martes, 25 de agosto de 2026

¿ES ILEGAL RECHAZAR LAS REFORMAS LITÚRGICAS DE PÍO XII?

¿Cómo se puede justificar el uso de las rúbricas y el misal antiguos?

Por el padre Anthony Cekada (2006)


PREGUNTA: Me preguntaba cómo justifican el rechazo a las "reformas" de la Semana Santa durante el pontificado de Pío XII. Si se invoca el principio de "epikeia", parece que este no se aplica dada la legitimidad del Pontífice reinante y su autoridad legítima para realizar tales cambios. Tenía entendido que la epikeia solo se aplica cuando una ley empieza a ir en contra del bien común y debe ser ignorada. Agradecería su opinión.

PREGUNTA: Respecto a los cambios de la Semana Santa de 1955: al leer los argumentos de ese año para justificar dichos cambios, los "innovadores" hablaban de "retorno a tradiciones anteriores" y de "simplificación de las ceremonias", etc.: los mismos argumentos que luego se esgrimieron para todo el Novus Ordo. Sin duda, todo esto tiene un marcado tinte bugniniano. Annibale admitió en sus memorias que este fue un paso importante hacia la anarquía litúrgica que posteriormente creó con Pablo VI y todos sus amigos y obispos protestantes. No me cabe duda de que los cambios de 1955 deberían haberse descartado (al igual que el resto de las "innovaciones" bugninianas).

Sin embargo, tengo dos preguntas principales: ¿qué nos dice esto del Papa Pío XII en sus últimos años al permitir y utilizar esta nueva ceremonia? Y también, dado que hemos estado en Interregno desde 1958, ¿qué justificaciones utilizamos para celebrar individualmente las ceremonias antiguas que fueron reemplazadas antes de 1958 sin que parezca que estamos seleccionando las que queremos utilizar? ¿Se debe a la creencia de que el Papa Pío XII nunca habría estado de acuerdo con los cambios si hubiera sabido lo que ocurrió después, como sabemos? ¿Se debe a que nunca promulgó realmente los cambios (como algunos creen)? ¿O es simplemente porque Bugnini estaba detrás de todo? Agradecería mucho sus opiniones al respecto, ya que este tema me ha intrigado durante bastante tiempo.

RESPUESTA. A lo largo de los años nos han hecho esta pregunta repetidamente. La respuesta es bastante simple y se basa en los principios de sentido común que subyacen en toda la legislación de la Iglesia.

Las leyes que promulgaron las reformas litúrgicas de Pío XII eran leyes eclesiásticas humanas, sujetas a los principios generales de interpretación de todas las leyes de la Iglesia. Como tales, ya no son vinculantes por dos razones:

1. Falta de estabilidad o permanencia. La estabilidad es una cualidad esencial de una ley verdadera. Las reformas de 1955 fueron meras normas transitorias; esto resulta evidente a partir de la legislación posterior y los comentarios contemporáneos de quienes las elaboraron.

En su libro de 1955 sobre los cambios, The Simplification of the Rubrics (La simplificación de las rúbricas), Bugnini lo deja meridianamente claro en los siguientes pasajes:

•“El presente decreto tiene un carácter contingente. Es esencialmente un puente entre lo antiguo y lo nuevo, y, si se quiere, una flecha que indica la dirección que toma la restauración actual…”.

• “La simplificación no abarca todas las áreas que merecerían una reforma, sino por el momento solo aquellas que son más fáciles y obvias, y que tienen un efecto inmediato y tangible… En la simplificación, al ser un ‘puente’ entre el estado actual y la reforma general, el compromiso era inevitable…”

• “Esta reforma es solo el primer paso hacia medidas de mayor alcance, y no es posible juzgar con precisión una parte si no se la considera en su conjunto”.

En un comentario de 1956 sobre el nuevo rito de la Semana Santa (Bibliotheca Ephemerides Lit. 25, p.1.), Bugnini dice:

• “El decreto Maxima redemptionis nostrae mysteria, promulgado por la Sagrada Congregación de Ritos el 16 de noviembre de 1955 [e introduciendo la nueva Semana Santa], es el tercer paso hacia una reforma litúrgica general”.

Tales normas (como ahora comprendemos) carecían de una de las cualidades esenciales de una ley: la estabilidad o la perpetuidad, y por lo tanto, ya no son vinculantes.

2. Cesación de la ley. Una ley eclesiástica humana que era obligatoria al ser promulgada puede volverse perjudicial (nociva) debido a un cambio de circunstancias con el paso del tiempo. Cuando esto sucede, dicha ley deja de ser vinculante. 

Los tradicionalistas aplican este principio (al menos implícitamente) a un gran número de leyes eclesiásticas, y se aplica igualmente a las reformas de 1955.

Las numerosas similitudes en principios y prácticas entre el Misal de Pablo VI y las reformas de 1955 hacen que el uso continuado de estas últimas sea perjudicial, pues promueve (al menos implícitamente) el peligroso error de que la “reforma” de Pablo VI fue simplemente un paso más en el desarrollo orgánico de la liturgia católica.

De hecho, esta es la misma mentira que Pablo VI proclamó en los dos primeros párrafos del Missale Romanum, su Constitución Apostólica de 1969 que promulgó el Novus Ordo.

No tiene sentido respaldar este engaño insistiendo en que la legislación de 1955 sigue vigente, sobre todo cuando ahora sabemos que todo formaba parte de un plan a largo plazo de la camarilla modernista de Annibale Bugnini para destruir la Misa.

Aquí, en su libro de 1955, The Simplification of the Rubrics, Bugnini anuncia el objetivo a largo plazo de estos cambios:

• “Nos interesa “restaurar” [la liturgia]… [convertirla] en una ciudad nueva donde el hombre de nuestra época pueda vivir y sentirse a gusto…”

• “Sin duda, aún es demasiado pronto para evaluar el alcance total de este documento, que marca un punto de inflexión importante en la historia de los ritos de la liturgia romana…”

• “Quienes anhelan una renovación litúrgica más sana y realista están, una vez más —diría— casi tácitamente invitados a mantener los ojos bien abiertos y a realizar una investigación precisa de los principios aquí expuestos, para ver sus posibles aplicaciones…”

• “Más que en cualquier otro ámbito, una reforma en la liturgia debe ser fruto de una colaboración inteligente e ilustrada de todas las fuerzas activas”.

Y aquí Bugnini describe cómo su comisión de “reforma” logró que Pío XII aprobara los cambios litúrgicos:

“La comisión gozaba de la plena confianza del Papa, quien se mantenía al tanto de su trabajo gracias a monseñor Montini [Pablo VI, el modernista que promulgaría el Novus Ordo] y, aún más, semanalmente, gracias al padre Bea [de ascendencia judía, modernista y principal ecumenista del concilio Vaticano II], confesor de Pío XII. Gracias a ellos, la comisión pudo alcanzar importantes resultados incluso durante los períodos en que la enfermedad del Papa impedía que los demás se acercaran a él” (The Liturgical Reform, p.9)

Así, las “creaciones litúrgicas” de los masones fueron presentadas al Papa enfermo para su aprobación por los dos modernistas intrigantes que desempeñarían un papel fundamental en la destrucción de la Iglesia durante el concilio Vaticano II.

De hecho, Bugnini, en sus memorias, titula el capítulo sobre su participación en los cambios previos al Vaticano II como “La clave de la reforma litúrgica”. Esto sentó las bases para lo que vendría después.

Los tradicionalistas, con razón, descartan como inaplicables muchas otras leyes eclesiásticas. Con mayor razón, deberían ignorar las leyes litúrgicas que fueron obra del hombre que destruyó la Misa.

27 de Abril de 2006
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (7)

Continuamos con la publicación del capítulo 7 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Séptima Hora: De las 11 a la Medianoche

La tercera hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní

¡Dulce Bien mío!, mi corazón ya no resiste al ver que sigues agonizando... Tu sangre, formando arroyos, chorrea por todo tu cuerpo y tan abundantemente, que no pudiendo mantenerte en pie caes en un charco de sangre.
 
¡Oh Jesús mío, reanímate, ya es demasiado lo que sufres! ¡Que ya se detenga tu amor! Y mientras parece que mi amable Jesús está muriendo en su propia sangre, el amor le da nueva vida..., veo que se mueve penosamente, se pone de pie y así, cubierto de sangre y de lodo, parece que quiere caminar, pero no teniendo fuerzas, se arrastra fatigosamente. Dulce Vida mía, deja que te lleve en mis brazos. ¿Es que vas en busca de tus amados discípulos? Pero, ¡qué dolor para tu Corazón adorable el encontrarlos una vez más dormidos! Y tú, con tu voz apagada y temblorosa, los llamas:

“Hijos míos, no duerman, se acerca la hora, ¿no ven a qué estado me he reducido? ¡Ah, ayúdenme, no me abandonen en estas horas extremas!”.

