martes, 7 de abril de 2026

OBISPO FELLAY: “ACEPTAR EL CONCILIO VATICANO II NO SUPONE NINGÚN PROBLEMA PARA NOSOTROS”

El 11 de mayo de 2001, el obispo Fellay concedió una entrevista al diario suizo La Liberté, en la que afirmó que para la FSSPX no es un problema aceptar el Vaticano II, y que aceptan el 95% del mismo. 


El único desacuerdo que tienen con Roma, según él, no es con los documentos del concilio, sino solo con su interpretación.

Estas declaraciones de mons. Fellay son una prueba más de las constantes contradicciones de la FSSPX desde sus inicios: en 1965, mons. Marcel Lefebvre firmó todos los documentos del Vaticano II (en inglés aquí), inmediatamente después del concilio, exhortó a sus seguidores a estudiar el Vaticano II con devoción porque obtendrían de él muchas gracias, razonamiento correcto y guía para sus apostolados (en inglés aquí); más tarde, Lefebvre dijo estar en contra del concilio en su libro I Accuse the Council (Acuso al Concilio); más tarde, se contradijo una vez más cuando afirmó que aceptaba el concilio interpretado “a la luz de la tradición”. En 2021, el padre Davide Pagliarani insinuó que la FSSPX rechaza el concilio Vaticano II, cuando en realidad no lo hace. Incluso la propia FSSPX lo ha declarado en su sitio web (en inglés aquí).

La entrevista publicada en La Liberté confirma que la FSSPX no está en contra del concilio Vaticano II.

A continuación, ofrecemos una traducción completa del artículo original en francés, para beneficio de nuestros lectores. Las preguntas del periodista estarán en cursiva; el texto en negrita es nuestro y corresponde a las partes resaltadas en amarillo del periódico.

Notas sobre la fuente y la numeración: El escaneo original del periódico se puede encontrar en el archivo de periódicos en línea de la Biblioteca Nacional Suiza aquí. Se puede acceder a un archivo PDF descargable del periódico completo de ese día aquí. Las páginas en cuestión son la página 1 y la 28 según la numeración del PDF, y la página 1 y la 14 según la numeración del periódico.

La Liberté, 11 de mayo de 2001

Primera página

Titular: “Las conversaciones entre Écone y Roma se convierten en un diálogo de sordos”.


Entrevista - “Roma nos dice que discutir nuestras diferencias en detalle llevaría demasiado tiempo. Pero si no las discutimos, permanecerán completamente sin resolver”. Como Superior de la Sociedad de San Pío X -el movimiento tradicionalista fundado por Marcel Lefebvre-, Bernard Fellay, oriundo del cantón suizo de Valais, aborda ante el Vaticano la ralentización del acercamiento iniciado a finales del año pasado entre Roma y Ecône. En una entrevista concedida a La Liberté, señala un problema metodológico: según su punto de vista, el Vaticano prefiere primero encontrar un lugar dentro de la Iglesia para los tradicionalistas declarados “cismáticos”. Ecône, por su parte, desea comenzar abordando las diferencias de fondo, incluidas las relativas al concilio Vaticano II. Y sin ninguna concesión.

- Página 14 -

Titular: “Mons. Bernard Fellay, superior general de la Sociedad de San Pío X, habla sobre sus contactos con Roma”


ECONE BUSCA LA UNIDAD SIN HACER NINGUNA CONCESIÓN

El Vaticano y Econe reanudaron el diálogo. Eso es lo que decían muchos informes, pronto desmentidos. ¿Qué está sucediendo realmente? Esta es la perspectiva de los tradicionalistas, defendida por su superior, Bernard Fellay.

Stephan Klatt | Serge Gumy

¿Conversaciones informales o negociaciones reales? Desde finales del año pasado, el Vaticano y los tradicionalistas de Ecône han retomado el diálogo. El punto de partida de este acercamiento tentativo fue la visita de la delegación de la Sociedad de San Pío X a Roma durante el Año Santo. Desde entonces, se han celebrado varias reuniones; la más reciente, según fuentes de Ecône, tuvo lugar la semana pasada.

¿Qué están discutiendo las partes? ¿Qué está en juego en este diálogo, suponiendo que aún se esté llevando a cabo? El Vaticano guarda silencio: el cardenal Dario Castrillón Hoyos, presidente de la Comisión Ecclesia Dei (responsable de los movimientos tradicionalistas), no se pronunciará hasta que tenga resultados concretos que presentar, según ha indicado la Oficina de Prensa.

En cambio, en Ecône la comunicación es más fluida. Como sucesor del arzobispo Marcel Lefebvre al frente de la Fraternidad, el obispo Bernard Fellay -uno de los cuatro obispos cuya consagración desencadenó el cisma de 1988- ofrece su perspectiva en una entrevista concedida a La Liberté, el St. Galler Tagblatt y el Basler Zeitung.

La Liberté: ¿Esperaba que Roma aprovechara la oportunidad que le brindaba su peregrinación para reabrir el diálogo?

Bernard Fellay: Hubo señales de advertencia. Hace un año, mons. Perl, secretario de la Comisión Ecclesia Dei, declaró que había llegado el momento de abordar el tema de la Fraternidad. Nuestra sorpresa provino de la magnitud y la rapidez con que Roma superó una posición que antes había sido casi radicalmente rechazada.

– ¿Por qué este sentido de urgencia por parte de Roma?

– El Papa está cerca del final de su pontificado. Como alguien que ha buscado ser un defensor de la unidad, está tratando de eliminar esta mancha de su pontificado. ¿Por qué no hubo un acercamiento antes? Creo que Roma necesitaba ver por sí misma que no somos tan rígidos como a menudo se nos presenta.

– ¿Para quién son más complicadas las conversaciones: para ustedes o para Roma?

– Para nosotros, hay un problema de confianza. Durante años, Roma ha actuado con nosotros de manera destructiva. Esta actitud es inaceptable y debe cesar. El enfoque actual de Roma hacia nosotros es completamente diferente. Sin duda, uno tiene derecho a preguntarse por qué. Sobre este punto, estamos esperando respuestas concretas.

– ¿Y cuáles son los puntos delicados del lado del Vaticano?

– Es difícil responder mientras estos asuntos aún están sobre la mesa. Simplemente diría que Roma está buscando una solución extremadamente práctica sin abordar los problemas de fondo.

– ¿Qué espera específicamente de estas conversaciones?

– Que Roma declare que los sacerdotes pueden seguir celebrando la Antigua Misa. El otro elemento es el levantamiento de la declaración de sanciones (la excomunión de los obispos consagrados en 1988 por el arzobispo Lefebvre – Ed.).

– ¿Qué concesiones está dispuesta a hacer la Sociedad para facilitar esta reconciliación?

– Estamos dispuestos a dialogar; de hecho, lo estamos pidiendo. Le decimos a Roma: miren ustedes mismos la situación en la que nuestro movimiento encuentra a la Iglesia. Pedimos que Roma esté dispuesta a considerar las razones que subyacen a nuestra postura, algo que, hasta ahora, nunca se ha hecho.

– ¿Más específicamente?

Estamos dispuestos a vivir en este mundo, un mundo que se ha alejado más de nosotros de lo que nosotros nos hemos alejado de él. Esto implica reconocer la autoridad del obispo local, algo que, en principio, ya está en vigor. Después de todo, nos consideramos católicos. Nuestro problema radica en determinar el punto de referencia adecuado.

– Algunos dentro de la Iglesia han establecido el reconocimiento de todos los concilios de la Iglesia como condición previa.

Aceptar el concilio no nos supone ningún problema. Sin embargo, existe un criterio para el discernimiento. Y ese criterio es lo que siempre se ha enseñado y creído: la Tradición. De ahí la necesidad de clarificación.

– ¿Ya están hablando de esto específicamente con Roma?

– No, y por eso las conversaciones se han estancado. Roma nos dice que llevaría demasiado tiempo discutir nuestras diferencias en detalle; sin embargo, si no las discutimos, permanecerán sin resolver.

– ¿Consideran esto un asunto urgente?

No tanto como Roma.

– ¿Pero no temen que el paso del tiempo pueda alejarlos aún más?

Al contrario.

– ¿Habla la Sociedad de San Pío X con una sola voz?

Fundamentalmente, sí, al contrario de lo que algunos quieren hacer creer.

– ¿Quién decide iniciar el contacto con Roma y quién evalúa los resultados?

– Desde el momento en que el arzobispo Lefebvre decidió consagrar a los obispos, quedó claro que las relaciones con Roma recaían bajo la jurisdicción del Superior de la Compañía. Es decir, la mía.

– ¿Está Roma proponiendo una prelatura personal a la Compañía, similar a la del Opus Dei?

– Digamos que las cosas van en esa dirección. La idea sería otorgar a los obispos jurisdicción genuina sobre los fieles.

– ¿Y a qué estatus aspira la Compañía de San Pío X?

– Requerimos libertad de acción. Los fieles que deseen asistir a la antigua Misa deben poder hacerlo sin acoso. La solución otorgada a la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (un movimiento tradicionalista que se mantuvo fiel al Vaticano – Ed.) es inviable: deja todo a discreción de los obispos locales, la mayoría de los cuales se oponen radicalmente a la Tradición. La razón más citada -que, en mi opinión, es falsa- es que el “birritualismo” es inmanejable. Sin embargo, algunos obispos perciben, con razón, la libertad otorgada a la antigua Misa como un desafío a las reformas posconciliares.

– ¿Un desafío que usted sigue esperando?

Eso da la impresión de que rechazamos “todo” del concilio Vaticano II. De hecho, conservamos el 95 por ciento. No se trata tanto de una idea como de una mentalidad a la que nos oponemos: una actitud ante el cambio que se trata como un postulado: Todo en el mundo cambia, por lo tanto, la Iglesia debe cambiar. Este es sin duda un tema de debate, pues es innegable que, durante el último medio siglo, la Iglesia ha perdido una enorme cantidad de influencia. Aún conserva cierta influencia, pero principalmente como institución; su influencia “real” —la de los obispos, por ejemplo— es ahora muy débil. La Iglesia se está dando cuenta de esto, pero actúa como si ya no tuviera la solución. Su voz ya no es clara. Basta con ver las reacciones a Dominus Iesus.

