miércoles, 16 de septiembre de 2026

LA VERDAD DE LAS ESCRITURAS – JOSÉ ANTONIO PAGOLA (1)

Pagola estima que si se busca la verdad histórica de Jesús, es preciso prescindir de todo testimonio de la fe.

Por el padre José María Iraburu


Este blog viene señalando en el edificio de la Santa Iglesia los lugares afectados por aquellas ruinas más peligrosas, que con más urgencia exigen remedio. Por eso he tratado con especial insistencia sobre los errores doctrinales, porque son los más ruinosos para la Iglesia, ya que afectan a su propio fundamento.

De mis artículos publicados, más de 30 han tratado sobre los errores doctrinales más difundidos hoy en la Iglesia: teólogos disidentes y teólogos ortodoxos no combatientes (aquí y aquí), reprobaciones tardías (aquí), indigenismo teológico desviado (aquí, aquí y aquí), errores en cristología, liturgia y moral (Olegario, Borobio, Flecha, (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), grandes rebajas arrianas y pelagianas del cristianismo (Schillebeeckx, modernistas, etc. (aquí, aquí, aquí y aquí), voluntarismos pelagianos o semipelagianos (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), luteranismo y quietismo (aquí). Es necesario reafirmar hoy la verdad católica sobre gracia-libertad (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), como lo hace Sta. Teresa del Niño Jesús (aquí, aquí, aquí y aquí). Sin embargo, por algunas consideraciones prudenciales, he ido demorando hasta ahora un tema que de suyo habría que haber examinado al principio: las interpretaciones falsas de la Sagrada Escritura.

Analizaré, pues, ahora como ejemplo la obra de Pagola sobre Jesús. Pero aviso desde el principio que sus errores no son propiamente suyos, personales. Los hallamos ya formulados de modo casi igual en sectores liberales protestantes del siglo XIX. Los encontramos también en González Faus, S. J., Jon Sobrino, S. J., Torres Queiruga y en un gran número de teólogos actuales españoles y extranjeros. Son errores ampliamente difundidos en parroquias, catequesis, comunidades de religiosos o de laicos. El “caso Pagola”, por lo tanto, es sólo una anécdota en esa selva de innumerables errores. Y únicamente elijo analizarlo por la extraordinaria difusión de su obra.

Don José Antonio Pagola (Añorga, Guipúzcoa, 1937), sacerdote diocesano de la Diócesis de San Sebastián, ha sido profesor en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Vitoria. Durante el episcopado de Mons. José María Setién en su diócesis, hasta el 2000, fue muchos años Vicario General, y algunos, Rector del Seminario. Siendo Obispo de la diócesis Mons. Juan María Uriarte, Pagola ha sido director del Instituto de Teología y Pastoral. Ha publicado un buen número de obras, y sus escritos tienen una amplísima difusión en diversos diarios y revistas, así como en internet.

Jesús. Aproximación histórica (Editorial PPC, Madrid septiembre 2007, 542 páginas) ha sido sin duda la obra más notable de Pagola, y tuvo en pocos meses ocho ediciones. Ya en diciembre de 2007, Mons. Demetrio Fernández, entonces obispo de Tarazona, publicó una nota reprobatoria: El libro de Pagola hará daño, y un cierto número de autores publicamos también poco después artículos en el mismo sentido. La Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, con la autorización de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, hizo también graves objeciones a la obra (18-VI-2008) en una Nota de clarificación sobre el libro de José Antonio Pagola, “Jesús. Aproximación histórica”. Posteriormente, en septiembre de 2009, con el nihil obstat de Mons. Uriarte, se publicó en PPC una “9ª edición renovada”; pero poco después la misma Editorial mandó retirarla de las librerías. Los comentarios míos que siguen remiten a la edición 4ª, de 2007.

Un método histórico y exegético inaceptable

La aproximación histórica a Jesús implica necesariamente una exégesis bíblica, ya que los datos fundamentales que el investigador tiene sobre Jesús están en la Sagrada Escritura. Ahora bien, como no sea de la mano de la Iglesia, no es posible entrar en el jardín de las Escrituras sin pisotear las flores. Por eso el Concilio Vaticano II afirma un principio fundamental para la interpretación verdadera de la Sagrada Escritura: Tradición, Escritura y Magisterio “están unidos y vinculados, de tal modo que ninguno puede subsistir sin los otros” (DV 10). Pagola, por el contrario, prescindiendo del marco tradicional y eclesial, busca a Jesús ateniéndose al historicismo racionalista y a una cierta exégesis crítica, que se quedan al servicio de su propia ideología teológica. La Nota de la Comisión de la Fe señala en esta mala metodología

“a) la ruptura que, de hecho, se establece entre la fe y la historia [él hace con frecuencia que la historia niegue lo que la fe afirma]; b) la desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios [la niega siempre que afirman algo que él quiere negar]; y, c) la lectura de la historia de Jesús desde unos presupuestos [ideológicos] que acaban tergiversándola” (nº 3). Es, pues, un libro, según Mons. Demetrio Fernández, “que presenta a un Jesús vaciado y rellenado, según la técnica de la desmitologización promovida por R. Bultmann, y que otros autores han seguido en las últimas décadas: E. Schillebeeckx, J. Sobrino, etc., cada uno a su manera… Por ese camino podemos presentarnos un Jesús a nuestra medida y a nuestro gusto, según la moda del momento, y hacerlo además con argumentos de crítica histórica… Es como si la Iglesia hubiera adulterado el mensaje y tuviéramos que acudir a las fuentes más puras para reencontrar al Jesús perdido, y todo ello so pretexto de historicidad. Esto me suena a prejuicio de A. Harnack, historiador protestante liberal [1851-1930], maestro de R. Bultmann [1884-1976]”.

Benedicto XVI, en el prólogo de su libro Jesús de Nazaret, después de valorar debidamente el método exegético histórico-crítico, advierte que las “reconstrucciones de Jesús” que se intentan a veces ateniéndose a tal método, sin otros apoyos mayores, son falsas. “Quien lee una tras otra algunas de estas reconstrucciones puede comprobar enseguida que son más una fotografía de sus autores y de sus propios ideales que un poner al descubierto un icono que se había desdibujado”». Así sucede en este caso. La aproximación histórica del libro que ahora examinamos no nos muestra el verdadero rostro de Jesús, sino el rostro de don José Antonio Pagola.

Los Apóstoles dan testimonio de lo que han “visto y oído” 
(Jn 19,35; 1Jn 1,1-3; Hch 2,22; 4,20; 5,32; Catecismo 126 y 515)). 

Pagola, por el contrario, estima que si se busca la verdad histórica de Jesús, es preciso prescindir de todo testimonio de la fe. Es por tanto necesario ignorar la luz que da sobre Jesús la Iglesia, todavía indivisa, en los siete primeros Concilios ecuménicos. Antes, es preciso ignorar todo lo que sobre Él dicen los profetas del Antiguo Testamento. Y más aún, ni siquiera hay que tener en cuenta lo que dicen de Jesús en el Nuevo Testamento aquellos que convivieron con él durante años, como Pedro, Juan y Mateo. Pagola contra-dice sus testimonios siempre que no encajan en su personal cristología. Si los Apóstoles, por ejemplo, afirman que “vieron”, que “tocaron” a Jesús, y que “comieron” con él después de su resurrección, él no tiene ningún inconveniente en negar la veracidad de esas afirmaciones apostólicas.

Y es que estima que estos modos de hablar de Cristo, al proceder de creyentes, no son neutrales, no dan, pues, la verdad histórica de Jesús, sino que, desde el punto de vista estrictamente científico, están ya contaminados por la fe católica, que se fue desarrollando en los primeros discípulos después de la resurrección. Una investigación rigurosa de la figura histórica de Jesús exige no tenerlos en cuenta.

Pagola intenta, pues, a veinte siglos de distancia, una “aproximación histórica” a Jesús, que emplea únicamente el método histórico-crítico y otros métodos complementarios –el acercamiento sociológico, la antropología cultural, algunas claves de la teología de la liberación y del feminismo–. Solo deja que le acompañen en su tarea un cierto número de exegetas de su elección y algunos teólogos progresistas. No ignora “el testimonio neutral de los escritores romanos” (485), como Flavio Josefo y Tácito, que hacia el año 100 hablan de Jesús. Y también tiene en cuenta los Evangelios apócrifos. Pero preserva escrupulosamente el carácter científico de su investigación histórica, protegiéndola de todo testimonio de la fe, aunque éste proceda de los propios compañeros de Jesús, como Juan o Mateo, o de discípulos directos de los Apóstoles, como Clemente Romano o Ignacio de Antioquía, o casi directos, como Justino o Ireneo.

Por otra parte, tengamos claro desde el principio que Pagola, a esta “aproximación histórica” a Jesús, une la exposición de muchas doctrinas de teología dogmática y moral, que con bastante frecuencia son inconciliables con la fe católica. Sus errores, pues, no se circunscriben a la cristología. Lo iremos comprobando en seguida.