Y vacilando estás a punto de caer a su lado, pero Juan extiende sus brazos para sostenerte. Estás tan irreconocible, que de no haber sido por la suavidad y la dulzura de tu voz, no te habrían reconocido. Después, recomendándoles que no duerman y que permanezcan en oración, vuelves al huerto, pero con una segunda herida en el Corazón.

En esta herida se ven todas las culpas de aquellas almas que, a pesar de tantas manifestaciones de tu amor en dones, caricias y besos, durante las noches de la prueba se han quedado como adormecidas y somnolientas, perdiendo así el espíritu de oración y de vela.

Jesús mío, es cierto que después de haberte visto y de haber gustado de tus dones, se necesita mucha fuerza para poder resistir cuando se encuentra uno privado de ti: sólo un milagro puede hacer que estas almas resistan a la prueba. Por eso, mientras te compadezco por esas almas, cuyas negligencias, ligerezas y ofensas son las más amargas para tu Corazón, te suplico que en el momento en que estén por dar un solo paso que pueda entristecerte en lo más mínimo, las rodees de tanta gracia que se detengan, para que no pierdan el espíritu de oración continua.

Dulce Jesús mío, mientras regresas al huerto parece que ya no puedes más; levantas al cielo tu rostro cubierto de sangre y de tierra, y por tercera vez repites:

“Padre, si es posible, pase de mí este cáliz... Padre Santo, ayúdame, tengo necesidad de consuelo. Es cierto que a causa de las culpas que he tomado sobre mí, soy repugnante, despreciable, el último entre los hombres ante tu majestad infinita: tu justicia está indignada contra mí. ¡Pero mírame, oh Padre! Sigo siendo siempre tu Hijo que contigo forma una sola cosa. ¡Ah, ayúdame, ten piedad, oh Padre; no me dejes sin consuelo!”.

Y luego, oh mi bien amado Jesús, me parece escuchar que le pides ayuda a tu querida Madre:

“Dulce Madre mía, estréchame entre tus brazos como cuando yo era niño; dame de tu leche como entonces, para darme fuerzas y endulzar las amarguras de mi agonía. Dame tu Corazón que era toda mi alegría”.

“Madre mía, Magdalena, mis amados apóstoles, todos ustedes que me aman, ayúdenme, confórtenme, no me dejen solo en estos momentos extremos, pónganse junto a mí y háganme corona, denme consuelo con su compañía y con su amor”.

Jesús, Amor mío, ¿quién puede resistir viéndote en esos extremos? ¿Qué corazón será tan duro que no se rompa por el dolor al verte como ahogado en tu misma sangre? ¿Quién no derramará a torrentes amargas lágrimas al escuchar tu voz tan llena de dolor pidiendo ayuda y consuelo? Jesús mío, consuélate; ya el Padre te manda un ángel para confortarte y darte ayuda, para que puedas salir de este estado de agonía y puedas entregarte en manos de los judíos. Y mientras tú estás con el Ángel, yo recorreré cielos y tierra: me permitirás tomar la sangre que has derramado, para que pueda dársela a todos los hombres como prenda de salvación para cada uno y traerte el consuelo y la correspondencia de cada uno de sus afectos, de los latidos de sus corazones, de sus pensamientos, de sus pasos y de todas sus obras.

Celestial Madre mía, vengo a ti para que juntos vayamos en busca de todas las almas y les demos la sangre de Jesús. Dulce Madre mía, Jesús quiere consuelo y el mayor consuelo que podemos darle son las almas.

Magdalena, acompáñanos; ángeles todos, vengan a ver en qué estado ha quedado reducido Jesús. El quiere que todos lo consuelen y es tal y tan grande el abatimiento en que se encuentra, que a nadie rechaza.

Jesús mío, mientras bebes el cáliz colmo de intensas amarguras que el Padre te ha enviado, siento que suspiras más fuerte todavía, lloras y deliras, y con tu voz apagada, dices:

“¡Almas, almas, vengan a mí, consuélenme, tomen lugar en mi humanidad! ¡Las quiero, las anhelo! ¡No permanezcan sordas a mi voz, no hagan vanos mis ardientes deseos, mi sangre, mi amor, mis penas! ¡Vengan, vengan a mí!”.

Delirante Jesús mío, cada uno de tus gemidos y de tus suspiros es una herida para mi corazón que no me da paz; por eso, hago mía tu sangre, tu Voluntad, tu celo ardiente, tu amor, y recorriendo cielos y tierra, quiero ir a darles a todas las almas tu sangre como prenda de su salvación y traerlas a ti para calmar tus anhelos, tu delirio, y endulzar las amarguras de tu agonía, y mientras lo hago, acompáñame con tu mirada.

Madre mía, vengo a ti porque Jesús quiere almas, quiere consuelo; dame tu mano materna y recorramos juntos el mundo entero en busca de almas. Encerremos en su sangre, los afectos, los deseos, los pensamientos, las obras y los pasos de todas las criaturas, y pongamos en sus almas las llamas de su Corazón, para que se rindan; y así, bañadas en su sangre y transformadas en sus llamas, las conduciremos a Jesús para mitigar las penas de su amarguísima agonía.

Ángel de mi guarda, precédenos tú y prepáranos las almas que han de recibir esta sangre, para que ni una sola gota se quede sin producir todo su efecto.

Madre Mía, démonos prisa, pongámonos en camino; Jesús nos sigue con su mirada y sigo sintiendo sus repetidos sollozos que nos incitan a apresurar nuestra labor.

A los primeros pasos nos encontramos a las puertas de las casas en donde yacen los enfermos. Cuántos miembros llagados; cuantos, bajo la atrocidad de los dolores, se ponen a blasfemar e intentan quitarse la vida; otros se ven abandonados por todos y no tienen quien les dirija una palabra de consuelo y ni siquiera quien les preste los auxilios más necesarios y por eso se lamentan aún más contra Dios y se desesperan. ¡Ah, Madre mía!, oigo los lamentos de Jesús, que ve correspondidas con ofensas sus más tiernas predilecciones de amor, las cuales son el hacer padecer a las almas para hacerlas semejantes a sí mismo. ¡Ah!, démosles su sangre, para que les procure la ayuda necesaria y les haga comprender con su luz el bien que hay en el sufrir y cómo éste las hace más semejantes a Jesús. Y tú, Madre mía, ponte al lado de ellos y cual afectuosa Madre, toca con tus manos maternas sus miembros enfermos, alivia sus dolores, tómalas entre tus brazos y de tu Corazón derrama torrentes de gracias sobre todas sus penas. Hazle compañía a los abandonados, consuela a los afligidos, y para quienes carecen de los medios necesarios, dispón tú misma almas generosas que los socorran; a quienes se encuentran bajo la atrocidad de los dolores, obtenles tregua y reposo, para que reanimados, puedan con mayor paciencia soportar todo lo que Jesús disponga de ellos.

Sigamos nuestro recorrido y entremos en las estancias de los moribundos. ¡Oh Madre mía, qué terror! ¡Cuántas almas a punto de caer en el infierno! ¡Cuántas, después de una vida de pecado, quieren darle el último dolor a ese Corazón tan repetidamente traspasado, coronando su último respiro con un acto de desesperación! Cantidad de demonios se encuentran a su alrededor poniendo en su corazón terror y espanto de los divinos juicios, para dar el último asalto y llevárselas al infierno; quisieran envolverlas ya en las llamas del infierno para ya no darle espacio a la esperanza. Otros, atados por vínculos terrenos, no quieren resignarse a dar el último paso. Ah, Madre mía, son los últimos momentos, tienen tanta necesidad de ayuda. ¿No ves cómo tiemblan, cómo se debaten entre la atrocidad de la agonía, cómo piden ayuda y piedad? Ya la tierra ha desaparecido para ellos. Madre Santa, pon tu mano materna sobre sus frentes heladas, acoge tú sus últimos suspiros. Démosle a cada moribundo la sangre de Jesús, para que haciendo huir a todos los demonios, los disponga a recibir los últimos sacramentos y los prepare a una buena y santa muerte. Démosles el consuelo de la agonía de Jesús, de sus besos, sus lágrimas y sus llagas; rompamos las cadenas que los tienen atados; hagamos que todos se sientan perdonados y con una confianza tan grande en el corazón que lleguen a arrojarse a los brazos de Jesús; y él, cuando los juzgue, los hallará cubiertos de su sangre y abandonados en sus brazos, por lo que perdonará a todos.

Sigamos adelante, oh Madre; que tu mirada materna mire con amor la tierra y se mueva a compasión por tantas pobres criaturas que tienen tanta necesidad de la sangre de Jesús. La mirada indagadora de Jesús me incita a correr, porque quiere almas, siento en el fondo de mi Corazón sus lamentos que me repiten:

“¡Hijo mío, ayúdame, dame almas!”.

