domingo, 26 de julio de 2026

UN OBISPO ESCOCÉS AUTORIZA A DOS DESERTORES DE LOS REDENTORISTAS TRANSALPINOS A CELEBRAR LA MISA SEMANAL EN LATÍN

El “obispo” Hugh Gilbert, OSB, de Aberdeen, Escocia, arroja unas migajas a dos sacerdotes desertores de los Redentoristas Trasalpinos...

Por Antonino Cambria


El “obispo” Hugh Gilbert, OSB, de Aberdeen, Escocia, concedió permiso a dos sacerdotes de la Congregación de los Hijos del Santísimo Redentor (Redentoristas Transalpinos) que se han desvinculado de la dirección de la Orden para celebrar la Misa Tradicional en Latín (MLM) en la Iglesia de Nuestra Señora de Garioch y San Juan Evangelista en Fetternear todos los domingos.

Según informó AdVaticanum, Gilbert autorizó al padre Yousef Marie, FSSR, y al padre Peter Mary, FSSR, a celebrar la Misa Tradicional en Latín todos los domingos en la parroquia de Fetternear, ampliando así su autorización previa para que la Misa en Latín se celebrara en la parroquia una vez al mes.

Los sacerdotes se desvincularon de los Redentoristas Transalpinos, con sede en la pequeña isla de Papa Stronsay, en las Orcadas, después de que estos emitieran una declaración en mayo denunciando a Pablo VI hasta León XIV como “impostores papales” y condenando las reformas del concilio Vaticano II por haber “provocado una catástrofe espiritual de las mayores proporciones imaginables”.

Los permisos ampliados otorgados por Gilbert para la celebración de la Misa Tradicional en Latín llegaron pocos días antes de que el Padre Michael Mary Sim, FSSR, Fundador y Superior general de la Orden Sacerdotal, sea consagrado Obispo el 25 de julio.

Anteriormente, el clero afiliado a los Redentoristas Transalpinos celebraba la Misa Tradicional Mensual en la iglesia, pero Gilbert había reasignado la responsabilidad al padre Bruno Murphy, un “sacerdote diocesano”, después de que la Orden Tradicional comenzara a publicar comunicados críticos con el Vaticano.

Los Hijos del Santísimo Redentor, una comunidad de más de dos docenas de sacerdotes y hermanos que viven en una remota isla al norte de Escocia llamada Papa Stronsay (o Isla del Monasterio del Gólgota), fue fundada por el Padre Michael Mary en 1987 bajo los auspicios del Arzobispo Marcel Lefebvre y la Sociedad de San Pío X, con el apoyo del Cardenal Édouard Gagnon. Se habían “reconciliado” con el Vaticano en 2012 y hoy tienen presencia en Estados Unidos y Nueva Zelanda.


Sin embargo, el grupo cobró notoriedad el año pasado cuando escribió una carta abierta a obispos, sacerdotes, religiosos y laicos afirmando que “la jerarquía ha roto la línea de mando, lo que los hace humanos, y espiritualmente nulos”. En la Declaración de mayo de 2026 denunciaron que “La Iglesia ha sido infiltrada por enemigos”, además afirmaron que “desde el concilio Vaticano II, los papas aparentes han provocado una catástrofe espiritual de las mayores proporciones imaginables” y también convocaron a la “celebración de un Concilio General Imperfecto” para hacer una declaración autorizada y resolver la crisis en la Iglesia.

En junio, los Redentoristas Transalpinos anunciaron que el padre Michael Mary será consagrado obispo por el obispo Pierre Roy

El “obispo” Gilbert respondió calificando la consagración prevista como “un grave acto de desobediencia” y advirtiendo a los fieles que no asistieran.

“Dado que esta consagración tendrá lugar dentro de los límites geográficos de la Diócesis de Aberdeen, me veo obligado a dejar claro a los fieles de la Diócesis que cualquier ordenación episcopal de este tipo sería ilegal y un grave acto de desobediencia, que separaría a los participantes de la comunión con la Iglesia Católica”, dijo el “obispo” de Aberdeen en un comunicado diocesano.

Ningún fiel debería asistir. Esta acción no es "por el bien de la Iglesia Católica", como se afirma falsamente”, añadió el “obispo”. “Lamentamos profundamente este suceso y solo podemos rezar para que los implicados recapaciten”.
 

GRACIA Y LIBERTAD: LUTERANISMO Y QUIETISMO

Estamos, aunque parezca increíble, ante un pelagianismo luterano o bien un luteranismo pelagiano.

Por el padre José María Iraburu


El luteranismo es Lutero

Es una herejía muy personal, aunque todas lo son, por supuesto. Consideremos la experiencia fundamental del hombre sobre su vida moral. Todos tenemos conciencia de que somos libres, de que “podemos” elegir. Y si obramos mal, sentimos el peso de nuestra culpa. Pero también es cierto que todos tenemos conciencia de que no somos libres, de que nuestra libertad está enferma, atada, impotente para hacer el bien que quiere y evitar el mal que aborrece (Rm 7,15). Pues bien, en Pelagio prevaleció el primer convencimiento –somos libres: podemos–, hasta oscurecer la necesidad de la gracia. Y en Lutero, después de luchas morales angustiosas, predominó el segundo, hasta negar la necesidad de obrar el bien –no somos libres: no podemos–; no podemos ni siquiera con la ayuda de la gracia.

La doctrina teológica de Lutero (1483-1545) tiene unas profundas raíces biográficas, que conviene conocer. De los agustinos de Erfurt había recibido una mala formación filosófica, nominalista, y una mala teología de la gracia, voluntarista o semipelagiana. La morbosidad de su vivencia espiritual consecuente queda reflejada en confesiones personales como ésta: “Yo, aunque mi vida fuese la de un monje irreprochable, me sentía pecador ante Dios, con una conciencia muy turbada, y con mi penitencia no me podía creer en paz; y no amaba, incluso detestaba a Dios como justo y castigador de los pecadores; me indignaba secretamente, si no hasta la blasfemia, al menos con un inmenso resentimiento respecto a Dios” (Weimarer Augsgabe 54,185). “Al solo nombre de Jesucristo, nuestro Salvador, temblaba yo de pies a cabeza” (44,716). “Yo recuerdo muy bien qué horriblemente me amedrentaba el juicio divino y la vista de Cristo como juez y tirano” (44, 775)…

Así, desde luego, no se puede vivir. ¿Qué salida hay para escapar de esta idea nefasta de Dios y de sí mismo?… El remedio de Lutero fue casi peor que la enfermedad, fue un inmenso y múltiple error. Ya lo he descrito en Lutero, gran hereje. Me fijo ahora sólo en su doctrina sobre el tema gracia-libertad.

El hombre está totalmente corrompido por el pecado, y lo mejor es reconocerlo con todas sus consecuencias. “El hombre peca siempre, aun cuando intente obrar el bien. El hombre está tan corrompido que ni siquiera Dios puede rescatarle de su podredumbre: lo único que es posible a Dios es no tener en cuenta sus pecados, no imputárselos legalmente” (L. F. Mateo Seco, Martín Lutero: sobre la libertad esclava, Madrid 1978, 18).

El hombre no es libre, perdió su libertad al corromperse. Es inútil, pues, que siga atormentándose la conciencia con la ilusión psicológica de su pretendida libertad. Lutero, en sus primeras obras, aún creía en la libertad del hombre (4,295); comenzó a ponerla en duda a partir de 1516, y vino a negarla furiosamente en 1525, en una de sus obras preferidas, De servo arbitrio, polemizando con Erasmo. La libertad humana es incompatible –con Dios, que todo lo preconoce y predetermina; –con Satanás, porque él tiene cautivo al hombre, y domina verdaderamente sobre él; –con la realidad del pecado original, que corrompió todo lo que es el hombre, también su libertad; –y es inconciliable con la redención de Cristo, que sería superflua si el hombre fuera libre (18,786). Consiguientemente, la misma expresión libre arbitrio debiera desaparecer del lenguaje humano; sería “lo más seguro y lo más religioso” (18,638). Ya Lúcido negó antes la libertad, y su error fue condenado en el concilio de Arlés (473: Denz 331).

Sola fides

Por tanto el cristiano se salva por la fe, no por las obras. La justificación cristiana es necesariamente sólo declarativa, pasiva, “imputativa” (WA 56,287). Simplemente, por la fe en el Salvador, no tiene Dios en cuenta el pecado del creyente. Y aunque las buenas obras son convenientes, como expresión de la fe, en modo alguno han de considerarse como necesarias para la salvación. Incluso pueden ser peligrosas, cuando debilitan la fe fiducial, y la persona, esforzándose por conseguir obras buenas, trata entonces de apoyarse en su propia justicia. El cristiano, pues, debe aprender a vivir en paz con sus pecados. Debe reconocer que es “simultáneamente pecador y justo (simul peccator et iustus): pecador en realidad y justo en la reputación de Dios” (WA 56,272).

En efecto, “en nada daña ser pecadores, con tal que deseemos con todas nuestras fuerzas ser justificados”. Pero el diablo, con mil artificios, tienta a los hombres “a que trabajen neciamente esforzándose por ser puros y santos, sin ningún pecado, y cuando pecan o se dejan sorprender de alguna cosa mala, de tal manera atormenta su conciencia y la aterroriza con el juicio de Dios, que casi les hace caer en desesperación… Conviene, pues, permanecer en los pecados y gemir por la liberación de ellos en la esperanza de la misericordia de Dios” (56,266-267).

Sola gratia

No es posible que las buenas obras sean necesarias para la salvación. Si fueran necesarias, todos los hombres se condenarían, pues todos son pecadores y han de pecar inevitablemente. Notemos bien que el error de esta herejía de Lutero, sola gratia, no está, como se ha afirmado tantas veces en el catolismo postridentino, en “atribuir todo a la gracia divina”, pues, efectivamente, a Dios hay que atribuirle toda la gracia y la salvación. Lo contrario, pretender que la salvación viene realizada en parte por la misericordia de la gracia divina, y en parte por la fuerza de la libertad humana, que viene a completar lo que le falta a la acción gratuita de Dios, es puro semipelagianismo.

Aunque parezca paradójico, el error que subyace al pensamiento de Lutero es el mismo que con frecuencia ha contaminado de naturalismo semipelagiano a sus oponentes católicos: el error de pensar que la acción de la gracia es extrínseca a la acción buena del hombre; es decir, es el enorme error de ignorar que precisamente la acción de la gracia divina es la causa íntima de la acción libre del hombre, y así produce en él y con él la obra buena, salvífica y meritoria de vida eterna. Atribuir, pues, todo a la gracia de Dios no deja excluida en modo alguno la libertad humana, pues ésta se ve precisamente causada por aquélla. La voluntad se mueve movida por la gracia de Cristo.