Jesús nunca pensó en fundar la Iglesia

Lo afirma Pagola como si fuera una verdad científica, históricamente demostrable. “Jesús no dejó detrás de sí una “escuela”, al estilo de los filósofos griegos, para seguir ahondando en la verdad última de la realidad. Tampoco pensó en una institución dedicada a garantizar en el mundo la verdadera religión. Jesús puso en marcha un movimiento de “seguidores” que se encargaran de anunciar y promover su proyecto del 'reino de Dios'” (467). “Jesús no pretendió nunca romper con el judaísmo ni fundar una institución propia frente a Israel. Aparece siempre convocando a su pueblo para entrar en el reino de Dios” (474-475). Menos aún pensó en establecer una comunidad con autoridades sagradas propias.

“En el movimiento de Jesús desaparece toda autoridad patriarcal y emerge Dios, el Padre cercano que hace a todos hermanos y hermanas. Nadie está sobre los demás. Nadie es señor de nadie. No hay rangos ni clases. No hay sacerdotes, levitas y pueblo. No hay lugar para los intermediarios. Todos y todas tienen acceso directo e inmediato a Jesús y a Dios, el Padre de todos […] Sus seguidores, hombres y mujeres, se sientan en corro alrededor suyo; nadie se coloca en un rango superior a los demás; todos escuchan su palabra y todos juntos buscan la voluntad de Dios” (291). “Por eso en ninguna de las tradiciones evangélicas se presenta a alguien desempeñando algún tipo de función jerárquica dentro del grupo de discípulos. Jesús no ve a los Doce actuando como “sacerdotes” con respecto a los demás” (292).

Omite Pagola que Jesús, de entre todos sus discípulos, constituyó mediante elecciones personales el grupo de los Doce, encabezados por Pedro, dándoles una especial autoridad de “atar y desatar” (Mt 16,19; 18,18). Ese dato, por lo visto, no tiene para él fuentes históricas suficientes que lo acrediten. Sin embargo, es un dato que no sólo es cierto en la Escritura, sino que también está confirmado por el hecho de que hallamos ya al principio iglesias locales regidas por Obispos, presbíteros y diáconos. Por eso, de ser cierto lo que Pagola afirma, habría que concluir que Pedro, Pablo, Clemente romano, Ignacio de Antioquía, o veinte siglos más tarde, el Vicario General de San Sebastián, malentendieron o traicionaron “el proyecto de Jesús”, ostentando abusivamente una autoridad espiritual falsa.

Consta, en efecto, que ellos presidieron y gobernaron pastoralmente sus Iglesias, que afirmaron su autoridad apostólica (2Cor 10,1-11), y que llegaron a excomulgar en casos extremos (1Cor 5,1-5), cumpliendo lo dispuesto por Jesús (Mt 18,15-18). Desde el mismo inicio de la Iglesia, rompieron, pues, “el corro” igualitario proyectado por Jesús, estableciendo una Jerarquía apostólica (hier-archia, sagrada-autoridad; del griego, hieros, sagrado, y arkhomai, yo mando).

Por el contrario, en la visión de Pagola, no es Cristo el fundador verdadero de esa gran institución sagrada que es la Iglesia, “sacramento universal de salvación” (Vat II: LG 48; AG 1). Él nunca pensó en fundarla. La Iglesia nació de los hombres, de ciertas necesidades históricas concretas. Por eso Pagola omite el acontecimiento de Pentecostés, contrario a su tesis:

“Jesús ni pudo ni quiso poner en marcha una institución fuerte y bien organizada, sino un movimiento curador que fuera transformando el mundo en una actitud de servicio y amor” (292). “Nunca pensó en un grupo cerrado y excluyente. No quería formar con ellos una comunidad de “elegidos” de Dios” (293). “Lo que más le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable” (465).“Pertenecer a la Iglesia es comprometerse por un mundo más justo” (466). “Seguir a Jesús pide desarrollar la acogida. No vivir con mentalidad de secta. No excluir ni excomulgar” (467).

Jesús “no quiso, ni pudo” impulsar una fuerte institución, una Iglesia… Pero resulta que muy pronto una Iglesia, cada vez más fuerte y extendida, se formó de hecho en gran parte del entorno mediterráneo. Ya ven ustedes: quienes excusan el Jesús de Pagola, alegando que un estudio histórico es algo muy distinto de un tratado teológico, tendrían que comenzar por reconocer que su aproximación histórica es en gran medida arbitraria. Está al servicio de unas doctrinas teológicas y morales falsas. Dios mediante, lo seguiremos comprobando.
 

FRAGMENTOS DE CARTAS DE LOS SECTARIOS

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA



III. — FRAGMENTO DE UNA CARTA que no lleva más firma que una escuadra, pero que, cotejada con algunas otras escrituras de la misma mano, parece emanar claramente del comité director y tener una autoridad especial. Es del 20 de octubre de 1821:

“En la lucha entablada actualmente entre el despotismo sacerdotal o monárquico y el principio de libertad, hay consecuencias que es necesario sufrir, principios que, ante todo, importa hacer triunfar. Un fracaso estaba dentro de los acontecimientos previstos; no debemos entristecernos por ello más de la cuenta; pero si este fracaso no desalienta a nadie, deberá, en un tiempo dado, facilitarnos los medios para atacar al fanatismo con mayor fruto. Solo se trata de exaltar siempre los espíritus y de aprovechar todas las circunstancias. La intervención extranjera, en cuestiones por así decirlo de policía interior, es un arma efectiva y poderosa que hay que saber manejar con destreza. En Francia, se acabará con la rama mayor [de los Borbones] reprochándole incesantemente haber regresado en los furgones de los cosacos; en Italia, hay que hacer igualmente impopular el nombre del extranjero, de modo que, cuando Roma sea seriamente sitiada por la Revolución, un auxilio extranjero sea, de entrada, una afrenta incluso para los nativos fieles. Ya no podemos marchar hacia el enemigo con la audacia de nuestros padres de 1793. Estamos limitados por las leyes y mucho más aún por las costumbres; pero, con el tiempo, tal vez se nos permita alcanzar la meta que ellos no lograron. Nuestros padres pusieron demasiada precipitación en todo, y perdieron la partida. Nosotros la ganaremos si, conteniendo las temeridades, logramos fortalecer las debilidades.

Es de fracaso en fracaso como se llega a la victoria. Tened, pues, el ojo siempre abierto sobre lo que ocurre en Roma. Desacreditad al clero por todos los medios posibles; haced en el centro de la Catolicidad lo que todos nosotros, individualmente o en cuerpo, hacemos en las facciones. Agitad, salid a la calle sin motivos o con motivos, poco importa, pero agitad. En esta palabra están encerrados todos los elementos del éxito. La conspiración mejor urdida es la que más se mueve y la que compromete a más gente. Tened mártires, tened víctimas; nosotros encontraremos siempre gente que sabrá dar a eso los colores necesarios”.

IV. - CARTA DEL JUDÍO DESIGNADO EN LA SECTA BAJO EL NOMBRE DE PICCOLO-TIGRE. Ella da a los miembros de la Vendita de los Carbonarios, que Piccolo-Tigre había formado en Turín, instrucciones sobre los medios a tomar para reclutar francmasones. Está fechada en enero de 1822:

“Ante la imposibilidad en que nuestros hermanos y amigos se encuentran de decir todavía su última palabra, se ha juzgado bueno y útil propagar por todas partes la luz y dar impulso a todo lo que aspire a moverse. Es con ese fin que no cesamos de recomendaros afiliar a toda especie de gente a toda suerte de congregaciones, cualesquiera que sean, con tal de que el misterio domine en ellas. Italia está cubierta de Cofradías religiosas y de Penitentes de diversos colores. No debéis temer deslizar a algunos de los nuestros en medio de esos rebaños guiados por una devoción estúpida; que estudien con cuidado el personal de esas Cofradías, y vereis que, poco a poco, no faltarán cosechas por hacer.

Bajo el pretexto más fútil, pero jamás político o religioso, cread por vosotros mismos, o mejor aún, haced crear por otros, asociaciones que tengan por objeto el comercio, la industria, la música o las bellas artes. Reunid en un lugar o en otro, incluso en las sacristías o en las capillas, a sus tribus todavía ignorantes; ponedlas bajo la dirección de un sacerdote virtuoso, bien conceptuado, pero crédulo y fácil de engañar; infiltrad el veneno en los corazones elegidos, infiltradlo a pequeñas dosis y como por casualidad: luego, al reflexionar, vosotros mismos os asombrareis de vuestro éxito.
 
Lo esencial es aislar al hombre de su familia, hacerle perder las costumbres familiares. Él está dispuesto, por la inclinación de su carácter, a huir de los cuidados del hogar, a correr tras los placeres fáciles y las alegrías prohibidas. Le gustan las grandes charlas del café, la ociosidad de los espectáculos. Arrastradlo, enganchadlo, dadle una importancia cualquiera; enseñadle discretamente a hastiarse de sus trabajos diarios, y, mediante esta maniobra, después de haberlo separado de su mujer y de sus hijos, y de haberle mostrado cuán penosos son todos los deberes, le inculcaréis el deseo de otra existencia. El hombre ha nacido rebelde; atizad este deseo de rebelión hasta que se vuelva un incendio, pero que el incendio no estalle todavía. Es una preparación para la gran obra que vosotros debeis comenzar.

