jueves, 21 de mayo de 2026

ARRIANISMO Y PELAGIANISMO ANTIGUOS

Arrianismo y pelagianismo van juntos, aunque sean diferentes herejíasLos dos rebajan cualitativamente la condición sobre-natural del mundo católico de la gracia

Por el padre José María Iraburu


La Iglesia logró en el siglo IV la libertad civil. El emperador Galerio (311, edicto de Nicomedia) y los emperadores Constantino I y Licinio, en occidente y en oriente (313, edicto de Milán), no solamente pusieron fin a las persecuciones de la Iglesia, sino que fueron creando una situación en la que ser cristiano traía consigo una condición muy ventajosa para la vida social en el Imperio. Se bautizaron los emperadores –Constantino, antes de morir–, y con ellos todos los altos magistrados. Teodosio prohibió los cultos paganos supervivientes y estableció el cristianismo como religión oficial del Imperio (391). Se inició en ese siglo para la Iglesia un tiempo nuevo, en el que florecía la liturgia, la catequesis, la construcción de los templos y basílicas, la celebración de los primeros grandes Concilios ecuménicos, la institución del domingo, de la monogamia, una época en la que no pocas normas cristianas se convirtieron en leyes civiles, al mismo tiempo que la Iglesia hizo suyas muchas instituciones y leyes romanas.

Pero fue a la vez un tiempo de grandes rebajas del cristianismo. La Iglesia, por decirlo así, se vio invadida por la conversión de innumerables paganos. Y sucedió lo previsible, aquello que testificó San Jerónimo (347-420): “después de convertidos los emperadores, la Iglesia ha crecido en poder y riquezas, pero ha disminuido en virtud” (Vita Malchi 1). Efectivamente, el heroísmo del pueblo cristiano, generalizado en los tres primeros siglos de persecuciones, fue dando paso con frecuencia a una mundanización creciente. La Providencia divina suscitó justamente en ese siglo IV el monacato, cuyo crecimiento fue sorprendentemente rápido. En la cristiandad de Egipto, por ejemplo, había unos cien mil monjes y unas doscientas mil monjas.

Precisamente entonces, cesadas las persecuciones, es cuando una relativa mundanización de las comunidades cristianas ocasionó negativamente el movimiento positivo de una muchedumbre de fieles que, buscando vivir plenamente el Evangelio, salió del mundo secular y se fue a los desiertos. Esta opción tan radical tuvo no pocos impugnadores en un principio. Y San Juan Crisóstomo (349-407) la justificó y explicó en su obra Contra los impugnadores de la vida monástica. Sin embargo, los enormes conflictos internos de la Iglesia en ese tiempo, aún más que en el campo de la vida moral, se dieron en el campo doctrinal. Fue un tiempo de grandes herejías. Y también de grandes Concilios, que fueron definiendo la Fe Católica en Cristo, la Trinidad y la gracia.

Arrianismo y pelagianismo surgieron entonces como una versión naturalista del cristianismo. Muchos nuevos cristianos “necesitaban” un cristianismo no sobre-natural, el propio del arrianismo y del pelagianismo: un cristianismo mucho más conciliable con la mentalidad helénica-romana; una versión del Evangelio que no sobrevolase tanto por encima del nivel de la naturaleza. Tengamos en cuenta que gran parte del pueblo cristiano de la época seguía viviendo según “los pensamientos y los caminos” de los hombres, tan distantes todavía de los pensamientos y caminos divinos (Is 54,8-9).

El arrianismo

Arrio nació en Libia (246-336), y fue ordenado presbítero en Alejandría. En la cristología que él difundía el Logos no existe desde toda la eternidad, es una criatura sacada por el Padre de la nada. Por lo tanto, Cristo no es propiamente Dios, sino un hombre, una criatura. No explicaré aquí la doctrina del arrianismo, conceptualmente complicada, y ya anticipada de algún modo por el monarquismo adopcionista de Pablo de Samosata (+272), patriarca de Antioquía: en Dios hay solo una persona. Retengo simplemente lo que pasó a la historia como arrianismo, prescindiendo de las especulaciones conceptuales usadas por el presbítero libio-alejandrino Arrio. Simplemente, el arrianismo es una herejía cristológica, que presenta a Jesucristo como una criatura, como un hombre, aunque perfectamente unido a Dios, y que rebaja así infinitamente la fe católica en el Verbo encarnado, haciéndola, por decirlo así, más asequible al racionalismo natural mundano.

Como escribió José Antonio Sayés, “el arrianismo es el fruto del racionalismo frente a la originalidad cristiana. No es el Verbo el que se hace hombre, sino el hombre el que, por gracia divina, queda divinizado” (Señor y Cristo. Curso de cristología, Palabra, Madrid 2005, 218-219). Por lo tanto, no hay encarnación del Hijo divino eterno; no es el Verbo encarnado quien murió en la cruz, en un sacrificio de expiación infinita. Cristo es sin duda para los hombres el ejemplo perfecto de unión con Dios, pero no es propiamente causa, “fuente de salvación eterna para cuantos creen en él” (pref. I común).

El arrianismo tuvo una difusión inmensa. Algunos emperadores lo favorecieron y combatieron a los Obispos defensores de la Fe Católica, como San Atanasio y San Hilario, que hubieron de sufrir exilios. Gran parte de los Obispos orientales lo admitieron activa o al menos pasivamente. De ahí el lamento de San Jerónimo: “ingemuit totus orbis et arianum se esse miratus est” (gimió el orbe entero, al comprobar con asombro que era arriano: Dial. adv. Lucif. 19). Si esta cristología herética hubiera prevalecido, la Iglesia Católica se habría reducido a una secta insignificante. Posteriormente se formularon también herejías que negaban la encarnación de un Hijo divino eterno, como el adopcionismo de Elipando de Toledo (+802).

La Iglesia, pronto y repetidamente, afirmó la Fe Católica en Cristo contra el arrianismo, aunque no sin grandes polémicas y prolongadas resistencias. El Concilio de Nicea (325); el Papa Liberio (352-366), a instancias de San Atanasio; el Concilio I de Constantinopla (381); el Sínodo de Roma (430); el Concilio de Éfeso (431), presidido por San Cirilo; San León Magno, en el formidable Tomus Leonis (449); el Concilio de Calcedonia (451); el II de Constantinopla (553), aseguraron en la Iglesia la verdad de Cristo, la fe católica que confesamos a lo largo de los siglos:

Creemos “en un solo Señor Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial con el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió de los cielos y se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María Virgen, y se hizo hombre”… (Conc. I Constantinopla, Denzinger 150).

El arrianismo, sin embargo, a pesar de tan numerosas y solemnes definiciones de la Iglesia, pervivió largamente, sobre todo entre los godos y otros pueblos germánicos. En España, concretamente, perduró hasta el III Concilio de Toledo (587), cuando Recaredo I, rey de los visigodos, y su pueblo profesaron la Fe Católica. En todo caso, como lo comprobaremos, los esquemas arrianos en cristología tienen hoy amplia vigencia, también entre los católicos, aunque estén concebidos en claves mentales y verbales muy diversas.

Pero vayamos con la otra gran rebaja del cristianismo católico:

El pelagianismo

En el siglo IV, cuando la Iglesia se vio invadida por multitudes de neófitos, surgió en Roma un monje de origen británico, Pelagio (354-427), riguroso y ascético, que ante la mediocridad espiritual imperante, predicó un moralismo muy optimista sobre las posibilidades naturales éticas del hombre. Los planteamientos de Pelagio resultaron muy aceptables para el ingenuo optimismo greco-romano respecto a la naturaleza: “Cuando tengo que exhortar a la reforma de costumbres y a la santidad de vida, empiezo por demostrar la fuerza y el valor de la naturaleza humana, precisando la capacidad de la misma, para incitar así el ánimo del oyente a realizar toda clase de virtud. Pues no podemos iniciar el camino de la virtud si no tenemos la esperanza de poder practicarla” (Epist. I Pelagii ad Demetriadem 30,16). Somos libres, no necesitamos gracia.

San Agustín resume así la doctrina pelagiana: “Opinan que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Dice [Pelagio] que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente cuanto Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil. La gracia de Dios, sin la que no podemos realizar ningún bien, es el libre albedrío que nuestra naturaleza recibió sin mérito alguno precedente. Dios, además, nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar. Pero no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer. Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones [de súplica] de la Iglesia [¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?]. Y pretenden que los niños nacen sin el vínculo del pecado original (De hæresibus, lib. I, 47-48. 42,47-48).

