TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA
TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA
VIII. — CARTA DE FELICE, escrita desde Ancona, el 11 de junio de 1829, después de la publicación de la Encíclica de Pío VIII, en fecha del 24 de mayo de 1829. La Alta Vendita, al leerla, se había sentido traicionada (1).
“Es preciso frenar momentáneamente la actividad y dar tiempo a que se calmen las sospechas del viejo Castiglioni (2). Ignoro si se ha cometido alguna indiscreción y si, a pesar de todas nuestras precauciones, alguna de nuestras cartas ha caído en manos del Cardenal Albani. Ese zorro austriaco —que no es mejor que Bernetti, el león de Fermo— no nos dejará tranquilos. Ambos se ensañan con los Carbonarios; los persiguen y acosan en connivencia con Metternich; y esta cacería, en la que sobresalen, podría llevarles muy bien a descubrir nuestro rastro. La encíclica truena y precisa las cosas con tal certeza que debemos temer asechanzas, ya sea por parte de Roma o incluso de los falsos hermanos. Aquí no estamos acostumbrados a ver al Papa expresarse con semejante determinación. Ese lenguaje no es propio de los usos de los palacios apostólicos: para que se haya empleado en esta circunstancia solemne, es preciso que Pío VIII haya obtenido pruebas de la conspiración. Corresponde a quienes están sobre el terreno velar con más cuidado que nunca por la seguridad de todos; pero, ante una declaración de guerra tan explícita, desearía que se considerara oportuno deponer las armas por un momento.
La independencia y la unidad de Italia son quimeras, al igual que la libertad absoluta cuyo sueño persiguen algunos de nosotros mediante abstracciones inaplicables. Todo ello es un fruto que el hombre jamás podrá recoger; pero, más quimera que realidad, produce cierto efecto en las masas y en la juventud exaltada. Sabemos a qué atenernos respecto a estos dos principios: están vacíos y siempre lo estarán; no obstante, constituyen un medio de agitación del que no debemos prescindir. Agitad discretamente, inquietad a la opinión pública, mantened en jaque al comercio; pero, sobre todo, no os dejéis ver. Es el medio más eficaz para sembrar sospechas sobre el gobierno pontificio. Los sacerdotes se muestran confiados porque creen dominar las almas; presentadlos como seres recelosos y pérfidos. La multitud siempre ha tenido una enorme propensión a creer en falsedades. Engañadla: le gusta ser engañada; pero sin precipitaciones y, sobre todo, nada de levantamientos armados. Nuestro amigo de Osimo, que ha sondeado el terreno, afirma que debemos cumplir valientemente con el precepto pascual y adormecer así la vigilancia de la autoridad.
Suponiendo que la Corte romana no sospeche nada de nuestras tratativas, ¿cree usted que la actitud de los fanáticos del Carbonarismo no podría, de un momento a otro, ponerla sobre nuestra pista? Jugamos con fuego; no debemos permitir que acabemos quemándonos nosotros mismos. Si, a fuerza de asesinatos y bravatas liberales, los Carbonarios arrastran a Italia a una nueva aventura, ¿no debemos temer vernos comprometidos? Para dar a nuestro plan toda la amplitud que requiere, debemos actuar con discreción, sigilosamente, ganando terreno poco a poco y sin perder jamás lo conseguido. El relámpago que acaba de surgir de la logia vaticana podría anunciar una tormenta. ¿Estamos en condiciones de evitarla? ¿Y no retrasará esa tormenta nuestra cosecha? Los Carbonarios se agitan en mil deseos estériles; cada día profetizan una conmoción universal. Eso es lo que nos perderá, pues entonces los bandos estarán más definidos y habrá que optar a favor o en contra. De esa elección surgirá inevitablemente una crisis, y de esa crisis, un aplazamiento o desgracias imprevistas”.
