jueves, 7 de mayo de 2026

“DANCING QUEEN” PREVOST

¿Es “Dancing Queen” una canción apropiada para una Audiencia Papal General?


“Dancing Queen” de ABBA es una canción ampliamente considerada un “himno gay” (o “himno del orgullo”).

Es un clásico en eventos “del orgullo”, clubes para homosexuales, bares para homosexuales, fiestas en casa de homosexuales, espectáculos de drag y coros de hombres homosexuales. 

Esta canción aparece en la “Lista de himnos gay” de Wikipedia, en los rankings de himnos lgbtq+ de Billboard, y en muchas listas de “mejores canciones del orgullo”. En una encuesta a lectores de Xtra Magazine, fue votada como “el himno queer más icónico de todos los tiempos”.
 

CARTA ABIERTA A LOS REDENTORISTAS TRANSALPINOS

Los redentoristas transalpinos deben responder al proceso. Si Roma quiere acusarlos de cisma, que primero demuestre que León XIV y sus obispos poseen la autoridad católica que reclaman.

Por Chris Jackson


Los monjes finalmente han dicho en voz alta lo que muchos pensaban.

En los últimos días, los Hijos del Santísimo Redentor, más conocidos como los Redentoristas Transalpinos de Papa Stronsay, han cruzado una línea que la mayoría de las instituciones tradicionalistas tardan décadas en cruzar, fingiendo luego con nerviosismo no haber visto jamás. En octubre de 2025 (documento PDF en inglés aquí), su Capítulo General publicó una carta abierta declarando que “la cadena de mando se ha roto”, repudiando Amoris Laetitia, Traditionis Custodes, Fiducia Supplicans, el documento de Abu Dabi, Pachamama, el indiferentismo religioso y toda la maquinaria de la revolución posconciliar.

Luego, el 2 de mayo de 2026, publicaron “El dogma a seguir” (documento PDF en inglés aquí), una declaración mucho más explícita donde se argumenta que los católicos no pueden otorgar “ningún reconocimiento jurídico” a León XIV ni a los obispos en comunión con él, porque la jerarquía posterior al concilio Vaticano II se ha apartado de la fe católica bajo el camuflaje de las estructuras católicas. Su argumento es que los hombres que dicen ostentar cargos dentro de la Iglesia han adoptado, promovido, continuado y defendido una religión diferente a la que enseñaba la Iglesia Católica antes del concilio.

En la posterior entrevista de Stephen Kokx con la comunidad, el padre Michael Mary declaró que ya se encuentra bajo un proceso penal por “herejía y cisma” derivados de la carta de octubre. También explicó que la comunidad había estado estudiando la cuestión desde marzo de 2025, y que las declaraciones de Francisco en Singapur sobre que las religiones son diferentes caminos hacia Dios sacaron el tema a la luz: “Eso ni siquiera es católico. Esto parece apostasía” (video en YouTube aquí).

Así que aquí estamos. Roma, tras haber tolerado durante sesenta años el vandalismo doctrinal, el teatro pagano, la ambigüedad sacramental, la revolución sexual en una nota a pie de página y un prefecto del DDF con un historial literario que habría acabado con la carrera de un sacerdote común en una época sensata, ahora parece dispuesta a procesar a los monjes por decir en voz alta lo que todo católico tradicional honesto al menos ha tenido que considerar: si los hombres que promueven públicamente una religión distinta a la enseñada por los Papas antes del concilio Vaticano II aún pueden reclamar la autoridad de los cargos que ocupan.

Mi consejo a los redentoristas es sencillo: respondan al proceso, pero no se presenten como acusados ​​implorando clemencia. Hagan que Roma demuestre su propia legitimidad.

La cuestión es León, no un seminario académico sobre el Vaticano II

La tentación es plantear todo esto como otro debate sobre el concilio Vaticano II. Obviamente, eso forma parte del problema. Los propios monjes atribuyen la ruptura al Vaticano II, especialmente en lo que respecta a la libertad religiosa, el falso ecumenismo y la indiferencia religiosa. Pero esa no es la acusación principal. La acusación principal no es: “¿Acaso Nostra Aetate utilizó un lenguaje inapropiado hace sesenta años?”.


La acusación actual es: León XIV afirma ser el Pontífice Romano en este momento, los monjes niegan esa afirmación en este momento y Roma quiere castigarlos en este momento.

Esto significa que los redentoristas no deben permitir que el caso se desvíe hacia abstracciones seguras. La cuestión no es si un comité de teólogos puede dedicar diez años a pulir ambigüedades conciliares para crear una supuesta continuidad. La cuestión es si León XIV, sus obispos y los hombres que dirigen el DDF pueden demostrar que profesan la fe católica y que poseen los cargos desde los que ahora pretenden juzgar a los demás.

La carta de octubre de los monjes presenta la acusación de forma concreta. Repudiaron 
Amoris Laetitia por permitir la Sagrada Comunión a parejas que viven en pecado. Repudiaron Traditionis Custodes por perseguir la Misa y a los católicos fieles. Repudiaron Fiducia Supplicans por permitir la bendición de “parejas” del mismo sexo. Repudiaron el documento de Abu Dabi por afirmar que Dios quiere la diversidad de religiones. Repudiaron las iglesias hermanasPachamama, la disculpa de Francisco por el hombre que arrojó el ídolo al Tíber, el discurso de Francisco en Singapur, la Iglesia sinodal y los obispos que guardaron silencio ante todo ello.

Se trata de una acusación contra un régimen viviente.

La acusación de Roma presupone precisamente aquello que está en disputa

El canon 751 define el cisma como la negativa a someterse al Sumo Pontífice o la negativa a comulgar con quienes están sujetos a él. El canon 1364 vincula la apostasía, la herejía y el cisma con la excomunión. Las normas del DDF sobre delitos reservados también identifican la herejía, la apostasía y el cisma como delitos contra la fe.

Pero fíjense en la suposición implícita. Una acusación de cisma presupone que el hombre rechazado es, de hecho, el Sumo Pontífice. Presupone que los obispos en comunión con él son obispos católicos con jurisdicción católica. Presupone que los acusadores pertenecen a la Iglesia mientras que los acusados ​​están fuera.

Eso es precisamente lo que niegan los monjes.

Así pues, la primera respuesta de los redentoristas debería ser: no pueden meter de contrabando su conclusión en la acusación. Antes de acusarnos de negarnos a someternos a León XIV, demuestren que León XIV ostenta el cargo. Antes de acusarnos de romper la comunión con sus obispos, demuestren que estos obispos profesan la fe católica. Antes de declararnos fuera de la Iglesia, demuestren que su propia jerarquía no ha desertado públicamente de la religión que dice administrar.

Esta es la estrategia. No se trata de decir “nos negamos a responder porque usted no tiene autoridad”. Hay que responder, pero hay que hacerlo cuestionando la premisa.

Roma dice: “Estáis en cisma porque rechazáis a León”.

Los monjes deberían responder: “Probad que León ostenta la autoridad que dice poseer”.
 
Los monjes deberían obligar a Roma a responder artículo por artículo.


¿Cómo puede León XIV ser el Vicario de Cristo al mismo tiempo que acepta el programa de Francisco que produjo 
Amoris LaetitiaFiducia Supplicans, el relativismo doctrinal sinodal y la normalización práctica del adulterio y la sodomía?

¿Cómo puede ser el guardián del depósito de la fe mientras se niega a repudiar el 
documento de Abu Dabi que afirma que la diversidad religiosa es voluntad de Dios?

¿Cómo puede ser el principio visible de la unidad católica mientras continúa con el mismo lenguaje ecuménico e interreligioso que coloca el culto falso junto a la verdadera religión?

¿Cómo pueden sus obispos reclamar jurisdicción mientras defienden, toleran o guardan silencio ante estas traiciones públicas?

El dogma que guía a los monjes deja esto bien claro. No presenta a León XIV como un heredero inocente que se topó con una herencia difícil. Lo sitúa dentro del mismo patrón público. El documento cita a León XIV diciéndoles a los líderes de religiones paganas que el diálogo les exige mantenerse firmes en sus propias creencias, y cita su descripción de una mezquita en Argel como “un espacio divino y sagrado. La conclusión de los monjes es contundente: cuando un hombre enseña públicamente el indiferentismo religioso con palabras, acciones, escritos y en el ámbito internacional, los católicos deben preguntarse qué es él.

Esa es la cuestión a la que Roma debería responder. Con propuestas. Con textos. Con doctrina.

El DDF no tiene autoridad moral para dar lecciones a nadie sobre la pureza de la fe.

Luego está el “cardenal” Víctor Manuel Fernández.

La página oficial actual del Vaticano menciona a Fernández como “Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe”. El mismo dicasterio describe su función como la de proteger la doctrina sobre la fe y la moral.

Eso sería macabramente cómico si no fuera tan grotesco.

