sábado, 25 de julio de 2026

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Comenzamos con la publicación del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) escrito entre los años 1913 y 1914.

Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.

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Preparación para antes de cada hora 

¡Oh, Señor mío Jesucristo!, postrado ante tu divina presencia, suplico a tu amorosísimo Corazón que quiera admitirme a la dolorosa meditación de las 24 Horas de tu Pasión, en las que por amor nuestro quisiste sufrir tanto en tu cuerpo adorable y en tu alma santísima, hasta llegar a la muerte de cruz. ¡Ah!, ayúdame, dame tu gracia, amor, profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos, mientras medito la hora ____.

Y por aquellas horas que no puedo meditar, te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y es mi intención meditarlas durante todas aquellas horas en las que estoy obligado a ocuparme de mis deberes o a dormir. Acepta, ¡oh misericordioso Jesús mío, Señor!, mi amorosa intención, y haz que sea de provecho para mí y para muchos como si efectivamente hiciera santamente todo lo que quisiera practicar.

Te doy gracias, ¡oh Jesús mío!, por haberme llamado a unirme a ti por medio de la oración; y para complacerte todavía más, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu Corazón y con ellos quiero orar, fundiéndome del todo en tu Voluntad y en tu amor; y extendiendo mis brazos para abrazarte, apoyo mi cabeza sobre tu Corazón y empiezo...

Acción de gracias para después de cada hora

¡Amable Jesús mío!, tú me has llamado en esta Hora de tu Pasión para hacerte compañía y yo he venido. Me parecía sentirte lleno de angustia y de dolor, orando, reparando y sufriendo, y que con tus palabras más conmovedoras y elocuentes suplicabas por la salvación de todas las almas. He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte para cumplir con mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte “gracias” y “te bendigo”.

¡Sí, oh Jesús!, gracias, te lo repito mil y mil veces, y te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos. Gracias y te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada pálpito, por cada paso, palabra, mirada, amarguras y ofensas que has soportado. Por todo, ¡oh Jesús mío!, quiero sellarte con un gracias y te bendigo. ¡Ah, Jesús!, haz que de todo mi ser salga hacia ti una corriente continua de gratitud y de bendiciones, para atraer sobre mí y sobre todos la fuente de tus bendiciones y de tus gracias.

¡Ah Jesús mío!, estréchame a tu Corazón y con tus santísimas manos sella todas las partículas de mi ser con tu bendición, para que así no pueda salir de mí más que un himno continuo de amor hacia ti.

Por eso me quedo en ti para seguirte en lo que haces, antes bien, obrarás tú mismo en mí. Y yo desde ahora dejo mis pensamientos en ti para defenderte de tus enemigos, el respiro para cortejarte y hacerte compañía, el pálpito para decirte siempre “Te amo” y repararte por el amor que no te dan los demás; las gotas de mi sangre para repararte y para restituirte los honores y la estima que te quitarán con los insultos, salivazos y bofetadas, y dejo mi ser para hacerte guardia.

Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones quiero quedarme en tu Corazón. Tengo miedo de salirme de él, pero tú me tendrás en ti, ¿no es así? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de modo que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión contigo. ¡Ah, te suplico, oh Jesús mío!, si ves que alguna vez estoy por apartarme de ti, que tus latidos se hagan más fuertes en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a tu Corazón, que tus ojos me miren y me hieran con sus saetas de fuego, para que al sentirte, de inmediato yo me deje atraer hacia ti y así no se rompa nuestra íntima unión. ¡Oh Jesús mío!, hazme la guardia para que no vaya a hacer alguna de las mías. Bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo todo lo que yo debo hacer.

Primera Hora: De las 5 a las 6 de la tarde

Jesús se despide de su Madre Santísima

¡Oh Madre mía!, se acerca la hora de la separación y yo quiero estar junto a ti. Dame tu amor y tus reparaciones, dame tu dolor, que junto contigo quiero seguir paso a paso a mi adorado Jesús.

Ya Jesús viene, y tú, con el alma rebosante de amor, corres a su encuentro, y al verlo tan pálido y triste se te rompe el Corazón por el dolor, las fuerzas te abandonan y estás a punto de desplomarte a sus pies...

¡Oh dulce Madre!, ¿sabes para qué ha venido Jesús? Ha venido para decirte por última vez “adiós”, para decirte su última palabra, para recibir tu último abrazo. Madre mía, me abrazo a ti con toda la ternura de la que es capaz mi pobre corazón, para que abrazado y unido a ti, pueda yo también recibir los abrazos de mi adorado Jesús. ¿Me desdeñarás acaso o no es más bien un consuelo para tu Corazón tener un alma a tu lado que comparta contigo tus penas, tus afectos y tus reparaciones?

En esta hora tan desgarradora para tu tiernísimo Corazón, ¡qué lección nos das, oh Jesús, de filial y amorosa obediencia para con tu Madre! ¡Qué dulce armonía la que existe entre ustedes dos! ¡Qué suave encanto de amor, que se eleva hasta el trono del Eterno y se dilata para salvar a todas las criaturas de la tierra!

Celestial Madre mía, ¿sabes lo que quiere de ti nuestro adorado Jesús? No otra cosa que tu última bendición. Es verdad que de todas las partículas de tu ser no salen más que bendiciones y alabanzas a tu Creador, pero Jesús, al despedirse de ti, quiere oír esa dulce palabra de tu boca: “Te bendigo, hijo mío”. Y ese “te bendigo” apaga en sus oídos las blasfemias y penetra suavemente y con tanta dulzura dentro de su Corazón; ¡ah, sí!, Jesús quiere oír de ti ese “te bendigo” para poner como un muro de protección que lo defienda contra las ofensas que recibe de parte de todas las criaturas.

También yo me uno a ti, dulce Madre mía; sobre las alas de los vientos quiero atravesar los cielos para pedirle al Padre y al Espíritu Santo, y a todos los ángeles su bendición, y así poder traérsela a Jesús; y aquí en la tierra quiero pedirles a todas las criaturas y obtener de cada boca, de cada latido y de cada paso, de cada respiro, de cada mirada y de cada pensamiento, bendiciones y alabanzas a Jesús, y si nadie me las quiere dar, yo quiero dárselas por ellos.

¡Oh dulce Madre!, después de haber recorrido una y otra vez cielos y tierra para pedirle a la Sacrosanta Trinidad, a los ángeles, a todas las criaturas, a la luz del sol, al perfume de las flores, a las olas del mar, a cada soplo del viento, a cada llama de fuego, a cada hoja que se mueve, al parpadear de las estrellas, a cada movimiento de la naturaleza un “te bendigo” para Jesús, vuelvo a ti y uno mis bendiciones a las tuyas. Dulce Madre mía, veo que tú recibes consuelo y alivio y le ofreces a Jesús mis bendiciones para reparar todas las blasfemias y las maldiciones que recibe de parte de las criaturas, pero mientras yo te ofrezco todo, oigo tu voz que dice temblando: “¡Hijo, bendíceme tú también a mí!”.

Dulce Amor mío, bendíceme a mí también al bendecir a tu Madre, bendice mis pensamientos, mi corazón, mis manos, mis pasos, mis obras y mientras bendices a tu Madre bendice también a todas las criaturas.

Madre mía, al ver el rostro de Jesús pálido, triste y afligido, se despierta en ti el recuerdo de los dolores que dentro de poco tendrá que sufrir. Prevés su rostro cubierto de salivazos y lo bendices; su cabeza traspasada por las espinas, sus ojos vendados, su cuerpo destrozado por la flagelación, sus manos y sus pies atravesados por los clavos, y por todo lo bendices; y por todos aquellos lugares por los que irá pasando tú lo sigues con tus bendiciones. Yo también junto contigo lo sigo cuando Jesús será flagelado, clavado en la cruz, abofeteado, coronado de espinas... en todo hallará junto con tus bendiciones las mías.

¡Oh Jesús, Madre mía, los compadezco! Es inmenso su dolor en estos últimos momentos; parece que el Corazón de uno destroce el Corazón del otro.

Madre Santísima, arranca mi corazón de la tierra y átalo fuertemente a Jesús, para que abrazado a él pueda tomar parte en tus dolores; y mientras se estrechan y se abrazan el uno al otro, mientras se ven y se besan por última vez, quiero estar entre sus Corazones para poder recibir yo también sus últimos besos, sus últimos abrazos. ¿No ven que no puedo vivir sin ustedes a pesar de mis miserias y de mi frialdad? Jesús, Madre mía, ténganme abrazado a ustedes; denme su amor, su Voluntad; hieran mi pobre corazón, estréchenme en sus brazos, y junto contigo, ¡oh dulce Madre mía!, quiero seguir paso a paso a mi adorado Jesús con la intención de darle consuelo, alivio, amor y reparación por todos.

Jesús mío, junto con tu Madre, beso tu pie izquierdo, suplicándote que quieras perdonarme a mí y a todas las criaturas por todas las veces que no hemos caminado hacia Dios.

Beso tu pie derecho; perdóname y perdónanos a todos por todas las veces que no hemos seguido la perfección que tú querías de nosotros.

Beso tu mano izquierda; comunícanos tu pureza.

Beso tu mano derecha, y tú bendice todos los latidos de mi corazón, mis pensamientos, mis afectos, para que teniendo el mismo valor que tiene tu bendición todos queden santificados; junto conmigo bendice también a todas las criaturas, y que tu bendición sea el sello de la salvación de sus almas.

¡Oh Jesús!, junto con tu Madre te abrazo, y besando tu Corazón, te ruego que pongas entre tu Corazón y el de tu Madre Santísima, el mío, para que se alimente continuamente de su amor, de su dolor, de sus mismos afectos y deseos, y de su misma vida. Así sea.

Reflexiones y prácticas

Jesús, antes de dar inicio a su pasión, va con su Madre a pedirle su bendición. En este acto Jesús nos enseña la obediencia, no solamente exterior, sino especialmente la interior, que se necesita para corresponder a las inspiraciones de la gracia. Muchas veces nosotros no estamos dispuestos a darle cumplimiento a las inspiraciones de la gracia, ya sea porque nuestro amor propio, junto con la tentación, nos lo impide, o también por respeto humano, o bien, porque no nos hacemos dulce violencia a nosotros mismos.

