lunes, 6 de julio de 2026

PREMONICIONES DIVINAS

Continuamos con la publicación del capítulo XIII del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

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RESULTADO DEL ANTAGONISMO ENTRE LAS DOS CIVILIZACIONES

CAPÍTULO XIII

I. — PREMONICIONES DIVINAS

Muchos se habrán sorprendido al vernos, en esta era de escepticismo, presentarles las palabras de una vidente. No deben perder de vista que la lucha entre la civilización cristiana y la pagana no debe considerarse únicamente en función de los acontecimientos registrados y presenciados por la historia, sino también en función de sus causas. Hemos demostrado que estas causas se encuentran en el origen mismo del mundo, en el don que Dios otorgó a la humanidad, así como al reino angélico, de la vida sobrenatural, y en la oposición que tanto hombres como demonios, cediendo a su orgullo y escuchando las insinuaciones de Lucifer, ofrecen a los avances de la Bondad Divina. La lucha que se observa en la tierra es, por lo tanto, simplemente el resultado de la que se libra en reinos misteriosos entre Satanás y sus secuaces, los cabalistas y masones, etc., por un lado, y por el otro, los santos y su Reina, la Madre de la Gracia Divina.
 
Ya hemos tenido que abrir, ante los ojos de nuestros lectores, el capítulo doce del Apocalipsis de San Juan. Debemos volver a él.
 
En este capítulo, decíamos, San Juan nos transporta a dos campos de batalla al mismo tiempo, uno en la superficie de la tierra, el otro en las profundidades de los Cielos. Se despliega ante nuestros ojos la doble lucha que el Dragón emprende allí contra Miguel y sus ángeles y la que sostiene aquí contra la Mujer, Madre de aquel a quien le corresponde gobernar todas las naciones. La escena celestial y la escena terrestre incluso parecen fusionarse y lo que crea el vínculo es la Mujer que aparece en ambos lados. En el Cielo, como en la tierra, el Dragón está delante de Ella, vigilando la hora del nacimiento del Hijo, el Hijo del Cielo, Nuestro Señor Jesucristo, el hijo de la tierra, la raza de los que aquí abajo se oponen a Satanás bajo el estandarte de María.

Varias características de esta visión pueden aplicarse a la Santísima Virgen, pero para dar cuenta de todas las características de la imagen simbólica aquí presentada, deben aplicarse a la Iglesia: la Iglesia, que comenzó en el Jardín del Edén, se desarrolló a través de los períodos patriarcal y mosaico, y alcanzó su forma definitiva en el Catolicismo, es la humanidad (1ª característica) elevada por Dios a una condición superior, al estado sobrenatural (2ª característica). Se nos representa dando a luz al Rey a quien el Salmo 2:9 promete la victoria sobre las naciones, es decir, Cristo. En efecto, la humanidad, elevada y santificada, debe producir al Cristo completo (3ª característica): primero, Jesucristo mismo, que es verdaderamente el Hijo del Hombre, y como tal, pertenece al linaje de la mujer; luego todos los elegidos, miembros del cuerpo místico del cual Él es la cabeza, con quienes Él y su Madre deben aplastar la cabeza de la serpiente y reinar como vencedores sobre la humanidad rebelde a Dios (1).
 

Tras haber mostrado la masonería en su organización, sus obras, sus aspiraciones, sus maestros y su líder, debíamos, por lo tanto, transportar los pensamientos de nuestros lectores a las regiones místicas donde las almas privilegiadas entran en lucha directa con Satanás y sus seguidores para oponerse a sus obras y destruir sus efectos.
 
La conclusión de este estudio fue el discreto anuncio de acontecimientos trascendentales que culminarían en el triunfo de los Hijos de Dios y la restauración del orden cristiano, perturbado desde el Renacimiento. Considerando la duración del período que abarcan y la magnitud del asunto, no será de extrañar que estos acontecimientos se encuentren completamente fuera del orden ordinario de las cosas, y que sean algunos de los que Dios ha considerado necesario advertirnos.
 
Con frecuencia, tuvo la bondad de conceder el anhelo del corazón humano, impaciente por conocer su destino. Durante los largos siglos previos a la llegada del Mesías, consoló a quienes esperaban con promesas siempre renovadas. Anunció los acontecimientos en los que estas promesas se cumplirían y determinó los tiempos y lugares donde se harían realidad.
 
Con la venida del Mesías, la expiación consumada y la salvación merecida, Dios pudo permitir que la Redención se extendiera de generación en generación, sin revelarnos el plan según el cual se llevaría a cabo la obra del divino Salvador. Sin embargo, lo hizo a través del libro que dictó en la isla de Patmos al amado Apóstol.
 
Y ahora, muchos hechos nos permiten creer que, tras esta revelación fundamental, no se condenó al silencio absoluto. Se avecinaban días oscuros y terribles en los que sería necesario sostener el valor de los hijos de Dios. En estas circunstancias, hombres y mujeres de rara virtud, cuya santidad, al menos para muchos, ha sido atestiguada por decretos de canonización, vinieron a decir: Dios ha revelado sus caminos a mi espíritu, y así será.

De ninguno de estos profetas la Iglesia nos dice, como sí lo hace con los del Antiguo Testamento y los Apóstoles: “El Espíritu Santo vino a su mente y le dictó estas palabras” (2). Pero afirma que el don de profecía, al igual que el don de milagros, es permanente entre los hijos de Dios, que se ha manifestado en el pasado y seguirá manifestándose en el futuro. Por lo tanto, podemos abrir los libros en los que las figuras santas han registrado lo que vieron o creyeron ver de los designios de Dios, de la obra de su Providencia, y buscar descubrir allí qué resultará de los acontecimientos que presenciamos.
 
En esta investigación, deben evitarse dos trampas: confiar en cualquiera que se presente como profeta y ver en todo lo que se dice la revelación de lo que está sucediendo en el tiempo en que nos encontramos.
 
En cualquier estudio de este tipo, no perdamos de vista las palabras del salmista: “El Señor es desde la eternidad hasta la eternidad; mil años hay delante de él, como un día que pasa, o como la noche que llega”. Por lo tanto, no nos sorprendamos si, dirigiéndose a su pueblo, habla de acontecimientos a largo plazo, acontecimientos que a veces abarcan varios siglos. Él sitúa sus mentes por encima del tiempo, y es a esta altura a la que debemos elevarnos si deseamos comprender lo que nos anunciaron ya en el siglo XI.

Fueron testigos, en espíritu, del largo esfuerzo del naturalismo por establecerse en la cristiandad, un esfuerzo que abarcó cinco siglos, cuyas etapas finales presenciamos ahora.

¡Cinco siglos!

De no ser por el hecho de que sucedió, sería difícil creer en una lucha tan larga. Pero, ¿acaso no está en juego aquello que trasciende todas las cosas: el futuro de la humanidad, no solo para el tiempo, sino para la eternidad? En nuestra cultura, uno de los elementos principales de la grandeza de una obra es el tiempo que requiere, la duración necesaria para su finalización. Pero, ¿qué son nuestros cinco siglos de luchas comparados con la sublimidad del duelo entre Lucifer y el Dios-Hombre, y con aquel en el que los ejércitos de Satanás atacaron a los de Miguel para arrebatarles el don que los diviniza? Y en cuanto a lo que sucedió en el Edén, sin duda, la Sagrada Escritura presenta el relato en términos que lo hicieron accesible a las mentes primitivas para quienes fue escrita originalmente; pero no hay dificultad en concebir la magnitud del drama que tendría consecuencias tan trascendentales para toda la humanidad y para todos los siglos posteriores.
 

La dura prueba a la que se ha visto sometida la cristiandad desde el siglo XIV, el asedio de la Iglesia por la secta masónica, la progresiva invasión del naturalismo en la ciudad de Dios por el Renacimiento, luego la Reforma, luego la filosofía y luego la Revolución, responde, por su magnitud, a la grandeza de los dramas anteriores.
 
Sin embargo, surge una pregunta: ¿Cómo puede Dios, en su infinita bondad, permitir que semejante escándalo continúe, un escándalo que hará tropezar a tantas almas?
 
No hay otra respuesta que la del Espíritu Santo a través de la boca de Salomón en el Antiguo Testamento y la de San Pablo en el Nuevo:

“¿Quién puede conocer el consejo de Dios?
¿Quién puede comprender la voluntad del Señor?
Los pensamientos de los hombres son inciertos,
y nuestras opiniones son volubles.
Apenas comprendemos lo que hay en la tierra,
y no percibimos sin esfuerzo lo que está en nuestras manos;
¿Quién, pues, ha penetrado en lo que hay en los Cielos?” (3).

Y el Apóstol dijo:

“¡Oh, la insondable profundidad de la sabiduría y el conocimiento de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios e inescrutables sus caminos! ¿Quién ha conocido la mente del Señor, o quién ha sido su consejero? De él, por él y para él son todas las cosas” (4).

Pero si Él hizo todas las cosas para su gloria, también las hizo para nuestra salvación; ¿y quién se atrevería a decir que el número de santos, el número de aquellos que gozarán de la bienaventuranza eterna, habría sido mayor durante estos cinco siglos, y que sus virtudes habrían sido más heroicas y su gloria más ilustre si sus vidas se hubieran desarrollado en paz, libres de tentaciones y luchas? Además, al considerar las obras de Dios, uno debe saber cómo no limitar sus horizontes. ¿Qué son nuestros cinco siglos de lucha comparados con los cincuenta, sesenta siglos, quizás más, que tuvo que soportar la venida del divino Redentor, y comparados con el número aún mayor de quienes podemos suponer que disfrutarán de los frutos de su Redención? Este pensamiento no es imprudente: ¿acaso no nos ha enseñado el Espíritu Santo que Él gobierna todas las cosas con medida, número y peso?
 
Dios se cierne sobre el vasto campo de batalla que abarca toda la creación, el único ser eterno, el principio único de toda existencia, tanto de las sustancias espirituales como de las materiales: autor de todo lo que existe en los demonios, así como en todas las demás criaturas, domina a los combatientes desde la plenitud de su ser infinito. No se ve comprometido en la lucha, cualesquiera que sean sus vicisitudes; no puede ser perturbado por ellas, o mejor dicho, las dirige hacia sus fines “con fuerza y ​​gentileza”, es decir, con un poder de éxito infalible, respetando la libertad de todos.
 

