miércoles, 20 de mayo de 2026

EXCELENCIA MARAVILLOSA DE LA SABIDURIA ETERNA (Cap. 5)

Continuamos con la publicación del capítulo 5 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO QUINTO

EXCELENCIA MARAVILLOSA DE LA SABIDURIA ETERNA

El Espíritu Santo se ha dignado revelarnos la excelencia de la Sabiduría -en el capítulo 8 del libro de la Sabiduría- en términos tan sublimes, que bastará reproducirlos y acompañarlos de cortas reflexiones.

(La Sabiduría) alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto.

Nada tan dulce como la Sabiduría: dulce en sí misma, sin amargura; dulce para quienes la aman, sin dejar desazón; dulce en su modo de obrar, sin violentar a nadie. Frecuentemente, se diría que no está presente en los accidentes y trastornos que acontecen: tan secreta y suave es la Sabiduría. Pero, siendo una fuerza invencible, lo encamina todo, insensible pero vigorosamente, a su meta por vías que los hombres desconocen (1).

Es preciso que el sabio sea, a ejemplo suyo, suavemente fuerte y fuertemente suave.

La quise y la rondé desde muchacho y la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura.

Quien desee adquirir el gran tesoro de la Sabiduría debe, a ejemplo de Salomón, buscarla: 
1) desde temprano y, a ser posible, desde la infancia;
2) espiritual y castamente, como un casto esposo a su esposa; 
3) perseverantemente, hasta el fin, hasta alcanzarla.

Es cierto que la Sabiduría eterna tiene tanto amor a las almas, que llega hasta el extremo de desposarse con ellas y contraer con ellas un matrimonio espiritual, pero auténtico (2), que el mundo desconoce, pero del cual la historia nos ofrece numerosos ejemplos.

Su intimidad con Dios realza su nobleza, siendo el dueño de todo quien la ama.

La Sabiduría es Dios mismo; ésta es la gloria de su origen. El Padre encuentra en ella todas sus complacencias, como El mismo lo asevera. ¡Es así como es amada!

Es confidente del saber divino y selecciona sus obras.

Solamente la Sabiduría ilumina a todo hombre que viene al mundo (3). Efectivamente, sólo ella viene del Cielo para revelarnos los secretos de Dios (4). Y no tenemos más verdadero maestro que esta Sabiduría encarnada, que se llama Jesucristo (5). Únicamente ella conduce a su meta todas las obras de Dios, de modo especial a los santos, dándoles a conocer lo que deben hacer y llevándoles a saborear y realizar cuanto les dio a conocer.

Si la riqueza es un bien apetecible en la vida, ¿quién es más rico que la sabiduría, que lo realiza todo? (6). Y si es la inteligencia quien lo realiza, ¿quién es artífice de cuanto existe más que ella? (7). Si alguien ama la rectitud, las virtudes son frutos de sus afanes; es maestra de templanza y prudencia, de justicia y fortaleza; para los hombres no hay en la vida nada más provechoso que esto.

Salomón demuestra que, no debiendo amar más que a la Sabiduría, de ella sola hemos de esperarlo todo: bienes de fortuna, conocimiento de los secretos de la naturaleza, bienes del alma, virtudes teologales y cardinales.

Y si alguien ambiciona una rica experiencia, ella conoce el pasado y adivina el futuro, sabe los dichos ingeniosos y la solución de los enigmas, comprende de antemano los signos y prodigios y el desenlace de cada momento, de cada época.

Quien desee poseer una ciencia nada común y que no sea árida y superficial, sino extraordinaria, santa y profunda, de las realidades de la gracia y de la naturaleza, debe poner todo su empeño en adquirir la Sabiduría, sin la cual el hombre -aunque sabio delante de los demás- es considerado nada ante los ojos de Dios: Nadie les hace caso.

Por eso decidí unir nuestras vidas, seguro de que sería mi consejera en la dicha, mi alivio en la pesadumbre y la tristeza.

¿Quién podrá considerarse pobre poseyendo a la Sabiduría, que es tan rica y generosa? ¿Quién podrá estar triste teniendo a la Sabiduría, que es tan dulce, hermosa y tierna? Y, sin embargo, ¿quién -de cuantos buscan la Sabiduría- dice sinceramente con Salomón: Por eso decidí? La mayoría no ha tomado esta sincera resolución: tiene sólo veleidades o, a lo sumo, propósitos vacilantes o indiferentes. ¡Por ello, jamás encontrará la Sabiduría! (8).

Gracias a ella, me elogiará la asamblea y, aun siendo joven, me honrarán los ancianos; en los procesos lucirá mi agudeza y seré la admiración de los monarcas; si callo, estarán a la expectativa; si tomo la palabra, prestarán atención, y si me alargo hablando, se llevarán la mano a la boca.

Gracias a ella alcanzaré la inmortalidad y legaré a la posteridad un recuerdo imperecedero. Gobernaré pueblos, someteré naciones.

Sobre estas palabras, en las que el sabio se alaba a sí mismo, San Gregorio hace la siguiente reflexión: "Los que han sido escogidos por Dios para escribir sus sagradas palabras, estando como están llenos del Espíritu Santo, salen, en cierto modo, de sí mismos para entrar en aquel que los posee, y, transformados así en la lengua de Dios, consideran sólo a Dios en lo que dicen y hablan de sí mismos como si lo hicieran de un tercero" (9).

Soberanos temibles se asustarán al oír mi nombre; con el pueblo me mostraré bueno, y en la guerra, valeroso.

Al volver a casa descansaré a su lado, pues su trato no desazona; su intimidad no deprime, sino que regocija y alegra.

Esto es lo que yo pensaba y sopesaba para mis adentros: la inmortalidad consiste en emparentar con la sabiduría; su amistad es noble deleite; el trabajo de sus manos, riqueza inagotable; su trato asiduo, prudencia conversar con ella, celebridad; entonces me puse a dar vueltas tratando de llevármela a casa.

El autor sagrado, luego de resumir en pocas palabras lo que acaba de explicar, saca esta conclusión: Me puse a dar vueltas… Para adquirir la Sabiduría hay que buscarla con ardor, es decir, es preciso estar dispuestos a dejarlo todo, a sufrirlo todo y a emprenderlo todo para llegar a poseerla. Pocos la encuentran, porque pocos la buscan como ella lo merece.

El Espíritu Santo habla en el capítulo 7 de este libro sobre la excelencia de la Sabiduría en los siguientes términos:

Es un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, móvil, penetrante, inmaculado, lúcido, invulnerable, bondadoso, agudo, incoercible, benéfico, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, todopoderoso, todo vigilante, que penetra todos los espíritus inteligentes, puros, sutilísimos.

La sabiduría es más móvil que cualquier movimiento; y, en virtud de su pureza, lo atraviesa y lo penetra todo.

Por fin, es un tesoro inagotable para los hombres; los que la adquieren se atraen la amistad de Dios, porque el don de su enseñanza los recomienda (10).

Tras palabras tan enérgicas y tiernas del Espíritu Santo para hacernos comprender la belleza, valor y tesoros de la Sabiduría, ¿quién no la amará y buscará con todas sus fuerzas? ¡Tanto más 19 cuanto que se trata de un tesoro infinito, propio del hombre, para el cual fue creado el hombre, y que la Sabiduría misma tiene infinitos deseos de darse al hombre!

Continúa...

Notas:

1) Ver los cc 10 y 11 en los que el P. de Montfort habla de la dulzura de la Sabiduría encarnada.

2) Os 2,1ss: historia matrimonial de Oseas, que se convierte en símbolo de la alianza entre el Dios siempre fiel y el pueblo reiteradamente infiel; ver también 2Cor 11,2 y ASE 98 y el Cántico 126 del P. de Montfort y vgr. SANTA TERESA, Castillo interior, c 2 n 3.

3) Jn 1,9.

4) Jn 1,18: "A Dios nadie lo ha visto jamás; es el Hijo único, que es Dios y está al lado del Padre, quien lo ha explicado." Ver también Mt 11,27; 1Cor 2,10.

5) Mt 23,8-10.

6) VD 64.

7) Sb 3,17.

8) Ver No. 60. El autor volverá más detenidamente sobre los medios para alcanzar la Sabiduría, en los cc 15 a 17.

9) San Gregorio Magno, Moralium Libri: PL 75,518.

10) Sb 7,22-24. Este versículo 14 sirve a Montfort para resumir lo anterior, y abrir la reflexión que presenta sobre el mismo tema en el capítulo siguiente.

