martes, 15 de septiembre de 2026

NUESTRA SEÑORA LIBERA A MILES DE PERSONAS EN LA FIESTA DE LA ASUNCIÓN

Nuestra Señora tiene muchos títulos. Uno de ellos es de especial consuelo para quienes esperan en la Iglesia. Nuestra Señora reveló ese título a Santa Brígida: “Nuestra Señora, Madre de las Almas del Purgatorio”.

Por Edwin Benson


En su obra sobre el Purgatorio, el padre F. Schouppe recoge sus palabras a Santa Brígida y explica el título. Nuestra Señora dijo:

“Yo soy la Madre de todos los que están en el lugar de expiación; mis oraciones mitigan los castigos que se les infligen por sus faltas” (1).

Ayudante de las almas pobres

Esta frase merece ser meditada por todos aquellos que reflexionan con frecuencia sobre los dolores del Purgatorio y, por lo tanto, los temen más. El padre Schouppe narra historias que ilustran cómo la Virgen María merece el título de Madre de las almas del Purgatorio.

La primera historia es la del padre Jerome Carvalho, S.J., quien murió en la plenitud de la santidad a los cincuenta años en 1604. Era muy consciente del Purgatorio y sus sufrimientos, y se impuso muchas penitencias para protegerse de ellos. Un día, en respuesta a sus oraciones y sufrimientos autoimpuestos, la Virgen María se le apareció. No se sabe si su presencia se manifestó en una visión, mediante palabras audibles o a través de una conversación interior, pero el mensaje es claro.

“Pero un día, la Reina del Cielo, a quien él profesaba una tierna devoción, se dignó a consolar a su siervo con la sencilla seguridad de que era Madre de Misericordia tanto para sus amados hijos en el Purgatorio como para los que estaban en la tierra”.

Visión de un ser querido

Una descripción detallada de la obra de la Virgen María proviene de San Pedro Damián (c. 1007-1072). Él relató que cada año, el día de la Asunción de María (15 de agosto), ella libera a miles de almas del Purgatorio. Esta creencia impulsó a los romanos a visitar las iglesias la noche anterior a la Asunción, portando una vela encendida.

En una ocasión, una piadosa noble acudió a la Basílica de Santa María del Altar Celestial (Ara Coeli) en el Capitolio. Mientras rezaba, observó a otra mujer postrada, también en oración. Creía haber reconocido a su madrina, fallecida hacía varios meses.

Comprensiblemente abrumada, la noble esperó cerca de la puerta de la Basílica. Cuando la figura postrada se levantó para marcharse, la dama la tomó de la mano y la apartó.

Una conversación sobrenatural

— ¿No eres tú mi madrina, la que me sostuvo en la pila bautismal? —preguntó la señora.

— Sí, —dijo la otra— soy yo.

 ¿Y cómo es que te encuentro entre los vivos, si llevas muerta más de un año?

La madrina de la dama respondió finalmente: 

— Hasta el día de hoy, he estado sumida en un fuego terrible a causa de los muchos pecados de vanidad que cometí en mi juventud; pero durante esta gran solemnidad, la Reina del Cielo descendió a las llamas del Purgatorio y me libró, junto con muchas otras almas, para que pudiéramos entrar al Cielo en la Fiesta de su Asunción. Ella realiza este gran acto de clemencia cada año; y, solo en esta ocasión, el número de personas a las que ha liberado equivale a la población de Roma.

Una predicción cumplida

Como es fácil comprender, la señora quedó abrumada por la noticia. Había ido a la Basílica a rezar, pero no esperaba encontrarse con una de las personas por las que había orado. Su madrina, al percibir su inquietud, añadió una profecía.

“Como prueba de la veracidad de mis palabras, ten presente que tú misma morirás dentro de un año, en la Fiesta de la Asunción; si sobrevives a ese plazo, cree que todo fue una ilusión”.

La piadosa joven noble escuchó las últimas palabras de su madrina. Pasó el año siguiente en oración, haciendo buenas obras y preparándose para presentarse ante Dios. Entonces, tal como su madrina había predicho, enfermó y murió en la Vigilia de la Asunción.

