miércoles, 26 de agosto de 2026

LA ENTREVISTA CENSURADA DE MONSEÑOR LEFEBVRE

Según un rumor que circula desde hace tiempo, la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) intervino para impedir la publicación de esta entrevista en 1976.

Por WMReview


“No podemos, mediante la obediencia servil, seguir la corriente de los cismáticos”

Entrevista concedida por el Arzobispo Marcel Lefebvre a Le Figaro el 2 de agosto de 1976 
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Publicada el 4 de agosto de 1976.

(Le Figaro) – Tras la suspensión a divinis que sufrió (en 1976), el arzobispo Lefebvre no contempla en absoluto someterse. No cree en la posibilidad de una reconciliación con Roma y se arriesga a ser excomulgado junto con sus discípulos.

Le Figaro: Excelentísimo Señor, ¿no está usted al borde del cisma?

Arzobispo Marcel Lefebvre: ¡Esa es la pregunta que muchos católicos se hacen tras leer las últimas sanciones impuestas por Roma contra nosotros! Los católicos, en su mayoría, definen o imaginan el cisma como una ruptura con el Papa. No profundizan más en su análisis. Han roto con el Papa o el Papa ha roto con ustedes, por lo tanto, están en cisma.

¿Por qué una ruptura con el Papa provoca un cisma? Porque donde está el Papa, está la Iglesia Católica. Por lo tanto, en realidad, se trata de separarse de la Iglesia Católica. Ahora bien, la Iglesia Católica es una realidad mística que existe no solo en el espacio y en la superficie de la tierra, sino también en el tiempo y en la eternidad. Para que el Papa represente a la Iglesia y sea su imagen, debe estar unido a ella no solo en el espacio, sino también en el tiempo (a lo largo de la Historia), ya que la Iglesia es esencialmente una tradición viva.

En la medida en que el Papa se aparta de esta tradición, se convierte en cismático, rompe con la Iglesia. Teólogos como San Bellarmino, Cayetano, el Cardenal Journet y muchos otros han estudiado esta posibilidad. No es algo inconcebible.

Pero lo que nos preocupa más es el concilio Vaticano II y sus reformas, sus orientaciones oficiales y la actitud personal del Papa, que es difícil de discernir.

Este Concilio representa, tanto en opinión de las autoridades romanas como en la nuestra, UNA NUEVA IGLESIA que ellos llaman la “IGLESIA CONCILIAR”.

Creemos poder afirmar, considerando la crítica interna y externa (revisión) del concilio Vaticano II, es decir, analizando los textos y estudiando sus circunstancias y consecuencias, que el concilio, dando la espalda a la Tradición y rompiendo con la Iglesia del pasado, es un CONCILIO CISMÁTICO. El árbol se conoce por sus frutos. Desde el concilio, todos los principales periódicos del mundo, tanto estadounidenses como europeos, reconocen que está destruyendo la Iglesia Católica hasta tal punto que incluso los no creyentes y los gobiernos seculares están preocupados. Se ha llegado a un acuerdo de no agresión entre la Iglesia y la masonería. Se encubrió llamándolo aggiornamento, acercamiento al mundo, ecumenismo. Desde el concilio, la Iglesia ha aceptado no ser la única religión verdadera, el único camino a la salvación eterna. Reconoce a las demás religiones como religiones hermanas. Reconoce el derecho inherente a la naturaleza humana a ser libre de elegir su religión y que, en consecuencia, un Estado o gobierno católico ya no es aceptable.

Al aceptar este NUEVO PRINCIPIO, toda la doctrina de la Iglesia debe cambiar, así como su culto, su sacerdocio y sus instituciones, porque todo en la Iglesia hasta el concilio había demostrado que solo ella poseía el Camino, la Verdad y la Vida en Nuestro Señor Jesucristo, a quien conservaba en persona en la Sagrada Eucaristía y que está presente gracias a la continuidad de su sacrificio. Así, se ha producido una transformación radical de la Tradición y de la enseñanza de la Iglesia desde el concilio y a través de él.

Todos aquellos que cooperen en la aplicación de esta revocación aceptan y se adhieren a esta nueva “iglesia conciliar”, como la denominó Su Excelencia Mons. Benelli (1) en la carta que me envió en nombre del Santo Padre el pasado 25 de junio, y entran en el cisma. La adopción de las tesis liberales por un concilio solo pudo haber tenido lugar en un concilio pastoral que no era infalible y que no puede explicarse sino mediante una preparación secreta y meticulosa, que los historiadores acabarán descubriendo para gran asombro de los católicos que confunden la eterna Iglesia Católica Romana con la Roma humana, susceptible de ser invadida por enemigos vestidos de escarlata.

¿Cómo podríamos, mediante una obediencia servil y ciega, seguir el juego a estos cismáticos que exigen que colaboremos en su intento de DESTRUCCIÓN DE LA IGLESIA?

La autoridad delegada por Nuestro Señor al Papa, a los obispos y al sacerdocio en general está al servicio de la fe en su divinidad y de la transmisión de su propia vida divina. Todas las instituciones divinas o eclesiásticas tienen este fin. Todos los derechos, todas las leyes, no tienen otro propósito que este. Utilizar las leyes, las instituciones y la autoridad para aniquilar la fe católica y dejar de comunicar la vida es practicar un aborto o una anticoncepción espiritual. ¿Quién se atrevería a decir que un católico digno de su nombre podría cooperar en un crimen peor que el aborto?

Por eso nos sometemos y estamos dispuestos a aceptar todo aquello que esté de acuerdo con nuestra fe católica, tal como ella la ha enseñado durante dos mil años, pero rechazamos todo aquello que se oponga a ella.

Objetan: “Estás juzgando la fe católica”. Pero, ¿acaso no es el deber más serio de todos los católicos juzgar la fe (la doctrina) que se les enseña hoy a la luz de lo que se ha enseñado y creído durante veinte siglos y que está escrito en los catecismos oficiales, como el de Trento, el de San Pío X y todos los catecismos anteriores al concilio Vaticano II? ¿Cómo han actuado los verdaderos fieles ante las herejías? Han preferido derramar su sangre antes que traicionar su fe.

Que la herejía nos llegue de alguien de la más alta dignidad posible, el problema para la salvación de nuestras almas es el mismo. En este sentido, muchos fieles ignoran gravemente la naturaleza y el alcance de la infalibilidad del Papa. Muchos creen que toda palabra que sale de su boca es infalible.

Por otro lado, si bien nos parece seguro que la fe enseñada por la Iglesia durante veinte siglos no puede contener errores, nuestra certeza absoluta de que el Papa sea verdaderamente Papa es mucho menor. La herejía, el cisma, la excomunión automática y la elección inválida son algunas de las causas que podrían impedir que un Papa fuera Papa o que dejara de serlo. En este caso, obviamente muy excepcional, la Iglesia se encontraría en una situación similar a la que se produce tras la muerte de un sumo pontífice.

Porque, en efecto, desde el inicio del pontificado de Pablo VI se plantea un grave problema a la conciencia y a la fe de todos los católicos. ¿Cómo es posible que un Papa, el verdadero sucesor de Pedro, seguro de la ayuda del Espíritu Santo, pudiera presidir la destrucción de la Iglesia, la más profunda y generalizada de la historia que haya ocurrido en tan poco tiempo, algo que ningún hereje jamás ha logrado?

Esta pregunta tendrá que ser respondida algún día, pero dejando este problema a los teólogos y a los historiadores, la realidad nos obliga a una respuesta práctica, según el consejo de San Vicente de Lerins:

¿Qué debería hacer el cristiano católico si una parte de la Iglesia se separara de la comunión con la ley universal? ¿Qué otra opción le quedaría sino preferir, en lugar del miembro gangrenoso y corrupto, el cuerpo entero y sano? ¿Y si un nuevo contagio envenenara no solo a una pequeña parte de la Iglesia, sino a toda ella al mismo tiempo? Entonces, su mayor preocupación sería PERMANECER CON LA ANTIGÜEDAD, que, por supuesto, ya no se deja seducir por ninguna novedad engañosa.

Por lo tanto, hemos decidido firmemente continuar nuestra labor de restauración del sacerdocio católico, pase lo que pase, convencidos de que no podemos prestar mayor servicio a la Iglesia, al Papa, a los obispos y a los fieles. Que nos permitan poner a prueba o experimentar (como se suele decir) la Tradición.

Arzobispo Marcel Lefebvre, Écône, 2 de agosto de 1976.


Nota:

1) De hecho, el término “Iglesia conciliar” fue utilizado por primera vez por el propio Pablo VI en un discurso a los líderes laicos en 1966, cuando dijo:

“Porque no se trata solo de recoger y difundir las enseñanzas del concilio, sino de transformarse a imagen de la Iglesia conciliar”

GRACIA Y LIBERTAD: SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (1)

Beata (1923), Santa (1925), Patrona universal de las misiones católicas, con San Francisco Javier (1927), llegó a ser Doctora de la Iglesia (1997). 

Por el padre José María Iraburu


Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), nació en Alençon, Francia y fue la última de nueve hermanos. Dios se sirvió de sus padres, Luis José Martin y María Celia Guerin, beatificados en 2008, y de sus hermanas para dar a Teresita una educación cristiana de altísima calidad, que le hizo crecer en el mundo de la gracia con una precocidad extraordinaria.

A los 2 años tomó “la resolución de hacerse monja”, y a los 3 decidió “no rehusar nada al buen Dios”, recibir siempre su gracia. Ingresó en el Carmelo de Lisieux a los 15 años y murió a los 24. Beata (1923), Santa (1925), Patrona universal de las misiones católicas, con San Francisco Javier (1927), llegó a ser Doctora de la Iglesia (1997). 

