miércoles, 16 de septiembre de 2026

LA VERDAD DE LAS ESCRITURAS – JOSÉ ANTONIO PAGOLA (1)

Pagola estima que si se busca la verdad histórica de Jesús, es preciso prescindir de todo testimonio de la fe.

Por el padre José María Iraburu


Este blog viene señalando en el edificio de la Santa Iglesia los lugares afectados por aquellas ruinas más peligrosas, que con más urgencia exigen remedio. Por eso he tratado con especial insistencia sobre los errores doctrinales, porque son los más ruinosos para la Iglesia, ya que afectan a su propio fundamento.

De mis artículos publicados, más de 30 han tratado sobre los errores doctrinales más difundidos hoy en la Iglesia: teólogos disidentes y teólogos ortodoxos no combatientes (aquí y aquí), reprobaciones tardías (aquí), indigenismo teológico desviado (aquí, aquí y aquí), errores en cristología, liturgia y moral (Olegario, Borobio, Flecha, (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), grandes rebajas arrianas y pelagianas del cristianismo (Schillebeeckx, modernistas, etc. (aquí, aquí, aquí y aquí), voluntarismos pelagianos o semipelagianos (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), luteranismo y quietismo (aquí). Es necesario reafirmar hoy la verdad católica sobre gracia-libertad (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), como lo hace Sta. Teresa del Niño Jesús (aquí, aquí, aquí y aquí). Sin embargo, por algunas consideraciones prudenciales, he ido demorando hasta ahora un tema que de suyo habría que haber examinado al principio: las interpretaciones falsas de la Sagrada Escritura.

Analizaré, pues, ahora como ejemplo la obra de Pagola sobre Jesús. Pero aviso desde el principio que sus errores no son propiamente suyos, personales. Los hallamos ya formulados de modo casi igual en sectores liberales protestantes del siglo XIX. Los encontramos también en González Faus, S. J., Jon Sobrino, S. J., Torres Queiruga y en un gran número de teólogos actuales españoles y extranjeros. Son errores ampliamente difundidos en parroquias, catequesis, comunidades de religiosos o de laicos. El “caso Pagola”, por lo tanto, es sólo una anécdota en esa selva de innumerables errores. Y únicamente elijo analizarlo por la extraordinaria difusión de su obra.

Don José Antonio Pagola (Añorga, Guipúzcoa, 1937), sacerdote diocesano de la Diócesis de San Sebastián, ha sido profesor en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Vitoria. Durante el episcopado de Mons. José María Setién en su diócesis, hasta el 2000, fue muchos años Vicario General, y algunos, Rector del Seminario. Siendo Obispo de la diócesis Mons. Juan María Uriarte, Pagola ha sido director del Instituto de Teología y Pastoral. Ha publicado un buen número de obras, y sus escritos tienen una amplísima difusión en diversos diarios y revistas, así como en internet.

Jesús. Aproximación histórica (Editorial PPC, Madrid septiembre 2007, 542 páginas) ha sido sin duda la obra más notable de Pagola, y tuvo en pocos meses ocho ediciones. Ya en diciembre de 2007, Mons. Demetrio Fernández, entonces obispo de Tarazona, publicó una nota reprobatoria: El libro de Pagola hará daño, y un cierto número de autores publicamos también poco después artículos en el mismo sentido. La Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, con la autorización de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, hizo también graves objeciones a la obra (18-VI-2008) en una Nota de clarificación sobre el libro de José Antonio Pagola, “Jesús. Aproximación histórica”. Posteriormente, en septiembre de 2009, con el nihil obstat de Mons. Uriarte, se publicó en PPC una “9ª edición renovada”; pero poco después la misma Editorial mandó retirarla de las librerías. Los comentarios míos que siguen remiten a la edición 4ª, de 2007.

Un método histórico y exegético inaceptable

La aproximación histórica a Jesús implica necesariamente una exégesis bíblica, ya que los datos fundamentales que el investigador tiene sobre Jesús están en la Sagrada Escritura. Ahora bien, como no sea de la mano de la Iglesia, no es posible entrar en el jardín de las Escrituras sin pisotear las flores. Por eso el Concilio Vaticano II afirma un principio fundamental para la interpretación verdadera de la Sagrada Escritura: Tradición, Escritura y Magisterio “están unidos y vinculados, de tal modo que ninguno puede subsistir sin los otros” (DV 10). Pagola, por el contrario, prescindiendo del marco tradicional y eclesial, busca a Jesús ateniéndose al historicismo racionalista y a una cierta exégesis crítica, que se quedan al servicio de su propia ideología teológica. La Nota de la Comisión de la Fe señala en esta mala metodología

“a) la ruptura que, de hecho, se establece entre la fe y la historia [él hace con frecuencia que la historia niegue lo que la fe afirma]; b) la desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios [la niega siempre que afirman algo que él quiere negar]; y, c) la lectura de la historia de Jesús desde unos presupuestos [ideológicos] que acaban tergiversándola” (nº 3). Es, pues, un libro, según Mons. Demetrio Fernández, “que presenta a un Jesús vaciado y rellenado, según la técnica de la desmitologización promovida por R. Bultmann, y que otros autores han seguido en las últimas décadas: E. Schillebeeckx, J. Sobrino, etc., cada uno a su manera… Por ese camino podemos presentarnos un Jesús a nuestra medida y a nuestro gusto, según la moda del momento, y hacerlo además con argumentos de crítica histórica… Es como si la Iglesia hubiera adulterado el mensaje y tuviéramos que acudir a las fuentes más puras para reencontrar al Jesús perdido, y todo ello so pretexto de historicidad. Esto me suena a prejuicio de A. Harnack, historiador protestante liberal [1851-1930], maestro de R. Bultmann [1884-1976]”.

Benedicto XVI, en el prólogo de su libro Jesús de Nazaret, después de valorar debidamente el método exegético histórico-crítico, advierte que las “reconstrucciones de Jesús” que se intentan a veces ateniéndose a tal método, sin otros apoyos mayores, son falsas. “Quien lee una tras otra algunas de estas reconstrucciones puede comprobar enseguida que son más una fotografía de sus autores y de sus propios ideales que un poner al descubierto un icono que se había desdibujado”». Así sucede en este caso. La aproximación histórica del libro que ahora examinamos no nos muestra el verdadero rostro de Jesús, sino el rostro de don José Antonio Pagola.

Los Apóstoles dan testimonio de lo que han “visto y oído” 
(Jn 19,35; 1Jn 1,1-3; Hch 2,22; 4,20; 5,32; Catecismo 126 y 515)). 

Pagola, por el contrario, estima que si se busca la verdad histórica de Jesús, es preciso prescindir de todo testimonio de la fe. Es por tanto necesario ignorar la luz que da sobre Jesús la Iglesia, todavía indivisa, en los siete primeros Concilios ecuménicos. Antes, es preciso ignorar todo lo que sobre Él dicen los profetas del Antiguo Testamento. Y más aún, ni siquiera hay que tener en cuenta lo que dicen de Jesús en el Nuevo Testamento aquellos que convivieron con él durante años, como Pedro, Juan y Mateo. Pagola contra-dice sus testimonios siempre que no encajan en su personal cristología. Si los Apóstoles, por ejemplo, afirman que “vieron”, que “tocaron” a Jesús, y que “comieron” con él después de su resurrección, él no tiene ningún inconveniente en negar la veracidad de esas afirmaciones apostólicas.

