capital. Una vez más, está haciendo una afirmación sobre un principio doctrinal o simplemente está haciendo un juicio prudencial, y una vez más, en ninguno de los casos los católicos pueden estar obligados a estar de acuerdo con él.

Consideremos primero la sugerencia de que Francisco está afirmando que las cadenas perpetuas son intrínsecamente erróneas, erróneas como cuestión de principio doctrinal. Tal afirmación sería seriamente problemática desde el punto de vista teológico. El primer problema es que entraría claramente en conflicto con la doctrina católica tradicional. Porque, como ya he señalado, la enseñanza tradicional de la Iglesia es que no es intrínsecamente malo imponer una pena de muerte. Pero si no es intrínsecamente malo infligir una pena de muerte, entonces difícilmente puede ser intrínsecamente malo infligir una pena menor, como la cadena perpetua.

Un segundo problema es que afirmar que es intrínsecamente malo infligir una pena de cadena perpetua, o incluso una pena de prisión muy larga, también entraría en conflicto con la enseñanza tradicional de la Iglesia de que "la autoridad pública legítima tiene el derecho y el deber de infligir un castigo proporcional a la gravedad del delito" (como afirma el Catecismo). Ahora bien, algunos delitos son manifiestamente tan graves que nada que no sea la cadena perpetua sería proporcionado a su gravedad, por ejemplo, los asesinatos en serie y el genocidio. Decir que no sólo la pena de muerte, sino también la cadena perpetua o incluso largas penas de prisión, nunca deben en principio ser infligidas, sería despojar al principio de proporcionalidad de todo significado.

Un tercer problema es que la afirmación de Francisco de que la pena de muerte y los encarcelamientos prolongados privan al delincuente de esperanza parece presuponer una comprensión secular de la esperanza, en lugar de católica. En la teología católica, la esperanza es una virtud teologal. No tiene nada que ver con esperar circunstancias agradables en esta vida. Como escribió San Pablo, "si sólo en esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres" (I Corintios 15:19). Más bien, la esperanza tiene que ver con el deseo de la vida eterna y la confianza en que Dios proveerá las gracias necesarias para alcanzarla. Ahora bien, ni la pena capital ni la cadena perpetua son contrarias a la esperanza en este sentido. Al contrario, como enseña el Catecismo, "cuando [la pena] es aceptada voluntariamente por el culpable, asume el valor de expiación". Y la posibilidad de expiación del pecado es precisamente un motivo de esperanza. Aceptar la pena de muerte o la cadena perpetua como merecimiento propio puede mitigar el castigo temporal que, de otro modo, habría que sufrir en el purgatorio.

Una vez más, pues, leer a Francisco como introductor de una novedad doctrinal tendría implicaciones que ningún católico puede aceptar. Es mejor, pues, interpretar sus observaciones sobre la cadena perpetua como un mero juicio prudencial que los católicos sólo deben considerar respetuosamente, pero con el que no tienen por qué estar de acuerdo.

En cualquier caso, la pregunta que deberíamos hacer a cualquier católico que apele a las enseñanzas de Francisco como prueba de que todos los católicos deben estar a favor de la abolición de la pena capital es la siguiente: ¿Cree también que todos los católicos deben estar a favor de la abolición de la cadena perpetua? Porque Francisco enseña que son moralmente iguales. Por lo tanto, para ser coherente, cualquier católico que concluya que las opiniones de Francisco sobre la cadena perpetua son simplemente un juicio prudencial con el que los católicos pueden no estar de acuerdo, también debería admitir que lo mismo es cierto de las opiniones del papa sobre la pena de muerte.

3. ¿Está de acuerdo con Francisco en que ejecutar a un asesino es peor que lo que hizo el propio asesino?

Aunque cueste creerlo, Francisco ha dicho cosas aún más extrañas que sus comentarios sobre la cadena perpetua. En la carta pública de 2015 citada anteriormente, escribió:
Para un Estado constitucional la pena de muerte representa un fracaso, porque obliga al Estado a matar en nombre de la justicia. Dostoyevsky escribió: “Matar a un asesino es un castigo incomparablemente peor que el crimen mismo. El asesinato por sentencia legal es inconmensurablemente más terrible que el asesinato por un criminal”. La justicia nunca se alcanza matando a un ser humano.
Ahora bien, las palabras más sorprendentes son las que Francisco atribuye a Dostoievski. Pero las cita con aprobación, y lo hace en una carta formal que ha tenido tiempo de meditar y no en comentarios improvisados. Las frases citadas también van seguidas de una frase del propio Bergoglio que afirma rotundamente que la justicia "nunca" se consigue con la pena capital, y la carta también contiene otras observaciones que parecen implicar que la pena capital es intrínsecamente mala. Francisco tampoco dice nada para matizar o corregir la opinión que atribuye a Dostoievski. Así que no es descabellado pensar que él pueda estar de acuerdo con esa opinión.

Pero la opinión en cuestión es extremadamente problemática. En primer lugar, sus implicaciones son absurdas. Alguien que creyera seriamente que la pena capital es peor que lo que hizo el asesino ejecutado tendría que decir, por ejemplo, que la rápida muerte por electrocución infligida a Ted Bundy fue peor que los actos de asesinato, violación, tortura y necrofilia de los que Bundy era culpable. Tendría que decir que lo que hicieron los aliados al ahorcar a los criminales de guerra nazis fue peor que el tipo de cosas que hicieron los criminales de guerra nazis. Y así sucesivamente. Tales conclusiones no sólo son absurdas, son obscenas. Ahora bien, seguramente el propio Francisco no querría sacar estas conclusiones. Pero se deducen del punto de vista que parece respaldar en la carta, aunque no se dé cuenta de ello.

Por otra parte, puesto que el asesinato es intrínsecamente malo, si la pena capital es "incomparablemente peor" e "inconmensurablemente más terrible" que el asesinato -como afirma la cita de Dostoievski-, entonces se deduciría que la pena capital también debe ser intrínsecamente mala. Pero, de nuevo, la afirmación de que la pena capital es intrínsecamente mala es incompatible con la ortodoxia católica.

