sábado, 18 de abril de 2026

LIBERALISMO CONTRA CRISTO REY: LA BATALLA DECISIVA DE NUESTRA ÉPOCA

Pío XI consideraba que las crisis religiosas, morales, económicas y políticas eran el resultado del intento progresivo del hombre por liberarse de la ley eterna de Dios.

Por Matthew McCusker


El año pasado se conmemoró el centenario del establecimiento de la Fiesta de Cristo Rey por el Papa Pío XI. En su encíclica Quas Primas, promulgada el 11 de diciembre de 1925, el Sumo Pontífice ordenó que esta fiesta se celebrara anualmente el último domingo de octubre, a partir de 1926.

En Quas Primas, Pío XI explicó que la Iglesia a menudo establece fiestas cuando es necesario combatir un error en particular o cuando los fieles necesitan recordar una verdad en particular.

Por ejemplo, explicó que “cuando se entibió la reverencia y culto al Santísimo Sacramento, entonces se instituyó la fiesta del Corpus Christi” y, del mismo modo, “la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los jansenistas, habíanse enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de su eterna salvación” [1].

En Quas Primas, el Papa expresó su esperanza en la nueva Fiesta de Cristo Rey:

La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes. A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres (…) [2]

Pío XI, al igual que sus predecesores, consideraba que las crisis religiosas, morales, económicas y políticas del mundo moderno, y el sufrimiento humano que de ellas se deriva, eran principalmente el resultado del intento progresivo del hombre por liberarse de la ley eterna de Dios.

Retomando su primera encíclica, escribe:

... proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador

… Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese. En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo [3].

Hablar de restauración es, por supuesto, referirse a algo que existió en el pasado. El Papa León XIII escribió:

“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La Religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados … Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza ... Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer. […]” [4].

Y en Rerum Novarum, enseñó:

... que la sociedad humana fue renovada desde sus cimientos por las costumbres cristianas; que, en virtud de esta renovación, fue impulsado el género humano a cosas mejores; más aún, fue sacado de la muerte a la vida y colmado de una tan elevada perfección, que ni existió otra igual en tiempos anteriores (…) [5].

Y 40 años después, el Papa Pío XI enseñó:

Existió, efectivamente, en otros tiempos un orden social que, aun no siendo perfecto ni completo en todos sus puntos, no obstante, dadas las circunstancias y las necesidades de la época, estaba de algún modo conforme con la recta razón.

Y si aquel orden cayó, es indudable que no se debió a que no pudiera, evolucionando y en cierto modo ampliándose, adaptarse a las nuevas circunstancias y necesidades, sino más bien a que los hombres, o, endurecidos por el exceso de egoísmo, rehusaron ampliar los límites de ese orden en la medida que hubiera convenido al número creciente de la muchedumbre, o, seducidos por una falsa apariencia de libertad y por otros errores, rebeldes a cualquier potestad, trataron de quitarse de encima todo yugo [6].

Estos Papas se referían a los muchos siglos en que la sociedad occidental era íntegramente católica, y en que quienes ostentaban el poder en el Estado buscaban, en su mayor parte, cumplir con sus obligaciones para con Dios y su Iglesia.

León XIII

La unidad de la cristiandad se rompió con la Reforma, pero fue durante los siglos XVIII y XIX cuando los lazos que mantenían unidas a las sociedades católicas se fueron disolviendo progresivamente.

Y la ideología principal responsable de esta disolución ha sido identificada y condenada por los Romanos Pontífices bajo el nombre de Liberalismo.

Cuando utilizo el término liberalismo en esta charla, lo uso en el sentido en que lo usaban los Papas.

En resumen, el liberalismo es la afirmación de la independencia del hombre frente a cualquier sumisión necesaria a un orden que exista fuera de su propio intelecto y voluntad.

Afirma la supremacía del intelecto humano y de la voluntad humana, y rechaza la necesidad de subordinación al Intelecto Divino y a la Voluntad Divina.

El liberalismo sostiene que es el individuo quien debe determinar por sí mismo qué es verdadero y qué es bueno, y este ejercicio de la libertad es considerado por el liberal como “el mayor bien del hombre”.

Esto contradice directamente la enseñanza de la Iglesia Católica, que sostiene que Dios es la fuente de todo ser, de toda verdad, de toda bondad, y que el mayor bien del hombre se encuentra en contemplarlo por toda la eternidad en la visión beatífica del Cielo.

El liberalismo, -enseña León XIII- “es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad” [7].

Y continúa:

“Esta es la pretensión de los referidos seguidores del liberalismo; según ellos no hay en la vida práctica autoridad divina alguna a la que haya que obedecer; cada ciudadano es ley de sí mismo. De aquí nace esa denominada moral independiente, que, apartando a la voluntad, bajo pretexto de libertad, de la observancia de los mandamientos divinos, concede al hombre una licencia ilimitada” [8].

Por supuesto, no todos los influenciados por el liberalismo, o quienes sostienen doctrinas derivadas del liberalismo, llegarían necesariamente al extremo de rechazar la ley moral en su totalidad.

Pero esto se debe a la inconsistencia humana. A menudo, no llevamos nuestras creencias hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, todas las formas de liberalismo —religioso, moral, económico y político— tienen su origen último en la declaración de independencia del hombre respecto a la razón divina y eterna de Dios.

Cabe señalar que el liberalismo es totalmente incompatible con la fe católica, que proclama la soberanía absoluta de Dios.


Entre la Iglesia Católica y el liberalismo ha existido un conflicto constante e incesante.

Con raíces en los siglos XVI y XVII, el liberalismo cobró fuerza en el siglo XVIII —la llamada Ilustración— y comenzó a moldear la política de los gobiernos de una manera perjudicial tanto para la Iglesia como para el bienestar de los pueblos a los que supuestamente debían servir.

La Revolución Francesa de 1789 dio inicio a lo que podría llamarse "el largo siglo XIX" y a una serie de guerras y revoluciones que destruyeron el orden cristiano de Europa.

Si bien los liberales modernos pretenden dar la impresión de que los principios liberales se difunden de forma constante y pacífica debido a su supuesta obviedad, la realidad es muy distinta. De hecho, en los países católicos, el liberalismo se impuso generalmente de forma violenta mediante revoluciones, guerras civiles, conspiraciones, sociedades secretas, asesinatos, terrorismo, elecciones fraudulentas, confiscaciones masivas de propiedades y matanzas que, en algunas regiones, llegaron a constituir genocidio.

El siglo XIX, lejos de ser una era de progreso pacífico, fue en gran parte del mundo católico una época de violencia solo superada por las horrendas guerras y revoluciones del siglo XX. Por ejemplo, se libraron guerras civiles en numerosas naciones, entre ellas España, Portugal, Italia, México, Argentina, Uruguay y muchas más.

En cada caso, se trataba de guerras en las que, por un lado, los liberales se enfrentaban a los opositores del liberalismo, por el otro.

