jueves, 16 de julio de 2026

VOLUNTARISMO SEMIPELAGIANO (4)

El voluntarismo semipelagiano, como todas las enfermedades, tiene muchos síntomas. Y conviene que quienes lo padecen sean sanados por Cristo, que les da su gracia para conocerlos y vencerlos.

Por el padre José María Iraburu


La vocación

Comienzo por aquí, porque en la vocación está el principio de todo. Dios, en el orden natural, llama al ser a cada criatura, y la mantiene en la existencia. Dios, en el orden sobrenatural, llama a la gracia al hombre caído: “le llama de las tinieblas a su luz admirable” (1Pe 2,9). Dios es “el que llama” (Gál 5,8: kalon) y los cristianos somos “los llamados” (Rm 8,30: keklemenoi).

La llamada de Dios es absolutamente gratuita. Y por parte Suya, “los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rom 11,29: karismata kai e klesis). Todo en la vocación es amor gratuito de Dios, que sólo en Él tiene su causa. Él elige desde la eternidad, llama con una vocación dada en el tiempo –la llamada al pueblo de Israel, a ser cristiano, al apostolado, al matrimonio, al camino concreto personal–, consagra a los llamados –bautismo, orden, matrimonio, profesión religiosa–, y envía en la misión propia de cada vocación. Dios elige-llama-consagra-envía.

Todo en la vocación es don gratuito del amor de Cristo: “es la voz del Amado que me llama” (Cant 5,2). Gran verdad absolutamente cierta es que “todos los hombres son llamados a la unión con Cristo” (Vat. II, LG 3). Pero es igualmente cierto que los cristianos, los apóstoles, somos objeto de una especial llamada del amor de Dios para formar la Iglesia, “sacramento universal de salvación” (LG 48; AG 1). La Escritura lo afirma muchas veces: somos “elegidos de Dios, santos y amados” (Col 3,12). Y esta elección-llamada parte exclusivamente de la elección eterna de Dios. Nunca viene determinada por los bienes que Él mismo haya puesto en hombres o pueblos. Cuántas veces el Señor elige-llama a lo más pequeño, Israel, “el más pequeño de todos los pueblos” (Deut 7,6-7); a mujeres estériles; a gente que apenas cuenta ante el mundo: “mirad, hermanos, vuestra vocación, pues no hay entre vosotros” muchos nobles, poderosos, cultos, sino más bien gente humilde, “para que nadie pueda gloriarse ante Dios” (1Cor 1,26-29). Pues bien,

el voluntarismo semipelagiano, conforme a su teología de la gracia, plantea la elección vocacional como si Dios ofreciera igualitariamente a los cristianos los diversos caminos de vida, unos de suyo más idóneos para la santificación personal y otros no tanto –aunque todos santos y santificantes–; y como si después fuera ya el cristiano, según el grado de su generosidad, quien decidiera seguir lo más perfecto o lo menos perfecto, aunque también bueno. Esta visión es una distorsión terrible de la verdad de las vocaciones, es causa de errores vocacionales, de escrúpulos y de grandes sufrimientos. Y hay que reconocer que es un error típicamente semipelagiano: Dios ofrece la misma gracia a todos, y es la parte humana la que, haciendo eficaz la gracia, la parte divina, decide lo más o menos perfecto. En definitiva, no es Dios quien elige y llama gratuitamente, sino que es el cristiano el que, por lo visto, “se llama” a sí mismo según el grado de su mayor o menor generosidad. Con inevitable preocupación se pregunta: “¿Qué elijo?”

Cuando yo acabé el bachillerato, mi madre, con esa excusa, me mandó a hacer Ejercicios espirituales. Y todavía recuerdo cómo al final de ellos el padre predicador nos invitó a elegir la vocación. En una hoja, trazando una raya vertical en medio, habíamos de ir poniendo a un lado y otro los pros y contras que alcanzábamos a ver en orden a nuestra santificación. Se hacía finalmente la suma, y el total resultante, paf, determinaba nuestra vocación concreta dentro de la Iglesia. Ya entonces a mí aquello me pareció un espanto. Y ahora todavía me horroriza más.

Otro caso ilustrativo. Siendo yo joven, asistí a la profesión religiosa de una amiga mía. Y recuerdo también la prédica del cura que presidió la Misa. ¡Qué canto a la generosidad de esta muchacha, a quien el mundo y la vida le sonríen (aquí amplia enumeración de sus cualidades), y que, sin embargo, dejándolo todo, va a seguir a Cristo por un camino austero y penitente!… etc. etc. etc. Ya entonces a mí todo aquello me sonaba muy mal. No sabía yo entonces que, simplemente, era semipelagiano. Imagínense ustedes un sacerdote que en una boda canta la generosidad de esta joven, que teniendo tantos pretendientes excelentes, etc., ha venido a casarse con éste (con este pobre diablo). Es de suponer que, al término de la ceremonia, los familiares del novio entrarían a la sacristía para leerle la cartilla al ministro del Señor. “¿Pero usted qué se ha creído?”…

la Fe Católica nos enseña, por el contrario, que Dios llama a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Y que la vocación, la que sea, es un don precioso que el hombre, con inmenso agradecimiento, debe recibir libre y meritoriamente, con el auxilio de la gracia divina, por supuesto. “¿Quién es el que a ti te hace preferible? ¿Qué tienes tú que no hayas recibido?… Gracias a Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido en vano, sino que he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Cor 4,7; 15,10). San Pablo, recién converso, se plantea su vocación como se debe: “Señor ¿qué quieres que haga?” (Hch 22,10).

Es cuestión de generosidad. La vocación –y toda obra cristiana– es un don de Dios, que el hombre recibe. Si hablamos el castellano usual, es generoso el donante, no el que recibe. Si un hombre dona una gran herencia a una familia numerosa que está en la ruina, el generoso es el donante, no la familia que recibe tan precioso donativo. Y esto es lo que sucede en toda vocación y acción cristiana. El generoso es Dios, que estando nosotros muertos por nuestros delitos y pecados, esclavizados por el mundo y por la carne, cautivos del demonio, “nos dió vida por Cristo: de gracia habéis sido salvados” (Ef 2,1-10: leerlo entero). El generoso es Dios. Si, por ejemplo, a uno le falta sabiduría, “que la pida a Dios y la recibirá, porque Él la da a todos generosamente, y sin reproches” (Sant 1,5).

Miremos el caso de la vocación de un apóstol. Cristo elige por pura gracia a Mateo. No lo mira con desprecio, en su miserable condición de publicano, idólatra de la riqueza, excomulgado de su pueblo, sino que lo llama a dejar su oficina de recaudación, y lo consagra como Apóstol suyo, para enviarlo a predicar y a escribir el Evangelio. Gracia, pura gracia gratuita ha sido la elección, la vocación, la consagración y la misión. Y gracia de Cristo ha sido también la que ha movido el corazón de Mateo para poder seguirle, aceptando su llamada y dejándolo todo. ¿Dónde está aquí la generosidad de Mateo? ¡Cantemos la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que por pura gracia ha hecho de este pobre diablo un Apóstol santo! “Sígueme. Y él, levantándose, le siguió” (Mt 9,9-13). Todo ha sido gracia. Y por eso lo primero que se le ocurre a Mateo –que era católico y no semipelagiano– es celebrarlo en un gran banquete, en el que no sería raro que alguno se hubiera pasado un poco en la bebida. Está feliz, loco de gratitud y alegría. Y piensa que si alguno elogia su generosidad personal es que no está en su sano juicio.

Católicos excelentes hay que emplean con frecuencia la palabra generosidad al hablar de la vocación y, lógicamente, de cualquier otro asunto de la vida espiritual. Muchos de ellos tienen una captación del misterio de la gracia perfectamente católica; pero no escapan a una contaminación del lenguaje de origen voluntarista.

