jueves, 16 de abril de 2026

EL INDIGENISMO TEOLÓGICO DESVIADO (2)

No podemos menos que recordar aquí las descripciones alucinantes que de esos ritos sangrientos hicieron los primeros misioneros de México.

Por el padre José María Iraburu


Continúo transcribiendo algunos textos del libro “El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego”, escrito por tres “eminentes historiadores”, ya citados. Y sigo señalando en cursiva los errores más graves.

La heroica y excelsa religiosidad azteca fue reconocida y premiada por el Evangelio

Cuando Juan Diego recibe la maravillosa aparición de la Virgen de Guadalupe:

“en ese instante captó que no existía oposición ninguna entre su religión y cultura ancestrales y su fe cristiana, antes culminación entre su antigua fe, la de “los antiguos, nuestros antepasados, nuestros abuelos” y lo que como cristiano está recibiendo en ese momento… Aquí Juan Diego capta en seguida lo que luego le dirá la Virgen Santísima: que no hay contradicción, antes culminación, entre su antigua fe y el cristianismo (pág. 176, nota).

De este modo prodigioso, el acontecimiento guadalupano, con la Virgen mestiza, aparecida en la morada de la antigua diosa Coatlícue Tonatzin, en la misma cuna de Huitzilopochtli, venía a significar para los indios “una plena aceptación de su heroico pasado y aliento y esperanza de un condigno futuro” (pág. 192). Podían, pues, seguir con la Regla de Vida de sus antepasados ¡y no cambiándola, sino dándole plenitud! (Mt 5,17)” (pág. 195).

Nunca en la historia de la humanidad hubo un pueblo tan fiel a Dios como el azteca 

Antes de las preciosas apariciones de la Virgen de Guadalupe el desconcierto de aquellos indios era absoluto cuando los misioneros les hablaban de su venerada religión como de un culto falso, abominable y diabólico. 

“Sin embargo, aunque ya no pensemos así y estemos seguros de que tales héroes del pensamiento y cumplimiento religioso se salvaron todos [así lo dicen los tres autores], todavía podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que, aunque no haya sido sino a nivel temporal, haya podido Dios corresponder a la máxima fidelidad que en toda la historia le ha tenido pueblo alguno, bien que a través del error, entregándolo [en la conquista y evangelización del XVI] a la muerte, a la destrucción y a la esclavitud?” (pág. 163).

Ometéotl

Esta angustiosa pregunta solamente es respondida de forma convincente en el maravilloso acontecimiento de Guadalupe. Al evangelizar a los mexicanos, Dios premia su absoluta entrega y fidelidad religiosas: Ometéotl tomó la iniciativa de venir Él al indio, reconocer y magnificar su fidelidad heroica y ofrecerle premiársela con las más apoteótica de las coronas: ¡Convidarle a ser hijo de su propia Madre!” (pág. 164).

El ayate de Juan Diego es el testimonio más fidedigno de la perfecta continuidad entre la religiosidad azteca y la cristiana

La imagen de la Virgen de Guadalupe aparecida en la tilma (poncho) de Juan Diego, se nos dice en este libro, era para los indios un códice pictográfico portador de una mensaje nuevo y maravilloso (189ss). Pero “hubieron de pasar más de cuatro siglos para que cayéramos en la cuenta de eso, de que la imagen de la Señora del Cielo era un mensaje, un “Códice” indígena” (pág. 194). “Quizá nunca podamos “traducir” todo ese “Evangelio pictográfico” que de inmediato ganó a la Fe al Anáhuac entero” (pág. 195).

La tarea de traducir el lenguaje pictográfico del milagroso ayate de Juan Diego es ciertamente una tarea muy difícil, pero estos tres autores, ayudándose de “expertos”, la intentan animosamente. Y la traducción de la tilma no la ofrecen como una hipótesis, sino como un dato cierto, científico, indiscutible. Veamos: ¿qué significaba realmente para los indios la imagen bellísima de la Virgen de Guadalupe? Abrevio mucho:

Huitzilopochtli

El manto lleva a los indios a pensar en Huitzilopochtli. Las estrellas, el cielo azul oscuro y estrellado es… otro de los atributos de Ometéotl (cf. 197)… El toque más indio del cuadro es el ángel que sostiene a la Señora, que para un europeo no significaría más que un querubín decorativo, mofletudo y sonrosado; pero “si hacemos el intento de observarlo con mente india… lo primero espontáneamente que asociaríamos con su calidad de ser emplumado sería, por supuesto, a la “Serpiente Emplumada”, a Quetzalcóatl” (págs. 198-199). La túnica rosada de la Virgen era el color de Huitzilopochtli… Que el ángel sea un joven de adusta expresión de anciano “hace evocar a Telpochtli: “El Mancebo”, una de las advocaciones nada menos que de Tezcatlipoca, el más “diabólico” de los dioses mexicanos y enemigo de Quetzalcóatl. Y es imposible rehusar su identificación, puesto que...”, etc. (pág. 200).

Los dioses mexicanos son, pues, los padrinos presentadores de la Virgen y del Evangelio para el pueblo

Fijémonos por último, siguen diciendo los tres autores, en esas alas, que son también puñales rojos y blancos, y advertimos que

“se trata de Itzpapálotl: “La Mariposa de Obsidiana”, deidad del sacrificio y de la penitencia, cuya misión era subir hasta los dioses los corazones y el chalchíhuatl humanos que se les ofrendaban. O sea que la máxima expresión de la piedad indígena, que los frailes denostaban como nada más que crímenes y oprobio, ¡figura aquí también [en la tilma sagrada de San Juan Diego] como introductora de la Reina del Cielo! (pág. 200). “No era, pues, poca la audacia de ese misterioso y genial Tlacuilo [escriba] al poner a los principales dioses mexicanos como padrinos de la Madre de Ometéotl. San Pablo hubiera estado de acuerdo, conforme a lo que dijo a los atenienses… Mas esa apertura de criterio se había perdido en la Iglesia, hasta que no la rescató el Vaticano II” (pág. 201).

“Reuniendo, pues, todos esos cabos sueltos y “traduciendo” el mensaje completo, nos encontramos con algo casi imposible de admitir, pero aún más imposible de negar […] Que su antigua religión había sido buena, que había nacido de Dios y los había elevado a merecer su amor y su premio, que era lo que ahora precisamente recibían, promoviéndolos a algo sin comparación superior: “¡Bien, siervo bueno y fiel!, en lo poco fuiste fiel, a lo mucho te elevaré: ¡Entra en el gozo de tu Señor!” (Mt 25,21)” (págs. 201-202). “¡Y eso había sucedido! Eso les decía la imagen de la Señora del Cielo, y eso había sido mérito de ellos y de sus antepasados, por su fidelidad absoluta, aún a través de máscaras y sueños” (pág. 203).

Hasta aquí los textos de nuestros tres autores.

☙❧

Las semillas del Verbo preceden al Evangelio en la historia religiosa de los pueblos

Esto lo supo la Iglesia desde el principio. San Pedro dice de Dios que, “en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él” (Hch 10,35).

Causa admiración profunda comprobar, por ejemplo, que el salmo bíblico 103 contempla a Dios en la creación de un modo casi idéntico a aquel himno al Dios-Sol del tiempo del faraón Akenaton (s. XIV a.C.). Es sorprendente que Aristóteles (s. IV a.C.) alcance a ver a Dios como el Ser supremo, único, eterno, espiritual, transcendente, omnipotente, acto puro, causa y motor inmóvil de todo el universo, vivificador de todos los vivientes… Son intuiciones religiosas o filosóficas de asombrosa pureza y altura. También nos maravillan en el mundo religioso de México algunas creencias sobre Dios, ciertas oraciones bellísimas, no pocos aspectos de la educación moral, familiar y social (Iraburu, “Hechos de los apóstoles de América”, págs. 75-77).


