viernes, 10 de abril de 2026

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (98)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


98. Encuentro con la Magdalena en el lago y lección a los discípulos cerca de Tiberíades.
5 de febrero de 1945.

1 Jesús y todos los suyos –ya son trece más Él– están, siete en cada barca, en el lago de Galilea. Jesús va en la barca de Pedro, la primera, junto con Pedro, Andrés, Simón, José y los dos primos. En la otra van los dos hijos de Zebedeo con los demás, o sea, Judas Iscariote, Felipe, Tomás, Natanael y Mateo.
Las barcas avanzan a vela, ligeras, impulsadas por un viento fresco de bóreas que apenas encrespa el agua en muchos, pequeños pliegues ligerísimamente marcados por un hilo de espuma que dibuja un tul sobre el azul turquesa del hermoso lago sereno. Avanzan, dejándose detrás dos estelas que en la base se besan, confundiendo sus espumas joviales en una única risa de aguas, porque casi navegan en conserva (la barca de Pedro apenas unos dos metros más adelante).
De barca a barca, a pocos metros la una de la otra, hay intercambio de palabras y de comentarios que me hacen pensar que los galileos están ilustrando y explicando a los judíos los puntos del lago, con su comercio, con las personalidades que allí residen, las distancias desde el lugar de partida y de llegada, o sea, Cafarnaúm y Tiberíades. Las barcas no pescan, están sólo preparadas para el transporte de las personas.
Jesús está sentado a proa. Se ve claramente que goza de la belleza que le circunda, del silencio, de todo ese azul puro de cielo y de aguas a las que hacen de anillo márgenes verdes, sembradas de pueblos del todo blancos entre el verdor. Se abstrae de lo que dicen los discípulos, muy hacia delante en la proa, casi echado encima de un atado de velas, con la cabeza frecuentemente inclinada hacia ese espejo de zafiro que es el lago, como si estudiara el fondo y se interesase de cuanto vive en esas aguas limpísimas. Pero, ¿quién sabe en qué estará pensando?...
Pedro en dos ocasiones le pregunta para saber si el Sol le molesta (que, alzado ya del todo desde Oriente, coge en pleno la barca bajo su rayo, aún no abrasador pero sí caliente); otra vez le dice si quiere pan y queso como los demás. Jesús no quiere nada, ni toldo ni pan; y Pedro le deja en paz.

2 Un grupito de pequeñas barcas de recreo, casi chalupas pero con gran exuberancia de baldaquinos purpúreos y de blandos almohadones, corta el camino transversalmente a las barcas de los pescadores. Música, carcajadas, perfumes, pasan con ellas.
Están llenas de hermosas mujeres y de vividores romanos y palestinos, pero más romanos, o por lo menos no palestinos, porque alguno debe ser griego; al menos así deduzco de las palabras de un joven delgado, espigado, moreno como una aceituna casi madura, todo peripuesto, con un vestido rojo corto, delimitado en la parte baja por una pesada greca y sujeto a la cintura por un cinturón que es una obra maestra de orfebre: “¡Hélade es hermosa! Mas ni siquiera mi olímpica patria tiene este azul y estas flores. Ciertamente no asombra que las diosas la hayan abandonado para venir aquí. Deshojemos sobre las diosas, ya no griegas sino judías, las flores, las rosas, los dones...” –y esparce sobre las mujeres de su barca pétalos de espléndidas rosas y echa otros en la barca de al lado–.
Responde un romano: “¡Deshoja, deshoja, griego!, que Venus está conmigo. Yo no deshojo, yo cojo las rosas en esta hermosa boca; es más dulce”. Y se inclina a besar, en la boca abierta a la risa, a María de Magdala, semiechada sobre los almohadones y con la cabeza rubia apoyada en el regazo del romano.
En este momento ya las barcas grandes tienen literalmente encima a las barcas pequeñas, y por poco no se chocan, o por la impericia de los bogadores o por juego del viento.
“¡Tened cuidado, si queréis seguir viviendo!” grita Pedro enfurecido, mientras vira, dando un golpe de pértiga para evitar la embestida. Insultos de hombres y gritos de susto de las mujeres van de barca a barca.
Los romanos insultan a los galileos diciendo: “¡Apartaos, perros judíos”.
Para Pedro y los demás galileos no cae en saco roto el insulto y Pedro especialmente, rojo como un gallito, erguido en el extremo del borde de la barca, que cabecea fuertemente, con las manos en las caderas, responde con aspereza a romanos, griegos, hebreos y hebreas; es más, a éstas les dedica toda una colección de apelativos honoríficos que dejo en la pluma.
El altercado dura hasta que la maraña de quillas y de remos no se ha disuelto y cada uno sigue por su camino.

3 Jesús en todo este tiempo no ha cambiado de posición. Ha permanecido sentado, ausente, sin miradas, sin palabras hacia las barcas o hacia sus ocupantes. Apoyado sobre un codo, ha seguido mirando la ribera lejana como si nada sucediese. Le arrojan una flor, incluso; no sé quién; claramente, una mujer, porque oigo una risita femenina acompañar al acto. Pero Él... nada. La flor le va a parar casi en el rostro y cae sobre las tablas, terminando bajo los pies del enfurecido Pedro.
Cuando las barquichuelas están para alejarse, veo que la Magdalena se alza en pie y sigue la indicación que le señala una compañera de vicio, o sea, apunta sus ojos espléndidos hacia el rostro sereno y lejano de Jesús. ¡Cuán lejano del mundo este rostro!...

4 “Dime, Simón -pregunta Judas Iscariote- Responde, tú que eres judío como yo. ¿Esa guapísima rubia que estaba en el regazo del romano, la que se ha puesto en pie hace poco, no es la hermana de Lázaro de Betania?”.
“No sé nada -responde secamente Simón Cananeo- He vuelto al mundo de los vivos hace poco y esa mujer es joven...”.
“¡Supongo que no irás a decirme que no conoces a Lázaro de Betania! Sé perfectamente que eres amigo suyo y que has estado donde él con el Maestro”.
“¿Y si eso fuera así?”
“Dado que es así, digo yo, tienes que conocer también a la pecadora que es hermana de Lázaro. ¡La conocen hasta las tumbas! Hace diez años que da que hablar de sí. Apenas fue púber, comenzó a ser ligera. ¡Pero, desde hace más de cuatro años!... No es posible que ignores el escándalo, aunque estuvieras en el "valle de los muertos". Habló de ello toda Jerusalén. Lázaro se encerró entonces en Betania... Bueno, hizo bien. Nadie habría vuelto a poner el pie en su espléndido palacio de Sión por el que ella pasaba. Quiero decir: ninguno que fuera santo. En los pueblos... ¡Ya se sabe!... Y además, ahora ella está por todas partes, menos en su casa... Ahora está, seguro, en Magdala... Estará metida en algún otro nuevo amor.. ¿No contestas? ¿Puedes decirme que no es verdad?”.
“No rebato. Callo”.
“¿Entonces es ella? ¡Tú también la has reconocido!”.
“La vi entonces, cuando era niña y pura. Ahora vuelvo a verla... No obstante, la reconozco. Impúdicamente reproduce la efigie de su madre, una santa”.
“Y entonces, ¿por qué casi negabas que fuera la hermana de tu amigo?”.
“Especialmente si somos honestos tratamos de mantener cubiertas nuestras llagas y las de aquellos que amamos”.
Judas se ríe forzadamente.

5 “Así es, Simón. Y tú eres una persona honesta” observa Pedro.
“¿Tú la habías reconocido? A Magdala, a vender tu pescado, ciertamente vas. ¡Quién sabe cuántas veces la habrás visto!...”.
“Muchacho, debes saber que cuando uno tiene las espaldas cansadas por un trabajo honesto, las hembras no apetecen; se desea sólo el lecho honesto de nuestra esposa”.
“¡Ya! Pero, a todos les gusta la buena mercancía; al menos se mira, aunque sólo sea”.
“¿Para qué? ¿Para decir: "No es alimento para tu mesa"? No, mira: del lago y del oficio he aprendido varias cosas, y una de ellas es ésta: que pez de agua dulce y de fondo no está hecho para agua salada y curso vertiginoso”.
“¿Qué quieres decir?”.
“Quiero decir que cada cual debe estar en su lugar, para no morir de mala manera”.
“¿Te hacía morir la Magdalena?”.
“No. Tengo piel dura. Pero... dime: ¿te sientes mal tú?”.
“¿Yo?... ¡Ni siquiera la he mirado!...”.
“¡Embustero! Me apostaría algo a que te estabas royendo por no estar en esta primera barca y tenerla más cerca... Incluso me habrías soportado a mí con tal de estar más cerca... Es tan cierto lo que digo, que me honras con tu palabra, por gracia suya, después de tantos días de silencio”.
“¿Yo? ¡Pero si ni siquiera me hubiera visto! ¡Ella miraba continuamente al Maestro!”.
“¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡y dice que no estaba mirándola! ¿Cómo has podido ver a dónde miraba, si no la estabas mirando?”.
Todos se ríen ante la observación de Pedro, menos Judas, Jesús y el Zelote.

6 Jesús pone fin a la discusión –que ha aparentado no oír– preguntándole a Pedro: “¿Aquélla es Tiberíades?”.
“Sí, Maestro; ahora hago la maniobra de acostamiento”.
“Espera. ¿Puedes meterte en aquel seno de aguas tranquilas? Quisiera hablaros sólo a vosotros”.
“Mido el fondo y te lo sé decir”. –Pedro introduce una larga pértiga y va lento hacia la ribera–. “Se puede, Maestro. ¿Me acerco todavía más a la orilla?”.
“Lo más que puedas. Hay sombra y soledad. Me gusta”.
Pedro va casi hasta tocar con la orilla. La tierra está a una distancia de unos quince metros al máximo. “Ahora tocaría”.
“Párate. Y vosotros acercaos lo más posible y escuchad”.
Jesús deja su lugar y viene a sentarse en el centro de la barca, sobre un asiento que va de lado a lado; de frente tiene la otra barca, en torno a sí los otros de la suya.
“Escuchad. Os parecerá que Yo de vez en cuando me abstraigo de vuestras conversaciones y que, por lo tanto, soy un maestro negligente que no está atento a su propio grupo de discípulos. Sabed que mi alma no os deja ni un momento.
¿Habéis visto alguna vez a un médico estudiando a un enfermo que padece un mal aún dudoso y que presenta síntomas que no casan? No le pierde de vista, después de hacerle un reconocimiento, le tiene bajo vigilancia, tanto durante el sueño como durante la vigilia, mañana y tarde, cuando calla y cuando habla, porque todo puede ser síntoma y guía para descifrar el morbo escondido y para indicar una terapia. Lo mismo hago Yo con vosotros. Os tengo ligados con hilos invisibles pero sensibilísimos que se injertan en mí y me transmiten hasta las más leves vibraciones de vuestro yo. Dejo que os creáis libres, para que os manifestéis cada vez más conforme a lo que sois, lo cual sucede cuando un escolar, o un maníaco, cree que ya no le ve quien le está vigilando.

