martes, 21 de julio de 2026

LA IGLESIA CONCILIAR YA NO SABE LO QUE SIGNIFICA RESPETAR UN LUGAR SAGRADO

Imágenes de dioses paganos en una iglesia católica, mujeres ofician una “liturgia”, en San Pedro abren un bistró y un sacerdote califica una boda gay de “épica”.

Por Chris Jackson


Los dioses regresan a Leffe

Durante cuatro noches de julio, la ciudad italiana de Leffe transformó su centro histórico en “Noches en el Olimpo”, un festival de verano con música, gastronomía, entretenimiento infantil y mitología griega. El programa municipal anunciaba una “Taberna de Dioniso”, un “Reino de Poseidón”, representaciones teatrales con disfraces de dioses y héroes, y proyecciones nocturnas de video sobre la fachada de la iglesia parroquial. El evento se celebró del 16 al 19 de julio con el apoyo del público y de la región.

Según el informe original, el “párroco”, Don Giuseppe Merlini, autorizó proyecciones de deidades griegas en la propia iglesia de San Michele.

En Leffe, nadie intentaba restaurar literalmente los sacrificios paganos. No se sacrificaba ningún toro ante Zeus. No se ofrecía ninguna libación a Dioniso. La defensa es evidente: se trataba de arte, mitología, turismo, entretenimiento comunitario, una pequeña diversión inofensiva plasmada en piedra.

Esa defensa revela el daño.

La fachada de una iglesia católica anuncia quién es el dueño del edificio. Un crucifijo, una estatua de San Miguel, una imagen de la Virgen o una escena bíblica le indican al pueblo que ese terreno ha sido consagrado a Cristo. La iglesia se alza por encima del mercado porque el culto que se ofrece en su interior ordena toda actividad, por trivial que sea, hacia Dios.

Leffe cambió de rumbo. El edificio sagrado se convirtió en un decorado alquilado para el festival que se celebraba al aire libre. Su fachada sirvió como una gigantesca pantalla municipal, mientras que los dioses derrotados por el Evangelio regresaron como un colorido espectáculo.

La tradición católica jamás trató a los dioses paganos como encantadores personajes ficticios comparables a superhéroes. San Pablo identificó los sacrificios paganos con los demonios. Los mártires prefirieron morir antes que quemar una pizca de incienso ante sus imágenes. El Catecismo aún afirma que el Primer Mandamiento condena el politeísmo y todo acto de reverencia que coloque a dioses, demonios, poder, placer o cualquier criatura en el lugar que le corresponde a Dios.

Por lo tanto, la cuestión va más allá del arte de proyección de buen gusto frente al de mal gusto. Se refiere a la naturaleza de la consagración.

El canon 1210 permite dentro de un lugar sagrado aquello que sirva al culto, la piedad o la religión, y prohíbe lo que entre en conflicto con la santidad del lugar. Un ordinario puede autorizar otros usos únicamente cuando sean compatibles con dicha santidad.

Una iglesia parroquial no es un bien cívico neutral ni una pared especialmente atractiva propiedad de la comunidad local. Ha sido apartada del uso común y dedicada a Dios. Su arquitectura, campanas, umbral, santuario y fachada exterior forman parte de un conjunto sagrado.

Una vez que esa comprensión se desvanece, el sacerdote se convierte en administrador de instalaciones. Su pregunta cambia de "¿Esto honra a Dios?" a "¿Esto ayudará a la parroquia a participar en la vida de la ciudad?".

La imaginería pagana importa precisamente porque la Iglesia moderna ha dedicado décadas a minar la confianza del catolicismo público. Los clérigos rara vez hablan de falsa religión, lucha espiritual, conversión o la realeza social de Cristo. Los antiguos dioses están ahora a salvo porque casi nadie cree lo suficiente en la Religión como para considerarlos rivales.

Se convierten en cultura.

Cristo también se convierte en cultura.

Ese es el verdadero sacrilegio en Leffe. El Olimpo y la Iglesia fueron colocados en el mismo plano: dos mitologías heredadas disponibles para exhibición pública, para dar color local, para el entretenimiento estacional y para el turismo.

La sombra eucarística en la montaña más alta de Alemania

La archidiócesis de Múnich y Freising publicó recientemente fotografías de una “Liturgia de la Palabra” celebrada en la capilla del Zugspitze, la montaña más alta de Alemania. Dos mujeres, empleadas pastorales, se encontraban detrás de lo que parecía ser un altar. Delante de ellas había velas, pan plano y un cuenco con uvas. La archidiócesis informó que las mujeres “bendijeron” y encendieron una vela dedicada a María Magdalena durante la ceremonia. El informe adjunto indica que también se compartieron pan y uvas en un ritual simbólico.

La disposición fue cuidadosamente diseñada para evocar “algo”.

Pan. Uvas. Una mesa que parece un altar. Un trato reverente. Mujeres con vestimenta casi litúrgica de pie donde normalmente se coloca el sacerdote.

Cada elemento individual puede explicarse. Las uvas son fruta, no vino. El pan plano sigue siendo pan. La Liturgia de la Palabra es distinta de la Misa. Las laicas en la iglesia sinodal conciliar pueden oficiar ciertos servicios cuando no hay sacerdotes disponibles. Nadie pronunció las palabras de la consagración.

Sin embargo, toda la composición se basa en la Eucaristía. Su poder reside en la semejanza.

El rito se asemeja a la Misa, pero prescinde del sacerdocio, el sacrificio, la consagración y la Presencia Real. Ofrece la gramática externa del culto católico, pero sin la realidad que le da sentido.

Así es como muere la conciencia sacramental. Rara vez mediante una declaración explícita de que la Eucaristía se ha vuelto irrelevante. Muere a través de mil sustitutos: servicios de comunión, comidas simbólicas, pan compartido, uvas, velas, círculos, reflexiones, bendiciones y ceremonias dirigidas por mujeres que entrenan a los católicos para experimentar la atmósfera emocional de la liturgia sin el sacerdote ni el sacrificio.

Los participantes aún guardan algo con reverencia. Aún se reúnen alrededor de una mesa. Aún comparten. El corazón recibe una señal familiar, incluso cuando al intelecto se le dice que no se produjo ningún sacramento.

Con el tiempo, la distinción se vuelve técnica.

El artículo oficial de la arquidiócesis sobre la ceremonia deja muy clara su intención. Presenta a María Magdalena como víctima de siglos de “calumnias” eclesiásticas, acusa al Papa San Gregorio Magno de haber destruido su reputación y sugiere que el título de “Apóstol de los Apóstoles” la menoscabó al permitir que hombres la suplantaran tras anunciar la Resurrección. El artículo concluye que reconocer la verdadera condición de María Magdalena haría innecesarios los debates actuales sobre los cargos eclesiásticos para las mujeres.

María Magdalena ha sido sumada a una campaña contra el sacerdocio masculino.

Su dignidad bíblica reside en su fidelidad a Cristo, su presencia en el Calvario, su dolor ante la tumba y su encargo de anunciar la Resurrección a los Apóstoles. Nada de eso la convirtió en una de los Doce. Cristo se le apareció y, aun así, confió el gobierno sacerdotal a los hombres. La mujer honrada por la tradición como la primera testigo de la Pascua se está convirtiendo en prueba de que la tradición traicionó a las mujeres.

La ceremonia del Zugspitze proporcionó la imagen correspondiente: las mujeres ocupan el centro litúrgico mientras el pan y las uvas reposan ante ellas.

Se trata de una puesta en escena revolucionaria basada en la negación plausible. Sus organizadores pueden negar haber simulado la Misa porque el rito omitió la consagración. Aún pueden utilizar cualquier asociación visual con la Eucaristía para acostumbrar a los católicos a un futuro sacramental centrado en la mujer.

La jerarquía señala entonces la escasez de sacerdotes. El liderazgo laico se vuelve necesario. Esta necesidad reiterada se convierte en costumbre. La costumbre se convierte en expectativa. Los fieles se acostumbran a servicios religiosos que parecen y se sienten casi sacerdotales. La exigencia final llega años después: ¿por qué negar la ordenación a mujeres que ya desempeñan ese papel?

La escasez misma se convierte en un motor de revolución.

La antigua iglesia subía a las montañas para celebrar la Misa. La nueva llega a la cima y realiza una imitación.

En la Iglesia de San Pedro ahora se sirve almuerzo

En enero surgieron los primeros rumores de que el Vaticano planeaba abrir un bistró en la terraza de la Basílica de San Pedro. Funcionarios vaticanos desmintieron el término “restaurante” y describieron el proyecto como una ampliación de una cafetería ya existente que atendía a los visitantes cerca de la cúpula. El “cardenal” Mauro Gambetti defendió la provisión de sándwiches, bebidas, baños y otros servicios para los turistas que habían completado la exigente subida. El plan, que fue admitido, prácticamente duplicaba la zona de refrigerios existente.