Pero afirmar que la religiosidad azteca alcanza “las máximas alturas a que ha podido llegar la mente humana en su reflexión sobre Dios” es, más que una exageración enorme, una enorme falsedad. Un Dios que necesita continuamente el sacrificio de miles y miles de hombres, para sostener con sangre humana la vida y el orden cósmico, queda muy por debajo del “dios” de Aristóteles y de tantos otros “dioses” paganos.

También es inadmisible decir que el pensamiento azteca sobre Dios “podría equipararse –y superar– al pensamiento europeo de su época”, pues éste que traían y predicaban los misioneros del XVI no era otro que el de nuestro Señor Jesucristo, el de Juan y Pablo, el de Agustín, Bernardo, Tomás y Francisco de Asís, el del concilio de Trento, el del Catecismo de San Pío V. No puede decirse, pues, de los aztecas que “su idea de Dios era tan o más cristiana que la de sus evangelizadores”. Y también nos parece un grueso error afirmar que el monismo múltiple del Dios mexicano “contradice tanto y tan poco al principio monoteístico como la Trinidad cristiana”. Todos éstos son excesos verbales y doctrinales inadmisibles.

Tampoco podemos creer que aquellos sacrificios humanos eran “gratos a Dios”. No estaban equivocados los misioneros, pensando que aquello solo podía ser engaño del demonio. Enseña Jesucristo a los judíos: “vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio… Cuando dice mentiras, habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,43-44). Los que se equivocan completamente son los “historiadores” y “teólogos” que exacerban el indigenismo llevándolo al extremo de graves errores.

No podemos menos que recordar aquí las descripciones alucinantes que de esos ritos sangrientos hicieron los primeros misioneros de México. El franciscano Motolinía, que tanto quería a aquellos indios y a quienes entregó toda su vida, describe el navajón que abría el pecho de las víctimas, la extracción del corazón, los cuerpos rodando hacia abajo por las gradas del teocali, las comidas festivas de las carnes victimadas (canibalismo religioso), el desollamiento de los sacrificados, las danzas rituales de los que se revestían de sus pieles, sangre y más sangre por todos lados… (Historia de los Indios de Nueva España I,6). Y también los soldados de Cortés, como Bernal Díaz del Castillo, quedaron horrorizados al ver tanta sangre en el teocali de Tenochtitlán –la gran pirámide truncada de la actual ciudad de México–, viendo todo “tan bañado y negro de costras de sangre, que todo hedía muy malamente” (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, 92).

Los sacrificios humanos de los aztecas eran numerosísimos

El calendario litúrgico habitual de su religión exigía grandes matanzas de hombres cada año. El primer Obispo de México, fray Juan de Zumárraga, en carta de 1531 al Capítulo franciscano reunido en Tolosa, informa que los indios “tenían por costumbre en esta ciudad de México cada año sacrificar a sus ídolos más de 20.000 corazones humanos” (cf. fray Jerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indiana V,30). Fray Bernardino de Sahagún, franciscano, llegado a México en 1529, se dedicó durante medio siglo a conocer y a poner por escrito, con minuciosidad de antropólogo admirable, todas las cosas del mundo azteca, también las religiosas, informándose de cada una con la ayuda de sacerdotes y eruditos mexicanos, describe detalladamente el curso de los diversos sacrificios rituales en cada uno de los 18 meses del año, de 20 días cada uno:

En el mes 1º “mataban muchos niños”; en el 2º “mataban y desollaban muchos esclavos y cautivos”; en el 3º, “mataban muchos niños”, y “se desnudaban los que traían vestidos los pellejos de los muertos, que habían desollado el mes pasado”; en el 4º, como venían haciendo desde el mes primero, seguían matando niños, “comprándolos a sus madres”, hasta que venían las lluvias; en el 5º, “mataban un mancebo escogido”; en el 6º, “muchos cautivos y otros esclavos”…

Y así un mes tras otro. En el 10º “echaban en el fuego vivos muchos esclavos, atados de pies y manos; y antes que acabasen de morir los sacaban arrastrando del fuego, para sacar el corazón delante de la imagen de este dios”… En el 17º mataban una mujer, sacándole el corazón y decapitándola, y el que iba delante del areito [canto y danza], tomando la cabeza “por los cabellos con la mano derecha, llevábala colgando e iba bailando con los demás, y levantaba y bajaba la cabeza de la muerta a propósito del baile”. En el 18º, en fin, “no mataban a nadie, pero el año del bisiesto que era de cuatro en cuatro años, mataban cautivos y esclavos”. Los rituales concretos –vestidos, danzas, ceremoniales, modos de matar– estaban exactamente determinados para cada fiesta, así como las deidades que en cada solemnidad se honraban (Historia general de las cosas de la Nueva España, lib.II). Es de notar que no había ningún mes que reservara el supremo honor del sacrificio ritual a los nobles y ricos aztecas.

Por otra parte, con ocasión de acontecimientos notables, se multiplicaba grandemente la cifra de las víctimas ofrecidas. Por ejemplo, al inaugurarse el Calendario Azteca, esa notable piedra circular, se sacrificaron 700 víctimas. Y en la inauguración del gran teocali de Tenochtitlán, solo un poco antes de la llegada de los españoles, unas 20.000 personas fueron sacrificadas, según narra el Códice Telleriano. Da otra cifra el noble mestizo Alva Ixtlilxochitl, pues estima en su crónica que fueron más de 100.000 las víctimas ofrecidas a lo largo del año (Historia de la nación chichimeca, cp. 60).
 

¿QUÉ HACER? (XV)

Continuamos con la publicación del capítulo 15 del libro “El Americanismo y la Conjuración Anticristiana” (1899) de Monseñor Henri Delassus.


CAPÍTULO DECIMOQUINTO

¿QUÉ HACER?
 
¿Tenemos que esperar “la explosión divina” cruzados de brazos y diciendo que la lucha es inútil? No por cierto. Donoso Cortés, que era tan pesimista como de Maistre era optimista —y el desaliento, al contrario de la esperanza, quiebra las fuerzas—, Donoso Cortés decía:

En primer lugar, la lucha puede atenuar, suavizar la catástrofe; y en segundo lugar, para nosotros que nos gloriamos de ser católicos, la lucha es el cumplimiento de un deber, y no el resultado de un cálculo. Agradezcamos a DIOS habernos otorgado el combate; y no pidamos, además de este favor, la gracia del triunfo a Aquel cuya infinita bondad reserva a quienes luchan generosamente por su causa una recompensa mucho más grande y preciosa para el hombre que la victoria de en este mundo. (1, 349.)

El español Donoso Cortés (1809 - 1853)

La recompensa eterna es cierta para el buen soldado de Cristo y puede bastarle; pero no le está para nada prohibido solicitar y esperar en este mundo el triunfo para la causa que defiende, sobre todo cuando esta causa es la misma de la Santa Iglesia. Nuestro Santo Padre, el Papa León XIII, ¿no nos hace rezar todos los días al pie de los santos altares, no sólo por la conversión de los pecadores, sino también por la libertad y exaltación de nuestra Santa Madre la Iglesia? ¿Y la Iglesia entera deja jamás de pedir la humillación de los enemigos de Dios y el advenimiento del reino del divino Salvador? ¡Ut inimicos sanctae Ecclesiae humiliare digneris, Te rogamus, audi nos! ¡Adveniat regnum tuum! A nosotros pues nos toca obtener esta humillación y este reino. Pero para esto no basta con rezar, también hay que luchar; y esta lucha está tan presente en las intenciones de nuestra Santa Madre el Iglesia que, para hacernos capaces de sostenerla dignamente, nos hace pedir a la divina Víctima de nuestros altares que ponga fuerza en nuestras almas y a eso adjunte socorros exteriores:

O salutaris Hostia, 
Bella premunt hostilia, 
Da robur, fer auxilium.

¿Cómo debe ser entablado este combate?

