lunes, 10 de agosto de 2026

LA TRADICIÓN SAGRADA: EL ARGUMENTO BÍBLICO CONTRA LA SOLA SCRIPTURA

Mayor claridad sobre las cosas que deben creerse y que no están expuestas claramente solo en la Biblia.

Por Catholic Apologetics Insight


En ocasiones, los protestantes nos preguntan si las Escrituras por sí solas no son suficientes, qué más debemos creer que no esté explícitamente expuesto en ellas.

Dedicaré un tiempo a responder a este punto en nuestro artículo de hoy.

Dicho esto, nuestra respuesta aquí debería ser, en primer lugar, preguntarnos: ¿dónde dice la Escritura que lo que debemos creer se encuentra únicamente en la Escritura?

¡Pues la respuesta está en ninguna parte!

Es más, el pueblo de Dios, desde sus inicios, nunca se rigió únicamente por la Biblia. Dios siempre obró a través de los patriarcas, los profetas, los sumos sacerdotes, los sacerdotes, etc., para guiar y dirigir a su pueblo. Nunca lo hizo solo mediante las Escrituras. Y rechazar a quienes Él había puesto al frente del pueblo como autoridad era como rechazarlo a Él.

Nuestro Señor mismo, basándose en esta realidad, la señala en el evangelio de San Mateo diciendo:

“Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, recuperarás a tu hermano. Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o dos más, para que por boca de dos o tres testigos toda palabra quede firme. Y si no los escucha, díselo a la iglesia. Y si no escucha a la iglesia, considéralo como un pagano y un publicano” [Mateo 18:17].

Ninguno de sus oyentes se escandalizó por estas palabras, pues esta práctica ya se llevaba a cabo en tiempos de nuestro Señor. Israel (la Iglesia del Antiguo Testamento) tenía una autoridad real. Su fundamento no eran las Escrituras, sino Dios, quien guiaba a su Iglesia mediante la autoridad jerárquica que había establecido.

Por lo tanto, podemos comprender por qué Cristo les dice a los nuevos pilares de su Iglesia, los 12 apóstoles (establecidos para reemplazar a las 12 tribus de Israel): “El que os escucha a vosotros, me escucha a mí; y el que os desprecia a vosotros, me desprecia a mí; y el que me desprecia a mí, desprecia al que me envió” - Lucas 10:16

Él nunca dijo: “El que rechaza la Biblia me rechaza a mí”, simplemente porque el pueblo de Dios nunca fue históricamente un pueblo solo de la Biblia, sino que siempre fue un pueblo guiado por las autoridades establecidas que Dios había puesto sobre ellos.

Dicho esto, seamos claros: la Iglesia Católica no enseña que la Tradición sea algo añadido a la Escritura. La Iglesia Católica enseña que Cristo confió a los Apóstoles la plenitud de la fe cristiana, y que los Apóstoles transmitieron esa fe tanto por escrito como oralmente.

Antes de dar una respuesta completa a la pregunta, aclaremos algunos puntos.

1. San Pablo ordena explícitamente a los cristianos que mantengan tanto la Tradición escrita como la oral.

Este es quizás el pasaje más directo:

“Por lo tanto, hermanos, manténganse firmes y conserven las tradiciones que han aprendido, ya sea de palabra o por nuestra carta” — 2 Tesalonicenses 2:14

Pablo identifica dos formas de transmisión apostólica:

POR LA PALABRA — enseñanza apostólica oral

POR LA EPÍSTOLA — enseñanza apostólica escrita

¿Y qué les dice Pablo a los cristianos que hagan?

Mantente firme en ambas.

Fíjense en lo que Pablo no dice:

“Conserva únicamente las tradiciones que han sido escritas.”

Esa idea debe incorporarse al texto.

2. La propia Escritura proviene de la Tradición apostólica de la Iglesia.

Consideremos el Nuevo Testamento. ¿Dónde nos dice la Escritura qué libros pertenecen a la Escritura?

¿Dónde está el índice inspirador?

¿Dónde nos da Jesús una lista de los 27 libros del Nuevo Testamento?

En ningún lugar.

Cristo estableció su Iglesia y comisionó a sus apóstoles para que enseñaran.

Posteriormente, la Iglesia recibió, conservó, reconoció y transmitió las Sagradas Escrituras inspiradas.

Por lo tanto, incluso el cristiano que dice:

“Solo creo en las Escrituras”

Primero debe responder:

“¿Cómo se sabe cuáles libros son Escritura?”

La respuesta no puede ser simplemente:

“Porque la Biblia lo dice”

¡La Biblia no contiene una lista canónica de sí misma!

3. Los apóstoles predicaron antes de escribir.

La fe cristiana no comenzó con el Nuevo Testamento.

Los apóstoles predicaron el Evangelio antes de que existiera el Nuevo Testamento.

San Pablo dice:

“Porque yo os he transmitido, ante todo, lo que a mi vez recibí” — 1 Corintios 15:3

Pablo recibió enseñanza apostólica y luego la transmitió.

Asimismo:

“Lo que has oído de mí por medio de muchos testigos, esto mismo encomiéndalo a hombres fieles que sean aptos para enseñar también a otros” — 2 Timoteo 2:2

Fíjate en la cadena:

Pablo → Timoteo → hombres fieles → otros

Esa es la transmisión de la enseñanza apostólica.

4. No todo lo que enseñaron los apóstoles estaba escrito en las Escrituras.

San Juan nos dice algo sumamente importante:

“Jesús hizo muchas otras señales delante de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro” — Juan 20:30

Y de nuevo:

“Pero hay también muchas otras cosas que hizo Jesús; las cuales, si se escribieran una por una, creo que el mundo mismo no podría contener los libros que se escribirían” — Juan 21:25

Por lo tanto, el cristianismo nunca operó de acuerdo con el principio:

“Si no está escrito en el Nuevo Testamento, no es apostólico”

Los apóstoles enseñaron mucho más de lo que finalmente quedó plasmado por escrito.

5. Los primeros cristianos no practicaban el cristianismo basándose únicamente en la Biblia.

Esto se hace especialmente evidente cuando examinamos a los primeros cristianos posteriores a la época apostólica.

San Ignacio de Antioquía, que escribió a principios del siglo II, habla repetidamente del obispo, el presbítero y los diáconos.

Él ordena a los cristianos que permanezcan unidos a su obispo y describe la Eucaristía como la carne de Cristo.

Eso se parece muchísimo al cristianismo católico, y eso que solo han pasado una o dos generaciones desde la época de los Apóstoles.

Por lo tanto, la pregunta es:

¿De dónde obtuvieron estos cristianos este conocimiento?

La respuesta histórica más sencilla es:

Lo recibieron de la Iglesia Apostólica.

6. La Biblia no contiene una descripción completa de la Misa.

Jesús ordenó:

“Haced esto en memoria mía” — Lucas 22:19

Pero, ¿dónde ofrece la Sagrada Escritura la liturgia eucarística completa?

¿Dónde están todas las oraciones? ¿Dónde están las vestimentas litúrgicas?

¿Dónde está el orden exacto del culto? ¿Dónde están todas las oraciones eucarísticas?

¿Dónde se celebran las ceremonias? ¿Dónde está el calendario litúrgico?

No está allí. Sin embargo, los cristianos lo cumplían.

Celebraban la Eucaristía. Bautizaban. Ordenaban ministros.

Nombraron obispos. Oraron. Ayunaron. Transmitieron la doctrina.

¡La vida práctica de la Iglesia no podía depender en absoluto de un manual litúrgico escrito completo!

Gran parte de esto se transmitió a través de la Iglesia viva.

7. “¡Pero la Biblia es suficiente!”

Un protestante podría responder:

“2 Timoteo 3:16-17 dice que la Escritura es suficiente”

Pero fíjense en lo que dice realmente el pasaje:

Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, preparado para toda buena obra.

Las Escrituras son, en efecto, inspiradas y sumamente provechosas.

Los católicos lo afirman de todo corazón.

Pero el pasaje no dice:

“Solo la Sagrada Escritura es la única regla infalible de fe”

Tampoco dice:

“No existe ninguna enseñanza apostólica fuera de las Escrituras”

De hecho, Pablo ya había ordenado a los cristianos que mantuvieran las tradiciones apostólicas transmitidas tanto de palabra como por carta.

8. La Iglesia es llamada “pilar y fundamento de la verdad”.

San Pablo escribe:

“Pero si me demoro, para que sepas cómo debes comportarte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad” — 1 Timoteo 3:15

Fíjese en la descripción bíblica.

Pablo no llama a las Escrituras:

“El pilar y fundamento de la verdad”

Él llama a la Iglesia:

“El pilar y fundamento de la verdad”

La Biblia pertenece al seno de la vida de la Iglesia que la recibió y la preservó.

9. La Tradición Sagrada NO es meramente tradición humana.

Esta distinción es esencial.

Jesús condenó las tradiciones que contradecían los mandamientos de Dios :

“Habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición” — Mateo 15:6

Los católicos están completamente de acuerdo con Cristo.

La Iglesia Católica no afirma que toda costumbre humana sea Sagrada Tradición.

Existe una diferencia entre:

Tradiciones humanas: costumbres creadas por los hombres que pueden ser modificadas o rechazadas.

y

Sagrada Tradición: la fe apostólica transmitida por Cristo a través de los Apóstoles y conservada en la Iglesia.