Un correcto diálogo ecuménico exige tener bien en cuenta estas verdades. Según esto, cuando los luteranos acusan a los católicos de ser semipelagianos, y de que no atribuimos a la misericordia de la gracia divina toda la salvación del hombre, sino parte de ella, sería un error muy grave contestarles que atribuir toda la salvación a la misericordia divina equivale a anular la libertad humana. Diciendo tal cosa les confirmaremos en su convencimiento de que somos semipelagianos. 

Por el contrario, desde la fe católica:

hemos de afirmar al luterano que, efectivamente, todo es gracia, pero que precisamente la misericordia de Dios es mayor cuando su gracia renueva verdaderamente al hombre en su ser, y cuando potencia realmente sus facultades, haciéndole instrumento activo y operante de obras sobrenaturales; y

hemos de afirmar igualmente al católico temeroso de que una acentuación de la gracia implique la anulación de la libertad, que la gracia divina no actúa en la naturaleza humana desde fuera, extrínsecamente, sino desde dentro, sanándola, inclinándola y potenciándola activamente en su misma entidad natural hacia las obras buenas. Así lo veremos al recordar con más detenimiento la doctrina católica de la gracia.

Una herejía permanente

Lo mismo que el pelagianismo, el luteranismo es una herejía permanente, que, desde luego, extiende su tentación más allá del campo protestante. Ya señalé la “protestantización” actual que amenaza por muchos lados a la Iglesia Católica. Pero fijándome únicamente en el tema gracia-libertad, que ahora nos ocupa, conviene advertir que:

la pérdida actual de la fe en la libertad del hombre, y la casi anulación consiguiente de la conciencia de pecado, partiendo de unas premisas muy diversas de las de Lutero, conducen finalmente a un efecto semejante. Como señala G. Piovene, “entre la diversidad de las filosofías actuales [y lo mismo sucede en las escuelas principales de psicología] se descubre una constante: ninguna se presenta como una filosofía de la libertad. Se intenta sobre todo establecer los mecanismos por los que el hombre está condicionado: económicos, psicológicos, derivados de la estructura del lenguaje o de la situación histórica en que vive” (Elogio della libertà, Milán 1970,287). Esto luteraniza la cultura de hoy.

–La eliminación en el cristianismo de la soteriología, salvación-condenación, realizada prácticamente por Lutero con su “sola fides”, afecta también a muchos católicos, pues consideran increíble que los actos cumplidos en la vida presente puedan determinar una vida eterna de premio o de castigo. Como ya vimos, no hay ya propiamente una cuestión de salvación/condenación. Basta la fe en Cristo Salvador, y no son propiamente necesarias las buenas obras. Así es el “catolicismo luterano”.

Cuando un católico tiene por irremediable su atadura al pecado, se cierra a la gracia del arrepentimiento efectivo, y luteraniza así su experiencia cristiana de pecado y salvación. En esta actitud espiritual, si va, por ejemplo, al sacramento de la penitencia, busca en Cristo una justificación al estilo luterano: “soy pecador, y como inevitablemente lo seguiré siendo, ni siquiera hago propósito de enmendarme; pero pongo toda mi fe en Cristo, y así Dios me perdona, y me seguirá perdonando siempre”. Y basta con eso.

Entre Pelagio y Lutero

La tentación predominante del catolicismo actual está en Pelagio, en el voluntarismo antropocéntrico, que no quiere reconocer la necesidad de la gracia, de la ayuda sobre-natural de nuestro Señor Jesucristo, “que es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4,42). Pero también está vigente hoy la tentación de Lutero. En realidad, hay que decir que el pueblo católico hoy experimenta al mismo tiempo las dos tentaciones.

De este modo, en ciertos ambientes, hallamos la extraña especie híbrida de un cristianismo pelagiano-optimista ante la multitud, es decir, ante la juventud, los obreros, la cultura moderna, el progreso y la técnica, y luterano-pesimista ante el individuo, pues no cree en las posibilidades reales que tiene la persona, ni siquiera con el auxilio de la gracia, para salir efectivamente de su pecado y vivir santamente. Cualquier sacerdote comprueba esto como ministro del sacramento de la penitencia. Estamos, pues, aunque parezca increíble, ante un pelagianismo luterano o bien un luteranismo pelagiano. Cualquier cosa se puede esperar de quienes se alejan de la doctrina católica de la Iglesia. Pero consideremos brevemente otro grave error.

El quietismo no niega la libertad, como el luteranismo, pero propugna que se esté quieta, que no actúe. En la historia de la espiritualidad se registran tendencias quietistas de muy diverso estilo –maniqueos y gnósticos, cátaros y fraticelli, hermanos del libre espíritu, beguardos y beguinas, alumbrados españoles del XVI–, pero el más caracterizado quietismo, el que aquí considero, es el que se produce a fines del siglo XVII en torno a Miguel de Molinos (+1696; Denz 2201-2268; +2181-2192), Fenelón (+1715), el padre Lacombe (+1715) y Madame Guyon (+1717; Denz 2351-2373). El camino interior de Molinos no es idéntico al amor purísimo de Fenelón, pero coinciden en algunas orientaciones. La Iglesia, al condenar el quietismo radical y típico, lo esquematizó en sus rasgos más propios:

Pasividad total. “Querer obrar activamente es ofender a Dios, que quiere ser él el único agente; por lo tanto es necesario abandonarse a sí mismo todo y enteramente a Dios” (Denz 2202). “La actividad natural es enemiga de la gracia, e impide la operación de Dios y la verdadera perfección; porque Dios quiere obrar en nosotros sin nosotros” (2204).

Quietud en la oración, nada de devociones activas. “El que en la oración usa de imágenes, figuras, especies y conceptos propios, no “adora a Dios en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) (2218). La concepción quietista de la oración recuerda al zen: “En la oración hay que permanecer en fe oscura y universal, en quietud y olvido de cualquier pensamiento particular…, sin producir actos, porque Dios no se complace en ellos” (2221).

Aniquilación personal, muerte mística. “No conviene a las almas de este camino interior que hagan operaciones, aun virtuosas, por propia elección y actividad; pues en otro caso, no estarían muertas” (2235).

Indiferencia total. El alma no debe interesarse ni por cielo o infierno (2207), ni por su propio estado espiritual, “sino que debe permanecer como un cadáver exánime” (2208). “Resignado en Dios el libre albedrío, al mismo Dios hay que dejar el pensamiento y cuidado de toda cosa nuestra, y dejarle que haga en nosotros sin nosotros su divina voluntad” (2213).

Impecabilidad. “Con ocasión de las tentaciones, por furiosas que sean, no debe el alma hacer actos explícitos de las virtudes contrarias, sino que debe permanecer en el sobredicho amor y resignación” (2237). Las caídas que sobrevinieren “no son pecado, porque no hay consentimiento en ellas” (2241), ni es conveniente confesarlas (2248, 2260).

Tanto el luteranismo como el quietismo parten de una pésima teología de la relación entre naturaleza y gracia. La Iglesia afirma que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona y eleva, con la colaboración libre del hombre. Pero el quietismo piensa que la gracia, para divinizar al hombre, necesita aniquilar sus actos. Felizmente, el quietismo del XVII no dejó muchas huellas en la espiritualidad cristiana. Lo que habrá siempre entre los cristianos es la pereza, la indolencia, la resistencia a la gracia de Dios cuando mueve a algo que es penoso. Pero el quietismo no es eso; es otra cosa.
 

QUÉ ESPERAR DE FRANCIA (1)

Continuamos con la publicación del capítulo XVII del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


CAPÍTULO XVII

QUÉ ESPERAR DE FRANCIA (1)

I. TEMAS DE DESESPERANZA

Las predicciones de los sabios, las promesas y garantías de los santos antes mencionados, abarcan a toda la cristiandad; anuncian el retorno a las instituciones, leyes y costumbres de la civilización cristiana para todos los pueblos que han recibido las bendiciones de la Redención. Incluso afirman que su ejemplo iluminará a los pueblos incrédulos y que la oración del divino Salvador finalmente será respondida. Unum ovile et unus Pastor, para que aquello que Satanás propone y por lo que hace trabajar a otros, la unidad de la humanidad restablecida para su beneficio y bajo su dominio, se vuelva contra él.

Bajo su influencia, “las naciones se enfurecen y se agitan, los pueblos traman vanos planes, los reyes de la tierra se levantan y los gobernantes conspiran contra el Señor y contra su Cristo. 'Rompamos sus ataduras', dicen, 'y arrojemos lejos de nosotros sus cadenas'”.

“Pero el que está entronizado en el cielo se ríe de ellos; el Señor se burla de ellos. Les habla con ira; los hiere con terror en su furor: 'Sométanse, porque he establecido a mi rey en Sion, el monte santo'.

Yo promulgo este decreto: Tú eres mi Hijo; hoy te he engendrado, en este día sin despertar ni seguirte, desde toda la eternidad. Pide, y te daré las naciones como herencia, y los confines de la tierra como posesión tuya” (Ps. II).

Si ha llegado la hora del reinado de Jesucristo, victorioso sobre la humanidad rebelde, si, en medio de los errores, la corrupción y las calamidades de la época actual, podemos permitirnos albergar la esperanza de la inminente intervención de Dios en favor de la Iglesia y de la humanidad, surge para nosotros, los franceses, una pregunta verdaderamente angustiosa: ¿Participará Francia de la misericordia divina? Y, aún más importante, ¿retomará la misión que le fue encomendada entre las demás naciones? 
Porque Francia recibió una misión el día de su nacimiento, el día en que emergió del baptisterio de Reims, viva con la vida de Cristo y sagrada defensora de la Iglesia, apoyo del Papado, apóstol de las naciones infieles: “Oh Dios -decía la santa liturgia, en el siglo XI- Dios todopoderoso y eterno, que estableciste el imperio de los francos, para ser, en todo el mundo, instrumento de tu divina voluntad, espada y baluarte de la Santa Iglesia, guía siempre con luz celestial a los suplicantes hijos de los francos, para que vean siempre lo que deben hacer para la llegada de tu reinado en este mundo, y que, haciendo como han visto, estén hasta el fin llenos de caridad y valor”.

Esta oración presentó ante Dios la expresión de los sentimientos que habían sido puestos en los corazones de nuestros padres, la carta del Papa Anastasio II a Clodoveo, la del Papa Vigilio a Childeberto, la de San Gregorio Magno a los hijos de Brunehaut, etc., y que tantos acontecimientos ocurridos a lo largo de los siglos marcaron claramente como la función que la Providencia había asignado a Francia, la idea rectora de su historia que hizo del alma de su vida.

Pero, al igual que un individuo, un pueblo puede llegar a ser infiel a su misión. El pueblo judío, custodio de la promesa divina, se rebeló contra su vocación. ¿Acaso el pueblo francés, tras disfrutar de un privilegio similar, no cometió el mismo error?