Cuando hayáis insinuado en algunas almas el disgusto por la familia y por la religión (lo uno va casi siempre a continuación de lo otro), dejad caer ciertas palabras que provocarán el deseo de estar afiliado a la Logia más cercana. Esta vanidad del ciudadano o del burgués de incorporarse a la Francmasonería tiene algo de tan banal y de tan universal, que siempre estoy admirado ante la estupidez humana. Me asombro de no ver al mundo entero golpear a la puerta de todos los Venerables, y pedir a esos caballeros el honor de ser uno de los obreros elegidos para la reconstrucción del Templo de Salomón. El prestigio de lo desconocido ejerce sobre los hombres una potencia tal, que uno se prepara temblando para las fantasmagóricas pruebas de la iniciación y del banquete fraternal.

Encontrarse miembro de una Logia, sentirse fuera de su mujer y de sus hijos, ser llamado a guardar un secreto que jamás se le confía, es para ciertas naturalezas una voluptuosidad y una ambición. Las Logias bien pueden hoy procrear glotones: pero jamás engendrarán ciudadanos. Se cena demasiado entre los T∴ C∴ F∴ (Très Chers Frères [Muy Queridos Hermanos]) y T∴ R∴ F∴ (Très Respectables Frères [Muy Respetables Hermanos]) de todos los Orientes; pero es un lugar de depósito, una especie de haras [criadero de caballos], un centro por el cual hay que pasar antes de llegar a nosotros. Las Logias no hacen más que un mal relativo, un mal atemperado por una falsa filantropía y por canciones todavía más falsas, como en Francia. Eso es demasiado pastoral y demasiado gastronómico, pero tiene un fin que es necesario alentar sin cesar. Al enseñarle a empuñar el arma junto con la copa, se logra así apoderarse de su voluntad., de la inteligencia y de la libertad del hombre. Se dispone de él, se lo gira, se lo estudia. Se adivinan sus inclinaciones, sus afectos y sus tendencias; cuando está maduro para nosotros, se lo dirige hacia la Sociedad Secreta, de la cual la Francmasonería no puede ser más que la antecámara bastante mal iluminada.

La Alta Vendita desea que, bajo un pretexto u otro, se introduzca en las logias masónicas al mayor número posible de príncipes y personas adineradas. Los príncipes de casas soberanas que no tienen la esperanza legítima de ser reyes por la gracia de Dios, aspiran todos a serlo por la gracia de una revolución. El duque de Orleans es francmasón; el príncipe de Carignano también lo fue. No faltan, ni en Italia ni en otros lugares, quienes anhelan los honores —bastante modestos— del mandil y la paleta simbólicos. Otros están desheredados o proscritos. Halagad a todos estos ambiciosos de popularidad y captadlos para la francmasonería: la Alta Vendita determinará después qué uso útil puede hacer de ellos para la causa del progreso.

Un príncipe que no tiene ningún reino esperándolo es buena suerte para nosotros. Hay muchos de ellos por ahí. Hacedlos masones. La Logia los conducirá al Carbonarismo. Llegará un día en que la Alta Vendita tal vez se digne afiliarlos. Mientras tanto, servirán de pegamento para los tontos, los intrigantes, los habitantes de las ciudades y los necesitados. Estos pobres príncipes harán nuestros asuntos creyendo que sólo trabajan en los suyos. Es una señal magnífica, y siempre hay tontos dispuestos a comprometerse al servicio de una conspiración de la que algún príncipe parece ser el puntal.

Una vez que un hombre —incluso un príncipe, y sobre todo un príncipe— haya comenzado a corromperse, tened la certeza de que difícilmente se detendrá en esa pendiente. Son pocas las reservas morales, incluso entre los más virtuosos, y se avanza muy deprisa en esa progresión. No os alarméis, pues, al ver florecer las Logias mientras al carbonarismo le cuesta reclutar adeptos. Es con las Logias con las que contamos para engrosar nuestras filas; sin saberlo, ellas constituyen nuestro noviciado preparatorio. Disertan interminablemente sobre los peligros del fanatismo, la felicidad de la igualdad social y los grandes principios de la libertad religiosa. Entre banquete y banquete, lanzan anatemas fulminantes contra la persecución. Es más que suficiente para ganar adeptos. Un hombre imbuido de estas bellas ideas no está lejos de nosotros; ya solo falta alistarlo en nuestras filas. Ahí, y solo ahí, reside la ley del progreso social; no os toméis la molestia de buscarla en otra parte.

En las circunstancias actuales, no os quiteis nunca la máscara. Limitaos a merodear en torno al redil católico; pero, como buenos lobos, atrapad al paso al primer cordero que se ofrezca en las condiciones propicias. El burgués tiene su valor, pero el príncipe, aún más. No obstante, que esos corderos no se transformen en zorros, como el infame Carignan. La traición al juramento equivale a una sentencia de muerte, y todos esos príncipes —débiles o cobardes, ambiciosos o arrepentidos— nos traicionan y nos denuncian. Por fortuna, sabían poco —o más bien nada— y no pueden conducir a nadie hasta nuestros verdaderos misterios.

En mi último viaje a Francia, observé con profunda satisfacción que nuestros jóvenes iniciados mostraban un ardor extremo en la difusión del Carbonarismo; sin embargo, considero que están precipitando el movimiento en exceso. A mi juicio, están convirtiendo su odio religioso en un odio político. La conspiración contra la Sede Romana no debería confundirse con otros proyectos. Nos exponemos a ver cómo germinan ambiciones ardientes en el seno de las sociedades secretas; ambiciones que, una vez dueñas del poder, podrían abandonarnos. El camino que seguimos aún no está lo suficientemente trazado como para entregarnos a intrigantes o tribunos. Es preciso descatolizar el mundo, y un ambicioso que ha alcanzado su meta se cuidará muy mucho de apoyarnos. La revolución en la Iglesia implica una revolución permanente, el derrocamiento inevitable de tronos y dinastías. Y un ambicioso no puede desear tales cosas. Nosotros aspiramos a metas más altas y lejanas; procuremos, pues, preservarnos y fortalecernos.

Conspiremos únicamente contra Roma: para ello, aprovechemos todos los incidentes y saquemos partido de todas las eventualidades. Guardémonos, sobre todo, de los excesos de celo. Un buen odio —bien frío, bien calculado, bien profundo— vale más que todos esos fuegos artificiales y todas esas declamaciones de tribuna. En París no quieren entender esto; pero en Londres he visto hombres que captaban mejor nuestro plan y se sumaban a él con mayor provecho. He recibido ofertas considerables: pronto dispondremos de una imprenta en Malta. Así podremos, con total impunidad y seguridad, y bajo pabellón británico, difundir de un extremo a otro de Italia los libros, folletos, etc., que la Vendita considere oportuno poner en circulación.

V. - CARTA DE NUBIUS, EL JEFE DE LA ALTA VENDITA, A VOLPE, fechada el 3 de abril de 1824.

“Hemos cargado sobre nuestros hombros un pesado fardo, querido Volpe. Debemos llevar a cabo la educación inmoral de la Iglesia y lograr, mediante pequeños medios bien graduados aunque algo imprecisos, el triunfo de la idea revolucionaria a través del Papa. En este proyecto, que siempre me ha parecido fruto de un cálculo sobrehumano, avanzamos aún a tientas; pero no llevo ni dos meses en Roma y ya empiezo a acostumbrarme a la nueva vida que me está destinada. Ante todo, debo hacerle una observación mientras usted se encuentra en Forlì infundiendo ánimo a nuestros hermanos: y es que, dicho sea entre nosotros, encuentro en nuestras filas muchos oficiales y pocos soldados.

Hay hombres que se alejan misteriosamente, o que en voz baja hacen a cualquier transeúnte confidencias a medias con las que no revelan nada, pero mediante las cuales —ante oídos inteligentes— podrían muy bien dejar que se adivinara todo. Es la necesidad de inspirar temor o celos a un vecino o a un amigo lo que lleva a algunos de nuestros hermanos a cometer estas indiscreciones censurables. El éxito de nuestra obra depende del más profundo misterio; en la Vendita debemos encontrar al iniciado —como el cristiano de La Imitación— siempre dispuesto a “amar el ser desconocido y el no ser tenido en cuenta”. No es para usted, fidelísimo Volpe, que me permito formular este consejo; no presumo que pueda necesitarlo. Al igual que nosotros, usted debe conocer el valor de la discreción y del olvido de sí mismo frente a los grandes intereses de la humanidad; no obstante, si tras un examen de conciencia se considerase culpable de tal falta, le rogaría que reflexionara seriamente al respecto, pues la indiscreción es la madre de la traición.

