Por John Vennari
La expresión “hermenéutica de la continuidad” se puso de moda con la ascensión al trono de Benedicto XVI.
El 22 de diciembre de 2005, en su discurso a la Curia Romana, Benedicto XVI expuso el programa de su pontificado. Normalmente, un papa lo hace en su primera encíclica, pero comentaristas informados de la época observaron que Benedicto XVI pareció exponer el programa de su pontificado en este discurso del 22 de diciembre, y no en su primera encíclica.
En este discurso, quedó claro que el principio fundamental que constituiría el programa de su pontificado era el concilio Vaticano II (1).
Ratzinger dijo: “Los problemas de la recepción [del concilio] han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas”.
Esto dio a muchos la impresión de que Benedicto XVI planeaba una restauración de la Tradición en la Iglesia.
Pero no fue así el caso. Sí, Benedicto XVI emitió el Motu Proprio que liberó la Misa Tridentina. Fue un acto de justicia por el que merece crédito, y es algo que podríamos haber adivinado que haría, incluso basándonos en sus declaraciones como cardenal Ratzinger.
Pero la hermenéutica de la continuidad no señalaba un retorno a la Tradición. Más bien, fue otro intento, ante todo, creo, de salvar el Vaticano II.
El Vaticano II fue su principio fundamental. El enfoque llamado “hermenéutica de la continuidad” no nos dio más que una nueva síntesis entre la Tradición y el Vaticano II —una síntesis entre la Tradición y el Modernismo— que no es una síntesis legítima.
Inicialmente, quiero centrarme en un solo aspecto que nos decía desde el principio que el enfoque de la “hermenéutica de la continuidad” no señalaba una verdadera restauración de la Tradición. Este es el término en sí. Benedicto XVI no empleó la terminología tradicional para la preservación de la Tradición, sino que inventadó una nueva expresión: “hermenéutica de la continuidad”.
Esto se debía a que su enfoque de la Tradición estaba en desacuerdo con lo que la Iglesia enseñó durante 2000 años.
Por ejemplo, Benedicto XVI nunca dijo que la respuesta a la crisis en la Iglesia era regresar a la admonición del Papa Agatón, quien dijo: “Nada de las cosas designadas debe disminuirse; nada debe cambiarse; nada debe agregarse; sino que deben preservarse tanto en cuanto a expresión como a significado” (2).
Benedicto nunca dijo que la respuesta al caos eclesiástico actual era volver a la fórmula contenida en el Juramento contra el Modernismo, que el católico está obligado a “recibir sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, SIEMPRE CON EL MISMO SENTIDO Y LA MISMA INTERPRETACIÓN (eodem sensu eademque sententia). POR ESTO RECHAZO ABSOLUTAMENTE LA SUPOSICIÓN HERÉTICA DE LA EVOLUCIÓN DE LOS DOGMAS, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio” (3).
Ratzinger no podía usar esta terminología porque entraba en conflicto con la “nueva enseñanza” del Vaticano II, con la “nueva enseñanza” sobre la libertad religiosa y el ecumenismo. Esta nueva enseñanza era claramente “diferente de la que les ha dado la Iglesia en un principio” (4).
Cuando el Papa San Pío X luchaba por mantener la Verdad y la Tradición Católicas, no se le ocurrió ninguna frase original en el Juramento contra el Modernismo. La terminología que empleó era la antigua terminología de la Iglesia, que se encuentra en los escritos de los Padres y está consagrada en definiciones dogmáticas infalibles que un católico debe creer para su salvación.
Ya en el siglo IV, San Vicente de Lerín explicó lo que constituye el desarrollo adecuado de la doctrina católica:
“Pero quizá algunos dirán: ¿No debe haber progreso de la religión en la Iglesia? Lo hay, ciertamente, y muy grande... Pero debe ser un progreso y no un cambio. Que, pues, la inteligencia, la ciencia y la sabiduría de cada uno de los individuos y de toda la Iglesia, en todas las épocas y en todos los tiempos, aumenten y florezcan en abundancia; pero simplemente en su propia especie, es decir, en una y la misma doctrina, una en el mismo sentido y una en el mismo juicio” (5).
La enseñanza de San Vicente de Lerín sobre la Tradición fue consagrada dogmática e infaliblemente en el Vaticano I. Esto demuestra que exactamente la misma enseñanza sobre la Tradición se mantuvo en la Iglesia durante más de 1400 años. El Vaticano I enseña en la Constitución Dogmática Filius Dei:
“Hay que mantener siempre el sentido de los dogmas sagrados que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, y no se debe nunca abandonar bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo”.
Benedicto XVI nunca usó terminología como esta. Incluso como cardenal Ratzinger nunca empleó tal terminología. El triste hecho es que Benedicto XVI y la mayoría de nuestros líderes de la iglesia moderna ni siquiera pueden usar la terminología tradicional cuando afirman que están tratando de mantener la Tradición, sino que inventan nuevas frases: “Integración recíproca” (7) o “hermenéutica de la continuidad”.
El empleo de estas nuevas frases, junto con su obvio compromiso con los aspectos novedosos del Vaticano II como el ecumenismo (8) y la libertad religiosa, (9) nos dice que por mucho que quisiéramos que fuera cierto, Benedicto XVI no fue un “papa de la Tradición”. Él continuó con las novedosas políticas del Vaticano II. No de la misma manera improvisada que su predecesor inmediato, sino de una manera un poco más “moderada” y “refinada”, y quizás, un poco más tradicional en apariencia. Benedicto incluso intentó una mayor disciplina en algunas áreas, específicamente en asuntos litúrgicos, algo que nunca hizo Juan Pablo II.
Pero al final, en cuanto a la doctrina, siguió la nueva orientación del Vaticano II. Lo que se nos ordena en el Vaticano I y en el Juramento contra el Modernismo de creer la fe católica “en el mismo sentido y en la misma interpretación” que la Iglesia siempre enseñó, no se mencionó ni se reforzó jamás.
Por lo tanto, no importa cuántas veces escuchemos la expresión “hermenéutica de la continuidad”, no importa cuántas veces se nos diga que el Vaticano II no constituyó una ruptura: el hecho es que el nuevo enfoque del Vaticano II sobre lo que se llama ecumenismo y libertad religiosa —y, por extensión, el enfoque de Benedicto XVI sobre lo que se llama ecumenismo y libertad religiosa (10)— está en desacuerdo con el Magisterio tradicional de los siglos. Aquí no encontramos continuidad, sino ruptura.
Notas:
1) Discurso de Su Santidad Benedicto XVI a la Curia Romana ofreciendo sus saludos navideños, jueves 22 de diciembre de 2005.
