“Es cuestión de generosidad”. “Pone usted en peligro su misma salvación por falta de perseverancia”. “Ingresó en el noviciado, pero no perseveró: le faltó generosidad”. “Dios no se deja ganar en generosidad por el hombre”. O sea: usted propóngase el bien que sea, cuanto más alto mejor, y esté seguro de que la gracia de Dios, siendo la obra tan buena, vendrá ciertamente en su auxilio para que pueda vivirla. Etc. ¿Pero qué están diciendo?… Todo eso es semipelagianismo puro y duro. ¿Cuándo estos católicos se van a enterar de que, aunque solo sea en el lenguaje, son semipelagianos?

Dios te pide

Toda la vida cristiana, toda, está movida por la gracia de Dios, toda es gracia, toda es don de Dios. Es Él quien “obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Flp 2,13); de tal modo que “cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros” (Orange II, c.9). Ahora bien, cuando alguien da algo a otro, a esa acción le llamamos donativo, y no petición. Y cuando alguien pide algo a alguien, su acción es una petición. ¿Es así o no es así?… Pues bien, si Dios da a los hombres su gracia, siempre gratuita, moviéndoles a querer y a obrar el bien, ¿por qué a esa acción no se le da el nombre de donación, que le corresponde, y se dice en cambio que Dios pide al cristiano esto y lo otro? ¿A qué viene hablar de que Dios pide a éste que dé más limosna, al otro que se case, a otro más que ingrese en un monasterio, etc.? “Siempre Dios pidiendo”, en vez de “siempre Dios dando”, como es la verdad. ¿Qué sentido tiene, en la fe católica ese modo de expresar la vida espiritual? “Recibir, más me parece a mí eso, que no dar nosotros nada” (Sta. Teresa, Vida 11,13). ¿Tan difícil es esto de entender; o mejor, de creer?

Supongamos que un director espiritual dice al cristiano que se le confía, atendiendo a las mociones de gracia que parece recibir: “según lo que me cuentas, yo creo que Dios te pide que dobles el tiempo de la oración”. El consejo podrá ser prudente y beneficioso. Pero ¿por qué lo expresa en forma de petición? ¿No es más conforme a la verdad decir: “parece que Dios quiere darte la gracia de aumentar al doble tu oración”? En el fondo, dicho de un modo o de otro, está dando el mismo consejo, es cierto. Pero la formulación primera encaja perfectamente con el semipelagianismo, puede dar ocasión a la soberbia (“he cumplido: le he dado a Dios lo que me pedía”), al escrúpulo también, y a otros malos efectos. En cambio, la segunda formulación habla como siempre lo hace la sagrada Escritura y la mejor Tradición Católica, y solo puede producir efectos buenos.

Ese “Dios te pide” esto y lo otro expresa mal la doctrina católica sobre la acción de la gracia. Pero tiene en cambio pleno sentido si se parte de una teología semipelagiana de la gracia. Según ella, Dios ofrece su parte (la gracia), y “pide” al hombre que ponga su parte (la voluntad libre), de tal modo que, con la generosa colaboración de la persona, venga así la gracia a ser eficaz en la buena obra pretendida (noviciado, matrimonio, más oración, etc.). Ésta es la verdad. Y no se ofendan si la digo, pues solo pretendo que sean “santificados en la verdad” (Jn 17,17). Pero, por otro lado también, no se me asusten…

Puede darse una ortodoxia perfecta en la vida de la gracia, que en algunos temas, sin embargo, esté expresada verbalmente en modos deficientes. Trento dice que la concupiscencia no es pecado, pero que “procede del pecado y al pecado inclina” (Denz 1515). Pues bien, aquí habría que decir que ese modo de hablar voluntarista puede darse, y se da con relativa frecuencia, en un marco doctrinal católico y santo. Pero conviene reconocer honradamente que es un modo verbal que procede del error voluntarista y que a él inclina. Reconozcamos con humildad que siempre llevará en sí al menos el peligro de ocasionar en las personas ramalazos voluntaristas negativos, malos entendimientos de la acción de Dios en el hombre. Insisto: muchas veces el marco doctrinal es en la persona o en la comunidad tan claramente católico, que neutraliza en buena medida los efectos negativos de un modo de hablar ciertamente deficiente. En buena medida… No siempre del todo.

Hablen en católico de la gracia divina

Hablen como hablan la Escritura y la Liturgia, los Concilios y los grandes Doctores de la Iglesia. Hablen como lo han hecho todos los santos.

Bueno, la verdad es que no todos los santos usaron siempre y en todo un lenguaje claramente católico de la gracia. Antes de que se formulase en la Iglesia dogmáticamente la doctrina de la gracia, hubo santos, como Fausto de Riez o Vicente de Lérins, ya lo vimos, que hablaron así. Más penoso es que, después de reprobado por la Iglesia el error semipelagiano, haya todavía algunos santos, a partir sobre todo del siglo XVII, que en ocasiones usan un lenguaje más o menos marcado por el ramalazo semipelagiano voluntarista. Ciertamente, aquéllos y estos santos, captan perfectamente en su mente y en su corazón la verdad de la gracia: si no, no hubieran sido santos. Y además el lenguaje espiritual que emplean, en su conjunto, es clarísimamente católico. Pero… pero algunas veces ese lenguaje espiritual se ve marcado por estas deficiencias voluntaristas de su tiempo. Lo comprobaremos en algunos santos, con el favor de Dios.
 

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2. Voluntarismo semipelagiano – Versiones actuales

 

LA VOZ DE LA SANTA IGLESIA

Continuamos con la publicación del capítulo XV del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

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CAPÍTULO XV

III - LA VOZ DE LA SANTA IGLESIA

En el momento en que se establecían los principios que habían de propiciar la situación actual, Santa Gertrudis, abadesa benedictina de Heldelf, recibió, a través del apóstol San Juan, las primeras manifestaciones de la bondad y la infinita misericordia del Sagrado Corazón, de modo que la devoción que le dedicáramos nos ayudara a sobrellevar nuestras pruebas y a esperar su fin con confianza.

Resulta bastante notable que el oficio del Sagrado Corazón esté lleno de promesas no solo de misericordia, sino de un futuro similar al descrito anteriormente por los amigos de Dios.

La Misa, en su Introito, comienza con estas palabras: “El Señor tendrá misericordia de nosotros según la multitud de sus misericordias; pues no nos ha afligido de corazón, ni ha rechazado a los hijos de los hombres. El Señor es bueno con los que esperan en él, con el alma que lo busca (Salmo). Cantaré las misericordias del Señor para siempre; de ​​generación en generación las alabaré”.

La epístola está tomada del capítulo doce de Isaías:

“Y en aquel día dirás:

Te alabo, Señor;

Porque estabas enojado,

Tu enfado ha disminuido y me estás consolando.

He aquí, el Señor es mi libertad;

Tengo confianza en mí mismo y no le temo a nada.

Porque el Señor es mi fuerza y ​​el objeto de mi alabanza:

Él fue mi salvación.

Con gozo sacaréis agua (gracias divinas) de las fuentes de la salvación (de las heridas del Salvador),

Y en aquel día dirás:

Alabado sea el Señor, invocad su nombre,

Publicad sus grandes obras entre los pueblos,

Proclamad que su nombre es alto.

Cantad al Señor, porque ha hecho cosas magníficas;

¡Que esto se sepa en toda la tierra!

Grita, regocíjate, habitante de Sión,

¡Porque el Santo de Israel es grande en medio de vosotros!”

En Maitines, la segunda y la tercera lectura retoman la continuación de estas promesas del capítulo XXVI.

En aquel día se cantará este cántico en la tierra de Judá:

Tenemos una ciudad fortificada (la Santa Iglesia).

Él (el Señor) pondrá la salvación dentro de sus muros y en sus muros exteriores.

Abrid las puertas,

Dejemos entrar a la nación justa, que defiende la Verdad.

Con un corazón constante aseguras la paz.

Paz, porque en ti confía.

Confía en el Señor para siempre;

Porque el Señor es la Roca de los siglos.

Humilló a los que habitaban en las alturas;

Derribó la soberbia ciudad.

La hizo derribar al suelo,

y la hizo tocar el polvo.

Fue pisoteada

Bajo los pies de los humildes y los desdichados.

El camino de los justos es llano,

Tú allanas el camino de los justos,

En verdad, Señor, habíamos esperado,

en el camino de tus juicios;

tu nombre y tu recuerdo eran

todo el anhelo de nuestras almas.

