jueves, 5 de marzo de 2026

EL MODERNISMO COMO FILOSOFÍA Y SUS CONSECUENCIAS

Con el llamado “concilio Vaticano II”, se produjo la toma hostil final de la teología por parte del modernismo.

Por el padre Bernhard Zaby


Muchos, si no la mayoría, de nuestros contemporáneos ya no comprenden el modernismo porque no lo entienden como un sistema; o, para ser más precisos, como un sistema filosófico. El modernismo no es, en primer lugar, una teología, sino ante todo, es una filosofía. Es decir, el modernismo siempre presupone una determinada visión del mundo, siempre ha tomado una decisión filosófica previa, de la que se deriva lógicamente su especial concepción de la religión. Nadie lo vio tan claramente como Pío X, el gran Papa antimodernista de principios del siglo XX. En su encíclica Pascendi dominici gregis del 8 de septiembre de 1907, hace más de 100 años, expone de manera aún insuperable los fundamentos intelectuales del modernismo. Por lo tanto, queremos seguir sus explicaciones, en la medida en que se refieren a nuestro tema, para obtener una mayor claridad sobre lo que realmente es el modernismo, y así poder reaccionar adecuadamente como católicos.

El mundo intelectual moderno tiene una larga historia filosófica. Al comienzo de esta historia, a diferencia de lo que ocurre en la filosofía escolástica, no existe el asombro de que exista algo absoluto, de que haya algo en lugar de nada, sino la duda de si hay algo que se pueda conocer con certeza. Por lo tanto, la filosofía moderna es sobre todo una historia de la duda. A lo largo de diferentes etapas de desarrollo, esta duda destruye gradualmente toda metafísica, de modo que finalmente solo quedan del mundo cognoscible fenómenos externos sin ningún contenido espiritual. Estos fenómenos puramente externos, solo perceptibles por los sentidos, son a partir de entonces para esta filosofía la única realidad racionalmente accesible para el ser humano. El mundo se convierte en mera materia, materia sin realidad espiritual como fundamento. Toda la superestructura metafísica de nuestro mundo se ha desmoronado con el tiempo en una duda constante; desde el punto de vista espiritual, nos encontramos ante la nada. A esta filosofía se la suele llamar “agnosticismo”.

Pío X afirmó en su encíclica que esta filosofía es, a su vez, la base intelectual del modernismo:

Comencemos ya por la filosofía (* = la más alta de las ciencias puramente naturales). Los modernistas establecen, como base de su filosofía religiosa, la doctrina comúnmente llamada agnosticismo (* = la doctrina de la completa incognoscibilidad de Dios). La razón humana, encerrada rigurosamente en el círculo de los fenómenos (* = todo lo perceptible a los cinco sentidos), es decir, de las cosas que aparecen, y tales ni más ni menos como aparecen, no posee facultad ni derecho de franquear los límites de aquéllas. Por lo tanto, es incapaz de elevarse hasta Dios, ni aun para conocer su existencia, de algún modo, por medio de las criaturas: tal es su doctrina. De donde infieren dos cosas: que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia (* = la construcción racionalmente ordenada del conocimiento); y, por lo que a la historia pertenece, que Dios de ningún modo puede ser sujeto de la historia (1).

Si se toma en serio el agnosticismo desde el punto de vista filosófico, Dios permanece oculto tras un muro impenetrable para la razón humana. La consecuencia inmediata de ello es que Dios nunca puede ser objeto directo de la ciencia. Su existencia, su esencia y sus atributos son y seguirán siendo incognoscibles para el ser humano. Por lo tanto, el ser humano no puede afirmar nada razonable sobre la existencia de Dios. Y si ni siquiera se puede afirmar con certeza que Dios existe, entonces, naturalmente, tampoco puede ser objeto de la historia. Es fácil comprender que esta filosofía tiene consecuencias devastadoras para toda la religión. El gran Papa antimodernista también señala expresamente estas consecuencias:

Después de esto, ¿que será de la teología natural (* = conocimientos racionales y ordenados sobre Dios), de los motivos de credibilidad (* = prueba racional de la revelación), de la revelación externa? (* = obra visible de Dios según las Sagradas Escrituras, expuesta por la Iglesia). No es difícil comprenderlo. Suprimen pura y simplemente todo esto para reservarlo al intelectualismo (* = comprensión racional como base de todo conocimiento), sistema que, según ellos, excita compasiva sonrisa y está sepultado hace largo tiempo. 

Nada les detiene, ni aun las condenaciones de la Iglesia contra errores tan monstruosos. Porque el Concilio Vaticano I (* 1870/71) decretó lo que sigue: “Si alguno dijere que la luz natural de la razón humana es incapaz de conocer con certeza, por medio de las cosas creadas, el único y verdadero Dios, nuestro Creador y Señor, sea excomulgado”. Igualmente: “Si alguno dijere no ser posible o conveniente que el hombre sea instruido, mediante la revelación divina, sobre Dios y sobre el culto a él debido, sea excomulgado”. Y por último: “Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos exteriores, y que, en consecuencia, sólo por la experiencia individual o por una inspiración privada deben ser movidos los hombres a la fe, sea excomulgado” (2).

Los modernistas rechazan por completo la revelación natural, las condiciones previas de la fe y la revelación externa, porque, de acuerdo con sus premisas filosóficas, ya han rechazado toda la base racional de la fe. Para los modernistas, esta base racional es puro “intelectualismo”, en el que solo ven un sistema ridículo y obsoleto. El Concilio Vaticano I todavía había intentado condenar tales extravíos, pero, lamentablemente, un número tan grande de eruditos católicos ya se había contagiado de la epidemia de la filosofía moderna, que “ni siquiera les molesta que la Iglesia haya condenado clara y rotundamente tales aberraciones”. Solo unos pocos reconocieron que el agnosticismo, el escepticismo moderno, no solo aclara los supuestos extravíos supersticiosos, sino que destruye todo el fundamento de cualquier religión. Un Dios que es un mero postulado de la razón práctica, un Dios cuya esencia nos permanece completamente oculta, un Dios que nunca puede ser comprendido por nuestra razón, es en última instancia un mero ser fabuloso, y tal ser fabuloso, por supuesto, ya no tiene ningún significado científico. Este Dios incognoscible se desliza inexorablemente hacia la esfera irracional de los sentimientos, donde ya no existe ninguna obligatoriedad objetiva. Así, finalmente, el mundo humano se divide en dos: por un lado están las ciencias (naturales) racionales y, por otro, la fe irracional.


Ahora bien, sorprendentemente, a los modernistas no les molesta en absoluto esta división del mundo. Al contrario, dicen que es mejor así, ya que si la ciencia y la fe pertenecen a ámbitos completamente diferentes de la experiencia humana, entonces no puede haber ningún conflicto entre ambas, siempre y cuando cada una permanezca en su propio ámbito. En otras palabras: la fe no puede decir nada sobre la ciencia, y la ciencia nada sobre la fe.

Vemos que el modernista toma una decisión previa de gran alcance que le sugiere su agnosticismo: la ciencia no debe conocer a Dios. No debe conocerlo porque, aunque existiera, nunca podría reconocerlo. Por lo tanto, lo único razonable es excluir desde el principio todo lo divino de nuestra investigación científica y explicarlo todo de forma puramente natural. Este “explicarlo todo de forma puramente natural” es una característica fundamental del modernismo. En sentido estricto, el modernismo no es una creencia, sino que, al igual que la filosofía subyacente es la duda sistemática, es una duda sistemática de la fe que, en última instancia, si se piensa de forma coherente hasta el final, termina en el ateísmo.

En su encíclica, tras analizar los fundamentos del modernismo, San Pío X muestra los estragos que este principio modernista causa en diversas disciplinas teológicas. A continuación, expondremos brevemente sus ideas con respecto a la ciencia histórica:

Con lo expuesto hasta aquí, venerables hermanos, tenemos bastante y sobrado para formarnos cabal idea de las relaciones que establecen los modernistas entre la fe y la ciencia, bajo la cual comprenden también la historia.

Ante todo, se ha de asentar que la materia de una está fuera de la materia de la otra y separada de ella. Pues la fe versa únicamente sobre un objeto que la ciencia declara serle incognoscible; de aquí un campo completamente diverso: la ciencia trata de los fenómenos, en los que no hay lugar para la fe; ésta, por lo contrario, se ocupa enteramente de lo divino, que la ciencia desconoce por completo. De donde se saca en conclusión que no hay conflictos posibles entre la ciencia y la fe; porque si cada una se encierra en su esfera, nunca podrán encontrarse ni, por lo tanto, contradecirse.

