jueves, 17 de septiembre de 2026

17 DE SEPTIEMBRE: SANTA HILDEGARDA, VIRGEN Y ABADESA


17 de Septiembre: Santa Hildegarda, Virgen y Abadesa de Bingen

(✞ 1179)

Hildegarda nació en 1099 y fue una niña extraordinaria, marcada por la gracia desde temprana edad. Desde los tres años, poseía una visión interior y una profunda comprensión de los asuntos sobrenaturales. Todo aquello que otros aprenden con tanto esfuerzo de la historia bíblica y el catecismo, y todo lo que ocurre de forma invisible y misteriosa perpetuamente entre el Cielo y la tierra, Hildegarda lo veía con claridad. Lo percibía como una luz brillante, a la que llamaba la sombra de la luz.

¿Cómo? ¿Puede una luz convertirse en sombra? Parece que ese fue el caso de Hildegarda, pues a veces veía otra luz, infinitamente más brillante, de modo que, comparada con ella, la luz que habitualmente la iluminaba parecía una sombra. Y bien podría ser que esta segunda luz fuera Dios mismo, la luz eterna. Que esto pudiera ser así se sugiere quizás también por el hecho de que Hildegarda sentía una alegría inefable cuando aparecía la luz más brillante y caía en una profunda tristeza cuando desaparecía. Porque cuanto más cerca está una persona de Dios en la oración y las buenas obras, más alegre y pacífica es, y cuanto más se aleja de Dios por los errores y los pecados, más inquieta y perturbada suele sentirse.

Sin embargo, la visión interior de Hildegarda no la convirtió en una soñadora o fantasiosa poco práctica, ni le impidió en absoluto convertirse en una mujer capaz y una excelente administradora. A los ocho años, se fue a vivir con su tía, la condesa Jutta von Spanheim, quien era abadesa de un convento en Disibodenberg, a seis horas a pie del Rin, en el río Nahe. Allí Hildegarda aprendió a leer y cantar, a usar aguja, hilo, dedal, telar y zurcir; aprendió a hilar, tejer, hacer punto y ganchillo, cocinar, preparar medicinas y cuidar a los enfermos. Así, ella, que también se había hecho monja a los quince años, fue elegida abadesa por unanimidad a los cuarenta años tras la muerte de su tía Jutta, y supo dirigir el monasterio con más alegría que temor al Señor y, por el creciente número de Hermanas, pudo fundar dos monasterios más: uno en el Rupertsberg, cerca de Bingen, a orillas del Rin, y el otro en la margen derecha del Rin, justo enfrente de Eibingen.

Santa Hildegarda fue, por lo tanto, una mujer que, aunque completamente consagrada a Dios, estaba plenamente comprometida con la vida. Y así debe ser, pues la piedad y la practicidad siempre deben ir de la mano, y una sin la otra es imposible, como dice el proverbio: “Ser perezoso en el trabajo y diligente en la oración es como tocar el órgano sin accionar el fuelle”. Ninguna de las dos produce nada que valga la pena.

Para sus hermanas, Santa Hildegarda era como una madre amorosa, fiel, siempre amable y servicial. Y como su corazón albergaba mucho más amor del que sus subordinadas necesitaban, prodigaba esta bondad a los pobres y oprimidos, quienes en aquellos tiempos difíciles acudían en masa a las puertas del convento, llegando incluso a entrar y salir constantemente. Los remedios de la abadesa, preparados por ella misma con hierbas y raíces, eran especialmente apreciados y a menudo resultaban en curaciones milagrosas. Así, Santa Hildegarda, la amorosa madre de sus Hermanas, se convirtió también en una madre benevolente para su pueblo y su nación.

Sin embargo, así como una verdadera madre no permanece en silencio ante el desorden y la rebeldía, Santa Hildegarda actuó con la misma convicción. Sin temor ni vacilación, se presentó ante el Papa y el Emperador y habló con tanta vehemencia y énfasis a obispos, príncipes y a todos aquellos que cometían injusticias, amenazándolos con el juicio divino, que incluso el poderoso emperador Barbarroja tembló ante ella. Así, vemos que la mera amenaza de una mujer justa puede aterrorizar incluso a los hombres más fuertes.
 
Oración:

Señor, fuente de vida y de sabiduría, que has llenado
a Santa Hildegarda de Bingen de espíritu profético, ayúdanos para que con su ejemplo reflexionemos en tus caminos y sigamos tu guía, para que en la oscuridad reconozcamos la luz de tu claridad y estemos en vela para el instante en que Tú quieras encontrarnos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

17 DE SEPTIEMBRE: SAN PEDRO DE ARBUÉS, MÁRTIR


17 de Septiembre: San Pedro de Arbués, mártir

(✞ 1485)

El valeroso mártir de la Fe, y decoroso ornamento de la Inquisición de España, San Pedro de Arbués, fue hijo de don Antonio Arbués y de doña Sancha Ruiz, y nació en la villa de Epila, a unas seis leguas de Zaragoza.

Alcanzó en la Universidad de Bolonia gran renombre de sabio, y brilló en las dos cátedras del insigne Colegio que había allí fundado Don Egidio Albornoz, Arzobispo de Toledo y Cardenal de la Iglesia romana. 

El grado de Doctor que recibió se hallaba acompañado de singular mención honorífica por sus virtudes, por estas palabras: “Los multiplicados dones de virtudes con que el Altísimo engrandeció la persona del maestro en artes y filosofía Pedro de Arbués, etcétera...”

Le recibieron después con gran honra en la Iglesia Metropolitana de San Salvador de Zaragoza los Canónigos Regulares de la Orden de San Agustín, y como llegase a oídos de los Reyes Católicos la fama de sus grandes letras y virtudes, lo nombraron Inquisidor del Reino de Aragón, en cuyo Santo Oficio mostró admirable discreción, celo y entereza. 

Más habiendo juzgado reos de ciertas horrendas abominaciones a algunos judíos ricos que por sola hipocresía se habían bautizado juntáronse en concilio y enviaron a Córdoba procuradores que se quejasen a los Reyes Católicos del rigor que con los judíos usaba Pedro de Arbués. 

No hicieron caso los Católicos Monarcas de aquellas falsas acusaciones, porque estaban tan satisfechos de la prudencia y santidad del Inquisidor, como cansados de las traiciones de los moros y de la perfidia de los judíos. 

Entonces dieron estos buena suma de oro a un hombre facineroso llamado Juan de Labadia, el cual la repartió con otros dos asesinos llamados Juan Esperán y Vidal Durán. 

Algunos amigos del santo le avisaron de ese peligro, y él les respondió sin turbarse: 

- Ya que no soy buen sacerdote, al menos seré buen mártir. 

Los tres asesinos se escondieron una noche en la Iglesia, al tiempo que solía ir a ella el santo vestido con los hábitos de coro para asistir a Maitines, así que se hincó de rodillas ante el altar mayor para hacer una breve oración, y cayeron sobre él, y le dieron con sus espadas tantas cuchilladas que le dejaron medio muerto. 

Cuando los malvados judíos le daban la muerte, en el coro se cantaba aquel verso que dice: “Cuarenta años me hallé con esta gente y dije: yerran siempre por la ceguedad de su corazón”, y al caer mortalmente herido, exclamó: 

- Muero por Jesucristo, pues muero por su Santa Fe. 

Fue llevado luego a su casa, y al cabo de dos días, pidiendo perdón por sus enemigos, y recibidos con gran devoción los Sacramentos, Dios espíritu al creador a la edad de cuarenta y tres años. 