Si es cierto que la lucha que presenciamos hoy se remonta al Renacimiento, no es de extrañar que Dios ya entonces delineara sus diversas fases. El tiempo no es para Dios lo que es para nosotros. Se extiende de eternidad en eternidad, y mil años son a sus ojos como el día de ayer que pasa, como una vigilia en la noche. Esto es lo que la humanidad debe recordar constantemente al considerar las revoluciones que transforman el mundo y al intentar comprenderlas. Tuvieron que transcurrir miles de años para que se cumpliera la promesa hecha a Adán de un Redentor. ¿Cuántos miles más, cuántas luchas y vicisitudes requiere la Redención para llegar a su conclusión, para triunfar sobre lo que el pecado original ha puesto en el corazón de la humanidad, para completar en su alcance y perfección los designios de la Bondad infinita?
 
Por lo tanto, recibimos con agrado las palabras de esperanza y reconciliación que grandes siervos de Dios han venido a traernos, y creemos de buen grado que fueron sus embajadores cuando, al comienzo de este largo período de luchas, donde lo natural quería sofocar lo sobrenatural, donde Satanás quería triunfar sobre la Virgen, vinieron a decir: No teman nada, Dios está con ustedes, y él es el Señor soberano de todas las cosas, él sabrá cómo convertir la maldad del diablo en su beneficio y para su gloria.
 
“Nuestro siglo -dijo el obispo Roess de Estrasburgo- necesita saber particularmente que Dios dirige todos los acontecimientos de este mundo con su divina Providencia, y que, si desea dar a conocer sus designios a la humanidad, es a las almas humildes a quienes se los revela”. Y el obispo Vibert de Saint-Jean-de-Maurienne añadió: “Dios demuestra, con estas profecías, que todo está sujeto a su voluntad; y, para que la prueba sea más completa, casi siempre utiliza, para anunciar los acontecimientos más importantes, solo aquellos que son pequeños e insignificantes según el mundo: Revelasti ea parvulis”. Por su parte, el obispo Marinelli de Syra dijo: “En el inmenso amor que Dios tiene por su Iglesia, obra de sus manos, y por los hombres que, en su mayoría, son ingratos, pero no obstante son sus criaturas, se ha dignado predecir y anunciar a los mortales por boca de sus profetas, desde el principio del mundo, y en el Antiguo Testamento, verdadera figura y tipo de su Iglesia bajo el Nuevo Testamento, las vicisitudes de la Santa Iglesia, las tribulaciones y los males que, en todas las épocas y especialmente hacia el fin de los tiempos, habrían de golpear y oprimir al mundo, para mantener a los hombres despiertos contra Satanás y sus emisarios, y para disponerlos a prevenir, en penitencia y humildad, los golpes suspendidos por la justicia divina sobre la cabeza de los impíos. Es también por una particular Providencia que Dios ha querido preceder, en todo tiempo, las grandes catástrofes del mundo y las grandes tribulaciones de la Iglesia con presagios y predicciones, porque los golpes previstos de antemano son menos terribles para oso, dice San Gregorio Magno”.
 
Durante cinco siglos, bajo la influencia de Lucifer y mediante las acciones de las logias, el judaísmo, el protestantismo y el modernismo, impulsados ​​por toda clase de pasiones y vicios, han estado atacando la civilización cristiana. Hoy, sus fuerzas combinadas realizan un esfuerzo supremo para reemplazar la religión divina con la religión de la humanidad y devolver a Satanás el control de las almas y las naciones.
 

Esta vez, piensan, es el compromiso definitivo, pues su amo conoce las palabras del Apóstol: “Es imposible que aquellos que una vez fueron iluminados, que gustaron del don celestial, que participaron del Espíritu Santo, que gustaron de la palabra de Dios y de las maravillas del mundo venidero, y sin embargo cayeron, sean renovados por segunda vez llevándolos al arrepentimiento, ellos que por su parte crucifican de nuevo al Hijo de Dios y lo entregan a la ignominia. Cuando la tierra, regada por la lluvia que cae a menudo sobre ella, produce hierba útil para aquellos para quienes es cultivada, participa de la bendición de Dios; pero si solo produce espinos y cardos, es juzgada de mala calidad, cercana a ser maldita, y al final, es incendiada” (5).
 
¿Será este el destino de la generación actual? ¿Se nos juzgará por haber “despreciado suficientemente las riquezas de la bondad, la paciencia y la longanimidad divinas”? (6). Hay quienes creen así, y no son los menos iluminados.
 
Desde la Revolución, el naturalismo se ha apoderado de todo el tejido social. Si bien no puede regir todas las vidas individuales, aspira a ser la ley de los estados y el principio regulador del mundo moderno. La antigua noción del estado cristiano, de la ley cristiana, del príncipe cristiano —una noción tan magníficamente planteada en los primeros tiempos del cristianismo— parece haber sido abolida para siempre. La secularización de todo el orden social es la consigna, aceptada y perseguida con perseverancia inquebrantable durante más de un siglo, culminando en Francia con la separación de la Iglesia y el Estado, es decir, en una especie de apostasía. En todas partes, gobernantes y pueblos imbuidos de la doctrina de que los asuntos civiles y sociales pertenecen exclusivamente al orden humano se han alzado contra Dios y su Cristo, rompiendo sus ataduras y liberándose del yugo de lo que llaman superstición. Han llegado incluso a negar todo orden y todo ser sobrenatural, y a deificar al hombre, sustituyéndolo por Dios.
 
A través de la escuela, han encontrado los medios para hacer que su trabajo sea perpetuo e indestructible.

Van más allá que Satanás. Satanás jamás negó a Dios. No podía: su naturaleza, tan elevada y, por consiguiente, tan iluminada, no se lo permitía. Aprovechando la debilidad intelectual del niño, no se contentan con inculcarle desprecio por la Iglesia, sus enseñanzas, sus sacramentos, por todo lo que constituye lo sobrenatural. Niegan no solo a Cristo, por gracia, sino incluso la existencia de un Dios Creador. Y puesto que la idea de Dios acecha constantemente la mente humana, en los ámbitos superiores del saber, la corrompen. Dios -dicen- no es otra cosa que el mundo concebido por nuestra mente en su forma ideacional, y el mundo no es otra cosa que Dios mismo tal como lo percibimos en su realidad.


Es a esta doctrina a la que conduce el MODERNISMO, que Su Santidad Pío X expuso en la encíclica Pascendi, persiguiéndola, diezmándola, anatematizándola en todos y cada uno de sus aparatos de erudición y razonamiento.
 
¿Acaso no hemos tocado fondo? ¿Qué más se necesita para temer las amenazas sobre las que nos advirtió San Pablo? La profecía de Daniel se cumple íntegramente: “Y el hombre se enaltecerá y se enaltecerá contra Dios, y contra Dios hablarán los dioses y se enaltecerán. El hombre se enaltecerá contra el Señor; hablará con arrogancia contra el Dios de los dioses; el hombre será enaltecido hasta excluir toda divinidad”.
 
¿Qué se puede esperar en este estado sino un rayo que aniquila? El mundo, si quiere sobrevivir, ya no tiene razón de ser.

¿Se convertirá? ¿Se volverá a Dios para recitar la oración que Jeremías le dirigió tras sus lamentaciones?

¡Tú, Señor, reinas para siempre!
Tu trono perdura de generación en generación.
¿Por qué nos olvidarías para siempre?
¿Nos abandonarías por el resto de nuestros días?
Restáuranos, Señor, y volveremos;
Devuélvenos nuestros días como los de antaño.
 
Este es el gran enigma de hoy. ¿Se convertirán los pueblos cristianos y podrá el mundo disfrutar de los largos siglos de prosperidad temporal y espiritual que algunos anhelan? ¿O persistirá en su apostasía y entonces Dios castigará al mundo?

¿Cuál de estas dos soluciones se verá materializada en un futuro próximo?

¿Quién puede estar seguro si solo se guía por su propia sabiduría? La misericordia de Dios es infinita, y la malicia de la humanidad, avivada por la perversidad de Satanás, no conoce límites. Sin embargo, Dios nos hace reiteradas invitaciones, las más urgentes: el Sagrado Corazón, la Inmaculada Concepción y ahora la canonización de Juana de Arco. ¿Finalmente la seguiremos, o seremos como las aguas que nunca regresan a su origen? ¿Ofrece la historia algún ejemplo de un pueblo que se desvió de su camino y luego regresó? Tras las reacciones, las reacciones fugaces que siguen a las catástrofes, vemos a los pueblos volver a ser lo que eran antes.
 
Este es nuestro legado, tanto del pasado como del presente.

¿Acaso Dios, en su favor, hará una excepción para nosotros a la ley de la historia?

Hay quienes albergan esta esperanza en sus corazones y la han expresado.

“Para responder a las plegarias de los santos -dijo M. de Saint-Bonnet- Dios nos rescatará del borde de la nada, y la humanidad, atónita por la iniquidad cometida al negar a su Creador y Redentor, iluminada por la futilidad de su antiguo anhelo, de sus inútiles esfuerzos por traer el paraíso a la tierra, abandonará su orgullo y volverá a las fuentes de la vida. Las generaciones que posteriormente serán llamadas a completar el número de los elegidos se verán eternamente edificadas por la grandeza de este triple espectáculo: una profundidad en la malicia humana comparable solo a la impotencia a la que habrá sido reducida; la nada a la que la civilización, despojada de la fe, habrá regresado momentáneamente; y luego, como en los días de Noé, un milagro de Bondad que intervendrá para que el Hombre pueda seguir existiendo”.

“Esto debe suceder -dijo el Papa San Pío IX- mediante un milagro que llenará al mundo de asombro”.

Jean de Maistre lo había dicho mucho antes: “No me cabe la menor duda de que algún acontecimiento extraordinario pondrá fin a la situación actual”.

