lunes, 21 de septiembre de 2026

UN CATECISMO SOBRE LOS ERRORES DOCTRINALES DE LA SECTA DEL NOVUS ORDO (3)

¿Han triunfado las puertas del infierno contra la Iglesia?

Por Mark Escobar


Nota: El autor de este artículo es un laico que, en la actual crisis de la Iglesia, representada por Acción Católica, se ha permitido, mediante el uso de textos de los Papas y otros libros católicos autorizados y aprobados, escritos por autores santos y fiables, defender la fe católica. Ahora bien, si —Dios no lo quiera— algo en ello resultara contrario a la verdadera fe católica, el autor se somete de antemano a la decisión de la Santa Sede y está dispuesto a retractarse de cualquier parte de sus escritos inmediatamente al percatarse de su contradicción con las enseñanzas de la Iglesia.

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3. ¿Han triunfado las puertas del infierno contra la Iglesia?

Pregunta: ¿Significa la existencia de esta gran crisis sin precedentes en la Iglesia que las puertas del infierno han prevalecido contra ella?

Respuesta: Jamás; las palabras y promesas de Cristo jamás se rompen. Para responder a esta pregunta, debemos considerar cómo los Papas y los teólogos han interpretado esta promesa de Cristo, qué circunstancias han considerado como casos en los que las puertas del infierno prevalecen, y qué circunstancias no han considerado como casos en los que las puertas del infierno prevalecen contra la Iglesia.

Pregunta: ¿Qué constituye un caso en el que las puertas del infierno prevalecen contra la Iglesia?

Respuesta: Según la interpretación que los Papas han dado de esta promesa de Cristo, esta promesa es otra expresión de la oración de Cristo por la infalibilidad del Papa y para que no sea vencido por la herejía y el error; en otras palabras, a través de esta promesa —que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia fundada sobre Pedro— se nos asegura que las enseñanzas de los Papas, dentro del marco en el que poseen el carisma de la infalibilidad, están protegidas del error y la herejía.

Por lo tanto, esta promesa se quebrantaría si un Papa, respecto de un asunto que no hubiera sido juzgado previamente, en el marco del carisma de la infalibilidad que le confiere, enseñara un error a la Iglesia en lugar de impartir una enseñanza y un juicio correctos y ortodoxos. Pero con esta promesa, Cristo nos ha asegurado que tal caso es imposible; y por ello, confiamos plenamente en las enseñanzas infalibles de los Papas como el juicio final y la interpretación correcta de la Palabra de Dios, tanto escrita como no escrita.

Respecto a esto, leemos:

Cap. 7.... La Santa Iglesia edificada sobre la piedra, esto es, sobre Cristo, y sobre Pedro o Cefas, el hijo de Jonás, que antes se llamaba Simón, porque en modo alguno había de ser vencida por las puertas del infierno, es decir, por las disputas de los herejes, que seducen a los vanos para su ruina. Así lo promete la verdad misma, por la que son verdaderas cuantas cosas son verdaderas: Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella [Mt. 16, 18], y el mismo Hijo atestigua que por sus oraciones impetró del Padre el efecto de esta promesa, cuando le dice a Pedro: Simón, Simón, he aquí que Satanás... [Lc. 22, 31]. ¿Habrá, pues, nadie de tamaña demencia que se atreva a tener por vacua en algo la oración de Aquel cuyo querer es poder? ¿Acaso no han sido reprobadas y convictas y expugnadas las invenciones de todos los herejes por la Sede del príncipe de los Apóstoles, es decir, por la Iglesia Romana, ora por medio del mismo Pedro, ora por sus sucesores, y han sido confirmados los corazones de los hermanos en la fe de Pedro, que hasta ahora no ha desfallecido ni hasta el fin desfallecerá?

- Papa San León IX, En Terra Pax Hominibus, 2 de septiembre de 1053

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(…) esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: “Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos” [Lucas 22:32].

Este carisma de una verdadera y nunca deficiente fe fue por lo tanto divinamente conferida a Pedro y sus sucesores en esta cátedra, de manera que puedan desplegar su elevado oficio para la salvación de todos, y de manera que todo el rebaño de Cristo pueda ser alejado por ellos del venenoso alimento del error y pueda ser alimentado con el sustento de la doctrina celestial. Así, quitada la tendencia al cisma, toda la Iglesia es preservada en unidad y, descansando en su fundamento, se mantiene firme contra las puertas del infierno.

- Concilio Vaticano I, Sobre la infalible autoridad docente del Romano Pontífice, 18 de julio de 1870

Por lo tanto, el concilio Vaticano II no violó esta promesa de Cristo, pues, como se indicó anteriormente, en él no se emitió ningún “nuevo juicio ni definición” dotado de infalibilidad. Los católicos ya habían recibido los juicios correctos y ortodoxos de los Papas sobre la libertad religiosa, la constitución divina de la Iglesia, el falso ecumenismo, la administración de los sacramentos a los no católicos, etc. Lo que ocurrió en este concilio fue que una gran parte de la jerarquía se apartó de estas enseñanzas, convirtiéndose así en herejes públicos y perdiendo sus cargos.

Pregunta: ¿Qué circunstancias no han considerado los Papas y los teólogos como ejemplos de que las puertas del infierno prevalecen contra la Iglesia?

Respuesta: Una vez establecido el significado e interpretación correctos de la promesa de Cristo nuestro Señor, nada más puede constituir una violación de dicha promesa. Por lo tanto, la conversión de un Papa en hereje; la entronización física de un Papa herético en la Sede de Roma, incluso durante muchos años; la conquista y ocupación de edificios eclesiásticos, incluso la propia iglesia de Roma; la captura, el exilio, el encarcelamiento e incluso el martirio de un Papa por los enemigos de la Iglesia Católica; la existencia de crisis generalizadas dentro de la Iglesia; el surgimiento de una iglesia paralela y engañosa, e incluso su mayor universalidad que la verdadera Iglesia; la disminución temporal de la visibilidad de la Iglesia; la ocurrencia de una gran apostasía; y la reducción del número de fieles a un puñado: todos estos sucesos han sido considerados por Papas y teólogos como hipótesis posibles y concebibles. De hecho, algunas de estas circunstancias fueron profetizadas por el mismo Cristo, mientras que otras se han repetido a lo largo de la historia.

Ninguna de estas circunstancias ha sido considerada por los Papas y los teólogos como un ejemplo de que las puertas del infierno prevalezcan contra la Iglesia, ni ninguna de ellas puede contradecir la promesa de Cristo cuando esa promesa se entiende según su correcta interpretación.

Continúa...
 

 

LA VERDAD DE LAS ESCRITURAS – JOSÉ ANTONIO PAGOLA (2)

Pagola podría ser aceptado sin dificultades por los arrianos, por los nestorianos o por los adopcionistas, pero debe ser rechazado totalmente por los católicos

Por el padre José María Iraburu


José Antonio Pagola (Parte 1)

–Bueno, a ver si me voy enterando de quién es este Jesús de Nazaret.

–Con el libro de Pagola le va a ser muy difícil. Permítame que le recomiende el Catecismo de la Iglesia Católica.


El nacimiento de Jesús

Pagola, en su “aproximación histórica” a Jesús, nada nos dice acerca de su nacimiento, como si el tema no tuviera importancia o como si la Iglesia no tuviera documentos históricos ciertos sobre el mismo. Él deja a un lado los evangelios de la infancia, pues no los considera información histórica válida, y se aproxima a Jesús a partir de su bautismo en el Jordán.

“Tanto el evangelio de Mateo como el de Lucas ofrecen en sus dos primeros capítulos un conjunto de relatos en torno a la concepción, nacimiento e infancia de Jesús. Son conocidos tradicionalmente como “evangelios de la infancia”. Ambos ofrecen notables diferencias entre sí en cuanto al contenido, estructura general, redacción literaria y centros de interés. El análisis de los procedimientos literarios utilizados muestra que más que relatos de carácter biográfico son composiciones cristianas elaboradas a la luz de la fe en Cristo resucitado… De ahí que la mayoría de los investigadores sobre Jesús comiencen su estudio a partir del bautismo en el Jordán” (39). Cita a Holzmann, Benoit, Vögtle, Trilling, Rigaux, Laurentin, Muñoz Iglesias y Brown. En seguida vuelvo sobre Laurentin.

Del nacimiento de Jesús no sabemos, pues, nada cierto. No le valen a Pagola los testimonios de Mateo y Lucas, ni le dice nada el prólogo del evangelio de Juan: “el Verbo se hizo carne”. Más aún, eliminando los Evangelios de la infancia, suprime la Anunciación del Señor, la Llena-de-gracia, el fiat de la Esclava del Señor, la condición virginal de María, José, Zacarías, Isabel, el Ave María, el Benedictus, el Magnificat y el Nunc dimittis, la Visitación de María, la Natividad de Juan Bautista, la Natividad de Jesús, la Presentación, la matanza de los Inocentes, la Epifanía, los Reyes magos, la huída a Egipto… Fuera. “Composiciones cristianas” postpascuales, sin valor alguno cierto para un historiador científico que estudie a Jesús. Es gravísimo.