En 1795, en medio de la revolución, se publicó en Frankfurt un libro anónimo titulado: Le système gallican atteint et convaincu d'avoir été LA PREMIÈRE ET PRINCIPALE CAUSE DE LA RÉVOLUTION qui vient de décatholiciser et de dissoudre la monarchie très chrétienne, et d'être aujourd'hui le grand obstacle à la contre-révolution en faveur de cette monarchie (El sistema galicano, convencido de haber sido LA PRIMERA Y PRINCIPAL CAUSA DE LA REVOLUCIÓN que acaba de descatolizar y disolver la monarquía más cristiana, y de ser hoy el gran obstáculo a la contrarrevolución a favor de esta monarquía).

Sabemos en qué consistía el sistema galicano. Fue formulado en la Asamblea de 1682 en cuatro artículos que consagraban un doble error y constituían un doble ataque contra la soberanía del HIJO DE DIOS hecho hombre, cabeza de la humanidad redimida.

Por un lado, afirmaban que el poder del Vicario de Jesucristo es limitado, sujeto a los cánones, y que su infalibilidad doctrinal depende de la de la Iglesia. Por otro lado, sostenían que el poder del rey es absoluto, que emana únicamente de él mismo y que es independiente del poder que Nuestro Señor Jesucristo otorgó al Papa, su Vicario.

Con el primer error y el primer ataque, la Iglesia de Francia, a través de sus obispos, se situó fuera de la enseñanza de la Iglesia universal en un punto esencial que debía ser definido por el Concilio del Vaticano.

Con el segundo error y este fue el segundo acto de violencia, Francia quedó fuera de las tradiciones del género humano. Jamás, en ningún momento, ningún pueblo ha dejado de fundamentar su constitución, sus instituciones públicas y sus leyes en la Religión. Ninguna nación lo había hecho mejor que Francia; incluso sirvió, en este sentido, de modelo para los pueblos modernos. Fue Francia la primera en reconocer la majestad divina de Nuestro Señor Jesucristo y de su Iglesia. El rey de Francia se autodenominó lugarteniente de Jesucristo y proclamó, ante todos, los derechos soberanos del Salvador mediante esta inscripción grabada en sus monedas: Christus vincit, regnat, imperat, palabras inspiradas en las del Introito de la Epifanía: Jesucristo tiene en su mano el reino, el poder y el imperio. Et regnum in manu ejus et potestas et imperium: “¡Oh, pueblo de los francos! -exclamó el cardenal Pie en 1862- retroceded en el tiempo, consultad los anales de vuestros primeros reinados, examinad las hazañas de vuestros antepasados, las gestas de vuestros padres, y os dirán que, en la formación del mundo moderno, en el momento en que la mano del Señor moldeaba a las nuevas razas occidentales para reunirlas, como una guardia de honor, alrededor de la segunda Jerusalén, el rango que os asignó, la porción que os concedió, os colocó a la cabeza de las naciones católicas. Vuestros monarcas más valerosos se proclamaron a sí mismos 'sargentos de Cristo'”.

La Declaración de 1682 rompió con este pasado, estableciendo para el presente la secularización del gobierno y preparando para el futuro el ateísmo de las leyes y la secularización de las instituciones, lo que en última instancia conduciría a la separación de la Iglesia y el Estado. La doctrina de la separación de la Iglesia y el Estado está contenida en la Declaración de 1682. De hecho, al afirmar que la Iglesia no ha recibido autoridad alguna sobre asuntos temporales y civiles, y que, por consiguiente, los reyes y soberanos no están sujetos a ningún poder eclesiástico en el orden temporal, Bossuet y los demás miembros de la asamblea sin duda no pretendían someter a la Iglesia al Estado, como lo habían hecho antes los obispos de Inglaterra al reconocer a Enrique VIII y sus sucesores como cabezas de la Iglesia. Pero la dependencia de la Iglesia respecto del Estado era inevitable que surgiera de la Declaración. Si el rey, el Parlamento o el pueblo soberano no están sujetos al juicio del Papa, entonces decidirán soberanamente qué es temporal y qué no lo es. Es en virtud de este principio que el propio Bossuet fue condenado a quemar uno de sus edictos y que, en nuestra época, cuando el Concordato aún estaba en vigor, los clérigos eran sometidos al servicio militar.

El año 1682 marca, pues, el momento en que la Revolución se gestó en Francia. “Esta revolución, de la que somos víctimas -decía el autor anónimo del panfleto cuyo título acabamos de mencionar- no es, en sí misma y por su propia naturaleza, sino una especie de revuelta directa y manifiesta contra la autoridad sacerdotal y real de Jesucristo. Es a Jesucristo a quien los impíos revolucionarios atacan por encima de todo; y si entre sus detestables propósitos se encuentra el derrocamiento de la Santa Sede y de todos los tronos de la cristiandad, es únicamente para aniquilar, si pueden, la doble autoridad de Jesucristo, de la cual el Sumo Pontífice y los reyes cristianos son respectivamente custodios y que ejercen en su nombre y actuando en su representación”.

La Revolución, con el asesinato de Luis XVI por un lado y la Constitución Civil del Clero por otro, fue, pues, la consecuencia lógica de la Declaración de 1682. Al intentar limitar los poderes otorgados a su Vicario por Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia galicana había allanado el camino al cisma en el que la Revolución pretendía sumirla; y al privarla del apoyo que desde sus inicios había recibido del trono de Jesucristo, provocó que el trono de los Reyes Cristianos perdiera prestigio y estabilidad. La soberanía no conservaba otro respaldo que la opinión pública, tan fácilmente influenciable, tan propensa a condenar hoy lo que ayer veneraba.

Ahí reside la verdadera causa de la desaparición del trono francés, así como del colapso de la Iglesia galicana. A las consecuencias lógicas que siguen a los errores y crímenes se suma el castigo. En este caso, el castigo fue la decapitación del rey y la masacre del clero. Estos castigos nos parecen enormes, pero ¿quiénes somos nosotros para juzgar la naturaleza de este crimen y la expiación que requería?

En efecto, los miembros de la Convención querían acabar con Luis XVI no solo como un hombre, ni como un rey justo, sino como Cristo mismo, de quien era ministro, y con la cristiandad, de la que era cabeza. Lo que querían destruir con su cabeza era la fe de Clodoveo, Carlomagno y San Luis; era el máximo representante, después del Papa, del derecho divino al que se jactaban de estar aniquilando. Querían “descatolicizar” Francia y la cristiandad, no solo “desmonarquizar”; querían, con Luis XVI, “atacar a los infames”, “aplastar a los infames”. Para algunos, el regicidio era, en esencia, un verdadero deicidio.

Unido al Vicario de Cristo y, a través de él, a Cristo, ungido con el santo óleo que la Paloma, mensajera divina, trajo del Cielo, el Rey de Francia, no por sí mismo, sino por AQUEL a quien representaba, era otro Cristo, como afirman las Escrituras. La Revolución, iluminada por un odio satánico, no se equivocó en esto. Para convencerse de ello, basta con recordar las palabras pronunciadas en la Convención por Robespierre, por Saint-Just y por otros.

M. Chapot (1) dijo con razón:

“Francia tiene un pecado, al igual que el pueblo judío. El pecado nacional del pueblo judío es el deicidio; el pecado nacional de Francia es el regicidio, es decir, la Revolución y el liberalismo. Permítanme explicarles: Israel quería matar a Jesucristo como Dios; Francia, en su revolución, quería matarlo como rey. El ataque contra Luis XVI tuvo repercusiones directas contra la persona misma de Cristo. No era al hombre a quien la Revolución quería matar en Luis XVI, sino al principio que el rey de Francia representaba: y este principio era el de la realeza cristiana. ¿Qué significa la realeza cristiana? Significa una realeza temporal dependiente de Cristo, una imagen de la realeza de Cristo, un vasallo y servidor de la realeza de Cristo; por eso los reyes de Francia se llamaban a sí mismos sargentos de Cristo”. Con este pensamiento en mente, Juana de Arco, fortaleciendo la monarquía legítima en la tierra, le dijo a Carlos VII: “Serás lugarteniente del Rey del Cielo, que es Rey de Francia”.

Lamennais comentó las palabras de la virgen:

“No se obedecía a los hombres, sino a Jesucristo. El soberano, mero ejecutor de sus Mandamientos, reinaba en su nombre; sagrado como Él, mientras usara el poder para mantener el orden establecido por el Salvador-Rey, pero sin autoridad en cuanto lo quebrantaba. Así, la justicia y la libertad constituían el fundamento de la sociedad cristiana; la sumisión del pueblo al Príncipe estaba condicionada a la sumisión del Príncipe a Dios y a su Ley, la carta eterna de derechos y deberes, contra la cual toda voluntad arbitraria y desordenada se desmoronaba” (2).

La declaración de 1682 estableció el principio opuesto con la secularización del gobierno de los pueblos cristianos. Es cierto que doce años después de su formulación, el 14 de septiembre de 1693, Luis XIV escribió al papa Inocencio XII: “Me complace informar a Su Santidad que he dado las órdenes necesarias para que no se observen las disposiciones de mi edicto del 22 de marzo de 1682, relativas a la declaración hecha por el clero de Francia, a la que me habían obligado las circunstancias pasadas”. Y no solo se le comunicó al Santo Padre su opinión al respecto, sino que también expresó su deseo de que todos conocieran su profunda veneración por la Cabeza de la Iglesia. De este modo, la monarquía rectificó su error.

Pero ambas fueron renovadas y agravadas hasta el límite por la nación, el día en que se redactó y votó este artículo de la Declaración de los Derechos del Hombre: “El principio de toda soberanía reside esencialmente en la nación; ningún cuerpo, ningún individuo puede ejercer ninguna autoridad que no emane expresamente de ella”.

Esto nunca se ha retractado, sigue vigente, y es el 15, lo que da origen a los temores expresados ​​anteriormente.

“Lo que la Revolución pretendía destruir -continuó el señor Chapot- era el principio mismo de la autoridad cristiana en el Estado. Buscaba iniciar la secularización, o más bien la apostasía, de todo el orden social y civil. Pretendía arrebatar a las antiguas naciones cristianas, de las cuales Francia era la cabeza, del imperio de Jesucristo”.

Este es el pecado de Francia, la causa principal y radical de la degradación en la que nos encontramos.

La secularización ha continuado desde entonces, abarcando todo y liberándolo de la tutela paternal de Cristo y de la tutela maternal de la Iglesia. Este yugo, tan honorable y tan suave, se presentó como humillante y subyugador. Ahora es completamente rechazado por la ley que separa la Iglesia del Estado.

A este primer ataque se sumó otro, el que se dirigió contra la soberanía papal, que Francia tenía bajo su custodia por misión especial.

