domingo, 6 de septiembre de 2026

DOCUMENTOS RELATIVOS A LA REVOLUCIÓN

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.

TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

III

DOCUMENTOS RELATIVOS A LA REVOLUCIÓN

Estos documentos podrían ser bastante numerosos. Nos contentaremos con dar tres que podrán confirmar a nuestros lectores en esta doble convicción: que la Revolución de finales del siglo XVIII fue un primer intento de duplicar los principios enseñados en las Logias y en las retaguardias; que este crimen social fue obra de los masones.

I - LIBROS QUE DESCRIBEN EL AVANCE DE LA REVOLUCIÓN

En 1771, uno de los corifeos del filosofismo, más tarde convencional, Sébastien Mercier, publicó, bajo este título: L'an 2240 ou rêve s'il en fut jamais (El año 2240 o el sueño si alguna vez hubo uno), un extraño libro en el que estaban claramente indicados todos los acontecimientos que iban a tener lugar, dieciocho años después. Incluso podemos creer, según una nota del cap. II, que lleva por título: J’ai sept cents ans (Tengo setecientos años), que fue escrito en 1786, es decir treinta años antes de que se pusiera en marcha la máquina montada en el secreto de las Logias de retaguardia para transformar Francia.
 
Este libro no tardó en hacerse conocido en Roma, pues en un folleto impreso en esta ciudad en 1797, leemos lo siguiente: “Un hombre que conocía bien lo que estaba pasando -el señor Mercier- regaló al público una obra cuyos acontecimientos hacían muy notables, pero que luego fue tomada como una novela, porque sólo hablaba de lo que sucedería dentro de siete siglos, estaba escrita bajo el emblema de un sueño y anunciaba cosas que, aunque desgraciadamente se han hecho realidad, se consideraban, en aquel momento, como imposibles”.

En este libro, Mercier anunció lo siguiente. En el capítulo uno: la soberanía absoluta es abolida por los Estados reunidos; — la monarquía ya no existe; — el rastrillo, la lanzadera, el martillo son más brillantes que el cetro; — ¿Por qué el gobierno no sería republicano? Será el tiempo terrible y sangriento de una guerra civil, pero la señal de la libertad: un remedio terrible, pero necesario; — la Bastilla es derrocada; — los monasterios son abolidos, los monjes se casan, se permite el divorcio, el Papa es desposeído de sus Estados. “Oh Roma -dijo Mercier- ¡cómo te odio! ¡Que todos los corazones inflamados de justo odio sientan el mismo horror que yo siento por tu nombre!” Este capítulo se titulaba: Pas si éloigné qu'on ne le pense! (¡No tan lejos como crees!)

La destrucción de la Bastilla, como acabamos de decir, se anuncia allí al pie de la letra (p. 36). “Me dijeron que la Bastilla había sido derribada de arriba abajo, como resultado, sin duda, de ese odio virtuoso que un ser sensible debe al opresor... a esta vil chusma de Reyes que habrán atormentado, en todos los sentidos, a la especie humana” (Epît. dédic., p. VI et VII). ¿No son muy notables estas palabras, escritas e impresas treinta años antes del acontecimiento?

En el capítulo III, cuyo título es: Je m'habille à la friperie (Me visto en la tienda de segunda mano), Mercier describe exactamente la forma de la ropa, el sombrero, la gran corbata, el peinado adoptado, de hecho, por los revolucionarios. (p. 17, 18 et 19).

El Capítulo VI, titulado: Les chapeaux brodés (Sombreros bordados, anuncia (págs. 28 y 29) la supresión de las Ordenes y Títulos.

El capítulo VII: Le pont débaptisé (El puente renombrado), y el VIII: Le nouveau Paris (El nuevo París), se centran en determinados cambios que deben realizarse en la parte material de la ciudad. Fueron en parte ejecutados y en parte planificados por los revolucionarios.

En el capítulo XXXVI, el autor hace sonar la alarma para incitar a la rebelión y a derramar ríos de sangre para conquistar una libertad quimérica. “En ciertos Estados -dijo- hay un momento que se hace necesario, un momento terrible, sangriento, pero que es la señal de la libertad”. El contexto no deja dudas de que Mercier tenía en mente la época cercana a aquella en la que escribió.

En el capítulo XXII anunció que se derramaría algo más que la sangre de los tiranos. Aquí, en el capítulo XXXVI, dice que al asesinato de Luis XVI, al comienzo de esta era terrible y sangrienta, se sumarían muchos otros y se mezclaría con la sangre de los tiranos la sangre de tantos miles de víctimas. En este mismo capítulo encontramos una serie de estatuas emblemáticas, entre ellas la del “Negro Vengador del Nuevo Mundo” que tiene a sus pies los restos de veinte cetros.

La separación de los dos mundos, la de antes y la de después de la Revolución, estuvo marcada de antemano por los cambios en la nación, la transformación material de París, la destrucción de la Bastilla, la abolición de Ordenes y Títulos, el regicidio y también la expansión de la Revolución en las otras monarquías cuyos cetros rotos yacían a los pies de los negros.

Mercier permaneció entre los republicanos moderados. No votó a favor de la muerte del rey. Había sido enviado a la Convención por el departamento de Sena y Oise. En su libro L’an 2240 (El año 2240) prevé el despertar de Japón a la vida europea. Representa a los japoneses de nuestros días vestidos a la moda de París, poseedores de un ejército instruido por oficiales extranjeros, una constitución inspirada en el Espíritu de las leyes y un sistema de justicia basado en el Tratado sobre las infracciones y los castigos de Beccaria.

Tales predicciones, llevadas hasta este punto, apenas se explican, incluso para aquellos que han estudiado más profundamente la triple cooperación de los Enciclopedistas, los Masones y los Illuminati durante la Revolución.

En 1797 apareció en Neufchâtel un libro titulado: Les véritables auteurs de la Révolution de 1789 (Los verdaderos autores de la Revolución de 1789), de Sourdat. El autor señala “la oscura y clandestina trama urdida por el calvinismo, el jansenismo y el filosofismo emergente” (p. 425). En una nota, en esta misma página, dice: “El Chevalier Follard (el Chevalier Foilliard o de Folard (1669-1752), era un excelente soldado, ardiente jansenista) lo había vaticinado (el movimiento revolucionario) en 1729. Se está fraguando -exclamó entonces- una revolución cuyos resortes son tan delicados que resultan imperceptibles, y cuya política es admirable. Las potencias de Europa deben tener muy malas gafas para no para ver la tormenta que los amenaza”.

Otro libro procedente de Holanda o fechado en Holanda para no tener que aparecer con privilegio del rey, gozó de gran popularidad a mediados del siglo XVIII. Todos los autores masónicos de la época lo mencionan. Su título era: L'ordre des Francs-Maçons trahi et le secret du Mopsis révélé! (¡La orden de los masones traicionada y el secreto de Mopsis revelado!) (Amsterdam, 1745). Esta fue la explicación completa de los tres primeros grados, tal como todavía existen hoy en sus características generales. Veinte años más tarde, el mismo autor, el abad Larudan, publicó otra obra: Les Francs-Maçons écrasés (Los masones aplastados), continuación del libro titulado: L'ordre des Francs-Maçons trahi (La orden de los masones traicionados), traducido del latín (Amsterdam, 1766). Se describe y analiza la Revolución Francesa en sus principios y sus modos, con veintitrés años de antelación, con una penetración imposible de imaginar sin un conocimiento profundo de la cooperación de las logias. ¿Quién podría haber dado la fórmula definitiva (todavía vigente) de la república y la democracia que sucederían a la realeza y se sostendrían en el patíbulo? Sin embargo, esto es lo que podríamos leer en este libro en forma de un escrito histórico cuya pretensión no podría engañar a nadie. El autor atribuyó a su personaje, Cromwel, los pensamientos, las máximas y las opiniones políticas que entonces habría sido imposible presentar en forma directa. Reveló a la Masonería preparando lo que iba a ser la Revolución, y logró hacerlo con una fidelidad, una previsión del futuro que la historia no puede negar; y esto se vendió en París ocho años antes de la ascensión de Luis XVI (1).