No hay, pues, un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por lo tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación. La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobre-natural, confortadora de la naturaleza humana… todo eso carece de necesidad y sentido.

La Iglesia afirmó la verdad católica de la gracia muy pronto. Aunque las doctrinas de Pelagio fueron en principio aprobadas por varios obispos y Sínodos, debido a informaciones insuficientes y malentendidas, pronto la Iglesia rechazó el pelagianismo con gran fuerza en cuanto sus doctrinas fueron mejor conocidas, sobre todo a través de las enseñanzas de los pelagianos Celestio y Julián de Eclana (Indiculus 431, Orange II 529, Trento 1547, Errores Pistoya 1794: Denz 238-249, 371, 1520ss, 2616). Gran fuerza tuvieron en la lucha contra el pelagianismo varios Santos Padres, como San Jerónimo, el presbítero hispano Orosio, San Próspero de Aquitania y sobre todo San Agustín de Hipona. Se atrevieron a combatir los errores de su propio tiempo.

La Iglesia sabía bien que “es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Flp 2,13). “Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien” y “sin Él no podemos nada” (Jn 15,5) (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, “por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera” (ib. cp. 9). “Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros” (Orange II, can. 9).

Lex orandi, lex credendi

Mucho hemos de agradecer a Dios que por su providencia los principales sacramentarios litúrgicos proceden precisamente de estos siglos. Las oraciones de la sagrada liturgia eran así y siguen siendo la principal expresión devota y lírica de la fe católica. Oraciones como la que sigue, y que hoy rezamos en Laudes de la I semana, muy difícilmente hubieran podido ser compuestas en nuestro tiempo, tan pelagiano:

“Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe [todas] nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin. Por nuestro Señor”. La mala traducción omite ese “todas”; ahí está el punto: “Actiones nostras, quæsumus, Domine, aspirando præveni et adiuvando prosequere, ut cuncta nostra [oratio et] operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur. Per Dominum”.

Arrianismo y pelagianismo van juntos, aunque sean diferentes herejías. Los dos rebajan cualitativamente la condición sobre-natural del mundo católico de la gracia. Los dos son una versión del cristianismo mucho más “aceptable” para quienes mantienen una mentalidad mundana racionalista. Cristo es un hombre, no es Dios. Cristo es un modelo perfecto de humanidad, un Maestro excepcional; pero no es un Salvador único y universal, no causa nuestra salvación, nuestra filiación divina, introduciendo por su encarnación y su cruz en la raza humana unas fuerzas de gracia sobre-naturales, sobre-humanas, divinas, celestiales, absolutamente necesarias para la salvación temporal y eterna del hombre.

No tiene, pues, nada de extraño que, históricamente, cuando los pelagianos se veían perseguidos en una Iglesia local católica, buscaban refugio al amparo de Obispos arrianos. Dios los cría y ellos se juntan. Lo vemos hoy también, dentro de la Iglesia católica: aquellos que tienen de Cristo una visión arriana, son todos rematadamente pelagianos.

DEL RENACIMIENTO A LA REVOLUCIÓN

Continuamos con la publicación del capítulo V del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


CAPÍTULO V

TENTACIÓN FUNDAMENTAL Y GENERAL

DEL RENACIMIENTO A LA REVOLUCIÓN

Como acabamos de ver, Satanás primero intentó ahogar a la Iglesia en sangre. No lo logró. Cuando los paganos pusieron fin a la sangrienta persecución, el Infierno se esforzó al máximo por destruir a esta Iglesia, que se había fortalecido con el ataque de enemigos externos. Fomentó herejías. A través de ellas, separó a miembros, tanto numerosos como minoritarios, e incluso a poblaciones enteras, del cuerpo místico de Cristo. Pero a veces sucedía que lo que la Iglesia perdía por un lado, lo recuperaba por el otro, y que incluso las ovejas descarriadas, tras sufrir diversos grados de angustia, volvían al redil.

Entonces concibió otro plan, más digno de su genio infernal. Mientras seguía sembrando la discordia —las diversas denominaciones protestantes seguidas por el jansenismo—, razonó que su triunfo estaría asegurado y sería permanente si lograba formar dentro de la propia Iglesia una sociedad de hombres que permanecieran mezclados con los católicos, como la levadura en la masa, para producir una fermentación secreta que, de ser necesario, tardaría siglos en desarrollarse, pero que conduciría infaliblemente a expulsar el espíritu sobrenatural del cuerpo de la Iglesia y sustituirlo por el naturalista. Así, alcanzaría en la tierra el mismo triunfo, pero más completo, que el que había obtenido en el cielo al seducir a un tercio de la hueste celestial. Esperaba, mediante este envenenamiento lento, imperceptible e inadvertido, provocar la disolución total del reino de Dios en la tierra.

Las dos primeras partes de esta obra (aquí y aquí) describen esta actividad poco conocida de la masonería, pues es la masonería la que actúa como la fuerza naturalista dentro de la cristiandad. Para convencerse de ello, basta con releer lo que la propia masonería ha dicho sobre sí misma y considerar sus obras.

La vimos nacer en las catacumbas de Roma en el siglo XIV. No contradigo a quienes han visto sociedades secretas dentro de la Iglesia antes de esa época. Existían y apoyaban diversas herejías. Pero fue solo en el siglo XIV cuando se formó la sociedad cuyo objetivo era reemplazar el cristianismo por la religión natural, no en un país u otro, sino en toda la cristiandad, y que ha perseguido este objetivo incansablemente hasta el día de hoy, después de haber creído que sus esfuerzos culminarían con la Revolución.

Desde los humanistas hasta los enciclopedistas, y desde los enciclopedistas hasta los modernistas, siempre y en todas partes se escucha el clamor del naturalismo; son las instituciones inspiradas por la idea naturalista las que pretenden sustituir a las instituciones cristianas, hasta tal punto que el Cardenal Pie pudo constatar este hecho: “La cuestión vital que agita al mundo es si el Verbo hecho carne, Jesucristo, permanecerá en nuestros altares o si será suplantado allí por la diosa razón”.

La oscura secta que se autodenomina masonería ha crecido constantemente desde el siglo XIV en todos los países cristianos y, posteriormente, entre todos los pueblos del mundo. Se infiltra en todos los ámbitos de la actividad humana, distorsionándolos para servir al propósito que Satanás le ha encomendado: el triunfo de la razón sobre la fe, de la naturaleza sobre la gracia, de la humanidad sobre Dios. Esto es lo que les propuso a los ángeles: “Despojaos del yugo del Redentor y Dios Santificador. Sed vosotros mismos, y seréis como dioses”.

“Aparte del periodo en que tuvo lugar la transformación de la antigüedad pagana por el cristianismo -afirma el historiador Pastor- no hay periodo más memorable que el de transición que une la Edad Media con la época moderna y que ha recibido el nombre de Renacimiento… La bandera del paganismo se enarboló abiertamente. El objetivo era destruir radicalmente el estado de cosas existente (la civilización cristiana), que ellos (los humanistas) consideraban una degeneración”.

“Al hombre caído y redimido -dice el Sr. Bériot- el Renacimiento oponía al hombre que no estaba ni caído ni redimido, sino que se elevaba únicamente por las fuerzas de su razón y libre albedrío”. El ideal naturalista de Zenón, Plutarco y Epicuro, que consistía en multiplicar infinitamente las energías del ser, se convirtió en el ideal que los fieles del Renacimiento sustituyeron, tanto en su conducta como en sus escritos, por las aspiraciones sobrenaturales del cristianismo. Así, el Sr. Paulin Paris podía afirmar con razón que lo que comenzó a cambiar en el mundo durante el Renacimiento fue “el objetivo de la actividad humana”: el orden sobrenatural fue prácticamente relegado, la moral se convirtió en la satisfacción de todos los instintos y el placer en todas sus formas en objeto de todos los deseos. La noción cristiana de nuestros destinos fue trastocada en los corazones de las personas, y al mismo tiempo se estableció una separación entre la sociedad civil y la religiosa. “A Dios -decía Alberti en su Tratado de Derecho- debe dejarse el cuidado de los asuntos divinos. Los asuntos humanos son responsabilidad del juez”.

“La Reforma -dijo el Sr. Taine- es solo un movimiento particular dentro de una revolución que comenzó antes”, el retorno del cristianismo al naturalismo.

