viernes, 7 de agosto de 2026

EL CLERO ES EL MEJOR INSTRUMENTO DEL DIABLO PARA DIFUNDIR LA HEREJÍA

Si conociéramos la historia pasada de la Iglesia, donde obispos y sacerdotes instigaron y lideraron movimientos heréticos, no seríamos tan ingenuos como para imaginar que esto no podría suceder hoy.

Por TIA


En su obra Liberalism is a Sin (El liberalismo es un pecado), el padre Félix Sardà y Salvany afirma claramente que no solo es posible que los miembros del clero sean liberales —hoy diríamos progresistas—, sino que han sido líderes de movimientos heréticos a lo largo de la historia. Son, de hecho, la mejor herramienta del diablo para difundir la herejía.
 
Si conociéramos la historia pasada de la Iglesia, donde obispos y sacerdotes instigaron y lideraron movimientos heréticos, no seríamos tan ingenuos como para imaginar que esto no podría suceder hoy.


De hecho, al observar a los papas conciliares hasta León XIV inclusive, podemos ver claramente que han promovido errores, blasfemias y herejías, como advirtió Nuestra Señora del Buen Suceso en sus profecías. Corresponde a los fieles estar vigilantes y resistir estos errores para luchar y recuperarla de los enemigos progresistas usurpadores.

Padre Félix Sardà y Salvany

El liberalismo se ve favorecido —desafortunadamente con demasiada frecuencia— por el hecho de que algunos eclesiásticos se ven afectados por este error. En tales casos, la extraña lógica de algunas personas transforma de inmediato la opinión o las acciones de un clérigo determinado en un argumento contundente. Los católicos españoles han tenido experiencias deplorables de este tipo a lo largo de la historia. Es oportuno, entonces —con el debido respeto—, abordar este punto y preguntar con sinceridad y buena fe: ¿Puede haber también ministros de la Iglesia contaminados por el liberalismo?

Sí, querido lector, lamentablemente, puede haber ministros liberales de la Iglesia. Hay fervientes seguidores de esta secta, hay moderados y hay quienes simplemente se dejan corromper por su influencia. Exactamente como sucede entre los laicos.


Un ministro de Dios no está exento de rendir el lamentable tributo a la fragilidad humana; en consecuencia, a menudo ha rendido ese tributo a errores contra la fe.

¿Y qué tiene de extraordinario esto, dado que apenas ha habido una herejía en la Iglesia de Dios que no haya sido defendida o propagada por algún clérigo? De hecho, es un hecho histórico que ninguna herejía ha causado problemas significativos ni ha florecido en ningún siglo sin antes asegurarse la devoción de los clérigos.

El clérigo apóstata es el principal instrumento que el Diablo busca para esta obra de rebelión. Necesita presentar la herejía como si tuviera cierta autoridad a los ojos de los incautos; para esto, nada le sirve mejor que el respaldo de un ministro de la Iglesia. Y puesto que, lamentablemente, a la Iglesia nunca le faltan clérigos cuya moral se ha corrompido (el camino más común hacia la herejía) o que están cegados por el orgullo (otra causa muy frecuente de todo error), a la herejía nunca le han faltado apóstoles e instigadores eclesiásticos, cualquiera que sea la forma que haya adoptado dentro de la sociedad cristiana...

El padre Sardà y Salvany dedica dos páginas a enumerar a los principales herejes que fueron obispos y sacerdotes, comenzando con Judas y terminando con los líderes clericales de Francia, Italia y España tras la Revolución Francesa.

Varios de estos obispos abogaron por la expulsión de la Compañía de Jesús, y muchos la aplaudieron en sus cartas pastorales. Incluso hoy, en diversas diócesis españolas, se conocen casos de clérigos que han apostatado y, como es lógico, se han casado inmediatamente.


Cabe señalar, pues, que desde Judas hasta nuestros días, la línea de ministros de la Iglesia que traicionan a su Maestro y se entregan a la herejía continúa ininterrumpida.

Junto a la tradición de la verdad, y en oposición a ella, existe dentro de la sociedad católica una tradición de error: en contraste con la sucesión apostólica de ministros fieles, el infierno mantiene una sucesión diabólica de ministros pervertidos. Esto no debería escandalizar a nadie. En este sentido, recordemos las palabras del Apóstol, quien no dejó de advertirnos: “Es necesario que haya herejías, para que también entre vosotros se manifiesten los que son aprobados” (1 Corintios 11:19).

Extractos de The Liberalism is a Sin 
Barcelona: Librería y Tipografía Católica, 1887, Cap XXVIII, pp 113-17
 

LA DOCTRINA DE LA IGLESIA SOBRE LA MUERTE

Una nueva serie presenta la enseñanza de la Iglesia Católica sobre cada una de las "Cuatro Últimas Cosas". Comenzaremos reflexionando sobre la muerte.

Por Matthew McCusker


“En todas tus obras recuerda tu fin último, y no pecarás jamás” (Sir 7:40)

La Iglesia Católica fue establecida por Nuestro Señor Jesucristo para la salvación de las almas. Por esa razón, las “Cuatro Últimas Cosas” —la Muerte, el Juicio, el Cielo y el Infierno— siempre han sido el eje central de su predicación.

Tras el concilio Vaticano II, quienes seguían la orientación antropocéntrica del concilio generalmente abandonaron la predicación sobre estas doctrinas.

En su estudio sobre los cambios iniciados por el concilio Vaticano II, el filósofo italiano Romano Amerio sugirió que “la profundidad del cambio que se ha producido” en “el período posconciliar” puede “deducirse de los grandes cambios que se han producido en su lenguaje”. Por ejemplo:

La desaparición de términos como Infierno, Cielo y Predestinación, todos ellos relacionados con doctrinas que no se mencionan ni una sola vez en los textos conciliares. Dado que las palabras siguen a las ideas, su desaparición sugiere la desaparición, o al menos el ocaso, de conceptos que alguna vez fueron muy prominentes en el sistema católico [1].

Estos conceptos son fundamentales en la tradición católica precisamente porque el fin último del hombre es la felicidad eterna en el Cielo. Y si el hombre se niega a cooperar con la gracia de Dios, pasará la eternidad separado de Él en los tormentos del Infierno.

La Iglesia siempre ha considerado la meditación sobre las “Cuatro Últimas Cosas” como un medio crucial para salvaguardar el alma; al tener presente su fin último, el hombre se ayuda a evitar el pecado y la condenación. Por ello, la Sagrada Escritura nos exhorta: “En todas tus obras recuerda tu fin último, y no pecarás jamás” (Sir 7:40).

El teólogo de mediados del siglo XX, Joseph F. Sagües, explicó:

La consideración de estos últimos aspectos resulta muy eficaz. El resultado es que, al tener en cuenta tanto la esperanza de la felicidad futura como el temor al castigo, los pecadores se ven impulsados ​​a vencer sus malos deseos y se apartan de los malos caminos, y se fomenta el afán de los justos por emprender obras para Dios y obedecer sus mandamientos [2].

El hecho de que los modernistas y los liberales no prediquen estas doctrinas en nuestros tiempos pone en riesgo las almas y hace aún más imperativo que los católicos se aseguren de que estas verdades se compartan ampliamente.

En esta serie, presentaré la enseñanza de la Iglesia Católica sobre cada una de las “Últimas Cosas”. Comenzaremos considerando la muerte.

¿Qué enseña la Iglesia Católica sobre la muerte?

La muerte es la separación del alma del cuerpo.

La Iglesia Católica enseña que en el hombre alma y cuerpo están unidos en una sola naturaleza. El alma intelectual es el primer principio espiritual que actualiza la vida vegetativa, sensitiva y racional del hombre. El cuerpo es la parte material del hombre.

Dios crea el alma humana en el preciso instante en que la infunde en la materia. La materia se materializa como cuerpo humano en ese mismo momento, porque es materializada por el alma.

Ni el alma ni el cuerpo humanos existen antes de unirse en una persona. El alma es creada por Dios de la nada; la materia tiene una existencia previa, pero con una forma diferente.

