sábado, 25 de abril de 2026

DAVIDE PAGLIARANI: ¿QUIÉN RASGA LA TÚNICA DE CRISTO?

Compartimos una entrevista con el Superior de la Sociedad de San Pío X.


Entrevista concedida a La Porte Latine en Menzingen el 19 de abril de 2026, Domingo del Buen Pastor.

Noticias de la FSSPX: Señor Superior General, su anuncio sobre las próximas consagraciones episcopales del 2 de febrero ha provocado una serie de reacciones particularmente fuertes. ¿Qué opina al respecto?

Don Davide Pagliarani: Esto es comprensible, ya que toca un tema muy delicado en la vida de la Iglesia. Además, las razones de esta decisión son objetivamente serias: lo que está en juego —el bien de las almas— es de suma importancia. El debate que ha suscitado este anuncio es, lógicamente, bastante extenso: al final, nadie ha permanecido indiferente. Esto es objetivamente positivo y, providencialmente, creo que responde a una necesidad muy actual.

En efecto, en los últimos años, el ámbito conservador y tradicionalista —en el sentido más amplio del término— ha dado a veces la impresión de reducirse a un círculo de comentaristas, donde se expresan análisis, expectativas y frustraciones, a menudo legítimas, pero que tienen dificultades para traducirse en posturas realistas y coherentes. Entre ellos, algunos aún esperan una respuesta de la Santa Sede a las dudas formuladas hace diez años por cuatro cardenales —dos de ellos ya fallecidos— sobre Amoris Laetitia, o la posible publicación de un nuevo motu proprio sobre la Misa Tridentina.

En este contexto, la decisión sobre las consagraciones resulta impactante. No se trata de una simple declaración: es un gesto significativo que nos invita a reflexionar, a comprender la verdadera gravedad de los problemas actuales y a tomar una postura firme. Nada es más urgente hoy en día. Sin haberlo buscado, la Sociedad de San Pío X se encuentra como instrumento de una transformación beneficiosa, una transformación que, en última instancia, solo la Providencia ha propiciado. Providencialmente, se le brinda la oportunidad de contribuir a algo que la Iglesia necesita hoy más que nunca, para su bien y su renovación.

-¿Por qué considera que tal cambio radical es particularmente necesario ahora?

-Cuando hablamos y debatimos sin cesar, a menudo con frustración, sobre problemas sumamente serios relacionados con la fe, los mismos temas que son objeto de debate o diálogo terminan por percibirse como debatibles, con un respeto sistemático por las ideas de los demás y las diferentes sensibilidades. Poco a poco, todo se vuelve más relativo.

En efecto, el flagelo del pluralismo doctrinal, al que el hombre moderno es propenso por naturaleza, termina contaminando incluso a las almas más sanas: uno cae gradualmente en la indiferencia; una anestesia lenta e inexorable provoca la pérdida de contacto con la realidad; uno se acomoda en una zona de confort, aferrándose a equilibrios y privilegios que se niega a ceder; el fervor y el espíritu de sacrificio disminuyen. En resumen, el peligro reside en acostumbrarse a la crisis y vivirla como algo normal. Todo esto sucede gradualmente, sin que siquiera nos demos cuenta. Quienes tienen una responsabilidad con las almas tienen el deber de analizar estos mecanismos en profundidad e intentar bloquearlos antes de que se vuelvan irreversibles.

Sin embargo, lo que está en juego hoy no es una opinión, ni una sensibilidad, ni una opción preferencial, ni un matiz particular en la interpretación de un texto: es la fe y la moral que un católico debe conocer, profesar y practicar para salvar su alma e ir al Paraíso.

En otras palabras, ante la eternidad y el peligro de perder el Cielo, la palabrería, las disertaciones y los diálogos deben dar paso a la realidad.

- ¿Cuál es esa realidad de la que habla, y que el gesto de la Fraternidad puede iluminar?

- La realidad es que hoy más que nunca es necesario reafirmar, proclamar y profesar los derechos de Cristo Rey sobre las almas y sobre las naciones: debemos tener el valor de predicar que la Iglesia Católica es la única arca de salvación para todos los hombres, sin distinción; debemos creer en la Redención, en los sacramentos, en la destrucción del pecado; debemos recordar a la humanidad que la Iglesia fue establecida para librar a las almas del error, del mundo, de Satanás y del infierno.

Debemos dejar de hacer creer a quienes viven habitualmente en pecado, a quienes incluso se jactan de su vicio antinatural, que Dios perdona todo, siempre y en toda circunstancia, sin una verdadera conversión, sin contrición, sin penitencia, sin exigir un cambio radical; debemos tener la sencillez de reconocer que la participación de un papa en un ritual en honor a la Pachamama en los jardines del Vaticano es una locura y un escándalo imperdonables; finalmente, y sobre todo, debemos dejar de engañar a las almas y a la humanidad haciéndoles creer que todas las religiones adoran al mismo Dios con diferentes nombres. En resumen: debemos dejar de pedir perdón al mundo por haber intentado convertirlo, cristianizarlo y condenar el error durante siglos.

En este contexto trágico, alguien debe ser capaz de decir: “¡Ya basta!”. No solo con palabras, sino sobre todo con acciones concretas.
 
Si, en medio de la confusión actual, la Providencia provee a la Sociedad de San Pío X los medios para proclamar claramente los derechos eternos de Nuestro Señor, sería un pecado gravísimo de nuestra parte eludir esta obligación impuesta por la fe y la caridad. Estas son las premisas que nos permiten comprender la razón de ser de la Sociedad de San Pío X y por qué ahora realiza consagraciones episcopales.

Sin estas premisas, la decisión de la Sociedad, al igual que su propio discurso, carecería de sentido. Si no se reconoce que lo que está en juego es la fe misma, entonces, inevitablemente, la situación actual de la Sociedad de San Pío X solo puede percibirse como un problema de disciplina, rebelión o desobediencia. Este es, lamentablemente, el malentendido de quienes afirman que la Sociedad de San Pío X solo consagra obispos para mantener su autonomía.

Pero ese no es el punto. Las próximas consagraciones son un acto de fidelidad destinado a preservar los medios para salvar la propia alma y la de los demás. La búsqueda de la autonomía egoísta no es lo mismo que salvaguardar la libertad esencial para profesar la fe y transmitirla a las almas.

- Entre quienes se manifestaron en contra de las coronaciones del 1 de julio se encontraban cardenales conservadores muy críticos con el papa Francisco, como el cardenal Gerhard Ludwig Müller y el cardenal Robert Sarah. ¿Cómo explica su postura?

En primer lugar, hay que reconocer que un conservador crítico del papa Francisco podría temer ser asociado con la Sociedad de San Pío X y ser demonizado junto con ella. Esto podría llevar a la necesidad de aclarar que no tienen nada que ver con nosotros.

Sin embargo, más allá de este aspecto, estos cardenales y obispos adolecen de una inquietud más profunda, típicamente moderna: la incapacidad de conciliar las exigencias de la fe con las del derecho canónico. La fe exige hacer todo lo posible por profesarla, conservarla y transmitirla; al mismo tiempo, si se interpreta la ley literalmente, sin tener en cuenta las circunstancias actuales, la consagración de obispos sin la aprobación del Papa parece imposible. ¿Qué se puede hacer entonces? Estos cardenales, como otros, viven en una especie de dicotomía permanente que amenaza con destruir sus buenas intenciones: contraponen estas dos exigencias, de manera cartesiana, y se ven aplastados o abrumados por la aparente contradicción.

La Sociedad de San Pío X, sin embargo, considera que estos dos postulados no deben simplemente yuxtaponerse, sino ordenarse jerárquicamente, estando uno subordinado al otro. En efecto, en la Iglesia, la pureza y la profesión de fe preceden a todas las demás consideraciones, pues los demás elementos que conforman la vida de la Iglesia dependen de la fe misma: el Magisterio existe para enseñar la fe, no para inventarla; la ley existe para preservarla y garantizar las condiciones necesarias para la vida cristiana que de ella emana [1]. Esta prioridad se debe a que Nuestro Señor mismo, al encarnarse, manifiesta al mundo, ante todo, la Verdad eterna; y que, como Legislador, indica en el Evangelio los medios para conocer esta misma Verdad y permanecer fieles a ella. Existe una prioridad lógica entre el primer y el segundo elemento.

Por consiguiente, la Divina Providencia no estableció la Iglesia como un sistema parlamentario de ministerios independientes y contrapuestos. Por el contrario, estableció una jerarquía de prioridades con el objetivo específico y primordial de preservar el depósito de la fe, fortalecer a los fieles en ella y organizar todo lo demás según este requisito fundamental e imperativo. La ley, en particular, sirve a este propósito y no para obstaculizar ni condenar a quienes desean seguir siendo católicos, es decir, a quienes desean vivir según la fe.

- ¿Por qué considera que esta actitud es típicamente moderna?

- El hombre moderno se esfuerza por organizar armoniosamente los diversos elementos de la realidad en la que vive y del conocimiento que los analiza. En términos más técnicos, el hombre moderno tiende a clasificar los elementos de la realidad que lo rodea de forma nominalista: les asigna etiquetas superficiales, sin esforzarse por llegar al fondo de los problemas y, por lo tanto, sin poder comprenderlos en toda su complejidad, sus implicaciones o su interdependencia.

Así pues, en el caso que nos ocupa, la aplicación de la ley está completamente desvinculada de la realidad que la propia ley pretende proteger. Es precisamente de esta desconexión entre ley y realidad de donde surgen los enfoques ideológicos, típicamente modernos, tanto en el ámbito religioso como en el civil. Esta actitud tiene dos consecuencias distintas y complementarias.

Para quienes sufren esta dicotomía y se enfrentan a este dilema, como suele ocurrir en los círculos conservadores, esto conduce al fatalismo y al desaliento, pues se sienten atrapados, paralizados, incapaces de actuar adecuadamente y de acuerdo con las exigencias objetivas de la Verdad y la Bondad. Quienes viven constantemente en esta contradicción existencial terminan convirtiéndose en sus víctimas, confundiendo el fatalismo con la fe en la Divina Providencia.

