Por Vitis Vera
El envejecimiento de la población europea se ha acelerado durante varias décadas. La población nativa disminuye lentamente, y también envejece rápidamente, y las estadísticas indican que en pocos años, uno de cada tres residentes locales tendrá más de 65 años. La tasa de natalidad (número de hijos por mujer en edad fértil) se acerca a 1,1 hijos por mujer, muy por debajo de los 2,2 hijos por mujer necesarios para mantener la población de un país.
Se observa, por lo tanto, una clara disminución en el número de niños, algo que cualquiera puede comprobar a diario: los parques públicos suelen estar vacíos a cualquier hora del día, los centros históricos solo están llenos de ancianos que deambulan solos y perdidos, las calles y los patios están silenciosos y desprovistos de grupos de niños que correteen, griten y jueguen. Finalmente, encontrarse con una joven blanca embarazada o empujando un cochecito se ha convertido en un fenómeno exótico y sorprendente, absolutamente raro. La pregunta estúpida que todos —¡incluso los sacerdotes!— le hacen a cualquier novia o madre joven es: “¿Qué estás haciendo ahora? ¿Estás trabajando?”. La pregunta no solo es un signo de idiotez, sino que delata la ansiedad secreta que todos sienten (padres, amigos, parientes, conocidos) ante la más mínima idea de que una joven haya decidido conscientemente hacer lo que, en realidad, todas las mujeres deberían hacer para que nuestro mundo renazca: ser exclusivamente esposas y madres, dedicarse únicamente al cuidado del hogar y la familia, procrear y educar a todos los hijos que Dios les conceda, renunciando a cualquier forma de anticoncepción y (perdonen la horrible expresión, que también ha penetrado en la Iglesia) la “planificación familiar”.
Pero las ciudades se han quedado sin niños no solo por la baja tasa de natalidad y el declive demográfico, por trágico que parezca, sino sobre todo por un profundo cambio antropológico: el aumento del tráfico, la degradación social derivada de la inmigración descontrolada, el colapso de la moral y la constante conectividad de niños y jóvenes a través de sus teléfonos inteligentes, que ha trasladado la socialización al ámbito digital, eliminando cualquier motivación para salir de casa y encontrarse con amigos. La idea, compartida por todos los padres, de que la ciudad es ahora un lugar inhóspito y peligroso para los niños, exacerba el control y retrasa cada vez más la búsqueda de autonomía y libertad virtuosa por parte de los jóvenes. Finalmente, está la crisis en la Iglesia, el cierre de parroquias y oratorios, y el declive de la práctica religiosa, que han abandonado un refugio tradicional de socialización, especialmente en los países católicos.
Un hermoso artículo de Mounir Kilani nos invita a reflexionar sobre las consecuencias de lo que está sucediendo y la profundidad del cambio que se está produciendo:
Pero las ciudades se han quedado sin niños no solo por la baja tasa de natalidad y el declive demográfico, por trágico que parezca, sino sobre todo por un profundo cambio antropológico: el aumento del tráfico, la degradación social derivada de la inmigración descontrolada, el colapso de la moral y la constante conectividad de niños y jóvenes a través de sus teléfonos inteligentes, que ha trasladado la socialización al ámbito digital, eliminando cualquier motivación para salir de casa y encontrarse con amigos. La idea, compartida por todos los padres, de que la ciudad es ahora un lugar inhóspito y peligroso para los niños, exacerba el control y retrasa cada vez más la búsqueda de autonomía y libertad virtuosa por parte de los jóvenes. Finalmente, está la crisis en la Iglesia, el cierre de parroquias y oratorios, y el declive de la práctica religiosa, que han abandonado un refugio tradicional de socialización, especialmente en los países católicos.
Un hermoso artículo de Mounir Kilani nos invita a reflexionar sobre las consecuencias de lo que está sucediendo y la profundidad del cambio que se está produciendo:
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Hubo un tiempo en que un niño podía salir de casa por la mañana y no regresar hasta el anochecer. Ni el teléfono, ni la aplicación, ni el satélite podían rastrearlo. Sin embargo, todos sabían dónde estaba: en algún lugar del barrio, en el solar baldío, en la tienda de la esquina, en la plaza polvorienta o en el campo de fútbol improvisado.