Conocemos la extraña escena en la que Cazotte, mediante un prodigio de “reportaje” anticipado, describió, tres o cuatro años antes de 1789, los rasgos, incluso circunstanciales, de la tragedia revolucionaria, prediciendo a varios señores reunidos su final en el patíbulo.

Todo esto confirma la opinión de que el Terror fue obra de la masonería.

Estas advertencias, tan detalladas y provenientes de fuentes tan diversas, no cayeron en la cuenta de los contemporáneos. E incluso ahora hay hombres inteligentes y educados que se niegan a ver la mano de la masonería en la Revolución.

En 1791, el abad Le Franc, antiguo miembro de la Congregación de los Eudistas, recién dispersada, publicó en Le Petit, rue de Lavori, 10: Le voile levé pour les curieux ou le secret de la Révolution française révélé à l'aide de la Franc-Maçonnerie (El velo levantado para los curiosos o el secreto de la Revolución francesa revelado con la ayuda de la masonería); luego, al año siguiente: La conjuration contre la religion catholique et les souverains (La conjuración contra la religión católica y los soberanos) (2).

El tercer capítulo de Voile levé pour les curieux (El velo levantado para los curiosos) está dedicado a la acción de la masonería sobre la Asamblea Nacional, bajo este título: Ce que l'Assemblée Nationale doit à la Franc-Maçonnerie (Lo que la Asamblea Nacional le debe a la masonería). Leemos lo siguiente:

“Es difícil explicar cuánto le debe la Asamblea Nacional de Francia a la masonería.

Muchos franceses todavía hoy están convencidos de que fue el despotismo nacional, la terquedad de la nobleza y del clero lo que obligó a la Asamblea a constituirse en Asamblea Nacional y a atacar sin piedad todos los abusos que reinaban bajo el antiguo régimen. Estos franceses que desconocen la influencia del gobierno masónico, no sólo en las logias masónicas rectificadas, sino en los clubes repartidos por todo el territorio de Francia, en los departamentos y distritos, pero en los comités de la propia Asamblea Nacional, se dejan engañar cada día por su buen carácter, por las apariencias y los discursos que se imprimen por todas partes. Sin embargo, la verdad es que, antes de que se convocaran los Estados Generales, todos los masones sólo hablaban de elevar a sus grandes maestros a algún puesto importante, que los pusiera en condiciones de figurar en primera fila y les procurara una gran consideración.

No escatimaron en nada para lograr su objetivo. El esplendor del Imperio francés transmitirá a la posteridad los increíbles esfuerzos que los masones han hecho en todas las provincias, para animar a todos los franceses a unirse con ellos para abolir todo lo que pueda recordar el antiguo régimen y sustituirlo por el de su sociedad, destinada según ellos a devolver a todos los hombres a la libertad y a la igualdad primitiva para las que nació el hombre.

La Asamblea Nacional ha favorecido con todo su poder los proyectos de la Orden Masónica; podemos juzgar por la adopción que hizo de su gobierno, de sus máximas, y por la calidez que mostró al apoyar todo lo que la Sociedad Masónica le sugería a través de sus clubes, sus asociaciones y sus escritos.

Cabe señalar en primer lugar que la Asamblea Nacional, aunque distante por querer un gobierno monárquico, que el Rey nunca habría sido más rey de lo que sería a través de sus decretos, acabó adoptando sin embargo un gobierno republicano y una democracia pura; y tomó prestada su organización de la masonería. Para convencernos de ello, examinemos la división que hizo del Reino”.

El autor aplica luego estas deducciones generales y muestra que la división del trabajo adoptada por la Asamblea, el procedimiento de sus discusiones, las funciones de sus cargos, el juramento y las insignias de sus miembros, corresponden a un método, a un juramento y a unas insignias adoptadas en las Logias.

El abad Le Franc vuelve a decir:

“Es evidente que los masones, los propagandistas, los filósofos y una multitud sobornada de sectarios dementes quieren abolir la religión cristiana, no sólo en el seno de Francia, sino en toda Europa y en todo el Universo. Es evidente que, superando todos los errores de los herejes de todos los siglos y de los filósofos de todos los tiempos, han inventado un sistema que equivale a la idolatría... Permite al pueblo abandonarse a sus placeres con tal de que el bien público no se resienta, lo enriquece con lo que quita a los templos y a los ministros del culto religioso; le hace esperar la felicidad celestial, arando su tierra...

No podremos convencernos en los siglos futuros de que los masones formaron una confederación contra el Dios verdadero, contra la religión, contra los hombres sabios y virtuosos, y que todos sus esfuerzos se unieron para poner en su lugar todo lo que la nación que los nutrió contenía de gente sin principios, sin moral.

No podemos creer que hayan tenido la imprudencia de exponer a los consejeros de la nación francesa el plan destinado a derrocar su constitución y su religión” (Le Franc, Conjuration contre la religion catholique... Paris, 1792, pp. 113 a 115).

Nadie -continúa Le Franc- conoce mejor la constitución de la Francmasonería que el Señor de la Lande, que escribió su historia en el diccionario enciclopédico y que trabajó con el señor Condorcet en el código de esta Sociedad y en la organización de todas sus partes. Si las logias masónicas son hoy la escuela de todos los principios de irreligión que han infectado a Francia, es a estos filósofos a quienes debemos atribuirlo, ya que formaron el régimen y continúan dirigiendo sus operaciones.

El mismo lenguaje utilizado por todos los clubes, el mismo espíritu de irreligión manifestado de la misma manera en todas las logias masónicas, todo indica la unidad de principios, el mismo motor, las mismas enseñanzas, el mismo odio y la misma furia contra la religión cristiana y solamente contra la religión cristiana. ¡Sí! sólo contra ella estamos, y queremos destruir lo que molesta a Francia, ya que es por los decretos del 7 y 29 de noviembre (1791) que la religión católica es la única cuyo culto está prohibido, la única a la que se niegan los templos, la única cuyos ministros son perseguidos con una implacabilidad que raya en la furia...

Los masones consecuentes dicen abiertamente en sus Asambleas, e incluso en medio de la Asamblea Nacional, que la religión cristiana no puede estar de acuerdo con la constitución del reino” (Le Franc, Conjuration ... Paris, 1792, p. 115, a 118).

Continúa...

Notas:

1) Ver Maçonnerie nouvelle du Grand-Orient de France (Nueva Masonería del Gran Oriente de Francia), de Georges Bois, p. 96-110.

2) Estas dos valientes publicaciones le valieron al abad Le Franc el odio a la masonería, su encarcelamiento y su martirio en la prisión del Convento de los Carmelitas el 2 de septiembre de 1792.

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6 DE SEPTIEMBRE: SANTA ROSALIA DE PALERMO, VIRGEN


6 de Septiembre: Santa Rosalía de Palermo, virgen

(✞ 1160)

Santa Rosalía, virgen protectora de Nápoles y Sicilia, fue natural de Palermo e hija de un noble caballero llamado Sinibaldo, descendiente de la real familia de Carlomagno.

Había sido criada desde niña en la verdadera Fe y en santas costumbres y tocada por Dios, dio libelo de repudio a todas las vanidades del siglo para comenzar desde su infancia una vida enteramente consagrada a su Esposo Jesucristo.