Si tal vez se objeta a eso que hay en la naturaleza visible ciertas cosas que incumben también a la fe, como la vida humana de Jesucristo, ellos lo negarán. Pues aunque esas cosas se cuenten entre los fenómenos, mas en cuanto las penetra la vida de la fe, y en la manera arriba dicha, la fe las transfigura y desfigura, son arrancadas del mundo sensible y convertidas en materia del orden divino (3)

La fe y la ciencia, como ya hemos visto, son completamente distintas porque no tienen nada en común, así como lo cognoscible y lo incognoscible no tienen nada en común. La ciencia moderna es, por naturaleza, atea; no conoce a Dios, mientras que la fe se ocupa precisamente de la divinidad. El Papa objetó que obviamente hay cosas en el mundo que pertenecen a ambos ámbitos simultáneamente, especialmente la vida de Jesús. Entonces, ¿cómo aborda uno, como modernista, la vida de Jesús? Pío X lo explica:

Así, al que todavía preguntase más, si Jesucristo ha obrado verdaderos milagros y verdaderamente profetizado lo futuro; si verdaderamente resucitó y subió a los cielos: 'no', contestará la ciencia agnóstica 
(* = limitada a los fenómenos); 'sí', dirá la fe. Aquí, con todo, no hay contradicción alguna: la negación es del filósofo, que habla a los filósofos (científicos) y que no mira a Jesucristo sino según la realidad histórica; la afirmación es del creyente, que se dirige a creyentes y que considera la vida de Jesucristo como vivida de nuevo por la fe y en la fe (4).

Para el modernista, existe una situación muy peculiar de “ambos/y”. Por un lado, nuestro Señor Jesucristo obviamente no realizó milagros, porque los milagros son imposibles en el mundo; todo siempre procede estrictamente según las leyes de la naturaleza. Por otro lado, sí realizó milagros, porque la gente de aquella época experimentó la vida de Jesús como algo milagroso, razón por la cual posteriormente glorificaron su vida mediante milagros (inventados) en su fe. También se podría decir: Como los primeros cristianos imaginaron la vida de Jesús como algo milagroso, también fue milagrosa para ellos. Y tal imaginación (= experiencia subjetiva de fe) debe tomarse en serio en retrospectiva, como lo expresa la terminología modernista.


Esta esquizofrenia intelectual —que es lo que realmente es— es, por supuesto, insostenible en la vida real. En algún momento, hay que decidir qué se quiere tomar en serio y qué no. Según Pío X, esta decisión para los modernistas se resume así:

... se engañaría muy mucho el que creyese que podía opinar que la fe y la ciencia por ninguna razón se subordinan la una a la otra; de la ciencia sí se podría juzgar de ese modo recta y verdaderamente; mas no de la fe, que, no sólo por una, sino por tres razones está sometida a la ciencia. Pues, en primer lugar, conviene notar que todo cuanto incluye cualquier hecho religioso, quitada su realidad divina y la experiencia que de ella tiene el creyente, todo lo demás, y principalmente las fórmulas religiosas, no sale de la esfera de los fenómenos, y por eso cae bajo el dominio de la ciencia. Séale lícito al creyente, si le agrada, salir del mundo; pero, no obstante, mientras en él viva, jamás escapará, quiéralo o no, de las leyes, observación y fallos de la ciencia y de la historia.

Además, aunque se ha dicho que Dios es objeto de sola la fe, esto se entiende tratándose de la realidad divina y no de la idea de Dios. Esta se halla sujeta a la ciencia, la cual, filosofando en el orden que se dice lógico, se eleva también a todo lo que es absoluto e ideal (* = el ámbito de las ideas y los conceptos). Por lo tanto, la filosofía o la ciencia tienen el derecho de investigar sobre la idea de Dios, de dirigirla en su desenvolvimiento y librarla de todo lo extraño que pueda mezclarse... (5).

Es evidente que mientras la humanidad conserve un mínimo de razón, no tomará en serio las creencias modernistas y, por lo tanto, las subordinará a la ciencia. Esta subordinación conduce a un proceso de depuración, al final del cual —podríamos llamarlo así— yace “un concepto ateo de Dios”, es decir, una contradicción intrínseca.

Desde el principio, caracterizamos el modernismo como una duda sistemática, es decir, como un sistema inherentemente contradictorio. Como tal, el modernismo es en sí mismo un fenómeno muy moderno, es decir, irracional-emocional. Hoy en día, algunos “filósofos” incluso hablan de razón emocional en contraposición a la lógica. Por lo tanto, no es sorprendente que la fe irracional-emocional deba ir constantemente a la zaga de la ciencia racional, al igual que la razón emocional debe ir constantemente a la zaga de la razón lógica. Pues, en última instancia, solo se puede juzgar y discutir racionalmente lo que es lógicamente comprensible. Pío X también abordó este fenómeno en su encíclica:

... de aquí el axioma de los modernistas: “la evolución religiosa ha de ajustarse a la moral y a la intelectual”; esto es, como ha dicho uno de sus maestros, “ha de subordinarse a ellas”.

Añádase, en fin, que el hombre no sufre en sí la dualidad; por lo cual el creyente experimenta una interna necesidad que le obliga a armonizar la fe con la ciencia, de modo que no disienta de la idea general que la ciencia da de este mundo universo. De lo que se concluye que la ciencia es totalmente independiente de la fe; pero que ésta, por el contrario, aunque se pregone como extraña a la ciencia, debe sometérsele (6).

Basta con echar un vistazo a la “teología” modernista para encontrar esta observación confirmada una y otra vez. La llamada fe moderna no es más que un apéndice superfluo de la ciencia moderna. Pero el creyente moderno, al parecer, se ha acostumbrado tanto a ser un apéndice superfluo que ya no le preocupa personalmente. Simplemente cree en algo nuevo cada día, ¡y eso, en sí mismo, se considera moderno!

En épocas anteriores, durante la era católica, las cosas eran bastante diferentes:

Todo lo cual, venerables hermanos, es enteramente contrario a lo que Pío IX, nuestro predecesor, enseñaba cuando dijo: “Es propio de la filosofía, en lo que atañe a la religión, no dominar, sino servir; no prescribir lo que se ha de creer, sino abrazarlo con racional homenaje; no escudriñar la profundidad de los misterios de Dios, sino reverenciarlos pía y humildemente”. Los modernistas invierten sencillamente los términos: a los cuales, por consiguiente, puede aplicarse lo que ya Gregorio IX, también predecesor nuestro, escribía de ciertos teólogos de su tiempo: “Algunos entre vosotros, hinchados como odres por el espíritu de la vanidad, se empeñan en traspasar con profanas novedades los términos que fijaron los Padres, inclinando la inteligencia de las páginas sagradas... a la doctrina de la filosofía racional, no fiara algún provecho de los oyentes, sino para ostentación de la ciencia... Estos mismos, seducidos por varias y extrañas doctrinas, hacen de la cabeza cola, y fuerzan a la reina a servir a la esclava” (7).

Cuando la fe aún se reconocía como verdad divinamente revelada, la filosofía era su servidora, y la ciencia secular también servía a la fe divina. Solo la fe divina nos garantiza, en última instancia, la certeza absoluta, mientras que el conocimiento humano de lo contingente es propenso al error en muchos aspectos. Y si consideramos, aunque sea brevemente, la frecuencia con la que la ciencia moderna ha citado los “últimos descubrimientos” en contra de la fe verdadera, solo para que se disipen rápidamente, entonces, como católicos, adquirimos una ecuanimidad soberana hacia estos últimos descubrimientos científicos. Pues al poco tiempo, estos últimos descubrimientos científicos suelen quedar obsoletos, mientras que la fe divina perdura para la eternidad. Es comprensible que los modernistas carezcan por completo de tal ecuanimidad, pues su “fe” ya no tiene fundamento sólido y, en consecuencia, se han vuelto completamente dependientes de la ciencia moderna.


Pío X también aborda el impacto que esta actitud esquizofrénica de los modernistas tiene en sus escritos:

Y todo esto, en verdad, se hará más patente al que considera la conducta de los modernistas, que se acomoda totalmente a sus enseñanzas. Pues muchos de sus escritos y dichos parecen contrarios, de suerte que cualquiera fácilmente reputaría a sus autores como dudosos e inseguros. Pero lo hacen de propósito y con toda consideración, por el principio que sostienen sobre la separación mutua de la fe y de la ciencia. De aquí que tropecemos en sus libros con cosas que los católicos aprueban completamente; mientras que en la siguiente página hay otras que se dirían dictadas por un racionalista (* = entre otras cosas, un negador de la revelación sobrenatural). Por consiguiente, cuando escriben de historia no hacen mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los templos la confiesan firmísimamente. Del mismo modo, en las explicaciones de historia no hablan de concilios ni Padres; mas, si enseñan el catecismo, citan honrosamente a unos y otros (8).