Toda Zaragoza mostró gran sentimiento ante su muerte, y por espacio de tres días no se celebraron en la Catedral los divinos oficios, y se vistieron de luto a los altares hasta que se purificó el templo de aquella sacrílega violación, y por un año entero se cantaron los oficios en tono fúnebre.

Reflexión

Muy honrado es por Dios con prodigios, y por la Iglesia con universal veneración, el gloriosísimo Inquisidor San Pedro de Arbués, el cual murió a manos de los pérfidos judíos, por el celo de conservar la Fe Católica, que es el mayor beneficio que Dios puede hacer a una nación. Tengamos pues en gran estima esta prenda del cielo; y ya que los gobiernos liberales la posponen a los intereses de la tierra, procuremos guardarla con todo cuidado en nuestras almas. Antes perder la vida que la fe. 

Oración

Concédenos, oh Dios omnipotente, que sigamos con la debida devoción la Fe de tu bienaventurado mártir San Pedro de Arbués, el cual mereció alcanzar la palma del martirio por la confesión de la misma Fe. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Nota Diario7: Con la “reforma” del calendario litúrgico de 1969, la conmemoración de San Pedro de Arbués dejó de ser obligatoria para todas las parroquias del mundo. En la actualidad, su fiesta se celebra en sus lugares de patronazgo, como la Archidiócesis de Zaragoza, España, o en su localidad natal de Épila.
 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

LA SINODALIDAD ACABARÁ CON EL CATOLICISMO

Una Iglesia que se gobierna por consenso sinodal es una institución distinta de aquella que, durante dos milenios, ha existido para transmitir lo que ha recibido.

Por Brad Miner


La Iglesia Católica siempre se ha distinguido de otras confesiones cristianas por su pretensión de poseer, y estar obligada por, un depósito de fe transmitido por los Apóstoles. La Iglesia procede de Cristo, y no inventa, ni revisa ni vota sobre su Magisterio, su aplicación autorizada de ese depósito de fe. Recibe, custodia y transmite esa fe antigua. La doctrina puede desarrollarse, como la describió san John Henry Newman, creciendo en claridad y aplicación, como una bellota que se convierte en roble. Pero no puede ser renegociada¡ni revertida!— por el “sentir de la mayoría” ni por el “entusiasmo contemporáneo”.

La pretensión de haber recibido la Verdad y de custodiarla constituye la razón de ser de la Iglesia y la convierte en algo más que una asociación religiosa voluntaria. Sin embargo, la sinodalidad, independientemente de lo que afirmen sus defensores, introduce un mecanismo capaz de disolver dicha pretensión: un proceso permanente, indefinido y participativo para generar consensos eclesiales contemporáneos e interminables que, cada vez más, funcionan como fuentes de autoridad rivales, paralelas al depósito establecido de la fe y, por lo tanto, por delante del Magisterio destinado a custodiarlo, e incluso, desde la perspectiva de los innovadores, por delante de él.

La ambigüedad que hemos observado hasta ahora en el proceso sinodal no ha sido casual. Es una característica inherente, no un defecto. Tras múltiples encuentros sinodales, la Iglesia aún no cuenta con una definición precisa de “sinodalidad”; solo ofrece descripciones de un “estilo”, un “proceso” o un “instinto”. Esta incapacidad para definir claramente la “sinodalidad” no es una omisión menor.

Recuerda a la primera campaña de Barack Obama, que definió su programa con una sola palabra: “Cambio”. Aquello no significó nada entonces; “Caminando juntos” no significa nada ahora. ¿Dónde está nuestro punto de referencia?

Santo Tomás de Aquino y otros, incluidos los primeros Padres de la Iglesia, y varios Concilios, le han dado a la Iglesia un punto de referencia fijo y un vocabulario técnico compartido lo suficientemente preciso como para permitir la resolución de todas las disputas reales. La “sinodalidad” no tiene nada equivalente. Se basa en el “discernimiento individual” y el “sentido de los fieles”, categorías que son prácticamente infalsificables: ¡cualquier conclusión que tome el cuerpo reunido se interpreta retrospectivamente a través de la escandalosa afirmación de que cada nueva propuesta es lo que el “Espíritu Santo” decía desde el principio! ¡Finalmente, nos dicen, estamos escuchando!

Pero un proceso sin criterios fijos de corrección no es discernimiento; es la construcción de consensos con vocabulario teológico añadido, como las pegatinas que mis nietos pegan en prácticamente todo, incluso en la cara del abuelo.

La historia nos muestra adónde nos llevará esto. La Iglesia de Inglaterra es el análogo institucional más cercano que tenemos, y demuestra exactamente cómo se desarrolla el proceso a lo largo del tiempo: órganos “sinodales” que incorporan al clero y a los laicos en la toma de decisiones, autonomía provincial bajo una autoridad central flexible y una secuencia constante de cambios, cada uno introducido como modestas adaptaciones  “pastorales” —el nuevo matrimonio después del divorcio, la ordenación de mujeres, las bendiciones para las uniones entre personas del mismo sexo, la aprobación de la anticoncepción artificial, la ambigüedad sobre el aborto—, todo lo cual, con el tiempo, transforma las doctrinas del anglicanismo y fractura su unidad.

Provincias anglicanas y episcopales enteras se niegan ahora a reconocer las posturas de la otra sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo y la ordenación de mujeres. La investidura de Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury ha provocado un cisma dentro del anglicanismo.

Sin embargo, es el mecanismo, y no una sola decisión, lo que siempre ha sido y sigue siendo el peligro real y constante.

Y ese mismo mecanismo es inherente a cualquier versión católica de la “sinodalidad”. El Camino Sinodal alemán impulsa un concilio sinodal permanente que otorgaría a los laicos autoridad compartida con los obispos en materia de doctrina y disciplina. Roma ha intervenido directamente para detenerlo, pero varios obispos alemanes aún se resisten abiertamente a las advertencias del Vaticano. ¿Quién sabe cuál será el resultado? Sin embargo, una iglesia “nacional” que intenta institucionalizar exactamente el modelo anglicano dentro de las estructuras católicas solo ha sido contenida hasta ahora por la intervención directa de Roma. Se trata de un control frágil, no de una garantía estructural. Y la “sinodalidad” sigue presente en la mente de León XIV.

Mientras tanto, el filtro tradicional que protegía al Magisterio de la inercia sinodal se ha debilitado desde dentro: con la reforma del procedimiento sinodal de 2018, un papa puede adoptar directamente el documento final de un sínodo como parte de su “magisterio ordinario”, omitiendo la exhortación postsinodal que históricamente permitía a los papas reformular o rechazar las propuestas sinodales. Ese filtro funcionó según lo previsto cuando Francisco rechazó la propuesta del Sínodo Amazónico sobre el sacerdocio casado. Pero no funcionó así para la asamblea sinodal de 2024, cuyo documento final se convirtió en enseñanza magisterial de inmediato, sin esa exhortación intermedia. La misma salvaguarda que los defensores de la “sinodalidad” señalan como prueba de que el sistema no puede escapar de sí mismo es ahora opcional y queda a discreción del papa, lo que significa que no es una salvaguarda estructural, sino solo personal, válida solo mientras quien ostenta el cargo decida usarla, o no.