La naturaleza humana debe considerarse como un “complejo íntimo y armonioso de cuerpo y alma, del cual existe el ser vivo racional y fuente de las acciones, a saber, el hombre” [3]. Todas las acciones humanas “no proceden solo del cuerpo ni solo del alma, sino del único hombre” [4]. Por ejemplo, no es solo el cuerpo o el alma lo que percibe, sino el ser humano en su totalidad.

La muerte es la disolución de la unión entre cuerpo y alma. El alma solo puede adoptar la forma del cuerpo si la materia que encarna posee ciertas características predisponentes; por ejemplo, el alma humana no puede unirse a la materia organizada como una rana o una piedra. Si la materia deja de predisponer a la unión con el alma —como ocurre cuando una lesión o enfermedad daña el cuerpo—, el alma se separará del cuerpo.

El alma continúa existiendo tras esta disolución, pues por su naturaleza es inmortal. Sin embargo, sin el cuerpo, el alma humana está incompleta. Por naturaleza, es la forma de un cuerpo. Por lo tanto, el alma espera la resurrección del cuerpo, cuando la naturaleza humana vuelva a estar completa.

El alma humana es inmortal

La Iglesia Católica enseña que el alma humana es inmortal. Ha sido creada por Dios de tal manera que, por su propia naturaleza, no puede ser destruida por ninguna causa natural. El alma se crea en un momento determinado, pero una vez creada, no puede dejar de existir; existirá eternamente, ya sea unida a Dios o separada de Él.

La doctrina de la inmortalidad del alma se encuentra en la Sagrada Escritura. Nuestro Señor nos exhortó: “No temáis a los que matan el cuerpo, y no pueden matar el alma” (Mt 10:28), mientras que el libro del Eclesiastés nos dice que “el polvo vuelve a la tierra de donde vino” y “el espíritu vuelve a Dios que lo dio” (Eccles 12:7).

En el Quinto Concilio de Letrán, el Papa León X condenó el error de creer que el alma humana es mortal:

Condenamos y rechazamos a todos aquellos que insisten en que el alma intelectual es mortal [5].

Contra este error enseñó que:

El alma no solo existe verdaderamente por sí misma y esencialmente como la forma del cuerpo humano, como se dice en el canon de nuestro predecesor de feliz memoria, el Papa Clemente V, promulgado en el Concilio General de Vienne, sino que también es inmortal [6].

Nuestros primeros padres eran inmortales antes de la caída

La Iglesia Católica enseña que nuestros primeros padres eran inmortales antes de la caída.

El alma espiritual es inmortal por su propia naturaleza, pero el cuerpo material, por su naturaleza, es susceptible de disolución. Por lo tanto, el hombre no es inmortal por naturaleza. De ahí que el filósofo cristiano del siglo II, Atenágoras, explicara:

Los hombres desde el principio tienen una permanencia inmutable con respecto al alma, pero con respecto al cuerpo adquieren la incorrupción como un don [7].

La inmortalidad fue un don gratuito de Dios a nuestros primeros padres, pero el don era condicional. Dios advirtió a Adán:

De todo árbol del paraíso comerás; mas del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás. Porque el día que comas de él, morirás. (Génesis 2:16-17)

Adán transgredió este mandamiento y perdió el don de la inmortalidad:

Y a Adán le dijo: Por cuanto has escuchado la voz de tu mujer, y has comido del árbol del que te mandé que no comieras, maldita sea la tierra por tu obra… Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste tomado; porque polvo eres, y al polvo volverás (Génesis 3:17,19).

Esta verdad fue definida solemnemente por el Concilio de Trento:

Si alguien no confiesa que el primer hombre, Adán, al transgredir el mandamiento de Dios en el Paraíso, perdió inmediatamente la santidad y la justicia con que había sido constituido; y que, por la ofensa de esa prevaricación, incurrió en la ira y la indignación de Dios, y por consiguiente en la muerte, con la que Dios lo había amenazado previamente, y, junto con la muerte, en el cautiverio bajo su poder, quien desde entonces tuvo el imperio de la muerte, es decir, el diablo, y que todo Adán, por esa ofensa de prevaricación, cambió, en cuerpo y alma, para peor; sea anatema [8].

Adán perdió la inmortalidad no solo para sí mismo, sino para toda la raza humana, de la cual él era la cabeza. Como escribió San Pablo:

Por lo tanto, como el pecado entró en el mundo por un solo hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres… (Rm 5:12)

El hombre es mortal por naturaleza, y fue inmortal solo gracias al don de Dios, que le fue retirado como castigo por el pecado.

Como explicó Santo Tomás de Aquino:

La muerte es natural debido a las condiciones de la materia, pero es punitiva debido a la pérdida del don divino que tiene el poder de preservar de la muerte [9].

Pero este castigo no es la última palabra de Dios.

San Pablo enseña:

Si la culpa de un solo hombre trajo la muerte a toda una multitud, mucho más abundante fue la gracia de Dios, manifestada a toda una multitud, ese don gratuito que nos hizo mediante la gracia traída por un solo hombre, Jesucristo… Si la muerte comenzó su reinado por medio de un solo hombre, debido a la culpa de un solo hombre, mucho más fructífera es la gracia, el don de la justificación, que invita a los hombres a disfrutar de un reino de vida por medio de un solo hombre, Jesucristo (Rm 5:15,17).

Entonces:

Por un hombre vino la muerte, y por un hombre la resurrección de los muertos. Y así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados (1 Corintios 15:21).

En el Último Día, todo ser humano resucitará de entre los muertos. Muchos, con sus cuerpos glorificados, disfrutarán de una vida eterna junto a Cristo. Pero no todos lo harán; algunos, también con cuerpos resucitados, estarán separados de Dios en el infierno.

Nuestro destino final depende de lo que hagamos con nuestra vida antes de morir.

El período de libertad condicional del hombre termina con la muerte

Nuestra vida en la tierra es un tiempo de prueba. El padre Sagües lo expresa sucintamente:

El tiempo de prueba es el período durante el cual un hombre puede tender libremente hacia Dios como su fin último definitivo mediante sus propias acciones meritorias o apartarse definitivamente de Él mediante sus malas acciones. Se llama tiempo de prueba porque el hombre es sometido, por así decirlo, a una prueba, de modo que puede elegir entre alcanzar su fin último o rechazarlo [10].

Nuestra vida en este mundo es temporal y es un tiempo de preparación para el siguiente. En la Sagrada Escritura leemos:

No tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la que está por venir (Hebreos 13:14-16).

También podemos hablar de nuestro tiempo en la tierra como una peregrinación. El padre Sagües explica:

La peregrinación en la tierra significa el tiempo durante el cual un hombre está, por así decirlo, en camino al fin; se opone al estado terminal o al estado definitivo del fin obtenido por sus méritos o perdido por sus deméritos [11].

El estado de nuestra alma en el momento de la muerte determina nuestro destino:

1. Quienes mueren en estado de gracia santificante van al Cielo, ya sea inmediatamente o después de un período de purificación en el Purgatorio.

2. Quienes mueren sin la gracia santificante van inmediatamente al infierno [12].

Tras la muerte, quienes se encuentran en estado de gracia no pueden apartarse de él, ni quienes carecen de la gracia santificante pueden alcanzarlo. Nuestro estado eterno queda fijado en el preciso instante en que el alma se separa del cuerpo.

Nuestro Señor Jesucristo nos advirtió repetidamente sobre esto durante su ministerio en la tierra. Nos enseñó que no conocemos ni la hora de su Segunda Venida ni la de nuestra propia muerte, y por lo tanto debemos estar preparados para ambas. Por ejemplo, el Evangelio de San Mateo registra que dijo:

Por lo tanto, deben estar alerta, ya que desconocen la hora de la venida de su Señor. Tengan esto presente: si el dueño de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche venía el ladrón, habría vigilado y no habría permitido que forzaran la entrada a su casa. Ustedes también deben estar preparados; el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos lo esperen. (Mt 24:42-44)

Y San Marcos registra estas palabras:

Estad, pues, vigilantes, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa: al anochecer, a medianoche, al canto del gallo o al amanecer; de lo contrario, podría venir de repente y encontraros dormidos. Y lo que os digo a vosotros, se lo digo a todos: ¡Velad! (Mc 13:35-37)

Los Santos y Padres de la Iglesia se hacen eco de estas advertencias. En el prólogo de su regla monástica, San Benito escribió:

Si queremos alcanzar la vida eterna, escapando de los tormentos del infierno, entonces —mientras aún haya tiempo, mientras estemos en la carne y podamos cumplir todas estas cosas con la luz que ahora se nos ha dado— debemos apresurarnos a hacer lo que nos beneficiará por toda la eternidad [13].