Pero rechazar una buena inspiración para ejercitar una virtud, para hacer un acto heroico, para hacer una buena obra, para practicar una devoción... hace que el Señor se retire, privándonos de nuevas inspiraciones. En cambio, correspondiendo prontamente con piedad y con prudencia a las santas inspiraciones, atraeremos sobre nosotros mayores gracias y luces.

En los casos de duda, se echa mano de inmediato y con recta intención, del gran medio de la oración y de un recto y sabio consejo. De este modo el buen Dios no deja de iluminar nuestra alma para poder seguir las divinas inspiraciones y hacer que se multipliquen aprovechándolas al máximo.

Debemos hacer todas nuestras acciones, nuestros actos, nuestras oraciones, las Horas de la Pasión, con las mismas intenciones de Jesús, en su Voluntad, y sacrificándonos a nosotros mismos como él lo hizo, para gloria del Padre y por el bien de las almas.

Debemos estar dispuestos a sacrificarlo todo por amor de nuestro amable Jesús, uniformándonos a su espíritu, obrando con sus mismos sentimientos y abandonándonos a él, no solamente en todos nuestros sufrimientos y contrariedades externas, sino más aún en todo lo que disponga y suceda en nuestro interior; de este modo, cuando la ocasión lo quiera, nos encontraremos dispuestos a aceptar cualquier pena. Haciendo así le daremos a Jesús pequeños sorbos de dulzura; pero si además hacemos todo esto en la Voluntad de Dios, que contiene todas las dulzuras y todas las alegrías en modo inmenso, le daremos entonces a Jesús grandes sorbos de dulzura, de modo tal que podremos mitigar el envenenamiento que le provocan las criaturas y consolar su Corazón Divino.

Antes de empezar a hacer cualquier cosa, pidamos siempre la bendición de Dios, para hacer que todas nuestras acciones tengan el toque de la divinidad y atraigan sobre nosotros y sobre todas las criaturas las bendiciones del cielo.

“Jesús mío, que tu bendición me preceda, me acompañe y me siga, para que todo lo que haga lleve el sello de tu bendición”.

Continúa...
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (119)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


Los discursos en Aguas Claras:
Yo soy el Señor tu Dios (109). Jesús bautiza como Juan
.
27 de febrero de 1945.

1 Desde ayer la gente se ha duplicado al menos. Hay también personas de clases menos comunes. Algunos han venido en burros y ahora están ingeriendo su comida bajo el cobertizo, en cuyos palos han atado sus asnos, en espera del Maestro.
El día está frío pero sereno. La gente cuchichea; los más doctos dan explicaciones de quién es y por qué el Maestro habla en ese lugar.
Uno dice: “Pero, ¿supera a Juan?”.
“No. Es distinto. Aquél –yo era de Juan– es el Precursor, y es la voz de la justicia; éste es el Mesías, y es la voz de la sabiduría y la misericordia”.
“¿Cómo lo sabes?” preguntan muchos.
“Me lo han dicho tres discípulos del Bautista de los que están siempre con él. ¡Si supieras qué cosas! Ellos le vieron nacer. Fijaos: nació de la luz. La luz era tan fuerte, que ellos, que eran pastores, abandonaron corriendo el redil, entre el ganado enloquecido de terror, y vieron que toda Belén estaba en llamas, y luego descendieron del cielo unos ángeles y apagaron el fuego con sus alas, y sobre el suelo estaba El, el Niño nacido de la luz. Todo el fuego se transformó en una estrella...”.
“¡No, hombre, no, no es así!”.
“Sí, es así. Me lo ha dicho uno que era mozo de cuadra en Belén cuando yo era niño, y que ahora que el Mesías es hombre se gloría de ello”.
“No es así. La estrella vino después, vino con aquellos magos de oriente, aquellos de los que uno era descendiente de Salomón, y, por lo tanto, pariente del Mesías, porque El es de David y David es padre de Salomón, y Salomón amó a la reina de Saba porque era hermosa y por los regalos que le había traído, y tuvo de ella un hijo, que es de Judá a pesar de ser de allende el Nilo”.
“¿Pero qué estás diciendo? ¿Estás loco?”.
“No. ¿Pretendes decir que no es cierto que su pariente le trajo los aromas como es costumbre entre reyes, y más aún de esa estirpe?”.
“Yo sé cómo sucedió verdaderamente” dice otro. “Así fue –lo sé porque Isaac es uno de los pastores y es amigo mío–, así fue: el Niño nació en un establo de la casa de David. Estaba profetizado (110)...”.
“¿Pero no es de Nazaret?”.
“Dejadme hablar. Nació en Belén porque es de David, y era tiempo de edicto. Los pastores vieron una luz de insuperable belleza, y el más pequeño, porque era inocente, vio primero al ángel del Señor, el cual habló con música de arpa diciendo: "Ha nacido el Salvador. Id y adorad", y, a continuación, una muchedumbre de ángeles cantó: "Gloria a Dios y paz a los hombres buenos". Entonces los pastores fueron y vieron a un niñito en un pesebre entre un buey y un asno, y a la Madre y al padre. Y le adoraron y luego le condujeron a casa de una buena mujer. Y el Niño crecía como todos, hermoso, bueno, todo amor. Luego vinieron los magos de allende el Eufrates y allende el Nilo, porque habían visto una estrella y reconocido en ella la estrella de Baláam (111). Pero el Niño ya podía andar. El rey Herodes ordenó el exterminio por celos de poder. Pero el ángel del Señor había advertido del peligro y los pequeñuelos de Belén murieron, mas no El, que había huido más allá de Matarea. Después volvió a Nazaret, a trabajar como carpintero, y, habiendo llegado a su tiempo, después de haber sido anunciado por el Bautista, primo suyo, ha comenzado la misión y primero ha buscado a sus pastores. A Isaac le liberó de una parálisis, después de treinta años de enfermedad, e Isaac le predica incansablemente. Esto es”.
“¡Pues, no obstante, los tres discípulos del Bautista me han dicho verdaderamente esas palabras!” dice, disgustado, el primero.
“Y son verdaderas. Lo que no es verdadero es la descripción del mozo de cuadra. ¿Se gloría? Haría bien en decir a los betlemitas que fueran buenos. Ni en Belén ni en Jerusalén puede predicar”.
“¡Pero hombre, ¿cómo piensas que los escribas y fariseos deseen sus palabras?! Esos son víboras y hienas, como los llama el Bautista (112)”.

2 “Yo querría que me curase. ¿Ves? Tengo una pierna con gangrena. He sufrido lo indecible para venir aquí en burro. Pero le he buscado en Sion y ya no estaba...” dice uno.
“Le han amenazado de muerte...” responde otro.
“¡Perros!”.
“Sí. ¿De dónde vienes?”.
“De Lida”.
“¡Un largo camino!”.
“Yo... yo quisiera expresarle un pecado mío... Se lo he manifestado al Bautista... pero me ha recriminado de tal modo, que he huido. Creo que ya no podré ser perdonado...” dice un tercero.
“¿Pues qué es lo que has hecho?”.
“Mucho mal. A El se lo manifestaré. ¿Qué decís? ¿Me maldecirá?”.
“No. Le he oído hablar en Betsaida. Casualmente me encontraba allí. ¡¡¡Qué palabras!!! Hablaba de una pecadora. ¡Ah... casi habría deseado ser ella para merecerlas!...” dice un anciano de aspecto grave.

3 “Ahí viene” grita un buen número de personas.
“Misericordia ¡Me da vergüenza!” dice el hombre que se siente culpable, y trata de huir.
“¿A dónde huyes, hijo mío? ¿Tanta negrura tienes en el corazón, que odias la Luz hasta el punto de tener que huir de ella? ¿Has pecado tanto como para tener miedo de mi Perdón? (113). ¿Pero qué pecado puedes haber cometido? Ni aun en el caso de que hubieras matado a Dios deberías tener miedo, si en ti hubiera verdadero arrepentimiento. ¡No llores! O ven, lloremos juntos”.
Jesús que, alzando una mano, había hecho que se detuviera el fugitivo, ahora le tiene estrechado contra sí, y se vuelve a quienes están esperando y dice: “Un momento sólo, para aliviar a este corazón. Después estoy con vosotros”.
Y se aleja hasta más allá de la casa, chocándose, al volver la esquina, contra la mujer velada, que está en su lugar de escucha. Jesús la mira fijamente un instante, luego continúa unos diez pasos y se detiene: “¿Qué has hecho, hijo?”.
El hombre cae de rodillas. Es un hombre que tiene unos cincuenta años; un rostro quemado por muchas pasiones y devastado por un tormento secreto. Tiende los brazos y grita: “Para gozarme con las mujeres toda la herencia paterna, he matado a mi madre y a mi hermano... Desde entonces no he vuelto a tener paz... Mi alimento... ¡sangre! Mi sueño... ¡pesadilla!... Mi placer... ¡Ah! en el seno de las mujeres, en su grito de lujuria, sentía el hielo de mi madre muerta y el jadeo agonizante de mi hermano envenenado. ¡Malditas las mujeres de placer, áspides, medusas, murenas insaciables, perdición, perdición, mi perdición!”.
“No maldigas. Yo no te maldigo...”.
“¿No me maldices?”.
“No. ¡Lloro y cargo sobre mí tu pecado!... ¡Cuánto pesa! Me quiebra los miembros, pero aun así lo abrazo estrechamente para anularle por ti... y a ti te concedo el perdón. Sí. Yo te perdono tu gran pecado”. Extiende Jesús las manos sobre la cabeza del hombre, que está sollozando, y ora: “Padre, mi Sangre será derramada también por él. Por ahora, llanto y oración. Padre, perdona, porque está arrepentido. Tu Hijo, a cuyo juicio todo ha sido remitido, así lo quiere!...”. Permanece así durante unos minutos, luego se agacha para levantar al hombre y le dice: “La culpa queda perdonada. Está en ti ahora el expiar, con una vida de penitencia, cuanto queda de tu delito”.
“¿Dios me ha perdonado? ¿Y mi madre? ¿Y mi hermano?”.
“Lo que Dios perdona queda perdonado por todos, quienes quiera que sean. Ve y no vuelvas a pecar nunca”.
El hombre llora aún con más intensidad y le besa la mano. Jesús le deja con su llanto y vuelve hacia la casa. La mujer velada hace ademán como de ir a su encuentro, más luego baja la cabeza y no se mueve. Jesús pasa delante de ella sin mirarla.