Hay un sector del clero que muerde el anzuelo de nuestras doctrinas con una vivacidad asombrosa: se trata del sacerdote que nunca tendrá más ocupación que decir misa, ni más pasatiempo que esperar en un café a que den las dos después del Ave María para irse a dormir. Este sacerdote —el más ocioso de entre todos los ociosos que abarrotan la Ciudad Eterna— parece haber sido creado para servir de instrumento a las sociedades secretas. Es pobre, apasionado, está ocioso y es ambicioso; se sabe desheredado de los bienes de este mundo, se cree demasiado alejado del sol del favor como para poder calentarse los miembros, y tiritando en su miseria murmura contra el reparto injusto de los honores y bienes de la Iglesia. Empezamos a aprovechar esos sordos descontentos que la incuria innata apenas se atrevía a reconocer. A este ingrediente de sacerdotes sin oficio —sin funciones y sin más distintivo que una sotana tan raída como su sombrero, que ha perdido ya toda forma original— añadimos, en la medida de lo posible, una mezcla de sacerdotes corsos y genoveses que llegan a Roma con la tiara en la maleta. Desde que Napoleón nació en su isla, no hay corso que no se crea un Bonaparte pontificio. Esta ambición, que ahora tiene un tinte de vulgaridad, nos ha sido favorable; nos ha abierto caminos que probablemente habrían permanecido desconocidos para nosotros durante mucho tiempo. Nos sirve para consolidar y alumbrar la senda que recorremos, y sus quejas —aderezadas con toda clase de comentarios y maldiciones— nos ofrecen puntos de apoyo en los que jamás habríamos pensado. 

La tierra fermenta, el germen se desarrolla, pero la cosecha está aún muy lejana”.

Continúa...

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SANTA EUFEMIA DE CALCEDONIA, MÁRTIR


16 de Septiembre: Santa Eufemia de Calcedonia, mártir

(✞ 304)

Santa Eufemia es una santa profundamente venerada tanto en Oriente como en Occidente desde el siglo IV; su cabeza luce la doble corona de la virginidad y el martirio. Su vida transcurrió en Calcedonia, una ciudad costera de Asia Menor situada frente a Constantinopla. En la magnífica iglesia que se erigió sobre su sepulcro ya en el siglo IV, se celebró en el año 451 el célebre cuarto Concilio Ecuménico de Calcedonia, el cual proclamó la doctrina eclesiástica de las dos naturalezas de Cristo —la divina y la humana— unidas en la única persona divina del Dios-Hombre.

Poco sabemos de la rica vida virtuosa de la santa virgen, pero sí conocemos más detalles sobre el conmovedor martirio de esta firme testigo de la fe. El célebre poeta Enodio, fallecido a principios del siglo VI siendo obispo de Pavía, dedica al heroísmo de su virtud los siguientes versos conmemorativos:

Oh Virgen, ¿qué boca o qué pluma podría

alabar como es debido la gloria de tu virtud?

¡Aprende de ella, hombre de fe vacilante!

¡Joven enfermo de virtud, cómo te avergüenza

el luminoso ejemplo de la fuerte Virgen!

Mira: su virtud no conoce la blandura infantil,

ni el sexo débil, ni el ánimo varonil quebrantado.

Su corazón, que como esposa abraza al Espíritu de Cristo,

rompe las ataduras de lo perecedero.

El espíritu, que irradia el poder y el fuego de Dios,

desafía con fuerza y ​​victoria cualquier tormento.

La posteridad conservó los detalles de su martirio gracias al pincel del pintor, que resultó más elocuente que la pluma del historiador. En efecto, tales detalles podían leerse a la vista de todos en las pinturas que adornaban los muros de su iglesia en Calcedonia. El obispo Asterio de Amasia, en el siglo IV, los describió. Él introduce el relato con el siguiente recuerdo piadoso: “Una mujer santa, virgen intacta llamada Eufemia, había consagrado su castidad a Dios. Cuando un día el tirano desató una persecución contra los cristianos piadosos, ella ofreció su vida con alegría y voluntariamente. Sus compatriotas y hermanos en la fe, llenos de admiración por aquella testigo de la fe —glorioso ejemplo de firmeza y santidad—, erigieron un sepulcro cerca del templo. Allí depositaron sus restos y desde entonces le rinden culto público. Celebran el aniversario como una fiesta de alegría común para todo el pueblo congregado. Si bien los ministros consagrados a la interpretación de los misterios divinos honran continuamente su memoria en sus sermones, exhortando con gran énfasis a los fieles reunidos en el culto a considerar cómo ella perseveró y culminó su lucha en el sufrimiento, también el pintor, piadoso y entusiasta, plasmó en el lienzo toda la historia de su martirio con vívida representación, y dispuso que la santa pintura se colgara allí mismo, junto al sepulcro, a la vista de todos”.

Según una tradición fidedigna, “la magnífica obra de arte” representaba con gran fuerza expresiva la gloriosa pasión de la mártir a través de cuatro escenas. La primera mostraba el interrogatorio de la confesora de la fe: “El juez, imponente, está sentado en su sitial y clava una mirada sombría y desafiante en la joven”. Ella permanece ante él y sus asesores vestida con sencillez y tonos oscuros, con la mirada castamente baja hacia el suelo, mostrándose “serena e intrépida”. Dos soldados la custodian, mientras los escribientes sostienen sus tablillas de cera para registrar el interrogatorio y la sentencia. La mano del hombre graba su sentencia de muerte en la cera; la mano de Dios, al mismo tiempo, escribe su nombre en el libro de la vida eterna.

La segunda imagen representaba con conmovedora viveza el suplicio que la santa hubo de soportar: un verdugo le inclina violentamente la cabeza hacia atrás; un segundo le sujeta el rostro con mano brutal; un tercero le arranca cruelmente los dientes con unas tenazas y un martillo. “Involuntariamente rompí a llorar —añade el piadoso observador—, y la compasión me ahogaba la voz”.

La tercera pintura mostraba a la sufriente inquebrantable en la mazmorra: “Allí permanece, abandonada y vestida de oscuro. Extiende ambas manos hacia el cielo e invoca a Dios para que la auxilie en su tribulación. Entonces, sobre la cabeza de la mujer que ora aparece una cruz... símbolo, a mi parecer, de la muerte que le aguarda tras el martirio”.

En la cuarta imagen aparecía representada una hoguera encendida. En medio de las llamas se encuentra la mártir cristiana, con las manos alzadas hacia el cielo. “Su rostro no denota tristeza, sino más bien la alegría de la peregrina a quien, tras la muerte corporal, le aguarda la vida eterna”.

El Martirologio dice: "Ella soportó por Cristo las torturas, la prisión, las fustas, los suplicios de la rueda, las llamas, los pesos, las fieras, las flagelaciones, los filos cortantes, el pez hirviendo... Llevada de nuevo al anfiteatro, para ser entregada a las fieras, después de haber orado al Señor de recibir su alma, una de las fieras la mordió, mientras las otras la lamían los pies, y ella entregó así a Dios su alma inmaculada"

A mediados del siglo VIII, el emperador bizantino Constantino Coprónimo —feroz enemigo de las imágenes de Cristo y de los santos— ordenó profanar la iglesia de Santa Eufemia y arrojar sus restos mortales al mar. No obstante, tras ser hallados por dos hermanos, la emperatriz Irene los restituyó a la iglesia reconstruida, devolviéndolos así a la veneración de los fieles.

Relicario de Santa Eufemia de Calcedonia que actualmente se conserva en la iglesia patriarcal de San Jorge.

Reflexión:

Detengamos un momento más la mirada en la imagen de la mártir que sufre y muere. A ello nos invita, al final, el obispo Asterius, quien nos la describió anteriormente. Y quien siga este consejo comprobará por experiencia propia que, cuanto más se sumerge la mirada contemplativa en la imagen, tanto más difícil resulta expresar con palabras su carácter conmovedor y edificante, y tanto más impulsa a imitar su ejemplo.
 
Oración:

Concédenos, Dios omnipotente, alegrarnos con los méritos de la santa, virgen y mártir Eufemia, y recibir beneficios por nuestras súplicas. Señor, que ella nos alcance tu perdón, pues te agradó siempre por la fortaleza en el martirio y por el mérito de su castidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 
Nota Diario7: Tras la “reforma litúrgica” ejecutada tras el nefasto conciliábulo Vaticano II, la fiesta de Santa Eufemia fue retirada de la liturgia obligatoria global permitiéndose solamente en  las diócesis, iglesias o pueblos donde es patrona (como en Antequera, España, o Rovinj, Croacia), o en los templos dedicados a ella.
 

16 DE SEPTIEMBRE: SAN CIPRIANO, OBISPO Y MARTIR


16 de Septiembre: San Cipriano, Obispo y mártir

(✞ 258)

El santísimo Obispo, sapientísimo Doctor y fortísimo Mártir de Jesucristo, San Cipriano, fue de nacionalidad africana y de ilustre sangre, pues su padre era hombre muy poderoso, senador nobilísimo, y obtuvo en Cartago la dignidad primera de aquel orden.

Desde su niñez, Cipriano se dio a las letras humanas y a la elocuencia y filosofía, y enseñó retórica con grandes loas y fama.

Más, como era gentil, cayó en todos los vicios y liviandades de los mozos paganos, hasta que se casó y tuvo hijos.

Entonces trabó amistad con un santo presbítero llamado Cecilio, el cual con su ejemplo y doctrina le persuadió que se hiciese cristiano, y él lo hizo, con tan particular conocimiento de la merced que recibía de Dios por medio de Cecilio, que siempre lo reverenció como a padre de su alma y maestro de su nueva vida.

