Por Matthew McCusker
La Iglesia no ha cesado nunca de reivindicar para sí ni de ejercer públicamente esta autoridad completa en sí misma y jurídicamente perfecta, atacada desde hace mucho tiempo por una filosofía aduladora de los poderes políticos. Han sido los apóstoles los primeros en defenderla. A los príncipes de la sinagoga, que les prohibían predicar la doctrina evangélica, respondían los apóstoles con firmeza: “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres”. Papa León XIII, Immortale Dei, “Sobre la constitución cristiana del Estado”
En su reciente “carta encíclica” Magnifica Humanitas, León XIV rechazó públicamente el reinado de Cristo Rey sobre los estados y las naciones.
En este documento, afirma que la sociedad civil posee “autonomía” respecto de la religión, incluso en sus “valores” y “leyes”, y que el Estado tiene “plena autonomía” respecto de la Iglesia Católica.
En Magnifica Humanitas se encuentran errores en lo que respecta a la relación entre la Iglesia y el Estado, y la autoridad de Cristo y su Iglesia sobre el mundo que Él creó.
En este artículo, me centraré en la afirmación de la “autonomía” de la sociedad civil respecto de la Iglesia, analizando específicamente el tratamiento de esta cuestión en la sección del Capítulo 1 titulada “Una iglesia en camino en la historia de la humanidad”.
La llamada y el compromiso de caminar con la humanidad en lo concreto de la historia llevan a la Iglesia a reconocer que las realidades terrenas poseen una consistencia y un orden propio [1].
El tratamiento que León da a este tema comienza con una explicación insuficiente de la misión de la Iglesia.
El Concilio Vaticano I enseñó que:
El eterno pastor y guardián de nuestras almas, en orden a realizar permanentemente la obra salvadora de la redención, decretó edificar la Santa Iglesia, en la que todos los fieles, como en la casa del Dios viviente, estén unidos por el vínculo de una misma fe y caridad [2].
Esta es la misión o “vocación” de la Iglesia Católica.
El teólogo reverendo E. Sylvester Berry explicó:
Para que la Verdad divina llegara a todos los hombres, Jesucristo estableció una Iglesia, una organización de enseñanza, para hablar al mundo en su nombre y con su propia autoridad. A esa Iglesia le dio una misión muy clara e inequívoca: enseñar a los hombres todo lo que Él había enseñado, ni más ni menos. Cristo impuso a todos los hombres la obligación de escuchar a su Iglesia como ellos lo escucharían a Él [3].
Todo ser humano “debe someterse a la autoridad de su Iglesia, ser instruido y gobernado por ella, y recibir a través de ella todos los medios de salvación. Esto es evidente por la comisión que Cristo dio a sus apóstoles cuando los envió a enseñar a todas las naciones” [4].
Es voluntad de Jesucristo que toda la humanidad esté sujeta a su autoridad, ejercida a través de la jerarquía de su Iglesia.
Esta autoridad es triple:
• Por su poder de enseñanza, enseña infaliblemente la totalidad de la Revelación Divina a cada generación.
• Por su poder santificador, Él santifica las almas mediante sus sacramentos y otros ritos sagrados.
• Mediante su poder rector, dirige las almas hacia la unión eterna consigo mismo a través de santas disciplinas, leyes y mandamientos.
Aquí bastará con señalar la diferencia entre presentar a la Iglesia como la maestra, gobernadora y santificadora autorizada de la humanidad y presentarla como un cuerpo que no hace más que “acompañar a la humanidad”, o como lo expresó León XIV en un párrafo de su encíclica: “una Iglesia que camina con la humanidad [...] reconociendo que las realidades terrenas poseen una consistencia y un orden propio” [5].
La Iglesia Católica no se limita a “acompañar a la humanidad”. La Iglesia Católica es el Cuerpo Místico del cual Jesucristo es la Cabeza Divina. Es su voluntad que toda la humanidad se una como miembro de este cuerpo y se someta a su jurisdicción.