4 Ya está en su puesto. Empieza a hablar:
“Un alma ha vuelto al Señor. Bendita sea su omnipotencia, que arranca de las circunvoluciones de la serpiente demoníaca a sus almas creadas, y las conduce de nuevo por el camino de los Cielos.
¿Por qué esa alma se había perdido? Porque había perdido de vista la Ley.
Dice el Libro (114) que el Señor se manifestó en la cima del Sinaí con toda su terrible potencia, para, valiéndose también de ella, decir: "Yo soy Dios. Esta es mi voluntad. Estos son los rayos que tengo preparados para aquellos que se muestren rebeldes a la voluntad de Dios". Y antes de hablar impuso que nadie del pueblo subiera para contemplar a Aquel que es, y que incluso los sacerdotes se purificasen antes de acercarse al limen de Dios, para no recibir castigo. Esto fue así porque era tiempo de justicia y de prueba. Los Cielos estaban cerrados como por una losa que cubría el misterio del Cielo y el desdén de Dios, y sólo las saetas de la justicia alcanzaban, provenientes de los Cielos, a los hijos culpables. Más ahora no es así. Ahora el Justo ha venido a consumar toda justicia y ha llegado el tiempo en que sin rayos y sin límites, la Palabra divina habla al hombre para darle Gracia y Vida.

5 La primera palabra del Padre y Señor es ésta: "Yo soy el Señor Dios tuyo".
En todo instante del día la voz de Dios pronuncia esta palabra y su dedo la escribe. ¿Dónde? Por todas partes. Todo lo dice continuamente: desde la hierba a la estrella, desde el agua al fuego, desde la lana al alimento, desde la luz a las tinieblas, desde el estar sano hasta la enfermedad, desde la riqueza a la pobreza. Todo dice: "Yo soy el Señor. Por mí tienes esto. Un pensamiento mío te lo da, otro te lo quita, y no hay fuerza de ejércitos ni de defensas que te pueda preservar de mi voluntad". Grita en la voz del viento, canta en la risa del agua, perfuma en la fragancia de la flor, se incide sobre las cúspides montanas, y susurra, habla, llama, grita en las conciencias: "Yo soy el Señor Dios tuyo".
¡No os olvidéis nunca de ello! No cerréis los ojos, los oídos; no estranguléis la conciencia para no oír esta palabra. Es inútil, ella es; y llegará el momento en que en la pared de la sala del banquete, o en la agitada ola del mar, o en el labio del niño que ríe, o en la palidez del anciano que se muere, en la fragante rosa o en la fétida tumba, será escrita por el dedo de fuego de Dios. Es inútil, llega el momento en que en medio de las embriagueces del vino y del placer, en medio del torbellino de los negocios, durante el descanso de la noche, en un solitario paseo... ella alza su voz y dice: "Yo soy el Señor Dios tuyo", y no esta carne que besas ávido, y no este alimento que, glotón, engulles, y no este oro que, avaro, acumulas, y no este lecho sobre el que te huelgas; y de nada sirve el silencio, o el estar solo, o durmiendo, para hacerla callar.
"Yo soy el Señor Dios tuyo", el Compañero que no te abandona, el Huésped que no puedes echar. ¿Eres bueno? Pues el huésped y compañero es el Amigo bueno. ¿Eres perverso y culpable? Pues el huésped y compañero pasa a ser el Rey airado, y no concede tregua. Más no deja, no deja, no deja. Sólo a los réprobos les es concedido el separarse de Dios. Pero la separación es el tormento insaciable y eterno.

6 "Yo soy el Señor Dios tuyo", y añade: "que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud". ¡Oh, con qué verdad, ahora, realmente lo dice! ¡De qué Egipto, de qué Egipto te saca, hacia la tierra prometida, que no es este lugar, sino el Cielo, el eterno Reino del Señor en que no habrá ya hambre o sed, frío ni muerte, sino que todo rezumará alegría y paz, y de paz y de alegría se verá saciado todo espíritu!
De la esclavitud verdadera ahora os saca. He aquí el Libertador. Yo soy. Vengo a romper vuestras cadenas. Cualquier dominador humano puede conocer la muerte, y por su muerte quedar libres los pueblos esclavos. Pero Satanás no muere. Es eterno (115). Y es él el dominador que os ha puesto grilletes para arrastraros hacia donde desea. El Pecado está en vosotros, y el Pecado es la cadena con que Satanás os tiene cogidos. Yo vengo a romper la cadena. En nombre del Padre vengo, y por deseo mío. He aquí que, por lo tanto, se cumple la no comprendida promesa: "te saqué de Egipto y de la esclavitud".
Ahora esto tiene espiritualmente cumplimiento. El Señor Dios vuestro os saca de la tierra del ídolo que sedujo a vuestros Progenitores, os arranca de la esclavitud de la Culpa, os reviste de Gracia, os admite en su Reino. En verdad os digo que quienes vengan a mí podrán, con dulzura de paterna voz, oír al Altísimo decir en su corazón bienaventurado: "Yo soy el Señor Dios tuyo y te traigo hacia mí, libre y feliz".
Venid. Volved al Señor corazón y rostro, oración y voluntad. La hora de la Gracia ha llegado”.

7 Jesús ha terminado. Pasa bendiciendo y acariciando a una viejecita y a una niñita morenilla y toda risueña.
“Cúrame, Maestro. ¡Me aflige un mal grave!” dice el enfermo de gangrena.
“Primero el alma, primero el alma. Haz penitencia...”.
“Dame el bautismo como Juan. No puedo ir a él. Estoy enfermo”.
“Ven”. Jesús baja hacia el río que se encuentra pasados dos grandísimos prados y el bosque que lo oculta. Se descalza, como también lo hace el hombre que hasta allí se ha arrastrado con las muletas. Descienden a la orilla, y Jesús, haciendo copa con las dos manos unidas, esparce el agua sobre la cabeza del hombre, que está dentro del agua hasta la mitad de las espinillas.
“Ahora quítate las vendas” ordena Jesús mientras vuelve a subir al sendero.
El hombre obedece. La pierna está curada. La multitud grita su estupor.
“¡Yo también!”; “Yo también”; “¡Yo también el bautismo dado por ti!” gritan muchos.
Jesús, que ya está a medio camino, se vuelve: “Mañana. Ahora marchaos y sed buenos. La paz sea con vosotros”.
Todo termina y Jesús vuelve a casa, a la cocina que está oscura a pesar de que sean todavía las primeras horas de la tarde.

8 Los discípulos se le arremolinan en torno. Y Pedro pregunta: “¿Ese hombre al que has llevado detrás de la casa, qué tenía?”.
“Necesidad de purificación”.
“No ha vuelto, de todas formas, y no estaba entre los que pedían el bautismo”.
“Ha ido a donde le he mandado”.
“¿A dónde?”.
“A expiar, Pedro”.
“¿A la cárcel?”.
“No. A hacer penitencia por todo el resto de su vida”.
“¿No se purifica entonces con el agua?”.
“Es agua también el llanto”.
“Sí, cierto. Ahora que has hecho el milagro, ¡quién sabe cuántos vendrán!... Eran ya el doble hoy...”.
“Sí. Si tuviera Yo que hacer todo, no podría. Vais a bautizar vosotros. Primero uno cada vez, luego seréis dos, tres, muchos. Y Yo predicaré y curaré a los enfermos y a los pecadores”.

9 “¿Nosotros, bautizar? ¡Oh, yo no soy digno de ello! ¡Quítame, Señor, esta misión! ¡Tengo yo necesidad de ser bautizado!”. Pedro se ha puesto de rodillas y está en actitud suplicante.
Pero Jesús se inclina hacia él y dice: “Pues tú vas a ser el primero en bautizar. Desde mañana”.
“¡No, Señor! ¿Cómo puedo hacerlo, si estoy más negro que esa chimenea?”.
Jesús sonríe ante la sinceridad humilde del apóstol, de rodillas contra sus rodillas, sobre las cuales tiene unidas sus gruesas manos de pescador. Y le besa en la frente, en el límite de su cabello entrecano que, áspero, se riza: “Eso es. Te bautizo con un beso (116). ¿Estás contento?”.
“¡Cometería inmediatamente otro pecado para recibir otro beso!”.
“No, eso no. Nadie se burla de Dios, abusando de sus dones”.
“¿Y a mí no me das un beso? Yo también tengo algún pecado” dice Judas Iscariote.
Jesús le mira fijamente. Su ojo, muy mutable, pasa de la luz de la alegría, que le hacía claro mientras hablaba con Pedro, a una oscuridad severa, y yo diría que cansada, y dice: “Sí... a ti también. Ven. Yo no actúo injustamente con nadie. Sé bueno, Judas. ¡Si tú quisieras!... Eres joven. Toda una vida para subir y subir, hasta la perfección de la santidad...” y le besa.
“Ahora tú, Simón, amigo mío. Y tú, Mateo, victoria mía. Y tú, sabio Bartolomé. Y tú, Felipe, fiel. Y tú, Tomás, con tu jovial voluntad. Ven, Andrés, hombre de silencio activo. Y tú, Santiago del primer encuentro. Y ahora tú, alegría de tu Maestro. Y tú, Judas, compañero de niñez y de juventud. Y tú, Santiago, quien me recuerda al Justo (117), en el aspecto y en el corazón. Todos, todos... Más, acordaos de que mi amor es mucho, pero es necesaria también vuestra buena voluntad. Desde mañana daréis un paso más, hacia adelante, en vuestra vida de discípulos míos. Pensad, no obstante, que cada paso hacia adelante es un honor y una obligación”.