Pero, ¡mira oh Madre mía, cómo la tierra está llena de almas que están a punto de caer en el pecado, y cómo Jesús se pone a llorar al ver que su sangre sufre nuevas profanaciones! Se necesitaría un milagro para hacer que no cayeran en la culpa; démosles la sangre de Jesús, para que hallen en ella la fuerza y la gracia para no caer en el pecado.

Un paso más, Madre mía, y hallamos en cambio a otras almas que ya han caído en el pecado y que quisieran una mano que las ayudara a levantarse. Jesús las ama, pero las mira horrorizado porque se encuentran enfangadas y su agonía se hace aún más intensa. Démosles su sangre, para que encuentren así esa mano que las ayude a levantarse. Son almas que tienen necesidad de esta sangre, almas muertas a la gracia, ¡oh, en qué lamentable estado se encuentran! El cielo las mira y llora de puro dolor; la tierra las mira con repugnancia; todos los elementos están en contra de ellas y como que quisieran destruirlas, porque se han vuelto enemigas del Creador. ¡Oh Madre!, la sangre de Jesús contiene la vida; démosela, para que apenas toque sus almas puedan resucitar más bellas aún y así el cielo y la tierra les sonrían.

Más adelante hay almas que llevan el sello de la perdición, almas que pecan y huyen de Jesús, que lo ofenden y no esperan ya en su perdón... Son los nuevos Judas dispersos por la tierra que traspasan su Corazón tan amargado. Démosles la sangre de Jesús, para que borre en ellos el sello de la perdición y les dé el de la salvación; para que ponga en sus corazones tanta confianza y amor después de la culpa, que los haga correr para ir a abrazarse a los pies de Jesús, y así jamás volver a separarse de él. Mira, oh Madre, hay almas que corren como desesperadas hacia la perdición y no hay quien las pueda detener; ¡ah!, pongamos la sangre de Jesús ante sus pies, para que al tocarla, sintiendo su luz y sus súplicas, puedan retroceder y emprender el camino de la salvación.

Continuemos nuestro recorrido, ¡oh Madre mía! Hay almas buenas, almas inocentes en las que Jesús halla sus complacencias y el descanso de la creación, pero las criaturas que están a su alrededor les tienden insidias y las escandalizan para quitarles la inocencia, y convertir las complacencias y el descanso de Jesús en lágrimas y amargura, como si no tuvieran otra finalidad que la de hacer sufrir constantemente a ese Corazón Divino. Sellemos y circundemos su inocencia con la sangre de Jesús, como un muro que las defienda, para que no entre en ellas la culpa; haz huir con su sangre a quienes quisieran contaminarlas; consérvalas puras y sin mancha, para que Jesús pueda hallar en ellas el descanso de su creación y todas sus complacencias, y para que por amor a ellas se mueva a piedad por tantas otras pobres criaturas. Madre mía, pongamos a estas almas en la sangre de Jesús, atémoslas una y otra vez a la Voluntad de Dios, llevémoslas a sus brazos y con las dulces cadenas de su amor atémoslas a su Corazón para mitigar las amarguras de su agonía mortal.

¡Oh Madre, oye cómo grita la sangre de Jesús pidiendo más almas! Corramos juntos y vayamos a las regiones en las que habitan los herejes y los infieles. ¡Qué dolor siente Jesús en esas regiones! El, que es vida de todos, no recibe como correspondencia ni siquiera un acto de amor: sus mismas criaturas no lo conocen. Ah Madre mía, démosles su sangre, para que disipe las tinieblas de la ignorancia y de la herejía, y les haga comprender que tienen un alma; ¡Ábreles el Cielo! Y después pongámoslas a todas en la sangre de Jesús; llevémoselas a él como hijos huérfanos y desterrados que finalmente se encuentran con su padre y así Jesús se sentirá confortado en su amarguísima agonía.

Pero parece que Jesús todavía no está contento, pues quiere todavía más almas. En estas regiones siente que se le arrancan de sus brazos las almas de los moribundos que van a precipitarse al infierno. Estas almas están a punto de expirar y de caer en el abismo; no hay nadie a su lado para salvarlas. ¡El tiempo falta, son los últimos momentos, se perderán sin duda! ¡No! Madre mía, que la sangre de Jesús no sea derramada inútilmente por ellas; volemos inmediatamente hacia ellas, derramemos sobre sus cabezas esta sangre para que les sirva de Bautismo e infunda en ellas la fe, la esperanza y la caridad. Ponte a su lado, oh Madre, haz tú por ellas todo lo que les falta; más aún, deja que te vean: en tu rostro resplandece la belleza de Jesús, tus modos son totalmente semejantes a los suyos, así que al verte podrán conocer con toda certeza a Jesús. Después, abrázalas a tu Corazón materno, infunde en ellas la vida de Jesús que tú posees; diles que siendo su Madre las quieres felices para siempre junto a ti en el cielo; mientras expiran, recíbelas en tus brazos, para que de ahí pasen a los brazos de Jesús. Y si Jesús, conforme a los derechos de su justicia, se mostrara reacio a recibirlas, recuérdale el amor con que te las confió bajo la cruz y reclama tus derechos de Madre; de manera que viendo tu amor y tus súplicas no podrá poner resistencia, y mientras complacerá tu Corazón, al mismo tiempo sus ardientes deseos quedarán satisfechos.
 
Y ahora, oh Madre, tomemos esta sangre de Jesús y démosela a todos; a los afligidos para que sean consolados; a los pobres para que sufran su pobreza con resignación; a los que son tentados para que obtengan victoria; a los incrédulos para que triunfe en ellos la fe; a los que blasfeman para que cambien sus blasfemias en bendiciones; a los sacerdotes, para que comprendan su misión y sean dignos ministros de Jesús: toca sus labios con su sangre, para que no salga de su boca palabra alguna que no sea para gloria de Dios; toca sus pies, para que corran y vuelen en busca de almas para conducirlas a Jesús. Démosles también esta sangre a los gobernantes, para que se mantengan unidos unos a otros y para que se muestren llenos de mansedumbre y amor hacia sus súbditos.
 
Vayamos ahora al purgatorio y démosles también esta sangre a las almas que ahí penan, pues están siempre llorando y pidiendo con insistencia su liberación por medio de la sangre de Jesús. ¿No oyes cómo se lamentan, no ves sus delirios de amor, sus torturas y cómo se sienten insistentemente atraídas hacia el Sumo Bien? ¡Mira cómo Jesús mismo quiere purificarlas para que cuanto antes estén junto a él! Jesús las atrae con su amor y ellas le corresponden con continuos ímpetus de amor; pero al estar en su presencia, no pudiendo todavía sostener la pureza de la mirada divina, se sienten obligadas a retroceder cayendo de nuevo en las llamas del purgatorio.
 
Madre mía, descendamos a las profundidades de esta cárcel y derramando sobre estas almas la sangre de Jesús, llevémosles la luz, mitiguemos sus delirios de amor, extingamos el fuego que las quema, purifiquémoslas de todas sus manchas, para que libres de toda pena, vuelen a los brazos de nuestro Sumo Bien. Démosles esta sangre a las almas más abandonadas, para que encuentren en ella todos los sufragios que las criaturas les niegan. Demos a todos, oh Madre, esta sangre; no dejemos que nadie se quede sin recibirla, para que en virtud de ella todas hallen alivio y sean liberadas. Tú que eres Reina, cumple tu oficio en estas regiones de llanto y de lamento; extiende tus manos y sácalas, una por una, de estas llamas ardientes para que todas emprendan su vuelo hacia el cielo.
 
Y ahora hagamos también nosotros un vuelo hacia el cielo, pongámonos a sus puertas eternas y permíteme, oh Madre, que también a ti te dé esta sangre para tu mayor gloria: que esta sangre inunde de nueva luz y de nuevos gozos tu alma y te pido que hagas descender esta luz divina en favor de todas las criaturas, para darles gracias de salvación a todas.

Madre mía, también tú dame a mí esta sangre; tú sabes cuanto la necesito. Con tus manos maternas retoca todo mi ser con esta sangre y mientras lo haces purifícame de todas mis manchas, cura mis llagas, enriquece mi pobreza; haz que esta sangre circule por mis venas y me dé toda la vida de Jesús; que penetre en mi corazón y lo transforme en su propio Corazón; que me embellezca tanto, que Jesús pueda llegar a encontrar en mí todas sus complacencias.
 
Finalmente, oh Madre, entremos en las regiones del Cielo y démosles esta sangre a todos los santos y a todos los ángeles, para que puedan tener mayor gloria; para que exulten en un himno de agradecimiento a Jesús y rueguen por nosotros; para que en virtud de esta sangre bendita podamos reunirnos con ellos.
 