Y como sus parientes, ya con ruegos y promesas, ya con crueles amenazas procurasen disuadirla de su santo propósito, la santa niña, temiendo al violencia que podrían hacerle, huyó secretamente de la casa de su deudos y fue a esconderse en una cueva que halló en el monte llamado del Peregrino, donde solo era conocida de una pastorcilla que le traía para su sustento un poco de pan y leche.

Dios era quien la había llamado a aquella soledad y así la regalaba con sus consuelos y visitaciones celestiales.

Temiendo ser hallada, subía a veces a la cumbre de aquel monte y desde allí miraba la ciudad de Palermo, oía el sonido de las campanas y el rumor confuso de las gentes: y al pensar que tantos pecadores andaban por el camino de la perdición, dolíase mucho de su tan gran ceguedad y desventura, y con muchas lágrimas y sollozos hacía oración por su patria y por sus conciudadanos.

Tenía escritas en la pared de las rocas de su cueva: “Yo, Rosalía, por amor a mi Esposo Jesús y por no faltar a la fidelidad que le he prometido, he escogido esta gruta como mi perpetua morada”.

En ella perseveró la santa muchos años llevando una vida muy austera y como un ángel en carne humana hasta que su Esposo Divino la llamó para sí a su retiro celestial.

La noche que murió se vio resplandecer con gran claridad todo aquel monte, de manera que toda la ciudad de Palermo quedó asombrada por aquella extraordinaria luz, y como nadie sabía la causa, aquella pastora que servía a Rosalía la descubrió, diciendo que no podía ser sino un milagro que en aquel lugar hacía Dios por la santa.

Acudió entonces a aquel monte el clero y el pueblo en devota procesión, y hallando el sagrado cadáver de Rosalía, lo trasladaron a la catedral, donde lo sepultaron honoríficamente; y desde aquel día comenzó el Señor a glorificar a la santa virgen con muchos prodigios, entre los cuales es digno de singular mención el que aconteció en el año 1625 en que estando la ciudad de Palermo y toda Sicilia muy afligida de peste, sacaron en procesión de penitencia el sagrado cuerpo de santa Rosalía, y luego se vieron libres de aquel terrible azote.

Reflexión:

No podemos dudar por los efectos, de haber sido Dios el autor de la soledad y aspereza de vida que escogió para sí esta santa virgen para huir de los lazos y peligros del mundo; y esto no se debe imitar si no cuando el mismo Señor con particular revelación lo mandare. Mas lo que debemos sacar de este ejemplo es el cuidado y diligencia grande con que debemos evitar todas las ofensas a Dios, entendiendo que a pesar de los malos ejemplos que vemos en la gente del mundo arrastrada por la fuerza de las malas pasiones y rendida a los enemigos mortales del alma, no nos falta la gracia suficiente para vencer todas las tentaciones y perseverar hasta el fin en el divino servicio, porque como dice el Apóstol: “Fiel es Dios y no permitirá que seamos tentados sobre nuestras fuerzas”.

Oración:

Oh Dios, autor de nuestra salud, dígnate oír nuestras súplicas; para que así como nos alegramos en la fiesta de tu bienaventurada virgen Rosalía, así crezcamos en verdadera piedad y devoción. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 

6 DE SEPTIEMBRE: SAN ELEUTERIO, ABAD Y CONFESOR


6 de Septiembre: San Eleuterio, Abad y Confesor

(✞ 586)

El Papa San Gregorio Magno relata la vida de San Eleuterio en sus escritos con las siguientes palabras:

“Eleuterio, el padre del Monasterio de San Marcos Evangelista, situado a las afueras de Spoleto, pasó mucho tiempo en el monasterio de esta ciudad, donde yo también fui miembro de la congregación, y donde falleció. Sus discípulos cuentan que resucitó a un muerto mediante la oración. Era un hombre de tal sencillez y contrición que no cabe duda de que las lágrimas que brotaron de un corazón tan humilde y sencillo pudieron obtener mucho de Dios Todopoderoso. Ahora les contaré un milagro suyo, que él mismo me relató con sencillez en respuesta a mis preguntas:

Un día, mientras viajaba y no encontraba dónde pasar la noche, entró en un convento de vírgenes. Allí vivía un niño que era atormentado cada noche por un espíritu maligno. Cuando las monjas recibieron al hombre de Dios, le preguntaron: "¿Puede ese niño quedarse con usted esta noche?". Eleuterio lo recibió amablemente y le permitió acostarse con él durante toda la noche. Al amanecer, las monjas interrogaron cuidadosamente al padre, preguntándole si el niño que le habían dado le había hecho daño durante la noche. Sorprendido por sus preguntas, respondió: "Nada". Entonces le explicaron la condición del niño, diciéndole que el espíritu maligno nunca lo abandonaba, y le rogaron encarecidamente a Eleuterio que lo llevara a su convento, ya que no podían soportar más su sufrimiento. El anciano accedió y llevó al niño al convento. Cuando el niño llevaba mucho tiempo en el monasterio, y el antiguo enemigo ya no se atrevía a aparecer, el corazón del anciano se llenó de una alegría casi desmesurada por la liberación del niño. Una vez les dijo a los hermanos: "Hermanos, el diablo solía jugarles malas pasadas a esas Hermanas; pero conmigo no se atreve a atacarlo". Apenas hubo hablado, en ese mismo instante, el diablo se apoderó del muchacho y lo atormentó delante de todos los hermanos. Ante esto, Eleuterio comprendió su pecado de vanagloria, lloró amargamente y confesó su culpa. Cuando los Hermanos intentaron consolarlo, él respondió: "Créanme, nadie comerá hoy a menos que el diablo libere a ese muchacho". Acto seguido, fue con todos los hermanos a orar, y oraron hasta que el muchacho fue liberado de la posesión. Y, en efecto, quedó tan completamente sano que el diablo no se atrevió a atacarlo de nuevo”.

La vanidad mezquina que se apoderó de San Eleuterio fue expiada mediante el arrepentimiento, la humildad y la oración ferviente. Otros no tienen una vida tan santa ni las oraciones de hermanos devotos que ofrecer para que, como San Eleuterio, puedan recordar la gracia que han perdido y que les ha sido arrebatada.

San Gregorio continúa: “Experimenté de primera mano el gran poder de la oración de este hombre. Pues en cierto momento, sufría de una debilidad estomacal tan grave que, si no ingería comida casi a cada instante, sentía que me desvanecía y mi fin se acercaba cada hora. Los Hermanos solo evitaban mi muerte administrándome tónicos con frecuencia, y llegó la Pascua. Como no podía ayunar el Sábado Santo, cuando todos, incluso los niños pequeños, ayunan, comencé a languidecer más por el dolor que por mi enfermedad física. Pero mi espíritu pronto encontró consuelo; llevé en secreto al hombre de Dios al oratorio y le rogué que implorara al Señor Todopoderoso, mediante su oración, que me concediera la fuerza para ayunar. Así sucedió. Con su oración, mi estómago recibió tal fuerza que la comida y la enfermedad desaparecieron por completo de mi mente. Comencé a contemplar con asombro quién era ahora y quién había sido, porque ya no sufría nada de lo que había sufrido antes. Sí, al llegar la noche, me sentía tan fuerte que podría haber soportado el ayuno hasta el día siguiente si hubiera querido”.

Ya anciano, Eleuterio renunció a su cargo de abad y se trasladó a Roma. Vivió y conversó largamente con San Gregorio Magno en el propio monasterio del Papa (el Monasterio de San Andrés). Allí falleció alrededor del año 586. Tiempo después, sus restos fueron devueltos a Spoleto.
 