Y donde la Iglesia Católica era más fuerte, la violencia utilizada para imponer el liberalismo era mayor.

Por ejemplo, en España, donde la Contrarreforma se había arraigado quizás con más fuerza que en ningún otro lugar, hubo guerras y revoluciones continuas desde la primera década del siglo XIX hasta que concluyó la Guerra Civil Española en 1939.

En México, la primera mitad del siglo XIX estuvo marcada por el conflicto político entre liberales y conservadores, y entre ramas rivales de la masonería. Se produjeron dos guerras civiles a gran escala entre 1857 y 1861, y entre 1862 y 1867, y de 1876 a 1911 una dictadura liberal bajo la cual el nivel de vida de gran parte de la población decayó, en gran medida como resultado de la confiscación y distribución de tierras comunales indígenas por parte del régimen liberal. Luego, a partir de 1911, México sufrió casi tres décadas de sucesivas revoluciones y guerras civiles. El famoso levantamiento cristero, durante el cual los rebeldes católicos se alzaron en nombre de Cristo Rey, fue solo un episodio de un conflicto mucho más extenso.


Por poner otro ejemplo, Italia estuvo unificada bajo un régimen liberal durante las décadas de 1850 y 1860 en un movimiento llamado “Risorgimento” o “Resurgencia”. Según la propaganda liberal, se trató de “un movimiento nacional espontáneo por la libertad y la unidad”.

De hecho, se trató de una serie de conquistas militares de estados italianos independientes, seguidas de plebiscitos fraudulentos en los que el 99% de la población votaría invariablemente a favor de unirse a una Italia unificada, y la resistencia sería reprimida violentamente [9]. Por ejemplo, en el Reino de las Dos Sicilias , uno de los estados incorporados por la fuerza a la nueva Italia, es posible que hasta 60.000 personas hayan sido asesinadas [10]. El fin del “risorgimento” llegó en 1870 con la invasión militar de los Estados Pontificios, la derrota del ejército papal y la ocupación de Roma.

Y creo que no es exagerado decir que todo Occidente hoy en día es territorio ocupado, gobernado por regímenes liberales que se han establecido sobre las ruinas de la cristiandad.

El Orden Católico

Tras haber ofrecido esta breve reseña histórica, me gustaría ahora dar un paso atrás y examinar con más detenimiento los sistemas contrastantes, y totalmente irreconciliables, del catolicismo y el liberalismo.

En primer lugar, quisiera exponer, de la forma más breve y sencilla posible, el orden de la realidad contra el que se rebela el liberalismo.

A continuación, y también brevemente, se abordará cómo el liberalismo se opone a este orden en los ámbitos de la religión y la política. Debido a las limitaciones de tiempo, en esta presentación solo trataré superficialmente el liberalismo económico y moral.

El católico parte de la sencilla verdad de que Dios es el creador de todas las cosas, que sustenta todas las cosas en el ser en cada momento de su existencia, y que Él es el fin último hacia el cual todas las cosas se dirigen.

Todo lo que existe, desde el grano de arena más pequeño hasta el ángel más poderoso, es dirigido hacia su fin propio por la Divina Providencia.

A esta dirección de todas las cosas, por la razón eterna de Dios, la llamamos Ley Eterna.

Y, como enseña Santo Tomás de Aquino, no hay nada, absolutamente nada, que no esté dirigido a su fin por la ley eterna [11].

La Ley Natural

Esto significa que nosotros, los seres humanos, también somos guiados por Dios hacia nuestro fin último mediante la ley eterna.

Pero los seres humanos nos diferenciamos de las demás criaturas materiales porque somos seres racionales con facultades de intelecto y voluntad. Gracias al libre albedrío, tenemos poder sobre nuestras acciones y la libertad de dirigirnos a nosotros mismos.

Por lo tanto, Dios debe dirigir a las criaturas racionales de una manera diferente a como dirige a las demás criaturas, cada una de las cuales es dirigida según la naturaleza específica que les ha dado.

Como todas las criaturas, llevamos la ley eterna de Dios “impresa” en nosotros.

Como enseña San Pablo:

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, hacen por naturaleza lo que la ley exige, estos que no tienen la ley son ley para sí mismos; pues muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándose o defendiéndose unos a otros en sus pensamientos (Rm 2:14-15).

Esto es lo que llamamos ley natural. Los primeros principios del razonamiento moral que se nos inculcan, mediante los cuales nuestra conciencia juzga lo que debemos hacer y lo que debemos evitar.

Santo Tomás de Aquino

Según Santo Tomás, mediante la ley natural participamos de la razón eterna de Dios, por la cual somos guiados hacia nuestro fin propio.

Y así como Dios gobierna y dirige todas las cosas, también debe dirigirnos a nosotros como seres sociales, y lo hace por medio de autoridades humanas, cuya naturaleza y autoridad derivan de Él.

Existen muchas formas de sociedad, pero solo dos son permanentes y necesarias en el orden natural: la familia y el Estado.

La primera de todas las sociedades, escribió el gran teólogo Cardenal Louis Billot, “es la sociedad instituida por Dios mismo, el Autor de la naturaleza, una sociedad benéfica entre todas las demás, anterior a toda sociedad política, atenta a los afectos más íntimos del corazón humano y exigida por las necesidades más evidentes de nuestra vida moral y física: me refiero a la sociedad doméstica, comúnmente conocida como familia” [12].

Y del Estado, el Papa León XIII enseña:

“Es la misma naturaleza la que exige a voces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios” [13].

Y San Pablo enseña en su carta a los Romanos:

“Sométase toda persona a las autoridades superiores, pues no hay autoridad sino de Dios, y las que existen, por Dios han sido establecidas. Por lo tanto, quien se opone a la autoridad, se opone a lo que Dios ha establecido” (Romanos 13:1-3).

Y continúa:

“Porque él es ministro de Dios, vengador para castigar al que hace el mal. Por lo tanto, sométete, por necesidad, no solo por temor al castigo, sino también por conciencia” (Rm 13: 4-5).

Mucho se podría decir sobre estas dos sociedades, pero lo que deseo destacar aquí es que tanto la familia como el Estado derivan su naturaleza y su autoridad de Dios, quien ha establecido el orden natural del cual son parte necesaria.

Ni su naturaleza ni su autoridad derivan de la voluntad del hombre.

Dado que tanto la autoridad paterna como la política provienen de Dios, exigen nuestra obediencia. Pero precisamente porque toda autoridad proviene de Dios, quienes la ejercen son, como dice san Pablo, ministros de Dios. Ejercen el poder en su nombre y están estrictamente obligados a usarlo únicamente para los fines para los que fue dado, es decir, para el bien de aquellos sobre quienes tienen autoridad.


La familia y el Estado son sociedades naturales, instituidas principalmente para encaminarnos hacia nuestro fin natural.

Pero, por supuesto, también tenemos un fin sobrenatural, que es la felicidad sobrenatural en la visión eterna de Dios.

