martes, 12 de mayo de 2026

EL VATICANO II Y LA LIBERTAD RELIGIOSA

Una pequeña gota de veneno en apenas unas palabras: “es necesario que a la vez se reconozca y respete el derecho a la libertad en materia religiosa”.

Por Frank Rega


A raíz de las conversaciones entre el Vaticano y la Sociedad de San Pío X, han aparecido numerosos artículos en los medios católicos tradicionales sobre la libertad religiosa y la Dignitatis Humanae (DH). Los críticos suelen debatir sobre la conciliación de DH con el catolicismo tradicional. Si bien la Iglesia siempre ha sostenido que la manifestación pública de religiones falsas puede tolerarse en circunstancias excepcionales, DH afirma que las personas deben gozar de un “derecho civil” positivo para practicar y propagar públicamente cualquier religión, dentro de los límites debidos. Por lo tanto: libertad religiosa al estilo del concilio Vaticano II.

Aquí están las frases clave de la DH: “en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos” (1). Y, “Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil” (2).

Las consecuencias de la doctrina de DH sobre la libertad religiosa son tan graves que parece haber reticencia por parte de los críticos a afrontar el panorama general; no quieren ver el bosque, o se niegan a reconocerlo, sino que se centran en los árboles.

La postura del documento sobre la libertad religiosa repudia vergonzosamente el Primer Mandamiento del Antiguo Testamento al legalizar el culto a dioses falsos. También neutraliza esencialmente la enseñanza del Nuevo Testamento de que la salvación es solo a través de Jesucristo. Además,DH constituye una renuncia a cualquier derecho o deber espiritual o moral que la Iglesia, por Derecho Divino, tenga sobre el Estado, puesto que Jesucristo es Rey de reyes y Señor de señores. No se trata simplemente de discontinuidades con la tradición o desarrollos legítimos de la doctrina, sino de apostasía.

Incluso el Estado confesional católico queda sin poder gracias a DH, que establece: “Si, consideradas las circunstancias peculiares de los pueblos, se da a una comunidad religiosa un especial reconocimiento civil en la ordenación jurídica de la sociedad, es necesario que a la vez se reconozca y respete el derecho a la libertad en materia religiosa a todos los ciudadanos y comunidades religiosas” (3).

Por ello, tras el concilio, los Concordatos entre el Vaticano y las pocas naciones que aún profesaban el catolicismo como su religión oficial tuvieron que ser modificados para permitir la igualdad de derechos públicos a otras religiones y dioses. Así, el concilio ha intentado colocar una piedra sobre el sepulcro de la cristiandad.

Un autor que ha escrito sobre este tema ha afirmado que la condición de que la práctica pública de religiones falsas deba estar “dentro de los límites debidos” es la salvación de DH. Expresa su esperanza de que en las conversaciones entre el Vaticano y la FSSPX, el papa aclare estos límites variables y cambiantes (4).

Pero, ¿cómo se pueden aplicar límites debidos al culto público de dioses falsos, en términos de un derecho positivo? La verdadera Iglesia jamás podría admitir un derecho civil garantizado a desobedecer el primer y más grande mandamiento, para permitir el culto a demonios e ídolos, dentro de “límites debidos”. Una vez más, se trata de una reticencia a ver el panorama completo y admitir la gravedad de lo que propone DH.

Una gota de veneno

El Papa León XIII, en su encíclica Satis Cognitum (5), advirtió sobre la necesidad de salvaguardar la integridad de la fe frente a quienes discrepan en cualquier punto de la verdadera doctrina de la Iglesia. Aun admitiendo todo el ciclo doctrinal, “con una sola palabra, como con una gota de veneno”, pueden contaminar la fe apostólica.

DH es un ejemplo perfecto de lo que advirtió el Papa León XIII. Rinde la debida obediencia al Orden Divino y a la única religión verdadera, que es la Iglesia Católica... perdón, que “subsiste” en la Iglesia Católica. Está repleto de tópicos y lugares comunes que afirman que nadie debe ser coaccionado a adoptar una religión en particular.

Pero encontramos el veneno sutilmente administrado en la primera sección de DH: la libertad religiosa, a su vez, que los hombres exigen como necesaria para cumplir con su deber de adorar a Dios, tiene que ver con la inmunidad frente a la coacción en la sociedad civil. Por lo tanto, deja intacta la doctrina católica tradicional sobre el deber moral de los hombres y las sociedades hacia la verdadera religión y hacia la única Iglesia de Cristo. Además de todo esto, el concilio pretende desarrollar la doctrina de los “papas recientes” sobre “La protección y promoción de los derechos inviolables del hombre como un deber esencial de toda autoridad civil” (6).

Nótese que se admite la doctrina tradicional, según la cual los hombres y las sociedades tienen un deber moral hacia la verdadera religión y la Iglesia. Luego leemos en la siguiente línea: “es necesario que a la vez se reconozca y respete el derecho a la libertad en materia religiosa a todos los ciudadanos y comunidades religiosas…”.

En otras palabras, por encima de esta doctrina, y además de esta, el concilio “desarrollará” otra doctrina: la de los “derechos” del hombre y de las sociedades. DH procede entonces a suplantar y anular la doctrina del deber moral de los estados y los individuos para con la verdadera religión católica y sus doctrinas tradicionales, con su doctrina desarrollada sobre la libertad religiosa.

Una pequeña gota de veneno en apenas unas palabras: “es necesario que a la vez se reconozca y respete el derecho a la libertad en materia religiosa”.

Notas:


1. Declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis Humanae, 7 de diciembre de 1965, capítulo 1, párrafo 2.

2. Ibid., capítulo 1, párrafo 2.

3. Ibid., sección 1, párrafo 6.

4. John Salza, JD, Can Vatican II's Teaching on Religious Liberty Be Reconciled with Tradition? (¿Puede conciliarse la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa con la tradición?) https://web.archive.org/web/20091122094912/https://www.remnantnewspaper.com/Archives/2009-1115-salza-vaticansspx_discussion.htm

5. León XIII, Papa, Encíclica Satis Cognitum, 29 de junio de 1896.

6. Dignitatis Humanae, capítulo 1, párrafo 6.
 

UNA BREVE ENTREVISTA CON EL PADRE OLIVIER RIOULT

“Un sacerdote digno de tal nombre debe ser un contrarrevolucionario y condenar el concilio Vaticano II”.

Una entrevista realizada por Napo De Kergorre


- ¿Podría presentarse? ¿Cuánto tiempo lleva siendo católico y sacerdote católico? ¿Por qué se convirtió al catolicismo? ¿Ha experimentado alguna vez algo extraordinario o milagroso por la gracia de nuestro Señor?

- Mi nombre es Olivier Rioult. Soy de nacionalidad francesa, de padres normandos y nací en Lille en 1971.

Soy católico desde la gracia de mi Bautismo, recibido dos semanas después de mi nacimiento. Proveniente de una familia no practicante y habiendo recibido una catequesis insuficiente en la parroquia, me convertí, en parte por mi propia culpa, en un mal cristiano desde los once años, pero sin haber apostatado jamás.

Luego, alrededor de los dieciocho años, Dios tuvo misericordia de mí. Y después de mostrar misericordia al pecador que era, también quiso usarme para el ministerio sacerdotal.

A los veinte años, después de obtener mi diploma universitario, me concedió la gracia de llamarme a consagrarme a su servicio.

En 2001, recibí el sacramento del Orden Sagrado después de completar mi formación en el seminario de la Sociedad de San Pío X en Écône.

En cuanto a “cosas extraordinarias”, por definición, son raras. Y como observa San Agustín:

“Todo lo maravilloso de este mundo es ciertamente menos maravilloso que el mundo en su conjunto, es decir, el Cielo, la tierra y todo lo que contienen, obras de Dios sin duda. Pero su Autor y, del mismo modo, su modo de actuar permanecen ocultos e incomprensibles para el hombre. Quizás el milagro de las naturalezas visibles haya perdido parte de su poder por ser visto con tanta frecuencia; no obstante, si se considera con sabiduría, es superior a los milagros más extraordinarios y raros. Porque el hombre es un milagro mayor que cualquier milagro realizado por un hombre”.

(La Ciudad de Dios, Libro X)

- ¿Qué consejo le daría a un católico que está dejando el catecumenado?

