jueves, 17 de septiembre de 2026

LIBROS PROHIBIDOS

Ahora dicen que Fátima fue un “engaño diabólico” y que el “Gran Mensaje” de La Salette fue incluso incluido por Roma en el “Indice de libros prohibidos”...

Por Antimodernist


Uno de los fenómenos más notables del “woke” es la velocidad a la que se producen vertiginosos giros de 360 grados. Durante décadas, la corriente política dominante —especialmente la de izquierdas— estuvo orientada hacia la paz y el desarme, oponiéndose a la guerra y abogando por la reconciliación y el entendimiento entre los pueblos, entre otras cosas. En muy poco tiempo, la situación ha dado un vuelco total. 

De repente, la consigna es la “capacidad bélica” y el rearme; el enemigo se encuentra una vez más en el Este y debe ser aniquilado sin piedad. Curiosamente, son precisamente aquellas personas que antaño defendían el pacifismo quienes ahora tocan las trompetas de la guerra; ¡y ay de aquel que se atreva a objetar algo al respecto! Y todo ello sucede, por así decirlo, de la noche a la mañana.

Tradicionalistas woke

Sorprendentemente, ese mismo tipo de “woke” —aunque con contenidos algo distintos— se encuentra también en los círculos de los tradicionalistas y los sedevacantistas. En los últimos años abundan los giros de 360 grados en estos ámbitos (como, por ejemplo, el asombroso cambio reciente de la Fraternidad de San Pío X: de una postura conciliadora y “superblanda” a un cisma de línea “superdura”). 

Uno de estos cambios afecta a las grandes apariciones de la Santísima Virgen en la era moderna reconocidas por la Iglesia. Si bien durante décadas fue costumbre piadosa en los círculos católicos tradicionales venerarlas, escuchar con el corazón abierto el mensaje de la Madre de Dios y meditar sobre él para seguir sus enseñanzas, la situación ha dado un vuelco total, especialmente en lo que respecta a los sucesos de Fátima (1917) y La Salette (1846).

Precisamente estas apariciones revestían una importancia especial para tradicionalistas y sedevacantistas, pues en ellas hallaban los indicios más claros de la crisis de la Iglesia. Sin embargo, ahora ya no quieren saber nada de ellas. Se dice que Fátima fue un “engaño diabólico” y que el “Gran Mensaje” de La Salette —antaño tan citado— fue incluso incluido por Roma en el “Indice de libros prohibidos”, por considerarse grave y peligroso. 

Para cualquier buen católico es indiscutible que se debe obedecer a Roma; al menos en lo referente al “Gran Mensaje” de La Salette, aunque no en la cuestión de la autenticidad de Fátima, donde Roma se habría equivocado manifiestamente. Resulta sorprendente la “fidelidad a Roma” que muestran de repente esas mismas personas que, por ejemplo, defienden las consagraciones episcopales ilícitas de la Fraternidad de San Pío X, mientras al mismo tiempo demonizan La Salette porque, hace un siglo, algo relacionado con ella figuró en el Índice.

Eclipse solar

Recientemente apareció en un blog “sedevacantista” de tendencia lefebvriana una publicación sobre la “crisis de la Iglesia” titulada The Passion and the Eclipse (La Pasión y el Eclipse). Siguiendo el estilo propio de los lefebvrianos, se establecía un paralelismo entre la “crisis de la Iglesia” y la Pasión de Cristo, destacando especialmente el extraordinario eclipse solar que, según el Evangelio, acompañó a la muerte de Cristo en la cruz. El pasaje de Lucas dice literalmente: Et obscuratus est sol (el sol se oscureció) (Lc 23, 45). El autor señala que esta expresión, obscuratus est sol, es precisamente el término astronómico utilizado a menudo en la Edad Media para referirse a un eclipse solar. En griego, la expresión es toû hēlíou eklipóntos, derivada del verbo ekleípō, del cual a su vez proviene la palabra ékleipsis, es decir, “eclipse”.

Según el autor, este “eclipse” ocurrido durante la Pasión de Cristo constituye la imagen perfecta de la “crisis de la Iglesia”. Al igual que aquella, esta crisis fue extraordinaria en todos los sentidos y se prolongó durante un tiempo inusualmente largo. Se puede comparar acertadamente a la Iglesia católica con el sol y a la “luna oscura” con la “secta modernista”, la cual se ha colocado en el lugar del sol y lo oscurece, de modo que para el observador solo permanece visible un tenue resplandor —la “corona”—, que nuestro intérprete equipara con aquellos pocos lugares donde todavía se encuentran “la verdadera Misa y la verdadera doctrina”.

“Condenado por la Iglesia”

No queremos entrar más aquí en sus otras especulaciones sobre este tema. Sin embargo, lo que inmediatamente me vino a la mente fueron las palabras de Nuestra Señora de La Salette: “L’Église será éclipsée” (La Iglesia será eclipsada). Por supuesto, esperamos que el autor mencionara esto. En cambio, encontramos la siguiente nota al final de su ensayo: Sin contar las visiones de Ana Catalina Emmerich (que no son ni aprobadas ni condenadas por la Iglesia), este artículo no pretende promover ningún mensaje sobrenatural ni libros que contengan tales elementos, y especialmente no aquellos condenados por la Iglesia. ¡Mira ahí! 

El “Descargo de responsabilidad” sigue: Sabemos que en la actualidad abundan los mensajes falsos. Si alguno menciona el mismo fenómeno, eso no significa que la analogía presentada en este artículo sea falsa (ni que esos mensajes sean verdaderos), ya que incluso en los falsos mensajes sobrenaturales suele haber elementos de verdad que los hacen más creíbles”.

Parece creer que se ha librado hábilmente de la situación. A nosotros, en cambio, nos parece bastante cobarde e imprudente. Porque ciertamente no llegó a su comparación entre la “crisis de la iglesia” y el eclipse solar más que a través de la declaración de Nuestra Señora de La Salette, en la que todos pensarán involuntariamente cuando habla. Él mismo demostró que esto está completamente de acuerdo con la Sagrada Escritura y con nuestra fe. Esto podría ampliarse mucho más, pero éste no es el lugar para ello. Sin embargo, al introducir luego el prejuicio “woke” con los libros “condenados por la iglesia”, con los que se refiere claramente a La Salette, y además insinuar que se trata de un “falso mensaje sobrenatural”, se hace increíble. Dadas las circunstancias, hubiera sido mejor si no hubiera escrito ese artículo.

Las prohibiciones

Nosotros, por nuestra parte, a menudo hemos hecho referencia explícita a estas palabras de Nuestra Señora de La Salette —que consideramos totalmente auténticas— y seguimos haciéndolo. Pero, ¿acaso esto no nos resta credibilidad y contradice nuestra propia postura? Por un lado, acusamos a los tradicionalistas “woke” y a los sedevacantistas de mantener una visión muy selectiva de la “lealtad a Roma”, pero ¿somos nosotros acaso mejores? Pues, ¿no es un hecho que “el 21 de diciembre de 1915... bajo el pontificado de Benedicto XV, se prohibió —bajo pena de excomunión (o suspensión para los sacerdotes)— el disserere ac pertractare [discusión y examen detallado] del "llamado secreto de La Salette", específicamente por escrito” y que “el 9 de mayo de 1923... bajo Pío XI, la reimpresión (sin alteraciones) del "Gran Mensaje" de Melanie, publicado en 1922, fue efectivamente incluida en el Index Librorum Prohibitorum (Índice de libros prohibidos) y "condenada"”?

En primer lugar, cabe hacer algunas precisiones sobre este relato, que hemos extraído de la obra del Dr. Ludwig Neidhart Die Marienerscheinung von La Salette (La aparición mariana de La Salette). Él aporta oportunamente los textos originales en latín de las Acta Apostolicae Sedis. El primer documento, de 1915, no se refiere a la mera “presentación o recitación” del texto; más bien, prohíbe el disserere ac pertractare del mismo, es decir, su discusión y examen en profundidad, particularmente por escrito. La pena conminada no es la “excomunión” —lo cual carecería de sentido, dado que los laicos comunes serían excomulgados mientras que el clero solo sería suspendido—, sino el “interdicto”, concretamente la prohibición de recibir los sacramentos (sin quedar, no obstante, excluidos de la comunidad eclesial). En 1923, un folleto específico que contenía el “Gran Mensaje” fue condenado e incluido en el Índice.

El “Index librorum prohibitorum”

Existía, pues, una prohibición de debatir públicamente sobre el “Gran Mensaje”, así como sobre un opúsculo que lo reproducía. Esta medida no afectaba en absoluto, en primer lugar, a la aparición del 19 de septiembre de 1846 —reconocida por la Iglesia— con su “pequeño mensaje”, ni, en segundo lugar, a la cuestión de la autenticidad o falsedad del propio “Gran Mensaje”; tal como confirmó el cardenal Merry del Val en una carta del 7 de febrero de 1916 dirigida al obispo de Grenoble, en la que aseguraba, en nombre del Santo Oficio, que el decreto del 21 de septiembre de 1915 no pretendía “emitir juicio ni opinión alguna” sobre el hecho de la aparición. No obstante, persiste el hecho de que un pequeño libro que contenía el texto del “Gran Mensaje” de La Salette figuraba en el Index de libros prohibidos, lo cual nos brinda la oportunidad de examinar dicho índice, su sentido y su contenido, para comprender de qué se trata realmente. Pues, como ya hemos observado, es preciso actuar con gran rigor en este asunto si uno está verdaderamente interesado en la verdad y no busca simplemente confirmar prejuicios preexistentes.

Consultemos, pues, en primer lugar, el Lexikon für Theologie und Kirche (LThK) de Buchberger (volumen 5, Friburgo de Brisgovia, 1933) para ver qué nos dice sobre el célebre —y a menudo denostado— Index librorum prohibitorum. Leemos allí: “Lista de libros expresamente prohibidos por la Santa Sede. La elaboración de tales listas es propia de la Edad Moderna” (col. 380). Esto no nos sorprende, ya que el problema de la proliferación de libros peligrosos surgió precisamente con la invención de la imprenta en la Edad Moderna. Hasta entonces, existía otra práctica para tratar los escritos indeseables: “Siguiendo el ejemplo de los cristianos de Éfeso (Hch 19, 19), y hasta la invención de la imprenta de tipos móviles, tanto en el derecho civil (...) como en la práctica eclesiástica, se eliminaban mediante la quema los escritos heréticos o, de otro modo, peligrosos. Esta postura fue mantenida incluso por el Concilio de Constanza (6 de julio de 1415), el V Concilio de Letrán (1515), León X en la bula Exsurge (15 de junio de 1520) y la Reichstag von Worms (Dieta de Worms). En este contexto, los índices de libros prohibidos (...) parecían superfluos” (ibid.).