Recordemos cómo Francisco respondió a las inquietudes sobre la redacción de Amoris Laetitia (2016), que permitía (“con discernimiento”) la recepción de la Eucaristía por parte de parejas divorciadas y vueltas a casar por lo civil. Les dijo a los obispos de Argentina, que buscaban claridad, que “no hay otras interpretaciones”. Al hacerlo, abrogó el derecho canónico y nos dio un anticipo del “proceso sinodal”.

Y ahí está Fiducia suplicans, un mecanismo “pastoral” innovador y pasivo-agresivo para bendecir a “parejas” del mismo sexo, que se extiende incluso cuando se considera que la definición inmemorial de matrimonio permanece inalterada. Y ahí se da la secuencia precisa que ha precedido al cambio doctrinal en todas las denominaciones protestantes: primero avanza la práctica, bajo cobertura pastoral, y se declara que la doctrina permanece inalterada... hasta que esa ficción se vuelve insostenible.

Por eso la amenaza sinodal es existencial. Lo que está en juego no es solo esta o aquella enseñanza, sino aquello que hace de la Iglesia Católica la Iglesia Católica: un depósito de fe autoritativo e innegociable, custodiado por un Magisterio cuyos preceptos vinculan a todos los creyentes.

Una Iglesia que se gobierna por consenso sinodal es una institución distinta de aquella que, durante dos milenios, ha existido para transmitir lo que ha recibido. Puede conservar su nombre, sus edificios e incluso su jerarquía estructural. Lo que debe perder es la afirmación que la hacía digna de ser católica. Y esa pérdida, una vez que el mecanismo siga su curso, probablemente no se revertiría con otra votación.
 

LA VERDAD DE LAS ESCRITURAS – JOSÉ ANTONIO PAGOLA (1)

Pagola estima que si se busca la verdad histórica de Jesús, es preciso prescindir de todo testimonio de la fe.

Por el padre José María Iraburu


Este blog viene señalando en el edificio de la Santa Iglesia los lugares afectados por aquellas ruinas más peligrosas, que con más urgencia exigen remedio. Por eso he tratado con especial insistencia sobre los errores doctrinales, porque son los más ruinosos para la Iglesia, ya que afectan a su propio fundamento.

De mis artículos publicados, más de 30 han tratado sobre los errores doctrinales más difundidos hoy en la Iglesia: teólogos disidentes y teólogos ortodoxos no combatientes (aquí y aquí), reprobaciones tardías (aquí), indigenismo teológico desviado (aquí, aquí y aquí), errores en cristología, liturgia y moral (Olegario, Borobio, Flecha, (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), grandes rebajas arrianas y pelagianas del cristianismo (Schillebeeckx, modernistas, etc. (aquí, aquí, aquí y aquí), voluntarismos pelagianos o semipelagianos (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), luteranismo y quietismo (aquí). Es necesario reafirmar hoy la verdad católica sobre gracia-libertad (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), como lo hace Sta. Teresa del Niño Jesús (aquí, aquí, aquí y aquí). Sin embargo, por algunas consideraciones prudenciales, he ido demorando hasta ahora un tema que de suyo habría que haber examinado al principio: las interpretaciones falsas de la Sagrada Escritura.

Analizaré, pues, ahora como ejemplo la obra de Pagola sobre Jesús. Pero aviso desde el principio que sus errores no son propiamente suyos, personales. Los hallamos ya formulados de modo casi igual en sectores liberales protestantes del siglo XIX. Los encontramos también en González Faus, S. J., Jon Sobrino, S. J., Torres Queiruga y en un gran número de teólogos actuales españoles y extranjeros. Son errores ampliamente difundidos en parroquias, catequesis, comunidades de religiosos o de laicos. El “caso Pagola”, por lo tanto, es sólo una anécdota en esa selva de innumerables errores. Y únicamente elijo analizarlo por la extraordinaria difusión de su obra.

Don José Antonio Pagola (Añorga, Guipúzcoa, 1937), sacerdote diocesano de la Diócesis de San Sebastián, ha sido profesor en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Vitoria. Durante el episcopado de Mons. José María Setién en su diócesis, hasta el 2000, fue muchos años Vicario General, y algunos, Rector del Seminario. Siendo Obispo de la diócesis Mons. Juan María Uriarte, Pagola ha sido director del Instituto de Teología y Pastoral. Ha publicado un buen número de obras, y sus escritos tienen una amplísima difusión en diversos diarios y revistas, así como en internet.

Jesús. Aproximación histórica (Editorial PPC, Madrid septiembre 2007, 542 páginas) ha sido sin duda la obra más notable de Pagola, y tuvo en pocos meses ocho ediciones. Ya en diciembre de 2007, Mons. Demetrio Fernández, entonces obispo de Tarazona, publicó una nota reprobatoria: El libro de Pagola hará daño, y un cierto número de autores publicamos también poco después artículos en el mismo sentido. La Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, con la autorización de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, hizo también graves objeciones a la obra (18-VI-2008) en una Nota de clarificación sobre el libro de José Antonio Pagola, “Jesús. Aproximación histórica”. Posteriormente, en septiembre de 2009, con el nihil obstat de Mons. Uriarte, se publicó en PPC una “9ª edición renovada”; pero poco después la misma Editorial mandó retirarla de las librerías. Los comentarios míos que siguen remiten a la edición 4ª, de 2007.

Un método histórico y exegético inaceptable

La aproximación histórica a Jesús implica necesariamente una exégesis bíblica, ya que los datos fundamentales que el investigador tiene sobre Jesús están en la Sagrada Escritura. Ahora bien, como no sea de la mano de la Iglesia, no es posible entrar en el jardín de las Escrituras sin pisotear las flores. Por eso el Concilio Vaticano II afirma un principio fundamental para la interpretación verdadera de la Sagrada Escritura: Tradición, Escritura y Magisterio “están unidos y vinculados, de tal modo que ninguno puede subsistir sin los otros” (DV 10). Pagola, por el contrario, prescindiendo del marco tradicional y eclesial, busca a Jesús ateniéndose al historicismo racionalista y a una cierta exégesis crítica, que se quedan al servicio de su propia ideología teológica. La Nota de la Comisión de la Fe señala en esta mala metodología

“a) la ruptura que, de hecho, se establece entre la fe y la historia [él hace con frecuencia que la historia niegue lo que la fe afirma]; b) la desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios [la niega siempre que afirman algo que él quiere negar]; y, c) la lectura de la historia de Jesús desde unos presupuestos [ideológicos] que acaban tergiversándola” (nº 3). Es, pues, un libro, según Mons. Demetrio Fernández, “que presenta a un Jesús vaciado y rellenado, según la técnica de la desmitologización promovida por R. Bultmann, y que otros autores han seguido en las últimas décadas: E. Schillebeeckx, J. Sobrino, etc., cada uno a su manera… Por ese camino podemos presentarnos un Jesús a nuestra medida y a nuestro gusto, según la moda del momento, y hacerlo además con argumentos de crítica histórica… Es como si la Iglesia hubiera adulterado el mensaje y tuviéramos que acudir a las fuentes más puras para reencontrar al Jesús perdido, y todo ello so pretexto de historicidad. Esto me suena a prejuicio de A. Harnack, historiador protestante liberal [1851-1930], maestro de R. Bultmann [1884-1976]”.

Benedicto XVI, en el prólogo de su libro Jesús de Nazaret, después de valorar debidamente el método exegético histórico-crítico, advierte que las “reconstrucciones de Jesús” que se intentan a veces ateniéndose a tal método, sin otros apoyos mayores, son falsas. “Quien lee una tras otra algunas de estas reconstrucciones puede comprobar enseguida que son más una fotografía de sus autores y de sus propios ideales que un poner al descubierto un icono que se había desdibujado”». Así sucede en este caso. La aproximación histórica del libro que ahora examinamos no nos muestra el verdadero rostro de Jesús, sino el rostro de don José Antonio Pagola.

