martes, 30 de junio de 2026

PENTECOSTÉS RENOMBRADO COMO “ORGULLO”

La “nueva etapa” iniciada con el concilio Vaticano II muestra cómo la revolución arcoíris pasó de la tolerancia al abuso en la vida eclesial ordinaria.

Por Chris Jackson


Es casi imposible interpretar el informe de Saltillo como un caso aislado de abuso.

El domingo de Pentecostés, el “obispo” Hilario González García de Saltillo celebró una “misa” con grupos lgbt en la parroquia de San Esteban, en el marco de la “marcha del orgullo” de la ciudad. El 
“obispo” emérito Raúl Vera concelebró. Según el relato de los organizadores, colectivos lgbt participaron en las lecturas, la música y el ofertorio. Se recibió una bandera arcoíris cerca del atril y se ofreció otra con los logotipos de los grupos. El “obispo” se mostró alegre y abierto, y el “obispo emérito” fue elogiado como un aliado incondicional. El evento se describió como un momento en que personas que no habían pisado una iglesia en años “regresaron a casa”.

Ese es el lenguaje de la conversión, solo que en sentido contrario.

La antigua misión católica consistía en llamar a los pecadores al arrepentimiento, la confesión, la enmienda de vida y la unión con Cristo en estado de gracia. El nuevo escenario pastoral invita a la gente a regresar a casa colocando los símbolos de su movimiento de identidad pública cerca del ambón e integrando su autocomprensión colectiva en la propia acción litúrgica.

Pentecostés fue la fiesta en la que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles para enviarlos a convertir a las naciones. En Saltillo, según el relato, Pentecostés se convirtió en una celebración de la diversidad, la familia elegida, la dignidad, la solidaridad y el sentido de pertenencia. El milagro ya no consiste en que hombres de todas las naciones escuchen la predicación apostólica de Cristo crucificado y resucitado. El milagro ahora se ha transformado en que la comunidad 
lgbt se sienta “acogida” por la autoridad eclesiástica.

El antiguo Pentecostés le dio a la Iglesia lenguas de fuego para predicar el arrepentimiento.

El nuevo Pentecostés otorga un lugar a una bandera arcoíris cerca del atril.

No se trata de un problema estético menor. El atril es donde se proclama la Palabra de Dios. El ofertorio es donde se presentan el pan y el vino para el Santo Sacrificio. La música, las lecturas y las ofrendas contribuyen a dar sentido público al acto litúrgico.

Cuando un movimiento organizado en defensa de la identidad sexual recibe tal visibilidad litúrgica en el contexto de una 
“marcha del orgullo”, la “misa” adquiere un papel fundamental. Transmite el mensaje de que este movimiento, sus símbolos, su antropología y sus reivindicaciones públicas pueden integrarse plenamente en el culto de la Iglesia. Aunque nadie declare formalmente que la doctrina ha cambiado, el rito en sí mismo se convierte en catequesis.

Así es precisamente como funciona la revolución ahora: No necesita definir dogmas, representa una liturgia.

La bandera arcoíris cerca del atril es la homilía

El artículo dice que la homilía no está disponible, pero eso no tiene mucha importancia: La bandera arcoíris fue la homilía, el ofertorio fue la homilía, el contexto público de la 
“marcha del orgullo” fue la homilía.


La “homilía” contó con la presencia de “obispos”, “sacerdotes”, activistas, aliados y colectivos.

El discurso que siguió fue el de la homilía: dignidad, regreso a casa, familia elegida, amor que nunca excluye, el “espíritu” reuniendo cuerpos diversos.

Los “clérigos” modernos a menudo se escudan en negaciones técnicas. Dicen que la Iglesia no ha cambiado su doctrina, que nadie bendijo una unión y que la “misa” era para las personas, no para el pecado. Dicen que todos son bienvenidos. Dicen que acompañar no significa aprobar. Dicen que la bandera arcoíris es solo un símbolo de personas que han sido heridas y necesitan misericordia.

Se espera entonces que los fieles ignoren lo obvio.

Los símbolos, los rituales públicos y los lugares tienen significado. El orgullo tiene significado. Una bandera arcoíris exhibida en un espacio litúrgico católico durante una “misa” organizada con colectivos 
lgbt en el contexto de una “marcha del orgullo” no significa “arrepentirse y creer en el Evangelio”. Significa reconocimiento eclesiástico.

Por eso, el relato del organizador es tan revelador. El núcleo emocional no es la confesión, sino la afirmación. El tema recurrente no es la enmienda de vida, sino el reconocimiento. A quienes se sentían rechazados ahora se les dice que el “espíritu” los ha reunido precisamente como una comunidad de identidad sexual.

Esto es la sacramentalización de la identidad moderna.

La antigua postura católica hacia las personas con deseos desordenados era severa porque la realidad es severa. La Iglesia Católica las llamaba a la castidad, la confesión sacramental, la oración, la penitencia, la amistad bien entendida y la unión con Cristo a través de la Cruz. No las reducía a una categoría sexual ni les decía que su movimiento público debía limitarse a la liturgia. No permitía que los símbolos activistas se convirtieran en estandartes eclesiales.

El nuevo enfoque pretende honrar la dignidad dejando a la persona atrapada en la prisión de la identidad.

El enfoque antiguo honraba la dignidad al decir: no eres tu deseo desordenado. Eres un alma hecha para Dios.

Raúl Vera, el “obispo” aliado

Un informe nombra al 
“obispo emérito” Raúl Vera como un “aliado incondicional” de la comunidad lgbt.


Sin embargo, un obispo católico no es ordenado para ser aliado de un movimiento. Es consagrado para enseñar, gobernar y santificar en nombre de Cristo. Su función no es brindar validación eclesiástica a todo grupo que sufre rechazo, sino custodiar el depósito de la fe, condenar el error, alimentar a las ovejas y alejar a los lobos del altar.

El “obispo” moderno actúa cada vez más como capellán de grupos que presentan quejas.

El “obispo” moderno se recibe de activista. Adopta el lenguaje de estos grupos minoritarios. Bendice sus relatos de heridas. Acepta sus símbolos. Traduce sus demandas al nuevo dialecto de la Iglesia: dignidad, acogida, acompañamiento, participación, inclusión, reconciliación. Luego les dice a los fieles que Cristo nunca excluye.

Pero Cristo excluye el pecado del Cielo, excluye a los impenitentes, excluye a los fariseos, excluye a quienes se niegan a convertirse, excluye a aquellos que convierten la casa de su Padre en un mercado de falso culto.


La liturgia sentimental del Cristo del arcoíris excluye a un solo grupo: los católicos que todavía creen que Él quiso decir lo que dijo.

Por eso, el papel del 
“obispo” como “aliado” es tan destructivo. Sustituye la paternidad apostólica por una labor de capellán activista. Un padre dice la verdad incluso cuando sus hijos le guardan rencor. Un aliado valida al grupo porque su aceptación es el bien supremo.

La Iglesia necesita padres.

La nueva religión fabrica aliados.

Stonewall recibe su Eucaristía

Un “sacerdote paulista” celebró la Eucaristía anual del fin de “semana del orgullo” en el Monumento Nacional Stonewall, en Christopher Park, organizada por la parroquia de San Pablo Apóstol en Manhattan. El lugar estaba adornado con banderas arcoíris. Asistieron unas 150 personas. El “sacerdote” pidió disculpas por las ocasiones en que la Iglesia no había reconocido la presencia de Dios en las personas 
lgbt y, según se informó, afirmó que el movimiento hacia la inclusión está en marcha: “El tren ha partido. Y vamos hacia algún lugar”.


Esa frase es probablemente la más honesta de los tres informes.

El tren ha salido de la estación pero la pregunta es ¿quién construyó la pista?

Stonewall es uno de los lugares simbólicos de nacimiento del movimiento moderno por los “derechos” de los homosexuales. Llevar una celebración eucarística católica a ese espacio simbólico al comienzo del fin de “semana del orgullo” no es simplemente un gesto de acercamiento, sino una fusión de narrativas.

El altar está siendo arrastrado al sistema de memoria de la revolución sexual.

Una vez más, los defensores recurrirán a tecnicismos. Fue una misa. No una boda. Fue un acto de evangelización. La Iglesia debe llegar a los marginados. Cristo comió con pecadores. El “sacerdote” pidió disculpas por un error, no por una falta de doctrina. Los católicos transgénero sufren. La gente necesita sentirse vista.

Este es el mismo guion emocional cada vez.

El Evangelio es reducido a un mero reconocimiento.

La Cruz es reducida a la inclusión.

La conversión se sustituye por una disculpa.

La Iglesia es puesta en el banquillo de los acusados ​​y se le pide que confiese sus pecados contra la revolución sexual. Se disculpa por no haber reconocido la presencia de Dios en las personas, mientras evita cuidadosamente la dura verdad de que la presencia de Dios en un alma la aparta del pecado.