- Que lea cada día unas líneas de los escritos de los santos, los doctores o los Padres de la Iglesia. Y que medite en la agonía de Cristo. Porque en este mundo apóstata y anticristiano que vemos hundirse en la locura y perecer ante nuestros ojos, nosotros, miembros de Cristo, estamos llamados a participar y unirnos a la agonía de nuestra cabeza:

“Padre mío , si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres”

(Mt 26:39)

Que graben también estas palabras de San Cipriano de Cartago:

“ Debéis saber que el fin del mundo y el tiempo del Anticristo se acercan”. Así pues, todos debemos estar preparados para la batalla, pensando solo en la gloria de la vida eterna y su corona para la confesión del Señor… El Señor ha predicho que esto ocurriría al final de los tiempos… Pero puesto que es inevitable que un mortal muera, aprovechemos la oportunidad que nos ofrece la promesa divina y la bondad divina. Pasemos a la muerte para recibir la inmortalidad, y no temamos ser asesinados, pues es seguro que cuando seamos asesinados, seremos coronados… El Anticristo viene, pero después de él viene Cristo.

- ¿Cómo vive su fe a diario? ¿Oraciones, ayuno, lectura de la palabra de Dios? ¿Con qué frecuencia?

- La Iglesia pide a sus sacerdotes que recen el breviario, que se dediquen a la oración, que recen el rosario y que dediquen tiempo a la lectura espiritual diaria y al estudio de la Biblia.

También anima a la celebración diaria de la Santa Misa. Esto es lo que me esfuerzo por hacer. Pero como enseña San Agustín en su carta a Proba, una viuda romana:

“Orar extensamente no es, como algunos piensan, orar con muchas palabras; una cosa es un discurso largo, otra un amor profundo. La oración a menudo se maneja mejor con gemidos que con palabras, con lágrimas que con conversaciones”.

En cuanto a mí, he adoptado la costumbre de los Padres del Desierto, quienes repetían con frecuencia:

“Señor Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pobre pecador”.

En cuanto al ayuno, sigo los prescritos por la Iglesia en el Canon 1252:

– § 1 Hay días en los que solo se prescribe la abstinencia: estos son los viernes de cada semana.

– § 2 Hay días en los que se prescriben tanto el ayuno como la abstinencia: estos son el Miércoles de Ceniza, los viernes y sábados de Cuaresma, las Témporas; las vigilias de Pentecostés, la Asunción, el Día de Todos los Santos y Navidad.

– § 3 Finalmente, hay días en los que solo se prescribe el ayuno: estos son todos los días de Cuaresma.

– § 4 La ley de la abstinencia, o de la abstinencia y el ayuno, o del ayuno solo, cesa los domingos y días santos de precepto, excepto para aquellas fiestas que caen durante la Cuaresma, y ​​las vigilias no se anticipan. Esta ley también cesa el Sábado Santo a partir del mediodía”.

A estos ayunos obligatorios, he añadido voluntariamente algunos otros.

Y también trato de no olvidar dar limosna de vez en cuando a quienes más lo necesitan, especialmente a aquellos que son perseguidos por nuestro sistema antinatural.

- En su opinión, ¿qué rumbo está tomando Francia actualmente en materia de fe? ¿Seremos menos o más religiosos dentro de 10 años?

- Dejaré que el Sr. Chapot le responda. Lo cité en mi libro Question juive (La cuestión judía). El escribió esto en la Revue catholique des institutions et du Droit (Revista Católica de Instituciones y Derecho) en 1904:

“Hay un pecado de Francia, así como hay un pecado del pueblo judío. El pecado nacional del pueblo judío es el deicidio; el pecado nacional de Francia es el regicidio, es decir, la Revolución y el liberalismo.

Permítanme explicarles: Israel quería matar a Jesucristo como Dios; Francia, en su revolución, quería matarlo como rey.

El ataque contra Luis XVI tuvo repercusiones directas contra la persona misma de Cristo. No era al hombre a quien la Revolución quería matar en Luis XVI, sino al principio que el rey de Francia representaba. Ahora bien, este principio era el de la realeza cristiana. ¿Qué significa la realeza cristiana? Significa una realeza temporal dependiente de Cristo, una imagen de la realeza de Cristo, un vasallo y servidor de la realeza de Cristo. Por eso los reyes de Francia se autodenominaban sargentos de Cristo.

Lo que la Revolución pretendía destruir y abolir para siempre, al decapitar a Luis XVI, era el principio mismo de la autoridad cristiana en el Estado. Buscaba consumar la secularización, o más bien la apostasía, de todo el orden social y civil. Buscaba arrebatar a las antiguas naciones cristianas, de las cuales Francia era la cabeza, del imperio de Jesucristo.

Este es el pecado de Francia, la causa primaria y radical de todas las catástrofes que nos amenazan hoy…”  [1]

Francia, al apostatar, se suicidó. Hoy está muerta. Es una tierra profanada, un desierto espiritual donde solo las piedras dan testimonio de la grandeza de la Francia cristiana. Pero esto aún resulta demasiado para los mamonitas que ostentan el poder, de ahí el ataque incendiario contra Notre-Dame de París…

¿Qué les depara el futuro a los creyentes? ¿Prisión, persecución, exclusión social, pobreza…? En nombre de una emergencia sanitaria fabricada o algún otro engaño… el pretexto importa poco.

Recordemos lo que dijo el Cardenal Pie en la Catedral de Nantes en 1859:

“La Iglesia, una sociedad indudablemente aún visible, se verá cada vez más reducida a proporciones meramente individuales y domésticas […] Se encontrará disputada en cada palmo de terreno; estará rodeada, acorralada por todos lados; tanto como siglos la han engrandecido, tanto se hará para restringirla. Finalmente, habrá una especie de verdadera derrota para la Iglesia en la tierra: “Se le dará a la bestia hacer la guerra contra los santos y vencerlos” (Ap. 13:7)”

- ¿Cómo sobrelleva los períodos de sequía espiritual, cuando Jesucristo parece estar lejos?

- Estos períodos de desolación son obviamente dolorosos, pero también útiles: nos obligan a elevarnos por encima de nuestros sentidos para vivir puramente por fe, según el Espíritu. Por lo tanto, solo hay una cosa que hacer en estas situaciones: perseverar.

Seguimos haciendo, lo mejor que podemos, lo que debemos hacer, porque siempre es nuestro deber cumplir con nuestro deber, cualesquiera que sean las circunstancias… Así pues, ser y resistir. Y luego, después de la lluvia llega el sol.

- ¿Cree usted que la República, que es un sistema profundamente anticlerical, puede ser compatible con la fe católica?

- La República es una creación judeo-masónica, de la cual León XIII dijo:

“Personificación permanente de la Revolución, la masonería constituye una especie de sociedad invertida cuyo objetivo es ejercer una soberanía oculta sobre la sociedad reconocida y cuya razón de ser consiste enteramente en hacer la guerra contra Dios y su Iglesia”.

Esta declaración del Papa responde a su pregunta: No, la República es incompatible con la fe, puesto que es enemiga del nombre cristiano. Por lo tanto, un católico digno de ese nombre la combate con todas sus fuerzas.

- Hoy en día, existe un debate en torno a la muerte. En su opinión, ¿qué sucederá realmente? ¿Qué dice la Iglesia al respecto?

- La expresión “en mi opinión” en su pregunta es irrelevante. Mis opiniones tienen poca importancia. Solo Aquel que es el dueño de la vida y la muerte puede hablarnos acerca de estas realidades. Por lo tanto, lo que sabemos proviene de la revelación que Dios ha decidido dar y que ha confiado a su Iglesia.

En 1441, el Concilio de Florencia declaró:

“En cuanto a los niños, debido al peligro de muerte que a menudo se les presenta, ya que no es posible ayudarlos con otro remedio que el sacramento del bautismo, por el cual son arrebatados del dominio del diablo y adoptados como hijos de Dios, [la Santísima Iglesia Romana] advierte que el bautismo no debe posponerse cuarenta u ochenta días ni ningún otro período, como algunos hacen, sino que debe conferirse tan pronto como sea conveniente, pero de tal manera que, si hay peligro inminente de muerte, deben ser bautizados sin demora, incluso por un laico o una laica, en la forma de la Iglesia, si no hay sacerdote […].

Ella cree firmemente, profesa y predica que ninguno de los que están fuera de la Iglesia Católica —no solo paganos, sino también judíos, herejes y cismáticos— puede participar de la vida eterna, sino que irá “al fuego eterno preparado por el diablo y sus ángeles” (Mt 25:41) a menos que, antes del fin de sus vidas, se hayan unido a ella. También profesa que la unidad del cuerpo de la Iglesia tiene tal poder que los sacramentos de la Iglesia solo son útiles para la salvación de quienes permanecen en ella; pues solo ellos, mediante el ayuno, la limosna y todos los demás deberes de piedad y ejercicios de devoción cristiana, producen recompensas eternas, y que “nadie puede salvarse, por grande que sea su limosna, aunque derrame su sangre por el nombre de Cristo, si no ha permanecido en el seno y la unidad de la Iglesia”. 