7 Vosotros sois un grupo de personas, pero formáis un núcleo, o sea, una cosa sola. Por lo tanto, sois un complejo que se forma como ente, y que debe ser estudiado en sus características singulares, más o menos buenas, para formarle, amalgamarle, quitarle las aristas, enriquecer sus lados poliédricos y hacer de él una única cosa perfecta. Por lo tanto, Yo os estudio; me sois objeto de estudio incluso cuando dormís. ¿Qué sois vosotros? ¿Qué tenéis que llegar a ser? Vosotros sois la sal de la tierra; tales debéis llegar a ser: sal de la tierra. Con la sal se preservan las carnes de la corrupción y no sólo la carne, sino muchos otros alimentos. Pero, ¿acaso podría la sal salar si no fuera salada? Yo quiero salar el mundo con vosotros, para sazonarlo que dé sabor celeste. Pero, ¿cómo podéis salar si me perdéis sabor?
¿Qué os hace perder sabor celeste? Lo que es humano. El agua del mar, del verdadero mar, no es buena para beber por lo salada que es, ¿no es verdad? Y a pesar de todo, si uno coge una copa de agua de mar y la echa en una hidria de agua dulce, puede beber, porque el agua de mar está tan diluida que ha perdido su acritud. La humanidad es como el agua dulce que se mezcla con vuestra salinidad celeste. Aún más; suponiendo que se pudiera derivar un río del mar e introducirlo en el agua de este lago, ¿acaso podrías volver a encontrar ese hilo de agua salada? No. Habría quedado perdido entre tanta agua dulce. Esto sucede con vosotros cuando hundís vuestra misión, mejor dicho, la sumergís, en mucha humanidad.
Sois hombres. Sí. Lo sé. Pero ¿y Yo quién soy? Yo soy Aquel que tiene consigo toda la fuerza. Y ¿qué hago Yo? Os comunico esta fuerza, puesto que os he llamado. Pero ¿para qué sirve que os la comunique si la desparramáis bajo avalanchas de sentido y de sentimientos humanos?
Vosotros sois, debéis ser, la luz del mundo. Os he elegido: Yo, Luz de Dios, entre los hombres, para continuar iluminando al mundo una vez que haya vuelto al Padre. Pero, ¿podéis iluminar si no sois más que unos candiles apagados o humeantes? No. Es más, con vuestro humo –peor es el humo vagaroso que la absoluta muerte de una mecha– entenebreceríais ese vestigio de luz que aún pueden tener los corazones. ¡Oh, desdichados aquellos que buscando a Dios se dirijan a los apóstoles y en vez de luz obtengan humo! Sacarán de ello escándalo y muerte. Ahora bien, los apóstoles indignos recibirán maldición y castigo.

8 ¡Habéis sido llamados para grandes cosas, pero al mismo tiempo tenéis un grande, tremendo compromiso! Acordaos de que aquel a quien más se le da más está obligado a dar. Y a vosotros se os da el máximo, en instrucción y en don. Sois instruidos por mí, Verbo de Dios, y recibís de Dios el don de ser "los discípulos" o sea, los continuadores del Hijo de Dios. Quisiera que esta elección vuestra fuera siempre objeto de vuestra meditación, y que continuarais escrutándoos y sopesándoos... y si uno siente que es apto para ser fiel –no quiero siquiera decir: "si uno no se siente más que pecador e impenitente"; digo sólo: "si uno se siente apto para ser sólo un fiel"– pero no siente en sí nervio de apóstol, que se retire.
El mundo, para sus amantes, es muy vasto, bonito, suficiente, vario. Ofrece todas la flores y todos los frutos aptos para el vientre y para el sentido. Yo no ofrezco más que una cosa: la santidad. Esta, en la tierra, es la cosa más angosta, pobre, abrupta, espinosa, perseguida que hay. En el Cielo su angostura se vuelve inmensidad; su pobreza, riqueza; su espinosidad, alfombra florida; su escabrosidad, sendero liso y suave; su persecución, paz y felicidad. Pero aquí ser santo supone un esfuerzo heroico. Yo no os ofrezco mas que esto.
¿Queréis permanecer conmigo? ¿No os sentís capaces de hacerlo? ¡Oh, no os miréis asombrados o apenados! Aún muchas veces me oiréis hacer esta pregunta. Cuando la oigáis, pensad que mi corazón al hacerla llora, porque se siente herido por vuestra sordera ante la vocación. Examinaos, entonces, y luego juzgad con honestidad y sinceridad, y decidid. Decidid para no ser réprobos. Decid: "Maestro, amigos, me doy cuenta de que no estoy hecho para este camino. Os doy un beso de despedida y os digo: rogad por mí". Mejor es esto que no traicionar, Mejor esto…
¿Qué decís? ¿A quién, traicionar? ¿A quién? A mí. A mi causa, o sea, a la causa de Dios, porque Yo soy uno con el Padre, y a vosotros. Sí. Os traicionaríais. Traicionaríais vuestra alma, dándosela a Satanás. ¿Queréis seguir siendo hebreos? Pues Yo no os fuerzo a cambiar. Pero no traicionéis. No traicionéis a vuestra alma, al Cristo y a Dios. Os juro que ni Yo ni mis fieles os criticarán, como tampoco os señalarán con el dedo para desprecio de las turbas fieles. Hace poco un hermano vuestro ha dicho una gran palabra: "Nuestras llagas y las de los que amamos, uno trata de mantenerlas escondidas". Pues bien, quien se separase sería una llaga, una gangrena que, nacida en nuestro organismo apostólico, se desprendería por necrosis completa, dejando un signo doloroso que con todo cuidado mantendríamos escondido.

9 No. No lloréis, vosotros, los mejores, no lloréis. Yo no os guardo rencor, ni soy intransigente por veros tan lentos. Os acabo de tomar y no puedo pretender que seáis perfectos. Pero es que ni siquiera lo pretenderé dentro de unos años, después de decir cien y doscientas veces inútilmente las mismas cosas... Es más, escuchad: pasados unos años, seréis, al menos algunos, menos ardorosos que ahora que sois neófitos. La vida es así... la humanidad es así... Pierde el ímpetu después del arranque inicial. Pero –Jesús se levanta improvisadamente– os juro que Yo venceré. Depurados por natural selección, fortificados por una mixtura sobrenatural, vosotros, los mejores, seréis mis héroes, los héroes del Cristo, los héroes del Cielo. El poder de los Césares será polvo respecto a la realeza de vuestro sacerdocio. Vosotros, pobres pescadores de Galilea, vosotros, ignotos judíos, vosotros, números entre la masa de los hombres presentes, seréis más conocidos, aclamados, venerados, que César, y que todos los Césares que tuvo y que tendrá la tierra. Vosotros conocidos, vosotros benditos en un próximo futuro y en el más remoto de los siglos, hasta el fin del mundo.
Para este sublime destino os elijo, a vosotros, que sois honestos en la voluntad, y para que seáis capaces de él os doy las líneas esenciales de vuestro carácter de apóstoles.

10 Estad siempre vigilantes y preparados. Vuestros lomos estén ceñidos, siempre ceñidos, y vuestras lámparas encendidas, como es propio de quienes de un momento a otro tienen que partir o acudir al encuentro de uno que llega. Y la verdad es que vosotros sois, seréis, hasta que la muerte os detenga, los incansables peregrinos que van en busca de los errantes; y hasta que la muerte la apague, vuestra lámpara debe ser mantenida alta y encendida para indicar el camino a los extraviados que van hacia el redil de Cristo.
Tenéis que ser fieles al Dueño que os ha colocado en cabeza para este servicio. Será premiado aquel siervo al que el Dueño encuentre siempre vigilante y la muerte lo sorprenda en estado de gracia. No podéis, no debéis decir: "Soy joven. Tengo tiempo de hacer esto o aquello y luego pensar en el Dueño, en la muerte, en mi alma". Mueren tanto los jóvenes como los viejos, los fuertes como los débiles, y viejos y jóvenes, fuertes y débiles, están igualmente sujetos al asalto de la tentación. Tened en cuenta que el alma puede morir antes que el cuerpo y podéis llevar en vuestro caminar, sin saberlo, un alma putrefacta. ¡Es tan insensible el morir de un alma! Como la muerte de una flor: sin un grito, sin una convulsión... inclina sólo su llama como corola cansada y se apaga. Después, mucho después alguna vez, inmediatamente después otras veces, el cuerpo advierte que lleva dentro un cadáver verminoso, y se vuelve loco de espanto, y se mata por huir de ese connubio... ¡Oh, no huye! Cae exactamente con su alma verminosa sobre un bullir de sierpes en la Gehena.
No seáis deshonestos como intermediarios o leguleyos que se ponen de parte de dos clientes opuestos, no seáis falsos como los políticos que llaman "amigo" a éste y a aquél, y luego son enemigos de ambos. No penséis actuar de dos modos. De Dios nadie se burla. A Dios no se le engaña. Comportaos con los hombres como os comportáis con Dios, porque una ofensa hecha a los hombres es como si hubiera sido hecha a Dios. Desead ser vistos por Dios como deseáis ser vistos por los hombres.

11 Sed humildes. No podéis acusar a vuestro Maestro de no serlo. Yo os doy el ejemplo. Haced como hago Yo. Humildes, dulces, pacientes. El mundo se conquista con esto, no con violencia y fuerza. Sed fuertes y violentos contra vuestros vicios, eso si; arrancadlos de raíz, a costa incluso de dejaros desgarrados pedazos de corazón. Hace unos días os he dicho que vigiléis las miradas, mas no lo sabéis hacer. Os digo: sería mejor que os quedarais ciegos arrancándoos los ojos inmoderados, que acabar siendo lujuriosos.
Sed sinceros. Yo soy la Verdad en las cosas excelsas y en las humanas. Deseo que también vosotros seáis auténticos. ¿Por qué andarse con engaños conmigo o con los hermanos o con el prójimo? ¿Por qué jugar con engaño? ¡Tan orgullosos como sois, y no tenéis el orgullo de decir: "Quiero que no me puedan considerar mentiroso"? Y sed auténticos con Dios. ¿Creéis que le engañáis con formas de oraciones largas y vistosas? ¡Pobres hijos! ¡Dios ve el corazón!
Haced el bien castamente. Me refiero también a la limosna. Un publicano ha sabido hacerlo antes de su conversión. ¿Y vosotros no vais a saberlo hacer? Sí, te alabo, Mateo, por la casta ofrenda semanal de la que sólo Yo y el Padre sabíamos que era tuya. Y te cito como ejemplo. Esto también es castidad, amigos. No descubrir vuestra bondad, de la misma forma que no desvestiríais a una hija vuestra adolescente ante los ojos de una multitud. Sed vírgenes al hacer el bien. El acto bueno es virgen cuando resulta exento de connubio con pensamiento de alabanza y de estima, o exento de soberbia.
Sed fieles esposos de vuestra vocación a Dios. No podéis servir a dos señores. El lecho nupcial no puede acoger a dos esposas contemporáneamente. Dios y Satanás no pueden compartir vuestros amorosos abrazos. El hombre no puede, como tampoco lo pueden ni Dios ni Satanás, compartir un triple abrazo en antítesis entre los tres que se lo dan.
Manteneos al margen de hambre de oro, como de hambre de carne; de hambre de carne, como de hambre de poder. Satanás os ofrece esto. ¡Oh, sus falaces riquezas! Honores, éxito, poder, abundancias: mercados obscenos cuya moneda es vuestra alma.
Contentaos con lo poco. Dios os da lo necesario. Basta. Esto os lo garantiza, de la misma forma que se lo garantiza al ave del cielo, y vosotros valéis mucho más que los pájaros. Mas Dios quiere de vosotros confianza y morigeración. Si tenéis confianza, no os defraudará; si tenéis morigeración, su don diario os bastará.