La sociedad que nos orienta hacia ese fin es la Iglesia Católica, cuya jerarquía ejerce la triple autoridad de enseñar, gobernar y santificar, que deriva directamente de Jesucristo.

Esta sociedad sobrenatural es la sociedad más elevada de la tierra debido a su naturaleza divina —es el Cuerpo Místico del cual Jesucristo es la Cabeza— y a su fin más excelso.

En cierto sentido, la Iglesia y el Estado están separados porque persiguen fines distintos. El Estado trabaja por el bien temporal de una comunidad en particular, mientras que la Iglesia trabaja por el bien sobrenatural de toda la humanidad.

Sin embargo, como se dijo anteriormente, nada escapa al gobierno divino, por lo que ningún aspecto de la vida humana, incluida la dirección del Estado, puede estar fuera de la soberanía de Jesucristo.

Y aquí llegamos al punto principal de conflicto entre el liberalismo y la Iglesia Católica.

El liberalismo, al afirmar la independencia del hombre respecto del orden sobrenatural, sostiene que el Estado debe ser totalmente independiente de la Iglesia.

La Iglesia, por otro lado, al afirmar la soberanía absoluta de Dios, insiste en que la espada temporal del Estado debe ponerse al servicio de la espada espiritual de la Iglesia.

Toda persona tiene la obligación de creer en Dios, de recibir el Evangelio de Jesucristo y de vivir conforme a él. Esta obligación no cesa cuando las personas se reúnen para formar sociedades.

Como enseña el Papa León XIII:

“La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios piadosa y santamente, porque de El dependemos, y porque, habiendo salido de El, a El hemos de volver, impone la misma obligación a la sociedad civil” [14].

Esto se debe a que:

“Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando viven aislados. La sociedad, por su parte, no está menos obligada que los particulares a dar gracias a Dios, a quien debe su existencia, su conservación y la innumerable abundancia de sus bienes. Por esta razón, así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es abrazar con el corazón y con las obras la Religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la Religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas” [15].

Y el Estado no es libre de elegir una religión para sí mismo, sino que está obligado a adherirse a la religión que sea verdadera.

León XIII enseña:

“... los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la Religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas. Todo lo contrario. El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma con que el mismo Dios ha querido que se le venere” [16]

Por lo tanto, la separación entre Iglesia y Estado, en el sentido liberal del término, es un pecado.

Para resumir esta sección:

Dios es la fuente de toda verdad y de toda autoridad. Él guía a los seres humanos hacia su fin propio, mediante la ley natural escrita en sus corazones y mediante las autoridades que derivan su poder de Él, a saber, la autoridad doméstica, política y eclesiástica.

Es contra estas formas de autoridad divinamente ordenadas que se rebela el liberalismo.

Liberalismo: El orden anticatólico

El principal objetivo a atacar de los regímenes liberales es siempre la Iglesia Católica.

En efecto, el origen histórico del liberalismo se encuentra en la Reforma.


Los reformadores protestantes repudiaron el papel necesario de la autoridad eclesiástica en la enseñanza autorizada del contenido de la revelación divina.

La Reforma sustituyó este principio por el de la “sola scriptura”, lo que condujo a la creciente fragmentación de la fe protestante y a la aceptación generalizada del principio del juicio privado, es decir, que cada individuo debe decidir por sí mismo el significado de la Sagrada Escritura.

Y, en última instancia, el juicio privado llegó a considerarse no solo una necesidad práctica, sino un derecho que debía defenderse contra todos los intentos de las autoridades eclesiásticas o políticas de imponer una interpretación particular de la revelación.

La formulación de la idea de que el individuo tiene derecho a decidir lo que Dios ha revelado fue el comienzo del liberalismo religioso.

Y, a medida que avanzaba el siglo XVIII, esto evolucionó desde la afirmación del derecho individual a interpretar la revelación cristiana hasta el derecho a la completa independencia en materia religiosa, es decir, el derecho a rechazar el cristianismo e incluso la creencia en Dios.

Hoy en día, por supuesto, se considera que toda persona tiene derecho a creer o a no creer lo que elija.

El liberalismo religioso está estrechamente relacionado con el desarrollo del liberalismo político.

El liberalismo religioso afirma la independencia del hombre frente a la sumisión a la autoridad eclesiástica, y el liberalismo político afirma la independencia del hombre frente a la sumisión a la autoridad política, entendida como aquella que deriva su poder de Dios.

El liberalismo afirma que la autoridad del Estado emana del hombre.

En el sistema liberal, el Estado no forma parte de un orden natural querido por Dios, sino que surge de un “contrato social” mediante el cual cada individuo renuncia a cierta libertad a cambio de cierta seguridad.


Los individuos acuerdan convivir en sociedad y no asesinarse entre sí, robarse unos a otros, etcétera.

Pero la autoridad del Estado para hacer cumplir tales leyes deriva de las voluntades humanas individuales que se reúnen de ese modo; de ahí la visión moderna, ahora casi dominante, de que la democracia con un amplio sufragio es la única forma legítima de gobierno.

La Iglesia Católica, por otro lado, considera legítimas todas las formas de gobierno si pueden alcanzar el fin para el que existe el Estado, a saber, el bien común del pueblo sobre el que gobierna.

Según la doctrina liberal, dado que la autoridad del Estado emana de los individuos que lo componen, y no de Dios, el Estado representa la voluntad colectiva del pueblo.

Para el liberal, es la voluntad colectiva del pueblo la que debe determinar las leyes y acciones del Estado, y no la ley eterna de Dios.

Así como la voluntad individual está libre de cualquier obligación de conformarse a un orden ajeno a sí misma, el Estado también lo está.

Por lo tanto, el Estado no está sujeto a ninguna obligación para con Dios y su Iglesia, ni a la observancia de la ley moral misma.

Esta concepción política liberal también implica que debe prevalecer la voluntad de la mayoría, ya que no existe un orden externo al que deban ajustarse las acciones del Estado.

Sobre tales teorías políticas, León XIII enseña:

“Porque, cuando el hombre se persuade que no tiene sobre si superior alguno, la conclusión inmediata es colocar la causa eficiente de la comunidad civil y política no en un principio exterior o superior al hombre, sino en la libre voluntad de cada uno; derivar el poder político de la multitud como de fuente primera. Y así como la razón individual es para el individuo en su vida privada la única norma reguladora de su conducta, de la misma manera la razón colectiva debe ser para todos la única regla normativa en la esfera de la vida pública. De aquí el número como fuerza decisiva y la mayoría como creadora exclusiva del derecho y del deber” [17].

El Papa enseña que esta “mayoría numérica, [es un] verdadero plano inclinado que lleva a la tiranía” [18].

 La historia del siglo XIX lo confirma.

Rebelión contra la Iglesia

El Estado liberal, que afirma representar “la voluntad general del pueblo”, por encima de la cual no existe autoridad superior, no puede tolerar rivales.