– Sin embargo, esa fue una “declaración clara”, ¿no?

– No. Ciertamente hay elementos claros en el texto, y fue precisamente contra esos elementos que reaccionaron los “progresistas”. Sin embargo, las formulaciones extremadamente enérgicas —frases a las que nos habíamos desprendido y que yo personalmente acogí con beneplácito— están atemperadas, casi en cada frase, por referencias al concilio.

– ¿Considera usted estas formulaciones como una señal de que Roma se está acercando gradualmente a sus propias posiciones?

– No estoy seguro, precisamente por esa mezcla. Se tiene la clara impresión de que Roma, en su afán por mantener la unidad dentro de la Iglesia, se siente obligada a intentar complacer a todos.

– Si se pusiera en el lugar de Juan Pablo II, ¿cómo gestionaría la gran diversidad que existe dentro de la Iglesia?

– Creo que debemos volver a los principios fundamentales: a la naturaleza de la Iglesia, a su misión, a su esencia misma. Las soluciones que se aplican actualmente a este problema genuino son demasiado humanas, aunque, por supuesto, la Iglesia tiene una dimensión humana. En la actualidad, hay una búsqueda obsesiva de la unidad, que, sin duda, es un gran bien, pero no un fin en sí mismo. Es la fe la que crea la unidad. Si, en aras de la unidad, se deja de lado una parte de la Revelación de la cual la Iglesia es custodio, se termina socavando esa misma unidad. Por el contrario, si afirmamos firmemente estas verdades, las divisiones inevitablemente surgirán. De hecho, ya existen. Precisamente por eso le pedimos a Roma que lo piense dos veces antes de reprendernos.

– ¿Qué cambiaría para usted una reconciliación con Roma?

Roma reconocería esta posición, al menos fundamentalmente, como válida.

– ¿Válida como una opción entre otras, o la válida?

– La postura de Roma -tanto diplomática como políticamente hablando- será casi con toda seguridad pluralista, aunque en privado piensen lo contrario. Nosotros somos muy cautelosos: en nuestra opinión, dentro de la Iglesia hay ciertas opciones válidas y otras que no lo son.

– ¿Sufre usted las divisiones dentro de la Iglesia?

– Cuando las cosas van mal en la propia familia, duele. No sufro directamente por la excomunión en sí. Pero el estado actual de la Iglesia, eso sí me afecta profundamente.
 
 

LAS CONSAGRACIONES DEL 1 DE JULIO DE 2026

Compartimos una publicación de La Porte Latine, sitio oficial de la FSSPX

Por el padre Jean-Michel Gleize


Nota: Los textos destacados son de Diario7.

El anuncio del acto

Ya se conoce la fecha de las consagraciones, que ya se había anunciado. El Superior General de la Fraternidad, Don Davide Pagliarani, durante la homilía que pronunció en la ceremonia de toma de la sotana en Flavigny el 2 de febrero, anunció que la consagración episcopal de los nuevos obispos auxiliares de la Fraternidad tendrá lugar este año en la fiesta de la Preciosa Sangre de Jesús.

La naturaleza del acto

Estas consagraciones episcopales son un acto necesario para la Iglesia debido a un “estado de necesidad”, pues la situación actual, caracterizada por una invasión generalizada y persistente del modernismo en la mentalidad de los clérigos, exige, para la santificación y salvación de las almas, un episcopado verdaderamente católico, libre de los errores del Concilio Vaticano II, que, de hecho, no se podía encontrar fuera de la obra iniciada por el arzobispo Lefebvre. Estas consagraciones son posibles, sin causar cisma, incluso en contra de la voluntad explícita del Papa, puesto que implican conferir únicamente autoridad episcopal, sin potestad jurisdiccional, mientras que solo la concesión de jurisdicción contra la voluntad del Papa constituye cisma. Son posibles, sin representar un acto de grave desobediencia, puesto que son la legítima resistencia a un abuso de poder por el cual la autoridad, reconocida como legítima, niega a las almas los medios ordinarios de salvación a los que, por derecho divino, tienen un derecho estricto.

Objeciones

En su propio principio, esta iniciativa renovada (porque, con el paso del tiempo, se ha hecho necesario reiterar la operación de supervivencia de la Tradición realizada por el obispo Lefebvre el 30 de junio de 1988) ya ha encontrado y es probable que encuentre dos objeciones principales: la primera consiste en negar el estado de necesidad, que es la razón de la existencia de las consagraciones; la segunda consiste en negar la posibilidad moral y canónica de las consagraciones.

La negación del estado de necesidad

Esta primera objeción ya se abordó en detalle en los números de abril y, sobre todo, en el de octubre de 2024 del Courrier de Rome. Estamos atrapados en el mismo patrón: siempre las mismas falacias. Y, en última instancia, todas estas falacias presuponen que no existe ninguna crisis en la Iglesia, o al menos, si la hay, que no es lo suficientemente grave como para amenazar la fe.

En realidad, por parte de la Compañía, no existe ni cisma, ni desobediencia, ni sedevacantismo práctico. En realidad, existe: 1) una autoridad en Roma que está fallando gravemente, hasta el punto de escandalizar seriamente a las almas; 2) una reacción por parte de la Compañía para neutralizar el escándalo y remediar la falla. La actitud de la Compañía es una “reacción”, es decir, una acción secundaria (queremos protegernos) provocada por una acción primaria (porque los clérigos nos atacan).

La cuestión fundamental es si aceptamos la primera postura. Si no la aceptamos, si la Nueva Misa no es un laberinto infestado de reptiles venenosos, si el Concilio Vaticano II no pone en peligro la fe, si la libertad religiosa no contradice las enseñanzas de Pío IX, si el ecumenismo no cuestiona el dogma del valor salvífico único de la Iglesia Católica, si la colegialidad no cuestiona el dogma de la unidad del sujeto del Primado, entonces “todo está bien”, y el Superior General está delirando, junto con toda la Sociedad. Pero debe probarse seriamente que la primera postura no existe, y nadie lo ha hecho jamás. Al contrario, fuera de la Sociedad, muchos lo han hecho y lo siguen haciendo. En la práctica, casi todos terminan aceptando la primera postura. Quienes persisten en negarla pronto se revelarán (o ya se revelarán) como las verdaderas víctimas de una auténtica alucinación.

La imposibilidad moral

La segunda objeción también se abordó en detalle en los números de enero, marzo y junio de 2025 del Courrier de Rome. El obispo Eleganti, antiguo obispo auxiliar del obispo Huonder [1], la ha reiterado (aunque no renovado). Dado que, según él, el Papa ostenta, por derecho divino, la primacía de la jurisdicción suprema y universal en la Iglesia, consagrar obispos contra su voluntad explícita sería contrario a la ley divina y, por lo tanto, aun admitiendo el estado de necesidad, no se puede responder a él consagrando obispos contra la voluntad del Papa. Lo único que queda, entonces, es invocar, como privilegio extraordinario, la causa de la liturgia tradicional de la Iglesia y guardar silencio sobre los repetidos y agravados escándalos derivados de los errores doctrinales del Concilio. En cuanto a la salvación de las almas, se dirá, en efecto, que “no somos nosotros quienes salvamos a la Iglesia, sino la Iglesia quien nos salva a nosotros”, como si la distinción entre nosotros (los católicos) y la Iglesia fuera real.

Reiteremos —una vez más— algo ya afirmado. En efecto, nadie en la Compañía de Jesús ha negado jamás que, por derecho divino, el Obispo de Roma, como sucesor del Apóstol San Pedro, posea la potestad episcopal de jurisdicción suprema y universal sobre toda la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica Romana. De ello se deduce que le corresponde —también por derecho divino— solo a él participar de esta potestad jurisdiccional, que posee en su plenitud, la misma que la de Cristo mismo, cuyo vicario es el Obispo de Roma. Asimismo, se deduce que el ejercicio de cualquier otra potestad en la Iglesia debe depender de alguna manera de la voluntad del Papa. Sin embargo, esto no implica necesariamente que el ejercicio de cualquier otra potestad en la Iglesia dependa exclusivamente de la voluntad del Papa, ni que esta dependencia, de confirmarse, derive del derecho divino. Únicamente la consagración de un obispo, que está vinculada a la concesión de la potestad jurisdiccional, depende por derecho divino de la voluntad exclusiva del Papa. La consagración de un obispo, que no está vinculada a la concesión de potestad jurisdiccional, depende ciertamente de la voluntad del Papa, pero, en opinión de los canonistas, esta dependencia no se basa en el derecho divino. El padre Félix Cappello, por ejemplo, afirma en su Tractatus canonico-moralis de sacramentis, vol . IV, “De sacra ordinatione”, Marietti, 3ª edición, 1951, nº 320, que el requisito de un mandato papal no apareció antes del siglo XI y que se aplica únicamente a la Iglesia latina. Hasta entonces, el Papa aún no se había reservado la consagración episcopal. Esta reserva se extendió gradualmente debido a los abusos cometidos por los obispos metropolitanos. Por lo tanto, fueron únicamente circunstancias históricas las que motivaron esta medida, que finalmente quedó consagrada en el derecho canónico. En consecuencia, si la consagración episcopal depende de una autorización especial del Papa, es en virtud del derecho canónico, no del derecho divino.

De ello se deduce que la consagración de un obispo sin jurisdicción, realizada contra la voluntad del Papa, no es un acto intrínsecamente malo, como lo sería un acto que, por su propia naturaleza, es siempre y en todas partes contrario a la ley divina. Es un acto que puede resultar malo, si se quiere, extrínsecamente, cuando no se lleva a cabo de acuerdo con las normas del derecho canónico, en cuyo caso constituye nada menos que un acto de desobediencia, es decir, una grave injusticia. La injusticia consiste en no rendir a la autoridad lo que le corresponde, en aras del bien común. Por lo tanto, circunstancias extraordinarias pueden requerir la realización de este acto sin ajustarse a las normas del derecho canónico, precisamente en nombre de la justicia, cuando la autoridad abusa de su poder y pone en grave peligro el bien común; es decir, cuando existe lo que se denomina un “estado de necesidad”. Esta ley obliga a cada obispo de la Iglesia a negarse al Papa a lo que sería una falsa obediencia (y, en realidad, una verdadera complicidad en la injusticia) y, asimismo, lo autoriza a proveer a los miembros de la Iglesia de los pastores verdaderamente buenos que necesitan, y a consagrar obispos para tal fin, sin otorgarles jurisdicción ordinaria. La llamada jurisdicción de sustitución, si existe, será simplemente la respuesta de estos obispos a las necesidades de las almas que acuden a ellos buscando la administración de los verdaderos sacramentos y la predicación de la doctrina de la verdadera fe.