Sabemos cómo, tras restituir a Pío IX en el trono, Francia lo abandonó, se retiró de su lado, para dejar el camino libre a los masones. La embajada, personificación de Francia, que permanecía junto al trono papal ya no está allí, y el vil artificio empleado para encubrir esta traición orquestada por la masonería es verdaderamente digno de perfidia y falsedad.

Hasta ahora, ningún soberano de una nación oficialmente católica había estado dispuesto a visitar al usurpador en Roma, ni siquiera el emperador de Austria, su aliado, a pesar de veinte años de súplicas para recordarle las leyes del respeto mutuo. Esto era, por parte de los príncipes católicos, una forma de afirmar que la cuestión de Roma seguía vigente, que continuaba siendo una cuestión que compete a las Potencias.

Los propios soberanos no católicos, por la forma en que realizaban sus visitas al Vaticano, daban testimonio de que, también para ellos, el problema seguía pendiente, sin resolver.

El señor Loubet fue el primero en declarar, con sus acciones, que a su juicio el verdadero y único Soberano de Roma era el nieto de Víctor Manuel; ratificó el gran crimen político y religioso cometido en 1870. En nombre de Francia, afirmó haber cometido este acto, la antítesis misma de toda su historia, del papel que ha desempeñado en el mundo, de la vocación que Dios le confirió. ¡Y esto, en un momento en que el emperador alemán se hacía pasar por el guardián de la Iglesia! (3).

Había dos sacerdotes en la Cámara; y dejaron a un laico, el señor Boni de Castellane (4), la tarea de reclamar los derechos inalienables del Papado y defender los derechos y el honor de Francia. ¿Qué estoy diciendo? Uno de ellos, el señor Gayraud, con su abstención, se declaró indiferente a la cuestión; y el otro, el señor Lemire, dijo, con su voto, al señor Loubet: Me complace mucho que vaya a dar a la usurpación piamontesa la sanción que aún no ha recibido, y, haciendo uso de mis poderes como diputado, le doy los medios para hacerlo (5).

Al día siguiente de esta votación, de esta misión encomendada al señor Loubet por los diputados y por los senadores, Henri Rochefort escribió en l'lntransigeant: “Ayer fue, podría decirse, un día excelente para los apátridas… Francia se está muriendo, eso es innegable, pero solo estarán verdaderamente satisfechos cuando puedan exclamar: ‘¡Francia ha muerto!’. Ya después de la sesión del 22 de enero sobre la cuestión Delsor, la misma persona había escrito: 'Se puede decir que Francia ha vivido. Desde hace algún tiempo, seguirá siendo durante algún tiempo una expresión geográfica'”.

¿Es esta la respuesta definitiva a la pregunta que J. de Maistre le planteó a M. de Bonald: “¿Está muerta Francia?”

En 1878, el cardenal Pitra, en una carta dirigida al barón Baude, embajador en Constantinopla, preguntó: “¿Dónde estará Francia mañana? Me hablas de colapsos amenazantes en toda Europa. ¿Qué es tal situación y cómo hemos llegado a un punto tan extremo que debemos temer una convulsión universal cada día?”.

En abril de 1903, Ed. Drumont también afirmó: “No cabe duda de que Francia se encuentra sumida en una profunda depresión, preparada para cualquier cosa, aceptándolo todo e indiferente ante los ataques más monstruosos. Las causas de este estado de ánimo son muchas… Parece que lo que ha golpeado a Francia en lo más profundo de su ser es que ha vislumbrado, quizás por primera vez en su existencia como nación, la posibilidad de la muerte. Y si el corazón flaquea, es porque la mente flaquea en medio de la debacle intelectual y moral más aterradora que el mundo jamás haya presenciado”.

El 4 de febrero de 1904, en el tribunal del Sena, se debatía un caso de custodia de menores tras un divorcio. ¿Quién debía tener la custodia? Los jueces deliberaban entre sí. Y el juez presidente, avergonzado e impotente, pronunció estas palabras de desaliento y tristeza: “¡Vivimos en una sociedad que se desmorona!”.

Los hombres verdaderamente inteligentes no se equivocan sobre la causa principal de nuestra decadencia en todos los sentidos, lo que nos permite plantear esta siniestra pregunta: ¿Está muriendo Francia? ¿Está Francia muerta?

El señor de Beugny d’Hagerne publicó en 1890 en Revue du Monde catholique sus notas de voyages de Paris en Transylvanie. En ella, relata una entrevista que tuvo en Fured con el Sr. Lonkay, director de Magyar Allam (el estado húngaro), el principal periódico católico de Hungría. “Amo mucho a Francia -me dijo- y en medio de los acontecimientos políticos de nuestro tiempo, que mi profesión de periodista me obliga a estudiar a diario, hay dos puntos que nunca pierdo de vista: el Papado y Francia. Francia siempre me ha parecido el pueblo elegido por Dios para defender los derechos de su Iglesia; veo a todas las naciones cristianas confiando en ella y esperando de ella la salvación. Desafortunadamente, hay muchas cosas que me hacen temblar por ustedes. No me refiero a las locuras actuales de sus gobernantes; es una enfermedad, un ataque de fiebre alta, que solo puede ser temporal. La guerra entre el Imperio Alemán y Francia es inevitable… Será un duelo a muerte. Si Francia aún fuera la hija mayor de la Iglesia, si tuviera un líder que, como San Luis, se autoproclamara el sargento de Jesucristo, no temería nada. Pero entre las faltas y locuras de su primera revolución, hay una que debe acarrearles un castigo terrible. En aquel período desastroso, Francia excluyó a Dios de sus leyes: esto fue un crimen de negación nacional. Todos los gobiernos que siguieron a la Revolución no han sabido, o no han podido, o no se han atrevido a rectificar este crimen. Este crimen fue imitado posteriormente por otras naciones católicas, y a menudo me pregunto si Dios también terminará negando a quienes lo han negado”.

Más recientemente, el mismo temor se expresó en Ámsterdam, o mejor dicho, la afirmación fue pronunciada por un protestante, miembro de la Cámara Alta de los Estados Generales. Dirigiéndose a un clérigo expulsado de Francia por la Ley Waldeck-Rousseau, preguntó:

—¿Le ofendería decir que Francia está perdida?

—Al menos quisiera saber con qué criterio la juzga —respondió el clérigo.

—Por los signos que anuncian toda la descomposición —replicó el senador (6)

Al ver las señales, buscó la causa de esta muerte y la atribuyó al abandono del catolicismo. “Me equivoqué al decir "Francia perdida", cuando en realidad lo que considero perdido en Francia es el catolicismo. Y es en esta atrofia del catolicismo donde yo, protestante, veo el síntoma de la muerte de Francia”.

Durante los debates suscitados en Bélgica por la emigración a ese país de figuras religiosas a las que un gobierno, tan traicionero a la patria como impío e inhumano, está expulsando de Francia, uno de los miembros más eminentes de la Cámara de Comercio belga también afirmó: “La política anticlerical será un suicidio nacional para Francia”.

Los periódicos extranjeros no hablan de manera diferente a estas cifras. Baste con que citemos el Vaterland de Viena. En un artículo titulado: L'instigateur du Kulturkampf françaisen un artículo publicado el 6 de octubre de 1904, se afirmó: “La política antirreligiosa francesa es una auténtica política suicida”.

Ante ellos, Joseph de Maistre, después de recordar el Gesta Dei per Francos, demostró que la posición eminente que Francia ocupaba en el mundo provenía del hecho de que presidía (humanamente) el sistema religioso y que su rey era “el protector hereditario de la unidad católica” (7), este profundo pensador añadió: “Desde el momento en que los franceses dejaron de ser católicos, ya no habría franceses en Francia, porque ya no habría en Francia hombres que tuvieran en sus mentes y corazones la idea rectora de los antepasados, aquella a la que los franceses han obedecido desde su nacimiento, que hizo de su nación lo que fue, y sin la cual ya no será ella misma, ya no existirá”.

Ya en 1814, al no ver que la Restauración devolviera por completo a Francia a su senda tradicional, le había escrito al señor de Bonald: “Hasta ahora, las naciones han sido destruidas por la conquista, es decir, por la penetración; pero aquí surge una gran cuestión. - ¿Puede una nación morir en su propio suelo, sin trasplantación ni penetración, únicamente por putrefacción, permitiendo que la corrupción alcance su esencia misma y los principios originales y constitutivos que la definen? Este es un problema grave y formidable. Si se llega a ese punto, ya no habrá franceses ni siquiera en Francia, y todo estará perdido” (8). Al año siguiente, fue más categórico: “Francia está muerta en este momento; toda la cuestión se reduce a si ella resurgirá” (9).

Continúa...
 

Notas:

1) Revue catholique des Institutions et du Droit, septiembre 1904, p. 212-213.

2) Du progrès de la Rèvolution, p. 5.

3) ¿Ha dejado Prusia de ser lo que es? decía al día siguiente l'Opinion nationale de Sadowa? “La misión de Prusia es protestantizar Europa, así como la misión de Italia es destruir el pontificado romano”. ¿Quién puede creer eso?

4) El Sr. Baudry-d’Asson apoyó al Sr. Boni de Castellane. En el Senado, el Sr. Dominique Delahaye hizo lo mismo. ¡El proyecto de ley solo encontró doce opositores en la Cámara!

5) Es cierto que este mismo sacerdote, poco después, subió al púlpito para pronunciar esta herejía: “La constitución de la Iglesia no es una monarquía; la Iglesia no es, estrictamente hablando, una jerarquía. Está gobernada por una serie de autoridades locales, controladas por una autoridad central y superior”. Cámara de Diputados, sesión del 15 de enero de 1907.

6) Etudes. Número del 5 de octubre de 1902.

7) De Maistre, Œuvres, t. X, p. 436 et passim.

8) Œuvres complètes de J. de Maistre , t. XII, p. 460.

9) Ibid., t. XIII, p. 158.


26 DE JULIO: SANTA ANA, MADRE DE LA MADRE DE DIOS


26 de Julio: Santa Ana, madre de la Madre de Dios

Santa Ana, dichosa madre de nuestra Señora la Virgen Santísima, fue natural de Belén e hija de Matan y de Emerenciana, y esposa del glorioso Joaquín, galileo, de la ciudad de Nazaret. 

Eran los santos esposos Joaquín y Ana de la tribu de Judá y del real linaje de David; y se ejercitaban continuamente en la guarda de la ley de Dios. 

Dícese que dividían la renta que cada año cobraban de su hacienda, en tres partes, de las cuales la una gastaban en su casa y familia, la otra en el templo y sus ministros, y la tercera empleaban en socorrer las necesidades de los pobres. 

Vivían muy afligidos estos santos casados por haberlo estado durante veinte años sin tener fruto de bendición, por lo cual andaban como avergonzados y corridos, por considerarse entre los hebreos la esterilidad como nota de ignominia. 