10 “Maestro... un día me dijiste a mí, a Juan, a Santiago y a Andrés, que nos enseñarías a orar (118). Yo creo que si nosotros orásemos como lo haces tú, seríamos capaces de ser dignos del trabajo que quieres de nosotros” dice Pedro.
“En aquella ocasión te respondí: "Cuando estéis suficientemente formados, os enseñaré la oración sublime (119); para dejaros mi oración. Mas incluso ésta resultará inútil si la pronuncia sólo la boca. Por ahora, ascended con el alma y la voluntad a Dios". La oración es un don que Dios concede al hombre y que el hombre dona a Dios”.
“¿Cómo es esto? ¿Todavía no somos dignos de orar? Todo Israel ora...” dice Judas Iscariote.
“Sí, Judas. Pero tú mismo puedes ver por sus obras cómo ora Israel. Yo no quiero hacer de vosotros unos traidores. Quien ora con lo externo, y por dentro está contra el bien, es un traidor”.

11 “¿Y cuándo nos vas a habilitar para hacer milagros?” sigue preguntando Judas.
“¿Nosotros, hacer milagros?, ¿nosotros? ¡Misericordia eterna! ¡Y eso que bebemos agua pura! ¿Nosotros, milagros? Pero muchacho, ¿estás delirando?”. Pedro está escandalizado, asustado, fuera de sí.
“El nos lo dijo (120), en Judea. ¿O acaso no es verdad?”.
“Sí, es verdad, lo dije. Y lo haréis. Más, mientras en vosotros haya demasiada carne, no tendréis milagros”.
“Haremos ayunos” dice Judas Iscariote.
“No se requieren ayunos. Cuando digo carne quiero decir las pasiones corrompidas, la triple hambre, y tras esta pérfida trinidad, el séquito de sus vicios... Como hijos de una inmunda, bígama unión, la soberbia de la mente engendra, con la avidez de la carne y del poder, todo lo malo que hay en el hombre y en el mundo”.
“Nosotros lo hemos dejado todo por ti” replica Judas.
“Pero no a vosotros mismos”.
“¿Entonces tenemos que morir? Con tal de estar contigo lo haríamos; yo al menos...”.
“No. No pido vuestra muerte material. Pido que muera la animalidad y el satanismo en vosotros, y éste no muere mientras se siga satisfaciendo el hambre de la carne y mientras haya en vosotros mentira, orgullo, ira, soberbia, gula, avaricia, acidia”.
“¡Somos muy humanos, junto a ti, muy santo!” dice sumisamente Bartolomé.
“Y siempre fue tan santo. Nosotros lo podemos decir” afirma el primo Santiago.
“El sabe cómo somos... Y no debemos desanimarnos, sino decirle sólo: Danos día a día la fuerza de servirte. Si nosotros dijéramos: "No tenemos pecado", resultaríamos engañados y engañadores. ¿Y de quién al final? ¿De nosotros mismos que sabemos lo que somos, aunque no queramos decirlo? ¿De Dios, al cual no se le puede engañar? Pero si decimos: "Somos débiles y pecadores. Ayúdanos con tu fuerza y tu perdón", entonces Dios no nos defraudará, y en su bondad y justicia nos perdonará y nos purificará de las iniquidades de nuestros pobres corazones”.
“Dichoso tú, Juan, porque la Verdad habla en tus labios, que tienen perfume de inocencia y sólo besan al adorable Amor” dice Jesús levantándose, y atrae hacia su corazón al predilecto, que ha hablado desde su rincón oscuro.

Continúa...

Notas:

109) Cfr. Ex. 20, 2; Dt. 5, 6.

110) Cfr. Miq. 5, 1–5.

111) Cfr. Núm. 24, 15–19.

112) Cfr. Mt. 3, 1–2; 14, 1–12; Mc. 1, 1–8; 6, 14–29; Lc. 3, 2–20; 9, 7–9.

113) Esto es: de Mí que soy el Perdón, el que perdona al que se arrepiente.

114) Cfr. Ex. 19 y 20.

115) Dios, de hecho, no lo destruirá y él no se convertirá. Por lo que, aun cuando tuvo principio, no tendrá fin.

116) Un beso de Jesús es comunicación del Divino Amor, por lo tanto del Espíritu Santo. En virtud de este mismo Amor o Espíritu, el bautismo cancela el pecado y regenera.

117) Entiéndase: San José, cuyo sobrino es Santiago.

118) en 62.2.

119) Padre Nuestro. Cfr. Mt. 6, 9–13; Lc. 11, 2–4.

120) en 72.3.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

25 DE JULIO: SAN CRISTÓBAL, MÁRTIR DE LICIA


25 de julio: San Cristóbal, Mártir de Licia, Asia Menor

(† 251)

En el siglo III, nació en Canaán un niño que comenzó a crecer y creció tanto que llegó a alcanzar los tres metros de altura, e incluso más. Para recoger cerezas, no necesitaba escalera; con el brazo extendido podía llegar a la copa de los árboles. No era delgado, sino corpulento y robusto. Tenía puños del tamaño de platos, brazos como ramas de roble y músculos de acero. Cualquiera que viera al gigante con su temible aspecto por primera vez, huía despavorido. Y al gigante se le conocía generalmente como Reprobus, que significa villano en griego. Sin embargo, este nombre no le hacía justicia, pues solo parecía peligroso por su tamaño. En su interior, era un hombre verdaderamente bondadoso.

Como la mayoría de la gente, Reprobus tenía una peculiaridad: solo quería servir al amo más poderoso. Lo buscó durante mucho tiempo hasta que creyó haberlo encontrado en un rey. El rey, naturalmente, se alegró de que Reprobus entrara a su servicio, pues reemplazó a todo un regimiento de soldados y ganó todas las batallas. Todo iba bien hasta que un día, al mencionarse el nombre del diablo en una conversación, el rey hizo la señal de la cruz. Inmediatamente, Reprobus preguntó qué significaba esa señal. El rey respondió que si hacía la señal de la cruz, Satanás no podría hacerle daño. El gigante reflexionó sobre esta respuesta durante un buen rato y finalmente concluyó que el diablo debía ser más fuerte, puesto que el rey le temía. Por lo tanto, partió en busca de Satanás para ofrecerle sus servicios.

Reprobo emprendió su viaje y pronto se encontraría con el diablo. Era una noche oscura en medio de un bosque tenebroso, y era la medianoche, anunciando la hora de las brujas. Entonces se desató una tremenda tormenta que doblegó los árboles hasta el suelo. Al mismo tiempo, una multitud de demonios apareció montada en animales que se parecían mucho a enormes jabalíes. Todos iban sentados al revés, aferrados a las colas de los jabalíes. Sin temor, Reprobo dejó que la horda pasara rugiendo a su lado, hasta que finalmente, montado en un poderoso jabalí de enormes colmillos, el diablo se plantó ante él, ansioso por tomar al gigante a su servicio. Inmediatamente, se fue junto al diablo, pero entonces, una simple cruz apareció junto al camino. Y cuando el diablo la vio, dio media vuelta y huyó, y todos los demonios huyeron con él, despavoridos. Reprobo se quedó solo ante la imagen de nuestro Señor Jesucristo y no sabía qué le estaba sucediendo.

Al amanecer, se cruzó con un ermitaño al que le contó sobre su aventura nocturna y le habló sobre su deseo de servir solo al más fuerte. El ermitaño, que era un hombre de Dios, le explicó que el crucificado era el más fuerte de todos y le dijo que uno lo sirve complaciéndolo en sus semejantes. Así, el gigante recibió instrucción cristiana, fue bautizado y, para servir al todopoderoso Señor Jesucristo en sus semejantes, desde entonces transportó viajeros sobre sus anchos hombros a través de un río sin puentes.

Una noche, un niño pequeño lo despertó y le pidió que lo llevara al otro lado del río. Al principio, el niño era ligero como una pluma. Pero con cada paso que daba el gigante, se volvía más y más pesado, hasta que finalmente le dijo: “¡Niño, casi no te puedo cargar! Siento como si el mundo entero estuviera sobre mis hombros”. Entonces Cristo, que era el niño, respondió: “Llevas más peso, porque yo soy el más fuerte, el que creó el Cielo y la tierra, y como me llevas, de ahora en adelante te llamarás Cristóbal, que significa portador de Cristo”.

La Tradición señala que, tras haberse encontrado con Dios hecho niño, San Cristóbal se dirigió a consolar a los cristianos perseguidos de Licia y Samos. Precisamente, en una de sus estancias en Licia, fue tomado prisionero por el rey Dagón, quien, bajo órdenes del emperador Decio, lo mandó torturar. Al resistirse a abdicar de su fe a pesar de ser torturado, se ordenó degollarlo. 

Reflexión:

Desde el siglo IV, San Cristóbal ha sido representado generalmente como un hombre de gran altura y fuerza, con el niño Jesús sobre los hombros, mientras cruza las aguas de un río apoyado en un bastón. En la baja Edad Media se popularizó la creencia de que bastaba mirar la imagen del santo y encomendarse a él para verse libre de todo peligro durante una travesía; y es así como San Cristóbal devino en patrón de peregrinos, viajeros, navegantes, motoristas y transportistas en general.
 
Oración:

Bendito San Cristóbal, tú que tuviste la gracia de llevar a Jesús sobre tus hombros, que tan fuerte y poderoso te sentías, y el Señor te hizo ver tu pequeñez y tu vida se llenó de luz, cuando descubriste como su fuerza y no la tuya, te hacía esta vez sí, verdaderamente fuerte. Glorioso San Cristóbal pide a tu amado Jesús, que nos libre de todo mal y a ti Señor que das la vida y la conservas, suplico humildemente, guardes hoy la mía en todo instante. Amén.
  

25 DE JULIO: SANTIAGO EL MAYOR, APÓSTOL


25 de Julio: Santiago el Mayor, apóstol

(† 44 de J. C.)

El protomártir de los apóstoles, Santiago el Mayor, luz y patrón de las Españas, fue natural de Galilea, hijo de Zabedeo y de María Salomé, hermano mayor de san Juan Evangelista, y primo de Jesucristo según la carne. 

Fueron ambos hermanos pescadores y andando el Señor a la ribera del mar de Galilea, los vio en un navío con su padre Zebedeo, remendando las redes, y los llamó Boanerges, que quiere decir hijos del trueno, y después de san Pedro, a quien mudó también el nombre, fueron estos dos hermanos los discípulos favorecidos del Salvador. 

