lunes, 31 de agosto de 2026

GRACIA Y LIBERTAD: SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (2)

Seguimos contemplando el misterio de la gracia y la libertad en los Manuscristos autobiográficos de Santa Teresa del Niño Jesús.

Por el padre José María Iraburu


Santa Teresa del Niño Jesús (1)

El Señor le concedió la gracia del celo apostólico en aquella misma noche de Navidad, en la que la llorona fue fortalecida para siempre cuando tenía trece años.

“Aquella noche luminosa comenzó el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del Cielo. La obra que yo no había conseguido realizar en diez años, Jesús la consumó en un instante, contentándose con mi buena voluntad, que por cierto, nunca me había faltado. Yo podía decirle como los apóstoles: “Señor, he estado pescando toda la noche sin coger nada” [Lc 5,5]. Más misericordioso conmigo que con sus discípulos, Jesús mismo cogió la red, la echó, y la sacó llena de peces. Hizo de mí un pescador de almas. Sentí un gran deseo de trabajar por la conversión de los pecadores, deseo que nunca hasta entonces había sentido tan fuertemente. Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, la obligación de olvidarme de mí misma por complacer a los demás. Desde entonces fui dichosa…

“El mismo grito de Jesús en la cruz, “¡tengo sed!” [Jn 19,28] resonaba continuamente en mi corazón… Yo misma me sentía devorada por la sed de las almas. No eran todavía las almas de los sacerdotes las que me atraían, sino la de los grandes pecadores. Me abrasaba el deseo de librarlas del fuego eterno” (V,45v).
 
Jesús mismo fue formando a la futura Doctora de la Iglesia

Por esos años le vino a Teresita el ansia de saber, sobre todo en temas de historia y de ciencias. Pero pronto le hizo ver el Señor que “aquello no era más que vanidad y aflicción de espíritu” [+Eccl 2,11] (V,46v).

“Me hallaba en la edad más peligrosa para las jóvenes. Pero Dios realizó en mí lo que cuenta Ezequiel en sus profecías [16,8-13]: “pasando a mi lado, Jesús vio que era llegado para mí el tiempo de ser amada… Extendió sobre mí su manto, me lavó con preciosos perfumes, me vistió ropas bordadas… Me alimentó con la más pura harina, con miel y aceite en abundancia… Todo esto me tornó bella a sus ojos, y él hizo de mí una reina poderosa”. Sí, todo esto hizo Jesús conmigo

“Desde hacía mucho tiempo me alimentaba con “la pura harina” contenida en la Imitación. Fue éste el único libro que aprovechó a mi alma, pues aún no había hallado los tesoros escondidos en el Evangelio… A los catorce años, con mis vivos deseos de saber, Dios creyó oportuno añadir a “la pura harina”, “miel y aceite en abundancia”… Me los proporcionó en las conferencias del señor Abate Arminjon sobre El fin del mundo presente y los misterios de la vida futura… Aquella lectura fue también una de las mayores gracias que he recibido en mi vida” (V,47r-v).

Celina y Teresa, con todo esto, se iban preparando para su ingreso en el Carmelo. “Sí, seguíamos ligeras las huellas de Jesús. Las centellas de amor que él sembraba a manos llenas en nuestras almas… hacían desaparecer a nuestros ojos las cosas pasajeras, y de nuestros labios brotaban aspiraciones de amor inspiradas por él… Creo que recibíamos gracias de un orden tan elevado como las concedidas a los grandes santos… El Amor nos hacía hallar en la tierra a Aquél a quien buscábamos” (V,47v).

“Gracias tan grandes no podían quedar sin frutos… y el renunciamiento se me hizo fácil aun en el instante primero. Jesús dijo: “al que tiene se le dará más, y se hallará en la abundancia” [Mt 13,12]. Por una gracia fielmente recibida, Él me concedía una multitud de gracias nuevas. Se me entregaba Él mismo en la Santa Comunión con mayor frecuencia de la que yo me hubiera atrevido a esperar” (V,48r-v).

Jesús mismo fue su director espiritual

“Era mi camino tan recto, tan luminoso, que no necesitaba por guía más que a Jesús. Comparaba a los directores espirituales con los espejos fieles que reflejaban a Jesús en las almas, y pensaba que en mi caso Dios no se servía de intermediarios, sino que obraba directamente… Porque era pequeña y débil, se abajaba hasta mí y me instruía secretamente en las cosas de su amor. ¡Ah! si los sabios que vivieron entregados al estudio me hubieran examinado, ciertamente habrían quedado sorprendidos al ver a una niña de catorce años penetrar los secretos de la perfección, secretos que toda su ciencia no sería capaz de descubrirles nunca, porque para poseerlos es necesario ser pobre de espíritu” (V,48v).

Por pura gracia de Dios entró Teresita en el Carmelo. Todo, comenzando por su edad, quince años, se mostraba en contra. Las gestiones realizadas por quienes apoyaban su intento, todas quedaban en nada. “No hallaba ayuda alguna en la tierra, la cual me parecía un desierto árido y sin agua [Sal 62,2]. Sólo en Dios tenía puesta mi esperanza” (VI,66r). Y esta esperanza no le llevaba a una pasividad inerte –la esperanza es una virtus, una fuerza–, sino que, por el contrario, la llenaba de audacia, y superando su timidez, la hizo llegar hasta el mismo Papa León XIII (20-XI-1887).

Finalmente, “a pesar de todos los obstáculos, se realizó lo que Dios quiso. No permitió el Señor a las criaturas hacer lo que ellas querían, sino lo que quería él” (VI,64r). Y aunque la superiora del Carmelo de Lisieux no quería admitirla, para que no se juntasen en comunidad tres hermanas de sangre, “Dios, que tiene en su mano el corazón de las criaturas y lo maneja como quiere, cambió las disposiciones de dicha religiosa” (VIII,82v), y finalmente pudo ingresar en abril de 1888. “Así obró Jesús con su Teresita. Después de haberla probado durante mucho tiempo, colmó todos los deseos de su corazón” (VI,67v).

“¡Las ilusiones! Dios me concedió la gracia de no llevar ninguna [ilusión] al Carmelo. Hallé la vida religiosa tal y como me la había figurado. Ningún sacrificio me extrañó… Jesús me hizo comprender que las almas me las quería dar por medio de la cruz. Y mi anhelo de sufrir creció con el sufrimiento mismo” (VII,69v). La Priora, Madre María de Gonzaga, se mostró desde el principio muy severa con ella. “Y fue ésta una gracia inapreciable. ¡Cómo obraba Dios visiblemente en la que estaba en su lugar! ¿Qué hubiera sido de mí si, como creían las personas del mundo, yo hubiese sido el juguete de la Comunidad?” (VII,70v).

La Hna. Teresa confiesa que todavía estaba algo apegada al uso de las cosas bonitas. Pero “mi Director [Jesús] soportó aquello con paciencia, pues no acostumbra a dirigir a las almas enseñándoles todo a un tiempo. Suele ir concediendo poco a poco sus luces… No tardé en convencerme de que cuanto más adelanta uno en este camino [de la perfección] más lejos se cree del término. Por eso ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y encuentro en ello mi alegría” (VII,74r).

Muy pronto, sin embargo, Jesús quiso librarla de esos pequeños apegos y le dio grandes luces sobre la pobreza, haciéndole entender que ella “consiste no sólo en verse una privada de las cosas agradables, sino también de las indispensables. Así fue como, en medio de las tinieblas exteriores, el Señor me iluminó interiormente” (ib.).

Dios le dio la gracia de amar mucho la mortificación

Ella confesó que cuando vivía en su casa familiar estaba “muy lejos de parecerme a esas hermosas almas que desde su infancia practicaron toda clase de mortificaciones. Yo no sentía por ellas ningún atractivo. Sin duda, aquello era debido a mi cobardía … Mis mortificaciones consistían en quebrantar mi voluntad, siempre dispuesta a salirse con la suya; en callar una palabra de réplica, en prestar pequeños servicios sin hacerlos valer, en no apoyar la espalda cuando estaba sentada, etc. etc.” (VI,68v). Desde niña, como ya vimos, había sido enseñada a buscar la santidad en “la fidelidad en las más pequeñas cosas” (IV,33v).

Ya en el Carmelo, igualmente, “me dedicaba especialmente a la práctica de las pequeñas virtudes, por no serme fácil practicar las grandes. Así, por ejemplo, me gustaba doblar las capas que olvidaban las Hermanas, y prestar a éstas los pequeños servicios que podía. Me fue dado también un gran amor a la mortificación. Y este amor era tanto más grande, cuanto menos era lo que me permitían hacer para satisfacerlo… De haber obtenido permiso para hacer muchas penitencias, de seguro que mi ardor no hubiera durado gran cosa. Las solas que me concedían, sin yo pedirlas, era mortificar mi amor propio, lo cual me aprovechaba mucho más que las penitencias corporales” (VII,74v).

Teresa siempre se movió movida por Jesús. “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Sabemos –es de fe– que la gracia habitual potencia al hombre para actos sobrenaturales, meritorios de vida eterna. Pero también sabemos que las gracias actuales del Señor le activan siempre para el bien. Esta doctrina, como ya lo expuse, es la más conforme con la Escritura, el Magisterio conciliar y la experiencia de los santos: “Dios, cuantas veces obramos bien, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros” (Orange II, Denz. 379; cf. Trento ib.1546; STh I-II,109, 9). Pues bien, Santa Teresa del Niño Jesús, al dar testimonio de su experiencia espiritual, confirmó continuamente en sus escritos esa doctrina.

Por ejemplo, con ocasión de su Profesión religiosa, en septiembre de 1890, ella declaró: “he observado con frecuencia que Jesús no quiere darme nunca provisiones. Me alimenta instante por instante con un manjar recién hecho. Lo encuentro en mí sin saber cómo ni de dónde viene. Creo, sencillamente, que es Jesús mismo, escondido en el fondo de mi pobrecito corazón, quien obra en mí, dándome a entender en cada momento lo que quiere que yo haga” (VIII,76r). “Sí, lo sé; cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí” (X,12v). “Ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

Ella obraba el bien cuando Jesús lo obraba en ella y con ella; pero sin Él, no podía nada. Podemos comprobarlo, p.ej., en esta anécdota. Al tomar el velo religioso, se dolió mucho por la ausencia de su padre, recogido en una Casa de Salud. “Aquel día Jesús permitió que no fuese capaz de contener mis lágrimas… De hecho, había yo soportado otras pruebas mucho mayores sin llorar; pero era por haberme hallado asistida de una gracia poderosa. Por el contrario, el día 24, Jesús me dejó abandonada a mis propias fuerzas, y demostré cuán pequeñas eran” (VIII,77r).