Esta revolución culminó en los últimos años del siglo XVIII. Fue, en efecto, el establecimiento y el dominio del naturalismo sobre los fundamentos del cristianismo lo que los filósofos y luego los jacobinos persiguieron. Barruel, en sus Mémoires pour servir à l'histoire du Jacobinisme (Memorias para la historia del jacobinismo), observa: “Las obras de los enciclopedistas están repletas de rasgos que anuncian la resolución de sustituir la religión revelada por una religión puramente natural”. Así, su ambición no se limitaba a transformar Francia, sino a “reiniciar la historia” y, para ello, a “rehacer al hombre mismo” (1), según el ideal naturalista. “El gran objetivo de la Revolución -dijo Boissy-d’Anglas- es devolver al hombre a la pureza, a la sencillez de la naturaleza”, y abogó por el retorno de una religión “brillante” que se presentara con dogmas que prometieran “placer y felicidad”.

De este modo, instauraron el culto al Naturalismo que los humanistas tanto anhelaban. Cuando se creía que el catolicismo había muerto en Francia, a causa de la guillotina y las proscripciones, se inició la labor de establecer la religión del naturalismo. Robespierre la inauguró con su discurso del 7 de mayo de 1794: “Todas las sectas -dijo- deben unirse en la nueva religión de la naturalismo”. El Dios de la revelación fue sustituido por el Ser Supremo indicado por la razón. La razón misma fue deificada; tuvo su calendario, sus décadas, sus fiestas, su culto, su moral.

Un discurso por sí solo no basta para establecer una religión, y así el Festival del Ser Supremo fue solo un punto de partida. Poco después del festival del 10 de agosto de 1793, cuando se rindieron honores divinos a una estatua del Naturalismo erigida en la Plaza de la Bastilla (2), surgió una sociedad religiosa, apoyada por los gobernantes, quienes inmediatamente le concedieron varias de nuestras iglesias tras su aparición: los Teofilántropos (3). En la inauguración del Templo de la Fidelidad, la Teofilantropía se presentó como “el culto a los primeros humanos, al hombre que surge de las manos del Ser Supremo, un culto original, una religión del naturalismo que Dios, esencialmente inmutable, no podría haber deseado cambiar”. Así, en el corazón de la Teofilantropía yacía la negación formal del amor divino, que había buscado elevar a la humanidad al orden sobrenatural (4).

Un ritual determinaba el atuendo que debía usar el oficiante de este culto. “Una túnica azul celeste, que llegaba desde el cuello hasta los pies, un cinturón rosa y, sobre ella, una túnica blanca abierta por delante”. Al comienzo de la ceremonia, “los niños colocan una cesta de flores y frutas en el altar; se quema incienso; luego, el lector inicia el servicio con una oración a la que los asistentes se unen, de pie: ‘Padre de la Naturaleza, bendigo tus bendiciones, te agradezco tus dones… Dígnate aceptar con nuestros cantos (5) la ofrenda de nuestros corazones y el homenaje de los dones de la tierra que acabamos de depositar en tu altar como señal de nuestra gratitud por tus bendiciones’”.

No es necesario explicar aquí todo este ritual. Regula el oficio de las décadas y las reglas que deben observarse en las fiestas: de primavera, 10 Germinal; de verano, 10 Messidor; de otoño, 10 Vendémiaire; de ​​invierno, 10 Nivôse; de ​​la fundación de la República, 1er Vendémiaire; de ​​la soberanía del pueblo, 30 Ventôse; de ​​la juventud, 10 Germinal; de los cónyuges, 10 Floréal; de la gratitud, 10 Prairial; de la agricultura, 10 Messidor; de la libertad, 10 Thermidor; de los ancianos, 10 Fructidor.

El ritual de estas festividades comienza con esta introducción: “La teofilantropía es el culto a la religión natural… El autor de la naturaleza unió a toda la humanidad mediante el vínculo de una sola religión y una sola moral, vínculos preciosos que deben protegerse cuidadosamente para evitar que se rompan introduciendo doctrinas y prácticas inadecuadas para toda la humanidad”. El manual que expone los dogmas de los teofilántropos expresa este deseo: “Que este código traiga felicidad al mundo entero”. Sus dogmas se reducen a dos: la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Pero qué es Dios, qué es el alma, cómo recompensa Dios a los buenos y castiga a los malvados: los teofilántropos no lo saben ni profundizan en sus indiscretas indagaciones hasta ese punto; están convencidos de que existe una distancia demasiado grande entre Dios y la criatura como para que esta última pueda pretender conocerlo.

Si bien sus dogmas son sencillos, su moralidad no lo es menos. Se limita a esta regla, a esta única regla:

“El bien es todo aquello que tiende a preservar o mejorar a la humanidad”.

“El mal es todo aquello que tiende a destruirla”.

No en vano hemos dedicado cierta extensión a la exposición de lo que fue la filantropía, lo que pretendía ser, basándose en la ruina de la religión revelada que la Revolución se jactaba de haber provocado.

En su libro titulado: Théorèmes de politique chrétienne (Teoremas de la política cristiana), Monseñor Scotti tiene un capítulo donde establece que el culto a los teofilántropos, que según él no es más que deísmo o nativismo, es el GRAN ARCANO DE LAS SOCIEDADES SECRETAS.

Así es. La misteriosa operación que los alquimistas masones pretenden infligir a la humanidad consiste en transformar el oro de la gracia, el oro de la gloria ofrecido y entregado a la humanidad por el Amor infinito, en lo que solo puede describirse como el plomo vil del naturalismo. Esto es lo que persiguieron desde el Renacimiento hasta la Revolución. Creían haberlo logrado; lo creen más que nunca. Su esperanza fue en vano, y lo será de nuevo. El alma cristiana, a pesar de la corrupción de ideas que se intentó infligirle durante siglos y a pesar de las masacres de los últimos tiempos, se ha mostrado tan viva que Napoleón se vio obligado a restaurar el culto católico. Tenemos la inquebrantable confianza de que seguirá siendo así tras el reinado de nuestros Bloques.
 
Continúa...

Notas:


2) Véase Capítulo V.

3) Tenemos ante nosotros los panfletos que se apresuraron a publicar para promover y difundir la nueva religión:
Sobre el origen del culto de los teofilántropos, qué es y qué debería ser. Discurso pronunciado el día de la inauguración del Templo de la Fidelidad (Iglesia de San Gervais) y de Montreuil (Iglesia de Santa Margarita). Año VI de la República.

MANUEL DES THÉOPHILANTHROPES OU ADORATEURS DE DIEU ET AMIS DES HOMMES (MANUAL DE LOS TEOFILÁNTROPOS O ADORADORES DE DIOS Y AMIGOS DE LOS HOMBRES). Contiene una exposición de sus dogmas, su moral y sus prácticas religiosas, con una indicación de la organización y celebración del culto. Año VI.

INSTRUCTION ÉLÉMENTAIRE SUR LA MORALE RELIOIEUSE, PAR DEMANDES ET PAR RÉPONSES. (INSTRUCCIÓN ELEMENTAL DE LA MORAL RELIGIOSA, MEDIANTE PREGUNTAS Y RESPUESTAS.) Escrito por el autor del Manual de los teofilántropos. Año V.

RITUEL DES THÉOPHILANTHROPES (RITUAL DE LOS TEOFILÁNTROPOS) Contiene el orden de sus diversos ejercicios y la colección de cánticos, himnos y odas adoptadas por los distintos templos, tanto en París como en los departamentos. Año VI.

RECUEIL DE CANTIQUES, HYMNES ET ODES (COLECCIÓN DE CÁNTICOS, HIMNOS Y ODAS) para las fiestas religiosas y morales de los teofilántropos, precedida por las invocaciones y fórmulas que recitan durante sus festividades.

ANNÉE RELIGIEUSE DES THÉOPHILANTHROPES (AÑO RELIGIOSO DE LOS TEOFILÁNTROPOS) Colección de discursos y extractos sobre religión y moral universales para ser leídos a lo largo del año, ya sea en templos públicos o en los hogares. No disponemos de este AÑO RELIGIOSO, que constaba de seis volúmenes.

4) En la INSTRUCTION ÉLÉMENTAIRE SUR LA MORALE RELIGIEUSE (INSTRUCCIÓN ELEMENTAL SOBRE MORAL RELIGIOSA) “Un libro compuesto para los filántropos, adoptado por el tribunal examinador para la enseñanza en las escuelas primarias”, encontramos las siguientes preguntas y respuestas.

P. ¿Proporciona la moral una regla para distinguir entre el bien y el mal?
R. Sí.

P. ¿Cuál es esta regla?
R. Es la siguiente máxima: “El bien es todo aquello que tiende a preservar o perfeccionar a la humanidad. El mal es todo aquello que tiende a destruirla o deteriorarla”.

