viernes, 6 de marzo de 2026

LA FSSPX Y ROMA: CINCUENTA AÑOS DE MANIPULACIÓN CONCILIAR (PARTE 2)

De Pablo VI a León XIV: La revolución se intensifica hasta la apostasía total.

Por Chris Jackson


En su reciente entrevista, el padre Pagliarani comentó sobre el actual “nuevo pontificado” (el de León XIV) y señaló que “las principales orientaciones que ya están tomando forma... solo confirman una determinación explícita de preservar la línea del papa Francisco como una trayectoria irreversible para toda la Iglesia”. En otras palabras, León XIV está redoblando la apuesta por la revolución de Francisco, que a su vez fue fruto de la revolución de Pablo VI. Francisco había llevado el modernismo a nuevas alturas (o profundidades), y León XIV, lejos de corregir el rumbo, continúa la zambullida

Bajo el “papa” Francisco (2013-2025), el Vaticano exhibió una agenda abiertamente progresista y antitradicional: socavó las enseñanzas morales (por ejemplo, hizo la vista gorda ante la cohabitación y el adulterio), persiguió a las comunidades que celebraban la Misa en latín (a través de Traditionis Custodes en 2021) y promovió el indiferentismo religioso (la infame declaración de Francisco en Abu Dabi en 2019 afirmaba que Dios quiere la diversidad de religiones). Muchos católicos esperaban ingenuamente que “un nuevo papa” pudiera revertir algunos de estos atropellos; pero León XIV, en cambio, ha dejado claro que la trayectoria de Francisco es “irreversible”.

¿Qué significa esto en la práctica? Significa que el “catolicismo” de León XIV es aún más modernista e irreconocible que el de Pablo VI. Consideremos estos flagrantes avances en la doctrina y la práctica que incluso Pablo VI, a pesar de todos sus errores, habría dudado en implementar, pero que el Vaticano actual respalda con orgullo:

1. Bendiciones para parejas homosexuales y Comunión para adúlteros públicos

Durante el “reinado” de Francisco, y ahora bajo León XIV, la Iglesia ha sancionado prácticas que contradicen directamente las Escrituras y dos mil años de enseñanza moral. Gracias a Amoris Laetitia y a las directrices posteriores, las personas divorciadas que viven en un nuevo matrimonio adúltero pueden ser admitidas a la Sagrada Comunión; una derogación tácita del dogma de que quien está en pecado mortal no debe recibir la Eucaristía.


Peor aún, la oficina doctrinal del Vaticano, ahora dirigida por el “cardenal” Fernández, publicó recientemente un documento que permite a los sacerdotes otorgar ciertas “bendiciones” a parejas homosexuales (siempre que sean “pastorales” y no equivalgan oficialmente al matrimonio). Esto era impensable en tiempos de Pablo VI; Montini al menos defendía la doctrina moral católica sobre el papel. Sin embargo, Francisco y León XIV encuentran maneras de respaldar “pastoralmente” lo que la ley de Dios llama abominación.

El padre Pagliarani observó acertadamente que, mediante la alquimia de la “sinodalidad”, Francisco pudo imponer “decisiones tan catastróficas” a toda la Iglesia, como “autorizar la Sagrada Comunión a los divorciados vueltos a casar civilmente, o la bendición de las parejas del mismo sexo”. Esto es una herejía abierta en la práctica; un ataque directo al sacramento del matrimonio y la Eucaristía. Revela un “catolicismo” tan deformado que uno se pregunta si estos “prelados” creen en absoluto en el pecado. León XIV no ha hecho ningún movimiento para revertir estas profanaciones; por el contrario, su portavoz (el “cardenal” Fernández) insiste en que la Iglesia debe encontrar “nuevas respuestas” a través de los sínodos, no volver a la doctrina tradicional. Realmente estamos presenciando la Iglesia de Laodicea; ni caliente ni fría, revolcándose en una tibia capitulación ante los pecados del mundo.

2. El “minimalismo” doctrinal y la abolición de la tradición

Una de las características de esta era de León XIV es una pseudoteología que trata la rica doctrina y liturgia de la Tradición como si fuera un bagaje desechable. El “cardenal” Fernández, en representación de León XIV, pronunció un discurso (en el consistorio) instando a la Iglesia a “retornar a la intuición fundamental del papa Francisco en la Evangelii Gaudium”, lo que implica reducir el Evangelio a unas pocas ideas básicas (el kerygma) para un “encuentro emocional”, dejando de lado todo lo demás (aunque sea valioso). En la práctica, “todo lo que es Tradición se considera accesorio y secundario” en este nuevo método de evangelización.


El padre Pagliarani señaló el resultado: “Es este método el que ha producido el vacío doctrinal característico del pontificado del papa Francisco”. De hecho, la década de Francisco estuvo marcada por la escasez de enseñanza clara. Todo eran eslóganes insulsos y un “acompañamiento” sin verdad. Ahora, León XIV aprueba también este enfoque. Literalmente, desean una fe sin doctrina; solo una experiencia de “encuentro” difusa. Y cualquier doctrina o norma moral restante puede ser aprovechada en el “caminar juntos” sinodal, en lugar de extraerse de la Tradición perenne.

Esta es la perfección del modernismo: una fe en constante evolución, desvinculada del pasado. Pablo VI inició esto introduciendo ambigüedad en los textos conciliares y en la “nueva misa” (que restó importancia drásticamente a doctrinas católicas como el sacrificio, la Presencia Real, etc.). Pero Montini al menos emitió un Credo del Pueblo de Dios en 1968, reafirmando dogmas fundamentales, y condenó la anticoncepción artificial.

En contraste, el Vaticano de León XIV parece enorgullecerse de socavar dogmas; por ejemplo, la blasfemia contra el pluralismo religioso desde Abu Dabi. El padre Pagliarani destacó ese evento: en 2019, Francisco firmó un documento con un imán declarando que Dios desea la diversidad de religiones. Esta declaración es “simplemente inconcebible” para un católico. Implica que Dios desea las religiones falsas y la idolatría. Pagliarani dijo con razón que “un católico debería preferir el martirio antes que aceptar tal afirmación”, porque es un pecado directo contra el Primer Mandamiento y una negación del primer artículo del Credo.

Sin embargo, Francisco lo hizo, y notablemente, León XIV nunca ha repudiado esta herejía. De hecho, al igual que Pablo VI eludió a Lefebvre cuando intentó discutir Dignitatis Humanae (sobre la libertad religiosa), el Vaticano actual se niega a corregir el error de Abu Dabi. Lo incorpora a su programa “ecuménico”. Así, la “iglesia” de León XIV basa su unidad no en una fe verdadera compartida, sino en la noción del mínimo común denominador de que todas las religiones son queridas por Dios, así que simplemente “llevémonos bien”. Esto es mucho más herético que cualquier enseñanza oficial bajo Pablo VI, quien, a pesar de todos sus defectos, no diría que Dios quiere muchas religiones. Realmente hemos entrado en el reino de una nueva religión.

3. Persecución de la Misa Tradicional Latina y de quienes se adhieren a ella

Trad Inc. nos aseguró que León se desharía del “cardenal” Arthur Roche, principal perseguidor de la Misa en latín. Dijeron que el personal es la política. ¡Ya verán! ¡Y aun así, Roche sigue ahí! Trad Inc. ha sido condenado por seguir engañando a sabiendas a los fieles.


Si Pablo VI fue duro con los seguidores del rito antiguo, León XIV es absolutamente despiadado. Bajo el mandato de su predecesor (Francisco), se borraron todos los logros del Summorum Pontificum de Benedicto XVI. La Misa antigua volvió a ser tratada como una amenaza sospechosa que debía ser marginada o erradicada. La Traditionis Custodes de Francisco (2021) y las recientes declaraciones del “cardenal” Roche (apoyadas por León XIV) declaran abiertamente que el Novus Ordo es la única expresión del Rito Romano y que la Misa Tridentina es, en el mejor de los casos, una concesión obsoleta que pronto desaparecerá. León XIV parece coincidir plenamente con la lógica de Roche: dado que la eclesiología post-Vaticano II es nueva, solo puede tener una nueva liturgia que la exprese; la antigua liturgia no encaja en la “nueva iglesia”, por lo que debe ser eliminada.

El padre Pagliarani resumió la postura de Roche: el “cardenal” insiste en que tener dos formas de culto causa división; la Iglesia debe tener un solo rito, alineado con la nueva interpretación de la Tradición. Esto es escalofriante, pero honesto. La iglesia conciliar reconoce que la Misa Tridentina es incompatible con su tradición en constante evolución (código modernista para el cambio constante). Como señala Pagliarani, el principio de Roche (una fe, una eclesiología, por lo tanto, un rito) es correcto, pero lo aplica erróneamente al identificar el nuevo rito heterodoxo como la única expresión viva y tildar el rito antiguo de obsoleto. De hecho, solo la liturgia tradicional expresa adecuadamente la verdadera fe católica inmutable, mientras que el novus ordo fue diseñado (por comités que incluían observadores protestantes) para expresar una nueva “teología ecuménica”.

