sábado, 26 de septiembre de 2026

MÁS FRAGMENTOS DE CARTAS DE LOS SECTARIOS (3)

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


VIII. — CARTA DE FELICE, escrita desde Ancona, el 11 de junio de 1829, después de la publicación de la Encíclica de Pío VIII, en fecha del 24 de mayo de 1829. La Alta Vendita, al leerla, se había sentido traicionada (1).

“Es preciso frenar momentáneamente la actividad y dar tiempo a que se calmen las sospechas del viejo Castiglioni (2). Ignoro si se ha cometido alguna indiscreción y si, a pesar de todas nuestras precauciones, alguna de nuestras cartas ha caído en manos del Cardenal Albani. Ese zorro austriaco —que no es mejor que Bernetti, el león de Fermo— no nos dejará tranquilos. Ambos se ensañan con los Carbonarios; los persiguen y acosan en connivencia con Metternich; y esta cacería, en la que sobresalen, podría llevarles muy bien a descubrir nuestro rastro. La encíclica truena y precisa las cosas con tal certeza que debemos temer asechanzas, ya sea por parte de Roma o incluso de los falsos hermanos. Aquí no estamos acostumbrados a ver al Papa expresarse con semejante determinación. Ese lenguaje no es propio de los usos de los palacios apostólicos: para que se haya empleado en esta circunstancia solemne, es preciso que Pío VIII haya obtenido pruebas de la conspiración. Corresponde a quienes están sobre el terreno velar con más cuidado que nunca por la seguridad de todos; pero, ante una declaración de guerra tan explícita, desearía que se considerara oportuno deponer las armas por un momento.

La independencia y la unidad de Italia son quimeras, al igual que la libertad absoluta cuyo sueño persiguen algunos de nosotros mediante abstracciones inaplicables. Todo ello es un fruto que el hombre jamás podrá recoger; pero, más quimera que realidad, produce cierto efecto en las masas y en la juventud exaltada. Sabemos a qué atenernos respecto a estos dos principios: están vacíos y siempre lo estarán; no obstante, constituyen un medio de agitación del que no debemos prescindir. Agitad discretamente, inquietad a la opinión pública, mantened en jaque al comercio; pero, sobre todo, no os dejéis ver. Es el medio más eficaz para sembrar sospechas sobre el gobierno pontificio. Los sacerdotes se muestran confiados porque creen dominar las almas; presentadlos como seres recelosos y pérfidos. La multitud siempre ha tenido una enorme propensión a creer en falsedades. Engañadla: le gusta ser engañada; pero sin precipitaciones y, sobre todo, nada de levantamientos armados. Nuestro amigo de Osimo, que ha sondeado el terreno, afirma que debemos cumplir valientemente con el precepto pascual y adormecer así la vigilancia de la autoridad.

Suponiendo que la Corte romana no sospeche nada de nuestras tratativas, ¿cree usted que la actitud de los fanáticos del Carbonarismo no podría, de un momento a otro, ponerla sobre nuestra pista? Jugamos con fuego; no debemos permitir que acabemos quemándonos nosotros mismos. Si, a fuerza de asesinatos y bravatas liberales, los Carbonarios arrastran a Italia a una nueva aventura, ¿no debemos temer vernos comprometidos? Para dar a nuestro plan toda la amplitud que requiere, debemos actuar con discreción, sigilosamente, ganando terreno poco a poco y sin perder jamás lo conseguido. El relámpago que acaba de surgir de la logia vaticana podría anunciar una tormenta. ¿Estamos en condiciones de evitarla? ¿Y no retrasará esa tormenta nuestra cosecha? Los Carbonarios se agitan en mil deseos estériles; cada día profetizan una conmoción universal. Eso es lo que nos perderá, pues entonces los bandos estarán más definidos y habrá que optar a favor o en contra. De esa elección surgirá inevitablemente una crisis, y de esa crisis, un aplazamiento o desgracias imprevistas”.

IX. — CARTA DE NUBIUS A VINDICE, tras las insurrecciones de febrero de 1831 y de enero de 1832.

“Zucchi, Sercognani, Armandi y todos nuestros viejos espadachines del Imperio actuaron como verdaderos colegiales de vacaciones. Tuvieron la fe de un martirio estéril, o más bien quisieron hacer brillar al sol las lujosas charreteras que les regalaron las logias masónicas de las Legaciones. Estas escaramuzas, de las que siempre me fue imposible augurar nada bueno, tuvieron, sin embargo, una ventaja: se llevan al exilio a una multitud de fanáticos sin juicio que aquí nos comprometían y que arden en deseos de averiguar si el pan del extranjero es tan amargo como afirma Dante. Aseguro que estos héroes, que se disponen a huir, no compartirán la opinión del poeta. La escalera del extranjero no les parecerá más dura de subir que la del Capitolio. Eso sí, dentro de unos meses, por fin nos serán útiles para algo. Nos serviremos de las lágrimas reales de la familia y de los supuestos dolores del exilio para convertir la amnistía en un arma popular. La pediremos siempre —felices de no obtenerla sino lo más tarde posible—, pero la pediremos a gritos.

 

Terenzio Mamiani della Rovere

Nuestros ocho años de labor interna habían dado excelentes frutos. Para espíritus tan avezados como los nuestros, empezaba a percibirse que el aire no circulaba con tanta libertad en torno a la Iglesia. Mi oído, siempre alerta como el de un perro de caza, captaba con deleite los suspiros del alma y las confesiones involuntarias que escapaban de labios de ciertos miembros influyentes de la familia clerical. A pesar de las bulas de excomunión y de las encíclicas, nos pertenecían de corazón, si no de cuerpo. El Memorándum habría culminado la obra mediante el desarrollo de sus consecuencias inglesas y naturales (3). Síntomas de diversa índole —cuya gravedad residía más en el fondo que en la forma— aparecían como densas nubes presagio de una tormenta. ¡Pues bien! Todos estos éxitos, preparados con tanta antelación, se ven comprometidos por unas expediciones lamentables que terminan aún peor de lo que empezaron. El pequeño Mamiani, con su poesía y sus panfletos; Pietro Ferretti, con sus turbios negocios que intenta ocultar; Orioli, con su ciencia estancada; todos nuestros exaltados de Bolonia, con su instinto belicoso que se apacigua al primer cañonazo, alejan de nosotros al sacerdocio por lo menos durante diez años. Se le dice al sacerdote que se atenta contra la Iglesia, contra el Papa, contra el Sacro Colegio, contra la Prelatura, etc. Y el sacerdote —que, en su condición de tal, considera todos esos bienes y honores como su propio patrimonio— se pone a reflexionar. El liberalismo se le presenta con el rostro de un enemigo implacable, y el sacerdote le declara una guerra a muerte. He aquí lo que sucede. Parece que el Cardenal Bernetti intuye nuestros planes, pues las órdenes que emanan de él —y que se me comunican— instruyen a monjes y párrocos para que se pongan al frente de la población y la lleven al combate contra los rebeldes. Monjes y párrocos obedecen; el pueblo les sigue clamando venganza. Un obispo fue aún más lejos: armado con dos pistolas al cinto, marchó contra los insurgentes y estuvo a punto de matar a su propio hermano en la refriega. Me gusta esa evocación de Caín y Abel. Desde la perspectiva de los odios familiares tiene su lado positivo, pero es incompatible con nuestros planes.


Cardenal Tomasso Bernetti

Los franceses parecen haber nacido para nuestra desgracia. Nos traicionan o nos comprometen. ¿Cuándo podremos retomar, ahora con serenidad, la obra en torno a la cual habíamos reunido tantos elementos de éxito?”

X. — CARTA DE MALÉGARI DIRIGIDA DESDE LONDRES AL DOCTOR BREIDENSTEIN, en 1835.

“Formamos una asociación de hermanos en todos los puntos del globo; tenemos votos e intereses comunes: todos aspiramos a la emancipación de la humanidad; queremos romper todo tipo de yugo, y existe uno que no se ve, que apenas se siente y que pesa sobre nosotros. ¿De dónde viene? ¿Dónde está? Nadie lo sabe, o al menos nadie lo dice. La asociación es secreta, incluso para nosotros, los veteranos de las asociaciones secretas. Se nos exigen cosas que, a veces, ponen los pelos de punta; ¿y creería usted que me informan desde Roma de que dos de los nuestros, bien conocidos por su odio al fanatismo, se vieron obligados, por orden del jefe supremo, a arrodillarse y comulgar en la pasada Pascua? No cuestiono mi obediencia, pero confieso que me gustaría saber adónde nos conducirán semejantes actos de sumisión servil.