Lo primero puede desecharse.

Lo último debe conservarse.

10. El verdadero problema con Sola Scriptura

Aquí radica la dificultad fundamental.

Preguntar:

“¿Dónde enseña la Escritura el principio de Sola Scriptura?”

No:

“¿Puedes encontrar versículos que apoyen la autoridad de las Escrituras?”

Por supuesto que puedes.

El caso es:

¿Dónde enseña la Escritura que la Escritura es la ÚNICA regla infalible de fe?

No existe tal verso.

En cambio, las Escrituras ordenan a los cristianos que:

Crean en la predicación apostólica. 

Se mantengan fieles a las tradiciones apostólicas.
 
Guarden el depósito de la fe. Reciban la enseñanza oral.

Escuchen a la Iglesia.


Y Cristo no dejó a sus seguidores solo con un libro.

Él fundó Su Iglesia.

“El que os oye a vosotros, me oye a mí” — Lucas 10:16

“Si no escucha a la Iglesia, considéralo como un pagano y un publicano” — Mateo 18:17

Cristo le dio a Su Iglesia autoridad para enseñar.

LA POSICIÓN CATÓLICA

Por lo tanto, la posición católica no es:

Biblia O Tradición

Es:

SAGRADA ESCRITURA + SAGRADA TRADICIÓN + EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

Estas no son tres fuentes de revelación que compiten entre sí.

Pertenecen al único Depósito de la Fe confiado por Cristo a sus Apóstoles y conservado en Su Iglesia.

Sagrada Escritura

La Palabra escrita e inspirada de Dios.

Tradición

La fe apostólica transmitida en la Iglesia, tanto oralmente como a través de su vida y su culto.

Magisterio

La autoridad magisterial de la Iglesia establecida por Cristo para preservar e interpretar auténticamente el Depósito de la Fe.

LA IGLESIA APOSTÓLICA NO DIJO:

“Dame una Biblia y deja que cada cristiano determine el cristianismo de forma independiente”

Más bien, los Apóstoles fundaron iglesias, nombraron obispos, ordenaron ministros, predicaron el Evangelio, celebraron la Eucaristía, bautizaron a los conversos y transmitieron la fe.

Por eso, el argumento católico se reduce, en última instancia, a una pregunta profunda:

Si Cristo estableció una Iglesia Apostólica, ¿por qué los cristianos rechazarían la misma Tradición Apostólica a través de la cual esa Iglesia preservó la fe e incluso transmitió las Sagradas Escrituras?

El católico no tiene por qué elegir entre la Biblia y la Tradición.

El católico recibe la Biblia dentro de la Tradición Apostólica de la Iglesia que Cristo fundó.

La Biblia no creó la Iglesia.

Cristo creó la Iglesia, y la Iglesia recibió, preservó, proclamó y transmitió la Biblia.
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (4)

Continuamos con la publicación del capítulo 4 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Cuarta Hora: De las 8 a las 9 de la noche

La Cena Eucarística

Dulce Amor mío, incontentable siempre en tu amor, veo que al terminar la cena legal, te pones de pie junto con tus amados discípulos y elevas al Padre el himno de acción de gracias por haberles dado el alimento, queriendo así reparar por todas las faltas de gratitud, por todas las veces que las criaturas no te agradecen todos los recursos que nos proporcionas para la conservación de nuestra vida corporal. Es por eso que tú, ¡oh Jesús!, en todo lo que haces, en todo lo que tocas y ves, tienes siempre en tus labios estas palabras:

“¡Gracias te sean dadas, oh Padre!”.

¡Oh Jesús!, también yo, unido a ti, tomaré estas palabras de tus mismos labios y diré siempre y en todo: “gracias, por mí y por todos”, para continuar tu misma reparación por las faltas de gratitud de las criaturas.

Lavatorio de los pies

Mas parece que tu amor no se da tregua; haces que de nuevo se sienten tus amados discípulos, tomas una palangana con agua, y tomando una toalla blanca, te postras a los pies de los apóstoles, en un acto tan humilde, que llamas la atención de todo el cielo quedando estático. Hasta los mismos apóstoles se quedan paralizados al verte postrado a sus pies... Pero dime Amor mío, ¿qué es lo que quieres? ¿Qué es lo que pretendes hacer con este acto tan humilde? ¡Humildad jamás vista y que jamás se volverá a ver!

“¡Ah, hijo mío! Quiero a todas las almas, y postrado a sus pies como un pobre mendigo, se las pido a cada uno con insistencia, y llorando tramo inventos de amor para llegar a hacerlas mías... Con este recipiente de agua mezclada con mis lágrimas y postrado a sus pies, quiero lavarlas de toda imperfección y prepararlas para recibirme en el sacramento que estoy por instituir. Es tan importante para mí este acto de recibirme en la Eucaristía, que no quiero confiarle este oficio ni a los ángeles y ni siquiera a mi querida Madre, sino que yo mismo quiero purificar las almas de mis apóstoles, hasta las partes más íntimas de su ser, para disponerlos a recibir el fruto del sacramento; y es también mi intención preparar en los apóstoles a todas las almas”.

“Quiero reparar todas las obras santas, la administración de los sacramentos, y especialmente todas las cosas hechas por los sacerdotes con espíritu de soberbia, vacías de espíritu divino y de desinterés. ¡Ah, cuántas obras buenas llegan a mí más para deshonrarme que para honrarme! ¡Más para hacerme sufrir que para complacerme! ¡Más para darme muerte que para darme vida! Estas son las ofensas que más me entristecen... ¡Oh alma!, numera todas las ofensas más íntimas que se me hacen, y con mis mismas reparaciones, repara y consuela mi Corazón lleno de amarguras”.

Afligido Bien mío, tu vida la hago mía y junto contigo quiero repararte por todas esas ofensas. Quiero entrar en los escondrijos más íntimos de tu Corazón divino y hacer una reparación con tu mismo Corazón por las ofensas más íntimas y secretas que recibes de tus hijos predilectos. Jesús mío, quiero seguirte en todo, y unido a ti, quiero hacer un recorrido por todas las almas que te recibirán en la Eucaristía, quiero entrar en sus corazones, y poniendo mis manos junto con las tuyas, ¡ah Jesús!, con esas mismas lágrimas tuyas mezcladas en el agua con la que les lavaste los pies a tus apóstoles, lavemos a las almas que te recibirán, purifiquemos sus corazones, prendámosles fuego, sacudamos de ellas el polvo con el que se han ensuciado para que cuando te reciban puedas hallar en ellas tus complacencias en lugar de amarguras.

Afectuoso Bien mío, pero mientras con toda atención les estás lavando los pies a tus apóstoles, te miro y veo que otro dolor traspasa tu Corazón santísimo: los apóstoles representan para ti a todos los futuros hijos de la Iglesia; cada uno de ellos representaba la serie de cada uno de los males que iban a existir en la Iglesia, y por lo tanto, la serie de cada uno de tus dolores: en uno las debilidades, en otro los engaños o las hipocresías o el amor desmedido a los intereses..., en San Pedro, el faltar a los buenos propósitos y todas las ofensas de los jefes de la Iglesia, en San Juan las ofensas de los que te son más fieles, en Judas a todos los apóstatas junto con toda la serie de los graves males cometidos por éstos.

Tu Corazón está sofocado por tanto dolor y por tu amor, tanto, que no pudiendo contenerte, te detienes a los pies de cada apóstol y lloras amargamente, oras y reparas por cada una de estas ofensas y pides para todos el remedio oportuno.

Jesús mío, también yo me uno a ti: hago mías tus oraciones, tus reparaciones y los remedios oportunos que has solicitado para cada alma. Quiero mezclar mis lágrimas con las tuyas para que nunca estés solo, sino que siempre me tengas contigo para dividir tus penas.

Pero mientras sigues lavando los pies de tus apóstoles, dulce Amor mío, veo que ya estás a los pies de Judas. Puedo oír tu respiro como sofocado... y veo que no solamente estás llorando, sino que sollozas, y que mientras estás lavando esos pies, los besas, te los estrechas al Corazón, y no pudiendo emitir palabra alguna porque el llanto te sofoca, lo miras con tus ojos hinchados por las lágrimas, y con el Corazón le dices:

“¡Hijito mío, ah, te lo suplico con la voz de mis lágrimas, no te vayas al infierno! ¡Dame tu alma; postrado a tus pies te la pido! Dime, ¿qué es lo que quieres?, ¿qué es lo que pretendes? Te daré todo con tal de que no te pierdas. ¡Ah, evítame este dolor, a mí, tu Dios!”.

Y vuelves a estrechar sus pies a tu Corazón... Pero viendo la dureza de Judas, tu Corazón se ve en aprietos, tu amor te sofoca y estás a punto de desfallecer.

Corazón mío, Vida mía, déjame que te sostenga entre mis brazos. Me doy cuenta de que estos son los inventos de tu amor que usas con los pecadores obstinados... ¡Ah, Corazón mío!, mientras te compadezco y reparo por las ofensas que recibes de las almas que se obstinan en no querer convertirse, te suplico que recorramos juntos la tierra y en donde haya pecadores obstinados, démosle a cada uno tus lágrimas para enternecerlos, tus besos y tus abrazos de amor para encadenarlos a ti, de manera que ya no puedan huir de ti, y así te consueles por el dolor que te causó la perdición de Judas.