¿Y si la objeción persiste?

Algunos argumentarán que el acto de consagración episcopal realizado contra la voluntad del Papa sigue siendo “intrínsecamente malo”, porque contraviene la ley divina. La mayoría de estas personas se adhieren a la nueva eclesiología del Concilio Vaticano II, que postula que la consagración transmite tanto el poder del Orden Sagrado como el poder de jurisdicción. En consecuencia, la consagración realizada contra la voluntad del Papa sería un acto contrario a la ley divina, que reserva la concesión de jurisdicción exclusivamente al Papa. Dejamos a los lectores la reflexión sobre la contradicción fundamental de este argumento —el de la nueva eclesiología— que implica que la jurisdicción procede, en su esencia misma, tanto de la consagración sin el Papa como del Papa sin consagración. También les dejamos la tarea de comprender que la única manera de superar esta contradicción sería colocar al Papa en primer lugar entre sus pares, encargado únicamente de regular el ejercicio de la jurisdicción, y no de comunicarla en su ser como participación en su propio poder supremo.

Considérese esto, pues bastará. No está probado que la ley divina reserve al Papa la facultad de autorizar una consagración episcopal, ni siquiera una realizada sin la concesión de jurisdicción. Si esto no está probado, si es dudoso, no puede utilizarse como base para rechazar la legitimidad de un acto que es evidente e incluso se reconoce como necesario para atender una necesidad grave. Es un adagio clásico del derecho canónico que “Odiosa sunt restringenda”; las medidas perjudiciales deben limitarse y restringirse a aquellas cuya certeza parezca clara e innegablemente válida.

Por nuestra parte, sostenemos que solo el derecho canónico tiene la potestad de autorizar la consagración episcopal al Papa y que, por consiguiente, cabe una excepción. Pero a quienes invocan la ley divina, basta con responder que esta es dudosa y que un argumento decisivo no puede basarse en una referencia dudosa. Si la realidad del derecho canónico no se refuta suficientemente, debe prevalecer, precisamente hasta que se demuestre lo contrario.

La salvación de las almas

Todo el enfoque adoptado por el arzobispo Lefebvre y continuado por sus sucesores se inspiró en la caridad apostólica. “En el espíritu del derecho canónico -concluye el padre Davide Pagliarani, Superior General de la Compañía- la expresión jurídica de esta caridad, el bien de las almas, está por encima de todo. Representa verdaderamente la ley de las leyes, a la que todas las demás están subordinadas, y contra la cual ninguna ley eclesiástica prevalece” [2]. Pues, precisamente, la exclusividad papal que reserva al sucesor de Pedro la aprobación de las consagraciones episcopales se enmarca dentro de esta ley eclesiástica.

Notas:

1) https://www.leforumcatholique.org/message.php?num=995624

2) https://laportelatine.org/actualite/entretien-avec-le-superieur-general-de-la-fraternite-sacerdotale-saint-pie-x‑2

7 DE ABRIL: SAN EGESIPO, AUTOR ECLESIÁSTICO


7 de Abril: San Egesipo, Autor eclesiástico

(✞ 181)

El glorioso y antiquísimo historiador de la Iglesia San Egesipo fue hebreo de nación; y habiéndose convertido a la fe y recibido el santo Bautismo, se juntó con los demás fieles cristianos de la Iglesia de Jerusalén, de la cual dice el evangelista San Lucas que la muchedumbre de hombres y mujeres que creían en el Señor eran un solo corazón y una sola alma, y que los que tenían haciendas las vendían y repartían el precio entre los pobres, conforme a la necesidad de cada uno, y que todos se reunían para alabar a Dios.

San Egesipo estaba lleno del espíritu de Jesucristo, y como había recibido la Doctrina celestial del Evangelio de mano de los discípulos de los Apóstoles, viendo que algunos monstruos infernales derramaban el veneno de la herejía, pretendiendo inficionar al pueblo de Dios y alterar las Tradiciones de la Iglesia, con celo apostólico levantó el grito contra aquellos apóstatas y herejes, publicando en una Historia eclesiástica, cual era la Doctrina de la Verdad de Cristo que de mano en mano había llegado a todas las Iglesias.

Para esto fue el santo Doctor a Roma donde conferenció con santísimos Obispos elegidos por los Apóstoles y discípulos del Señor, habiéndose informado muy particularmente de las creencias y prácticas de todas las principales Iglesias del Oriente y del Occidente, escribió en el año 133 los cinco libros de su Historia eclesiástica, de la cual nos conservó algunos ejemplares el sapientísimo Eusebio.

En ella comenzaba San Egesipo por referir la Pasión de nuestro Señor Jesucristo y después los sucesos más señalados de las primeras cristiandades, sus dogmas, sus costumbres piadosas y sus Tradiciones hasta los días en que él vivía; manifestando en esta historia escrita en lenguaje muy sencillo y lleno de verdad, como el estilo de los Apóstoles, que a pesar de haber sembrado los herejes sus pestilenciales errores en el campo del Señor, ninguna de las Iglesias había sido inficionada y había caído en el error, sino que todas conservaban con gran entereza la Doctrina eclesial que cien años antes había predicado a los hombres el divino Maestro.

Finalmente, después de haber pertrechado San Egesipo la casa de Dios con tan excelentes libros, y edificándola con sus santas y apostólicas virtudes, en el año 181 de Jesucristo, pasó de esta vida temporal a la vida eterna y gloriosa.


lunes, 6 de abril de 2026

LA ADHESIÓN A LA TRADICIÓN APOSTÓLICA ES LO QUE HACE A UNO CATÓLICO

Los obispos de hoy alimentan al rebaño con los errores del humanismo, el ecumenismo y el modernismo, que son no son católicos.

Por David Martin


Los católicos conservadores suelen hablar de “católicos tradicionales” para distinguirlos de aquellos católicos tibios, heréticos o adheridos a la nueva corriente del modernismo. Sin embargo, en realidad, el término “católico tradicional” es redundante, pues un verdadero católico es automáticamente tradicional en su doctrina y práctica religiosa. El catolicismo se define como la adhesión a la Tradición Apostólica. No existe el catolicismo no tradicional.

Los católicos comprometidos que se identifican como tradicionalistas no buscan formar sus propios grupos, sino que simplemente están decididos a ser fieles católicos romanos, tal como fueron llamados a ser. Estos verdaderos católicos tienen una vocación especial: hacer brillar la luz de la Tradición ante los hombres (Mt. 5:16) para reavivar la Iglesia y llevar almas a Cristo.

Este testimonio de la Tradición es sumamente necesario hoy porque muchos católicos se aferran a ideologías y prácticas perjudiciales que no son de la Fe, solo porque la gran mayoría de los obispos católicos de hoy se niegan a corregir estos errores y a alimentar a su rebaño con las aguas puras de la Tradición. En cambio, se esfuerzan por alimentar al rebaño con los errores del humanismo, el ecumenismo y el modernismo, que son no son católicos.

Estos errores e ideas modernistas incluyen:

• La misa es un memorial por definición.

• La misa es una comida comunitaria.

• La misa es una asamblea o reunión comunitaria.

• La Eucaristía es pan bendecido

• Los fieles católicos forman parte de un “sacerdocio común”.

• La comunión en la mano es bendecida por Dios.

• El Espíritu Santo guio los cambios desde el concilio Vaticano II.

• La unidad con el mundo es obra de Dios.

• La misa en lengua vernácula es obra de Dios.

• Dios quiere capacitar a las mujeres para que ayuden a dirigir la Iglesia.

• Dios quiere que incluyamos a todos en la Iglesia.

• Dios nos acepta tal como somos.

• Dios bendice nuestra forma de vida siempre.

• Dios quiere diversidad de religiones.

• Cristo no fundó exclusivamente la Iglesia Católica Romana.

• Lutero fue un “testigo del Evangelio” que corrigió los abusos en la Iglesia.

• Otras religiones pueden proporcionar un medio para la salvación.

• El ecumenismo es obra del Espíritu Santo para unir a la Iglesia.

• La Iglesia no debe corregir a los homosexuales, sino “acogerlos”.

Los errores antes mencionados han fomentado prácticas y comportamientos que están arruinando las almas de los hombres. Estos incluyen:

• La recepción de la Comunión en la mano

• Tomarse de la mano durante el Padre Nuestro

• El beso de la paz

• El uso de ministros laicos de la Eucaristía

• El uso de lectoras

• Mujeres con vestimenta pecaminosa (escotes pronunciados, pantalones cortos, blusas que dejan el abdomen al descubierto) en la Iglesia

• Hombres con distintivos lgbt en la iglesia

• Permitir la “misa con guitarra” contemporánea y el ministerio juvenil.

• Asistir a “cultos interreligiosos”

• Asistir a reuniones de “Renovación Carismática”

• Participar en rituales indígenas de purificación con humo.

Aunque las ideologías y prácticas mencionadas no son católicas, son fundamentales en el pensamiento de muchos católicos hoy en día. Es decir, la Iglesia en general se adhiere a la herejía, no al catolicismo. Solo unos pocos han conservado la fe, mientras que el resto se deja llevar por la corriente hacia su propia destrucción, como patos que siguen al líder.

Algunos argumentan que si la gran mayoría de los obispos, cardenales y sacerdotes católicos comparten las ideas anteriores, no se trata de errores; pero esto, en sí mismo, es un error. El hecho de que una ideología sea universalmente aceptada por la jerarquía católica no la convierte en verdadera ni aceptable.