Y es que estima que estos modos de hablar de Cristo, al proceder de creyentes, no son neutrales, no dan, pues, la verdad histórica de Jesús, sino que, desde el punto de vista estrictamente científico, están ya contaminados por la fe católica, que se fue desarrollando en los primeros discípulos después de la resurrección. Una investigación rigurosa de la figura histórica de Jesús exige no tenerlos en cuenta.

Pagola intenta, pues, a veinte siglos de distancia, una “aproximación histórica” a Jesús, que emplea únicamente el método histórico-crítico y otros métodos complementarios –el acercamiento sociológico, la antropología cultural, algunas claves de la teología de la liberación y del feminismo–. Solo deja que le acompañen en su tarea un cierto número de exegetas de su elección y algunos teólogos progresistas. No ignora “el testimonio neutral de los escritores romanos” (485), como Flavio Josefo y Tácito, que hacia el año 100 hablan de Jesús. Y también tiene en cuenta los Evangelios apócrifos. Pero preserva escrupulosamente el carácter científico de su investigación histórica, protegiéndola de todo testimonio de la fe, aunque éste proceda de los propios compañeros de Jesús, como Juan o Mateo, o de discípulos directos de los Apóstoles, como Clemente Romano o Ignacio de Antioquía, o casi directos, como Justino o Ireneo.

Por otra parte, tengamos claro desde el principio que Pagola, a esta “aproximación histórica” a Jesús, une la exposición de muchas doctrinas de teología dogmática y moral, que con bastante frecuencia son inconciliables con la fe católica. Sus errores, pues, no se circunscriben a la cristología. Lo iremos comprobando en seguida.

Jesús nunca pensó en fundar la Iglesia

Lo afirma Pagola como si fuera una verdad científica, históricamente demostrable. “Jesús no dejó detrás de sí una “escuela”, al estilo de los filósofos griegos, para seguir ahondando en la verdad última de la realidad. Tampoco pensó en una institución dedicada a garantizar en el mundo la verdadera religión. Jesús puso en marcha un movimiento de “seguidores” que se encargaran de anunciar y promover su proyecto del 'reino de Dios'” (467). “Jesús no pretendió nunca romper con el judaísmo ni fundar una institución propia frente a Israel. Aparece siempre convocando a su pueblo para entrar en el reino de Dios” (474-475). Menos aún pensó en establecer una comunidad con autoridades sagradas propias.

“En el movimiento de Jesús desaparece toda autoridad patriarcal y emerge Dios, el Padre cercano que hace a todos hermanos y hermanas. Nadie está sobre los demás. Nadie es señor de nadie. No hay rangos ni clases. No hay sacerdotes, levitas y pueblo. No hay lugar para los intermediarios. Todos y todas tienen acceso directo e inmediato a Jesús y a Dios, el Padre de todos […] Sus seguidores, hombres y mujeres, se sientan en corro alrededor suyo; nadie se coloca en un rango superior a los demás; todos escuchan su palabra y todos juntos buscan la voluntad de Dios” (291). “Por eso en ninguna de las tradiciones evangélicas se presenta a alguien desempeñando algún tipo de función jerárquica dentro del grupo de discípulos. Jesús no ve a los Doce actuando como “sacerdotes” con respecto a los demás” (292).

Omite Pagola que Jesús, de entre todos sus discípulos, constituyó mediante elecciones personales el grupo de los Doce, encabezados por Pedro, dándoles una especial autoridad de “atar y desatar” (Mt 16,19; 18,18). Ese dato, por lo visto, no tiene para él fuentes históricas suficientes que lo acrediten. Sin embargo, es un dato que no sólo es cierto en la Escritura, sino que también está confirmado por el hecho de que hallamos ya al principio iglesias locales regidas por Obispos, presbíteros y diáconos. Por eso, de ser cierto lo que Pagola afirma, habría que concluir que Pedro, Pablo, Clemente romano, Ignacio de Antioquía, o veinte siglos más tarde, el Vicario General de San Sebastián, malentendieron o traicionaron “el proyecto de Jesús”, ostentando abusivamente una autoridad espiritual falsa.

Consta, en efecto, que ellos presidieron y gobernaron pastoralmente sus Iglesias, que afirmaron su autoridad apostólica (2Cor 10,1-11), y que llegaron a excomulgar en casos extremos (1Cor 5,1-5), cumpliendo lo dispuesto por Jesús (Mt 18,15-18). Desde el mismo inicio de la Iglesia, rompieron, pues, “el corro” igualitario proyectado por Jesús, estableciendo una Jerarquía apostólica (hier-archia, sagrada-autoridad; del griego, hieros, sagrado, y arkhomai, yo mando).

Por el contrario, en la visión de Pagola, no es Cristo el fundador verdadero de esa gran institución sagrada que es la Iglesia, “sacramento universal de salvación” (Vat II: LG 48; AG 1). Él nunca pensó en fundarla. La Iglesia nació de los hombres, de ciertas necesidades históricas concretas. Por eso Pagola omite el acontecimiento de Pentecostés, contrario a su tesis:

“Jesús ni pudo ni quiso poner en marcha una institución fuerte y bien organizada, sino un movimiento curador que fuera transformando el mundo en una actitud de servicio y amor” (292). “Nunca pensó en un grupo cerrado y excluyente. No quería formar con ellos una comunidad de “elegidos” de Dios” (293). “Lo que más le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable” (465).“Pertenecer a la Iglesia es comprometerse por un mundo más justo” (466). “Seguir a Jesús pide desarrollar la acogida. No vivir con mentalidad de secta. No excluir ni excomulgar” (467).

Jesús “no quiso, ni pudo” impulsar una fuerte institución, una Iglesia… Pero resulta que muy pronto una Iglesia, cada vez más fuerte y extendida, se formó de hecho en gran parte del entorno mediterráneo. Ya ven ustedes: quienes excusan el Jesús de Pagola, alegando que un estudio histórico es algo muy distinto de un tratado teológico, tendrían que comenzar por reconocer que su aproximación histórica es en gran medida arbitraria. Está al servicio de unas doctrinas teológicas y morales falsas. Dios mediante, lo seguiremos comprobando.
 