Su doctrina espiritual se expresó fundamentalmente en sus Manuscritos autobiográficos, escritos en tres cuadernos escolares, que han sido distribuidos en once capítulos (I-XI). El cuaderno A (1895, a su hermana, Hna. Inés de Jesús), el B (1896, a su hermana, Hna. Mª del Sagrado Corazón) y el C (1897, a su priora, M. María de Gonzaga). Son conocidos como La historia de un alma. También son numerosas sus Cartas, Poesías y Oraciones. Y del final de su vida tenemos las Últimas conversaciones, anotadas por la Hna. Inés de Jesús.

El escrito que sigue viene a ser una antología de textos de Santa Teresita sobre la acción de la gracia de Dios en ella. Y quiera el Señor que los lectores que no hayan acabado de entender la doctrina intelectual que hasta aquí he expuesto sobre gracia-libertad, la entiendan por fin en la declaración experiencial que hizo de ella esta Santa Doctora.

La distribución desigual que Dios hace de sus gracias, tan claramente experimentada por Teresita en su propia vida, es el primer tema que toca en su primer cuaderno, y que desarrolla a lo largo de todos sus escritos. Bien podría ella ser llamada Doctora de la gracia.

“Este es el misterio de mi vocación, el de toda mi vida: el misterio, sobre todo, de los privilegios que Jesús ha dispensado a mi alma. No a los que son dignos; Jesús llama a los que quiere. O como dice S. Pablo: “Dios tiene misericordia de quien quiere y tiene compasión de quien quiere. No es, pues, obra ni del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia” (Rm 9,15-16).

“Durante mucho tiempo estuve preguntándome a mí misma por qué Dios tenía preferencias; por qué no todas las almas recibían sus dones por igual. Era cosa que me maravillaba. Al verle prodigar favores extraordinarios a los santos que le habían ofendido –como S. Pablo, S. Agustín–, forzándoles, por así decirlo, a recibir sus gracias; o bien, al leer la vida de aquéllos a quienes Nuestro Señor colmaba de caricias desde la cuna hasta el sepulcro, apartando de su camino todo lo que fuese obstáculo para elevarse a él, y previniendo sus almas con tales favores que no pudiesen empañar el brillo inmaculado de su vestidura bautismal, me preguntaba a mí misma por qué los pobres salvajes, por ejemplo, morían en gran número sin siquiera haber oído pronunciar el nombre de Dios”.

“Jesús se dignó instruirme acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza. Y comprendí que todas las flores creadas por él son bellas”, tanto una rosa aromática y preciosa, como una mínima margarita. “Lo mismo acontece en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha creado a los santos grandes, que pueden compararse a las azucenas y a las rosas. Pero ha creado también a otros más pequeños… La perfección consiste en cumplir su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos” (I,2v-r).

Toda la vida de Teresita ha sido una obra maravillosa de la gracia de Dios. “No es mi vida propiamente dicha lo que voy a escribir, sino más bien mis pensamientos acerca de las gracias que Dios se ha dignado concederme”…

“La Flor [la Florecilla de Jesús] que va a contar su historia se complace en hacer públicas las delicadezas, totalmente gratuitas, de Jesús. Reconoce que nada había en ella capaz de atraer sobre sí las divinas miradas del Señor, y que sólo su misericordia ha obrado todo lo bueno que hay en ella. Él la hizo nacer en una tierra santa… Él la quiso precedida de ocho azucenas… Él, en su amor, tuvo a bien preservar a su Florecilla del aliento envenenado del mundo. Apenas empezaba a abrirse su corola, cuando este divino Salvador la trasplantó a la Montaña del Carmelo”… (I,3v). Sólo escribo “lo que Dios ha hecho por mí” (I,4r).

Un natural malo y una educación excelente

El don de la gracia de Dios no actúa en Teresita sobre un don de naturaleza sana y excelente. Todo lo contrario. Ella misma se describe con una niña hipersensible, dada a llorar, con un enorme amor propio, y atacada a veces por unas rabietas de intensidad anormal. Transcribe de una carta de su madre:

“Cuando las cosas no salen a su gusto, se revuelca por el suelo como una desesperada, creyéndolo todo perdido. Hay momentos en que la contrariedad la vence, y entonces hasta parece que va a ahogarse. Es una niña muy nerviosa” (I,8r). Narró también la terrible rabieta que una vez tuvo contra la criada Victoria (II,15v-16r).

La gracia divina concedió, por el contrario, a Teresa una excepcional educación cristiana. “Dios se ha complacido en rodearme siempre de amor” (I,4v). Recordaré sólo algunos detalles muy significativos. Su hermana Paulina, por gracia de Dios, le obligaba en ocasiones a ejercitarse en ciertos vencimientos, como a vencer el miedo a quedarse a oscuras sola de noche: “considero una gracia muy señalada el que me acostumbraseis, Madre mía querida, a vencer mis temores” (II,18v). A los seis o siete años, yendo con su padre de paseo, un señor y una señora que les saludaron dijeron cortésmente que la niña “era muy guapa. Papá les contestó que sí: pero me di cuenta de que por señas les decía que no me dirigiesen alabanzas” (II,21v).

Muy lectora, la gracia de Dios le libró de malas lecturas. “No sabía jugar, pero me gustaba la lectura; me hubiera pasado la vida leyendo. Gracias a Dios, tenía en la tierra ángeles para guiarme; cuidaban de escogerme los libros… Nunca permitió Dios que leyese uno solo capaz de hacerme daño. Es verdad que al leer ciertos relatos caballerescos, no siempre percibía de momento la realidad de la vida; pero en seguida me daba Dios a entender que la verdadera gloria era la que duraba eternamente” (IV,31v-32r).

La gracia de la vocación la recibió de Dios con toda certeza. A los nueve años “comprendí que el Carmelo era el desierto adonde Dios quería que yo fuese a esconderme. Lo comprendí con tan viva evidencia, que no quedó la menor duda en mi corazón. No fue el sueño de una niña a quien uno pueda llevar en pos de sí; fue la certeza de una llamada divina” (III,26r).

Tuvo no pocas penas en su infancia y adolescencia. “Dios, que deseaba sin duda purificarme y sobre todo humillarme, permitió que aquel martirio íntimo durase hasta mi entrada en el Carmelo, donde el Padre de nuestras almas barrió como con la mano todas mis dudas… Si Dios permitió al demonio acercarse a mí, me enviaba también ángeles visibles que me ayudaban” (III,28v-29r).

A los diez años pasó una misteriosa enfermedad, con unos dolores de cabeza y delirios, que parecían fingidos. Su padre, viéndola tan mal, entregó varias monedas de oro para que se ofrecieran misas por ella en Nuestra Señora de las Victorias, en el santuario de París. “Se necesitaba un milagro, y fue Nuestra Señora de las Victorias quien lo obró… De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa que nunca había visto nada tan bello… Pero lo que me llegó hasta el fondo del alma fue la encantadora sonrisa de la Santísima Virgen” (III,30r). Con este gozo, quedó curada. Unos años más tarde, en 1887, visitando en París ese santuario, “la Santísima Virgen me dio a entender claramente que había sido ella, en verdad, quien me había sonreído y curado” (VI,56v).

Santa muy oculta y muy popular

No pocos santos, ya en vida, han sido reconocidos como santos. Pero no fue así en el caso de Santa Teresita. Cuando murió, no había en su comunidad conciencia de que habían convivido con una gran santa. Sólo lo fueron descubriendo al leer sus cuadernos biográficos. El Señor le reveló interiormente esta gracia. La que había de venir a ser una de las santas más populares de nuestro tiempo, hasta hoy, en vida pasó oculta e inadvertida.

“Recibí una gracia que siempre he considerado como una de las mayores de mi vida, pues en aquella edad no recibía aún las luces divinas de que ahora me veo inundada… Dios me hizo comprender que mi gloria quedaría oculta a los ojos de los mortales, y que consistiría en llegar a ser una gran Santa… Este deseo podría parecer temerario, teniendo en cuenta lo débil e imperfecta que yo era –y aún lo soy ahora, después de siete años vividos en religión–. No obstante, sigo sintiendo hoy la misma confianza audaz de llegar a ser una gran Santa, pues no me apoyo en mis méritos –no tengo ninguno–, sino en Aquél que es la Virtud y la misma Santidad. El solo, contentándose con mis débiles esfuerzos, me elevará hasta sí, y colmándome de sus méritos infinitos, me hará Santa” (IV,32r; subrayados suyos).

A los once años se preparó cuidadosamente para la primera comunión, con la ayuda de María, su hermana: “ella me indicaba el medio para llegar a ser santa por la fidelidad en las más pequeñas cosas” (IV,33r). Es el santo camino ya enseñado por San Francisco de Sales, Bossuet, Jean Pierre de Caussade, S.J. y otros maestros espirituales de la escuela francesa.

Por entonces, dijo Teresita, el Señor encendió en su corazón “un gran deseo de sufrir, quedando al mismo tiempo convencida de que Jesús me tenía reservadas un gran número de cruces. Al instante me hallé inundada de tan grandes consolaciones, que las considero como una de las gracias más extraordinarias que he recibido en mi vida… Experimenté también el deseo de no amar más que a Dios, de no hallar alegría fuera de él. Con frecuencia repetía en mis comuniones las palabras de la Imitación [del Kempis]: “¡oh Jesús, dulzura inefable! Cambiadme en amargura todas las consolaciones de la tierra”. Esta oración brotaba de mis labios sin esfuerzo, sin violencia; me parecía repetirla, no por voluntad propia, sino como una niña que repite las palabras que una persona amiga le inspira” (IV,36r-v). La gracia de Dios obrando en ella y con ella.

