lunes, 27 de julio de 2026

LA POSTURA Y SUS EFECTOS EN EL ALMA Y EL CUERPO

Hombres, no deshonren a su Creador tratando con descuido el cuerpo que les dio.

Por Joseph Reilly


Tras haber analizado la necesidad de que los hombres lideren la contrarrevolución en el hogar, cuiden su apariencia, mantengan la dignidad y vistan apropiadamente, centrémonos ahora en el importante problema, a menudo ignorado, de la mala postura y cómo afecta al alma.

El estado de un hombre puede determinarse por la expresión de estos aspectos, ya sea individualmente o en conjunto. Como se mencionó anteriormente, el exterior es un reflejo del interior. Esto lo confirma la Escritura: “La vestimenta del cuerpo, la risa de los dientes y el andar del hombre revelan su naturaleza” (Eclesiastés 19:27).

Podemos afirmar que un hombre que se encorva, se inclina o camina con desgana es un hombre que se preocupa poco por sí mismo, creado a imagen y semejanza de Dios. Aunque asista a misa y rece el rosario, sin darse cuenta ha entrado en la Revolución Cultural de los años 60. El espíritu despreocupado y la comodidad han reemplazado la disciplina del pasado, que exigía que el hombre se respetara a sí mismo y a los demás comportándose correctamente.

Quien actúa de esta manera despreocupada difícilmente será serio o trabajador, sino más bien infantil y perezoso. Si el cuerpo está, por así decirlo, preparado y siempre listo para su próxima tarea, entonces el hombre con mala postura siempre está preparado para una acción de bajo esfuerzo. ¿Acaso se puede esperar un trabajo excelente de un hombre que parece tan desaliñado y descuidado?

A la mala postura se suma una inquietud y un movimiento constantes que parecen endémicos en la juventud actual, que parece incapaz de permanecer quieta por un período prolongado a menos que tenga la cara pegada a una pantalla. Este movimiento constante es un signo de inestabilidad y ansiedad. Sus cuerpos siempre quieren estar cómodos. ¿Qué se puede esperar de las personas que son incapaces de controlar sus movimientos? 

¿Cómo cambiar?

La vestimenta y la postura se combinan para reflejar el estado del alma. Por lo tanto, si alguien desea mejorar su postura, debe comenzar por vestirse con dignidad, ya que esto influirá en cómo se para, se sienta e incluso camina. La vestimenta formal, varonil e incluso solemne como lo era en el pasado, hace que el joven sienta su potencial y valía como ser humano.

Claramente, es mucho más fácil encorvarse cuando se viste de forma descuidada y perezosa. La Revolución lo entendió muy bien. Y así, se introdujeron malas costumbres para reemplazar al hombre bien vestido del pasado por el individuo despreocupado y alegre que ya no parece preocuparse por una buena postura ni por una apariencia distinguida. Se convirtió en un reflejo de la Revolución Cultural en lugar de la Civilización Cristiana.

Aquí hay algunas pautas prácticas sencillas para comenzar a cultivar una buena postura, una postura varonil:

• Respiración adecuada: Para la parte superior del cuerpo, inhale por la nariz y deje que su abdomen se expanda. Su pecho se enderezará naturalmente a medida que su espalda se estira y su cabeza se eleva. Al exhalar, no baje el pecho, manténgalo erguido. Si no está acostumbrado a esta postura, al principio sentirá una ligera resistencia en la zona media de la espalda. Esto se debe a que el cuerpo se está adaptando a la nueva posición.

• Ya sea sentado, de pie o caminando, las piernas deben estar alineadas con los hombros y los pies rectos y hacia adelante. Un hombre cuyos pies se desvían excesivamente hacia afuera o hacia adentro se aleja fácilmente del modelo de una persona equilibrada.

• Al caminar a paso normal, mantenga los brazos cerca del cuerpo, balanceándolos ligeramente. Los brazos no deben estar ni demasiado rígidos ni demasiado relajados.

• La inquietud puede evitarse identificando los primeros síntomas. Una vez que se detecta el problema, conviene distraerse y trabajar la fuerza de voluntad para controlar el cuerpo. Pida ayuda a la Virgen María y a su ángel de la guarda. Con el tiempo, la inquietud desaparecerá.

Efectos en la familia

El rol del padre y esposo es guiar a la familia hacia metas tanto sobrenaturales como naturales. Las metas naturales son, por supuesto, el sustento y la formación de los hijos. La meta sobrenatural es guiar a la familia hacia la salvación eterna.

Como cabeza de familia, el superior gobierna a la familia, toma decisiones, espera obediencia y no se deja manipular. Es decir, él marca la pauta en la familia. ¿Cuál será esa pauta en una familia donde el padre se encorva, se inclina y no puede controlar sus brazos y piernas, dando la impresión de inestabilidad? ¿Qué hará su esposa? O seguirá su ejemplo o pondrá los ojos en blanco ante su “niño grande”. En cualquier caso, él no es el marido que ella quiere ni necesita.

En lugar de mantener su autoridad ante su esposa, el “papá” despreocupado y encorvado, vestido con pantalones cortos y sandalias, es tratado por todos como un igual, o incluso como un niño. En las salidas juntos, la esposa se siente justificada para recordarle a su “niño grande” que se siente derecho o que deje de inclinarse, ya que invariablemente vuelve a sus malos hábitos.

Con cada recordatorio que ella le da, no solo se daña su autoridad, sino que también se hiere su espíritu femenino de sumisión. Ella alberga un resentimiento, consciente o inconsciente, hacia su esposo, a quien desearía ver como la cabeza del hogar.

Hollywood arruinó la buena postura al promover actores libertinos para que la gente los imitara.

Los hijos, nacidos con el pecado original y la tendencia a seguir las pasiones, imitarán rápidamente al padre en sus posturas relajadas. Las correcciones de la madre no servirán de mucho si el padre no cambia. Aquí, los varones corren mayor riesgo de caer en el modo tribal, ya que son más propensos a imitar el comportamiento de su padre.

Una vez más, vemos cómo la madre se convierte en la líder de facto de la casa cuando el padre falla en asuntos que pueden parecer pequeños o triviales, pero que en realidad son extremadamente importantes y significativos.

Hombres, si creen que su cuerpo fue hecho a imagen y semejanza de Dios y que cada uno de sus actos será juzgado, entonces no tienen excusa para no corregir su postura. No deshonren a su Creador tratando con descuido el cuerpo que les dio.

Cuando llegue el momento en que Dios elija a los hombres más resistentes para las difíciles tareas de la restauración de la sociedad, pasará por alto a aquellos que ni siquiera se molestaron en sentarse erguidos. Si eres indiferente a las gloriosas aventuras que Dios ha planeado para las almas fieles, entonces continúa ignorando tu postura y sigue el camino de la pereza.

Espero que este artículo te haga reflexionar sobre tu comportamiento y asumir la responsabilidad de cómo te presentas, tanto en público como en privado, y que tomes la decisión de corregir este mal hábito ahora. Estarás preparándote a ti mismo y a tu familia para formar parte del Reinado de María del futuro.
  
 

PAPA STRONSAY, LA ONU Y EL “SERMÓN DIALOGADO” EN ALEMANIA

Roma excomulga a otro obispo tradicional, promueve a un diplomático de Abu Dabi y permite que una mujer pronuncie una homilía en la misa.

Por Chris Jackson


El 25 de julio se publicaron dos anuncios.

En Escocia, la diócesis de Aberdeen excomulgó al padre Michael Mary Sim, lo apartó de su cargo eclesiástico y le prohibió celebrar la Misa o administrar los Sacramentos. Su principal ofensa fue el cisma: había abrazado públicamente el sedevacantismo, rechazado a León XIV como “verdadero papa” y cuestionado la validez de las ordenaciones posconciliares. La diócesis añadió que su consagración episcopal por obispos sedevacantistas ese mismo día agravó la ruptura, aunque el juicio canónico ya se había dictado antes de la ceremonia.

En Roma, León XIV nombró al “arzobispo” Christophe Zakhia El-Kassis observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas en Nueva York. El-Kassis había sido nuncio apostólico en los Emiratos Árabes Unidos y Yemen, y delegado apostólico para la Península Arábiga. Había elogiado públicamente el Documento de Abu Dabi sobre la Fraternidad Humana como “la culminación de un diálogo constructivo y sincero” entre la Iglesia Católica y Al-Azhar, y apoyó los esfuerzos para integrar sus principios en los sistemas educativos.

Este contraste merece algo más que la típica queja sobre la inconsistencia.

Roma tiene capacidad de actuar. Puede investigar, juzgar, deponer, prohibir, declarar y advertir a los fieles que no tengan trato con los condenados. Lo que cambia es el objeto de su autoridad.

Un sacerdote que afirma que la jerarquía posconciliar ha perdido su derecho a gobernar recibe todo el aparato de disciplina canónica.

Un diplomático que elogia la carta teológica del nuevo orden interreligioso recibe a Nueva York.

Un “obispo auxiliar” alemán participa públicamente en la “homilía laica” que Roma acaba de prohibir, y las fotografías se publican en internet.

La maquinaria no está rota. Sabe a quién sirve.

Aberdeen baja el martillo

La diócesis de Aberdeen llevaba meses tramitando su proceso canónico. En su comunicado de mayo, indicó que el asunto se refería a declaraciones y presuntas acciones de los Hijos del Santísimo Redentor y que había sido remitido a las autoridades romanas competentes. El 25 de julio, el “obispo” Hugh Gilbert anunció que Michael Mary había sido declarado culpable de los cargos, “principalmente el de cisma”. La sentencia lo excomulgó, lo destituyó de su cargo y le prohibió el ministerio sacramental. Gilbert afirmó que las sanciones podrían levantarse tras el arrepentimiento y la reparación.

El fallo se basó principalmente en la adopción del sedevacantismo por parte de la comunidad, su negación de que León y los “obispos” unidos a él debieran ser reconocidos, sus dudas sobre las ordenaciones posconciliares y su oposición entre una Iglesia “antigua” y una “nueva”. La consagración posterior, ese mismo día, acarreó otras posibles consecuencias canónicas, pero no fue la ofensa juzgada en el juicio.

El 6 de mayo de 2026 escribí una carta abierta a los Redentoristas Transalpinos, instándolos a que el proceso canónico vuelva a aplicarse a Roma. En ella afirmé:

Así pues, la primera respuesta de los redentoristas debería ser: no pueden meter de contrabando su conclusión en la acusación. Antes de acusarnos de negarnos a someternos a León XIV, demuestren que León XIV ostenta el cargo. Antes de acusarnos de romper la comunión con sus obispos, demuestren que estos obispos profesan la fe católica. Antes de declararnos fuera de la Iglesia, demuestren que su propia jerarquía no ha desertado públicamente de la religión que dice administrar.

Esta es la estrategia. No se trata de decir “nos negamos a responder porque usted no tiene autoridad”. Hay que responder, pero hay que hacerlo cuestionando la premisa.

Roma dice: “Estáis en cisma porque rechazáis a León”.

Los monjes deberían responder: “Probad que León ostenta la autoridad que dice poseer”.

El abogado canónico de los Redentoristas en el caso no estuvo de acuerdo y pensó que sería una mala idea. Al parecer, tenía mejores ideas, que consistían en lograr la excomunión de su cliente y dejar que Roma y León salieran impunes.