XI. — CARTA DE NUBIUS A BEPPO, del 7 de abril de 1836.

Ya sabe que Mazzini se consideró digno de colaborar con nosotros en la obra más grandiosa de nuestros tiempos. La Vendita Suprema no lo estimó así. Mazzini tiene demasiado aire de conspirador de melodrama para encajar en el papel discreto que nosotros nos resignamos a desempeñar hasta alcanzar el triunfo. A Mazzini le gusta hablar de muchas cosas, y sobre todo de sí mismo. No cesa de escribir que derriba tronos y altares, que fecunda a los pueblos, que es el profeta del humanitarismo, etcétera; y todo ello se reduce a unas cuantas derrotas lamentables o a asesinatos tan vulgares que despediría de inmediato a uno de mis lacayos si se atreviera a librarme de un enemigo mediante procedimientos tan vergonzosos. Mazzini es un semidiós para los necios ante quienes intenta hacerse proclamar pontífice de la fraternidad, de la cual él sería el dios italiano. En la esfera en que se mueve, el pobre Giuseppe no pasa de ser ridículo; para convertirse en una auténtica fiera, siempre le faltarán las garras.

Giuseppe Mazzini

Es el burgués gentilhombre de las sociedades secretas que mi querido Molière no tuvo la suerte de vislumbrar. Dejémosle pregonar su importancia y su vacuidad real por las tabernas del lago Lemán o esconderlas en los lupanares de Londres. Que diserte o divague; que fabrique a su antojo —ya sea con viejos restos de insurrecciones o con su general Ramorino— jóvenes Italias, jóvenes Alemanias, jóvenes Francias, jóvenes Polonias, jóvenes Suizas, etcétera. Si eso sirve de alimento a su insaciable orgullo, no nos oponemos; pero hágale entender —eligiendo las palabras según le convenga— que la asociación de la que ha hablado ya no existe, si es que alguna vez existió; que usted no la conoce y que, sin embargo, debe declararle que, de existir, él habría tomado sin duda el peor camino para ingresar en ella. Admitiendo el caso de su existencia, esa Vendita está evidentemente por encima de todas las demás; es San Juan de Letrán, caput et mater omnium ecclesiarum. A ella se ha convocado a los elegidos, a los únicos considerados dignos de ser admitidos. Hasta el día de hoy, Mazzini habría quedado excluido: ¿acaso no cree que, al inmiscuirse por la fuerza o por astucia en un secreto que no le pertenece, tal vez se expone a peligros que ya ha hecho correr a más de uno?

Disponga de esta última idea a su antojo, pero hágasela llegar al gran sacerdote del puñal; y yo, que conozco su consumada prudencia, apuesto a que tal idea surtirá efecto en el rufián”.

Continúa...

Notas:

1) Fragmento de Traditi Humilitati, la encíclica emitida por el Papa Pío VIII el 24 de mayo de 1829:

Así, habiendo evitado la distorsión de las sagradas escrituras, es vuestro deber, Venerables Hermanos, dirigir vuestros esfuerzos contra esas sociedades secretas de hombres facciosos, que, enemigos de Dios y de los Príncipes, están todos empeñados en provocar la ruina de la Iglesia, socavar los Estados y subvertir el orden universal; y, habiendo roto el freno de la verdadera fe, han abierto el camino a toda clase de maldades. Se esfuerzan por ocultar en la oscuridad de los ritos arcanos la iniquidad de sus concilios y las decisiones que en ellos se toman, y por ello han despertado graves sospechas sobre aquellos hechos infames que por la tristeza de los tiempos, como por un resquicio de un abismo, irrumpieron hasta la ofensa suprema del consorcio religioso y civil. Por ello, los Sumos Pontífices Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII y León XII (Clemente XII, con la constitución In eminenti; Benedicto XIV con la constitución Pro vidas; Pío VII, con la constitución Ecclesiam a Jesu Christo; León XII con la constitución Quo graviora), de quien somos sucesores, aunque seamos muy inferiores en méritos, excomulgaron a esas sociedades secretas (cualquiera que sea su nombre) por cartas apostólicas públicas, cuyas disposiciones confirmamos en la plenitud de Nuestro poder apostólico, ordenando su escrupulosa observancia. Con todo Nuestro celo, procuraremos que la Iglesia y la sociedad civil no reciban ningún daño de la conspiración de tales sectas, e invocamos vuestra asiduidad diaria en este empeño, para que, vistiendo la armadura de la constancia y fortaleciendo válidamente la unidad de los espíritus, podamos sostener nuestra causa común, o más bien la causa de Dios, para destruir los baluartes levantados por la fétida impiedad de los hombres malvados.

Entre todas estas sociedades secretas, hemos decidido describir una en particular, que se ha formado recientemente con el propósito de corromper las mentes de los adolescentes que asisten a gimnasios y escuelas secundarias. Esta secta se esfuerza, con astucia, en emplear maestros corruptos que conducen a sus discípulos por los caminos de Baal, con doctrinas contrarias a Dios, sabiendo muy bien que las mentes y la moral de los alumnos son moldeadas por los preceptos de los maestros.

Nos lleva, pues, a lamentar que el libertinaje de la juventud haya llegado a quitarle el miedo a la religión, a rechazar la disciplina de la moral, a oponerse a la santidad de la más pura doctrina, a pisotear los derechos del poder religioso y civil, a no avergonzarse ya de ningún crimen, de ningún error, de ninguna audacia, de modo que podemos decir de ellos, con León Magno: "Su ley es la mentira, el diablo es su religión, la bajeza su culto". Apartad todos estos males de vuestras diócesis, oh Hermanos, y, con lo mejor de vuestra autoridad e influencia, procurad que se confíe la educación de la juventud a hombres eminentes no sólo por su cultura literaria, sino sobre todo por su pureza de vida y piedad.

...

Puesto que en todas partes hay una gran proliferación de libros malos, mediante los cuales la enseñanza de los impíos se extiende como un tumor por todo el cuerpo de la Iglesia (2 Tim. 2:17), vigilad vuestro rebaño y no rehuyáis ningún esfuerzo para conjurar la plaga de esos libros, de los cuales nada es más pernicioso; advertid a las ovejas de Cristo que os han sido confiadas con las palabras de Pío VII, Nuestro santísimo predecesor y benefactor (In litt. encyclicis ad universos episcopos datis Venetiis), según la cual el rebaño debe considerar como pastos sanos (y alimentarse de ellos) sólo aquellos a los que la voz y la autoridad de Pedro lo han invitado; si esa voz causa desconfianza en él y lo llama a retirarse a otros pastos, que los considere perjudiciales y pestíferos, que se aleje de esa voz con horror, que no se deje engañar por ninguna apariencia o adulación perversa.

2) El Cardenal Castiglioni acababa de ser nombrado Papa con el nombre de Pío VIII.

3) MEMORANDUM:

1. A los representantes de las cinco Potencias les parece que, en lo que respecta a la Iglesia, y en aras del interés general de Europa, están en juego dos puntos fundamentales: 1º que el gobierno de este Estado se asiente sobre bases sólidas gracias a las mejoras proyectadas y anunciadas por Su Santidad desde el comienzo de su reinado; 2º que dichas mejoras —las cuales, según la expresión del edicto de Su Excelencia Monseñor el Cardenal Bernetti, inaugurarán una nueva era para los súbditos de Su Santidad— queden protegidas, mediante una garantía interna, frente a los cambios inherentes a la naturaleza de todo gobierno electivo.

II. — Para alcanzar este saludable objetivo, que por la posición geográfica y social del Estado de la Iglesia, es de interés europeo, parece imprescindible que la declaración orgánica de Su Santidad parta de dos principios vitales:

1º De la aplicación de las mejoras en cuestión, no solo a las provincias donde estalló la revolución, sino también a las que permanecieron fieles y a la capital;

2º De la admisibilidad general de los laicos para desempeñar funciones administrativas y judiciales.