Entonces, entre quienes detentan el poder, esto corre el riesgo de conducir a una ceguera irreversible y a una insensibilidad extrema, consecuencias inevitables del enfoque ideológico: “la ley es la ley”, independientemente de las circunstancias, los requisitos concretos o las buenas intenciones.

Por eso, nuestro Señor condena esta actitud enérgicamente: “Entonces Jesús dijo: "He venido al mundo para juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se queden ciegos". Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: "¿Acaso nosotros también somos ciegos?". Jesús les respondió: "Si fueran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen: ‘Vemos’, su pecado permanece"”. (Juan 9:39-41)

- ¿Cree usted que las enseñanzas del Evangelio pueden, de alguna manera, arrojar luz sobre la situación actual?

- Nuestro Señor es el ejemplo perfecto de obediencia a la Ley de Moisés: junto con la Santísima Virgen María, cumplió al pie de la letra todos los preceptos legales desde los primeros días de su vida. Y mantuvo esta rigurosa observancia hasta el último día: en la Última Cena, Jesús siguió al pie de la letra el ritual judío de la época.

Sin embargo, Nuestro Señor realizó milagros incluso en sábado, provocando la reacción legalista y ciega de los fariseos. Jesús, un Legislador mayor que el propio Moisés, fue el primero en respetar la ley y el primero en reconocer la existencia de un bien mayor que podía prescindir de la observancia literal de la ley. Sus palabras, como siempre, valen más que mil tratados.

Un día, Jesús entró en casa de un importante fariseo para comer, y lo observaban atentamente. Un hombre que padecía hidropesía estaba de pie frente a él. Entonces Jesús, hablando, les preguntó a los maestros de la ley y a los fariseos: “¿Es lícito curar en sábado?”. Pero ellos guardaron silencio. Entonces, tomándolo de la mano, lo sanó y lo despidió. Luego les dijo: “Si alguno de ustedes tiene un asno o un buey que cae en un pozo, ¿no lo sacará inmediatamente en sábado?”. Pero ellos no pudieron responderle.

Lucas 14:1–6

Estas divinas palabras no necesitan comentarios. La Sociedad de San Pío X las acoge con entusiasmo. Nosotros también debemos hacer todo lo posible por rescatar almas del abismo, incluso si vivimos en un sábado interminable. Nuestro Señor no era legalista, ni nominalista, ni cartesiano: era el Buen Pastor.

- En los últimos meses, fuera de la Sociedad, se han alzado voces en apoyo de esta práctica. El obispo Athanasius Schneider, en particular, se ha pronunciado en varias ocasiones sobre las consagraciones. ¿Cómo explica su firmeza?

- Confieso que este apoyo a la Fraternidad me ha conmovido profundamente. Varios sacerdotes diocesanos y obispos me han expresado su gratitud y aliento. Deseo agradecerles a todos.

Aunque no puedo mencionarlos a todos aquí, quisiera expresar mi especial agradecimiento al obispo Strickland por su mensaje poderoso, claro y valiente. Y, por supuesto, al obispo Schneider: este obispo ha demostrado gran valentía y una libertad de expresión que lo revelan como un hombre de Dios abnegado, genuinamente preocupado por el bien de las almas. Creo que su apoyo y todo lo que ha dicho en los últimos meses serán recordados. Estoy convencido de que esto es importante no solo para la Sociedad de San Pío X, sino aún más para todos los obispos del mundo. Es un signo objetivo de esperanza: sus palabras demuestran que la Providencia puede suscitar en cualquier momento voces que proclaman la verdad con valentía y firmeza, sin temor a represalias personales.

Antes que él, el obispo Huonder, fallecido hace dos años, ya nos animaba a seguir adelante con las consagraciones. Tanto él como el obispo Schneider habían recibido el encargo del Vaticano de dialogar con la Compañía de Jesús: a diferencia de otros interlocutores, sabían escuchar y comprender.

- ¿Aún espera ver al papa antes de las consagraciones?

Por supuesto, esto corresponde a mi más sincero deseo. Sin embargo, me sorprende que hasta el momento no haya habido ninguna respuesta o reacción personal del Santo Padre.

Antes de declarar potencialmente cismática a una sociedad con más de mil miembros, que sirve de referencia para cientos de miles de fieles en todo el mundo, sería conveniente conocer personalmente a quienes serán juzgados. La sanción propuesta no afecta únicamente a una institución —que, además, no existe a ojos de la Santa Sede—, sino a personas, personas profundamente devotas del papa y de la Iglesia.

Confieso que me cuesta entender este silencio, especialmente cuando se nos recuerda a menudo la necesidad de escuchar el clamor de los pobres, el clamor de las periferias e incluso el clamor de la Tierra…

- Tuvo la oportunidad de conocer al papa Francisco. ¿Qué recuerdo tiene de él?

El programa que el papa Francisco impuso a la Iglesia universal es bien conocido y ha sido ampliamente comentado por la Sociedad de San Pío X. Creo que, lamentablemente, la palabra “desastre” es la más apropiada para resumir el legado que dejó.

A pesar de ello, el papa Francisco ha reconocido, a su manera, el bien que la Sociedad de San Pío X hace por las almas. De esta observación surgió una actitud aparentemente ambigua hacia nosotros, una forma de tolerancia que sorprendió incluso a los observadores más superficiales y que a veces irritó profundamente a los círculos conservadores.

Muchas de las decisiones del papa Francisco han causado una profunda tristeza en gran parte de la Iglesia, pero sería injusto acusarlo de ser rígido y simplista en su evaluación de aquellos con quienes trataba, o en su aplicación de la ley. Su actitud a menudo lo ha demostrado. Puede parecer un detalle insignificante, pero cuando solicité una reunión con él en el Vaticano, me concedieron una audiencia en menos de 24 horas, y se mostró extraordinariamente afable.

- En los últimos años, en nombre de una tolerancia elevada a principio, el Vaticano ha demostrado una considerable apertura ante ciertas situaciones complejas. ¿Cree que la Sociedad de San Pío X podría beneficiarse de ello?

- La aplicación de cualquier ley, buena o mala, depende en última instancia de la voluntad del legislador. A él le corresponde determinar cómo tratará a la Sociedad de San Pío X.

Dicho esto, la apertura mostrada por el Vaticano no puede ser deseable en sí misma, pues llega al extremo de justificar lo absurdo, como bendecir a parejas que practican vicios antinaturales o comprometerse solemnemente a no convertir a seguidores de otras religiones, por citar solo dos ejemplos. Nos encontramos ante una dictadura ideológica y totalitaria de la tolerancia.

Sin embargo, la Tradición de la Iglesia, que la Sociedad de San Pío X se esfuerza por encarnar, representa en sí misma una condena de estas desviaciones, intolerables para quienes promueven tal tolerancia. Si se analiza la situación con detenimiento, las sanciones, pasadas o futuras, dirigidas contra la Sociedad de San Pío X no se oponen tanto a un acto de desobediencia, sino más bien a la condena viva que este constituye de la línea eclesiástica actual.

El papel que la Providencia parece reservar para la Sociedad de San Pío X es el singular de ser un signo de contradicción: lo que significa, concretamente, una espina clavada para los reformadores. Y la peculiaridad de esta espina es que cuanto más se intenta deshacerse de ella, más se arraiga: no es la espina en sí la que determina este efecto terapéutico, sino los dos mil años de Tradición que encarna y representa.

La Sociedad de San Pío X puede estar autorizada, la Misa Tridentina prohibida… pero estos dos mil años jamás podrán borrarse. Esta es la verdadera razón por la que, a pesar de las condenas del pasado, la Sociedad nunca ha dejado de ser una voz que desafía a la Iglesia; y también por la que no es tan fácil tolerarla.

Llegará un día en que un papa decidirá quitarse esta espina del pie: entonces podrá usarla como un instrumento dócil para contribuir —este es nuestro más profundo deseo— a restaurar todas las cosas en Nuestro Señor Jesucristo.

- Se dice que las próximas consagraciones podrían provocar un cisma. Sin embargo, algunos dentro de la Iglesia consideran que la Sociedad de San Pío X ya es cismática. ¿Cómo se explica esta contradicción?

La contradicción es real y pone de manifiesto una jurisprudencia que podría calificarse de “fluida” por parte del Vaticano. Intentemos aclarar la situación.

Desde el punto de vista canónico, tras ser declarada cismática en 1988, la Sociedad de San Pío X nunca se ha librado de esta censura: en 2009, el papa Benedicto XVI levantó las excomuniones impuestas a sus obispos, pero sin revocar la declaración de cisma anterior. Al mismo tiempo, la Sociedad de San Pío X no modificó sus posiciones doctrinales y mantuvo la misma justificación para las consagraciones episcopales pasadas y futuras. En otras palabras, en consonancia con su postura de que las censuras impuestas eran nulas y sin efecto, nunca se ha retractado de su posición.

Por estas razones, los canonistas más “rigurosos” aún la consideran cismática. Es en este sentido que debemos entender las declaraciones explícitas del cardenal Raymond Burke, ex prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica, o del obispo Camille Perl, ex secretario de la Comisión Ecclesia Dei, abolida en 2019. También desde esta perspectiva debemos entender el trato que recibieron los sacerdotes que abandonaron la Compañía de San Pío X para incorporarse a estructuras oficiales: se les levantó la excomunión por cisma y la suspensión, y se les pidió que se confesaran para recibir también la absolución en el foro interno.

Frente a esta interpretación se alza la figura del cardenal Darío Castrillón Hoyos [2], mucho más flexible, y especialmente la del papa Francisco, quien jamás ha tratado a la Compañía de San Pío X como cismática y ha afirmado explícitamente que jamás la condenaría. De hecho, el propio cardenal Fernández y el papa León XIV también podrían incluirse en esta lista: si actualmente buscan evitar un cisma, significa que no nos consideran ya cismáticos. Lo mismo ocurre con los cardenales y obispos que actualmente intentan desalentar las consagraciones para evitar un cisma.

Pero entonces, en este punto, surge una doble pregunta: primero, si ese es su temor, no está claro cuándo, cómo ni por qué habríamos dejado de ser cismáticos a sus ojos. Segundo, si la Santa Sede, en la práctica, no considera válida la declaración de cisma de 1988, ¿qué valor podría tener una nueva declaración de cisma, pronunciada por razones y en circunstancias completamente equivalentes?