Dios está presente entre los pecadores como Creador, Juez, Redentor y Santificador.

Dios no está presente como garante de toda pretensión de identidad.

La antigua Iglesia habría ido a Stonewall a predicar el arrepentimiento, la misericordia, la castidad, la confesión y la vida eterna. La nueva Iglesia va a Stonewall a disculparse y anunciar que el tren está en marcha.

Y tiene razón. El tren está en movimiento.

No se dirige al Calvario.

Grech explica la teología detrás del arcoíris

La declaración del “cardenal” Mario Grech explica por qué Saltillo y Stonewall no son sucesos fortuitos.

Según afirma, la fase de implementación del sínodo marcará una nueva etapa en la recepción del concilio Vaticano II. El lenguaje es familiar: escucha, discernimiento, comunión, participación, intercambio de dones, implementación, diálogo en el “espíritu”. El discurso recogido señala que el discernimiento de los signos de los tiempos, el diálogo ecuménico e interreligioso y el compromiso con la justicia y la paz se convierten en medidas del servicio de la Iglesia.

Esa es la arquitectura que hay detrás de la misa arcoíris.

La palabra clave es implementación.

Mario Grech saluda al falso papa

El concilio Vaticano II no solo produjo un conjunto de documentos, sino también un método, una mentalidad y una nueva forma de autocomprensión eclesial. La Iglesia aprende del mundo, se disciernen los signos de los tiempos, el diálogo se convierte en una medida de fidelidad, la práctica pastoral en un motor teológico. La “jerarquía” no necesita anunciar una contradicción directa de la antigua doctrina, sino que implementa una nueva vida eclesial en la que la antigua doctrina se vuelve prácticamente inservible.

Por eso el lenguaje de Grech es clave.

La sinodalidad es el concilio Vaticano II convertido en gobierno cotidiano.

No se trata de una reunión, una consulta ni un proceso inofensivo. Es el sistema posconciliar aprendiendo a reproducirse a través de cada parroquia, diócesis, comisión, liturgia y programa pastoral.

La liturgia arcoíris es la sinodalidad.

Un grupo habla. La Iglesia escucha. El dolor del grupo se convierte en datos teológicos. Su experiencia se transforma en un “don”. Sus símbolos entran en la parroquia. Su lenguaje se convierte en vocabulario pastoral. Toda resistencia se convierte en exclusión. Toda doctrina que obstaculice el proceso se convierte en un problema que debe ser “recibido” de otra manera.

Así es como una revolución se apodera de la vida católica cotidiana: la nueva iglesia mantiene la doctrina en el papel y cambia la realidad en el altar.

La genialidad del sistema postconciliar reside en que casi nunca necesita pronunciar la frase prohibida. No le hace falta decir que los actos homosexuales son moralmente buenos, dice que las personas 
lgbt tienen dones.

No les hace falta decir que el orgullo es sagrado. sino que celebra una misa en el contexto del orgullo.

No les hace falta decir que la bandera arcoíris es un símbolo católico, sino que permiten colocar la bandera cerca del atril.

No les hace falta decir que la antigua teología moral es falsa, sino que dicen que el “espíritu” está haciendo algo nuevo.

No les hace falta decir que la revolución sexual ha triunfado, sino que dicen que el tren ha salido de la estación.


Así es como los enemigos de la Iglesia aprendieron a vencer sin pedir votación.

La doctrina permanece en algún lugar de un libro. El catecismo sigue estando disponible, técnicamente. Aún se pueden citar textos antiguos de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Incluso se pueden encontrar salvedades posconciliares recientes que afirman que Dios no bendice el pecado. Al católico común todavía se le puede decir que formalmente nada ha cambiado.

Mientras tanto, la vida ritual pública cambia, la parroquia cambia, el lenguaje cambia, las expectativas cambian, los símbolos cambian, las categorías cambian, y quienes se oponen, se convierten en extremistas.

Por eso, el informe Saltillo es más importante que mil notas a pie de página. Muestra el resultado eclesial real. Un 
“obispo” no tiene que publicar una tesis defendiendo los actos homosexuales, simplemente preside una “misa” donde todo el conjunto comunica una afirmación.

El artículo afirma que nadie tuvo acceso a la homilía, pero el evento fue la homilía.

Hoy, la Eucaristía está siendo utilizada como un arma contra la memoria católica.

Una Eucaristía centrada en una identidad activista es especialmente grave porque la Misa no es un ritual de afirmación comunitaria. Es el Santo Sacrificio de la Cruz y la representación incruenta del Calvario. Está ordenada a la adoración de Dios, la propiciación del pecado, la santificación de los fieles y la unión del Cuerpo Místico en la verdad y la gracia.

La Misa no es materia prima para la comunicación pastoral.

Una vez que la Misa se convierte en el lugar donde cada identidad herida recibe reconocimiento, nada puede detener el colapso. Cada grupo puede exigir su Eucaristía. Cada dolor puede exigir su símbolo. Cada movimiento puede exigir su bandera. Cada queja organizada puede pedirle al obispo que demuestre que la Iglesia los incluye.

Entonces el altar se convierte en un escenario público.

Por eso la antigua disciplina litúrgica era tan estricta. Entendía que el culto público moldea las almas más profundamente que las explicaciones. Un niño puede no comprender un tratado teológico, pero entiende cuando se coloca una bandera cerca del atril. Entiende cuando el obispo sonríe junto a ella. Entiende cuando ciertos activistas hacen el ofertorio. Entiende cuando los adultos dicen: “Esto es amor”.


Toda una generación está siendo catequizada sin un catecismo.

Están aprendiendo que la misericordia católica significa afirmar la identidad y que el Espíritu Santo sana confirmando el ser. Están aprendiendo que las antiguas condenas de la Iglesia fueron fracasos de reconocimiento y que la familia cristiana puede ser reemplazada por el lenguaje de la “familia elegida”. Están aprendiendo que la Eucaristía es el sacramento de la inclusión. Eso no es catolicismo, es la religión de la identidad moderna.

Saltillo y Stonewall son Fiducia Supplicans en movimiento

Es aquí donde la conexión con Fiducia Supplicans se vuelve inevitable.

Ese “documento” enseña más sobre el nuevo método que sobre una doctrina estable. Muestra cómo el Vaticano puede insistir en que la doctrina no ha cambiado, al tiempo que crea una estructura de autorización pastoral que todo activista progresista comprende de inmediato. No bendigas la unión formalmente. No crees un rito. Mantenla espontánea. Preserva la posibilidad de negarla. Luego, deja que las imágenes, los gestos y la “práctica pastoral” hagan su trabajo.


Saltillo y Stonewall representan la siguiente etapa de ese método.

Ya no se trata solo de bendiciones. Se trata de presencia eclesial, de puesta en escena litúrgica, de afirmación de la identidad y de narrativa pública. La revolución es demasiado inteligente como para limitarse a una bendición formal. Anhela la vida eclesial cotidiana. Anhela la vida parroquial. Anhela eventos diocesanos. Anhela fines de “semana del orgullo”. Anhela Pentecostés. Anhela Stonewall. Anhela la “misa”.

Por eso, el lenguaje de Grech sobre la “implementación” cobra tanta importancia. La implementación es donde la ambigüedad se convierte en realidad. Es donde el nuevo vocabulario se normaliza y donde los “obispos” descubren que pueden guiar a la Iglesia sin definir la doctrina.

La vieja pregunta era: ¿qué enseña la Iglesia?

La nueva pregunta es: ¿qué permitirá la Iglesia que suceda en su nombre?

La segunda pregunta ahora rige la primera.

Alemania ya no es la excepción

Durante años, los católicos pudieron consolarse diciendo que los peores abusos se habían cometido en Alemania. Alemania fue el laboratorio. Alemania fue el escenario de la revuelta abierta. Alemania tuvo a los “obispos” que impulsaron las bendiciones, la revolución sexual, la retórica de la ordenación de mujeres y las estructuras sinodales.

Esa comodidad se acabó.


La enfermedad alemana ya no es geográficamente alemana. Es el sistema operativo de la institución posconciliar. México puede celebrar una “misa de Pentecostés” en el contexto del orgullo con “obispos”. Nueva York puede celebrar una “Eucaristía del orgullo” en Stonewall. Roma puede hablar de la implementación sinodal como la siguiente etapa del concilio Vaticano II. El mismo lenguaje aparece en todas partes: dignidad, escucha, acompañamiento, discernimiento, inclusión, justicia, paz, diálogo, reconciliación.

La antigua universalidad católica se basaba en una sola fe, un solo sacrificio, una sola ley moral, un solo bautismo, un solo Señor.

La nueva universalidad es un vocabulario de entrega pastoral.