(Imagen generada por ordenador que muestra cómo podría ser el nuevo Bistro Vaticano en la cima de la Basílica de San Pedro)

La noticia resurgió en julio con informes que indicaban que la construcción había finalizado, que una cocina moderna estaba en funcionamiento y que la inauguración estaba prevista para septiembre, a menos que León XIV interviniera. Estas afirmaciones provienen de Il Messaggero y de informes posteriores; el Vaticano ha seguido describiendo la obra de forma más modesta, como una ampliación del bar existente en lugar de un restaurante completo.

La tumba del Apóstol se convierte en una atracción. La terraza se convierte en un enclave privilegiado. Las estatuas de los Apóstoles crean ambiente. La cúpula ofrece las vistas. El aniversario de la consagración de la basílica brinda una oportunidad de marketing.

Los visitantes comerán a la sombra de la cúpula de Miguel Ángel y contemplarán Roma desde uno de los entornos gastronómicos más codiciados del mundo. El lugar en sí se convierte en el producto.

Esta es la lógica comercial que ha corrompido la peregrinación moderna. El peregrino antaño soportaba incomodidades porque su destino era sagrado. Subía, ayunaba, se arrodillaba, se confesaba, asistía a Misa, veneraba reliquias y daba gracias. El turista hoy compra el acceso a una experiencia y espera que la institución elimine las molestias.

El Vaticano ha elegido al turista como figura organizadora.

Esa decisión abarca mucho más que el servicio de comidas. La basílica de San Pedro ahora cuenta con sistemas de reserva, exposiciones, traducciones digitales, patrocinios corporativos, acceso mejorado a la terraza e infraestructura de hostelería desarrollada en torno al 400 aniversario de su consagración. Estas iniciativas se presentaron como una forma de gestionar las multitudes y proteger los tesoros artísticos, con el apoyo de la compañía energética italiana ENI.

El edificio corre el riesgo de convertirse en un museo que, casualmente, todavía contiene un altar.

La jerarquía posconciliar ha dedicado sesenta años a referirse a la Iglesia como el “Pueblo de Dios”, en lugar de edificios, ceremonias y privilegios clericales. Sin embargo, cuando el pueblo desaparece de la vida parroquial cotidiana, los edificios adquieren una nueva función económica. Las iglesias vacías se convierten en salas de conciertos. Los monasterios en hoteles. Los santuarios en espacios de exposiciones. El techo de San Pedro se convierte en un lugar para la hostelería.

Lo sagrado sobrevive como marca.

Ya podemos imaginar la defensa tras la inauguración. El menú seguirá siendo sobrio. El diseño respetará la arquitectura. Es posible que se limite el consumo de alcohol. La cocina ocupará las salas de servicio preexistentes. Los beneficios podrían destinarse a la conservación. Los peregrinos necesitan comida.

Cada punto puede ser cierto. En conjunto, no dan en el clavo.

¿Deberían aprovecharse todos los espacios católicos bellos y valiosos para generar productividad?

Un santuario también enseña a través de la privación. El silencio enseña. La falta de comodidad enseña. La negativa a monetizar un lugar enseña que algunas cosas poseen un valor que el comercio no puede capturar.

Roma parece incapaz de dejar un espacio así en paz.

La ironía es innegable. A los católicos apegados a la antigua Misa romana se les dice que la liturgia de sus antepasados ​​perturba la identidad posconciliar de la basílica. Una cocina comercial plantea una preocupación más manejable.

La celebración “épica” del Padre Rico

El “padre” Rico Passero es el párroco de la iglesia católica de San José en Grimsby, Ontario. Su biografía parroquial lo identifica como “sacerdote” de la diócesis de Santa Catalina, ordenado en 2011 y nombrado párroco en 2015.


El 5 de julio, celebró públicamente la unión de su hermano Anthony con otro hombre. Passero describió el evento como “un fin de semana de boda épico”, una de las celebraciones más especiales a las que había asistido, agradeció a quienes acudieron a apoyar a la “pareja”, anunció que había sido el “maestro de ceremonias en la recepción” y afirmó que seguía eufórico por el fin de semana. LifeSiteNews informó que, hasta el momento de la publicación, ni Passero ni la diócesis habían respondido a sus preguntas.

Los hechos establecidos por sus propias declaraciones eliminan la mayoría de las vías de escape habituales.

Passero fue el maestro de ceremonias. Elogió públicamente el evento y agradeció a quienes apoyaron a la “pareja”. Utilizó su posición como “sacerdote y pastor” para celebrar una relación que la sociedad presentó como “matrimonio”.
 
La caridad católica hacia un familiar puede requerir paciencia, afecto constante, conversación privada, ayuda práctica y la negativa a abandonarlo. La caridad nunca exige aplausos para una mentira.

El matrimonio tiene o no tiene naturaleza. La doctrina católica lo define como una alianza entre un hombre y una mujer, ordenada por su naturaleza hacia el bien común, la procreación y la educación de los hijos. Los actos homosexuales siguen siendo intrínsecamente desordenados porque impiden que el acto sexual sea vital y carecen de la complementariedad sexual en la que se fundamenta el matrimonio.

Una “boda” entre personas del mismo sexo afirma públicamente lo contrario. Va más allá de anunciar afecto o compañía doméstica. Reivindica que dos hombres pueden ocupar el lugar moral, social y simbólico de marido y mujer.

Passero ayudó a presentar esa afirmación.

Incluso la permisiva disciplina del Vaticano en lo que respecta a las bendiciones reconoce el grave peligro de confundir una relación entre personas del mismo sexo con el matrimonio. Incluso la temible Fiducia Supplicans afirma que cualquier bendición informal a una “pareja” del mismo sexo debe mantenerse al margen de una ceremonia de unión civil y evitar la vestimenta, los gestos o el lenguaje propios de una boda.

Passero se incorporó a la celebración nupcial y se convirtió en su maestro de ceremonias.

El documento de 2003 de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre las uniones homosexuales advertía a los católicos que evitaran la cooperación que otorgara aprobación institucional a dichas uniones e insistía en que se evitara el peligro de escándalo.

El escándalo tiene un significado católico preciso. Se trata de una conducta que incita a otra persona al mal o debilita su capacidad para reconocerlo. La culpabilidad aumenta cuando la persona ostenta autoridad religiosa.

Los feligreses que presenciaron la celebración de su “párroco” recibieron una catequesis inequívoca. Independientemente de lo que diga el Catecismo, el “padre” Rico considera esta unión “hermosa”. Independientemente de lo que dicte la ley natural, el “sacerdote” califica la boda como “épica”. Independientemente de lo que enseñe la Iglesia sobre el matrimonio, el apoyo público parece compatible con el ministerio sacerdotal.

Esa lección tendrá más peso que un párrafo en un libro de ejercicios de educación religiosa.

Los padres que intentaban enseñar a sus hijos que el matrimonio une a un hombre y una mujer se han visto ahora perjudicados por su “párroco”. A los católicos que experimentan atracción por personas del mismo sexo y luchan por vivir con castidad, su conducta les ha dado a entender que las exigencias de la Iglesia pueden dejarse de lado en aras de una celebración lo suficientemente formal. Su hermano y la “pareja” de este han sido confirmados en una relación que el “sacerdote” debería estar impulsando hacia la conversión.

Passero puede creer que el amor familiar lo impulsó a actuar así, pero un sacerdote es ordenado para amar a las almas lo suficiente como para revelar la verdad sobre su peligro eterno.

Los aplausos son más fáciles.
 
La destrucción de los límites

La fachada de una iglesia ha dejado de pertenecer exclusivamente al significado cristiano. Un servicio religioso oficiado por laicos puede adoptar el lenguaje visual de la Eucaristía. La terraza de San Pedro puede desarrollarse según las necesidades del turismo y el comercio. Un sacerdote puede pasar del altar al micrófono en una recepción de “boda” homosexual y considerar ambos roles como expresiones compatibles de calidez pastoral.

El concepto que se está borrando es el de consagración.

Consagrar algo es apartarlo de la circulación ordinaria y reservarlo para Dios. El cáliz ya no puede servir en la cena. El santuario no puede convertirse en un escenario. El sacerdote no es dueño de su identidad pública. El matrimonio no puede ser rediseñado por sentimentalismos ni por leyes civiles. San Pedro es más que una propiedad útil con una vista extraordinaria.

El catolicismo posconciliar habla constantemente de acogida porque ha perdido la confianza en la separación. Teme cualquier frontera que pueda hacer sentir juzgado al hombre moderno. Lo sagrado y lo profano deben mezclarse. El clero y los laicos deben volverse visualmente intercambiables. El ritual católico debe absorber los símbolos de la cultura circundante. La iglesia debe validar toda relación sincera y brindar todos los servicios esperados.

