lunes, 20 de julio de 2026

CUARTO MEDIO PARA ALCANZAR LA SABIDURIA (Último Capítulo)

Finalizamos con la publicación del último capítulo del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO DECIMOSEPTIMO 

CUARTO MEDIO PARA ALCANZAR LA SABIDURIA:

UNA VERDADERA Y TIERNA DEVOCION A LA SANTISIMA VIRGEN

Aquí tienes, finalmente, el mejor medio y el secreto más maravilloso para adquirir y conservar la divina Sabiduría: una tierna y verdadera devoción a la Santísima Virgen (1).

1 - TE ES NECESARIA UNA VERDADERA DEVOCION A MARIA

Nadie, fuera de María, encontró gracia delante de Dios para sí misma y para toda la humanidad; nadie sino Ella tuvo el poder de encarnar y dar a luz a la Sabiduría Eterna; y nadie, fuera de ella, puede, aun hoy -por decirlo así-, encarnarlo en los predestinados gracias a la operación del Espíritu Santo (2).

Los patriarcas, los profetas y los santos del Antiguo Testamento gimieron, suspiraron e imploraron la encarnación de la Sabiduría Eterna, pero ninguno pudo merecerla (3). Sólo María, por la sublimidad de sus virtudes, fue encontrada digna de subir hasta el trono de la divinidad y merecer ese bien infinito (4). Vino a ser Madre, Señora y Trono de la divina Sabiduría.

María es la dignísima Madre de la Sabiduría, porque la encarnó y dio a luz como fruto de sus entrañas: Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (5).

Por ello podemos afirmar con toda verdad que en todo lugar donde esté Jesús-en el Cielo, en la tierra, en los sagrarios o en los corazones- es fruto y obra de María y que sólo María es el árbol de vida, y Jesús su único fruto.

Por consiguiente, quien desee este fruto maravilloso en el corazón, debe poseer el árbol que lo produce. ¡Si deseas tener a Jesús, debes tener a María! (6).

María es Señora de la Sabiduría. No porque sea superior o igual a la Sabiduría, que es verdadero Dios. Blasfemo sería pensarlo o decirlo. Sino porque Dios Hijo, la Sabiduría encarnada, se ha sometido perfectamente a María, su Madre; porque El le ha otorgado un incomprensible poder maternal y natural sobre sí mismo, no solamente durante la vida terrena, sino también en el Cielo, ya que la gloria no destruye a la naturaleza, sino que la perfecciona. De suerte que Jesús es en el Cielo, más que nunca, Hijo de María, y María, Madre de Jesús (7). Y en cuanto tal, María tiene autoridad sobre El. Y El, en cierto modo, le está sometido, porque así lo quiere. Esto significa que María, por su plegaria poderosa y su divina maternidad, obtiene de Jesús todo cuanto quiere, lo comunica a quien quiere y lo produce cada día en quien Ella quiere (8).

¡Oh! ¡Qué dichoso es quien se ha granjeado la benevolencia de María! Puede estar seguro de poseer muy pronto la Sabiduría. Porque María, que ama a los que la aman (9), le comunica sus dones a manos llenas, especialmente el que encierra a todos los demás: Jesús, fruto de su vientre.

Si podemos decir con toda verdad que, en cierto sentido, María es Señora de la Sabiduría encarnada, ¿qué diremos de su poder sobre las gracias y dones de Dios y de la libertad de que goza para distribuirlos a quien le plazca? Dicen los santos Padres que María es el océano inmenso de todas las gracias de Dios, el magnífico almacén de sus bondades, el tesoro inagotable del Señor y la tesorera y distribuidora de todos sus dones (10).

Habiéndole dado su propio Hijo, el Padre quiere -al mismo tiempo- que lo recibamos todo de Ella, y no desciende a la tierra don celestial alguno, que no pase por sus manos como por un canal.

Todo lo hemos recibido de su plenitud. Y si hay en nosotros alguna gracia, alguna esperanza de salvación, es don de Dios que nos llega por María. Tan dueña es Ella de los bienes de Dios, que da a quien quiere, cuanto quiere, cuando quiere y como quiere todas las gracias de Dios, todas las virtudes de Jesucristo y todos los dones del Espíritu Santo, todos los bienes de la naturaleza, de la gracia y de la gloria. Son éstos, pensamientos y expresiones de los Santos Padres, cuyos textos latinos no transcribo para abreviar (11).

Pero sean cuales fueren los dones que nos otorgue nuestra soberana y amable Princesa, Ella no se da por satisfecha hasta darnos la Sabiduría Encarnada, su Hijo Jesús, y vive buscando personas dignas de la Sabiduría (12) para comunicársela.

María es, además, el Trono regio de la Sabiduría eterna. En quien la Sabiduría manifiesta sus grandezas, ostenta sus tesoros y encuentra sus delicias. Y no hay otro lugar en el Cielo y en la tierra donde la Sabiduría Eterna derroche tanta magnificencia y se complazca tanto, como en la incomparable María.

Por ello, los Santos Padres (13) la definen como santuario de la divinidad, descanso y complacencia de la Santísima Trinidad, trono de Dios, ciudad de Dios, altar de Dios, templo de Dios, mundo y paraíso de Dios. Epítetos y alabanzas que resultan verdaderas en relación con las múltiples maravillas que el Altísimo ha realizado en María.

Es así como sólo por María podrás obtener la Sabiduría. Pero, si llegamos a recibir un don tan sublime como el de la sabiduría, ¿dónde lo colocaremos? ¿Qué casa, qué lugar, qué trono ofreceremos a una Reina tan pura y resplandeciente, ante la cual los rayos del sol no son sino fango y tinieblas? Quizás respondas que la Sabiduría sólo busca nuestro corazón, y que basta ofrecérselo y colocarla en él.

¿Ignoras, quizás, que nuestro corazón está manchado e impuro, es carnal y está lleno de múltiples pasiones, y, por lo tanto, es indigno de hospedar a tan santo y noble huésped? (14). Y, aun cuando tuviéramos cien mil corazones como el nuestro y se los ofreciéramos para que le sirvan de trono, con todo derecho podría despreciar nuestro ofrecimiento, permanecer sorda a nuestras solicitudes, acusarnos de temeridad e insolencia por pretender alojarla en lugar tan infecto e indigno de su majestad (15).

¿Qué hacer, pues, para que nuestro corazón sea digno de la Sabiduría? Aquí está el gran consejo, el secreto admirable: ¡Introduzcamos -por decirlo así- a María en nuestra casa (16), consagrándonos a Ella como servidores y esclavos suyos! ¡Desprendámonos, en sus manos y en honor suyo, de todo cuanto más amamos, sin reservarnos nada! Y esta bondadosa Señora, que jamás se deja vencer en generosidad, se dará a nosotros de manera incomprensible, pero real. Entonces, la Sabiduría Eterna vendrá a morar en Ella, como en su trono más glorioso.

María es el imán sagrado que dondequiera que esté atrae tan fuertemente a la Sabiduría Eterna, que ésta no puede resistir. Es el imán que la atrajo a la tierra para los hombres, y la sigue atrayendo todos los días a cada una de las personas en que Ella mora. Si logramos tener a María en nosotros, fácilmente y en poco tiempo, gracias a su intercesión, alcanzaremos también la divina Sabiduría.

Entre todos los medios que existen para poseer a Jesucristo, María es el más seguro, fácil, corto y santo. Aunque hiciéramos las más espantosas penitencias, emprendiéramos los viajes más penosos y los trabajos más pesados; aun cuando derramáramos nuestra sangre para adquirir la divina Sabiduría, si nuestros esfuerzos no están acompañados de la intercesión de la Santísima Virgen y de la devoción a Ella, serán poco menos que incapaces e inútiles para alcanzarla. Pero si María pronuncia una palabra en favor nuestro, si su amor mora en nosotros, si nos hallamos marcados con el sello de los fieles servidores que observan sus caminos, pronto y sin fatiga obtendremos la divina Sabiduría.

Observa que María no es solamente la Madre de Jesús, Cabeza de los elegidos, sino también la Madre de todos sus miembros; de hecho, Ella los engendra, los lleva en su seno y los hace nacer a la gloria, mediante la gracia de Dios que Ella les comunica.

Esta doctrina pertenece a los Santos Padres -entre otros, a San Agustín-, quien dice que los elegidos moran en el seno de María y que Ella los da a luz cuando entran en la gloria (17).

Además, solamente a María ha dicho Dios que habite en Jacob, tome por herencia a Israel y arraigue en los elegidos y predestinados (18).

De estas verdades debemos deducir que:

1) en vano nos gloriamos de ser hijos de Dios y discípulos de la Sabiduría, si no somos hijos de María;

2) para entrar en el número de los elegidos es necesario que María habite y arraigue en nosotros, por medio de una tierna y sincera devoción hacia Ella;

3) oficio de María es engendrar en nosotros a Jesucristo, y a nosotros en El, hasta la perfección y madurez totales (19), de suerte que puede decir de sí misma, con mayor verdad que San Pablo: Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto hasta que Cristo tome forma en ustedes (20).

2 - EN QUE CONSISTE LA VERDADERA DEVOCION A MARIA

Deseoso de hacerte devoto de la Santísima Virgen, quizás me preguntes en qué consiste la verdadera devoción a Ella.

Te respondo en dos palabras: consiste en un gran aprecio de sus grandezas, en un reconocimiento sincero de sus beneficios, en un celo inmenso por su gloria, en una invocación continua de su ayuda, en una total dependencia de su autoridad, en una firme y tierna confianza en su bondad maternal (21).

Cuídate mucho de las falsas devociones a la Santísima Virgen. De ellas se sirve el demonio para engañar y llevar a la condenación a muchas almas. No me detengo a describirlas. Me contentaré con afirmar que la verdadera devoción a la Santísima Virgen es siempre interior, sin hipocresía ni superstición; tierna, sin indiferencia ni escrúpulos; constante, sin alteraciones ni infidelidad; santa, sin presunción ni desorden.