Esta es, en efecto, la moral de los humanistas; y también la de los libros de texto escolares actuales.

5) En cada templo había un maestro y una maestra encargados de enseñar las canciones a los alumnos.



21 DE MAYO: SAN HOSPICIO RECLUSO, CONFESOR


21 de Mayo: San Hospicio Recluso, confesor

(✞ 581)

Vestido de áspero cilicio, rodeado de cadenas de hierro y atado a una de ellas, dentro de una torre, comiendo solo un poco de pan con unos dátiles y algunas raíces de yerbas y bebiendo solo agua, vivía en la ciudad de Niza un varón santísimo llamado Hospicio o Sospis.

Junto a esta torre había un monasterio cuyos monjes dirigía el siervo de Dios.

Agradó tanto al Señor su gran penitencia y vida encerrada, que hizo por él grandes maravillas.

Gracias a su espíritu de profecía predijo muchos años antes que viniesen los fieros Longobardos a Francia, lo anunció; y así aconsejó a los monjes que se fuesen a vivir a otro lugar; y a los vecinos de Niza que se ausentasen, porque los bárbaros destruirían la ciudad y otras seis poblaciones.

Todo ocurrió como el santo Hospicio lo profetizó.

Llegaron también los longobardos a la torre del santo, y quitando tejas y rompiendo el techo entraron, y como vieron a aquel hombre rodeado de cadenas, dijeron:

- Este es, sin duda, algún insigne malhechor.

Y por un intérprete le preguntaron por qué estaba de aquella manera preso.

El santo respondió:

- Porque soy el peor hombre del mundo -respondió.

Entonces uno de los bárbaros sacó la espada para cortarle la cabeza; pero al ir a descargar el golpe, se le quedó seco el brazo y cayó la espada en tierra.

Entonces el soldado se echó a los pies del santo, confesando su culpa; y el santo le echó la bendición sobre el brazo y le sanó; y así, reducido el bárbaro, se convirtió y se hizo monje.

Luego, predicándoles a Jesucristo desde sus cadenas redujo a muchos de aquellos bárbaros.

Curaba toda suerte de enfermedades, sanaba mudos, ciegos y tullidos, y expulsaba los demonios con poderosa virtud.

Pasada la furia de los longobardos, los monjes volvieron a su monasterio, y cuando el glorioso Hospicio supo que se acercaba su muerte, por una divina revelación, llamó al Prior y le dijo:

- Trae las herramientas necesarias y rompe esta pared, y di al Obispo que venga a sepultar mi cuerpo, porque mi hora está llegando, pues dentro de tres días dejaré este mundo y me iré a gozar del eterno descanso.

Avisaron los monjes al Obispo de Niza, rompieron las paredes, entraron dentro y hallaron al Santo lleno de gusanos y le desataron de sus cadenas.

- Ciertamente
-les dijo- Ya estoy desatado de las prisiones del cuerpo y me voy a reinar con Cristo.

Pasados tres días se postró en oración y después de orar un gran espacio de tiempo con mucha abundancia de lágrimas, se puso sobre un escaño, y tendiendo los pies y alzando las manos al cielo, entregó su espíritu al Señor.

Luego que hubo muerto, desaparecieron los gusanos que roían sus carnes y quedó el cadáver hermoso y resplandeciente, por lo cual el Obispo lo hizo sepultar con gran pompa y solemnidad.

Reflexión:

Hemos visto en el glorioso San Hospicio otro Santo Job, pues comiendo sus carnes los gusanos, estaba tan alegre y contento, como cualquier otro estaría gozando de los regalos y delicias del mundo. “Oh padre - le dijo uno de los que entraron a verle cuando estaba por morir- ¿y cómo es posible que puedas sufrir estos gusanos?”. A lo que respondió el santo: “Porque me conforta aquel Señor por quien yo padezco”. ¡Oh, si nosotros pusiésemos también en el Señor nuestro amor y confianza! ¡Qué ligeros y suaves nos parecerían los trabajos y dolores que para nuestro bien el Señor nos envía!

Oración:

Te rogamos Señor que nos recomiende la intercesión del bienaventurado Hospicio penitente, para que alcemos por su patrocinio lo que no podemos conseguir por merecimientos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

miércoles, 20 de mayo de 2026

LA INSIGNIA ANTIPAPAL DE ROBERT PREVOST

Reflejando la flagrante invalidez de las elecciones del 8 de mayo de 2025.

Por Nicholas Owen


Ha pasado un año desde que se celebraron elecciones en Roma, rodeadas de pompa y simbolismo. En el mundo tan preciso del Vaticano, cada símbolo tiene un significado. Así pues, sigamos prestando atención a lo que tenemos justo delante, basándonos en el minucioso análisis de Andrea Cionci, que sigue siendo inaccesible para gran parte del mundo español simplemente por la barrera lingüística.

Primero, veamos el escudo de armas de Benedicto XVI.


Benedicto XVI modificó la tradición de usar la tiara papal, mostrando en su lugar la mitra episcopal. Para mostrar su autoridad papal, incluyó en la parte inferior un palio con cruces rojas, distinto de los palios que usan los arzobispos metropolitanos, que llevan cruces negras. Este palio es un signo de su munus o cargo como Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro. Benedicto XVI lució el palio envuelto alrededor de su cuerpo al estilo de los antiguos patriarcas y habló extensamente sobre su significado en la homilía de su Misa de Instalación el 24 de abril de 2005. Las llaves cruzadas son también un símbolo del ejercicio de la autoridad de atar y desatar, es decir, de su ministerium. Cabe destacar que no se muestra ningún lema, ya que, a diferencia de los escudos de armas de obispos o cardenales, los escudos papales no muestran ningún lema específico, porque la autoridad y el ministerio del Papa abarcan la Iglesia universal y no son específicos.

Cabe destacar también que, cada vez que se elige a un nuevo papa y aparece por primera vez en la Logia de la Basílica de San Pedro, tradicionalmente se exhibe el escudo de armas del Pontífice anterior, como signo de continuidad con los Sucesores de San Pedro.

Véase abajo a la izquierda una foto del 19 de abril de 2005: el recién elegido Benedicto XVI aparece sobre un telón que muestra el escudo de armas de Juan Pablo II, lo que demuestra la continuidad con los 264 sucesores anteriores de San Pedro.


Y, véase arriba, a la derecha, una foto del 13 de marzo de 2013: Jorge Bergoglio aparece sobre una cortina que no muestra... nada, mostrando su continuidad con... nada.

Y a continuación, la primera aparición de Robert Prevost en la Loggia hace un año, el 8 de mayo de 2025:


Se sitúa sobre un telón que exhibe una tiara con un juego de llaves cruzadas, un símbolo genérico de la Santa Sede en general, lo que parece indicar que la Secretaría de Estado sigue al mando porque sabe que Prevost es un antipapa ilegítimo.



Ahora volvamos a los escudos de armas, comenzando con los de Jorge Bergoglio:


Aquí vemos una mitra episcopal, lo que demuestra que efectivamente es obispo. Pero no se muestra el palio, lo que indica que no poseía el munus petrino. Las llaves cruzadas muestran que sí ostentaba el ministerium, el poder práctico. Y un pergamino en la parte inferior muestra su lema, incompatible con un escudo papal pero compatible con el escudo de un obispo o cardenal. Bergoglio se manifestó así como un obispo cismático que se apropió del poder práctico de las llaves de Pedro, que usurpó el ministerium, ni más ni menos. Como también ha señalado Andrea Cionci, hay un error absurdo en la forma en que se muestra el pergamino, porque el color de cada lado no es consistente al estar invertido; es exactamente lo contrario de cómo deberían ser las cosas. La coloración es imposible, absurda e ilusoria. Igual que el “pontificado” de Bergoglio.

Y, por último, llegamos al escudo de armas de Robert Prevost.


Está estilísticamente en continuidad con el escudo de armas de Bergoglio, lo que muestra que es sucesor no de Pedro sino solo de Bergoglio. Muestra la mitra de un obispo. Al igual que el escudo de armas de Bergoglio, no hay palio debajo de la cimera, porque no posee el munus petrino. Las llaves cruzadas muestran que ha tomado el control de la autoridad práctica, el ministerium usurpado. Y una vez más se muestra un pergamino con un lema, incompatible con un escudo de armas papal pero compatible con el escudo de armas de un obispo, absurdamente invertido de modo que las cosas son lo contrario de como deberían ser.

