viernes, 1 de mayo de 2026

LA CAÍDA

Continuamos con la publicación del capítulo II del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.




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CAPITULO II

LA CAÍDA

I. — EN EL CIELO

El capítulo anterior pudo parecer una digresión, un aperitivo, pero no es así; ha dicho lo que era necesario decir para preparar la mente a la comprensión de todo lo que vendrá a continuación.

Desde el momento de su creación (1), Dios llamó a la innumerable multitud de ángeles a contraer con Él una alianza de amistad tal que, si se mostraban fieles, les llevaría a disfrutar de la visión de su Ser, a contemplarlo cara a cara, a penetrar en su vida íntima y a participar en ella. Su Bondad se les adelantó con amor; a ellos les correspondía el deber de responder a ese gesto.

¿Y qué pasó?

El arcángel San Miguel y los ángeles que escucharon su voz se abrieron con entusiasmo y gratitud al don divino. Lucifer y los ángeles que siguieron su ejemplo rechazaron la generosidad divina.

¿Cómo pudo suceder eso?

Los ángeles, gracias a la superioridad de su inteligencia, veían y comprendían la excelencia del don que se les ofrecía mejor de lo que nosotros podemos hacerlo.

¿Cómo puede despreciarse un don tan excelente, un don verdaderamente divino hasta en su objeto? Este hecho, el más desconcertante que haya existido y que jamás existirá, nos sumerge en lo más profundo de la miseria del ser contingente, por muy sublime que fuera aquel que, por la excelencia de su naturaleza, se encontraba en la cúspide de la jerarquía angelical.

Al otorgar la vida a las criaturas inteligentes, Dios les infunde el deseo de la felicidad. Este impulso las lleva y las orienta hacia Dios, el Bien Supremo, cuando acogen en su interior, mediante una libre correspondencia, el rayo del amor divino; las entrega al mal cuando prefieren a ese amor el ciego impulso del amor propio. A este deseo de felicidad, Dios añadió la Gracia, es decir, una atracción de orden sobrenatural que se superpone a la atracción de orden natural hacia el Bien Supremo.

La vida presente es un don para el hombre, y el primer instante fue concedido al ángel para que la criatura haga ceder en sí misma el yo ante el amor; para que el yo, renunciando al egoísmo, se entregue al Bien supremo. “Al entregarse así, lejos de aniquilarse, el yo, por el milagro de la personalidad, entra por sí mismo en posesión del Bien; está impregnado de él como uno está impregnado de alegría, como el cuerpo está impregnado del aire que respira y que lo envuelve. Pero lo finito, cuya naturaleza tiende a la nada, puede permanecer estéril; y a pesar del impulso divino, convertirse en lo contrario del Amor, caer en el estado contrario a Dios, en el estado de quien se niega a entregarse, de quien no ama. Este egoísmo es posible para el ser que tiene la libertad de hacer uso, como quiera, del don sagrado de la existencia y del poder de negarse al Amor” (2).

Así fue, ¡ay!, la conducta de muchos ángeles, y así es también la conducta de muchos hombres. Creados para la felicidad eterna, se apartaron de ella y siguen apartándose para precipitarse hacia su ruina. A este impulso de independencia de la criatura se le llama superbia (3), δυπερ por encima βια fuerza, y en nuestra lengua, “suficiencia”, es decir, el estado de quien cree bastarse a sí mismo. ¿Acaso la suficiencia o el orgullo no consisten, en quienes los padecen, en el sentimiento de una fuerza exagerada que pretende encontrarlo todo en sí misma?


Santo Tomás de Aquino afirma (4) que todos los ángeles sin excepción, movidos por Dios, realizaron un primer acto bueno que los conducía hacia Dios como autor de la naturaleza. Les quedaba por realizar un segundo acto de amor más perfecto: el acto de caridad, el acto de amor sobrenatural. La gracia los invitaba a ello, los impulsaba a volverse hacia Dios en cuanto objeto de la Bienaventuranza.


San Miguel y aquellos ángeles que lo imitaron, impulsados por un resurgimiento de la gracia recibida, rindieron homenaje a Dios con todo su ser; mediante un acto de amor, unieron su voluntad al don que Dios les ofrecía, y con ese acto alcanzaron su fin sobrenatural.
 
Los demás se encerraron en sí mismos, y Dios no pudo hacer llegar la vida sobrenatural a esos corazones orgullosos; no podía violar en vano su libertad. Debido a su naturaleza puramente espiritual, su voluntad quedó fijada en el mal por ese primer acto. Se les concedió de inmediato lo que habían elegido. Mientras que los espíritus dóciles a la vocación sobrenatural entraban en el cielo de la gloria, disfrutaban inmediatamente de la visión de Dios en sí mismo, en el misterio de las Procesiones divinas que constituyen su Ser; ellos abandonaban incluso el cielo de la gracia y eran relegados para siempre a las regiones inferiores, al Gehena del infierno, castigo de su orgullo.
 
A la cabeza de ellos se encontraba Lucifer, el más perfecto de los ángeles y, por consiguiente, de todos los seres creados. Fueron su sugerencia y su ejemplo los que arrastraron a los demás. Al verse en la cima de la creación, no quiso mirar por encima de sí mismo, buscar su perfección y su bienaventuranza en la unión con una naturaleza superior a la suya, sino que quiso encontrarlas en sí mismo. Se encerró, pues, en su propia naturaleza, queriendo contentarse con disfrutar de sus facultades naturales.

“Espíritu magnífico y desdichado, te has encerrado en ti mismo; admirador de tu propia belleza, esta se ha convertido en una trampa para ti” (5). No solo fue una ingratitud, sino una rebelión contra Dios, a quien corresponde determinar el destino de cada una de sus criaturas.
 
No hay que atribuirle, como señala Santo Tomás, la insensata esperanza de destronar al Ser supremo, o de sentarse tras una dura lucha a su derecha como su igual (6). Solo tenía el deseo de ser semejante a Dios (7), es decir, de poder presentarse como autosuficiente, como alguien que no necesita ser perfeccionado por nada ajeno a sí mismo. Dios se definió a sí mismo: “Yo soy el que soy”. En su orgullo, Lucifer dijo: “Yo soy lo que soy. Dios no espera de ninguna naturaleza superior a la suya un plus de perfección; en eso quiero ser como Él. A mí también me basta con ser lo que soy por mi propia naturaleza y complacerme en ello”. “El demonio no permaneció en la verdad”, dice el Apóstol San Juan (8). La verdad es que incluso su naturaleza la había recibido de Dios y eso lo hacía dependiente de Él.

El orgullo le empujó aún más por ese camino, ya que Dios, al ofrecerle el estado sobrenatural, le revelaba sus designios sobre la naturaleza humana. Lucifer vio que, para entrar en unión con Dios y recibir en esa unión la vida sobrenatural, debía inclinarse ante un ser inferior a él en una de las dos naturalezas que debían componer su persona, el Hijo de Dios hecho Hombre, convertido en Jefe de toda la creación (9); e incluso ante la Mujer que, cooperando en la Encarnación del Verbo, merecería compartir su reinado sobre el universo, Cielo y tierra (10).

  
La culpa de Lucifer, el crimen de su orgullo desmesurado, consiste precisamente en rechazar lo sobrenatural; y la tentación a la que sometió a los ángeles que estaban por debajo de él, tras haber sucumbido él mismo a ella, puede denominarse, con toda propiedad, la tentación del naturalismo. Recordemos esta constatación, nos servirá de guía en el resto de este estudio, pues veremos cómo esa misma tentación se repite en el paraíso terrenal, y luego en el desierto, donde Jesús se retiró tras su bautismo; y es a ella también a la que está sometida la cristiandad desde el siglo XV, por la masonería, el judaísmo y el demonio.
 
En el cielo, esta tentación provocó lo que la Sagrada Escritura denomina: “La gran batalla. Et factum est praelium magnum in caelo. Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón, y el Dragón y sus ángeles lucharon; pero no pudieron vencer” (11).
 
Es la misma guerra que continúa aquí en la tierra y que, en nuestro caso, se presenta bajo este aspecto: “El antagonismo entre dos civilizaciones”. Para que se comprenda lo que fue en el cielo, y cómo en la tierra tiene como adversarios no solo a hombres contra hombres, sino también a seres humanos contra demonios. “No luchamos solo contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos que se mueven en el aire” (12), —es necesario señalar el orden, la jerarquía y la subordinación que Dios ha establecido entre sus criaturas.
 
En el nivel más bajo de la creación encontramos los seres inanimados, que solo tienen existencia; por encima de ellos, los que participan, en diversos grados, de la energía vital; luego, los animales racionales; y en la cima, las inteligencias puras. Sabemos, por nuestra propia experiencia, que los seres inferiores dependen de los seres superiores. Dios, al crear al hombre, dijo: “Que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los animales domésticos y sobre toda la tierra”; y nosotros ejercemos ese dominio.
 
En términos generales, lo mismo ocurre en el Cielo.

No solo existe entre los espíritus puros una diferencia de grados en el parecido con el ser divino, en la participación en su perfección, sino que también hay un intercambio entre los seres superiores y los inferiores, en el que los primeros dan a los segundos.  Esto es lo que explica, en un lenguaje sublime, san Dionisio el Areopagita o, al menos, el autor de los tratados que se le atribuyen.
 