Así, la guerra del Vaticano contra la antigua Misa no ha hecho más que intensificarse: lo que Pablo VI inició imponiendo el novus ordo en 1969 y diciendo que los sacerdotes antiguos debían obedecerlo “voluntariamente”, Francisco/León XIV lo ha convertido en una prohibición total del antiguo rito dondequiera que puedan imponerlo. Órdenes Religiosas enteras (como la FFI) han sido reprimidas por usar la Misa Tradicional; los católicos diocesanos afines a ella están siendo expulsados ​​a menos que consientan en el novus ordo. Incluso a las comunidades Ecclesia Dei que intentaron “aceptar el concilio” a cambio de la Misa en latín ahora se les dice que se ajusten o se arrepientan.

Esto demuestra que los revolucionarios conciliares nunca pretendieron una coexistencia pacífica. Permitieron una Misa antigua solo temporalmente para alejar a la gente de la FSSPX o para silenciarla, pero su objetivo final siempre fue la sustitución total. Y ahora, bajo el “reinado” de León XIV, se sienten lo suficientemente fuertes como para decirlo abiertamente: “El único camino a seguir es una única lex orandi, la “misa” de Pablo VI; todo lo demás es una amenaza para la unidad”. El propio Pablo VI le dijo casi exactamente eso a Lefebvre en 1976 (rechazando el pluralismo), pero no tuvo la mano dura para imponerlo universalmente.

La Roma de hoy intenta imponerla con vehemencia. Incluso la leve restauración de Benedicto XVI ha sido revocada. En realidad, la iglesia de León XIV odia la Tradición con mayor ferocidad que la de Montini, si cabe. Pagliarani señala que esta oposición de la Santa Sede a la Misa antigua es ahora “más irrevocable que nunca”. En esencia, están irracionalmente decididos a erradicar la “Misa de todos los tiempos”. ¿Por qué? Porque la Misa Tradicional es una condena viviente de su nueva teología y un faro que atrae almas (especialmente jóvenes), algo que incluso Traditionis Custodes admitió que era “problemático” (los jóvenes, al descubrir la Misa antigua, empiezan a cuestionar el Vaticano II).

La revolución no puede permitir eso. Así que, una vez más, todo se tolera: misas de payasos, conciertos de rock en la iglesia, bancos vacías; todo eso excepto lo único que realmente genera fe y reverencia. Si eso no convence a alguien de que la jerarquía posconciliar está dominada por un espíritu anticatólico, ¿qué lo hará?

4. Silenciamiento de los “conservadores” restantes

Bajo León XIV, al igual que bajo Francisco, incluso los obispos y cardenales moderadamente conservadores se ven en su mayoría silenciados por el miedo. Quienes saben que algo anda mal (como los cardenales de la Dubia bajo Francisco, o algunos otros) son destituidos o se mantienen en silencio para “preservar la unidad”. El padre Pagliarani describió conmovedoramente cómo muchos prelados que aman la Misa en latín o ven los errores, sin embargo, guardan “un silencio forzado”. Susurran en privado, pero no se resisten públicamente, por temor a que Roma los castigue y los despoje del pequeño privilegio que les queda. “El temor a romper una frágil estabilidad por un comportamiento considerado 'perturbador' reduce a muchos pastores al silencio... las almas ya no son abiertamente iluminadas y se ven privadas del pan de la doctrina... Con el tiempo, esto lleva a una aceptación inconsciente de las diversas reformas”, observa la declaración de la FSSPX.


Esto ya ocurría en la época de Pablo VI (muchos obispos detestaban las innovaciones, pero guardaban silencio); hoy es aún más evidente, porque el Vaticano muestra cero tolerancia con la disidencia. Un obispo alemán que bendice públicamente a parejas homosexuales no se enfrenta a una censura real, pero si un obispo siquiera cuestiona la justicia de Traditionis Custodes, podría ser rápidamente retirado o investigado. Los prelados “conservadores” básicamente han decidido seguir adelante y conservar sus diócesis o cargos. Esto significa que, dentro de las estructuras oficiales de la Iglesia, la resistencia efectiva al modernismo es casi nula.

Humanamente hablando, solo grupos tradicionales independientes como la FSSPX o los sedevacantistas pueden decir la verdad libremente ahora. Roma tiene a todos los demás bajo su yugo hasta cierto punto. Así que el régimen de León XIV, a fuerza de las purgas y nombramientos de Francisco, es posiblemente más monolíticamente modernista que la administración de Pablo VI. En la época de Montini todavía había algunos obispos fuertemente ortodoxos (por ejemplo, el arzobispo Sigitas en Italia, o el cardenal Ottaviani y Bacci que protestaron contra la “nueva misa”), pero hoy la mayoría ha muerto o ha sido reemplazada por una generación formada completamente en los errores posteriores al Vaticano II. Así, el “catolicismo” de León XIV, tal como lo expresa la mayoría de su jerarquía, es un “catolicismo” sucedáneo apenas distinguible del anglicanismo o el protestantismo liberal. Tienen mujeres “lectoras”, laicos que distribuyen la comunión, monaguillas, etc., en casi todas las parroquias; su teología es horizontal y social; muchos dudan o niegan abiertamente los milagros, el infierno, la necesidad de conversión. Es una Iglesia del hombre.

Dadas estas realidades, no es exagerado afirmar que León XIV preside la culminación de la Revolución Conciliar. Lo que comenzó en la década de 1960 como una infiltración modernista se ha convertido, para la década de 2020, en una apostasía total desde dentro. Como señaló el padre Pagliarani, este nuevo pontificado ha demostrado “una determinación por preservar la línea de Francisco como una trayectoria irreversible”, consolidando el rumbo del Vaticano II. León XIV no ha emitido (hasta ahora) ningún documento importante; trabaja a través de hombres como los “cardenales” Fernández y Roche. Pero sus declaraciones reflejan su voluntad.

Por ejemplo, en el reciente consistorio, el “cardenal” Fernández elogió el programa de Francisco de un Evangelio “kerigmático” simplificado y una adaptación “sinodal”, respaldando así la continua dilución doctrinal y la laxitud moral en nombre del “encuentro”. Fernández incluso tuvo el descaro de llamar a esto el “soplo del Espíritu”. El cardenal Zen (un prelado que sufrió bajo el comunismo) calificó con razón esta afirmación de “manipuladora” y “blasfema”, atribuyendo la revolución al Espíritu Santo. Pero tal es la arrogancia de la nueva jerarquía. Se atreven a culpar al Espíritu de su propia rebelión contra la ley de Dios.

Mientras tanto, el hombre a cargo de la doctrina de León XIV, Víctor Fernández, es en sí mismo una figura de escándalo e incompetencia. Este líder de la DDF, con quien ahora se espera que la FSSPX “dialogue”, es ampliamente conocido no por su sólida teología, sino por escribir literatura casi pornográfica e impulsar ideas heterodoxas. Es más que insultante que León XIV envíe a un personaje así a sermonear a la FSSPX sobre fidelidad o normas de la Iglesia. El sórdido historial de Fernández habla por sí solo: escribió un libro en 1995 titulado “Sáname con tu boca: El arte de besar”, básicamente un panfleto erótico vulgar que defendió como “catequesis para adolescentes” (para disgusto general). Peor aún, en 1998 publicó otro libro sobre “espiritualidad y sensualidad” que incluía un encuentro sexual imaginario entre una adolescente y Jesucristo, describiendo cómo ella “besa y acaricia su cuerpo de pies a cabeza” con la Santísima Virgen observando con aprobación.

Este escenario depravado y blasfemo es tan pornográfico que Fernández posteriormente retiró el libro de circulación y ahora dice tímidamente: “Desde luego, no escribiría eso ahora”. Sin embargo, este es el hombre elegido como prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe; en esencia, el principal “teólogo” del Vaticano y “guardián de la pureza de la doctrina”. ¿Te imaginas la reacción de San Pío X? (San Pío X, quien ordenó quemar los escritos modernistas, probablemente arrojaría las obras de Fernández al fuego con sus propias manos).