La Institución de la Santísima Eucaristía

Jesús mío, gozo y delicia mía, veo que tu amor corre, vuela. Con el Corazón lleno de dolor te levantas, y como que corres al altar en donde está preparado el pan y el vino para la consagración. Corazón mío, veo que tomas un aspecto totalmente nuevo y jamás visto; tu divina persona toma un aspecto tierno, amoroso, afectuoso; tus ojos resplandecen de luz más que si fueran soles, tu rostro encendido brilla, tus labios sonríen y arden de amor, y tus manos creadoras se disponen a crear. Amor mío, estás totalmente transformado; parece como si la divinidad se desbordara de tu humanidad. Corazón mío y Vida mía, Jesús, este nuevo aspecto tuyo jamás visto llama la atención de todos los apóstoles que subyugados por tan dulce encanto no se atreven ni siquiera a respirar. Tu dulce Madre corre en espíritu a los pies del altar, para contemplar los prodigios de tu amor. Los ángeles bajan del Cielo y se preguntan unos a otros:

“¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¡Es una verdadera locura, un exceso inaudito! Un Dios que crea, no el cielo o la tierra, sino a sí mismo, ¿y dónde? Dentro de la materia vilísima de poco pan y poco vino”.

Y mientras que todos están a tu alrededor, ¡oh Amor insaciable!, veo que tomas el pan entre tus manos, se lo ofreces al Padre y oigo tu dulcísima voz que dice:

“Padre Santo, te doy gracias porque siempre escuchas a tu Hijo. Padre mío, concurre conmigo. Tú un día me enviaste del Cielo a la tierra para que me encarnara en el seno de mi Madre y viniera a salvar a nuestros hijos; ahora permíteme que me encarne en cada hostia para poder continuar su salvación y ser vida de cada uno de mis hijos... ¡Mira, oh Padre!, me quedan pocas horas de vida, ¿quién tendrá corazón para dejar a mis hijos huérfanos y solos? Sus enemigos son muchos: las tinieblas, las pasiones, las debilidades a las que están sujetos... ¿Quién podrá ayudarlos? ¡Ah, te lo suplico, déjame que me quede en cada hostia para ser vida de cada uno de ellos! Para poner en fuga a sus enemigos y ser para ellos luz, fuerza y ayuda en todo. De lo contrario, ¿a dónde irán?, ¿quién los ayudará? Nuestras obras son eternas, mi amor es irresistible, no puedo ni quiero dejar a mis hijos”.

Y el Padre, al oír la voz tierna y afectuosa de su Hijo, se enternece, desciende del Cielo y se encuentra ya sobre el altar junto con el Espíritu Santo para concurrir con su Hijo. Y Jesús, con voz fuerte y conmovedora, pronuncia las palabras de la consagración, y sin dejarse a sí mismo, se crea a sí mismo en ese pan y en ese vino... Y después te das en la Comunión a tus apóstoles y creo que nuestra querida Madre Celestial no se quedó sin recibirte. ¡Ah, Jesús, los cielos se inclinan reverentes y todos te hacen un acto de adoración en este nuevo estado tuyo de profundo anonadamiento!

Pero mientras tu amor queda complacido y satisfecho, ¡oh dulce Jesús!, no teniendo ya nada más que hacer, veo, ¡oh Bien mío!, que sobre el altar, entre tus manos, se encuentran todas las hostias consagradas que se perpetuarán hasta el fin de los siglos, y en cada hostia veo que está desplegada toda tu dolorosa pasión, pues las criaturas, a los excesos de tu amor, preparan excesos de ingratitudes y de enormes delitos. Y yo, Corazón de mi corazón, quiero estar siempre junto contigo en cada sagrario, en todos los copones y en cada hostia consagrada que llegará a tener existencia hasta el final del mundo, para poder ofrecerte mis actos de reparación conforme a las ofensas que recibes.

Por eso, Corazón mío, me pongo junto a ti y beso tu frente majestuosa. Pero al besarte siento en mis labios el dolor de las espinas que coronan tu cabeza, porque en esta hostia santa, ¡oh Jesús mío!, no es que te evitan ser coronado de espinas como en la pasión. Veo que las criaturas vienen ante tu presencia sacramental, y en vez de ofrecerte el homenaje de sus pensamientos, te ofrecen sus malos pensamientos, y tú bajas de nuevo la cabeza como en la pasión, para recibir las espinas de los malos pensamientos que las criaturas tienen ante tu presencia sacramental. ¡Oh Amor mío!, también yo contigo bajo la cabeza para compartir tus penas, y pongo todos mis pensamientos en tu mente para sacarte estas espinas que te causan tanto dolor, y quiero que cada uno de mis pensamientos fluya en cada uno de los tuyos para hacerte un acto de reparación por cada pensamiento malo de las criaturas y endulzar así tus pensamientos afligidos.

Jesús, Bien mío, beso tus hermosos ojos. En esta hostia santa, con esos ojos tuyos llenos de amor, estás en espera de todos aquellos que vienen a tu presencia para mirarlos con tus miradas de amor y así ser correspondido con el amor de sus miradas amorosas. Pero, ¡cuántos vienen ante ti, y en lugar de verte y buscarte a ti, se ponen a ver cosas que los distraen de ti quitándote el gusto de intercambiar tus miradas con las suyas y tú lloras! Por eso, al besarte, siento que mis labios se mojan con tus lágrimas. ¡Ah, Jesús mío, no llores!, quiero poner mis ojos en los tuyos para compartir tus penas y llorar junto contigo y hacer una reparación por todas las miradas distraídas, ofreciéndote mis miradas teniéndolas siempre fijas en ti.

Jesús, Amor mío, beso tus santísimos oídos. Con mucha atención quieres escuchar lo que las criaturas quieren de ti para consolarlas, y sin embargo, ellas hacen llegar a tus oídos oraciones mal hechas, llenas de aprensiones y sin verdadera confianza; oraciones hechas, en su mayoría, por rutina y sin vida; y tus oídos en esta hostia santa se sienten molestados más todavía que durante tu pasión. ¡Oh Jesús mío!, quiero tomar todas las armonías del Cielo y ponerlas en tus oídos para repararte por esas molestias; quiero poner mis oídos en los tuyos, no sólo para compartir estas molestias, sino para estar siempre atento a lo que quieres, a lo que sufres, y ofrecerte inmediatamente mi reparación y consolarte.

Jesús, Vida mía, beso tu santísimo rostro y veo que está todo ensangrentado, pálido e hinchado. ¡Ah!, las criaturas vienen ante tu presencia en esta hostia santa y con sus posturas indecentes y las malas conversaciones que hacen ante ti, en vez de honrarte, te dan bofetadas y te escupen, y tú, como en la pasión, lleno de paz y con tanta paciencia, lo recibes y lo soportas todo... ¡Oh Jesús mío!, no solamente quiero poner mi rostro junto al tuyo para acariciarte y besarte cuando te den de bofetadas y limpiarte los salivazos cuando te escupan, sino que quiero ponerlo en tu mismo rostro, para compartir contigo estas penas; más aún, quiero hacer de mi ser tantos diminutos pedacitos, para ponerlos ante ti como estatuas arrodilladas incesantemente y repararte tantos deshonores que recibes en tu presencia sacramental.

Jesús mío, beso tu dulcísima boca, ¡ah!, veo que al entrar en el corazón de las criaturas, el primer sitio en el que te apoyas es sobre la lengua. ¡Qué amargura sientes al hallar tantas lenguas mordaces, impuras y malas! Sientes como que te sofocas cuando te hallas en esas lenguas, y peor aún cuando desciendes a sus corazones. ¡Oh Jesús!, si me fuera posible, quisiera encontrarme en la boca de cada criatura para endulzarte y repararte cualquier ofensa que recibas.

Fatigado Bien mío, beso tu santísimo cuello y veo que estás cansado, agotado y del todo ocupado en tu quehacer de amor. Dime, ¿qué haces?

Y Jesús: “Hijo mío, trabajo desde la mañana hasta la noche formando continuas cadenas de amor, para que cuando las almas vengan a mí, encuentren ya preparada mi cadena de amor que las encadenará a mi Corazón. Pero, ¿sabes qué es lo que me hacen? Muchos toman a mal mis cadenas y se liberan de ellas por la fuerza y las rompen, y puesto que estas cadenas están atadas a mi Corazón, yo me siento torturado y deliro; y mientras hacen pedazos mis cadenas, haciendo que todo el trabajo que hago en este sacramento fracase, ellos en cambio buscan las cadenas de las criaturas incluso ante mi presencia, sirviéndose de mí para lograr su intento. Todo esto me causa tanto dolor que me sube la fiebre violentamente al grado que me hace desfallecer y delirar”.

¡Cuánto te compadezco, oh Jesús! Tu amor se siente extremadamente agobiado, ¡ah!, para consolarte por tu trabajo y para hacer una reparación cuando rompen tus cadenas de amor, te suplico que encadenes mi corazón con todas esas cadenas, para poder ofrecerte por todos mi correspondencia de amor.