“En este derramamiento liberador de la naturaleza divina -dijo- sobre todas las criaturas, una mayor parte recae sobre los órdenes de la jerarquía celestial, porque, en una interacción más inmediata y directa, la divinidad permite que el esplendor de su gloria fluya hacia ellas de manera más pura y eficaz”. Ahora bien, en toda constitución jerárquica, los grados de perfección dan lugar a grados de subordinación. “El último orden del ejército angélico es elevado a Dios por los augustos poderes de los grados más sublimes. ¿Cuál es el número, cuáles son las facultades de los diversos órdenes que forman los espíritus celestiales? Esto solo lo sabe con precisión Aquel que es el adorable principio de su perfección. La primera jerarquía está gobernada por el soberano iniciador mismo, y moldea a los espíritus subordinados a su imagen divina. No se entrega a los excesos del poder tiránico sobre ellos, sino que, elevándose hacia las cosas celestiales con una impetuosidad bien ordenada, atrae amorosamente a las inteligencias menos elevadas hacia el mismo objetivo. Debe entenderse —y esto lo dice todavía san Dionisio— que la jerarquía superior, más cercana en rango al santuario de la divinidad, gobierna la segunda por medios misteriosos; a su vez, la segunda, que contiene las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades, guía la jerarquía de Principados, Arcángeles y Ángeles”. Y esto rige la jerarquía humana para que el hombre pueda elevarse, volverse a Dios y unirse a Él. Así, por la armonía divina y la justa proporción, todos se elevan, uno tras otro, hacia Aquel que es el principio soberano y el fin de todo orden hermoso. Se le llama el Soberano Supremo porque atrae todas las cosas hacia Sí como hacia un centro poderoso, y porque comanda todos los mundos y los gobierna con plena y firme independencia, siendo al mismo tiempo objeto de el deseo y el amor universales. Todas las cosas se someten a su yugo por una inclinación natural y tienden instintivamente hacia Él, atraídas por los poderosos encantos de su amor indomable y dulce (13).

Por lo tanto, es una ley de naturaleza universal que entre las criaturas existe una jerarquía basada en la desigualdad de su participación en la perfección suprema, en la superioridad o inferioridad de la naturaleza que les ha tocado.
 
Los seres de naturaleza inferior, de menor perfección, están subordinados a los de naturaleza superior. Por lo tanto, los ángeles de rango superior ejercen sobre los que están por debajo de ellos lo que Santo Tomás llama Praelatio, una supremacía de autoridad y poder.
 
Esta prelatura pertenecía, por encima de toda la jerarquía de seres, al más sublime de todos los ángeles, a aquel que había recibido el nombre de Lucifer, portador de luz, por el papel que le fue dado en el Cielo y que Areopagita explica así: “Toda gracia excelente, todo don perfecto viene de lo alto y desciende del Padre de las luces. Él es una fuente fecunda y un amplio desbordamiento de luz que llena todas las mentes con su plenitud”.
 
Lucifer, situado en el primer rango, recibió así las primeras corrientes de este río de luz y vida que emana de Dios y de él; estas corrientes se extendieron luego a las esferas inferiores. De ahí su nombre, Lucifer, transmisor de luz.

A él le hubiera gustado conservar la prelatura que lo había glorificado tanto, y luchó por mantenerla en su poder. San Agustín, quien llama a Satanás “Perversus sui amor” (perverso en su amor), dice que en su pecado amó el poder que le pertenecía. “Angelum peccasse amando propriam potestatem” (14).

Quería conservar ese poder a pesar de que su pecado lo había transferido a otros.

Como consecuencia del pecado que él y sus discípulos acababan de cometer, surgió una nueva distinción entre los espíritus puros: algunos eran sobrenaturales, otros no. Ahora bien, lo sobrenatural introdujo a los primeros en un ámbito inaccesible para los segundos, otorgándoles una dignidad y prerrogativas que estos últimos ya no podían alcanzar. Prueba de ello reside en la alabanza que la Santa Iglesia rinde a una criatura humana, pero extraordinariamente sobrenaturalizada: la humanidad del Dios-Hombre. Exultata est super choros angelorum. También sabemos que la Santísima Virgen, Madre de Cristo, fue coronada Reina de los Ángeles.

Lucifer, al ver esto, aún quería mantener y afirmar la supremacía que la excelencia de su naturaleza le otorgaba sobre los demás ángeles. Ellos se resistieron, y surgió el clamor “¿Quis ut Deus?” (¿Quién como Dios?). Esto expresa acertadamente la naturaleza de esta resistencia. Marca una oposición fundamental a las sugerencias naturalistas de que Satanás sembró la discordia entre las huestes celestiales para mantener su dominio sobre sus hermanos. “¿Quién como Dios?”, respondieron. “¿Quién puede afirmar ser autosuficiente, subsistir en sí mismo, encontrar su fin último en sí mismo? Y, por otro lado, ¿quién puede ser superior a la criatura a quien Dios ha elevado a participar de su naturaleza divina? Dios, que está por encima de todo, otorga a la criatura a la que se une por gracia una dignidad que la eleva por encima de todas las demás en el mundo de la naturaleza pura”.

Así pues, las pretensiones de Lucifer y sus seguidores fueron rechazadas. Él, el príncipe de los arcángeles, quedó subordinado, por su orgullo, al último de los ángeles buenos en el orden natural.

Continúa...

Notas:

1) Condens in eis naturam et largiens gratiam. (S. Aug. De natura et gratia).

2) Blanc de Saint-Bonnet: L’ amour et la chute.

3) Initium omnis peccate superbia. Eccli., X, 15.

4) S. T., Pars I, Q. LXIII, art. 5.

5) Bossuet, Elévations, IVª semaine, 2ª Elevation.

6) El ángel que conoce a Dios, no como nosotros mediante el razonamiento, sino, como señala santo Tomás, mediante un conocimiento necesario e infalible que le proviene del conocimiento que tiene de sí mismo —una reproducción de la naturaleza divina, real y exacta, aunque infinitamente distante del modelo divino—, no podía tener tal idea.

7) Yo soy como el Altísimo. Is. XIV: 13, 14.

8) Juan VIII: 44.

9) Primogenitus omnis creaturae. Col. I, 15, 16, 17.
In omnibus Ipse primatum tenens. Ef. I, 20, 21, 22.
Pacificans... sive quae in caelis sunt. Col. I, 20.
Orígenes afirma que Jesús pacificó los cielos al conceder a los ángeles buenos el don de los dones, es decir, la vida sobrenatural. “Il coelis quidem non pro peccato sed pro munere oblatus est” (Hom. 2, Supra caput, 1 et 2, Levit.)

10) Al presentar Dios por segunda vez en la escena del mundo a su Hijo primogénito, dijo: “¡Que todos los ángeles lo adoren!”. Esta segunda presentación, esta nueva revelación hecha por el Padre, se refiere evidentemente a su Hijo situado en un segundo y nuevo estado, es decir, a su Hijo encarnado. Creer en el Hijo de Dios hecho hombre, esperar en él, amarlo, servirlo, adorarlo, tal era la condición de la salvación. Los dos testamentos nos dicen que el precepto se dirigió tanto a los ángeles como a los hombres: está escrito en uno y en otro: Et adorent eum omnea angeli ejus.
“Satanás se estremece ante la idea de postrarse ante una naturaleza inferior a la suya, y sobre todo ante la idea de recibir él mismo de esa naturaleza tan extrañamente privilegiada un aumento actual de luz, de ciencia y de mérito, así como un incremento eterno de gloria y bienaventuranza. Considerándose ofendido en la dignidad de su condición natural, se atrincheró en los derechos y exigencias del orden natural”, Cardenal Pío III, Instrucción sinodal. Véase, Somme théologique, P. I, Q. LXIV, a. I, ad IV. — Suarez dice lo mismo: De malig. ang. L. VII, C. XIII, n. 13 et 18.

11) Apoc. XII: 7.

12) Ef. VI: 12.

13) S. Dionisio Areopagita: De la hiérarchie céleste, Passim.

14) Genesi ad litteram, chap. XV.



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LA DEVOCIÓN A MARÍA BAMBINA

Así como Jesús es adorado en su Divina Infancia, María también es venerada en la suya. 


La contemplación de la infancia de la mujer elegida por Dios al principio de los tiempos (Génesis 3:15) para dar a luz al Salvador es una práctica antigua; la Iglesia incluso celebra su natividad el 8 de septiembre, uno de los tres únicos cumpleaños que reciben este honor, siendo los otros dos los de Jesús y su Precursor (San Juan Bautista). Todos ellos nacieron sin la mancha del pecado original -San Juan fue lleno del Espíritu Santo en el vientre de su madre (Lucas 1:13-17, 44)-, aunque solo Jesús y María fueron concebidos llenos de gracia.

La mayor parte de lo que sabemos de la infancia de la Virgen María proviene de fuentes apócrifas: el Evangelio de la Natividad de María, traducido del hebreo por San Jerónimo (340-420 d. C.) a partir de un manuscrito cuya fecha y origen desconocemos, y el Protoevangelio de Santiago, escrito alrededor del año 125 d. C. De estas obras, conocemos a sus padres, Santa Ana y San Joaquín, y es con ellos, especialmente con su madre, con quienes se suele representar a la niña María. También conocemos la concepción milagrosa de María, su consagración al Templo, etc., y los antiguos cristianos, conociendo estas historias, construyeron iglesias en honor a María y sus padres muy pronto en Jerusalén.