 
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (106)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


106. Expulsión de Nazaret (70). Jesús consuela a su Madre.
Tarde del 13 de febrero de 1944.

1 Veo una amplia sala cuadrada. Digo sala, a pesar de que comprendo que se trata de la sinagoga de Nazaret –como me dice el íntimo consejero–, porque no hay sino paredes desnudas pintadas de un amarillo pajizo y en una parte una especie de cátedra. Hay también un alto ambón que tiene encima unos rollos. Ambón, estante... llámelo como mejor le parezca. Es, en definitiva, una especie de plano inclinado sujeto por un pie; sobre él están alineados unos rollos.
Hay gente orando. No como rezamos nosotros, sino vueltos todos hacia un lado con las manos separadas: más o menos como el sacerdote en el altar.
Hay lámparas dispuestas sobre la cátedra y el ambón.
No veo la finalidad de estar contemplando esto, que no cambia y que me queda fijo así por un tiempo, pero Jesús me dice que escriba lo que veo, y yo lo hago (71).

2 Me encuentro de nuevo en la sinagoga de Nazaret. Ahora el rabino está leyendo. Oigo la cantinela de voz nasal, pero no entiendo las palabras, pues las pronuncian en una lengua que yo no sé.
Entre la gente está también Jesús con sus primos apóstoles y con otros (también parientes, sin duda, pero no sé quiénes son).
Después de la lectura el rabino dirige la mirada, en actitud de muda expectativa, hacia la multitud.
Jesús pasa adelante y solicita encargarse hoy de la reunión de la asamblea.
Oigo su hermosa voz, que lee el paso de Isaías citado por el Evangelio (72): "El espíritu del Señor está sobre mí...". Y oigo el comentario que hace al respecto, diciendo de sí mismo que es “el portador de la Buena Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes había rigor; por la cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu, y, como reflejo, en la carne –porque el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso física– obtendrán la salud; por la cual todos los prisioneros del Espíritu del mal obtendrán la liberación. Yo he venido –dice– a romper estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a proporcionar luz a las almas que han sido cegadas, oído a las sordas. Ha llegado el tiempo de la Gracia del Señor. Ella está entre vosotros, Ella es esta que os habla. Los Patriarcas desearon ver este día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas (73), y ya, llevada a ellos por ministerio sobrenatural, saben que el alba de este día ha roto, y su entrada en el Paraíso está ya cercana, exultando por ello en sus espíritus; santos a quienes no falta sino mi bendición para ser ciudadanos del Cielo. Vosotros lo estáis viendo. Venid hacia la Luz que ha surgido. Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a Cristo. Tened la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud, y la salud os será dada; la tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una ofensa a la Gracia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás”.

3 El murmullo se desata en la sinagoga.
Jesús mira en torno a sí. Lee los rostros y el interior de los corazones y prosigue: “Comprendo lo que estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; más esto por vuestro egoísmo, no por potencia de fe. Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria. Otros lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor fe, incluso aquellos cuyo nombre es motivo de escándalo entre vosotros. Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en esta tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo. El primero halló fe en una mujer fenicia; el segundo, en un sirio (74): en favor de aquélla y de éste pudieron realizar el milagro. Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta, de haber existido, hubiera visto. Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra de Dios”.

4 La multitud se alborota e impreca, e intenta ponerle la mano encima a Jesús, pero los apóstoles–primos (75) (Judas, Santiago y Simón) le defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos le echan fuera de la ciudad. Van detrás con amenazas –no solamente verbales– hasta el comienzo del monte. Pero Jesús se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética, y pasa incólume entre ellos. Desaparece luego, camino arriba, por un sendero.

5 Veo un pequeño, pequeñísimo, grupo de casas, un puñado de casas. Hoy lo llamaríamos anejo rural. Está más alta que Nazaret, la cual se ve más abajo. Dista de ésta pocos kilómetros. Es un caserío misérrimo.
Jesús, sentado encima de una pequeña tapia, junto a una casucha, habla con María. Quizás es una casa amiga, o por lo menos de gente hospitalaria, según las leyes de la hospitalidad oriental. Jesús se ha refugiado en ella después de haber sido echado de Nazaret, para esperar a los apóstoles que se habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre.
Con El sólo se encuentran los tres apóstoles–primos, que están recogidos dentro de la cocina y hablan con una mujer anciana a la que Tadeo llama madre. Por ello comprendo que se trata de María de Cleofás. Es una mujer más bien anciana, y la reconozco como la que estaba con María en las bodas de Caná. Claro, es que María de Cleofás y sus hijos se han retirado para que Jesús y su Madre puedan hablar libremente.

6 María está afligida. Ha venido a saber lo de la sinagoga y está triste. Jesús la consuela. María le suplica a su Hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia El, incluyendo a los otros familiares que le consideran un loco que está deseando suscitar rencores y disputas. Pero Jesús hace un gesto sonriendo; parece como si dijera: "¿Por esta pequeñez? ¡Olvídate de ello!". Pero María insiste.
Entonces El responde: “Mamá, si el Hijo del Hombre hubiera de ir únicamente a donde le aman, tendría que retirar su paso de esta Tierra y volverse al Cielo. Tengo en todas partes enemigos, porque se odia la Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre. El amor eres tú, Mamá, mi amor, el que me compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios. Lo demás es el deber. He venido para cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso aún cuando me parta en pedazos contra las piedras de los corazones que oponen firme resistencia al bien. Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos corazones, los ablandaré estampando en ellos el Signo mío, que anula el del Enemigo. Mamá, he bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplirlo”.
“¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!” –María habla con voz acongojada–. Jesús la acaricia. Noto que María lleva en la cabeza, además del velo, el manto; más velada que nunca, como una sacerdotisa.

7 “Me ausentaré durante un tiempo por darte gusto. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte”.
“Manda a Juan. Viéndole a Juan me parece verte un poco a ti. Su madre se prodiga en atenciones hacia mí y hacia ti. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre, Jesús. Hay que comprenderla. Te hablará también a ti de ellos. No obstante, te es sinceramente devota. Cuando quede liberada de la humanidad –que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los demás, como en todos–, Hijo mío, será grande en la fe. Es doloroso que todos esperen de ti un bien humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su concupiscencia. Aún la hora bendita, y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora! ¡Cómo tiembla el corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas (76) refieren tanto martirio?”.
“No pienses en ello, Mamá. Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a ti y a mí. Después, la paz. Ahora ve, que cae la tarde y el camino es largo. Yo te bendigo”.

Continúa...

Notas:

70) Cfr. Lc. 4, 16–30.

71) Sigue inmediatamente, en el cuaderno autógrafo, la visión colocada en el capítulo 101, que empieza con las palabras: Ahora veo – aproximadamente dos horas después de la anteriormente descrita – …

72) en Is. 61, 1–3; Luc. 4, 18–19.

73) Cfr. Gén. 17; Mt. 13, 10–17; Lc. 10, 23–24; Ju. 8, 31–59; 1 Pe. 1, 10–12.

74) Cfr. 3 Re. 17, 7–16; 4 Re. 5; Lc. 4, 25–27.

75) son Judas y Santiago. El primo Simón, también presente, es erróneamente llamado apóstol por la escritora, a la que Jesús corrige en 105.6

76) Cfr. por ej. Is. 61; Sal. 21. etc.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)

20 DE MAYO: SAN BERNARDINO DE SIENA


20 de Mayo: San Bernardino de Siena, confesor

(✞ 1444)

El glorioso confesor y sublime predicador y fraile humilde de San Francisco, San Bernardino de Siena, nació en la ciudad de Siena en Toscana, de muy noble y cristiana familia.

Por la muerte de sus padres quedó encomendado el niño a una tía suya, la cual le crió con mucho cuidado.

Era muy amigo de componer altares y de remedar a los predicadores que oía, y para esto se subía a algún lugar alto, estando sentados los otros muchachos, lo cual era como un indicio de lo que después había de ser.

Cuando cursaba en las aulas, los otros mozos que le conocían se recataban de hablar en su presencia de cosas torpes y libres, y así estando él ausente las hablaban entre sí, pero viéndole venir, luego decían:

- Bernardino viene, dejemos estas pláticas.

Siendo de edad de veinte años, hubo una gran pestilencia en toda Italia, y extendiéndose por la ciudad del Siena, hizo tan gran estrago en el hospital, que habiendo muerto los ministros que servían a los enfermos, no había quien se atreviese a entrar en él.

Viendo esto Bernardino, persuadió a algunos jóvenes, bien inclinados y amigos suyos, a encargarse de aquella empresa tan gloriosa, y fue al hospital con sus compañeros, y por espacio de tres meses sirvieron a los apestados, hasta que cesó aquella calamidad.

