lunes, 6 de abril de 2026

REPROBACIONES TARDÍAS: ANTHONY DE MELLO

A pesar de la Nota de la CDF de 1998, todavía hoy las obras de Anthony De Mello se hallan en gran parte de las librerías religiosas católicas, incluidas las diocesanas.

Por el padre José María Iraburu


El padre Anthony De Mello, S. J. (1931-1987), nacido en Bombay y fallecido a los cincuenta y cinco años de un ataque cardíaco en Nueva York, difundió ampliamente en el campo católico, a través de publicaciones, conferencias y grabaciones, sus doctrinas espirituales, inconciliables con la fe católica.

La Notificación sobre los escritos del Padre Anthony De Mello, S. J., publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe (24-VI-1998), hizo una amplia descripción y una firme condena de los graves errores de su doctrina espiritual. Advierte que este autor “es muy conocido debido a sus numerosas publicaciones, las cuales, traducidas a diversas lenguas, han alcanzado una notable difusión en muchos países”. La Nota breve de la Notificación puede verse en la web del Vaticano, y comentarios en otros lugares de internet, aunque ya no, lamentablemente, en la web vaticana.

En la Nota breve de la Congregación se dice entre otras cosas: “Ya en ciertos pasajes de estas primeras obras, y cada vez más en publicaciones sucesivas, se advierte [en el P. De Mello] un alejamiento progresivo de los contenidos esenciales de la fe cristiana. El Autor sustituye la revelación acontecida en Cristo con una intuición de Dios sin forma ni imágenes, hasta llegar a hablar de Dios como de un vacío puro. Para ver a Dios haría solamente falta mirar directamente al mundo. Nada podría decirse sobre Dios… Este apofatismo radical lleva también a negar que la Biblia contenga afirmaciones válidas sobre Dios… Las religiones, incluido el Cristianismo, serían uno de los principales obstáculos para el descubrimiento de la verdad… El P. De Mello muestra estima por Jesús, del que se declara “discípulo”. Pero lo considera un maestro al lado de los demás… Cualquier credo o profesión de fe en Dios o en Cristo impedirían el acceso personal a la verdad. La Iglesia, haciendo de la palabra de Dios en la Escritura un ídolo, habría terminado por expulsar a Dios del templo. En consecuencia, la Iglesia habría perdido la autoridad para enseñar en nombre de Cristo. Con la presente Notificación, esta Congregación, a fin de tutelar el bien de los fieles, considera obligado declarar que las posiciones arriba expuestas son incompatibles con la fe católica y pueden causar grave daño”.

Un elenco de graves errores, con numerosas citas textuales del P. De Mello, es desarrollado seguidamente por la Nota ilustrativa. Extracto aquí algunas frases, siguiendo el orden del texto.

–“Ya en este volumen [Sàdhana] desarrolla su teoría de la contemplación como autoconciencia… Así se llega a la conclusión "aparentemente desconcertante, de que la concentración en nuestra respiración o en nuestras sensaciones corporales es una óptima contemplación, en el sentido estricto de la palabra"”. –“El P. De Mello en repetidas ocasiones hace afirmaciones sobre Dios que ignoran, si no niegan explícitamente, su carácter personal y lo reducen a una vaga realidad cósmica omnipresente”. –“Se critica e ironiza con frecuencia sobre todo intento de lenguaje sobre Dios, con el fundamento de un apofatismo unilateral y exagerado, consecuente con la concepción de la divinidad a que nos acabamos de referir”. –“No se ve cómo entra aquí la mediación de Cristo para el conocimiento del Padre. "Dios no tiene nada que ver con la idea que tenéis de él… Lo único que podemos saber de Él es que es incognoscible"”. –“Las escrituras, incluida claramente la Biblia, no nos dan a conocer tampoco a Dios, son sólo como la señal indicadora que no me dice nada sobre la ciudad a la que me dirijo… "En la Biblia se nos señala solamente el camino, como ocurre con las escrituras musulmanas, budistas, etc."” –“Se proclama por tanto un Dios impersonal que está por encima de todas las religiones, a la vez que se ataca el anuncio cristiano acerca del Dios amor, que sería incompatible con la necesidad de la Iglesia para la salvación…"Entra en la Iglesia o te arriesgas a condenarte eternamente… Una vez llegado a casa le dije a Dios: ¿Cómo soportas este género de cosas, Señor? ¿No ves que desde hace siglos te están dando mala fama? Dios respondió: yo no he organizado esta feria. Me avergonzaría incluso de visitarla"”. –En consecuencia, “toda religión concreta es un impedimento para llegar a la verdad”.

–“La filiación divina de Jesús se diluye en la filiación divina de los hombres… Jesús es mencionado como un maestro de tantos: "Lao Tze y Sócrates, Buda y Jesús, Zaratustra y Mahoma"… "Lo más bonito de Jesús es que se encontraba a gusto entre los pecadores, porque entendía que no era en nada mejor que ellos… la única diferencia entre Jesús y los pecadores era que él estaba despierto y ellos no"”. –“La vida del hombre parece llamada a una disolución… "La idea que la gente tiene de la eternidad es estúpida. Piensa que dura para siempre porque está fuera del tiempo. La vida eterna es ahora, está aquí"”. –“El mal no es más que una ignorancia, falta de iluminación… "En realidad no existe ni el bien ni el mal en los hombres o en la naturaleza. Existe solamente una valoración mental impuesta a ésta o a aquella realidad"… "No hay razón para el arrepentimiento de los pecados, ya que de lo único de que se trata es de despertarse al conocimiento de la realidad"”.

Son numerosos los autores que, como Ignacio Ibáñez Rivero, han demostrado la clara afinidad existente entre las doctrinas del padre De Mello y la confusa ideología panteísta y naturalista de la New Age.

El padre De Mello, en vísperas de su muerte, acaecida súbitamente el mismo día de su llegada a Nueva York –sea en la Universidad de Fordham (S. J.), sea en un hotel–, escribió a un íntimo amigo una larga carta. Haciendo un resumen de su vida, desde sus primeras experiencias, afirmaba:

“Todo ello parece pertenecer a otra época y a otro mundo. Creo que actualmente todo mi interés se centra en otra cosa: “en el mundo del espíritu”, y todo lo demás me resulta verdaderamente insignificante y sin importancia. Lo que ahora absorbe todo mi interés son las cosas como las de Achaan Chah, el maestro budista, y estoy perdiendo el gusto por otras cosas. No sé si todo esto es una ilusión; lo que sí sé es que nunca en mi vida me había sentido tan feliz y tan libre”. Ajahn Chah Subhatto (1918-1992), monje tailandés, fue gran maestro del budismo Therevada, y atrajo especialmente a muchos occidentales. Fundó su primer monasterio europeo en Sussex, Inglaterra (1979), y hoy existen otros en Europa, Australia y Nueva Zelanda.

Once años después de la muerte de Anthony De Mello una Notificación de la Congregación de la Doctrina de la Fe pone en guardia a los católicos sobre sus enormes errores. Parece realmente increíble que la Iglesia tardara tanto en denunciar y condenar errores tan graves contra la fe católica. Si una pauta de conducta semejante llegara a establecerse en la Iglesia, habría razón para temer que los errores hoy más vigentes serían reprobados públicamente por la Autoridad apostólica dentro de quince o treinta años, cuando ya muchos millones de católicos estarían inficcionados por ellos.

Es preciso insistir en que las obras de Anthony De Mello han tenido gran difusión, en muchas lenguas y durante varios decenios, en el campo católico. Han sido un best seller “católico” para innumerables laicos, Seminarios, Noviciados, catequesis parroquiales, clases de religión, comunidades de religiosos y de religiosas, librerías católicas, Casas de Ejercicios, etc. El árbol de la santa Iglesia ha sido regado abundamentemente con esa lejía espiritual –o con otras semejantes–. Y todavía hay algunos que no entienden cómo ese árbol, sobre todo en no pocos lugres del Occidente descristianizado, apenas da frutos o se ha secado casi completamente.

Los provinciales de la Compañía de Jesús en la India publicaron contra la aludida Notificación una protesta, firmada por el provincial Lisbert D’Souza, S. J., presidente allí de la Conferencia de Provinciales. Y su declaración fue avalada por los Superiores Mayores de la Iglesia en Asia Meridional.