Finalmente, la bienvenida consume aquello en lo que supuestamente se estaba dando la bienvenida a la gente.

Una iglesia incapaz de decir “este lugar pertenece a Dios”, “este rito pertenece al sacerdocio”, “esta unión no es un matrimonio” o “este santuario permanecerá libre de comercio” ha renunciado a la gramática elemental de la religión.

La sospecha comienza aquí, mucho antes de las discusiones sobre cónclaves y derecho canónico. Los católicos observan a los hombres que reclaman autoridad sobre la casa de Dios y descubren que, repetidamente, abren sus puertas a la profanación mientras utilizan su disciplina contra quienes intentan preservar su culto heredado.

La pregunta entonces se vuelve dolorosamente concreta: ¿qué religión creen estas autoridades que están gobernando?

En Leffe, los dioses del Olimpo recibieron la fachada de la iglesia.

En el Zugspitze, el pan y las uvas recibieron los gestos de una Eucaristía simbólica.

En la iglesia de San Pedro, la azotea se convirtió en una cocina.

En Ontario, un matrimonio simulado recibió el entusiasmo público de un “sacerdote católico”.

Todos los límites cedieron. Esa es la historia.
 

LA RECONFIGURACIÓN MONÁSTICA

Espacio sagrado, vocación sagrada y redención de la realidad

Por el Dr. Gavin Ashenden


Vivimos las consecuencias de un gran experimento político, teológico y filosófico, y el veredicto es claro: hemos destruido nuestra capacidad para apreciar y reconocer la belleza, la trascendencia, lo sagrado, lo saludable y lo significativo.

La Ilustración, unida a la desmaterialización protestante, nos prometió un mundo regido por la razón y la conciencia individual. Nos liberaría de la superstición, del peso asfixiante del símbolo y el sacramento, y de las jerarquías de significado que la mente desencantada ya no podía soportar.

En lugar de catedrales, hemos construido centros comerciales. Hemos sustituido la densidad simbólica del catolicismo medieval por el funcionalismo geométrico de la caja moderna. Nos asfixiamos espiritual y estéticamente en nuestra prisión de cajas y hormigón porque, al hacerlo, nos hemos infligido una pobreza peculiar: una desertificación de la imaginación y del corazón. Nos ahogamos en lo material mientras nos desnutrimos espiritualmente. Nos encontramos a la deriva en un cosmos desprovisto de significado, incapaces de navegar como seres humanos sin pozos más profundos de sentido, pozos que dependen fundamentalmente del simbolismo, el sacramentalismo y una viva percepción de lo trascendente.

Esto no es algo secundario en nuestra crisis; es fundamental. Dos pensadores contemporáneos, a quienes me enorgullece llamar amigos y con quienes he conversado, Sebastián Morello y Rod Dreher, han diagnosticado esta situación con particular claridad en dos libros recientes. Al hacerlo, me han ayudado a comprender mi intuición, siempre presente, de que la renovación no solo de la Iglesia, sino también de nuestras comunidades, reside en el don de las órdenes monásticas —los monasterios como lugares sagrados de transformación de la mente, el corazón, la visión y la persona que nos ofrecen—. Nos ofrecen un camino hacia la renovación que el monacato mismo encarna. Pero antes de comprender sus remedios, debemos entender qué es lo que tratan.

La herida cartesiana

El objetivo principal de Sebastián Morello en Mysticism, Magic, and Monasteries (Misticismo, Magia y Monasterios) es la supremacía del racionalismo cartesiano y su dualismo que divide mente y cuerpo. Explica por qué esto ha sido tan desastroso para nosotros, tanto individualmente como en nuestra cultura. Morello cree que nos hemos dejado manipular mental y espiritualmente por una visión ajena de nosotros mismos y del mundo, una visión irreal y destructivamente peligrosa.

Descartes no solo cambió nuestra forma de pensar sobre la mente, sino que alteró fundamentalmente la capacidad de la mente para participar en el misterio.

El enfoque cartesiano truncó la función integradora de la conciencia misma, nuestra capacidad natural e innata de habitar un cosmos que, en realidad, está lleno de significado, responde a los símbolos y es permeable a lo divino. Mientras que la mente medieval podía percibir el mundo material como partícipe del orden trascendente, el intelecto poscartesiano se encuentra atrapado en el aislamiento, obligado a construir significado en lugar de descubrirlo. Y, por supuesto, esto conlleva la construcción de un significado más superficial y una realidad más vacía.

Morello argumenta que esto no es solo un accidente o un error filosófico, sino también una catástrofe espiritual.

Insiste en que la Iglesia posee los recursos más poderosos para la transformación mística, y que el acontecimiento de la Encarnación y el derramamiento de gracia que conllevó alteraron radicalmente el orden cósmico. La visión medieval y renacentista comprendía el mundo material como partícipe de lo divino, no como un mero mecanismo, sino como un testimonio vivo de la presencia creadora de Dios.

Sin embargo, el hechizo cartesiano ha redibujado el mapa cósmico. Nos ha enseñado a ver el mundo como materia inerte, sujeta a la razón instrumental, disponible para la explotación. Y al hacerlo, ha amputado la facultad misma con la que podríamos reconocer lo sagrado. Hemos destruido nuestro entorno y nos hemos herido a nosotros mismos como resultado de esta terrible explotación.

La participación sacramental de Dreher

Rod Dreher aborda la misma catástrofe desde una perspectiva diferente, pero llega a una conclusión sorprendentemente similar. Es más un comentarista sofisticado que un filósofo como Morello.

Para Dreher, la solución no reside en una corrección filosófica abstracta, sino en habitar una visión sacramental, en aprender, a través de la práctica y la inmersión, a ver el mundo como Dios lo ve: encantado, vivo, preñado de la presencia divina.

Dreher define el encantamiento, utilizando un lenguaje extraído de la liturgia ortodoxa, como la creencia de que "Dios está presente en todas partes y lo llena todo".

Esto no es mera fantasía poética; es realismo metafísico. Significa vivir como si el mundo espiritual fuera activo y real en nuestro cosmos material y visible; que el mundo tuviera un significado objetivo; que fuéramos actores libres en un drama cósmico en el que nuestras decisiones resuenan con un significado eterno.

En el centro del testimonio (o análisis) de Dreher se encuentra su propia experiencia formativa en la catedral de Chartres cuando tenía diecisiete años, cuando se topó con “la abrumadora presencia de Dios en esa belleza consagrada a su gloria”.

Lo que le sucedió en ese momento fue crucial: la belleza y la bondad, encarnadas en piedra y luz, “traspasaron mi mente cerrada y me hicieron anhelar la verdad”. Había encontrado, en forma física, el principio sacramental: la idea de que todas las cosas creadas poseen poder divino y participan de la vida de Dios.

Para Dreher, este es el mecanismo del reencantamiento cristiano. No es la argumentación intelectual lo que abre el corazón a la fe, sino el encuentro con la belleza, la santidad y la presencia tangible de lo trascendente. La Iglesia primitiva convirtió a la Roma pagana no mediante la teología abstracta, sino a través del espectáculo del martirio, los milagros y la presencia visible de un amor diferente. Dreher sostiene que necesitamos urgentemente recuperar esa capacidad de encontrarnos con lo divino en la forma material, la liturgia, el arte sacro y el mundo natural percibido con atención purificada.

Convergencia: La metafísica monástica

Aquí es donde Morello y Dreher convergen, y donde el monacato deja de ser una mera práctica espiritual opcional para convertirse en una necesidad para la civilización cristiana.


Ambos pensadores reconocen que no nos enfrentamos a un problema meramente intelectual. Nos enfrentamos a una ruptura metafísica, una rotura paralizante en la estructura misma de cómo se organiza y percibe la realidad. La fractura cartesiana entre mente y cuerpo, sujeto y objeto, ha creado un cosmos en el que lo trascendente parece ausente, lo material parece inerte y la conciencia humana se encuentra sin hogar en un universo de su propia creación. Nos hemos vuelto ciegos, sordos e insensibles a lo metafísico.

Pero el monacato, bien entendido, no es un retiro de este cosmos, sino una reconfiguración del mismo. El monasterio es, fundamentalmente, un paradigma para reaprender a ver, a percibir el mundo como cosmos, como un todo ordenado, como un sacramento. Es un espacio donde el tiempo mismo se vuelve sagrado; donde el trabajo se convierte en oración; donde los ritmos del cuerpo se armonizan con el oficio de la Iglesia. En la vida monástica, el dualismo cartesiano se disuelve. No hay separación entre lo espiritual y lo práctico, entre la contemplación y el trabajo (laborare est orare: trabajar es orar). El monje no es un intelecto desencarnado que medita sobre verdades abstractas; es una persona íntegra, cuerpo, mente, voluntad e imaginación, que participa de una vida común orientada hacia Dios.