Jesús le dio santos deseos y le dio luego su fuerza para obrarlos. Todo fue don de su gracia. “¡Qué misericordioso ha sido el camino por donde Dios me ha llevado siempre. Nunca me ha hecho desear cosa que luego no me haya concedido” (VII,71r). Lo repitio muchas veces en sus escritos. Dios “no ha querido que tuviese un solo deseo sin verlo inmediatamente satisfecho” (VIII,81r). “El Señor es tan bueno conmigo que me es imposible tenerle miedo. Siempre me ha dado lo que he querido, o mejor, siempre me ha hecho desear lo que pensaba darme” (XI,31r).

“¡Ah, cuántos motivos tengo para dar gracias a Jesús por haber tenido a bien colmar todos mis deseos! Al presente no tengo ya ningún deseo, si no es el de amar a Jesús con locura… Mis deseos infantiles han desaparecido… Ya no deseo ni el sufrimiento ni la muerte, aunque sigo amándolos: el amor es lo único que me atrae… Al presente, sólo el abandono me guía, no tengo otra brújula” (VIII,82v).

Abandono, puro amor y ninguna voluntad propia

Ya Santa Teresita no queria nada por su propia voluntad. Queria no más, no menos, ni otra cosa, que aquello que Dios concretamente quisiera obrar en ella. En la navidad de 1887, en una barquita que en su habitación lleva al Niño Jesús dormido, lee una sola palabra: “abandono” (VI,68r). Ahora, en el Carmelo, con la muerte de los deseos infantiles, ya Teresa no queria nada: “sólo el abandono es mi guía… Ya no me es posible pedir nada con ardor, excepto el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios sobre mi alma, sin que las criaturas puedan ponerle obstáculos… “Ya sólo en amar es mi ejercicio” [San Juan de la Cruz, Cántico 28])” (VIII,83r). Y en este abandono total halló Teresita su paz y su alegría. “Tanto en las cosas pequeñas como en las grandes Dios da el céntuplo en esta vida a las almas que todo lo han abandonado por su amor” (VIII,81v).

Jesús quiso lo que queria Teresa, pues ella ya no queria sino la voluntad de Jesús. “Siempre me ha dado lo que he querido, o mejor, siempre me ha hecho desear lo que pensaba darme” (XI,31r).
 

ORGANIZACIÓN DEL PODER DENTRO DE LOS ILLUMINATI

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


PREFECTOS O SUPERIORES LOCALES

“Nuestra fuerza reside principalmente en nuestro número; pero también depende enormemente del cuidado que ponemos en la formación de los alumnos. Los jóvenes son más receptivos y están mejor preparados para este propósito. Por lo tanto, el Prefecto Ilustrado no escatimará esfuerzos para tomar posesión de las escuelas de su distrito y de sus maestros. Se asegurará de que sean confiadas a miembros de nuestra Orden; pues es de esta manera que logramos inculcar nuestros principios, formar a los jóvenes, preparar a las mentes más brillantes para que trabajen para nosotros, acostumbrarlas a la disciplina, ganarnos su estima y asegurar que el vínculo que estos jóvenes alumnos desarrollan con nosotros sea tan duradero como cualquier otro recuerdo de su infancia.

Cuando se trata de establecer una nueva colonia, primero debemos elegir a un seguidor audaz y emprendedor cuyo corazón esté completamente entregado a nosotros. Se debe enviar a pasar un tiempo en la zona donde se planea asentarlo.

Antes de poblar los extremos, se debe comenzar por establecerlo en el centro.

No debe intentar expandirse hasta que todo esté consolidado en la ciudad principal del distrito.

Si bien nos beneficia contar con las escuelas ordinarias, es igualmente importante ganarnos los seminarios y sus superiores. Con ellos, controlamos a la mayor parte del país; obtenemos el respaldo de los mayores enemigos de toda innovación; y, lo más importante, con el clero, el pueblo llano y la población en general están en nuestras manos.

En general, los príncipes rara vez serán admitidos en la Orden, y aquellos que sean recibidos no ascenderán fácilmente por encima del rango de Caballero Escocés.

Bajo el epígrafe “Esprit de Corps” (Espíritu de Cuerpo), se le informa al Prefecto que este espíritu se inspira en el esfuerzo constante por enaltecer la belleza y la importancia del objetivo. Para nutrirlo, es necesario mantener la esperanza de descubrimientos cada vez más significativos a medida que se avanza. Temiendo que se enfríe, se aconseja: “Procure que sus alumnos participen frecuente y constantemente en nuestra Sociedad; conviértala en su tema favorito. Observe todo lo que hace la Iglesia Católica Romana para hacer tangible la religión, para mantener su objeto siempre presente en los ojos de sus fieles; tómela como ejemplo”.

Si realmente han logrado transmitir a sus alumnos la grandeza de nuestro propósito y nuestros planes, sin duda obedecerán con gusto a sus Superiores. Cuanto más detallados sean los informes o cuentas que presenten sobre sus subordinados, mejor; pues en ellos se basa todo nuestro plan de operaciones. A través de estos informes conocemos el número de H∴ y su progreso. A través de estos informes podemos apreciar la fortaleza o debilidad del sistema, la proporción o adhesión de las partes al todo, la justa idoneidad de los H∴ para los ascensos y, finalmente, el mérito de las asambleas, las Logias y sus Superiores.

El prefecto debe estar de acuerdo con el provincial sobre la capa, el velo que se le debe dar a la Orden. — Así, nuestra orden debe ocultarse bajo la apariencia de una sociedad mercantil o alguna fachada similar” (1).

Por temor a que el número de H∴ pudiera exponerlos al descubrimiento si sus asambleas fueran demasiado numerosas, el Prefecto deberá procurar no reunir habitualmente a más de diez H∴ en las iglesias Minervales. “Si en algún lugar hay un número mayor de estos estudiantes, será necesario multiplicar las logias, o al menos asignar días diferentes para que no se reúnan todos a la vez; y si hay varias logias Minervales en la misma ciudad, el Prefecto deberá velar por que los H∴ de una logia no sepan nada de las demás”.

PROVINCIAL

“Que el Provincial sea un hijo de la Provincia confiada a su cuidado, o al menos que la conozca a fondo.

En la medida de lo posible, deberá estar libre de todos los asuntos públicos y de todas las demás obligaciones, para que pueda dedicarse por completo a la Orden.

Él debe parecer un hombre que solo busca descansar y que se ha retirado de los negocios.

Él debe pasar el mayor tiempo posible en el centro mismo de su provincia, para poder extender mejor su atención a los distintos cantones.

Al convertirse en Provincial, dejará su primer nombre de guerra para adoptar el que le darán los Superiores mayores. — Tendrá como sello de su provincia aquel cuya impronta le enviarán los mismos Superiores, y lo llevará grabado en su anillo.

El Provincial, sometiéndose inmediatamente a uno de los Inspectores Nacionales, le entregará mensualmente un informe general sobre su provincia.

Que este informe se divida en tantas partes como prefecturas haya bajo su jurisdicción. Que registre cuidadosamente todos los acontecimientos más relevantes ocurridos en cada una de nuestras escuelas: que incluya el nombre, la edad, la nacionalidad, la situación de los nuevos alumnos y la fecha de sus cartas de admisión.

Además de esta rendición de cuentas mensual, debe dirigirse a la Asamblea Nacional siempre que surjan asuntos importantes que no queden a su entera discreción.

Cuando tenga que reprender a uno de los H∴ a quienes sería peligroso ofender, utilizará la firma de un tercero y su carta estará firmada como Basile (Basilio). Este nombre, que nadie en la Orden ostenta, está expresamente destinado a este fin.

De vez en cuando escribirá a las clases bajas; y a propuesta de nuestros Epoptes, prescribirá los libros con los que los estudiantes deben ocuparse, según las necesidades de cada grado. — Debe, cuando pueda, establecer en los lugares más convenientes de su provincia, bibliotecas, gabinetes de historia natural, Museum, colecciones de manuscritos y otras cosas similares”. Por supuesto, para uso de los H∴

El Provincial abre las cartas de los Illuminati Menores y de los Caballeros Escoceses, cuya dirección es soli. También abre el simple quibus licet de los Epoptes, e incluso el primo de los Novicios; pero no puede abrir ni el primo de un Minerval, ni el soli de un Epopte, ni el quibus licet de los Regentes.

Esta gradación en el derecho a abrir las cartas de los H∴, según su rango en la Orden, dice Barruel, indica claramente que la dirección debe ir acompañada de algún signo que marque el rango del H∴ que escribe; no he podido averiguar cuál es este signo. Pero una observación que no debe pasar desapercibida para el lector es que las cartas de los H∴, e incluso sus simples quibus licet (aperturas), siempre llegan a un H∴ de un rango superior; de modo que nunca saben quién las recibe y quién responde; puesto que las reglas de esta jerarquía se revelan solo en proporción al derecho que cada H∴ recibe en su ascenso. El propio Provincial no sabe, o al menos solo puede saber por conjetura, a quién llegan sus propias cartas y aquellas que no le está permitido leer.

En pocas palabras, el Provincial tiene la responsabilidad de preparar a su provincia para emprender todo por el bien común y prevenir todo daño (ya sabemos en qué sentido deben entenderse estas palabras aquí). — ¡Felices las tierras donde nuestra Orden haya adquirido este poder! Esto no será muy difícil para el Provincial, quien seguirá al pie de la letra los consejos de los más altos Superiores. Asistido por tantos hombres capaces, formados en ciencias morales, sumisos y que trabajan con él en secreto, no hay noble empresa que no pueda llevar a cabo, ni plan malvado que no pueda frustrar. — Así, no habrá connivencia en el mal; ni ​​nepotismo, ni enemistades. — Ningún otro objetivo que el bien común. — Ningún otro propósito ni otros motivos que los de nuestra Orden.