III. — Las propias mejoras parecen deber abarcar, en primer lugar, el sistema judicial y el de la administración municipal y provincial.

A. En lo que respecta al orden judicial, parece que la plena ejecución y el consiguiente desarrollo de las promesas y principios del motu proprio de 1816 ofrecen los medios más seguros y eficaces para remediar las quejas, bastante generalizadas, relativas a esta parte tan interesante de la organización social.

B. En lo que respecta a la administración local, parece que el restablecimiento y la organización general de los municipios elegidos por la población, así como el establecimiento de franquicias municipales que regulen la actuación de dichos municipios en defensa de los intereses locales de las comunas, deberían constituir la base indispensable de toda mejora administrativa.

En segundo lugar, la organización de consejos provinciales —ya sea un consejo administrativo permanente destinado a asistir al gobernador de la provincia en el ejercicio de sus funciones con atribuciones adecuadas, o bien una asamblea más amplia, integrada principalmente por miembros de los nuevos municipios y destinada a ser consultada sobre los asuntos de mayor interés para la provincia— parece sumamente útil para lograr la mejora y simplificación de la administración, supervisar la administración municipal, establecer impuestos e informar al gobierno sobre las necesidades reales de la provincia.

IV. — En lo que respecta a las finanzas, la inmensa importancia de un estado regulado de las finanzas y de tal administración de la deuda pública, que daría la tan deseable garantía para el crédito financiero del gobierno, y contribuiría esencialmente a aumentar sus recursos y asegurar su independencia, parece hacer indispensable un establecimiento central en la capital, encargado, como Tribunal Supremo de Cuentas, del control de la contabilidad del servicio anual de cada rama de la administración civil y militar, y de la supervisión de la deuda pública, con atribuciones correspondientes a los grandes y beneficiosos que pretendemos lograr.

Cuanto más posea tal institución el carácter de independencia y la impronta de la unión íntima entre el gobierno y el país, tanto más responderá a las benéficas intenciones del Soberano y a la expectativa general.

Para alcanzar este objetivo, parece conveniente que en ella se sienten personas elegidas por los consejos locales, las cuales formarían —junto con consejeros del gobierno— una junta o cuerpo consultivo administrativo. Dicha junta podría formar parte o no de un Consejo de Estado, cuyos miembros serían nombrados por el Soberano de entre las personalidades más destacadas del país por su linaje, fortuna y talento.

Sin uno o varios establecimientos centrales de esta índole, estrechamente vinculados a las personalidades más destacadas de un país rico en elementos aristocráticos y conservadores, parece que la naturaleza de un gobierno electivo privaría necesariamente a las mejoras —que constituirán la gloria eterna del Pontífice reinante— de esa estabilidad cuya necesidad se percibe de manera general y poderosa, y que se sentirá con tanta mayor intensidad cuanto más grandes y valiosos sean los beneficios aportados por el Pontífice.

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UN CATECISMO SOBRE LOS ERRORES DOCTRINALES DE LA SECTA DEL NOVUS ORDO (8)

Error relativo a la administración de los sacramentos y, en particular, de la Eucaristía a los no católicos.

Por Mark Escobar


Nota: El autor de este artículo es un laico que, en la actual crisis de la Iglesia, representada por Acción Católica, se ha permitido, mediante el uso de textos de los Papas y otros libros católicos autorizados y aprobados, escritos por autores santos y fiables, defender la fe católica. Ahora bien, si —Dios no lo quiera— algo en ello resultara contrario a la verdadera fe católica, el autor se somete de antemano a la decisión de la Santa Sede y está dispuesto a retractarse de cualquier parte de sus escritos inmediatamente al percatarse de su contradicción con las enseñanzas de la Iglesia.

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8. Error relativo a la administración de los sacramentos y, en particular, de la Eucaristía a los no católicos.

Pregunta: ¿No es la alteración de la ley perpetua de la Iglesia Católica relativa a la administración de la Eucaristía a los no católicos una consecuencia de su error respecto a la Iglesia de Cristo, sus miembros y aquellos que están en comunión con ella?

Respuesta: Sí.

Pregunta: ¿Cuál es la enseñanza de la Iglesia Católica con respecto a la administración de la Eucaristía a los no católicos?

Respuesta: La participación en los Sacramentos, especialmente en el Sacramento de la Eucaristía, es uno de los signos y vínculos de la unidad de la fe y de la comunión. La Iglesia Católica, que siempre ha considerado los Sacramentos como su posesión exclusiva y propia, siempre ha sostenido, en virtud de la ley divina, que su administración a personas ajenas a la Iglesia Católica está absolutamente prohibida, a menos que primero ingresen a la Iglesia Católica rechazando su herejía y cisma; ya sea que dichas personas estén fuera de la Iglesia de buena o mala fe; ya sean material o formalmente heréticas o cismáticas; incluso si solicitan el Sacramento voluntaria y libremente.

Las personas bautizadas que nacen en sectas heréticas y cismáticas, si han alcanzado la edad de razón y son menores de catorce años, están obligadas a hacer una profesión de la fe católica antes de la administración del sacramento; y si son mayores de catorce años, entonces, además de una profesión de la fe católica, deben hacer una abjuración antes de la administración del sacramento.

Pregunta: Cite varios textos de autores que escribieron sobre este tema antes del Vaticano II.

Respuesta: Respecto a esto, leemos:

La exclusión de la comunión sacramental de herejes y cismáticos es muy antigua. La herejía implicaba un error positivo y la contaminación de la doctrina de Cristo. Colocaba a grupos e individuos fuera de la Iglesia. En consecuencia, la comunicación con ellos en relaciones tan sagradas como la administración de los sacramentos era considerada, naturalmente, por los primeros Padres y cristianos como una traición a Nuestro Señor. (…) La ley divina prohíbe claramente la comunión in divinis con todos aquellos que no están plenamente de acuerdo con la Iglesia visible. Si bien la recepción del Bautismo convierte a uno en súbdito de la Iglesia, la plena pertenencia a la Iglesia como sociedad visible exige mucho más. Porque la Iglesia es la congregación de todos los fieles que profesan la misma fe, participan de los mismos sacramentos y sacrificios, y están sujetos a sus pastores legítimos, bajo la única cabeza visible, el Papa. Cualquier persona bautizada que no observe todas estas condiciones, aunque sea súbdita de la Iglesia, se encuentra en estado de deserción o rebelión. Ahora bien, los principales vínculos sociales mediante los cuales la Iglesia visible une a sus miembros consigo misma y con su esposo, Cristo, son los Sacramentos (…) Pero tanto los herejes como los cismáticos, aunque se encuentren invisiblemente dentro de la Iglesia, están externa y públicamente fuera de ella. Por lo tanto, en virtud del mandato divino, ella debe prohibir gravemente a sus ministros administrar los sacramentos a quienes se encuentren en estado de rebelión pública, ya sea de manera culpable o inculpable.

- Reverendo James Ignatius King, The Administration of the Sacraments to Dying Non-Catholics, Universidad Católica de América, [1925], págs. 61-62

☙❧ ☙❧ ☙❧ 

Los herejes y cismáticos materiales, aunque incurran en error sin pecado —y, por lo tanto, no sean indignos desde esta perspectiva—, mientras no se hayan reconciliado, permanecen fuera del cuerpo de la Iglesia; para participar de los sacramentos de la Iglesia, deben primero reconciliarse con ella —tras haber abjurado (renunciado) a sus errores— y ser reintegrados al cuerpo de la Iglesia.