Fernández es el hombre cuyo dicasterio publicó 
Fiducia Supplicans, que abría explícitamente la posibilidad de bendiciones para parejas en situaciones irregulares y “parejas” del mismo sexo, al tiempo que intentaba preservar la negación insistiendo en que la bendición no era litúrgica y que no era una validación de la unión.

Luego vino el tema de los libros escritos por el “cardenal” Fernández.


Según información pública, Fernández escribió La pasión mística: espiritualidad y sensualidad, un libro de 1998 que trata sobre espiritualidad y sensualidad, incluyendo el orgasmo, y que contiene un encuentro imaginario erotizado con Jesús basado en lo que Fernández afirmó que le había contado una chica de 16 años. Un medio católico alemán citó el pasaje así: “Ich liebkose Deine Lippen”, que significa “Acaricio tus labios”, y luego señaló que el relato no terminaba ahí. Una copia en español del texto incluye la frase: “Entonces acaricio tus piernas delicadas”. Eso es suficiente. No hace falta exagerar. El texto verificado habla por sí solo.

Fernández también escribió sobre el orgasmo en relación con la adoración. NCR informó que el libro afirmaba que un orgasmo vivido en la presencia de Dios puede ser “un acto sublime de adoración a Dios”

The Tablet informó que Fernández declaró posteriormente que “sin duda no volvería a escribir” el libro, que lo canceló tras su publicación y que no había permitido su reimpresión. Esto no constituye una retractación doctrinal pública, sino una estrategia de gestión de su reputación tras el escándalo.

Así pues, dejemos que los monjes hagan una pregunta sencilla: ¿cómo es posible que este mismo hombre tenga derecho a procesar a alguien por crímenes contra la fe?

El prefecto del DDF que ayudó a lanzar 
Fiducia Supplicans, es autor de material “teológico” sexualizado y escandaloso, y que nunca ha dado a la Iglesia una explicación doctrinal pública completa de ese historial, no tiene credibilidad moral para juzgar a los monjes que defienden la Misa tradicional y la Fe tradicional.


Pero este no es el argumento canónico central. El argumento central es la pretensión de León al cargo. Pero Fernández es el “símbolo perfecto” de todo el régimen. El Santo Oficio alguna vez veló por la pureza de la doctrina. Ahora su “prefecto” es el hombre de 
Fiducia Supplicans y La Pasión Mística. Y esta gente quiere sermonear a los monjes de Papa Stronsay sobre escándalos.

La respuesta adecuada: detalles de la demanda

Si Roma sigue adelante, los monjes no deberían responder con indignación generalizada, sino con exigencias.

Especifiquen la proposición.

Especifiquen el acto.

Especifiquen la fecha.

Especifiquen el canon.

Indiquen la autoridad competente.

Especifiquen si el proceso es judicial o extrajudicial.

Presenten las pruebas.

Identifiquen las pruebas de pertinacia, imputabilidad y rechazo formal de la verdad católica.

El derecho canónico les permite exigir precisamente esto. El canon 1717 exige la investigación de los hechos, las circunstancias y la imputabilidad, protegiendo al mismo tiempo el buen nombre. El canon 1720 exige que, en un proceso penal extrajudicial, el acusado sea informado de la acusación y las pruebas, y se le brinde la oportunidad de defenderse.

Así pues, los monjes deberían usar los propios mecanismos de Roma en su contra. Que el proceso sea preciso. Que quede documentado por escrito. Que sea público siempre que sea posible. Que los acusadores plasmen su “teología” por escrito.

Porque en el momento en que deben explicar por qué 
Fiducia Supplicans es “católica”, por qué el documento de Abu Dabi es “católico”, por qué Francisco en Singapur era “católico”, por qué el programa interreligioso de León XIV es “católico”, por qué la iglesia sinodal es “católica” y por qué Fernández “es apto para custodiar la doctrina católica”, la acusación cambia de forma. Deja de ser “Roma obediente contra monjes rebeldes”. Se convierte en algo mucho más peligroso para ellos: un juicio doctrinal contra su propio régimen.

Un borrador de respuesta que los monjes podrían enviar

A la autoridad competente:

Acusamos recibo de la notificación de que se ha iniciado o se contempla un proceso penal contra nosotros por presunta herejía y cisma. No eludimos la acusación. Respondemos directamente a ella.

En primer lugar, solicitamos a la autoridad competente que identifique por escrito las proposiciones, actos, publicaciones, fechas y personas exactas en las que se fundamenta la acusación. Solicitamos el canon o cánones exactos presuntamente infringidos. Solicitamos que se aclare si este asunto se tramita mediante proceso penal judicial o mediante decreto extrajudicial. Solicitamos la presentación de las pruebas. Solicitamos la identificación de la autoridad competente en cuyo nombre se lleva a cabo este proceso.

En segundo lugar, afirmamos que la acusación de cisma presupone la cuestión misma en disputa. El cisma es la negativa a someterse al Romano Pontífice o a comulgar con quienes están sujetos a él. Negamos que se haya demostrado que el actual demandante, León XIV, posea el oficio romano en el sentido católico, y negamos que se haya demostrado que los obispos en comunión con él posean autoridad católica mientras se adhieren públicamente a, defienden o toleran enseñanzas y actos contrarios a la fe católica.

En tercer lugar, solicitamos una respuesta doctrinal a las causas específicas de nuestra negativa: 
Amoris LaetitiaTraditionis CustodesFiducia Supplicans, el documento de Abu Dabi, el escándalo de Pachamama, la enseñanza de Francisco en Singapur de que todas las religiones son caminos hacia Dios, la iglesia sinodal, la persecución de la Misa tradicional y la continuidad del mismo programa interreligioso y sinodal por parte de León XIV. Se trata de actos públicos que atentan contra la fe, la moral, el culto y la constitución de la Iglesia.

En cuarto lugar, solicitamos que la autoridad que formula esta acusación explique cómo una jerarquía que bendice o permite la bendición de “parejas” del mismo sexo, trata a las religiones falsas como vehículos de encuentro divino, persigue la inmemorial Misa Romana y tolera el escándalo doctrinal público en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe puede arrogarse la autoridad católica necesaria para juzgar a otros por crímenes contra la fe.

En quinto lugar, declaramos claramente que no nos separamos de la Iglesia Católica. Nos mantenemos fieles a ella. Nos aferramos a la fe de los Padres, a la Misa Tradicional, al magisterio perenne, a la condena del indiferentismo y al dogma de que la Sede de Pedro permanece incorrupta. Si se nos acusa de separación, que los acusadores demuestren que ellos no se han separado de la fe transmitida a los santos.

Finalmente, nos reservamos todos los derechos que nos asisten conforme a la ley, incluyendo el derecho a la defensa, el derecho a examinar las pruebas, el derecho al recurso canónico y el derecho a hacer público el fundamento doctrinal de nuestra posición.

El punto estratégico

Los redentoristas no deberían desempeñar el papel que se les ha asignado.

Roma quiere monjes en el banquillo de los acusados. Roma quiere una narrativa ordenada: tradicionalistas rígidos, heridos por las restricciones litúrgicas, radicalizados por las polémicas en internet, que finalmente caen en el cisma.

No.

Los monjes deben plantear la verdadera cuestión: ¿puede un hombre que continúa la revolución de Francisco, se niega a repudiar su destrucción doctrinal y preside sobre obispos que la toleran, pretender ser el Romano Pontífice?

Por eso este proceso es importante. El valor de responder no reside en que el aparato diocesano de repente encuentre el valor para declarar ilegítima la estructura posconciliar. El valor reside en que se pueda dejar constancia de ello. Se pueden precisar las demandas. Se pueden sacar a la luz las contradicciones. Se puede obligar a Roma a dar explicaciones.

Durante décadas, los católicos tradicionales han sido entrenados para defenderse sin cesar mientras Roma no da explicaciones. La Misa es suprimida, y nosotros lo explicamos. Las “parejas” del mismo sexo reciben la bendición, y nosotros lo explicamos. Los ídolos paganos entran en las iglesias romanas, y nosotros lo explicamos. Francisco dice que todas las religiones son caminos hacia Dios, y nosotros lo explicamos. León continúa con el mismo programa, y ​​nosotros lo explicamos. Fernández se sienta en el DDF después de 
Fiducia Supplicans y La Pasión Mística, y nosotros lo explicamos.


Suficiente.

Si Roma llama a esto cisma, que Roma demuestre su postura.

Que León pruebe que ostenta el cargo.

Que sus obispos demuestren su fe.

Que Fernández demuestre su credibilidad.

Y obliguen a todo este aparato de falsificación a responder la pregunta que han evitado durante sesenta años: ¿con qué autoridad se atreven los hombres que contradicen la Fe a castigar a quienes aún la profesan?


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DIONISIO BOROBIO Y SU “EUCARISTÍA”

Las ambigüedades y errores de su libro “Eucaristía” lo distancian de la doctrina católica, y hacen que sea inaceptable como manual de teología católica sobre el Misterio eucarístico.