12 No seáis paganos, siendo, de nombre, de Dios. Paganos son aquellos que, más que a Dios, aman el oro y el poder para aparecer como semidioses. Sed santos y seréis semejantes a Dios eternamente.
No seáis intransigentes. Todos sois pecadores; por lo tanto, quered ser con los demás como querríais que los demás fueran con vosotros, o sea, llenos de compasión y perdón.
No juzguéis. ¡Oh, no juzguéis! Ya veis –a pesar de que hace poco que estáis conmigo– cuántas veces, siendo inocente, he sido ilícitamente mal juzgado y acusado de pecados inexistentes. El mal juicio es ofensa, y sólo los verdaderos santos no devuelven ofensa por ofensa. Por lo tanto, absteneos de ofender para no ser ofendidos. Así no faltaréis ni a la caridad, ni a la santa, amable, suave humildad, la enemiga de Satanás junto con la castidad.
Perdonad, perdonad siempre. Decid: "Perdono, Padre, para que Tú perdones mis infinitos pecados".
Haceos mejores cada hora que pase, con paciencia, con firmeza, con heroicidad. ¿Quién puede deciros que llegar a ser bueno no sea penoso? Es más, os digo: es el mayor entre los esfuerzos. Pero el premio es el Cielo; por lo tanto, merece la pena consumirse en este esfuerzo.

13 Y amad. ¡Oh, ¿qué palabra debería decir para induciros al amor?! No existe ninguna que sea adecuada para convertiros a él, ¡Oh, pobres hombres a los que Satanás azuza! Entonces, he aquí que Yo digo: "Padre, acelera la hora del lavacro. Esta tierra está seca. Este rebaño tuyo está enfermo. Más hay un rocío que puede aplacar la aridez y limpiar. Abre, abre su fuente. Ábreme a mí, ábreme. Padre, Yo ardo por hacer tu deseo, que es el mío y el del Amor Eterno. ¡Padre!, ¡Padre!, ¡Padre! Dirige tu mirada sobre tu Cordero y sé Tú su Sacrificador"”.
Jesús se manifiesta realmente inspirado. Erguido en pie, con los brazos extendidos en cruz, el rostro hacia el cielo, con el azul del lago detrás, con su vestido de lino, parece un arcángel orante.
Se me anula la visión en el momento de este acto suyo.

Continúa...

 
 

   
 
 

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD (31)

Terminamos con la publicación del último capítulo del libro “La Reina del Cielo”, escrito por la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, Hija Pequeña de La Divina Voluntad.


Esta obra de Luisa-Piccarreta que fue publicada por primera vez el año 1930, consta de treinta y un Meditaciones que serán publicadas -Dios mediante- cada cinco días.


TRIGESIMA PRIMERA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad.

Su tránsito de la tierra al Cielo. Su entrada feliz. El Cielo festeja a su Reina.

EL ALMA A SU GLORIOSA MADRE:

Mi querida Mamá Celestial, festivamente hoy quieres darme la última lección y yo ardo en deseos más que nunca de venir entre tus brazos maternos. Veo que una dulce sonrisa aflora en tus purísimos labios; tu actitud es toda de fiesta y me parece que quieres confiarme alguna cosa sorprendente.

Mamá Santa, te pido que con tus manos maternas toques mi mente y vacíes mi corazón a fin de que yo pueda atesorar tus santas enseñanzas y las ponga en práctica.

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:

¡Hija queridísima, hoy tu Mamá está toda de fiesta! Hoy quiero hablarte de mi partida de la tierra al Cielo, que fue el día en el que acabé de cumplir en todo de la Divina Voluntad en la tierra.

¡Sí, en toda mi vida no hubo nunca ni un respiro, ni un latido, ni un paso en los que el FIAT Divino no hubiera concurrido con su acto completo!

Esto me embelleció, me enriqueció y me santificó tanto que los mismos ángeles quedaron maravillados.

Has de saber que antes de partir para la Patria Celestial Yo volví nuevamente a Jerusalén junto con mi amado Juan. Era esa la última vez que en carne mortal caminaba en la tierra; todos los seres creados como si lo hubieran casi intuido se postraban en torno a Mí para obtener la última bendición de su Reina, y Yo a cada uno de ellos la concedía y daba mi último adiós. Habiendo llegado a Jerusalén me retiré a un lugar apartado y ahí me encerré para no salir más. Hija bendita, al final de mi vida Yo sufrí tal martirio de amor y un deseo tan ardiente de encontrarme nuevamente con mi Hijo en el Cielo que me sentí consumir... Mis deliquios se hicieron tan frecuentes y mis delirios de amor me asaltaron con tal vehemencia que me hicieron enfermar. Antes de esos momentos Yo no había conocido nunca ni enfermedades ni indisposiciones, ni siquiera ligeras, porque mi naturaleza humana concebida sin pecado y vivida toda de Voluntad Divina no tenía el germen de los males naturales.

Querida hija, aunque Yo durante mi vida entera estuve tan cortejada por las penas, éstas fueron siempre en orden sobrenatural, y cada una sirvió para enriquecer mi Maternidad con innumerables hijos y por ésto cada una se transformó para Mí en gozo, en gloria y en corona. ¿Ves ahora cómo el vivir de Voluntad Divina significa perder el germen de los males naturales que producen no honores y triunfos, sino debilidades, miserias y derrotas? Por eso, querida mía, escucha las últimas palabras de tu Mamá que está por subir al Cielo. Yo no estaría satisfecha si no te supiera al seguro. Antes de partir quiero entregarte mi testamento, te quiero dejar por dote esa misma Voluntad que poseyó tu Mamá y gracias a la Cual, Ella fue Madre del Verbo, Señora y Reina del Corazón de Jesús; y Madre y Reina de todos los hombres.

Escucha, hija mía, en estas meditaciones Yo te he hablado con amor materno de lo que la Divina Voluntad obró en Mí y del gran bien que Ella hace; también te he explicado cómo debemos hacernos dominar por Ella y, sobre todo, te he mostrado los graves males que causa el querer humano. ¿Y crees tú acaso que Yo entreteniéndome contigo haya solamente querido hacerte una simple narración? ¡Oh, no, no, tu Mamá siempre hace don de lo que enseña! En la hoguera de mi amor y en cada palabra que te decía, Yo ataba tu alma al FIAT Divino y te preparaba la dote para que pudieras vivir rica, feliz y fuerte, con la misma fuerza divina. Esta es mi última lección, porque estoy por partir; acoge, por lo tanto, mi Testamento, escribe en tu alma con la pluma de oro del amor ardiente que me consuma el Testimonio de la herencia que te hago. Hija bendita, asegúrame que no harás más tu voluntad, pon tu mano en mi Corazón Materno y júrame que quieres que Yo la encierre en Él...

Habiendo hecho esta solemne renuncia ya no tendrás más ocasión de darle vida y Yo me la llevaré al Cielo como prenda de triunfo y victoria sobre mi hija.

Querida hija, escucha la última recomendación de tu Mamá que muere de puro amor, recibe su última bendición como sello de la Vida de la Divina Voluntad que Ella deja en ti; Vida que formará tu cielo, tu sol, tus mares de amor y de gracias. En estos sagrados instantes tu Mamá Celestial quiere colmarte de ternura, quiere fundirse en ti, siempre y cuando tú le asegures absolutamente que preferirás cualquier sacrificio y aun la muerte antes que conceder a tu voluntad un acto de vida.

¡Dámela, hija mía, Yo la espero...!

EL ALMA:

¡Sí, Mamá santa, si Tú ves que yo esté por hacer un acto sólo de mi voluntad perversa, hazme morir y ven Tú misma a tomar mi alma en tus brazos y llévame allá arriba Contigo al Cielo!

LA REINA DE AMOR:

¡Hija bendita, cómo gozo! Yo no podía decidirme a narrarte mi partida al Cielo sin antes tener la certeza de que mi hija quedaba en la tierra dotada de Voluntad Divina, y has de saber que desde el Cielo no te dejaré y que tú no te quedarás huérfana porque te guiaré en todo; tanto en tus menores como en tus mayores necesidades, llámame y Yo acudiré para hacerte de Mamá.

Ahora, querida hija, escúchame: ya estaba por llegar mi última hora cuando el FIAT Divino para consolarnos permitió, casi de modo prodigioso, que todos los Apóstoles, excepto uno, vinieran a hacerme corona. Cada uno de ellos sentía un vivo dolor en su corazón y lloraba amargamente. Yo los consolé, les encomendé de modo especial la Santa Iglesia naciente, luego, impartiendo a cada uno de ellos mi materna bendición y dejando en sus corazones en virtud de ella la Paternidad de amor hacia las almas, morí en un éxtasis de amor en la interminabilidad del Querer Divino...!

En esos mismos momentos mi amado Hijo me esperaba con ardiente deseo en el Cielo.

Mi cuerpo permaneció durante tres días en el lecho, luego se reunió con mi alma y... Yo fui asunta entre todas las legiones de los ángeles que alababan a su Reina! Puedo decir que el Paraíso se vació para venir a mi encuentro; todos me festejaron y mirándome... quedaron tan raptados que se preguntaban a coro: “¿Quién es Esta que viene del exilio apoyada en su Señor, toda bella, toda Santa y con el cetro de Reina? ¡Es tanta su grandeza que los Cielos se han abajado para recibirla; ninguna otra criatura entró jamás en estas celestiales regiones tan adornada y graciosa, tan elegida y tan potente! ¡La misma Divinidad encuentra tal complacencia en Ella que la eleva por encima de todos los seres angélicos y humanos y la lleva hasta el trono de la Misericordia y de su Amor...!”

Ahora, hija mía, ¿quién es Ella, a quien todo el Cielo alaba y ante la Cual queda arrobado? ¡Soy Yo misma, tu Madre, que jamás hice mi voluntad! El Querer Divino fue en tal forma abundante en mi alma que sentí en Mí los cielos más bellos, los soles más refulgentes, mares inigualables de belleza, de amor y de santidad, para por medio mío poder dar luz, amor y santidad a todos y encerrar en mi cielo todo y a todos.

