viernes, 11 de septiembre de 2026

EL TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SANTA BERNADETTE SOUBIROUS

Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó en 1933, no por las magníficas apariciones que había presenciado, sino por la sencillez y santidad de su vida.

Por Vitis Vera


Santa Bernadette Soubirous nació el 7 de enero de 1844 y falleció el 16 de abril de 1879, a los 35 años. Su familia era muy pobre: ​​vivían en Boly, cerca del molino que dirigía su padre, molinero, en una habitación de dieciséis metros cuadrados (de cuatro por cuatro lados), una habitación insalubre, una antigua prisión, cuyo aire contribuyó a la grave forma de asma que acompañó a Bernadette durante toda su vida. Era la mayor de siete hermanos; uno de ellos, Justin, murió a los 10 años y los otros dos a muy temprana edad. Su padre, François, falleció en 1871 a los 64 años; su madre, Louise, falleció en 1866 a los 41 años. Bernadette era analfabeta y, siendo aún niña, la enviaron a pastorear ovejas y a trabajar como camarera en la taberna de unos amigos en Bartrés. De baja estatura y siempre enfermiza (también había padecido cólera en su infancia), aparentaba menos edad de la que tenía, e incluso algunos la consideraban con discapacidad intelectual. Sin embargo, su fe era profunda, y su humildad sincera y verdaderamente profunda. A los 14 años, tuvo visiones de la Virgen María en Lourdes. En 1866, para escapar del interés que había despertado a su alrededor, se retiró como monja laica al convento de las Hermanas de la Caridad de Nevers, donde trabajó en la enfermería y como sacristana. Tras unos años, afectada por un tumor en la rodilla derecha (tuberculosis ósea), postrada en cama y agobiada por un dolor intenso, tras aprender a leer y escribir, redactó un testamento espiritual de singular belleza. Su nombre religioso era Hermana Marie Bernarde.

Testamento espiritual de Santa Bernadette Soubirous

Por la miseria de mi madre y de mi padre, por la ruina del molino, por el vino del cansancio, por la oveja sarnosa: ¡gracias, Dios mío! Por la boca de más que yo representaba; por los niños cuidados, por las ovejas atendidas: ¡gracias!

Gracias, Dios mío, por el procurador, por el comisario, por los gendarmes, por las duras palabras de Peyremale. Por los días en que viniste, Virgen María, y por aquellos en que no viniste: no podré agradecértelo como es debido hasta que esté en el Cielo.

Pero por la bofetada que recibí, por las burlas, por los insultos, por quienes me tomaron por loca, por quienes me tomaron por mentirosa, por quienes me tomaron por oportunista: ¡gracias, Señora nuestra!

Por la ortografía que nunca dominé, por la memoria que nunca tuve, por mi ignorancia y mi estupidez: ¡gracias!

¡Gracias, porque si hubiera habido en la tierra una niña más estúpida que yo, la habrías elegido a ella!

Por mi madre, que murió lejos; por el dolor que sentí cuando mi padre, en lugar de abrir los brazos a su pequeña Bernadette, me llamó Sor María Bernarda: ¡Gracias, Jesús!

Gracias por inundar de amargura este corazón —demasiado tierno— que me diste. Por la Madre Giuseppina, que me declaró “buena para nada”: ¡Gracias! Por el sarcasmo de la maestra de novicias, su voz áspera, sus injusticias, sus burlas y por el pan de la humillación: ¡Gracias!

Gracias por ser aquella a quien la Madre Teresa podía decir: “Nunca dejas de causar problemas”.

Gracias por ser la señalada para las reprimendas, de quien mis hermanas decían: “Qué suerte no ser como Bernadette”.

Gracias por ser Bernadette —amenazada con la cárcel por haberte visto, ¡Santísima Virgen!; observada por la gente como si fuera una bestia rara; aquella Bernadette tan insignificante que, al verla, la gente decía: “¿Es ésta la que...?”.

Por este cuerpo miserable que me diste; por esta enfermedad de fuego y humo; por mi carne en descomposición; por mis huesos que se pudren; por mis sudores; por mi fiebre; por mis dolores sordos y agudos:¡Gracias, Dios mío!

Por esta alma que me diste; por el desierto de la sequedad interior; por Tu noche y Tus destellos de luz; por Tus silencios y Tus rayos; por todo —por Ti, ausente y presente—: ¡Gracias! ¡Gracias, oh Jesús!

Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó en 1933, no por las magníficas apariciones que había presenciado, sino por la sencillez y santidad de su vida. En la primera exhumación, realizada en 1909 —treinta años después de su muerte—, su cuerpo apareció perfectamente conservado.
 

GRACIA Y LIBERTAD: SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (4)

Continuamos contemplando la unión misteriosa de gracia y libertad en esta Santa.

Por el padre José María Iraburu


Santa Teresa del Niño Jesús (1)

Santa Teresa del Niño Jesús (2)

Santa Teresa del Niño Jesús (3)

La acción apostólica

Hemos comprobado bien cómo Santa Teresita creía en la absoluta necesidad de la gracia para la santificación personal, declarando que sin ella no podía nada. Esta misma convicción la tuvo en referencia a la santificación de los otros por medio de la acción apostólica. Pudo comprobarla experimentalmente cuando fue nombrada ayudante de la Maestra de novicias.

Ella, confesó, “desde hace mucho tiempo ha comprendido que Dios no necesita de nadie, y menos de ella que de las demás, para hacer el bien en la tierra” (X,3r). Se entregó, pues, a su nuevo oficio en la comunidad con toda esperanza. “Desde que comprendí que nada podría hacer por mí misma, la tarea que me confiasteis ya no me pareció difícil. Vi que lo único que necesitaba era unirme más y más a Jesús, y que “lo demás se me daría por añadidura” [Mt 6,33]. En efecto, nunca resultó fallida mi esperanza. Dios se dignó llenar mi mano cuantas veces fue necesario para alimentar el alma de mis Hermanas. Os confieso, Madre muy querida, que si yo me hubiera apoyado lo más mínimo en mis propias fuerzas, muy pronto os hubiera rendido las armas. De lejos parece fácil y de color de rosa el hacer el bien a las almas, el enseñarles a amar más a Dios, el modelarlas según los propios puntos de vista y los pensamientos personales. De cerca es todo lo contrario: el color rosa desaparece… y se comprueba que hacer el bien [a las personas] es tan imposible sin la ayuda de Dios como hacer brillar el sol en medio de la noche. Se comprueba que es absolutamente necesario olvidar los gustos personales, renunciar a las propias ideas y guiar las almas por el camino que Jesús les ha trazado, sin pretender hacerlas ir por el nuestro” (XI,22v).

El reconocimiento de la primacía de la gracia –al contrario de los planteamientos semipelagianos– lleva consigo esta absoluta delicadeza en el servicio de las almas: “¡qué diferentes son los caminos por los que el Señor conduce a las almas!” (X,2r). “Dios me hizo comprender que hay almas a las que su misericordia no se cansa de esperar, a las que no da su luz sino por grados. Por eso, me guardaba yo muy bien de adelantar la hora de Dios, y esperaba pacientemente a que Jesús tuviese a bien hacerla llegar” (XI,20v-21r).

El Señor actuó en Teresita, y ella obró con absoluta humildad y confianza

“Yo soy un pincelito que Jesús ha escogido para pintar su imagen en las almas que me habéis confiado” (XI,20r). Oración y acción apostólica han de ir siempre juntas: “supliqué a Dios que pusiese en mis labios palabras dulces y convicentes, o mejor, que él mismo hablase por mí” (XI,21r). “La oración y el sacrificio constituyen toda mi fuerza; son las armas invencibles que Jesús me ha dado. Pueden, mucho mejor que las palabras, tocar los corazones. Muchas veces lo he comprobado” (XI,24v). Así confiada en Dios, y sin fiarse en nada de sí misma, hacía Teresita el bien a sus Hermanas, y en ocasiones tenía aciertos inexplicables.

En una ocasión, una Hermana, que estaba sufriendo una gran pena interior, se acercó sonriente a Sor Teresa, y ella le dijo con toda seguridad: “tú tienes una pena”. Si hubiese hecho caer la luna a sus pies, creo que no me hubiera mirado con mayor asombro. Fue tan grande, que una especie de pasmo se apoderó también de mí, y por un instante experimenté como un miedo sobrenatural. Estaba yo segura de no poseer el don de leer en las almas; y por eso me quedé tanto más asombrada cuanto más justamente había dado en el blanco. Sentí la presencia de Dios muy cerca de mí. Supe que había repetido sin darme cuenta, como un niño, palabras que no salían de mí sino de Dios… Por otra parte, nada de eso sería capaz ciertamente de inspirarme vanidad, pues traigo de continuo presente en la memoria el recuerdo de lo que soy” (XI,26r).