Por el padre José María Iraburu


Comentaré ahora el libro de Dionisio Borobio, Eucaristía, publicado en la BAC, en la colección de “manuales de teología” Sapientia Fidei, nº 23, Madrid 2000, 425 páginas, promovida por la Conferencia Episcopal Española. Yo denuncié esta obra –y creo que también otros antes y después–, en la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe primero, en la Congregación romana correspondiente después, y finalmente en el Arzobispado de Madrid, pero sin resultado alguno.

El profesor Dionisio Borobio nació en Soria el año 1938. Fue formado en el Seminario de Bilbao y es sacerdote diocesano de Bilbao desde su ordenación en 1965.

Estudió en la Universidad Gregoriana, se doctoró en liturgia en el Pontificio Ateneo San Anselmo, y es licenciado en filosofía por la Universidad Complutense. Ha sido profesor de la Universidad de Deusto, Bilbao, y hasta noviembre de 2009, catedrático de Liturgia y Sacramentos en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca. Es autor de una abundante bibliografía.

El manual Eucaristía del profesor Borobio contiene no pocas páginas que son valiosas en la consideración bíblica, litúrgica y teológica de algunos temas. Pero también contiene errores graves. En forma alguna, pues, debe difundirse, y menos ofrecerse como un “manual de teología católica”.

La transubstanciación

Para el profesor Borobio la explicación de la presencia sacramental de Cristo “per modum substantiæ” es un concepto que, aunque contribuyó sin duda a clarificar el misterio de la presencia del Señor en la eucaristía, “condujo a una interpretación cosista y poco personalista de esta presencia” (pág. 286).

En la “concepción actual” de sustancia [¿cuántas concepciones actuales habrá de substancia?], en aquella que, al parecer, Borobio estima verdadera, “pan y vino no son sustancias, puesto que les falta homogeneidad e inmutablidad. Son aglomerados de moléculas y unidades accidentales. Sin embargo, pan y vino sí tienen una sustancia en cuanto compuestos de factores naturales y materiales, y del sentido y finalidad que el hombre les atribuye: “Hay que considerar como factores de la esencia tanto el elemento material dado como el destino y la finalidad que les da el mismo hombre” (J. Betz) (285).

Paupérrima filosofía

Si se parte de una filosofía de la substancia tan errónea y precaria, parece evidente que un cambio que afecte al destino y a la finalidad del pan y del vino en la Eucaristía (transfinalización-transignificación) equivale a una transubstanciación.

“Para los autores que defienden esta postura (v. gr. Schillebeeckx) es preciso admitir un cambio ontológico en el pan y el vino. Pero este cambio no tiene por qué explicarse en categorías aristotélico-tomistas (sustancia-accidente), sometidas a crisis por las aportaciones de la física moderna, y reinterpretables desde la fenomenología existencial con su concepción sobre el símbolo. Según esta concepción, la realidad material debe entenderse no como realidad objetiva independiente de la percepción del sujeto, sino como una realidad antropológica y relacional, estrechamente vinculada a la percepción humana. Pan y vino deben ser considerados no tanto en su ser-en-sí cuanto en su perspectiva relacional. El determinante de la esencia de los seres no es otra cosa que su contexto relacional. La relacionalidad constituye el núcleo de la realidad material, el en-sí de las cosas” (pág. 307).

Con qué razón decía San Pablo de ciertos falsos doctores: “en realidad no saben lo que dicen, ni entienden lo que dogmatizan” (1Tim 1,7). Apoyándose, pues, el autor en esta pésima metafísica, explica de muy mala manera la transubstanciación del pan y del vino, y la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Intenta convencernos de que en la transubstanciación “las cosas de la tierra, sin perder su consistencia y su autonomía, devienen signo de esa presencia permanente”, sin perder “nada de su riqueza creatural y humana” (pág. 266). O sea que el pan y el vino siguen siendo pan y vino, no pierden su realidad creatural, pero puede hablarse de transubstanciación, porque en la Eucaristía han cambiado decisivamente su finalidad y significado.


Esta explicación filosófica-teológica no es conciliable con la fe de la Iglesia tal como la expresa, por ejemplo, Pablo VI en la encíclica Mysterium fidei (1965). El papa dedica precisamente su encíclica a rechazar éstos y otros errores:

“Cristo no se hace presente en este sacramento sino por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y de toda la sustancia del vino en su sangre; conversión admirable y singular, que la Iglesia católica justamente y con propiedad llama transustanciación. Realizada la transustanciación, las especies del pan y del vino adquieren sin duda un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, y signo de un alimento espiritual; pero ya por ello adquieren un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que contienen una nueva realidad que con razón denominamos ontológica.

Porque bajo dichas especies ya no existe lo que antes había, sino una cosa completamente diversa; y esto no tan sólo por el juicio de la fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino tan sólo las especies: bajo ellas Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, pero no a la manera que los cuerpos están en un lugar” (6 §1, §2).

¿Cómo conciliar la explicación de Borobio sobre la transubstanciación con la fe de la Iglesia católica? No se esfuercen: es imposible, no hay modo. O aceptan ustedes en la fe la doctrina eucarística de la Iglesia, o siguen la del doctor Borobio y la de algunos otros “teólogos” compañeros suyos: hay muchos. La especulación filosófica-teológica que propone el autor sobre la presencia de Cristo en la Eucaristía no prescinde solamente de la explicación aristotélico-tomista de ese misterio, como él dice, sino que contradice abiertamente la doctrina católica, la de siempre, la que han vuelto a exponer Mysterium fidei y el Catecismo de la Iglesia Católica (nn.1373-1377); la misma que, por ejemplo, ya en el siglo IV exponía, casi con iguales términos, San Cirilo de Jerusalén, que no empleaba las categorías aristotélico-tomistas.

La Eucaristía como sacrificio de expiación

Reconoce Borobio “el sentido sacrificial de la vida y muerte de Cristo”, un sentido que viene afirmado “en el Nuevo Testamento, al menos en Pablo y Hebreos” (245). Y enseña, por lo tanto, el carácter sacrificial de la Eucaristía. Pero…

“en todo caso, hay que entender este carácter sacrificial de la cena a la luz del sentido sacrificial salvífico que Jesús dio a toda su vida, es decir, como un acto de servicio último y de entrega total en favor de la humanidad, y no tanto en sentido expiatorio” (págs. 244-245). “La tendencia más amplia hoy es a reconocer un cierto carácter expiatorio en la muerte de Cristo, pero superando una interpretación victimista, como castigo o venganza de un Dios cruel, como pena impuesta por un Dios justiciero capaz de castigar a su propio Hijo con la muerte…, lo que correspondería más bien a una imagen arcaica y megalómana de Dios” (pág. 268).

Y otra vez, el terrorismo verbal y el lenguaje deliberadamente ambiguo: “la concepción actual de sustancia”, “no tanto”, “un cierto”, “superando”… Aquí habría de denunciar, como ya lo hice en el artículo anterior, la perversión del lenguaje teológico, la calidad conceptual y verbal sumamente precaria de estas exposiciones pseudoteológicas, la inutilización del lenguaje de la fe católica, suscitando contra él en sacerdotes y pueblo alergias que nunca antes se habían sufrido. ¿Cómo puede hablarse de “un cierto carácter expiatorio” en la muerte de Cristo, siempre, claro está, que no implique considerarle como “víctima” ofrecida para nuestra salvación? ¿A qué viene hablar de “un Dios cruel, capaz de castigar a su propio Hijo con la muerte”, cuando se está hablando de un Padre infinitamente bondadoso, que tanto amó al mundo que nos entregó a su Hijo único, primero en Belén y finalmente en el Calvario?…

La Iglesia Católica, sencillamente, cree y confiesa con un lenguaje secular bien claro que la pasión de Cristo, y por lo tanto la Eucaristía que la actualiza, es un sacrificio de expiación por el pecado, y que Cristo es en él la víctima pascual sagrada, entregada por el Padre con un amor infinito. Y que ésta ha sido la admirable economía de la gracia que ha querido la santísima Providencia divina, revelada y anunciada desde antiguo.

Hoy la Iglesia, concretamente en su nuevo Catecismo, enseña como siempre, sin reticencias ni concesiones diminutivas, el carácter expiatorio de la pasión de Cristo y de la Eucaristía. Toda la Escritura –mucho más que “Pablo y Hebreos”–, así lo revela y así los expresa. Y los mismos Evangelios sobre la Cena afirman de modo patente ese sentido expiatorio –“el cuerpo que se entrega, la sangre que se derrama por muchos, para remisión de los pecados” (cf. Catecismo n. 610). En efecto,

“Jesús, por su obediencia hasta la muerte, llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente, que “se dio a sí mismo en expiación”, “cuando llevó el pecado de muchos”, a quienes “justificará y cuyas culpas soportará” (Is 53,10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Trento: Denzinger 1529)” (Catecismo 615; cf. 616).