San Jerónimo escribió:

Ha llegado el tiempo de sembrar… y la vida que llevamos es ahora. En esta vida se nos permite sembrar lo que queramos; cuando esta vida haya pasado, el tiempo de trabajar habrá terminado [14].

Esto convierte el momento de la muerte en el momento decisivo de nuestras vidas. Por eso, San Juan Crisóstomo predicó:

Para el futuro, apartémonos del camino en el que nos hemos equivocado. Porque llegará la hora en que el teatro de esta vida se disolverá, y después de eso nadie contenderá; no hay más asuntos que atender después del fin de esta vida; cuando este teatro se haya cerrado, no habrá méritos para coronas. Este es el tiempo del arrepentimiento y aquel del juicio [15].

La vida del hombre es corta. La muerte siempre está presente. Debemos estar preparados.

La muerte como puerta de entrada a la salvación

La muerte es un castigo por el pecado, pero en su misericordiosa providencia Dios también la ha convertido en la puerta de entrada a la mayor alegría posible que un ser humano puede experimentar. “Su ocurrencia -como escribe el abad Vonier- es parte de la predestinación del hombre”. Él explica:

Para lograr este fin [de la predestinación al cielo], Dios multiplica las gracias y moldea las circunstancias externas de la vida de los elegidos. La opportunitas mortis, el momento propicio de la muerte, es el principal de los designios externos de la Providencia predestinadora: el hombre es arrebatado de esta tierra, lugar de tentación y crisis, en un momento en que goza de la amistad de Dios, cuando está preparado para el Cielo [16].

Continúa:

Se dice que los predestinados son confirmados en la gracia, no por un don inherente, sino porque, por la providencia de Dios, la muerte los sorprende en estado de gracia. Esta oportunidad de la muerte forma parte del designio divino para asegurar la salvación final del alma [17].

El gran teólogo del siglo XVII, Juan de Santo Tomás, escribió:

Si consideramos la muerte como la condición indispensable para adquirir la firmeza en el estado de gracia y para ser admitidos a la gloria celestial, la muerte vista así es un don de la providencia especial de Dios… El don especial de la muerte puede llamarse un favor excepcional de naturaleza externa porque significa una protección muy particular de parte de Dios contra la tentación y contra aquellos obstáculos que se interponen en el camino de la gloria eterna, para que no surjan o no venzan al hombre cuando surjan [18].

Vivir y morir en estado de gracia

El fin último de nuestra vida se alcanza si morimos en estado de gracia santificante, que nos une a Dios.

El sacramento del bautismo marca el inicio de la vida de gracia santificante en nuestras almas. Podemos profundizar nuestra unión con Dios mediante la recepción de los sacramentos, la oración y las buenas obras. Perdemos esta unión con Dios por el pecado mortal, pero podemos recuperarla mediante el arrepentimiento y la recepción del sacramento de la penitencia, o mediante el deseo de recibirlo acompañado de una contrición perfecta, o, en ciertas circunstancias, mediante el sacramento de la extremaunción.

La Iglesia ofrece ritos y oraciones especiales para ayudar a los moribundos a prepararse para el momento de su entrada en la eternidad. Estos ritos incluyen el sacramento de la penitencia, que otorga la absolución de los pecados; el sacramento de la Sagrada Comunión, en el que el alma recibe el último alimento para su viaje; y el sacramento de la extremaunción, que perdona y remite los pecados, fortalece el alma para su lucha final e incluso restaura la salud, si Dios así lo quiere. Las últimas oraciones de la Iglesia acompañan al moribundo en su entrada a la eternidad, y se concede una indulgencia plenaria, que remite completamente toda pena temporal debida al pecado, si el moribundo no está atado a ningún pecado venial.

En la sagrada liturgia, la Iglesia ora para que muramos fortalecidos por estos ritos sagrados, implorando a Dios que nos libre de una muerte repentina e inesperada. Todo católico debería desear morir fortalecido por los últimos sacramentos de la Iglesia, pero lo más importante es morir en estado de gracia. Por eso, en cada Ave María, le pedimos a la Virgen María que interceda por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Morir unido a Dios es morir con una muerte feliz.

Orando por una muerte feliz

Orar por la gracia de una “muerte feliz” y por la “perseverancia final” en el estado de gracia debe ser el centro de nuestra vida cristiana.

La gracia de una muerte dichosa es un don gratuito de Dios; no podemos “ganárnosla”, sino solo recibirla con gratitud. Sin embargo, se nos exhorta: “Ocupaos de vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12). Debemos cooperar con las gracias que Dios nos concede para unirnos a Él y permanecer en su amistad.

Sobre la gracia de la perseverancia final, el gran teólogo Reginald Garrigou-Lagrange, OP, escribe:

No podemos merecerla en sentido estricto, pero podemos obtenerla mediante la oración por nosotros mismos y, de hecho, también por los demás. Es más, podemos y debemos prepararnos para recibir esta gracia llevando una vida mejor [19 ].

Continúa recordándonos la verdad indiscutible de que Dios siempre responde a nuestras oraciones y siempre nos dará lo que necesitamos para nuestra salvación, siempre que se lo pidamos con perseverancia y piedad .

Nuestro Señor Jesucristo nos aseguró:

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay entre vosotros, a quien su hijo que le pida pan le dará una piedra? ¿O que le pida un pez le dará una serpiente?

Si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan? (Mt 7:7-11)

Al comentar este pasaje, Garrigou-Lagrange escribe:

¿Puede nuestra oración obtener infaliblemente la gracia de una muerte feliz? Confiando en la promesa de nuestro Señor: “Pedid y se os dará”, la teología enseña que la oración realizada bajo ciertas condiciones es infalible para obtener los dones necesarios para la salvación, incluyendo, por lo tanto, la gracia final. ¿Cuáles son las condiciones requeridas para que la oración sea infaliblemente eficaz? “Son cuatro -nos dice Santo Tomás [II.II, q.83, a.15]- Debemos pedir para nosotros mismos, con piedad y perseverancia, lo necesario para la salvación” [20].

Reflexionando sobre el mismo pasaje, San Alfonso María de Ligorio escribió:

Concluyamos que quien ora ciertamente se salva; quien no ora ciertamente se pierde. Todos los elegidos se salvan por la oración; todos los condenados se pierden por descuidar la oración. Y su mayor desesperación es, y será para siempre, causada por la convicción de que tenían en su poder salvar sus almas tan fácilmente mediante la oración, y que ahora el tiempo de salvación ha terminado [21].

La salvación es segura para quienes oran con piedad y perseverancia, pero nunca debemos confiarnos en nuestra propia piedad o perseverancia. “Aquí, junto con nuestra propia fragilidad -escribe Garrigou-Lagrange- se manifiesta el misterio de la gracia; podemos desfallecer en nuestra oración” [22].

Continúa:

Por eso decimos antes de la Comunión en la Misa: “Oh Señor, jamás me separe de Ti”. Jamás permitas que cedamos a la tentación de no orar; líbranos del mal de perder el gusto y el deseo de la oración; concédenos que perseveremos en la oración a pesar de la sequedad y el profundo cansancio que a veces experimentamos [23].

Debemos seguir orando por nosotros mismos y por los demás hasta el final de nuestra vida:

Necesitamos ayuda hasta el final, no solo para merecer, sino incluso para orar. ¿Cómo podemos obtener la ayuda necesaria para perseverar en la oración? Recordando las palabras de nuestro Señor: “Si le pedís algo al Padre en mi nombre, él te lo dará. Hasta ahora no me habéis pedido nada en mi nombre” (Jn 16:23-24) [24].

Dios desea nuestra salvación. Anhela que estemos unidos a Él para siempre en la dicha eterna. Aceptemos las gracias que nos ofrece en esta vida y preparémonos ahora para el momento de nuestra muerte.