DIRECTOR NACIONAL

En el plan general del gobierno ilustrado se establece que cada H∴ tendrá instrucciones especiales relativas a su rango en la jerarquía de la Secta; no me han sido dadas, dice Barruel, las instrucciones que dedica a la dirección de sus Superiores nacionales. Esta parte del Código no se encuentra ni en los dos volúmenes tan citados bajo el título de Ecrits Originaux, ni en el de Espartacus y Philon, que nos ha revelado tantos otros misterios. He aquí una de las principales recomendaciones que se ellos hicieron: “Si entre vuestros Epoptes hay genios tan elevados, mentes tan especulativas, los convertiremos en nuestros Magos. Los adeptos de este grado se dedicarán a recopilar y organizar los grandes sistemas filosóficos, e imaginarán y escribirán para el pueblo una religión que nuestra Orden desea transmitir al mundo cuanto antes”. So werden die selòen Magi . — Diese sammeln und bringen dio haehere philosophische systeme in ordnung, und bearbeilen eine volks-religion , weiche der orden demnaechsten der welt geben will (Estas palabras, volks-religion, religión del pueblo, en el original escrito por Catón Zwach, se traducen con estos números 20, 14, 2, 3, 18 — 17, 8, 2, 4, 6, 4; 14, 13).

Estos “hombres de genio” primero combinan estos sistemas y compilan una colección preliminar en sus Asambleas Provinciales; pero no es allí donde maduran los proyectos. Se consideran un primer borrador, que cada Provincial debe enviar al Directorio Nacional para su posterior examen y perfeccionamiento. (Véase Instruct pour le grade d'Epopte, números 12 y 14). Una de las primeras tareas del Director Nacional será recopilar todos estos sistemas antirreligiosos y antisociales y que su tribunal juzgue hasta qué punto pueden ser útiles para el gran objetivo de la desorganización universal. Él solo no puede lograr esta tarea; por lo tanto, contará con la ayuda de los Representantes Electos de la Nación, así como los Provinciales cuentan con los Representantes Electos de las Provincias. Estos Representantes Electos Nacionales, aunando sus esfuerzos, determinarán primero cuáles de estos sistemas pueden incluirse en el tesoro de las ciencias ilustradas. Luego añadirán todo lo que su propio genio invente, para obtener el mayor beneficio posible, siempre teniendo en mente los objetivos de la Secta. Habiendo alcanzado este grado de perfección, todos estos planes, estos proyectos, estos sistemas de impiedad y desorganización serán depositados en los archivos del Director, que se convertirán en los archivos nacionales. Allí es donde los Superiores Provinciales acudirán con sus dudas; allí es donde se originará toda la información que se difundirá por las distintas partes de la nación. Allí también es donde el Director Nacional encontrará las nuevas normas que dictar, para que toda la H∴ nacional pueda esforzarse con mayor seguridad y uniformidad hacia el gran objetivo.

EL TRIBUNAL SUPREMO DE LOS ILLUMINATI

La Secta no limita sus puntos de vista a una sola nación. Su sistema incluye un tribunal supremo, que puede someter a toda la Orden a su escrutinio y a sus conspiraciones. Está compuesto por doce Pares de la Orden, (Ver Philos endlich. Erklaer. p. 119) presidido por un líder, el general de todos los Illuminati, este tribunal supremo, bajo el nombre de Areópago, es el centro de comunicación para todos los adeptos dispersos por la faz de la tierra, así como cada Director Nacional lo es para todos los adeptos de su imperio; como cada Provincial lo es para los distritos de su provincia; como cada Superior Local lo es para todas las Logias de su distrito; como cada Maestro Minerval lo es para los estudiantes de su academia, cada Venerable Maestro para su guarida masónica; y finalmente, como cada H∴ Captador y Reclutador lo es para sus novicios y candidatos. Así, desde el más bajo de los Adeptos hasta el adepto consumado, todo se gradúa, todo se vincula mediante el quibus licet, el soli, el primo; todo se realiza, todo sucede en cada imperio hasta los Directores Nacionales; y a través de los Directores Nacionales todo se realiza, todo llega al centro de todas las naciones, al supremo Areópago, cabeza de la Secta, moderador universal de la conspiración.

El artículo esencial a observar en el Código del Director Nacional es su correspondencia inmediata con el Areópago de los Illuminati. Esta correspondencia es indiscutible: se expresa formalmente en estos términos en el plan general del régimen que la Secta revela a sus Regentes: Para cada imperio, hay un director nacional, asociado y en contacto directo con nuestros Padres, el primero de los cuales está al frente de la Orden (Direct, system. N° 4).

Al director nacional, todos los secretos de la H∴ difundidos por todas las Provincias, y en la Corte y en la ciudad: a él, todos los planes, todos los informes, sobre los éxitos o peligros de la Orden; sobre el progreso de la conspiración; sobre los cargos, las dignidades y el poder que se deben procurar para los adeptos; sobre los rivales que se deben eliminar, los enemigos que se deben desplazar, los Dicasterios y los Concilios que se deben ocupar: a él finalmente, todo lo que pueda retrasar o acelerar la caída de los Altares y los Imperios, la desorganización del Estado y la Iglesia bajo su supervisión; y a través de él, a través de su correspondencia inmediata, a través de la de todos los Inspectores nacionales de la Orden, todos los secretos de la H∴ escrutadora, todos los planes de la H∴ política, de la H∴ con genio de especulación; todo lo que se medita en los consejos de Príncipes; todo lo que debilita o fortalece en la opinión del pueblo; todo lo que deba ser previsto, prevenido, evitado o acelerado en cada ciudad, cada corte y cada familia: a través de él y sus H∴ Inspectores de las naciones, todo este conocimiento se reunirá y concentrará en el Supremo Consejo de la Secta; y de entonces, ni un solo soberano, ni un solo ministro en el estado, ni un solo padre en su familia, ni un solo hombre en medio de la amistad, que pueda decir: "Mi secreto es mío; no ha llegado, no llegará a este Areópago". A través de este Director Nacional y los adeptos del mismo rango, todas las órdenes concebidas y combinadas en este Areópago, todos los decretos de los pares Illuminati serán notificados a los adeptos de todas las naciones, todas las provincias, todas las academias y logias Masónicas o Minervales de la Secta. A través de él, y a través de sus compañeros Directores Nacionales, llegará el informe general de sus órdenes y su ejecución al Senado de Pares que las dictó. A través de él, sabrán quiénes son los negligentes que deben ser corregidos, quiénes los transgresores y los recalcitrantes que deben ser castigados, para recordarles el juramento que sometió su fortuna e incluso sus vidas a los decretos de los Superiores Mayores, los Padres Desconocidos o el Areópago de la Secta. Es en vano que ella oculte el Código de todos estos Inspectores; después de todas las leyes que han brotado de sus aposentos, aquí están evidentemente los misterios contenidos solo en estas palabras: Para cada imperio, hay un Director Nacional, en enlace o correspondencia directa con los pares de la Orden; Jedes land hat einen National- Obern, welcher in unmittelbarer verbindung met unsern Vaetern stecht.

CADENA DE COMUNICACIONES

Este era el nombre que se le daba a la organización que otorga al poder central la facilidad, el poder invisible para poner en acción a las miles de legiones, que pueden verse emerger en un abrir y cerrar de ojos de sus refugios subterráneos en los días marcados por las revoluciones.


“Tengo dos seguidores directamente bajo mi mando, a quienes les transmito toda mi energía; cada uno de estos dos seguidores corresponde a otros dos, y así sucesivamente. De esta manera, de la forma más sencilla imaginable, puedo movilizar e inspirar a miles de hombres. Es de esta misma forma que deben darse órdenes y se debe hacer política” (Carta de Weishaupt a Caton Zwach, 10 febr. 1782).

Pocos días después de esta lección, Weishaupt escribió a Celsus-Bader y le dijo: “Le he enviado a Catón un modelo, diagrama, lámina o figura que muestra cómo se puede ordenar metódicamente y sin mucho esfuerzo una gran multitud de hombres en la mejor manera posible. Sin duda te lo habrá mostrado; si no, pregúntale. Aquí tienes la figura”.

Weishaupt reproduce en esta carta el diagrama de progresión anterior y continúa:

El espíritu del primero, el más ardiente, el más profundo de los adeptos, se comunica diaria e incesantemente a los dos A; a través de uno pasa a los B, y a través del éstos a los C. De estos, llega de la misma manera a los siguientes ocho; de estos ocho, a los dieciséis; de los dieciséis, a los treinta y dos, y así sucesivamente. Le he escrito con mayor detalle a Catón. En resumen, cada uno tiene su ayudante mayor, a través del cual actúa inmediatamente sobre todos los demás. Toda la fuerza emana del centro y regresa para reunirse allí. Cada uno subordina, de alguna manera, a dos hombres a quienes estudia minuciosamente, a quienes observa, a quienes prepara, a quienes inspira, a quienes entrena, por así decirlo, como reclutas, para que luego puedan entrenar y disparar con todo el regimiento. Lo mismo puede establecerse para todos los rangos” (Ecrits originaux, vol. II, carta 13 a Celso) (2). Así es como deben comunicarse las órdenes y cómo debe llevarse a cabo la política. Estas palabras no nos muestran la ley provisional, sino la ley que ha sido meditada, reflexionada y fijada hasta que llegue el momento de levantar e inflamar a todas las legiones preparadas para el terrible ejercicio; ese momento anunciado tan expresamente por Weishaupt y sus Hierofantes, para atar manos, subyugar, incendiar y vandalizar el universo.

Hay un punto interesante que conviene mencionar antes de abandonar la secta de los Illuminati.

La doctrina que se enseña en la guía (de Epopte) dice que Cristo no tenía otro propósito que establecer una religión puramente natural.

Y una de las principales recomendaciones formuladas al director nacional es la siguiente: Si entre vuestros Epoptes hay mentes especulativas, las convertiremos en nuestros Magos. Los adeptos de este rango se dedicarán a recopilar sistemas filosóficos y a redactar para el pueblo una religión que nuestra Orden desea transmitir al universo lo antes posible.

