martes, 11 de agosto de 2026

LA HNA. MARY ELIZABETH RENUNCIA POR LA VISITA DEL OBISPO CONCILIAR (2019)

Este relato es solo uno de muchos sucesos similares que, aunque fueron escandalosos en su momento, hoy son vistos por la mayoría de los fieles de la FSSPX con desinterés o incluso aprobación.

Por Sean Johnson


La idea de la participación forzada en las visitas episcopales a las sedes de la FSSPX era (y sigue siendo) una estrategia práctica para lograr gradualmente relaciones de trabajo normales entre el clero católico y el modernista, algo esencial en cualquier futura absorción canónica de la FSSPX.

Naturalmente, la negativa tendría consecuencias.

Un ejemplo notorio fue la visita del cardenal Brandmuller y otros al seminario de la FSSPX en Flavingny. El padre Thierry Gaudray (uno de los siete decanos del distrito francés que protestaron contra las nuevas directrices de la FSSPX sobre el matrimonio conciliar) se negó a asistir y fue convocado de inmediato a Menzingen.

Pronto, las visitas se convertirían en residencias y relaciones permanentes, como la estancia de +Huonder en un internado de la FSSPX en Suiza (¡e incluso la consagración de óleos sagrados para la Fraternidad!). También cabe mencionar el uso de sacerdotes conciliares e indultados para atender capillas de la FSSPX en algunos lugares de África.

El relato que están a punto de leer es, por lo tanto, solo uno más de muchos sucesos similares que, aunque fueron escandalosos en su momento, hoy en día son vistos por la mayoría de los fieles de la Sociedad con desinterés o incluso aprobación.

☙❧ ☙❧ ☙❧ 

4 de abril de 2019

Estimados padres:

Como les prometí a algunos de ustedes, quisiera resumirles los motivos de mi renuncia a la Sociedad de San Pío X, veinticinco años después de haber recibido el hábito de las Hermanas Oblatas.

Desde la aceptación por parte de la Sociedad, en abril de 2017, del “pacto matrimonial” propuesto por el Papa Francisco, he tenido la convicción de que la Sociedad ya no protegía a los fieles de la Iglesia modernista. Cada vez se nos decía más que la Iglesia Católica y la Iglesia oficial son una misma cosa, ambas visibles, mientras que la profesión de la verdadera fe es el primer criterio para ser miembro de la Iglesia Católica, un criterio que los obispos modernistas, por ejemplo, no cumplen. Empecé a sentirme muy incómoda con mi pertenencia a la Sociedad, porque significaba apoyar estas nuevas ideas que el Arzobispo Lefebvre había refutado claramente y contra las que nos había advertido muchas veces con franqueza.

Me aconsejaron esperar hasta el próximo Capítulo General de la Sociedad, que se celebraría en julio de 2018, antes de tomar cualquier decisión trascendental. Y así lo hice. Se esperaba que un nuevo Superior General revirtiera el rumbo desastroso de la Sociedad.

Sin embargo, yo era consciente de que la misión del Superior General es implementar las decisiones del Capítulo. Por lo tanto, esperé a que se publicaran las Actas del Capítulo para tomar una decisión. El 18 de septiembre recibimos extractos de las Actas del Capítulo. Estas trataban sobre los matrimonios, las relaciones de la Sociedad con Roma y la prelatura. Tras su lectura, todas mis dudas se disiparon y tuve la certeza de que debía abandonar la Sociedad de San Pío X si quería permanecer fiel a las enseñanzas y recomendaciones de nuestro Fundador. La solicitud de matrimonios a la delegación de obispos modernistas se hizo obligatoria para todos los sacerdotes de la Sociedad; se nos recomendó practicar una “actitud caritativa” hacia cualquier obispo, clérigo o fiel sin reservas, siempre que fueran “amigables con la tradición”. Esto abrió la puerta a cualquier tipo de colaboración con clérigos y laicos que no estuvieran plenamente comprometidos con la defensa de la Tradición Católica. Saben qué fruto dieron estas nociones deliberadamente vagas en la Escuela Saint Michael cuando el director invitó al obispo diocesano conciliar a dirigir la oración de los niños en nuestra capilla, después de haberle preparado un ramo espiritual destinado a expresar “nuestra gratitud”. ¿Gratitud por qué? ¿Por haber dicho en un foro interreligioso que los cristianos católicos no niegan la libertad moral de elegir a favor o en contra de la Verdad de Cristo [1]? Una declaración que es libertad religiosa en pocas palabras, en total contradicción con las palabras de Nuestro Señor (Marcos, 16-16). ¿O gratitud por haber pedido a los musulmanes que rezaran (¿a quién?) por nosotros [2]?

Pero volviendo a la cronología de los hechos, aquella tarde del 18 de septiembre decidí dejar la Sociedad. Sin embargo, era el final de la primera semana del nuevo curso escolar y era obvio que irme en ese momento no era una opción. Así que, por el bien de los niños y de ustedes, queridos padres, decidí quedarme hasta el final del curso.

Un día de febrero, el director me dijo que había invitado al obispo modernista de Portsmouth a visitar el colegio. Me pidió que le preparara un ramo espiritual, a lo que accedí, sin tener ni idea de que fuera un gesto de gratitud. No obstante, decidí preparar a los niños para que desconfiaran del obispo, diciéndoles que había hecho algunas cosas que demostraban que necesitaba oraciones y sacrificios, como celebrar la Nueva Misa y distribuir la Sagrada Comunión en la mano.

En la siguiente reunión de personal, el padre Brucciani les comunicó que el obispo Egan no solo visitaría el colegio, sino que además dirigiría a los niños en el rezo del Rosario en la capilla. Levanté la mano y dije que no iría a rezar con el obispo diocesano en nuestra capilla. Aunque tanto el director como la superiora del distrito dedicaron mucho tiempo y energía a intentar convencer a las Hermanas de que no había ningún problema con su plan, el 8 de marzo ninguna de ellas se presentó en la capilla para el rosario dirigido por el obispo, ya que cada una, por voluntad propia, había decidido que no podía asistir a ese evento en conciencia. Esta abstención iba a provocar más presión sobre las Hermanas.

Esto habría sido algo que habría ofrecido y yo seguiría en la escuela si las cosas hubieran quedado así.

Sin embargo, después de la visita del obispo Egan, el director les dijo a los niños en un sermón el miércoles que el obispo de Portsmouth era un hombre de buena voluntad, que no era malo. Ahora bien, si le dices a un niño que una baya no es mala, se la llevará a la boca, porque significa que es buena, o al menos inofensiva. Pero un obispo modernista no es un predicador inofensivo (véase más arriba). Él portaba consigo todo el espíritu dañino del Concilio Vaticano II, destructivo para la fe católica. En ese momento, me quedó claro que la confianza de los niños había sido usurpada en beneficio de una persona indigna de ella, que tenía todas las apariencias de un obispo católico, pero no la fe de un obispo católico. ¿Cómo podían los niños discernir el engaño? Por otro lado, ¿cómo podían los niños que conocían el problema del Concilio Vaticano II comprender que uno de sus fieles portavoces había dirigido su oración en nuestra capilla católica? Como el padre John Brucciani me había ordenado poco antes que no hablara con los niños sobre el obispo Egan, comprendí que ya no podría proteger la fe de los niños de este sutil envenenamiento y la lenta subversión de su confianza en sus padres, las Hermanas o sus sacerdotes, según a quién se inclinaran con su limitado entendimiento.

En tales circunstancias, mi presencia en la escuela carecía de sentido, ya que mi propósito no era impartir conocimientos académicos, sino enseñar la fe católica y fomentar la vida espiritual y moral católica en mis jóvenes alumnos.

Además, mi presencia diaria en el campus, vistiendo el hábito de los Oblatos de la Sociedad, suponía una aprobación tácita de la dirección de la escuela, lo cual entraba en conflicto con mi conciencia.

Por consiguiente, decidí dejar la escuela durante la Semana Santa para tener tiempo de preparar a mis alumnos más pequeños y a toda la escuela primaria para mi partida. Le comuniqué mi decisión al director de manera extraoficial con cierta antelación para que él también tuviera tiempo (cinco semanas) para preparar todo para el inicio del trimestre de la Trinidad.

El 25 de marzo presenté mi renuncia al Superior General de la Sociedad.

El 27 de marzo, el Segundo Asistente del Superior General visitó nuestra escuela y escuchó lo que tenía que decir sobre la situación en nuestra escuela y parroquia en general y, más específicamente, sobre la “crisis del obispo Egan”. Me ofreció retirar mi renuncia, lo cual era impensable. Su conclusión fue que debía irme “lo antes posible”. A la mañana siguiente, no me permitieron ir a la escuela para evitar armar un escándalo.

El 30 de marzo dejé la escuela y la Nueva Fraternidad de San Pío X para poder cumplir fielmente con lo que había prometido el día de mi ingreso en esa querida Sociedad, fundada por el arzobispo Lefebvre.

Actualmente, cuento con la generosa acogida de los fieles de la Misión de San Gregorio del Padre King en Southport. Puedo asistir a la Santa Misa diariamente y prepararme para mi siguiente paso en la vida religiosa.

Quiero agradecerles de todo corazón su maravilloso apoyo durante los últimos días de mi estancia en la Escuela San Miguel. Me ayudó a sobrellevar esos momentos tan difíciles. Me conmovió el dolor que muchos de ustedes expresaron de una u otra manera. Esto me hizo ser más consciente del fuerte vínculo de caridad que nos une en Nuestro Señor Jesucristo y que hemos forjado juntos durante los últimos quince años. Este vínculo permanece intacto, e incluso puede que se haya fortalecido mientras compartíamos el dolor de una separación tan repentina. Los tengo presentes en mis oraciones, especialmente durante la Santa Misa. ¡Por favor, sigan orando por mí también!