Vencimientos heroicos en cosas mínimas

Santa Teresita siempre se movió movida por la gracia de Dios, lo que daba a sus actos una facilidad sobrenatural: “mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,30). Pero de ningún modo esta colaboración con la gracia divina es siempre sin dolor y esfuerzo. Ya dije que la gracia, para la obra buena, auxilia siempre al entendimiento y a la voluntad, pero no siempre al sentimiento. Por eso la docilidad a la gracia cuesta a veces esfuerzos heroicos, que la voluntad obra con el auxilio de la gracia. Teresita, con estos vencimientos, realizó actos muy intensos de virtud, y consiguio grandes crecimientos espirituales. Recuerdo algunos ejemplos. El amor propio, concretamente, al menos como tentación, duró en ella bastantes años.

Estando en el Convento, “hacía yo grandes esfuerzos por no disculparme, lo que me resultaba muy difícil… Os referiré mi primera victoria; no fue grande, pero me costó mucho. Se encontró rota una vasija que habían dejado detrás de una ventana. Nuestra Madre, creyendo que había sido yo, me la enseñó diciéndome que otra vez pusiese más cuidado. En seguida, sin replicar, besé el suelo, prometiendo ser más cuidadosa en lo futuro. Estas pequeñas prácticas [de humildad] me costaban mucho a causa de mi poca virtud, y me tenía que ayudar pensando que en el Juicio final todo se llegaría a saber” (VII,74v).

Escenas de vencimientos como ésta hay muchas en la vida de la Santa. Pero citaré una que me parece especialmente conmovedora. Teresa, la Reinecita, la hermanita menor, la novena, siempre había sido muy amada en su familia, tanto por sus hermanas como por su padre, y en la soledad y el silencio del Carmelo a veces lo pasaba muy mal.

Confiesa en sus escritos a la Madre superiora: “Recuerdo que siendo postulante, me venían a veces tan violentas tentaciones de entrar en vuestra celda para darme gusto, para encontrar algunas gotas de consuelo, que me veía obligada a pasar rápidamente por delante del despacho y agarrarme al pasamano de la escalera. Se me representaba una multitud de permisos que pedir, hallaba mil razones para complacer mi naturaleza. ¡Cuánto me alegro ahora de las renuncias que me impuse en los principios de la vida religiosa! Al presente gozo ya de la recompensa prometida a los que combaten generosamente” (XI,21v-r).

La caridad fraterna también le costó a veces grandes esfuerzos, siempre realizados con la moción de la gracia del Señor. Una anciana insoportable, la Hermana Saint-Pierre, medio inválida, necesitaba ayuda para todo. “A mí me costaba mucho ofrecerme para prestar aquel servicio… Es increíble lo que me costaba”. Pero con la gracia de Dios hacia su servicio, y al terminarlo, “antes de marcharme, le dirigía la más graciosa de mis sonrisas” (XI, 28v-29r). Otras veces, en el coro, le tocaba estar cerca de una Hermana que hacía un ruidito extraño, semejante al que se haría frotando dos conchas una con otra…

“Imposible me resulta, Madre mía, deciros cuánto me molestaba aquel ruidillo. Sentía grandes deseos de volver la cabeza y mirar a la culpable, que con toda seguridad no se daba cuenta del molesto sonsonete que producía. Mirar atrás hubiera sido el único modo de hacérselo notar. Pero en el fondo del corazón comprendía que era mejor sufrirlo por amor de Dios y por no causar pena a la Hermana. Así que permanecía tranquila, procurando unirme a Dios y olvidar el pequeño ruido. Pero todo era inútil; sentía que me inundaba el sudor, y me veía obligada a hacer sencillamente una oración de sufrimiento. Aun entonces, procuraba sufrir sin irritación, con alegría y paz, al menos en lo íntimo del alma. Me esforzaba por hallar gusto en aquel soniquete, o bien hacía los posibles por no oírlo. ¡Todo en vano!” (XI,30v).

Algo semejante narra cuando en el lavadero una Hermana poco cuidadosa le salpicaba una y otra vez el rostro con el agua sucia: “Mi primer impulso fue el de echarme atrás y enjugarme el rostro, a fin de hacer ver a la Hermana que me asperjaba el gran favor que me haría obrando con más suavidad. Pero en seguida pensé que era bien tonta al rehusar unos tesoros que tan generosamente se me daban, y me guardé muy bien de manifestar mi lucha interior. Me esforcé por sentir el deseo de recibir en la cara mucha agua sucia, de suerte que terminó por gustarme aquel nuevo género de aspersión” (XI,30v-31r).

Así es como el Señor hizo de Teresita una gran santa. “Cinco panes y dos peces”, muy poca cosa, es lo que aquel joven del Evangelio puso en manos de Jesús, pero con su mínima ofrenda vino a dar de comer a una gran multitud. No se hubiera producido el milagro probablemente si hubiera entregado solo cuatro panes y un pez. Pero él, movido por la gracia, hizo al Maestro la ofrenda de todo lo que tenía. De modo semejante, Teresa, dócil a la acción de la gracia, se entregó a Dios entera, sabiéndose muy pequeña, y llegó a una altísima santidad personal. Vino a ser además, una de las Santas más santificantes para los cristianos de su tiempo, hasta el día de hoy, ayudados por su ejemplo y sus escritos: tres cuadernos escolares.

Perfecta en la humildad

El Señor misericordioso, “porque era pequeña y débil, se abajaba hasta mí y me instruía secretamente en las cosas de su amor” (V,49r). En el camino de la perfección “cuanto más se adelanta, tanto más lejos se cree del término. Por eso, ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y encuentro en ello mi alegría” (VII,74r). Perfecta en la humildad, ya no hay en ella amor propio que sufra al verse defectuosa:

“No siento pena alguna al ver que soy la debilidad misma; antes al contrario, me glorío de ello [2Cor 12,5), y cuento con descubrir en mí cada día nuevas imperfecciones” (X,15r). “Sé encontrar siempre el modo de estar alegre y de sacar provecho de mis miserias” (VIII,80r). “¡Qué dulce es el camino del amor! Ciertamente, se puede caer, se pueden cometer infidelidades; pero sabiendo el amor sacar provecho de todo, bien pronto consume lo que puede disgustar a Jesús, no dejando más que una humildad y profunda paz en el fondo del corazón” (VIII,83r).

Santa Teresita guardó la paz en su absoluta humildad, siempre abierta a la gracia. Y no le perturbaba demasiado ser a veces mal entendida y juzgada: “digo con San Pablo: “poco me importa ser juzgada por ningún tribunal humano. Yo no me juzgo a mí misma. Quien me juzga es el Señor” [1Cor 4,3-4]” (X,13v). Ella tenia la humildad plena de un mendigo que pide, pero que no exige nada, y que se conforma con lo que le dan. Fue perfecta en la humildad.

No se avergonzaba de ejercitarse sólo en pequeñas cosas y pequeñas virtudes, reconociendo que no valía para más. “Señor, no tengo otro medio de probaros mi amor…; es decir, no desperdiciar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; aprovecharme de las pequeñas cosas, aun de las más insignificantes, haciéndolas por amor” (IX,4r-v).

No se avergonzaba de confesar sus limitaciones: “debería darme pena el dormirme, desde hace siete años, durante la oración y la acción de gracias. Y sin embargo, nada de esto me da pena. Pienso que los niñitos agradan lo mismo a sus padres dormidos que despiertos” (VIII,75v). Declaró también sencillamente: “Rezar yo sola el rosario –me da vergüenza decirlo– me cuesta más que ponerme un instrumento de penitencia… ¡Sé que lo rezo tan mal! Por más que me esfuerzo por meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la atención” (XI,25v).

No se avergonzaba de confesar que muchas de sus riquezas no eran sino miserias suyas llenadas por la misericordia de Dios. Así, p. ej., cuando explicó su oración por su incapacidad de tratar con la gente. En el pensionado de la Abadía no era una niña atractiva ni para profesoras ni para sus compañeras: “nadie se ocupaba de mí. Por eso, subía a la tribuna de la capilla, y allí permanecía delante del Santísimo Sacramento hasta que papá venía a buscarme. Aquel era mi único consuelo. ¿No era, acaso, Jesús mi único amigo? No sabía hablar con nadie más que con él. Las conversaciones con las criaturas, aun las conversaciones piadosas, me ponían cansancio en el alma. Estaba segura de que era preferible hablar con Dios que hablar de Dios, pues es mucho el amor propio que se mezcla en las conversaciones espirituales” (IV,40v).