Alemania nunca fue el destino final. Fue solo un anticipo.

Ahora el modelo se conoce como sinodalidad.

Conclusión: El arcoíris se ha convertido en una prueba de la nueva religión.

Estos tres informes están relacionados.

Saltillo muestra el arcoíris entrando en Pentecostés.

Stonewall muestra al orgullo recibiendo una ceremonia eucarística.

Grech expone la teoría sinodal que hace que tales eventos sean comunes.

En conjunto, muestran la verdadera trayectoria de la institución posconciliar. La revolución sexual ya no solo llama a la puerta de la iglesia. En muchos lugares, “obispos” y “sacerdotes” la están escoltando hacia el altar, asegurando a todos que la doctrina no ha cambiado.

Por eso, el diagnóstico católico tradicional se vuelve cada vez más difícil de refutar con el paso de los años. Los católicos no solo se enfrentan a malas decisiones prudenciales, sino también a un nuevo sistema religioso que utiliza terminología, edificios, vestimentas, sacramentos y oficios católicos, al tiempo que promueve una antropología práctica contraria a la fe católica.

El escándalo no radica únicamente en la debilidad de los “obispos”. El escándalo reside en que la debilidad se ha convertido en un programa pastoral, la ambigüedad en una forma de gobierno y la “recepción” del concilio Vaticano II implica ahora la reconfiguración permanente de la vida católica en torno a las categorías del mundo moderno.

La bandera arcoíris cerca del atril no es casualidad.

Es el estandarte de la nueva etapa.

  

RESUMEN DE LOS DOLORES QUE LA SABIDURIA ENCARNADA QUISO PADECER POR AMOR NUESTRO (Cap. 13)

Continuamos con la publicación del capítulo 13 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO DECIMOTERCERO

RESUMEN DE LOS INEXPLICABLES DOLORES QUE LA SABIDURIA ENCARNADA QUISO PADECER POR AMOR NUESTRO

1 - EL MOTIVO MAS PODEROSO PARA AMAR LA SABIDURIA

La razón más poderosa que puede impulsarnos a amar a Jesús, la Sabiduría encarnada, es, a mi juicio, la consideración de los dolores que quiso padecer para mostrarnos su amor. "Hay -dice San Bernardo- un motivo que los supera a todos, que me aguijonea más sensiblemente y me apremia a amar a Jesucristo: es, ¡oh Señor!, el cáliz de amargura que quisiste apurar por nosotros. Sí, ¡la obra de nuestra redención te hace amable a nuestros corazones! Porque este beneficio supremo e incomparable testimonio de tu amor conquista fácilmente el nuestro. ¡Nos atrae más suavemente, nos obliga más justicieramente, nos liga más íntimamente y nos afecta más poderosamente!" Y en pocas palabras resume las razones: "Porque este amable Salvador ha trabajado y sufrido mucho para lograr nuestra salvación. ¡Oh! ¡Cuántas penas y amarguras tuvo que soportar!" (1).

2 - LAS CIRCUNSTANCIAS DE LA PASION DE LA SABIDURIA

Pero donde podemos ver más claramente el amor infinito de la Sabiduría hacia nosotros, es en las circunstancias que acompañan sus dolores.

1. Excelencia de su persona

La primera es la excelencia de su persona, que comunica valor infinito a cuanto sufre en su pasión. Si Dios hubiera enviado un serafín o un ángel del último coro para que, haciéndose hombre, muriera por nosotros, hubiera sido, en verdad, algo admirable y digno de nuestra eterna gratitud. Pero que el mismo Creador del Cielo y de la tierra, el Hijo único de Dios, la Sabiduría Eterna, se haya encarnado y haya dado su vida -a cuyo lado las vidas de todos los ángeles, de todos los hombres y de todas las criaturas juntas son infinitamente menos importantes de lo que sería la de un mosquito comparada con la de todos los reyes-, ¡qué exceso de amor no resplandece en este misterio y cuál no debe ser nuestra admiración y gratitud!

2. Padecimientos, incluso por sus enemigos

La segunda circunstancia es la condición de las personas por quienes padece. Son hombres, criaturas despreciables, enemigos suyos, de quienes nada podía temer ni esperar. Se han dado casos de personas que mueren por sus amigos. Pero ¿se dará jamás el caso -excepto el del Hijo de Dios- de que alguien muera por sus enemigos? Pero Cristo murió por nosotros cuando éramos aún pecadores -es decir, enemigos suyos-; así demuestra Dios el amor que nos tiene (2).

3. Enormidad y duración de sus múltiples padecimientos

La tercera circunstancia es la multitud, enormidad y duración de sus padecimientos. Fue tal el torrente de sus dolores, que se le llamó “hombre de dolores” (3), en quien desde la planta del pie hasta la cabeza no queda parte ilesa (4). Este gran amante de nuestras almas sufrió en todo: dolores externos e internos, en el cuerpo y en el alma (5).

Padeció en sus bienes. Sin recordar la pobreza de su nacimiento, la huida a Egipto y su permanencia allí, la pobreza de toda su vida, pensemos que en su pasión fue despojado de sus vestiduras por los soldados, que las sortearon entre sí, y luego clavado en la cruz, sin que le dejasen un pobre harapo para cubrirse.

Sufrió en su honor y reputación. Fue saturado de oprobios, tratado de blasfemo, sedicioso, borracho, comilón y endemoniado.

Fue menospreciado en su sabiduría, al ser considerado como ignorante e impostor y tratado de loco e insensato.

Fue ultrajado en su poder, al ser considerado como mago y hechicero, capaz de hacer falsos milagros en unión de Satanás.

Sufrió a causa de sus discípulos: el uno lo vendió y traicionó; el primero de ellos lo negó, y los demás lo abandonaron.

Sufrió de parte de toda clase de personas: reyes, gobernantes, jueces, cortesanos, soldados, pontífices, sacerdotes, eclesiásticos y seglares, judíos y gentiles, hombres y mujeres; de todos, sin excepción. Incluso, su santísima Madre aumentó de manera terrible sus aflicciones cuando la vio presenciando su muerte junto a la cruz, anegada en un mar de tristeza.


Nuestro amantísimo Salvador padeció en todos los miembros de su cuerpo: su cabeza fue coronada de espinas; sus cabellos y la barba, mesados; sus mejillas, abofeteadas; su rostro, cubierto de salivazos; su cuello y sus brazos, torturados con cuerdas; sus espaldas, cargadas y desolladas por el peso de la cruz; sus manos y pies, taladrados por los clavos; su costado y corazón, atravesados por la lanza. En una palabra: todo su cuerpo fue desgarrado sin misericordia por más de cinco mil azotes, de forma que se veían sus huesos medio descarnados.

Todos sus sentidos se vieron sumergidos en este mar de dolor: sus ojos, al contemplar las mofas y burlas de sus enemigos y las lágrimas y desolación de sus amigos; sus oídos, al escuchar las injurias, los falsos testimonios, las calumnias y horrendas blasfemias que aquellas bocas malditas vomitaban contra él; su olfato, al percibir la fetidez de los salivazos que le lanzaban; su gusto, al padecer aquella sed abrasadora que, en son de burla, pretendieron mitigar dándole a beber hiel y vinagre; y su tacto, al experimentar el exceso de dolor que le causaron los azotes, las espinas y los clavos.

El alma santísima de Jesús se vio cruelmente atormentada por los pecados de todos los hombres -como otros tantos ultrajes inferidos al Padre, a quien amaba infinitamente- y a causa de la perdición de tantas almas que, no obstante su pasión y muerte, se condenarían.

Sentía compasión no sólo de todos en general, sino de cada uno en particular, dado que los conocía a todos distintamente.

Contribuyó a aumentar sus dolores la duración de los mismos. Sufrió desde el momento de su concepción hasta su muerte, puesto que, gracias a la luz infinita de su sabiduría, veía distintamente y siempre tenía presentes todos los males que debía soportar.

Añadamos a estos tormentos el más cruel y espantoso de todos: el abandono en la cruz cuando exclamó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (6).

3. AMOR SUPREMO DE LA SABIDURIA EN SUS DOLORES

De lo anterior debemos inferir -con Santo Tomás y los Santos Padres- que el buen Jesús padeció más que todos los mártires que han existido o existirán hasta el fin del mundo.

Si, pues, el menor de los dolores del Hijo de Dios es más valioso y debe conmovernos más que si todos los ángeles y hombres hubieran muerto y sido aniquilados por nosotros, ¿cuál no debe ser nuestro dolor, agradecimiento y amor para con El, ya que padeció por nosotros cuanto es posible y con tales excesos de amor, sin estar obligado a ello? Por la dicha que le esperaba sobrellevó la cruz (7). Es decir, que Jesucristo, la Sabiduría eterna, habiendo podido permanecer en la gloria del Cielo, infinitamente alejado de nuestra indigencia, prefirió, por nuestro amor, bajar a la tierra, encarnarse y ser crucificado -según afirman los Santos Padres-. Una vez hecho hombre, podía comunicar a su cuerpo el gozo, la inmortalidad y la alegría de que ahora goza. Pero no quiso obrar así para poder padecer.