El mismo día que se bautizó con el beneplácito y consentimiento de su mujer, se apartó de su compañía, y dejando a ella y a sus hijos todo lo que habían de necesitar para su sustento, repartió sus grandes riquezas a los pobres y comenzó a hacer una vida perfectísima, y a enseñar una doctrina alta y admirable que no parecía sino haberla recibido del cielo.

Porque tras bautizarse, comenzó a pensar y hablar como excelentísimo teólogo, y aunque el mismo decía que procuraba cortar de raíz la elocuencia y el ornato de palabras, sus escritos causan admiración a los grandes maestros.

Fue elegido presbítero de Cartago por aclamación de todo el clero y el pueblo, y poco después, habiendo muerto el Obispo Donato, a una voz escogieron al santo como sucesor en aquella cátedra, sacándolo del retiro en el que se había ocultado.

No se puede fácilmente decir cuán admirablemente resplandeció como antorcha clarísima de la Iglesia africana.

Se hacia amar, temer y reverenciar por todos, y en una terrible pestilencia, en la que los gentiles desamparaban a sus enfermos y huían de Cartago, el santo les visitaba y socorría, convirtiendo gran numero de ellos a la fe de Jesucristo.

Escribió entre otros muchos libros un tratado sobre la unidad de la Fe y otro acerca de la modestia con que habían de vestirse las vírgenes y también una elocuentísima exhortación al martirio.

Habiéndose levantado una terrible persecución que había anunciado el santo, en la cual deseaba morir por la Fe, no pudo alcanzarlo, a pesar de que en el anfiteatro no se oían más que gritos de los idólatras que clamaban: ¡Cipriano a los leones!

Ellos pensaban triunfar sobre los fieles con la muerte del santo Obispo, pero alguien le aconsejó a Cipriano que se escondiese, como lo hizo por el bien de su Iglesia.

Más tarde, se renovó nuevamente la persecución, y entonces, el santo Obispo fue llamado por el tirano Galerio Máximo. Él se presentó ante el tribunal, y a todas las preguntas que le hizo, contestó:

- Soy cristiano y me glorío de serlo.

Juzgando el procónsul que no era conveniente dilatar el martirio del santo prelado, mandó que ese mismo día le cortasen la cabeza.

Reflexión:

A pesar de ser San Cipriano tan sabio y santo Obispo, cayó en un error creyendo que era inválido el Bautismo, siempre que fuese administrado por herejes; en ello creía seguir la Tradición de la Iglesia africana en tiempo en que nada había definido. “Permitió Dios -dice San Agustín- que por el entendimiento humano que es limitado, Cipriano errase para que conociésemos que la infalibilidad no es privilegio de los Doctores esclarecidos, sino de las decisiones de la Iglesia, y de su cabeza visible que es el vicario de Cristo”.

Oración:

Asístenos, Señor, con tu gracia en la festividad del bienaventurado mártir y pontífice San Cipriano, para que su poderosa intercesión nos haga agradable a tu Divina Majestad. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 

martes, 15 de septiembre de 2026

NUESTRA SEÑORA LIBERA A MILES DE PERSONAS EN LA FIESTA DE LA ASUNCIÓN

Nuestra Señora tiene muchos títulos. Uno de ellos es de especial consuelo para quienes esperan en la Iglesia. Nuestra Señora reveló ese título a Santa Brígida: “Nuestra Señora, Madre de las Almas del Purgatorio”.

Por Edwin Benson


En su obra sobre el Purgatorio, el padre F. Schouppe recoge sus palabras a Santa Brígida y explica el título. Nuestra Señora dijo:

“Yo soy la Madre de todos los que están en el lugar de expiación; mis oraciones mitigan los castigos que se les infligen por sus faltas” (1).

Ayudante de las almas pobres

Esta frase merece ser meditada por todos aquellos que reflexionan con frecuencia sobre los dolores del Purgatorio y, por lo tanto, los temen más. El padre Schouppe narra historias que ilustran cómo la Virgen María merece el título de Madre de las almas del Purgatorio.

La primera historia es la del padre Jerome Carvalho, S.J., quien murió en la plenitud de la santidad a los cincuenta años en 1604. Era muy consciente del Purgatorio y sus sufrimientos, y se impuso muchas penitencias para protegerse de ellos. Un día, en respuesta a sus oraciones y sufrimientos autoimpuestos, la Virgen María se le apareció. No se sabe si su presencia se manifestó en una visión, mediante palabras audibles o a través de una conversación interior, pero el mensaje es claro.

“Pero un día, la Reina del Cielo, a quien él profesaba una tierna devoción, se dignó a consolar a su siervo con la sencilla seguridad de que era Madre de Misericordia tanto para sus amados hijos en el Purgatorio como para los que estaban en la tierra”.

Visión de un ser querido

Una descripción detallada de la obra de la Virgen María proviene de San Pedro Damián (c. 1007-1072). Él relató que cada año, el día de la Asunción de María (15 de agosto), ella libera a miles de almas del Purgatorio. Esta creencia impulsó a los romanos a visitar las iglesias la noche anterior a la Asunción, portando una vela encendida.

En una ocasión, una piadosa noble acudió a la Basílica de Santa María del Altar Celestial (Ara Coeli) en el Capitolio. Mientras rezaba, observó a otra mujer postrada, también en oración. Creía haber reconocido a su madrina, fallecida hacía varios meses.

Comprensiblemente abrumada, la noble esperó cerca de la puerta de la Basílica. Cuando la figura postrada se levantó para marcharse, la dama la tomó de la mano y la apartó.

Una conversación sobrenatural

— ¿No eres tú mi madrina, la que me sostuvo en la pila bautismal? —preguntó la señora.

— Sí, —dijo la otra— soy yo.

 ¿Y cómo es que te encuentro entre los vivos, si llevas muerta más de un año?

La madrina de la dama respondió finalmente: 

— Hasta el día de hoy, he estado sumida en un fuego terrible a causa de los muchos pecados de vanidad que cometí en mi juventud; pero durante esta gran solemnidad, la Reina del Cielo descendió a las llamas del Purgatorio y me libró, junto con muchas otras almas, para que pudiéramos entrar al Cielo en la Fiesta de su Asunción. Ella realiza este gran acto de clemencia cada año; y, solo en esta ocasión, el número de personas a las que ha liberado equivale a la población de Roma.

Una predicción cumplida

Como es fácil comprender, la señora quedó abrumada por la noticia. Había ido a la Basílica a rezar, pero no esperaba encontrarse con una de las personas por las que había orado. Su madrina, al percibir su inquietud, añadió una profecía.

“Como prueba de la veracidad de mis palabras, ten presente que tú misma morirás dentro de un año, en la Fiesta de la Asunción; si sobrevives a ese plazo, cree que todo fue una ilusión”.

La piadosa joven noble escuchó las últimas palabras de su madrina. Pasó el año siguiente en oración, haciendo buenas obras y preparándose para presentarse ante Dios. Entonces, tal como su madrina había predicho, enfermó y murió en la Vigilia de la Asunción.

El carácter especial de la fiesta de la Asunción

En efecto, como informa el padre Schouppe a sus lectores, “la fiesta de la Asunción es, pues, el gran día de la misericordia de María hacia las almas pobres; ella se complace en introducir a sus hijos en la gloria del Cielo en el aniversario del día en que ella misma entró por primera vez en sus benditas puertas”.

Nuestra Señora, Madre de las Almas del Purgatorio, ¡ruega por nuestros seres queridos que esperan la Visión Beatífica!
 
Continúa... 

Nota:

1) Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 del libro  Purgatory (Purgatorio) del padre FX Schouppe, publicada en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible a través de Internet Archive.
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (11)

Continuamos con la publicación del capítulo 11 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Undécima Hora: De las 3 a las 4 de la mañana

Jesús en la casa de Caifás

Afligido y abandonado Bien mío, mientras mi débil naturaleza duerme en tu Corazón adolorido, mi sueño se interrumpe frecuentemente por los latidos de amor y de dolor de tu divino Corazón, entre la vela y el sueño siento los golpes que te dan; y despertándome, digo: ¡Pobre Jesús mío, abandonado por todos, sin nadie que te defienda! Pero desde adentro de tu Corazón yo te ofrezco mi vida para que te sirva de apoyo cuando te hagan tropezar. Y así me vuelvo a dormir.

Pero otra sacudida de amor de tu Corazón divino me despierta y me siento aturdido por los insultos que recibes, por los murmullos, los gritos y el correr de la gente.

Amor mío, ¿cómo es que todos están contra ti? ¿Qué es lo que has hecho que como lobos feroces te quieren despedazar? Siento que la sangre se me hiela al oír todos los preparativos que están haciendo tus enemigos; me siento triste y estoy temblando mientras pienso qué puedo hacer para defenderte.

