sábado, 12 de septiembre de 2026

LA MUERTE DE LA “AMIGA PERSONAL” DE BERGOGLIO

Emma Bonino, la “queridísima amiga” de Jorge Bergoglio, estuvo involucrada en el asesinato de miles de bebés por abortos ilegales, algunos incluso realizados en su departamento.

Por el Prof. Martino Mora


Emma Bonino fue una feminista radical. Lo quisiera o no, su imagen pública quedó indisolublemente ligada a tres hombres.

El primero es Marco Pannella: su mentor —una figura casi al estilo de Pigmalión— y líder de su partido durante décadas.

El segundo es George Soros, quien, al menos durante los últimos veinte años, ha sido abiertamente el principal financiador de sus actividades políticas.


El tercero es Jorge Mario Bergoglio, quien la ha elogiado públicamente y se ha reunido con ella en numerosas ocasiones.

Es un trío que dice mucho.

Liberal, defensora del libre mercado, libertina y libertaria —términos que Pannella empleaba para definir a los radicales—, Emma Bonino fue el símbolo mismo del movimiento a favor del aborto en Italia; según ella misma reconoció, participó en esta práctica de manera ilegal, primero como paciente y más tarde como proveedora de abortos. Sin embargo, naturalmente, fue mucho más que eso.

Feminista, defensora de la eutanasia y de la agenda homosexual —y, naturalmente, una fanática de las vacunas durante la plandemia—, fue también una ferviente partidaria de la inmigración masiva, promotora del mestizaje (y, por ende, profundamente admirada por Bergoglio, quien la aclamó como “una gran italiana”). 

Partidaria de la teoría del "Gran Reemplazo", enemiga de la familia y de todo orden natural y civil, y siempre favorable tanto al caos como al gran capital, buscaba vaciar las cárceles del mismo modo que pretendía vaciar las cunas. También abogó por la legalización de las drogas.

Los Radicales —incluso en Italia— introdujeron el concepto de “derechos civiles” basado en el modelo anglosajón. Ahí reside su importancia decisiva.

También adoptaron el modelo anglosajón de una “sociedad abierta” compuesta por átomos consumistas y flotantes —esencialmente intercambiables— dedicados exclusivamente a fines económicos y hedonistas, al tiempo que rechazaban cualquier concepción cristiana trascendente de lo sagrado o cualquier sentido del deber comunitario. Exigían constantemente “derechos”, particularmente aquellos relacionados con la esfera situada por debajo de la cintura.

Es la antropología materialista del “Último Hombre”, reducido a átomos —pero también reducido a bestia, a pura animalidad— que se cree su propio dios.

Puro nihilismo, que lamentablemente se ha convertido hoy en un fenómeno de masas. El triunfo de la ignorancia espiritual.

Fanática pro Unión Europea, partidaria de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en política exterior, partidaria de las “guerras humanitarias” en los Balcanes y Oriente Medio y de las “Primaveras Árabes” en el norte de África, además de sionista radical (aunque últimamente se había vuelto extrañamente hostil hacia Netanyahu), Emma Bonino encarnaba el globalismo en su estado más puro. El globalismo de las plutocracias.

Favorecida por Berlusconi debido a sus posturas liberales y de libre mercado, y respaldada por la izquierda como arquitecta panerótica (*) de la subversión de las costumbres sociales, ocupó altos cargos a pesar de contar con escaso apoyo electoral

Era, obviamente, muy amada —no sólo por los Estados Unidos y la burocracia de Bruselas, sino también por el variopinto grupo de artistas y figuras del mundo del espectáculo—, pues ella misma era parte integrante del sistema orgiástico-mercantil que los engendró

Meloni ya ha propuesto un “funeral de Estado” para despedir a Bonino. Resulta apropiado. Un país y una civilización que se detestan a sí mismos —con fronteras perforadas, caos en las calles y cunas vacías— solo pueden encumbrar a la mujer que presidió este suicidio colectivo.
 

(*) Panerotismo: Atracción erótica, deseo o placer hacia cualquier persona, objeto o manifestación del entorno, sin límites impuestos por el género, el sexo biológico o las normas tradicionales de la atracción.

EL NUEVO DOCUMENTO DEL VATICANO DENOMINA A LA SAGRADA EUCARISTÍA “ESCUELA DE ECOLOGÍA”

¡Es la temporada… de la creación!

Por Novus Ordo Watch


En la falsa Iglesia "católica" del concilio Vaticano II, el mes de septiembre gira en torno al medio ambiente, el planeta, la ecología, a lo que cariñosamente llaman "nuestra casa común".

Ciertamente, la creación es algo bueno, un hermoso regalo de Dios: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 18:2). Es justo que la apreciemos y la cuidemos. Pero también es cierto que, después de crear a Adán y Eva, Dios les dijo: “Múltiplénense y llenen la tierra, sométanla y dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:28).

A raíz de la caída, el pecado se introdujo en el mundo, y con él, la concupiscencia. Por su naturaleza caída, el hombre tiene cierta propensión al pecado, una inclinación que dificulta el cumplimiento de la ley de Dios y facilita su transgresión. Si bien la concupiscencia no le quita el libre albedrío, lo inclina a cometer actos ilícitos, a omitir los que se le exigen y a excederse en los que son lícitos. Por ejemplo, es bueno y apropiado, incluso necesario, alimentarse; pero el glotón suele comer mucho más de lo necesario, por el mero placer de hacerlo, quizás hasta el punto de perjudicar gravemente su salud.

La concupiscencia también afecta la subyugación del hombre sobre la tierra. Como todos los actos humanos, esto también es un asunto de teología moral, y se aplican los mismos principios. Pero incluso en el cuidado del medio ambiente, el hombre puede caer en los extremos. Esto sucede, por ejemplo, cuando se tratan supuestos datos científicos como si fueran dogma (en italiano aquí), o cuando se actúa como si el propósito último de la humanidad residiera en la vida natural en la tierra.

La obsesión del Vaticano con las preocupaciones terrenales

Con la publicación de la encíclica Laudato Si' del "papa Francisco" en 2015, la falsa iglesia del concilio Vaticano II añadió un ecologismo exagerado a su agenda apóstata. Desde entonces, la nueva iglesia se ha obsesionado con los temas ecológicos, como lo demuestra su constante y excesiva atención al medio ambiente, el clima y cuestiones afines.

Por ejemplo, el Vaticano ha aprovechado cada oportunidad para recordar continuamente la importancia de Laudato Si'. El mismo año de su publicación, Francisco estableció el 1 de septiembre como el “Día Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación”, que da inicio a un “Tiempo de la Creación” de cinco semanas que se extiende del 1 de septiembre al 4 de octubre de cada año. En 2016, Francisco incluso declaró el “cuidado de la creación” como una nueva “obra de misericordia” y barajó seis nuevas “bienaventuranzas”: “Bienaventurados los que protegen y cuidan la casa común” fue una de ellas, y esto no es ninguna novedad.

Luego, se realizaron conmemoraciones especiales por el tercer, quinto y décimo aniversario de la encíclica Laudato Si', respectivamente. En 2019, Francisco presidió un escandaloso Sínodo sobre la Amazonía y, posteriormente, emitió una exhortación apostólica postsinodal llamada Querida Amazonia. En 2023, el mismo falso papa publicó otra exhortación, Laudate Deum, “sobre la crisis climática”.

En 2025, el "papa" León XIV hizo un gran espectáculo bendiciendo un trozo de hielo glacial traído de la costa de Groenlandia —quién sabe cuánto carbono se emitió a la atmósfera para organizar eso, logísticamente hablando— en la conferencia del Vaticano "Brindando esperanza para la justicia climática" , un evento en el que también participó Arnold Schwarzenegger. Ese es el mismo Schwarzenegger que, como gobernador de California (2003-2011), solía viajar diariamente en jet privado para no tener que mudarse de Los Ángeles a Sacramento.


Para demostrar aún más la obsesión del Vaticano con la "agenda verde", tan apreciada por los laicistas de diversas tendencias, especialmente por las Naciones Unidas, aquí les presentamos una recopilación (muy incompleta) de enlaces a publicaciones que hemos escrito sobre este tema a lo largo de los años:

“Madre Tierra”: Exposición profana en catedral católica en Irlanda

León XIV preside un ritual neopagano del agua y bendice el hielo glacial.

Francisco firma una declaración interreligiosa sobre la acción climática: “Predicar la danza del equilibrio y la armonía”


Activista del movimiento climático "católico": Cristo no vino a redimirnos, sino a crear el cielo en la Tierra.

Tres cardenales del Novus Ordo asisten a una ceremonia de culto pagano sincrético en Panamá.

Dale a Gaia lo que es de Gaia? El Vaticano emite una moneda de la 'Madre Tierra'.

El anti papa Bergoglio participó en un ritual pagano en el Vaticano

Bergoglio: El coronavirus es la "venganza" de la naturaleza, un "berrinche" y un "grito" pidiendo ayuda.

Francisco publica un libro sobre “Nuestra Madre Tierra”.

Bergoglio llora por el glaciar derretido de Islandia.

Francisco: Mensaje con motivo de la "jornada mundial de oración por la creación".

¿Mensaje oculto en el espectáculo de luces del Vaticano?