Era la Divina Voluntad operante en Mí la que había obrado prodigios tan grandes, por eso Yo fui la única criatura que entré al Paraíso por haber hecho la Divina Voluntad en la tierra como Dios mismo la hace en el Cielo y por haber formado su Reino en mi alma. Toda la corte celestial contemplándome quedaba maravillada, me veía a un mismo tiempo cielo y sol, admiraba en Mí la ternísima tierra de mi humanidad enriquecida con las más raras bellezas y raptada exclamaba: “¡Cuán bella es nuestra Reina, todas las cosas están concentradas en Ella, nada le falta, de todas las obras del Creador, Ella es la Mejor, la más perfecta!”.

Hija mía, has de saber que esta fue la primera fiesta que se celebró en el Cielo a la Divina Voluntad que tantos prodigios había obrado en su Criatura. Sí, mi entrada en la Patria eterna fue festejada por toda la corte celestial y jamás se repetirá esta fiesta tan grande.

Hija mía, para terminar nuestros íntimos coloquios, te quiero dejar un pensamiento que te sea de consuelo y te sirva de estimulo: recuerda que tu Mamá desea y quiere que la Divina Voluntad reine en modo absoluto en las almas, para darle motivo de realizar en ellas sus inmensos prodigios y renovar para ellas sus fiestas maravillosas en el Paraíso!

EL ALMA:

Madre, Reina de Amor, Emperatriz Soberana, ¡ah, desde el Cielo donde gloriosamente Reinas dirige una mirada de piedad a la tierra y ten piedad de mí! Sin ti me falta la vida y todas las cosas parecen morir. Por eso, no me dejes a mitad del camino, continúa guiándome hasta que en mí todo se haya convertido en Voluntad de Dios; es decir, el día en el cual Ella haya formado en mí su Reino y su Vida!

PRACTICA:

Para honrarme recitarás tres Glorias a la Santísima Trinidad, para agradecerle en mi nombre, por la gloria que me dio en el instante de mi Asunción al Cielo y para pedirme que venga a asistirte en la hora de tu muerte.

JACULATORIA:

Mamá Celeste, guarda mi voluntad en tu Corazón y encierra en mi alma el Sol de la Divina Voluntad.

☙❧

Consagración del alma a la Divina Voluntad

Oh Voluntad Divina y adorable, heme aquí ante la inmensidad de tu luz, para que tu eterna bondad me abra las puertas y me haga entrar en Ella, para formar mi vida toda en ti, Voluntad Divina.

Así pues, postrada ante tu luz, yo, la más pequeña entre todas las criaturas, entro, oh Adorable Voluntad, en el pequeño grupo de los hijos de tu Fiat Supremo.

Postrada en mi nada, invoco y suplico a tu luz interminable que me revista y eclipse todo lo que no te pertenece, de modo que ya no mire, ni comprenda, ni viva, sino sólo en ti, Voluntad Divina.

Tú serás, pues, mi vida, el centro de mi inteligencia, la raptora de mi corazón y de todo mi ser. En mi corazón no quiero que tenga más vida mi querer humano; lo dejaré a un lado para siempre y formaré el nuevo Edén de paz, de felicidad y de amor.

Contigo seré siempre feliz, y tendré una fuerza única y una santidad que todo santifica y todo conduce a Dios.

Aquí postrada, invoco la ayuda de la Sacrosanta Trinidad para que me admita a vivir en el claustro de la Divina Voluntad, y así regrese en mí aquel orden primero de la Creación, tal y como fue creada la criatura.

Madre del Cielo, Soberana Reina del Fiat Divino, tómame de la mano e introdúceme en la Luz del Divino Querer. Tú serás mi guía, mi dulcísima Madre; cuidarás a tu hija y le enseñarás a vivir y a mantenerse en el orden de la Divina Voluntad. Soberana Celestial, a tu Corazón confío todo mi ser. Seré pequeña: la pequeña hija de la Divina Voluntad. Tú me enseñarás la Doctrina de la Divina Voluntad y yo pondré toda mi atención en escucharte. Extenderás tu manto azul sobre mí, para que la serpiente infernal no se atreva a entrar en este sagrado Edén para seducirme y hacerme caer en el laberinto del querer humano.

Corazón de mi Sumo Bien Jesús, Tú me darás tus llamas para que me incendien, me consuman y me alimenten, para formar en mí la Vida del Supremo Querer.

San José, tú serás mi protector, el custodio de mi corazón, y tendrás las llaves de mi querer en tus manos. Celosamente custodiarás mi corazón y nunca más me lo darás, para estar así segura de no salirme jamás de la Voluntad de Dios.

Angel custodio mío, guárdame, defiéndeme, ayúdame en todo, a fin de que mi Edén crezca lleno de flores y sea la llamada a todo el mundo en la Voluntad de Dios.

Corte del Cielo toda, ven en mi ayuda, y yo te prometo vivir para siempre en la Voluntad Divina.

Fiat!!!

 ☙❧

Oración a la Santísima Trinidad para la glorificación de la Sierva de Dios Luisa Piccarreta

Oh Augusta y Santisima Trinidad
Padre, Hijo y Espiritu Santo.
Te Alabamos y te damos gracias
por el don de la santidad de tu sierva fiel
Luisa Piccarreta
Ella vivió !oh, Padre!, en tu Divina Voluntad
conformándose, bajo la acción de Espíritu Santo,
a tu Hijo obediente hasta la muerte de cruz,
víctima y hostia agradable a ti
coperando con la obra de la
redención del género humano
Sus virtudes de obediencia y humildad,
de sumo amor a Cristo y a la Iglesia,
nos inducen a pedirte el don
de su glorificación sobre la tierra,
para que resplandezca ante todos tu Gloria,
y tu Reino de verdad, de justicia y de amor
se difunda hasta los confines de la tierra
con el particular carisma del
Fiat Voluntas tua sicut in caelo et in terra.
Recurrimos a sus méritos para obtener de ti, Santísima Trinidad,
la gracia particular que te pedimos
(aquí se pide la gracia)
con la intención de cumplir tu Divina Voluntad.
Amén
 
FIN DEL LIBRO.

10 DE ABRIL: SAN EZEQUIEL, PROFETA


10 de Abril: San Ezequiel, profeta

(✞ 571 antes de Cristo)

El divino y portentoso profeta Ezequiel fue hijo de Buzi, natural de Sarira, y sacerdote de la tribu noble y sacerdotal de Leví.

Su nombre vale lo mismo que Fortaleza de Dios, y alude a aquellas palabras que el Señor le habló diciendo:

- Como el diamante y como el pedernal es la frente que te di (Ezeq. III, 8).

Era todavía mancebo cuando fue llevado cautivo a Babilonia, juntamente con Jeconías, rey de Judá y diez mil judíos.

En el quinto año de su destierro, y quinientos noventa y tres años antes de Jesucristo, estando junto al río Cóbar, que corriendo por la Mesopotamia viene a morir en el Éufrates, tuvo la primera y solemnísima visión profética y recibió la misión divina de profetizar, que le duró por espacio de veintidós años.

Sus profecías fueron las más terribles y espantosas, a las cuales llama San Jerónimo “Océano de los misterios de Dios”.

Y en ellas hablaba del cautiverio de Babilonia, de la ruina de otras ciudades y naciones, de la vuelta del cautiverio, del Reino del Mesías y de la vocación de las gentes a la fe divina de nuestro Señor Jesucristo.

Fue este santísimo profeta figura de nuestro divino Redentor, porque ejercitó los divinos ministerios de profetizar y enseñar a los hombres, y a semejanza de Jesucristo, se llamaba a sí mismo “Hijo del hombre”, y también puso la vida y la sangre en confirmación de la Verdad y de Dios.

Porque como reprendiese a uno de los jefes del pueblo judaico por sus sacrilegios e idolatrías, dicen que no pudiendo sufrir aquel sacrílego apóstata la reprensión del profeta, mandó que le arrastrasen a la cola de sus caballos, hasta que quebrantada la cabeza y derramados los sesos, dio su vida por la causa de la verdad de Dios que había anunciado en sus divinas profecías.

El sepulcro de este gran profeta se halla a quince leguas de Bagdad, donde por espacio de muchos siglos fue muy visitado no solo por los israelitas, sino también por los medos y los persas.

Más agradable a Dios fuera esta devoción, si no se contentasen con venerar solamente la memoria de San Ezequiel, sino que abriesen también los ojos de su alma para reconocer al Hijo del Hombre y divino Mesías Jesucristo, tantas veces y tan solemnemente anunciado por el santo profeta.


jueves, 9 de abril de 2026

LA CONFUSA "ENSEÑANZA CLARA" DE LOS OBISPOS

Al igual que en las sectas protestantes, los católicos ya son libres para elegir qué doctrina quieren seguir

Por Marian T. Horvat, Ph.D.


“Acojo con beneplácito y apoyo la declaración de los obispos de Estados Unidos, "El catolicismo en la vida política", en la que reiteramos las enseñanzas católicas consistentes sobre el valor de la vida humana…”, declaró el cardenal Roger Mahony en un artículo publicado en el periódico diocesano The Tidings (25 de junio de 2004). Se mostró sumamente satisfecho con la declaración de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB), publicada el 18 de junio del mismo año, que esencialmente respaldaba a aquellos obispos que permiten que los políticos católicos partidarios del aborto reciban la comunión.

El punto que Mahony celebraba se expresó en una sola frase crucial del documento aprobado por 183 votos a favor y 6 en contra durante una sesión a puerta cerrada de aquella reunión de obispos en Denver. Esta es la frase que responde a la pregunta de si es necesario negar la Sagrada Comunión a los católicos en la vida pública que apoyan el aborto a demanda:

“La cuestión para nosotros no es simplemente si es posible negar la Comunión, sino si es pastoralmente sabio y prudente. No es de extrañar que las circunstancias difíciles y diversas en estos asuntos puedan llevar a prácticas diferentes. Cada obispo actúa de acuerdo con su propia comprensión de sus deberes y la ley”. (la publicación fue eliminada del sitio web de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, pero se encuentra archivada aquí).

Con esto, la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos eludió cuidadosamente la cuestión de si sus miembros deberían o no negar la Comunión a los políticos abiertamente abortistas. No apoyaron al puñado de obispos que han intentado fielmente cumplir con la doctrina católica sobre este importante asunto, ni exigieron que el resto la cumpliera. Nadie tiene la razón. Nadie está equivocado. Que cada obispo decida por sí mismo cuál es la enseñanza de la Iglesia sobre el tema. Es una respuesta completamente relativista, muy alejada de la “enseñanza clara” que el documento insiste en que es “la obligación de los obispos en este momento”.

La enseñanza de la Iglesia es realmente muy clara y sencilla: un católico no puede recibir la Sagrada Comunión si no está en estado de gracia santificante. Apoyar públicamente el aborto no es solo un pecado personal que aparta a la persona del estado de gracia, sino también un pecado grave de escándalo, una conducta que ofrece ocasión para que otros cometan el mismo pecado. El obispo, salvaguarda de la fe, está llamado a proteger al rebaño de ambos tipos de pecados: el pecado mortal personal y el pecado grave de escándalo. Además, debe salvaguardar la gloria de Dios, verdaderamente presente en la Eucaristía, permitiendo solo la recepción digna de las Sagradas Especies.