Cuidado, pues, con pertenecer:

- al número de los devotos hipócritas, que hacen consistir su devoción únicamente en las palabras y en lo exterior;

- al número de los devotos críticos y escrupulosos, que temen honrar demasiado a la Santísima Virgen y deshonrar al Hijo al honrar a la Madre;

- al número de los devotos indiferentes e interesados, que no tienen amor tierno a la Santísima Virgen y filial confianza en Ella y sólo recurren a María para obtener o conservar bienes temporales;

- a los devotos inconstantes y superficiales, que son devotos de la Santísima Virgen sólo a su capricho y a intervalos y abandonan su servicio cuando llega la tentación;

- ni, finalmente, a los devotos presuntuosos, que, bajo el velo de algunas devociones exteriores, esconden un corazón corrompido por el pecado y se hacen la ilusión de que, gracias a estas prácticas de devoción a la Santísima Virgen, no morirán sin confesión y se salvarán, por más pecados que cometan.

No descuides alistarte en las cofradías de la Santísima Virgen, especialmente en la del Santísimo Rosario, cumpliendo los compromisos que conllevan, y que son muy eficaces para la salvación.

Pero la más perfecta y útil de todas las devociones a la Santísima Virgen es la de consagrarte totalmente a Ella -y a Jesucristo por medio de Ella- en calidad de esclavos, haciéndole entrega total y perpetua del propio cuerpo, alma, bienes interiores y exteriores, satisfacciones y méritos de las buenas obras, y del derecho de disponer de ellas y, en fin, de todos los bienes recibidos en el pasado, de los que posees en el presente y poseerás en el futuro.

Dado que son muchos los libros que tratan de esta devoción, básteme afirmar que no he encontrado jamás una práctica de devoción a la Santísima Virgen más sólida que ésta -porque se apoya en el ejemplo de Jesucristo-, ni que dé más gloria a Dios, sea más saludable al alma, más terrible a los enemigos de la salvación, más suave y fácil.

Esta devoción, debidamente practicada, no sólo atrae al alma a Jesucristo, la Sabiduría eterna, sino que la mantiene y conserva en ella hasta la muerte. Pues, te pregunto, ¿de qué nos servirá buscar mil secretos y gastar mil esfuerzos para alcanzar el tesoro de la Sabiduría si, después de recibirlo, tenemos la desgracia de perderlo por nuestra infidelidad, como le sucedió a Salomón? El era tan sabio como quizás nosotros no llegaremos a serlo jamás. Era, por consiguiente, más fuerte e iluminado. Y, sin embargo, fue engañado y vencido y cayó en el pecado y la locura, dejando a sus sucesores doblemente asombrados: ante sus luces y sus tinieblas, ante su sabiduría y la insensatez de sus pecados. Si su ejemplo y sus escritos animaron a todos sus descendientes a desear y buscar la Sabiduría, podemos decir que su caída, o la duda bien fundada que de ella tenemos, ha retraído a una multitud de personas de buscar una realidad tan hermosa en verdad, pero tan fácil de perder.

Para ser, pues -en cierta forma-, más sabios que Salomón, coloquemos en manos de María cuanto poseemos y el mismo tesoro de los tesoros que es Jesucristo, con el fin de que Ella nos lo conserve. Somos vasos demasiado frágiles; no pongamos en ellos tan precioso tesoro ni este celestial maná. Muchos enemigos nos rodean y son demasiado astutos y experimentados; no confiemos en nuestra prudencia ni en nuestra fuerza. La dolorosa experiencia que tenemos ya de nuestra inconstancia y natural ligereza, nos obligan a desconfiar de nuestra prudencia y fervor.

María es prudente; pongámoslo todo en sus manos. Ella sabrá disponer de nosotros y de cuanto nos pertenece para mayor gloria de Dios.

María es caritativa; nos ama como a hijos y servidores suyos. Ofrezcámosle todo. No perderemos nada, ya que todo lo hará redundar en provecho nuestro.

María es generosa; devuelve más de lo que se le confía. Démosle cuanto poseemos sin reserva alguna y recibiremos el ciento por uno: por cien huevos, un buey, según reza el refrán.

María es poderosa; nadie puede arrebatarle lo que se le ha confiado en depósito. Pongámonos en sus manos, que Ella nos defenderá y nos hará triunfar sobre nuestros enemigos.

María es fiel; no deja perder ni extraviar lo que se le confía. Es la Virgen fiel por excelencia a Dios y a los hombres. Conservó cuanto Dios le había confiado, sin perder ni una partícula, y sigue conservando con particular esmero a quienes se colocan bajo su protección y cuidado.

Confiémoslo, pues, todo a su fidelidad. Agarrémonos a Ella como a una columna que nadie puede derribar, como a un áncora que nadie puede arrancar o, mejor, como a la montaña de Sion, a la que nadie puede conmover (22). Por muy ciegos, débiles e inconstantes que seamos por naturaleza y por muy numerosos y malignos que sean nuestros enemigos, jamás seremos engañados, ni nos extraviaremos, ni tendremos la desdicha de perder la gracia de Dios y el infinito tesoro de la Sabiduría eterna.

CONSAGRACIÓN de sí mismo a Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, por medio de María (23).

¡Oh Sabiduría Eterna y Encarnada, oh amabilísimo y adorable Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo único del Padre eterno y de María, siempre Virgen!

Te adoro profundamente en el seno y esplendores del Padre, durante la eternidad, y en el seno virginal de María, tu dignísima Madre, en el tiempo de la encarnación.

Te doy gracias por haberte anonadado, tomando forma de esclavo (24) para liberarme de la cruel esclavitud del demonio.

Te alabo y glorifico por haberte sometido libremente y en todo a María, tu Madre santísima, para hacerme por Ella tu esclavo fiel.

Pero, ¡ay! Ingrato e infiel como soy, no he cumplido contigo los votos y promesas que tan solemnemente te hice en el bautismo, no he cumplido mis obligaciones ni merezco llamarme hijo ni esclavo tuyo.

Y no habiendo en mí nada que no merezca tu cólera y rechazo, no me atrevo a acercarme por mí mismo a tu santísima y augusta Majestad.

Por ello, acudo a la intercesión y misericordia de tu santísima Madre. Tú me la has dado como Mediadora ante ti. Yo espero alcanzar de ti, por mediación suya, la contrición y el perdón de mis pecados y la adquisición y conservación de la Sabiduría.

Te saludo, pues, ¡oh María inmaculada!, tabernáculo viviente de la divinidad, en donde la Sabiduría Eterna, escondida, quiere ser adorada por ángeles y hombres.

Te saludo, ¡oh Reina del Cielo y de la tierra! A tu imperio está sometido cuanto hay debajo de Dios.

Te saludo, ¡oh Refugio seguro de los pecadores!; todos experimentan tu gran misericordia.

Atiende mis deseos de alcanzar la divina Sabiduría, y recibe para ello los votos y ofrendas que en mi bajeza te vengo a presentar.

Yo, N.N., pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en tus manos los votos de mi bautismo; renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me consagro totalmente a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida y a fin de serle más fiel de lo que he sido hasta ahora.

Te escojo hoy, en presencia de toda la corte celestial, por mi Madre y Señora; Te entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y hasta el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras.

Dispón de mí y de cuanto me pertenece, sin excepción, según tu voluntad, para la mayor gloria de Dios en el tiempo y la eternidad.

Recibe, ¡oh Virgen benignísima!, esta humilde ofrenda de mi esclavitud; en honor y unión de la sumisión que la Sabiduría Eterna ha querido tener para con tu maternidad; en honor del poder que ambos tenéis sobre este gusanillo y miserable pecador, y en acción de gracias por los privilegios con los que la Santísima Trinidad ha querido favorecerte.

Protesto que de hoy en adelante quiero, como verdadero esclavo tuyo, buscar tu honor y obedecerte en todo.

¡Oh Madre admirable! Preséntame a tu querido Hijo, en calidad de eterno esclavo, a fin de que, habiéndome rescatado por tu mediación, me reciba ahora de tu mano.

¡Oh Madre de misericordia! Alcánzame la verdadera Sabiduría de Dios, colocándome para ello entre aquellos a quienes amas, enseñas, diriges, nutres y proteges, como a tus verdaderos hijos y esclavos.

¡Oh Virgen fiel! Haz que yo sea en todo tan perfecto discípulo, imitador y esclavo de la Sabiduría encarnada, Jesucristo, tu Hijo, que logre llegar, por tu intercesión y a ejemplo tuyo, a la plenitud de su edad sobre la tierra y de su gloria en el Cielo. Amén.

El que pueda con eso, que lo haga (25).

Quien sea sabio, que lo entienda,

quien sea inteligente, que lo comprenda (26).

FIN DEL LIBRO “EL AMOR DE LA SABIDURÍA ETERNA”


Notas:

1) Condensa aquí San Luis María la doctrina que más ampliamente expondrá en El Secreto de María y en el Tratado de la Verdadera Devoción

2) Ver Lc 1,35.

3) Ver ASE 104.

4) San Gregorio Magno, In librum primum Regum expositio I, c 1, n 5: PL 79,25; San Bernardo, Sermo de aquaeductu, PL 183,441.

5) Lc 1,42; ver VD 33.44.77.164.218.249.261.

6) "Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos". (Pablo VI, 24-3 1970.)

7) VD 27.39.164.165.

8) VD 17.27-28.

9) Ver Pr 8,17.

10) Ver SM 9-14; VD 23-26.

11) VD 26.

12) Sb 6,16.

13) VD 262 y nota.

14) SM 72-74; VD 79.81.213.245.

15) Recuérdese lo dicho en Jn 15,5 y GS 13. La afirmación del P. de Montfort no quiere contradecir en forma alguna lo que sabemos sobre la dignidad de la persona humana (Ver DH 1).

16) Jn 19,27.

17) Ver VD 30-33 y notas.

18) Ver SM 15; VD 29-36.

19) Ver Ef 4,13.

20) Gal 4,19; ver SM 16-17; VD 33.218.

21) SM 25; VD 115-118.

22) Ver Sl 125(124),1; 46(45),6.

23) Existen contactos entre esta Consagración y las del Jesuita P. Nepveu ("Exercices intérieurs").

24) Filp 2,7.

25) Mt 19,12.