El mensaje que tenemos ante nuestros ojos, para quienes tienen ojos para ver, es que Robert Prevost, al igual que Jorge Bergoglio antes que él, no es un papa, sino un obispo cismático. Quienes en el Vaticano lo saben, incluidos los demonios que quieren manifestarse, lo están dejando claro.

Las razones por las que Robert Prevost no puede ser papa son múltiples. Hace un año, el 8 de mayo de 2025, fue elegido por un grupo de 133 cardenales electores, en flagrante violación del artículo 33 de la Constitución de los Dominicos (Universi Dominici Gregis), que establece inequívocamente: “El número máximo de cardenales electores no debe exceder de ciento veinte”. La violación de esta norma tiene una clara consecuencia, establecida inequívocamente en el artículo 76 de la Constitución de los Dominicos (UDG): “Si no se observan las condiciones aquí estipuladas, la elección es nula y sin efecto, sin necesidad de declaración alguna”. Por lo tanto, es legalmente imposible que Prevost haya sido elegido por el grupo de hombres que se reunieron en la Capilla Sixtina el pasado mes de mayo.

Si eso no es suficiente para convencerte, hay otras 108 razones por las que la elección fue inválida, a saber, los 108 electores que fueron designados por Bergoglio, quien al igual que Prevost era un obispo cismático sin autoridad legítima para crear cardenales.

O, para aquellos que puedan pensar que otro supuesto escenario podría haber conferido de alguna manera validez a Prevost, atrevámonos a mencionar lo que algunas voces en Roma susurran que sucedió los días 7 y 8 de mayo:

Si, en algún momento después del “Extra Omnes”, los 25 cardenales válidamente nombrados antes de 2013 se reunieron por separado del resto del cónclave y eligieron a Prevost, quien luego aceptó, tomó el nombre de León y procedió a crear a los otros 108 hombres en la sala como cardenales, quienes luego manifestaron su asentimiento a la “elección” ya consumada de León por los 25 cardenales legítimos, entonces la Iglesia universal merece que se le diga la verdad.

El propio Prevost, o alguno de los llamados cardenales “buenos” que tienen más amor por la verdad y la justicia que la siniestra red de supuestos secretos pontificios que nos dio a Theodore McCarrick, debería informar a la Iglesia cómo Prevost —quien le preguntó a su hermano ¿Qué nombre debo elegir? antes del cónclave— logró llevar a cabo el plan bien trazado de Jorge Bergoglio y Blase Cupich para sacar a Prevost del anonimato en Perú, convertirlo en cardenal prefecto de la Congregación para los Obispos y lograr su elección, todo en tan solo dos cortos años.

Porque, independientemente de lo que haya ocurrido, la verdad saldrá a la luz tarde o temprano. Y si, en efecto, se trató de un “minicónclave dentro del cónclave”, esto no habría validado en absoluto la “elección” de Prevost, pues incluso sin especular sobre lo sucedido en su interior, el cónclave de 2025 ya era tan flagrantemente no canónico y violaba las normas de tal manera que era imposible que hubiera dado lugar a un papa canónico. Había un número ilegal de electores. Se encontró a un cardenal con un teléfono móvil dentro del cónclave, en contravención del UDG 56, que prohíbe el uso del teléfono por parte de cualquier elector. Según otro observador, un cardenal abandonó el cónclave antes de tiempo. El cónclave de 2025, quizás incluso más que el de 2013, fue una farsa. Y cualquiera con ojos para ver en Roma lo sabe. El debate italiano sobre este tema está muy por delante de la reticencia del mundo angloparlante a admitir lo completamente falso que es todo esto.

Mientras tanto, la pequeña comunidad necesita mucha paciencia en estos momentos. Si las payasadas diarias del antipapa Prevost, destinadas a hostigar y desalentar a los fieles, nos impacientan a veces, haríamos bien en dejar de prestarle atención. Dejemos de amplificar las acciones de un obispo cismático. Oremos para que nuestros sacerdotes, y sí, nuestros obispos, encuentren el valor de separarse de él, como ya lo hizo el arzobispo Carlo Maria Viganò. Este es el camino a seguir, el camino que, con paciencia, dará fruto.
 

EXCELENCIA MARAVILLOSA DE LA SABIDURIA ETERNA (Cap. 5)

Continuamos con la publicación del capítulo 5 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO QUINTO

EXCELENCIA MARAVILLOSA DE LA SABIDURIA ETERNA

El Espíritu Santo se ha dignado revelarnos la excelencia de la Sabiduría -en el capítulo 8 del libro de la Sabiduría- en términos tan sublimes, que bastará reproducirlos y acompañarlos de cortas reflexiones.

(La Sabiduría) alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto.

Nada tan dulce como la Sabiduría: dulce en sí misma, sin amargura; dulce para quienes la aman, sin dejar desazón; dulce en su modo de obrar, sin violentar a nadie. Frecuentemente, se diría que no está presente en los accidentes y trastornos que acontecen: tan secreta y suave es la Sabiduría. Pero, siendo una fuerza invencible, lo encamina todo, insensible pero vigorosamente, a su meta por vías que los hombres desconocen (1).

Es preciso que el sabio sea, a ejemplo suyo, suavemente fuerte y fuertemente suave.

La quise y la rondé desde muchacho y la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura.

Quien desee adquirir el gran tesoro de la Sabiduría debe, a ejemplo de Salomón, buscarla: 
1) desde temprano y, a ser posible, desde la infancia;
2) espiritual y castamente, como un casto esposo a su esposa; 
3) perseverantemente, hasta el fin, hasta alcanzarla.

Es cierto que la Sabiduría eterna tiene tanto amor a las almas, que llega hasta el extremo de desposarse con ellas y contraer con ellas un matrimonio espiritual, pero auténtico (2), que el mundo desconoce, pero del cual la historia nos ofrece numerosos ejemplos.

Su intimidad con Dios realza su nobleza, siendo el dueño de todo quien la ama.

La Sabiduría es Dios mismo; ésta es la gloria de su origen. El Padre encuentra en ella todas sus complacencias, como El mismo lo asevera. ¡Es así como es amada!

Es confidente del saber divino y selecciona sus obras.

Solamente la Sabiduría ilumina a todo hombre que viene al mundo (3). Efectivamente, sólo ella viene del Cielo para revelarnos los secretos de Dios (4). Y no tenemos más verdadero maestro que esta Sabiduría encarnada, que se llama Jesucristo (5). Únicamente ella conduce a su meta todas las obras de Dios, de modo especial a los santos, dándoles a conocer lo que deben hacer y llevándoles a saborear y realizar cuanto les dio a conocer.

Si la riqueza es un bien apetecible en la vida, ¿quién es más rico que la sabiduría, que lo realiza todo? (6). Y si es la inteligencia quien lo realiza, ¿quién es artífice de cuanto existe más que ella? (7). Si alguien ama la rectitud, las virtudes son frutos de sus afanes; es maestra de templanza y prudencia, de justicia y fortaleza; para los hombres no hay en la vida nada más provechoso que esto.

Salomón demuestra que, no debiendo amar más que a la Sabiduría, de ella sola hemos de esperarlo todo: bienes de fortuna, conocimiento de los secretos de la naturaleza, bienes del alma, virtudes teologales y cardinales.

Y si alguien ambiciona una rica experiencia, ella conoce el pasado y adivina el futuro, sabe los dichos ingeniosos y la solución de los enigmas, comprende de antemano los signos y prodigios y el desenlace de cada momento, de cada época.

Quien desee poseer una ciencia nada común y que no sea árida y superficial, sino extraordinaria, santa y profunda, de las realidades de la gracia y de la naturaleza, debe poner todo su empeño en adquirir la Sabiduría, sin la cual el hombre -aunque sabio delante de los demás- es considerado nada ante los ojos de Dios: Nadie les hace caso.

Por eso decidí unir nuestras vidas, seguro de que sería mi consejera en la dicha, mi alivio en la pesadumbre y la tristeza.

¿Quién podrá considerarse pobre poseyendo a la Sabiduría, que es tan rica y generosa? ¿Quién podrá estar triste teniendo a la Sabiduría, que es tan dulce, hermosa y tierna? Y, sin embargo, ¿quién -de cuantos buscan la Sabiduría- dice sinceramente con Salomón: Por eso decidí? La mayoría no ha tomado esta sincera resolución: tiene sólo veleidades o, a lo sumo, propósitos vacilantes o indiferentes. ¡Por ello, jamás encontrará la Sabiduría! (8).