Un defensor de Francisco podría responder que él estaba hablando aquí meramente de forma retórica e imprecisa, y que no podemos tomar tales observaciones extremas para tener ningún significado doctrinal. Creo que eso es exactamente correcto. Pero ese es precisamente el problema. Las diversas declaraciones de Francisco a lo largo de los años sobre la pena capital son, en general, extremadamente imprecisas. Cuando habla sobre el tema, tiende a decir cosas que implican que la pena capital es intrínsecamente mala, pero también cosas que podrían interpretarse como que es mala sólo en circunstancias modernas. Sin embargo, no da ninguna indicación sobre cómo se supone exactamente que estos conjuntos de observaciones deben conciliarse entre sí, o exactamente cómo deben entenderse las observaciones más extremas si no están destinadas a implicar que la pena capital es intrínsecamente errónea.

Por ejemplo, tomemos las observaciones que hizo Francisco en su discurso del Ángelus del 21 de febrero de 2016, en el que dijo que "Una señal de esperanza está constituida por el desarrollo, en la opinión pública, de una contrariedad cada vez mayor hacia la pena de muerte, también sólo como instrumento de legítima defensa social" (el destacado es nuestro). En el mismo discurso afirmó que el mandamiento de no matar "El mandamiento 'no matarás', tiene valor absoluto y se refiere tanto al inocente como al culpable" y que "También el criminal tiene el derecho inviolable a la vida" (el destacado es nuestro). Ahora bien, Juan Pablo II utilizó algunas frases similares en Evangelium Vitae, que evidentemente influyeron en Francisco. Sin embargo, Francisco introdujo algunos cambios cruciales en la redacción de su predecesor. Juan Pablo escribió que el mandamiento contra matar "tiene valor absoluto cuando se refiere a la persona inocente", y habló del "derecho inviolable a la vida de todo ser humano inocente" (énfasis añadido). Francisco ha modificado estas frases para incluir en su ámbito de aplicación "al culpable" y "al criminal", junto al inocente. Es difícil cuadrar todo esto con la opinión de Juan Pablo II de que la ejecución de los culpables puede ser legítima, al menos en casos excepcionales, como instrumento para defender a la sociedad. En una lectura natural, las observaciones de Francisco en su discurso del Ángelus implican que la ejecución del culpable es siempre e intrínsecamente errónea, incluso cuando no hay otra manera de proteger a la sociedad contra el delincuente.

O tomemos las declaraciones que hizo Francisco en el discurso del 11 de octubre de 2017 en el que anunció por primera vez su intención de modificar el Catecismo. Allí dijo que "Es necesario reafirmar que, por grave que haya sido el delito cometido, la pena de muerte es inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona". Nótese que no dijo que la pena de muerte es inadmisible porque haya otras formas de proteger al inocente. Dijo que es inadmisible porque "atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona". La interpretación natural de esto es que la pena capital es intrínsecamente o por su naturaleza, contraria a la dignidad humana, no contraria a la dignidad humana simplemente si hay otras formas de proteger al inocente. Esto se ve reforzado por otra afirmación en el discurso, en el sentido de que la pena capital es "en sí misma contraria al Evangelio" - lo que significa que es como tal o por su propia naturaleza contraria al Evangelio.

Por otra parte, en el mismo discurso afirma que "aquí no estamos en presencia de ninguna contradicción con la enseñanza del pasado". Eso suena tranquilizador... hasta que lees el resto de la frase, que dice que la razón por la que las declaraciones del papa son coherentes con la enseñanza pasada es que "la Iglesia siempre ha enseñado de manera coherente y autorizada la defensa de la dignidad de la vida humana, desde el primer instante de su concepción hasta su muerte natural". El problema con esto es que cita sólo una parte de la enseñanza pasada. Ignora por completo todas las declaraciones de las Escrituras, de los Padres y Doctores de la Iglesia y de Papas anteriores que afirman explícitamente que la pena capital no es intrínsecamente mala. Lo que hay que explicar es cómo se pueden conciliar las declaraciones de Francisco sobre la pena capital con esa parte de la enseñanza pasada, y sobre esa cuestión el papa guarda silencio.

El mismo problema afecta al cambio en el Catecismo. Por un lado, el texto del cambio se refiere a "sistemas de detención más eficaces" que están disponibles en las sociedades modernas, y a lo que se pide "hoy" por medio de la justicia penal. Esa parte hace que suene como si la pena de muerte no fuera intrínsecamente mala, sino simplemente innecesaria en los tiempos modernos. Por otro lado, el texto también dice que lo que hace necesario un cambio "hoy" es, concretamente, que "Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves", y que "la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona". Esa parte hace que suene más bien como si la pena capital siempre hubiera estado mal, y que sólo ahora nos estamos dando cuenta de ello. Da la impresión de que no se trata simplemente de que los "sistemas de detención" sean más eficaces. Es que la concepción tradicional de la Iglesia sobre la dignidad humana era defectuosa y necesitaba ser revisada. Sin duda, la carta de presentación del cardenal Ladaria en la que se anuncia el cambio insiste en que la revisión del Catecismo "no está en contradicción con las enseñanzas anteriores del Magisterio". Pero nunca explica cómo puede conciliarse con enseñanzas anteriores. ¿Exactamente cómo puede la pena capital no ser intrínsecamente mala si es "un ataque a la inviolabilidad y dignidad de la persona"? Porque si al menos en principio es legítimo ejecutar a un delincuente en determinadas circunstancias, entonces no puede ser inviolable en ese sentido.

Todos estos ejemplos ilustran lo siguiente. El problema con la afirmación de que los católicos están obligados a asentir a las enseñanzas del papa sobre la pena capital es que nunca se aclara exactamente a qué se espera que asintamos. Sí, Francisco dice claramente que la pena capital debe ser abolida. Pero cuando sus críticos dicen que su doctrina es confusa, no quieren decir que esa parte sea confusa. Lo que quieren decir es que no está claro si la oposición de Francisco a la pena capital refleja un cambio doctrinal o simplemente un juicio prudencial. Al igual que los comentarios que cita con aprobación de Dostoievski, las declaraciones de Francisco sobre la pena capital son a menudo tan extremas que, si se toman al pie de la letra, parecen contradecir la enseñanza tradicional, en cuyo caso ningún católico debería aceptarlas. Mientras que si las declaraciones de Francisco no se toman al pie de la letra, sino como mera retórica recalentada que no pretende entrar en conflicto con la enseñanza tradicional, entonces es difícil ver en ellas algo más que una reiteración del juicio meramente prudencial de Juan Pablo II de que la pena capital es legítima en principio pero mejor evitarla en la práctica -un juicio con el que, como enseñó el entonces cardenal Ratzinger, los católicos no están obligados a estar de acuerdo.

