domingo, 30 de agosto de 2026

VALIOSAS LECCIONES SOBRE EL PURGATORIO EN LOS SUFRIMIENTOS DE LA HERMANA TERESA

Una sola mancha en una vida por demás ejemplar le costó a la hermana Teresa Gesta dos semanas en el Purgatorio.

Por Edwin Benson


Aproximadamente a media hora en coche al sureste de Asís se encuentra el convento franciscano de Santa Ana en Foligno. Fue fundado alrededor de 1393. El acontecimiento más significativo en la larga historia del convento tuvo lugar el 16 de noviembre de 1859, cuando ocurrió la aparición de una visitante del Purgatorio. Pero no solo lo visitó, sino que dejó una marca visible que atestigua su presencia.

La visitante era la hermana Teresa Gesta. Antes de su muerte, había sido maestra de novicias del convento. Este cargo requería a alguien que aplicara rigurosamente la regla que regía el convento, a la vez que mostrara la debida compasión hacia quienes se adaptaban a la vida religiosa. También era la sacristana, otro puesto de gran responsabilidad. Todos los elementos necesarios para la Santa Misa y otras ceremonias estaban a su cargo.

El padre Schouppe (1) incluye un comentario breve pero incisivo sobre el aprecio que la comunidad le profesaba. “La hermana Teresa fue un modelo de fervor y caridad. No debemos sorprendernos —dijo su director— si Dios la glorifica con algún prodigio después de su muerte”. El 4 de noviembre de 1859, falleció repentinamente a los sesenta y dos años a causa de un derrame cerebral.

Doce días después del fallecimiento de la hermana Teresa, su sucesora como sacristana, la hermana Anna Felicia, estaba a punto de entrar en la sacristía cuando oyó gemidos desde dentro. Al abrir la puerta, no vio a nadie, pero los gemidos continuaban. Presa del pánico, la monja exclamó: “¡Jesús! ¡María! ¿Qué será eso?”.

Apenas habían salido estas palabras de la boca de la hermana Anna Felicia cuando oyó la voz lastimera que decía: “¡Oh! ¡Dios mío, cuánto sufro! ¡Oh! ¡Dios, cuánto lo lamento!”. En su agonía, el alma confesó que su falta estaba relacionada con su papel de sacristana. La hermana Anna Felicia reconoció de inmediato la voz de su difunta predecesora.

En ese instante, la habitación se llenó de un humo oscuro y espeso. En medio de la bruma, el espíritu de la hermana Teresa se hizo visible, moviéndose hacia la puerta. Al llegar a ella, exclamó: “¡He aquí una prueba de la misericordia de Dios!”. Extendiendo la mano, apoyó la palma y los dedos de su mano derecha sobre un panel de la puerta. Luego desapareció.

Casi presa del pánico, la hermana Anna Felicia notó algo extraordinario. Donde el espíritu de la hermana Teresa había tocado la puerta, la imagen de una mano estaba grabada a fuego, como si hubiera sido dejada por un hierro al rojo vivo.

“Donde el espíritu de la Hermana Teresa había tocado la puerta, la imagen de una mano quedó grabada a fuego, como si la hubiera dejado un hierro al rojo vivo”

La hermana Anna Felicia gritó asustada. En cuestión de minutos, toda la comunidad se había congregado en la sacristía, que olía claramente a madera quemada. La hermana Anna Felicia les contó lo sucedido, y todos se asombraron al ver las marcas de quemaduras en la puerta. Muchas de las monjas reconocieron de inmediato la huella de la mano de la hermana Teresa, ya que las manos de la difunta eran notablemente pequeñas.

En cuanto las monjas se percataron de lo que veían, corrieron inmediatamente al coro. La mayoría pasó toda la noche en oración y penitencia por la hermana Teresa. A la mañana siguiente, su capellán celebró una Misa por su alma. Para entonces, la noticia de la visión había trascendido los muros del convento. Muchos de los habitantes de Foligno unieron sus oraciones a las del convento.

La noche del 18 de noviembre, la hermana Anna Felicia se disponía a dormir. Al entrar en su celda, volvió a oír la voz de la hermana Teresa. En ese mismo instante, la celda se llenó de una luz tan brillante como la del mediodía. La hermana Teresa exclamó triunfante: “¡Morí un viernes, el día de la Pasión , y he aquí que, un viernes, entro en la gloria eterna! ¡Sed fuertes para llevar la cruz, sed valientes para sufrir, amad la pobreza!”. A su benefactora, añadió con afecto: “¡Adiós, adiós, adiós!”. Al instante, apareció su rostro, como transfigurado y envuelto en una nube deslumbrante. La nube ascendió al Cielo y desapareció.

Si el propósito de este artículo fuera simplemente contar una buena historia con un final feliz, podría terminar aquí. El hermoso momento en que Nuestro Señor nos recibe en su presencia eterna es un deleite —e incluso un beneficio— para la mente. Sin embargo, detenerse ahí sería perder de vista lo esencial. Los milagros de Dios no ocurren simplemente para entretener a la ociosa humanidad ni para ofrecer agradables tentaciones. Él los diseña para que tengan efectos duraderos y beneficiosos. El padre Schouppe vio dos propósitos en esta visión, los cuales explicó cuidadosamente.

La primera explicación fue sencilla, aunque sorprenda a quienes conciben a Dios como infinitamente comprensivo y nunca ofendido. “Así -explica- vemos que la Justicia Divina castiga con mayor severidad hasta las faltas más leves”. Una sola mancha en una vida por demás ejemplar le costó a la hermana Teresa Gesta dos semanas en el Purgatorio. Su estancia fue breve porque su pecado era menor. Sin embargo, sus dolores durante ese tiempo fueron muy reales, como lo indica su grito: “¡Oh, Dios mío, cuánto sufro! ¡Oh, Dios, me duele tanto!”.
 
Continúa...
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (126)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


126. Los discursos en Aguas Claras: No matarás (138). Muerte de Doras.
10 de marzo de 1945.

1 “"No matarás" está escrito. ¿A cuál de los dos grupos de mandamientos pertenece éste? ¿"Al segundo", decís? ¿Estáis seguros? Otra pregunta: ¿Es un pecado que ofende a Dios o a la víctima? ¿Decís: "A la víctima"? ¿Estáis seguros de esto también? Os hago una tercera pregunta: ¿Es sólo pecado de homicidio? Al matar, ¿no cometéis más que este único pecado? ¿"Este sólo", decís? ¿Ninguno tiene duda de ello? Decid en voz alta vuestras respuestas. Que uno hable por todos vosotros, Yo espero”.
Jesús se inclina a acariciar a una niña pequeña que se ha acercado a El y que le está mirando extática, olvidándose incluso de seguir mordisqueando la manzana que, para mantenerla quieta, le ha dado su madre.
Se pone en pie un anciano de aspecto grave y dice: “Escucha, Maestro. Yo sirvo a la sinagoga desde hace mucho tiempo y me han dicho que hable en nombre de todos. Hablo pues. Me parece, nos parece, que hemos respondido según justicia y según cuanto nos han enseñado. Baso mi certidumbre en el capítulo de la Ley que habla del homicidio y de las agresiones físicas (139). Tú sabes, de todas formas, para qué hemos venido: para ser aleccionados, porque reconocemos en ti sabiduría y verdad. Por lo tanto, si me equivoco, ilumina mis tinieblas a fin de que el anciano siervo vaya a su Rey vestido de luz. Y, como conmigo, hazlo también con éstos, que son de mi rebaño y que han venido con su pastor a beber las fuentes de la Vida” y se inclina, antes de sentarse, con el máximo respeto.
“¿Quién eres, padre?”.
“Cleofás, de Emaús, tu siervo”.
“No mío, sino de Aquel que me ha enviado, porque debe dársele al Padre toda prioridad y todo amor en el Cielo, en la Tierra y en los corazones. El primero que le tributa este honor es su Verbo, el cual toma y ofrece en la mesa sin defecto los corazones de los buenos como hace el sacerdote con los panes de la proposición. Mas escucha, Cleofás, para que vayas a Dios enteramente iluminado conforme a tu santo deseo.