Extraordinario, incluso prodigioso, no significa fenomenal. ¿Qué hay más extraordinario y prodigioso en la historia de Francia, y de hecho, podría decirse, en la historia del mundo, que la intervención de Juana de Arco justo cuando la gran tentación estaba a punto de comenzar para la cristiandad, una tentación que tal vez culminaría con su glorificación en los altares? ¿Y qué, al mismo tiempo, podría ser más sencillo y fácil para Dios que tomar a una humilde campesina de entre su rebaño y confiarle su sabiduría para expulsar a los ingleses de suelo francés o para librarnos de la tiranía de los masones, los judíos y Satanás?

Si creemos en los santos, ese momento llegará, ese momento está cerca.
 
Continúa...


Notas:

1) La Sainte Bible, traducida al francés a partir de los textos originales. T. VII, Apocalypse. P. Peffard, S. J.

2) Según la Doctrina de la Iglesia, las revelaciones hechas a un particular tienen solo valor privado, no obligan a la creencia de nadie, no pueden servir para la edificación personal de los fieles, y la Iglesia, cuando las aprueba, solo reconoce que en esas páginas no se encuentra nada que se oponga a la fe o la moral cristianas.

3) Sap. IX.

4) Ad Rom. XI, 33-36.

5) Ad Haebr., VI, 4-8.

6) Ad Rom., II, 4.


 

VOLUNTARISMO SEMIPELAGIANO (3)

El voluntarismo semipelagiano es una enfermedad espiritual, cuyos síntomas deben ser conocidos, para lograr la sanación con la luz de la verdad y la fuerza de la gracia divina.

Por el padre José María Iraburu


Semipelagianismo. Ya vimos sus tesis principales. Gracia y libertad, la parte de Dios y la parte del hombre, concurren, como causas co-ordinadas, para realizar el bien. Es la acción del hombre, co-operando con la gracia divina, la que hace eficaz a ésta. Dios ama a todos por igual, y la mayor santidad se determina fundamentalmente por la mayor generosidad del esfuerzo humano. La iniciativa de la vida espiritual la lleva, de hecho, el hombre. De esta enfermedad espiritual, que en los buenos cristianos podríamos llamar simplemente voluntarismo, se siguen efectos pésimos, que son síntomas propios de una enfermedad grave.

Antropocentrismo mediocre, voluntad propia y cambios de ánimo

El voluntarismo más o menos semipelagiano es congénitamente mediocre, aunque a primera vista parezca a veces lo contrario. El voluntarista, no partiendo de la iniciativa de Dios, sino de sí mismo, de su leal saber y entender –y ateniéndose normalmente a sus inclinaciones personales–, es decir, partiendo de su propia voluntad, va proponiéndose ciertas obras buenas concretas, dando por supuesto que, ya que son buenas, Dios le dará necesariamente su gracia para hacerlas. El voluntarismo personal o institucional, partiendo de iniciativa humana, aunque incluya un hermoso conjunto de obras buenas, siempre lo establece proporcionado a las fuerzas del hombre: de ahí su mediocridad congénita. Y así el voluntarista va llevando adelante, como puede, su vida espiritual, a su manera y modo de ser: vanamente desanimado cuando no consigue sus intentos y vanamente satisfecho de sí cuando los cumple.

Preocupaciones

Partiendo el cristiano en la vida espiritual de sí mismo, es inevitable que viva tenso y preocupado. No acaba de “hacerse como niño”, para dejarse llevar pacíficamente de la mano de Dios, entrando así en el Reino de su paz y de su alegría. No termina de abandonarse confiadamente a la iniciativa, tantas veces sorprendente, del Espíritu Santo. No pone su mayor empeño en discernir la voluntad de Dios, en ocasiones, tan contraria a nuestros intentos. Y nunca acaba de entender que la proa de su barco ha de ser siempre la oración de petición: “pedir luz para conocer Su voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla” (Or. I dom. T.O.). Centrado en sí mismo y en sus obras, no se centra en Dios y en su obra. No hay modo así de vivir con la paz y la alegría propia de los hijos de Dios.

Pero ni siquiera se hace problema de conciencia acerca de sus preocupaciones. Le parece que en la vida del hombre, con tantas posibles vicisitudes favorables o adversas, son normales, es decir, son inevitables. En la práctica no cree que el abandono confiado en el amor providente de Dios pueda ahuyentar toda ansiedad e inquietud, guardando a la persona en una paz continua e inalterable. No intenta no preocuparse porque le parece imposible conseguirlo, ni siquiera con la ayuda de la gracia. Este cristiano voluntarista ignora que la palabra de Cristo “no os preocupéis” (cf. Mt 6,25-34), no es simplemente un consejo, es un mandato, y que Él, por supuesto, nos da su gracia para poder cumplirlo. Las preocupaciones consentidas son, pues, malos pensamientos, tan malos como los pensamientos obscenos consentidos. Son materia de confesión sacramental.

“Encomienda al Señor tus afanes, que Él te sustentará” (Sal 54,23). “Cuando se multiplican mis preocupaciones, Tus consuelos son mi delicia” (93,19). “Encomienda tu camino al Señor, confía en Él, y Él actuará. Descansa en el Señor y espera en él” (36,5.7). “En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo” (4,9; cf. 3,6).

Imposibles la paz y la alegría inalterables

El voluntarista ignora que el hombre no está creado para querer en forma autónoma desde su propia voluntad, ni siquiera para querer cosas buenas. Está creado para querer lo que la Voluntad divina quiera en su providencia. “Debe querer -como decía Santa Maravillas- lo que Dios quiera, como Dios quiera y cuando Dios quiera”. Cualquier volición humana, desvinculada o contraria a la voluntad divina, crea en el hombre necesariamente preocupaciones, ansiedades, temores, vanas tristezas, vanas alegrías… “Porca miseria”. El hombre tiene que querer solo y aquello que Dios quiere: ni más, ni menos, ni otra cosa, por buena que ésta sea. Su alimento tiene que ser hacer siempre, con la ayuda de la gracia, la Voluntad divina, y no la propia, por “santa” que ella sea –que no puede serlo, si es propia–. ¿Tan difícil es entenderlo?…

Evitación sistemática del martirio

El voluntarismo, en cualquiera de sus formas –pelagiana o semipelagiana– excluye por principio el martirio, es decir, la Cruz de Cristo. La ruina del cristianismo en Occidente en los últimos siglos viene principalmente de este error.

Los católicos, como discípulos humildes de Jesús, saben que todo el bien es causado por la gracia de Dios, y que el hombre co-labora en la producción de ese bien dejándose mover libremente por la moción de la gracia, es decir, se mueve movido por la gracia divina. Dios y el hombre se unen así en la producción de la obra buena como causas subordinadas, en la que la principal es Dios y la instrumental y secundaria el hombre. Los cristianos fieles a la voluntad de Dios se mueven movidos por ella, incondicionalmente, sin cálculos humanos de eficacias previsibles.

Por eso, al combatir el mal y al promover el bien bajo la acción de la gracia, no temen verse marginados, encarcelados o muertos. Llegada la persecución –que en uno u otro modo es continua en el mundo–, ni se les pasa por la mente pensar que aquella fidelidad martirial, que pueda traerles desprecios, marginaciones, empobrecimientos, desprestigios y disminuciones sociales o incluso la pérdida de sus vidas, va a frenar la causa del Reino en este mundo. Están ciertos de que la docilidad incondicional a la gracia de Dios es lo más fecundo para la evangelización del mundo, aunque eventualmente pueda traer consigo proscripciones sociales, penalidades y muerte. Están, pues, prontos para el martirio.

El voluntarismo antropocéntrico, por el contrario, ha producido en los últimos siglos un falso cristianismo, que ignora la primacía de la gracia, la primacía absoluta de la voluntad salvífica de Dios –tan desconcertante a veces: la Cruz–. Piensan entonces muchos cristianos que la obra buena, en definitiva, procede solo de la fuerza del hombre (pelagianismo), o a lo más, que procede en parte de Dios y en parte del hombre (semipelagianismo).

Y lógicamente, en esta perspectiva voluntarista, los cristianos, tratando de proteger la parte suya humana, no quieren perder la propia vida o ver disminuida su fuerza y prestigio; más aún, estiman imposible que Dios quiera hacer unos bienes que puedan exigir en los fieles marginación, persecución o muerte. Dios “no puede querer” en ninguna circunstancia que el hombre se arranque el ojo, la mano o el pie (Mc 9,43-48), pues esta disminución de la parte humana debilitaría necesariamente la obra de Dios en el mundo.

En consecuencia, rehúyen el martirio como sea, en conciencia, en cualquiera de sus formas. Tratan por todos los medios de estar bien situados y considerados en el mundo; procuran, haciéndose cómplices al menos pasivos de tantas abominaciones mundanas y estar a bien con los poderosos del mundo presente. Así, de este modo, podrán servir mejor al Reino de Dios en la vida presente. “Salvando su vida” en este mundo, esperan conseguir que su parte humana colabore mejor y más eficazmente con la parte de Dios en la salvación del mundo.

Igualmente la Iglesia y cada cristiano deben evitar cualquier enfrentamiento con el mundo, eludiendo toda actitud que pueda desprestigiar el Evangelio ante los mundanos, o dar ocasión a persecuciones, pues una Iglesia debilitada y mártir, debilitada su fuerza humana, no podrá co-laborar eficazmente con Dios, no podrá servir en el siglo presente la causa del Reino. Todo aquello que es una pérdida de influjo social, de posibilidad de acción, de imagen atrayente, es una miseria, no tiene gracia alguna. El martirio es malo incluso para la salud… Así piensan bajo el influjo del Padre de la Mentira.

La Iglesia voluntarista, puesta en el mundo en el trance del Bautista, se dice a sí misma: “no le diré la verdad al rey, pues si lo hago, me cortará la cabeza, y no podré seguir evangelizando. Yo debo proteger ante todo el ministerio profético que Dios me ha confiado”. ¡Cuántos Obispos, párrocos, teólogos, padres de familia, profesores, misioneros, laicos comprometidos y feligreses de toda índole piensan y actúan así! Por el contrario, sabiendo que la salvación del mundo, la obra Dios, la Iglesia, la Iglesia verdadera de Cristo, dice y hace la verdad, sin miedo a verse pobre y marginada. Y entonces es cuando, sufriendo persecución, evangeliza al mundo: “no te es lícito tener la mujer de tu hermano”.