Es gravísimo, porque Pagola de este modo elimina el fundamento histórico-bíblico del centro de la fe cristiana: creo en Jesucristo, el Unigénito de Dios, que “nació por obra del Espíritu Santo de María virgen”. Esa verdad, esa historia –es una historia, antes de ser una doctrina, la parte central del Credo–, con esas mismas palabras, está tomada precisamente de los Evangelios de la infancia que Pagola desecha (Mt 1,20; Lc 1,34-35). El Catecismo de la Iglesia, por el contrario, cree en la historicidad de esos relatos (496).

El testimonio de René Laurentin

En un artículo sobre el Jesús de Pagola, reproduce Luis Fernando Pérez Bustamente la siguiente declaración de Laurentin, teólogo especializado en mariología:

“Me he pasado medio siglo estudiando los Evangelios de la infancia (Mt 1-2 y Lc 1-2, y el resto). Siempre he entrevisto la riqueza de estos Evangelios, nutridos de todo el A. T. … Y, sin embargo, seguía yo seducido por la actitud iconoclasta cultural del ambiente, una actitud procedente del racionalismo liberal: estos primeros capítulos eran leyendas tardías, theologumena, es decir, relatos ficticios fabricados para expresar ideas teológicas entrañables a los creyentes, se repetía. Mis primeros trabajos, que manifestaban la riqueza bíblica de estos Evangelios, consiguieron una amplia estima en el mundo exegético a escala ecuménica. Caracterizaba yo estos Evangelios como midrashim. De ahí se inducía que yo los tenía por fábulas, lo que se ponía en mi activo de progresista. De hecho, yo no me atrevía demasiado a plantear el problema de la historicidad, ampliamente puesto en duda… Fue en 1980 cuando me atreví a abordar el estudio específicamente histórico de estos Evangelios. Con él se disiparon las dudas nocivas… Este retorno a la evidencia ha sido un perjuicio para mi reputación. Me encontré etiquetado de fundamentalista: como autor a desaconsejar”.

Desde hace treinta años, Laurentin no apoya la descalificación histórica de los Evangelios de la infancia, sino todo lo contrario.

La Virgen María

Pagola, en las ocho primeras ediciones de su libro sobre Jesús, niega la virginidad de María. “Los evangelios nos informan de que Jesús tiene cuatro hermanos que se llaman Santiago, José, Judas y Simón, y también algunas hermanas”… Y añade en nota: “Meier, tal vez el investigador católico de mayor prestigio en estos momentos, después de un estudio exhaustivo concluye que "la opinión más probable es que los hermanos y hermanas de Jesús lo fueron realmente"” (43).

En la edición 9ª, vuelve a citar “los estudios de Meier y otros exegetas”, que descartan hoy la interpretación más divulgada hasta nuestros días, que habla de “primos o parientes cercanos”. Pero añade: “Estas conclusiones hay que situarlas en el contexto de una cultura patriarcal basada en la agnatio (descendencia trazada a través de los varones): en esta cultura, lo único que se afirma cuando se dice que dos personas son “hermanos” es que tienen el mismo padre. La Iglesia católica siempre ha entendido que estos pasajes no se refieren a otros hijos de la Virgen María” (53). Así podemos comprobarlo en lo que el Catecismo dice de la siempre virgen María (499-501).

Según Pagola, María se mantiene distanciada de Jesús durante su ministerio evangelizador. “Llama la atención ver que ninguno de los familiares de Jesús fue seguidor suyo. Solamente después de su muerte, su madre y sus hermanos se unieron a los discípulos (Hch 1,14)” (279). Más aún, él estima que María pensó que su hijo Jesús estaba loco, y que lo más conveniente era hacerle abandonar su ministerio público, y volverse a casa.

Acerca de aquella escena que narra Marcos 3,20-21.31-35, escribe: “de pronto avisan a Jesús de que han llegado su madre y sus hermanos con la intención de llevárselo, pues piensan que está loco. Se quedan “fuera”, tal vez para no mezclarse con ese grupo extraño que rodea a su pariente”. Y añade en nota: “El episodio ha sido retocado en la comunidad cristiana, pero conserva sustancialmente su núcleo histórico. Después de Pascua, ningún cristiano se hubiera atrevido a inventar que Jesús había sido tenido por loco por su propia madre” (226). Pero Pagola, al parecer, se queda con la apreciación primitiva del episodio, la todavía “no rotocada por la comunidad cristiana”, pues sigue diciendo más adelante: “En un determinado momento, su madre y sus hermanos vinieron para llevárselo a casa, pues pensaban que estaba loco” (282).

Jesús, discípulo del Bautista

En su aproximación histórica, no alcanza Pagola a discernir en Jesús la divinidad que confiesa la fe católica. Para Pagola Jesús es un hombre, muy perfectamente unido a Dios por el amor y la fidelidad, pero un hombre. El título del capítulo 3 es bien expresivo: “Buscador de Dios”.

“Jesús vivió un período de búsqueda antes de encontrarse con el Bautista” (63). “Todo lleva a pensar que busca a Dios como “fuerza de salvación” para su pueblo… Jesús no tiene todavía un proyecto propio cuando se encuentra con el Bautista. Inmediatamente queda seducido por este profeta del desierto… Es sin duda, el hombre que marcará como nadie la trayectoria de Jesús” (64). En ese encuentro del Jordán se producirá “la “conversión” de Jesús… Para Jesús es un momento decisivo, pues significa un giro total en su vida” (73-74). “Jesús quiere concretar su “conversión”, y lo hace tomando una primera determinación: en adelante se dedicará a colaborar con el Bautista en su servicio al pueblo” (75).

Pero si nada cierto sabe Pagola acerca de Jesús antes de su bautismo, ¿cómo puede afirmar que Él experimentó “un giro total en su vida” al encontrarse con Juan? ¿Conoce, acaso, Pagola qué pensaba y qué quería Jesús antes de ese encuentro?… Sería bueno que nos comunicara las fuentes históricas que le permiten darnos esa información. Tampoco alcanzamos a saber cómo Pagola, en su “aproximación histórica” a Jesús, llega a conocer que se hizo discípulo de Juan el Bautista. No podemos menos de sospechar que ambas afirmaciones son “creaciones” ideológicas suyas, sin base histórica alguna:

“Jesús no solo acogió el proyecto de Juan, sino que se adhirió a este grupo de discípulos y colaboradores” (76). “Jesús comenzó a verlo todo desde un horizonte nuevo” (78). Vuelto a Nazaret, sorprende a todos su cambio. “Aquel Jesús no era el que habían conocido” (279).

La divinidad de Jesús

Pagola rehúye sistemáticamente aquellos textos del Nuevo Testamento que más claramente expresan la divinidad de Jesús. No le interesa saber que Jesús se dice “anterior a Abraham”, “Señor del sábado”, capaz de “perdonar los pecados” y de alimentar a los hombres como “pan vivo bajado del cielo”. No recoge la palabra de Cristo cuando dice que Él es “venido del Padre”, y que el Padre y Él son "una sola cosa"”. Podemos apreciar justamente el rigor metodológico de Pagola si consideramos, por ejemplo, cómo se autoriza a ignorar los anuncios que Jesús hizo de su pasión.

Él mismo advierte en el Anexo 4 de su libro que entre los varios criterios de historicidad tienen especial fuerza el “criterio de testimonio múltiple” y el “criterio de dificultad”. Pues bien, en los tres anuncios que hace Cristo de su pasión, primero (Mc 8,31-33; Mt 16,21-23; Lc 9,22), segundo (Mc 9,30-32; Mt 17,22-23; Lc 9,43-45) y tercero (Mc 10,32-34; Mt 20,17-19; 18,31-34), se da el criterio histórico del testimonio múltiple y coincidente. Pero además, en segundo lugar, se da también el criterio de dificultad, ya que es impensable que los evangelistas, conociendo la suma veneración que los cristianos primeros tenían por los Apóstoles, se atrevieran a inventar unos relatos, no acontecidos, que los dejan en una posición tan lamentable: ellos “no entendieron nada de lo que Él decía, y no se atrevían a preguntarle”. Y Simón Pedro, el más prestigioso, recibe de Cristo estas palabras durísimas: “¡apártate de mí, Satanás! Tú piensas según los hombres, no según Dios”.