Esta pregunta nos trae de nuevo, tras largos rodeos, al americanismo, que entre tanto no hemos perdido nunca de vista.

Todo lo que hemos dicho muestra con evidencia, creemos, que hay actualmente en el mundo una acción satánica, y al mismo tiempo en la Iglesia de DIOS una acción divina, y que verdaderamente una y otra preparan “tiempos nuevos”. Pronosticándolos, los americanistas de los dos mundos no se equivocan; no son censurables, por cierto, en cuanto empeñados por traer este porvenir tan deseable y abalanzados a él, sino en cuanto equivocados sobre los medios a emplear para cooperar a la obra de DIOS.

La hora es solemne entre todas, y para todos los que quieren ser verdaderamente los servidores de Dios y secundar sus designios, como él nos hace la gracia y el honor de pedírnoslo, nunca fue más necesario orientarse bien para no exponerse a hacer falsas maniobras.

Quienquiera que hace una falsa maniobra perjudica la causa que quiere servir. ¡Aquí, qué desastre podría producir! Si no hemos errado, si la situación actual del mundo es tal y como la acabamos de exponer, ¡cuán circunspectos deben ser los ministros del Señor que creen hacer bien, para no prestar su concurso al enemigo dieciocho veces secular del nombre cristiano, al fautor de todas las herejías que han asaltado la Iglesia desde su primer día hasta éste en que estamos, y que hoy espera aniquilarla pronto y completamente!

Ahora bien, el sistema de espiritualidad, de educación clerical y de propaganda religiosa que tomó el nombre de catolicismo estadounidense, ¿no tiene rasgos de semejanza y puntos de contacto con aquél del cual la Alianza Israelita Universal espera la apostasía de los pueblos cristianos? Creemos, si no haberlo demostrado, por lo menos haber dado indicios suficientes para despertar la atención sobre un peligro, quizás el más temible que la obra del divino Salvador haya conocido jamás.

Decir que hay que “predicar el bienestar” a los cristianos de hoy “si se quiere responder al nuevo estado del espíritu humano”, y que actualmente el deber de los sacerdotes es “dar el paraíso enseguida esperando el otro”;

Decir que las virtudes en que actualmente han de ser formados los cristianos deben ser de preferencia las que pueden favorecer sus éxitos en este mundo;

Decir que ahora la Iglesia debe “proveer a la salvación y transfiguración de los cuerpos por sacramentos terrenales”;

Decir que el diputado, aún nombrado por un colegio católico, aún sacerdote, sólo debe hacer servir su mandato a la defensa de los intereses materiales del pueblo y que no tiene que ocuparse de los intereses de las almas y de la Iglesia;

Querer abolir la aduana que el divino Maestro estableció a la entrada de la Ciudad santa para defenderla contra la introducción de las falsas doctrinas;

Querer ahogar la polémica que hasta ahora ha preservado la fe de toda corrupción, la ha iluminado, la ha fortalecido, la ha desarrollado, para sustituirla por la irénica que sólo mantendría la paz —¡y qué paz!— a costa de los derechos imprescriptibles de la verdad;

Querer hacer retroceder el dogma ante la ciencia, y eso aún más allá de las definiciones ex cathedra;

Elogiar a quienes en materia de religión dejarían echar por la borda todo el conjunto de los dogmas para guardar sólo la moral y sólo considerar sus resultados:

¿Dónde puede acabar todo eso? Sólo en la vaga religiosidad a que la Alianza Israelita Universal querría llevar a todos los hombres, para que “puedan realizarse los tiempos mesiánicos predichos por los profetas de Israel”.


Sin duda todas estas aberraciones no están presentadas en un cuerpo de doctrina bien neto y bien compacto del cual uno o varios hombres tomarían abiertamente la responsabilidad. Tal proposición ha sido formulada por éste, tal otra por aquél. Pero cada una tiene un parentesco evidente con todas las demás, y quienes las han proferido se sienten en una comunión de ideas y vistas bastante perfecta para haber adoptado un nombre de partido: Americanismo, Catolicismo estadounidense.

Y como pasa siempre, alrededor de este partido ha venido a agruparse aquéllos que, desde siempre, han tratado de conciliar el espíritu del mundo con el espíritu de Nuestro Señor JESUCRISTO. Actualmente encontramos a estos conciliadores entre quienes adoptaron por su cuenta un nombre particular dentro de la gran familia católica, el partido de la Democracia cristiana. 

Lo que nos permite esta afirmación son las proposiciones que sus jefes no dejan de formular y que en varios puntos son idénticas a las expresadas por los americanistas; son también las simpatías mutuas que los jefes de los dos partidos se han manifestado públicamente y los esfuerzos hechos por uno y otro lado para abrirse camino recíprocamente en el mundo e introducir sus ideas en él (50).

Los demócratas cristianos están animados por un celo de proselitismo, sobre todo con el joven clero, que los hace peligrosos, cuando podrían servir a la Iglesia y trabajar para la salvación de la sociedad. Varios, sin duda, pondrán fin a su propaganda y corregirán sus propias ideas cuando hayan visto de dónde vienen y a dónde llevan. Que nos permitan poner ante sus ojos algunos pasajes de un artículo reciente del Osservatore Romano que responde bien a sus preocupaciones:

Se dice que el sacerdote debe ser moderno, lo que hace necesario, ciertamente, una instrucción y educación moderna del clero. Así, cuando ciertas personas quieren alabar a un sacerdote, lo califican de sacerdote moderno, del mismo modo que para rendir homenaje a un simple laico dicen que es un hombre de su tiempo. Se es hecho lo mismo con tal o tal obispo, proclamándolo obispo moderno, para elevarlo con este elogio sobre los demás.

Persiguiendo la misma vía, se pasará al Papa moderno, luego a la Iglesia moderna; se tendrá también un Evangelio y un Decálogo modernos, un Cristo, un DIOS moderno... Hay quienes formulan críticas acerbas contra los estudios hechos en los seminarios; dicen que con la instrucción dada allí no se forma el sacerdote moderno, el sacerdote tal y como debe ser hoy día, el reclamado por los tiempos nuevos y las necesidades de la sociedad moderna.

Seminaristas (1940)

Estos señores deberían reflexionar bien sobre esto: como en la Iglesia siempre ha existido y no dejará de existir el espíritu de santidad, también se encuentra y se encontrará siempre en ella el espíritu de sabiduría que procede de su doctrina...

En nuestros tiempos se estudia poco. Empieza a escribir el que aún no ha estudiado; habla de todo el que no conoce gran cosa. El joven hombre dogmatiza como no se atrevería a hacerlo el viejo a quien le salieron canas estudiando libros; muchos de toman por otros tantos Salomones en cuanto han dicho que hace falta que las cosas antiguas cedan el paso a las modernas...

Está muy bien acoger y emplear métodos más provechosos y hacer de lo nuevo un auxiliar de lo antiguo para proveer a las necesidades de los tiempos y lugares. Es lo que hace precisamente hoy día la Iglesia, como por otra parte lo ha hecho siempre.

Pero observemos bien esto: Si la Iglesia forma al sacerdote para los tiempos, no modela al sacerdote según los tiempos.

Éste es el peligro al que se exponen imprudentemente aquéllos que, conociendo poco 0 nada el sacerdocio católico y los tiempos presentes, claman tan ruidosamente por el sacerdote moderno para modernizar el clero; cuando lo necesario sería cristianizar los tiempos, pues el siglo decimonoveno ha sufrido demasiada descristianización para no necesitar ser recristianizado.

Que las críticas de quienes hablo lo sepan bien: no hay nada de más moderno que la Iglesia, sus instituciones y sus sacerdotes, porque no hay nada como la Iglesia que pertenezca tanto a todos los tiempos y esté tan hecho para ellos..