Eucaristía y penitencia

Otros temas del libro Eucaristía del profesor Borobio son discutibles, como el que dedica al perdón de los pecados en La Eucaristía, gracia de reconciliación (págs. 356-374). Pero, obviamente, no conviene enseñar opiniones discutibles en un manual de teología. No discutiré aquí las autoridades aducidas en este tema por el autor –Santo Tomás, Trento, Vaticano II, etc.–, lo que obligaría a análisis muy prolijos; pero sí señalo la notable inoportunidad de estas páginas. Cuando es sabido que en tantas Iglesias locales los fieles hace ya años comulgan, pero no confiesan, poner hoy en un manual de teología el énfasis en el poder de la Eucaristía para perdonar los pecados, y no insistir en la necesidad del sacramento de la Penitencia, es una grave imprudencia.

Conclusión

Las ambigüedades y errores de esta obra la distancian de la doctrina católica, y hacen que sea inaceptable como manual de teología católica sobre el Misterio eucarístico.

Ahí tienen ustedes la doctrina eucarística que se pretende, o se pretendía, inculcar en seminaristas, sacerdotes, religiosos, catequistas y pueblo cristiano de habla hispana. Y que ha sido asimilada y difundida por muchos…

“Quousque tandem abutere, N. N., patientia nostra?”… 
 

LA GLORIA QUE SE LE NIEGA A DIOS CUANDO EL HOMBRE DESCUIDA LA DIGNIDAD

Nosotros fuimos creados a semejanza de Dios y por lo tanto, debemos respetarlo adornando esta imagen con vestimenta digna.

Por Joseph Reilly


La ropa que un hombre usa es una representación de cuán seriamente se toma a sí mismo y su fe. Un hombre que normalmente usa camisetas, jeans y zapatillas cree que el cuerpo que le fue dado, hecho a imagen de Dios, no es lo suficientemente importante como para llevar buena ropa. Su excusa habitual es que su vestimenta tiene poca o ninguna influencia en cómo Dios lo ve y que Dios lo amará sin importar, siempre que cumpla con su deber católico.

Esto no podría estar más lejos de la verdad. Dios nos da un intelecto para guiar nuestras decisiones y la sabiduría para discernir el camino correcto. Él espera que oremos para que seamos guiados por Su luz. Nos muestra el difícil y solitario camino de la disciplina que las almas fieles deben soportar innumerables veces en las Escrituras y en las vidas de los Santos. Desafortunadamente, muchos hombres tradicionales hoy en día no aplican estos estándares al vestirse. Entonces, ¿cómo puede un hombre esperar ser una de estas valientes almas si ni siquiera hará el esfuerzo de vestirse adecuadamente?

Una razón práctica para vestir bien

Hoy el hombre afirma que la vestimenta no tiene relación con el amor de Dios por él, y que solo la oración, la penitencia y las buenas obras lo acercan al Cielo. Como no quiere escuchar argumentos basados en la moral y el respeto hacia sí mismo y hacia el prójimo, quizás podría ser movido por un motivo práctico para mejorar su atuendo. Una vestimenta digna beneficiaría a tal hombre, ya que estas buenas costumbres también tienen un impacto positivo en nuestro intelecto.

En un estudio de 2015, llamado The Cognitive Consequences of Formal Clothing (Las consecuencias cognitivas de la vestimenta formal) (archivo PDF en inglés aquí), los investigadores descubrieron que usar ropa digna tenía un impacto positivo en el “procesamiento abstracto”, que se refiere al pensamiento cognitivo abstracto, que es un nivel de pensamiento superior al puramente concreto. Por el contrario, las personas que vestían de manera relajada mostraron niveles más altos de “procesamiento concreto”, que interpreta la información exactamente como se presenta, a menudo pasando por alto significados ocultos, metáforas o matices.

Por ejemplo, un hombre que viste bien podría decir que está “asegurando la casa” al cerrar la puerta, mientras que un hombre con vestimenta deportiva podría decir que está “girando la llave”. Uno tiende a ver el propósito general, mientras que el otro ve solo la mecánica de la acción (p. 662).

Este mismo estudio mostró que los pensadores abstractos son más propensos a elegir metas a largo plazo sobre las de corto plazo, mientras que los pensadores concretos hacen lo contrario (p. 661). Los primeros miran hacia el futuro y las consecuencias de las decisiones, mientras que los segundos tienden a pensar más en el presente inmediato.

Los hombres que visten con dignidad para ir a trabajar, por ejemplo, probablemente notarán esta diferencia mientras realizan sus labores, aunque no puedan describirla con claridad. Al llegar a casa y quitarse la ropa de trabajo, regresan al mundo del pensamiento práctico, dejando de lado las ventajas de un proceso de pensamiento más amplio y basado en la sabiduría. Esto representa una gran pérdida no solo para él, sino también para su hogar y su familia.

Si desea servir a Dios lo mejor posible en todo momento, debería considerar la vestimenta digna como un arma esencial en su lucha en esta tierra, ya que le ayudará a ver con mayor claridad la totalidad de sus decisiones: los significados ocultos y las consecuencias futuras de sus acciones. El cabeza de familia está llamado a pensar más allá de su situación inmediata, a mirar hacia el futuro y a proveer sabiamente para él.

Con la vestimenta moderna y descuidada que se ha convertido en la norma en nuestros días, por muy ferviente que sea su oración, pierde su posición como cabeza de familia desde una perspectiva estrictamente práctica. No puede ver con la misma claridad los problemas de su familia y su matrimonio. Y mucho menos la crisis en la Iglesia, ya que su forma de pensar tiende a ignorar el panorama general y los matices de las situaciones. Simplemente no ve el problema de tener un televisor en casa, el ritmo de la música moderna, la necesidad de buenos modales en la mesa y el protocolo en el comportamiento. En consecuencia, pierde no solo su autoestima y el respeto de los demás, sino también su autoridad sobre su esposa e hijos.

El pensador concreto y perezoso, cuya actitud se refleja en su vestimenta, tiende a simplificar la crisis de la Iglesia reduciéndola a la restauración de la Misa en latín y el regreso de ciertas devociones, ignorando así la profunda conmoción que han sufrido las buenas tradiciones y costumbres de la Civilización Católica. Por ello, rara vez se involucra en este campo de batalla. Si realmente desea realizar cambios para ayudar mejor a sus seres queridos y apoyar la Contrarrevolución, debe participar activamente en ambos frentes para afrontar la totalidad de estas crisis con valentía.

Beneficios espirituales

Cuando elige la comodidad sobre la dignidad, elige su propia conveniencia sobre la gloria de Dios. Si fuimos creados a imagen de Dios, entonces nuestros cuerpos son más importantes que cualquier icono, estatua u arte sagrado, pues estos son representaciones inanimadas de la imagen de Dios. Nosotros, que tenemos alma, fuimos creados a su semejanza y, por lo tanto, debemos respetarlo adornando esta imagen con vestimenta digna.

Una persona bienintencionada, vestida con camiseta y jean, puede acercarse lentamente a un icono de la Santísima Virgen y puede arrodillarse. Esa persona se esforzará por honrar una imagen de Dios que resplandece con dignidad, mientras que él mismo, imagen viva de Dios, viste ropa descuidada y desaliñada. Acude a los santos buscando reliquias de tercera clase de quienes lucharon incansablemente por la justicia, presentándose ante sus nobles restos con vestimenta vulgar y desaliñada.

No percibe la contradicción

Si no puede hacer algo tan básico como vestirse bien, ¿cómo espera afrontar las duras batallas de esta vida? ¿Por qué Dios elegiría a un hombre así para ser líder, defensor de la verdad y ejemplo para su familia?

Al elegir buena ropa, un hombre también tomará decisiones más acertadas en otros ámbitos de su vida. Cuidar su vestimenta le ayudará a apreciar la importancia de la decoración de su hogar, la música que escucha su familia, los mejores libros para leer y muchas otras cosas que pueden influir en el alma. Elegir lo moralmente bueno en cada pequeña decisión le ayudará a tomar la decisión correcta en las decisiones más importantes y posiblemente más dolorosas. Cuando descuida los detalles, no puede ver el panorama completo.

El campo de batalla

Al elegir la negligencia, elige la mediocridad, y Dios no crea santos entre los mediocres. Quien piense que está cumpliendo la voluntad de Dios sin siquiera intentar vestirse mejor, se engaña a sí mismo.

Creo que una vez que se pregunte: “¿Cómo puedo glorificar mejor a Dios?”, comenzará a recorrer el camino del ideal que Dios le ha trazado. Elegir continuamente el bien menor es decirle a Dios: “Solo quiero hacer lo mínimo indispensable por ti”. ¿Acaso Dios elige a hombres que hacen lo mínimo indispensable para grandes cosas? ¿Estará el ejército de Dios compuesto por guerreros que porten la bandera de “Lo Mínimo Indispensable”?

