Enseña además de esto el Santo Concilio; que la forma del Sacramento de la Penitencia, en la que principalmente consiste su eficacia, se encierra en aquellas palabras del ministro: Ego te absolvo, etc. a las que loablemente se añaden ciertas preces por costumbre de la Santa Iglesia, mas de ningún modo miran estas a la esencia de la misma forma, ni tampoco son necesarias para la administración del mismo Sacramento. Son empero como su propia materia los actos del mismo penitente; es a saber, la Contrición, la Confesión y la satisfacción; y por lo tanto, se llaman partes de la Penitencia, por cuanto se requieren de institución divina en el penitente para la integridad del Sacramento, y para el pleno y perfecto perdón de los pecados. Mas la obra y efecto de este Sacramento, por lo que toca a su virtud y eficacia, es sin duda la reconciliación con Dios; a la que suele seguirse algunas veces en las personas piadosas, y que reciben con devoción este Sacramento, la paz y serenidad de conciencia, así como un extraordinario consuelo de espíritu. Y enseñando el Santo Concilio esta doctrina sobre las partes y efectos de la Penitencia, condena al mismo tiempo las opiniones de los que pretenden que los terrores que atormentan la conciencia y la fe, son las partes de este Sacramento.
Cap. IV. De la Contrición.
La contrición, que tiene el primer lugar entre los actos del penitente ya mencionados, es un intenso dolor y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante. En todos tiempos ha sido necesario este movimiento de contrición, para alcanzar el perdón de los pecados; y en el hombre que ha delinquido después del Bautismo, lo va últimamente preparando hasta lograr la remisión de sus culpas, si se agrega a la contrición la confianza en la divina misericordia y el propósito de hacer cuantas cosas se requieren para recibir bien este Sacramento. Declara pues el Santo Concilio, que esta contrición incluye no solo la separación del pecado y el propósito y principio efectivo de una vida nueva, sino también el aborrecimiento de la antigua, según aquellas palabras de la Escritura: Echad de vosotros todas vuestras iniquidades con las que habéis prevaricado y formaos un corazón nuevo, y un espíritu nuevo (Eze. 18). Y en efecto quien considerare aquellos clamores de los Santos: Contra ti solo pequé, y en tu presencia cometí mis culpas (Sal. 50); Estuve oprimido en medio de mis gemidos, regaré con lágrimas todas las noches mi lecho, repasaré en tu presencia con amargura de mi alma todo el discurso de mi vida (Salm.6, Isaías 38); y otros clamores de la misma especie; comprenderá fácilmente que dimanaron todos estos de un odio vehemente de la vida pasada, y de una detestación grande de las culpas. Enseña además de esto, que aunque suceda alguna vez que esta contrición sea perfecta por la caridad, y reconcilie al hombre con Dios, antes que efectivamente se reciba el Sacramento de la Penitencia; sin embargo no debe atribuirse la reconciliación a la misma contrición, sin el propósito que se incluye en ella de recibir el Sacramento. Declara también que la contrición imperfecta, llamada atrición, por cuanto comúnmente procede o de la consideración de la fealdad del pecado, o del miedo del infierno, y de las penas; como excluya la voluntad de pecar con esperanza de alcanzar el perdón; no solo no hace al hombre hipócrita y mayor pecador, sino que también es don de Dios e impulso del Espíritu Santo, que todavía no habita en el penitente, pero sí solo le mueve y ayudado con él el penitente se abre camino para llegar a justificarse. Y aunque no pueda por sí mismo sin el Sacramento de la Penitencia conducir el pecador a la justificación; lo dispone no obstante para que alcance la gracia de Dios en el Sacramento de la Penitencia. En efecto, aterrados últimamente con este temor los habitantes de Nínive, hicieron penitencia con la predicación de Jonás (Sal. 3) llena de miedos y terrores, y alcanzaron misericordia de Dios. En este supuesto falsamente calumnian algunos a los escritores católicos, como si enseñasen que el Sacramento de la Penitencia confiere la gracia sin movimiento bueno de los que la reciben; error que nunca ha enseñado ni pensado la Iglesia de Dios; y del mismo modo enseñan con igual falsedad, que la contrición es un acto violento, y sacado por fuerza, no libre, ni voluntario.
Cap. V. De la Confesión
De la institución que queda explicada del Sacramento de la Penitencia ha entendido siempre la Iglesia universal, que el Señor instituyó también la confesión entera de los pecados (Eze. 18) y que es necesaria de derecho divino a todos los que han pecado después de haber recibido el Bautismo; porque estando nuestro Señor Jesucristo para subir de la tierra al Cielo, dejó los sacerdotes, sus vicarios, como presidentes y jueces a quienes se denunciasen todos los pecados mortales en que cayesen los fieles cristianos, para que con esto diesen (Sal. 50), en virtud de la potestad de las llaves, la sentencia del perdón, o la retención de los pecados. Consta pues, que no han podido los sacerdotes ejercer esta autoridad de jueces sin conocimiento de la causa (Salm. 6, Isaías 38), ni proceder tampoco con equidad en la imposición de las penas, si los penitentes solo les hubiesen declarado en general, y no en especie e individualmente sus pecados. De esto se colige; que es necesario que los penitentes expongan en la Confesión todas las culpas mortales de que se acuerdan, después de un diligente examen, aunque sean absolutamente ocultas y solo cometidas contra los dos últimos preceptos del decálogo; pues algunas veces dañan estas mas gravemente al alma, y son mas peligrosas que las que se han cometido externamente. Respecto de las veniales, por las que no quedamos excluidos de la gracia de Dios, y en las que caemos con frecuencia; aunque se proceda bien, provechosamente y sin ninguna presunción, exponiéndolas en la Confesión; lo que demuestra el uso de las personas piadosas; no obstante se pueden callar sin culpa, y perdonarse con