Además, durante el breve mandato de Fernández, el DDF ya ha sancionado formalmente “bendiciones pastorales” para parejas que viven en pecado objetivo (tanto homosexuales como heterosexuales). Así que el nuevo director del DDF no solo escribió provocativas obscenidades “místicas” en su juventud, sino que ahora da luz verde explícitamente a prácticas contrarias a la moral católica. ¡Un auténtico prefecto “teológicamente analfabeto”! Como bromeó un comentarista: “El principal guardián doctrinal de Roma escribió libros pornográficos y blasfemos; esto no se puede inventar”.

No es de extrañar, entonces, que los católicos tradicionales consideren al Vaticano de León XIV un régimen deshonesto; una entidad que, si bien ostenta el poder formal, ha perdido en gran medida su legitimidad debido a sus herejías y escándalos públicos. El contraste con el arzobispo Lefebvre y la FSSPX es innegable. Por un lado, tenemos a obispos y sacerdotes católicos que enseñan fielmente lo que la Iglesia siempre ha enseñado, ofreciendo la misma Misa, fomentando vocaciones y nutriendo las almas; por otro, tenemos a “prelados” apóstatas que predican el ecoactivismo, respaldan uniones inmorales, socavan los sacramentos e incluso producen literatura lasciva bajo la bandera del papado.

¡Y aun así, Roma tiene la temeridad de actuar como si la FSSPX fuera el problema! La carta del “cardenal” Fernández a Pagliarani (quien rechaza cualquier solución práctica) incluso amenazó con “nuevas sanciones”, es decir, excomuniones o declaraciones de cisma, si la Fraternidad sigue adelante con las consagraciones. ¡Qué absurdo! ¿Esta camarilla conciliar, que bendice la sodomía y alaba las falsas religiones, pretende condenar a unos pocos obispos por mantener viva la Tradición católica?

Si emiten tales “sanciones”, no tendrán ningún peso. Como Pagliarani señaló con calma, “en tales circunstancias, cualquier penalización canónica no tendría ningún efecto real”. En efecto. ¿Cómo pueden las excomuniones de herejes manifiestos dañar a alguien que está en comunión con la Iglesia de 2.000 años? Carecen de sentido, son nulas y sin valor. La Fraternidad, si es “condenada” de nuevo, simplemente lo usará como una insignia de honor, “sufriendo por la Iglesia”, como dicen, hasta que un día un papa verdaderamente católico retire la censura (así como Benedicto XVI en 2009 levantó las excomuniones injustas de 1988). Al final, sabemos que la verdad católica prevalecerá; los modernistas se convertirán o morirán. Nuestro Señor prometió que las puertas del infierno no prevalecerían, pero nunca prometió que no casi invadirían la ciudad, como lo han hecho hoy.

Continúa...
 
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EL CONCILIO DE TRENTO (22)

Publicamos las Sesión vigésimo segunda del Concilio Ecuménico de Trento continuado por el Papa Pío IV.


Que es la VI celebrada en tiempo del sumo Pontífice Pio IV el 17 de setiembre de 1562.

Doctrina sobre el sacrificio de la Misa

El Sacrosanto, Ecuménico y General Concilio de Trento, congregado legítimamente en el Espíritu Santo y presidido de los mismos Legados de la Sede Apostólica, procurando que se conserve en la Santa Iglesia Católica en toda su pureza la fe y doctrina antigua, absoluta, y en todo perfecta del gran misterio de la Eucaristía, disipados lodos los errores y herejías; instruida por la ilustración del Espíritu Santo, enseña, declara y decreta que respecto de ella, en cuanto es verdadero y singular sacrificio, se prediquen a los fieles los dogmas que se siguen.

Cap. I. De la institución del Sacrosanto Sacrificio de la Misa

Por cuanto bajo del Antiguo Testamento (Hebr. 7), como testifica el Apóstol San Pablo, no había consumación o perfecta santidad, a causa de la debilidad del sacerdocio de Leví; fue conveniente, disponiéndolo así Dios, Padre de misericordias, que naciese otro sacerdote según el orden de Melquisedech, es a saber, nuestro Señor Jesucristo, que pudiese completar, y llevar a la perfección cuantas personas habían de ser santificadas. El mismo Dios pues, y Señor nuestro (Hebr. 7), aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre, una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna; con todo, como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte; para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada Esposa, la Iglesia, un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos (Salm. 109); al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el orden de Melquisedech, constituido para toda la eternidad, ofreció a Dios Padre Su cuerpo y Su sangre bajo las especies de pan y vino, y lo dio a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, para que le recibiesen bajo los signos de aquellas mismas cosas, mandándoles, e igualmente a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofreciesen con estas palabras: Haced esto en memoria mía (Mat. 26. Luc. 22); como lo ha enseñado la Iglesia Católica. Porque habiendo celebrado la antigua pascua (Exod. 13), que la muchedumbre de los hijos de Israel sacrificaba en memoria de su salida de Egipto; se instituyó a sí mismo nueva pascua para ser sacrificado bajo signos visibles a nombre de la Iglesia por el ministerio de los sacerdotes, en memoria de su tránsito de este mundo al Padre (Col. 1), cuando derramando su sangre nos redimió, nos sacó del poder de las tinieblas y nos transfirió a su Reino. Y esta es, por cierto, aquella oblación pura, que no se puede manchar por indignos y malos que sean los que la hacen, la misma que predijo Dios por Malaquías (Mal. 1) que se había de ofrecer limpia en todo lugar a su nombre, que había de ser grande entre todas las gentes, y la misma que significa sin obscuridad el Apóstol San Pablo, cuando dice escribiendo a los Corintios: Que no pueden ser partícipes de la mesa del Señor (1 Cor. 10) los que están manchados con la participación de la mesa de los demonios; entendiendo en una y otra parte por la mesa el altar. Esta es finalmente aquella que se figuraba en varias semejanzas de los sacrificios en los tiempos de la ley natural y de la escrita (Gén. 4. et 12, Levit. 1. 3. et 5); pues incluye todos los bienes que aquellos significaban, como consumación y perfección de todos ellos.

Cap. II. El sacrificio de la Misa es propiciatorio no solo por los vivos, sino también por los difuntos

Y por cuanto en este divino sacrificio que se hace en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente aquel mismo Cristo que se ofreció por una vez cruentamente en el ara de la cruz (Heb. 9); enseña el Santo Concilio, que este sacrificio es con toda verdad propiciatorio, y que se logra por él, que si nos acercamos al Señor contritos y penitentes, si con sincero corazón y recta fe, si con temor y reverencia; conseguiremos misericordia y hallaremos su gracia por medio de sus oportunos auxilios. En efecto, aplacado el Señor con esta oblación, y concediendo la gracia y don de la penitencia, perdona los delitos y pecados por grandes que sean; porque la hostia es una misma, uno mismo el que ahora ofrece por el ministerio de los sacerdotes, que el que entonces se ofreció a sí mismo en la Cruz, con sola la diferencia del modo de ofrecerse. Los frutos por cierto de aquella oblación cruenta se logran abundantísimamente por esta incruenta: tan lejos está que ésta derogue de modo alguno a aquella. De aquí es que no solo se ofrece con justa razón por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles que viven; sino también, según la tradición de los Apóstoles, por los que han muerto en Cristo sin estar plenamente purgados.

Cap. III. De las Misas en honor de los Santos

Y aunque la Iglesia haya tenido la costumbre de celebrar en varias ocasiones algunas Misas en honor de los santos; enseña no obstante que no se ofrece a éstos el sacrificio (Aug. deGiv. Dei. I. 8. c. 27), sino sólo a Dios que les dio la corona: de donde es, que no dice el sacerdote: Yo te ofrezco, oh San Pedro, u, oh San Pablo, sacrificio; sino que dando gracias a Dios por las victorias que estos alcanzaron, implora su patrocinio, para que los mismos santos de quienes hacemos memoria en la tierra, se dignen interceder por nosotros en el Cielo.

Cap. IV. Del Canon de la Misa

Y siendo conveniente que las cosas santas se manejen santamente; constando ser este sacrificio el mas santo de todos, estableció hace muchos siglos la Iglesia Católica, para que se ofreciese y recibiese digna y reverentemente el Sagrado Canon, tan limpio de todo error que nada incluye que no dé a entender en sumo grado, cierta santidad v piedad, y levante a Dios los ánimos de los que sacrifican; porque el Canon consta de las mismas palabras del Señor, y de las tradiciones de los Apóstoles, así como también de los piadosos estatutos de los Santos Pontífices.