Lo cierto es que, en 1988, el Vaticano predijo que la Sociedad de San Pío X, tras ser declarada cismática, se disolvería en pocos años. Sin embargo, no solo no se disolvió, sino que continuó creciendo. Y, sobre todo, a pesar de una declaración de cisma manifiestamente injusta, nunca dejó de ser una obra de la Iglesia y de trabajar para la Iglesia: esta realidad es tan convincente que, a pesar de la condena de 1988, la Santa Sede acabó reconociéndola en la práctica.

Una posible causa de estas inconsistencias canónicas reside en el concepto “fluido” y modernista de “no comunión plena”, según el cual una misma persona puede ser considerada católica y no católica a la vez, miembro y no miembro de la Iglesia. Obviamente, si alguien es “parcialmente” hijo de la Iglesia, el derecho canónico solo puede aplicarse a él de forma igualmente parcial, según valoraciones y criterios arbitrarios y variables.

Esto demuestra cómo un error eclesiológico conduce inevitablemente a errores legales o, como mínimo, a juicios confusos, inconsistentes y “fluidos”.

- Para sustentar la acusación de cisma, se argumenta que una consagración episcopal siempre implicaría, en cualquier caso, la transferencia del poder jurisdiccional al nuevo obispo, con la inevitable consecuencia, en ausencia del consentimiento del papa, de crear una jerarquía paralela —y, por lo tanto, una Iglesia paralela—. La Sociedad de San Pío X ya ha respondido a esta objeción [3]. Dado que este es un punto sumamente delicado, ¿desea agregar alguna otra consideración?

- Este punto es absolutamente fundamental. De hecho, la acusación se basa en una premisa modernista. Creo que vale la pena intentar comprender por qué la eclesiología del concilio Vaticano II enseña que un nuevo obispo siempre recibe, en todas las circunstancias, junto con el poder de las Sagradas Órdenes, el de jurisdicción.

Recordemos brevemente que el poder del Orden Sagrado consiste en la capacidad de administrar los sacramentos, mientras que la jurisdicción designa el poder de gobernar, cum Petro et sub Petro (con y bajo el papa), una parte de la comunidad, generalmente una diócesis. En la teología clásica, confirmada por el derecho canónico tradicional y especialmente por la práctica constante de la Iglesia —podríamos decir, según la Tradición—, el poder de gobernar es conferido directamente al obispo por el papa, independientemente de la consagración. Por ello, puede haber obispos consagrados regularmente a quienes no se les confía una jurisdicción específica, como los obispos auxiliares o aquellos encargados de misiones diplomáticas específicas.
 
En el momento del concilio, esta visión se consideraba demasiado tradicional, demasiado medieval, demasiado romana: la intervención directa y exclusiva del Vicario de Cristo en la asignación de jurisdicción reducía a los obispos designados a meros delegados o representantes del Papa. Por el contrario, la idea de que cada obispo recibiera jurisdicción universal inmediatamente de Dios en su consagración lo convertía, en cierto modo, en igual al Papa, reduciendo el papel del Vicario de Cristo al de un simple rector universitario, “el primero entre iguales”. Este nuevo postulado, por lo tanto, simplemente apoyaba la teoría modernista de la colegialidad [4], fundamento de la democratización de la Iglesia.

Además, otra consecuencia de esta redefinición fue que impulsó un mayor ecumenismo. En efecto, para reconocer una cierta “eclesialidad” en las comunidades cismáticas orientales (es decir, las verdaderamente cismáticas) y considerarlas como “Iglesias hermanas”, estableciendo así una base sólida para el diálogo ecuménico, fue necesario valorar su sucesión apostólica hasta el punto de reconocer su jurisdicción real sobre sus fieles, a pesar de su completa separación de Roma y del papa. Su condición de “Iglesia” derivaría, por lo tanto, de tener obispos que no solo estuvieran válidamente consagrados, sino también investidos de autoridad real sobre las almas, derivada de dicha consagración, independientemente de cualquier intervención del papa. Este enfoque facilitó la concepción de la existencia, dentro de estas comunidades, de una verdadera jerarquía eclesiástica, en el sentido más amplio del término. Sin esta manipulación eclesiológica previa, habría sido imposible reconocer su verdadera “eclesiología”.
 
A esta misma perspectiva ecuménica se vincula otra manipulación eclesiológica: el concepto flexible de “comunión incompleta”, mencionado en la pregunta anterior. En términos prácticos, se dice que todas las “iglesias” cristianas forman parte de una “superiglesia” —la Iglesia de Cristo, mayor que la Iglesia Católica— y que mantienen una comunión más o menos completa con ella, según las deficiencias de su doctrina. Este concepto, también modernista, pretende promover una supuesta unidad incipiente con las demás “iglesias”. Pero resulta engañoso. De hecho, o se está en comunión con la Iglesia Católica en todos los aspectos, o se está separado de ella: no existe una posición intermedia. Paradójicamente, esta noción, concebida como un instrumento al servicio del diálogo ecuménico, destinada a justificar un camino común entre las “iglesias” que se reconocen como “hermanas”, también se utiliza en relación con la Sociedad de San Pío X, que la considera absurda.

Lo particularmente lamentable del reproche dirigido a la Sociedad es que esta acusación específica de cisma o “no estar en plena comunión”, que se basa en postulados modernistas, colegiales y ecuménicos, no solo la formula el Vaticano, sino también ciertos líderes de círculos e institutos que se autodenominan “Ecclesia Dei” [5]. Paradójicamente, atacan a la Sociedad de San Pío X citando y defendiendo los errores eclesiológicos del concilio Vaticano II… En lugar de resaltar estos errores de manera constructiva —como teóricamente podrían—, los utilizan para apedrear a la Sociedad de San Pío X. Sin embargo, estas son piedras de goma.

- Con respecto a la jurisdicción y la autoridad en la Iglesia, ¿cómo analiza la Sociedad de San Pío X la posibilidad de nombrar a monjas o laicos para puestos de responsabilidad?

- La cuestión es totalmente pertinente, sobre todo teniendo en cuenta que actualmente, un dicasterio romano, el encargado de los institutos de vida consagrada, en lugar de tener un cardenal y un obispo como prefecto y secretario respectivamente, está encomendado a dos monjas.

No quiero ser irónico, pues sería ofensivo. Simplemente quiero señalar que el Vaticano, a su manera, demuestra que aún es perfectamente capaz de distinguir entre el poder de las órdenes y la atribución de poder jurisdiccional: de hecho, que yo sepa, la hermana Simona Brambilla, la actual prefecta, nunca ha sido ordenada diácona, sacerdote ni obispo; ni siquiera ha recibido la tonsura clerical… Lo mismo ocurre con la hermana secretaria.

- Aparte de la Sociedad de San Pío X, muchos reconocen hoy sinceramente que existe una crisis en la Iglesia, especialmente en materia de fe. Sin embargo, algunos critican a la Sociedad de San Pío X por aislarse en su propio camino, sin considerar suficientemente la existencia de otros diagnósticos. ¿Considera justificada esta crítica?

- Creo que la Sociedad de San Pío X ha dado en el clavo en este punto. Muchos coincidimos en que existe una crisis en la Iglesia y que esta crisis afecta a la fe: la Sociedad de San Pío X lo reconoce y lo confirma.

Pero no podemos limitarnos a lamentar los efectos sin rastrear sus verdaderas causas: debemos tener el valor de ir más allá y reconocer que esta crisis tiene su origen en enseñanzas oficiales, a menudo ambiguas y, en ocasiones, claramente contrarias a la Tradición. En concreto, debemos comprender que la crisis actual es singular porque afecta a la jerarquía eclesiástica y a las enseñanzas que imparte.

En una situación así, no se puede guardar silencio: los errores deben ser reconocidos y denunciados claramente por quienes tienen la capacidad de hacerlo. No basta con fingir que no los vemos ni con esperar que desaparezcan con el tiempo. Textos como Amoris Laetitia o Fiducia Suplicans, por ejemplo, provocaron una gran controversia; luego todo se calmó, la gente pasó página y casi nadie habla ya de ellos. Pero las decisiones y los errores que contienen siguen vigentes: no se pueden corregir con la esperanza de que caigan en el olvido.

La Sociedad de San Pío X existe para recordar esto a los fieles y a la jerarquía eclesiástica. Considera esto su deber, no por rebeldía ni desobediencia, sino como un servicio a la Iglesia. En este sentido, no es correcto decir que se aísla: habla ante toda la Iglesia y se dirige a todos los católicos perplejos, sin distinción.

Para cualquiera que aborde estas cuestiones sin prejuicios ideológicos, una observación es ineludible: la ruptura no proviene de la Sociedad de San Pío X, sino de la flagrante divergencia de las enseñanzas oficiales con la Tradición y el Magisterio constante de la Iglesia.

- ¿Cómo podría la enseñanza oficial de la Iglesia contener errores?

La cuestión es sumamente delicada y compleja, y solo la Iglesia podrá algún día ofrecer una explicación satisfactoria y definitiva de lo sucedido y de lo que aún ocurre. Lo cierto es que el Magisterio de la Iglesia propiamente dicho no puede enseñar un error. Y los hechos lo demuestran: lamentablemente, nos enfrentamos a la enseñanza de ciertos errores graves. Pero ya se trate de textos de un concilio que pretendía ser no dogmático, o de simples exhortaciones pastorales, homilías o declaraciones ocasionales —incluso diálogos con el mundo, discursos improvisados en aviones o conversaciones con periodistas—, cuando se presentan elementos no dogmáticos como tales, esto no puede constituir un Magisterio auténtico.

Por poner un ejemplo, un destacado prelado romano me explicó recientemente que la Declaración de Abu Dabi no debería considerarse parte del Magisterio, puesto que se trata simplemente de un texto escrito para una ocasión específica. Creo que algún día, con un poco de flexibilidad y sentido común, un papa afirmará algo similar —y públicamente— respecto a toda una serie de textos problemáticos que no pueden considerarse magisteriales en el sentido técnico del término. La Curia Romana posee una experiencia y una sutileza inigualables para establecer las distinciones necesarias; solo le falta la voluntad para hacerlo.