Estas escenas, pues, tienen una garantía absoluta de historicidad. Pero Pagola no lo estima así, y en su “aproximación histórica” a Jesús ignora por completo esos tres anuncios de la pasión. Sencillamente, no encajan en su ideología sobre Jesús, pues si mostrase que Él pre-conocía su muerte y que la anunciaba a sus discípulos con toda seguridad, haría con eso demasiado manifiesta la realidad de su personalidad divina. Consiguientemente, esos textos no son históricamente válidos. Los omite, pues, tranquilamente, para poder darnos en cambio una descripción muy diversa del estado de ánimo de Jesús ante la proximidad de su muerte, como en seguida veremos.

Omite Pagola igualmente, como ya sabemos, todos los más altos textos del Nuevo Testamento sobre la majestad divina de Cristo. Ignora, por ejemplo, el prólogo de San Juan: “el Verbo era Dios, Él estaba desde el principio en Dios, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. Hemos visto la gloria del Unigénito del Padre. Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, ése nos lo ha dado a conocer”. El rigor científico de su estudio histórico sobre Jesús no le permite tampoco conocer y reconocer los grandiosos himnos cristológico-litúrgicos de San Pablo, de mediados del siglo I, como los de Filipenses, Colosenses, Efesios; o el comienzo sobrecogedor de la carta a los Hebreos.

Jesús es “Buscador de Dios” (cp. 3), es “Creyente fiel” (cp. 11). 

Habla Pagola muchas veces de Jesús como de un creyente fiel, pues “también él tiene que vivir de la fe” (456). Sin embargo, por mucho que investiguemos en las fuentes históricas sobre Jesús no hallamos nunca texto alguno en el que se afirme que Jesús “creía” en Dios. Hallaremos, por el contrario, afirmaciones de que Jesús ve al Padre y da testimonio de lo que ve (Jn 1,18; 3,11; 6,46). Más aún, encontraremos que Cristo exige fe en su propia persona: “creéis en Dios, creed también en mí” (Jn 14,1). Él se aplica incluso las palabras que Dios dice de sí mismo: “Yo soy” (Jn 8,24.28.58), y llega a afirmar: “si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados” (Jn 10,33). Por eso los judíos, que no eran tontos, entendían bien en qué sentido hablaba de sí mismo Jesús, y por eso pretendían matarlo: “tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,33).

Pagola, hablando de Jesús, del “creyente fiel”, alude con mucha frecuencia a “su profunda experiencia de Dios” (473). Y como advierte al tratar de la condena a muerte del Señor, “en ningún momento manifiesta pretensión alguna de ser Dios” (379).

En la edición 9ª, retira Pagola esa frase, pero deja escrito que “Jesús nunca se pronunció abiertamente sobre su persona” (391). Y sigue afirmando que “aunque, según el relato, Jesús es condenado por “blasfemo” al haberse proclamado Mesías, Hijo de Dios e Hijo del hombre, la composición de estos tres grandes títulos cristológicos que constituían el núcleo de la fe en Jesús, expresada en el lenguaje cristiano de los años sesenta, nos está indicando que estamos ante una escena que difícilmente puede ser histórica. Jesús no es condenado por nada de esto” (391).

Ateniéndonos a Pagola, tendremos, pues, que dejar a un lado los intentos homicidas de los judíos contra Cristo, porque “decía a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios” (Jn 5,18). Y habremos de renunciar también a la historicidad de aquellas terribles frases: “Ha blasfemado. Vosotros habéis oído su blasfemia. Y ellos dijeron: es reo de muerte” (Mt 26,65-66). En fin, el libro de Pagola tiene 542 páginas; y es cierto que en algunas pocas dice que “Jesús es la encarnación de Dios”, el “hombre en el que Dios se ha encarnado” (7). También afirma que

“Para los cristianos, Jesús no es un “dios griego”. Proclamarlo “Hijo de Dios” no es una apoteosis como la que se cultiva en torno a la figura del emperador. Es intuir y confesar el misterio de Dios encarnado en este hombre entregado a la muerte solo por amor. Jesús es verdadero hombre; en él ha aparecido lo que es realmente ser humano: solidario, compasivo, liberador, servidor de los últimos, buscador del reino de Dios y su justicia… Es verdadero Dios; en él se hace presente el verdadero Dios, el Dios de las víctimas y los crucificados, el Dios Amor, el Dios que solo busca la vida y la dicha plena para todos sus hijos e hijas, empezando siempre por los crucificados” (460).

Sin embargo, son tantas las páginas en las que omite o niega Pagola los fundamentos bíblicos histórico-textuales en los que se apoya la enseñanza de la Iglesia sobre la divinidad de Jesucristo, que esas pocas frases no logran hacernos creer que su presentación de Jesús sea conforme con la genuina fe católica. El Jesús que muestra Pagola en su extenso libro, el “discípulo del Bautista”, “buscador de Dios”, “creyente fiel”, el hombre que tiene “profunda experiencia de Dios”, y en el que está presente Dios de modo muy especial, podría ser aceptado sin dificultades mayores por los arrianos (s. IV), por los nestorianos (s. V) o por los adopcionistas (s. IX).

Pero debe ser rechazado totalmente por los católicos, que confesamos a Jesús, proclamándolo “un solo Señor Jesucristo, nacido del Padre antes de todos los siglos, por quien todo fue hecho, que por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”.

Continúa...

MÁS FRAGMENTOS DE CARTAS DE LOS SECTARIOS (2)

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


VI. FRAGMENTO DE UNA CARTA DE NUBIUS AL JUDÍO PRUSIANO KLAUSS

“Paso a veces una hora de la mañana con el viejo cardenal della Somaglia, el secretario de Estado; monto a caballo ya sea con el duque de Laval o con el príncipe Cariati; voy, después de la misa, a besar la mano de la bella princesa Daria, donde me encuentro bastante a menudo con el apuesto Bernetti; de allí corro a casa del cardenal Pallotta, un Torquemada moderno que le hace bastante honor a nuestro espíritu de invención; luego visito en sus celdas al procurador general de la Inquisición, el dominico Jabialot, al teatino Ventura o al franciscano Orioli. 

Por la tarde, inicio en casa de otros esa vida de ocio tan bien ocupada a los ojos del mundo y de la corte; al día siguiente, retomo esa cadena eterna. (Aquí, a esto se le llama hacer que las cosas avancen). En un país donde la inmovilidad misma constituye una profesión y un arte, es un hecho, sin embargo, que los progresos de la causa son perceptibles. No contamos a los sacerdotes ganados para la causa ni a los jóvenes religiosos seducidos —no podríamos hacerlo, y tampoco querría yo—; pero existen indicios que rara vez engañan a los ojos expertos, y se percibe desde lejos, desde muy lejos, el movimiento que comienza. Por fortuna, no compartimos la petulancia de los franceses. Queremos dejar que madure antes de aprovecharlo; es la única manera de actuar con seguridad. A menudo me ha hablado de ayudarnos cuando la caja común se viera vacía. Ese momento ha llegado aquí, in questa Dominante. Para trabajar en la futura elección de un Papa, ya no nos queda ni un solo papalin [un céntimo], y usted sabe por experiencia que el dinero es —en todas partes, y aquí principalmente— el nervio de la guerra. Le traigo noticias que le llegarán al alma; a cambio, ponga a nuestra disposición táleros, y muchos táleros. Es la mejor artillería para abrir brecha en la Sede de Pedro”.

VII. — CARTA DE NUBIUS A VINDICE, después de la ejecución de Targhini y de Montanari, el 23 de noviembre de 1825 (1)

Presencié, junto con toda la ciudad, la ejecución de Targhini y Montanari; pero prefiero su muerte a su vida. La conspiración que habían preparado insensatamente para sembrar el terror no podía prosperar; estuvo a punto de comprometernos; por lo tanto, su muerte redime esas pequeñas faltas. Cayeron con valentía, y ese espectáculo dará sus frutos. Gritar a voz en cuello, en la Piazza del Popolo de Roma —en la ciudadela del catolicismo—, frente al verdugo que te sujeta y al pueblo que te contempla, que uno muere inocente, masón e impenitente, es algo admirable; tanto más admirable cuanto que es la primera vez que sucede algo semejante. Montanari y Targhini son dignos de figurar en nuestro martirologio, pues no se dignaron aceptar ni el perdón de la Iglesia ni la reconciliación con el Cielo. Hasta la fecha, los condenados, recluidos en la capilla, lloraban arrepentidos para conmover el alma del Vicario de las misericordias; ellos, en cambio, no quisieron comprender nada de las bienaventuranzas celestiales, y su muerte de réprobos produjo un efecto mágico en las masas. Es una primera proclamación de las sociedades secretas y una toma de posesión de las almas.