Podría decirse que este palabrerío climático ecologista le ha dado a la nueva iglesia una tarea, algo que hacer, algo por lo que preocuparse, ya que la salvación de las almas claramente ya no es una preocupación seria. Además, al ser la naturaleza y el clima un asunto global, este tema se presenta como un vehículo conveniente para impulsar la agenda de apostasía del Vaticano poscatólico, pues invita a la colaboración con toda la humanidad, independientemente de la religión o las creencias. Esto es perfecto para practicar un mayor ecumenismo y diálogo interreligioso.

La preocupación por el planeta se ha convertido, al menos de facto, en una especie de religión sustituta para aquellos que se ofenden por la Cruz sobrenatural de Cristo (cf. 1 Cor 1:23; 1 Pe 2:8; Lc 7:23), como Patrick Carolan, por ejemplo, cofundador laico de lo que primero se llamó Movimiento Católico Global por el Clima (desde entonces rebautizado como Movimiento Laudato Si'). Carolan dejó constancia de la siguiente blasfemia herética
:

Mi punto de vista... es [que] Jesús no vino a morir en la Cruz para salvarnos de nuestros pecados. Dios no necesitaba enviar a alguien a morir para salvarnos de nuestros pecados… Entonces, si Él no vino a morir en la Cruz, ¿cuál fue el propósito de la Encarnación? Y el propósito de la Encarnación sería crear el cielo aquí, no ir al cielo, sino crear el cielo aquí. Entonces, en lo que todos deberíamos estar trabajando juntos es en crear el cielo aquíTenemos que alejarnos de esta idea de que estamos aquí para ir al cielo. Estamos aquí para crear el cielo. Y estamos aquí para crear un cielo que incluya a todos nuestros hermanos y hermanas.

(Patrick Carolan, Entrevista en inglés del 11 de abril de 2023 )

Difícilmente se puede encontrar un rechazo más claro a la religión católica romana en favor de una falsa religión ecologista. ¡Esto es una apostasía descarada! Es el sueño marxista-comunista de “un paraíso en la tierra”, envuelto en un manto verde y con una superficial capa de cristianismo. Estas personas no tienen ningún interés en la Cruz de Cristo, salvo quizás como muestra de aprecio por la madera de Oriente Medio.

León reza por el 'Cuidado del Agua'

Más recientemente, León XIV compuso una oración especial para “el cuidado del agua”, como parte de su intención de oración para el mes de septiembre de 2026. Publicada el 2 de septiembre, también sirvió para dar inicio al actual Tiempo de la Creación:

Señor de la Vida,
nos diste el don del agua,
fuente de fecundidad, frescura y esperanza.
Ella calma la sed, fecunda la tierra y limpia las heridas.

Damos gracias,
porque también ella es símbolo de tu gracia y de tu amor
que nos renueva por medio del Bautismo.
Hoy te pedimos que nos enseñes a custodiarla
con gratitud, justicia y responsabilidad.

Te pedimos perdón por haberla convertido en mercancía,
olvidando que es un regalo universal,
un derecho sin fronteras, destinado a todos tus hijos.
Vemos con dolor a tantos hermanos y hermanas
que no tienen agua limpia,
que caminan kilómetros para encontrarla,
que enferman por su escasez.

Que tu Espíritu nos transforme en peregrinos de lo esencial,
capaces de vivir con sobriedad,
denunciando el derroche y la contaminación,
defendiendo el derecho de cada hermano y hermana
a beber sin miedo, sin desigualdad.

Haz que nuestro cuidado del agua
sea un signo de amor al Creador
y un compromiso con la vida de los más pobres,
educando nuevas generaciones que valoren
y protejan los recursos de la Tierra.

Amén.

Así pues, durante el mes que los verdaderos católicos romanos dedican a los Siete Dolores de la Virgen María desde tiempos inmemoriales, los seguidores de la religión del Novus Ordo se dedican a reflexionar sobre la tierra, el viento y el fuego, y sobre el agua, pidiéndole a Dios que los convierta en "peregrinos de lo esencial".

De acuerdo entonces.

Sin duda, el agua es muy importante; todos tenemos que beber. Se podría pensar, con razón, que la mayoría de las personas que viven hoy en día ya lo saben.

Al mismo tiempo, el agua no solo es alegre y positiva. Lo que León no menciona es que también puede usarse como castigo: “Comían y bebían, se casaban y se daban en matrimonio, hasta el día en que Noé entró en el arca; y vino el diluvio y los destruyó a todos” (Lc 17:27); “Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le ataran al cuello una piedra de molino y lo ahogaran en lo profundo del mar” (Mt 18:6).

En cualquier caso, la verdadera pregunta es por qué garantizar el acceso a agua potable para todos debería ser una preocupación primordial para el hombre que supuestamente es el Papa.

Después de todo, el Papa, como tal, es el Vicario del Dios-Hombre que declaró: “Todo aquel que beba de esta agua [natural] [del pozo], volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4,13-14). Esto fue prefigurado con la roca en el desierto: “…y golpearás la roca, y de ella saldrá agua para que beba el pueblo” (Ex 17,6); pues, como explica san Pablo, “…bebieron de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor 10,4).

Sin el agua viva y espiritual de la gracia santificante, beber toda el agua natural del mundo no nos servirá de nada. Porque, en última instancia, “solo entra en el estómago y luego se desecha” (Mt 15:17). Además, poco después de saciarnos, volvemos a tener sed. Esto se aplica a todo alimento terrenal: “No trabajen por el alimento que perece, sino por el que permanece para vida eterna, el cual les dará el Hijo del Hombre. Porque a este lo ha sellado Dios el Padre” (Jn 6:27).

Este es el “agua” que principalmente debería preocupar a León XIV, si fuera Papa, no aquella que hace que la gente vuelva a sentir sed. De hecho, cuando Nuestro Señor le confirió el Papado a San Pedro, lo hizo con estas palabras: “Apacienta mis corderos” y “Apacienta mis ovejas” (véase Jn 21,15-17). Un verdadero Papa proporciona un auténtico alimento espiritual: “El Papa tiene las promesas divinas; incluso en sus debilidades humanas, es invencible e inconmovible; es el mensajero de la verdad y de la justicia, el principio de la unidad de la Iglesia; su voz denuncia los errores, las idolatrías, las supersticiones; condena las iniquidades; hace amar la caridad y la virtud” (Papa Pío XII, Discurso Ancora Una Volta, 20 de febrero de 1949), no piedras ni serpientes, pues sabe que sus hijos necesitan leche, pan, pescado y carne (cf. Mt 7,9-10; 1 Cor 3,2; Heb 5,12).

Buscad primero el Reino de Dios

En su Sermón de la Montaña, nuestro amado Redentor también enfatizó la importancia de subordinar las preocupaciones temporales legítimas a las que son eternas:

No os preocupéis, pues, diciendo: “¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos?”. Porque los paganos buscan todas estas cosas. Vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas ellas. Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.

(Mateo 6:31-33)

En otras palabras: no te preocupes demasiado por tus necesidades corporales. Tu principal interés debe ser llevar una vida santa, y entonces tus necesidades diarias se cubrirán, porque el Dios que te exige santidad (véase Lev 19:2; Mt 5:48) se asegurará de que no te falte lo básico.

Si bien el cuidado de “nuestra casa común” natural es legítimo hasta cierto punto, no debemos perder de vista que, al haber sido corrompida por el pecado (véase Rom 8:21-22), está destinada a la destrucción (véase 2 Pe 3:10; cf. Apoc 21:1). Aplicando las enseñanzas del Evangelio de Nuestro Señor, san Pablo nos indica dónde debemos centrar nuestra atención: “Pensemos en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col 3:2); “Pero nuestra ciudadanía está en los Cielos, de donde también esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo” (Fil 3:20).

Como leemos a lo largo del Nuevo Testamento, los apóstoles se preocupaban por extender el Reino de Dios, la Iglesia, y hacer discípulos de todas las naciones, de acuerdo con el mandato que Cristo les había dado (véase Mt 28:19-20). No les interesaba predicar sobre agricultura sostenible, por importante que sea, ni les preocupaba cómo sería el clima décadas después. Después de todo, el Evangelio trata de guiar a los hombres no regenerados a la verdadera fe y a las aguas regeneradoras del bautismo, para que, perseverando en la fe, la esperanza y la caridad hasta el final, alcancen la felicidad eterna en el Cielo. ¡No se trata de construir un paraíso terrenal!

Por eso resulta tan aterrador ver que, en lugar de usar las cosas temporales para elevar la mirada de la gente hacia el Cielo y enseñar al mundo verdades espirituales —que es precisamente lo que hizo Nuestro Señor (por ejemplo, véase Mt 13:3-52; Lc 15)—, el falso papa León XIV, al igual que su igualmente falso predecesor Francisco, hace lo contrario. Usa las cosas espirituales para centrar la atención de todos en las cosas terrenales

De lo sobrenatural a lo natural: cómo Francisco neutraliza el Evangelio mientras parece predicarlo.

Es cierto que estos falsos pastores también enseñan sobre temas espirituales; sin embargo, estas enseñanzas se imparten únicamente a quienes ya creen en el Evangelio. Para todos los demás, se proclama un “evangelio” diferente (cf. Gál 1,8-9): uno sobre la fraternidad, el diálogo, la construcción de la paz, la dignidad y el cambio climático.

Un ejemplo perfecto de esto fue el mensaje de León en la Marcha por la Vida contra la ELA de Chicago el año pasado, donde, en lugar de aprovechar la oportunidad para ayudar a los no católicos a dar un primer paso hacia la salvación de sus almas, el falso papa ofreció un mensaje genérico de que “el amor vence a la muerte”:

León XIV ofrece una espiritualidad recalentada.