En cualquier caso, la aclaración definitiva corresponde a la propia Iglesia, y no a la Sociedad de San Pío X. Nuestro papel se limita a rechazar fielmente todo aquello que se aparta de la Tradición y del Magisterio constante. Al hacerlo, la Sociedad de San Pío X permanece en perfecta comunión con todos los papas de la historia, sin excepción, en lo que tienen en común: el depósito de la fe, fielmente recibido, conservado y transmitido a lo largo de los siglos.

- En muchos ámbitos de la vida eclesial, como el litúrgico, es evidente que se producen abusos. ¿Por qué la Sociedad de San Pío X siempre habla de errores y no de abusos?

- Es evidente que existen abusos que van más allá de los límites de las propias reformas. La Sociedad de San Pío X lo reconoce abiertamente.

Pero la constante retórica de abusos, particularmente frecuente durante el pontificado del papa Benedicto XVI, resulta insuficiente para explicar la crisis. Incluso crea una coartada sistemática que nos impide llegar al fondo del asunto. La reforma litúrgica, por ejemplo, presenta dificultades que sin duda se derivan de sus propios principios, independientemente de cualquier posible abuso. Las oraciones ecuménicas e interreligiosas, por citar otro ejemplo, son expresión de un error teológico, incluso si intentamos evitar actos explícitos de sincretismo para prevenir lo que podría parecer un abuso.

Ante todo, la retórica del abuso litúrgico, o del abuso en la interpretación de los textos, tiende a culpar a los individuos implicados —considerados responsables de estos abusos o incapaces de reprimirlos— en lugar de a los principios erróneos que están en la raíz de la catástrofe actual. Sin embargo, son precisamente estos principios los que merecen ser denunciados.

Confieso que en los últimos años me ha impactado la amarga y sistemática reacción de cierto sector conservador, algo miope, que ha atacado personalmente al papa Francisco, en lugar de al concilio y la continuidad de su aplicación doctrinal hasta nuestros días. Esta actitud genera la esperanza, al menos durante unos meses, de que cada nuevo papa sea elegido y que la crisis se resuelva, sin cuestionar los nuevos principios, como si todo dependiera de la voluntad personal del nuevo pontífice, más o menos decidido a condenar o reprimir los abusos. Se trata de una retórica superficial que ya no convence a un observador atento y honesto.

- ¿No les parece una exageración, como ya ha señalado la Sociedad de San Pío X en otras ocasiones, considerar que una auténtica vida cristiana es imposible hoy en una parroquia ordinaria? ¿Es tan evidente el estado de “necesidad” al que corresponde esta afirmación? ¿No se trata acaso de un concepto “útil”, desarrollado para justificar las consagraciones que exige la institución?

- La Sociedad de San Pío X es plenamente consciente de la naturaleza trágica y dolorosa de esta declaración. Se trata de un asunto sumamente serio que requiere una cuidadosa consideración.

En primer lugar, no se trata de negar que, a pesar de todos los problemas y dificultades que afrontan las parroquias comunes, los buenos sacerdotes y fieles pueden alcanzar la santificación y salvar sus almas. A pesar de las circunstancias fundamentalmente desfavorables, la gracia de Dios puede tocar las almas, y conocemos casos así. Para muchos, además, el sufrimiento real de su situación se convierte en una verdadera fuente de santificación, que a menudo los lleva a buscar la Tradición.

Dicho esto, lo que afirma la Sociedad de San Pío X debe entenderse objetivamente, no subjetivamente. Para evaluar verdaderamente la situación de estas parroquias, es imperativo que toda persona de buena voluntad se plantee preguntas precisas ante Dios, en oración, buscando una respuesta sobrenatural que no esté dictada por impresiones positivas o negativas, ni por prejuicios ideológicos, sino por la razón iluminada por la fe.

¿Puede la misa de Pablo VI expresar y nutrir plenamente la fe católica? ¿Transmite adecuadamente el sentido de lo sagrado, lo trascendente, lo sobrenatural, lo divino? ¿Permite este rito comprender el verdadero significado del sacerdocio católico?

En una parroquia o centro pastoral ordinario —es decir, donde la predicación se lleva a cabo de acuerdo con las directrices doctrinales vigentes— ¿se sigue enseñando la fe católica en su totalidad? ¿El catecismo que se imparte a los niños sigue siendo católico y capaz de formarlos para toda la vida?

¿Se siguen abordando, conforme al derecho canónico, las cuestiones tan delicadas y actuales de la moral matrimonial o el acceso a la Eucaristía en situaciones irregulares? ¿Se sigue administrando el sacramento de la penitencia con un verdadero sentido de la Redención y del pecado, su gravedad y sus consecuencias?

En términos más generales, ¿qué frutos han producido universalmente las reformas en la vida concreta de los fieles?

A todas estas preguntas —y a otras similares— la Sociedad de San Pío X responde de forma clara y coherente; luego, basándose en este análisis, y dado que la realidad se impone, llega a reconocer el “estado de necesidad”.

La afirmación de la Sociedad de San Pío X es, por lo tanto, fruto de un realismo sólido, no de un sesgo ideológico. La naturaleza trágica de esta observación es, sencillamente, proporcional a la tragedia de la realidad.

- ¿No cree usted que, a pesar de las mejores intenciones, la Sociedad de San Pío X corre el riesgo de volver a destrozar a las familias, el mundo de la Tradición y la propia Iglesia?

- Quizás nunca antes la Iglesia había experimentado tal división, y nadie puede alegrarse de ello.

Sin embargo, esta división no se debe a la fidelidad a la Tradición, sino más bien a un alejamiento de ella: la crisis del Magisterio, las ambigüedades, los errores y la inculturación conducen a la interpretación y reinterpretación de todo, incrementando las múltiples formas de juzgar que, a la larga, provocan divisiones inevitables. Para usar una metáfora conocida, todo esto es lo que desgarra el manto de Cristo. La Compañía de San Pío X, mediante la fidelidad a la Tradición, simplemente intenta contribuir a su constante reparación.

En cuanto a la posibilidad de que todos los tradicionalistas trabajen y luchen juntos, la Sociedad de San Pío X la desea fervientemente. Pero esto no debe lograrse mediante una especie de ecumenismo en miniatura: solo puede hacerse con total fidelidad a la Tradición integral, si se quiere que esta lucha abierta beneficie a todos, incluidos aquellos que discrepan con nosotros.

Finalmente, con respecto a las posibles divisiones dentro de la misma familia, debemos recordar con valentía estas palabras de Nuestro Señor, sin escandalizarnos, sin caer en la amargura, mientras apoyamos a quienes sufren:

No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su propia casa. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

Mateo 10:34–37

- Una pregunta retrospectiva. El período que atraviesa actualmente la Sociedad de San Pío X evoca recuerdos y emociones de 1988 entre los miembros más veteranos. Esta fecha marca, sin duda, un punto de inflexión decisivo en la labor del arzobispo Lefebvre. ¿Qué frase del fundador de la Sociedad de San Pío X le viene a la mente en primer lugar?

- En una conversación privada, el arzobispo Lefebvre confesó que habría preferido morir antes que verse enfrentado al Vaticano. Esto demuestra el espíritu con el que preparó las consagraciones de 1988. En aquel entonces, como hoy, no fue una rebelión, sino la respuesta a una cruel necesidad: una decisión necesaria e inevitable, pero tomada a regañadientes.

En otra ocasión, el arzobispo Lefebvre declaró, con serenidad y de una manera profundamente sobrenatural, que si la Compañía de San Pío X no fuera obra de Dios, no perduraría ni sobreviviría a su muerte. No nos corresponde a nosotros responder a esta pregunta. Pero la historia ya ha comenzado a hablar.

- En su opinión, ¿cuándo y cómo terminará la crisis en la Iglesia y, con ella, este sentimiento de desintegración general, tanto dentro como fuera de la propia Iglesia?

- Solo la Providencia tiene la respuesta precisa a esta pregunta. Por mi parte, supongo que, tras haber buscado en vano y con desesperación la paz y la unidad en la colegialidad, el sínodo, el ecumenismo, el diálogo, la escucha, la inclusión, la preocupación ecológica compartida, la fraternidad humana, la proclamación incesante de los derechos humanos, etc., las autoridades finalmente se darán cuenta —demasiado tarde— de que la unidad verdadera, duradera e inquebrantable no tiene otro fundamento posible que la Tradición de la Iglesia.

Además, cuando la crisis haya mostrado todas sus consecuencias, cuando la apostasía esté aún más extendida y las iglesias vacías, estas autoridades finalmente comprenderán que no había nada que inventar: simplemente era necesario ser fieles a Cristo Rey y proclamar, como los primeros mártires, sus derechos intangibles frente a un mundo neopagano.

Una cosa es segura: puesto que la autodestrucción de la Iglesia se originó en Roma, solo desde Roma y a través de Roma se terminará esta terrible crisis. Sin embargo, las semillas de esta reconstrucción de la Iglesia ya están germinando: humildemente dan fruto en las almas vivificadas por el espíritu de Nuestro Señor, y en aquellas donde se prepara silenciosamente la llegada de quienes un día restaurarán el reinado de Jesucristo a su máximo esplendor.

Sin duda, la crisis se está prolongando más de lo que nadie podría haber imaginado. Esto se debe, en mi humilde opinión, a la dificultad inherente que enfrenta la Iglesia hoy para responder. Un cuerpo sano puede reaccionar con relativa facilidad a los patógenos que lo atacan; pero cuanto más débil es un cuerpo, más difícil le resulta. De manera similar, la crisis que estamos viviendo ha sido provocada por el ataque de principios perniciosos a mentes ya debilitadas, un debilitamiento que comenzó mucho antes de las reformas.

Sin embargo, como en toda prueba, debemos reconocer la providencia en acción y armarnos de paciencia. Cuanto más se prolongue la crisis, más se enfurecerá Satanás, más brillante será el triunfo de la Tradición y, sobre todo, más se revelará al mundo que la Iglesia es infalible y divina.

Nunca antes la promesa de Nuestro Señor nos había llenado tanto de alegría y esperanza como hoy: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16:18).

Además, la certeza de este triunfo está asegurada ante todo por Aquella que aplasta todas las herejías: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”.