Esto es importante porque el monasterio no se limita a organizar la sociedad de manera diferente; gestiona la metafísica del cosmos tal como se nos revela a través de la Encarnación. La Encarnación —Dios hecho carne, convirtiendo el mundo material en vehículo de la presencia divina— es la verdad fundamental que el monasterio encarna. Cada hora canónica, cada labor manual, cada comida tomada en silencio mientras se escucha la Escritura, cada gesto y movimiento es una reafirmación de que la materia importa, de que el cuerpo no es una prisión de la que escapar, sino un templo a través del cual se manifiesta la gracia.

Los remedios prácticos

La solución que propone Morello es, pues, la siguiente: la mente misma debe ser reconfigurada. El hechizo cartesiano debe romperse, y esto se logra mediante la inmersión en la tradición mística de la Iglesia, la participación en la liturgia, la práctica contemplativa y el contacto con el testimonio intelectual de aquellos filósofos y místicos cristianos que jamás aceptaron la fractura cartesiana. La tradición mística católica, como demuestra Morello, entiende la filosofía misma como un camino hacia el misticismo.


El conocimiento y el amor no son facultades separadas que operan de forma aislada; son dimensiones integradas de un único movimiento hacia la unión con Dios.

El remedio de Dreher es más accesible: participar en prácticas que despierten el encanto. Entrar en espacios sagrados construidos para glorificar a Dios. Asistir a la liturgia no como observador, sino como participante. Estudiar la vida de los santos. Leer a Dante y a Agustín. Ver a Tarkovsky. Permanecer en presencia de la belleza y permitir que nos enseñe. Aprender que la atención misma —a qué prestamos atención y cómo lo hacemos— es la práctica espiritual fundamental. En la formulación de Dreher, el reencantamiento no consiste en creer en proposiciones diferentes, sino en entrenar la percepción, disciplinar la imaginación y permitir que la visión sacramental transforme nuestra manera de ver.

Significativamente, ambos hombres abogan por la misma reorientación fundamental. Morello busca la sanación de la mente y el alma; Dreher, el despertar del corazón. Y ambos apuntan a la misma solución: la recuperación de una forma de vida, una forma vitae, en la que la persona en su totalidad se reorganiza en torno al reconocimiento de que la realidad es sacramental, que la materia tiene sentido y que el cosmos está vivo.

El paralelo benedictino y el futuro monástico

Esto nos lleva a San Benito y a la actualidad. Cuando Benito fundó su monasterio en Monte Cassino en el siglo VI, respondía a una civilización en decadencia. El orden romano se había disuelto. El paganismo, aunque menguante, aún inquietaba el imaginario colectivo. La Iglesia institucional, a pesar de su autoridad, necesitaba una estructura alternativa, un modo de vida que preservara la sabiduría cristiana, encarnara la práctica cristiana y ofreciera un testimonio vivo de un ordenamiento diferente de la sociedad humana.

San Benito

El monasterio benedictino no se retiró del mundo por desesperación; se retiró para convertirse en fermento, signo, escuela del servicio del Señor. El monasterio fue la respuesta a la crisis espiritual de su tiempo porque ofrecía algo que la cultura circundante no podía: una forma de vida con sentido, una comunidad que funcionaba, un ritmo que honraba tanto el cuerpo como el espíritu, y una visión en la que el trabajo y la oración estaban intrínsecamente ligados.

Nos encontramos en una situación similar. El experimento de la Ilustración ha llegado a su fin. La desmaterialización protestante ha vaciado nuestra capacidad de fascinación y ha fracturado nuestra capacidad de interpretar y responder a la realidad.

El racionalismo cartesiano ha fracturado la mente y nos ha dejado espiritualmente desamparados. Construimos muebles de IKEA en lugar de catedrales porque ya no creemos que la materia pueda ser sagrada, que el trabajo pueda ser oración, que un edificio pueda enseñar teología o instruir y moldear el corazón.

La solución no consiste en recrear el monasterio medieval con vestimenta moderna, sino en recuperar, en formas adaptadas a nuestro tiempo, lo que el monasterio siempre ha representado: una reorientación comunitaria y deliberada hacia lo sagrado, una reconfiguración de la vida humana en torno al reconocimiento de que la Encarnación ha convertido toda la materia —todo el tiempo, todo el trabajo, todas las relaciones— en un vehículo potencial de la gracia divina.

Esto significa, en la práctica, la creación de nuevas comunidades monásticas, sí. Pero significa más que eso. Lo que necesitamos ahora es que todos los católicos vivamos nuestra vida laica desde la perspectiva monástica.

Significa la creación de espacios sagrados dentro de la vida secular, comunidades contemplativas, centros litúrgicos y escuelas de formación cristiana donde la visión sacramental no solo se enseña, sino que se vive. Significa parroquias que funcionan, no como extensiones burocráticas de la administración diocesana, sino como auténticas comunidades de práctica en las que la belleza, la santidad y la trascendencia no son abstracciones, sino realidades cotidianas. Significa trabajo —todo trabajo— entendido como una forma de oración, como participación en el acto creador de Dios.

Fundamentalmente, significa recuperar la vocación sagrada: comprender que nuestras vidas, tal como se viven en el tiempo y en el cuerpo, son sagradas.


Quizás, tanto en la práctica como en la orientación, signifique aprender a vivir con mayor profundidad en el asombro, la alabanza y la gratitud, en respuesta a la presencia e intimidad del don divino de identidad y propósito. La alabanza, la penitencia y la paciencia como ritmos configurativos de la vida.

La vocación del monje puede ser más específica, pero no es más sagrada que la de la madre, el artesano o el maestro. Todas estas vocaciones, cuando se viven con la conciencia de que participan en la redención del cosmos traída por la Encarnación, se convierten en formas de monacato. Se convierten en maneras de transfigurar el mundo.

Conclusión

Morello y Dreher, partiendo de puntos de vista diferentes, llegan al mismo diagnóstico y a la misma solución. Occidente está espiritualmente desertificado porque hemos aceptado la mentira cartesiana: que la materia es inerte, que la mente está aislada y que lo trascendente está ausente. Hemos construido una civilización sobre estos cimientos, y ahora se derrumba a nuestro alrededor.

El antídoto no es ni la nostalgia ni el escapismo. Es la recuperación de un modo de vida, arraigado en la tradición monástica pero capaz de transformar toda la existencia humana, en el que el espacio sagrado y la vocación sagrada se unen para restaurar el orden natural del cosmos. El monasterio, en este sentido, no es periférico a la renovación cristiana; es fundamental. Es la encarnación viva de la metafísica de la Encarnación. Es la respuesta práctica a la enfermedad espiritual de nuestra época.

No solo necesitamos nuevas catedrales de estilo gótico. Necesitamos comunidades, en todas sus diversas formas, que vivan como si la Encarnación fuera real, como si la materia importara, como si nuestro trabajo diario, nuestra oración y nuestra presencia mutua fueran vehículos de la gracia divina. En resumen, necesitamos comprendernos a nosotros mismos, nuestras vocaciones, nuestras prioridades y nuestro propósito de una manera que dependa del modelo y paradigma monástico. Y al hacerlo, al ser y al orar, finalmente volveremos a ser humanos, como en la encarnación, donde espíritu y materia coexisten simbióticamente en la misericordia redentora y el propósito de Dios.
 

VOLUNTARISMO SEMIPELAGIANO (5)

Cualquier contradicción en el pensamiento cristiano puede esperarse en cuanto se aleja de la verdad católica.

Por el padre José María Iraburu


En una casa edificada sobre un fundamento torcido, todo está mal: puertas y ventanas no se abren y cierran bien, el suelo es cuesta arriba o cuesta abajo, y las personas se tambalean al andar, etc. Un horror. Es lo que sucede en la casa espiritual semipelagiana. Todo en ella está más o menos torcido y malentendido. Por eso sería una tarea de nunca acabar ir señalando las innumerables consecuencias negativas que causa en la vida cristiana. Así que voy a terminar ya el tema con este artículo, aunque resulte un poquito largo.

Dios no te puede pedir

Allí donde se generalice en la cultura cristiana el “Dios te pide”, no tendrá nada de raro que, con un poco más, se dé el paso al “Dios no te puede pedir”. Cualquier contradicción en el pensamiento cristiano puede esperarse en cuanto se aleja de la verdad católica. Las dos actitudes, que son ciertamente contradictorias, coinciden en que centran la vida cristiana en la voluntad, la parte humana. Por el contrario, los católicos reconocemos la iniciativa absoluta de la gracia de Dios, a la que el hombre debe una docilidad incondicional, que no resiste ni pone nunca límites a lo que Dios quiera darle en su infinita misericordia.