Cap. V. De las ceremonias y ritos de la Misa

Siendo tal la naturaleza de los hombres, que no se pueda elevar fácilmente a la meditación de las cosas divinas sin auxilios o medios extrínsecos (August. lib. 3. de lib. arbitr. cap. 10); nuestra piadosa Madre, la Iglesia, estableció por esta causa ciertos ritos, es a saber, que algunas cosas de la Misa se pronuncien en voz baja y otras con voz más elevada. Además de esto se valió de ceremonias, como bendiciones místicas, luces, inciensos, ornamentos y otras muchas cosas de este género, por enseñanza y tradición de los Apóstoles; con el fin de recomendar por este medio la majestad de tan grande sacrificio, y excitar los ánimos de los fieles por estas señales visibles de religión y piedad a la contemplación de los altísimos misterios, que están ocultos en este sacrificio.

Cap. VI. De la Misa en que comulga el sacerdote solo

Quisiera por cierto el Sacrosanto Concilio que todos los fieles que asistiesen a las Misas comulgasen en ellas, no solo espiritualmente, sino recibiendo también sacramentalmente la Eucaristía; para que de este modo les resultase fruto más copioso de este santísimo sacrificio. No obstante, aunque no siempre se haga esto, no por esto condena como privadas e ilícitas las Misas en que solo el sacerdote comulga sacramentalmente, sino que por el contrario las aprueba, y las recomienda; pues aquellas Misas se deben también tener con toda verdad por comunes de todos; parte porque el pueblo comulga espiritualmente en ellas, y parte porque se celebran por un ministro público de la Iglesia, no solo por sí, sino por todos los fieles que son miembros del cuerpo de Cristo.

Cap. VII. Del agua que se ha de mezclar con el vino que se ofrece en el cáliz

Amonesta además el Santo Concilio, que es precepto de la Iglesia que los sacerdotes mezclen agua con el vino que han de ofrecer en el cáliz; ya porque se cree que así lo hizo Cristo nuestro Señor; ya también porque salió agua y juntamente sangre de su costado, en cuya mezcla se nos recuerda aquel misterio (Juan 19); y llamando el bienaventurado Apóstol San Juan a los pueblos Aguas (Apoc. 17); se representa la unión del mismo pueblo fiel con su cabeza Cristo.

Cap. VIII. No se celebre la Misa en lengua vulgar; explíquense sus misterios al pueblo

Aunque la Misa incluya mucha instrucción para el pueblo fiel; sin embargo no ha parecido conveniente a los Padres que se celebre en todas partes en lengua vulgar. Con este motivo manda el Santo Concilio a los Pastores y a todos los que tienen cura de almas, que conservando en todas partes el rito antiguo de cada iglesia, aprobado por la Santa Iglesia Romana, madre y maestra de todas las iglesias, con el fin de que las ovejas de Cristo no padezcan hambre o los párvulos pidan pan, y no haya quien se lo parta (Tren. 4); expongan frecuentemente, o por sí , o por otros, algún punto de los que se leen en la Misa, en el tiempo en que esta se celebra, y entre los demás declaren, especialmente los Domingos y días de fiesta, algún misterio de este santísimo sacrificio.

Cap. IX. Introducción a los siguientes Cánones

Por cuanto se han esparcido en este tiempo muchos errores contra estas verdades de fe, fundadas en el Sacrosanto Evangelio, en las tradiciones de los Apóstoles y en la doctrina de los Santos Padres; y muchos enseñan y disputan muchas cosas diferentes; el Sacrosanto Concilio, después de graves y repetidas ventilaciones tenidas con madurez, sobre estas materias; ha determinado por consentimiento unánime de todos los Padres, condenar y desterrar de la Santa Iglesia por medio de los Cánones siguientes todos los errores que se oponen a esta purísima fe y sagrada doctrina.

Del sacrificio de la Misa

CAN. I. Si alguno dijere que no se ofrece a Dios en la Misa verdadero y propio sacrificio; o que el ofrecerse este no es otra cosa que darnos a Cristo para que le comamos; sea excomulgado.

CAN. II. Si alguno dijere, que en aquellas palabras : Haced esto en mi memoria (2 Cor. 11), no instituyó Cristo sacerdotes a los Apóstoles; o que no los ordenó para que ellos y los demás sacerdotes ofreciesen su cuerpo y su sangre (Luc. 22); sea excomulgado.

CAN. III. Si alguno dijere que el sacrificio de la Misa es solo sacrificio de alabanza, y de acción de gracias, o mero recuerdo del sacrificio consumado en la Cruz; mas que no es propiciatorio; o que solo aprovecha al que le recibe; y que no se debe ofrecer por los vivos ni por los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones, ni otras necesidades; sea excomulgado.

CAN. IV. Si alguno dijere que se comete blasfemia contra el santísimo sacrificio que Cristo consumó en la Cruz, por el sacrificio de la Misa; o que por éste se deroga a aquel; sea excomulgado.

CAN. V. Si alguno dijere que es impostura celebrar Misas en honor de los santos, y con el fin de obtener su intercesión para con Dios, como intenta la Iglesia; sea excomulgado.

CAN. VI. Si alguno dijere que el Canon de la Misa contiene errores y que por esta causa se debe abrogar; sea excomulgado.

CAN. VII. Si alguno dijere que las ceremonias, vestiduras y signos externos que usa la Iglesia Católica en la celebración de las Misas son mas bien incentivos de impiedad, que obsequios de piedad; sea excomulgado.

CAN. VIII. Si alguno dijere que las Misas en que solo el sacerdote comulga sacramentalmente son ilícitas y que por esta causa se deben abrogar; sea excomulgado.

CAN. IX. Si alguno dijere que se debe condenar el rito de la Iglesia Romana, según el que se profieren en voz baja una parle del Canon, y las palabras de la consagración; o que la Misa debe celebrarse solo en lengua vulgar, o que no se debe mezclar el agua con el vino en el cáliz que se ha de ofrecer, porque esto es contra la institución de Cristo; sea excomulgado.

Decreto sobre lo que se ha de observar y evitar en la celebración de la Misa

Cuanto cuidado se deba poner para que se celebre con todo el culto y veneración que pide la religión, el sacrosanto sacrificio de la Misa; fácilmente podrá comprenderlo cualquiera que considere, llama la Sagrada Escritura maldito el que ejecuta con negligencia la obra de Dios (Jer. 18). Y si necesariamente confesamos que ninguna otra obra pueden manejar los fieles cristianos tan santa ni tan divina como este tremendo misterio, en el que todos los días se ofrece a Dios en sacrificio por los sacerdotes en el altar aquella hostia vivificante, por la que fuimos reconciliados con Dios Padre; bastante se deja ver también que se debe poner todo cuidado y diligencia en ejecutarla con cuanta mayor inocencia y pureza interior de corazón, y exterior demostración de devoción y piedad se pueda. Y constando que se han introducido ya por vicio de los tiempos, ya por descuido y malicia de los hombres, muchos abusos ajenos de la dignidad de tan grande sacrificio; decreta el Santo Concilio para restablecer su debido honor y culto, para gloria de Dios y edificación del pueblo cristiano, que los Obispos ordinarios de los lugares cuiden con esmero, y estén obligados a prohibir y quitar todo lo que ha introducido la avaricia (Efes. 5), el culto de los ídolos; o la irreverencia que apenas se puede hallar separada de la impiedad; o la superstición falsa imitadora de la piedad verdadera. Y para comprender muchos abusos en pocas palabras; en primer lugar, prohíban absolutamente (lo que es propio de la avaricia), las condiciones de pagas de cualquier especie, los contratos y cuanto se da por la celebración de las Misas nuevas, igualmente que las importunas, y groseras cobranzas de las limosnas, cuyo nombre merecen mas bien que el de demandas, y otros abusos semejantes que no distan mucho del pecado de simonía, o a lo menos de una sórdida ganancia. Después de esto, para que se evite toda irreverencia, ordene cada Obispo en su diócesis, que no se permita celebrar Misa a ningún sacerdote vago y desconocido. Tampoco permitan que sirva al altar santo o asista a los oficios ningún pecador público y notorio: ni toleren que se celebre este santo sacrificio por seculares o regulares cualesquiera que sean, en casa de particulares, ni absolutamente fuera de las iglesias y oratorios únicamente dedicados al culto divino, los que han de señalar y visitar los mismos Ordinarios; con la circunstancia no obstante de que los concurrentes declaren con la decente y modesta compostura de su cuerpo, que asisten a él no solo con el cuerpo, sino, con el ánimo y afectos devotos de su corazón. Aparten también de sus iglesias aquellas músicas en que ya con el órgano, ya con el canto se mezclan cosas impuras y lascivas; así como toda conducta secular, conversaciones inútiles y consiguientemente profanas, paseos, estrépitos y vocerías; para que, precavido esto, parezca y pueda con verdad llamarse Casa de oración la Casa del Señor (Isa. 50. Mat. 21). Últimamente para que no se dé lugar a ninguna superstición, prohíban por edictos y con imposición de penas que los sacerdotes celebren fuera de las horas debidas y que se valgan en la celebración de las Misas de otros ritos o ceremonias, y oraciones que de las que estén aprobadas por la Iglesia, y adoptadas por el uso común y bien recibido. Destierren absolutamente de la Iglesia el abuso de decir cierto número de Misas con determinado número de luces, inventado mas bien por espíritu de superstición que de verdadera religión; y enseñen al pueblo cual es, y de donde proviene especialmente el fruto preciosísimo y divino de este sacrosanto Sacrificio. Amonesten igualmente su pueblo a que concurra con frecuencia a sus parroquias (Concil. Agath. c. 21 et 26), por lo menos en los domingos y fiestas mas solemnes. Todas estas cosas pues, que sumariamente quedan mencionadas, se proponen a todos los Ordinarios de los lugares en términos de que no solo las prohíban o manden, las corrijan o establezcan; sino todas las demás que juzguen conducentes al mismo objeto, valiéndose de la autoridad que les ha concedido el Sacrosanto Concilio, y también aun como Delegados de la Sede Apostólica, obligando los fieles a observarlas inviolablemente con censuras eclesiásticas y otras penas que establecerán a su arbitrio: sin que obsten privilegios algunos, exenciones, apelaciones, ni costumbres.