Añade Ruperto que el Padre ofreció a su Hijo, en el momento de la encarnación, la alternativa de salvar el mundo por el placer o por el dolor, por los honores o por los desprecios, por la riqueza o por la pobreza, por la vida o por la muerte. De modo que, si hubiera querido, hubiera podido redimir a los hombres y llevarlos al paraíso por medio de goces, delicias, placeres, honores y riquezas, gloria y triunfos. Pero El escogió los dolores y la cruz para dar mayor gloria al Padre, y a los hombres el testimonio de un amor más grande.

Más aún, nos amó tanto que, en lugar de abreviar sus dolores, deseaba prolongarlos y soportarlos mil veces más. Por ello, sobre la cruz, colmado de oprobios y abismado de dolores, como si los que padecía no fueran bastantes, exclamó: Tengo sed (8). Pero ¿de qué? "Su sed -dice San Lorenzo Justiniano- provenía del fuego de su amor, de la fuente y abundancia de su caridad. Tenía sed de nosotros, de entregarse a nosotros y padecer por nosotros" (9).

4 - CONCLUSION

Después de considerar todo esto, ciertamente hallamos motivos sobrados para exclamar con San Francisco de Paula: "¡Oh caridad! ¡Oh Dios de caridad! ¡La caridad que demostraste al sufrir, y padecer y morir, es, en verdad, excesiva!". O con Santa Magdalena de Pazzis, abrazada al crucifijo: "¡Oh amor! ¡Amor! ¡Cuán poco conocido eres!". O, finalmente, con San Francisco de Asís, arrastrándose por el fango de las calles: "¡Jesús, mi amor crucificado, no es conocido! ¡Jesús, mi amor, no es amado!".


Sí, en efecto, la Santa Iglesia hace repetir todos los días con sobrada razón: El mundo no lo conoció (10). El mundo no conoce a Jesucristo, la Sabiduría encarnada. Y, hablando razonablemente, conocer lo que Nuestro Señor ha padecido por nosotros y no amarlo con ardor -cosa que hace el mundo-, es algo moralmente imposible.

Continúa...

Notas:

1) San Bernardo.

2) Rm 5,8.

3) Is 53,3.

4) Is 1,6.

5) S. Th. III, q.46 a.5-7.

6) Mt 27,46.

7) Heb 12,2.

8) Jn 19,28.

9) De triumphali Christi agone, c 19.

10) Jn 1,10.


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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (114)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


114. En el convite de José de Arimatea. Encuentro con Gamaliel y Nicodemo.
21 de febrero de 1945.

1 Arimatea es todavía montañosa. No sé por qué me la imaginaba llana. En realidad está entre montes que van decreciendo hacia el llano fértil que en ciertas vueltas del camino aparece a Occidente, para difuminarse en el horizonte, en esta mañana de noviembre, en medio de una niebla baja que parece una extensión de agua sin límite.
Jesús está con Simón y Tomás. No tiene otros apóstoles consigo. Tengo la impresión de que valora sabiamente los efectos de los tipos de personas con que debe tratar, llevando consigo, según los distintos ambientes, a aquellos que pueden ser aceptados sin crear demasiado contraste en el huésped de que se trate. Estos judíos deben ser más... susceptibles que mujercitas románticas...
Oigo que están hablando de José de Arimatea. Tomás, que quizás le conoce muy bien, señala las posesiones de éste –vastas y valiosas– que se extienden por la montaña, especialmente por la parte de Jerusalén, siguiendo el camino que desde la capital viene hacia Arimatea y une después este lugar con Joppe. Oigo que hablan de esto, y que Tomás alaba también las tierras que José posee a lo largo de los caminos de la llanura.
“¡Al menos aquí no se trata como animales a los hombres! ¡Oh..., ese Doras!” dice Simón.
Efectivamente, aquí los trabajadores están bien nutridos y bien vestidos, y reflejan ese algo que expresa satisfacción, propio de quien se encuentra a gusto. Los trabajadores saludan respetuosamente: naturalmente ya saben quién es el que va por los campos de Arimatea hacia la casa de su patrón; saben quién es ese Hombre alto y apuesto, y, observándole, hacen comentarios en voz baja.

2 En el punto en que ya se ve la casa, hay un servidor de José, que se postra y pregunta: “¿Eres Tú el Rabí esperado?”.
“Soy Yo” responde Jesús.
El hombre se despide con profundo respeto y se marcha corriendo a avisar a su patrón.
Efectivamente, no ha llegado aún Jesús al límite de la casa –circundada completamente por un alto seto de plantas de hoja perenne, que substituye, en ésta, a la alta pared que tiene la casa de Lázaro, y que la aísla de la calle, pero que no es más que una continuación del jardín que rodea la casa, muy poblado de árboles, y ahora también muy desnudo de hojas–, no ha llegado aún, cuando José de Arimatea, vistiendo amplios indumentos de franjas, le sale al encuentro y se inclina reverentemente con las manos cruzadas sobre el pecho. No es el saludo humilde de quien reconoce en Jesús el Dios hecho Carne y que hace acto de sumisión postrándose, besando sus pies y la orla de la túnica; no es esto, pero, de todas formas, es un saludo de profundo respeto. Jesús, igualmente, se inclina y da su saludo de paz.
“Entra, Maestro. Me haces feliz aceptando la invitación. No esperaba en ti tanta condescendencia”.
“¿Por qué? Voy también a casa de Lázaro y...”.
“Lázaro es amigo tuyo... yo soy un desconocido”.
“Eres un alma que busca la Verdad. La Verdad, por lo tanto, no te rechaza”.
“¿Tú eres la Verdad?”.
“Yo soy Camino, Vida y Verdad. Quien me ame y me siga tendrá en sí el Camino cierto, la Vida feliz, y conocerá a Dios, porque Dios, además de ser Amor y Justicia, es Verdad”.
“Eres un gran Doctor. Toda palabra tuya espira sabiduría”. Luego se vuelve a Simón: “Me alegro de que tú también tornes, después de tanta ausencia, a mi casa”.
“No he estado ausente por propia voluntad. Tú sabes cuál fue mi suerte y cuántas lágrimas hubo en la vida del pequeño Simón, al que tu padre amaba”.
“Lo sé. Y creo que no desconoces que jamás hubo en mi boca palabra alguna que te pudiera perjudicar”.
“Sé todo. Mi fiel servidor me ha dicho que también a ti te debo el que me fueran respetados los bienes. Que Dios te lo pague”.
“Yo era algo en el Sanedrín, y lo usé esto para beneficiar, con justicia, a un amigo de casa”.
“Muchos eran los amigos de la mía, y muchos eran algo en el Sanedrín; pero, no tenían tu justicia”.
“¿Y éste, quién es? Me resulta conocido... pero no sé dónde...”.
“Soy Tomás, llamado Dídimo...”.
“¡Ah, eso es! ¿Vive aún tu anciano padre?”.
“Vive. En sus negocios, con mis hermanos. Yo le he dejado por el Maestro. Pero él se ha alegrado de ello”.
“Es un verdadero israelita, y, puesto que ha creído que Jesús de Nazaret es el Mesías, no puede sino sentirse feliz de que su hijo esté entre sus predilectos”.

3 Están ya en el jardín, junto a la casa.
“No le he dejado a Lázaro que se marchara. Está en la biblioteca leyendo un extracto de las últimas sesiones del Sanedrín. No quería detenerse porque... Sé que ya sabes... Por eso no quería detenerse. Pero he dicho: "No. No es justo que te avergüences de esa manera. En mi casa nadie te afrentará. Quédate. Quien se aísla está solo contra todo un mundo. Y, dado que el mundo es más malo que bueno, al solo se le derriba y pisotea". ¿Es correcto lo que he dicho?”.
“Es correcto lo que has dicho y has actuado bien” responde Jesús.
“Maestro... hoy va a estar aquí Nicodemo y... Gamaliel. ¿Te molesta?”.
“¿Por qué iba a sentirme molesto? Reconozco que es un hombre sabio”.
“Sí. Deseaba verte y... y quería resistir firme en su posición. Ya sabes... ideas. Dice que él ya ha visto al Mesías y que está esperando el signo que le prometió, llegada la hora de su manifestación. Pero dice también que Tú eres "un hombre de Dios". No dice "el Hombre". Dice "un hombre de Dios". Sutilezas rabínicas, ¿verdad? ¿No te sientes ofendido por ello, verdad?”.
Jesús responde: “Sutilezas. Bien has dicho. Hay que dejarles... Los mejores podarán por sí mismos todos los inútiles ramojos que los hacen todo fronda y nada fruto; y vendrán a mí”.
“He querido referirte sus palabras porque, sin duda, te las repetirá a ti. Es auténtico” hace notar José.
“Virtud rara y que aprecio mucho” responde Jesús.
“Sí. Le he dicho también: "Pero, con el Maestro está Lázaro de Betania". Se lo he dicho porque.... sí, en suma, por causa de su hermana. Pero Gamaliel ha respondido: "¿Ella está presente? ¿No? ¿Y entonces? Del vestido que no sigue en el fango el barro se desprende. Lázaro se lo ha sacudido de sí, y no me contamina la túnica. Además, juzgo que si a su casa va un hombre de Dios, puedo también tratarle yo, doctor de la Ley"”.
“Gamaliel juzga bien. Fariseo y doctor hasta la médula, pero todavía honesto y justo”.