Ni siquiera se avergonzaba en su humildad de confesar las gracias excepcionales que el Señor le había dado. Sabía bien que no eran sino dones gratuitos de Dios. Su sabiduría espiritual, p. ej. era tan grande, declaró, que los estudiosos “ciertamente habrían quedado sorprendidos al ver una niña de catorce años penetrar los secretos de la perfección, secretos que toda su ciencia no sería capaz de descubrirles nunca” (V,49r).

Doctora de la gracia

Siempre la Iglesia ha sabido que todos los cristianos están llamados a la santidad, pues siempre ha inculcado que todos los cristianos cumplan el primer mandamiento, “amar a Dios con todo el corazón”; y en eso justamente consiste la santidad. Pero Santa Teresita redescubrió esta verdad, mostrando en sus escritos qué sencillo es el camino de la santidad, y qué posible es, con la gracia de Dios, avanzar por el día a día, sea el cristiano religioso o laico, fuerte o débil, culto o iletrado, sano o enfermo, y sea ésta o la otra la circunstancia de familia y de trabajo en que vive.
 
En los Manuscritos autobiográficos era siempre Jesús quien, con inmenso amor generoso, fortalecía a Santa Teresita, la guiaba, le corregía, le mostraba, le concedía, le daba, obraba en ella y con ella… –Y señalo, al paso, que en sus escritos hablaba casi siempre de “Jesús” para referirse a Jesucristo, al Señor, a Dios, a la Santísima Trinidad–. Ella, pues, entendía toda su vida como un don gratuito del amor de Dios. Y porque estaba convencida de que todo es gracia, por eso esperaba llegar a ser una gran Santa, aun viéndose tan miserable y débil. Nada había en ella, así lo reconocía, que mereciera las excelsas gracias con las que Dios quiso privilegiarla desde niña. Jesús moraba en su corazón obrando el bien en ella unas veces Él solo, pero normalmente en ella y con ella. Sin Jesús, que le asistía instante por instante, ella no podía nada por sí misma. Pero con Él todo lo puede.

Al expresar Santa Teresita este camino de la infancia espiritual, confesó en una síntesis preciosa todas las grandes verdades de la Biblia y los Padres, de los Concilios y el Magisterio apostólico sobre el misterio sublime de la gracia divina. Por eso esta joven Doctora de la Iglesia puede ser hoy para los cristianos, como dice Pío XII, “un reencuentro con el Evangelio, con el corazón mismo del Evangelio” (radiom. 11-VII-1954).
 

DOCUMENTOS CONCERNIENTES A LA ALTA-VENDITA

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.

El Sr. Crétineau-Joly publicó, en su libro L'Eglise romaine et la Révolution (La Iglesia romana y la Revolución), algunos de los documentos que le había entregado Gregorio XVI para redactar la historia de las sociedades secretas

Hemos incluido fragmentos de ellos en este libro. Creemos que debemos reproducirlos aquí tal como aparecen en la obra de Crétineau-Joly.

I. - CARTA DEL CARDENAL CONSALVI

AL PRÍNCIPE DE METTERNICH,

fechada el 4 de enero de 1818.

La Santa Sede manifiesta en ello la previsión que tiene del peligro que el carbonarismo —a cuya cabeza pronto se situará la Alta Vendita— hace correr a la sociedad.

“Las cosas no marchan bien en ninguna parte y me parece, querido Príncipe, que nos creemos demasiado exentos de tomar las precauciones más elementales. Aquí, advierto a diario a los embajadores de Europa sobre los peligros futuros que las sociedades secretas preparan contra el orden apenas restablecido, y observo que solo se me responde con la más absoluta indiferencia. Se imagina que la Santa Sede se alarma con demasiada facilidad y causan extrañeza las advertencias que la prudencia nos dicta. Es un error manifiesto que mucho me alegraría no ver compartido por Vuestra Alteza. Posee usted demasiada experiencia para no querer poner en práctica el principio de que más vale prevenir que reprimir; pues bien, ha llegado el momento de prevenir y hay que aprovecharlo, a menos que se opte de antemano por una represión que no hará sino agravar el mal. Los elementos que componen las sociedades secretas —sobre todo aquellos que forman el núcleo del Carbonarismo— se encuentran aún dispersos, mal amalgamados o in ovo; pero vivimos en una época tan propicia a las conspiraciones y tan reacia al sentido del deber, que el incidente más trivial puede aglutinar fácilmente a estas facciones dispersas en una fuerza formidable. Vuestra Alteza me hace el honor de decirme, en su última carta, que me inquieto en exceso por ciertas sacudidas, naturales al fin y al cabo tras una tormenta tan violenta. Ojalá mis presentimientos quedaran reducidos a meras quimeras; sin embargo, no puedo albergar por mucho tiempo tan cruel esperanza.
 
Por todo lo que recojo de diversos lados, y por todo lo que vislumbro en el futuro, creo (y usted verá más adelante si me equivoco) que la Revolución ha cambiado de rumbo y de táctica. Ya no ataca con las armas en la mano a los tronos y a los altares; se contentará con minarlos mediante calumnias incesantes: sembrará el odio y la desconfianza entre los gobernantes y los gobernados; hará odiosos a los unos, mientras compadece a los otros. Luego, un día, las monarquías más seculares, abandonadas por sus defensores, se encontrarán a merced de unos pocos intrigantes de baja estofa a los que nadie se digna conceder una mirada de atención preventiva. Usted parece pensar que, en estos temores manifestados por mí (pero siempre por orden verbal del Santo Padre), hay un sistema preconcebido e ideas que solo pueden nacer en Roma. Juro a Vuestra Alteza que al escribirle y al dirigirme a las altas Potencias, me despojo completamente de todo interés personal, y que es desde un punto mucho más elevado desde donde considero la cuestión. No detenerse en ello ahora, porque todavía no ha pasado, por así decirlo, al dominio público, es condenarse a lamentaciones tardías.

El gobierno de Su Majestad Imperial, Real y Apostólica adopta —lo sé, y el Santísimo Padre se lo agradece desde lo más profundo de su alma— todas las medidas prudentes que la situación exige; pero desearíamos que no se durmiera, como el resto de Europa, ante la posibilidad de terribles acontecimientos. La inclinación a conspirar es innata en el corazón de los italianos; no hay que permitirles desarrollar esa mala tendencia, pues, de lo contrario, en pocos años los príncipes se verán obligados a actuar con rigor. La sangre o la cárcel levantarán un muro de separación entre ellos y sus súbditos. Así nos encaminaremos hacia un abismo que, con un poco de prudencia, sería muy fácil evitar. Gracias a los eminentes servicios que Vuestra Alteza prestó a Europa, se ha ganado un lugar privilegiado en el consejo de los Reyes. Usted, querido Príncipe, ha conquistado e inspirado confianza; acreciente aún más esa gloria tan universal impidiendo que los conspiradores novatos puedan causar daño a los demás o a sí mismos. Es en este arte de la previsión y el cálculo anticipado donde han brillado los grandes estadistas; usted sabrá no faltar a su vocación”.

El lenguaje de la Santa Sede no fue comprendido y sus advertencias fueron desdeñadas. Poco después, o al mismo tiempo, se constituía la Alta Vendita.

II. — INSTRUCCION  SECRETA PERMANENTE, 

dada a los miembros de la Alta Vendita

“Desde que nos hemos constituido como fuerza de acción y el orden comienza a reinar tanto en el fondo de la Vendita más apartada como en el seno de la más cercana al centro, existe una idea que ha preocupado profundamente a los hombres que aspiran a la regeneración universal: la idea de la emancipación de Italia, de la cual debe surgir, en un momento determinado, la emancipación del mundo entero, la República fraternal y la armonía de la humanidad. Esta idea aún no ha sido comprendida por nuestros hermanos de más allá de los Alpes. Ellos creen que la Italia revolucionaria solo puede conspirar en las sombras, asestar algunas puñaladas a esbirros o traidores y soportar pacíficamente el yugo de los acontecimientos que se desarrollan más allá de las montañas para Italia, pero sin Italia. Este error ya nos ha sido fatal en varias ocasiones. No hay que combatirlo con palabras —pues eso sería propagarlo—, sino aniquilarlo con hechos. Así, entre las preocupaciones que agitan a los espíritus más vigorosos de nuestra Vendita (1), hay una que jamás debemos olvidar.