La gracia hace que todo en Teresa, también sus deficiencias, sea para su bien. Todo es para el bien de quienes aman a Dios (Rm 8,28). Muy precoz en lecturas y pensamientos, era torpe en labores manuales y en el trato con las otras niñas. Era muy distinta de ellas, y aunque quería conseguir su aprecio, no lo conseguía.

“Ahora considero todo aquello como una gracia de Dios, el cual, queriendo sólo para sí mi corazón, escuchaba ya mi súplica “cambiando en amargura las consolaciones de la tierra”. Tanta mayor necesidad tenía yo de ello cuanto que, seguramente, no hubiera permanecido insensible a las alabanzas”. Carecía, confiesa, “de habilidad para ganarme las simpatías de las criaturas. ¡Dichosa falta de habilidad! ¡Cuántos y cuán grandes males me ha evitado! (IV,37v-38r). “Doy gracias a Jesús por haber permitido que sólo hallase amargura en las amistades de la tierra. Con un corazón como el mío, me hubiera dejado prender y cortar las alas. Y entonces ¿cómo habría podido “volar y descansar” [Sal 54,6]?… Jesús conocía lo débil que yo era, para exponerme a la tentación… Yo sólo encontré amargura donde otras almas más fuertes que la mía encuentran gozo, aunque renuncian a él porque son fieles” (IV,38v).

“No es, por lo tanto, mérito mío, ni mucho menos, el haberme visto libre del amor a las criaturas, pues sólo la gran misericordia del Buen Dios me preservó de él. De faltarme el Señor, reconozco que hubiera podido caer tan bajo como Santa María Magdalena. Sí, ya sé por las palabras de Nuestro Señor a Simón que “aquél a quien menos se le perdona, menos ama” [Lc VII,47]; pero esas profundas palabras resuenan con inmensa dulzura en mi alma, porque sé también que Jesús me ha perdonado más a mí que a la Magdalena, puesto que me ha perdonado de antemano, impidiéndome caer”. Obró Dios con Santa Teresita como un médico que, más que curar a su hija de una caída, se adelanta a quitar la piedra del camino para que no se caiga (IV,38v).

“Si mi corazón no hubiese sido dirigido hacia Dios desde su primer despertar, si el mundo me hubiera sonreído desde mi entrada en la vida, ¿qué habría sido de mí?… ¡Con cuánta gratitud canto las misericordias del Señor! Cumpliendo las palabras de la Sabiduría, ¿no me “retiró Él del mundo antes de que su malicia corrompiese mi espíritu y sus apariencias engañosas sedujesen mi alma” [Sab 4,11]? (IV,40r).

El Señor “quiso llamarme a mí [al Carmelo] antes que a Celina [que era mayor que ella], y ella merecía mejor que yo, ciertamente, este favor. Pero Jesús sabía cuán débil era yo, y por eso me escondió primero en las cavernas de la piedra” [Cantar 2,14; Ex 33,22] (IV,44r). “Si el cielo me colmaba de gracias, no era debido, ciertamente, a mis méritos, pues era aún muy imperfecta” (V,44r).

De la fragilidad sufriente a la fortaleza alegre

Por temperamento, por sí misma, Santa Teresita era muy débil en sus sentimientos, muy frágil y vulnerable. Era una sufridora.

“Realmente en todo hallaba motivo de aflicción. Exactamente todo lo contrario de lo que me pasa ahora, pues Dios me ha concedido la gracia de no apenarme por ninguna cosa pasajera. Cuando me acuerdo del tiempo pasado, mi gratitud se desborda en mi alma viendo los favores que he recibido del cielo. Se ha obrado en mí tal cambio, que ni yo misma me reconozco. Deseaba, es verdad, alcanzar la gracia de “tener un dominio absoluto sobre mis acciones, ser su dueña, no su esclava”. Estas palabras de la Imitación me impresionaban profundamente. Pero sólo con el tiempo y a costa de deseos, por decirlo así, llegaría a obtener esta gracia inestimable. Entonces no era más que una niña que no parecía tener voluntad propia; lo cual hacía pensar a las personas de Alençon que era de carácter débil” (IV,43r-v).

“Verdaderamente, mi extremada sensibilidad me hacía insoportable. Si me acontecía disgustar involuntariamente a alguna persona querida, lloraba como una Magdalena… Y cuando empezaba a consolarme de la falta en sí misma, lloraba por haber llorado. Eran inútiles todos los razonamientos; no conseguía corregir tan feo defecto” (V,44v). ¿Cómo iba a entrar ella así en el Carmelo?… Necesitaba un cambio, una gracia especial. Distingue Santo Tomás entre gracia operante y gracia cooperante: “la primera depende de la gracia sola, mientras que la segunda de la gracia y del libre albedrío” (STh III,86, 4 ad 2m). Pues bien, el Señor concedió entonces a Teresita, según ella misma lo describe, una gracia operante maravillosa:

“Era necesario que Dios obrase un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento. Y el milagro lo realizó el día inolvidable de Navidad… La noche en que Él se hace débil y paciente por mi amor, a mí me hizo fuerte y valerosa. Me revistió de sus armas. Desde aquella noche bendita nunca más fui vencida en ningún combate. Por el contrario, marché de victoria en victoria. Comencé, por decirlo así, “una carrera de gigante” [Sal 18,5]… Fue el 25 de diciembre de 1886 [a los 13 años] cuando se me concedió la gracia de salir de mi infancia; en otras palabras, la gracia de mi completa conversión… Teresa ya no era la misma. Jesús había cambiado su corazón” (V,44v-45r).

Continuará, con el favor de Dios.
 

CONSTITUCION Y GOBIERNO DE LA SOCIEDAD CONOCIDA COMO LOS ILLUMINATI

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

CONSTITUCION Y GOBIERNO DE LA SOCIEDAD CONOCIDA COMO LOS ILLUMINATI 
 
La organización de los Illuminati puede dar una idea de la estructura interna de las sociedades secretas. Los detalles, sin duda, cambian con el tiempo y las circunstancias; pero la esencia es la misma que hace dos siglos. Es fundamental hoy, como entonces, que los miembros estén animados por el mismo espíritu, formando un solo cuerpo cuyos integrantes, guiados por las mismas leyes, supervisados ​​y gobernados por los mismos líderes, persigan todos el mismo objetivo.

Cada grupo de Illuminati se constituía así: el candidato y el novicio estaban bajo la guía del Hermano Reclutador, quien los introducía en las logias menores, gobernadas por los Hermanos Illuminati Menores; estas eran inspeccionadas por los Hermanos Illuminati Mayores. Por encima de estos grados preparatorios se encontraba el grado intermedio de Caballeros Escoceses, cuya inspección se extendía a los Illuminati Mayores y, en general, a lo que el Código denomina el edificio inferior de la orden. Por encima de los Caballeros Escoceses venían los Epoptes, los Regentes o Príncipes de los Misterios Menores, y finalmente los Magos y los Hombres-Reyes de los Misterios Mayores.

Tal es la constitución de los Illuminati.

Su gobierno y su funcionamiento se exponen en los documentos que hemos reproducido en Problème de l'heure présente (El problema de la hora actual) según Barruel, tal como él mismo lo hizo según los Ecrits originaux (Escritos originales).
 
Estos son sus componentes principales:

“Cada país tiene su Superior Nacional, que mantiene correspondencia directa con nuestros Padres, a cuya cabeza se encuentra quien o quienes ostentan el mando de la Orden.

Bajo la autoridad Nacional y sus Asistentes se encuentran los Provinciales, cada uno con su propia provincia dividida en círculos, gobernados por Prefectos” (1).

Cada provincial tiene a mano a sus Consultores.

Bajo su mando se encuentran varios Prefectos, quienes a su vez pueden tener Coadjutores en sus respectivos distritos. Todos ellos, así como el Decano de la Provincia, pertenecen a la clase de los Regentes.

“Todos estos empleos son vitalicios, salvo en casos de despido o deposición.

El Provincial es elegido por los Regentes de la Provincia, por los Superiores Nacionales, con la aprobación del Nacional. (No veo, dice el Sr. Barruel, cómo el Código aquí coloca a varios Superiores Nacionales distintos del Jefe Nacional, excepto que ahora llama Superiores a aquellos a quienes en un principio simplemente llamaba Asistentes de este Jefe (Gehül-fen).

Dado que todos los éxitos de los Illuminati dependen de los Regentes, es justo que se les dé prioridad sobre las necesidades internas. Por lo tanto, siempre serán los primeros en recibir apoyo y sustento con cargo al tesoro público, y estarán bajo el cuidado de nuestra Orden.

Los Regentes, en cada Provincia, son un órgano especial, sujeto directamente al Provincial, a quien deben obediencia.

Dado que los cargos dentro de los Illuminati no son dignidades ni puestos de honor, sino simplemente responsabilidades libremente aceptadas, los Regentes deben estar dispuestos a trabajar por el bien de toda la Orden, cada uno según sus circunstancias y talentos. La edad no es un factor determinante. A menudo, incluso será apropiado que el más joven sea Provincial y el mayor simplemente Superior local o Consultor, si uno reside en el centro y el otro en la periferia de la Provincia; o si uno, en virtud de su dinamismo natural o su posición en el mundo, puede desempeñar mejor el cargo de Superior, aunque el otro sea mucho más elocuente. Con frecuencia, un Regente tampoco debería avergonzarse de ofrecerse para un cargo menor dentro de una Iglesia (Logia) Minerval, donde pueda ser útil con su ejemplo.