4 “Me alegra oírtelo decir. Maestro, mira, Lázaro”.
Lázaro se inclina para besar la túnica de Jesús. Se siente dichoso de estar con El, pero también se ve claramente que, esperando a los convidados, está muy agitado. Me es cierto que el pobre Lázaro, a sus conocidas torturas, conocidas por los hombres por haber sido transmitidas por la historia, ha de añadir ésta –desconocida y no meditada por la mayoría– del sufrimiento moral de ese tremendo aguijón que supone el pensamiento: “¿Qué me dirá éste? ¿Qué piensa de mí? ¿Cómo me considera? ¿Me herirá con palabras o miradas de desprecio?”. Aguijón éste que atormenta a todos aquellos que tienen alguna mancha en su familia.
Dentro ya de la riquísima sala donde están dispuestas las mesas, no esperan más que a Gamaliel y Nicodemo, porque otros cuatro invitados han llegado ya. Oigo que los presentan con los respectivos nombres de Félix, Juan, Simón y Cornelio.
Se produce un gran alboroto de servidores que acuden a la sala, cuando llegan Nicodemo y Gamaliel (el siempre imponente Gamaliel, con su espléndido indumento de nieve hilada, que endosa con majestuosidad de rey). José, con toda premura, se dirige a su encuentro. El saludo entre ambos es de una deferencia pomposa. También Jesús recibe un reverente saludo y se inclina ante el gran rabino, que le saluda así: “El Señor esté contigo”; a lo que Jesús responde: “Y su paz sea siempre compañera tuya”. Lázaro también se inclina reverente, y así los demás.

5 Gamaliel toma asiento en el centro de la mesa, entre Jesús y José. Al lado de Jesús está Lázaro; al lado de José, Nicodemo. Comienza la comida tras las preces rituales, dirigidas por Gamaliel después de un intercambio de cortesías enteramente oriental entre los tres principales personajes, o sea, Jesús, Gamaliel y José.
Gamaliel es hombre de porte muy digno, pero no es soberbio. Más que hablar, escucha. Se ve que medita cada una de las palabras de Jesús, y frecuentemente le mira con sus profundos ojos oscuros y severos. Cuando Jesús calla por haberse agotado el tema, es Gamaliel quien, con una oportuna pregunta, reanima las conversaciones.
Lázaro en un primer momento se encuentra un poco confuso, pero luego toma ánimos y también habla.
Alusiones directas a la personalidad de Jesús no hay hasta casi terminada la comida. En ese momento se enciende, entre el que se llamaba Félix y Lázaro –al cual luego se une, apoyándole, Nicodemo y, en fin, el que se llamaba Juan–, una discusión acerca de los milagros como prueba a favor o en contra de un individuo.
Jesús calla. De vez en cuando sonríe con misteriosa sonrisa, pero calla. También Gamaliel calla. Tiene un codo apoyado sobre el recostadero y la mirada intensamente fija en Jesús. Parece como si quisiera descifrar alguna palabra sobrenatural incidida en la piel pálida y lisa del rostro delgado de Jesús, rostro del que parece estar analizando cada una de las fibras.

6 Félix sostiene que la santidad de Juan es innegable, y de esta cierta e indiscutible santidad deduce una consecuencia no favorable a Jesús Nazareno, autor de muchos y conocidos milagros. Dice: “No es el milagro prueba de santidad, porque no se ve en la vida del profeta Juan, y ninguno en Israel lleva una vida como la suya: ni banquetes, ni amistades, ni comodidades; sí sufrimientos y encarcelaciones por el honor de la Ley; soledad, porque –sí– tiene discípulos, pero ni siquiera con ellos convive, y encuentra culpas incluso en los más honestos, y a todos alcanzan sus invectivas. Mientras que... la verdad es que el Maestro de Nazaret, aquí presente, ha hecho milagros, es cierto, pero veo que aprecia como los demás lo que la vida ofrece, y no rechaza amistades y –perdona si esto te lo dice uno de los Ancianos del Sanedrín– se muestra demasiado dispuesto a dar, en nombre de Dios, perdón y amor a pecadores públicos y anatematizados. No deberías hacerlo, Jesús”.
Jesús sonríe y guarda silencio. Lázaro responde por El: “Nuestro potente Señor es dueño de dirigir a sus siervos como quiere y a donde quiere. A Moisés le concedió el milagro; a Aarón, su primer pontífice, no se lo concedió (97). ¿Qué decir entonces? ¿Qué conclusión sacas? ¿Más santo el uno que el otro?”.
“Ciertamente” responde Félix.
“Entonces el más santo es Jesús, que obra milagros”.
Félix se encuentra desorientado, pero encuentra un punto donde agarrarse: “Aarón había recibido ya el pontificado. Era suficiente”.
“No, amigo” responde Nicodemo. “El pontificado era una misión; santa, pero no más que una misión. No siempre y no todos los pontífices de Israel han sido santos; lo cual no quita el que fueran pontífices, aunque no fueran santos”.
“¡No querrás decir que el Sumo Sacerdote es un hombre privado de gracia!...” exclama Félix.
“Félix... no toquemos el fuego encendido. Yo, tú, Gamaliel, José, Nicodemo, todos, sabemos muchas cosas...” dice el que lleva por nombre Juan.
“¿Pero qué dices?, ¿qué dices? ¡Gamaliel, interven!...”. Félix está escandalizado.
“Si es justo, dirá la verdad que no quieres oír” dicen los tres que discuten acaloradamente contra Félix.
José trata de poner paz. Jesús está callado, como también lo están Tomás, el Zelote, y el otro Simón, amigo de José. Gamaliel parece jugar con las franjas de su vestido, pero está mirando de abajo arriba a Jesús.
“¿No hablas, Gamaliel?” grita Félix.
“Sí. Habla. Habla” dicen los tres.
“Yo digo que las debilidades de la familia se deben mantener celadas” responde Gamaliel.
“¡Eso no es una respuesta!” grita Félix. “¡Parece como si confesaras que existen culpas en casa del Pontífice!”.
“Es boca que dice verdad” replican los tres.

7 Gamaliel se pone derecho y se vuelve hacia Jesús: “Aquí está el Maestro que eclipsa a los más doctos. Que dé su opinión”.
“Tú lo deseas. Obedezco. Digo: el hombre es hombre; la misión va más allá del hombre; pero el hombre, investido de una misión, es capaz de cumplirla como superhombre cuando, por vivir una vida santa, tiene a Dios como amigo. Es El quien ha dicho: "Tú eres sacerdote según el orden que Yo he dado". ¿Qué está escrito en el Racional (98)? "Doctrina y Verdad". Esto deberían poseer los pontífices. A la Doctrina se llega con constante meditación, orientada a conocer al Sapientísimo; a la Verdad, con la fidelidad absoluta al Bien. Quien se amanceba con el Mal entra en la Mentira y pierde Verdad”.
“¡Bien! Has respondido como un gran rabino. Yo, Gamaliel, te lo digo. Me superas”.
“Que explique entonces éste por qué Aarón no hizo milagros y Moisés sí” dice Félix chillando.
Jesús, interpelado, responde solícito: “Porque Moisés tenía que imponerse a la masa gris y pesada, e incluso contraria, de los israelitas, y llegar a tener una autoridad moral sobre ellos que fuera capaz de doblegarlos a la voluntad de Dios. El hombre es el eterno salvaje y el eterno niño. Le impresiona lo que escapa a las reglas. Tal es el milagro. Es una luz agitada ante las pupilas oscurecidas, es un sonido producido junto a los oídos tapados: despierta, atrae la atención, hace decir: "Aquí está Dios"”.
“Lo dices en favor tuyo” replica Félix.
“¿En favor mío? ¿Y qué me añado obrando milagros? ¿Puedo parecer más alto sí me meto un filamento de hierba bajo los pies? Así es el milagro, en relación con la santidad. Hay santos que jamás han obrado milagros. Hay magos y nigromantes que con fuerzas oscuras los realizan, o sea, llevan a cabo cosas sobrehumanas pero que no son santas, siendo ellos demonios. Yo seré Yo, aunque deje de obrar milagros”.
“¡Muy bien! ¡Eres grande, Jesús!” aprueba Gamaliel.
“¿Y quién es, según tu parecer, este "grande"?” insta Félix dirigiéndose a Gamaliel.
“El mayor entre los profetas que yo conozco, tanto en sus obras como en sus palabras” responde éste.
“Yo te digo que es el Mesías, Gamaliel. Créelo, tú, que eres sabio y justo” dice José.
“¿Cómo? ¿Tú también, rector de judíos, tú, el Anciano, gloria nuestra, caes en esta idolatría hacia un hombre? Dime quién te prueba que es el Cristo. Yo no lo creeré ni siquiera viéndole hacer milagros. ¿Y por qué ante nosotros no hace uno? Díselo tú, tú que le alabas; díselo tú, que le defiendes” dice Félix a Gamaliel y a José.
“No le he invitado para ser juguete de mis amigos, y te ruego que recuerdes que es mi huésped” responde serio José.
Félix se levanta y se marcha, enfadado y grosero.