Los Apóstoles dan testimonio de lo que han “visto y oído” 
(Jn 19,35; 1Jn 1,1-3; Hch 2,22; 4,20; 5,32; Catecismo 126 y 515)). 

Pagola, por el contrario, estima que si se busca la verdad histórica de Jesús, es preciso prescindir de todo testimonio de la fe. Es por tanto necesario ignorar la luz que da sobre Jesús la Iglesia, todavía indivisa, en los siete primeros Concilios ecuménicos. Antes, es preciso ignorar todo lo que sobre Él dicen los profetas del Antiguo Testamento. Y más aún, ni siquiera hay que tener en cuenta lo que dicen de Jesús en el Nuevo Testamento aquellos que convivieron con él durante años, como Pedro, Juan y Mateo. Pagola contra-dice sus testimonios siempre que no encajan en su personal cristología. Si los Apóstoles, por ejemplo, afirman que “vieron”, que “tocaron” a Jesús, y que “comieron” con él después de su resurrección, él no tiene ningún inconveniente en negar la veracidad de esas afirmaciones apostólicas.

Y es que estima que estos modos de hablar de Cristo, al proceder de creyentes, no son neutrales, no dan, pues, la verdad histórica de Jesús, sino que, desde el punto de vista estrictamente científico, están ya contaminados por la fe católica, que se fue desarrollando en los primeros discípulos después de la resurrección. Una investigación rigurosa de la figura histórica de Jesús exige no tenerlos en cuenta.

Pagola intenta, pues, a veinte siglos de distancia, una “aproximación histórica” a Jesús, que emplea únicamente el método histórico-crítico y otros métodos complementarios –el acercamiento sociológico, la antropología cultural, algunas claves de la teología de la liberación y del feminismo–. Solo deja que le acompañen en su tarea un cierto número de exegetas de su elección y algunos teólogos progresistas. No ignora “el testimonio neutral de los escritores romanos” (485), como Flavio Josefo y Tácito, que hacia el año 100 hablan de Jesús. Y también tiene en cuenta los Evangelios apócrifos. Pero preserva escrupulosamente el carácter científico de su investigación histórica, protegiéndola de todo testimonio de la fe, aunque éste proceda de los propios compañeros de Jesús, como Juan o Mateo, o de discípulos directos de los Apóstoles, como Clemente Romano o Ignacio de Antioquía, o casi directos, como Justino o Ireneo.

Por otra parte, tengamos claro desde el principio que Pagola, a esta “aproximación histórica” a Jesús, une la exposición de muchas doctrinas de teología dogmática y moral, que con bastante frecuencia son inconciliables con la fe católica. Sus errores, pues, no se circunscriben a la cristología. Lo iremos comprobando en seguida.

Jesús nunca pensó en fundar la Iglesia

Lo afirma Pagola como si fuera una verdad científica, históricamente demostrable. “Jesús no dejó detrás de sí una “escuela”, al estilo de los filósofos griegos, para seguir ahondando en la verdad última de la realidad. Tampoco pensó en una institución dedicada a garantizar en el mundo la verdadera religión. Jesús puso en marcha un movimiento de “seguidores” que se encargaran de anunciar y promover su proyecto del 'reino de Dios'” (467). “Jesús no pretendió nunca romper con el judaísmo ni fundar una institución propia frente a Israel. Aparece siempre convocando a su pueblo para entrar en el reino de Dios” (474-475). Menos aún pensó en establecer una comunidad con autoridades sagradas propias.

“En el movimiento de Jesús desaparece toda autoridad patriarcal y emerge Dios, el Padre cercano que hace a todos hermanos y hermanas. Nadie está sobre los demás. Nadie es señor de nadie. No hay rangos ni clases. No hay sacerdotes, levitas y pueblo. No hay lugar para los intermediarios. Todos y todas tienen acceso directo e inmediato a Jesús y a Dios, el Padre de todos […] Sus seguidores, hombres y mujeres, se sientan en corro alrededor suyo; nadie se coloca en un rango superior a los demás; todos escuchan su palabra y todos juntos buscan la voluntad de Dios” (291). “Por eso en ninguna de las tradiciones evangélicas se presenta a alguien desempeñando algún tipo de función jerárquica dentro del grupo de discípulos. Jesús no ve a los Doce actuando como “sacerdotes” con respecto a los demás” (292).

Omite Pagola que Jesús, de entre todos sus discípulos, constituyó mediante elecciones personales el grupo de los Doce, encabezados por Pedro, dándoles una especial autoridad de “atar y desatar” (Mt 16,19; 18,18). Ese dato, por lo visto, no tiene para él fuentes históricas suficientes que lo acrediten. Sin embargo, es un dato que no sólo es cierto en la Escritura, sino que también está confirmado por el hecho de que hallamos ya al principio iglesias locales regidas por Obispos, presbíteros y diáconos. Por eso, de ser cierto lo que Pagola afirma, habría que concluir que Pedro, Pablo, Clemente romano, Ignacio de Antioquía, o veinte siglos más tarde, el Vicario General de San Sebastián, malentendieron o traicionaron “el proyecto de Jesús”, ostentando abusivamente una autoridad espiritual falsa.

Consta, en efecto, que ellos presidieron y gobernaron pastoralmente sus Iglesias, que afirmaron su autoridad apostólica (2Cor 10,1-11), y que llegaron a excomulgar en casos extremos (1Cor 5,1-5), cumpliendo lo dispuesto por Jesús (Mt 18,15-18). Desde el mismo inicio de la Iglesia, rompieron, pues, “el corro” igualitario proyectado por Jesús, estableciendo una Jerarquía apostólica (hier-archia, sagrada-autoridad; del griego, hieros, sagrado, y arkhomai, yo mando).

Por el contrario, en la visión de Pagola, no es Cristo el fundador verdadero de esa gran institución sagrada que es la Iglesia, “sacramento universal de salvación” (Vat II: LG 48; AG 1). Él nunca pensó en fundarla. La Iglesia nació de los hombres, de ciertas necesidades históricas concretas. Por eso Pagola omite el acontecimiento de Pentecostés, contrario a su tesis:

“Jesús ni pudo ni quiso poner en marcha una institución fuerte y bien organizada, sino un movimiento curador que fuera transformando el mundo en una actitud de servicio y amor” (292). “Nunca pensó en un grupo cerrado y excluyente. No quería formar con ellos una comunidad de “elegidos” de Dios” (293). “Lo que más le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable” (465).“Pertenecer a la Iglesia es comprometerse por un mundo más justo” (466). “Seguir a Jesús pide desarrollar la acogida. No vivir con mentalidad de secta. No excluir ni excomulgar” (467).

Jesús “no quiso, ni pudo” impulsar una fuerte institución, una Iglesia… Pero resulta que muy pronto una Iglesia, cada vez más fuerte y extendida, se formó de hecho en gran parte del entorno mediterráneo. Ya ven ustedes: quienes excusan el Jesús de Pagola, alegando que un estudio histórico es algo muy distinto de un tratado teológico, tendrían que comenzar por reconocer que su aproximación histórica es en gran medida arbitraria. Está al servicio de unas doctrinas teológicas y morales falsas. Dios mediante, lo seguiremos comprobando.
 