26) Os 14,10
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (118)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


118. Comienzo de vida común en Aguas Claras. Discurso de apertura.
26 de febrero de 1945.

1 Si se compara esta baja y rústica casita con la casa de Betania, ciertamente es un aprisco, como dice Lázaro. Pero, si se la compara con las casas de los campesinos de Doras (106), es una vivienda incluso linda.
Muy baja y muy ancha, construida con solidez, tiene una cocina, o sea, una amplia chimenea en una estancia toda ahumada en la que hay una mesa, asientos, ánforas y un rústico vasar con unos platos y algunas copas. Una ancha puerta de madera tosca le da luz además de acceso. Luego, en la misma pared en que se abre ésta, hay otras tres puertas que introducen en tres piezas grandes, largas y estrechas, con las paredes blanqueadas con cal y el suelo de tierra batida como la cocina; en dos de éstas hay ahora unas yacijas. Parecen pequeñas salas–dormitorio. Los muchos ganchos fijados en las paredes son testimonio de que ahí se colgaban herramientas y quizás productos agrícolas. Ahora sirven para colgar capas y alforjas. La tercera, más que una estancia, es un pasillo ancho, porque la largura está desproporcionada con respecto a la anchura, y está vacía. Debe haber servido como refugio para ganado, porque tiene un pesebre y argollas en la pared, y se ven en el suelo las hendiduras propias de terrenos pisados por cascos herrados. Ahora no hay nada.
Fuera, junto a este último recinto, un ancho pórtico rústico, hecho de un techo cubierto de haces de ramas y pizarra, apoyado sobre troncos de árbol apenas descortezados. No es ni siquiera un pórtico, es un cobertizo, porque está abierto por tres lados: dos de al menos diez metros de largo; el lado estrecho tiene unos cinco metros, no más. Durante el verano una parra debe extender de tronco a tronco sus ramas en el lado sur. Ahora está desnuda, mostrando sus esqueléticas ramas; como también está desnuda una gigantesca higuera que en verano da sombra al pilón que está en el centro de la era, puesto sin duda para abrevar el ganado. Está al lado de un pozo rudimentario, o sea, de un agujero al ras del suelo apenas señalado por un círculo de piedras planas y blancas.
Esta es la casa que acoge a Jesús y a los suyos en el lugar llamado "Aguas Claras". Campos –o, mejor, prados y viñedo– la rodean, y, a la distancia de unos trescientos metros aproximadamente (no tome por artículo de fe mis mediciones), se ve otra casa, entre los campos –más bonita, debido a que, al contrario de ésta, está provista de terraza en el tejado–. Más allá de esta otra casa, celan la vista bosques de olivos y de otros tipos de árboles, parte despojados de hojas, parte frondosos.

2 Pedro, su hermano y Juan trabajan con gusto barriendo la era y las estancias, haciendo las necesarias reparaciones en las camas, sacando agua. Es más, Pedro hace todo un montaje en torno al pozo para poner en funcionamiento y reforzar las sogas y hacer así más práctico y cómodo el sacar el agua. Por su parte los dos primos de Jesús trabajan con martillo y lima en cerraduras y contraventanas, y Santiago de Zebedeo los ayuda serrando y trabajando con el hacha como un obrero de astilleros.
Tomás está atareado en la cocina; sabe en manera tal dosificar lumbre y llama y limpiar expeditivo las verduras que el guapo de Judas se ha dignado traer del pueblo cercano, que parece un cocinero experto. Comprendo que hay un pueblo, más o menos grande, por la explicación de Judas de que el pan lo hacen sólo dos veces a la semana y de que, por lo tanto, ese día no hay pan.
Habiéndolo oído Pedro, dice: “Pues haremos tortas en las brasas. Allí está la harina. Rápido, quítate el vestido y haz la masa, luego me ocupo yo de cocerlas; que sé hacerlo”.
Y no puedo menos que echarme a reír viendo que Judas Iscariote se humilla, sólo con la prenda corta, amasando la harina, llenándose bien de polvo.
Jesús no está, y también faltan Simón, Bartolomé, Mateo y Felipe.
“Lo peor es hoy -responde Pedro a un refunfuño de Judas de Keriot- pero ya mañana irá mejor, y para la primavera irá bien del todo...”.
“¿Para la primavera? ¿Pero vamos a estar siempre aquí?” dice Judas asustado.
“¿Por qué? ¿No es una casa? Llover, aquí no llueve. Hay agua para beber. No falta el hogar. Pues, ¿qué más quieres? Yo me encuentro aquí muy bien, y es que, además, aquí no siento el mal olor de fariseos y compañía...”.
“Pedro, vamos a sacar las redes” dice Andrés, y se lleva consigo afuera a su hermano antes de que empiece un altercado entre él y Judas.
“Ese hombre no me puede ver” exclama éste.
“No. No puedes decir eso. Muestra esa franqueza con todos. Pero es bueno. Eres tú el que está siempre malhumorado” responde Tomás (el cual, por el contrario, tiene siempre un óptimo humor).
“Es que yo pensaba que fuera otra cosa...”.
“Mi primo no te prohíbe ir a ocuparte de las otras cosas” dice serenamente Santiago de Alfeo. “Yo creo que todos, debido a nuestra necedad, pensábamos que seguirle fuera otra cosa; pero esto sucede porque somos de dura cerviz y tenemos una gran soberbia. El no ha ocultado nunca el peligro ni el esfuerzo que supone el seguirle”.
Judas refunfuña entre dientes.
El otro Judas, Tadeo, que está trabajando con un estante de la cocina para transformarle en pequeño armario, le responde: “Estás equivocado. Estás equivocado incluso desde el punto de vista de las costumbres: todo israelita debe trabajar; y nosotros trabajamos. ¿Te pesa tanto el trabajo? Yo no lo siento, porque desde que estoy con El todas las dificultades se hacen livianas”.
“Yo tampoco echo de menos nada, y me siento contento de estar ahora verdaderamente como en familia” dice Santiago de Zebedeo.
“¡Pues sí vamos a hacer mucho aquí!...” observa irónicamente Judas de Keriot.
“Pero bueno, vamos a ver, ¿qué quieres?, ¿qué pretendes? ¿Una corte como la de un sátrapa? No te permito criticar lo que hace mi primo. ¿Entendido?” replica bruscamente Judas Tadeo.
“Calla, hermano. Jesús no quiere estas disputas. Hablemos lo menos posible y hagamos lo más posible. Será mejor para todos. Por otro lado... si El no logra cambiar los corazones... ¿puedes esperar conseguirlo tú con tus palabras?” dice Santiago de Alfeo.
“¿El corazón que no cambia es el mío, verdad?” pregunta agresivamente Judas Iscariote.
Más Santiago no le responde; es más, pilla una punta con los labios y se pone a clavar vigorosamente unos tablones, haciendo un estruendo tal, que el rezongueo de Judas se pierde.

3 Transcurre un tiempo y entran contemporáneamente Isaac con unos huevos y una cesta de fragantes panes y Andrés con una nasa con peces.
“Mirad -dice Isaac- los manda el encargado y dice que si necesitamos algo. Estas son las órdenes que ha recibido”.
“¿Ves como no nos vamos a morir de hambre?” dice Tomás a Judas Iscariote. Y dice: “Dame esos peces, Andrés. ¡Qué hermosos! Lo que pasa es que aquí no sé cómo prepararlos”.
“Déjame a mí -dice Andrés- Soy pescador” y se pone en un ángulo a abrir sus peces, aún vivos.
“Está viniendo el Maestro. Ha ido a dar una vuelta por el pueblo y por los campos. Vais a ver como pronto vendrán algunos. Ha curado ya a uno que estaba enfermo de los ojos. Además yo ya había recorrido estos campos y sabían...”.
“¡Ya, claro! ¡Yo, yo!... Todo los pastores... Nosotros hemos dejado –yo al menos– una vida segura y hemos hecho esto y hemos hecho lo otro, pero no se ha hecho nada...”.
Isaac mira sorprendido a Judas Iscariote... pero, filosóficamente, no replica. Los demás le imitan... aunque hierven por dentro.

4 “Paz a todos vosotros”. Es Jesús. Está en el umbral de la puerta, sonriente, bueno. Parece como si el Sol aumentara de esplendor por su llegada. “¡Pero qué animosos! ¡Todos trabajando! ¿Puedo ayudarte, primo?”.
“No, descansa. Ya he terminado”.
“Venimos cargados de comida. Todos han querido dar algo. ¡Si todos tuvieran el corazón de los humildes...!” dice Jesús un poco triste.
“¡Oh, mi Maestro! ¡Que Dios te bendiga!”. Es Pedro, que entra en ese momento con un haz de leña en los hombros, y que saluda así, bajo su peso, a su Jesús.
“También a ti, Pedro; que te bendiga el Señor. ¡Habéis trabajado mucho!”.
“Y más que trabajaremos en las horas libres. ¡Tenemos una casa en el campo... y tenemos que hacer de ella un Edén! Para empezar he arreglado el pozo, al menos para poder ver de noche dónde está, y para estar seguros de no perder los cántaros al introducirlos en él. Luego... ¿ves qué hábiles son tus primos! Todas estas cosas son necesarias para quien debe vivir largo tiempo en un lugar, y yo, que soy pescador, no habría sabido hacerlas. Verdaderamente hábiles. Y también Tomás: podría estar en la cocina de Herodes. También Judas lo hace bien, ha hecho unas tortas espléndidas...”.
“E inútiles. Hay pan” responde de mal humor Judas.
Pedro le mira y yo me espero una respuesta punzante, pero se limita a mover la cabeza; luego prepara bien la ceniza y extiende encima sus tortas.
“Dentro de poco todo está listo” dice Tomás, y ríe.

5 “¿Vas a hablar hoy?” pregunta Santiago de Zebedeo.
“Sí. Entre sexta y nona. Vuestros compañeros lo han dicho. Por lo tanto, comamos rápidamente”.
Pasa un poco de tiempo todavía. Juan coloca el pan en la mesa, prepara los asientos, lleva las copas y las ánforas, y Tomás lleva las verduras cocidas y el pescado asado.
Jesús está en el centro, ofrece, bendice, distribuye. Todos comen con gusto.
Están todavía comiendo, cuando algunas personas se presentan en la era.
Pedro se levanta y va hasta la puerta: “¿Qué queréis?”.
“Ver al Rabí. ¿No habla aquí?”.
“Habla. Pero ahora está comiendo, porque también El es hombre. Sentaos allí, debajo del cobertizo”.
El pequeño grupo se marcha y se pone debajo del rústico cobertizo.
“La verdad es que viene el frío y frecuentemente vamos a tener lluvia. Pienso que sería buena cosa usar ese establo vacío. Lo he limpiado como se debe. El pesebre será el sitial...”.
“No hagas ironías necias. El Rabí es rabí” dice Judas.
“Pero, qué ironías. ¡Si nació en un establo, podrá hablar desde un pesebre!”.
“Pedro tiene razón. Pero, os lo ruego: ¡quereos!”. Jesús parece incluso cansado al decir estas palabras.
Terminan de comer y Jesús sale en seguida para dirigirse hacia la pequeña muchedumbre.
“Espera, Maestro” le grita desde atrás Pedro. “Tu primo te ha hecho un asiento porque allí está húmedo el suelo”.
“No es necesario. Ya sabes. Hablo de pie. La gente quiere verme y Yo la quiero ver. Más bien... haced asientos y lechos portátiles. Quizás vengan algunos enfermos... y harán falta”.
“¡Piensas siempre en los demás, Maestro bueno!” dice Juan... y le besa la mano.
Jesús se dirige, con su sonrisa ligeramente triste, hacia el grupo de personas. Con El van todos los discípulos.
Pedro, que está justo al lado de Jesús, le hace inclinarse hacia él y le susurra en voz baja: “Detrás de la tapia está aquella mujer velada. La he visto. Está allí desde esta mañana. Ha venido detrás de nosotros desde Betania. ¿La echo o la dejo?”.
“Déjala. Ya lo he dicho”.
“Pero, ¿si es una espía, como dice Judas?...”.
“No lo es. Fíate de todo lo que te digo. Déjala y no digas nada a los demás. Y respeta su secreto”.
“He mantenido silencio porque pensaba que era correcto...”.