2 Para medir una culpa es necesario pensar en las circunstancias que la preceden, la preparan, la justifican, o la explican. ¿A quién he matado?, ¿qué he matado?, ¿dónde?, ¿con qué medios?, ¿por qué he matado?, ¿cómo he matado?, ¿cuándo he matado?. Estas son las preguntas que debe hacerse quien ha matado, antes de presentarse a Dios para pedirle perdón.
¿A quién he matado? A un hombre.
Yo digo: a un hombre. No pienso ni considero si es rico o si es pobre, si es libre o si es esclavo. Para mí no existen esclavos u hombres de poder. Existen sólo hombres creados por un Único; por lo tanto, todos iguales. En efecto, frente a la majestad de Dios es polvo hasta el más poderoso monarca de la tierra, y ante sus ojos y ante los míos no existe sino una esclavitud: la del pecado, por lo tanto, la de estar bajo Satanás. La Ley antigua (140) distingue entre libres y esclavos, y entra en detalles acerca del hecho de matar en el acto o matar dejando sobrevivir un día o dos, o también acerca de si la mujer encinta muere por el golpe recibido, o si pierde la vida sólo su fruto. Pero esto se dijo cuando estaba aún lejana la luz de la perfección. Ahora se halla entre vosotros, y dice: "Quienquiera que mate a un semejante suyo peca; y no peca sólo contra el hombre, sino también contra Dios".
¿Qué es el hombre? El hombre es la criatura soberana que Dios ha creado para ser rey en la creación, creado a su imagen y semejanza, dándole la semejanza según el espíritu, y la imagen extrayendo de su pensamiento perfecto esta perfecta imagen. Observad el aire, la tierra y las aguas. ¿Acaso veis animal alguno o planta alguna que, por muy hermosos que sean, igualen al hombre? El animal corre, come, bebe, duerme, genera, trabaja, canta, vuela, se arrastra, trepa... pero no tiene la capacidad de hablar. El hombre, como el animal, sabe correr y saltar, y en el salto es tan ágil que emula al ave; sabe nadar, y nadando es tan veloz que semeja al pez; sabe arrastrarse como lo hace un reptil; sabe trepar asemejándose al simio; sabe cantar, y en esto se parece a los pájaros. Sabe engendrar y reproducirse... Pero, además, sabe hablar.
No digáis como objeción: "Todo animal tiene su lenguaje". Sí. Uno muge, otro bala, el otro rebuzna, el otro pía, o gorjea... pero, desde el primer bovino al último, siempre tendrán al mismo y único mugido, y así igualmente el ovino balará hasta el fin del mundo, y el burro rebuznará como rebuznó el primero, y el pardal siempre emitirá su breve canto, mientras que la alondra y el ruiseñor cantarán el mismo himno (al Sol, la primera; a la noche estrellada, el segundo), aunque sea el último día de la Tierra, de la misma manera que saludaron al primer Sol y a la primera noche terrestre. El hombre, por el contrario, debido a que no tiene sólo la campanilla y la lengua, sino que también tiene un conjunto de nervios centrados en el cerebro, sede del intelecto, sabe –debido a ello– captar las sensaciones nuevas y reflexionar en ellas y darles un nombre.
Adán puso por nombre (141) "perro" a su amigo, y llamó "león" a aquel que, por su melena tupida y derecha en una cara ligeramente barbada, se le parecía más; llamó "oveja" a la cordera que le saludaba mansamente, y llamó "pájaro" a esa flor de plumas que volaba como la mariposa y que además emitía, dulce, un canto que ésta no posee. Y andando el tiempo, a lo largo de los siglos, los hijos de Adán siguieron creando nuevos nombres, a medida que "fueron conociendo" las obras de Dios en las criaturas, o cuando –por la chispa divina que hay en el hombre– engendraron, además de otros hijos, cosas útiles, o nocivas, para esos mismos hijos (si estaban con Dios o contra Dios: están con Dios quienes crean y llevan a cabo cosas buenas; están contra Dios quienes crean cosas que resultan maléficas para el prójimo). Dios venga a los hijos suyos que han sido torturados por el mal ingenio humano.

3 El hombre es, pues, la criatura predilecta de Dios. Aunque en la presente situación sea culpable, continúa siendo el más querido por El: lo testifica el hecho de que haya enviado a su mismo Verbo –no a un ángel, un arcángel, querubín o serafín, sino a su Verbo–, revistiéndole de la humana carne, para salvar al hombre; y no consideró indigna esta veste para hacer capaz de sufrir y expiar a Aquel que, por ser como El purísimo Espíritu, no habría podido sufrir y expiar la culpa del hombre.
El Padre me dijo: "Serás hombre: el Hombre. Yo hice ya un hombre, perfecto, como todo lo que hago. Había dispuesto para él una vida dulce, una dulcísima dormición (142), un feliz despertar, una esplendorosísima permanencia eterna en mi celeste Paraíso. Pero, como Tú sabes, en ese Paraíso no puede entrar nada contaminado, porque en él Yo–Nosotros, Dios Uno y Trino, tenemos trono, y ante este trono no puede haber sino santidad. Yo soy el que soy. Mi divina naturaleza, nuestra misteriosa Esencia, no puede ser conocida sino por aquellos que no tienen mancha. Al presente, el hombre, en Adán y por Adán, está sucio. Ve. Límpiale. Es mi deseo. Serás Tú, de ahora en adelante, el Hombre, el Primogénito, porque serás el primero en entrar aquí con carne mortal sin pecado, con alma sin culpa original. Los que te han precedido sobre la faz de la tierra, así como los que te seguirán, tendrán vida por tu muerte de Redentor". Sólo podía morir quien previamente hubiera nacido; Yo he nacido, y moriré (143).
El hombre es la criatura predilecta de Dios. Decidme: si un padre tiene muchos hijos y uno de ellos es su predilecto –la pupila de sus ojos– y se lo matan, ¿no sufrirá más que si la víctima hubiera sido otro de sus hijos? No debería ser así, porque el padre debería ser justo con todos sus hijos, pero de hecho así sucede, y es porque el hombre es imperfecto. Sin embargo, Dios lo puede hacer con justicia, porque que el hombre es la única de las criaturas que tiene en común con el Padre Creador el alma espiritual (144), signo innegable de la paternidad divina.
¿Si se le mata un hijo a un padre, se ofende sólo al hijo? No; también al padre. En la carne, al hijo; en el corazón, al padre: ambos son víctimas. ¿Matando a un hombre se ofende sólo al hombre? No; también a Dios. En la carne, al hombre; en su derecho, a Dios: sólo a Dios le corresponde el dar o quitar la vida y la muerte. Matar es usar violencia contra Dios y contra el hombre. Matar es penetrar en el dominio de Dios. Matar es faltar contra el precepto del amor. Quien mata no ama a Dios, porque destruye una obra de sus manos: un hombre. Quien mata no ama al prójimo, porque le priva al prójimo de aquello que el homicida quiere para sí: la vida.
Ved que así he dado respuesta a las dos primeras preguntas.

4 ¿En dónde he agredido a mi víctima?
Se puede hacer en la calle, en casa de la víctima o atrayéndola a la propia casa. La agresión puede recaer en uno u otro órgano, causando mayor sufrimiento. Puedo cometer incluso dos homicidios en uno, si la víctima es una mujer que tiene el seno grávido de su fruto.
Se puede matar en la calle sin tener intención de hacerlo. Un animal que se escape a nuestro control puede matar a un transeúnte; pero entonces en nosotros no hay premeditación. Si, por el contrario, uno va, armado de puñal bajo las hipócritas vestiduras de lino a la casa de su enemigo –y sucede con frecuencia que es enemigo el que ha cometido la equivocación de ser mejor–, o le invita a su casa, aparentemente por deferencia hacia él, y luego le degüella y le echa al pozo, entonces hay premeditación y la culpa es completa en malicia, en crueldad, en violencia.
Si, matando a la madre, mato también a su fruto, entonces Dios me pedirá cuentas de dos, porque el vientre que engendra a un nuevo hombre según el precepto de Dios es sagrado145, como lo es la pequeña vida que en aquél madura, a la que Dios ha dado un alma.

5 ¿Qué medios he utilizado?
En vano uno dirá: "No quería matar", cuando en realidad iba armado con un arma segura. En un momento de ira incluso las manos se transforman en arma, y la piedra cogida del suelo, o la rama arrancada del árbol. Mas aquel que observa fríamente el puñal o el hacha y, si cree que cortan poco, los afila, y luego se los ciñe al cuerpo de forma que no se vean pero pueda empuñarlos con facilidad, y preparado de tal suerte va adonde su rival, ciertamente no podrá decir: "No había en mí deseo de agredir". Y aquel que prepara un veneno cogiendo hierbas y frutos venenosos y haciendo con ellos polvo o bebida, y luego lo ofrece a la víctima, como especia o como sidra, ciertamente no podrá decir: "No quería matar".
Y ahora escuchadme vosotras, mujeres, tácitas e impunes asesinas de tantas vidas. Separar de vuestro seno un fruto que crece en él, por el hecho de que provenga de culpable simiente, o porque sea un vástago no deseado, una carga a vuestro lado, o una carga para vuestra economía, también es matar. Hay un solo modo de no tener esa carga: permanecer castas. No unáis homicidio con lujuria, violencia con desobediencia; no creáis que Dios no ve porque el hombre no vea. Dios ve todo y se acuerda de todo. Tenedlo presente también vosotras.

6 ¿Por qué he matado?
¡Oh, por cuántos porqués! Desde el desequilibrio desencadenado en vosotros inesperadamente por una emoción violenta (veros profanado el tálamo, encontraros con un ladrón dentro de casa, un inmundo intento de violar a vuestra hija en la flor de la adolescencia), hasta el frío y meditado cálculo para liberarse de un testigo peligroso, de alguien que obstaculice el propio camino, de alguien a cuyo puesto se aspira o cuya riqueza se ambiciona: éstas, y otras muchas parecidas, son las razones. Pues bien, Dios puede conceder el perdón a quien, febril por el dolor, asesina, mas no se lo concede (146) a quien lo hace por ambición de poder o para ganarse la estima de los demás.
Obrad siempre bien para no temer ni el ojo ni la palabra de nadie. Contentaos con lo vuestro para no aspirar a lo ajeno hasta el punto de convertiros en asesinos por conseguir lo que es del prójimo.