FRAGMENTOS DE CARTAS DE LOS SECTARIOS

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA



III. — FRAGMENTO DE UNA CARTA que no lleva más firma que una escuadra, pero que, cotejada con algunas otras escrituras de la misma mano, parece emanar claramente del comité director y tener una autoridad especial. Es del 20 de octubre de 1821:

“En la lucha entablada actualmente entre el despotismo sacerdotal o monárquico y el principio de libertad, hay consecuencias que es necesario sufrir, principios que, ante todo, importa hacer triunfar. Un fracaso estaba dentro de los acontecimientos previstos; no debemos entristecernos por ello más de la cuenta; pero si este fracaso no desalienta a nadie, deberá, en un tiempo dado, facilitarnos los medios para atacar al fanatismo con mayor fruto. Solo se trata de exaltar siempre los espíritus y de aprovechar todas las circunstancias. La intervención extranjera, en cuestiones por así decirlo de policía interior, es un arma efectiva y poderosa que hay que saber manejar con destreza. En Francia, se acabará con la rama mayor [de los Borbones] reprochándole incesantemente haber regresado en los furgones de los cosacos; en Italia, hay que hacer igualmente impopular el nombre del extranjero, de modo que, cuando Roma sea seriamente sitiada por la Revolución, un auxilio extranjero sea, de entrada, una afrenta incluso para los nativos fieles. Ya no podemos marchar hacia el enemigo con la audacia de nuestros padres de 1793. Estamos limitados por las leyes y mucho más aún por las costumbres; pero, con el tiempo, tal vez se nos permita alcanzar la meta que ellos no lograron. Nuestros padres pusieron demasiada precipitación en todo, y perdieron la partida. Nosotros la ganaremos si, conteniendo las temeridades, logramos fortalecer las debilidades.

Es de fracaso en fracaso como se llega a la victoria. Tened, pues, el ojo siempre abierto sobre lo que ocurre en Roma. Desacreditad al clero por todos los medios posibles; haced en el centro de la Catolicidad lo que todos nosotros, individualmente o en cuerpo, hacemos en las facciones. Agitad, salid a la calle sin motivos o con motivos, poco importa, pero agitad. En esta palabra están encerrados todos los elementos del éxito. La conspiración mejor urdida es la que más se mueve y la que compromete a más gente. Tened mártires, tened víctimas; nosotros encontraremos siempre gente que sabrá dar a eso los colores necesarios”.

IV. - CARTA DEL JUDÍO DESIGNADO EN LA SECTA BAJO EL NOMBRE DE PICCOLO-TIGRE. Ella da a los miembros de la Vendita de los Carbonarios, que Piccolo-Tigre había formado en Turín, instrucciones sobre los medios a tomar para reclutar francmasones. Está fechada en enero de 1822:

“Ante la imposibilidad en que nuestros hermanos y amigos se encuentran de decir todavía su última palabra, se ha juzgado bueno y útil propagar por todas partes la luz y dar impulso a todo lo que aspire a moverse. Es con ese fin que no cesamos de recomendaros afiliar a toda especie de gente a toda suerte de congregaciones, cualesquiera que sean, con tal de que el misterio domine en ellas. Italia está cubierta de Cofradías religiosas y de Penitentes de diversos colores. No debéis temer deslizar a algunos de los nuestros en medio de esos rebaños guiados por una devoción estúpida; que estudien con cuidado el personal de esas Cofradías, y vereis que, poco a poco, no faltarán cosechas por hacer.

Bajo el pretexto más fútil, pero jamás político o religioso, cread por vosotros mismos, o mejor aún, haced crear por otros, asociaciones que tengan por objeto el comercio, la industria, la música o las bellas artes. Reunid en un lugar o en otro, incluso en las sacristías o en las capillas, a sus tribus todavía ignorantes; ponedlas bajo la dirección de un sacerdote virtuoso, bien conceptuado, pero crédulo y fácil de engañar; infiltrad el veneno en los corazones elegidos, infiltradlo a pequeñas dosis y como por casualidad: luego, al reflexionar, vosotros mismos os asombrareis de vuestro éxito.
 
Lo esencial es aislar al hombre de su familia, hacerle perder las costumbres familiares. Él está dispuesto, por la inclinación de su carácter, a huir de los cuidados del hogar, a correr tras los placeres fáciles y las alegrías prohibidas. Le gustan las grandes charlas del café, la ociosidad de los espectáculos. Arrastradlo, enganchadlo, dadle una importancia cualquiera; enseñadle discretamente a hastiarse de sus trabajos diarios, y, mediante esta maniobra, después de haberlo separado de su mujer y de sus hijos, y de haberle mostrado cuán penosos son todos los deberes, le inculcaréis el deseo de otra existencia. El hombre ha nacido rebelde; atizad este deseo de rebelión hasta que se vuelva un incendio, pero que el incendio no estalle todavía. Es una preparación para la gran obra que vosotros debeis comenzar.

Cuando hayáis insinuado en algunas almas el disgusto por la familia y por la religión (lo uno va casi siempre a continuación de lo otro), dejad caer ciertas palabras que provocarán el deseo de estar afiliado a la Logia más cercana. Esta vanidad del ciudadano o del burgués de incorporarse a la Francmasonería tiene algo de tan banal y de tan universal, que siempre estoy admirado ante la estupidez humana. Me asombro de no ver al mundo entero golpear a la puerta de todos los Venerables, y pedir a esos caballeros el honor de ser uno de los obreros elegidos para la reconstrucción del Templo de Salomón. El prestigio de lo desconocido ejerce sobre los hombres una potencia tal, que uno se prepara temblando para las fantasmagóricas pruebas de la iniciación y del banquete fraternal.

Encontrarse miembro de una Logia, sentirse fuera de su mujer y de sus hijos, ser llamado a guardar un secreto que jamás se le confía, es para ciertas naturalezas una voluptuosidad y una ambición. Las Logias bien pueden hoy procrear glotones: pero jamás engendrarán ciudadanos. Se cena demasiado entre los T∴ C∴ F∴ (Très Chers Frères [Muy Queridos Hermanos]) y T∴ R∴ F∴ (Très Respectables Frères [Muy Respetables Hermanos]) de todos los Orientes; pero es un lugar de depósito, una especie de haras [criadero de caballos], un centro por el cual hay que pasar antes de llegar a nosotros. Las Logias no hacen más que un mal relativo, un mal atemperado por una falsa filantropía y por canciones todavía más falsas, como en Francia. Eso es demasiado pastoral y demasiado gastronómico, pero tiene un fin que es necesario alentar sin cesar. Al enseñarle a empuñar el arma junto con la copa, se logra así apoderarse de su voluntad., de la inteligencia y de la libertad del hombre. Se dispone de él, se lo gira, se lo estudia. Se adivinan sus inclinaciones, sus afectos y sus tendencias; cuando está maduro para nosotros, se lo dirige hacia la Sociedad Secreta, de la cual la Francmasonería no puede ser más que la antecámara bastante mal iluminada.

La Alta Vendita desea que, bajo un pretexto u otro, se introduzca en las logias masónicas al mayor número posible de príncipes y personas adineradas. Los príncipes de casas soberanas que no tienen la esperanza legítima de ser reyes por la gracia de Dios, aspiran todos a serlo por la gracia de una revolución. El duque de Orleans es francmasón; el príncipe de Carignano también lo fue. No faltan, ni en Italia ni en otros lugares, quienes anhelan los honores —bastante modestos— del mandil y la paleta simbólicos. Otros están desheredados o proscritos. Halagad a todos estos ambiciosos de popularidad y captadlos para la francmasonería: la Alta Vendita determinará después qué uso útil puede hacer de ellos para la causa del progreso.