8 Se produce un silencio. Jesús se vuelve hacia Gamaliel: “¿Y tú no pides milagros para creer?”.
“No serán los milagros de un hombre de Dios los que me extraerán el aguijón que llevo en el corazón, de tres preguntas que siempre quedan sin respuesta”.
“¿Qué preguntas?”.
“¿Está vivo el Mesías? ¿Era aquél? ¿Es éste?”.
“¡Te digo que es El, Gamaliel!” exclama José. “¿No le sientes santo, distinto, potente? ¿Sí? ¿Entonces? ¿A qué esperas para creer?”.
Gamaliel no responde a José. Se dirige a Jesús: “Una vez –no te sientas molesto, Jesús, si soy tenaz en mis ideas– ...una vez, en vida aún del grande y sabio Hillel, yo creí, y él conmigo, que el Mesías estaba en Israel. ¡Gran refulgir de sol divino en aquel frío día de un insistente invierno! Era Pascua... Los hombres temían por las congeladas mieses... Yo dije, después de oír aquellas palabras: "¡Israel está salvado! ¡Desde hoy, copiosidad en los campos y bendiciones en los corazones! El Esperado se ha manifestado con su primer fulgor". Y no me equivoqué. Todos podéis recordar qué recolección hubo ese año embolismal, de trece meses (99), que en éste se repite...”.
“¿Qué palabras oíste? ¿Quién las pronunció?”.
“Uno... poco más que un niño... pero Dios resplandecía en su rostro inocente y delicado... Hace diecinueve años que lo pienso y lo recuerdo... y busco volver a oír esa voz... que pronunciaba palabras de sabiduría... ¿Dónde estará? Yo pienso:... "Era Dios. Bajo forma de niño para no aterrorizar al hombre. Y como relámpago que atravesando los firmamentos velozmente aparece a Oriente y a Poniente, a Septentrión y a Meridión, El, el Divino, va de uno a otro lado de la Tierra, vestido de misericordiosa belleza, con voz y rostro de niño y pensamiento divino, para decirles a los hombres: 'Yo soy' ". Pienso de esta forma... "¿Cuándo volverá a Israel?... ¿Cuándo?". Y pienso: "Cuando Israel sea altar para su pie de Dios"; y gime el corazón, viendo la abyección de Israel: "Nunca". ¡Oh..., dura respuesta... y verdadera! ¿Puede acaso la Santidad descender en su Mesías estando la abominación entre nosotros?”.
“Puede hacerlo y lo hace, porque es Misericordia” responde Jesús.

9 Gamaliel le mira pensativo y pregunta: “¿Cuál es tu verdadero Nombre?”.
Y Jesús se alza, majestuoso, y dice: “Yo soy quien es. Soy el Pensamiento y la Palabra del Padre. Soy el Mesías del Señor”.
“¿Tú?... No lo puedo creer. Grande es tu santidad. Pero aquel Niño en el cual yo creo dijo entonces: "Daré un signo... Estas piedras se estremecerán cuando sea mi hora". Yo espero ese signo para creer. ¿Me lo puedes dar Tú para persuadirme de que eres el Esperado?”.
Los dos –ahora en pie ambos– altos, solemnes –el uno con su amplio vestido de lino cándido, el otro con su vestido sencillo de lana roja oscura; el uno anciano, el otro joven; de ojos dominadores y profundos ambos– se miran fijamente.
Jesús baja el brazo derecho, que había plegado sobre el pecho, y, como si estuviera haciendo un juramento, exclama: “¿Ese signo quieres? ¡Pues lo tendrás! Repito aquellas lejanas palabras: "Las piedras del Templo del Señor se estremecerán con mis últimas palabras". Espera ese signo, doctor de Israel, hombre justo, y luego cree, si quieres ser perdonado y recibir la salvación. ¡Bienaventurado anticipadamente si pudieras creer antes! Pero, no puedes. Siglos de creencias erradas acerca de una promesa acertada, y cúmulos de orgullo, te hacen baluarte ante la Verdad y ante la Fe”.
“Dices bien. Esperaré ese signo. Adiós. El Señor esté contigo”.
“Adiós, Gamaliel. Que el Espíritu te ilumine y te guíe”.
Todos despiden a Gamaliel, que se va con Nicodemo y con Juan y Simón (miembro del Sanedrín). Se quedan Jesús, José, Lázaro, Tomás, Simón Zelote y Cornelio.
“¡No cede!... Quisiera tenerle entre tus discípulos. Sería un peso decisivo a tu favor.. pero no lo logro” dice José.
“No te aflijas por ello. No hay influencia capaz de salvarme de la tempestad que se está preparando. Pero Gamaliel, si no se pliega a favor, tampoco lo hará contra Cristo. Es de los que esperan...”.
Todo termina.

Continúa...

Notas:

97) Cfr. por ej. Ex. 4, 1–17 y 27–31; Efectivamente, a pesar de haber obrado prodigios Aarón, se puede decir que el Señor no se los concedía a él, porque había ordenado a Moisés cumplirlos a través de la acción de Aarón (Exodo, 7, 8 – 8, 19). Y aun cuando el Señor se los hubiera concedido a Aarón, éste los habría obtenido no en cuanto "primer pontífice suyo", porque esos prodigios fueron obrados antes de la consagración de Aarón como sumo sacerdote (Éxodo 28–29; Levítico 8–9).

98) Cfr. Ex. 28, 15–30; 39, 8–21; Lev. 8, 8; 1 Re. 14, 36–46.

99) El año hebraico contaba 12 meses de 29 o 30 días, con un mes suplementario cada dos o tres años.


 
 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 

30 DE JUNIO: SAN PABLO, APÓSTOL DE LAS GENTES


30 de Junio: San Pablo, apóstol de las gentes

(✞ 67) 

El gloriosísimo Apóstol de las gentes San Pablo fue hebreo de nación, de la tribu de Benjamín y nació en la ciudad de Tarso (como él mismo lo dice).

Tuvo padres honrados y ricos, y por ellos fue enviado a Jerusalén, para que debajo del magisterio de Gamaliel, famoso letrado, fuese enseñado en la ley de Moisés.

Entendiendo que los discípulos de Jesucristo eran contrarios a aquella doctrina, les comenzó a perseguir cruelísimamente; y hasta procuró la muerte de San Esteban, ofreciéndose él mismo al sumo sacerdote para perseguir a los cristianos; y con gente armada partió hacia la ciudad de Damasco para traer aherrojados a todos los que hallase, hombres y mujeres que creyesen en Cristo, y hacerlos infame y cruelmente morir.

Pero en el mismo camino de Damasco se le apareció el Señor, y cegándole primero con su luz, le alumbró; y con su voz poderosa como trueno, le asombró; y derribó del caballo y de ser lobo se convirtió cordero, y de perseguidor, pasó a ser defensor de su Iglesia y vaso escogido para que llevase su santo nombre por todo el mundo, como se dijo en el día de su conversión.

No se puede explicar con pocas palabras lo que este santísimo apóstol trabajó y padeció predicando el Evangelio en Damasco, en Chipre, en Panfilia, en Pisidia, en Lystra, en Jerusalén, en muchas regiones de Siria, Galacia y Macedonia, y en las populosas ciudades de Filipos, de Atenas, de Efeso, de Corinto y de Roma, alumbrando como sol divino tantas naciones, islas y regiones que estaban asentadas en las tinieblas y sombras de la muerte.

El mismo dice de sí que fue encarcelado más veces que los otros apóstoles, y que se vio lastimado con llagas sobremanera, y muchas veces en peligro de muerte.