Llamado después por una voz del cielo a la Religión dio todo a los pobres.

Habiendo hecho su profesión, dio principio a sus correrías apostólicas predicando en Siena, Florencia y otras partes de Toscana, pasando de allí a Lombardía y yendo por toda Italia como una trompeta del cielo.

A la hora en que predicaba, se cerraban las tiendas, y cesaban los tribunales y audiencias, y en las universidades, las lecciones.

Nadie podía resistir a la virtud de su Santa Palabra.

Se convirtieron innumerables y grandes pecadores: los jugadores le llevaban sus tableros, naipes y dados; las mujeres mundanas sus cabellos, afeites y vestidos, y él, en una hoguera lo mandaba a quemar todo.

Edificó y pobló más de doscientos monasterios, renunció a tres obispados que los papas le ofrecieron; y habiéndole una vez el santo Pontífice colocado por su mano en la cabeza la mitra episcopal, él se la quitó, y con lágrimas y razones logró quedarse en su humilde estado.

Sesenta y tres años llevaba de grandes méritos y virtudes, cuando se le apareció San Pedro Celestino, que le avisó de su cercana muerte; y tendido humildemente en el suelo como su padre San Francisco, murió alegremente y con una sonrisa en los labios.

Reflexión:

Este apostólico y santísimo varón tenía tan impreso en el alma el dulce nombre de Jesús, que jamás se le caía de la boca. Con este nombre sazonaba todos sus sermones y todas sus pláticas familiares y buenas obras; y llevaba pendiente del cordón una tablita en que estaba escrito aquel nombre en letras de oro, y la mostraba al pueblo y a los pecadores para animarles y llenarles de santa confianza. Sea también el dulcísimo nombre de Jesús nuestro tesoro, consuelo y esperanza en la vida y en la muerte. Frágiles somos y miserables pecadores; no podemos confiar en nuestros méritos; pero podemos y debemos confiar en los merecimientos de Jesucristo, el cual se entregó a la muerte, como dice el apóstol, para satisfacer por nuestros pecados y por todos los pecados del mundo.


Oración:

Señor Jesús, que concediste a tu bienaventurado confesor Bernardino un amor tan grande a tu Santo Nombre; por sus méritos e intercesión te suplicamos que infundas en nuestros corazones el espíritu de tu divino amor. Que vives y reinas Por los siglos de los siglos. Amén.

 

martes, 19 de mayo de 2026

RITUAL DE SANGRE: HUGO DE LINCOLN (1246-1255)

Hoy recordamos al pequeño San Hugo de Lincoln que fue víctima de un ritual de sangre en la época medieval.


Hugo de Lincoln (1246 – 29 de agosto de 1255) fue un niño inglés cuya muerte en Lincoln (Inglaterra) fue atribuida a los judíos. En idioma ingles se le conoce como Little Saint Hugh (Pequeño San Hugo) para distinguirlo del santo adulto, Hugo de Lincoln (fallecido en 1200). El niño Hugo nunca fue canonizado formalmente.

Hugo se convirtió en uno de los más conocidos niños víctimas de ritual de sangre y su muerte dio lugar a una firme acusación contra la comunidad judía local. Su muerte, similar a otras muertes de mártires infantiles medievales como las de Guillermo de Norwich y Simón de Trento (entre otros), hizo que el pueblo inglés sintiera un fuerte rechazo por “el pueblo elegido”.

La muerte de Hugo es significativa porque fue la primera vez que la Corona dio crédito a las acusaciones de asesinato ritual de niños, a través de la intervención directa del rey Enrique III. Esto se vio reforzado además por el relato de los hechos del monje benedictino Mateo de París y por el apoyo de Eduardo I al culto después de ordenar la expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290. Con esta documentación histórica, verificando la existencia real del niño, ya no pueden excusarse como en otros casos en los cuales hasta se atreven a negar que los niños y los crímenes ocurrieron, como tampoco pueden alegar que “son fantasías medievales”.
 
Las acusaciones de asesinato ritual de niños se habían vuelto cada vez más comunes tras la difusión de The Life and Miracles of St William of Norwich (La vida y los milagros de San Guillermo de Norwich), de Thomas de Monmouth, la hagiografía de Guillermo de Norwich, un niño cristiano que fue crucificado por judíos en 1144. Hubo más acusaciones, como la de Harold de Gloucester (1168) y Roberto de Bury (1181). Pero en este caso, el asesinato de Guillermo de Norwich fue lo que dio indicios concretos para esclarecer la muerte del pequeño Hugo de Lincoln.

Por aquellos años, las restricciones de la Iglesia contra los judíos se habían intensificado considerablemente. El Vaticano emitió decretos ordenando que los judíos vivieran separados de los cristianos, que los cristianos no trabajaran para los judíos, especialmente en sus hogares, y que los judíos llevaran insignias amarillas para identificarse. Estos decretos de la Iglesia llevaron a que varias ciudades inglesas expulsaran a sus comunidades judías. Enrique III codificó la mayoría de las exigencias de la Iglesia y las convirtió en ley vinculante en su Estatuto de Judería de 1253. 
 
El asesinato ritual

Por aquellos años, varios judíos de toda Inglaterra se habían reunido en Lincoln para asistir a una boda en el momento de la muerte del niño. 

Hugo, de nueve años, desapareció el 31 de julio y su cuerpo fue hallado en un pozo el 29 de agosto. Se dedujo que los judíos lo habían secuestrado, torturándolo luego, para crucificarlo finalmente. Según la Tradición, el cuerpo fue arrojado a ese pozo porque fracasaron los intentos de enterrarlo, ya que era expulsado por la tierra.

El monje benedictino Mateo de Paris (1200 - 1259)

El monje Mateo de París describió el asesinato, implicando a todos los judíos de Inglaterra:

Este año [1255], alrededor de la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo [27 de julio], los judíos de Lincoln robaron a un niño llamado Hugo, que tenía unos ocho años. Después de encerrarlo en una cámara secreta, donde lo alimentaron con leche y otros alimentos infantiles, enviaron mensajeros a casi todas las ciudades de Inglaterra en las que había judíos, y convocaron a algunos de su secta de cada ciudad para que estuvieran presentes en un sacrificio que tendría lugar en Lincoln, en injuria e insulto a Jesucristo. Porque, como dijeron, tenían a un niño escondido con el propósito de ser crucificado; así que un gran número de ellos se reunió en Lincoln, y luego nombraron a un judío de Lincoln juez, para que tomara el lugar de Pilato, por cuya sentencia, y con la concurrencia de todos, el niño fue sometido a diversas torturas. Lo azotaron hasta que fluyó la sangre, lo coronaron con espinas, se burlaron de él y le escupieron; Cada uno de ellos también lo traspasó con un cuchillo, lo hicieron beber hiel, se burlaron de él con insultos blasfemos, rechinaban los dientes y lo llamaban “Jesús, el falso profeta”. Después de torturarlo de diversas maneras, lo crucificaron y le traspasaron el corazón con una lanza. Cuando el muchacho murió, bajaron el cuerpo de la cruz y, por alguna razón, lo destriparon; se dice que para practicar sus artes mágicas.

Si bien el relato del monje París es significativo por ser la versión más famosa e influyente de esta historia, debido a su propia popularidad como cronista y talento como narrador, también se complementó con otros relatos como los Anales de Waverley y de la Abadía de Burton.

El “relato oficial”

Según se informa, un judío llamado Copin confesó el asesinato, pero dicen los “historiadores” actuales (no se sabe en qué se basan para afirmar esto): “Al parecer, Copin fue interrogado bajo tortura por Juan de Lexington, hermano de Enrique, el nuevo obispo de Lincoln y servidor del rey”. Esto los lleva a concluir que “probablemente hubo complicidad clerical para dar credibilidad a la acusación, con el fin de beneficiarse de un nuevo culto con peregrinos y sus ofrendas”. (Nota de Diario7: Como dice el viejo refrán “El ladrón cree que todos son de condición”).

Dibujo de una estatua del Pequeño San Hugo del siglo XIII que se encontraba en la Catedral de Lincoln, realizado por el anticuario del siglo XVIII Smart Lethieullier. Esta estatua estaba colocada a la cabecera del santuario del Pequeño San Hugo. 