Y después de haberles dado a todos esta sangre, vamos otra vez a donde se encuentra Jesús. Ángeles y santos, vengan con nosotros; ¡ah!, él quiere almas, quiere hacer que todas entren en su santísima humanidad, para darles a todas los frutos de su sangre; pongámoslas a su alrededor y así sentirá que la vida le vuelve y que lo que ha sufrido en esta amarguísima agonía ha hallado su recompensa.

Y ahora, Madre Santa, llamemos a todos los elementos para que le hagan compañía a Jesús y para que también de parte de ellos reciba gloria. ¡Oh luz del sol!, ven a disipar las tinieblas de esta noche para darle consuelo a Jesús; oh estrellas, vengan, bajen del cielo a consolar a Jesús con sus rayos de luz; flores de la tierra, vengan con sus perfumes; pajarillos de los aires, vengan con sus cantos; elementos de la tierra, vengan todos a confortar a Jesús; ven, oh mar, a refrescar y a lavar a Jesús: él es nuestro Creador, nuestra vida, nuestro todo; vengan todos a confortarlo, a rendirle homenaje como a nuestro Soberano Señor...
 
Pero Jesús no busca luz, ni estrellas, ni flores, ni pájaros... ¡El quiere almas, almas!
 
¡Dulce Bien mío!, aquí están todos junto conmigo. A tu lado está tu querida Madre, descansa en sus brazos, también ella se sentirá consolada estrechándote a su regazo materno, porque bastante ha participado de tu agonía... También está aquí la Magdalena, está Marta y están todas las almas de todos los siglos que te aman. ¡Oh Jesús!, acéptalas, dales a todas tu perdón y háblales de tu amor; átalas a todas a tu amor, para que nunca más vuelva a huir de ti alma alguna. Pero parece que me dices:

“¡Ah hijo mío, cuántas almas huyen de mí a la fuerza y se precipitan en el fuego eterno! ¿Cómo podrá pues calmarse mi dolor si amo tanto a un alma cuanto amo a todas juntas?”.

Conclusión de la agonía

Agonizante Jesús mío, mientras parece que se te va la vida, siento ya el estertor de tu agonía; tus ojos están apagados por la cercanía de la muerte, todo tu cuerpo se encuentra abandonado a sí mismo y el respiro frecuentemente te falta; y yo siento que se me rompe el corazón por el dolor; te abrazo y siento que estás helado; te sacudo y no das señales de vida... ¡Jesús! ¿Has muerto ya? Afligidísima Madre mía, ángeles del cielo, vengan todos a llorar por Jesús y no permitan que yo siga viviendo sin él, porque no puedo. Lo abrazo más fuerte y siento que da otro respiro y que de nuevo vuelve a no dar señales de vida... Lo llamo:

“¡Jesús, Jesús, Vida mía, no te mueras! Oigo ya el alboroto que hacen tus enemigos que ya vienen a arrestarte. ¿Quién te defenderá en este estado en que te encuentras?”.

Y él, sacudido, parece resucitar de la muerte a la vida. Me mira y me dice:

“Hijo, ¿estás aquí? ¿Has sido entonces espectador de todas mis penas y de las tantas muertes que he sufrido? Pues bien, debes saber, oh hijo, que en estas tres horas de amarguísima agonía he reunido en mí todas las vidas de las criaturas y he sufrido todas sus penas y hasta sus mismas muertes, dándole a cada una mi misma vida. Mis agonías sostendrán las suyas; mis amarguras y mi muerte se cambiarán para ellas en fuentes de dulzura y de vida. ¡Cuánto me cuestan las almas! ¡Si por lo menos fuera correspondido! Es por eso que tú has visto que por momentos moría para luego volver a respirar: eran las muertes de las criaturas que sentía en mí”.

Fatigado Jesús mío, ya que has querido encerrar también mi vida en ti y por lo tanto también mi muerte, te suplico que por tu amarguísima agonía vengas a asistirme a la hora de mi muerte. Yo te he dado mi corazón para que te refugies en él y descanses, mis brazos para sostenerte, he puesto todo mi ser a tu disposición y sabes bien con qué ganas me entregaría en manos de tus enemigos para poder morir yo en tu lugar. Ven, oh vida de mi corazón, a darme lo que te he dado en el momento extremo de mi vida, dame tu compañía, tu Corazón cual lecho y descanso, tus brazos para sostenerme, tu respiro afanoso para aliviar mis afanes, de manera que cuando respire sea por medio de tu respiro, que como aire purificador, me purificarán de toda mancha y me prepararán la entrada a la felicidad eterna. Más aún, dulce Jesús mío, aplicarás a mi alma toda tu humanidad santísima, de modo que cuando me veas, me verás a través de ti mismo y viéndote a ti mismo no podrás encontrar nada de qué juzgarme; y luego me bañarás en tu sangre, me vestirás con la vestidura blanca de tu Santísima Voluntad, me adornarás con tu amor y dándome por última vez tu beso, me harás emprender el vuelo de la tierra hacia el Cielo.
 
Y ahora, te ruego que lo mismo que te he pedido que me hagas a la hora de mi muerte, se lo hagas a todos los agonizantes; abrázalos a todos con el abrazo de tu amor y dándoles el beso de la unión, sálvalos a todos y no permitas que nadie se pierda.

Afligido Bien mío, te ofrezco esta hora en memoria de tu pasión y de tu muerte, para desarmar la justa cólera de Dios por tantos pecados y por la conversión de los pecadores, por la paz de los pueblos, por nuestra santificación y en sufragio por las almas del purgatorio.

Pero veo que tus enemigos ya están cerca y tú quieres dejarme para ir a su encuentro. Jesús, déjame darte un beso sobre esos labios que Judas osará besar con su beso infernal; déjame limpiar tu rostro todo bañado de sangre, sobre el cual lloverán bofetadas y salivazos; y tú, estréchame fuertemente a tu Corazón y no dejes que jamás me aparte de ti. Te sigo y tú bendíceme.

Reflexiones y prácticas

Jesús en esta tercera hora de agonía en el huerto de Getsemaní pidió ayuda del cielo y sus penas eran tantas que les pidió a sus apóstoles que lo confortaran. Y nosotros, en cualquier clase de circunstancia, dolor o desgracia, ¿pedimos siempre ayuda del cielo? Y si nos dirigimos también hacia las criaturas, ¿lo hacemos ordenadamente y con quien puede santamente confortarnos? ¿Nos resignamos al menos, si no hemos podido hallar la ayuda que esperábamos recibir, olvidándonos de las criaturas, para abandonarnos siempre más en los brazos de Jesús? Jesús recibió consuelo por medio de un ángel, ¿podemos nosotros decir que somos el ángel de Jesús, que permaneciendo junto a él lo confortamos y participamos de sus amarguras? Pero para poder verdaderamente ser el ángel de Jesús, es necesario que veamos nuestros sufrimientos como si él nos los hubiera mandado y por lo tanto como sufrimientos divinos; sólo entonces podremos tener la osadía de confortar a un Dios tan lleno de amarguras; de lo contrario, si los sufrimientos los tomamos humanamente, no podremos servirnos de ellos para confortar a Jesús y por lo tanto, no podremos ser ángeles de Jesús.

En los sufrimientos que Jesús nos envía, parece como que por medio de ellos nos manda también el cáliz en el que debemos vaciar el fruto de dichos sufrimientos y éstos, llevados con amor y resignación, se convertirán en un dulcísimo néctar para Jesús. Así que en cada pena diremos: Jesús me llama a ser ángel pues quiere que lo conforte y por eso me participa sus penas.