Continúa...

Notas:

1) Romano Amerio, Iota Unum (segunda edición italiana, traducción de Rev. John Parson, 1996), núm. 49.

2) Rev. Joseph F. Sagües, Treatise on the Last Things, Sacrae Theologiae Summa Volumen IVB (edición en inglés traducida por el Rev. Kenneth Baker, 2016), pág. 272.

3) Rev. Joseph F. Sagües, Treatise on Sins, Sacrae Theologiae Summa Volume IIB (edición en inglés traducida por el Rev. Kenneth Baker, 2016), pág. 292.

4) Sagües, STS IIB, pág. 292.

5) Quinto Concilio de Letrán, Sesión 8, 19 de diciembre de 1513.

6) Quinto Concilio de Letrán, Sesión 8, 19 de diciembre de 1513.

7) Citado en Sagües, STS IIB, pág. 285.

8) Decreto sobre el Pecado Original, Quinta Sesión del Concilio de Trento, 17 de junio de 1546.

9) Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II.II q. 164, a.1.

10) Sagües, STS IVB, pág. 279.

11) Sagües, STS IVB, pág. 279.

12) Según la fe divina y católica, quienes mueren solo con el pecado original no entran al Cielo. La opinión más común y probable es que viven en un estado de felicidad natural. Esto se explicará con más detalle en un artículo posterior.

13) San Benito, Prólogo a la Regla de San Benito, citado por el Abate Vonier, “Death and Judgement”, The Teaching of the Catholic Church. Ed. Canon George D. Smith, 2.ª edición (Londres, 1956), pág. 1107.

14) Sagües, STS IVB, pág. 285.

15) Sagües, STS IVB, pág. 285.

16) Vonier, “Death and Judgement, pág. 1105.

17) Vonier, “Death and Judgement, pág. 1105.

18) Juan de Santo Tomás, De Gratia Disp . xxi, art.2. Citado por Vonier, p1106.

19) Reverendo Reginald Garrigou-Lagrange, Providence (trad. Dom Bede Rose OSB, 1937), pág. 329.

20) Garrigou-Lagrange, Providence, pág. 329.

21) San Alfonso María de Ligorio, The Great Means of Salvation and of Perfection, Parte I, Capítulo I.

22) Garrigou-Lagrange, Providence, p330.

23) Garrigou-Lagrange, Providence, p330.

24) Garrigou-Lagrange, Providence, p330.
  

7 DE AGOSTO: SAN CAYETANO, CONFESOR

No os inquietéis, diciendo: ¿Qué comeremos? como hacen los paganos; o ¿qué beberemos? o ¿con qué nos cubriremos?, que bien sabe vuestro Padre la necesidad que de estas cosas tenéis (Mateo 6, 31-32).


Gaetano dei Conti di Thiene (1480-1547), conocido como San Cayetano, fue un sacerdote católico italiano cofundador de la Orden de los teatinos.

Su vida

Cayetano nació en octubre de 1480, hijo de Gaspar, señor de Thiene, y Mary Porta, personas de primer rango entre la nobleza del territorio de Vicenza, en la región de Veneto.

Su padre murió cuando él tenía dos años de edad. Tranquilo y retraído por naturaleza, estaba predispuesto a la piedad por su madre. Cayetano estudió derecho en Padua, recibiendo su título de doctor utriusque juris (es decir, en derecho civil y canónico) a los 24 años. En 1506 trabajó como diplomático para el Papa Julio II, con quien ayudó a reconciliar la República de Venecia. Pero no fue ordenado sacerdote hasta el año 1516.

Con la muerte del Papa Julio II en 1513, Cayetano se retiró de la corte papal. Llamado a Vicenza por la muerte de su madre, fundó allí en 1522 un hospital para incurables. Para 1523, también había establecido un hospital en Venecia. Sus intereses estaban tanto o más dedicados a la curación espiritual que a la física, y se unió a una cofradía en Roma llamada “Oratorio del Amor Divino”. Tenía la intención de formar un grupo que combinaría el espíritu del monaquismo con los ejercicios del ministerio activo.

Posteriormente, una nueva congregación fue erigida canónicamente por el Papa Clemente VII en el año 1524. Uno de sus cuatro compañeros fue Giovanni Pietro Carafa, el obispo de Chieti, elegido primer superior de la Orden, quien luego se convirtió en Papa con el nombre de Pablo IV. Del nombre de la ciudad de Chieti (en latín: Theate), surgió el nombre con el que se conoce a la Orden, los “Teatinos”. 

La Orden crecía a un ritmo bastante lento: solo había doce teatinos durante el saqueo de Roma en 1527, durante el cual Cayetano fue torturado por los soldados españoles de Carlos V que se habían amotinado. Los Teatinos lograron escapar a Venecia.

Allí Cayetano conoció a Jerome Emiliani, a quien ayudó en el establecimiento de su Congregación de Clérigos Regulares. En 1533 fundó una casa en Nápoles. El año 1540 lo encontró nuevamente en Venecia y desde allí extendió su obra a Verona. 

Cayetano fundó un monte de pieta — “montaña o fondo de piedad”— en Nápoles, una de las muchas organizaciones de crédito caritativas y sin fines de lucro que prestaban dinero con la garantía de objetos empeñados. El propósito era ayudar a los pobres y protegerlos contra los usureros. Esta institución más tarde se convirtió en el Banco di Napoli.

Cayetano murió en Nápoles el 7 de agosto de 1547. Sus restos se encuentran en la iglesia de San Paolo Maggiore en Nápoles.

Veneración

Cayetano fue beatificado el 8 de octubre de 1629 por el Papa Urbano VIII. El 12 de abril de 1671, Cayetano fue canonizado. La fiesta de San Cayetano se celebra el 7 de agosto.

Oracion

Oh Dios, 

que habéis concedido a San Cayetano 

la gracia de imitar la manera de vivir de los Apóstoles,

acordadnos, siguiendo su ejemplo y por su intercesión, 

la gracia de poner siempre en Vos nuestra confianza 

y no desear más que los bienes del cielo. 

Por J. C. N. S. 

Amén.


jueves, 6 de agosto de 2026

GRACIA Y LIBERTAD: BIBLIA, CONCILIOS Y LITURGIA

Hoy reflexionaremos sobre la Sagrada Escritura, los Sagrados Concilios, la Sagrada Liturgia y los Santos Padres.

Por el padre José María Iraburu


Entren, por favor, en este jardín precioso, donde la Palabra divina, en todo el esplendor de su verdad y belleza, se manifiesta acerca del tema gracia y libertad en textos de la sagrada Escritura, del Magisterio apostólico y de la Liturgia. Yo solamente los presento y comento.

La Sagrada Escritura

– El misterio de la inhabitación divina en el hombre hace que cada uno seamos cuatro: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo y yo. Y por supuesto, es Dios uno y trino quien lleva continuamente la iniciativa de nuestras vidas, iluminando nuestras mentes y moviendo nuestras voluntad hacia unas buenas obras bien concretadas por su providencia. Dios es, por lo tanto, el principio ontológico y dinámico de toda nuestra vida espiritual: es el alma de nuestra alma, como dice San Agustín: “lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia” (Serm.187, de temp. cf. Vat. II, LG 7, en nota). Y dice también: Dios “es más íntimo a mí que yo mismo (intimior intimo meo)” (Confesiones III,6,11). Por lo tanto, así como el cuerpo se mueve movido por el alma, así el cristiano siempre se mueve movido por su alma nueva, que es Dios.

“En Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y estáis llenos de Él” (Col 2,9-10). “Si alguno me ama, mi Padre le amará, vendremos a él y en él haremos morada” (Jn 14,23). “Yo estaré con vosotros siempre, hasta la consumación de los siglos” (Mt 28,20). “No os dejaré huérfanos, vendré a vosotros” (Jn 14,15-26)… “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8), “que el Padre enviará en mi nombre” (Jn 14,26). “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20). “No vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que de verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros” (Rm 8,9). “Los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son los hijos de Dios” (8,14). Por lo tanto, aunque en el Cuerpo de Cristo “hay diversidad de operaciones, es Dios quien obra todas las cosas en todos” (1Cor 12,6).