Llevaba Ana con paciencia esta prueba para su acrisolada virtud, con gran rendimiento a la voluntad del Señor; mas no por eso dejaba de mirar con santa envidia a aquellas dichosas mujeres que algún día habían de tener afinidad y parentesco con el deseado Mesías. 

Y como se acordase de que la madre de Samuel, llamada también Ana, por haber clamado al Señor, alcanzó el hijo que deseaba, animada santa Ana con este ejemplo, suplicó con gran fervor al Señor se compadeciese de su sierva, prometiendo que si le hacía merced de concederle algún fruto, se lo consagraría luego y lo destinaría al templo, para su santo servicio. 

Oyó el Señor benignamente las súplicas humildes de Ana, y es piadosa creencia que le reveló que sería madre de una hija, a quien pondría por nombre María, la cual sería llena del Espíritu Santo, y más dichosa que Sara, Raquel, Judit y Ester; porque sería bendita entre todas las mujeres y la llamarían bienaventurada todas las generaciones. 

Esta fue la soberana recompensa con que el Señor glorificó a santa Ana y a su bienaventurado esposo san Joaquín, haciéndolos padres de la Madre de Dios hecho hombre. 

Después de haber criado con gran cuidado a la santísima niña, y llegado el tiempo de cumplir su voto, la llevaron al templo de Jerusalén, donde fue recibida con mucho gozo entre las otras vírgenes y santas viudas que allí moraban en unas habitaciones vecinas al templo, y se ocupaban en sus labores, oraciones y demás oficios ordenados al servicio de Dios. 

No pudieron Joaquín y Ana ausentarse de su hija tan querida, y se vinieron a vivir en Jerusalén en una casa que no estaba lejos del templo, gozando de la conversación de su hija hasta que el Señor los llevó para sí: muriendo san Joaquín a la edad de ochenta años, y Ana a los setenta y nueve.

Reflexión:

Los gloriosos padres de la santísima Virgen fueron venerados en Oriente desde los primeros siglos de la Iglesia, y luego se extendió su devoción a los fieles del Occidente, los cuales levantaron en honra suya muchos templos y santuarios. Seamos pues devotos de santa Ana, que ella es la gloriosa abuela de Jesucristo Hijo de Dios y la madre de la Virgen Madre de Dios. Mucho desea y estima el divino nieto y la hija de santa Ana que la honremos por tan excelsa dignidad, y es bien loable la costumbre de algunas piadosas señoras que en el día de santa Ana visten alguna pobre doncella, y nunca salen sin recompensa las oraciones y obsequios que se hacen a la madre de la Tesorera de todas las gracias.

Oración:

Oh Dios, que te dignaste otorgar a la bienaventurada santa Ana la gracia de que fuese madre de la Madre de tu unigénito Hijo; concédenos por tu bondad que los que celebramos su fiesta, merezcamos alcanzar su poderoso patrocinio. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 

sábado, 25 de julio de 2026

PRETZELOLOGÍA, O CÓMO SER UN CONSERVADOR EJEMPLAR Y FINGIR QUE EL VATICANO II ESTUVO BIEN

Si te esfuerzas al máximo, lograrás reconciliar el concilio Vaticano II con los 2000 años que lo precedieron. Se trata simplemente de negar la realidad, ¿entiendes?

Por Mundabor


Ah, los conservadores cobardes...! Esos que son expertos en “no” conservar. Esos que acompañan la (aparente) destrucción de la Iglesia mientras afirman que, en realidad, luchan por ella. Los cobardes que se rinden poco a poco. Los gestores de la decadencia. Los severos y críticos facilitadores de la derrota. ¡Qué felices deben estar consigo mismos!

Nos lo repiten constantemente: si te esfuerzas al máximo, lograrás reconciliar el concilio Vaticano II con los 2000 años que lo precedieron. Se trata simplemente de negar la realidad, ¿entiendes? Requiere aplicación, dedicación, paciencia y tiempo; pero, si eres persistente, ¡tú también puedes ser un conservador cobarde del Vaticano II! ¡Mira el pretzel! Muestra, con su admirable forma, cómo nosotros también podemos amar el Vaticano II y evitar toda incomodidad mientras la Iglesia se hunde. ¿Qué mejor momento que ahora para intentarlo?

Es muy fácil si desarrollas el sutil arte de cegarte a la realidad, y ahora te guiaré a través del sencillo proceso necesario para dominarlo.

Por ejemplo, tomemos al padre James “Jamesina” Martin. Habla (literalmente) como un maricón, hace propaganda para los maricones, hace todo lo posible por promover la homosexualidad. Huele a maricón desde muy, muy lejos. Aquí es donde empiezas a practicar la pretzelología. Como Martin no ha salido oficialmente del armario como homosexual, simplemente te dirás a ti mismo, y a todos los demás, que puede que hable de forma extraña, pero asumirás caritativamente que es heterosexual. ¿Ves cómo esto te hace quedar bien, mientras evitas el problema? Luego, si quieres ser realmente hábil, acusarás a quienes no estén de acuerdo contigo de ser poco caritativos y de pecar por su juicio precipitado. ¿Lo ves? No es fácil, pero se puede hacer con cara seria si practicas la pretzelología a diario.


O tomemos al “papa” León. Recibe a la “chica” mencionada anteriormente, claramente la respalda, promueve al “padre” Milani, un homosexual confeso (o peor; o mucho, mucho, mucho peor), y, en general, claramente está del lado de esa gente. Aquí es donde uno podría verse tentado a pensar que el hombre tiene una mente sucia, o peor, o mucho peor. Aquí es donde la Pretzelología te ayuda. Simplemente necesitas cegarte a la realidad y decidir que el tipo solo está siendo “pastoral”. Con tiempo y esfuerzo, se puede lograr. Innumerables dictaduras (incluidas dos de las favoritas de Leon, la de China y la de Ucrania) nos han demostrado el efecto beneficioso del autoentrenamiento para pensar lo que es conveniente para uno.

Cuando hayas dado estos dos pasos, nada fáciles pero fundamentales, estarás listo para ampliar tus horizontes en la pretzelología. Aquí es donde te vuelves realmente experto. Así es como te conviertes en un auténtico conservador del Vaticano II.

Necesitas que tu nueva disciplina abarque todo lo que ha estado sucediendo en la Iglesia desde los años sesenta: el colapso de las vocaciones, el declive de la asistencia a misa, el colapso de la instrucción católica, todo tipo de cosas horribles, cambios sociales impactantes —desde el aborto hasta la perversión— contra los que esta iglesia nunca tuvo el valor de luchar con verdadera energía, y así sucesivamente; incluyendo el hecho de que, cuando León abre su boca degenerada, casi nunca habla como lo haría un Papa de verdad, adoptando en cambio el lenguaje de un profesor marxista de los setenta: “justicia social”, “cambio climático”, “pacifismo desarmado” o incluso “cambiar la doctrina”.


Así que lo que haces es este sencillo truco: ignoras todo lo que resulta incómodo de ver; luego le das a tu oponente un pedacito de pan duro y le dices que, en ocasiones, puede que haya habido alguna que otra pequeña confusión. Pero, si te retuerces como un pretzel (aquí haces una demostración en vivo frente a tu oponente; necesitas mucha práctica para hacerlo bien), puedes ver claramente que todo se puede conciliar con la doctrina católica tradicional.

El último paso, a estas alturas, ya es automático. Aprovechando la posición de fuerza que te otorga tu figura de pretzel, procedes a condenar a la FSSPX por abusar de un estado de necesidad inexistente, que defienden simplemente por su absoluta negativa a someterse al ejercicio del pretzel.

Esto te hace sentir muy bien (lo cual sé que es muy importante para ti) y te permite creer que has tomado la superioridad moral, porque “estás del lado del papa”. En algún momento, el Vaticano te enviará una camiseta de “Conservador Corrupto de Verdad” y, si eres estadounidense, también la gorra y el banderín.

Además, ser un conservador sumiso conlleva una gran ventaja. Si dependes de tu posición para vivir, el ejercicio del pretzel te permite conservar la mayor parte de tus ingresos, porque siempre habrá más gente del lado del conformismo que del lado de Cristo. Sé que tienes que pagar la hipoteca. Sé que tienes esposa e hijos. Así es como puedes cuidarlos sin necesidad de un trabajo formal. Es así de sencillo.

Listo. Así funciona.

Ahora empieza a practicar como un campeón.

Algún día, tú también podrás ignorar todo lo que sucede.
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Comenzamos con la publicación del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) escrito entre los años 1913 y 1914.

Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.

☙❧ ☙❧ ☙❧

Preparación para antes de cada hora 

¡Oh, Señor mío Jesucristo!, postrado ante tu divina presencia, suplico a tu amorosísimo Corazón que quiera admitirme a la dolorosa meditación de las 24 Horas de tu Pasión, en las que por amor nuestro quisiste sufrir tanto en tu cuerpo adorable y en tu alma santísima, hasta llegar a la muerte de cruz. ¡Ah!, ayúdame, dame tu gracia, amor, profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos, mientras medito la hora ____.

Y por aquellas horas que no puedo meditar, te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y es mi intención meditarlas durante todas aquellas horas en las que estoy obligado a ocuparme de mis deberes o a dormir. Acepta, ¡oh misericordioso Jesús mío, Señor!, mi amorosa intención, y haz que sea de provecho para mí y para muchos como si efectivamente hiciera santamente todo lo que quisiera practicar.

Te doy gracias, ¡oh Jesús mío!, por haberme llamado a unirme a ti por medio de la oración; y para complacerte todavía más, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu Corazón y con ellos quiero orar, fundiéndome del todo en tu Voluntad y en tu amor; y extendiendo mis brazos para abrazarte, apoyo mi cabeza sobre tu Corazón y empiezo...

Acción de gracias para después de cada hora

¡Amable Jesús mío!, tú me has llamado en esta Hora de tu Pasión para hacerte compañía y yo he venido. Me parecía sentirte lleno de angustia y de dolor, orando, reparando y sufriendo, y que con tus palabras más conmovedoras y elocuentes suplicabas por la salvación de todas las almas. He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte para cumplir con mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte “gracias” y “te bendigo”.

¡Sí, oh Jesús!, gracias, te lo repito mil y mil veces, y te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos. Gracias y te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada pálpito, por cada paso, palabra, mirada, amarguras y ofensas que has soportado. Por todo, ¡oh Jesús mío!, quiero sellarte con un gracias y te bendigo. ¡Ah, Jesús!, haz que de todo mi ser salga hacia ti una corriente continua de gratitud y de bendiciones, para atraer sobre mí y sobre todos la fuente de tus bendiciones y de tus gracias.