6 “Paz a vosotros que buscáis la Palabra” comienza Jesús. Y va hasta el fondo del porche, dejando a sus espaldas la tapia de la casa. Habla lentamente al grupo de unas veinte personas que están, con el calorcito de un solecillo de noviembre, sentadas en el suelo o apoyadas en los soportes.
“El hombre cae en un error al considerar la vida y la muerte, y al aplicar estos dos nombres. Llama "vida" al tiempo en que, dado a luz por la madre, comienza a respirar, a nutrirse, a moverse, a pensar, a obrar; y llama "muerte" al momento en que cesa de respirar, comer, moverse, pensar, obrar, viniendo a ser un despojo frío e insensible, preparado para entrar en un seno, el de un sepulcro. Pero no es así. Yo quiero haceros entender la "vida", indicaros las obras aptas para la vida.
Vida no es existencia. Existencia no es vida. Existe esta parra que se entrelaza con estos soportes, pero no tiene la vida de que Yo hablo. Existe también aquella oveja que bala atada a aquel árbol lejano, pero no tiene la vida de que Yo hablo. La vida de que Yo hablo no empieza con la existencia ni termina cuando la carne llega a su fin. ¡La vida de la cual Yo hablo tiene su principio no en un seno materno; tiene su principio cuando el Pensamiento de Dios crea un alma para habitar en una carne; termina cuando el Pecado la mata (107)!
Sin ella, el hombre no sería sino una semilla que crece, semilla de carne en vez de ser de gluten o de pulpa como la de los cereales o la de la fruta. Sin ella, no sería sino un animal en estado de formación, un embrión de animal no distinto del que ahora está creciendo en el seno de aquella oveja. Pero, dado que en esta concepción humana se infunde esta parte incorpórea (y que no obstante es la más potente con su incorporeidad sublimadora), entonces el embrión animal no sólo existe como corazón que palpita, sino que "vive" según el Pensamiento creador, y es el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, el hijo de Dios, el ciudadano futuro del Cielo.
Pero esto se produce si la vida dura. El hombre puede existir teniendo imagen de hombre, pero habiendo dejado de ser hombre, siendo un sepulcro en que se pudre la vida. Se comprende entonces que Yo diga: "La vida no empieza con la existencia y no termina cuando la carne llega a su fin". La vida comienza antes del nacimiento. La vida luego no tiene fin, porque el alma no muere, o sea, no se anula. Muere a su destino, que es el destino celeste, pero sobrevive en su castigo si así lo ha merecido. Muere a este destino feliz, cuando muere a la Gracia. Esta vida, alcanzada por una gangrena cual es la muerte a su destino, dura por los siglos de los siglos en la condena y en el tormento. Si, por el contrario, esta vida se conserva como tal, llega a la perfección del vivir y se hace eterna, perfecta, feliz como su Creador.

7 ¿Tenemos deberes respecto a la vida? Sí. La vida es un don de Dios. Todo don de Dios ha de usarse y conservarse con cuidado, porque es algo tan santo como el Dador. ¿Maltrataríais vosotros el don de un rey? No. Pasa a los herederos, y a los herederos de los herederos, como gloria de la familia. Y entonces, ¿por qué hacerlo con el don de Dios? Pero, ¿cómo se usa y conserva este don divino? ¿Cómo mantener en vida la paradisíaca flor del alma, conservándola así para los Cielos? ¿Cómo obtener el "vivir" por encima y más allá de la existencia?
Israel dispone de leyes claras al respecto y no tiene más que observarlas. Israel dispone de profetas y justos, los cuales dan el ejemplo y la palabra para practicar las leyes. Y ahora Israel dispone de santos. No puede, no debería, errar, por lo tanto, Israel. Pero Yo veo manchas en los corazones, y espíritus muertos pulular por todas partes.
Entonces os digo: Haced penitencia; abrid el corazón a la Palabra; poned en práctica la Ley inmutable; infundid nueva savia a la exhausta "vida" que está languideciendo en vosotros; si ya está muerta, acercaos a la Vida verdadera, a Dios. Llorad vuestras culpas, gritad: "¡Piedad!"... Y, en cualquier caso, renaced. No seáis muertos en vida, para no ser mañana eternos penantes. Yo no os voy a hablar más que del modo de alcanzar la vida o de conservarla. Otro os ha dicho (108): "Haced penitencia. Purificaos del fuego impuro de las lujurias, del fango de las culpas". Yo os digo: Pobres amigos, examinemos juntos la Ley. Oigamos en ella de nuevo la voz paterna del Dios verdadero. Y luego, juntos, oremos al Eterno, diciendo: "Descienda tu misericordia sobre nuestros corazones".
Es el tiempo del sombrío invierno. Pero dentro de poco vendrá la primavera. Un espíritu muerto es más triste que un bosque pelado por el hielo. Pero si la humildad, la voluntad, la penitencia y la fe penetran en vosotros, la vida volverá a vosotros como la de un bosque en primavera, y le floreceréis a Dios para, mañana (el mañana de los siglos y siglos) dar perenne fruto de vida eterna.
¡Acercaos a la Vida! Dejad de existir solamente y empezad a "vivir". La muerte no será entonces "fin", sino que será principio. El principio de un día sin ocaso, de una alegría sin cansancio y sin medida. La muerte será el triunfo de aquello que vivió antes de la carne, y triunfo de la misma carne, que será llamada, a la resurrección eterna, a coparticipar en esta Vida que Yo prometo en el nombre del Dios verdadero a todos aquellos que hayan "querido" la "vida" para su alma, pisando el sentido y las pasiones para gozar de la libertad de los hijos de Dios.
Idos, pues. Todos los días a esta hora os hablaré de la eterna verdad. El Señor esté con vosotros”.
La gente despeja el lugar, lentamente, haciendo muchos comentarios. Jesús vuelve a la solitaria casita y todo termina.

Continúa...

Notas:

106) Cuya mención se halla en 89.1 y en 109. 11.

107) “…¡ La vida… la mata !”. Esta afirmación (y semejantes) se explica si se parafrasea a la luz de la doctrina que expone la escritora en otros lugares, y aquí: “La vida de la que estoy hablando (vida no carnal sino espiritual, vida no sencillamente humana sino divina) no empieza con la existencia (esto es en virtud y desde el momento de la concepción) y no se acaba cuando la carne tiene su fin (esto es, con la muerte terrena). La vida de la que hablo no tiene principio en el seno materno (allí en efecto empieza la vida carnal y puramente terrena). Empieza (esta vida espiritual y divina) cuando creada nace un alma (la que naciendo de Dios, no puede nacer con pecado, aunque pasado el instante fulmíneo creativo, inmediatamente contraiga el pecado original) del Pensamiento del Creador, de Dios, para habitar en una carne, tiene fin cuando el pecado (original contraído o actual cometido) la mata”.

108) Cfr. Mt. 3, 1–12; 14, 1–12; Mc. 1, 1–8; 6, 14–29; Lc. 3, 2–20; 9, 7–9.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

20 DE JULIO: SANTA MARGARITA, VIRGEN Y MÁRTIR


20 de Julio: Santa Margarita, virgen y mártir

(† 175)

La gloriosa virgen y mártir santa Margarita, que los griegos y algunos autores llaman Marina, fue natural de la ciudad de Antioquía de Pisidia, e hija de un famoso sacerdote de los dioses, llamado Edisio. 

La crio una buena mujer, la cual le infundió con la leche la fe cristiana y la educó en santas costumbres. 

Se enternecía sobremanera cuando oía decir los suplicios con que los santos mártires eran despedazados, y la constancia y fortaleza con que los padecían; y le venía gran deseo de imitarlos y de morir como ellos por Jesucristo. 

Por esta causa era aborrecida y maltratada por su padre idólatra y sacerdote de los ídolos, el cual llevó su inhumanidad hasta el extremo de acusarla y de ponerla en manos del impío presidente Olibrío. 

Este tirano se había enamorado de la belleza de Margarita, y no pudiendo atraerla a su voluntad con astucia ni con fuerza, trocó todo el amor en odio, y quiso vengarse de ella con tormentos. 

La mandó tender en el suelo, y azotar cruelísimamente, hasta que de su delicado cuerpo saliesen arroyos de sangre, lo cual, aunque hizo derramar lágrimas de pura lástima al pueblo que estaba presente, no ablandó el pecho de la santa virgen, que parecía no sentir aquellos despiadados azotes como si no se descargaran sobre ella. 

La llevaron después arrastrando a la cárcel, donde rogando la santa con gran devoción al Señor que le diese fortaleza y perseverancia hasta el fin, oyó un temeroso ruido, y vio al demonio en figura de un dragón terrible que con silbidos y un olor intolerable se llegó a ella como que la quería tragar. 

Mas la cristiana virgen, armándose con la señal de la cruz, lo ahuyentó, y luego aquel oscuro calabozo resplandeció con una luz clarísima y divina, y se oyó una voz que dijo: 

- Margarita, sierva de Dios, alégrate, porque has vencido. 

Al día siguiente la mandó el juez comparecer delante de sí y con gran asombro observó que estaba sana de sus heridas, y llamándola hechicera, la mandó desnudar y con antorchas encendidas abrasar los pechos y costados. 