– “Es Dios quien obra en vosotros el querer y el obrar, según su beneplácito» (Flp 2,13). Atención a esto: nosotros no hemos renacido en Cristo, por obra del Espíritu Santo, simplemente para hacer el bien en general, sin más, según las enseñanzas del Evangelio. Por el contrario,

“nosotros somos creación de Dios, hemos sido creados en Cristo Jesús, para hacer aquellas buenas obras, que Dios de antemano preparó, para que las practicásemos” (Ef 2,8-10). No hemos sido re-creados para hacer las obras buenas que, según nuestra mayor o menor generosidad, se nos ocurran a nosotros, o que nos vengan solicitadas por otros: sino “aquellas obras” concretas que Dios providente quiere hacer en nosotros y con nosotros. “Gracias a Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, antes he trabajado yo más que todos ellos [los otros apóstoles], pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (2Cor 15,10). Nadie, pues, se gloríe de sus buenas obras. No seamos como aquel burro portador de unas reliquias, que al ver las muestras de veneración del pueblo, pensaba que iban dirigidas a él. O como aquel pincelito, que se sentía autor de un precioso cuadro. “¿Quién es el que a ti te hace preferible? ¿Qué tienes tú que no hayas recibido?” (1Cor 4,7).

Los Sagrados Concilios

El Indículo es una colección de proposiciones sobre la gracia, reunida al parecer por San Próspero de Aquitania en los años 435-442. Confirmado el documento en el 500 por la Santa Sede (Denz 238-249), ofrece una luminosa doctrina obre la gracia, totalmente opuesta a voluntarismos naturalistas:

“Dios obra sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres, de tal modo que el santo pensamiento, la buena decisión y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15,5)” (cap. 6). Por lo tanto, “confesamos a Dios por autor de todos los buenos efectos y obras y de todos los esfuerzos y virtudes por los que, desde el inicio de la fe, se tiende a Dios, y no dudamos que todos los merecimientos del hombre son prevenidos por la gracia de Aquel por quien sucede que empecemos tanto a querer como a hacer algún bien (cf. Flp 2,13). Ahora bien, por este auxilio y don de Dios no se quita el libre albedrío, sino que se libera… [Y así Dios] obra, efectivamente, en nosotros que lo que Él quiere, nosotros lo queramos y hagamos, y no consiente que se quede ocioso en nosotros lo que nos dio [la voluntad libre] para ser ejercitado, y no para ser descuidado, de modo que seamos también nosotros cooperadores de la gracia de Dios” (cap. 9).

El Sínodo II de Orange (529), confirmado por el Papa Bonifacio II (531) –ya transcribí sus cánones principales (aquí)–, especialmente considerado en Trento frente a los luteranos, da la misma doctrina.

“Si alguno dice que se nos confiere divinamente misericordia [gracia] cuando sin la gracia creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas, y no reconoce que es don de la misma gracia que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol, que dice: “¿qué tienes tú que no lo hayas recibido?” (1Cor 4,7). “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (15,10)” (canon 6). “Don de Dios es el que pensemos rectamente, que contengamos nuestros pies de la falsedad y la injusticia; porque cuantas veces obramos el bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros” (c. 9). Siempre que hacemos algún bien, a él nos movemos movidos por la gracia de Dios. Él es el autor principal. Como el niño analfabeto que escribe movido por la mano de su padre. Pero entonces, objetará alguno, ¿es que el hombre no hace nada y la gracia lo hace todo?

El Concilio de Trento, en el decreto sobre la justificación (1547), responde claramente a esa pregunta, en la que viene a acusarse a la doctrina católica sobre la gracia, como si dejara inerte la acción libre del hombre:

“…sin que exista mérito alguno en ellos [en los pecadores]… Dios por la gracia los excita y ayuda a convertirse, y a disponerse para la propia justificación, asintiendo y cooperando libremente a la misma gracia; de suerte que, al tocar Dios el corazón del hombre por la iluminación del Espíritu Santo, ni puede decirse que el hombre mismo no hace nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; ni tampoco [puede decirse que], sin la gracia de Dios, puede moverse por su libre voluntad a ser justo delante de Él… [Cuando oramos] “conviértenos, Señor, y nos convertiremos” (Lam 5,21), estamos confesando que somos prevenidos por la gracia de Dios” (Denz 1525).

El Catecismo de la Iglesia Católica hace una síntesis preciosa de la doctrina enseñada por la Iglesia durante veinte siglos sobre la justificación y la gracia (1987-2029). Pero no reproduzco sus textos, porque ya ustedes tienen a mano el libro. (Y si no lo tuvieran, ya pueden ir cuanto antes a comprarlo). Puede consultarse en él también su enseñanza sobre la libertad (1730-1748). Transcribo sólo un número: “La iniciativa divina en la obra de la gracia previene, prepara y suscita la respuesta libre del hombre” (2022).

La Sagrada Liturgia

La Liturgia es la mejor y más universal escuela de la doctrina católica de la gracia. Constantemente enseña de la gracia en sus oraciones, y permanentemente la comunica en la Eucaristía y los sacramentos. La primacía absoluta de la gracia de Dios, la necesidad permanente de su auxilio, su acción constante, su gratuidad, se inculcan en los fieles en muchas oraciones litúrgicas, que, precisamente, fueron compuestas muchas de ellas en los Sacramentarios de los siglos V y VI, cuando la Iglesia celebró los principales Sínodos y Concilios sobre la gracia divina.

Transcribo primero algunas oraciones colectas de los domingos del tiempo ordinario:

1.– Señor, danos “luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla”.
10.– “Oh Dios, fuente de todo bien, concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda”.
28.– “Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien”.
32.– “Aparta de nosotros todos los males, para que bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad”.
34.– “Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad”… Lo de “generosamente” es cosa del traductor. En el original, “ut divini operis fructum propensius exequentes”, se dice “con mayor intensidad, con mayor fuerza”. Que no es lo mismo.

Recuerdo también estas otras oraciones:

“Concédenos la gracia, Señor, de pensar y practicar siempre el bien, y pues sin ti no podemos ni existir ni ser buenos, haz que vivamos siempre según tu voluntad” (jueves I de cuaresma).

“Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin. Por nuestro Señor Jesucristo” (laudes I lunes T. Ord.). “Actiones nostras, quæsumus, Domine, aspirando præveni et adiuvando prosequere, ut cuncta [para que todas] nostra operatio a te semper incipiat et per te coepta finiatur”. Omitió el traductor que la Iglesia pide en esa oración el auxilio de la gracia divina para todas nuestras buenas obras. Y esa omisión no es grano de anís, ni bostezo de caracol.

Conforme a estas verdades de la fe proclamadas en la oración litúrgica, la Iglesia reconoce solemnemente en el Prefacio I de los Santos que el Señor, “al coronar sus méritos, corona su propia obra”.

La espiritualidad litúrgica, como se mantiene siempre en la Escritura, en la Tradición, en el Magisterio apostólico, se caracteriza por la segura ortodoxia de sus rasgos. Pío XI afirmaba que la liturgia “es el órgano más importante del Magisterio ordinario de la Iglesia” (al abad Capelle 12-XII-1935; cf. Pío XII, enc. Mediator Dei 1947, 14). Por eso, concretamente en estas cuestiones de gracia, como en todas, la liturgia es la mejor maestra de la fe católica. Lex orandi, lex credendi.

Los Santos Padres

Aquellos que recibimos de Dios la gracia inmensa de escuchar la voz de los Padres de la Iglesia, en el oficio de lectura de la Liturgia de las Horas, somos diariamente enseñados en estas grandes verdades sobre la gracia. Y aunque antes de los Concilios sobre la gracia puede hallarse, muy raramente, alguna imprecisión en sus palabras, nunca reflejan en el conjunto de su enseñanza los errores que ya he caracterizado. Tendré que limitarme a citar algunas frases del Doctor de la gracia :

San Agustín: “No se te ocurra pensar que puedes tú dar ni el más pequeño fruto. Cristo no dice: “sin mí poco podréis hacer”. Él dice: “sin mí, no podéis hacer nada”. Por lo tanto, sea poco o mucho lo que hagas, no puedes hacerlo sin Cristo. No, sin su auxilio no puedes hacer cosa alguna” buena (Tract. in Ioannis evang. 81,1-3). “Si la gracia de Dios es la que obra en ti, lo bueno que haces es debido a ella y no a tus propias fuerzas” (Enarrat. in Psalmos 65,5. Señor, “haz que yo entre en mi corazón y te confiese sinceramente: nada hay en mí que te pueda agradar fuera de lo que de ti he recibido” (Sermo 13,3).
 