Porque los llevó consigo cuando fue a resucitar a la hija del príncipe de la sinagoga; quiso que fuesen testigos de su transfiguración en el Tabor, y de su mortal tristeza en el huerto de Getsemaní, y después de su resurrección hizo que se hallasen presentes a casi todas sus frecuentes apariciones. 

Refiere el evangelista san Lucas que viendo los dos hermanos Santiago y Juan que los samaritanos no querían hospedar al Señor, le dijeron: 

- ¿Quieres que hagamos bajar fuego del cielo que abrase esta gente?

Mas Jesús les respondió: 

- No sabéis de qué espíritu sois -dándoles a entender que Él no había venido a dar la muerte a los pecadores, sino a morir por ellos para darles la vida eterna. 

En otra ocasión la madre de estos dos hermanos se atrevió a pedirle que en su reino hiciese que el uno de ellos se sentase a su diestra y el otro a la siniestra; mas el Señor les dijo: 

- No sabéis lo que pedís -porque pedía dignidad temporal. 

Les preguntó si podrían beber el cáliz que Él mismo había de beber; y como respondiesen animosos que sí, el Señor les profetizó que en efecto lo beberían, y padecerían el martirio por su amor. 

Después de la Ascensión de Jesucristo predicó Santiago en Jerusalén y en Samaria; y habiendo los judíos apedreado y muerto a san Esteban, y levantándose aquella gran tempestad en Jerusalén contra la Iglesia, el santo apóstol vino a España y convirtió algunos hombres a la fe, de los cuales siete fueron ordenados como Obispos por San Pedro, y pasaron a España. 

Llegado Santiago a Zaragoza, salió una noche con sus discípulos a la ribera del Ebro para orar, y la Reina de los ángeles, que aun vivía, se le apareció sobre una columna o pilar de jaspe, y le dijo: 

- En este mismo lugar labrarás una iglesia de mi nombre, porque desde ahora tomo esta nación debajo de mi amparo. 

Volvió después el santo apóstol a Jerusalén donde los judíos le echaron una soga a la garganta y acudiendo los soldados le prendieron y llevaron delante del rey Herodes, el cual para dar contento al pueblo, lo mandó degollar. 

Reflexión

Grandes han sido las mercedes que Dios nuestro Señor ha hecho a los reinos de España por medio de este gloriosísimo apóstol; porque de él recibieron la luz de la fe, y el primer templo labrado a la Madre de Dios, y la celestial protección contra los moros, hasta capitanear el mismo santo apóstol nuestros ejércitos, montado sobre un caballo blanco, y con un gran estandarte blanco en la mano, como se vio en la famosa batalla de Clavijo, por lo cual la señal de acometer los soldados españoles y cerrar con el enemigo, comenzó a ser la señal de la cruz y decir: “¡Santiago, y cierra España!”. Invoquémoslo pues al rogar por nuestra patria, para que la libre de sus actuales enemigos. 

Oración

Santifica, Señor, y guarda a tu pueblo, para que amparado de la protección del bienaventurado apóstol Santiago, te agrade con sus virtuosas costumbres y te sirva en paz. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

viernes, 24 de julio de 2026

LA PASIÓN Y EL ECLIPSE

No creo que podamos encontrar un paralelismo que describa el estado actual de la Iglesia con tanta precisión como ese fenómeno de un eclipse solar total prolongado.

Por Peregrinus


En un artículo anterior, Peregrinus escribió sobre los paralelismos entre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y la Pasión de su Cuerpo Místico, que es la Santa, Católica y Apostólica Iglesia Romana.

Hoy escribe sobre otra conexión mística entre ambos.

El testimonio de las Sagradas Escrituras

Erat autem fere hora sexta, et tenebræ factæ sunt in universam terram usque ad horam nonam. Et obscuratus est sol, et velum templi scissum est medium.

Era casi la hora sexta, y hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena. El sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. (Lucas 23:44,45)

Los versículos en latín provienen de la Vulgata, la fiel traducción de San Jerónimo a partir de manuscritos griegos y hebreos. Durante siglos, la Vulgata fue la única versión de las Escrituras utilizada en la Iglesia occidental y sirvió de base para las traducciones a lenguas vernáculas hasta mediados del siglo XX. La Biblia Douay-Rheims se tradujo directamente de la Vulgata.

Los versículos describen lo que sucedió cuando Nuestro Señor Jesucristo encomendó su espíritu a las manos de su Padre Eterno. Centrémonos en el comienzo del segundo versículo, que describe el sol y la palabra “oscurecido”.

San Lucas es el único evangelista que menciona el sol. En la Vulgata, la palabra empleada es obscuratus, que puede significar oscurecido, oculto o escondido. Sin embargo, en astronomía, una forma de decir “el sol se eclipsó” es precisamente obscuratus est sol, una frase popular entre los autores de la Edad Media debido a la influencia de esta forma en la Vulgata.

En los textos griegos, la frase es (toû hēlíou) eklipóntos, que proviene del verbo ekleípō, con varios significados (por ejemplo, desmayarse, fallar o partir). Cuando se usa en astronomía, significa ser eclipsado, y es el origen de la palabra ékleipsis - eclipse. Por eso, la traducción moderna de la NAB, que se basa en el griego y no en la Vulgata, traduce esta parte como (llegó la oscuridad...) a causa de un eclipse de sol.

Testimonio adicional

¿Existe, entonces, alguna otra mención de un eclipse solar total ocurrido durante la Crucifixión?

En efecto, se encuentra en el Evangelio apócrifo de Nicodemo. Este “Evangelio” no se incluyó en la Biblia, pues no se tenía certeza de su inspiración divina; sin embargo, fue muy popular durante la Edad Media, y la Catholic Encyclopedia afirma que es “de composición ortodoxa y libre de influencias gnósticas”  (1). Precisamente por este texto conocemos los nombres de San Longino (el centurión romano que traspasó el costado de Jesús) y de San Dimas (el Buen Ladrón).

El Evangelio de Nicodemo muestra a Pilato preguntando a los judíos si vieron la oscuridad, y ellos responden: “Ha habido un eclipse solar como de costumbre” (2), lo que significa precisamente que no fue como de costumbre –los eclipses solares duran solo unos 7,5 minutos, no 3 horas– porque no querían admitirle que había ocurrido algo extraordinario.

En sus visiones, Ana Catalina Emmerich también describe el eclipse antinatural y la gran ansiedad que causó tanto entre los hombres como entre las bestias, con los fariseos insistiendo ante Pilato en que se trataba de un acontecimiento completamente natural (3).

Una alegoría mística

¿Por qué es importante todo esto y cómo se relaciona con la Pasión de la Iglesia?

Dado que la Pasión Mística de la Iglesia guarda paralelismos con la Pasión de Cristo, no creo que podamos encontrar un paralelismo que describa el estado actual de la Iglesia con tanta precisión como ese fenómeno de un eclipse solar total prolongado, que tenemos buenas razones para creer que estuvo presente durante la Crucifixión.

Imaginemos a un hombre que, sin saber qué es un eclipse solar total, lo presencia por primera vez. Al salir de casa y verlo en el cielo, pensaría que está viendo un solo cuerpo, el Sol, que por alguna razón se ha oscurecido, y solo se ve un anillo exterior. La Tierra estaría sumida en la oscuridad.

Si, para efectos de nuestra consideración, dicho eclipse se prolongara durante años, él simplemente pensaría que así es como el Sol ha llegado a verse. Sus hijos, nacidos después de que comenzara el eclipse, ni siquiera sabrían que existe un Sol diferente.

Pues bien, la Iglesia Católica es, apropiadamente, el Sol, ya que ilumina el mundo con la santidad de vida y la doctrina celestial. La Luna oscura que oculta al Sol es la secta modernista (aquellos que confiesan públicamente las herejías modernistas, y especialmente los intrusos que ocupan las iglesias y usurpan los puestos de autoridad), que se ha colocado en la posición del Sol (4), oscureciéndolo (Et obscuratus est sol) de modo que el observador solo puede ver un pequeño fragmento de sus rayos (la verdadera doctrina y la Misa que ahora se encuentran en pocos lugares). La Tierra cubierta de oscuridad representa al mundo que perdió su brújula moral y se hundió en los peores pecados y la falta de fe, ahora que la Iglesia está ocupada por modernistas y su visibilidad y luz guía se han reducido.

Así como el observador cree ver que el sol se ha oscurecido, la gente piensa que ve a la Iglesia Católica cambiando su doctrina y ritos, y dejando de brillar con la santidad y pureza que antes (incluso los no católicos) habían observado en ella. Quienes nacieron después del cambio ni siquiera conocen otra iglesia que esa entidad oscura con un brillo especial con la que crecieron.

Pero a algunos les resulta evidente que la Iglesia no es esa entidad; que lo que ven es solo una apariencia. En realidad, ven dos cuerpos: uno brillante, que es la Iglesia, un cuerpo eclipsado; el otro oscuro, la secta modernista, un cuerpo que eclipsa al primero.

La duración inusualmente larga del eclipse durante la Crucifixión es otro paralelismo, ya que fue más de 24 veces más larga que el eclipse natural más largo; la actual vacante de la Sede Apostólica, dependiendo del año que se tome como punto de partida, ha sido entre 22 y más de 24 veces más larga que la vacante "normal" más larga (2,76 años, a finales del siglo XIII).

Explicación adicional

Para el observador común, la apariencia es la de un solo cuerpo, compuesto de…

(a) Los católicos, engañados al pensar que la iglesia conciliar representa a la Iglesia Católica (lo cual no es sorprendente, porque materialmente parece ser el mismo cuerpo con el mismo nombre y sucesión de pastores), y también

b) todo tipo de herejes modernistas,

…y cada categoría profesa multitud de doctrinas opuestas.

Este espejismo de unidad es la iglesia conciliar: aquellos que reconocen a los pretendientes conciliares como “papas” y se someten a ellos. No es de extrañar, entonces, que la iglesia conciliar no esté unida en la fe, puesto que en realidad no es un solo cuerpo.