Si un hombre desea alcanzar la santificación, no llegará lejos con esta actitud. Por otro lado, si comienza a arder en celo por dar gloria a Dios de todas las maneras posibles, que elija la dignidad sobre la comodidad para que Dios le conceda las batallas que merece.
 
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7 DE MAYO: SAN ESTANISLAO, OBISPO Y MÁRTIR


7 de Mayo: San Estanislao, Obispo y mártir

(✞ 1079)

El maravilloso obispo y glorioso mártir San Estanislao nació de noble familia en la ciudad de Cracovia, cabeza del reino de Polonia, y como fue de gran habilidad e ingenio para todo género de letras, llegó a la dignidad de canónigo y después a la de Obispo de Cracovia, cuya mitra solo aceptó por no resistir a la voluntad divina.

En aquella ocasión era rey de Polonia, Boleslao, el cual, habiéndose pervertido y dado a todo género de vicios, se convirtió en una bestia, no solo carnal, sino también fiera y cruel y derramadora de sangre humana.

A San Estanislao le parecía que tenía obligación de avisarle, lo cual hizo con humildad y gran modestia; más con la amonestación, el rey salió fuera de sí y determinó ocasionarle daño.

En esos tiempos, había comprado el santo Obispo para su iglesia cierta heredad de un hombre rico llamado Pedro, el cual hacía tres años que ya había muerto, y los herederos del difunto, para dar el gusto al rey, pusieron pleito al Obispo diciendo que aquella heredad era de ellos.

El asunto se trató delante del rey, y como al Obispo le faltasen los documentos necesarios para aprobar la compra, fue condenado y obligado a restituir la heredad.

Entonces San Estanislao pidió tres días de tiempo en los cuales ayunó, veló y oró con gran fervor.

Fue después hasta la sepultura donde Pedro estaba enterrado, hizo quitar la losa que estaba encima, cavar la tierra, y descubrir el cuerpo, y tocándole con el báculo pastoral le mandó que se levantase.

En ese punto obedeció el muerto, y siguió al Santo hasta el tribunal, donde estaba el rey, y así atestiguó que el santo Obispo le había pagado enteramente el precio de la heredad.

Quedaron atónitos y helados, tanto el rey como los adversarios del Obispo, el cual acompañó de nuevo al resucitado a la sepultura.

Y como a pesar de todo, se revolcaba el rey en el cielo de sus torpezas y se relamía en la sangre inocente de sus vasallos, fue excomulgado por el santo Obispo, y el tirano envió sus hombres a la iglesia para que lo matasen; más espantados con una súbita y excesiva luz del cielo, cayeron en tierra.

Y lo mismo sucedió la segunda y la tercera vez a otros oficiales que mandó el rey; el cual finalmente, por sus propias manos se convirtió en verdugo, dando con la espada un golpe tan terrible en la cabeza del santo Obispo, que los sesos se esparcieron por el suelo.

Así murió el santo obispo de Cracovia. El cruelísimo rey aborrecido de todos huyó a Hungría, donde al poco tiempo yendo de caza, cayó del caballo, murió desastrosamente y fue comido por los perros.

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

EL CREDO NICENO Y LA NATURALEZA DE CRISTO

Un análisis más detallado del Credo de Nicea en relación con Cristo y su importancia para nosotros hoy.

Por Catholic Apologetics Insight


El Credo Niceno no es simplemente un resumen de la fe, sino un arma teológica precisa forjada contra el error —en particular la negación arriana de la plena divinidad de Cristo—, a la vez que articula bellamente el misterio del Verbo Encarnado. Al incorporar las verdades de la fe en una profesión de fe litúrgica pública y semanal, la Iglesia garantiza que cada generación confiese la cristología ortodoxa establecida en Nicea (325) y Constantinopla (381). El Credo sigue siendo un baluarte perdurable contra cualquier menoscabo de la divinidad o la humanidad de Cristo.

El Credo Niceno (más precisamente, el Credo Niceno-Constantinopolitano) es la solemne profesión de fe de la Iglesia Católica, de obligado cumplimiento para todos los cristianos que se identifican como católicos.

No es una invención humana, sino una definición dogmática forjada por la Iglesia bajo la guía del Espíritu Santo, en respuesta a graves herejías que amenazaban el corazón mismo del cristianismo, especialmente la negación de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Por qué era necesario el Credo de Nicea

El Credo se creó porque los herejes estaban tergiversando las Escrituras, por lo que los fieles necesitaban definiciones claras y vinculantes. La Iglesia no creó la verdad, simplemente la definió y la defendió.

¿Cuáles son algunos de los principales errores que corrigió?

Errores sobre la Segunda Persona de la Santísima Trinidad

GRUPO I: Errores sobre la divinidad de Cristo

ERROR: Algunos sostenían que Cristo no era el verdadero Hijo de Dios, que no era del todo divino.

VERDADERA FE: El Credo responde a esto afirmando que Jesús es el “Hijo unigénito de Dios”.


ERROR: Algunos sostenían que Cristo fue engendrado, pero solo en el tiempo. No era el Hijo de Dios preexistente, coeterno con el Padre.

VERDADERA FE: El Credo responde a esto afirmando: “nacido del Padre antes de todos los siglos”.


ERROR: Algunas personas sostenían que Cristo existía antes de ser concebido por la Virgen María y que Jesús era la misma Persona que Dios Padre.

VERDADERA FE: El Credo responde a esto afirmando que Jesús es “Dios de Dios, luz de luz”, para demostrar que existe una distinción entre las Personas, pero una unidad de naturaleza dentro de la Trinidad.


ERROR: Algunas personas sostenían que Jesús existía antes de su concepción por la Virgen María, y que es diferente del Padre, pero que Él es creado.

FE VERDADERA: El Credo responde a esto mediante la expresión “Dios verdadero de Dios verdadero”. Esto significa que Cristo es completamente Dios de Aquel que también es completamente Dios, para expresar que Jesús tiene una misma naturaleza divina que el Padre.


ERROR: Algunas personas afirman que el Señor descendió del Cielo, pero no tomó forma humana de María. Se le describe como un fantasma o espíritu. Jesús solo tenía un cuerpo humano aparente, no uno real. Su muerte en la cruz fue meramente aparente, pues no es propio de un dios morir.

VERDADERA FE: El Credo responde a esto afirmando que Él no solo descendió del Cielo, sino que se “encarnó” (tomó carne).


ERROR: Algunas personas afirman que Jesús nació de la Santísima Virgen María, pero en realidad nació de la unión de esperma humano. Tuvo un padre y una madre humanos. La Santísima Virgen María no era virgen al concebir a Cristo.

VERDADERA FE: El Credo responde a esto afirmando que “Por el Espíritu Santo se encarnó la Virgen María”.


ERROR: Algunos sostenían que el Señor tomó carne de María, pero no en su naturaleza humana, sino que pasó a través de ella como el agua a través de un canal.

VERDADERA FE: El Credo responde a esto afirmando que Él “se encarnó de la Virgen María y se hizo hombre”.


ERROR: Algunos afirmaban que Cristo era el Verbo nacido de la Santísima Virgen María, pero que no poseía un alma humana verdadera. Esto lo convertiría en algo que no era realmente un hombre.

VERDADERA FE: El Credo responde a esto afirmando que Cristo “se hizo hombre”. El Credo quiere enfatizar que Cristo fue verdaderamente humano, con alma humana y cuerpo humano.


ERROR: Algunas personas decían que Cristo era como un semidiós, muy elevado, pero creado. Decir que fue “engendrado” significaba que fue creado.

VERDADERA FE: El Credo responde a esto afirmando que Cristo fue “engendrado, no creado”.


ERROR: Algunas personas dijeron que Jesús era como Dios, pero no de la misma naturaleza divina que el Padre.

VERDADERA FE: El Credo responde a esto afirmando que Jesús es “uno en esencia con el Padre”. El término utilizado en latín es “consubstancial”. Cristo comparte la misma naturaleza del Padre, aunque es una Persona distinta.


GRUPO II: Errores sobre la naturaleza humana de Cristo

ERROR: Algunas personas afirmaban que Cristo nació para salvar a los demonios. Esta era una variante de la herejía docetista, que enseñaba que Jesús no tomó carne humana real, sino solo aparentemente. Postula que el Señor vino de alguna manera por otras personas, además de los seres humanos, y por su salvación.

VERDADERA FE: El Credo responde a esto afirmando que “para nosotros los hombres y para nuestra salvación”, expresando que la venida de Cristo fue para remediar el pecado humano, como cura para el pecado humano, para expiar el pecado humano.


ERROR: Algunos afirman que Jesús nació de la Santísima Virgen María, pero que no descendió del Cielo. Esta es la herejía adopcionista. Según ellos, Jesús solo ascendió al Cielo. En otras palabras, el Señor es igual que cualquier otro santo. Su gracia sería únicamente de adopción.

VERDADERA FE: Credo responde a esto afirmando: “Él descendió del Cielo”.