Gracias a ella, me elogiará la asamblea y, aun siendo joven, me honrarán los ancianos; en los procesos lucirá mi agudeza y seré la admiración de los monarcas; si callo, estarán a la expectativa; si tomo la palabra, prestarán atención, y si me alargo hablando, se llevarán la mano a la boca.

Gracias a ella alcanzaré la inmortalidad y legaré a la posteridad un recuerdo imperecedero. Gobernaré pueblos, someteré naciones.

Sobre estas palabras, en las que el sabio se alaba a sí mismo, San Gregorio hace la siguiente reflexión: "Los que han sido escogidos por Dios para escribir sus sagradas palabras, estando como están llenos del Espíritu Santo, salen, en cierto modo, de sí mismos para entrar en aquel que los posee, y, transformados así en la lengua de Dios, consideran sólo a Dios en lo que dicen y hablan de sí mismos como si lo hicieran de un tercero" (9).

Soberanos temibles se asustarán al oír mi nombre; con el pueblo me mostraré bueno, y en la guerra, valeroso.

Al volver a casa descansaré a su lado, pues su trato no desazona; su intimidad no deprime, sino que regocija y alegra.

Esto es lo que yo pensaba y sopesaba para mis adentros: la inmortalidad consiste en emparentar con la sabiduría; su amistad es noble deleite; el trabajo de sus manos, riqueza inagotable; su trato asiduo, prudencia conversar con ella, celebridad; entonces me puse a dar vueltas tratando de llevármela a casa.

El autor sagrado, luego de resumir en pocas palabras lo que acaba de explicar, saca esta conclusión: Me puse a dar vueltas… Para adquirir la Sabiduría hay que buscarla con ardor, es decir, es preciso estar dispuestos a dejarlo todo, a sufrirlo todo y a emprenderlo todo para llegar a poseerla. Pocos la encuentran, porque pocos la buscan como ella lo merece.

El Espíritu Santo habla en el capítulo 7 de este libro sobre la excelencia de la Sabiduría en los siguientes términos:

Es un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, móvil, penetrante, inmaculado, lúcido, invulnerable, bondadoso, agudo, incoercible, benéfico, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, todopoderoso, todo vigilante, que penetra todos los espíritus inteligentes, puros, sutilísimos.

La sabiduría es más móvil que cualquier movimiento; y, en virtud de su pureza, lo atraviesa y lo penetra todo.

Por fin, es un tesoro inagotable para los hombres; los que la adquieren se atraen la amistad de Dios, porque el don de su enseñanza los recomienda (10).

Tras palabras tan enérgicas y tiernas del Espíritu Santo para hacernos comprender la belleza, valor y tesoros de la Sabiduría, ¿quién no la amará y buscará con todas sus fuerzas? ¡Tanto más 19 cuanto que se trata de un tesoro infinito, propio del hombre, para el cual fue creado el hombre, y que la Sabiduría misma tiene infinitos deseos de darse al hombre!

Continúa...

Notas:

1) Ver los cc 10 y 11 en los que el P. de Montfort habla de la dulzura de la Sabiduría encarnada.

2) Os 2,1ss: historia matrimonial de Oseas, que se convierte en símbolo de la alianza entre el Dios siempre fiel y el pueblo reiteradamente infiel; ver también 2Cor 11,2 y ASE 98 y el Cántico 126 del P. de Montfort y vgr. SANTA TERESA, Castillo interior, c 2 n 3.

3) Jn 1,9.

4) Jn 1,18: "A Dios nadie lo ha visto jamás; es el Hijo único, que es Dios y está al lado del Padre, quien lo ha explicado." Ver también Mt 11,27; 1Cor 2,10.

5) Mt 23,8-10.

6) VD 64.

7) Sb 3,17.

8) Ver No. 60. El autor volverá más detenidamente sobre los medios para alcanzar la Sabiduría, en los cc 15 a 17.

9) San Gregorio Magno, Moralium Libri: PL 75,518.

10) Sb 7,22-24. Este versículo 14 sirve a Montfort para resumir lo anterior, y abrir la reflexión que presenta sobre el mismo tema en el capítulo siguiente.

 
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (106)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


106. Expulsión de Nazaret (70). Jesús consuela a su Madre.
Tarde del 13 de febrero de 1944.

1 Veo una amplia sala cuadrada. Digo sala, a pesar de que comprendo que se trata de la sinagoga de Nazaret –como me dice el íntimo consejero–, porque no hay sino paredes desnudas pintadas de un amarillo pajizo y en una parte una especie de cátedra. Hay también un alto ambón que tiene encima unos rollos. Ambón, estante... llámelo como mejor le parezca. Es, en definitiva, una especie de plano inclinado sujeto por un pie; sobre él están alineados unos rollos.
Hay gente orando. No como rezamos nosotros, sino vueltos todos hacia un lado con las manos separadas: más o menos como el sacerdote en el altar.
Hay lámparas dispuestas sobre la cátedra y el ambón.
No veo la finalidad de estar contemplando esto, que no cambia y que me queda fijo así por un tiempo, pero Jesús me dice que escriba lo que veo, y yo lo hago (71).

2 Me encuentro de nuevo en la sinagoga de Nazaret. Ahora el rabino está leyendo. Oigo la cantinela de voz nasal, pero no entiendo las palabras, pues las pronuncian en una lengua que yo no sé.
Entre la gente está también Jesús con sus primos apóstoles y con otros (también parientes, sin duda, pero no sé quiénes son).
Después de la lectura el rabino dirige la mirada, en actitud de muda expectativa, hacia la multitud.
Jesús pasa adelante y solicita encargarse hoy de la reunión de la asamblea.
Oigo su hermosa voz, que lee el paso de Isaías citado por el Evangelio (72): "El espíritu del Señor está sobre mí...". Y oigo el comentario que hace al respecto, diciendo de sí mismo que es “el portador de la Buena Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes había rigor; por la cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu, y, como reflejo, en la carne –porque el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso física– obtendrán la salud; por la cual todos los prisioneros del Espíritu del mal obtendrán la liberación. Yo he venido –dice– a romper estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a proporcionar luz a las almas que han sido cegadas, oído a las sordas. Ha llegado el tiempo de la Gracia del Señor. Ella está entre vosotros, Ella es esta que os habla. Los Patriarcas desearon ver este día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas (73), y ya, llevada a ellos por ministerio sobrenatural, saben que el alba de este día ha roto, y su entrada en el Paraíso está ya cercana, exultando por ello en sus espíritus; santos a quienes no falta sino mi bendición para ser ciudadanos del Cielo. Vosotros lo estáis viendo. Venid hacia la Luz que ha surgido. Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a Cristo. Tened la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud, y la salud os será dada; la tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una ofensa a la Gracia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás”.

3 El murmullo se desata en la sinagoga.
Jesús mira en torno a sí. Lee los rostros y el interior de los corazones y prosigue: “Comprendo lo que estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; más esto por vuestro egoísmo, no por potencia de fe. Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria. Otros lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor fe, incluso aquellos cuyo nombre es motivo de escándalo entre vosotros. Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en esta tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo. El primero halló fe en una mujer fenicia; el segundo, en un sirio (74): en favor de aquélla y de éste pudieron realizar el milagro. Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta, de haber existido, hubiera visto. Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra de Dios”.

4 La multitud se alborota e impreca, e intenta ponerle la mano encima a Jesús, pero los apóstoles–primos (75) (Judas, Santiago y Simón) le defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos le echan fuera de la ciudad. Van detrás con amenazas –no solamente verbales– hasta el comienzo del monte. Pero Jesús se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética, y pasa incólume entre ellos. Desaparece luego, camino arriba, por un sendero.

5 Veo un pequeño, pequeñísimo, grupo de casas, un puñado de casas. Hoy lo llamaríamos anejo rural. Está más alta que Nazaret, la cual se ve más abajo. Dista de ésta pocos kilómetros. Es un caserío misérrimo.
Jesús, sentado encima de una pequeña tapia, junto a una casucha, habla con María. Quizás es una casa amiga, o por lo menos de gente hospitalaria, según las leyes de la hospitalidad oriental. Jesús se ha refugiado en ella después de haber sido echado de Nazaret, para esperar a los apóstoles que se habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre.
Con El sólo se encuentran los tres apóstoles–primos, que están recogidos dentro de la cocina y hablan con una mujer anciana a la que Tadeo llama madre. Por ello comprendo que se trata de María de Cleofás. Es una mujer más bien anciana, y la reconozco como la que estaba con María en las bodas de Caná. Claro, es que María de Cleofás y sus hijos se han retirado para que Jesús y su Madre puedan hablar libremente.