Que Nuestra Santísima Virgen los guarde a todos en su Corazón Doloroso e Inmaculado, que siempre será nuestro punto de encuentro.

Con el mayor agradecimiento,
Hermana Mary-Elizabeth

1) http://www.portsmouthdiocese.org.uk/bishop/docs/20171109-BoP-Talk-I...

2) http://www.portsmouthdiocese.org.uk/enews/mosque-visit.php Nótese que el obispo Egan escribió: “Me uní a ellos [los musulmanes en la mezquita] para las oraciones del viernes”.

GRACIA Y LIBERTAD: VIDA ESPIRITUAL (1)

El discernimiento espiritual cristiano pretende conocer la voluntad concreta de Dios providente: “¿qué he de hacer, Señor?”

Por el padre José María Iraburu


De las premisas doctrinales ya expuestas en los artículos anteriores (aquí, aquí y aquí), iré sacando ahora consecuencias concretas para la vida espiritual.

¿Qué he de hacer, Señor? 

La perfección cristiana, la santidad, está en la total fidelidad a la gracia de Cristo. Y en la medida en que amamos a Cristo, en esa medida recibimos dócilmente su gracia. En otras palabras: ama al Señor el que cumple su voluntad.

Amar al Señor no es sentir por Él esto o lo otro, sino hacer fielmente su voluntad: “si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, y “si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor” (Jn 14,15; 15,10). Amar al Señor es dejarse mover incondicionalmente por el Espíritu Santo, “el Espíritu de Jesús” (Hch 16,7). Y “los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son los hijos de Dios” (Rm 8,14). Amamos al Señor en la medida en que le dejamos obrar en nosotros y con nosotros lo que quiera. Él es la cabeza, no nos pertenecemos, nos ha adquirido al precio de su sangre. Y si Él es la cabeza y nosotros somos sus miembros, Él ha de movernos como mejor le parezca, sin hallar en nosotros resistencia alguna. En eso está la santidad. Y así lo entiende San Pablo desde el primer momento de su conversión: “¿qué he de hacer, Señor?” (Hch 22,10).

Siendo la iniciativa siempre del Señor, hemos de hacer todo y sólo lo que su gracia nos vaya dando hacer, ni más, ni menos, ni otra cosa, por buena que ésta fuera. Recuerdo lo del Apóstol: “hemos sido creados en Cristo Jesús para hacer aquellas buenas obras que Dios dispuso de antemano para que nos ejercitáramos en ellas” (Ef 2,10). En ellas, no en otras, que a nosotros o quizá a otros, por buenas y urgentes que sean, se nos puedan ocurrir. “No debe el hombre tomarse nada, si no le fuere dado del Cielo” (Jn 3,27). Ya vimos también como Cristo declara “yo no hago nada por cuenta propia”, nada. Él solamente hace lo que el Padre obra en él. Él siempre se mueve movido por el Padre, como aquel niño analfabeto que escribía guiado por la mano de su padre.

Por lo tanto, en la total sinergia de gracia y libertad está la perfección cristiana. Los niños que van de la mano de su madre, rara vez acomodan exactamente su paso al de ella: o se dejan remolcar, o van tirando para ir más a prisa, o intentan ir en otra dirección. Y obran así porque todavía son niños. Pero cuando lleguen a una condición adulta, ajustarán su paso al de sus mayores con toda facilidad y agrado. Lo mismo sucede al ir creciendo en las edades espirituales: siendo el cristiano todavía niño en Cristo, le cuesta conocer y seguir la voluntad de Dios (1Cor 3,1ss); sólo alcanzará la plena sinergia gracia-libertad cuando llegue a adulto en la edad de Cristo (Ef 4,13-14).

El discernimiento espiritual cristiano pretende conocer la voluntad concreta de Dios providente: “¿qué he de hacer, Señor?”. Y habrá de realizarse de modo diverso cuando se trate o no de obras obligatorias.

–Cuando las buenas obras son obligatorias, no hay particular problema de discernimiento. El mandato que nos comunica Dios exteriormente no es sino la declaración de lo que Él quiere hacer interiormente en nosotros por la moción de su gracia. Si Dios, por la Escritura o por la Iglesia, nos ha dado un claro mandato sobre un punto concreto –por ejemplo, perdonar las ofensas recibidas, ir a misa los domingos–, no hay nada que discernir: “el que me ama, cumple mis mandamientos”. Dígase lo mismo de la persona de vida consagrada: si Dios le ha dado la gracia de profesar esa Regla de vida, le dará habitualmente su gracia para cumplirla.

En estos casos, pues, el único cuidado será el de aplicarse bien al cumplimiento de esos mandatos, es decir, cumplirlos con motivación verdadera de caridad, con fidelidad y perseverancia, con intención recta, en actitud humilde y con determinación firmísima. Y como ya se entiende, el cumplimiento de ciertas obras concretas –ir a misa el domingo–, se verá en ocasiones lícitamente impedido por graves razones objetivas –por estar enfermo, por no dejar solo a un enfermo grave, etc.–. El discernimiento en estos casos suele ser obvio.

–Pero cuando las buenas obras no son obligatorias, quiero decir, no lo son en una medida y frecuencia claramente determinadas por Dios y por la Iglesia, es entonces cuando surge propiamente la necesidad del discernimiento. En la consideración de este tema, tomaré en adelante como ejemplo principal la práctica de la oración. Ciertamente yo he de orar, Dios lo manda, Dios me da su gracia para orar; pero ¿cuánto, de qué modo, cuándo, cómo debo proporcionar oración y trabajo, diálogo con Dios o con los hombres?… “¿Qué he de hacer, Señor?”.

Las reglas de discernimiento, más o menos sistematizadas, han ido formulándose en la Iglesia ya desde el primer monacato. Son muy estimadas las que propone San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios espirituales (169-189, 313-370). Pero tengamos en cuenta que ningún método concreto para el discernimiento tiene de por sí una eficacia mágica para descubrir la voluntad divina. El método puede ser sin duda útil, pero valdrá sólo en la medida en que el cristiano lo aplique según las normas generales que en seguida expongo.

San José, siendo santísimo, al saber que María estaba embarazada, no supo discernir qué debía hacer, es decir, cuál era la voluntad de Dios, y después de muchas oraciones y dudas, “decidió repudiarla en secreto”. Si no llega a enviarle Dios un ángel, para mandarle recibirla, hubiera incurrido, aunque sea inculpablemente, en un error gravísimo (Mt 1,18-21). San Francisco de Asís, siendo también santísimo, estuvo un tiempo sin saber si Dios quería que predicase o que se retirase a una vida de oración y penitencia –que no es pequeña la duda–, y tuvo que salir de ella enviando mensajeros que lo consultaran con Santa Clara y el hermano Silvestre (San Buenaventura, Leyenda mayor 12,2).

San Ignacio de Loyola, gran santo, especialmente dotado por Dios para la discreción de espíritus, estando en Tierra Santa, hizo “propósito muy firme” de arraigarse allí para siempre. Más tarde, con sus compañeros de París, estuvo durante años queriendo irse a vivir a Palestina. Pensaba que ésa era la voluntad de Dios. Y en 1551, cinco años antes de morir, después de mucho pensarlo y rezarlo –es de suponer que aplicaría sus reglas de discernimiento–, decidió “absolutamente” dejar la guía de la Compañía de Jesús. Ninguna de estas intenciones se cumplieron, porque la voluntad de Dios era otra, y él siempre estaba atento a la voluntad del Señor. Su biógrafo, el padre Nadal, dice que “era llevado suavemente a donde no sabía”. Y unos años más tarde San Juan de la Cruz escribiría: “para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes”.

Quiero señalar con estos ejemplos que las reglas para el discernimiento, que aseguren una sinergia gracia-libertad, “en cuanto métodos”, nunca garantizan por sí mismas el discernimiento verdadero. El discernimiento verdadero es una gracia, un don de Dios, y aplicando métodos o sin ellos, solamente se alcanza en la medida en que se cumplen las normas fundamentales de la vida cristiana, que seguidamente recuerdo.

1) La humildad. El humilde desconfía totalmente de sí mismo; por eso tiene horror a hacer su propia voluntad, y pone todo su empeño en conocer la voluntad de Dios: danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla (dom. 1, T. Ord.). Dios no se esconde del hombre; es el hombre el que se esconde de Dios (Gén 3,8; 4,14), y se esconde porque no quiere que la Luz divina venga a denunciar sus malas obras (Jn 3,20). El Señor ama a sus hijos, y quiere por eso manifestarles sus voluntades concretas para que, cumpliéndolas, se perfeccionen. Es el hombre el que se tapa ojos y oídos con los apegos desordenados de su voluntad propia –a ideas, proyectos, personas, lugares, trabajos, situaciones, a lo que sea–, y así no alcanza a conocer la voluntad de Dios. Por eso, en la medida en que el hombre, dócil a la gracia divina, va saliendo por la humildad de la cárcel de su propio egocentrismo, en esa medida adelanta en el discernimiento fácil y seguro de la voluntad de Dios sobre él, y su vida se va iluminando con la serenidad y la paz del Cielo. El Señor le da luz para conocer su voluntad, y la fuerza necesaria para cumplirla.

El cristiano se centra en sí mismo (egocentrismo) cuando polariza su atención espiritual en la producción de éstas o aquellas obras buenas. Y en cambio se centra en Dios (indiferencia espiritual) cuando todo su empeño se pone en agradar a Dios, en guardar una fidelidad incondicional a su gracia, sea cual fuere. Entonces es cuando, apagado el ruido interno de ansiedades, temores y gozos vanos, va logrando el cristiano ese tan precioso silencio interior (silentium mentis, San Buenaventura), en el que escucha con facilidad la Voz divina, su voluntad, su mandato. Y así el humilde, por la oración y la abnegación de sí mismo, guiado por el infalible instinto del amor, llega con facilidad al exacto discernimiento, muchas veces “sin que él sepa cómo” (Mc 4,27).