Horror a la Cruz, buscando eficacias

Los cristianos afectados de pelagianismo o semipelagianismo, por el camino suyo, tan razonable, van llegando poco a poco, casi insensiblemente, a silencios y complicidades con el mundo cada vez mayores. Lo vemos en una de sus formas más escandalosas en muchos “políticos católicos”, absolutamente estériles para la causa de Cristo. Quieren guardar la cabeza sobre sus hombros, y conservar su escaño… Cesa entonces la evangelización de los pueblos, de las instituciones y de la cultura. ¡Y así actúan quienes decían estar empeñados en impregnar de Evangelio todas las realidades temporales!

No será raro así que el abuelo, piadoso semipelagiano conservador, tenga un hijo pelagiano progresista; y es incluso probable que el nieto baje otro peldaño, y llegue a la apostasía. De todo lo cual hablo más ampliamente en dos libros, De Cristo o del mundo y El martirio de Cristo y de los cristianos.


Cuando el bien y el mal son dictados por la mayoría –trátese de una mayoría real o ficticia, inducida por los poderes mediáticos y políticos–, el martirio aparece como una opción morbosa, excéntrica, opuesta al bien común, insolidaria con la sociedad general. Los cristianos semipelagianos no quieren de ningún modo que se debilite la parte humana con la que pretenden colaborar con el Salvador: se callan, se disfrazan y pasan por lo que sea “para no ser perseguidos por la cruz de Cristo” (Gál 6,12). Reconozcamos que este grave error es con frecuencia en buenos cristianos inculpable, porque sufren una “ignorancia invencible”, invencible de hecho en ellos, porque nadie les ha dicho la verdad evangélica. Pero otras veces es culpable, cuando se avergüenzan del Evangelio y del Magisterio apostólico: silencios clamorosos, anticoncepción habitual, complicidades con el poder político perverso, conflicto de valores, moral de actitudes, opción por el mal menor, situacionismo, consecuencialismo, etc.

Según esta visión el obispo, el rector de una escuela o de una universidad católica, el político cristiano, el párroco en su comunidad, el teólogo moralista en sus escritos, es un cristiano impresentable, que no está a la altura de su misión, si por lo que dice o lo que hace ocasiona grandes persecuciones del mundo. Con sus palabras y obras, es evidente, desprestigia a la Iglesia, le ocasiona odios y desprecios del mundo, dificulta, por tanto, las conversiones, y es causa de divisiones entre los cristianos. Debe, pues, ser silenciado, marginado o retirado por la misma Iglesia. Aunque lo que diga y haga sea la verdad y el bien, aunque sea el más puro Evangelio, aunque guarde perfecta fidelidad a la Tradición Católica, aunque diga o haga lo que dijeron e hicieron todos los Santos. Fuera con él: no queremos mártires. En la vida de la Iglesia los mártires son un lastre, una vergüenza, un desprestigio. No deben ser tolerados, sino eficazmente reprimidos por la misma Iglesia.

Qué tristeza. Si el martirio implica un fracaso total –la Cruz del Calvario–, si consiste en sufrir un rechazo absoluto del mundo, está claro que el martirio es algo sumamente malo, algo que debe evitarse como sea. Por el mismo bien de la Iglesia. Algunos cristianos insensatos quizá piensan que la Iglesia evitadora del martirio, la que “guarda su vida” en este mundo, será una Iglesia próspera, atractiva y alegre en la vida presente. Pero eso es como suponer que la esposa infiel, que se entrega al adulterio, será una mujer alegre. No, es todo lo contrario; es una mujer muy triste. Lo que alegra el corazón humano es lo que viene de Dios: el amor, la fidelidad, la abnegación, la entrega en el amor. Por el contrario, la infidelidad es traición al amor, y solo puede traer tristeza. Los mártires son alegres y los apóstatas son tristes. “En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; pero el que aborrece su alma en este mundo la guardará para la vida eterna” (Jn 12,24,25). Es así. Es palabra de Cristo.
  

CARTA DE MONSEÑOR VIGANÒ A DON DAVIDE PAGLIARANI

Compartimos la carta de Monseñor Carlo Maria Viganò al Superior de la FSSPX, Don Davide Pagliarani


Reverendo y querido Don Davide:

Deseo expresarle a usted, a los Excmos. Obispos – en particular a los hermanos recién consagrados – y a toda la Fraternidad Sacerdotal, mi cercanía espiritual y mi pleno apoyo en esta hora tan turbulenta y dramática.

He apreciado particularmente su Carta a León, conmovido por el profundo espíritu sacerdotal que la impregna.

El despiadado Decreto y la Nota del ex-Santo Oficio, con su dureza hacia quienes tienen la única “culpa” de querer permanecer católicos, revelan una vez más el cisma en curso entre el papa y el propio Papado: la iglesia conciliar-sinodal que intenta eclipsar a la Iglesia Católica.

Mientras se muestra indulgencia, si no abierta complicidad, hacia verdaderos cismas y abusos de todo tipo, se reservan las piedras para quienes custodian y transmiten la Fe. Y es precisamente su fidelidad la que hace evidente el fracaso de la revolución conciliar y la vitalidad de la Tradición.

A los sacerdotes, a los clérigos y a los fieles laicos de la Fraternidad fundada por el Venerado Monseñor Marcel Lefebvre, permítame, querido Don Davide, decir con afecto: No se dejen turbar. Permanezcan firmes en la Fe, en la Doctrina inmutable, en el Sacerdocio y en la Santa Misa de siempre, fieles a la Santa Iglesia Romana, en el luminoso testimonio a Cristo Rey y Pontífice.

La Santísima Virgen María, Auxiliadora de los Cristianos y destructora de todas las herejías, los proteja siempre y los confirme en la Verdad.

Con Bendición

+ Carlo María Viganò, Arzobispo

Viterbo, 4 de julio de MMXXVI
 

NOVENA A NUESTRA SEÑORA DEL MONTE CARMELO

Rezar una vez al día durante nueve días, especialmente comenzando el 7 de julio y terminando el 15 de julio, víspera de la Fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo


Oración:

Oh, la más hermosa Flor del Monte Carmelo, Vid Fructífera, Esplendor del Cielo, Madre Bendita del Hijo de Dios, Virgen Inmaculada, asísteme en esta mi necesidad.

(Mencione aquí su intención)

Oh, Estrella del Mar, ayúdame y muéstrame en esto que eres mi Madre. Oh, Santa María, Madre de Dios, Reina del Cielo y de la tierra, te suplico humildemente, desde lo más profundo de mi corazón, que me ayudes en esta necesidad; no hay nadie que pueda resistir tu poder. ¡Oh, muéstrame en esto que eres mi Madre!


Oh, María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti.

Oh, María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti.

Oh, María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti.


Dulce Madre, pongo esta causa en tus manos.

Dulce Madre, pongo esta causa en tus manos.

Dulce Madre, pongo esta causa en tus manos.
 

6 DE JULIO: SAN GOAR, PRESBITERO Y CONFESOR


6 de Julio: San Goar, presbítero y confesor

(✞ 575)


El ejemplarísimo presbítero San Goar fue francés de nación, de la provincia de Gascuña, su padre se llamaba Jorge y su madre Valeria, y eran personas de sangre ilustre.

Desde niño fue muy bien inclinado, de amable aspecto, humilde, honesto y dado a todas las obras de virtud. 

Habiéndose ordenado como presbítero, determinó abandonar todas las cosas de la tierra, y se fue a un lugar del obispado de Tréveris, que se llamaba Wochara, donde hizo una iglesia con licencia del obispo Félix y colocó en ella algunas reliquias de los santos. 

En ese lugar vivió muchos años, dándose a la oración, ayunos y penitencias, y a ejercitar la hospitalidad con los pobres y peregrinos. 

Había aún muchos gentiles en aquella tierra, los cuales con la vida tan ejemplar y con la predicación y milagros del santo presbítero, se convirtieron a la fe. 

Echaba los demonios de los cuerpos, daba vista a los ciegos, pies a los cojos, y sanaba a muchos dolientes de varias enfermedades. 

Dos criados del Obispo, le acusaron delante de su amo, diciéndole que era hipócrita y embustero, e interpretando muy mal las honestas acciones y obras de caridad que hacía albergando a los peregrinos. 

Más cuando el Obispo mandó venir al Santo delante de sí, y vio que un niño de pecho de solo tres días habló defendiendo la hombría del varón de Dios, quedó tan confundido y confuso por haber creído tan fácilmente lo que falsamente le habían dicho, se echó a los pies del santo y se encomendó con lágrimas en sus oraciones. 

Llegó la fama de su excelente virtud al rey Sigiberto, el cual tomó todos los medios que pudo para persuadir al venerable presbítero que aceptase el obispado de Tréveris, porque quería dar con ellos satisfacción a todo el pueblo que lo deseaba y se lo suplicaba. 

Más no pudo el rey convencer al santo de que recibiese aquella dignidad; y habiéndole dado 20 días de término para recogerse y hacer oración sobre ello, se encerró el siervo de Dios en su celda, y postrado en el suelo, rogó al Señor, llorando arroyos de lágrimas y suplicándole afectuosamente que no permitiese que el rey se saliese con su pretensión. 

El Señor lo oyó, enviándole una fiebre que le fatigó durante siete años gravemente y de manera que no pudo ya salir de su retiro, ni siquiera para ver al rey. 

Finalmente, labrada aquella bendita alma del siervo de Dios y purificada como el oro con tan larga y penosa dolencia, acabó el curso de su peregrinación y pasó a recibir el premio por sus heroicas virtudes en el eterno descanso. 

El Sagrado cuerpo fue sepultado en la misma Iglesia que había edificado el piadosísimo varón para honrar las reliquias de los santos. 