Continúa...

Notas:

1) Los Carbonarios siguieron esta recomendación. Prueba, entre muchas otras, de que bajo diferentes nombres y con diversas organizaciones, siempre es la misma secta la que conspira contra la Iglesia y la sociedad.

2) “Siento que aquí nuevamente -dijo Barruel- debo proporcionar el texto mismo de estas cartas, para que se vea cuán lejos estoy de agregar lecciones y explicaciones a Weishaupt; he aquí los términos de su carta a Cato: 'An mich selbst aber verweisen sie dermalen noch keinen unmittelbar als den Cortez, bis ich schreibe, damit ich indessen speculiren, und die leute geschickt rangieren kann; den davon haengt alles ab. Ich werde in dieser figur mit ihnen operiren'. (Esta es la figura que se ve en el texto francés, con las letras A-B-C, que se añaden sólo a modo de explicación en la carta a Celso). “Ich habe zwey unmittelbar unter mir welchen ich meinen gan zen geit einbauche, und gon diesen zweyen hat weider jeder zwey andere, und so fort. Auf diese art kann ich auf die einfachste art eausend menschen in bewehung und flammen setzen”. (No me atreví a decir en francés que mi intención era poner a miles de hombres en movimiento, no en llamas. Esa es la traducción literal; es más fuerte en alemán que nuestro "enflammer" (inflamar). “Auf eben diese art muss man die ordres ertheilen, und im politischen operiren”. (Ecrits origin. t. 2, lett. 8 à Caton, 16 febr. 1782). Cabe señalar que el alemán de Weishaupt no es de la más alta pureza.

Ahora, mismo volumen, carta 13 a Celso, sin fecha: “Ich habe an Cato ein schema geschickt , wie man planmaessig eine grosse menge menschen in der schaensten ordnung ... abrichten kann... Es ist diese forme”.

“Der geist des ersten, waermsten , und einsichtsvollesten communicirt sich unaushaerlich und taeglich an A A — A an B B: und das andere an C C — B B, und C C communiciren sich auf die naemliche art an die unteren 8. Diese an die weitere 16, und 16 an 32, und 80 weiter. An Cato hab ich es weitlaeufiger geischrieben: Kurz! Ieder hat zwey flugel-adjutanten wodurch er mittelbar in all übrige wirkt. Im centro geht alle kraft aus, und vereinigt sich auch wieder darinn. Ieder sucht sich in gewisser subordination zwey maenner aus , die er ganz studiert beobach tet, abrichtet , anfeuert , und so zu sagen, wie recruten abrichtet , damit sie dereinst mit dem ganzen regiment abfeuern und exerciren kaennen. Das kann mann durch alle grade so einrichten” (Id. lett. 13.)

Nota: Esta explicación más extensa que Weishaupt le dio a Catón no se encuentra en los Ecrits originaux; al menos, no la tengo a mano; sin duda sería valiosa. Uno podría incluso imaginarlo inspirando a miles de personas con su ingenio y pasión; pero, en definitiva, estas dos cartas son más que suficientes para nuestros propósitos. BARRUEL.

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(✞ 1250)

Nota:

Santo Dominguito de Val ya no está incluido en el calendario oficial de Santos Católicos, porque la iglesia usurpada por la secta del Vaticano II dice que las historias de algunos santos “han contribuido al antisemitismo”, y, a pesar de que se pueden encontrar hagiografías españolas sobre el asesinato de este niño de 7 años a manos de judíos malvados, hoy la iglesia conciliar nos cuenta que esta historia, perfectamente documentada, es una “leyenda”.

* * *

Dominguito de Val nació en Zaragoza, la ciudad de la Virgen y de los Innumerables Mártires, el año 1243.


Era rey de Aragón Jaime el Conquistador, Vicario de Cristo en Roma, Inocencio IV, y Obispo de Zaragoza, Arnaldo de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de los moros y en cada pecho español se albergaba un cruzado. 

Los padres de Dominguito se llamaban Sancho de Val e Isabel Sancho. Su madre era de pura cepa zaragozana, y su padre, de origen francés. El abuelo paterno había sido un esforzado guerrero a las órdenes del Rey Don Alfonso el Batallador. A su lado estuvo en el asedio de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos, menos uno. 

“Fue nuestro antepasado -decía Sancho de Val a su hijo, siempre que le contaba la historia -El señor de Val, hijo de la fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los cielos del invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble, igualándole con los españoles más ilustres”.

Sancho de Val no siguió a su padre por el camino de las armas. Prefirió las letras. Fue tabelión o notario, y su firma quedó estampada en las actas de las Cortes de Aragón, al lado de las firmas de Condes y Obispos. 

Dios bendijo la unión de Sancho e Isabel dándoles un hijo que iba a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un modo especial, de los monaguillos. Porque Santo Dominguito de Val es el patrono de los monaguillos y niños de coro. Él fue infantico de la catedral de Zaragoza, vistió con garbo la sotanilla roja y repiqueteó con gusto la campanilla en los días de fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de este tierno niño nos lo representa con vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su hermosa sotana y amplio roquete. La mirada hacia el cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y manos. Una estampa de dolor ciertamente, pero, también de valentía superior a las fuerzas de un niño de pocos años. Las nobles condiciones, especialmente su piedad, que se advertían en el niño según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al santuario, al sacerdocio y cuando fue mayorcito lo enviaron a la Catedral. Entonces la Catedral era la casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino que separaba el barrio de San Miguel de Seo. Una vez allí, lo primero que hacía era ayudar a Misa y cantar en el coro las alabanzas a Dios y a la Virgen.

Cumplido fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al claustro de la Catedral a empezar la tarea escolar. Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los himnos, salmos y antífonas del divino oficio. La historia y la tradición nos presentan a nuestro santo especialmente aficionado y dotado para el canto. Por algo es el patrono de los niños de coro y seises. 

La tarea escolar incluía más cosas. Había que aprender a leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se iban acostumbrando a hacer garabatos sobre las tablillas apoyadas en las rodillas. La voz del maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas de los pequeños escolares se inclinaban rápidamente para escribir en los viejos pergaminos lo que acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer volvía a casa. Un beso a los padres, y luego a contarles lo que había aprendido aquel día y las peripecias de los compañeros. 

Uno se resiste a creer la historia que voy a contar. Es increíble que haya hombres tan malos. Sin embargo, parece que la sustancia del hecho es verdad. 

Los judíos solían amasar los alimentos de su cena Pascual con sangre de niños cristianos. La historia nos ha conservado los nombres de estas víctimas inocentes: Simón de Livolés, Ricardo de Norwick, el Niño de la Guardia y Santo Dominguito del Val.

“Oyemos decir -escribía el rey Alfonso el sabio, en aquellos mismos días de Santo Dominguito de Val- que los judíos ficieron, et facem el día viernes santo remembranza de la Pasión de Nuestro Señor, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et crucificándolas, cuando niños no pueden haber”.

Los judíos eran por entonces muchos y poderosos en Zaragoza. En la sinagoga se había recordado “que al que presentase un niño cristiano sería eximido de penas y tributos”. Y un sábado, al terminar de explicar la ley, el rabino dijo: “Necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia”.

Estas palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda. Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su tienda. Ese niño era Dominguito de Val, que volvía de la Catedral a casa. A veces solo, y otras, con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el barrio judío, de tiendas oscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en honor al Señor y su Santísima Madre. Seguramente los que acababan de ensayar con el capistol de la Catedral. 

Más de una vez los había oído Mosé Albayucet, y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con la mano. Le pareció la ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a tener sangre de un niño cristiano para la Pascua, y bien reciente. 

Era el miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más oscuro en las estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino a su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, notó que algo se le echaba encima. Eran las manos de Mosé Albayucet que le cubrían el rostro con un manto. Le amordazó bien la boca para que no pueda gritar y le metió de momento en su casa. Las garras de la maldad acababan de obtener su presa. 

Aquella misma noche fue trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos principales. Allí estaban los príncipes de la sinagoga. Dominguito temblaba de miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos apretaban la cruz que pendía de su pecho. 

- Querido niño -le dijo una voz zalamera- no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo. 

- Eso nunca -dijo el niño- es mi Dios. No, no y mil veces no. 

- Acabemos pronto -dijeron aquellos malvados ante la firmeza del niño.

Iba a repetirse la escena del Calvario. Uno acercó las escaleras que apoyó sobre la pared; otro presentó el martillo y los clavos, y no faltó quién colocó en la rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la crucifixión de Cristo sería mayor. 

Con gran sobriedad de palabras refirieren las Actas del Martirio lo que sucedió: 

“Arrimáronle a una pared, renovando furiosos en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche”. 

Todos nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos músculos delicados del niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen los panes ácimos de la Pascua.

Una vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado, como dicen las actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo. 

Los judíos se retiraron a sus casas contentos de haber hecho un gran “servicio” a Dios. La Seo había perdido a su mejor monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurrió la noche del 31 de agosto de 1250. 

Dios tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito de Val. 

Mientras en la casa del notario Sancho de Val se oían gemidos de dolor, una extraña aureola aparecía en la Ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo acontecimiento. La noticia recorrió toda Zaragoza. 

Algunas autoridades y un grupo de clérigos se dirigieron hacia el lugar de la luz misteriosa. Allí había un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se escarbó, y metido en un saco, apareció un bulto sanguinoliento. Se comprobó que era el cuerpo mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e indignación invadió la ciudad de punta a punta. 

La cabeza y manos aparecieron también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la historia no concuerda. Según una versión, un perro negro gemía lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo en el que fueron arrojados los miembros del niño mártir. Era el perro del notario Sancho de Val. Se agotó el agua y en el fondo aparecieron las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas, mostraron el tesoro que guardaban en el fondo. Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo: 

- “Si, yo he sido. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos”.

El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino. Bautizado y arrepentido, Albayucet subió tranquilo a la horca.

“Divulgado el suceso -escribe fray Lamberto de Zaragoza- y obrados por el divino poder muchos milagros, el obispo Arnaldo dispuso una procesión general, a la que asistió con todo el clero de la ciudad, la nobleza, la tropa y la plebe, todos con velas blancas, y llevaron el santo cuerpo por todas las iglesias y calles de la ciudad, hasta la puerta Cineja, mostrándolo a todos y haciendo ver en él las llagas de las manos y pies y costado”.