- Wernz-Vidal, Jus Canonicum, Romae: Apud Aedes Universitatis Gregorianae, vol. IV, [1938] n. 27, pág. 32

☙❧ ☙❧ ☙❧ 

En general, cabe señalar, con respecto a la comunicación negativa, que la admisión de no católicos a la participación activa en el culto católico constituiría una violación del vínculo de unidad que debe existir entre los fieles. La unidad de los fieles debe consistir en su participación en los mismos sacramentos y en el mismo culto religioso. Si se admitiera a un no católico a la participación activa en los sacramentos de los católicos, ello implicaría la existencia de una unidad y un acuerdo en la profesión religiosa entre católicos y no católicos, como si el culto católico no difiriera sustancialmente del culto herético. (…) La razón no reside en el principio general de que los sacramentos deben negarse a los indignos, sino en el hecho de que los herejes y cismáticos están separados de la Iglesia, que posee los sacramentos como propios. … La prohibición del canon 731, §2, es general. No admite excepciones cuando un cismático no se encuentra en peligro de muerte. (…) Aquellos cismáticos que, estando de buena fe, no se encuentren en peligro de muerte, también deben ser excluidos de los sacramentos, puesto que la administración de los sacramentos fue encomendada a la Iglesia por Cristo, y solo quienes pertenecen al cuerpo de la Iglesia de Cristo tienen derecho a recibirlos. Los herejes y cismáticos, mientras no se hayan reconciliado con la Iglesia, no pertenecen en modo alguno al cuerpo de la Iglesia. Por consiguiente, deben ser excluidos de la recepción de los sacramentos de la Iglesia.

- Rev. Ignatius J. Szal, The Communication of Catholics with Schismatics, The Catholic University of America Press, [1948], págs. 151, 152

Pregunta: Ahora bien, cite los textos eclesiásticos relativos a este asunto.

Respuesta: Respecto a esto, leemos:

A los católicos no les está permitido comunicarse con herejes y cismáticos, ni escuchar sus confesiones, ni confesarse en su presencia, ni administrarles la Sagrada Eucaristía.

- Sagrada Congregación del Santo Oficio bajo el Papa Clemente XI, 15 de mayo de 1709

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Se puede permitir el acceso de los griegos no unidos a las iglesias católicas, siempre y cuando no se les administren los sacramentos.

- Sagrada Congregación del Santo Oficio bajo el Papa Clemente XIII, 22 de septiembre de 1763

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Ellos [es decir, los soldados rutenos y albaneses] no serán admitidos a la participación en los Sacramentos a menos que hayan dado señales suficientes de que no se han apartado de la fe y la unidad católicas, o, habiendo hecho una abjuración adecuada de la herejía y abandonado el cisma, hayan regresado al seno y la unidad de la Iglesia.

- Sagrada Congregación del Santo Oficio bajo el Papa Pío VII, 30 de julio de 1806

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... como dijo Jerónimo, quien coma el cordero fuera de esta casa será un profano.

- Papa Pío VIII, Traditi Humilitati, 24 de mayo de 1829

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Quien come el cordero [pascual] fuera de esta casa queda excluido de la salvación.

- Papa Gregorio XVI, Commissum Divinitus, 17 de mayo de 1835

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... "quien come del cordero y no es miembro de la Iglesia, ha profanado".

- Papa Pío IX, Amantissimus, 8 de abril de 1862

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La profesión de la fe católica debe exigirse a los jóvenes menores de 14 años, antes de admitirlos a los santos sacramentos; pero a los que hayan pasado los 14 años, la abjuración formal (renuncia) a la secta a la que pertenecían.

- Sagrada Congregación del Santo Oficio bajo el Papa León XIII, 8 de marzo de 1882

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Canon 731

§ 2. Está prohibido administrar los Sacramentos de la Iglesia a herejes y cismáticos, incluso si los piden y están de buena fe, a menos que previamente, rechazando sus errores, se reconcilien con la Iglesia.

- Papa Benedicto XV, Código de Derecho Canónico, 27 de mayo de 1917

Pregunta: Después de que la secta del Novus Ordo reconociera a las Iglesias no católicas como la Iglesia de Cristo y la verdadera Iglesia, y también llamara a los seguidores de esas iglesias falsas, al igual que a los católicos, verdaderos cristianos y personas en comunión parcial con la Iglesia católica, ¿declaró, en consecuencia, que la administración de los sacramentos, y especialmente de la Eucaristía, a ellos era permisible?

Respuesta: Sí; y este cambio en la ley divina, según la admisión de un autor del Novus Ordo, es el resultado de la comprensión más profunda del concilio Vaticano II sobre la Iglesia y sus miembros; y esta definición, según la admisión de los autores del Novus Ordo, surgió de la comprensión más profunda del concilio sobre la naturaleza de la Iglesia y de las personas en comunión con ella, como leemos:

Antes del Concilio Vaticano II, la comunicación en los sacramentos entre católicos y no católicos estaba absolutamente prohibida por la normativa (cf. c. 731 § 2 CIC/1917). Este último Concilio, profundizando en los aspectos comunes que existen entre la Iglesia Católica y las iglesias y comunidades cristianas separadas, sentó las bases para una renovada acción ecuménica que contempla, entre otras cosas, la posibilidad de cierta participación en los sacramentos con algunos de ellos.

- José T. Martín de Agar, Exegetical Commentary on the Code of Canon Law, vol. III/1, [2004], pág. 410

Pregunta: Ahora bien, cite los textos de los líderes de la secta del Novus Ordo en los que permiten la administración de los Sacramentos, y en particular la Eucaristía, a los seguidores de sectas no católicas.

Respuesta: Respecto a esto, leemos:

27. (…) pueden administrarse los sacramentos de la penitencia, eucaristía y unción de los enfermos a los orientales que de buena fe viven separados de la Iglesia católica, con tal que los pidan espontáneamente y estén bien preparados.

- Concilio Vaticano II, Orientalium Ecclesiarum, 21 de noviembre de 1964

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15. (…) estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos y, sobre todo por su sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, por los que se unen a nosotros con vínculos estrechísimos, no solamente es posible, sino que se aconseja, alguna comunicación con ellos en las funciones sagradas en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica.

- Concilio Vaticano II, Unitatis Redintegratio, 21 de noviembre de 1964

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Lata 844

§3. Los ministros católicos administran lícitamente los sacramentos de la penitencia, la Eucaristía y la unción de los enfermos a los miembros de las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica, si estos la solicitan voluntariamente y están debidamente dispuestos. Esto también aplica a los miembros de otras Iglesias que, a juicio de la Sede Apostólica, se encuentren en la misma condición respecto a los sacramentos que estas Iglesias orientales.

- Juan Pablo II, Código de Derecho Canónico, 25 de enero de 1983

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9. (…) les autorizamos en tales casos a solicitar los Sacramentos de la Penitencia, la Eucaristía y la Unción de los Enfermos a sacerdotes legítimos de cualquiera de nuestras dos Iglesias hermanas.

- Juan Pablo II, Declaración común con el Patriarca cismático de Antioquía, 23 de junio de 1984

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1399. (…) Una cierta comunión en sacris, y por lo tanto en la Eucaristía, “dadas las circunstancias adecuadas y la aprobación de la autoridad de la Iglesia, no solo es posible sino que se alienta.

1401 Cuando, a juicio del Ordinario, surge una grave necesidad, los ministros católicos pueden administrar los sacramentos de la Eucaristía, la Penitencia y la Unción de los Enfermos a otros cristianos que no estén en plena comunión con la Iglesia Católica, que los pidan por su propia voluntad.

- Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, 11 de octubre de 1992

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129. … también reconoce que en ciertas circunstancias, a modo de excepción y bajo ciertas condiciones, se puede permitir, o incluso recomendar, el acceso a estos sacramentos a los cristianos de otras Iglesias y comunidades eclesiales.

- Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos bajo el pontificado de Juan Pablo II, Directorio para la aplicación de los principios y normas del ecumenismo, 25 de marzo de 1993

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58. (…) la Iglesia católica, según las circunstancias de tiempos, lugares y personas, usó y usa con frecuencia un modo de actuar más suave, ofreciendo a todos medios de salvación y testimonio de caridad entre los cristianos, mediante la participación en los sacramentos y en otras funciones y cosas sagradas”. Esta orientación teológica y pastoral, con la experiencia de los años del posconcilio, ha sido recogida por los dos Códigos de Derecho Canónico (Canon 844, §§ 2 y 3) (…) No se debe perder nunca de vista la dimensión eclesiológica de la participación en los sacramentos, sobre todo en la sagrada Eucaristía.

- Juan Pablo II, Ut Unum Sint, 25 de mayo de 1995

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45. Si en ningún caso es legítima la concelebración si falta la plena comunión, no ocurre lo mismo con respecto a la administración de la Eucaristía, en circunstancias especiales, a personas pertenecientes a Iglesias o a Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica.

- Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 17 de abril de 2003

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293. ¿Cuándo es posible dar la Sagrada Comunión a otros cristianos?