FRAGMENTOS DE CARTAS DE LOS SECTARIOS

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA



III. — FRAGMENTO DE UNA CARTA que no lleva más firma que una escuadra, pero que, cotejada con algunas otras escrituras de la misma mano, parece emanar claramente del comité director y tener una autoridad especial. Es del 20 de octubre de 1821:

“En la lucha entablada actualmente entre el despotismo sacerdotal o monárquico y el principio de libertad, hay consecuencias que es necesario sufrir, principios que, ante todo, importa hacer triunfar. Un fracaso estaba dentro de los acontecimientos previstos; no debemos entristecernos por ello más de la cuenta; pero si este fracaso no desalienta a nadie, deberá, en un tiempo dado, facilitarnos los medios para atacar al fanatismo con mayor fruto. Solo se trata de exaltar siempre los espíritus y de aprovechar todas las circunstancias. La intervención extranjera, en cuestiones por así decirlo de policía interior, es un arma efectiva y poderosa que hay que saber manejar con destreza. En Francia, se acabará con la rama mayor [de los Borbones] reprochándole incesantemente haber regresado en los furgones de los cosacos; en Italia, hay que hacer igualmente impopular el nombre del extranjero, de modo que, cuando Roma sea seriamente sitiada por la Revolución, un auxilio extranjero sea, de entrada, una afrenta incluso para los nativos fieles. Ya no podemos marchar hacia el enemigo con la audacia de nuestros padres de 1793. Estamos limitados por las leyes y mucho más aún por las costumbres; pero, con el tiempo, tal vez se nos permita alcanzar la meta que ellos no lograron. Nuestros padres pusieron demasiada precipitación en todo, y perdieron la partida. Nosotros la ganaremos si, conteniendo las temeridades, logramos fortalecer las debilidades.

Es de fracaso en fracaso como se llega a la victoria. Tened, pues, el ojo siempre abierto sobre lo que ocurre en Roma. Desacreditad al clero por todos los medios posibles; haced en el centro de la Catolicidad lo que todos nosotros, individualmente o en cuerpo, hacemos en las facciones. Agitad, salid a la calle sin motivos o con motivos, poco importa, pero agitad. En esta palabra están encerrados todos los elementos del éxito. La conspiración mejor urdida es la que más se mueve y la que compromete a más gente. Tened mártires, tened víctimas; nosotros encontraremos siempre gente que sabrá dar a eso los colores necesarios”.

IV. - CARTA DEL JUDÍO DESIGNADO EN LA SECTA BAJO EL NOMBRE DE PICCOLO-TIGRE. Ella da a los miembros de la Vendita de los Carbonarios, que Piccolo-Tigre había formado en Turín, instrucciones sobre los medios a tomar para reclutar francmasones. Está fechada en enero de 1822:

“Ante la imposibilidad en que nuestros hermanos y amigos se encuentran de decir todavía su última palabra, se ha juzgado bueno y útil propagar por todas partes la luz y dar impulso a todo lo que aspire a moverse. Es con ese fin que no cesamos de recomendaros afiliar a toda especie de gente a toda suerte de congregaciones, cualesquiera que sean, con tal de que el misterio domine en ellas. Italia está cubierta de Cofradías religiosas y de Penitentes de diversos colores. No debéis temer deslizar a algunos de los nuestros en medio de esos rebaños guiados por una devoción estúpida; que estudien con cuidado el personal de esas Cofradías, y vereis que, poco a poco, no faltarán cosechas por hacer.

Bajo el pretexto más fútil, pero jamás político o religioso, cread por vosotros mismos, o mejor aún, haced crear por otros, asociaciones que tengan por objeto el comercio, la industria, la música o las bellas artes. Reunid en un lugar o en otro, incluso en las sacristías o en las capillas, a sus tribus todavía ignorantes; ponedlas bajo la dirección de un sacerdote virtuoso, bien conceptuado, pero crédulo y fácil de engañar; infiltrad el veneno en los corazones elegidos, infiltradlo a pequeñas dosis y como por casualidad: luego, al reflexionar, vosotros mismos os asombrareis de vuestro éxito.
 
Lo esencial es aislar al hombre de su familia, hacerle perder las costumbres familiares. Él está dispuesto, por la inclinación de su carácter, a huir de los cuidados del hogar, a correr tras los placeres fáciles y las alegrías prohibidas. Le gustan las grandes charlas del café, la ociosidad de los espectáculos. Arrastradlo, enganchadlo, dadle una importancia cualquiera; enseñadle discretamente a hastiarse de sus trabajos diarios, y, mediante esta maniobra, después de haberlo separado de su mujer y de sus hijos, y de haberle mostrado cuán penosos son todos los deberes, le inculcaréis el deseo de otra existencia. El hombre ha nacido rebelde; atizad este deseo de rebelión hasta que se vuelva un incendio, pero que el incendio no estalle todavía. Es una preparación para la gran obra que vosotros debeis comenzar.

Cuando hayáis insinuado en algunas almas el disgusto por la familia y por la religión (lo uno va casi siempre a continuación de lo otro), dejad caer ciertas palabras que provocarán el deseo de estar afiliado a la Logia más cercana. Esta vanidad del ciudadano o del burgués de incorporarse a la Francmasonería tiene algo de tan banal y de tan universal, que siempre estoy admirado ante la estupidez humana. Me asombro de no ver al mundo entero golpear a la puerta de todos los Venerables, y pedir a esos caballeros el honor de ser uno de los obreros elegidos para la reconstrucción del Templo de Salomón. El prestigio de lo desconocido ejerce sobre los hombres una potencia tal, que uno se prepara temblando para las fantasmagóricas pruebas de la iniciación y del banquete fraternal.

Encontrarse miembro de una Logia, sentirse fuera de su mujer y de sus hijos, ser llamado a guardar un secreto que jamás se le confía, es para ciertas naturalezas una voluptuosidad y una ambición. Las Logias bien pueden hoy procrear glotones: pero jamás engendrarán ciudadanos. Se cena demasiado entre los T∴ C∴ F∴ (Très Chers Frères [Muy Queridos Hermanos]) y T∴ R∴ F∴ (Très Respectables Frères [Muy Respetables Hermanos]) de todos los Orientes; pero es un lugar de depósito, una especie de haras [criadero de caballos], un centro por el cual hay que pasar antes de llegar a nosotros. Las Logias no hacen más que un mal relativo, un mal atemperado por una falsa filantropía y por canciones todavía más falsas, como en Francia. Eso es demasiado pastoral y demasiado gastronómico, pero tiene un fin que es necesario alentar sin cesar. Al enseñarle a empuñar el arma junto con la copa, se logra así apoderarse de su voluntad., de la inteligencia y de la libertad del hombre. Se dispone de él, se lo gira, se lo estudia. Se adivinan sus inclinaciones, sus afectos y sus tendencias; cuando está maduro para nosotros, se lo dirige hacia la Sociedad Secreta, de la cual la Francmasonería no puede ser más que la antecámara bastante mal iluminada.

La Alta Vendita desea que, bajo un pretexto u otro, se introduzca en las logias masónicas al mayor número posible de príncipes y personas adineradas. Los príncipes de casas soberanas que no tienen la esperanza legítima de ser reyes por la gracia de Dios, aspiran todos a serlo por la gracia de una revolución. El duque de Orleans es francmasón; el príncipe de Carignano también lo fue. No faltan, ni en Italia ni en otros lugares, quienes anhelan los honores —bastante modestos— del mandil y la paleta simbólicos. Otros están desheredados o proscritos. Halagad a todos estos ambiciosos de popularidad y captadlos para la francmasonería: la Alta Vendita determinará después qué uso útil puede hacer de ellos para la causa del progreso.

Un príncipe que no tiene ningún reino esperándolo es buena suerte para nosotros. Hay muchos de ellos por ahí. Hacedlos masones. La Logia los conducirá al Carbonarismo. Llegará un día en que la Alta Vendita tal vez se digne afiliarlos. Mientras tanto, servirán de pegamento para los tontos, los intrigantes, los habitantes de las ciudades y los necesitados. Estos pobres príncipes harán nuestros asuntos creyendo que sólo trabajan en los suyos. Es una señal magnífica, y siempre hay tontos dispuestos a comprometerse al servicio de una conspiración de la que algún príncipe parece ser el puntal.