Dediquemos un momento a pensar en cuál podría haber sido la intención de oración de León XIV este mes.

En lugar de pedirle a Dios que nos convierta en “peregrinos de lo esencial”, podría haber orado para que todas las personas llegaran a conocer y amar a la Madre de los Dolores, y que a través de sus sufrimientos se sintieran impulsadas a convertirse a su Divino Hijo, Jesucristo, y a su religión, su Reino, su Iglesia: “Hagan todo lo que él les diga” (Jn 2:5).

Incluso si León hubiera querido que el mensaje girara en torno al agua, podría haber utilizado la legítima preocupación por esta necesidad humana esencial como punto de partida para las necesidades espirituales aún mayores del alma: “Como brama el ciervo por las fuentes de agua, así clama por ti, oh Dios, el alma mía” (Salmo 41:2). Tal como hizo Nuestro Señor con la mujer samaritana en el pozo (véase Juan 4), podría haber orientado la necesidad de agua de todos hacia la conciencia de su necesidad de la gracia santificante.

Pero eso no sucedió. Nunca sucede.

Otro documento ecológico más del Vaticano

Lo que ocurrió es que el 2 de septiembre, la Comisión Teológica Internacional (CTI) del Vaticano publicó un extenso documento titulado “Cuidar nuestra casa común: Una respuesta responsable y fraterna al Dios Trinitario”.

El documento fue aprobado por el jefe del Dicasterio para la Destrucción de la Fe, “Su Eminencia” Víctor Manuel Fernández, y su publicación fue autorizada por el “papa” León XIV. Con casi 30.000 palabras en italiano (en el documento original) repartidas en 148 párrafos (más 233 notas al final), su extensión no sorprende.

En cuanto al contenido, uno de los temas más destacados es, sin duda, el concepto de “conversión ecológica”. Curiosamente, este parece ser el único tipo de “conversión” en el que insiste el Vaticano poscatólico en la actualidad. Para lograrlo, no dudan en recurrir a prácticas tan “prohibidas” como el proselitismo, que tanto condenan.

Otro punto significativo es lo que dice el documento con respecto al “pecado ecológico”:

Proponemos definir el pecado ecológico como una acción u omisión contra Dios, contra los demás, la comunidad y el medio ambiente. Es un pecado contra las generaciones futuras y se manifiesta en actos y hábitos de contaminación y destrucción de la armonía del medio ambiente, transgresiones contra los principios de interdependencia y ruptura de las redes de solidaridad entre las criaturas (cf. Catecismo de la Iglesia Católica , 340-344), y contra la virtud de la justicia.

( “Cuidar nuestra casa común: Una respuesta responsable y fraterna al Dios Trinitario)

Aún está por verse la eficacia de la condena del pecado ecológico, considerando que con la publicación de la exhortación Amoris Laetitia en 2016, Francisco inició una revolución en la teología moral que, lógicamente, debe extenderse no solo a cuestiones de sexualidad y amor, sino también a todos los demás temas morales. Por lo tanto, la sofistería contenida en el documento, destinada a excusar el pecado sexual, podrá utilizarse ahora para minimizar las ofensas ecológicas.

Quizás la parte más escandalosa del nuevo documento ecológico del Vaticano sea lo que dice sobre el Santísimo Sacramento del Altar, la Sagrada Eucaristía. Analizaremos dos párrafos completos, comenzando con el nº 107:

107. [Iluminación eucarística]. Este papel del ser humano entre las demás criaturas, y el cumplimiento del plan de Dios, encuentran su inspiración más profunda en la celebración de la Eucaristía: en Cristo, el ser humano ofrece la creación a Dios y, a su vez, implora la bendición de Dios —en Cristo— sobre todas las cosas. De este modo, Cristo es el eje de la maduración del mundo [184]. Solo un mundo en comunión con Dios —unido a Dios en Cristo— puede alcanzar el propósito para el que fue creado y llegar a su plenitud. Esta perspectiva litúrgica dota a la ecología de un profundo significado que conlleva una transformación cultural, social, teológica y religiosa. Supone una invitación a no instar a las personas a respetar la naturaleza únicamente por temor a su destrucción; más bien, el objetivo es fomentar una actitud positiva y proactiva hacia ella. La dimensión teológica-cultural de la ecología implica que proteger la naturaleza no está reñido con su desarrollo. Como custodio y servidor de la creación, el ser humano toma el mundo material en sus manos y lo transforma en algo más que su estado natural, perfeccionándolo al dar continuidad a la obra creadora de Dios. La naturaleza, confiada por Dios a nuestro cuidado, aspira a participar —incluso a través de la acción humana— en el coro de alabanza divina, mientras el cosmos avanza hacia su transformación y plenitud en Cristo.

(“Cuidando nuestra casa común: Una respuesta responsable y fraterna al Dios Trinitario”, nº 107).

Resulta absolutamente asombroso ver la afirmación de que en la Santa Misa, “el ser humano ofrece la creación a Dios y, a su vez, implora la bendición de Dios —en Cristo— sobre todas las cosas”. Pero claro, eso es probablemente lo que les ocurre a las almas tras décadas de exposición a la “presentación de las ofrendas” del Novus Ordo, en lugar del ofertorio católico romano en la Santa Misa.

El Novus Ordo cambia la naturaleza de la ofrenda convirtiéndola en una especie de intercambio de dones entre el hombre y Dios: el hombre trae el pan y Dios lo convierte en "pan de vida"; el hombre trae el vino y Dios lo convierte en una "bebida espiritual".

"Bendito eres, Señor Dios del Universo, porque de tu generosidad hemos recibido el pan (o el vino) que te ofrecemos, el fruto de la tierra (o de la vid) y del trabajo del hombre. Que se convierta para nosotros en el pan de vida (o bebida espiritual)" 

No es necesario comentar la absoluta indeterminación de las fórmulas "pan de vida" y "bebida espiritual", que pueden significar cualquier cosa. El mismo equívoco capital se repite aquí, como en la definición de la Misa: allí, Cristo está presente sólo espiritualmente entre los suyos: aquí, el pan y el vino sólo se cambian "espiritualmente" (no sustancialmente).

(Cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci et al., La intervención de Ottaviani).

Hablar de que la “creación” se ofrece a Dios en la Santa Misa recuerda mucho a las ideas del notorio evolucionista padre Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) , quien en 1923 compuso una blasfema “Misa sobre el Mundo”. Más tarde ese mismo año, escribió al respecto: “Me parece que, en cierto sentido, la verdadera sustancia que se consagra cada día es el desarrollo del mundo durante ese día: el pan simboliza apropiadamente lo que la creación logra producir, el vino (sangre) lo que la creación hace perder en agotamiento y sufrimiento en el curso de su esfuerzo” (Carta del 26 de agosto de 1923; en “Cartas de un viajero” (en inglés aqui). No es de extrañar que el nuevo documento del Vaticano haga referencia a Teilhard, aunque esté un poco oculto, en la nota al pie 184.

Pero la cosa empeora. En el párrafo nº 108 de “Cuidando nuestra casa común” leemos sobre el Santísimo Sacramento como una “escuela de ecología”:

108. [La Eucaristía como escuela de ecologia ]. De la Eucaristía brota una espiritualidad capaz de sostener y alentar la conversión ecológica que necesitamos emprender con tanta urgencia como familia humana (cf. LS 236). En ella reconocemos los dones de Dios en la naturaleza. El intelecto se abre a la transparencia de Dios en la creación. La naturaleza revela su dimensión epifánica intrínseca. Son dones que necesitamos para vivir, empezando por el alimento. Sin embargo, el alimento material adquiere su pleno sentido cuando no se aísla ni se contrapone al alimento que nutre el espíritu. Por ello, una visión meramente instrumental de la creación disminuye nuestra humanidad; nos empobrece. La Eucaristía es un banquete de comunión, una mesa común para compartir. Por lo tanto, construye comunidad. Es imposible celebrar la Eucaristía sin cuidar de los pobres. En la Eucaristía, como comunidad de hermanos y hermanas, reconocemos la meta de la creación y de la historia: dar gloria a Dios mediante la ofrenda —transfigurada por su Espíritu— de los dones que hemos recibido de Él, uniéndonos a la vida de entrega del Señor Jesús. Así, la Eucaristía nos habla de la transformación necesaria para superar el pecado; de la responsabilidad que conlleva el don de la salvación —llevar el mundo creado y a la humanidad a su plenitud escatológica—; nos enseña a valorar adecuadamente toda la creación [185]; nos muestra nuestro lugar personal en el cosmos. Nos enseña que somos comunidad y cómo construir comunidad. Al mismo tiempo, a través de ella, aprendemos a contemplar y alabar a Dios tanto en nuestra labor de transformar la naturaleza como en nuestras relaciones interpersonales. En la Eucaristía se construye y se expresa nuestra relación de dependencia y gratitud hacia Dios —y, en Él, hacia la creación—. 

(“Cuidar nuestra casa común: Una respuesta responsable y fraterna al Dios Trinitario”, n.º 108).

Sí, lo que sea.