Este fenómeno de la escritura modernista se ha mantenido inalterado a lo largo de las décadas: en sus libros, encontramos cosas que un católico podría respaldar con entusiasmo; sin embargo, al pasar la página, uno podría pensar que un “racionalista” estaba al mando. Este es precisamente el peligro de los modernistas: en la superficie, mantienen cierta fachada católica y, por lo tanto, a menudo engañan a sus lectores desprevenidos. ¿Y cuántos, especialmente los católicos semiconservadores, todavía se dejan engañar fácilmente hoy en día? Si un modernista pronuncia incluso una sola frase “católica”, inmediatamente aplauden con entusiasmo, creyendo que es un nuevo rayo de esperanza y que las cosas no son tan malas como afirman los eternos detractores.

Pocos católicos aún poseen la capacidad de discernir claramente los métodos de los modernistas. La mayoría espera una presentación coherente e internamente consistente de un tema, lo cual, según el modernismo, es imposible. Por el contrario, al modernista le gusta jugar con las contradicciones o desarrollar sus pensamientos de forma circular, permaneciendo en la vaguedad. Por lo tanto, es casi imposible atribuirle una afirmación específica. Esta es también la diferencia esencial entre los herejes de épocas anteriores y los modernistas. Los primeros se oponían abiertamente a las enseñanzas de la Iglesia; el modernista siempre permanece vago. Se niega a ser expulsado de la Iglesia bajo ninguna circunstancia. La única excepción a esto son las tropas de choque modernistas de izquierda, que proclaman abierta y vehementemente su incredulidad. Su tarea es impulsar la revolución, mientras que los modernistas conservadores se proponen establecerla.


Pío X señala otro fenómeno del modernismo que también se encuentra con frecuencia. Este también surge de la autocomprensión de la ciencia moderna y tiene sus raíces en la filosofía del agnosticismo y su supuesta objetividad:

Algunos de entre los modernistas, que se dedican a escribir historia, se muestran en gran manera solícitos por que no se les tenga como filósofos; y aun alardean de no saber cosa alguna de filosofía. Astucia soberana: no sea que alguien piense que están llenos de prejuicios filosóficos y que no son, por consiguiente, como afirman, enteramente objetivos (* = imparcial, factual). Es, sin embargo, cierto que toda su historia y crítica respira pura filosofía, y sus conclusiones se derivan, mediante ajustados raciocinios, de los principios filosóficos que defienden, lo cual fácilmente entenderá quien reflexione sobre ello.

Los tres primeros cánones de dichos historiadores o críticos son aquellos principios mismos que hemos atribuido arriba a los filósofos; es a saber: el agnosticismo, el principio de la transfiguración de las cosas por la fe, y el otro, que nos pareció podía llamarse de la desfiguración. Vamos a ver las conclusiones de cada uno de ellos.

Según el agnosticismo, la historia, no de otro modo que la ciencia, versa únicamente sobre fenómenos. Luego, así Dios como cualquier intervención divina en lo humano, se han de relegar a la fe, como pertenecientes tan sólo a ella.

Por lo tanto, si se encuentra algo que conste de dos elementos, uno divino y otro humano — como sucede con Cristo, la Iglesia, los sacramentos y muchas otras cosas de ese género —, de tal modo se ha de dividir y separar, que lo humano vaya a la historia, lo divino a la fe. De aquí la conocida división, que hacen los modernistas, del Cristo histórico y el Cristo de la fe; de la Iglesia de la historia, y la de la fe; de los sacramentos de la historia, y los de la fe; y otras muchas a este tenor.

Las tres reglas fijas más importantes de este tipo de historiador y crítico son, como se mencionó, precisamente los principios que encontramos anteriormente en sus filósofos: a saber, el agnosticismo (la incognoscibilidad científica y la irrelevancia de Dios), la visión de la transfiguración de las cosas mediante la fe, y el otro principio, que hemos llegado a reconocer como la visión de la distorsión. Consideremos las consecuencias de cada uno de estos principios. — Según el agnosticismo, la historia, al igual que la ciencia (natural), se ocupa únicamente de los fenómenos (apariencias perceptibles). Dios y cualquier intervención de Dios en la historia humana deben, por lo tanto, relegarse al ámbito de la fe: pues solo allí reside su dominio.

Después, el mismo elemento humano que, según vemos, el historiador reclama para sí tal cual aparece en los monumentos, ha de reconocerse que ha sido realzado por la fe mediante la transfiguración más allá de las condiciones históricas. Y así conviene de nuevo distinguir las adiciones hechas por la fe, para referirlas a la fe misma y a la historia de la fe; así, tratándose de Cristo, todo lo que sobrepase a la condición humana, ya natural, según enseña la psicología, ya la correspondiente al lugar y edad en que vivió.

Además, en virtud del tercer principio filosófico, han de pasarse también como por un tamiz las cosas que no salen de la esfera histórica; y eliminan y cargan a la fe igualmente todo aquello que, según su criterio, no se incluye en la lógica de los hechos, como dicen, o no se acomoda a las personas. Pretenden, por ejemplo, que Cristo no dijo nada que pudiera sobrepasar a la inteligencia del vulgo que le escuchaba. Por ello borran de su historia real y remiten a la fe cuantas alegorías aparecen en sus discursos (9).

Hoy en día, en el ámbito científico, se ha convertido en algo habitual pensar que solo se es imparcial si se es ateo, si se piensa sin Dios. Desde el punto de vista científico, Dios es hoy en día un prejuicio. Por lo tanto, solo se es imparcial y objetivo si se elimina de la ciencia todo lo que pueda recordar a Dios. Los modernistas trasladan esta visión por completo a su ámbito y afirman al mismo tiempo que todo esto no tiene nada que ver con la filosofía. Sin embargo, es cierto que toda su historia y su crítica no proclaman más que filosofía, y que todas sus conclusiones se derivan con lógica coherencia de sus principios filosóficos. Cualquiera que observe con atención lo nota fácilmente. Lamentablemente, los católicos no han observado con atención y se han dejado engañar por la máxima astucia.


Pío X pone ahora como ejemplo del proceder de los modernistas en la historia la doctrina sobre nuestro Señor Jesucristo. De acuerdo con los principios filosóficos, la vida de Cristo se divide en dos partes opuestas, de modo que, además del Cristo de la historia, existe para ellos un Cristo de la fe. El Cristo de la historia es aquel que realmente vivió; el Cristo de la fe es un producto de la fe de la comunidad primitiva. Si se quiere llegar al Cristo de la historia a través de la espesura de los testimonios de fe, hay que eliminar los elementos de la Iglesia primitiva que provienen de la fe. Es decir, hay que eliminar todo lo que de alguna manera va más allá de la vida normal. Porque el Cristo de la historia seguramente no dijo ni hizo nada que cualquier otra persona de aquella época no pudiera haber dicho o hecho. Dice Rudolf Bultmann que este proceso se denomina desmitificación. El santo Papa describe este sistema de desmitificación de la siguiente manera:

Nos parece que ya está claro cuál es el método de los modernistas en la cuestión histórica. Precede el filósofo; sigue el historiador; luego ya, de momento, vienen la crítica interna y la crítica textual. Y porque es propio de la primera causa comunicar su virtud a las que la siguen, es evidente que semejante crítica no es una crítica cualquiera, sino que con razón se la llama agnóstica, inmanentista, evolucionista; de donde se colige que el que la profesa y usa, profesa los errores implícitos de ella y contradice a la doctrina católica (10).

En realidad, para un católico la situación debería estar clara desde el principio: un católico nunca puede aceptar un sistema de incredulidad como este. Más bien, todo católico debe afirmar rotundamente que este sistema es contrario a la doctrina católica. Hay que tener siempre presente que, si el fundamento de una doctrina es una filosofía errónea, nunca podrá surgir de ella nada verdadero. La filosofía y la teología están demasiado estrechamente relacionadas entre sí. Por lo tanto, es lógico que el primer autor (es decir, el filósofo) siempre comunique sus propias ventajas a sus sucesores. ¡Y este procedimiento se vende entonces al público asombrado como una ciencia imparcial y objetiva!