Su vida no parecía de hombre mortal, sino de hombre venido del cielo, que con verdad pudo decir:

- Vivo yo, más no yo, sino Cristo vive en mí.

Él fue el gran intérprete del Evangelio que sin haber aprendido nada de los demás Apóstoles, fue enseñado por el mismo Dios, y descubrió a los hombres las riquezas y tesoros que están escondidos en Cristo, confirmando su predicación con divinos portentos, como decía a los fieles de Corinto:

- Las señales de mi apostolado ha obrado Dios sobre vosotros, con toda paciencia, con milagros y prodigios, y con obras maravillosas.

Y escribe San Lucas que con poner los lienzos de San Pablo sobre los enfermos y endemoniados, todos quedaban libres de sus dolencias.

Después de haber estado el santo apóstol dos años preso en Roma, es fama que sembró también la semilla y doctrina del cielo por Italia y Francia y que vino a España donde predicó con gran fruto.

Finalmente, volviendo a Roma a los doce años del imperio de Nerón, fue degollado, en un lugar llamado de las tres fontanas, sellando con su sangre la fe de Cristo.

Reflexión:

Alabemos pues y glorifiquemos a los príncipes de la Iglesia, San Pedro y San Pablo; porque ellos son las lumbreras del mundo, las columnas de la fe, los fundadores del reino de Cristo, los ejemplos de los mártires, los maestros de la inocencia y los autores de la santidad alabados del mismo Dios. Amémonos como buenos hijos de sus padres, oigámoslos como oveja a sus pastores; imitémoslos como a santos, y pidámosle socorro a favor como a bienaventurados.

Oración:

¡Oh Dios! Que alumbraste a los gentiles por medio de la predicación del apóstol San Pablo; te suplicamos nos concedas sea nuestro protector para contigo, aquel cuya fiesta celebramos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 

lunes, 29 de junio de 2026

LA RENUNCIA DEL P. PIERRE ROY A LA FSSPX (2016)

El P. Pierre Roy fue ordenado sacerdote de la FSSPX en 2011 pero en 2016, anunció su renuncia y se unió a la Resistencia, permaneciendo en las Provincias Marítimas de Canadá.

Por Sean Johnson


El P. Pierre Roy fue ordenado sacerdote de la FSSPX en 2011 y destinado a Quebec, Canadá. En 2016, anunció su renuncia a la FSSPX y se unió a la Resistencia, permaneciendo en las Provincias Marítimas de Canadá. Finalmente, se desvinculó de la Resistencia principalmente por la cuestión del “una cum” (una unidad), y comenzó a dialogar con obispos y clérigos sedevacantistas/sedeprivacionistas, adoptando finalmente esta última postura. En enero de 2024, fue consagrado obispo por el obispo da Silva en Brasil y continúa sirviendo a sus fieles en Canadá.

☙❧ ☙❧ ☙❧

(3 de junio de 2016)

Queridos hermanos:

Esta carta es para notificarles mi decisión de dejar la Sociedad de San Pío X. A pesar de mi sermón del pasado 17 de abril, muchos de ustedes se sorprenderán al saber de mi partida. Espero que estas líneas aclaren las razones de mi partida.

Quisiera decir, en primer lugar, que no deseaba que mi sermón del 17 de abril se publicara en todos los ámbitos y que hice todo lo posible para evitar su difusión. Predicaba únicamente para la capilla de Montreal, la parte del rebaño del Señor que me fue encomendada por mi superior. Dicho esto, el Señor ha querido que sea de otra manera. ¡Bendito sea su Santo Nombre!

Nací y crecí en el seno de la Sociedad. Le debo todo a la labor del Arzobispo Lefebvre. Por ello, soy plenamente consciente de la gravedad de la decisión que tomo ante Dios y ante ustedes, y también del deber de rendir cuentas algún día ante el Tribunal del Juez Justo.

Desde hace varios años, las autoridades de la Sociedad —que ya no se ocultan— organizan una reunificación con la Roma apóstata. ¿Es legítimo someterse a autoridades que no comparten nuestra fe, o aceptar de ellas un reconocimiento, siempre y cuando exijan “ningún compromiso”? Les dejo a ustedes juzgar con estas palabras del Papa Pío XI:

“Todo el mundo sabe que el mismo Juan, el apóstol del amor, que parece revelar en su Evangelio los secretos del Sagrado Corazón de Jesús, y que nunca dejó de impresionar en los recuerdos de sus seguidores el nuevo mandamiento "Ámense unos a otros", dijo que cualquier relación con aquellos que profesan una versión mutilada y corrupta de la enseñanza de Cristo, es prohibida: "Si alguien viene a ti y no te trae esta doctrina, no lo recibas en la casa ni le digas: Bienvenido!". Por esa razón, como la caridad se basa en una fe completa y sincera, los discípulos de Cristo deben estar unidos principalmente por el vínculo de una fe. Entonces, ¿quién puede concebir una Federación Cristiana, cuyos miembros conserven cada uno sus propias opiniones y juicios privados, incluso en asuntos que conciernen al objeto de la fe, aunque sean repugnantes a las opiniones del resto? Y de qué manera, Preguntamos, ¿pueden los hombres que siguen opiniones contrarias, pertenecer a la misma Federación de fieles? (Mortalium Animos)

Sabéis también, queridos fieles, que la Sociedad siempre ha considerado ilegítimo aliarse con quienes se han apartado de la Tradición y ya no profesan la Fe en su integridad. ¿Por qué, después de todo, nos hemos permitido criticar a la Fraternidad de San Pedro durante los últimos 30 años? ¿Por qué hemos criticado más recientemente a Campos? ¿Por qué repudiamos el acuerdo alcanzado en 2006 por el Instituto del Buen Pastor? Tras haber afirmado recientemente a un superior que sería necesario que dejáramos de criticar a estas comunidades, recibí la siguiente respuesta: “¡Ah, pero seguiremos criticándolas!”. Entonces pregunté por qué, con qué principio. No recibí más respuesta.

No, o bien hemos estado equivocados desde 1988 e incluso desde 1975, o bien hemos estado equivocados desde 2012. A menos que nosotros también adoptemos una concepción subjetiva de la verdad, y lo que era cierto en 1988 ya no lo sea. Una última solución —mediante la cual aparentemente todo puede justificarse—: La situación ha cambiado. Somos testigos, dice nuestro superior general, de un punto de inflexión en la historia de la Iglesia: ya no quieren imponernos el Concilio; el Papa Francisco “parece ser alguien que desearía ver al mundo entero salvado, que todos tengan acceso a Dios”, continúa.

¿Acaso Jesús no dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”? (Juan 14:15). Cabe preguntarse seriamente si el Papa Francisco, que prácticamente niega los mandamientos ante el mundo entero, busca realmente salvar almas. Por otro lado, ¿acaso el Arzobispo Lefebvre no escribió en su Viaje Espiritual, su testamento a sus sacerdotes: “Es deber ineludible de todo sacerdote y laico que desee permanecer católico separarse claramente de la Iglesia conciliar, mientras esta no profese la tradición del Magisterio de la Iglesia y de la fe católica”, como nos recordó el Obispo Tissier de Mallerais no hace mucho?

Algunos dirán: “Aún no está hecho. ¡Esperen a que esté hecho!”. Esto mismo les dije a muchos de ustedes, mis queridos fieles, durante algunos años, esperando y creyendo sinceramente que las autoridades de nuestra Sociedad rectificarían. Pero debo afrontar la evidencia de que no lo han hecho. Día tras día, declaración tras declaración, siguen inoculando en las almas de fieles y sacerdotes por igual un error pernicioso, que considera legítimo solicitar a la autoridad conciliar un reconocimiento y una jurisdicción sumamente dudosos por la traición diaria de esta autoridad a la fe. Este error, que se insinúa en el espíritu de cada uno, provoca que incluso sacerdotes conocidos por su intransigencia doctrinal (siendo esta una virtud) se vuelvan cada vez menos combativos, hasta el punto de estar dispuestos a traicionarlo todo.

Esto se logra de forma gradual y sin que nos demos cuenta de las ambigüedades introducidas. Comenzó convenciéndonos de que un Motu Proprio que equiparaba, e incluso subordinaba, el Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo a lo que el Arzobispo Lefebvre, con toda razón, llamó la “misa de Lutero”, era bienvenido y beneficioso. Agradecimos a las autoridades conciliares este gesto, aunque tímidamente sosteníamos que solo la Misa de San Pío V era legítima. Fue un primer paso, o quizás un primer paso en falso. Nos dicen: “¿Acaso el Motu Proprio no produce resultados maravillosos?”. Pero ¿desde cuándo los resultados prácticos son más importantes que la pureza de la doctrina de Cristo? ¿Desde cuándo la verdad se beneficia de las concesiones humanas? “No hagan el mal para que venga el bien”, nos dijo el Apóstol (Romanos 3:8).
Luego nos convencieron de que era aceptable cantar un solemne Te Deum para la publicación de un documento que, al levantar las “excomuniones” de los cuatro obispos consagrados por el arzobispo Lefebvre, reafirmaba en principio que nuestros obispos habían sido excomulgados de verdad. Este decreto que levanta la falsa sentencia dictada contra nuestros obispos no es, en última instancia, más que una nueva condena de las acciones del arzobispo Lefebvre, a quien todavía tenemos la insolencia de llamar “nuestro venerado fundador”.