Hoy mismo es muy viva la devoción que Zaragoza siente por su glorioso mártir. Su fiesta está incluida entre las de primera clase y los niños de coro de La Seo y del Pilar le festejan como Santo Patrono. Desde los días del martirio existe la cofradía de Santo Dominguito. El rey Jaime I de Aragón tuvo a honor ser inscrito en ella. 

Sus restos mortales se conservan en una capilla de la catedral en hermosa urna de alabastro. Sobre la urna un ángel sostiene esta leyenda: 

“Aquí se hace el bienaventurado niño domingo de Val, mártir por el nombre de Cristo”. 

Padre Marcos Martínez de Vadillo (1928-2018)

En una inscripción en su altar en la Iglesia de San Nicolás de Bari, en el barrio de Santa Cruz de Sevilla, se indica: “Fue martirizado por los judíos en el año 1250 en Zaragoza su patria á la edad de 7 años. Sus reliquias encontradas milagrosamente se veneran en el templo del Salvador de dicha ciudad, y su culto se extendió, por rescripto de N.S.P. el Papa Pío VII de 9 de julio de 1808. Este altar erigido por sus parientes en el año 1815 trasladado á esta yglesia por un individuo de su familia en dicienbre de 1863 es hoy propiedad del Exmo. Sr. Dn. Rafael Merry y del Val- pariente de dicho santo”.

31 DE AGOSTO: SAN RAMÓN NONATO, CONFESOR


31 de Agosto: San Ramón Nonato, confesor

(✞ 1240)

El heroico redentor de los cautivos San Ramón, conocido por el nombre de Nonato o no nacido, por haber nacido un día después de la muerte de su madre, fue natural de Portell, en el principado de Cataluña.

Tuvo natural inclinación por las letras y por el estado eclesiástico; más no asintiendo en ellos su padre, lo envió como desterrado a una finca agrícola para que cuidase aquella hacienda.

Había allí una ermita de la Virgen Santísima la cual habló al devoto joven y le dijo:

- No temas Ramón, porque yo te recibo desde ahora por hijo mío.

Y habiendo hecho el santo mancebo voto de perpetua virginidad, su Madre Celestial le mandó que vistiese el hábito sagrado de los Religiosos de La Merced.

Fue luego Ramón a Barcelona y cumplió la voluntad de la Virgen Santísima, tomando aquel santo hábito, y como si con la nueva enseña se hubiese revestido de nuevo espíritu, anduvo a pasos de gigante por el camino de la perfección.

Estaba encendido con vivos deseos de redimir cautivos y librarlos del inminente riesgo en que se hallaban de perder la Fe.

Con este fin fue a África; y dio principio a su obra con tan ardiente celo, que en poco tiempo rescató gran número de ellos, hasta el punto de agotar todo el dinero que los cristianos le habían mandado como limosna.

No desmayó sin embargo el apóstol de la caridad; sino que compadecido de los que no pudiendo ya resistir más los ultrajes y malos tratos de los infieles, trataban de dejar la Fe, el santo se entregó a sí mismo como rehén, saliendo fiador de ellos con su persona, hecho cautivo por amor a Dios y a los hombres.

En tal estado no cesaba de remarcar a los moros los errores y vicios que les había enseñado su falso profeta, y de ensalzar la verdad y pureza del Evangelio de Cristo; y les predicaba con tanto fervor y gracia del cielo, que gran número de infieles abrazaron la Fe Católica.

Se enojó sobre manera el gobernador por las victorias que alcanzaba el apostólico varón; y mandó que le llevasen desnudo por las calles, le azotasen delante de todo el pueblo, y que le perforasen los labios con hierros encendidos, y le pusiesen un candado en la boca para que no pudiese hablar más ni predicar la ley del Señor.

Todos estos oprobios y tormentos llevó el santo con admirable paciencia; y extendiéndose la fama de sus heroicas virtudes por toda la cristiandad, y llegando a oídos el soberano Pontífice Gregorio IX, en testimonio de su amor, le hizo Cardenal de la Santa Iglesia y le ordenó que volviese a España.

Fue recibido el santo en Barcelona con gran pompa, y al pasar por Cardona sintióse gravemente enfermo.

Entendiendo que llegaba el fin de su vida pidió los santos Sacramentos; y como se tardase el sacerdote que había de administrárselos, el santo tuvo la dicha de ser viaticado por ministerio de los ángeles, que se le aparecieron vestidos con el hábito de su Orden, y consolado con esta visita celestial, dio plácidamente su espíritu al Creador.

Reflexión:

La calidad verdadera con obras debe mostrarse; y con obras grandes, si es grande la caridad. ¡Cómo condenan nuestro miserable egoísmo y nuestra dureza con tantos necesitados no menos del sustento del espíritu que del pan del cuerpo, los heroicos ejemplos de San Ramón! Temamos la terrible sentencia que el Juez Supremo ha de fulminar contra los hombres que fueron de duras entrañas con sus hermanos.

Oración:

Oh Dios, que tan admirablemente hiciste al bienaventurado Ramón en rescatar cautivos del poder de los infieles; concédenos por su intercesión que rotas las cadenas de nuestros pecados, cumplamos con libertad de espíritu su santísima voluntad. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

domingo, 30 de agosto de 2026

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (8)

Continuamos con la publicación del capítulo 8 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Octava Hora: De la medianoche a la una de la mañana

La captura de Jesús

La traición de Judas

¡Oh Jesús mío!, es ya medianoche y sientes que tus enemigos se aproximan; y tú, limpiándote la sangre y reanimado por los consuelos recibidos, vas de nuevo en busca de tus discípulos, los llamas, los reprendes y te los llevas contigo; sales al encuentro de tus enemigos, queriendo reparar con tu prontitud, mi lentitud, mi malagana y mi pereza en el obrar y en el sufrir por amor a ti.

Mas, ¡oh Jesús mío!, ¡qué escena tan conmovedora veo! Al primero que encuentras es al pérfido Judas, que acercándose a ti y echándote los brazos al cuello, te saluda y te besa; y tú, Amor sin confines, no desdeñas el beso de esos labios infernales; es más, lo abrazas y te lo estrechas al Corazón, dándole muestras de renovado amor, queriendo arrancárselo al infierno.

Jesús mío, ¿cómo puede ser posible no amarte? La ternura de tu amor es tanta, que todo corazón debería sentirse obligado a amarte, mas sin embargo no eres amado. Pero, ¡oh Jesús mío!, mientras que en este beso de Judas tú reparas por todas las traiciones, los fingimientos, los engaños bajo aspecto de amistad y de santidad, sobre todo en los sacerdotes, con tu beso además confirmabas que jamás le habrías rehusado el perdón a ningún pecador, con tal de que humillado volviera a ti.

Tiernísimo Jesús mío, ya que te entregas a merced de tus enemigos, dándoles la potestad de hacerte sufrir todo lo que quieran, yo también me entrego en tus manos, para que con toda libertad puedas hacer de mí lo que más te plazca; y junto contigo quiero seguir tu Voluntad, tus reparaciones, quiero sufrir tus penas, quiero estar siempre cerca de ti, para que no haya ofensa por la que yo no te ofrezca una reparación; amargura que no endulce, salivazos y bofetadas que no vayan seguidas por un beso y una caricia mías; cuando caigas, mis manos estarán siempre dispuestas para ayudarte a que te levantes. Quiero estar siempre contigo, oh Jesús mío, y ni siquiera por un instante quiero dejarte solo; y para estar más seguro, introdúceme dentro de ti, y así yo me encontraré en tu mente, en tus miradas, en tu Corazón y en todo tu ser, para que todo lo que tú hagas pueda hacerlo también yo; de este modo podré hacerte fiel compañía y no pasar por alto ninguna de tus penas, para que seas correspondido por todo con mi amor. Dulce Bien mío, yo estaré a tu lado para defenderte, para aprender tus enseñanzas y para enumerar una por una todas tus palabras...

¡Ah!, con qué dulzura penetra en mi corazón esa palabra que le dirigiste a Judas:

“Amico, ad quid venisti?”.

Y me parece que también a mí me diriges esas mismas palabras, pero no llamándome amigo, sino con el dulce nombre de hijo, [diciéndome]: “¿Ad quid venisti?”; para que así tu puedas escuchar mi respuesta: “Jesús, he venido para amarte”.

“¿A qué has venido?”. Me preguntas cuando hago oración. “¿A qué has venido?”. Me lo vuelves a preguntar desde la Eucaristía o cuando trabajo, cuando estoy cómodo o sufriendo, o cuando estoy durmiendo... ¡Qué modo tan bello de llamarnos la atención a todos!

Pero cuántos, cuando les preguntas “¿A qué has venido?”, te responden: “¡Vengo a ofenderte!”. Otros, fingiendo que no te oyen, se entregan a toda clase de pecados y cuando les preguntas “¿A qué has venido?”, responden yéndose al infierno... ¡Cuánto te compadezco, oh Jesús! Quisiera tomar esas mismas sogas con las que tus enemigos te van a atar, para atar a estas almas y evitarte este dolor.

Y mientras sales al encuentro de tus enemigos, oigo de nuevo tu voz llena de ternura que les dice:

“¿A quién buscan?”.

Y ellos responden: “A Jesús Nazareno”.

Y tú les dices: “Ego Sum”.

Con esta sola palabra tú dices todo y te das a conocer por lo que eres, tanto que tus enemigos caen por tierra como si estuvieran muertos. Y tú, Amor sin par, diciendo de nuevo “Ego Sum”, los llamas a vida y te entregas tú mismo en manos de tus enemigos.

Jesús es atado y encadenado

Ellos, pérfidos e ingratos, en vez de humillarse y de echarse a tus pies para pedirte perdón, abusando de tu bondad y despreciando gracias y prodigios, te ponen las manos encima y con sogas y cadenas te atan, te inmovilizan, te tiran al suelo, te pisotean, te jalan de los cabellos y tú, con paciencia inaudita, callas, sufres y reparas las ofensas de los que, a pesar de los milagros no se rinden, sino que cada vez se vuelven más obstinados. Con tus sogas y tus cadenas suplicas que se rompan las cadenas de nuestras culpas y nos atas con la dulce cadena de tu amor.