En cualquier caso, como he argumentado, los católicos no están obligados a estar de acuerdo. Los que insisten en lo contrario no han visto el dilema que les plantea la imprecisión de Francisco. De su lado sólo tienen pensamientos confusos y ataques ad hominem. En su contra están las Escrituras, los Padres y Doctores de la Iglesia, todos los papas anteriores a Francisco y la lógica básica.


Catholic World Report


EN NOMBRE DEL PAPA REY

Si la Iglesia fuera una empresa, podría decirse que está al borde de la bancarrota; si fuera un país, lo calificaríamos sin duda como Estado fallido; si fuera un movimiento ideológico meramente humano, podríamos certificar su defunción a plazo fijo y constatar su absoluta irrelevancia en la escena pública.

Por Carlos Esteban


La Iglesia, naturalmente, no es nada de eso, y su Fundador hace ya más de dos mil años nos garantizó que duraría hasta el final de los tiempos. Pero no nos dijo cómo, y por lo que podemos ver ahora, con los fríos datos en la mano, no se le adivina un futuro próximo demasiado halagüeño. La anunciada ‘primavera eclesial’ del Concilio (no hace falta decir qué concilio, porque últimamente parece haber habido uno solo en la historia) se tradujo casi inmediatamente en un desplome aterrador en todos los criterios medibles -bautismos, apostasías, laicizaciones de sacerdotes, práctica religiosa…-, una debacle que el pontificado de Francisco no ha hecho más que acelerar.

Había en Occidente un solo ‘colectivo’, por llamarlo de alguna manera, que desafiaba la tendencia general, y era el de los adeptos de la Misa Tradicional. No es una opinión, son números. Se trata de un grupo insignificante, muy reducido, pero que experimenta un crecimiento exponencial en el mismo momento en que Occidente sale en manada de la Iglesia. Y contra él, en medio de los muchos problemas que aquejan a la Iglesia, es contra el que ha preferido cargar Francisco, en una obsesión difícil de explicar.

¿En qué aspecto son un problema los católicos tradicionalistas? No desafían la doctrina, son demasiado pocos para suponer una verdadera molestia (en el peor de los casos), no hacen ruido ni protestan. Y ya estamos ante el tercer documento vaticano contra ellos.

Mientras, la potente locomotora alemana, la Iglesia nacional más rica después de la estadounidense y una de las más influyentes, desafía a diario la autoridad de Roma y la permanencia del mensaje católico, sin que la Curia se lo tome tan en serio. Uno puede bendecir parejas homosexuales contra el dictamen de Roma y mantenerse en su puesto e incluso esperar una promoción. Pero mostrarse indulgente con quienes quieren rendir culto a Dios como lo ha hecho la Iglesia durante miles de años puede suponer el fin de la carrera de cualquier prelado.

Este papa inició su pontificado con la promesa sugerida de un Papado “más colegial”, “más descentralizado”, “más ‘sinodal’”. Pero habría que retrotraerse al Renacimiento para encontrar una estructura de poder real más centralizado, de un episcopado más homogéneo, en el que quien se mueva no sale en la foto y donde del ‘jefe’ se copia no ya el espíritu o la doctrina, sino hasta los dejes, expresiones y opiniones políticas.


InfoVaticana


sábado, 25 de febrero de 2023

PREPARANDO EL NOVUS ORDO MISSAE (LXVIII)

Cualquiera que se proponga considerar las reformas de Pío XII en su detalle histórico no puede dejar de notar la secuencia de eventos que las unen con el Novus Ordo Missae.

Por la Dra. Carol Byrne


En la Instrucción De musicae sacrae (1955), la “Misa comunitaria” fue, para regocijo de los reformadores progresistas, aprobada explícitamente por el Papa, hasta el más mínimo detalle de “participación activa” de los laicos. La Instrucción sentó las bases para la creación final del Novus Ordo Missae en la medida en que dio a los laicos un papel integral en la celebración de la Misa:

§ 19: “en las misas rezadas pueden ayudar mucho a que los fieles no asistan al santo sacrificio como espectadores mudos e inactivos, sino que acompañen la sagrada acción con su espíritu y con su voz y unan su piedad a las oraciones del sacerdote”. [énfasis añadido]

Para que algo sea una ‘sagrada acción’ de la liturgia, debe ser un elemento intrínseco de aquellas actividades de las que se compone la liturgia, necesaria para su integridad, y una sin la cual el actor principal (el sacerdote) no puede funcionar correctamente.

Por supuesto, el § 19 significaba que los textos prescritos debían cantarse en su totalidad. Sin embargo, se transmite la impresión, a través de una redacción elíptica, de que cuando los laicos cantan los textos litúrgicos, su “participación activa” es tan integral a la liturgia como el canto del sacerdote, sus ministros y el coro. Pero ese es un punto de vista protestante, no católico: fue Lutero quien igualó la importancia de la congregación y el coro y sostuvo que el canto de la congregación no era menos integral al servicio.

Tradicionalmente los clérigos o monjes componían el coro de la iglesia - Foto de New Liturgical Movement

Si deseamos conocer la auténtica posición católica que guió a la Iglesia a lo largo de la Historia, la expresó el Papa Pío X:
“La Iglesia es una sociedad humana, en la cual existen autoridades con pleno y perfecto poder para gobernar, enseñar y juzgar. Esta sociedad es, por lo tanto, en virtud de su misma naturaleza, una sociedad jerárquica; es decir, una sociedad compuesta de distintas categorías de personas: los pastores y el rebaño, esto es, los que ocupan un puesto en los diferentes grados de la jerarquía y la multitud de los fieles” (1).
En el contexto de este sistema de dos niveles, es de la mayor importancia que el coro haya sido tradicionalmente considerado una clase aparte de la congregación porque su función de cantar los textos litúrgicos pertenece a los obispos y al clero. En otras palabras, el coro es esencialmente una entidad clerical.

Se sigue, por lo tanto, que los miembros del coro, aunque sean laicos, ejercen “un verdadero oficio litúrgico”, para lo cual se establece que deben “vestir el hábito y la sobrepelliz eclesiásticos” (2).

En cuanto a la otra categoría de personas incluidas en la “multitud de los fieles”, Pío X no les dio instrucciones específicas, por lo que podemos inferir que no tenían la obligación de cantar los textos litúrgicos. Esto es indiscutiblemente claro en su explicación de que, además del canto del “celebrante en el altar y los ministros”, “todo el resto del canto litúrgico pertenece al coro” (3) [énfasis añadido].