2) La abnegación de la propia voluntad. Al humilde le horroriza quedar “abandonado a los deseos de su corazón” (Rm 1,24-26), ya lo he señalado. No tener voluntad propia es la condición fundamental para poder conocer la voluntad de Dios. Sin eso, no hay método de discernimiento que valga nada. El pecado original nos oscureció la razón y nos debilitó la voluntad para hacer el bien. Pero, ciertamente, no mató en nosotros la voluntad carnal. Por el contrario, la voluntad del hombre adámico quiere, quiere siempre –que pase esto, que no suceda, que se logre tal cosa, que venga ya, que no se le ocurra venir–… quiere siempre, siempre está queriendo, quiere que se mata. Y así nos pierde. Por lo tanto, clave para el buen discernimiento que hace posible la plena santificación cristiana es mantener la voluntad en libertad vigilada, sin consentir jamás que quiera algo por sí misma. Pues no hemos venido al mundo a hacer nuestra voluntad, sino la voluntad del que nos envió, Dios (cf. Jn 6,38). Por lo tanto, hermanos, “no hagáis lo que queréis” (Gál 5,17).

El apego a los planes propios suele ser uno de los obstáculos principales de la vida espiritual, por buenos que esos planes sean en sí mismos, objetivamente considerados, sean planes propios o estén trazados por otros. El cristiano carnal que intenta la perfección cristiana suele estar más o menos apegado a un cierto proyecto propio de vida espiritual, compuesto por un conjunto de obras buenas, bien concretas. Ese proyecto está condicionado con frecuencia por el temperamento propio, la educación recibida o el ambiente espiritual predominante. Uno, por ejemplo, que valora mucho la oración, se empeña en orar dos horas al día. Otro, muy activo, apenas tiene tiempos de oración, pues está firmemente convencido de que la caridad le exige hacer muchas cosas. Sin duda, estos proyectos personales pueden ser en sí mismos buenos y nobles, pero con harta frecuencia no coinciden con los designios concretos de Dios sobre la persona, y por tanto los resisten. Y de aquí vienen la ansiedad, el cansancio, el escaso crecimiento espiritual, el pecado a veces y quizá el abandono.

–“Pero vamos a ver: ¿y a usted quién le manda querer nada desde su propia voluntad? ¿Quién le autoriza a tener planes propios en su vida? Lo único que tiene que hacer usted es descubrir y realizar la voluntad de Dios. ¿Se imagina usted a la Virgen María “queriendo algo por su cuenta”? Es impensable. Ella es la esclava del Señor, y por lo tanto no tiene voluntad propia, y no quiere sino que se haga en ella la voluntad de su Señor”.

Las cavilaciones incesantes son un horror, pero son inevitables mientras haya voluntades propias. Sepamos bien sabido que en las dudas persistentes no hallaremos la solución dándole mil vueltas al asunto, consultando ansiosamente a uno y a otro, considerando los pros y los contras en una labor interminable, aunque también querrá Dios que a veces hagamos algo de todo eso. Para salir de las dudas, lo más decisivo es la oración de petición, “¿qué he de hacer, Señor?”, y procurar ante todo que nuestra voluntad haga juego libre bajo la moción de la gracia, es decir, esté sinceramente libre en esa cuestión de todo apego desordenado, se mantenga solamente atenta a Dios, entregada incondicionalmente a su voluntad, exenta tanto de deseos como de temores concretos. Nuestra vida espiritual ha de centrarse habitualmente en conseguir esa santa indiferencia, principalmente por la oración de petición. Y entonces la vida espiritual se va simplificando cada vez más, pues como dice San Juan de la Cruz, “el camino de la vida es de muy poco bullicio y negociación, y más requiere mortificación de la voluntad que mucho saber” (Dichos 57).

Seguiré exponiendo, con el favor de Dios, las condiciones que hacen posible el acuerdo perfecto entre gracia y libertad.
  

CONDENAS EMITIDAS POR LA SANTA SEDE CONTRA LA SECTA MASÓNICA

Continuamos con la publicación del capítulo XX del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


APENDICE

NOTAS Y DOCUMENTOS

I

MASONERÍA

I. — CONDENAS EMITIDAS POR LA SANTA SEDE CONTRA ESTA SECTA

Sería demasiado extenso reproducir aquí los documentos mediante los cuales los Sumos Pontífices condenaron la masonería.

Bastará con mencionarlos.

La primera condena papal fue emitida el 28 de abril de 1738 por Clemente XII, en la Constitución In eminenti;

La segunda por Benedicto XIV, el 18 de mayo de 1751, en su Constitución Providas;

La tercera por Pío VII, el 13 de septiembre de 1821, en la Bula Ecclesiam a Jesu Christo;

La cuarta por León XII, el 13 de marzo de 1825, en la Constitución Apostólica Quo graviora;

La quinta por Pío VIII, el 24 de marzo de 1829, en la Encíclica Traditi;

La sexta por Gregorio XVI, el 15 de agosto de 1832, en la Encíclica Mirari vos;

La séptima, de Pío IX, el 9 de noviembre de 1846; con su Encíclica Qui pluribus; y varias otras veces de diferentes maneras;

La octava, por León XIII, el 20 de abril de 1884; con su Encíclica Humanum Genus.

De estas condenas se desprende:

1. Un masón excomulgado pierde todo derecho a los bienes espirituales de la Iglesia. Queda excluido de la comunidad cristiana y, por lo tanto, en esta situación, no puede recibir los sacramentos.

2. Salvo en peligro de muerte, solo puede ser absuelto en virtud de poderes especiales otorgados por el Sumo Pontífice.

3. Incluso en peligro de muerte, la absolución solo es válida si el penitente rompe completamente con la masonería y destruye, o manda destruir, o entrega al sacerdote, los libros, manuscritos e insignias que le pertenecen.

4° El obispo William de Port Louis declaró que a un masón se le puede conceder el sacramento del matrimonio por consideración a la otra parte, quien, al haber permanecido miembro de la Iglesia, no ha perdido sus derechos a los sacramentos (1). Sin embargo, un masón, o cualquier miembro de otra sociedad condenada, que no se haya reconciliado previamente con la Iglesia, sería culpable de profanar el sacramento, una profanación que solo podría privar a su unión de la bendición celestial y por la cual tendrían que responder ante el tribunal de Dios.

5° El mismo prelado declaró que se concederá sepultura eclesiástica a toda persona que haya solicitado la asistencia de un sacerdote en el momento de su muerte, considerándose esta solicitud prueba de un sincero deseo de reconciliarse con la Iglesia. Sin embargo, habrá una excepción a esta regla cuando los restos mortales del difunto sean trasladados a la Logia Masónica. En este caso, bajo ninguna circunstancia se permitirán oraciones ni ceremonias religiosas en la iglesia. Hemos dado órdenes formales a todo nuestro clero al respecto, y por la presente les reiteramos esta prohibición.

6° Prohibimos expresamente, declaró el obispo de Autun, colocar insignias de sociedades secretas en el catafalco, ya sea en la iglesia o en el camino al cementerio. Si alguien se niega a acatar esta orden, el clero informará a la familia del difunto que no podrá realizarse el entierro con las ceremonias y oraciones de la Iglesia.

También prohibimos, dijo el mismo prelado, admitir como patrocinador a un masón conocido públicamente como tal, a menos que declare que quiere romper con esta sociedad.

Estas prohibiciones no son exclusivas de la diócesis de Autun y Port-Louis; son de derecho común.

II — CONDENA EMITIDA POR EL EPISCOPADO FRANCÉS

Cuatro años después de la primera condena de la masonería por parte de la Santa Sede, el obispo de Marsella lanzó esta “advertencia” a su feligresía diocesana.

Esta es la primera acción episcopal conocida contra la secta.

ADVERTENCIA

En relación con una asociación que estaba empezando a consolidarse en la ciudad de Marsella:

Henry-François-Xavier de Belsunce de Castelmoron, por la Divina Providencia y la gracia de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Marsella, Abad de la Real Abadía de Saint-Arnould de Metz y de la de Notre-Dame des Chambons, Consejero del Rey en todos sus Concilios: Al clero secular y regular, y a todos los fieles de nuestra diócesis, saludos y bendiciones en nuestro Señor Jesucristo.

¿Podríamos, mis queridos hermanos, permanecer en silencio, sin incurrir en culpa ante Dios y los hombres, respecto a una extraña y misteriosa asociación que comienza a establecerse en esta ciudad y que hoy causa tanto revuelo? ¿Podríamos mantener la calma mientras aquellos de ustedes que, desafiando toda autoridad, se han unido a esta Asociación, se enorgullecen falsamente de su desobediencia y emplean las más insistentes súplicas para engrosar las filas de sus asociados?

Si todas las reuniones clandestinas están expresamente prohibidas en el Reino, ¿cuánto más deberían prohibirse aquellas cuyo impenetrable secreto bastaría para causar las alarmas más justificadas?

¿Qué consecuencias desastrosas para la religión y para el Estado no debemos temer de una asociación y asambleas donde personas de todas las naciones, de todas las religiones y de todos los estados son recibidas indistintamente, y entre quienes reina una unión íntima que se demuestra a favor de toda persona desconocida y de todo extranjero, tan pronto como, mediante alguna señal concertada, da a conocer que es miembro de esta misteriosa sociedad?