Reflexión

Si los santos honran con tan reverencia las reliquias de los santos, ¿no es razón para que nosotros, pobres pecadores, las honremos con la misma veneración y acatamiento? Son ellos grandes amigos de Dios, príncipes del cielo, cortesanos del palacio divino, abogados e intercesores nuestros, que tienen muchas gracias y cabida con la divina majestad; y esas sagradas reliquias de sus cuerpos son honradas por Dios con soberanos prodigios, y han de resucitar con todas las dotes de gloria y participar de la eterna felicidad de sus almas. Adorémoslas pues con mucha devoción, pidiendo a los santos que nos alcancen por sus méritos la gracia de gozar en cuerpo y alma de su gloriosa compañía. 

Oración

Oye, Señor, favorablemente las súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu confesor el bienaventurado Goar, para que los que no confiamos en nuestra justicia, seamos favorecidos por los merecimientos de aquel santo que fue tan agradable a tus divinos ojos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén. 
 

domingo, 5 de julio de 2026

ANGLICANOS EN CANADÁ APRUEBAN “BENDECIR” LA EUTANASIA

Y hacia allá van los sinoditas del Vaticano prevostiano...

Por Caballero de la Inmaculada


Información tomada de INFOVATICANA y ANGLICAN INK.

El Consejo del Sínodo General de la Iglesia Anglicana de Canadá aprobó el pasado Junio un documento ad experimentum que autoriza a sus ministros a ofrecer acompañamiento pastoral y, con autorización del “obispo” correspondiente, impartir bendiciones a personas que hayan decidido recurrir a la muerte médicamente asistida (MAiD, por sus siglas en inglés).

El texto, titulado Pastoral Liturgies at the Time of Death in Contexts of Medically Assisted Dying (Liturgias pastorales en la hora de la muerte en contextos de Muerte médicamente asistida), no solo contempla la presencia de ministros anglicanos antes de la muerte provocada, sino que desarrolla un completo itinerario litúrgico que puede incluir confesión, imposición de manos, unción, Sagrada Comunión, bendiciones, oraciones durante el procedimiento y plegarias tras el fallecimiento. Todo ello queda sujeto a la autorización del “obispo” correspondiente y al “criterio pastoral de cada comunidad”.

El documento extiende así un proceso iniciado por la declaración pastoral del Sínodo General “In Sure and Certain Hope” (En esperanza segura y cierta) del 2017 y la colección de ensayos “Faith Seeking Understanding: Medical Assistance in Dying” (La fe buscando el entendimiento: La asistencia médica para morir) de 2024.

Paradójicamente, el documento comienza afirmando que “no es nuestra intención entrar en los argumentos éticos” sobre la eutanasia ni ofrecer “un argumento moral a favor o en contra”

En lugar de abordar la cuestión desde la moral cristiana, sus autores sostienen que la iglesia tiene el deber de brindar atención pastoral a todos los moribundos, y “cuando alguien busca atención pastoral, la iglesia responde”, porque quienes eligen la asistencia médica para morir son “criaturas de un Dios amoroso”, cuya dignidad bautismal los hace “dignos de recibir el ministerio de la iglesia”. Como señala el Libro de los Servicios Alternativos, “si los enfermos no pueden ir a la iglesia, entonces la Iglesia [...] debe ir a ellos”.

Un ritual concebido específicamente para la eutanasia

El documento prevé distintos momentos litúrgicos según las circunstancias. Antes del “procedimiento” puede celebrarse un rito de preparación con lecturas bíblicas (como Romanos 14, 7-8; o Eclesiastés 3), salmos, examen de conciencia, confesión individual y la absolución “Nuestro Señor Jesucristo, que se ofreció como sacrificio perfecto al Padre y que confirió a su Iglesia el poder de perdonar los pecados, te absuelve por medio de mi ministerio, por la gracia del Espíritu Santo, y te restaura en la paz perfecta de la Iglesia”, unción y distribución de la Comunión (ya sea Eucaristía completa o comunión con “Santísimo” reservado). También se ofrecen formularios específicos de intercesiones y bendiciones para quienes van a recibir la muerte médicamente asistida.

Una vez iniciada la intervención del equipo sanitario, el ritual continúa con las invocaciones “Sal de este mundo, alma cristiana… Que tu descanso sea hoy en paz, y tu morada en el paraíso de Dios”, o “En tus manos, oh Salvador misericordioso, encomendamos a tu siervo (o sierva, o sierve) N. Recíbelo en los brazos de tu misericordia, en el bendito descanso de la paz eterna”. Para los feligreses que no pueden estar presentes junto al lecho del difunto, hay un “Servicio para quienes no pueden asistir en persona” que se utiliza “cuando llega el momento de la administración de la asistencia médica para morir”, con salmos, el Nunc Dimittis, letanías y el Padre Nuestro.
 
Tras la muerte, se incluyen plegarias de despedida, bendiciones para la familia y formularios para el acompañamiento posterior de los allegados.
 
El documento evita juzgar la licitud moral de la eutanasia

Los redactores sostienen que la Iglesia debe responder pastoralmente “allí donde están las personas” y acompañar a quienes han optado libremente por la muerte médicamente asistida.

El marco teológico incluye además el concepto del “espacio sutil”, un concepto procedente del paganismo celta detrás de fiestas satánicas como el Halloween o la Noche de Walpurgis:

“Es un privilegio atender a los enfermos y moribundos y estar presentes con ellos en sus últimos momentos de vida. Cuando la muerte se acerca, entramos en un Espacio Sutil, o Tierra Sagrada, donde el Cielo y la Tierra se encuentran mientras, mediante la oración y los sacramentos, acompañamos la transición de este mundo al siguiente.

Las personas que experimentan una muerte asistida médicamente también están acompañadas por Dios. La Iglesia de Dios puede estar presente en este último tránsito”.

Bajo el título “Estar preparados para partir”, el texto es comprensivo y directo:

“Las personas que eligen la asistencia médica para morir libremente y sin coacción pueden estar, en efecto, preparadas para partir. Han vivido con problemas de salud complejos y desean que el dolor cese… Han agotado todas las opciones médicas y saben, todos lo saben, que no hay cura… Algunos… desean no estar solos en el momento de su muerte, morir bien, con la gracia y la bendición de Dios y con la presencia de la Iglesia a su lado. Estos recursos ofrecen… recursos clericales para asistir a los moribundos en una muerte santa, fundamentada en la firme y segura esperanza de la resurrección”.

La orientación pastoral reconoce que la asistencia médica para morir (MAiD) “suscita opiniones encontradas y contundentes”, y que “la Iglesia Anglicana de Canadá no tiene una postura unánime sobre el tema”. Se insta a los “obispos” a que expresen sus políticas con claridad; se recomienda al clero que “evalúe sus propios sentimientos” y que busque apoyo pastoral alternativo si, en conciencia, no puede orar junto a la cama de una persona que recibe asistencia médica para morir.

La guía advierte que “la autonomía individual no es un valor del Evangelio, ni tampoco lo son la coerción ni la manipulación”, y condena “los sistemas que convierten la muerte asistida médicamente en una opción donde no debería serlo, en lugares con acceso deficiente a una atención médica adecuada”. Sin embargo, también insta a los pastores a estar preparados para “aproximadamente una década de experiencia con la muerte asistida médicamente en Canadá”, y a tratar estas muertes como una parte más de su labor.

Al mismo tiempo, el texto intenta establecer una distinción entre bendecir a la persona y bendecir la decisión de recurrir a la eutanasia. Con todo, reconoce que esa diferencia puede resultar difícil de percibir y recomienda que los ministros actúen con prudencia para evitar confusión entre los fieles:

“Una consideración crucial para algunos pastores será si, al pronunciar la bendición de Dios sobre la persona que está muriendo, están bendiciendo el acto de la decisión de recurrir a la asistencia médica para morir (MAiD) o el procedimiento en sí… Será importante… elegir y adaptar oraciones… que no impliquen que el procedimiento… y la decisión de emplear la MAiD… estén recibiendo la bendición de Dios. Sin embargo, es parte normal de la atención pastoral orar por la persona que está muriendo y ofrecerle la bendición de Dios y de la Iglesia”.

Un precedente: El caso de la Iglesia Unida de Canadá

El primer caso documentado de un servicio litúrgico dentro de un proceso de muerte médicamente asistida se dio el 9 de Marzo del 2022 en la iglesia de Churchill Park en Winnipeg (Manitoba), cuando la señora Betty Sanguin obtuvo que el procedimiento (que solicitó al ser diagnosticada con esclerosis lateral amiotrófica) se realizara en dicho templo, obteniendo la autorización de la Iglesia Unida de Canadá (que había aprobado la asistencia médica para morir en 2017), y siendo asistida por la pastora local Dawn Rolke.

La expansión de la muerte médicamente asistida en Canadá

Canadá cuenta desde 2016 con un régimen legal que permite la muerte médicamente asistida (Medical Assistance in Dying, MAiD), cuya aplicación se ha ampliado progresivamente en los últimos años. Actualmente pueden “acogerse” a este procedimiento personas que padecen enfermedades graves e irreversibles y cumplen los requisitos establecidos por la legislación federal; pero en los hospitales, hogares de ancianos y asilos se impone ante pacientes que no reúnen esas condiciones, al considerarlo más barato (para el sistema) que los cuidados paliativos. Incluso, en 2022 se extendió además para personas con problemas mentales o económicos.

Diez años después de la legalización de la MAiD, y aún sin conocerse las cifras de 2025, más de 100.000 personas han fallecido mediante este procedimiento y el país registra actualmente el mayor número de muertes por eutanasia del mundo, superando incluso a Bélgica y Países Bajos combinados.

Solo en 2024, las cifras oficiales reflejan 16.499 fallecimientos por muerte médicamente asistida, el dato anual más elevado desde la entrada en vigor de la ley en 2016, constituyendo el 5% de las muertes en Canadá (aunque en sectores de Québec, la provincia donde más se aplica la eutanasia, el porcentaje aumenta a 13%). Si bien el Gobierno canadiense sostiene que el crecimiento comienza a estabilizarse, el número de casos continúa aumentando año tras año.
 

MONSEÑOR VIGANÒ: DILIGIS ME

Oremos por la Santa Iglesia y preparémonos para luchar por ella, enfrentando a los enemigos que la han infiltrado y que hoy la dirigen.

Por Monseñor Carlo Maria Viganò


Si diligis me, pasce oves meas. Non enim pascit oves qui non diligit Christum.