¿Por qué el Concilio de Nicea sigue siendo tan relevante hoy en día?

El Credo de Nicea sigue siendo muy relevante hoy en día porque responde a preguntas que aún persisten. Incluso en el mundo actual, la gente sigue preguntándose: ¿ Quién es Jesús? ¿Cómo es Dios? ¿Qué creen realmente los cristianos? El Credo ofrece una respuesta clara y unificada.

En primer lugar, protege la verdad fundamental sobre Cristo. En la época del Primer Concilio de Nicea, existía una gran confusión —sobre todo por parte de Arrio— acerca de si Jesús era verdaderamente Dios o simplemente una criatura. El Credo afirma con firmeza que Cristo es “engendrado, no creado, consustancial con el Padre”. Esto sigue siendo crucial hoy en día, ya que malentendidos similares persisten bajo diferentes formas.

En segundo lugar, unifica a los cristianos a través del tiempo y el espacio. Ya sea en Australia, Europa, África o América, millones de cristianos recitan el mismo Credo. Conecta a los creyentes de hoy con la Iglesia primitiva y crea una identidad compartida arraigada en la fe histórica, en lugar de en opiniones cambiantes.

En tercer lugar, proporciona una base sólida en una cultura cambiante. La sociedad moderna suele tratar la verdad como algo relativo o subjetivo. El Credo de Nicea, en cambio, se distingue por afirmar categóricamente la realidad: Dios es el Creador, Cristo se hizo hombre, murió, resucitó y vendrá a juzgar. Estas afirmaciones dan coherencia y dirección a la fe y la vida moral cristianas.

En cuarto lugar, actúa como salvaguarda contra el error. Al igual que en el siglo IV, siguen surgiendo nuevas interpretaciones e ideas espirituales. El Credo sirve de referencia: si una enseñanza lo contradice, se considera ajena al cristianismo histórico.

Finalmente, no se trata solo de algo intelectual, sino de adoración. Cuando los cristianos lo recitan en la liturgia, no solo enumeran doctrinas, sino que profesan su fe juntos. Moldea la forma en que los creyentes oran, piensan y viven.

En resumen, el Credo de Nicea sigue siendo relevante porque preserva la verdad, une a los creyentes, afianza la fe en un mundo cambiante, previene la confusión y continúa siendo un acto vivo de culto, no solo un documento antiguo.
 

LA CAÍDA (EN LA TIERRA)

Continuamos con la publicación del capítulo III del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

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CAPITULO III

LA CAÍDA

II. — EN LA TIERRA

El acontecimiento prehistórico que acabamos de relatar, basado en las Sagradas Escrituras y las revelaciones divinas, es también un hecho histórico, pues se ha integrado en el entramado de los acontecimientos mundiales. Sin él, estos sucesos no pueden explicarse; en él, encuentran su sentido.

Desde que existe la humanidad, ha habido lucha, ha habido combate, una batalla en el corazón de cada persona, una batalla entre el bien y el mal, una batalla del naturalismo contra lo sobrenatural, del egoísmo humano contra el Amor infinito. Esta batalla es, por lo tanto, solo la continuación de la que tuvo lugar entre los espíritus puros en el origen del mundo, y en nosotros como en el cielo, es Lucifer quien lidera la batalla, y si bien aún encuentra a San Miguel como adversario, a nuestra cabeza ve sobre todo a María que ha ocupado el lugar cerca de Dios que él dejó vacío por su pecado, el más formal de todos: peccatum aversio a Deo.

El pecado de Lucifer y sus ángeles, como ya hemos dicho, los privó de su prelatura —es decir, de su preeminencia y la jurisdicción que de ella se deriva— sobre los ángeles inferiores. ¿Los privó también del poder que ejercían sobre el mundo material? San Pablo resolvió la cuestión. Incluso después de su caída, sigue llamándolos “las virtudes del cielo”. San Dionisio, en su libro Noms divins (Los Nombres Divinos) (Capítulo IV), afirma en general que los dones otorgados a la naturaleza angélica no se alteran en absoluto en los demonios, sino que permanecen intactos.

Santo Tomás de Aquino aclara esta verdad. Observa que, tras su caída, al diablo se le sigue llamando “querubín”, pero ya no “serafín”. Esto se debe a que la palabra “querubín” significa “plenitud de conocimiento”, mientras que “serafín” significa “aquel que arde” con el fuego de la caridad. El conocimiento es compatible con el pecado, pero no la caridad.

Así conservan su poder; esto es lo que observa Bossuet. “Siguen siendo llamadas "Virtudes del Cielo" -dice- para mostrarnos que aún conservan, incluso en su tormento, el poder y el nombre que poseían por naturaleza. Dios podría haberlos privado con toda justicia de todas las ventajas naturales —dice Bossuet—, pero prefirió demostrar, al preservarlas, que todo el bien de la naturaleza se convierte en tormento para quienes abusan de él contra Dios. De este modo, su inteligencia ha permanecido tan aguda y sublime como siempre; y la fuerza de su voluntad para mover cuerpos, por esta misma razón, ha permanecido con ellos como vestigios de su terrible naufragio”.

En el Libro III de su Tratado sobre la Trinidad, Capítulo IV, San Agustín nos dice que “toda la naturaleza corporal es administrada por Dios con la ayuda de los ángeles”. En su respuesta a Baldad, Job, hablando del poder de Dios, lo llama: “Aquel ante quien se inclinan los que sostienen el mundo” (1). Satanás estaba despierto. Vio a Jesús nacer en el pesebre de Belén y vivir en la oscuridad en la humilde aldea de Nazaret. Las maravillas que habían rodeado su cuna no le habían pasado desapercibidas, pero treinta años pasados ​​en el taller de un carpintero en sumisión y obediencia, humildad y pobreza, no le parecieron los comienzos de aquel que derrocaría su imperio (2).

Cuando lo vio salir de su retiro; cuando oyó las palabras de Jesús anunciando que el reino de Dios estaba cerca; cuando vio al Precursor negarse a bautizar a Jesús porque no era digno de desatar las correas de sus sandalias y decir que bautizaría en el Espíritu Santo; cuando, sobre todo, presenció el descenso del Espíritu Santo y oyó la voz del Padre celestial que declaraba: “¡Este es mi Hijo amado!”, comenzó a preguntarse si no se había equivocado hasta entonces, y si este Jesús no era el Hijo de la Mujer que se le había mostrado el día de su primera victoria, a punto de quitarle su imperio y aplastarle la cabeza.
 
Quería asegurarse de ello; y si Dios lo permitía, debido a las lecciones que resultarían para nosotros (3), pudo probar en Jesús sus sugerencias y sus ilusiones como lo había hecho en el paraíso terrenal y en el Cielo (4).
 
Conocemos el relato del Evangelio. Después de su bautismo, Jesús se retiró al desierto, ayunando durante cuarenta días. Al verlo aquejado de hambre, debido a la debilidad de la carne que había asumido, Satanás aprovechó la oportunidad para tentarlo, para descubrir lo que realmente necesitaba saber mediante una prueba decisiva. “El demonio atacó a Cristo, sobre todo para saber si era el Hijo de Dios”, dice Suárez (5).

Sus primeras palabras revelaron sus pensamientos: “Si eres el Hijo de Dios...” Señalando las piedras redondeadas con forma de pan que cubrían el suelo, dijo: “Con qué facilidad las veríamos sacudir este mundo con la misma facilidad con la que hacemos girar una pequeña pelota”.

¿Estamos sujetos a su dominio, como los seres materiales? La humanidad ocupa el puesto más bajo en la jerarquía de los espíritus y, como tal, debe recibir luz e inspiración para el bien a través del ministerio de los ángeles. De hecho, cada uno de nosotros tiene su ángel guardián que cumple esta función cerca de nosotros. ¿Acaso el diablo ha conservado su dominio sobre nosotros? Nuestra raza fue dotada, desde el principio, en la persona de Adán, nuestro líder, de la gracia santificante, que nos introduce en el orden sobrenatural. Ahora bien, hemos visto que lo sobrenatural establece una jerarquía superior entre los seres, apartando a Adán y a sus descendientes del dominio del diablo.

Concibió sentimientos amargos. Los celos que se habían despertado en él cuando el Dios-Hombre fue presentado para su adoración, se intensificaron. “Es una envidia furiosa -dijo Bossuet- la que incita a los demonios contra nosotros. Ven que, siendo muy inferiores por naturaleza, los superamos por gracia”. Y en otro lugar: “La enemistad de Satanás no es de naturaleza común; está mezclada con una oscura envidia que lo corroe eternamente. No puede soportar que vivamos con la esperanza de la felicidad que él ha perdido, y que Dios, por su gracia, nos haga iguales a los ángeles; que su Hijo se revistió de carne humana para hacernos hombres divinos. Se enfurece al considerar que los siervos de Jesús, hombres miserables y pecadores, sentados en augustos tronos, lo juzgarán al final de los tiempos junto con los ángeles que lo imitan. Este deseo lo quema más que sus propias llamas” (6).