Cabe preguntarse cómo fue posible que un sistema tan anticatólico ganara cada vez más terreno en la Iglesia, hasta convertirse en doctrina general de la Iglesia con el llamado concilio Vaticano II. Pío X ya abordó esta misma cuestión hace un siglo y dio una respuesta bastante convincente:

Siendo esto así, podría sorprender en gran manera que entre católicos prevaleciera este linaje de crítica. Pero esto se explica por una doble causa: la alianza, en primer lugar, que une estrechamente a los historiadores y críticos de este jaez, por encima de la variedad de patria o de la diferencia de religión; además, la grandísima audacia con que todos unánimemente elogian y atribuyen al progreso científico lo que cualquiera de ellos profiere y con que todos arremeten contra el que quiere examinar por sí el nuevo portento, y acusan de ignorancia al que lo niega mientras aplauden al que lo abraza y defiende. Y así se alucinan muchos que, si considerasen mejor el asunto, se horrorizarían.

A favor, pues, del poderoso dominio de los que yerran y del incauto asentimiento de ánimos ligeros se ha creado una como corrompida atmósfera que todo lo penetra, difundiendo su pestilencia (11).

El santo Papa, que vivió de cerca la crisis del primer modernismo, estaba convencido de que los modernistas no eran luchadores solitarios, sino que formaban un equipo organizado que ya entonces sabía perfectamente cómo posicionarse mutuamente. Además, este equipo no se limitaba a un solo país, sino que era internacional y, ya en aquella época (¡!), también interconfesional. Lamentablemente, los católicos no tenían nada comparable que ofrecer. Solo gracias al decidido compromiso de Pío X, el modernismo no arrasó mucho antes con todo lo católico. Por lo tanto, se puede decir con razón que el gran Papa antimodernista de principios del siglo XX fue un último regalo del Cielo a la Iglesia Católica. Pío X no solo analizó minuciosamente el modernismo en su encíclica, sino que también sacó las conclusiones necesarias. Lamentablemente, ya en aquella época muchos católicos no lo entendieron, por lo que su juicio contra los modernistas se consideró en muchos casos exagerado y su actuación contra ellos excesiva. Sin embargo, nunca se puede sobreestimar el peligro que el modernismo supone para nuestra santa fe.


Hacia el final de su encíclica, el santo Papa llega a la siguiente conclusión impactante:

Y ahora, abarcando con una sola mirada la totalidad del sistema, ninguno se maravillará si lo definimos afirmando que es un conjunto de todas las herejías. Pues, en verdad, si alguien intentara recopilar todos los errores que se han lanzado contra la fe y concentrar en uno solo la esencia de todos ellos, no podría lograrlo mejor que los modernistas. Pero han ido tan lejos que no sólo han destruido la religión católica, sino, como ya hemos indicado, absolutamente toda religión (* NB: ¡tanto las sobrenaturales como las naturales!). Por ello les aplauden tanto los racionalistas (* - pensadores ateos centrados en lo terrenal; ilustrados); y entre éstos, los más sinceros y los más libres reconocen que han logrado, entre los modernistas, sus mejores y más eficaces auxiliares (12).

Tras esta clara afirmación, Pío X vuelve a referirse a la filosofía del agnosticismo. Es necesario, en efecto, poner de manifiesto la importancia de esta filosofía para la religiosidad de cada creyente. Una filosofía puramente subjetivista tiene, en definitiva, consecuencias de gran alcance para la vida religiosa personal.

Pero volvamos un momento, venerables hermanos, a aquella tan perniciosa doctrina del agnosticismo (* = negación de la cognoscibilidad de Dios). Según ella, no existe camino alguno intelectual que conduzca al hombre hacia Dios; pero el sentimiento y la acción del alma misma le deparan otro mejor. Sumo absurdo, que todos ven. Pues el sentimiento del ánimo responde a la impresión de las cosas que nos proponen el entendimiento o los sentidos externos. Suprimid el entendimiento (solo), y el hombre se irá tras los sentidos exteriores (* vista, oído, etc.) con inclinación mayor aún que la que ya le arrastra (* NB: por el mero camino de la fantasía). Un nuevo absurdo: pues todas las fantasías acerca del sentimiento religioso no destruirán el sentido común (sano); y este sentido común (sano) nos enseña que cualquier perturbación o conmoción del ánimo no sólo no nos sirve de ayuda para investigar la verdad, sino más bien de obstáculo. Hablamos de la verdad en sí (* NB: es decir, según el entendimiento; que existe realmente fuera del interior del ser humano, objetivamente); esa otra verdad subjetiva (* = meramente “personal”), fruto del sentimiento interno y de la acción, si es útil para formar juegos de palabras, de nada sirve al hombre, al cual interesa principalmente saber si fuera de él hay o no un Dios en cuyas manos debe un día caer (13).

Los modernistas sacan las conclusiones correspondientes para la fe subjetiva del individuo a partir de sus propios postulados filosóficos. Si Dios es y sigue siendo completamente incognoscible para nosotros, entonces una “experiencia de Dios” ya no puede tener ningún valor objetivo, sino que debe ser un puro sentimiento del corazón. Para los modernistas, la condición previa para la experiencia subjetiva de Dios ya no es la fe objetiva en la revelación, sino que la sensibilidad humana hacia Dios se deja totalmente a su libre albedrío y se degrada a un puro sentimiento. Porque: “Si se deja de lado la razón, el hombre se inclinará aún más (NB: por el mero camino de la fantasía) a seguir los estímulos externos de los sentidos, por los que ya se siente atraído”. El sentimiento abandonado a sí mismo no da al hombre ningún apoyo, por lo que solo puede arrastrarlo cada vez más hacia abajo (hacia lo puramente sensual). ¡El deseo se convierte así en el padre de todos los pensamientos! Es decir, el deseo se convierte en el padre de la fe, porque esa otra verdad subjetiva, fruto de un sentimiento interior y generada por él, puede ser adecuada para el juego y la diversión, pero no aporta nada bueno al ser humano. La evolución le ha dado la razón al Papa: el sentimiento interior no ha dado lugar a una fe más profunda, sino a la sociedad del ocio y el entretenimiento: el juego y la diversión.

La palabra “experiencia” se ha convertido en un auténtico eslogan en la espiritualidad modernista. El hombre moderno quiere vivir constantemente sus propias experiencias personales. Solo cuando su propia experiencia le confirma algo, está dispuesto a aceptarlo. Entonces puede decir: “He tenido la misma experiencia que tú”. Pero, ¿qué utilidad tiene esta experiencia personal cuando se trata de la fe divina? Sigamos escuchando al santo Papa.

Para obra tan grande le señalan, como auxiliar, la experiencia. Y ¿qué añadiría ésta a aquel sentimiento del ánimo? Nada absolutamente; y sí tan sólo una cierta vehemencia, a la que luego resulta proporcional la firmeza y la convicción sobre la realidad del objeto. Pero, ni aun con estas dos cosas (*¡el sentimiento y su experiencia!), el sentimiento deja de ser sentimiento, ni le cambian su propia naturaleza siempre expuesta al engaño, si no se rige por el entendimiento; aun le confirman y le ayudan en tal carácter (sentimiento y experiencia), porque el sentimiento, cuanto más intenso sea, más sentimiento será.

En materia de sentimiento religioso y de la experiencia religiosa en él contenida (y de ello estamos tratando ahora), sabéis bien, venerables hermanos, cuánta prudencia es necesaria y al propio tiempo cuánta doctrina para regir a la misma prudencia. Lo sabéis por el trato de las almas, principalmente de algunas de aquellas en las cuales domina el sentimiento; lo sabéis por la lectura de las obras de ascética (* = doctrina sobre la práctica de la perfección cristiana): obras que los modernistas menosprecian, pero que ofrecen una doctrina mucho más sólida y una sutil sagacidad mucho más fina que las que ellos se atribuyen a sí mismos (14).

Un sentimiento siempre sigue siendo un sentimiento, por sublime que parezca. Y es propio de la naturaleza del sentimiento ser siempre susceptible al engaño si no se rige por la razón. Por lo tanto, si alguien construye su religión únicamente sobre sus propios sentimientos, inevitablemente se desviará de muchas maneras. Pues el objeto mismo de la religión católica, las verdades sobrenaturales, es por naturaleza oscuro para la humanidad y, por lo tanto, incluso después de su revelación, es difícil de captar y comprender. Por esta razón, la Iglesia siempre ha juzgado cada experiencia mística según si concuerda o no con las verdades de la revelación. Una experiencia mística que no concuerda con la fe es un signo inequívoco de falso misticismo. Pío X se refiere específicamente a la dirección espiritual a este respecto. Los directores espirituales experimentados siempre instan a una gran moderación en este ámbito. El Papa enfatiza: “En materia de sentimiento religioso y de la experiencia religiosa en él contenida, sabéis bien, venerables hermanos, cuánta prudencia es necesaria y al propio tiempo cuánta doctrina para regir a la misma prudencia. Lo sabéis por el trato de las almas, principalmente de algunas de aquellas en las cuales domina el sentimiento”.

