Vencedora en todas las batallas de Dios
Sabemos que la “Era Mariana” es sobre todo una época de lucha, pues se libra una encarnizada batalla entre los verdaderos adoradores de la Santísima Virgen María y los enemigos de Dios.
El dragón y la mujer son los dos signos celestiales de estos últimos tiempos, irreconciliablemente opuestos. Esta lucha, en última instancia, se centra en el dominio de las almas. Pues no solo la “mujer” y la “serpiente” se oponen entre sí, sino también sus respectivos seguidores. En consecuencia, San Ignacio de Loyola habla en sus Ejercicios Espirituales de dos ejércitos que luchan entre sí: “Dios no solo ha sembrado enemistad entre María y el diablo. Dios también ha sembrado odio y discordia entre los verdaderos hijos y siervos de María y los esclavos de Satanás. El verdadero amor es imposible entre ellos, ya que no tienen relación interior entre sí”.
San Ignacio de Loyola tiene ideas muy concretas al respecto. Luis María también habla del “talón” mencionado en el Protoevangelio: “El poder de María sobre todos los demonios se revelará especialmente en los últimos días, cuando Satanás perseguirá su talón, es decir, a sus humildes siervos y a sus modestos hijos, a quienes María llamará para combatirlo. Serán personas insignificantes, pobres a los ojos del mundo, humilladas, pisoteadas y oprimidas por todos, como el talón comparado con las demás partes del cuerpo. Pero por esto, serán ricos en gracias ante Dios, que María les concederá en abundancia”.
Consagración a María según Luis Maria Grignion de Montfort
Debemos ser humildes siervos e hijos modestos de María; solo así podremos mantener pura nuestra fe en estos últimos días. San Luis María Grignion de Montfort, mediante su Consagración Total a María, desea revelarnos el misterio de María y familiarizarnos con él tan profundamente que nos dejemos transformar por él y nos consideremos entonces sus hijos.
En su tratado “El Secreto de María”, el santo habla de tres tipos de auténtica devoción mariana. Allí escribe:
“Existen diferentes tipos de auténtica devoción mariana. Ni siquiera se habla aquí de la falsa devoción.
En la primera etapa, se cumplen los deberes esenciales del cristiano huyendo del pecado mortal, actuando más por amor que por miedo, invocando a la Santísima Virgen de vez en cuando y honrándola como Madre de Dios, sin cultivar de otro modo una devoción especial hacia ella.
En la segunda etapa, ya se albergan sentimientos más profundos de estima, amor, confianza y veneración por María. Esto lleva a unirse a las cofradías del Santo Rosario o del Escapulario, a rezar el Rosario o el Salterio completo, a honrar las imágenes y altares de María, a proclamar su alabanza y a pertenecer a sus asociaciones. Si se huye del pecado, esta devoción puede describirse como buena, santa y digna de alabanza. Sin embargo, no alcanza la perfección de la siguiente etapa, ni es capaz, como esta, de liberar el alma de las cosas creadas y de liberarla de sus propias cargas para alcanzar la unión con Cristo.
La tercera forma de devoción mariana es poco conocida y practicada por muy pocos. Es con esta forma que ahora deseo familiarizarte, alma elegida.
La primera etapa de la devoción mariana es necesaria para que todos alcancen la salvación, pero no es suficiente para alcanzar la perfección. El rechazo consciente y frío de cualquier devoción mariana se considera generalmente un signo de repudio eterno, al igual que su opuesto, la ferviente devoción a María, se considera un signo de predestinación.
La segunda etapa, si bien no es necesaria para la salvación, es indispensable para alcanzar la perfección. El alto grado de gracias iluminadoras y fortalecedoras necesarias para un mayor esfuerzo por la virtud se concede solo al ferviente devoto de María.
La tercera etapa de la devoción mariana, tan afectuosamente recomendada por san Luis María de Médici, no es necesaria para alcanzar la perfección, pero la describe con acierto como el camino fácil, corto, seguro y perfecto hacia la unión con Jesucristo”. Wahre Andacht (Verdadera Devoción, nn. 152-167).
El santo describe este tercer tipo de devoción mariana con más detalle: “La devoción mariana perfecta consiste en entregarse por completo a la Madre de Dios, y por medio de ella al Salvador, como un esclavo, y, de ahí en adelante, hacerlo todo con, en, para y por María. Se elige un día memorable para, libremente, por puro amor, sin coacción y sin restricción alguna, entregarse, consagrarse y ofrecerse a María: el cuerpo y el alma; los bienes externos, como la casa y la granja, la familia y los ingresos; y, además, los bienes internos y espirituales, es decir, los méritos, las gracias, las virtudes y las satisfacciones”.
Tres circunstancias, que conviene considerar con más detenimiento, iluminan el valor, la excelencia y la naturaleza única de esta entrega total a María: debe realizarse según las instrucciones de Luis María Grignion:
1. Libremente (voluntairement, sans contrainte). Esta devoción no conoce coerción, pues nadie en la tierra está obligado a una entrega tan trascendental.
2. Por puro amor (par amour). La entrega total a María es un asunto del corazón. Esta consagración no se realiza por motivos egoístas e innobles, sino por un amor desinteresado y noble.
3. Sin reservas (sans aucune reserve). En esta devoción, no hay concesiones. Todo se da. En esta sección, Luis María repasa todo lo que el alma noble entrega a la Madre de Dios.
En conclusión, solo se puede afirmar: Ella no puede dar más, porque no tiene más que dar.
Es evidente de inmediato: la relación con María se transforma fundamentalmente en el día de la entrega total. Mientras que antes era una serie de encuentros temporales del corazón y la oración, ahora se convierte en una permanencia ininterrumpida con María, una vida de constante y completa dependencia de ella. En virtud de esta devoción, uno entrega sus posesiones más preciadas al Salvador a través de María. Ningún voto religioso alcanza tal grado de exigencia. En esta entrega total, uno renuncia a todo derecho sobre sí mismo y al valor de sus oraciones, limosnas, mortificaciones y actos de penitencia. Se cede el control total a la Madre de Dios, quien los usará como considere oportuno para la mayor gloria de Dios, que solo ella conoce verdaderamente.
La razón más profunda de esta entrega es, por supuesto, la confianza absoluta en María y su amor maternal. ¿Qué mejor que ponerlo todo en sus manos, todo, incluso a uno mismo, por completo? ¿Acaso no lo hará todo por nosotros para guiarnos a Jesús, el fruto bendito de su santísimo vientre virginal?
Finalmente, una reflexión más: Como posesión de María, ¿no estamos en la mayor seguridad en medio de esta tremenda lucha espiritual? Por lo tanto, debemos estar absolutamente convencidos de que solo en ella podremos conquistar y alcanzar la herencia eterna.