La Iglesia enseña y gobierna a los hombres en todo lo que concierne a la salvación eterna. Tiene el derecho de emitir mandamientos, y sus miembros tienen la obligación de recibir sus enseñanzas y obedecer sus leyes.
La Iglesia enseña con autoridad incluso a los no bautizados, quienes están estrictamente obligados a recibir el Bautismo al oír la predicación de la Iglesia, según el mandato de su Creador:
Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, será salvo; mas el que no crea, será condenado. (Mc 16:15-16)
Como enseñó el Papa León XIII:
Su imperio se extiende no sólo a las naciones católicas y a los que, debidamente lavados en las aguas del Santo Bautismo, pertenecen con derecho a la Iglesia, aunque las opiniones erróneas los mantengan extraviados, o la disidencia de su enseñanza los aparte de su cuidado; comprende también a todos los que están privados de la fe cristiana, de modo que todo el género humano está verdaderamente bajo el poder de Jesucristo [6].
El Concilio Vaticano II expresó con especial precisión este principio en la Constitución pastoral Gaudium et spes, cuyo 60° aniversario celebramos con grato recuerdo el pasado 7 de diciembre de 2025: “Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, […] es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía” [7].
El párrafo número 36 de Gaudium et Spes, que cita León XIII, se refiere específicamente a la autonomía respecto de la “religión” que, según afirma, es “necesaria para el hombre moderno”. Este texto es típico de Gaudium et Spes y de los documentos del concilio Vaticano II en general. En primer lugar, afirma una doctrina falsa: que las “sociedades” humanas tienen “autonomía” respecto de la “religión”. Posteriormente, introduce matices y aclaraciones que parecen modificar el error original para permitir que se interprete la afirmación original de manera ortodoxa.
Esta fue una estrategia deliberada. El padre Edward Schillebeeckx, OP, un teólogo heterodoxo, reveló que un miembro de la comisión doctrinal del concilio le dijo:
Lo decimos diplomáticamente, pero después del concilio sacaremos las conclusiones implícitas [8].
En Magnifica Humanitas, vemos un claro ejemplo de cómo se extraen las “conclusiones implícitas”. León no cita ninguna de las salvedades y advertencias de Gaudium et Spes; simplemente cita el error fundamental.
Parece claro que la intención de León es afirmar que las sociedades tienen autonomía respecto de la religión y gozan de leyes y valores propios. Incluso modifica la cita de Gaudium et spes para resaltar aún más la falsa doctrina. Y luego, como veremos, la desarrolla aún más para afirmar que el Estado tiene plena autonomía respecto de la Iglesia.
La afirmación de la “autonomía” de la humanidad respecto a la religión es puro liberalismo.
La esencia del liberalismo radica en la afirmación de la independencia del intelecto y la voluntad humanos individuales respecto a la necesaria conformidad con cualquier realidad externa [9]. El liberalismo considera que la “libertad” frente a las restricciones externas es el factor determinante del florecimiento humano. Cuanto mayor sea la libertad de pensamiento y acción de las personas, más se acercarán al ideal liberal de la vida humana.
Pero la verdad es otra.
El ser humano es un ser dependiente, cuya dependencia última reside en el Dios que lo creó y que lo sostiene en cada instante de su existencia. El intelecto humano fue creado para conocer la verdad, y nuestra voluntad fue creada para que pudiera elegir actuar de acuerdo con la verdad que conoce. Cuanto más conocemos la verdad y más conformamos nuestro intelecto y voluntad a ella, más nos acercamos a cumplir nuestro propósito. Nuestra mayor felicidad se encuentra cuando nuestro intelecto ve a Dios y nuestra voluntad descansa en Él por toda la eternidad en la visión beatífica del Cielo.