Mi alma te anhelaba durante la noche

Y mi espíritu te anhela;

Porque cuando tus juicios se llevan a cabo en la tierra,

los habitantes del mundo aprenden justicia”

¿Qué himno más verdadero podría ponerse en los labios de la Santa Iglesia al día siguiente del triunfo que se le prometió, al entrar en la era de paz y prosperidad que la divina misericordia del Sagrado Corazón le traerá?

Cada año, la Santa Iglesia lo pide en su liturgia.

Desde el primer día de Adviento, ella comienza su oficio con esta invitación: “Venid, adoremos al Señor, EL REY que ha de venir”.

Durante todo este tiempo, nos presenta, a modo de lecciones de las Sagradas Escrituras, las profecías de Isaías. Y estos son los pasajes que ha elegido: “En lo más alto de los montes se establecerá el monte de la casa del Señor (la Santa Iglesia); y será exaltado sobre todos los collados, y a él acudirán todas las naciones. Y vendrán los pueblos en gran número, y dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, y él nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas”.

“En aquel día, la Raíz de Jesé (el Mesías) será desplegada ante los pueblos como un estandarte; las naciones le ofrecerán sus oraciones, y su tumba será gloriosa... La tierra está llena del conocimiento del Señor como las aguas cubren el mar”.

“El Señor preparará para todos los pueblos, en este monte (la Iglesia), un banquete de carnes deliciosas, un banquete de vinos exquisitos (la doctrina y los sacramentos, en particular la Eucaristía). Y en este monte romperá la cadena que ataba a todos los pueblos y la red que el enemigo había tejido sobre todas las naciones”.

Que la Santa Iglesia escucha estas palabras del reinado social de Nuestro Señor parece indicarse por las antífonas y responsorios que ella misma compuso para acompañar en el Oficio la lectura de la Sagrada Escritura y la de los salmos.

Desde el primer domingo de Adviento, compartió con sus hijos lo que contempla en medio de la oscuridad de este mundo... Ve al Hijo del Hombre, su divino Esposo, viniendo en las nubes del Cielo, no para juzgar a los mortales, sino para reinar; no para reinar solo sobre almas individuales, sino para establecer su dominio sobre todos los pueblos, todas las tribus y todas las lenguas del universo: “Aspiciebam in visu noctis et ecce in nubibus caeli Filius hominis veniebat; et datum est Ei regnum et honor; et omnis populus, tribus et lingua servient Ei”. Vi en la visión de noche, y he aquí que el Hijo del Hombre venía en las nubes del Cielo; y a él le fue dado el reino y la honra, y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán”.

Más adelante clama: “Sí, Él vendrá, y con él todos sus santos”. Y en aquel día la tierra resplandecerá con una gran luz, y el Señor reinará sobre todas las naciones; gobernará hasta los confines de la tierra; y todos los reyes lo adorarán, y todos los pueblos le servirán… ¡Oh! ¡Mirad cuán grande es el que viene a salvar a las naciones! Ecce Dominus veniet et omnes sancti Ejus cum eo et erit in die illa lux magna. Et regnabit Dominus super gentes... Dominatur usque ad terminos orbis terrarum... et adorabunt eum omnes Reges, omnes gentes servient Ei. Intuemini quantus sit isle qui ingreditur ad salvandas gentes.

¿Cuándo, desde el comienzo del cristianismo, vio la Santa Iglesia cumplirse tales deseos? Durante diecinueve siglos, en toda la tierra y en los labios de todos los que cantan el Oficio Divino en su nombre, ha hecho resonar con inquebrantable confianza estas humildes súplicas: “Ven, Señor, y no tardes, ven y reina sobre todas las naciones de la tierra, que desde entonces no invocarán sino a ti. O radix Jesse quem gentes deprecabuntur, veni jam noli tardare”.

Pero no es solo durante el Adviento que la Iglesia expresa estas esperanzas y deseos. Todos los días del año, casi sin excepción, al amanecer, los monjes cantan y todos los sacerdotes recitan el Salmo 66 en el que el santo rey David pide con fervor la llegada del reino social de Cristo Jesús: “Oh Dios, ten misericordia de nosotros, haznos saber tus caminos en la tierra, —los misteriosos caminos de tu Providencia— y la salvación que preparas para todas las naciones… Señor, que los pueblos te alaben, (mucho más) que TODOS los pueblos participen en este concierto de alabanza. Confiteantur tibi populi, Deus; confiteantur tibi populi OMNES”. En este salmo, que consta de solo seis versículos, las palabras Pueblos y naciones se repiten hasta nueve veces, y el canto termina con estas palabras: Et metuant Eum omnes fines terrae... Que el temor del Señor se extienda por todas partes y llegue a todos los confines de la tierra”.

¿Se podría decir que este salmo no contiene más que deseos y de ninguna manera una promesa formal del Todopoderoso?

En primer lugar, sería extraño que el Espíritu de Dios hubiera puesto deseos fantasiosos en los labios de su Esposa durante tanto tiempo y a diario. Además, lo que el Salmo 66 expresa como fervientes anhelos, innumerables pasajes de las Sagradas Escrituras lo afirman como un acontecimiento futuro cuyo cumplimiento no puede demorarse indefinidamente.

¿Quién no conoce este canto triunfal dedicado a Cristo Rey, que la Iglesia nunca se cansa de repetir durante los días de santa alegría de la Navidad y la Epifanía? “Deus, judicium tuum regi da... Benedicentur in ipso omnes iribus terrae, omnes gentes magnificabunt eum. ¡Oh Dios, dale el cetro al REY! ¡Que en él sean benditas todas las tribus de la tierra, que todas las naciones lo glorifiquen!” Esta es la gran promesa de Dios a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob.

Esta profecía aún no se ha cumplido. La Santa Iglesia, cada año, la pone en nuestros labios en la solemnidad de la Epifanía; ¿y cuál es su deseo, sino que en este día especialmente le pidamos fervientemente a Dios que acelere su cumplimiento ut compleatur et ad exitum perducatur?

Durante diecinueve siglos, la liturgia de la Iglesia Católica ha contenido esperanzas para las sociedades, para los pueblos y naciones de la tierra, o mejor dicho, para toda la humanidad, esperanzas que aún no se han realizado, y además afirma que algún día se realizarán.

Pero estas esperanzas y la oración que debe acelerar su realización no se encuentran solo en la tierra.

Un día, a San Juan se le concedió el privilegio, en la isla de Patmos, de asistir a las funciones, por así decirlo, y a las ceremonias de culto que los ángeles y los santos rinden en el Cielo a la divina Majestad; y el amado Apóstol nos ha traído, en su libro del Apocalipsis, un eco de los cánticos que resonaban en la Jerusalén celestial.

Día y noche, los bienaventurados anhelan el reinado universal de Cristo: Requiem non habebant die ac nocte ... Et adorabant dicentes Dignus es, Domine, accipere gloriam et honorem et virtutem... Fecisti nos Reqnum. Et regnabimus super terram. “Día y noche no cesaban de adorar y de decir: Digno eres, Señor, de recibir la gloria, la honra y el poder... Nos has hecho reyes, y reinaremos sobre la tierra” (Passim.)

Los mártires, en particular, parecen impacientes por ver amanecer este gran día: “¿Por qué, Señor -claman- sigues tardando en hacernos justicia? ¿Por qué no ejecutas finalmente tus juicios sobre aquellos que, aliados con la antigua serpiente, detienen en la tierra la marcha del Divino Conquistador?” usquequo, Domine, non judicas? (Apoc. VI, 10.)

“Sabemos -cantan a coro los habitantes del Cielo- sabemos que un día todas las naciones de la tierra vendrán y adorarán en presencia de vuestra Santa Majestad.... Quoniam omnes gentes venient et adorabunt in conspectu tuo”.

Y cuando llegue la hora del triunfo que tanto anhelamos y la bestia haya sido derrotada, todos los bienaventurados exclamarán: “¡He aquí que ha llegado la hora del reinado de nuestro Dios y de su Cristo en la tierra, y reinará por siglos de siglos!”. Factum est Regnum hujus mundi Domini nostri et Christi Ejus, et regnabit in saecula saeculorum. Amen (XI,15).