Así pues, tenemos mártires. Para contrarrestar a la policía de Bernetti, hago que se depositen flores —y muchas flores— en la fosa donde el verdugo ocultó sus restos. Hemos tomado las disposiciones pertinentes. Temíamos comprometer a nuestros criados en esta tarea; pero aquí hay ingleses y jóvenes misses románticamente antipapistas, y son ellos quienes se encargan de esta piadosa peregrinación. La idea me pareció tan acertada a mí como a las citadas jóvenes rubias. Esas flores, arrojadas durante la noche sobre los dos cadáveres proscritos, harán germinar el entusiasmo de la Europa revolucionaria. Los muertos tendrán su Panteón; luego, durante el día, iré a presentar mis condolencias a Monseñor Piatti. Ese pobre hombre no logró salvar las almas de los dos carbonarios. Empleó toda su tenacidad sacerdotal para confesarlos, pero fue derrotado. Me debo a mí mismo, a mi nombre, a mi posición y, sobre todo, a nuestro futuro, a la hora de deplorar —junto con todos los corazones católicos— este escándalo inaudito en Roma. Lo deploraré con tal elocuencia que espero conmover al propio Piatti. A propósito de flores, hemos pedido al poeta Casimir Delavigne —a través de uno de nuestros afiliados más inocentes de la Francmasonería— una Messénienne sobre Targhini y Montanari. Este poeta, a quien veo a menudo en los círculos artísticos y en los salones, es un buen hombre: ha prometido, pues, dedicar un homenaje lírico a los mártires y lanzar un anatema contra los verdugos. Los verdugos serán el Papa y los sacerdotes. Algo es algo. Los corresponsales ingleses también harán maravillas; conozco a más de uno aquí que ya ha hecho sonar la trompeta épica en honor a la causa.

Y, sin embargo, es una pésima obra convertir así a la gente en héroes y mártires. La multitud es tan impresionable ante ese cuchillo que siega la vida; pasa tan rápidamente de una emoción a otra y se deja llevar tan pronto a admirar a quienes afrontan con audacia el instante supremo, que, tras presenciar tal espectáculo, yo mismo me siento profundamente conmovido y dispuesto a actuar como la muchedumbre. Esta impresión, de la que no puedo librarme —y que tan pronto hizo que se perdonara a los dos ajusticiados su crimen y su impenitencia final—, me ha llevado a reflexiones filosóficas, médicas y poco cristianas que tal vez convenga utilizar algún día.

Un día, si triunfamos y si, para perpetuar nuestro triunfo, hicieran falta unas gotas de sangre, no debemos conceder a las víctimas señaladas el derecho a morir con dignidad y firmeza. Tales muertes solo sirven para alimentar el espíritu de oposición y para ofrecer al pueblo mártires cuya serenidad siempre le gusta contemplar. Es un mal ejemplo; hoy nos beneficia, pero creo útil dejar constancia de mis reservas para casos futuros. Si Targhini y Montanari, de una forma u otra (¡la química posee tantas recetas maravillosas!), hubieran subido al cadalso abatidos, jadeantes y desmoralizados, el pueblo no se habría compadecido de ellos. Como fueron intrépidos, ese mismo pueblo conservará de ellos un recuerdo precioso. Ese día quedará marcado en su memoria. Aunque sea inocente, el hombre que es conducido al cadalso deja de ser peligroso. Si sube con paso firme y contempla la muerte con semblante impasible, aun siendo un criminal, contará con el favor de las multitudes.

No nací cruel; nunca tendré, espero, una voracidad sanguinaria; pero quien quiere el fin, quiere los medios. Ahora bien, afirmo que, en un caso dado, no podemos —ni siquiera en interés de la humanidad— permitir que nos enriquezcan con mártires a nuestro pesar. ¿Cree usted que, ante los primeros cristianos, los Césares no habrían hecho mejor en debilitar, atenuar y confiscar —en beneficio del paganismo— todos esos heroicos anhelos celestiales, en lugar de dejar que un final glorioso avivara el fervor del pueblo? ¿No habría sido preferible medicar la fortaleza de espíritu embruteciendo el cuerpo? Una droga bien preparada, y aún mejor administrada, capaz de debilitar al paciente hasta la postración, tendría, a mi juicio, un efecto saludable. Si los Césares hubieran empleado a las Locustes de su época en tal menester, estoy convencido de que nuestro viejo Júpiter Olímpico y todos sus dioses menores no habrían sucumbido tan miserablemente. La suerte del cristianismo no habría sido, sin duda, tan favorable. Se convocaba a sus apóstoles, sacerdotes y vírgenes a morir bajo los colmillos de los leones en el anfiteatro o en las plazas públicas, ante la mirada de una multitud atenta. Impulsados ​​por la fe, la imitación, el proselitismo o el entusiasmo, aquellos apóstoles, sacerdotes y vírgenes morían sin palidecer y entonando himnos de victoria. Aquello despertaba el deseo de inmolarse de igual modo, y se dieron casos de tales caprichos. ¿Acaso los gladiadores no engendraban gladiadores? Si aquellos pobres Césares hubieran tenido el honor de formar parte de la Alta Vendita, les habría pedido simplemente que hicieran tomar a los neófitos más audaces una poción preparada según la receta; así, no se habrían contabilizado nuevas conversiones, pues ya no habría habido mártires. En efecto, no surgen imitadores —ni por emulación ni por atracción— cuando se arrastra hasta el cadalso un cuerpo inerte, una voluntad apagada y unos ojos que lloran sin conmover. Los cristianos ganaron popularidad muy pronto porque el pueblo ama todo aquello que le impresiona. Si hubiera visto debilidad y miedo bajo una apariencia temblorosa y sudorosa por la fiebre, habría empezado a abuchear, y el cristianismo habría llegado a su fin en el tercer acto de la tragicomedia.

Es por un principio de humanidad política por lo que creo que debo proponer un medio semejante. Si se hubiera condenado a Targhini y a Montanari a morir como cobardes, si se hubiera contribuido a esa sentencia con algún ingrediente farmacéutico, Targhini y Montanari serían, a estas alturas, dos miserables asesinos que ni siquiera se atrevieron a mirar a la muerte a la cara. El pueblo los despreciaría profundamente; los olvidaría. En cambio, admira —a pesar de sí mismo— esa muerte en la que la fanfarronería cuenta por la mitad, pero donde la culpa del gobierno pontificio hizo el resto en nuestro beneficio. Quisiera, pues, que en caso de urgencia quedara bien establecido que no actuaríamos de ese modo. No contribuyan a hacer gloriosa y santa, orgullosa o feliz, la muerte en el cadalso, y no tendrán necesidad de matar a menudo.

La Revolución francesa, que ha tenido tanto de bueno, se equivocó en este punto. Luis XVI, María Antonieta y la mayor parte de las hecatombes de la época son sublimes por su resignación o por su grandeza de alma. Se recordará siempre (y mi vieja abuela me ha hecho llorar más de una vez al contármelo), se recordará siempre a esas damas desfilando ante la princesa Isabel al pie de la guillotina, y haciéndole su profunda reverencia, como en el círculo de la corte de Versalles; eso no es lo que necesitamos. En una circunstancia dada, arreglémonos para que un Papa y dos o tres Cardenales mueran como viejas mujeres, con todas las angustias de la agonía y en los espantos de la muerte, y así paralizarán las devociones de imitación. Ustedes perdonan los cuerpos, pero matan el espíritu.

Lo que nos interesa alcanzar es la moral; por lo tanto, es al corazón al que debemos herir. Conozco todas las objeciones que pueden plantearse contra tal proyecto; pero, bien considerado, las ventajas superan a los inconvenientes. Si se guarda fielmente el secreto, verán llegado el momento la utilidad de este nuevo tipo de medicamento. Bastó una pequeña piedra mal alojada en la vejiga para doblegar a Cromwell: ¿qué haría falta para minar las fuerzas del hombre más robusto y mostrarlo —sin energía, sin voluntad y sin valor— en manos de los verdugos? Si no tiene la fuerza para conquistar la palma del martirio, no habrá aureola para él y, por consiguiente, tampoco admiradores ni neófitos. Cortamos el paso a unos y a otros, y será un gran pensamiento de humanidad revolucionaria el que nos haya inspirado tal precaución. La recomiendo en memento.

Continúa...

Nota:

1) “La Comisión especial nombrada por Nuestro Santo Padre el Papa León XII, felizmente reinante, y presidida por Monseñor Thomas Bernetti, gobernador de Roma, se ha reunido esta mañana, a las tres horas antes del mediodía [9:00 a.m.], en una de las salas del palacio de gobierno, para juzgar el crimen de lèse-majesté [lesa majestad] y de heridas con traición y otras circunstancias agravantes de los que son acusados: Angelo Targhini, nativo de Brescia, domiciliado en Roma; Leonidas Montanari, de Césène [Cesena], cirujano en Rocca di Papa; Pompeo Garofolini, romano, procurador legal; Luigi Spadoni, de Forlí, anteriormente soldado en las tropas extranjeras, luego ayudante de cámara; Ludovico Gasperoni, de Russignano, de la provincia de Rávena, estudiante de derecho; Sebastiano Ricci, de Cesena, doméstico sin empleo, habiendo alcanzado todos la mayoría de edad.