Para evitar que el Provincial se vea sobrecargado de correspondencia, todos los Quibus licet, todas las cartas de los Regentes pasarán por las manos del Prefecto, a menos que el Provincial disponga lo contrario” (2).

“Pero este prefecto no abrirá las cartas de los regentes; las enviará al provincial, quien las remitirá a su destino final.

El Provincial reúne a sus Regentes y los convoca, ya sea a todos o solo a aquellos que considere apropiados, según las necesidades de su Provincia. Quien no pueda asistir deberá avisar con al menos cuatro semanas de antelación. Además, deberá rendir cuentas de sus servicios a la Orden hasta ese momento y demostrar su disposición a cumplir con las intenciones del Provincial y de los Superiores Mayores. Esta asamblea de Regentes deberá celebrarse al menos una vez al año.

Las siguientes instrucciones les indicarán a los Regentes qué merece su especial atención.

Ya hemos hablado de la importancia de recaudar fondos gradualmente para la Orden. Baste mencionar aquí algunos artículos.

Cada Provincia gestiona sus propios fondos y sólo envía pequeñas contribuciones al Superior para los gastos de correspondencia. — Cada Asamblea, cada Logia es también propietaria de sus fondos (eigenthüm-lich). — Cuando para alguna gran empresa la asamblea de Regentes contribuya al fondo de varias Logias o Prefecturas, esta contribución debe considerarse como un préstamo. Las Logias serán compensadas, no sólo con el pago de intereses, sino también con la restitución del capital. (¿Olvidaría aquí el legislador Illuminati que la propiedad fue el primer ataque a la igualdad y a la libertad? No, sin duda; pero se necesita más de una gran empresa, antes de llegar a la última, la aniquilación de la propiedad; y la Orden, mientras tanto, está muy feliz de disfrutar de la suya, de hacer creer a las Logias inferiores que no se piensa en privarlas de la suya).

El Provincial no tiene su propia tesorería, pero tiene un registro de todas las de la Provincia.

Las fuentes generales de ingresos son: 1° las contribuciones pagadas por la recepción de masones, freymaurer-receptions gelder; 2° el excedente de las contribuciones de cada mes; 3° los obsequios; 4° las multas; 5° los legados y donaciones; 6° nuestro comercio y manufacturas; handel und gewerbe. (Esta última palabra, gewerbe, también significa comercio, tráficos, negocios).

Los gastos son: 1° los costos de asambleas, de cartas, de decoraciones y de algunos viajes; 2° pensiones para H∴ pobres sin otros medios; 3° las sumas que se pagarán para lograr el gran objetivo de la Orden; 4° para el fomento del talentos; 5° para pruebas y exámenes; 6° para viudas e hijos; 7° para fundaciones”.

A continuación se detallan las instrucciones especiales dadas a cada clase de dignatarios: Regentes, Prefectos, Provinciales, Director Nacional y Jefe Illuminati. Reproducirlas aquí sería demasiado extenso. Ya lo hemos hecho en Problème de l'Heure présente.

Aquí hay algunos extractos:

Los Regentes Illuminati deben estudiar el arte de dominar, de gobernar, sin aparentar tener la intención de hacerlo. Die Regenten sollen die kunst studiren zu herrschen, ohne das ansehen davon zu haben. Deben ejercer un poder absoluto e ilimitado, sollen sie unumgeschraenkt regieren, y que tienden a dirigir las cosas hacia cada objetivo de nuestra Orden.

Los medios para dirigir a los hombres son innumerables. ¿Quién podría describirlos todos?... Las necesidades de la época dictan su variación. A veces, explotamos la inclinación de los hombres hacia lo maravilloso; otras, utilizamos el atractivo de las sociedades secretas. Por lo tanto, a veces es ventajoso hacer sospechar a nuestros subordinados, sin revelar la verdad, que todas estas otras sociedades, y las de los masones, están secretamente dirigidas por nosotros; o, como de hecho ocurre en algunos lugares, que grandes monarcas son gobernados por nuestra Orden. Cuando sucede algo grandioso o extraordinario, también debemos sugerir que se debe a nosotros. Si se encuentra a un hombre de gran renombre por sus méritos, hagámosles creer que es uno de los nuestros”.

Aquí tenéis el artículo sobre cómo conseguir el apoyo de las mujeres en el arte, que todo regente debe estudiar para saber cómo halagarlas, ganárselas y hacer que sirvan al gran propósito de los Illuminati.

“También es necesario -añade inmediatamente el Código- ganarse al pueblo para nuestra Orden. El principal medio para ello es la influencia en las escuelas. Esto se sigue logrando, a veces mediante la generosidad, a veces mediante la brillantez; otras veces, con humildad, ganando popularidad, soportando, con paciencia, los prejuicios, que luego se pueden erradicar gradualmente.

Es responsabilidad de los Regentes proveer para las necesidades de los H∴ y conseguir los mejores empleos para ellos, después de haber notificado al Provincial.

Los Regentes se ocuparán constantemente de lo que concierne a los grandes intereses de la Orden, operaciones comerciales o muchas otras cosas similares, que pueden aumentar nuestro poder. Enviarán este tipo de proyectos a los Provinciales. Si el asunto es urgente, se lo comunicarán de otro modo que no sea mediante quibus licet, que no le será permitido abrir.

Harán lo mismo con todo aquello que necesite tener una influencia general, con el fin de encontrar la manera de poner en acción todas nuestras fuerzas combinadas.

Si un Regente creyera que podría lograr suprimir las casas religiosas y destinar sus bienes a nuestros fines, por ejemplo, al mantenimiento de maestros de escuela idóneos para el campo, este tipo de proyectos serían especialmente bien recibidos por los Superiores.

Cuando un escritor expone principios que son ciertos pero que aún no forman parte de nuestro plan para educar al mundo, o principios cuya publicación es prematura, debemos intentar convencerlo. Si no logramos convencerlo y convertirlo en seguidor, debemos desacreditarlo.

Cuando entre nuestros seguidores encontremos a un hombre de mérito, pero poco conocido o incluso completamente desconocido para el público, no escatimemos esfuerzos para enaltecerlo, para darle fama. Que nuestros H∴ desconocidos sean advertidos de que proclamen su renombre por doquier, para acallar la envidia y la intriga.

Si nuestra Orden no puede establecerse en algún lugar con toda la forma y los procedimientos de nuestras clases, debemos abogar por ella por otros medios. Concentrémonos en el objetivo; eso es lo esencial; poco importa bajo qué apariencia, siempre que tengamos éxito. Sin embargo, siempre debemos mantener algún tipo de discreción, pues en el secreto reside la mayor parte de nuestra fuerza.

Por eso debemos escondernos siempre tras el nombre de otra sociedad. Las logias inferiores de la masonería son, por el momento, el manto más adecuado para nuestro noble propósito. El nombre de una sociedad académica también es una máscara muy apropiada.

Es muy importante para nosotros estudiar las constituciones de otras sociedades secretas y regirlas. Debemos incluso, cuando sea posible, con el permiso de nuestros Superiores, solicitar la admisión en dichas Sociedades, sin asumir, sin embargo, compromisos excesivos. Pero precisamente por esta razón, es bueno que nuestra Orden permanezca secreta.

Los rangos superiores siempre deben permanecer desconocidos para los inferiores. Las órdenes se aceptan con mayor facilidad de un extraño que de personas en quienes se van descubriendo gradualmente todo tipo de defectos. Con este recurso, se puede observar mejor a los subordinados. Prestan más atención a su conducta cuando creen estar rodeados de personas que los observan; su virtud, inicialmente de autocontrol, se transforma en hábito con la práctica.

No perdamos de vista jamás las Escuelas militares, las Academias, las Imprentas, los Cabildos Catedralicios ni ninguna otra institución que influya en la educación o el gobierno. Que nuestros Regentes se dediquen constantemente a elaborar planes y a idear estrategias para controlar todas estas instituciones. Militair-schulen, Academien, Buch-druckereyen, Buch-laeden, Dom-capitel, und alles was ein einflus auf bildung und regierung hat, muss nie aus den augen gelassen werden ; und die Regenden follen unaufhaerlich plane entwerfen, wie man es anfangen kaenne, uber dieselben gewalt zu bekommen”.

Continúa...

Notas

1) Por lo tanto, existen Superiores locales o Prefectos, Superiores Provinciales y Superiores Nacionales, y finalmente el Presidente del Areópago, el verdadero general de los Illuminati. Los Regentes quedan fuera de esta jerarquía; sus responsabilidades se tratarán más adelante.

2) Existe una correspondencia regular entre todos los miembros de la sociedad conspirativa. El miembro ordinario se comunica con su Superior inmediato, estos con los Provinciales, y los Provinciales con los Nacionales. Solo estos últimos se comunican directamente con el Areópago, y solo ellos conocen su domicilio; del mismo modo que solo los areopagitas conocen el nombre y la residencia del General.

Cada Hermano, como escrutador natural de sus compañeros y de los no iniciados, debe a la Orden al menos una carta al mes. Para esta correspondencia, existe un lenguaje secreto (Barruel proporcionó la clave de los Illuminati). La dirección de estas cartas se forma con las palabras: Quibus licet (a quien se le permite abrirla, o a quien corresponda), o simplemente con las letras Q. L. Cuando la carta contiene secretos o quejas que el miembro no desea revelar a su superior inmediato, añade las palabras soli o primo a la dirección. Esta carta “al único” o “al primero” será abierta por el Provincial, o llegará a los Areopagitas o al General según el rango de quien la escribió.