IX. — CARTA DE NUBIUS A VINDICE, tras las insurrecciones de febrero de 1831 y de enero de 1832.
“Zucchi, Sercognani, Armandi y todos nuestros viejos espadachines del Imperio actuaron como verdaderos colegiales de vacaciones. Tuvieron la fe de un martirio estéril, o más bien quisieron hacer brillar al sol las lujosas charreteras que les regalaron las logias masónicas de las Legaciones. Estas escaramuzas, de las que siempre me fue imposible augurar nada bueno, tuvieron, sin embargo, una ventaja: se llevan al exilio a una multitud de fanáticos sin juicio que aquí nos comprometían y que arden en deseos de averiguar si el pan del extranjero es tan amargo como afirma Dante. Aseguro que estos héroes, que se disponen a huir, no compartirán la opinión del poeta. La escalera del extranjero no les parecerá más dura de subir que la del Capitolio. Eso sí, dentro de unos meses, por fin nos serán útiles para algo. Nos serviremos de las lágrimas reales de la familia y de los supuestos dolores del exilio para convertir la amnistía en un arma popular. La pediremos siempre —felices de no obtenerla sino lo más tarde posible—, pero la pediremos a gritos.
Nuestros ocho años de labor interna habían dado excelentes frutos. Para espíritus tan avezados como los nuestros, empezaba a percibirse que el aire no circulaba con tanta libertad en torno a la Iglesia. Mi oído, siempre alerta como el de un perro de caza, captaba con deleite los suspiros del alma y las confesiones involuntarias que escapaban de labios de ciertos miembros influyentes de la familia clerical. A pesar de las bulas de excomunión y de las encíclicas, nos pertenecían de corazón, si no de cuerpo. El Memorándum habría culminado la obra mediante el desarrollo de sus consecuencias inglesas y naturales (3). Síntomas de diversa índole —cuya gravedad residía más en el fondo que en la forma— aparecían como densas nubes presagio de una tormenta. ¡Pues bien! Todos estos éxitos, preparados con tanta antelación, se ven comprometidos por unas expediciones lamentables que terminan aún peor de lo que empezaron. El pequeño Mamiani, con su poesía y sus panfletos; Pietro Ferretti, con sus turbios negocios que intenta ocultar; Orioli, con su ciencia estancada; todos nuestros exaltados de Bolonia, con su instinto belicoso que se apacigua al primer cañonazo, alejan de nosotros al sacerdocio por lo menos durante diez años. Se le dice al sacerdote que se atenta contra la Iglesia, contra el Papa, contra el Sacro Colegio, contra la Prelatura, etc. Y el sacerdote —que, en su condición de tal, considera todos esos bienes y honores como su propio patrimonio— se pone a reflexionar. El liberalismo se le presenta con el rostro de un enemigo implacable, y el sacerdote le declara una guerra a muerte. He aquí lo que sucede. Parece que el Cardenal Bernetti intuye nuestros planes, pues las órdenes que emanan de él —y que se me comunican— instruyen a monjes y párrocos para que se pongan al frente de la población y la lleven al combate contra los rebeldes. Monjes y párrocos obedecen; el pueblo les sigue clamando venganza. Un obispo fue aún más lejos: armado con dos pistolas al cinto, marchó contra los insurgentes y estuvo a punto de matar a su propio hermano en la refriega. Me gusta esa evocación de Caín y Abel. Desde la perspectiva de los odios familiares tiene su lado positivo, pero es incompatible con nuestros planes.
Los franceses parecen haber nacido para nuestra desgracia. Nos traicionan o nos comprometen. ¿Cuándo podremos retomar, ahora con serenidad, la obra en torno a la cual habíamos reunido tantos elementos de éxito?”
X. — CARTA DE MALÉGARI DIRIGIDA DESDE LONDRES AL DOCTOR BREIDENSTEIN, en 1835.
“Formamos una asociación de hermanos en todos los puntos del globo; tenemos votos e intereses comunes: todos aspiramos a la emancipación de la humanidad; queremos romper todo tipo de yugo, y existe uno que no se ve, que apenas se siente y que pesa sobre nosotros. ¿De dónde viene? ¿Dónde está? Nadie lo sabe, o al menos nadie lo dice. La asociación es secreta, incluso para nosotros, los veteranos de las asociaciones secretas. Se nos exigen cosas que, a veces, ponen los pelos de punta; ¿y creería usted que me informan desde Roma de que dos de los nuestros, bien conocidos por su odio al fanatismo, se vieron obligados, por orden del jefe supremo, a arrodillarse y comulgar en la pasada Pascua? No cuestiono mi obediencia, pero confieso que me gustaría saber adónde nos conducirán semejantes actos de sumisión servil.