La postura del obispo Michael Mary atañe a la cuestión institucional central. Niega que León ostente el cargo papal. No solicita reformas dentro del sistema reconocido. Afirma que el sistema representa una iglesia diferente y ha perdido la autoridad que reclama.

Ese es el único tipo de disidencia que la clase dirigente posconciliar no puede asimilar.

Los progresistas pueden rechazar doctrinas, desobedecer la ley litúrgica, exigir la ordenación femenina, contradecir las instrucciones romanas y remodelar la vida católica desde dentro de la institución. Siguen reconociendo la autoridad cuyos mandatos ignoran. Preservan la estructura, pero alteran su religión.

Un sedevacantista hace lo contrario. Puede conservar gran parte de la antigua doctrina y el culto, al tiempo que niega la legitimidad de la estructura que administra el nuevo asentamiento.

Roma comprende la diferencia de inmediato.

El revolucionario alemán todavía necesita a Roma.

El sedevacantista afirma que Roma, tal como está constituida actualmente, es el problema.

Solo uno de ellos amenaza el centro.

Münich lleva a cabo el experimento a plena luz del día

El 17 de junio, el Dicasterio para el Culto Divino dio a los obispos alemanes una respuesta inusualmente clara.

Habían solicitado permiso para que, en circunstancias excepcionales, un laico cualificado predicara en lugar de la homilía durante la misa. Roma se negó. La reserva de la homilía a un sacerdote o diácono, explicó el dicasterio, no es simplemente una costumbre disciplinaria variable. Surge de la naturaleza de la liturgia, la misión sacramental del ministro ordenado y la unidad de la Palabra y el Sacramento.

Cinco semanas después, el “obispo auxiliar” Wolfgang Bischof de Munich y Theresia Reischl, presidenta de la Comisión de Mujeres de la archidiócesis, pronunciaron lo que la archidiócesis denominó “un sermón dialogado” durante la misa en la iglesia de San Miguel.


No se trató de una sorpresa no autorizada introducida a escondidas en la liturgia por un comité parroquial entusiasta. La Archidiócesis de Münich anunció el evento con antelación. En su propia página web se anunciaba que Reischl pronunciaría un Dialogpredigt durante la misa episcopal de la fiesta de Santa María Magdalena.

La palabra “diálogo” sufrió el habitual lavado de imagen posconciliar.

Roma prohíbe que un laico pronuncie la homilía o realice una intervención homilética después del Evangelio y Münich coloca a una laica junto a un “obispo” y denomina “diálogo” al sermón resultante. La prohibición permanecía vigente en teoría. Sin embargo, la acción prohibida se llevó a cabo en público. Entonces, todos pudieron fingir que la incorporación de una segunda voz había transformado la desobediencia en una nueva categoría litúrgica.

La “misa” también incluyó a una mujer bailando en el pasillo central mientras se lanzaban grandes pelotas inflables sobre los feligreses. La arquidiócesis publicó imágenes y material del evento en lugar de ocultarlo. Hasta el momento, no se ha anunciado ninguna sanción pública posterior por parte de la Iglesia Católica Romana.

Compara los cronogramas.

Aberdeen dedica meses a llevar a cabo un proceso canónico y emite un fallo público contra un superior sedevacantista.

El Vaticano rechaza la petición de los obispos alemanes en junio.

Münich anuncia públicamente su solución alternativa.

Un “obispo auxiliar” participa en ella en julio.

El evento se promociona posteriormente.

Luego llega el silencio habitual en el que todos esperan a ver si la rebeldía abierta acabará convirtiéndose en una práctica aceptada.

El método alemán: desobedecer sin marcharse

La estrategia alemana es mucho más peligrosa para la autoridad de Roma que un pequeño monasterio en una remota isla escocesa, al menos si se entiende por autoridad el poder de preservar la doctrina, el culto y el orden eclesiástico.

Sin embargo, Alemania ya ha aprendido cómo funciona el nuevo sistema.

Nunca niegues al Papa. Elogia al “diálogo”. Invoca la sinodalidad. Declara fidelidad al concilio Vaticano II. Describe cada acto de desobediencia como una respuesta pastoral a la experiencia vivida. Pide permiso. Si te lo niegan, procede a través de una “zona gris”. Una vez que la práctica se vuelva común, cita dicha práctica como prueba de que la ley ya no se corresponde con la realidad. Lo más importante es que permanezcas “en casa”.

El revolucionario que permanece dentro del recinto canónico posee los edificios, salarios, comisiones, universidades, oficinas de medios de comunicación, ingresos fiscales, maquinaria diocesana y títulos episcopales. Puede ignorar las instrucciones romanas mientras invoca la comunión con Roma contra cualquiera que se oponga.

La comunidad de Michael Mary no se limitó a desobedecer una instrucción. Negó que el hombre que la emitió tuviera derecho a hacerlo. Esa ofensa exigía un veredicto.

Los organizadores de Münich comprendieron la misión. Infringieron la norma, pero mantuvieron la ideología de la institución. Su “sermón dialogado” impulsó la redistribución sinodal de la autoridad docente sin anunciar formalmente una jerarquía rival.

El sistema puede convivir con eso. De hecho, lleva sesenta años viviendo en eso.

“Vengo a escuchar antes de enseñar”

Tres días antes del juicio de Aberdeen, José Guadalupe Torres Campos fue investido como “obispo” de Ecatepec, México.


León lo había nombrado en mayo, después de que Torres Campos hubiera ejercido “su ministerio” durante más de una década en Ciudad Juárez. Su anterior labor pública se centró en los migrantes, la asistencia humanitaria, el diálogo con las autoridades civiles y la cercanía pastoral en la frontera entre Estados Unidos y México.

En Ecatepec, afirmó haber venido con el sincero deseo de “escuchar antes de hablar, conocer antes de decidir y amar antes de pedir”. Prometió ser “un obispo cercano que caminara entre su pueblo” y aseguró que el clero y los fieles se escucharían mutuamente y discernirían juntos lo que el Espíritu Santo pedía a la Iglesia local.

Para ser justos, en su discurso de investidura también afirmó que la Iglesia existe para evangelizar y que la gente necesita un encuentro con Jesucristo, quien transforma los corazones, sana las heridas, reconstruye las familias y restaura la esperanza.

El problema reside en el orden de gobierno que eligió.

Un obispo debe escuchar. Debe conocer los sufrimientos, las tentaciones, las condiciones materiales y las necesidades espirituales de su rebaño. Un pastor que nunca escucha predicará de forma abstracta a personas que no comprende.

Pero el obispo no escucha para descubrir qué es el cristianismo. Él recibe el depósito de la fe y lo enseña.

Puede que escuche antes de tomar una decisión administrativa prudente. No escucha antes de saber si el adulterio es pecado, si Cristo fundó una sola Iglesia, si la Misa es un sacrificio, si solo los hombres reciben la ordenación sacerdotal o si el obispo tiene el deber de enseñar en lugar de facilitar un discernimiento comunitario interminable.

“Escuchar antes de enseñar” suena humilde. Como programa episcopal, invierte sutilmente la autoridad.

El viejo obispo escuchaba para poder aplicar la verdad con sabiduría.

El “obispo sinodal” escucha para determinar qué exige la experiencia de la comunidad para que la verdad se convierta.

Ese cambio suele producirse a través del temperamento y el vocabulario mucho antes de que aparezca como una contradicción doctrinal formal.

La cercanía no es la comisión apostólica

La labor de Torres Campos con los migrantes no es, en sí misma, reprochable. Alimentar a los migrantes, proteger a las familias de la violencia, exigir un trato humano y ofrecer los sacramentos a los católicos desplazados son actos de caridad cristiana. Su antigua diócesis mantenía albergues y centros de asistencia, y él hablaba repetidamente de brindar esperanza a las personas atrapadas entre gobiernos, redes criminales y sistemas migratorios inestables.

Sin embargo, la jerarquía posconciliar convierte repetidamente la caridad legítima en una definición sustitutiva del cargo episcopal.

El obispo se convierte en el oficial de la cercanía. Él acompaña. Él escucha. Él camina. Él construye puentes. Reúne a funcionarios gubernamentales, líderes empresariales, activistas y organizaciones religiosas en torno a un programa social común.

Durante la instalación de Ecatepec, el alcalde dio la bienvenida a una nueva etapa de diálogo, acompañamiento y construcción de paz entre la Iglesia y el gobierno.

Repito, ninguna de esas palabras es intrínsecamente mala.

El problema radica en su efecto acumulativo. Describen una institución que justifica cada vez más su existencia pública mediante la mediación social en lugar de la autoridad sobrenatural. El obispo resulta útil para el orden civil porque puede fomentar la cohesión, apaciguar los disturbios, apoyar a las poblaciones vulnerables e incorporar ceremonias religiosas a los programas políticos.

Su utilidad disminuye cuando anuncia que Jesucristo es Rey, que las religiones falsas son falsas, que la conversión es necesaria, que los gobernantes civiles siguen sujetos a la ley moral y que las almas se enfrentan al juicio.

El Estado moderno acoge con agrado a un obispo que sabe escuchar, pero se pone nervioso en presencia de un obispo que enseña.

De Abu Dabi a las Naciones Unidas

El nombramiento de Christophe El-Kassis aporta la versión internacional de la misma eclesiología.


El-Kassis es un diplomático vaticano y canonista con amplia experiencia. Antes de su nombramiento en Nueva York el 25 de julio, fue nuncio apostólico en Pakistán, luego en los Emiratos Árabes Unidos y Yemen, y delegado apostólico para la Península Arábiga. La decisión de León designa a un hombre formado en la diplomacia vaticana en el mundo musulmán para representar a la Santa Sede ante el mayor foro político mundial.

Su historial público se ajusta al perfil requerido.

En la Feria Internacional del Libro de Abu Dabi, celebrada en mayo de 2024, El-Kassis calificó el Documento sobre la Fraternidad Humana como la culminación de un diálogo constructivo entre la Iglesia Católica y Al-Azhar. Elogió los esfuerzos de Francisco por difundir sus principios a través de instituciones, organizaciones, responsables políticos y sistemas educativos.

El documento contiene la tristemente célebre frase que declara que “el pluralismo y la diversidad de religiones, color, sexo, raza e idioma son voluntad de Dios en su sabiduría”.

Posteriormente, los defensores argumentaron que el error religioso es “voluntario” solo en el sentido de la voluntad permisiva de Dios. Según se informa, Francisco le dio esta aclaración en privado al “obispo” Atanasius Schneider. Sin embargo, el texto oficial nunca se modificó para incluir esta distinción. La religión sigue figurando junto con el sexo, la raza, el color y el idioma: diferencias creadas cuya existencia no surge del rechazo o la corrupción de la verdad revelada por parte de la humanidad. La ambigüedad se convirtió en política.

La Casa de la Familia Abrahámica en Abu Dabi ubica una mezquita, una sinagoga y una iglesia católica, una junto a la otra, como materialización arquitectónica del proyecto Fraternidad Humana. El altar de la iglesia católica fue consagrado en noviembre de 2024; según los informes oficiales, el “obispo” Paolo Martinelli presidió la ceremonia, con El-Kassis presente como nuncio y representante legal de la Santa Sede para la iglesia.

Este detalle es importante porque el edificio enseña antes de que nadie hable.

Tres templos se alzan como expresiones paralelas de las aspiraciones religiosas de la humanidad. La presencia católica no interpela abiertamente a los demás con la necesidad de conversión, sino que los integra en una institución común de convivencia.