Sin poner en práctica el consejo de San Juan ni el de Nuestro Señor Jesucristo (“Guardaos de los falsos profetas”, Mateo 7:15), en debate tras debate, y en reunión tras reunión, acabamos acallando nuestras sospechas, que son más que legítimas y sanas ante quienes niegan la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo. Así es como nuestro superior se ha convertido, según el Papa Francisco, en un hombre con quien se puede dialogar”, con quien quien actualmente dirige la subversión y la destrucción de la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo cree poder hacer “buenas obras”. ¿Acaso sorprende entonces que nos concedan con gusto jurisdicción para las confesiones (que nunca nos faltó)? ¿Cómo podemos afirmar que no pedimos nada, cuando Roma lo da todo? ¿Acaso no hemos solicitado recientemente la dudosa jurisdicción conciliar de Roma respecto a los demás sacramentos? ¡No, en verdad, no pedimos nada! ¡Roma, que castiga a Nuestro Señor Jesucristo, nos desea lo mejor! Esto es bastante preocupante: ¿de qué lado estamos?

La nueva dirección de nuestra Sociedad se impone a los sacerdotes, a muchos sacerdotes que jamás la han deseado. Los silencios forzados, los traslados, los ascensos, los juicios, las amenazas, las promesas, las exclusiones, todo se justifica cuando sirve para defender la “posición de la Sociedad”, que en realidad —como siempre en una revolución— es la de una minoría que ha tomado el poder y que manipula hábilmente a la mayoría pasiva.

Tras mi sermón del 17 de abril, además de las reacciones desesperadas de algunos colegas, me ordenaron guardar silencio. Querían que jurara por mi sacerdocio (!) no volver a hablar desde el púlpito sobre la cuestión de un acuerdo con la Roma apóstata. “Tienes muchos otros temas sobre los que puedes hablar”, me dijeron (1).

Naturalmente, soy consciente de que el tema principal de la predicación no es la unión de nuestra Sociedad con Roma, sino el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Pero quisiera señalar —ustedes son mis testigos, queridos hermanos— que esa fue la primera vez en cinco años de ministerio que hablé sobre este tema desde el púlpito. Me negué a ser silenciado. Sin embargo, prometí advertir a mis superiores antes de volver a tratar el tema desde el púlpito. “Si piensas volver a hablar de ello”, me dijeron, “tendrás derecho a confesarte y a celebrar Misa, pero no podrás predicar. De lo contrario, abandona la Sociedad y di lo que quieras”. Eso es lo que estoy haciendo, hermanos, porque un sacerdote debe predicar y advertir a su rebaño de los lobos que amenazan con devorarlo.

No tengo certeza absoluta de que la Sociedad se una a Roma. Sin embargo, tengo la certeza moral de que lo harán, dada la clara, expresa y reiterada voluntad tanto de Roma como de la Sociedad de llegar a un acuerdo, y dada también la absorción en los últimos meses de las últimas voces episcopales que se oponían firmemente. Que Dios nos libre de esta tragedia: ¡esta seguirá siendo mi ferviente oración, a pesar de mi partida!

Mientras tanto, habiendo renunciado el día de mi bautismo no solo a Satanás y sus obras, sino también a sus seducciones, no puedo aceptar que mi alma inmortal sea vendida a la secta conciliar, ni siquiera que sea puesta a la venta. Por consiguiente, el hecho de que los superiores de la Sociedad hayan demostrado en numerosas ocasiones su disposición a un acuerdo práctico (en ausencia de la conversión de Roma) me basta para dar este paso, prudentemente, no sin antes haber orado largamente y consultado con sacerdotes sabios. No cabe la menor duda de que no guardaré silencio sobre lo que está sucediendo. He guardado silencio demasiado tiempo, esperando y asegurándoles, hermanos, que los superiores de la Sociedad finalmente abrirían los ojos. Pero cuanto más tiempo pasaba, más me veía obligado a aceptar la evidencia de que quienes nos dirigen no tienen intención de dar marcha atrás.

Debo confesar que hablar abiertamente de la traición que estamos viviendo es un asunto muy delicado si uno permanece dentro de la Sociedad. Por eso me marcho: para poder predicar la verdad con integridad, ya que algún día debo responder por cada una de las almas que me han sido confiadas. Guardar silencio ya no era posible sin hacerme culpable ante Dios.

En el pasado he criticado severamente a aquellos a quienes llamamos la “Resistencia”, pero a quienes otros llaman la “Subversión”, y otros más, la “Fidelidad”. Debo decir que, además de que en aquel entonces no veía las cosas con la misma claridad con la que ahora las veo (gracias a Dios), mi reacción se debía principalmente al mal comportamiento de ciertos colegas que visitaron nuestra provincia y que, si bien eran perspicaces, actuaron con cierta despreocupación, lo que desacreditó la valiente postura de quienes rechazamos la traición que se nos impuso. Con la gracia de Dios, intentaré evitar las actitudes que he denunciado y dedicar mis energías a la reconstrucción en lugar de a presionar a quienes pretenden ponernos en manos de Roma. Dicho esto, denunciar los errores y los engaños sigue siendo un deber necesario que, con la ayuda de Dios, cumpliré.

Muchos sacerdotes lúcidos no se atreven por ahora a actuar contra la imposición. Creo que la principal razón que los frena es el temor a quebrar la unidad de las instituciones que con tanto esfuerzo se han construido. ¿Cómo aceptar que, al dividir a los fieles, corremos el riesgo de contribuir al cierre de una capilla?

La respuesta es que los sacerdotes fieles no son el origen de la división que se gesta en nuestras filas, sino las propias autoridades de la Sociedad, que pretenden hacernos creer que participamos en un punto de inflexión en la situación de la Iglesia, cuando en realidad no es la situación la que ha cambiado, sino solo sus ideas. Queridos hermanos, si los directores de la Sociedad continúan sembrando desconfianza y confusión con sus ideas erróneas, la división se agravará y puede que sea necesario romperla en nuestra región por el bien común.

Por mi parte, pido al Señor que me libre de tener que romper prematuramente la unidad de las pocas capillas que tenemos en el Canadá francófono. Por eso he decidido permanecer por el momento en las Provincias Marítimas. Los fieles de esta región carecen de acceso frecuente a la verdadera Misa y a los verdaderos Sacramentos. En su mayoría, carecen de ayuda espiritual. Crían a sus hijos sin el apoyo de la Iglesia.

Por lo tanto, consideré que lo mejor era permanecer en esta región y concentrar mis esfuerzos en el desarrollo de estos pequeños grupos que tienen tan poco acceso a los sacramentos, con la esperanza de que algún día estas comunidades regresen a manos de la Sociedad, fortalecidas y con mayor fervor por la gracia de Dios y por mi ministerio. Porque esta es mi mayor esperanza: que la Sociedad vuelva a su causa de manera clara e inequívoca, que yo pueda devolverle estas misiones y que yo mismo pueda reincorporarme a sus filas, beneficiándome nuevamente de la comunión sacerdotal que allí se ofrece. No me hago ilusiones, pero los milagros siempre son posibles…

Sin embargo, es evidente que cuanto más se deteriore la situación, más necesario será atender a las almas de Quebec que se sienten traicionadas y engañadas. Mi esperanza es que surjan más sacerdotes y lleven la verdad a quienes la desean para sí mismos y para sus hijos. Porque si bien es obvio que la Sociedad continúa brindando la ayuda de los sacramentos —de los cuales sería ilegítimo privarse sin una razón muy grave—, en esta crisis de la Iglesia no es poca cosa tener acceso a una sana predicación y seguir vislumbrando con claridad los dolorosos acontecimientos que estamos viviendo.

Les ruego que oren por mí, y les aseguro, queridos hermanos, mis oraciones en el altar y mi bendición.

“Servid al Señor con alegría”
(Salmo 99)


Nota:

1) Esta ha sido la política no escrita de la FSSPX al menos desde la carta del arzobispo Di Noia difundida a través del Cor Unum por el obispo Fellay (pero de hecho ya estaba vigente varios años antes de esa carta en otros contextos, como publicaciones periódicas de la FSSPX como The Angelus, que ya había publicado un aviso prometiendo un mensaje más “positivo”).