7 ¿Cómo he matado?
¿Ensañándome con la víctima aun después de la primera reacción impulsiva? En algunas ocasiones el hombre no se puede frenar, porque Satanás le impele al mal del mismo modo que el hondero lanza la piedra. Pero, ¿qué diríais de una piedra que, habiendo dado en el blanco, volviera por sí misma a la honda para ser lanzada de nuevo y de nuevo golpear en su objetivo? Diríais: "Está poseída por una fuerza mágica e infernal". Así es el hombre que da un segundo, un tercero, un décimo golpe, después del primero, con la misma saña; porque la ira desaparece para dar paso a la razón inmediatamente después del primer impulso, si éste obedece a un motivo en cierto modo justificable, mientras que, por el contrario, la saña aumenta cuantos más golpes recibe la víctima en el verdadero asesino, o sea, en el Satanás que no tiene ni puede tener piedad del hermano porque, siendo un Satanás, es odio.

8 ¿Cuándo he matado?
¿Durante el primer impulso? ¿Una vez que éste ha cesado? ¿Fingiendo haber perdonado, mientras que en realidad ha ido fermentando cada vez más el rencor? ¿O he esperado incluso años para cometer el asesinato, produciendo así un doble dolor al matar al padre a través de los hijos?
Así podéis ver cómo al matar se viola el primero y el segundo grupo de mandamientos. En efecto, al hacerlo os arrogáis el derecho de Dios y pisoteáis al prójimo. Es pecado, por lo tanto, contra Dios y contra el prójimo. Cometéis no sólo un pecado de homicidio, sino también de ira, de violencia, de soberbia, de desobediencia, de sacrilegio, y, en ocasiones –si matáis para haceros con un puesto o con una bolsa–, de codicia. Y no –aludo a ello, os lo explicaré mejor otro día– y no se peca de homicidio sólo con un arma o con veneno; también calumniando. Meditad en ello.

9 Y digo que el amo que da una paliza a un esclavo, pero con la astucia de que no se le muera entre sus manos, es doblemente culpable. El hombre esclavo no es dinero del amo, es alma de su Dios. ¡Maldito sea, eternamente, quien le trata peor que a un buey!”. El rostro de Jesús está fulgurante y su voz truena. Todos le miran sorprendidos, porque antes hablaba con serenidad.
“Maldito sea. La Ley nueva abroga la dureza contra el esclavo, todavía justa cuando en el pueblo de Israel no había hipócritas que se fingían santos y agudizaban el ingenio sólo para sacar el máximo provecho y eludir la Ley de Dios. Pero al presente –rebosando Israel de estos seres viperinos, que hacen lícito el placer sólo porque ellos son ellos, los miserables poderosos a quienes Dios mira con odio y asco–, al presente Yo digo: ya no es así.
Caen los esclavos en los surcos o ante las piedras de molino; caen, con los huesos quebrantados, visibles los nervios, a causa del látigo. Los acusan de falsos delitos para poderlos golpear, para justificar su propio sadismo satánico. Hasta el milagro se usa como acusación para tener derecho a golpearlos. Ni el poder de Dios, ni la santidad del esclavo convierte su alma retorcida. No puede ser convertida. El bien no entra donde hay saturación de mal. Pero Dios ve, y dice: "¡Basta!".
Demasiados son los Caínes que matan a los Abeles. Y ¿qué os pensáis, inmundos sepulcros blanqueados por fuera, por fuera cubiertos con las palabras de la Ley mientras que por dentro se pasea el rey Satanás y pulula el satanismo más astuto, qué os pensáis?, ¿que es sólo Abel hijo de Adán?, ¿que el Señor mira benigno sólo a quienes no son esclavos de hombre mientras que rechaza el único ofrecimiento que puede elevarle el esclavo, el de su honestidad sazonada de llanto? No. En verdad os digo que todo aquel que es justo es un Abel, aunque esté cargado de grilletes, aunque esté muriendo en la gleba, o sangrando por vuestras flagelaciones; en verdad os digo que son Caínes todos los injustos que le dan a Dios, por orgullo, no por verdadero culto, lo que está inquinado con su pecar, y manchado de sangre.
Profanadores del milagro. Profanadores del hombre, asesinos, sacrílegos. ¡Fuera! ¡Fuera de mi presencia! ¡Basta! Yo digo: basta. Y puedo decirlo, porque soy la divina Palabra que traduce el Pensamiento divino. ¡Fuera!”.
Jesús, en pie, erguido, sobre su tosca tarima, presenta un aspecto tan grave, que verdaderamente asusta. Su brazo derecho extendido señalando a la puerta de salida; sus ojos, dos fuegos azules: parece fulminar a los pecadores presentes. La niña pequeña que estaba a sus pies se echa a llorar y corre hacia donde su mamá. Los discípulos se miran sorprendidos y tratan de ver a quien va dirigida la invectiva. La multitud se vuelve también con ojo interrogativo.

10 Por fin se descubre el enigma. En el fondo, fuera de la puerta, semioculto tras un grupo de altos aldeanos, se deja ver Doras, aún más seco que antes, amarillo, lleno de arrugas, todo él nariz y mentón prominente. Lleva consigo un siervo que le ayuda a moverse porque parece medio paralítico. ¿Quién podía verle entre la gente que está en el patio? Osa hablar con su voz ronca: “¿Me dices a mí? ¿Lo dices por mí?”.
“Por ti, sí. Sal de mi casa”.
“Salgo. Pero pronto ajustaremos las cuentas, no lo dudes”.
“¿Pronto? En seguida. Te dije en su momento que el Dios del Sinaí te espera”.
“También a ti, maléfico, que a mí me has acarreado las enfermedades y a mis tierras los animales dañinos. Volveremos a vernos, para gozo mío”.
“Sí. Y no te agradará el volver a verme, porque Yo te voy a juzgar”.
“¡Ja! ¡Ja! mald...”. Hace unos aspavientos, gorgotea... y cae.
“¡Ha muerto!” grita el siervo. “¡Ha muerto el patrón! ¡Bendito seas, Mesías, vengador nuestro!”.
“No Yo. Dios, Señor eterno. Que ninguno se contamine: que sólo el siervo se ocupe de su patrón. Y sé bueno con su cuerpo. Sed buenos, vosotros todos, sus siervos. No exultéis de alegría, con resentimiento, por el caído, para no merecer condena. Que Dios y el justo Jonás se os muestren siempre amigos, y Yo con ellos. Adiós”.
“¿Ha muerto porque Tú así lo has querido?” pregunta Pedro.
“No. Pero el Padre ha entrado en mí... Es un misterio que no puedes entender (147). Sólo has de saber que no es lícito arremeter contra Dios. El, sin concurso ajeno, se toma venganza”.
“¿Y no podrías decirle al Padre tuyo que hiciera morir a todos los que te odian?”.
“¡Calla! ¡Tú no sabes de qué espíritu eres (148)! Yo soy Misericordia, no Venganza”.
Se acerca el anciano de la sinagoga: “Maestro, has resuelto todos mis interrogantes, la luz está en mí. Bendito seas. Ven a mi sinagoga. No le niegues a un pobre viejo tu palabra”.
“Iré. Vete en paz. El Señor está contigo”.
Mientras la multitud se va yendo lentamente, todo termina.

Continúa...

Notas:

138) Cfr. Ex. 20, 13; Dt. 5, 17.

139) Cfr. Ex. 21, 12–32; Lev. 24, 17–22; Núm. 35, 9–34.

140) Cfr. Ex. 21, 20–25.

141) Cfr. Gén. 2, 19–20, donde se refiere, cómo Adán puso nombre a los animales.

142) Dios reservó de nuevo, según esta Obra, a María Santísima, la super Eva, que superó en mucho la perfección de los Progenitores “un dulcísimo despedirse de este mundo” que no fue verdadera y propia muerte, como se verá en su lugar.

143) En estas palabras se descubre ya la futura teología de San Pablo.

144) También el ángel es espíritu, pero aquí no se le considera, porque la expresión… “…el hombre es la única criatura… que tenga en común con el Padre Creador el alma espiritual”… probablemente tiene que entenderse bajo la luz de la doctrina del Cuerpo Místico, según la cual los hombres están incorporados o destinados a serlo con Cristo, el Primogénito (como se dice líneas más arriba) que es una sola cosa con el Padre Creador.

145) Cfr. Gén. 1, 28; 9, 1; 17, 6; 49, 25; Ex. 23, 20–26; Dt. 7, 7–16; 28, 1–19.

146) Sobreentiéndase: si permanece impenitente. De hecho se lee en el siguiente cap. con respecto al cruel Doras “…habría bastado el arrepentimiento sincero… pero él era impenitente…” Así pues, Dios perdona a cualquier pecador, con la condición de que se arrepienta.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  

 
 
 

 
 

30 DE AGOSTO: SANTA ROSA DE LIMA, VIRGEN


30 de Agosto: Santa Rosa de Lima, virgen

(✞ 1617)

La primera flor de heroica santidad que produjo América fue la admirable virgen Santa Rosa, a quien llamaron con este nombre, por haber aparecido una vez estando en la cuna con el rostro admirablemente encendido como una rosa.

Nació de virtuosos padres en la ciudad de Lima, capital del antiguo reino y actualmente República del Perú.

No pasaba de los cinco años la tierna niña, cuando por inspiración del Cielo consagró su virginal pureza al Esposo de las vírgenes Cristo Jesús, haciendo de ella voto perpetuo, y observándolo con tanta perfección, que entendiendo que sus padres trataban de darla en matrimonio a un joven, que se había prendado de su rara belleza y otras excelentes dotes que en ella resplandecían, se cortó su hermosa cabellera y afeó su rostro angelical.