otros muchos remedios. Mas como todos los pecados mortales, aun los de solo pensamiento (Efe. 2), son los que hacen a los hombres hijos de ira y enemigos de Dios; es necesario recurrir a Dios también por el perdón de todos ellos, confesándolos con distinción y arrepentimiento. En consecuencia, cuando los fieles cristianos se esmeran en confesar todos los pecados de que se acuerdan, los proponen sin duda todos a la divina misericordia con el fin de que se los perdone. Los que no lo hacen así, y callan algunos a sabiendas, nada presentan que perdonar a la bondad divina por medio del sacerdote (Hier. dict. loc); porque si el enfermo tiene vergüenza de manifestar su enfermedad al médico, no puede curar la medicina lo que no conoce. Coligese además de esto, que se deben explicar también en la confesión aquellas circunstancias que mudan la especie de los pecados; pues sin ellas no pueden los penitentes exponer íntegramente los mismos pecados, ni tomar los jueces conocimiento de ellos; ni puede darse que lleguen a formar exacto juicio de su gravedad, ni á imponer a los penitentes la pena proporcionada a ellos. Por esta causa es fuera de toda razón enseñar que han sido inventadas estas circunstancias por hombres ociosos, o que solo se ha de confesar una de ellas, es a saber, la de haber pecado contra su hermano. También es impiedad decir, que la confesión que se manda hacer en dichos términos, es imposible; así como llamarla potro de tormento de las conciencias; pues es constante que solo se pide en la Iglesia a los fieles, que después de haberse examinado cada uno con suma diligencia, y explorado todos los senos ocultos de su conciencia, confiese los pecados con que se acuerde haber ofendido mortalmente a su Dios y Señor; mas los restantes de que no se acuerda el que los examina con diligencia, se creen incluidos generalmente en la misma confesión. Por ellos es por los que pedimos confiados con el Profeta: Purifícame, Señor, de mis pecados ocultos (Salm.18). Esta misma dificultad de la confesión mencionada, y la vergüenza de descubrir los pecados, podría por cierto parecer gravosa, si no se compensase con tantas y, tan grandes utilidades y consuelos, como certísimamente logran con la absolución todos los que se acercan con la disposición debida a este Sacramento. Respecto de la confesión secreta con solo el sacerdote, aunque Cristo no prohibió que alguno pudiese confesar públicamente sus pecados en satisfacción de ellos, y por su propia humillación, y tanto por el ejemplo que se da a otros, como por la edificación de la Iglesia ofendida, sin embargo no hay precepto divino de esto; ni mandaría ninguna ley humana con bastante prudencia que se confesasen en público los delitos, en especial los secretos; de donde se sigue, que habiendo recomendado siempre los santísimos y antiquísimos Padres con grande y unánime consentimiento (Hier. dict. loc.) la confesión sacramental secreta que ha usado la Santa Iglesia desde su establecimiento, y al presente también usa, se refuta con evidencia la fútil calumnia de los que se atreven a enseñar que no está mandada por precepto divino; que es invención humana; y que tuvo principio en los Padres congregados en el Concilio de Letrán; pues es constante que no estableció la Iglesia en este Concilio que se confesasen los fieles cristianos; estando perfectamente instruida de que la Confesión era necesaria, y establecida por derecho divino; sino solo ordenó en él, que todos y cada uno cumpliesen el precepto de la Confesión al menos una vez en el año, desde que llegasen al uso de la razón, por cuyo establecimiento se observa ya en toda la Iglesia con mucho fruto para las almas fieles, la saludable costumbre de confesarse en el sagrado tiempo de Cuaresma, que es particularmente acepto a Dios; costumbre que este Santo Concilio da por muy buena y adopta como piadosa y digna de que se conserve.
Cap. VI. Del ministro de este Sacramento y de la Absolución
Respecto del ministro de este Sacramento declara el Santo Concilio que son falsas, y enteramente ajenas a la verdad evangélica, todas las doctrinas que extienden perniciosamente el ministerio de las llaves a cualesquiera personas que no sean Obispos ni sacerdotes, persuadiéndose que aquellas palabras del Señor: Todo lo que ligáreis en la tierra, quedará también ligado en el Cielo; y lodo lo que desatáreis en la tierra, quedará también desatado en el Cielo (Mat. 16. et 18); y aquellas: Los pecados de aquellos que perdonáreis, les quedan perdonados y quedan ligados los de aquellos que no perdonáreis (Juan 2); se intimaron a todos los fieles cristianos tan promiscua e indiferentemente, que cualquiera, contra la institución de este Sacramento, tenga poder de perdonar los pecados; los públicos por la corrección, si el corregido se conformase, y los secretos por la confesión voluntaria hecha a cualquiera persona. Enseña también, que aun los sacerdotes que están en pecado mortal, ejercen como ministros de Cristo la autoridad de perdonar los pecados, que se les confirió, cuando los ordenaron, por virtud del Espíritu Santo; y que sienten erradamente los que pretenden que no tienen este poder los malos sacerdotes. Porque aunque sea la absolución del sacerdote comunicación de ajeno beneficio; sin embargo, no es solo un mero ministerio o de anunciar el Evangelio, o de declarar que los pecados están perdonados; sino que es a manera, un acto judicial en el que pronuncia el sacerdote la sentencia como juez, y por esta causa no debe tener el penitente tanta satisfacción de su propia fe, que aunque no tenga contrición alguna, o falte al sacerdote la intención de obrar seriamente, y de absolverle de veras, juzgue no obstante, que queda verdaderamente absuelto en la presencia de Dios por sola su fe; pues ni esta le alcanzaría perdón alguno de sus pecados sin la Penitencia; ni habría alguno, a no ser en extremo descuidado de su salvación, que conociendo que el sacerdote le absolvía por burla, no buscase con diligencia otro que obrase con seriedad.