Creer que hace falta “modelar al sacerdote según los tiempos” es el error grande y el más pernicioso de los americanistas; modelar al sacerdote según el mundo de hoy es el gran mal al cual concurren, quiéraselo o no, las conferencias sociales establecidas en los seminarios, los círculos de estudios sociales para el joven clero que fueron su consecuencia, y los congresos eclesiásticos que debían ser su coronación.

Los resultados de estas innovaciones pueden ser comprobados ya.

Mons. Lelong, obispo de Nevers, los ha señalado a su clero, después de elegir para eso el momento en que éste estuviera mejor preparado para oír una tal lección, es decir, en medio del recogimiento del retiro eclesiástico.

Parece que en este momento el infierno se desencadena contra el sacerdocio con un redoble de furor. Pasa por el clero un soplo de racionalismo y mundanalidad. Hay quienes le proponen un ideal venido de más allá del océano y del cual se le manifiestan jactanciosos llamándolo lo único capaz de hacer del sacerdote el hombre de su tiempo y de las sociedades modernas

No hay sacerdote que tenga verdaderamente el espíritu de su estado y no haya comprobado, para gran dolor de su alma, la acción perniciosa de este soplo en nuestras filas. Felizmente todavía son muy raros los cofrades a quienes afecta, pero su número no habría tardado en crecer si no se hubieran levantado voces autorizadas como la de Mons. Germain en su lecho de muerte, para decir: “Señores, sed fieles a las tradiciones de la Iglesia; no os lancéis a las novedades. Los sacerdotes que se dejan llevar por ellas no son mediante quienes el buen DIOS salvará a su Iglesia. Se dio a las direcciones del Papa un sentido que no tienen. Desconfíen los jóvenes sacerdotes y los seminaristas. No deseo para la diócesis sacerdotes demócratas”.

Monseñor Étienne-Antoine-Alfred Lelong (1834 - 1903)

Estas palabras, reproducidas en muchas Semaines religieuses, señaladas para la atención del clero por varios obispos y por el cardinal vicario de Roma, dieron sobre qué reflexionar a muchos. Otros quedaron bajo la influencia de este soplo “venido del infierno”, y Mons. de Nevers no temió disecar sus almas ante los ojos de su clero reunido para mostrar a todos lo que ellas tienen dentro, o mejor dicho lo que ya no tienen más dentro:

Olvidan lo que hizo el sacerdote en todas las épocas de la historia. Lo que siempre aseguró la fecundidad de su ministerio: son principios que no cambian y que se encuentran nítidamente formulados en el Evangelio de Nuestro Señor JESUCRISTO: la humildad, la mortificación, el desinterés, la vida interior, el espíritu de sacrificio.

Es eso y únicamente eso, y no la confianza en sí mismo y el resto del americanismo, lo que permitió a los Apóstoles y misioneros extender la Iglesia hasta los confines del mundo, y lo que dio a los pastores la virtud de llevar las almas a las cumbres de la perfección.

Por eso Mons. Lelong pudo concluir:

He aquí nuestras armas, Señores. Han sido victoriosas entre las manos de los Apóstoles y de todos los santos sacerdotes; con la gracia de Dios lo serán también en las nuestras. Dejarse llevar por otros principios, tratar de introducir en el dogma y en la moral ciertas atenuaciones, imaginar conciliaciones como las que el Evangelio declaró de antemano quiméricas es caminar al borde de un precipicio y exponerse a caer en él.

Desgraciadamente ya son varios los que han caído. El Sr. Herman Schell, profesor en la Facultad de teología católica de Würzburg, aunque se declarara adepto de las ideas estadounidenses, confesó en un reciente folleto que el movimiento, cuyo apóstol él se hizo en Alemania, llevó sacerdotes al protestantismo. La situación no es otra en Francia. Hace un año, la Facultad de teología protestante de París inscribía a seis sacerdotes apóstatas, y la de Montauban a cuatro, como aspirantes a pastores. Al mismo tiempo, el Éclair nos informaba que existe una obra protestante para acoger a los sacerdotes que abandonan la Iglesia; daba los nombres de dieciocho desgraciados que fueron a pedir socorros a esta asociación.

¡Qué asombroso!

Retrato del ex sacerdote masón Victor Charbonnel 

Después de citar las palabras de Mons. Lelong que acabamos de referir, el ex Padre Charbonnel dice con verdad:

Este obispo, por lo menos, tiene clarividencia, la lógica del americanismo lleva lejos del catolicismo autoritario: libra y libera.

Y un poco más lejos:

Sin duda alguna A LAS IDEAS QUE ESTOS HOMBRES REPRESENTAN DEBO MI APOSTASÍA.
 
Acababa de nombrar al P. Hecker, Mons. Ireland, Mons. Keane, el Sr. Félix Klein.

En un artículo que publicó el 1° de octubre 1898 en una publicación periódica protestante, La Revue chrétienne, el mismo ex sacerdote es más explícito aún:

Es verdad que fui un americanizante o un americanista de la primera hora. Los jesuitas bien pueden atribuirme a mí y a mi amigo de antaño la responsabilidad de lo que desde entonces desarregla tan profundamente sus ideas y costumbres. En mi libro Historia de una idea, Congreso universal de las religiones, relaté los comienzos del americanismo... tradujimos los discursos más importantes de Mons. Ireland. El Sr. Félix Klein los publicó bajo el título: La Iglesia y el Siglo. Esta publicación recorrió la prensa... Con esto queda altamente reivindicado mi esfuerzo de americanismo... Habiendo reconocido bien mis ilusiones y que toda evolución liberal del catolicismo es imposible, dejé la Iglesia. Seguramente la lógica del AMERICANISMO debe llegar a esta conclusión, ¡pues nada es más contrario que el americanismo a los principios católicos.

El fin del siglo último dio una lección —como observaba el Mons. obispo de Annecy recientemente—, que estos Sres. no han meditado bastante. Ella enseña las secuelas funestas de los arrastres que se producen de repente y a los cuales se abandonan quienes no se molestan en reflexionar: arrastres que conducen cada vez más lejos de lo que quisieron, en primer lugar, los mismos que los produjeron.

¡Desconfiémonos!

Un santo misionero, el P. Aubry, dijo en algún lugar, en su Ensayo sobre el método de los estudios eclesiásticos en Francia, obra que los Sres. directores de seminarios no pueden leer y meditar demasiado:

El medio fundamental y único de la vuelta de la sociedad a DIOS es el ministerio apostólico ordinario, diario, desconocido, desapercibido, humilde, de cada párroco en su pequeño rincón, donde está en presencia del hombre real y práctico, del que compone la sociedad. Es aquel ministerio que hace falta cuidar preparando excelentes curas de parroquias...

La fuerza del clero en una nación católica es que sus miembros son colocados por todas partes en medio de las poblaciones, armados para trabajar allí cotidianamente, modestamente, detalladamente, sobre los más humildes elementos, sobre los infinitamente pequeños que componen la sociedad. Esto es exactamente lo que san León llama “imbuere mundum Evangelio...”.

El padre misionero Jean Baptiste Aubry,
mártir en China a sus 38 años de edad

Actuando así, estaremos ciertamente en nuestra vía, en nuestra misión, estaremos seguros de no extraviarnos y de no ponernos en peligro de extraviar a quienes debemos conducir al Cielo: pues es la vía que Nuestro Señor JESUCRISTO ha trazado y en la que el Santa Iglesia ha mantenido constantemente a pastores y ovejas.

El cura actual de Ars, el Sr. canónigo Convert, dirigió en el mes de agosto de este año una alocución a los peregrinos sacerdotes que habían ido a arrodillarse a la tumba del santo cura antes de ir a La Salette a meditar las lecciones de Nuestra Señora. Les dijo:

Un sacerdote se encontró en Estados Unidos, bueno y celoso sin duda, pero con ideas arriesgadas, espíritu mal equilibrado, ciencia mediocre y dudosa, lleno de una alegre confianza en sí mismo, y que sólo imaginaba conquistas por caminos inexplorados.