La cruz permanece. Lo mismo ocurre con la mezquita y la sinagoga.

Este acuerdo comunica que su relación pública más elevada es la fraternidad, más que la conversión de todas las naciones a Cristo.

León no solo heredó la fraternidad humana

Sería reconfortante considerar el nombramiento de El-Kassis como una continuación burocrática heredada del mandato de Francisco.

León ha hecho suyo el proyecto.

En su mensaje de febrero de 2026 con motivo del Día Internacional de la Fraternidad Humana, León celebró el séptimo aniversario del documento de Abu Dabi y describió la fraternidad humana como “un vínculo inquebrantable” que une a todas las personas creadas a imagen de Dios.

Ahora ha enviado a uno de los promotores públicos de ese proyecto a las Naciones Unidas. El simbolismo es difícil de pasar por alto.

La ONU no necesita que un arzobispo católico le diga que las diferentes religiones deben coexistir pacíficamente, que los gobiernos deben impulsar el desarrollo sostenible y que las instituciones deben promover la dignidad humana y el diálogo. La ONU ya cuenta con departamentos enteros dedicados a este tipo de cuestiones.

La razón fundamental de una misión de la Santa Sede debe ser la verdad confiada a la Iglesia: la ley moral natural, la dignidad de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, los derechos de la familia, la libertad religiosa debidamente entendida, la paz fundamentada en la justicia y, en última instancia, la realeza y la autoridad salvadora de Jesucristo.

En cambio, el estamento diplomático presenta cada vez más al catolicismo como la organización no gubernamental más antigua del mundo: con una experiencia única, espiritualmente enriquecedora y deseosa de ayudar al orden internacional a descubrir los valores que ya profesa.

El ascenso de El-Kassis no parece una desviación del programa de León. Parece que se trata de un despliegue internacional.

Dos formas de desobediencia

Coloca las cuatro historias juntas.

1) Michael Mary rechaza la legitimidad de la jerarquía posconciliar y es declarado excomulgado.

2) El “obispo auxiliar” de Münich participa en un “sermón dialogado” con laicos semanas después de que Roma declarara expresamente que ese tipo de predicación no puede autorizarse.

3) Torres Campos se instala bajo el lema de la escucha, la cercanía, el acompañamiento y el discernimiento comunitario.

4) El-Kassis, quien elogió la carta de Abu Dhabi y su incorporación a los sistemas educativos, es ascendido a un puesto en las Naciones Unidas.

La línea divisoria no es la obediencia porque Münich desobedeció.

La línea divisoria es la dirección de la desobediencia.

La desobediencia progresiva avanza en la trayectoria del proyecto posconciliar. Amplía el liderazgo laico, debilita las distinciones sacramentales, exalta la experiencia y traslada la autoridad de la revelación al diálogo. Quienes participan de ella pueden adelantarse a Roma, pero se dirigen hacia el mismo horizonte.

La desobediencia tradicionalista retrocede hacia la doctrina, la liturgia y la eclesiología preconciliares. Considera el Vaticano II como una ruptura, no como un punto de partida. Por lo tanto, pone en tela de juicio la legitimidad del régimen posconciliar.

El progresista dice: “No has implementado tu revolución con la suficiente coherencia”.

El tradicionalista dice: “No tenías autoridad para hacer esta revolución”.

Roma puede negociar con la primera queja.

La segunda amenaza los cimientos.

La cuestión sedevacantista

Un análisis sedevacantista no tiene por qué afirmar que todo acto de hipocresía prueba de forma independiente la vacancia de la Santa Sede.

Tampoco exige pretender que cualquier hombre que se oponga al concilio Vaticano II ejerza automáticamente un juicio sensato, posea autoridad canónica o deba ser seguido en cada consagración y reclamación jurisdiccional.

La cuestión de fondo es acumulativa.

¿Qué considera esta jerarquía como el principal peligro para la Iglesia?

¿Se trata de una violación pública de la ley litúrgica por parte de un obispo?

¿Se trata de la transferencia gradual de las funciones docentes ordenadas a activistas eclesiásticos laicos?

¿Se trata de la elevación del pluralismo religioso a la categoría de ideal divino y educativo?

¿Se trata de la transformación del oficio episcopal en escucha, acompañamiento, colaboración social y discernimiento comunitario?

¿O se trata de la acusación de que los hombres que dirigen este programa ya no poseen la autoridad que invocan?

Los datos indican que el peligro final supera a todos los demás.

Eso no prueba automáticamente la conclusión sedevacantista. Explica por qué dicha conclusión sigue atrayendo a católicos que observan cómo funciona el sistema.

Observan una jerarquía incierta al defender las distinciones de las Órdenes Sagradas, conciliadora cuando se enfrenta a la rebeldía alemana, entusiasta de la fraternidad interreligiosa y decisiva cuando se niega su propia legitimidad.

Finalmente, los católicos se preguntan si están presenciando una administración débil dentro de la Iglesia Católica o una administración eficiente de alguna otra cosa.

Después de todo, Roma tiene autoridad

La defensa habitual sostiene que Roma está dividida, es lenta, está sobrecargada de trámites, condicionada por los “obispos” locales y es reacia a imponer sanciones en situaciones pastorales complicadas.

Papa Stronsay da la respuesta.

Roma y su representante local pueden actuar de inmediato cuando consideran que una ofensa es grave. Se puede completar un proceso canónico. Se puede publicar una sentencia. Se pueden destituir cargos. Se puede prohibir la administración de sacramentos. Se puede instruir a los fieles para que interrumpan el contacto. Los dicasterios romanos pueden mantenerse informados en cada etapa.

Quizás el obispo Michael Mary ya se esperaba la sentencia. Es poco probable que un hombre que abraza públicamente el sedevacantismo se sorprenda cuando el “obispo” al que ya no reconoce lo declara fuera de la comunión.

Los acusados ​​que más revelan su identidad son aquellos que nunca llegan a comparecer ante el tribunal.

A Münich le dijeron que no, Münich anunció que y Münich siguió adelante.

Los feligreses jugaban con pelotas de playa mientras un “obispo” y una laica pronunciaban un “sermón dialogado”, y la misma cultura institucional que encontró un lenguaje decisivo para un monasterio en las Orcadas no ha encontrado públicamente un lenguaje comparable para una de las archidiócesis más importantes de Alemania.

Esto nos indica qué actos se consideran existenciales y cuáles se consideran etapas prematuras del desarrollo.

Michael Mary negó la autoridad de la nueva iglesia.

Münich demostró cómo la nueva Iglesia lo utiliza en la práctica.

Uno recibió la sentencia.

El otro podría haber proporcionado el futuro.
 

EL ESLOGAN: "NO ESTÁ EN LA BIBLIA"

Un análisis real de la afirmación protestante "No está en la Biblia"

Por Catholic Apologetics Insight


Cuando los protestantes afirman que algo en lo que creemos no se encuentra en la Biblia, lo que en realidad están demostrando es su ignorancia de las Escrituras y del catolicismo.

A menudo les pregunto: “¿Cuántos versículos bíblicos harán falta para que se arrepientan de su herejía y se conviertan al catolicismo?”.

Como católicos, debemos recordar que la Biblia es un libro católico y nosotros, los católicos, somos expertos en ese texto, ya que lo hemos estado leyendo y aclarando su significado durante los últimos 2000 años.

Por lo tanto, debería ser una tarea sencilla para nosotros demostrar lo que creemos que se puede mostrar implícita o explícitamente (o ambas cosas) en las Escrituras.

Una mirada más de cerca.

EL “NO ESTÁ EN LA BIBLIA”

Pregúntale a cualquier protestante moderno o secta no católica cuál es su principal objeción a la Iglesia Católica, y escucharás el mismo eslogan con seguridad: “¡Eso no está en la Biblia!”

Desde el Purgatorio y la oración por los muertos, hasta honrar a María y confesar los pecados a un sacerdote, los críticos sectarios les dicen continuamente a sus seguidores que las prácticas católicas son meras “tradiciones humanas” sin fundamento bíblico alguno.

Pero, ¿acaso han leído las Escrituras completas y sin editar?

La tragedia irónica del protestantismo moderno es que muchos de sus miembros atacan las doctrinas católicas simplemente porque nunca se les enseñó donde encontrar esos textos en la Biblia. Cuando se abren las Escrituras con contexto histórico y profundidad teológica, emerge una verdad innegable: las mismas doctrinas que afirman que “faltan” están entretejidas directamente en la Palabra de Dios.

Aquí hay una lista definitiva de doctrinas católicas que los críticos afirman que “no están en la Biblia” y los pasajes exactos que demuestran que están equivocados.

1. Rezar por los muertos y el purgatorio

* Las palabras de Sectarismo: “¡El purgatorio es una invención de los Papas! Una vez que mueres, vas directamente al Cielo o al Infierno, ¡y rezar por los muertos es completamente antibíblico!”

* ¿Qué dice la Biblia?

Orando por los que se han ido: En Macabeos 12:44–45, Judas Macabeo y sus hombres ofrecieron oraciones y sacrificios por sus soldados caídos: “Porque si no esperaba que los que habían caído resucitaran, habría sido superfluo y desatinado orar por los muertos... Por lo tanto, hizo expiación por los muertos, para que fueran liberados de su pecado”.

El fuego temporal de la purificación: En 1 Corintios 3:13–15, San Pablo describe explícitamente un juicio posterior a la muerte donde las obras de una persona son probadas por fuego: “Si la obra de alguno se quema, sufrirá pérdida, aunque él mismo se salvará, pero solo a través del fuego”. Esto no es el infierno (porque en el infierno nadie se salva), ni el Cielo (donde no hay sufrimiento ni pérdida). Es la realidad bíblica exacta que los católicos llaman Purgatorio, un estado temporal de purificación divina para aquellos salvados en Cristo.

Perdón en la era venidera: Jesús mismo insinuó un lugar de purificación después de la muerte en Mateo 12:32, afirmando que ciertos pecados “no serán perdonados, ni en este siglo ni en el venidero”.

2. Intercesión de los Santos (Orando a los que están en el Cielo)

* Las palabras de Sectarismo: “¡Los muertos duermen en sus tumbas y no pueden oírte! ¡Rezar a los santos es nigromancia e idolatría!”

* ¿Qué dice la Biblia?

Los Santos están vivos en Cristo: Jesús desmintió la idea de que los muertos están inconscientes: “Él no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (Lucas 20:38).

La gran nube de testigos celestiales: Hebreos 12:1 nos dice que estamos rodeados por una “gran nube de testigos” en el Cielo que observa activamente nuestro camino terrenal.

Los Santos presentan nuestras oraciones a Dios: En Revelación 5:8, San Juan ve a los ancianos celestiales sosteniendo “copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos” ¡que 
obviamente nos escuchan e interceden por nosotros!”. En Revelación 8:3–4, un ángel ofrece las oraciones del pueblo de Dios en el altar ante el trono. Si quienes están en el Cielo presentan nuestras oraciones directamente a Dios, ¡sin duda nos escuchan e interceden por nosotros!

3. Confesar mis pecados a un hombre mortal

* Las palabras de Sectarismo: “¡Confieso mis pecados directamente a Dios! ¿Por qué se los contaría a un mortal?”

* Lo que realmente dice la Biblia

Autoridad divina delegada: Si bien solo Dios perdona los pecados, Él eligió explícitamente a ministros humanos como sus instrumentos. En la noche de su Resurrección, Jesús sopló sobre los apóstoles y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados” (Juan 20:22-23).