Cap. VII. De los casos reservados
Y por cuanto pide la naturaleza y esencia del juicio que la sentencia recaiga precisamente sobre súbditos; siempre ha estado persuadida la Iglesia de Dios, y este Concilio confirma por certísima esta persuasión, que no debe ser de ningún valor la absolución que pronuncia el sacerdote sobre personas en quienes no tiene jurisdicción ordinaria o subdelegada. Creyeron además nuestros santísimos PP. que era de grande importancia para el gobierno del pueblo cristiano, que ciertos delitos de los mas atroces y graves no se absolviesen por un sacerdote cualquiera, sino solo por los sumos sacerdotes; y esta es la razón porque los Sumos Pontífices han podido reservar a su particular juicio, en fuerza del supremo poder que se les ha concedido en la Iglesia Universal, algunas causas sobre los delitos mas graves. Ni se puede dudar, puesto que todo lo que proviene de Dios procede con orden (Rom. 13) que sea lícito esto mismo a todos los Obispos, respectivamente a cada uno en su diócesis, de modo que ceda en utilidad y no en ruina, según la autoridad que tienen comunicada sobre sus súbditos con mayor plenitud que los restantes sacerdotes inferiores, en especial respecto de aquellos pecados a que va aneja la censura de la excomunión. Es también muy conforme a la autoridad divina que esta reserva de pecados tenga su eficacia, no solo en el gobierno externo, sino también en la presencia de Dios. No obstante, siempre se ha observado con suma caridad en la Iglesia Católica, con el fin de precaver que alguno se condene por causa de estas reservas, que no haya ninguna en el artículo de la muerte (Concilio de Cartago IV. c. 76. et Tolet. XI. c. 32); y por lo tanto, pueden absolver en él todos los sacerdotes a cualquiera penitente de cualesquiera pecados y censuras. Mas no teniendo aquellos autoridad alguna respecto de los casos reservados, fuera de aquel artículo, procuren únicamente persuadir a los penitentes que vayan a buscar sus legítimos superiores y jueces para obtener la absolución.
Cap. VIII. De la necesidad y fruto de la Satisfacción
Finalmente respecto de la Satisfacción, que así como ha sido la que entre todas las partes de la Penitencia han recomendado en todos los tiempos los Santos Padres al pueblo cristiano, así también es la que principalmente impugnan en nuestros días los que mostrando apariencias de piedad la han renunciado interiormente; declara el Santo Concilio que es del todo falso y contrario a la palabra divina, afirmar que nunca perdona Dios la culpa sin que perdone al mismo tiempo toda la pena. Se hallan por cierto claros e ilustres ejemplos en la Sagrada Escritura (Gen. 3, Rey. 12, núm. 12 et.20), con los que, además de la tradición divina, se refuta con suma evidencia aquel error. La conducta de la justicia divina parece que pide, sin género de duda, que Dios admita de diferente modo en su gracia a los que por ignorancia pecaron antes del Bautismo, que a los que ya libres de la servidumbre del pecado y del demonio, y enriquecidos con el don del Espíritu Santo, no tuvieron horror de profanar con conocimiento el templo de Dios (1 Cor. 3, Efes. 4), ni de contristar al Espíritu Santo (Hebreos 10). Igualmente corresponde a la clemencia divina, que no se nos perdonen los pecados, sin que demos alguna satisfacción, no sea que tomando ocasión de esto y persuadiéndonos que los pecados son mas leves (Rom. 1), procedamos como imperiosos e insolentes contra el Espíritu Santo y caigamos en otros mucho mas graves, atesorándonos de este modo la indignación para el día de la ira. Apartan sin duda y eficacísimamente del pecado y sirven como de freno que sujeta estas penas satisfactorias, haciendo a los penitentes mas cautos y vigilantes para lo futuro: sirven también de medicina para curar los resabios de los pecados, y borrar con actos de virtudes contrarias, los hábitos viciosos que se contrajeron con la mala vida. Ni jamás ha creído la Iglesia de Dios que había camino (Eze. 33, Juan 3, Jerem. 3. 18. et 25) mas seguro para apartar los Castigos con que Dios amenazaba, que el que los hombres (Isaías 30, Ecles. 47, Mat. 3 et 4) frecuentasen estas obras de penitencia con verdadero dolor de su corazón. Agrégase a esto, que cuando padecemos, satisfaciendo por los pecados, nos asemejamos a Jesucristo que satisfizo por los nuestros, y de quien proviene toda nuestra suficiencia (Rom. 5, 1 Juan 2); sacando también de esto mismo una prenda cierta de que si padecemos con él, con él seremos glorificados (2 Cor. 3). Ni esta satisfacción, que damos por nuestros pecados es en tanto grado nuestra, que no sea por Jesucristo (Rom 8); pues los que nada podemos por nosotros mismos, como apoyados en solas nuestras fuerzas (1 Cor. 3, Fil. 4: 1 Corint. 10), todo lo podemos por la cooperación de aquel que nos conforta (1 Cor. 10). En consecuencia de esto, no tiene el hombre por que gloriarse; sino por el contrario, toda nuestra complacencia proviene de Cristo (Mat. 17); en el que vivimos, en el que merecemos, y en el que satisfacemos, haciendo frutos dignos, de penitencia (Mat. 3), que toman su eficacia del mismo Cristo, por quien son ofrecidos al Padre, y por quien el Padre los acepta. Deben pues, los sacerdotes del Señor imponer penitencias saludables y oportunas en cuanto les dicte su espíritu y prudencia, según la calidad de los pecados, y disposición de los penitentes; no sea que si por desgracia miran con condescendencia sus culpas, y proceden con mucha suavidad con ellos, imponiéndoles ligerísima satisfacción por gravísimos delitos, se hagan partícipes de los pecados ajenos. Tengan pues, siempre a la vista, que la satisfacción que imponen no solo sirva para que se mantengan en la nueva vida, y les cure de su enfermedad, sino también para compensación y castigo de los pecados pasados: pues los antiguos Padres creen y enseñan que se han concedido las llaves a los sacerdotes, no solo para desatar, sino también para ligar (Mat. 16). Ni por esto creyeron fuese Sacramento de la Penitencia un tribunal de indignación y castigos; así como tampoco ha enseñado jamás católico alguno que la eficacia del mérito, y satisfacción de nuestro Señor Jesucristo, se podría obscurecer, o disminuir en parte por estas nuestras satisfacciones: doctrina que no queriendo entender los herejes modernos, en tales términos enseña ser la vida nueva perfectísima penitencia, que destruyen toda la eficacia, y uso de la satisfacción.