Esto significa que si el obispo sabe que un católico lleva una vida de pecado o toma públicamente posturas serias contrarias a la enseñanza católica, entonces tiene la obligación de negarle la Comunión. El Derecho Canónico n° 915 enseña claramente que los eclesiásticos que administran el Sacramento tienen la responsabilidad de no admitir a la Comunión a quienes persisten en el pecado manifiesto y obstinado. ¿Podría ser más clara la enseñanza? ¿Podría ser más sencilla?

Sin embargo, en este documento los obispos no reiteraron esta enseñanza de la Iglesia. En cambio, determinaron que cada obispo podía elegir el camino que seguiría.

Por lo tanto, si asiste a misa en determinadas Diócesis, usted escuchará la enseñanza de que ningún funcionario público que se declare católico puede apoyar activamente el aborto. Se le instruirá que ningún católico debe apoyar a un candidato proaborto.

Pero sin embargo, en algunas otras diócesis, usted recibirá una “enseñanza clara” diferente: tanto los buenos como los malos pueden comulgar sin problema ni sanciones. El voto católico debería guiarse por una “ética de la vida coherente” genérica, que considera el aborto como uno más entre muchos problemas sociales.

¿Refleja esta incoherencia una enseñanza clara y sólida de los obispos? Me suena más bien a una instrucción confusa y ambigua, y a una traición a su misión de enseñanza moral.

Las “reflexiones provisionales”: Fundamentación de la postura

Si bien no fue clara ni coherente, la declaración de los obispos fue al menos breve y concisa. El 15 de junio de 2004, el “cardenal” McCarrick publicó otro documento, mucho más extenso y complejo, en nombre de un grupo de trabajo sobre obispos y políticos católicos. El extenso informe provisional reveló la justificación y los argumentos de la postura adoptada por los obispos en su declaración, publicada tres días después, titulado “Grupo de trabajo provisional para reflexiones sobre obispos católicos y políticos católicos”. 

¿Qué aconsejó este “Grupo de Trabajo”, compuesto por los presidentes electos de siete comités importantes de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB), sobre la cuestión de los obispos que niegan la comunión a quienes practican abortos? Que no deben aplicar sanciones. Se afirmó enfáticamente. ¿Por qué? Porque “es contrario a nuestra enseñanza”, a menudo es contraproducente con efectos negativos y está en posible conflicto con el derecho civil. En resumen, el “Grupo de Trabajo” afirmó que no es una respuesta o solución verdaderamente pastoral.

Ratzinger al rescate

Tras llegar a esta conclusión, McCarrick recurrió a un as bajo la manga para asegurar su posición. “Como saben -informó- he estado nuevamente en contacto con el cardenal Ratzinger tanto por carta como por teléfono”. Ratzinger pidió específicamente que sus palabras no se publicaran, pero McCarrick dio fuertes indicios sobre la dirección que estaba tomando el viento en el Vaticano. Respecto al uso de sanciones, Ratzinger aconsejó “cautela y prudencia pastoral”. En lugar de sanciones, sugirió un proceso prolongado de reuniones, instrucción y advertencia. Su mensaje era claro: ¡Basta de sanciones!

Sobre lo que los obispos deberían enseñar acerca del voto católico, Ratzinger hizo esta sorprendente afirmación: Un católico sería culpable de “cooperación formal” en el mal del aborto solo si votara deliberadamente por un candidato precisamente porque este lo apoya. Si un católico vota por un candidato proaborto por otras razones, se considera “cooperación material remota”, lo cual es permisible si existen razones proporcionales.

Así pues, Ratzinger nos ofrece otro mensaje bastante claro: los católicos pueden votar por candidatos proaborto siempre que tengan otros motivos para hacerlo. Sin duda, Ratzinger apoyó la postura de los “cardenales” McCarrick y Mahony.

¿Ratzinger fue el único funcionario del Vaticano que apoyó esta opinión de los obispos estadounidenses? Quizás sea útil recordar que Juan Pablo II también dio la impresión de respaldar esta postura, a juzgar por su comportamiento pasado. 

Juan Pablo II le dio la comunión al abortista Tony Blair en el Vaticano

El 23 de febrero de 2004, Juan Pablo II administró la Sagrada Comunión al primer ministro episcopal inglés Tony Blair, un político proabortista, junto con su esposa “católica” y ferviente defensora del aborto, Cherie, en una “misa” celebrada en sus aposentos privados.

Como mencioné anteriormente, negar la Sagrada Comunión a una figura pública abiertamente proabortista es la única postura coherente con la moral católica. No sé cómo alguien puede calificar estas posturas de Juan Pablo II y Ratzinger como “conservadoras” o incluso “ortodoxas”, pero estoy seguro de que habrá algunos católicos conservadores ciegos y persistentes que intentarán hacerlo…
 

EL PAPEL OLVIDADO DE SAN JOSÉ EN EL 'MILAGRO DEL SOL' DE FÁTIMA

Los católicos deben volver a aprender el significado de la aparición de San José en Fátima.

Por Matthew McCusker


Cada 5 de octubre se conmemora el aniversario del Milagro del Sol y la última aparición de Nuestra Señora de Fátima. A pesar de ser fundamentales para comprender el período histórico que vivimos, los detalles de estos extraordinarios acontecimientos son aún poco conocidos, incluso entre los católicos. En este artículo, deseamos destacar el papel, a menudo olvidado, de San José durante este trascendental evento.

Tras el Milagro del Sol, y como culminación de la última aparición de la Virgen María, San José también se apareció a los tres jóvenes videntes. El padre John de Marchi, en su libro La verdadera historia de Fátima , lo describe así:

A la izquierda del sol, apareció San José sosteniendo en su brazo izquierdo al Niño Jesús. San José emergió de las brillantes nubes solo hasta el pecho, lo suficiente para que pudiera alzar la mano derecha y hacer, junto con el Niño Jesús, la señal de la cruz tres veces sobre el mundo. Mientras San José hacía esto, la Virgen María, en todo su esplendor, se encontraba a la derecha del sol, vestida con las túnicas azules y blancas de Nuestra Señora del Rosario. Mientras tanto, Francisco y Jacinta se bañaban en los maravillosos colores y signos del sol, y Lucía tuvo el privilegio de contemplar a Nuestro Señor vestido de rojo como el Divino Redentor, bendiciendo al mundo, tal como Nuestra Señora lo había predicho. Al igual que San José, solo se le veía de la cintura para arriba. Junto a Él estaba la Virgen María, vestida ahora con las túnicas púrpuras de Nuestra Señora de los Dolores, pero sin la espada. Finalmente, la Santísima Virgen se apareció de nuevo a Lucía en todo su brillo etéreo, vestida con las sencillas túnicas marrones del Monte Carmelo.

Esta última aparición en Fátima nos señala tres formas particulares de devoción a la Virgen María. Estas son la devoción a:

• Su Doloroso e Inmaculado Corazón

• El Santo Rosario

• El escapulario marrón.

Sin embargo, es de suma importancia señalar que la aparición final de Fátima también nos dirige hacia la intercesión de San José, a quien Nuestro Señor asoció íntimamente consigo mismo en su bendición del mundo.

El padre de Marchi escribió:

Nuestro Señor, ya tan ofendido por los pecados de la humanidad y, en particular, por el maltrato a los niños por parte de los funcionarios del condado, bien podría haber destruido el mundo aquel fatídico día. Sin embargo, Nuestro Señor no vino a destruir, sino a salvar. Salvó al mundo aquel día mediante la bendición del buen San José y el amor del Inmaculado Corazón de María por sus hijos en la tierra. Nuestro Señor habría detenido la gran guerra mundial que entonces asolaba el mundo y habría traído la paz al mundo a través de San José, declaró Jacinta más tarde, si los niños no hubieran sido arrestados y llevados a Ourém.

En la fiesta de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1870, el Beato Papa Pío IX, tras las peticiones recibidas de obispos de todo el mundo, declaró a San José Patrono de la Iglesia Universal, “en este tiempo tan doloroso” en que “la propia Iglesia está asediada por enemigos por todas partes y oprimida por graves calamidades, de modo que los hombres impíos imaginan que las puertas del infierno finalmente prevalecen contra ella”.

El Papa León XIII, a quien se le reveló en 1884 que a Satanás se le concedería, por un tiempo, mayor poder para obrar la destrucción de la Iglesia, instituyó una nueva devoción a San José en su encíclica Quamquam pluries, promulgada en la Fiesta de la Asunción, el 15 de agosto de 1889. El Sumo Pontífice escribió:

Durante periodos de tensión y de prueba —sobre todo cuando parece en los hechos que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad— ha sido costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y perseverancia a Dios, su autor y protector, recurriendo a la intercesión de los santos —y sobre todo de la Santísima Virgen María, Madre de Dios— cuya tutela ha sido siempre muy eficaz.

Además, explicó:

Ahora, Venerables Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no hace falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan las mentes de los hombres. Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar la asistencia del poder divino.

Más de un siglo después de la promulgación de esta encíclica, los males señalados por el Papa León XIII se han intensificado hasta un punto que habría sido inconcebible para la mayoría de la gente en 1889. Miles de niños inocentes son asesinados cada día con la aprobación de los gobiernos que deberían protegerlos; la santidad del matrimonio es profanada por el divorcio, el adulterio y la anticoncepción; y los lazos entre padres e hijos son deliberadamente destruidos por los estados e instituciones más poderosos del mundo. Todos estos males son consecuencia del liberalismo, que, como advirtió John Henry Newman, “es un error que se extiende, como una trampa, por toda la tierra”.

El Papa León XIII exhortó a los fieles, tal como lo haría la Virgen María veintiocho años después en Fátima, a combatir estos males mediante la oración del Santo Rosario:

Estando próximos al mes de octubre, que hemos consagrado a la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, Nos exhortamos encarecidamente a los fieles a que participen de las actividades de este mes, si es posible, con aún mayor piedad y constancia que hasta ahora. Sabemos que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen, y estamos seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en ella. Si, en innumerables ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo cristiano, ¿por qué habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de su poder y favor, si en todas partes se le ofrecen humildes y constantes plegarias? No, por el contrario creemos en que su intervención será de lo más extraordinaria, al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan largo tiempo, con súplicas tan especiales. 

Pero entonces, anticipándose una vez más a Fátima, dirigió a los fieles también hacia San José:

Pero Nos tenemos en mente otro objeto, en el cual, de acuerdo con lo acostumbrado en ustedes, Venerables Hermanos, avanzarán con fervor. Para que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza, junto con la Virgen-Madre de Dios, su casta Esposa, a San José; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma. 

Además, explicó:

…el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario en medio de los supremos dolores de la Redención; Jesucristo es, de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y la Redención son sus hermanos. Y por estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado, a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual, puesto que es el esposo de María y el padre de Jesucristo, conserva cierta paternal autoridad. Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo.