Varias circunstancias agravaron el impacto de este suceso. Enrique III llegó a Lincoln aproximadamente un mes después del arresto y la confesión iniciales. Ordenó la ejecución de Copin y el arresto de noventa judíos en relación con la desaparición y muerte de Hugo, quienes fueron recluidos en la Torre de Londres, siendo acusados ​​de asesinato ritual. Dieciocho de los judíos fueron ahorcados por negarse a participar en el proceso, alegando que se trataba de un “juicio falso” y negándose a someterse a la clemencia de un jurado cristiano. El canadiense Gavin I. Langmuir (apasionado defensor de la causa judía) dice:

Lo que distinguió el caso Lincoln de otras acusaciones de asesinato ritual, fue que el rey tomó conocimiento personal del asunto e hizo ejecutar a un judío de inmediato y a otros dieciocho más tarde. Esa confirmación real de la veracidad de la acusación fue probablemente decisiva para “la fama de Hugo”, que “eclipsó con creces la de Guillermo de Norwich, Harold de Gloucester, Roberto de Bury St. Edmunds y el pobre niño anónimo de San Pablo”.

En el siguiente mes de enero se concedió un indulto a un judío converso de nombre Juan, tras la intervención de un fraile dominico. El 3 de febrero se celebró el juicio en Westminster para los 70 detenidos restantes en el cual fueron condenados a muerte por un jurado de 48 personas. Después de esto, intercedieron por su liberación los dominicos y los franciscanos, junto con el príncipe inglés Ricardo de Cornualles. En mayo, los prisioneros fueron liberados.

Veneración

Tras difundirse la noticia de su asesinato, se conocieron milagros gracias a la intercesión del pequeño Hugo y el 27 de julio se estableció extraoficialmente como su día festivo en la ciudad. Durante un tiempo, el Pequeño San Hugo fue aclamado como santo por los católicos de Lincoln, pero Roma nunca lo reconoció oficialmente como tal. 

El santuario donde aún se encuentran los restos de Hugo data del período inmediatamente posterior a la expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290. 

Tumba Hugo de Lincoln

Aunque fue una devoción muy popular hasta la década de 1360, el culto parece haber decaído en el medio siglo siguiente. El santuario fue destruido en gran parte después de la Reforma inglesa. Durante la restauración de la catedral en 1790 se encontró un ataúd de piedra de 1 metro de largo que contenía el esqueleto del niño, que fue dibujado por Samuel Hieronymus Grimm.

El cuerpo de Hugo en su ataúd, dibujado por Samuel Hieronymus Grimm (1791).

¿Más “relato medieval”?

La historia de Hugo es mencionada en Canterbury Tales (Los cuentos de Canterbury) de Geoffrey Chaucer, en The Prioress's Tale (El cuento de la priora) de Christopher Marlowe y la historia también se menciona como un hecho verídico en Worthies of England (
Personajes ilustres de Inglaterra) de Thomas Fuller, de 1662.
 
Además, una escuela preparatoria de Lincolnshire, St Hugh's School, Woodhall Spa, también recibió su nombre en honor al pequeño San Hugo en 1925. 

Reescribiendo la historia...

En 1958, “tras un intercambio de cartas” con Wilfred Samuel, fundador del Museo Judío, la falsa iglesia de Inglaterra colocó una placa en el lugar donde se encontraba el antiguo santuario del Pequeño Hugo en la Catedral de Lincoln.

La placa, colocada con la intención de borrar la historia, limpiar la imagen de “la comunidad” y hacer de cuenta que nada pasó aquí, realmente provoca indignación. Las palabras de los autopercibidos “víctimas de calumnias” dicen así:

Junto a los restos del santuario del Pequeño San Hugo.

Las historias inventadas sobre "asesinatos rituales" de niños cristianos a manos de comunidades judías eran comunes en toda Europa durante la Edad Media e incluso mucho después. Estas invenciones costaron la vida a muchos judíos inocentes. Lincoln tenía su propia leyenda, y la supuesta víctima fue enterrada en la catedral en el año 1255.

Tales historias no benefician a la cristiandad, y por eso oramos:

Señor, perdona lo que hemos sido,

enmienda lo que somos

y dirige lo que seremos. 


Nota: El dibujo que ilustra este artículo representa al Pequeño Hugo de Lincoln según un grabado del jesuita español Pedro de Bivero: “Sacrum sanctuarium crucis et patientiae crucifixorum et cruciferorum, emblematicis imaginibus...” Amberes, 1634.
 

CUANDO NUESTRA SEÑORA DERROTÓ A UN EJÉRCITO HUGONOTE EN CHARTRES

¿Sabías que en esa ciudad, la Virgen María obró un gran milagro para protegerla de una feroz invasión hugonote?

Por James Bascom


La catedral de Chartres, en Francia, es uno de los santuarios marianos más importantes y bellos de Europa. Durante más de mil años, Chartres ha acogido a innumerables peregrinos —desde reyes hasta humildes campesinos— que acuden a pedir curaciones y favores a la Virgen María. Incluso hoy en día, 1,5 millones de peregrinos y turistas visitan cada año este impresionante monumento al catolicismo medieval, la segunda catedral católica más visitada de Francia después de Notre-Dame de París.

La popularidad de Chartres se debe principalmente a su reliquia más preciada: la Santa Camisa, o Velo de la Virgen. En 876, Carlos el Calvo, nieto de Carlomagno y rey ​​de Francia Occidental (la mayor parte de lo que hoy es Francia), donó la reliquia al obispo de Chartres, donde ha permanecido desde entonces.

Los milagros de Nuestra Señora en Chartres

A lo largo de los siglos, se le han atribuido numerosos milagros al velo. El primer gran milagro registrado fue la derrota del caudillo vikingo Rollo en el asedio de Chartres en 911. En un momento crucial del asedio, el obispo de Chartres procesionó por las murallas de la ciudad con el velo de la Virgen, implorando su intercesión en la batalla. Al ver la reliquia, el ejército cristiano se reagrupó y lanzó un feroz contraataque, mientras que los paganos, inexplicablemente, perdieron el valor y huyeron presas del pánico. Poco después, Rollo se bautizó, se convirtió en vasallo del rey Carlos III y se casó con su hija Gisela, poniendo fin a las incursiones vikingas en esa parte de Francia. El rey Carlos le concedió el territorio que hoy es Normandía como feudo.

Seis siglos y medio después, otro gran milagro tuvo lugar en Chartres. En las afueras del centro histórico de Chartres, a pocos metros de las ruinas de las murallas medievales de la ciudad, se encuentra una capilla modesta y casi olvidada con un nombre bastante curioso: Notre-Dame de la Brèche (“Nuestra Señora de la Brecha”). La “brecha” alude al asedio protestante de Chartres en marzo de 1568 y a un milagro que la Virgen realizó precisamente en ese lugar.

Guerras hugonotes en Francia

En el siglo XVI, las enseñanzas heréticas de Martín Lutero, Juan Calvino y el rey Enrique VIII sedujeron a millones de europeos, alejándolos de la Iglesia Católica, destruyeron la unidad religiosa de la cristiandad e incitaron terribles guerras de religión. Mientras que la nueva religión de Lutero echó raíces en Alemania y Escandinavia, las enseñanzas heterodoxas de Juan Calvino se arraigaron en su Francia natal.

En su apogeo, hasta un 10% de la población francesa —incluida una gran parte de la nobleza— había abandonado el catolicismo para abrazar el cristianismo reformado de Calvino. Estos calvinistas franceses —conocidos como hugonotes— iniciaron una guerra civil religiosa en Francia con el objetivo de derrocar al catolicismo y a la monarquía. Las milicias hugonotes saquearon iglesias, destruyeron estatuas, profanaron reliquias y asesinaron a clérigos. Con el apoyo del Papa, los católicos franceses lanzaron un movimiento religioso de corte cruzado llamado Liga Católica. Ambos bandos libraron una encarnizada guerra de religión que duró décadas, con terribles consecuencias para Francia.

Sitio de Chartres

La Divina Providencia dispuso que la ciudad de Chartres desempeñara un papel importante en esta gran Cruzada católica. El 1 de marzo de 1568, un ejército hugonote de 9000 hombres, al mando del líder supremo de los hugonotes, Luis de Borbón, príncipe de Condé, inició el asedio de Chartres. La ciudad amurallada estaba defendida por unos 6000 hombres bajo el mando del gobernador real Antoine de Linières.

Los hugonotes necesitaban tomar la ciudad por razones estratégicas. Su caída ejercería presión sobre París, la capital y principal bastión católico del país. Pero los hugonotes también albergaban un profundo odio hacia Chartres debido a su antigua vinculación con la devoción mariana católica, así como a la fuerte resistencia de la ciudad al proselitismo protestante.

Al comenzar el asedio, los hugonotes capturaron varias iglesias católicas en las afueras de la ciudad. Profanaron objetos sagrados, saquearon el oro y las joyas, incendiaron las iglesias y ejecutaron a varios sacerdotes capturados. No cabía duda de que el mismo destino les esperaba al resto de la ciudad y a su famosa catedral en caso de victoria hugonote.