En el año 1007 d. C., en la ciudad de Milán, la iglesia de Santa María Fulcorina fue dedicada al Misterio de la Natividad de María y con el tiempo se convirtió en la catedral de Milán. La catedral actual fue construida y posteriormente consagrada por San Carlos Borromeo en el año 1572 d. C., dedicándose a “Mariae Nascenti” (La Natividad de María). Esta ciudad se convirtió, entonces, en uno de los centros de devoción a la Niña María.

Catedral de Santa María Nascente, Milán, Italia

Ciento sesenta y tres años después, la hermana Isabella Chiara Fornari, superiora de las Hermanas Clarisas de Todi, Italia, realizó una imagen de cera de la Virgen María niña (“María Bambina”). La llevó a Milán, donde pasó a manos de las Hermanas Capuchinas, y fue transmitida de generación en generación dentro de la Orden hasta que un sacerdote la entregó, en 1876, a la Casa Madre de las Hermanas de la Caridad de Milán, donde permanece hasta hoy. Con el paso del tiempo, la imagen de María Bambina se fue deteriorando y decolorando. El color de su “piel” adquirió un tono grisáceo amarillento, por lo que fue mantenida oculta, exhibiéndose únicamente en la Fiesta de la Natividad de María. En esa fiesta, en 1884, la hermana Josephine Woinovich, que sufría un dolor terrible y estaba postrada en cama debido a la parálisis de brazos y pies, pidió que le llevaran la imagen a su lecho para poder rezar mejor a la Virgen María pidiendo su intercesión. Su deseo fue concedido, y su petición inspiró a la Madre General a llevar a María Niña a visitar a las demás hermanas enfermas. Una de ellas se curó milagrosamente, y otras dos se curaron en los meses siguientes.


En enero del año siguiente, la imagen misma fue “sanada” en cierto sentido; sin ayuda humana, el tono gris amarillento de la “piel” fue reemplazado por los tonos naturales de la carne que conserva hasta hoy. La devoción a María se extendió gracias a estos milagros, y el 31 de mayo de 1904 la imagen fue solemnemente coronada por el Cardenal Ferrari. Las parejas comenzaron a venerar la imagen cuando intentaban concebir un hijo, y se convirtió en costumbre regalar a los recién casados ​​una pequeña figura de cera de María Niña el día de su boda. Se puede ver a María Niña en la Casa Madre de las Hermanas de la Caridad, Via Santa Sofía 13, Milán, Italia.

Oración a María Niña

Dios te salve, Niña María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita seas por siempre, y benditos sean tus santos padres Joaquín y Ana, de quienes naciste milagrosamente. 

Madre de Dios, intercede por nosotros.

A tu amparo acudimos, santa y amable Niña María, no desprecies nuestras súplicas en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, gloriosa y bendita Virgen.

V. Ruega por nosotros, santa Niña María.

R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Oremos: Oh Dios todopoderoso y misericordioso, que por la cooperación del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Inmaculada Niña María para que fuera digna Madre de tu Hijo, y la preservaste de toda mancha, concédenos que quienes veneramos con todo nuestro corazón su santísima infancia, seamos liberados, por sus méritos e intercesión, de toda impureza de mente y cuerpo, y podamos imitar su perfecta humildad, obediencia y caridad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
 

CARTA ABIERTA DEL PADRE MATTHEW CLIFTON AL PADRE CHRISTIAN THOUVENOT (2012)


En 2012, el padre Matthew Clifton fue destinado al Distrito Británico de la FSSPX, y dirigió una carta al secretario general de la FSSPX, el padre Christian Thouvenot, que residía en la sede de la Sociedad en Menzingen, Suiza.

Por Sean Johnson


Al igual que la carta anterior de esta serie escrita por el padre Damien Fox, esta sería la única declaración pública del padre Clifton en contra de la reorientación de la Compañía hacia la Roma no convertida.


27 de junio de 2012

Estimado Padre:

En vísperas del vigésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal, al tiempo que doy gracias a Dios Todopoderoso y a la Santísima Virgen por la gran gracia y misericordia que me han concedido, me siento impulsado a expresar mis reflexiones sobre los sufrimientos que afligen a nuestra querida Compañía.

Los acontecimientos ocurridos en la Compañía durante los últimos tres meses me han llevado primero a la tristeza y la angustia, y finalmente al desaliento y la ira. Las terribles divisiones que ahora debilitan a nuestra Compañía no son fruto de la rebelión ni de la desobediencia, sino que son claramente el resultado de un cambio radical de principios por parte de nuestros Superiores en relación con Roma. Abandonar la seguridad y la prudencia de la postura adoptada por la Compañía en la última reunión del Capítulo General (2006), a saber, la de rechazar cualquier acuerdo práctico con las autoridades romanas sin una resolución doctrinal de los errores del Concilio Vaticano II, ha resultado ser un desastre. En consecuencia, la Compañía, que siempre fue unida y fuerte, ahora está fracturada y debilitada: hermano contra hermano. No se ha presentado ningún argumento convincente que justifique un cambio de postura tan fundamental: el Santo Padre no ha modificado en absoluto su insistencia en la hermenéutica de la continuidad con respecto a la Tradición y las enseñanzas del último Concilio. Sin embargo, se pretende que aceptemos lo contrario.

Este enfoque no podía sino generar el profundo malestar que ahora afecta a nuestra Sociedad. Además, el abuso del secreto a tan gran escala por parte de nuestros actuales Superiores, junto con el privilegio otorgado a un pequeño grupo de personas de confianza que apoyan la nueva política hacia Roma, ha servido para exacerbar aún más esta dolorosa situación.

Por lo tanto, me resulta evidente que quienes realmente son responsables de la tormenta actual no son quienes han intentado preservar la firmeza de nuestra Sociedad y su profesión inequívoca de la fe católica frente a las autoridades conciliares, sino quienes optaron por abandonar la sensatez de insistir en una verdadera conversión por parte de la Roma modernista antes de contemplar un acuerdo práctico.

En vista de esto, la decisión del Superior General de excluir a uno de sus hermanos obispos (1) (elegido, al igual que él mismo, por Su Gracia el Arzobispo Lefebvre) de la Reunión Capitular de julio, junto con esta negativa a ordenar candidatos de comunidades religiosas que siempre han compartido con nosotros la misma lucha por la Tradición “hasta que se pueda garantizar su lealtad”, son profundamente inquietantes e injustas (2). Recurrir simplemente a sanciones cada vez mayores contra quienes se oponen a la novedad de la nueva política —a la que el Obispo Fellay aludió por primera vez en la edición de marzo de Cor Unum (3). Esto solo servirá para crear aún más división y perjudicar aún más a la Compañía. Por el contrario, estoy profundamente convencido de que solo un retorno a nuestra postura anterior, insistiendo en una verdadera conversión doctrinal por parte de Roma antes de cualquier acuerdo práctico, podrá restaurar la paz y la unidad en nuestra Compañía sacerdotal, siempre fiel al ejemplo y al espíritu de nuestro amado fundador, el arzobispo Marcel Lefebvre.

In Christo sacerdote et Maria Immaculata .

P. Matthew Clifton.


Notas:

1) La referencia alude a la exclusión de Williamson por parte de Fellay del Capítulo General, que se reuniría en un par de semanas.

2) Esta referencia específica se refería a los dominicos de Avrille (Francia), pero se aplicaba a todas las congregaciones religiosas afines: o se unían o buscaban otro obispo para realizar las ordenaciones. Era una extorsión espiritual.

3) Cor Unum es el boletín interno de la FSSPX, distribuido únicamente a los miembros sacerdotales (o religiosos). El artículo en cuestión, del número de marzo de 2012, aparecerá más adelante en esta colección, pero la idea principal era la siguiente: +Fellay, para defender la nueva postura, argumentó que existía una nueva situación en Roma que exigía una nueva respuesta de la FSSPX. Pronto, el “grupo de apologistas” del que habla el padre Clifton comenzaría a publicar artículos como “Ya no podemos ser de 1988”, del padre Simoulin (es decir, justificando el alejamiento de la postura de +Lefebvre, aun cuando fingían fidelidad).
 

1 DE MAYO: SAN FELIPE Y SANTIAGO EL MENOR, APÓSTOLES


1 de mayo: San Felipe y Santiago el Menor, Apóstoles

(✞ 54  - ✞ 62)

El glorioso apóstol de Cristo San Felipe fue natural de Betsaida, donde nacieron asimismo San Andrés y San Pedro.

Luego que San Felipe conoció a Cristo, comenzó a hacer oficio de apóstol, que era traer a otros al conocimiento y amor de Dios; y así trajo a Natanael a Cristo, de quien dijo el Señor que era verdadero israelita y hombre sin doblez ni engaño.

Antes de hacer nuestro Señor el gran milagro de la multiplicación de los panes en el desierto, preguntó a Felipe de dónde compraría pan para sustentar a aquella gran muchedumbre de pueblo, para darnos a entender con su respuesta la falta de pan que había, y la grandeza del milagro del Señor.

Después de la resurrección de Lázaro algunos gentiles vinieron a ver a Jesucristo, y tomaron por medio a San Felipe, declarándole su deseo, y Felipe y Andrés lo dijeron al Señor, el cual hizo gracias al Padre eterno porque ya los gentiles comenzaban a conocerles.