El surgimiento del Índice

Sin embargo, los tiempos cambiaron. “La rápida difusión de los libros impresos llevó tanto a la Iglesia como a las autoridades civiles a adoptar nuevas medidas para cumplir con su deber de proteger a los fieles frente a la seducción del error y el vicio. Dichas medidas consistieron en la instauración de la licencia eclesiástica de impresión y del Índice. Las autoridades civiles se habían adelantado en esta práctica: tal fue el caso de Enrique VIII en Inglaterra (Índice de 1526, con 20 ediciones hasta 1546) y de Carlos V en los Países Bajos (1529, con ediciones ampliadas publicadas por la Universidad de Lovaina en 1546 y años posteriores); asimismo, la Sorbona en Francia (seis ediciones progresivamente ampliadas entre 1544 y 1556), España (desde 1551) y los Estados italianos (empezando por Lucca en 1545). Es bien sabido que también los príncipes protestantes de Alemania ejercían una estricta censura de libros (...); no obstante, no se tiene constancia de la existencia de un Índice propiamente dicho” (ibid.). Los “malvados” Papas romanos no fueron los inventores del Índice ni ostentaron el monopolio sobre el mismo; simplemente adoptaron una práctica que ya se aplicaba en otros lugares. Sucedió de la siguiente manera: “En Roma, tras la reorganización del Santo Oficio (1542), Pablo IV publicó el primer Índice en 1559 (junto con un anexo atenuante titulado De libris orthodoxorum patrum); sin embargo, este no llegó a tener relevancia, ya que el Concilio de Trento (sesión XVIII) encomendó la tarea del Índice a una comisión propia; al finalizar el Concilio (…), la laboriosa obra de dicha comisión fue entregada al Papa para su redacción definitiva. De hecho, Pío IV publicó el Índice el 24 de marzo de 1564 mediante la constitución Dominici gregis custodia; además de las diez reglas tridentinas sobre la censura de libros, el documento incluía una lista de libros prohibidos clasificados en tres categorías (autores cuyas obras están prohibidas en su totalidad, obras individuales y libros anónimos). Su actualización se encomendó a la Congregación del Índice, creada por Pío V en marzo de 1571 y confirmada solemnemente por Gregorio XIII el 13 de septiembre de 1572 (organismo suprimido el 25 de marzo de 1917 al fusionarse con el Santo Oficio)” (cols. 380-381). Por lo tanto, hasta 1917 existió una “Congregación del Índice” específica.

Evolución posterior

Naturalmente, el Índice no quedó cerrado en absoluto con su primera edición ni con la ampliación de 1571, ya que la publicación de nuevos libros continuaba sin pausa e incluso cobraba impulso. Por ello, fue necesario ampliarlo y reeditarlo constantemente. “Entre las más de 40 nuevas ediciones cabe mencionar: la finalizada por Sixto V entre 1585 y 1590 pero no publicada (...); la de Clemente VIII de 1596; la de Alejandro VII de 1664 (abreviada en 1665), que abandonó la clasificación por categorías; la de Benedicto XIV de 1758, que incluía su constitución Sollicita ac provida del 9 de junio de 1753 —una instrucción para la Congregación del Índice destinada a garantizar un examen lo más objetivo posible de los libros denunciados—; y, finalmente, el Index librorum prohibitorum SS. D. N. Leonis XIII jussu et auctoritate recognitus et editus (Roma, 1900). Este último contenía, además de la constitución de Benedicto XIV, las disposiciones generales de la constitución Officiorum ac munerum del 25 de enero de 1897 sobre la censura de libros” (col. 381). El siglo XX planteó nuevas exigencias: “Desde 1929 (la última edición oficial de entonces), el Index se publica en las lenguas culturales modernas. Su primera parte contiene, además de un prefacio histórico, las normas generales del Index (cánones 1385 a 1405 del CIC), la instrucción del Santo Oficio del 3 de mayo de 1927 sobre literatura lasciva y los decretos del Santo Oficio del 29 de enero de 1914 y del 29 de diciembre de 1926 relativos a la condena de ciertas obras de Ch. Maurras y de la revista L’Action Française. La segunda parte —el Index propiamente dicho de León XIII, actualizado continuamente en las ediciones más recientes— recoge por orden alfabético (incluyendo obras anónimas identificadas) una lista de unos 6500 títulos de libros (aproximadamente 2500 para los siglos XVII y XVIII, 1300 para el XIX y unos 140 para el XX). Además de su rigor bibliográfico, esta parte refleja una notable reducción del contenido: se han omitido todos los libros anteriores a 1600 (es decir, todo el Index tridentino), aunque ello no implica que estén permitidos; entre las obras posteriores, se han excluido algunos títulos de importancia literaria, ediciones comentadas del Concilio de Trento, publicaciones que en su día se prohibieron por razones de oportunidad y aquellas que hoy carecen de relevancia alguna” (ibid.).

El Index en el siglo XX

La enciclopedia ofrece la siguiente valoración: “La importancia del Indice no debe ni subestimarse ni sobreestimarse. En virtud de la obediencia eclesiástica, obliga en conciencia a todos aquellos que carecen de permiso de la Iglesia para leer libros prohibidos, incluso cuando no existe peligro de seducción. (…) La prohibición no conlleva una censura [pena canónica], salvo en el caso de libros de apóstatas, herejes y cismáticos que defiendan la apostasía, la herejía o el cisma, así como de aquellos libros prohibidos expresamente bajo censura mediante un documento apostólico (can. 2318 § 1). Por otra parte, el Indice no constituye un catálogo exhaustivo de los libros prohibidos por la Iglesia, en el sentido de contenerlos todos o siquiera los más peligrosos. Esto podía aplicarse al Indice tridentino, pero cada vez menos a los posteriores; algunas lenguas (las eslavas) no están representadas en absoluto, y la literatura de masas más reciente apenas se tiene en cuenta. Al basarse en denuncias fortuitas, en tiempos recientes abarca casi exclusivamente publicaciones sobre cuestiones teológicas y eclesiástico-políticas peligrosas. El Índice propiamente dicho va perdiendo importancia frente a las normas que lo regulan. – La prohibición del Indice, que se emite de forma absoluta o bajo la fórmula donec corrigatur (hasta su corrección), afecta únicamente al contenido objetivo del libro, no a la intención subjetiva del autor; es, en sí misma, susceptible de reforma (véase, por ejemplo, el caso de Galileo), pero obliga a la sumisión en los términos en que fue promulgada (laudabiliter se subjecit; fórmula endurecida recientemente: ac damnatos libros reprobavit)” (cols. 381-382). 

Wikipedia resume la historia completa del Indice de la siguiente manera: “En el siglo XVI existían varios catálogos de libros prohibidos por autoridades políticas y eclesiásticas. El catálogo de la Inquisición romana de 1559 fue el primero en llevar el nombre de Index y en pretender una validez universal. En 1562 se creó una comisión para gestionar el Indice y, en 1564, el Papa Pío IV lo promulgó como directriz para los futuros censores. En 1571 se fundó para este fin la Congregatio indicis librorum prohibitorum (Congregación del Indice de libros prohibidos). Se prohibían todos los libros heréticos, supersticiosos y obscenos, así como todas las ediciones y traducciones de la Biblia que no hubieran sido expresamente aprobadas. El Index Romanus se publicó hasta 1948 (con actualizaciones hasta 1962) y llegó a incluir 6000 libros. La publicación del Indice cesó tras el concilio Vaticano II, en 1965 o 1966”.

El procedimiento y el fin del Indice

Sobre el procedimiento habitual, la enciclopedia en línea informa: “El proceso ordinario de inclusión en el Indice comenzaba con la denuncia de un libro, que podía provenir de la propia Curia o del exterior. A menudo, el lugar de la primera edición bastaba para suscitar una sospecha inicial. En una fase preliminar, el secretario de la Congregación, junto con dos expertos, evaluaba si procedía iniciar un proceso de censura contra la obra. El tratado de Adolph Freiherr von Knigge Über den Umgang mit Menschen (Sobre el trato con las personas) es un ejemplo de escritos que no fueron objeto de mayor examen tras esta fase preliminar”. A continuación, podía iniciarse el “procedimiento principal”. Este “consistía en uno —o dos, en el caso de autores católicos— informes escritos, que eran evaluados por un órgano especializado (los consultores) y debatidos en una reunión. Al finalizar la sesión, se formulaba una propuesta de resolución que se presentaba al colegio cardenalicio de la Inquisición. Los cardenales decidían si el libro debía clasificarse como peligroso o inofensivo, tras lo cual el Papa tomaba la decisión definitiva sobre su inclusión en el Indice”. “El procedimiento podía concluir con tres posibles dictámenes”: la “inclusión en el Indice con la consiguiente publicación de la resolución”, la “no inclusión sin que se hiciera público que había existido un proceso de censura” o la “solicitud de un nuevo informe”. “En diversas ocasiones se retiraron libros del Indice, especialmente durante las grandes reformas de 1752 y 1900; de este modo, dejaban de considerarse prohibidos”. Leemos además: “La última edición oficial del Index librorum prohibitorum apareció en 1948, con suplementos hasta 1962. En su etapa final, el Indice contenía más de 6000 títulos incompatibles con la doctrina de la fe o la moral de la Iglesia. Entre los ejemplos más conocidos figuran las historias de amor de Honoré de Balzac, las canciones de Pierre-Jean de Béranger, siete obras de René Descartes, dos obras de Denis Diderot (incluida la Encyclopédie) y las historias de amor de Alexandre Dumas padre y Alexandre Dumas hijo. Asimismo, se incluyen cuatro obras de Heinrich Heine, la Crítica de la razón pura de Immanuel Kant, El segundo sexo de Simone de Beauvoir, la obra completa de Maurice Maeterlinck y casi todos los escritos de Voltaire. Jean-Paul Sartre fue uno de los últimos en ser incluidos en el Índice”. También conocemos detalles sobre el fin del “Índice”: “El Índice fue suspendido en 1965 [“abolición de facto”] y posteriormente suprimido en 1966 [“abolición formal”] bajo el pontificado de Pablo VI. Una de las razones fue que mantenerlo actualizado resultaba inviable dada la cantidad —ya inabarcable— de libros, escritos, películas y formatos de radio y televisión”. 

Cabe esperar que personas tan ejemplarmente “obedientes” como el señor Neidhart tengan siempre a mano, naturalmente, una de las últimas ediciones del “Índice” y sigan sus normas al pie de la letra, evitando cuidadosamente, por ejemplo, los escritos de Descartes y Kant incluidos en la lista.

El sentido del Índice

Como católicos, naturalmente nos esforzamos por escuchar a la Iglesia. Como dice el himno eclesiástico: “Firme ha de permanecer mi alianza bautismal; quiero escuchar a la Iglesia. Que ella me vea siempre fiel y obediente a sus enseñanzas”. No se trata solo de acatar mandatos y prohibiciones explícitos, sino de aprender a pensar y sentir con la Iglesia: el sentire cum Ecclesia. Lo mismo ocurre en este caso. Por ello, queremos analizar cómo debemos abordar hoy el “Índice” y la prohibición de libros, dado que actualmente, por desgracia, carecemos de pastores que nos indiquen qué hacer concretamente. Como hemos oído, la importancia del “Índice” “no debe ni subestimarse ni sobreestimarse”. “Obliga en conciencia, en virtud de la obediencia eclesiástica, a todos aquellos que no cuentan con el permiso de la Iglesia para leer libros prohibidos, incluso cuando no exista peligro de seducción”. Pero ¿cómo debemos proceder exactamente, dado que hace más de sesenta años que no se publican ediciones actualizadas del “Índice”? ¡Qué alud incesante de escritos y medios nocivos se ha abatido sobre nosotros desde entonces!