Lo que estaba en juego era de suma importancia. El propio Condé había prometido destruir todas las reliquias y estatuas de la catedral de Chartres y alimentar a su caballo en el altar mayor. Uno de sus comandantes durante el asedio, François de Coligny d'Andelot, era conocido por su odio visceral hacia el catolicismo y, en particular, hacia los sacerdotes. Según el historiador de Chartres, Jean-Baptiste Souchet, d'Andelot conservaba una colección de orejas cortadas de sacerdotes muertos como trofeos de guerra y prometió que lo primero que haría en Chartres sería ejecutar a todos los sacerdotes y derramar su sangre sobre los altares de la catedral en “reparación” por la “idolatría” católica (1).

Los protestantes determinaron que el punto más vulnerable de las murallas de la ciudad era la Puerta Drouaise, en el lado norte. El 6 de marzo, abrieron fuego con cinco cañones pesados ​​y cuatro ligeros. Al día siguiente, habían abierto una brecha de 23 metros de ancho en la muralla, lo que permitió a los hugonotes capturar uno de los revellines del muro y comenzar a entrar en la ciudad. El gobernador, consciente de la necesidad de una acción audaz y decisiva en este momento crítico, se reunió con sus oficiales. Tras prometerse mutuamente “vencer o morir”, de Linières dirigió personalmente a sus hombres en un furioso contraataque. Su ataque sorpresa dejó atónitos a los hugonotes, obligándolos a retirarse.

Condé centró entonces su ataque en la cercana Torre de Herses y sus murallas adyacentes. Durante todo el día y la noche del 9 de marzo, dinamitó las antiguas murallas medievales hasta que una gran sección se derrumbó en el río Eure, dejando al descubierto una nueva brecha que los hugonotes pudieron aprovechar. Pero la previsión y la rápida actuación de De Linières salvaron la situación una vez más. El gobernador reforzó la zona con más hombres y suministros, y los asaltos de la infantería protestante fracasaron en su intento de explotar la brecha.

Los defensores católicos contaban con el apoyo de un magnífico cañón al que llamaban “el hugonote”. Capturado del ejército derrotado de Condé en la batalla de Dreux en 1562, De Linières lo colocó en un lugar estratégico cerca de la Puerta de Drouaise, lo que permitió a los defensores aniquilar los asaltos hugonotes a través de las murallas abiertas. El cañón tuvo tal éxito que los defensores comenzaron a llamarlo “la bonne catholique” (“el buen católico”).

Mientras todos los hombres aptos para el combate luchaban en las murallas de la ciudad, las mujeres, los niños y los ancianos llenaban la cripta de la catedral, rezando día y noche a Nuestra Señora de Chartres por la victoria. Los hugonotes continuaron sus ataques durante días, hasta que, el 15 de marzo, Condé, inesperadamente, levantó el asedio y retiró su ejército. Los católicos habían perdido unos 250 hombres, mientras que los hugonotes habían perdido casi el doble. Los defensores no dejaron de ver en esta victoria la mano de la Divina Providencia y la protección especial de Nuestra Señora de Chartres.


De hecho, durante la batalla, Nuestra Señora realizó un milagro que enfureció y aterrorizó a los soldados hugonotes. Ubicada en un nicho sobre la entrada de la Puerta de Drouaise se encontraba una estatua de Nuestra Señora, Carnutum Tutela o “Protectora del pueblo de Chartres”. Los hugonotes, llenos de odio hacia la devoción católica a la Virgen María,

“…se jactaban de que María tenía tanto poder en la ciudad como Diana en Éfeso, y tomando dicha imagen como objeto de su ira y furia, dispararon tantos cañonazos y proyectiles de artillería contra ella que todo en los alrededores quedó destrozado hasta quedar reducido a cuatro dedos de ancho, como aún hoy se aprecian las huellas; sin embargo, jamás pudieron dañar la santa imagen… Y fue para su gran vergüenza que experimentaran esto a manos de la patrona de Chartres: pues, habiendo sido repelidos, más por su poder que por las armas humanas, se vieron obligados, tras grandes pérdidas y la matanza de sus hombres, a retroceder y a dar una vez más, por segunda vez, el nombre del Prés des Reculés [“el Prado del Retiro”], en medio del cual habían plantado orgullosamente sus abominables tiendas”

Por más que los hugonotes dispararan sus fusiles contra la estatua, las balas se desviaban milagrosamente y solo impactaban en el marco de piedra que la rodeaba. Este milagro asombró tanto a atacantes como a defensores, dando origen a una piadosa tradición entre los habitantes de Chartres. Afirmaban que la Virgen María apareció en el cielo con su Divino Hijo en brazos y que, con su vestimenta, detuvo y repelió las balas de los cañones hugonotes. “Los habitantes de Chartres comprendieron que era la Santísima Virgen, junto con su amado Hijo, quien visiblemente tomaba la defensa de la ciudad en sus propias manos, mientras el clero y las mujeres rezaban y los hombres en edad militar se reagrupaban y lanzaban un ataque contra los sitiadores, a quienes repelieron con vigor” (2).

Nuestra Señora de la Brecha

En el primer aniversario de la victoria, el 15 de marzo de 1569, “de acuerdo con los deseos del pueblo”, las autoridades municipales y el obispo de Chartres declararon ese día, día festivo en Chartres. Ordenaron misas, oraciones y una gran procesión en acción de gracias por la gran victoria. En Chartres, el 15 de marzo se convirtió en la fiesta de Nuestra Señora de la Brecha, también llamada Nuestra Señora de la Victoria.

En 1600, treinta y dos años después del milagro que salvó a su ciudad de los hugonotes, las autoridades municipales y el obispo de Chartres construyeron una pequeña capilla en el mismo lugar donde ocurrió el milagro, cerca de la Puerta Drouaise. Esta pequeña capilla, Notre-Dame de la Brèche, albergaba la estatua Carnutum Tutela del asedio, que milagrosamente había desviado las balas de fusil y cañón de los hugonotes.

Notre-Dame de la Brèche

Durante más de doscientos años, esta gran procesión recorrió la ciudad con gran pompa y devoción, siendo la segunda en importancia después de la del Corpus Christi. Nuestra Señora de la Brecha y su procesión anual fueron símbolos vivos del catolicismo militante del pueblo de Chartres, que luchó valientemente en defensa de Dios, la Virgen María, la religión católica y su rey contra la herejía de los hugonotes que estuvo a punto de conquistar Francia en el siglo XVI.

La procesión tuvo lugar por última vez el 15 de marzo de 1789. Apenas unos meses después, estalló la Revolución Francesa, desatando una violenta persecución contra la Iglesia Católica. Se prohibieron todos los actos religiosos públicos y se confiscaron las propiedades de la Iglesia, incluida Nuestra Señora de la Brecha. El 17 de julio de 1791, la Asamblea Nacional vendió la pequeña capilla a un particular que decidió demolerla. Cuando terminó la Revolución, lamentablemente la procesión pública por las calles de Chartres nunca se reanudó.

Una nueva capilla

Unos años más tarde, respondiendo al deseo de los fieles de recuperar su antigua devoción a la Virgen María, el obispo de Chartres decidió reconstruir la pequeña capilla en el mismo lugar. Tras adquirir el terreno donde se alzaba la Puerta de Drouaise, colocaron la primera piedra el 25 de marzo de 1843. Una oración compuesta para la ocasión y grabada en la primera piedra decía: “Que el Señor vele por su pueblo, y que la Santísima Madre del Señor mantenga siempre su ciudad libre de toda mancha de herejía y de toda corrupción moral”. Esta capilla aún se conserva.

La estatua original de Carnutum Tutela fue salvada durante la Revolución Francesa por un católico devoto que la escondió en su casa. Cuando se construyó la nueva capilla, la estatua fue devuelta y colocada nuevamente en un lugar de honor en una capilla que honra el milagro que obró tantos años atrás.

Aunque la reconstrucción de la capilla contribuyó a un renacimiento del fervor por Nuestra Señora de la Brecha, a principios del siglo XX, la peregrinación y la devoción (como tantas otras tradiciones católicas) se habían extinguido tristemente una vez más. Lo que la Revolución Francesa no pudo destruir por completo fue sofocado por el espíritu moderno del “indiferentismo” y el “progresismo”, que desprecia las devociones tradicionales como las procesiones y los milagros.