 (Decreto para los Jacobitas. Cánones 1349-1351)

- ¿Qué opina del deseo de los sacerdotes jóvenes de volver a las Misas tridentinas en latín y del atractivo del llamado catolicismo tradicionalista para la nueva generación?

- Eso es bueno. Su fe y su instinto de supervivencia son lo que los impulsa. Porque:

“el Novus Ordo Missæ se aparta notablemente, tanto en su estructura general como en sus detalles, de la teología católica de la Santa Misa, tal como fue formulada en la 22ª sesión del Concilio de Trento”.

(Breve análisis crítico del Novus Ordo Missæ por los Cardenales Bacci y Ottaviani).

Pero debemos ir más allá y rechazar lo que ha corrompido nuestra liturgia, así como lo que contradice nuestra fe. La Revolución Francesa de 1789 fue “la gran ilusión, la mentira más grande que ha aparecido en la tierra”, escribió Blanc de Saint-Bonnet.

Y, en 1962, el Vaticano II no fue más que una revolución dentro de la Iglesia. El propio “cardenal” Ratzinger, de corte modernista, lo confesó:

“Fue (el concilio Vaticano II) un intento de reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como se había convertido desde 1789”.

(Principe de théologie catholique, p. 426)

Los principios de 1789, los principios de los Derechos Humanos, no son más que la idolatría del hombre que se hace dios. A las falsas nociones de libertad, igualdad y fraternidad, que han destruido la sociedad política, corresponden la libertad religiosa, el ecumenismo y la colegialidad, que han destruido la Iglesia, en la medida en que Dios lo permite.

Por lo tanto, no basta con ser fiel a la liturgia católica; también debemos rechazar aquello que corrompe nuestra fe. Porque para defender la lex orandi (la ley de la oración), debemos defender la lex credendi (el principio de la tradición cristiana que afirma que la oración y la fe son inseparables).

En resumen, necesitamos piedad y doctrina; necesitamos la liturgia y la lucha por la fe. Un sacerdote digno de tal nombre debe, por lo tanto, ser un contrarrevolucionario y condenar el concilio Vaticano II.

Nota de Diario7: La siguiente pregunta menciona a Jorge Bergoglio ya que esta entrevista fue realizada el 5 de noviembre de 2021). Por supuesto, aplica exactamente igual al usurpador actual del Trono de Pedro)

- En su opinión, ¿cuál es el papel del Papa en la Santa Iglesia Católica y cuáles son sus atribuciones? ¿Y qué hay de Francisco Bergoglio? ¿Cree que se ajusta a esta definición?

- Una vez más, el argumento de “en mi opinión” carece de sentido. ¿Qué nos dice la Iglesia sobre el poder papal? Esto:

“El Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que pudieran publicar una nueva doctrina basada en sus revelaciones, sino para que conservaran fielmente y, con su ayuda, expusieran fielmente las revelaciones transmitidas por los apóstoles, es decir, el depósito de la fe” .

(Concilio Vaticano I, Pastor Aeternus, 1870, Dz 3070)

Francisco es, por lo tanto, una especie de antipapa que profana metódicamente el depósito de la fe. Cuando no se burla de los católicos, confraterniza con sodomitas, judíos, ateos o musulmanes.

Cuando no alaba a los enemigos del cristianismo, difunde todas las mentiras globalistas actuales, pero con un barniz religioso, ya sea alentando a los inmigrantes ilegales a que nos reemplacen o intentando reiniciar el mundo mediante el miedo (el engaño del cambio climático, la tragicomedia del coronavirus, etc.).

En resumen, Bergoglio es un Judas que pacta con los enemigos de la fe y un monstruo de herejías que destruye la unidad católica.

San Juan, en su Libro del Apocalipsis, nos advierte que al final de los tiempos, durante la gran apostasía, junto al dragón (el diablo) y la bestia de siete cabezas y diez cuernos (el poder globalista que lucha contra la ley de Cristo), estará el falso profeta: “otra bestia que tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como un dragón” (Apocalipsis 13:11) . Bergoglio es precisamente eso: un impostor que tiene apariencias, pero no realidad. Parece estar revestido del poder de Cristo, pero sus acciones son contrarias a la fe católica enseñada por sus predecesores hasta Pío XII.

- Y finalmente, ¿cuál cree que sería el principal peligro del que debe cuidarse un cristiano de nuestro siglo?

- El principal peligro reside en aferrarse a un mundo que perece.

“Mantenerse con vida a toda costa no tiene sentido; lo que importa es cómo se logra”, dijo un legionario caído en combate en Indochina.

No busquemos una adaptación imposible del Evangelio a un mundo descristianizado. No creamos que, mediante concesiones, podremos frenar la creciente ola de revolución y el caos que engendra.

Seamos realistas: los cristianos fieles a la verdad tendrán que soportar no solo los ataques de los hijos de las tinieblas, sino también las faltas de los falsos hermanos.

Busquemos, pues, “aprovechar bien el tiempo” que Dios nos da, como nos invita el apóstol Pablo, y esto, dando tal intensidad a nuestra fe y a nuestro amor que ninguna prueba pueda separarnos de Dios:

“Aprovechen bien el tiempo, porque los días son malos. Por lo tanto, no sean insensatos, sino comprendan cuál es la voluntad del Señor” (Efesios 5:17)

Nuestro Señor nos advirtió: “Quien aborrezca su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Juan 12:25)


Aquí están los distintos enlaces del abad Olivier Rioult.

Canal de YouTube del Padre Olivier Rioult

Canal Odyssee del Padre Olivier Rioult

Su sitio web La Sapinière


Notas:

[1] L. Chapot, artículo Coup d’œil sur libéralisme en général et sur son application à l’ordre politique et social en particulier (Una mirada al liberalismo en general y su aplicación al orden político y social en particular) de la Revue catholique des institutions et du Droit (Revista Católica de Instituciones y Derecho), septiembre de 1904.
 

LA GLORIOSA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Después de la bienaventurada y gloriosa Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, en la cual fue levantado por el divino poder aquel verdadero Templo de Dios que la impiedad de los judíos había derribado; se han cumplido hasta cuarenta santos días ordenados por disposición divina para nuestro provecho y enseñanza; a fin de que mientras dilataba el Señor todo este espacio su presencia corporal, se confirmase con los argumentos necesarios la fe de su Resurrección.

Porque la muerte de Cristo había turbado mucho los ánimos de los discípulos, y con el suplicio de la Cruz, y la muerte de su Señor, y el entierro de su cuerpo, habían caído en gran tristeza y en cierto desfallecimiento y desconfianza.

Por esta causa los deseosos Apóstoles y todos los discípulos que andaban temerosos sobre el suceso de la Cruz, y dudosos en la fe de la Resurrección, de tal manera se consolaron con la evidencia de la verdad, que al subir el Señor a las alturas de los cielos no experimentaron tristeza alguna, antes bien se llenaron de gran gozo.

Y verdaderamente era grande e inefable la causa de su alegría, cuando a vista de aquella santa multitud se levantaba la naturaleza de linaje humano sobre la dignidad de todas las criaturas celestiales, para sublimarse sobre los coros angélicos, y encumbrarse sobre la alteza de los arcángeles; y no parar en ninguna altura por sublime que fuese hasta ser recibido en el solio del eterno Padre, para asociarse a la gloria de su trono, como su divina naturaleza se había asociado a la humana, en la divina persona de su Hijo.

Ahora, pues, ya que la Ascensión de Cristo es una elevación de nuestra naturaleza, y a donde subió primero la gloria de la cabeza, allá es llamada la esperanza del cuerpo, alegrémonos con grande gozo y con piadosas acciones de gracias celebremos nuestra dicha, porque hoy no solamente hemos sido confirmados en la esperanza de poseer el paraíso, sino que también hemos ya entrado en persona de Cristo en aquel reino soberano de los cielos, alcanzando mayores bienes por la gracia de Cristo, que los que por envidia del diablo habíamos perdido, porque a los que el maligno enemigo hizo caer de la felicidad de la primera mansión, los colocó el hijo de Dios incorporados a sí a la diestra del padre, con el cual vive y reina en unidad con el Espíritu Santo Dios, por los siglos de los siglos. Amén. (Serm. I, Sancti Leonis Papar, de Ascens. Domini)
 

12 DE MAYO: SANTO DOMINGO DE LA CALZADA


12 de Mayo: Santo Domingo de la Calzada

(✞ 1070)

Santo Domingo de la Calzada fue italiano de nación, y habiendo dado su patrimonio a los pobres para ser menos conocido, se fue a España, donde pretendió hacerse Religioso de San Benito en el monasterio de San Millán.