Según nuestras fuentes, el “Índice” surgió a comienzos de la Edad Moderna, cuando, tras la invención de la imprenta, la producción y difusión de nuevos libros experimentó un auge enorme. Los círculos “reformistas” comprendieron rápidamente las ventajas de este nuevo procedimiento y lo utilizaron para divulgar sus ideas entre el pueblo. “En el siglo XVI, la impresión de los escritos de Martín Lutero representaba casi un tercio de la tirada total”, nos informa Wikipedia. “Sin embargo, la rápida difusión de libros impresos llevó tanto a la Iglesia como a las autoridades civiles a adoptar nuevas medidas para cumplir con su deber de proteger a los fieles frente a la seducción del error y el vicio” (LThK, véase más arriba); así fue como se llegó a la prohibición de libros, primero en el ámbito civil y posteriormente también en el eclesiástico. En aquella época, esto parecía ser un medio eficaz y, por ello, fue adoptado de manera especial por la Iglesia romana, “Madre y Maestra” de todos los fieles.
 
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MONSEÑOR VIGANÒ: “LA TAREA DE LEÓN ES HACER IRREVERSIBLE LA SINODALIDAD”

“El ataque mortal contra la constitución divina de la Iglesia, se está llevando a cabo en la práctica, sin necesidad de tocar un solo dogma” (Monseñor Viganò)


El arzobispo Carlo Maria Viganò habló con LifeSiteNews sobre León XIV, el Anticristo, las mujeres en puestos de liderazgo en el Vaticano y otros temas.

LSN: Excelentísimo Señor, en su nuevo libro usted sostiene que hoy el principal enemigo del papado es el propio papa. ¿Cómo explica esta paradoja?

Arzobispo Viganò: La paradoja es solo aparente, y se resuelve en cuanto se distingue lo que la teología católica siempre ha distinguido: el Papado como institución divina, querida por Nuestro Señor cuando le dijo a Pedro: “Tu es Petrus”, y la persona individual que en un momento dado de la historia ocupa la Cátedra de Pedro.

El Papado es indefectible, porque proviene de Cristo; la persona del Papa es un hombre, con libre albedrío, que puede corresponder a la gracia del Estado o rechazarla. Por otro lado, la Iglesia ora por el Sumo Pontífice, pidiendo a la Divina Majestad que preserve el Domnum Apostolicum en la Santa Religión, precisamente porque sabe que su perseverancia en la fe no está garantizada automáticamente por el cargo. Si no fuera así, es decir, si el Papa estuviera exento de la posibilidad de fallar en su mandato, orar por él carecería de sentido.

Cuando un Pontífice utiliza la autoridad que le ha sido conferida para edificar, en cambio, la utiliza para destruir aquello que dicha autoridad está llamada a salvaguardar —la doctrina, la liturgia, la disciplina, la propia constitución monárquica y jerárquica de la Iglesia—, se contradice a sí mismo. Deja de ser servidor del Papado y se convierte en su principal adversario, pues ningún enemigo externo puede herir tanto a la Iglesia como aquel que la hiere desde dentro, revestido con la túnica de Pedro.

He denominado a este fenómeno un cisma capital en el sentido estricto de la palabra: un cisma que comienza desde la cabeza. El cisma clásico es la separación de una parte del cuerpo de la cabeza; aquí presenciamos lo contrario: es la cabeza la que se separa del cuerpo místico y de la Tradición que la precede, la que se rebela contra lo que enseñaron sus predecesores y contra lo que tendría la obligación de transmitir íntegramente.

San Pablo lo expresa con palabras irrefutables: “Ni un ángel, ni un apóstol, ni el sucesor del apóstol Pedro pueden proclamar otro evangelio”. El Papa es custodio del Depósito, no su dueño; y quien, de custodio, se erige en dueño, traiciona la razón misma por la cual Nuestro Señor Jesucristo instituyó el Papado en forma vicarial.

LSN: Usted compara la situación actual con la eliminación del katéchon de la que habló San Pablo (cf. 2 Tes 2:6-8). ¿Qué papel juega la figura de León XIV en esta drástica eliminación de la “restricción” a la iniquidad?

Viganò: Los Padres y los grandes comentaristas entendieron al katéchon, “el que frena”, como el Imperio Romano cristiano y, junto con él, la autoridad de la Iglesia, y eminentemente la autoridad del Papado, que durante siglos se había opuesto como barrera al mysterium iniquitatis.

Esa moderación comenzó a relajarse desde el momento en que la jerarquía, con el concilio Vaticano II, renunció a ejercer su autoridad en el sentido que Cristo quiso, para buscar la reconciliación con el mundo, con el pensamiento moderno, con la Revolución. A partir de entonces, quienes debían haber actuado con moderación comenzaron a ceder.

León XIV se inserta en este proceso no como un innovador, sino como quien lo consolida y lo hace presentable. Bergoglio desmanteló el Papado violentamente; Prevost le da a ese desmantelamiento una forma institucional, “ordenada”, casi tranquilizadora. Su tarea —y creo que es perfectamente consciente de ella— es hacer irreversible la sinodalidad, es decir, esa “revolución permanente” que lleva al concilio a sus consecuencias extremas, y asegurar que la Iglesia Católica deje de ser definitivamente un obstáculo para el proyecto masónico y globalista.

Cuando el papa deja de ser un freno para convertirse en un acelerador, la eliminación del katéchon no es un acontecimiento futuro: está ocurriendo ahora mismo ante nuestros ojos. Y el Señor nos advirtió: tunc revelabitur ille iniquus. No lo digo con entusiasmo apocalíptico, sino con el dolor de un obispo que ve a la Esposa de Cristo entregada a sus enemigos por aquellos que deberían defenderla.

LSN: Ante las sanciones canónicas, usted invoca el estado de necesidad, tal como lo ha hecho la Sociedad de San Pío X para sus nuevas consagraciones episcopales. ¿Cómo responde a los numerosos conservadores que lo acusan de desobediencia formal al papa?

Viganò: Respondo que la obediencia es una virtud, no un ídolo. La obediencia consiste en obedecer una orden legítima dada por una autoridad legítima para el propósito para el cual existe dicha autoridad.

Cuando un mandato es contrario a la fe, a la ley divina o al bien de las almas, no solo no vincula, sino que obliga a desobedecer: obœdire oportet Deo magis quam hominibus (Hechos 5:29). Este principio no es una invención de los tradicionalistas: lo enseñan San Pedro, Santo Tomás y el Magisterio perenne, y se demuestra en la práctica con la conducta de los santos que se resistieron a los pontífices cuando estos se equivocaron, desde San Pablo, que se resistió a Pedro en persona, hasta San Atanasio y Santa Catalina de Siena.

El estado de necesidad no es una invención para eludir la ley: es un principio jurídico en sí mismo, según el cual la salus animarum, que es la ley suprema, prevalece sobre las normas positivas cuando estas, aplicadas literalmente, producirían un daño irreparable a las almas.

La Sociedad de San Pío X, al consagrar a sus obispos el pasado mes de julio, hizo exactamente lo mismo que el arzobispo Lefebvre en 1988, y por la misma razón: Roma no le está dando a la Tradición los obispos que necesita, y sin obispos no hay sacerdotes, y sin sacerdotes no hay sacramentos. Y es significativo que, al amenazar a la Sociedad, Prevost dejara de lado el pretexto de las consagraciones para confesar que la verdadera culpa es el rechazo del concilio. Al hacerlo, reveló —quizás involuntariamente— el engaño: las sanciones canónicas son un instrumento político, utilizado contra quienes permanecen católicos y nunca contra quienes niegan abiertamente la fe.

A los conservadores que me reprochan, les digo con afecto: obedecéis a un hombre que os pide que desobedezcáis a Nuestro Señor, y a esta contradicción la llamáis “fidelidad”. Jamás he tenido la intención de separarme de la Comunión Apostólica; le he pedido y sigo pidiéndole a León XIV que me diga en qué contradigo el Depositum Fidei. No he recibido respuesta. ¿Cuál de los dos, entonces, está en estado de cisma?

LSN: En un discurso pronunciado en 1999 ante los obispos europeos por el cardenal Carlo Maria Martini —pionero de la Mafia de San Galo y, como le gustaba definirse, no un antipapa, sino el “antepapa” (el que prepararía el camino para el “nuevo papa”)—, Martini declaró que la Iglesia, para “actualizarse”, debía desatar urgentemente una serie de nudos. E identificó el primer nudo como la “escasez de ministros ordenados”, que debía desatarse aboliendo el celibato o, al menos, haciéndolo opcional. Recientemente, el obispo Johan Bonny de Amberes anunció que ordenará a hombres casados ​​para el año 2028. Por no mencionar que el Vaticano acaba de nombrar a un nuevo arzobispo de Viena, Josef Grünwidl, antiguo miembro del movimiento disidente "Llamada a la Desobediencia", que ha abogado por la misma abolición del celibato clerical. Roma observa todo esto en silencio y, a diferencia de otras situaciones, no amenaza con sanciones, a pesar de que el derecho canónico se pisotea sistemáticamente. Casi parece que Roma lo está fomentando. ¿Qué opina?

Viganò: No es que “parezca” que Roma lo fomente; Roma lo fomenta. Roma no es una espectadora distraída de un proceso que se le escapa; es la directora. El método es el mismo que probó la Revolución conciliar: se permite que la desobediencia comience desde la periferia, se le permite consolidarse como un “hecho consumado”, y entonces el centro interviene no para reprimirla, sino para “acompañarla”, invocando la sinodalidad, la escucha y las necesidades pastorales.

El caso Bonny es emblemático: un obispo anuncia públicamente que violará la ley de la Iglesia, y ningún dicasterio le pide cuentas. El caso Grünwidl es aún más elocuente, porque no se trata de tolerar a un disidente, sino de promoverlo a una de las sedes más importantes de Europa. Alguien que perteneció a un movimiento llamado literalmente “Llamada a la Desobediencia” es recompensado por un pontífice que excomulga a quienes piden poder obedecer a la Iglesia de todos los tiempos.

Pero la cuestión va más allá del celibato. La “escasez de ministros ordenados” es el fruto envenenado de sesenta años de vaciar el sacerdocio de su esencia. Cuando la gente dejó de creer que el sacerdote es el alter Christus, que asciende al altar para renovar el Sacrificio de la Cruz, el celibato dejó de tener sentido, porque solo tiene sentido como una configuración total con Cristo, el Sumo Sacerdote.

El cardenal Martini lo sabía bien: la lista de sus “nudos” no es una lista de problemas a resolver, sino un programa de demolición, en el que cada punto es un paso previo al siguiente. Primero, la abolición del celibato, luego la admisión de las mujeres, después se reescribe la moral, luego se disuelve el matrimonio… Es un plan, y sus ejecutores hoy se llaman de otra manera, pero persiguen el mismo propósito. El hecho de que Martini se autodenominara “antepapa” dice mucho sobre la premeditación con la que la mafia de San Galo preparó lo que vemos hoy.

LSN: El segundo nudo identificado por Martini se refería al papel de la mujer y la cuestión de la ordenación femenina. Los obispos promovidos por León XIV —pienso en Mackinlay, Grögli, Satué, Grünwidl y muchos otros— han expresado abiertamente su apoyo al diaconado femenino. La Comisión Vaticana sobre el tema reiteró su “no” a la ordenación sacramental de mujeres, pero definió este juicio como “no definitivo”. En consecuencia, numerosos obispos hoy evitan abordar la cuestión directamente, prefiriendo potenciar la presencia de las mujeres en el gobierno de las diócesis o proponer reformas litúrgicas “inclusivas”. En su opinión, ¿esta estrategia busca desplazar progresivamente la Ventana de Overton sobre el tema de la ordenación femenina?