En aquel soberano sermón que el mismo Señor hizo a los apóstoles después de la sagrada cena, le dijo San Felipe:

- Señor, mostradnos al Padre.

Y de estas palabras tomó ocasión el Señor para revelarnos altísimos misterios de su divina naturaleza.

Después de la venida del Espíritu Santo, cupo a San Felipe la provincia de Asia superior, en la cual predicó el Santo Evangelio; de allí pasó a la Escita y por último a la ciudad de Hierápolis, donde los gentiles adoraban por Dios una víbora, y donde echaron mano al santo apóstol, y después de haberle azotado ásperamente, le crucificaron y mataron a pedradas.

Celebramos hoy también la memoria del apóstol Santiago el Menor, que nació en Caná de Galilea, el cual es llamado hermano del Señor, conforme a la costumbre de los hebreos que llamaban hermanos a los que eran primos, y por haber sido llamado al apostolado y después de Santiago, hermano de San Juan, se llama Santiago el menor.

Era apellidado también con el nombre de Justo, porque su vida era un retrato del cielo, y en las facciones del rostro se parecía a Cristo, y así muchos cristianos venían a Jerusalén a ver a Santiago.

Nunca comió carne ni bebió vino, y por tanto estar de rodillas, las tenía duras como de camello; jamás consintió que se le cortase el cabello, ni quiso bañarse ni ser ungido con óleo.

Era tan grande la opinión que tenían los judíos de su santidad, que a él solo le dejaban entrar en el sancto santorum.

San Pedro lo nombró Obispo de Jerusalén y en el primer Concilio que así se celebró dijo su parecer después de San Pedro.

Finalmente, después de haber gobernado la Iglesia de Jerusalén por espacio de treinta años y por haber predicado a Jesucristo en el templo, los fariseos, bramando como leones tomaron piedras contra él y le arrojaron del lugar eminente en el que predicaba, y mientras levantaba las manos al cielo rogando por sus enemigos, uno de ellos le dio con una pértiga en la cabeza, esparciéndole los sucesos por el suelo.

 

jueves, 30 de abril de 2026

RITUAL DE SANGRE: GUILLERMO DE NORWICH (1132–1144)

Guillermo de Norwich (1132–1144) fue un niño aprendiz que vivió en la ciudad inglesa de Norwich y que fue asesinado durante la Pascua de 1144. 
 

La comunidad judía francófona de la ciudad fue indicada como la responsable de su muerte, pero el crimen nunca se resolvió. El caso de Guillermo es el primer ejemplo conocido de libelo de sangre medieval.

La historia del niño está documentada en los escritos de Thomas de Monmouth, un monje benedictino y miembro del priorato de la catedral de Norwich, quien escribió la hagiografía The Life and Miracles of St William of Norwich (La vida y los milagros de San Guillermo de Norwich) en 1150 para solicitar la canonización de Guillermo. El priorato consagró las reliquias de Guillermo en la catedral. Sin embargo, nunca fue canonizado formalmente y el culto en torno a Guillermo cayó en el olvido en el siglo XVI. Sus reliquias se perdieron y casi no queda rastro de la pequeña capilla aislada dedicada a él en Mousehold Heath, situada cerca de donde se encontró su cuerpo.

Los judíos en Norwich

Se cree que la comunidad judía se estableció en Norwich hacia 1135, aunque un judío llamado Isaac aparece registrado en el Domesday Book en 1086. La mayor parte de la comunidad judía vivía en Jewry, el barrio judío de la ciudad, cerca del castillo. Ya por aquellos años, los judíos se encontraban vinculados con el poder y estaban estrechamente conectados con la clase gobernante anglonormanda y se encontraban bajo su protección.

Mapa de Norwich medieval (publicado en 1896). El barrio judío se muestra en rojo, situado cerca de la zona del castillo

Las tensiones entre los anglosajones locales y los normandos bien pudieron haber llevado a la conclusión de que los crímenes cometidos por los judíos francófonos eran encubiertos por los normandos francófonos. Las tensiones fueron particularmente altas durante el reinado de Esteban.

La narración histórica anglosajona

El asesinato de Guillermo de Norwich es mencionado en la  Peterborough Chronicle (Crónica de Peterborough), una versión de la Crónica anglosajona escrita entre 1273 y 1295. La relación cronológicamente ordenada de los hechos ocurridos describe el destino de Guillermo que se registró alrededor de 1155:

En su tiempo, los judíos de Norwich compraron a un niño cristiano antes de Pascua y lo torturaron con las mismas torturas con las que fue torturado nuestro Señor, y el Viernes Santo lo colgaron en una cruz por amor a nuestro Señor, y luego lo enterraron, imaginando que sería ocultado, pero nuestro Señor demostró que era un santo mártir, y los monjes lo recogieron y lo enterraron con reverencia en la iglesia, y a través de nuestro Señor realiza milagros maravillosos y múltiples; y se le llama San Guillermo.

La vida y los milagros de San Guillermo de Norwich

La principal fuente de información sobre Guillermo de Norwich proviene de una única copia de un manuscrito del siglo XII del monje benedictino Thomas de Monmouth, quien llegó a Norwich antes de 1150 para hacerse monje en el priorato de la ciudad, ahora la Catedral de Norwich. La copia que se conserva habría sido realizada menos de 10 años después de que se completara el original.

Iglesia medieval San Juan Bautista en Norwich

En su relato de la vida de Guillermo, Vita et Passione Sancti Willelmi Martyris Norwicensis (Vida y Pasión del Mártir San Guillermo de Norwich) Thomas de Monmouth describió las historias proporcionadas por observadores y testigos de los sucesos que rodearon la muerte de Guillermo, así como información que recibió sobre la comunidad judía de Norwich. Detalló cómo investigó el caso y visitó el lugar del crimen. El relato se presenta en siete libros, los dos primeros de los cuales contienen detalles del asesinato de Guillermo, pruebas que respaldan la acusación de que los judíos lo mataron y que, como mártir, fue canonizado.

Este documento fue legado a la iglesia de Santa María en Brent Eleigh hacia 1700; la iglesia lo vendió a la Biblioteca de la Universidad de Cambridge en 1891. 

Las primeras referencias a Vida y Pasión de San Guillermo de Norwich comenzaron a salir a la luz durante el siglo XVI gracias al anticuario John Leland y el clérigo de Anglia Oriental John Bale. 

La vida de Guillermo como aprendiz

Según relata Thomas de Monmouth, Guillermo nació el 2 de febrero de 1132 en el seno de una pareja local.

Thomas afirma en su investigación que encontró pruebas de que Guillermo era aprendiz de curtidor y desollador (por ello en algunas de sus representaciones gráficas se muestra con un cuchillo en la mano). Su trabajo lo puso en contacto con miembros de la población judía de la ciudad. Un hombre que decía trabajar para el arcediano de Norwich se acercó a su madre y le ofreció a Guillermo un trabajo en las cocinas del arcediano. Ella aceptó y le pagaron tres chelines para que dejara ir a su hijo. Guillermo y el hombre visitaron entonces a la tía de Guillermo, quien le dijo a su hija que los siguiera. La última vez que su familia vio a Guillermo con vida fue el Martes Santo, cuando él y el hombre entraron en la casa de un judío local.

Asesinato y entierro

Thomas relató que Guillermo fue torturado antes de ser asesinado. Su cuerpo fue encontrado el Sábado Santo de 1144 en Thorpe Wood, al norte de la ciudad. Fue visto por una monja, antes de que un leñador, Henry de Sprowston, encontrara a Guillermo. Henry vio que el niño había sido amordazado antes de sufrir una muerte violenta. Se decidió enterrar al niño en tierra no consagrada el Lunes de Pascua. Pero al verlo y reconocerlo los vecinos, se dispuso que el cuerpo fuera enterrado en el lugar del asesinato. Al día siguiente, miembros de la familia de Guillermo, uno de los cuales, Godwin Stuart, que era sacerdote, lo confirmaron como la víctima. Luego fue exhumado y enterrado nuevamente después de una Misa de Réquiem. 

Que sucedió después del crimen

La familia de Guillermo y sus compatriotas ingleses culparon sin dudar a la comunidad judía local por el crimen y exigieron justicia ante el tribunal eclesiástico del obispo Guillermo de Turbeville. El obispo convocó a miembros de la comunidad judía a comparecer ante el tribunal y someterse a un juicio por ordalía, pero el alguacil normando local, John de Chesney, les informó que el tribunal eclesiástico no tenía jurisdicción sobre ellos, ya que no eran cristianos.

A continuación, acogió a los judíos bajo su protección en el castillo de Norwich. Una vez que la situación se calmó, los judíos regresaron a sus hogares. El asunto resurgió dos años después, cuando un miembro de la comunidad judía fue asesinado en un incidente no relacionado. El rey Esteban accedió a investigar el asunto, pero posteriormente decidió no seguir adelante con la investigación.

Mientras tanto, el cuerpo de Guillermo había sido trasladado al cementerio del monasterio y entre los fieles cristianos estaba naciendo el culto en torno al niño como mártir cristiano y, a medida que el culto se desarrollaba, también se difundía la historia de cómo y por qué Guillermo había sido asesinado.

La Veneración de Guillermo de Norwich

En el Santuario de la Catedral de Norwich

El obispo Guillermo, con el objeto de hacer conocer al pueblo la verdad sobre este crimen atroz, animó al monje Thomas de Monmouth a interrogar a la gente del lugar y a escribir un libro con el resultado de sus investigaciones.