Jesús mío, Arquero Divino, beso tu pecho; es tanto y tan grande el fuego que contiene, que para darle un poco de desahogo a sus llamas que se elevan demasiado alto, tú, queriendo descansar un poco de tu trabajo, quieres también ponerte a jugar en el sacramento. Y tu juego es hacer flechas, dardos y saetas, para que cuando las criaturas vengan a ti, tú te pongas a jugar con ellas, haciendo salir de tu pecho tus flechas para enamorarlas, y cuando las reciben te pones de fiesta y tu juego está hecho; pero muchos, ¡oh Jesús!, las rechazan, correspondiéndote con flechas de frialdad, dardos de tibieza y saetas de ingratitud, y tú quedas tan afligido que lloras porque las criaturas hacen que tu juego de amor fracase. ¡Oh Jesús, aquí está mi pecho dispuesto a recibir no solamente las flechas destinadas para mí, sino también las que los demás rechazan, de modo que tus juegos ya no volverán a fracasar, y para corresponderte quiero repararte por todas las frialdades, las tibiezas y las ingratitudes que recibes!

¡Oh Jesús!, beso tu mano izquierda y quiero reparar por el uso del tacto ilícito y no santo hecho en tu presencia y te ruego que con esta mano me tengas siempre abrazado a tu Corazón.

¡Oh Jesús!, beso tu mano derecha, queriendo reparar por todos los sacrilegios, en modo particular por las Santas Misas mal celebradas. ¡Amor mío, cuántas veces te ves forzado a bajar del Cielo a las manos del sacerdote, que en virtud de la potestad que le has dado te llama, y al venir encuentras sus manos llenas de fango y de inmundicia, y aunque tú sientes la nausea de estar en esas manos, tu amor te obliga a permanecer en ellas...! Es más, en ciertos sacerdotes es peor, porque encuentras en ellos a los sacerdotes de tu pasión, que con sus enormes delitos y sacrilegios renuevan el deicidio. Jesús mío, es espantoso el sólo pensar que una vez más, como en la pasión, te encuentras en esas manos indignas como un manso corderito aguardando de nuevo tu muerte. ¡Ah Jesús, cuánto sufres! ¡Cómo quisieras una mano amante que te liberara de esas manos sanguinarias! Te suplico que cuando te encuentres en esas manos hagas que yo también me encuentre presente para hacerte una reparación. Quiero cubrirte con la pureza de los ángeles, quiero perfumarte con tus virtudes para contrarrestar la pestilencia de esas manos y ofrecerte mi corazón para que encuentres ayuda y refugio, y mientras estés en mí yo te pediré por los sacerdotes para que sean dignos ministros tuyos, y por lo tanto para que no vuelvan a poner en peligro tu vida sacramental.

¡Oh Jesús!, beso tu pie izquierdo y quiero reparar por quienes te reciben por pura rutina y sin las debidas disposiciones.

¡Oh Jesús!, beso tu pie derecho y te reparo por quienes te reciben para ultrajarte. Cuando se atrevan a hacerlo, te suplico que repitas el milagro que hiciste cuando Longinos te atravesó el Corazón con la lanza, que al flujo de aquella sangre que brotó, al tocarle los ojos lo convertiste y lo sanaste; así también, que cuando se acerquen a comulgar, apenas los toques sacramentalmente, conviertas sus ofensas en amor.

¡Oh Jesús!, beso tu Santísimo Corazón, el cual es el centro en el que confluyen todas las ofensas, y quiero repararte por todo y por todos correspondiéndote con mi amor, y estando siempre unido a ti quiero compartir tus penas. ¡Ah, te suplico, Celestial Arquero de amor, que si se me escapa ofrecerte mis reparaciones por alguna ofensa, me tomes prisionero en tu Corazón y en tu Voluntad, para que no se me pueda escapar nada! Le pediré a nuestra dulce Madre que me mantenga alerta y junto con ella repararemos por todo y por todos; juntos te besaremos y te defenderemos alejando de ti todas las oleadas de amarguras que por desgracia recibes de parte de las criaturas.

¡Ah Jesús!, recuerda que yo también soy un pobre encarcelado, aunque es cierto que tu cárcel es más estrecha, cual lo es el breve espacio de una hostia; por eso, enciérrame en tu Corazón y con las cadenas de tu amor, quiero que no solamente me encadenes, sino que ates uno por uno mis pensamientos, mis afectos, mis deseos; inmovilízame las manos y los pies encadenándolos a tu Corazón, para no tener más manos ni pies que los tuyos. De manera que mi cárcel ha de ser tu Corazón; mis cadenas, el amor; las rejas que absolutamente me impedirán salir, tu Voluntad Santísima y sus llamas, mi alimento, mi respiro, mi todo; así que ya no volveré a ver otra cosa que llamas, ni volveré a tocar más que fuego, el cual me dará vida y muerte, tal como tú la sufres en la hostia y así te daré mi vida. Y mientras yo me quedaré prisionero en ti, tú quedarás libre en mí. ¿No ha sido ésta tu intención al haberte encarcelado en la hostia, el ser desencarcelado por las almas que te reciben, recibiendo tú la vida en ellas? Por eso, como muestra de tu amor, bendíceme y dame un beso, y yo te abrazo y me quedo en ti.

¡Oh mi dulce Corazón!, veo que después de haber instituido el Santísimo Sacramento y de haber visto la enorme ingratitud y las ofensas de las criaturas ante los excesos de tu amor, a pesar de que quedas herido y amargado, no retrocedes, al contrario, quisieras ahogarlo todo en la inmensidad de tu amor.

Te veo, oh Jesús, que te das a ti mismo a tus apóstoles en la Comunión, y después les dices que lo que tú has hecho ellos también lo deben hacer, dándoles así la potestad de consagrar; de éste modo los ordenas sacerdotes e instituyes otros sacramentos. De manera que piensas en todo y reparas por todo: por las predicaciones mal hechas, por los sacramentos administrados y recibidos sin las debidas disposiciones y que por lo tanto quedan sin producir sus efectos, por las vocaciones equivocadas de los sacerdotes, sea por parte de ellos como por parte de quienes los ordenan sin haber usado todos los medios para conocer las verdaderas vocaciones. ¡Ah, Jesús, no se te olvida nada y yo quiero seguirte y repararte por todas estas ofensas!

Y así, después de haber hecho todo, te encaminas hacia el huerto de Getsemaní en compañía de tus apóstoles, para dar inicio a tu dolorosa pasión. Yo te seguiré en todo para hacerte fiel compañía.

Reflexiones y prácticas

Jesús está escondido en la hostia para darle la vida a todos y en su ocultamiento abraza todos los siglos y da luz a todos. Así también nosotros, escondiéndonos en él, con nuestras reparaciones y oraciones daremos luz y vida a todos, incluso a los mismos herejes e infieles, porque Jesús no excluye a nadie.

¿Qué hacer mientras nos escondemos? Para hacernos semejantes a Jesucristo debemos esconder todo en él, es decir, pensamientos, miradas, palabras, latidos, afectos, deseos, pasos y obras, y hasta nuestras oraciones debemos esconderlas en las de Jesús. Y así como nuestro amante Jesús en la Eucaristía abraza todos los siglos, también nosotros los abrazaremos; abrazados a él seremos el pensamiento de cada mente, la palabra de cada lengua, el deseo de cada corazón, el paso de cada pie, el obrar de cada brazo. Haciendo esto apartaremos del Corazón de Jesús el mal que las criaturas quisieran hacerle, tratando de sustituir todo el mal con el bien que podremos hacer, de modo que incitemos a Jesús a darles a todas las almas salvación, santidad y amor. Nuestra vida, para corresponder a la vida de Jesús, debe estar totalmente uniformada a la suya. El alma, con la intención, debe hallarse en todos los tabernáculos del mundo, para hacerle compañía a Jesús constantemente y ofrecerle alivio y reparación incesante y así, con esta intención, debemos hacer todas nuestras acciones del día.

El primer tabernáculo somos nosotros, nuestro corazón; por eso es necesario que estemos muy atentos a todo lo que el buen Jesús quiera hacer en nosotros. Muchas veces, Jesús, estando en nuestro corazón, nos hace sentir la necesidad de la oración. Es él mismo que quiere orar y que quiere que estemos con él, casi fundiéndonos en él, con nuestra voz, con nuestros afectos, con todo nuestro corazón, para hacer que nuestra oración sea una sola con la suya. Así, para honrar la oración de Jesús, estaremos muy atentos en prestarle todo nuestro ser, de manera que pueda elevar al Cielo su oración por medio de nosotros para hablar con su Padre y para renovar en el mundo los efectos de su misma oración.

También es necesario que estemos atentos a cada movimiento de nuestro interior, porque Jesús a veces nos hace sufrir, otras veces quiere que oremos o nos hace sentir un cierto estado de ánimo y luego otro diferente, todo para poder repetir en nosotros su misma vida.

Supongamos que Jesús nos ponga la ocasión de ejercitarnos en la paciencia: él recibe tales y tantas ofensas de parte de las criaturas, que se siente obligado a echar mano de los flagelos divinos para castigar a las criaturas, y es entonces cuando nos da la ocasión de ejercitar la paciencia, de manera que nosotros debemos honrarlo soportando todo en paz tal como lo soporta Jesús, y así nuestra paciencia le arrebatará de la mano los flagelos que las demás criaturas atraen sobre sí mismas, porque en nosotros él ejercitará su misma paciencia divina. Y como con la paciencia, así también con las demás virtudes. Jesús amante, en el Sacramento de la Eucaristía, ejercita todas las virtudes y nosotros obtendremos de él la fortaleza, la mansedumbre, la paciencia, la tolerancia, la humildad, la obediencia, etc.