Reflexión:

Es bien sabido que cuando uno recibe alguna gracia de Dios y se jacta de ella, o incluso habla de ella innecesariamente, suele perderla. Incluso la gente mundana lo sabe. Tan pronto como surgen la autocomplacencia y la vanidad en relación con una gracia de Dios que poseemos, la gracia se convierte en veneno para nuestra alma, alimento para el pecado, por así decirlo. Por lo tanto, Dios la retira. Así pues, preocúpate y guarda silencio sobre las gracias de Dios; pero si te sientes obligado a hablar de ellas, hazlo con tal intención y de tal manera que no tú, sino solo Dios, obtenga gloria de ellas. 

Oración:

Oh Dios, que concediste a tu siervo, el bienaventurado abad Eleuterio, la gracia de una admirable sencillez y un profundo espíritu de oración, elevándolo a la gloria de tus santos por su vida de humildad y penitencia. Te suplicamos humildemente que, así como escuchaste sus súplicas en la tierra sanando a los enfermos y consolando a los afligidos, escuches hoy nuestra oración y nos concedas, por su intercesión, ser liberados de las ataduras de nuestro orgullo, sanar las debilidades de nuestra alma y perseverar con fidelidad en tu santo servicio. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
 

sábado, 5 de septiembre de 2026

LAS VALIOSAS VISIONES Y SUFRIMIENTOS DE SANTA CRISTINA LA ADMIRABLE

¿Cuál es el sentido de una vida como la de Santa Cristina? ¿Por qué no aceptó simplemente la invitación de Nuestro Señor cuando, a los veinte años, Él le ofreció la felicidad eterna?

Por Edwin Benson


Las visiones del Purgatorio rara vez se discuten, incluso en círculos católicos. La práctica moderna de centrar las homilías en la lectura del Evangelio del día disuade a los sacerdotes de explicar estos sucesos tan importantes. Esta tendencia es lamentable, pues Dios desea que tales visiones tengan efectos beneficiosos tanto en la vida del vidente como en la de quienes las escuchamos o leemos.

Procedencia impecable

Pocos conocen a Santa Cristina la Admirable (c. 1150-1224). Su historia nos llega a través de fuentes de tercera o cuarta mano. Durante mi formación como historiador, me enseñaron a desconfiar de inmediato de tales relatos. Sin embargo, la procedencia de este relato es indiscutible.

Al igual que otros artículos de esta serie, la narración de la visión de Santa Cristina la Admirable proviene del esclarecedor libro del Padre FX Schouppe, Purgatory (1). El padre Schouppe lo leyó en los escritos de San Roberto Belarmino (1542-1621), figura destacada de la Contrarreforma y Doctor de la Iglesia. La fuente de San Roberto Belarmino fue Jaime de Vitry (c. 1160-1240), decano del Colegio Cardenalicio y autor de una de las mejores fuentes de información sobre las Cruzadas: “Historia Orientalis seu Hierosolymitana”.

Una vez establecida la cadena de custodia de este relato, es momento de presentar a los lectores al personaje principal. El padre Schouppe la llama Santa Cristina la Admirable. En otras fuentes, se la conoce como Cristina Mirabilis.

Una vida sin dinero pero piadosa

Lo que se sabe de la juventud de Santa Cristina no tiene nada de particular, salvo su profunda piedad infantil. Vivía en St. Trond (también conocida como Sint-Truiden), en la actual Bélgica. Quedó huérfana alrededor de los quince años y, posteriormente, trabajó como pastora. Su vida cambió drásticamente tras sufrir una especie de ataque epiléptico a los veinte años. Aparentemente muerta, revivió repentinamente en medio de su Misa fúnebre, luciendo en perfecto estado de salud.

Por asombroso que haya sido este suceso, la historia de Cristina fue mucho más increíble.

Una petición directamente de Nuestro Señor

“Tan pronto como mi alma se separó de mi cuerpo -dijo- fue recibida por ángeles, quienes la condujeron a un lugar muy sombrío, completamente lleno de almas. Los tormentos que allí sufrían me parecieron tan excesivos que me resulta imposible describir su rigor. Vi entre ellos a muchos conocidos y, profundamente conmovida por su triste condición, pregunté qué lugar era, pues creía que era el Infierno. Mi guía me respondió que era el Purgatorio, donde eran castigados los pecadores que, antes de morir, se habían arrepentido de sus faltas, pero no habían ofrecido una satisfacción digna a Dios. De allí fui conducida al Infierno, y allí también reconocí entre los réprobos a algunos que había conocido antes.

Entonces los ángeles me transportaron al Cielo, incluso al trono de la Divina Majestad. El Señor me miró con benevolencia, y experimenté una alegría inmensa, porque pensé que obtendría la gracia de morar eternamente con Él. Pero mi Padre Celestial, viendo lo que pasaba en mi corazón, me dijo estas palabras: “Ciertamente, hija mía, un día estarás conmigo. Ahora, sin embargo, te permito elegir: permanecer conmigo de ahora en adelante o regresar a la tierra para cumplir una misión de caridad y sufrimiento. Para librar de las llamas del Purgatorio a aquellas almas que te han inspirado tanta compasión, sufrirás por ellas en la tierra; soportarás grandes tormentos, sin morir, no obstante, por sus efectos. Y no solo aliviarás a los difuntos, sino que el ejemplo que darás a los vivos, y tu vida de continuo sufrimiento, llevarán a los pecadores a convertirse y a expiar sus crímenes. Después de haber terminado esta nueva vida, regresarás aquí cargada de méritos’.

Ante estas palabras, y viendo las grandes ventajas que se me ofrecían para las almas, respondí sin vacilar que volvería a la vida, y resucité en ese mismo instante. Es con este único propósito, el alivio de los difuntos y la conversión de los pecadores, que he regresado a este mundo. Por lo tanto, no se asombren de las penitencias que practicaré, ni de la vida que me verán llevar de ahora en adelante. Será tan extraordinaria que jamás se ha visto nada igual”.

Buscando ocasiones para sufrir

Cumplió su palabra.

Primero, renunció a todas las comodidades por una vida de absoluta sencillez. Regaló sus pocas posesiones. Durante los cuarenta y dos años que le quedaban de vida, vivió al aire libre, sin hogar ni fuego.

Sin embargo, tales privaciones, a su juicio, eran insuficientes. Buscaba con avidez ocasiones para sufrir aún más. En invierno, se sumergía en las gélidas aguas del Mosa. Pero a diferencia de los modernos “baños polares” donde las personas se zambullen y emergen inmediatamente para disfrutar de la comodidad de las mantas calientes, ella permanecía en el agua durante semanas enteras implorando la misericordia de Dios por las pobres almas.

En una ocasión, la corriente del río la arrastró hasta la rueda hidráulica de un molino ribereño. Quedó atrapada en el mecanismo de la rueda, que la hizo girar sobre su circunferencia de tal manera que mataría a cualquiera sin protección divina; sin embargo, salió ilesa.

En otra ocasión, se arrojó a un horno donde sus gritos de agonía resonaban con fuerza. Sin embargo, al salir, no presentaba quemaduras. En un momento dado, unos perros la atacaron, mordiéndola y desgarrándola. Para escapar, corrió hacia un matorral de espinos. Esto ahuyentó a los perros, pero dejó a Cristina cubierta de su propia sangre. Aun así, no le quedaron cicatrices permanentes.

Una reputación de santidad

Como era de esperar, los relatos de estos acontecimientos se difundieron rápidamente, lo que propició numerosas conversiones. Tras su muerte, el 24 de julio de 1224, se atribuyeron varios milagros a la intercesión de Santa Cristina.

Para los oídos y ojos modernos, tales relatos repelen más que atraen. Los modernistas, e incluso aquellos que se consideran católicos devotos, se niegan a comprender a quienes abrazaron el sufrimiento. Hoy en día, muchos tratan un dolor de cabeza, una noche de insomnio o una comida omitida como si se tratara de una catástrofe de horror sin precedentes.