Esta tontería ecoespiritual no tiene nada que ver con la verdadera teología católica romana de la Misa y la Sagrada Eucaristía. El propósito por el cual se ofrece el Sacrificio Augusto del Altar a la Santísima Trinidad es cuádruple:

Se ofrece el sacrificio de la Misa

i.    Para adorar a Dios, por lo que la Misa se llama “Sacrificio de Alabanza”;
ii.   Para dar gracias a Dios por su gran gloria y por el beneficio que nos ha concedido, por lo que la Misa se llama “Sacrificio Eucarístico”;
iii.  Para obtener otros beneficios, por lo que la Misa se llama “Sacrificio Imperativo”;
iv.  Para obtener la misericordia de Dios para los vivos, por sus pecados y las penas contraídas, y por las almas detenidas en el Purgatorio, por lo que la Misa se llama “Sacrificio Propiciatorio”.

(Cardenal Peter Gasparri,  The Catholic Catechism [Londres: Sheed & Ward, 1936], nº 390, p. 168)

Esto no es demasiado difícil de entender. Fíjense en que en esta explicación tradicional no se menciona ninguna “dimensión epifánica” de la creación, ni de “escuchar el clamor de la tierra”, ni siquiera de la construcción de la comunidad. Y tampoco se habla de los desempleados.

Cristo no instituyó la Santísima Eucaristía para enseñarnos sobre ecología. La instituyó para permanecer con nosotros, consolarnos y convertirse en “nuestro pan suprasustancial” (Mt 6,11), permitiéndonos participar plenamente en su Divino Sacrificio y santificándonos: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Como el Padre viviente me envió, y yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por mí” (Jn 6,57-58).

El último punto que mencionaremos aquí del nuevo documento del Vaticano es el de la cooperación interreligiosa. El resumen de Vatican News dice:

Como quinta y última relación, la CTI reflexiona sobre la contribución al cuidado de la Creación que ofrecen las diferentes religiones: el judaísmo, el islam, el hinduismo, el budismo, el confucianismo, las religiones africanas y las religiones indígenas de América y Oceanía.

Se presta especial atención a los elementos que tienen más en común: la interconexión de todo lo que existe, el deber de respetar a todos los seres vivos y la responsabilidad humana.

Por lo tanto, “desde el punto de vista de la fe cristiana, las puertas están abiertas a la cooperación interreligiosa en la tarea común de cuidar respetuosamente a toda la Creación, al servicio del florecimiento de la vida y la comunión con el Trascendente, que está en el origen y es el fundamento de toda vida”.

(Isabella Piro, “Care for Creation is a theological question”, Vatican News, 2 de septiembre de 2026)

Los autores de estas líneas deberían recordar ese supuesto “deber de respetar a todos los seres vivos” la próxima vez que maten un mosquito, corten un árbol o pisen una hormiga. ¡La confesión en el Novus Ordo podría volverse mucho más interesante pronto!

Reflexion final

Todo esto está relacionado, incidentalmente, con el ritual de culto a la Pachamama en el que participó el “papa” León XIV —entonces como el “padre” Robert Prevost— en Brasil en enero de 1995. Se llevó a cabo como parte de un congreso teológico sobre la “ecoespiritualidad” agustiniana, que es la teología basura que subyace (y prepara el camino) para Laudato Si' veinte años después:


En efecto, como dice el propio documento: “Todo está conectado” (nº 3).

Mientras León XIV se prepara para visitar Uruguay, Argentina y Perú en noviembre, algunos de sus subordinados ya han hecho una ofrenda a su diosa demoníaca de la tierra:


Vivimos en tiempos completamente absurdos. Probablemente lo mejor sea simplemente “dejar que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 8:22). El Club Prevost puede ocuparse de “todas estas cosas que buscan los paganos” (Mt 6:32). Como señaló el apóstol Juan: “Son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los escucha” (1 Jn 4:5).

Eso lo explica todo.
 

12 DE SEPTIEMBRE: SAN GUIDO, SACRISTÁN


12 de Septiembre: San Guido, sacristán

(✞ 1012)

El glorioso y devotísimo sacristán San Guido o Guidón, fue hijo de padres tan escasos de bienes como ricos en virtudes cristianas y nació en una aldea de Bramante llamada Anderlecht, por lo cual era conocido con el nombre de santo padre de Anderlecht.

Siendo todavía niño, pasó por el pueblo de Lacke que está a media legua de Bruselas, y entrando en una iglesia, estuvo una larga hora en oración muy fervorosa ante el altar de la Virgen Santísima Nuestra Señora; y al verlo el capellán que gobernaba aquella parroquia, le rogó que se quedase para ser monaguillo de la iglesia.

Fueron a aquella iglesia los padres del santo muchachito, y dando su autorización, él comenzó a cumplir desde aquel día con gran devoción las obligaciones de su oficio.

No podía soportar que se manchasen los manteles de los altares con alguna gota de aceite o de cera, y tenía muy aseadas y bien compuestas todas las cosas del templo; porque decía que así habían de estar las del palacio de Dios.

Decía que las campanas eran la voz del Señor que llamaba a los fieles, y que las velas que arden en el altar representaban la vida de los cristianos que debe gastarse toda en servicio y honra de Jesucristo.

Obedecía puntualmente y reverenciaba con gran acatamiento a los sacerdotes; jamás ponía los ojos en rostro de una mujer, y era tan rara su modestia y compostura que cuantos le hablaban y miraban, le veneraban como a un ángel de la iglesia.

Daba a la oración largas horas antes de acostarse y tomaba después breve descanso en el suelo del templo, y lo que recibía para sustentarse, lo repartía en gran parte entre los pobres.

Le sacó de aquel oficio cierto mercader de Bruselas, diciéndole que podría recibir más grandes limosnas si cambiaba el oficio y tomaba parte en los negocios de su casa.

Así lo hizo el santo, y al poco tiempo, bajando por el río en una nave cargada de mercancías; dio en un banco de arena, y queriendo sacar la nave con un largo madero, hizo tanta fuerza, que lo rompió, y le entró una astilla muy dentro del brazo.

Con este mal suceso, volvió a la iglesia, y postrado a los pies de la Virgen, le rogó con muchísimas lágrimas que le sanase; y antes de levantarse de su oración salió por sí misma aquella astilla del brazo.

Después de haber servido algunos años más en aquella iglesia, pasó los últimos siete años de su vida peregrinando a pie a Roma y mendigando, hizo dos veces el viaje a tierra Santa.

Volviendo a Anderlecht entendió que se acercaba su dichosa muerte.

Una noche, se vio resplandecer con una luz muy clara el aposento donde él oraba, y se oyó una voz del cielo que decía:

- Ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor.

Y en aquella hora, pasó el fidelísimo siervo de Dios de esta vida mortal a la eterna.

Reflexión:

La reverencia con que San Guido trató las cosas del templo, y la edificación que daba a todos los fieles, nos enseña el respeto que se debe a la divina Majestad de Dios, que tiene allí su morada. No permitamos, pues, que se le ofenda con irreverencias, faltas de silencio, inmodestias, miradas licenciosas y trajes profanos; y, si es posible, procuremos que los sacristanes y monaguillos que sirven en el templo, sean tales que muevan a devoción como nuestro Santo, a los que los miren.

Oración:

Oh Dios! Que nos alegras en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Guido; concédenos propicio, que los que celebramos su nacimiento para el cielo, imitemos sus virtudes y loables acciones. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

viernes, 11 de septiembre de 2026

EL TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SANTA BERNADETTE SOUBIROUS

Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó en 1933, no por las magníficas apariciones que había presenciado, sino por la sencillez y santidad de su vida.

Por Vitis Vera


Santa Bernadette Soubirous nació el 7 de enero de 1844 y falleció el 16 de abril de 1879, a los 35 años. Su familia era muy pobre: ​​vivían en Boly, cerca del molino que dirigía su padre, molinero, en una habitación de dieciséis metros cuadrados (de cuatro por cuatro lados), una habitación insalubre, una antigua prisión, cuyo aire contribuyó a la grave forma de asma que acompañó a Bernadette durante toda su vida. Era la mayor de siete hermanos; uno de ellos, Justin, murió a los 10 años y los otros dos a muy temprana edad. Su padre, François, falleció en 1871 a los 64 años; su madre, Louise, falleció en 1866 a los 41 años. Bernadette era analfabeta y, siendo aún niña, la enviaron a pastorear ovejas y a trabajar como camarera en la taberna de unos amigos en Bartrés. De baja estatura y siempre enfermiza (también había padecido cólera en su infancia), aparentaba menos edad de la que tenía, e incluso algunos la consideraban con discapacidad intelectual. Sin embargo, su fe era profunda, y su humildad sincera y verdaderamente profunda. A los 14 años, tuvo visiones de la Virgen María en Lourdes. En 1866, para escapar del interés que había despertado a su alrededor, se retiró como monja laica al convento de las Hermanas de la Caridad de Nevers, donde trabajó en la enfermería y como sacristana. Tras unos años, afectada por un tumor en la rodilla derecha (tuberculosis ósea), postrada en cama y agobiada por un dolor intenso, tras aprender a leer y escribir, redactó un testamento espiritual de singular belleza. Su nombre religioso era Hermana Marie Bernarde.

Testamento espiritual de Santa Bernadette Soubirous

Por la miseria de mi madre y de mi padre, por la ruina del molino, por el vino del cansancio, por la oveja sarnosa: ¡gracias, Dios mío! Por la boca de más que yo representaba; por los niños cuidados, por las ovejas atendidas: ¡gracias!