Por lo tanto, el Santo Padre instituyó una nueva oración para rezar después del Santo Rosario durante todo el mes de octubre. Su intención era que esta oración se rezara no solo en octubre de 1889, sino en octubre de cada año y, por supuesto, en cualquier momento del año. Aprendamos la lección de la aparición de San José en Fátima y acudamos a él en busca de ayuda y protección.

¡San José, terror de los demonios, ruega por nosotros!

Oración del Papa León XIII a San José después del Santo Rosario, particularmente para el mes de octubre.

A ti, bienaventurado san José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de tu santísima esposa, solicitamos también confiadamente tu patrocinio.

Con aquella caridad que te tuvo unido con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, y por el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos que vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.

Protege, oh providentísimo Custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios. Asístenos propicio desde el cielo, en esta lucha contra el poder de las tinieblas; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del Niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad.

Y a cada uno de nosotros protégenos con tu constante patrocinio, para que, a ejemplo tuyo, y sostenidos por tu auxilio, podamos vivir y morir santamente y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén

Letanía de San José

Señor, ten misericordia

Señor, ten misericordia


Cristo, ten misericordia

Cristo, ten misericordia


Señor, ten misericordia

Señor, ten misericordia


Cristo, escúchanos

Cristo, escúchanos benignamente.


Dios Padre Celestial, 

ten misericordia de nosotros.

Dios Hijo, Redentor del mundo

Dios Espíritu Santo

Santísima Trinidad, un solo Dios


Santa María, 

ruega por nosotros.

San José

Descendiente renombrado de David

Luz de los patriarcas

Esposo de la Madre de Dios

Casto guardián de la Virgen

Padre adoptivo del Hijo de Dios

Protector diligente de Cristo

Jefe de la Sagrada Familia

José, el más justo

José castísimo

José, el más prudente

José, el más valiente

José, el más obediente

José el más fiel

Espejo de paciencia

Amante de la pobreza

Modelo de artesanos

La gloria de la vida en el hogar

Guardián de las vírgenes

Pilar de las familias

Consuelo de los desdichados

Esperanza de los enfermos

Patrona de los moribundos

Terror de demonios

Protector de la Santa Iglesia

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos benignamente, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros.

V. Lo hizo señor de su casa.

R. Y gobernante de todas sus posesiones

Oremos

Oh Dios, que en tu inefable Providencia te dignaste elegir al bienaventurado José como esposo de tu santísima Madre, concédenos, te suplicamos, que seamos dignos de tenerlo como intercesor en el Cielo, a quien en la tierra veneramos como nuestro protector. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 

9 DE ABRIL: SANTA MARÍA CLEOFÉ


9 de Abril: Santa María Cleofé

(Siglo I)

La fidelísima y dichosa sierva de Jesucristo santa María Cleofé era pariente de la Santísima Virgen pues estaba casada con Alfeo, el cual era hermano del glorioso patriarca San José, e hijo como él de Jacob.

Tuvo de su bendito matrimonio cuatro hijos, que fueron San Simón, llamado Simón Cananeo o Zelotes, Santiago el menor, Judas Tadeo, y Joseph o José. Los tres primeros fueron escogidos para el apostolado de Nuestro Señor Jesucristo; y el último entró, según relata la Tradición, en el número de los setenta y dos discípulos.

A estos cuatro bienaventurados hijos de Santa María Cleofé llama al Evangelio “hermanos del Señor”, conforme a la costumbre de los hebreos, que llamaban con el nombre de “hermanos” a los que eran parientes cercanos.

Esta dichosa pariente de la Madre de Dios y santa madre de tres Apóstoles cobró tan grande y entrañable devoción a la adorable persona de nuestro Señor Jesucristo, que no pudo separarse de Él ni aún en el tiempo de su Pasión en que los mismos discípulos huyeron y le desampararon y así, refieren los santos Evangelios, que se halló presente en el Calvario con María Madre de Jesús y María Salomé y él discípulo amado San Juan.

Ella asistió también al entierro del divino cuerpo; ella fue con Salomé y la Magdalena a embalsamarlo con aromas y ungüentos preciosos al amanecer del primer día de la semana, que ahora es el domingo; siendo estas tres santas mujeres las primeras que oyeron de boca de los ángeles la alegre nueva de la resurrección; y a ellas se apareció después el mismo Señor resucitado y glorioso, y les mandó que fueran a dar noticia de esto a los discípulos a los cuales se mostró más tarde aquel mismo día, cuando por temor a los judíos estaban recogidos en el Cenáculo con las puertas cerradas.

También se manifestó el Señor resucitado a Cleofás, que era el marido de Santa María Cleofé, cuando iba con otro discípulo al castillo de Emaús, y se les descubrió en la fracción del pan.

Finalmente, después de tantos y tan divinos regalos con que el Señor recompensó la devoción y amor de ésta, su sierva, le concedió la gracia singularísima de morir asistida por los santos Apóstoles y por la misma madre de Dios, como piadosamente se cree.


miércoles, 8 de abril de 2026

PELIGROS DE LA ÉPOCA (2)

El anuncio de la FSSPX sobre la intención de consagrar obispos ha provocado reacciones bastante curiosas entre los tradicionalistas.

Por Katholische Warte


Ahora, Atila Sinke Guimaraes, de traditioninaction.org, también ha dado su opinión, describiendo a los tradicionalistas como enfrentados a una “elección entre fariseos y saduceos” (en inglés aquí).

Partido de rugby

Guimaraes comentó que algunos amigos le habían preguntado su opinión sobre la reciente disputa entre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y el Vaticano. Como es sabido, el presidente de la Fraternidad anunció ordenaciones episcopales para el 1 de julio, tras lo cual se reunió con el “cardenal” Fernández, quien ofreció un “diálogo” con la condición de que se suspendieran las ordenaciones previstas; de lo contrario, el Vaticano declararía cismática a la Fraternidad. El presidente de la Fraternidad, por su parte, declaró que un 
“diálogo” era inútil y que mantendrían las ordenaciones previstas.

Ante los ojos de Guimarães, esta disputa entre la Sociedad de San Pío X y el Vaticano se asemeja a dos jugadores de rugby enfrascados en una feroz batalla. Ambos equipos preparan a sus seguidores para un importante partido. La tensión es palpable y las opiniones están polarizadas. Prelados conservadores como el arzobispo Viganò o los obispos Schneider y Strickland vitorean a la Sociedad de San Pío X, mientras que publicaciones progresistas la abuchean y la comparan con la secta veterocatólica, que rechazó el Concilio Vaticano I y se volvió cismática y herética. (Lo cual, como veremos en breve, es bastante cierto en el caso de estos progresistas tan ruidosos).

La FSSPX contra el Vaticano

Así, toda la situación se presenta como una confrontación entre dos bandos: la FSSPX representa la “fidelidad a la tradición” de la Iglesia durante casi 2000 años hasta el concilio Vaticano II, es una opositora del concilio y sus consecuencias, y una guardiana de la Misa Tridentina. Fernández, por otro lado, es el representante tanto de la “iglesia oficial” como de los “intransigentes del Vaticano II” (la “línea de Francisco”), que no admiten ningún debate sobre los textos conciliares originales. Solo está abierto a una discusión teológica sobre los grados de fuerza vinculante de un documento eclesiástico y amenaza con declarar el cisma si la FSSPX no acata sus exigencias.

Así pues, nos enfrentamos al siguiente dilema: quien se mantiene fiel a la Tradición y a la Iglesia Católica, rechazando el concilio Vaticano II y el Nuevo Ordinario de la Misa, debe apoyar a la Sociedad de San Pío X y unirse a ella en el cisma. De lo contrario, puede permanecer “dentro de la iglesia”, pero a costa de apostatar de la verdadera fe. 

El Sr. Guimaraes se niega a aceptar esta postura, ya que “muchos católicos tradicionalistas” se sienten ahora obligados a tomar partido y declarar su apoyo a la Sociedad de San Pío X y su cisma. Esta situación se ve agravada por “individuos malintencionados” de ambos bandos, que los obligan a tomar una decisión drástica: o bien “permanecer ortodoxos y entrar en el cisma”, o bien “aceptar el progresismo y permanecer en la iglesia”. Pero nos mostrará los “errores de este falso dilema melodramático”, que, como sugiere el título, probablemente ve como un parecido al conflicto entre fariseos y saduceos, partidos opuestos pero unidos en su rechazo a Cristo. Estamos ansiosos por escuchar lo que tiene que decir.

Francamente, no vemos las cosas de forma tan dramática. A diferencia de hace unos 40 años, el panorama tradicionalista nos parece mucho más diverso y considerablemente más relajado, o mejor dicho, más pragmático. Para la mayoría, se trata simplemente de encontrar su propia Misa Tradicional en Latín (el movimiento tradicionalista), sea cual sea el entorno. Que estén “en la iglesia” o no, que sean “ortodoxos” o no, les importa poco. ¡Lo principal es ser “dignos”! La gran “batalla” hace tiempo que degeneró en una mera lucha por la “libertad para la Misa Tradicional en Latín”. La observación de un paralelismo con aparentes antagonismos como el de los fariseos y los saduceos no es del todo errónea. De hecho, ambos bandos coinciden en su rechazo a Cristo Rey, quien no exige “libertad” para sí mismo junto a Barrabás, sino que reclama dominio absoluto. Por lo tanto, no existe tal cosa como una “libertad para la Misa Tradicional en Latín” junto con el “novus ordo” en la iglesia conciliar del hombre, sino más bien un rechazo incondicional de la iglesia falsa con su “novus ordo” y una adhesión fiel a la Iglesia de Cristo y su Santa Misa. “Rechazad a la esclava y a su hijo, porque el hijo de la esclava no heredará con el hijo de la mujer libre” (Gálatas 4:30).

Moderados versus Radicales

Pero ahora pasemos a los “errores” de los que habla Guimaraes. Considera que el primer error importante reside en la creencia generalizada de que la Sociedad de San Pío X no acepta el concilio Vaticano II. Esto es erróneo. De hecho, lo acepta, siempre que “se interprete a la luz de la Tradición”. El arzobispo Lefebvre ya lo había afirmado claramente en varias ocasiones, como consta en diversos documentos públicos. El anterior presidente de la Sociedad de San Pío X, el obispo Bernard Fellay, quien ocupó el cargo durante muchos años, incluso declaró que aceptaba sin problema el 95% del concilio. El cardenal Hoyos, entonces presidente de Ecclesia Dei, a quien se le encomendaron las negociaciones con su amigo Fellay, testificó públicamente, sin contradicción alguna, que los cuatro obispos de la Sociedad de San Pío X estaban de acuerdo con el concilio Vaticano II (como se puede leer en ingles aquí y aquí).