Una vez que un hombre —incluso un príncipe, y sobre todo un príncipe— haya comenzado a corromperse, tened la certeza de que difícilmente se detendrá en esa pendiente. Son pocas las reservas morales, incluso entre los más virtuosos, y se avanza muy deprisa en esa progresión. No os alarméis, pues, al ver florecer las Logias mientras al carbonarismo le cuesta reclutar adeptos. Es con las Logias con las que contamos para engrosar nuestras filas; sin saberlo, ellas constituyen nuestro noviciado preparatorio. Disertan interminablemente sobre los peligros del fanatismo, la felicidad de la igualdad social y los grandes principios de la libertad religiosa. Entre banquete y banquete, lanzan anatemas fulminantes contra la persecución. Es más que suficiente para ganar adeptos. Un hombre imbuido de estas bellas ideas no está lejos de nosotros; ya solo falta alistarlo en nuestras filas. Ahí, y solo ahí, reside la ley del progreso social; no os toméis la molestia de buscarla en otra parte.

En las circunstancias actuales, no os quiteis nunca la máscara. Limitaos a merodear en torno al redil católico; pero, como buenos lobos, atrapad al paso al primer cordero que se ofrezca en las condiciones propicias. El burgués tiene su valor, pero el príncipe, aún más. No obstante, que esos corderos no se transformen en zorros, como el infame Carignan. La traición al juramento equivale a una sentencia de muerte, y todos esos príncipes —débiles o cobardes, ambiciosos o arrepentidos— nos traicionan y nos denuncian. Por fortuna, sabían poco —o más bien nada— y no pueden conducir a nadie hasta nuestros verdaderos misterios.

En mi último viaje a Francia, observé con profunda satisfacción que nuestros jóvenes iniciados mostraban un ardor extremo en la difusión del Carbonarismo; sin embargo, considero que están precipitando el movimiento en exceso. A mi juicio, están convirtiendo su odio religioso en un odio político. La conspiración contra la Sede Romana no debería confundirse con otros proyectos. Nos exponemos a ver cómo germinan ambiciones ardientes en el seno de las sociedades secretas; ambiciones que, una vez dueñas del poder, podrían abandonarnos. El camino que seguimos aún no está lo suficientemente trazado como para entregarnos a intrigantes o tribunos. Es preciso descatolizar el mundo, y un ambicioso que ha alcanzado su meta se cuidará muy mucho de apoyarnos. La revolución en la Iglesia implica una revolución permanente, el derrocamiento inevitable de tronos y dinastías. Y un ambicioso no puede desear tales cosas. Nosotros aspiramos a metas más altas y lejanas; procuremos, pues, preservarnos y fortalecernos.

Conspiremos únicamente contra Roma: para ello, aprovechemos todos los incidentes y saquemos partido de todas las eventualidades. Guardémonos, sobre todo, de los excesos de celo. Un buen odio —bien frío, bien calculado, bien profundo— vale más que todos esos fuegos artificiales y todas esas declamaciones de tribuna. En París no quieren entender esto; pero en Londres he visto hombres que captaban mejor nuestro plan y se sumaban a él con mayor provecho. He recibido ofertas considerables: pronto dispondremos de una imprenta en Malta. Así podremos, con total impunidad y seguridad, y bajo pabellón británico, difundir de un extremo a otro de Italia los libros, folletos, etc., que la Vendita considere oportuno poner en circulación.

V. - CARTA DE NUBIUS, EL JEFE DE LA ALTA VENDITA, A VOLPE, fechada el 3 de abril de 1824.

“Hemos cargado sobre nuestros hombros un pesado fardo, querido Volpe. Debemos llevar a cabo la educación inmoral de la Iglesia y lograr, mediante pequeños medios bien graduados aunque algo imprecisos, el triunfo de la idea revolucionaria a través del Papa. En este proyecto, que siempre me ha parecido fruto de un cálculo sobrehumano, avanzamos aún a tientas; pero no llevo ni dos meses en Roma y ya empiezo a acostumbrarme a la nueva vida que me está destinada. Ante todo, debo hacerle una observación mientras usted se encuentra en Forlì infundiendo ánimo a nuestros hermanos: y es que, dicho sea entre nosotros, encuentro en nuestras filas muchos oficiales y pocos soldados.

Hay hombres que se alejan misteriosamente, o que en voz baja hacen a cualquier transeúnte confidencias a medias con las que no revelan nada, pero mediante las cuales —ante oídos inteligentes— podrían muy bien dejar que se adivinara todo. Es la necesidad de inspirar temor o celos a un vecino o a un amigo lo que lleva a algunos de nuestros hermanos a cometer estas indiscreciones censurables. El éxito de nuestra obra depende del más profundo misterio; en la Vendita debemos encontrar al iniciado —como el cristiano de La Imitación— siempre dispuesto a “amar el ser desconocido y el no ser tenido en cuenta”. No es para usted, fidelísimo Volpe, que me permito formular este consejo; no presumo que pueda necesitarlo. Al igual que nosotros, usted debe conocer el valor de la discreción y del olvido de sí mismo frente a los grandes intereses de la humanidad; no obstante, si tras un examen de conciencia se considerase culpable de tal falta, le rogaría que reflexionara seriamente al respecto, pues la indiscreción es la madre de la traición.

Hay un sector del clero que muerde el anzuelo de nuestras doctrinas con una vivacidad asombrosa: se trata del sacerdote que nunca tendrá más ocupación que decir misa, ni más pasatiempo que esperar en un café a que den las dos después del Ave María para irse a dormir. Este sacerdote —el más ocioso de entre todos los ociosos que abarrotan la Ciudad Eterna— parece haber sido creado para servir de instrumento a las sociedades secretas. Es pobre, apasionado, está ocioso y es ambicioso; se sabe desheredado de los bienes de este mundo, se cree demasiado alejado del sol del favor como para poder calentarse los miembros, y tiritando en su miseria murmura contra el reparto injusto de los honores y bienes de la Iglesia. Empezamos a aprovechar esos sordos descontentos que la incuria innata apenas se atrevía a reconocer. A este ingrediente de sacerdotes sin oficio —sin funciones y sin más distintivo que una sotana tan raída como su sombrero, que ha perdido ya toda forma original— añadimos, en la medida de lo posible, una mezcla de sacerdotes corsos y genoveses que llegan a Roma con la tiara en la maleta. Desde que Napoleón nació en su isla, no hay corso que no se crea un Bonaparte pontificio. Esta ambición, que ahora tiene un tinte de vulgaridad, nos ha sido favorable; nos ha abierto caminos que probablemente habrían permanecido desconocidos para nosotros durante mucho tiempo. Nos sirve para consolidar y alumbrar la senda que recorremos, y sus quejas —aderezadas con toda clase de comentarios y maldiciones— nos ofrecen puntos de apoyo en los que jamás habríamos pensado. 

La tierra fermenta, el germen se desarrolla, pero la cosecha está aún muy lejana”.