Y a este hombre sus compatriotas lo elevaron sobre un pedestal; y, mostrándolo a la vieja Europa, dijeron: “¡He aquí el adorno y la joya de nuestro clero!” Y en Francia muchos ecos respondieron: “¡Sí, es un doctor! uno de quienes enseñan a series de generaciones humanas lo que tienen a hacer. Él ha trazado y realizado en sí el ideal del sacerdote para el porvenir nuevo de la Iglesia”.

Pero el Soberano Pontífice, el 27 de julio de 1896, había condenado de antemano este entusiasmo inconsiderado, presentando a la veneración del universo católico J. B. M. Vianney, cura de Ars.

Él es -dice León XIII en su decreto In Ecclesiae terras- él es el modelo acabado de todas las virtudes, y sus admirables ejemplos son los que convienen mejor a nuestro siglo.

He aquí el sacerdote que necesitábamos, y que ha suscitado en medio de nosotros el DIOS de las misericordias.

He aquí “el verdadero tipo del sacerdote moderno”: él va al pueblo, y sobre todo atrae el pueblo a él y a Jesucristo.

Va al pueblo: pero se sienten las maceraciones sangrientas, la oración, el ayuno, la humildad que le abren los corazones y allanan en su camino todos los obstáculos.

He aquí el verdadero tipo del sacerdote que hace falta a la Iglesia para hacerle recuperar el terreno que le hizo perder el protestantismo y la incredulidad, así como para hacerla capaz de retomar su marcha adelante en el cumplimiento de su misión divina.

Pues él lucha únicamente con las armas que le legaron JESUCRISTO y los Apóstoles: “el escudo de la fe, la espada de la palabra de DIOS”, la pobreza evangélica y la abnegación.

No le parece inoportuno predicar las grandes lecciones de la eternidad a los corazones ablandados por el bienestar y el sensualismo, a los espíritus que el racionalismo ha descristianizado.

A ejemplo del Maestro, muestra sin cesar el infierno abierto bajo los pasos del pecador endurecido; a ejemplo del Apóstol, hace temblar a pequeños y grandes anunciándoles el juicio y la resurrección futura.

No aminora la verdad ni retiene el verbo de DIOS, pues sabe que la verdad trae la libertad, y una intuición profética le revela que el mundo no puede salvarse de nuevo sino por los medios que lo arrancaron una primera vez de las vergüenzas y las manchas del paganismo.

He aquí un verdadero “doctor, uno de los que enseñan a series de generaciones humanas lo que tienen que hacer”.

He aquí éste “que realizó el ideal del sacerdote para el porvenir nuevo de la Iglesia”. Practicó las “virtudes pasivas” de humildad, paciencia y castidad que una joven escuela proclama hoy un poco anticuadas; fue un contemplativo de la Edad Media, un asceta de los primeros siglos, y más allá de los mares sonríe el que piensa que él hubiera hecho mejor entregándose, según una expresión tan nueva como inexacta, a las “virtudes activas”, pues nadie es sacerdote para sí, sino para los demás.

Ahora bien, dice León XIII

“sin salir de la humilde aldea donde ejerció -brillantemente, es verdad- el ministerio pastoral, produjo, al estilo de los Heraldos del Evangelio, abundantes frutos de salvación en todas las otras regiones del universo que no pudo recorrer.

Tuvo de DIOS una asistencia y una gracia particular para atraer cada día, de a montones, los pueblos al tribunal de la penitencia y para volver a llevar al bien a los hombres perdidos por vicios, lo cual hasta fue su obra por excelencia.

Y durante los diez últimos años de su vida se contaron por sesenta y ochenta mil los peregrinos que recurrieron a su ministerio anualmente.

Que DIOS nos dé sacerdotes como el venerable Vianney, sacerdotes de oración, sacerdotes humildes y mortificados como él, y efectivamente tiempos nuevos se levantarán para la Iglesia; las edades apostólicas reaparecerán con todo su fervor.

Todo sacerdote que quiere ser el verdadero servidor de CRISTO debe actualmente meditar estas palabras del piadoso sucesor del Venerable Juan Bautista Vianney. En cierto sentido fueron oídas antes de ser pronunciadas, porque si algunos eclesiásticos pudieron ser seducidos por “el ideal” que les presentó el americanismo, cuántos más sacerdotes, en Francia, tienen constantemente los ojos fijos en aquel otro ideal que Nuestro Señor JESUCRISTO mismo tuvo la bondad de presentarnos en la persona del santo cura de Ars, en la aurora de los “tiempos nuevos” en que entramos: nuevos, no de parte de la Iglesia, que seguirá siendo hasta el final de los tiempos lo que la hizo su divino Fundador en su disciplina y ascetismo como en su doctrina; pero nuevos de parte de los hombres, que estarán más apremiados que nunca por los acontecimientos que se anuncian, y que ya han empezado a refugiarse en el arca fuera de la cual no hay salvación eterna para los individuos, ni tampoco salvación temporal para las naciones.

Continúa...


Nota:

50) Ver al Padre Naudet, Vers l'Avenir, p. 57-62; ver el capítulo III, Vieux Monde, en L’HISTOIRE D”UNE IDÉE; ver sobre todo los artículos y las correspondencias publicadas en los periódicos y las revistas de la Democracia cristiana desde que las Congregaciones romanas empezaron el examen de las doctrinas del americanismo.

16 DE ABRIL: SAN BENITO LABRE


16 de abril: San Benito José Labre

( ✞ 1783)

San Benito Labre es el Santo Patrón de los solteros, los mendigos, los sin domicilio fijo, los vagabundos, los peregrinos y los itinerantes.

Nació el año 1748 y siendo el mayor de una familia de quince hijos, fue recibido a la edad de doce años en la casa de su tío, el cura de Érin, quien le dio educación con vistas a que entrara en el seminario. Pero renunció al sacerdocio teniendo miedo de perder su alma salvando las de los demás.

Después de haber sido rechazado en la Orden Trapense, intentó ingresar en el Cartujo.

El 6 de octubre de 1767 Benito José Labre, a la edad de 19 años, después de algunos meses en la comunidad de los Cartujos de Notre-Dame-des-Prés de Neuville-sous-Montreuil, fue rechazado al no encontrar la vocación específica en esta Orden, de nuevo rechazado en la Orden Trapense, tomó el hábito religioso en la abadía de Sept-Fons en 1769.

Sin embargo, tuvo que irse de la abadía cuando enfermó. Se dirigió a Paray-le-Monial, después cerca de Lyon, a Dardilly, donde Pierre Vianney, el abuelo de San Juan María Vianney, le ofreció su hospitalidad a ese vagabundo.

Rechazado en todas partes, Benito José finalmente escogió una vida de mendicante y de peregrino, yendo de santuario en santuario. El producto de su mendicidad lo ofrecía a otros pobres, lo que le valió una reputación de santidad. Se lo veía cantar en voz alta las letanías de la Virgen María cerca de un tragaluz de una prisión y dando a los prisioneros las monedas que le habían dado por caridad.

Se hizo miembro de la Tercera Orden Franciscana. Hizo voto de no bañarse, por mortificación, y por esa ausencia de higiene, los parásitos se hicieron proverbiales. 

Hizo una peregrinación a Roma, adonde llegó en diciembre de 1770, a Santiago de Compostela (1773), de nuevo a Roma en 1774 y a Loreto en 1777. Se quedó en Roma el año siguiente.

Vivió seis años en las ruinas del Coliseo, antes de morir a los 35 años, el 16 de abril de 1783, un miércoles santo, en el domicilio del carnicero Zaccarelli quien lo había encontrado desmayado en el mercado de la Iglesia de Santa Maria dei Monti. La noticia de su muerte se extendió por toda Roma por los gritos de los niños: E morto il santo (el santo ha muerto).