En relación con el tema de la experiencia, Pío X señaló además una incoherencia típica de los modernistas. Para ellos, como por cierto para cualquier ideología, en última instancia solo cuenta su propia experiencia. El Papa podía señalar entonces (¡hoy sería muy diferente!) que la experiencia de la gran mayoría de los católicos era diferente a la de los modernistas.

Nos parece, en efecto, una locura, o, por lo menos, extremada imprudencia, tener por verdaderas, sin ninguna investigación, experiencias íntimas del género de las que propalan los modernistas. Y si es tan grande la fuerza y la firmeza de estas experiencias, ¿por qué, dicho sea de paso, no se atribuye alguna semejante a la experiencia que aseguran tener muchos millares de católicos acerca de lo errado del camino por donde los modernistas andan? Por ventura ¿sólo ésta sería falsa y engañosa? Mas la inmensa mayoría de los hombres profesan y profesaron siempre firmemente que no se logra jamás el conocimiento y la experiencia sin ninguna guía ni luz de la razón. Sólo resta otra vez, pues, recaer en el ateísmo (la negación total de Dios) y en la negación de toda religión (15).

Después de tantos años, sigue siendo sorprendente y asombroso lo claramente que Pío X previó desde el principio el desarrollo del modernismo. Esta clarividencia solo fue posible porque comprendió esta herejía desde sus raíces filosóficas. Si se toman en serio estas raíces, es fácil reconocer que el modernismo es la religión como juego, un juego con palabras y conceptos sin contenido, sin una realidad correspondiente. Al final de este juego verdaderamente diabólico se encuentra la negación de Dios y la irreligión. La historia ha confirmado esta predicción de Pío X innumerables veces. Las iglesias están vacías, la fe divina de la mayoría de las personas ha sido completamente destruida por el modernismo. En algún momento, uno ya no puede seguir tomando en serio un mero juego de palabras...


Otro concepto clave en el sistema del modernismo es el simbolismo. Pío X señaló:

Ni tienen por qué prometerse los modernistas mejores resultados de la doctrina del simbolismo (símbolos = símbolos y signos inventados arbitrariamente) que profesan: pues si, como dicen, cualesquiera elementos intelectuales no son otra cosa sino símbolos de Dios (“cifras”, “palabras clave” vacías), ¿por qué no será también un símbolo el mismo nombre de Dios o el de la personalidad divina? Pero si es así, podría llegarse a dudar de la divina personalidad; y entonces ya queda abierto el camino que conduce al panteísmo (el universo en su conjunto es inherentemente “divino”; no hay un Dios personal más allá de eso). 

Al mismo término, es a saber, a un puro y descarnado panteísmo (es decir, “Dios” existe dentro de los seres humanos), conduce aquella otra teoría de la inmanencia divina, pues preguntamos: aquella inmanencia, ¿distingue a Dios del hombre, o no? (16).

Desde la filosofía modernista ya no hay acceso a un conocimiento objetivo de Dios, por lo que el Dios de los modernistas no es más que un símbolo inventado por el hombre para sus experiencias religiosas. El “Dios” de los modernistas se evapora en una difusa inmanencia divina, de modo que, al final, Dios es el hombre y el hombre es Dios, es decir, panteísmo. En este sentido se ve también, en la mayoría de los casos, la filiación divina de Jesucristo. Jesucristo no es, por supuesto, el verdadero Hijo de Dios, tal y como se entendía antes en sentido dogmático, sino que es solo un testigo privilegiado del amor divino por parte de Dios (lo correcto sería decir: por parte de lo divino). En él, lo divino se ha revelado de una manera extraordinaria, aunque en la vida del Jesús histórico no haya habido nada extraordinario. Es imposible ser siempre coherente en un sistema erróneo. Sin embargo, Jesús de Nazaret fue un testigo extraordinario del amor divino, aunque nunca hizo nada extraordinario en su vida. Pero, al fin y al cabo, Dios está en todas partes.

Pero volvamos al fundamento filosófico del modernismo. El sistema del modernismo tiene un precursor directo en la filosofía: Immanuel Kant. 

Immanuel Kant

En la filosofía de Kant, en lo que respecta al conocimiento de las cosas, por un lado está la “apariencia” y, por otro, la “cosa en sí”, incognoscible. Según Kant, solo podemos percibir la apariencia de las cosas a través de los sentidos, mientras que de la cosa en sí solo existe una visión a priori, que en última instancia no es más que la creencia de que la cosa en sí existe. Debido a esta premisa epistemológica, Dios se convierte para Kant en un postulado de la razón práctica, ¡aunque el “Dios” de Immanuel Kant ya no es un Dios personal! Los modernistas adoptan este sistema epistemológico de Kant. Para ellos, la ciencia se ocupa exclusivamente de las apariencias, mientras que la fe se ocupa del Dios incognoscible. Pío X señala expresamente en su encíclica que esta premisa epistemológica siempre ha contenido el ateísmo:

Finalmente, la distinción que proclaman entre la ciencia y la fe no permite otra consecuencia, pues ponen el objeto de la ciencia (* y del conocimiento) en la realidad de lo cognoscible, y el de la fe, por lo contrario, en la de lo incognoscible. Pero la razón de que algo sea incognoscible no es otra que la total falta de proporción entre la materia de que se trata y el entendimiento; pero este defecto de proporción nunca podría suprimirse, ni aun en la doctrina de los modernistas; luego lo incognoscible lo será siempre, tanto para el creyente como para el filósofo. Luego si existe alguna religión, será la de una realidad incognoscible. Y, entonces, no vemos por qué dicha realidad no podría ser aun la misma alma del mundo (* o alma del universo), según algunos racionalistas (* = meros pensadores de este mundo) afirman.

Pero, por ahora, baste lo dicho para mostrar claramente por cuántos caminos el modernismo conduce al ateísmo (a la negación de Dios) y a suprimir toda religión (* aquí = unión del hombre con Dios). El primer paso lo dio el protestantismo (* ¡separación de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo!); el segundo corresponde al modernismo (* ¡separación de la realidad de Dios!); muy pronto hará su aparición el ateísmo (* la completa impiedad) (17).

En filosofía, es tan sencillo como ya dijo Aristóteles: pequeños errores en los principios conducen a grandes errores en las conclusiones. Y estos errores filosóficos se transfieren, por supuesto, a la propia teología. Desde el engaño del protestantismo hasta el modernismo, el camino conduce inevitablemente al ateísmo; en última instancia, se trata de una línea de pensamiento, como también muestra la historia de la filosofía.

Al final de sus reflexiones, Pío X también aborda brevemente las razones psicológicas que pueden llevar a un católico al modernismo. Él afirma:

Para un conocimiento más profundo del modernismo, así como para mejor buscar remedios a mal tan grande, conviene ahora, venerables hermanos, escudriñar algún tanto las causas de donde este mal recibe su origen y alimento.

La causa próxima e inmediata es, sin duda, la perversión de la inteligencia. Se le añaden, como remotas, estas dos: la curiosidad y el orgullo (*orgullo = altanería). 

Con razón escribió Gregorio XVI, predecesor nuestro (encíclica Singulari Nos del 25 de junio de 1834): “Es muy deplorable hasta qué punto vayan a parar los delirios de la razón humana cuando uno está sediento de novedades y, contra el aviso del Apóstol, se esfuerza por saber más de lo que conviene saber, imaginando, con excesiva confianza en sí mismo, que se debe buscar la verdad fuera de la Iglesia católica, en la cual se halla sin el más mínimo sedimento de error”.

Pero mucho mayor fuerza tiene para obcecar el ánimo, e inducirle al error, el orgullo, que, hallándose como en su propia casa en la doctrina del modernismo, saca de ella toda clase de pábulo y se reviste de todas las formas. Por orgullo conciben de sí tan atrevida confianza, que vienen a tenerse y proponerse a sí mismos como norma de todos los demás. Por orgullo se glorían vanísimamente, como si fueran los únicos poseedores de la ciencia, y dicen, altaneros e infatuados: “No somos como los demás hombres”; y para no ser comparados con los demás, abrazan y sueñan todo género de novedades, por muy absurdas que sean. Por orgullo desechan toda sujeción y pretenden que la autoridad se acomode con la libertad. Por orgullo, olvidándose de sí mismos, discurren solamente acerca de la reforma de los demás, sin tener reverencia alguna a los superiores ni aun a la potestad suprema. En verdad, no hay camino más corto y expedito para el modernismo que el orgullo. ¡Si algún católico, sea laico o sacerdote, olvidado del precepto de la vida cristiana, que nos manda negarnos a nosotros mismos si queremos seguir a Cristo, no destierra de su corazón el orgullo, ciertamente se hallará dispuesto como el que más a abrazar los errores de los modernistas! (18).