Resurgimiento del interés en el siglo XXI

En 2026, sin embargo, los católicos locales de Chartres decidieron revivir la devoción. Alexandre Barbier, sacristán de la capilla de Notre-Dame de la Brèche, y el abad Clément Pierson, sacerdote de la diócesis de Chartres, organizaron una peregrinación el 15 de marzo, antigua festividad de la Virgen María. Unos 30 católicos recorrieron a pie los 4,3 km (2,5 millas) desde Lèves, a las afueras de Chartres, hasta la capilla de Notre-Dame de la Brèche. Al llegar a la capilla, se celebró la Santa Misa y se rezó ante la estatua de la Virgen.



La historia de Nuestra Señora de la Brecha es uno de los grandes acontecimientos de la Francia católica, un momento en que la Virgen María intervino directamente en una batalla en favor de sus fieles hijos contra los ejércitos de la herejía de los hugonotes. Aunque ocurrió hace casi cinco siglos, esta batalla encierra lecciones para nuestros días. La sociedad occidental actual se ve amenazada por la destrucción, no por las balas de cañón hugonote, sino por el materialismo, la apostasía, la indiferencia religiosa y la inmoralidad. Pero la Virgen María, la “destructora de todas las herejías”, puede y nos protegerá… si le somos fieles a ella y a su Divino Hijo.
  

RESPUESTA DEL PADRE FRANÇOIS LAISNEY A UNA CARTA DEL PADRE CHAZAL (2013)

A continuación, se presenta la respuesta del padre Laisney al padre Chazal sobre la crisis actual en la Iglesia y la reacción apropiada de un católico, y especialmente de un sacerdote, ante esta crisis. 

Por Brent Klaske


Nota: Se publicó originalmente aquí: http://sspxasia.com/Documents/Society_of_Saint_Pius_X/2013-04-19_Fr_Laisneys_answer_to_%20Fr_Chazal.pdf


Singapur, 19 de abril de 2013

Reverendo y querido Padre:

¿Desde cuándo sostienes que la carga de la prueba recae sobre el acusado? ¿No recae más bien sobre el acusador? ¡Ustedes son quienes acusan al obispo Fellay de ser liberal; ustedes son quienes deben probarlo! Por lo tanto, se equivocan por completo al escribir: “Así que empiezan diciendo que no hemos logrado demostrar que el obispo Fellay esté equivocado… ¡De acuerdo! ¡Pero demuéstrenlo!”.

Luego afirmas que simplemente citas al obispo Fellay. Aquí, de nuevo, se produce otro grave error: las citas que proporcionas pueden ser imperfectas, incluso defectuosas, pero es erróneo que las interpretes de la peor manera posible, ignorando las circunstancias y el contexto. ¿Has leído alguna vez a Santo Tomás en su Summa?

¿Deben interpretarse las dudas de la mejor manera? … Sin embargo, es mejor equivocarse con frecuencia por tener buena opinión de un hombre malvado que equivocarse con menos frecuencia por tener una mala opinión de un hombre bueno, porque en este último caso se inflige un daño, pero no en el primero (IIa IIae qu. 60 a.4 ad 1m).

Así pues, el hábito de interpretar de forma negativa lo que dice otro hombre es un gran vicio. Santo Tomás explica (ibid., a.3) que:

Esto se debe a que un hombre tiene mala disposición hacia otro: pues cuando un hombre odia o desprecia a otro, o está enojado o envidioso de él, es llevado por leves indicios a pensar mal de él, porque todos creen fácilmente lo que desean.

Resulta bastante evidente que esa “mala disposición” hacia “las autoridades de la FSSPX” impregna los escritos suyos y de sus compañeros. Tal disposición no es virtuosa.

Para demostrar la malicia con la que pretendes citar al obispo Fellay, basta con comprobar la cita en tu carta. Esto es lo que escribes:

El doble discurso de Menzingen es un proceso continuo y bien documentado; basado en la idea de que el Concilio Vaticano II y la Nueva Misa son reparables y, por lo tanto, no podemos exigir que el Novus Ordo los condene.  (Entrevista del 15 de febrero en Nouvelles de France).

Ahora, hay un final aparente de la cita aunque no es un final estándar, sin una cita inicial, por lo que no se sabe si la “idea de que el Vaticano II y la Nueva Misa son corregibles” está realmente en la entrevista, aunque esto se insinúa: un método tan insidioso ya es malicioso. Además, ese pasaje pretende que el obispo Fellay dijo: “no podemos exigir al Novus Ordo que los condene”; ahora mirando el original de la entrevista, se encuentra que el obispo Fellay dijo: “nous ne nous attendons pas à ce que Rome condamne Vatican II avant longtemps” – (No esperamos que Roma condene el Vaticano II PRONTO). ¡Esa última palabra cambia completamente el significado de la oración! Sí, pedimos que Roma condene los errores del Vaticano II y de la Nueva Misa, pero siendo realistas no lo esperamos pronto. Por lo tanto, cortar la última palabra lleva a la idea de que el obispo Fellay piensa que el Vaticano II y la Nueva Misa son “corregibles”, para usar su palabra; ¡Pero al contrario, eso NO es lo que dijo!

Solía ​​decir: “No confíen en los modernistas cuando citan a los Padres de la Iglesia; ¡vean y verifiquen la cita!”. Ahora debo añadir: “No confíen en el Padre Chazal y otros similares cuando citan a nadie, especialmente a las autoridades de la Sociedad de San Pío X. ¡Vayan y verifiquen la cita!”. Su astuta manera de distorsionar las palabras ajenas, omitiendo lo esencial, me hace perder toda confianza en su honestidad intelectual.

Otro ejemplo de una cita tan maliciosa: usted escribe: “Como usted cita más adelante con tanta brillantez, una nueva Iglesia se ha “manifestado claramente” después del Concilio Vaticano II”. Mi respuesta es: ¿dónde? El único lugar que puedo encontrar es mi cita del pasaje de la declaración del arzobispo Lefebvre del 21 de noviembre de 1974:

Por el contrario, rechazamos y siempre nos hemos negado a seguir la Roma de las tendencias neomodernistas y neoprotestantes, como las que se manifestaron claramente durante el Concilio Vaticano II y, posteriormente, en todas las reformas resultantes.

¿Quién no ve que, una vez más, has distorsionado maliciosamente la cita? El arzobispo Lefebvre habla de “tendencias neomodernistas y neoprotestantes”, no habla de “una nueva Iglesia”. ¡Esta es tu manera maliciosa de hacer que alguien diga lo que no dice!

Luego sigues diciendo que “la regularización es… indiferente”. No, no es indiferente, es buena en sí misma. Porque el orden es bueno en sí mismo, especialmente dentro de la Iglesia. Regularizar no significa someterse al “Novus Ordo”, sino al orden canónico: esto es muy diferente. El orden jerárquico en la Iglesia no es obra de los innovadores del Concilio Vaticano II, sino que fue establecido por Nuestro Señor Jesucristo mismo; tales costumbres ordenadas existían desde los tiempos apostólicos y fueron codificadas en antiguas leyes de la Iglesia. Nadie puede rechazar la bondad de tal orden sin pecar.

Al decir que “la regularización es indiferente”, rechazas la bondad de tal orden canónico. Por lo tanto… Parece que nunca has escuchado al arzobispo Lefebvre, quien insistió en la importancia de que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X hubiera sido aprobada por el obispo Charrière, siendo este nuestro derecho de nacimiento: éramos verdaderamente una “obra de la Iglesia”, aprobada por la Iglesia. Él le dio —con razón— gran importancia a ese hecho. Solo en contra de su voluntad se le negó ese orden canónico, cuando el Derecho Canónico se usó en contra de su propósito (en 1975 las primeras sanciones fueron contrarias al Derecho Canónico; luego, en 1976, los cánones relativos a las cartas dimisoriales, establecidos para asegurar la bondad de los candidatos al sacerdocio, se usaron para impedirle ordenar buenos seminaristas, que celebrarían la Misa Tradicional: ese fue el comienzo de la situación no canónica de la FSSPX). El arzobispo Lefebvre estaba tan convencido de la bondad de ese orden canónico que estuvo dispuesto a firmar el Protocolo imperfecto en 1988, en un esfuerzo por restaurarlo.

Intentas justificarte diciendo: “Someterse al mal por obediencia es pecado”. Pero aquí no distingues entre la posesión de la autoridad que proviene de Nuestro Señor Jesucristo, que en sí misma es buena, y el ejercicio de esa autoridad, que puede ser un mal uso —un abuso— de la misma. La regularización canónica en sí misma es la sumisión a la autoridad que proviene de Nuestro Señor, es decir, a su posesión; no implica seguir órdenes abusivas, es decir, el ejercicio abusivo de la misma. Por lo tanto, la regularización canónica no es “someterse al mal”. A principios de los años 70, había muchos buenos sacerdotes tradicionalistas que estaban debidamente sujetos a sus superiores legítimos, sin seguir los abusos promovidos por ellos. La idea de que resistir las órdenes abusivas requiere rechazar la autoridad misma de la que emanan es un error, y dista mucho del ejemplo de los santos.