Desde el concilio Vaticano II, ha prevalecido el error de creer que un consenso episcopal sobre una determinada postura o doctrina la convierte en parte del Magisterio Ordinario de la Iglesia, pero esto no es cierto. Un consenso común, en sí mismo, carece de importancia. Aunque el papa y el conjunto de los obispos se aferren con fervor a una determinada ideología durante cincuenta o cien años, esta no tiene carácter magisterial a menos que sea Cristo mismo quien la haya establecido para su Iglesia.

Se aplican las palabras de San Agustín:

“Lo incorrecto sigue siendo incorrecto aunque todo el mundo lo haga, lo correcto sigue siendo correcto aunque nadie lo haga”.

Algunos argumentan que si la Iglesia se aferra al error, los frutos serán sin duda evidentes. ¡Y así es! Durante los últimos sesenta años, la Iglesia se ha aferrado a los errores del modernismo, lo que la ha reducido a un basurero doctrinal.

Para ser verdaderamente católicos, los obispos, cardenales y sacerdotes deben desechar las innovaciones modernistas y devolver a la Iglesia a la Tradición. Esto implicaría el retorno universal a la Misa Tradicional en latín y a toda la reverencia que conlleva. La Iglesia debe dejar de lado las prácticas vanguardistas y volver a los cánticos. Debe dejar de lado las reuniones sociales y volver a la oración. Los obispos deben rechazar las innovaciones y devolver a la Iglesia la posición de honor que tenía antes del concilio Vaticano II.

Los buenos obispos y sacerdotes que aspiran a esto no intentan fundar una iglesia “tradicionalista”, sino que simplemente están decididos a ser católicos romanos fieles, tal como Cristo los llamó a ser. Su postura en la nueva iglesia del hombre pone de manifiesto el cisma del movimiento modernista.

Desde los años sesenta, un amplio grupo de obispos, cardenales y sacerdotes ha intentado “modernizar” la Iglesia para “adaptarla a los tiempos”, pero esto no cuenta con la aprobación de Dios. El modernismo se basa precisamente en imitar a otros para cambiar la doctrina y la liturgia, algo que Dios condena. El Señor nos envió maestros proféticos como los Papas León XIII y San Pío X para advertirnos sobre los errores que traería el modernismo, pero la mayoría del clero actual ha hecho caso omiso de sus advertencias y, en cambio, ha escuchado con avidez a los modernistas.

¿Acaso sorprende que la Iglesia se encuentre en la situación actual?
 

REPROBACIONES TARDÍAS: ANTHONY DE MELLO

A pesar de la Nota de la CDF de 1998, todavía hoy las obras de Anthony De Mello se hallan en gran parte de las librerías religiosas católicas, incluidas las diocesanas.

Por el padre José María Iraburu


El padre Anthony De Mello, S. J. (1931-1987), nacido en Bombay y fallecido a los cincuenta y cinco años de un ataque cardíaco en Nueva York, difundió ampliamente en el campo católico, a través de publicaciones, conferencias y grabaciones, sus doctrinas espirituales, inconciliables con la fe católica.

La Notificación sobre los escritos del Padre Anthony De Mello, S. J., publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe (24-VI-1998), hizo una amplia descripción y una firme condena de los graves errores de su doctrina espiritual. Advierte que este autor “es muy conocido debido a sus numerosas publicaciones, las cuales, traducidas a diversas lenguas, han alcanzado una notable difusión en muchos países”. La Nota breve de la Notificación puede verse en la web del Vaticano, y comentarios en otros lugares de internet, aunque ya no, lamentablemente, en la web vaticana.

En la Nota breve de la Congregación se dice entre otras cosas: “Ya en ciertos pasajes de estas primeras obras, y cada vez más en publicaciones sucesivas, se advierte [en el P. De Mello] un alejamiento progresivo de los contenidos esenciales de la fe cristiana. El Autor sustituye la revelación acontecida en Cristo con una intuición de Dios sin forma ni imágenes, hasta llegar a hablar de Dios como de un vacío puro. Para ver a Dios haría solamente falta mirar directamente al mundo. Nada podría decirse sobre Dios… Este apofatismo radical lleva también a negar que la Biblia contenga afirmaciones válidas sobre Dios… Las religiones, incluido el Cristianismo, serían uno de los principales obstáculos para el descubrimiento de la verdad… El P. De Mello muestra estima por Jesús, del que se declara “discípulo”. Pero lo considera un maestro al lado de los demás… Cualquier credo o profesión de fe en Dios o en Cristo impedirían el acceso personal a la verdad. La Iglesia, haciendo de la palabra de Dios en la Escritura un ídolo, habría terminado por expulsar a Dios del templo. En consecuencia, la Iglesia habría perdido la autoridad para enseñar en nombre de Cristo. Con la presente Notificación, esta Congregación, a fin de tutelar el bien de los fieles, considera obligado declarar que las posiciones arriba expuestas son incompatibles con la fe católica y pueden causar grave daño”.

Un elenco de graves errores, con numerosas citas textuales del P. De Mello, es desarrollado seguidamente por la Nota ilustrativa. Extracto aquí algunas frases, siguiendo el orden del texto.

–“Ya en este volumen [Sàdhana] desarrolla su teoría de la contemplación como autoconciencia… Así se llega a la conclusión "aparentemente desconcertante, de que la concentración en nuestra respiración o en nuestras sensaciones corporales es una óptima contemplación, en el sentido estricto de la palabra"”. –“El P. De Mello en repetidas ocasiones hace afirmaciones sobre Dios que ignoran, si no niegan explícitamente, su carácter personal y lo reducen a una vaga realidad cósmica omnipresente”. –“Se critica e ironiza con frecuencia sobre todo intento de lenguaje sobre Dios, con el fundamento de un apofatismo unilateral y exagerado, consecuente con la concepción de la divinidad a que nos acabamos de referir”. –“No se ve cómo entra aquí la mediación de Cristo para el conocimiento del Padre. "Dios no tiene nada que ver con la idea que tenéis de él… Lo único que podemos saber de Él es que es incognoscible"”. –“Las escrituras, incluida claramente la Biblia, no nos dan a conocer tampoco a Dios, son sólo como la señal indicadora que no me dice nada sobre la ciudad a la que me dirijo… "En la Biblia se nos señala solamente el camino, como ocurre con las escrituras musulmanas, budistas, etc."” –“Se proclama por tanto un Dios impersonal que está por encima de todas las religiones, a la vez que se ataca el anuncio cristiano acerca del Dios amor, que sería incompatible con la necesidad de la Iglesia para la salvación…"Entra en la Iglesia o te arriesgas a condenarte eternamente… Una vez llegado a casa le dije a Dios: ¿Cómo soportas este género de cosas, Señor? ¿No ves que desde hace siglos te están dando mala fama? Dios respondió: yo no he organizado esta feria. Me avergonzaría incluso de visitarla"”. –En consecuencia, “toda religión concreta es un impedimento para llegar a la verdad”.

–“La filiación divina de Jesús se diluye en la filiación divina de los hombres… Jesús es mencionado como un maestro de tantos: "Lao Tze y Sócrates, Buda y Jesús, Zaratustra y Mahoma"… "Lo más bonito de Jesús es que se encontraba a gusto entre los pecadores, porque entendía que no era en nada mejor que ellos… la única diferencia entre Jesús y los pecadores era que él estaba despierto y ellos no"”. –“La vida del hombre parece llamada a una disolución… "La idea que la gente tiene de la eternidad es estúpida. Piensa que dura para siempre porque está fuera del tiempo. La vida eterna es ahora, está aquí"”. –“El mal no es más que una ignorancia, falta de iluminación… "En realidad no existe ni el bien ni el mal en los hombres o en la naturaleza. Existe solamente una valoración mental impuesta a ésta o a aquella realidad"… "No hay razón para el arrepentimiento de los pecados, ya que de lo único de que se trata es de despertarse al conocimiento de la realidad"”.

Son numerosos los autores que, como Ignacio Ibáñez Rivero, han demostrado la clara afinidad existente entre las doctrinas del padre De Mello y la confusa ideología panteísta y naturalista de la New Age.

El padre De Mello, en vísperas de su muerte, acaecida súbitamente el mismo día de su llegada a Nueva York –sea en la Universidad de Fordham (S. J.), sea en un hotel–, escribió a un íntimo amigo una larga carta. Haciendo un resumen de su vida, desde sus primeras experiencias, afirmaba:

“Todo ello parece pertenecer a otra época y a otro mundo. Creo que actualmente todo mi interés se centra en otra cosa: “en el mundo del espíritu”, y todo lo demás me resulta verdaderamente insignificante y sin importancia. Lo que ahora absorbe todo mi interés son las cosas como las de Achaan Chah, el maestro budista, y estoy perdiendo el gusto por otras cosas. No sé si todo esto es una ilusión; lo que sí sé es que nunca en mi vida me había sentido tan feliz y tan libre”. Ajahn Chah Subhatto (1918-1992), monje tailandés, fue gran maestro del budismo Therevada, y atrajo especialmente a muchos occidentales. Fundó su primer monasterio europeo en Sussex, Inglaterra (1979), y hoy existen otros en Europa, Australia y Nueva Zelanda.

Once años después de la muerte de Anthony De Mello una Notificación de la Congregación de la Doctrina de la Fe pone en guardia a los católicos sobre sus enormes errores. Parece realmente increíble que la Iglesia tardara tanto en denunciar y condenar errores tan graves contra la fe católica. Si una pauta de conducta semejante llegara a establecerse en la Iglesia, habría razón para temer que los errores hoy más vigentes serían reprobados públicamente por la Autoridad apostólica dentro de quince o treinta años, cuando ya muchos millones de católicos estarían inficcionados por ellos.

Es preciso insistir en que las obras de Anthony De Mello han tenido gran difusión, en muchas lenguas y durante varios decenios, en el campo católico. Han sido un best seller “católico” para innumerables laicos, Seminarios, Noviciados, catequesis parroquiales, clases de religión, comunidades de religiosos y de religiosas, librerías católicas, Casas de Ejercicios, etc. El árbol de la santa Iglesia ha sido regado abundamentemente con esa lejía espiritual –o con otras semejantes–. Y todavía hay algunos que no entienden cómo ese árbol, sobre todo en no pocos lugres del Occidente descristianizado, apenas da frutos o se ha secado casi completamente.