Los ministros católicos pueden administrar lícitamente la Sagrada Comunión a los miembros de las Iglesias Orientales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica, siempre que la soliciten voluntariamente y posean las disposiciones necesarias. Los ministros católicos solo pueden administrar lícitamente la Sagrada Comunión a los miembros de otras comunidades eclesiales si, en grave necesidad, la solicitan voluntariamente, poseen las disposiciones necesarias y dan testimonio de profesar la fe católica respecto al sacramento.

- Benedicto XVI, Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 28 de junio de 2005

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LA VERDAD DE LAS ESCRITURAS – JOSÉ ANTONIO PAGOLA (3)

Pagola no sólo se opone frontalmente a la doctrina dogmática de la Iglesia, sino que carece de todo fundamento en las fuentes históricas documentales que hacen posible la aproximación histórica a Jesús.

Por el padre José María Iraburu


José Antonio Pagola (Parte 1)

José Antonio Pagola (Parte 2)


El proyecto de Jesús

Se acerca Pagola a los Evangelios –¿a dónde si no?– y buscando qué es lo que Jesús de Nazaret intenta cuando emprende su misión pública en Israel, halla lo que sigue:

“Dios tiene un gran proyecto. Hay que ir construyendo una tierra nueva, tal como la quiere él. Se ha de orientar todo hacia una vida más humana, empezando por aquellos para los que la vida no es vida. Dios quiere que rían los que lloran y que coman los que tienen hambre: que todos puedan vivir.

Si algo desea el ser humano es vivir, y vivir bien. Y si algo busca Dios es que ese deseo se haga realidad. Cuanto mejor vive la gente, mejor se realiza el reino de Dios […] Cualquier otra idea de un Dios interesado en recibir de los hombres honor y gloria, olvidando el bien y la dicha de sus hijos e hijas, no es de Jesús” (324).

En esa última frase tenemos un ejemplo de la dialéctica de los contrarios, muy frecuente en todo el libro de Pagola. Según ella, para mejor conocer la verdad, hay que enfrentar extremos aparentemente contrapuestos, para optar por uno, rechazando el otro. No es el et-et, sino el aut-aut. A Dios no le interesa que los hombres le glorifiquen o que los hombres se salven del pecado y vivan santamente. Lo que realmente quiere es que los hombres, fraternalmente unidos, haciéndose unos el bien a otros, vivan todos felices. Y ése es el Reino que Jesús de Nazaret pretende establecer en la humanidad.

La doxología –la glorificación de Dios– apenas es afirmada por el Jesús de Pagola. Y cuando éste lo hace de paso, como lo vimos hace un momento, es siempre en formas reticentes. Sin embargo, Jesús dice al Padre, “yo te he glorificado sobre la tierra, cumpliendo la obra que me encomendaste realizar” (Jn 17,4).

Y el Apóstol entiende que todos los males de la humanidad proceden precisamente de que los hombres “no glorificaron” a Dios, y “sirvieron a la criatura en lugar de al Creador” (Rm 1). Toda la Biblia nos asegura que el mundo fue creado primeramente para la gloria de Dios. Por eso en ella doxología y soteriología son inseparables y se potencian mutuamente. La norma es clara: “hacedlo todo para gloria de Dios” (1Cor 10,31). Sin embargo, como digo, las pocas veces que Pagola toca el tema de la glorificación de Dios es en forma diminutiva, y contraponiéndole el empeño por hacer el bien temporal a los hombres.

La soteriología –la salvación de los pecadores– tampoco es intención central de Cristo. En el extenso libro de Pagola apenas se menciona el pecado y el poder del Demonio sobre el mundo. No viene Jesús del Cielo para “quitar el pecado del mundo” y para “vencer al Demonio”, sino para aliviar a la humanidad de tantos sufrimientos que la oprimen. Describe Pagola detenidamente los muchos males temporales que oprimían al pueblo judío, y una y otra vez declara que “lo que le preocupa a Dios es liberar a las gentes de cuanto les deshumaniza y les hace sufrir” (96). Dice también Pagola que hay una profunda diferencia de perspectiva entre el Bautista y Cristo. El mensaje de Juan era duro, y exigía la conversión de los pecados para llegar a la reconciliación con Dios. En cambio, el Evangelio que Jesús trae al pueblo es completamente diferente: “Jesús abandona el lenguaje duro del desierto [el de Juan]. El pueblo debe escuchar ahora la Buena Noticia. Su palabra se hace poesía. Invita a la gente a mirar la vida de manera nueva. Comienza a contar parábolas que el Bautista jamás hubiera imaginado. El pueblo queda seducido” (80).

Jesús perdona a los pecadores sin condiciones

Los acoge, simplemente, en su amistad. Una y otra vez afirma Pagola que Dios perdona “sin condiciones”, que “no excluye a nadie”, que “acoge a todos”. Como dice la Nota de la Comisión episcopal de la Fe, “Jesús habría practicado un “perdón-acogida”, pero no un “perdón-absolución” […y de este modo] hace irrelevante la respuesta libre del hombre” (n. 16).

“A estos pecadores que se sientan a su mesa, Jesús les ofrece el perdón envuelto en acogida amistosa. No hay ninguna declaración; no les absuelve de sus pecados; sencillamente los acoge como amigos” (205). “Ofrece el perdón sin exigir previamente un cambio. No pone a los pecadores ante las tablas de la ley, sino ante el amor y la ternura de Dios […] Este perdón que ofrece Jesús no tiene condiciones […] solo quedan excluidos quienes no se acogen a su misericordia” (208). “Este no es el Dios vigilante de la ley, atento a las ofensas de sus hijos, que le da a cada uno su merecido y no concede el perdón si antes no se han cumplido escrupulosamente unas condiciones. Este es el Dios del perdón y de la vida; no hemos de humillarnos o autodegradarnos en su presencia” (323).

Según esto, el arrepentimiento y la confesión de las culpas, lo mismo que el propósito de la enmienda, no solo son en el pecador actos superfluos para llegar a la amistad con Dios, sino que son auto-degradantes. Lutero ya había enseñado que al pecador le basta para la justificación poner su fe fiducial en Jesús. Sin otras condiciones. Pagola va más lejos: no solo es innecesaria la conversión para conseguir el perdón de los pecados; más aún, ni siquiera es necesaria para la salvación la fe en Cristo, ni la religión. Pagola, por ejemplo, cuando recuerda el Juicio final (Mt 25,31-46), explica que el hombre se salva haciendo obras buenas, no por gracia, no por don gratuito de Dios. Es decir, se salva él mismo. Al menos esto es lo que él descubre en su “aproximación histórica” a Jesús:

“Los que son declarados “benditos del Padre” no han actuado por motivos religiosos, sino por compasión. No es su religión ni la adhesión explícita a Jesús [por la fe] lo que los conduce al reino de Dios, sino su ayuda a los necesitados. El camino que conduce a Dios no pasa necesariamente por la religión, el culto o la confesión de fe, sino por la compasión hacia los "hermanos pequeños"” (193). Por eso Dios no excluye a nadie: “es el Padre de todos, sin discriminación ni exclusión alguna. No pertenece a un pueblo privilegiado. No es propiedad de una religión. Todos lo pueden invocar como Padre” (328).

Evidentemente, esta doctrina es puramente una “creación” ideológica de Pagola –y de tantos predecesores y compañeros suyos de camino teológico–. No sólo se opone frontalmente a la doctrina dogmática de la Iglesia, sino que carece de todo fundamento en las fuentes históricas documentales que hacen posible la aproximación histórica a Jesús.

Jesús llama a conversión y al perdón

Las fuentes históricas que tenemos sobre Jesús afirman ciertamente lo contrario. En los Evangelios y en todo el Nuevo Testamento se afirma una y otra vez que el nacido de María será llamado “Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21); se asegura que Él ha sido enviado para “llamar a conversión a los pecadores”, haciendo posible esa conversión por su gracia. Y Él mismo advierte, con tanto amor como fuerza: “si no os convertís, todos moriréis igualmente” (Lc 13,3). Ya expuse anteriormente (aquí y aquí) cómo en los Evangelios, en las parábolas y predicaciones de Jesús hay siempre una fuerte tensión soteriológica. Urge la conversión, advirtiendo a los que siguen el camino ancho del mundo y de la carne, que llevan camino de condenación, y que están conducidos por el Padre de la mentira, el Diablo.