Continúa...

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SANTA EUFEMIA DE CALCEDONIA, MÁRTIR


16 de Septiembre: Santa Eufemia de Calcedonia, mártir

(✞ 304)

Santa Eufemia es una santa profundamente venerada tanto en Oriente como en Occidente desde el siglo IV; su cabeza luce la doble corona de la virginidad y el martirio. Su vida transcurrió en Calcedonia, una ciudad costera de Asia Menor situada frente a Constantinopla. En la magnífica iglesia que se erigió sobre su sepulcro ya en el siglo IV, se celebró en el año 451 el célebre cuarto Concilio Ecuménico de Calcedonia, el cual proclamó la doctrina eclesiástica de las dos naturalezas de Cristo —la divina y la humana— unidas en la única persona divina del Dios-Hombre.

Poco sabemos de la rica vida virtuosa de la santa virgen, pero sí conocemos más detalles sobre el conmovedor martirio de esta firme testigo de la fe. El célebre poeta Enodio, fallecido a principios del siglo VI siendo obispo de Pavía, dedica al heroísmo de su virtud los siguientes versos conmemorativos:

Oh Virgen, ¿qué boca o qué pluma podría

alabar como es debido la gloria de tu virtud?

¡Aprende de ella, hombre de fe vacilante!

¡Joven enfermo de virtud, cómo te avergüenza

el luminoso ejemplo de la fuerte Virgen!

Mira: su virtud no conoce la blandura infantil,

ni el sexo débil, ni el ánimo varonil quebrantado.

Su corazón, que como esposa abraza al Espíritu de Cristo,

rompe las ataduras de lo perecedero.

El espíritu, que irradia el poder y el fuego de Dios,

desafía con fuerza y ​​victoria cualquier tormento.

La posteridad conservó los detalles de su martirio gracias al pincel del pintor, que resultó más elocuente que la pluma del historiador. En efecto, tales detalles podían leerse a la vista de todos en las pinturas que adornaban los muros de su iglesia en Calcedonia. El obispo Asterio de Amasia, en el siglo IV, los describió. Él introduce el relato con el siguiente recuerdo piadoso: “Una mujer santa, virgen intacta llamada Eufemia, había consagrado su castidad a Dios. Cuando un día el tirano desató una persecución contra los cristianos piadosos, ella ofreció su vida con alegría y voluntariamente. Sus compatriotas y hermanos en la fe, llenos de admiración por aquella testigo de la fe —glorioso ejemplo de firmeza y santidad—, erigieron un sepulcro cerca del templo. Allí depositaron sus restos y desde entonces le rinden culto público. Celebran el aniversario como una fiesta de alegría común para todo el pueblo congregado. Si bien los ministros consagrados a la interpretación de los misterios divinos honran continuamente su memoria en sus sermones, exhortando con gran énfasis a los fieles reunidos en el culto a considerar cómo ella perseveró y culminó su lucha en el sufrimiento, también el pintor, piadoso y entusiasta, plasmó en el lienzo toda la historia de su martirio con vívida representación, y dispuso que la santa pintura se colgara allí mismo, junto al sepulcro, a la vista de todos”.

Según una tradición fidedigna, “la magnífica obra de arte” representaba con gran fuerza expresiva la gloriosa pasión de la mártir a través de cuatro escenas. La primera mostraba el interrogatorio de la confesora de la fe: “El juez, imponente, está sentado en su sitial y clava una mirada sombría y desafiante en la joven”. Ella permanece ante él y sus asesores vestida con sencillez y tonos oscuros, con la mirada castamente baja hacia el suelo, mostrándose “serena e intrépida”. Dos soldados la custodian, mientras los escribientes sostienen sus tablillas de cera para registrar el interrogatorio y la sentencia. La mano del hombre graba su sentencia de muerte en la cera; la mano de Dios, al mismo tiempo, escribe su nombre en el libro de la vida eterna.

La segunda imagen representaba con conmovedora viveza el suplicio que la santa hubo de soportar: un verdugo le inclina violentamente la cabeza hacia atrás; un segundo le sujeta el rostro con mano brutal; un tercero le arranca cruelmente los dientes con unas tenazas y un martillo. “Involuntariamente rompí a llorar —añade el piadoso observador—, y la compasión me ahogaba la voz”.

La tercera pintura mostraba a la sufriente inquebrantable en la mazmorra: “Allí permanece, abandonada y vestida de oscuro. Extiende ambas manos hacia el cielo e invoca a Dios para que la auxilie en su tribulación. Entonces, sobre la cabeza de la mujer que ora aparece una cruz... símbolo, a mi parecer, de la muerte que le aguarda tras el martirio”.

En la cuarta imagen aparecía representada una hoguera encendida. En medio de las llamas se encuentra la mártir cristiana, con las manos alzadas hacia el cielo. “Su rostro no denota tristeza, sino más bien la alegría de la peregrina a quien, tras la muerte corporal, le aguarda la vida eterna”.

El Martirologio dice: "Ella soportó por Cristo las torturas, la prisión, las fustas, los suplicios de la rueda, las llamas, los pesos, las fieras, las flagelaciones, los filos cortantes, el pez hirviendo... Llevada de nuevo al anfiteatro, para ser entregada a las fieras, después de haber orado al Señor de recibir su alma, una de las fieras la mordió, mientras las otras la lamían los pies, y ella entregó así a Dios su alma inmaculada"

A mediados del siglo VIII, el emperador bizantino Constantino Coprónimo —feroz enemigo de las imágenes de Cristo y de los santos— ordenó profanar la iglesia de Santa Eufemia y arrojar sus restos mortales al mar. No obstante, tras ser hallados por dos hermanos, la emperatriz Irene los restituyó a la iglesia reconstruida, devolviéndolos así a la veneración de los fieles.

Relicario de Santa Eufemia de Calcedonia que actualmente se conserva en la iglesia patriarcal de San Jorge.

Reflexión:

Detengamos un momento más la mirada en la imagen de la mártir que sufre y muere. A ello nos invita, al final, el obispo Asterius, quien nos la describió anteriormente. Y quien siga este consejo comprobará por experiencia propia que, cuanto más se sumerge la mirada contemplativa en la imagen, tanto más difícil resulta expresar con palabras su carácter conmovedor y edificante, y tanto más impulsa a imitar su ejemplo.
 
Oración:

Concédenos, Dios omnipotente, alegrarnos con los méritos de la santa, virgen y mártir Eufemia, y recibir beneficios por nuestras súplicas. Señor, que ella nos alcance tu perdón, pues te agradó siempre por la fortaleza en el martirio y por el mérito de su castidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 
Nota Diario7: Tras la “reforma litúrgica” ejecutada tras el nefasto conciliábulo Vaticano II, la fiesta de Santa Eufemia fue retirada de la liturgia obligatoria global permitiéndose solamente en  las diócesis, iglesias o pueblos donde es patrona (como en Antequera, España, o Rovinj, Croacia), o en los templos dedicados a ella.
 