Fue sepultado en la Iglesia de Santa Maria dei Monti, dando lugar a manifestaciones de fe popular, y su cuerpo reposa bajo una piedra de mármol en el transepto derecho.

Fue beatificado en 1860 ante 40000 personas por el Papa Pío IX y fue canonizado el 8 de diciembre de 1881 por el Papa León XIII.

Sus reliquias descansan en parte, en su comuna de nacimiento, Amettes, al norte de Francia, otra parte en la basílica de Marçay que le está dedicada y que fue objeto alguna vez de su peregrinaje.

16 DE ABRIL: SANTO TORIBIO DE LIÉBANA - SANTA ENGRACIA Y SUS 18 COMPAÑEROS MÁRTIRES


16 de Abril: Santo Toribio del Liébana

(🕆 456)

El bienaventurado y celosísimo santo Toribio de Liébana, Obispo de Astorga, fue natural de la provincia de Galicia, y a lo que se puede entender, era hijo de una de las familias principales de la ciudad de Astorga.

Habiendo aprendido y aprovechado mucho en las letras humanas, distribuyó su patrimonio a los pobres y navegó a Jerusalén, donde el Obispo de aquella iglesia hizo tal estimación de su santidad, que le confió el riquísimo tesoro de las cosas sagradas y reliquias de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, de las cuales trajo después muchas a España.

Volviendo de los Santos Lugares a su patria, curó milagrosamente a una hija del rey de los Suevos, y a otros muchos enfermos y con las merecidas limosnas que le dieron, edificó un templo al Salvador, y puso en él las reliquias que había traído.

Murió en esta sazón el Obispo de Astorga, y todos pusieron los ojos en Santo Toribio, el cual aunque mucho se resistió, hubo de rendirse a la voluntad divina.

Entonces, un ambicioso diácono de Astorga le acusó de un crimen de adulterio, ya que él pretendía aquella cátedra, y el santo Obispo, inspirado de Dios se justificó plenamente.

Porque habiendo ido a su Catedral, un día de gran concurrencia de fieles, dijo al pueblo de la necesidad que tenía de volver por su honra y con muchas lágrimas pidió al Señor que deshiciese aquella calumnia.

Luego mandó traer al altar un brasero, y tomando en sus sagradas manos las ascuas encendidas las envolvió en el sobrepelliz que traía puesto, y entonando el salmo de David, que comienza: “Levántese Dios, y sean disipados sus enemigos”, rodeó toda la iglesia llevando las ascuas en el roquete; y todo el pueblo vio con sus ojos como ni en el roquete ni las manos del santo apareció ninguna lesión de fuego, pues no quedó de él ni la más leve señal.

Asombráronse todos de semejante maravilla, y el calumniador confesó a voces su pecado, y cayó muerto en la iglesia.

Pero la obra más excelente que hizo Santo Toribio, fue el acabar con la herejía de los priscilianos en España para lo cual se armó de una carta en que refutaba victoriosamente aquellos errores, y la envió a algunos Obispos españoles.

Y con las Letras Apostólicas del Papa, que era San León el Magno, y la autoridad de un Concilio nacional que se juntó en Toledo, y otro provincial que se celebró en Galicia, cortó la cabeza de aquella herejía que inficcionaba muchos pueblos de España.

Finalmente, después de haber cumplido Santo Toribio las obligaciones de un buen pastor y defendido su rebaño de los lobos infernales, descansó en paz; y en el siglo VIII, por causa de la invasión de los moros fueron trasladadas sus reliquias, y las que trajo de Jesucristo, al monasterio de San Martín de Liébana que se llamó después Santo Toribio de Liébana.

(Imágenes de Monasterio Santo Toribio de Liébana aquí).




16 de abril: Santa Engracia y sus 18 compañeros mártires


(🕆 303)

La gloriosa virgen y fuertísima mártir de Cristo Santa Engracia era hija de un gran caballero y señor muy principal de Portugal, y habiendo concertado de casarla con un duque de Rosellón, o capitán de aquella frontera de Francia, la enviaba para celebrar las bodas muy bien acompañada de dieciocho caballeros, parientes y familiares suyos, cuyos nombres eran Lupercio, Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontón, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturio, Casiano, Fausto y Jenaro: y estos cuatro últimos tenían por sobrenombre Saturninos.

Hallábase esta ilustre comitiva en Zaragoza cuando Daciano como tigre fiero y cruel se relamía en la sangre de los cristianos de aquella ciudad principalísima y les afligía con los más horribles tormentos.

Entonces armada de Dios, la virgen Santa Engracia, se presentó con sus dieciocho compañeros cristianos ante el tribunal del inicuo juez y le reprendió severamente por haberse despojado de la razón de hombre y haberse vestido de la crueldad de una fiera, vertiendo tanta sangre de hombres inocentes, que no tenían otra culpa sino adorar al único Dios verdadero.

Daciano quedó pasmado, y pensativo sobre lo que había de hacer con aquella nobilísima y hermosísima doncella que así le hablaba; pero por fin, pudo en él más su cruel naturaleza que la humanidad, ni otro algún buen respeto y mandó detener y azotar rigurosamente a la santa virgen y aquellos dieciocho caballeros; y para escarmiento de los demás cristianos de Zaragoza, hizo arrastrar a Engracia atada a la cola de un caballo por toda la ciudad.

Despedazáronle después sus virginales carnes con uñas de hierro, dislocáronle los miembros, cortáronle el pecho izquierdo, y cuando todo su santo cuerpo estuvo hecho una llaga, la cubrieron con una larga vestidura, y la dejaron así para que con los dolores de sus heridas se prolongase su martirio y se dilatase la muerte.

Y como ella perseverase en la confesión a Jesucristo, Daciano, irritado por aquella invencible constancia, mandó que le hincasen un clavo en la frente.

Todavía se muestra en la cabeza de la Santa el agujero de aquel clavo, en cuyo tormento la fidelísima esposa del señor acabó de recibir la corona del martirio.

Finalmente, a los dieciocho caballeros, mandó el procónsul a degollar fuera de la ciudad, y en el mismo día recibieron con Santa Engracia la palma de gloriosos Mártires de Jesucristo.

Se conservan con gran veneración las preciosas reliquias de la Santa en la cripta del templo de su nombre, magníficamente restaurado en nuestros días en la capital de Aragón.

En un depósito del mismo sepulcro están las reliquias de san Lupercio, y en otro sepulcro de mármol, las de los otros Santos compañeros cuyos huesos son de color rosa y despiden fragante aroma.

(Historia e imágenes del monasterio de Santa Engracia aquí)


miércoles, 15 de abril de 2026

¿DEBEN TOMARSE EN SERIO LAS ANULACIONES MATRIMONIALES ACTUALES?

Primero necesitamos aclarar qué es una anulación y con qué espíritu son declaradas las anulaciones por los tribunales diocesanos, entonces podremos ver cuál debería ser la posición del católico ante esto.

Por Fr. Paul Sretenovic


Espero que una visión general de este problema sea útil a los católicos que tienen problemas o dudas con respecto a las anulaciones.

1. Qué es una anulación

El término jurídico anulación, utilizado para los matrimonios, significa que el matrimonio que se celebró, reconoció y duró durante un tiempo no fue válido. Esta es una sentencia sumamente grave que no puede tomarse a la ligera por varias razones:

• La unión fue celebrada por las partes de acuerdo con todos los requisitos católicos, ante Dios, y atestiguada por el representante de Su Iglesia.

• La unión fue aceptada por la sociedad como un verdadero matrimonio, lo que significa que la pareja fue conocida por llevar una vida conyugal honesta y no en concubinato ilícito.

• La estabilidad de la vida familiar, principalmente la de la esposa y los hijos, estuvo garantizada por la certeza católica de que el vínculo matrimonial nunca se rompería.