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (125)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


125. Los discursos en Aguas Claras: Santifica las fiestas (136).
El niño de las piernas fracturadas.
6 de marzo de 1945.

1 El día –aunque aún llueva– está menos insoportable y permite a la gente ir donde el Maestro.
Jesús escucha aparte a dos o tres que tienen grandes cosas que decirle y que luego se van a su sitio, más tranquilos.
Bendice también a un niñito que tiene las piernecitas fracturadas de forma calamitosa y que ningún médico ha querido tratar de curar, pues decían: “Es inútil. Están rotas arriba, junto a la columna”. Esto lo dice la madre, bañada en lágrimas; explica: “Iba corriendo con su hermanita por la calle del pueblo. Vino al galope con su carro un herodiano y le arrolló. Pensé que le había matado, pero ha sido peor. Ya ves: le tengo en esta tabla porque... no hay nada que hacer. Y sufre, sufre porque el hueso perfora; pero cuando el hueso deje de perforar, seguirá sufriendo porque sólo podrá estar echado sobre la espalda”.
“¿Te duele mucho?” le pregunta, piadoso, Jesús al niñito, que está llorando.
“Sí”.
“¿Dónde?”.
“Aquí... y aquí” y se toca con la manecita insegura los dos huesos ilíacos. “Y también aquí y aquí” y se toca las zonas lumbares y los hombros. “La tabla es dura y yo quiero moverme, yo...” y llora desesperado.
“¿Quieres que te tome en brazos? ¿Quieres? Te llevo allí arriba. Ves a todos mientras Yo hablo”.
“Siii” es un "sí" lleno de anhelo. El pobrecito niño tiende a Jesús sus brazos suplicantes.
“Pues entonces ven”.
“Pero si no puede, Maestro. ¡Es imposible! Le duele demasiado... Ni siquiera le puedo mover yo para lavarle”.
“No le hago daño”.
“El médico...”.
“El médico es el médico, Yo soy Yo. ¿Por qué has venido?”.
“Porque eres el Mesías” responde la mujer, que se pone pálida y roja, con un sentimiento de esperanza y de desesperación al mismo tiempo.
“¿Entonces...? Ven, pequeñuelo”. Jesús, pasando un brazo por debajo de las inertes piernecitas y el otro por debajo de los hombritos, toma al niño y le pregunta: “te hago daño? ¿no? Pues entonces di adiós a tu mamá y vamos”
Y va caminando con su carga, entre la muchedumbre que se va abriendo a su paso. Va hasta el otro extremo, sube a una especie de tarima que le han hecho para que le vean todos, incluso los que están en el patio, pide una banqueta y se sienta, se coloca bien al niño sobre sus rodillas y le pregunta: “¿Te gusta? Ahora estáte tranquilo y escucha tú también” y empieza a hablar, haciendo gestos con una mano sólo, la derecha, porque con la izquierda está sujetando al niño, que mira a la gente, feliz de ver algo, y sonríe a su mamá –a quien la esperanza tiene llena de impaciencia– que está en el otro extremo, y juguetea con el cordón de la vestidura de Jesús así como con la blanda barba rubia del Maestro y con un mechón de sus largos cabellos.

2 “Está escrito: "Cumple un trabajo honesto y el séptimo día dedícaselo al Señor y a tu espíritu". Esto fue dicho con el mandamiento del descanso sabático.
El hombre no es superior a Dios; y Dios hizo en seis días su creación y el séptimo (137) descansó. ¿Cómo, pues, el hombre se toma la libertad de no imitar al Padre y de no prestar obediencia a su mandamiento? ¿Acaso es un precepto estúpido? No. Se trata, ciertamente, de un imperativo saludable, tanto en el orden de la carne, como en el moral, como en el del espíritu.
El cuerpo del hombre, cuando está cansado, tiene necesidad de descansar, de la misma forma que la tiene el cuerpo de todo ser creado. Descansa incluso –y se lo permitimos, para no perderle– el buey que usamos en el campo, el asno que nos transporta, la oveja que pare al cordero y nos da leche. Descansa incluso –y la dejamos descansar– la tierra de los campos de labor, para que, en los meses en que no está sembrada, se nutra y se sature de las sales que le llueven del cielo o provienen del terreno, Descansan adecuadamente, incluso sin pedirnos el beneplácito, los animales y las plantas, que obedecen a leyes eternas de una sabia regeneración. ¿Por qué, pues, el hombre se niega a imitar a su Creador, que el séptimo día descansó, y a los seres inferiores –sean vegetales o animales– que, no habiendo recibido sino un imperativo en su instinto, saben conformarse a él y obedecerle?
Además de físico, es un imperativo moral. El hombre, durante seis días, ha sido de todos y de todo; le han llevado arriba y abajo, como hace con un hilo el dispositivo del telar, sin poder decir en ninguna ocasión: "Ahora me dedico a mí mismo, a mis seres queridos; soy el padre, hoy soy de mis hijos; soy el marido, hoy me dedico a mi esposa; soy el hermano, disfrutaré estando con mis hermanos; soy el hijo, voy a cuidar la vejez de mis padres".
Es un imperativo espiritual. El trabajo es santo; más santo es el amor; santísimo, Dios. Pues entonces no nos olvidemos de darle al menos uno de entre los siete días a nuestro bueno y santo Padre, que nos ha dado la vida y nos la conserva. ¿Por qué vamos a tratarle como si fuera menos que el padre o que los hijos, o que los hermanos, o la esposa, o que nuestro mismo cuerpo? El dies Domini sea del Señor. ¡Oh, dulce regresar, después del trabajo del día, por la noche, al ambiente acogedor del hogar lleno de entrañables sentimientos, dulce regresar a él tras un largo viaje! Y ¿por qué no ampararse, después de seis jornadas de trabajo, en la casa del Padre? ¿Por qué no ser como el hijo que, al volver de un viaje de seis días, dice: "Aquí estoy, vengo a pasar mi día de descanso contigo"?

3 Bien, ahora escuchadme; he dicho: "Cumple un honesto trabajo".
Sabéis que nuestra Ley prescribe el amor al prójimo. La honradez en el trabajo se inscribe en el amor al prójimo. Quien es honrado en su trabajo no roba en las transacciones, no le substrae al trabajador su salario, no le explota de manera culpable, tiene presente que quien está a su servicio y quien trabaja para él son una carne y un alma como las suyas, y no los trata como si fueran pedazos de piedra sin vida que es lícito romper o golpear con el pie o con el hierro. Quien no actúa así no ama al prójimo y peca por ello ante los ojos de Dios; su ganancia es maldita, aunque de ella separe el óbolo para el Templo.
¡Oh, qué falsa es esa dádiva! ¡Cómo puede atreverse a depositarla al pie del altar, cuando está rebosando lágrimas y sangre del inferior, explotado; cuando es un "hurto", es decir, una traición respecto al prójimo (porque el ladrón es un traidor respecto a su prójimo)? Creedlo: no se santifican las fiestas si no se usan para escudriñarse uno a sí mismo, si no se aprovechan para mejorarse uno a sí mismo, para reparar los pecados cometidos durante los otros seis días. ¡En esto consiste la santificación de la fiesta! Esta es, no otra, enteramente exterior, que no cambia ni en una jota vuestro modo de pensar.
Dios quiere obras vivas, no simulacros de obras. Simulacro es la falsa veneración a su Ley; simulacro es la falaz santificación del sábado, o sea, el cumplimiento del descanso para mostrar ante los ojos de los hombres que se obedece al mandamiento, usando luego esas horas de ocio para el vicio, la lujuria, la crápula, o para pensar en cómo explotar y perjudicar al prójimo en la siguiente semana; es simulacro la santificación del sábado, o sea, el descanso material, si éste no se ve acompañado del trabajo íntimo, espiritual, santificante, de un recto examen de uno mismo, de un humilde reconocimiento de la propia miseria, de un serio propósito de obrar mejor en la semana siguiente.

4 Diréis: "¿Y si luego se vuelve a pecar?". Pues bien, ¿qué diríais vosotros de un niño que por haberse caído se negara a dar ya un solo paso para, así, no volverse a caer?: que es un estúpido; que no tiene por qué avergonzarse de caminar aún con paso inseguro, porque a todos nos pasó cuando éramos pequeños, y no por ello nuestro padre no nos amó. ¿Quién no recuerda cómo nuestras caídas nos han atraído una lluvia de besos maternos y de caricias paternas? Lo mismo hace el Padre dulcísimo que está en los Cielos. Se inclina hacia su criatura, que llora en el suelo, y le dice: "No llores, Yo te levanto. Estáte más atento la próxima vez. Ven a mis brazos; en ellos se te pasarán todos tus males para seguir luego tu camino, fortalecido, curado, feliz". Esto dice nuestro Padre que está en los Cielos, esto os digo Yo.
Si lograrais tener fe en el Padre, todo os saldría bien; una fe que debe ser, eso sí, como la de un párvulo. El niño cree que todo es posible, no se pregunta si puede y cómo puede darse un hecho; no mide la profundidad del hecho; cree en quien le inspira confianza, y hace lo que éste le dice. Sed como los pequeños ante el Altísimo. ¡Qué amor tiene El por estos desambientados ángeles que constituyen la belleza de la Tierra! Así ama a las almas que se hacen simples, buenas, puras, como es el niño.
¿Queréis ver la fe de un niño para aprender a tener fe? Observad. En todos vosotros se veía una compasión hacia el pequeñuelo que tengo en mi pecho y que, contrariamente a lo que los médicos y la madre decían, no ha llorado estando sentado en mi regazo. ¿Veis? Hacía mucho tiempo que lloraba día y noche sin poder hallar descanso, y aquí no ha llorado; se ha dormido, sereno, sobre mi corazón. Le pregunté: "¿Quieres venir a mis brazos?" y él me contestó: "sí", sin razonar sobre su mísero estado, sobre el posible dolor que podría sentir, sobre las consecuencias de moverle. Ha visto en mi rostro amor y ha dicho: "sí", y ha venido. Y no ha sentido dolor. Ha gozado estando aquí arriba viendo, él, que está clavado a su tabla lisa; ha gozado al colocarle en una carne blanda y no en una madera dura; ha sonreído, ha jugado y se ha dormido teniendo entre sus manitas un mechón de mis cabellos. 
Ahora le voy a despertar con un beso...”. 