Después ordenó que trajesen una gran tina de agua, y que echasen en ella a la santa virgen atada, de suerte que sin poderse moverse, se ahogase. 

Y cuando la sumergían en el agua, bajó una claridad grandísima, y una paloma que se sentó sobre la cabeza de la santa. 

Por este milagro, se convirtieron muchos de los que presentes estaban, en los cuales el presidente ejercitó su crueldad, dando sentencia que tanto ellos como la santa, fuesen degollados. 

Al tiempo que el verdugo estaba con la espada en la mano para ejecutar la sentencia, tembló la tierra con súbito terremoto, y animando la misma santa al verdugo, fue degollada y recibió de mano de su amorosísimo y celestial Esposo la corona doblada de su virginidad y martirio.

Reflexión:

En el martirio de esta santa doncella vemos cumplida aquella palabra del Señor que dijo: “Vine a separar el hijo de su padre y la hija de su madre”, porque siendo tan contraria la santidad del Evangelio a la impiedad de la antigua superstición, era imposible que en una misma familia viviesen en paz cristianos e idólatras. Estos infieles, a falta de verdad, echaban mano de la fuerza y violencia contra los fieles de Cristo, como se ve en el martirio de nuestra santa. Y ¿de dónde nacen ahora las persecuciones que padecen los buenos católicos de los impíos, sino de la enemistad irreconciliable de la impiedad con la fe y del vicio con la virtud?

Oración:

Te suplicamos, Señor, que nos alcances el perdón de nuestros pecados por la intercesión de la bienaventurada virgen y mártir Margarita, que tanto te agradó, por el mérito de su castidad y por la manifestación de tu soberana fortaleza. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

NOTA: Santa Margarita de Antioquía fue removida del calendario litúrgico universal de la Iglesia Católica en 1969, tras el nefasto conciliábulo Vaticano II, mediante el Motu Proprio Mysterii Paschalis dictado por el falso papa Pablo VI.
 

domingo, 19 de julio de 2026

PARALELISMOS ENTRE LA PASIÓN DE LA IGLESIA Y LA PASIÓN DE CRISTO

Existen muchos paralelismos sorprendentes entre la Pasión de Nuestro Señor y la crisis actual, a veces llamada la "Pasión de la Iglesia".

Por Peregrinus


La conspiración contra Nuestro Señor

La Pasión de Nuestro Señor:

Una conspiración secreta del clero judío contra Nuestro Señor Jesucristo.

La Pasión de la Iglesia:

Una conspiración secreta del clero modernista contra el Cuerpo Místico de Jesucristo.

Explicación adicional:

El clero judío, infiel y corrupto, no podía actuar abiertamente contra Cristo porque Él contaba con el apoyo del pueblo, por lo que buscaron un traidor entre sus propios discípulos para intentar destruirlo.

Sabemos, gracias a la Instrucción Permanente de la Alta Vendita, que, para destruir el Cuerpo Místico de Cristo, los masones buscaron y trabajaron para crear una generación de liberales imbuidos de ideas revolucionarias, dando origen a los modernistas: miembros de la Iglesia y del clero convertidos en traidores y enemigos internos.

Después de que el Papa San Pío X condenara el modernismo en 1907 y pusiera en marcha medidas para frenarlo, los modernistas cambiaron sus tácticas: pasaron de propagar abiertamente sus ideas a trabajar en secreto para ascender a altos cargos desde los que pudieran actuar en contra de las doctrinas, la liturgia y la disciplina de la Iglesia.

La agonía de Nuestro Señor

La Pasión de Nuestro Señor:

Los apóstoles duermen, pero Nuestro Señor está sudando sangre en el Jardín de Getsemaní, mientras sus enemigos se acercan.

La Pasión de la Iglesia:

En la década de 1950, en muchos lugares todo parecía ir bien para la Iglesia, pero el Papa Pío XII sufría en reclusión, con sus enemigos cerca.

Explicación adicional:

En la paz del Jardín, los apóstoles se durmieron y no parecieron comprender el peligro de que los enemigos de Cristo se acercaran, ni su inminente arresto, juicio y ejecución, del mismo modo que la gente en el auge y la paz de la Iglesia en la década de 1950 (excluyendo los países comunistas) no vio el peligro del ataque que se avecinaba contra el Papado, ni el desastre religioso, moral y social de la década siguiente.

Así como Cristo se retiró al Huerto, el Papa Pío XII decidió aislarse cada vez más en la década de 1950 y sufrió problemas de salud (exacerbados por su médico), mientras que algunos de sus allegados resultaron ser modernistas, como su pro-secretario Montini (más tarde Pablo VI) o su confesor personal, el cardenal Bea, posteriormente autor del ecumenismo conciliar.

La traición a Nuestro Señor

La Pasión de Nuestro Señor:

Uno de los apóstoles traicionó a Nuestro Señor.

La Pasión de la Iglesia:

Algunos de los obispos (que son los sucesores de los apóstoles) traicionaron a la Iglesia.

Explicación adicional:

Informes de inteligencia estadounidenses desclasificados [Ed.: supuestamente] afirman que hubo irregularidades en el Cónclave de 1958: [Ed.: supuestamente] El cardenal Siri fue elegido, pero fue amenazado por algunos cardenales, por lo que se negó. (Aparentemente, algunos cardenales traicionaron a la Iglesia [Ed., si es así] , porque de otro modo, ¿cómo podrían los ajenos saber de estas cosas que son estrictamente secretas bajo pena de excomunión?) Es interesante que la persona que salió del cónclave como “papa”, Juan XXIII, eligiera el nombre y el número exactos de un (anti)papa anterior de legitimidad cuestionada (1).

El arresto de Nuestro Señor

La Pasión de Nuestro Señor:

Los judíos apresaron a Nuestro Señor, lo golpearon muchas veces y se burlaron de él.

La Pasión de la Iglesia:

Los perversos modernistas se apoderaron de la Iglesia bajo Juan XXIII y comenzaron a destruirla y humillarla.

Explicación adicional:

El liberal Juan XXIII sentó las bases para los actos posteriores de Montini, al cambiar la liturgia, incluido el Canon, eliminando el Último Evangelio, la oración a San Miguel y el resto de las oraciones leoninas después de la Misa rezada, eliminando varios Santos y fiestas importantes del Calendario, instituyendo un falso ecumenismo, libertad religiosa, acercamiento al comunismo, honrando a representantes de religiones falsas...

La dispersión de los Apóstoles

La Pasión de Nuestro Señor:

Los apóstoles y la mayoría de los discípulos se dispersaron; hasta la Resurrección, solo quedaron San Juan y unas pocas mujeres.

La Pasión de la Iglesia:

Durante el nefasto concilio, solo un pequeño número de obispos luchó contra los modernistas, y después del concilio el número se redujo a solo unos pocos obispos, unos pocos sacerdotes y unos pocos laicos.

Explicación adicional:

Durante el concilio, solo entre 70 y 250 obispos (de los 2500 a 2900 asistentes) defendieron el Cuerpo Místico de Cristo de los ataques de los modernistas, y después del concilio, solo el arzobispo Lefebvre, el obispo de Castro Mayer, el cardenal Ottaviani, Siri y algunos otros obispos continuaron luchando contra la destrucción infligida por los modernistas, junto con sacerdotes como el padre Sáenz y Arriaga, el padre Guérard des Lauriers, el abad de Nantes y otros.

La negación de San Pedro

La Pasión de Nuestro Señor:

Cuando los judíos le preguntaron en la corte del Sumo Sacerdote, Pedro negó a Nuestro Señor tres veces.

La Pasión de la Iglesia:

Algunos dicen que el Cardenal Siri fue elegido en tres Cónclaves (1958, 1963 y en el primer Cónclave de 1978), pero que se negó cada vez porque fue amenazado por los masones infiltrados entre los Cardenales, o que la primera vez aceptó la elección pero cuando fue amenazado, por miedo retiró su aceptación (según el Derecho Canónico, tal renuncia sería inválida).

Explicación adicional:

Pedro aún no era Papa cuando negó tres veces a Nuestro Señor. Nuestro Señor le prometió que sería el Papa (“Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia”), pero solo después de la Resurrección en el lago de Tiberíades le otorgó el Papado, cuando le dijo: “Apacienta mis ovejas”, etc. (Concilio Vaticano I, Pastor Aeternus, cap. 1) (2).

Debido a la falta de pruebas irrefutables, incluso si el Cardenal Siri hubiera sido elegido, lo cual no podemos afirmar categóricamente, como mucho podría considerarse un papa dudoso.

Nuestro Señor interrogado por el Sumo Sacerdote

La Pasión de Nuestro Señor:

Nuestro Señor es llevado ante Anás, quien había sido sumo sacerdote años atrás y era suegro del sumo sacerdote Caifás. Anás lo interroga y su sirviente golpea a Jesús, pero Anás no emite ningún juicio, sino que envía a Nuestro Señor ante Caifás.

La Pasión de la Iglesia:

Juan XXIII inicia el concilio, permite inmediatamente que se rechacen los esquemas preparatorios ortodoxos y deja que los modernistas asuman el liderazgo en los comités, pero muere antes de que se proclame ningún error.

Explicación adicional:

Así como el siervo de Anás golpeó a Nuestro Señor, Juan XXIII golpeó el Cuerpo Místico de Nuestro Señor al rechazar los esquemas ortodoxos y dejar que los modernistas decidieran qué se transmitiría.

El concilio perverso, convocado primero por Juan XXIII y luego por Pablo VI, en el que se repudió la doctrina católica, es un paralelismo con la reunión convocada por Anás y luego por Caifás, en la que se repudió a Nuestro Señor.

El Concilio de Caifás

La Pasión de Nuestro Señor:

Caifás convocó un concilio de sacerdotes y rechazó la doctrina de Nuestro Señor, demostrándolo primero rasgando sus vestiduras, con lo cual perdió su autoridad y la cátedra de Sumo Sacerdote quedó vacante.

La Pasión de la Iglesia:

En el concilio, Pablo VI rechazó la doctrina católica para sustituirla por errores y herejías modernistas. Antes de promulgar la herejía, renunció a la tiara, el anillo y la cruz pectoral papales con la intención de que se vendan, demostrando así que había perdido su poder y que la Sede Papal estaba vacante (pues ni un verdadero Papa ni un verdadero concilio ecuménico, que solo existe si hay un Papa, podrían promulgar herejías).