Una vez más intentas justificarte mencionando a la FSSP, la ICKSP, el IBP (Institut du Bon Pasteur) y Campos. Pero no debemos condenar en ellos lo que no es malo, sino aquello en lo que realmente radica su error. El gran error de la FSSP no fue amar el orden canónico correcto, sino creer que podían resistir las presiones de los obispos modernistas incluso sin tener obispo: de hecho, en el momento de la ordenación, si un obispo modernista les decía: “No ordenaré a sus sacerdotes si no enseñan el Concilio Vaticano II en sus seminarios”, ¿qué podían responder? Por lo tanto, fueron inducidos a enseñar los errores modernos (en particular la tesis del P. Basile) en sus seminarios. Prefirieron el orden canónico a tener obispo: ese fue su error.

Salvo prueba en contrario, quienes nos han dejado no han obtenido obispo ni representación alguna en la Comisión Romana, y así se han entregado, atados de pies y manos, a los progresistas. En tales condiciones, jamás lograrán mantener la Tradición. (Arzobispo Lefebvre, Un año después de las Consagraciones)

El arzobispo Lefebvre juzgó acertadamente que la fidelidad a la fe, a la liturgia y a la moral requería un obispo, o mejor dicho, cuatro. Esto ha sido la base de la fortaleza de la Sociedad de San Pío X desde entonces.

Otro error de Campos fue creer que podían mantenerse solos: la unión hace la fuerza. El obispo Fellay había sido fiel al invitar al obispo Rangel a discutir asuntos importantes, como las propuestas del cardenal Hoyos en el año 2000 (reunión del 13 de enero de 2001, a la que asistí y a la que el obispo Rangel envió al entonces padre Rifan), pero el padre Rifan llegó a un acuerdo sin consultar previamente al obispo Fellay. Y, como era de esperar, Roma prácticamente le impuso la necesidad de separarse de nosotros: solo, no pudo soportar las presiones. (Por cierto, esto también se aplica en sentido contrario a la asociación informal de la llamada “resistencia”, que ya incluye a algunos sedevacantistas y feeneyitas declarados; su falta de vínculos adecuados es una receta segura para el desastre: no se puede mantener la fe por mucho tiempo cuando se está alejado de la Iglesia).

La historia de los donatistas demuestra precisamente eso: primero fueron cismáticos, luego herejes. Por lo tanto, lo que usted dijo sobre los donatistas, lamentablemente, evidencia su ignorancia. Los errores de los donatistas no se limitaban a la validez sacramental, sino que también —e incluso antes— se referían a la “comunión con los malvados”; rechazaban la comunión con la Iglesia, con el pretexto de que, al comulgar con el (supuesto) malvado obispo de Cartago, Cecilio, el resto de la Iglesia había “caído”. San Agustín los reprendió enérgicamente al enunciar el principio católico de que “en la Iglesia la comunión con los malvados no perjudica a los buenos, siempre y cuando no consientan las malas acciones”. Pero usted prácticamente ha rechazado este principio católico.

Luego, procedes a juzgar al Papa (Benedicto XVI) como hereje, sin ninguna restricción. Una cosa es señalar las malas acciones y enseñanzas, como hizo el obispo Tissier en su estudio sobre este Papa, pero otra muy distinta es emitir un juicio sobre la persona; especialmente sobre un Papa. Santo Tomás de Aquino dice (ibid., ad 3m):

Una cosa es juzgar las cosas y otra juzgar a los hombres… al juzgar las cosas debemos tratar de interpretar cada cosa según lo que es, y al juzgar a las personas, interpretar las cosas para lo mejor, como se ha dicho anteriormente.

¿Quién no ve que no pones en práctica las enseñanzas de Santo Tomás? En los sitios web de Dici y sspx.org se mencionan tanto las malas acciones como los errores modernos, pero también las buenas. Sin embargo, en tus escritos solo se exponen las malas, e incluso las buenas se interpretan de forma negativa (como tu interpretación de Summorum Pontificum y de las Cruzadas del Rosario). Esto es típico de un celo amargo, denunciado por el arzobispo Lefebvre.

¡Qué rápido juzgas! Parece que suspender el juicio está fuera de tu alcance. ¡Ya has juzgado al Papa Francisco! Al final de nuestra vida, Nuestro Señor Jesucristo no nos exigirá un juicio correcto sobre todos los hombres, sino que cumplamos con nuestro deber. Y tu deber era, en la Sociedad de San Pío X, obedecer a tus superiores, quienes no te impusieron nada incorrecto, sino simplemente ir a tu priorato asignado y atender a los fieles que necesitaban el ministerio sacerdotal. En esto fallaste.

Me asombra leerte: “En caso de tal enredo, como el del trigo y la paja, ¿qué hacemos? ¿Salimos al campo? ¡No!”. ¡En verdad, no has leído a San Agustín ni a San Cipriano! Ellos te responderían muy sencillamente: si no estás en el campo de Nuestro Señor Jesucristo, no serás reunido en el granero de Nuestro Señor Jesucristo, ¡no irás al Cielo! ¡Tu rotundo “¡No!” es una clara afirmación de cisma! Si estamos EN la Iglesia, estamos EN el campo de Nuestro Señor. Por cierto, parece que confundes dos parábolas: en el campo, tienes el trigo y la paja (Mt. 13:24-30); en la era, tienes el buen grano y la paja (Mt. 3:12). San Cipriano, y después de él San Agustín, señalan con razón que si uno abandona la era para no estar en compañía de la paja, se convierte en paja, ¡ya que solo la paja se aleja de la era! Lean a San Agustín y tal vez le presten más atención que a mí.

Mientras tanto, ustedes pretenden “mantener el mayor apego posible a la Iglesia Católica visible, como rezar y reconocer al Papa o Papas y Obispos”. Son palabras vacías, pues al mismo tiempo les imponen los juicios más severos, interpretando todos sus actos de la peor manera posible y negándose a cualquier posibilidad de una correcta regularidad canónica.

¡Cuidado, querido Padre, con los frutos que empiezan a aparecer! Algunos fieles siguen más tus obras que tus palabras y están empezando a desviarse: una familia, por ejemplo, como bien sabes, de donde empezaste en Malasia, ahora es una sedevacantista extrema declarada, que ni siquiera reconoce la validez de tu propio sacerdocio; otro fiel se sorprendió recientemente al ver en nuestra sacristía el nombre del obispo local.

¿Significa eso que queremos estar en una situación imposible? ¡En absoluto! Desde el año 2000, el obispo Fellay ha actuado con prudencia en este sentido y sigue muy interesado en la protección de la obra de la Tradición; por lo tanto, después de más de doce años de prudencia, ¡difícilmente se le puede acusar de falta de ella! Una cosa es buscar una situación canónica viable, y otra muy distinta es rechazar sistemáticamente cualquier regularización canónica. Por cierto, comparar una regularización canónica con “poner nuestros papeles en orden”, como si se tratara de mero papeleo, es pasar por alto el punto espiritual esencial de la “comunión eclesiástica”, ese tercer elemento en la unidad de la Iglesia según san Roberto Belarmino, sin el cual nadie puede salvarse: así que no es una cuestión de papeleo. Mientras la irregularidad de nuestra situación no sea culpa nuestra, no es un obstáculo para la salvación; Pero en cuanto uno se niega a esa regularidad misma, como si fuera mala y peligrosa, o una mera formalidad innecesaria, entonces esa negativa se convierte en un obstáculo para la salvación.

No comparto ninguna de las “falsas suposiciones del arzobispo di Noia”: ¿ha leído mi carta abierta dirigida a él en The Remnant (https://web.archive.org/web/20121113010615/http://www.remnantnewspaper.com/Archives/2012-1015-laisney-di-noia.htm)?

Trato de verificar tus citas y, lamentablemente, tu referencia es errónea o, al menos, imprecisa: afirmas que citas al arzobispo Lefebvre en una “declaración de junio de 1976”, pero ciertamente no se trata del sermón del 29 de junio de 1976, la única “declaración” del arzobispo Lefebvre que conozco de ese mes. Además, te remito a mi artículo sobre “¿Varias Iglesias?”. Ten cuidado con tu forma de pensar sobre la “iglesia conciliar”: si crees que es una estructura separada de la Iglesia Católica, te equivocas, y este no era el pensamiento del arzobispo Lefebvre, por lo que resulta muy peligroso.