Y a Pedro, que quiere defenderte y llega hasta cortarle una oreja a Malco, lo corriges amorosamente; de este modo quieres reparar las obras buenas que no son hechas con santa prudencia y por quienes a causa de su excesivo celo caen en la culpa.

Pacientísimo Jesús mío, estas cuerdas y estas cadenas parecen añadirle algo aún más hermoso a tu divina persona. Tu frente se llena de majestad como nunca, tanto que atrae la atención de tus mismos enemigos; tus ojos resplandecen de más luz; tu divino rostro manifiesta una paz y una dulzura suprema, capaz de enamorar a tus mismos verdugos; con el tono de tu voz suave y penetrante, aunque sólo con pocas palabras, los haces temblar, tanto que si tienen la osadía de ofenderte es porque tú mismo se los permites.

¡Oh Amor encadenado y atado!, ¿es que vas a permitir que estando tú atado por mí para darme pruebas aún más grandes de tu amor, yo, que soy tu pequeño hijo, me voy a quedar sin cadenas? ¡No, no! Átame con tus mismas santísimas manos, con tus mismas sogas y tus mismas cadenas. Por eso, te suplico que mientras beso tu frente divina, ates todos mis pensamientos, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, mis afectos y todo mi ser, y también que juntamente ates a todas las criaturas, para que sintiendo las dulzuras de tus amorosas cadenas, jamás vuelvan a tener la osadía de ofenderte.

¡Oh, dulce Bien mío!, ya es la una de la madrugada y mi mente está cargada de sueño; voy a poner todo lo que está de mi parte para mantenerme despierto, pero si el sueño me sorprende, me quedo en ti para seguirte en todo lo que haces, es más, tú mismo lo harás por mí; así que, ¡oh Jesús mío!, pongo mis pensamientos en ti para defenderte de tus enemigos, mi respiración para hacerte compañía, los latidos de mi corazón para que en todo momento te digan que te amo y para amarte por quienes no te aman, las gotas de mi sangre para repararte y restituirte todo el honor y la estima que te quitarán con los insultos, los salivazos y las bofetadas que recibirás.

¡Ah, Jesús mío!, dame un beso, abrázame y bendíceme, y si tú quieres que duerma, haz que duerma en tu Corazón adorable, para que tus latidos acelerados por el amor y por el sufrimiento me despierten frecuentemente y así no se interrumpa jamás nuestra compañía; de modo que quedamos en este acuerdo, oh Jesús.

Reflexiones y prácticas

Jesús se entregó con prontitud en manos de sus enemigos viendo en ellos la Voluntad de su Padre.

Cuando las criaturas nos engañan o nos traicionan, ¿las llegamos a perdonar prontamente como lo hizo Jesús? ¿Recibimos de las manos de Dios todo el mal que nos viene por medio de las criaturas? ¿Estamos dispuestos a hacer todo lo que Jesús nos pida? Cuando cargamos nuestras cruces, cuando nos maltratan, ¿podemos decir que nuestra paciencia es como la de Jesús?

“Encadenado Jesús mío, que tus cadenas encadenen mi corazón, para que lo tengan quieto, de modo que pueda estar dispuesto a sufrir todo lo que tú quieras”.

Continúa...

VALIOSAS LECCIONES SOBRE EL PURGATORIO EN LOS SUFRIMIENTOS DE LA HERMANA TERESA

Una sola mancha en una vida por demás ejemplar le costó a la hermana Teresa Gesta dos semanas en el Purgatorio.

Por Edwin Benson


Aproximadamente a media hora en coche al sureste de Asís se encuentra el convento franciscano de Santa Ana en Foligno. Fue fundado alrededor de 1393. El acontecimiento más significativo en la larga historia del convento tuvo lugar el 16 de noviembre de 1859, cuando ocurrió la aparición de una visitante del Purgatorio. Pero no solo lo visitó, sino que dejó una marca visible que atestigua su presencia.

La visitante era la hermana Teresa Gesta. Antes de su muerte, había sido maestra de novicias del convento. Este cargo requería a alguien que aplicara rigurosamente la regla que regía el convento, a la vez que mostrara la debida compasión hacia quienes se adaptaban a la vida religiosa. También era la sacristana, otro puesto de gran responsabilidad. Todos los elementos necesarios para la Santa Misa y otras ceremonias estaban a su cargo.

El padre Schouppe (1) incluye un comentario breve pero incisivo sobre el aprecio que la comunidad le profesaba. “La hermana Teresa fue un modelo de fervor y caridad. No debemos sorprendernos —dijo su director— si Dios la glorifica con algún prodigio después de su muerte”. El 4 de noviembre de 1859, falleció repentinamente a los sesenta y dos años a causa de un derrame cerebral.

Doce días después del fallecimiento de la hermana Teresa, su sucesora como sacristana, la hermana Anna Felicia, estaba a punto de entrar en la sacristía cuando oyó gemidos desde dentro. Al abrir la puerta, no vio a nadie, pero los gemidos continuaban. Presa del pánico, la monja exclamó: “¡Jesús! ¡María! ¿Qué será eso?”.

Apenas habían salido estas palabras de la boca de la hermana Anna Felicia cuando oyó la voz lastimera que decía: “¡Oh! ¡Dios mío, cuánto sufro! ¡Oh! ¡Dios, cuánto lo lamento!”. En su agonía, el alma confesó que su falta estaba relacionada con su papel de sacristana. La hermana Anna Felicia reconoció de inmediato la voz de su difunta predecesora.

En ese instante, la habitación se llenó de un humo oscuro y espeso. En medio de la bruma, el espíritu de la hermana Teresa se hizo visible, moviéndose hacia la puerta. Al llegar a ella, exclamó: “¡He aquí una prueba de la misericordia de Dios!”. Extendiendo la mano, apoyó la palma y los dedos de su mano derecha sobre un panel de la puerta. Luego desapareció.

Casi presa del pánico, la hermana Anna Felicia notó algo extraordinario. Donde el espíritu de la hermana Teresa había tocado la puerta, la imagen de una mano estaba grabada a fuego, como si hubiera sido dejada por un hierro al rojo vivo.

“Donde el espíritu de la Hermana Teresa había tocado la puerta, la imagen de una mano quedó grabada a fuego, como si la hubiera dejado un hierro al rojo vivo”

La hermana Anna Felicia gritó asustada. En cuestión de minutos, toda la comunidad se había congregado en la sacristía, que olía claramente a madera quemada. La hermana Anna Felicia les contó lo sucedido, y todos se asombraron al ver las marcas de quemaduras en la puerta. Muchas de las monjas reconocieron de inmediato la huella de la mano de la hermana Teresa, ya que las manos de la difunta eran notablemente pequeñas.

En cuanto las monjas se percataron de lo que veían, corrieron inmediatamente al coro. La mayoría pasó toda la noche en oración y penitencia por la hermana Teresa. A la mañana siguiente, su capellán celebró una Misa por su alma. Para entonces, la noticia de la visión había trascendido los muros del convento. Muchos de los habitantes de Foligno unieron sus oraciones a las del convento.

La noche del 18 de noviembre, la hermana Anna Felicia se disponía a dormir. Al entrar en su celda, volvió a oír la voz de la hermana Teresa. En ese mismo instante, la celda se llenó de una luz tan brillante como la del mediodía. La hermana Teresa exclamó triunfante: “¡Morí un viernes, el día de la Pasión , y he aquí que, un viernes, entro en la gloria eterna! ¡Sed fuertes para llevar la cruz, sed valientes para sufrir, amad la pobreza!”. A su benefactora, añadió con afecto: “¡Adiós, adiós, adiós!”. Al instante, apareció su rostro, como transfigurado y envuelto en una nube deslumbrante. La nube ascendió al Cielo y desapareció.

Si el propósito de este artículo fuera simplemente contar una buena historia con un final feliz, podría terminar aquí. El hermoso momento en que Nuestro Señor nos recibe en su presencia eterna es un deleite —e incluso un beneficio— para la mente. Sin embargo, detenerse ahí sería perder de vista lo esencial. Los milagros de Dios no ocurren simplemente para entretener a la ociosa humanidad ni para ofrecer agradables tentaciones. Él los diseña para que tengan efectos duraderos y beneficiosos. El padre Schouppe vio dos propósitos en esta visión, los cuales explicó cuidadosamente.

La primera explicación fue sencilla, aunque sorprenda a quienes conciben a Dios como infinitamente comprensivo y nunca ofendido. “Así -explica- vemos que la Justicia Divina castiga con mayor severidad hasta las faltas más leves”. Una sola mancha en una vida por demás ejemplar le costó a la hermana Teresa Gesta dos semanas en el Purgatorio. Su estancia fue breve porque su pecado era menor. Sin embargo, sus dolores durante ese tiempo fueron muy reales, como lo indica su grito: “¡Oh, Dios mío, cuánto sufro! ¡Oh, Dios, me duele tanto!”.
 