6 María está afligida. Ha venido a saber lo de la sinagoga y está triste. Jesús la consuela. María le suplica a su Hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia El, incluyendo a los otros familiares que le consideran un loco que está deseando suscitar rencores y disputas. Pero Jesús hace un gesto sonriendo; parece como si dijera: "¿Por esta pequeñez? ¡Olvídate de ello!". Pero María insiste.
Entonces El responde: “Mamá, si el Hijo del Hombre hubiera de ir únicamente a donde le aman, tendría que retirar su paso de esta Tierra y volverse al Cielo. Tengo en todas partes enemigos, porque se odia la Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre. El amor eres tú, Mamá, mi amor, el que me compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios. Lo demás es el deber. He venido para cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso aún cuando me parta en pedazos contra las piedras de los corazones que oponen firme resistencia al bien. Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos corazones, los ablandaré estampando en ellos el Signo mío, que anula el del Enemigo. Mamá, he bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplirlo”.
“¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!” –María habla con voz acongojada–. Jesús la acaricia. Noto que María lleva en la cabeza, además del velo, el manto; más velada que nunca, como una sacerdotisa.

7 “Me ausentaré durante un tiempo por darte gusto. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte”.
“Manda a Juan. Viéndole a Juan me parece verte un poco a ti. Su madre se prodiga en atenciones hacia mí y hacia ti. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre, Jesús. Hay que comprenderla. Te hablará también a ti de ellos. No obstante, te es sinceramente devota. Cuando quede liberada de la humanidad –que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los demás, como en todos–, Hijo mío, será grande en la fe. Es doloroso que todos esperen de ti un bien humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su concupiscencia. Aún la hora bendita, y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora! ¡Cómo tiembla el corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas (76) refieren tanto martirio?”.
“No pienses en ello, Mamá. Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a ti y a mí. Después, la paz. Ahora ve, que cae la tarde y el camino es largo. Yo te bendigo”.

Continúa...

Notas:

70) Cfr. Lc. 4, 16–30.

71) Sigue inmediatamente, en el cuaderno autógrafo, la visión colocada en el capítulo 101, que empieza con las palabras: Ahora veo – aproximadamente dos horas después de la anteriormente descrita – …

72) en Is. 61, 1–3; Luc. 4, 18–19.

73) Cfr. Gén. 17; Mt. 13, 10–17; Lc. 10, 23–24; Ju. 8, 31–59; 1 Pe. 1, 10–12.

74) Cfr. 3 Re. 17, 7–16; 4 Re. 5; Lc. 4, 25–27.

75) son Judas y Santiago. El primo Simón, también presente, es erróneamente llamado apóstol por la escritora, a la que Jesús corrige en 105.6

76) Cfr. por ej. Is. 61; Sal. 21. etc.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)

20 DE MAYO: SAN BERNARDINO DE SIENA


20 de Mayo: San Bernardino de Siena, confesor

(✞ 1444)

El glorioso confesor y sublime predicador y fraile humilde de San Francisco, San Bernardino de Siena, nació en la ciudad de Siena en Toscana, de muy noble y cristiana familia.

Por la muerte de sus padres quedó encomendado el niño a una tía suya, la cual le crió con mucho cuidado.

Era muy amigo de componer altares y de remedar a los predicadores que oía, y para esto se subía a algún lugar alto, estando sentados los otros muchachos, lo cual era como un indicio de lo que después había de ser.

Cuando cursaba en las aulas, los otros mozos que le conocían se recataban de hablar en su presencia de cosas torpes y libres, y así estando él ausente las hablaban entre sí, pero viéndole venir, luego decían:

- Bernardino viene, dejemos estas pláticas.

Siendo de edad de veinte años, hubo una gran pestilencia en toda Italia, y extendiéndose por la ciudad del Siena, hizo tan gran estrago en el hospital, que habiendo muerto los ministros que servían a los enfermos, no había quien se atreviese a entrar en él.

Viendo esto Bernardino, persuadió a algunos jóvenes, bien inclinados y amigos suyos, a encargarse de aquella empresa tan gloriosa, y fue al hospital con sus compañeros, y por espacio de tres meses sirvieron a los apestados, hasta que cesó aquella calamidad.

Llamado después por una voz del cielo a la Religión dio todo a los pobres.

Habiendo hecho su profesión, dio principio a sus correrías apostólicas predicando en Siena, Florencia y otras partes de Toscana, pasando de allí a Lombardía y yendo por toda Italia como una trompeta del cielo.

A la hora en que predicaba, se cerraban las tiendas, y cesaban los tribunales y audiencias, y en las universidades, las lecciones.

Nadie podía resistir a la virtud de su Santa Palabra.

Se convirtieron innumerables y grandes pecadores: los jugadores le llevaban sus tableros, naipes y dados; las mujeres mundanas sus cabellos, afeites y vestidos, y él, en una hoguera lo mandaba a quemar todo.

Edificó y pobló más de doscientos monasterios, renunció a tres obispados que los papas le ofrecieron; y habiéndole una vez el santo Pontífice colocado por su mano en la cabeza la mitra episcopal, él se la quitó, y con lágrimas y razones logró quedarse en su humilde estado.

Sesenta y tres años llevaba de grandes méritos y virtudes, cuando se le apareció San Pedro Celestino, que le avisó de su cercana muerte; y tendido humildemente en el suelo como su padre San Francisco, murió alegremente y con una sonrisa en los labios.

Reflexión:

Este apostólico y santísimo varón tenía tan impreso en el alma el dulce nombre de Jesús, que jamás se le caía de la boca. Con este nombre sazonaba todos sus sermones y todas sus pláticas familiares y buenas obras; y llevaba pendiente del cordón una tablita en que estaba escrito aquel nombre en letras de oro, y la mostraba al pueblo y a los pecadores para animarles y llenarles de santa confianza. Sea también el dulcísimo nombre de Jesús nuestro tesoro, consuelo y esperanza en la vida y en la muerte. Frágiles somos y miserables pecadores; no podemos confiar en nuestros méritos; pero podemos y debemos confiar en los merecimientos de Jesucristo, el cual se entregó a la muerte, como dice el apóstol, para satisfacer por nuestros pecados y por todos los pecados del mundo.


Oración:

Señor Jesús, que concediste a tu bienaventurado confesor Bernardino un amor tan grande a tu Santo Nombre; por sus méritos e intercesión te suplicamos que infundas en nuestros corazones el espíritu de tu divino amor. Que vives y reinas Por los siglos de los siglos. Amén.

 

martes, 19 de mayo de 2026

RITUAL DE SANGRE: HUGO DE LINCOLN (1246-1255)

Hoy recordamos al pequeño San Hugo de Lincoln que fue víctima de un ritual de sangre en la época medieval.


Hugo de Lincoln (1246 – 29 de agosto de 1255) fue un niño inglés cuya muerte en Lincoln (Inglaterra) fue atribuida a los judíos. En idioma ingles se le conoce como Little Saint Hugh (Pequeño San Hugo) para distinguirlo del santo adulto, Hugo de Lincoln (fallecido en 1200). El niño Hugo nunca fue canonizado formalmente.

Hugo se convirtió en uno de los más conocidos niños víctimas de ritual de sangre y su muerte dio lugar a una firme acusación contra la comunidad judía local. Su muerte, similar a otras muertes de mártires infantiles medievales como las de Guillermo de Norwich y Simón de Trento (entre otros), hizo que el pueblo inglés sintiera un fuerte rechazo por “el pueblo elegido”.

La muerte de Hugo es significativa porque fue la primera vez que la Corona dio crédito a las acusaciones de asesinato ritual de niños, a través de la intervención directa del rey Enrique III. Esto se vio reforzado además por el relato de los hechos del monje benedictino Mateo de París y por el apoyo de Eduardo I al culto después de ordenar la expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290. Con esta documentación histórica, verificando la existencia real del niño, ya no pueden excusarse como en otros casos en los cuales hasta se atreven a negar que los niños y los crímenes ocurrieron, como tampoco pueden alegar que “son fantasías medievales”.
 