Según ella, Anthony De Mello “fue un pionero en la integración de la espiritualidad y métodos de oración asiática y cristianos” y “ha ayudado a miles de personas en Asia Meridional y en el resto del mundo”. Estiman que “falta aprecio de las diferencias y los procedimientos cuando las decisiones [las de la Congregación romana de la Fe] se toman unilateralmente sin diálogo con las Iglesias asiáticas”, y consideran que “tales intervenciones resultan dañinas para la vida de la Iglesia, la causa del Evangelio y la tarea de interpretar la Palabra a los que no pertenecen a la tradición cultural occidental”. Uniendo la causa del padre De Mello, S. J., con la del padre Jacques Dupuis, también S. J. –objeto más tarde de una Notificación de la Congregación de la Fe por su libro sobre el pluralismo religioso (24-I-2001)–, manifiestan “su aprecio, apoyo y estímulo por su labor a nuestros teólogos y a cuantos construyen la Iglesia local en la India y deseamos que vayan más allá y más hondo, en fidelidad a Cristo y a la misión que nos ha confiado la Iglesia” (Vida nueva 24-IV-1999).

La Editorial Sal Terræ de los jesuitas ha seguido difundiendo las obras de Anthony De Mello, y en 2003 publicó su Obra completa en dos elegantes tomos, de 1603 páginas, con un extenso prólogo hagiográfico nada menos que de Andrés Torres Queiruga, en el que cita a Hegel, Heidegger, Ricoeur, aunque olvida mencionar, ni siquiera de paso, la Notificación romana de 1998. Y hoy todavía las obras de Anthony De Mello, sin mayores problemas ni contiendas, se hallan en gran parte de las librerías religiosas católicas, incluidas las diocesanas.

Mostrar estos horrores que se han dado y hoy se dan realmente en el campo católico resulta muy penoso, pero estimo que el único modo de superarlos comienza necesariamente por denunciarlos y condenarlos con fuerza y claridad. Todo lo que he descrito es para la Iglesia un grave daño y una gran vergüenza.

El Código de Derecho Canónico establece que los fieles “tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia” (art. 212,3).

Y es evidente que pertenece al bien de la Iglesia “combatir el buen combate de la fe” (1Tim 6,12), luchando con todas las fuerzas que Dios nos dé contra herejías, herejes y sus consentidores activos o pasivos.
 

ANTICRISTIANISMO (XIII)

Continuamos con la publicación del capítulo 13 del libro “El Americanismo y la Conjuración Anticristiana” (1899) de Monseñor Henri Delassus.


CAPÍTULO DECIMOTERCERO

ANTICRISTIANISMO

En el estado actual de Europa y del mundo al pensador más audaz no puede ocurrírsele pronunciarse sobre el porvenir; apenas se atreve a conjeturar. 

¿Qué somos, débiles y ciegos humanos, y qué es que esta luz temblorosa que llamamos Razón? Cuando hemos reunido todas las probabilidades, interrogado la historia, discutido todas las dudas, todavía no podemos abrazar más que un nubarrón engañoso en lugar de la verdad. ¿Qué decreto ha pronunciado este gran Ser ante quien no hay nada grande? ¿Dónde y cuándo acabará la sacudida? ¿Es para reconstruir que ha volcado, o sus rigores son sin retorno? ¡Ay! una nube sombría cubre el porvenir y ningún ojo puede penetrar estas tinieblas. (Consid. 112.)

Así hablaba J. de Maistre entre 1790 y 1794, es decir a los comienzos de la Revolución. Y sin embargo hasta sus últimos días se aplicó a escudriñar las diferentes manifestaciones de esta revolución para sacar pronósticos de porvenir.

Un elemento considerable de apreciación le faltaba.

No veía lo que está ante nuestros ojos ahora.

Una nación que no está, como las demás, encerrada en un territorio determinado, que es esencialmente cosmopolita, dispersa dentro de todos los pueblos, que no se confunde con ninguno de ellos, que guarda en medio de su diversidad su nacionalidad, su individualidad y su originalidad, se levanta de su larga humillación y se muestra en seguida preponderante en todo y por todas partes. Como lo decía uno de los suyos, converso al cristianismo, el P. Ratisbonne (40):

Los judíos tienen en esta hora apretada como en una red a toda la sociedad cristiana.

Se podría decir casi el mundo entero.

Gracias a su ubicuidad, la nación judía contribuye poderosamente a poner los pueblos en relaciones mutuas, a operar la fusión del género humano en el orden de los intereses temporales.

Pero su acción no se limita a eso: la lleva también al orden de las ideas, y hemos visto en qué sentido. Si ella coopera a los designios de Dios contribuyendo, en amplia parte, a la obra de unificación del género humano, se esfuerza en hacer acabar esta unificación no en el reino de Nuestro Señor JESUCRISTO sobre todos los pueblos y sobre todos los hombres, sino al contrario en arrancarle las almas y las naciones que se pusieron bajo su ley para confundirlas todas en un israelitismo liberal y humanitario.

¿Puede esperar el éxito?

Hemos visto que tiene entre las manos los más poderosos medios y que usa de ellos. Hemos visto que, gracias sobre todo a su acción tan general como incesante, la indiferencia religiosa gana terreno todos los días, y hace progresar hacia la “Jerusalén de nuevo orden” que sus adeptos esperan con ansia.

Para llegar a este fin, trabajan por un lado en aniquilar todo patriotismo, por otra parte en destruir toda convicción religiosa. Bajo su dirección, la prensa se emplea en esta labor todos los días, en todo el mundo, con un ardor infatigable, mediante el sofisma, mediante la divulgación de los hechos que juzga favorable a su causa y la falsificación de aquellos que le son contrarios, y sobre todo mediante la corrupción de las costumbres. Luego, cuando el trabajo avanzó bastante en un punto u otro, los legisladores, a los cuales mandan las sociedades secretas, llegan a encorvar a todos los ciudadanos bajo el yugo de una nueva ley que tendrá por efecto restringir más, restringir siempre, el campo donde la libertad cristiana podía moverse, y con eso preparar generaciones cada vez más indiferentes y cada vez mejor dispuestas a entrar en el molde del israelitismo liberal y humanitario.

Ya de Maistre observaba que

el protestantismo, el filosofismo y mil otras sectas más o menos perversas o extravagantes habían disminuido prodigiosamente las verdades entre los hombres.

Y añadía:

El género humano no puede quedar en el estado en que se encuentra. (Del Papa, XXXVI).

Si no se opera una revolución moral en Europa, si el espíritu religioso no es reforzado en esta parte del mundo, el nexo social queda disuelto. No se puede adivinar nada, y hace falta esperarse todo (Consid. 26).

El filósofo francés Antoine Blanc de Saint-Bonnet (1815-1880)

Cincuenta años más tarde, Blanc de Saint-Bonnet, observando que el mal no hacía sino progresar, decía:

El mundo parece estar en vísperas de acabar o de sufrir una transformación religiosa.... El protestantismo, el liberalismo y el socialismo son nuestros tres grandes pasos hacia el abismo. (Restauration francaise, 457 -8.)

¿Qué diremos hoy?

Ciertamente el mundo encierra todavía ahora, en gran número, almas admirables; pero ya en ningún sitio la sociedad humana rinde a DIOS el culto social que le es debido, y la indiferencia religiosa gana cada día terreno. En la sociedad como en las almas, la obra perseguida por Israel ha adelantado a un punto que pocos hombres pueden captar, porque los exteriores parecen siempre un poco los mismos hoy que ayer: cuando las convicciones caen, los hábitos guardan todavía durante algún tiempo una sombra engañosa de ellas.

Por otra parte, los hábitos están para decir hasta qué punto baja en las almas el imperio que la religión saca de las convicciones. ¡Véase cómo los crímenes se multiplican y cómo los criminales crecen en maldad! Todos los días las hojas públicas nos presentan tipos nuevos de criminalidad y nos traen relatos que superan en horror aquéllos de la víspera. Resulta que la niñez misma conoce todas las formas del mal y no se arredra ante nada.

¿Adónde nos lleva esto? Hay que decir con Maistre:

No se puede adivinar nada y hay que esperarse todo... Las circunstancias en que estamos no se parecen a nada y no pueden ser juzgadas por la historia... Lo que hay de seguro es que el mundo no puede quedar donde está. Marchamos a grandes pasos hacia...