Liberada con esto del peligro de perder aquella preciosa joya que con tan gran voluntad había consagrado al Señor, echó mano de todos los medios posibles para asegurarla de todo peligro.

El primer medio fue el ayuno, pasando Cuaresmas enteras sin probar bocado de pan.

Acogióse también como refugio más seguro, a la Tercera Orden del glorioso padre Santo Domingo, y acrecentó sus primeras austeridades, ciñendo su cuerpo inocente con largo y muy áspero cilicio entretejido de alambres erizados de puntas, llevando día y noche debajo del velo una corona de espinas, y rodeándose la cintura con una cadena de hierro, que le daba tres vueltas.

Servíanle de cama unos troncos nudosos, sobre los cuales ponía pedazos de tejas, y para juntar mejor la mortificación con la oración, se construyó en un lugar muy retirado del jardín de su casa una celda o capilla, y en ella se recogía para entregarse con quietud y sin testigos a largas horas de contemplación, la cual interrumpía a menudo con sangrientas disciplinas.

Procuraba el maligno espíritu estorbarla y amedrentarla apareciéndosele debajo de figuras horrendas y atizando el fuego con gravísimas tentaciones; pero nunca pudo vencer la paciencia y constancia de la santa doncella.

A las persecuciones del infernal enemigo se añadieron los dolores de agudísimas enfermedades, los insultos de sus domésticos, las calumnias de los maledicentes, y ninguno de estos padecimientos consiguió sacar de los labios de la santa una palabra de queja; sino que con gran humildad, se tenía por merecedora de mayores y más acerbos tormentos.

Y como si todo esto no fuese bastante, por espacio de quince  años apenas pasó día alguno en que no estuviera varias horas sumergida en un mar de desconsuelo y aridez espiritual; lucha más amarga y penosa que la misma muerte, y que ella soportó con gran fortaleza de ánimo y constancia sobrehumana.

A estas desolaciones sucedieron los consuelos y delicias celestiales, con que el Señor regalaba a su fidelísima esposa y le anticipaba los gustos del cielo.

Finalmente, derretida la santa en seráficos ardores y enferma de puro amor divino, a los treinta años de edad voló con su celestial Esposo.

Reflexión:

Verdaderamente admirable es el Señor en sus santos: Él los previene con su gracia, Él les inspira la práctica de las más heroicas virtudes y les hace inventar extrañas maneras de deshacerse de sí mismos para no vivir más que para Dios.

Oración:

Oh Dios omnipotente, dador de todo bien, que hiciste florecer en América por la gloria de la virginidad y paciencia a la bienaventurada Rosa, prevenida con el rocío de tu gracia; haz que nosotros, atraídos por el olor de su suavidad, merezcamos ser buen olor de Cristo. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

sábado, 29 de agosto de 2026

HISTORIA DEL OBISPO DOM THOMAS AQUINAS OSB (1)

Compartimos la biografía de Miguel Ferreira da Costa (el actual obispo Thomas Aquinas).


Miguel Ferreira da Costa (el futuro Padre Thomas Aquinas) nació en Río de Janeiro, Brasil, en 1954. Posteriormente vivió en Volta Redonda, donde su padre trabajaba en una importante fábrica de acero, hasta 1962, año en que su familia regresó a Río. Tras cursar sus estudios en el Colegio San Benito de Río de Janeiro, comenzó sus estudios de derecho.

Alrededor de los 13 años, asistió a una de las conferencias semanales que el escritor antimodernista Gustavo Corção impartía voluntariamente a un pequeño grupo de fieles que deseaban conocer mejor los tesoros de la fe católica:

“Regresé durante 7 años, animado por mi madre, que casi nunca faltaba a ninguna de estas conferencias. Mi padre siempre asistía cuando su trabajo se lo permitía. Fue en esa ocasión que tuve la oportunidad de conocer al Sr. Julio Fleichman y a su esposa” (1).
 
El joven Miguel Ferreira da Costa fue a ver a Gustavo Corção en 1972 para abrirle su corazón sobre su vocación y preguntarle a qué seminario debía ir. En ese momento, Gustavo Corção aún no conocía al arzobispo Lefebvre.

“¿Decirle adónde ir? -respondió Gustavo Corção- no puedo. Lo que sí puedo decirle es adónde no ir. Le costará encontrar un lugar donde no enseñen tonterías […]”. Fue entonces cuando la señora Pierotti, secretaria de Corção, me habló del arzobispo Lefebvre y de Ecône: “Si usted fuera mi hijo, allí lo enviaría”.

Miguel Ferreira da Costa escribió al arzobispo Lefebvre, quien le recomendó el seminario del obispo de Castro Mayer en Campos, ciudad del estado de Río de Janeiro. Fue allí, pero se sintió desanimado por la influencia del movimiento TFP (“Tradición, Familia, Propiedad”) en el seminario. Entonces, oyó hablar del priorato que Dom Gérard fundó en Bédoin, Provenza (Francia), al pie del Mont Ventoux. Gustavo Corção le dijo: “Ve allí. Si no te gusta, vuelve”.

“Sin darse cuenta, había hecho una profecía, pues así iba a terminar esta aventura, por designios divinos, tanto poderosos como sutiles, predestinados por la Divina Providencia. Mientras tanto, Dom Gérard me escribió para decirme que me aceptaba. También llegó una carta de Ecône. El director del seminario, el canónigo Berthod, también me abrió las puertas. En resumen, fui con Dom Gérard, lo cual no fue la mejor decisión”.

Miguel Ferreira da Costa llegó a Francia en mayo de 1974, al pequeño monasterio provenzal de Bédoin, donde Dom Gérard Calvet seguía la vida monástica benedictina tradicional desde 1971. El 2 de octubre recibió el hábito religioso junto con el nombre religioso de Thomas Aquinas, e inició su noviciado. Con motivo de sus votos en 1976, Gustavo Corção acudió al monasterio para asistir a la ceremonia. En aquel entonces, Dom Gérard y los monjes estaban unidos en corazón y pensamiento al arzobispo Lefebvre, quien les confirió las Sagradas Órdenes. En 1980, tras su ordenación en Ecône, el padre Thomas Aquinas y los monjes se trasladaron a Barroux, dejando con tristeza Bédoin, que se había quedado pequeño.

A pesar del entusiasmo que reinaba en el monasterio, el padre Thomas Aquinas percibió una falta de formación filosófica y teológica entre los monjes:

“Ya había algo muy inquietante que explica, en mi opinión, la deriva que nuestra comunidad habría conocido algunos años después. […] La formación impartida en Bedoin, cuando llegué y hasta mi ordenación, fue bastante informal. Dom Gérard, es cierto, invitó a algunos religiosos devotos y eruditos que vinieron a darnos algunos cursos.

[…] Pero estas conferencias, e incluso estos cursos, no conformaban un todo estructurado, capaz de brindarnos una formación verdadera y sólida. Los cursos, además, no se impartían en el orden correcto y, en su mayor parte, quedaban inconclusos. Dom Gérard improvisó entonces el papel de profesor para enseñarnos algunos tratados […] pero, lamentablemente, de una manera demasiado superficial. También pidió a los monjes que se impartieran algunos cursos entre sí cuando aún no teníamos la capacidad para hacerlo. Había muy pocas clases por semana y los exámenes eran muy escasos. Por lo tanto, muchos temas eran más o menos desconocidos o malinterpretados por la primera generación de bedoinos. […]

La manera de proceder de Dom Gérard era más artística que realista. Según él, Santo Tomás tenía su sistema, y ​​los demás, otros. Esto generaba dudas sobre el verdadero valor de una formación puramente escolástica y su necesidad real, tal como la presenta San Pío X en la encíclica Pascendi y en el Código de Derecho Canónico. […] En consecuencia, todo lo que sabíamos del método escolástico era su nombre; y en cuanto a la Summa Theologica, aprendíamos las conclusiones sin comprender la argumentación. Contemplábamos desde fuera el hermoso edificio doctrinal de la Iglesia sin penetrar verdaderamente en su interior, y si a veces entrábamos un poco, era como laicos y no como profesionales. Podría decirse que la función de los monjes no es convertirse en teólogos, que los contemplativos no necesitan mucho conocimiento para dedicarse a la contemplación. Eso podría ser cierto en algunos casos, pero si estábamos destinados al sacerdocio, si éramos monjes y sacerdotes, si entre nosotros algunos estábamos destinados algún día a enseñar, entonces difícilmente se puede concebir no ser formados según el método de Santo Tomás, de acuerdo con las directrices de la Santa Sede, sobre todo en la crisis actual. […]

Sin caer en el exceso de afirmar que en Bédoin y Barroux éramos modernistas, es cierto que en Dom Gérard no encontramos la misma pureza, vigilancia y seguridad doctrinal que en el arzobispo Lefebvre. Si no éramos modernistas, el ambiente que allí reinaba no nos protegió lo suficiente ni contra sus doctrinas ni contra cierto liberalismo.

Fue en 1975 cuando el padre Tomás de Aquino vio por primera vez al arzobispo Lefebvre, quien llegó a Bedoín para impartir las órdenes menores a los hermanos Jean de Belleville y Joseph Vannier:

“La homilía del arzobispo Lefebvre me impresionó por su serenidad. Irradiaba paz, esa paz que es el lema de los benedictinos, y que él parecía poseer más que todos nosotros”.