¿Quién no ve que esta descripción del modernista dada por el Papa se ha cumplido cientos de veces? Casi se diría que está dibujando el retrato de uno u otro modernista. La curiosidad y el orgullo están tan profundamente arraigados en el alma humana que no se les puede dejar impunes, como hacen los modernistas. Si no se combate decididamente el orgullo, acabará dominando el pensamiento y ya no será la verdad. Así sucedió en este sistema de error, en el que el orgullo se ha instalado, por así decirlo, en la doctrina del modernismo como en su propia casa. Solo podemos tener siempre presente la advertencia del santo Papa: sin duda, no hay camino más corto y fácil hacia el modernismo que el orgullo. Si un católico del ámbito de los laicos, o incluso algún sacerdote, olvida la regla de vida cristiana que nos manda negarnos a nosotros mismos si queremos seguir a Cristo, y no arranca el orgullo de su corazón, entonces él es, por encima de todos los demás, el más propenso a aprobar y aceptar los errores modernistas.

Por último, Pío X aborda la relación entre el modernismo y la filosofía y la teología tradicionales. Aquí se manifiesta la típica arrogancia moderna hacia todo el pasado. Seducido por la fe generalizada en el progreso, el modernista cree que puede mirar con altivez todo lo antiguo, porque «hoy» se sabe mucho más que entonces. Este prejuicio evolucionista impregna por completo todo el pensamiento moderno. Según Pío X, el modernista adopta esta actitud frente a toda la tradición de la Iglesia.

Por eso, la filosofía y la teología escolásticas son objeto de su burla y desprecio. Ya sea por ignorancia o por miedo, o más bien por ambas razones, una cosa es segura: el ansia de novedades siempre va unida a una aversión por la escolástica, y no hay señal más segura del inicio de la inclinación de alguien hacia las doctrinas modernistas que el hecho de que empiece a rechazar el método escolástico. Los modernistas y los seguidores de los modernistas deberían recordar la condena con la que Pío IX declaró rechazada la tesis (Syllabus Prop. 13): El método y los principios con los que los antiguos maestros de la escolástica perfeccionaron la teología no se ajustan en absoluto a las necesidades de nuestro tiempo y al progreso de las ciencias.

Se esfuerzan con ahínco por tergiversar de manera muy astuta el significado y la esencia de la tradición, con el fin de destruir su significado y su autoridad. Pero para los católicos, la decisión del Segundo Concilio de Nicea seguirá vigente para siempre, según la cual se condena a aquellos que se atreven, siguiendo el ejemplo de herejes infames, a despreciar las tradiciones eclesiásticas y a idear cualquier tipo de innovación... o a idear con injusticia y astucia algo para subvertir cualquier parte de las tradiciones legítimas de la Iglesia católica.

Estará en pie la profesión del Concilio IV Constantinopolitano: “Así, pues, profesamos conservar y guardar las reglas que la santa, católica y apostólica Iglesia ha recibido, así de los santos y celebérrimos apóstoles como de los Concilios ortodoxos, tanto universales como particulares, como también de cualquier Padre inspirado por Dios y maestro de la Iglesia”. Por lo cual, los Pontífices Romanos Pío IV y Pío IX decretaron que en la profesión de la fe se añadiera también lo siguiente: “Admito y abrazo firmísimamente las tradiciones apostólicas y eclesiásticas y las demás observancias y constituciones de la misma Iglesia” (19).

Incluso después de 100 años, la encíclica de Pío X sobre el modernismo no ha perdido nada de su relevancia. Al contrario, solo se puede admirar la profundidad de pensamiento en su análisis de este sistema anticatólico y la certeza de su juicio. De hecho, Pío X proporcionó a los filósofos y teólogos católicos las herramientas necesarias para superar la plaga del modernismo. Desafortunadamente, solo una minoría hizo un uso serio de estas herramientas. La mayoría de los eruditos católicos ya estaban tan infectados por el virus del modernismo que ya no podían comprender la gravedad de la situación. Para ellos, Pío X era un Papa santo, pero sin embargo un pensador retrógrado y de mente estrecha. Así, el modernismo logró conquistar gradualmente las instituciones y marginar la verdadera doctrina católica. Con el llamado concilio Vaticano II, se produjo la toma hostil final de la teología por parte del modernismo. De la noche a la mañana, los teólogos anteriormente católicos se encontraron repentinamente equivocados, y toda postura modernista pudo apelar al llamado “espíritu del concilio”.

La verdadera filosofía y teología católicas no perecerán. Sin embargo, después de 100 años, ya es hora de lanzar una contraofensiva. Pío X ya se adelantó 100 años a la mayoría de sus contemporáneos en este aspecto…

Notas:

1) Todos los pasajes del texto están tomados de la
 Encíclica Apostólica Pascendi dominici gregis del Papa San Pío X, § 4.

2) § 4

3) 
§ 15

4) § 15

5) § 16

6) § 16

7) § 16

8) § 17

9) § 28

10) § 32

11) § 32

12) § 38

13) § 39

14) § 39

15) § 40

16) § 40

17) § 40

18) § 41

19) § 42
 

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD (24)

Continuamos con la publicación del Capítulo 24 del libro “La Reina del Cielo”, escrito por la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, Hija Pequeña de La Divina Voluntad.


Esta obra de Luisa-Piccarreta que fue publicada por primera vez el año 1930, consta de treinta y un Meditaciones que serán publicadas -Dios mediante- cada cinco días.



VIGESIMA CUARTA MEDITACION

La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad. Visita al Templo. María modelo de oración. Jesús se pierde en el Templo.

EL ALMA A SU MADRE CELESTIAL:

Mamá santa, tu amor materno me llama con voz siempre más potente hacia Ti. Ya veo que te encuentras preparándote para partir de Nazaret hacia Jerusalén. Mamá mía, no me dejes, llévame Contigo y podré escuchar con atención tus sublimes lecciones.

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:

Querida hija, tu compañía y el deseo que muestras por escuchar mis celestiales lecciones para imitarme, son la alegría más pura que puedes dar a mi Corazón materno. Yo gozo porque puedo compartir contigo las inmensas riquezas de mi herencia. Ahora presta atención y te narraré un episodio de mi vida, el cual, si bien tuvo resultado consolador, fue para Mí dolorosísimo; y si el Querer Divino no me hubiera dado sorbos continuos y nuevos de fortaleza y de gracia Yo habría muerto de dolor.

Nosotros continuábamos nuestra vida en la quieta casita de Nazaret y mi querido Hijo crecía en gracia y en sabiduría; El era atractivo por la dulzura y por la suavidad de su voz, por el dulce encanto de sus ojos, por la amabilidad de toda su persona; sí, sí, mi Hijo era en verdad bello, sumamente bello.

El acababa de cumplir la edad de doce años cuando según la usanza debimos ir a Jerusalén para celebrar solemnemente la Pascua. Nos pusimos en camino El, José y Yo. Mientras proseguíamos devotos y recogidos mi Jesús rompía el silencio y nos hablaba ahora de su Padre Celestial, ahora del amor inmenso que nutría en su Corazón por las almas. Llegando a Jerusalén nos dirigimos al Templo y ahí nos postramos con el rostro en tierra y adoramos profundamente a Dios durante un largo rato. Nuestra oración era tan ferviente y recogida que abría los cielos, atraía y ataba al Padre Celestial y, por eso, se aceleraba la reconciliación entre El y los hombres.

¡Oh, querida hija, quiero confiarte una pena que me tortura: hay muchos que van a la Iglesia a rezar, pero desgraciadamente la oración que dirigen a Dios se queda en sus labios porque su corazón y su mente están muy lejos de El! ¡Cuántos van a la Iglesia por pura costumbre o por pasar inútilmente el tiempo! Estos cierran el cielo en lugar de abrirlo. ¡Cómo son numerosas las irreverencias que se cometen en la casa de Dios! ¡Cuántos castigos se evitarían en el mundo y cuántos otros se convertirían en gracias si todas las almas se esforzaran en imitar Nuestro ejemplo! Solamente la oración que brota de un alma en la que reina la Divina Voluntad obrará en modo irresistible en el Corazón de Dios, pues esa oración es tan potente que puede vencerlo y obtener de El las máximas gracias. Ten, por lo tanto, empeño en vivir en el Divino Querer y tu Mamá que tanto te ama dará a tu oración los derechos de su potente intercesión.