Por otro lado, los católicos tradicionales son ese brillante remanente del Sol visible en el borde, marginado y pequeño, pero que aún muestra la belleza y la santidad de la Verdadera Iglesia en sus ritos y su doctrina, de modo que, aun así oscurecida, siempre atrae a nuevos conversos. Una de las características distintivas de los católicos tradicionales es precisamente esta negativa a someterse a la oscuridad de los modernistas, y aunque algunos reconozcan verbalmente a los usurpadores, ninguno se somete verdaderamente a ellos. Los ojos de los católicos tradicionales no están velados por esa oscuridad ni por la ignorancia de la Fe (a diferencia de aquellos que siguen siendo católicos pero atrapados en el novus ordo), no están enredados en el caos de la Babilonia conciliar (“Salid de ella, pueblo mío…” (5). Son los que obedecen lo que Dios manda por medio de su Apóstol:

No llevéis el yugo con los incrédulos. Porque ¿qué participación tiene la justicia con la injusticia? ¿O qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia tiene Cristo con Belial? ¿O qué parte tienen los fieles con los incrédulos? ¿Y qué acuerdo tiene el templo de Dios con los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como dice Dios:

Habitaré en ellos y andaré entre ellos; seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por tanto, salid de en medio de ellos, y apartaos —dice el Señor—, y no toquéis lo inmundo. Y yo os recibiré, y seré para vosotros Padre, y vosotros seréis mis hijos e hijas —dice Dios Todopoderoso—. (2 Corintios 6:14-18)

Reflexión

Esta crisis se ha prolongado durante mucho tiempo. El mar es implacable, el pequeño barco se está llenando de agua y la tormenta ruge a nuestro alrededor. No podemos hacer nada para detenerla; somos impotentes. Nuestro Señor parece dormido.

Oremos para que pronto reprenda al viento y calme las olas, pero no perdamos la fe: Él tiene el control. Todos se maravillarán cuando intervenga milagrosamente para poner fin a estos tiempos de oscuridad, tal como se maravillaron ante la Sede de Galilea (6). Parafraseando al Sr. John Lane, “esta crisis es una crisis de fe”; por lo tanto, la renovación de la fe es la respuesta.

Nota

Se adoptó la analogía del eclipse porque parece ser el mejor fenómeno para describir el estado de la Iglesia, y porque parece mostrar otro paralelismo entre la Pasión de Cristo y la Pasión de su Cuerpo Místico.

Sin contar las visiones de Ana Catalina Emmerich (que no son ni aprobadas ni condenadas por la Iglesia), este artículo no pretende promover ningún mensaje sobrenatural ni libros que contengan tales elementos, y especialmente no aquellos condenados por la Iglesia.

Sabemos que en la actualidad abundan los mensajes falsos. Si alguno menciona el mismo fenómeno, eso no significa que la analogía presentada en este artículo sea falsa (ni que esos mensajes sean verdaderos), ya que incluso en los falsos mensajes sobrenaturales suele haber elementos de verdad que los hacen más creíbles.

2) Capítulo 11, párrafo 2

3) La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, capítulos 43-44

4) De la Oración a San Miguel: “En el mismo Lugar Santo, donde se ha establecido la Sede del bienaventurado Pedro y la Cátedra de la Verdad para la luz del mundo, han levantado el trono de su abominable impiedad, con el inicuo propósito de que cuando el Pastor sea herido, las ovejas se dispersen”.

5) Apocalipsis 18:4

6) Mateo 8:23-27, Marcos 4:35-41, Lucas 8:22-25
 

DECLARACIÓN SOBRE LA PRÓXIMA CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DEL 25 DE JULIO DE 2026 EN PAPA STRONSAY

El padre Michael ha redactado una declaración sobre su Consagración Episcopal anunciada el día 18 de junio de 2026.


El fin de la plaga

Declaración sobre mi Consagración Episcopal el 25 de julio de 2026

La próxima Consagración Episcopal prevista para el 25 de julio de 2026 marca el final de un largo camino de estudio y experiencia vivida. Católico desde mis 14 días y con casi 73 años tengo una larga experiencia en la Fe, y el final de mi vida se acerca rápidamente.

Nuestra Santa Madre la Iglesia Católica ha sido y, por la gracia de Dios, siempre será el gran amor de mi vida. Tengo el más cariñoso recuerdo de las diferentes monjas que me enseñaron en mi infancia en Ranfurly, Temuka y Gore en South Island, Nueva Zelanda. ¡Qué gran día fue mi Primera Sagrada Comunión en 1960! Por desgracia, casi todas las monjas han desaparecido de nuestro mundo católico. Quedaron atrás los días en que las escuelas solo estaban atendidas por las Hermanas. Las monjas con sus santos hábitos eran como iconos de Dios incluso en las calles de los pueblos más pequeños. ¿Quién se las quitó a Jesucristo y a su Cuerpo Místico, la Iglesia? ¡No fue la gracia celestial! Pero llegará un día en que se rendirán cuentas por todos los males infligidos a nuestra Santa Madre la Iglesia por parte de sus enemigos. El mundo actual ya no conoce el mundo católico tal y como era antes de la terrible conclusión del concilio Vaticano II, que rompió violentamente con todo lo anterior.

En Fátima, la Santísima Virgen María dijo a los niños: “Aprended a leer”. Fueron palabras proféticas. Hoy en día son pocos los que han aprendido a leer la historia de la Iglesia y no se han percatado de la violenta ruptura que tuvo lugar con el concilio Vaticano II. De hecho, si los católicos se limitaran a leer las Encíclicas de los Papas anteriores al concilio Vaticano II, comprenderían la situación actual. Los Papas desde la época de León XII, Pío VII, Gregorio XVI, Pío IX, León XIII y Pío X advirtieron todos ellos sobre las herejías que asolaban a la Iglesia a manos de sus enemigos infiltrados. Todavía en 1923, el Papa Pío XI pensó en convocar un Concilio General. Fueron sus cardenales más cercanos quienes le desaconsejaron hacerlo porque, para entonces, los enemigos heréticos de la Iglesia ya estaban a punto de tomar el control.

Gracias a Pablo VI y el concilio Vaticano II comenzó lo que llamaron una “primavera” para la Iglesia Católica con el florecimiento de nuevas doctrinas diseñadas para abrazar el mundo. Las flores y los frutos llevan ya 60 años esparciéndose. Son flores de cardo y el fruto propaga la plaga. Se dice que, en inglés, a una persona que actúa como una fuerza destructiva o ruinosa para los demás se la llamaba en el siglo XIX: “A Blighter” (Un Sinvergüenza). ¡A qué “blighters” nos hemos visto expuestos durante estos 60 años!

“Y los siervos del dueño de la casa se acercaron y le dijeron: 'Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿De dónde ha salido, pues, la cizaña?'. Y él les respondió: 'Un enemigo ha hecho esto'” (Mt 13, 28). La devastación, la destrucción, es palpable.  Los sinvergüenzas. Y esto ha sucedido porque las advertencias de los Papas fueron ignoradas y los enemigos finalmente se hicieron con el control de las estructuras de la Iglesia. Hay una nueva religión. No es la misma Fe Católica que el mundo siempre había conocido. Es una nueva religión, una religión de la ruina.

En los últimos 60 años, los Católicos preocupados han estado intentando vivir su santa Fe dentro de las estructuras de la Iglesia. Fundamentales para nuestra Fe son la Misa en Latín, el Catecismo y la vida tradicional de los Sacramentos y las Devociones. Nuestra Verdadera Religión no ha cambiado en sus creencias desde el tiempo de Nuestro Señor hasta el concilio Vaticano II. Pero la nueva religión fue un cambio drástico y es hostil a la Verdadera Religión.

La nueva religión se rebela contra la próxima Consagración Episcopal porque pretende la eliminación de la Misa en Latín, el Catecismo y los Sacramentos de la Verdadera Iglesia. Esa es su intención. Pero eso nunca sucederá, porque Cristo ha prometido estar con su única Iglesia hasta el fin de los tiempos. La nueva y maldita religión nunca acabará con la Verdadera Misa ni con los Sacramentos. Dios levantará obispos de entre las piedras para dar pan a sus hijos en el desierto. La Consagración Episcopal que se celebrará el 25 de julio en Papa Stronsay mantendrá abierta la fuente de los sacramentos para las generaciones futuras.

Un joven monje escribe hoy:

“He leído la carta de Hugh Gilbert que subiste. Habiendo leído con cuidado, no cambio de opinión ni un poco.

Si los hombres profesan públicamente doctrinas contrarias a la Fe transmitida por Nuestro Señor y enseñadas por la Iglesia a lo largo de los siglos, entonces no pueden reclamar nuestra obediencia en esos asuntos. La Verdad no cambia y la Fe Católica no cambia. Ninguna autoridad en la tierra tiene el poder de alterar lo que se ha creído siempre, en todas partes y por todos. No son la Iglesia y no son nuestros pastores, porque han negado la Fe y la Verdad.

Estoy preparado para ser excomulgado por los modernistas, porque de ninguna manera los herejes pueden excomulgar.

Por lo tanto, no me preocupan amenazas, condenas ni excomuniones de quienes han abrazado los errores modernistas. La herejía no puede atar a los fieles, ni el error puede exigir el consentimiento de las conciencias católicas.

Los tiempos son oscuros, pero esto no es motivo para desanimarse. Más bien, es un motivo para mantenernos firmes. Por eso, revistámonos con la armadura de Dios y libremos la buena batalla, aferrándonos a la Fe de nuestros antepasados, cueste lo que cueste.
 
Rezo por la conversión de los modernistas, por la restauración de la Santa Madre Iglesia, y por el triunfo del Inmaculado Corazón de María.

Que Dios sea alabado en las pruebas que se avecinan, y que nos conceda la gracia permanecer fieles hasta la muerte”.

☙❧ ☙❧ ☙❧ 

“Los tiempos son oscuros, pero esto no es motivo para desánimo”. La Iglesia sufre, perseguida desde dentro por los sinvergüenzas y sin embargo, el fuego de la Fe aún arde en los corazones de jóvenes católicos. Y arderá “cueste lo que cueste”.