Ahora bien, no me gustan las ambigüedades, y en este sentido, no me gusta la declaración del 14 de abril. Pero entre una declaración ambigua que posteriormente se retracta y una traición total hay una gran diferencia. También podría decirse que había algunas ambigüedades en el Protocolo del 5 de mayo de 1988, y aun así el arzobispo Lefebvre lo firmó. Y es erróneo decir que lo rechazó al día siguiente: lean el texto de esa carta del 6 de mayo, es la mejor refutación de tal afirmación: ¡el arzobispo Lefebvre afirma allí que está agradecido por haberlo firmado! Lo cierto es que lo que pidió el 6 de mayo fue la pronta implementación de dicho protocolo, solicitando una fecha para su cumplimiento en un futuro próximo: esto dista mucho de rechazar dicho protocolo, sino más bien de otorgarle un sentido de urgencia. Fue solo ante las tácticas dilatorias de Roma que vio el peligro de que Roma no cumpliera lo estipulado en el Protocolo, a saber, la concesión de un obispo, y entonces decidió seguir adelante. Esa decisión se tomó a finales de mayo. Lea mi libro Archbishop Lefebvre and the Vatican (El arzobispo Lefebvre y el Vaticano); allí se encuentran todos los documentos esenciales.

Independientemente de si “Roma se encamina hacia la Tradición” bajo el pontificado del Papa Francisco o no, una cosa sé: la Cabeza de la Iglesia es Nuestro Señor Jesucristo. Confío en Él y quiero seguir el orden que Él ha establecido, sin transigir con el error. En cuanto al futuro, sé que Él tiene el control. Por eso, procuro cumplir con mi deber cada día, por más monótono que parezca.

Observo que usted desvió por completo mi argumento de que sus razones para oponerse al obispo Fellay eran desproporcionadamente menores que las del arzobispo Lefebvre para resistirse al Concilio, la Nueva Misa y Asís. Prudencia, sí, pero ¿rebelión pública como la suya? ¡No! Tal rebeldía no era en absoluto el espíritu del arzobispo Lefebvre. El arzobispo no era un rebelde; su postura inicial no era “en contra” de las novedades, sino “a favor” de la fidelidad. En consecuencia, no se apresuró a condenar; supo esperar: ¡a algunos les hubiera gustado que hiciera consagraciones antes! Pero esperó hasta 1988. Muchos han olvidado que el 30 de junio fue la cuarta fecha que fijó: ya la había pospuesto al menos tres veces, con la esperanza de obtener una situación canónica regular adecuada. ¡Qué contraste con la forma precipitada y apresurada en que usted condena tanto al Papa como al obispo Fellay!

Me pregunto si te has releído. Escribes que “esta es la segunda vez en la vida que la obediencia se usa para desobedecer a Dios”. ¡Vamos! Honestamente, ¿qué “desobediencia a Dios” se les ha pedido a alguno de ustedes? Esa pregunta se le hizo al padre Joseph Pfeiffer en St. Mary's el pasado agosto y no pudo responder. ¿Qué pecado se les pidió a ustedes? Puede que se les haya pedido que se abstuvieran de hacer su propia voluntad, pero ciertamente no se les pidió que hicieran algo en contra de la voluntad de Dios.

Algunos tienden a confundir su propia voluntad con la voluntad de Dios. Este subjetivismo es una tendencia muy común, y debemos combatirla. Si la obediencia es uno de los tres consejos evangélicos, es precisamente porque es el remedio a este error tan común, tan opuesto a la verdadera vida espiritual: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9:23).

Puede que le hayan pedido que se abstuviera de hacer declaraciones públicas, pero ¿quién no ve que la razón de tal orden —de lo más razonable— es la intemperancia de sus declaraciones? El padre de Cacqueray no es, desde luego, un sacerdote al que se podría acusar de liberalismo. Ahora bien, el obispo Fellay lo puso bajo las órdenes del padre de Cacqueray, ¿y usted se negó a obedecer? ¿Acaso tal orden del obispo Fellay fue una “desobediencia a Dios”? No. ¿Por qué, entonces, desobedeció? Lo siento, padre, su caso no tiene fundamento.

¡Ahora pretendes que quieres establecer “un cuerpo, un ejército”! ¡Renuncias al puesto que te asignó tu “general”, convirtiéndote en un rebelde, y pretendes ser capaz de organizar un cuerpo de ejército!

Tras haber roto una primera promesa, ¿cómo se puede confiar en que cumplirás una segunda? Por eso el divorcio y el nuevo matrimonio no son buenos; lo mismo ocurre con los sacerdotes que abandonan su deber original.

Tu lugar es arrepentirte y regresar al lugar al que debiste haber ido: bajo la guía del P. de Cacqueray. Esta es la única manera de cumplir las promesas que hiciste, promesas de obediencia a Dios a través de tus superiores.

Por esto rezaré, especialmente a Nuestra Señora y a San José, cuya gran virtud fue indudablemente la obediencia (y la prudencia: no se apresuró a condenar (véase Mt. 1:19-20).

Sinceramente en Jesús y María,

Padre François Laisney
 

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO


La admirable Avenida del Espíritu Santo refiérese en el libro de los Hechos de los Apóstoles con estas palabras:

Entrados los apóstoles en la Ciudad de Jerusalén, subiéronse a una habitación alta, donde tenían su morada Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás , Bartolomé y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo y Simón, llamado el Celador y Judas, hermano de Santiago.

Todos los cuales, animados de un mismo espíritu perseveraban juntos en oración con las piadosas mujeres, y con María la Madre de Jesús y con los hermanos o parientes del Señor.

Al cumplirse pues los días de Pentecostés, estando todos juntos en un mismo lugar, sobrevino de repente del cielo un ruido, como de viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban.

Al mismo tiempo vieron aparecer como unas lenguas de fuego, que se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos. Entonces fueron llenos todos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas las palabras que el Espíritu Santo ponía en sus bocas.

Había a la sazón en Jerusalén, judíos piadosos y temerosos de Dios, de todas las naciones del mundo.

Divulgado pues, este suceso, acudió una gran multitud a ellos, y quedaron atónitos, al ver que cada uno oía a los apóstoles en su propia lengua.

Así pasmados todos, y maravillados se decían unos a otros: ¿Por ventura estos que hablan, no son todos galileos rudos e ignorantes? pues, ¿cómo es que les oímos cada uno de nosotros hablar nuestra lengua nativa?

Partos, Medos y Elamitas, los moradores de Mesopotamia de Judea y de Capadocia, del Ponto y del Asia, los de Frigia, de Panfilia, y del Egipto, los de Libia, confinante con Cirene y los que han venido de Roma, tanto judíos, como prosélitos, los Cretenses y los Árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios
(Hechos de los Apóstoles, cap. II).

Los efectos que obró el Espíritu Santo en los Apóstoles fueron tan admirables como las obras con que asombraron al mundo.

Infundióles una celestial sabiduría para que entendiesen y comprendiesen los misterios altísimos de Dios que habían de predicar, imprimióles en sus corazones la ley de gracia, alentándoles soberana fuerza para cumplirla perfectísimamente, y sobre todo, los abrasó con un amor tan encendido, tan ardiente y fervoroso, que si mil vidas tuvieran, las ofrecerían por Cristo.

Este fuego de amor es el que los animaba para que saliesen luego al encuentro a todo el poder del mundo y del infierno, y para decir en pocas palabras lo que obró por ellos este divino Espíritu en esta venida, no es menester sino considerar la conversión del mundo que resultó de ella por la predicación de los sagrados apóstoles, los cuales, no eran más que doce pobres y despreciados pescadores, sin elocuencia ni sabiduría humana, sin favores ni amistades de príncipes.

Reflexión

Además de aquella primera venida tan visible y prodigiosa del Espíritu Santo hay otra invisible que siempre dura y obra cosas muy admirables en las almas de los justos enriqueciéndolas con sus dones y con su real presencia. Es el que alumbra con soberana luz su entendimiento, el que enciende en amor de Dios su voluntad, de manera que los que lo reciben por una sincera conversión se sienten como trocados en otros hombres muy diferentes de los que antes eran.

Oración

Oh Dios, que en el día de hoy, derramando la luz del Espíritu Santo sobre los corazones de los fieles, les enseñaste la verdad divina, concédenos que por el mismo espíritu sintamos de ella rectamente, y gocemos siempre de su consolación. 
Por Jesucristo Nuestro Señor. 
Amén.