Entonces se juntó con San Gregorio, Obispo de Ostia, que había ido a navarra por legado del Papa a mitigar el azote de Dios, que hacía gran estrago en todo aquel reino, pues la langosta y el pulgón comían y destruían los frutos de la tierra; y con las oraciones, limosnas y penitencias que mandó hacer San Gregorio se enmendaron muchos de su mala vida, y cesando los pecados, cesó también el castigo de Dios.

Muerto San Gregorio, se determinó Santo Domingo de hacer asiento en el mismo lugar que tiene ahora su nombre; allí edificó una pequeña celda y una capilla que dedicó a Nuestra Señora, luego desmontó la espesa selva donde se guarecían muchos ladrones y salteadores que robaban a los peregrinos que iban en romería a Santiago de Galicia.

Hizo además una calzada de piedra, que por ser obra tan insigne, tomó el santo de ella el nombre; y para hospedar a los peregrinos, les edificó un hospital, donde le visitó Santo Domingo de Silos, y los santos se saludaron con mucha ternura y caridad, y el de Silos alabó mucho las buenas obras que hacía el de la Calzada.

Siete años antes de morir hizo labrar su sepulcro en una peña, y para que este lugar no estuviese ocioso, allí sembraba trigo para repartirlo a los pobres.

Un día vino a visitarle una devota mujer que le preguntó la causa de haber cavado su sepultura tan lejos de la iglesia.

A lo que respondió el santo:

- No tengáis cuidado de eso, señora; la divina Providencia cuidará de que mi cuerpo repose en lugar sagrado, porque os hago saber que, o la iglesia seguirá mis pasos a este recinto o mi cadáver gozará de sus favores.

El suceso mostró que había hablado con espíritu profético, pues con el decurso del tiempo vino el sepulcro del santo a estar dentro de la iglesia.

Finalmente, habiendo pasado su larga vida con gran aspereza y penitencia, murió en el Señor, el cual ilustró a su siervo con tantos milagros, que en aquel mismo sitio se le hizo un hermoso templo, y después una ciudad que tomó su nombre y se llama Santo Domingo de la Calzada.


lunes, 11 de mayo de 2026

LA DIGNIDAD QUE CUBRE TODOS LOS PECADOS

En nombre de la “dignidad humana”, el pecador es intocable.

Por el Abad Nicolás Cadiet


Con motivo del 15º aniversario de la abolición de la pena de muerte en el estado estadounidense de Illinois, León XIV adoptó la decisión de su predecesor de rechazar la pena capital por principio [1].

Para respaldar su afirmación, se basa en “sus predecesores recientes” que recomendaron hacer justicia y proteger a los ciudadanos sin llegar a tales extremos. En realidad, le resulta difícil basarse en Juan Pablo II para rechazar el principio de la pena de muerte como contrario al Evangelio, puesto que el Catecismo de la Iglesia Católica promulgado en 1992 afirmaba:

La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye […] el uso de la pena de muerte, si es el único medio practicable para proteger eficazmente las vidas humanas del agresor injusto [2].

Catecismo de la Iglesia Católica §2267

La razón esgrimida por Francisco I y luego por León XIV es que “la dignidad de la persona no se pierde, ni siquiera tras la comisión de delitos muy graves”. Es en virtud de este mismo principio que la encíclica Dignitatis humanae afirma que el derecho a la libertad religiosa es inalienable.

El derecho a esta exención de toda restricción [religiosa] persiste incluso en aquellos que no cumplen con la obligación de buscar la verdad y adherirse a ella, ya que es “en virtud de su dignidad” que los hombres deben buscar la verdad por sí mismos.

Declaración Dignitatis humanae §2.

Y sin embargo, el encarcelamiento y el trabajo forzado infligidos a los criminales no parecen inmorales, aunque violen la libertad a la que una persona puede aspirar en virtud de su dignidad. ¿Acaso no fue Dios mismo quien permitió que la muerte entrara en el mundo como castigo por el pecado? ¿Acaso Dios no respeta la dignidad humana? ¿Qué sucedió?

Sucede que uno pierde su dignidad al cometer pecado: “Por el pecado, el hombre se aparta del orden prescrito por la razón; por lo tanto, cae de la dignidad humana” [4]. En otras palabras: “El hombre que abusa del poder que se le ha dado merece perderlo” [5]. Esto es lo que reitera León XIII:

Si el intelecto se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad elige el mal y se aferra a él, ninguno de los dos alcanza su perfección; ambos caen de su dignidad innata y se corrompen.

León XIII, encíclica Immortale Dei, 1 de noviembre de 1885.

Sin decirlo explícitamente, hemos pasado de la antigua noción de dignidad, fundada en la semejanza con Dios y la nobleza de vida —una dignidad perdida por el pecado pero que puede recuperarse mediante la conversión y la gracia— a la noción moderna, inspirada en la teoría kantiana, que eleva a la humanidad al fin de toda acción humana [6]. La noción actual de “dignidad” se ha vuelto indiferente al bien y al mal en el castigo de los delitos, indiferente a la verdad y a la falsedad en la tolerancia de los cultos falsos. En última instancia, abarca todos los pecados, y ya no sorprende que los culpables a menudo reciban un trato mejor que las víctimas.


Notas:

1) Mensaje de León XIV por el 15° aniversario de la abolición de la pena de muerte en el Estado de Illinois.

2) Francisco modificó este texto el 1 de agosto de 2018.

3) Romanos 5:12

4) Santo Tomás de Aquino, Summa theologica, IIa IIae q.64 a.2 ad 3.

5) Ibidem IIa IIae q.65 a.3 ad 1.

6) Cf. Guilhem Golfin, Narcisse sans visage, ou la dignité subvertie (Narciso sin rostro, o la dignidad subvertida) en Bernard Dumont, Miguel Ayuso, Danilo Castollano (dir.) La dignité humaine, heurs et malheurs d’un concept malmené (La dignidad humana, alegrías y desgracias de un concepto mal gestionado), París , Pierre-Guillaume Roux, 2020, pp. 61-88.
 

JOSÉ ROMÁN FLECHA Y SU MORAL

Su manual sobre “Moral fundamental” es sumamente complejo y oscuro de pensamiento. No enseña la moral cristiana.

Por el padre José María Iraburu


El doctor José Román Flecha Andrés (León, 1941-), catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética, fue vicerrector de la Universidad Pontificia de Salamanca (1989-1990) y decano de la Facultad de Teología (1990-1993), (2002-2005). Ha publicado un gran número de obras.

Sus “manuales de teología moral”, que ahora comento, son la “Teología moral fundamental” (BAC, manuales Sapientia fidei, nº 8, Madrid 1997, 367 págs.) y la “Moral de la persona” (ib., nº 28, 2002, 304 págs.). Estas obras las denuncié –y creo que también otros antes y después– a la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe primero, a la Congregación romana correspondiente después, y finalmente al Arzobispado de Madrid, pero sin resultado alguno.

La fundamentación casi imposible de la moral

En el primer volumen las dificultades del profesor Flecha para fundamentar la Teología Moral son tan grandes que no logra superarlas. Vamos por partes.

Dios y el alma. La Iglesia enseña que la moral católica ha de fundamentarse en Dios y en la naturaleza de su imagen, el hombre, que es unidad de un cuerpo y de un alma, inmediatamente infundida por Dios (cf. Catecismo 355-366). La Congregación de la Doctrina de la Fe, a este propósito, recuerda que

“la Iglesia emplea la palabra alma, consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la tradición. Aunque ella no ignora que este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina sin embargo que no se da razón alguna válida para rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos” (17-V-1979; cf. Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios 1968, 8).

Flecha no emplea en su obra el término “alma”. Lo rehúye, puede decirse, en forma sistemática. Y si trata brevemente del hombre como imagen de Dios, no lo hace para fundamentar en ello la moral (págs. 149-150).

La ley natural. La Iglesia siempre ha fundamentado la moral en las leyes naturales. Pero tampoco esta fundamentación, según parece, le vale al profesor Flecha para establecer su “Teología Moral Fundamental”. Más bien él estima que se ha hecho un mal uso de la ley natural, en sus diversos modelos históricos, concretamente en sus modelos principales, cosmocéntrico y biologicista (págs. 244-245).