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26 DE AGOSTO: SAN CEFERINO, PAPA Y MARTIR


26 de Agosto: San Ceferino, Papa y mártir

(✞220)

El celosísimo Pastor de la Iglesia y glorioso mártir de Cristo, San Ceferino, nació en Roma de familia patricia y fue hijo de Abundio, caballero noble y cristiano.

Por sus letras, y sobre todo por sus loables y santas costumbres, fue recibido y contado entre el clero de la Iglesia de Roma, y habiendo padecido el martirio el Papa San Víctor, pasaron los fieles once días de oraciones, vigilias y ayunos para acertar en la elección del nuevo Pontífice que había de sucederle, al fin de los cuales vieron al Espíritu Santo que en figura de paloma se posaba sobre la cabeza de San Ceferino.

El primer año de su Pontificado, que fue el décimo del imperio de Severo, se levantó una de las más recias persecuciones contra la Iglesia, especialmente contra los fieles de Roma, que en crecidísimo número y de todos los estados y condiciones habían abrazado la Fe.

Corría con abundancia todos los días la sangre de los mártires; las cárceles estaban llenas de confesores de Cristo, y las cavernas estaban llenas de cristianos amedrentados por el furor de los perseguidores; y nuestro santo Pontífice, ajeno de todo temor, de día y de noche los visitaba en sus casas, en las cárceles y en las catacumbas, animándolos, dándoles limosnas y fortaleciéndolos con los Sacramentos.

Nueve años duró esta terrible persecución, hasta que con la muerte del impío Severo, volvió la Iglesia a gozar de paz.

Más entonces, comenzaron a turbarla algunos herejes. Uno de ellos fue Práxeas, venido de Asia, negaba la Santísima Trinidad y decía que la Persona del Padre era la que había padecido muerte y Pasión, y por esto los herejes que le seguían se llamaban Patri passianos.

Confundió el Papa San Ceferino al hereje; el cual abjuró de sus errores; pero como los que son cabezas de alguna secta casi nunca se convierten de veras, habiendo pasado Práxeas a África, volvió a sus desvaríos, y murió desastrosamente cono hereje.

También afligió al Santo Pontífice el hereje Natal, que llevado de torpe avaricia se hizo cabeza de los Teodorianos, aunque después se arrepintió de sus culpas y perseveró fiel hasta la muerte.

No sabemos si es cosa segura la conversión de Tertuliano, que llevado que llevado de su natural austero desobedeció a los decretos suaves del Santo Pontífice.

Finalmente ordenó este Santo que en el sacrificio de la misma no se consagrase ya en cálices de madera, sino de vidrio, aunque después se determinó que por el peligro de quebrarse, fuesen de oro o plata, o al menos, de estaño.

Mandó también que todos los fieles comulgasen el día de Pascua, y que celebrando el Obispo, se hallasen presentes siete sacerdotes; y después de haber gobernado a la Iglesia de Dios por espacio de dieciocho años, llenos de trabajos y méritos, alcanzó la gloria del martirio y fue sepultado en el cementerio de Calixto, en la Via Apia.

Reflexión:

Leemos en la Historia de Eusebio, que solía decir San Ceferino que más temía a los herejes que a los sangrientos perseguidores; porque, en efecto, la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, pero la doctrina herética es cáncer que corroe la Iglesia; la sangre de los mártires es savia que da nuevo vigor a la Fe; la herejía es una tisis maligna que mata la Fe y la deja débil y sin fuerzas; y en fin, la persecución sangrienta sólo da la muerte a los cuerpos, pero la herejía mata las almas y les quita la vida eterna.

El Calendario Romano General fijó la Fiesta de San Ceferino el 26 de agosto y lo celebró siempre como mártir y Papa, pero tras la nefasta “revisión” de los modernistas en 1969, se eliminó la fecha porque el Papa “no era un mártir oficial”.

Oración:

Te rogamos, oh Dios omnipotente, que nos concedas la gracia de aprovecharnos de los ejemplos de tu Bienaventurado Pontífice y mártir Ceferino, de cuyos merecimientos nos gozamos. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

martes, 25 de agosto de 2026

¿ES ILEGAL RECHAZAR LAS REFORMAS LITÚRGICAS DE PÍO XII?

¿Cómo se puede justificar el uso de las rúbricas y el misal antiguos?

Por el padre Anthony Cekada (2006)


PREGUNTA: Me preguntaba cómo justifican el rechazo a las "reformas" de la Semana Santa durante el pontificado de Pío XII. Si se invoca el principio de "epikeia", parece que este no se aplica dada la legitimidad del Pontífice reinante y su autoridad legítima para realizar tales cambios. Tenía entendido que la epikeia solo se aplica cuando una ley empieza a ir en contra del bien común y debe ser ignorada. Agradecería su opinión.

PREGUNTA: Respecto a los cambios de la Semana Santa de 1955: al leer los argumentos de ese año para justificar dichos cambios, los "innovadores" hablaban de "retorno a tradiciones anteriores" y de "simplificación de las ceremonias", etc.: los mismos argumentos que luego se esgrimieron para todo el Novus Ordo. Sin duda, todo esto tiene un marcado tinte bugniniano. Annibale admitió en sus memorias que este fue un paso importante hacia la anarquía litúrgica que posteriormente creó con Pablo VI y todos sus amigos y obispos protestantes. No me cabe duda de que los cambios de 1955 deberían haberse descartado (al igual que el resto de las "innovaciones" bugninianas).

Sin embargo, tengo dos preguntas principales: ¿qué nos dice esto del Papa Pío XII en sus últimos años al permitir y utilizar esta nueva ceremonia? Y también, dado que hemos estado en Interregno desde 1958, ¿qué justificaciones utilizamos para celebrar individualmente las ceremonias antiguas que fueron reemplazadas antes de 1958 sin que parezca que estamos seleccionando las que queremos utilizar? ¿Se debe a la creencia de que el Papa Pío XII nunca habría estado de acuerdo con los cambios si hubiera sabido lo que ocurrió después, como sabemos? ¿Se debe a que nunca promulgó realmente los cambios (como algunos creen)? ¿O es simplemente porque Bugnini estaba detrás de todo? Agradecería mucho sus opiniones al respecto, ya que este tema me ha intrigado durante bastante tiempo.

RESPUESTA. A lo largo de los años nos han hecho esta pregunta repetidamente. La respuesta es bastante simple y se basa en los principios de sentido común que subyacen en toda la legislación de la Iglesia.

Las leyes que promulgaron las reformas litúrgicas de Pío XII eran leyes eclesiásticas humanas, sujetas a los principios generales de interpretación de todas las leyes de la Iglesia. Como tales, ya no son vinculantes por dos razones:

1. Falta de estabilidad o permanencia. La estabilidad es una cualidad esencial de una ley verdadera. Las reformas de 1955 fueron meras normas transitorias; esto resulta evidente a partir de la legislación posterior y los comentarios contemporáneos de quienes las elaboraron.

En su libro de 1955 sobre los cambios, The Simplification of the Rubrics (La simplificación de las rúbricas), Bugnini lo deja meridianamente claro en los siguientes pasajes:

•“El presente decreto tiene un carácter contingente. Es esencialmente un puente entre lo antiguo y lo nuevo, y, si se quiere, una flecha que indica la dirección que toma la restauración actual…”.

• “La simplificación no abarca todas las áreas que merecerían una reforma, sino por el momento solo aquellas que son más fáciles y obvias, y que tienen un efecto inmediato y tangible… En la simplificación, al ser un ‘puente’ entre el estado actual y la reforma general, el compromiso era inevitable…”

• “Esta reforma es solo el primer paso hacia medidas de mayor alcance, y no es posible juzgar con precisión una parte si no se la considera en su conjunto”.

En un comentario de 1956 sobre el nuevo rito de la Semana Santa (Bibliotheca Ephemerides Lit. 25, p.1.), Bugnini dice:

• “El decreto Maxima redemptionis nostrae mysteria, promulgado por la Sagrada Congregación de Ritos el 16 de noviembre de 1955 [e introduciendo la nueva Semana Santa], es el tercer paso hacia una reforma litúrgica general”.

Tales normas (como ahora comprendemos) carecían de una de las cualidades esenciales de una ley: la estabilidad o la perpetuidad, y por lo tanto, ya no son vinculantes.

2. Cesación de la ley. Una ley eclesiástica humana que era obligatoria al ser promulgada puede volverse perjudicial (nociva) debido a un cambio de circunstancias con el paso del tiempo. Cuando esto sucede, dicha ley deja de ser vinculante. 

Los tradicionalistas aplican este principio (al menos implícitamente) a un gran número de leyes eclesiásticas, y se aplica igualmente a las reformas de 1955.

Las numerosas similitudes en principios y prácticas entre el Misal de Pablo VI y las reformas de 1955 hacen que el uso continuado de estas últimas sea perjudicial, pues promueve (al menos implícitamente) el peligroso error de que la “reforma” de Pablo VI fue simplemente un paso más en el desarrollo orgánico de la liturgia católica.

De hecho, esta es la misma mentira que Pablo VI proclamó en los dos primeros párrafos del Missale Romanum, su Constitución Apostólica de 1969 que promulgó el Novus Ordo.