5 Jesús besa al niño en sus delicados cabellos castaños, hasta que se despierta sonriente.
“¿Cómo te llamas?”.
“Juan”.
“Escúchame, Juan. ¿Quieres andar?, ¿ir con tu mamá y decirle: "El Mesías te bendice por tu fe"?”.
“¡Sí! ¡sí!”. El pequeño da palmadas con sus manitas y pregunta: “¿Haces que pueda ir? ¿Por los prados? ¿Se acabó la tabla fea? ¿Se acabaron los médicos que hacen daño?”.
“Se acabó, se acabó para siempre”.
“¡Ah... cuánto te quiero!”. Echa sus bracitos en torno al cuello de Jesús y le besa y, para besarle mejor, salta de rodillas encima de sus rodillas: una granizada de besos inocentes cae sobre la frente, sobre los ojos, sobre los carrillos de Jesús.
En su alegría, el niño ni siquiera se da cuenta de que se ha podido mover; él, que hasta ese momento había estado quebrantado. Pero el grito de su madre y de la multitud le hace volver en sí y girar la cabeza asombrado. Sus grandes ojos inocentes en el rostro enflaquecido miran como preguntando por qué. Todavía de rodillas, con el bracito derecho en torno al cuello de Jesús, le pregunta en tono confidencial (refiriéndose a la gente, que está revolucionada, a su madre, que en el otro extremo le llama uniendo su nombre al de Jesús: “¡Juan! ¡Jesús! ¡Juan! ¡Jesús!”): “¿Por qué grita la gente y mi madre? ¿Qué les pasa? ¿Eres Tú Jesús?”.
“Soy Yo. La gente grita porque está contenta de que puedas andar. Adiós, pequeño Juan –Jesús le besa y le bendice–. Ve con tu mamá y sé bueno”.
El niño baja, firme, de las rodillas de Jesús y de éstas al suelo, y corre hacia donde está su madre, le salta al cuello y dice: “Jesús te bendice. ¿Por qué lloras entonces?”.
La gente está un poco más callada, Jesús dice con voz de trueno: “Haced como el pequeño Juan, vosotros, que, cayendo en el pecado, os herís. Tened fe en el amor de Dios. La paz sea con vosotros”.
Y mientras el vocerío de la multitud, prorrumpiendo en gritos de hosanna, se mezcla con el llanto dichoso de la madre, Jesús, protegido por los suyos, sale de la estancia, y todo termina.

Continúa...

Notas:

136) Cfr. Ex. 20, 8–11; Dt. 5, 12–15.

137) Cfr. Gén. 2, 2–3; Ex. 31, 12–17.


 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  

 
 
 

 

25 DE AGOSTO: SAN LUIS, REY DE FRANCIA


25 de Agosto: San Luis, Rey de Francia

(✞ 1270)

San Luis, Rey de Francia, noveno de ese nombre, espejo de reyes y ornamento de su nación, fue hijo de Luis VIII, rey asimismo de Francia, y de doña Blanca, hija de Alonso VIII, rey de Castilla, y héroe de las Navas de Tolosa.

Quedó San Luis huérfano de padre a la edad de doce años, debajo de la tutela de su madre, la cual solía decirle:

- Hijo mío, antes querría verte muerto delante de mis ojos, que con algún pecado mortal.

Las cuales palabras de tal manera se le asentaron en el corazón al hijo, que jamás cometió culpa grave. Y a los cuatro hijos que tuvo se las repetía como la mejor bendición.

Traía en las carnes un áspero cilicio; los sábados lavaba los pies de algunos pobres, y los días de fiesta daba con sus manos de comer a más de doscientos.

Edificó en su palacio real de París una capilla muy suntuosa, donde solía orar con gran fervor, en la cual puso el hierro de la lanza que abrió el costado de Cristo junto con otras reliquias muy preciosas.

Era tan grande su fe al Santísimo Sacramento, que habiendo aparecido en París un niño hermosísimo en la Hostia, mientras decía un sacerdote Misa, y concurriendo el pueblo a avisarle de tal prodigio, el Santo Rey no quiso ir, diciendo que no tenía necesidad de aquel milagro para creer que Cristo estaba en la Hostia consagrada.

Hizo una ley para que a los blasfemos y perjuros los herrasen y cauterizasen como a esclavos; y castigando con rigor a los herejes, desarraigó la herejía de todo su reino.

No fue menos celoso de la justicia; y él mismo trataba las causas de los pobres dos veces cada semana debajo de la célebre encina de Vicennes.

Pidió la cruz con la que desde aquel tiempo se predicaba para la conquista de Tierra Santa; se la puso en el vestido, y habiendo juntado un numeroso y lucido ejército, se embarcó con toda su gente después de haber hecho procesiones y rogativas para que Dios favoreciese sus píos intentos y diese buen suceso a aquella jornada.

Más, aunque desembarcó en Egipto el ejército cristiano llegó a tomar la ciudad de Damieta, y peleó dos veces con los moros con gran matanza de aquellos bárbaros, en castigo de la ambición de algunos capitanes y de las malas costumbres de los soldados, no alcanzó la victoria en aquella guerra ni en la otra cruzada que llegando a Túnez fue contagiada de una maligna peste que asolaba aquella región, en la cual fue herido el Santo Rey, a quien el Señor, en lugar de la Jerusalén de la tierra, dio la Jerusalén celestial y la eterna recompensa de sus heroicas virtudes, a la edad de cincuenta y seis años.

Fue canonizado por el Papa Bonifacio VIII en 1297.

Reflexión:

Estando San Luis por morir, escribió para su hijo, el Rey Felipe: 


Testamento espiritual de San Luis a su hijo

(Acta Sanctorum Augusti 5 [1868]1, 546)

Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte es que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas; sin ello no hay salvación posible.

Hijo, debes guardarte de todo aquello que sabes que desagrada a Dios, esto es, de todo pecado mortal, de tal manera que has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que cometer un pecado mortal.

Además, si el Señor permite que te aflija alguna tribulación, debes soportarla generosamente y con acción de gracias, pensando que es para tu bien y que es posible que la hayas merecido. Y, si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas.

Asiste, de buena gana y con devoción, al culto divino, mientras estés en el templo, guarda recogida la mirada y no hables sin necesidad, sino ruega devotamente al Señor con oración vocal o mental.

Ten piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos, y ayúdalos y consuélalos según tus posibilidades. Da gracias a Dios por todos sus beneficios, y así te harás digno de recibir otros mayores. Obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda; ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón. Pon la mayor diligencia en que todos tus súbditos vivan en paz y con justicia, sobre todo las personas eclesiásticas y religiosas.

Sé devoto y obediente a nuestra madre, la Iglesia Romana, y al Sumo Pontífice, nuestro padre espiritual. Esfuérzate en alejar de tu territorio toda clase de pecado, principalmente la blasfemia y la herejía.

Hijo amadísimo, llegado al final, te doy toda la bendición que un padre amante puede dar a su hijo; que la Santísima Trinidad y todos los Santos te guarden de todo mal. Y que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad, de tal manera que reciba de ti servicio y honor, y así, después de esta vida, los dos lleguemos a verlo, amarlo y alabarlo sin fin. Amén”. 

No es maravilla, pues, que San Luis fuese bendecido y aclamado por todo su reino no sólo como Santo Rey, sino también como padre de todos sus vasallos.

Oración:

Oh Dios, que trasladaste a tu confesor, el bienaventurado Luis, desde el reino de la tierra a la gloria del cielo; concédenos que por su intercesión y por sus méritos, seamos recibidos en el reino del Rey de los Reyes, Jesucristo, tu único Hijo, Nuestro Señor. Amén.

lunes, 24 de agosto de 2026

NUEVO SACERDOTE SEDEVACANTISTA

El “arzobispo” de San Antonio  anunció hoy que un tribunal canónico declaró al padre John Mary Foster culpable de cisma, lo excomulgó bajo latae sententiae y lo destituyó del estado clerical. 


La decisión del tribunal se emitió el 20 de abril, pero se dio a conocer el pasado 14 de agosto. La arquidiócesis prohibió simultáneamente a todos los católicos asistir a Misas o participar en actividades en la Misión de la Divina Misericordia (MDM) en Canyon Lake e instó a que se cesara el apoyo financiero.