Mercenarius est qui non diligit, sed suum quærit, non quæ Jesu Christi.

Si me amáis, apacentad mis ovejas. Porque el que no ama a Cristo no apacienta las ovejas.

Es un mercenario que no ama, sino que busca sus propios intereses, no los de Jesucristo.

San Agustín

Con la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, la Santa Iglesia nos presenta el inmenso misterio del mandato confiado por Nuestro Señor al Príncipe de los Apóstoles. En reparación por la triple negación en el Pretorio, le pide a Simón Pedro una triple profesión de amor, después de aparecerse a los discípulos en el Mar de Galilea: “¿Me amas? Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-19) . Es sobre estas palabras del Maestro —junto con las pronunciadas en Cesarea de Filipo: “Tú eres Pedro” (Mt 16,17-18) — que se funda el Papado católico.

El Señor edifica su Iglesia sobre Pedro, encomendándole que pastoree Su rebaño, que ame Su Cuerpo Místico y Su Cabeza Divina con el mismo amor sobrenatural —la Caridad— que es incondicional y que llega hasta el punto de dar la vida por los amigos (Jn 15,13). Este es un mandatum intrínsecamente heroico, que convierte a Pedro y a sus sucesores en los legítimos Vicarios de Cristo en la tierra; y que, debido a sus implicaciones para el gobierno de la Iglesia y la salvación de las almas, requiere, como condición esencial, la unión coherente de la Verdad y la Caridad. Cuanto mayor es el poder que Dios otorga a un hombre, mayor es la autoridad real y sacerdotal que Cristo infunde en el Papado. Y cuanto más se distingue el Sumo Pontífice por su propia individualidad —el papa bueno, el papa sonriente, el papa viajero, el papa teólogo, el papa de las periferias—, menos resuena la voz del Maestro en sus palabras.

Hoy, el orden que el divino Legislador quiso dar al Papado Romano y a su Iglesia está siendo subvertido por quienes ocupan la cúspide de la institución. La traición no se oculta, sino que se exhibe descaradamente, con la necia creencia de que su objetivo ya se ha alcanzado, que están a un paso de la desastrosa disolución de la Iglesia Católica, para reemplazarla con una entidad de origen masónico sometida al Anticristo. “Ubi sedes beatissimi Petri, et Cathedra veritatis ad lumen gentium constituta est (Donde está sentado el bienaventurado Pedro, y se establece la Cátedra de la verdad para la luz del pueblo) -escribió el Papa León XIII en su Exorcismo- ibi thronum posuerunt abominationis et impietatis suæ; ut, percusso pastore, et gregem disperdere valeant (allí erigieron el trono de su abominación e impiedad, para que, habiendo herido al pastor, destruyeran también el rebaño). Donde el Señor ha colocado la Sede del bienaventurado Pedro y la Cátedra de la verdad para iluminar al pueblo, allí sus enemigos han colocado el trono de la abominación y de su impiedad, para que, después de herir al Pastor, dispersen el rebaño.

Las palabras proféticas de la visión de León XIII pudieron haber dejado a sus contemporáneos consternados e incrédulos, y así fue hasta Pío XII. Pero cien años después, demuestran ser tan inquietantes como precisas, y completan la advertencia de la Santísima Virgen en La Salette: Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo. ¿Y qué es esto, sino la abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel (Dan 9:27; 11:31; 12:11) y el Evangelio mismo (Mt 24:15 y Mc 13:14)? ¿Qué es sino la desolación de la Ciudad Santa (Ap 11:2) y la Gran Ramera (Ap 17:1-18), sentada sobre los siete montes, ebria de la sangre de los santos, que simboliza toda forma de apostasía y falsa religión que se alía con el poder político contra la Iglesia?

¿Quién, sino la sede del Anticristo y el trono de la abominación, excomulgaría a aquellos obispos que se niegan a respaldar la traición de Roma y que han denunciado la revolución conciliar durante más de sesenta años? ¿Podríamos, como católicos, concebir a un Papa, un Vicario de Cristo, imponiendo sanciones canónicas a quienes desafían las herejías del concilio Vaticano II? ¿Y que todo el episcopado avalara y fomentara desviaciones doctrinales y morales, en lugar de oponerse enérgicamente a ellas?

Una miopía insensata lleva a muchos conservadores a refugiarse en la casuística de manuales escritos y concebidos en tiempos normales, buscando allí la solución a una crisis singular: bíblica, apocalíptica, escatológica; y a excluir categóricamente la posibilidad de que un hereje no pueda caer del Papado, y que sea casi imposible resistirlo, reconociendo su autoridad y poder. No comprenden que la promesa del divino Redentor a San Pedro —Portae inferi non prævalebunt— presupone un terrible conflicto en el que la Sinagoga de Satanás parecerá prevalecer, y la Iglesia Católica será dada por muerta. Presupone una apostasía general que afecta no solo a los corderos —es decir, a los neófitos y a los católicos frágiles e inseguros— sino a todo el rebaño, con sus pastores maliciosamente reemplazados por mercenarios y lobos feroces. Y es terriblemente cierto: los poderes del infierno ciertamente no prevalecerán contra la Iglesia de Cristo, pero demuestran que ya han instalado otra iglesia —de hecho, otra religión— que afirma estar fundada no en Pedro, sino en una reinterpretación ecuménica y sinodal del Papado a la luz del documento bergogliano “El obispo de Roma. Primacía y sinodalidad en los diálogos ecuménicos y en las respuestas a la encíclica Ut Unum Sint”.

Cuando Simón hizo su profesión de fe: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16:16), el Señor respondió inmediatamente: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos” (ibid., 17). La Verdad pertenece a Dios, y solo aquellos que piensan y actúan según Dios hablan las palabras de la Verdad. Por esta razón, Pedro es bienaventurado. Pero también es un homo peccator por su propia admisión (Lc 5:8), merecedor de ser tratado por el Señor como el tentador en el desierto: “¡Apártate de mí, Satanás! ¡Eres un escándalo para mí, porque no estás del lado de Dios, sino de los hombres!” (Mt 16:23). Y la primera forma de pensar según los hombres es rechazar la Cruz: “¡Señor, que tal cosa jamás te suceda!” (ibid., 25) .

Pero, ¿acaso no es precisamente “pensar según los hombres” y contradecir la Cruz y el Sacrificio redentor de Nuestro Señor afirmar que todas las religiones son caminos que conducen a Dios? ¿No es “pensar según los hombres” afirmar con Amoris Lætitia que la moral debe adaptarse a los deseos de los hombres, y que con Fiducia Supplicans la Iglesia debe ratificar los vicios más vergonzosos, en lugar de señalar a las almas el camino angosto que lleva al Cielo? ¿No es anular la Pasión de Nuestro Señor abogar por una fraternidad universal que ignora la paternidad divina en Cristo?

La Iglesia es santa e indefectible, sin duda. La Cátedra del Beato Pedro es santa e indefectible. Pero la indefectibilidad de quien ostenta el título de Sumo Pontífice no es una especie de “piloto automático” que obligue al Pontífice a hacer y decir lo que Nuestro Señor desea. El libre albedrío le permite responder y acatar la acción de la gracia del estado, pero también apartarse de ella, negándose a cumplir la voluntad de Dios y usurpando su sagrada autoridad para un propósito opuesto al establecido por Jesucristo. Esto hace que la autoridad de los obispos sea odiosa, ya que exigen de los fieles una obediencia que solo es buena y legítima si quienes la ejercen son a su vez sumisos y obedientes a la Cabeza del Cuerpo Místico, Nuestro Señor Jesucristo.
 
Convertir la obediencia en un ídolo —es decir, transformar un medio ordenado en un fin— representa un abuso intolerable por parte de quienes exigen un asentimiento acrítico y servil de sus súbditos, precisamente en el momento en que eluden la suprema autoridad de Dios y se arrogan el derecho de decidir qué del Depositum fidei merece conservarse y qué puede modificarse. La sinodalidad —tal como la formuló Prevost en sus numerosas intervenciones— crea la base doctrinal para la revolución permanente que llevará al concilio Vaticano II a sus consecuencias extremas, a saber, la disolución del edificio católico tal como lo conocemos; otra batalla ganada por las puertas del infierno, en una guerra en la que, al final, no prevalecerán, en la que, al final, triunfará el Inmaculado Corazón, en la que, al final, el Anticristo será asesinado por San Miguel Arcángel, en la que, al final, Nuestro Señor arrojará a Satanás al abismo. Al final. Mientras tanto, mientras los cobardes entregan sus armas y se rinden al enemigo, otros alcanzan la victoria final bajo la bandera de Cristo Rey.

¿Quién no deploraría a un general que, teniendo las armas y las tropas para derrotar a su adversario, impidió deliberadamente su uso, abandonó a sus soldados a su suerte y permitió que la fortaleza fuera saqueada y devastada tras haber abierto de par en par sus puertas, supuestamente inviolables? ¿Cómo podría considerarse el legítimo representante de un soberano al que ha traicionado en todos los sentidos y al que niega títulos reales para complacer a sus enemigos?

Reconocer la legitimidad de quienes usurpan el Papado para destruirlo y, con él, la Iglesia, transforma el Pontificado en un monstruo autorreferencial, lo convierte en el trono de la abominación y de toda impiedad —en palabras de León XIII—. Y contradice la Sagrada Escritura, puesto que el mismo Señor, para restituir a Pedro el papel que había perdido por su negación, le pidió una triple profesión de fe y caridad. Si la apostasía de los apóstatas en tiempos de persecución podía conllevar su exclusión del cuerpo eclesial y una severa penitencia de por vida, ¿qué penitencia debería imponerse a los Papas y Obispos que traicionan el Mandato recibido y apostatan de la Fe Católica?

La Fraternidad de San Pío X tiene razón al invocar el estado de necesidad para conferir consagraciones episcopales sin mandato papal. Y si su venerado Fundador aún estuviera entre nosotros, sin duda consideraría estas consagraciones indispensables no solo para la supervivencia de la Fraternidad, sino también y sobre todo para la defensa —para toda la Iglesia— del Depositum Fidei, el sacerdocio y la Misa Católica, garantizando una sucesión apostólica libre de ritos dudosos y doctrinas heréticas. De hecho, sería muy poco católico tener mayor preocupación por la propia Institución que por todo el cuerpo eclesial; y el estado de necesidad invocado para el bien de las almas perdería legitimidad si se aplicara únicamente a la salus Fraternitatis.