Cap. IX. De las obras satisfactorias
Enseña además el Sagrado Concilio, que es tan grande la liberalidad de la divina beneficencia, que no solo podemos satisfacer a Dios Padre mediante la gracia de Jesucristo, con las penitencias que voluntariamente emprendemos para satisfacer por el pecado o con las que nos impone a su arbitrio el sacerdote en proporción al delito; sino también lo que es grandísima prueba de su amor, con los castigos temporales que Dios nos envía y padecemos con resignación.
Doctrina sobre el Sacramento de la Extremaunción
También ha parecido al Santo Concilio añadir a la precedente doctrina de la Penitencia, la que se sigue sobre el Sacramento de la Extremaunción, que los Padres han mirado siempre como el complemento no solo de la Penitencia, sino de toda la vida cristiana, que debe ser una penitencia continuada. Respecto pues, de su institución declara y enseña ante todas cosas, que así como nuestro clementísimo Redentor, con el designio de que sus siervos estuviesen provistos en todo tiempo de saludables remedios contra todos los tiros de todos sus enemigos (Efes. 6), les preparó en los demás Sacramentos eficacísimos auxilios con que pudiesen los cristianos mantenerse en esta vida libres de todo grave daño espiritual; del mismo modo fortaleció el fin de la vida con el Sacramento de la Extremaunción, como con un socorro el más seguro (1 Ped. 5); pues aunque nuestro enemigo busca, y anda a caza de ocasiones en todo el tiempo de la Vida (Gen. 4), para devorar del modo que le sea posible nuestras almas; ningún otro tiempo, por cierto, hay en que aplique con mayor vehemencia toda la fuerza de sus astucias para perdernos enteramente, y si pudiera, para hacernos desesperar de la divina misericordia, que las circunstancias en que ve estamos próximos a salir de esta vida.
Cap. I. De la institución del Sacramento de la Extremaunción
Se instituyó pues, esta sagrada Unción de los enfermos como verdadera y propiamente Sacramento de la nueva ley, insinuado a la verdad por Cristo nuestro Señor según el Evangelista San Marcos (Marc. 6) y recomendado e intimado a los fieles por Santiago Apóstol (Sant. 5) y hermano del Señor. ¿Está enfermo, dice Santiago, alguno de vosotros? Haga venir los presbíteros de la Iglesia, y oren sobre él, ungiéndole con aceite en nombre del Señor; y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor le dará alivio; y si estuviere en pecado, le será perdonado. En estas palabras, como de la tradición Apostólica propagada de unos en otros ha aprendido la Iglesia, enseña Santiago la materia, la forma; el ministro propio y el efecto de este saludable Sacramento. La Iglesia pues, ha entendido que la materia es el aceite bendito por el Obispo: porque la Unción representa con mucha propiedad la gracia del Espíritu Santo, que invisiblemente unge al alma del enfermo y que además de esto, la forma consiste en aquellas palabras: por esta santa Unción, etc.
Cap. II. Del efecto de este Sacramento
La cosa y el efecto de este Sacramento, se explica en aquellas palabras: Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor le dará alivio; y si estuviere en pecado, le será perdonado (Sant. 5). Este fruto a la verdad, es la gracia del Espíritu Santo, cuya unción purifica de los pecados, si aun todavía quedan algunos que expiar, así como de las reliquias del pecado; alivia y fortalece al alma del enfermo, excitando en él una confianza grande en la divina misericordia; y alentado con ella sufre con mas tolerancia las incomodidades y trabajos de la enfermedad, y resiste (Gen. 3) mas fácilmente a las tentaciones del demonio, que le pone asechanzas para hacerle caer y en fin le consigue en algunas ocasiones la salud del cuerpo, cuando es conveniente a la del alma.
Cap. III. Del ministro de este Sacramento, y en que tiempo se debe administrar
Y acercándonos a determinar quienes deban ser así las personas que reciban, como las que administren este Sacramento; consta igualmente con claridad esta circunstancia de las palabras mencionadas: pues en ellas se declara, que los ministros propios de la Extremaunción son los presbíteros de la Iglesia: bajo cuyo nombre no se deben entender en el texto mencionado los mayores en edad, o los principales del pueblo; sino, o los Obispos, o los sacerdotes ordenados legítimamente por aquellos mediante la imposición de manos correspondiente al sacerdocio. Se declara también, que debe administrarse a los enfermos, principalmente a los de tanto peligro, que parezcan hallarse ya en el fin de su vida; y de aquí es que se le da el nombre de Sacramento de los que están de partida. Mas si los enfermos convalecieren después de haber recibido esta sagrada Unción, podrán otra vez ser socorridos con auxilio de este Sacramento cuando llegaren a otro semejante peligro de su vida. Con estos fundamentos no hay razón alguna para prestar atención a los que enseñan contra tan clara y evidente sentencia del Apóstol Santiago (Sant. 3), que esta Unción es o ficción de los hombres, o un rito recibido de los PP., pero que ni Dios lo ha mandado, ni incluye en sí la promesa de conferir gracia; como ni para atender a los que aseguran que ha cesado; dando a entender que solo se debe referir a la gracia de curar las enfermedades, que hubo en la primitiva Iglesia; ni a los que dicen que el rito y uso observado por la Santa Iglesia Romana en la administración de este Sacramento, es opuesto a la sentencia del Apóstol Santiago, y que por esta causa se debe mudar en otro rito; ni finalmente a los que afirman pueden los fieles despreciar sin pecado este Sacramento de la Extremaunción; porque todas estas opiniones son evidentemente contrarias a las palabras clarísimas de tan grande Apóstol. Y ciertamente ninguna otra cosa observa la Iglesia Romana, madre y maestra de todas las demás, en la administración de este Sacramento, respecto de cuanto contribuye a completar su esencia, sino lo mismo que prescribió el bienaventurado Santiago. Ni podría por cierto menospreciarse Sacramento tan grande sin gravísimo pecado e injuria del mismo Espíritu Santo.
Esto es lo que profesa y enseña este Santo y Ecuménico Concilio sobre los Sacramentos de Penitencia y Extremaunción, y lo que propone para que lo crean, y retengan todos los fieles cristianos. Decreta también, que los siguientes cánones se deben observar inviolablemente y condena y excomulga para siempre a los que afirmen lo contrario.