¿CÓMO PODEMOS APOYAR LOS PROPÓSITOS DE LA DIVINA MISERICORDIA?

Continuamos con la publicación del capítulo XIX del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

CAPÍTULO XIX

¿CÓMO PODEMOS APOYAR LOS PROPÓSITOS DE LA DIVINA MISERICORDIA?

Para que Dios obrara este milagro, debía encontrar nuestras almas preparadas para recibir su gracia. No lo estábamos tras los castigos de 1793, 1848 y 1870-1871. En lugar de acudir a Dios y encomendarnos a su misericordia, depositamos nuestra confianza en las maquinaciones de la sabiduría política. Donoso Cortés nos lo había dicho claramente tras las Jornadas de Junio ​​de 1848: “Nunca he tenido fe ni confianza en la acción política de los buenos católicos. Todos sus esfuerzos por reformar la sociedad mediante instituciones políticas, es decir, mediante asambleas y gobiernos, serán perpetuamente inútiles. Las sociedades no son lo que son por los gobiernos y las asambleas; las asambleas y los gobiernos son lo que son por las sociedades. Por lo tanto, sería necesario seguir el sistema opuesto: sería necesario cambiar la sociedad y luego utilizarla para producir un cambio similar en sus instituciones”.

Esto es lo que Le Play, Blanc de Saint-Bonnet y muchos otros han sostenido consistentemente. “No hay posibilidad de restaurar el bien común sin una doctrina”, escribió Barrès en 1899. La doctrina fundamental que debe restablecerse en la mente de las personas es la del verdadero sentido de la vida. Lo demás vendrá por añadidura. De esta comprensión surgirán instituciones sociales e incluso políticas, tal como sucedió en el pasado. Las costumbres y las instituciones se transforman casi espontáneamente bajo la presión de las ideas. Se transformaron para mejor mediante la predicación del Evangelio; se transformaron para peor mediante la predicación del evangelio Humanista.

¿Se puede devolver a la sociedad el verdadero sentido de la vida? Sí, si Dios nos concede su gracia, y nos la concederá si nos presentamos ante Él con un corazón contrito y humilde.

“Señor -dijeron Tobías y sus compañeros cautivos- no obedecimos tus mandamientos, y por eso fuimos entregados al saqueo, al cautiverio y a la muerte. Somos objeto de burla y desprecio para todas las naciones. Ahora, Señor -continuaron- estamos sufriendo la justicia de tus juicios, porque no nos comportamos según tus mandamientos ni te precedimos con un corazón recto” (1). 

“Hemos pecado, nos hemos apartado de ti cometiendo injusticias; en todo hemos obrado mal. — No hemos escuchado tu palabra, no hemos guardado tus mandamientos, no hemos actuado como nos mandaste para que fuéramos felices. — Por lo tanto, con perfecta justicia nos han sobrevenido todos estos males y nos has tratado como lo has hecho, entregándonos en manos de enemigos injustos, implacables contra nosotros… Pero ahora, Señor, con todo nuestro corazón deseamos seguirte: te tememos, queremos caminar en tu presencia. — No completes nuestra ruina, sino permítenos sentir los efectos de tu bondad, permítenos ser tratados conforme a la inmensidad de tu misericordia” (2). Y toda esa magnífica oración de Azarías, que se encuentra en el capítulo III de la profecía de Daniel.

A estas oraciones y a este arrepentimiento, Dios nos pide que añadamos una firme determinación, una determinación que demuestre su sinceridad y eficacia a través de nuestras acciones. Su primer efecto debe ser reavivar el espíritu cristiano en nosotros mismos y en el mayor número posible de franceses sobre quienes podamos ejercer alguna influencia. “Tal debería ser -dijo el obispo Isoard- el objetivo principal de todos los predicadores, de todos los guías espirituales, de todos los escritores católicos. ¿Acaso Dios concederá alguna vez a un pueblo su gracia, una gracia de renovación y salvación, si la gran mayoría de sus ciudadanos permanece en el pecado y lleva deliberadamente una vida que se opone manifiestamente al espíritu de Nuestro Señor, a los ejemplos dejados por generaciones imbuidas del espíritu cristiano y que viven en la caridad de Jesucristo? No, Dios no concederá la gracia a tales personas. La Escritura lo atestigua en muchos pasajes. Recordemos aquí, simplemente, cómo se preparaba a los judíos para la predicación del Evangelio, para el conocimiento del Salvador. San Juan Bautista les dijo a cada uno: Cumplid, en la medida de vuestras posibilidades, con los deberes del estado en que os encontráis. Tenéis una ley: observadla”. Se dirigía a cada individuo; los exhortaba a una obra personal de reforma y santificación.

Obispo Louis-Romain-Ernest Isoard

“Atribuimos todo el desorden y los males que de él se derivan a entidades abstractas e inasibles: el espíritu moderno, el gobierno, la Revolución, la desintegración social y la dispersión de los elementos que la componen. Esperamos la solución de infundir el espíritu cristiano en las leyes, de sustituir una forma de gobierno por otra y de lograr un equilibrio más sabio de fuerzas e influencias. No enfatizamos lo suficiente que estas transformaciones beneficiosas solo pueden ocurrir mediante una gracia especial de Dios; no enfatizamos en absoluto que cada uno de nosotros puede y debe obtener y merecer esta gracia de Dios para todos. Nos aferramos, como podemos, a nuestros hábitos cómodos, manteniéndonos tan alejados como siempre de las dificultades, el esfuerzo, las privaciones y esa vida de moderación —en resumen, una vida de mortificación— que Dios exige de su pueblo, y especialmente de sus ministros”.

¡Vivamos en paz, adaptándonos a las circunstancias para sufrir personalmente lo menos posible, y esperemos a que los tiempos cambien!”

“Pero de nosotros depende cambiar el rumbo del mundo moral. ¿Y a qué nos referimos con ‘nosotros’? Nos referimos a todos los cristianos que viven en la fe. Para que la calma siga a la tempestad, es necesaria la gracia de Dios; y todo pecador, con su pecado, aleja a Dios de su pueblo, así como todo justo atrae la gracia de Dios hacia sí mediante sus actos de virtud....”

“Los hombres cuyos sentimientos son religiosos y cuyas vidas externas se ajustan a sus creencias están sujetos a la influencia de la mentalidad dominante. Comparten con los cristianos inconstantes, aquellos alejados de la práctica religiosa, el deseo de mantener sus hábitos establecidos y rechazan implícitamente el esfuerzo y el sacrificio. Sin embargo, se diferencian de ellos en que recurren con fe a la Providencia divina y esperan una intervención repentina e irresistible que restablezca instantáneamente todo a su debido lugar. ¿Cómo esperan obtener esta extraordinaria intervención de la Providencia? ¿Acaso mediante la práctica de la penitencia? ¿Acaso mediante un retorno sincero y completo a la santidad de su vocación cristiana y sacerdotal? Tenemos motivos para temer que tal no sea la disposición del alma de la mayoría. La expresión más común que utilizan es que quieren hacer violencia a Dios, pero a través de prácticas religiosas, ya sea nuevas en nombre y forma, o que reciben una prominencia inusual. Quizás no haya un solo mes en los últimos tres o cuatro años (e incluso desde entonces) en que los obispos no reciban una invitación urgente, casi como una orden, para difundir esta devoción por sus diócesis, una devoción destinada a aplacar la justicia divina y triunfar definitivamente sobre el enemigo. Se nos dice, con un lenguaje bastante peculiar, que Dios esperaba que la oración se le dirigiera de esta manera y bajo este nuevo nombre. A menudo, incluso se espera que la salvación provenga de un acto en el que los fieles no participarán directamente”.