Viganò: Se trata precisamente de la técnica de la Ventana de Overton, y ni siquiera está disimulada. Juan Pablo II, con su Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis, no definió nada nuevo: declaró que esta doctrina pertenece al Depositum Fidei y ha sido enseñada infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal, como confirmó la Congregación para la Doctrina de la Fe en su Responsum de 1995.

Decir hoy que esta sentencia “no es definitiva” significa, por lo tanto, no reabrir una cuestión disciplinaria, sino negar la infalibilidad misma del Magisterio ordinario y universal.

El diaconado femenino es clave, pues el Sacramento del Orden es uno de sus tres grados: admitir a una mujer al diaconado implica reconocer su capacidad para recibir el sacerdocio, y en ese caso, la exclusión del sacerdocio no sería más que discriminación que debe ser erradicada. No es casualidad que la admisión de mujeres al sacerdocio sea promovida por movimientos anticatólicos en nombre de la igualdad de género, que la Iglesia sinodal abraza y hace suya.

Los neomodernistas lo saben perfectamente, y por eso no piden inmediatamente la ordenación sacerdotal: piden cargos de gobierno, presencia en las Curias, “ministerios instituidos”, liturgias “inclusivas”. Cada paso prepara el siguiente, y cada paso se presenta como inofensivo. Los obispos nombrados por Prevost no fueron elegidos a pesar de sus posturas sobre el diaconado femenino, sino precisamente por ellas: quien nombra a un obispo conoce sus ideas, y quien nombra a muchos con las mismas ideas está construyendo un episcopado que, en el momento oportuno, pedirá “desde abajo” lo que el papa desea conceder “desde arriba”.

Esto es sinodalidad: la puesta en escena de una obra de teatro en la que los actores presentan una demanda cuya respuesta ya ha sido decidida.

A todo esto se suma un aspecto que considero aún más grave, y sobre el cual existe un silencio culpable: la promoción de mujeres a la dirección de los Dicasterios Romanos. Tenemos a dos religiosas, la hermana Simona Brambilla y la hermana Tiziana Merletti, respectivamente Prefecta y Secretaria del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada, que ahora ejercen autoridad sobre Cardenales, Obispos, Abades y sacerdotes; otra religiosa, la hermana Reffaella Petrini, Presidenta de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano y Presidenta de la Gobernación; una laica, María Montserrat Alvarado, al frente del Dicasterio para la Comunicación, que coordina y reorganiza todo el sistema de comunicaciones de la Santa Sede; y también mujeres designadas como miembros y consultoras de varios Dicasterios, incluida la Congregación para los Obispos, es decir, llamadas a decidir sobre las promociones al Episcopado.

Ahora bien, el poder de gobierno en la Iglesia no es una función administrativa que pueda atribuirse a cualquiera por decreto: por su naturaleza, está vinculado a la sacra potestad, que emana del Sacramento del Orden, porque en la Iglesia —que es una sociedad sobrenatural y no una corporación comercial— se gobierna en la medida en que uno está configurado a Cristo Rey y Sumo Sacerdote. Separar la jurisdicción del Orden, al conferir a quienes no pueden recibirlo el poder de gobernar a quienes sí lo han recibido, significa subvertir la constitución jerárquica que Nuestro Señor dio a su Iglesia.

Por eso digo que Bergoglio, y ahora Prevost, hacen mucho más y mucho peor que simplemente conferir las Órdenes Sagradas a estas mujeres. Una ordenación inválida sería un sacrilegio, y seguiría siendo un acto nulo; aquí, en cambio, el orden sacramental se desmantela pieza por pieza, la sacra potestas se convierte en un accesorio superfluo, y el clero se acostumbra a obedecer a quienes no tienen ningún título divino para mandarles. Es un ataque mortal contra la constitución divina de la Iglesia, que se está llevando a cabo una vez más en la práctica, sin necesidad de tocar un solo dogma.

LSN: El tercer y cuarto nudo identificados por Martini se referían, respectivamente, a la moral sexual y la disciplina del matrimonio. En su entrevista oficial para el libro con Elise Ann Allen, León XIV afirmó que las “actitudes” de las personas debían “cambiar” antes de que se modificara la doctrina misma. En su opinión, ¿qué medios pretenden utilizar los modernistas en el poder para lograr este cambio?

Viganò: Esa frase merece ser sopesada, porque es una confesión. “Cambiar las actitudes antes que la doctrina” es admitir que la doctrina cambiará, solo que no al principio. La doctrina cambiará al final, cuando ya nadie crea en ella, y su abrogación formal parecerá un mero acto notarial.

Es el método modernista descrito por San Pío X en Pascendi: no se ataca el dogma de frente, sino que se transforma la mentalidad que lo sustenta, se separa la fe de la vida y se permite que la vida, así separada, arrastre consigo la fe. En realidad, ni siquiera es necesario cambiar el dogma: basta con volverlo irrelevante mediante la práctica pastoral.

Y este método hoy tiene su fundamento teórico, que casi nadie ha querido leer por lo que realmente es. En Evangelii Gaudium, Bergoglio expuso cuatro principios, y el primero de ellos —“el tiempo es mayor que el espacio”— es la clave que abre todos los demás: “dar prioridad al tiempo significa preocuparse por iniciar procesos en lugar de poseer espacios”.

En otras palabras: no definas, solo inicia; no establezcas un resultado, sino desencadena una dinámica que nadie podrá detener jamás. El espacio es el territorio delimitado; el límite, la definición dogmática, el canon que dicta hasta dónde es permisible llegar; el tiempo es el proceso que erosiona ese límite sin declarar jamás la intención de derribarlo. Y nótese la astucia: quien custodia un espacio debe defender una posición, y una posición puede ser asediada, debatida, refutada; quien inicia un proceso no tiene posiciones que defender y, por lo tanto, es inexpugnable. Nada puede oponérsele, porque aún no ha afirmado nada.

Alguien objetará que no se trata de Hegel, sino de Romano Guardini, cuyos escritos Bergoglio estudió exhaustivamente sin llegar a completar su tesis doctoral. La polaridad de Guardini —el Gegensatz— se concibe precisamente en contra de la contradicción dialéctica, puesto que las tensiones deben mantenerse unidas y no resolverse en una síntesis superior.

Ya sea que se le llame síntesis hegeliana o proceso inacabado, el resultado es que ninguna verdad permanece como un punto fijo, sino que se convierte en un mero instante en un proceso de devenir. Y lo que en Hegel era filosofía de la historia, y en Marx se convirtió en praxis revolucionaria (práctica que precede al principio, lo juzga y lo subvierte), en la iglesia sinodal ahora se denomina simplemente “ministerio pastoral”.

Y aquí está el trabajo que se desarrolla ante nuestros ojos: Amoris Lætitia no deroga la indisolubilidad del matrimonio, simplemente abre un “proceso”; Fiducia Supplicans no declara lícita una unión irregular, simplemente “bendice” a quienes están unidos; el camino sinodal no decide nada, y precisamente por eso lo decide todo.

La doctrina nunca se toca formalmente, y precisamente por esta razón no hay ninguna doctrina nueva que pueda ser cuestionada formalmente. No hay proposición que censurar, ninguna herejía que condenar, nada sobre lo que pronunciar un anatema. Los fieles se quedan con la redacción intacta de un dogma que ya no prevalece en la vida de la Iglesia. Pero esto es precisamente lo que el Concilio Vaticano I condenó con un anatema, prohibiendo que a los dogmas propuestos por la Iglesia se les atribuya jamás un significado diferente al que ella entendió y entiende: eodem sensu eademque sententia.

Los medios son los mismos que hemos visto en acción durante décadas. El primero es el lenguaje: “pecado” se reemplaza por “fragilidad”, “conversión” por “camino”, “verdad” por “discernimiento”, “ley de Dios” por “ideal”.

La segunda es la práctica pastoral, deliberadamente ambiguaAmoris Lætitia con sus notas a pie de páginaFiducia Supplicans con sus bendiciones que bendicen sin bendición; y ahora la estrategia de Prevost, que no ha retirado nada de esto, sino que le permite operar “con calma”.

La tercera es la formación: seminarios, facultades teológicas, catequesis, en la que durante sesenta años se ha enseñado que la moral católica es un vestigio histórico que hay que superar.

El cuarto aspecto es la elección de los pastores: se promueve a quienes practican la ambigüedad y el error, mientras que se margina a quienes hablan con claridad.

Y bajo todo esto subyace una alianza que nunca he dudado en denunciar: la que existe entre la iglesia sinodal y la agenda globalista. No se trata de una ideología más, sino de la síntesis de todas las ideologías de derecha e izquierda que, durante dos siglos, han pretendido combatirse entre sí mientras conducían a los hombres hacia el mismo destino; una síntesis de origen neomalthusiano que ya no ve en el hombre la imagen de Dios, sino un exceso que debe ser controlado, y que, por lo tanto, es antihumana incluso antes de ser anticristiana.

Conocemos sus componentes, y cada uno toca un aspecto preciso del orden querido por el Creador: la disolución de la familia natural; el pansexualismo y la ideología de género, que niegan que el hombre haya sido creado masculino y femenino ; el vacunismo, que convierte el cuerpo en propiedad del Estado; el ecologismo, que reemplaza la adoración del Creador por la de la criatura; la ideología de la inmigración masiva, que disuelve las naciones y con ellas los pueblos cristianos; y en la cima el transhumanismo, que promete al hombre la divinización sin Dios, ya prometida en el Edén por la serpiente: eritis sicut dii.

La Iglesia conciliar no sufre este proceso: participa en él. Ha renunciado a juzgar al mundo y ha aceptado ser juzgada por él; ha dejado de convertirlo y se ha dejado convertir por él. Por eso, el tercer y cuarto nudo de Martini no son nudos que deban desatarse: el matrimonio indisoluble y la moral sexual no son la cáscara histórica de una época pasada, sino la esencia misma del Evangelio, y son las palabras de Nuestro Señor: quod ergo Deus coniunxit, homo non separet. Quien pretende —como papa— cambiarlos no reforma la Iglesia: funda otra religión, y la funda sobre las ruinas de la que recibió bajo su custodia.
 

CONTINÚAN LAS BURLAS CONTRA NUESTRO SEÑOR

Una sacrílega escultura que inicialmente se exhibió al aire libre durante un festival de arte en Marsella, Francia, fue trasladada al interior.


El “artista” James Colomina instaló “No matarás” en L’Aérosol (La Tulipe, 15º) un Cristo rojo de 2 metros sosteniendo un Uzi en cada mano.

Colocada originalmente en la fachada del edificio, la obra fue retirada al interior ante las reacciones.

Esta aberración permanecerá visible hasta el 1 de noviembre.

El autor de esta “obra”, nacido en Toulouse en 1975, es abiertamente anticatólico y escribió en su cuenta de Instagram una descripción de su “creación”

“Inventamos religiones, leyes y principios”.

L’Aérosol Marsella, que abrió sus puertas el 12 de septiembre de 2026 en la antigua jabonería La Tulipe (barrio de las Crottes, 15º distrito), acogió la escultura “No matarás” de James Colomina, el artista callejero conocido por sus extravagantes figuras en resina color rojo vivo.