Decreto sobre la reforma

El mismo Sacrosanto, Ecuménico y General Concilio de Trento, congregado legítimamente en el Espíritu Santo, y presidido de los mismos Legados de la Sede Apostólica, ha determinado establecer en la presente Sesión lo que se sigue en prosecución de la materia de la reforma.

Cap. I. Innóvanse los decretos pertenecientes a la vida y honesta conducta de los clérigos

No hay cosa que vaya disponiendo con mas constancia los fieles a la piedad y culto divino que la vida y ejemplo de los que se han dedicado a los sagrados ministerios; pues considerándoles los demás como situados en lugar superior a todas las cosas de este siglo, ponen los ojos en ellos como en un espejo, de donde toman ejemplos que imitar. Por este motivo es conveniente que los clérigos (Mat. 5), llamados a ser parte de la suerte del Señor, ordenen de tal modo toda su vida y costumbres que nada presenten en sus vestidos, porte, pasos, conversación y todo lo demás, que no manifieste a primera vista gravedad, modestia y religión. Huyan también de las culpas leves, que en ellos serían gravísimas; para inspirar así a todos veneración con sus acciones. Y como a proporción de la mayor utilidad y ornamento que da esta conducta a la Iglesia de Dios, con tanta mayor diligencia se debe observar; establece el Santo Concilio que guarden en adelante bajo las mismas penas o mayores que se han de imponer a arbitrio del Ordinario, cuanto hasta ahora se ha establecido, con mucha extensión y provecho por los Sumos Pontífices y Sagrados Concilios sobre la conducta de vida, honestidad, decencia y doctrina que deben mantener los clérigos; así como sobre el fausto, convitonas, bailes, dados, juegos y cualesquiera otros crímenes; e igualmente sobre la aversión con que deben huir de los negocios seculares sin que pueda suspender ninguna apelación la ejecución de este Decreto perteneciente a la corrección de las costumbres. Y si hallaren que el uso contrario ha anulado algunas de aquellas disposiciones; cuiden de que se pongan en práctica lo más presto que pueda ser, y que todos las observen exactamente, sin que obsten costumbres algunas cualesquiera que sean; para que haciéndolo así no tengan que pagar los mismos Ordinarios a la divina justicia las penas correspondientes a su descuido en la enmienda de sus súbditos.

Cap. II. Cuales deban ser los promovidos a las iglesias catedrales

Cualquiera que en adelante haya de ser electo para gobernar iglesias catedrales debe estar plenamente adornado no sólo de las circunstancias de nacimiento, edad, costumbres, conducta de vida y todo lo demás que requieren los Sagrados Cánones, sino que también ha de estar constituido de antemano a lo menos por el tiempo de seis meses en las Sagradas Órdenes; debiendo tomarse los informes sobre todas estas circunstancias, a no haber noticia alguna de él en la curia, o ser muy recientes las que haya, de los Legados de la Sede Apostólica, o de los Nuncios de las provincias, o de su Ordinario, y en defecto de éste, de los Ordinarios mas inmediatos. Además de esto, ha de estar instruido de manera que pueda desempeñar las obligaciones del cargo que se le ha de conferir; y por esta causa ha de haber obtenido antes legítimamente en universidad de estudios el grado de maestro, o doctor, o licenciado en sagrada teología, o derecho canónico, o se ha de comprobar por medio de testimonio público de alguna Academia, que es idóneo para enseñar a otros. Si fuere Regular tenga certificaciones equivalentes de los superiores de su religión. Y todos los mencionados de quienes se ha de tomar el conocimiento y testimonios, estén obligados a darlos con veracidad y de valde; y de no hacerlo así, tendrán entendido que han gravado mortalmente sus conciencias, y que tendrán a Dios y a sus superiores por jueces que tomarán la satisfacción correspondiente de ellos.

Cap. III. Créense distribuciones cotidianas de la tercera parte de todos los frutos en quienes recaigan las porciones de los ausentes: casos que se exceptúan

Los Obispos, aun como Delegados Apostólicos puedan repartir la tercera parte de cualesquiera frutos y rentas de todas las dignidades, personados y oficios que existen en las iglesias catedrales o colegiatas, en distribuciones que han de asignar a su arbitrio; es a saber, con el objeto de que no cumpliendo las personas que las obtienen, en cualquier día de los establecidos, el servicio personal que les competa en la iglesia, según la forma que prescriban los Obispos, pierdan la distribución de aquel día, sin que de modo alguno adquieran su dominio, sino que se ha de aplicar a la fabrica de la iglesia, si lo necesitare, o a otro lugar piadoso, a voluntad del Ordinario. Si persistieren contumaces, procedan contra ellos según lo establecido en los Sagrados Cánones. Más si alguna de las mencionadas dignidades, por derecho o costumbre, no tuvieren en las catedrales o colegiatas jurisdicción, administración u oficio, pero sí tengan a su cargo cura de almas en las diócesis fuera de la ciudad, a cuyo desempeño quiera dedicarse el que obtiene la dignidad; téngase presente en este caso por todo el tiempo que residiere y sirviere en la iglesia curada, como si estuviese presente, y asistiese a los divinos oficios en las catedrales y colegiatas. Esta disposición se ha de entender solo respecto de aquellas iglesias en que no hay estatuto alguno, ni costumbre de que las mencionadas dignidades que no residen, pierdan alguna cosa que ascienda a la tercera parte de los frutos y rentas referidas; sin que sirvan de obstáculo ningunas costumbres aunque sean inmemoriales, exenciones y estatutos, aún confirmados con juramento, y cualquiera otra autoridad.

Cap. IV. No tengan voto en cabildo de catedrales o colegiatas, los que no estén ordenados in sacris. Calidades y obligaciones de los que obtienen beneficios en estas iglesias

No tenga voz en los cabildos de las catedrales o colegiatas, seculares o regulares, ninguno que dedicado en ellas a los divinos oficios, no esté ordenado a lo menos de subdiácono, aunque los demás capitulares se la hayan concedido libremente. Y los que obtienen u obtuvieren en adelante en dichas iglesias dignidades, personados, oficios, prebendas, porciones y cualesquiera otros beneficios a los que están anejas varias cargas; es a saber, que unos digan o canten Misas, otros Evangelios y otros epístolas; estén obligados, por privilegio, exención, prerrogativa, o nobleza que tengan, a recibir dentro de un año, cesando todo justo impedimento, los órdenes requeridos, de otro modo incurran en las penas contenidas en la constitución del Concilio de Viena, que principia: Ut ii, qui; la que este Santo Concilio renueva por el presente Decreto; debiendo obligarles los Obispos a que ejerzan por sí mismos en los días determinados, las dichas órdenes, y cumplan todos los demás oficios con que deben contribuir al culto divino, bajo las penas mencionadas y otras más graves que impongan a su arbitrio. Ni se hagan en adelante estas provisiones en otras personas que en las que conozca tienen ya la edad y todas las demás circunstancias requeridas y a no ser así, quede irrita la provisión.

Cap. V. Cométanse al Obispo las dispensas extra Curiam y examínelas éste

Las dispensas que se hayan de conceder, por cualquier autoridad que sea, si se cometieren fuera de la curia Romana, cométanse a los Ordinarios de las personas que las impetren. Mas no tengan efecto las que se concedieren graciosamente, si examinadas primero sólo sumaria y extrajudicialmente por los mismos Ordinarios, como Delegados Apostólicos, no hallasen estos que las preces expuestas carecen del vicio de obrepción o subrepción.