Existen dos tipos de sociedades que el Estado liberal considera particularmente amenazantes, porque han sido establecidas por Dios y ejercen un poder que emana de Él.


Estas dos sociedades son la Iglesia Católica y la familia.

Como ya he señalado, la Iglesia Católica es siempre el primer objetivo de las revoluciones liberales. Todas las revoluciones desde la Revolución Francesa se han vuelto furiosas contra la Iglesia.

He aquí un breve extracto que describe lo que le sucedió a la Iglesia en México después de la Guerra de Reforma, una de las guerras civiles que mencioné anteriormente y que podría representar muchas otras persecuciones liberales contra la Iglesia:

“La guerra había terminado, pero el conflicto continuaba… Un historiador acuñó la frase perfecta para este período: ‘El pico de la reforma’. Liberales prominentes literalmente tomaron hachas para destruir altares, fachadas de iglesias, púlpitos y confesionarios. Se recrearon escenas de la Revolución Francesa. Imágenes de santos fueron decapitadas, acribilladas a balazos, quemadas en autos de fe públicos; se robaron los tesoros de la Iglesia, se saquearon los archivos, las libertades eclesiásticas ardieron en llamas. Obispos fueron lapidados y propiedades de la Iglesia subastadas. Monjas que habían pasado toda su vida en clausura fueron repentinamente expulsadas de sus conventos” [19].

Ese fragmento podría repetirse, casi con las mismas palabras, para describir lo que sucedió en todo el mundo católico en el siglo XIX.

A la familia tampoco se le permite disfrutar de una existencia independiente del estado liberal.

El Cardenal Billot escribe:

“La familia también sufrirá los embates del liberalismo, que, en la medida de lo posible, por todos los medios y artimañas, con todos los esfuerzos y recursos a su alcance, busca la destrucción y eliminación de la familia, de modo que bien podría decirse que, para los legisladores de la Revolución, esta era, en verdad, la Cartago que debía ser destruida. Y el liberalismo la destruye primero en sus cimientos. Pues el fundamento de la familia es el matrimonio, y ese matrimonio indisoluble, mediante una obligación indivisible que vincula en común al hombre y a la mujer hasta el final. Además, resulta evidente para todos cuán contraria es tal obligación a la libertad y emancipación del individuo” [20].

Billot continúa diciendo que una de las primeras cosas que hacen los liberales al llegar al poder es legalizar el divorcio, precisamente para socavar la familia desde sus cimientos.


Billot también destaca otros dos métodos que utilizan los liberales: primero, tomar el control de la educación y negar los derechos de los padres como principales educadores de sus hijos; y segundo, utilizar los impuestos sobre la herencia para destruir la familia como una institución que perdura en el tiempo.

En cambio, pretenden que las familias sean sociedades temporales que deban formarse de nuevo en cada generación.

Y, por supuesto, desde la muerte de Billot, los ataques contra la familia han aumentado con métodos cada vez más nuevos y destructivos que incluyen el aborto, la anticoncepción, las amenazas a la autoridad parental, el transgenerismo y muchos más.

En resumen, el liberalismo reconoce únicamente al individuo soberano y a la nación soberana.

Esto conlleva a debilitar o destruir no solo a la familia, sino también a todas las demás sociedades que se interponen entre el individuo y el Estado, dejando a menudo al individuo aislado e indefenso.

Por ejemplo, el liberalismo actúa para destruir o debilitar toda propiedad colectiva y comunal de la tierra y los bienes en favor de la propiedad individual. Esta es una de las razones, además del motivo religioso, del ataque liberal contra la autoridad eclesiástica y, especialmente, contra las Ordenes Religiosas.

Lamentablemente, no es posible profundizar en este tema, ni en el liberalismo económico, debido a las limitaciones de tiempo.

Algunas conclusiones

Dios nos ha dado libre albedrío. Tenemos el poder de elegir el bien o el mal.

Tenemos el poder de pecar. Y el pecado ha sido parte de la condición humana desde la caída.

Pero el liberalismo es algo más que acciones pecaminosas individuales. El liberalismo es el repudio de todo el orden intelectual y moral, porque proclama la independencia del hombre de cualquier obligación de conformar la verdad al intelecto y la voluntad al bien.

Por eso, el sacerdote español Don Félix Sardá y Salveny escribió:

“En el orden de las doctrinas, el liberalismo es la herejía universal y radical, porque las contiene todas; y en el orden de las acciones, es la transgresión universal y radical, porque las autoriza y sanciona todas [21].

En nuestros días, el liberalismo ha entrado en la que bien podría ser su fase final: el intento de liberar no solo de la autoridad eclesiástica y política, sino también de las normas morales y realidades más evidentes del orden natural.

Esto se hace quizás más evidente en el fenómeno del transgenerismo, en el que la voluntad humana afirma su independencia de la naturaleza física del propio cuerpo.

Aquí vemos claras consecuencias de la afirmación de que la voluntad humana está libre de cualquier conformidad necesaria con cualquier orden de la realidad.

¿Cuántas personas creen realmente que un hombre puede decidir por voluntad propia ser mujer o una mujer ser hombre? Pero si no lo creen, ¿por qué gran parte de la clase política lo ha aceptado?


Creo que la respuesta a esa pregunta es que la única forma de rechazar la ideología transgénero sería formular un argumento basado en la obligación del intelecto y la voluntad humanos de ajustarse a la realidad objetiva. Sin embargo, eso atenta contra la esencia misma del liberalismo.

Todo hombre o mujer que desee considerarse libre de la obligación de someterse a un orden que se impone a su intelecto o voluntad debe tener cuidado de no reconocer tal obligación en ningún ámbito de la vida. Consciente o inconscientemente, estos liberales saben que este camino no solo conduce al reconocimiento de la obligación de observar cada precepto de la ley moral, sino que, en última instancia, lleva a la sumisión al Sagrado Magisterio de la Iglesia Católica.

La gran incógnita para nuestra sociedad es si, y cuándo, se volverá a reconocer de forma generalizada la obligación de conformar el intelecto y la voluntad al orden de la realidad.

Las palabras del Cardenal Billot, escritas hace más de un siglo, aún reflejan la situación que enfrentamos hoy, aunque la desintegración social causada por el liberalismo está mucho más avanzada. Él escribe:

“Hay muchos que aún se quedan en la superficie del problema, sin percibir todavía el carácter esencial de la Revolución, que es satánico. Pero también hay otros que profundizan en el asunto y comprenden plenamente que la cuestión religiosa subyace a todas las demás que ahora se agitan; que la plaga del liberalismo político y económico nació del liberalismo ateo y anticristiano del que hemos hablado…; que, en definitiva, el orden social no puede sostenerse ni estabilizarse de ninguna manera hasta que la Iglesia retome la dirección de los asuntos sociales. Cabe esperar, pues, que, con la ayuda de la gracia divina, estas semillas maduren y que estos principios, una vez reconocidos teóricamente, se conviertan en el fundamento de una restauración. Y acogemos con los brazos abiertos dicha restauración, sabiendo que bajo esa legislación pagana, bajo la cual vivimos ahora, los cristianos individuales, ciertamente, aún pueden existir, pero que no puede haber una sociedad verdaderamente cristiana” [22].