“Se ha olvidado con frecuencia la circunstancia concreta de la persona y las formulaciones morales se han encarnado así en principios abstractos únicos, objetivados e inmutables” (pág. 247). El error principal radica, a su juicio, en que esta moral apela “a una “naturaleza” humana, común e invariable, como base para el encuentro ético. Se trata con frecuencia de una naturaleza entrevista a través de filtros reduccionistas. O bien es demasiado hipostasiada y ahistórica, demasiado objetivada como para tener en cuenta la densidad subjetiva y circunstancial del sentido, la intención y la vivencia personal que constituyen las coordenadas inevitables del comportamiento humano. O bien la naturaleza humana es vista de una forma tan “naturalista” que parece referirse más al campo de la etología que al de la ética. O bien hace pasar por datos normativos, en cuanto naturales, los que son datos puramente culturales” (pág. 134ss).

La naturaleza, pues, da una base en la práctica muy ambigua para fundamentar la moral, porque las maneras de entender esa naturaleza “se encuentran ineludiblemente sujetas al ritmo de la historia y de la cultura”, e incluso “la misma aproximación hermenéutica a los contenidos noéticos de la fe varía notablemente de un momento a otro de la historia” (pág. 138).

Flecha, pues, a la hora de elaborar una “Teología moral fundamental”, denuncia el mal uso hecho de la ley natural, “en sus diversos modelos históricos”. Pero él, una vez señaladas esas desviaciones reales o presuntas, no logra, ni intenta superarlas, sino que más bien, parece renunciar a esa línea de fundamentación, considerándola inviable.

La Sagrada Escritura, los mandamientos. También Flecha halla grandes dificultades para fundamentar la moral en la Sagrada Escritura, el Decálogo y demás mandamientos de la Ley divina revelada: “Los preceptos morales que encontramos en la Biblia –todos o algunos de ellos– parecen depender de la cultura del tiempo y el espacio en que nacieron” (pág. 77). Por lo tanto, si quizá todos los preceptos morales bíblicos dependen de la cultura de la época en que nacieron, no podrán servir de fundamento a una moral objetiva y universal. Eso es evidente. La sagrada Escritura no nos vale, pues, para fundamentar la moral.

¿Una ética cívica universal? ¿Dónde, pues, habrá que poner el fundamento de la moral? ¿Será posible fundamentarla en el consenso de una ética civil? “En esa situación, la “ética civil” constituye la apelación a lo más valioso, libre y liberador de las conciencias ciudadanas” (pág. 141). Y afirma así (141), citando a Marciano Vidal:

“La ética civil pretende realizar el viejo sueño de una moral común para toda la humanidad. En la época sacral y jusnaturalista del pensamiento occidental, ese sueño cobró realidad mediante la teoría de la “ley natural”. Con el advenimiento de la secularidad y teniendo en cuenta las críticas hechas al jusnaturalismo, se ha buscado suplir la categoría ética de la ley natural con la de ética civil. Ésta es, por definición, una categoría moral secular” (Retos morales en la sociedad y en la Iglesia, Estella 1992, 60; cf. Moral de actitudes, I, Madrid 19815, 135-75). 

Y sigue Flecha: 

“Si por ética civil se entiende un mínimo axiológico consensuado y regulado por la legislación, para que la sociedad plural pueda funcionar de forma no sólo pragmática sino humana, la fe cristiana no puede ni debe mostrar reticencias a su llegada” (140).

La fe cristiana, por el contrario, puede y debe mostrar su rechazo a fundamentar la moral en una ética civil de consenso, que ignore la Revelación divina y que prescinda incluso de la ley natural, que a un tiempo expresa la naturaleza de las criaturas y la ley del Creador impresa en ellas. Por eso el mismo profesor Flecha, citando una enseñanza de la Conferencia Episcopal Española, se ve obligado a dar “un toque de atención ante un uso mini-malista de esa apelación” a la conciencia ciudadana de una ética civil (págs. 139-140).

La conciencia. ¿Cómo, pues, y dónde podrán las conciencias personales fundamentar la moral? ¿Ajustando previamente esas conciencias a alguna Ley divina o natural?… El profesor Flecha no entiende la función primaria de la conciencia como la aplicación al caso concreto de una norma moral objetiva y universal. Por eso mismo, insiste poco en la necesidad de formarla adecuadamente en la verdad y la rectitud. Más bien estima que

“habrá que subrayar la autonomía de la conciencia moral, su carácter humanizador, y reivindicar para ella un cierto espontaneísmo que, desde el discernimiento de los valores que entran en conflicto en una determinada situación, supere el rígido esquema intelectualista que fue habitual hasta este siglo” (288-289). Esto recuerda aquello de Schillebeeckx sobre la moral de situación: “Tenemos que poner hoy el acento en la importancia de las normas objetivas tanto como en la necesidad de la creatividad de la conciencia y del sentido de las responsabilidades personales” (Dios y el hombre, Sígueme, Salamanca 1968, cp. 7, C,II, pág. 357).

La expresión “creatividad de la conciencia” es falsa porque la conciencia no crea leyes o valores, sino que interpreta y aplica al caso concreto una norma moral divina, natural, preexistente. En todo caso, nunca la ley moral puede ser creada por la conciencia.

Los valores. ¿Pero, entonces, esa “ética civil”, basada en el testimonio de “las conciencias”, no adolecerá inevitablemente de relativismo y de subjetivismo arbitrario, así como de contradicciones íntimas y de frecuentes cambios históricos? ¿No será necesario que la conciencia se sujete a la orientación de ciertos valores estables?

Flecha pretende, por supuesto, escapar de esas dificultades obvias. Él pretende alcanzar una objetividad para la moral. Pero no queda claro en absoluto qué fundamentos válidos propone para ello. Apela a la majestad de ciertos valores éticos (pág. 213), pero no hay modo de alcanzar esa “majestad de valores” si éstos no son fundamentados en Dios, en Cristo, en la Palabra divina, en el alma, en la naturaleza. Flecha afirma, en la misma página, que se trata de valores objetivos (pág. 233), pero reconoce también que en su aspecto epistemológico son variables (pág. 233), “tienen un carácter histórico y cambiante” (234). ¿Entonces?…

Conflictos de valores. Así las cosas, cómo no, serán inevitables los conflictos de valores, que la conciencia del hombre habrá de resolver. Y la clave para la solución de estos dilemas posibles, previsibles y en cierto modo necesarios habrá de darse en la búsqueda de la felicidad: “es precisamente en relación al anhelo humano de felicidad donde adquiere su final consistencia la apelación a los valores de la ética” (pág. 235)… Absolutamente decepcionante.

Densa y compleja oscuridad. Este manual del profesor Flecha sobre “Moral fundamental” es sumamente complejo y oscuro de pensamiento. Y en más de 350 páginas, dando continuamente “una de cal y otra de arena”, no consigue fundamentar con claridad y firmeza un orden moral a la luz de la razón y de la fe.

Siguiendo el curso de ese pensamiento oscilante, puede decirse que casi todas las afirmaciones ambiguas o erróneas del texto podrían ser salvadas leyéndolas con una mente muy bien formada, con muy buena voluntad y con mucha paciencia. En efecto, rara será en este libro la afirmación ambigua o falsa que el autor no pueda justificar alegando sobre el mismo tema otra afirmación verdadera hecha en distinto lugar.

Esa no es la moral cristiana. Todo lo contrario, porque en ella el camino del hombre es Cristo mismo: “Yo soy la Luz del mundo, y el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida” (Jn 8,12).

Con el favor de Dios, continuaré el examen de estas dos obras.
 
Continúa...
 