Los fieles ordinarios, por lo tanto, por definición no estaban incluidos entre los cantantes que realizaban funciones litúrgicas. Por lo tanto, no hay motivos para creer que Pío X tenía en mente una interpretación congregacional cuando emitió su motu proprio sobre Música Sacra en 1903.

Incluso antes de convertirse en Papa, cuando era obispo de Mantua y patriarca de Venecia, el futuro Pío X publicó documentos sobre la música sacra (4). Es interesante que, si bien todos son prácticamente idénticos en redacción y contenido al motu proprio latino de 1903, ninguno de ellos mencionó la “participación activa” de los laicos, ni siquiera abordó el tema del canto congregacional.


Contraste con Pío XII

Muy diferente fue el enfoque de Pío XII bajo la influencia del Movimiento Litúrgico. No sólo exhortó al canto comunitario de la Misa, sino que emitió un mandato positivo para su cumplimiento:

Lo que tenemos hoy: vocalistas mal vestidos lideran el canto congregacional

“Cuiden oportunamente de recoger tales cánticos, sistematizándolos a fin de que los fieles puedan aprenderlos más fácilmente, cantarlos con más familiaridad y retenerlos más fijos en la memoria” (De musicae sacrae § 20)

No hay nada comparable en ninguno de los documentos firmados personalmente por Pío X, ya sea antes o durante su papado. Siempre había promovido la formación de coros de voces masculinas [5], particularmente entre los seminaristas, y las instrucciones que impartía en su motu proprio para la formación en canto gregoriano estaban dirigidas exclusivamente a clérigos, seminaristas y coros. La única “participación activa” que promovía para los laicos era en la esfera temporal, a la que debían infundir principios cristianos.

Como hemos visto, las rúbricas obligatorias para el activismo laico en la liturgia fueron una invención de Pío XII y aparecieron por primera vez en el Ordo de Semana Santa de 1956. Esta innovación se desarrolló más tarde en la Constitución sobre la Liturgia del Vaticano II, que estipulaba: “En la revisión de los libros litúrgicos, téngase muy en cuenta que en las rúbricas esté prevista también la participación de los fieles (Sacrosanctum Concilium § 31).


La asamblea preeminente desplaza al sacerdote celebrante

Cuando se produjo la Instrucción General del Novus Ordo en 1969, el Cardenal Ottaviani señaló sus “referencias obsesivas al carácter comunitario de la Misa”, añadiendo que “el papel atribuido para los fieles es autónomo, absoluto y, por lo tanto, completamente falso”.

Monjes cantando en procesión

La culpa de esta desviación de la Tradición puede achacarse a la “nueva teología” propugnada por el Movimiento Litúrgico -y posteriormente adoptada por el Vaticano II-, que rechazó el paradigma claramente definido de dos niveles clero-laicado y redefinió la Constitución de la Iglesia como una “comunión” homogénea de todos los fieles.

Los innovadores litúrgicos redujeron al sacerdote al mismo nivel que los laicos sobre la base de su “sacerdocio común”, siendo la única diferencia perceptible las funciones que les fueron asignadas en la liturgia. Así, el sacerdocio sacramental se disolvió en el “sacerdocio universal de todos los creyentes” que pregonaba Lutero.

De este error fundamental, que encubre la diferencia de esencia entre los fieles bautizados y el sacerdocio ordenado, surgió el novedoso concepto de que la congregación tenía tanto el derecho como el deber de cantar o recitar textos litúrgicos antes reservados al clero.

¿Cómo empezó a arraigar en la Iglesia una distorsión tan sorprendente de la distinción entre clero y laicado, que recuerda a la abolición del sacerdocio por Lutero?

Pío XII incubó las primeras etapas del proceso concediendo muchos de los desiderata de los reformadores en el ámbito de la “participación activa” de los laicos. Si, como afirma De musicae sacrae, el canto de los textos litúrgicos por parte de todos es parte integrante de la liturgia, básicamente sólo hay un celebrante: la asamblea (6).

Y todos los que ejercen el papel de cantores -el celebrante, el clero, el coro, el solista, la congregación- lo hacen como miembros de la asamblea. El canto de la asamblea se convierte ipso facto en más importante que el de cualquier individuo, incluido el sacerdote celebrante.

Sin embargo, pocos perciben hoy la naturaleza ideológica del motor que tira del tren del Movimiento Litúrgico, o se dan cuenta de la cuestión más profunda y subversiva para la Iglesia: la disminución del papel del celebrante en la Misa y la facilidad con que los laicos pueden asumir el ministerio de los sacerdotes. En efecto, lo que impugnaban los reformadores progresistas desde Beauduin hasta el Vaticano II era el derecho del clero a cantar o decir misa -que es su función divinamente designada- sin que el pueblo se inmiscuyera en la acción litúrgica.

La consecuencia inevitable de la nueva teología litúrgica fue la desclericalización de la liturgia para centrarse en la primacía de la asamblea. 

Continúa...


Notas:

1) Pío X, Vehementer nos, 1906, § 8.

2) Pío X, Tra le Sollecitudini, 1 903, §§ 13, 14.

3) Ibídem. , § 12. Debemos mencionar brevemente los informes populares de una carta, difundida por Internet, supuestamente escrita por Pío X, antes de convertirse en Papa, al obispo Callegari de Padua. En él, se le cita favoreciendo el canto congregacional en la liturgia incluso por encima de la polifonía. Hay varias versiones diferentes de la carta, cada una de las cuales pretende ser el texto original, y se presentan como “prueba”. Pero no se da ninguna fuente de archivo con la que verificar la autenticidad de la carta.
Investigaciones posteriores revelan que la carta se originó a partir de los primeros biógrafos de Pío X, cada uno de los cuales agregó su propia interpretación creativa para respaldar su idea subjetiva de lo que el Papa debe haber dicho, de modo que la narración final es, como en el juego infantil de Susurros chinos, una completa distorsión. Así, se crea una falsa “autoridad” para sustentar una posición ideológica.

4) Estos son los Decretos sinodales de 1888 en Mantua, el Votum (Informe) de 1893 en respuesta al cuestionario de León XIII sobre Música Sacra y la Carta pastoral de 1895 al clero de Venecia. Ver aquí.