No podemos estar seguros de que el cumplimiento de promesas tan magníficas esté reservado para nuestro tiempo presente. La vida de la Iglesia se compone de alternativas, pruebas y triunfos: pruebas cada vez más terribles, triunfos cada vez más brillantes. Aquel de quien las Sagradas Escrituras nos dan una descripción tan entusiasta será el último. ¿Sucederá antes o después del reinado del Anticristo? Las opiniones están divididas (1). Dios no ha querido dar luz cierta sobre el tiempo del fin de los tiempos.
 
Nuestro Señor y los Apóstoles nos describieron las señales que prefiguraban el juicio; pero a sus discípulos que le preguntaron sobre este punto, el divino Salvador respondió: “No os corresponde a vosotros conocer los tiempos ni las fechas que el Padre ha fijado con su propia autoridad” (2).

Continúa...

Notas:

1) Un sentimiento compartido por muchos de los que han tratado de interpretar las revelaciones divinas registradas en las Sagradas Escrituras les lleva a creer que el triunfo completo de la secta masónica, mediante el reinado de su líder sobre todas las naciones, sería sólo el punto más alto de la prueba a la que la humanidad debería ser sometida, antes de disfrutar plenamente de los beneficios de la Redención. Luego vendrían los largos siglos del reinado de Cristo sobre todas las naciones.

Aparte de las profecías mesiánicas y su interpretación, como ya hemos dicho, mentes eminentes, como J. de Maistre, han pensado que, lejos de estar en los últimos días del mundo, todavía nos encontrábamos en los primeros siglos de la Iglesia.

En una carta a la Sra. Swetchine, decía: “Cuando su gente (los cismáticos) habla de los primeros siglos de la Iglesia, no tienen una idea clara. Si viviéramos mil años, los ochenta años que hoy constituyen el maximum común serían nuestros primeros años. ¿Qué significa entonces hablar de los primeros siglos de una Iglesia que ha de durar tanto como el mundo? etc., etc. Siga esta idea”.

Y en el libro del Papa: “Esta frase juventud del cristianismo me advierte que observe que esta expresión y otras similares se refieren a la duración total de un cuerpo o un individuo. Si pienso, por ejemplo, en la República Romana, que duró quinientos años, sé lo que significan estas expresiones: La juventud o los primeros años de la República Romana… ¿Qué es entonces la juventud de una religión que ha de durar tanto como el mundo? Se habla de los primeros siglos del cristianismo: en verdad, no quisiera afirmar que hayan terminado”.

Un santo religioso, el padre Desurmont, tras recordar las señales que, según el Evangelio, anunciarán la venida del hombre de pecado, dijo: “Que estas conjeturas y dudas no nos preocupen demasiado; pues, por un lado, nada nos indica que, tras la muerte de este primogénito de Satanás, la humanidad no vaya a presenciar, durante muchos años, un triunfo de Cristo aquí en la tierra, y por otro lado, incluso y especialmente al acercarse estos tiempos difíciles, el hijo de Dios y de la Providencia encuentra, en las mismas desgracias de su tiempo, los misteriosos secretos de una mayor satisfacción” (La Providence, p. 445).

2) Act. I, 7.
 
 

16 DE JULIO: EL TRIUNFO DE LA SANTA CRUZ


16 de Julio: El triunfo de la Santa Cruz

(1212)

Entre las ilustres victorias que Dios nuestro Señor ha dado a los cristianos contra los infieles y enemigos suyos, es muy admirable la de las Navas de Tolosa, que alcanzó el rey de Castilla don Alfonso el VIII, en compañía de los reyes de Aragón y de Navarra, sobre el rey moro Mahomat y su innumerable ejército. 

Recabó el Arzobispo de Toledo del Papa Inocencio III que concediese cruzada a todos los que viniesen a aquella guerra, y les otorgase las mismas gracias e indulgencias que se concedían a los que iban a la conquista de la Tierra Santa; y fue tan grande el concurso de gente que acudió de toda España y aun de Francia e Italia, que se puso en orden uno de los más lucidos ejércitos que en España se habían visto. 

Salieron pues de Toledo los soldados cristianos a los veinte días del mes de junio; y venciendo las dificultades del camino, ganaron de mano de los bárbaros algunos pueblos, como Malagón y Calatrava, y llegaron al puerto que llaman del Muradal, en donde estaba el rey Mahomat con su ejército muy grande y poderoso. 

Supo el moro por sus espías que los cruzados extranjeros se habían retirado, en cierto motín que sucedió en el ejército; y determinó esperar al rey en campo raso, y así se retiró un poco a los llanos de Baeza, dejando en las Navas de Tolosa (que es un paso muy estrecho) parte de su gente para hacer daño a los cristianos. 

El camino era muy trabajoso y áspero, y los enemigos estaban ya a la vista; mas un pastor muy práctico de toda aquella tierra guio a los cruzados por la ladera del monte, de tal manera, que llegaron al sitio que deseaban, viéndolos los enemigos sin poderles estorbar el paso. 

El rey Mahomat presentó luego batalla a los cristianos, y llegada la noche del domingo, el rey Alfonso mandó pregonar a sus tropas que se apercibiesen para la batalla con la confesión y comunión; y levantando las manos al cielo, suplicó al Señor les diese victoria sobre sus enemigos. 

Vinieron pues a las manos los dos ejércitos, y al principio parecía que llevaban lo mejor los moros, de manera que el rey dijo al Arzobispo don Rodrigo: 

- ¡Ea, Arzobispo; muramos aquí, yo, y vos!
 
Mas el Arzobispo le respondió: 

- No, señor, no moriremos, sino que venceremos. 

Y luego se conoció la ventaja de los cristianos y el favor del cielo; porque la cruz que un canónigo de Toledo llevaba delante del Arzobispo, pasó por todos los escuadrones enemigos sin daño para el que la llevaba, tirándole de todas partes infinitas saetas, y llegando el estandarte real que llevaba una imagen de Nuestra Señora a donde estaba la mayor fuerza del ejército moro, lo desbarató y deshizo como humo. 

El rey Mahomat, con algunos de su corte, apenas pudo escapar, quedando muertos en el campo doscientos mil almohades. 

Esta insigne victoria llenó de gran alegría y regocijo a toda la cristiandad, y para memoria de ella se instituyó la fiesta del triunfo de la Santa Cruz, porque la Santa Cruz rompió por medio de los escuadrones enemigos y quebrantó aquel día todo el poder de la soberbia morisma.

Reflexión:

Supliquemos al Señor que por la virtud de la Santa Cruz sea también confundida y humillada la arrogancia de los herejes, sectarios y demás enemigos de Jesucristo, que turban la paz del pueblo cristiano con tan gran menoscabo de su felicidad temporal y eterna.

Oración:

Oh Dios, que por la virtud de tu Santa Cruz diste a tu pueblo creyente glorioso triunfo de sus enemigos, te rogamos que concedas victoria y honra perpetua a los piadosos adoradores de la Santa Cruz. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 

16 DE JULIO: NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN O DEL SANTO ESCAPULARIO


16 de Julio: Nuestra Señora del Carmen o del Santo Escapulario

Celebra en este día la Santa Iglesia la festividad de Nuestra Señora llamada del Carmen o del Monte Carmelo, porque de aquel santo monte, desde donde vio el profeta Elías aquella nubécula maravillosa, que era figura de la Virgen Santísima, trae su nombre la Orden Carmelita, a la cual enriqueció la Reina de los Cielos con la vestidura del Santo Escapulario, que desde entonces acá ha sido la librea, el escudo y prenda de salud de todos sus fieles devotos. 