Notas:

1) Este orden basado en la transmisión de la fe es una noción clásica del derecho canónico. Citemos un autor entre otros: “Ut patet fundamentum vitæ supernaturalis Ecclesiæ curæ et potestati concreditæ est fides” (es claro que la fe es el fundamento de la vida sobrenatural confiada al cuidado y a la autoridad de la Iglesia). La ley debe, pues, determinar de manera orgánica todo lo que concierne a la fe: “quæ respiciunt fidei prædicationem, explicaciónem, susceptionem” (ejercicio, profesión externa, defensa y reivindicación; todo lo que concierne a la predicación de la fe, a su explicación, a su recepción, a su ejercicio, a su profesión externa, a su defensa y a la refutación de los errores), en Gommarus Michiels OFM Cap., Normæ generales juris canonici, París , 1949, vol. 1, p. 258.

2) El cardenal Castrillón Hoyos afirmó repetidamente en la década de 2000 que la Sociedad de San Pío X “no está en cisma”, sino que se encuentra en una “situación canónica irregular” que debe regularizarse dentro de la Iglesia.

3) Carta del padre Davide Pagliarani al cardenal Víctor Manuel Fernández, fechada el 18 de febrero de 2026, Anexo 2.

4) Esta doctrina considera al colegio episcopal como un segundo sujeto de la autoridad suprema en la Iglesia, junto con el Papa: en consecuencia, esto tiende a transformar la Iglesia en una especie de concilio permanente, justificando la omnipotencia de las conferencias episcopales y la reforma sinodal en curso.

5) Son particularmente destacables los estudios del abad Josef Bisig, fundador de la Fraternidad de San Pedro, y del padre Louis-Marie de Blignières, fundador de la Fraternidad de San Vicente Ferrer.
 

REFLEXIONES DEL AUTOR (3)

Continuamos con la publicación del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


No he querido, estimado lector, mezclar mis palabras insignificantes con la autoridad del Espíritu Santo. Permíteme ahora las siguientes reflexiones: 

1. La Sabiduría es dulce, sencilla, atrayente y, a la vez, luminosa, excelente y sublime. Convoca a los hombres para enseñarles los medios de ser felices: los busca, les sonríe, los colma de favores, les sale al encuentro de mil maneras, hasta sentarse a la puerta de sus casas para esperarlos y darles pruebas de su amistad. ¿Es posible tener corazón y negárselo a esta dulce conquistadora?

2. ¡Qué desgracia la de los ricos y poderosos, si no aman la Sabiduría! ¡Qué palabras tan aterradoras les dirige ella! ¡Imposible traducirlas a nuestro idioma! Repentino y estremecedor vendrá contra ustedes, porque a los encumbrados se les juzga implacablemente… Los fuertes sufrirán una fuerte pena… A los poderosos les aguarda un control riguroso (Sab. 6:5-8).

Añadamos también a estas palabras las pronunciadas por la Sabiduría, o hechas decir por ella, a los ricos y poderosos después de la encarnación: ¡Ay de ustedes, los ricos! (Luc. 6:24). Más fácil es que entre un camello por el ojo de una aguja, que no que entre un rico en el Reino de Dios (Mt 19,24).

Estas últimas palabras fueron repetidas tantas veces por la divina Sabiduría durante su vida terrestre, que tres evangelistas las han referido sin diferencia alguna. Lo que debería mover a los ricos a romper en llanto, lamentarse y gemir: Vamos ahora con los ricos; lloren a gritos por la desgracia que se les viene encima (Sant. 5: 1).

Mas, ¡ay! Ellos tienen su consuelo en este mundo; hechizados como se hallan por los placeres y riquezas, no se dan cuenta de los peligros que penden sobre su cabeza.

Salomón asegura que hace una descripción fiel y exacta de la Sabiduría: ni la envidia ni el orgullo -contrarios a la caridad- le impedirán comunicar la ciencia que el cielo le ha dado. No teme, por ello, que otros puedan llegar a igualarlo o superarlo en dicho conocimiento (Sab. 6: 24-26).

A ejemplo de este gran hombre, voy a tratar de explicar lo que es la Sabiduría antes de la encarnación, durante la encarnación y después de ella, y los medios para alcanzarla y conservarla.

Pero no teniendo tanta ciencia ni tantas luces como él, tampoco debo temer tanto la envidia y el orgullo cuanto mi incapacidad e ignorancia. ¡Te ruego, pues, que me soportes y disculpes con caridad!

Continúa...

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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (101)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


101. Jesús pregunta a su Madre acerca de los discípulos.
Tarde del 13 de febrero de 1944.


1 Ahora veo –aproximadamente dos horas después de la anteriormente descrita– la casa de Nazaret. Reconozco la pequeña habitación del adiós (52), que da al huerto, donde ahora plantas y árboles están completamente cubiertos de frondas.
Jesús está con María. Sentados el uno junto al otro en el asiento de piedra que está adosado a la casa. Parece que la cena ya ha tenido lugar y que, mientras los otros se han retirado, Madre e Hijo se deleitan mutuamente en una dulce conversación.
La voz interna me dice que ésa es una de las primeras veces que Jesús vuelve a Nazaret después del Bautismo, después del ayuno del desierto y, sobre todo, de la constitución del Colegio Apostólico.
El narra a su Madre sus primeras jornadas de evangelización, las primeras conquistas de corazones.
María está pendiente de los labios de su Jesús. Está más delgada, más pálida, como si hubiera sufrido en este tiempo; bajo sus ojos se han excavado dos sombras, como las de quien mucho llora y piensa. Pero ahora está feliz y sonríe. Sonríe acariciando la mano de su Jesús. Se siente feliz de tenerle ahí, de estar corazón a corazón con El, en el silencio de la tarde que cae.
Debe de ser verano, porque ya la higuera tiene sus primeros frutos maduros, que llegan incluso hasta la casa, y Jesús, poniéndose en pie, coge algunos de ellos; los más hermosos se los da a su Madre, pelándolos con cuidado y ofreciéndolos en una corona de piel vuelta como si fueran capullos blancos estriados de rojo, en una corola de pétalos: cándidos, dentro; violáceos, fuera. Los ofrece sobre la palma de su mano y sonríe al ver que su Madre los saborea.

2 Luego, a quemarropa, le pregunta: “Mamá, ¿has visto a los discípulos? ¿Qué piensas de ellos?”.
María, que iba a llevarse a la boca el tercer higo, levanta la cabeza, suspende el gesto, se estremece... mira a Jesús.
“¿Qué piensas de ellos, ahora que te los he dado a conocer a todos?” insta Jesús.
“Creo que te quieren y que podrás conseguir mucho de ellos. Juan... ámale a Juan como sabes amar. Es un ángel. Yo estoy tranquila cuando pienso que está contigo. También Pedro... es bueno. Más duro, porque es más anciano, pero genuino y convencido. Y también su hermano. Ellos te quieren tal y como son capaces de hacerlo por ahora. Más adelante te querrán más. También nuestros primos, ahora que se han convencido, te serán fieles. Pero, el hombre de Keriot... ése no me gusta, Hijo. Su ojo no es límpido y su corazón menos aún; me da miedo”.
“Contigo es todo respeto”.
“Demasiado respeto. También contigo es todo respeto. Pero no es por ti como Maestro; es por ti como futuro Rey, de quien espera provecho y lustre. En Keriot no era nada, apenas un poco más que los demás. Espera obtener a tu lado un papel de importancia y... ¡Jesús!, no quiero ofender a la caridad, pero pienso, aunque no quiero pensarlo, que, en el caso de que Tú le defraudes, él no dudará en suplantarte, en tratar de hacerlo. Es ambicioso, ávido y vicioso. Más apto para ser cortesano de un rey terreno que no apóstol tuyo, Hijo mío. ¡Me da miedo!”. Y la Mamá mira a su Jesús con dos ojos asustados en su cara pálida.

3 Jesús suspira. Piensa. Mira a su Madre. Le sonríe para animarla: 
“Esto también es necesario, Mamá. Si no fuera él, sería otro. Mi Colegio tiene que representar al mundo, y, en el mundo, no todos son ángeles, ni todos son del temple de Pedro y Andrés. Si eligiera todas las perfecciones, ¿cómo podrían las pobres almas enfermas atreverse a esperar hacerse mis discípulas? Yo he venido a salvar lo perdido, Mamá. Juan de por sí está salvado. Pero, ¡cuántos no lo están!”.
“No tengo miedo de Leví. El se ha redimido, porque se ha querido redimir. Ha dejado su pecado junto con su banco de tasador y se ha transformado en un alma nueva para ir contigo. Pero Judas de Keriot, no; es más, el orgullo hace cada vez más suya su vieja alma fea. Pero Tú sabes estas cosas, Hijo. ¿Por qué me las preguntas? Yo no puedo hacer más que orar y llorar por ti. Tú eres el Maestro, maestro también de tu pobre Mamá”.
La visión cesa aquí.

“¡Cuán grande es la fragilidad humana de los apóstoles!”