5) Desde el inicio de su ministerio sacerdotal -como coadjutor en Tombolo, párroco en Salzano, obispo de Mantua y patriarca de Venecia- formó coros de niños y hombres, y los entrenó personalmente en el canto gregoriano.

6) Esta es la “nueva teología” del Catecismo de la Iglesia Católica (1992) que establece que: “En una celebración litúrgica, toda la asamblea es leitourgos [el celebrante]”. § 1188


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Tradition in Action


EL PLAN DE DESTRUCCIÓN SIGUE ADELANTE

Rumores confirmados: los sacerdotes ordenados después de Traditionis custodes no podrán celebrar Misa Tradicional sin autorización de Roma.


Lo veníamos anunciando desde hace algunos días y es que ya sabemos que cuando se habla de rumores en Roma, suelen ser ciertos pasado un tiempo.

Francisco apoyado por el cardenal Arthur Roche, Prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha publicado un rescripto sobre el motu proprio Traditionis Custodes.

Los dos puntos que han sido objeto de varias interpretaciones y discusiones recientes en los medios se refieren al uso de iglesias parroquiales y el posible establecimiento de parroquias personales para grupos que celebran según el misal de 1962 promulgado por Juan XXIII y la celebración de la Misa Tradicional por parte de los sacerdotes que fueron ordenados después del 16 de julio de 2021, es decir, después de la publicación del motu proprio.

El santo padre, en la audiencia concedida el 20 de febrero de este año al suscrito Cardenal Prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, confirmó lo siguiente con respecto a la implementación de su Motu Proprio Traditionis Custodes del 16 de julio de 2021.

En este rescripto, Bergoglio especifica las dispensas reservadas de manera especial a la Sede Apostólica. Por un lado, como comentábamos antes, el uso de una iglesia parroquial o la erección de una parroquia personal para la celebración de la Eucaristía según el Missale Romanum de 1962 (cf. Traditionis Custodes art. 3 §2); por otro lado, será la Sede Apostólica quien dará la concesión de la licencia a los sacerdotes ordenados después de la publicación del Motu proprio Traditionis Custodes para celebrar con el Missale Romanum de 1962 (cf. Traditionis Custodes art. 4).

Además, en este nuevo escrito, se afirma que “tal y como establece el art. 7 del Motu proprio Traditionis Custodes, el Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ejerce la autoridad de la Santa Sede en los casos antes mencionados, supervisando el cumplimiento de las disposiciones”.

También se especifica que “si un Obispo diocesano ha concedido dispensas en los dos casos mencionados anteriormente, está obligado a informar al Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que evaluará los casos individuales”.

Además, el santo padre confirma -habiendo expresado ya su asentimiento en la audiencia del 18 de noviembre de 2021- lo establecido en la Responsa ad dubia con las Notas Explicativas anexas del 4 de diciembre de 2021.

De este modo, Bergoglio y el Dicasterio del Culto Divino siguen poniendo el foco en poner trabas y palos en las ruedas a aquellos que prefieren asistir a Misa Tradicional. Esta operación, de nuevo poco “sinodal”, se enmarca en el marco de regular y uniformizar la Iglesia acorde a los principios y parámetros del Concilio Vaticano II. A pesar de que los católicos tradicionales no reniegan de la unidad con Roma y con el Romano Pontífice, se sigue maltratando a esta realidad dentro de la Iglesia, lo cual contrasta con la laxitud que se muestra con los herejes que aparecen todos los días en prensa que aprovechan el Sínodo para confundir y destrozar la Iglesia desde dentro sin que se tomen medidas desde Roma.


InfoVaticana


UNA NUEVA FE CATÓLICA PARA QUE LOS NIÑOS LA ABANDONEN

Mi corazón sangra por estos niños criados en nuestros tiempos. No saben lo que se les ha hecho, y su camino hacia la salida del catolicismo es amplio y fácil. Rezo para que no abandonen la Fe Católica.

Por Dan Millette


Me estoy imaginando un pequeño pueblo francófono de una pradera canadiense en los años treinta. Quizás no sea sincero encogerse de hombros y declarar simplemente que corren tiempos difíciles. Cuando las tormentas de polvo que dañaron enormemente la ecología y la agricultura sustituyeron a la comida y el agua, y las raíces y las bayas eran el plato habitual en la mesa de una familia numerosa, el sufrimiento abundaba. Vivir a la sombra de la muerte era una realidad. Los únicos que estaban al lado de los agricultores eran los sacerdotes y los religiosos.

Pero la Fe Católica seguía siendo fuerte. Los domingos por la mañana, los campesinos se levantaban temprano para cuidar del ganado. Se lavaban rápidamente y las familias se dirigían a caballo y en carreta a la pequeña iglesia rural. La iglesia era una estructura robusta, decorativa y bien mantenida. De hecho, era el edificio más bonito en kilómetros a la redonda. Primero se escuchaba una misa baja. Algunos recibían la Sagrada Comunión. Otros, cansados por la necesidad de sustento mientras cuidaban de sus animales, no lo hacían. Después, el sacerdote invitaba a las familias a la rectoría. Les daba de desayunar y leía un viejo catecismo. Tanto jóvenes como mayores eran instruidos en la fe. A continuación, todos volvían a la iglesia para la misa mayor cantada. Los campesinos se enorgullecían del potente coro. Los cantos eran siempre posibles, pues había voluntad de hacerlos. Por último, las familias recogían sus cosas y se iban a casa, aunque algunas regresaban para las vísperas vespertinas. A pesar de los tiempos difíciles, había consuelo y fuerza en la presencia de la Fe Católica. Era más que una fe: era una forma de vida.

Sé que el relato anterior es cierto, porque mi abuela de 96 años me lo ha contado. Ha recordado esos días con un brillo en los ojos y un profundo anhelo; un anhelo lleno de dolor por lo que fue. Que pueda despertarse por la noche y oír en su mente un canto en latín de 85 años antes, lo dice todo. Por la gracia de Dios, morirá católica. Y me imagino que su visión del cielo incluye segmentos de su infancia, donde la sencillez se encontraba con la fuerza; donde la devoción se encontraba con le bon Dieu.

Aquellos días no se desvanecieron. Fueron hechos añicos con malicia y engaño. Lo que siguió en el pequeño pueblo fueron guitarras, minifaldas e incluso un cura criminal. Pronto se construyó una nueva iglesia. Mi tío bromeó una vez diciendo que el nuevo edificio sería un gran galpón para su cosechadora. Quizá algún día se convierta en eso. Por ahora, el nuevo edificio de la iglesia acoge poco más que los funerales de los pocos católicos que quedan.