El padre Thomas Aquinas asistió a las ordenaciones en Ecône en 1976, que fueron un preludio del “verano caluroso”. Sin embargo, no fue hasta el año de estudio y descanso que pasó en el seminario San Pío X en Ecône en 1984-1985, que tuvo contacto personal con el arzobispo Lefebvre:

“Aprovechando la presencia del arzobispo Lefebvre, pude verlo a menudo. Su bondad paternal hacía que nuestras conversaciones fueran fáciles. […] El 12 de marzo de 1985, el arzobispo Lefebvre me habló sobre la cuestión de un acuerdo con Roma.

Creo que el arzobispo Lefebvre sacó a colación este tema debido a Dom Gérard, quien, en aquel momento, […] estaba tratando de obtener el apoyo del arzobispo Lefebvre para lo que quería hacer.

Gracias a las notas que solía redactar después de cada reunión, el padre Thomas Aquinas nos revela algunas palabras esclarecedoras del arzobispo Lefebvre:

¿Someternos a hombres que no tienen la plenitud de la fe católica? ¿Someternos a hombres que proclaman principios contrarios a los de la Iglesia? O nos veremos obligados a romper con ellos una vez más y la situación empeorará, o seremos conducidos imperceptiblemente al debilitamiento y la pérdida de la fe. Existe también una tercera posibilidad: una vida muy difícil debido al contacto frecuente con hombres que no tienen la fe católica, lo que lleva a la desorientación y a la disminución del espíritu de lucha de los fieles. Nuestra posición actual nos permite permanecer unidos en la fe. Todos los que han querido transigir con los modernistas se han desviado del camino. Creo que no debemos someternos a ellos. Soy muy desconfiado. Paso noches enteras pensando en ello. No somos nosotros quienes debemos firmar algo; son ellos quienes deben firmar algo que garantice que aceptan la doctrina de la Iglesia. Quieren nuestra sumisión, pero no nos dan doctrina.

El reverendo padre Thomas Aquinas también señaló que ya en 1984 o 1985, Dom Gérard fue a Roma para negociar la regularización del monasterio de Le Barroux:

Fue a ver al Cardenal Ratzinger y regresó deslumbrado por él (2).  El Cardenal, dijo, es alguien con quien se puede trabajar. El Arzobispo Lefebvre es demasiado retraído”. E imitó la actitud del Arzobispo como alguien que se enfurruña en su rincón. “Además, no es necesario que sea el Arzobispo Lefebvre quien ordene a nuestros sacerdotes. Otro obispo puede hacerlo igual de bien, siempre que sea con el rito antiguo”. Nos dio escalofrío cuando oímos todo eso. (…) A finales de 1986, partí hacia Brasil con el Padre Joseph Vannier para ver un terreno con vistas a una nueva fundación. Me sentí bastante aliviado de dejar Le Barroux, donde el ambiente se estaba volviendo cada vez más opresivo. Se podía sentir que el monasterio estaba en una pendiente resbaladiza.

El 3 de mayo de 1987 se fundó oficialmente el monasterio de Santa Cruz y el padre Thomas Aquinas se convirtió en prior. El monasterio está situado cerca de Nova Friburgo, una localidad ubicada en la zona centro-norte del estado de Río de Janeiro. Las relaciones entre la nueva fundación y Le Barroux se deterioraron rápidamente, como relata Dom Thomas Aquinas:

Luego vinieron los años de la fundación de Santa Cruz, durante los cuales el arzobispo Lefebvre nos ayudó con su valioso consejo. Mi conciencia estaba muy perturbada por las modificaciones litúrgicas introducidas en la Misa por Dom Gérard. […] Así que escribí al arzobispo Lefebvre, quien, aunque no aprobaba a Dom Gérard, me aconsejó mantener buenas relaciones con el monasterio de Le Barroux en Francia. Pero estas buenas relaciones con nuestro monasterio en Francia no iban a durar mucho. Dom Gérard, después de las consagraciones, iba a firmar un acuerdo que iba a someter a nuestros monasterios a la autoridad de los modernistas.

He aquí el juicio del padre Thomas Aquinas sobre Le Barroux y su fundador:

“De esta manera, Dom Gérard destruyó su obra. Esta obra, a pesar de sus deficiencias, era, en definitiva, una obra hermosa. Allí se rezaban los oficios con mucho cuidado, allí se honraban las virtudes monásticas y teníamos muy buenas vocaciones que nos llegaban de familias verdaderamente católicas y tradicionales. Dom Gérard había querido formar un monasterio tradicional, pero carecía de una comprensión profunda de la crisis actual. Dom Gérard vio la necesidad de mantener la Misa de todos los tiempos; de mantener las observancias monásticas, pero no vio con suficiente claridad los peligros del modernismo y el liberalismo. El aspecto más profundo de la crisis actual se le escapó. Todo esto nos permite medir con mayor precisión el valor del Arzobispo Lefebvre y su obra. Fue el Arzobispo quien vio correctamente, fue él quien discernió el mal, fue él quien comprendió toda la gravedad de la situación. El Arzobispo tenía una visión de la fe, una visión que era teológica en el sentido más preciso de la palabra. Esto faltaba en Dom Gérard, quien, como Jean Madiran, vio la deserción de los obispos diocesanos más que la de los Papas conciliares , ¡ay! […] Cuando nos llegaron las noticias de los acuerdos, ya lo esperábamos. Al principio pensamos en abandonar Santa Cruz y dejarlo todo en manos de Dom Gérard y de quienes quisieran seguirlo (2).

Una carta del arzobispo Lefebvre nos hizo cambiar de opinión y mantuvimos a Santa Cruz en el seno de la Tradición. […] Dom Gérard, al venir a Brasil, tuvo que marcharse de nuevo sin conseguir lo que esperaba. Tras estos dolorosos sucesos, perdimos todo contacto con él. Por otro lado, el arzobispo Lefebvre se convirtió cada vez más en lo que es para todos los católicos fieles: el fiel sucesor de los apóstoles que nos legaron la doctrina y los sacramentos de Nuestro Señor Jesucristo para la salvación de nuestras almas. A él le debemos nuestra eterna gratitud.

El 18 de agosto de 1988, el arzobispo Lefebvre escribió una carta al padre Tomás de Aquino en la que decía:

“¡Cuánto lamenté que te hubieras marchado antes de los acontecimientos en Le Barroux! (3). Hubiera sido más fácil considerar la situación provocada por la desastrosa decisión de Dom Gérard. […] Dom Gérard, en su declaración, informa de lo que se le ha dado y acepta someterse a la obediencia de la Roma modernista, que sigue siendo fundamentalmente antitradicional, lo cual fue la causa de mi distanciamiento. Al mismo tiempo, quiere mantener la amistad y el apoyo de los tradicionalistas, lo cual es inconcebible. Nos acusa de “resistencia”. Sin embargo, le advertí. Pero su decisión fue tomada hace mucho tiempo y ya no quiso escuchar razones. De ahora en adelante, las consecuencias son inevitables. No tendremos más vínculos con Le Barroux y advertiremos a todos nuestros fieles que no apoyen más una obra que ahora está en manos de nuestros enemigos, los enemigos de Nuestro Señor y de su Reinado universal.

Las monjas benedictinas están angustiadas. Vinieron a verme. Les aconsejé lo mismo que les aconsejo a ustedes: conserven su libertad y rechacen todo vínculo con esta Roma modernista. Dom Gérard utiliza todos los argumentos para apaciguar a los resistentes. […] Deberían reunirse con los padres Laurent y Juan de la Cruz, el argentino, así como con los novicios. Con ustedes tres y los novicios de Campos, pueden continuar y constituir un monasterio independiente de Roma. No duden en afirmarlo públicamente. Dios los bendiga. Y entonces, después de un tiempo, podrían fundar otro monasterio en Francia; contarían con un gran apoyo y tendrían vocaciones. Dom Gérard ha destruido su propia obra. El padre Tam les dirá personalmente lo que yo no he escrito. Le ruego a la Virgen María que los ayude en defensa del honor de su divino Hijo. Que Dios los bendiga a ustedes y a su monasterio”.

Continúa...

Notas:

1) Todas las citas provienen del Boletín de los Amigos del Monasterio de Santa Cruz (suplementos).

2) El obispo de Castro Mayer y sus sacerdotes sugirieron que abandonáramos Santa Cruz y nos estableciéramos en la diócesis de Campos.

3) El padre Thomas Aquinas partió de nuevo hacia Brasil antes de la conclusión, o al menos de la publicación, del acuerdo de Dom Gérard con Roma.

 

LAS REFORMAS DE PÍO XII: MÁS SOBRE LA CUESTIÓN LEGAL (2006)

A pesar de Bugnini, ¿por qué no obedecer simplemente al “último Papa verdadero”?

Por el padre Anthony Cekada


En abril de 2006 publiqué un breve artículo en internet que explicaba por qué rechazar las reformas de la Semana Santa de Pío XII y adherirse a las prácticas litúrgicas anteriores no era realmente “ilegal”, arbitrario ni un caso de “selección arbitraria” al estilo de la FSSPX.

Señalé que, al aplicar los principios generales para la interpretación de las leyes eclesiásticas, las leyes que imponían las reformas ya no podían considerarse vinculantes porque: (1) carecían de una de las cualidades esenciales de una ley: la estabilidad (o perpetuidad); y (2) se volvían perjudiciales (nocivas) debido a un cambio de circunstancias y, por lo tanto, dejaban de ser vinculantes automáticamente.