Nuestro buen Jesús nos da su propia carne como alimento y nosotros como alimento le daremos amor, le daremos nuestra voluntad, nuestros deseos, nuestros pensamientos y nuestros afectos; así competiremos en amor con Jesús. No dejaremos entrar nada en nosotros sino solamente a él, de manera que todo lo que hagamos debe servir para alimentar a nuestro amado Jesús. Nuestro pensamiento debe alimentar el pensamiento divino, es decir, pensando que Jesús está escondido en nosotros y que quiere como alimento nuestros pensamientos; de modo que pensando santamente, alimentaremos el pensamiento divino. La palabra, los latidos del corazón, los afectos, los deseos, los pasos que damos, las obras que hacemos, todo debe servir para alimentar a Jesús y debemos poner la intención de alimentar en Jesús a todas las criaturas.

“¡Oh dulce Amor mío!, tú en esta hora transubstanciaste el pan y el vino en ti mismo; ¡Ah, haz oh Jesús, que todo lo que yo diga y haga, sea una continua consagración tuya en mí y en las almas!”.

“Dulce Vida mía, cuando vengas a mí, haz que cada uno de los latidos de mi corazón, cada deseo, cada afecto, cada pensamiento y cada palabra, pueda sentir la potencia de la consagración sacramental, de manera que, consagrado todo mi ser, se transforme en hostia viva para darte a las almas”.

“¡Oh Jesús, dulce Amor mío!, haz que yo sea tu pequeña hostia para que como hostia viva pueda encerrarte totalmente en mí”.

Continúa...

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (122)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


122. Los discursos en Aguas Claras: Honra a tu padre y a tu madre (126).
Curación de un deficiente mental.
3 de marzo de 1945.

1 Jesús pasea lentamente arriba y abajo a lo largo de la orilla del río. Debe haber amanecido hace poco, porque la niebla de un triste día invernal se estanca aún entre los cañizares de las márgenes. No hay nadie hasta donde alcanza la vista en las dos orillas del Jordán. Sólo nieblecilla baja, frufrú de agua entre las cañas, rumor de aguas, que, por las lluvias de los días precedentes, están turbias, y algunos reclamos de pájaros, cortos, tristes, como lo son cuando, terminada la estación de los amores, las aves están entristecidas por el invierno y la escasez del alimento.
Jesús los escucha y parece interesarse mucho en el reclamo de un pajarito que, con regularidad de reloj, vuelve su cabecita hacia el Norte y emite un "¿chiruit?" quejumbroso, y luego vuelve la cabecita hacia el Sur y repite su interrogativo "¿chiruit?" sin respuesta. Al fin el pajarito parece haber recibido una respuesta a su "¿chiruit?" que viene de la otra orilla y emprende el vuelo y se aleja a través del río con un pequeño grito de alegría. Jesús hace un gesto como diciendo: “¡Menos mal!”, y continúa el paseo. 

2 “¿Te importuno, Maestro?” pregunta Juan, que viene de los prados.
“No. ¿Qué quieres?”.
“Quería decirte... creo que es una noticia que te puede confortar y he venido en seguida; no sólo por ello, sino también para pedirte consejo. Estaba barriendo nuestras habitaciones y ha venido Judas de Keriot. Me ha dicho: "Te ayudo". Yo me he quedado asombrado porque siempre muestra poca disposición para hacer las cosas de este tipo que se le mandan... No obstante, me he limitado a decir: "¡Oh, gracias! Así lo haré antes y mejor". El se ha puesto a barrer y hemos terminado pronto. Entonces ha dicho: "Vamos al bosque. Siempre traen la leña los mayores. No es correcto. Vamos nosotros. No soy un experto, pero si me enseñas…". Y hemos ido. Mientras estaba atando con él los haces, me ha dicho: "Juan, quiero decirte una cosa". "Habla", he respondido, pensando que se tratase de alguna crítica. Pero no; me ha dicho: "Yo y tú somos los más jóvenes. Tendríamos que estar más unidos. Tú tienes casi miedo de mí, y tienes razón, porque no soy bueno. Pero, créeme... no lo hago adrede. Hay veces que siento la necesidad de ser malo; quizás porque, habiendo sido único, me han enviciado. Y quisiera hacerme bueno. Los mayores –lo sé– no me ven muy bien. Los primos de Jesús están enfadados porque... si, les he faltado mucho, como también a su primo. Mas tú eres bueno y paciente. Tú quiéreme. Hazte idea de que soy un hermano, un hermano malo, sí, pero un hermano al que hay que querer aunque sea malo. El mismo Maestro dice que hay que actuar así. Cuando veas que no actúo correctamente, dímelo. Y otra cosa: no me dejes siempre solo. Cuando vaya al pueblo, ven también tú; así me ayudarás a no hacer el mal. Ayer sufrí mucho. Jesús me habló y yo le miré. En mi estúpido rencor no me miraba ni a mí mismo ni a los demás. Ayer miré y vi... Tienen razón al decir que Jesús está sufriendo... y siento que parte de la culpa es mía. No quiero seguir teniendo culpa. Ven conmigo. ¿Vas a venir? ¿Me vas a ayudar a ser menos malo?". Esto ha dicho, y te confieso que me latía el corazón como le late a un gorrión en manos de un muchacho. Latía de alegría porque me agrada que él se haga bueno –por ti me agrada– y latía un poco de miedo porque... no quisiera volverme como Judas. Pero luego me he acordado de cuanto me habías dicho el día que tomaste a Judas, y he respondido: "Sí, ciertamente te ayudaré; pero yo tengo que obedecer, y si recibo otras órdenes...". Pensaba: ahora se lo digo al Maestro y si El quiere lo hago; si no quiere, que me dé la orden de no alejarme de la casa”.
“Escucha, Juan. Yo te dejo ir. Me tienes que prometer, no obstante, que si sientes que algo te turba, me lo vienes a decir. Me has dado mucha alegría, Juan. Aquí llega Pedro con su pescado. Ve, Juan”.

3 Jesús se vuelve hacia Pedro: “¿Buena pesca?”.
“¡Bueno...! No mucho. Pececillos... Pero todo contribuye. Santiago está rezongando porque algún animal ha roído la soga y se ha perdido una red. He dicho: "¿Y él no debía comer? Compadécete del pobre animal". Pero Santiago no es de esa idea...” dice Pedro riendo.
“Eso es lo que Yo digo respecto a un hermano, y es lo que vosotros no sabéis hacer”.
“¿Hablas de Judas?”.
“Hablo de Judas. El sufre por ello. Tiene buenos deseos y tendencias perversas. Pero, vamos a ver, dime tú, experto pescador: ¿Si Yo quisiera ir en barca por el Jordán y llegar al lago de Genesaret, qué debería hacer? ¿Lo lograría?”.
“¡En fin! ¡Sería muy trabajoso! Pero sí lo lograrías con barcas pequeñas y planas... Supondría mucho esfuerzo, ¿sabes? ¡Y largo! Habría que medir continuamente el fondo, estar atento a las orillas y a los bajos, a la maleza flotante, a la corriente. La vela no hace falta en estos casos; es más, perjudica... Pero, ¿quieres volver al lago siguiendo el río? Ten en cuenta que contra corriente se va mal. Hay que ser muchos, si no...”.

“Tú lo has dicho. Cuando uno es un vicioso, para ir hacia el Bien debe ir contra corriente, y uno por sí solo no puede lograrlo. Judas es justamente uno de éstos. Y vosotros no le ayudáis. El indigente sube solo y pega contra el fondo, roza en los bajos, se enreda entre la maleza flotante, queda atrapado por los remolinos. Por otra parte, si mide el fondo, no puede al mismo tiempo mantener el timón o el remo. ¿Por qué, entonces, se le reprende si no avanza? Tenéis piedad de los extraños, y de él, compañero vuestro, ¿no? No es justo. ¿Ves allí a Juan y a él yendo hacia el pueblo por pan y verduras? El ha pedido como gracia no ir solo, y se lo ha pedido a Juan, porque no es un tonto y sabe qué idea tenéis vosotros, los mayores, acerca de él”.
“¿Y Tú le has mandado? ¿Y si se corrompe también Juan?”.
“¿Quién? ¿Mi hermano? ¿Por qué se va a corromper?” pregunta Santiago, que llega con la red recuperada entre un cañizar.
“Porque Judas va con él”.
“¿Desde cuándo?”.
“Desde hoy, y Yo lo he permitido”.
“Entonces, si lo permites Tú...”.
“Sí; es más, se lo aconsejo a todos. Le dejáis demasiado solo. No seáis jueces sólo para él. No es peor que muchos otros. Eso sí, está más consentido, ya desde la infancia”.
“Sí, debe ser eso. Si hubiera tenido por padre y madre a Zebedeo y a Salomé, no sería así. Mis padres son buenos, pero se acuerdan de que tienen un derecho y un deber hacia los hijos”.