Tras ser enterrado en el cementerio de los monjes, el cuerpo de Guillermo fue nuevamente exhumado y trasladado a la catedral de Norwich, siendo colocado en la sala capitular en 1150 y cerca del altar mayor en 1151. La hagiografía de Thomas de Monmouth se dedicó principalmente a aportar pruebas de la santidad de Guillermo. El libro describe luces vistas en el lugar donde fue hallado el cuerpo y curaciones milagrosas ocurridas tras súplicas a Guillermo. Monmouth admitió en su libro que su prior se oponía al culto, argumentando que “había pocas pruebas de la piedad o el martirio de Guillermo”.

Un impulso a la popularidad del santuario ocurrió después de 1376, cuando Guillermo fue adoptado por el Gremio de Peltiers de Norwich, cuyo servicio anual en la Catedral de Norwich incluía a un niño que representaba a Guillermo. Había un gremio de eruditos dedicado a San Guillermo en la ciudad de Bishop's Lynn (ahora King's Lynn).

La capilla de San Guillermo en Mousehold Heath

Una capilla de madera habría sido sido construida en 1168 por el obispo de Norwich, Guillermo de Turbeville, cerca de donde se encontró el cuerpo del niño de 12 años en 1144. Según otra tradición, una capilla dedicada a Santa Catalina fue rededicada a San Guillermo en 1168. La referencia más antigua a esta capilla se encuentra en una bula papal de 1176, donde figuraba entre las posesiones del priorato de la catedral de Norwich y se la denominaba Capilla de Santa Catalina en Thorpe Wood (Capellum Sancte Katerine in Bosco de Thorpe). La última ofrenda en esta capilla se registró en 1506. Se desconoce la fecha exacta de la disolución, pero en 1550 el sitio fue arrendado por la catedral como “el patio de la capilla llamado San Guillermo en el Bosque”.

Guillermo de Norwich según un grabado de Adriaen Collaert

El anticuario de Norfolk, John Kirkpatrick, elaboró ​​un plano del sitio alrededor de 1720. Este plano muestra que en ese momento quedaban pocos restos de la capilla. Actualmente se encuentran en esas tierras dos recintos concéntricos que contienen montículos de escombros de sílex (una forma sedimentaria criptocristalina del mineral cuarzo), que probablemente sean los restos de la capilla y las dependencias de los monjes asociados. Es probable que el recinto exterior rodeara el antiguo cementerio.

Representación en paneles de iglesias

Se pueden ver imágenes de Guillermo de Norwich en iglesias de East Anglia, cerca de Norwich. Un panel de roble pintado que representa a Guillermo y Ágata de Sicilia, antiguamente parte de un coro alto en St John Maddermarket, Norwich, pero que ahora se encuentra en el Museo Victoria y Alberto, donde se muestra al niño sosteniendo un martillo y con tres clavos en la cabeza. 

Guillermo representado en una pintura sobre madera en la iglesia de Santa María Magdalena, Norwich (antes de 1470).

También aparece en los coros altos de las iglesias parroquiales de Worstead (Norfolk), Loddon (Norfolk) y Eye (Suffolk).

Consecuencias hacia los judíos de Inglaterra tras este crimen

Como consecuencia del resentimiento generado por el asesinato del niño Guillermo y la posterior intervención de las autoridades de Norwich, la creciente sospecha de connivencia provocó el repudio hacia los judíos y la población normanda, afines a ellos en la ciudad. La acusación específica de asesinato ritual contra los judíos de Norwich constituye el primer caso registrado de libelo de sangre en la Edad Media.

Tras la muerte de Guillermo se atribuyeron a los judíos varios otros asesinatos de niños, entre ellos el de Haroldo de Gloucester en 1168, el de Roberto de Bury en 1181 y el del pequeño San Hugo de Lincoln en 1255.

Durante el reinado de Ricardo Corazón de León, la actitud hacia los judíos ingleses se volvió cada día menos tolerante. Esto, junto con el aumento de la opinión pública a favor de una Cruzada y la generalización de todos, incluidos los no cristianos, llevó a que la delegación judía que asistió a la coronación de Ricardo en 1189 fuera atacada por la multitud. 

En ese momento se inició un ataque generalizado contra la población judía, que culminó en masacres de judíos en Londres, Bury y York, seguidas de otras en toda Inglaterra. 

Cuando la nobleza normanda de Norwich intentó sofocar los ataques contra la población judía, la pequeña nobleza y los campesinos se rebelaron contra los señores y atacaron a la comunidad judía de Norwich y sus cómplices. El 6 de febrero de 1190 se inició una cacería: los judíos que eran encontrados en sus casas en Norwich y también los que se habían refugiado en el castillo fueron ultimados.

Castillo de Norwich

La hostilidad contra los judíos continuó hasta que, en 1290, Eduardo I los expulsó de Inglaterra. No se les permitió oficialmente reasentarse en Inglaterra hasta después de 1655, cuando el Lord Protector Oliver Cromwell encargó la Conferencia de Whitehall para debatir las propuestas del  rabino y practicante de la Cábala Menasseh ben Israel. Si bien la Conferencia no llegó a un veredicto, se considera que esta reunión de destacados comerciantes, clérigos y abogados ingleses dio pie al inicio del reasentamiento de los judíos en Inglaterra.

La fiesta que recordaba a San Guillermo de Norwich era el 26 de marzo, pero fue eliminada del Calendario Universal.

Teorías posteriores para desvincular a los judíos de este crimen

El primer análisis del asesinato fue escrito en 1896 por el masón “erudito medievalista” británico Montague Rhodes James (famoso por sus relatos sobre fantasmas). Tras observar el uso que Thomas de Monmouth hacía de los testimonios para construir un relato coherente, James argumentó que esos relatos eran invenciones, poco fiables o manipulados para que encajaran en la historia. James sostenía que el carácter ritual del asesinato surgió solo después de que un hombre llamado Teobaldo (un judío converso al cristianismo), deseoso de congraciarse con la comunidad cristiana, promoviera la idea. James sugirió otras causas para la muerte de Guillermo, incluyendo la posibilidad de que fuera un accidente, o que Guillermo fuera asesinado y su asesino (o asesino accidental) escapara a la detección culpando a los judíos del crimen.

El crítico literario judío Joseph Jacobs especuló en 1897 que la familia de Guillermo había celebrado una crucifixión simulada durante la Pascua, en la que Guillermo cayó en un trance cataléptico y murió como consecuencia de ese hecho.

En 1933, el historiador judío Cecil Roth argumentó que un tipo diferente de crucifixión simulada pudo haber dado lugar a las acusaciones contra los judíos. Sugirió que las acusaciones contra los judíos se derivaban de una crucifixión simulada o mascarada que implica la ejecución simulada de Amán durante la fiesta de Purim
 
En 1938, el rabino Jacob R. Marcus comentó sobre Guillermo de Norwich y otros “supuestos casos similares”: “Durante generaciones se ha creído que ningún niño cristiano estaba a salvo en manos judías. Cientos de judíos han sido encarcelados, asesinados o quemados vivos bajo esta acusación. El Papado ha denunciado frecuentemente esta acusación, pero también es cierto que en numerosos casos la acusación de asesinato ritual no se formuló sino con el enérgico apoyo de las autoridades eclesiásticas locales. El autor, Thomas de Monmouth, monje del monasterio benedictino de Norwich, era una persona excepcionalmente crédula. Jessop, uno de los editores de la obra de Thomas, creía que el autor monástico pertenecía a la clase de los "engañadores y engañados". En el caso específico de Guillermo de Norwich, la evidencia, analizada críticamente, lleva a creer que realmente existió y que su cuerpo fue encontrado después de haber muerto violentamente. Sin embargo, todo lo demás pertenece al ámbito de la especulación”.

En 1984, el canadiense Gavin I. Langmuir (ferviente defensor de la causa judía) respaldó otra teoría de que el asesinato fue un crimen sexual, probablemente perpetrado por el autodenominado “cocinero”, señalando que el relato de Thomas de Monmouth habría sugerido que el cuerpo de Guillermo estaba desnudo de la cintura para abajo

La teoría de que Teobaldo mató a Guillermo fue revivida en 1988 por Zefira Rokeah (otra escritora afín a la causa judía). 

También se ha sugerido que el asesino fue “un sádico desconocido” y que la familia de Guillermo, que tenía prejuicios y odio contra los judíos en general, y por ser los judíos aliados de los normandos, tenían esperanzas de obtener la riqueza de los judíos locales para sí mismos (¡cuanta difamación por pensar que los cristianos son igual que ellos!). 

El autor judío Raphael Langham, en 2005 escribió que creía que Teobaldo era un individuo perturbado con odio hacia su propia comunidad y, por lo tanto, el asesino más probable.
 

EL AMOR DE LA SABIDURÍA ETERNA - (Cap 1)

Continuamos con la publicación del capítulo 1 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO PRIMERO 1

PARA AMAR Y BUSCAR A LA DIVINA SABIDURIA, ES NECESARIO CONOCERLA

NECESIDAD DE CONOCER A LA DIVINA SABIDURIA (1)

¿Se puede, acaso, amar lo que no se conoce? ¿Se puede amar con ardor lo que sólo se conoce imperfectamente?