Un príncipe que no tiene ningún reino esperándolo es buena suerte para nosotros. Hay muchos de ellos por ahí. Hacedlos masones. La Logia los conducirá al Carbonarismo. Llegará un día en que la Alta Vendita tal vez se digne afiliarlos. Mientras tanto, servirán de pegamento para los tontos, los intrigantes, los habitantes de las ciudades y los necesitados. Estos pobres príncipes harán nuestros asuntos creyendo que sólo trabajan en los suyos. Es una señal magnífica, y siempre hay tontos dispuestos a comprometerse al servicio de una conspiración de la que algún príncipe parece ser el puntal.

Una vez que un hombre —incluso un príncipe, y sobre todo un príncipe— haya comenzado a corromperse, tened la certeza de que difícilmente se detendrá en esa pendiente. Son pocas las reservas morales, incluso entre los más virtuosos, y se avanza muy deprisa en esa progresión. No os alarméis, pues, al ver florecer las Logias mientras al carbonarismo le cuesta reclutar adeptos. Es con las Logias con las que contamos para engrosar nuestras filas; sin saberlo, ellas constituyen nuestro noviciado preparatorio. Disertan interminablemente sobre los peligros del fanatismo, la felicidad de la igualdad social y los grandes principios de la libertad religiosa. Entre banquete y banquete, lanzan anatemas fulminantes contra la persecución. Es más que suficiente para ganar adeptos. Un hombre imbuido de estas bellas ideas no está lejos de nosotros; ya solo falta alistarlo en nuestras filas. Ahí, y solo ahí, reside la ley del progreso social; no os toméis la molestia de buscarla en otra parte.

En las circunstancias actuales, no os quiteis nunca la máscara. Limitaos a merodear en torno al redil católico; pero, como buenos lobos, atrapad al paso al primer cordero que se ofrezca en las condiciones propicias. El burgués tiene su valor, pero el príncipe, aún más. No obstante, que esos corderos no se transformen en zorros, como el infame Carignan. La traición al juramento equivale a una sentencia de muerte, y todos esos príncipes —débiles o cobardes, ambiciosos o arrepentidos— nos traicionan y nos denuncian. Por fortuna, sabían poco —o más bien nada— y no pueden conducir a nadie hasta nuestros verdaderos misterios.

En mi último viaje a Francia, observé con profunda satisfacción que nuestros jóvenes iniciados mostraban un ardor extremo en la difusión del Carbonarismo; sin embargo, considero que están precipitando el movimiento en exceso. A mi juicio, están convirtiendo su odio religioso en un odio político. La conspiración contra la Sede Romana no debería confundirse con otros proyectos. Nos exponemos a ver cómo germinan ambiciones ardientes en el seno de las sociedades secretas; ambiciones que, una vez dueñas del poder, podrían abandonarnos. El camino que seguimos aún no está lo suficientemente trazado como para entregarnos a intrigantes o tribunos. Es preciso descatolizar el mundo, y un ambicioso que ha alcanzado su meta se cuidará muy mucho de apoyarnos. La revolución en la Iglesia implica una revolución permanente, el derrocamiento inevitable de tronos y dinastías. Y un ambicioso no puede desear tales cosas. Nosotros aspiramos a metas más altas y lejanas; procuremos, pues, preservarnos y fortalecernos.

Conspiremos únicamente contra Roma: para ello, aprovechemos todos los incidentes y saquemos partido de todas las eventualidades. Guardémonos, sobre todo, de los excesos de celo. Un buen odio —bien frío, bien calculado, bien profundo— vale más que todos esos fuegos artificiales y todas esas declamaciones de tribuna. En París no quieren entender esto; pero en Londres he visto hombres que captaban mejor nuestro plan y se sumaban a él con mayor provecho. He recibido ofertas considerables: pronto dispondremos de una imprenta en Malta. Así podremos, con total impunidad y seguridad, y bajo pabellón británico, difundir de un extremo a otro de Italia los libros, folletos, etc., que la Vendita considere oportuno poner en circulación.

V. - CARTA DE NUBIUS, EL JEFE DE LA ALTA VENDITA, A VOLPE, fechada el 3 de abril de 1824.

“Hemos cargado sobre nuestros hombros un pesado fardo, querido Volpe. Debemos llevar a cabo la educación inmoral de la Iglesia y lograr, mediante pequeños medios bien graduados aunque algo imprecisos, el triunfo de la idea revolucionaria a través del Papa. En este proyecto, que siempre me ha parecido fruto de un cálculo sobrehumano, avanzamos aún a tientas; pero no llevo ni dos meses en Roma y ya empiezo a acostumbrarme a la nueva vida que me está destinada. Ante todo, debo hacerle una observación mientras usted se encuentra en Forlì infundiendo ánimo a nuestros hermanos: y es que, dicho sea entre nosotros, encuentro en nuestras filas muchos oficiales y pocos soldados.

Hay hombres que se alejan misteriosamente, o que en voz baja hacen a cualquier transeúnte confidencias a medias con las que no revelan nada, pero mediante las cuales —ante oídos inteligentes— podrían muy bien dejar que se adivinara todo. Es la necesidad de inspirar temor o celos a un vecino o a un amigo lo que lleva a algunos de nuestros hermanos a cometer estas indiscreciones censurables. El éxito de nuestra obra depende del más profundo misterio; en la Vendita debemos encontrar al iniciado —como el cristiano de La Imitación— siempre dispuesto a “amar el ser desconocido y el no ser tenido en cuenta”. No es para usted, fidelísimo Volpe, que me permito formular este consejo; no presumo que pueda necesitarlo. Al igual que nosotros, usted debe conocer el valor de la discreción y del olvido de sí mismo frente a los grandes intereses de la humanidad; no obstante, si tras un examen de conciencia se considerase culpable de tal falta, le rogaría que reflexionara seriamente al respecto, pues la indiscreción es la madre de la traición.

Hay un sector del clero que muerde el anzuelo de nuestras doctrinas con una vivacidad asombrosa: se trata del sacerdote que nunca tendrá más ocupación que decir misa, ni más pasatiempo que esperar en un café a que den las dos después del Ave María para irse a dormir. Este sacerdote —el más ocioso de entre todos los ociosos que abarrotan la Ciudad Eterna— parece haber sido creado para servir de instrumento a las sociedades secretas. Es pobre, apasionado, está ocioso y es ambicioso; se sabe desheredado de los bienes de este mundo, se cree demasiado alejado del sol del favor como para poder calentarse los miembros, y tiritando en su miseria murmura contra el reparto injusto de los honores y bienes de la Iglesia. Empezamos a aprovechar esos sordos descontentos que la incuria innata apenas se atrevía a reconocer. A este ingrediente de sacerdotes sin oficio —sin funciones y sin más distintivo que una sotana tan raída como su sombrero, que ha perdido ya toda forma original— añadimos, en la medida de lo posible, una mezcla de sacerdotes corsos y genoveses que llegan a Roma con la tiara en la maleta. Desde que Napoleón nació en su isla, no hay corso que no se crea un Bonaparte pontificio. Esta ambición, que ahora tiene un tinte de vulgaridad, nos ha sido favorable; nos ha abierto caminos que probablemente habrían permanecido desconocidos para nosotros durante mucho tiempo. Nos sirve para consolidar y alumbrar la senda que recorremos, y sus quejas —aderezadas con toda clase de comentarios y maldiciones— nos ofrecen puntos de apoyo en los que jamás habríamos pensado. 