La obra, de dos metros de altura, representa a Cristo en la cruz sosteniendo una pistola ametralladora Uzi en cada mano. “Desvía el sexto mandamiento bíblico para cuestionar -según el comunicado del lugar- el desfase entre los valores y los tabúes que nuestras sociedades erigen y la realidad de la violencia que las atraviesa”.

El adefesio, inicialmente colocado en la fachada del edificio (como se puede observar en la primer imagen), era visible desde el espacio público, pero luego fue trasladado al interior. Los organizadores manifestaron su voluntad de “evitar herir las convicciones religiosas de los residentes de los barrios del norte”

La exposición se inscribe en la programación del colectivo toulousain Mister Freeze y permanece abierta los fines de semana hasta el 1º de noviembre de 2026.

El polémico “artista” coloca sus esculturas en el espacio público para provocar un debate en lugar de un consenso. En este caso, el choque visual de una figura sagrada + armas automáticas ha producido exactamente ese efecto: visibilidad mediática inmediata y retirada de la calle.
 

17 DE SEPTIEMBRE: SANTA HILDEGARDA, VIRGEN Y ABADESA


17 de Septiembre: Santa Hildegarda, Virgen y Abadesa de Bingen

(✞ 1179)

Hildegarda nació en 1099 y fue una niña extraordinaria, marcada por la gracia desde temprana edad. Desde los tres años, poseía una visión interior y una profunda comprensión de los asuntos sobrenaturales. Todo aquello que otros aprenden con tanto esfuerzo de la historia bíblica y el catecismo, y todo lo que ocurre de forma invisible y misteriosa perpetuamente entre el Cielo y la tierra, Hildegarda lo veía con claridad. Lo percibía como una luz brillante, a la que llamaba la sombra de la luz.

¿Cómo? ¿Puede una luz convertirse en sombra? Parece que ese fue el caso de Hildegarda, pues a veces veía otra luz, infinitamente más brillante, de modo que, comparada con ella, la luz que habitualmente la iluminaba parecía una sombra. Y bien podría ser que esta segunda luz fuera Dios mismo, la luz eterna. Que esto pudiera ser así se sugiere quizás también por el hecho de que Hildegarda sentía una alegría inefable cuando aparecía la luz más brillante y caía en una profunda tristeza cuando desaparecía. Porque cuanto más cerca está una persona de Dios en la oración y las buenas obras, más alegre y pacífica es, y cuanto más se aleja de Dios por los errores y los pecados, más inquieta y perturbada suele sentirse.

Sin embargo, la visión interior de Hildegarda no la convirtió en una soñadora o fantasiosa poco práctica, ni le impidió en absoluto convertirse en una mujer capaz y una excelente administradora. A los ocho años, se fue a vivir con su tía, la condesa Jutta von Spanheim, quien era abadesa de un convento en Disibodenberg, a seis horas a pie del Rin, en el río Nahe. Allí Hildegarda aprendió a leer y cantar, a usar aguja, hilo, dedal, telar y zurcir; aprendió a hilar, tejer, hacer punto y ganchillo, cocinar, preparar medicinas y cuidar a los enfermos. Así, ella, que también se había hecho monja a los quince años, fue elegida abadesa por unanimidad a los cuarenta años tras la muerte de su tía Jutta, y supo dirigir el monasterio con más alegría que temor al Señor y, por el creciente número de Hermanas, pudo fundar dos monasterios más: uno en el Rupertsberg, cerca de Bingen, a orillas del Rin, y el otro en la margen derecha del Rin, justo enfrente de Eibingen.

Santa Hildegarda fue, por lo tanto, una mujer que, aunque completamente consagrada a Dios, estaba plenamente comprometida con la vida. Y así debe ser, pues la piedad y la practicidad siempre deben ir de la mano, y una sin la otra es imposible, como dice el proverbio: “Ser perezoso en el trabajo y diligente en la oración es como tocar el órgano sin accionar el fuelle”. Ninguna de las dos produce nada que valga la pena.

Para sus hermanas, Santa Hildegarda era como una madre amorosa, fiel, siempre amable y servicial. Y como su corazón albergaba mucho más amor del que sus subordinadas necesitaban, prodigaba esta bondad a los pobres y oprimidos, quienes en aquellos tiempos difíciles acudían en masa a las puertas del convento, llegando incluso a entrar y salir constantemente. Los remedios de la abadesa, preparados por ella misma con hierbas y raíces, eran especialmente apreciados y a menudo resultaban en curaciones milagrosas. Así, Santa Hildegarda, la amorosa madre de sus Hermanas, se convirtió también en una madre benevolente para su pueblo y su nación.

Sin embargo, así como una verdadera madre no permanece en silencio ante el desorden y la rebeldía, Santa Hildegarda actuó con la misma convicción. Sin temor ni vacilación, se presentó ante el Papa y el Emperador y habló con tanta vehemencia y énfasis a obispos, príncipes y a todos aquellos que cometían injusticias, amenazándolos con el juicio divino, que incluso el poderoso emperador Barbarroja tembló ante ella. Así, vemos que la mera amenaza de una mujer justa puede aterrorizar incluso a los hombres más fuertes.
 
Oración:

Señor, fuente de vida y de sabiduría, que has llenado
a Santa Hildegarda de Bingen de espíritu profético, ayúdanos para que con su ejemplo reflexionemos en tus caminos y sigamos tu guía, para que en la oscuridad reconozcamos la luz de tu claridad y estemos en vela para el instante en que Tú quieras encontrarnos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

17 DE SEPTIEMBRE: SAN PEDRO DE ARBUÉS, MÁRTIR


17 de Septiembre: San Pedro de Arbués, mártir

(✞ 1485)

El valeroso mártir de la Fe, y decoroso ornamento de la Inquisición de España, San Pedro de Arbués, fue hijo de don Antonio Arbués y de doña Sancha Ruiz, y nació en la villa de Epila, a unas seis leguas de Zaragoza.

Alcanzó en la Universidad de Bolonia gran renombre de sabio, y brilló en las dos cátedras del insigne Colegio que había allí fundado Don Egidio Albornoz, Arzobispo de Toledo y Cardenal de la Iglesia romana. 

El grado de Doctor que recibió se hallaba acompañado de singular mención honorífica por sus virtudes, por estas palabras: “Los multiplicados dones de virtudes con que el Altísimo engrandeció la persona del maestro en artes y filosofía Pedro de Arbués, etcétera...”

Le recibieron después con gran honra en la Iglesia Metropolitana de San Salvador de Zaragoza los Canónigos Regulares de la Orden de San Agustín, y como llegase a oídos de los Reyes Católicos la fama de sus grandes letras y virtudes, lo nombraron Inquisidor del Reino de Aragón, en cuyo Santo Oficio mostró admirable discreción, celo y entereza. 

Más habiendo juzgado reos de ciertas horrendas abominaciones a algunos judíos ricos que por sola hipocresía se habían bautizado juntáronse en concilio y enviaron a Córdoba procuradores que se quejasen a los Reyes Católicos del rigor que con los judíos usaba Pedro de Arbués. 

No hicieron caso los Católicos Monarcas de aquellas falsas acusaciones, porque estaban tan satisfechos de la prudencia y santidad del Inquisidor, como cansados de las traiciones de los moros y de la perfidia de los judíos. 

Entonces dieron estos buena suma de oro a un hombre facineroso llamado Juan de Labadia, el cual la repartió con otros dos asesinos llamados Juan Esperán y Vidal Durán. 

Algunos amigos del santo le avisaron de ese peligro, y él les respondió sin turbarse: 

- Ya que no soy buen sacerdote, al menos seré buen mártir. 

Los tres asesinos se escondieron una noche en la Iglesia, al tiempo que solía ir a ella el santo vestido con los hábitos de coro para asistir a Maitines, así que se hincó de rodillas ante el altar mayor para hacer una breve oración, y cayeron sobre él, y le dieron con sus espadas tantas cuchilladas que le dejaron medio muerto. 

Cuando los malvados judíos le daban la muerte, en el coro se cantaba aquel verso que dice: “Cuarenta años me hallé con esta gente y dije: yerran siempre por la ceguedad de su corazón”, y al caer mortalmente herido, exclamó: 

- Muero por Jesucristo, pues muero por su Santa Fe. 

Fue llevado luego a su casa, y al cabo de dos días, pidiendo perdón por sus enemigos, y recibidos con gran devoción los Sacramentos, Dios espíritu al creador a la edad de cuarenta y tres años. 

Toda Zaragoza mostró gran sentimiento ante su muerte, y por espacio de tres días no se celebraron en la Catedral los divinos oficios, y se vistieron de luto a los altares hasta que se purificó el templo de aquella sacrílega violación, y por un año entero se cantaron los oficios en tono fúnebre.

Reflexión

Muy honrado es por Dios con prodigios, y por la Iglesia con universal veneración, el gloriosísimo Inquisidor San Pedro de Arbués, el cual murió a manos de los pérfidos judíos, por el celo de conservar la Fe Católica, que es el mayor beneficio que Dios puede hacer a una nación. Tengamos pues en gran estima esta prenda del cielo; y ya que los gobiernos liberales la posponen a los intereses de la tierra, procuremos guardarla con todo cuidado en nuestras almas. Antes perder la vida que la fe. 

Oración

Concédenos, oh Dios omnipotente, que sigamos con la debida devoción la Fe de tu bienaventurado mártir San Pedro de Arbués, el cual mereció alcanzar la palma del martirio por la confesión de la misma Fe. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Nota Diario7: Con la “reforma” del calendario litúrgico de 1969, la conmemoración de San Pedro de Arbués dejó de ser obligatoria para todas las parroquias del mundo. En la actualidad, su fiesta se celebra en sus lugares de patronazgo, como la Archidiócesis de Zaragoza, España, o en su localidad natal de Épila.
 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

LA SINODALIDAD ACABARÁ CON EL CATOLICISMO

Una Iglesia que se gobierna por consenso sinodal es una institución distinta de aquella que, durante dos milenios, ha existido para transmitir lo que ha recibido.

Por Brad Miner


La Iglesia Católica siempre se ha distinguido de otras confesiones cristianas por su pretensión de poseer, y estar obligada por, un depósito de fe transmitido por los Apóstoles. La Iglesia procede de Cristo, y no inventa, ni revisa ni vota sobre su Magisterio, su aplicación autorizada de ese depósito de fe. Recibe, custodia y transmite esa fe antigua. La doctrina puede desarrollarse, como la describió san John Henry Newman, creciendo en claridad y aplicación, como una bellota que se convierte en roble. Pero no puede ser renegociada¡ni revertida!— por el “sentir de la mayoría” ni por el “entusiasmo contemporáneo”.

La pretensión de haber recibido la Verdad y de custodiarla constituye la razón de ser de la Iglesia y la convierte en algo más que una asociación religiosa voluntaria. Sin embargo, la sinodalidad, independientemente de lo que afirmen sus defensores, introduce un mecanismo capaz de disolver dicha pretensión: un proceso permanente, indefinido y participativo para generar consensos eclesiales contemporáneos e interminables que, cada vez más, funcionan como fuentes de autoridad rivales, paralelas al depósito establecido de la fe y, por lo tanto, por delante del Magisterio destinado a custodiarlo, e incluso, desde la perspectiva de los innovadores, por delante de él.

La ambigüedad que hemos observado hasta ahora en el proceso sinodal no ha sido casual. Es una característica inherente, no un defecto. Tras múltiples encuentros sinodales, la Iglesia aún no cuenta con una definición precisa de “sinodalidad”; solo ofrece descripciones de un “estilo”, un “proceso” o un “instinto”. Esta incapacidad para definir claramente la “sinodalidad” no es una omisión menor.