Estas características del matrimonio católico se pierden por completo cuando se emite una anulación: los votos declarados ante Dios y la Iglesia se consideran nulos; la unión se declara ilegítima, equivalente a un concubinato, y finalmente, la vida familiar se rompe por completo con todas las consecuencias psicológicas y sociales que esto conlleva. Es, en efecto, una sentencia que perturba la vida familiar e indirectamente toda la vida social.

Es evidente que para emitir tal sentencia, un tribunal debe tener razones muy serias y solo lo hace en raras ocasiones.

2. El Papa y la Rota Romana: divorcios y anulaciones

En términos jurídicos, una anulación no es un divorcio. Un divorcio es la disolución del vínculo matrimonial; una anulación es la afirmación de que el vínculo nunca existió.

El matrimonio es un contrato celebrado por dos personas católicas capaces de distinto sexo ante la Iglesia y, una vez consumado, no es disoluble. El divorcio es y siempre ha sido rechazado por la doctrina católica.

La única excepción a esta regla es el Privilegio Paulino, que contempla el caso de matrimonios entre personas de diferentes religiones en los que uno de los cónyuges pone en peligro la salvación eterna del otro.

La competencia para disolver los votos matrimoniales corresponde a Dios o a su representante directo en la tierra, el Vicario de Cristo. Esto se debe a que el objeto de los votos matrimoniales es una donación mutua externa de cuerpos, que corresponde a una donación interna de almas, la cual solo puede ser controlada por ambos cónyuges y por Dios.

La Rota Romana, como órgano auxiliar del Papa, examina cuidadosamente cada caso particular de disolución matrimonial. En los casos en que este tribunal no puede reconciliar a los cónyuges, la Rota Romana —que no tiene poder per se para disolver matrimonios— aconseja al Papa sobre qué hacer. La decisión final siempre recae en el Vicario de Cristo.

La Sagrada Rota Romana, llamada Rota (rueda) porque los 12 jueces se reunían originalmente sentados en círculo para discutir causas.

Una anulación es la afirmación de que el matrimonio no era válido porque existía un impedimento al momento de su celebración. Solo el Papa determina los impedimentos. La Rota Romana es el tribunal superior de apelación para casos de anulaciones.

3. La competencia de los Tribunales Diocesanos

Respecto a la disolución de los vínculos del matrimonio, los Tribunales Diocesanos informan a la Rota Romana sobre los detalles necesarios respecto al matrimonio que se va a disolver.

En relación a las anulaciones, los Tribunales Diocesanos son el tribunal de primera instancia habitual para juzgarlas. Si se impugna una sentencia dictada por un Tribunal Diocesano, la apelación pasa en segunda instancia a un Tribunal Arquidiocesano. Si el caso se presentó primero en un Tribunal Arquidiocesano, la apelación pasa al tribunal de otra Diócesis, elegida para cada Arquidiócesis según su propia historia. La tercera instancia de apelación es la Rota Romana.

Impedimentos

Normalmente, corresponde a los Tribunales Diocesanos, por lo tanto, tratar los casos de impedimentos para el matrimonio.

¿Qué es un impedimento para el matrimonio? Hay requisitos establecidos por la Ley Natural o por la Iglesia Católica que deben observarse para que el matrimonio sea válido; cuando no se observan, los matrimonios se consideran nulos. El Código de Derecho Canónico estudia los impedimentos, como la edad mínima: el hombre debe tener al menos 16 años y la mujer al menos 14 para que el matrimonio sea válido; las personas no pueden ser hermanos ni primos de primer o segundo grado (existe todo un estudio sobre los grados de consanguinidad que rigen este impedimento); ninguna de las partes puede padecer una enfermedad mental; ninguna puede tener una enfermedad contagiosa incurable, etc.

Otro conjunto de impedimentos se basa en el error fundamental de persona. En su primer y más elemental sentido, el error de persona se daba cuando las personas contraían matrimonio sin conocerse hasta la ceremonia. Esto solía ocurrir en los matrimonios concertados por poder o correspondencia, donde las descripciones de las personas presentaban a alguien muy diferente de la realidad.

Antiguamente, cuando la moralidad era la norma, era común que una joven fuera virgen hasta la boda. Si no lo era, sabía que debía informar al novio, ya que este podría considerar la falta de virginidad como un error de persona. Asimismo, la falta de potencia sexual del novio era y sigue siendo un impedimento. Estos dos hechos solo podían verificarse la noche nupcial. Hoy en día, la falta de virginidad ya no se considera un impedimento.

Sin embargo, pueden surgir otros impedimentos. Por ejemplo, un hombre contrae matrimonio con una mujer y oculta que estuvo casado anteriormente. Cuando esto se descubre, la parte perjudicada debe solicitar la anulación del matrimonio. Asimismo, quien ha hecho el voto perpetuo de castidad no puede contraer matrimonio. Si contrae matrimonio, este es inválido.


Los procesos relacionados con los impedimentos matrimoniales correspondían normalmente a los Tribunales Diocesanos. Esta siempre ha sido la competencia habitual de dichos tribunales.

Además de los impedimentos, estos tribunales también solían tratar casos de separación. Cuando la vida de un matrimonio se volvía insostenible debido a la mala conducta moral de uno de los cónyuges o a una completa incompatibilidad de temperamentos, el tribunal o un director espiritual aconsejaba a los cónyuges que adoptaran una vida separada. Este sistema de separación consiste en dejar de vivir bajo el mismo techo, pero no rompe el vínculo sacramental. Asimismo, las partes mantienen la misma obligación respecto al reparto de bienes materiales y obligaciones financieras que tenían antes de la separación. Por lo tanto, esta autorización para la separación nunca implicaba ni la anulación ni la posibilidad de volver a casarse.

Estas eran las competencias habituales de los Tribunales Diocesanos en materia matrimonial.

4. Abusos permitidos por el Nuevo Código de Derecho Canónico

Tras el concilio Vaticano II, en respuesta a la adaptación al mundo moderno, la Santa Sede comenzó a flexibilizar los vínculos matrimoniales. El nuevo Código de Derecho Canónico de 1983 confirmó y otorgó rango legal a tales tendencias. Dado que no puede admitir la disolución del vínculo matrimonial —que es el divorcio— sin contravenir la enseñanza moral centenaria de la Iglesia, comenzó a exagerar enormemente la concesión de anulaciones.

A diferencia del Código de Derecho Canónico de 1917, el Nuevo Código introdujo algunos impedimentos psicológicos que son muy difíciles de determinar. La persona tiene un impedimento para casarse si:

• Carece de la capacidad de razonamiento suficiente

• Carece de discreción en lo que respecta a los derechos y deberes del matrimonio y a la forma de ejercerlos

• Carece de estabilidad psicológica para asumir las obligaciones del matrimonio (véase Canon 1095, §§ 1,2,3)

La falta de uso suficiente de la razón no significa que la persona esté mentalmente insana. Se basa en el concepto vago del adjetivo “suficiente”. Cada juez puede establecer qué es eso siguiendo su propio criterio. Se ve lo fácil que es anular un matrimonio bajo este pretexto.

El segundo, la falta de debida discreción, se ha aplicado con una amplia gama de significados. Puede referirse a una persona que románticamente imaginó que el matrimonio sería maravilloso y resultó no serlo; o también puede significar una persona que a veces experimenta perturbaciones transitorias de la mente. En este último caso, un embarazo prematrimonial se ha utilizado como pretexto para anular el matrimonio, porque la mujer estaría sufriendo una perturbación transitoria


El tercero, la falta de estabilidad psicológica para asumir obligaciones, también se ha aplicado a una amplia gama de circunstancias: justifica las anulaciones debido a defectos sexuales físicos distintos de la impotencia; por defectos morales, como una aventura extramatrimonial (que bien podría calificarse como satiriasis para un hombre o ninfomanía para una mujer); por “defectos” psicológicos indefinidos, como por ejemplo, una persona que se muestra incapaz de ofrecerse al otro de una forma sincera. Sin duda, muchos matrimonios pueden incluirse en este vago criterio.