Para fundamentar las afirmaciones de cada argumento, cité extensamente una obra de 1955 del padre Annibale Bugnini, quien no solo participó en la formulación de las reformas de Pío XII, sino que también fue el principal responsable de la creación del Novus Ordo en 1969. 

Bugnini describió repetidamente las reformas como provisionales o como pasos previos a medidas aún más trascendentales (léase: el Novus Ordo).

Un lector me envió algunas preguntas adicionales que respondo a continuación.

1. “Estabilidad” y la intención del legislador

“Gracias por su artículo sobre los cambios de Pío XII en la Semana Santa. Esta es una cuestión que me ha resultado difícil últimamente, en cuanto a cómo podemos rechazar las leyes litúrgicas de un verdadero Papa”.

“En su primer punto, sobre la naturaleza transitoria de las reformas, todas las citas que proporcionó eran de Bugnini. Pero dado que una ley es un acto de un legislador, ¿no es la intención del legislador lo relevante, y no la persona que simplemente redactó la ley o lo asesoró?”.


Las distintas etapas de las reformas se esbozaron previamente (al menos en un sentido general) en un documento impreso de 340 páginas llamado Memoria sulla riforma liturgica, que se presentó a Pío XII en 1948.

La Memoria lleva una sola firma, la del P. Ferdinando Antonelli OFM, quien en la última frase del documento agradece amablemente al “Reverendo Padre Bugnini CM, miembro de la Comisión, por la ayuda que me brindó en la revisión de los borradores”. Unos veintiún años más tarde, el Padre Antonelli también firmaría el decreto del 3 de abril de 1969 que promulgaba el Novus Ordo Missae de Pablo VI.

La Memoria afirma específicamente que la “revisión completa y general” que prevé “no puede llevarse a cabo en pocos días” y debe realizarse en “fases sucesivas” (¶334). La reforma comenzará con el Breviario, seguido del Misal, el Martirologio y el resto de los libros litúrgicos (¶339). Estos serán aprobados en cada etapa por el Papa (¶340). El proceso culminará con la promulgación de un “Código de Derecho Litúrgico” que se irá elaborando gradualmente durante la Reforma y que “garantizará su estabilidad” (¶341: garantire la stabilità).

La Memoria remitió a la “segunda etapa de trabajo de la Comisión” (¶316) ​​posibilidades como la introducción de un ciclo plurianual de lecturas bíblicas al estilo del Novus Ordo (¶258), el uso de la lengua vernácula (¶314), el fomento de la “participación” (¶314), la introducción de la concelebración (¶314) o la modificación de la “estructura interna de la Misa” (¶314).

En la práctica, sin embargo, solo se introdujeron algunos puntos de la primera etapa (el Breviario). Los cambios en el Misal se limitaron, por el momento, a la nueva Semana Santa.

El “Código de Derecho Litúrgico” que, según la Memoria, “garantizaría la estabilidad” de la reforma propuesta, evidentemente, nunca se publicó.

Las disposiciones del Decreto de 1955 que promulgaba las nuevas rúbricas para el Breviario subrayaban también el carácter transitorio de las reformas: aunque el Decreto introdujo numerosos cambios en las rúbricas, especificaba que los libros litúrgicos entonces en vigor debían seguir utilizándose “hasta que se dictaran nuevas disposiciones” y que “no se debía realizar ningún cambio en la organización de las ediciones que se hicieran del Breviario y el Misal Romanos”.

De todo esto se desprende claramente que el propio Pío XII consideraba la legislación litúrgica de la década de 1950 como transitoria: pasos temporales que conducían a algo más.

Además, en la práctica, los cambios fueron transitorios. La última versión (1958) se mantuvo en plena vigencia solo hasta 1960, cuando Juan XXIII promulgó una nueva, destinada a servir de puente hasta la reforma integral del Concilio Vaticano II.

Todo lo anterior es más que suficiente para establecer que las leyes que introdujeron las reformas de Pío XII carecían de la cualidad esencial de estabilidad (o perpetuidad) y, por lo tanto, deben considerarse ya no vinculantes.

2. ¿“Cesación” y cambio de circunstancias? 

“En cuanto al segundo punto, no entiendo cuáles son las circunstancias que han cambiado. Si las circunstancias son las intenciones de los modernistas de que esto sea el primer paso hacia una destrucción masiva de la Iglesia, entonces las circunstancias no cambiaron. Ya existían cuando se aprobó la ley. Y decir que estas malas intenciones pueden atribuirse a la ley misma sería como decir que el diablo burló al Espíritu Santo y usó la autoridad de la Iglesia para el mal”.

Las circunstancias que hacen que la legislación de la década de 1950 sea perjudicial no son simplemente las intenciones de los modernistas, sino principalmente la promulgación de la nueva misa, un rito que todos los tradicionalistas consideran maligno, perjudicial para la fe católica, sacrílego y sumamente irreverente, si no directamente inválido.

Ahora bien, entre los principios y precedentes introducidos en las reformas litúrgicas de Pío XII, encontramos los siguientes elementos que posteriormente se incorporaron de forma generalizada a la nueva misa:

(1) La liturgia debe seguir el principio pastoral para educar a los fieles.

(2) La lengua vernácula puede ser parte integral de la liturgia.

(3) Reducción del papel del sacerdote.

(4) La participación de los laicos debe ser idealmente vocal.

(5) Se pueden introducir nuevos roles litúrgicos.

(6) Las oraciones y ceremonias pueden modificarse para adaptarse a las necesidades modernas.

(7) Deben eliminarse las duplicaciones innecesarias.

(8) El propio Ordo Missae puede modificarse o eliminarse partes.

(9) No es necesario recitar el Credo en ocasiones más solemnes.

(10) El sacerdote preside pasivamente en el altar cuando se lee la Escritura.

(11) Ciertas funciones litúrgicas deben realizarse de cara al pueblo.

(12) Debe reducirse el énfasis en los santos.

(13) Los textos o prácticas litúrgicas que pudieran ofender a herejes, cismáticos o judíos deberían modificarse.

(14) Las expresiones litúrgicas de reverencia al Santísimo Sacramento podrían simplificarse o reducirse.

La legislación litúrgica de la década de 1950 introdujo estas medidas de forma puntual y limitada. Consideradas individualmente, ninguna era intrínsecamente mala.

Pero cincuenta años después, reconocemos que estos principios y precedentes fueron el primer paso hacia la eventual destrucción de la Misa. De hecho, en el mismo documento que promulgó el Novus Ordo, Pablo VI señala la legislación de Pío XII como el inicio de este proceso.

Continuar con estas prácticas fomenta la mentira modernista de que la nueva misa fue simplemente un desarrollo orgánico de la verdadera liturgia católica. Difícilmente se puede criticar el lenguaje vernáculo, la pasividad del celebrante y las ceremonias dirigidas al pueblo de la nueva misa si se siguen practicando exactamente las mismas cosas cada año durante la Semana Santa.

3. ¿Indefectibilidad de la Iglesia?

“¿Qué sucede con la indefectibilidad de la Iglesia y la guía del Espíritu Santo si afirmamos que un hereje ha usado la autoridad de un verdadero Papa para promulgar una liturgia perjudicial para la Iglesia?”

La aplicación de las leyes que promulgaron los cambios litúrgicos se volvió perjudicial con el paso del tiempo debido a las circunstancias cambiantes, como se explica en el punto 2.

Canonistas y teólogos morales (por ejemplo, Cocchi, Michels, Noldin, Wernz-Vidal, Vermeersch, Regatillo, Zalba) suelen enseñar que una ley humana puede volverse perjudicial (nociva, noxia) debido a las circunstancias cambiantes con el paso del tiempo. En tal caso, automáticamente deja de ser vinculante.

Por lo tanto, no se puede sostener que la aplicación de este principio contradiga la enseñanza de la teología dogmática según la cual la Iglesia es infalible al promulgar leyes disciplinarias universales.

4. ¿Estás “cribando al Papa”? 

“¿Cómo se distingue esto del “cribado papal” de la FSSPX? Si no trazamos una línea divisoria entre papas verdaderos y falsos, ¿dónde la trazamos? Parece difícil criticar a la FSSPX por seleccionar lo que acepta de su “papa”. Aún más alarmante, ¿debemos hacer los mismos juicios sobre papas anteriores? ¿Qué hay de las leyes litúrgicas de San Pío X? ¿Y de San Pío V?”

La expresión “cribado papal” se originó con la afirmación del padre Franz Schmidberger de que uno debe tamizar (cribler) las enseñanzas del Concilio Vaticano II y de los papas posconciliares para separar lo católico de lo no católico.

La esencia del “cribado papal” consiste en el acto continuo de juicio personal ejercido sobre cada enseñanza y ley que emana de un Romano Pontífice vivo, junto con la negativa a someterse a él. La FSSPX ha hecho de esto el principio operativo fundamental de su apostolado.

Para quienes no observan la legislación litúrgica de Pío XII, no existe un papa vivo al que “examinar” o al que negarse a someterse. Simplemente aplicamos a estas leyes el mismo principio general que aplicamos a todas las demás leyes eclesiásticas: si, debido a la crisis posterior al Concilio Vaticano II, la aplicación de una ley en particular (por ejemplo, restricciones a las delegaciones para administrar sacramentos, cartas dimisoriales para ordenaciones, permisos para la construcción de iglesias, facultades para predicar, requisitos para los Imprimátur, etc.) tuviera ahora algún efecto perjudicial, consideramos que dicha ley ya no es vinculante.