Continúa...
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (126)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


126. Los discursos en Aguas Claras: No matarás (138). Muerte de Doras.
10 de marzo de 1945.

1 “"No matarás" está escrito. ¿A cuál de los dos grupos de mandamientos pertenece éste? ¿"Al segundo", decís? ¿Estáis seguros? Otra pregunta: ¿Es un pecado que ofende a Dios o a la víctima? ¿Decís: "A la víctima"? ¿Estáis seguros de esto también? Os hago una tercera pregunta: ¿Es sólo pecado de homicidio? Al matar, ¿no cometéis más que este único pecado? ¿"Este sólo", decís? ¿Ninguno tiene duda de ello? Decid en voz alta vuestras respuestas. Que uno hable por todos vosotros, Yo espero”.
Jesús se inclina a acariciar a una niña pequeña que se ha acercado a El y que le está mirando extática, olvidándose incluso de seguir mordisqueando la manzana que, para mantenerla quieta, le ha dado su madre.
Se pone en pie un anciano de aspecto grave y dice: “Escucha, Maestro. Yo sirvo a la sinagoga desde hace mucho tiempo y me han dicho que hable en nombre de todos. Hablo pues. Me parece, nos parece, que hemos respondido según justicia y según cuanto nos han enseñado. Baso mi certidumbre en el capítulo de la Ley que habla del homicidio y de las agresiones físicas (139). Tú sabes, de todas formas, para qué hemos venido: para ser aleccionados, porque reconocemos en ti sabiduría y verdad. Por lo tanto, si me equivoco, ilumina mis tinieblas a fin de que el anciano siervo vaya a su Rey vestido de luz. Y, como conmigo, hazlo también con éstos, que son de mi rebaño y que han venido con su pastor a beber las fuentes de la Vida” y se inclina, antes de sentarse, con el máximo respeto.
“¿Quién eres, padre?”.
“Cleofás, de Emaús, tu siervo”.
“No mío, sino de Aquel que me ha enviado, porque debe dársele al Padre toda prioridad y todo amor en el Cielo, en la Tierra y en los corazones. El primero que le tributa este honor es su Verbo, el cual toma y ofrece en la mesa sin defecto los corazones de los buenos como hace el sacerdote con los panes de la proposición. Mas escucha, Cleofás, para que vayas a Dios enteramente iluminado conforme a tu santo deseo.

2 Para medir una culpa es necesario pensar en las circunstancias que la preceden, la preparan, la justifican, o la explican. ¿A quién he matado?, ¿qué he matado?, ¿dónde?, ¿con qué medios?, ¿por qué he matado?, ¿cómo he matado?, ¿cuándo he matado?. Estas son las preguntas que debe hacerse quien ha matado, antes de presentarse a Dios para pedirle perdón.
¿A quién he matado? A un hombre.
Yo digo: a un hombre. No pienso ni considero si es rico o si es pobre, si es libre o si es esclavo. Para mí no existen esclavos u hombres de poder. Existen sólo hombres creados por un Único; por lo tanto, todos iguales. En efecto, frente a la majestad de Dios es polvo hasta el más poderoso monarca de la tierra, y ante sus ojos y ante los míos no existe sino una esclavitud: la del pecado, por lo tanto, la de estar bajo Satanás. La Ley antigua (140) distingue entre libres y esclavos, y entra en detalles acerca del hecho de matar en el acto o matar dejando sobrevivir un día o dos, o también acerca de si la mujer encinta muere por el golpe recibido, o si pierde la vida sólo su fruto. Pero esto se dijo cuando estaba aún lejana la luz de la perfección. Ahora se halla entre vosotros, y dice: "Quienquiera que mate a un semejante suyo peca; y no peca sólo contra el hombre, sino también contra Dios".
¿Qué es el hombre? El hombre es la criatura soberana que Dios ha creado para ser rey en la creación, creado a su imagen y semejanza, dándole la semejanza según el espíritu, y la imagen extrayendo de su pensamiento perfecto esta perfecta imagen. Observad el aire, la tierra y las aguas. ¿Acaso veis animal alguno o planta alguna que, por muy hermosos que sean, igualen al hombre? El animal corre, come, bebe, duerme, genera, trabaja, canta, vuela, se arrastra, trepa... pero no tiene la capacidad de hablar. El hombre, como el animal, sabe correr y saltar, y en el salto es tan ágil que emula al ave; sabe nadar, y nadando es tan veloz que semeja al pez; sabe arrastrarse como lo hace un reptil; sabe trepar asemejándose al simio; sabe cantar, y en esto se parece a los pájaros. Sabe engendrar y reproducirse... Pero, además, sabe hablar.
No digáis como objeción: "Todo animal tiene su lenguaje". Sí. Uno muge, otro bala, el otro rebuzna, el otro pía, o gorjea... pero, desde el primer bovino al último, siempre tendrán al mismo y único mugido, y así igualmente el ovino balará hasta el fin del mundo, y el burro rebuznará como rebuznó el primero, y el pardal siempre emitirá su breve canto, mientras que la alondra y el ruiseñor cantarán el mismo himno (al Sol, la primera; a la noche estrellada, el segundo), aunque sea el último día de la Tierra, de la misma manera que saludaron al primer Sol y a la primera noche terrestre. El hombre, por el contrario, debido a que no tiene sólo la campanilla y la lengua, sino que también tiene un conjunto de nervios centrados en el cerebro, sede del intelecto, sabe –debido a ello– captar las sensaciones nuevas y reflexionar en ellas y darles un nombre.
Adán puso por nombre (141) "perro" a su amigo, y llamó "león" a aquel que, por su melena tupida y derecha en una cara ligeramente barbada, se le parecía más; llamó "oveja" a la cordera que le saludaba mansamente, y llamó "pájaro" a esa flor de plumas que volaba como la mariposa y que además emitía, dulce, un canto que ésta no posee. Y andando el tiempo, a lo largo de los siglos, los hijos de Adán siguieron creando nuevos nombres, a medida que "fueron conociendo" las obras de Dios en las criaturas, o cuando –por la chispa divina que hay en el hombre– engendraron, además de otros hijos, cosas útiles, o nocivas, para esos mismos hijos (si estaban con Dios o contra Dios: están con Dios quienes crean y llevan a cabo cosas buenas; están contra Dios quienes crean cosas que resultan maléficas para el prójimo). Dios venga a los hijos suyos que han sido torturados por el mal ingenio humano.

3 El hombre es, pues, la criatura predilecta de Dios. Aunque en la presente situación sea culpable, continúa siendo el más querido por El: lo testifica el hecho de que haya enviado a su mismo Verbo –no a un ángel, un arcángel, querubín o serafín, sino a su Verbo–, revistiéndole de la humana carne, para salvar al hombre; y no consideró indigna esta veste para hacer capaz de sufrir y expiar a Aquel que, por ser como El purísimo Espíritu, no habría podido sufrir y expiar la culpa del hombre.
El Padre me dijo: "Serás hombre: el Hombre. Yo hice ya un hombre, perfecto, como todo lo que hago. Había dispuesto para él una vida dulce, una dulcísima dormición (142), un feliz despertar, una esplendorosísima permanencia eterna en mi celeste Paraíso. Pero, como Tú sabes, en ese Paraíso no puede entrar nada contaminado, porque en él Yo–Nosotros, Dios Uno y Trino, tenemos trono, y ante este trono no puede haber sino santidad. Yo soy el que soy. Mi divina naturaleza, nuestra misteriosa Esencia, no puede ser conocida sino por aquellos que no tienen mancha. Al presente, el hombre, en Adán y por Adán, está sucio. Ve. Límpiale. Es mi deseo. Serás Tú, de ahora en adelante, el Hombre, el Primogénito, porque serás el primero en entrar aquí con carne mortal sin pecado, con alma sin culpa original. Los que te han precedido sobre la faz de la tierra, así como los que te seguirán, tendrán vida por tu muerte de Redentor". Sólo podía morir quien previamente hubiera nacido; Yo he nacido, y moriré (143).
El hombre es la criatura predilecta de Dios. Decidme: si un padre tiene muchos hijos y uno de ellos es su predilecto –la pupila de sus ojos– y se lo matan, ¿no sufrirá más que si la víctima hubiera sido otro de sus hijos? No debería ser así, porque el padre debería ser justo con todos sus hijos, pero de hecho así sucede, y es porque el hombre es imperfecto. Sin embargo, Dios lo puede hacer con justicia, porque que el hombre es la única de las criaturas que tiene en común con el Padre Creador el alma espiritual (144), signo innegable de la paternidad divina.
¿Si se le mata un hijo a un padre, se ofende sólo al hijo? No; también al padre. En la carne, al hijo; en el corazón, al padre: ambos son víctimas. ¿Matando a un hombre se ofende sólo al hombre? No; también a Dios. En la carne, al hombre; en su derecho, a Dios: sólo a Dios le corresponde el dar o quitar la vida y la muerte. Matar es usar violencia contra Dios y contra el hombre. Matar es penetrar en el dominio de Dios. Matar es faltar contra el precepto del amor. Quien mata no ama a Dios, porque destruye una obra de sus manos: un hombre. Quien mata no ama al prójimo, porque le priva al prójimo de aquello que el homicida quiere para sí: la vida.
Ved que así he dado respuesta a las dos primeras preguntas.

4 ¿En dónde he agredido a mi víctima?
Se puede hacer en la calle, en casa de la víctima o atrayéndola a la propia casa. La agresión puede recaer en uno u otro órgano, causando mayor sufrimiento. Puedo cometer incluso dos homicidios en uno, si la víctima es una mujer que tiene el seno grávido de su fruto.
Se puede matar en la calle sin tener intención de hacerlo. Un animal que se escape a nuestro control puede matar a un transeúnte; pero entonces en nosotros no hay premeditación. Si, por el contrario, uno va, armado de puñal bajo las hipócritas vestiduras de lino a la casa de su enemigo –y sucede con frecuencia que es enemigo el que ha cometido la equivocación de ser mejor–, o le invita a su casa, aparentemente por deferencia hacia él, y luego le degüella y le echa al pozo, entonces hay premeditación y la culpa es completa en malicia, en crueldad, en violencia.
Si, matando a la madre, mato también a su fruto, entonces Dios me pedirá cuentas de dos, porque el vientre que engendra a un nuevo hombre según el precepto de Dios es sagrado145, como lo es la pequeña vida que en aquél madura, a la que Dios ha dado un alma.

5 ¿Qué medios he utilizado?
En vano uno dirá: "No quería matar", cuando en realidad iba armado con un arma segura. En un momento de ira incluso las manos se transforman en arma, y la piedra cogida del suelo, o la rama arrancada del árbol. Mas aquel que observa fríamente el puñal o el hacha y, si cree que cortan poco, los afila, y luego se los ciñe al cuerpo de forma que no se vean pero pueda empuñarlos con facilidad, y preparado de tal suerte va adonde su rival, ciertamente no podrá decir: "No había en mí deseo de agredir". Y aquel que prepara un veneno cogiendo hierbas y frutos venenosos y haciendo con ellos polvo o bebida, y luego lo ofrece a la víctima, como especia o como sidra, ciertamente no podrá decir: "No quería matar".
Y ahora escuchadme vosotras, mujeres, tácitas e impunes asesinas de tantas vidas. Separar de vuestro seno un fruto que crece en él, por el hecho de que provenga de culpable simiente, o porque sea un vástago no deseado, una carga a vuestro lado, o una carga para vuestra economía, también es matar. Hay un solo modo de no tener esa carga: permanecer castas. No unáis homicidio con lujuria, violencia con desobediencia; no creáis que Dios no ve porque el hombre no vea. Dios ve todo y se acuerda de todo. Tenedlo presente también vosotras.