¿Por qué es tan poco amada la Sabiduría eterna y encarnada, el adorable Jesús? ¡Porque poco o nada se le conoce! Apenas si hay alguien que estudie como es debido -junto con el Apóstol- (2) la sobreeminente ciencia de Jesucristo, la más noble, útil y necesaria de todas las ciencias y conocimientos del cielo y de la tierra.

Es, ante todo, la ciencia más noble. Efectivamente, tiene por objeto lo más noble y sublime, a saber: la Sabiduría increada y encarnada, que encierra en sí misma toda la plenitud de la divinidad y de la humanidad, todo lo grandioso que hay en el cielo y en la tierra, todas las criaturas visibles e invisibles, espirituales y corporales.

Dice San Juan Crisóstomo que Nuestro Señor es un compendio de las obras divinas, una síntesis de todas las perfecciones de Dios y de las criaturas.

“Jesucristo, Sabiduría eterna, es todo cuanto puedes y debes desear. Anhela poseerlo. Corre en busca suya. El es, en efecto, la perla incomparable y preciosa por cuya adquisición no debes temer vender todos tus bienes” (3).

Quien quiera gloriarse, que se gloríe de esto: de conocer y comprender que soy el Señor (4). Que no se alabe el sabio por su sabiduría, ni el fuerte por su fuerza, ni el rico por sus riquezas. El que se alabe, gloríese en conocerme y no en conocer otras cosas.

Nada tan dulce como el conocimiento de la Sabiduría divina. ¡Dichosos quienes la escuchan! ¡Más dichosos quienes la desean y buscan! Pero ¡mucho más dichosos los que andan por sus caminos y saborean en su corazón esa dulzura infinita que constituye el gozo y felicidad del Padre y la gloria de los ángeles! (5).

Si conociéramos la dicha interior que significa conocer la belleza de la Sabiduría, alimentarse a los pechos del Padre (6), exclamaríamos con la esposa del Cantar de los Cantares: Son mejores que el vino tus amores (7). La leche de tus pechos es más dulce que vino delicioso y que todas las dulzuras de las cosas creadas, sobre todo cuando dirige a las almas que la contemplan estas palabras: Gusten y vean…(8). Coman y beban y embriáguense (9) de mis dulzuras, pues su trato no desazona, su intimidad no deprime, sino que regocija y alegra (10).

Este conocimiento es también el más útil y necesario, porque la vida eterna consiste en conocer al Padre y a su Hijo Jesucristo (11). Conocerte a ti -dice el autor sagrado dirigiéndose a la Sabiduría- es justicia perfecta y acatar tu poder es la raíz de la inmortalidad (12). ¿Quieres, pues, realmente la vida eterna? Consigue el conocimiento de la Sabiduría eterna.

¿Quieres alcanzar la santidad perfecta en este mundo? -Conoce la Sabiduría.

¿Quieres plantar en tu corazón la raíz de la inmortalidad? -Adquiere el conocimiento de la Sabiduría.

Pues, conocer a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, es saber lo suficiente; pero saberlo todo, y no conocerlo a El, es no saber nada (13).

¿De qué le sirve al arquero saber tirar flechas a los lados del blanco si no sabe tirarlas al propio centro? ¿De qué nos servirán todas las otras ciencias necesarias a la salvación si carecemos de la de Jesucristo, única necesaria, centro y fin de todas ellas?

Aunque el Apóstol de las gentes sabía muchas cosas y era versadísimo en las letras humanas, confesaba que sólo quería conocer a Jesucristo crucificado. Con ustedes decidí ignorarlo todo, excepto a Jesucristo, y a éste crucificado (14).

Digamos, pues, con él: Todo eso que para mí era ganancia, lo tuve por pérdida comparado con Cristo; más aún: cualquier cosa tengo por pérdida al lado de lo grande que es haber conocido personalmente a Cristo Jesús, mi Señor (15).

Veo y experimento ahora que esta ciencia es tan excelente, deliciosa, provechosa y admirable, que ya no tengo en cuenta las demás. Aquellas ciencias que en otro tiempo me habían agradado tanto, ahora me parecen tan vacías y ridículas, que entretenerme en ellas sería perder el tiempo.

Les digo esto para que nadie los desoriente por discursos capciosos… Cuidado con que haya alguno que los capture con este sistema de vida (16). Les digo que Jesucristo es el abismo de todas las ciencias, con el fin de que no se dejen seducir por los hermosos y magníficos discursos de los oradores ni por los sofismas tan engañosos de los filósofos. Crezcan en el favor y el conocimiento de Nuestro Señor Jesucristo (17).

¡Bien! A fin de que todos crezcamos en la gracia y conocimiento de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, Sabiduría encarnada, trataremos de él en los capítulos siguientes, después de distinguir diversas clases de sabiduría.

2 - DEFINICION Y DIVISION DEL ARGUMENTO

Si nos atenemos al sentido del término “sabiduría” quiere decir “ciencia sabrosa”, o sea, el gusto de Dios y de su verdad (18).

Hay varias clases de sabiduría:

En primer lugar, distingamos la sabiduría verdadera de la falsa. La verdadera es el gusto de la verdad, sin mentira ni disfraz. La falsa es el gusto de la mentira, con apariencia de verdad. La falsa es la sabiduría o prudencia humana. A la que el Espíritu Santo divide en terrena, carnal y diabólica (19).

La verdadera sabiduría se divide en natural y sobrenatural. La natural es el conocimiento de las cosas naturales en sus últimos principios. La sobrenatural es el conocimiento de las cosas sobrenaturales y divinas en su propio origen. La sabiduría sobrenatural se divide en sustancial e increada y en accidental y creada. La sabiduría accidental y creada es la comunicación que hace de sí misma a los hombres la Sabiduría increada; en otras palabras: es el don de la sabiduría. La Sabiduría sustancial e increada, a su vez, es el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad, es decir, la Sabiduría eterna en la eternidad y Jesucristo en el tiempo.

Hablamos de esta Sabiduría eterna.

La contemplaremos, subiendo hasta su origen en la eternidad, en el seno del Padre, como objeto de sus complacencias. La veremos brillar en el tiempo, durante la creación del universo.

Luego la contemplaremos en su encarnación y su vida mortal y, por último, la encontraremos gloriosa y triunfante en el Cielo. Terminaremos nuestro estudio examinando los medios necesarios para adquirirla y conservarla.

Dejo, pues, a los filósofos los argumentos de su ciencia. Son inútiles. Y dejo a los alquimistas los secretos de su sabiduría mundana.

Con los hombres hechos, sin embargo, exponemos un saber; pero no un saber del mundo este… (20).

Hablaré, pues, a las almas perfectas y predestinadas de la verdadera sabiduría, de la Sabiduría eterna, increada y encarnada.

Continúa...

Notas:

1) En forma muy pedagógica insiste el autor sobre la noción mínima que se debe tener de "sabiduría" para poder correr en busca de ella.

2) Ef 3: 19.

3) San Bernardo, Vita Mystica seu de Passione Domini c 22 n 75: PL 184,679.

4) Jr 9: 23

5) Sabiduría y felicidad. La Sabiduría ofrece todos los dones (Sb 8,1ss). Pero entre los más señalados se halla el de la felicidad… Un hecho significativo en el Nuevo Testamento es que Jesús introduce su mensaje de “vida” proponiendo a sus seguidores las “bienaventuranzas” (Mt 5,3-12).

6) “Mamilla Patris”: la expresión se encuentra en Clemente de Alejandría. Es la experiencia misma de Dios y de sus dones. Es la “ciencia de los santos”, la experiencia de Dios.

7) Ct 1: 1.

8) Sl 34(33),9.

9) Ct 5: 1


10) Sb 8: 16.

11) Jn 17: 3.

12) Sb 15: 3.

13) Adaptación de un texto de San Agustín, Confesiones, 5, c 4, n 7: PL 32,708-709.

14) 1 Cor 2: 2.

15) Flp 3: 7-8.

16) Col 2: 4.8.

17) 2 Pe 3: 18

18) La explicación sabiduría = ciencia sabrosa, que hace derivar “sabiduría” de "saber=tener buen sabor", se basa en una etimología popular… muy apropiada a la finalidad que busca el autor. Los términos en torno a “saborear” aparecen muchas veces en el P. de Montfort: cuando, hacia el final de su vida, envía en peregrinación al santuario de Saumur a treinta y tres penitentes, les da una consigna muy precisa: “No tendrán en esta peregrinación otra finalidad que: a) alcanzar de Dios… buenos misioneros…; b) alcanzar el don de sabiduría a fin de conocer, saborear y practicar la virtud y hacerla saborear y practicar por los demás” (BAC 451, 618). Esa etimología se encuentra ya en San Isidoro, Etym. 10: PL 82,392-393; en Santo Tomás, S. Th. I q.43 a.5 ad 2; en San Bernardo, Sermo 85, in Cant. n 8,9: PL 183,1191-1192.

19) St 3: 15.17.