O dicho de otro modo: si, como la FSSPX, usted reconoce a alguien como un papa vivo, él es su legislador vivo; está obligado a acudir a él para preguntarle qué leyes le son aplicables y cómo interpretarlas. Sin embargo, si usted es sedevacantista, no tiene un legislador vivo al que acudir; cuando tenga una duda sobre si una ley le es aplicable o cómo interpretarla, su único recurso es seguir los principios generales establecidos por los canonistas.

5. ¿Obediencia a la autoridad legítima? 

“¿Cómo conciliamos esto con la obediencia a la autoridad legítima? Parece que cuestionamos la sabiduría de la legislación en lugar de aceptar el juicio de la Iglesia al respecto”.

Los principios enunciados en los puntos 1 (estabilidad) y 2 (cesación de las leyes que se vuelven perjudiciales) se encuentran en los comentarios aprobados del Código de Derecho Canónico.

Si la aplicación de estos principios fuera realmente incompatible con la virtud de la obediencia debida a la autoridad legítima, estos comentarios jamás habrían recibido la aprobación eclesiástica.

☙❧ ☙❧ ☙❧

Dicho esto, todas las preguntas anteriores presuponen que el único principio que debe determinar cómo los sacerdotes tradicionalistas celebran la liturgia es la legislación litúrgica del “último papa verdadero”.

Pero esto no es tan sencillo como parece, porque antes de que un sacerdote pueda sostener que la legislación de Pío XII es la única legalmente vinculante, primero debe demostrar de manera concluyente que Juan XXIII y Pablo VI (al menos antes de finales de 1964) no fueron papas verdaderos. 

Hasta que lo haga, debe considerarse obligado por todas las modificaciones de Juan XXIII —recuerde que su principio es “legalmente vinculante”—, así como por todas las modificaciones iniciales de Pablo VI.

(Entre las modificaciones iniciales de Pablo VI se encuentran las siguientes: En la misa, el sacerdote nunca recita los textos que canta el coro; se cantan o recitan fragmentos del Ordinario en lengua vernácula; se recita el Secreto en voz alta; se recita en voz alta el “Per Ipsum” al final del Canon; se recita en voz alta el “Libera Nos”; se utiliza el “Corpus Christi/Amen” para la comunión; se suprime el Último Evangelio; las lecturas bíblicas se proclaman únicamente en lengua vernácula y de cara a los fieles; los lectores/comentaristas laicos asisten al sacerdote; se recita el “Pater Noster” en lengua vernácula etc.)

Tanto en el caso de Roncalli como en el de los primeros años de Montini, un supuesto legislador estaba “en posesión”. Si observar la legislación litúrgica del “último papa verdadero” es supuestamente la norma de oro para el culto católico tradicional, ¿no debería el sacerdote optar por la opción más segura, modificando la Misa y capacitando a los lectores, por si acaso?

Dado que el principio del “último Papa verdadero” conlleva otros problemas, ¿qué hacer entonces?

La respuesta es sencilla: seguir los ritos litúrgicos que existían antes de que los modernistas comenzaran sus modificaciones.

Los tradicionalistas reafirmamos constantemente nuestra determinación de preservar la Misa tradicional en latín y la  litúrgica tradicional de la Iglesia. En mi opinión, no tiene ningún sentido preservar la “tradición” litúrgica de las ceremonias de Semana Santa inventadas en 1955, las rúbricas transitorias del Breviario y las “reformas” que duraron apenas cinco años.

La liturgia católica que buscamos restaurar debe evocar la fragancia de la antigüedad, no la que apesta a Bugnini.

10 de julio de 2006
 

LEÓN XIV REZA ANTE EL HORRIBLE CRUCIFIJO CONDENADO POR EL PAPA BENEDICTO XV

Este hecho es una buena oportunidad para recordar la condena de la Iglesia al arte religioso que no fomenta la devoción piadosa, sino que tiende a provocar repulsión y disgusto en quien lo contempla.

Por Novus Ordo Watch


El pasado sábado 22 de agosto de 2026, el reverendo Robert Prevost, más conocido por su nombre artístico “papa León XIV”, realizó una visita pastoral a la República de San Marino y a la ciudad italiana de Rimini. El motivo del viaje fue el llamado Meeting for Friendship Among Peoples (Encuentro por la Amistad entre los Pueblos), un evento “católico” patrocinado anualmente por el movimiento Comunión y Liberación.

El itinerario oficial publicado por el Vaticano señala, entre ambos destinos: “El Santo Padre realizará una visita estrictamente privada a la comunidad del Monasterio de San Antonio de Padua de las Monjas Agustinas en Pennabilli”.

El sitio de noticias en video de Rome Reports, compartió las siguientes imágenes sin editar de la visita privada (enlace directo aquí):


Respecto a la parada de Prevost, Rome Reports
 explica: “Tras visitar San Marino y antes de llegar a Rimini, el Papa León XIV se detuvo en un monasterio de monjas agustinas, que ya había visitado en ocasiones anteriores como prior. Se trata del Convento de San Antonio de Padua, situado en el pueblo de Valmarecchia, en el acantilado de Pennabilli. El Papa León saludó a las monjas y a los habitantes del pueblo, antes de compartir con ellos un momento de música y oración”.

En esta publicación nos centraremos en el momento de la oración (que comienza en el video en el minuto 1:50), ya que a la mayoría de la gente le resultará, como mínimo, inquietante el crucifijo ante el cual se arrodilló León XIV:

Este crucifijo de dudosa procedencia es obra de la hermana Elena Manganelli, una monja agustina y escultora que reside en el convento de dicho lugar.

la hermana Elena Manganelli muestra un inquietante diseño

Al examinar sus otras “obras”, queda claro rápidamente que no le son ajenas lo bizarro y lo retorcido. Existe un catálogo digital con gran parte de sus creaciones que se puede consultar aquí, pero tenga cuidado, ya que muchas de las piezas son perturbadoras y ofensivas, algunas incluso obscenas.

El nombre de Manganelli es conocido en el Vaticano. En 2011, algunas imágenes dibujadas por ella se incluyeron en el folleto oficial del Vía Crucis “papal” del Viernes Santo en el Coliseo Romano, entonces con el “papa” Benedicto XVI .


Aquí vemos un primer plano del crucifijo de Manganelli. La foto proviene del sitio web del convento, donde se identifica la “obra” como de Manganelli. También se incluye una lanza que atraviesa el Sagrado Corazón de Cristo, la cual fue retirada o quizás se rompió antes de la visita de Prevost el sábado pasado.

No, no estamos diciendo que la oración de León XIV ante este crucifijo sea un gran escándalo en sí misma. Sin embargo, el incidente es indicativo de un problema mayor y ofrece una buena oportunidad para recordar la condena de la Iglesia al arte religioso que no fomenta la devoción piadosa, sino que, por el contrario, tiende a provocar repulsión y disgusto en quien lo contempla.

Curiosamente, la cruz ante la cual León XIV se arrodilló para orar con las monjas agustinas en Valmarecchia guarda un asombroso parecido con la escena de la crucifixión dibujada en 1919 por el artista belga Albert Servaes (1883-1966) como parte de una serie sobre el Vía Crucis. Servaes había realizado dos series del Vía Crucis: una compuesta por dibujos a carboncillo para un libro y la otra por pinturas destinadas a la capilla de un monasterio carmelita en Luithagen, Bélgica. He aquí un ejemplo:

“Piedad” de Albert Servaes

En 1921, el Santo Oficio bajo el pontificado del Papa Benedicto XV (1914-1922), condenó las representaciones del Vía Crucis realizadas por Servaes y ordenó que se retiraran de las iglesias y otros lugares sagrados:

Sus Eminencias los Reverendísimos Cardenales, Inquisidores Generales en materia de fe y moral, en la sesión ordinaria celebrada el miércoles 23 de febrero de 1921, han decretado que se declare públicamente lo siguiente:

Las imágenes sagradas pertenecientes a una nueva escuela de pintura, un ejemplo de la cual se presenta en el folleto titulado La Passion de Notre-Seigneur Jésus-Christ [La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo] de Cyril Verschaeve (adornado con composiciones de Albert Servaes. Bruselas y París. Biblioteca Nacional de Arte e Historia, G. van Oest and Co., Editores, 1920), están prohibidas por la propia ley según lo dispuesto en el Canon 1399, nº 12, y por lo tanto deben ser retiradas inmediatamente de iglesias, oratorios y otros lugares en los que puedan estar expuestas.

El jueves siguiente, 24 del mismo mes y año, Su Santidad Nuestro Señor Benedicto XV, por divina Providencia Papa, en la audiencia habitual concedida al Reverendísimo Padre Consejero del Santo Oficio, aprobó la resolución de los Eminentes Padres que le había sido comunicada, y ordenó a los interesados ​​que la observaran y velaran por su cumplimiento.

Dado en Roma, desde las oficinas del Santo Oficio, el 30 de marzo de 1921.

A. Castellano,
Notario de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio.

(Fuente: Acta Apostolicae Sedis XIII [1921], n. 5, p. 197; traducción Grok 4.3)

El canon al que apela el documento del Santo Oficio dice: “Por la ley, [lo siguiente] está prohibido: … 12° Cualquier imagen o impresión de Nuestro Señor Jesucristo, de la Santísima Virgen María, de los Ángeles y Santos u otros Siervos de Dios, ajenos al sentido y a los decretos de la Iglesia” (Código de Derecho Canónico de 1917, Canon 1399, n. 12).