Se refiere en las crónicas que ya desde los tiempos apostólicos muchos santos hombres se juntaron en la soledad del Carmelo para celebrar la gloria del Señor y dar culto especial a su Madre Santísima, mas cuando los sectarios del falso profeta Mahoma hicieron gran estrago en aquellas regiones, los solitarios hubieron de ocultarse en las cavernas, donde moraron hasta que los ejércitos de las Cruzadas pasaron a la Tierra Santa y persuadieron a aquellos devotos siervos de la Virgen que viniesen a las tierras de Europa; y hacia la mitad del siglo XIII, vinieron algunos de ellos en compañía de san Luis rey de Francia, quedándose unos en cierta ermita que está a una legua de Marsella, y embarcándose otros con rumbo a Inglaterra, a donde el Señor les guiaba. 

Allí les habló y conoció por divina revelación el admirable Simón Stock, el cual, habiendo abrazado el instituto de aquellos santísimos religiosos carmelitas, partió a Jerusalén, visitó con los pies descalzos los santos lugares, y se detuvo seis años en el Monte Carmelo, donde se dice que la Virgen lo sustentó milagrosamente. 

Volviendo a su patria fue nombrado, por voz común de todos sus Hermanos, Superior General de la Orden, y entonces se le apareció la gloriosa Reina de los cielos con majestad, acompañada de coros angélicos, y llevando en la mano un escapulario, que entregó al santo, diciéndole con muy blandas y amorosas palabras: 

- Toma, querido hijo, este escapulario de tu Orden, como insignia de mi Cofradía, y privilegio singular para ti y tus carmelitas; es una señal de predestinación y alianza de paz y pacto sempiterno: los que con él murieren no padecerán el fuego eternal. 

Apenas se publicó en el mundo tan provechosa devoción y tan rica prenda, los reyes y los pueblos se vistieron a porfía del Sagrado Escapulario y se alistaron en la Cofradía de la Virgen del Carmen, los Sumos Pontífices la aprobaron y colmaron de alabanzas e indulgencias, y la misma Reina de los cielos la autorizó con estupendos y soberanos prodigios, librando a sus devotos de innumerables peligros del cuerpo y del alma.

Reflexión:

Es, pues, el Santo Escapulario del Carmen la librea de los verdaderos hijos de la Virgen; es una prenda de eterna vida, y conforme se dice en el decreto del Papa Paulo V, pueden los fieles piadosamente creer que todos los cofrades del Carmen, que religiosamente cumplen sus obligaciones, y mueren en gracia de Dios, adornados con el Santo Escapulario, si han de pasar por el purgatorio, experimentan allí el singular patrocinio de la Virgen Santísima, especialmente el día sábado, que a su culto tiene consagrado la Iglesia. No dejes pues de llevar el Santo Escapulario, que será para ti escudo soberano contra los enemigos visibles e invisibles, y al armarte con él, piensa que es un regalo que te hace la Virgen, y una prenda de eterna salvación.

Oración:

¡Oh Dios! que honraste la Orden del Monte Carmelo con el título especial de tu Madre Bienaventurada la Virgen María, concédenos benigno, que amparados con la protección de esta Soberana Señora, cuya memoria tan solemnemente celebramos, merezcamos llegar a los eternos gozos de la gloria. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 

miércoles, 15 de julio de 2026

LEÓN XIV ACEPTA LA RENUNCIA DEL OBISPO PERUANO, ACUSADO DE ABUSO HOMOSEXUAL

Hoy Robert Prevost aceptó la renuncia del “obispo” Antonio Santarsiero Rosa, acusado de abuso en Perú. No se designó sucesor.


Según Gloria.TV la renuncia se produce tras acusaciones de conducta homosexual inapropiada. En abril de 2026, InfoVaticana informó que se habían presentado denuncias ante la Nunciatura Apostólica en Lima y ante el Vaticano, acusando a Santarsiero de abusar sexualmente de un exseminarista menor y de un sacerdote que había sido su secretario.

Como de costumbre, Santarsiero ha negado categóricamente todas las acusaciones.

El seminarista afirmó que Santarsiero lo sometió a contacto sexual no deseado y utilizó promesas de becas, empleo y oportunidades dentro de la diócesis para influir en él.

El exsecretario de Santarsiero alega que el “obispo” lo sometió a contacto físico no deseado y manipulación psicológica. Según el expediente, el sacerdote también afirma que Santarsiero intentó desacreditarlo difundiendo rumores sobre su orientación sexual después de que él rechazara los supuestos avances.

Tras la publicación de las acusaciones, Santarsiero renunció a su cargo como Secretario General de la Conferencia Episcopal Peruana.

InfoVaticana informó además que el exsecretario presentó documentación detallando las acusaciones al “cardenal” Robert Prevost, entonces “prefecto” del Dicasterio para los Obispos, ya en noviembre de 2024, y entregó personalmente la misma documentación en Roma en diciembre de 2025. El Vaticano no ha confirmado públicamente la recepción de dichas presentaciones ni ha indicado si se tomaron medidas al respecto.

Prevost y Santarsiero mantenían una larga relación profesional dentro del episcopado peruano.

Santarsiero fue elegido presidente del Consejo Económico de la Conferencia Episcopal Peruana en 2017, mientras que Prevost fue elegido segundo vicepresidente en 2018, y ambos fueron reelegidos para esos cargos en 2022 para el período 2022-2025. Colaboraron en la dirección de la conferencia hasta enero de 2023, cuando Jorge Bergoglio nombró a Prevost “prefecto” del Dicasterio para los Obispos.

Tras el traslado de Prevost a Roma, ambos continuaron apareciendo juntos en eventos eclesiásticos públicos, incluyendo una misa en Chiclayo en noviembre de 2023, celebrada por el “cardenal” Prevost y a la que asistió Santarsiero.
 

RESURGE LA SUPUESTA “PROFECÍA” DEL PADRE PÍO CONTRA EL ARZOBISPO LEFEBVRE

Una mentira puede recorrer el mundo en cuestión de segundos. La verdad a veces tarda años en establecerse, pero al final siempre triunfa para quienes la buscan con sinceridad.


Con cada acontecimiento significativo relacionado con la Sociedad de San Pío X, resurge la misma historia. Tras las consagraciones episcopales del 1 de julio de 2026, varios sitios web y redes sociales volvieron a difundir la supuesta “profecía” del Padre Pío, en la que “anunciaba al arzobispo Marcel Lefebvre que desobedecería al Papa y causaría división en la Iglesia”.

Presentada como testimonio irrefutable, esta historia carece, sin embargo, de fundamento histórico serio. Su origen es tardío, su fuente es sumamente cuestionable, su único testigo es desconocido para los especialistas en el Padre Pío y, sobre todo, el propio arzobispo Lefebvre la negó categóricamente en una carta manuscrita de 1990.

Un encuentro auténtico

Nadie discute que el arzobispo Marcel Lefebvre se reunió con el Padre Pío; el encuentro tuvo lugar el 27 de marzo de 1967, Lunes de Pascua, en San Giovanni Rotondo.

El Superior General de la Congregación del Espíritu Santo, el arzobispo Lefebvre, acudió a pedirle al famoso capuchino que rezara por el capítulo general extraordinario que los espiritanos se disponían a celebrar en el contexto de la aplicación de las reformas derivadas del concilio Vaticano II (1). El “aggiornamento” era entonces obligatorio en todos los institutos religiosos y el arzobispo ya temía las graves consecuencias que estas transformaciones podrían acarrear.

Esta preocupación no pasó desapercibida para el Padre Pío. Poco antes, el superior general de los capuchinos también había acudido a pedirle que rezara por el capítulo general de su orden, encargado de redactar nuevas constituciones. Según varios testigos, el santo fraile reaccionó con vehemencia, declarando: “¡Esto no es más que palabrería y ruina!”. Más tarde, al enterarse de que se estaban preparando nuevas constituciones, según se cuenta, volvió a expresar su dolor, exclamando: “¿Pero qué hacéis en Roma? ¿Qué estáis tramando? ¡Queréis cambiar incluso la regla de San Francisco!” (2).

El encuentro entre el arzobispo Lefebvre y el padre Pío fue, sin embargo, sumamente sencillo. El arzobispo estuvo acompañado por el padre Bárbara y el hermano Félin, un fraile espiritano, mientras que el padre Pío, apoyado por dos capuchinos, se dirigía al confesionario. Tras explicar brevemente el motivo de su visita, el arzobispo Lefebvre pidió al santo fraile que rezara por el capítulo espiritano.