¡Ah Jesús mío!, estréchame a tu Corazón y con tus santísimas manos sella todas las partículas de mi ser con tu bendición, para que así no pueda salir de mí más que un himno continuo de amor hacia ti.

Por eso me quedo en ti para seguirte en lo que haces, antes bien, obrarás tú mismo en mí. Y yo desde ahora dejo mis pensamientos en ti para defenderte de tus enemigos, el respiro para cortejarte y hacerte compañía, el pálpito para decirte siempre “Te amo” y repararte por el amor que no te dan los demás; las gotas de mi sangre para repararte y para restituirte los honores y la estima que te quitarán con los insultos, salivazos y bofetadas, y dejo mi ser para hacerte guardia.

Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones quiero quedarme en tu Corazón. Tengo miedo de salirme de él, pero tú me tendrás en ti, ¿no es así? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de modo que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión contigo. ¡Ah, te suplico, oh Jesús mío!, si ves que alguna vez estoy por apartarme de ti, que tus latidos se hagan más fuertes en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a tu Corazón, que tus ojos me miren y me hieran con sus saetas de fuego, para que al sentirte, de inmediato yo me deje atraer hacia ti y así no se rompa nuestra íntima unión. ¡Oh Jesús mío!, hazme la guardia para que no vaya a hacer alguna de las mías. Bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo todo lo que yo debo hacer.

Primera Hora: De las 5 a las 6 de la tarde

Jesús se despide de su Madre Santísima

¡Oh Madre mía!, se acerca la hora de la separación y yo quiero estar junto a ti. Dame tu amor y tus reparaciones, dame tu dolor, que junto contigo quiero seguir paso a paso a mi adorado Jesús.

Ya Jesús viene, y tú, con el alma rebosante de amor, corres a su encuentro, y al verlo tan pálido y triste se te rompe el Corazón por el dolor, las fuerzas te abandonan y estás a punto de desplomarte a sus pies...

¡Oh dulce Madre!, ¿sabes para qué ha venido Jesús? Ha venido para decirte por última vez “adiós”, para decirte su última palabra, para recibir tu último abrazo. Madre mía, me abrazo a ti con toda la ternura de la que es capaz mi pobre corazón, para que abrazado y unido a ti, pueda yo también recibir los abrazos de mi adorado Jesús. ¿Me desdeñarás acaso o no es más bien un consuelo para tu Corazón tener un alma a tu lado que comparta contigo tus penas, tus afectos y tus reparaciones?

En esta hora tan desgarradora para tu tiernísimo Corazón, ¡qué lección nos das, oh Jesús, de filial y amorosa obediencia para con tu Madre! ¡Qué dulce armonía la que existe entre ustedes dos! ¡Qué suave encanto de amor, que se eleva hasta el trono del Eterno y se dilata para salvar a todas las criaturas de la tierra!

Celestial Madre mía, ¿sabes lo que quiere de ti nuestro adorado Jesús? No otra cosa que tu última bendición. Es verdad que de todas las partículas de tu ser no salen más que bendiciones y alabanzas a tu Creador, pero Jesús, al despedirse de ti, quiere oír esa dulce palabra de tu boca: “Te bendigo, hijo mío”. Y ese “te bendigo” apaga en sus oídos las blasfemias y penetra suavemente y con tanta dulzura dentro de su Corazón; ¡ah, sí!, Jesús quiere oír de ti ese “te bendigo” para poner como un muro de protección que lo defienda contra las ofensas que recibe de parte de todas las criaturas.

También yo me uno a ti, dulce Madre mía; sobre las alas de los vientos quiero atravesar los cielos para pedirle al Padre y al Espíritu Santo, y a todos los ángeles su bendición, y así poder traérsela a Jesús; y aquí en la tierra quiero pedirles a todas las criaturas y obtener de cada boca, de cada latido y de cada paso, de cada respiro, de cada mirada y de cada pensamiento, bendiciones y alabanzas a Jesús, y si nadie me las quiere dar, yo quiero dárselas por ellos.

¡Oh dulce Madre!, después de haber recorrido una y otra vez cielos y tierra para pedirle a la Sacrosanta Trinidad, a los ángeles, a todas las criaturas, a la luz del sol, al perfume de las flores, a las olas del mar, a cada soplo del viento, a cada llama de fuego, a cada hoja que se mueve, al parpadear de las estrellas, a cada movimiento de la naturaleza un “te bendigo” para Jesús, vuelvo a ti y uno mis bendiciones a las tuyas. Dulce Madre mía, veo que tú recibes consuelo y alivio y le ofreces a Jesús mis bendiciones para reparar todas las blasfemias y las maldiciones que recibe de parte de las criaturas, pero mientras yo te ofrezco todo, oigo tu voz que dice temblando: “¡Hijo, bendíceme tú también a mí!”.

Dulce Amor mío, bendíceme a mí también al bendecir a tu Madre, bendice mis pensamientos, mi corazón, mis manos, mis pasos, mis obras y mientras bendices a tu Madre bendice también a todas las criaturas.

Madre mía, al ver el rostro de Jesús pálido, triste y afligido, se despierta en ti el recuerdo de los dolores que dentro de poco tendrá que sufrir. Prevés su rostro cubierto de salivazos y lo bendices; su cabeza traspasada por las espinas, sus ojos vendados, su cuerpo destrozado por la flagelación, sus manos y sus pies atravesados por los clavos, y por todo lo bendices; y por todos aquellos lugares por los que irá pasando tú lo sigues con tus bendiciones. Yo también junto contigo lo sigo cuando Jesús será flagelado, clavado en la cruz, abofeteado, coronado de espinas... en todo hallará junto con tus bendiciones las mías.

¡Oh Jesús, Madre mía, los compadezco! Es inmenso su dolor en estos últimos momentos; parece que el Corazón de uno destroce el Corazón del otro.

Madre Santísima, arranca mi corazón de la tierra y átalo fuertemente a Jesús, para que abrazado a él pueda tomar parte en tus dolores; y mientras se estrechan y se abrazan el uno al otro, mientras se ven y se besan por última vez, quiero estar entre sus Corazones para poder recibir yo también sus últimos besos, sus últimos abrazos. ¿No ven que no puedo vivir sin ustedes a pesar de mis miserias y de mi frialdad? Jesús, Madre mía, ténganme abrazado a ustedes; denme su amor, su Voluntad; hieran mi pobre corazón, estréchenme en sus brazos, y junto contigo, ¡oh dulce Madre mía!, quiero seguir paso a paso a mi adorado Jesús con la intención de darle consuelo, alivio, amor y reparación por todos.

Jesús mío, junto con tu Madre, beso tu pie izquierdo, suplicándote que quieras perdonarme a mí y a todas las criaturas por todas las veces que no hemos caminado hacia Dios.

Beso tu pie derecho; perdóname y perdónanos a todos por todas las veces que no hemos seguido la perfección que tú querías de nosotros.

Beso tu mano izquierda; comunícanos tu pureza.

Beso tu mano derecha, y tú bendice todos los latidos de mi corazón, mis pensamientos, mis afectos, para que teniendo el mismo valor que tiene tu bendición todos queden santificados; junto conmigo bendice también a todas las criaturas, y que tu bendición sea el sello de la salvación de sus almas.

¡Oh Jesús!, junto con tu Madre te abrazo, y besando tu Corazón, te ruego que pongas entre tu Corazón y el de tu Madre Santísima, el mío, para que se alimente continuamente de su amor, de su dolor, de sus mismos afectos y deseos, y de su misma vida. Así sea.

Reflexiones y prácticas

Jesús, antes de dar inicio a su pasión, va con su Madre a pedirle su bendición. En este acto Jesús nos enseña la obediencia, no solamente exterior, sino especialmente la interior, que se necesita para corresponder a las inspiraciones de la gracia. Muchas veces nosotros no estamos dispuestos a darle cumplimiento a las inspiraciones de la gracia, ya sea porque nuestro amor propio, junto con la tentación, nos lo impide, o también por respeto humano, o bien, porque no nos hacemos dulce violencia a nosotros mismos.

Pero rechazar una buena inspiración para ejercitar una virtud, para hacer un acto heroico, para hacer una buena obra, para practicar una devoción... hace que el Señor se retire, privándonos de nuevas inspiraciones. En cambio, correspondiendo prontamente con piedad y con prudencia a las santas inspiraciones, atraeremos sobre nosotros mayores gracias y luces.

En los casos de duda, se echa mano de inmediato y con recta intención, del gran medio de la oración y de un recto y sabio consejo. De este modo el buen Dios no deja de iluminar nuestra alma para poder seguir las divinas inspiraciones y hacer que se multipliquen aprovechándolas al máximo.

Debemos hacer todas nuestras acciones, nuestros actos, nuestras oraciones, las Horas de la Pasión, con las mismas intenciones de Jesús, en su Voluntad, y sacrificándonos a nosotros mismos como él lo hizo, para gloria del Padre y por el bien de las almas.

Debemos estar dispuestos a sacrificarlo todo por amor de nuestro amable Jesús, uniformándonos a su espíritu, obrando con sus mismos sentimientos y abandonándonos a él, no solamente en todos nuestros sufrimientos y contrariedades externas, sino más aún en todo lo que disponga y suceda en nuestro interior; de este modo, cuando la ocasión lo quiera, nos encontraremos dispuestos a aceptar cualquier pena. Haciendo así le daremos a Jesús pequeños sorbos de dulzura; pero si además hacemos todo esto en la Voluntad de Dios, que contiene todas las dulzuras y todas las alegrías en modo inmenso, le daremos entonces a Jesús grandes sorbos de dulzura, de modo tal que podremos mitigar el envenenamiento que le provocan las criaturas y consolar su Corazón Divino.

Antes de empezar a hacer cualquier cosa, pidamos siempre la bendición de Dios, para hacer que todas nuestras acciones tengan el toque de la divinidad y atraigan sobre nosotros y sobre todas las criaturas las bendiciones del cielo.

“Jesús mío, que tu bendición me preceda, me acompañe y me siga, para que todo lo que haga lleve el sello de tu bendición”.

Continúa...
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (119)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


Los discursos en Aguas Claras:
Yo soy el Señor tu Dios (109). Jesús bautiza como Juan
.
27 de febrero de 1945.