XI. — CARTA DE NUBIUS A BEPPO, del 7 de abril de 1836.
Ya sabe que Mazzini se consideró digno de colaborar con nosotros en la obra más grandiosa de nuestros tiempos. La Vendita Suprema no lo estimó así. Mazzini tiene demasiado aire de conspirador de melodrama para encajar en el papel discreto que nosotros nos resignamos a desempeñar hasta alcanzar el triunfo. A Mazzini le gusta hablar de muchas cosas, y sobre todo de sí mismo. No cesa de escribir que derriba tronos y altares, que fecunda a los pueblos, que es el profeta del humanitarismo, etcétera; y todo ello se reduce a unas cuantas derrotas lamentables o a asesinatos tan vulgares que despediría de inmediato a uno de mis lacayos si se atreviera a librarme de un enemigo mediante procedimientos tan vergonzosos. Mazzini es un semidiós para los necios ante quienes intenta hacerse proclamar pontífice de la fraternidad, de la cual él sería el dios italiano. En la esfera en que se mueve, el pobre Giuseppe no pasa de ser ridículo; para convertirse en una auténtica fiera, siempre le faltarán las garras.
Es el burgués gentilhombre de las sociedades secretas que mi querido Molière no tuvo la suerte de vislumbrar. Dejémosle pregonar su importancia y su vacuidad real por las tabernas del lago Lemán o esconderlas en los lupanares de Londres. Que diserte o divague; que fabrique a su antojo —ya sea con viejos restos de insurrecciones o con su general Ramorino— jóvenes Italias, jóvenes Alemanias, jóvenes Francias, jóvenes Polonias, jóvenes Suizas, etcétera. Si eso sirve de alimento a su insaciable orgullo, no nos oponemos; pero hágale entender —eligiendo las palabras según le convenga— que la asociación de la que ha hablado ya no existe, si es que alguna vez existió; que usted no la conoce y que, sin embargo, debe declararle que, de existir, él habría tomado sin duda el peor camino para ingresar en ella. Admitiendo el caso de su existencia, esa Vendita está evidentemente por encima de todas las demás; es San Juan de Letrán, caput et mater omnium ecclesiarum. A ella se ha convocado a los elegidos, a los únicos considerados dignos de ser admitidos. Hasta el día de hoy, Mazzini habría quedado excluido: ¿acaso no cree que, al inmiscuirse por la fuerza o por astucia en un secreto que no le pertenece, tal vez se expone a peligros que ya ha hecho correr a más de uno?
Disponga de esta última idea a su antojo, pero hágasela llegar al gran sacerdote del puñal; y yo, que conozco su consumada prudencia, apuesto a que tal idea surtirá efecto en el rufián”.
Continúa...
Notas:
1) Fragmento de Traditi Humilitati, la encíclica emitida por el Papa Pío VIII el 24 de mayo de 1829:
Entre todas estas sociedades secretas, hemos decidido describir una en particular, que se ha formado recientemente con el propósito de corromper las mentes de los adolescentes que asisten a gimnasios y escuelas secundarias. Esta secta se esfuerza, con astucia, en emplear maestros corruptos que conducen a sus discípulos por los caminos de Baal, con doctrinas contrarias a Dios, sabiendo muy bien que las mentes y la moral de los alumnos son moldeadas por los preceptos de los maestros.
Nos lleva, pues, a lamentar que el libertinaje de la juventud haya llegado a quitarle el miedo a la religión, a rechazar la disciplina de la moral, a oponerse a la santidad de la más pura doctrina, a pisotear los derechos del poder religioso y civil, a no avergonzarse ya de ningún crimen, de ningún error, de ninguna audacia, de modo que podemos decir de ellos, con León Magno: "Su ley es la mentira, el diablo es su religión, la bajeza su culto". Apartad todos estos males de vuestras diócesis, oh Hermanos, y, con lo mejor de vuestra autoridad e influencia, procurad que se confíe la educación de la juventud a hombres eminentes no sólo por su cultura literaria, sino sobre todo por su pureza de vida y piedad.
...
Puesto que en todas partes hay una gran proliferación de libros malos, mediante los cuales la enseñanza de los impíos se extiende como un tumor por todo el cuerpo de la Iglesia (2 Tim. 2:17), vigilad vuestro rebaño y no rehuyáis ningún esfuerzo para conjurar la plaga de esos libros, de los cuales nada es más pernicioso; advertid a las ovejas de Cristo que os han sido confiadas con las palabras de Pío VII, Nuestro santísimo predecesor y benefactor (In litt. encyclicis ad universos episcopos datis Venetiis), según la cual el rebaño debe considerar como pastos sanos (y alimentarse de ellos) sólo aquellos a los que la voz y la autoridad de Pedro lo han invitado; si esa voz causa desconfianza en él y lo llama a retirarse a otros pastos, que los considere perjudiciales y pestíferos, que se aleje de esa voz con horror, que no se deje engañar por ninguna apariencia o adulación perversa.