El Papado ha ejercido siempre una influencia decisiva en los asuntos de Italia. A través de la acción, la palabra, la pluma y el corazón de sus innumerables obispos, sacerdotes, monjes, religiosas y fieles de todas las latitudes, el Papado encuentra muestras de entrega constantemente dispuestas al martirio y al entusiasmo. Dondequiera que le place invocarlos, tiene amigos que mueren y otros que se despojan de todo por ella. Es una palanca inmensa cuyo poder total solo unos pocos papas han sabido apreciar (y aun así, solo la utilizaron hasta cierto punto). Hoy no se trata de reconstruir para nosotros ese poder, cuyo prestigio se ha visto momentáneamente debilitado; nuestro objetivo final es el de Voltaire y el de la Revolución francesa: la aniquilación definitiva del catolicismo e incluso de la idea cristiana, la cual, al haber permanecido en pie sobre las ruinas de Roma, habría de constituir su perpetuación futura. Pero, para alcanzar con mayor certeza este objetivo y no provocarnos alegremente reveses que aplacen indefinidamente o comprometan por siglos el éxito de una buena causa, no debemos prestar oídos a esos franceses fanfarrones, a esos alemanes de ideas nebulosas ni a esos ingleses sombríos, que se imaginan todos ellos acabar con el catolicismo, ya sea con una canción impura, con una deducción ilógica o con un sarcasmo grosero introducido de contrabando, como el algodón de Gran Bretaña. El Catolicismo tiene más resistencia que todo eso. Ha visto adversarios más implacables y terribles, y a menudo se ha dado el maligno placer de rociar con agua bendita la tumba de los más furibundos. Dejemos, pues, que nuestros hermanos de esas tierras se entreguen a los excesos estériles de su celo anticatólico; permitámosles incluso burlarse de nuestras vírgenes y de nuestra devoción aparente. Con este salvoconducto, podremos conspirar a nuestras anchas y llegar poco a poco a la meta propuesta.

El Papado es, pues, parte integrante de la historia de Italia desde hace mil seiscientos años. Italia no puede respirar ni moverse sin el permiso del Pastor supremo. Con él, posee los cien brazos de Briareo; sin él, está condenada a una impotencia que inspira lástima. No le queda más que fomentar divisiones, ver surgir odios y escuchar cómo estallan hostilidades desde la primera cadena de los Alpes hasta el último eslabón de los Apeninos. No podemos desear tal estado de cosas; es preciso, por tanto, buscar un remedio a esta situación. El remedio está ya hallado. El Papa, sea quien sea, nunca acudirá a las sociedades secretas; corresponde a las sociedades secretas dar el primer paso hacia la Iglesia, con el fin de vencer a ambas.

El trabajo que vamos a emprender no es el trabajo de un día, ni de un mes, ni de un año; puede durar varios años, tal vez un siglo; pero en nuestras filas el soldado muere y la lucha continúa.

No pretendemos ganar a los Papas para nuestra causa, ni convertirlos en neófitos de nuestros principios o en propagadores de nuestras ideas. Sería un sueño ridículo; y, por más que den un giro los acontecimientos —incluso si cardenales o prelados, por ejemplo, hubieran llegado a conocer parte de nuestros secretos, ya fuera voluntariamente o por sorpresa—, ello no constituye en absoluto motivo alguno para desear su elevación a la Sede de Pedro. Tal ascenso sería nuestra perdición. La ambición por sí sola los habría llevado a la apostasía; las necesidades del poder los obligarían a sacrificarnos. Lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y aguardar —tal como los judíos aguardan al Mesías— es un papa que se ajuste a nuestras necesidades. Alejandro VI, con todos sus crímenes privados, no nos convendría, pues jamás erró en cuestiones religiosas. Un Clemente XIV, por el contrario, sería el hombre ideal para nosotros de pies a cabeza. Borgia era un libertino, un auténtico sensualista del siglo XVIII (aunque vivió en el siglo XV). Fue anatematizado —a pesar de sus vicios— por todos los vicios de la filosofía y la incredulidad, y debe tal anatema al vigor con que defendió a la Iglesia. Ganganelli se entregó de pies y manos a los ministros de los Borbones que le infundían temor y a los incrédulos que celebraban su tolerancia; y Ganganelli llegó a ser un grandísimo Papa. Es bajo condiciones similares como necesitaríamos uno, si es que aún resulta posible. Con ello avanzaremos con mayor seguridad hacia el asalto de la Iglesia que con los panfletos de nuestros hermanos de Francia o incluso con el oro de Inglaterra. ¿Queréis saber la razón? Porque así, para romper la roca sobre la que Dios edificó su Iglesia, ya no necesitamos el vinagre de Aníbal, ni la pólvora, ni siquiera nuestros propios brazos. Tenemos el dedo meñique del sucesor de Pedro comprometido en la conspiración, y ese dedo meñique vale, para esta cruzada, más que todos los Urbano II y todos los san Bernardo de la Cristiandad.

No dudamos de que alcanzaremos este objetivo supremo de nuestros esfuerzos; pero ¿cuándo?, ¿cómo? Lo desconocido aún no se ha revelado. No obstante, dado que nada debe apartarnos del plan trazado —y que, por el contrario, todo debe converger en él, como si el éxito fuera a coronar mañana mismo una obra apenas esbozada—, queremos ofrecer, en esta instrucción que permanecerá reservada a los iniciados, consejos que los responsables de la Vendita Suprema deberán inculcar a todos los hermanos, ya sea como enseñanza o como memorándum. Es fundamental —y ello por razones de discreción evidentes— no dejar entrever jamás que estos consejos son órdenes emanadas de la Vendita. El clero se ve demasiado directamente involucrado en este asunto como para que, en el momento actual, podamos permitirnos jugar con él tal como se hace con esos reyezuelos o pequeños príncipes a los que basta un soplo para hacer desaparecer.

Poco cabe hacer con los viejos cardenales o con los prelados de carácter firme. Hay que dejarlos que sigan siendo incorregibles en la escuela de Consalvi y extraer de nuestras reservas de popularidad o impopularidad las armas que vuelvan inútil o ridículo el poder que ostentan. Una palabra inventada con destreza y difundida con arte entre ciertas familias respetables —para que desde allí pase a los salones y de los salones a la calle— puede, a veces, acabar con un hombre. Si un prelado llega de Roma para ejercer alguna función pública en el fondo de las provincias, conoced al instante su carácter, sus antecedentes, sus cualidades y, sobre todo, sus defectos. ¿Es acaso un enemigo declarado de antemano? ¿Un Albani, un Pallotta, un Bernetti, un della Genga, un Rivarola? Envolvedlo en cuantas trampas podáis tender bajo sus pasos; creadle una de esas reputaciones que horrorizan a los niños pequeños y a las ancianas; pintadlo como un ser cruel y sanguinario; relatad ciertos rasgos de crueldad que puedan grabarse en la memoria del pueblo. Cuando los periódicos extranjeros recojan por mediación nuestra estos relatos, los cuales embellecerán a su vez (inevitablemente por respeto a la verdad), mostrad, o más bien haced mostrar por algún respetable imbécil, aquellas hojas donde se relatan los nombres y los excesos amañados de dichos personajes. Al igual que Francia e Inglaterra, Italia jamás carecerá de esas plumas que saben tallarse a sí mismas en mentiras útiles para la buena causa. Con un periódico, del cual no comprende la lengua, pero donde verá el nombre de su delegado o de su juez, el pueblo no tiene necesidad de otras pruebas. Se encuentra en la infancia del Liberalismo; cree en los Liberales como más tarde creerá en no sabemos muy bien qué.

Aplastad al enemigo sea quien fuere; aplastad al poderoso a fuerza de murmuraciones o de calumnias, pero, sobre todo, aplastadlo en el huevo. Es a la juventud a quien debemos dirigirnos; es a ella a quien es preciso seducir, a ella a quien debemos arrastrar, sin que lo sospeche, bajo la bandera de las Sociedades secretas. Para avanzar a pasos contados pero seguros en esta vía peligrosa, dos cosas son menester de toda necesidad: debéis aparentar ser simples como palomas, pero seréis prudentes como la serpiente. Vuestros padres, vuestros hijos, vuestras mismas esposas deben ignorar siempre el secreto que lleváis en vuestro seno; y si os pluguiese, para mejor engañar al ojo inquisitorial, acudir a menudo a confesión, estáis, como de derecho, autorizados a guardar el más absoluto silencio sobre estas materias. Sabéis bien que la menor relación, que el más pequeño indicio escapado en el tribunal de la penitencia o en cualquier otra parte, puede acarrear grandes calamidades, y que es su propia sentencia de muerte la que firma así el revelador, ya sea voluntario o involuntario.