Dice Jesús:
“Pequeño Juan, mucho trabajo hoy. Pero es que llevamos un día de retraso y no se puede ir despacio. Te he dado la fuerza para esto, hoy.
Te he concedido las cuatro contemplaciones (53) para poderte hablar acerca de los dolores de María y míos, preparatorios de la Pasión. Debería haberte hablado de ellos ayer, sábado, día dedicado a mi Madre, pero he sentido piedad. Hoy se recupera el tiempo perdido. Después de los dolores que te he dado a conocer, María ha tenido también éstos; y Yo con Ella.
“Mi mirada había leído en el corazón de Judas Iscariote. Nadie debe pensar que la Sabiduría divina, no haya sido capaz de comprender aquel corazón. Pero como dije a mi Madre, él me era necesario (54). ¡Ay de él, que fue traidor! Pero era necesario un traidor. Doble, astuto, avariento, lujurioso, ladrón; más inteligente y más culto que el resto de la masa, había sabido imponerse a todos. Audaz, me allanaba el camino, aun cuando fuese difícil. Le gustaba sobre todo, sobresalir y hacer resaltar su puesto de confianza que tenía conmigo. No era servicial por instinto de caridad, sino que era uno como aquellos que llamaríais “convenencieros”. Esto también le permitía tener la bolsa y acercarse a las mujeres. Dos cosas que, juntas con la tercera: los cargos humanos, amaba desenfrenadamente.
La Pura, la Humilde, la Separada de las riquezas terrenales, no podía menos que sentir asco por aquella sierpe. También Yo lo tenía. Yo sólo, y el Padre y el Espíritu, sabemos qué esfuerzos tuve que hacer para tenerlo junto a Mí. Te lo explicaré en otra ocasión.
Igualmente no ignoraba la hostilidad de los sacerdotes, fariseos, escribas y saduceos. Eran zorras astutas que trataban de empujarme a su trampa para atraparme. Tenían hambre de mi sangre, y buscaban poner engaños a fin de sorprenderme, para tener armas con qué acusarme, y quitarme de en medio. La asechanza duró tres largos años y no se aplacó sino cuando me vieron muerto. Esa noche durmieron felices. La voz del acusador se había extinguido para siempre. Lo creían. ¡No! No estaba todavía extinguida. No lo será jamás y truena y truena y maldice a sus semejantes. ¡Cuánto dolor tuvo mi Madre por culpa de ellos! Y no olvido ese dolor.
Que el pueblo sea mudable no es cosa nueva. Es la fiera que lame la mano del domador, si está armada con la vara o si ofrece un pedazo de carne a su hambre. Pero basta que caiga el domador, y no pueda usar la vara, o que no tenga nada para su hambre, que ella se arroja y lo destroza. Basta decir la verdad y ser buenos, para que la multitud lo odie a uno después del primer momento de entusiasmo. La verdad es reproche y aviso. La bondad despoja de la vara y logra hacer que los buenos no tengan miedo. Por lo cual: “Crucifícale”… después de haber dicho “¡Hosanna!”. Mi vida de Maestro está llena de estos dos gritos. El último fue: “Crucifícale”. El hosanna es como el aliento que toma el cantor para dar un agudo. María en la tarde del Viernes Santo volvió a oír dentro de sí todos los hosannas mentirosos, que fueron aullidos de muerte para su Hijo, y quedó deshecha. Esto también no lo olvido.
La debilidad de los apóstoles. ¡Cuánta! Los llevaba en los brazos, para levantarlos al Cielo, cual piedras pesadas que tiraban hacia la tierra. También los que no se creían ministros de un rey temporal, como Judas Iscariote, los que no pensaban como él en subir, cuando llegare la oportunidad, al trono, más estaban siempre ansiosos de gloria (55). Llegó el día en que mi Juan y su hermano ambicionaron esta gloria que os fascina cual espejismo aún en la cosas celestiales. No es el anhelo santo del Paraíso, que deseo que tengáis.
Pero no sólo esto, sino que es un intercambio odioso, a la manera de un usurero, porque por un poco de amor que habéis dado a quien Yo os dije que debíais entregaros completamente, pretendéis un puesto a su derecha en el Cielo.
No, hijos, no. Primero es necesario saber beber todo cáliz que bebí Yo. Todo: con su caridad prodigada en recompensa del odio, con su castidad contra las voces de los sentidos, con su heroicidad en las pruebas, con su holocausto por amor de Dios y de los demás hermanos. Luego, cuando todo el deber se haya cumplido, hay que decir: “Somos siervos inútiles” y esperar que mi Padre y vuestro os conceda, por su bondad, un lugar en su Reino. Es menester despojarse, como me has visto despojado en el Pretorio, de todo lo que es humano, conservando solo lo que es indispensable como el don de Dios que es la vida y darla por los hermanos a los que podemos ser más útiles desde el cielo que en la tierra, y dejar que Dios os revista con la estola inmortal emblanquecida con la sangre del Cordero”.
Te he mostrado los dolores preparatorios de la Pasión. Otros te mostraré. Aun no dejando de ser dolores, el contemplarlos ha supuesto un descanso para tu alma. Ya basta. Queda en paz”.

Continúa...

Notas:

52) descrita en 44. 1.

53) Cuyo comentario comienza aquí, fueron escritas en bloque en la misma fecha: 13 de febrero de 1944, por la tarde; pero han tenido colocaciones distintas. La primera corresponde a 106.1; la segunda corresponde a todo el capítulo 101; la tercera corresponde a 106.2/4; la cuarta corresponde a 106.5/7 y va seguida del comentario.

54) Lea el cap. anterior y compárelo con Mt. 18, 5–11; 26, 20–25; Mc. 14, 17–21; Lc. 17, 1–3; 22, 14 y 21–23; Ju. 13, 21–30.

55) Cfr. Mt. 20, 23; Mc. 10, 35–40.
 

 

25 DE ABRIL: SAN MARCOS, EVANGELISTA Y MÁRTIR


25 de Abril: San Marcos, evangelista y mártir

(✞ 64)

El glorioso evangelista y mártir de Cristo San Marcos fue hebreo de nación, y como algunos autores escriben, de la tribu de Leví y uno de los setenta y dos discípulos del Señor.

Acompañó al apóstol San Pedro, que le llama en sus epístolas hijo carísimo, y por su gran espíritu y gracia en el hablar, le tomó por intérprete para que explicase más copiosamente los profundos misterios de Cristo, que él en pocas palabras anunciaba.

Y como los fieles que por la predicación de San Pedro se habían convertido en Roma, deseaban tener por escrito lo que de él habían oído, rogaron a San Marcos que escribiese el Evangelio de la manera que lo habían oído de la boca de San Pedro; y el santo apóstol lo aprobó y con su autoridad lo confirmó y mandó que se leyese en la iglesia.

Habiendo pasado el santo evangelista algunos años en Roma, tomó la bendición de su padre y maestro San Pedro, y por su orden partió a Egipto, llevando consigo el evangelio que había escrito para predicarle a aquellas gentes bárbaras y supersticiosas.

Descubrió primero aquella luz del cielo a los de Cirene, Pentápoli y otras ciudades; y fue después a Alejandría como la cabeza de toda aquella provincia y más necesitada de aquella divina luz.

Allí edificó una iglesia al Señor con el nombre de San Pedro, su maestro que aún vivía; y fueron tantos los que se convirtieron a la fe de Jesucristo, tanto los judíos que moraban en aquellas partes, como de los mismos egipcios, que rápidamente se formó un admirable cristiandad, en la cual florecían maravillosamente todas las virtudes que el Señor enseñaba en su Santo Evangelio; porque todos los fieles vivían entre sí con gran paz y conformidad, no había entre ellos pobres, porque a todos se daba lo que necesitaban; ni ricos, porque los que lo eran dejaban sus riquezas para uso de los demás, y todos eran entre sí un alma y un corazón.

Otros muchos que habían repudiado a todas las cosas de la tierra poblaban los montes y desiertos de Egipto, y vivían con tan extrema santidad, que no parecían hombres, sino ángeles vestidos de carne mortal.

No pudieron soportar tanta luz los ojos flacos de los gentiles y determinaron dar muerte a San Marcos y destruir sus templos  enemigos de sus dioses un 24 de abril, que era día de domingo para los cristianos, y para los gentiles una fiesta que celebraban a su dios Serapis, hallando al Santo evangelista diciendo Misa, lo atraparon y le echaron una soga al cuello y lo arrastraron por las calles, encerrándole después en la cárcel.

Al llegar la mañana siguiente le arrastraron de nuevo por lugares ásperos y fragosos hasta que el Santo entregó su espíritu al Señor.
 

viernes, 24 de abril de 2026

¿POR QUÉ TANTOS TEMEN EL RESURGIMIENTO CATÓLICO?

Si bien muchas voces se apresuran a explicar (o a minimizar) el aumento de jóvenes que ingresan a la Iglesia, están ignorando la causa más obvia, a saber, la Primera Causa sobrenatural.

Por John Horvat II


A medida que aumenta el número de bautismos de adultos, muchos católicos se alegran ante la perspectiva de lo que se denomina “un renacimiento silencioso”. Es motivo de gran esperanza ver a tantos jóvenes deseosos de aprender más sobre la fe.

También es motivo de gran misterio. Los “obispos” se han declarado desconcertados y perplejos ante la avalancha de nuevos conversos que acudieron a sus iglesias esta Pascua. No encaja en ningún plan de su “nueva evangelización”. Nadie parece tener una explicación de por qué el catolicismo, especialmente el tradicional, se ha vuelto repentinamente popular entre la Generación Z.

Sin embargo, hay quienes podrían considerarse escépticos ante el avivamiento. Les inquieta lo que está sucediendo. Estos críticos minimizan la tendencia, considerándola interesante pero sin trascendencia. Algunos adoptan una actitud de esperar y ver para evitar parecer exagerados. Otros advierten sobre el peligro de politizar la tradición católica, poniendo en duda si el espíritu está realmente presente.

Cuanto más liberales (y progresistas) son los escépticos, más temor se percibe en ellos. Temen que este resurgimiento se descontrole. Por lo tanto, intentan minimizarlo y restarle importancia.

Juego de números

La refutación más común del resurgimiento religioso se basa en cifras. Si bien las diócesis reportan cifras récord de conversiones, los escépticos señalan que por cada nuevo católico entusiasta que se une a la Iglesia, muchos miembros tibios la abandonan. En esta batalla numérica, los que se han alejado de la fe terminarán ganando, y la Iglesia inevitablemente se reducirá. El resurgimiento no representa un cambio radical.

El problema con la refutación basada en cifras es que presupone que todas las conversiones son iguales. No analiza quién realiza la conversión ni por qué.

De hecho, no sorprende que los católicos tibios y a menudo promiscuos, sin formación catequética, estén abandonando la Iglesia en masa; es una tendencia constante desde el concilio Vaticano II. Estos católicos son el grupo demográfico con mayor probabilidad de abandonar la Iglesia, y así lo están haciendo.

Lo que hace que las cifras de conversión sean extraordinarias es que los grupos demográficos menos propensos a unirse a la Iglesia son precisamente estos. Según la narrativa liberal, no deberían sentirse atraídos por la Iglesia, y sin embargo, lo están.