Gracias, Dios mío, por el procurador, por el comisario, por los gendarmes, por las duras palabras de Peyremale. Por los días en que viniste, Virgen María, y por aquellos en que no viniste: no podré agradecértelo como es debido hasta que esté en el Cielo.

Pero por la bofetada que recibí, por las burlas, por los insultos, por quienes me tomaron por loca, por quienes me tomaron por mentirosa, por quienes me tomaron por oportunista: ¡gracias, Señora nuestra!

Por la ortografía que nunca dominé, por la memoria que nunca tuve, por mi ignorancia y mi estupidez: ¡gracias!

¡Gracias, porque si hubiera habido en la tierra una niña más estúpida que yo, la habrías elegido a ella!

Por mi madre, que murió lejos; por el dolor que sentí cuando mi padre, en lugar de abrir los brazos a su pequeña Bernadette, me llamó Sor María Bernarda: ¡Gracias, Jesús!

Gracias por inundar de amargura este corazón —demasiado tierno— que me diste. Por la Madre Giuseppina, que me declaró “buena para nada”: ¡Gracias! Por el sarcasmo de la maestra de novicias, su voz áspera, sus injusticias, sus burlas y por el pan de la humillación: ¡Gracias!

Gracias por ser aquella a quien la Madre Teresa podía decir: “Nunca dejas de causar problemas”.

Gracias por ser la señalada para las reprimendas, de quien mis hermanas decían: “Qué suerte no ser como Bernadette”.

Gracias por ser Bernadette —amenazada con la cárcel por haberte visto, ¡Santísima Virgen!; observada por la gente como si fuera una bestia rara; aquella Bernadette tan insignificante que, al verla, la gente decía: “¿Es ésta la que...?”.

Por este cuerpo miserable que me diste; por esta enfermedad de fuego y humo; por mi carne en descomposición; por mis huesos que se pudren; por mis sudores; por mi fiebre; por mis dolores sordos y agudos:¡Gracias, Dios mío!

Por esta alma que me diste; por el desierto de la sequedad interior; por Tu noche y Tus destellos de luz; por Tus silencios y Tus rayos; por todo —por Ti, ausente y presente—: ¡Gracias! ¡Gracias, oh Jesús!

Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó en 1933, no por las magníficas apariciones que había presenciado, sino por la sencillez y santidad de su vida. En la primera exhumación, realizada en 1909 —treinta años después de su muerte—, su cuerpo apareció perfectamente conservado.
 

GRACIA Y LIBERTAD: SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (4)

Continuamos contemplando la unión misteriosa de gracia y libertad en esta Santa.

Por el padre José María Iraburu


Santa Teresa del Niño Jesús (1)

Santa Teresa del Niño Jesús (2)

Santa Teresa del Niño Jesús (3)

La acción apostólica

Hemos comprobado bien cómo Santa Teresita creía en la absoluta necesidad de la gracia para la santificación personal, declarando que sin ella no podía nada. Esta misma convicción la tuvo en referencia a la santificación de los otros por medio de la acción apostólica. Pudo comprobarla experimentalmente cuando fue nombrada ayudante de la Maestra de novicias.

Ella, confesó, “desde hace mucho tiempo ha comprendido que Dios no necesita de nadie, y menos de ella que de las demás, para hacer el bien en la tierra” (X,3r). Se entregó, pues, a su nuevo oficio en la comunidad con toda esperanza. “Desde que comprendí que nada podría hacer por mí misma, la tarea que me confiasteis ya no me pareció difícil. Vi que lo único que necesitaba era unirme más y más a Jesús, y que “lo demás se me daría por añadidura” [Mt 6,33]. En efecto, nunca resultó fallida mi esperanza. Dios se dignó llenar mi mano cuantas veces fue necesario para alimentar el alma de mis Hermanas. Os confieso, Madre muy querida, que si yo me hubiera apoyado lo más mínimo en mis propias fuerzas, muy pronto os hubiera rendido las armas. De lejos parece fácil y de color de rosa el hacer el bien a las almas, el enseñarles a amar más a Dios, el modelarlas según los propios puntos de vista y los pensamientos personales. De cerca es todo lo contrario: el color rosa desaparece… y se comprueba que hacer el bien [a las personas] es tan imposible sin la ayuda de Dios como hacer brillar el sol en medio de la noche. Se comprueba que es absolutamente necesario olvidar los gustos personales, renunciar a las propias ideas y guiar las almas por el camino que Jesús les ha trazado, sin pretender hacerlas ir por el nuestro” (XI,22v).

El reconocimiento de la primacía de la gracia –al contrario de los planteamientos semipelagianos– lleva consigo esta absoluta delicadeza en el servicio de las almas: “¡qué diferentes son los caminos por los que el Señor conduce a las almas!” (X,2r). “Dios me hizo comprender que hay almas a las que su misericordia no se cansa de esperar, a las que no da su luz sino por grados. Por eso, me guardaba yo muy bien de adelantar la hora de Dios, y esperaba pacientemente a que Jesús tuviese a bien hacerla llegar” (XI,20v-21r).

El Señor actuó en Teresita, y ella obró con absoluta humildad y confianza

“Yo soy un pincelito que Jesús ha escogido para pintar su imagen en las almas que me habéis confiado” (XI,20r). Oración y acción apostólica han de ir siempre juntas: “supliqué a Dios que pusiese en mis labios palabras dulces y convicentes, o mejor, que él mismo hablase por mí” (XI,21r). “La oración y el sacrificio constituyen toda mi fuerza; son las armas invencibles que Jesús me ha dado. Pueden, mucho mejor que las palabras, tocar los corazones. Muchas veces lo he comprobado” (XI,24v). Así confiada en Dios, y sin fiarse en nada de sí misma, hacía Teresita el bien a sus Hermanas, y en ocasiones tenía aciertos inexplicables.

En una ocasión, una Hermana, que estaba sufriendo una gran pena interior, se acercó sonriente a Sor Teresa, y ella le dijo con toda seguridad: “tú tienes una pena”. Si hubiese hecho caer la luna a sus pies, creo que no me hubiera mirado con mayor asombro. Fue tan grande, que una especie de pasmo se apoderó también de mí, y por un instante experimenté como un miedo sobrenatural. Estaba yo segura de no poseer el don de leer en las almas; y por eso me quedé tanto más asombrada cuanto más justamente había dado en el blanco. Sentí la presencia de Dios muy cerca de mí. Supe que había repetido sin darme cuenta, como un niño, palabras que no salían de mí sino de Dios… Por otra parte, nada de eso sería capaz ciertamente de inspirarme vanidad, pues traigo de continuo presente en la memoria el recuerdo de lo que soy” (XI,26r).

Vencimientos heroicos en cosas mínimas

Santa Teresita siempre se movió movida por la gracia de Dios, lo que daba a sus actos una facilidad sobrenatural: “mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,30). Pero de ningún modo esta colaboración con la gracia divina es siempre sin dolor y esfuerzo. Ya dije que la gracia, para la obra buena, auxilia siempre al entendimiento y a la voluntad, pero no siempre al sentimiento. Por eso la docilidad a la gracia cuesta a veces esfuerzos heroicos, que la voluntad obra con el auxilio de la gracia. Teresita, con estos vencimientos, realizó actos muy intensos de virtud, y consiguio grandes crecimientos espirituales. Recuerdo algunos ejemplos. El amor propio, concretamente, al menos como tentación, duró en ella bastantes años.

Estando en el Convento, “hacía yo grandes esfuerzos por no disculparme, lo que me resultaba muy difícil… Os referiré mi primera victoria; no fue grande, pero me costó mucho. Se encontró rota una vasija que habían dejado detrás de una ventana. Nuestra Madre, creyendo que había sido yo, me la enseñó diciéndome que otra vez pusiese más cuidado. En seguida, sin replicar, besé el suelo, prometiendo ser más cuidadosa en lo futuro. Estas pequeñas prácticas [de humildad] me costaban mucho a causa de mi poca virtud, y me tenía que ayudar pensando que en el Juicio final todo se llegaría a saber” (VII,74v).

Escenas de vencimientos como ésta hay muchas en la vida de la Santa. Pero citaré una que me parece especialmente conmovedora. Teresa, la Reinecita, la hermanita menor, la novena, siempre había sido muy amada en su familia, tanto por sus hermanas como por su padre, y en la soledad y el silencio del Carmelo a veces lo pasaba muy mal.

Confiesa en sus escritos a la Madre superiora: “Recuerdo que siendo postulante, me venían a veces tan violentas tentaciones de entrar en vuestra celda para darme gusto, para encontrar algunas gotas de consuelo, que me veía obligada a pasar rápidamente por delante del despacho y agarrarme al pasamano de la escalera. Se me representaba una multitud de permisos que pedir, hallaba mil razones para complacer mi naturaleza. ¡Cuánto me alegro ahora de las renuncias que me impuse en los principios de la vida religiosa! Al presente gozo ya de la recompensa prometida a los que combaten generosamente” (XI,21v-r).