Después de haber cumplido nuestro deber en el Templo y de haber celebrado la Pascua nos dispusimos a regresar a Nazaret. En la confusión del gentío Nos separamos; Yo vine con las mujeres y José con los hombres. Miré en derredor para asegurarme que Jesús viniera Conmigo, pero al no verlo pensé que venía con su padre José. ¿Cuál no fue el estupor que sentimos cuando reuniéndonos nuevamente en el lugar donde debíamos encontrarnos no lo vi con él?

Ignorando lo que había sucedido, sentimos un dolor tan profundo que ambos quedamos sin poder hablarnos. Abatidos por el dolor regresamos apresuradamente, preguntando con ansia a cuantos encontrábamos: “decidnos si habéis visto a Jesús, nuestro Hijo, porque no podemos vivir sin El...”

Y llorando describíamos sus rasgos: “El es todo amable, de sus bellos ojos brotan rayos de luz que hablan del corazón, su mirada hiere, rapta y encadena; su frente es majestuosa, su rostro es de una belleza encantadora, su dulcísima voz desciende al fondo del corazón y endulza todas las amarguras, sus cabellos rizados y como de oro finísimo lo hacen gracioso. Todo es majestad, dignidad y santidad en El; El es el más bello entre los hijos de los hombres...”

Pero... no lo encontrábamos, y nadie nos sabía decir algo. El dolor que Yo sentía se recrudecía en tal forma que me hacía llorar amargamente y a cada instante abría en mi Corazón profundos desgarros, los cuales me ocasionaban verdaderos espasmos de muerte.

Querida hija, si Jesús era mi Hijo, también era mi Dios y por esto mi dolor fue todo en orden divino; es decir, tan potente e inmenso que supera a todos los demás dolores posibles reunidos juntos. Si el FIAT que Yo poseía no me hubiera sostenido continuamente con su fuerza divina Yo hubiera muerto de dolor.


Viendo que ninguno sabía darnos noticia, con ansias interrogaba a los ángeles que me circundaban: “pero decidme, ¿dónde está mi querido Jesús, hacia dónde debo dirigir mis pasos para encontrarlo? ¡Ah, decidle que no puedo más; traédmelo en vuestras alas a mis brazos! ¡Ah, ángeles míos, tened piedad de mis lágrimas, socorredme, traedme a Jesús!”

Mientras tanto y habiendo sido inútil la búsqueda, regresamos a Jerusalén, y después de tres días de amarguísimos suspiros, de lágrimas, de ansias y de temores, encontramos en el Templo... Yo era toda ojos y buscaba por todas partes... cuando he aquí que, finalmente, llena de júbilo encontré a mi Hijo que estaba en medio de los doctores de la Ley! Hablaba con tal sabiduría y majestad, que los que lo escuchaban quedaban sorprendidos y raptados. Con sólo verlo sentí que regresaba a Mí la vida e inmediatamente comprendí la razón por la cual se nos había perdido.

Ahora, una palabra para ti, querida hija: en este misterio mi Hijo quiso darnos, a Mí y a ti, una enseñanza sublime: ¿podrías acaso tú suponer que El ignoraba lo que Yo sufría? ¡Todo lo contrario!, porque mis lágrimas, mi búsqueda, mi intenso y crudo dolor se repercutían en su Corazón y durante aquellas horas tan penosas El sacrificaba a la Divina Voluntad a su propia Mamá, a quien tanto amaba, para demostrarme que Yo también un día debía sacrificar su misma Vida al Querer Supremo. En esta pena indecible no te olvidé, y pensando que ella te iba a servir de ejemplo la puse a tu disposición a fin de que también tú pudieras tener en el momento oportuno la fuerza para sacrificar todas las cosas a la Divina Voluntad.

En cuanto Jesús acabó de hablar, nos acercamos con reverencia a El y le dirigimos esta dulce pregunta: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?” Y El con dignidad divina nos respondió: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que he venido al mundo para glorificar a mi Padre?”

Habiendo comprendido el significado de tal respuesta y habiendo adorado en ella al Querer Divino iniciamos nuestro retorno a Nazaret.

Hija de mi Corazón materno, escucha: cuando perdí a mi Jesús el dolor que sentí fue muy intenso y a este dolor se agrega ahora un segundo dolor: el dolor de perderte a ti. En verdad, previendo que tú te habrías alejado de la Voluntad Divina, Yo me sentí a un tiempo a privar de mi Hijo y de mi hija, y por esto mi maternidad sufrió un doble dolor!

Hija mía, cuando estés en camino de hacer tu voluntad en lugar de hacer la Voluntad de Dios debes reflexionar que abandonando al FIAT Divino estás por perder tanto a Jesús como a Mí y por precipitarte en el reino de las miserias y de los vicios.

Debes mantener la palabra que me has dado de permanecer indisolublemente unida a Mí y Yo te daré la gracia de no hacerte dominar por tu querer nunca más sino de vivir exclusivamente del Querer Divino.

EL ALMA:

Mamá Santa, tiemblo pensando en los abismos en los que mi voluntad es capaz de precipitarme. Por su causa yo puedo perderte a Ti, a Jesús y todos los bienes celestiales. Mamá, si Tú no me ayudas, si no me ciñes con la Potencia de la Luz del Querer Divino, siento que no me será posible vivir con constancia en la Voluntad Divina. Por esto, pongo nuevamente toda mi esperanza en Ti, en Ti confío y de Ti espero todo. Así sea.

PRACTICA:

Recitarás tres Aves Marías para compartir el dolor intenso que tuve los tres días en los que permanecí privada de Jesús.

JACULATORIA:

Mamá Santa, haz que yo pierda para siempre mi voluntad para vivir únicamente en el Divino Querer.

Continúa...


EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (91)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


91. Primera lección a los discípulos en Nazaret, en un olivar.
29 de enero de 1945.

1 Veo a Jesús con Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Felipe, Tomás, Bartolomé, Judas Tadeo, Simón y Judas Iscariote y el pastor José, saliendo de su casa y yendo fuera de Nazaret, a las afueras, a un tupido olivar. Dice:
“Venid en torno a mí. Durante estos meses de presencia y de ausencia os he sopesado y estudiado. Os he conocido, y he conocido, con experiencia de hombre, el mundo. Ahora he decidido enviaros al mundo. Pero primero debo instruiros, para haceros capaces de afrontar el mundo con la dulzura y la sagacidad, la calma y la constancia, con la conciencia y la ciencia de vuestra misión. Usaré este tiempo de furor solar, que impide toda larga peregrinación por Palestina, para vuestra instrucción y formación como discípulos. Como un músico, he percibido lo que en vosotros desafina, y me dispongo a entonaros para la armonía celeste que tenéis que transmitir al mundo en mi nombre.
Retengo a este hijo (y señala a José), porque a él le delego el encargo de llevar a sus compañeros mis palabras, para que también allí se forme un núcleo eficaz, que me anuncie; no un anuncio reducido al hecho de que Yo existo, sino con las características más esenciales de mi doctrina.

2 Como primera cosa os digo que es absolutamente necesario en vosotros amor y fusión. ¿Qué sois vosotros? Sois hombres de las más diversas clases sociales, de toda edad, y de los más distintos lugares. He preferido tomar a los vírgenes en doctrinas y cogniciones, para poder penetrar en ellos más fácilmente con mi enseñanza, y también porque –habiendo sido destinados para evangelizar a personas que se encontrarán en una absoluta ignorancia del Dios verdadero– quiero que, recordando la primitiva ignorancia, no sientan aversión hacia éstos, y, con piedad, los instruyan, recordando con cuánta piedad Yo los he instruido.
Percibo en vosotros una objeción: "Nosotros no somos paganos, aunque no tengamos cultura intelectual". No, no lo sois; pero vosotros –y sobre todo quienes entre vosotros representan a los doctos y a los ricos– estáis dentro de una religión que, degenerada por demasiadas razones, de religión no tiene sino el nombre. En verdad os digo que son muchos los que se glorían de ser hijos de la Ley, pero de ellos ocho partes de diez no son más que idólatras que han confundido, entre nieblas de mil pequeñas religiones humanas, la verdadera, santa, eterna Ley del Dios de Abraham, Isaac, Jacob. Por lo tanto, mirándoos unos a otros, tanto vosotros, pescadores humildes y sin cultura, como vosotros, mercaderes o hijos de mercaderes, oficiales o hijos de oficiales, ricos o hijos de ricos, decid: "Somos todos iguales. Todos tenemos las mismas deficiencias y todos tenemos necesidad de la misma instrucción. Hermanos en los defectos personales o nacionales, debemos, desde ahora en adelante, ser hermanos en el conocimiento de la Verdad y en el esfuerzo de practicarla".
Eso es, hermanos. Quiero que tales os llaméis y tales os veáis. Vosotros sois como una familia sola. ¿Cuándo prospera una familia?, ¿cuándo la admira el mundo? Cuando está unida y se manifiesta concorde. Si un hijo se hace enemigo del otro, si un hermano perjudica al otro, ¿puede realmente durar la prosperidad de esa familia? No. En vano el padre de familia se esfuerza en trabajar, en allanar las dificultades, en imponerse al mundo. Sus esfuerzos quedan sin resultado, porque los bienes se disgregan, las dificultades aumentan, el mundo se burla por este estado de lid perpetua que reduce corazón y patrimonio –que, unido, era potente contra el mundo– a un pequeño montón de pequeños, puntillosos intereses contrarios de que se aprovechan los enemigos de la familia para acelerar cada vez más su ruina. Nunca sea así entre vosotros. Estad unidos. Amaos. Amaos para ayudaros. Amaos para enseñar a amar.