Entran con un entusiasmo y una energía contagiosos, ansiosos por aprender. Se encuentran musulmanes, no cristianos, paganos, ateos, izquierdistas, jóvenes, libertinos, celebridades, élites, científicos, filósofos e intelectuales. Importantes figuras protestantes también se están convirtiendo, sacudiendo los cimientos de muchas congregaciones. Quienes tienen mucho que ganar permaneciendo en el sistema establecido ahora quieren salir. Quieren contar sus historias y evangelizar al mundo.

De hecho, las cifras no son el factor más importante en la recuperación.

Conversión por beneficios

Una segunda forma en que los escépticos refutan la idea de un resurgimiento religioso es desde una perspectiva sociológica. Este método consiste en atribuir las conversiones a factores económicos o sociales. Para ellos, la conversión es casi una decisión de consumo impulsada por los beneficios que recibirán. Un informe del Centro de Investigación Pew, por ejemplo, concluye que “cada vez más personas empiezan a ver la eficacia y las recompensas de la fe y la práctica religiosa”.

Así, algunos observadores poco perspicaces han calificado el proceso de conversión como un “signo de élite” e incluso un símbolo de estatus. Intentan justificar las conversiones afirmando que las personas encontrarán estabilidad, mitigación de riesgos y comunidad en la Iglesia, lo que a su vez contribuye a su prosperidad y estatus como miembros de la élite.

Incluso las personas pobres pueden sentirse atraídas por la Iglesia -piensan- porque la parroquia es un lugar donde pueden relacionarse con personas adineradas, lo que aumenta sus posibilidades de salir de la pobreza. La conversión abre caminos hacia el éxito.

Ross Douthat, del New York Times, afirma que “ir a la iglesia se asocia cada vez más con un mayor nivel educativo, con la ambición y con el ascenso social”. Cree que la gente recordará esta época como un periodo de resurgimiento de la élite” en la religión, no necesariamente uno de fervor.

El acérrimo liberal Padre Thomas Reese advierte contra estas conversiones (en inglés aquí) que podrían conducir a un retorno a la tradición:

Los jóvenes de hoy afirman estar interesados ​​en la espiritualidad y anhelan la comunidad. La Iglesia Católica posee una rica tradición espiritual, pero necesita ir más allá de simplemente reeditar viejas tradiciones. La espiritualidad contemporánea debe respetar los avances en psicología, ciencia y cultura.

Olvidando a Dios

Pero los escépticos olvidan a un personaje fundamental en el proceso de conversión: Dios. Actúan como si Él no existiera.

Dios es siempre el principal agente en toda conversión auténtica. Su gracia obra en el interior de las almas de aquellos a quienes llama. Cuando el converso responde a esta gracia, el alma anhela a Dios con gran fervor y está dispuesta a hacer cualquier cosa para alcanzar la unión con Él, incluso a perder todas las ventajas materiales y a romper valiosos lazos con los amigos.

El alma convertida se vuelve capaz de superar obstáculos, cambiar hábitos arraigados y lograr grandes cosas porque la gracia sobrenatural obra en su interior.

Lo que hace que la actual ola de conversiones sea tan espectacular es que trastoca todos los supuestos, derriba los mitos liberales y reescribe narrativas consideradas intocables durante mucho tiempo.

Algo extraordinario está sucediendo, inquietando a muchos. Incluso podría aterrorizar a quienes han relegado la religión a la irrelevancia. Asusta a los escépticos que no quieren que sus vidas tranquilas se vean interrumpidas por ese “algo” que no pueden definir.

El toque divino

Todo indica que Dios está actuando en la historia, tocando directamente a las almas más insospechadas en las circunstancias más seculares, llamándolas a rechazar las filosofías modernas y posmodernas que una vez habían abrazado con tanto entusiasmo.

En su novela autobiográfica En Route (En ruta), el autor del siglo XIX J.-K. Huysmans presenta la escena en la que el personaje principal, Durtal, un escritor liberal y promiscuo, descarga su pesada conciencia ante un sabio sacerdote anciano. Durtal relata cómo llegó a la Iglesia solo, sin rumbo fijo, tras contemplar su sublime belleza durante sus visitas a otras iglesias. El sacerdote queda asombrado.

La forma en que se ha producido tu conversión no me deja ninguna duda. Ha habido lo que el misticismo llama el toque divino, solo que —nótese esto— Dios ha prescindido de la intervención humana, incluso de la de un sacerdote, para reconducirte al camino que habías abandonado hace más de veinte años.

Quizás esto es lo que temen los escépticos de este resurgimiento: ese toque divino, que actúa independientemente de la acción humana y que lo cambia todo. La perspectiva de este “algo” divino bien puede aterrorizar a quienes se han entregado al pecado y a las pasiones desenfrenadas, aunque se enfrenten a un Dios amoroso que solo desea su bien.

En un mundo liberal organizado como si Dios no existiera, este toque divino resulta inexplicable. No se lo pueden explicar. No debería existir, ni debe existir. Sin embargo, como descubrieron los escépticos romanos, puede cambiar el mundo.
 

DETRÁS DEL MITO DEL NOBLE SALVAJE SE ESCONDE UNA OSCURIDAD INSONDABLE

El persistente mito ilustrado del noble salvaje ha cautivado la imaginación cristiana, a pesar de todas las pruebas en contrario.

Por Auguste Meyrat


Pocos mitos históricos son tan perniciosos y populares como el del “noble salvaje”. Inventado por filósofos franceses como Jean-Jacques Rousseau a finales del siglo XVIII, el “noble salvaje” era visto como un ser humano superior, pues estaba más cerca de la naturaleza y no había sido corrompido por la influencia de la civilización. En su estado primitivo, nunca aprendió a engañar, a poseer propiedades ni a ejercer violencia contra otros. Era fuerte, seguro de sí mismo y libre.

Cabría pensar que la matanza de los antiguos persas, los genocidios de los generales romanos o las incursiones masivas de mongoles, turcos, hunos y sarracenos disiparían de inmediato la idea de que los pueblos menos avanzados y no cristianos exhibían de alguna manera mayor nobleza que los del típico estado cristiano. Al fin y al cabo, como bien deja claro el historiador Tom Holland en su obra maestra Dominion, fue el cristianismo el que redefinió al hombre como “creado a imagen de Dios” y, por lo tanto, merecedor de protección y respeto. Esto tuvo un profundo impacto en el desarrollo de Occidente.

Fuera del Occidente cristiano, era mucho más probable que hombres y mujeres fueran masacrados, esclavizados y sometidos a toda clase de indignidades. Y para quienes leen la historia real, así eran las cosas en América cuando los exploradores europeos contactaron por primera vez con las tribus nativas. Ya fueran los aztecas en Centroamérica, los iroqueses en Norteamérica o los incas en Sudamérica, niveles inimaginables de matanza, explotación e histeria colectiva eran omnipresentes y normales. No existía ninguna fuerza estabilizadora o racionalizadora que pudiera permitir la prosperidad o el progreso.

Para siquiera imaginar esta oscuridad se requiere una gran fortaleza mental. La mutilación, la violación, la tortura e incluso el canibalismo aparecen con frecuencia en los relatos históricos. Para colmo, a menudo no había justificación para ello. Si bien los historiadores modernos suelen atribuir estos crímenes a que los indígenas simplemente defendían su tierra o su forma de vida, los perpetradores nunca lo afirman explícitamente. Aparentemente, cometían estas atrocidades simplemente porque podían. Rara vez existía una estrategia trascendental más allá de aterrorizar al enemigo, robar sus bienes y satisfacer sus deseos.

¿Por qué persiste el mito del buen salvaje y por qué es importante? 

Las respuestas a ambas preguntas giran en torno al cristianismo y su indeleble influencia en la mente y la cultura. Tras la conversión, toda acción requiere una razón, y debe mantenerse un estándar de amor. Se tiene una deuda con el prójimo, que ya no es enemigo, sino vecino y hermano.

Es cierto que los cristianos solían encontrar razones para ir a la guerra, apoderarse de propiedades o incluso infligir terror, pero aun así necesitaban razones. Este no es el caso de las civilizaciones no cristianas, que se regían por las leyes de la naturaleza. El filósofo Thomas Hobbes lo expresó mejor en su Leviatán:

En tales condiciones, no hay lugar para la industria, porque su fruto es incierto; y, en consecuencia, no hay cultivo de la tierra; ni navegación, ni uso de las mercancías que se pueden importar por mar; ni edificios cómodos; ni instrumentos para mover y trasladar cosas que requieren mucha fuerza; ni conocimiento de la faz de la tierra; ni noción del tiempo; ni artes; ni letras; ni sociedad; y lo peor de todo, miedo y peligro constantes de muerte violenta; y la vida del hombre, solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta.

Es notable que Hobbes escribiera esto a mediados del siglo XVII, justo cuando se colonizaban las Américas, y no siglos después, cuando los ataques de los nativos americanos se habían convertido en un recuerdo lejano. Cuando las poblaciones nativas americanas se extinguieron, se integraron con los colonos blancos o se trasladaron a vivir en reservas, los occidentales perdieron la capacidad de concebir una existencia tan brutal. Automáticamente equipararon la ignorancia con la inocencia, la crueldad amoral con la pureza moral y la pobreza material con la riqueza espiritual. Su perspectiva cristiana fomentó esta visión positiva (y la consiguiente culpa colectiva), todo ello encapsulado en la idea del “noble salvaje”.

Sin embargo, esta idea es completamente falsa y oculta una verdad fundamental sobre los pueblos indígenas a lo largo de la historia y en todo el mundo: eran todo lo contrario a nobles. Una vez que se comprende esto, se entiende el gran desafío que enfrentaron los europeos al asentarse en el hemisferio occidental. En la mayoría de los casos, las soluciones pacíficas no eran una opción, y apelar a la razón o la compasión resultaba prácticamente imposible. Trágicamente, la violencia, la dominación y el menosprecio se convirtieron en los únicos medios para someter a las tribus hostiles e imponer la paz en las regiones en disputa.

Reconocer esta triste realidad no significa que debamos celebrarla o condenarla, sino que sin duda debemos aprender de ella. Sin Cristo y su Iglesia, la humanidad es capaz de manifestar una oscuridad increíble, creando un verdadero infierno en la Tierra. Luchar contra tales reinos de oscuridad a menudo se convierte en una tarea ardua, pero es inevitable y Cristo lo ordena: “Por lo tanto, id y haced discípulos en todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Aunque quienes hoy carecemos de la capacidad de empatizar con nuestros antepasados, la caridad exige que al menos nos compadezcamos de ellos y reconozcamos su desafío.