LA TENTACIÓN RENOVADA

Continuamos con la publicación del capítulo III del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


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LA TENTACIÓN RENOVADA

CAPÍTULO IV

LA TENTACIÓN DE CRISTO

“Tan pronto como la maldad del diablo nos hubo envenenado con el veneno mortal de su envidia -dijo el Papa San León (1)- el Dios todopoderoso y misericordioso, cuya naturaleza es bondad, cuya voluntad es poder y cuya acción es misericordia, indicó de antemano el remedio que su piedad destinó a sanar a la humanidad; y esto en los primeros días del mundo, cuando declaró a la serpiente que de la Mujer nacería alguien lo suficientemente fuerte como para aplastar su cabeza llena de orgullo y malicia. Anunció con esto que Cristo vendría en nuestra carne, Dios y hombre a la vez, y que, nacido de una Virgen, su nacimiento condenaría a aquel por quien la fuente humana había sido contaminada. Después de haber engañado al hombre con su astucia, el diablo se regocijó al verlo despojado de los bienes celestiales; se regocijó al haber encontrado algún consuelo en su miseria por la compañía de los transgresores, y al haber sido la causa de que Dios, habiendo creado al hombre en un estado tan honorable, hubiera cambiado su disposición hacia él. Por lo tanto, era necesario, amados hermanos, el maravillosa economía de un designio profundo para un Ser Inmutable, cuya voluntad nunca puede dejar de ser buena, para lograr, por medio de un misterio más oculto, los objetivos iniciales de su amor, y para el hombre, llevado al mal por la astucia y la maldad del diablo, para que no perezca, contrario al objetivo que Dios se había fijado para sí mismo”.

En el tiempo señalado por la sabiduría divina, Dios ejecutó este plan de su misericordia, manifestado en el preciso momento de la ofensa y la caída. Envió a su Hijo para expiar el pecado de nuestro padre. Para la humanidad, la justicia se debilitó al convertirse en misericordia; y en la Redención, permanece intacta: Dios perdona, pero la justicia se satisface, puesto que un Dios-Hombre toma el lugar del culpable y expía sus pecados.

Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de un Dios verdadero, tomó forma de esclavo y se apareció ante los demonios como ante los hombres en la humildad de la carne, “en carne semejante a la del pecado, y así fue reconocido como hombre por todo lo que se manifestó en él” (2).

Satanás estaba despierto. Vio a Jesús nacer en el pesebre de Belén y vivir en la oscuridad en la humilde ciudad de Nazaret. No le habían pasado desapercibidos los prodigios que habían rodeado su cuna, pero treinta años pasados ​​en el taller de un carpintero, en sumisión y obediencia, humildad y pobreza, no le parecían los inicios de aquel que derrocaría su imperio (3).

Cuando lo vio salir de su retiro; cuando oyó las palabras de Jesús anunciando que el reino de Dios estaba cerca; cuando vio al Precursor negarse a bautizar a Jesús porque no era digno de desatar las correas de sus sandalias y decir que bautizaría en el Espíritu Santo; cuando, sobre todo, presenció el descenso del Espíritu Santo y oyó la voz del Padre celestial que declaraba: “¡Este es mi Hijo amado!”, comenzó a preguntarse si no se había equivocado hasta entonces, y si este Jesús no era el Hijo de la Mujer que se le había mostrado el día de su primera victoria, a punto de quitarle su imperio y aplastarle la cabeza.

Quería asegurarse de ello; y si Dios lo permitía, debido a las lecciones que de ello resultarían para nosotros (4), pudo probar sus sugerencias y su magia en Jesús como lo había hecho en el paraíso terrenal y en el Cielo (5).

Conocemos el relato del Evangelio. Después de su bautismo, Jesús se retiró al desierto, ayunando durante cuarenta días. Al verlo aquejado de hambre, debido a la debilidad de la carne que había asumido, Satanás aprovechó la oportunidad para tentarlo, para descubrir lo que realmente necesitaba saber mediante una prueba decisiva. “El demonio atacó a Cristo, sobre todo para saber si era el Hijo de Dios”, dice Suárez (6).

Sus primeras palabras revelaron sus pensamientos: “Si eres el Hijo de Dios…”. Señalando las piedras redondeadas con forma de pan que cubrían el suelo, como le había mostrado a Eva el fruto prohibido, le propuso que realizara un milagro que probara su divinidad: convertir las piedras en pan. No se percató de que este milagro, de realizarse, demostraría precisamente lo contrario, pues el hambre podía saciarse por medios naturales y humanos, y buscarla invocando el poder divino era una falta de respeto a Dios. Quizás lo percibió, y entonces su propuesta fue doblemente maliciosa. Sabemos cuál fue la respuesta de Jesús; expresó su respeto por su Padre y por la Palabra que Dios ha establecido como norma de conducta para nosotros, hijos de los hombres, y por el Verbo Encarnado mismo. Por otro lado, dejó al tentador en la ignorancia respecto a su Persona.

La segunda tentación evidenció claramente la angustia de Satanás. En su afán por alcanzar su objetivo, habría aceptado saber, a costa de su propia humillación, si Nuestro Señor era verdaderamente el Hijo de Dios. Si Jesús, al arrojarse del templo como pidió, hubiera contado con la ayuda de los ángeles, habría reconocido, según creía, que era el supremo señor de la jerarquía celestial, para su vergüenza y confusión. Pues habría sido cruel para él ver a Jesús caer del templo como si descendiera del Cielo, sostenido por los ángeles buenos, instrumentos de Dios en el castigo infligido, ante la multitud que llenaba el templo, y presentado con esa pompa y majestad celestiales que habrían cautivado la adoración de los espectadores. Jesús, como la primera vez, disipó esta tentación, que Satanás había encontrado muy seductora, con una sola palabra de las Sagradas Escrituras.

Aún no estaba satisfecho; y nuevamente, usando el poder sobrehumano de los espíritus, amos de la gravedad y el espacio, transportó a Jesús a la cima de una alta montaña. “Cuando se dice que el Dios-Hombre fue transportado por el diablo a una alta montaña o a la ciudad santa -observa San Gregorio, Papa- la mente se resiste a creerlo, y los oídos humanos temen oírlo. Sin embargo, reconoceremos que esto no es inverosímil si comparamos otros hechos con este. Ciertamente, el diablo es el líder de todos los hombres malvados, y todos los impíos son miembros de este líder. ¿Acaso no era Pilato miembro del diablo? ¿Acaso no eran los judíos que persiguieron a Jesucristo y los soldados que lo crucificaron miembros del diablo?”. Por lo tanto, ¿qué tiene de sorprendente que Cristo se dejara llevar por el mismo diablo a una montaña, puesto que voluntariamente sufrió ser crucificado por los miembros del diablo (7)?

Las dos primeras tentaciones no lograron resolver la pregunta que atormentaba al Príncipe de este mundo. Comprendió que sería inútil seguir intentándolo en la misma dirección. Por lo tanto, ante la tercera tentación, dejó de decir: “Si eres el Hijo de Dios”. Abandonando esta pregunta, que sentía que no podía resolver, se propuso otro objetivo.

Desde la catástrofe del paraíso terrenal, había reinado supremo sobre una humanidad degradada y envileada; pero temblaba por su imperio cada vez que recordaba la profecía del Señor: «Una mujer y su hijo te aplastarán la cabeza». Ansioso, espiaba constantemente a los hijos de los hombres, especialmente a aquellos que le parecían los más inteligentes y fuertes, con la esperanza de reclutarlos para su servicio. Jamás había sentido tanta atención por nadie como por este, jamás nadie había parecido destinado a desempeñar un papel tan importante en el mundo. Lo vio entrar en la contienda y comenzar una obra que, sin duda, dado el extraordinario potencial del individuo, tendría una influencia inconmensurable en el curso del mundo, en la dirección de la humanidad. Razonó que, para mantener su imperio, debía apoderarse de ese poder. Así que, tras demostrar su poder llevando a Jesús a la cima del Templo, ejerció una influencia engañosa destinada a seducirlo, si era solo un hombre, y someterlo a su control. Desde la cima de la montaña adonde lo había llevado, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y dijo: “Te daré todo este poder y la gloria de estos imperios; porque me ha sido dado, y se lo doy a quien quiero”. Me ha sido dado. ¡Ay! Sí, a través de Adán y su pecado. Se lo doy a quien quiero. No. El poder de Lucifer depende enteramente de un simple permiso divino. “Todo esto te lo daré, si te postras y me adoras”. Verás, yo soy el amo del mundo. Conozco tu genio. Te daré el gobierno del universo, bajo mi soberanía, si me juras fe y homenaje..

Sin duda, la predicación de Juan el Bautista, anunciando la cercanía del reino de Dios, había impulsado a Lucifer a tomar medidas para mantener en la tierra el imperio del que había disfrutado durante tantos siglos. Necesitaba un hombre que luchara contra el mensajero de Dios, como él mismo lo había hecho en el cielo contra el arcángel Miguel, para mantener el reinado del naturalismo en la tierra e impedir que el reino de Dios, es decir, lo sobrenatural, se apoderara de ella. Quería comprobar si Jesús podía ser ese hombre. Intentó deslumbrarlo, despertar en él el amor al mundo y a lo que hay en él: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (8), en resumen, sumergirlo en el naturalismo y, a través de él, mantener a todos los pueblos dentro de él. La palabra de Dios, pronunciada por el Dios-Hombre con la autoridad que le pertenecía, disipó su ilusión: “¡Fuera, Satanás!”. Porque escrito está: “Adorarás al Señor tu Dios, y solo a él”.