Pero mi afligido Jesús, teniéndome en su Corazón, me estrecha aún más fuerte y me dice: 

“Hijo mío, no he hecho nada malo y al mismo tiempo he hecho todo. Mi delito es el amor; el amor que contiene todos los sacrificios, el amor que tiene un precio inconmensurable. No obstante, estamos todavía al inicio; tú sigue quedándote dentro de mi Corazón, observa todo, ámame, calla y aprende. Haz que tu sangre helada corra entre mis venas para darle un descanso a mi sangre que está totalmente ardiendo en llamas. Haz que tu temblor corra por mis miembros, para que fundido en mí puedas mantenerte firme, calentarte, puedas sentir parte de mis penas, y a la vez adquirir fuerza al verme sufrir tanto. Este será el modo en que podrás defenderme como a mí más me gusta: seme fiel y pon atención”.

Dulce Amor mío, el ruido que hacen tus enemigos es tal y tanto que ya no me deja dormir; los golpes se hacen cada vez más violentos; oigo el ruido que hacen las cadenas con las que te han encadenado tan estrechamente que estás sangrando por las muñecas, dejando por aquellas calles las huellas de tu sangre. Recuerda que mi sangre fluye en la tuya y que conforme la vas derramando, mi sangre besa la tuya, la adora y la repara; haz que mi sangre sea luz para quienes te ofenden de noche y un imán que atraiga a todos los corazones hacia ti.

Amor mío y todo mío, mientras te arrastran y el aire parece ensordecer por los gritos y los silbidos llegas ante Caifás. Tú te muestras lleno de mansedumbre, de modestia y humildad; tu dulzura y tu paciencia es tanta, que tus mismos enemigos quedan aterrorizados, y Caifás, furioso, quisiera devorarte. ¡Ah, qué bien se distingue a la inocencia del pecado!

Amor mío, tú te encuentras ante Caifás cómo si fueras el hombre más culpable a punto de ser condenado. Y Caifás les pregunta a los testigos cuáles son tus delitos. ¡Ah, hubiera sido mejor que preguntara cuál es tu amor! Hay quien te acusa de una cosa y quien de otra, diciendo insensateces y contradiciéndose entre ellos mismos; y mientras todos te acusan, los soldados que están a tu lado te jalan de los cabellos y descargan sobre tu rostro santísimo horribles bofetadas que retumban por toda la sala, te hacen muecas con los labios, te golpean..., y tú callas, sufres, y si los miras, la luz de tus ojos penetra dentro de sus corazones y no pudiendo sostener tu mirada, se alejan de ti; pero otros intervienen para hacerte sufrir más.

Las negaciones de Pedro

Pero en medio de tantas acusaciones y ultrajes, veo que pones atención con tus oídos y que tu Corazón late con violencia como si estuviera por estallar a causa del dolor. Dime, afligido Bien mío, y ahora, ¿qué sucede? Pues me doy cuenta de que en todo lo que te están haciendo tus enemigos, es tan grande tu amor, que tú con ansia lo esperas y todo lo ofreces por nuestra salvación. Y tu Corazón, con toda calma, repara las calumnias, los odios, los falsos testimonios, el mal que se le hace con premeditación a quien es inocente, y reparas también por quienes te ofenden instigados por sus superiores y por todas las ofensas de los eclesiásticos. Pero ahora, mientras unido a ti sigo tus mismas reparaciones, siento en ti un cambio, un dolor nuevo que jamás había sentido hasta ahora. Dime, dime, ¿qué pasa? ¡Particípame todo, oh Jesús mío!

“Hijo mío, ¿quieres saber qué es lo que me pasa? Oigo la voz de Pedro que dice que no me conoce, y luego ha llegado a jurarlo y hasta por tercera vez ha maldecido y perjurado que no me conoce... ¡Oh, Pedro!, ¿cómo no me conoces? ¿No recuerdas de cuántos bienes te he colmado? ¡Oh, si los demás me hacen morir de penas, tú me haces morir de dolor! ¡Cuánto mal has hecho siguiéndome desde lejos y exponiéndote después a la ocasión!”.

Negado Bien mío, cómo se reconocen inmediatamente las ofensas de las almas a las que más quieres. ¡Oh Jesús!, quiero hacer fluir los latidos de mi corazón en los tuyos para mitigar el dolor tan terrible y atroz que sufres, y mi latido en el tuyo te jura fidelidad, amor, y mil y mil veces repite y jura que te conozco... Pero tu corazón todavía no se calma y buscas con la mirada a Pedro, y al ver él tu mirada llena de amor, rebosante de lágrimas por su negación, Pedro se enternece y llora y se retira de allí; y tú, habiéndolo ya puesto a salvo, te calmas y reparas las ofensas de los Papas y de los jefes de la Iglesia, sobre todo de quienes se exponen a las ocasiones.

Pero tus enemigos siguen acusándote, y Caifás viendo que no respondes a sus acusaciones, te dice: 

“Te conjuro por el Dios vivo: dime, ¿eres tú verdaderamente el Hijo de Dios?”.

Y tú, Amor mío, teniendo siempre en tus labios la palabra de la verdad, con majestad suprema y con voz sonora y suave a la vez, ante la cual todos quedan impresionados y hasta los mismos demonios se hunden todavía más en el abismo, respondes:

“Tú lo has dicho, yo soy el verdadero Hijo de Dios y un día descenderé sobre las nubes del cielo para juzgar a todas las naciones”.

Al escuchar tus palabras creadoras, todos se quedan callados en un profundo silencio, sintiendo un escalofrío por el susto... Pero Caifás, después de algunos instantes de espanto, recobrándose, furioso más que una bestia feroz, proclama en voz alta:

“¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? ¡Ha dicho una grande blasfemia! ¿Qué esperamos para condenarlo? ¡Es reo de muerte!”.

Y para darle mayor fuerza a sus palabras se rasga las vestiduras, pero con tanta rabia y furor, que todos, como si fueran uno sólo, se lanzan contra ti. Bien mío, hay quien te da puñetazos en la cabeza, quien te jala de los cabellos, te abofetean y te escupen en la cara, te pisotean...; son tantos y tales los tormentos que te hacen sufrir, que la tierra tiembla y los cielos se estremecen.

Amor mío y Vida mía, mientras te están atormentando yo siento que se me rompe el corazón por el dolor. ¡Ah!, permíteme que salga de tu Corazón adolorido y que yo afronte en tu lugar todos estos ultrajes. ¡Ah!, si me fuera posible, quisiera liberarte de tus enemigos; pero tú no quieres, porque todo esto lo requiere la salvación de todos y yo me veo obligado a resignarme.

Pero déjame limpiarte, dulce Amor mío, déjame arreglarte los cabellos, quitarte los salivazos, limpiarte y secarte la sangre para encerrarme en tu Corazón, pues veo que Caifás ya está cansado y quiere retirarse entregándote en manos de los soldados.

Por lo tanto, te bendigo y tú también bendíceme a mí. Y dándome el beso de tu amor, me encierro en el horno ardiente de tu Corazón Divino para conciliar el sueño, poniendo mi boca sobre tu Corazón, para que en cada uno de mis respiros te dé un beso; y conforme a la diversidad de tus latidos, más o menos penantes, podré darme cuenta si tú estás sufriendo o descansando. Por eso, protegiéndote con mis brazos para defenderte, te abrazo y me estrecho fuertemente a tu Corazón y así me duermo.

Reflexiones y prácticas

Jesús, al ser presentado ante Caifás, es acusado injustamente y sometido a torturas inauditas, y cuando se le interroga dice siempre la verdad.

Y nosotros, cuando nuestro Señor permite que nos calumnien y que nos acusen injustamente, ¿buscamos únicamente a Dios que conoce nuestra inocencia o más bien mendigamos la estima y el honor de las criaturas? ¿Se encuentra siempre sobre nuestros labios la verdad? ¿Somos enemigos de toda clase de mañas y mentiras? ¿Soportamos pacientemente los desprecios y las confusiones que nos causan las criaturas? ¿Estamos dispuestos a dar la vida por su salvación?

“¡Oh Dulce Jesús mío!, ¡qué diferencia tan grande hay entre tú y yo! ¡Ah!, haz que de mis labios salga siempre la verdad para que pueda herir el corazón de quien me escucha y conducir a todos hacia ti”.

Continúa...