20) 1 Cor 2: 6
 

3. Reflexiones de Autor
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (102)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


102. Encuentro con el ex pastor Jonatán y curación de Juana de Cusa (56).
8 de febrero de 1945.

1 Los discípulos están detrás, cenando, en el espacioso taller de José. El banco hace de mesa. Todo lo que se requiere para la cena está encima del banco. Pero veo que el taller es también dormitorio. Sobre los otros dos tablones del carpintero hay esteras que los convierten en lechos. Unas yacijas bajas (esteras sobre cañizos) han sido colocadas al pie de las paredes. Los apóstoles hablan entre sí y con el Maestro.
“¿Entonces es verdad que vas a subir al Líbano?” pregunta Judas Iscariote.
“No prometo nunca si luego no voy a mantener, y en este caso lo he prometido dos veces: a los pastores y a la nodriza de Juana de Cusa. He esperado los cinco días que le había dicho y he añadido aún hoy por prudencia. Pero ahora parto. En cuanto salga la Luna nos pondremos en marcha. Será un largo camino, aunque usemos la barca hasta Betsaida. No obstante, será para mi corazón motivo de gozo saludar también a Benjamín y a Daniel. Ya ves qué almas tienen los pastores. ¡Oh!, merece la pena ir a honrarlos; efectivamente, ni siquiera Dios mengua honrando a un siervo suyo, antes bien acrecienta su justicia”.
“¡Con este calor!... piensa lo que haces. Lo digo por ti”.
“Las noches son ya menos sofocantes. El Sol aún durante un poco está en León, y las tormentas hacen menos abrasador el calor. Y, además, os lo repito: no obligo a nadie a venir. Todo es espontáneo en mí y en torno a mí. Si tenéis otras ocupaciones o si os sentís cansados, quedaos. Nos volveremos a ver después”.
“Eso, Tú lo has dicho. Yo tendría que ocuparme de asuntos de mi casa. Llega el tiempo de la vendimia y mi madre me había rogado que viera a algunos amigos... Ya sabes, yo soy, en el fondo, el cabeza de familia; quiero decir que soy el hombre de mi familia”.
Pedro barbotea: “Menos mal que se acuerda de que la madre es siempre la primera después del padre”.
Judas, bien porque no oiga, bien porque no quiera oír, no muestra entender el barboteo, que, por lo demás, Jesús frena con una mirada, mientras Santiago de Zebedeo, sentado al lado de Pedro, le da un tirón de la túnica para que se calle.
“Ve, Judas, ¿cómo no? Es más, debes ir. No se debe desobedecer a la madre”.
“Entonces me voy enseguida, con tu permiso. Estaré en Naím con tiempo para encontrar todavía alojamiento. Adiós, Maestro; adiós, amigos”.
“Sé amigo de la paz, y merece tener siempre a Dios contigo. Adiós” dice Jesús, mientras los demás se despiden de él al unísono.
No se ve mucha pena al verle partir; más bien lo contrario... Pedro, quizás por temor a que Judas se arrepienta, le ayuda a apretar los cordones de su talego y a metérselo en bandolera, le acompaña hasta la puerta del taller (que ya estaba abierta, como la otra que da al huerto –sin duda para ventilar la habitación agobiante después de un día tórrido–), está en la puerta mirándole marcharse y, cuando le ve que realmente se aleja, hace un gesto de alegría y de irónico adiós, y vuelve frotándose las manos. No dice nada... ya ha dicho todo. Alguno que ha visto lo sucedido se ríe disimuladamente.

2 Pero Jesús no lo advierte, porque está escrutando a su primo Santiago, el cual se ha puesto colorado y se ha entristecido, dejando de comer sus aceitunas. Le pregunta: “¿Qué te pasa?”.
“Has dicho: "No se debe desobedecer a la madre...". ¿Y nosotros, entonces?”.
“No sientas escrúpulo. En general se debe hacer así, cuando no se es más que hombre e hijo de una carne; más, cuando se ha adquirido otra naturaleza y otra paternidad, no. Deben seguirse las prescripciones y deseos de ésta, que es más alta. Judas ha llegado antes de ti y antes que Mateo... pero aún está muy atrás; es necesario que se forme, y lo hará muy lentamente. Tened caridad con él; ¡ten caridad, Pedro! Yo lo comprendo... pero te digo: ten caridad. Soportar a las personas molestas es una virtud nada común. Úsala”.
“Sí, Maestro... pero, cuando le veo tan... tan... Bien, cállate, Pedro, total... El entiende... tengo la impresión de ser una vela que está demasiado tirante por el viento... Crujo, me hace crujir este esfuerzo, y se me rompe siempre algo... Ahora bien, Tú sabes, bueno... no sabes, porque como barquero no vales nada... Por tanto te lo digo yo: si a una vela, por demasiada tensión, se le rompen todas las amarras, te juro que le da un voleo tal al inexperto barquero, que le atonta... Bueno, pues yo siento que... corro el riesgo de que se me rompan todos los lazos... y entonces... Es mejor, sí, que de vez en cuando se vaya él. Así la vela, faltándole el viento, se calma, y a mí me da tiempo a reforzar las amarras”.
Jesús calla y menea la cabeza, compadeciendo al justo y fogoso Pedro.

3 Un estrépito de cascos herrados y un vocerío de chicos llega de fuera. “¡Aquí es! ¡Aquí es! ¡Para, hombre!”. Y, antes de que Jesús y los discípulos encuentren una explicación, ante el vano de la puerta se presenta el cuerpo oscuro de un caballo humoso de sudor, y baja un hombre; éste se apresura a entrar como un bólido y se postra a los pies de Jesús besándoselos con veneración.
Todos miran asombrados. 
“¿Quién eres? ¿Qué quieres?”.
“Soy Jonatán”.
Responde un grito de José, que, por estar sentado detrás del alto banco, y por lo fulminante de la llegada, no ha podido reconocer al amigo. El pastor corre hasta el hombre postrado: “¡Tú! ¡Si eres tú!...”.
“Sí. Adoro a mi adorado Señor. Treinta años de esperanza –¡Oh, larga espera!–, que florecen ahora como flor solitaria de agave; y florecen en un instante, en un éxtasis feliz, más feliz aún que aquél, lejano. ¡ Oh, mi Salvador!”.
Mujeres, niños y algún hombre, entre los cuales el buen Alfeo de Sara, que tiene todavía un pedazo de pan y queso en la mano, se arremolinan en la entrada y hasta dentro de la espaciosa estancia.
“Álzate, Jonatán. Iba a ir a buscarte, como también a Benjamín y Daniel...”.
“Lo sé...”.
“Álzate, para darte el beso que ya he dado a tus compañeros”. Le obliga a levantarse y le besa.

4 “Lo sé” repite el fornido anciano, de buen porte y buena vestimenta. “Lo sé. Ella tenía razón. No era delirio propio de uno que está muriendo. ¡Oh, Señor Dios! ¡Cómo ve el alma y cómo te oye, cuando Tú la llamas!”. Jonatán está emocionado.
Pero se repone. No pierde su tiempo. Activo, a pesar de su actitud adorante, se centra en su objetivo: “Jesús, Salvador y Mesías nuestro, he venido a rogarte que vengas conmigo. He hablado con Ester y me ha dicho... Pero antes, antes Juana había hablado contigo y me había dicho... ¡Oh, no os burléis de un hombre dichoso, vosotros que escucháis, dichoso y angustiado hasta obtener tu "Voy"! Ya sabes que estaba de viaje con la patrona moribunda. ¡Qué viaje! De Tiberíades a Betsaida fue bueno; pero luego, dejada la barca y tomado un carro, a pesar de haberlo acondicionado lo mejor que podía, fue una tortura. Se viajaba despacio y de noche, pero ella sufría. En Cesarea de Filipo estuvo a punto de morir de los vómitos de sangre. Nos detuvimos... A la tercera mañana, hace siete días, me manda llamar. De lo blanca y agotada que estaba, parecía ya muerta. Pero cuando la llamé abrió sus dulces ojos de gacela agonizante y me sonrió. Me indicó con la manita helada que me curvase –porque tiene sólo un hilo de voz– y me dijo: "Jonatán, llévame a casa; pero inmediatamente". Era tan grande el esfuerzo de su orden –ella que es siempre más dulce que una buena niña– que se le colorearon las mejillas y, durante un momento, recobraron el fulgor sus ojos. Continuó diciéndome: "He soñado con mi casa de Tiberíades. Dentro estaba Uno con rostro de estrella, alto, rubio, con ojos de cielo y una voz más dulce que sonido de arpa. Me decía: 'Yo soy la Vida. Ven. Vuelve. Te espero para dártela'. Quiero ir". Yo decía: "¡Pero, patrona!... ¡No puedes! ¡Estás mal! Ahora, cuando estés mejor, veremos". Lo consideraba delirio de moribundo. Pero ella se echó a llorar y luego... –es la primera vez que lo ha dicho en estos seis años que la tengo como patrona; e incluso, de ira, se sentó (ella, que no tiene fuerzas para nada)– y luego me dijo: "Siervo, lo quiero. Yo soy tu patrona. ¡Obedece!"; y cayó envuelta en sangre. Creí que moría... y me dije: "Démosle gusto. ¡Muerte por muerte!... No sentiré el remordimiento de no haberla complacido al final, después de haber querido hacerlo siempre". ¡Qué viaje! No quería descansar ella, aparte de las horas entre tercia y sexta. He agotado a los caballos para abreviar. Hemos llegado a Tiberíades esta mañana a la hora de nona. Ester me ha referido... Entonces he entendido que eras Tú quien la había llamado, porque coincidían la hora y el día en que Tú prometías un milagro a Ester y te aparecías al espíritu de mi patrona. Ha querido proseguir en cuanto fue la hora de nona, y a mí me ha mandado adelante... ¡Oh, ven, Salvador mío!”.
“Voy en seguida. La fe merece premio. Quien me desea me tiene. Vamos”.
“Espera. He arrojado mientras venía una bolsa a un joven, diciendo: "Tres, cinco, los asnos que queráis, si no tenéis caballos; rápido, a la casa de Jesús". Estarán para llegar. Así abreviaremos. Espero encontrarla cerca de Caná. Si al menos...”.
“¿Qué, Jonatán?”.
“Si al menos estuviera viva...”.
“Viva está. Pero, aunque estuviese muerta, Yo soy Vida. Aquí está mi Madre”.