16 DE SEPTIEMBRE: SAN CIPRIANO, OBISPO Y MARTIR


16 de Septiembre: San Cipriano, Obispo y mártir

(✞ 258)

El santísimo Obispo, sapientísimo Doctor y fortísimo Mártir de Jesucristo, San Cipriano, fue de nacionalidad africana y de ilustre sangre, pues su padre era hombre muy poderoso, senador nobilísimo, y obtuvo en Cartago la dignidad primera de aquel orden.

Desde su niñez, Cipriano se dio a las letras humanas y a la elocuencia y filosofía, y enseñó retórica con grandes loas y fama.

Más, como era gentil, cayó en todos los vicios y liviandades de los mozos paganos, hasta que se casó y tuvo hijos.

Entonces trabó amistad con un santo presbítero llamado Cecilio, el cual con su ejemplo y doctrina le persuadió que se hiciese cristiano, y él lo hizo, con tan particular conocimiento de la merced que recibía de Dios por medio de Cecilio, que siempre lo reverenció como a padre de su alma y maestro de su nueva vida.

El mismo día que se bautizó con el beneplácito y consentimiento de su mujer, se apartó de su compañía, y dejando a ella y a sus hijos todo lo que habían de necesitar para su sustento, repartió sus grandes riquezas a los pobres y comenzó a hacer una vida perfectísima, y a enseñar una doctrina alta y admirable que no parecía sino haberla recibido del cielo.

Porque tras bautizarse, comenzó a pensar y hablar como excelentísimo teólogo, y aunque el mismo decía que procuraba cortar de raíz la elocuencia y el ornato de palabras, sus escritos causan admiración a los grandes maestros.

Fue elegido presbítero de Cartago por aclamación de todo el clero y el pueblo, y poco después, habiendo muerto el Obispo Donato, a una voz escogieron al santo como sucesor en aquella cátedra, sacándolo del retiro en el que se había ocultado.

No se puede fácilmente decir cuán admirablemente resplandeció como antorcha clarísima de la Iglesia africana.

Se hacia amar, temer y reverenciar por todos, y en una terrible pestilencia, en la que los gentiles desamparaban a sus enfermos y huían de Cartago, el santo les visitaba y socorría, convirtiendo gran numero de ellos a la fe de Jesucristo.

Escribió entre otros muchos libros un tratado sobre la unidad de la Fe y otro acerca de la modestia con que habían de vestirse las vírgenes y también una elocuentísima exhortación al martirio.

Habiéndose levantado una terrible persecución que había anunciado el santo, en la cual deseaba morir por la Fe, no pudo alcanzarlo, a pesar de que en el anfiteatro no se oían más que gritos de los idólatras que clamaban: ¡Cipriano a los leones!

Ellos pensaban triunfar sobre los fieles con la muerte del santo Obispo, pero alguien le aconsejó a Cipriano que se escondiese, como lo hizo por el bien de su Iglesia.

Más tarde, se renovó nuevamente la persecución, y entonces, el santo Obispo fue llamado por el tirano Galerio Máximo. Él se presentó ante el tribunal, y a todas las preguntas que le hizo, contestó:

- Soy cristiano y me glorío de serlo.

Juzgando el procónsul que no era conveniente dilatar el martirio del santo prelado, mandó que ese mismo día le cortasen la cabeza.

Reflexión:

A pesar de ser San Cipriano tan sabio y santo Obispo, cayó en un error creyendo que era inválido el Bautismo, siempre que fuese administrado por herejes; en ello creía seguir la Tradición de la Iglesia africana en tiempo en que nada había definido. “Permitió Dios -dice San Agustín- que por el entendimiento humano que es limitado, Cipriano errase para que conociésemos que la infalibilidad no es privilegio de los Doctores esclarecidos, sino de las decisiones de la Iglesia, y de su cabeza visible que es el vicario de Cristo”.

Oración:

Asístenos, Señor, con tu gracia en la festividad del bienaventurado mártir y pontífice San Cipriano, para que su poderosa intercesión nos haga agradable a tu Divina Majestad. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 

martes, 15 de septiembre de 2026

15 DE SEPTIEMBRE: FIESTA DE LOS LOS SIETE DOLORES DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

La fiesta de Nuestra Señora de los Dolores conmemora la profunda unión de corazones entre la Madre del Redentor y el Salvador, por quien ella experimentó muchos dolores interiores debido a la Misión de Jesús, y en especial durante la Pasión y Muerte de su Hijo.


¿Por qué recibe María el título de Nuestra Señora de los Dolores?

Por la profecía de Simeón, María supo que una espada le atravesaría el alma. Poco después, la Sagrada Familia tuvo que huir a Egipto para salvar a Jesús del Rey Herodes (Mt 2,13-23). Cuando Jesús tenía 12 años, María y San José sufrieron el dolor de perderlo durante tres días en el Templo. Desde el inicio de la Misión pública de Jesús, la oposición que tuvo su Hijo, según cuentan los Evangelios, debe de haberla hecho sufrir tremendamente. El culmen de todo esto fue la Cruz.

El título de “Nuestra Señora de los Dolores”, entonces, hace honor a las pruebas que enfrentó la Madre del Siervo Sufriente (Isaías 52,13-53,12), y por eso, esta fiesta se celebra inmediatamente después de la Exaltación de la Santa Cruz.

¿Por qué se celebra esta fiesta?

Como todas las fiestas litúrgicas, esta celebración da gloria a Dios por la obra salvífica que realizó sobre una de Sus creaturas, en este caso, Su creatura más perfecta, María.

Para María, su unión materna de corazón y de alma con su Hijo por la que vivió tanto gozos como sufrimientos, está consumada de manera perfecta en el Cielo. Sin embargo, la unión y el amor maternos de María se extienden todavía hoy en la Tierra a nosotros. En cuanto Madre de Cristo, María es también Madre del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, y nosotros, los miembros de su Hijo como personas (cf Apocalipsis 12,17).

San Luis de Montfort afirmó: “Ni todo el amor de todas las madres alcanzaría a equiparar el amor del corazón de María por sus hijos”. Esto significa que ella hoy también sufre por nosotros, y que podemos recurrir a ella, como se busca a la madre biológica, tanto en las alegrías como en los sufrimientos.
 
¿Cuál fue la profecía de Simeón?

Dios nunca dejó a su pueblo desprovisto de profetas, individuos como el anciano Simeón cuya profecía que involucraba a María se relata en el Evangelio de Lucas (Lc 2,25-35):

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
“Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz;

porque han visto mis ojos tu salvación,

la que has preparado a la vista de todos los pueblos,

luz para iluminar a los gentiles

y gloria de tu pueblo Israel”.
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre:
“Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel,

y para ser señal de contradicción

-¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!-

a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”.
¿Por qué se representa a María con una espada en su corazón?

Simeón le dijo a la Santísima Madre que una espada le atravesaría el alma (Lc 2,35). Esto señala los dolores que María iba a sufrir por acompañar la misión redentora de su Hijo.

¿Cuáles son los siete dolores que atravesaron el corazón de María?