Y por eso se esfuerza por desviarnos hacia el pecado, lo cual nos hace perder la prerrogativa que la gracia nos da sobre él.

El primer día, al comprender la naturaleza humana —una sola especie dentro de la multitud de individuos que eventualmente abarcaría—, razonó que si lograba destronar del rango que la gracia le había otorgado, aquel en quien entonces se encontraba contenida toda la especie, recuperaría sobre la humanidad el dominio que la ley natural le concedía; se convertiría en el príncipe, el líder de la humanidad. Así, la ambición se unió a este deseo, llevándolo a intentar seducir a nuestros primeros ancestros con la misma seducción que había ejercido sobre los ángeles; si lograba persuadirlos, toda la raza caería bajo su dominio.

Como había hecho con los ángeles, Dios había otorgado a Adán y Eva el don de la gracia santificante, un preludio y preparación para la gloria. Antes de admitirlos a ella, debían demostrar ser dignos. De ahí la necesidad de la prueba en el paraíso terrenal, al igual que en el celestial. Allí, como aquí, Dios quiso, por así decirlo, pedir a su criatura su consentimiento para el pacto de amistad que deseaba establecer con ella por la eternidad. Los términos del mandamiento, o prohibición, dados a Adán y Eva, tal como se formulan en el texto bíblico, indican claramente una ley, una cláusula que se refiere a la preservación o pérdida del estado paradisíaco y los privilegios que lo constituían. “No comerás… porque el día que comas del fruto de ese árbol… morirás”. La cuestión para el hombre era si conservar o perder el don de la inmortalidad y, como demuestra el resto de la historia, los demás dones asociados a ella. La naturaleza humana, compuesta de cuerpo y alma, exigía que el acto del que dependía su destino fuera a la vez interno y externo, un acto plenamente deliberado y, al mismo tiempo, manifiesto. Así fue como sucedió: “No comerás de este fruto, o morirás”.

Para llevar a cabo su seducción, Satanás se apareció en el jardín en forma de serpiente. Dios, en el paraíso, se mostró al hombre y conversó con él visiblemente; lo mismo ocurrió con los ángeles. Por lo tanto, Eva no se sorprendió al oír hablar a una serpiente. ¿Qué era esta serpiente? Algunos traducen la palabra hebrea “serafín” como “serpiente voladora y resplandeciente”. Quizás Adán y Eva estaban acostumbrados a ver a los ángeles celestiales con esta forma.

Entonces llegó al árbol del conocimiento del bien y del mal y le preguntó a Eva: “¿De veras dijo Dios: “No coman de ningún árbol del jardín”?” La mujer respondió: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín, pero Dios dijo: "No coman del árbol que está en medio del jardín, ni lo toquen, porque morirán"”. La serpiente le dijo a la mujer: “No morirán. Porque Dios sabe que cuando coman de él, se les abrirán los ojos y serán como Dios, conociendo el bien y el mal”. Serán como Dios. Esta es la tentación, la tentación renovada de la que sedujo a los ángeles. Ser como Dios, ser autosuficientes. ¡Qué tentación para el egoísmo! Adán sucumbió a ella, al igual que los ángeles, halagados por el orgullo. Serán como Dios, conociendo el bien y el mal por sí mismos. Al encontrar en el uso de tus facultades naturales el progreso que te llevará a la perfección a la que aspira tu naturaleza, alcanzarás la felicidad, una felicidad similar a la que disfruta Dios, una felicidad que no será ni prestada ni dependiente.

Al igual que los ángeles caídos, Adán y Eva se dejaron persuadir.

Como vemos, tanto en la tierra como en el Cielo, la esencia de la tentación era el naturalismo. Fue el orgullo de decir, siguiendo a los ángeles rebeldes: “Ser como Dios, me basta”, lo que llevó a Adán a transgredir la prohibición de comer del fruto fatal. ¡Ay! Su orgullo lo hizo caer no solo en el estado de naturaleza, sino también en el estado de naturaleza corrupta. ¡Él y Eva de repente se vieron a sí mismos no como dioses, sino como seres de carne!

Además, se encontraron sometidos a Satanás. “Quien se entrega al pecado -dice San Juan- es esclavo del pecado” (7), y quien escucha a Satanás vuelve a caer bajo su dominio, del cual la gracia lo había liberado. Lucifer podía entonces prometerse un imperio en la tierra similar al que había mantenido en el infierno sobre quienes lo habían seguido en su apostasía. Gobernaba sobre todos los hijos del orgullo (8).

En efecto, hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo, toda la raza humana (9), con excepción de un pequeño grupo de personas a quienes se les confió la promesa, vivía en el mundo natural al que Adán los había conducido y bajo el yugo del diablo, por quien se habían dejado seducir. Satanás mandó construir templos y erigir altares en cada rincón de la tierra, y allí practicaba un culto tan impío como supersticioso. ¡Cuántas veces el pueblo elegido se dejó extraviar por él, llegando incluso a sacrificar a sus hijos a “Moloc” (10)!

Incluso hoy, dondequiera que no se haya predicado el Evangelio, dondequiera que el tabernáculo siga ausente, Lucifer y sus demonios reinan. Los misioneros del siglo XVII se sorprendieron mucho cuando, partiendo de la entonces algo escéptica Francia, desembarcaron en las Indias Orientales y se encontraron en medio de las más extrañas manifestaciones diabólicas. Viajeros y misioneros por igual presenciaron los mismos prodigios. El Sr. Paul Verdun ha publicado el libro Le diable dans les missions (El diablo en las misiones) (11). Innumerables hechos que recopiló de relatos de viajes y estadías, desde los casquetes polares hasta el sol abrasador del ecuador, desde los bosques en la fuente del Amazonas hasta las orillas del Brahmaputra, desde las pagodas de las ciudades chinas hasta las chozas de los pueblos indígenas de Oceanía, en todos los lugares donde el cristianismo no ha echado raíces, demuestran que las poblaciones creen, y no sin razón, en el poder de los demonios que se encuentran en los ídolos, piedras y árboles consagrados a su culto. Las apariciones y posesiones son frecuentes, bien conocidas y aceptadas por todos. En todos estos países hay hechiceros. Para convertirse en uno, hay que someterse a pruebas crueles que superan con creces las prácticas más rigurosas de la mortificación cristiana. En la mayoría de estas iniciaciones, una manifestación del demonio muestra que acepta al candidato como suyo, lo posee o lo rapta. Estos hechiceros tienen como sirviente o amo a un demonio familiar, al que controlan disfrazado de animal. Pueden imbuir ciertos objetos —amuletos, fetiches— con poderes beneficiosos o dañinos. La naturaleza de estos objetos es irrelevante; es su consagración al demonio lo que les confiere su poder. En todas partes, los hechiceros odian y temen a los misioneros católicos, y en todas partes los misioneros expulsan demonios. Los emisarios de los misioneros, los cristianos comunes, las vírgenes, incluso los niños, poseen el mismo poder. Estos hechos, observados en nuestros días, confirman no solo los relatos del Evangelio, sino también los de los paganos de la antigüedad y los de nuestros antepasados ​​de la Edad Media. También confirman lo que la doctrina católica nos enseña sobre el pecado original y sus consecuencias.

Continúa...

Notas:

1) 1. Job IX: 13. Traducción de Bossuet.
Tres naturalezas, pues mediante la desigualdad de la que habla demuestra que posee naturaleza humana; y mediante la igualdad que afirma, declara que posee naturaleza divina.

(San León, Papa, VII Sermón de la Natividad).

2) Dios está presente en todas partes; conoce todo lo que se hace y todo lo que se dice, porque está en todas sus criaturas como principio de su ser y de su actividad. Esto no ocurre con los ángeles, sean buenos o malos. Un ángel se encuentra en un lugar según la acción de su poder, que ejerce sobre ese lugar por su voluntad. No está circunscrito allí, como los cuerpos, sino que está definido de tal manera que no se encuentra en ningún otro lugar. Por lo tanto, muchos actos de Jesús, o relacionados con su persona, pudieron haber pasado desapercibidos para Satanás. Es cierto que lo que él mismo desconocía, pudo haberlo sabido a través de uno o más demonios que envió al divino Salvador para que le informaran de todo lo que le concernía.
Además, como observa San Agustín (La Ciudad de Dios, IX, 21), Cristo solo era conocido por los demonios en la medida en que él quería, y solo lo quería en la medida en que era necesario... Cuando consideró prudente ocultarse un poco más profundamente, el príncipe de las tinieblas dudó de él y lo tentó a averiguar si era Cristo.

3) No nos engañemos, cristianos, pensando que a Satanás se le habría permitido tentar al Salvador sin algún consejo divino. (Bossuet, Sermón sobre el Diablo. Primer Domingo de Cuaresma).