¡Ay! ¡mi DIOS, qué agujero! la cabeza me da vueltas.

El espanto que sentía este hombre de genio en el medio mismo de aquel período que se quiso poder decorar con el nombre de Restauración, ¡con qué poder se impone hoy a toda alma capaz de ver y reflexionar!

La obra empezada hace un siglo, ¿va a acabarse? No se ve en el mundo nada que intente frenarla actualmente. Los católicos no se defienden más. Desde hace veinte años todos los atentados han sido cometidos contra ellos, contra su religión, contra su DIOS. Han protestado en primer lugar en vanas palabras, hoy ya no tienen siquiera el ánimo de elevar la voz.

Humanamente hablando, la obra se seguirá pues, porque no encuentra más oposición, porque hasta se osa decir que ya no debe encontrarla de parte de aquéllos mismos que tienen entre las manos los destinos del país.

¿En qué va a acabar eso?

¡Ay! aquí es donde el corazón tiembla y la pluma vacila.

Los judíos, cuyo poder se hizo tan formidable en tan poco tiempo, ¿verán sus esperanzas cumplirse? ¿Lograrán arrancar de los corazones lo que queda todavía de patriotismo? ¿Lograrán, después de rechazar la religión en los templos, privar de ella las almas? Y después, cuando el terreno haya sido preparado así, ¿verán surgir del medio de ellos el mesías que desde hace tantos siglos esperan con ansia para reducir el mundo a servidumbre? Es cierto que en ninguna época de la historia los tiempos fueron más favorables a su dominio. El mundo político, el mundo económico y comercial, las sociedades secretas y los judíos, trabajan con un infatigable ardor en la unidad cosmopolita. La masonería sólo habla de los derechos del hombre en general; tiende a reemplazar la patria particular de cada pueblo por una grande y universal patria que sería la de todos los hombres.

Ahora esta unidad clama por una cabeza.

¿Y esta cabeza qué sería, cuando el cristianismo expulsado del gobierno y de la educación de los pueblos, rechazado de la familia y de la conciencia individual por la licencia creciente de las costumbres y los apetitos de una codicia sin freno, se vería por todas partes proscrito, deshonrado, vilipendiado?


Los judíos apoyados en sus tradiciones responden: “Esta cabeza del mundo será nuestro mesías cuya aparición es inminente”.

Y lo que no nos permite otorgar a estas esperanzas una mera atención distraída, es que al lado de las tradiciones judaicas hay tradiciones cristianas que nos anuncian el reino universal de un anticristo.

El apóstol San Juan hablaba de él ya antes del fin del primer siglo: “Habéis aprendido que un anticristo debe venir y ya hay varios anticristos”. Precursores o esbozos del último anticristo han aparecido sucesivamente en el curso de los siglos. El último, el verdadero, el que llevará en su única persona la síntesis perfecta de todas las inspiraciones anticristianas que han brotado en el mundo desde hace dieciocho siglos, ¿está cerca? Es posible.

Una conmoción profunda se impone a quien, después de cotejar los caracteres que la tradición judaica da a su mesías y los que la tradición cristiana da al anticristo, oye a los judíos decir: “Los tiempos están cerca”, y ve la transformación que se opera en el mundo desde hace un siglo y que se acelera de día en día.

¿Su tiempo es tan cercano como lo creen? Nosotros no sabemos nada. Nadie en el mundo puede saberlo.

Sí se sabe es los Apóstoles creyeron deber anunciarlo a los contemporáneos mismos de Cristo y que los Padres quisieron que los cristianos de su tiempo lo temieran. Sí se sabe, más cerca de nosotros, que San Vicente Ferrer hizo milagros para establecer que era uno de los ángeles encargados de advertir desde lejos a los pueblos de su aparición. Y se sabe que Pío IX leyó en el secreto de La Salette la palabra: anticristo (41).

Lo que es no menos cierto es que desde los primeros días del cristianismo, el anticristo es una realidad futura, asegurada; que su aparición es necesariamente un hecho en vía de formación, que va llegando a nosotros por rutas que, día a día, los acontecimientos le construyen; y que estamos actualmente en un estado de anticristianismo, es decir en el estado en que es necesario que él encuentre el mundo para ser aceptado.

¡S1 este hombre apareciera hoy, cuántos, en el estado actual de los espíritus, lo aclamarían!

Los masones al igual que los judíos se verían en el colmo de sus votos. Y esta multitud que las sociedades secretas ha seducido en los dos mundos; todos los que han aprendido, en las escuelas neutras, a renegar a Cristo; todos los que la prensa ha llenado de ideas falsas y sentimientos viciosos; todos aquellos en cuyo corazón se sopla, hoy más que nunca, la codicia y la envidia; todos los que sueñan con el trastorno de las instituciones y sociedades cristianas, ¿no se colocarían bajo su estandarte? Y luego vendrían los tímidos, los flacos, todos aquellos a quienes el ejemplo arrastra y la amenaza asusta, es decir, el resto de la multitud, pues nunca los caracteres fueron más débiles; nunca la verdad, única que da al alma su fuerza, tuvo menos imperio sobre el gran número. ¿Qué digo? Innegablemente oímos esta voz:

No hablemos a la multitud, al menos por ahora, de las esperanzas eternas, que no nos escucharía; no le hablemos de sus deberes, que haría oídos sordos. Enseñémosle a reclamar por los derechos, aguzará el oído; prometámosle la felicidad en la tierra, que nos seguirá.

Con qué ardor las muchedumbres así preparadas se echarían en los brazos del hombre que concentraría en sí todo el poder de Israel y que vendría decir a todos: 

Soy el apóstol y el príncipe de la fraternidad universal (42), mi misión es unir a los hombres, unificar a los pueblos y llenarlos de los bienes de la tierra. ¡Retírese CRISTO, este austero y sombrío enemigo del hombre! El gozo de todos los bienes y de todas las voluptuosidades es la ley suprema de la humanidad que hasta hoy fue desconocida y ultrajada por los trapaceros que, bajo el signo detestable de la cruz, han tiranizado la tierra.

No hay que engañarse, los caracteres del mesías talmúdico son los caracteres del anticristo. El mismo siniestro personaje es anunciado por ambas partes (43): un hombre de raza judía, convertido en rey de los judíos, concentrará en su corazón, en sus discursos y en sus obras todo lo que la malicia de los siglos pudo oponer a Nuestro Señor JESUCRISTO y a su Iglesia; y DIOS, para el cumplimiento de sus misteriosos designios, le dejará tomar, sobre todo el universo, por un tiempo, el imperio más temible.

Los judíos afirman que su advenimiento está cercano (44) y de hecho, desde hace un siglo, hemos entrado, no en una crisis cualquiera, sino en la REVOLUCIÓN. Ahora bien, el carácter más impactante y más esencial de la Revolución es la insurrección del hombre contra Dios y contra su CRISTO, es el ANTICRISTIANISMO, es decir, un esfuerzo más grande que los intentados hasta aquí para destruir la obra de Cristo en las costumbres, en las leyes, en las instituciones y hasta en la Iglesia misma: el liberalismo católico no es otra cosa, en efecto, que el espíritu revolucionario que trata de introducirse en la Iglesia misma.


Este anticristianismo que reina en las sociedades, que vive en tantos corazones, ¿debe acabar por encarnarse próximamente en el anticristo personal? ¿El reino del último de los anticristos será la final de la Revolución? No lo sabemos. En cada uno de los asaltos que, desde hace dieciocho siglos, las puertas del infierno libraron a la obra divina, los espectadores dijeron: “Es el último; con él vendrá el fin, pues Satanás no podrá encontrar nada que supere lo que sufrimos. Pero decir siempre: No hay nada más allá”, es equivocarse siempre. Después de un momento de descanso, el asalto se reanuda más terrible y más seductor. Habrá sin embargo un último. Y el que sufrimos actualmente tiene el carácter de anticristianismo en grado supremo; y quienes se esfuerzan en rechazarlo se hacen cada vez más infrecuentes y son cada vez más reducidos a la impotencia.

¿Cuál es el deber en tal estado de cosas?