“Bien dices. Hoy hablaré precisamente de esto. Pongámonos en marcha. Ya veo gente en movimiento en los prados”.
“Yo ya no sé cómo nos las vamos a arreglar para vivir. Ya no hay ni hora de comer, ni de rezar, ni de descansar... y la gente sigue aumentando” dice Pedro entre admirado y enfadado.
“¿Te lamentas por ello? Es signo de que existe aún búsqueda de Dios”.
“Sí, Maestro. Pero Tú sufres como consecuencia. Ayer te quedaste incluso sin comer, y esta noche sin más cobijas que tu manto. ¡Si lo supiera tu Madre!...”.
“Bendeciría a Dios, que me acerca tantos fieles”.
“Y me regañaría a mí, en quien puso su confianza” termina Pedro.
Bajan hacia ellos, gesticulando, Felipe y Bartolomé. Ven a Jesús y apresuran el paso diciendo: “¡Oh, Maestro! ¿Cómo vamos a arreglárnoslas? Es un verdadero peregrinaje; y enfermos, y gente que llora, y pobres sin ningún medio que vienen de lejos”.
“Compraremos pan. Los ricos dan limosnas... usémoslas, pues”.
“Los días son breves. El techado está ya lleno de gente al raso. Las noches son húmedas y frías”.
“Tienes razón, Felipe, Nos apretaremos todos en una de las piezas. Podemos hacerlo. Y prepararemos lo necesario en las otras dos para los que no puedan llegar a las casas hoy por la tarde”.
“¡Comprendo! Dentro de poco tendremos que pedir a los que hospedamos el permiso para cambiarnos de ropa. Nos van a invadir de tal modo, que nos van a obligar a huir a nosotros” refunfuña Pedro.

“¡Otras fugas verás, Pedro mío! ¿Qué le pasa a aquella mujer?”. Han llegado ya a la era, y Jesús nota la presencia de una mujer que está llorando.
“¡Bah! Estaba también ayer, y también ayer lloraba. Cuando Tú estabas hablando con Manahén se movió para ir hacia ti, luego se marchó. Debe de estar en el pueblo, o aquí cerca, porque ha vuelto. Enferma no parece...”.
“La paz sea contigo, mujer” dice Jesús pasando a su lado.
Y ella responde en voz baja: “Y contigo”. Nada más.
Habrá al menos unas trescientas personas. Bajo el techado hay cojos, ciegos, mudos; uno, del todo agitado por una convulsión; un jovencito, claramente hidrocéfalo, de la mano de un hombre (no hace sino gemir, echar baba, menear su gruesa cabeza de expresión idiota).
“¿Es hijo de esa mujer?” pregunta Jesús.
“No lo sé. Simón, que se ocupa de los peregrinos, lo sabe”.
Llaman al Zelote y le preguntan. Pero el hombre no ha venido con la mujer. Ella está sola. “No hace sino llorar y rezar. Y hace poco me ha preguntado: "¿El Maestro cura también los corazones?"” explica Simón el Zelote.
“Será una esposa traicionada” comenta Pedro.
Mientras Jesús se dirige hacia los enfermos, Bartolomé, y Mateo van a la purificación con muchos peregrinos.
La mujer, en su ángulo, llora inmóvil.

7 Jesús no niega a ninguno el milagro. Hermoso es el del niño idiota, al cual infunde el intelecto con el hálito, sosteniendo luego la voluminosa cabeza entre sus largas manos. Todos se arremolinan. Incluso la mujer velada osa acercarse bastante, tal vez porque hay mucha gente, y se pone junto a la mujer que llora.
Jesús dice al tonto: “Yo quiero en ti la luz del intelecto para abrir camino a la luz de Dios. Escucha, di conmigo: "Jesús". Dilo. Lo quiero”.
El niño idiota, que antes se quejaba como un animal emitiendo sólo un tenue gañido, farfulla con dificultad: “Jesús”, o más bien: “Jeyú”.
“Otra vez” ordena Jesús, teniendo todavía entre sus manos la cabeza deforme y dominándole con su mirada.
“Jee–sús”.
“Otra vez”.
“¡Jesús!” dice por fin el niño. Los ojos ya no están tan vacíos de expresión, la boca tiene una sonrisa distinta.
“Hombre –dice Jesús al padre–, has tenido fe; tu hijo está curado. Hazle alguna pregunta. El nombre de Jesús supone milagro contra las enfermedades y las pasiones”.
El hombre le dice a su hijo: “¿Quién soy yo?”.
Y el muchacho responde: “Mi padre”.
El hombre aprieta contra su corazón a su hijo, y explica: “Me nació así. Mi esposa murió en el parto y él estaba impedido de mente y de habla. Ahora ya veis. He tenido fe, sí. Vengo de Joppe. ¿¡Qué debo hacer por ti, Maestro!?”.
“Ser bueno, y tu hijo contigo; nada más”.
“Y amarte. ¡Vamos en seguida a decírselo a la madre de tu madre, que es la que me convenció a esto. ¡Bendita sea!”.
Los dos se van felices. De la pasada desventura no queda sino la voluminosa cabeza del muchacho. La expresión y la palabra son normales.

8 “Pero, ¿ha quedado curado por voluntad tuya o por poder de tu Nombre?” preguntan muchos.
“Por voluntad del Padre, siempre benigno para con el Hijo. Pero también mi Nombre es salvación. Vosotros lo sabéis: Jesús quiere decir Salvador. La salvación se refiere al alma y a los cuerpos. Quien pronuncia el Nombre de Jesús con verdadera fe queda curado de enfermedades y pecado, porque en toda enfermedad espiritual o física está la uña de Satanás, el cual crea las enfermedades físicas para conducir hacia la rebelión y hacia la desesperación a través del sufrimiento de la carne, y las morales o espirituales para conducir hacia la condenación”.
“Entonces Tú piensas que Belcebú no es ajeno a ninguna aflicción del género humano”.
“No es ajeno. Por él enfermedad y muerte entraron en el mundo, como, igualmente, el delito y la corrupción entraron en el mundo por él. Cuando veáis a alguien atormentado por alguna desventura, pensad, sí, que sufre por Satanás. Cuando veáis que alguien es causa de desventura, pensad también que él es instrumento de Satanás”.
“Pero, las enfermedades vienen de Dios”.
“Las enfermedades son un desorden en el orden, porque Dios creó al hombre sano y perfecto. El desorden que ha introducido Satanás en el orden dado por Dios, ha traído consigo las enfermedades de la carne y las consecuencias de las mismas, o sea, la muerte, o las funestas transmisiones por herencia (127). El hombre ha heredado de Adán y Eva la mancha de origen; pero no sólo ésta. Y la mancha se extiende cada vez más, incluyendo las tres ramas del hombre: la carne, cada vez más viciosa y, por tanto, débil y enferma; lo moral, cada vez más soberbio y, por lo tanto, corrompido; el espíritu, cada vez más incrédulo, o sea, cada vez más idólatra. Por consiguiente es necesario –como he hecho Yo con aquel débil mental– enseñar el Nombre del que huye Satanás, esculpirlo en la mente y en el corazón, ponerlo en el yo como un sigilo de propiedad”.
“Pero, ¿Tú nos posees? ¿Quién eres, que tanto te crees?”.
¡Ojalá fuese así! Pero no lo es. Si os poseyera, estaríais ya salvados. Y sería derecho mío, porque Yo soy el Salvador y debería tener a mis salvados. Mas, salvaré a quienes tengan fe en mí”.

9 “Juan... yo vengo de donde Juan. Me ha dicho: "Ve a Aquel que habla y bautiza cerca de Efraím y Jericó. El tiene el poder de desatar y atar, mientras que yo no puedo más que decirte: haz penitencia para hacer ágil a tu alma para ir en pos de la salud"” dice uno de los que ha obtenido un milagro, uno que primero se sujetaba con muletas y ahora se mueve expedito.
“¿No le duele al Bautista perder la multitud?” pregunta uno.
Y el que ha hablado antes responde: “¿Dolerle? Dice a todos: "¡Id! ¡Id! Yo soy el astro que se oculta; El, el astro que se alza y se fija eterno en su esplendor. Para no permanecer en las tinieblas, id a El antes de que mi pabilo se apague"”.
“¡No hablan así los fariseos! Ellos están llenos de odio porque Tú atraes a las muchedumbres. ¿Lo sabes?”.
“Lo sé” responde brevemente Jesús.
Se abre una disputa sobre la razón o no del modo de actuar de los fariseos. Mas Jesús corta con un: “No critiquéis” que no admite réplica.