Recuerda a la primera campaña de Barack Obama, que definió su programa con una sola palabra: “Cambio”. Aquello no significó nada entonces; “Caminando juntos” no significa nada ahora. ¿Dónde está nuestro punto de referencia?

Santo Tomás de Aquino y otros, incluidos los primeros Padres de la Iglesia, y varios Concilios, le han dado a la Iglesia un punto de referencia fijo y un vocabulario técnico compartido lo suficientemente preciso como para permitir la resolución de todas las disputas reales. La “sinodalidad” no tiene nada equivalente. Se basa en el “discernimiento individual” y el “sentido de los fieles”, categorías que son prácticamente infalsificables: ¡cualquier conclusión que tome el cuerpo reunido se interpreta retrospectivamente a través de la escandalosa afirmación de que cada nueva propuesta es lo que el “Espíritu Santo” decía desde el principio! ¡Finalmente, nos dicen, estamos escuchando!

Pero un proceso sin criterios fijos de corrección no es discernimiento; es la construcción de consensos con vocabulario teológico añadido, como las pegatinas que mis nietos pegan en prácticamente todo, incluso en la cara del abuelo.

La historia nos muestra adónde nos llevará esto. La Iglesia de Inglaterra es el análogo institucional más cercano que tenemos, y demuestra exactamente cómo se desarrolla el proceso a lo largo del tiempo: órganos “sinodales” que incorporan al clero y a los laicos en la toma de decisiones, autonomía provincial bajo una autoridad central flexible y una secuencia constante de cambios, cada uno introducido como modestas adaptaciones  “pastorales” —el nuevo matrimonio después del divorcio, la ordenación de mujeres, las bendiciones para las uniones entre personas del mismo sexo, la aprobación de la anticoncepción artificial, la ambigüedad sobre el aborto—, todo lo cual, con el tiempo, transforma las doctrinas del anglicanismo y fractura su unidad.

Provincias anglicanas y episcopales enteras se niegan ahora a reconocer las posturas de la otra sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo y la ordenación de mujeres. La investidura de Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury ha provocado un cisma dentro del anglicanismo.

Sin embargo, es el mecanismo, y no una sola decisión, lo que siempre ha sido y sigue siendo el peligro real y constante.

Y ese mismo mecanismo es inherente a cualquier versión católica de la “sinodalidad”. El Camino Sinodal alemán impulsa un concilio sinodal permanente que otorgaría a los laicos autoridad compartida con los obispos en materia de doctrina y disciplina. Roma ha intervenido directamente para detenerlo, pero varios obispos alemanes aún se resisten abiertamente a las advertencias del Vaticano. ¿Quién sabe cuál será el resultado? Sin embargo, una iglesia “nacional” que intenta institucionalizar exactamente el modelo anglicano dentro de las estructuras católicas solo ha sido contenida hasta ahora por la intervención directa de Roma. Se trata de un control frágil, no de una garantía estructural. Y la “sinodalidad” sigue presente en la mente de León XIV.

Mientras tanto, el filtro tradicional que protegía al Magisterio de la inercia sinodal se ha debilitado desde dentro: con la reforma del procedimiento sinodal de 2018, un papa puede adoptar directamente el documento final de un sínodo como parte de su “magisterio ordinario”, omitiendo la exhortación postsinodal que históricamente permitía a los papas reformular o rechazar las propuestas sinodales. Ese filtro funcionó según lo previsto cuando Francisco rechazó la propuesta del Sínodo Amazónico sobre el sacerdocio casado. Pero no funcionó así para la asamblea sinodal de 2024, cuyo documento final se convirtió en enseñanza magisterial de inmediato, sin esa exhortación intermedia. La misma salvaguarda que los defensores de la “sinodalidad” señalan como prueba de que el sistema no puede escapar de sí mismo es ahora opcional y queda a discreción del papa, lo que significa que no es una salvaguarda estructural, sino solo personal, válida solo mientras quien ostenta el cargo decida usarla, o no.

Recordemos cómo Francisco respondió a las inquietudes sobre la redacción de Amoris Laetitia (2016), que permitía (“con discernimiento”) la recepción de la Eucaristía por parte de parejas divorciadas y vueltas a casar por lo civil. Les dijo a los obispos de Argentina, que buscaban claridad, que “no hay otras interpretaciones”. Al hacerlo, abrogó el derecho canónico y nos dio un anticipo del “proceso sinodal”.

Y ahí está Fiducia suplicans, un mecanismo “pastoral” innovador y pasivo-agresivo para bendecir a “parejas” del mismo sexo, que se extiende incluso cuando se considera que la definición inmemorial de matrimonio permanece inalterada. Y ahí se da la secuencia precisa que ha precedido al cambio doctrinal en todas las denominaciones protestantes: primero avanza la práctica, bajo cobertura pastoral, y se declara que la doctrina permanece inalterada... hasta que esa ficción se vuelve insostenible.

Por eso la amenaza sinodal es existencial. Lo que está en juego no es solo esta o aquella enseñanza, sino aquello que hace de la Iglesia Católica la Iglesia Católica: un depósito de fe autoritativo e innegociable, custodiado por un Magisterio cuyos preceptos vinculan a todos los creyentes.

Una Iglesia que se gobierna por consenso sinodal es una institución distinta de aquella que, durante dos milenios, ha existido para transmitir lo que ha recibido. Puede conservar su nombre, sus edificios e incluso su jerarquía estructural. Lo que debe perder es la afirmación que la hacía digna de ser católica. Y esa pérdida, una vez que el mecanismo siga su curso, probablemente no se revertiría con otra votación.
 

LA VERDAD DE LAS ESCRITURAS – JOSÉ ANTONIO PAGOLA (1)

Pagola estima que si se busca la verdad histórica de Jesús, es preciso prescindir de todo testimonio de la fe.

Por el padre José María Iraburu


Este blog viene señalando en el edificio de la Santa Iglesia los lugares afectados por aquellas ruinas más peligrosas, que con más urgencia exigen remedio. Por eso he tratado con especial insistencia sobre los errores doctrinales, porque son los más ruinosos para la Iglesia, ya que afectan a su propio fundamento.

De mis artículos publicados, más de 30 han tratado sobre los errores doctrinales más difundidos hoy en la Iglesia: teólogos disidentes y teólogos ortodoxos no combatientes (aquí y aquí), reprobaciones tardías (aquí), indigenismo teológico desviado (aquí, aquí y aquí), errores en cristología, liturgia y moral (Olegario, Borobio, Flecha, (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), grandes rebajas arrianas y pelagianas del cristianismo (Schillebeeckx, modernistas, etc. (aquí, aquí, aquí y aquí), voluntarismos pelagianos o semipelagianos (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), luteranismo y quietismo (aquí). Es necesario reafirmar hoy la verdad católica sobre gracia-libertad (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), como lo hace Sta. Teresa del Niño Jesús (aquí, aquí, aquí y aquí). Sin embargo, por algunas consideraciones prudenciales, he ido demorando hasta ahora un tema que de suyo habría que haber examinado al principio: las interpretaciones falsas de la Sagrada Escritura.

Analizaré, pues, ahora como ejemplo la obra de Pagola sobre Jesús. Pero aviso desde el principio que sus errores no son propiamente suyos, personales. Los hallamos ya formulados de modo casi igual en sectores liberales protestantes del siglo XIX. Los encontramos también en González Faus, S. J., Jon Sobrino, S. J., Torres Queiruga y en un gran número de teólogos actuales españoles y extranjeros. Son errores ampliamente difundidos en parroquias, catequesis, comunidades de religiosos o de laicos. El “caso Pagola”, por lo tanto, es sólo una anécdota en esa selva de innumerables errores. Y únicamente elijo analizarlo por la extraordinaria difusión de su obra.

Don José Antonio Pagola (Añorga, Guipúzcoa, 1937), sacerdote diocesano de la Diócesis de San Sebastián, ha sido profesor en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Vitoria. Durante el episcopado de Mons. José María Setién en su diócesis, hasta el 2000, fue muchos años Vicario General, y algunos, Rector del Seminario. Siendo Obispo de la diócesis Mons. Juan María Uriarte, Pagola ha sido director del Instituto de Teología y Pastoral. Ha publicado un buen número de obras, y sus escritos tienen una amplísima difusión en diversos diarios y revistas, así como en internet.

Jesús. Aproximación histórica (Editorial PPC, Madrid septiembre 2007, 542 páginas) ha sido sin duda la obra más notable de Pagola, y tuvo en pocos meses ocho ediciones. Ya en diciembre de 2007, Mons. Demetrio Fernández, entonces obispo de Tarazona, publicó una nota reprobatoria: El libro de Pagola hará daño, y un cierto número de autores publicamos también poco después artículos en el mismo sentido. La Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, con la autorización de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, hizo también graves objeciones a la obra (18-VI-2008) en una Nota de clarificación sobre el libro de José Antonio Pagola, “Jesús. Aproximación histórica”. Posteriormente, en septiembre de 2009, con el nihil obstat de Mons. Uriarte, se publicó en PPC una “9ª edición renovada”; pero poco después la misma Editorial mandó retirarla de las librerías. Los comentarios míos que siguen remiten a la edición 4ª, de 2007.

Un método histórico y exegético inaceptable

La aproximación histórica a Jesús implica necesariamente una exégesis bíblica, ya que los datos fundamentales que el investigador tiene sobre Jesús están en la Sagrada Escritura. Ahora bien, como no sea de la mano de la Iglesia, no es posible entrar en el jardín de las Escrituras sin pisotear las flores. Por eso el Concilio Vaticano II afirma un principio fundamental para la interpretación verdadera de la Sagrada Escritura: Tradición, Escritura y Magisterio “están unidos y vinculados, de tal modo que ninguno puede subsistir sin los otros” (DV 10). Pagola, por el contrario, prescindiendo del marco tradicional y eclesial, busca a Jesús ateniéndose al historicismo racionalista y a una cierta exégesis crítica, que se quedan al servicio de su propia ideología teológica. La Nota de la Comisión de la Fe señala en esta mala metodología

“a) la ruptura que, de hecho, se establece entre la fe y la historia [él hace con frecuencia que la historia niegue lo que la fe afirma]; b) la desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios [la niega siempre que afirman algo que él quiere negar]; y, c) la lectura de la historia de Jesús desde unos presupuestos [ideológicos] que acaban tergiversándola” (nº 3). Es, pues, un libro, según Mons. Demetrio Fernández, “que presenta a un Jesús vaciado y rellenado, según la técnica de la desmitologización promovida por R. Bultmann, y que otros autores han seguido en las últimas décadas: E. Schillebeeckx, J. Sobrino, etc., cada uno a su manera… Por ese camino podemos presentarnos un Jesús a nuestra medida y a nuestro gusto, según la moda del momento, y hacerlo además con argumentos de crítica histórica… Es como si la Iglesia hubiera adulterado el mensaje y tuviéramos que acudir a las fuentes más puras para reencontrar al Jesús perdido, y todo ello so pretexto de historicidad. Esto me suena a prejuicio de A. Harnack, historiador protestante liberal [1851-1930], maestro de R. Bultmann [1884-1976]”.