No tiene sentido respaldar este engaño insistiendo en que la legislación de 1955 sigue vigente, sobre todo cuando ahora sabemos que todo formaba parte de un plan a largo plazo de la camarilla modernista de Annibale Bugnini para destruir la Misa.

Aquí, en su libro de 1955, The Simplification of the Rubrics, Bugnini anuncia el objetivo a largo plazo de estos cambios:

• “Nos interesa “restaurar” [la liturgia]… [convertirla] en una ciudad nueva donde el hombre de nuestra época pueda vivir y sentirse a gusto…”

• “Sin duda, aún es demasiado pronto para evaluar el alcance total de este documento, que marca un punto de inflexión importante en la historia de los ritos de la liturgia romana…”

• “Quienes anhelan una renovación litúrgica más sana y realista están, una vez más —diría— casi tácitamente invitados a mantener los ojos bien abiertos y a realizar una investigación precisa de los principios aquí expuestos, para ver sus posibles aplicaciones…”

• “Más que en cualquier otro ámbito, una reforma en la liturgia debe ser fruto de una colaboración inteligente e ilustrada de todas las fuerzas activas”.

Y aquí Bugnini describe cómo su comisión de “reforma” logró que Pío XII aprobara los cambios litúrgicos:

“La comisión gozaba de la plena confianza del Papa, quien se mantenía al tanto de su trabajo gracias a monseñor Montini [Pablo VI, el modernista que promulgaría el Novus Ordo] y, aún más, semanalmente, gracias al padre Bea [de ascendencia judía, modernista y principal ecumenista del concilio Vaticano II], confesor de Pío XII. Gracias a ellos, la comisión pudo alcanzar importantes resultados incluso durante los períodos en que la enfermedad del Papa impedía que los demás se acercaran a él” (The Liturgical Reform, p.9)

Así, las “creaciones litúrgicas” de los masones fueron presentadas al Papa enfermo para su aprobación por los dos modernistas intrigantes que desempeñarían un papel fundamental en la destrucción de la Iglesia durante el concilio Vaticano II.

De hecho, Bugnini, en sus memorias, titula el capítulo sobre su participación en los cambios previos al Vaticano II como “La clave de la reforma litúrgica”. Esto sentó las bases para lo que vendría después.

Los tradicionalistas, con razón, descartan como inaplicables muchas otras leyes eclesiásticas. Con mayor razón, deberían ignorar las leyes litúrgicas que fueron obra del hombre que destruyó la Misa.

27 de Abril de 2006
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (7)

Continuamos con la publicación del capítulo 7 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Séptima Hora: De las 11 a la Medianoche

La tercera hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní

¡Dulce Bien mío!, mi corazón ya no resiste al ver que sigues agonizando... Tu sangre, formando arroyos, chorrea por todo tu cuerpo y tan abundantemente, que no pudiendo mantenerte en pie caes en un charco de sangre.
 
¡Oh Jesús mío, reanímate, ya es demasiado lo que sufres! ¡Que ya se detenga tu amor! Y mientras parece que mi amable Jesús está muriendo en su propia sangre, el amor le da nueva vida..., veo que se mueve penosamente, se pone de pie y así, cubierto de sangre y de lodo, parece que quiere caminar, pero no teniendo fuerzas, se arrastra fatigosamente. Dulce Vida mía, deja que te lleve en mis brazos. ¿Es que vas en busca de tus amados discípulos? Pero, ¡qué dolor para tu Corazón adorable el encontrarlos una vez más dormidos! Y tú, con tu voz apagada y temblorosa, los llamas:

“Hijos míos, no duerman, se acerca la hora, ¿no ven a qué estado me he reducido? ¡Ah, ayúdenme, no me abandonen en estas horas extremas!”.

Y vacilando estás a punto de caer a su lado, pero Juan extiende sus brazos para sostenerte. Estás tan irreconocible, que de no haber sido por la suavidad y la dulzura de tu voz, no te habrían reconocido. Después, recomendándoles que no duerman y que permanezcan en oración, vuelves al huerto, pero con una segunda herida en el Corazón.

En esta herida se ven todas las culpas de aquellas almas que, a pesar de tantas manifestaciones de tu amor en dones, caricias y besos, durante las noches de la prueba se han quedado como adormecidas y somnolientas, perdiendo así el espíritu de oración y de vela.

Jesús mío, es cierto que después de haberte visto y de haber gustado de tus dones, se necesita mucha fuerza para poder resistir cuando se encuentra uno privado de ti: sólo un milagro puede hacer que estas almas resistan a la prueba. Por eso, mientras te compadezco por esas almas, cuyas negligencias, ligerezas y ofensas son las más amargas para tu Corazón, te suplico que en el momento en que estén por dar un solo paso que pueda entristecerte en lo más mínimo, las rodees de tanta gracia que se detengan, para que no pierdan el espíritu de oración continua.

Dulce Jesús mío, mientras regresas al huerto parece que ya no puedes más; levantas al cielo tu rostro cubierto de sangre y de tierra, y por tercera vez repites:

“Padre, si es posible, pase de mí este cáliz... Padre Santo, ayúdame, tengo necesidad de consuelo. Es cierto que a causa de las culpas que he tomado sobre mí, soy repugnante, despreciable, el último entre los hombres ante tu majestad infinita: tu justicia está indignada contra mí. ¡Pero mírame, oh Padre! Sigo siendo siempre tu Hijo que contigo forma una sola cosa. ¡Ah, ayúdame, ten piedad, oh Padre; no me dejes sin consuelo!”.

Y luego, oh mi bien amado Jesús, me parece escuchar que le pides ayuda a tu querida Madre:

“Dulce Madre mía, estréchame entre tus brazos como cuando yo era niño; dame de tu leche como entonces, para darme fuerzas y endulzar las amarguras de mi agonía. Dame tu Corazón que era toda mi alegría”.

“Madre mía, Magdalena, mis amados apóstoles, todos ustedes que me aman, ayúdenme, confórtenme, no me dejen solo en estos momentos extremos, pónganse junto a mí y háganme corona, denme consuelo con su compañía y con su amor”.

Jesús, Amor mío, ¿quién puede resistir viéndote en esos extremos? ¿Qué corazón será tan duro que no se rompa por el dolor al verte como ahogado en tu misma sangre? ¿Quién no derramará a torrentes amargas lágrimas al escuchar tu voz tan llena de dolor pidiendo ayuda y consuelo? Jesús mío, consuélate; ya el Padre te manda un ángel para confortarte y darte ayuda, para que puedas salir de este estado de agonía y puedas entregarte en manos de los judíos. Y mientras tú estás con el Ángel, yo recorreré cielos y tierra: me permitirás tomar la sangre que has derramado, para que pueda dársela a todos los hombres como prenda de salvación para cada uno y traerte el consuelo y la correspondencia de cada uno de sus afectos, de los latidos de sus corazones, de sus pensamientos, de sus pasos y de todas sus obras.

Celestial Madre mía, vengo a ti para que juntos vayamos en busca de todas las almas y les demos la sangre de Jesús. Dulce Madre mía, Jesús quiere consuelo y el mayor consuelo que podemos darle son las almas.

Magdalena, acompáñanos; ángeles todos, vengan a ver en qué estado ha quedado reducido Jesús. El quiere que todos lo consuelen y es tal y tan grande el abatimiento en que se encuentra, que a nadie rechaza.

Jesús mío, mientras bebes el cáliz colmo de intensas amarguras que el Padre te ha enviado, siento que suspiras más fuerte todavía, lloras y deliras, y con tu voz apagada, dices:

“¡Almas, almas, vengan a mí, consuélenme, tomen lugar en mi humanidad! ¡Las quiero, las anhelo! ¡No permanezcan sordas a mi voz, no hagan vanos mis ardientes deseos, mi sangre, mi amor, mis penas! ¡Vengan, vengan a mí!”.

Delirante Jesús mío, cada uno de tus gemidos y de tus suspiros es una herida para mi corazón que no me da paz; por eso, hago mía tu sangre, tu Voluntad, tu celo ardiente, tu amor, y recorriendo cielos y tierra, quiero ir a darles a todas las almas tu sangre como prenda de su salvación y traerlas a ti para calmar tus anhelos, tu delirio, y endulzar las amarguras de tu agonía, y mientras lo hago, acompáñame con tu mirada.

Madre mía, vengo a ti porque Jesús quiere almas, quiere consuelo; dame tu mano materna y recorramos juntos el mundo entero en busca de almas. Encerremos en su sangre, los afectos, los deseos, los pensamientos, las obras y los pasos de todas las criaturas, y pongamos en sus almas las llamas de su Corazón, para que se rindan; y así, bañadas en su sangre y transformadas en sus llamas, las conduciremos a Jesús para mitigar las penas de su amarguísima agonía.

Ángel de mi guarda, precédenos tú y prepáranos las almas que han de recibir esta sangre, para que ni una sola gota se quede sin producir todo su efecto.

Madre Mía, démonos prisa, pongámonos en camino; Jesús nos sigue con su mirada y sigo sintiendo sus repetidos sollozos que nos incitan a apresurar nuestra labor.