Habiéndose abierto la discusión, después de las oraciones acostumbradas y de la invocación del muy santo Nombre de Dios, se hizo un informe de la causa, según el tenor del proceso y del sumario previamente distribuido. El abogado fiscal y el procurador general desarrollaron los puntos de la legislación y las Constituciones que conciernen a los atentados de los que se trata.

El abogado de los pobres presentó los motivos de la defensa, tanto de viva voz como por medio de memorias previamente distribuidas. 

La Comisión especial, tras haber tomado en madura consideración los resultados del proceso, las razones de la defensa y lo dispuesto por las leyes, declaró:

Que Angelo Targhini, durante su reclusión por homicidio, cometido en 1819 en la persona de Alejandro Corsi, se entremetió en todo lo que tenía relación con las Sociedades secretas prohibidas, se incorporó luego a la secta de los Carbonarios, y finalmente se convirtió en el fundador de la misma en la propia capital [Roma], tan pronto como pudo regresar a ella;

Que después de haber hecho algunos prosélitos, estos, en su mayor parte, apenas frecuentaron esta Sociedad, en la cual él figuraba como jefe y además como déspota, tal como lo relatan sus propios compañeros;

Que después de haber hecho, junto con sus otros coacusados, todos los esfuerzos posibles para lograr que regresaran a dicha secta y la frecuentaran para que esta pudiera progresar posteriormente, resolvió infundir terror mediante algún ejemplo terrible en los individuos que se habían separado de ella: formó, por lo tanto, el proyecto de asesinar a algunos de ellos por vía de traición;

Que en la noche del 4 de julio pasado, con el propósito bien firme de proceder a la ejecución de su plan, el mencionado Targhini hizo una visita a uno de estos individuos en su morada, y habiéndolo hecho salir bajo algún pretexto, lo condujo a una taberna donde bebieron juntos, y de allí, siempre con maneras amicales, hasta la calle que da a la plaza de Sant'Andrea della Valle, donde este joven sin desconfianza recibió de improviso y por la espalda, en el costado derecho, un golpe de estilete que lo hirió de gravedad, de mano de Leonidas Montanari, quien se había puesto allí al acecho para esperar su paso; que casi a la misma hora en que Targhini se dirigió a la casa de este individuo, Pompeo Garofolini y Luigi Spadoni fueron a la de otro afiliado de la secta que igualmente ya no la frecuentaba; y mientras uno se quedaba en la calle, el otro subió a la morada indicada, igualmente con el propósito, según se pretende, de hacerlo salir para que fuese asesinado, lo cual afortunadamente no sucedió porque este último, encontrándose indispuesto, se estaba dando en ese momento un baño de pies;

Que al mismo tiempo y en el momento mismo en que Targhini salió de su morada con Montanari, e inmediatamente después de ellos Spadoni y Garofolini, salieron también Ludovico Gasperoni y Sebastiano Ricci, habiéndose reunido todos ellos allí previamente:

Que, reuniendo estas circunstancias y otras no menos notables de estos hechos, las cuales se encuentran detalladas a lo largo del proceso, no se puede sino concluir que previamente los coacusados conspiraron para la ejecución del crimen, el cual no fue realizado sino en la persona de uno solo de los individuos designados;

Que, por consiguiente, la Comisión especial, considerando la gravedad tanto de este crimen como del de lesa majestad, y las pruebas que se reúnen a cargo de dichos coacusados, juzga y condena por unanimidad a Angelo Targhini y a Leonidas Montanari a la pena de muerte; a Luigi Spadoni y a Pompeo Garofolini a las galeras de por vida; y a Ludovico Gasperoni y a Sebastiano Ricci a las galeras por diez años.


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21 DE SEPTIEMBRE: SAN MATEO, APÓSTOL Y EVANGELISTA


21 de Septiembre: San Mateo, Apóstol y Evangelista

(✞ siglo I)

El bienaventurado Apóstol y Evangelista San Mateo, que por otro nombre se llamó Leví, fue Galileo de nación y de la ciudad de Caná.

Era publicano y arrendador de las rentas imperiales que cobraba los tributos que pagaban los judíos, que era oficio odioso entre ellos, y así les llamaban con el nombre de pecadores. 

Estando pues un día Mateo sentado en la casa o aduana, pasó el Señor, y puso en él los ojos de su clemencia y le dijo: “Sígueme”; y luego se levantó San Mateo tocado por Dios, y dejando el trato, dineros, casa y familia, le siguió. 

Le cobró tanto amor, que le hizo un convite en su casa al cual hizo venir a otros publicanos y pecadores para que, atraídos por la dulzura y conversación del Señor, también le conociesen y amasen. 

Esto escribe en su Evangelio divino el mismo San Mateo, el cual se llama humildemente a sí mismo “Mateo el publicano”, mientras los otros Evangelistas le llamaban con el nombre de Leví, para disimular la afrenta del oficio que ejercitaba antes de su vocación. 

Después de la subida del Salvador al cielo y la venida del Espíritu Santo, cupo a San Mateo la misión de Etiopía, y se llevó consigo el Evangelio que había escrito en lengua hebrea o siriaca para los judíos. 

Llegado a Etiopía el santo Apóstol, se dice que entró en la ciudad de Nadaber, donde fue hospedado por aquel eunuco de la reina Candace a quien bautizó San Felipe.

Allí encontró dos magos que con sus malas artes pervertían al pueblo, más el Santo Apóstol les confundió con la virtud de Jesucristo, y resucitó a un hijo del rey Egipo, que los magos no habían podido resucitar. 

Con este prodigio se convirtieron el rey y la reina y sus hijos a la fe del Señor y gran parte del pueblo, siguiendo su ejemplo, se bautizó. 

Tenía el rey una hija llamada Ifigenia, la cual oyendo alabar al Santo Apóstol sobre el estado virginal, se determinó a consagrarse a Dios en compañía de otras doncellas que se le juntaron con el mismo propósito; más habiendo muerto el rey Egipo, y apoderándose del reino un hermano suyo llamado Hirtado, quiso este casarse con Ifigenia, y que San Mateo la persuadiese; pero el Santo Apóstol se resistió, por lo cual el rey se enojó de manera que mandó sus ministros a la Iglesia donde el Santo estaba diciendo Misa para que le diesen muerte, y así, acabada la Misa, fue el Santo Apóstol lanceado, quedando el altar del divino sacrificio rociado con su sangre. 

Con este martirio acabó su carrera apostólica, después de haber padecido muchos trabajos, obrado grandes milagros, edificado templos, ordenados sacerdotes, y ganado para Cristo muchas almas en aquella remota provincia de Etiopía. 

Reflexión

En la vocación de San Mateo para el apostolado, mostró el Señor sus entrañas de misericordia para darnos gran confianza que no desechará a cualquier pecador, por más lo que haya sido y viniere a Él, y para que entendamos que aunque no viniere y lo cerrare la puerta, llamará a ella y si le abriere, entrará en su corazón y le perdonará sus pecados. Y justamente nos propone el Sagrado Evangelio la presteza con que San Mateo obedeció al Señor, para que la imitemos y obedezcamos a la divina vocación, dando de mano si es menester a todas las cosas de la tierra y a todas las riquezas, gustos y vanidades del siglo, para ser verdaderos discípulos de Jesucristo, Señor Nuestro. 

Oración

Asístenos, Señor, por los méritos de tu Apóstol y Evangelista, el bienaventurado Mateo, para alcanzar por su intercesión lo que no podemos conseguir por nuestras débiles fuerzas. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén. 
 

domingo, 20 de septiembre de 2026

UN CATECISMO SOBRE LOS ERRORES DOCTRINALES DE LA SECTA DEL NOVUS ORDO (2)

El concilio Vaticano II difiere fundamentalmente de todos los Concilios anteriores.

Por Mark Escobar


Nota: El autor de este artículo es un laico que, en la actual crisis de la Iglesia, representada por Acción Católica, se ha permitido, mediante el uso de textos de los Papas y otros libros católicos autorizados y aprobados, escritos por autores santos y fiables, defender la fe católica. Ahora bien, si —Dios no lo quiera— algo en ello resultara contrario a la verdadera fe católica, el autor se somete de antemano a la decisión de la Santa Sede y está dispuesto a retractarse de cualquier parte de sus escritos inmediatamente al percatarse de su contradicción con las enseñanzas de la Iglesia.

******************

2. El concilio Vaticano II difiere fundamentalmente de todos los Concilios anteriores.

Pregunta: ¿Cómo es posible que un individuo o grupo se niegue a aceptar un Concilio Ecuménico y, sin embargo, pueda seguir declarándose católico? ¿Acaso no es precisamente esto lo que los herejes siempre han hecho en oposición a los Concilios?