1 Desde ayer la gente se ha duplicado al menos. Hay también personas de clases menos comunes. Algunos han venido en burros y ahora están ingeriendo su comida bajo el cobertizo, en cuyos palos han atado sus asnos, en espera del Maestro.
El día está frío pero sereno. La gente cuchichea; los más doctos dan explicaciones de quién es y por qué el Maestro habla en ese lugar.
Uno dice: “Pero, ¿supera a Juan?”.
“No. Es distinto. Aquél –yo era de Juan– es el Precursor, y es la voz de la justicia; éste es el Mesías, y es la voz de la sabiduría y la misericordia”.
“¿Cómo lo sabes?” preguntan muchos.
“Me lo han dicho tres discípulos del Bautista de los que están siempre con él. ¡Si supieras qué cosas! Ellos le vieron nacer. Fijaos: nació de la luz. La luz era tan fuerte, que ellos, que eran pastores, abandonaron corriendo el redil, entre el ganado enloquecido de terror, y vieron que toda Belén estaba en llamas, y luego descendieron del cielo unos ángeles y apagaron el fuego con sus alas, y sobre el suelo estaba El, el Niño nacido de la luz. Todo el fuego se transformó en una estrella...”.
“¡No, hombre, no, no es así!”.
“Sí, es así. Me lo ha dicho uno que era mozo de cuadra en Belén cuando yo era niño, y que ahora que el Mesías es hombre se gloría de ello”.
“No es así. La estrella vino después, vino con aquellos magos de oriente, aquellos de los que uno era descendiente de Salomón, y, por lo tanto, pariente del Mesías, porque El es de David y David es padre de Salomón, y Salomón amó a la reina de Saba porque era hermosa y por los regalos que le había traído, y tuvo de ella un hijo, que es de Judá a pesar de ser de allende el Nilo”.
“¿Pero qué estás diciendo? ¿Estás loco?”.
“No. ¿Pretendes decir que no es cierto que su pariente le trajo los aromas como es costumbre entre reyes, y más aún de esa estirpe?”.
“Yo sé cómo sucedió verdaderamente” dice otro. “Así fue –lo sé porque Isaac es uno de los pastores y es amigo mío–, así fue: el Niño nació en un establo de la casa de David. Estaba profetizado (110)...”.
“¿Pero no es de Nazaret?”.
“Dejadme hablar. Nació en Belén porque es de David, y era tiempo de edicto. Los pastores vieron una luz de insuperable belleza, y el más pequeño, porque era inocente, vio primero al ángel del Señor, el cual habló con música de arpa diciendo: "Ha nacido el Salvador. Id y adorad", y, a continuación, una muchedumbre de ángeles cantó: "Gloria a Dios y paz a los hombres buenos". Entonces los pastores fueron y vieron a un niñito en un pesebre entre un buey y un asno, y a la Madre y al padre. Y le adoraron y luego le condujeron a casa de una buena mujer. Y el Niño crecía como todos, hermoso, bueno, todo amor. Luego vinieron los magos de allende el Eufrates y allende el Nilo, porque habían visto una estrella y reconocido en ella la estrella de Baláam (111). Pero el Niño ya podía andar. El rey Herodes ordenó el exterminio por celos de poder. Pero el ángel del Señor había advertido del peligro y los pequeñuelos de Belén murieron, mas no El, que había huido más allá de Matarea. Después volvió a Nazaret, a trabajar como carpintero, y, habiendo llegado a su tiempo, después de haber sido anunciado por el Bautista, primo suyo, ha comenzado la misión y primero ha buscado a sus pastores. A Isaac le liberó de una parálisis, después de treinta años de enfermedad, e Isaac le predica incansablemente. Esto es”.
“¡Pues, no obstante, los tres discípulos del Bautista me han dicho verdaderamente esas palabras!” dice, disgustado, el primero.
“Y son verdaderas. Lo que no es verdadero es la descripción del mozo de cuadra. ¿Se gloría? Haría bien en decir a los betlemitas que fueran buenos. Ni en Belén ni en Jerusalén puede predicar”.
“¡Pero hombre, ¿cómo piensas que los escribas y fariseos deseen sus palabras?! Esos son víboras y hienas, como los llama el Bautista (112)”.

2 “Yo querría que me curase. ¿Ves? Tengo una pierna con gangrena. He sufrido lo indecible para venir aquí en burro. Pero le he buscado en Sion y ya no estaba...” dice uno.
“Le han amenazado de muerte...” responde otro.
“¡Perros!”.
“Sí. ¿De dónde vienes?”.
“De Lida”.
“¡Un largo camino!”.
“Yo... yo quisiera expresarle un pecado mío... Se lo he manifestado al Bautista... pero me ha recriminado de tal modo, que he huido. Creo que ya no podré ser perdonado...” dice un tercero.
“¿Pues qué es lo que has hecho?”.
“Mucho mal. A El se lo manifestaré. ¿Qué decís? ¿Me maldecirá?”.
“No. Le he oído hablar en Betsaida. Casualmente me encontraba allí. ¡¡¡Qué palabras!!! Hablaba de una pecadora. ¡Ah... casi habría deseado ser ella para merecerlas!...” dice un anciano de aspecto grave.

3 “Ahí viene” grita un buen número de personas.
“Misericordia ¡Me da vergüenza!” dice el hombre que se siente culpable, y trata de huir.
“¿A dónde huyes, hijo mío? ¿Tanta negrura tienes en el corazón, que odias la Luz hasta el punto de tener que huir de ella? ¿Has pecado tanto como para tener miedo de mi Perdón? (113). ¿Pero qué pecado puedes haber cometido? Ni aun en el caso de que hubieras matado a Dios deberías tener miedo, si en ti hubiera verdadero arrepentimiento. ¡No llores! O ven, lloremos juntos”.
Jesús que, alzando una mano, había hecho que se detuviera el fugitivo, ahora le tiene estrechado contra sí, y se vuelve a quienes están esperando y dice: “Un momento sólo, para aliviar a este corazón. Después estoy con vosotros”.
Y se aleja hasta más allá de la casa, chocándose, al volver la esquina, contra la mujer velada, que está en su lugar de escucha. Jesús la mira fijamente un instante, luego continúa unos diez pasos y se detiene: “¿Qué has hecho, hijo?”.
El hombre cae de rodillas. Es un hombre que tiene unos cincuenta años; un rostro quemado por muchas pasiones y devastado por un tormento secreto. Tiende los brazos y grita: “Para gozarme con las mujeres toda la herencia paterna, he matado a mi madre y a mi hermano... Desde entonces no he vuelto a tener paz... Mi alimento... ¡sangre! Mi sueño... ¡pesadilla!... Mi placer... ¡Ah! en el seno de las mujeres, en su grito de lujuria, sentía el hielo de mi madre muerta y el jadeo agonizante de mi hermano envenenado. ¡Malditas las mujeres de placer, áspides, medusas, murenas insaciables, perdición, perdición, mi perdición!”.
“No maldigas. Yo no te maldigo...”.
“¿No me maldices?”.
“No. ¡Lloro y cargo sobre mí tu pecado!... ¡Cuánto pesa! Me quiebra los miembros, pero aun así lo abrazo estrechamente para anularle por ti... y a ti te concedo el perdón. Sí. Yo te perdono tu gran pecado”. Extiende Jesús las manos sobre la cabeza del hombre, que está sollozando, y ora: “Padre, mi Sangre será derramada también por él. Por ahora, llanto y oración. Padre, perdona, porque está arrepentido. Tu Hijo, a cuyo juicio todo ha sido remitido, así lo quiere!...”. Permanece así durante unos minutos, luego se agacha para levantar al hombre y le dice: “La culpa queda perdonada. Está en ti ahora el expiar, con una vida de penitencia, cuanto queda de tu delito”.
“¿Dios me ha perdonado? ¿Y mi madre? ¿Y mi hermano?”.
“Lo que Dios perdona queda perdonado por todos, quienes quiera que sean. Ve y no vuelvas a pecar nunca”.
El hombre llora aún con más intensidad y le besa la mano. Jesús le deja con su llanto y vuelve hacia la casa. La mujer velada hace ademán como de ir a su encuentro, más luego baja la cabeza y no se mueve. Jesús pasa delante de ella sin mirarla.

4 Ya está en su puesto. Empieza a hablar:
“Un alma ha vuelto al Señor. Bendita sea su omnipotencia, que arranca de las circunvoluciones de la serpiente demoníaca a sus almas creadas, y las conduce de nuevo por el camino de los Cielos.
¿Por qué esa alma se había perdido? Porque había perdido de vista la Ley.
Dice el Libro (114) que el Señor se manifestó en la cima del Sinaí con toda su terrible potencia, para, valiéndose también de ella, decir: "Yo soy Dios. Esta es mi voluntad. Estos son los rayos que tengo preparados para aquellos que se muestren rebeldes a la voluntad de Dios". Y antes de hablar impuso que nadie del pueblo subiera para contemplar a Aquel que es, y que incluso los sacerdotes se purificasen antes de acercarse al limen de Dios, para no recibir castigo. Esto fue así porque era tiempo de justicia y de prueba. Los Cielos estaban cerrados como por una losa que cubría el misterio del Cielo y el desdén de Dios, y sólo las saetas de la justicia alcanzaban, provenientes de los Cielos, a los hijos culpables. Más ahora no es así. Ahora el Justo ha venido a consumar toda justicia y ha llegado el tiempo en que sin rayos y sin límites, la Palabra divina habla al hombre para darle Gracia y Vida.

5 La primera palabra del Padre y Señor es ésta: "Yo soy el Señor Dios tuyo".
En todo instante del día la voz de Dios pronuncia esta palabra y su dedo la escribe. ¿Dónde? Por todas partes. Todo lo dice continuamente: desde la hierba a la estrella, desde el agua al fuego, desde la lana al alimento, desde la luz a las tinieblas, desde el estar sano hasta la enfermedad, desde la riqueza a la pobreza. Todo dice: "Yo soy el Señor. Por mí tienes esto. Un pensamiento mío te lo da, otro te lo quita, y no hay fuerza de ejércitos ni de defensas que te pueda preservar de mi voluntad". Grita en la voz del viento, canta en la risa del agua, perfuma en la fragancia de la flor, se incide sobre las cúspides montanas, y susurra, habla, llama, grita en las conciencias: "Yo soy el Señor Dios tuyo".
¡No os olvidéis nunca de ello! No cerréis los ojos, los oídos; no estranguléis la conciencia para no oír esta palabra. Es inútil, ella es; y llegará el momento en que en la pared de la sala del banquete, o en la agitada ola del mar, o en el labio del niño que ríe, o en la palidez del anciano que se muere, en la fragante rosa o en la fétida tumba, será escrita por el dedo de fuego de Dios. Es inútil, llega el momento en que en medio de las embriagueces del vino y del placer, en medio del torbellino de los negocios, durante el descanso de la noche, en un solitario paseo... ella alza su voz y dice: "Yo soy el Señor Dios tuyo", y no esta carne que besas ávido, y no este alimento que, glotón, engulles, y no este oro que, avaro, acumulas, y no este lecho sobre el que te huelgas; y de nada sirve el silencio, o el estar solo, o durmiendo, para hacerla callar.
"Yo soy el Señor Dios tuyo", el Compañero que no te abandona, el Huésped que no puedes echar. ¿Eres bueno? Pues el huésped y compañero es el Amigo bueno. ¿Eres perverso y culpable? Pues el huésped y compañero pasa a ser el Rey airado, y no concede tregua. Más no deja, no deja, no deja. Sólo a los réprobos les es concedido el separarse de Dios. Pero la separación es el tormento insaciable y eterno.