Las personas de profunda piedad sin duda mirarán con desprecio e indignación a esta Asociación, ridícula incluso por su nombre: M. T. C. F. (Nota Diario7: En la correspondencia y literatura masónica francesa: Mon Très Cher Frère, en español “Mi Muy Querido Hermano”), aquellos que se proclaman abiertamente MASONES y solicitan públicamente a otros que se unan a ellos, aún podrían seducir a muchas personas débiles e ingenuas, si no nos rebeláramos contra un escándalo que se ha hecho demasiado público. Por lo tanto, en esta ocasión, como en cualquier otra, debemos recordar que estamos en deuda tanto con los débiles como con los fuertes.

Por estas razones, advertimos a todos nuestros miembros diocesanos, cualquiera que sea su condición, estado y profesión, que no pueden ingresar en la Asociación de MASONES, y que si ya han sido admitidos en ella, no pueden continuar en sus Asambleas sin cometer un pecado, del cual nos reservamos a nosotros mismos y a nuestros Vicarios Generales el poder de absolverlos.

Y nuestra presente advertencia será leída y publicada en los sermones de las Misas parroquiales y en los sermones que se envíen y publiquen donde sea necesario, con la diligencia de nuestro Promotor.

Dado en Marsella, en nuestro Palacio Episcopal, el 14 de enero de 1742.
✝ Henry, Obispo de Marsella.

Por Monseñor Boyer, Sacerdote Secretario.


Seis años después, el mismo obispo se vio obligado a oponerse al progreso que estaba logrando la masonería, a pesar de la advertencia que había dado.

“Nos asombra ver que el número de masones aumenta en esta ciudad. Ya hay cuatro logias ubicadas en diferentes distritos; varias personas están siendo admitidas en ellas, sin ser intimidadas por el espantoso juramento que se debe pronunciar para ser admitido en esta sociedad ilícita y escandalosa; un juramento, sin embargo, cuyos términos deberían hacer estremecer a cualquiera con un mínimo de religión; un juramento que, mediante una horrible profanación, se hace sobre la Santa Biblia; un juramento, finalmente, que no se puede hacer sin incurrir en un enorme pecado mortal. Pero, dado que algunos de los líderes de estas logias, para engañar y seducir a los ingenuos, tienen la flagrante mala fe de decirles que ya no desaprobamos esta Asociación, y que por orden del Tribunal hemos revocado nuestra Advertencia del 14 de enero de 1742, nos vemos obligados, por el bien de nuestra conciencia, a ordenar, como de hecho ordenamos, que esta misma Advertencia se publique nuevamente mañana en los sermones de las parroquias de esta ciudad, y en el Sermones pronunciados en las iglesias donde deban ser entregados. Dado en Marsella, en nuestro Palacio Episcopal, el 3 de febrero de 1748.

✝ Henry, Obispo de Marsella.

Por Monseñor COUDOUNEAU, Sacerdote Secretario.

III. — CONDENA EMITIDA POR LAS AUTORIDADES CIVILES

La masonería fue condenada desde sus inicios por algunos poderes civiles.

El mismo año en que el Papa Clemente XII lanzó la Constitución In eminenti, el primero en oponerse a la secta fue el magistrado de Hamburgo, quien la prohibió. Unos años más tarde, le siguieron la República de Berna, la Puerta Ottomana (1751), y el magistrado de Danzig (1763). El edicto de este último revela el pensamiento de los demás gobiernos:

“Dado que hemos averiguado que estos supuestos masones, al recomendar ciertas virtudes, buscan socavar los fundamentos del cristianismo, introducir un espíritu de indiferencia contra esta doctrina, etc., para reemplazarla con la religión natural; que han establecido, para lograr este objetivo pernicioso, estatutos ocultos que comunican bajo un juramento que hacen prestar a sus candidatos, un juramento más terrible que cualquier otro exigido por un soberano a sus súbditos; que tienen un fondo expresamente destinado al propósito pernicioso de sus peligrosas intenciones, el cual incrementan continuamente con contribuciones que exigen a sus miembros; que mantienen una correspondencia íntima y sospechosa con sociedades extranjeras del mismo tipo...”

Para que los gobiernos protestantes decidieran ilegalizar una secta solemnemente condenada por Roma, debían haber tenido revelaciones que hubieran consolidado su opinión sobre su carácter anticristiano y revolucionario.

Continúa...

Nota:

1) Una instrucción de la Santa Propagación de la Fe, fechada el 5 de julio de 1878, establece que en tales casos el párroco debe comportarse como en los matrimonios mixtos, es decir, solo ofrecer su presencia.

El 21 de febrero de 1883, el Santo Oficio respondió a una pregunta sobre este tema, indicando que, hasta que la Santa Sede promulgue un decreto, el párroco debe actuar con prudencia y hacer lo que considere más conveniente ante Dios; pero nunca celebrar la Misa en tales matrimonios. Esta respuesta se publicó el Tablet, suplemento del 27 de junio de 1885.

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(✞ 202)


Descubrimiento de sus restos mortales

Filomena, una joven mártir de la Iglesia primitiva durmió en el olvido de la historia hasta el hallazgo de sus restos mortales el 24 de mayo de 1802. Ocurrió en el día de María Auxiliadora, durante una de las excavaciones que se hacen constantemente en Roma. La encontraron en la Catacumba de Santa Priscilla, en la Vía Salaria.

En una tumba habían tres losas juntas que cerraban la entrada y en ellas había una inscripción que estaba rodeada de símbolos que aludían al martirio y a la virginidad de la persona ahí enterrada. Los símbolos eran: ancla, tres flechas, una palma y una flor.


La inscripción decía: LUMENA PAXTE CUM FI

Se entiende que estas losas pueden haber sido puestas, en el orden incorrecto, debido a la prisa o al poco conocimiento del latín del obrero. Por lo tanto, la inscripción correctamente puesta se leería: PAX TECUM FILUMENA en español: ¡Paz sea contigo Filomena!

Al abrir la tumba descubrieron su esqueleto que era de huesos pequeños y notaron a la vez, que su cuerpo había sido traspasado por flechas. Al examinar los restos, los cirujanos atestiguaron la clase de heridas que la joven mártir recibió y los expertos coincidieron en calcular que la niña fue martirizada a la edad de 12 o 13 años.

Costumbres de los primeros cristianos

Por el entusiasmo que causaba en los primeros cristianos la valentía de los que morían por la fe, acostumbraban a marcar la losa con el signo de la palma, y ponían al lado un pequeño frasco que contenía la sangre del mártir.

Hechos extraordinarios del descubrimiento

Cuando los científicos estaban transfiriendo la sangre seca a un nuevo frasco transparente, ante todos los que estaban presentes, se sucedió un hecho extraordinario. Para su asombro vieron que las pequeñas partículas de la sangre seca cuando caían en el nuevo frasco, brillaban como oro, diamantes y piedras preciosas y resplandecían en todos los colores del arco iris. (Hasta el presente, se puede observar en algunos momentos de gracia, que estas partículas cambian de color)

Los huesos, cráneo y cenizas junto con el frasco que contenía la sangre fueron depositados en un ataúd, el cual fue cerrado y triplemente sellado. Bajo guardia de honor, el ataúd de ébano fue llevado a la custodia del Cardenal Vicario de Roma, a una capilla donde se guardan los cuerpos de santos.

La Congregación de Indulgencias y Reliquias declaró la autenticidad de las reliquias de la mártir.

Datos biográficos

A pesar de tener sus restos mortales, la Iglesia aun no sabía nada sobre la vida de Santa Filomena. Lo que sabemos de esta santa es gracias a las revelaciones privadas recibidas de la santa en 1863 por tres diferentes personas, en respuesta a las oraciones de muchos a que dejara saber quien era ella y como llegó al martirio.

Las personas favorecidas fueron un joven artista de buena moral y vida piadosa, un devoto sacerdote y una piadosa religiosa de Nápoles, la Venerable Madre María Luisa de Jesús quien murió en olor de santidad. (Estas revelaciones han recibido el Imprimátur de la Santa Sede dando testimonio de que no hay nada contrario a la fe. La Iglesia no ha hecho ningún otro pronunciamiento y no garantiza la autenticidad de las supuestas revelaciones. La Santa Sede dio la autorización para la propagación de estas el 21 de diciembre de 1883.)
 

Historia de la vida según las revelaciones a la Madre María Luisa de Jesús

"Yo soy la hija de un príncipe que gobernaba un pequeño estado de Grecia. Mi madre era también de la realeza. Ellos no tenían niños. Eran idolatras y continuamente ofrecían oraciones y sacrificios a sus dioses falsos. Un doctor de Roma llamado Publio, vivía en el palacio al servicio de mi padre. Este doctor había profesado el cristianismo. Viendo la aflicción de mis padres y por un impulso del Espíritu Santo les habló acerca de nuestra fe y les prometió orar por ellos, si consentían a bautizarse. La gracia que acompañaba sus palabras, iluminaron el entendimiento de mis padres y triunfó sobre su voluntad. Se hicieron cristianos y obtuvieron su esperado deseo de tener hijos.

Al momento de nacer me pusieron el nombre de Lumena, en alusión a la luz de la fe, de la cual era fruto. El día de mi bautismo me llamaron Filumena, hija de la luz (filia luminis) porque en ese día había nacido a la fe. Mis padres me tenían gran cariño y siempre me tenían con ellos. Fue por eso que me llevaron a Roma, en un viaje que mi padre fue obligado a hacer debido a una guerra injusta.
Yo tenia trece años. Cuando arribamos a la capital nos dirigimos al palacio del emperador y fuimos admitidos para una audiencia. Tan pronto como Dioclesiano me vio, fijo los ojos en mi.