Del santísimo Sacramento de la Penitencia
CANON I. Si alguno dijere, que la Penitencia en la Iglesia Católica no es verdadera y propiamente Sacramento instituido por Cristo nuestro Señor para que los fieles se reconcilien con Dios cuantas veces caigan en pecado después del Bautismo; sea excomulgado.
CANON II. Si alguno, confundiendo los Sacramentos, dijere que el Bautismo es el mismo Sacramento de la Penitencia, como si estos dos Sacramentos no fuesen distintos; y que por lo mismo no se da con propiedad a la Penitencia el nombre de segunda tabla después de naufragio; sea excomulgado.
CANON III. Si alguno dijere, que aquellas palabras de nuestro Señor y Salvador: Recibid el Espíritu Santo, los pecados de aquellos que perdonareis, les quedan perdonados; y quedan ligados los de aquellos que no perdonareis (Juan 20, Mat. 16); no deben entenderse del poder de perdonar y retener los pecados en el Sacramento de la Penitencia, como desde su principio ha entendido siempre la Iglesia Católica, antes las tuerza, y entienda (contra la institución de este Sacramento) de la autoridad de predicar el Evangelio; sea excomulgado.
CANON IV. Si alguno negare, que se requieren para el entero y perfecto perdón de los pecados, tres actos de parte del penitente, que son como la materia del Sacramento de la Penitencia; es, a saber, la Contrición, la Confesión y la Satisfacción que se llaman las tres partes de la Penitencia; o dijere que estas no son más que dos; es a saber, el terror que, conocida la gravedad del pecado, se suscita en la conciencia, y la fe concebida por la promesa del Evangelio, o por la absolución, según la cual cree cualquiera que le están perdonados los pecados por Jesucristo; sea excomulgado.
CANON V. Si alguno dijere, que la Contrición que se logra con el examen, enumeración y detestación de los pecados, en la que recorre el penitente toda su vida con amargo dolor de su corazón, ponderando la gravedad de sus pecados, la multitud y fealdad de ellos, la pérdida de la eterna bienaventuranza, y la pena de eterna condenación en que ha incurrido, reuniendo el propósito de mejorar de vida, no es dolor verdadero, ni útil, ni dispone al hombre para la gracia, sino que le hace hipócrita, y mas pecador; y últimamente que aquella Contrición es un dolor forzado, y no libre, ni voluntario; sea excomulgado.
CANON VI. Si alguno negare que la Confesión sacramental está instituida o es necesaria de derecho divino; o dijere, que el modo de confesar en secreto con el sacerdote, que la Iglesia Católica ha observado siempre desde su principio y al presente observa, es ajeno de la institución y precepto de Jesucristo, y que es invención de los hombres; sea excomulgado.
CANON VII. Si alguno dijere, que no es necesario de derecho divino confesar en el Sacramento de la Penitencia para alcanzar el perdón de los pecados, todas y cada una de las culpas mortales de que con debido, y diligente examen se haga memoria, aunque sean ocultos, y cometidas contra (Deut. 5) los dos últimos preceptos del Decálogo; y que no es necesario confesar las circunstancias que mudan la especie del pecado; sino que esta confesión solo es útil para dirigir, y consolar al penitente, y que antiguamente solo se observó para imponer penitencias canónicas; o dijere, que los que procuran confesar todos los pecados nada quieren dejar que perdonar a la divina misericordia; o finalmente que no es lícito confesar los pecados veniales; sea excomulgado.
CANON VIII. Si alguno dijere, que la Confesión de todos los pecados, cual la observa la Iglesia, es imposible, y es una tradición humana que las personas piadosas deben abolir; o que todos y cada uno de los fieles cristianos de uno y otro sexo no están obligados a ella una vez en el año, según la Constitución del Concilio General de Letrán; y que por esta razón se ha de persuadir a todos los fieles cristianos, que no se confiesen en tiempo de Cuaresma; sea excomulgado.
CANON IX. Si alguno dijere que la Absolución sacramental que da el sacerdote no es un acto judicial, sino un mero ministerio de pronunciar y declarar que los pecados se le han perdonado al penitente, con sola la circunstancia de que crea que está absuelto; o el sacerdote le absuelva no seriamente, sino por burla; o dijere que no se requiere la confesión del penitente para que pueda el sacerdote absolver, sea excomulgado.
CANON X. Si alguno dijere que los sacerdotes que están en pecado mortal no tienen potestad de atar y desatar; o que no solo los sacerdotes son ministros de la absolución, sino que indiferentemente se dijo a todos y a cada uno de los fieles: Todo lo que atareis en la tierra, quedará también atado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, también se desatará en el Cielo (Mat. 16. et 48); así como: Los pecados de aquellos que hayáis perdonado, les quedan perdonados; y quedan ligados los de aquellos que no perdonareis (Juan. 20), en virtud de las cuales palabras cualquiera pueda absolver los pecados, los públicos, solo por corrección, si el reprendido consintiere, y los secretos por la confesión voluntaria; sea excomulgado.
CANON XI. Si alguno dijere que los Obispos no tienen, derecho de reservarse casos, sino en lo que mira al gobierno exterior; y que por esta causa la reserva de casos no impide que el sacerdote absuelva efectivamente de los reservados; sea excomulgado.
CANON XII. Si alguno dijere que Dios perdona siempre toda la pena al mismo tiempo que la culpa; y que la satisfacción de los penitentes no es mas que la fe con que aprenden que Jesucristo tiene satisfecho por ellos; sea excomulgado.
CANON XIII. Si alguno dijere que de ningún modo se satisface a Dios en virtud de los méritos de Jesucristo, respecto de la pena temporal correspondiente a los pecados, con los trabajos que él mismo nos envía, y sufrimos con resignación, o con los que impone el sacerdote, ni aun con los que voluntariamente emprendemos, como son ayunos, oraciones, limosnas, u otras obras de piedad; y por lo tanto, que la mejor penitencia es solo la vida nueva; sea excomulgado.
CANON XIV. Si alguno dijere, que las satisfacciones con que, mediante la gracia de Jesucristo, redimen los penitentes sus pecados, no son culto de Dios sino tradiciones humanas, que obscurecen la doctrina de la gracia, el verdadero culto de Dios, y aun el beneficio de la muerte de Cristo; sea excomulgado.