3 Observad: incluso lo que nos circunda nos ilustra acerca de esta gran fuerza. Mirad esta tribu de hormigas, que acude toda hacia un lugar. Sigámosla y descubriremos la razón de la utilidad de que acuda hacia un punto... Mirad aquí: esta pequeña hermana suya ha descubierto, con sus órganos minúsculos y para nosotros invisibles, un gran tesoro bajo esta ancha hoja de achicoria silvestre.
Es un pedazo de miga de pan que quizás se le haya caído a un campesino que haya venido aquí para cuidar sus olivos; a algún viandante que se haya detenido en esta sombra consumiendo su comida, o a un niño jubiloso sobre la hierba florecida. ¿Cómo hubiera podido por sí sola arrastrar hasta su casa este tesoro mil veces más voluminoso que ella? Ha llamado, pues, a una hermana y le ha dicho: "Mira, corre, rápido, a decirles a las hermanas que aquí hay alimento para toda la tribu y para muchos días; corre, antes de que descubra este tesoro un pájaro y llame a sus compañeros y se lo devoren". Y la hormiguita ha corrido, afanosa, por las rugosidades del terreno, subiendo, bajando, entre guijas y hierbezuelas, hasta el hormiguero, y ha dicho: "Venid. Una de nosotras os llama; ha encontrado para todas, pero sola no puede traerlo aquí. Venid". Y todas, incluso las que –ya cansadas por lo tanto como han trabajado durante todo el día– estaban descansando en las galerías del hormiguero, han acudido; incluso las que estaban amontonando las provisiones en sus correspondientes celdas. Una, diez, cien, mil... Mirad... Aferran con las pinzas, levantan haciendo de su cuerpo un carrito, arrastran hincando las patitas en el suelo. Esta se cae... la otra, allí, casi se lisia porque la punta del pan ha rebotado y la ha comprimido contra una piedra; ¿y ésta tan pequeñita? (una jovencita de la tribu): se detiene derrengada... pero, ved, toma aliento y continúa. ¡Qué unidas están!
Mirad: ahora las hormigas tienen completamente abrazado el trozo de pan, y el pan avanza, avanza; lentamente, pero avanza. Sigámoslo... Un poco más, hermanitas, un poco más todavía y vuestra fatiga será premiada. Ya no pueden más, pero no ceden; descansan y luego continúan... Llegan al hormiguero. ¿Y ahora? Ahora al trabajo, para dividir en pequeños trocitos la miga grande.
¡Mirad qué trabajo! Unas cortan, otras transportan... Terminado. Ahora todo está a salvo, y, dichosas, desaparecen dentro de esa grieta, galerías abajo. Son hormigas, nada más que hormigas, y, sin embargo, son fuertes porque están unidas. Meditad en esto.

4 “Tenéis algo que preguntarme?”.
“Yo querría preguntarte si es que ya no volvemos a Judea” dice Judas Iscariote. 
“¿Quién lo ha dicho”
“Tú, Maestro. ¡Has manifestado el deseo de preparar a José para que instruya a los demás en Judea! ¿Tanto te has ofendido como para no volver más allí?”.
“¿Qué te han hecho en Judea?” pregunta curioso Tomás. 
Y Pedro, al mismo tiempo, vehementemente, dice: “Entonces tenía yo razón cuando decía que habías vuelto en malas condiciones. ¿Qué te han hecho los "perfectos" en Israel?”.
“Nada, amigos, nada que no vaya a encontrar aquí. Aunque diera la vuelta al mundo encontraría por todas partes amigos mezclados con enemigos. De todas formas, Judas, te había rogado que te mantuvieras en silencio...”.
“Cierto, pero... No, no puedo quedarme callado cuando veo que prefieres Galilea a mi patria. Eres injusto; también allí has recibido honores...”.
“¡Judas! ¡Judas! ¡Oh, Judas! Eres injusto en este reproche. Tú a ti mismo te acusas, dejándote llevar de la ira y de la envidia. Yo había logrado dar a conocer sólo el bien que he recibido en tu Judea. Sin mentir y con alegría, había logrado manifestar este bien para hacer que os amasen a los de Judea. Con alegría. Porque para el Verbo de Dios no existe separación de regiones, no existen antagonismos, enemistades, diversidades. ¡Os amo a todos, Oh hombres, a todos...! ¿Cómo puedes decir que prefiero Galilea cuando he querido llevar a cabo los primeros milagros y las primeras manifestaciones en el suelo sagrado del Templo y de la Ciudad Santa, estimada por todos los israelitas? ¿Cómo puedes decir que actúo con parcialidad, si de vosotros, discípulos, que sois once –o diez, porque mi primo es familia, no amistad–, cuatro son judíos? Y, si añado a los pastores, que son todos judíos, puedes ver de cuántos de Judea soy amigo. ¿Cómo puedes decir que no os amo, si Yo, que conozco las cosas, he organizado el viaje de manera que pudiera dar mi Nombre a un pequeñuelo de Israel y recibir el espíritu de un justo de Israel? ¿Cómo puedes decir que no os amo a vosotros, judíos, si en la revelación de mi Nacimiento y de mi preparación a la misión he querido que hubiera dos judíos, contra uno sólo de Galilea? Me tachas de injusto. Examínate, Judas, y mira si el injusto no eres tú”.
Jesús ha hablado con majestuosidad y dulzura. Pero, aunque no hubiera dicho nada más, habrían bastado los tres modos como ha dicho “Judas” al principio de sus palabras, para dar una gran lección. El primer “Judas” lo decía el Dios majestuoso que llama al respeto; el segundo, el Maestro que enseña con doctrina paterna; el tercero era el ruego del amigo dolido por el modo de actuar de su amigo.
Judas ha bajado la cabeza, humillado, todavía iracundo, afeado por este aflorar de bajos sentimientos.
Pedro no sabe quedarse callado. “Al menos pide perdón, muchacho. ¡Si hubiera sido yo en vez de Jesús, no hubieras salido del paso sólo con unas palabras! ¡No sólo injusto! ¡No tienes respeto, señorito! ¿Así os educan los del Templo? ¿O es que eres tú el ineducable? Porque si son ellos...”.

5 “Basta, Pedro. He dicho Yo todo lo que había que decir. Esto también será motivo de instrucción mañana. Y ahora repito a todos lo que les había dicho a éstos en Judea: no digáis a mi Madre que su Hijo fue maltratado por los judíos. Ya está toda compungida por haber intuido mi pena. Respetad a mi Madre. Vive en la sombra y en el silencio; es activa sólo en virtudes y oración por mí, por vosotros y por todos. Dejad que las lúgubres luces del mundo y las ásperas luchas queden lejos de su refugio fajado de discreción y pureza. No metáis ni siquiera el eco del odio donde todo es amor. Respetadla. Ella es más valiente que Judit (33); lo veréis. Pero no la obliguéis, antes de tiempo, a gustar la hez que supone los sentimientos de los miserables del mundo, de aquellos que no saben ni siquiera rudimentariamente qué es Dios y la Ley de Dios. Esos de que os hablaba al principio: los idólatras que se creen sabios de Dios y que, por lo tanto, unen la idolatría a la soberbia. Vamos”.
Y Jesús se dirige de nuevo hacia Nazaret.

Continúa...

Nota:

33) Cfr. Jud. 8–16 y especialmente 13, 1–16.