Explicación adicional:

El gran Doctor y Padre de la Iglesia, San Jerónimo, comenta:

“Y al rasgarse las vestiduras, [Caifás] mostró que los judíos habían perdido la gloria sacerdotal y que el trono de su Sumo Sacerdote estaba vacante. Pues al rasgarse las vestiduras rasgó el velo de la Ley que lo cubría [Dios había prohibido a los Sumos Sacerdotes rasgarse las vestiduras en Levítico 21:10]” (3).

Antes de renunciar públicamente a la Verdad revelada por Dios con palabras, tanto Caifás como Pablo VI renunciaron primero a su autoridad con gestos externos. La cronología:

• 13 de noviembre de 1964 – Pablo VI renunció a la tiara y quiso venderla.

• 21 de noviembre de 1964 – Primer lote de documentos heréticos del concilio Vaticano II

• 4 de octubre de 1965 – Pablo VI entregó el anillo y la cruz pectoral a la ONU para su venta.

• 28 de octubre de 1965 – Segundo lote de documentos heréticos del concilio Vaticano II

Nuestro Señor ante el poder civil

La Pasión de Nuestro Señor:

Los sacerdotes judíos llevaron a Nuestro Señor ante Pilato y le pidieron que lo condene por proclamarse rey. Pilato lo interrogó sobre su reino y lo envió ante Herodes, el gobernante judío. Ninguno de los dos quiso condenarlo a muerte.

San Lucas escribió que el judío Herodes y el pagano Pilato, que hasta entonces habían sido enemigos, ese día se hicieron amigos.

La Pasión de la Iglesia:

Tras el concilio, los modernistas exigieron a los estados católicos que dejaran de profesar la Fe y reconocieran también las religiones falsas, rechazando así la enseñanza católica de que Jesucristo es y debe ser Rey sobre todo gobierno y toda sociedad. Entonces, los estados que antes eran católicos se volvieron amigos del mundo no creyente. Sin embargo, aunque los modernistas persiguieron abiertamente a los fieles, ni los estados que antes eran católicos ni los estados no creyentes comenzaron a hacerlo.

Explicación adicional:

Así como los judíos incrédulos rechazaron la realeza de Jesús, el Mesías por el que generaciones de sus antepasados ​​oraron y esperaron, los modernistas incrédulos rechazaron el reinado de Cristo como Rey, en una sociedad católica que los antepasados ​​de muchos de ellos trabajaron para crear y mantener.

Los estados que rechazaron así el dulce yugo de Nuestro Señor se hicieron amigos del mundo caído que no conocía a Cristo.

Los modernistas instauraron una persecución abierta y aún vigente contra los católicos fieles a la Iglesia verdadera, con condenas por desobediencia y cisma, expulsión de iglesias, suspensiones de clérigos y excomuniones. Esto es similar a muchas persecuciones sufridas por los fieles a manos de herejes en el pasado, pero sin derramamiento de sangre. Sin embargo, el poder civil no participó en dicha persecución, e incluso en ocasiones ayudó a católicos fieles, como en el famoso caso de la iglesia de Saint-Nicolas-du-Chardonnet en París.

La flagelación y el porte de la Cruz

La Pasión de Nuestro Señor:

Cristo fue flagelado y obligado a cargar la Cruz hasta el Monte Calvario.

La pasión de la Iglesia:

Tras el concilio, los modernistas abolieron o modificaron drásticamente la mayoría de las instituciones, leyes, sacramentos, etc. de la Iglesia. Muchos sacerdotes quedaron desconsolados.

Explicación adicional:

Al igual que los actos descarados de la rebelión protestante, los cambios destructivos de 1964 a 1969 avanzaron a un ritmo vertiginoso, con un gran fervor por destruir en ese breve tiempo lo que se había construido durante milenios, y reducir la gloriosa liturgia, doctrina y disciplina de la Iglesia al nivel degradado de las estériles sectas heréticas, actuando así para, en efecto, protestantizar la fe del pueblo y del clero. Nada se asemeja más a estas aflicciones y humillaciones del Cuerpo Místico que la flagelación y las múltiples humillaciones que Nuestro Señor sufrió en su Pasión el Viernes Santo.

La crucifixión

La Pasión de Nuestro Señor:

Cristo fue crucificado, tuvo misericordia por el buen ladrón, murió en la Cruz.

La Pasión de la Iglesia:

Como culminación de su destrucción, los modernistas prohibieron la Misa Católica de rito romano e introdujeron una falsificación: modificaron las Palabras de la Consagración, introdujeron la sacrílega comunión en la mano y nuevas tablas de Lutero con el sacerdote dando la espalda al altar y al Santísimo Sacramento. Los fieles perdieron el acceso a muchas gracias y a Misas indiscutiblemente válidas que confesaban la Fe Católica. Pero, como en el caso del buen ladrón, incluso en tiempos así hay conversos que aceptan la Verdadera Fe y se salvan.

Explicación adicional:

Ese fue el culmen de la destrucción porque, así como con la muerte de Cristo se les arrebató a sus discípulos lo más preciado —su dulce presencia—, también, en 1969, los modernistas les arrebataron lo más preciado a los fieles: la Verdadera Misa, en la que Cristo está verdaderamente presente y los fieles se nutren de su Santísimo Cuerpo y Sangre, y de su doctrina celestial.

El entierro de Cristo

La Pasión de Nuestro Señor:

Cristo fue colocado en el sepulcro; los Apóstoles se escondieron de los judíos.

La Pasión de la Iglesia:

La Iglesia parece estar en un sepulcro: la mayoría de los obispos válidos han desertado o muerto, el resto guarda silencio y se esconde de los modernistas (y lo mismo ocurre con los sacerdotes), la mayoría de los católicos han desertado, y los que no lo han hecho viven en gran ignorancia sobre la Fe y a menudo viven como paganos; la Verdadera Fe y la Verdadera Misa están presentes en muy pocos lugares…

Explicación adicional:

Estamos viviendo el Viernes Santo (después de que Cristo fue sepultado) y el Sábado Santo del Cuerpo Místico de Cristo. Si bien la Iglesia no puede morir realmente, se ha acercado lo más posible a la muerte y al entierro. La mayoría de sus iglesias están vacías o en estado de profanación, y se realizan ritos no católicos “sobre el altar opuesto al altar de Dios” (super aram, quæ erat contra altare), en paralelo a la profanación del Templo por el rey Antíoco (1 Mac. 1:62).

Con las falsas palabras de consagración utilizadas en las misas del novus ordo y la dudosa validez de sus ordenaciones, nos preguntamos si Nuestro Señor sigue presente allí. Los fieles a la Verdadera Misa y a la Verdadera Iglesia no son bienvenidos y se ven obligados a congregarse, en su mayoría, en lugares anteriormente seculares, no destinados al culto público, lamentando la pérdida de nuestras iglesias y orando y esperando su restauración.

La Resurrección

La Pasión de Nuestro Señor:

Cristo resucitó en gloria; los apóstoles se reunieron y Él se les apareció, y después le otorgó a San Pedro el Papado en el lago de Tiberíades.

La Pasión de la Iglesia:

Un tiempo de restauración, en el que se elegirá un Papa ya sea por la conversión del pretendiente actual, por una intervención directa del Cielo (4) o por todos los obispos del mundo que sobrevivan a la devastación y las persecuciones mencionadas en las profecías católicas y, ya sin miedo ni engaño, proporcionen a la Iglesia el tan esperado Sumo Pontífice, que restaurará a la Iglesia a una gloria aún mayor que antes.

Explicación adicional:

¿Qué puede ser comparable a la Resurrección de Cristo después de su Pasión y sepultura sino la Resurrección de su Cuerpo Místico después de su Pasión y sepultura?

Comentario sobre la Resurrección de la Iglesia

Algunos católicos tradicionalistas tal vez no estarían de acuerdo con el último paralelismo, la Restauración de la Iglesia, porque algunos creen que no ocurrirá antes del Fin del Mundo, o que solo ocurrirá después de la derrota del Anticristo.

Es fácil responder a quienes afirman lo último. Sabemos, por las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, que el tiempo entre la muerte del Anticristo y el Juicio Final será muy breve, medido en días o semanas, no en años; tiempo insuficiente para la Gloriosa Restauración de la profecía católica.

Si bien no podemos ofrecer respuestas definitivas, podemos establecer paralelismos e intentar formular las preguntas adecuadas.

Durante la Pasión de Nuestro Señor, casi todos los apóstoles y discípulos huyeron y se escondieron. Olvidaron o dudaron de lo que Él les había dicho sobre su Resurrección al tercer día. Debió parecerles increíble que aquel a quien habían visto humillado, torturado y asesinado pudiera resucitar de entre los muertos. La situación parecía completamente desesperada. Pensaban que la Muerte había vencido. Sin embargo, la Virgen María conocía las profecías del Antiguo Testamento y creía firmemente que lo que Nuestro Señor había dicho sucedería. Y así fue.

También se nos advirtió de antemano que la Iglesia sería atacada y estaría al borde de la destrucción (por ejemplo, en las apariciones de Nuestra Señora del Buen Suceso y en la conversación que, según se dice, el Papa León XIII escuchó entre Nuestro Señor y Satanás), pero también que sería restaurada y triunfaría sobre todos sus enemigos. La mayoría de los sucesores de los apóstoles, así como la mayoría de los fieles, abandonaron la Iglesia o se escondieron, y aún permanecen ocultos. La restauración de la Iglesia parece muy desesperanzadora. ¿Acaso debemos creer que la Muerte vencerá al Cuerpo Místico?

Se podría objetar que la Iglesia será restaurada después del fin del mundo. Si alguien les hubiera dicho a los apóstoles, escondidos el Sábado Santo, que Cristo resucitaría al final de los tiempos, sin duda lo habrían aceptado sin problema, pues los judíos fieles creían en la Resurrección de los Muertos en el último día. Pero Nuestro Señor no esperó la eternidad para su victoria. ¿Por qué habría de esperar su Cuerpo Místico la eternidad?

Mirando con los ojos del mundo, después de la muerte y sepultura de Cristo, ¿quién parecía más insensato: el que pensaba que Jesús de Nazaret estaba muerto y sepultado, y que su secta había sido destruida sin esperanza de ser restaurada, o el que creía que Jesús resucitaría de entre los muertos, y que esa secta judía derrotada convertiría a todo el mundo romano?

Sin duda, a estos últimos los habrían tachado de completamente locos. Al fin y al cabo, ¿quién puede resucitar de entre los muertos? ¿Cómo pudo una minúscula secta marginal conquistar el poderoso Imperio Romano? Pero lo hizo.