El hijo pródigo vuelve a su casa arrepentido: “padre, pequé contra el cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo” (Lc 15,21). Jesús manda a la pecadora: “vete y no peques más” (Jn 8,11). Y la predicación de los Apóstoles, desde el principio, continúa la de Cristo. Así San Pedro en el día de Pentecostés: “convertíos y bautizaos todos en el nombre de Jesucristo, para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo” (Hch 2,38). A San Pablo le encomienda el mismo Jesús su misión apostólica en estos términos: “Yo te envío para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, y reciben el perdón de los pecados y parte en la herencia de los consagrados” (Hch 26,18). Los mensajes que a fines del siglo I envía el Resucitado glorioso a las siete iglesias de Asia, por medio de su discípulo Juan (Apoc 2-3) son fortísimas llamadas a la conversión, que van siempre unidas a grandes ofrecimientos de gracia y salvación: “Considera de dónde has caído, y arrepiéntete… Yo les he dado tiempo para que se arrepintiesen, pero no quieren arrepentirse de su fornicación… Someteré a sus compañeros de adulterio a una prueba terrible, si no se arrepienten de sus obras, y a sus hijos los haré morir, y conocerán todas las iglesias que yo soy el que escudriña los corazones y que os daré a cada uno según sus obras… Estoy para vomitarte de mi boca… Mira, que estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él y él conmigo”.

La verdad histórica del Nuevo Testamento y la fe católica, en perfecta unidad, enseñan que Jesús da a los pecadores la gracia de la conversión y la gracia del perdón. Enseñan que si un pecador rechaza la gracia de la conversión, negándose al arrepentimiento y obstinándose deliberadamente en sus pecados, rechaza también la gracia del perdón gratuito de Dios. Ésta es la fe de la Iglesia católica, perfectamente fundamentada en los testimonios históricos documentales de la enseñanza de Cristo y de sus Apóstoles. Solo negando la historicidad de esos testimonios, puede Pagola atreverse a dar su doctrina sobre la relación de Cristo con los pecadores.

Los milagros

Jesús hizo durante su ministerio público formidables milagros para suscitar la fe en Él y por compasión a los hombres (Mc 6,556; Mt 14,35-36). Él mismo dice en varias ocasiones a los judíos que, viendo las obras que el Padre le da hacer, deben creer en Él (Jn 5,36). Y los Apóstoles predican a Jesús alegando sus milagros: “Jesús de Nazaret, varón acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por él en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis” (Hc 2,22; cf. 10,37-39). En realidad, los Evangelios se componen de palabras y de milagros de Cristo, que muchas veces, sobre todo en San Juan, se explican y autorizan mutuamente. Sin embargo, Pagola ignora prácticamente esos milagros que son centrales en la revelación del Enviado de Dios.

–Los grandes milagros obrados por Jesús sobre la naturaleza, multiplicar los panes, calmar la tempestad, resucitar muertos, dar la vista a un ciego de nacimiento, etc., son prácticamente ignorados por Pagola. No se molesta en referirlos, quizá pensando que ya el propio lector, habiendo asimilado su “aproximación histórica” a Jesús, se dará perfecta cuenta de que se trata de ficciones literarias postpascuales, que expresan una teología primitiva.

–Los milagros de Cristo fueron innumerables. Sus mismos enemigos lo reconocen: “¿qué hacemos con este hombre, que hace muchos milagros?” (Jn 11,47). Realizó, por supuesto, muchos más milagros que los referidos en los Evangelios (Jn 20,30). En el Evangelio de San Marcos, de 666 versículos, 209 (un 31 %) se refieren a milagros; y esta proporción aumenta (47%) si miramos solo sus diez primeros capítulos, antes de llegar al ciclo de la pasión. Sin embargo, cuando Pagola se aproxima históricamente a Jesús, elude todo lo que puede los milagros de Cristo. Descubre, por ejemplo, que “Jesús solo realizó un puñado de curaciones y exorcismos” (175), en los cuales, por cierto, él al parecer no cree, ya que

–los exorcismos de Cristo no expulsaban demonios de los hombres:

“…practicó exorcismos liberando de su mal a personas consideradas en aquella cultura como poseídas por espíritus malignos” (474). “En general, los exegetas tienden a ver en la “posesión diabólica” una enfermedad” (169), aunque los campesinos de Galilea no lo entendían así. “Probablemente es más acertado ver en el fenómeno de la posesión una compleja estrategia utilizada de manera enfermiza por personas oprimidas para defenderse de una situación insoportable” (170). Hay que entender los exorcismos, por lo que se ve, en el marco de la teología de la liberación. Por otra parte, Pagola no puede creer realmente en los exorcismos, pues para él Satán es sólamente “el símbolo del mal”… “la personificación de ese mundo hostil que trabaja contra Dios y contra el ser humano” (98).

–La sanación de los enfermos tampoco es descrita propiamente por Pagola como un “milagro”:

“Lo decisivo es el encuentro con el curador. La terapia que Jesús pone en marcha es su propia persona: su amor apasionado a la vida, su acogida entrañable a cada enfermo o enferma, su fuerza para regenerar a la persona desde sus raíces, su capacidad para contagiar su fe en la bondad de Dios. Su poder para despertar energías desconocidas en el ser humano creaba las condiciones que hacían posible la recuperación de la salud” (165).

Ya me dirán ustedes cómo esa terapia del Jesús de Pagola puede dar la vista a un ciego de nacimiento, cómo es capaz de sanar a distancia a un moribundo, o de resucitar a Lázaro, un muerto de cuatro días, que ya olía mal. Hay que reconocer que, si se cree, aunque sólo se un poquito, en la historicidad de los Evangelios, no hay modo de eliminar la diferencia absoluta que en ellos se manifiesta entre sanaciones de enfermedades y exorcismos de posesos: son acciones de Jesús patentamente diversas. Y de hecho Él, durante su ministerio público, envía a los apóstoles a predicar la conversión, a sanar enfermos y a expulsar demonios (Mc 6,12-13; Mt 10,1). Pero todas estas dificultades, obviamente, se superan sin problema alguno negando la historicidad de los textos evangélicos aludidos.

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26 DE SEPTIEMBRE: SANTOS CIPRIANO Y JUSTINA, MARTIRES


26 de Septiembre: Santos Cipriano y Justina, mártires

(✞ 304)

La esclarecida virgen y gloriosa mártir de Cristo santa Justina nació en la ciudad de Antioquía de padres gentiles; y habiendo abrazado la fe cristiana por la doctrina de un celoso diácono, logró que también se convirtiesen sus padres y recibiesen el santo Bautismo.

Aunque era Justina hermosa en extremo y con excelentes gracias naturales, resplandecía a los ojos del Señor su alma mucho más por la hermosura de sus virtudes, y especialmente por su limpieza virginal, que consagró a su Esposo Cristo.

Había puesto los ojos en Justina un mancebo poderoso y lascivo, de nombre Agladio; el cual, encendido de pasión, por todos los medios que suele emplear el amor ciego, procuró atraerla a su voluntad, más de ningún modo pudo vencer el propósito de la santa virgen.

No se cansó Agladio, sino que tomó como último recurso el favor de un mal hombre, para que con artes diabólicas doblegase la voluntad de Justina.

Aquel hombre se llamaba Cipriano y vivía en la misma ciudad de Antioquía.

A este hombre Agladio le contó lo que pretendía, diciéndole cuan inútiles habían sido los medios empleados y que le socorriese con sus artes poderosas y sobrehumanas, que se lo pagaría generosamente, y quedaría como su perpetuo esclavo.

Cipriano aceptó la propuesta y se puso manos a la obra con su mal intento; y después de haber usado contra la santa todas sus artes y embustes, quedó avergonzado y confundido, porque Justina, con el favor de Cristo, con la oración, con el ayuno, y con la señal de la cruz, siempre triunfó gloriosamente sobre el enemigo.

Asombrado por lo que veía, Cipriano consultó al demonio, el cual le respondió que contra los adoradores de Cristo ningún poder tenía él; y por esto entendió que Jesucristo era verdadero Dios, y determinó hacerse cristiano, como lo hizo, renunciando al demonio y bautizándose, y viviendo con tal fervor que fue ordenado diácono, y resplandeció con gran santidad y muchos milagros.