La caridad fraterna también le costó a veces grandes esfuerzos, siempre realizados con la moción de la gracia del Señor. Una anciana insoportable, la Hermana Saint-Pierre, medio inválida, necesitaba ayuda para todo. “A mí me costaba mucho ofrecerme para prestar aquel servicio… Es increíble lo que me costaba”. Pero con la gracia de Dios hacia su servicio, y al terminarlo, “antes de marcharme, le dirigía la más graciosa de mis sonrisas” (XI, 28v-29r). Otras veces, en el coro, le tocaba estar cerca de una Hermana que hacía un ruidito extraño, semejante al que se haría frotando dos conchas una con otra…

“Imposible me resulta, Madre mía, deciros cuánto me molestaba aquel ruidillo. Sentía grandes deseos de volver la cabeza y mirar a la culpable, que con toda seguridad no se daba cuenta del molesto sonsonete que producía. Mirar atrás hubiera sido el único modo de hacérselo notar. Pero en el fondo del corazón comprendía que era mejor sufrirlo por amor de Dios y por no causar pena a la Hermana. Así que permanecía tranquila, procurando unirme a Dios y olvidar el pequeño ruido. Pero todo era inútil; sentía que me inundaba el sudor, y me veía obligada a hacer sencillamente una oración de sufrimiento. Aun entonces, procuraba sufrir sin irritación, con alegría y paz, al menos en lo íntimo del alma. Me esforzaba por hallar gusto en aquel soniquete, o bien hacía los posibles por no oírlo. ¡Todo en vano!” (XI,30v).

Algo semejante narra cuando en el lavadero una Hermana poco cuidadosa le salpicaba una y otra vez el rostro con el agua sucia: “Mi primer impulso fue el de echarme atrás y enjugarme el rostro, a fin de hacer ver a la Hermana que me asperjaba el gran favor que me haría obrando con más suavidad. Pero en seguida pensé que era bien tonta al rehusar unos tesoros que tan generosamente se me daban, y me guardé muy bien de manifestar mi lucha interior. Me esforcé por sentir el deseo de recibir en la cara mucha agua sucia, de suerte que terminó por gustarme aquel nuevo género de aspersión” (XI,30v-31r).

Así es como el Señor hizo de Teresita una gran santa. “Cinco panes y dos peces”, muy poca cosa, es lo que aquel joven del Evangelio puso en manos de Jesús, pero con su mínima ofrenda vino a dar de comer a una gran multitud. No se hubiera producido el milagro probablemente si hubiera entregado solo cuatro panes y un pez. Pero él, movido por la gracia, hizo al Maestro la ofrenda de todo lo que tenía. De modo semejante, Teresa, dócil a la acción de la gracia, se entregó a Dios entera, sabiéndose muy pequeña, y llegó a una altísima santidad personal. Vino a ser además, una de las Santas más santificantes para los cristianos de su tiempo, hasta el día de hoy, ayudados por su ejemplo y sus escritos: tres cuadernos escolares.

Perfecta en la humildad

El Señor misericordioso, “porque era pequeña y débil, se abajaba hasta mí y me instruía secretamente en las cosas de su amor” (V,49r). En el camino de la perfección “cuanto más se adelanta, tanto más lejos se cree del término. Por eso, ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y encuentro en ello mi alegría” (VII,74r). Perfecta en la humildad, ya no hay en ella amor propio que sufra al verse defectuosa:

“No siento pena alguna al ver que soy la debilidad misma; antes al contrario, me glorío de ello [2Cor 12,5), y cuento con descubrir en mí cada día nuevas imperfecciones” (X,15r). “Sé encontrar siempre el modo de estar alegre y de sacar provecho de mis miserias” (VIII,80r). “¡Qué dulce es el camino del amor! Ciertamente, se puede caer, se pueden cometer infidelidades; pero sabiendo el amor sacar provecho de todo, bien pronto consume lo que puede disgustar a Jesús, no dejando más que una humildad y profunda paz en el fondo del corazón” (VIII,83r).

Santa Teresita guardó la paz en su absoluta humildad, siempre abierta a la gracia. Y no le perturbaba demasiado ser a veces mal entendida y juzgada: “digo con San Pablo: “poco me importa ser juzgada por ningún tribunal humano. Yo no me juzgo a mí misma. Quien me juzga es el Señor” [1Cor 4,3-4]” (X,13v). Ella tenia la humildad plena de un mendigo que pide, pero que no exige nada, y que se conforma con lo que le dan. Fue perfecta en la humildad.

No se avergonzaba de ejercitarse sólo en pequeñas cosas y pequeñas virtudes, reconociendo que no valía para más. “Señor, no tengo otro medio de probaros mi amor…; es decir, no desperdiciar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; aprovecharme de las pequeñas cosas, aun de las más insignificantes, haciéndolas por amor” (IX,4r-v).

No se avergonzaba de confesar sus limitaciones: “debería darme pena el dormirme, desde hace siete años, durante la oración y la acción de gracias. Y sin embargo, nada de esto me da pena. Pienso que los niñitos agradan lo mismo a sus padres dormidos que despiertos” (VIII,75v). Declaró también sencillamente: “Rezar yo sola el rosario –me da vergüenza decirlo– me cuesta más que ponerme un instrumento de penitencia… ¡Sé que lo rezo tan mal! Por más que me esfuerzo por meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la atención” (XI,25v).

No se avergonzaba de confesar que muchas de sus riquezas no eran sino miserias suyas llenadas por la misericordia de Dios. Así, p. ej., cuando explicó su oración por su incapacidad de tratar con la gente. En el pensionado de la Abadía no era una niña atractiva ni para profesoras ni para sus compañeras: “nadie se ocupaba de mí. Por eso, subía a la tribuna de la capilla, y allí permanecía delante del Santísimo Sacramento hasta que papá venía a buscarme. Aquel era mi único consuelo. ¿No era, acaso, Jesús mi único amigo? No sabía hablar con nadie más que con él. Las conversaciones con las criaturas, aun las conversaciones piadosas, me ponían cansancio en el alma. Estaba segura de que era preferible hablar con Dios que hablar de Dios, pues es mucho el amor propio que se mezcla en las conversaciones espirituales” (IV,40v).

Ni siquiera se avergonzaba en su humildad de confesar las gracias excepcionales que el Señor le había dado. Sabía bien que no eran sino dones gratuitos de Dios. Su sabiduría espiritual, p. ej. era tan grande, declaró, que los estudiosos “ciertamente habrían quedado sorprendidos al ver una niña de catorce años penetrar los secretos de la perfección, secretos que toda su ciencia no sería capaz de descubrirles nunca” (V,49r).

Doctora de la gracia

Siempre la Iglesia ha sabido que todos los cristianos están llamados a la santidad, pues siempre ha inculcado que todos los cristianos cumplan el primer mandamiento, “amar a Dios con todo el corazón”; y en eso justamente consiste la santidad. Pero Santa Teresita redescubrió esta verdad, mostrando en sus escritos qué sencillo es el camino de la santidad, y qué posible es, con la gracia de Dios, avanzar por el día a día, sea el cristiano religioso o laico, fuerte o débil, culto o iletrado, sano o enfermo, y sea ésta o la otra la circunstancia de familia y de trabajo en que vive.
 
En los Manuscritos autobiográficos era siempre Jesús quien, con inmenso amor generoso, fortalecía a Santa Teresita, la guiaba, le corregía, le mostraba, le concedía, le daba, obraba en ella y con ella… –Y señalo, al paso, que en sus escritos hablaba casi siempre de “Jesús” para referirse a Jesucristo, al Señor, a Dios, a la Santísima Trinidad–. Ella, pues, entendía toda su vida como un don gratuito del amor de Dios. Y porque estaba convencida de que todo es gracia, por eso esperaba llegar a ser una gran Santa, aun viéndose tan miserable y débil. Nada había en ella, así lo reconocía, que mereciera las excelsas gracias con las que Dios quiso privilegiarla desde niña. Jesús moraba en su corazón obrando el bien en ella unas veces Él solo, pero normalmente en ella y con ella. Sin Jesús, que le asistía instante por instante, ella no podía nada por sí misma. Pero con Él todo lo puede.

Al expresar Santa Teresita este camino de la infancia espiritual, confesó en una síntesis preciosa todas las grandes verdades de la Biblia y los Padres, de los Concilios y el Magisterio apostólico sobre el misterio sublime de la gracia divina. Por eso esta joven Doctora de la Iglesia puede ser hoy para los cristianos, como dice Pío XII, “un reencuentro con el Evangelio, con el corazón mismo del Evangelio” (radiom. 11-VII-1954).
 

DOCUMENTOS CONCERNIENTES A LA ALTA-VENDITA

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.

El Sr. Crétineau-Joly publicó, en su libro L'Eglise romaine et la Révolution (La Iglesia romana y la Revolución), algunos de los documentos que le había entregado Gregorio XVI para redactar la historia de las sociedades secretas

Hemos incluido fragmentos de ellos en este libro. Creemos que debemos reproducirlos aquí tal como aparecen en la obra de Crétineau-Joly.

I. - CARTA DEL CARDENAL CONSALVI

AL PRÍNCIPE DE METTERNICH,

fechada el 4 de enero de 1818.

La Santa Sede manifiesta en ello la previsión que tiene del peligro que el carbonarismo —a cuya cabeza pronto se situará la Alta Vendita— hace correr a la sociedad.