El primer deber, el más urgente, más necesario, es munirse uno mismo del escudo de la fe, luego trabajar, cada uno según su poder, para mantener la integridad de la fe en el mundo.

¡Oh Timoteo!, guarda el depósito de la fe que te he entregado, evitando las novedades profanas en las expresiones o voces, y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal, ciencia vana que profesándola algunos vinieron a perder la fe. (1 Tim. vi, 20-21.)

Pero el Espíritu Santo dice claramente que en los venideros tiempos han de apostatar algunos de la fe, dando oídos a espíritus falaces y a doctrinas diabólicas. (I Tim. iv, 1.)

Ha sido así desde siempre, es así igualmente hoy día. Y si, a pesar de la advertencia del apóstol, “las novedades profanas” siguen serpenteando, las defecciones se multiplicarán, pues nunca hubo medio intelectual, social y político, mejor preparado para hacerlas brotar. Cuidemos pues en “tratar el misterio de la fe con limpia conciencia”, (1 Tim. III 9, acordándosenos que “la prueba de nuestra fe produce la paciencia” (Sant. I, 3), que “la tribulación ejercita la paciencia, la paciencia sirve a la prueba de nuestra fe, y la prueba produce la esperanza de los bienes eternos” (Rom. V, 3-5).

Pero no solamente en nuestra alma debemos guardar, con una vigilancia más atenta que en tiempo ordinario, la integridad y pureza de la fe; debemos hacerlo en la sociedad y en la Iglesia. Para ella no hay esperanza de victoria más que en esta integridad y pureza: Haec est victoria que vincit mundum, fides nostra. La fe, y la fe sola es lo que ha dado y no deja de dar a la Iglesia la victoria sobre el mundo.

Cuando eso sea olvidado, tocará entonces la hora de la derrota final: “Cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” (Luc. XVIII 8).

Hoy sobre todo, entonces, en este supremo asalto librado a la sociedad cristiana por el anticristianismo bajo todas sus formas, retírense los compromisos con la incredulidad y las concesiones al error, aún con miras de procurar la expansión de la Iglesia; retírense las mutilaciones del dogma, las atenuaciones de lo sobrenatural, los facilismos de toda naturaleza, aún bajo el pretexto de su avance interior. Ilusiones generosas en su intención, pero ilusiones que la historia así como la enseñanza de nuestros padres condena, y que, si se acentúan, si perseveran, conducirían a la catástrofe final.

Continúa...


Notas:

40) Question juive, p. 9, an. 1868.

41) Cuando, por orden de Mons. Bruillard y en presencia de los dos vicarios generales de Grenoble, del Sr. canónigo Taxis y del Sr. Dausse, ingeniero civil, Melania escribió su secreto para que fuera enviado al Papa Pío IX, preguntó el significado de la palabra infaliblemente y la ortografía de la palabra anticristo.

42) Es sabido que la liberación de la humanidad y la fraternidad universal son las dos contraseñas de la masonería.

43) Una palabra muy significativa de Nuestro Señor JESUCRISTO parece favorecer la opinión acreditadísima de que el anticristo sería el mesías esperado y aclamado por los judíos: “Pues yo vine en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere de su propia autoridad, a aquél le recibiréis”. Joan. V, 43.

44) En su número del 7 de enero de 1899, la Croix refería esta palabra de un judío: 

“Es nuestro imperio que se prepara; es el que llamáis anticristo, el judío temido por vosotros, que aprovechará todos los nuevos caminos para hacer rápidamente la conquista de la tierra”.


 

En revolución (XII)  


6 DE ABRIL: SAN CELESTINO, PAPA


6 de Abril: San Celestino, Papa

(✞ 432)


El glorioso celador de la dignidad de la Madre de Dios, San Celestino, primero de este nombre, fue hijo de Prisco, romano, y nació en Campana, que es tierra de Nápoles.

Habiendo resplandecido a los ojos de todos por sus virtudes y sabiduría le consagraron Obispo de Ciro, en Siria y le honraron con el título de Cardenal de la Iglesia de Roma y después, por muerte de Bonifacio primero, fue elegido con universal aplauso, Vicario de nuestro Señor Jesucristo en la tierra.

Este fue el santo Pontífice que envió al glorioso San Patricio a Irlanda, para que convirtiese aquellas gentes ciegas a la fe de Cristo, lo cual hizo San Patricio, con tan maravilloso suceso, que mereció ser llamado Apóstol de aquella nación.

Por este tiempo se quitó la máscara el diabólico hereje Nestorio, el cual con boca sacrílega negaba la unión hipostática del Verbo eterno con la naturaleza humana en las entrañas de la purísima Virgen, y juntamente afirmaba que esta serenísima Reina de los ángeles no había concebido y dado a luz a un hombre que juntamente era Dios, sino a un hombre puro; y que así no se había de llamar Madre de Dios, si no Madre de Cristo, en quién reconocía y confesaba dos personas divina y humana, poniendo en estas tanta distinción como en las naturalezas.

Contra este Luzbel que trajo su error, el cielo trajo a este ángel que fue San Celestino, el cual mandó que se celebra en el año cuatrocientos treinta y uno el Concilio general de Éfeso, que fue el tercero de los ecuménicos, donde asistió como legado apostólico el glorioso Doctor y Patriarca San Cirilo.

Así fue condenada y anatematizada la herejía de Nestorio, y al ser llamado, no quiso comparecer ante el Concilio, ni retractarse, fue depuesto de la Cátedra de Constantinopla y recluido en el monasterio de san Eupredio de Antioquía, donde acabó miserablemente su vida, llenándosele de gusanos aquella lengua que tanto había blasfemado contra la Madre de Dios.

Entonces añadió la Iglesia, como artículo de fe, a la oración angélica aquellas palabras: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros” y el pueblo con luminarias y regocijos, sostuvo la definición dogmática del más excelso título de Nuestra Señora.

Finalmente, habiendo el santo pontífice Celestino logrado del emperador Teodosio que hiciese leyes para la observancia de las fiestas, y edificado y enriquecido muchos templos de Roma con gran magnificencia, a los ocho años de su Pontificado descansó en la paz del Señor.


domingo, 5 de abril de 2026

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (97)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


97. La llamada de Mateo (47).
4 de febrero de 1945.

1 Una vez más la plaza del mercado de Cafarnaúm, pero en una hora de mayor calor en que el mercado ha terminado ya y sólo hay algunas personas ociosas hablando y unos niños entregados al juego.
Jesús, en medio de su grupo, viene del lago hacia la plaza, acariciando a los niños que le salen al paso e interesándose por sus confidencias.
Una niña enseña un gran arañazo sangrante en la frente y acusa a su hermanito de habérselo hecho.
“¿Por qué has hecho daño a tu hermana? Eso no está bien”.
“No lo he hecho adrede. Quería coger esos higos. He tomado un palo, pero era demasiado pesado y se me ha caído encima de mi hermana... Los cogía también para ella”.
“¿Es verdad eso, Juana?”.
“Es verdad”
“Como puedes ver, tu hermano no te ha querido hacer daño. Es más, quería darte una satisfacción. Por lo tanto, hacéis ahora inmediatamente las paces y os dais un beso. Los buenos hermanitos y los niños buenos no deben conocer nunca el rencor. ¡Venga!...”.
Los dos niños, llorando, se besan. Lloran los dos: la una por el dolor del arañazo; el otro, por el dolor de haber causado dolor.
Jesús sonríe ante ese beso sazonado de lagrimones. 
“¡Eso es! Ahora que veo que sois buenos, os alcanzo los higos... sin el palo”.
¡Claro! Siendo alto, y con un brazo tan largo, llega sin esfuerzo. Coge y distribuye.
Acude una mujer: “Coge, coge, Maestro. Ahora te traigo pan”.
“No. No es para mí. Es para Juana y Tobiolo. Les apetecía”
“¿Y habéis molestado al Maestro por esto? ¡Qué indiscretos! Perdona, Señor”.
“Mujer, había una paz que hacer... y la he hecho con el objeto mismo de la guerra: los higos. No obstante, los niños no son nunca indiscretos. A ellos les gustan los higos dulces, y a mí... me gustan sus dulces almas inocentes. Me quitan mucha amargura...”.
“Maestro... los que no te quieren son los potentados, pero en cambio nosotros, el pueblo, te queremos; y ellos son pocos, mientras que nosotros somos muchos...”.
“Ya lo sé, mujer. Gracias por tu consuelo. La paz sea contigo. Adiós, Juana. Adiós, Tobiolo. Sed buenos; sin haceros el mal y sin deseároslo. ¿No es verdad?”.
“Sí, sí, Jesús” responden los dos pequeñuelos.