Cap. VI. Las últimas voluntades sólo se han de conmutar con mucha circunspección

Conozcan los Obispos sumaria y extrajudicialmente, como Delegados de la Sede Apostólica, de las conmutaciones de las últimas voluntades, que no deberán hacerse sino por justa y necesaria causa; ni se pasará a ponerlas en ejecución sin que primero les conste que no se expresó en las preces ninguna cosa falsa, ni se ocultó la verdad.

Cap. VII. Se renueva el cap. Romana de appellationibus in sexto

Estén obligados los Legados y Nuncios Apostólicos, los Patriarcas, Primados y Metropolitanos a observar en las apelaciones interpuestas para ante ellos, en cualquiera causas, tanto para admitirlas, como para conceder las inhibiciones después de la apelación, la forma y tenor de las Sagradas Constituciones, en especial la de Inocencio IV que principia: Romana; sin que obsten en contrario costumbre alguna, aunque sea inmemorial, estilo o privilegio; de otro modo sean ipso jure nulas las inhibiciones, procesos y demás autos que se hayan seguido.

Cap. VIII. Ejecuten los Obispos todas las disposiciones pías: visiten todos los lugares de caridad, como no estén bajo la protección inmediata de los reyes.

Los Obispos, aún como delegados de la Sede Apostólica, sean, en los casos concedidos por derecho, ejecutores de todas las disposiciones piadosas hechas tanto por última voluntad, como entre vivos: tengan también derecho de visitar los hospitales y colegios, sean los que fuesen, así como las cofradías de legos, aun las que llaman escuelas, o tienen cualquiera otro nombre; pero no las que están bajo la inmediata protección de los reyes, a no tener su licencia. Conozcan también de oficio y hagan que tengan el destino correspondiente, según lo establecido en los Sagrados Cánones, las limosnas de los montes de piedad o caridad y de todos los lugares piadosos, bajo cualquiera nombre que tengan, aunque pertenezca su cuidado a personas legas, y aunque los mismos lugares piadosos gocen el privilegio de exención; así como todas las demás fundaciones destinadas por su establecimiento al culto divino y salvación de las almas, o alimento de los pobres; sin que obsten costumbre alguna, aunque sea inmemorial, privilegio, ni estatuto.

Cap. IX. Den cuenta todos los administradores de obras pías al Ordinario, a no estar mandada otra cosa en las fundaciones

Los administradores, así eclesiásticos como seculares de la fábrica de cualquiera iglesia, aunque sea catedral, hospital, cofradía, limosnas de monte de piedad, y de cualquiera otros lugares piadosos, estén obligados a dar cuenta al Ordinario de su administración todos los años; quedando anuladas cualesquiera costumbres y privilegios en contrario; a no ser que por acaso esté expresamente prevenida otra cosa en la fundación o constituciones de la tal iglesia ó fábrica. Mas si por costumbre, privilegio, u otra constitución del lugar, se debieren dar las cuentas a otras personas deputadas para esto; en este caso, se ha de agregar también a ellas el Ordinario; y los resguardos que no se den con estas circunstancias, de nada sirvan a dichos administradores.

Cap. X. Los notarios estén sujetos al examen y juicio de los Obispos

Originándose muchísimos daños de la impericia de los notarios, y siendo esta ocasión de muchísimos pleitos; pueda el Obispo, aún como Delegado de la Sede Apostólica, examinar cualesquiera notarios, aunque estén creados por autoridad Apostólica, Imperial o Real, y no hallándoles idóneos o hallando que algunas veces han delinquido en su oficio, prohibirles perpetuamente o por tiempo limitado el uso y ejercicio de su oficio en negocios, pleitos y causas eclesiásticas y espirituales sin que su apelación suspenda la prohibición del Obispo.

Cap. XI. Penas de los que usurpan los bienes de cualquiera iglesia o lugar piadoso

Si la codicia, raíz de todos los males, llegare a dominar en tanto grado cualquiera clérigo o lego, distinguido con cualquiera dignidad que sea, aun la Imperial o Real que presumiere invertir en su propio uso y usurpar por sí o por otros, con violencia, o infundiendo terror, o valiéndose también de personas supuestas, eclesiásticas o seculares, o con cualquiera otro artificio, color o pretexto, la jurisdicción, bienes, censos y derechos, sean feudales o enfitéuticos, los frutos, emolumentos, o cualesquiera obvenciones de alguna iglesia, o de cualquiera beneficio secular o regular, de montes de piedad, o de otros lugares piadosos, que deben invertirse en socorrer las necesidades de los ministros y pobres; o presumiere estorbar que los perciban las personas a quienes de derecho pertenecen; quede sujeto a la excomunión por todo el tiempo que no restituya enteramente a la iglesia y a su administrador, o beneficiado las jurisdicciones, bienes, efectos, derechos, frutos y rentas que haya ocupado, o que de cualquiera modo hayan entrado en su poder, aun por donación de persona supuesta, y además de esto haya obtenido la absolución del Romano Pontífice. Y si fuere patrono de la misma iglesia, quede también por el mismo hecho privado del derecho de patronato, además de las penas mencionadas. El clérigo que fuese autor de este detestable fraude y usurpación o consintiere en ella, quede sujeto a las mismas penas y además de esto, privado de cualesquiera beneficios, inhábil para obtener cualquiera otro, y suspenso, a voluntad de su Obispo, del ejercicio de sus órdenes aun después de estar absuelto y haber satisfecho enteramente.

Decreto sobre la pretensión de que se conceda el cáliz

Además de esto, habiendo reservado el mismo Sacrosanto Concilio en la sesión antecedente para examinar y definir, siempre que después se le presentase ocasión oportuna, dos artículos propuestos en otra ocasión, y entonces no examinados; es a saber: Si las razones que tuvo la Santa Iglesia Católica para dar la comunión a los legos y a los sacerdotes cuando no celebran bajo sola la especie de pan, han de subsistir en tanto vigor, que por ningún motivo se permita a ninguno el uso del cáliz; y el segundo artículo: Si pareciendo, en fuerza de algunos honestos motivos, conforme a la caridad cristiana, que se deba conceder el uso del cáliz a alguna nación o reino, haya de ser bajo de algunas condiciones, y cuales sean estas: determinado ahora a dar providencia sobre este punto del modo mas conducente a la salvación de las personas por quienes se hace la súplica, ha decretado: Se remita este negocio, como por el presente Decreto lo remite, a nuestro santísimo señor el Papa, quien con su singular prudencia hará lo que juzgare útil a la república cristiana y saludable a los que pretenden el uso del cáliz.

Asignación de la sesión siguiente

Además de esto, señala el mismo Sacrosanto Concilio Tridentino para día de la sesión futura la feria quinta después de la octava de la fiesta de todos los Santos, que será el 12 del mes de noviembre y en ella se harán los Decretos sobre los Sacramentos del Orden y del Matrimonio, etc.

Prorrogóse la sesión al día 15 de julio de 1563.

Continúa...


LA EVOLUCIÓN RELIGIOSA SEGÚN LOS AMERICANISTAS (VII)

Continuamos con la publicación del capítulo 7 del libro “El Americanismo y la Conjuración Anticristiana” (1899) de Monseñor Henri Delassus


CAPÍTULO SÉPTIMO 

LA EVOLUCIÓN RELIGIOSA SEGÚN LOS AMERICANISTAS

En el pensamiento de sus promotores, el “catolicismo estadounidense” no es sólo un modo de entender y practicar el catolicismo en cosas contingentes y variables que sea propio a los Estados Unidos en razón de las condiciones particulares en que se encuentra esa tierra. Si fuera sólo eso, no habríamos creído pertinente ocuparnos de ello.

No, su pretensión es hablar a todo el universo: “El oído del mundo está listo para oírnos, si sabemos hablarle”, exclamaba Mons. Keane en el congreso de Bruselas. Y de hecho hablaron y su palabra encontró eco en todos los rincones de Francia. Ojalá dentro de todo sólo echaran en el oído del mundo lo que la Iglesia abandona a nuestras libres discusiones; pero no: como veremos, se les da por hacer oír palabras más o menos arriesgadas sobre lo que pertenece a los fundamentos mismos de la fe católica.

El Revdo. padre Klein decía en el prefacio que dio a la Vida del P. Hecker:

Su obra única y original es haber mostrado las armonías profundas que atan el nuevo estado del espíritu humano al verdadero cristianismo.

Las ideas americanas que preconizaba son, lo sabía, éstas que DIOS quiere encontrar en todos los pueblos civilizados de nuestro tiempo.