6 "Yo soy el Señor Dios tuyo", y añade: "que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud". ¡Oh, con qué verdad, ahora, realmente lo dice! ¡De qué Egipto, de qué Egipto te saca, hacia la tierra prometida, que no es este lugar, sino el Cielo, el eterno Reino del Señor en que no habrá ya hambre o sed, frío ni muerte, sino que todo rezumará alegría y paz, y de paz y de alegría se verá saciado todo espíritu!
De la esclavitud verdadera ahora os saca. He aquí el Libertador. Yo soy. Vengo a romper vuestras cadenas. Cualquier dominador humano puede conocer la muerte, y por su muerte quedar libres los pueblos esclavos. Pero Satanás no muere. Es eterno (115). Y es él el dominador que os ha puesto grilletes para arrastraros hacia donde desea. El Pecado está en vosotros, y el Pecado es la cadena con que Satanás os tiene cogidos. Yo vengo a romper la cadena. En nombre del Padre vengo, y por deseo mío. He aquí que, por lo tanto, se cumple la no comprendida promesa: "te saqué de Egipto y de la esclavitud".
Ahora esto tiene espiritualmente cumplimiento. El Señor Dios vuestro os saca de la tierra del ídolo que sedujo a vuestros Progenitores, os arranca de la esclavitud de la Culpa, os reviste de Gracia, os admite en su Reino. En verdad os digo que quienes vengan a mí podrán, con dulzura de paterna voz, oír al Altísimo decir en su corazón bienaventurado: "Yo soy el Señor Dios tuyo y te traigo hacia mí, libre y feliz".
Venid. Volved al Señor corazón y rostro, oración y voluntad. La hora de la Gracia ha llegado”.

7 Jesús ha terminado. Pasa bendiciendo y acariciando a una viejecita y a una niñita morenilla y toda risueña.
“Cúrame, Maestro. ¡Me aflige un mal grave!” dice el enfermo de gangrena.
“Primero el alma, primero el alma. Haz penitencia...”.
“Dame el bautismo como Juan. No puedo ir a él. Estoy enfermo”.
“Ven”. Jesús baja hacia el río que se encuentra pasados dos grandísimos prados y el bosque que lo oculta. Se descalza, como también lo hace el hombre que hasta allí se ha arrastrado con las muletas. Descienden a la orilla, y Jesús, haciendo copa con las dos manos unidas, esparce el agua sobre la cabeza del hombre, que está dentro del agua hasta la mitad de las espinillas.
“Ahora quítate las vendas” ordena Jesús mientras vuelve a subir al sendero.
El hombre obedece. La pierna está curada. La multitud grita su estupor.
“¡Yo también!”; “Yo también”; “¡Yo también el bautismo dado por ti!” gritan muchos.
Jesús, que ya está a medio camino, se vuelve: “Mañana. Ahora marchaos y sed buenos. La paz sea con vosotros”.
Todo termina y Jesús vuelve a casa, a la cocina que está oscura a pesar de que sean todavía las primeras horas de la tarde.

8 Los discípulos se le arremolinan en torno. Y Pedro pregunta: “¿Ese hombre al que has llevado detrás de la casa, qué tenía?”.
“Necesidad de purificación”.
“No ha vuelto, de todas formas, y no estaba entre los que pedían el bautismo”.
“Ha ido a donde le he mandado”.
“¿A dónde?”.
“A expiar, Pedro”.
“¿A la cárcel?”.
“No. A hacer penitencia por todo el resto de su vida”.
“¿No se purifica entonces con el agua?”.
“Es agua también el llanto”.
“Sí, cierto. Ahora que has hecho el milagro, ¡quién sabe cuántos vendrán!... Eran ya el doble hoy...”.
“Sí. Si tuviera Yo que hacer todo, no podría. Vais a bautizar vosotros. Primero uno cada vez, luego seréis dos, tres, muchos. Y Yo predicaré y curaré a los enfermos y a los pecadores”.

9 “¿Nosotros, bautizar? ¡Oh, yo no soy digno de ello! ¡Quítame, Señor, esta misión! ¡Tengo yo necesidad de ser bautizado!”. Pedro se ha puesto de rodillas y está en actitud suplicante.
Pero Jesús se inclina hacia él y dice: “Pues tú vas a ser el primero en bautizar. Desde mañana”.
“¡No, Señor! ¿Cómo puedo hacerlo, si estoy más negro que esa chimenea?”.
Jesús sonríe ante la sinceridad humilde del apóstol, de rodillas contra sus rodillas, sobre las cuales tiene unidas sus gruesas manos de pescador. Y le besa en la frente, en el límite de su cabello entrecano que, áspero, se riza: “Eso es. Te bautizo con un beso (116). ¿Estás contento?”.
“¡Cometería inmediatamente otro pecado para recibir otro beso!”.
“No, eso no. Nadie se burla de Dios, abusando de sus dones”.
“¿Y a mí no me das un beso? Yo también tengo algún pecado” dice Judas Iscariote.
Jesús le mira fijamente. Su ojo, muy mutable, pasa de la luz de la alegría, que le hacía claro mientras hablaba con Pedro, a una oscuridad severa, y yo diría que cansada, y dice: “Sí... a ti también. Ven. Yo no actúo injustamente con nadie. Sé bueno, Judas. ¡Si tú quisieras!... Eres joven. Toda una vida para subir y subir, hasta la perfección de la santidad...” y le besa.
“Ahora tú, Simón, amigo mío. Y tú, Mateo, victoria mía. Y tú, sabio Bartolomé. Y tú, Felipe, fiel. Y tú, Tomás, con tu jovial voluntad. Ven, Andrés, hombre de silencio activo. Y tú, Santiago del primer encuentro. Y ahora tú, alegría de tu Maestro. Y tú, Judas, compañero de niñez y de juventud. Y tú, Santiago, quien me recuerda al Justo (117), en el aspecto y en el corazón. Todos, todos... Más, acordaos de que mi amor es mucho, pero es necesaria también vuestra buena voluntad. Desde mañana daréis un paso más, hacia adelante, en vuestra vida de discípulos míos. Pensad, no obstante, que cada paso hacia adelante es un honor y una obligación”.

10 “Maestro... un día me dijiste a mí, a Juan, a Santiago y a Andrés, que nos enseñarías a orar (118). Yo creo que si nosotros orásemos como lo haces tú, seríamos capaces de ser dignos del trabajo que quieres de nosotros” dice Pedro.
“En aquella ocasión te respondí: "Cuando estéis suficientemente formados, os enseñaré la oración sublime (119); para dejaros mi oración. Mas incluso ésta resultará inútil si la pronuncia sólo la boca. Por ahora, ascended con el alma y la voluntad a Dios". La oración es un don que Dios concede al hombre y que el hombre dona a Dios”.
“¿Cómo es esto? ¿Todavía no somos dignos de orar? Todo Israel ora...” dice Judas Iscariote.
“Sí, Judas. Pero tú mismo puedes ver por sus obras cómo ora Israel. Yo no quiero hacer de vosotros unos traidores. Quien ora con lo externo, y por dentro está contra el bien, es un traidor”.

11 “¿Y cuándo nos vas a habilitar para hacer milagros?” sigue preguntando Judas.
“¿Nosotros, hacer milagros?, ¿nosotros? ¡Misericordia eterna! ¡Y eso que bebemos agua pura! ¿Nosotros, milagros? Pero muchacho, ¿estás delirando?”. Pedro está escandalizado, asustado, fuera de sí.
“El nos lo dijo (120), en Judea. ¿O acaso no es verdad?”.
“Sí, es verdad, lo dije. Y lo haréis. Más, mientras en vosotros haya demasiada carne, no tendréis milagros”.
“Haremos ayunos” dice Judas Iscariote.
“No se requieren ayunos. Cuando digo carne quiero decir las pasiones corrompidas, la triple hambre, y tras esta pérfida trinidad, el séquito de sus vicios... Como hijos de una inmunda, bígama unión, la soberbia de la mente engendra, con la avidez de la carne y del poder, todo lo malo que hay en el hombre y en el mundo”.
“Nosotros lo hemos dejado todo por ti” replica Judas.
“Pero no a vosotros mismos”.
“¿Entonces tenemos que morir? Con tal de estar contigo lo haríamos; yo al menos...”.
“No. No pido vuestra muerte material. Pido que muera la animalidad y el satanismo en vosotros, y éste no muere mientras se siga satisfaciendo el hambre de la carne y mientras haya en vosotros mentira, orgullo, ira, soberbia, gula, avaricia, acidia”.
“¡Somos muy humanos, junto a ti, muy santo!” dice sumisamente Bartolomé.
“Y siempre fue tan santo. Nosotros lo podemos decir” afirma el primo Santiago.
“El sabe cómo somos... Y no debemos desanimarnos, sino decirle sólo: Danos día a día la fuerza de servirte. Si nosotros dijéramos: "No tenemos pecado", resultaríamos engañados y engañadores. ¿Y de quién al final? ¿De nosotros mismos que sabemos lo que somos, aunque no queramos decirlo? ¿De Dios, al cual no se le puede engañar? Pero si decimos: "Somos débiles y pecadores. Ayúdanos con tu fuerza y tu perdón", entonces Dios no nos defraudará, y en su bondad y justicia nos perdonará y nos purificará de las iniquidades de nuestros pobres corazones”.
“Dichoso tú, Juan, porque la Verdad habla en tus labios, que tienen perfume de inocencia y sólo besan al adorable Amor” dice Jesús levantándose, y atrae hacia su corazón al predilecto, que ha hablado desde su rincón oscuro.

Continúa...

Notas:

109) Cfr. Ex. 20, 2; Dt. 5, 6.

110) Cfr. Miq. 5, 1–5.

111) Cfr. Núm. 24, 15–19.

112) Cfr. Mt. 3, 1–2; 14, 1–12; Mc. 1, 1–8; 6, 14–29; Lc. 3, 2–20; 9, 7–9.

113) Esto es: de Mí que soy el Perdón, el que perdona al que se arrepiente.

114) Cfr. Ex. 19 y 20.

115) Dios, de hecho, no lo destruirá y él no se convertirá. Por lo que, aun cuando tuvo principio, no tendrá fin.

116) Un beso de Jesús es comunicación del Divino Amor, por lo tanto del Espíritu Santo. En virtud de este mismo Amor o Espíritu, el bautismo cancela el pecado y regenera.

117) Entiéndase: San José, cuyo sobrino es Santiago.

118) en 62.2.

119) Padre Nuestro. Cfr. Mt. 6, 9–13; Lc. 11, 2–4.

120) en 72.3.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)