2) El Cardenal Castiglioni acababa de ser nombrado Papa con el nombre de Pío VIII.
3) MEMORANDUM:
1. A los representantes de las cinco Potencias les parece que, en lo que respecta a la Iglesia, y en aras del interés general de Europa, están en juego dos puntos fundamentales: 1º que el gobierno de este Estado se asiente sobre bases sólidas gracias a las mejoras proyectadas y anunciadas por Su Santidad desde el comienzo de su reinado; 2º que dichas mejoras —las cuales, según la expresión del edicto de Su Excelencia Monseñor el Cardenal Bernetti, inaugurarán una nueva era para los súbditos de Su Santidad— queden protegidas, mediante una garantía interna, frente a los cambios inherentes a la naturaleza de todo gobierno electivo.
II. — Para alcanzar este saludable objetivo, que por la posición geográfica y social del Estado de la Iglesia, es de interés europeo, parece imprescindible que la declaración orgánica de Su Santidad parta de dos principios vitales:
1º De la aplicación de las mejoras en cuestión, no solo a las provincias donde estalló la revolución, sino también a las que permanecieron fieles y a la capital;
2º De la admisibilidad general de los laicos para desempeñar funciones administrativas y judiciales.
III. — Las propias mejoras parecen deber abarcar, en primer lugar, el sistema judicial y el de la administración municipal y provincial.
A. En lo que respecta al orden judicial, parece que la plena ejecución y el consiguiente desarrollo de las promesas y principios del motu proprio de 1816 ofrecen los medios más seguros y eficaces para remediar las quejas, bastante generalizadas, relativas a esta parte tan interesante de la organización social.
B. En lo que respecta a la administración local, parece que el restablecimiento y la organización general de los municipios elegidos por la población, así como el establecimiento de franquicias municipales que regulen la actuación de dichos municipios en defensa de los intereses locales de las comunas, deberían constituir la base indispensable de toda mejora administrativa.
En segundo lugar, la organización de consejos provinciales —ya sea un consejo administrativo permanente destinado a asistir al gobernador de la provincia en el ejercicio de sus funciones con atribuciones adecuadas, o bien una asamblea más amplia, integrada principalmente por miembros de los nuevos municipios y destinada a ser consultada sobre los asuntos de mayor interés para la provincia— parece sumamente útil para lograr la mejora y simplificación de la administración, supervisar la administración municipal, establecer impuestos e informar al gobierno sobre las necesidades reales de la provincia.
IV. — En lo que respecta a las finanzas, la inmensa importancia de un estado regulado de las finanzas y de tal administración de la deuda pública, que daría la tan deseable garantía para el crédito financiero del gobierno, y contribuiría esencialmente a aumentar sus recursos y asegurar su independencia, parece hacer indispensable un establecimiento central en la capital, encargado, como Tribunal Supremo de Cuentas, del control de la contabilidad del servicio anual de cada rama de la administración civil y militar, y de la supervisión de la deuda pública, con atribuciones correspondientes a los grandes y beneficiosos que pretendemos lograr.
Cuanto más posea tal institución el carácter de independencia y la impronta de la unión íntima entre el gobierno y el país, tanto más responderá a las benéficas intenciones del Soberano y a la expectativa general.
Para alcanzar este objetivo, parece conveniente que en ella se sienten personas elegidas por los consejos locales, las cuales formarían —junto con consejeros del gobierno— una junta o cuerpo consultivo administrativo. Dicha junta podría formar parte o no de un Consejo de Estado, cuyos miembros serían nombrados por el Soberano de entre las personalidades más destacadas del país por su linaje, fortuna y talento.
Sin uno o varios establecimientos centrales de esta índole, estrechamente vinculados a las personalidades más destacadas de un país rico en elementos aristocráticos y conservadores, parece que la naturaleza de un gobierno electivo privaría necesariamente a las mejoras —que constituirán la gloria eterna del Pontífice reinante— de esa estabilidad cuya necesidad se percibe de manera general y poderosa, y que se sentirá con tanta mayor intensidad cuanto más grandes y valiosos sean los beneficios aportados por el Pontífice.
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