Respuesta: Sí; todos estos puntos son fundamentalmente correctos. Sin embargo, el concilio Vaticano II posee una característica esencial que impide que se le aplique el juicio anterior.

Pregunta: ¿Cuál es esta característica?

Respuesta: Esta característica radica en la función y el propósito de este concilio. En los Concilios anteriores, siempre que surgía un desacuerdo sobre una cuestión de fe o moral, para resolverlo y distinguir la enseñanza correcta y ortodoxa de la herética y errónea, el Concilio procedía a juzgar y definir un dogma y a condenar la herejía, con la aprobación del Papa; una vez que, en virtud de este acto infalible del Concilio, se había distinguido la enseñanza correcta y ortodoxa de la herética y errónea, cualquiera que se resistiera a esta enseñanza de la Iglesia era considerado hereje.

Pero esta característica estuvo ausente en el concilio Vaticano II. Este concilio no pretendía juzgar y definir infaliblemente una controversia sin resolver entre los cristianos, ni condenar una enseñanza como herejía. Por el contrario, bajo la promesa y el lema de adaptar las enseñanzas de la Iglesia al mundo moderno, con un nuevo tono, una nueva presentación y la apertura de ventanas para que entrara aire fresco en la Iglesia, este concilio se propuso revisar asuntos que ya habían sido juzgados, así como errores y herejías que ya habían sido condenados; y declaró permisibles, y dio aprobación y aliento a aquellas mismas cosas que previamente habían sido juzgadas repetidamente por la Sede Apostólica y condenadas en los términos más enérgicos posibles.

Este concilio actuó de manera totalmente contraria a los veinte Concilios Ecuménicos anteriores y, por consiguiente, la forma de abordarlo es también la opuesta: no aceptar este concilio no solo no es señal de herejía, sino más bien una muestra de fidelidad a la fe inmutable de la Iglesia y a la ortodoxia. Al negarse a aceptar este concilio, los individuos no se convierten en herejes; más bien, es precisamente al aceptarlo que se convierten en herejes. Al aceptarlo, el papa y los obispos no le confieren, ni pueden conferirle, validez, estatus oficial ni carácter de infalibilidad; más bien, con este mismo acto, ellos mismos se convierten en herejes y pierden su cargo. Esta es la gran diferencia entre este concilio y los veinte Concilios que lo precedieron.

Pregunta: Pero todos los papas del Novus Ordo, y Benedicto XVI en particular, han insistido en que no se produjo ningún cambio, y que solo cambiaron el tono y la manera de presentación.

Respuesta: Una cosa es una afirmación y otra la realidad. Martín Lutero también afirmó que sus enseñanzas estaban de acuerdo con la Sagrada Escritura; el mero hecho de que hiciera esta afirmación no implica que sus enseñanzas se ajusten realmente a la Escritura. Del mismo modo, la afirmación de los Papas del Novus Ordo de que las enseñanzas posteriores al Concilio están en conformidad con las anteriores al Concilio y que no ha habido ningún cambio es similar a tal afirmación. Pero basta con comparar las enseñanzas antes y después del Concilio para que quede clara la falsedad de la afirmación de los Papas del Novus Ordo. Esto es lo que haremos en este Catecismo.

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LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (12)

Continuamos con la publicación del capítulo 12 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Duodécima Hora: De las 4 a las 5 de la mañana 

Jesús entre los soldados

Vida mía, dulcísimo Jesús, mientras duermo abrazado a tu Corazón, siento frecuentemente las punzadas de las espinas que hieren tu Sacratísimo Corazón; y queriéndome despertar, para que haya al menos uno que se dé cuenta de todas tus penas y que te compadezca, me estrecho aún más fuertemente a tu Corazón, y sintiendo más a lo vivo tus punzadas, me despierto; pero, ¿qué veo?, ¿qué siento? Quisiera esconderte dentro de mi corazón para ponerme yo en tu lugar y recibir sobre mí penas tan dolorosas, insultos y humillaciones tan increíbles. ¡Sólo tu amor podía soportar tantos ultrajes! Pacientísimo Jesús mío, ¿qué podías esperar de gente tan inhumana?

Se divierten contigo y te cubren el rostro de salivazos. La luz de tus bellísimos ojos queda eclipsada por los salivazos, y llorando a cataratas por nuestra salvación, se te limpian los ojos de aquellos salivazos; pero aquellos malvados, no soportando su corazón el ver la luz de tus ojos, vuelven otra vez a cubrirlos de salivazos... Otros, volviéndose más atrevidos en el mal, te abren tu dulcísima boca y te la llenan de repugnantes salivazos, tanto que hasta ellos mismos sienten la nausea; y puesto que esos salivazos, escurriendo en parte, muestran un poco la majestad de tu rostro santísimo y de tu sobrehumana dulzura, se estremecen y se avergüenzan de sí mismos... Y para sentirse más libres te vendan los ojos con un trapo repugnante, para así poder desenfrenarse del todo sobre tu adorable persona; de manera que te golpean sin piedad, te arrastran, te pisotean, vuelven a descargar puñetazos y bofetadas sobre tu rostro y por toda la cabeza, arañándote y jalándote de los cabellos, empujándote de un lado para otro...

Jesús, Amor mío, mi corazón no resiste al verte en medio de tantos tormentos. Tú quieres que ponga atención a todo, pero yo siento que quisiera cubrirme los ojos para no ver escenas tan dolorosas que hacen arrancar el corazón del pecho; pero me siento obligado por tu amor a seguir viendo lo que te sucede.

Y veo que no abres la boca, no dices una sola palabra para defenderte, estás en las manos de estos soldados como si fueras un trapo con el que pueden hacer todo lo que quieren; y al verlos arrojarse sobre ti, temo que mueras bajo sus pies.

Bien mío y todo mío, es tanto el dolor que siento por tus penas, que quisiera gritar tan fuerte que mis gritos llegaran hasta el cielo, para llamar al Padre y al Espíritu Santo y a todos los ángeles; y aquí, de un extremo a otro de la tierra, llamaré primero a nuestra dulce Madre y luego a todas las almas que te aman, para que haciendo un cerco a tu alrededor, impidamos que puedan pasar estos insolentes soldados para insultarte y atormentarte; y junto contigo reparemos todos los pecados nocturnos de toda clase, especialmente los que cometen los sectarios sobre tu persona sacramental durante las horas de la noche y todas las ofensas de las almas que no se mantienen fieles en la noche de la prueba.

Pero veo, ¡oh insultado Bien mío!, que los soldados, cansados y borrachos, quieren descansar, y mi pobre corazón, oprimido y lacerado por tantas penas tuyas, no quiere quedarse solo contigo, siente necesidad de otra compañía: “¡Ah, dulce Madre mía!, sé tú mi inseparable compañía. Me estrecho fuertemente a tu mano materna y te la beso, y tú, fortaléceme con tu bendición, y abrazándonos a Jesús apoyemos nuestra cabeza sobre su Corazón tan adolorido para consolarlo”.

¡Oh Jesús!, te beso y te bendigo junto con tu Madre Santísima y unido a ella dormiremos el sueño del amor sobre tu adorable Corazón.

Reflexiones y prácticas

Jesús en esta hora se encuentra en medio de los soldados con ánimo imperturbable y con una constancia de hierro. Como el Dios que es, sufre toda clase de abusos de parte de los soldados y él, en cambio, los mira con tanto amor, que parece como que los invita a que lo hagan sufrir aún más.

Y nosotros, cuando sufrimos constantemente, ¿somos constantes o más bien nos lamentamos, nos fastidiamos, perdemos la paz, esa paz del corazón que se necesita para que Jesús pueda hallar en nosotros su feliz morada?

La firmeza es esa virtud que nos da a conocer si es Dios quien verdaderamente reina en nosotros; si la nuestra es verdadera virtud, nos mantendremos firmes durante la prueba y no periódicamente, sino constantemente: solamente la cruz nos puede proporcionar esta firmeza. Conforme crece nuestra firmeza en el bien, en el sufrir, en el obrar, va creciendo también en nosotros el lugar en donde Jesús podrá hacer crecer sus gracias. Así que si somos inconstantes no habrá lugar en nosotros en donde Jesús pueda extender sus gracias; si en cambio nos mantenemos firmes y constantes, hallando Jesús un gran espacio en nosotros, hallará dónde apoyarse y sostenerse, y dónde multiplicar sus gracias.

Si queremos que nuestro amado Jesús descanse en nosotros, circundémoslo con esa misma firmeza con la que él mismo hizo todo por la salvación de nuestras almas. Estando así defendido, podrá permanecer en nuestro corazón en un dulce reposo.

Jesús miraba con amor a quienes lo maltrataban; y nosotros, ¿miramos con ese mismo amor a quienes nos ofenden? ¿El amor que les mostramos es tanto que llega a ser una potente voz para sus corazones y que hace que se conviertan y que vuelvan a Jesús?