En el comunicado fechado el 14 de agosto, el “arzobispo” Gustavo García-Siller, enfatizó que el padre Foster “se ha referido públicamente al Papa Francisco y al Papa León XIV como ‘usurpadores’” y que, “al publicar mensajes supuestamente recibidos de Dios, Jesús y la Santísima Virgen por un miembro de la Misión de la Divina Misericordia, de la cual John Mary Foster funge como líder de facto, ha afirmado repetida y consistentemente que el Papa León XIV ‘también es un usurpador y no un verdadero papa’”

El “arzobispo” agregó que el sacerdote continúa celebrando la Misa “omitiendo deliberadamente el nombre del Papa en la Plegaria Eucarística”, y declaró que “la asistencia a los eventos de la MDM es un acto formal de desobediencia”.

Un extracto de la declaración de la Misión de la Divina Misericordia (MDM) 

“María Santísima, Reina de la Paz, aleja todo temor de los corazones de tus hijos”

La Arquidiócesis de San Antonio ha dictado sentencia en el caso del padre John Mary, declarándolo culpable de cisma, castigo que conlleva la excomunión. Asimismo, ha ordenado su expulsión del estado clerical, conocida comúnmente como secularización. Estas decisiones han sido confirmadas por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe del Vaticano.

Creemos que esta sentencia y estos castigos son injustos. Pero también creemos que el Señor no nos pide que apelemos la sentencia.

Humanamente hablando, se nos ha aconsejado que tenemos fundamentos sólidos para apelar en cuanto al fondo del caso, que analizamos con más detalle a continuación. Pero también creemos que las realidades prácticas del Vaticano y la jerarquía actuales, tan profundamente infiltrados por el enemigo, pesan mucho en contra de una apelación exitosa. Por ejemplo, estaríamos apelando a Víctor Manuel Fernández en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, quien tiene una responsabilidad significativa en muchas de las acciones más preocupantes del Vaticano actual, incluyendo la autoría de Fiducia Supplicans. Y cualquier decisión final recaería en Roberto Prevost (León), de quien el Señor ha dicho que es un usurpador que trabaja para socavar Su Iglesia. Parecería incoherente apelar por justicia a un usurpador. Más importante aún, en discernimiento en oración, sentimos que el Señor no nos animaba a apelar, sino a aceptar esta injusticia por ahora como parte de nuestro camino particular en la Reconquista. En un Mensaje privado para el Padre John Mary que la Hermana Amapola recibió poco después de la notificación de la sentencia, el Señor dijo:

Apelar a un juez humano que no camina conmigo no servirá de mucho. … Pero, hijo mío, nuestro plan debe avanzar; y para ello es necesario que, así como mi Jesús fue rechazado por los que tenían poder, porque yo lo permití, aunque no les correspondía por justicia, así también vosotros… habéis sido rechazados, por decir y hacer lo que os he mandado (30 de abril de 2026).

Por estos motivos, hemos optado por no apelar.

Creemos también que, dada la crisis que atraviesa la Iglesia, Dios le pide al Padre John Mary que continúe su ministerio sacerdotal.

En esta respuesta, queremos abordar estos temas con mayor profundidad.

Pero, ante todo, nosotros, la Misión de la Divina Misericordia (MDM), somos católicos y afirmamos todo lo que consagra la fe católica, incluyendo el papel que Jesús asignó a San Pedro y a sus legítimos sucesores. No tenemos intención alguna de abandonar la Iglesia Católica. Lejos de rechazarla, hacemos todo lo que está a nuestro alcance para defenderla, incluso arriesgando nuestro ministerio.

Pedimos disculpas si alguna de nuestras palabras o acciones no ha sido verdaderamente caritativa. No pretendemos desobedecer ni faltar al respeto a la jerarquía legítima de la Iglesia. Sin embargo, creemos que Dios nos pide un testimonio profético precisamente en defensa de su Iglesia.
No tenemos todas las respuestas a las muchas preguntas difíciles que plantea toda esta controversia. No somos expertos, ni teólogos, ni canonistas. Simplemente intentamos ser obedientes a Dios.

CINCO PUNTOS CLAVE

Para empezar, queremos identificar cinco puntos clave. Para quienes nos siguen desde hace tiempo, gran parte de esto les resultará familiar, pero para quienes conocen MDM solo a través de los Mensajes, les ayudará a comprender mejor cómo llegamos hasta aquí. También sirve como un breve resumen para quienes tienen poco tiempo.

Primero, todos debemos escuchar a Dios. Esa es la razón de ser de nuestra pequeña Misión de la Divina Misericordia. Escuchar a Dios incluye las palabras proféticas que Él ha dado a lo largo de la historia de la Iglesia, y que sigue dando hoy.
En segundo lugar, estas palabras proféticas nos ayudan a comprender lo que está sucediendo en la Iglesia en este momento. La Iglesia —el Cuerpo Místico de Cristo— sigue a su Señor al vivir hoy su propia Pasión. Y esa Pasión incluye algo casi impensable: dos usurpadores sucesivos del trono de Pedro.

En tercer lugar, MDM no es culpable de cisma según la propia ley de la Iglesia. No rechazamos el papado. Nos negamos a someternos a hombres que, en conciencia, creemos que no son verdaderos papas. Por lo tanto, creemos firmemente que la sentencia en nuestra contra no está justificada canónicamente ni es válida ante los ojos de Dios.

En cuarto lugar, la verdadera obediencia es santa. Siguiendo el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, debemos obedecer siempre a Dios Padre. Por lo general, esto implica someternos a los obispos de la Iglesia cuando actúan con justicia. Pero no significa —ni puede significar— someternos a los usurpadores en sus intentos por destruir la Iglesia.

Finalmente, MDM continuará su ministerio. Queremos compartir más detalles al respecto y sobre lo que esto significa para nuestros seguidores, especialmente en una situación que genera tanta confusión y división. El Espíritu Santo nos llama a vivir estas tensiones con paciencia, humildad y, sobre todo, caridad, incluso hacia aquellos con quienes no estamos de acuerdo. Él nos guiará a través de esta prueba hacia la gran renovación de su Iglesia.
 
Ahora queremos desarrollar cada uno de estos cinco puntos. Esperamos que esto les ayude a comprender mejor la situación de MDM y a formarse su propio criterio.


 

LA FRASE MÁS DESTRUCTIVA DEL NUEVO CATECISMO

Imagínate decirle a medio millón de personas en YouTube que "ese pecado privado" de la masturbación es solo un pecado venial.

Por el padre David Nix


Realmente detesto escribir sobre el pecado de la autoexplotación (el pecado que el Papa Pío XII llamó "el pecado privado"), pero incontables adolescentes y jóvenes han sido engañados por cientos de sacerdotes modernistas, quienes insisten en que es un pecado venial, siempre y cuando se trate de una adicción. Sí, leyeron bien. Es una verdadera locura.

Desde que publiqué la versión original de este artículo en 2023, pensé que muchos sacerdotes dejarían de engañar a la gente sobre la teología moral tradicional de la Iglesia Católica. Pero no. En cambio, un sacerdote vietnamita de la Diócesis de Orange, California (cerca de Los Ángeles), les dijo a 400.000 oyentes desprevenidos en 2025, en este video, que la masturbación "puede no cumplir con los criterios de pecado mortal" si se tiene un "hábito adquirido" o si se vive con "ansiedad". Vean su video si no me creen.


En 2026, tras ver su diabólico video, le escribí al sacerdote con cortesía, explicándole que estaba engañando a la gente. Incluso le adjunté el original de mi artículo. Por supuesto, no respondió. En fin, recen por él para que no pierda su alma después de haberle dicho a medio millón de personas que un pecado sexual grave es solo un pecado venial (siempre y cuando uno mismo pueda convencerse de que tiene una adicción).

Por otro lado, tal vez el Catecismo de la Iglesia Católica engañó al sacerdote californiano. Vea aquí mi artículo original…

Al leer esta entrada del blog, tenga en cuenta que el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), publicado en 1992, no es infalible. Contiene errores significativos, como la constante contradicción en cuanto a la pena de muerte, como comenté en un video (en inglés aquí). De hecho, Juan Pablo II nunca afirmó que fuera infalible al publicarlo; simplemente dijo que era una “norma segura”. Sin embargo, publicó un catecismo con graves deficiencias.

El Papa Clemente XIII afirmó que el Catecismo Romano de Trento (CRT) del siglo XVI contiene “la enseñanza que es la doctrina común de la Iglesia, de la cual está ausente todo peligro de error doctrinal”. Ningún otro catecismo publicado por la Iglesia ha sido considerado libre de todo “error doctrinal”.