Sí, incluso el supuesto “intransigente” Williamson, cuya figura se perpetúa por la persistente leyenda de que fue expulsado de la FSSPX por su postura intransigente contra la “iglesia conciliar” y no por sus declaraciones sobre el “Holocausto” que amenazaban las negociaciones, incluso él, durante una visita al Sr. Guimaraes, que le había realizado cuando aún era Rector del seminario en Winona en la “sede de Tradition In Action”, caracterizó las diferencias entre ellos de la siguiente manera: “El problema es que usted quiere destruir el concilio, mientras que nosotros [la Sociedad de San Pío X] solo tenemos algunas críticas al respecto. Incluso el actual Secretario General de la FSSPX, en su carta a Fernández del 18 de febrero, en la que rechazaba el “diálogo” propuesto y reafirmaba el plan para las ordenaciones episcopales de este año, señaló que el proceso de reconciliación con Roma había estado bien encaminado antes de que el Cardenal Müller (a quien jamás perdonarán) lo sofocara abruptamente con su postura intransigente respecto al concilio, deteniendo el diálogo de repente y destruyendo toda esperanza. El Secretario General de la Sociedad de San Pío X acusó a Fernández de adoptar la misma postura radical, de lo que Guimaraes concluye que estaría dispuesto a aceptar el concilio Vaticano II si se “interpretara” en consecuencia.

Todo esto está bien observado, y el Sr. Guimaraes concluye, a partir de estos hechos, que la imagen transmitida con gran fervor a los “tradicionalistas” —que la FSSPX está en contra del concilio Vaticano II— es simplemente falsa. Una visión corregida revela la verdadera situación: la FSSPX aboga por una “aplicación moderada” del concilio Vaticano II, mientras que Fernández y el Vaticano quieren que se aplique “radicalmente”. Así son las cosas, así eran incluso en vida de Lefebvre, y así seguirán siendo, pues es inherente a la naturaleza de las cosas. La existencia de la iglesia conciliar humanista se fundamenta en el concilio Vaticano II, por lo que solo puede presuponer su integridad y exigir su aceptación en su interpretación y aplicación. La Sociedad de San Pío X, en cambio, existe únicamente por su crítica a ciertos puntos de este concilio, que no puede abandonar sin abandonarse a sí misma. Es un “partido de protesta”, y eso no funciona sin protesta. Por lo tanto, cualquier “entendimiento” es imposible y queda descartado, aunque, o quizás precisamente porque, ambas partes se necesitan mutuamente.

Efecto bola de nieve legítimo

Según el Sr. Guimaraes, la siguiente idea errónea generalizada es la afirmación, discutible, de que la Sociedad de San Pío X se adhiere únicamente a la Misa Tridentina. Considera pertinente hacer algunos comentarios al respecto. En primer lugar, está el testimonio del padre Guérard des Lauriers, quien fue profesor en el seminario de la Sociedad de San Pío X en Ecône en la década de 1970, quien afirmaba que el Arzobispo Lefebvre celebró el Novus Ordo durante un tiempo. En segundo lugar, Lefebvre se negó a firmar la famosa Intervención Ottaviani contra la “nueva misa”, redactada por el mismo Guérard des Lauriers y firmada por los Cardenales Ottaviani y Bacci, a pesar de que se le solicitó que lo hiciera. En tercer lugar, Lefebvre solo volvió a la “Misa antigua” bajo la presión de sus “bases” y eligió la versión de 1962, que representa la transición entre la “Misa Tridentina” anterior a 1955 y el “novus ordo” de 1969.

El Misal de 1962 -añade- es obra de Annibale Bugnini, el “arquitecto” del “nuevo misal” de 1969, y el misal de Juan XXIII de 1962 ya contenía muchos cambios innovadores. La elección del Misal de 1962 permitió a la Sociedad de San Pío X presentarse como más “moderna” en ciertos lugares, como Alemania y algunas capillas de Estados Unidos, donde sirvió de base para la introducción de la “misa basada en la participación activa”. Como señala Guimaraes, todas las reformas desde 1955 (aquí se equivoca, ya que fueron desde 1948) fueron llevadas a cabo por Annibale Bugnini, incluyendo la “reforma de la Semana Santa” de 1955/56, la constitución Sacrosanctum Concilium del concilio Vaticano II, los misales de 1962, 1965, 1969 y 1970, que revisaron superficialmente el misal de 1969 para contrarrestar las críticas a la “intervención de Ottaviani”.

El autor concluye que la afirmación de que el Misal de 1962 es la expresión auténtica de la Misa Tridentina es una quimera (una “falsificación”, como diríamos hoy). Si bien considera este misal “legítimo”, lo ve como “una bola de nieve que rueda cuesta abajo”. Nosotros, por nuestra parte, no consideramos legítimo este “misal” porque fue emitido por un falso papa. Pero esto nos lleva al siguiente punto, donde la situación se torna verdaderamente curiosa.

Docencia y autoridad pastoral

Guimaraes identifica el tercer “error” en la confusión entre la doctrina y la autoridad pastoral. Explica que existen tres atribuciones papales fundamentales: la doctrina, la autoridad de gobierno o jurisdicción, y la potestad de ordenación. En virtud de su doctrina, el Papa está obligado a impartir la verdadera doctrina a los católicos y fortalecerlos en su fe. Mediante su autoridad de gobierno, equivalente a la primacía papal y al poder petrino de las llaves, goza de suprema jurisdicción sobre toda la Iglesia. En el poder de ordenación, el Papa posee la plenitud de las ordenaciones como cualquier otro obispo, aunque “en la práctica” el poder de ordenación está “estrechamente vinculado” con el poder de gobierno, razón por la cual nadie puede ser ordenado obispo o sacerdote sin permiso.

Hemos analizado con frecuencia estas facultades. Los teólogos hablan del triple oficio de la Iglesia —el docente, el pastoral y el sacerdotal—, pero suelen distinguir solo entre dos: la facultad de ordenación y la facultad pastoral. La facultad de enseñanza forma parte de esta última, ya que la autoridad para enseñar con autoridad en la Iglesia incluye la competencia para vincular a los fieles a estas enseñanzas y para pronunciar los juicios correspondientes. En el Manual de Derecho Canónico de Eichmann-Mörsdorf (Volumen I, 6.ª edición, Paderborn, 1951), leemos lo siguiente: “La distinción entre la facultad de ordenación y la facultad de pastoral, basada en una clasificación formal, contrasta con la división tripartita en facultades de ordenación, enseñanza y pastoral, que se originó en la teología protestante y se incorporó a la teología católica a principios del siglo XIX a través de los canonistas (Walther, Philips), en la que la facultad de enseñanza se concibe como una tercera facultad independiente” (p. 238). Sin embargo, la autoridad docente no es “formal sino objetivamente” definida; es una entidad única en la medida en que es posible en sí misma, como enseñanza y doctrina auténticas, sin legislación doctrinal, y como tal tiene una conexión intrínseca con el carácter de conferimiento del poder de ordenación. Sin embargo, solo puede entenderse como el poder de la Iglesia en la medida en que la doctrina auténticamente establecida sea legalmente vinculante para sus miembros. Así, la ordenación ya implica un cierto mandato en cuanto a la “enseñanza y doctrina auténticas”, pero no la autoridad docente propiamente dicha que la haría “legalmente vinculante”. “Por lo tanto, [la autoridad docente propiamente dicha] pertenece, desde una perspectiva formal, a la autoridad pastoral y, precisamente por su naturaleza distintiva de enseñanza basada en la convicción interior y a la vez autoritativa, demuestra el carácter de liderazgo espiritual”, afirma el libro de texto, y señala: “La división tripartita es, por consiguiente, una distinción inadecuada y, al suplantar en gran medida la antigua dualidad escolástico-canónica, ha obstaculizado considerablemente el acceso a la visión esencial de la Iglesia” (ibid.).

“Discusión teológica respetuosa” y “solución provisional”

Evidentemente, el Sr. Guimaraes también ha adoptado esta “distinción inadecuada” y, al apartarse de la “antigua dicotomía escolástico-canónica”, ha permitido que su “acceso a la comprensión esencial de la Iglesia se vea significativamente obstaculizado”. En este caso, el “error” reside en él. Según él, ahora se aplica lo siguiente: “Si el Papa proclama una doctrina falsa, los católicos pueden resistir, siempre que esta resistencia sea respetuosa”. Sin embargo, “ningún católico puede negar la autoridad jurisdiccional del Papa”, ya que esto significaría “una fractura en la unidad de la Iglesia” y la sumiría “en el caos”. Por lo tanto, la resistencia a la autoridad doctrinal papal (comúnmente conocida como herejía) no significaría una “fractura en la unidad de la Iglesia” ni la sumiría “en el caos”. El Dr. Martín Lutero y sus compañeros “reformistas” lo demostraron de manera impresionante. Guimaraes, sin embargo, se refiere a casos pasados ​​en los que quienes se atrevieron a consagrar obispos contra la voluntad del Papa cayeron en cisma y se colocaron fuera de la Iglesia. Este no parece haber sido el caso de aquellos que se oponían a su autoridad docente (como el Dr. Martín Lutero).

Hoy, la Sociedad de San Pío X, o más bien sus superiores, se arrogan el derecho de consagrar obispos sin permiso papal, basándose en “diferencias doctrinales respecto a la interpretación del concilio Vaticano II”. Sin embargo, “TIA (Tradition en Action)” afirma: Se trata de dos ámbitos distintos. Uno no justifica al otro. En cuanto a la autoridad docente, “los superiores de la Sociedad de San Pío X pueden seguir participando en respetuosas discusiones teológicas con la Santa Sede sobre los temas que deseen abordar”. Esta es “la solución legítima en su caso”. No obstante, en lo que respecta a la jurisdicción y la potestad de consagrar, los líderes de la Sociedad de San Pío X deben, hasta que se alcance un acuerdo doctrinal, solicitar una solución provisional al Papa para que los seguidores de su movimiento no se vean privados de los sacramentos. Bajo ninguna circunstancia deben decidir de forma independiente consagrar obispos públicamente en contra de la voluntad de Roma (¿pero en secreto, sí?). Se trata de “una rebelión arrogante que merece el castigo más severo”, que, como es bien sabido, consiste en la “excomunión”, razón por la cual “los autores de este crimen se colocan voluntariamente fuera de la Iglesia”.

Esto es un auténtico espectáculo absurdo. Se puede, como hace Tradition en Action, rechazar el concilio Vaticano II; se puede, como hace Tradition en Action, rechazar las reformas litúrgicas desde 1955; pero no se puede, como pretende la Sociedad de San Pío X, consagrar obispos en contra de la voluntad del Preboste. Para ellos, eso sería una “rebelión arrogante”, merecedora de la excomunión y que excluye a los “culpables” de la Iglesia. Si bien la Sociedad de San Pío X participa legítimamente en un “diálogo teológico respetuoso con la Santa Sede sobre los temas que les interesan”, bajo ninguna circunstancia debe consagrar públicamente obispos en contra de la voluntad de Roma. En cambio, debe solicitar cortés y obsequiosamente al “papa” que les conceda una “solución provisional” para que “los seguidores de su movimiento no se vean privados de los sacramentos”. Si fuéramos el Papa, nuestra respuesta sería muy sencilla: sus seguidores deberían recibir los sacramentos fuera de su ya cismático movimiento, sobre todo porque ellos mismos reconocen los sacramentos del novus ordo como fundamentalmente válidos y legítimos. ¿Quién los está privando de los sacramentos al obligarlos a recibirlos únicamente dentro de su movimiento?