Las acusaciones de asesinato ritual de niños se habían vuelto cada vez más comunes tras la difusión de The Life and Miracles of St William of Norwich (La vida y los milagros de San Guillermo de Norwich), de Thomas de Monmouth, la hagiografía de Guillermo de Norwich, un niño cristiano que fue crucificado por judíos en 1144. Hubo más acusaciones, como la de Harold de Gloucester (1168) y Roberto de Bury (1181). Pero en este caso, el asesinato de Guillermo de Norwich fue lo que dio indicios concretos para esclarecer la muerte del pequeño Hugo de Lincoln.

Por aquellos años, las restricciones de la Iglesia contra los judíos se habían intensificado considerablemente. El Vaticano emitió decretos ordenando que los judíos vivieran separados de los cristianos, que los cristianos no trabajaran para los judíos, especialmente en sus hogares, y que los judíos llevaran insignias amarillas para identificarse. Estos decretos de la Iglesia llevaron a que varias ciudades inglesas expulsaran a sus comunidades judías. Enrique III codificó la mayoría de las exigencias de la Iglesia y las convirtió en ley vinculante en su Estatuto de Judería de 1253. 
 
El asesinato ritual

Por aquellos años, varios judíos de toda Inglaterra se habían reunido en Lincoln para asistir a una boda en el momento de la muerte del niño. 

Hugo, de nueve años, desapareció el 31 de julio y su cuerpo fue hallado en un pozo el 29 de agosto. Se dedujo que los judíos lo habían secuestrado, torturándolo luego, para crucificarlo finalmente. Según la Tradición, el cuerpo fue arrojado a ese pozo porque fracasaron los intentos de enterrarlo, ya que era expulsado por la tierra.

El monje benedictino Mateo de Paris (1200 - 1259)

El monje Mateo de París describió el asesinato, implicando a todos los judíos de Inglaterra:

Este año [1255], alrededor de la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo [27 de julio], los judíos de Lincoln robaron a un niño llamado Hugo, que tenía unos ocho años. Después de encerrarlo en una cámara secreta, donde lo alimentaron con leche y otros alimentos infantiles, enviaron mensajeros a casi todas las ciudades de Inglaterra en las que había judíos, y convocaron a algunos de su secta de cada ciudad para que estuvieran presentes en un sacrificio que tendría lugar en Lincoln, en injuria e insulto a Jesucristo. Porque, como dijeron, tenían a un niño escondido con el propósito de ser crucificado; así que un gran número de ellos se reunió en Lincoln, y luego nombraron a un judío de Lincoln juez, para que tomara el lugar de Pilato, por cuya sentencia, y con la concurrencia de todos, el niño fue sometido a diversas torturas. Lo azotaron hasta que fluyó la sangre, lo coronaron con espinas, se burlaron de él y le escupieron; Cada uno de ellos también lo traspasó con un cuchillo, lo hicieron beber hiel, se burlaron de él con insultos blasfemos, rechinaban los dientes y lo llamaban “Jesús, el falso profeta”. Después de torturarlo de diversas maneras, lo crucificaron y le traspasaron el corazón con una lanza. Cuando el muchacho murió, bajaron el cuerpo de la cruz y, por alguna razón, lo destriparon; se dice que para practicar sus artes mágicas.

Si bien el relato del monje París es significativo por ser la versión más famosa e influyente de esta historia, debido a su propia popularidad como cronista y talento como narrador, también se complementó con otros relatos como los Anales de Waverley y de la Abadía de Burton.

El “relato oficial”

Según se informa, un judío llamado Copin confesó el asesinato, pero dicen los “historiadores” actuales (no se sabe en qué se basan para afirmar esto): “Al parecer, Copin fue interrogado bajo tortura por Juan de Lexington, hermano de Enrique, el nuevo obispo de Lincoln y servidor del rey”. Esto los lleva a concluir que “probablemente hubo complicidad clerical para dar credibilidad a la acusación, con el fin de beneficiarse de un nuevo culto con peregrinos y sus ofrendas”. (Nota de Diario7: Como dice el viejo refrán “El ladrón cree que todos son de condición”).

Dibujo de una estatua del Pequeño San Hugo del siglo XIII que se encontraba en la Catedral de Lincoln, realizado por el anticuario del siglo XVIII Smart Lethieullier. Esta estatua estaba colocada a la cabecera del santuario del Pequeño San Hugo. 

Varias circunstancias agravaron el impacto de este suceso. Enrique III llegó a Lincoln aproximadamente un mes después del arresto y la confesión iniciales. Ordenó la ejecución de Copin y el arresto de noventa judíos en relación con la desaparición y muerte de Hugo, quienes fueron recluidos en la Torre de Londres, siendo acusados ​​de asesinato ritual. Dieciocho de los judíos fueron ahorcados por negarse a participar en el proceso, alegando que se trataba de un “juicio falso” y negándose a someterse a la clemencia de un jurado cristiano. El canadiense Gavin I. Langmuir (apasionado defensor de la causa judía) dice:

Lo que distinguió el caso Lincoln de otras acusaciones de asesinato ritual, fue que el rey tomó conocimiento personal del asunto e hizo ejecutar a un judío de inmediato y a otros dieciocho más tarde. Esa confirmación real de la veracidad de la acusación fue probablemente decisiva para “la fama de Hugo”, que “eclipsó con creces la de Guillermo de Norwich, Harold de Gloucester, Roberto de Bury St. Edmunds y el pobre niño anónimo de San Pablo”.

En el siguiente mes de enero se concedió un indulto a un judío converso de nombre Juan, tras la intervención de un fraile dominico. El 3 de febrero se celebró el juicio en Westminster para los 70 detenidos restantes en el cual fueron condenados a muerte por un jurado de 48 personas. Después de esto, intercedieron por su liberación los dominicos y los franciscanos, junto con el príncipe inglés Ricardo de Cornualles. En mayo, los prisioneros fueron liberados.

Veneración

Tras difundirse la noticia de su asesinato, se conocieron milagros gracias a la intercesión del pequeño Hugo y el 27 de julio se estableció extraoficialmente como su día festivo en la ciudad. Durante un tiempo, el Pequeño San Hugo fue aclamado como santo por los católicos de Lincoln, pero Roma nunca lo reconoció oficialmente como tal. 

El santuario donde aún se encuentran los restos de Hugo data del período inmediatamente posterior a la expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290. 

Tumba Hugo de Lincoln

Aunque fue una devoción muy popular hasta la década de 1360, el culto parece haber decaído en el medio siglo siguiente. El santuario fue destruido en gran parte después de la Reforma inglesa. Durante la restauración de la catedral en 1790 se encontró un ataúd de piedra de 1 metro de largo que contenía el esqueleto del niño, que fue dibujado por Samuel Hieronymus Grimm.

El cuerpo de Hugo en su ataúd, dibujado por Samuel Hieronymus Grimm (1791).

¿Más “relato medieval”?

La historia de Hugo es mencionada en Canterbury Tales (Los cuentos de Canterbury) de Geoffrey Chaucer, en The Prioress's Tale (El cuento de la priora) de Christopher Marlowe y la historia también se menciona como un hecho verídico en Worthies of England (
Personajes ilustres de Inglaterra) de Thomas Fuller, de 1662.
 
Además, una escuela preparatoria de Lincolnshire, St Hugh's School, Woodhall Spa, también recibió su nombre en honor al pequeño San Hugo en 1925. 

Reescribiendo la historia...

En 1958, “tras un intercambio de cartas” con Wilfred Samuel, fundador del Museo Judío, la falsa iglesia de Inglaterra colocó una placa en el lugar donde se encontraba el antiguo santuario del Pequeño Hugo en la Catedral de Lincoln.

La placa, colocada con la intención de borrar la historia, limpiar la imagen de “la comunidad” y hacer de cuenta que nada pasó aquí, realmente provoca indignación. Las palabras de los autopercibidos “víctimas de calumnias” dicen así:

Junto a los restos del santuario del Pequeño San Hugo.

Las historias inventadas sobre "asesinatos rituales" de niños cristianos a manos de comunidades judías eran comunes en toda Europa durante la Edad Media e incluso mucho después. Estas invenciones costaron la vida a muchos judíos inocentes. Lincoln tenía su propia leyenda, y la supuesta víctima fue enterrada en la catedral en el año 1255.

Tales historias no benefician a la cristiandad, y por eso oramos:

Señor, perdona lo que hemos sido,

enmienda lo que somos

y dirige lo que seremos. 


Nota: El dibujo que ilustra este artículo representa al Pequeño Hugo de Lincoln según un grabado del jesuita español Pedro de Bivero: “Sacrum sanctuarium crucis et patientiae crucifixorum et cruciferorum, emblematicis imaginibus...” Amberes, 1634.