La tierra fermenta, el germen se desarrolla, pero la cosecha está aún muy lejana”.

Continúa...

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16 DE SEPTIEMBRE: SANTA EUFEMIA DE CALCEDONIA, MÁRTIR


16 de Septiembre: Santa Eufemia de Calcedonia, mártir

(✞ 304)

Santa Eufemia es una santa profundamente venerada tanto en Oriente como en Occidente desde el siglo IV; su cabeza luce la doble corona de la virginidad y el martirio. Su vida transcurrió en Calcedonia, una ciudad costera de Asia Menor situada frente a Constantinopla. En la magnífica iglesia que se erigió sobre su sepulcro ya en el siglo IV, se celebró en el año 451 el célebre cuarto Concilio Ecuménico de Calcedonia, el cual proclamó la doctrina eclesiástica de las dos naturalezas de Cristo —la divina y la humana— unidas en la única persona divina del Dios-Hombre.

Poco sabemos de la rica vida virtuosa de la santa virgen, pero sí conocemos más detalles sobre el conmovedor martirio de esta firme testigo de la fe. El célebre poeta Enodio, fallecido a principios del siglo VI siendo obispo de Pavía, dedica al heroísmo de su virtud los siguientes versos conmemorativos:

Oh Virgen, ¿qué boca o qué pluma podría

alabar como es debido la gloria de tu virtud?

¡Aprende de ella, hombre de fe vacilante!

¡Joven enfermo de virtud, cómo te avergüenza

el luminoso ejemplo de la fuerte Virgen!

Mira: su virtud no conoce la blandura infantil,

ni el sexo débil, ni el ánimo varonil quebrantado.

Su corazón, que como esposa abraza al Espíritu de Cristo,

rompe las ataduras de lo perecedero.

El espíritu, que irradia el poder y el fuego de Dios,

desafía con fuerza y ​​victoria cualquier tormento.

La posteridad conservó los detalles de su martirio gracias al pincel del pintor, que resultó más elocuente que la pluma del historiador. En efecto, tales detalles podían leerse a la vista de todos en las pinturas que adornaban los muros de su iglesia en Calcedonia. El obispo Asterio de Amasia, en el siglo IV, los describió. Él introduce el relato con el siguiente recuerdo piadoso: “Una mujer santa, virgen intacta llamada Eufemia, había consagrado su castidad a Dios. Cuando un día el tirano desató una persecución contra los cristianos piadosos, ella ofreció su vida con alegría y voluntariamente. Sus compatriotas y hermanos en la fe, llenos de admiración por aquella testigo de la fe —glorioso ejemplo de firmeza y santidad—, erigieron un sepulcro cerca del templo. Allí depositaron sus restos y desde entonces le rinden culto público. Celebran el aniversario como una fiesta de alegría común para todo el pueblo congregado. Si bien los ministros consagrados a la interpretación de los misterios divinos honran continuamente su memoria en sus sermones, exhortando con gran énfasis a los fieles reunidos en el culto a considerar cómo ella perseveró y culminó su lucha en el sufrimiento, también el pintor, piadoso y entusiasta, plasmó en el lienzo toda la historia de su martirio con vívida representación, y dispuso que la santa pintura se colgara allí mismo, junto al sepulcro, a la vista de todos”.

Según una tradición fidedigna, “la magnífica obra de arte” representaba con gran fuerza expresiva la gloriosa pasión de la mártir a través de cuatro escenas. La primera mostraba el interrogatorio de la confesora de la fe: “El juez, imponente, está sentado en su sitial y clava una mirada sombría y desafiante en la joven”. Ella permanece ante él y sus asesores vestida con sencillez y tonos oscuros, con la mirada castamente baja hacia el suelo, mostrándose “serena e intrépida”. Dos soldados la custodian, mientras los escribientes sostienen sus tablillas de cera para registrar el interrogatorio y la sentencia. La mano del hombre graba su sentencia de muerte en la cera; la mano de Dios, al mismo tiempo, escribe su nombre en el libro de la vida eterna.

La segunda imagen representaba con conmovedora viveza el suplicio que la santa hubo de soportar: un verdugo le inclina violentamente la cabeza hacia atrás; un segundo le sujeta el rostro con mano brutal; un tercero le arranca cruelmente los dientes con unas tenazas y un martillo. “Involuntariamente rompí a llorar —añade el piadoso observador—, y la compasión me ahogaba la voz”.

La tercera pintura mostraba a la sufriente inquebrantable en la mazmorra: “Allí permanece, abandonada y vestida de oscuro. Extiende ambas manos hacia el cielo e invoca a Dios para que la auxilie en su tribulación. Entonces, sobre la cabeza de la mujer que ora aparece una cruz... símbolo, a mi parecer, de la muerte que le aguarda tras el martirio”.

En la cuarta imagen aparecía representada una hoguera encendida. En medio de las llamas se encuentra la mártir cristiana, con las manos alzadas hacia el cielo. “Su rostro no denota tristeza, sino más bien la alegría de la peregrina a quien, tras la muerte corporal, le aguarda la vida eterna”.

El Martirologio dice: "Ella soportó por Cristo las torturas, la prisión, las fustas, los suplicios de la rueda, las llamas, los pesos, las fieras, las flagelaciones, los filos cortantes, el pez hirviendo... Llevada de nuevo al anfiteatro, para ser entregada a las fieras, después de haber orado al Señor de recibir su alma, una de las fieras la mordió, mientras las otras la lamían los pies, y ella entregó así a Dios su alma inmaculada"

A mediados del siglo VIII, el emperador bizantino Constantino Coprónimo —feroz enemigo de las imágenes de Cristo y de los santos— ordenó profanar la iglesia de Santa Eufemia y arrojar sus restos mortales al mar. No obstante, tras ser hallados por dos hermanos, la emperatriz Irene los restituyó a la iglesia reconstruida, devolviéndolos así a la veneración de los fieles.

Relicario de Santa Eufemia de Calcedonia que actualmente se conserva en la iglesia patriarcal de San Jorge.

Reflexión:

Detengamos un momento más la mirada en la imagen de la mártir que sufre y muere. A ello nos invita, al final, el obispo Asterius, quien nos la describió anteriormente. Y quien siga este consejo comprobará por experiencia propia que, cuanto más se sumerge la mirada contemplativa en la imagen, tanto más difícil resulta expresar con palabras su carácter conmovedor y edificante, y tanto más impulsa a imitar su ejemplo.
 
Oración:

Concédenos, Dios omnipotente, alegrarnos con los méritos de la santa, virgen y mártir Eufemia, y recibir beneficios por nuestras súplicas. Señor, que ella nos alcance tu perdón, pues te agradó siempre por la fortaleza en el martirio y por el mérito de su castidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 
Nota Diario7: Tras la “reforma litúrgica” ejecutada tras el nefasto conciliábulo Vaticano II, la fiesta de Santa Eufemia fue retirada de la liturgia obligatoria global permitiéndose solamente en  las diócesis, iglesias o pueblos donde es patrona (como en Antequera, España, o Rovinj, Croacia), o en los templos dedicados a ella.
 