La profecía de Simeón (Lucas 2,25-35)

La huida a Egipto (Mateo 2,13-15)

Jesús se pierde durante tres días (Lucas 2,41-50)

María encuentra a Jesús en el camino al Calvario (Lucas 23,27-31; Juan 19,17)

Crucifixión y Muerte de Jesús (Juan 19,25-30)

El cuerpo de Jesús es bajado de la Cruz (Sal 130; Lucas 23,50-54; Juan 19,31-37)

La sepultura de Jesús (Isaías 53,8; Lucas 23,50-56; Juan 19,38-42; Marcos 15,40-47)
 

NUESTRA SEÑORA LIBERA A MILES DE PERSONAS EN LA FIESTA DE LA ASUNCIÓN

Nuestra Señora tiene muchos títulos. Uno de ellos es de especial consuelo para quienes esperan en la Iglesia. Nuestra Señora reveló ese título a Santa Brígida: “Nuestra Señora, Madre de las Almas del Purgatorio”.

Por Edwin Benson


En su obra sobre el Purgatorio, el padre F. Schouppe recoge sus palabras a Santa Brígida y explica el título. Nuestra Señora dijo:

“Yo soy la Madre de todos los que están en el lugar de expiación; mis oraciones mitigan los castigos que se les infligen por sus faltas” (1).

Ayudante de las almas pobres

Esta frase merece ser meditada por todos aquellos que reflexionan con frecuencia sobre los dolores del Purgatorio y, por lo tanto, los temen más. El padre Schouppe narra historias que ilustran cómo la Virgen María merece el título de Madre de las almas del Purgatorio.

La primera historia es la del padre Jerome Carvalho, S.J., quien murió en la plenitud de la santidad a los cincuenta años en 1604. Era muy consciente del Purgatorio y sus sufrimientos, y se impuso muchas penitencias para protegerse de ellos. Un día, en respuesta a sus oraciones y sufrimientos autoimpuestos, la Virgen María se le apareció. No se sabe si su presencia se manifestó en una visión, mediante palabras audibles o a través de una conversación interior, pero el mensaje es claro.

“Pero un día, la Reina del Cielo, a quien él profesaba una tierna devoción, se dignó a consolar a su siervo con la sencilla seguridad de que era Madre de Misericordia tanto para sus amados hijos en el Purgatorio como para los que estaban en la tierra”.

Visión de un ser querido

Una descripción detallada de la obra de la Virgen María proviene de San Pedro Damián (c. 1007-1072). Él relató que cada año, el día de la Asunción de María (15 de agosto), ella libera a miles de almas del Purgatorio. Esta creencia impulsó a los romanos a visitar las iglesias la noche anterior a la Asunción, portando una vela encendida.

En una ocasión, una piadosa noble acudió a la Basílica de Santa María del Altar Celestial (Ara Coeli) en el Capitolio. Mientras rezaba, observó a otra mujer postrada, también en oración. Creía haber reconocido a su madrina, fallecida hacía varios meses.

Comprensiblemente abrumada, la noble esperó cerca de la puerta de la Basílica. Cuando la figura postrada se levantó para marcharse, la dama la tomó de la mano y la apartó.

Una conversación sobrenatural

— ¿No eres tú mi madrina, la que me sostuvo en la pila bautismal? —preguntó la señora.

— Sí, —dijo la otra— soy yo.

 ¿Y cómo es que te encuentro entre los vivos, si llevas muerta más de un año?

La madrina de la dama respondió finalmente: 

— Hasta el día de hoy, he estado sumida en un fuego terrible a causa de los muchos pecados de vanidad que cometí en mi juventud; pero durante esta gran solemnidad, la Reina del Cielo descendió a las llamas del Purgatorio y me libró, junto con muchas otras almas, para que pudiéramos entrar al Cielo en la Fiesta de su Asunción. Ella realiza este gran acto de clemencia cada año; y, solo en esta ocasión, el número de personas a las que ha liberado equivale a la población de Roma.

Una predicción cumplida

Como es fácil comprender, la señora quedó abrumada por la noticia. Había ido a la Basílica a rezar, pero no esperaba encontrarse con una de las personas por las que había orado. Su madrina, al percibir su inquietud, añadió una profecía.

“Como prueba de la veracidad de mis palabras, ten presente que tú misma morirás dentro de un año, en la Fiesta de la Asunción; si sobrevives a ese plazo, cree que todo fue una ilusión”.

La piadosa joven noble escuchó las últimas palabras de su madrina. Pasó el año siguiente en oración, haciendo buenas obras y preparándose para presentarse ante Dios. Entonces, tal como su madrina había predicho, enfermó y murió en la Vigilia de la Asunción.

El carácter especial de la fiesta de la Asunción

En efecto, como informa el padre Schouppe a sus lectores, “la fiesta de la Asunción es, pues, el gran día de la misericordia de María hacia las almas pobres; ella se complace en introducir a sus hijos en la gloria del Cielo en el aniversario del día en que ella misma entró por primera vez en sus benditas puertas”.

Nuestra Señora, Madre de las Almas del Purgatorio, ¡ruega por nuestros seres queridos que esperan la Visión Beatífica!
 
Continúa... 

Nota:

1) Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 del libro  Purgatory (Purgatorio) del padre FX Schouppe, publicada en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible a través de Internet Archive.
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (11)

Continuamos con la publicación del capítulo 11 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Undécima Hora: De las 3 a las 4 de la mañana

Jesús en la casa de Caifás

Afligido y abandonado Bien mío, mientras mi débil naturaleza duerme en tu Corazón adolorido, mi sueño se interrumpe frecuentemente por los latidos de amor y de dolor de tu divino Corazón, entre la vela y el sueño siento los golpes que te dan; y despertándome, digo: ¡Pobre Jesús mío, abandonado por todos, sin nadie que te defienda! Pero desde adentro de tu Corazón yo te ofrezco mi vida para que te sirva de apoyo cuando te hagan tropezar. Y así me vuelvo a dormir.

Pero otra sacudida de amor de tu Corazón divino me despierta y me siento aturdido por los insultos que recibes, por los murmullos, los gritos y el correr de la gente.

Amor mío, ¿cómo es que todos están contra ti? ¿Qué es lo que has hecho que como lobos feroces te quieren despedazar? Siento que la sangre se me hiela al oír todos los preparativos que están haciendo tus enemigos; me siento triste y estoy temblando mientras pienso qué puedo hacer para defenderte.

Pero mi afligido Jesús, teniéndome en su Corazón, me estrecha aún más fuerte y me dice: 

“Hijo mío, no he hecho nada malo y al mismo tiempo he hecho todo. Mi delito es el amor; el amor que contiene todos los sacrificios, el amor que tiene un precio inconmensurable. No obstante, estamos todavía al inicio; tú sigue quedándote dentro de mi Corazón, observa todo, ámame, calla y aprende. Haz que tu sangre helada corra entre mis venas para darle un descanso a mi sangre que está totalmente ardiendo en llamas. Haz que tu temblor corra por mis miembros, para que fundido en mí puedas mantenerte firme, calentarte, puedas sentir parte de mis penas, y a la vez adquirir fuerza al verme sufrir tanto. Este será el modo en que podrás defenderme como a mí más me gusta: seme fiel y pon atención”.

Dulce Amor mío, el ruido que hacen tus enemigos es tal y tanto que ya no me deja dormir; los golpes se hacen cada vez más violentos; oigo el ruido que hacen las cadenas con las que te han encadenado tan estrechamente que estás sangrando por las muñecas, dejando por aquellas calles las huellas de tu sangre. Recuerda que mi sangre fluye en la tuya y que conforme la vas derramando, mi sangre besa la tuya, la adora y la repara; haz que mi sangre sea luz para quienes te ofenden de noche y un imán que atraiga a todos los corazones hacia ti.