Los adultos no vigilaban constantemente a los niños, pero los conocían. Pertenecían al mismo mundo. El vecino reconocía a los niños de la calle, el tendero sabía sus nombres, el anciano sentado frente a su puerta sabía a qué familia pertenecía cada uno. La calle formaba un territorio invisible, del cual cada uno era un discreto guardián.
Hoy sabemos con exactitud dónde están nuestros hijos, al segundo. Pero ya no sabemos quién vive al lado. Este cambio silencioso es una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo. En apenas unas décadas, el vecindario ha dejado de ser un territorio compartido para convertirse en una simple vía de paso. Y con ello, se ha desvanecido cierta idea de la infancia.
Esta desaparición del territorio no es simplemente un fenómeno cultural. Refuerza mecánicamente nuestra dependencia de las grandes empresas tecnológicas y los estados de vigilancia. Cuanto más pierden los niños sus barrios, más dependientes se vuelven de las pantallas, los algoritmos y la geolocalización. Las empresas de GAFAM [acrónimo de las cinco grandes empresas tecnológicas: Google (Alphabet), Apple, Meta (antes Facebook), Amazon y Microsoft] no solo ocupan espacios vacíos; los estructuran en su propio beneficio.
Hoy sabemos con exactitud dónde están nuestros hijos, al segundo. Pero ya no sabemos quién vive al lado. Este cambio silencioso es una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo. En apenas unas décadas, el vecindario ha dejado de ser un territorio compartido para convertirse en una simple vía de paso. Y con ello, se ha desvanecido cierta idea de la infancia.
Esta desaparición del territorio no es simplemente un fenómeno cultural. Refuerza mecánicamente nuestra dependencia de las grandes empresas tecnológicas y los estados de vigilancia. Cuanto más pierden los niños sus barrios, más dependientes se vuelven de las pantallas, los algoritmos y la geolocalización. Las empresas de GAFAM [acrónimo de las cinco grandes empresas tecnológicas: Google (Alphabet), Apple, Meta (antes Facebook), Amazon y Microsoft] no solo ocupan espacios vacíos; los estructuran en su propio beneficio.
La autonomía de los niños se ha reducido hasta casi desaparecer y, como consecuencia, los adultos han perdido la cercanía. Ambos fenómenos están relacionados.
Antes, el mundo de un niño era pequeño. Se limitaba a unas pocas calles. Sin embargo, parecía inmenso. Un callejón se convertía en una aventura, un solar abandonado parecía un bosque, un árbol podía transformarse en un castillo, una casa abandonada adquiría la apariencia de un palacio misterioso. La imaginación llenaba el vacío que la realidad no podía ofrecer.
Hoy en día, un niño puede visitar virtualmente Tokio, Nueva York o Seúl desde su habitación. Puede chatear con alguien al otro lado del mundo. Puede ver imágenes del desierto de Atacama o de los glaciares de Groenlandia. Pero, ¿cuántos conocen realmente las calles que rodean su edificio? ¿Cuántos saben el nombre de las tiendas del barrio? ¿Cuántos han llamado alguna vez a la puerta de un vecino para pedir un vaso de agua?
Hemos abierto las fronteras digitales y cerrado las de la vida cotidiana.
La paradoja es sorprendente. Los niños nunca habían tenido tanta información a su disposición. Nunca antes habían tenido tan poco espacio. Su mundo se ha expandido virtualmente y se ha reducido físicamente. La libertad ha cambiado de forma: se ha trasladado de las calles a las pantallas.
Queríamos proteger a los niños. Era una motivación legítima. Las ciudades se han vuelto más densas, el tráfico más peligroso. Las noticias, amplificadas por las pantallas, alimentan una ansiedad real. El mundo también ha cambiado.
Así, poco a poco, han ido reduciendo su autonomía. Acompañan, vigilan, geolocalizan, organizan, supervisan y planifican. Cada viaje se convierte en un proyecto, cada actividad en una cita, cada salida en una excepción.
Pero esta responsabilidad recae principalmente sobre las madres. En la gran mayoría de los casos, son ellas quienes se encargan del transporte, de controlar el tiempo frente a las pantallas y de la inscripción en las actividades. El declive del vecindario como red de solidaridad también ha conllevado el declive de la economía informal del cuidado infantil: el vecino, la abuela del piso de abajo, el dueño de la tienda de comestibles. En su lugar, una sola persona asume toda la carga. La tecnología promete aliviar esta carga, pero no puede reemplazar la presencia de un vecino solidario.