Muchos se preguntan: ¿Cuál es el sentido de una vida como la de Santa Cristina? ¿Por qué no aceptó simplemente la invitación de Nuestro Señor cuando, a los veinte años, Él le ofreció la felicidad eterna?

Discernir el propósito del sufrimiento

San Roberto Belarmino analizó el propósito de Dios en la increíble vida de Santa Cristina: “Dios quiso silenciar a esos libertinos que profesan abiertamente no creer en nada y que tienen la audacia de preguntar con desprecio: ‘¿Quién ha regresado del otro mundo? ¿Quién ha visto alguna vez los tormentos del Infierno o del Purgatorio?’. He aquí a Santa Cristina. Ella nos asegura que los ha visto, y que son espantosos”.

El Purgatorio moderno no difiere del revelado en la Edad Media. El hecho de que muchos no crean en él no significa que haya desaparecido, del mismo modo que la confianza de los llamados teólogos modernos en que el Infierno está vacío no lo convierte en realidad. Tales visiones son signos de sabiduría y gracia para comprender estas enseñanzas y ser impulsados ​​a modificar nuestros patrones de vida conforme a ellas. Al mismo tiempo, la Iglesia Militante ofrece oraciones y penitencias por la gran cantidad de seres queridos que ignoraron los castigos del Purgatorio en sus propias vidas.

Continúa...

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (9)

Continuamos con la publicación del capítulo 8 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Novena Hora: De la 1 a las 2 de la mañana

Jesús, atado, es hecho caer en el Torrente Cedrón

Amado Bien mío, mi pobre mente te sigue entre la vela y el sueño. ¿Cómo podría abandonarme del todo al sueño viendo que todos te dejan solo y huyen de ti? Hasta los mismos apóstoles, el ferviente Pedro que acababa de decirte que quería dar su vida por ti, tu discípulo predilecto que con tanto amor lo hiciste reposar sobre tu Corazón; ¡ah, todos te han dejado abandonado a merced de tus crueles enemigos!

¡Jesús mío, te encuentras solo! Tus purísimos ojos buscan a tu alrededor para ver si al menos te está siguiendo alguno de aquellos a quienes hiciste tanto bien, para demostrarte su amor y para defenderte... Y cuando descubres que ni uno solo te ha sido fiel, sientes que se te rompe el Corazón y te pones a llorar amargamente, pues el dolor que te causa el abandono de tus más fieles amigos es mucho mayor del que tus mismos enemigos te procuran. No llores, oh Jesús mío, o más bien, haz que yo llore contigo. Pero parece que mi amable Jesús me dice:

“¡Ah, hijo mío!, lloremos juntos la suerte de tantas almas consagradas a mí, que por pequeñas pruebas o por incidentes de la vida ya no se preocupan de mí y me dejan solo; por tantas otras almas tímidas y cobardes, que por falta de valor y de confianza me abandonan; por tantos sacerdotes que al no sentir su propio gusto en las cosas santas, en la administración de los sacramentos, no se ocupan de mí; por otros que predican, que celebran o que confiesan por sus propios intereses y su propia gloria, y que mientras parece que están cerca de mí, siempre me dejan solo. ¡Ah, hijo mío!, ¡qué duro es para mí este abandono! No solamente me lloran los ojos, sino que me sangra el Corazón. ¡Ah!, te suplico que repares mi amargo dolor, prometiéndome que nunca me vas a dejar solo”.
 
Sí, ¡oh Jesús mío!, te lo prometo con la ayuda de la gracia y en la firmeza de tu Divina Voluntad.

Pero mientras lloras por el abandono de los tuyos, ¡oh Jesús!, tus enemigos no te evitan ningún ultraje que puedan hacerte. Estando así, fuertemente atado, tanto que por ti mismo no puedes dar ni un paso, te pisotean y te arrastran por aquellos caminos llenos de piedras y espinas, al grado que cualquier movimiento que te obligan a hacer, hace que te tropieces con las piedras y que te hieras con las espinas.

¡Ah, Jesús mío!, me doy cuenta que por donde te van arrastrando vas dejando las huellas de tu preciosísima sangre y de tus cabellos dorados que te arrancan de la cabeza. Vida mía y Todo mío, déjame recogerlos, para con ellos poder atar todos los pasos de las criaturas que ni siquiera de noche dejan de herirte, es más se aprovechan de la noche para herirte aún más: unos con sus reuniones, otros con sus placeres, con teatros y diversiones, y otros sirviéndose de la noche hasta para llevar a cabo robos sacrílegos. Jesús mío, me uno a ti para reparar todas estas ofensas.

Pero ya estamos en el Torrente Cedrón y los perversos judíos te empujan en él y al empujarte hacen que te golpees en una piedra que ahí se encuentra, pero con tanta fuerza, que empiezas a derramar de tu boca tu preciosísima sangre, dejando marcada aquella piedra. Y después, jalándote, te arrastran por debajo de aquellas aguas llenas de podredumbre, nauseabundas y frías. En este estado representas a lo vivo el estado deplorable de las criaturas cuando caen en el pecado. ¡Oh, cómo quedan cubiertas por dentro y por fuera con un manto de inmundicia que da asco al cielo y a cualquiera que pudiera verlas, de modo que atraen sobre ellas los rayos de la divina justicia!

¡Oh Vida de mi vida!, ¿puede haber un amor más grande? Para quitarnos este manto de inmundicia tú permites que tus enemigos te hagan caer en este torrente, y para reparar por los sacrilegios y las frialdades de las almas que te reciben sacrílegamente obligándote a entrar en sus corazones, haciéndote sentir, más que en el torrente, toda la nausea de sus almas, permites por eso que esas aguas penetren hasta en tus entrañas, al grado que tus enemigos, temiendo que vayas a ahogarte y queriendo reservarte aún mayores tormentos, te sacan de ahí, pero les causas tanta repugnancia a ellos mismos que les da asco tocarte.

Mansísimo Jesús mío, ya estás fuera del torrente. Mi corazón no resiste al verte tan bañado por estas aguas tan repugnantes. Estás temblando de pies a cabeza por el frío y mirando a tu alrededor, haciendo con los ojos lo que no haces con la voz, buscas al menos a uno sólo que te seque, que te limpie y que te caliente, pero en vano, no hallas a nadie que se mueva a compasión por ti. Tus enemigos se burlan y se ríen de ti, los tuyos te han abandonado, y tu dulce Madre se encuentra lejos de ti porque así lo ha dispuesto el Padre.

Aquí me tienes a mí, ¡oh Jesús!; ven a mis brazos pues quiero llorar hasta poderte bañar para lavarte, limpiarte y reordenarte con mis propias manos todos tus cabellos desordenados. Amor mío, quiero encerrarte en mi corazón, para calentarte con el calor de mis afectos; quiero perfumarte con mis insistentes anhelos; quiero reparar todas estas ofensas y ofrecer toda mi vida junto a la tuya para salvar a todas las almas; quiero ofrecerte mi corazón para que encuentres en él donde descansar, para poder darte algún consuelo por las penas que has sufrido hasta este momento; y después proseguiremos nuevamente el camino de tu pasión.

Reflexiones y prácticas

En esta hora Jesús se puso a merced de sus enemigos, los cuales llegaron a tener la osadía de arrojarlo al Torrente Cedrón, pero Jesús los miraba a todos con amor, soportando todo por amor a ellos. Y nosotros, ¿nos ponemos a merced de la Voluntad de Dios?