Amor mío y todo mío, mientras te arrastran y el aire parece ensordecer por los gritos y los silbidos llegas ante Caifás. Tú te muestras lleno de mansedumbre, de modestia y humildad; tu dulzura y tu paciencia es tanta, que tus mismos enemigos quedan aterrorizados, y Caifás, furioso, quisiera devorarte. ¡Ah, qué bien se distingue a la inocencia del pecado!

Amor mío, tú te encuentras ante Caifás cómo si fueras el hombre más culpable a punto de ser condenado. Y Caifás les pregunta a los testigos cuáles son tus delitos. ¡Ah, hubiera sido mejor que preguntara cuál es tu amor! Hay quien te acusa de una cosa y quien de otra, diciendo insensateces y contradiciéndose entre ellos mismos; y mientras todos te acusan, los soldados que están a tu lado te jalan de los cabellos y descargan sobre tu rostro santísimo horribles bofetadas que retumban por toda la sala, te hacen muecas con los labios, te golpean..., y tú callas, sufres, y si los miras, la luz de tus ojos penetra dentro de sus corazones y no pudiendo sostener tu mirada, se alejan de ti; pero otros intervienen para hacerte sufrir más.

Las negaciones de Pedro

Pero en medio de tantas acusaciones y ultrajes, veo que pones atención con tus oídos y que tu Corazón late con violencia como si estuviera por estallar a causa del dolor. Dime, afligido Bien mío, y ahora, ¿qué sucede? Pues me doy cuenta de que en todo lo que te están haciendo tus enemigos, es tan grande tu amor, que tú con ansia lo esperas y todo lo ofreces por nuestra salvación. Y tu Corazón, con toda calma, repara las calumnias, los odios, los falsos testimonios, el mal que se le hace con premeditación a quien es inocente, y reparas también por quienes te ofenden instigados por sus superiores y por todas las ofensas de los eclesiásticos. Pero ahora, mientras unido a ti sigo tus mismas reparaciones, siento en ti un cambio, un dolor nuevo que jamás había sentido hasta ahora. Dime, dime, ¿qué pasa? ¡Particípame todo, oh Jesús mío!

“Hijo mío, ¿quieres saber qué es lo que me pasa? Oigo la voz de Pedro que dice que no me conoce, y luego ha llegado a jurarlo y hasta por tercera vez ha maldecido y perjurado que no me conoce... ¡Oh, Pedro!, ¿cómo no me conoces? ¿No recuerdas de cuántos bienes te he colmado? ¡Oh, si los demás me hacen morir de penas, tú me haces morir de dolor! ¡Cuánto mal has hecho siguiéndome desde lejos y exponiéndote después a la ocasión!”.

Negado Bien mío, cómo se reconocen inmediatamente las ofensas de las almas a las que más quieres. ¡Oh Jesús!, quiero hacer fluir los latidos de mi corazón en los tuyos para mitigar el dolor tan terrible y atroz que sufres, y mi latido en el tuyo te jura fidelidad, amor, y mil y mil veces repite y jura que te conozco... Pero tu corazón todavía no se calma y buscas con la mirada a Pedro, y al ver él tu mirada llena de amor, rebosante de lágrimas por su negación, Pedro se enternece y llora y se retira de allí; y tú, habiéndolo ya puesto a salvo, te calmas y reparas las ofensas de los Papas y de los jefes de la Iglesia, sobre todo de quienes se exponen a las ocasiones.

Pero tus enemigos siguen acusándote, y Caifás viendo que no respondes a sus acusaciones, te dice: 

“Te conjuro por el Dios vivo: dime, ¿eres tú verdaderamente el Hijo de Dios?”.

Y tú, Amor mío, teniendo siempre en tus labios la palabra de la verdad, con majestad suprema y con voz sonora y suave a la vez, ante la cual todos quedan impresionados y hasta los mismos demonios se hunden todavía más en el abismo, respondes:

“Tú lo has dicho, yo soy el verdadero Hijo de Dios y un día descenderé sobre las nubes del cielo para juzgar a todas las naciones”.

Al escuchar tus palabras creadoras, todos se quedan callados en un profundo silencio, sintiendo un escalofrío por el susto... Pero Caifás, después de algunos instantes de espanto, recobrándose, furioso más que una bestia feroz, proclama en voz alta:

“¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? ¡Ha dicho una grande blasfemia! ¿Qué esperamos para condenarlo? ¡Es reo de muerte!”.

Y para darle mayor fuerza a sus palabras se rasga las vestiduras, pero con tanta rabia y furor, que todos, como si fueran uno sólo, se lanzan contra ti. Bien mío, hay quien te da puñetazos en la cabeza, quien te jala de los cabellos, te abofetean y te escupen en la cara, te pisotean...; son tantos y tales los tormentos que te hacen sufrir, que la tierra tiembla y los cielos se estremecen.

Amor mío y Vida mía, mientras te están atormentando yo siento que se me rompe el corazón por el dolor. ¡Ah!, permíteme que salga de tu Corazón adolorido y que yo afronte en tu lugar todos estos ultrajes. ¡Ah!, si me fuera posible, quisiera liberarte de tus enemigos; pero tú no quieres, porque todo esto lo requiere la salvación de todos y yo me veo obligado a resignarme.

Pero déjame limpiarte, dulce Amor mío, déjame arreglarte los cabellos, quitarte los salivazos, limpiarte y secarte la sangre para encerrarme en tu Corazón, pues veo que Caifás ya está cansado y quiere retirarse entregándote en manos de los soldados.

Por lo tanto, te bendigo y tú también bendíceme a mí. Y dándome el beso de tu amor, me encierro en el horno ardiente de tu Corazón Divino para conciliar el sueño, poniendo mi boca sobre tu Corazón, para que en cada uno de mis respiros te dé un beso; y conforme a la diversidad de tus latidos, más o menos penantes, podré darme cuenta si tú estás sufriendo o descansando. Por eso, protegiéndote con mis brazos para defenderte, te abrazo y me estrecho fuertemente a tu Corazón y así me duermo.

Reflexiones y prácticas

Jesús, al ser presentado ante Caifás, es acusado injustamente y sometido a torturas inauditas, y cuando se le interroga dice siempre la verdad.

Y nosotros, cuando nuestro Señor permite que nos calumnien y que nos acusen injustamente, ¿buscamos únicamente a Dios que conoce nuestra inocencia o más bien mendigamos la estima y el honor de las criaturas? ¿Se encuentra siempre sobre nuestros labios la verdad? ¿Somos enemigos de toda clase de mañas y mentiras? ¿Soportamos pacientemente los desprecios y las confusiones que nos causan las criaturas? ¿Estamos dispuestos a dar la vida por su salvación?

“¡Oh Dulce Jesús mío!, ¡qué diferencia tan grande hay entre tú y yo! ¡Ah!, haz que de mis labios salga siempre la verdad para que pueda herir el corazón de quien me escucha y conducir a todos hacia ti”.

Continúa...

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