La dependencia del hombre respecto a Dios es el fundamento de la Religión, tanto en el orden natural como en el sobrenatural. Como escribió el filósofo Austin M. Woodbury, SM: “La religión se basa en la dependencia esencial del hombre respecto a Dios, de cuya comprensión proceden las diversas obligaciones religiosas” [10].
Estas obligaciones incluyen reconocer nuestra dependencia de Dios, rendirle culto y obedecer su Ley Eterna, la cual encontramos escrita en nuestros corazones (Rm 2:15). Esta ley natural debe ser observada, incluyendo las obligaciones religiosas que prescribe.
La afirmación de que las “sociedades” humanas son “autónomas” de la religión y “gozan de sus propias leyes y valores” es simplemente falsa, incluso en el orden natural.
En Libertas, el Papa León XIII enseñó que:
... es totalmente contraria a la naturaleza la pretensión de que no existe vínculo alguno entre el hombre o el Estado y Dios, creador y, por lo tanto, legislador supremo y universal. Y no sólo es contraria esa tendencia a la naturaleza humana, sino también a toda la naturaleza creada [11].
Esto se debe a que “todas las cosas creadas tienen que estar forzosamente vinculadas con algún lazo a la causa que las hizo” [12]. Esta es la conexión que la doctrina de León XIV, de ser cierta, rompería.
La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios piadosa y santamente, porque de El dependemos, y porque, habiendo salido de El, a El hemos de volver, impone la misma obligación a la sociedad civil [13].
Esto se debe a que:
Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando viven aislados. La sociedad, por su parte, no está menos obligada que los particulares a dar gracias a Dios, a quien debe su existencia, su conservación y la innumerable abundancia de sus bienes [14].
Lo que es cierto para la religión natural, también lo es para la religión sobrenatural que practica la Iglesia Católica.
El Papa León XIII continuó:
Por esta razón, así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es abrazar con el corazón y con las obras la Religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la Religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas. Todo lo contrario. El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma con que el mismo Dios ha querido que se le venere [15].
Y solo hay una religión que Dios ha demostrado que es verdadera, como deja claro el Papa:
Todo hombre de juicio sincero y prudente ve con facilidad cuál es la Religión Verdadera. Multitud de argumentos eficaces, como son el cumplimiento real de las profecías, el gran número de milagros, la rápida propagación de la fe, aun en medio de poderes enemigos y de dificultades insuperables, el testimonio de los mártires y otros muchos parecidos, demuestran que la única Religión Verdadera es aquella que Jesucristo en persona instituyó y confió a su Iglesia para conservarla y para propagarla por todo el tiempo [16].
Por lo tanto, León XIV comete un grave error al sugerir que las “sociedades”, sus “leyes” y sus “valores” pueden tener “autonomía” respecto de la religión.
Al reconocer que Dios acompaña la libertad de los seres humanos en el desarrollo de la historia, el Concilio Vaticano II afirmaba la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política, subrayando que cada una de ellas debe actuar con la más plena autonomía [17].
La Iglesia y el Estado son, sin duda, sociedades distintas, pero es falso afirmar que el Estado tiene “plena autonomía” respecto de la Iglesia.
Sobre la distinción adecuada entre estas dos sociedades, el Papa León XIII enseñó:
Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo. De donde resulta una esfera determinada, dentro de la cual cada poder ejercita iure proprio su actividad [18].
Como hemos visto anteriormente, la Iglesia Católica trabaja por la salvación y la santificación de la humanidad.
Estas dos esferas son distintas entre sí, y ni la Iglesia ni el Estado deben usurpar el papel que le corresponde a la otra. Son sociedades distintas y, en un sentido muy real, separadas entre sí.
Por otro lado, la pertenencia a cada cuerpo se superpone. Todo miembro de la Iglesia Católica es también miembro de un Estado. Por lo tanto, es posible estar sujeto simultáneamente tanto a la Iglesia como al Estado.