Si queremos ver una sociedad cristiana, entonces no hay otra solución que la propuesta por Pío XI hace 100 años en la encíclica Quas Primas:

“Que no solo los particulares, sino también los gobernantes… están obligados a rendir honor y obediencia pública a Cristo”

Notas:

1) Papa Pío XI, Quas Primas nº 22.

2) Papa Pío XI, Quas Primas nº 33.

3) Papa Pío XI, Quas Primas nº 1.

4) Papa León XIII, Immortale Dei nº 9.

5) Papa León XIII, Rerum Novarum nº 21.

6) Papa Pío XI, Quadragesimo Anno nº 97.

7) Papa León XIII, Libertas nº 12.

8)    Papa León XIII, Libertas nº 12.

9) David Gilmour, In Pursuit of Italy (La Persecución en Italia), (Londres, 2011), págs. 191, 198.

10) Gilmour, In Pursuit of Italy, pág. 245.

11) Véase ST II.I, q.93, a.1.

12) Louis Cardinal Billot SJ, Liberalism: A Criticism of its Basic Principles and Divers Forms (El liberalismo: una crítica de sus principios básicos y diversas formas), trad. GB O'Toole, (1922), pág. 40.  

13) Papa León XIII, Libertas nº 14.

14)  Papa León XIII, Immortale Dei nº 3.

15)   Papa León XIII, Immortale Dei nº 3.

16) Papa León XIII, Immortale Dei nº 3.

17) Papa León XIII, Libertas nº 12.

18) Papa León XIII, Libertas nº 12.

19) Enrique Krauze, Mexico: A Biography of Power (México: Una biografía del poder), trad. Henk Heifetz, pág. 170.

20) Billot, Liberalism (Liberalismo), págs. 40-41.

21) Don Félix Sardá y Salveny, El liberalismo es pecado, 7ª edición, (pasaje traducido por el autor).

22) Billot, Liberalism (Liberalismo), pág. 83.

18 DE ABRIL: BEATO ANDRÉS HIBERNÓN


18 de Abril: Beato Andrés Hibernón

( 1602)

El bienaventurado y fervorosísimo siervo de Dios, Beato Andrés Hibernón nació en la ciudad de Murcia de padres pobres.

Queriendo darle una carrera, le enviaron a unos tíos suyos que vivían en Valencia; pero estos le hacían guardar el ganado, en cuyo oficio llegó con admirable inocencia a la edad de veinte años.

Habiendo recibido ochenta ducados de mano de su tío, pensaba dotar con ellos a una hermana suya, pero como unos ladrones se los robaron, determinó de abrazar la Regla del Patriarca de los pobres; y tomó el hábito de fraile lego en el convento de Elche para servir a Dios con extremada humildad, penitencia y desnudez, ejerciendo los oficios de portero, hortelano, refitolero y cocinero.

Cuando andaba en las cosas de la cocina, los Religiosos se maravillaban de que a pesar de verle casi siempre en oración, guisase tan bien los manjares en los cuales hallaban un sabor tan delicado que parecía del cielo.

Tuvo después el cargo de limosnero, y era tanta la gracia del Señor con que pedía limosna por Jesucristo, que por su medio se pudo acabar la obra del Monasterio de San Juan de Valencia, y el famoso noviciado de aquella custodia, y más tarde, el nuevo convento de Murcia llamado el Real de San Diego.

Convertía a los pobres que se llegaban a la portería para pedir limosna, curaba milagrosamente a los enfermos, interpretaba con soberana luz los pasajes difíciles de las Sagrada Escritura, penetraba los secretos de los corazones, y hasta los cardenales Doria y Borja y el arzobispo de Valencia, Beato Juan de Rivera, le veneraban como un santo.

Morando en Gandía, y entendiendo que se llegaba el día y la hora de pasar de esta vida, barrió con extraordinario aseo los claustros y corredores por donde había de pasar el Señor, a quien recibió por viático y fijando los ojos en la imagen de Jesucristo crucificado, murió tranquilamente a los cincuenta y ocho años de edad.

Tres días estuvo el santo cuerpo recibiendo los obsequios de los fieles de Gandía, sin que se oyesen en el templo otras voces que las aclamaciones de los que le llamaban Santo, y las alabanzas de los enfermos que repentinamente alcanzaban la salud, por los méritos del siervo de Dios.

Andres Hibernón fue beatificado el 22 de mayo de 1791 por el Papa Pío VI.

Sus restos descansan actualmente en la Catedral de Murcia.



viernes, 17 de abril de 2026

DESCUBREN EN EL DESIERTO EGIPCIO UN MONASTERIO CRISTIANO DE 1.600 AÑOS DE ANTIGÜEDAD

En uno de los centros más importantes del monacato primitivo en Egipto han descubierto una estructura que ofrece una visión de la vida cotidiana de los primeros monjes.


Las autoridades egipcias anunciaron en marzo que habían descubierto un antiguo monasterio cristiano que data de los siglos IV al VI posteriores al nacimiento de Jesucristo.

Reafirmando la presencia constante de comunidades cristianas en Oriente Medio desde la Resurrección de Cristo y Pentecostés alrededor del año 33 d.C., el antiguo complejo ofrece una visión del monacato primitivo, que tuvo su origen en Egipto antes de extenderse por todo el mundo.

Desde la época de San Antonio Abad, padre del monacato (251-356 d.C.), quien comenzó su vida como ermitaño en el desierto de Scetes, en Egipto, y atrajo a seguidores a vivir esta devota vocación religiosa, se establecieron monasterios que se extendieron por toda la región y el mundo.


Según Egypt Today, el descubrimiento fue realizado por la misión arqueológica egipcia, integrada por personal del Consejo Supremo de Antigüedades y la Facultad de Arqueología de la Universidad de El Cairo. El hallazgo “representa una etapa importante en el desarrollo de la vida monástica primitiva, arrojando luz sobre la planificación arquitectónica de los primeros monasterios en esta región de gran importancia histórica y religiosa”.

Descubierta en la zona de Wadi El-Natrun, en la gobernación de Beheira, la estructura de adobe se extiende aproximadamente 21.528 pies cuadrados, con muros exteriores de unos 3 pies de espesor y muros interiores de unos 2 pies de espesor, con alturas que oscilan entre 5 pies 11 pulgadas y 7 pies 3 pulgadas.


El complejo cuenta con un gran patio central abierto, rodeado de diversas unidades arquitectónicas. Entre ellas se incluyen patios más pequeños que dan acceso a las celdas de los monjes, las cuales varían en forma y tamaño: algunas son cuadradas y otras rectangulares.