6 ¿Por qué he matado?
¡Oh, por cuántos porqués! Desde el desequilibrio desencadenado en vosotros inesperadamente por una emoción violenta (veros profanado el tálamo, encontraros con un ladrón dentro de casa, un inmundo intento de violar a vuestra hija en la flor de la adolescencia), hasta el frío y meditado cálculo para liberarse de un testigo peligroso, de alguien que obstaculice el propio camino, de alguien a cuyo puesto se aspira o cuya riqueza se ambiciona: éstas, y otras muchas parecidas, son las razones. Pues bien, Dios puede conceder el perdón a quien, febril por el dolor, asesina, mas no se lo concede (146) a quien lo hace por ambición de poder o para ganarse la estima de los demás.
Obrad siempre bien para no temer ni el ojo ni la palabra de nadie. Contentaos con lo vuestro para no aspirar a lo ajeno hasta el punto de convertiros en asesinos por conseguir lo que es del prójimo.

7 ¿Cómo he matado?
¿Ensañándome con la víctima aun después de la primera reacción impulsiva? En algunas ocasiones el hombre no se puede frenar, porque Satanás le impele al mal del mismo modo que el hondero lanza la piedra. Pero, ¿qué diríais de una piedra que, habiendo dado en el blanco, volviera por sí misma a la honda para ser lanzada de nuevo y de nuevo golpear en su objetivo? Diríais: "Está poseída por una fuerza mágica e infernal". Así es el hombre que da un segundo, un tercero, un décimo golpe, después del primero, con la misma saña; porque la ira desaparece para dar paso a la razón inmediatamente después del primer impulso, si éste obedece a un motivo en cierto modo justificable, mientras que, por el contrario, la saña aumenta cuantos más golpes recibe la víctima en el verdadero asesino, o sea, en el Satanás que no tiene ni puede tener piedad del hermano porque, siendo un Satanás, es odio.

8 ¿Cuándo he matado?
¿Durante el primer impulso? ¿Una vez que éste ha cesado? ¿Fingiendo haber perdonado, mientras que en realidad ha ido fermentando cada vez más el rencor? ¿O he esperado incluso años para cometer el asesinato, produciendo así un doble dolor al matar al padre a través de los hijos?
Así podéis ver cómo al matar se viola el primero y el segundo grupo de mandamientos. En efecto, al hacerlo os arrogáis el derecho de Dios y pisoteáis al prójimo. Es pecado, por lo tanto, contra Dios y contra el prójimo. Cometéis no sólo un pecado de homicidio, sino también de ira, de violencia, de soberbia, de desobediencia, de sacrilegio, y, en ocasiones –si matáis para haceros con un puesto o con una bolsa–, de codicia. Y no –aludo a ello, os lo explicaré mejor otro día– y no se peca de homicidio sólo con un arma o con veneno; también calumniando. Meditad en ello.

9 Y digo que el amo que da una paliza a un esclavo, pero con la astucia de que no se le muera entre sus manos, es doblemente culpable. El hombre esclavo no es dinero del amo, es alma de su Dios. ¡Maldito sea, eternamente, quien le trata peor que a un buey!”. El rostro de Jesús está fulgurante y su voz truena. Todos le miran sorprendidos, porque antes hablaba con serenidad.
“Maldito sea. La Ley nueva abroga la dureza contra el esclavo, todavía justa cuando en el pueblo de Israel no había hipócritas que se fingían santos y agudizaban el ingenio sólo para sacar el máximo provecho y eludir la Ley de Dios. Pero al presente –rebosando Israel de estos seres viperinos, que hacen lícito el placer sólo porque ellos son ellos, los miserables poderosos a quienes Dios mira con odio y asco–, al presente Yo digo: ya no es así.
Caen los esclavos en los surcos o ante las piedras de molino; caen, con los huesos quebrantados, visibles los nervios, a causa del látigo. Los acusan de falsos delitos para poderlos golpear, para justificar su propio sadismo satánico. Hasta el milagro se usa como acusación para tener derecho a golpearlos. Ni el poder de Dios, ni la santidad del esclavo convierte su alma retorcida. No puede ser convertida. El bien no entra donde hay saturación de mal. Pero Dios ve, y dice: "¡Basta!".
Demasiados son los Caínes que matan a los Abeles. Y ¿qué os pensáis, inmundos sepulcros blanqueados por fuera, por fuera cubiertos con las palabras de la Ley mientras que por dentro se pasea el rey Satanás y pulula el satanismo más astuto, qué os pensáis?, ¿que es sólo Abel hijo de Adán?, ¿que el Señor mira benigno sólo a quienes no son esclavos de hombre mientras que rechaza el único ofrecimiento que puede elevarle el esclavo, el de su honestidad sazonada de llanto? No. En verdad os digo que todo aquel que es justo es un Abel, aunque esté cargado de grilletes, aunque esté muriendo en la gleba, o sangrando por vuestras flagelaciones; en verdad os digo que son Caínes todos los injustos que le dan a Dios, por orgullo, no por verdadero culto, lo que está inquinado con su pecar, y manchado de sangre.
Profanadores del milagro. Profanadores del hombre, asesinos, sacrílegos. ¡Fuera! ¡Fuera de mi presencia! ¡Basta! Yo digo: basta. Y puedo decirlo, porque soy la divina Palabra que traduce el Pensamiento divino. ¡Fuera!”.
Jesús, en pie, erguido, sobre su tosca tarima, presenta un aspecto tan grave, que verdaderamente asusta. Su brazo derecho extendido señalando a la puerta de salida; sus ojos, dos fuegos azules: parece fulminar a los pecadores presentes. La niña pequeña que estaba a sus pies se echa a llorar y corre hacia donde su mamá. Los discípulos se miran sorprendidos y tratan de ver a quien va dirigida la invectiva. La multitud se vuelve también con ojo interrogativo.

10 Por fin se descubre el enigma. En el fondo, fuera de la puerta, semioculto tras un grupo de altos aldeanos, se deja ver Doras, aún más seco que antes, amarillo, lleno de arrugas, todo él nariz y mentón prominente. Lleva consigo un siervo que le ayuda a moverse porque parece medio paralítico. ¿Quién podía verle entre la gente que está en el patio? Osa hablar con su voz ronca: “¿Me dices a mí? ¿Lo dices por mí?”.
“Por ti, sí. Sal de mi casa”.
“Salgo. Pero pronto ajustaremos las cuentas, no lo dudes”.
“¿Pronto? En seguida. Te dije en su momento que el Dios del Sinaí te espera”.
“También a ti, maléfico, que a mí me has acarreado las enfermedades y a mis tierras los animales dañinos. Volveremos a vernos, para gozo mío”.
“Sí. Y no te agradará el volver a verme, porque Yo te voy a juzgar”.
“¡Ja! ¡Ja! mald...”. Hace unos aspavientos, gorgotea... y cae.
“¡Ha muerto!” grita el siervo. “¡Ha muerto el patrón! ¡Bendito seas, Mesías, vengador nuestro!”.
“No Yo. Dios, Señor eterno. Que ninguno se contamine: que sólo el siervo se ocupe de su patrón. Y sé bueno con su cuerpo. Sed buenos, vosotros todos, sus siervos. No exultéis de alegría, con resentimiento, por el caído, para no merecer condena. Que Dios y el justo Jonás se os muestren siempre amigos, y Yo con ellos. Adiós”.
“¿Ha muerto porque Tú así lo has querido?” pregunta Pedro.
“No. Pero el Padre ha entrado en mí... Es un misterio que no puedes entender (147). Sólo has de saber que no es lícito arremeter contra Dios. El, sin concurso ajeno, se toma venganza”.
“¿Y no podrías decirle al Padre tuyo que hiciera morir a todos los que te odian?”.
“¡Calla! ¡Tú no sabes de qué espíritu eres (148)! Yo soy Misericordia, no Venganza”.
Se acerca el anciano de la sinagoga: “Maestro, has resuelto todos mis interrogantes, la luz está en mí. Bendito seas. Ven a mi sinagoga. No le niegues a un pobre viejo tu palabra”.
“Iré. Vete en paz. El Señor está contigo”.
Mientras la multitud se va yendo lentamente, todo termina.

Continúa...

Notas:

138) Cfr. Ex. 20, 13; Dt. 5, 17.

139) Cfr. Ex. 21, 12–32; Lev. 24, 17–22; Núm. 35, 9–34.

140) Cfr. Ex. 21, 20–25.

141) Cfr. Gén. 2, 19–20, donde se refiere, cómo Adán puso nombre a los animales.

142) Dios reservó de nuevo, según esta Obra, a María Santísima, la super Eva, que superó en mucho la perfección de los Progenitores “un dulcísimo despedirse de este mundo” que no fue verdadera y propia muerte, como se verá en su lugar.

143) En estas palabras se descubre ya la futura teología de San Pablo.

144) También el ángel es espíritu, pero aquí no se le considera, porque la expresión… “…el hombre es la única criatura… que tenga en común con el Padre Creador el alma espiritual”… probablemente tiene que entenderse bajo la luz de la doctrina del Cuerpo Místico, según la cual los hombres están incorporados o destinados a serlo con Cristo, el Primogénito (como se dice líneas más arriba) que es una sola cosa con el Padre Creador.

145) Cfr. Gén. 1, 28; 9, 1; 17, 6; 49, 25; Ex. 23, 20–26; Dt. 7, 7–16; 28, 1–19.

146) Sobreentiéndase: si permanece impenitente. De hecho se lee en el siguiente cap. con respecto al cruel Doras “…habría bastado el arrepentimiento sincero… pero él era impenitente…” Así pues, Dios perdona a cualquier pecador, con la condición de que se arrepienta.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)