Así, pues, para asegurarnos un Papa de las condiciones exigidas, se trata ante todo de modelar para ese Papa una generación digna del reinado que soñamos. Dejad a un lado la vejez y la edad madura; id a la juventud y, si es posible, hasta la infancia. Jamás tengáis para con ella una palabra de impiedad o de impureza: Maxima debetur puero reverentia. Nunca olvidéis estas palabras del poeta, pues os servirán de salvaguardia contra libertades de las cuales importa esencialmente abstenerse en interés de la causa. Para hacerla fructificar en el umbral de cada familia, para otorgaros derecho de asilo en el hogar doméstico, debéis presentaros con todas las apariencias del hombre grave y moral. Una vez establecida vuestra reputación en los colegios, en los gimnasios, en las universidades y en los seminarios, una vez que hayáis captado la confianza de profesores y estudiantes, haced que aquellos que principalmente se alistan en la milicia clerical gusten de buscar vuestros coloquios. Nutrid sus espíritus con la antigua esplendidez de la Roma papal. Siempre hay en el fondo del corazón del italiano un lamento por la Roma republicana. Confundid hábilmente estos dos recuerdos el uno en el otro. Excitad, enfervorizad estas naturalezas tan llenas de incandescencia y de patriótico orgullo. Ofrecedles primero, mas siempre en secreto, libros inofensivos, poesías resplandecientes de énfasis nacional, y luego, poco a poco, conduciréis a vuestros discípulos al grado de maduración deseado. Cuando en todos los puntos a la vez del Estado eclesiástico este trabajo de todos los días haya esparcido nuestras ideas como la luz, entonces podréis apreciar la sabiduría del consejo de cuya iniciativa nos hacemos cargo.

Los acontecimientos que, a nuestro entender, se precipitan con demasiada rapidez (2), habrán de provocar necesariamente, de aquí a unos meses, una intervención armada de Austria. Hay locos que, con ligereza de corazón, se complacen en arrojar a los demás al medio de los peligros; y, sin embargo, son esos locos los que, en una hora dada, arrastran incluso a los sabios. La revolución que se hace meditar a Italia no conducirá sino a desgracias y a proscripciones. Nada está maduro, ni los hombres ni las cosas, y nada lo estará aún por mucho tiempo; mas de estas desgracias podréis fácilmente extraer una nueva cuerda que hacer vibrar en el corazón del joven clero. Esta será el odio al extranjero. Haced que el alemán (il Tedesco) sea ridículo y odioso aun antes de su prevista entrada. A la idea de la supremacía pontificia, mezclad siempre el viejo recuerdo de las guerras del Sacerdocio y del Imperio. Resucitad las pasiones mal apagadas de los Güelfos y los Gibelinos, y así os labraréis, a poca costa, una reputación de buen católico y de patriota puro.

Esta reputación dará acceso a nuestras doctrinas en el seno del joven clero como en el fondo de los conventos. En pocos años, este joven clero habrá, por la fuerza de las cosas, invadido todas las funciones; gobernará, administrará, juzgará, formará el consejo del soberano y será llamado a elegir al Pontífice que habrá de reinar; y este Pontífice, como la mayor parte de sus contemporáneos, estará necesariamente más o menos imbuido de los principios italianos y humanitarios que vamos a comenzar a poner en circulación. Es este un pequeño grano de mostaza que confiamos a la tierra; y que el sol de la justicia lo desarrollará hasta su más alta potencia, y veréis un día qué rica cosecha producirá ese pequeño grano.

En la vía que trazamos a nuestros hermanos, se hallan grandes obstáculos que vencer y dificultades de más de una especie que superar. Se triunfará de ellos por la experiencia y por la perspicacia; mas el fin es tan hermoso, que importa desplegar todas las velas al viento para alcanzarlo. ¿Queréis revolucionar a Italia? Buscad al Papa cuyo retrato acabamos de diseñar. ¿Queréis establecer el reino de los elegidos sobre el trono de la prostituta de Babilonia? Que el Clero marche bajo vuestro estandarte creyendo siempre marchar bajo la bandera de las Llaves apostólicas. ¿Queréis hacer desaparecer el último vestigio de los tiranos y de los opresores? Tended vuestras redes como Simón Barjona; tendedlas en el fondo de las sacristías, de los seminarios y de los conventos antes que en el fondo del mar: y si nada precipitáis, os prometemos una pesca más milagrosa que la suya. El pescador de peces se convirtió en pescador de hombres; vosotros atraeréis amigos nuestros alrededor de la Cátedra apostólica. Habréis predicado una revolución con tiara y capa pluvial, marchando con la cruz y el estandarte; una revolución que solo necesitará un ligero estímulo para incendiar los cuatro rincones del mundo.

Que cada acto de vuestra vida tienda, pues, al descubrimiento de esta piedra filosofal. Los alquimistas de la Edad Media perdieron su tiempo y el oro de sus incautos en la búsqueda de ese sueño. El de las Sociedades secretas se cumplirá por la más simple de las razones: y es que está fundado sobre las pasiones del hombre. No nos desanimemos, por lo tanto, ni por un fracaso, ni por un revés, ni por una derrota; preparemos nuestras armas en el silencio de la Vendita; dispongamos todas nuestras baterías, fijemos todas las pasiones, las más deplorables como las más generosas, y todo nos mueve a creer que este plan triunfará un día, aun más allá de nuestros cálculos más improbables.

Continúa...

Notas:

1) Las Venditas del Carbonarismo, en cuya cúspide se situaba la Alta Vendita.

2) Este escrito está fechado en 1819.

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11 DE SEPTIEMBRE: SAN PAFNUCIO, OBISPO Y CONFESOR


11 de Septiembre: San Pafnucio, obispo y confesor

(✞ hacia el año 356)

El ilustre confesor de Cristo y venerable Obispo de la Tebaida superior, San Pafnucio, fue natural de Egipto e hijo de padres cristianos y muy virtuosos.

Oyendo desde niño la admirable vida que llevaban los santos anacoretas en los desiertos de la Tebaida, se sintió tocado por el Señor para imitar sus ejemplos; y llegado a la mocedad, dio libelo de repudio a todas las cosas del mundo, para servir solo a Dios en la soledad, debajo de la disciplina y magisterio del gran San Antonio Abad.

Teniendo delante de los ojos aquel perfectísimo ejemplar de todas las virtudes, hizo tan grandes progresos en el camino de la perfección, que extendiéndose la fama de su gran santidad y de sus divinas letras, le obligaron a recibir las Ordenes Sagradas, y poco después de haber sido ordenado como sacerdote, fue elegido por común consentimiento para la Silla Episcopal de la Tebaida.

Gobernaba santísimamente su Iglesia como verdadero Pastor del rebaño de Jesucristo, cuando los tiranos Galerio Maximiano, Marco Aurelio Maximiano y Galerio Valerio Maximino (nacido como Daia) comenzaron las más grandes y sangrientas persecuciones que afligieron aquella santa cristiandad. Entonces fue preso y cargado de cadenas. 

El venerable Obispo Pafnucio fue el primero de los santos confesores a quien cortaron los nervios de la parte trasera de su rodilla izquierda, y le sacaron el ojo derecho y lo condenaron después a trabajar en las minas.

Pero habiendo sucedido a la persecución de los tiranos, la paz que dio a la Iglesia el emperador Constantino, el santo volvió a su Silla de nuevo con celo y con gran júbilo de todos los fieles de su diócesis; los cuales le recibieron como a su amado Obispo y como a valeroso confesor de la fe.

Por este título le hicieron también mucha honra los Padres del Concilio de Nicea, en el cual se halló y señaladamente, el emperador Constantino el Grande, que se holgaba conversando con él largas horas, jamás se despedía del siervo de Dios sin besarle con reverencia el hueco del cual le habían arrancado el ojo.

Gozó el santo del tan gran autoridad en aquel Concilio, que viendo desasosegados los ánimos en cierta controversia de nuevas doctrinas en las cosas de la fe, se levantó y dijo en voz alta:

- Nada se mude. Estad firmes en las Sagradas Tradiciones.