Los provinciales de la Compañía de Jesús en la India publicaron contra la aludida Notificación una protesta, firmada por el provincial Lisbert D’Souza, S. J., presidente allí de la Conferencia de Provinciales. Y su declaración fue avalada por los Superiores Mayores de la Iglesia en Asia Meridional.

Según ella, Anthony De Mello “fue un pionero en la integración de la espiritualidad y métodos de oración asiática y cristianos” y “ha ayudado a miles de personas en Asia Meridional y en el resto del mundo”. Estiman que “falta aprecio de las diferencias y los procedimientos cuando las decisiones [las de la Congregación romana de la Fe] se toman unilateralmente sin diálogo con las Iglesias asiáticas”, y consideran que “tales intervenciones resultan dañinas para la vida de la Iglesia, la causa del Evangelio y la tarea de interpretar la Palabra a los que no pertenecen a la tradición cultural occidental”. Uniendo la causa del padre De Mello, S. J., con la del padre Jacques Dupuis, también S. J. –objeto más tarde de una Notificación de la Congregación de la Fe por su libro sobre el pluralismo religioso (24-I-2001)–, manifiestan “su aprecio, apoyo y estímulo por su labor a nuestros teólogos y a cuantos construyen la Iglesia local en la India y deseamos que vayan más allá y más hondo, en fidelidad a Cristo y a la misión que nos ha confiado la Iglesia” (Vida nueva 24-IV-1999).

La Editorial Sal Terræ de los jesuitas ha seguido difundiendo las obras de Anthony De Mello, y en 2003 publicó su Obra completa en dos elegantes tomos, de 1603 páginas, con un extenso prólogo hagiográfico nada menos que de Andrés Torres Queiruga, en el que cita a Hegel, Heidegger, Ricoeur, aunque olvida mencionar, ni siquiera de paso, la Notificación romana de 1998. Y hoy todavía las obras de Anthony De Mello, sin mayores problemas ni contiendas, se hallan en gran parte de las librerías religiosas católicas, incluidas las diocesanas.

Mostrar estos horrores que se han dado y hoy se dan realmente en el campo católico resulta muy penoso, pero estimo que el único modo de superarlos comienza necesariamente por denunciarlos y condenarlos con fuerza y claridad. Todo lo que he descrito es para la Iglesia un grave daño y una gran vergüenza.

El Código de Derecho Canónico establece que los fieles “tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia” (art. 212,3).

Y es evidente que pertenece al bien de la Iglesia “combatir el buen combate de la fe” (1Tim 6,12), luchando con todas las fuerzas que Dios nos dé contra herejías, herejes y sus consentidores activos o pasivos.
 

ANTICRISTIANISMO (XIII)

Continuamos con la publicación del capítulo 13 del libro “El Americanismo y la Conjuración Anticristiana” (1899) de Monseñor Henri Delassus.


CAPÍTULO DECIMOTERCERO

ANTICRISTIANISMO

En el estado actual de Europa y del mundo al pensador más audaz no puede ocurrírsele pronunciarse sobre el porvenir; apenas se atreve a conjeturar. 

¿Qué somos, débiles y ciegos humanos, y qué es que esta luz temblorosa que llamamos Razón? Cuando hemos reunido todas las probabilidades, interrogado la historia, discutido todas las dudas, todavía no podemos abrazar más que un nubarrón engañoso en lugar de la verdad. ¿Qué decreto ha pronunciado este gran Ser ante quien no hay nada grande? ¿Dónde y cuándo acabará la sacudida? ¿Es para reconstruir que ha volcado, o sus rigores son sin retorno? ¡Ay! una nube sombría cubre el porvenir y ningún ojo puede penetrar estas tinieblas. (Consid. 112.)

Así hablaba J. de Maistre entre 1790 y 1794, es decir a los comienzos de la Revolución. Y sin embargo hasta sus últimos días se aplicó a escudriñar las diferentes manifestaciones de esta revolución para sacar pronósticos de porvenir.

Un elemento considerable de apreciación le faltaba.

No veía lo que está ante nuestros ojos ahora.

Una nación que no está, como las demás, encerrada en un territorio determinado, que es esencialmente cosmopolita, dispersa dentro de todos los pueblos, que no se confunde con ninguno de ellos, que guarda en medio de su diversidad su nacionalidad, su individualidad y su originalidad, se levanta de su larga humillación y se muestra en seguida preponderante en todo y por todas partes. Como lo decía uno de los suyos, converso al cristianismo, el P. Ratisbonne (40):

Los judíos tienen en esta hora apretada como en una red a toda la sociedad cristiana.

Se podría decir casi el mundo entero.

Gracias a su ubicuidad, la nación judía contribuye poderosamente a poner los pueblos en relaciones mutuas, a operar la fusión del género humano en el orden de los intereses temporales.

Pero su acción no se limita a eso: la lleva también al orden de las ideas, y hemos visto en qué sentido. Si ella coopera a los designios de Dios contribuyendo, en amplia parte, a la obra de unificación del género humano, se esfuerza en hacer acabar esta unificación no en el reino de Nuestro Señor JESUCRISTO sobre todos los pueblos y sobre todos los hombres, sino al contrario en arrancarle las almas y las naciones que se pusieron bajo su ley para confundirlas todas en un israelitismo liberal y humanitario.

¿Puede esperar el éxito?

Hemos visto que tiene entre las manos los más poderosos medios y que usa de ellos. Hemos visto que, gracias sobre todo a su acción tan general como incesante, la indiferencia religiosa gana terreno todos los días, y hace progresar hacia la “Jerusalén de nuevo orden” que sus adeptos esperan con ansia.

Para llegar a este fin, trabajan por un lado en aniquilar todo patriotismo, por otra parte en destruir toda convicción religiosa. Bajo su dirección, la prensa se emplea en esta labor todos los días, en todo el mundo, con un ardor infatigable, mediante el sofisma, mediante la divulgación de los hechos que juzga favorable a su causa y la falsificación de aquellos que le son contrarios, y sobre todo mediante la corrupción de las costumbres. Luego, cuando el trabajo avanzó bastante en un punto u otro, los legisladores, a los cuales mandan las sociedades secretas, llegan a encorvar a todos los ciudadanos bajo el yugo de una nueva ley que tendrá por efecto restringir más, restringir siempre, el campo donde la libertad cristiana podía moverse, y con eso preparar generaciones cada vez más indiferentes y cada vez mejor dispuestas a entrar en el molde del israelitismo liberal y humanitario.

Ya de Maistre observaba que

el protestantismo, el filosofismo y mil otras sectas más o menos perversas o extravagantes habían disminuido prodigiosamente las verdades entre los hombres.

Y añadía:

El género humano no puede quedar en el estado en que se encuentra. (Del Papa, XXXVI).

Si no se opera una revolución moral en Europa, si el espíritu religioso no es reforzado en esta parte del mundo, el nexo social queda disuelto. No se puede adivinar nada, y hace falta esperarse todo (Consid. 26).

El filósofo francés Antoine Blanc de Saint-Bonnet (1815-1880)

Cincuenta años más tarde, Blanc de Saint-Bonnet, observando que el mal no hacía sino progresar, decía:

El mundo parece estar en vísperas de acabar o de sufrir una transformación religiosa.... El protestantismo, el liberalismo y el socialismo son nuestros tres grandes pasos hacia el abismo. (Restauration francaise, 457 -8.)

¿Qué diremos hoy?

Ciertamente el mundo encierra todavía ahora, en gran número, almas admirables; pero ya en ningún sitio la sociedad humana rinde a DIOS el culto social que le es debido, y la indiferencia religiosa gana cada día terreno. En la sociedad como en las almas, la obra perseguida por Israel ha adelantado a un punto que pocos hombres pueden captar, porque los exteriores parecen siempre un poco los mismos hoy que ayer: cuando las convicciones caen, los hábitos guardan todavía durante algún tiempo una sombra engañosa de ellas.

Por otra parte, los hábitos están para decir hasta qué punto baja en las almas el imperio que la religión saca de las convicciones. ¡Véase cómo los crímenes se multiplican y cómo los criminales crecen en maldad! Todos los días las hojas públicas nos presentan tipos nuevos de criminalidad y nos traen relatos que superan en horror aquéllos de la víspera. Resulta que la niñez misma conoce todas las formas del mal y no se arredra ante nada.

¿Adónde nos lleva esto? Hay que decir con Maistre:

No se puede adivinar nada y hay que esperarse todo... Las circunstancias en que estamos no se parecen a nada y no pueden ser juzgadas por la historia... Lo que hay de seguro es que el mundo no puede quedar donde está. Marchamos a grandes pasos hacia...

¡Ay! ¡mi DIOS, qué agujero! la cabeza me da vueltas.

El espanto que sentía este hombre de genio en el medio mismo de aquel período que se quiso poder decorar con el nombre de Restauración, ¡con qué poder se impone hoy a toda alma capaz de ver y reflexionar!

La obra empezada hace un siglo, ¿va a acabarse? No se ve en el mundo nada que intente frenarla actualmente. Los católicos no se defienden más. Desde hace veinte años todos los atentados han sido cometidos contra ellos, contra su religión, contra su DIOS. Han protestado en primer lugar en vanas palabras, hoy ya no tienen siquiera el ánimo de elevar la voz.

Humanamente hablando, la obra se seguirá pues, porque no encuentra más oposición, porque hasta se osa decir que ya no debe encontrarla de parte de aquéllos mismos que tienen entre las manos los destinos del país.

¿En qué va a acabar eso?

¡Ay! aquí es donde el corazón tiembla y la pluma vacila.

Los judíos, cuyo poder se hizo tan formidable en tan poco tiempo, ¿verán sus esperanzas cumplirse? ¿Lograrán arrancar de los corazones lo que queda todavía de patriotismo? ¿Lograrán, después de rechazar la religión en los templos, privar de ella las almas? Y después, cuando el terreno haya sido preparado así, ¿verán surgir del medio de ellos el mesías que desde hace tantos siglos esperan con ansia para reducir el mundo a servidumbre? Es cierto que en ninguna época de la historia los tiempos fueron más favorables a su dominio. El mundo político, el mundo económico y comercial, las sociedades secretas y los judíos, trabajan con un infatigable ardor en la unidad cosmopolita. La masonería sólo habla de los derechos del hombre en general; tiende a reemplazar la patria particular de cada pueblo por una grande y universal patria que sería la de todos los hombres.