A los primeros pasos nos encontramos a las puertas de las casas en donde yacen los enfermos. Cuántos miembros llagados; cuantos, bajo la atrocidad de los dolores, se ponen a blasfemar e intentan quitarse la vida; otros se ven abandonados por todos y no tienen quien les dirija una palabra de consuelo y ni siquiera quien les preste los auxilios más necesarios y por eso se lamentan aún más contra Dios y se desesperan. ¡Ah, Madre mía!, oigo los lamentos de Jesús, que ve correspondidas con ofensas sus más tiernas predilecciones de amor, las cuales son el hacer padecer a las almas para hacerlas semejantes a sí mismo. ¡Ah!, démosles su sangre, para que les procure la ayuda necesaria y les haga comprender con su luz el bien que hay en el sufrir y cómo éste las hace más semejantes a Jesús. Y tú, Madre mía, ponte al lado de ellos y cual afectuosa Madre, toca con tus manos maternas sus miembros enfermos, alivia sus dolores, tómalas entre tus brazos y de tu Corazón derrama torrentes de gracias sobre todas sus penas. Hazle compañía a los abandonados, consuela a los afligidos, y para quienes carecen de los medios necesarios, dispón tú misma almas generosas que los socorran; a quienes se encuentran bajo la atrocidad de los dolores, obtenles tregua y reposo, para que reanimados, puedan con mayor paciencia soportar todo lo que Jesús disponga de ellos.

Sigamos nuestro recorrido y entremos en las estancias de los moribundos. ¡Oh Madre mía, qué terror! ¡Cuántas almas a punto de caer en el infierno! ¡Cuántas, después de una vida de pecado, quieren darle el último dolor a ese Corazón tan repetidamente traspasado, coronando su último respiro con un acto de desesperación! Cantidad de demonios se encuentran a su alrededor poniendo en su corazón terror y espanto de los divinos juicios, para dar el último asalto y llevárselas al infierno; quisieran envolverlas ya en las llamas del infierno para ya no darle espacio a la esperanza. Otros, atados por vínculos terrenos, no quieren resignarse a dar el último paso. Ah, Madre mía, son los últimos momentos, tienen tanta necesidad de ayuda. ¿No ves cómo tiemblan, cómo se debaten entre la atrocidad de la agonía, cómo piden ayuda y piedad? Ya la tierra ha desaparecido para ellos. Madre Santa, pon tu mano materna sobre sus frentes heladas, acoge tú sus últimos suspiros. Démosle a cada moribundo la sangre de Jesús, para que haciendo huir a todos los demonios, los disponga a recibir los últimos sacramentos y los prepare a una buena y santa muerte. Démosles el consuelo de la agonía de Jesús, de sus besos, sus lágrimas y sus llagas; rompamos las cadenas que los tienen atados; hagamos que todos se sientan perdonados y con una confianza tan grande en el corazón que lleguen a arrojarse a los brazos de Jesús; y él, cuando los juzgue, los hallará cubiertos de su sangre y abandonados en sus brazos, por lo que perdonará a todos.

Sigamos adelante, oh Madre; que tu mirada materna mire con amor la tierra y se mueva a compasión por tantas pobres criaturas que tienen tanta necesidad de la sangre de Jesús. La mirada indagadora de Jesús me incita a correr, porque quiere almas, siento en el fondo de mi Corazón sus lamentos que me repiten:

“¡Hijo mío, ayúdame, dame almas!”.

Pero, ¡mira oh Madre mía, cómo la tierra está llena de almas que están a punto de caer en el pecado, y cómo Jesús se pone a llorar al ver que su sangre sufre nuevas profanaciones! Se necesitaría un milagro para hacer que no cayeran en la culpa; démosles la sangre de Jesús, para que hallen en ella la fuerza y la gracia para no caer en el pecado.

Un paso más, Madre mía, y hallamos en cambio a otras almas que ya han caído en el pecado y que quisieran una mano que las ayudara a levantarse. Jesús las ama, pero las mira horrorizado porque se encuentran enfangadas y su agonía se hace aún más intensa. Démosles su sangre, para que encuentren así esa mano que las ayude a levantarse. Son almas que tienen necesidad de esta sangre, almas muertas a la gracia, ¡oh, en qué lamentable estado se encuentran! El cielo las mira y llora de puro dolor; la tierra las mira con repugnancia; todos los elementos están en contra de ellas y como que quisieran destruirlas, porque se han vuelto enemigas del Creador. ¡Oh Madre!, la sangre de Jesús contiene la vida; démosela, para que apenas toque sus almas puedan resucitar más bellas aún y así el cielo y la tierra les sonrían.

Más adelante hay almas que llevan el sello de la perdición, almas que pecan y huyen de Jesús, que lo ofenden y no esperan ya en su perdón... Son los nuevos Judas dispersos por la tierra que traspasan su Corazón tan amargado. Démosles la sangre de Jesús, para que borre en ellos el sello de la perdición y les dé el de la salvación; para que ponga en sus corazones tanta confianza y amor después de la culpa, que los haga correr para ir a abrazarse a los pies de Jesús, y así jamás volver a separarse de él. Mira, oh Madre, hay almas que corren como desesperadas hacia la perdición y no hay quien las pueda detener; ¡ah!, pongamos la sangre de Jesús ante sus pies, para que al tocarla, sintiendo su luz y sus súplicas, puedan retroceder y emprender el camino de la salvación.

Continuemos nuestro recorrido, ¡oh Madre mía! Hay almas buenas, almas inocentes en las que Jesús halla sus complacencias y el descanso de la creación, pero las criaturas que están a su alrededor les tienden insidias y las escandalizan para quitarles la inocencia, y convertir las complacencias y el descanso de Jesús en lágrimas y amargura, como si no tuvieran otra finalidad que la de hacer sufrir constantemente a ese Corazón Divino. Sellemos y circundemos su inocencia con la sangre de Jesús, como un muro que las defienda, para que no entre en ellas la culpa; haz huir con su sangre a quienes quisieran contaminarlas; consérvalas puras y sin mancha, para que Jesús pueda hallar en ellas el descanso de su creación y todas sus complacencias, y para que por amor a ellas se mueva a piedad por tantas otras pobres criaturas. Madre mía, pongamos a estas almas en la sangre de Jesús, atémoslas una y otra vez a la Voluntad de Dios, llevémoslas a sus brazos y con las dulces cadenas de su amor atémoslas a su Corazón para mitigar las amarguras de su agonía mortal.

¡Oh Madre, oye cómo grita la sangre de Jesús pidiendo más almas! Corramos juntos y vayamos a las regiones en las que habitan los herejes y los infieles. ¡Qué dolor siente Jesús en esas regiones! El, que es vida de todos, no recibe como correspondencia ni siquiera un acto de amor: sus mismas criaturas no lo conocen. Ah Madre mía, démosles su sangre, para que disipe las tinieblas de la ignorancia y de la herejía, y les haga comprender que tienen un alma; ¡Ábreles el Cielo! Y después pongámoslas a todas en la sangre de Jesús; llevémoselas a él como hijos huérfanos y desterrados que finalmente se encuentran con su padre y así Jesús se sentirá confortado en su amarguísima agonía.

Pero parece que Jesús todavía no está contento, pues quiere todavía más almas. En estas regiones siente que se le arrancan de sus brazos las almas de los moribundos que van a precipitarse al infierno. Estas almas están a punto de expirar y de caer en el abismo; no hay nadie a su lado para salvarlas. ¡El tiempo falta, son los últimos momentos, se perderán sin duda! ¡No! Madre mía, que la sangre de Jesús no sea derramada inútilmente por ellas; volemos inmediatamente hacia ellas, derramemos sobre sus cabezas esta sangre para que les sirva de Bautismo e infunda en ellas la fe, la esperanza y la caridad. Ponte a su lado, oh Madre, haz tú por ellas todo lo que les falta; más aún, deja que te vean: en tu rostro resplandece la belleza de Jesús, tus modos son totalmente semejantes a los suyos, así que al verte podrán conocer con toda certeza a Jesús. Después, abrázalas a tu Corazón materno, infunde en ellas la vida de Jesús que tú posees; diles que siendo su Madre las quieres felices para siempre junto a ti en el cielo; mientras expiran, recíbelas en tus brazos, para que de ahí pasen a los brazos de Jesús. Y si Jesús, conforme a los derechos de su justicia, se mostrara reacio a recibirlas, recuérdale el amor con que te las confió bajo la cruz y reclama tus derechos de Madre; de manera que viendo tu amor y tus súplicas no podrá poner resistencia, y mientras complacerá tu Corazón, al mismo tiempo sus ardientes deseos quedarán satisfechos.
 
Y ahora, oh Madre, tomemos esta sangre de Jesús y démosela a todos; a los afligidos para que sean consolados; a los pobres para que sufran su pobreza con resignación; a los que son tentados para que obtengan victoria; a los incrédulos para que triunfe en ellos la fe; a los que blasfeman para que cambien sus blasfemias en bendiciones; a los sacerdotes, para que comprendan su misión y sean dignos ministros de Jesús: toca sus labios con su sangre, para que no salga de su boca palabra alguna que no sea para gloria de Dios; toca sus pies, para que corran y vuelen en busca de almas para conducirlas a Jesús. Démosles también esta sangre a los gobernantes, para que se mantengan unidos unos a otros y para que se muestren llenos de mansedumbre y amor hacia sus súbditos.
 
Vayamos ahora al purgatorio y démosles también esta sangre a las almas que ahí penan, pues están siempre llorando y pidiendo con insistencia su liberación por medio de la sangre de Jesús. ¿No oyes cómo se lamentan, no ves sus delirios de amor, sus torturas y cómo se sienten insistentemente atraídas hacia el Sumo Bien? ¡Mira cómo Jesús mismo quiere purificarlas para que cuanto antes estén junto a él! Jesús las atrae con su amor y ellas le corresponden con continuos ímpetus de amor; pero al estar en su presencia, no pudiendo todavía sostener la pureza de la mirada divina, se sienten obligadas a retroceder cayendo de nuevo en las llamas del purgatorio.
 