El emperador oyó toda la explicación del príncipe, mi padre. Cuando este acabó y no queriendo ser ya más molestado le dijo: yo pondré a tu disposición toda la fuerza de mi imperio. Yo solo deseo una cosa a cambio, que es la mano de tu hija. Mi padre deslumbrado con un honor que no esperaba, accede inmediatamente a la propuesta del emperador y cuando regresamos a nuestra casa, mi padre y mi madre hicieron todo lo posible para inducirme a que cediera a los deseos del emperador y los suyos. Yo lloraba y les decía: ‘¿Ustedes desean que por el amor de un hombre yo rompa la promesa que he hecho a Jesucristo? Mi virginidad le pertenece a Él y yo ya no puedo disponer de ella’.

‘Pero eres muy joven para ese tipo de compromiso’ -me decían- y juntaban las más terribles amenazas para hacer que aceptara la mano del emperador.

La gracia de Dios me hizo invencible. Mi padre no pudiendo hacer al emperador ceder y para deshacerse de la promesa que había hecho, fue obligado por Dioclesiano a llevarme a su presencia.

Antes tuve que soportar nuevos ataques de parte de mis padres hasta el punto, que de rodillas ante mi, imploraban con lágrimas en sus ojos, que tuviera piedad de ellos y de mi patria. Mi respuesta fue: ‘No, no, Dios y el voto de virginidad que le he hecho, esta primero que ustedes y mi patria. Mi reino es el Cielo’.

Mis palabras los hacía desesperar y me llevaron ante la presencia del emperador, el cual hizo todo lo posible para ganarme con sus atractivas promesas y con sus amenazas, las cuales fueron inútiles. El se puso furioso e, influenciado por el demonio, me mandó a una de las cárceles del palacio donde fui encadenada. Pensando que la vergüenza y el dolor iban a debilitar el valor que mi Divino Esposo me había inspirado. Me venía a ver todos los días y soltaba mis cadenas para que pudiera comer la pequeña porción de pan y agua que recibía como alimento, y después renovaba sus ataques, que si no hubiera sido por la gracia de Dios no hubiera podido resistir.

Yo no cesaba de encomendarme a Jesús y su Santísima Madre.

Mi cautiverio duró treinta y siete días, y en el medio de una luz celestial, vi a María con su Divino Hijo en sus manos, la cual me dijo: ‘Hija, tres días más de prisión y después de cuarenta días, se acabará este estado de dolor’. Las felices noticias hicieron mi corazón latir de gozo, pero como la Reina de los Ángeles había añadido, dejaría la prisión, para sostener un combate más terrible que los que ya había tenido. Pasé del gozo a una terrible angustia, que pensaba me mataría. ‘Hija, ten valentía’, dijo la Reina de los Cielos y me recordó mi nombre, el cual había recibido en mi Bautismo diciéndome: ‘Tu eres LUMENA, y tu Esposo es llamado Luz. No tengas miedo. Yo te ayudaré. En el momento del combate, la gracia vendrá para darte fuerza. El ángel Gabriel vendrá a socorrerte, Yo le recomendaré especialmente a él, tu cuidado’.

Las palabras de la Reina de las Vírgenes me dieron ánimo. La visión desapareció dejando la prisión llena de un perfume celestial.

Lo que se me había anunciado, pronto se realizó. Dioclesiano perdiendo todas sus esperanzas de hacerme cumplir la promesa de mi padre, tomó las decisión de torturarme públicamente y el primer tormento era ser flagelada. Ordenó que me quitaran mis vestidos, que fuera atada a una columna en presencia de un gran número de hombres de la corte, me hizo que me latigaran con tal violencia, que mi cuerpo se bañó en sangre, y lucía como una sola herida abierta. El tirano pensando que me iba a desmayar y morir, me hizo arrastrar a la prisión para que muriera.

Dos ángeles brillantes de luz, se me aparecieron en la oscuridad y derramaron un bálsamo en mis heridas, restaurando en mi la fuerza, que no tenía antes de mi tortura.

Cuando el emperador fue informado del cambio que en mi había ocurrido, me hizo llevar ante su presencia y trato de hacerme ver que mi sanación se la debía a Júpiter el cual deseaba que yo fuera la emperatriz de Roma. El espíritu Divino, al cual le debía la constancia en perseverar en la pureza, me llenó de luz y conocimiento, y a todas las pruebas que daba de la solidez de nuestra fe, ni el emperador ni su corte podían hallar respuesta.

Entonces, el emperador frenético, ordenó que me enterraran, con un ancla atada al cuello en las aguas del río Tiber. La orden fue ejecutada inmediatamente, pero Dios permitió que no sucediera.

En el momento en el cual iba a ser precipitada al río, dos ángeles vinieron en mi socorro, cortando la soga que estaba atada al ancla, la cual fue a parar al fondo del río, y me transportaron gentilmente a la vista de la multitud, a las orillas del río.

El milagro logró que un gran número de espectadores se convirtieran al cristianismo.


El emperador, alegando que el milagro se debía a la magia, me hizo arrastrar por las calles de Roma y ordenó que me fuera disparada una lluvia de flechas. Sangre brotó de todas las partes de mi cuerpo y ordenó que fuera llevada de nuevo a mi calabozo. El cielo me honró con un nuevo favor. Entré en un dulce sueño y cuando desperté estaba totalmente curada. El tirano lleno de rabia dijo: ‘Que sea traspasada con flechas afiladas’. Otra vez los arqueros doblaron sus arcos, cogieron toda sus fuerzas, pero las flechas se negaron a salir. El emperador estaba presente y se puso furioso y pensando que la acción del fuego podía romper el encanto, ordenó que se pusieran a calentar en el horno y que fueran dirigidas a mi corazón. El fue obedecido, pero las flechas, después de haber recorrido parte de la distancia, tomaron la dirección contraria y regresaron a herir a aquellos que la habían tirado. Seis de los arqueros murieron. Algunos de ellos renunciaron al paganismo y el pueblo empezó a dar testimonio público del poder de Dios que me había protegido. Esto enfureció al tirano. Este determinó apresurar mi muerte, ordenando que mi cabeza fuera cortada con un hacha.

Entonces, mi alma voló hacia mi Divino Esposo, el cual me puso la corona del martirio y la palma de la virginidad.


Traslado de sus Santos Restos

Después de que las reliquias de la Santa fueron exhumadas, fueron mantenidas en Roma hasta 1805. En ese tiempo el Padre Francisco di Lucia de Mugnano, un pequeño pueblo cerca de Nápoles, visitó la ciudad de Roma. El tenía un ardiente deseo de procurar las reliquias de alguna joven mártir para su Iglesia. Ya que el Obispo de Potenza, al cual él acompañó a Roma, apoyaba su petición, al Padre Francisco le fue permitido visitar el Tesoro de Reliquias, un largo pasillo donde se preservaban las reliquias de varios santos. Cuando se paró frente a la reliquia de Santa Filomena, se llenó de un gran gozo espiritual, y rogó ante ella. El pensaba que el gran heroísmo de esta joven mártir era la inspiración que necesitaban los jóvenes de su parroquia, que su fortaleza virginal los retaría a la pureza.

Las reliquias de Santa Filomena eran consideradas famosas y eran reservadas para algún distinguido prelado.

El pidió las reliquias y al no recibir ninguna respuesta, el Padre Francisco decidió ir él solo a ver uno de los Canónigos de San Pedro, y pedir otra vez la reliquia. Hizo la petición a nombre del Obispo de Potenza. Le presentaron la reliquia de Santa Filomena.

Los que estuvieron envueltos en la primera petición pensaron que el Obispo de Potenza era merecedor de una reliquia de primera clase. Las reliquias de Santa Filomena fueron dadas al Obispo. Esté a su vez quiso que el pobre sacerdote de Mugnano las tuviera para su parroquia.

De regreso a su pueblo, los viajeros se alojaron en casa de un buen amigo en Nápoles. La señora de la Casa Doña Angela Rose padecía de una enfermedad incurable desde hacia doce años. Ella ofreció vestir las reliquias con la esperanza de ser curada. Las reliquias fueron cubiertas por una estatua de la santa, hecha especialmente para ese propósito y colocadas en una urna de madera. Muchos milagros empezaron a darse. La señora Angela Rose fue instantáneamente sanada al tocar las reliquias. Otros también obtuvieron diferentes sanaciones.

Traslado de las Reliquias a Mugnano

El 10 de agosto de 1805, las reliquias de la Santa fueron trasladadas a Mugnano, a la casa del Padre Francisco di Lucia. Continuos milagros de toda clase acompañaban el traslado. El día antes de la llegada, por las oraciones de los habitantes, una lluvia abundante refrescó los campos y prados de Mugnano, después de una larga temporada de sequía. El Señor Michael Ulpicella, un abogado, que no había podido salir de su cuarto por seis semanas, fue llevado a donde estaban las reliquias y regresó sanado.

El Santuario de Santa Filomena fue escena de prodigiosos milagros. Entre ellos se encuentra la sanación de Pauline Jaricot.

El Gran Milagro de Mugnano

Pauline Jaricot era la hija favorita de unos aristocráticos franceses. Era muy bella y tenía una atractiva personalidad. No obstante todos los atractivos placeres y sus halagadores admiradores, el corazón de Pauline se movía más hacia las cosas del espíritu que las cosas del mundo, aunque la lucha entre las cosas de Dios y las del mundo era fiera. La gracia triunfó y Pauline va a ser recordada por siempre como la fundadora de la Sociedad para la Propagación de la Fe y el Rosario Viviente.

Aunque Pauline había sufrido anteriormente de la enfermedad que fue la causa de su cura, fue en marzo de 1835, que la enfermedad enseñó signos de gravedad. Esta enfermedad afectaba su corazón, en la proporción en que incrementaba, las palpitaciones se volvían tan violentas que se podían oír a cierta distancia. Un pequeño movimiento o cambio de posición era suficiente para que la sangre corriera violentamente a su corazón, que casi se sofocaba. Su respiración parecía parar y su pulso se volvía imperceptible. Drásticos remedios se le tenían que aplicar para restaurarla.