Si el arzobispo Lefebvre ya denunció las desviaciones conciliares durante el pontificado de Juan Pablo II, hoy no podría evitar denunciar con aún mayor vehemencia la apostasía sinodal. Ceder ante las amenazas o los incentivos de Roma ya ha demostrado ser una estrategia desastrosa y perdedora : los desertores de la Fraternidad de San Pedro lo saben bien, para quienes las promesas hechas antes de abandonar Ecône se han incumplido en gran medida.

Tras la entrada en vigor de Traditionis Custodes —que sigue vigente— sería aún más temerario dar seguimiento a la invitación que el cardenal Müller lanzó en el Consistorio estos días: replicar el mecanismo de chantaje del Motu Proprio Ecclesia Dei, que concede libertad litúrgica a cambio de la domesticación doctrinal y moral del Vaticano II y su versión sinodal.

Una vez más, la quinta columna del neomodernismo, representada por el conservadurismo ratzingeriano de algunos cardenales conocidos, impone la aceptación del concilio y la Misa Montiniana como condicio sine qua non para la comunión eclesiástica, haciéndose eco de León, quien hace apenas unos días reconoció que la amenaza de excomunión de la Sociedad de San Pío X no está motivada por una cuestión canónica, sino por una razón doctrinal innegociable: la aceptación del Vaticano II y el camino sinodal. Todo esto os lo daré, si os postráis y aceptáis el Vaticano II y el Novus Ordo.

San Agustín comenta las palabras del Evangelio así: Si diligis me, pasce oves meas. Non dixit: Pasce tuas, sed meas. Pasce ergo meas, si me diligis: non sicut tuas, sed sicut meas. Quære in eis gloriam meam, non tuam; dominium meum non tuum; lucra mea, non tua. “Si me amáis, apacienta mis ovejas”. No dijo: Apacienta tus propias ovejas, sino las mías. Por lo tanto, apacienta las mías, si me amáis; no como si fueran vuestras, sino como mías. Buscad en ellas mi gloria, no la vuestra; mi señorío, no vuestro dominio; las almas que he redimido, no vuestro propio beneficio.

Oremos, queridos hermanos, por la Santa Iglesia. Oremos y preparémonos para luchar por ella, enfrentando a los enemigos que la han infiltrado y que hoy la dirigen, llevando la Barca de Pedro hacia las rocas. Apoyemos públicamente a quienes libran esta batalla con valentía, a menudo perseguidos y marginados. No dejemos de proclamar el Evangelio en su totalidad, porque el silencio de tantos, demasiados temerosos, termina siendo complicidad y suena muy parecido a la negación de Pedro: “No lo conozco”. Que los Príncipes de los Apóstoles nos acompañen en este tiempo de prueba y revelación , en cuyo honor ofrecemos la Inmaculada Víctima a la divina Majestad. Santos Apóstoles Pedro y Pablo, de quorum potestate et auctoritate confidimus, ipsi intercedant pro nobis ad Dominum . Amén.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

Viterbo, 29 de junio de 2016

Ss.rum Petri et Pauli Apostolorum

EL TRIUNFO DE LA SABIDURIA ETERNA EN LA CRUZ Y POR LA CRUZ (Cap. 14)

Continuamos con la publicación del capítulo 14 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO DECIMOCUARTO

EL TRIUNFO DE LA SABIDURIA ETERNA EN LA CRUZ Y POR LA CRUZ

Este es, a mi modo de ver, el mayor secreto del rey (1), el misterio más sublime de la Sabiduría eterna: la cruz.

1 - LA SABIDURIA Y LA CRUZ

¡Oh! ¡Cuán distantes y diferentes son los pensamientos y caminos de la Sabiduría eterna de los de los hombres, incluso de los más inteligentes!

Dios quiere rescatar al mundo, ahuyentar y encadenar a los demonios, cerrar el infierno a los hombres y abrir para éstos el Cielo y tributar al Padre eterno una gloria infinita. ¡Proyecto grandioso! ¡Obra difícil! ¡Ardua empresa! ¿Qué medio empleará la Sabiduría, cuyo conocimiento abarca de un extremo al otro del universo, disponiéndolo todo con suavidad y fuerza? (2). Su brazo es omnipotente: puede con toda facilidad destruir cuanto se le opone y hacer cuanto quiere; puede aniquilar y crear con una sola palabra de su boca… ¿Qué digo? ¡Le basta querer para hacerlo todo!

Pero su amor dicta leyes a su omnipotencia. Quiso encarnarse para testificarle al hombre su amistad. Quiso descender personalmente a la tierra para hacerlo subir al Cielo. ¡Está bien!

Pero desde luego que esta Sabiduría encarnada se presentará gloriosa y triunfante, acompañada de millones y millones de ángeles, o al menos de millones de hombres escogidos, y con estos ejércitos, esplendor y majestad, lejos de la pobreza, los oprobios, las humillaciones y las debilidades, arrollará a todos sus enemigos y conquistará los corazones de los hombres con sus encantos, delicias, nobleza y tesoros.

¡Pero no! ¡Nada de eso! ¡Cosa sorprendente! Ve algo que para los judíos es motivo de escándalo y horror, y para los paganos, objeto de locura: (3) un vil e infame madero, destinado a la confusión y suplicio de los mayores criminales, al que llaman patíbulo, horca o cruz. Y en la cruz detiene su mirada. En ella se complace, la prefiere a lo más sublime y brillante del Cielo y de la tierra, para hacer de ella el arma de sus conquistas y el atavío de su majestad, la riqueza y complacencia de su imperio, la amiga y esposa de su corazón. ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! (4) ¡Qué elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!

La Sabiduría encarnada amó la cruz desde sus más tiernos años: La quise desde muchacho (5). Apenas entró en el mundo, la recibió de manos del Padre en el seno de María. La colocó en su corazón, como soberana, diciendo: Dios mío, lo quiero; llevo tu ley en mis entrañas (6). ¡Oh Dios y Padre mío, escogí la cruz cuando estaba en tu seno! ¡La vuelvo a elegir ahora en el de mi Madre! ¡La amo con todas mis fuerzas y la coloco en medio de mi corazón para que sea mi esposa y soberana! (7).

La buscó fervientemente durante toda la vida. Si corría de pueblo en pueblo como ciervo sediento (8) si caminaba a pasos de gigante (9) hacia el Calvario; si hablaba tan frecuentemente de sus futuros padecimientos y de su muerte a los apóstoles y discípulos y hasta a los profetas en su transfiguración (10), si con tanta frecuencia exclamaba: ¡Cuánto he deseado! (11), todos sus caminos, todos sus afanes, todas sus pesquisas, todos sus anhelos, tendían hacia la cruz, llegando a considerar como el punto culminante de su gloria y felicidad el morir en sus brazos. Se desposó con ella con amor inefable en la encarnación. La buscó y llevó con indecible gozo durante toda su vida, que fue cruz continua (12) y, después de haber hecho tantos esfuerzos para llegar a ella y morir en ella sobre el Calvario ¡Qué angustia siento hasta que se haya cumplido!- (13) decía: "Y ¿quién me lo impide? ¿Qué me detiene? ¿Por qué no estoy ya abrazado a ti, amada cruz del Calvario?".

La Sabiduría logró, al fin, lo que tanto anhelaba: se vio cubierta de oprobios, cosida y fuertemente adherida a la cruz, y murió con alegría en los brazos de su idolatrada amiga, como si fuera un lecho de honor y de triunfo.

No vayamos a pensar que, después de su muerte, la Sabiduría se haya desprendido de la cruz o la haya rechazado para triunfar mejor. ¡Todo lo contrario! Se ha unido y como incorporado a ella, en tal forma que ni ángel, ni hombre, ni criatura alguna del Cielo o de la tierra puede separarla de la cruz. Su enlace es indisoluble, y eterna su alianza. ¡Jamás la cruz sin Jesús ni Jesús sin la cruz!

Con su muerte, la Sabiduría hizo tan gloriosas las ignominias de la cruz, tan rica su desnudez y su pobreza, tan agradables sus dolores, tan atrayentes sus rigores… hasta llegar a divinizarla y hacerla adorable a los ángeles y a los hombres. Y ha ordenado que todos sus súbditos la adoren también. No quiere que los honores de adoración -aunque relativa- se tributen a las demás criaturas, por sublimes que ellas sean, como su misma Madre. Semejante distinción está reservada, y sólo se tributa a su amada cruz.

En el día del juicio final desaparecerán todas las reliquias de los santos, incluso las de los más eminentes, pero no las de la cruz. La Sabiduría ordenará a los primeros serafines y querubines que recorran el mundo y recojan los trozos de la verdadera cruz, que, gracias a su amorosa omnipotencia, quedarán también tan maravillosamente unidos, que no formarán sino la única cruz sobre la cual murió. Hará que los ángeles la lleven en triunfo y entonen en su honor cánticos de alegría. Se hará preceder por esta cruz, que descansará sobre la nube más brillante, y con ella y por ella juzgará al mundo (14). ¡Qué alegría experimentarán al verla los amigos de la cruz! (15). Pero ¡qué desesperación la de sus enemigos, que, no pudiendo soportar la vista de esa cruz tan brillante y aterradora, gritarán a las montañas que caigan sobre ellos, y al infierno que los devore!

2 - LA CRUZ EN RELACION CON NOSOTROS

En espera de que amanezca el día glorioso de su triunfo en el juicio final, la Sabiduría eterna quiere que su cruz sea la insignia, el distintivo y arma de todos sus elegidos.

En efecto, no reconoce como hijo a quien no posea esta insignia, ni como discípulo sino a quien la lleva en la frente sin avergonzarse, en el corazón sin protestar y sobre los hombros sin arrastrarla o rechazarla. Y exclama: El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga (16).