¿Cómo puede un sacerdote perdonar o atar un pecado si el creyente no lo confiesa primero en voz alta?

El Ministro de la reconciliación: San Pablo confirma esta autoridad delegada en 2 Corintios 5:18: “Dios... nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación”. La confesión no es eludir a Dios; es obedecer el orden sacramental exacto que Jesús estableció.

4. La Dogma de la Presencia Real en la Eucaristía

* Las palabras de Sectarismo: “El pan y el vino de la comunión son solo recordatorios simbólicos de la Última Cena”.

* Lo que realmente dice la Biblia

Jesús lo dice literalmente: En Juan 6:51-56, Jesús insistió repetidamente: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida... Si no comen la carne del Hijo del Hombre y beben su sangre, no tienen vida en ustedes”. Cuando sus seguidores dudaron de su literalidad y se alejaron, Jesús no los llamó para decirles: “Es solo un símbolo”. Los dejó ir porque cada palabra era cierta.

Sacrilegio contra el Cuerpo Real: San Pablo advierte en 1 Corintios 11:27-29: “Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será culpable de pecar contra el Cuerpo y la Sangre del Señor... Porque cualquiera que coma y beba sin discernir el Cuerpo, come y bebe juicio sobre sí mismo”. No se puede pecar contra un simple trozo de pan simbólico; la grave advertencia de Pablo solo tiene sentido porque Cristo está verdadera y sustancialmente presente en la Eucaristía.

5. El honor y privilegio especial de la Santísima Virgen María

* Las palabras de Sectarismo: “María era una mujer común y corriente usada solo para traer a Jesús. ¡No tenía ningún papel especial!”

* Lo que realmente dice la Biblia

​Honor Universal Profetizado: En Lucas 1:48, María, inspirada por el Espíritu Santo, declaró: “Porque he aquí, desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (¿Qué iglesia cumple realmente este mandato bíblico cada día? ¡La Iglesia Católica!)

Llena de gracia: (Arca sin pecado): En Lucas 1:28, el Arcángel Gabriel se dirige a ella no por su nombre, sino con un título divino: “Salve, llena de gracia” (Kecharitomene en griego, que significa un estado permanente de perfección total).

La Madre de la Fe: En Revelación 12:17, el Dragón sale a la guerra contra la Mujer y “el resto de su descendencia, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús”. Según las Escrituras, si eres seguidor de Jesús, ¡María es espiritualmente tu Madre!

6. La salvación NO es “Sola Fide”

* Las palabras de Sectarismo: “Lo único que necesitas para ser salvo es aceptar a Jesús en tu mente. ¡Las obras no tienen nada que ver con la salvación!”

* Lo que realmente dice la Biblia

El único versículo que usa ese término: Las sectas modernas predican la “salvación solo por la fe”. Sin embargo, en toda la Santa Biblia, la frase exacta “por la fe sola” aparece solo UNA vez y rechaza explícitamente el lema protestante: “Ya veis que el hombre es justificado por las obras y NO SOLAMENTE POR LA FE” (Santiago 2:24).

La fe sin obras está muerta: Santiago 2:26 declara: “Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta”.

Juzgados por las Acciones: En el Día del Juicio Final, en Mateo 25:31–46, Jesús juzga las almas según sus obras de misericordia: alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos, visitar a los enfermos y a los presos.

Conclusión: Lea la Biblia completa, no solo eslóganes seleccionados

La próxima vez que un predicador sectario le diga que una práctica católica “no está en la Biblia”, pregúntese: ¿Está compartiendo la Palabra de Dios completa o está presentando una interpretación sectaria? ¿Una versión filtrada y cuidadosamente seleccionada, diseñada para proteger las tradiciones protestantes creadas por el hombre?

La Iglesia Católica no teme a la Biblia. ¿Por qué? Porque la Iglesia Católica es la institución que, bajo la guía del Espíritu Santo, recopiló, preservó y custodió las Sagradas Escrituras durante más de 2000 años.

Dejemos de basarnos en eslóganes superficiales y mitos anticatólicos. Abramos las Escrituras en toda su plenitud histórica y descubramos que cada camino en la Biblia conduce directamente a la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

 

27 DE JULIO: BEATO BERTOLDO DE GARSTEN, ABAD Y CONFESOR


27 de julio: Beato Bertoldo de Garsten

(† 1142)

En la margen izquierda del río Enns, cerca de la ciudad de Steyr, en la Alta Austria, se encuentra la magnífica iglesia abacial de Garsten. Antaño un prestigioso monasterio benedictino, sus extensos edificios han tenido usos seculares desde 1787. A pesar de este declive y de los numerosos cambios a lo largo de los siglos, la memoria del primer abad de la abadía, el beato Bertoldo, perdura en la Alta Austria. A petición del Venerable Siervo de Dios Francisco José Rudigier, obispo de Linz, la Santa Sede concedió permiso el 30 de agosto de 1883 para que la diócesis de Linz celebrara hoy la festividad del beato abad Bertoldo.

Bertoldo, Berthold, o Berchtold, que significa “el gobernante brillante”, procedía de la Casa de Bogen, en la Baja Baviera, y nació alrededor del año 1090. Se educó en las abadías benedictinas de Admont, en Estiria, y de San Blasien, en la Selva Negra, donde él mismo se hizo monje.

El joven monje pronto se distinguió tanto por sus virtudes que fue nombrado Prior. Posteriormente fue llamado a la abadía de Göttweig, en la Baja Austria, como sucesor del beato Wirnto, y en 1111 fue elegido primer Abad de la abadía de Garsten. Esta abadía había sido fundada en 1080 por el margrave Otakar III de Estiria y entregada a los benedictinos de Göttweig en 1108.

Como Abad, Bertoldo fue verdaderamente lo que su nombre sugería para sus monjes: un padre y maestro, un padre por amor infinito, que dio el mejor ejemplo a sus seguidores en todo, un maestro que garantizó la estricta observancia de la disciplina monástica que había aprendido en San Blas.

El Abad mismo llevaba una vida austera, contento con lo mínimo indispensable de comida, bebida y descanso, y renunciando a toda comodidad. En la medida de lo posible, se dedicaba a la contemplación y el estudio espiritual, y al cuidado de sus subordinados y de las muchas personas que acudían a él de todas partes en busca de consejo y ayuda.

Celoso por la salvación de las almas, pasaba mucho tiempo en el confesionario, tanto que sus subordinados a veces se quejaban. Como confesor, pronto se ganó tal reputación que innumerables personas de todas las clases sociales -pobres y nobles, plebeyos y aristócratas- acudían a él en busca de consuelo. El emperador Conrado III eligió a este hombre piadoso y sabio como su confesor. El margrave Leopoldo el Santo intercedió en un asunto importante.

Dado que el monasterio pronto se hizo famoso por el espíritu de bondad que allí reinaba, el número de aspirantes a ingresar aumentó año tras año. Pero por mucho que creciera el número de siervos de Dios, nunca les faltó de nada. Su padre espiritual, el abad, se encargaba de ello.

Incluso los pobres y los huéspedes siempre encontraban una cálida bienvenida. El arzobispo Conrado de Salzburgo, que tuvo que huir del emperador Enrique V, recibió asilo en el monasterio de Bertoldo. Por gratitud y reverencia hacia el excelente Abad, que ante todo buscaba el Reino de Dios y su justicia, muchas personas ricas y adineradas acudieron en ayuda del monasterio con generosas donaciones y legados.

Bertoldo se aseguraba estrictamente de que nada se adquiriera ilegalmente; si sospechaba de ello, prefería que los tesoros fueran arrojados al río Enns antes que tolerar bienes adquiridos injustamente bajo su techo.

Dios mismo intervenía a menudo con milagros que ocurrían gracias a las oraciones del santo Abad. Aumentaba el suministro de pan y pescado con el que se alimentaba a muchos huéspedes. Sanaba a innumerables enfermos y a aquellos atormentados por espíritus malignos mediante su oración y la señal de la santa cruz. Podía discernir los pensamientos más íntimos de los extraños y predecir acontecimientos futuros.

Bertoldo mismo intervenía a menudo con milagros que ocurrían gracias a sus oraciones. Así, el Abad guio a su comunidad religiosa en santidad y sabiduría durante 30 años; ellos y todos los alrededores de Garsten lo consideraban y veneraban como su padre espiritual, benefactor y líder, y lo amaban y valoraban por encima de todo.

Cuando en 1142 llegó la noticia de la abadía de Admont, instándolos a viajar allí para el funeral del abad Godefried, el Abad Bertoldo les dijo a los mensajeros: “Regresen; su señor se encuentra mejor y se recuperará. Pero díganle que cuando tenga noticias mías, no dude en venir a verme”. El abad Godefried se recuperó, en efecto; pero Bertoldo, gravemente enfermo, tuvo que guardar reposo. Aun así, escuchó las confesiones de sus fieles, les dirigió conmovedoras exhortaciones, encomendó a su capellán Eberhard como su sucesor y rezó la Letanía con ellos hasta su último aliento; fue en la fiesta de San Pantaleón, hoy. El abad Godefried lo acompañó a su última morada.

Reflexión:

Numerosos milagros glorificaron la memoria de Bertoldo; procesiones acudían a su tumba para encomendarse a este hombre de Dios, tan compasivo y amoroso en vida. Diversas desgracias azotaron su abadía. Aunque la desafortunada disolución de los monasterios por el emperador José II la privó de su propósito original, la iglesia y los edificios se conservaron, y la memoria del noble primer Abad no se ha extinguido en la Alta Austria. En él se cumplieron las palabras del Espíritu Santo: “Fue amado por Dios y por los hombres; su memoria es una bendición. Dios lo glorificó como santo, lo convirtió en terror para sus enemigos y, a su palabra, hizo cesar grandes plagas. Lo glorificó ante los reyes, le dio mandamientos a su pueblo y les mostró su gloria. Por su fidelidad y mansedumbre, lo santificó y lo escogió por encima de toda carne… Él mismo le dio los mandamientos y la ley de la vida y la disciplina” (Eclesiástico 45:1-6).
 

27 DE JULIO: SAN PANTALEÓN, MÉDICO Y MÁRTIR


27 de Julio: San Pantaleón, médico y mártir

(† 305)

El médico, taumaturgo y mártir de Cristo san Pantaleón, nació en Nicomedia de Bitinia, y fue hijo de Eustorquio, hombre rico y noble, aunque gentil, y de Ebula, señora cristiana, la cual murió dejando a Pantaleón muy niño. 

Lo puso el padre a los estudios de retórica y filosofía, y después a los de la medicina, en la cual salió nuestro santo muy aventajado. 

Estaba escondido por temor a la persecución en la pequeña casa de un venerable sacerdote de vida santísima, llamado Hermolao, el cual trabó amistad con Pantaleón y poco a poco lo vino a persuadir que el autor de la vida y señor de la salud temporal y eterna era Jesucristo: y como un día viese Pantaleón un niño muerto, y junto a él una víbora que parecía decir que ella había cometido aquel homicidio, movido del Señor dijo entre sí: “Ahora veré yo si es vendad lo que Hermolao me dice”. 

Y llegándose al niño, le dijo: 

- Levántate vivo en el nombre de Jesucristo, y tú, bestia ponzoñosa, padece el mal que le has hecho

Luego el niño se levantó con vida y la víbora quedó muerta: y visto este milagro se fue a Hermolao y le pidió el Bautismo. 