2 Jesús se pone en camino y dice sonriendo: “Ahora que con la ayuda de los higos donde había nubes se ha restablecido la calma, vamos a... ¿A dónde decís que vamos?”.
Los apóstoles no lo saben; unos dicen un lugar, otros otro. Pero Jesús niega meneando la cabeza y ríe.
Pedro dice: “Me rindo. A menos que nos lo digas... Hoy tengo ideas pesimistas. Tú no le has visto, pero al desembarcar estaba Elí, el fariseo... con una cara más larga que de costumbre. ¡Y nos miraba de una forma...!”.
“Déjale que mire”.
“¡Ya! ¡Claro! Pero te aseguro, Maestro, que para hacer las paces con ese no son suficientes dos higos”.
“¿Qué es lo que le he dicho a la madre de Tobiolo?: "He hecho la paz con el mismo objeto de la guerra". Así, trataré de hacer la paz saludando respetuosamente, supuesto que según ellos he ofendido a las personas importantes de Cafarnaúm; así, además, algún otro se sentirá contento”.
“¿Quién?”.
Jesús no responde a la pregunta y continúa diciendo: 
“Probablemente no lo lograré, porque falta en ellos la voluntad de establecer la paz; pero, escuchad: si en todos los litigios el más prudente supiera ceder y, en lugar de empeñarse en llevar razón, tratase de conciliar, aunque fuera dividiendo por la mitad lo que –voy a ponerme en este caso– le perteneciera por derecho, el resultado siempre sería mejor y más santo. No siempre uno hace un daño con intención de hacerlo; hay veces que lo hace sin querer. Pensad siempre esto, y perdonad. Elí y los otros creen servir a Dios con justicia actuando como actúan. Con paciencia y constancia, mucha humildad y delicadeza, trataré de persuadirlos de que ha llegado un tiempo nuevo y de que Dios, ahora, quiere ser servido según lo que Yo enseño. La astucia del apóstol es su delicadeza; su arma, la constancia; su éxito está en el ejemplo y la oración en favor de los que van camino de convertirse”.

3 Ya han llegado a la plaza. Jesús va derecho hacia el banco de las tasas, donde Mateo está haciendo sus cuentas y controlando si corresponden con las monedas (las cuales divide por categorías, metiéndolas en saquitos de distinto color y colocando éstos en un arca de hierro). Dos siervos esperan para transportar el arca a otro lugar.
En el preciso momento en que la sombra proveniente del alto cuerpo de Jesús se extiende sobre el banco, Mateo alza la cabeza para ver quién es el retardatario que viene a pagar. Pedro, mientras tanto, dice, tirando a Jesús de una manga: 
“No hay nada que pagar, Maestro. ¿Qué haces?”.
Pero Jesús no le hace caso. Mira fijamente a Mateo –el cual se ha puesto en pie inmediatamente con un acto reverente–. Otra mirada perforadora no obstante, ya no se trata de la mirada del juez severo de la otra vez; es una mirada de llamada y de amor. Le envuelve, le satura de amor, Mateo se pone colorado, no sabe qué hacer, qué decir…
“Mateo, hijo de Alfeo, ha llegado la hora. Ven. ¡Sígueme!” impone Jesús majestuosamente.
“¿Yo? Maestro, ¡Señor! ¿Pero sabes quién soy? Lo digo por ti, no por mí...”.
“Ven, sígueme, Mateo, hijo de Alfeo” repite más dulce.
“¡Oh!, ¿cómo puedo haber encontrado gracia ante Dios? Yo... Yo...”.
“Mateo, hijo de Alfeo, Yo te he leído el corazón. Ven, sígueme”. La tercera invitación es una caricia.
“¡Enseguida, mi Señor!”. Mateo, llorando, sale de detrás del banco, sin ni siquiera ocuparse de recoger las monedas esparcidas encima, ni de cerrar el arca; nada.
“¿A dónde vamos, Señor?” pregunta ya junto a Jesús. “¿A dónde me llevas?”.
“A tu casa. ¿Quieres recibir en ella al Hijo del hombre?”.
“¡Oh!... pero... pero ¿qué dirán los que te odian?”
“Yo escucho lo que se dice en el Cielo, y allí se dice: "¡Gloria a Dios por un pecador que se salva!", y el Padre dice: "Eternamente la Misericordia se alzará en los Cielos y se cernirá sobre la Tierra, y, puesto que con un eterno amor, con un perfecto amor, Yo te amo, también contigo uso misericordia". Ven. Y que yendo Yo a tu casa ésta se santifique además de tu corazón”.
“Ya la había purificado, por una esperanza que tenía en mi alma... que, no obstante, la razón no podía creer verdadera... ¡Oh, yo con tus santos...!” y mira a los discípulos.
“Sí, con mis amigos. Venid. Os uno. Sed hermanos”
Los discípulos están hasta tal punto estupefactos, que todavía no han encontrado la forma de decir palabra. Caminan en grupo, detrás de Jesús y Mateo, por la plaza toda sol y ya absolutamente vacía de gente y por un breve trecho de calle que arde bajo un sol cegador; no hay ser vivo alguno por las calles, sólo sol y polvo.

4 Entran en casa. Una hermosa casa, con un amplio portal que da a la calle. Un bonito atrio umbroso y fresco, más allá del cual se ve un vasto patio dispuesto como un jardín.
“Entra, Maestro mío. Traed agua y bebidas”
Los criados vienen con ello. Mateo sale a dar las correspondientes órdenes mientras Jesús y los suyos se refrescan. Luego vuelve.
“Ven, Maestro; la sala es más fresca... Ahora vendrán amigos ... Quiero que se haga una gran fiesta. Es mi regeneración... La mía ... ésta es mi circuncisión verdadera... Tú me has circuncidado el corazón con tu amor... Maestro, será la última fiesta... No más fiestas para el publicano Mateo, no más fiestas de este mundo... únicamente la fiesta interior de ser redimido y de servirte a ti... de ser amado por ti... ¡Cuánto he llorado, cuánto, en estos meses!... Hace ya casi tres meses que lloro... No sabía cómo hacer... quería ir... más, ¿cómo ir a ti, que eres Santo, con mi alma sucia?...”.
“La estabas lavando con el arrepentimiento y con la caridad hacia mí y hacia el prójimo. ¿Pedro? Ven aquí”.
Pedro, que de lo asombrado que está aún no ha hablado, se acerca. Los dos hombres, de la misma, más bien avanzada edad, de baja estatura, robustos, están uno frente al otro; y Jesús, entre el uno y el otro, sonriente, hermoso.
“Pedro, muchas veces me has preguntado quién era el desconocido de la bolsa que traía Santiago; hele aquí, le tienes frente a ti”.
“¿Quién? Este lad... ¡Perdona, Mateo! ¿Quién podía pensar que eras tú, que precisamente tú, nuestra desesperación –por tu usura–, fueras capaz, de arrancarte todas las semanas un pedazo de corazón, dando ese rico óbolo?”.
“Sé que os he tasado injustamente. Ved, yo me arrodillo ante todos vosotros y os digo: ¡no me arrojéis de vuestra presencia! El me ha acogido, no seáis más que Él en la severidad”.
Pedro, que se encuentra a Mateo a sus pies, le levanta improvisamente, a pulso, brusca y afectuosamente: “¡Vamos! ¡vamos! Ni a mí ni a los demás. Pídele perdón a Él. Nosotros... ¡bueno hombre!, más o menos somos todos ladrones como tú... ¡Ay! ¡Lo he dicho! ¡Maldita lengua! Es que yo estoy hecho así: lo que pienso, lo digo; lo que tengo en el corazón, lo tengo en los labios. Ven. Vamos a hacer un pacto de paz y de amor” y besa en las mejillas a Mateo.
También lo hacen los demás, con mayor o menor afecto. Digo esto porque Andrés se muestra reservado, por su timidez, y Judas Iscariote como un témpano de hielo (da la impresión, a juzgar por lo antipático y breve que es su abrazo, que estuviera abrazando a un haz de reptiles).