Madre mía, descendamos a las profundidades de esta cárcel y derramando sobre estas almas la sangre de Jesús, llevémosles la luz, mitiguemos sus delirios de amor, extingamos el fuego que las quema, purifiquémoslas de todas sus manchas, para que libres de toda pena, vuelen a los brazos de nuestro Sumo Bien. Démosles esta sangre a las almas más abandonadas, para que encuentren en ella todos los sufragios que las criaturas les niegan. Demos a todos, oh Madre, esta sangre; no dejemos que nadie se quede sin recibirla, para que en virtud de ella todas hallen alivio y sean liberadas. Tú que eres Reina, cumple tu oficio en estas regiones de llanto y de lamento; extiende tus manos y sácalas, una por una, de estas llamas ardientes para que todas emprendan su vuelo hacia el cielo.
 
Y ahora hagamos también nosotros un vuelo hacia el cielo, pongámonos a sus puertas eternas y permíteme, oh Madre, que también a ti te dé esta sangre para tu mayor gloria: que esta sangre inunde de nueva luz y de nuevos gozos tu alma y te pido que hagas descender esta luz divina en favor de todas las criaturas, para darles gracias de salvación a todas.

Madre mía, también tú dame a mí esta sangre; tú sabes cuanto la necesito. Con tus manos maternas retoca todo mi ser con esta sangre y mientras lo haces purifícame de todas mis manchas, cura mis llagas, enriquece mi pobreza; haz que esta sangre circule por mis venas y me dé toda la vida de Jesús; que penetre en mi corazón y lo transforme en su propio Corazón; que me embellezca tanto, que Jesús pueda llegar a encontrar en mí todas sus complacencias.
 
Finalmente, oh Madre, entremos en las regiones del Cielo y démosles esta sangre a todos los santos y a todos los ángeles, para que puedan tener mayor gloria; para que exulten en un himno de agradecimiento a Jesús y rueguen por nosotros; para que en virtud de esta sangre bendita podamos reunirnos con ellos.
 
Y después de haberles dado a todos esta sangre, vamos otra vez a donde se encuentra Jesús. Ángeles y santos, vengan con nosotros; ¡ah!, él quiere almas, quiere hacer que todas entren en su santísima humanidad, para darles a todas los frutos de su sangre; pongámoslas a su alrededor y así sentirá que la vida le vuelve y que lo que ha sufrido en esta amarguísima agonía ha hallado su recompensa.

Y ahora, Madre Santa, llamemos a todos los elementos para que le hagan compañía a Jesús y para que también de parte de ellos reciba gloria. ¡Oh luz del sol!, ven a disipar las tinieblas de esta noche para darle consuelo a Jesús; oh estrellas, vengan, bajen del cielo a consolar a Jesús con sus rayos de luz; flores de la tierra, vengan con sus perfumes; pajarillos de los aires, vengan con sus cantos; elementos de la tierra, vengan todos a confortar a Jesús; ven, oh mar, a refrescar y a lavar a Jesús: él es nuestro Creador, nuestra vida, nuestro todo; vengan todos a confortarlo, a rendirle homenaje como a nuestro Soberano Señor...
 
Pero Jesús no busca luz, ni estrellas, ni flores, ni pájaros... ¡El quiere almas, almas!
 
¡Dulce Bien mío!, aquí están todos junto conmigo. A tu lado está tu querida Madre, descansa en sus brazos, también ella se sentirá consolada estrechándote a su regazo materno, porque bastante ha participado de tu agonía... También está aquí la Magdalena, está Marta y están todas las almas de todos los siglos que te aman. ¡Oh Jesús!, acéptalas, dales a todas tu perdón y háblales de tu amor; átalas a todas a tu amor, para que nunca más vuelva a huir de ti alma alguna. Pero parece que me dices:

“¡Ah hijo mío, cuántas almas huyen de mí a la fuerza y se precipitan en el fuego eterno! ¿Cómo podrá pues calmarse mi dolor si amo tanto a un alma cuanto amo a todas juntas?”.

Conclusión de la agonía

Agonizante Jesús mío, mientras parece que se te va la vida, siento ya el estertor de tu agonía; tus ojos están apagados por la cercanía de la muerte, todo tu cuerpo se encuentra abandonado a sí mismo y el respiro frecuentemente te falta; y yo siento que se me rompe el corazón por el dolor; te abrazo y siento que estás helado; te sacudo y no das señales de vida... ¡Jesús! ¿Has muerto ya? Afligidísima Madre mía, ángeles del cielo, vengan todos a llorar por Jesús y no permitan que yo siga viviendo sin él, porque no puedo. Lo abrazo más fuerte y siento que da otro respiro y que de nuevo vuelve a no dar señales de vida... Lo llamo:

“¡Jesús, Jesús, Vida mía, no te mueras! Oigo ya el alboroto que hacen tus enemigos que ya vienen a arrestarte. ¿Quién te defenderá en este estado en que te encuentras?”.

Y él, sacudido, parece resucitar de la muerte a la vida. Me mira y me dice:

“Hijo, ¿estás aquí? ¿Has sido entonces espectador de todas mis penas y de las tantas muertes que he sufrido? Pues bien, debes saber, oh hijo, que en estas tres horas de amarguísima agonía he reunido en mí todas las vidas de las criaturas y he sufrido todas sus penas y hasta sus mismas muertes, dándole a cada una mi misma vida. Mis agonías sostendrán las suyas; mis amarguras y mi muerte se cambiarán para ellas en fuentes de dulzura y de vida. ¡Cuánto me cuestan las almas! ¡Si por lo menos fuera correspondido! Es por eso que tú has visto que por momentos moría para luego volver a respirar: eran las muertes de las criaturas que sentía en mí”.

Fatigado Jesús mío, ya que has querido encerrar también mi vida en ti y por lo tanto también mi muerte, te suplico que por tu amarguísima agonía vengas a asistirme a la hora de mi muerte. Yo te he dado mi corazón para que te refugies en él y descanses, mis brazos para sostenerte, he puesto todo mi ser a tu disposición y sabes bien con qué ganas me entregaría en manos de tus enemigos para poder morir yo en tu lugar. Ven, oh vida de mi corazón, a darme lo que te he dado en el momento extremo de mi vida, dame tu compañía, tu Corazón cual lecho y descanso, tus brazos para sostenerme, tu respiro afanoso para aliviar mis afanes, de manera que cuando respire sea por medio de tu respiro, que como aire purificador, me purificarán de toda mancha y me prepararán la entrada a la felicidad eterna. Más aún, dulce Jesús mío, aplicarás a mi alma toda tu humanidad santísima, de modo que cuando me veas, me verás a través de ti mismo y viéndote a ti mismo no podrás encontrar nada de qué juzgarme; y luego me bañarás en tu sangre, me vestirás con la vestidura blanca de tu Santísima Voluntad, me adornarás con tu amor y dándome por última vez tu beso, me harás emprender el vuelo de la tierra hacia el Cielo.
 
Y ahora, te ruego que lo mismo que te he pedido que me hagas a la hora de mi muerte, se lo hagas a todos los agonizantes; abrázalos a todos con el abrazo de tu amor y dándoles el beso de la unión, sálvalos a todos y no permitas que nadie se pierda.

Afligido Bien mío, te ofrezco esta hora en memoria de tu pasión y de tu muerte, para desarmar la justa cólera de Dios por tantos pecados y por la conversión de los pecadores, por la paz de los pueblos, por nuestra santificación y en sufragio por las almas del purgatorio.

Pero veo que tus enemigos ya están cerca y tú quieres dejarme para ir a su encuentro. Jesús, déjame darte un beso sobre esos labios que Judas osará besar con su beso infernal; déjame limpiar tu rostro todo bañado de sangre, sobre el cual lloverán bofetadas y salivazos; y tú, estréchame fuertemente a tu Corazón y no dejes que jamás me aparte de ti. Te sigo y tú bendíceme.

Reflexiones y prácticas

Jesús en esta tercera hora de agonía en el huerto de Getsemaní pidió ayuda del cielo y sus penas eran tantas que les pidió a sus apóstoles que lo confortaran. Y nosotros, en cualquier clase de circunstancia, dolor o desgracia, ¿pedimos siempre ayuda del cielo? Y si nos dirigimos también hacia las criaturas, ¿lo hacemos ordenadamente y con quien puede santamente confortarnos? ¿Nos resignamos al menos, si no hemos podido hallar la ayuda que esperábamos recibir, olvidándonos de las criaturas, para abandonarnos siempre más en los brazos de Jesús? Jesús recibió consuelo por medio de un ángel, ¿podemos nosotros decir que somos el ángel de Jesús, que permaneciendo junto a él lo confortamos y participamos de sus amarguras? Pero para poder verdaderamente ser el ángel de Jesús, es necesario que veamos nuestros sufrimientos como si él nos los hubiera mandado y por lo tanto como sufrimientos divinos; sólo entonces podremos tener la osadía de confortar a un Dios tan lleno de amarguras; de lo contrario, si los sufrimientos los tomamos humanamente, no podremos servirnos de ellos para confortar a Jesús y por lo tanto, no podremos ser ángeles de Jesús.

En los sufrimientos que Jesús nos envía, parece como que por medio de ellos nos manda también el cáliz en el que debemos vaciar el fruto de dichos sufrimientos y éstos, llevados con amor y resignación, se convertirán en un dulcísimo néctar para Jesús. Así que en cada pena diremos: Jesús me llama a ser ángel pues quiere que lo conforte y por eso me participa sus penas.