Durante varios años de tortura, solo tenía pequeños intervalos de alivio. Uno de ellos ocurrió después de hacer una novena a Santa Filomena, después de saber de su gran poder con Dios. Tan solo de mencionar el nombre de la santa, ella experimentaba un gozo y un deseo de visitarla en su Santuario. Pero eso parecía un imposible ya que este quedaba a una gran distancia de Francia.

Actuando bajo una inspiración, y después de saber de su doctor la información de su estado, el cual era tan grave que nada importaba de una forma o otra, ella intentó un viaje al Santuario del Corazón de Jesús en Paray le Monial. Sobrevivió la jornada y se dijo a si misma: "Si no me mató este viaje, iré a Roma a obtener la bendición del Santo Padre", lo cual era la ambición de su vida.

Ir a Roma significaba viajar a través de los Alpes, a través de caminos abandonados; era un largo y peligroso viaje, aún para las personas en buen estado de salud. Pero Pauline se puso en camino. El dolor que soportó era intolerable. En Cambery, su valor se acababa y casi se resigna a morir lejos de su casa y del Vicario de Cristo. Estuvo inconsciente por dos días. Los alumnos de la escuela del convento de su pueblo hicieron una novena a Santa Filomena por su recuperación, al final de la misma pudo seguir su viaje.

Pauline sufrió una recaída en Loreto, Italia. Después de unos días continuó su viaje. Llegó a Roma casi inconsciente. Las Hermanas del Sagrado Corazón la recibieron con gran amabilidad, su estado era tal que le era imposible dejar el Convento. Parecía que después de tanta dificultad no iba a poder ver al Santo Padre.

Pero la Santa Madre de Dios y Santa Filomena no la abandonaron. Su llegada a Roma fue informada al Santo Padre, el Papa Gregorio XVI, que al saber de su estado decidió ir en persona a ver a esta joven mujer que tanto había hecho por la Santa Iglesia. Esto era un honor y una consolación para Pauline. El Santo Padre fue amable y le agradeció repetidamente su trabajo a favor de la Iglesia Católica, y la bendijo una y otra vez. Le pidió que orara por él cuando llegara al cielo y esta se lo prometió. Entonces ella le preguntó: ‘¿Santo Padre, si yo vuelvo bien de mi visita a Mugnano, y voy a pie al Vaticano, usted, su Santidad, se dignaría en proceder sin demoras con la investigación final en la Causa de Santa Filomena?’

‘Si, hija’- replicó el Papa- ‘porque eso sería un milagro de primera clase’. Nadie pensaba que ella volvería, debido al estado tan precario de salud.

Era en Agosto y el clima estaba extremadamente caliente. Viajaban de noche para evitar el gran calor del día. Llegaron a Mugnano un día antes de la fiesta de Santa Filomena. Inmensas multitudes se habían reunido para celebrar la fiesta.

La mañana siguiente, Pauline recibió la Santa Comunión, cerca de las reliquias. Sufría unos dolores inmensos en todo su cuerpo y su corazón latía tan violentamente que se desmayó. Las personas pensaron que se había muerto. Las personas que estaban con ella trataron de sacarla de la iglesia, en eso recobró el conocimiento e hizo una señal de que la dejaran cerca de las reliquias. De repente un torrente de lágrimas vinieron a sus ojos, el color volvió a sus mejillas, un brillo saludable sobrevino a sus entumecidos miembros. Su alma estaba llena de un gozo celestial, y pensó que dejaba este mundo para irse al cielo. Pero no era la muerte. Santa Filomena la había sanado. Todavía iba a vivir muchos años para Dios y su Iglesia.

Pauline cuando estuvo segura de su sanación, permaneció en silencio por un tiempo. Pero la Superiora del Convento al ver lo que estaba pasando, ordenó que sonaran las campanas para anunciar el milagro. El pueblo lleno de gozo gritaba "Viva Santa Filomena"

En acción de gracias, Pauline se quedó unos días más. Cuando se fue, llevaba consigo una reliquia grande de Santa Filomena, cubierta en una estatua de la Santa.

Pauline no le había informado al Santo Padre de su sanación. Todos en el Vaticano al oír de su sanación, estaban sorprendidos, sobretodo el Papa cuando la vio ante él en perfecta salud. Su Santidad no lo hubiera creído de no haberlo visto con sus propios ojos. A la petición de Pauline, él le concedió el privilegio de construir una Capilla en honor de Santa Filomena.

Para poder investigar el milagro, el Papa ordenó a Pauline a que se quedará un año entero en Roma. Durante ese tiempo Pauline obtuvo del Santo Padre muchos privilegios para el "Rosario Viviente". Al final del año regresó a Francia.

Papas devotos a Santa Filomena

Papa Gregorio XVI, en Enero 30 de 1837, solemnemente la elevó al altar dando completa autoridad a su culto en todo el mundo católico y por toda la eternidad. Le dio el título de Patrona del Rosario Viviente. En nuestro amor por Santa Filomena seguimos bien la dirección y el ejemplo de los Romanos Pontífices:

Pío IX -En 1849 la nombró Patrona de los Hijos de María.

Papa San Pío X elevó la Fraternidad de Santa Filomena a Universal y nombró a San Juan Vianney su Patrón. Este Papa y gran Santo de la Santa Madre Iglesia solemnemente declaró: "...desacreditar las presentes decisiones y declaraciones concernientes a Santa Filomena como no siendo permanentes, estables, válidas y efectivas, necesarias de obediencia, y en completo efecto para toda la eternidad, procede de un elemento que es nulo y vano y sin mérito y autoridad". (1912)

León XIII - Antes de su elección al Papado, fue dos veces en peregrinación a su Santuario. Después de ser nombrado el Vicario de Cristo, le dio una cruz de mucho valor al Santuario. Aprobó la Confraternidad de Santa Filomena y la enriqueció con indulgencias. La elevó a Archicofraternidad.

Pío XI - Elevó la Archicofraternidad a Universal y nombró a San Juan María Vianney su Patrón.

San Juan Vianney y Sta. Filomena

San Juan Vianney era muy devoto de Santa Filomena. Existía un perfecto entendimiento entre el Cura de Ars y la Santa. La eligió como su patrona y el sentía su presencia constantemente. La llamaba con los nombres mas tiernos y familiares y no dudaba en inducir a otros a que invocaran su intercesión en sus necesidades de cuerpo y alma.

Conoció a la Santa a través de Pauline Jaricot, la cual le ofreció parte de la preciosa reliquia que había obtenido en Mugnano. Inmediatamente se puso a trabajar para erigir una Capilla en su Iglesia y así custodiar con dignidad la reliquia. El lugar pronto se convirtió en escena de innumerables curaciones, conversiones y milagros.

Devociones

A través de las diferentes devociones a Santa Filomena, se han producido muchas sanaciones y conversiones.

Coronilla de Santa Filomena


Óleo de Santa Filomena



El uso del aceite - (de la lámpara que esta encendida frente a las reliquias de Santa Filomena)

En el libro Las Rosas de Santa Filomena de Santa Elizabeth Seton consta que una mujer recobró la vista, después de tres años de sufrir una enfermedad en sus ojos que le causaba tanto dolor que no podía ni comer, ni dormir.

Cordón de Santa Filomena


El Cordón de Santa Filomena ha sido aprobado por la Sagrada Congregación de los Ritos. Usualmente es usado por debajo de la ropa. No se necesita una ceremonia especial pero debe de ser bendecido antes. Al ponerse el cordón, los que lo usan se proponen honrar a Santa Filomena y así merecer la protección de cuerpo y alma, perfecta castidad, el espíritu de fe necesario para los tiempos en que vivimos y la gracia de hacernos violencia, para poder vivir una vida verdaderamente cristiana.

Como con todas las devociones, son una ayuda que solo tiene sentido cuando hay un serio propósito de vivir el evangelio. La vida de Santa Filomena nos da ejemplo de fidelidad heroica a Jesucristo y eso es lo que deseamos imitar.

Santuario y Reliquias


El Santuario de Santa Filomena esta localizado en Mugnano, Italia en la diócesis de Nola, cerca de Nápoles. Fue en esta iglesia que el párroco Don Francisco di Lucia, trajo las reliquias de Santa Filomena en 1805. La Iglesia se convirtió en un lugar de peregrinación, donde numerosos favores e inclusive milagros fueron concedidos por la intercesión de Santa Filomena.

La capilla de Santa Filomena se encuentra a media nave, a la izquierda. Arriba del altar se puede ver la figura de la Santa en papier-maché, la cual fue hecha para guardar su huesos. Esta estatua de Santa Filomena fue hecha en 1805. Si se mira de cerca, debajo de las almohadas se puede ver el envase el cual contiene la sangre cristalizada (la religiosa que custodia el santuario nos aseguró cuando visitamos -1998- que la sangre ha sido robada). Esta figura milagrosamente ha cambiado de posición varias veces a través de los años.

El último movimiento que se sabe fue en 1949. En este se puede ver la oreja izquierda de la imagen, que hasta ese entonces no se veía, ni se sabía que existía.

En el relicario procesional del Santuario de Santa Filomena, hay una imagen del martirio de la santa rodeada de reliquias de varios santos; el relicario es usado para bendecir a las personas en las fiestas principales en las que se honra a Santa Filomena.

También hay una estatua de Santa Filomena que ha exudado un aceite milagroso el 10 de agosto de 1823. Esta se expone para ser venerada en su día festivo que es el 11 de agosto.

Santa Filomena, Patrona de los Hijos de María, ruega por nosotros.