Pero, ¿quién guiará a este pequeño grupo de fervientes creyentes? ¿Quién les enseñará y ordenará sacerdotes de entre ellos para que trabajen por la salvación de las pobres almas? ¿Quién transmitirá la sucesión de los Apóstoles para que la Iglesia pueda perdurar y seguir actuando cuando Nuestro Señor vuelva en gloria?

La multitud de obispos cómplices de la lacra que representan Francisco y León libra una guerra contra los verdaderos católicos; los reprimen y restringen, y la mayoría lo hace con la apática excusa de que “las órdenes son órdenes”. Si queremos resistir este abuso a manos de estos corruptos, necesitamos líderes que dirijan nuestros esfuerzos, generales para nuestro contraataque. Sin el poder y la autoridad del episcopado, estas almas jóvenes, que anhelan defender la Verdad, no encontrarán orientación ni liderazgo y lucharán solas y desunidas.

“Porque está escrito: Golpearé al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas” (Mateo 26:31).

Durante demasiado tiempo, los sacerdotes han trabajado incansablemente por las almas en pequeñas capillas de todo el mundo, aislados de sus hermanos en el sacerdocio y sin la figura paterna de un obispo que los guiara y consolara en medio de la tormenta. Durante demasiado tiempo, jóvenes dispuestos a servir se han visto obligados a soportar la opresión en los seminarios por cosas como rezar el rosario y recibir la Sagrada Comunión en la lengua. Esto se ha acabado.

Es por estos jóvenes sin maestro y estos sacerdotes sin guía; es por ellos por quienes, en esta etapa tardía de mi vida, acepto la vocación a la que Dios me llama. Que, mediante esta Consagración y bajo la protección de Nuestra Madre, pueda ser un canal de gracia para estos hombres, para que puedan seguir luchando por la gloria de la Santa Iglesia y el triunfo del Inmaculado Corazón.

Con devoción,

Padre Michael Mary, F.SS.R.
 

LA CARTA DE LOS SIETE DECANOS: ¿MATRIMONIOS INVÁLIDOS? (2017)

Un goteo de sacerdotes continuó protestando y renunciando por la nueva orientación de la FSSPX...

Por Sean Johnson


Para 2017 las filas de la FSSPX habían sido "purificadas" por todas las salidas de aquellos sacerdotes que fueron lo suficientemente valientes como para expresar su resistencia al nuevo rumbo, y otros que antes se habían opuesto a la manifestación, se quedaron mudos.

La excepción fue un conflicto de última hora provocado por la aceptación por parte de Fellay de las directrices matrimoniales del cardenal Müller, según las cuales la FSSPX aceptaría una delegación conciliar de facultades para celebrar matrimonios válidos, con un sacerdote del novus ordo recibiendo el consentimiento de los fieles y, posteriormente, un sacerdote de la FSSPX celebrando la Misa. Como alternativa, la autoridad conciliar podría delegar facultades al sacerdote de la FSSPX para recibir el consentimiento de los contrayentes.

El mensaje era claro: la FSSPX parecía dudar ahora de la validez de los matrimonios que había celebrado en el pasado. Pretendía fingir que simplemente aceptaba la jurisdicción para silenciar a quienes afirmaban haber celebrado matrimonios inválidos (un argumento muy similar al que se empleó para aceptar la jurisdicción conciliar para escuchar confesiones).

Pero en Francia, los sacerdotes de mayor rango, conocidos como decanos, no se dejaron engañar y, por unanimidad, junto con los superiores de los monasterios aliados de los capuchinos de Morgon, los benedictinos de Bellaigue y el Monasterio de la Transfiguración, redactaron y firmaron la carta de protesta que sigue. Por un momento, surgió la esperanza de que aún quedara algo de resistencia dentro de la Sociedad, pero esa esperanza se desvaneció rápidamente.

En respuesta a esta carta, todos los decanos fueron trasladados o degradados como castigo, con el fin de disolver su influencia colectiva, mientras que los monasterios volvieron a someterse para preservar el acceso a las ordenaciones. Ninguno de ellos abandonó ni rompió su alianza con la FSSPX (aunque Bellaigue lo haría unos años después), y este episodio puso fin a la última oposición masiva significativa a la nueva orientación de la Sociedad de San Pío X. El obispo Fellay había cumplido su cometido a la perfección.

Las notas a pie de página son originales de la carta.

☙❧ ☙❧ ☙❧ 

7 de mayo de 2017

Queridos fieles:

El pasado 4 de abril, la Comisión Pontificia Ecclesia Dei publicó una carta de su presidente, el cardenal Müller, relativa a los matrimonios celebrados por sacerdotes de la FSSPX. Este documento, aprobado explícitamente por el Papa, quien ordenó su publicación, tiene como objetivo regular los matrimonios celebrados dentro de la Tradición Católica.

Tras esta carta, una vasta campaña de comunicación, proveniente de fuentes muy diversas, pretendía hacernos creer que, con este gesto, el Papa reconocía los matrimonios que celebramos de forma pura y simple; es decir, que reconocía la validez de todos los matrimonios que hemos celebrado hasta ahora. La realidad, lamentablemente, es muy distinta.

Dado que esta cuestión les afecta más directamente, ya que concierne a su hogar, a sus hijos en edad de contraer matrimonio, a su futuro, debemos dejarles claro el verdadero significado de este documento romano para nuestra actitud.

La validez evidente de nuestros matrimonios

Como saben, desde hace cuarenta años las autoridades romanas se niegan a reconocer la validez de los matrimonios que celebramos, a pesar de la ley de la Iglesia.

Ciertamente, esta ley prevé que el sacramento del matrimonio se celebre ante el párroco o su representante, y en presencia de dos testigos [1]. Esto es lo que se denomina la forma canónica del matrimonio, necesaria para su validez. Sin embargo, dado que los sacerdotes de la Sociedad de San Pío X no son ni párrocos ni sus representantes, algunos sostienen que los matrimonios que celebran carecen de validez por falta de forma canónica. Por este motivo, tanto los tribunales matrimoniales romanos como diocesanos no dudan en declarar nulos estos matrimonios. Al hacerlo, sin embargo, contravienen la ley más fundamental de la Iglesia [2].

En efecto, este mismo derecho canónico [3] prevé casos en los que “no sea posible, sin graves inconvenientes, acudir a buscar un asistente competente según la ley”. En los casos en que dicha situación vaya a durar más de treinta días, el derecho canónico reconoce el derecho de los contrayentes a intercambiar sus votos válida y lícitamente ante testigos laicos; es decir, sin un párroco ni un sacerdote que sea su representante. Sin embargo, para la licitud del acto, los contrayentes deben recurrir, de ser posible, a cualquier sacerdote. Un matrimonio celebrado de esta manera se realiza según una forma denominada extraordinaria. Es bajo esta forma que, durante cuarenta años, hemos recibido intercambios de votos válida y lícitamente, sin que exista duda alguna.

El estado de necesidad

Como bien saben, no cabe duda de la extraordinaria y dramática situación en la que se encuentra la Iglesia [4]. Hoy sufre aún más por lo que el arzobispo Lefebvre denominó “la jugada maestra de Satanás”: “la propagación de principios revolucionarios utilizando la autoridad de la propia Iglesia” [5]. Observamos, en efecto, cómo las autoridades eclesiásticas, desde la sede de Pedro hasta el párroco, perjudican la fe católica mediante un humanismo delictivo que, al exaltar el culto a la conciencia, destrona especialmente a Nuestro Señor Jesucristo. Así, el reinado de Cristo sobre las sociedades humanas es simplemente ignorado o incluso combatido, y la Iglesia se ve invadida por este espíritu liberal que se manifiesta especialmente en la libertad religiosa, el ecumenismo y la colegialidad. Mediante este espíritu, se cuestiona la naturaleza misma de la Redención obrada por Cristo; se niega, de hecho, a la Iglesia Católica, la única arca de la salvación. La moral católica, ya de por sí sacudida hasta sus cimientos, es subvertida por el Papa Francisco, por ejemplo, cuando abrió explícitamente el camino a la comunión para los divorciados "vueltos a casar" que viven en pecado.

Esta actitud dramática de las autoridades eclesiásticas, sin duda, genera una situación de necesidad para los fieles. En efecto, no solo existe un grave inconveniente, sino el peligro aún más real de poner la salvación de su alma en manos de pastores imbuidos de este espíritu “adúltero” [6], un espíritu tan destructivo para la fe como para la moral. No nos queda otra opción que protegernos de tales autoridades, porque se encuentran “en una situación de permanente incoherencia y contradicción” y porque “mientras no se resuelva esta ambigüedad, los desastres se multiplicarán dentro de la Iglesia” [7]. Vivimos en circunstancias en las que la verdadera obediencia nos exige desobedecer [8], pues “es mejor obedecer a Dios que a los hombres” (Hechos 5, 29).

Mientras no se resuelva esta ambigüedad por parte de las autoridades eclesiásticas, persistirá el grave inconveniente previsto en el canon 1098, y por lo tanto, se justificará la celebración de matrimonios en la forma extraordinaria.

Es más, puesto que el matrimonio, como todo sacramento, implica una profesión de fe, no podemos negar el derecho que tienen los fieles a los sacramentos imponiéndoles un ministro que habitualmente orienta su ministerio hacia la dirección adúltera oficializada en el Concilio Vaticano II, cuando tienen la posibilidad de recurrir a un sacerdote que esté libre de esta transgresión contra la fe.

El alcance del documento romano

A la luz de estos principios, el verdadero alcance del documento romano se hace evidente. Al persistir en la peligrosa línea del Concilio Vaticano II, las autoridades romanas simplemente les niegan la forma extraordinaria del matrimonio, al negar el estado de necesidad. Este documento, por lo tanto, tiene como objetivo que recurran a un sacerdote diocesano para su matrimonio, dejando a los sacerdotes de la FSSPX únicamente la posibilidad de celebrar la Misa nupcial posterior. La Comisión Ecclesia Dei prevé, en efecto, que, “en la medida de lo posible, la delegación del Ordinario para asistir al matrimonio [de los fieles de la FSSPX] se otorgará a un sacerdote de la diócesis (o al menos a un sacerdote con plena regularidad) para recibir el consentimiento de las partes […]; después de lo cual seguirá la celebración de la Misa nupcial por un sacerdote de la Fraternidad”.