“Adorarás al Señor tu Dios y solo a él servirás”. Esto fue lo que aquel que tenía la misión de restaurar la dignidad original de la raza de Adán como hijos de Dios destinados a la bienaventuranza eterna que proporciona la vida sobrenatural vino a enseñarle de nuevo.

La tentación de Nuestro Señor fue uno de los grandes misterios de su vida. En el paraíso terrenal, la humanidad se había convertido en súbdita de Satanás y esclava de la naturaleza. Era esencial que Nuestro Señor, al emprender la obra que su Padre le había encomendado —“llevar muchos hijos a la gloria”—, venciera primero al enemigo que había subyugado a la humanidad y limitado su ambición a esta vida presente y al disfrute de los bienes mundanos. Entonces, como el nuevo Adán, cabeza de una humanidad regenerada, podría otorgarle una bendición más preciosa que la perdida al principio.

Cuando Jesús hubo completado su misión como evangelista, el lunes de Semana Santa, cuando debía cumplir su otra misión —la de redimirnos—, los apóstoles Andrés y Felipe le presentaron a unos gentiles que habían venido a Jerusalén para la celebración de la Pascua y que habían expresado su deseo de ver al Mesías. Ante su petición, Jesús se conmovió profundamente. Vio en ellos y en sus acciones las primicias y la promesa de la conversión del mundo pagano, que sería el fruto de su muerte, la cual acababa de revelar que era inminente. Este pensamiento lo conmovió profundamente. Parecía un preludio de la terrible agonía que ocurriría tres días después en el Huerto de Getsemaní. Clamó: “Mi alma está turbada. ¿Y qué diré? ¿“Padre, sálvame de esta hora”? No, para esto he venido. Padre, glorifica tu nombre”. Y una voz del Cielo dijo: “Yo lo he glorificado, y lo glorificaré de nuevo”. La multitud quedó asombrada. Jesús les dijo: “Esta voz no ha sido dicha por mí, sino por ustedes… Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será expulsado”.

Jesús, en comunión con el Cielo, anunció así la ruina del imperio de Satanás y la inauguración del nuevo Reino, el Reino de Cristo, el Reino de los Cielos, que se fundaría sobre esta ruina mediante su muerte en la cruz.

De este modo, se restauraría el orden sobrenatural, al cual judíos y gentiles, toda la raza de Adán redimida por la sangre del Dios-Hombre, serían invitados nuevamente.

Continúa...

Notas:

1) Segundo sermón sobre la Natividad.

2) Rom. VIII: 3 y Fil. II: 7.
Es tan peligroso decir que Jesucristo no tiene una naturaleza como la nuestra como negar que es igual en gloria a su Padre. Nuestra fe se basa en la autoridad divina, y es una doctrina divina la que profesamos. Estas palabras, que Juan, lleno del Espíritu Santo, proclamó, son ciertas: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”. Lo que el mismo predicador añade es igualmente cierto: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Hijo unigénito del Padre”. En ambas naturalezas, el Hijo de Dios es, por lo tanto, el mismo, tomando lo que es nuestro sin perder nada de lo que es suyo. Renovando al hombre en el hombre, permaneció inmutable en sí mismo... por eso, cuando el Hijo unigénito de Dios confiesa que es inferior a su Padre, a quien se declara igual, muestra que verdaderamente tiene ambas naturalezas dentro de sí, pues, por la desigualdad de la que habla, prueba que tiene naturaleza humana; Y por la igualdad que afirma, declara que posee naturaleza divina. (San León, Papa, 7º Sermón de la Natividad).

3) Dios está presente en todas partes; conoce todo lo que se hace y todo lo que se dice, porque está en todas sus criaturas como principio de su ser y de su actividad. Esto no ocurre con los ángeles, sean buenos o malos. Un ángel se encuentra en un lugar según la acción de su poder, que ejerce sobre ese lugar por su voluntad. No está circunscrito allí, como los cuerpos, sino que está definido de tal manera que no se encuentra en otro lugar. Por lo tanto, muchos actos de Jesús, o relacionados con su persona, pudieron haber pasado desapercibidos para Satanás. Es cierto que lo que él mismo desconocía, pudo haberlo sabido a través de uno o más demonios que envió al divino Salvador para que le informaran de todo lo que le concernía.
Además, como observa San Agustín (La Ciudad de Dios, IX, 21), Cristo solo era conocido por los demonios en la medida en que él quería, y solo lo quería en la medida en que era necesario... Cuando consideró prudente ocultarse un poco más profundamente, el príncipe de las tinieblas dudó de él y lo tentó a averiguar si era Cristo.

4) No nos engañemos, cristianos, pensando que a Satanás se le habría permitido tentar al Salvador sin algún consejo divino. (Bossuet, Sermón sobre el Diablo. Primer Domingo de Cuaresma).

5) San Gregorio Magno afirma que no es indigno de nuestro Redentor haberse dejado tentar, pues vino a este mundo para morir. Al contrario, era justo que venciera nuestras tentaciones con las suyas, así como había triunfado sobre nuestra muerte con la suya propia… El Hijo de Dios podía ser tentado por la sugestión, pero el placer jamás penetró en su alma. Por lo tanto, esta tentación del demonio era completamente externa y de ninguna manera interna a él. (Sermón sobre el Evangelio del primer domingo de Cuaresma).

6) In tertiam partem divi Thomae. Q. XLI, art. I, com. II.

7) Sermón del primer domingo de Cuaresma.
San Agustín, en su comentario sobre el Salmo 63, versículo 7, también dice:
Cristo, como hombre, se expuso a las perversas intenciones de los judíos, y como hombre, permitió que lo apresaran. En efecto, no lo habrían podido apresar si no hubiera sido hombre, ni verlo si no hubiera sido hombre, ni golpearlo si no hubiera sido hombre, ni crucificarlo y darle muerte si no hubiera sido hombre. Fue, pues, como hombre que se expuso a todos estos sufrimientos, que no habrían podido afectarle si no hubiera sido hombre. Pero si no hubiera sido hombre, la humanidad no habría sido liberada. Este hombre penetró en lo más profundo de los corazones, es decir, en el secreto de sus corazones, ofreciendo a la mirada de los hombres su humanidad sin revelar su divinidad; ocultando su naturaleza divina, por la cual es igual al Padre.

8) Juan II: 16


  

NUEVOS CONVERSOS Y MISTAGOGIA ANTIGUA

El discipulado y la formación en la fe son esfuerzos que duran toda la vida y que llevan a los católicos a participar en la vida sacramental.

Por David G. Bonagura, Jr.


La Madre Iglesia sigue celebrando el número récord de conversos que se incorporaron a su familia en Pascua. Su tarea ahora, como la de todas las madres, es nutrir a sus hijos para que crezcan en sabiduría, madurez y gracia ante Dios y los hombres. Como bien saben las madres con hijos adultos, esta tarea no tiene fecha de caducidad: la Iglesia dispensa los dones de la salvación a cada hijo hasta su último aliento.

La manera en que la Iglesia lleva a cabo esta tarea, en la práctica, ha variado a lo largo de su dilatada historia. La Iglesia primitiva continuaba impartiendo instrucción formal a los recién bautizados durante la Semana Santa. Antes del bautismo, los catecúmenos recibían enseñanzas sobre la fe; después, eran guiados hacia ella mediante la participación en la vida sacramental.

Esta formación postbautismal se denominaba mistagogía (del griego mystagogos, “conducción a través de los misterios”). Y sigue siendo un modelo para nosotros hoy. Los conversos, transformados por el bautismo en nuevas criaturas —diferentes para siempre de quienes eran antes y miembros para siempre de la familia de Dios— ahora viven la vida de la gracia. Es decir, practican la fe mediante la oración, los sacramentos, el cumplimiento de los mandamientos, evitando el pecado, cultivando las virtudes y realizando actos de caridad.

Pero, ¿cómo van a lograr exactamente los neófitos, muchos de los cuales han llegado al catolicismo sin una educación religiosa, sin una cosmovisión cristiana y sin muchos católicos practicantes a su alrededor que les sirvan de modelo, convertir estas prácticas católicas en una forma de vida coherente?