En la parte occidental del edificio, los arqueólogos descubrieron varios anexos de servicio, entre ellos cocinas bien equipadas con hornos y zonas de almacenamiento específicas.

Las excavaciones también sacaron a la luz tumbas dentro de la estructura, que contenían restos óseos humanos que se cree que pertenecían a los monjes del monasterio, lo que arroja luz sobre las prácticas funerarias que se llevaban a cabo en estas comunidades monásticas cristianas.


Las paredes revestidas de yeso blanco albergaban murales con cruces, palmeras y otras imágenes. El análisis arquitectónico también revela diversas técnicas de techado sofisticadas, como bóvedas y cúpulas construidas con adobe.

También se descubrieron inscripciones escritas en copto con los nombres de monjes fallecidos, junto con textos religiosos que invocan la misericordia y el perdón. Según el informe, estos hallazgos contribuyen a datar la estructura y a documentar la vida cotidiana de los monjes.


Sherif Fathy, ministro de Turismo y Antigüedades de Egipto, celebró el descubrimiento, destacando que “representa una valiosa aportación para comprender los orígenes del monacato en Egipto, que posteriormente se extendió desde Egipto al resto del mundo”.

Añadió que “Wadi El-Natrun es uno de los centros espirituales e históricos más importantes de Egipto, y este descubrimiento realza su estatus en el mapa mundial del turismo religioso y cultural”.

En este mismo contexto, el Dr. Yasser Ismail Abdel Salam, jefe de la misión arqueológica, afirmó que este descubrimiento aporta importantes pruebas físicas que respaldan los relatos históricos sobre los orígenes del monacato en Wadi El-Natrun. Añadió que la estructura “refleja una fase de transición en la evolución de la arquitectura monástica, entre las celdas individuales de los ermitaños y los grandes monasterios”.

CUANDO LOS MALOS LIBROS ESTABAN PROHIBIDOS POR LA IGLESIA

Un acto significativo de Giovanni Battista Montini (alias “Pablo VI” fue la abolición del Índice de Libros Prohibidos con el pretexto de “adaptar la Iglesia a la mentalidad moderna”. 


Esta medida solo contribuyó a difundir el error y el mal entre innumerables católicos. Resulta oportuno recordar a nuestros lectores la sabia conducta de la Iglesia antes de dicha abolición, justificada y alentada por el Papa Gregorio XVI.

A continuación, un extracto de la Encíclica Mirari Vos:

Pero el sistema utilizado por la Iglesia para exterminar la plaga de libros malos desde la época de los Apóstoles fue muy diferente, y mientras leemos, quemaron públicamente grandes cantidades de tales libros (Hechos 19:19). 

Baste leer las disposiciones dadas a este respecto en el Concilio V de Letrán, y la Constitución que publicó León X, de feliz memoria, Nuestro Precursor, precisamente porque “esa huella que se descubrió de manera saludable para el aumento de la Fe y para la propagación de las buenas artes, no fue dirigida a fines contrarios y causó daños y perjuicios a la salud de los fieles de Cristo” [Act. Conc. Lateran. V 10]. 

Esto estaba igualmente en el corazón de los Padres Tridentinos hasta el punto de que para aplicar un remedio adecuado a un inconveniente tan dañino, emitieron ese decreto muy útil sobre la formación del Índice de libros en el que se contenían doctrinas poco saludables. 

Clemente XIII, Nuestro predecesor de feliz memoria, en su encíclica sobre la proscripción de libros dañinos [Christianae reipublicae, 25 de noviembre de 1766] declara que “uno debe luchar ferozmente, como lo requiere la circunstancia, con todos los esfuerzos, para erradicar la mortal plaga de libros; de hecho, la cuestión del error no puede ser eliminada hasta que los elementos impuros hayan perecido”

Por lo tanto, por esta constante solicitud con la que esta Sede Apostólica siempre se ha esforzado por condenar los libros imprudentes y sospechosos, y arrebatarlos de las manos de los fieles en todo momento, se hace muy claro como falso, temerario e indignante para la Sede Apostólica misma, así como un presagio de resúmenes para el pueblo cristiano es la doctrina de aquellos que no solo rechazan la censura de los libros como serios y excesivamente gravosos, sino que alcanzan tal punto de malicia que incluso lo declaran aborrecible por los principios de la ley correcta y se atreven a negar la Autoridad de la Iglesia para ordenarlo y ejecutarlo. (El texto destacado es de Diario7).
 

17 DE ABRIL: BEATA MARIANA DE JESÚS


17 de Abril: Beata Mariana de Jesús

(✞ 1624)

La extática y maravillosa virgen María Ana de Jesús nació en Madrid, de muy noble e ilustre linaje, y su padre Luis Navarro Ladrón de Guevara servía en la corte del Rey don Felipe III.

Cuando llevaban en brazos a la iglesia aquella santa niña, notaban que al tiempo de alzar la Hostia y el Cáliz se quedaba arrobada; y cuando apenas sabía andar por sus pies, buscaba algún lugar recogido de su casa, y así la veían puesta en oración delante de una imagen de nuestro Señor crucificado, bañados los ojos en lágrimas o cercado su rostro de resplandores.

Gozaba de la presencia visible de su ángel custodio; y platicaba de la beatísima Trinidad, de la Encarnación del Verbo, y de la adorable Eucaristía, que son los más inefables Misterios de nuestra Divina Religión, como de cosas que más parecía entenderlas que creerlas.

Recibió la primera Comunión en edad muy temprana, y cada vez que tomaba el Pan de los ángeles, parecía transformarse en un ángel que gozaba de Dios.

Más, ¿quién no se espantará ahora de las durísimas pruebas porque tuvo que pasar esta alma angelical? Tuvo en lugar de madre, una madrastra de condición asperísima que la afligía sobremanera, y su padre no la contenía tanto como debiera, especialmente cuando la santa doncella hizo voto de perpetua virginidad contra la voluntad del padre que quería casarla.

Era ella, de gentil disposición y muy hermosa; y se cortó un día con las tijeras la rubia cabellera pensando que así se entibiaría el amor del que la pretendía por esposa: entonces fue cuando su padre y su madrastra salieron de sí y cargaron sobre ella una tempestad de injurias y golpes, con tanto enojo y crueldad, como si fueran verdugos de su hija mártir.

Cuando cesaron los malos tratos Dios permitió que su sierva se viese todos los instantes del día fieramente atormentada por torpísimas imaginaciones y tentaciones las cuales le duraron once años, y a todo esto se añadían penosísimas enfermedades y agudísimos dolores, que acrisolaron como el oro su invencible paciencia.

Dejó al fin la casa de sus padres, y con la aprobación del venerable Fray Juan Bautista del Santísimo Sacramento, que era de los Mercedarios Descalzos, se construyó una celdilla junto a una ermita de Santa Bárbara, y recibió después el hábito de nuestra Señora de la Merced de manos del Maestro General de la Orden: y en aquella pobrísima casa la visitaban hasta los príncipes, porque era muy grande la fama de sus arrobamientos, milagros y profecías.