Y hoy, ¿quién parece más necio a los ojos del mundo: el que piensa que la Iglesia preconciliar está muerta y enterrada, para no volver jamás, y que los católicos tradicionalistas son una minúscula secta marginal que nunca podrá hacer nada para cambiar el mundo, o el que cree en las profecías de que la Iglesia preconciliar no solo será restaurada, sino que será aún más gloriosa que nunca, que convertirá al mundo, derrotará todas las herejías y el paganismo, y que todos serán católicos tradicionalistas?

Quienes creemos en esto último debemos parecer unos necios ante el mundo. Pero, ¿acaso debería importarnos?

¿Acaso no ha hecho Dios necia la sabiduría de este mundo? ... Porque la necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres.

“Pero Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo para avergonzar a los fuertes. Lo vil del mundo, lo despreciable, y lo que no es, escogió Dios para anular lo que es, para que nadie se gloríe delante de él” (1 Corintios 1)

Para rechazar la Restauración, habría que rechazar muchas profecías católicas, incluidas las apariciones de Nuestra Señora del Buen Suceso, las profecías de la Beata Ana María Taigi (cuyo cuerpo está incorrupto), San Francisco de Paula (también hallado incorrupto), Santa Hildegarda, San Luis María Grignion de Montfort y muchas otras. ¿No sería eso excesivo?

¿Podrían todos haberse equivocado? Quizás, pero ¿por qué deberíamos pensarlo sin pruebas sólidas que demuestren lo contrario?

Estas cuestiones parecen especialmente importantes hoy en día, cuando muchos dudan del triunfo de la Iglesia o se desesperan ante la duración de su Pasión mística, pensando que tal vez con medios humanos podríamos vencer, como si el Sábado Santo Nuestra Señora o San Juan hubieran intentado resucitar a Cristo ellos mismos.

Pero solo Él, el Alfa y la Omega, que entregó su vida por nosotros, tenía el poder de retomarla; y solo Él, que permitió que su Cuerpo Místico sufriera esta dolorosa Pasión, tiene el poder de otorgar la Victoria, por intercesión de Nuestra Señora, a quien ha reservado la gloria de destruir todas las herejías en el mundo entero.

Que su poderosa intercesión esté con todos nosotros en estos tiempos oscuros, y que todos nosotros, independientemente de los muchos puntos de vista y opiniones sobre las controversias de nuestro tiempo, mantengamos siempre los lazos de unidad en Cristo como miembros de su Cuerpo Místico.

Notas:


1) http://novusordowatch.org/fbi-consultant-cardinal-siri-elected-pope-1958/

3) De la colección de comentarios al Evangelio recopilados por Santo Tomás de Aquino, pág. 926. https://archive.org/stream/p3catenaaureacomm01thom#page/926/mode/2up

4) Por ejemplo, la Beata Ana María Taigi dice que San Pedro y San Pablo bajarán del Cielo y designarán al nuevo Papa.

Algunos rechazan esta posibilidad, argumentando que la Iglesia se rige por la ley, y no por la intervención divina. Además, se objeta que tal intervención divina a) constituiría una nueva revelación pública, lo cual es imposible; b) destruiría la visibilidad de la Iglesia, si su cabeza es elegida por el Cielo; c) rompería la sucesión legítima de San Pedro, ya que la sucesión no se realizaría conforme a la ley ni a la costumbre establecida.

Estas son objeciones serias. Sin embargo, parecerían quedar sin efecto si se entendiera la intervención divina como la designación o indicación de un hombre que debe ser elegido, seguida de la elección/aceptación legítima de este hombre por la Iglesia, según la ley o la costumbre.


Actualizado el 20 de mayo de 2026 con tres interpolaciones del editor, marcadas como tales y entre corchetes y en cursiva.
 

¿EL SANTO DEL DÍA... O LA FE DE CADA DÍA?

La Iglesia no nos presenta a los Santos simplemente como personalidades admirables de un pasado lejano, sino como testigos vivos de las verdades perennes de la Fe Católica.

Por el padre TJ Ojeka


Prólogo

Una publicación reciente en redes sociales que buscaba desestimar a los sedevacantistas con el siguiente comentario llamó mi atención:

¿Has visto alguna vez una publicación de Sede sobre el santo del día? Eso sí que es raro. Si conoces los pecados del Papa mejor que los Diez Mandamientos o las Bienaventuranzas (sin necesidad de consultarlos), quizás debas replantearte tus decisiones en la vida.

Es ingenioso. Es memorable. Además, es un ejemplo sorprendente de cómo la retórica reemplaza al argumento.

El comentario funciona como sátira porque apela a la emoción y a la caricatura. Fracasa como teología porque se basa en una serie de supuestos ocultos que se desmoronan al examinarlos.

Y lo que es más importante, malinterpreta tanto a los Santos como a la Fe Católica, lo cual es lamentable.

Los Santos no fueron canonizados simplemente por rezar. Fueron canonizados porque perseveraron en la Verdadera Fe y la defendieron, a menudo con un enorme sacrificio personal. La Iglesia los conmemora no solo para inspirar admiración o devoción superficial, sino para recordarnos que la santidad y la fidelidad son inseparables.

La cuestión, por lo tanto, no es si los católicos deben conocer a los Santos o defender la Fe.

Los Santos mismos nos enseñan a hacer ambas cosas.


La falsa elección

Obsérvese que la crítica se basa en un clásico falso dilema.

Sugiere que los católicos deben elegir entre:

• aprender las vidas de los Santos,

• estudiar los Diez Mandamientos,

• vivir las Bienaventuranzas,

o

• prestar atención a la corrupción doctrinal y a los actos públicos de los clérigos.

Pero esta es una elección que la Fe Católica nunca ha exigido.

La Iglesia jamás ha contrapuesto la devoción a los Santos a la vigilancia de la Fe, ni la santidad personal a la fidelidad doctrinal. Al contrario, siempre ha enseñado que ambas van de la mano.

La verdad y la santidad no son rivales.

Son inseparables.

Uno puede rezar fielmente el Rosario, meditar en los Mandamientos, cultivar las Bienaventuranzas, estudiar la vida de los Santos y, al mismo tiempo, permanecer vigilante contra los errores que amenazan el depósito de la Fe.

En efecto, estos deberes se refuerzan mutuamente.

Los Santos mismos lo demostraron. Su amor por la oración profundizó su amor por la verdad; su búsqueda de la santidad fortaleció su defensa de la Fe. No alcanzaron la santidad ignorando los errores de su época, sino manteniéndose firmes en la verdad a pesar de ellos.

La tradición católica siempre ha respondido:

Tanto el Santo del día como la Fe de cada día.

Un argumento falaz en lugar de una argumentación.

La crítica también caricaturiza la postura que pretende refutar.

Da la impresión de que los católicos tradicionales se pasan los días catalogando "los pecados del papa", como si su religión consistiera en escudriñar las faltas personales.

Pero ese no es el problema.

Los católicos tradicionalistas no se preocupan principalmente por las faltas privadas, que pertenecen al juicio de Dios a menos que se conviertan en un escándalo público.

Su preocupación radica en la doctrina pública, los actos públicos y los escándalos públicos que afectan la integridad de la Fe Católica y la salvación de las almas.

La verdadera pregunta no es:

¿Ha cometido este hombre pecados personales?

La verdadera pregunta es:

¿Son compatibles sus enseñanzas públicas, actos oficiales y prácticas religiosas con la doctrina perenne de la Iglesia Católica?

Eso no es chisme.

Se trata de una cuestión teológica sobre la virtud de la Fe misma. ¿O acaso el significado del chisme ha cambiado últimamente?

A lo largo de la historia, la Iglesia ha juzgado a obispos, teólogos, concilios e incluso papas según este mismo principio: no por su personalidad, sino por la ortodoxia de su enseñanza pública.

Una vez que se dejan de lado las personalidades, solo quedan los principios.

Personas y Principios

A continuación, surge otra confusión.

Las críticas reducen la controversia a cuestiones de personalidad, como si el debate girara en torno a la simpatía o antipatía hacia determinados clérigos.

No lo es.

Las personas son ajenas a la controversia.

Los principios son sustanciales.

Las personas van y vienen.

La verdad que Cristo confió a su Iglesia permanece.

La Doctrina Católica no está determinada por la dignidad, la popularidad o el cargo de quien habla, sino por su conformidad con la revelación divina y la enseñanza perenne de la Iglesia.

Por lo tanto, la pregunta decisiva nunca es:

¿Quién lo dijo?

Mas bien:

¿Es cierto?

O más precisamente:

¿Está de acuerdo con la Fe Católica transmitida por los Apóstoles?

Ese siempre ha sido el estándar de la Iglesia.

Todos los Santos fueron juzgados según ese criterio.

¿Qué es un Santo?

Esto nos lleva naturalmente a otra pregunta.

¿Qué es exactamente un Santo?

• Un Santo no es simplemente alguien que fue amable.

• Ni tampoco alguien que simplemente rezaba.

• Ni tampoco simplemente una persona de admirable carácter moral.

Un Santo es aquel que amó a Dios por encima de todas las cosas, perseveró en la gracia santificante y permaneció fiel a la verdad que Dios reveló y que la Iglesia propuso para la Fe.

La santidad es la perfección de la caridad, pero la caridad misma es inseparable de la Fe.

Por esta razón, muchos de los Santos más importantes de la Iglesia son recordados no solo por sus virtudes, sino también por su defensa inquebrantable de la Doctrina Católica.

• San Atanasio defendió la divinidad de Cristo.

• San Cirilo de Alejandría defendió la maternidad divina de la Virgen María.

• Santo Domingo se opuso a la herejía albigense.

• Santo Tomás Becket defendió la libertad de la Iglesia.

• San Juan Fisher y Santo Tomás Moro se negaron a traicionar a la Iglesia a cambio del favor real.

• San Roberto Belarmino defendió la Doctrina Católica contra el protestantismo.

• San Pío X combatió el modernismo con una claridad inquebrantable.

Se convirtieron en Santos no solo porque oraban, sino porque perseveraron en la verdad.

Los Santos enseñan Doctrina

La Iglesia conmemora a los Santos no solo para relatar biografías inspiradoras.

Ella los propone como Maestros.

A lo largo del año litúrgico tradicional, las fiestas de los Santos se convierten en lecciones de santidad y ortodoxia.