Cuando nos sentimos débiles o tenemos la desgracia de caer en el pecado, ¿nos levantamos rápidamente para arrojarnos en los brazos de Jesús? Jesús, atormentado, fue arrojado en el Torrente Cedrón sintiendo que se ahogaba, con mucho asco y ganas de vomitar; y nosotros, ¿aborrecemos hasta la más mínima mancha y sombra de pecado? ¿Estamos dispuestos a darle un lugar a Jesús en nuestros corazones para hacer que ya no sienta las ganas de vomitar a causa de los pecados de tantas almas y para compensarlo por todas las veces que fuimos nosotros mismos la causa?

“Atormentado Jesús mío, no tengas ninguna clase de miramientos conmigo y haz que yo pueda ser objeto de tus divinas y amorosas miradas”.

Continúa...

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (127)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


127. Los discursos en Aguas Claras: No tentarás al Señor tu Dios (149).
Testimonio de Juan el Bautista.

11 de marzo de 1945.

1 Es un día serenísimo de invierno. Hace sol y viento; el cielo está sereno, uniforme, sin el más mínimo vestigio de nubes. Son las primeras horas del día. Hay todavía una fina capa de escarcha, o mejor, de rocío semihelado, que esparce un polvo diamantífero sobre el suelo y sobre las hierbas.
Vienen hacia la casa tres hombres, que caminan con la seguridad de quien sabe a dónde se dirige. Llegando ya, ven a Juan, que en ese momento atraviesa el patio cargado de unos cántaros de agua sacados del pozo, y le llaman.
Juan se vuelve, deja las cantarillas y dice: “¿Vosotros aquí? ¡Bienvenidos! El Maestro se alegrará al veros. Venid, venid, antes de que llegue la gente. ¡Ahora viene mucha!...”. Son los tres pastores discípulos de Juan Bautista. Simeón, Juan y Matías van contentos detrás del apóstol.
“Maestro, han venido tres amigos. Mira” dice Juan entrando en la cocina, donde arde alegre un gran fuego de leña menuda, que expande un agradable olor a bosque y a laurel quemado.
“Paz a vosotros, amigos míos. ¿Cómo es que venís a verme? ¿Le ha sucedido alguna desgracia al Bautista?”.
“No, Maestro. Hemos venido con permiso suyo. Te envía saludos y dice que encomiendes a Dios el león perseguido por los arqueros. No se hace ilusiones respecto a su suerte futura, aunque por ahora sigue libre. Está contento porque sabe que tienes muchos fieles, incluidos los que antes eran suyos. Maestro... nosotros también lo deseamos vivamente, pero... no queremos abandonarle ahora que le persiguen. Compréndenos...” dice Simeón.
“No sólo eso, sino que os bendigo por ello. El Bautista merece todo respeto y amor”.
“Sí. Así es. El Bautista es grande, y cada vez descuella más su figura. Se parece al agave, que poco antes de morir produce el gran candelabro de la septiforme flor y lo ondea, y perfuma. Así es él. Y siempre dice: "Mi único deseo es volver a verle...". Verte a ti. Nosotros hemos recogido este grito de su alma y te lo hemos venido a traer sin decírselo. El es "el Penitente", "el Abstinente". Su santo deseo de verte y de oírte le consume. Yo soy Tobías, ahora Matías. Creo que el arcángel dado a Tobías (150) no sería distinto del Bautista; todo en él es sabiduría”.

2 “¿Quién ha dicho que no le vuelva a ver?... Pero, ¿habéis venido sólo para esto? Es penoso caminar durante esta estación. Hoy hace un tiempo sereno, pero, hasta hace sólo tres días, ¡cuánta lluvia por los caminos!”.
“No hemos venido sólo por esto. Hace unos días vino Doras, el fariseo, a purificarse, pero el Bautista le negó el rito diciendo: "No llega el agua a donde hay una costra tan grande de pecado. Uno sólo te puede perdonar: el Mesías". Entonces él dijo: "Iré a verle. Quiero curarme. Creo que este mal es su maleficio". Entonces el Bautista le arrojó de su presencia como lo habría hecho con Satanás. El, al irse, vio a Juan –le conocía desde que Juan visitaba a Jonás, con quien estaba algo emparentado– y le dijo que venía, que todos iban, que había venido Manahén y hasta incluso venían las... (yo digo meretrices, pero él dijo un nombre más feo). "Aguas Claras –decía– está llena de ilusos. Ahora, si me cura y me retira la maldición de mis tierras –que están como excavadas por máquinas de guerra por ejércitos de topos y gusanos y cortones que horadan los granos sembrados y roen las raíces de los árboles frutales y de las vides y no hay nada que los venza–, me haré amigo suyo; si no... ¡Ay de El!". Nosotros le respondimos: "¿Y vas con esta disposición de ánimo?". Y él respondió: "Pero quién cree en ese Satanás. Además, lo mismo que convive con las meretrices puede hacer alianza conmigo". Nosotros queríamos venir a decírtelo, para que pudieras saber a qué atenerte con Doras”.

3. “Ya está todo resuelto”.
“¿Ya? ¡Ah, es verdad!, que él tiene carros y caballos y nosotros sólo las piernas. ¿Cuándo ha venido?”.
“Ayer”.
“¿Y qué ha ocurrido?”.
“Esto: que si queréis ocuparos de Doras podéis ir al duelo a su casa de Jerusalén. Le están preparando para la sepultura”.
“¡¡¿Muerto?!!”.
“Muerto. Aquí. Mas no hablemos de él”.
“Sí, Maestro... Sólo... dinos una cosa. ¿Es verdad cuanto dijo de Manahén?”.
“Sí. ¿Os desagrada?”.
“No, no..., nos alegra. ¡Cuánto le hemos hablado de ti en Maqueronte! Y, ¿qué otra cosa puede querer el apóstol sino que sea amado el Maestro? Es lo que Juan quiere, y, con él, nosotros”.
“Hablas bien, Matías; la sabiduría está contigo”.
“Y... yo no lo creo, pero ahora la hemos visto... Vino también a nosotros buscándote a ti antes de los Tabernáculos; y le dijimos: "Quien tú buscas no está aquí, pero estará pronto en Jerusalén para los Tabernáculos". Eso le dijimos, porque el Bautista nos había dicho: "¿Veis a esa pecadora?: es una costra de inmundicia; pero lleva dentro una llama a la que hay que alimentar; así, se avivará de tal modo que surgirá impetuosamente de debajo de la costra y todo arderá. Caerá la inmundicia y quedará sólo la llama". Eso dijo. Pero... ¿es verdad que duerme aquí, como han venido a decirnos dos influyentes escribas?”.
“No. Está en uno de los establos del capataz, a más de un estadio de aquí”.
“¡Lenguas de infierno! ¿Has oído? ¡Y ellos!...”.
“Dejadles que hablen. Los buenos no creen en sus palabras, sino en mis obras”.