“Las cosas no marchan bien en ninguna parte y me parece, querido Príncipe, que nos creemos demasiado exentos de tomar las precauciones más elementales. Aquí, advierto a diario a los embajadores de Europa sobre los peligros futuros que las sociedades secretas preparan contra el orden apenas restablecido, y observo que solo se me responde con la más absoluta indiferencia. Se imagina que la Santa Sede se alarma con demasiada facilidad y causan extrañeza las advertencias que la prudencia nos dicta. Es un error manifiesto que mucho me alegraría no ver compartido por Vuestra Alteza. Posee usted demasiada experiencia para no querer poner en práctica el principio de que más vale prevenir que reprimir; pues bien, ha llegado el momento de prevenir y hay que aprovecharlo, a menos que se opte de antemano por una represión que no hará sino agravar el mal. Los elementos que componen las sociedades secretas —sobre todo aquellos que forman el núcleo del Carbonarismo— se encuentran aún dispersos, mal amalgamados o in ovo; pero vivimos en una época tan propicia a las conspiraciones y tan reacia al sentido del deber, que el incidente más trivial puede aglutinar fácilmente a estas facciones dispersas en una fuerza formidable. Vuestra Alteza me hace el honor de decirme, en su última carta, que me inquieto en exceso por ciertas sacudidas, naturales al fin y al cabo tras una tormenta tan violenta. Ojalá mis presentimientos quedaran reducidos a meras quimeras; sin embargo, no puedo albergar por mucho tiempo tan cruel esperanza.
 
Por todo lo que recojo de diversos lados, y por todo lo que vislumbro en el futuro, creo (y usted verá más adelante si me equivoco) que la Revolución ha cambiado de rumbo y de táctica. Ya no ataca con las armas en la mano a los tronos y a los altares; se contentará con minarlos mediante calumnias incesantes: sembrará el odio y la desconfianza entre los gobernantes y los gobernados; hará odiosos a los unos, mientras compadece a los otros. Luego, un día, las monarquías más seculares, abandonadas por sus defensores, se encontrarán a merced de unos pocos intrigantes de baja estofa a los que nadie se digna conceder una mirada de atención preventiva. Usted parece pensar que, en estos temores manifestados por mí (pero siempre por orden verbal del Santo Padre), hay un sistema preconcebido e ideas que solo pueden nacer en Roma. Juro a Vuestra Alteza que al escribirle y al dirigirme a las altas Potencias, me despojo completamente de todo interés personal, y que es desde un punto mucho más elevado desde donde considero la cuestión. No detenerse en ello ahora, porque todavía no ha pasado, por así decirlo, al dominio público, es condenarse a lamentaciones tardías.

El gobierno de Su Majestad Imperial, Real y Apostólica adopta —lo sé, y el Santísimo Padre se lo agradece desde lo más profundo de su alma— todas las medidas prudentes que la situación exige; pero desearíamos que no se durmiera, como el resto de Europa, ante la posibilidad de terribles acontecimientos. La inclinación a conspirar es innata en el corazón de los italianos; no hay que permitirles desarrollar esa mala tendencia, pues, de lo contrario, en pocos años los príncipes se verán obligados a actuar con rigor. La sangre o la cárcel levantarán un muro de separación entre ellos y sus súbditos. Así nos encaminaremos hacia un abismo que, con un poco de prudencia, sería muy fácil evitar. Gracias a los eminentes servicios que Vuestra Alteza prestó a Europa, se ha ganado un lugar privilegiado en el consejo de los Reyes. Usted, querido Príncipe, ha conquistado e inspirado confianza; acreciente aún más esa gloria tan universal impidiendo que los conspiradores novatos puedan causar daño a los demás o a sí mismos. Es en este arte de la previsión y el cálculo anticipado donde han brillado los grandes estadistas; usted sabrá no faltar a su vocación”.

El lenguaje de la Santa Sede no fue comprendido y sus advertencias fueron desdeñadas. Poco después, o al mismo tiempo, se constituía la Alta Vendita.

II. — INSTRUCCION  SECRETA PERMANENTE, 

dada a los miembros de la Alta Vendita

“Desde que nos hemos constituido como fuerza de acción y el orden comienza a reinar tanto en el fondo de la Vendita más apartada como en el seno de la más cercana al centro, existe una idea que ha preocupado profundamente a los hombres que aspiran a la regeneración universal: la idea de la emancipación de Italia, de la cual debe surgir, en un momento determinado, la emancipación del mundo entero, la República fraternal y la armonía de la humanidad. Esta idea aún no ha sido comprendida por nuestros hermanos de más allá de los Alpes. Ellos creen que la Italia revolucionaria solo puede conspirar en las sombras, asestar algunas puñaladas a esbirros o traidores y soportar pacíficamente el yugo de los acontecimientos que se desarrollan más allá de las montañas para Italia, pero sin Italia. Este error ya nos ha sido fatal en varias ocasiones. No hay que combatirlo con palabras —pues eso sería propagarlo—, sino aniquilarlo con hechos. Así, entre las preocupaciones que agitan a los espíritus más vigorosos de nuestra Vendita (1), hay una que jamás debemos olvidar.

El Papado ha ejercido siempre una influencia decisiva en los asuntos de Italia. A través de la acción, la palabra, la pluma y el corazón de sus innumerables obispos, sacerdotes, monjes, religiosas y fieles de todas las latitudes, el Papado encuentra muestras de entrega constantemente dispuestas al martirio y al entusiasmo. Dondequiera que le place invocarlos, tiene amigos que mueren y otros que se despojan de todo por ella. Es una palanca inmensa cuyo poder total solo unos pocos papas han sabido apreciar (y aun así, solo la utilizaron hasta cierto punto). Hoy no se trata de reconstruir para nosotros ese poder, cuyo prestigio se ha visto momentáneamente debilitado; nuestro objetivo final es el de Voltaire y el de la Revolución francesa: la aniquilación definitiva del catolicismo e incluso de la idea cristiana, la cual, al haber permanecido en pie sobre las ruinas de Roma, habría de constituir su perpetuación futura. Pero, para alcanzar con mayor certeza este objetivo y no provocarnos alegremente reveses que aplacen indefinidamente o comprometan por siglos el éxito de una buena causa, no debemos prestar oídos a esos franceses fanfarrones, a esos alemanes de ideas nebulosas ni a esos ingleses sombríos, que se imaginan todos ellos acabar con el catolicismo, ya sea con una canción impura, con una deducción ilógica o con un sarcasmo grosero introducido de contrabando, como el algodón de Gran Bretaña. El Catolicismo tiene más resistencia que todo eso. Ha visto adversarios más implacables y terribles, y a menudo se ha dado el maligno placer de rociar con agua bendita la tumba de los más furibundos. Dejemos, pues, que nuestros hermanos de esas tierras se entreguen a los excesos estériles de su celo anticatólico; permitámosles incluso burlarse de nuestras vírgenes y de nuestra devoción aparente. Con este salvoconducto, podremos conspirar a nuestras anchas y llegar poco a poco a la meta propuesta.

El Papado es, pues, parte integrante de la historia de Italia desde hace mil seiscientos años. Italia no puede respirar ni moverse sin el permiso del Pastor supremo. Con él, posee los cien brazos de Briareo; sin él, está condenada a una impotencia que inspira lástima. No le queda más que fomentar divisiones, ver surgir odios y escuchar cómo estallan hostilidades desde la primera cadena de los Alpes hasta el último eslabón de los Apeninos. No podemos desear tal estado de cosas; es preciso, por tanto, buscar un remedio a esta situación. El remedio está ya hallado. El Papa, sea quien sea, nunca acudirá a las sociedades secretas; corresponde a las sociedades secretas dar el primer paso hacia la Iglesia, con el fin de vencer a ambas.

El trabajo que vamos a emprender no es el trabajo de un día, ni de un mes, ni de un año; puede durar varios años, tal vez un siglo; pero en nuestras filas el soldado muere y la lucha continúa.

No pretendemos ganar a los Papas para nuestra causa, ni convertirlos en neófitos de nuestros principios o en propagadores de nuestras ideas. Sería un sueño ridículo; y, por más que den un giro los acontecimientos —incluso si cardenales o prelados, por ejemplo, hubieran llegado a conocer parte de nuestros secretos, ya fuera voluntariamente o por sorpresa—, ello no constituye en absoluto motivo alguno para desear su elevación a la Sede de Pedro. Tal ascenso sería nuestra perdición. La ambición por sí sola los habría llevado a la apostasía; las necesidades del poder los obligarían a sacrificarnos. Lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y aguardar —tal como los judíos aguardan al Mesías— es un papa que se ajuste a nuestras necesidades. Alejandro VI, con todos sus crímenes privados, no nos convendría, pues jamás erró en cuestiones religiosas. Un Clemente XIV, por el contrario, sería el hombre ideal para nosotros de pies a cabeza. Borgia era un libertino, un auténtico sensualista del siglo XVIII (aunque vivió en el siglo XV). Fue anatematizado —a pesar de sus vicios— por todos los vicios de la filosofía y la incredulidad, y debe tal anatema al vigor con que defendió a la Iglesia. Ganganelli se entregó de pies y manos a los ministros de los Borbones que le infundían temor y a los incrédulos que celebraban su tolerancia; y Ganganelli llegó a ser un grandísimo Papa. Es bajo condiciones similares como necesitaríamos uno, si es que aún resulta posible. Con ello avanzaremos con mayor seguridad hacia el asalto de la Iglesia que con los panfletos de nuestros hermanos de Francia o incluso con el oro de Inglaterra. ¿Queréis saber la razón? Porque así, para romper la roca sobre la que Dios edificó su Iglesia, ya no necesitamos el vinagre de Aníbal, ni la pólvora, ni siquiera nuestros propios brazos. Tenemos el dedo meñique del sucesor de Pedro comprometido en la conspiración, y ese dedo meñique vale, para esta cruzada, más que todos los Urbano II y todos los san Bernardo de la Cristiandad.