Ahora esta unidad clama por una cabeza.

¿Y esta cabeza qué sería, cuando el cristianismo expulsado del gobierno y de la educación de los pueblos, rechazado de la familia y de la conciencia individual por la licencia creciente de las costumbres y los apetitos de una codicia sin freno, se vería por todas partes proscrito, deshonrado, vilipendiado?


Los judíos apoyados en sus tradiciones responden: “Esta cabeza del mundo será nuestro mesías cuya aparición es inminente”.

Y lo que no nos permite otorgar a estas esperanzas una mera atención distraída, es que al lado de las tradiciones judaicas hay tradiciones cristianas que nos anuncian el reino universal de un anticristo.

El apóstol San Juan hablaba de él ya antes del fin del primer siglo: “Habéis aprendido que un anticristo debe venir y ya hay varios anticristos”. Precursores o esbozos del último anticristo han aparecido sucesivamente en el curso de los siglos. El último, el verdadero, el que llevará en su única persona la síntesis perfecta de todas las inspiraciones anticristianas que han brotado en el mundo desde hace dieciocho siglos, ¿está cerca? Es posible.

Una conmoción profunda se impone a quien, después de cotejar los caracteres que la tradición judaica da a su mesías y los que la tradición cristiana da al anticristo, oye a los judíos decir: “Los tiempos están cerca”, y ve la transformación que se opera en el mundo desde hace un siglo y que se acelera de día en día.

¿Su tiempo es tan cercano como lo creen? Nosotros no sabemos nada. Nadie en el mundo puede saberlo.

Sí se sabe es los Apóstoles creyeron deber anunciarlo a los contemporáneos mismos de Cristo y que los Padres quisieron que los cristianos de su tiempo lo temieran. Sí se sabe, más cerca de nosotros, que San Vicente Ferrer hizo milagros para establecer que era uno de los ángeles encargados de advertir desde lejos a los pueblos de su aparición. Y se sabe que Pío IX leyó en el secreto de La Salette la palabra: anticristo (41).

Lo que es no menos cierto es que desde los primeros días del cristianismo, el anticristo es una realidad futura, asegurada; que su aparición es necesariamente un hecho en vía de formación, que va llegando a nosotros por rutas que, día a día, los acontecimientos le construyen; y que estamos actualmente en un estado de anticristianismo, es decir en el estado en que es necesario que él encuentre el mundo para ser aceptado.

¡S1 este hombre apareciera hoy, cuántos, en el estado actual de los espíritus, lo aclamarían!

Los masones al igual que los judíos se verían en el colmo de sus votos. Y esta multitud que las sociedades secretas ha seducido en los dos mundos; todos los que han aprendido, en las escuelas neutras, a renegar a Cristo; todos los que la prensa ha llenado de ideas falsas y sentimientos viciosos; todos aquellos en cuyo corazón se sopla, hoy más que nunca, la codicia y la envidia; todos los que sueñan con el trastorno de las instituciones y sociedades cristianas, ¿no se colocarían bajo su estandarte? Y luego vendrían los tímidos, los flacos, todos aquellos a quienes el ejemplo arrastra y la amenaza asusta, es decir, el resto de la multitud, pues nunca los caracteres fueron más débiles; nunca la verdad, única que da al alma su fuerza, tuvo menos imperio sobre el gran número. ¿Qué digo? Innegablemente oímos esta voz:

No hablemos a la multitud, al menos por ahora, de las esperanzas eternas, que no nos escucharía; no le hablemos de sus deberes, que haría oídos sordos. Enseñémosle a reclamar por los derechos, aguzará el oído; prometámosle la felicidad en la tierra, que nos seguirá.

Con qué ardor las muchedumbres así preparadas se echarían en los brazos del hombre que concentraría en sí todo el poder de Israel y que vendría decir a todos: 

Soy el apóstol y el príncipe de la fraternidad universal (42), mi misión es unir a los hombres, unificar a los pueblos y llenarlos de los bienes de la tierra. ¡Retírese CRISTO, este austero y sombrío enemigo del hombre! El gozo de todos los bienes y de todas las voluptuosidades es la ley suprema de la humanidad que hasta hoy fue desconocida y ultrajada por los trapaceros que, bajo el signo detestable de la cruz, han tiranizado la tierra.

No hay que engañarse, los caracteres del mesías talmúdico son los caracteres del anticristo. El mismo siniestro personaje es anunciado por ambas partes (43): un hombre de raza judía, convertido en rey de los judíos, concentrará en su corazón, en sus discursos y en sus obras todo lo que la malicia de los siglos pudo oponer a Nuestro Señor JESUCRISTO y a su Iglesia; y DIOS, para el cumplimiento de sus misteriosos designios, le dejará tomar, sobre todo el universo, por un tiempo, el imperio más temible.

Los judíos afirman que su advenimiento está cercano (44) y de hecho, desde hace un siglo, hemos entrado, no en una crisis cualquiera, sino en la REVOLUCIÓN. Ahora bien, el carácter más impactante y más esencial de la Revolución es la insurrección del hombre contra Dios y contra su CRISTO, es el ANTICRISTIANISMO, es decir, un esfuerzo más grande que los intentados hasta aquí para destruir la obra de Cristo en las costumbres, en las leyes, en las instituciones y hasta en la Iglesia misma: el liberalismo católico no es otra cosa, en efecto, que el espíritu revolucionario que trata de introducirse en la Iglesia misma.


Este anticristianismo que reina en las sociedades, que vive en tantos corazones, ¿debe acabar por encarnarse próximamente en el anticristo personal? ¿El reino del último de los anticristos será la final de la Revolución? No lo sabemos. En cada uno de los asaltos que, desde hace dieciocho siglos, las puertas del infierno libraron a la obra divina, los espectadores dijeron: “Es el último; con él vendrá el fin, pues Satanás no podrá encontrar nada que supere lo que sufrimos. Pero decir siempre: No hay nada más allá”, es equivocarse siempre. Después de un momento de descanso, el asalto se reanuda más terrible y más seductor. Habrá sin embargo un último. Y el que sufrimos actualmente tiene el carácter de anticristianismo en grado supremo; y quienes se esfuerzan en rechazarlo se hacen cada vez más infrecuentes y son cada vez más reducidos a la impotencia.

¿Cuál es el deber en tal estado de cosas?

El primer deber, el más urgente, más necesario, es munirse uno mismo del escudo de la fe, luego trabajar, cada uno según su poder, para mantener la integridad de la fe en el mundo.

¡Oh Timoteo!, guarda el depósito de la fe que te he entregado, evitando las novedades profanas en las expresiones o voces, y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal, ciencia vana que profesándola algunos vinieron a perder la fe. (1 Tim. vi, 20-21.)

Pero el Espíritu Santo dice claramente que en los venideros tiempos han de apostatar algunos de la fe, dando oídos a espíritus falaces y a doctrinas diabólicas. (I Tim. iv, 1.)

Ha sido así desde siempre, es así igualmente hoy día. Y si, a pesar de la advertencia del apóstol, “las novedades profanas” siguen serpenteando, las defecciones se multiplicarán, pues nunca hubo medio intelectual, social y político, mejor preparado para hacerlas brotar. Cuidemos pues en “tratar el misterio de la fe con limpia conciencia”, (1 Tim. III 9, acordándosenos que “la prueba de nuestra fe produce la paciencia” (Sant. I, 3), que “la tribulación ejercita la paciencia, la paciencia sirve a la prueba de nuestra fe, y la prueba produce la esperanza de los bienes eternos” (Rom. V, 3-5).

Pero no solamente en nuestra alma debemos guardar, con una vigilancia más atenta que en tiempo ordinario, la integridad y pureza de la fe; debemos hacerlo en la sociedad y en la Iglesia. Para ella no hay esperanza de victoria más que en esta integridad y pureza: Haec est victoria que vincit mundum, fides nostra. La fe, y la fe sola es lo que ha dado y no deja de dar a la Iglesia la victoria sobre el mundo.

Cuando eso sea olvidado, tocará entonces la hora de la derrota final: “Cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” (Luc. XVIII 8).

Hoy sobre todo, entonces, en este supremo asalto librado a la sociedad cristiana por el anticristianismo bajo todas sus formas, retírense los compromisos con la incredulidad y las concesiones al error, aún con miras de procurar la expansión de la Iglesia; retírense las mutilaciones del dogma, las atenuaciones de lo sobrenatural, los facilismos de toda naturaleza, aún bajo el pretexto de su avance interior. Ilusiones generosas en su intención, pero ilusiones que la historia así como la enseñanza de nuestros padres condena, y que, si se acentúan, si perseveran, conducirían a la catástrofe final.

Continúa...


Notas:

40) Question juive, p. 9, an. 1868.

41) Cuando, por orden de Mons. Bruillard y en presencia de los dos vicarios generales de Grenoble, del Sr. canónigo Taxis y del Sr. Dausse, ingeniero civil, Melania escribió su secreto para que fuera enviado al Papa Pío IX, preguntó el significado de la palabra infaliblemente y la ortografía de la palabra anticristo.

42) Es sabido que la liberación de la humanidad y la fraternidad universal son las dos contraseñas de la masonería.

43) Una palabra muy significativa de Nuestro Señor JESUCRISTO parece favorecer la opinión acreditadísima de que el anticristo sería el mesías esperado y aclamado por los judíos: “Pues yo vine en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere de su propia autoridad, a aquél le recibiréis”. Joan. V, 43.

44) En su número del 7 de enero de 1899, la Croix refería esta palabra de un judío: 

“Es nuestro imperio que se prepara; es el que llamáis anticristo, el judío temido por vosotros, que aprovechará todos los nuevos caminos para hacer rápidamente la conquista de la tierra”.


 

En revolución (XII)  


6 DE ABRIL: SAN CELESTINO, PAPA


6 de Abril: San Celestino, Papa

(✞ 432)


El glorioso celador de la dignidad de la Madre de Dios, San Celestino, primero de este nombre, fue hijo de Prisco, romano, y nació en Campana, que es tierra de Nápoles.