“Esperamos un golpe de Su gracia, sin introducir la más mínima reforma, sin corregir en lo más mínimo la vida de mera honestidad moral, de virtud incierta y vacilante, que hemos elegido adoptar. Al observar atentamente estas ilusiones de tantas almas, uno siente las palabras de Nuestro Señor ascender a nuestros labios: Haec opportuit facere illa non omittere. Sí, son cosas bellas y buenas, los honores rendidos a los siervos de Dios, las solemnes consagraciones de la Patria al Sagrado Corazón o a la Santísima Virgen, las peregrinaciones a todos los santuarios; pero estos actos religiosos deben acompañar los esfuerzos hacia una generosa conversión de las almas, o manifestar el progreso en la conversión ya alcanzada: tengamos cuidado de no convencernos de que pueden sustituirla”.

Ante el obispo Isoard, Joseph de Maistre había dicho a quienes le preguntaban: “¿Cuándo veremos el fin del mal?” “Veremos el fin del mal cuando los hombres lloren por el mal” (3), lloren por haber perdido de vista sus destinos eternos; o por no haberse dado el valor de hacer lo que estos destinos requieren.

Un extranjero, un inglés, un protestante, Lord Montagne, en una carta dirigida al Sr. Le Play después del castigo de 1870-1871, utilizó casi el mismo lenguaje.

“Cuando llegué a París el pasado diciembre -dijo- alguien me preguntó si había venido a fiestas o al teatro. Respondí: “Vine a averiguar si los prusianos regresarán”. Entonces mi interlocutor se lanzó a una larga diatriba sobre armamento, soldados y la determinación de todo francés de vengarse. Cuando por fin terminó, le dije: “Creo que podrías vengarte”. “¿Cómo?”. “Convirtiéndote en mejores cristianos que tus conquistadores”.

“Cuando hablo de ‘mejores cristianos’, no me refiero solo a quienes asisten a los servicios religiosos o realizan ciertos actos. Les recuerdo que para ser cristiano, uno debe observar la ley de Dios y practicar la justicia y la caridad. Ustedes atribuyen las desgracias de Francia a las fallas de los militares, la división de los partidos políticos, los prejuicios de la nación y los sofismas de los intelectuales. Admito este punto. Pero entonces el problema radica en descubrir el remedio para estos males. Y este solo se encuentra en la ley de Dios, que, al reprimir los errores y las pasiones, recuerda a las personas su deber y restablece la armonía entre ellas. A mediados del siglo XVII, los franceses comprendían la verdadera causa de la prosperidad y la decadencia de las naciones con mayor claridad que hoy. La siguiente anécdota lo demuestra. Durante la toma de Dunkerque, cuando los franceses entraron en la fortaleza mientras los nuestros se retiraban, un oficial inglés dijo: “Pronto regresaremos”. —“Regresarán -replicó un oficial francés- si nuestros pecados superan alguna vez los suyos”.

En la Instrucción Pastoral que publicó con motivo del Jubileo de 1886, el obispo Isoard también dijo:

“Cuando los males que aquejan a la Iglesia en Roma, en Francia y en otras tierras nos causan justa tristeza, no malgastemos el tiempo acusando a nuestros adversarios. Debemos acusarnos a nosotros mismos; ellos no son fuertes, nosotros somos débiles, y débiles por nuestra propia culpa. No nos aferremos a la senda de las nuevas devociones, de las Uniones que nos presentan sus promotores como si pudieran obrar, por sí solas y en una fecha fija, la salvación de la Iglesia y de la sociedad. San Pedro de Alcántara nos enseña qué se debe hacer en una nación pervertida para que se vuelva a Dios, para que vuelva a vivir según su palabra y su gracia,

“Un caballero se lamentaba ante el santo por la situación en España y le consultaba sobre qué se podía hacer ante el desorden social. San Pedro, tras un día de reflexión, respondió sencillamente: “Pon orden en tu propia casa, en tus propios asuntos; trata a quienes dependen de ti como corresponde a un cristiano, y habrás cumplido con tu deber. Si todos los cristianos hicieran esto, la sociedad se beneficiaría enormemente”.


Juan III, rey de Portugal, hablando un día con sus cortesanos, preguntó quiénes debían ser los primeros en emprender esta reforma personal: “Si la gente de alto rango fue virtuosa, el pueblo llano, que siempre se inspira en ella, no dejaría de reformar su moral. La reforma de todos los estamentos del Estado consiste principalmente en una buena educación para la nobleza”. Hoy diríamos que se trata de las clases dominantes.

En efecto, es a través de la educación, y especialmente de la educación de aquellos llamados a liderar a otros, que debe comenzar toda reforma. Sería una ilusión creer que las clases dominantes cambiarán alguna vez sus costumbres o abrazarán una vida verdaderamente cristiana si sus mentes no están profundamente imbuidas de la doctrina de Cristo. La mente manda al corazón, y el corazón dirige la vida.

En su encíclica del 15 de abril de 1905, N.S.P., el Papa Pío X llamó la atención de todo el episcopado, de todo el clero católico, sobre la necesidad de fortalecer la enseñanza de la doctrina cristiana: “Quienquiera -dijo- que anhele la gloria divina, busca las causas de esta crisis que atraviesa la religión. Cada uno ofrece su propia explicación y cada uno, a su manera, emplea sus propios medios para defender y restaurar la gloria de Dios en esta tierra. Por nuestra parte, venerables hermanos, sin negar otras causas, nos alineamos preferentemente con la opinión de quienes ven en la ignorancia de los asuntos divinos la causa del actual debilitamiento y debilidad de las almas y de los graves males que de ello se derivan”.

“Todos se quejan de que muchos cristianos ignoran profundamente las verdades necesarias para la salvación, y estas quejas, por desgracia, están bien fundadas. Cuando decimos ‘el pueblo cristiano’, no nos referimos solo a los plebeyos o a los hombres de clase baja que con demasiada frecuencia se excusan en el hecho de que, al estar al servicio de amos crueles, apenas pueden pensar en sí mismos y en sus propios intereses; sino que también hablamos, y especialmente, de aquellos que, si bien no carecen de inteligencia ni cultura, sobresalen en el conocimiento secular, y sin embargo, con respecto a la religión, viven de la manera más temeraria e imprudente. Es difícil describir la densa oscuridad en la que a veces se ven sumidos, y lo que es más triste, ¡permanecen envueltos en ella! Apenas piensan en Dios, el autor y gobernante soberano de todas las cosas, ni en la sabiduría de la fe cristiana. En consecuencia, no saben nada de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la perfecta restauración de la humanidad a través de Él. Desconocen la gracia, principal ayuda para alcanzar las bendiciones eternas; desconocen el augusto sacrificio y los sacramentos, mediante los cuales obtenemos y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ignoran su malicia y su vergüenza. Inmenso es el número —y aumenta día a día— de quienes ignoran la religión o solo tienen un conocimiento superficial de la fe cristiana que les permite, incluso a la luz de la verdad católica, vivir como idólatras”.

“Si es inútil esperar una cosecha de una tierra que no ha recibido semilla, ¿cómo podemos esperar generaciones con una moral intachable si no han sido instruidas en la doctrina cristiana a su debido tiempo? De esto deducimos, con razón, puesto que la fe languidece en nuestros días hasta el punto de estar casi muerta en muchos, que el deber de transmitir las verdades del catecismo se cumple con excesiva negligencia o se omite por completo”.

San Pío X

Pío X recuerda y renueva las prescripciones del Concilio de Trento sobre este tema. A continuación, dirige esta exhortación a los obispos y sacerdotes:

“En cada una de sus diócesis se han instituido muchas cosas útiles y dignas de elogio para el bien del rebaño que les ha sido confiado. Sin embargo, por encima de todo, les pido que dediquen todos sus esfuerzos, celo, dedicación y fervientes súplicas a asegurar que el conocimiento de la doctrina cristiana llegue a todos y penetre profundamente en sus almas”.