16 DE SEPTIEMBRE: SAN CIPRIANO, OBISPO Y MARTIR


16 de Septiembre: San Cipriano, Obispo y mártir

(✞ 258)

El santísimo Obispo, sapientísimo Doctor y fortísimo Mártir de Jesucristo, San Cipriano, fue de nacionalidad africana y de ilustre sangre, pues su padre era hombre muy poderoso, senador nobilísimo, y obtuvo en Cartago la dignidad primera de aquel orden.

Desde su niñez, Cipriano se dio a las letras humanas y a la elocuencia y filosofía, y enseñó retórica con grandes loas y fama.

Más, como era gentil, cayó en todos los vicios y liviandades de los mozos paganos, hasta que se casó y tuvo hijos.

Entonces trabó amistad con un santo presbítero llamado Cecilio, el cual con su ejemplo y doctrina le persuadió que se hiciese cristiano, y él lo hizo, con tan particular conocimiento de la merced que recibía de Dios por medio de Cecilio, que siempre lo reverenció como a padre de su alma y maestro de su nueva vida.

El mismo día que se bautizó con el beneplácito y consentimiento de su mujer, se apartó de su compañía, y dejando a ella y a sus hijos todo lo que habían de necesitar para su sustento, repartió sus grandes riquezas a los pobres y comenzó a hacer una vida perfectísima, y a enseñar una doctrina alta y admirable que no parecía sino haberla recibido del cielo.

Porque tras bautizarse, comenzó a pensar y hablar como excelentísimo teólogo, y aunque el mismo decía que procuraba cortar de raíz la elocuencia y el ornato de palabras, sus escritos causan admiración a los grandes maestros.

Fue elegido presbítero de Cartago por aclamación de todo el clero y el pueblo, y poco después, habiendo muerto el Obispo Donato, a una voz escogieron al santo como sucesor en aquella cátedra, sacándolo del retiro en el que se había ocultado.

No se puede fácilmente decir cuán admirablemente resplandeció como antorcha clarísima de la Iglesia africana.

Se hacia amar, temer y reverenciar por todos, y en una terrible pestilencia, en la que los gentiles desamparaban a sus enfermos y huían de Cartago, el santo les visitaba y socorría, convirtiendo gran numero de ellos a la fe de Jesucristo.

Escribió entre otros muchos libros un tratado sobre la unidad de la Fe y otro acerca de la modestia con que habían de vestirse las vírgenes y también una elocuentísima exhortación al martirio.

Habiéndose levantado una terrible persecución que había anunciado el santo, en la cual deseaba morir por la Fe, no pudo alcanzarlo, a pesar de que en el anfiteatro no se oían más que gritos de los idólatras que clamaban: ¡Cipriano a los leones!

Ellos pensaban triunfar sobre los fieles con la muerte del santo Obispo, pero alguien le aconsejó a Cipriano que se escondiese, como lo hizo por el bien de su Iglesia.

Más tarde, se renovó nuevamente la persecución, y entonces, el santo Obispo fue llamado por el tirano Galerio Máximo. Él se presentó ante el tribunal, y a todas las preguntas que le hizo, contestó:

- Soy cristiano y me glorío de serlo.

Juzgando el procónsul que no era conveniente dilatar el martirio del santo prelado, mandó que ese mismo día le cortasen la cabeza.

Reflexión:

A pesar de ser San Cipriano tan sabio y santo Obispo, cayó en un error creyendo que era inválido el Bautismo, siempre que fuese administrado por herejes; en ello creía seguir la Tradición de la Iglesia africana en tiempo en que nada había definido. “Permitió Dios -dice San Agustín- que por el entendimiento humano que es limitado, Cipriano errase para que conociésemos que la infalibilidad no es privilegio de los Doctores esclarecidos, sino de las decisiones de la Iglesia, y de su cabeza visible que es el vicario de Cristo”.

Oración:

Asístenos, Señor, con tu gracia en la festividad del bienaventurado mártir y pontífice San Cipriano, para que su poderosa intercesión nos haga agradable a tu Divina Majestad. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 

martes, 15 de septiembre de 2026

15 DE SEPTIEMBRE: FIESTA DE LOS LOS SIETE DOLORES DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

La fiesta de Nuestra Señora de los Dolores conmemora la profunda unión de corazones entre la Madre del Redentor y el Salvador, por quien ella experimentó muchos dolores interiores debido a la Misión de Jesús, y en especial durante la Pasión y Muerte de su Hijo.


¿Por qué recibe María el título de Nuestra Señora de los Dolores?

Por la profecía de Simeón, María supo que una espada le atravesaría el alma. Poco después, la Sagrada Familia tuvo que huir a Egipto para salvar a Jesús del Rey Herodes (Mt 2,13-23). Cuando Jesús tenía 12 años, María y San José sufrieron el dolor de perderlo durante tres días en el Templo. Desde el inicio de la Misión pública de Jesús, la oposición que tuvo su Hijo, según cuentan los Evangelios, debe de haberla hecho sufrir tremendamente. El culmen de todo esto fue la Cruz.

El título de “Nuestra Señora de los Dolores”, entonces, hace honor a las pruebas que enfrentó la Madre del Siervo Sufriente (Isaías 52,13-53,12), y por eso, esta fiesta se celebra inmediatamente después de la Exaltación de la Santa Cruz.

¿Por qué se celebra esta fiesta?

Como todas las fiestas litúrgicas, esta celebración da gloria a Dios por la obra salvífica que realizó sobre una de Sus creaturas, en este caso, Su creatura más perfecta, María.

Para María, su unión materna de corazón y de alma con su Hijo por la que vivió tanto gozos como sufrimientos, está consumada de manera perfecta en el Cielo. Sin embargo, la unión y el amor maternos de María se extienden todavía hoy en la Tierra a nosotros. En cuanto Madre de Cristo, María es también Madre del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, y nosotros, los miembros de su Hijo como personas (cf Apocalipsis 12,17).

San Luis de Montfort afirmó: “Ni todo el amor de todas las madres alcanzaría a equiparar el amor del corazón de María por sus hijos”. Esto significa que ella hoy también sufre por nosotros, y que podemos recurrir a ella, como se busca a la madre biológica, tanto en las alegrías como en los sufrimientos.
 
¿Cuál fue la profecía de Simeón?

Dios nunca dejó a su pueblo desprovisto de profetas, individuos como el anciano Simeón cuya profecía que involucraba a María se relata en el Evangelio de Lucas (Lc 2,25-35):

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
“Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz;

porque han visto mis ojos tu salvación,

la que has preparado a la vista de todos los pueblos,

luz para iluminar a los gentiles

y gloria de tu pueblo Israel”.
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre:
“Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel,

y para ser señal de contradicción

-¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!-

a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”.
¿Por qué se representa a María con una espada en su corazón?

Simeón le dijo a la Santísima Madre que una espada le atravesaría el alma (Lc 2,35). Esto señala los dolores que María iba a sufrir por acompañar la misión redentora de su Hijo.

¿Cuáles son los siete dolores que atravesaron el corazón de María?

La profecía de Simeón (Lucas 2,25-35)

La huida a Egipto (Mateo 2,13-15)

Jesús se pierde durante tres días (Lucas 2,41-50)

María encuentra a Jesús en el camino al Calvario (Lucas 23,27-31; Juan 19,17)

Crucifixión y Muerte de Jesús (Juan 19,25-30)

El cuerpo de Jesús es bajado de la Cruz (Sal 130; Lucas 23,50-54; Juan 19,31-37)

La sepultura de Jesús (Isaías 53,8; Lucas 23,50-56; Juan 19,38-42; Marcos 15,40-47)