Finalmente, después de una vida llena de trabajos y celestiales consuelos, en un éxtasis suavísimo entregó su alma al señor a los cincuenta y nueve años de edad.

El 18 de enero de 1783 el Papa Pío VI la declaró beata. El pueblo de Madrid sentía tanta devoción por Mariana de Jesús que la eligió como copatrona de la ciudad junto a San Isidro.


jueves, 16 de abril de 2026

EL INDIGENISMO TEOLÓGICO DESVIADO (2)

No podemos menos que recordar aquí las descripciones alucinantes que de esos ritos sangrientos hicieron los primeros misioneros de México.

Por el padre José María Iraburu


Continúo transcribiendo algunos textos del libro “El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego”, escrito por tres “eminentes historiadores”, ya citados. Y sigo señalando en cursiva los errores más graves.

La heroica y excelsa religiosidad azteca fue reconocida y premiada por el Evangelio

Cuando Juan Diego recibe la maravillosa aparición de la Virgen de Guadalupe:

“en ese instante captó que no existía oposición ninguna entre su religión y cultura ancestrales y su fe cristiana, antes culminación entre su antigua fe, la de “los antiguos, nuestros antepasados, nuestros abuelos” y lo que como cristiano está recibiendo en ese momento… Aquí Juan Diego capta en seguida lo que luego le dirá la Virgen Santísima: que no hay contradicción, antes culminación, entre su antigua fe y el cristianismo (pág. 176, nota).

De este modo prodigioso, el acontecimiento guadalupano, con la Virgen mestiza, aparecida en la morada de la antigua diosa Coatlícue Tonatzin, en la misma cuna de Huitzilopochtli, venía a significar para los indios “una plena aceptación de su heroico pasado y aliento y esperanza de un condigno futuro” (pág. 192). Podían, pues, seguir con la Regla de Vida de sus antepasados ¡y no cambiándola, sino dándole plenitud! (Mt 5,17)” (pág. 195).

Nunca en la historia de la humanidad hubo un pueblo tan fiel a Dios como el azteca 

Antes de las preciosas apariciones de la Virgen de Guadalupe el desconcierto de aquellos indios era absoluto cuando los misioneros les hablaban de su venerada religión como de un culto falso, abominable y diabólico. 

“Sin embargo, aunque ya no pensemos así y estemos seguros de que tales héroes del pensamiento y cumplimiento religioso se salvaron todos [así lo dicen los tres autores], todavía podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que, aunque no haya sido sino a nivel temporal, haya podido Dios corresponder a la máxima fidelidad que en toda la historia le ha tenido pueblo alguno, bien que a través del error, entregándolo [en la conquista y evangelización del XVI] a la muerte, a la destrucción y a la esclavitud?” (pág. 163).

Ometéotl

Esta angustiosa pregunta solamente es respondida de forma convincente en el maravilloso acontecimiento de Guadalupe. Al evangelizar a los mexicanos, Dios premia su absoluta entrega y fidelidad religiosas: Ometéotl tomó la iniciativa de venir Él al indio, reconocer y magnificar su fidelidad heroica y ofrecerle premiársela con las más apoteótica de las coronas: ¡Convidarle a ser hijo de su propia Madre!” (pág. 164).

El ayate de Juan Diego es el testimonio más fidedigno de la perfecta continuidad entre la religiosidad azteca y la cristiana

La imagen de la Virgen de Guadalupe aparecida en la tilma (poncho) de Juan Diego, se nos dice en este libro, era para los indios un códice pictográfico portador de una mensaje nuevo y maravilloso (189ss). Pero “hubieron de pasar más de cuatro siglos para que cayéramos en la cuenta de eso, de que la imagen de la Señora del Cielo era un mensaje, un “Códice” indígena” (pág. 194). “Quizá nunca podamos “traducir” todo ese “Evangelio pictográfico” que de inmediato ganó a la Fe al Anáhuac entero” (pág. 195).

La tarea de traducir el lenguaje pictográfico del milagroso ayate de Juan Diego es ciertamente una tarea muy difícil, pero estos tres autores, ayudándose de “expertos”, la intentan animosamente. Y la traducción de la tilma no la ofrecen como una hipótesis, sino como un dato cierto, científico, indiscutible. Veamos: ¿qué significaba realmente para los indios la imagen bellísima de la Virgen de Guadalupe? Abrevio mucho:

Huitzilopochtli

El manto lleva a los indios a pensar en Huitzilopochtli. Las estrellas, el cielo azul oscuro y estrellado es… otro de los atributos de Ometéotl (cf. 197)… El toque más indio del cuadro es el ángel que sostiene a la Señora, que para un europeo no significaría más que un querubín decorativo, mofletudo y sonrosado; pero “si hacemos el intento de observarlo con mente india… lo primero espontáneamente que asociaríamos con su calidad de ser emplumado sería, por supuesto, a la “Serpiente Emplumada”, a Quetzalcóatl” (págs. 198-199). La túnica rosada de la Virgen era el color de Huitzilopochtli… Que el ángel sea un joven de adusta expresión de anciano “hace evocar a Telpochtli: “El Mancebo”, una de las advocaciones nada menos que de Tezcatlipoca, el más “diabólico” de los dioses mexicanos y enemigo de Quetzalcóatl. Y es imposible rehusar su identificación, puesto que...”, etc. (pág. 200).

Los dioses mexicanos son, pues, los padrinos presentadores de la Virgen y del Evangelio para el pueblo

Fijémonos por último, siguen diciendo los tres autores, en esas alas, que son también puñales rojos y blancos, y advertimos que

“se trata de Itzpapálotl: “La Mariposa de Obsidiana”, deidad del sacrificio y de la penitencia, cuya misión era subir hasta los dioses los corazones y el chalchíhuatl humanos que se les ofrendaban. O sea que la máxima expresión de la piedad indígena, que los frailes denostaban como nada más que crímenes y oprobio, ¡figura aquí también [en la tilma sagrada de San Juan Diego] como introductora de la Reina del Cielo! (pág. 200). “No era, pues, poca la audacia de ese misterioso y genial Tlacuilo [escriba] al poner a los principales dioses mexicanos como padrinos de la Madre de Ometéotl. San Pablo hubiera estado de acuerdo, conforme a lo que dijo a los atenienses… Mas esa apertura de criterio se había perdido en la Iglesia, hasta que no la rescató el Vaticano II” (pág. 201).

“Reuniendo, pues, todos esos cabos sueltos y “traduciendo” el mensaje completo, nos encontramos con algo casi imposible de admitir, pero aún más imposible de negar […] Que su antigua religión había sido buena, que había nacido de Dios y los había elevado a merecer su amor y su premio, que era lo que ahora precisamente recibían, promoviéndolos a algo sin comparación superior: “¡Bien, siervo bueno y fiel!, en lo poco fuiste fiel, a lo mucho te elevaré: ¡Entra en el gozo de tu Señor!” (Mt 25,21)” (págs. 201-202). “¡Y eso había sucedido! Eso les decía la imagen de la Señora del Cielo, y eso había sido mérito de ellos y de sus antepasados, por su fidelidad absoluta, aún a través de máscaras y sueños” (pág. 203).