10 Vuelven Bartolomé y Mateo con los bautizados.
Jesús comienza a hablar.
“La paz sea con vosotros todos.
He pensado hablaros de Dios por la mañana, puesto que ahora venís aquí ya desde por la mañana y os es más cómodo partir al mediodía. He pensado también hospedar a los peregrinos que no puedan volver a sus casas antes de que anochezca; Yo también soy peregrino y no poseo sino lo mínimo indispensable que la piedad de un amigo me ha dado. Juan posee aún menos que Yo. Pero a Juan van personas sanas o simplemente poco enfermas, tullidos, ciegos, mudos; no moribundos o personas febriles, como vienen a mí. Van a él para bautismo de penitencia; a mí venís también para curación de cuerpos. La Ley dice: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (128). Yo pienso y digo: ¿Cómo mostraría mi amor hacia los hermanos, si cerrara mi corazón a sus necesidades, incluso físicas? Y concluyo: les daré a ellos lo que me ha sido dado. Extendiendo la mano hacia los ricos, pediré para el pan de los pobres; desprendiéndome de mi propio lecho, acogeré en él a quien esté cansado o se sienta mal.
Somos todos hermanos y el amor no se demuestra con palabras sino con hechos. Aquel que cierra su corazón a su semejante tiene corazón de Caín. Aquel que no tiene amor es un rebelde respecto al precepto de Dios. Somos todos hermanos. Y, no obstante, Yo veo, y vosotros veis, que incluso dentro de las familias –donde la sangre común remarca, incluso consigo misma y con la carne, la hermandad que nos viene de Adán– hay odios o roces. Los hermanos están contra los hermanos, los hijos contra los padres; los consortes, enemigos el uno del otro.
Pero, para no ser malvados hermanos siempre, y adúlteros esposos un día, hay que aprender ya desde la primera edad el respeto hacia la familia, que es el más pequeño y a la vez el más grande organismo del mundo: el más pequeño respecto al organismo de una ciudad, de una región, de una nación, de un continente; pero el mayor porque es el más antiguo, pues lo puso Dios cuando aún el concepto de patria, de país, no existía, viviendo sin embargo ya y siendo activo el núcleo familiar, manantial de la raza humana y de las distintas razas, pequeño reino en que el hombre es rey, la mujer reina, súbditos los hijos. ¿Puede acaso un reino dividido, en que sus habitantes entre sí son enemigos, subsistir? No puede. Pues así, en verdad, una familia no subsiste si no hay obediencia, respeto, economía, buena voluntad, laboriosidad, amor.

11 "Honra al padre y a la madre" dice el decálogo. ¿Cómo se honran? ¿Por qué se deben honrar?
Se honran con verdadera obediencia, con exacto amor, con confidente respeto, con un temor reverencial que no cierra las puertas a la confidencia, como tampoco nos hace tratar a nuestros mayores como si fuéramos siervos e inferiores. Se los debe honrar porque, después de Dios, quienes dan la vida y proveen a todas las necesidades materiales de la vida, los primeros maestros, los primeros amigos del joven ser nacido a este mundo, son el padre y la madre.
Se dice: "Que Dios te bendiga"; se dice: "Gracias" a aquel que nos recoge un objeto que se nos ha caído, o nos da un mendrugo de pan. Pues entonces, ¿no vamos a decir, con amor, "que Dios te bendiga" y "gracias" a quienes se matan trabajando por darnos de comer, o tejiendo nuestros vestidos y manteniéndolos limpios, a quienes se levantan para escrutar nuestro sueño, se niegan el descanso por cuidarnos, o nos hacen de su seno lecho en nuestros momentos más dolorosos de cansancio?
Son nuestros maestros. Al maestro se le teme y se le respeta. Mas éste nos toma cuando ya sabemos lo indispensable para sostenernos y nutrirnos y decir lo esencial, y nos deja cuando la más ardua enseñanza de la vida, o sea, "el vivir" aún se nos debe enseñar: y son el padre y la madre quienes nos preparan: para la escuela primero, para la vida después.
Son nuestros amigos. Mas, ¿qué amigo puede ser más amigo que un padre, o más amiga que una madre? ¿Podéis tener miedo de ellos? ¿Podéis decir que él o ella os van a traicionar? Bueno, pues ved cómo ese joven necio y esa muchacha aún más necia se buscan amigos entre los extraños, y cierran su corazón al padre y a la madre, y corrompen su mente y su corazón con contactos al menos imprudentes, si es que no son incluso culpables, motivo de lágrimas paternas y maternas, que hienden, como gotas de plomo fundido, el corazón de los padres. Pero Yo os digo que esas lágrimas no caen en el polvo y en el olvido; Dios las recoge y las cuenta. El martirio de un padre o de una madre pisoteados recibirá premio del Señor. Así como tampoco será olvidado el acto de un hijo que somete a suplicio a su padre o a su madre, aunque éstos, en su doliente amor, supliquen piedad de Dios para su hijo culpable.
"Honra a tu padre y a tu madre si quieres vivir largamente sobre la Tierra" está escrito; "y eternamente en el Cielo", añado. ¡Demasiado poco castigo sería el vivir poco aquí por haber ofendido a los padres! El más allá no es un cuento, y en el más allá se recibirá premio o castigo, según hayamos vivido. Quien ofende a un padre o a una madre ofende a Dios, porque Dios ha mandado amarlos, y quien no ama peca; pierde, por lo tanto, así, más que la vida material, la verdadera vida de que os he hablado: le espera la muerte (es más, ya está en él, habiendo caído su alma en desgracia de su Señor); tiene ya en sí el delito porque hiere el amor más santo después de Dios; tiene ya en sí los gérmenes de los futuros adulterios, porque de un mal hijo viene un pérfido esposo; tiene ya en sí los estímulos de la corrupción social, porque de un hijo malo nace el futuro ladrón, el torvo y violento asesino, el frío usurero, el libertino seductor, el vividor cínico, el repugnante traidor de la patria, de los amigos, de los hijos, de la esposa, de todos. ¿Podéis, acaso, nutrir estima y confianza hacia quien ha sido capaz de traicionar el amor de una madre y burlarse de las canas de un padre?

12 Escuchad, no obstante, también esto: el deber de los hijos se corresponde con un parejo deber de los padres. ¡Maldición al hijo culpable... mas también para el culpable progenitor! Haced que los hijos no puedan criticaros y copiaros en el mal. Haceos amar por haber dado amor con justicia y misericordia. Dios es Misericordia. Los padres, que van sólo después de Dios, sean misericordia. Sed ejemplo y consuelo de los hijos. Sed paz y guía. Sed el primer amor de vuestros hijos. Una madre es siempre la primera imagen de la esposa que querríamos. Un padre, para las hijas jovencitas, tiene el rostro que sueñan para el esposo. Haced que, sobre todo, vuestros hijos e hijas elijan con sabia mano a sus recíprocos consortes pensando en la madre, en el padre, y deseando en el consorte lo que hay en el padre, en la madre: una virtud veraz.
Si tuviera que hablar hasta agotar el tema, no serían suficientes el día y la noche. Por ello, en atención a vosotros, concluyo. El resto, que os lo manifieste el Espíritu eterno. Yo echo la simiente y sigo caminando. En los buenos, la semilla echará raíz y dará espiga. Marchad. La paz sea con vosotros”.

13 Quien se marcha se va raudo, quien se queda entra en la tercera pieza y come su pan o el que ofrecen los discípulos en nombre de Dios. Sobre rústicos apoyos han sido colocados unos tablones y paja donde pueden dormir los peregrinos.
La mujer velada se marcha con paso ágil; la otra, la que ya estaba llorando desde el principio, y ha seguido llorando sin interrupción mientras Jesús hablaba, se mueve incierta y luego se decide a marcharse.
Jesús entra en la cocina para tomar alimento; pero apenas acaba de empezar a comer y ya le tocan a la puerta.
Se levanta Andrés, que está más cerca, y sale al patio. Habla y luego vuelve: “Maestro, una mujer, la que lloraba, pregunta por ti. Dice que tiene que marcharse y que debe hablarte”.
“Pero en este plan ¿cómo y cuándo come el Maestro?” exclama Pedro.
“Debías haberle dicho que viniera más tarde” dice Felipe.
“Silencio. Luego como. Seguid vosotros”.
Jesús sale. La mujer está afuera.
“Maestro... una palabra... Tú has dicho... ¡Oh.... ven detrás de la casa! ¡Es penoso manifestar mi dolor!”.
Jesús condesciende, sin decir palabra; se limita, una vez detrás de la casa, a preguntar: “¿Qué quieres de mí?”.
“Maestro... te he oído antes, cuando hablabas entre nosotros... y luego te he oído mientras predicabas. Parece como si hubieras hablado para mí. Has dicho que en toda enfermedad física o moral está Satanás... Yo tengo un hijo enfermo en su corazón. ¡Ojalá te hubiera oído cuando hablabas de los padres! Es mi tormento. Se ha desviado con malos compañeros y es... es exactamente como Tú dices... ladrón (por ahora, en casa, pero...). Es un pendenciero... un avasallador... Siendo, como es, joven, se destruye con la lujuria y la crápula. Mi marido quiere echarle de casa. Yo... yo soy su madre... y muero de dolor. ¿Ves cómo jadea mi pecho? Es el corazón que se me parte de tanto dolor. Desde ayer deseaba hablarte, porque... espero en ti, Dios mío; pero, no me atrevía a decir nada. ¡Es tan doloroso para una madre decir: "Tengo un hijo cruel"!...”. La mujer llora, curvada y doliente, ante Jesús.
“No llores más. Quedará curado de su mal”.
“Si pudiera oírte, sí; pero no quiere oírte. ¡Oh..., nunca sanará!”.
“¿Tienes fe tú por él? ¿Tienes voluntad tú por él?”.
“¿Y me lo preguntas? Vengo de la Alta Perea para rogarte por él...”.
“Pues entonces ve. Cuando llegues a tu casa, tu hijo te saldrá al encuentro arrepentido”.
“Pero, ¿cómo?”.
“¿Cómo? ¿Crees que Dios no puede hacer lo que Yo pido? Tu hijo está allí, Yo estoy aquí, pero Dios está en todas partes... y Yo le digo a Dios: "Padre, piedad por esta madre". Y Dios hará tronar su llamada en el corazón de tu hijo. Ve, mujer. Un día pasaré por las calles de tu ciudad, y tú, orgullosa de tu hijo, saldrás a recibirme con él. Y cuando él llore sobre tus rodillas, pidiéndote perdón y contándote su misteriosa lucha, de la que salió con alma nueva, y te pregunte cómo sucedió, dile: "Por Jesús has nacido de nuevo al bien". Háblale de mí. Si has venido a mí, es señal de que conoces; haz que él conozca y me lleve en su pensamiento para tener consigo la fuerza salvadora. Adiós. La paz a la madre que ha tenido fe, al hijo que vuelve, al padre contento, a la familia restaurada. Ve”.
La mujer se va en dirección al pueblo y todo termina.