Y porque por medio de Justina había recibido de Dios tantas bendiciones, la tuvo siempre en cuenta para ayudarla en llevar adelante sus santos propósitos, siendo ella como una madre de un gran número de doncellas que vivían juntas y servían al Señor con gran pureza.

En esto, un conde llamado Eutolmio los mandó a detener, y a Cipriano le hizo atormentar y rasgarle los costados con uñas aceradas: a Justina, después de haberla golpeado bárbaramente, la hizo azotar con duros nervios.

Luego a él lo pusieron en la cárcel y a ella, en una casa honrada.

Después de unos días fueron llevados al conde, el cual, al ver su perseverancia en la Fe, mandó que los echasen en una caldera llena de sebo y resina derretida; más siendo quemado Atanasio, sacerdote de los gentiles, los dos santos salieron sin lesión del tormento.

De allí fueron llevados a Nicomedia, donde después de haber padecido otros tormentos con gran ánimo y alegría, los degollaron.

Sus sagrados cuerpos, abandonados e insepultos, Dios los conservó enteros y sin corrupción.

Reflexión:

En las maravillas de Santa Justina y en la conversión de San Cipriano resplandece con gran gloria la virtud de la señal de la cruz, porque por ella venció la santa todas las artes diabólicas y viendo Cipriano la poca fuerza que tenían los demonios, y que no podían prevalecer contra ella, se determinó a abrazar la Fe y comenzar una vida santa. ¿Por qué, pues, no hemos de armarnos nosotros con la Santa Cruz, haciéndola nuestro escudo en nuestras tentaciones y peligros?

Oración:

Ayúdanos, oh Señor, con el favor continuo de los bienaventurados mártires Cipriano y Justina, ya que no cesas de mirar con benignos ojos a los que concedes que con tales socorros sean ayudados. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

viernes, 25 de septiembre de 2026

DISCURSO DE LEÓN EN EL PALACIO ELISEO (25 DE SEPTIEMBRE DE 2026)


DISCURSO DE LEÓN XIV

EN EL ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, 
LA SOCIEDAD CIVIL Y EL CUERPO DIPLOMÁTICO

Palacio del Elíseo (París)

Señor Presidente,
distinguidas autoridades y miembros del cuerpo diplomático,
señoras y señores:

Para mí es un gran placer estar hoy entre ustedes. Le estoy particularmente agradecido, señor Presidente, por su cordial invitación a visitar Francia, y le agradezco las palabras de bienvenida que acaba de dirigirme. A través de usted, saludo también a todos los que habitan este país de vasto patrimonio cultural y religioso. Juntos forman un pueblo en el que la diversidad de orígenes contribuye a dinamizar y enriquecer la convivencia y la vida democrática. También quiero asegurarles, señor Presidente, señoras y señores, que Francia ocupa muy a menudo un lugar especial en las oraciones del Papa, que no olvida sus raíces familiares normandas y bearnesas.

Mi visita a Francia comienza por la capital de su país, París, a la que a menudo se le conoce como “la Ciudad de la Luz”. Desde hace siglos, Francia brilla como un faro cultural, artístico y espiritual, no sólo en Europa, sino también en el mundo. Gracias a sus escuelas catedralicias, sus universidades y sus academias —lugares esenciales para la búsqueda de la verdad—, Francia ha contribuido a forjar la inteligencia de los pueblos, mucho más allá de sus fronteras. La lucidez de excepcionales espíritus franceses, que fueron al mismo tiempo grandes católicos, pone de relieve hasta qué punto las ciencias, las artes, la literatura y la filosofía pueden contribuir al bien de la humanidad cuando se orientan hacia la búsqueda de lo bello, lo bueno y lo verdadero, para que el mundo tenga vida.

La maestría francesa es sinónimo de excelencia en numerosos ámbitos. Se ha destacado de manera notable, en particular, en la vasta obra de restauración de la catedral de Notre-Dame de París, en la que participaron desde el inicio numerosas instituciones, tanto privadas como públicas, y a la que usted, Señor Presidente, le ha prestado una atención especial, que le agradezco. Saludo con gratitud a todos los artesanos y gremios que se comprometieron con este proyecto. La reciente reapertura de la catedral para la celebración del culto divino, así como para los visitantes de todo el mundo, constituye la culminación de una hazaña técnica y, a la vez, el símbolo de una esperanza recuperada, la prueba de que lo que se creía destruido para siempre puede renacer gracias a la colaboración de todos y el testimonio de una unidad alcanzada mediante el esfuerzo común. Un logro tan hermoso debe inspirar a todos los actores de la vida política, social y religiosa del país, a tener un nuevo impulso para trabajar sin cesar con espíritu de unidad y con la fuerza de una esperanza viva. 

Francia es también una tierra de profundas raíces cristianas. Desde san Ireneo y el bautismo de Clodoveo, el alma de su patria se ha desarrollado nutriéndose del cristianismo para forjar un genio espiritual, cultural, intelectual, artístico y misionero que hoy irradia su influencia por el mundo entero. Así fue como en la Francia del siglo XVI floreció el humanismo, que buscaba unificar la herencia grecorromana y la fe cristiana. A los célebres pensadores del Renacimiento, y luego del Gran Siglo, sucederían los de la Ilustración; con ellos, entonces, Francia aportó al mundo auténticos logros; entre ellos, el reconocimiento de los “Derechos Humanos” inscritos en la naturaleza de la persona humana, en particular el de la libertad religiosa. Esta atención permanente a la dignidad inherente a toda persona humana encuentra eco en su lema nacional. La libertad, la igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud.

La Declaración universal de los Derechos Humanos, proclamada en esta ciudad de París —y en cuya elaboración el jurista francés y Premio Nobel de la Paz, René Cassin, desempeñó un papel destacado— tuvo como objetivo crear una conciencia general sobre la dignidad inalienable de la persona humana. San Juan Pablo II, que consideraba este documento como “una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad”, era consciente de que “toda amenaza a los derechos humanos, bien sea en el ámbito de los bienes materiales, bien sea en el de los bienes espirituales, es igualmente peligrosa para la paz, porque afecta siempre al hombre en su integridad” [1].

La cuestión del respeto a la dignidad humana y a los derechos y libertades fundamentales que se derivan de la naturaleza humana se plantea en todas las épocas y debe acompañar los cambios de la sociedad y el avance técnico. En efecto, “a lo largo de los siglos, el desarrollo tecnológico ha contribuido a una mejora significativa de las condiciones de vida de la humanidad; al mismo tiempo, cada etapa del progreso también ha puesto de manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando no se orientan hacia el bien” (Magnifica humanitas, n. 4). Ya en su época, Georges Bernanos percibía el riesgo de que la obediencia ciega y la irresponsabilidad se convirtieran en los amos de un “Paraíso de las Máquinas”. Destacaba cómo, para escapar de ellas, la civilización francesa, por el contrario, había trabajado durante siglos en la formación de hombres libres, plenamente responsables de sus actos [2].

Por esta razón, me pareció indispensable abordar en mi primera carta Encíclica el tema de la Inteligencia Artificial, con el fin de volver a situar a la persona humana en el centro de toda reflexión. Para no perder nuestra humanidad en medio del “Paraíso de las Máquinas” que invaden y condicionan nuestra vida cotidiana, es urgente formar las mentes en un discernimiento ético capaz de distinguir lo que es moralmente bueno. Esta exigencia es necesaria para reconocer el bien verdadero que hace crecer al hombre según su vocación primordial, en el respeto incondicional de su libertad interior y de su dignidad sagrada. A este respecto, quisiera recordar “que una sociedad verdaderamente libre no impone la uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias, previniendo las tendencias autoritarias y promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social” (Discurso a los miembros del cuerpo diplomático, 9 enero 2026). Este diálogo resulta aún más urgente en el contexto de la Francia de hoy, donde personas de diferentes orígenes culturales y religiosos están llamadas a convivir y a contribuir a la edificación de la sociedad.