4 “Esto lo dice también Juan. Hace unos días, algunos discípulos suyos, nosotros presentes, le han dicho: "Rabí, Aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, del que tú diste testimonio, ahora bautiza, y todos van a El; te vas a quedar sin fieles". A lo que Juan respondió:
"¡Dichoso mi oído, que oye esta noticia! No sabéis qué alegría me dais. Sabed que el hombre no puede tomar nada si no le es dado del Cielo. Vosotros podéis testificar que he dicho: 'Yo no soy el Cristo, sino el que ha sido enviado delante para prepararle el camino'. El hombre justo no se apropia de un nombre ajeno, y, aunque otro hombre quisiera alabarle diciéndole: 'eres ése', es decir: el Santo, él responde: 'No, realmente no es así; yo soy su siervo'. Y de todas formas se alegra mucho de ello, porque dice: 'Se ve que me asemejo a El un poco, si el hombre me puede confundir con El. Y, ¿qué desea la persona que ama sino parecerse a su amado? Sólo la esposa goza del esposo. El paraninfo no podría gozar de ella, porque sería una inmoralidad y un hurto. Pero el amigo del novio, que está cerca de él y escucha su palabra llena de júbilo nupcial, siente una alegría tan viva que podría compararse a la que hace dichosa a la virgen casada con él, la cual en aquella palabra comienza ya a degustar la miel de las palabras nupciales. Esta es mi alegría, y es completa. ¿Y qué hace el amigo del novio, habiéndole servido durante meses, y habiéndole conducido a la esposa a casa? Se retira y desaparece. ¡Así hago yo! ¡Así hago yo! Uno sólo queda, el esposo con la esposa: el Hombre con la Humanidad. ¡Oh, qué palabra más profunda! Es necesario que El crezca y que yo merme. Quien del Cielo viene está por encima de todos. Patriarcas y Profetas desaparecen a su llegada, porque El es como el Sol, que todo lo ilumina y su luz es tan viva que los astros y planetas sin luz se visten de ella, y los que aún no están apagados quedan anulados en el supremo esplendor del Sol. Esto sucede porque El viene del Cielo, mientras que los Patriarcas y los Profetas irán al Cielo, pero no vienen del Cielo. Quien viene del Cielo es superior a todos, y anuncia lo que ha visto y oído. Mas ninguno de entre los que no tienden al Cielo, renegando de Dios por ello, podrá aceptar su testimonio. Quien acepta el testimonio del que ha bajado del Cielo, con este acto suyo de creer, imprime un sello a su fe en que Dios es verdadero y no una fábula exenta de verdad, y escucha a la Verdad porque su ánimo está deseoso de ella. Porque Aquél a quien Dios ha enviado pronuncia palabras de Dios, pues Dios le da el Espíritu con plenitud, y el Espíritu dice: 'Aquí estoy. Tómame; que quiero estar contigo, delicia de nuestro amor'. Porque el Padre ama al Hijo sin medida y todas las cosas las ha puesto en su mano. Por eso quien cree en el Hijo tiene la vida eterna; mas quien se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, y la cólera de Dios permanecerá en él y sobre él".
Esto dijo. Estas palabras me las he grabado en mi mente para transmitírtelas” dice Matías.

5 “Te lo agradezco y te alabo por ello. El Profeta último de Israel no es Aquel que del Cielo baja, pero, por haber recibido el beneficio de los dones divinos ya desde el vientre de su madre –vosotros no lo sabéis, pero Yo os lo digo ahora–, es el que más se acerca al Cielo”.
“¿Cómo? ¿Cómo? ¡Háblanos! El dice de sí mismo: "Yo soy el pecador"”. Los tres pastores se muestran ansiosos de saber, así como también los discípulos.
“Cuando la Madre me llevaba, de mí–Dios estando encinta, fue a servir –porque es la Humilde y Amorosa– a la madre de Juan, prima suya por parte de madre, que había quedado embarazada en su vejez, ya el Bautista tenía su alma, porque estaba en el séptimo mes de su formación (151). Y este brote de hombre, dentro del seno materno, saltó de alegría al oír la voz de la Esposa de Dios. También en esto fue precursor; precedió a los redimidos, porque de seno a seno se efundió la Gracia, y penetró, y cayó la Culpa original del alma del niño. Por ello Yo digo que sobre la faz de la Tierra tres son los posesores de la Sabiduría, del mismo modo que en el Cielo, Tres son los que son Sabiduría: el Verbo, la Madre, el Precursor, en la Tierra; el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, en el Cielo”.
“Nuestro corazón está henchido de estupor... Casi como cuando se nos dijo: "Ha nacido el Mesías…". Porque Tú eras la profundidad abisal de la misericordia y nuestro Juan lo es de la humildad”.
“Y mi Madre, de la pureza, de la gracia, de la caridad, de la obediencia, de la humildad, de toda virtud que sea de Dios y que Dios infunda a sus santos”.

6 “Maestro –dice Santiago de Zebedeo– hay mucha gente”.
“Vamos. Venid también vosotros”.
Es muchísima la gente.
“La paz sea con vosotros” dice Jesús. Está sonriente como pocas veces. La gente cuchichea y le señala con gestos. Hay mucha curiosidad en el ambiente.
"No tentarás al Señor tu Dios" (152), está escrito.
Demasiadas veces se olvida este mandamiento. Se tienta a Dios cuando se le quiere imponer nuestra voluntad. Se tienta a Dios cuando imprudentemente se actúa contra las reglas de la Ley, que es santa y perfecta y en su lado espiritual –el principal– se ocupa y se preocupa, también, de la carne que Dios ha creado (153). Se tienta a Dios cuando, habiendo sido perdonados por El, Se vuelve a pecar. Uno tienta a Dios cuando, habiendo recibido de El un beneficio que pretendía ser un bien para sí, algo que le moviera hacia Dios, lo transforma en un daño.
Dios no es objeto de risa ni de burla. Demasiadas veces sucede esto. Ayer habéis presenciado el castigo que espera a quienes pretenden mofarse de Dios. El eterno Dios, lleno de compasión con quien se arrepiente, se muestra, por el contrario, lleno de severidad con el impenitente que en manera alguna se modifica a sí mismo.
Vosotros venís a mí para oír la palabra de Dios. Venís para obtener un milagro. Venís para obtener el perdón. Y el Padre os da palabra, milagro y perdón. Y Yo no echo de menos el Cielo, porque puedo daros milagros y perdón, y puedo haceros conocer a Dios.

7 Ese hombre cayó ayer fulminado, como Nadab y Abiú (154), por el fuego de la divina indignación. De todas formas, absteneos de juzgarle. Que lo que ha sucedido, que ha sido un nuevo milagro, solamente os haga meditar acerca de cómo hay que actuar para tener a Dios como amigo. El quería el agua penitencial, pero sin espíritu sobrenatural; la quería por espíritu humano: como una práctica mágica que le curase la enfermedad y le liberase de la desventura. El cuerpo y la cosecha: éstos eran sus fines, no su pobre alma, que no tenía valor para él; lo valioso para él era la vida y el dinero.
Yo digo: "El corazón está donde está el tesoro, y el tesoro donde el corazón. Por lo tanto, el tesoro está en el corazón".
El en el corazón tenía la sed de vivir y de tener mucho dinero. ¿Cómo obtenerlo?: como fuera; incluso con el delito. Pues bien, pedir así el bautismo ¿no era reírse de Dios y tentarle? Habría bastado el arrepentimiento sincero por su larga vida de pecado para proporcionarle una santa muerte y lo justo en esta Tierra. Pero él era el impenitente. No habiendo amado nunca a nadie aparte de sí mismo, llegó a no amarse ni siquiera a sí mismo. Porque el odio mata incluso el amor animal egoísta del hombre hacia sí mismo. El llanto del arrepentimiento sincero habría debido ser su agua lustral. De la misma forma, para todos vosotros que estáis escuchando; porque sin pecado no hay nadie, y todos, por lo tanto, tenéis necesidad de esta agua que, exprimida por el corazón mismo, desciende y lava, da de nuevo la virginidad a quien ha sido profanado, levanta al abatido, da nuevo vigor a quien la culpa ha dejado exangüe.
Ese hombre se preocupaba sólo de la miseria de la tierra, cuando en realidad sólo una miseria debe apesadumbrar al hombre: la eterna miseria de perder a Dios. Ese hombre no dejaba de hacer las ofrendas rituales, mas no sabía ofrecer a Dios un sacrificio de espíritu, es decir, alejarse del pecado, hacer penitencia, pedir con los hechos el perdón. Una hipócrita ofrenda de riquezas mal adquiridas es como invitarle a Dios a que se haga cómplice de las malas acciones del hombre. ¿Es posible que esto suceda? ¿No es reírse de Dios el pretenderlo? Dios arroja de su presencia a quien dice: "he aquí que sacrifico" y se consume internamente por continuar su pecado. ¿Ayuda, acaso, el ayuno corporal cuando el alma no ayuna del pecado?
Que la muerte de este hombre, que ha acontecido aquí, os haga meditar sobre las condiciones necesarias para gozar del aprecio de Dios. Ahora, en su rico palacio, los familiares y las plañideras hacen duelo ante los restos mortales que dentro de poco serán conducidos al sepulcro. ¡Oh, verdadero duelo y verdaderos restos mortales! ¡Nada más que unos restos mortales! Nada más que un desconsolado duelo, porque el alma, precedente e irremisiblemente muerta, se verá para siempre separada de aquellos que amó por parentela y afinidad de ideas. Aunque una misma morada los una eternamente, el odio que allí reina los dividirá. Es así que entonces la muerte es verdadera separación. Mejor sería que, en vez de los demás, fuese el propio hombre quien, teniendo muerta el alma, llorase por sí mismo; de modo que, por ese llanto de contrito y humilde corazón, le devolviera al alma la vida con el perdón de Dios.
Idos, sin odio ni comentarios, nada más que con humildad; como Yo, que, no con odio sino por justicia, he hablado de él. La vida y la muerte son maestras para bien vivir y bien morir, y para conquistar la Vida sin muerte. La paz sea con vosotros”.