Un buen número de moralistas católicos saben perfectamente aquello que Dios no puede pedir a los cristianos. Y elaboran planteamientos –conflicto de deberes, opción fundamental, mal menor, etc.– que permitan evitar en buena conciencia el martirio y la fidelidad a ciertas normas morales, como las que prohíben la anticoncepción, al menos en ciertos casos. “Llevan ustedes casados diez años y tienen ya cinco niños. Dios no les puede pedir que eviten los anticonceptivos”.

Otros maestros espirituales –éstos, a lo mejor, muy estrictos– saben también perfectamente aquello que Dios no puede pedir a los fieles laicos, alegando la secularidad que Él quiere en sus vidas.

Usted es una señora seglar, madre de familia, con muchas responsabilidades y trabajos. Por tanto, Dios no le puede pedir que haga una hora diaria de oración y menos aún que practique mortificaciones corporales. Prohibido. El director voluntarista, y más después del Vaticano II, sabe perfectamente lo que es un laico, y lo que Dios puede o no puede pedirle sin desmedro de su secularidad. Desde luego, con una espiritualidad semejante no tendríamos la maravilla de una Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), madre mejicana de ocho hijos, fundadora de las Religiosas de la Cruz, de los Misioneros del Espíritu Santo y de otras asociaciones para laicos. Ella tuvo la dirección espiritual de Mons. Luis Mª Martínez, Arzobispo Primado de Méjico, gran maestro de espiritualidad católica (1881-1956). De ella cuenta su biógrafo, el P. Treviño, M. Sp. S.: todas las noches dedicaba cerca de dos horas a la oración, interrumpiendo el sueño. Gustaba de unir a esta oración alguna penitencia, como hacerla postrada en el suelo, con una corona de espinas en la cabeza (Concepción Cabrera de Armida, La Cruz, San Luis Potosí 1987, 7ª ed., 108). Semejantes excesos solamente pueden ocurrir cuando la libertad del cristiano se abandona incondicionalmente a la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere (Jn 3,8).

Lo que más cuesta es lo más santificante

Eso es falso. A esa convicción conduce aquella espiritualidad voluntarista que, al menos en la práctica, centra más la santificación en el esfuerzo del hombre (parte humana), que en la eficacia intrínseca de la gracia (parte divina). Y siguiendo ese camino, el cristianismo se va entendiendo mucho más como una ascesis costosa, que como un gozo, un don, una salvación inefable, que se recibe del amor de Cristo, gracia sobre gracia (Jn 1,16). No pocos bautizados entonces van cayendo en el alejamiento de la vida cristiana, para abandonarla finalmente por completo, cayendo en la apostasía. Ya sabemos, sí, que no es posible seguir a Jesucristo sin tomar la cruz de cada día. Esto el Maestro lo decía a todos (Lc 9,23). Pero sus discípulos sabemos que ese yugo es ligero, que pesa poco, y que en él hallamos nuestro descanso (Mt 11,29-30).

La obra más santificante y meritoria es la realizada con mayor caridad. Lo explico un poco.

Es la caridad la que santifica y da mérito a nuestras obras
sólo la caridad edifica (l Cor 8,1). Sin ella, por mucho que yo haga, no teniendo caridad, de nada me aprovecha, aunque dé mi fortuna a los pobres, aunque me mate a mortificaciones (1 Cor 13,3). Por eso enseña Santo Tomás que el mérito de la vida eterna pertenece en primer lugar a la caridad, y a las otras virtudes [laboriosidad, paciencia, castidad, etc.] secundariamente, en cuanto que sus actos son imperados por la caridad (STh I-II,114,4).

Las obras hechas con más amor son las más libres y meritorias. Sigue diciendo Santo Tomás: 
es manifiesto que lo que hacemos por amor lo hacemos con la máxima voluntariedad; por donde se ve que, también por parte de la voluntariedad que se exige para el mérito, éste pertenece principalmente a la caridad (ib.). Y la caridad sobrenatural, evidentemente, sólo puede ejercitarse bajo la moción del Espíritu Santo. Es docilidad a la gracia.

El mérito de la obras no está en función de su penalidad, sino del grado de caridad con que se realizan. Y cuanto mayor es el amor, menos cuestan. El principio de que 
lo que más cuesta es lo que más mérito tiene procede de inspiración semipelagiana, y no es verdadero, pues precisamente las obras hechas con más amor son las que menos cuestan y las que más mérito tienen. Santo Tomás: importa más para el mérito y la virtud lo bueno que lo difícil. No siempre lo más difícil es lo más meritorio (STh II-II,27,8 ad 3m).

A un cristiano rico, pero apegado a sus riquezas, le cuesta mucho hacer un donativo a unos familiares muy necesitados, porque tiene muy poca caridad. Un cristiano muy caritativo, en cambio, realiza la misma obra con verdadero gozo –si no da más es porque no puede–, y su obra es mucho más meritoria. Aquella pobre viuda del Evangelio, que para el honor del Dios y de su templo, ha dado de su miseria cuanto tenía, todo su sustento (Mc 12,41-44), lo ha hecho con inmenso amor y facilidad, bajo la acción de la graciaDios ama al que da con alegría (2Cor 9,7), porque Dios ama a quien da con amor, con caridad, bajo la moción de su Amor divino.

Sólo la caridad más crecida es capaz de realizar las obras más costosas, más penosas para el hombre carnal. Bajo la moción de la gracia, el cristiano de gran caridad es capaz de obras que para otros son imposibles: dedicar la vida a cuidar leprosos, donar a un familiar la mitad de la propia hacienda para sacarle de la ruina, etc. Pero que quede claro al mismo tiempo que todo lo que se hace en caridad, por duro que sea, se realiza bajo la moción del Espíritu Santo, que da la posibilidad, más aún, la inclinación, para obrarlo. Y en este sentido se hace con alegría, aunque sea en ocasiones con gran cruz. Por eso la vida de los santos es la más crucificada, la menos costosa y la más alegre.

San Pablo expresa con frecuencia este misterio: así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación (2Cor 1,5). Estoy lleno de consuelo, rebosando de gozo en todas nuestras penalidades (7,4). Sobreabunda en gozo, en medio de mil tribulaciones y trabajos, porque sobreabunda en la caridad a Cristo y a los hombres. 

Por otra parte, la virtud más crecida es la que se ejercita con más facilidad y más mérito. Cuando la virtud de la castidad, por ejemplo, está muy débil, cuesta mucho guardar la pureza en pensamientos y deseos, palabras y obras; es una guerra muy dura. Por el contrario, cuando la virtud (virtus: fuerza) de la castidad está muy perfecta, se ejercita con toda facilidad en los buenos actos que le son propios, incluso normalmente –normalmente– con gozo. Y ésa es sin duda la castidad más meritoria y grata a Dios. 

En el crecimiento de esta virtud, como en el de todas, suelen darse tres fases: cuando la virtud es 1) incipiente, hay mucha guerra; cuando está 2) adelantada, se vive con paz su objeto propio; y cuando está 3) perfecta, se ejercita con gozo. Lo que realmente resultaría costoso y repugnante sería obrar en contra de esa virtud.

Identificar grado de virtud y posibilidad de su ejercicio suele ser también un síntoma semipelagiano, pues el voluntarismo siempre es cuantitativo y operacionista. Acabo de decir que, en principio, van juntas la perfección de la virtud y la facilidad para ejercitarla. Pero sin embargo, como Santo Tomás enseña, no siempre puede identificarse el grado de una virtud y el grado de facilidad para su ejercicio. 
Ocurre a veces que uno que tiene un hábito [virtud] encuentra dificultad en obrar y, por consiguiente, no siente complacencia en ejercitarlo [como sería lo natural], a causa de algún impedimento de origen extrínseco; como el que posee un hábito de ciencia y padece dificultad en entender, por la somnolencia o alguna enfermedad (STh I-II,65,3).

Identificar sin más virtud y obras es un grave error, que causa grandes perturbaciones en la vida espiritual, que origina muchos discernimientos erróneos, muchas exhortaciones vanas, muchas correcciones inoportunas, muchos esfuerzos inútiles y no pocos sufrimientos. El cristiano, aun revestido de la gracia de Cristo, sufre grandes limitaciones y precariedades. Bien sabemos, con Santo Tomás, que 
la gracia no anula la naturaleza, sino que la perfecciona (STh I, 1,8 ad 2m). Pero no necesariamente la gracia sana la naturaleza siempre y en todo, sino que, según el beneplácito de Dios providente, puede dejar que perduren en la naturaleza graves deficiencias, que no son pecado, para que la persona crezca en humildad y participe más de la pasión de Cristo.