Cuando le pidió su bendición, el Padre Pío respondió con profunda humildad: “¡No, monseñor, es usted quien debe bendecirme!”

El arzobispo Lefebvre le impartió entonces su bendición episcopal, el padre Pío besó su anillo y continuó su camino hacia el confesionario.

Una fotografía, ahora famosa, inmortaliza este momento.

Si bien no cabe duda de que la reunión tuvo lugar, el contenido del supuesto “diálogo profético” se basa exclusivamente en un testimonio tardío, no corroborado por otras fuentes y explícitamente contradicho por el propio obispo Lefebvre.

Una historia que surgió dieciséis años después

El relato de la supuesta profecía no se hizo público hasta 1983, dieciséis años después de los hechos y quince años después de la muerte del Padre Pío. Fue publicado en La Domenica del Corriere el 23 de abril de 1983 por Pier Carpi, quien afirmó haber escuchado la historia de un tal Profesor Bruno Rabajotti, presentado como testigo directo de los hechos.

Sin embargo, ningún documento de 1967 menciona esta conversación, ningún testigo independiente la confirma, ningún allegado conocido del Padre Pío se refiere a ella y, sobre todo, solo salió a la luz cuando la crisis entre el arzobispo Lefebvre y Roma ya era de dominio público. Esta simple observación, por sí sola, justifica la máxima sospecha.

Fuentes poco fiables

La propia personalidad de los autores de este relato refuerza estas reservas: Pier Carpi no era ni historiador de la Iglesia ni biógrafo erudito del Padre Pío. Era un escritor prolífico conocido principalmente por sus obras sobre esoterismo, ocultismo, sociedades secretas, teosofía y supuestas profecías. Su nombre también aparece en listas vinculadas a la logia masónica P2, a pesar de que él negó haber pertenecido alguna vez a dicha organización.

El supuesto testigo, Bruno Rabajotti, también plantea muchas preguntas. Los especialistas en el Padre Pío no encuentran rastro de este misterioso “hijo espiritual predilecto” fuera de los libros en los que él mismo relata sus recuerdos, y ninguno de los hijos espirituales más cercanos del Padre Pío parece haber oído hablar jamás de él.

Un testimonio plagado de inverosimilitudes

En 1987, se publicó en Italia The Secret of Padre Pio (El secreto del Padre Pío), de Franco Fede, que reproduce en unas treinta páginas el testimonio completo atribuido a Bruno Rabajotti. La lectura de este texto revela numerosas afirmaciones irreconciliables con la doctrina católica.

Rabajotti atribuye al Padre Pío, en particular, que el don de lenguas no es un carisma sobrenatural concedido excepcionalmente por Dios, sino “una capacidad accesible a todos aquellos que saben hablar el lenguaje del espíritu”. También le atribuye al santo capuchino comentarios que sugieren que las personas podrían de alguna manera “salvarse” o “curarse” mediante un simple equilibrio interior.

Los especialistas en la causa de beatificación del Padre Pío no se equivocaban; este “testimonio” nunca se incluyó entre los documentos oficiales del juicio.

Respuesta del arzobispo Lefebvre

Ante la persistente difusión de esta historia, el arzobispo Lefebvre respondió personalmente el 8 de agosto de 1990 a un sacerdote de la Compañía de Jesús que le preguntó qué opinaba de esta supuesta profecía.

Aquí está la carta:

“Esta calumnia, esta invención total, lleva circulando en Italia varios años. Ya la he desmentido, pero las mentiras son difíciles de erradicar. No hay ni una sola palabra de verdad en las páginas de esta revista de la que me enviaste una fotocopia.

El encuentro, que tuvo lugar después de la Pascua de 1967, duró dos minutos. Me acompañaron el padre Bárbara y el hermano Félin, un fraile espiritano. Me encontré con el padre Pío en un pasillo, cuando se dirigía al confesionario, acompañado por dos frailes capuchinos.

Le expliqué en pocas palabras el propósito de mi visita: pedirle que bendijera a la Congregación del Espíritu Santo, que estaba a punto de celebrar un capítulo general extraordinario, como todas las congregaciones religiosas, bajo el signo de “aggiornamento”, un capítulo que temía que causara serias dificultades.

Entonces el Padre Pío exclamó: “¿Yo, bendecir a un arzobispo? ¡No, no! ¡Eres tú quien debe bendecirme a mí!”

Y se inclinó para recibir mi bendición. Lo bendije. Besó mi anillo episcopal y siguió su camino hacia el confesionario.

Ese fue todo el encuentro, ni más ni menos.

Inventar una historia como la que me enviaste requiere una imaginación satánica y una auténtica voluntad de mentir. Su autor es hijo del padre de la mentira.

Gracias por darme la oportunidad de aclarar una vez más la simple verdad.

Con un cordial saludo en Cristo y María.

✠ Marcel Lefebvre”

La claridad de esta negación no deja lugar a ambigüedades; el obispo Lefebvre describe este relato como “calumnia”, “una invención total” y una “mentira”.

Una leyenda perpetuada por la repetición

A pesar de esta negación explícita, la historia siguió circulando y fue retomada en varias obras populares dedicadas al Padre Pío, particularmente en el mundo angloparlante, donde el libro Padre Pio Gleanings reproduce el diálogo sin ningún análisis crítico.

La canonización del Padre Pío en 2002 dio nueva visibilidad a esta leyenda, que desde entonces se ha difundido regularmente en Internet; las consagraciones del 1 de julio de 2026 le han dado un nuevo resurgimiento en relevancia.

Una mentira puede recorrer el mundo en cuestión de segundos. La verdad a veces tarda años en establecerse, pero al final siempre triunfa para quienes la buscan con sinceridad.

Notas:

1) Bishop Lefebvre – A Life (Obispo Lefebvre - Una vida), Bernard Tissier de Mallerais, Clovis, 2002, págs. 391–392

2) Reacción informada por el P. Jean, capuchino de Morgon, en Letter to the Friends of Saint Francis (Carta a los Amigos de San Francisco) n. 17, 2 de febrero de 1999; Fideliter No. 129, pág. 52.
  

FSSPX News

TERCER MEDIO PARA ALCANZAR LA SABIDURIA: MORTIFICACION UNIVERSAL (Cap. 16)

Continuamos con la publicación del capítulo 16 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO DECIMOSEXTO

TERCER MEDIO PARA ALCANZAR LA SABIDURIA: MORTIFICACION UNIVERSAL

1 - TE ES NECESARIA LA MORTIFICACION

La Sabiduría -dice el Espíritu Santo- no mora en quienes viven cómodamente (1), es decir, en quienes viven a sus anchas, concediendo a las pasiones y sentidos cuanto apetecen, porque los que viven sujetos a los bajos instintos son incapaces de agradar a Dios (2) y la tendencia a lo bajo significa rebeldía contra Dios (3). Mi aliento no durará por siempre en el hombre, puesto que es de carne (4).

Los que son de Cristo -la Sabiduría encarnada- han crucificado sus bajos instintos con sus pasiones y deseos (5) llevan ahora y siempre en su persona la muerte de Jesús (6), se hacen violencia continuamente (7), llevan la cruz todos los días (8), están, finalmente, muertos y hasta consepultados con Jesucristo (9). Son éstas, expresiones del Espíritu Santo, que muestran con luz más que meridiana cómo, para obtener la Sabiduría encarnada, Jesucristo, es necesario que te mortifiques y renuncies al mundo y a ti mismo.

No pienses que la Sabiduría -que es más pura que los rayos del sol vaya a entrar en un alma y cuerpo manchados por los placeres de los sentidos. Ni te imagines que conceda descanso y paz inefables a quienes aman la compañía y vanidades del mundo. Al que salga vencedor le daré el maná escondido (10). Aunque esta amable Soberana -gracias a su luz infinita- conoce y distingue en un instante todas las cosas, busca, no obstante, a quienes son dignos de ella: Ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen (11). Busca, porque el número de éstos es tan reducido, que encuentra a muy pocos bastante desapegados del mundo, suficientemente interiores y mortificados y, por tanto, dignos de ella: de su persona, de sus tesoros y de su amistad.