Más allá de esto, deberíamos ser astutos como serpientes y reconsiderar nuestra propia perspectiva del mundo. Muchos conflictos y dilemas morales actuales se reducen a la desconexión entre quienes tienen una visión cristiana y quienes no. Debido a los mitos que se han difundido a través de los medios de comunicación y la educación, quienes se identifican con la perspectiva cristiana simplemente dan por sentada la buena fe y la racionalidad de sus oponentes, cuando el engaño, la maldad y la locura eran la norma, y no la excepción.

Al igual que los cristianos del pasado al decidir cómo actuar ante las fuerzas hostiles, los cristianos de hoy deben considerar lo mismo al evaluar asuntos importantes y tomar decisiones difíciles. También debemos reflexionar sobre si se está haciendo lo suficiente para salvar almas en un mundo caído. Aunque la pasividad y la tolerancia puedan asemejarse a la caridad y la justicia desde una perspectiva, también pueden asemejarse a la complicidad y la mediocridad desde cualquier otra.

Para mejorar el mundo, necesitamos reemplazar el mito del “noble salvaje” con la realidad del buen cristiano. Nuestra fe y los desafíos actuales no exigen menos.
 

INTELIGENCIA ARTIFICIAL: ¿LA FELICIDAD AL ALCANCE DE TU MANO?

La fascinación por los avances tecnológicos no debería impedirnos reflexionar sobre sus limitaciones

Por el padre Pierre-Marie Wagner


Para aclarar qué es la inteligencia artificial, podemos decir que es una máquina cuyo comportamiento y resultados se considerarían inteligentes si hubiera sido creada por un ser humano. La diferencia fundamental con la inteligencia humana radica en que la IA, si bien es capaz de realizar tareas muy complejas, proporcionar respuestas adecuadas, almacenar una cantidad impresionante de datos y mejorar su propia eficiencia, no puede pensar ni abstraer verdaderamente, y es incapaz de tener sentido estético, moral o religioso. Confinada a limitaciones lógicas y matemáticas, la IA carece de emociones, de empatía y es incapaz de comprender la realidad humana a través de la enfermedad, las discusiones, la reconciliación o la contemplación de un bello paisaje. En otras palabras, ninguna IA, por sofisticada que sea, será jamás verdaderamente humana, capaz de consolarte cuando estés triste, capaz de amar. No podrás rezar por su salvación, ni podrás pedirle matrimonio.
 
La Iglesia no es enemiga del progreso; al contrario, ha sido capaz de promover todo aquello que ha sido un factor de civilización. Siguiendo los pasos de Papas anteriores, Pío XII afirma que “La Iglesia ama el progreso humano, y lo favorece. Es innegable que el progreso técnico viene de Dios y, por consecuencia, puede y debe llevar a Dios” [1].

El peligro reside en su uso descontrolado. Pío XII, en este mismo discurso, advierte contra el “espíritu técnico”, una concepción errónea de la vida y del mundo, que nos hace ver en la tecnología únicamente “la perfección de la cultura y la felicidad terrenal” .

Aplicando sus comentarios al uso poco controlado de la IA, podemos señalar dos peligros, entre otros.

La fascinación por lo que parece ser el infinito

Con su empleo múltiple, con la confianza absoluta que inspira, con las inagotables posibilidades que promete, la técnica moderna abre al hombre contemporáneo una visión tan vasta, que para muchos llega a confundirse con el mismo infinito.

Pío XII, Radiomensaje de Navidad, 24/12/1953.

Con la IA, podemos tener respuestas para todo, acceder a todo y todo es sintetizable. Podemos probar cualquier cosa, crear cualquier cosa: imágenes, videos, escenarios. Es estimulante. Esto lleva, según Pío XII, a una “sensación de autosuficiencia y autosatisfacción con respecto a los deseos ilimitados de conocimiento y poder”, fácilmente disponibles o a tan solo unos clics de distancia. Y si bien San Agustín nos recuerda que fuimos creados para Dios y que nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en Él, existe la tentación de recurrir a la IA, hipotéticamente capaz de alcanzar habilidades sobrehumanas, y esperar que nos proporcione los medios para encontrarle sentido a esta vida.

Esto se aclara en un documento reciente de la Santa Sede [2], que también señala que “hay que recordar que la IA no es más que un pálido reflejo de la humanidad, ya que ha sido producida por mentes humanas, entrenada a partir de material producido por seres humanos, predispuesta a estímulos humanos y sostenida por el trabajo humano. Cita el Libro de la Sabiduría en relación con los ídolos y las creaciones humanas:

Fue un hombre quien los creó, un hombre que tomó prestado el aliento que los formó. Sin embargo, nadie puede crear un dios como él; siendo mortal, crea algo inerte con manos impías. Siempre es superior a los objetos que adora; comparado con ellos, él ha tenido vida, pero ellos jamás (Sg 15, 16–17).

Para quienes sepan hacer las distinciones necesarias, este documento constituye un buen punto de partida para comprender los retos de la IA.

La renuncia a la propia inteligencia y la pérdida del juicio

De la fascinación por el progreso tecnológico, pasamos a la falta de reflexión personal debido al atractivo de la comodidad. Es porque los humanos estamos dotados de inteligencia que fuimos creados a imagen de Dios. Sin embargo, confiar sistemáticamente nuestro pensamiento o creación artística a la computadora no nos hace más inteligentes ni más artísticos; al contrario. Usada en exceso y sin discernimiento, la IA tiende a reemplazar las capacidades intelectuales y artísticas humanas: “el uso extensivo de la IA en la educación podría provocar una creciente dependencia de los estudiantes con respecto a la tecnología, lo que bloquearía su capacidad para realizar determinadas actividades de forma autónoma y agravaría su dependencia de las pantallas[3]. Además, buscar respuestas prefabricadas sin razonar contribuye a disminuir el juicio.

El peligro no reside en la multiplicación de las máquinas, sino en el número cada vez mayor de hombres acostumbrados, desde la infancia, a no desear nada más que lo que las máquinas pueden proporcionar .

Georges Bernanos, La France contre les robots

El riesgo reside también en que nuestras decisiones dependan de ChatGPT, por ejemplo, y nos volvamos aún más dependientes de la tecnología en nuestras vidas, que, precisamente por eso, se vuelven cada vez menos humanas. La velocidad de ejecución, repitámoslo, es absolutamente fascinante, y la plausibilidad de las afirmaciones que se hacen no debe hacernos olvidar que la IA no entiende lo que escribe, no sabe a quién se dirige, ni le gusta, simplemente porque es incapaz de comprender y desear: es un conjunto de datos reorganizados, que se beneficia de una tecnología superior a la de los mortales comunes, pero que es fría y carente de alma. Esto sin tener en cuenta el peligro real de errores y contenido falso o inexacto generado intencional o accidentalmente en casos denominados “alucinaciones” por la IA. Un sistema generativo puede producir resultados plausibles, y entonces resulta difícil distinguir la verdad de la mentira. Cuidado con tus mejores amigos…

“Dios es la inteligencia infinitamente comprensiva, mientras que el “espíritu técnico” hace todo lo posible por coartar en el hombre la libre expansión de su entendimiento. Pío XII nos da la clave: la inteligencia reside ante todo en Dios, quien otorga a la humanidad la capacidad de conocer, abierta al ser, a la realidad y, por lo tanto, a Dios. Por el contrario, el uso inapropiado o irresponsable de la IA, en este sentido más artificial que la inteligencia, inhibe, en diversos grados y a corto o largo plazo, las capacidades cognitivas y, por ende, la adecuación de la inteligencia a la realidad y, en última instancia, a Dios mismo.

Entonces el Papa ofrece el remedio: “Al técnico, maestro o discípulo, que quiere salvarse de esta disminución de sí, es necesaria no sólo una educación profunda de la mente sino, sobre todo, una formación religiosa que, contra lo que a veces se afirma, es la más apta para defender su pensamiento contra los influjos unilaterales. Entonces se romperá el cerco de su conocimiento, entonces la creación se le presentará iluminada en todas sus dimensiones, especialmente cuando, ante el Nacimiento, se esfuerce por “comprender cuál sea la anchura longitud y altura y profundidad y el conocimiento de la caridad de Cristo” (Ef 3, 18). En caso contrario, la era técnica llevará a cabo su monstruosa obra maestra de transformar al hombre en un gigante del mundo físico, con detrimento de su espíritu, reducido a pigmeo del mundo sobrenatural y eterno”.

Podrían haber encontrado lo que necesitaban si no hubieran estado buscando lo superfluo.

Séneca, Carta XLV

Jamás convenceremos a todos. Pero quienes comprendan esto deberían buscar la gracia y la fortaleza para cultivar su intelecto a través de los libros, aceptando la guía para adquirir una verdadera educación —¡ay, qué rareza!— que nos enseñe a prescindir de las herramientas, a usarlas sin que nos esclavicen. Y, como ya exhortó Séneca, buscar —para ustedes mismos o para sus hijos— una filosofía sólida con sentido de la analogía, como la que aún ofrecen unas pocas buenas escuelas.

Para usar la herramienta correctamente, es prudente entrenar la inteligencia bajo la tutela de verdaderos maestros. En este sentido, la abundancia de información no verificable fomenta el desarrollo de individuos autodidactas, cuya información también es no verificable y, por lo tanto, están mal entrenados, con escaso rigor intelectual (o lógica defectuosa). Una mente sin entrenamiento aceptará como verdadero todo aquello que considere como tal y todo lo que se le presente, incapaz de discernir los distintos grados de verdad en una proposición (fe, certeza, opinión). Dicha mente cree haber comprendido lo que ha leído, pero lo distorsiona e impone su propia comprensión, su propia manera de entender. No necesitábamos IA para encontrar mentes defectuosas, pero sin una formación intelectual adecuada, su número no hará más que aumentar.

Fuente: Apostol n°206, abril de 2026


Notas:

1) Radiomensaje de Navidad, 24/12/1953

2) Antiqua y Nova, 14/01/25

3) Antiqua y Nova, artículo 81