NOVENA A SANTA FILOMENA

Oh gran Santa Filomena, Virgen y Mártir, obradora de maravillas de nuestra era, le doy las más fervientes gracias a Dios por los dones milagrosos otorgados a Vos, y os suplico impartirme una porción de las gracias y bendiciones de las cuales vos habéis sido el canal para tantas almas. Por la heroica fortitud con la cual confrontasteis la furia de tiranos y el disgusto de los poderosos antes que desviaros de vuestra alianza con el Rey del Cielo, obtened para mí pureza de cuerpo y alma, pureza de corazón y deseo, pureza de pensamiento y afecto.

Por vuestra paciencia bajo sufrimientos multiplicados, obtened para mí una aceptación sumisa de todas las aflicciones que pueda complacer a Dios enviarme y como vos escapasteis milagrosamente ilesa de las aguas del Tiber, en el que fuisteis arrojada por orden de vuestro perseguidor, así también yo pueda pasar a través de las aguas de tribulación sin detrimento a mi alma. Además de estos favores, obtened para mí, Oh esposa fiel de Jesús, la necesidad particular que ardientemente os recomiendo en este momento. Oh Virgen pura y Mártir santa, dígnate dirigir una mirada de piedad desde el Cielo sobre vuestro devoto siervo, consoladme en aflicción, asistidme en el peligro, sobre todo venid en mi auxilio a la hora de mi muerte. Guardad sobre los intereses de la Iglesia de Dios, rezad por su exaltación y prosperidad, la extensión de la Fe, por el Soberano Pontífice, por el clero, por la perseverancia del justo, la conversión de los pecadores, y el sufragio de las almas del Purgatorio, especialmente mis seres queridos. Oh gran Santa, cuyo triunfo celebramos en la tierra, interceded por mí, para que un día pueda contemplar la corona de gloria otorgada a vos en el Cielo y bendecir a El quien liberalmente recompensa por toda la eternidad los sufrimientos soportados por Su amor durante esta corta vida. Amén.

ORACIÓN

Oh Purísima Virgen, gloriosa Mártir Santa Filomena, quien Dios en Su poder eterno parece haber revelado al mundo en estos días desastrosos para revivir la fe, sostener la esperanza e inflamar la caridad en almas cristianas, contempladme postrada a vuestros pies. Dignaos, Oh Virgen llena de bondad y virtud, recibir mis humildes oraciones y obtener para mí esa pureza por la cual sacrificasteis los placeres más atractivos del mundo, esa fortaleza de alma que os hizo resistir los más terribles ataques y ese ardiente amor por nuestro Señor Jesucristo que los más temidos tormentos no pudieron extinguir en vos. Así que, imitándoos en esta vida, pueda algún día ser coronada con vos en el Cielo. Amén.

¡SANTA FILOMENA, PATRONA DE LOS HIJOS DE MARÍA, ROGAD POR NOSOTROS!

Nota Diario7: Santa Filomena fue retirada del Calendario Litúrgico Universal en 1961, aunque no anularon su reconocimiento ni prohibieron su devoción. La excusa fue que “las investigaciones demostraron que no existían registros reales ni actas de su martirio, y que su historia se basó en interpretaciones equivocadas de los símbolos hallados en 1802 en las Catacumbas de Priscila en Roma”. Los “reformadores” se tomaron esta atribución a pesar de que el Papa Gregorio XVI había aprobado su culto público en 1837 debido a los múltiples milagros atribuidos a su intercesión.
 

11 DE AGOSTO: SAN TIBURCIO, MÁRTIR


11 de Agosto: San Tiburcio, mártir

(✞ 286)

Entre los nobles caballeros romanos que el glorioso mártir San Sebastián convirtió a la fe de Jesucristo, nuestro Redentor, uno fue San Cromacio, prefecto de la ciudad de Roma, de sangre ilustrísima, de riquezas y familia poderosa; el cual habiendo sabido que Tranquilino, padre de los santos Mártires Marcos y Marceliano, había abrazado la fe, siguiendo tan buen ejemplo, y renunciando a toda la grandeza y regalo de que había gozado, se sujetó al suave yugo del Señor y se hizo cristiano él y sus criados y esclavos, varones y mujeres, que eran en número de mil cuatrocientas personas.

Repartió entre ellos parte de sus riquezas y dio a sus esclavos libertad, diciendo que pues eran ya hijos de Dios inmortal, no habían de ser siervos de hombre mortal.

Tenía este santo caballero un hijo llamado Tiburcio, mozo de grandes esperanzas, de alto y delicado ingenio, bien enseñado en todas las letras, de lindo aspecto y suave condición; el cual siguió a su padre en abrazar la fe de Cristo, y siguióle con tanto fervor, que se destacó mucho entre los otros cristianos, y por él obró Dios muchos prodigios.

Pasando un día por una calle, vio a un mozo que había caído de un lugar alto, y por la caída había quedado tan quebrantado que sus padres pensaban más en sepultarlo que en curarle.

Llegóse hasta ellos Tiburcio y díjoles:

- Dadme lugar que le hable una palabra, que podrá ser que cobre salud.

Y el santo dijo sobre el mozo la oración del Padre nuestro y el Credo, y con esto el herido sanó repentinamente.

Pero había entre los cristianos uno que era hipócrita, llamado Torcuato, el cual no vivía con las costumbres de los cristianos ni de los siervos de Dios, sino con las del siglo y de los gentiles.

San Tiburcio lo reprendía a menudo por sus vicios, con deseo de que los enmendase, y aunque Torcuato, por ser San Tiburcio persona tan ilustre, en la apariencia disimulaba, y le daba muestras de que le agradaba que así lo amonestase y corrigiese, pero en su corazón concibió tan grande rencor y aborrecimiento contra el santo, que para vengarse, lo acusó de que era cristiano; y para que no se supiese que él había sido el acusador, habló con el prefecto Fabiano para que le hiciese prender con otros fieles de Cristo.

Mandó pues el juez prender al santo, luego hizo sembrar una pieza con carbones encendidos, y le dijo que echase incienso sobre ellos en honra de los dioses o con los pies descalzos pasease por las brasas.

Tiburcio se hizo la señal de la cruz y con los pies descalzos paseóse sobre las ascuas como si pisara rosas.

Atribuyendo esto el tirano a artes mágicas se embraveció blasfemando contra Jesucristo.

Tiburcio le dijo:

- Enmudece y calla y no te oiga yo con tan rabiosa y maldita lengua decir tales injurias contra tan santo nombre.

El tirano, irritado sobremanera con estas palabras de reprensión, mandó cortarle la cabeza y se ejecutó esta sentencia a tres millas de Roma en la vía Lavicana, donde fue sepultado.

Reflexión:

Hemos visto como un cristiano falso e hipócrita, fue quien procuró la muerte de San Tiburcio, pagándole las saludables amonestaciones que el santo le hacía, delatándole delante del impío juez. ¡Qué execrable villanía! Pero, ¿Crees tú que son menos villanos muchos que en nuestros días se llaman católicos y hacen pactos con los enemigos de la Iglesia de Cristo, para oprimirla, para despojarla, para cargarla de cadenas y para matarla si fuese posible?

Oración:

Te rogamos, oh Dios omnipotente, por la intercesión de tu martir Tiburcio, nos veamos libres de todas las enfermedades del cuerpo y de todos los malos pensamientos del alma. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Nota Diario7: La conmemoración litúrgica de San Tiburcio fue eliminada del Calendario Romano General tras el nefasto conciliábulo Vaticano II en el año 1969, aunque su nombre sigue figurando en el Martirologio Romano oficial. 
 

lunes, 10 de agosto de 2026

LA TRADICIÓN SAGRADA: EL ARGUMENTO BÍBLICO CONTRA LA SOLA SCRIPTURA

Mayor claridad sobre las cosas que deben creerse y que no están expuestas claramente solo en la Biblia.

Por Catholic Apologetics Insight


En ocasiones, los protestantes nos preguntan si las Escrituras por sí solas no son suficientes, qué más debemos creer que no esté explícitamente expuesto en ellas.

Dedicaré un tiempo a responder a este punto en nuestro artículo de hoy.

Dicho esto, nuestra respuesta aquí debería ser, en primer lugar, preguntarnos: ¿dónde dice la Escritura que lo que debemos creer se encuentra únicamente en la Escritura?

¡Pues la respuesta está en ninguna parte!

Es más, el pueblo de Dios, desde sus inicios, nunca se rigió únicamente por la Biblia. Dios siempre obró a través de los patriarcas, los profetas, los sumos sacerdotes, los sacerdotes, etc., para guiar y dirigir a su pueblo. Nunca lo hizo solo mediante las Escrituras. Y rechazar a quienes Él había puesto al frente del pueblo como autoridad era como rechazarlo a Él.

Nuestro Señor mismo, basándose en esta realidad, la señala en el evangelio de San Mateo diciendo:

“Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, recuperarás a tu hermano. Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o dos más, para que por boca de dos o tres testigos toda palabra quede firme. Y si no los escucha, díselo a la iglesia. Y si no escucha a la iglesia, considéralo como un pagano y un publicano” [Mateo 18:17].

Ninguno de sus oyentes se escandalizó por estas palabras, pues esta práctica ya se llevaba a cabo en tiempos de nuestro Señor. Israel (la Iglesia del Antiguo Testamento) tenía una autoridad real. Su fundamento no eran las Escrituras, sino Dios, quien guiaba a su Iglesia mediante la autoridad jerárquica que había establecido.

Por lo tanto, podemos comprender por qué Cristo les dice a los nuevos pilares de su Iglesia, los 12 apóstoles (establecidos para reemplazar a las 12 tribus de Israel): “El que os escucha a vosotros, me escucha a mí; y el que os desprecia a vosotros, me desprecia a mí; y el que me desprecia a mí, desprecia al que me envió” - Lucas 10:16

Él nunca dijo: “El que rechaza la Biblia me rechaza a mí”, simplemente porque el pueblo de Dios nunca fue históricamente un pueblo solo de la Biblia, sino que siempre fue un pueblo guiado por las autoridades establecidas que Dios había puesto sobre ellos.