4) San Gregorio Magno afirma que no es indigno de nuestro Redentor haberse dejado tentar, pues vino a este mundo para morir. Al contrario, era justo que venciera nuestras tentaciones con las suyas, así como había triunfado sobre nuestra muerte con la suya propia… El Hijo de Dios podía ser tentado por la sugestión, pero el placer jamás penetró en su alma. Por lo tanto, esta tentación del demonio era completamente externa y de ninguna manera interna a él. (Sermón sobre el Evangelio del primer domingo de Cuaresma).

5) In tertiam partem divi Thomae. Q. XLT, art. I, com. II.

6) Primer sermón de Cuaresma.

7) Juan VIII: 34.

8) Las últimas palabras de Dios a Job.

9) No reflexionamos lo suficiente sobre las consecuencias que encierran las leyes de la especie. Ciertamente, hay algo en mí que no estaba en Adán, puesto que soy un individuo; pero no había nada esencial en Adán que no esté en mí. Porque él mismo era la especie, antes de ser individualizado. “Todos los hombres nacidos de Adán -dice Santo Tomás- pueden ser considerados como un solo hombre, puesto que todos tienen la misma naturaleza”. La ciencia, incapaz de comprender la maravilla de la especie en la naturaleza, para plantas y animales, ¿cómo podría comprender, para la humanidad, la ley de la solidaridad, a la que están vinculadas tanto la reversibilidad del mérito como el pecado original?

10) Todas las religiones paganas, tanto anteriores como posteriores a la llegada de Cristo, están precedidas por la magia o conducen a ella, y esta, en la diversidad de sus formas y prácticas, aparece como una sola en su esencia y se manifiesta como el culto a Satanás.

11) 2 vols. en 12, publicados por Delhomme.


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RITUAL DE SANGRE: HAROLD DE GLOUCESTER (1160-1168)

Harold de Gloucester (1160-1168) fue un niño mártir que según los monjes benedictinos afirmaron, fue asesinado ritualmente por judíos en Gloucester (Inglaterra).


Fecha en que se lo recordaba: 25 de marzo

Estas afirmaciones de los monjes surgieron luego de la difusión del primer “ritual de sangre” investigado y publicado por el monje benedictino Thomas de Monmouth, tras el asesinato sin resolver de Guillermo de Norwich. Los monjes benedictinos de Gloucester promovieron el culto cristiano y la veneración de Harold, pero con el paso del tiempo (y posteriormente, con la usurpación anglicana de las iglesias católicas), la memoria de este niño se fue diluyendo.

Harold es uno de los santos ingleses no oficiales del siglo XII con características sorprendentemente similares: todos eran niños, todos fueron encontrados muertos en extrañas circunstancias con signos de tortura y todos fueron aclamados como mártires de prácticas anticristianas entre los judíos

A las circunstancias que rodearon la muerte de Harold le siguieron las muertes similares de Roberto de Bury 
(fallecido en 1181) y Hugo de Lincoln (fallecido en 1255), entre otros niños.

La presencia de los judíos en Gloucester

Gloucester era un próspero puerto fluvial y centro administrativo con una población de alrededor de 3.000 habitantes en el año 1100, la presencia judía se documenta por primera vez en registros financieros de 1158–59, con su barrio ubicado en Eastgate Street. La comunidad era pequeña pero económicamente prominente y contaba con alrededor de 40 hogares bajo protección real.

Los judíos de Gloucester se dedicaban principalmente a los préstamos de dinero y la usura, financiando a magnates y burgueses mediante hipotecas de propiedad, pero tiempo después, las tensiones surgieron entre los judíos por una parte, y la nobleza y los cristianos por otra parte, debido al reclamo de pagos con intereses excesivos y el decomisos de los bienes de las víctimas de la avaricia judía. 

La muerte de Harold

Harold era un niño cristiano de 8 años, hijo de un artesano de Gloucester que fue secuestrado el 21 de febrero de 1168. Los registros monásticos contemporáneos, principalmente de fuentes benedictinas en la Abadía de San Pedro en Gloucester (hoy Catedral anglicana de Gloucester), informan que los judíos se lo llevaron, y algunos relatos especifican que el secuestro ocurrió cerca del barrio judío. 

El niño comenzó a ser buscado intensamente entre la población local y el 25 de marzo de 1168, su cuerpo fue encontrado flotando en el río Severn, cerca de Gloucester, como se informa en las crónicas monásticas.

Los monjes benedictinos de la Abadía de San Pedro recuperaron y exhibieron públicamente el cadáver, observando heridas que describieron como indicativas de una crucifixión, incluidas marcas de pinchazos en la cabeza que sugerían una corona de espinas. Estas observaciones dieron forma a las sospechas iniciales de que Harold había sido secuestrado y torturado hasta la muerte por judíos locales la noche del 16 de marzo, durante una ceremonia de circuncisión en la comunidad.

Las afirmaciones de los monjes, documentadas en Historia Sancti Petri Glocestriæ, describieron el asesinato como una representación ritual que se burlaba de la pasión de Cristo, haciéndose eco del precedente del ritual de sangre establecido por el caso de Guillermo de Norwich en 1144. La exhibición del cuerpo de Harold en la abadía confirmó estas acusaciones y fomentó la veneración local del niño como mártir.

Acusaciones de crucifixión

El cuerpo de Harold presentaba marcas de pinchazos en las manos y los pies que sugerían clavos, abrasiones en la cabeza que se asemejaban a una corona de espinas, cicatrices por aparente flagelación y ardor, y rastros de cera caliente vertidos en los ojos, todo enmarcado como una burla deliberada de la Pasión de Cristo para expresar el odio judío hacia el cristianismo. 


Cuenta Historia Monasterii Sancti Petri Gloucestriae (Gloucester Abbey Chronicle) que este hecho fue una conspiración de la comunidad judía de Gloucester, y se afirmó que el niño fue atraído, torturado durante varios días y crucificado por desprecio por Jesús, y que su sangre fue recolectada para uso ritual, algo que coincide con las características del caso de Guillermo de Norwich en 1144. 

La historia de Harold según los peatones del Mar Rojo

Según los “historiadores”, “investigadores” y “escritores” que mantienen vivo el relato oficial, “ningún testigo independiente ni evidencia forense apoyó estos detalles”. La Jewish Encyclopedia (Enciclopedia judía) afirma que las observaciones de los monjes fueron difundidas “para fomentar la veneración de Harold como mártir sin verificación judicial”. La “escritora” M. Emily Rose, que defiende la causa judía, señaló que esta historia es “una invención hagiográfica”, que “no hubo arrestos, interrogatorios formales o confesiones extraídas de judíos, ya sean voluntarios o bajo coacción o pruebas materiales” y que este hecho sirvió al clero “para amplificar las tensiones antijudías debido a los resentimientos económicos hacia los prestamistas judíos protegidos”. 

Gillian Bennett, escritora especializada en folklore y leyendas contemporáneas dijo que “La evaluación académica considera las afirmaciones de la crucifixión como folclore fabricado, no respaldado por datos empíricos”.

Todos estos “historiadores” señalan que tales acusaciones “sin fundamento”, propagadas en tiempos de Pascua, reflejan “patrones de amplificación de rumores” en la Inglaterra del siglo XII “en lugar de actos criminales corroborados”.

Según el “historiador” judío Joe Hillaby, la historia de Harold nunca se difundió ampliamente y fue mucho menos conocida que la de Guillermo de Norwich, pero fue de vital importancia porque “estableció que la mitología creada” en torno a la muerte de Guillermo “podía usarse como modelo para explicar muertes posteriores”. Según Hillaby, por primera vez, una muerte infantil “inexplicable” ocurrida cerca de la Pascua fue vinculada con judíos de la zona “por clérigos cristianos locales”.

Intervenciones Reales y Eclesiásticas

La veneración de Harold como mártir no recibió ningún apoyo por parte del rey Enrique II, quien presidió las acusaciones iniciales en 1168, pero se negó a participar personalmente o elevar este caso a nivel nacional, a diferencia del respaldo posterior de su hijo Enrique III al culto que rodeaba a Hugo de Lincoln en 1255. 

Este desinterés real estaba motivado por la dependencia financiera de la corona de los prestamistas judíos protegidos por la carta real, impidió que el culto se expandiera más allá de los círculos benedictinos locales en Gloucester y facilitó su supresión a principios del siglo XIII.

Borrando de la historia a Harold de Gloucester

Tras la reforma anglicana (1530-1540), la memoria de Harold y sus reliquias desaparecieron. Enrique VIII ordenó la disolución de los monasterios y la destrucción de santuarios que “fomentaban la idolatría”, y la Abadía de San Pedro se convirtió en lo que hoy conocemos como Catedral de Gloucester. Todos los altares o monumentos menores fueron destruidos o cubiertos.

En la bellísima Catedral de Gloucester no hay lugar para la “idolatría”, pero sí hay lugar para una hermosa placa conmemorativa dedicada a la masonería.