Cuántas veces, por ejemplo, un cristiano muy fuerte en la virtud de la esperanza puede sufrir, sin embargo, depresiones profundas y duraderas, provenientes de huellas genéticas o familiares, por condicionamientos educativos erróneos, por causas somáticas o por noches espirituales. Un director espiritual voluntarista hará de esa terrible dolencia un diagnóstico claro: falla en usted la virtud de la esperanza, con lo cual acabará de hundirlo en la angustia y el escrúpulo. Este mismo director, si se acercara a Cristo en Getsemaní, no dudaría en decirle: menos angustias y más confianza en Dios, que un santo triste es un triste santo. Alegre esa cara, que da pena verlo.

Cuántas veces, por ejemplo, un hombre con verdadero espíritu de oración, que por lo que sea está pasando un tiempo, a veces muy largo, sin capacidad alguna para ejercitarlo en actos concretos –me refiero sobre todo a ratos largos de oración–, quizá intente, como dice Santa Teresa, atormentar el alma a lo que no puede (Vida 11,16). Y quizá se vea atormentado también, además, por un director voluntaristano se engañe; usted no hace oración porque no quiere, porque rehúye la cruz que a veces hay en ella. Los colegios de psiquiatras, para ganar clientes, deberían promover campañas pelagianas y semipelagianas en parroquias, catequesis y grupos cristianos, sea de religiosos, sea de laicos. Harían una inversión ciertamente rentable.

La santa Doctora Teresa entiende estos problemas muy de otro modo, porque los entiende al modo católicoaunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra miseria y bajo natural, mejor que nosotros mismos, y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en El y amarle. Esta determinación es la que quiere; ese otro afligimiento que nos damos, no sirve de más que para inquietar el alma; y si había de estar inhábil para aprovechar una hora, lo está cuatro (ib.). Ya dice San Juan de la Cruz que hay muchas almas que piensan no tienen oración y tienen muy mucha, y otras que tienen mucha y es poco más que nada (prólogo Subida 6).

El menosprecio de los débiles es uno de los aspectos más lamentables y dañinos del voluntarismo semipelagiano. El voluntarismo menosprecia a las personas de poca salud física y psicológica, de escasa inteligencia y cultura, de caracteres mal cristalizados, de inestabilidad emocional no superada. Y admira simétricamente a los hombres sanos, fuertes, estables, de firme carácter. Los juicios temerarios abundan inevitablemente en un ambiente espiritual semejante: 
es un tipo formidablees mejor que lo dejes: con éste no hay nada que haceraquél parece muy aprovechable (esa frase la he oído yo: una persona muy aprovechable). El voluntarismo se avergüenza del Evangelio, que tantas veces muestra la preferencia de Cristo hacia los pequeños, hacia los que no cuentan nada para el mundo (Lc 10,21; 1Cor 2,26-31). Los deja a un lado. No le valen. Así, al mismo tiempo, deja a un lado a Jesús, que fue ungido y enviado para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4,18).

Quedarían por describir muchos otros síntomas del voluntarismo, pero están más o menos incluidos en los ya señalados:

–Los esfuerzos activos son los que valen, los pasivos no, o no tanto. Una pobreza elegida santifica; padecida por ruina, no tanto.

Todo lo que es gratuito, sin esfuerzo, no vale, porque nada cuesta. Fuera, pues, el agua bendita, las novenas, los crucifijos en las habitaciones, las imágenes piadosas, y ya puestos, ¡la Misa dominical!…

Centrarse en la voluntad lleva necesariamente a una vida espiritual de ánimo cambiante, ánimo/desánimo.

La pobreza evangélica, todo eso de solo una túnica, no oro ni plata, tanto en la vida personal como en las actividades apostólicas, tiene valores románticos indudables; pero en la práctica es claro que hay que evitar la pobreza lo más posible.

Es mejor la riqueza de medios, hay que ser realistas: cuanto más fuerte esté la parte humana, tanto más crece el Reino en las personas y en el mundo. Por tanto, revista informativa carísima de un instituto o grupo cristiano, con estadísticas apabullantes. Liturgia con globitos, pantallas gigantes, danzas y cantautores. Evento juvenil cristiano, al modo de macro-maxi-hiper-super-show profano. Títulos académicos siempre que sea buenamente posible, y si no, también. Etc. Cuanto más y mejor, mejor.

 –Métodos de oración y de apostolado de segura eficacia (más o menos como los “crecepelos”), ejercitaciones de auto-ayuda, técnicas que perfeccionan tanto tanto al hombre y al mundo que no les cuento.

Adulaciones y elogios pestilentes de la parte humana: los jóvenes (la esperanza de la Iglesia), las mujeres (el mundo se salvará en clave de feminización), los obreros, los teólogos renovadores, la nueva pastoral, la familia (¡la familia salvará al mundo!), etc.

Todo ese mundo voluntarista es una miseria y un enorme error multiforme, que cierra en buena medida a la gracia del Salvador. Es causa muy suficiente para la descristianización progresiva de Occidente. Sólo nos ha sido dado bajo los Cielos un nombre, el de Jesús, en el que podamos hallar la salvación, una salvación por gracia divina (Hch 4,12).
 

LA VOZ DE LA TIERRA

Continuamos con la publicación del capítulo XVI del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

CAPÍTULO XVI

IV - LA VOZ DE LA TIERRA

EL MUNDO SE ESTÁ UNIFICANDO, ¿CON QUÉ PROPÓSITO?

Sin embargo, hay algo que no podemos ignorar, pues lo vemos desarrollarse ante nuestros propios ojos; y es, en el orden natural de las cosas, el acontecimiento más prodigioso que ha ocurrido desde los orígenes de la humanidad. Nos referimos a esta obra de unificación de la humanidad que presenciamos y en la que la ciencia y la política, el celo de los hijos de Dios y el odio de los hijos de Satanás, participan con perspectivas muy diferentes e incluso con fines opuestos. Esta obra sin precedentes, que está produciendo resultados que habrían llenado de asombro y admiración a nuestros antepasados, ¿es descabellado creer que Dios la está guiando hacia el cumplimiento de los designios de bondad infinita que acaban de ser profetizados?

“Lo que es seguro -dijo de Maistre- es que el universo avanza hacia una gran unidad que no es fácil de percibir ni de definir. El frenesí de los viajes, la comunicación de lenguas, la mezcla sin precedentes de pueblos provocada por la terrible convulsión de la Revolución, las conquistas sin igual y otras causas aún más activas, aunque menos terribles, no dejan lugar a dudas” (1). En varios pasajes de su obra, él desarrolla con mayor detalle estos pasos, podríamos decir, de la humanidad hacia la unidad que poseía antes de Babel y que busca recuperar. Los vemos multiplicarse y, podríamos decir, acelerarse en nuestros días, hasta el punto de que el desenlace, cuya fecha de Maistre dijo no poder precisar, puede parecer cercano.

América, Asia, Oceanía, África: ya no hay lugar en el mundo donde las razas europeas no se hayan asentado, donde no impongan sus lenguas, sus ideas, sus costumbres y sus instituciones. Y, por su parte, todas las razas humanas se ven inmersas en el torbellino político, comercial y científico que las atrae y tiende a unificarlas, como antes de la dispersión de Babel. Algunas se ven arrastradas espontáneamente, otras son obligadas a hacerlo.

“La unificación del mundo -dice el señor Dufourcq en el prefacio de su gran obra L'Avenir du Christianisme- hoy, y especialmente en los últimos diez años, parece que este proceso se está acelerando e incluso precipitando. Los diversos pueblos que conforman la humanidad han vivido durante siglos separados unos de otros; cada vez más, tienden a salir de su aislamiento, a desarrollar la solidaridad que los une y a unirse en una gran familia”.

Esto fue escrito en 1903 o 1904. La guerra entre Rusia y Japón, y luego la imitación de China, abrieron horizontes infinitos para esta visión.

¿Cuál será el resultado de la militarización de Oriente al estilo europeo? Solo Dios lo sabe. ¿Acaso no vale la pena señalar que las lejanas expediciones emprendidas por los estados europeos durante el último medio siglo a menudo han producido resultados contrarios a los esperados? Inglaterra, Francia y Rusia ciertamente tenían otras intenciones que arrancar a los pueblos asiáticos de sus hogares y lanzarlos al mundo. Japón ahora cuenta con un ejército comparable al de Alemania, y China se está convirtiendo en una potencia militar de primer orden.