Aunque el nuevo Código introduce muchas otras liberalizaciones en cuanto a los impedimentos matrimoniales, estos tres impedimentos psicológicos representan, en mi opinión, el punto débil. A raíz de ellos, se desató una avalancha de anulaciones. Tan solo en Estados Unidos, entre 1984 y 1994, se concedieron 638.000 anulaciones, aproximadamente 59.000 al año (R. Jenks, Divorce, Annulments, and the Catholic Church, Haworth Press: 2002, p. 48). Estas anulaciones pueden obtenerse sin mayores problemas mediante una tasa de 600 dólares o menos, o incluso sin ella. Así pues, lo que presenciamos hoy es la introducción práctica del divorcio, aunque sin denominarlo. Es lo que se ha llamado “el divorcio católico”.

Estas anulaciones fueron permitidas por los “papas conciliares” y el nuevo Código de Derecho Canónico, que les otorgó fuerza de ley. La Santa Sede otorgó a los Tribunales Diocesanos plena autoridad para anular todos los matrimonios que deseen.

Creo que la razón del cambio en el enfoque de Roma es principalmente filosófica. La Iglesia, en los documentos conciliares y postconciliares, ha pasado de su rigor y objetividad tradicionales a un personalismo subjetivo que se centra más en las experiencias que en los principios como fundamento de la virtud y, sí, de la validez de los matrimonios. Como ejemplo, si se abriera el libro New Commentary on the Code of Canon Law (Nuevo Comentario al Código de Derecho Canónico), encargado por la Sociedad de Derecho Canónico de América, se encontraría lo siguiente en referencia a la naturaleza misma del consentimiento matrimonial:

“Si bien el Código de 1917 solo requería que las partes supieran que el matrimonio es una societas, un término que se usaba a menudo para una sociedad comercial, el código revisado requiere el conocimiento de que es un consortium, una sociedad que implica cooperación, apoyo y compañía mutuos” (p. 1304).

En otras palabras, si uno de los cónyuges es considerado por el otro como no brinda suficiente “tiempo, amor y ternura” al otro, esto puede considerarse un defecto en el consentimiento al momento del matrimonio y llevar a una anulación. Los términos mismos de los cánones pueden ser manipulados y presentados de manera que puedan llevar a la obtención de una anulación.

5. ¿Cómo deben los católicos considerar esta situación?

Hay dos perspectivas que distinguir cuando un católico enfrenta este sistema progresista de anulaciones: una perspectiva moral y una jurídica.

Perspectiva moral

Es extremadamente lamentable que desde Juan XXIII, la Santa Madre Iglesia haya sido tomada por el progresismo, que tiende a destruir su doctrina e instituciones tanto como puede. Estamos presenciando esto en el nivel dogmático -cambio de eclesiología, cambio del concepto de Papado, cambio de la noción de dogmas, cambio del significado de los Sacramentos, etc.- y también en el nivel moral. La inversión de los fines del matrimonio -el amor primero en lugar de la procreación- presentada en la constitución conciliar Gaudium et Spes (§§ 47-52) fue ya el comienzo de un declive moral en la Iglesia hasta el punto en que nos encontramos hoy.

Un católico debe saber que esta enorme liberalización de la moral es errónea y que pretende destruir la tradición católica sobre el matrimonio.


Una vez que conozca el texto del nuevo Código y su interpretación, el católico debe oponerse a él en la medida de lo posible, de acuerdo con la doctrina católica y dentro de los límites legales. Es decir, debe informar a los demás, en la medida de lo posible, de que estos párrafos, introducidos después del concilio Vaticano II, son la principal causa del aluvión de anulaciones que estamos presenciando.

Perspectiva jurídica 

(Nota de Diario7: el sacerdote autor de este artículo pertenece al tradicionalismo de R y R)

Dado que no somos sedevacantistas, es decir, que no reconocemos otra autoridad que el papa y los tribunales delegados por él para resolver casos de matrimonio, nos sometemos a las decisiones de la Santa Sede o de los Tribunales Diocesanos sobre este tema.

Creemos que actuar de otro modo sería aumentar el caos que ya provocan las anulaciones actuales.

Esto significa que, jurídicamente hablando, aceptamos dichas anulaciones como válidas. Si bien no estamos de acuerdo con los abusos morales que se están cometiendo, no cuestionamos la validez jurídica de las decisiones de los tribunales.

En este sentido, la postura que adoptamos y que aconsejamos a los demás es la que el sentido común nos dicta ante los malos jueces: “abusum non tollit usum” [el abuso no invalida el uso]. Los abusos morales de nuestros tribunales eclesiásticos no invalidan sus decisiones. Ciertamente, los malos jueces —en este caso, los obispos, los jueces de la Rota Romana y, en última instancia, el papa— tendrán que rendir cuentas ante Dios por sus decisiones. Pero para el católico común, no queda otra posibilidad que aceptarlas.

6. Respuestas a las preguntas

Después de esta larga explicación que sienta las bases para responder preguntas, responderé:

A. Pregunta: ¿Está obligado un hijo adulto y su esposa a aceptar a un padre en su hogar si este último ha obtenido una anulación que es muy dudosa?

Respuesta: Usted dice que la anulación es muy dudosa. No explica por qué. Permítame suponer dos posibilidades.

• Es dudosa porque usted tiene datos concretos de que su padre mintió o engañó en el proceso o sobornó a alguien en el tribunal para dar una sentencia a su favor. Si este es el caso, usted tiene la obligación moral de presentar sus pruebas ante el Tribunal Diocesano y, si es necesario, apelar su decisión ante un tribunal eclesiástico superior y esperar una sentencia final. Hasta que llegue, es aconsejable no recibir al padre o madre a quien acusa de deshonestidad.

• Es dudoso porque, en general, usted no cree en todo el sistema de anulaciones tal como se estableció después del concilio Vaticano II. Esta duda sería una duda moral, con respecto a la legitimidad de estas sentencias. Esta hipótesis se enmarca en lo que he comentado anteriormente. Estoy de acuerdo en que existe una seria duda moral: debemos resistir esta liberalización e intentar detenerla haciendo saber a los demás lo malos que son esos cánones. Pero en el ámbito jurídico, un católico debe aceptar las sentencias de los tribunales. Por lo tanto, si se emitió una anulación que declara nulo el matrimonio de sus padres, el nuevo matrimonio de su padre o madre se considera válido. Así pues, usted puede recibir a su padre o madre y a su (nueva) esposa, dado que la Iglesia le dio su aprobación. No habría falta alguna por parte del hijo o la hija al permitir la entrada a la madre o al padre en cuestión, así como al nuevo cónyuge. Ni el padre ni el (nuevo) cónyuge son, en términos de derecho canónico, pecadores notorios que deban ser privados de la Sagrada Comunión.

Sin embargo, esto no significa que estés obligado a recibirlos en tu casa. Puedes expresar a tu padre o madre que, si bien aceptas la validez de la sentencia jurídica del tribunal eclesiástico, tienes dudas sobre la legitimidad de la orientación moral que se está siguiendo.
 
B. Pregunta:¿Estarían el hijo y la esposa deshonrando al progenitor si, tras solicitar y obtener la “anulación” en la iglesia conciliar, el hijo no permitiera que la nueva “esposa” del progenitor que se volvió a casar entrara en su casa?

Respuesta: No, el hijo no deshonraría al progenitor. No se deshonraría al progenitor al no permitir la entrada del nuevo cónyuge al hogar, ni siquiera cuando esté solo. El hijo tiene razones morales suficientes para hacerlo, como ya he explicado. El hijo de dicho progenitor sería libre de aceptar o rechazar al cónyuge, dependiendo de la intensidad de sus sentimientos respecto a la causa alegada para la anulación, lo cual variará según cada caso y las circunstancias.