Estas ideas son antes que nada —hemos dicho— los principios del '89 más o menos aceptados en su forma abstracta, pero preconizados en su aplicación práctica.

A eso siguen ideas del todo nuevas que los americanistas han publicado y de las que esperan maravillas para el mayor bien de la Iglesia y del género humano.

La primera, la más fundamental de estas ideas, aquella de donde se deducen todas las demás, es que actualmente se está haciendo en el mundo una EVOLUCIÓN en la que debe participar el cristianismo para atarse al nuevo estado del espíritu humano en todos los pueblos civilizados de nuestro tiempo.

Mons. Ireland dijo en su discurso LA IGLESIA Y EL SIGLO:

Los tiempos son solemnes. En ninguna época de la historia, desde la época cristiana, se vieron cambios tan profundos é importantes. Se está efectuando en la esfera de la actividad humana una revolución completa. Los descubrimientos y las invenciones nos han abierto un nuevo mundo material. Las condiciones sociales y políticas han sido transformadas. El deseo de conocer es intenso, y el ojo horadante de la inteligencia penetra hasta los abismos misteriosos de la tierra y el cielo. La ambición del espíritu, inflamada por los éxitos maravillosos de todo el campo de los conocimientos humanos, ha levantado vuelo con más audacia y niega que pueda haber límite para su saber. El corazón humano se deja llevar por los sueños más extraños; se consume en esfuerzos desesperados por destruir todas las barreras opuestas al cumplimiento de sus deseos. ¡Novedad! tal es la contraseña de la humanidad, y renovar todas las cosas es su firme resolución. Este fin ha agotado todas sus actividades, actividades cuyo tipo tenemos, dondequiera que se ejerzan, en el vapor y en la electricidad, las fuerzas nuevas de los cuerpos.

El momento es oportuno para los hombres de talento y carácter entre los hijos de la Iglesia de Dios. Hoy la rutina del tiempo antiguo es fatal; hoy los medios ordinarios sienten la decrepitud de la vejez; la crisis pide cosas nuevas, cosas extraordinarias; y a esta condición la Iglesia registrará la mayor de sus victorias en el mayor de los siglos históricos.

Tales palabras son embriagadoras, y sería fácil nombrar a los publicistas y oradores que se han embriagado de ellas.

¿Pero qué es esta novedad, esto extraordinario que hace falta a la Iglesia para contestar a las condiciones nuevas de los espíritus y del mundo? ¿Dónde encontrarlo indicado?

El Revdo. padre Klein contesta a esta pregunta en el prefacio que prestó a la Vida del P. Hecker. Nos dice dónde “los hombres de talento y carácter entre los hijos de DIOS” podrán encontrar la guía que los llevará por caminos nuevos que pide el tiempo presente, para dirigir luego a los demás. Está en la Vida del P. Hecker.

Ni un libro publicado desde hace cincuenta años proyecta una luz más viva sobre el estado presente de la humanidad o sobre la EVOLUCIÓN RELIGIOSA del mundo [que esta Vida]. ... El P. Hecker ha trazado y resuelto en él el ideal del sacerdote para el porvenir nuevo de la Iglesia.

Observamos en primer lugar que en esta respuesta hay una palabra, la palabra evolución, que se encuentra a cada instante en los labios o en la pluma de los americanistas, aunque suene mal cuando se pasa a aplicarla a la religión, al cristianismo, —a “su adelanto interior”, y a “su progreso en el mundo”.

Porque como veremos en los capítulos siguientes, la evolución que los americanistas anuncian en la Iglesia y a la que quieren ayudar es doble: una se refiere a la propagación de la fe, la otra al progreso espiritual de sus hijos.

En el orden de las cosas naturales, la evolución es un sistema científico inventado por quienes quieren explicar el mundo, la existencia de las cosas, su variedad, su orden y la vida, fuera de DIOS y de su acción creadora y conservadora. No todos se sirven de dicha palabra en este sentido tan feo: hay cristianos que, aún empleándola y conservando algo del sistema, ponen la creación en el origen de las cosas y reconocen la acción de la Providencia durante los tiempos.

Sin embargo transportar el evolucionismo en el orden religioso es un atrevimiento que podría ser calificado “ofensivo de los oídos piadosos”. Pero dejemos la palabra y veamos la cosa; porque si en boca de quienes la usan se entendiera en el sentido en que san Vicente de Lérins habla del progreso religioso, no habría nada que decir. Este santo dice:

¿Hay en la Iglesia de CRISTO un progreso religioso? Desde luego, hay tal progreso, y es grande; ¿y qué hombre sería bastante enemigo de los hombres, bastante enemigo de DIOS para quererlo impedir? Pero que sea tal, que sea verdaderamente un progreso y no un cambio. Hay progreso cuando una cosa se desarrolla en sí misma; hay cambio cuando una cosa deja de ser ella misma y se hace otra. ¡Crezcan entonces, que hace falta, progresen grande y rápidamente con el curso de las edades la ciencia, la inteligencia, la sabiduría de todos y de cada uno, de cada hombre y de toda la Iglesia! Pero que progresen en su naturaleza propia, es decir en la unidad de la doctrina y de la fe......

... Que la doctrina de la Iglesia obedezca —hace falta— a esta ley del progreso; que se consolide con los años, que se desarrolle con el pasar del tiempo, que se ahonde con las edades, pero que permanezca siempre una, pura, incorruptible... Es muy legítimo que con los progresos de los tiempos los dogmas antiguos de la ciencia divina se estudien y trabajen; pero cambiarlos, truncarlos o alterarlos sería un crimen. Que crezcan en evidencia, en demostraciones, en claridad científica, pero que no pierdan nada su primera integridad...

¡Oh Timoteo! ¡oh sacerdote, oh teólogo! oh doctor... no enseñes nada que no hayas aprendido: lo nuevo en el lenguaje, lo antiguo en la doctrina, eadem qua didicisti doce, et cum dicas nove, non dicas nova.

¿Es un progreso entendido así el que los americanistas ansían? Si fuera así, habrían desacertado eligiendo la palabra evolución para expresar su pensamiento, en lugar de atenerse sencillamente a la palabra progreso. El Sr. Ferdinand Brunetiére dice:

Para quien se jacta de hablar con algo de precisión, la palabra representa o resume todo un conjunto de ideas; y la peor confusión que pueda darse es tomarla (a la evolución) por sinónimo o equivalente, aún aproximado, de las palabras movimiento o progreso. Quien dice progreso dice continuidad, y... quien dice evolución dice precisamente lo contrario. “Mi teoría, decía Darwin, no supone ninguna ley fija de desarrollo”. La idea de progreso implica la estabilidad del perfeccionamiento adquirido.... La idea de evolución no implica nada semejante, y está en su esencia que sus resultados sean siempre móviles y cambiantes.... La idea central, la idea sustancial de la evolución, es, según Herbert Spencer, “el paso de lo homogéneo a lo heterogéneo”.

Ahora bien, el paso de homogéneo a lo heterogéneo puede realizarse sin que haya un cambio profundo y esencial en el ser modificado.

¿Es éste el cambio que los americanistas —al menos algunos entre ellos— predicen, ansían, declaran necesario en la Iglesia de JESUCRISTO y en su dogma?

Por mucho que uno recorra sus libros, discursos y artículos de periódicos: su pensamiento no trabaja por esclarecer lo sencillamente creído ni precisar lo vagamente enseñado; no. No se ve por ningún lado esta preocupación. Por el contrario, sus palabras y sus textos sólo pueden comprenderse propios de un verdadero evolucionismo.

Como la observaba muy bien el Journal des Débats en su número del 28 de septiembre de 1895, “son bastante prudentes para no formular máximas generales”, “para no hablar de un modo demasiado absoluto y demasiado preciso”. No hacen una sola tesis distintamente formulada y claramente deducida: ellos mismos, si procedieran así, sin duda aborrecerían su doctrina, ya que la verían aparecer a sus ojos en su desnudez. Pero, no obstante mil rodeos y atenuaciones envolventes, se hace fácilmente perceptible al examen cercano de sus discursos y textos cuál es el pensamiento que los inspira en el fondo, y sobre todo qué ideas y sentimientos deben difundirse en las mentes y corazones de quienes los escuchan o los leen.

Pero hay algunos que se muestran más audaces.

Aquí estos temerarios no temen presentar el paganismo que evoluciona hacia el cristianismo por los sabios que “DIOS ha suscitado”, y que no eran para nada “enviados del demonio encargados de hacer abandonar la verdad y hacer abrazar el error” (Discurso del Congreso científico de Bruselas; y, del mismo autor, Discurso en el Congreso de las religiones).