El mismo fenómeno se da en el ámbito científico que en el político. ¡Cuántos descubrimientos se han hecho en nuestra época! El vapor, la electricidad y los nuevos usos a los que los sometemos: la telegrafía, la telefonía, la telegrafía inalámbrica; los dirigibles... todo esto sirve, y seguirá sirviendo, como las revoluciones, las guerras y las migraciones, para acercar a las personas (2). Hablar solo de la aviación humana, con sus aviones y dirigibles, significa que la humanidad ya no conoce fronteras. Ya al ​​hablar del transporte de alimentos desde diferentes climas a los pueblos más distantes, de Maistre dijo: “No existe la casualidad en el mundo, y hace tiempo que sospecho que esto se debe, directa o indirectamente, a algún trabajo secreto que se realiza en el mundo sin nuestro conocimiento”. ¿Qué deberíamos decir hoy? ¿Adónde nos llevará el radio, que nos ha dado una comprensión más íntima de la materia?

Inglaterra lleva veinticinco años trabajando en la construcción de un ferrocarril "bicontinental" que atraviese África, desde Ciudad del Cabo hasta El Cairo, y Asia, desde El Cairo hasta Singapur.

La propuesta para incorporarse a la ruta "tricontinental", que une Europa con África y Asia, consiste en atravesar África en diagonal desde Mozambique hasta Tánger, pasando al norte del lago Chad, para luego dirigirse a Figuig y, finalmente, a Fez a través del corredor de Taza.

Los bancos y el papel moneda ya ofrecían a los extranjeros las más maravillosas facilidades. Un erudito ginebrino, el Sr. René de Saussure, se propuso crear una moneda universal: un valor que fuera válido en todas partes en el intercambio internacional de dinero (3).

Se realizaron esfuerzos similares para facilitar el intercambio de ideas. En 1908, se fundó en Japón la Sociedad Romajikwai, dedicada a la adopción del alfabeto latino. Esta sociedad publicó una revista y trabajó para que las obras de los principales escritores del país se imprimieran en caracteres latinos. El marqués Saioujl, primer ministro de Japón, fue su presidente, y muchos japoneses apoyaron esta reforma, cuyo objetivo era facilitar la comunicación con otros países.

Conocemos los intentos realizados en diversos lugares por crear un idioma universal: el esperanto, el volapuk y el ido también dan testimonio de la necesidad que mueve las mentes de acercar a las personas.

La Revolución avanza al ritmo de todas estas innovaciones.

Hemos visto que desde sus inicios se expresó la esperanza de que convertiría a todas las naciones en un solo pueblo, destruyendo las nacionalidades para establecer una república universal sobre sus ruinas; y, por otro lado, aniquilaría el cristianismo y fundaría una nueva religión, una religión humanitaria, según los deseos de algunos, una religión satánica, según los deseos de otros; pero, para ambas, una religión universal, que apresaría a todos los hombres para confinarlos en el mismo templo como en la misma ciudad.

Tal concepción, tal proyecto, debió parecer una auténtica locura en su momento. Sin embargo, hay que reconocer que hoy parece más factible de lo que pudo haber sido a los ojos de quienes lo presentaron por primera vez a los miembros de la Convención; y que todo, tanto en el movimiento de ideas como en las revoluciones políticas y en los descubrimientos y aplicaciones de la ciencia, parece prestarse a su realización.

¿Cómo es posible que, hace un siglo, cuando no podían tener ni idea de lo que vemos hoy, los hombres de la Revolución concibieran la idea de una Revolución que abarcara a toda la humanidad para transformarla tan radicalmente?

Esto solo puede explicarse por la inspiración de Satanás. El ángel caído vio, por lo tanto, en sus causas, los acontecimientos que presenciamos hoy, que derriban una tras otra las barreras que separaban a pueblos y razas; también vio el progreso que las recién nacidas ciencias físicas estaban destinadas a lograr y las convulsiones sociales que producirían. Finalmente, vio las negaciones radicales a las que los seguidores de Voltaire y Rousseau conducirían a la razón, separada de la fe. Juró apoderarse, a través de aquellos que consintieran en convertirse en sus esclavos en sociedades secretas, de estos movimientos de orden material e intelectual, político y moral, y utilizarlos para restaurar, sobre toda la humanidad, el dominio que la regeneración cristiana le había hecho perder.

Sabemos cómo y con qué éxito, podemos decir, trabajó allí durante todo el siglo XIX. Escuchamos a sus secuaces en el gobierno y en la prensa, en las logias y en los clubes, gritar al unísono: ¡Nosotros tenemos la victoria!

En su edición del 7 de enero de 1899, La Croix publicó esta declaración de un judío: “Es nuestro imperio el que se está preparando; es aquel a quien ustedes llaman el Anticristo, el judío al que temen, quien aprovechará todos los nuevos caminos para conquistar rápidamente la tierra”.

Ignoran, o prefieren ignorar, que por encima de su amo Satanás, infinitamente por encima, está Dios, el Dios Todopoderoso. Él creó el mundo para su gloria, la gloria inefable que todas sus criaturas, sin excepción, le rendirán eternamente, aunque de diferentes maneras: algunas manifestando su bondad, otras su justicia. Hasta el día del juicio final, las deja en libertad, de modo que tanto los malvados como los buenos, los perversos como los virtuosos, sirven al cumplimiento de los designios de su infinita sabiduría.

Como dice Donoso Cortés: “Lucifer no es el rival, sino el siervo del Altísimo. El mal que inspira o introduce en el alma y en el mundo, no lo introduce ni lo inspira sin el permiso del Señor; y el Señor solo se lo permite para castigar a los impíos o para purificar a los justos con el hierro candente de la tribulación. De este modo, incluso el mal se transforma en bien bajo la todopoderosa invocación de Aquel que no tiene igual en poder, ni en grandeza, ni en maravilla; que es el que es, y que sacó todo lo que es, aparte de sí mismo, del abismo de la nada” (4).

Dios permite, como nosotros, por desgracia, presenciamos, las andanzas del hombre e incluso la rebelión contra él, pero solo hasta cierto punto; espera. Todo servirá a sus propósitos, y cuando la prueba haya terminado, todo se resolverá; entonces solo habrá daño para los culpables obstinados. Pero, digamos, los culpables mismos recordarán los amorosos designios de Dios para sus criaturas: lo que habrá causado su caída será, en efecto, el abuso de una bendición destinada a traerles una gloria inmensa, el abuso de la libertad que Dios concede a sus criaturas para formar elegidos que puedan decir con san Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no ha sido en vano (5). Sin embargo, no fui yo quien trabajó, sino la gracia de Dios que estaba conmigo”.

El fundador del iluminismo francés, Saint-Martin, intuía estas verdades y creía que Satanás no tendría la última palabra en la Revolución. El 6 de enero de 1794, escribió al barón de Kirchberger: “Por mi parte, nunca he dudado de que la Providencia intervendría en nuestra Revolución y de que no le sería posible retroceder. Creo más que nunca que las cosas seguirán su curso y tendrán un final muy importante e instructivo para la humanidad” (6).

De Maistre pensaba igual. “Para cualquier hombre con buen ojo -decía- y que desee observar, no hay nada más visible que el vínculo entre los dos mundos. Todo lo que sucede en la tierra tiene su razón de ser en el Cielo. Todos los acontecimientos, todas las revoluciones que la historia ha registrado, todas las que registrará hasta el fin de los tiempos, están ordenados al cumplimiento de decretos divinos: todos contribuyen, según su naturaleza e importancia, a la obra secreta que Dios lleva a cabo casi sin que lo sepamos, y que solo se revelará plenamente en el gran día de la eternidad. Si las revoluciones son provocadas por los errores de los hombres, si se originan en sus crímenes, Dios las controla hasta el punto de hacerlas contribuir al cumplimiento de sus designios, que datan de la eternidad”.

Nadie ha expresado esta bella y reconfortante verdad con un lenguaje más sublime. En los versos iniciales de su primera obra, transmitió esta acción de la Providencia que guía a los hombres hacia donde quiere, dejándoles al mismo tiempo libertad de movimiento.

“Estamos unidos al trono del Ser Supremo por una flexible cadena que nos sujeta sin esclavizarnos. Lo más admirable del orden universal de las cosas es la acción de los seres libres bajo la mano divina. Libremente esclavizados, actúan tanto voluntaria como necesariamente; hacen verdaderamente lo que desean, pero sin poder perturbar los planes generales. Cada uno de estos seres ocupa el centro de una esfera de actividad cuyo diámetro varía según la voluntad del geómetra eterno, quien sabe extender, restringir, detener o dirigir la voluntad sin alterar su naturaleza... Su poder opera con ligereza; en sus manos, todo es flexible, nada se le resiste; para él, todo es un medio, incluso el obstáculo; y las irregularidades producidas por las operaciones de los agentes libres se ordenan dentro del orden general” (7).

Satanás no está exento de esta ley. Él también hace lo que le place; pero, al hacerlo, contribuye al cumplimiento de los designios divinos. Triunfa en el presente; todo transcurre según sus deseos, y sus siervos humanos se regocijan. No se dan cuenta de que, si bien aparentan liderar la Revolución, participan en ella solo como meros instrumentos, y que su maldad siempre se ha vuelto en contra de los fines que se habían propuesto.