Y todos se aquietaron y le obedecieron. Fue San Pafnucio familiar amigo de San Atanasio y estuvo con él en el Concilio de Tiro, donde al ver seducido por los arrianos al Obispo Máximo, llegó hasta él y tomándolo de la mano, lo sacó de entre ellos diciéndole;

- No puede sufrir entre herejes un Obispo que ha padecido por la fe.

Y oídas las razones de Pafnucio, el obispo Máximo volvió a confesar la Fe Católica.

Finalmente, después de haber gobernado muchos años santamente su Iglesia entregó su espíritu en manos del Creador.

Reflexión:

Por ventura te parecerá cosa extraña que un Obispo como Máximo que había sido confesor de la fe y había padecido por ella como nuestro San Pafnucio, cayese en los errores de los herejes arrianos; pero has de recordar que la Fe es siempre libre en sus actos, y que es sobremanera pestilencial la herejía y maligno su veneno. Para librarnos pues del contagio de toda herejía e impiedad, es menester creer con fortaleza las verdades que nos enseña la Santa Iglesia depositaria legítima de la doctrina de Dios, y estimarlas sobre toda doctrina humana y preferirlas a nuestras propias ideas y discursos; porque es insensata soberbia querer poner la verdad de Dios en tela de juicio y gran presunción el pretender tragar a la ponzoña de los herejes e impíos sin envenenarse.

Oración:

Concédenos, oh Dios Todopoderoso, que la venerable solemnidad del bienaventurado Pafnucio, tu confesor y pontífice, acreciente en nosotros la gracia de la devoción y de la sabiduría eterna. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

jueves, 10 de septiembre de 2026

PECADOS DE OMISIÓN

Las faltas a menudo pasadas por alto que conducen a las almas al purgatorio.

Por Edwin Benson


Al confesarnos, la tendencia es hacer una lista mental de los pecados cometidos y pedirle al sacerdote la absolución. Desafortunadamente, pocos tienen en cuenta los pecados de omisión: aquellas acciones que debieron haberse realizado, pero que no se hicieron, nunca se completaron o fueron justificadas con algún tipo de excusa.

A diferencia de los pecados de comisión —actos malvados cometidos deliberadamente—, que requieren esfuerzo, los pecados de omisión son sorprendentemente fáciles de cometer. 

Regresar diez minutos tarde de un descanso programado en el trabajo, “olvidar” convenientemente un día de precepto, etc., no requiere esfuerzo ni reflexión. Las excusas surgen de inmediato: “todo el mundo lo hace”, “tuve un mal día”, “me merezco un descanso” o “estábamos de vacaciones”, entre muchas otras. Es tan fácil idear tales autojustificaciones que muchas personas las descartan rápidamente de su conciencia.

Sin embargo, los pecados de omisión son tan reales como los pecados de comisión, y estos pecados aumentan significativamente el tiempo que las almas pasan en el Purgatorio.

Aparece un alma del purgatorio

En su libro Purgatory, el padre F.X. Schouppe ofrece numerosos ejemplos de personas virtuosas que se encuentran en ese estado debido a actos que debieron haber realizado, pero no los hicieron. En el capítulo dieciocho, el padre Schouppe menciona al Hermano Juan de Vía, “un religioso santo”, miembro de la Orden de los Frailes Menores, comúnmente conocidos como los franciscanos.

El Hermano Juan trabajaba en una casa franciscana en las Islas Canarias cuando enfermó y tuvo que ser ingresado en la enfermería, donde falleció.

Tras la muerte del Hermano Juan, el enfermero, el Hermano Ascensión, rezaba por el alma del difunto. De repente, una hermosa luz inundó la celda del hermano Ascensión. En la luz, el buen Hermano vio una figura humana, pero no pudo reconocerla. Asombrado, recobró la compostura y le preguntó a la figura quién era y por qué había aparecido en su celda.

Una solicitud

“Soy —respondió la aparición— el espíritu del Hermano Juan de Vía. Te agradezco las oraciones que has elevado al Cielo por mí, y vengo a pedirte un último acto de caridad. Sabe que, gracias a la Divina Misericordia, estoy en el lugar de la salvación, entre los predestinados al Cielo; la luz que me rodea es prueba de ello. Sin embargo, no soy digno de ver el rostro de Dios a causa de una omisión que aún debo expiar. Durante mi vida mortal, por mi propia culpa, omití varias veces rezar el Oficio de Difuntos, cuando así lo prescribía la Regla. Te ruego, querido Hermano, por el amor que le tienes a Jesucristo, que reces esos oficios de tal manera que mi deuda quede saldada y pueda ir a disfrutar de la visión de mi Dios” (1).

Asombrado, el Hermano Ascensión corrió a ver a su Superior. Le describió la visita. Rápidamente, los Hermanos recitaron los oficios que Juan de Vía había omitido.

Los restos del Convento Franciscano de Betancuria, fundado en 1416, donde ocurrieron los hechos.

Los pecados más fáciles

Cuando los demás monjes recitaron los oficios religiosos, el Hermano Juan se apareció de nuevo al Hermano Ascensión. Esta vez, la luz que lo rodeaba era más brillante que en su visita anterior, una señal impactante de que el Hermano Juan gozaba entonces de la felicidad eterna.

¡Qué fácil debió ser para el Hermano Juan de Vía cometer los pecados que lo mantuvieron fuera del Cielo! Quizás tenía prisa porque necesitaba terminar alguna tarea importante. Tal vez había trabajado mucho ese día y omitió el Oficio de Difuntos por el cansancio comprensible. Tal vez se aburrió de rezar las mismas oraciones repetidamente y, descuidadamente, omitió esos pasajes en su libro de oraciones sin darse cuenta de que había hecho algo malo. Es muy posible que se hubiera olvidado por completo de estas omisiones hasta que llegó y encontró las puertas del Cielo temporalmente cerradas para él.

Dado que el padre Schouppe se refería a Juan de Vía como “un religioso santo”, es probable que tales omisiones fueran muy raras. Aparte de eso, los lectores no tienen más información sobre el estado mental del Hermano Juan ni sobre su comportamiento general. Sin embargo, muchos en el mundo moderno tenderían a considerar tales pecados menores de omisión como algo sumamente insignificante, ciertamente no como algo que impediría a alguien entrar al Cielo.

Orando por el perdón de pecados olvidados hace mucho tiempo

Dios permitió que el Hermano Juan se apareciera al Hermano Ascensión porque sus pecados eran insignificantes en comparación con la vida rigurosa y obediente que llevaba. De hecho, la ocasión es notable en parte por su rareza. Sería una insensatez que las personas, por mucha piedad que tengan, supusieran que Nuestro Señor les brindará la misma oportunidad.

Por lo tanto, es conveniente pedirle a Dios que nos recuerde los pecados de omisión como parte de la preparación para el Sacramento de la Confesión. Otra opción sería incluir el Confiteor en la oración diaria mientras se reflexiona sobre los pecados de omisión.

Confieso ante Dios Todopoderoso, ante la Santísima Virgen María, ante el Santísimo Miguel Arcángel, ante el Santísimo Juan el Bautista, ante los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, ante todos los ángeles y santos, y ante vosotros, hermanos, que he pecado gravemente de pensamiento, palabra y obra: por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa. Por tanto, ruego a la Santísima Virgen María, al Santísimo Miguel Arcángel, al Santísimo Juan el Bautista, a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor.

 

Continúa...

Nota:

1) Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 del libro Purgatory del padre FX Schouppe, publicado en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible en Internet Archive.

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (10)

Continuamos con la publicación del capítulo 10 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Décima Hora: De las 2 a las 3 de la mañana

Jesús es presentado a Anás

¡Oh Jesús, quédate siempre conmigo! Madre dulcísima, sigamos juntos a Jesús.

Jesús mío, centinela divino, tú que en mi corazón velas y que no quieres seguir estando solo sin mí, me despiertas y haces que me encuentre junto contigo en la casa de Anás.

Es precisamente ese momento en el que Anás te interroga acerca de tu doctrina y de tus discípulos, y tú, ¡oh Jesús!, para defender la gloria del Padre, abres tu sacratísima boca y con voz sonora y llena de dignidad, respondes:

“Yo he hablado en público y todos los que están aquí me han escuchado”.