No admite como soldado sino a quien esté dispuesto a armarse con ella para defenderse, atacar, derribar y aplastar a todos sus enemigos. Y dice: Animo, que yo he vencido al mundo (17).

"Confíen en mí, soldados míos; ¡soy yo, su capitán! Por la cruz he triunfado de mis enemigos. ¡Con este signo los vencerán también ustedes!" (18).

Ha concentrado en la cruz tantos secretos, gracias, vida y alegría, que no la da a conocer sino a sus preferidos. Como a los apóstoles (19) revela con frecuencia a sus amigos todos sus secretos, pero no los de la cruz, a menos que lo hayan merecido por su gran fidelidad y trabajo.

¡Oh! ¡Cuán humilde, pequeño, mortificado, interior y despreciado del mundo has de ser para conocer el misterio de la cruz, que aún sigue hoy -no sólo entre judíos, paganos, turcos y herejes, sabios según el mundo y malos cristianos, sino también entre los que se creen devotos y muy devotos- objeto de escándalo, locura, desprecio y deserción; no en teoría -pues nunca como hoy se ha hablado y escrito tanto sobre la hermosura y excelencia de la cruz-, sino en la práctica, ya que tanto se teme, lamenta, excusa y huye cuando se trata de sufrir algo!

Contemplando cierto día la belleza de la cruz, la Sabiduría encarnada exclamó en un transporte de gozo: Bendito seas, Padre, Señor de Cielo y tierra, porque, si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla (20).

Si el conocimiento del misterio de la Cruz es una gracia tan excepcional, ¿qué no serán su gozo y posesión efectiva? Son un regalo que la Sabiduría eterna hace solamente a sus mejores amigos como respuesta a sus constantes plegarias, anhelos y súplicas. Por excelente que sea el don de la fe con la cual agradamos a Dios, nos acercamos a El y vencemos a nuestros enemigos, y sin la cual nos condenaríamos-, la cruz es un don todavía mayor (21).

San Pedro -dice San Juan Crisóstomo- es más feliz al verse encarcelado por Jesucristo que en la gloria del Tabor; se siente más glorioso por llevar en los pies las cadenas, que en las manos las llaves del paraíso (22). San Pablo se gloría más de hallarse encadenado por su Salvador que de ser elevado al tercer Cielo (23). Dios favorecía más a los apóstoles y a los mártires haciéndolos partícipes de su cruz en las humillaciones, la pobreza y los más crueles tormentos, que otorgándoles el don de hacer milagros y convertir el mundo entero. Todos aquellos a quienes se ha comunicado la Sabiduría eterna, se mostraron deseosos de la cruz, la buscaron, la abrazaron, y, cuando tenían ocasión de padecer, exclamaban desde el fondo del corazón, como San Andrés: "¡Oh cruz amada y por tanto tiempo deseada!" (24).

La cruz es buena y preciosa por infinidad de razones: 

1) nos asemeja a Jesucristo;

2) nos hace dignos hijos de Dios Padre, dignos miembros de Jesucristo y templos dignos del Espíritu Santo. Dios Padre corrige a cuantos adopta por hijos: El Señor educa a los que ama y da azotes a los hijos que reconoce por suyos (25). El Hijo recibe como suyos solamente a los que llevan la cruz. El Espíritu Santo talla y pule las piedras vivas de la Jerusalén celeste, es decir, los predestinados (26);

3) ilumina el entendimiento y le comunica una sabiduría que no le podrán dar todos los libros de la tierra: Quien no ha sido probado, sabe bien poco (27);

4) la cruz, llevada dignamente, se convierte en fuente, alimento y testimonio de amor.

Enciende en los corazones el fuego del amor divino, desapegándolos de las criaturas. Mantiene y acrecienta ese amor, y así como la leña alimenta el fuego, la cruz alimenta el amor.

Comprueba del modo más claro que se ama a Dios. Porque es la misma prueba de que Dios se sirvió para manifestarnos su amor. Y la que Dios nos pide para demostrarle el nuestro.

5) es fuente abundante de toda suerte de dulzuras y consolaciones y engendra en el alma la alegría, la paz y la gracia;

6) por último, produce en quien la lleva una riqueza incomparable de gloria para la eternidad (28).

Si conocieras el valor de la cruz, mandarías hacer novenas - a ejemplo de San Pedro de Alcántara- (29) para conseguir esa exquisita porción del paraíso; dirías con Santa Teresa: "¡O padecer o morir!" (30), con Santa María Magdalena de Pazzis: "¡No morir, sino padecer!" O pedirías, con San Juan de la Cruz, solamente la gracia de padecer por Jesucristo: "¡Padecer y ser despreciado por ti!".

Entre todas las cosas terrenas, la única que se aprecia en el Cielo es la cruz, decía este Santo, después de su muerte, a una sierva de Dios.

Nuestro Señor dijo a uno de sus servidores: "Tengo cruces tan preciosas, que es todo cuanto mi queridísima Madre -siendo tan poderosa como es- puede alcanzar de mí en favor de sus fieles servidores".

¡Oh sabios del mundo! ¡Varones ilustres de la tierra! ¡Ustedes son incapaces de comprender este lenguaje misterioso! ¡Aman demasiado los placeres, se preocupan excesivamente de sus comodidades, aprecian demasiado los bienes de este mundo, temen demasiado los desprecios y las humillaciones! En una palabra: ¡son demasiado enemigos de la cruz de Jesucristo!

Sí, estiman y alaban la cruz, pero en general, no en concreto la suya, de la cual huyen cuanto más pueden o la llevan arrastrando de mala gana, entre murmuraciones, impaciencias y lamentos. Me recuerdan aquellas vacas que, mugiendo y muy a pesar suyo, arrastraban el Arca de la Alianza, que contenía lo más precioso del mundo: Caminaban mugiendo (31).

El número de los necios e infelices es infinito, dice la Sabiduría (32) porque es infinito el de aquellos que no conocen el precio de la cruz y la llevan a regañadientes.

Pero Ustedes, los verdaderos discípulos de la Sabiduría eterna, que han experimentado tantas tentaciones y aflicciones, que padecen persecuciones por la justicia, que son considerados como la basura del mundo…, ¡consuélense, regocíjense, salten de alegría! Porque la cruz que llevan es un don tan valioso, que lo envidian los bienaventurados, sin poder participar ya de él.

Sobre ustedes descansa cuanta honra, gloria y virtud hay en Dios, y aun el Espíritu Santo reposa sobre ustedes (33), porque su recompensa es grande en los Cielos, y aun ya sobre la tierra, a causa de las gracias espirituales que la cruz les obtiene.

3 - CONCLUSION PRACTICA

¡Amigos de Jesucristo, beban, sí, beban del cáliz de amargura que El les brinda, y llegarán a ser cada día más amigos suyos! ¡Sufran con El, y con El serán glorificados! ¡Sufran con paciencia y hasta con alegría! Un poco más, y ¡se les dará una eternidad gozosa por un momento de dolor!

¡Nada de ilusiones! ¡Desde que la Sabiduría encarnada tuvo que entrar en el Cielo por medio de la cruz, por ella tendrán que entrar cuantos la sigan! "A cualquier parte que fueres -dice la Imitación de Cristo-, siempre encontrarás la cruz" (34): la del predestinado, si la aceptas como debes, es decir, paciente y gozosamente y por amor de Dios; o la del réprobo, si la llevas con impaciencia y a pesar tuyo, como tantos doblemente miserables, que se verán obligados a decir durante toda la eternidad en el infierno: ¡Trabajamos y padecimos tanto en la tierra; y, al final de cuentas, estamos condenados! (35).

Ciertamente, la verdadera Sabiduría no se halla en la tierra ni en el corazón de quienes viven a sus anchas. Reside en la cruz, en forma tal que fuera de ella es imposible hallarla en este mundo.

Se ha incorporado y unido a la cruz de tal manera, que podemos decir con toda verdad: ¡la Sabiduría es la cruz, y la cruz es la Sabiduría!

Notas:

1) Tb 12: 7. La ascesis, el entrenamiento, las renuncias, la organización de la persona en la unidad interior son necesidades experimentadas para el triunfo en la vida. ¡Cuánto más tratándose de la Sabiduría, don por excelencia!

2
) Sb 8: 1.

3
) 1Cor 1: 23.

4
) Rm 11: 33.

5
) Sb 8: 2.

6
) Sl 40 (41): 9.

7
) Sb 8: 2.

8
) Sl 42: 1-2.

9
) Sl 19 (18): 6.

10
) En tres ocasiones anuncia Jesús su pasión a los discípulos (Mc 8: 31; 9: 31; 10: 33-34 y paralelos). Los discípulos reaccionan negativamente. Pero la cruz asumida por amor entraba en el proyecto de sabiduría del Padre, a la que se opone nuestra sabiduría orgullosa.

11
) Lc 22: 15.

12
) Imitación de Cristo, l 2, c 12 n 7.

13
) Lc 12: 50.

14
) Ver Breviario Romano, 14 de sept., a nona.

15
) El P. de Montfort amplía su doctrina sobre la cruz, en su Carta circular a los Amigos de la Cruz.

16
) Mt 16: 24.

17
) Jn 16: 33.

18
) Frase sustancialmente del lábaro de Constantino.

19
) Jn 15: 15.

20
) Lc 10: 21.

21
) Comparar con LG 16.

22
) Hom. 8 in Ep. ad Ephesios n 2: PG 62,55-58.

23
) Gál 6: 14.

24
) Acta et martyrium S. Andreae Apostoli, PG 2, 1235-1238; ver San Bernardo Sermo in vigilia Sancti Andreae, nº 3, PL 183.503.

25
) Heb 12: 6.

26
) Breviario Romano: dedicación de una iglesia, himno de las II vísperas.

27
) Eclo 34: 10.

28
) 2Cor 4: 17.

29
) Nacido en 1499, en Extremadura, franciscano, inició en 1540 la reforma de su Orden.

30
) Ver Vida, c 40, n 20.

31
) 1Sam 6: 12.

32
) Ecle 1: 15.

33
) 1Pe 4: 14.

34
) L 2, c 12, n 4.

35
) Sb 5,7; ver Carta a los Amigos de la Cruz, 45.
 

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