Benedicto XVI, en el prólogo de su libro Jesús de Nazaret, después de valorar debidamente el método exegético histórico-crítico, advierte que las “reconstrucciones de Jesús” que se intentan a veces ateniéndose a tal método, sin otros apoyos mayores, son falsas. “Quien lee una tras otra algunas de estas reconstrucciones puede comprobar enseguida que son más una fotografía de sus autores y de sus propios ideales que un poner al descubierto un icono que se había desdibujado”». Así sucede en este caso. La aproximación histórica del libro que ahora examinamos no nos muestra el verdadero rostro de Jesús, sino el rostro de don José Antonio Pagola.

Los Apóstoles dan testimonio de lo que han “visto y oído” 
(Jn 19,35; 1Jn 1,1-3; Hch 2,22; 4,20; 5,32; Catecismo 126 y 515)). 

Pagola, por el contrario, estima que si se busca la verdad histórica de Jesús, es preciso prescindir de todo testimonio de la fe. Es por tanto necesario ignorar la luz que da sobre Jesús la Iglesia, todavía indivisa, en los siete primeros Concilios ecuménicos. Antes, es preciso ignorar todo lo que sobre Él dicen los profetas del Antiguo Testamento. Y más aún, ni siquiera hay que tener en cuenta lo que dicen de Jesús en el Nuevo Testamento aquellos que convivieron con él durante años, como Pedro, Juan y Mateo. Pagola contra-dice sus testimonios siempre que no encajan en su personal cristología. Si los Apóstoles, por ejemplo, afirman que “vieron”, que “tocaron” a Jesús, y que “comieron” con él después de su resurrección, él no tiene ningún inconveniente en negar la veracidad de esas afirmaciones apostólicas.

Y es que estima que estos modos de hablar de Cristo, al proceder de creyentes, no son neutrales, no dan, pues, la verdad histórica de Jesús, sino que, desde el punto de vista estrictamente científico, están ya contaminados por la fe católica, que se fue desarrollando en los primeros discípulos después de la resurrección. Una investigación rigurosa de la figura histórica de Jesús exige no tenerlos en cuenta.

Pagola intenta, pues, a veinte siglos de distancia, una “aproximación histórica” a Jesús, que emplea únicamente el método histórico-crítico y otros métodos complementarios –el acercamiento sociológico, la antropología cultural, algunas claves de la teología de la liberación y del feminismo–. Solo deja que le acompañen en su tarea un cierto número de exegetas de su elección y algunos teólogos progresistas. No ignora “el testimonio neutral de los escritores romanos” (485), como Flavio Josefo y Tácito, que hacia el año 100 hablan de Jesús. Y también tiene en cuenta los Evangelios apócrifos. Pero preserva escrupulosamente el carácter científico de su investigación histórica, protegiéndola de todo testimonio de la fe, aunque éste proceda de los propios compañeros de Jesús, como Juan o Mateo, o de discípulos directos de los Apóstoles, como Clemente Romano o Ignacio de Antioquía, o casi directos, como Justino o Ireneo.

Por otra parte, tengamos claro desde el principio que Pagola, a esta “aproximación histórica” a Jesús, une la exposición de muchas doctrinas de teología dogmática y moral, que con bastante frecuencia son inconciliables con la fe católica. Sus errores, pues, no se circunscriben a la cristología. Lo iremos comprobando en seguida.

Jesús nunca pensó en fundar la Iglesia

Lo afirma Pagola como si fuera una verdad científica, históricamente demostrable. “Jesús no dejó detrás de sí una “escuela”, al estilo de los filósofos griegos, para seguir ahondando en la verdad última de la realidad. Tampoco pensó en una institución dedicada a garantizar en el mundo la verdadera religión. Jesús puso en marcha un movimiento de “seguidores” que se encargaran de anunciar y promover su proyecto del 'reino de Dios'” (467). “Jesús no pretendió nunca romper con el judaísmo ni fundar una institución propia frente a Israel. Aparece siempre convocando a su pueblo para entrar en el reino de Dios” (474-475). Menos aún pensó en establecer una comunidad con autoridades sagradas propias.

“En el movimiento de Jesús desaparece toda autoridad patriarcal y emerge Dios, el Padre cercano que hace a todos hermanos y hermanas. Nadie está sobre los demás. Nadie es señor de nadie. No hay rangos ni clases. No hay sacerdotes, levitas y pueblo. No hay lugar para los intermediarios. Todos y todas tienen acceso directo e inmediato a Jesús y a Dios, el Padre de todos […] Sus seguidores, hombres y mujeres, se sientan en corro alrededor suyo; nadie se coloca en un rango superior a los demás; todos escuchan su palabra y todos juntos buscan la voluntad de Dios” (291). “Por eso en ninguna de las tradiciones evangélicas se presenta a alguien desempeñando algún tipo de función jerárquica dentro del grupo de discípulos. Jesús no ve a los Doce actuando como “sacerdotes” con respecto a los demás” (292).

Omite Pagola que Jesús, de entre todos sus discípulos, constituyó mediante elecciones personales el grupo de los Doce, encabezados por Pedro, dándoles una especial autoridad de “atar y desatar” (Mt 16,19; 18,18). Ese dato, por lo visto, no tiene para él fuentes históricas suficientes que lo acrediten. Sin embargo, es un dato que no sólo es cierto en la Escritura, sino que también está confirmado por el hecho de que hallamos ya al principio iglesias locales regidas por Obispos, presbíteros y diáconos. Por eso, de ser cierto lo que Pagola afirma, habría que concluir que Pedro, Pablo, Clemente romano, Ignacio de Antioquía, o veinte siglos más tarde, el Vicario General de San Sebastián, malentendieron o traicionaron “el proyecto de Jesús”, ostentando abusivamente una autoridad espiritual falsa.

Consta, en efecto, que ellos presidieron y gobernaron pastoralmente sus Iglesias, que afirmaron su autoridad apostólica (2Cor 10,1-11), y que llegaron a excomulgar en casos extremos (1Cor 5,1-5), cumpliendo lo dispuesto por Jesús (Mt 18,15-18). Desde el mismo inicio de la Iglesia, rompieron, pues, “el corro” igualitario proyectado por Jesús, estableciendo una Jerarquía apostólica (hier-archia, sagrada-autoridad; del griego, hieros, sagrado, y arkhomai, yo mando).

Por el contrario, en la visión de Pagola, no es Cristo el fundador verdadero de esa gran institución sagrada que es la Iglesia, “sacramento universal de salvación” (Vat II: LG 48; AG 1). Él nunca pensó en fundarla. La Iglesia nació de los hombres, de ciertas necesidades históricas concretas. Por eso Pagola omite el acontecimiento de Pentecostés, contrario a su tesis:

“Jesús ni pudo ni quiso poner en marcha una institución fuerte y bien organizada, sino un movimiento curador que fuera transformando el mundo en una actitud de servicio y amor” (292). “Nunca pensó en un grupo cerrado y excluyente. No quería formar con ellos una comunidad de “elegidos” de Dios” (293). “Lo que más le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable” (465).“Pertenecer a la Iglesia es comprometerse por un mundo más justo” (466). “Seguir a Jesús pide desarrollar la acogida. No vivir con mentalidad de secta. No excluir ni excomulgar” (467).

Jesús “no quiso, ni pudo” impulsar una fuerte institución, una Iglesia… Pero resulta que muy pronto una Iglesia, cada vez más fuerte y extendida, se formó de hecho en gran parte del entorno mediterráneo. Ya ven ustedes: quienes excusan el Jesús de Pagola, alegando que un estudio histórico es algo muy distinto de un tratado teológico, tendrían que comenzar por reconocer que su aproximación histórica es en gran medida arbitraria. Está al servicio de unas doctrinas teológicas y morales falsas. Dios mediante, lo seguiremos comprobando.
 

FRAGMENTOS DE CARTAS DE LOS SECTARIOS

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA



III. — FRAGMENTO DE UNA CARTA que no lleva más firma que una escuadra, pero que, cotejada con algunas otras escrituras de la misma mano, parece emanar claramente del comité director y tener una autoridad especial. Es del 20 de octubre de 1821:

“En la lucha entablada actualmente entre el despotismo sacerdotal o monárquico y el principio de libertad, hay consecuencias que es necesario sufrir, principios que, ante todo, importa hacer triunfar. Un fracaso estaba dentro de los acontecimientos previstos; no debemos entristecernos por ello más de la cuenta; pero si este fracaso no desalienta a nadie, deberá, en un tiempo dado, facilitarnos los medios para atacar al fanatismo con mayor fruto. Solo se trata de exaltar siempre los espíritus y de aprovechar todas las circunstancias. La intervención extranjera, en cuestiones por así decirlo de policía interior, es un arma efectiva y poderosa que hay que saber manejar con destreza. En Francia, se acabará con la rama mayor [de los Borbones] reprochándole incesantemente haber regresado en los furgones de los cosacos; en Italia, hay que hacer igualmente impopular el nombre del extranjero, de modo que, cuando Roma sea seriamente sitiada por la Revolución, un auxilio extranjero sea, de entrada, una afrenta incluso para los nativos fieles. Ya no podemos marchar hacia el enemigo con la audacia de nuestros padres de 1793. Estamos limitados por las leyes y mucho más aún por las costumbres; pero, con el tiempo, tal vez se nos permita alcanzar la meta que ellos no lograron. Nuestros padres pusieron demasiada precipitación en todo, y perdieron la partida. Nosotros la ganaremos si, conteniendo las temeridades, logramos fortalecer las debilidades.

Es de fracaso en fracaso como se llega a la victoria. Tened, pues, el ojo siempre abierto sobre lo que ocurre en Roma. Desacreditad al clero por todos los medios posibles; haced en el centro de la Catolicidad lo que todos nosotros, individualmente o en cuerpo, hacemos en las facciones. Agitad, salid a la calle sin motivos o con motivos, poco importa, pero agitad. En esta palabra están encerrados todos los elementos del éxito. La conspiración mejor urdida es la que más se mueve y la que compromete a más gente. Tened mártires, tened víctimas; nosotros encontraremos siempre gente que sabrá dar a eso los colores necesarios”.

IV. - CARTA DEL JUDÍO DESIGNADO EN LA SECTA BAJO EL NOMBRE DE PICCOLO-TIGRE. Ella da a los miembros de la Vendita de los Carbonarios, que Piccolo-Tigre había formado en Turín, instrucciones sobre los medios a tomar para reclutar francmasones. Está fechada en enero de 1822:

“Ante la imposibilidad en que nuestros hermanos y amigos se encuentran de decir todavía su última palabra, se ha juzgado bueno y útil propagar por todas partes la luz y dar impulso a todo lo que aspire a moverse. Es con ese fin que no cesamos de recomendaros afiliar a toda especie de gente a toda suerte de congregaciones, cualesquiera que sean, con tal de que el misterio domine en ellas. Italia está cubierta de Cofradías religiosas y de Penitentes de diversos colores. No debéis temer deslizar a algunos de los nuestros en medio de esos rebaños guiados por una devoción estúpida; que estudien con cuidado el personal de esas Cofradías, y vereis que, poco a poco, no faltarán cosechas por hacer.

Bajo el pretexto más fútil, pero jamás político o religioso, cread por vosotros mismos, o mejor aún, haced crear por otros, asociaciones que tengan por objeto el comercio, la industria, la música o las bellas artes. Reunid en un lugar o en otro, incluso en las sacristías o en las capillas, a sus tribus todavía ignorantes; ponedlas bajo la dirección de un sacerdote virtuoso, bien conceptuado, pero crédulo y fácil de engañar; infiltrad el veneno en los corazones elegidos, infiltradlo a pequeñas dosis y como por casualidad: luego, al reflexionar, vosotros mismos os asombrareis de vuestro éxito.
 