De allí a pocos días entró en casa de Pantaleón ya cristiano, un hombre ciego, y poniéndole el santo las manos sobre los ojos, invocando el nombre de Jesucristo, luego le restituyó la vista, y con ella le dio juntamente la luz del alma, persuadiéndolo que se hiciese cristiano. 

Presenció este prodigio el padre de Pantaleón, y luego quiso también bautizarse. 

De aquí se comenzó a divulgar la fama del santo médico; y por las muchas enfermedades incurables que sanaba en el nombre del Señor, le tenían gran envidia los otros médicos y lo acusaron delante del emperador Maximiano que estaba a la sazón en Nicomedia. 

Confesó claramente Pantaleón que era cristiano, y concertaron que trajesen un enfermo del todo desahuciado de los médicos y de sus sacerdotes, con la invocación de cualquiera de sus dioses, le procurasen dar la salud, y que él también invocaría a Jesucristo, y que el que le sanase fuese tenido por verdadero Dios. 

Se hizo así: trajeron un paralítico de muchos años: los sacerdotes de los ídolos hicieron sus diligencias, y todas fueron en vano. 

Y Pantaleón tomando por la mano al paralítico, le dijo: 

- Levántate sano en nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo. 

Y el enfermo se levantó sano, dando gracias a Dios; y muchos de los circunstantes se convirtieron a la fe. 

Mas como los sacerdotes de los ídolos persuadiesen al emperador de que Pantaleón era un gran mago y enemigo de los dioses, el tirano ejercitó en él diversos suplicios, el potro, las uñas de hierro, el plomo derretido, las fieras y la espada; de todos los cuales salió el santo milagrosamente ileso; hasta que animando él mismo al verdugo que había de cortarle la cabeza, en la segunda herida, entregó su espíritu al Criador.

Reflexión:

Este glorioso santo no solamente fue portentoso en su vida y en su martirio, mas lo es también perpetuamente después de su muerte; porque en la ciudad de Ravello, en el reino de Nápoles, se conserva en la iglesia catedral una redoma de su sangre, y cada año en el día de su martirio se derrite y descuaja, estando el resto del tiempo cuajada y dura, y la sacan aquel día en procesión. Semejante prodigio hace el Señor con la sangre de este mismo santo que se conserva también en una ampollita de cristal en la iglesia de las Agustinas del real convento de la Encarnación de Madrid.

Oración:

Te suplicamos, oh Dios omnipotente, nos concedas por la intercesión de tu bienaventurado mártir Pantaleón, que seamos libres de todas las calamidades del cuerpo y de todos los malos pensamientos del alma. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Nota Diario7: San Pantaleón fue removido del Calendario universal de la Iglesia Católica en el año 1969, pero no fue despojado de su santidad. La modificación ocurrió tras la reforma litúrgica del nefasto conciliábulo Vaticano II (con el documento Mysterii Paschalis), cuyo objetivo fue dar prioridad a los santos de “importancia universal comprobada”.
 

domingo, 26 de julio de 2026

CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DE MONSEÑOR MICHAEL MARY, F.SS.R.

El 25 de julio de 2026, fiesta de Santiago Apóstol, el Reverendísimo Padre Michael Mary, F.SS.R., fue consagrado obispo de la Iglesia Católica Romana por el Reverendísimo Obispo Pierre Roy en la isla santa de Papa Stronsay. 

Los co-consagrantes fueron el Reverendísimo Obispo Rodrigo Ribeiro da Silva y el Reverendísimo Obispo Fernando Altamira.


Ver fotografías de la Consagración Episcopal en el sitio web de los Redentoristas Trasalpinos aquí

UN OBISPO ESCOCÉS AUTORIZA A DOS DESERTORES DE LOS REDENTORISTAS TRANSALPINOS A CELEBRAR LA MISA SEMANAL EN LATÍN

El “obispo” Hugh Gilbert, OSB, de Aberdeen, Escocia, arroja unas migajas a dos sacerdotes desertores de los Redentoristas Trasalpinos...

Por Antonino Cambria


El “obispo” Hugh Gilbert, OSB, de Aberdeen, Escocia, concedió permiso a dos sacerdotes de la Congregación de los Hijos del Santísimo Redentor (Redentoristas Transalpinos) que se han desvinculado de la dirección de la Orden para celebrar la Misa Tradicional en Latín (MLM) en la Iglesia de Nuestra Señora de Garioch y San Juan Evangelista en Fetternear todos los domingos.

Según informó AdVaticanum, Gilbert autorizó al padre Yousef Marie, FSSR, y al padre Peter Mary, FSSR, a celebrar la Misa Tradicional en Latín todos los domingos en la parroquia de Fetternear, ampliando así su autorización previa para que la Misa en Latín se celebrara en la parroquia una vez al mes.

Los sacerdotes se desvincularon de los Redentoristas Transalpinos, con sede en la pequeña isla de Papa Stronsay, en las Orcadas, después de que estos emitieran una declaración en mayo denunciando a Pablo VI hasta León XIV como “impostores papales” y condenando las reformas del concilio Vaticano II por haber “provocado una catástrofe espiritual de las mayores proporciones imaginables”.

Los permisos ampliados otorgados por Gilbert para la celebración de la Misa Tradicional en Latín llegaron pocos días antes de que el Padre Michael Mary Sim, FSSR, Fundador y Superior general de la Orden Sacerdotal, sea consagrado Obispo el 25 de julio.

Anteriormente, el clero afiliado a los Redentoristas Transalpinos celebraba la Misa Tradicional Mensual en la iglesia, pero Gilbert había reasignado la responsabilidad al padre Bruno Murphy, un “sacerdote diocesano”, después de que la Orden Tradicional comenzara a publicar comunicados críticos con el Vaticano.

Los Hijos del Santísimo Redentor, una comunidad de más de dos docenas de sacerdotes y hermanos que viven en una remota isla al norte de Escocia llamada Papa Stronsay (o Isla del Monasterio del Gólgota), fue fundada por el Padre Michael Mary en 1987 bajo los auspicios del Arzobispo Marcel Lefebvre y la Sociedad de San Pío X, con el apoyo del Cardenal Édouard Gagnon. Se habían “reconciliado” con el Vaticano en 2012 y hoy tienen presencia en Estados Unidos y Nueva Zelanda.


Sin embargo, el grupo cobró notoriedad el año pasado cuando escribió una carta abierta a obispos, sacerdotes, religiosos y laicos afirmando que “la jerarquía ha roto la línea de mando, lo que los hace humanos, y espiritualmente nulos”. En la Declaración de mayo de 2026 denunciaron que “La Iglesia ha sido infiltrada por enemigos”, además afirmaron que “desde el concilio Vaticano II, los papas aparentes han provocado una catástrofe espiritual de las mayores proporciones imaginables” y también convocaron a la “celebración de un Concilio General Imperfecto” para hacer una declaración autorizada y resolver la crisis en la Iglesia.

En junio, los Redentoristas Transalpinos anunciaron que el padre Michael Mary será consagrado obispo por el obispo Pierre Roy

El “obispo” Gilbert respondió calificando la consagración prevista como “un grave acto de desobediencia” y advirtiendo a los fieles que no asistieran.

“Dado que esta consagración tendrá lugar dentro de los límites geográficos de la Diócesis de Aberdeen, me veo obligado a dejar claro a los fieles de la Diócesis que cualquier ordenación episcopal de este tipo sería ilegal y un grave acto de desobediencia, que separaría a los participantes de la comunión con la Iglesia Católica”, dijo el “obispo” de Aberdeen en un comunicado diocesano.

Ningún fiel debería asistir. Esta acción no es "por el bien de la Iglesia Católica", como se afirma falsamente”, añadió el “obispo”. “Lamentamos profundamente este suceso y solo podemos rezar para que los implicados recapaciten”.
 

GRACIA Y LIBERTAD: LUTERANISMO Y QUIETISMO

Estamos, aunque parezca increíble, ante un pelagianismo luterano o bien un luteranismo pelagiano.

Por el padre José María Iraburu


El luteranismo es Lutero

Es una herejía muy personal, aunque todas lo son, por supuesto. Consideremos la experiencia fundamental del hombre sobre su vida moral. Todos tenemos conciencia de que somos libres, de que “podemos” elegir. Y si obramos mal, sentimos el peso de nuestra culpa. Pero también es cierto que todos tenemos conciencia de que no somos libres, de que nuestra libertad está enferma, atada, impotente para hacer el bien que quiere y evitar el mal que aborrece (Rm 7,15). Pues bien, en Pelagio prevaleció el primer convencimiento –somos libres: podemos–, hasta oscurecer la necesidad de la gracia. Y en Lutero, después de luchas morales angustiosas, predominó el segundo, hasta negar la necesidad de obrar el bien –no somos libres: no podemos–; no podemos ni siquiera con la ayuda de la gracia.

La doctrina teológica de Lutero (1483-1545) tiene unas profundas raíces biográficas, que conviene conocer. De los agustinos de Erfurt había recibido una mala formación filosófica, nominalista, y una mala teología de la gracia, voluntarista o semipelagiana. La morbosidad de su vivencia espiritual consecuente queda reflejada en confesiones personales como ésta: “Yo, aunque mi vida fuese la de un monje irreprochable, me sentía pecador ante Dios, con una conciencia muy turbada, y con mi penitencia no me podía creer en paz; y no amaba, incluso detestaba a Dios como justo y castigador de los pecadores; me indignaba secretamente, si no hasta la blasfemia, al menos con un inmenso resentimiento respecto a Dios” (Weimarer Augsgabe 54,185). “Al solo nombre de Jesucristo, nuestro Salvador, temblaba yo de pies a cabeza” (44,716). “Yo recuerdo muy bien qué horriblemente me amedrentaba el juicio divino y la vista de Cristo como juez y tirano” (44, 775)…

Así, desde luego, no se puede vivir. ¿Qué salida hay para escapar de esta idea nefasta de Dios y de sí mismo?… El remedio de Lutero fue casi peor que la enfermedad, fue un inmenso y múltiple error. Ya lo he descrito en Lutero, gran hereje. Me fijo ahora sólo en su doctrina sobre el tema gracia-libertad.

El hombre está totalmente corrompido por el pecado, y lo mejor es reconocerlo con todas sus consecuencias. “El hombre peca siempre, aun cuando intente obrar el bien. El hombre está tan corrompido que ni siquiera Dios puede rescatarle de su podredumbre: lo único que es posible a Dios es no tener en cuenta sus pecados, no imputárselos legalmente” (L. F. Mateo Seco, Martín Lutero: sobre la libertad esclava, Madrid 1978, 18).

El hombre no es libre, perdió su libertad al corromperse. Es inútil, pues, que siga atormentándose la conciencia con la ilusión psicológica de su pretendida libertad. Lutero, en sus primeras obras, aún creía en la libertad del hombre (4,295); comenzó a ponerla en duda a partir de 1516, y vino a negarla furiosamente en 1525, en una de sus obras preferidas, De servo arbitrio, polemizando con Erasmo. La libertad humana es incompatible –con Dios, que todo lo preconoce y predetermina; –con Satanás, porque él tiene cautivo al hombre, y domina verdaderamente sobre él; –con la realidad del pecado original, que corrompió todo lo que es el hombre, también su libertad; –y es inconciliable con la redención de Cristo, que sería superflua si el hombre fuera libre (18,786). Consiguientemente, la misma expresión libre arbitrio debiera desaparecer del lenguaje humano; sería “lo más seguro y lo más religioso” (18,638). Ya Lúcido negó antes la libertad, y su error fue condenado en el concilio de Arlés (473: Denz 331).