Habiendo resplandecido a los ojos de todos por sus virtudes y sabiduría le consagraron Obispo de Ciro, en Siria y le honraron con el título de Cardenal de la Iglesia de Roma y después, por muerte de Bonifacio primero, fue elegido con universal aplauso, Vicario de nuestro Señor Jesucristo en la tierra.

Este fue el santo Pontífice que envió al glorioso San Patricio a Irlanda, para que convirtiese aquellas gentes ciegas a la fe de Cristo, lo cual hizo San Patricio, con tan maravilloso suceso, que mereció ser llamado Apóstol de aquella nación.

Por este tiempo se quitó la máscara el diabólico hereje Nestorio, el cual con boca sacrílega negaba la unión hipostática del Verbo eterno con la naturaleza humana en las entrañas de la purísima Virgen, y juntamente afirmaba que esta serenísima Reina de los ángeles no había concebido y dado a luz a un hombre que juntamente era Dios, sino a un hombre puro; y que así no se había de llamar Madre de Dios, si no Madre de Cristo, en quién reconocía y confesaba dos personas divina y humana, poniendo en estas tanta distinción como en las naturalezas.

Contra este Luzbel que trajo su error, el cielo trajo a este ángel que fue San Celestino, el cual mandó que se celebra en el año cuatrocientos treinta y uno el Concilio general de Éfeso, que fue el tercero de los ecuménicos, donde asistió como legado apostólico el glorioso Doctor y Patriarca San Cirilo.

Así fue condenada y anatematizada la herejía de Nestorio, y al ser llamado, no quiso comparecer ante el Concilio, ni retractarse, fue depuesto de la Cátedra de Constantinopla y recluido en el monasterio de san Eupredio de Antioquía, donde acabó miserablemente su vida, llenándosele de gusanos aquella lengua que tanto había blasfemado contra la Madre de Dios.

Entonces añadió la Iglesia, como artículo de fe, a la oración angélica aquellas palabras: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros” y el pueblo con luminarias y regocijos, sostuvo la definición dogmática del más excelso título de Nuestra Señora.

Finalmente, habiendo el santo pontífice Celestino logrado del emperador Teodosio que hiciese leyes para la observancia de las fiestas, y edificado y enriquecido muchos templos de Roma con gran magnificencia, a los ocho años de su Pontificado descansó en la paz del Señor.


domingo, 5 de abril de 2026

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (97)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


97. La llamada de Mateo (47).
4 de febrero de 1945.

1 Una vez más la plaza del mercado de Cafarnaúm, pero en una hora de mayor calor en que el mercado ha terminado ya y sólo hay algunas personas ociosas hablando y unos niños entregados al juego.
Jesús, en medio de su grupo, viene del lago hacia la plaza, acariciando a los niños que le salen al paso e interesándose por sus confidencias.
Una niña enseña un gran arañazo sangrante en la frente y acusa a su hermanito de habérselo hecho.
“¿Por qué has hecho daño a tu hermana? Eso no está bien”.
“No lo he hecho adrede. Quería coger esos higos. He tomado un palo, pero era demasiado pesado y se me ha caído encima de mi hermana... Los cogía también para ella”.
“¿Es verdad eso, Juana?”.
“Es verdad”
“Como puedes ver, tu hermano no te ha querido hacer daño. Es más, quería darte una satisfacción. Por lo tanto, hacéis ahora inmediatamente las paces y os dais un beso. Los buenos hermanitos y los niños buenos no deben conocer nunca el rencor. ¡Venga!...”.
Los dos niños, llorando, se besan. Lloran los dos: la una por el dolor del arañazo; el otro, por el dolor de haber causado dolor.
Jesús sonríe ante ese beso sazonado de lagrimones. 
“¡Eso es! Ahora que veo que sois buenos, os alcanzo los higos... sin el palo”.
¡Claro! Siendo alto, y con un brazo tan largo, llega sin esfuerzo. Coge y distribuye.
Acude una mujer: “Coge, coge, Maestro. Ahora te traigo pan”.
“No. No es para mí. Es para Juana y Tobiolo. Les apetecía”
“¿Y habéis molestado al Maestro por esto? ¡Qué indiscretos! Perdona, Señor”.
“Mujer, había una paz que hacer... y la he hecho con el objeto mismo de la guerra: los higos. No obstante, los niños no son nunca indiscretos. A ellos les gustan los higos dulces, y a mí... me gustan sus dulces almas inocentes. Me quitan mucha amargura...”.
“Maestro... los que no te quieren son los potentados, pero en cambio nosotros, el pueblo, te queremos; y ellos son pocos, mientras que nosotros somos muchos...”.
“Ya lo sé, mujer. Gracias por tu consuelo. La paz sea contigo. Adiós, Juana. Adiós, Tobiolo. Sed buenos; sin haceros el mal y sin deseároslo. ¿No es verdad?”.
“Sí, sí, Jesús” responden los dos pequeñuelos.

2 Jesús se pone en camino y dice sonriendo: “Ahora que con la ayuda de los higos donde había nubes se ha restablecido la calma, vamos a... ¿A dónde decís que vamos?”.
Los apóstoles no lo saben; unos dicen un lugar, otros otro. Pero Jesús niega meneando la cabeza y ríe.
Pedro dice: “Me rindo. A menos que nos lo digas... Hoy tengo ideas pesimistas. Tú no le has visto, pero al desembarcar estaba Elí, el fariseo... con una cara más larga que de costumbre. ¡Y nos miraba de una forma...!”.
“Déjale que mire”.
“¡Ya! ¡Claro! Pero te aseguro, Maestro, que para hacer las paces con ese no son suficientes dos higos”.
“¿Qué es lo que le he dicho a la madre de Tobiolo?: "He hecho la paz con el mismo objeto de la guerra". Así, trataré de hacer la paz saludando respetuosamente, supuesto que según ellos he ofendido a las personas importantes de Cafarnaúm; así, además, algún otro se sentirá contento”.
“¿Quién?”.
Jesús no responde a la pregunta y continúa diciendo: 
“Probablemente no lo lograré, porque falta en ellos la voluntad de establecer la paz; pero, escuchad: si en todos los litigios el más prudente supiera ceder y, en lugar de empeñarse en llevar razón, tratase de conciliar, aunque fuera dividiendo por la mitad lo que –voy a ponerme en este caso– le perteneciera por derecho, el resultado siempre sería mejor y más santo. No siempre uno hace un daño con intención de hacerlo; hay veces que lo hace sin querer. Pensad siempre esto, y perdonad. Elí y los otros creen servir a Dios con justicia actuando como actúan. Con paciencia y constancia, mucha humildad y delicadeza, trataré de persuadirlos de que ha llegado un tiempo nuevo y de que Dios, ahora, quiere ser servido según lo que Yo enseño. La astucia del apóstol es su delicadeza; su arma, la constancia; su éxito está en el ejemplo y la oración en favor de los que van camino de convertirse”.

3 Ya han llegado a la plaza. Jesús va derecho hacia el banco de las tasas, donde Mateo está haciendo sus cuentas y controlando si corresponden con las monedas (las cuales divide por categorías, metiéndolas en saquitos de distinto color y colocando éstos en un arca de hierro). Dos siervos esperan para transportar el arca a otro lugar.
En el preciso momento en que la sombra proveniente del alto cuerpo de Jesús se extiende sobre el banco, Mateo alza la cabeza para ver quién es el retardatario que viene a pagar. Pedro, mientras tanto, dice, tirando a Jesús de una manga: 
“No hay nada que pagar, Maestro. ¿Qué haces?”.
Pero Jesús no le hace caso. Mira fijamente a Mateo –el cual se ha puesto en pie inmediatamente con un acto reverente–. Otra mirada perforadora no obstante, ya no se trata de la mirada del juez severo de la otra vez; es una mirada de llamada y de amor. Le envuelve, le satura de amor, Mateo se pone colorado, no sabe qué hacer, qué decir…
“Mateo, hijo de Alfeo, ha llegado la hora. Ven. ¡Sígueme!” impone Jesús majestuosamente.
“¿Yo? Maestro, ¡Señor! ¿Pero sabes quién soy? Lo digo por ti, no por mí...”.
“Ven, sígueme, Mateo, hijo de Alfeo” repite más dulce.
“¡Oh!, ¿cómo puedo haber encontrado gracia ante Dios? Yo... Yo...”.
“Mateo, hijo de Alfeo, Yo te he leído el corazón. Ven, sígueme”. La tercera invitación es una caricia.
“¡Enseguida, mi Señor!”. Mateo, llorando, sale de detrás del banco, sin ni siquiera ocuparse de recoger las monedas esparcidas encima, ni de cerrar el arca; nada.
“¿A dónde vamos, Señor?” pregunta ya junto a Jesús. “¿A dónde me llevas?”.
“A tu casa. ¿Quieres recibir en ella al Hijo del hombre?”.
“¡Oh!... pero... pero ¿qué dirán los que te odian?”
“Yo escucho lo que se dice en el Cielo, y allí se dice: "¡Gloria a Dios por un pecador que se salva!", y el Padre dice: "Eternamente la Misericordia se alzará en los Cielos y se cernirá sobre la Tierra, y, puesto que con un eterno amor, con un perfecto amor, Yo te amo, también contigo uso misericordia". Ven. Y que yendo Yo a tu casa ésta se santifique además de tu corazón”.
“Ya la había purificado, por una esperanza que tenía en mi alma... que, no obstante, la razón no podía creer verdadera... ¡Oh, yo con tus santos...!” y mira a los discípulos.
“Sí, con mis amigos. Venid. Os uno. Sed hermanos”
Los discípulos están hasta tal punto estupefactos, que todavía no han encontrado la forma de decir palabra. Caminan en grupo, detrás de Jesús y Mateo, por la plaza toda sol y ya absolutamente vacía de gente y por un breve trecho de calle que arde bajo un sol cegador; no hay ser vivo alguno por las calles, sólo sol y polvo.