La “nueva escuela de pintura” a la que se refiere el decreto es el expresionismo. Nótese que deben retirarse todas las imágenes de este tipo, no solo las creadas por Servaes: “Las imágenes sagradas pertenecientes a cierta nueva escuela de pintura… están prohibidas por la propia ley… y, por lo tanto, deben ser retiradas inmediatamente de iglesias, oratorios y otros lugares donde puedan estar expuestas”.

Para ser claros, la Santa Sede no condenaba al artista en sí, quien, aparentemente, era un buen católico. El canonista jesuita y teólogo moral, el padre Arthur Vermeersch, escribió: “El pintor Servaes goza de buena reputación y merece ser considerado un católico sincero” (Periodica de Re Canonica et Morali, vol. 10 [1921], nº 135, p. 288; traducción de Grok 4.3). Lo que se condenaba, más bien, eran los dibujos que había realizado en este estilo vanguardista. No debían utilizarse con fines religiosos, ni privados ni públicos. Sin embargo: “En un esfuerzo por apoyar y explorar la visión espiritual de Servaes, el fraile carmelita holandés Titus Brandsma hizo publicar las imágenes en Opgang, una revista cultural católica. Junto a cada imagen, Brandsma añadió su propia meditación” (Wikipedia, sv “Albert Servaes”).

Es fácil comprender por qué la Iglesia prohíbe las representaciones horribles de Nuestro Señor, a pesar de que Isaías profetizó sobre su Pasión que no tendría “hermosura ni atractivo; y lo hemos visto, y no había en él atractivo para que lo deseáramos” (Is 53:2). La razón es que no edifican ni ayudan; al contrario, alejan a las almas. Como explica el padre Vermeersch: “Sin embargo, el estilo de las pinturas entra dentro de esta crítica porque, con sus formas inusuales, induce cierto horror y perturba violentamente los sentidos en lugar de fomentar un sentimiento apacible de devoción”.

De manera similar, en un artículo escrito específicamente sobre el caso Servaes, otro teólogo comenta:

…no olvidemos que la devoción católica tradicional asocia íntimamente la serena grandeza de la Víctima divina —con una respetuosa modestia— con los tormentos de la Pasión; y que el ejercicio de la compasión cristiana no exige en absoluto que agredamos con ferocidad nuestras sensibilidades más profundas. La Iglesia, si bien tolera las formas sinceras de devoción personal —especialmente la de los humildes—, es, no obstante, amiga de la sensata moderación y desconfía de lo inusual.

Para evitar la Caribdis de la "forma", Servaes se desvía temerariamente hacia la Escila de la "deformación" deliberada y la desfiguración artificial. No solo no logra convertir sus figuras más majestuosas en arquetipos de belleza humana —lo cual, después de todo, es permisible—, sino que las transforma en arquetipos infrahumanos, una especie de degenerados, o incluso seres prehistóricos no evolucionados, cuyos esqueletos, a ojos de un anatomista, a veces exhiben más de un rasgo de animalidad inferior.

(Joseph Maréchal, SJ, “Un décret récent du Saint-Office en matière d'iconographie religieuse”, en Nouvelle Revue Théologique, vol. 48 [1921], págs. 341 342; traducción de DeepL)

Las representaciones de la Cruz de Nuestro Señor, al igual que las del pesebre navideño, tienen como objetivo atraer a la gente, no repelerla: “Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todas las cosas hacia mí. (Esto lo dijo dando a entender la muerte que había de morir)” (Jn 12:32-33); “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el día postrero” (Jn 6:44); “Al ver Jesús a los niños, se enojó mucho y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios” (Mc 10:14).

En el siglo XVI, el Concilio de Trento ya había dejado claro que uno de los propósitos de las imágenes religiosas era que el pueblo católico “se sintiera impulsado a adorar y amar a Dios, y a cultivar la piedad”, de modo que “pongan los Obispos tanto cuidado y diligencia en este punto, que nada se vea desordenado o puesto fuera de su lugar y tumultuariamente, nada profano y nada deshonesto; pues es tan propia de la casa de Dios la santidad” (Sesión XXV, Decreto sobre los Santos y las Imágenes Sagradas).

El 23 de febrero de 1924, el filósofo católico Jacques Maritain (1882-1973) —esto fue antes de que se desviara del buen camino— impartió una conferencia sobre arte religioso, en la que abordó la condena de las obras de Servaes. Sus comentarios son esclarecedores:

El arte sacro depende absolutamente de la sabiduría teológica. En los signos que presenta a nuestros ojos se manifiesta algo infinitamente superior a todo nuestro arte humano: la Verdad divina misma, el tesoro de luz que nos fue adquirido con la sangre de Cristo. Es sobre todo por esta razón, porque en ello están en juego los intereses soberanos de la Fe, que la Iglesia ejerce su autoridad y magisterio sobre el arte sacro. Recordé hace un momento el decreto del Papa Urbano VIII del 15 de marzo de 1642 y la prescripción de la XXV sesión del Concilio de Trento. Existen otros ejemplos. El 11 de junio de 1623, la Congregación de Ritos prohibió los crucifijos que representaban a Cristo con los brazos extendidos. El 11 de septiembre de 1670, un decreto del Santo Oficio prohibió la fabricación de crucifijos “de una forma tan tosca y sin arte, en una actitud tan indecente, con rasgos tan distorsionados por el dolor que provocan repugnancia en lugar de piadosa atención”. Y sabéis que en marzo de 1921, el Santo Oficio prohibió la exhibición en iglesias de ciertas obras del pintor flamenco Servaes.

He aquí un punto que merece toda nuestra atención. Servaes es un pintor de gran talento, un cristiano de profunda fe, y solo se puede hablar de él con respeto y afecto; me complace dar testimonio de él aquí. El Vía Crucis, que causó tal revuelo en Bélgica, despertó profundas emociones religiosas en algunas personas, e incluso propició conversiones. Sin embargo, la Iglesia lo condenó, y nunca es difícil, aun cuando las apariencias y los procedimientos humanos nos desconciertan, comprender la sabiduría y la justicia de sus decisiones. Sin duda, a pesar de sí mismo, y no en su alma sino en su obra, el pintor, fascinado por el Ego sum vermis et non homo de Isaías y concibiendo sus Estaciones como un puro vértigo de dolor, resultó ser falso respecto a ciertas verdades teológicas de capital importancia, sobre todo la verdad de que los sufrimientos, así como la muerte de Nuestro Señor, fueron esencialmente voluntarios, y que fue una Persona divina quien sufrió el sufrimiento humano más espantoso: el dolor y la agonía de Su Humanidad fueron manejados por el Verbo como el instrumento con el que realizó Su gran obra. Al mismo tiempo, para aquellos que no pueden armonizar las pobres figuraciones que el arte pone ante sus ojos y la imagen pura que vive en nuestros corazones del más hermoso de los hijos de los hombres (en Él, como en su Madre, como nos recuerda Cayetano en su tratado De Spasmo beatae Virginis, los supremos tormentos del Calvario, aunque traspasaron la mente aún más cruelmente que el cuerpo, dejaron la razón intacta bajo la Cruz, en pleno ejercicio de su dominio sobre la parte sensible) —para estas, digo, ciertas deformaciones plásticas, cierto aspecto degenerado del contorno, adquieren el valor de una ofensa contra la Humanidad del Salvador y, por así decirlo, de una mala comprensión doctrinal de la soberana dignidad de su alma y cuerpo.

En un momento en que la verdad de la fe se ve amenazada por todos lados, ¿por qué sorprendernos de que la Iglesia esté más preocupada que nunca por las distorsiones doctrinales que pueden estar implícitas en ciertas obras de arte destinadas a los fieles, independientemente de su valor estético y de las emociones saludables que puedan suscitar en algunos casos, y de la piedad, la fe, la profundidad de la vida espiritual y la rectitud de intención del artista que las creó?

(Jacques Maritain, “Some Reflections on Religious Art”, en Art and Scholasticism, trad. Joseph W. Evans [Notre Dame, IN: University of Notre Dame, 1974], págs. 74-75; cursiva añadida; subrayado añadido).

Por lo tanto, crear arte sacro valioso no es simplemente una cuestión de aplicar la propia habilidad artística a un tema católico.


Por cierto: Otro ejemplo de arte litúrgico repulsivo sería el báculo pastoral con forma de cruz torcida, introducido por primera vez por Pablo VI en 1965. Esculpido por el artista italiano Lello Scorzelli (1921-1997), este famoso y feo crucifijo también se conoce como el “lagarto retorcido”. Luego, similar adefesio utilizó Juan Pablo II, Benedicto XVI y por supuesto, Francisco, que llegó a utilizar un báculo de brujo.


En cuanto a León XIV, no olvidemos que le gusta usar un nuevo tipo de báculo con forma de "cruz torcida", que muestra a Nuestro Señor ascendiendo de la cruz, lo cual es una ficción histórica y un absurdo teológico.

En otras palabras, todo encaja. Al igual que su arte, el “catolicismo” de la religión del concilio Vaticano II está retorcido y distorsionado, y resulta repulsivo.

No es de extrañar que Leon rezara ante ese crucifijo.