Por ejemplo, el cumplimiento de los Mandamientos y la evitación del pecado. Lo que la Iglesia Católica considera pecados —como la convivencia, la pornografía, la fecundación in vitro, la gestación subrogada o las relaciones entre personas del mismo sexo— es considerado bueno por el mundo y se practica ampliamente. ¿Cómo se educará a los nuevos fieles para que conozcan la verdad y comprendan que lo que antes creían cierto es, en realidad, una mentira?

¿Y qué hay de la oración, el fundamento de la vida cristiana? ¿Cómo oran de manera constante y habitual? ¿Qué tipo de oración deben practicar y durante cuánto tiempo? ¿Qué hacen cuando experimentan sequedad espiritual o cuando parece que sus oraciones no son respondidas ?

Bautizar a estos conversos y luego desearles lo mejor en su camino católico sin ninguna guía adicional sería como sembrar semillas en terreno rocoso o entre espinos. Y afrontemos la dolorosa realidad: la mayoría de los católicos de hoy, incluso si fueron bautizados de bebés y asistieron a escuelas católicas, saben casi tan poco como la mayoría de los conversos, están igualmente influenciados por nuestra cultura.

Los católicos de nacimiento tienen la misma necesidad y el mismo anhelo que los neófitos: necesitan una catequesis continua, una escuela de vida católica, una guía que los conduzca a la unión con Dios. Y esta mistagogia moderna debe realizarse en comunión con otros; los católicos no están llamados a ser llaneros solitarios que buscan la salvación por su cuenta.

Una mistagogia moderna requiere una inversión considerable de tiempo, recursos y personal, dones que escasean en la Iglesia actual, con sus limitados fondos y pocos sacerdotes. Sin embargo, Dios ha inspirado a algunos de sus hijos con el ingenio y la energía necesarios para hacer posible algo así. Cuando se realiza bien, los frutos han sido abundantes.

FOCUS, un modelo para imitar

FOCUS, o Fraternidad de Estudiantes Universitarios Católicos, es quizás la expresión más destacada de la mistagogía moderna. He tenido la dicha de patrocinar a dos misioneros de FOCUS en los últimos años y recibo actualizaciones mensuales de sus respectivos campus. Las secciones de FOCUS ofrecen una comunidad para que los estudiantes universitarios aprendan y vivan la fe en entornos a menudo hostiles a la religión. Su enfoque entre pares y el esfuerzo a tiempo completo de los misioneros (quienes deben recaudar sus propios fondos para operar como voluntarios) han hecho que FOCUS sea más eficaz que la capellanía universitaria típica. 

Las parroquias que cuentan con grupos de discipulado mistagógico son escasas, pero las que los tienen casi invariablemente rebosan de fervor por la fe, y se caracterizan especialmente por la presencia de familias con niños. En la ciudad de Nueva York, donde varios medios de comunicación seculares han destacado el auge de las conversiones, se observa una intensa actividad espiritual en tres parroquias, todas ellas, no por casualidad, atendidas por Órdenes Religiosas con varios sacerdotes para atender a la multitud que llena los bancos e incluso se congrega fuera de las iglesias.

Mi parroquia ha creado un grupo de este tipo este año escolar. Contrató a Five Loaves Ministries, un apostolado inspirado en FOCUS (cuyo fundador es un antiguo misionero de FOCUS), para brindar acompañamiento a largo plazo en el discipulado familiar. El programa, dirigido por el director de Five Loaves, consta de cuatro eventos principales a lo largo del mes: una reunión de discipulado solo para esposos (con una reunión complementaria solo para esposas), un estudio bíblico para parejas, una comida compartida mensual para familias y una noche de encuentro familiar que incluye una cena seguida de la adoración eucarística con oportunidades para la confesión.

Ocho familias, entre ellas la mía, se han embarcado en este camino. Las bendiciones han sido abundantes. Al principio, la mayoría de las familias asistían a la misa dominical, pero tenían poca formación en la fe. A través de las reuniones de discipulado, hemos aprendido qué es la oración y cómo orar; todos nos hemos comprometido a orar diariamente, y nuestro director nos ayuda a cumplir con ello. Las noches de encuentro nos han acercado directamente al Señor y han introducido la confesión como una práctica regular. Las comidas compartidas han generado amistades basadas en el amor compartido por Jesucristo, tanto entre nosotros como entre nuestros hijos.

Jesús advierte que “la puerta es estrecha y el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:14). Si los nuevos católicos —y también los católicos de nacimiento— han de perseverar en el camino, las parroquias y las capellanías no deben escatimar esfuerzos ni recursos para fundar grupos de discipulado mistagógico para ellos. El futuro de la Iglesia y la salvación de innumerables almas bien pueden depender de ello.

 

11 DE MAYO: SAN MAMERTO, OBISPO


11 de Mayo: San Mamerto, Obispo

(✞ 477)

Entre los santísimos prelados que ilustraron la Iglesia de Dios en el siglo V, uno fue el glorioso San Mamerto, Obispo de Viena en el Delfinado.

En aquel tiempo desolaban todo el país grandes calamidades y azotes del cielo.

Se sucedían unos a otros los terremotos, incendios y guerras: las fieras, llenas de pavor por los temblores de la tierra, dejaban sus cuevas de los montes y se llegaban a las poblaciones con gran espanto de la gente; la cual a vista de estos azotes hacía penitencia de sus pecados y se disponía a la festividad de la Pascua de Resurrección para recibir dignamente la Comunión Pascual, esperando alcanzar el remedio de tantos males.

Concurrieron pues todos contritos a la Iglesia, a celebrar el misterio en la Vigilia de la gloriosa noche: pero habiéndose incendiado varias casas principales de la ciudad, huyeron del templo despavoridos.

Solo el santo Obispo quedó en la Iglesia, implorando con entrañables gemidos la divina misericordia, y fue tan grande la eficacia de sus lágrimas, que rápidamente se apagó aquel gran incendio y los fieles volvieron para continuar su penitencia en los oficios divinos.

En esta ocasión ordenó el santo Obispo tres días de rogativas públicas acompañadas de ayunos y oraciones, en los días que preceden a la fiesta de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo, a los cuales concurrió toda la ciudad con gran compulsión, lágrimas y gemidos, y desde entonces se vieron libres de las calamidades que les oprimían.

San Mamerto también halló las preciosas reliquias de San Julián y San Ferreolo, ilustres mártires que padecieron en la sangrienta persecución de Diocleciano y Maximiano; las cuales trasladó a un magnífico templo que habían construido.

Finalmente, después de haber gobernado santamente su Iglesia algunos años, identificándola con sus virtudes y milagros, murió en la paz del Señor y su sagrado cadáver fue sepultado con gran veneración en la Iglesia de los Santos Apóstoles, extramuros de la ciudad de Viena, desde donde se trasladaron después sus reliquias a la Basílica Constantiniana de Santa Cruz de Orleans.

Así permanecieron en gran veneración hasta el siglo XVI, cuando los hugonotes durante sus sacrílegas irrupciones del año 1562, entrando en Orleans, quemaron la cabeza y huesos del Santo que estaban en diferentes cajas y dispersaron sus cenizas.

 

domingo, 10 de mayo de 2026

RECORDANDO LA VISITA DE UN FALSO PAPA A LA FALSA IGLESIA ANGLICANA

Karol Wojtyla (Juan Pablo II) visitó la Catedral de Canterbury el 29 de mayo de 1982, convirtiéndose en el primer “papa reinante” que se presentó en ese templo del anglicanismo.


Durante este evento signado por la apostasía, Wojtyla tras profesar con los anglicanos su fe bautismal, rezó junto al “arzobispo” anglicano Robert Runcie justamente en el lugar del martirio de Santo Tomás Becket y allí mismo celebraron “un servicio ecuménico” en el cual pronunció una homilía basada en el llamado a “la comunión fundamentada en el amor de Cristo”.

Este vergonzoso acontecimiento ocurrió durante su viaje de seis días al Reino Unido, el cual fue, como siempre, excusado bajo las banderas de la “reconciliación y el “diálogo ecuménico”.

El falso “papa” y el “arzobispo” Robert Runcie participaron en “una oración conjunta” y firmaron “una declaración común”.

Esta visita simbolizó un paso audaz de este falso papa que expuso su apostasía acercándose a la iglesia anglicana y demostrando su rechazo al imperativo católico Extra Ecclesiam nulla salus (Fuera de la Iglesia no hay salvación).

El apóstata Wojtyla orando con el “arzobispo” anglicano Robert Runcie 
 
“Bendición” conjunta con un hombre cuya ordenación no es válida.