No dudamos de que alcanzaremos este objetivo supremo de nuestros esfuerzos; pero ¿cuándo?, ¿cómo? Lo desconocido aún no se ha revelado. No obstante, dado que nada debe apartarnos del plan trazado —y que, por el contrario, todo debe converger en él, como si el éxito fuera a coronar mañana mismo una obra apenas esbozada—, queremos ofrecer, en esta instrucción que permanecerá reservada a los iniciados, consejos que los responsables de la Vendita Suprema deberán inculcar a todos los hermanos, ya sea como enseñanza o como memorándum. Es fundamental —y ello por razones de discreción evidentes— no dejar entrever jamás que estos consejos son órdenes emanadas de la Vendita. El clero se ve demasiado directamente involucrado en este asunto como para que, en el momento actual, podamos permitirnos jugar con él tal como se hace con esos reyezuelos o pequeños príncipes a los que basta un soplo para hacer desaparecer.

Poco cabe hacer con los viejos cardenales o con los prelados de carácter firme. Hay que dejarlos que sigan siendo incorregibles en la escuela de Consalvi y extraer de nuestras reservas de popularidad o impopularidad las armas que vuelvan inútil o ridículo el poder que ostentan. Una palabra inventada con destreza y difundida con arte entre ciertas familias respetables —para que desde allí pase a los salones y de los salones a la calle— puede, a veces, acabar con un hombre. Si un prelado llega de Roma para ejercer alguna función pública en el fondo de las provincias, conoced al instante su carácter, sus antecedentes, sus cualidades y, sobre todo, sus defectos. ¿Es acaso un enemigo declarado de antemano? ¿Un Albani, un Pallotta, un Bernetti, un della Genga, un Rivarola? Envolvedlo en cuantas trampas podáis tender bajo sus pasos; creadle una de esas reputaciones que horrorizan a los niños pequeños y a las ancianas; pintadlo como un ser cruel y sanguinario; relatad ciertos rasgos de crueldad que puedan grabarse en la memoria del pueblo. Cuando los periódicos extranjeros recojan por mediación nuestra estos relatos, los cuales embellecerán a su vez (inevitablemente por respeto a la verdad), mostrad, o más bien haced mostrar por algún respetable imbécil, aquellas hojas donde se relatan los nombres y los excesos amañados de dichos personajes. Al igual que Francia e Inglaterra, Italia jamás carecerá de esas plumas que saben tallarse a sí mismas en mentiras útiles para la buena causa. Con un periódico, del cual no comprende la lengua, pero donde verá el nombre de su delegado o de su juez, el pueblo no tiene necesidad de otras pruebas. Se encuentra en la infancia del Liberalismo; cree en los Liberales como más tarde creerá en no sabemos muy bien qué.

Aplastad al enemigo sea quien fuere; aplastad al poderoso a fuerza de murmuraciones o de calumnias, pero, sobre todo, aplastadlo en el huevo. Es a la juventud a quien debemos dirigirnos; es a ella a quien es preciso seducir, a ella a quien debemos arrastrar, sin que lo sospeche, bajo la bandera de las Sociedades secretas. Para avanzar a pasos contados pero seguros en esta vía peligrosa, dos cosas son menester de toda necesidad: debéis aparentar ser simples como palomas, pero seréis prudentes como la serpiente. Vuestros padres, vuestros hijos, vuestras mismas esposas deben ignorar siempre el secreto que lleváis en vuestro seno; y si os pluguiese, para mejor engañar al ojo inquisitorial, acudir a menudo a confesión, estáis, como de derecho, autorizados a guardar el más absoluto silencio sobre estas materias. Sabéis bien que la menor relación, que el más pequeño indicio escapado en el tribunal de la penitencia o en cualquier otra parte, puede acarrear grandes calamidades, y que es su propia sentencia de muerte la que firma así el revelador, ya sea voluntario o involuntario.

Así, pues, para asegurarnos un Papa de las condiciones exigidas, se trata ante todo de modelar para ese Papa una generación digna del reinado que soñamos. Dejad a un lado la vejez y la edad madura; id a la juventud y, si es posible, hasta la infancia. Jamás tengáis para con ella una palabra de impiedad o de impureza: Maxima debetur puero reverentia. Nunca olvidéis estas palabras del poeta, pues os servirán de salvaguardia contra libertades de las cuales importa esencialmente abstenerse en interés de la causa. Para hacerla fructificar en el umbral de cada familia, para otorgaros derecho de asilo en el hogar doméstico, debéis presentaros con todas las apariencias del hombre grave y moral. Una vez establecida vuestra reputación en los colegios, en los gimnasios, en las universidades y en los seminarios, una vez que hayáis captado la confianza de profesores y estudiantes, haced que aquellos que principalmente se alistan en la milicia clerical gusten de buscar vuestros coloquios. Nutrid sus espíritus con la antigua esplendidez de la Roma papal. Siempre hay en el fondo del corazón del italiano un lamento por la Roma republicana. Confundid hábilmente estos dos recuerdos el uno en el otro. Excitad, enfervorizad estas naturalezas tan llenas de incandescencia y de patriótico orgullo. Ofrecedles primero, mas siempre en secreto, libros inofensivos, poesías resplandecientes de énfasis nacional, y luego, poco a poco, conduciréis a vuestros discípulos al grado de maduración deseado. Cuando en todos los puntos a la vez del Estado eclesiástico este trabajo de todos los días haya esparcido nuestras ideas como la luz, entonces podréis apreciar la sabiduría del consejo de cuya iniciativa nos hacemos cargo.

Los acontecimientos que, a nuestro entender, se precipitan con demasiada rapidez (2), habrán de provocar necesariamente, de aquí a unos meses, una intervención armada de Austria. Hay locos que, con ligereza de corazón, se complacen en arrojar a los demás al medio de los peligros; y, sin embargo, son esos locos los que, en una hora dada, arrastran incluso a los sabios. La revolución que se hace meditar a Italia no conducirá sino a desgracias y a proscripciones. Nada está maduro, ni los hombres ni las cosas, y nada lo estará aún por mucho tiempo; mas de estas desgracias podréis fácilmente extraer una nueva cuerda que hacer vibrar en el corazón del joven clero. Esta será el odio al extranjero. Haced que el alemán (il Tedesco) sea ridículo y odioso aun antes de su prevista entrada. A la idea de la supremacía pontificia, mezclad siempre el viejo recuerdo de las guerras del Sacerdocio y del Imperio. Resucitad las pasiones mal apagadas de los Güelfos y los Gibelinos, y así os labraréis, a poca costa, una reputación de buen católico y de patriota puro.

Esta reputación dará acceso a nuestras doctrinas en el seno del joven clero como en el fondo de los conventos. En pocos años, este joven clero habrá, por la fuerza de las cosas, invadido todas las funciones; gobernará, administrará, juzgará, formará el consejo del soberano y será llamado a elegir al Pontífice que habrá de reinar; y este Pontífice, como la mayor parte de sus contemporáneos, estará necesariamente más o menos imbuido de los principios italianos y humanitarios que vamos a comenzar a poner en circulación. Es este un pequeño grano de mostaza que confiamos a la tierra; y que el sol de la justicia lo desarrollará hasta su más alta potencia, y veréis un día qué rica cosecha producirá ese pequeño grano.

En la vía que trazamos a nuestros hermanos, se hallan grandes obstáculos que vencer y dificultades de más de una especie que superar. Se triunfará de ellos por la experiencia y por la perspicacia; mas el fin es tan hermoso, que importa desplegar todas las velas al viento para alcanzarlo. ¿Queréis revolucionar a Italia? Buscad al Papa cuyo retrato acabamos de diseñar. ¿Queréis establecer el reino de los elegidos sobre el trono de la prostituta de Babilonia? Que el Clero marche bajo vuestro estandarte creyendo siempre marchar bajo la bandera de las Llaves apostólicas. ¿Queréis hacer desaparecer el último vestigio de los tiranos y de los opresores? Tended vuestras redes como Simón Barjona; tendedlas en el fondo de las sacristías, de los seminarios y de los conventos antes que en el fondo del mar: y si nada precipitáis, os prometemos una pesca más milagrosa que la suya. El pescador de peces se convirtió en pescador de hombres; vosotros atraeréis amigos nuestros alrededor de la Cátedra apostólica. Habréis predicado una revolución con tiara y capa pluvial, marchando con la cruz y el estandarte; una revolución que solo necesitará un ligero estímulo para incendiar los cuatro rincones del mundo.

Que cada acto de vuestra vida tienda, pues, al descubrimiento de esta piedra filosofal. Los alquimistas de la Edad Media perdieron su tiempo y el oro de sus incautos en la búsqueda de ese sueño. El de las Sociedades secretas se cumplirá por la más simple de las razones: y es que está fundado sobre las pasiones del hombre. No nos desanimemos, por lo tanto, ni por un fracaso, ni por un revés, ni por una derrota; preparemos nuestras armas en el silencio de la Vendita; dispongamos todas nuestras baterías, fijemos todas las pasiones, las más deplorables como las más generosas, y todo nos mueve a creer que este plan triunfará un día, aun más allá de nuestros cálculos más improbables.

Continúa...

Notas:

1) Las Venditas del Carbonarismo, en cuya cúspide se situaba la Alta Vendita.

2) Este escrito está fechado en 1819.

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