Sola fides

Por tanto el cristiano se salva por la fe, no por las obras. La justificación cristiana es necesariamente sólo declarativa, pasiva, “imputativa” (WA 56,287). Simplemente, por la fe en el Salvador, no tiene Dios en cuenta el pecado del creyente. Y aunque las buenas obras son convenientes, como expresión de la fe, en modo alguno han de considerarse como necesarias para la salvación. Incluso pueden ser peligrosas, cuando debilitan la fe fiducial, y la persona, esforzándose por conseguir obras buenas, trata entonces de apoyarse en su propia justicia. El cristiano, pues, debe aprender a vivir en paz con sus pecados. Debe reconocer que es “simultáneamente pecador y justo (simul peccator et iustus): pecador en realidad y justo en la reputación de Dios” (WA 56,272).

En efecto, “en nada daña ser pecadores, con tal que deseemos con todas nuestras fuerzas ser justificados”. Pero el diablo, con mil artificios, tienta a los hombres “a que trabajen neciamente esforzándose por ser puros y santos, sin ningún pecado, y cuando pecan o se dejan sorprender de alguna cosa mala, de tal manera atormenta su conciencia y la aterroriza con el juicio de Dios, que casi les hace caer en desesperación… Conviene, pues, permanecer en los pecados y gemir por la liberación de ellos en la esperanza de la misericordia de Dios” (56,266-267).

Sola gratia

No es posible que las buenas obras sean necesarias para la salvación. Si fueran necesarias, todos los hombres se condenarían, pues todos son pecadores y han de pecar inevitablemente. Notemos bien que el error de esta herejía de Lutero, sola gratia, no está, como se ha afirmado tantas veces en el catolismo postridentino, en “atribuir todo a la gracia divina”, pues, efectivamente, a Dios hay que atribuirle toda la gracia y la salvación. Lo contrario, pretender que la salvación viene realizada en parte por la misericordia de la gracia divina, y en parte por la fuerza de la libertad humana, que viene a completar lo que le falta a la acción gratuita de Dios, es puro semipelagianismo.

Aunque parezca paradójico, el error que subyace al pensamiento de Lutero es el mismo que con frecuencia ha contaminado de naturalismo semipelagiano a sus oponentes católicos: el error de pensar que la acción de la gracia es extrínseca a la acción buena del hombre; es decir, es el enorme error de ignorar que precisamente la acción de la gracia divina es la causa íntima de la acción libre del hombre, y así produce en él y con él la obra buena, salvífica y meritoria de vida eterna. Atribuir, pues, todo a la gracia de Dios no deja excluida en modo alguno la libertad humana, pues ésta se ve precisamente causada por aquélla. La voluntad se mueve movida por la gracia de Cristo.

Un correcto diálogo ecuménico exige tener bien en cuenta estas verdades. Según esto, cuando los luteranos acusan a los católicos de ser semipelagianos, y de que no atribuimos a la misericordia de la gracia divina toda la salvación del hombre, sino parte de ella, sería un error muy grave contestarles que atribuir toda la salvación a la misericordia divina equivale a anular la libertad humana. Diciendo tal cosa les confirmaremos en su convencimiento de que somos semipelagianos. 

Por el contrario, desde la fe católica:

hemos de afirmar al luterano que, efectivamente, todo es gracia, pero que precisamente la misericordia de Dios es mayor cuando su gracia renueva verdaderamente al hombre en su ser, y cuando potencia realmente sus facultades, haciéndole instrumento activo y operante de obras sobrenaturales; y

hemos de afirmar igualmente al católico temeroso de que una acentuación de la gracia implique la anulación de la libertad, que la gracia divina no actúa en la naturaleza humana desde fuera, extrínsecamente, sino desde dentro, sanándola, inclinándola y potenciándola activamente en su misma entidad natural hacia las obras buenas. Así lo veremos al recordar con más detenimiento la doctrina católica de la gracia.

Una herejía permanente

Lo mismo que el pelagianismo, el luteranismo es una herejía permanente, que, desde luego, extiende su tentación más allá del campo protestante. Ya señalé la “protestantización” actual que amenaza por muchos lados a la Iglesia Católica. Pero fijándome únicamente en el tema gracia-libertad, que ahora nos ocupa, conviene advertir que:

la pérdida actual de la fe en la libertad del hombre, y la casi anulación consiguiente de la conciencia de pecado, partiendo de unas premisas muy diversas de las de Lutero, conducen finalmente a un efecto semejante. Como señala G. Piovene, “entre la diversidad de las filosofías actuales [y lo mismo sucede en las escuelas principales de psicología] se descubre una constante: ninguna se presenta como una filosofía de la libertad. Se intenta sobre todo establecer los mecanismos por los que el hombre está condicionado: económicos, psicológicos, derivados de la estructura del lenguaje o de la situación histórica en que vive” (Elogio della libertà, Milán 1970,287). Esto luteraniza la cultura de hoy.

–La eliminación en el cristianismo de la soteriología, salvación-condenación, realizada prácticamente por Lutero con su “sola fides”, afecta también a muchos católicos, pues consideran increíble que los actos cumplidos en la vida presente puedan determinar una vida eterna de premio o de castigo. Como ya vimos, no hay ya propiamente una cuestión de salvación/condenación. Basta la fe en Cristo Salvador, y no son propiamente necesarias las buenas obras. Así es el “catolicismo luterano”.

Cuando un católico tiene por irremediable su atadura al pecado, se cierra a la gracia del arrepentimiento efectivo, y luteraniza así su experiencia cristiana de pecado y salvación. En esta actitud espiritual, si va, por ejemplo, al sacramento de la penitencia, busca en Cristo una justificación al estilo luterano: “soy pecador, y como inevitablemente lo seguiré siendo, ni siquiera hago propósito de enmendarme; pero pongo toda mi fe en Cristo, y así Dios me perdona, y me seguirá perdonando siempre”. Y basta con eso.

Entre Pelagio y Lutero

La tentación predominante del catolicismo actual está en Pelagio, en el voluntarismo antropocéntrico, que no quiere reconocer la necesidad de la gracia, de la ayuda sobre-natural de nuestro Señor Jesucristo, “que es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4,42). Pero también está vigente hoy la tentación de Lutero. En realidad, hay que decir que el pueblo católico hoy experimenta al mismo tiempo las dos tentaciones.

De este modo, en ciertos ambientes, hallamos la extraña especie híbrida de un cristianismo pelagiano-optimista ante la multitud, es decir, ante la juventud, los obreros, la cultura moderna, el progreso y la técnica, y luterano-pesimista ante el individuo, pues no cree en las posibilidades reales que tiene la persona, ni siquiera con el auxilio de la gracia, para salir efectivamente de su pecado y vivir santamente. Cualquier sacerdote comprueba esto como ministro del sacramento de la penitencia. Estamos, pues, aunque parezca increíble, ante un pelagianismo luterano o bien un luteranismo pelagiano. Cualquier cosa se puede esperar de quienes se alejan de la doctrina católica de la Iglesia. Pero consideremos brevemente otro grave error.

El quietismo no niega la libertad, como el luteranismo, pero propugna que se esté quieta, que no actúe. En la historia de la espiritualidad se registran tendencias quietistas de muy diverso estilo –maniqueos y gnósticos, cátaros y fraticelli, hermanos del libre espíritu, beguardos y beguinas, alumbrados españoles del XVI–, pero el más caracterizado quietismo, el que aquí considero, es el que se produce a fines del siglo XVII en torno a Miguel de Molinos (+1696; Denz 2201-2268; +2181-2192), Fenelón (+1715), el padre Lacombe (+1715) y Madame Guyon (+1717; Denz 2351-2373). El camino interior de Molinos no es idéntico al amor purísimo de Fenelón, pero coinciden en algunas orientaciones. La Iglesia, al condenar el quietismo radical y típico, lo esquematizó en sus rasgos más propios:

Pasividad total. “Querer obrar activamente es ofender a Dios, que quiere ser él el único agente; por lo tanto es necesario abandonarse a sí mismo todo y enteramente a Dios” (Denz 2202). “La actividad natural es enemiga de la gracia, e impide la operación de Dios y la verdadera perfección; porque Dios quiere obrar en nosotros sin nosotros” (2204).

Quietud en la oración, nada de devociones activas. “El que en la oración usa de imágenes, figuras, especies y conceptos propios, no “adora a Dios en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) (2218). La concepción quietista de la oración recuerda al zen: “En la oración hay que permanecer en fe oscura y universal, en quietud y olvido de cualquier pensamiento particular…, sin producir actos, porque Dios no se complace en ellos” (2221).

Aniquilación personal, muerte mística. “No conviene a las almas de este camino interior que hagan operaciones, aun virtuosas, por propia elección y actividad; pues en otro caso, no estarían muertas” (2235).

Indiferencia total. El alma no debe interesarse ni por cielo o infierno (2207), ni por su propio estado espiritual, “sino que debe permanecer como un cadáver exánime” (2208). “Resignado en Dios el libre albedrío, al mismo Dios hay que dejar el pensamiento y cuidado de toda cosa nuestra, y dejarle que haga en nosotros sin nosotros su divina voluntad” (2213).

Impecabilidad. “Con ocasión de las tentaciones, por furiosas que sean, no debe el alma hacer actos explícitos de las virtudes contrarias, sino que debe permanecer en el sobredicho amor y resignación” (2237). Las caídas que sobrevinieren “no son pecado, porque no hay consentimiento en ellas” (2241), ni es conveniente confesarlas (2248, 2260).

Tanto el luteranismo como el quietismo parten de una pésima teología de la relación entre naturaleza y gracia. La Iglesia afirma que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona y eleva, con la colaboración libre del hombre. Pero el quietismo piensa que la gracia, para divinizar al hombre, necesita aniquilar sus actos. Felizmente, el quietismo del XVII no dejó muchas huellas en la espiritualidad cristiana. Lo que habrá siempre entre los cristianos es la pereza, la indolencia, la resistencia a la gracia de Dios cuando mueve a algo que es penoso. Pero el quietismo no es eso; es otra cosa.
 

QUÉ ESPERAR DE FRANCIA (1)

Continuamos con la publicación del capítulo XVII del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


CAPÍTULO XVII

QUÉ ESPERAR DE FRANCIA (1)

I. TEMAS DE DESESPERANZA

Las predicciones de los sabios, las promesas y garantías de los santos antes mencionados, abarcan a toda la cristiandad; anuncian el retorno a las instituciones, leyes y costumbres de la civilización cristiana para todos los pueblos que han recibido las bendiciones de la Redención. Incluso afirman que su ejemplo iluminará a los pueblos incrédulos y que la oración del divino Salvador finalmente será respondida. Unum ovile et unus Pastor, para que aquello que Satanás propone y por lo que hace trabajar a otros, la unidad de la humanidad restablecida para su beneficio y bajo su dominio, se vuelva contra él.

Bajo su influencia, “las naciones se enfurecen y se agitan, los pueblos traman vanos planes, los reyes de la tierra se levantan y los gobernantes conspiran contra el Señor y contra su Cristo. 'Rompamos sus ataduras', dicen, 'y arrojemos lejos de nosotros sus cadenas'”.