No recuerdo el pasado para evitar el presente. Más bien, lo hago a modo de contraste. Para demostrar que el catolicismo moderno se separa deliberadamente de su propio ser. Con la rigidez del antitradicionalismo viene la esclavitud de la originalidad. Una “originalidad” inventada vacía de sus orígenes católicos.

Pensemos en lo que un niño de hoy experimentará de la fe. No será de comunidad, sacrificio, belleza y paz. Ante todo, ese niño recordará cómo su iglesia fue clausurada durante la época en que todo el mundo tenía miedo de respirar en público. Recordará que se quedó en casa y que sólo salió meses (o años) después, en bancos aislados, con mascarillas, desinfectante y miedo continuo.

Pero mirando más allá de los últimos tres años, ese niño conocerá los domingos como una tarea. Iglesias medio vacías de gente mayor. Pocos de sus amigos, si es que alguno, estarán en misa. El edificio tendrá moquetas manchadas, sustituidas por última vez en los años 90 y que ahora muestran su antigüedad, bancos desgastados por la limpieza constante y estandartes más descoloridos, más llamativos, de lo habitual. El niño puede ser llevado a la "liturgia infantil" durante la misa (si hay suficientes niños presentes). Las manualidades con palitos de helado, pegamento y purpurina serán suficientes para participar del Santo Sacrificio de la Misa. Al menos el niño se ahorrará una larga homilía y uno o dos himnos sentimentales, si es que puede sobrevivir sin oír que los amigos son como flores, hermosas flores. Es posible que el niño vuelva más tarde a la misa para contemplar el espectáculo habitual de pocas genuflexiones, menos momentos adecuados para la oración y, por supuesto, la Comunión en la mano. La misa terminará con alguna charla, tal vez un cumpleaños feliz cantado, y mucho alivio. Otro domingo soportado.

Lo que digo es bastante común. Pero es mucho más que esto. Este tipo de catolicismo debe seguir “evolucionando” mientras huye de la Tradición. En definitiva, debe seguir siendo siempre nuevo, siempre chocante.

Pondré un ejemplo. Tengo en mis manos el último ejemplar del misal dominical canadiense “Vivir con Cristo”. Por mucho que hablemos de “salvar árboles” en la Iglesia moderna, nos gusta aún más generar ventas anuales y mensuales de misales. En este caso, me uniré a los defensores de los árboles del mundo para lamentarme por los árboles sacrificados en este empeño.

Dejo atrás las lecturas dominicales habituales, ajustadas a un nivel de lectura de cuarto curso, y llego a la sección de “oraciones sugeridas”. Lo primero que me llama la atención es el Vía Crucis. Cada una de las catorce estaciones ha sido “reimaginada”. La primera estación es la Última Cena. La segunda es la de Getsemaní. Y a continuación la decimotercera y la decimocuarta, el Nuevo Sepulcro y la Resurrección. Las reflexiones giran en torno a la amistad, el materialismo y la no violencia hacia la humanidad.

¿Por qué hacen esto? ¿Por qué “recrean” el Vía Crucis? ¿Por qué sustituyen la meditación fructífera por comentarios sobre la “justicia social”? Porque no hay que recordar lo que fue, cómo se vivía y rezaba la Fe. No podemos unir el pasado al presente. En el fondo, es un odio a uno mismo.

Esto está en todas partes. Nuestra parroquia pagó mucho dinero por el último catecismo promovido por la diócesis. Creo que lo publicaron los jesuitas. Cometí el error de hojear estos caros libros. No había casi ninguna enseñanza católica sin “recrear”. El Credo se repetía en términos más “comprensibles”. Los Diez Mandamientos se presentaban menos severos y más “inclusivos”. Menos... pecaminosos, si me entienden. En general, no era un catecismo de catolicismo, sino de “justicia social”. Era, en una palabra, jesuítico. Era literalmente un “al diablo” con nuestros hijos.

A noventa años de distancia de la fe sencilla de nuestros antepasados, podemos decir sin temor a equivocarnos que los niños están siendo educados en un “nuevo catolicismo”. ¿Sabrá un niño de hoy lo que es una procesión de Corpus Christi? ¿O una coronación de María? ¿Ha sentido alguna vez el incienso en misa? ¿Tiene idea de cómo son las Vísperas dominicales en una parroquia? ¿O conoce el sonido del latín? ¿Ha visto alguna vez a una monja con hábito o a un sacerdote con sotana? ¿Reconocerá los Diez Mandamientos, la reconfortante repetición del Rosario o la solemnidad de vestirse con las mejores galas para ir a misa? Imagino que no reconocerá ninguna de ellas, ni otras mil realidades católicas. Fuera lo “viejo vergonzoso”, dentro lo “nuevo ilustrado”. Es el incesante afán de “originalidad”, mientras se separa la fe de sus orígenes. Un pecado de “originalidad”.

Quizás llegue un día en el futuro en el que miremos al pasado en busca de sabiduría. Tal vez lleguen oraciones del cielo de aquellos que vivieron la Fe Católica de un pequeño pueblo de Canadá de los años treinta. Con benevolencia y caridad, pedirán a Dios que lleve a los pequeños a la verdadera Fe. Pero vivimos en el presente. Una época en la que los católicos están abandonando la Fe en cifras récord. Almas reales de niños reales están siendo puestas en peligro. Mi corazón sangra por esos niños criados en nuestros tiempos. No saben lo que se les ha hecho, y su camino hacia la salida del catolicismo es amplio y fácil. Rezo para que no abandonen la fe católica.

Pero en realidad, la fe católica los abandonó a ellos primero.


Fotografía: Un servicio de bendición como parte de una jornada de acción en desafío a la decisión del Vaticano sobre las uniones entre personas del mismo sexo en la Iglesia de la Juventud de Wurzburgo, Alemania.

viernes, 24 de febrero de 2023

COMO PILATOS, LA HUMANIDAD MATA LA VERDAD

Todo lo que antes era obvio y estaba establecido es ahora, a los ojos del mundo, obsoleto e incluso molesto. Mejor no pensar y disfrutar del momento, mejor no hacerse preguntas...