Dado que la pertenencia a la Iglesia y al Estado se superpone, también es posible que se produzca un conflicto entre sus respectivos mandatos. En Libertas, el Papa León XIII señala:
... el poder político y el poder religioso, aunque tienen fines y medios específicamente distintos, deben, sin embargo, necesariamente, en el ejercicio de sus respectivas funciones, encontrarse algunas veces. Ambos poderes ejercen su autoridad sobre los mismos hombres, y no es raro que uno y otro poder legislen acerca de una misma materia, aunque por razones distintas [20].
Continúa:
En esta convergencia de poderes, el conflicto sería absurdo y repugnaría abiertamente a la infinita sabiduría de la voluntad divina; es necesario, por tanto, que haya un medio, un procedimiento para evitar los motivos de disputas y luchas y para establecer un acuerdo en la práctica. Acertadamente ha sido comparado este acuerdo a la unión del alma con el cuerpo, unión igualmente provechosa para ambos, y cuya desunión, por el contrario, es perniciosa particularmente para el cuerpo, que con ella pierde la vida [21].
En los casos en que el Estado ordena algo contrario a la ley o a la doctrina de la Iglesia, es a la Iglesia a quien se debe obedecer. Esto se debe a que el fin de la Iglesia —la felicidad eterna— es superior al fin del Estado —la felicidad temporal—.
El Papa León XIII explica:
Esta sociedad, aunque está compuesta por hombres, como la sociedad civil, sin embargo, por el fin a que tiende y por los medios de que se vale para alcanzar este fin, es sobrenatural y espiritual. Por lo tanto, es distinta y difiere de la sociedad política. Y, lo que es más importante, es una sociedad genérica y jurídicamente perfecta, porque tiene en sí misma y por sí misma, por voluntad benéfica y gratuita de su Fundador, todos los elementos necesarios para su existencia y acción. Y así como el fin al que tiende la Iglesia es el más noble de todos, así también su autoridad es más alta que toda otra autoridad ni puede en modo alguno ser inferior o quedar sujeta a la autoridad civil [22].
Continúa:
Jesucristo ha dado a sus apóstoles una autoridad plena sobre las cosas sagradas, concediéndoles tanto el poder legislativo como el doble poder, derivado de éste, de juzgar y castigar. “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes..., enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado”. Y en otro texto: “Si los desoyere, comunícalo a la Iglesia”. Y todavía: “Prontos a castigar toda desobediencia y a reduciros a perfecta obediencia”. Y aún más: “Emplee yo con severidad la autoridad que el Señor me confirió para edificar, no para destruir” [23].
Es necesario que la Iglesia de Cristo posea esta autoridad sin restricciones porque:
Por lo tanto, no es el Estado, sino la Iglesia, la que debe guiar a los hombres hacia la patria celestial. Dios ha dado a la Iglesia el encargo de juzgar y definir en las cosas tocantes a la Religión, de enseñar a todos los pueblos, de ensanchar en lo posible las fronteras del cristianismo; en una palabra: de gobernar la cristiandad, según su propio criterio, con libertad y sin trabas [24].
El Estado jamás podrá ejercer autoridad alguna sobre la Iglesia como tal, aunque sí la tenga sobre sus miembros en asuntos civiles. El Estado no tiene derecho a interferir en el correcto funcionamiento de la Iglesia ni a obstaculizarlo de ninguna manera.
La Iglesia, por otro lado, tiene autoridad suprema en todo lo que atañe a la salvación eterna del hombre, lo cual incluye cada precepto de la ley moral. El Papa León XIII enseña:
La Iglesia no ha cesado nunca de reivindicar para sí ni de ejercer públicamente esta autoridad completa en sí misma y jurídicamente perfecta, atacada desde hace mucho tiempo por una filosofía aduladora de los poderes políticos. Han sido los apóstoles los primeros en defenderla. A los príncipes de la sinagoga, que les prohibían predicar la doctrina evangélica, respondían los apóstoles con firmeza: “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres” [25].