CANON XV. Si alguno dijere que las llaves se dieron a la Iglesia solo para desatar, y no para ligar; y por consiguiente que los sacerdotes que imponen penitencias a los que se confiesan, obran contra el fin de las llaves, y contra la institución de Jesucristo, y que es ficción que las mas veces quede pena temporal que perdonar en virtud de las llaves, cuando ya queda perdonada la pena eterna; sea excomulgado.
Del sacramento de la Extremaunción
CANON I. Si alguno dijere que la Extremaunción no es verdadera y propiamente Sacramento instituido por Cristo nuestro Señor (Marc 6; Sant. 5), y promulgado por el bienaventurado Apóstol Santiago, sino que solo es una ceremonia tomada por los Padres, o una ficción de los hombres; sea excomulgado.
CANON II. Si alguno dijere, que la sagrada Unción de los enfermos no confiere gracia, ni perdona los pecados, ni alivia a los enfermos; sino que ya ha cesado, como si solo hubiera sido en los tiempos antiguos la gracia de curar enfermedades; sea excomulgado.
CANON III. Si alguno dijere que el rito y uso de la Extremaunción observados por la Santa Iglesia Romana, se oponen a la sentencia del bienaventurado Apóstol Santiago, y que por esta razón se deben mudar, y pueden despreciarlos los cristianos, sin incurrir en pecado; sea excomulgado.
CANON IV. Si alguno dijere , que los presbíteros de la Iglesia, que el bienaventurado Santiago exhorta que se conduzcan para ungir al enfermo, no son los sacerdotes ordenados por el Obispo, sino los mas provectos en edad de cualquiera comunidad; y que por esta causa, no es solo el sacerdote el ministro propio de la Extremaunción; sea excomulgado.
DECRETO SOBRE LA REFORMA
PROEMIO
Es obligación de los Obispos amonestar a sus súbditos , en especial los que tienen cura de almas; a que cumplan con su ministerio.
Siendo propia obligación de los Obispos corregir los vicios de todos los súbditos; deben precaver principalmente que los clérigos (1 Cor. 9), en especial los destinados a la cura de almas, no sean criminales, ni vivan por su condescendencia deshonestamente; pues si les permiten vivir con malas y corrompidas costumbres, ¿como los Obispos reprenderán a los legos sus vicios, pudiendo estos convencerles con solo una palabra?; es a saber, ¿por qué permiten que sean los clérigos peores? ¿Y con que libertad podrán tampoco reprender los sacerdotes a los legos, cuando interiormente les está diciendo su conciencia que han cometido lo mismo que reprenden? Por lo tanto, amonestarán los Obispos a sus clérigos, de cualquier Orden que sean, que den buen ejemplo en su trato, en sus palabras y doctrina, al pueblo de Dios que les está encomendado, acordándose de lo que dice la Escritura: Sed santos, pues yo lo soy (Levit. 44. 4, Pedr. 1) Y según las palabras del Apóstol : A nadie den escándalo, para que no se vitupere su ministerio; sino pórtense en todo como ministros de Dios (2 Cor. 6), de suerte que no se verifique en ellos el dicho del Profeta: Los sacerdotes de Dios contaminan el santuario, y manifiestan que reprueban la ley (Eze. 22. Sofon. 5). Y para que los mismos Obispos puedan lograr esto con mayor libertad, y no se les pueda en adelante impedir, ni estorbar con pretexto ninguno; el mismo Sacrosanto, Ecuménico y General Concilio de Trento, presidido de los mismos Legado y Nuncios de la sede Apostólica, ha tenido por conveniente establecer y decretar los siguientes cánones.
Cap. I. Si los que tienen prohibición de ascender a las Ordenes, si los que están entredichos, si los suspensos, asciendan a ellas, sean castigados.
Siendo más decoroso y seguro al súbdito servir en inferior ministerio, prestando la obediencia debida a sus Superiores, que aspirar a dignidad de mas alta jerarquía con escándalo de estos mismos; no valga licencia alguna para ser promovido contra la voluntad de su Prelado, a ninguno a quien esté entredicho por éste el ascenso a las Ordenes Sagradas por cualquier causa que sea, aun por delito oculto, de cualquier modo, aunque sea extrajudicialmente, como ni tampoco sirva la restitución , o restablecimiento en sus primeras Ordenes, grados, dignidades, u honores al que estuviere suspenso de sus Ordenes, o grados, o dignidades eclesiásticas.
Cap. II. Si confiriese el Obispo cualesquiera Ordenes a quien no sea súbdito suyo, aunque sea su familiar, sin expreso consentimiento del propio Prelado, quede sujeto uno y otro a la pena establecida.
Y por cuanto algunos Obispos asignados a iglesias que se hallan en poder de infieles, careciendo de clero y pueblo cristiano, viviendo casi vagabundos, y, sin tener mansión permanente, buscan no lo que es de Jesucristo, sino ovejas ajenas, sin que tenga conocimiento de esto el propio pastor; viendo que les prohíbe este Sagrado Concilio ejercer el ministerio pontifical en diócesis ajena, a no tener licencia expresa del Ordinario del lugar, restringida a solo las personas sujetas al mismo Ordinario; eligen temerariamente en fraude y desprecio de la ley, sede como episcopal en lugares exentos de toda diócesis, y se atreven a distinguir con el carácter clerical y promover a las Sagradas Ordenes, hasta la del sacerdocio, a cualesquiera que les presentan, aunque no tengan dimisorias de sus Obispos, o Prelados, de lo que resulta por lo común, que ordenándose personas menos idóneas, rudas e ignorantes, y reprobadas como inhábiles e indignas por sus Obispos, ni pueden desempeñar los divinos oficios, ni administrar bien los Sacramentos de la Iglesia: ningún Obispo de los que se llaman Titulares pueda promover súbdito alguno de otro Obispo a las Sagradas Ordenes, ni a las Menores, o Primera Tonsura, ni ordenarle en lugares de ninguna diócesis, aunque sean exentos, ni en monasterio alguno de cualquier Orden que sea, aunque estén de asiento, o se detengan en ellos, en virtud de ningún privilegio que se les haya concedido por cierto tiempo, para promover a cualquiera que se les presente, ni aun con el pretexto de que el ordenando es su familiar, y comensal perpetuo, a no tener este el expreso consentimiento o dimisorias de su propio Prelado. El que contraviniere quede suspenso ipso jure de las funciones pontificales por el tiempo de un año y los que así fueren promovidos, lo quedarán también del ejercicio de sus Ordenes, a voluntad de su Prelado.