La pena de muerte en el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica es un gran problema. Pero, sin duda, la línea más destructiva del nuevo (no infalible) Catecismo de la Iglesia Católica es el #2352:

2352 Por masturbación debe entenderse la estimulación deliberada de los órganos genitales con el fin de obtener placer sexual. “Tanto el Magisterio de la Iglesia, en el curso de una tradición constante, como el sentido moral de los fieles no han dudado y han sostenido firmemente que la masturbación es una acción intrínseca y gravemente desordenada”. “El uso deliberado de la facultad sexual, por cualquier motivo, fuera del matrimonio es esencialmente contrario a su finalidad”. Pues aquí se busca el placer sexual fuera de “la relación sexual que exige el orden moral y en la que se alcanza el pleno sentido de la entrega mutua y la procreación humana en el contexto del verdadero amor”. Para formar un juicio equitativo sobre la responsabilidad moral de los sujetos y orientar la acción pastoral, se debe tener en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza del hábito adquirido, las condiciones de ansiedad u otros factores psicológicos o sociales que disminuyen, si no reducen al mínimo, la culpabilidad moral.

¿Ves qué hay de malo en ese párrafo? Dice que la masturbación (o el abuso de uno mismo) no es un pecado mortal si se convierte en un hábito.

Ahora bien, incluso yo admito que existen ciertos trastornos cromosómicos (como la trisomía 18, como si el niño viviera lo suficiente como para practicar alguna forma extraña de autolesión, o incluso lesiones cerebrales traumáticas, también conocidas como LCT) que ciertamente podrían reducir la culpabilidad al cometer un pecado grave como la masturbación. En un video reciente (en inglés aquí), incluso comenté cómo los niños que han sido víctimas de trata pueden tener una culpabilidad muy reducida por pecados graves que cometen (especialmente después de haber sido violados 20.000 veces antes de cumplir los 13 años). Por supuesto, esto podría incluso incluir el pecado de la autolesión.

Pero los casos difíciles dan lugar a malas leyes.

El problema es que actualmente hay una gran cantidad de hombres católicos con sobrepeso en Estados Unidos a quienes sus sacerdotes les han dicho que pueden recibir la Sagrada Comunión sin confesarse porque tienen adicción a la pornografía y a la masturbación. Si se les pregunta por qué lo hacen, responden que su sacerdote les dijo que pueden cometer esos pecados y recibir la Comunión sin confesarse. Si se les pregunta a los sacerdotes por qué dicen eso, se remiten al Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) 2352 sobre la masturbación: “La fuerza del hábito adquirido, las condiciones de ansiedad u otros factores psicológicos o sociales… disminuyen, si no reducen al mínimo, la culpabilidad moral”.

Esa postura es totalmente destructiva para las almas si se compara con la verdadera teología moral católica tradicional. Si el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) 2352 se aplicara solo a las personas con síndrome de Down, tal vez estaría dispuesto a debatirlo. Pero ahora se aplica a miles de hombres católicos con plenas facultades mentales. Sí, técnicamente, el CIC 2352 es correcto en una minoría de casos, pero resulta engañoso en la mayoría. Esto revela la ambigüedad deliberada y manipuladora de todos los documentos posteriores al concilio Vaticano II, incluido el nuevo CIC, que pone en peligro las almas de todas las personas que luchan contra las adicciones en línea.

¿Cómo sé que tengo razón y que el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) está equivocado? Primero, como expliqué en el primer párrafo de este blog, el nuevo CIC nunca afirmó ser infalible. Segundo, todos los santos y Papas de la Iglesia Católica siempre han enseñado que la masturbación es un pecado grave. El pleno conocimiento y el pleno consentimiento la convierten inmediatamente en pecado mortal. Y recuerden que el “pleno conocimiento” nunca se excusa bajo la ignorancia falible, solo bajo la ignorancia infalible

Sin embargo, supongamos que un católico liberal leyera esta publicación y decidiera que el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) 2352, que explica que “la fuerza del hábito adquirido, las condiciones de ansiedad u otros factores psicológicos o sociales… disminuyen, si no reducen al mínimo, la culpabilidad moral”, era la teología en la que quería basar su salvación, más que en todos los Santos y Papas anteriores al concilio Vaticano II sobre el tema del abuso de sustancias. Esto es lo que le diría a esa persona:

Si el CIC 2352 es correcto, entonces la masturbación una vez por semana es un pecado mortal, pero la masturbación tres veces al día es solo un pecado venial, ya que conlleva la “fuerza del hábito adquirido”. Así pues, según la propia teología del nuevo CIC, la mejor manera de pasar del pecado mortal al pecado venial es… empezar a masturbarse más. Basta con conectar las frases del CIC 2352 y se verá que esa es la única conclusión posible al considerar que la “fuerza del hábito adquirido” en la autoexplotación reduce automáticamente la culpabilidad a prácticamente ningún pecado.

¿Ves ahora por qué el Catecismo de la Iglesia Católica no es un documento infalible ni una buena idea incorporarlo a tu vida espiritual, al igual que un catecismo antiguo?

¿Cómo podría la idea de adquirir un hábito repugnante ser un remedio curativo inspirado por Jesucristo, el Salvador de nuestras almas y cuerpos? No lo es. Por lo tanto, es una razón más por la que el Catecismo de la Iglesia Católica no es un documento infalible ni siquiera un buen catecismo. De hecho, esa frase en el nuevo Catecismo está poniendo en peligro las almas de innumerables sacerdotes, laicos (y un número creciente de mujeres que luchan contra estas adicciones). Cientos de sacerdotes estadounidenses les dicen a miles de adultos, adolescentes e incluso niños católicos en el confesionario que pueden comulgar después de la autointoxicación sin confesarse . ¿Por qué? Nuevamente, porque tienen una “culpabilidad reducida” debido a la “fuerza del hábito adquirido” de ese pecado mortal de autointoxicación.

Esa teología es repugnante, pero proviene directamente del Catecismo de la Iglesia Católica.

Mujeres católicas, no les sugiero que se pongan a husmear sobre este tema, pero les garantizo que si lo hicieran, encontrarían al menos a un hombre católico en su vida que ha sido engañado por un sacerdote que citó el versículo 2352 en el confesionario. Por eso no exagero cuando digo que esto les ha sucedido a cientos de sacerdotes y miles de hombres católicos. De hecho, probablemente sea algo común entre las mujeres ahora también, considerando cuántas luchan contra adicciones similares a internet. Una teología tan engañosa es absolutamente absurda.

O, si crees que exagero sobre la cantidad de personas engañadas, considera lo siguiente: el hecho de que escribiera este artículo original casi dos años antes de que ese sacerdote del sur de California les dijera a 400.000 personas en YouTube que el pecado grave no era mortal (siempre que uno pueda convencerse de que tiene una adicción) demuestra completamente que la herejía de la teología moral de los sacerdotes modernistas está extremadamente extendida en lo que respecta al "pecado privado".

Aquí está la clave: Demasiados católicos inexpertos buscan una laguna legalista para liberarse de sus pecados en lugar de recurrir a la sangre de Jesús. Cuando uno comprende que la cruz de Jesús es más profunda que cualquier adicción, basta con confesarse para obtener el perdón de la pornografía y la masturbación. Solo eso puede liberarlo, no un sacerdote que juegue con la culpabilidad reducida. Irónicamente, este legalismo modernista está ligado al orgullo que se encuentra en los corazones de fariseos y escribas.

Pero Jesucristo ofrece algo mejor: confiesa tus pecados sin excusas de “culpabilidad reducida por hábito”, y entonces Jesús podrá liberarte no solo del pecado, sino también de pecar . ¿Cómo puedes liberarte de una adicción si te dicen que no es pecado, sino “solo un hábito”? Irónicamente, este juego de subterfugios es contrario al verdadero Evangelio de la misericordia. Excusas como la del Catecismo de la Iglesia Católica 2352 jamás podrán sanarte permanentemente, pero la sangre de Jesús sí.

¿Ves por qué confío en el infalible Catecismo Romano de Trento y no en la plaga de errores del Catecismo de la Iglesia Católica? En cualquier caso, debes elegir el catecismo que creas que te llevará al Cielo. Yo elegí el mío porque creo en un Jesús de infinita misericordia, no en juegos farisaicos ni en tecnicismos legales.

Ah, y una última reflexión: San Alfonso dice que si una persona confiesa el mismo pecado mortal tres veces en un año, se le debe negar la absolución mientras el sacerdote la guía para superar tanto el pecado como la ocasión cercana a pecar. Incluso si algunos penitentes piensan que esto es demasiado extremo, tengan en cuenta que es mejor abstenerse tanto de la Sagrada Comunión como de la Confesión hasta que se pueda hacer una buena confesión con firme resolución de enmienda. Sí, es difícil explicarle a la pareja por qué uno se abstiene de la Sagrada Comunión, pero se puede decir con caridad: “No es asunto tuyo”. Y esto es cierto en la historia de la Iglesia: la decisión de recibir o no la Sagrada Comunión es principalmente entre el católico y Dios mismo. En cualquier caso, recuerden que es mejor esperar para confesarse hasta que se pueda ir con un plan concreto para, al menos, hacer todo lo posible por evitar los pecados mortales en el futuro.