La infancia, antes espontánea, se vuelve controlada. La aventura da paso a la planificación.
Las consecuencias de este declive son más graves de lo que parecen. Los niños pasan mucho menos tiempo al aire libre que hace treinta años. Están menos expuestos a la evaluación de riesgos, la negociación con sus compañeros y la resolución de conflictos sin la mediación de un adulto. Los estudios muestran una correlación entre esta menor autonomía y un aumento de los trastornos de ansiedad, los trastornos por déficit de atención y los estilos de vida sedentarios entre los jóvenes.
Sobre todo, pierden esa escuela invisible de la calle: aprender a leer las intenciones de los demás, a establecer reglas comunes, a hacerse un hueco en un grupo sin certificaciones ni algoritmos.
Sin embargo, la educación institucional ha intentado compensar esta carencia. Largas jornadas escolares, actividades extracurriculares estructuradas, un control estricto del comportamiento: los niños pasan ahora una parte cada vez mayor de su vida en espacios controlados, con horarios fijos y supervisados. Pero la escuela, por muy bien intencionada que sea, no puede sustituir a la calle. No fomenta la misma interacción social: no hay oportunidad de abandonar los estudios, no hay reglas negociadas entre compañeros, no hay territorio que conquistar.
Ahora, las calles y las escuelas siguen la misma lógica: la infancia como un camino predeterminado. Así, una generación crece con un mapa del mundo extremadamente preciso, pero con una experiencia vital extrañamente empobrecida.
Sería absurdo idealizar el pasado. Los barrios no eran paraísos. Había violencia, accidentes, injusticias, y aun así, un tejido humano espontáneo sobrevivía a todo. Quizás no te caía bien tu vecino, pero lo conocías. La calle no era un lugar perfecto, pero era un espacio compartido. Ahora, ni siquiera eso es así.
Hoy en día, en algunas viviendas modernas, la gente vive codo con codo durante años sin intercambiar más que un saludo mecánico. El vecino se ha convertido en una silueta, a veces incluso en un sonido, un apartamento, una puerta. Nada más.
La destrucción de la cohesión social no es fruto de una conspiración. Es un sistema. El individualismo consumista no fue “decidido” por unos pocos. Se impuso como consecuencia de la globalización, fomentado por quienes lo consideraban ventajoso. Las grandes potencias económicas no crearon este mundo; lo acompañaron y, en ocasiones, lo aceleraron. El resultado es el mismo: la atomización de los individuos, su desarraigo, su creciente docilidad.
Sabemos más sobre las opiniones políticas de un influencer que vive a diez mil kilómetros de distancia que sobre la vida de la familia que vive a dos pasos. El mundo se ha vuelto inmenso y nuestro entorno inmediato se ha vaciado.
En el pasado, un vecindario creaba obligaciones invisibles. Los vecinos se ayudaban mutuamente, se prestaban herramientas, cuidaban a los niños, compartían comidas y charlaban en las puertas de sus casas. Estos gestos sencillos generaban algo valioso: confianza. No una confianza abstracta en las instituciones, sino una confianza concreta en los seres humanos.
Porque la pérdida de espacio no es uniforme. En los barrios obreros o rurales, los niños suelen tener mayor autonomía, tanto por necesidad como por preferencia cultural. En cambio, los niños de familias de clase media y alta son los que están más supervisados, pero también los que cuentan con mejor acceso a la tecnología. La estratificación social se refleja ahora en cómo vive —o no vive— un niño en su barrio.
Cabe añadir que esta pérdida no afecta a todos los niños por igual. Las niñas nunca han tenido exactamente el mismo acceso a las calles que los niños. El espacio público ha sido durante mucho tiempo un territorio más controlado, restringido y hostil para ellas. El aumento de la supervisión parental afecta a todos, pero se ejerce de forma diferente según el sexo. Las niñas permanecen más tiempo en casa por su seguridad. Los niños pueden salir antes, pero bajo vigilancia electrónica. En ambos casos, la autonomía se ve mermada.
Pero los roles de sexo se arraigan cada vez más: ella, protegida y confinada; él, perseguido y disciplinado. La calle, otrora un espacio de libertad, desaparece, borrando no solo la infancia, sino también cierta idea de cómo debería ser la niñez.