Cap. III. El Obispo puede suspender sus clérigos ilegítimamente promovidos por otro, sino los hallase idóneos
Pueda suspender el Obispo por todo el tiempo que le pareciere conveniente, del ejercicio de las Ordenes recibidas, y prohibir que sirvan en el altar, o en cualquier grado, a todos sus clérigos, en especial los que estén ordenados in sacris, que hayan sido promovidos por cualquiera otra autoridad, sin que precediese su examen, y presentasen sus dimisorias, aunque estén aprobados como hábiles por el mismo que les confirió sus Ordenes; siempre que los halle menos idóneos y capaces de lo necesario para celebrar los oficios divinos, o administrar los Sacramentos de la Iglesia.
Cap. IV. No se exima clérigo alguno de la corrección del Obispo, aunque sea fuera de la visita.
Todos los Prelados eclesiásticos, cuya obligación es poner sumo cuidado y diligencia en corregir los excesos de sus súbditos, y de cuya jurisdicción no se ha de tener por exento; según los estatutos de este Santo Concilio, clérigo ninguno, con el pretexto de cualquier privilegio que sea, para que no se le pueda visitar, castigar y corregir según lo establecido en los cánones; tengan facultad, residiendo en sus iglesias, de corregir y castigar a cualesquiera clérigos seculares, de cualquier modo que estén exentos como por otra parte estén sujetos a su jurisdicción, de todos sus excesos, crímenes y delitos, siempre y cuando sea necesario y aún fuera del tiempo de la visita, como delegados en esto de la Sede Apostólica, sin que sirvan de ninguna manera a dichos clérigos, ni a sus parientes, capellanes, familiares, procuradores y a otros cualesquiera, por contemplación y condescendencia a los mismos exentos, ningunas excepciones, declaraciones, costumbres, sentencias, juramentos, ni concordias que solo obliguen a sus autores.
Cap. V. Se asignan límites fijos a la jurisdicción de los jueces conservadores
Además de esto, habiendo algunas personas que só color de que les hacen diversas injusticias, y les molestan sobre sus bienes, haciendas y derechos, logran letras conservatorias, por las que se les asignan jueces determinados que les amparen y defiendan de estas injurias y molestias, y les mantengan y conserven en la posesión, o casi posesión de sus bienes, haciendas y derechos, sin que permitan que sean molestados sobre esto; torciendo dichas letras en la mayor parte de las causas a mal sentido, contra la mente del que las concedió; por lo tanto, a ninguna persona de cualquiera dignidad y condición que sea, aunque sea un cabildo, sirvan absolutamente las letras conservatorias, sean las que fueren las cláusulas o decretos que incluyan, o los jueces que asignen, o sea el que fuere el pretexto o color con que estén concedidas, para que no pueda ser. acusado y citado, e inquirirse y procederse contra él ante su Obispo o ante otro Superior ordinario, en las causas, criminales y mixtas, o para que en caso de pertenecerle por cesión algunos derechos, no pueda ser citado libremente sobre ellos ante el juez ordinario. Tampoco le sea de modo alguno permitido en las causas civiles, en caso que proceda como actor, citar a alguna persona para que sea juzgada ante sus jueces conservadores; y si acaeciere que en las causas en que fuere reo, ponga el actor nota de sospechoso al conservador que haya escogido; o si se suscitase alguna controversia sobre competencia de jurisdicción entre los mismos jueces, es a saber, entre el conservador y el ordinario; no se pase adelante en la causa, hasta que den la sentencia los jueces árbitros que se escogieren, según forma de derecho, sobre la sospecha, o sobre la competencia de jurisdicción. Ni sirvan las letras conservatorias a los familiares, ni domésticos del que las obtiene, que suelen ampararse de semejantes letras, a excepción de dos solos domésticos; con la circunstancia de que estos han de vivir a expensas del que goza del privilegio. Ninguno tampoco pueda disfrutar más de cinco años el beneficio de las conservatorias. En las causas de gracias, mercedes o de personas pobres, debe permanecer en todo su vigor el Decreto expedido sobre ellas por este Santo Concilio, más las universidades generales y los colegios de doctores o estudiantes y las Casas de Regulares, así como los hospitales que actualmente ejercen la hospitalidad e igualmente las personas de las universidades, colegios, lugares y hospitales mencionados, de ningún modo se comprendan en el presente Decreto, sino queden enteramente exentas, y entiéndase que lo están.
Cap. VI. Decrétase pena contra los clérigos que ordenados in sacris, o que poseen beneficios, no llevan hábitos correspondientes a su Orden
Aunque la vida religiosa no consiste en el hábito, esto no obstante debido, que los clérigos vistan siempre hábitos correspondientes a las Órdenes que tienen para mostrar en la decencia del vestido exterior la pureza interior de las costumbres; y por cuanto ha llegado a tanto en estos tiempos la temeridad de algunos y el menosprecio de la Religión, que estimando en poco su propia dignidad y el honor del estado clerical, usan aun públicamente ropas seculares, caminando a un mismo tiempo por caminos opuestos, poniendo un pie en la Iglesia y otro en el mundo; por lo tanto, todas las personas eclesiásticas, por exentas que sean, que, o tuvieron Órdenes Mayores, o hayan obtenido dignidades, personados, oficios, o cualesquiera beneficios eclesiásticos, si después de amonestados por su Obispo respectivo, aunque sea por medio de edicto público, no lleven hábito clerical, honesto y proporcionado a su Orden y dignidad, conforme a la ordenanza y mandamiento del mismo Obispo; puedan y deban ser apremiadas a llevarlo, suspendiéndolas de las Órdenes, oficio, beneficio, frutos, rentas y provechos de los mismos beneficios; y además de esto, si una vez corregidas volvieren a delinquir, puedan y deban apremiarlas aún privándolas también de los tales oficios y beneficios; innovando y ampliando la Constitución de Clemente V publicada en el Concilio de Viena, cuyo principio es Quoniam.