“Pero el que está entronizado en el cielo se ríe de ellos; el Señor se burla de ellos. Les habla con ira; los hiere con terror en su furor: 'Sométanse, porque he establecido a mi rey en Sion, el monte santo'.

Yo promulgo este decreto: Tú eres mi Hijo; hoy te he engendrado, en este día sin despertar ni seguirte, desde toda la eternidad. Pide, y te daré las naciones como herencia, y los confines de la tierra como posesión tuya” (Ps. II).

Si ha llegado la hora del reinado de Jesucristo, victorioso sobre la humanidad rebelde, si, en medio de los errores, la corrupción y las calamidades de la época actual, podemos permitirnos albergar la esperanza de la inminente intervención de Dios en favor de la Iglesia y de la humanidad, surge para nosotros, los franceses, una pregunta verdaderamente angustiosa: ¿Participará Francia de la misericordia divina? Y, aún más importante, ¿retomará la misión que le fue encomendada entre las demás naciones? 
Porque Francia recibió una misión el día de su nacimiento, el día en que emergió del baptisterio de Reims, viva con la vida de Cristo y sagrada defensora de la Iglesia, apoyo del Papado, apóstol de las naciones infieles: “Oh Dios -decía la santa liturgia, en el siglo XI- Dios todopoderoso y eterno, que estableciste el imperio de los francos, para ser, en todo el mundo, instrumento de tu divina voluntad, espada y baluarte de la Santa Iglesia, guía siempre con luz celestial a los suplicantes hijos de los francos, para que vean siempre lo que deben hacer para la llegada de tu reinado en este mundo, y que, haciendo como han visto, estén hasta el fin llenos de caridad y valor”.

Esta oración presentó ante Dios la expresión de los sentimientos que habían sido puestos en los corazones de nuestros padres, la carta del Papa Anastasio II a Clodoveo, la del Papa Vigilio a Childeberto, la de San Gregorio Magno a los hijos de Brunehaut, etc., y que tantos acontecimientos ocurridos a lo largo de los siglos marcaron claramente como la función que la Providencia había asignado a Francia, la idea rectora de su historia que hizo del alma de su vida.

Pero, al igual que un individuo, un pueblo puede llegar a ser infiel a su misión. El pueblo judío, custodio de la promesa divina, se rebeló contra su vocación. ¿Acaso el pueblo francés, tras disfrutar de un privilegio similar, no cometió el mismo error?

En 1795, en medio de la revolución, se publicó en Frankfurt un libro anónimo titulado: Le système gallican atteint et convaincu d'avoir été LA PREMIÈRE ET PRINCIPALE CAUSE DE LA RÉVOLUTION qui vient de décatholiciser et de dissoudre la monarchie très chrétienne, et d'être aujourd'hui le grand obstacle à la contre-révolution en faveur de cette monarchie (El sistema galicano, convencido de haber sido LA PRIMERA Y PRINCIPAL CAUSA DE LA REVOLUCIÓN que acaba de descatolizar y disolver la monarquía más cristiana, y de ser hoy el gran obstáculo a la contrarrevolución a favor de esta monarquía).

Sabemos en qué consistía el sistema galicano. Fue formulado en la Asamblea de 1682 en cuatro artículos que consagraban un doble error y constituían un doble ataque contra la soberanía del HIJO DE DIOS hecho hombre, cabeza de la humanidad redimida.

Por un lado, afirmaban que el poder del Vicario de Jesucristo es limitado, sujeto a los cánones, y que su infalibilidad doctrinal depende de la de la Iglesia. Por otro lado, sostenían que el poder del rey es absoluto, que emana únicamente de él mismo y que es independiente del poder que Nuestro Señor Jesucristo otorgó al Papa, su Vicario.

Con el primer error y el primer ataque, la Iglesia de Francia, a través de sus obispos, se situó fuera de la enseñanza de la Iglesia universal en un punto esencial que debía ser definido por el Concilio del Vaticano.

Con el segundo error y este fue el segundo acto de violencia, Francia quedó fuera de las tradiciones del género humano. Jamás, en ningún momento, ningún pueblo ha dejado de fundamentar su constitución, sus instituciones públicas y sus leyes en la Religión. Ninguna nación lo había hecho mejor que Francia; incluso sirvió, en este sentido, de modelo para los pueblos modernos. Fue Francia la primera en reconocer la majestad divina de Nuestro Señor Jesucristo y de su Iglesia. El rey de Francia se autodenominó lugarteniente de Jesucristo y proclamó, ante todos, los derechos soberanos del Salvador mediante esta inscripción grabada en sus monedas: Christus vincit, regnat, imperat, palabras inspiradas en las del Introito de la Epifanía: Jesucristo tiene en su mano el reino, el poder y el imperio. Et regnum in manu ejus et potestas et imperium: “¡Oh, pueblo de los francos! -exclamó el cardenal Pie en 1862- retroceded en el tiempo, consultad los anales de vuestros primeros reinados, examinad las hazañas de vuestros antepasados, las gestas de vuestros padres, y os dirán que, en la formación del mundo moderno, en el momento en que la mano del Señor moldeaba a las nuevas razas occidentales para reunirlas, como una guardia de honor, alrededor de la segunda Jerusalén, el rango que os asignó, la porción que os concedió, os colocó a la cabeza de las naciones católicas. Vuestros monarcas más valerosos se proclamaron a sí mismos 'sargentos de Cristo'”.

La Declaración de 1682 rompió con este pasado, estableciendo para el presente la secularización del gobierno y preparando para el futuro el ateísmo de las leyes y la secularización de las instituciones, lo que en última instancia conduciría a la separación de la Iglesia y el Estado. La doctrina de la separación de la Iglesia y el Estado está contenida en la Declaración de 1682. De hecho, al afirmar que la Iglesia no ha recibido autoridad alguna sobre asuntos temporales y civiles, y que, por consiguiente, los reyes y soberanos no están sujetos a ningún poder eclesiástico en el orden temporal, Bossuet y los demás miembros de la asamblea sin duda no pretendían someter a la Iglesia al Estado, como lo habían hecho antes los obispos de Inglaterra al reconocer a Enrique VIII y sus sucesores como cabezas de la Iglesia. Pero la dependencia de la Iglesia respecto del Estado era inevitable que surgiera de la Declaración. Si el rey, el Parlamento o el pueblo soberano no están sujetos al juicio del Papa, entonces decidirán soberanamente qué es temporal y qué no lo es. Es en virtud de este principio que el propio Bossuet fue condenado a quemar uno de sus edictos y que, en nuestra época, cuando el Concordato aún estaba en vigor, los clérigos eran sometidos al servicio militar.

El año 1682 marca, pues, el momento en que la Revolución se gestó en Francia. “Esta revolución, de la que somos víctimas -decía el autor anónimo del panfleto cuyo título acabamos de mencionar- no es, en sí misma y por su propia naturaleza, sino una especie de revuelta directa y manifiesta contra la autoridad sacerdotal y real de Jesucristo. Es a Jesucristo a quien los impíos revolucionarios atacan por encima de todo; y si entre sus detestables propósitos se encuentra el derrocamiento de la Santa Sede y de todos los tronos de la cristiandad, es únicamente para aniquilar, si pueden, la doble autoridad de Jesucristo, de la cual el Sumo Pontífice y los reyes cristianos son respectivamente custodios y que ejercen en su nombre y actuando en su representación”.

La Revolución, con el asesinato de Luis XVI por un lado y la Constitución Civil del Clero por otro, fue, pues, la consecuencia lógica de la Declaración de 1682. Al intentar limitar los poderes otorgados a su Vicario por Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia galicana había allanado el camino al cisma en el que la Revolución pretendía sumirla; y al privarla del apoyo que desde sus inicios había recibido del trono de Jesucristo, provocó que el trono de los Reyes Cristianos perdiera prestigio y estabilidad. La soberanía no conservaba otro respaldo que la opinión pública, tan fácilmente influenciable, tan propensa a condenar hoy lo que ayer veneraba.

Ahí reside la verdadera causa de la desaparición del trono francés, así como del colapso de la Iglesia galicana. A las consecuencias lógicas que siguen a los errores y crímenes se suma el castigo. En este caso, el castigo fue la decapitación del rey y la masacre del clero. Estos castigos nos parecen enormes, pero ¿quiénes somos nosotros para juzgar la naturaleza de este crimen y la expiación que requería?

En efecto, los miembros de la Convención querían acabar con Luis XVI no solo como un hombre, ni como un rey justo, sino como Cristo mismo, de quien era ministro, y con la cristiandad, de la que era cabeza. Lo que querían destruir con su cabeza era la fe de Clodoveo, Carlomagno y San Luis; era el máximo representante, después del Papa, del derecho divino al que se jactaban de estar aniquilando. Querían “descatolicizar” Francia y la cristiandad, no solo “desmonarquizar”; querían, con Luis XVI, “atacar a los infames”, “aplastar a los infames”. Para algunos, el regicidio era, en esencia, un verdadero deicidio.

Unido al Vicario de Cristo y, a través de él, a Cristo, ungido con el santo óleo que la Paloma, mensajera divina, trajo del Cielo, el Rey de Francia, no por sí mismo, sino por AQUEL a quien representaba, era otro Cristo, como afirman las Escrituras. La Revolución, iluminada por un odio satánico, no se equivocó en esto. Para convencerse de ello, basta con recordar las palabras pronunciadas en la Convención por Robespierre, por Saint-Just y por otros.

M. Chapot (1) dijo con razón:

“Francia tiene un pecado, al igual que el pueblo judío. El pecado nacional del pueblo judío es el deicidio; el pecado nacional de Francia es el regicidio, es decir, la Revolución y el liberalismo. Permítanme explicarles: Israel quería matar a Jesucristo como Dios; Francia, en su revolución, quería matarlo como rey. El ataque contra Luis XVI tuvo repercusiones directas contra la persona misma de Cristo. No era al hombre a quien la Revolución quería matar en Luis XVI, sino al principio que el rey de Francia representaba: y este principio era el de la realeza cristiana. ¿Qué significa la realeza cristiana? Significa una realeza temporal dependiente de Cristo, una imagen de la realeza de Cristo, un vasallo y servidor de la realeza de Cristo; por eso los reyes de Francia se llamaban a sí mismos sargentos de Cristo”. Con este pensamiento en mente, Juana de Arco, fortaleciendo la monarquía legítima en la tierra, le dijo a Carlos VII: “Serás lugarteniente del Rey del Cielo, que es Rey de Francia”.

Lamennais comentó las palabras de la virgen:

“No se obedecía a los hombres, sino a Jesucristo. El soberano, mero ejecutor de sus Mandamientos, reinaba en su nombre; sagrado como Él, mientras usara el poder para mantener el orden establecido por el Salvador-Rey, pero sin autoridad en cuanto lo quebrantaba. Así, la justicia y la libertad constituían el fundamento de la sociedad cristiana; la sumisión del pueblo al Príncipe estaba condicionada a la sumisión del Príncipe a Dios y a su Ley, la carta eterna de derechos y deberes, contra la cual toda voluntad arbitraria y desordenada se desmoronaba” (2).

La declaración de 1682 estableció el principio opuesto con la secularización del gobierno de los pueblos cristianos. Es cierto que doce años después de su formulación, el 14 de septiembre de 1693, Luis XIV escribió al papa Inocencio XII: “Me complace informar a Su Santidad que he dado las órdenes necesarias para que no se observen las disposiciones de mi edicto del 22 de marzo de 1682, relativas a la declaración hecha por el clero de Francia, a la que me habían obligado las circunstancias pasadas”. Y no solo se le comunicó al Santo Padre su opinión al respecto, sino que también expresó su deseo de que todos conocieran su profunda veneración por la Cabeza de la Iglesia. De este modo, la monarquía rectificó su error.