Por Daniele Logoluso


Este vacío existencial generalizado que recorre todos los sectores de la vida humana, desde lo social a lo económico, pasando por la escuela y la familia, hasta llegar a lo artístico e intelectual, ha permitido la consolidación de ideologías contrarias a la razón y a la ética, que de forma violenta han subvertido el orden deseado desde arriba, instaurando de hecho el desorden disfrazado de libertad. 

La política de "encogimiento de hombros", perpetrada por cada individuo, desde el ama de casa hasta el director de empresa, pasando por los órganos institucionales y de élite, ha permitido que personajes viscosos, situados en lugares estratégicos, propaguen e impongan a la opinión pública ideas que desbaratan lo bello y lo verdadero, en favor de un clima de odio, de lo feo y de lo incierto. 

El problema no reside únicamente en el poder económico, que permite a algunos operar superpartes, aunque desempeñe un papel importante y a menudo decisivo, sino en la falta de perspectiva superior por parte del ser humano, que sufre casi pasivamente los vientos de esta acción, que yo calificaría de demoníaca. 

Hemos aceptado la idea de que la única finalidad del hombre es disfrutar de bienes efímeros, satisfaciendo las necesidades más bajas de la carnalidad, en detrimento de su ser espiritual y de su singularidad. Homologación, liquidez, trivialidad, idiotez, superficialidad y momentaneidad se han convertido en los nuevos mandamientos: destruir en vez de construir, romper en vez de fortalecer, separar en vez de unir, rebajar en vez de elevar, perder en vez de salvar. 

Este es el mantra que el hombre moderno repite incansablemente, sin darse cuenta de que es la base de las cadenas que lo mantienen esclavizado y encadenado a un régimen ideológico mucho peor que las dictaduras del pasado, del que es necesario liberarse cuanto antes, so pena de un dramático epílogo sin remedio.

En el habla cotidiana ya no existe el 'per semper' sino sólo el 'carpe diem', concepto que se ha bordado abundantemente para justificar actitudes ilícitas y fugaces, sin tener en cuenta las graves consecuencias de cada acto individual en su totalidad y complejidad. 

La consecuencia es el derrocamiento de los valores sólidos y así la familia natural -consagrada en el matrimonio- se convierte en una jaula, los hijos en un problema, la enfermedad en un obstáculo, el amor a los demás en una debilidad, la honradez en una locura, la coherencia en una quimera, la fe y la moral en una ilusión sentimentalista.

Todo lo que antes era obvio y estaba establecido es ahora, a los ojos del mundo, obsoleto e incluso molesto. Mejor no pensar y disfrutar del momento, mejor no hacerse preguntas, tal vez ir contracorriente después de haber evaluado objetivamente los hechos, demasiado incómodo y comprometer todo esto para el propio trabajo futuro, ¡no podemos encontrarnos nadando contracorriente, esforzándonos y que luego se rían de nosotros!

Esta anestesia colectiva, inducida y en gran medida aceptada por la mayoría de la gente, nos ha convertido en veletas continuamente golpeadas por el viento ideológico del momento, que primero habla de igualdad de derechos y libertad de expresión pero luego persigue esquizofrénicamente a quienes no se alinean con el pensamiento único; primero te quita el trabajo, la dignidad y la libertad de movimiento, así como la libertad de elegir si aceptas o no un suero experimental en tu propio cuerpo, y luego celebra el Día del Recuerdo y defiende la constitución y la libertad de pensamiento en la televisión, entre otras cosas con una hipócrita despreocupación por la realidad de los hechos que resulta increíble.

Para restablecer la lógica, el equilibrio, el sentido común, el respeto, el amor y el espíritu de compartir, es necesario un cambio de paradigma buscando ante todo la verdad, la verdad inmutable, la verdad que desquicia los corazones y nunca se marchita, la verdad que mueve montañas y te impulsa a dar la vida, la verdad que puede congregar a la gente y cambiar la sociedad, la verdad que reaviva lo que antes estaba muerto. La clave se encuentra en Juan 18:38, cuando Poncio Pilato preguntó al hombre que tenía delante: "¿Quid est veritas?". El hombre guardó silencio porque él mismo era la respuesta a esa pregunta, pero el prefecto no lo reconoció...


Spirito di Verita TV


IDENTIDAD DIGITAL, LA OCASIÓN DEL GRAN DESPERTAR

IDENTIDAD DIGITAL: por qué es crucial no unirse.

Por Leonardo Guerra


La reciente experiencia de Cov1d ha sacado a la luz del día el verdadero rostro autoritario e inhumano del poder que controla la UE, los Estados, sus órganos y los gobiernos que se han sucedido en la gestión de nuestra sociedad, especialmente en los últimos tres años.

También nos hemos dado cuenta de que la vía judicial, con la que todos los ciudadanos contaban y esperaban, es de hecho impracticable porque está también controlada, salvo raras excepciones. De hecho, el poder judicial legitimó rápidamente la obligatoriedad de la vacunación deseada por las autoridades. No se trata de un caso exclusivo en un único país, de hecho, ocurrió lo mismo en todos los países, donde los jueces la aprobaron, calificándola de “legítima”, así también como las detenciones arbitrarias.

Pero, ¿qué es la Identidad Digital y en qué consiste?

La Identidad Digital (o Cartera de Identidad Digital) es un espacio electrónico único y centralizado donde todos los datos personales y sensibles pueden ser recogidos, almacenados y gestionados de forma integrada por empresas y gobiernos, a distancia. Mediante el cual cada usuario puede, a través de Internet, ser rastreado, identificado y vinculado unívocamente a una persona física con un código QR. Esto significa el fin del anonimato y la privacidad en Internet. Cada comentario, cada historial médico, cada pago y cada "tweet" pueden ser rastreados hasta ti, como persona. También significa que gobiernos y empresas pueden decidir las condiciones de tu acceso o no a sus servicios y/o instalaciones en función de esos datos y opiniones expresadas.

Representa el salto evolutivo, previsto, del “Pase Verde”, que con su código QR, durante la “emergencia san1tar1a”, dictaba las condiciones de acceso a la vida social (sólo podías acceder si habías recibido la dos1s prevista), controlaba y rastreaba el número de dos1s que cada uno de nosotros se había 1nyectado de la სαcuna. A todos los efectos, era un “pase” que estaba pensado para aplicarse a todos los ámbitos de la vida humana y convertirse en el futuro, en su desarrollo ampliado, también en una auténtica “cartilla personal que autoriza la compra de víveres” para el racionamiento, previsto desde hace años por distintos gobiernos, de bienes como la energía, el combustible, los viajes, la huella de carbono, etc.