Hasta aquí los textos de nuestros tres autores.

☙❧

Las semillas del Verbo preceden al Evangelio en la historia religiosa de los pueblos

Esto lo supo la Iglesia desde el principio. San Pedro dice de Dios que, “en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él” (Hch 10,35).

Causa admiración profunda comprobar, por ejemplo, que el salmo bíblico 103 contempla a Dios en la creación de un modo casi idéntico a aquel himno al Dios-Sol del tiempo del faraón Akenaton (s. XIV a.C.). Es sorprendente que Aristóteles (s. IV a.C.) alcance a ver a Dios como el Ser supremo, único, eterno, espiritual, transcendente, omnipotente, acto puro, causa y motor inmóvil de todo el universo, vivificador de todos los vivientes… Son intuiciones religiosas o filosóficas de asombrosa pureza y altura. También nos maravillan en el mundo religioso de México algunas creencias sobre Dios, ciertas oraciones bellísimas, no pocos aspectos de la educación moral, familiar y social (Iraburu, “Hechos de los apóstoles de América”, págs. 75-77).


Pero afirmar que la religiosidad azteca alcanza “las máximas alturas a que ha podido llegar la mente humana en su reflexión sobre Dios” es, más que una exageración enorme, una enorme falsedad. Un Dios que necesita continuamente el sacrificio de miles y miles de hombres, para sostener con sangre humana la vida y el orden cósmico, queda muy por debajo del “dios” de Aristóteles y de tantos otros “dioses” paganos.

También es inadmisible decir que el pensamiento azteca sobre Dios “podría equipararse –y superar– al pensamiento europeo de su época”, pues éste que traían y predicaban los misioneros del XVI no era otro que el de nuestro Señor Jesucristo, el de Juan y Pablo, el de Agustín, Bernardo, Tomás y Francisco de Asís, el del concilio de Trento, el del Catecismo de San Pío V. No puede decirse, pues, de los aztecas que “su idea de Dios era tan o más cristiana que la de sus evangelizadores”. Y también nos parece un grueso error afirmar que el monismo múltiple del Dios mexicano “contradice tanto y tan poco al principio monoteístico como la Trinidad cristiana”. Todos éstos son excesos verbales y doctrinales inadmisibles.

Tampoco podemos creer que aquellos sacrificios humanos eran “gratos a Dios”. No estaban equivocados los misioneros, pensando que aquello solo podía ser engaño del demonio. Enseña Jesucristo a los judíos: “vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio… Cuando dice mentiras, habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,43-44). Los que se equivocan completamente son los “historiadores” y “teólogos” que exacerban el indigenismo llevándolo al extremo de graves errores.

No podemos menos que recordar aquí las descripciones alucinantes que de esos ritos sangrientos hicieron los primeros misioneros de México. El franciscano Motolinía, que tanto quería a aquellos indios y a quienes entregó toda su vida, describe el navajón que abría el pecho de las víctimas, la extracción del corazón, los cuerpos rodando hacia abajo por las gradas del teocali, las comidas festivas de las carnes victimadas (canibalismo religioso), el desollamiento de los sacrificados, las danzas rituales de los que se revestían de sus pieles, sangre y más sangre por todos lados… (Historia de los Indios de Nueva España I,6). Y también los soldados de Cortés, como Bernal Díaz del Castillo, quedaron horrorizados al ver tanta sangre en el teocali de Tenochtitlán –la gran pirámide truncada de la actual ciudad de México–, viendo todo “tan bañado y negro de costras de sangre, que todo hedía muy malamente” (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, 92).

Los sacrificios humanos de los aztecas eran numerosísimos

El calendario litúrgico habitual de su religión exigía grandes matanzas de hombres cada año. El primer Obispo de México, fray Juan de Zumárraga, en carta de 1531 al Capítulo franciscano reunido en Tolosa, informa que los indios “tenían por costumbre en esta ciudad de México cada año sacrificar a sus ídolos más de 20.000 corazones humanos” (cf. fray Jerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indiana V,30). Fray Bernardino de Sahagún, franciscano, llegado a México en 1529, se dedicó durante medio siglo a conocer y a poner por escrito, con minuciosidad de antropólogo admirable, todas las cosas del mundo azteca, también las religiosas, informándose de cada una con la ayuda de sacerdotes y eruditos mexicanos, describe detalladamente el curso de los diversos sacrificios rituales en cada uno de los 18 meses del año, de 20 días cada uno:

En el mes 1º “mataban muchos niños”; en el 2º “mataban y desollaban muchos esclavos y cautivos”; en el 3º, “mataban muchos niños”, y “se desnudaban los que traían vestidos los pellejos de los muertos, que habían desollado el mes pasado”; en el 4º, como venían haciendo desde el mes primero, seguían matando niños, “comprándolos a sus madres”, hasta que venían las lluvias; en el 5º, “mataban un mancebo escogido”; en el 6º, “muchos cautivos y otros esclavos”…

Y así un mes tras otro. En el 10º “echaban en el fuego vivos muchos esclavos, atados de pies y manos; y antes que acabasen de morir los sacaban arrastrando del fuego, para sacar el corazón delante de la imagen de este dios”… En el 17º mataban una mujer, sacándole el corazón y decapitándola, y el que iba delante del areito [canto y danza], tomando la cabeza “por los cabellos con la mano derecha, llevábala colgando e iba bailando con los demás, y levantaba y bajaba la cabeza de la muerta a propósito del baile”. En el 18º, en fin, “no mataban a nadie, pero el año del bisiesto que era de cuatro en cuatro años, mataban cautivos y esclavos”. Los rituales concretos –vestidos, danzas, ceremoniales, modos de matar– estaban exactamente determinados para cada fiesta, así como las deidades que en cada solemnidad se honraban (Historia general de las cosas de la Nueva España, lib.II). Es de notar que no había ningún mes que reservara el supremo honor del sacrificio ritual a los nobles y ricos aztecas.

Por otra parte, con ocasión de acontecimientos notables, se multiplicaba grandemente la cifra de las víctimas ofrecidas. Por ejemplo, al inaugurarse el Calendario Azteca, esa notable piedra circular, se sacrificaron 700 víctimas. Y en la inauguración del gran teocali de Tenochtitlán, solo un poco antes de la llegada de los españoles, unas 20.000 personas fueron sacrificadas, según narra el Códice Telleriano. Da otra cifra el noble mestizo Alva Ixtlilxochitl, pues estima en su crónica que fueron más de 100.000 las víctimas ofrecidas a lo largo del año (Historia de la nación chichimeca, cp. 60).