A menudo hablamos de movilidad, transporte y densidad. Pero rara vez hablamos de aventura. Una ciudad donde ningún niño puede deambular solo puede ser eficiente, pero ¿sigue estando viva?
Una sociedad que no deja espacio para lo inesperado termina sofocando parte de su imaginación. El peligro no reside en la seguridad, sino en la obsesión por ella. Cuando intentamos eliminar todo riesgo, a veces acabamos eliminando las libertades que dan sentido a la vida.
Mientras tanto, las redes sociales nos prometen conectividad constante. Nunca hemos estado tan conectados, tan accesibles, tan visibles. Sin embargo, una extraña sensación impregna nuestras sociedades: el aislamiento. Como si la acumulación de conexiones no necesariamente creara vínculos. Como si la proximidad digital no siempre compensara la desaparición del contacto humano.
Un vecino con el que te cruzas cada mañana suele representar más de cien contactos virtuales, porque comparten el mismo cielo, la misma carretera, los mismos problemas, las mismas estaciones, el mismo territorio.
Cabe señalar, sin embargo, que esta imagen no es universal.
En muchas partes de África, el sur de Asia y en barrios obreros, los niños siguen jugando en las calles, preservando una forma de autonomía que hemos perdido. Pero esta autonomía se está erosionando en todas partes. En São Paulo, los niños de clase media ya no juegan en las calles, a diferencia de París o Tokio. En Bombay, las aplicaciones de geolocalización están ganando popularidad.
El modelo occidental —el del niño vigilado, conectado y confinado— se está extendiendo con la misma rapidez que los teléfonos inteligentes, impulsado por la imitación de las clases medias emergentes y el temor al peligro que acompaña a la motorización desenfrenada. Los países emergentes solo tienen una oportunidad: evitar repetir nuestros errores. Pero, por ahora, muchos los están imitando.
Y debemos reconocerlo: los niños nunca han tenido tanto acceso al conocimiento y a la seguridad como hoy. El verdadero reto no consiste en rechazarlo todo, sino en combinar este progreso con la reconquista del territorio físico y humano.
La palabra "territorio" merece más atención. Para un niño, no se trata de geografía ni de política. Es un espacio que conoce lo suficientemente bien como para sentirse libre, un espacio en el que puede desaparecer sin perderse, un espacio donde cada rincón guarda una historia.
Los niños necesitan espacio, al igual que las plantas necesitan tierra. Allí enraízan sus recuerdos, allí construyen su autonomía, allí forjan su identidad. Cuando se les priva de estos espacios, la infancia se vuelve más introspectiva, más digital, a veces más solitaria.
Sin embargo, no todo ha desaparecido. A veces basta con observar una plaza pública al atardecer. Aparece una pelota, luego dos niños, después cinco, luego diez. Se crean reglas espontáneamente, se forman equipos, surgen debates y estallan las risas.
Quizás este sea el reto de los próximos años: no regresar a un pasado idealizado, sino reinventar las condiciones para que la tierra vuelva a ser habitable. Calles más tranquilas donde los automóviles ya no sean los protagonistas, espacios comunitarios abiertos en los barrios, solares baldíos preservados en lugar de pavimentados, fomento de los negocios locales, plazas diseñadas para disfrutar del momento en lugar de simplemente transitar por ellas.
Ya existen algunos experimentos: el barrio de Vauban en Friburgo, donde los niños juegan libremente en las calles peatonales, o algunas ciudades que han reducido drásticamente los límites de velocidad y han reintroducido el juego en los espacios públicos. Estas iniciativas siguen siendo minoritarias, pero demuestran que es posible.
Hemos conectado el planeta. Ahora necesitamos repoblar nuestras calles.
Una civilización digna de ese nombre ofrece a cada niño un árbol al que trepar, a cada niña una calle donde pueda moverse libremente como un niño, y a cada madre un vecindario que la cuide.
Nada está garantizado. Todo debe ser recuperado. Porque una infancia sin sentido de pertenencia es una sociedad que ha olvidado el camino hacia el futuro.
Fuente primaria: https://reseauinternational.net/la-rue-a-perdu-ses-enfants-2/
Fuente secundaria: https://strategika.fr/2026/08/19/la-rue-a-perdu-ses-enfants/