2 - COMO MORTIFICARSE

La Sabiduría exige, para comunicarse, una mortificación universal y continua, valerosa y discreta. No se contenta con una mortificación a medias y de pocos días.

Para alcanzar la Sabiduría te es necesario:

1. Vivir en auténtica pobreza interior y exterior

Renunciar efectivamente a los bienes del mundo, como lo hicieron los apóstoles, los discípulos, los primeros cristianos y los religiosos. Es el modo más rápido, mejor y más eficaz, para alcanzar la Sabiduría; o, por lo menos, desligar el corazón de esos bienes y poseerlos como si no los poseyeras, sin afanarte para adquirirlos, sin inquietarte por conservarlos, sin impacientarte ni lamentarte cuando los pierdas. Todo esto ciertamente es bien difícil de practicar.

2. Romper con lo mundano

No adoptar las modas de los mundanos en vestidos, muebles, habitaciones, comidas, costumbres o actividades de la vida: No se amolden al mundo este (12). Es práctica más necesaria de lo que se cree.

3. Romper con la falsas máximas del mundo

No creer ni secundar las falsas máximas del mundo. Estas tienen una doctrina tan contraria a la Sabiduría encarnada como las tinieblas a la luz, la muerte a la vida. Examina atentamente sus sentimientos y palabras. Los mundanos piensan y hablan mal de las más sublimes virtudes. Es verdad que no mienten abiertamente, pues revisten sus mentiras con apariencias de verdad. Piensan que no mienten, pero en realidad están mintiendo. Por lo general, no aconsejan abiertamente el pecado, pero lo consideran como acto de virtud, honesto, indiferente o sin consecuencias.

En esta sutileza, que el mundo ha copiado del demonio para disimular la fealdad del pecado y de la mentira, consiste aquella malicia de que habla San Juan: El mundo entero está bajo el poder del malo (13), hoy más que nunca.

4. Vivir en contacto con la Sabiduría

Huir cuanto te sea posible de la compañía de los hombres. No sólo la de los mundanos, tan peligrosa y nociva, sino también la de las personas de piedad cuando es inútil y hace perder el tiempo. Si deseas llegar a ser santo y perfecto, debes poner en práctica estas tres palabras de oro que la Sabiduría Eterna dijo a San Arsenio: "Huye, escóndete, calla!" (14).

Huye en lo posible de la compañía de los hombres, como han hecho los mayores santos (15). Su vida está escondida con Cristo en Dios (16). Guarda, en fin, silencio con los hombres para dialogar con la Sabiduría: Hay quien calla y pasa por sabio (17).

5. Poner en juego una ascesis cuidadosa

Para alcanzar la Sabiduría te es necesario mortificar tu propio cuerpo, no sólo sufriendo con paciencia las enfermedades corporales, las inclemencias del tiempo y las molestias de las criaturas durante la vida, sino también imponiéndote algunas penalidades y mortificaciones, como ayunos, vigilias y otras austeridades propias de los santos penitentes.

Se necesita valor para ello, porque la carne -por naturaleza- se idolatra a sí misma y el mundo considera y desprecia por inútiles todas las mortificaciones corporales. ¡Cuánto no dice y hace para apartarnos de las austeridades de los santos! De cada uno de los cuales se dice proporcionalmente: "El sabio o el santo redujo su cuerpo a servidumbre con vigilias, ayunos, disciplinas, por el frío, la desnudez y toda suerte de austeridades. Tenía hecho un pacto consigo mismo de no darse reposo en este mundo" (18).

El Espíritu Santo dice que todos los santos aborrecían hasta de las ropas manchadas por su propio cuerpo (19).

6. Unir mortificación interna y externa

Te es absolutamente necesario unir la mortificación externa y voluntaria, para que sea buena, a la del juicio y a la de la voluntad mediante la santa obediencia. Sin la cual toda mortificación queda manchada de voluntad propia y frecuentemente es más agradable al diablo que a Dios. Por eso, no debes hacer ninguna mortificación extraordinaria sin pedir consejo. Yo, la Sabiduría, convivo con la prudencia (20). El que se fía de sí mismo es un necio (21). El sabio actúa con prudencia (22). Si no quieres tener que arrepentirte de lo que haces, no debes obrar sino después de haber pedido consejo a un hombre prudente; es lo que te aconseja el Espíritu Santo: No hagas nada sin reflexión; así no te arrepentirás de lo que hagas (23). Pide consejo al sensato (24).

Gracias a la obediencia, eliminas el amor propio, que todo lo malogra; haces muy meritorio lo insignificante, quedas a salvo de las ilusiones del demonio, vences a todos los enemigos y llegas con seguridad -casi como dormido- al puerto de la salvación (25).

Cuanto acabo de decir se resume en este precioso consejo: "Déjalo todo, y al encontrar a Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, ¡lo encontrarás todo!" (26).

Último capítulo...

Notas:

1) Job 28,12-13.

2) Rm 8,8.

3) Rm 8,7.

4) Gn 6,3.

5) Gal 5,24.

6) 2Cor 4,10.

7) Mt 11,12.

8) Lc 9,23.

9) Rm 6,4.8.

10) Ap 2,17.

11) Sb 6,16.

12) Rm 12,2.

13) 1Jn 5,19.

14) De vitis Patrum, III. Verba seniorum, n 190: PL 73,801.

15) Imitación de Cristo l.1 c 20, n 1; ver GS 1.

16) Col 3,3.

17) Eclo 20,5.

18) Ver Breviario Romano, en la fiesta de San Pedro de Alcántara.

19) Jds 23.

20) Pr 8,12.

21) Pr 28,26.

22) Pr 13,16.

23) Eclo 32,24.

24) Tb 4,18.

25) "La obediencia es una navegación sin peligro, una peregrinación que se realiza durmiendo". (San Juan Clímaco, Escala del paraíso, PG 88,679.)

26) Ver Imitación de Cristo, l. 3, c 2 n 1.


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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (117)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


117. Lázaro pone a disposición de Jesús una casita en el llano de Aguas Claras.
25 de febrero de 1945.

1 Jesús está subiendo por el empinado sendero que lleva al rellano sobre el que está edificada Betania. Esta vez no sigue la calzada principal. Ha tomado este camino más empinado y más rápido, que va en dirección noroeste Este y que está mucho menos transitado quizás por estar tan en pendiente. Sólo los que viajan con prisa hacen uso de él; o los que, teniendo manadas de ganado, prefieren no meterlas en el trajín de la calzada principal, o quienes, como Jesús hoy, prefieren pasar desapercibidos. El sube delante, en vivaz conversación con el Zelote. Detrás, en grupo, van los primos de Jesús con Juan y Andrés; luego, otro grupo, formado por Santiago de Zebedeo, Mateo, Tomás y Felipe; los últimos, Bartolomé con Pedro y Judas Iscariote.
Ganada la planicie, sobre la cual Betania le sonríe al Sol de un día sereno de noviembre, y desde la que, mirando hacia Oriente, se ve el valle del Jordán y la vía que viene de Jericó, Jesús da orden a Juan de ir a avisar a Lázaro de su llegada. Mientras Juan se marcha con paso rápido, Jesús prosigue con los suyos lentamente, siendo saludado a cada paso por personas del lugar.

2 La primera que viene de la casa de Lázaro es una mujer que se prosterna diciendo: 
“Dichoso este día para la casa de mi señora. Ven, Maestro. Allí están Maximino y Lázaro ya en la puerta”.
También Maximino se acerca a Jesús. No sé con exactitud quién es Maximino. Tengo la impresión de que es o un pariente menos rico y alojado en casa de los hijos de Teófilo, o un administrador de los importantes haberes de éstos; tratado como amigo, no obstante, por su mérito y por el largo tiempo de servicio en la casa. Quizás es hijo de algún administrador del padre que después ha permanecido en el puesto con los hijos de Teófilo. Es un poco más mayor que Lázaro, o sea, tendrá unos treinta y cinco años o poco más.
“No esperábamos tenerte tan pronto” dice.
“Pido alojamiento para una noche”.
“Si fuera para siempre nos harías felices”.
Están ya en el umbral de la puerta. Lázaro besa y abraza a Jesús y saluda a los discípulos. Luego, teniendo un brazo en torno a la cintura de Jesús, entra con El en el jardín y se aísla de los demás. Lo primero que hace es preguntar: “¿A qué debo la alegría de tenerte conmigo?”.
“Al odio de los miembros del Sanedrín”.
“¿Te han procurado algún mal? ¿Algún otro mal?”.
“No. Pero me lo quieren hacer, y no es la hora. Hasta que no haya arado toda Palestina y esparcido la semilla, no debo ser abatido”.
“También tienes que recoger tu cosecha, Maestro bueno; es justo que sea así”.