Señaló el Papa:
También ha sido reconocido con frecuencia por los propios gobernantes:
Más aún: los mismos príncipes y gobernantes de los Estados han reconocido, de hecho y de derecho, esta autoridad, al tratar con la Iglesia como con un legítimo poder soberano, ya por medios de convenios y concordatos, ya con el envío y aceptación de embajadores, ya con el mutuo intercambio de otros buenos oficios [27].
La enseñanza del Papa León XIII destruye la afirmación de León XIV de que el Estado tiene “plena autonomía” respecto de la Iglesia Católica.
La Iglesia Católica es un poder supremo y legítimo, con autoridad plena e ilimitada en todos los asuntos que le competen. Las autoridades civiles deben someterse a las autoridades eclesiásticas en todo lo que sea de su competencia.
León XIV, al afirmar la autonomía de la sociedad civil respecto de la religión y la autoridad eclesiástica, niega la dependencia que la sociedad civil tiene de Dios, su Creador. Expulsa a Jesucristo de la vida política y cívica y limita a su Iglesia al papel de mera consejera sin autoridad.
León admite abiertamente que esa es su intención. Nos dice que ofrece esta explicación porque “Sin esta aclaración, la Doctrina social correría el riesgo de parecer una injerencia indebida en cuestiones temporales o un código ético externo que se aplica arbitrariamente” [28].
Él cree que la Iglesia no tiene derecho a “injerir” en las cuestiones “temporales” de los hombres ni a imponer la ley moral.
Esto puede ser cierto en el caso de la “iglesia sinodal”, de la cual León es el líder. Pero sin duda no lo es en el caso de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo.
Esta Iglesia, infalible e indefectible, permanece siempre fiel a la misión que le fue encomendada: enseñar a las naciones con autoridad y guiar a los hombres hacia la vida eterna. Aunque temporalmente se vea ensombrecida por las acciones de hombres malvados, solo espera el momento preparado por la Divina Providencia en el que su voz será escuchada con claridad por todos, proclamando el Imperio de Nuestro Señor.
Notas:
1) León XIV, Magnifica Humanitas, n° 21.
2) Concilio Vaticano I, Pastor Aeternus, 18 de julio de 1870.
3) Rev. E. Sylvester Berry, The Church of Christ: An Apologetic and Dogmatic Treatise (La Iglesia de Cristo: Un tratado apologético y dogmático), (Seminario Mount St Mary's, 1955), pv.
4) Berry, The Church of Christ (La Iglesia de Cristo), pág. 23.
5) León XIV, Magnifica Humanitas, n° 20.
6) Papa León XIII, Annum Sacrum, n° 3.
8) Para conocer la fuente y el contexto del comentario del P. Schillebeeckx, consulte aquí: https://dominicansavrille.us/little-catechism-of-the-second-vatican-council-part-two/.
9) “El naturalismo o racionalismo en la filosofía coincide con el liberalismo en la moral y en la política, pues los seguidores del liberalismo aplican a la moral y a la práctica de la vida los mismos principios que establecen los defensores del naturalismo. Ahora bien: el principio fundamental de todo el racionalismo es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad”. Papa León XIII, Libertas, n° 12.
10) Rev. AM Woodbury SM, Apologetics (Apologética), A30.B.
11) Papa León XIII, Libertas, n° 12.
12) Papa León XIII, Libertas, n° 12.
13) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 3.
15) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 3.
16) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 4.
17) León XIV, Magnifica Humanitas, n° 21.
18) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 6.
19) Rev. E. Cahill SJ, The Framework of a Christian State (El marco de un Estado cristiano) (Dublín, 1932), pág. xx.
20) Papa León XIII, Libertas, n° 14.
22) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 5.
23) Papa León XIII, Immortale Dei, n°5.
24) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 5.
25) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 5.
27) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 5.