Los padres y los líderes juveniles deben meditar sobre estas observaciones del Pontífice y considerar como dirigidas a ellos mismos, las exhortaciones y los mandamientos que da a los sacerdotes. Las madres no deben ignorar que, si la mente y el corazón del niño no han sido preparados por la madre, como el agricultor prepara su campo antes de sembrar, la palabra del sacerdote caerá en oídos sordos o será silenciada por el error.

Las enseñanzas de la madre deben ahora ser seguidas por las del maestro. Desde 1852 hasta hace pocos años, sacerdotes, monjes y monjas fueron responsables de la educación de la mitad de la juventud francesa. Su labor no parece haber dado todos los frutos esperados. Se ha puesto demasiado énfasis en los planes de estudio impuestos por el mundo académico, demasiado énfasis en aprobar los exámenes basados ​​en estos planes de estudio: la instrucción religiosa, que debería haber ocupado un lugar primordial, ha sido relegada con demasiada frecuencia al final. ¿Qué ha sucedido? Al salir de nuestros colegios y internados, nuestros jóvenes se han encontrado en un mundo saturado de naturalismo y liberalismo. Periódicos, panfletos y libros les han transmitido impresiones e ideas sobre cualquier tema que son contrarias al sentimiento cristiano y a la verdad revelada. Mal preparados, no pudieron defenderse, y pronto sus mentes se llenaron de multitud de ideas opuestas a la doctrina cristiana; y ya no sostenidos por la fe, se extraviaron.

Aunque la educación recibida en la familia y en la escuela haya sido excelente, el joven, el hombre maduro, no debe dormirse en los laureles; debe mantenerla y desarrollarla. La obligación del sacerdote de enseñar siempre corresponde a la obligación del fiel de aprender siempre, asistiendo a clases de catecismo, a Misa donde se predican sermones y leyendo semanalmente un número determinado de páginas de libros que enseñen las verdades dogmáticas y morales de la religión.

Aprender sobre religión es el primer paso en el camino hacia la reforma. El segundo paso, crucial, es conformar la propia vida a la fe. Un novelista contemporáneo, no creyente, critica a los católicos de hoy porque las ideas religiosas no son para ellos “principios rectores”. Nada más cierto; para muchos de los que la conservan y la combinan con prácticas devocionales, la fe ya no es una luz ni un principio de vida.

“La vida de un cristiano que desea responder plenamente a esta elevada y bendita vocación -afirma el obispo Isoard- no puede ser como la de aquellos cristianos que solo tienen una vaga idea de quiénes son a través del bautismo, de quiénes deberían ser por ser miembros vivos de Jesucristo”. Esta es una de esas verdades prácticas que todos aceptan en cuanto se enuncian. Pero la primera consecuencia que se desprende de esta verdad es que aquellos de nuestros hermanos a quienes llamamos cristianos practicantes, y las mujeres cristianas a quienes afirmamos que son devotas, deberían ser fácilmente reconocibles en el mundo.

“Sus viviendas, por ejemplo, deben ser sencillas. El mobiliario debe ser completamente distinto al de quienes jamás han oído hablar de penitencia y mortificación. Es cierto que esta idea es bastante acertada; deberíamos encontrar entre estos cristianos una austeridad rigurosa. Pero, en realidad, ¿qué vemos? Vemos la misma comodidad y el mismo lujo que en cualquier otro lugar. Lo que rige sus gastos es su ingreso, no el espíritu de la fe cristiana; cualquier placer de este tipo que puedan conseguir, lo consiguen”.

Las mujeres, en particular, necesitan examinarse a sí mismas y reformar su forma de ser.

“El profeta Isaías (4) y el apóstol San Pablo (5) ofrecen las enseñanzas más precisas sobre este tema; entran en minucioso detalle acerca de este tipo de lujo, extravagancia y necedad: ¿Acaso no se puede, por lo tanto, distinguir fácilmente en un salón a una mujer que quiere ser una verdadera católica de otra cuya única ambición es vivir para el mundo? No, no se pueden observar diferencias verdaderamente apreciables entre ambas. La moda, la ropa, las telas, los encajes, las joyas: todo es igual”.

“¿Acaso las mujeres cristianas se distinguen, al menos, de las mujeres mundanas en su elección de placeres y distracciones? En absoluto. La actitud es la misma en el transcurso normal de la vida, aunque las doctrinas sean diametralmente opuestas”.

Para ayudarles a resolver esta contradicción entre sus sentimientos y su conducta, el obispo Isoard ofrece estas reflexiones austeras a las mujeres y los hombres serios que desean ser verdaderamente cristianos:

“¿Qué es la religión, la verdadera religión?”

“Este es el medio por el cual la humanidad caída se levanta de nuevo”.

“Y esto significa, si me permiten decirlo, sacarlo a la luz en un momento?

“— Sí, solo tengo que trazar la imagen de una cruz. El medio de redención del hombre pecador es la expiación, la humillación, el sufrimiento y la muerte en unión con la aniquilación, la Pasión y la muerte del Hijo de Dios hecho hombre”.

“Pero entonces, ¿qué es un cristiano, cualquier cristiano? — Un penitente. — Pero si es la mejor y más virtuosa persona imaginable, sigue siendo un penitente. Y así, véase: en la Letanía de los Santos, la primera gracia que la Iglesia nos pide que pidamos a Dios para nosotros mismos y para todos nuestros hermanos y hermanas es saber hacer penitencia. Ut ad veram paenitentiam nos perducere digneris, te rogamus audi nos! ¡Te suplicamos, Señor, concédenos a todos el espíritu de la verdadera penitencia!”

“El más mínimo atisbo de espíritu penitencial consiste en aceptar leyes, normas e incluso costumbres que restringen nuestra libertad y nos causan inconvenientes. Si un creyente comprende el espíritu del cristianismo, acepta estas prohibiciones u ordenanzas; consiente voluntariamente estas restricciones a su libertad”.

¿Cómo podemos aspirar a recuperar el espíritu del pasado?

¿Cómo podemos esperar que un número suficiente de franceses comprenda la necesidad de aprender la doctrina cristiana y enseñarla a quienes les rodean, y que luego adapten sus vidas a lo que esta doctrina exige en su forma de vivir y de ser? ¿Cómo podemos esperar que se esfuercen por modificar sus ideas, que rechacen los principios revolucionarios y que difundan las verdades que enseña la Iglesia, para transformar la opinión pública y devolverla a esta noción fundamental de la vida de las naciones y de los individuos: quaerite primum regnum Dei et haec omnia adjicientur vobis. Buscad primero el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas.

¿Y cómo podemos esperar que Francia utilice su espíritu proselitista para promover en el mundo ideas que se oponen directamente a las que ha predicado con tanto fervor durante un siglo?

A un amigo que planteó esta objeción, de Maistre respondió: “Alguien le dijo una vez a Copérnico: Si el mundo estuviera organizado como usted dice, Venus tendría fases como la luna; sin embargo, no las tiene. ¿Qué tiene que decir al respecto? Copérnico respondió: No tengo nada que responder, pero Dios concederá la gracia de que se encuentre una respuesta a esta dificultad. En efecto, Dios concedió la gracia de que Galileo inventara los telescopios con los que se pueden ver las fases; pero Copérnico había muerto. Respondo como él lo hizo: Dios concederá la gracia de que salgamos de este aprieto... Aquí, además, sobre el tema de la esperanza, hay un pasaje de Bossuet que quisiera citarles. Este hombre es mi gran oráculo. Me someto fácilmente a esta trinidad de talentos que nos hace oír en cada frase a un lógico, un orador, un profeta. He aquí, pues, lo que dice en un fragmento de un sermón: Cuando Dios quiere mostrar que una obra es enteramente de su mano, reduce todo a la impotencia y la desesperación, y entonces actúa. Mil Veces que este pensamiento me ha venido a la mente al considerar tus asuntos, que son los del mundo, sin poder evitar añadir cada vez, como hace inmediatamente Bossuet:

SPERABAMUS

NON INGENII VENA RESPONDIT AD VOTUM

Continúa...

Notas:

1) Tob. III, 3, 4 et 5.

2) Daniel III, 26-46.

3) Oeuvres complètes, XIV, p. 1426

4) Isaías c. III, v. 18 et suiv.

5) Ep. a Tim. c. II, v. 9.