Es precisamente gracias a la riqueza de su tejido social que, desde hace siglos, Francia se distingue por su atención a la diversidad y por un fuerte deseo de solidaridad. A través de la obra destacada de hombres y mujeres que se mantuvieron fieles a su humanidad y a los valores del Evangelio, la Iglesia católica en Francia no ha dejado de trabajar por el bien de los más necesitados, convirtiéndose en el rostro vivo de la ternura y de la compasión de Dios. Pensemos en la obra de san Vicente de Paúl, en la renovación caritativa del siglo XVII y, aún hoy, en el personal de las numerosas instituciones católicas que acompañan a nuestros hermanos y hermanas debilitados por el sufrimiento. Sus testimonios de atención y servicio constituyen una verdadera escuela de humanidad sobre la grandeza del cuidado y un recordatorio conmovedor del valor único e insustituible de cada ser humano. Son también una invitación a una fraternidad renovada que exige aprender a acoger la vida sin condiciones, a sostener la fragilidad con ternura, a acompañar con respeto y confianza mutua cada etapa de la existencia y a defender, con valentía y compasión, a quienes no tienen voz o no se sienten lo suficientemente apoyados. Por eso reafirmo “con fuerza que la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano” (ibid).

Existe en nuestros días la tentación de esperar que la ciencia nos brinde una solución y un consuelo para todos nuestros sufrimientos. El riesgo es, a menudo, caer dicha ilusión. Cuando la ciencia y la tecnología no están guiadas por la conciencia, pueden proponer soluciones inmediatas que parecerían responder a los deseos y sufrimientos de los hombres y mujeres, pero que, en realidad, consiguen desviarlos gravemente del bien al que aspiran profundamente. A veces constato con preocupación ciertas derivas de las sociedades actuales que corren el riesgo de convertir la ciencia y la tecnología en empresas lucrativas que favorezcan las manipulaciones genéticas, la gestación subrogada, la compra de órganos o la oferta de una muerte programada. No olvidemos que el respeto mutuo y la protección de la vida de toda persona humana constituyen una responsabilidad de cada uno y de todos, que comienza con una conversión de la inteligencia y del corazón, y que requiere un compromiso real y desinteresado para con nuestros hermanos y hermanas.

¿Cómo no observar también, en este compromiso, una expresión de la justa laicidad de la ciudad terrenal? El cristiano que participa en la vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria. Efectivamente, “el auténtico laicismo no excluye la dimensión religiosa, sino que, por el contrario, sabe atesorarla como un recurso educativo” (Discurso a los participantes en el Encuentro Nacional de Profesores de Religión Católica, 25 abril 2026).

Es precisamente por eso que la escuela católica ocupa un lugar importante en el panorama educativo de un país como Francia. “Esto, por otro lado, forma parte de una actitud más amplia, indispensable para todo diálogo en la escuela como en la sociedad: conocer y amar lo que somos, para ser capaces de encontrar a los demás con respeto y apertura” (ibid).

Por tanto, una justa laicidad no consiste en excluir a la religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello, para que el mundo tenga vida. En este sentido, celebro el trabajo realizado en el marco de la Instancia de Diálogo entre la Santa Sede, la Iglesia católica en Francia y el Gobierno francés. La incansable labor de la Iglesia católica, a través de la riqueza de sus expresiones e instituciones, es sin duda valiosa y loable para el bienestar de toda la sociedad. Estos intercambios ilustran muy felizmente esa sana complementariedad que fue reafirmada durante el Concilio Vaticano II, en el sentido de que “la comunidad política y la Iglesia […] aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas” (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 76-3).

Constato también, con alegría, que esa misma voluntad de servir juntos a toda persona, sin importar su origen, ha inspirado durante siglos la cooperación entre Francia y la Iglesia católica al servicio de los cristianos de Oriente. La labor educativa, social, cultural y humanitaria que se lleva a cabo en los países de Medio Oriente, en colaboración con diversas asociaciones como Ayuda a la Iglesia Necesitada o Œuvre d’Orient, constituye una valiosa contribución al diálogo entre los pueblos y a la defensa de los derechos de toda persona.

Tenemos aquí un testimonio elocuente en el que la cultura y la fe se presentan como pilares que favorecen la armonía entre diferentes pueblos y religiones al servicio de la paz y la mediación entre los seres humanos. También en este ámbito, la educación constituye un tema de especial importancia. De hecho, sigue siendo, uno de los principales campos de cooperación y encuentra una expresión, concreta y fructífera, en el Fondo para las Escuelas de Oriente. Al respecto, deseo expresar mi gratitud a todas las personas comprometidas con este proyecto y que, desde su fundación en 2021, ha permitido brindar apoyo a más de doscientas sesenta instituciones educativas en el Medio Oriente, incluidas siete universidades en el Líbano y la Universidad de Belén.

Pero, ¿cómo evocar esta región del mundo, donde nació el Príncipe de la Paz hace dos mil años, sin pensar también en todas esas poblaciones afectadas por las consecuencias de los conflictos y en todos aquellos que padecen el flagelo de la guerra? No podemos permanecer indiferentes ante tales sufrimientos que hieren la dignidad humana y claman justicia ante Dios. La gravedad de estas situaciones debe interpelarnos y llama a cada uno, allí donde se encuentre, a una verdadera conversión del corazón y a un cambio de actitud. Reconociendo humildemente la necesidad que tenemos unos de otros podremos trabajar juntos, con mayor empeño, en la construcción de la civilización del amor en el corazón de nuestro mundo, que se ha vuelto tan complejo e interdependiente (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, n. 182). Al mismo tiempo, como ya lo afirmaba en su momento mi santo predecesor Juan XXIII, “la justicia, la recta razón y el sentido de la dignidad humana exigen urgentemente que cese ya la carrera de armamentos; que, de un lado y de otro, las naciones que los poseen los reduzcan simultáneamente; que se prohíban las armas atómicas; que, por último, todos los pueblos, en virtud de un acuerdo, lleguen a un desarme simultáneo, controlado por mutuas y eficaces garantías” (Carta enc. Pacem in terris, 112). En efecto, se difunde cada vez más la convicción errónea de que la posesión de armas nucleares sería una garantía de seguridad, lo que alimenta una nueva carrera armamentista difícil de controlar (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, 194). Sin embargo, la paz no es un equilibrio de fuerzas; se construye cada día a través del diálogo y la justicia.

Por eso, les exhorto a no resignarse nunca ante la perspectiva de una guerra considerándola “inevitable”, sino a promover sin descanso el diálogo y la diplomacia, con el fin de preservar sociedades pacíficas, respetuosas de la dignidad y los derechos de las personas y de los pueblos. Ante el estruendo de las guerras y las variadas crisis que sacuden a nuestro mundo, Francia tiene la vocación de seguir siendo un incansable artífice de la paz y del multilateralismo, especialmente en el seno de nuestra querida Europa. Que Francia, fiel a sus valores, abra el surco de una paz desarmada y desarmante, y ofrezca con responsabilidad su insustituible contribución a favor de la paz. Que su libertad crezca sin cesar en la búsqueda del bien común. Que su fraternidad abrace a toda la humanidad. Y que la igualdad a la que aspiran se establezca siempre sobre los cimientos de la justicia y de la caridad, sin suprimir las diferencias entre las personas, sino haciéndolas fructificar armoniosamente en beneficio de toda la sociedad.

Señor Presidente, señoras y señores, deseo expresarles una vez más mi gratitud por este encuentro que, retomando las palabras —significativas para todos— pronunciadas por Su Excelencia ante los obispos de Francia en 2018, pone de manifiesto como “«una Iglesia que pretende desinteresarse de las cuestiones temporales no completaría su vocación; y un presidente que pretendiera desinteresarse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber” [3]. Tengan la seguridad de mi fervientemente oración por su hermosa Nación.

Que Dios le conceda paz, unidad y prosperidad para que el mundo tenga vida. Encomiendo estos deseos a la intercesión maternal de la Santísima Virgen María, Patrona principal de Francia.

¡Que Dios bendiga a Francia y a todos los franceses!


Notas: 

[1] S. Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 7 y 14, 2 octubre 1979.

[2] Cf. G. Bernanos, La France contre les robots, Río de Janeiro 1946, 114.

[3] E. Macron, Discours du Président de la République devant les Evêques de France, Collège des Bernardins, 9 abril 2018.