Dicho esto, seamos claros: la Iglesia Católica no enseña que la Tradición sea algo añadido a la Escritura. La Iglesia Católica enseña que Cristo confió a los Apóstoles la plenitud de la fe cristiana, y que los Apóstoles transmitieron esa fe tanto por escrito como oralmente.

Antes de dar una respuesta completa a la pregunta, aclaremos algunos puntos.

1. San Pablo ordena explícitamente a los cristianos que mantengan tanto la Tradición escrita como la oral.

Este es quizás el pasaje más directo:

“Por lo tanto, hermanos, manténganse firmes y conserven las tradiciones que han aprendido, ya sea de palabra o por nuestra carta” — 2 Tesalonicenses 2:14

Pablo identifica dos formas de transmisión apostólica:

POR LA PALABRA — enseñanza apostólica oral

POR LA EPÍSTOLA — enseñanza apostólica escrita

¿Y qué les dice Pablo a los cristianos que hagan?

Mantente firme en ambas.

Fíjense en lo que Pablo no dice:

“Conserva únicamente las tradiciones que han sido escritas.”

Esa idea debe incorporarse al texto.

2. La propia Escritura proviene de la Tradición apostólica de la Iglesia.

Consideremos el Nuevo Testamento. ¿Dónde nos dice la Escritura qué libros pertenecen a la Escritura?

¿Dónde está el índice inspirador?

¿Dónde nos da Jesús una lista de los 27 libros del Nuevo Testamento?

En ningún lugar.

Cristo estableció su Iglesia y comisionó a sus apóstoles para que enseñaran.

Posteriormente, la Iglesia recibió, conservó, reconoció y transmitió las Sagradas Escrituras inspiradas.

Por lo tanto, incluso el cristiano que dice:

“Solo creo en las Escrituras”

Primero debe responder:

“¿Cómo se sabe cuáles libros son Escritura?”

La respuesta no puede ser simplemente:

“Porque la Biblia lo dice”

¡La Biblia no contiene una lista canónica de sí misma!

3. Los apóstoles predicaron antes de escribir.

La fe cristiana no comenzó con el Nuevo Testamento.

Los apóstoles predicaron el Evangelio antes de que existiera el Nuevo Testamento.

San Pablo dice:

“Porque yo os he transmitido, ante todo, lo que a mi vez recibí” — 1 Corintios 15:3

Pablo recibió enseñanza apostólica y luego la transmitió.

Asimismo:

“Lo que has oído de mí por medio de muchos testigos, esto mismo encomiéndalo a hombres fieles que sean aptos para enseñar también a otros” — 2 Timoteo 2:2

Fíjate en la cadena:

Pablo → Timoteo → hombres fieles → otros

Esa es la transmisión de la enseñanza apostólica.

4. No todo lo que enseñaron los apóstoles estaba escrito en las Escrituras.

San Juan nos dice algo sumamente importante:

“Jesús hizo muchas otras señales delante de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro” — Juan 20:30

Y de nuevo:

“Pero hay también muchas otras cosas que hizo Jesús; las cuales, si se escribieran una por una, creo que el mundo mismo no podría contener los libros que se escribirían” — Juan 21:25

Por lo tanto, el cristianismo nunca operó de acuerdo con el principio:

“Si no está escrito en el Nuevo Testamento, no es apostólico”

Los apóstoles enseñaron mucho más de lo que finalmente quedó plasmado por escrito.

5. Los primeros cristianos no practicaban el cristianismo basándose únicamente en la Biblia.

Esto se hace especialmente evidente cuando examinamos a los primeros cristianos posteriores a la época apostólica.

San Ignacio de Antioquía, que escribió a principios del siglo II, habla repetidamente del obispo, el presbítero y los diáconos.

Él ordena a los cristianos que permanezcan unidos a su obispo y describe la Eucaristía como la carne de Cristo.

Eso se parece muchísimo al cristianismo católico, y eso que solo han pasado una o dos generaciones desde la época de los Apóstoles.

Por lo tanto, la pregunta es:

¿De dónde obtuvieron estos cristianos este conocimiento?

La respuesta histórica más sencilla es:

Lo recibieron de la Iglesia Apostólica.

6. La Biblia no contiene una descripción completa de la Misa.

Jesús ordenó:

“Haced esto en memoria mía” — Lucas 22:19

Pero, ¿dónde ofrece la Sagrada Escritura la liturgia eucarística completa?

¿Dónde están todas las oraciones? ¿Dónde están las vestimentas litúrgicas?

¿Dónde está el orden exacto del culto? ¿Dónde están todas las oraciones eucarísticas?

¿Dónde se celebran las ceremonias? ¿Dónde está el calendario litúrgico?

No está allí. Sin embargo, los cristianos lo cumplían.

Celebraban la Eucaristía. Bautizaban. Ordenaban ministros.

Nombraron obispos. Oraron. Ayunaron. Transmitieron la doctrina.

¡La vida práctica de la Iglesia no podía depender en absoluto de un manual litúrgico escrito completo!

Gran parte de esto se transmitió a través de la Iglesia viva.

7. “¡Pero la Biblia es suficiente!”

Un protestante podría responder:

“2 Timoteo 3:16-17 dice que la Escritura es suficiente”

Pero fíjense en lo que dice realmente el pasaje:

Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, preparado para toda buena obra.

Las Escrituras son, en efecto, inspiradas y sumamente provechosas.

Los católicos lo afirman de todo corazón.

Pero el pasaje no dice:

“Solo la Sagrada Escritura es la única regla infalible de fe”

Tampoco dice:

“No existe ninguna enseñanza apostólica fuera de las Escrituras”

De hecho, Pablo ya había ordenado a los cristianos que mantuvieran las tradiciones apostólicas transmitidas tanto de palabra como por carta.

8. La Iglesia es llamada “pilar y fundamento de la verdad”.

San Pablo escribe:

“Pero si me demoro, para que sepas cómo debes comportarte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad” — 1 Timoteo 3:15

Fíjese en la descripción bíblica.

Pablo no llama a las Escrituras:

“El pilar y fundamento de la verdad”

Él llama a la Iglesia:

“El pilar y fundamento de la verdad”

La Biblia pertenece al seno de la vida de la Iglesia que la recibió y la preservó.

9. La Tradición Sagrada NO es meramente tradición humana.

Esta distinción es esencial.

Jesús condenó las tradiciones que contradecían los mandamientos de Dios :

“Habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición” — Mateo 15:6

Los católicos están completamente de acuerdo con Cristo.

La Iglesia Católica no afirma que toda costumbre humana sea Sagrada Tradición.

Existe una diferencia entre:

Tradiciones humanas: costumbres creadas por los hombres que pueden ser modificadas o rechazadas.

y

Sagrada Tradición: la fe apostólica transmitida por Cristo a través de los Apóstoles y conservada en la Iglesia.

Lo primero puede desecharse.

Lo último debe conservarse.

10. El verdadero problema con Sola Scriptura

Aquí radica la dificultad fundamental.

Preguntar:

“¿Dónde enseña la Escritura el principio de Sola Scriptura?”

No:

“¿Puedes encontrar versículos que apoyen la autoridad de las Escrituras?”

Por supuesto que puedes.

El caso es:

¿Dónde enseña la Escritura que la Escritura es la ÚNICA regla infalible de fe?

No existe tal verso.

En cambio, las Escrituras ordenan a los cristianos que:

Crean en la predicación apostólica. 

Se mantengan fieles a las tradiciones apostólicas.
 
Guarden el depósito de la fe. Reciban la enseñanza oral.

Escuchen a la Iglesia.


Y Cristo no dejó a sus seguidores solo con un libro.

Él fundó Su Iglesia.

“El que os oye a vosotros, me oye a mí” — Lucas 10:16

“Si no escucha a la Iglesia, considéralo como un pagano y un publicano” — Mateo 18:17

Cristo le dio a Su Iglesia autoridad para enseñar.

LA POSICIÓN CATÓLICA

Por lo tanto, la posición católica no es:

Biblia O Tradición

Es:

SAGRADA ESCRITURA + SAGRADA TRADICIÓN + EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

Estas no son tres fuentes de revelación que compiten entre sí.

Pertenecen al único Depósito de la Fe confiado por Cristo a sus Apóstoles y conservado en Su Iglesia.

Sagrada Escritura

La Palabra escrita e inspirada de Dios.

Tradición

La fe apostólica transmitida en la Iglesia, tanto oralmente como a través de su vida y su culto.

Magisterio

La autoridad magisterial de la Iglesia establecida por Cristo para preservar e interpretar auténticamente el Depósito de la Fe.

LA IGLESIA APOSTÓLICA NO DIJO:

“Dame una Biblia y deja que cada cristiano determine el cristianismo de forma independiente”

Más bien, los Apóstoles fundaron iglesias, nombraron obispos, ordenaron ministros, predicaron el Evangelio, celebraron la Eucaristía, bautizaron a los conversos y transmitieron la fe.

Por eso, el argumento católico se reduce, en última instancia, a una pregunta profunda:

Si Cristo estableció una Iglesia Apostólica, ¿por qué los cristianos rechazarían la misma Tradición Apostólica a través de la cual esa Iglesia preservó la fe e incluso transmitió las Sagradas Escrituras?

El católico no tiene por qué elegir entre la Biblia y la Tradición.

El católico recibe la Biblia dentro de la Tradición Apostólica de la Iglesia que Cristo fundó.

La Biblia no creó la Iglesia.

Cristo creó la Iglesia, y la Iglesia recibió, preservó, proclamó y transmitió la Biblia.