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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (129)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


129. La curación, en Aguas Claras, de un romano endemoniado.
13 de marzo de 1945.

1 Jesús está hoy con los nueve que se han quedado; los otros tres han salido para Jerusalén. Tomás, siempre alegre, tiene que multiplicarse para atender a sus verduras –y también a las otras incumbencias más espirituales–, mientras que Pedro, Felipe, Bartolomé y Mateo se encargan de los peregrinos; los demás van al río para el bautismo (¡verdaderamente de penitencia, con el frío que hace!).
Jesús está todavía en su rincón, en la cocina. Tomás trajina, pero guarda silencio para dejar tranquilo al Maestro. En ese momento entra Andrés y dice: “Maestro, hay un enfermo que a mí me parece que convendría curarle en seguida porque... dicen que está loco, porque no son israelitas; nosotros diríamos que está poseído. Chilla, vocea, se retuerce... Ven a ver”.
“Ahora mismo. ¿Dónde está?”.
“Todavía en el campo. ¿Oyes esos aullidos? Es él. Parece un animal, pero es él. Debe ser un hombre rico porque el que le acompaña va bien vestido, y al enfermo le han bajado de un carro de mucho lujo muchos siervos. Debe ser pagano porque blasfema contra los dioses del Olimpo”.
“Vamos”.
“Voy también yo a ver” dice Tomás (su curiosidad por ver es mayor que su preocupación por las verduras).
Salen y, en vez de torcer hacia el río, tuercen hacia los campos que separan esta granja (nosotros la llamaríamos así) de la casa del capataz.
En medio de un prado, donde antes pastaban unas ovejas (que ahora, espantadas, se han diseminado en todas las direcciones, y que los pastores y un perro –el segundo que veo desde que escribo– en vano las vuelven a agrupar), hay un hombre al que tienen atado fuertemente y que, a pesar de todo, pega unos botes de loco, gritando terriblemente, y cada vez más fuerte a medida que Jesús se acerca.
Pedro, Felipe, Mateo y Natanael están allí cerca, perplejos. Hay también más gente, sólo hombres, porque las mujeres tienen miedo.
“¿Has venido, Maestro? ¿Ves qué furia?” dice Pedro.
“Ahora se le pasará”.
“Pero... es pagano, ¿sabes?”.
“Y qué valor tiene eso?”.
“¡Hombre!... ¡por el alma!...”.
Jesús sonríe ligeramente y sigue; llega al grupo del loco, que cada vez se agita más.

2 Se separa del grupo uno que por el indumento y por llevar el rostro rasurado se ve que es romano, y saluda diciendo: “Salve, Maestro. He oído hablar de ti. Eres más grande que Hipócrates en el arte de curar y que el simulacro de Esculapio en obrar milagros con las enfermedades. Porque sé esto, he venido. Mi hermano, ya lo ves, está loco a causa de un misterioso mal. Ningún médico sabe lo que le pasa. He ido con él al templo de Esculapio y ha salido aún más loco. En Tolemaida tengo un familiar, me envió un mensaje con una galera, decía que aquí había Uno que curaba a todos, y he venido. ¡Qué viaje más horroroso!”.
“Merece premio”.
“Pero, mira, no somos ni siquiera prosélitos. Somos romanos, fieles a los dioses. Vosotros decís "paganos". Somos de Síbaris, pero ahora estamos en Chipre”.
“Es verdad. Paganos sois”.
“¿Entonces... para nosotros nada? O tu Olimpo rechaza al nuestro o el nuestro al tuyo”.
“Mi Dios, Único y Trino reina, único y solo”.
“He venido en vano” dice desilusionado el romano.
“¿Por qué?”.
“Porque yo soy de otro dios”.
“El alma es creada por Uno Solo”.
“¿El alma?...”.
“El alma. Esa cosa divina que Dios crea para cada uno de los hombres: compañera en la existencia, superviviente más allá de la existencia”.
“¿Y dónde está?”.
“En lo profundo del yo. Pero, a pesar de que esté, como cosa divina, en el interior del más sagrado templo, de ella se puede decir –y digo "ella", no ésta, porque no es una cosa, sino un ente verdadero y digno de todo respeto– que no está contenida, sino que contiene”.
“¡Por Júpiter! ¿Eres filósofo?”.
“Soy la Razón unida a Dios”.
“Creía que lo eras, por lo que decías...”.
“¿Y qué es la filosofía, cuando es verdadera y honesta, sino la elevación de la humana razón hacia la Sabiduría y la Potencia infinitas, o sea, hacia Dios?”.
“¡Dios! ¡Dios!... Ahí tengo a ese desdichado que me perturba, pero casi me olvido de su estado por escucharte a ti, divino”.
“No lo soy como tú lo dices. Tú llamas divino a quien supera lo humano; Yo digo que tal nombre debe darse sólo a quien procede de Dios”.
“¿Qué es Dios? ¿Acaso alguien le ha visto?”.
“Está escrito: "¡A ti, que nos formaste, salve! Cuando describo la perfección humana, la armonía de nuestro cuerpo, celebro tu gloria". Alguien dijo: "Tu bondad refulge en que has distribuido tus dones a todos los que viven para que todo hombre tuviera aquello que necesita; y tu sabiduría queda testificada por tus dones, como tu poder al cumplirse tus deseos". ¿Reconoces estas palabras?”.
“Si Minerva me ayuda... son de Galeno (160). ¿Cómo es que las sabes? ¡Me maravillo!...”.
Jesús sonríe y responde: “Ven al Dios verdadero y su divino espíritu te hará docto en la "verdadera sabiduría y piedad, que es conocerte a ti mismo y dar culto de adoración a la Verdad"”.
“¡Pero si sigue siendo Galeno! Ahora estoy seguro. No sólo eres médico y mago, sino también filósofo. ¿Por qué no vienes a Roma?”.

3 “No soy ni médico, ni mago, ni filósofo, como tú dices, sino testimonio de Dios en la Tierra. Traedme aquí al enfermo”.
Entre gritos y forcejeos le arrastran hasta allí.
“¿Ves? Dices que está loco; dices que ningún médico ha podido curarle. Es cierto: ningún médico, porque no está loco; lo que sucede es que un ser infernal –así te hablo porque eres pagano– ha entrado en él”.
“Pero no tiene espíritu pitón (161). Es más, dice sólo cosas erróneas”.
“Nosotros lo llamamos "demonio", no pitón; está el que habla y el mudo (162), el que engaña con razones con color de verdad y el que sólo crea desorden mental. El primero de estos dos es el más completo y peligroso. Tu hermano tiene el segundo, pero ahora saldrá de él”.
“¿Cómo?”
“El mismo te lo dirá”.
Jesús ordena: “¡Deja a este hombre! Vuelve a tu abismo”.
“Me marcho. Contra ti, demasiado débil es mi poder. Me echas y me amordazas. ¿Por qué siempre nos vences?...”
El espíritu ha hablado por la boca del hombre, el cual, después de ello, se desploma como derrengado.
“Está curado. Soltadle sin miedo”.
“¿Curado? ¿Estás seguro? ¡Yo... yo te adoro!”. El romano hace ademán de postrarse.
Jesús no quiere: “Alza el espíritu. En el Cielo está Dios. Adórale a El y ve hacia El. Adiós”.
“No. Así no. Al menos toma. Permíteme que haga como haría con los sacerdotes de Esculapio. Permíteme oírte hablar... Permíteme hablar de ti en mi patria...”.
“Hazlo, y ven con tu hermano”.
El tal hermano mira a su alrededor asombrado y pregunta: “Pero, ¿dónde estoy? ¡Esto no es Cintium! ¿Dónde está el mar?”.
“Sufrías...”. Jesús hace un gesto para imponer silencio “sufrías a causa de una fuerte fiebre y te han traído a otro clima. Ahora estás mejor. Ven”.
Todos van a la estancia grande (pero no todos conmovidos de la misma forma: como hay quien admira, también hay quien critica la curación del pagano).

4 Jesús va a su puesto. Tiene en la primera fila de la asamblea a los romanos. 
“No os moleste el que cite un pequeño párrafo de los Reyes (163). En él se lee que, estando el rey de Siria preparado para la guerra contra Israel, tenía en su corte un hombre que era grande y honrado, de nombre Naamán, leproso. Se lee igualmente que a este hombre una jovencita de Israel venida a ser esclava suya –de ella se habían apoderado los sirios– le dijo: "Si mi señor hubiera ido al profeta que está en Samaria, sin duda le habría curado de la lepra". Oído esto, Naamán, pedida licencia al rey, siguió el consejo de la joven. El rey de Israel, sin embargo, muy desasosegado, dijo: "¿Acaso soy Dios para que el rey de Siria me envíe a los enfermos? Esto es una trampa para provocar la guerra". Pero el profeta Eliseo, conocido el hecho, dijo: "Que venga a mí el leproso y yo le curaré y sabrá que hay un profeta en Israel". Naamán fue entonces a donde Eliseo, pero Eliseo no le recibió; simplemente le envió este mensaje: "Lávate siete veces en el Jordán y quedarás limpio". Esto enojó a Naamán, pareciéndole que en balde había hecho tanto camino, e indignado, se preparó para volverse. Pero los siervos le dijeron: "No te ha pedido más que lavarte siete veces, y, aunque te hubiera ordenado mucho más, deberías hacerlo, porque él es el profeta". Entonces Naamán cedió. Fue, se lavó y recuperó la salud. Jubiloso, retornó a donde el siervo de Dios y le dijo: "Ahora sé la verdad: no hay otro Dios sobre toda la Tierra, sino solamente el Dios de Israel". Y, dado que Eliseo no quería dones, le pidió poder tomar al menos tanta tierra como para poder sacrificar, sobre tierra de Israel, al Dios verdadero.
Sé que no todos vosotros aprobáis lo que he hecho. Sé también que no estoy obligado a justificarme ante vosotros. Pero, puesto que os amo con amor verdadero, quiero que comprendáis mi gesto y de él aprendáis, y que desaparezca de vuestro ánimo todo sentido de crítica o de escándalo.
Aquí tenemos a dos súbditos de un estado pagano. Uno estaba enfermo. Se les dijo –ciertamente por medio de Israel– a través de un pariente: "Si fuerais al Mesías de Israel, El sanaría al enfermo". Y ellos han venido a mí de muy lejos. Mayor aún su confianza que la de Naamán, porque nada sabían de Israel y del Mesías, mientras el sirio, por la cercanía de las naciones y por el continuo contacto con esclavos de Israel, ya sabía que en Israel estaba Dios, el verdadero Dios. ¿No conviene que ahora un hombre pagano pueda volver a su patria diciendo: "Verdaderamente en Israel hay un hombre de Dios, y en Israel adoran al verdadero Dios"?
Yo no he dicho: "Lávate siete veces". He hablado de Dios y del alma, dos cosas que ellos ignoran, y que conllevan, como bocas de inexhausto manantial, los siete dones; porque donde existe el concepto de Dios y el de espíritu, y el deseo de llegar a ellos, nacen los árboles de la fe, esperanza, caridad, justicia, templanza, fortaleza, prudencia: virtudes que ignoran quienes de sus dioses no pueden copiar sino las comunes pasiones humanas, humanas pero más licenciosas, dado que las cumplen seres supuestamente excelsos. Ahora ellos vuelven a su patria. Y más que la alegría de haberles sido concedido lo que pedían está la de decir: "Sabemos que no somos bestias; que más allá de la vida hay todavía un futuro. Sabemos que el verdadero Dios es Bondad y que, por lo tanto, nos ama también a nosotros y nos socorre para persuadirnos a que vayamos a El".