5 La Virgen, avisada sin duda por alguien, efectivamente está acudiendo seguida de María de Alfeo. “Hijo, ¿te vas?”.
“Sí, Madre. Voy con Jonatán. Ha venido. Sabía que podría dártele a conocer. Por eso he esperado un día más”.
Jonatán ha expresado primero un profundo saludo con los brazos cruzados sobre el pecho. Ahora se arrodilla y realza ligeramente la túnica de María y besa su borde diciendo: “¡Saludo a la Madre de mi Señor!”.
Alfeo de Sara dice a los curiosos: “¿Qué decís a esto? ¿No deberíamos avergonzarnos de ser sólo nosotros quienes no tenemos fe?”.
Un estrépito numeroso de cascos se oye en la calle. Son los borricos. Creo que son todos los de Nazaret; y son tantos, que bastarían para un escuadrón. Mientras Jonatán escoge los mejores y contrata, pagando sin escatimar, y toma consigo a dos nazarenos con otros borricos (por miedo a que algún animal, por el camino, pierda las herraduras, y para que puedan volver con toda esta rebuznadora caballería asnal), María y la otra María ayudan a cerrar sacos y talegos.
María de Alfeo dice a sus hijos: “Dejaré aquí vuestras camas, y las acariciaré... Me parecerá estaros acariciando a vosotros. Sed buenos, dignos de Jesús, hijos... y Yo... yo me sentiré feliz...” y mientras dice esto vierte gruesos lagrimones.
María ayuda por su parte a su Jesús, y le acaricia con amor, haciendo mil recomendaciones y encargos para los otros dos pastores libaneses –porque Jesús declara que no volverá antes de encontrarlos–.

6 Se ponen en marcha. Ha caído la tarde y el cuarto creciente de la Luna se alza ahora. A la cabeza va Jesús con Jonatán; detrás, todos los demás. Mientras están en la ciudad van al paso, porque la gente se arremolina. Pero, en cuanto salen, van al trote, en una caravana sonora de cascos y cascabeles.
“Está en el carro con Ester” explica Jonatán. “¡Oh, patrona mía! ¡Qué alegría, hacerte feliz! ¡Llevarte a Jesús! ¡Oh, mi Señor! ¡Tenerte aquí, a mi lado! ¡Tenerte!... Tienes justamente el rostro de estrella que ella te ha visto, y eres rubio y con ojos de cielo, y tu voz es realmente un sonido de arpa... ¡Oh, pero tu Madre!... ¿La vas a llevar a la patrona un día?”.
“Irá la patrona a Ella. Serán amigas”.
“¿Sí?... Sí, puede serlo, Juana está casada y ha sido madre, pero tiene un alma pura como una virgen. Puede estar junto a María bendita”.
Jesús se vuelve por una fresca carcajada de Juan, seguida de la de todos los demás.
“Quien provoca la risa soy yo, Maestro. En la barca me siento más seguro que un gato... ¡pero, aquí encima!... ¡Parezco una cuba dejada a su aire sobre el puente de un navío en manos del ábrego!” dice Pedro.
Jesús sonríe y le anima, prometiendo concluir pronto la trotada.
“No es nada. Si los muchachos se ríen, no es nada malo. Vamos, vamos a llevar la felicidad a esta buena mujer”.
Jesús se vuelve una vez más por otra explosión de risas.
Pedro exclama: "No, esto no te lo digo, Maestro. Y... ¿por qué no? Sí que lo digo. Estaba diciendo: nuestro supremo ministro se va a tirar de los pelos, al saber que ha faltado justo cuando se podía pavonear con una dama". Y ellos se ríen. De todas formas es así. Estoy seguro de que, si se lo hubiera imaginado, no hubiera tenido viñas paternas que tutelar”.
Jesús no rebate.

7 Se recorre rápido el camino sobre estos borriquillos bien nutridos. Con el claro de luna dejan atrás Caná.
“Si me permites, te precedo. Paro el carro. Los movimientos bruscos la hacen sufrir mucho”.
“Ve, sí”.
Jonatán pone el caballo al galope.
Siguen y siguen bajo la luz blanca de la Luna. Luego... la forma oscura de un voluminoso carro cubierto, parado en el borde del camino. El asno en que va Jesús, instigado por El, alcanza un pequeño galope sesgado. Jesús llega al carro. Se apea.
“¡El Mesías!” anuncia Jonatán.
La anciana nodriza se arroja del carro al camino, del camino al polvo. “¡Oh, sálvala! Se está muriendo”.
“Aquí estoy”. Y Jesús sube al carro, donde hay, extendido, un considerable número de almohadones y sobre ellos un cuerpo exiguo. Hay un farolito en un ángulo, y copas y ánforas. Y una joven criada llorando, que está secando el sudor helado de la moribunda. Jonatán acude con uno de los faroles del carro.
Jesús, se inclina hacia la mujer decaída, verdaderamente moribunda. No hay diferencia entre el candor del vestido de lino y la palidez, incluso ligeramente azulada, de las manos y del rostro esqueléticos. Sólo las pobladas cejas y las largas pestañas negrísimas proporcionan un color a ese rostro de nieve. Ni siquiera tiene ya ese rojo infausto de los tísicos en los pómulos descarnados. Los labios, semiabiertos por el respiro dificultoso, son apenas una sombra de un rosa violáceo.
Jesús se arrodilla a su lado y la observa. La nodriza le coge una mano y la llama, pero el alma, ya en los umbrales de la vida, no oye nada.
Habiendo llegado los discípulos y los dos jóvenes de Nazaret, se agolpan en torno al carro.
Jesús pone una mano sobre la frente de la moribunda, la cual un momento abre los ojos nublados y vagos para volver a cerrarlos luego.
“Ya no oye nada” gime la nodriza. Y llora con más fuerza.
Jesús hace un gesto: “Madre, oirá. Ten fe”. Y luego llama: “¡Juana! ¡Juana! ¡Soy Yo! Soy Yo quien te llama. Soy la Vida. Mírame, Juana”.
La moribunda abre con una mirada más viva sus grandes ojos negros, y mira al rostro que hacia ella se ha inclinado. Manifiesta un movimiento de alegría y una sonrisa. Mueve despacio los labios: una palabra que no llega a adquirir sonido.
“Sí, Yo soy. Has venido y Yo he venido, a salvarte. ¿Puedes creer en mí?”.
La moribunda asiente con la cabeza. Toda la vitalidad está concentrada en la mirada (como también toda la palabra, no pudiendo expresarla de otra manera).
“Pues bien (Jesús, aunque permanezca de rodillas y con la izquierda sobre la frente de ella, se endereza y toma el aspecto de milagro), pues bien, Yo lo quiero, quedas curada, levántate”. Quita la mano y se alza en pie.
Una fracción de minuto y Juana de Cusa, sin ningún tipo de ayuda, se sienta, emite un grito, y se arroja a los pies de Jesús gritando con voz fuerte y dichosa: “¡Oh, amarte, mi Vida! ¡Para siempre! ¡Tuya! ¡Para siempre tuya! ¡Nodriza! ¡Jonatán! ¡Estoy curada! ¡Rápido! ¡Corred a decírselo a Cusa! ¡Que venga a adorar al Señor! ¡Oh, bendíceme, sigue haciéndolo, sigue, sigue! ¡Oh, mi Salvador!”. Llora y ríe besando los indumentos y las manos de Jesús.
“Te bendigo, sí. ¿Qué más quieres que te haga?”.
“Nada, Señor. Sólo quererme y dejar que yo te quiera”.
“¿Y no querrías un niño?”.
“¡Oh, un niño!... En tus manos lo dejo, Señor. Yo te abandono todo: mi pasado, mi presente, mi futuro. Te debo todo, todo te doy. Da Tú a tu sierva lo que consideres mejor”.
“Entonces, la vida eterna. Sé feliz. Dios te ama. Yo me marcho. Te bendigo y os bendigo”.

8 “No, Señor. Quédate un tiempo en mi casa, que ahora es realmente rosal florido. Permíteme que vuelva a ella contigo... ¡Dichosa de mí!”.
“Voy. Pero tengo a mis discípulos”.
“Mis hermanos, Señor. Juana tendrá, tanto para ellos como para ti, comida y bebida, y todo tipo de refrigerio. ¡Concédemelo!”.
“Vamos. Que se vuelvan los burros, seguidnos a pie. El camino ya es poco. Iremos lentamente para que podáis seguirnos. Adiós, Ismael y Aser. Despedidme una vez más de mi Madre y de mis amigos”.
Los dos nazarenos, estupefactos, parten con sus rebuznadores asnos, mientras el carro emprende el retorno con su carga de alegría, ahora. Detrás van los discípulos en grupo comentando el hecho.
Y todo termina.

Continúa...

Nota:

56) Cfr. Lc. 8, 1–3.