Pero ambas fueron renovadas y agravadas hasta el límite por la nación, el día en que se redactó y votó este artículo de la Declaración de los Derechos del Hombre: “El principio de toda soberanía reside esencialmente en la nación; ningún cuerpo, ningún individuo puede ejercer ninguna autoridad que no emane expresamente de ella”.

Esto nunca se ha retractado, sigue vigente, y es el 15, lo que da origen a los temores expresados ​​anteriormente.

“Lo que la Revolución pretendía destruir -continuó el señor Chapot- era el principio mismo de la autoridad cristiana en el Estado. Buscaba iniciar la secularización, o más bien la apostasía, de todo el orden social y civil. Pretendía arrebatar a las antiguas naciones cristianas, de las cuales Francia era la cabeza, del imperio de Jesucristo”.

Este es el pecado de Francia, la causa principal y radical de la degradación en la que nos encontramos.

La secularización ha continuado desde entonces, abarcando todo y liberándolo de la tutela paternal de Cristo y de la tutela maternal de la Iglesia. Este yugo, tan honorable y tan suave, se presentó como humillante y subyugador. Ahora es completamente rechazado por la ley que separa la Iglesia del Estado.

A este primer ataque se sumó otro, el que se dirigió contra la soberanía papal, que Francia tenía bajo su custodia por misión especial.

Sabemos cómo, tras restituir a Pío IX en el trono, Francia lo abandonó, se retiró de su lado, para dejar el camino libre a los masones. La embajada, personificación de Francia, que permanecía junto al trono papal ya no está allí, y el vil artificio empleado para encubrir esta traición orquestada por la masonería es verdaderamente digno de perfidia y falsedad.

Hasta ahora, ningún soberano de una nación oficialmente católica había estado dispuesto a visitar al usurpador en Roma, ni siquiera el emperador de Austria, su aliado, a pesar de veinte años de súplicas para recordarle las leyes del respeto mutuo. Esto era, por parte de los príncipes católicos, una forma de afirmar que la cuestión de Roma seguía vigente, que continuaba siendo una cuestión que compete a las Potencias.

Los propios soberanos no católicos, por la forma en que realizaban sus visitas al Vaticano, daban testimonio de que, también para ellos, el problema seguía pendiente, sin resolver.

El señor Loubet fue el primero en declarar, con sus acciones, que a su juicio el verdadero y único Soberano de Roma era el nieto de Víctor Manuel; ratificó el gran crimen político y religioso cometido en 1870. En nombre de Francia, afirmó haber cometido este acto, la antítesis misma de toda su historia, del papel que ha desempeñado en el mundo, de la vocación que Dios le confirió. ¡Y esto, en un momento en que el emperador alemán se hacía pasar por el guardián de la Iglesia! (3).

Había dos sacerdotes en la Cámara; y dejaron a un laico, el señor Boni de Castellane (4), la tarea de reclamar los derechos inalienables del Papado y defender los derechos y el honor de Francia. ¿Qué estoy diciendo? Uno de ellos, el señor Gayraud, con su abstención, se declaró indiferente a la cuestión; y el otro, el señor Lemire, dijo, con su voto, al señor Loubet: Me complace mucho que vaya a dar a la usurpación piamontesa la sanción que aún no ha recibido, y, haciendo uso de mis poderes como diputado, le doy los medios para hacerlo (5).

Al día siguiente de esta votación, de esta misión encomendada al señor Loubet por los diputados y por los senadores, Henri Rochefort escribió en l'lntransigeant: “Ayer fue, podría decirse, un día excelente para los apátridas… Francia se está muriendo, eso es innegable, pero solo estarán verdaderamente satisfechos cuando puedan exclamar: ‘¡Francia ha muerto!’. Ya después de la sesión del 22 de enero sobre la cuestión Delsor, la misma persona había escrito: 'Se puede decir que Francia ha vivido. Desde hace algún tiempo, seguirá siendo durante algún tiempo una expresión geográfica'”.

¿Es esta la respuesta definitiva a la pregunta que J. de Maistre le planteó a M. de Bonald: “¿Está muerta Francia?”

En 1878, el cardenal Pitra, en una carta dirigida al barón Baude, embajador en Constantinopla, preguntó: “¿Dónde estará Francia mañana? Me hablas de colapsos amenazantes en toda Europa. ¿Qué es tal situación y cómo hemos llegado a un punto tan extremo que debemos temer una convulsión universal cada día?”.

En abril de 1903, Ed. Drumont también afirmó: “No cabe duda de que Francia se encuentra sumida en una profunda depresión, preparada para cualquier cosa, aceptándolo todo e indiferente ante los ataques más monstruosos. Las causas de este estado de ánimo son muchas… Parece que lo que ha golpeado a Francia en lo más profundo de su ser es que ha vislumbrado, quizás por primera vez en su existencia como nación, la posibilidad de la muerte. Y si el corazón flaquea, es porque la mente flaquea en medio de la debacle intelectual y moral más aterradora que el mundo jamás haya presenciado”.

El 4 de febrero de 1904, en el tribunal del Sena, se debatía un caso de custodia de menores tras un divorcio. ¿Quién debía tener la custodia? Los jueces deliberaban entre sí. Y el juez presidente, avergonzado e impotente, pronunció estas palabras de desaliento y tristeza: “¡Vivimos en una sociedad que se desmorona!”.

Los hombres verdaderamente inteligentes no se equivocan sobre la causa principal de nuestra decadencia en todos los sentidos, lo que nos permite plantear esta siniestra pregunta: ¿Está muriendo Francia? ¿Está Francia muerta?

El señor de Beugny d’Hagerne publicó en 1890 en Revue du Monde catholique sus notas de voyages de Paris en Transylvanie. En ella, relata una entrevista que tuvo en Fured con el Sr. Lonkay, director de Magyar Allam (el estado húngaro), el principal periódico católico de Hungría. “Amo mucho a Francia -me dijo- y en medio de los acontecimientos políticos de nuestro tiempo, que mi profesión de periodista me obliga a estudiar a diario, hay dos puntos que nunca pierdo de vista: el Papado y Francia. Francia siempre me ha parecido el pueblo elegido por Dios para defender los derechos de su Iglesia; veo a todas las naciones cristianas confiando en ella y esperando de ella la salvación. Desafortunadamente, hay muchas cosas que me hacen temblar por ustedes. No me refiero a las locuras actuales de sus gobernantes; es una enfermedad, un ataque de fiebre alta, que solo puede ser temporal. La guerra entre el Imperio Alemán y Francia es inevitable… Será un duelo a muerte. Si Francia aún fuera la hija mayor de la Iglesia, si tuviera un líder que, como San Luis, se autoproclamara el sargento de Jesucristo, no temería nada. Pero entre las faltas y locuras de su primera revolución, hay una que debe acarrearles un castigo terrible. En aquel período desastroso, Francia excluyó a Dios de sus leyes: esto fue un crimen de negación nacional. Todos los gobiernos que siguieron a la Revolución no han sabido, o no han podido, o no se han atrevido a rectificar este crimen. Este crimen fue imitado posteriormente por otras naciones católicas, y a menudo me pregunto si Dios también terminará negando a quienes lo han negado”.

Más recientemente, el mismo temor se expresó en Ámsterdam, o mejor dicho, la afirmación fue pronunciada por un protestante, miembro de la Cámara Alta de los Estados Generales. Dirigiéndose a un clérigo expulsado de Francia por la Ley Waldeck-Rousseau, preguntó:

—¿Le ofendería decir que Francia está perdida?

—Al menos quisiera saber con qué criterio la juzga —respondió el clérigo.

—Por los signos que anuncian toda la descomposición —replicó el senador (6)

Al ver las señales, buscó la causa de esta muerte y la atribuyó al abandono del catolicismo. “Me equivoqué al decir "Francia perdida", cuando en realidad lo que considero perdido en Francia es el catolicismo. Y es en esta atrofia del catolicismo donde yo, protestante, veo el síntoma de la muerte de Francia”.

Durante los debates suscitados en Bélgica por la emigración a ese país de figuras religiosas a las que un gobierno, tan traicionero a la patria como impío e inhumano, está expulsando de Francia, uno de los miembros más eminentes de la Cámara de Comercio belga también afirmó: “La política anticlerical será un suicidio nacional para Francia”.

Los periódicos extranjeros no hablan de manera diferente a estas cifras. Baste con que citemos el Vaterland de Viena. En un artículo titulado: L'instigateur du Kulturkampf françaisen un artículo publicado el 6 de octubre de 1904, se afirmó: “La política antirreligiosa francesa es una auténtica política suicida”.

Ante ellos, Joseph de Maistre, después de recordar el Gesta Dei per Francos, demostró que la posición eminente que Francia ocupaba en el mundo provenía del hecho de que presidía (humanamente) el sistema religioso y que su rey era “el protector hereditario de la unidad católica” (7), este profundo pensador añadió: “Desde el momento en que los franceses dejaron de ser católicos, ya no habría franceses en Francia, porque ya no habría en Francia hombres que tuvieran en sus mentes y corazones la idea rectora de los antepasados, aquella a la que los franceses han obedecido desde su nacimiento, que hizo de su nación lo que fue, y sin la cual ya no será ella misma, ya no existirá”.

Ya en 1814, al no ver que la Restauración devolviera por completo a Francia a su senda tradicional, le había escrito al señor de Bonald: “Hasta ahora, las naciones han sido destruidas por la conquista, es decir, por la penetración; pero aquí surge una gran cuestión. - ¿Puede una nación morir en su propio suelo, sin trasplantación ni penetración, únicamente por putrefacción, permitiendo que la corrupción alcance su esencia misma y los principios originales y constitutivos que la definen? Este es un problema grave y formidable. Si se llega a ese punto, ya no habrá franceses ni siquiera en Francia, y todo estará perdido” (8). Al año siguiente, fue más categórico: “Francia está muerta en este momento; toda la cuestión se reduce a si ella resurgirá” (9).

Continúa...
 

Notas:

1) Revue catholique des Institutions et du Droit, septiembre 1904, p. 212-213.

2) Du progrès de la Rèvolution, p. 5.

3) ¿Ha dejado Prusia de ser lo que es? decía al día siguiente l'Opinion nationale de Sadowa? “La misión de Prusia es protestantizar Europa, así como la misión de Italia es destruir el pontificado romano”. ¿Quién puede creer eso?

4) El Sr. Baudry-d’Asson apoyó al Sr. Boni de Castellane. En el Senado, el Sr. Dominique Delahaye hizo lo mismo. ¡El proyecto de ley solo encontró doce opositores en la Cámara!

5) Es cierto que este mismo sacerdote, poco después, subió al púlpito para pronunciar esta herejía: “La constitución de la Iglesia no es una monarquía; la Iglesia no es, estrictamente hablando, una jerarquía. Está gobernada por una serie de autoridades locales, controladas por una autoridad central y superior”. Cámara de Diputados, sesión del 15 de enero de 1907.

6) Etudes. Número del 5 de octubre de 1902.

7) De Maistre, Œuvres, t. X, p. 436 et passim.

8) Œuvres complètes de J. de Maistre , t. XII, p. 460.

9) Ibid., t. XIII, p. 158.