Lo esencial es aislar al hombre de su familia, hacerle perder las costumbres familiares. Él está dispuesto, por la inclinación de su carácter, a huir de los cuidados del hogar, a correr tras los placeres fáciles y las alegrías prohibidas. Le gustan las grandes charlas del café, la ociosidad de los espectáculos. Arrastradlo, enganchadlo, dadle una importancia cualquiera; enseñadle discretamente a hastiarse de sus trabajos diarios, y, mediante esta maniobra, después de haberlo separado de su mujer y de sus hijos, y de haberle mostrado cuán penosos son todos los deberes, le inculcaréis el deseo de otra existencia. El hombre ha nacido rebelde; atizad este deseo de rebelión hasta que se vuelva un incendio, pero que el incendio no estalle todavía. Es una preparación para la gran obra que vosotros debeis comenzar.

Cuando hayáis insinuado en algunas almas el disgusto por la familia y por la religión (lo uno va casi siempre a continuación de lo otro), dejad caer ciertas palabras que provocarán el deseo de estar afiliado a la Logia más cercana. Esta vanidad del ciudadano o del burgués de incorporarse a la Francmasonería tiene algo de tan banal y de tan universal, que siempre estoy admirado ante la estupidez humana. Me asombro de no ver al mundo entero golpear a la puerta de todos los Venerables, y pedir a esos caballeros el honor de ser uno de los obreros elegidos para la reconstrucción del Templo de Salomón. El prestigio de lo desconocido ejerce sobre los hombres una potencia tal, que uno se prepara temblando para las fantasmagóricas pruebas de la iniciación y del banquete fraternal.

Encontrarse miembro de una Logia, sentirse fuera de su mujer y de sus hijos, ser llamado a guardar un secreto que jamás se le confía, es para ciertas naturalezas una voluptuosidad y una ambición. Las Logias bien pueden hoy procrear glotones: pero jamás engendrarán ciudadanos. Se cena demasiado entre los T∴ C∴ F∴ (Très Chers Frères [Muy Queridos Hermanos]) y T∴ R∴ F∴ (Très Respectables Frères [Muy Respetables Hermanos]) de todos los Orientes; pero es un lugar de depósito, una especie de haras [criadero de caballos], un centro por el cual hay que pasar antes de llegar a nosotros. Las Logias no hacen más que un mal relativo, un mal atemperado por una falsa filantropía y por canciones todavía más falsas, como en Francia. Eso es demasiado pastoral y demasiado gastronómico, pero tiene un fin que es necesario alentar sin cesar. Al enseñarle a empuñar el arma junto con la copa, se logra así apoderarse de su voluntad., de la inteligencia y de la libertad del hombre. Se dispone de él, se lo gira, se lo estudia. Se adivinan sus inclinaciones, sus afectos y sus tendencias; cuando está maduro para nosotros, se lo dirige hacia la Sociedad Secreta, de la cual la Francmasonería no puede ser más que la antecámara bastante mal iluminada.

La Alta Vendita desea que, bajo un pretexto u otro, se introduzca en las logias masónicas al mayor número posible de príncipes y personas adineradas. Los príncipes de casas soberanas que no tienen la esperanza legítima de ser reyes por la gracia de Dios, aspiran todos a serlo por la gracia de una revolución. El duque de Orleans es francmasón; el príncipe de Carignano también lo fue. No faltan, ni en Italia ni en otros lugares, quienes anhelan los honores —bastante modestos— del mandil y la paleta simbólicos. Otros están desheredados o proscritos. Halagad a todos estos ambiciosos de popularidad y captadlos para la francmasonería: la Alta Vendita determinará después qué uso útil puede hacer de ellos para la causa del progreso.

Un príncipe que no tiene ningún reino esperándolo es buena suerte para nosotros. Hay muchos de ellos por ahí. Hacedlos masones. La Logia los conducirá al Carbonarismo. Llegará un día en que la Alta Vendita tal vez se digne afiliarlos. Mientras tanto, servirán de pegamento para los tontos, los intrigantes, los habitantes de las ciudades y los necesitados. Estos pobres príncipes harán nuestros asuntos creyendo que sólo trabajan en los suyos. Es una señal magnífica, y siempre hay tontos dispuestos a comprometerse al servicio de una conspiración de la que algún príncipe parece ser el puntal.

Una vez que un hombre —incluso un príncipe, y sobre todo un príncipe— haya comenzado a corromperse, tened la certeza de que difícilmente se detendrá en esa pendiente. Son pocas las reservas morales, incluso entre los más virtuosos, y se avanza muy deprisa en esa progresión. No os alarméis, pues, al ver florecer las Logias mientras al carbonarismo le cuesta reclutar adeptos. Es con las Logias con las que contamos para engrosar nuestras filas; sin saberlo, ellas constituyen nuestro noviciado preparatorio. Disertan interminablemente sobre los peligros del fanatismo, la felicidad de la igualdad social y los grandes principios de la libertad religiosa. Entre banquete y banquete, lanzan anatemas fulminantes contra la persecución. Es más que suficiente para ganar adeptos. Un hombre imbuido de estas bellas ideas no está lejos de nosotros; ya solo falta alistarlo en nuestras filas. Ahí, y solo ahí, reside la ley del progreso social; no os toméis la molestia de buscarla en otra parte.

En las circunstancias actuales, no os quiteis nunca la máscara. Limitaos a merodear en torno al redil católico; pero, como buenos lobos, atrapad al paso al primer cordero que se ofrezca en las condiciones propicias. El burgués tiene su valor, pero el príncipe, aún más. No obstante, que esos corderos no se transformen en zorros, como el infame Carignan. La traición al juramento equivale a una sentencia de muerte, y todos esos príncipes —débiles o cobardes, ambiciosos o arrepentidos— nos traicionan y nos denuncian. Por fortuna, sabían poco —o más bien nada— y no pueden conducir a nadie hasta nuestros verdaderos misterios.

En mi último viaje a Francia, observé con profunda satisfacción que nuestros jóvenes iniciados mostraban un ardor extremo en la difusión del Carbonarismo; sin embargo, considero que están precipitando el movimiento en exceso. A mi juicio, están convirtiendo su odio religioso en un odio político. La conspiración contra la Sede Romana no debería confundirse con otros proyectos. Nos exponemos a ver cómo germinan ambiciones ardientes en el seno de las sociedades secretas; ambiciones que, una vez dueñas del poder, podrían abandonarnos. El camino que seguimos aún no está lo suficientemente trazado como para entregarnos a intrigantes o tribunos. Es preciso descatolizar el mundo, y un ambicioso que ha alcanzado su meta se cuidará muy mucho de apoyarnos. La revolución en la Iglesia implica una revolución permanente, el derrocamiento inevitable de tronos y dinastías. Y un ambicioso no puede desear tales cosas. Nosotros aspiramos a metas más altas y lejanas; procuremos, pues, preservarnos y fortalecernos.

Conspiremos únicamente contra Roma: para ello, aprovechemos todos los incidentes y saquemos partido de todas las eventualidades. Guardémonos, sobre todo, de los excesos de celo. Un buen odio —bien frío, bien calculado, bien profundo— vale más que todos esos fuegos artificiales y todas esas declamaciones de tribuna. En París no quieren entender esto; pero en Londres he visto hombres que captaban mejor nuestro plan y se sumaban a él con mayor provecho. He recibido ofertas considerables: pronto dispondremos de una imprenta en Malta. Así podremos, con total impunidad y seguridad, y bajo pabellón británico, difundir de un extremo a otro de Italia los libros, folletos, etc., que la Vendita considere oportuno poner en circulación.

V. - CARTA DE NUBIUS, EL JEFE DE LA ALTA VENDITA, A VOLPE, fechada el 3 de abril de 1824.

“Hemos cargado sobre nuestros hombros un pesado fardo, querido Volpe. Debemos llevar a cabo la educación inmoral de la Iglesia y lograr, mediante pequeños medios bien graduados aunque algo imprecisos, el triunfo de la idea revolucionaria a través del Papa. En este proyecto, que siempre me ha parecido fruto de un cálculo sobrehumano, avanzamos aún a tientas; pero no llevo ni dos meses en Roma y ya empiezo a acostumbrarme a la nueva vida que me está destinada. Ante todo, debo hacerle una observación mientras usted se encuentra en Forlì infundiendo ánimo a nuestros hermanos: y es que, dicho sea entre nosotros, encuentro en nuestras filas muchos oficiales y pocos soldados.

Hay hombres que se alejan misteriosamente, o que en voz baja hacen a cualquier transeúnte confidencias a medias con las que no revelan nada, pero mediante las cuales —ante oídos inteligentes— podrían muy bien dejar que se adivinara todo. Es la necesidad de inspirar temor o celos a un vecino o a un amigo lo que lleva a algunos de nuestros hermanos a cometer estas indiscreciones censurables. El éxito de nuestra obra depende del más profundo misterio; en la Vendita debemos encontrar al iniciado —como el cristiano de La Imitación— siempre dispuesto a “amar el ser desconocido y el no ser tenido en cuenta”. No es para usted, fidelísimo Volpe, que me permito formular este consejo; no presumo que pueda necesitarlo. Al igual que nosotros, usted debe conocer el valor de la discreción y del olvido de sí mismo frente a los grandes intereses de la humanidad; no obstante, si tras un examen de conciencia se considerase culpable de tal falta, le rogaría que reflexionara seriamente al respecto, pues la indiscreción es la madre de la traición.

Hay un sector del clero que muerde el anzuelo de nuestras doctrinas con una vivacidad asombrosa: se trata del sacerdote que nunca tendrá más ocupación que decir misa, ni más pasatiempo que esperar en un café a que den las dos después del Ave María para irse a dormir. Este sacerdote —el más ocioso de entre todos los ociosos que abarrotan la Ciudad Eterna— parece haber sido creado para servir de instrumento a las sociedades secretas. Es pobre, apasionado, está ocioso y es ambicioso; se sabe desheredado de los bienes de este mundo, se cree demasiado alejado del sol del favor como para poder calentarse los miembros, y tiritando en su miseria murmura contra el reparto injusto de los honores y bienes de la Iglesia. Empezamos a aprovechar esos sordos descontentos que la incuria innata apenas se atrevía a reconocer. A este ingrediente de sacerdotes sin oficio —sin funciones y sin más distintivo que una sotana tan raída como su sombrero, que ha perdido ya toda forma original— añadimos, en la medida de lo posible, una mezcla de sacerdotes corsos y genoveses que llegan a Roma con la tiara en la maleta. Desde que Napoleón nació en su isla, no hay corso que no se crea un Bonaparte pontificio. Esta ambición, que ahora tiene un tinte de vulgaridad, nos ha sido favorable; nos ha abierto caminos que probablemente habrían permanecido desconocidos para nosotros durante mucho tiempo. Nos sirve para consolidar y alumbrar la senda que recorremos, y sus quejas —aderezadas con toda clase de comentarios y maldiciones— nos ofrecen puntos de apoyo en los que jamás habríamos pensado. 

La tierra fermenta, el germen se desarrolla, pero la cosecha está aún muy lejana”.

Continúa...

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