Al oír estas palabras tuyas llenas de dignidad, todos tiemblan; pero es tanta la perfidia, que un siervo, queriendo honrar a Anás, se acerca a ti y con mano de hierro te da una bofetada tan fuerte, que hace que te tambalees, mientras que tu rostro santísimo se pone pálido.

Ahora comprendo por qué me has despertado, dulce Vida mía. Tenías razón: ¿Quién iba a sostenerte en este momento en que estás por caer?

Tus enemigos se ríen a carcajadas satánicamente, silban y aplauden un acto tan injusto, mientras que tú, tambaleándote, no tienes a nadie en quien apoyarte.

Jesús mío, te abrazo; más aún, quiero hacer un muro con mi ser, te ofrezco mi mejilla generosamente, dispuesto a soportar cualquier pena por amor a ti. Te compadezco por este ultraje y unido a ti te reparo por la timidez de tantas almas que se desaniman fácilmente; por quienes a causa del miedo no dicen la verdad; por las faltas hacia el respeto que se le debe a los sacerdotes; y por todas las faltas que se hacen con las murmuraciones.

Pero veo afligido Jesús mío que Anás te envía a Caifás. Tus enemigos te empujan por las escaleras para que te caigas, y tú, Amor mío, en esta dolorosa caída reparas por todos aquellos que de noche caen en la culpa aprovechando la obscuridad, y también llamas a los herejes y a los infieles a la luz de la fe. Yo también quiero seguirte en tus reparaciones y mientras llegas a donde está Caifás te mando mis suspiros para defenderte de tus enemigos. Y tú, sigue haciéndome de centinela mientras duerma y despiértame cuando tengas necesidad de mí. Por eso, dame un beso y bendíceme. Adiós, beso tu Corazón y en él continúo mi sueño.

Reflexiones y prácticas

Cuando Jesús estuvo ante Anás, éste le preguntó acerca de su doctrina y de sus discípulos; Jesús, para glorificar a su Padre, responde lo referente a su doctrina, pero no dice nada de sus discípulos para no faltar a la caridad.

Y nosotros, cuando se trata de glorificar a Dios, ¿lo hacemos con intrepidez y valor o más bien nos dejamos vencer por el respeto humano? Debemos decir siempre la verdad aunque sea delante de personas importantes. Cuando hablamos, ¿buscamos siempre hacerlo para gloria de Dios? ¿Soportamos todo con paciencia, así como Jesús, para exaltar la gloria de Dios? ¿Evitamos siempre el hablar mal del prójimo y lo disculpamos si escuchamos que alguien lo hace?

Jesús vigila nuestro corazón y nosotros, ¿vigilamos siempre su Corazón para que no haya ofensa que reciba que no sea reparada por nosotros? ¿Estamos siempre vigilando sobre nosotros mismos, para que cada pensamiento, mirada, palabra y afecto, cada latido de nuestro corazón y cada uno de nuestros deseos sean todos y cada uno, centinelas que se encuentren alrededor de Jesús para que vigilen su Corazón y le ofrezcan una reparación por cada ofensa? Y para lograr esto, ¿le pedimos a Jesús que vigile cada uno de nuestros actos y que nos ayude él mismo a vigilar nuestro corazón?

Cuando Jesús nos llama, ¿nos encontramos listos para responder a su llamada? La llamada de Dios puede hacerse sentir de diferentes maneras: con inspiraciones, con la lectura de buenos libros, con el ejemplo; puede también hacerse sentir sensiblemente con los atractivos de la gracia e incluso bajo cualquier circunstancia.

“Dulce Jesús mío, que tu voz haga eco siempre en mi corazón y que todo lo que me rodea por dentro y por fuera sea tu voz que continuamente me llame a amarte siempre, y que la armonía de tu divina voz me impida escuchar cualquier otra voz humana que me disipe”.

Continúa...

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (128)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


128. Los discursos en Aguas Claras: No desearás la mujer del prójimo (155).
El joven lujurioso.
12 de marzo de 1945.

1 Jesús se abre paso entre un verdadero pueblo pequeño que le llama desde todas partes. Uno le enseña sus heridas, otro le enumera sus desventuras, un tercero se limita a decir: “Ten piedad de mí”. Hay también quien le presenta a su propio hijito para que le bendiga. El día, sereno y sin viento, ha llevado allí a muchísima gente.
Jesús ha llegado casi a su puesto, cuando, del sendero que lleva al río, sube un lamento conmovedor: “¡Hijo de David, ten piedad de este pobre infeliz tuyo!”.
Jesús se vuelve en esa dirección, como también la gente y los discípulos; pero unos tupidos matorrales de bojes esconde a la persona que ha proferido esta súplica.
“¿Quién eres? Ven”.
“No puedo. Estoy contaminado. Debo ir donde el sacerdote para que me cancelen del mundo. He pecado y me ha brotado la lepra en el cuerpo. ¡Espero en ti!”.
“¡Un leproso! ¡Un leproso! ¡Maldito! ¡Lapidémosle!” la muchedumbre se solivianta.
Jesús hace un gesto que impone silencio e inmovilidad. 
“No está más contaminado que quien está en pecado. A los ojos de Dios, es todavía más inmundo el pecador impenitente que el leproso arrepentido. Quien sea capaz de creer, que venga conmigo”.
Algunos curiosos, además de los discípulos, siguen a Jesús. Los demás, aun deseando ir, se quedan donde están.
Jesús va hasta más allá de la casa y del sendero, hacia los matorrales de bojes, pero luego se detiene y le ordena al leproso que se deje ver.
Sale un muchacho todavía casi adolescente. Bigote y barba tenues cubren apenas su rostro: es un rostro aún fresco y lleno. Tiene los ojos enrojecidos por el llanto.
Un gran grito de entre un grupo de mujeres enteramente tapadas –ya lloraban en el patio de la casa al pasar Jesús, y su llanto había aumentado por las amenazas de la muchedumbre– le saluda: “¡Hijo mío!”... Y la mujer cae sin fuerzas en los brazos de otra, que no sé si es pariente o amiga.
Jesús, solo, sigue avanzando hacia el desdichado: “Eres muy joven. ¿Cómo es que estás leproso?”.
El joven baja los ojos, se enciende de rubor su rostro, balbucea... y no se atreve a más. Jesús repite la pregunta. El muchacho dice algo en forma más nítida, pero sólo se cogen las palabras: 
“...mi padre... fui... y pecamos... no sólo yo...”.
“Allí está tu madre, esperando y llorando. En el Cielo está Dios, que sabe lo sucedido, aquí estoy Yo, que también lo sé, pero necesito tu humillación para tener piedad. Habla”.
“Habla, hijo. Ten piedad de las entrañas que te llevaron” gime la madre, que se ha hecho gran violencia para llegar hasta donde Jesús, y que ahora, de rodillas, teniendo en una mano inconscientemente el limbo del indumento de Jesús, tiende la otra hacia su hijo mostrando su pobre rostro abrasado en lágrimas.
Jesús le pone la mano sobre la cabeza. “Habla” vuelve a decir.
“Soy el primogénito y ayudo a mi padre en los negocios. El me ha mandado a Jericó muchas veces para hablar con sus clientes, y.. y uno... uno tenía una mujer joven y hermosa... Me... me gustó. Fui más allá de donde debía... Le gusté... Nos deseamos y... pecamos en ausencia del marido... No sé cómo sucedió, porque ella estaba sana. Sí. No sólo yo estaba sano y la quise... ella también estaba sana y me quiso. No sé si... si además de a mí amó antes a otros y se había contagiado... Sí sé que ella se marchitó en poco tiempo y que ahora está en los sepulcros muriendo en vida... Y yo... y yo... ¡Mamá!, tú lo has visto, es poca cosa, pero dicen que es lepra... y... moriré de lepra. ¿Cuándo?... Se acabó la vida, la casa... y tú, mamá... ¡Oh, mamá, te veo y no te puedo besar!... Hoy vienen a descoserme los vestidos y a arrojarme de casa... del pueblo... Es peor que si hubiera muerto; ni siquiera tendré el llanto de mi madre sobre mi cadáver...”.
El joven llora. La madre está tan estremecida por los sollozos que parece un árbol zarandeado por el viento. La gente hace comentarios dictados por sentimientos opuestos.