En las capillas sedevacantistas, los sermones diarios suelen explicar:

• el Santo del día,

• la historia de la fiesta,

• las virtudes del Santo,

• lecciones prácticas para la vida cristiana,

• las circunstancias históricas en las que vivió el Santo,

• y los errores doctrinales o males morales contra los que luchó el santo.

De este modo:

• San Atanasio enseña la defensa de la divinidad de Cristo.

• San Cirilo enseña la defensa de la Madre de Dios.

• Santo Domingo enseña el celo contra la herejía.

• Santo Tomás Moro enseña la fidelidad en medio de la persecución.

• San Pío X enseña a mantenerse alerta ante el modernismo.

Por lo tanto, el calendario litúrgico forma a los católicos no solo en la devoción, sino también en la Doctrina.

El Santo del día enseña continuamente la Fe de cada día.

Caridad y Verdad

La crítica también parte de la premisa de que la caridad exige silencio ante los errores públicos.

Las Sagradas Escrituras enseñan precisamente lo contrario.

Los profetas denunciaron la falsa adoración porque amaban al pueblo de Dios.

Nuestro Señor advirtió contra los falsos pastores y las falsas doctrinas porque amaba a su rebaño.

San Pablo se opuso públicamente a San Pedro en Antioquía porque la conducta de Pedro ponía en peligro “la verdad del Evangelio” (Gál. 2:11–14).

A lo largo de la historia, la Iglesia ha seguido el mismo principio.

Los errores públicos que ponen en peligro las almas requieren una refutación pública.

La caridad busca el verdadero bien del prójimo.

No hay bien mayor que la salvación de su alma.

Por eso, la caridad a veces consuela, a veces instruye, a veces corrige y a veces advierte.

El Primer Mandamiento y las Bienaventuranzas

La crítica insta a los católicos a conocer los Diez Mandamientos y a vivir las Bienaventuranzas.

Excelente consejo.

Pero ambos apoyan el deber de defender la Fe.

El Primer Mandamiento no solo prohíbe la idolatría, sino que ordena expresamente la adoración del Dios verdadero según la religión que Él ha revelado.

Por lo tanto, la Teología Católica Tradicional enseña que requiere:

• profesión de la Verdadera Fe,

• adhesión a la revelación divina,

• rechazo de la herejía,

• evitar la falsa adoración,

• y fidelidad a la Religión Católica.

Asimismo, las Bienaventuranzas no aprueban la indiferencia teológica.

• Quienes tienen hambre y sed de justicia, primero dan a Dios lo que le pertenece.

• Los puros de corazón conservan la integridad de la Fe.

• Quienes son perseguidos en nombre de la justicia soportan el sufrimiento antes que traicionar la verdad revelada.

Los Mandamientos enseñan lo que los católicos deben creer.

Las Bienaventuranzas enseñan cómo deben vivir de acuerdo con sus creencias.

Conocer el error no es amar el error

Detrás de las críticas subyace otra confusión.

Hablar con frecuencia sobre los errores no demuestra una fascinación malsana por la controversia.

• Un médico estudia las enfermedades porque ama la salud.

• Un bombero advierte sobre los incendios porque desea prevenir la destrucción.

• Un pastor enseña a su rebaño a reconocer a los lobos porque ama a las ovejas.

Lo mismo ocurre en la vida espiritual.

La falsa doctrina importa porque las almas importan.

Un sacerdote que advierte contra la herejía no está obsesionado con la controversia.

Está cumpliendo con su cargo.

A lo largo de la historia, los más grandes pastores de la Iglesia se dedicaron tanto a enseñar la verdad como a refutar el error, pues toda herejía es una corrupción de la verdad revelada.

El objetivo nunca es la controversia por la controversia misma.

Se trata de la preservación de las almas, la integridad de la Fe y la gloria de Dios.

Los santos no eran quietistas

La imaginación moderna suele retratar a los Santos como almas bondadosas que evitaban la controversia.

Pero la historia cuenta otra historia.

Los Santos amaban la paz, pero nunca a expensas de la verdad.

Defensores de la Divinidad de Cristo

• San Atanasio sufrió repetidos exilios por defender la Fe nicena.

• San Hilario de Poitiers sufrió el destierro por la misma causa.

• San Basilio el Grande resistió la inmensa presión imperial en lugar de transigir con el arrianismo.

Defensores de la verdad cristológica

• San Cirilo de Alejandría se opuso al nestorianismo.

• San Máximo el Confesor soportó la tortura antes que aceptar el monotelismo.

Defensores de la Sagrada Tradición

• San Juan Damasceno defendió las imágenes sagradas.

• Santo Domingo dedicó su vida a predicar contra los albigenses.

Defensores de la libertad eclesiástica

• Santo Tomás Becket murió defendiendo los derechos de la Iglesia.

• San Juan Fisher y Santo Tomás Moro prefirieron el martirio a someter la Iglesia a Enrique VIII.

Defensores contra el protestantismo

• San Pedro Canisio salvó innumerables almas mediante la predicación y la catequesis.

• San Roberto Belarmino se convirtió en uno de los teólogos más controvertidos de la Iglesia.

Defensor contra el modernismo

• San Pío X denunció y condenó el modernismo como “la síntesis de todas las herejías”.

El padre Frederick William Faber escribió en una de las reflexiones más profundas sobre la virtud de la fe:

“Donde no hay odio a la herejía, no hay santidad”.

Él explica inmediatamente el motivo:

“Nuestra caridad es falsa porque no es severa; y es poco persuasiva porque es falsa. Nos falta devoción a la verdad como verdad, como la verdad de Dios… Somos tan débiles que nos sorprende que nuestra verdad a medias no haya tenido tanto éxito como la verdad completa de Dios”.

También merece la pena considerar la frase final del padre Faber, que es igualmente impactante:

“Un hombre que podría ser apóstol se convierte en una plaga en la Iglesia por falta de esta justa indignación”.

Esto no es un llamado al odio contra las personas.

La Iglesia nos manda amar a los pecadores, orar por su conversión y desear su salvación.

Pero ella siempre nos ha enseñado a odiar el error porque el error separa las almas de Cristo.

Los Santos comprendieron perfectamente esta distinción. Podían amar a sus enemigos y, al mismo tiempo, oponerse con firmeza a la falsa doctrina. Su caridad no se medía por la indiferencia ante el error, sino por su celo por la salvación de las almas.

Su defensa de la Fe no fue accidental en relación con su santidad.

Fue una de sus máximas expresiones.

Los Santos enseñan ambas cosas

Cada Santo enseña dos lecciones inseparables.

• Ama a Dios sobre todas las cosas.

• Nunca renuncies a Su verdad.

Estas no son funciones contrapuestas.

Son dos expresiones de la misma caridad sobrenatural.

Profesar amor por Dios permaneciendo indiferente a Su verdad revelada es sentimentalismo.

Defender la verdad sin caridad degenera en orgullo.

La santidad católica abarca ambas cosas.

El Santo ama la verdad porque ama a Dios, que es la Verdad misma.

Él se opone al error porque ama a las almas.

Oración y doctrina.

Humildad y valentía.

Caridad y fidelidad.

Los santos los unen a todos.

En resumen: La verdadera pregunta reformulada

La verdadera pregunta nunca ha sido:

“¿El Santo del día… o la Fe de cada día?”

Los Santos mismos responden:

Ambos.

Porque el Santo del día existe precisamente para enseñar la Fe de cada día.

La Iglesia no nos presenta a los Santos simplemente como personalidades admirables de un pasado lejano, sino como testigos vivos de las verdades perennes de la fe católica.

• Toda fiesta del calendario litúrgico es a la vez una celebración de la santidad y una lección de doctrina.

• Todo mártir proclama que la verdad merece el sufrimiento.

• Todo confesor nos recuerda que la fidelidad es más valiosa que la comodidad.

• Toda virgen enseña que el amor a Cristo supera todo apego terrenal.

• Todo pastor santo demuestra que la verdadera caridad busca no solo consolar a las almas, sino también protegerlas del error.

Honrar a los Santos ignorando las verdades por las que vivieron, trabajaron y a menudo murieron es admirar sus coronas olvidando sus cruces. Su santidad es inseparable de su fidelidad. A San Atanasio no se le puede comprender sin su defensa de la divinidad de Cristo; a Santo Domingo sin su lucha contra la herejía; a Santo Tomás Moro sin su testimonio de la libertad de la Iglesia; a San Pío X sin su firme oposición al modernismo. Si se elimina la verdad que defendieron, gran parte del significado de su heroísmo desaparece.

Por eso, la crítica con la que comenzamos no da en el clavo. Presupone que la devoción a los Santos y la vigilancia de la Fe pertenecen a mundos distintos, como si los católicos debieran elegir entre la oración y la doctrina, la santidad y la ortodoxia, la caridad y la verdad. Los Santos mismos revelan la falsedad de esa elección. Sus vidas proclaman que el amor a Dios incluye necesariamente el amor a su verdad revelada, y que la auténtica caridad jamás puede ser indiferente a los errores que ponen en peligro las almas.

La Iglesia nunca ha llamado a sus hijos simplemente a admirar a los Santos. Los llama a imitarlos. Esa imitación incluye la oración, la penitencia, la humildad, la obediencia, la caridad, el valor, la perseverancia y una adhesión inquebrantable a la Fe Católica transmitida por los Apóstoles.

Seguir el ejemplo de los Santos es recorrer el mismo camino que ellos recorrieron: amar a Dios por encima de todas las cosas, confesar su verdad sin concesiones, resistir el error con caridad y firmeza, y permanecer fieles cueste lo que cueste.

Cada generación de católicos es puesta a prueba. Las formas de error cambian, pero el deber de fidelidad permanece. Como en todas las épocas anteriores, la cuestión no es si la verdad permanecerá, pues Cristo ha prometido que su revelación no cambia. La cuestión es si nos mantendremos fieles a ella.

Al contemplar a los Santos con el calendario litúrgico como guía, los católicos intransigentes, denominados sedevacantistas, imploran esta gracia singular a través de su intercesión:

crecer diariamente en santidad, perseverar firmemente en la Verdadera Fe y, cuando se les pida, confesar a Cristo con el mismo valor con el que alcanzaron sus coronas eternas.

¿Por qué? Precisamente porque no puede haber verdadera santidad sin fidelidad a la verdad, y ninguna fidelidad duradera a la verdad sin la santidad de vivirla. ¡Reflexiona sobre ello!