Allí, muestran el cristianismo saliendo del paganismo por una evolución casi necesaria:

sin la notable evolución social y religiosa que se produjo en el paganismo a lo largo del primero y el segundo siglo de nuestra época, la Iglesia nunca habría podido convertir el imperio romano; mientras que estando preparados así los caminos, esta conversión se hizo INEVITABLE. (Romanus, en la Contemporary Review) (27)

En otra parte, muestran el cristianismo evolucionando de siglo en siglo:

La Iglesia, a lo largo de los diecinueve siglos de su existencia, ha tenido que sufrir la influencia, no sólo de muy diversas condiciones materiales que la rodeaban, sino también de medios intelectuales muy diferentes que la han modificado profundamente (ibidem).

Esto es verdad, con tal que se lo entienda de modificaciones que no dependen de la esencia del dogma, la moral y el culto. Pero el autor va más lejos:

Creencias que nos parecen asombrosas en su bárbara ingenuidad tuvieron su lugar necesario en la Iglesia del siglo noveno, lo mismo que en el siglo decimotercero tuvieron su lugar creencias respecto al espacio que miramos ahora como absurdamente estrechas.

Que faltaran en el siglo noveno y aún en el decimotercero los conocimientos científicos disponibles hoy, es absolutamente verdadero. ¿Pero en qué sentido estos errores, en el orden de las cosas naturales, tenían SU LUGAR NECESARIO EN LA IGLESIA? ¿Y cómo puede formularse una tal proposición, sino porque la mente de donde sale confunde lo natural y sobrenatural al punto de hacer de lo uno y lo otro una sola y misma cosa, y que esta cosa la ve evolucionar y desarrollarse regular y necesariamente desde el comienzo del mundo hasta nuestros días y más allá? La prueba de ello es que en esos términos habla absolutamente del dogma mismo, y con una seguridad que pasma. Dice que

no puede suponerse que un hombre de los tiempos apostólicos se sirviera del lenguaje de los tiempos actuales en su enseñanza sobre la naturaleza del Cristo, o hasta comprendiera la doctrina de la Trinidad como está expresada en el Credo de Atanasio.

Del mismo modo, ¿habrían podido [los hombres de los primeros siglos] hablar de la transubstanciación o hasta tener la idea de ella?

Y además:

¿Es más creíble que la devoción a Nuestra Señora haya tenido lugar en la religión de san Pablo? (ibidem)

Pregunta cómo no dejarán de modificarse en el porvenir los dogmas; pregunta por qué medios se los hará sufrir estas modificaciones, y añade que él y los suyos no dan todavía todo su pensamiento al respecto:

El católico liberal comprende bien la necesidad de cierto tiempo de reticencia y de un cuidado escrupuloso en cuanto a su manera de promulgar verdades nuevas que afectan la religión.

Pero el tiempo de las reticencias no durará siempre:

La doctrina moderna de la evolución considerada con espíritu teísta, allana y aparta todas las dificultades mostrando cómo han servido providencialmente para el advenimiento del bienestar espiritual de la humanidad los errores parciales e inevitables (28).

En términos claros eso quiere decir: DIOS es autor del error como de la verdad: el primero precede la segunda, y la segunda nace del primero providencialmente. Es el efecto de la gran ley de la evolución que rige todo en el mundo, y a la que la religión está sometida como todo el resto.

¿Puede herirse más profundamente y destruirse más radicalmente la fe cristiana?

Escuchemos más, y aprenderemos qué deberes la evolución impone a la Iglesia ahora:

La Iglesia, como todo ser viviente dotado de buena salud, ha sufrido y tendrá que sufrir un continuo progreso de desarrollo. Siendo así, sería realmente calamitoso si debiera quedarse siempre imbuida del espíritu de una edad que murió y pasó hace mucho tiempo y si se obstinara en difundir este espíritu cuando el mundo ha entrado en un nuevo período cuyo pensamiento se ha hecho completamente extraño a creencias y maneras de ver tan primitivas. En la opinión de los católicos liberales es una cuestión de vida o de muerte mantenerse en contacto con todo lo que hay de mejor y de más elevado en cada lustro sucesivo (Ibidem).

Tenemos aquí el pensamiento último del sistema y los proyectos secretos del partido, la meta que persigue, el fin al que quiere llegar: Nosotros, católicos liberales, tenemos la inteligencia de los tiempos. La sacamos de la doctrina de la evolución que nos enseña lo que será en lo que fue y en lo que es; a la Iglesia toca escucharnos y seguirnos: que piense hacerlo así, que es para ella una cuestión de vida o muerte. Es menester que abandone el espíritu que la ha guiado hasta aquí, espíritu de una edad hace mucho tiempo pasada y muerta. ¡Desgraciada de ella si se obstinara en guardarlo!

Veremos en los siguientes capítulos en qué y cómo, según estos americanistas, la Santa Iglesia debe modificar su espíritu, el espíritu que desde hace diecinueve siglos anima a los hijos de DIOS. Los oiremos decirnos que si ella los escucha, en lugar de la muerte que la amenaza, verá producirse a la vez su adelanto en el interior y su expansión en el exterior. Examinaremos el valor de estas promesas.

Estas cosas no pueden callarse, aunque cueste mucho decirlas. Hay necesidades que se imponen. Como otros lo han dicho ya, es tiempo de que los verdaderos fieles y los verdaderos sacerdotes sepan adónde se pretende conducirlos, y en qué desfiladeros arriesgan meterse prestando oídos demasiado complacientes a quienes aportan entre nosotros los ecos más o menos debilitados o atenuados de estas bellas doctrinas.

Se los oye en revistas calurosamente recomendadas en el Congreso eclesiástico de Reims, y que están redactadas, al menos en parte, por los hombres más honorables que hay y animados de las mejores intenciones —quiero suponer—, pero que siendo universitarios están imbuidos del espíritu que lleva este nombre, pariente del espíritu americanista. El veneno no se presenta en esas revistas bajo su color propio, como en Romanus: eso mismo sólo lo hace más peligroso.

También es esta parte del clero la que bajo pretexto de consagrarse a la democracia forma un partido en la Iglesia (29) y la que en sus conferencias y textos manifiesta sin cesar sus aspiraciones hacia el PORVENIR.

El porvenir, sí, el porvenir está, y es una hermosa tarea prepararlo. En las filas del sacerdocio tenemos que armarnos el corazón de valor; sin enfeudarnos a aquel pasado, por venerable que sea, donde dejamos amigos y disgustos, santos y augustos recuerdos; tenemos que desatarnos de lo que fue y trabajar por lo que será.

No habría nada demasiado censurable en estas palabras si los demócratas no expresaran por todas partes estas aspiraciones como derivadas de la doctrina de la evolución. Cuando los americanistas de aquí y allá nos hablan del porvenir, del “porvenir nuevo de la Iglesia” y de “su marcha hacia adelante” y de “su nueva fase” y de “los tiempos que empiezan”, etc., etc., desconfiemos de esos empujones y, antes de abandonarnos a su impulso, veamos de dónde vienen y adónde llevan.

En el Congreso de las religiones de Chicago hubo un discurso pronunciado por uno de los jefes del americanismo, que él tituló La religión final (The ultimate religion). En este discurso se decía:

Las religiones son sistemas para llegar regular o irregularmente a este gran fin: la unión del hombre con Dios.

Imposible marcar mejor la marcha y el término de la evolución religiosa. Pero este término téngase cuidado— no es muy diferente del que la Alianza Israelita Universal asignó a sus propios esfuerzos.

Continúa...

Notas:

25) Discurso pronunciado en la catedral de Baltimore el 18 de octubre de 1893 en ocasión del 25° aniversario de la consagración episcopal del cardenal Gibbons.

26) La Doctrine évolutive et |'Histoire de la Littérature. Revue des Deux-Mondes, febrero de 1898.

27) El artículo de Romanus, que puede leerse entero en el libro del padre Maignen “¿El Padre Hecker es un santo?” es, como observa el autor de este libro, la SUMA de las ideas del americanismo.

28) Para más desarrollos sobre esta cuestión de la evolución religiosa tal como la entienden los americanistas, ver “¿El Padre Hecker es un santo?” por el Padre Maignen, cap. VI, VII y VIII.

29) Decir que los sacerdotes demócratas son discípulos de los jefes del americanismo es decir algo de lo que ellos mismos se glorifican. Ver entre otras pruebas el libro del padre Naudet, Vers 1'Avenir, páginas 57-62; el libro de M. Felix Klein, Nouvelles tendances en religion et en littérature, pp. 73-79: “Las palabras de vida y de porvenir -dice M. Klein- nos vienen hoy de los Estados Unidos” (p. 122); —y también la Histoire d'une idée del padre Charbomnel, pp. 30-32.