Quieren aniquilar el cristianismo; no lo ocultan, lo proclaman; y al ver las ruinas que han acumulado durante el último siglo, tanto en almas como en sociedad, se engañan creyendo que lo lograrán. Sus gritos de júbilo, mezclados con sus gritos de odio, resuenan por doquier con una insolencia cada vez mayor. Se equivocan. Se glorifican en lo que, de una forma u otra, les acarreará vergüenza.

Así como la unidad del imperio Romano había preparado el terreno para propagar el Evangelio, todos los nuevos inventos y todas las revoluciones preparan la fusión de los pueblos. ¿Con qué fin?

Conocemos los pensamientos y esperanzas de la secta: una sola religión que una a todas las mentes, una sola Convención que gobierne a todos los pueblos. Los hijos de Dios tienen esperanzas completamente diferentes.

Lacordaire los expresó una vez desde el púlpito de Notre-Dame en estos términos: “Oh vosotros, hombres de nuestro tiempo, príncipes de la civilización industrial, sois, sin saberlo, los pioneros de la Providencia. Estos puentes que suspendéis en el aire, estas montañas que abrís ante vosotros, estos caminos por donde el fuego os arrastra, creéis que están destinados a servir a vuestra ambición; no sabéis que la materia no es más que el canal por el que fluye el espíritu. El espíritu vendrá cuando hayáis cavado su lecho. Así lo hicieron los romanos, vuestros predecesores; pasaron setecientos años uniendo pueblos con sus armas y cruzando los tres continentes del Viejo Mundo con sus largas calzadas militares; creían que sus legiones pasarían eternamente por estos lugares para llevar sus órdenes al universo; no sabían que estaban preparando los caminos triunfales del cónsul Jesús. Oh vosotros, sus herederos, y tan ciegos como ellos, los romanos de la segunda generación, continuad… la obra de la que sois instrumentos; “Acortad el espacio, disminuid los mares, extraed de la naturaleza sus últimos secretos, para que un día la verdad ya no sea detenida por ríos y montañas, sino que fluya recta y veloz. ¡Cuán hermosos son los pies de los que evangelizarán la paz!” (8).

El señor Dufourcq, en el libro que acabamos de citar, también opina que lo que se está preparando será la continuación, la culminación de lo que se ha hecho desde Jesucristo.

Es un hecho que los pueblos cristianos ocupan el primer lugar y desempeñan un papel protagónico. Fueron los cristianos quienes colonizaron Rusia y América, repelieron el islam, conquistaron la India y abrieron China; es la civilización cristiana la que transmite a otros pueblos los principios organizativos de la vida material y moral. Parece que todas las corrientes humanas fluyen, para ser recogidas sucesivamente por ella, hacia el gran río que, nacido en Palestina, ensanchado en Galilea hace mil novecientos años, hace circular lentamente sus aguas vivificantes por todo el mundo.

Antes que él, J. de Maistre había expresado las mismas predicciones: “Cuando una posteridad no muy lejana vea el resultado de la conspiración de todos los vicios, se proclamará llena de admiración y gratitud” (9). Y unos meses después: “Lo que ahora se está preparando en el mundo es uno de los espectáculos más maravillosos que la Providencia jamás ha ofrecido a los hombres”.

Incluso en medio de los horrores de 1793, había logrado apartar su mirada de esta escena desesperada para prever su desenlace. “La generación actual está presenciando uno de los mayores espectáculos que jamás haya ocupado el ojo humano: la batalla sin cuartel entre el cristianismo y la filosofía (10). Las listas están abiertas, los dos enemigos están enfrascados en combate y el universo está observando. Vemos, como en Homero, el padre de Dios y de los hombres, alzando la balanza que pesa los dos grandes intereses; pronto uno de los platillos se inclinará”. Y tras mostrar a qué se había reducido el catolicismo en el momento en que escribía, añadió: “La filosofía, por lo tanto, ya no tiene quejas que presentar; todas las probabilidades humanas están a su favor; todo se hace por ella y todo en contra de su rival. Si sale victoriosa, no dirá como César: Vine, vi, vencí; pero al fin habrá vencido: podrá aplaudir y sentarse orgullosamente en una cruz invertida. Pero si el cristianismo emerge de esta terrible prueba más puro y vigoroso, si, como un Hércules cristiano, fuerte en su propia fuerza, levanta al hijo de la tierra y lo estrangula en sus brazos: ¡Patuit Deus!”.

Nada de lo que presenció durante el medio siglo posterior al Terror pudo apartarlo de esta esperanza. Calificó todas las convulsiones que vio como un “prefacio”, un “terrible e indispensable preliminar”. En el extremo opuesto del espectro del pensamiento humano, Babeuf decía al mismo tiempo:

“La Revolución Francesa es el presagio de una Revolución mucho mayor”. ¡Cuántos otros han pensado y dicho lo mismo!

¿Prefacio de qué libro? ¿Precursor de qué transformación? ¿Preliminar de qué nuevo orden de cosas? Ciertamente, Babeuf y de Maistre no compartían la misma idea, como tampoco la comparten hoy Jaurès y Pío X (11). En la encíclica Praeclara, del 20 de junio de 1894, dirigida a los príncipes y pueblos del mundo, León XIII también había dicho: “Vemos allí, en la lejanía del futuro, un nuevo orden de cosas; y no conocemos nada más dulce que la contemplación de los inmensos beneficios que serán su resultado natural”.

De hecho, todo debe cambiar si los tiempos no llegan a su fin. La perversión de las mentes, la corrupción de los corazones han llegado a todas las clases de la sociedad y las han hecho llegar a un estado más allá del cual no hay más que la pútrida descomposición del cuerpo social. Si Dios no quiere que lleguemos a ese punto, debe, por medios que él conoce, hacernos alcanzar un cambio casi total, al mismo tiempo universal, ese cambio en el mundo moral y religioso que Santa Hildegarda y tantos otros nos han profetizado.

Si hemos de creer a Pío IX, León XIII y Pío X, de Maistre, Blanc de Saint-Bonnet y otros, lo hará, quizás pronto. “Pueden suceder cosas que confundan nuestras especulaciones; pero sin pretender excluir ninguna falla ni ninguna desgracia intermedia, siempre estaré seguro de un resultado favorable” (12). “Aún no vemos nada, porque hasta ahora la mano de la Providencia solo ha despejado el terreno; pero nuestros hijos exclamarán con respetuosa admiración: Fecit magna qui potens est” (13). “En esta inmensa revolución, existen sucesos fortuitos que la razón humana no puede comprender del todo; pero también hay una tendencia general que perciben todos aquellos que han podido adquirir cierto conocimiento. AL FINAL TODO SALDRÁ BIEN” (14).

Continúa...

Notas:

1) OEuvres complètes de J. de Maistre. T. XII, n. 33.

2) El 1 de noviembre de 1902, el Sr. Chamberlain recibió dos telegramas que habían dado la vuelta al mundo, uno por Oriente y el otro por Occidente. El primero tardó diez horas y diez minutos en completar su largo viaje, el segundo trece horas y media.

3) El señor de Saussure toma como unidad una moneda de oro de 8 gramos, cuyo valor sería de aproximadamente 25 francos, 20 marcos, una libra esterlina o cinco dólares. Esta unidad monetaria se dividiría en decimales, y la diezmilésima parte se denominaría, por ejemplo, “speso”. Cien spesos constituirían un “Ispecento”, equivalente a 20 céntimos, 16 pfennings o dos cuartos de penique. Mil spesos formarían un “spesmce”, que equivaldría a 2 marcos, 2 chelines, medio dólar, medio peso español o un yen japonés, etc.

4) L'Eglise et la Révolution.

5) Cor. XV, 10.

6) Correspondencia inédita de S. C. de Saint-Martin publicada por L. Schauer. París, Dentu. — Un proverbio provenzal expresa la misma idea a su manera: El diablo lleva la piedra. El diablo mismo lleva su piedra a los edificios de Dios.

7) OEuvres complètes de J. de Maistre, T. I, p. 1.

8) Conférences de Notre-Dame, t. II, p. 198

9) Ibid., t. X, p. 448.
 
10) También podemos decir que están muy alejados: de la civilización cristiana y de la civilización humanitaria.

11) Véanse las esperanzas expresadas en la encíclica que concede un Jubileo al mundo católico con motivo de la ascensión de Pío X al trono papal y del quincuagésimo aniversario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción.

12) Ibid., t. XIII, p. 64.

13) Ibid., t XIII, p. 169.

14) OEuvres complètes de J. de Maistre, t. XIII, p. 176.