3 “Mi cosecha la recogerán mis amigos. Ellos pasarán la hoz donde Yo he sembrado. Lázaro, he decidido alejarme de Jerusalén. Sé que no es solución, lo sé ya desde ahora; pero servirá al menos para poder evangelizar. En Sion se me niega incluso esto”.
“Te había enviado con Nicodemo el mensaje de que fueras a una de mis propiedades. Nadie osa violarlas. Podrías llevar a cabo tu ministerio sin molestias. ¡Oh, mi casa, la más dichosa de todas mis casas por santificarla Tú con tu enseñanza, con tu respiración! Dame la alegría de serte útil, Maestro mío”.
“Ya ves que estoy dándotela ya; pero en Jerusalén no me puedo quedar. Mira, aunque a mí no me molestaran, sí lo harían con quienes fueran a verme. Voy hacia Efraím, entre este lugar y el Jordán. Evangelizaré y bautizaré allí como el Bautista”.
“En los campos de esa zona tengo una pequeña casa, pero se utiliza para guardar las herramientas de los trabajadores; algunas veces duermen en ella durante la corta del heno o la vendimia. Es mísera: un simple techo apoyado en cuatro paredes; pero está en mis tierras, y se sabe... Pues bien, el hecho de saberlo hará de espantajo contra los chacales. Acepta, Señor. Mandaré a los siervos a prepararla...”.

4 “No hace falta. Si en ella duermen tus campesinos, será suficiente también para nosotros”.
“No pondré riquezas. Sólo completaré el número de las camas, pobres como Tú deseas, y mandaré mantas, asientos, ánforas y copas. Lógicamente, tendréis que comer y que taparos, especialmente en estos meses de invierno. Déjame a mí. Ni siquiera lo haré yo. Aquí viene Marta. Posee la habilidad, práctica y solícita, de todos los cuidados familiares. Su lugar es la casa; su función, ser consuelo de los cuerpos y de los espíritus que están en la casa. ¡Ven, mi dulce y pura hospedera! ¿Ves? Incluso yo me he refugiado bajo su cuidado materno, en su parte de herencia. Así, no lloro demasiado ásperamente a mi madre. Marta, Jesús se retira al llano de Aguas Claras. Lo único especial que hay es el suelo fértil; la casa es un aprisco. Pero El quiere una casa de pobres. Hay que proveerla de lo indispensable. ¡Dispónlo tú, que eres tan hábil!”. –Lázaro besa la mano bellísima de su hermana, esa mano que se levanta acto seguido para acariciarle con verdadero amor de madre–.
Luego Marta dice: “Parto en seguida. Me llevo conmigo a Maximino y a Marcela. Los hombres del carro ayudarán a aparejar. Bendíceme, Maestro; así, llevaré conmigo algo tuyo”.
“Sí, mi dulce hospedera. Te llamaré como te llama Lázaro. Te doy mi corazón para que lo lleves contigo, en el tuyo”.

5 “¿Sabes, Maestro, que hoy está por estos campos Isaac con Elías y los demás? Me han pedido pasto, abajo en la llanura, para estar un poco juntos, y lo he permitido. Hoy están de cambio de pastos. Los espero para la comida”.
“Me alegra. Les daré instrucciones...”.
“Sí. Para podernos mantener en contacto. No obstante, alguna vez vendrás...”
“Vendré. He hablado ya de ello con Simón. Y, dado que no es justo que Yo invada tu casa con los discípulos, iré a casa de Simón...”.
“No, Maestro. ¿Por qué este dolor?”.
“No indagues, Lázaro; Yo sé que está bien así”.
“Pero entonces...”.
“Entonces seguiré estando en tus propiedades. Lo que el mismo Simón ignora Yo lo sé. Aquel que quiso comprar, sin revelar su identidad y sin detenerse a estudiar las condiciones, con tal de estar cerca de Lázaro de Betania, era el hijo de Teófilo, el fiel amigo de Simón el Zelote y el gran amigo de Jesús de Nazaret. Aquel que duplicó la suma por Jonás y no gravó el patrimonio de Simón para proporcionarle a éste la alegría de poder hacer muchas cosas por el Maestro pobre y por los pobres del Maestro, aquél, es uno que tiene por nombre Lázaro. El que, discreto y atento, mueve, dirige, presta ayuda a todas las fuerzas buenas para ayudarme, aliviarme y protegerme, ése, es Lázaro de Betania. Yo lo sé”.
“¡Oh, no lo digas! ¡Creí actuar bien de ese modo, y en secreto!”.

6 “Secreto, sí, para los hombres, pero no para mí; Yo leo en el corazón. ¿Quieres que te diga por qué tu, ya de por sí natural, bondad se impregna de perfección sobrenatural? Es porque pides don sobrenatural, pides la salvación de un alma y la santidad tuya y de Marta. Tú sientes que no basta con ser buenos según el mundo, sino que se requiere ser buenos según las leyes del espíritu, para obtener de Dios la gracia. Tú no has oído mis palabras, pero Yo he dicho: "Cuando hagáis el bien, hacedlo en secreto, y el Padre os dará una gran recompensa". Tú lo has hecho por un natural impulso a la humildad, y en verdad te digo que el Padre te reserva una recompensa que ni siquiera puedes imaginar”.
“¡¿La redención de María?!...”.
“Eso, y más, más aún”.
“¿Qué es, Maestro, más imposible que esto?”.
Jesús le mira y sonríe. Luego dice, con el tono de un salmo (105):
"El Señor reina, y con El sus santos.
Con sus rayos de luz trenza una corona y sobre la cabeza de los santos la deposita. Para que eternamente resplandezca ante los ojos de Dios y del universo.
¿De qué metal está entretejida? ¿Con qué piedras preciosas decorada? Oro, oro purísimo es el círculo obtenido con el dúplice fuego del amor divino y del amor del hombre, cincelado por la voluntad, martillando, limando, cortando, afinando.

Gran profusión de perlas, y esmeraldas más verdes que la hierba nacida en abril, turquesas de color de cielo, ópalos de color luna, amatistas como violetas pudorosas, y, engarzados para toda la vida, diaspros y zafiros y jacintos y topacios. Y como broche de la obra un círculo de rubíes, un gran círculo sobre la frente gloriosa.
Porque este hombre bendito ha tenido fe y esperanza, ha tenido mansedumbre y castidad, templanza y fortaleza, justicia y prudencia, misericordia sin medida, y en el fondo ha escrito con la sangre mi Nombre y la fe en mí, su amor en él por mí, y su nombre en el Cielo.
¡Exultad, Oh justos del Señor! El hombre ignora, Dios ve.
El escribe en los libros eternos mis promesas y vuestras obras, y con ellas vuestros nombres, príncipes del siglo futuro, triunfadores eternos con el Cristo del Señor".

Lázaro le mira asombrado. Luego susurra: 
“¡Oh!... yo... no seré capaz...”.
“¿Tú crees?” y Jesús coge una rama flexible de un sauce cuyas frondas penden sobre el sendero y dice: 
“Mira: como mi mano pliega fácilmente esta rama, el amor plegará tu alma y de ella hará una corona eterna. Es el amor el redentor individual. Quien ama empieza su redención. Su acabado lo cumplirá el Hijo del hombre”.
Todo concluye.

Continúa...

Notas:

105) Cfr. Sal. 92, 1; 96, 1; 98, 1.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)