2 Jesús está apenado. Habla: “Y mientras pecabas ¿no pensabas en tu madre? ¿Estabas tan enajenado que no te acordabas de que tenías una madre en la Tierra y un Dios en el Cielo? Si no te hubiera aparecido la lepra, ¿te habrías acordado alguna vez de que habías ofendido a Dios y al prójimo? ¿Qué has hecho de tu alma? ¿Qué has hecho de tu juventud?”.
“Fui tentado…”.
“¿Eres acaso un niño, para no saber que era un fruto maldito? Merecerías morir sin piedad”.
“¡Oh! ¡Piedad! Sólo Tú puedes...”.
“No Yo, Dios (156), y si aquí juras no pecar más”.
“Lo juro. Lo juro. ¡Sálvame, Señor! Dispongo sólo de pocas horas antes de la condena. ¡Mamá!... ¡Mamá, ayúdame con tu llanto!... ¡Oh..., madre mía!”.
La mujer ya no tiene ni siquiera voz. Lo único que hace es agarrarse a las piernas de Jesús y levantar su cara con los ojos dilatados por el dolor: una cara de tragedia como de quien se está ahogando y sabe que ése es el último apoyo que le sujeta y que puede salvarlo.
Jesús la mira. Le sonríe compasivo: “Levántate, madre. Tu hijo está curado; pero por ti, no por él”.
La mujer todavía no cree; le parece que, así, a distancia, no puede haber quedado curado, y hace signos de disentimiento entre continuos sollozos.
“Hombre, quítate la túnica del pecho, donde tenías la mancha; para consolar a tu madre”.
El joven se baja el vestido, apareciendo desnudo ante los ojos de todos. No tiene sino una piel uniforme y lisa de joven bien robusto.
“Mira, madre” dice Jesús, y se inclina para levantar a la mujer. Este movimiento sirve también para contenerla cuando su amor de madre y el hecho de ver el milagro la hubiera lanzado contra su hijo sin esperar a su purificación. Sintiéndose impedida para ir a donde la impulsa su amor materno, se abandona en el pecho de Jesús, a quien besa en un verdadero delirio de alegría. Llora, ríe, besa, bendice... y Jesús la acaricia con piedad. Luego le dice al muchacho: “Ve al sacerdote, y acuérdate de que Dios te ha curado por tu madre y para que seas justo en el futuro. Ve”.
El muchacho bendice al Salvador y se marcha. A distancia, le siguen su madre y las otras mujeres que estaban con ella. La muchedumbre grita jubilosa.

3 Jesús vuelve a su puesto.
“Este joven también había olvidado que hay un Dios que ordena honestidad de costumbres; había olvidado que está prohibido hacerse dioses al margen de Dios; había olvidado que debía santificar su sábado, como he enseñado; había olvidado que existe el respeto amoroso a la madre; había olvidado que no se debe fornicar, ni robar, ni ser falso, ni desear la mujer del prójimo, ni matarse uno a sí mismo o la propia alma, ni cometer adulterio: había olvidado todo; ya veis cuál había sido su castigo."No desearás la mujer del prójimo" se une a "no cometerás adulterio", porque el deseo precede siempre a la acción. El hombre es demasiado débil como para poder desear sin llegar después a consumar el deseo. Y lo que es verdaderamente triste es que el hombre no sepa hacer lo mismo respecto a los deseos justos. En el mal se desea y luego se cumple; en el bien, se desea, para luego detenerse, aunque no se retroceda. Lo que le he dicho a él os lo digo a todos vosotros, porque el pecado de deseo está tan difundido como las malas hierbas, que por sí solas se propagan: ¿Sois unos niños como para no saber que esa tentación es venenosa y que hay que huir de ella? "Fui tentado". ¡Frase remota (157)! Mas, he aquí que tenemos también un remoto ejemplo, y, por lo tanto, debería el hombre acordarse de sus consecuencias, y debería saber decir: "No". En nuestra historia no faltan ejemplos de castos, que permanecieron tales a pesar de todas las seducciones del sexo y a pesar de las amenazas de los violentos.
¿Es un mal la tentación? No lo es; es la obra del Maligno, pero se transforma en gloria para quien la vence.
El marido que va a otros amores es un asesino de su esposa, de sus hijos, de sí mismo. Quien entra en morada ajena para cometer adulterio es un ladrón, y de los más viles: como el cuco, goza del nido ajeno sin aportar nada. Quien substrae la buena fe al amigo es un falsario, porque finge una amistad que en realidad no tiene: quien así actúa se deshonra a sí mismo y deshonra a sus padres. ¿Puede, entonces, tener a Dios consigo?

4 He hecho el milagro por esa pobre madre. Pero me da tanto asco la lujuria (158), que me siento nauseado. Vosotros habéis gritado por miedo y repulsa de la lepra; Yo, con mi alma, he gritado a causa de la repugnancia por la lujuria. Todas las miserias me circundan y por todas ellas Yo soy el Salvador, pero prefiero tocar a un muerto, a un justo que esté ya descompuesto en la carne suya que fue honesta, mas en paz ya su espíritu, antes que acercarme a uno que tenga tufo de lujuria. Soy el Salvador, pero también soy el Inocente. Tengan presente esto todos los que vienen aquí o hablan de mí, proyectando en mi personalidad la levadura de la suya.
Comprendo que vosotros querríais de mí algo distinto, pero no puedo. La ruina de una juventud apenas formada y demolida por la libídine me ha turbado más que si hubiera tocado la Muerte. Vamos con los enfermos; no pudiendo, por la nausea que me ahoga, ser la Palabra, seré la Salud de quien espera en mí. La paz esté con vosotros”.
Efectivamente Jesús está muy pálido y su rostro denota dolor. No le vuelve la sonrisa sino cuando se agacha hacia unos niños enfermos u otras personas enfermas en sus camillas. Entonces vuelve a ser El, especialmente cuando metiendo su dedo en la boca de un mudito de unos diez años le hace decir “Jesús”, y luego “mamá”.
La gente se marcha muy lentamente.

5 Jesús se queda paseando bajo el sol que inunda la era, hasta que viene el Iscariote: “Maestro, yo no estoy tranquilo...”
“¿Por qué, Judas?”.
“Por los de Jerusalén... Yo los conozco. Déjame ir allí unos días. No me refiero a que me mandes solo; es más, te ruego que no sea así. Mándame con Simón y Juan, que fueron muy buenos conmigo durante el primer viaje a Judea. Uno me frena, el otro me purifica hasta en el pensamiento. ¡No te puedes imaginar lo que significa Juan para mí!: es rocío que calma mis ardores, aceite sobre mis aguas agitadas... Créelo”.
“Lo sé. Por eso, no te debes asombrar de que Yo le quiera tanto. Es mi paz. Pero tú también, si eres siempre bueno, serás mi consuelo. Si usas los dones de Dios –y tienes muchos– para el bien, como estás haciendo desde hace algunos días, llegarás a ser un verdadero apóstol”.
“¿Y me amarás como a Juan?”.
“Yo te amo igualmente, Judas; sólo que entonces lo haré sin esfuerzo y dolor”.
“¡Qué bueno eres, Maestro mío!”.
“Ve a Jerusalén, aunque no va a servir para nada. No quiero contrariar tu deseo de ayudarme. Ahora se lo digo inmediatamente a Simón y a Juan. Vamos. ¿Has visto cómo sufre tu Jesús por ciertas culpas? Son como uno que ha levantado un peso demasiado fuerte. No me des nunca este dolor. Nunca más...”.
“No, Maestro, No. Te quiero. Tú lo sabes... pero soy débil...”.
“El amor fortalece”.
Entran en casa y todo termina.

6 Y es buena cosa porque estoy muy mal: moralmente (usted sabe la causa de ello); y físicamente, porque –bien porque es tiempo de Pasión, bien porque he escrito demasiado, no sé exactamente por qué– llevo una temporada tremenda de fiebres y dolores en los pulmones, en la espina dorsal y en el abdomen. Creo que Compito (159) sigue actuando en mí. Estoy pagando toda la humedad y la falta de sol de aquel querido pueblo.

Continúa...

Notas:

155) Cfr. Ex. 20, 17; Dt. 5, 18.

156) Expresión que debe entenderse a la luz de Mt. 19, 16–17; Mc. 10, 17–18; Lc. 18, 18–19.

157) Cfr. Gén. 3, 9–13.

158) De esto se deduce que la infinita pureza del Verbo, sólo por misericordia y redención se acercaba a los pecadores lujuriosos.

159) Se refiere a San Andrés de Compito, la localidad en que la escritora había transcurrido ocho meses, desde el 24 de abril hasta el 23 de diciembre de 1944, a causa del desalojamiento impuesto a los habitantes de Viareggio durante la Segunda Guerra Mundial.
 
 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)