5 ¿Qué creéis, que sois los únicos que ignoran la verdad? Hace un rato, un discípulo mío pensaba que yo no podía curarle al enfermo por tener alma pagana. Pero, ¿el alma qué es?, ¿de quién viene? El alma es la esencia espiritual del hombre, es la que, creada de edad perfecta, reviste, acompaña, vivifica toda la vida de la carne y continúa viviendo una vez desaparecida la carne, siendo, como es, inmortal como Aquel que la crea: Dios (164). Habiendo un solo Dios, no existen almas de paganos o almas de no paganos creadas por distintos dioses. Hay una sola Fuerza que crea las almas: la del Creador, la del Dios nuestro, único, poderoso, santo, bueno que no tiene pasión alguna aparte del amor, caridad perfecta enteramente espiritual. Para que estos romanos me entiendan, del mismo modo que he dicho "caridad", digo también "caridad enteramente moral"; porque son párvulos y desconocen por completo las palabras santas, no comprenden el concepto "espíritu".
¿Que creéis?, ¿que he venido sólo para Israel? Yo soy quien reunirá a las estirpes bajo un solo báculo: el del Cielo. En verdad os digo que está cercano el tiempo en que muchos paganos dirán: "Dejadnos tomar lo necesario para poder celebrar en nuestro suelo pagano sacrificios al Dios verdadero, al Dios Uno y Trino", cuya Palabra soy Yo.
Ahora ellos se marchan, y van más convencidos que si Yo, por el contrario, los hubiera humillado con mi desdén. Ellos, tanto en el milagro como en mis palabras, sienten a Dios, y esto es lo que dirán en su tierra.
Además os digo: ¿No era justo premiar tanta fe? Desorientados por los dictámenes de los médicos, desilusionados por los viajes inútiles a los templos, han sabido, no obstante, seguir teniendo fe para venir al desconocido, al gran Desconocido del mundo, al escarnecido, al gran Escarnecido y Calumniado de Israel, y decirle: "Creo que podrás". El primer crisma de su nueva mentalidad les viene de este haber sabido creer. Yo los he sanado no tanto de la enfermedad cuanto de su errada fe, porque he acercado sus labios a un cáliz que, cuanto más se bebe de él, hace sentir más sed: la sed de conocer al Dios verdadero.
He terminado. A vosotros de Israel os digo: sabed tener fe como han sabido éstos”.

6 EI romano se acerca con el hombre que ha sido curado: 
“Ya no oso decir "por Júpiter". Digo, esto sí, que, por mi honor de ciudadano romano, te juro que tendré esta sed. Ahora debo irme. Pero en adelante ¿quién me dará de beber?”.
“Tu espíritu, el alma que ahora sabes que tienes, hasta cuando un enviado mío vaya a visitarte”.
“¿Y Tú no?”.
“Yo... Yo no. Pero no estaré ausente, aun no estando presente. Y dentro de poco más de dos años, te haré un regalo mayor que la curación de este que tú amabas. Adiós a los dos. Sabed perseverar en este sentimiento de fe”.
“Salve, Maestro; que el Dios verdadero te salve”.
Los dos romanos se van y se oye que llaman a los siervos que están con el carro.
“¡Y ni siquiera sabían que tenían un alma!” dice en voz baja un anciano.
“Sí, padre, y han sabido aceptar mi palabra mejor que muchos en Israel. Ahora, dado que han ofrecido tanta limosna, favorezcamos a los pobres de Dios con doble y triple medida. Y que los pobres rueguen por estos benefactores, más pobres que ellos mismos, para que lleguen a la verdadera, única riqueza: conocer a Dios”.

7 La velada llora bajo su velo, que impide ver sus lágrimas, pero no oír sus sollozos.
“Esa mujer está llorando” dice Pedro. “Quizás es que no tiene ya dinero. ¿Se lo damos?”.
“No llora por eso. Pero, ve y dile esto: "Las patrias pasan, pero el Cielo permanece y es de quien sabe tener fe. Dios es Bondad y, por eso, ama también a los pecadores, y te otorga favores para persuadirte de que vayas a El". Ve, dile esto, y luego déjala llorar: es veneno que sale”.
Pedro se acerca a la mujer, que ya se había encaminado hacia los campos. Le habla y vuelve. “Se ha echado a llorar más fuerte” dice. “Yo creía que la iba a consolar...” y mira a Jesús.
“Y efectivamente está consolada. También la alegría provoca llanto”.
“¡Mmm!... ¡Bueno!... Mira, yo me quedaré contento cuando le vea el rostro. ¿La veré?”.
“El día del Juicio”.
“¡Oh, divina Misericordia! ¡Pero para entonces habré muerto!, y ¿qué voy a hacer con saberlo? ¡Para entonces estaré ocupado mirando al Eterno!”.
“Hazlo desde este momento; es la única cosa útil”.
“Sí... pero... Maestro, ¿quién es?”.
Se echan todos a reír.
“Si lo vuelves a preguntar, nos vamos de aquí inmediatamente; así te olvidas de ella”.
“No. Maestro. Pero... basta con que Tú te quedes...”.
Jesús sonríe. “Esa mujer –dice– es una sobra y una primicia”.
“¿Qué quieres decir? No entiendo”.
Pero Jesús le deja plantado y se marcha hacia el pueblo.
“Va a ver a Zacarías. Tiene a su mujer agonizando” explica Andrés. “Me ha encargado a mí que se lo diga al Maestro”.
“¡Tú me sacas de quicio! Sabes todo, haces todo, y no me dices nunca nada. Peor que un pez, eres”. Pedro descarga sobre su hermano el chasco que se ha llevado.
“Hermano, no te lo tomes a mal. Tú hablas también por mí. Vamos a recoger nuestras redes. Ven”.
Unos van hacia la derecha, otros hacia la izquierda, y todo termina.

Continúa...

Notas:

160) El nombre de Galeno, aquí y unos renglones más abajo, si no es un error de escritura o de lectura, tiene que referirse a un Galeno distinto del que conocemos, médico y filósofo que vivió en el siglo segundo después de Cristo.

161) Cfr. Lev. 19, 26 y 31; 20, 6 y 27; Dt. 18, 9–22; 1 Re. 28, 3–25; 4 Re. 21, 1–18; 23, 24–25; 1 Paralip. 10, 13–14; Is. 8, 16–20; 19, 3; Hech. 16, 16–24.

162) Como en esta obra se hace mención frecuente de demonios y endemoniados, cfr. Gen. 3, 1–15; 1 Paralip. 21, 1–2; Job. 1, 6–12; Ps. 108; Zac. 3, 1–2; Mt. 4, 1–11 y 24; 6, 13; 8, 16 y 28–34; 9, 32–34; 10, 1 y 8; 12, 22–32 y 43–45; 15, 21–28; 17, 14–21; Mc. 1, 12–13 y 21–28; 3, 11 y 22–30; 5, 1, 20; 9, 14–29; Lc. 3, 1–37; 4, 1–13 y 40–41; 8, 1–3 y 26–39; 9, 37–43; 10, 17–20; 11, 14–26; 12, 10; 13, 10–17 y 32; 22, 1–6; Ju. 6, 67–71; 8, 44; 13, 2 – 5, 21–30; Hech. 16, 16–18; 19, 11–20; 2 Cor. 4, 3–4; 2 Thes. 2, 1–12; 1 Ju. 2, 18–29; 4, 1–6; 2 Ju. 7–11; Apoc. 12–13.

163) Cfr. 4 Re. 5, 1–20.

164) El alma es llamada inmortal como su Creador en el sentido de que siendo espiritual y no teniendo en sí misma un principio de corrupción, una vez que Dios la creó, no dejará de existir.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)