Solo en casos de imposibilidad, cuando no exista un sacerdote de la diócesis que pueda recibir el consentimiento de las partes, el Ordinario otorgará directamente las facultades necesarias al sacerdote de la Fraternidad Sacerdotal. En otras palabras, solo en casos de necesidad —cuya naturaleza desconocemos, puesto que ya no hablamos del grave daño que el espíritu liberal causa a la fe católica— el obispo podría delegar la celebración de matrimonios a un sacerdote de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Todos los demás matrimonios celebrados por un sacerdote de la Fraternidad sin la delegación explícita del Ordinario seguirían siendo considerados inválidos por las autoridades supremas actuales.

Además de ser tan injusta como nula, tal decisión constituye una nueva violación del espíritu de la ley. La Comisión Ecclesia Dei permite, de hecho, algo que ni siquiera el nuevo Código de Derecho Canónico permitía: someter la forma extraordinaria del matrimonio a la voluntad del Ordinario local, y esto a expensas del derecho natural al matrimonio [9].

Nuestros matrimonios, sin duda válidos ayer, hoy y mañana.

Mientras dure este estado dramático de la Iglesia y la ambigüedad destructiva en la que viven las más altas autoridades eclesiásticas, continuaremos utilizando la forma extraordinaria del matrimonio sin permitir que sea indebidamente dictada por el Ordinario local.

Por lo tanto, continuaremos celebrando nuestros matrimonios de manera válida y lícita en nuestras iglesias y capillas, como siempre lo hemos hecho hasta ahora, remitiéndonos a los cánones 1098 del antiguo código y 1116 del nuevo código, independientemente de cualquier acuerdo previo del Ordinario local.

A quienes objetan que tal práctica sería inválida a partir de ahora, dado que las autoridades eclesiásticas ofrecen la posibilidad de delegación ordinaria, respondemos que el estado de necesidad que legitima nuestra forma de actuar no es canónico, sino dogmático; que la imposibilidad de recurrir a las autoridades actuales no es física, sino moral. Sencillamente, no queremos abandonar a las almas que, acorraladas por las circunstancias, se encomiendan a nuestro ministerio. No han huido de autoridades corruptas solo para que se las impongamos durante una de las ceremonias más importantes de su vida. Además, quienes plantean tal objeción demuestran un profundo desconocimiento del derecho canónico, que razona de manera diferente. Este permite a los fieles, en efecto, colocarse voluntariamente en estado de necesidad para contraer matrimonio válida y lícitamente según la forma extraordinaria, aun teniendo la posibilidad de actuar de otra manera [10].

En el caso de que algunos fieles obtengan del párroco la posibilidad de celebrar su boda en la iglesia parroquial, mantendremos nuestras sabias costumbres establecidas a lo largo del tiempo. En la medida en que el párroco sea habitualmente favorable a la Tradición de la Iglesia y nos permita predicar, no vemos inconveniente alguno en que reciba los votos según el rito tradicional, dejando la celebración de la Misa [11] a un sacerdote de nuestra Sociedad. Sin embargo, nos negaremos a celebrar la Misa si se nos niega la delegación requerida en favor, por ejemplo, de un sacerdote de la Ecclesia Dei.

Por el bien del sacramento del matrimonio, por el bien de sus hogares, por el bien de sus almas, no pretendemos someter la causa de sus matrimonios a una jurisdicción eclesiástica cuyos tribunales declaran nulos matrimonios que ciertamente son válidos, con el falso pretexto de la falta de madurez psicológica de la pareja. Sabemos, además, hasta qué punto estos mismos tribunales ratifican un divorcio católico de facto mediante el sesgo del procedimiento simplificado de anulación matrimonial promulgado por el Papa Francisco. Por ello, seguiremos reconociendo como juez supremo de estas cuestiones únicamente a la comisión de San Carlos Borromeo, que la Sociedad de San Pío X tuvo que establecer precisamente a raíz de estas declaraciones de nulidad que ciertamente son inválidas.

Conclusión

Finalmente, expresemos nuestro profundo asombro ante esta decisión romana y la repercusión que ha tenido. La Prelatura Personal que se ofrece a la Sociedad de San Pío X debía reconocernos como somos y mantenernos independientes de los Ordinarios locales. Sin embargo, las primeras decisiones consisten en someter injustamente nuestros matrimonios a dichos Ordinarios, para luego condicionar la apertura de nuestras nuevas casas mañana a su aprobación. Esto demuestra la gran duplicidad que impera, no solo en el ámbito de la fe y la moral, sino también en estas cuestiones canónicas.

Además, en este año del centenario de las apariciones de Fátima, invocamos al Inmaculado Corazón de María no para que ponga fin a nuestra situación canónica, que algunos consideran irregular, sino para que la Iglesia se libere de la ocupación modernista y sus más altas autoridades retomen el camino seguido por la Iglesia hasta el Concilio Vaticano II. Será entonces cuando nuestros obispos podrán volver a poner su episcopado en manos del Sumo Pontífice [12].

Padre David Aldalur, decano del decanato de Burdeos

Padre Xavier Beauvais, decano del decanato de Marsella

Padre François-Xavier Camper, decano del decanato de Lyon.

Padre Bruno France, decano del decanato de Nantes

Padre Thierry Gaudray, decano del decanato de Lille

Padre Patrick de La Rocque, Decano del Decanato de París

Padre Thierry Legrand, decano del decanato de Saint-Malo

También firmantes de esta carta:

Reverendo Padre Jean-Marie, Superior de la Fraternidad de la Transfiguración

El reverendo padre Placide, prior benedictino del monasterio de Bellaigue.

Reverendo Padre Antoine, Guardián del monasterio capuchino de Morgon

Notas:

[1] Código de 1917, canon 1094; Código de 1983, canon 1108

[2] Estos son, en efecto, los axiomas fundamentales del derecho que están en cuestión: “La ley suprema es la salvación de las almas” y “Los sacramentos son para hombres bien dispuestos”.

[3] Código de 1917, canon 1098; Código de 1983, canon 1116

[4] Aun cuando existiera alguna duda sobre la existencia de esta situación excepcional que autoriza el uso de la forma extraordinaria de matrimonio, debe destacarse que, según la ley, la Iglesia supliría la jurisdicción faltante (Código de 1917, canon 209; Código de 1983, canon 144), conservando así toda la validez del acto.

[5] Arb. Lefebvre, “Satan's Masterstroke” (edición francesa, “Le Coup de Maitre de Satan” editorial St. Gabriel, 1977, p.5-6)

[6] Arzobispo Lefebvre, ‘Declaration on the occasion of episcopal consecration of several SSPX priests’, (Declaración con motivo de la consagración episcopal de varios sacerdotes de la FSSPX), en Fideliter, 29 y 30 de junio de 1988.

[7] Arb. Lefebvre, “Satan's Masterstroke” (edición francesa, “Le Coup de Maitre de Satan” editorial St. Gabriel, 1977, p.5-6)

[8] Arzobispo Lefebvre, Can Obedience Oblige us to Disobey (¿Puede la obediencia obligarnos a desobedecer?) nota del 29/03/1988 en Fideliter 29 y 30 de junio de 1988.

[9] Cf. André Sale, La forma straodinaria e il ministro della celebrazione del matrimonio secondo il codice latino e orientale, éditions Pontificia Universita Gregoriana, Roma 2003, pp. 142 à 154: en vísperas del Vaticano II, varios obispos y cardenales exigieron una modificación del canon 1098 relativo a la forma extraordinaria del matrimonio. Para evitar abusos en el uso de esta forma, propusieron que ya no se permitiera su uso sin que los cónyuges hubieran intentado al menos recurrir al Ordinario local, y nunca en contra de los deseos de este último. Asimismo, en la IV sesión del Concilio se propuso un proyecto de modificación de dicho canon: “[Forma extraordinaria Celebrationis matrimonii] Ad valide contrahendum matrimonium coram solis testibus extra periculum mortis, praeter conditiones praescriptas in can. 1098 CIC, requiritur : a) ut petitio Ordinario loci facienda, si fieri possit, omissa non fuerit, vel matrimonium non celebretur nisi post mensem ab interposita requeste sine responsione ; b) ut matrimonium non celebretur contra ordinarii vetitum (Conc. Vatic. II ; Periodus III, en AS 3, pars 8, 1075” ([La forma extraordinaria de matrimonio] para contraer matrimonio válidamente fuera del peligro de muerte y sólo ante testigos, y más allá de las condiciones prescritas en el canon 1098, se requiere: a) que la solicitud a formular a) que el ordinario local no se haya omitido, si es posible, o que el matrimonio no se celebre antes de que transcurra un mes desde que se envió la solicitud sin haber recibido respuesta; b) que el matrimonio no se celebre en contra de la prohibición del ordinario”.

Durante una difícil discusión, los Padres conciliares decidieron por mayoría dejar la decisión en manos del Papa o de una Comisión para la revisión del derecho canónico. Esta comisión volvería a tratar este tema en varias ocasiones (en 1970, 1975, 1977, 1978 y 1982), pero las discusiones fueron acaloradas. Finalmente, el canon 1116 del nuevo código repitió sustancialmente el antiguo canon 1098, sin introducir la más mínima obligación de recurrir al ordinario para utilizar la forma extraordinaria del matrimonio. El motivo era garantizar el derecho natural al matrimonio en todas las circunstancias.

[10] El 13 de marzo de 1910, la Sagrada Congregación para los Sacramentos declaró válido ante solo dos testigos el matrimonio de quienes, para eludir la ley, viajan a un lugar donde existe imposibilidad común. Cf. Naz, Traité de Droit Canonique in canon 1098, T. II n° 426 p.377 nota 2.

[11] Al hacer esto, no pretendemos respaldar la manifiesta injusticia de la nueva decisión romana, que hace que un sacerdote de la Sociedad de San Pío X sea incapaz de recibir jurisdicción de un párroco, y frustra a este último un poder que le es ordinario.

[12] Arzobispo Lefebvre, Declaration on the occasion of episcopal consecration of several SSPX priests (Declaración con motivo de la consagración episcopal de varios sacerdotes de la FSSPX), en Fideliter, 29 y 30 de junio de 1988.