La “verdadera resistencia al progresismo” —el concilio Vaticano II y sus consecuencias, la “nueva misa”, la “usurpación” del gobierno eclesiástico, etc.— debe tener lugar “dentro de la Iglesia”, como lo ejemplifica Tradition in Action. El Sr. Guimaraes postula llegando así a su “tercera conclusión”: que el espectáculo público montado por la Sociedad de San Pío X y los “medios progresistas” (presumiblemente en connivencia) es totalmente engañoso, si no deshonesto. Porque, una vez más, las dos cuestiones —las objeciones a la doctrina y las consagraciones episcopales— son asuntos independientes y deben abordarse por separado. Para cada una, existe una solución clara. (Estamos de acuerdo con respecto a la “deshonestidad” del “espectáculo”, pero insistimos en que solo hay una solución simple para ambas cuestiones, que de ninguna manera son “independientes”: el hombre de blanco en Roma no es el Papa y no tiene autoridad pastoral, y por lo tanto, tampoco autoridad doctrinal).

En resumen, la conclusión del Sr. Guimaraes es la siguiente: “El juego tras el enfrentamiento entre Pagliarani y Fernández parece apuntar a eliminar a todos los opositores tradicionalistas de la iglesia posconciliar —quienes supuestamente seguirían a la Sociedad de San Pío X hacia una nueva Iglesia Episcopal— y dar rienda suelta a los papas progresistas para que conduzcan aún más rápidamente hacia una religión mundial universal dentro de la Iglesia”. ¡Una clásica “teoría de la conspiración”! Ojalá pudiera decir con exactitud a quién responsabiliza de este “juego”: ¿A Prevost, a Fernández, al presidente de la Sociedad de San Pío X, a los “progresistas” anónimos, o incluso a poderes siniestros entre bastidores como la masonería, o quizás los astutos “sedevacantistas”?

Nuestra conclusión es la siguiente: nos encontramos ante una mezcla verdaderamente burda de verdades absolutas y falsedades catastróficas. El Sr. Guimaraes observó correctamente el principio dialéctico que rige el liberalismo, junto con las construcciones basadas en su ideología, incluyendo el comunismo, el modernismo e incluso la democracia liberal. El liberalismo es sumamente adaptable y siempre se esfuerza por ser todo para todos: él mismo y su opuesto, gobierno y oposición, conservador y progresista, moderado y radical. De esta manera, simula contradicciones inexistentes, mantiene a los partidarios de los distintos partidos ocupados en luchas internas sin sentido y disipa su energía en emociones agitadas e indignación moral, mientras que la dirección real la dictan fuerzas completamente diferentes que operan y gobiernan tras toda esta farsa. Hoy en día, a esto se le suele llamar el “estado profundo” o algo similar, sin comprender realmente los mecanismos ni las razones últimas. Lo mismo ocurre en la “iglesia conciliar” modernista, donde “tradicionalistas” y “liberales” se enfrentan ferozmente, creando un espectáculo teatral bajo cuyo clamor la revolución continúa sin cesar. La Sociedad de San Pío X también participa en este juego —consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente— y actúa como gladiadores en la arena: “Pío” contra el Vaticano.

Guimaraes reconoció acertadamente que, a pesar de sus diferencias, ambas partes defienden la misma causa. Ambas reconocen el concilio Vaticano II como un concilio ecuménico de la Iglesia. Ambas reconocen a los “papas conciliares” como su cabeza, como el “Santo Padre”. Sin embargo, la Sociedad de San Pío X aboga por una línea moderada, incluso regresiva, y desea “interpretar el concilio a la luz de la tradición”, mientras que el Vaticano lo interpreta según su intención original: como el documento fundacional de una iglesia nueva, liberal, apostólica y revolucionaria, y avanza rápidamente por este camino. El mismo panorama, como bien observó Guimaraes, se observa en el ámbito litúrgico, donde la Sociedad de San Pío X, con su Misal de 1962, busca defender una etapa anterior, “preconciliar”, de la misma “reforma” cuyo resultado final el Vaticano considera “la única expresión de la lex orandi del rito romano”, como bien ha afirmado el “papa Francisco”. Por lo tanto, el contraste no es “a favor del concilio – en contra del concilio”, “Misa Tridentina contra misa reformada”, sino más bien “moderado” contra “radical”, con un respaldo fundamental al concilio y a la reforma.

La Suprema Autoridad del Papa

Hasta ahora, el Sr. Guimaraes ha abordado el tema desde una perspectiva católica y ha identificado correctamente la cuestión. Pero entonces llega el punto crucial. Aquí su perspectiva cambia repentinamente y adopta la división tripartita entre las facultades de ordenación, enseñanza y pastoral, una división “originaria de la teología protestante” e “infiltrada en la teología católica”. Esto tiene sentido para los protestantes, ya que carecen de una verdadera autoridad docente. Tienen predicadores que pueden proclamar el Evangelio, pero no tienen el poder de imponer una doctrina vinculante. En consecuencia, tampoco poseen un verdadero poder de ordenación ni de pastoral. Si bien el “pastor” protestante recibe su nombre de la palabra latina para “pastor”, es simplemente “el primer predicador o consejero espiritual de una congregación” (según Wikipedia) y recibe la “ordenación”, que no le confiere ningún carácter sacramental, en lugar de la consagración. En contraste, la Iglesia Católica, cuya ordenación confiere un poder genuino sobre el Cuerpo Eucarístico de Cristo y cuyo oficio pastoral confiere un poder genuino sobre el Cuerpo Místico de Cristo, es diferente.

Este poder pastoral incluye la autoridad no solo para proclamar la doctrina católica a los fieles, sino también para imponérsela como vinculante. Esto se aplica con mayor razón al pastor supremo, el Papa. “El poder pastoral supremo del Papa (c. 218) es: 

1. Poder supremo (potestas suprema), es decir, es el poder más alto en el ámbito eclesiástico e independiente de cualquier poder humano” (Eichmann-Mörsdorf, op. cit., p. 320). 

Y es:

2. Poder pleno (potestas plena), es decir, el Papa posee el poder supremo eclesiástico en su plenitud, es decir, sin limitación alguna” (p. 321). 

En términos materiales, esta autoridad se extiende “a todos los asuntos eclesiásticos: a la fe y a la moral, a la disciplina eclesiástica y al gobierno de la Iglesia. En particular, el Papa tiene suprema autoridad magisterial y, cuando pronuncia una decisión ex cathedra en materia de fe y moral, es infalible” (c. 1323). (ibid.). En términos formales, la autoridad del Papa se extiende a todas las funciones del poder pastoral de la Iglesia (ibid.). Es supremo legislador, supremo juez y supremo administrador. La autoridad papal lo abarca todo por igual. Todo en la Iglesia está sujeto a esta autoridad.

Obligación de obediencia

Resulta incomprensible cómo el Sr. Guimaraes llega a la conclusión de que el Papa, a pesar de su infalibilidad, podría proclamar una “falsa doctrina”, y que, por lo tanto, está permitido “resistirle”, siempre y cuando esta resistencia sea respetuosa, pues se requiere una justificación. Sin embargo, bajo ninguna circunstancia se puede “consagrar públicamente obispos” en contra de la voluntad de Roma, ya que esto “negaría la autoridad jurisdiccional del Papa”, lo que implicaría “una ruptura en la unidad de la Iglesia” y la sumiría en el “caos”. Así, en materia de doctrina, se puede discrepar del Papa -aunque sea infalible en esto- y entablar un “diálogo teológico respetuoso con la Santa Sede”. En materia de disciplina, en cambio, se está absolutamente obligado a acatar la voluntad del Papa —aunque no sea infalible en esto— y bajo ninguna circunstancia se le puede contradecir ni actuar en su contra. ¡Menuda idea tan peculiar y equivocada!

En verdad, tanto en materia de doctrina como de disciplina, el católico está sujeto a la autoridad suprema del Papa y obligado a la sumisión y obediencia, aunque la desobediencia en la fe suele tener más peso que la desobediencia en la disciplina. La Sociedad de San Pío X se permite hacer ambas cosas, y ninguna es legítima. Incluso la “verdadera resistencia” que Tradition in Action afirma ofrecer —contra el concilio Vaticano II y sus consecuencias, la nueva misa, la usurpación del gobierno eclesiástico, etc.— es ilegítima y no se produce “dentro de la Iglesia”, como cree Guimaraes, sino que más bien significa una “ruptura de la unidad eclesiástica”. “El Concilio General tiene autoridad suprema sobre toda la Iglesia del mismo modo que el Papa”, enseña el Derecho Canónico (c. 228; p. 330). No existe “resistencia legítima” a un concilio ecuménico aprobado por el Papa ni a una reforma de la Misa promulgada por dicho concilio y el Papa, ni a un “gobierno eclesiástico usurpado por progresistas”. Nadie puede reclamar el derecho a resistirse al auténtico “gobierno eclesiástico” apoyado y confirmado por el Papa, independientemente de que esté encabezado por “progresistas”, “conservadores” o “tradicionalistas”. De lo contrario, volveríamos al juego dialéctico de los liberales. El Papa y su “gobierno eclesiástico” deben ser obedecidos, ya sea que proclame una doctrina —con o sin concilio—, promulgue una liturgia o ordene o prohíba consagraciones episcopales.

Católicos protestantes

Para ambas cuestiones —las “diferencias de opinión” en doctrina y consagraciones episcopales— existe, en efecto, una “solución clara”, aunque no sea la propuesta por Tradition in Action, que las trata “por separado”, afirmando una y negando la otra. La solución es la misma para ambas: las “diferencias de opinión” con el Papa en doctrina y las consagraciones episcopales sin mandato papal, o incluso en contra de una prohibición papal, son inaceptables, si la persona en cuestión es, efectivamente, el Papa. Sería diferente si no se tratara del Papa. Pero eso constituiría “sedevacantismo”, y eso es definitivamente tabú para la Sociedad de San Pío X, Tradition in Action y la “iglesia conciliar”. Ese es su gran punto de acuerdo.

La rebelión contra el capitán de un barco siempre ha sido un delito punible. En el “barco” de la Iglesia, se castiga con la excomunión (como el propio Guimaraes recalcó anteriormente). A menos, claro está, que no sea el capitán, sino un pirata quien haya secuestrado el barco. La rebelión, en cualquier ámbito, nunca es católica. Toda rebelión contra la autoridad legítima es una imitación de aquella primera rebelión que el Arcángel Miguel aplastó en el Cielo. La rebelión dentro de la Iglesia, la rebelión contra el Santo Padre, es de naturaleza protestante, no católica. Tanto Tradition in Action como la Sociedad de San Pío X lamentablemente comparten este espíritu. Ahí reside su acuerdo fundamental, por muy diferentes que puedan ser en otros aspectos. Pero vemos una vez más los curiosos frutos que produce el prolongado Interregno Extraordinario: cismáticos “católicos” y protestantes “católicos”. Razón de más para estar alerta ante estos peligros.
 
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