“Jesús mío, Amor sin límites, dame tu amor y haz que cada pena que yo sufra sea una llamada a las almas para que vuelvan a ti”.

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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (130)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


130. Los discursos en Aguas Claras: No dirás falsos testimonios (165).
El pequeño Asrael.
14 de marzo de 1945.

1 “¡Cuánta gente!” exclama Mateo.
Pedro responde: “¡Eh, mira, hay también galileos! ¡Ay, ay, ay!... Vamos a decírselo al Maestro. Son tres probos bandidos”
“Vienen por causa mía, quizás. También aquí me persiguen...”.
“No, Mateo. El tiburón no se come los pececitos. Quiere comerse al hombre, captura noble. Sólo en el caso de no encontrarlo de ninguna manera, se come un pez grande. Y... yo, tú, los otros, somos pececillos... poca cosa”.
“¿Crees que por el Maestro?” pregunta Mateo.
“Y si no, ¿por quién va a ser? ¿No ves cómo miran por todas partes! Parecen fieras olisqueando las huellas de la gacela”.
“Voy a decírselo...”.
“¡Espera! Se lo decimos a los hijos de Alfeo. El es demasiado bueno; bondad maltratada, cuando cae en esas bocas”.
“Tienes razón”.
Van los dos al río y llaman a Santiago y a Judas. 
“Venid, hay ahí unos... que estarían bien en el suplicio. Está claro que vienen para importunar al Maestro”.
“Vamos. ¿El dónde está?”.
“Todavía en la cocina. ¡Vamos deprisa!, que si se da cuenta no quiere”.
“Sí, pues hace mal”.
“Eso digo yo también”.
Vuelven a la era. El grupo, designado "galileo" habla con pomposa gravedad a otras personas. Judas de Alfeo se acerca como si nada sucediera, y oye: “...palabras tienen que estar apoyadas en los hechos”.
“¡Y El los hace! ¡Ayer también ha curado a un romano endemoniado!” replica un corpulento lugareño.
“¡Qué horror! ¡Curar a un pagano! ¡Qué escándalo! ¿Has oído, Elí?”.
“Se dan todas las culpas en El: amistades con publicanos y meretrices, trato con los paganos y...”.
“Y soportar a los maldicientes. Esta es también una culpa. A mi modo de ver, la más grave. Pero, dado que El no sabe –no quiere– defenderse a sí mismo, hablad conmigo; soy su hermano, y mayor que El, y éste es el otro hermano, mayor aún. Hablad”.
“Pero, ¿por qué te pones así? ¿Crees que hablamos mal del Mesías? ¡No, hombre, no! Nosotros hemos venido desde tan lejos a causa de su fama. Se lo estábamos diciendo también a éstos...”.
“¡Embustero! Me das tanto asco, que te vuelvo la espalda”. 
Y Judas de Alfeo, sintiendo quizás en peligro la caridad para con los enemigos, se marcha.
“¿No es, acaso, verdad? Decidlo todos vosotros...”.
Pero esos "todos", o sea, los otros con quienes estos galileos estaban hablando, se callan. No quieren mentir y no se atreven a desmentir; por eso se quedan callados.
“Ni siquiera sabemos cómo es...” dice el galileo Elí.
“No le has insultado en mi casa, ¿verdad?” pregunta Mateo con ironía. “¿O te falta la memoria por enfermedad?”.
El "galileo" se cubre con su manto y se va con los otros sin responder.
“¡Miserable!” le grita Pedro detrás.

2 “Querían decirnos de El cosas infernales...” explica un hombre. “Pero nosotros hemos visto los hechos. Y sabemos, eso sí, cómo son ellos, los fariseos. ¿A quién creer entonces, al Bueno que es realmente bueno, o a los malvados que de sí mismos dicen ser buenos, pero luego son dañosos? Yo sé que desde que vengo aquí no me reconozco, de lo mucho que he cambiado. Yo era un hombre violento, duro con mi mujer y con mis hijos; no tenía respeto hacia el convecino, y ahora... lo dicen todos en el pueblo: "Ararías ya no es el mismo de antes". Bueno, ¿entonces? ¿Se ha oído alguna vez que un demonio haga bueno a alguien? ¿Para quién trabaja entonces? ¿Por nuestra santidad? ¡Oh, pues sí que es verdaderamente un demonio original si trabaja para el Señor!”.
“Es así como dices, hombre. Y que Dios te proteja, porque sabes comprender bien, ver bien y obrar bien. Prosigue así y serás un verdadero discípulo del Mesías bendito. Serás motivo de alegría para El, que quiere vuestro bien que todo lo soporta con tal de atraeros a sí. No os escandalicéis sino del verdadero mal. Cuando veáis que El obra en nombre de Dios, no os escandalicéis, y no creáis a quienes querrían induciros a escándalo, aunque le veáis hacer cosas nuevas. Este es el tiempo nuevo, que ha llegado como una flor nacida después de siglos de trabajo de la raíz. Si esto no lo hubiera precedido, no habríamos podido comprender su Palabra. Mas siglos de obediencia a la Ley del Sinaí nos han proporcionado esa mínima preparación necesaria para poder aspirar del tiempo nuevo –que es como una flor divina que la Bondad nos ha concedido ver– todos los inciensos y jugos para purificarnos, fortificarnos, quedar perfumados de santidad, como un altar. Siendo el tiempo nuevo, tiene sistemas nuevos; no contrarios a la Ley; todos, eso sí, penetrados de misericordia y caridad, porque El es la Misericordia y el Amor bajado del Cielo”. Santiago de Alfeo hace un gesto de saludo y se va hacia la casa.

3 “¡Qué bien hablas tú!” dice Pedro admirado. “Yo nunca sé qué decir. Sólo digo: "Sed buenos, amadle, escuchadle, creed en El". ¡Verdaderamente no sé cómo podrá estar contento de mí!”.
“Pues lo está, y mucho” responde Santiago de Alfeo.
“¿Lo dices de verdad o por bondad?”.
“En verdad es así. Ayer mismo me lo decía”.
“¡¿Sí?! Hoy me siento más contento que el día en que me trajeron a mi esposa. Pero tú... ¿dónde has aprendido a hablar tan bien?”.
“Sobre las rodillas de su Madre y a su lado. ¡Qué lecciones! ¡Qué palabras! Sólo El puede hablar mejor que Ella; pero, lo que le falta en potencia, Ella te lo añade en dulzura... y entra... ¡Sus lecciones...! ¿Has visto alguna vez un paño cuando toca con una esquinita un aceite oloroso? Va lentamente bebiendo no el aceite sino el perfume, y, aunque quitemos el aceite, queda el perfume diciendo: "Yo estuve ahí". Igual Ella. También en nosotros –paños rasposos luego lavados por la vida– Ella penetró con su sabiduría y gracia y su perfume permanece en nosotros”.
“¿Por qué no la trae? ¡Dijo que lo haría! Nos haríamos mejores, menos calabazas... yo por lo menos. Y esta gente... Con la presencia suya serían mejores incluso esos áspides que vienen de vez en cuando...”.
“¿Tú crees? Yo no lo creo. Nosotros nos haríamos mejores, como también los humildes; pero, ¡los poderosos y los malos!... ¡Simón de Jonás, no prestes nunca a los demás tus sentimientos honestos! De hacerlo así, sufrirás desilusiones... Ahí viene El; mejor no decirle nada...”.

4 Jesús sale de la cocina llevando de la mano a un niño pequeño, que camina corriendo a su lado y mordisqueando una corteza de pan untada con aceite. Jesús regula su largo paso conforme a las piernecitas de su amigo. 
“¡Una conquista!” dice alegre. “Me ha dicho este hombre de cuatro años, que se llama Asrael, que él quiere ser un discípulo y aprender todo: a predicar, a curar a los niños enfermos, a hacer que salgan uvas en los sarmientos incluso en diciembre, y luego quiere subir a un monte y convocar a todo el mundo gritándoles que ha venido el Mesías. ¿No es así, Asrael?”.
Y el niño risueño dice que sí, que sí; y, mientras tanto, sigue comiendo.
“¡¿No sabes más que comer?!” le dice Tomás para provocarle. “No sabes ni siquiera decir quién es el Mesías”.
“Es Jesús de Nazaret”.
“Y ¿qué quiere decir "Mesías"?”.
“Quiere decir... quiere decir: el Hombre que ha sido enviado para ser bueno y hacernos buenos a todos”.
“Y ¿qué hace para hacernos buenos? En tu caso, tú, que eres un gamberrete, ¿qué harás para serlo?”.
“Quererle. Y haré todo, y El hará todo porque le querré. Hazlo tú también así y serás bueno”.
“Ya tienes la lección, Tomás, tienes el precepto: "Quiéreme y harás todo, porque, si me quieres, Yo te amaré, y el amor hará todo en ti". El Espíritu Santo ha hablado. Ven, Asrael, vamos a predicar”.
¡Está tan contento Jesús cuando tiene a su lado a un niño, que yo querría llevarle todos los niños y darle a conocer a todos los niños! ¡Muchos de ellos no le conocen ni siquiera de nombre!
Pasa delante de la velada y antes de llegar le dice al niño: “Dile a esa mujer: "La paz sea contigo"”.
“¿Por qué?”.
“Porque se parece a tí cuando te caes, y por eso llora; pero, si le dices eso, se le pasa”.
“La paz sea contigo, mujer. No llores. Me lo ha dicho el Mesías. Si le quieres, El también, y te curas” grita el niño, mientras Jesús lo arrastra consigo sin detenerse. Asrael tiene verdaderamente madera de misionero, aunque por el momento se muestre un poco... inoportuno en sus predicaciones diciendo más de lo que se le haya encargado decir.