8 No hay ni enfermos ni milagros, y Pedro les dice a los tres discípulos del Bautista: “Lo siento por vosotros”.
“No es necesario. Nosotros creemos sin ver. Hemos tenido el milagro de su natividad, que nos ha hecho creyentes, y ahora tenemos su palabra, que confirma nuestra fe. Sólo pedimos servirla hasta el Cielo, como Jonás, hermano nuestro”.
Todo termina.

Continúa...

Notas:

147) “El Padre ha entrado en Mí…” interpretación que debe interpretarse a la luz de: Mt. 21, 12–17; Mc. 11, 15–19; Lc. 19, 45–46; Ju. 2, 13–22, en donde se habla del celo por la casa de su Padre y de cómo Jesús arrojó a los profanadores con golpes. La dicha expresión equivaldría a la siguiente: Fui invadido del celo de la Divina Justicia ultrajada desvergonzadamente por el cruel que no quiso arrepentirse; celo que prevaleció sobre la Misericordia, la cual no puede tener lugar en quien sólo hay odio. Cfr. también Mt. 23, 13–39; 25, 41–46; cap. 109 pág. 182 not.86.

148) Cfr. Lc. 9, 51–56.

149) Cfr. Ju. 3, 22–36.

150) Cfr. Tob. 5, 1 – 12, 21.

151) Esta afirmación no excluye el que el alma sea infundida desde el primer instante de la concepción. Lo que parece, más bien, es que quiere rechazar la opinión de que el individuo reciba su alma en el momento del nacimiento o, incluso, después de haber nacido. La sacralidad de la vida humana, desde su concepción, ha sido afirmada poco antes, en 126.4/5.

152) Cfr. Dt. 6, 14–25.

153) En muchos lugares bíblicos aparece el cuidado que tiene Dios del cuerpo humano y a lo que está destinado. Cfr. Rom. 6, 12–14; 8, 1–13 y 23; 1 Cor. 3, 16–17; 6, 12–20; 10, 31; 12, 12–26; 15; 1 Tes. 4, 3–8; Flp. 1, 20; 3, 20–21.

154) Cfr. Ex. 6, 23; 24, 1 y 9; 28, 1; Lev. 10, 1–7; Núm. 3, 1–4; 26, 60–61; 1 Par. 24, 1–2.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  

 
 
 

 
 
 

5 DE SEPTIEMBRE: LOS SANTOS RÓMULO, EUDOXIO, ZENÓN, MACARIO Y 1104 COMPAÑEROS MÁRTIRES


5 de Septiembre: Los Santos Rómulo, Eudoxio, Zenón, Macario y 1104 Compañeros Mártires

(✞ Siglo I)

El fortísimo soldado de Cristo San Rómulo, era mayordomo del emperador Trajano y servíale con tanta fidelidad y diligencia que mereció gozar de toda su confianza. 

Enviado en cierta ocasión por el emperador a las Galias, para que se enterase por sí mismo del estado de las legiones que allí tenía, y obligase a todos los soldados a sacrificar a los dioses, cumplió su encargo Rómulo con toda lealtad y celo; más ni con promesas, ni con amenazas logró vencer la resistencia de muchos soldados que eran cristianos; a todo estaban dispuestos antes que hacer aquel sacrificio abominable. 

Era capitán de aquellas tropas Eudoxio, ciudadano romano no menos fiel a la ley de Cristo que el emperador, el cual le había ennoblecido con las más altas condecoraciones del imperio; más no fue todo esto bastante para que obedeciese a sus impías órdenes y desobedeciese a las del verdadero Dios. 

Así que llegó a los oídos el tirano la obstinación de aquellas tropas, mandó que fuesen trasladadas desde las Galias a Melitina de Armenia, y que en el viaje les hiciesen padecer grandes fatigas y malos tratos; los cuales sufrieron aquellos soldados de Cristo con tal maravillosa fortaleza, que espantado de ella el mismo Rómulo que les afligía, abrió los ojos a la Fe y arrepintióse de lo que había hecho; y presentándose al emperador, le confesó que también él era cristiano y que todo lo menospreciaba y tenía en pro a trueque de vivir y morir como siervo de Cristo. 

Enojóse sobremanera el emperador al oír la confesión de su mayordomo; y en castigo de su desacato, que por tal lo tenía, mandó que luego le cortasen la cabeza y así se ejecutó. 

Tampoco quiso el Señor que perdiesen la corona aquellos invictos soldados, que habían comenzado ya a ganarla, negándose a sacrificar a los ídolos, como Rómulo, siendo gentil, les había mandado; y así algunos años después, en tiempos del emperador Maximiano, enviáronse nuevas órdenes al prefecto de Melitana para que obligara a todos los soldados de su guarnición a que adorasen los dioses del imperio, condenando a muerte a cuantos se resistiesen a obedecer al mandato imperial. 

Entonces Eudoxio, que era como ya se ha dicho capitán de aquella legión, respondió que sus soldados cristianos de ninguna manera se contaminarían con aquellas sacrílegas idolatrías, y luego les hizo una fervorosa exhortación diciéndoles que pues tenían valor, como buenos soldados, para morir en un combate por la esperanza de una victoria incierta y de una recompensa temporal, ¡cuánto más animosos habían de estar para dar la vida por Jesucristo, sabiendo que alcanzaban seguramente mucho más esclarecida victoria, y una recompensa perdurable! 

Alentados con estas palabras y precedidos de Eudoxio, Zenón y Macario, ofrecieron todos alegremente su cerviz al cuchillo, y en número de mil ciento cuatro, recibieron en un día mismo la corona de su confesión, y la palma gloriosa del martirio. 

Reflexión

Mírense en este ilustre ejemplo de fidelidad a Cristo señaladamente los militares cristianos; y ya que como buenos soldados muestran su valor resistiendo cualquier peligro de muerte, no quieran faltar por cosa del mundo a la lealtad que deben a su divino Capitán, Rey y Señor Jesucristo; a quien todos debemos servir fielmente y en cuya honra y amor hemos de vivir y morir para alcanzar la corona de los cielos. 

Oración

Oh Dios, que concedes la gracia de celebrar la fiesta de tus bienaventurados mártires Rómulo Eudoxio, Zenón, Macario y demás compañeros de su martirio; otórganos también la dicha de poder gozar con ellos de la alegría y eterna felicidad. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.