4 Entran en casa. Una hermosa casa, con un amplio portal que da a la calle. Un bonito atrio umbroso y fresco, más allá del cual se ve un vasto patio dispuesto como un jardín.
“Entra, Maestro mío. Traed agua y bebidas”
Los criados vienen con ello. Mateo sale a dar las correspondientes órdenes mientras Jesús y los suyos se refrescan. Luego vuelve.
“Ven, Maestro; la sala es más fresca... Ahora vendrán amigos ... Quiero que se haga una gran fiesta. Es mi regeneración... La mía ... ésta es mi circuncisión verdadera... Tú me has circuncidado el corazón con tu amor... Maestro, será la última fiesta... No más fiestas para el publicano Mateo, no más fiestas de este mundo... únicamente la fiesta interior de ser redimido y de servirte a ti... de ser amado por ti... ¡Cuánto he llorado, cuánto, en estos meses!... Hace ya casi tres meses que lloro... No sabía cómo hacer... quería ir... más, ¿cómo ir a ti, que eres Santo, con mi alma sucia?...”.
“La estabas lavando con el arrepentimiento y con la caridad hacia mí y hacia el prójimo. ¿Pedro? Ven aquí”.
Pedro, que de lo asombrado que está aún no ha hablado, se acerca. Los dos hombres, de la misma, más bien avanzada edad, de baja estatura, robustos, están uno frente al otro; y Jesús, entre el uno y el otro, sonriente, hermoso.
“Pedro, muchas veces me has preguntado quién era el desconocido de la bolsa que traía Santiago; hele aquí, le tienes frente a ti”.
“¿Quién? Este lad... ¡Perdona, Mateo! ¿Quién podía pensar que eras tú, que precisamente tú, nuestra desesperación –por tu usura–, fueras capaz, de arrancarte todas las semanas un pedazo de corazón, dando ese rico óbolo?”.
“Sé que os he tasado injustamente. Ved, yo me arrodillo ante todos vosotros y os digo: ¡no me arrojéis de vuestra presencia! El me ha acogido, no seáis más que Él en la severidad”.
Pedro, que se encuentra a Mateo a sus pies, le levanta improvisamente, a pulso, brusca y afectuosamente: “¡Vamos! ¡vamos! Ni a mí ni a los demás. Pídele perdón a Él. Nosotros... ¡bueno hombre!, más o menos somos todos ladrones como tú... ¡Ay! ¡Lo he dicho! ¡Maldita lengua! Es que yo estoy hecho así: lo que pienso, lo digo; lo que tengo en el corazón, lo tengo en los labios. Ven. Vamos a hacer un pacto de paz y de amor” y besa en las mejillas a Mateo.
También lo hacen los demás, con mayor o menor afecto. Digo esto porque Andrés se muestra reservado, por su timidez, y Judas Iscariote como un témpano de hielo (da la impresión, a juzgar por lo antipático y breve que es su abrazo, que estuviera abrazando a un haz de reptiles).

5 Mateo oye ruido y sale.
“No obstante, Maestro –dice Judas Iscariote– me parece que esto no es prudente. Ya te acusan los fariseos de aquí, y Tú... ¡Un publicano entre los tuyos! ¡Primero una meretriz y luego un publicano!... ¿Has decidido destruirte? Si es así, dilo, que...”.
“Que nosotros nos vamos, ¿verdad?” termina Pedro irónico.
“¿Quién está hablando contigo?”.
“Sé que no hablas conmigo, pero yo en cambio sí que hablo con tu señora alma, con tu purísima alma, con tu sabia alma. Ya sé que tú, miembro del Templo, sientes hedor de pecado en nosotros, pobrecillos, que no somos del Templo. Ya sé que tú, judío de pies a cabeza, amalgama de fariseo, saduceo y herodiano, medio escriba y con una pizca de esenio –¿quieres otras nobles palabras?– te sientes mal entre nosotros, como un espléndido sábalo caído por azar en una red llena de jureles. ¡Qué vas a hacerle! El nos ha tomado consigo y nosotros... nos quedamos. Si te sientes mal... vete tú. Respiraremos mejor todos; incluso Él, que, ¿lo ves?, está disgustado por mí y por ti; por mí, porque me falta paciencia y… sí, también caridad, pero más contigo, que no entiendes nada, a pesar de toda tu retahíla de nobles atributos, y que no tienes caridad, ni humildad, ni respeto. No tienes nada, muchacho; sólo una gran vanidad... y quiera Dios que sea inocua”.
Jesús ha dejado que Pedro hablase, permaneciendo erguido en pie, severo, con los brazos cruzados, la boca bien apretada y los ojos... poco recomendables. Al final, dice: 
“¿Has dicho todo, Pedro? ¿Tú también has purificado tu corazón del fermento que había dentro? Bien has hecho. Hoy es Pascua de Ácimos para un hijo de Abraham. La llamada del Cristo es como la sangre del cordero sobre vuestras almas, y donde aquélla se encuentra ya no descenderá la culpa. No descenderá si el que la recibe es fiel a ella. Mi llamada es liberación y debe festejarse sin ningún tipo de fermento”.
A Judas, ni una palabra. Pedro se calla avergonzado.
“El huésped vuelve –dice Jesús–, y con amigos; no le mostremos sino virtud. Quien no sea capaz de tanto, que salga. No seáis como los fariseos, que oprimen con imposiciones que ellos son los primeros en no observar”.

6 Entra Mateo con otros hombres y comienza el banquete. Jesús está en el centro, entre Pedro y Mateo. Hablan de muchas cosas, y Jesús, con paciencia, explica a éste o a aquél cuanto desean. No faltan quejas respecto a los despreciadores fariseos.
“Bueno, pues acercaos a quien no os desprecie, y actuad de modo que al menos los buenos no puedan despreciaros” responde Jesús.
“Tú eres bueno. ¡Pero estás solo!”.
“No. Estos son como Yo, y además... está el Padre Dios que ama a aquel que se arrepiente y que quiere volver a ser amigo suyo. Aunque al hombre le faltaran todas las cosas, si le quedara el Padre, ¿no sería ya plena su alegría?”.
El banquete está ya a los dulces cuando un siervo hace una señal al dueño de la casa y le dice algo.
“Maestro, Elí, Simón y Joaquín solicitan entrar y hablarte. ¿Los quieres ver?”.
“Claro”.
“Pero... mis amigos son publicanos”.
“Y ellos vienen para ver exactamente esto. Dejemos que lo vean. No sería útil esconderlo; no lo sería para el bien, porque el mal agrandaría el episodio hasta decir que aquí había también meretrices. Que entren”.

7 Entran los tres fariseos. Miran a su alrededor con una risa maliciosa y hacen ademán de querer empezar a hablar, pero Jesús, que se ha levantado y ha ido a su encuentro junto con Mateo, se les adelanta. Pone una mano sobre el hombro de Mateo y dice: 
“Yo os saludo, verdaderos hijos de Israel, y os doy una gran noticia que, sin duda, alegrará vuestro corazón de perfectos israelitas. Vosotros deseáis ardientemente que la Ley sea observada por todos los corazones para dar gloria a Dios. Pues aquí tenéis a Mateo, hijo de Alfeo; desde hoy ya no es el pecador, el escándalo de Cafarnaúm. Una oveja sarnosa de Israel se ha curado. ¡Alegraos! Tras él otras ovejas pecadoras se curarán, y vuestra ciudad, por cuya santidad tanto os interesáis, vendrá a ser, como santa, grata al Señor. Él deja todo para servir a Dios. Dad el beso de paz al israelita descarriado que vuelve al seno de Abraham”.
“¿Y retorna con los publicanos? ¿En alegre banquete? ¡Ciertamente, es una conversión propicia! Mira allí, Elí: aquél es Josías, el buscador de hembras”.
“Y aquél, Simón de Isaac, el adúltero”.
“¿Y aquél? Azarías, el dueño de la casa de juego, en la que romanos y judíos juegan, altercan, se emborrachan y buscan mujeres”.
“Pero bueno, Maestro. ¿Sabes al menos quiénes son éstos? ¿Lo sabías?”.
“Lo sabía”.
“Y entonces vosotros, vosotros de Cafarnaúm, vosotros, discípulos, por qué lo habéis permitido? ¡Me sorprende, Simón de Jonás!”.
“¡Y tú, Felipe, conocido también aquí, y tú, Natanael! ¡No salgo de mi asombro! ¡Tú, verdadero israelita! ¿Cómo es que has permitido que tu Maestro comiera con los publicanos y los pecadores?”.
“¿No existe ya el recato en Israel?” –se los ve a los tres completamente escandalizados–.
Jesús dice: “Dejad en paz a mis discípulos. Yo lo he querido, Yo solo”.
“¡Claro!, ¡lógico! Cuando uno quiere meterse a santo sin serlo, cae en seguida en errores imperdonables”.
“Y cuando se educa a los discípulos al no respeto –todavía me quema la carcajada irreverente que me soltó, a mí, Elí el fariseo, éste, judío y del Templo– no se puede sino no tener respeto por la Ley. Se enseña lo que se sabe”.
“Te equivocas, Elí; os equivocáis todos. Se enseña lo que se sabe, es cierto. Y Yo, que sé la Ley, se la enseño a quien no la sabe; por lo tanto, a los pecadores. Yo sé que vosotros ya sois dueños de vuestra alma. Los pecadores no lo son. Yo busco de nuevo su alma, se la doy de nuevo, para que a su vez me la traigan en el estado en que se encuentra: enferma, herida, sucia, para que Yo la atienda y limpie. Para esto he venido. Son los pecadores quienes tienen necesidad del Salvador, y Yo vengo a salvarlos. Comprendedme... y no me odiéis sin motivo”.
Jesús se manifiesta dulce, persuasivo, humilde... Los tres fariseos, por el contrario, son como tres híspidos cardos todo aguijones... y salen con actitudes de disgusto.
“Se han ido... Ahora irán criticándonos por todas partes” murmura Judas Iscariote.
“¡Déjalos! Procura sólo que el Padre no tenga que criticarte. Mateo, no te sientas avergonzado; ni vosotros, amigos suyos. La conciencia nos dice: "No estáis haciendo nada malo". Es suficiente”.
Jesús vuelve a sentarse en su lugar y todo termina.

Continúa...

Nota:

47) Cfr. Mt. 9, 9–11; Mc. 2, 13–17; Lc. 5, 27–32