El punto de llegada del “pase verde” es, por lo tanto, la Identidad Digital que completa el proyecto de vigilancia y control de las personas a través de esta 'jaula digital'. En la práctica, se aplica una libertad subordinada al 'buen comportamiento' del individuo, que dependerá de la declinación del llamado 'bien común' que el Estado definirá arbitrariamente, como ya ocurrió con el encierro durante el Cov1d.

La identificación digital es exactamente el sistema tecnológico de gestión de la sociedad vigente en China, al que aspiran muchos Estados occidentales llamados “democráticos”. En todos ellos, el proceso completo de vigilancia social lleva ya años implantado con herramientas parciales y menos evolucionadas, y por eso están deseando introducir el electrónico con el código QR. Los chinos, por su forma de comportarse, pueden o no tener acceso a las transacciones de pago. Pueden o no irse de vacaciones. Pueden o no tener acceso al transporte público, a las instalaciones deportivas, a las discotecas. También controlan sus contactos para distinguir y tratar de forma diferente a “buenos y malos ciudadanos”. A todos los efectos, un sistema de segregación y trato diferenciado y estratificado de grupos de personas y ciudadanos individuales, controlados a distancia. Para envidia de las series distópicas más terroríficas de Netflix de los últimos 20 años (garantizando mediante programación predictiva, una técnica persuasiva subliminal, una progresiva insensibilización de las masas) con un vasto potencial de aplicación, gracias a la tecnología 5G, el dinero electrónico y el reconocimiento facial.

Todas las tecnologías son neutras en sí mismas, pero es el uso que se les da lo que las hace útiles o perjudiciales para el ser humano. Queremos una tecnología que sirva al hombre, que le ayude a mejorarse a sí mismo y a mejorar sus condiciones de vida. No al revés, que es lo que pretenden nuestros gobernantes: “el hombre al servicio de la técnica y del poder”. Queremos vivir una vida plena y libre, no sobrevivir acosados por sociópatas inadaptados. Lo que ya hemos vivido durante estos últimos años, y los preocupantes signos de continuidad de los nuevos gobiernos, deben necesariamente hacernos reflexionar y abrir nuestras mentes con los circuitos oxidados por el lavado de cerebro Cov1d.

Los auténticos expertos y científicos llevan mucho tiempo advirtiéndonos, pero sus advertencias nunca son recogidas por los principales periódicos y a la gente, como siempre, se la mantiene en la oscuridad. El peligro no sólo es muy real, sino también muy grave.

La infraestructura que soportará el DNI Digital centralizado está prevista y será financiada, a base de deuda (otra jaula, la financiera, clásica), por la UE. Bajo el pretexto de la “salud pública”, están dirigiendo todas las inversiones de nuestros gobiernos hacia donde pertenecen exclusivamente, hacia un inquietante sistema de control y vigilancia de la población.

Es conveniente, por lo tanto, empezar a concientizar a todas las personas de que NO deben activar su documento de identidad digital ni su monedero digital.

Recordemos, pues, cómo razonan nuestros gobernantes, cual es su “forma mentis”. Ya deberíamos saberlo muy bien. Pero veamos los hechos concretos, desligándolos de los 3 años de la llamada pαndem1α Cov1d”.

JEAN-CLAUDE JUNCKER, expresidente de la Comisión Europea de 2014 a 2019, nos ofrece una oportunidad con sus declaraciones “sin tapujos” debido a su sentido de omnipotencia, superioridad, desprecio e indiferencia hacia los ciudadanos. He aquí su descripción de las piedras angulares en las que se ha basado históricamente el proceso de toma de decisiones de la Comisión Europea: “Tomamos una decisión, la ponemos sobre la mesa y esperamos un tiempo a ver qué pasa. Si no provoca protestas o disturbios, porque la mayoría de la gente no entiende nada de lo que se ha decidido, seguimos adelante paso a paso hasta el punto de no retorno”. (Fuente: 2000: AUSLAND - DIE BRÜSSELER REPUBLIK).


Deciden lo que les interesa y luego aplican el viejo principio de la “rana hervida” y el “pueblo ganado”, que es también el principio de la sociedad fabiana. Tony Blair es uno de sus representantes. Les recuerdo que está siendo investigado por crímenes de guerra. Tenemos muchos (demasiados) de ellos en puestos de poder.

Juegan con los términos para confundir a la gente y engañarla. Utilizan el idioma a destiempo como forma de burla y prueba para recabar opiniones y sondear.

La aceptación del DNI Digital es voluntaria, nadie puede imponérnosla. La adhesión es, por lo tanto, una elección libre del individuo. Sin embargo, harán lo que sea para "incentivarnos" a adherirnos o lo que sea para obligar a aceptarlo a quienes no quieran hacerlo.

Las SMART CITIES/las llamadas 'Ciudades de 15 minutos' de la Agenda 2030 de la ONU también se basan en la entrada en vigor del BILLETE DIGITAL. Auténticos 'guetos electrónicos'. Todo está conectado.

Este pasaje clave puede convertirse, por lo tanto, en una absoluta 'rotonda' para la sustracción definitiva de todos nuestros derechos constitucionales y humanos, y no menos de la libertad. Pensar que los derechos se nos deben por definición fue el gran error cometido durante la emergencia plandémica que nos ha llevado a donde estamos hoy.

Por lo tanto, es crucial que la mayoría de los ciudadanos no se sumen a esta iniciativa esta vez, para que acabe exactamente igual que la aplicación que exigían llevar en el teléfono celular para controlar los movimientos de quienes la portaran.

¿Qué hay que hacer para no activarla?

Cuando te entreguen los códigos PIN y PUK del Documento de Identidad Digital, para que los cotejes con los de tu Documento de Identidad Electrónico, es fundamental que NO los utilices, que NO vayas al sitio indicado SIN MOTIVO, que NO abras ninguna de tus cuentas y que NO las actives, cotejando los dos códigos PIN y PUK que te entreguen con los de tu Documento de Identidad.

Si haces esto, activarás automáticamente tu CARTERA DIGITAL / IDENTIDAD DIGITAL con un apoderamiento perpetuo al estado y no podrás salir de él. ¡Debemos aprender de nuestros errores para evitar que la historia se repita... por lo tanto, “Errare human est, perseverare diabolicum”! La elección depende de todos nosotros.


Il Blog di Sabino Paciolla