5 “Paz a todos vosotros. "No dirás falsos testimonios", está escrito.
¿Qué más nauseabundo que un mentiroso? ¿Sería mucho decir que el mentiroso sintetiza crueldad e impureza? No, ciertamente no. El mentiroso –me refiero al que lo es en cosas graves– es cruel; mata el aprecio con su lengua, y, por tanto, no se diferencia del asesino; más aún, digo que es más que un asesino. Este mata sólo un cuerpo; aquél mata también el buen nombre, el recuerdo de un hombre; por tanto, es dos veces asesino, asesino impune, porque no esparce sangre... pero..., eso sí, daña la reputación de la persona calumniada y, con ella, de toda su familia. El caso de aquel que, jurando lo falso, mande a otro a la muerte, ni siquiera lo considero; sobre ése están acumulados los carbones de la Gehena. Me refiero sólo a aquel que con palabra mentirosa induce a otros y los persuade en perjuicio de un inocente. ¿Por qué lo hace? O por odio sin motivo, o ambicionando tener lo que el otro tiene, o también por miedo.

Odio. Tiene odio sólo quien es amigo de Satanás. El bueno no odia nunca, por ninguna razón; aunque le hayan vilipendiado o perjudicado, perdona. No odia nunca. El odio es el testimonio que de sí misma da un alma perdida, y el testimonio más hermoso en favor del inocente. Porque el odio es la sublevación del mal contra el bien. No se perdona a quien es bueno.

Avidez. "Aquél tiene eso que yo no tengo. Yo quiero eso que él tiene, mas sólo sembrando desestimación hacia él puedo llegar a ocupar su lugar. Y yo lo hago. ¿Miento?, ¿qué importa?; ¿robo?, ¿qué importa?; ¿puedo llegar a destruir toda una familia?, ¿qué importa?". El astuto embustero, entre tantas preguntas como se hace, olvida, quiere olvidar, una pregunta, ésta: "¿Y si me desenmascarasen?" Esta no se la hace, porque, bajo el orgullo y la avidez, es como quien tiene los ojos tapados: no ve el peligro; es como uno ebrio, ebrio por el vino satánico, y no piensa que Dios es más fuerte que Satanás y se encarga de vengar al calumniado. El mentiroso se ha entregado a la Mentira (166) y se fía neciamente de su protección.

Miedo. Muchas veces uno calumnia para disculparse a sí mismo. Es la forma más común de mentira. Se ha hecho el mal..., se teme que venga a descubrirse y lo reconozcan como obra nuestra. Entonces, usando y abusando de la estima en que aun nos tienen los otros, he aquí que invertimos el hecho y, lo que hemos hecho nosotros, se lo endosamos al otro, del cual sólo tememos su honestidad. Y también se hace esto porque el otro, algunas veces, ha sido, sin querer, testigo de una mala acción nuestra, y pretendemos así preservarnos de un testimonio suyo: se le acusa para desacreditarle; así, si habla, nadie le creerá.

6 ¡Actuad bien, actuad bien, y no tendréis necesidad de esta mentira! ¿No pensáis, cuando mentís, cómo os colocáis un yugo pesado, hecho de sujeción al demonio, de perpetuo miedo a quedar desmentidos y de la necesidad de recordar la mentira, con los hechos y detalles con que fue dicha, incluso años después, sin caer en contradicción?: ¡Un trabajo de galeote! ¡Si al menos sirviera para el Cielo!... pero sirve sólo para prepararse un puesto en el infierno.

Sed francos. ¡Es tan hermosa la boca del hombre que no sabe de mentira alguna!... ¿Que es pobre?, ¿que es inculto?, ¿que no le conocen?; ¿que es así? Sí. Pero es siempre un rey, porque es una persona sincera, y la sinceridad es más regia que oro o diadema, y eleva por encima de las multitudes más que un trono, y proporciona una corte de personas buenas mayor que la de un monarca. La presencia del hombre sincero alivia y da seguridad, mientras que la amistad con el insincero produce desazón; el simple hecho de tenerle cerca da un sentido de desazón. Quien miente –dado que la mentira, por mil motivos, pronto aflora– ¿no piensa que luego le tendrán siempre como sospechoso? ¿Cómo se podrá en un futuro aceptar lo que él dice? Aunque diga la verdad y quien lo oiga lo quiera creer, en el fondo quedará siempre una duda: "¿Estará mintiendo también esta vez?".

Diréis vosotros: "Pero, ¿dónde está el falso testimonio?". Toda mentira es falso testimonio, no sólo la legal.

Sed sencillos como lo es Dios y como lo es el niño. Sed veraces en todos vuestros momentos de la vida. ¿Queréis ser considerados buenos? Sedlo de verdad. Aunque un maldiciente quisiese hablar mal de vosotros, cien buenos dirían: "No. No es verdad. Es bueno. Sus obras hablan por él".

En un libro sapiencial está escrito (167): "El hombre apóstata se mueve con la perversidad en los labios... en su corazón perverso prepara el mal y en todo tiempo siembra discordias... Seis cosas odia el Señor y la séptima le es execrable: los ojos soberbios, la lengua mentirosa, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que piensa en inicuos proyectos, los pies que corren apresuradamente hacia el mal, el falso testigo que profiere mentiras, y el hombre que siembra discordia entre los hermanos... Por los pecados de la lengua la ruina se avecina al malvado... Quien miente es un testigo fraudulento. El labio veraz permanece inmutable por toda la eternidad, mas el urdidor de lenguaje fraudulento es testigo momentáneo. Las palabras del murmurador parecen sencillas, pero traspasan las entrañas. Por cómo habla se le reconoce al enemigo, cuando en su interior está dando vida a una traición. Si habla en voz baja, no te fíes de él, porque lleva en su corazón siete malicias. El, con simulación, esconde su odio, mas su malicia quedará de manifiesto... Quien excava la fosa en ella caerá; la piedra le caerá encima a quien la rueda".

Viejo como el mundo es el pecado de mentira, e inmutable es el pensamiento de quien en esto es sabio, como inmutable es el juicio de Dios sobre el mentiroso.

Yo digo: "Tened siempre un solo lenguaje. El sí sea siempre sí y el no sea siempre no, siempre, aun frente a poderosos y tiranos; y vuestro mérito será grande en el Cielo".

Os digo: "Tened la espontaneidad del niño, que por instinto se acerca a quien siente bueno, no buscando sino bondad, y que dice aquello que su propia bondad le hace pensar, sin calcular si es demasiado lo que dice y le pudiera acarrear una reprensión".
Podéis ir en paz. Y que seáis amigos de la Verdad”.

7 El pequeño Asrael (que se ha pasado todo el tiempo sentado a los pies de Jesús con su cabecita levantada como un pajarito cuando escucha el canto de quien le ha engendrado) hace un movimiento que es todo dulzura: restriega su carita en las rodillas de Jesús y dice: “Yo y Tú somos amigos, porque Tú eres bueno y yo te quiero. Ahora lo digo yo también” y, forzando su vocecita para que le puedan oír en la vasta estancia, dice, con gestos como los que ha visto hacer a Jesús: “Todos, escuchad: Yo sé a dónde van las personas que no dicen mentiras y aman a Jesús de Nazaret. Suben por la escalera de Jacob (168). Arriba, arriba, arriba... con los ángeles, y luego se detienen cuando encuentran al Señor” y se ríe contento, mostrando todos sus dientecitos.
Jesús le acaricia, y baja y se mezcla entre la gente. Devuelve al pequeño a su madre: “Gracias, mujer, por haberme dejado a tu niño”.
“¿Te ha dado guerra?”.
“No. Me ha dado amor. Es un pequeño del Señor. Que el Señor le acompañe siempre. También a ti. Adiós”.
Todo termina.

Notas:

165) Cfr. Ex. 20, 16; Dt. 5, 17.

166) Personificación del Demonio (N.T.)

167) Cfr. Prov. 6, 12–19; 12, 13 y 17 y 19 etc.

168) Cfr. Gén. 28, 1–22.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)