5 Mateo oye ruido y sale.
“No obstante, Maestro –dice Judas Iscariote– me parece que esto no es prudente. Ya te acusan los fariseos de aquí, y Tú... ¡Un publicano entre los tuyos! ¡Primero una meretriz y luego un publicano!... ¿Has decidido destruirte? Si es así, dilo, que...”.
“Que nosotros nos vamos, ¿verdad?” termina Pedro irónico.
“¿Quién está hablando contigo?”.
“Sé que no hablas conmigo, pero yo en cambio sí que hablo con tu señora alma, con tu purísima alma, con tu sabia alma. Ya sé que tú, miembro del Templo, sientes hedor de pecado en nosotros, pobrecillos, que no somos del Templo. Ya sé que tú, judío de pies a cabeza, amalgama de fariseo, saduceo y herodiano, medio escriba y con una pizca de esenio –¿quieres otras nobles palabras?– te sientes mal entre nosotros, como un espléndido sábalo caído por azar en una red llena de jureles. ¡Qué vas a hacerle! El nos ha tomado consigo y nosotros... nos quedamos. Si te sientes mal... vete tú. Respiraremos mejor todos; incluso Él, que, ¿lo ves?, está disgustado por mí y por ti; por mí, porque me falta paciencia y… sí, también caridad, pero más contigo, que no entiendes nada, a pesar de toda tu retahíla de nobles atributos, y que no tienes caridad, ni humildad, ni respeto. No tienes nada, muchacho; sólo una gran vanidad... y quiera Dios que sea inocua”.
Jesús ha dejado que Pedro hablase, permaneciendo erguido en pie, severo, con los brazos cruzados, la boca bien apretada y los ojos... poco recomendables. Al final, dice: 
“¿Has dicho todo, Pedro? ¿Tú también has purificado tu corazón del fermento que había dentro? Bien has hecho. Hoy es Pascua de Ácimos para un hijo de Abraham. La llamada del Cristo es como la sangre del cordero sobre vuestras almas, y donde aquélla se encuentra ya no descenderá la culpa. No descenderá si el que la recibe es fiel a ella. Mi llamada es liberación y debe festejarse sin ningún tipo de fermento”.
A Judas, ni una palabra. Pedro se calla avergonzado.
“El huésped vuelve –dice Jesús–, y con amigos; no le mostremos sino virtud. Quien no sea capaz de tanto, que salga. No seáis como los fariseos, que oprimen con imposiciones que ellos son los primeros en no observar”.

6 Entra Mateo con otros hombres y comienza el banquete. Jesús está en el centro, entre Pedro y Mateo. Hablan de muchas cosas, y Jesús, con paciencia, explica a éste o a aquél cuanto desean. No faltan quejas respecto a los despreciadores fariseos.
“Bueno, pues acercaos a quien no os desprecie, y actuad de modo que al menos los buenos no puedan despreciaros” responde Jesús.
“Tú eres bueno. ¡Pero estás solo!”.
“No. Estos son como Yo, y además... está el Padre Dios que ama a aquel que se arrepiente y que quiere volver a ser amigo suyo. Aunque al hombre le faltaran todas las cosas, si le quedara el Padre, ¿no sería ya plena su alegría?”.
El banquete está ya a los dulces cuando un siervo hace una señal al dueño de la casa y le dice algo.
“Maestro, Elí, Simón y Joaquín solicitan entrar y hablarte. ¿Los quieres ver?”.
“Claro”.
“Pero... mis amigos son publicanos”.
“Y ellos vienen para ver exactamente esto. Dejemos que lo vean. No sería útil esconderlo; no lo sería para el bien, porque el mal agrandaría el episodio hasta decir que aquí había también meretrices. Que entren”.

7 Entran los tres fariseos. Miran a su alrededor con una risa maliciosa y hacen ademán de querer empezar a hablar, pero Jesús, que se ha levantado y ha ido a su encuentro junto con Mateo, se les adelanta. Pone una mano sobre el hombro de Mateo y dice: 
“Yo os saludo, verdaderos hijos de Israel, y os doy una gran noticia que, sin duda, alegrará vuestro corazón de perfectos israelitas. Vosotros deseáis ardientemente que la Ley sea observada por todos los corazones para dar gloria a Dios. Pues aquí tenéis a Mateo, hijo de Alfeo; desde hoy ya no es el pecador, el escándalo de Cafarnaúm. Una oveja sarnosa de Israel se ha curado. ¡Alegraos! Tras él otras ovejas pecadoras se curarán, y vuestra ciudad, por cuya santidad tanto os interesáis, vendrá a ser, como santa, grata al Señor. Él deja todo para servir a Dios. Dad el beso de paz al israelita descarriado que vuelve al seno de Abraham”.
“¿Y retorna con los publicanos? ¿En alegre banquete? ¡Ciertamente, es una conversión propicia! Mira allí, Elí: aquél es Josías, el buscador de hembras”.
“Y aquél, Simón de Isaac, el adúltero”.
“¿Y aquél? Azarías, el dueño de la casa de juego, en la que romanos y judíos juegan, altercan, se emborrachan y buscan mujeres”.
“Pero bueno, Maestro. ¿Sabes al menos quiénes son éstos? ¿Lo sabías?”.
“Lo sabía”.
“Y entonces vosotros, vosotros de Cafarnaúm, vosotros, discípulos, por qué lo habéis permitido? ¡Me sorprende, Simón de Jonás!”.
“¡Y tú, Felipe, conocido también aquí, y tú, Natanael! ¡No salgo de mi asombro! ¡Tú, verdadero israelita! ¿Cómo es que has permitido que tu Maestro comiera con los publicanos y los pecadores?”.
“¿No existe ya el recato en Israel?” –se los ve a los tres completamente escandalizados–.
Jesús dice: “Dejad en paz a mis discípulos. Yo lo he querido, Yo solo”.
“¡Claro!, ¡lógico! Cuando uno quiere meterse a santo sin serlo, cae en seguida en errores imperdonables”.
“Y cuando se educa a los discípulos al no respeto –todavía me quema la carcajada irreverente que me soltó, a mí, Elí el fariseo, éste, judío y del Templo– no se puede sino no tener respeto por la Ley. Se enseña lo que se sabe”.
“Te equivocas, Elí; os equivocáis todos. Se enseña lo que se sabe, es cierto. Y Yo, que sé la Ley, se la enseño a quien no la sabe; por lo tanto, a los pecadores. Yo sé que vosotros ya sois dueños de vuestra alma. Los pecadores no lo son. Yo busco de nuevo su alma, se la doy de nuevo, para que a su vez me la traigan en el estado en que se encuentra: enferma, herida, sucia, para que Yo la atienda y limpie. Para esto he venido. Son los pecadores quienes tienen necesidad del Salvador, y Yo vengo a salvarlos. Comprendedme... y no me odiéis sin motivo”.
Jesús se manifiesta dulce, persuasivo, humilde... Los tres fariseos, por el contrario, son como tres híspidos cardos todo aguijones... y salen con actitudes de disgusto.
“Se han ido... Ahora irán criticándonos por todas partes” murmura Judas Iscariote.
“¡Déjalos! Procura sólo que el Padre no tenga que criticarte. Mateo, no te sientas avergonzado; ni vosotros, amigos suyos. La conciencia nos dice: "No estáis haciendo nada malo". Es suficiente”.
Jesús vuelve a sentarse en su lugar y todo termina.

Continúa...

Nota:

47) Cfr. Mt. 9, 9–11; Mc. 2, 13–17; Lc. 5, 27–32

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD (30)

Continuamos con la publicación del Capítulo 30 del libro “La Reina del Cielo”, escrito por la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, Hija Pequeña de La Divina Voluntad.


Esta obra de Luisa-Piccarreta que fue publicada por primera vez el año 1930, consta de treinta y un Meditaciones que serán publicadas -Dios mediante- cada cinco días.



TRIGESIMA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad.

La Maestra de los Apóstoles. Sede y centro de la Iglesia naciente. Barca de Refugio. Pentecostés.