Cap. VII. Nunca se confieran las Órdenes a los homicidas voluntarios; y como se conferirán a los casuales.
Debiendo ser removido del altar el que haya muerto a su prójimo (Ex. 24) con ocasión buscada y alevosamente; no pueda ser promovido en tiempo alguno a las Sagradas Órdenes cualquiera que haya cometido voluntariamente homicidio; aunque no se le haya probado este crimen en el orden judicial, ni sea público de modo alguno, si no oculto; ni sea lícito tampoco conferirle ningunos beneficios eclesiásticos, aunque sean de los que no tienen cura de almas; sino que perpetuamente quede privado de toda Orden, oficio y beneficio eclesiástico. Más si se expusiere que no cometió el homicidio de propósito, sino casualmente, o rechazando con la fuerza con el fin de defender su vida; en cuyo caso en cierto modo se le deba de derecho la dispensa para el ministerio de las Órdenes Sagradas y del altar, y para obtener cualesquier beneficios y dignidades; cométase la causa al Ordinario del lugar, o si lo requiriesen las circunstancias al Metropolitano, o al Obispo más vecino; quien no concederá la dispensa sino con conocimiento de la causa, y después de dar por buena la relación y preces, y no de otro modo.
Cap. VIII. No sea lícito a ninguno, por privilegio que tenga, castigar clérigos de otra diócesis
Además de esto, habiendo varias personas, y entre ellas algunos que son verdaderos pastores y tienen ovejas propias, que procuran mandar sobre las ajenas, poniendo a veces tanto cuidado sobre los súbditos extraños, que abandonan el de los suyos; cualesquiera que tenga privilegio de castigar los súbditos ajenos, no deba, aunque sea Obispo, proceder de ninguna manera contra los clérigos que no estén sujetos a su jurisdicción, en especial si tienen Órdenes Sagradas, aunque sean reos de cualesquiera delitos, por atroces que sean, sino es con la intervención del propio Obispo de los clérigos delincuentes, si residiere en su iglesia, o de la persona que el mismo Obispo depute. A no ser así, el proceso, y cuánto de él se siga, no sea de valor ni efecto alguno.
Cap. IX. No se unan por ningún pretexto los beneficios de una diócesis con los de otra
Y teniendo con muchísima razón separados sus términos las diócesis y parroquias (Conc. I de Constantinopla, c. 2), y cada rebaño asignados pastores peculiares, y las iglesias subalternas sus curas, que cada uno en particular deba cuidar de sus ovejas respectivas, con el fin de que no se confunda el orden eclesiástico, ni una misma iglesia pertenezca de ningún modo a dos diócesis con grave incomodidad de los feligreses, no se unan perpetuamente los beneficios de una diócesis, aunque sean Iglesias parroquiales, vicarías perpetuas, o beneficios simples, o prestameras, a beneficio, o monasterio, o colegio, ni a otra fundación piadosa de ajena diócesis; ni aún con el motivo de aumentar el culto divino o el número de los beneficiados, ni por otra causa alguna; declarando deberse entender así el Decreto de este Sagrado Concilio sobre semejantes uniones.
Cap. X. No se confieran los beneficios regulares sino a regulares.
Si llegaron a vacar los beneficios regulares de que se suele proveer, y despachar título a los regulares profesos, por muerte, o resignación de la persona que los obtenía en título, o de cualquiera otro modo; no se confieran sino a solos Religiosos de la misma Orden, o a los que tengan absoluta obligación de tomar su hábito, y hacer su profesión, para que no se dé el caso de que vistan un ropaje tejido de lino y lana.
Cap. XI. Los que pasan a otra Orden vivan en obediencia dentro de los Monasterios, y sean incapaces de obtener beneficios seculares
Por cuánto los Regulares que pasan de una Orden a otra, obtienen fácilmente licencia de sus Superiores para vivir fuera del Monasterio, y con esto se les da ocasión para hacer vagabundos y apóstatas; ningún Prelado o Superior de Orden alguna, pueda en fuerza de ninguna facultad o poder que tenga, admitir a persona alguna a su hábito y profesión, sino para permanecer en vida claustral perpetuamente en la misma Orden a que pasa, bajo la obediencia de sus Superiores; y el que pase de este modo, aunque sea canónigo regular, quede absolutamente incapaz de obtener beneficios seculares, ni aún los que son curados.
Cap. XII. Ninguno obtenga derecho de Patronato a no ser por fundación, o dotación
Ninguno tampoco de cualquiera dignidad eclesiástica o secular que sea, pueda, ni deba impetrar, ni obtener por ningún motivo el derecho de patronato, si no fundare y construyere de nuevo iglesia, beneficio o capellanía, o que dotare competentemente de sus bienes patrimoniales la que esté ya fundada, pero que no tenga dotación suficiente. En caso de fundación o dotación, resérvese al Obispo y no a otra persona inferior, el mencionado nombramiento de patrono.
Cap. XIII. Hágase la presentación al Ordinario y de otro modo téngase por nula la presentación e institución
Además de esto, no se ha permitido al patrono, bajo pretexto de ningún privilegio que tenga, presentar de ninguna manera persona alguna para obtener los beneficios del patronato que le pertenece, sino al Obispo que sea el ordinario del lugar, a quien según derecho, y cesando el privilegio, pertenecería la provisión, o institución del mismo beneficio. De otro modo sean y ténganse por nulas la presentación e institución que acaso hayan tenido efecto.
Cap. XIV. Que en otra ocasión se tratará de la Misa, del Sacramento del Orden, y de la Reforma.
Declara además de esto el Santo Concilio, que en la Sesión futura, que ya tiene determinado celebrar el día 25 de enero del año siguiente 1552, se ha de ventilar, y tratar del Sacramento del Orden, juntamente con el Sacrificio de la Misa y se han de proseguir las materias de la Reforma.