Continúa...

Notas:

126) Cfr. Ex. 20, 12.

127) Cfr. Gén. 3; Sab. 2, 21–24; Rom. 5, 12–21; 6, 20–23.

128) Lev. 19, 18.



 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  

 
 

10 DE AGOSTO: AMADEO DE PORTUGAL, FUNDADOR Y CONFESOR


10 de agosto: Beato Amadeo de Portugal, Fundador y Confesor

(✞ 1482)

Amadeo provenía de una familia noble portuguesa y tenía como hermana a la piadosa Beatriz, fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción.

En su juventud, se dedicó al servicio militar, luego regresó a casa y posteriormente ingresó en el monasterio Jerónimo de Guadalupe, en España, donde vivió con estricta austeridad durante diez años. Pasaba muchas horas en oración ante la milagrosa imagen de la Virgen María en la iglesia.

Cuando durante ese tiempo sufrió de gota y no pudo mover ninguna parte de su cuerpo excepto la lengua, la Madre de Dios, en respuesta a sus fervientes oraciones, lo liberó de este severo sufrimiento.

Instruido por una visión celestial, ingresó en la Orden de los Frailes Menores de San Francisco (Minoritas). Luego fue trasladado a Italia, al convento de San Francisco de Milán, por orden del ministro general de la Orden, Giacomo da Mozzanica. Fue conventual de las casas de Mariano Comense e di Opreno. En este último lugar fue ordenado sacerdote en 1459. 

En 1460 recibió de parte de la duquesa Bianca Maria Visconti el convento de Bressanoro, en la diócesis de Cremona, con el fin de renovar la estructura, y allí creó una pequeña comunidad de regulares observantes. A este convento se unieron otros, los cuales, con el tiempo, se fueron identificando como una familia de observantes dentro de la Orden Franciscana, pero –no sin problemas por parte de los conventuales– con una autonomía que cada vez era más fuerte. Su extrema austeridad no era del agrado de todos los habitantes del monasterio. La envidia y el odio se apoderaron de ellos; incluso intentaron eliminarlo. Pero María salvó a su protegido.
 
El Papa Sixto IV lo favoreció con la donación del monasterio de San Pietro in Montorio, en 1472, y lo tomó como confesor personal. Con la protección del Papa, pudo lograr una expansión de la nueva observancia, y en 1482 obtuvo permiso para visitar los conventos de la reforma, dieciséis hasta ese momento. 

El Papa había emitido una bula en la que no sólo autorizaba la fundación del monasterio, sino que también le aseguraba un terreno adecuado en la provincia de Parma, cerca de San Segundo, para la creación de otro. Al ver que todo lo que había puesto bajo la protección de la poderosa Madre de Dios prosperaba, Amadeo bautizó este monasterio como Santa María de Gracia. A causa de una enfermedad, debió regresar al convento de Milán, donde murió el 10 de agosto de 1482.
 
Amadeo de Portugal fue considerado, popularmente, un santo en vida. A él acudían muchos peregrinos, ya que se le atribuían dones taumatúrgicos, por lo que constantemente debía huir a conventos menores. Tras su muerte, la fama de santidad creció hasta tal punto, que fue sepultado frente al altar mayor de la iglesia de Santa Maria della Pace (Milán).

Los miembros de la reforma franciscana por él fundada tomaron el nombre de amadeistas en su honor. En reconocimiento, ellos mismos iniciaron el proceso de beatificación por parte de la Sede Apostólica

Reflexión:

A menudo pensamos en los místicos y visionarios como personas aisladas del mundo, absortas solo en sus pensamientos. Amadeo demuestra lo contrario: sus profundas experiencias espirituales y visiones (plasmadas en Apocalypsis nova) no lo alejaron de la realidad, sino que se convirtieron en un motor para fundar conventos, aconsejar a Papas como Sixto IV y transformar comunidades enteras. Su vida muestra el equilibrio entre la contemplación interna con la acción externa.

Oración:

Oh Dios, que concediste al Beato Amadeo de Portugal la gracia de abandonar las comodidades del mundo para abrazar la humildad y la penitencia de la vida franciscana; te pedimos que, a ejemplo suyo, sepamos desapegarnos de los bienes terrenales y busquemos siempre la coherencia de nuestra fe. Tú que le otorgaste el don de la contemplación y lo bendijiste con la guía de tu Santa Madre, concédenos por su intercesión la fortaleza para reformar nuestras vidas y el valor para seguir tu verdad sin temor. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 

10 DE AGOSTO: SAN LORENZO, DIACONO Y MARTIR


10 de Agosto: San Lorenzo, diácono y mártir

(† 258)

El gloriosísimo y fortísimo mártir san Lorenzo, nació en Huesca del reino de Aragón: su padre llamado Orencio y su madre, Paciencia, fueron santos, y de ellos celebra festividad la iglesia de Huesca. Lo hizo el Papa San Sixto, segundo de este nombre, arcediano, o primero de los diáconos de la Iglesia Romana. 

Por este tiempo anduvo muy brava la persecución del emperador Valeriano: y en ella fue preso San Sixto y llevado a la cárcel. 

Le salió al camino san Lorenzo y le dijo: 

- ¿Adonde vas, oh padre, sin tu hijo? ¿Adonde vas, oh sacerdote, sin tu diácono? 

Y le respondió el venerable Pontífice: 

- A ti, hijo mío, como a más joven, te aguardan más rigurosos suplicios, y más gloriosa victoria: anda a repartir a los pobres los tesoros de la Iglesia; porque presto me seguirás como hijo al padre, y como diácono al sacerdote. 

Cumplió san Lorenzo enteramente la voluntad del Pontífice, y gastó toda la noche en visitar a los pobres y repartirles el tesoro de la Iglesia, y el día siguiente volvió a San Sixto, y viendo que ya lo llevaban a degollar, corrió a él y con voz alta y llorosa le dijo: 

- No me desampares, padre santo: ya cumplí tu mandamiento y distribuí los tesoros que me encargaste. 

Oyeron los ministros de justicia estas palabras, y, a la voz de los tesoros, echaron mano de Lorenzo, y dieron noticia de lo que habían oído al emperador, el cual se holgó de ello esperando hartar su codicia. 

Le preguntó, pues, por los tesoros de la Iglesia; y el santo con una sabiduría y sagacidad divina le respondió que se los traería. 

Y juntando el santo diácono un buen número de ciegos, cojos, mancos y pobres, a quienes había socorrido, se vino con ellos al emperador y le dijo: 

- Estos son los tesoros de la Iglesia. 

No se puede fácilmente creer la saña que recibió del tirano, viendo así frustradas sus esperanzas: lo mandó luego azotar y rasgar sus carnes con escorpiones; y viendo que no se quejaba ni daba un solo gemido, antes se reía del tirano y de los tormentos, éste se embraveció más y exclamó: 

- Tú eres un mago; pero yo te juro por los dioses inmortales que has de padecer tan graves penas que ningún hombre hasta hoy las padeció. 

A lo cual respondió Lorenzo: 

- En nombre de Jesucristo, te aseguro que no las temo. 

Lo mandó pues atormentar toda la noche con varios suplicios, y finalmente asarlo en un lecho de hierro a manera de parrillas, en las cuales no mostró el santo ningún sentimiento de dolor; sino que estando asada una parte de su cuerpo, habló al tirano y le dijo: 

- Ya está asada la mitad de mi cuerpo; manda que me vuelvan de la otra parte, y que me echen la sal. 

Y mientras el tirano con los ojos encarnizados y dando bramidos de rabia y furor mandaba a los sayones que atizasen el fuego, el fortísimo mártir, levantados los ojos al cielo, dijo: 

- Recibid, Señor, este sacrificio, en olor de suavidad -y dando gracias al Señor, expiró.

Reflexión

Este es el martirio de san Lorenzo, gloria de España, y tan ilustre en toda la cristiandad, después del protomártir san Esteban, que como dice san Agustín, alumbró con sus resplandores el universo mundo. ¿Quién no se animará con tal ejemplo a servir a Jesucristo con viva fe, segura esperanza y encendida caridad, sin temer el fuego y crisol de la tribulación por donde se llega al eterno descanso y refrigerio?

Oración

Concédenos, oh Dios todopoderoso, que se apaguen en nosotros las llamas de nuestros vicios; pues concediste al bienaventurado san Lorenzo que venciese el fuego de sus tormentos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.