EL ALMA A SU MAMA DEL CIELO:

Soberana del Cielo, yo me siento en tal modo atraída por Ti que cuento los minutos en espera de que tu bondad me llame para darme tus sorprendentes lecciones. Tu ternura de Madre me rapta, y pensando que Tú me amas mi corazón se llena de gozo, de confianza y de esperanza.

¡Oh, sí! Yo estoy segura de que mi Mamá me dará tanto amor y tantas gracias para poder sojuzgar mi voluntad, y que el Querer Divino, gracias a su dulce intercesión, extenderá sus mares de luz en mi alma y pondrá el sello de su FIAT en todos mis actos. ¡Ah, Mamá Santa, no me dejes más sola, sino haz que en mí descienda el Espíritu Santo y queme y consuma todo lo que no pertenece a la Divina Voluntad!

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:

Hija mía bendita, tus palabras hacen eco en mi Corazón, y sintiendo que me hieren, Yo pongo en ti mares de gracia y te doy la Vida de la Divina Voluntad. Si tú me eres fiel Yo no te dejaré nunca más, estaré siempre unida a ti para darte en cada acto tuyo, en cada palabra y latido, el alimento del Supremo Querer.

Querida mía, he aquí que nuestro Sumo Bien Jesús parte para el Cielo, donde Él está rogando continuamente ante su Padre Celestial por sus hijos y hermanos que dejó en la tierra. Desde la Patria Celestial Él vigila a todos y ninguno queda fuera de su mirada de misericordia. Su amor hacia estos sus redimidos por Él fue tan grande que dejó a su Mamá en la tierra para que Ella fuera su guía, su ayuda y su consuelo.

Una vez que mi Hijo partió para el Cielo, Yo me recogí con los Apóstoles en el Cenáculo esperando la venida del Espíritu Santo. Todos estaban junto a Mí, orábamos unidos y nada se hacía sin mi consejo. Cuando Yo tomaba la palabra para instruirlos o para narrarles algún particular ignorado de mi Jesús en relación, por ejemplo, de su nacimiento, de sus lágrimas infantiles, de sus amorosos tratos, de los incidentes en Egipto, de las innumerables maravillas de su vida oculta en Nazaret..., ellos tomaban las palabras de mis labios y raptados, las fijaban en su mente y en su corazón.

Hija mía, estando en medio de mis Apóstoles Yo los iluminé más que un sol; para ellos fui el áncora, el timón, la barca donde ellos encontraban refugio y quedaban defendidos de todo peligro. Puedo, por lo tanto, asegurar haber dado a luz la Iglesia naciente y haberla guiado a puerto seguro, como la guío aún ahora.

Hasta que al fin llegó el día de que el Espíritu Santo prometido por mi Hijo descendió... ¡Qué transformación, hija mía, en el día de Pentecostés...!

En cuanto los Apóstoles fueron investidos por el Espíritu Divino adquirieron ciencia maravillosa, fortaleza invencible y amor ardiente; una nueva vida corrió en ellos y los hizo en tal forma valerosos que se esparcieron por todo el mundo para dar a conocer la doctrina de su Maestro Divino aun a costa del martirio.

Yo seguí viviendo con el amado Juan, pero habiendo comenzado la tempestad de la persecución fui obligada a alejarme de Jerusalén. Queridísima hija, has de saber que Yo continúo siempre mi magisterio en la Iglesia. No hay cosa que no descienda de Mí; Yo me vuelco por amor de mis hijos y los nutro con mi alimento materno. Y en estos tiempos quiero mostrar un amor particularísimo haciéndoles conocer cómo toda mi vida fue formada en el Reino de la Divina Voluntad; por eso te invito a venir a mis rodillas, entre mis brazos maternos que como barca te llevarán segura en el mar de la Divina Voluntad. Gracia más grande no sabría hacerte; por eso te pido que contentes a tu Mamá y vengas a vivir en este Reino tan santo. Cuando sientas que tu voluntad quisiera tener algún acto de vida corre inmediatamente a refugiarte en la segura barca de mis brazos diciéndome: “Mamá, mi voluntad me quiere traicionar, yo te la entrego a fin de que Tú me la cambies por la Divina Voluntad”. ¡Oh, cómo seré feliz si puedo decir: “La hija mía es toda mía, porque ella vive también de Voluntad Divina!”

Entonces Yo haré descender al Espíritu Santo a tu alma para que Él queme todo lo que hay de humano con su soplo, impere en ti y te confirme en el Divino Querer.

EL ALMA:

Maestra divina, hoy tu pequeña hija tiene el corazón tan henchido que siente la necesidad de desahogarse en llanto y bañar con sus lágrimas tus manos maternas. Un velo de tristeza me invade porque temo no poder sacar provecho de tus enseñanzas y de tus delicadezas más que maternas. Mamá mía, ayúdame, fortifica mi debilidad, quita mis temores, y yo, abandonándome en tus brazos, tendré la certeza de vivir toda de Voluntad Divina.

PRACTICA:

Para honrarme recitarás siete Gloria en honor al Espíritu Santo y me pedirás que renueve sus prodigios sobre toda la Iglesia.

JACULATORIA:

Mamá Celestial, pon en mi corazón fuego y llamas para que consuman y quemen en mí todo lo que no es Voluntad de Dios.

Continúa...


5 DE ABRIL: SAN VICENTE FERRER


5 de Abril: San Vicente Ferrer

(🕆 1419)

El gloriosísimo y apostólico varón San Vicente Ferrer, nació en la ciudad de Valencia, de la noble familia de los Ferrer, y fue hermano de Bonifacio Ferrer, gran jurista y después Prior General de la Cartuja.

Desde su niñez juntaba el santo a otros muchachos y les decía:

- Oídme, niños, y juzgad si soy buen predicador

Y haciendo la señal de la cruz, refería algunas razones de las que había oído a los Predicadores en Valencia, imitando la voz y los movimientos de ellos tan vivamente, que dejaba admirados a los que le oían.

Llegando a la edad de dieciocho años tomó el hábito del glorioso Santo Domingo, y llegó a ser un perfecto retrato de la vida religiosa.

Hizo sus estudios en los conventos de Barcelona y Lérida, y en esta universidad le graduaron como Maestro en Teología, para dar principio a su carrera apostólica.

Era muy agraciado y de gentil disposición, y habiéndosele aficionado y queriendo traerle a mal algunas mujeres, él las ganaba para Cristo.

En el espacio de dieciocho años solo dejó de predicar quince días, y siempre fue estupendo el fruto de sus sermones, no solo en España, sino también en Francia, Inglaterra, Escocia, Irlanda, Piamonte, Lombardía y buena parte de Italia; y predicando en su lengua valenciana en estas naciones le entendían como si predicara en la lengua de aquellos países, algo que es un don raro y apostólico.

Solamente en España, convirtió más de veinticinco mil judíos y dieciocho mil moros.

Muchos pecadores convertidos y otra gente sin número le seguían de pueblo en pueblo, y eran tantos, que hubo una vez que se hallaban ochenta mil, y hacían procesiones muy devotas y solemnes, disciplinándose terriblemente y derramando mucha sangre en memoria de la Pasión del Señor y en satisfacción de sus pecados, y eran tantos los disciplinantes, que había tiendas de disciplinas como si fuera feria de azotes.

Los milagros que obró el Señor a través de San Vicente fueron tantos, que solo de los cuatro procesos que se hicieron en Aviñón, Tolosa, Nantes y Nápoles, se obtuvieron, sin los demás, ochocientos sesenta.

En España hasta los mismos reyes de Aragón salían a recibirle, lo llamó el emperador Sigismundo, rey de Inglaterra, y hasta el rey de Granada, siendo moro, y todos le miraban como hombre más divino que humano.

A la muerte de Martín de Aragón fue elegido para las Cortes de Aragón, Valencia y Cataluña, y declaró por Rey al infante de Castilla Don Juan el primero.

Finalmente, habiendo este predicador divino abierto el cielo a innumerables almas, dio su espíritu al que para tanta gloria suya le había criado.

Murió a la edad de setenta y cinco años en la ciudad de Nantes, acudiendo tanta gente a reverenciarlo, que por espacio de tres días no se pudo sepultar.



FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN


¡VENCIÓ A LA MUERTE!
 

sábado, 4 de abril de 2026

ERRORES TEOLÓGICOS DE LE SILLON

La magnitud y los efectos nocivos del espíritu de novedad en la Iglesia no eran tan evidentes en 1902 como lo son hoy, pero sí explica la antipatía hacia la Tradición que manifiesta la jerarquía moderna.

Por la Dra. Carol Byrne


Uno de los primeros ejemplos de un miembro del clero que criticó a Le Sillon por heterodoxia fue el padre Charles Maignen, un sacerdote francés contemporáneo conocido por su oposición a todas las formas de liberalismo en la doctrina social de la Iglesia. Tras una investigación exhaustiva de esta organización, no pudo evitar la conclusión de que los jóvenes miembros de Le Sillon estaban impulsados ​​por una insaciable sed de novedad: Rerum novarum cupido (para usar las palabras iniciales de la encíclica de León XIII), lo que los llevó a preferir una teología “dinámica” en lugar de una “estática” (1).

Padre Charles Maignen

Estas palabras nos resultan familiares ahora porque han sido adoptadas por los defensores de la Nueva Teología y utilizadas para describir la “superioridad” de las nuevas ideas progresistas sobre la Doctrina Tradicional de la Iglesia. 

Algunos años antes de que Pío X condenara el Modernismo, el padre Maignen advirtió que esta tendencia supondría la sentencia de muerte para la Tradición Católica:

“Hasta este momento, la Iglesia había creído que el amor a la novedad era el mayor obstáculo para la fe. La nueva teología lo ha cambiado todo” (2). 

Continuó señalando que la situación respecto a la verdad y la falsedad se había invertido por completo. En aquellos momentos, la Tradición pasó de ser garante de la certeza de la verdad a un mal que debía evitarse e incluso un enemigo que debía combatirse. De repente, “es el apego a la Tradición del pasado, la obstinada negativa a seguir la evolución de una idea” lo que, según la mentalidad modernista, conduciría a la “decadencia… en el orden de la religión” (3).

La magnitud y los efectos nocivos de este espíritu de novedad en la Iglesia no eran, por supuesto, tan evidentes en 1902, cuando el padre Maignen escribió estas líneas, como lo son hoy. Pero sí explica la antipatía hacia la Tradición que manifiesta la jerarquía moderna, influenciada por el concilio Vaticano II y su hermenéutica “dinámica”.

Curiosamente, Romano Amerio ha ilustrado este tipo de pensamiento entre el episcopado francés (herederos de Le Sillon): en su misal dominical de 1983, se solicitaban oraciones “por los fieles que se ven tentados a aferrarse a sus certezas” (4). Esta era una clara alusión dirigida a los tradicionalistas.

El  periodista y político francés Marc Sangnier (creador del movimiento Le Sillon) aplicó una hermenéutica “dinámica” en la construcción de su sociedad ideal para asegurar la mayor autonomía posible para cada ciudadano:

Abogamos por una tradición viva que esté siempre en movimiento, una fuerza evolutiva que nunca regrese a posiciones anteriores; queremos una jerarquía que no sea externa y simbólica, sino interna, que cada día se acerque más a la meta de la aceptación unánime” (5).

En este esquema, tanto la Tradición como la Jerarquía eran simplemente conceptos abstractos. Sin embargo, desempeñarían papeles útiles para el florecimiento de su tipo de democracia: la Tradición para ayudarla a echar raíces y crecer, y la Jerarquía para darle estabilidad y dirección en la vida de la Iglesia. Podemos deducir de estas ideas que Sangnier no tenía un respeto real ni por la Tradición ni por la Jerarquía, sino que simplemente explotó su estatus de autoridad como herramientas para promover sus propias ambiciones.

Alfred Loisy

Lo más condenatorio de todo es que el padre Maignen presentó pruebas de que Le Sillon, en su Revista Le Sillon, promovió la obra del principal defensor del Modernismo, el padre Alfred Loisy y su teoría de la “evolución de la doctrina”; en el mismo número, también había un artículo sobre el padre André de la Barre, SJ, quien profesaba la misma noción de cambio dogmático (6). (Ambos, por cierto, eran profesores del Instituto Católico de París). En el siguiente pasaje se cita del número del 25 de mayo de 1899 de Le Sillon:

“Así como, en el mundo de la naturaleza, las semillas incorporan en sí mismas los elementos nutritivos que han extraído del aire y la tierra que las rodea, así también las semillas del dogma necesitan, para alcanzar su pleno desarrollo, buscar en el entorno circundante de ideas filosóficas o populares cualquier principio que pueda considerarse compatible, y asimilarlo (7).

El padre Maignen señaló el error teológico fundamental en este pasaje que colocaba la Revelación —la fuente del conocimiento y la vida sobrenaturales— al mismo nivel que el proceso natural y orgánico del crecimiento de las plantas, sin distinción de esencia. Esto ilustra la mentalidad modernista, incapaz de aceptar la validez de la Verdad proveniente de lo “superior”, sino que insiste únicamente en adaptar las teorías humanas disponibles en el presente, las cuales cambian según las exigencias de la época.

El autor del artículo de Le Sillon, el padre Maignen, sugirió además que el novedoso concepto de “evolución” debería incorporarse a los estudios teológicos convencionales, siendo el currículo de los seminarios el principal ejemplo.

Otra importante desviación de la ortodoxia católica se publicó en una serie de artículos en Le Sillon a principios de 1899. Los artículos fueron escritos por un joven seminarista anónimo (apenas cuatro meses después de comenzar sus estudios y, probablemente, aún adolescente), quien se arrogó el derecho de juzgar la encíclica Aeterni Patris de León XIII, que abogaba por el resurgimiento de la teología escolástica y el estudio de Santo Tomás de Aquino.

En las páginas de Le Sillon, el seminarista desestimó el valor de la teología escolástica, afirmando que carecía de valor alguno como herramienta de apologética, con el argumento falaz de que “sería incapaz de convencer al hombre moderno” (8). Esto contradecía abiertamente la enseñanza del Papa León XIII, según la cual la escolástica era el modelo por excelencia e indispensable para los estudios teológicos, precisamente porque las mentes incluso de los escépticos más acérrimos, los espíritus más rebeldes y obstinados, se verían obligados (“nectendis mentibus”) a reconocer su perfecta armonía con la razón. Parece probable que el seminarista no hubiera leído la encíclica por sí mismo y simplemente repitiera las ideas de sus maestros modernistas. No obstante, su directa contradicción con la enseñanza de León XIII, que representaba la perspectiva católica tradicional, puede describirse —sin llegar a acusarlo de lesa majestad— como un ataque a la autoridad y dignidad del Sumo Pontífice en su Magisterio.

Continúa...

1) Charles Maignen, Nouveau Catholicisme et Nouveau Clergé (Nuevo catolicismo y nuevo clero), París: Victor Retaux, 1902, pág. 311.

2) Ibid., pág. 303.

3) Ibid.

4) Romano Amerio, Iota Unum: A Study of Changes in the Catholic Church in the Twentieth Century (Iota Unum: Un estudio de los cambios en la Iglesia católica en el siglo XX), Angelus Press, 1996, pág. 339, nota 13.

5) M. Sangnier, L'Esprit Démocratique, pág. 174.

6) André de la Barre, Vie du Dogme Catholique: Autorité – Évolution, París: Lethielleux, 1898, p. 178.

7) C. Maignen, op. cit., pág. 314.

8) Ibid., pág. 323.

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123ª Parte: “Infalibilidad del Pueblo” versus Infalibilidad Papal
124ª Parte: La “Iglesia que escucha”
125ª Parte: Los Jesuitas Tyrrell y Bergoglio degradan el Papado
126ª Parte: Rehacer la Iglesia a imagen y semejanza del mundo
131ª Parte: Comparación de la formación en el Seminario anterior y posterior al vaticano II
132ª Parte: El Vaticano II y la formación sacerdotal
134ª Parte: Francisco: No a la “rigidez” en los Seminarios
135ª Parte: El secretario de seminarios
142
ª Parte: El legado antiescoléstico de Ratzinger
144ª Parte: Una previsible crisis de Fe Eucarística
145ª Parte: El papel de Ratzinger en el rechazo de los documentos originales del Vaticano II
146ª Parte: El Santo Oficio fue destruido por Ratzinger149ª Parte: El modernismo en la raíz de la confusión teológica actual