El carácter especial de la fiesta de la Asunción

En efecto, como informa el padre Schouppe a sus lectores, “la fiesta de la Asunción es, pues, el gran día de la misericordia de María hacia las almas pobres; ella se complace en introducir a sus hijos en la gloria del Cielo en el aniversario del día en que ella misma entró por primera vez en sus benditas puertas”.

Nuestra Señora, Madre de las Almas del Purgatorio, ¡ruega por nuestros seres queridos que esperan la Visión Beatífica!
 
Continúa... 

Nota:

1) Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 del libro  Purgatory (Purgatorio) del padre FX Schouppe, publicada en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible a través de Internet Archive.
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (11)

Continuamos con la publicación del capítulo 11 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Undécima Hora: De las 3 a las 4 de la mañana

Jesús en la casa de Caifás

Afligido y abandonado Bien mío, mientras mi débil naturaleza duerme en tu Corazón adolorido, mi sueño se interrumpe frecuentemente por los latidos de amor y de dolor de tu divino Corazón, entre la vela y el sueño siento los golpes que te dan; y despertándome, digo: ¡Pobre Jesús mío, abandonado por todos, sin nadie que te defienda! Pero desde adentro de tu Corazón yo te ofrezco mi vida para que te sirva de apoyo cuando te hagan tropezar. Y así me vuelvo a dormir.

Pero otra sacudida de amor de tu Corazón divino me despierta y me siento aturdido por los insultos que recibes, por los murmullos, los gritos y el correr de la gente.

Amor mío, ¿cómo es que todos están contra ti? ¿Qué es lo que has hecho que como lobos feroces te quieren despedazar? Siento que la sangre se me hiela al oír todos los preparativos que están haciendo tus enemigos; me siento triste y estoy temblando mientras pienso qué puedo hacer para defenderte.

Pero mi afligido Jesús, teniéndome en su Corazón, me estrecha aún más fuerte y me dice: 

“Hijo mío, no he hecho nada malo y al mismo tiempo he hecho todo. Mi delito es el amor; el amor que contiene todos los sacrificios, el amor que tiene un precio inconmensurable. No obstante, estamos todavía al inicio; tú sigue quedándote dentro de mi Corazón, observa todo, ámame, calla y aprende. Haz que tu sangre helada corra entre mis venas para darle un descanso a mi sangre que está totalmente ardiendo en llamas. Haz que tu temblor corra por mis miembros, para que fundido en mí puedas mantenerte firme, calentarte, puedas sentir parte de mis penas, y a la vez adquirir fuerza al verme sufrir tanto. Este será el modo en que podrás defenderme como a mí más me gusta: seme fiel y pon atención”.

Dulce Amor mío, el ruido que hacen tus enemigos es tal y tanto que ya no me deja dormir; los golpes se hacen cada vez más violentos; oigo el ruido que hacen las cadenas con las que te han encadenado tan estrechamente que estás sangrando por las muñecas, dejando por aquellas calles las huellas de tu sangre. Recuerda que mi sangre fluye en la tuya y que conforme la vas derramando, mi sangre besa la tuya, la adora y la repara; haz que mi sangre sea luz para quienes te ofenden de noche y un imán que atraiga a todos los corazones hacia ti.

Amor mío y todo mío, mientras te arrastran y el aire parece ensordecer por los gritos y los silbidos llegas ante Caifás. Tú te muestras lleno de mansedumbre, de modestia y humildad; tu dulzura y tu paciencia es tanta, que tus mismos enemigos quedan aterrorizados, y Caifás, furioso, quisiera devorarte. ¡Ah, qué bien se distingue a la inocencia del pecado!

Amor mío, tú te encuentras ante Caifás cómo si fueras el hombre más culpable a punto de ser condenado. Y Caifás les pregunta a los testigos cuáles son tus delitos. ¡Ah, hubiera sido mejor que preguntara cuál es tu amor! Hay quien te acusa de una cosa y quien de otra, diciendo insensateces y contradiciéndose entre ellos mismos; y mientras todos te acusan, los soldados que están a tu lado te jalan de los cabellos y descargan sobre tu rostro santísimo horribles bofetadas que retumban por toda la sala, te hacen muecas con los labios, te golpean..., y tú callas, sufres, y si los miras, la luz de tus ojos penetra dentro de sus corazones y no pudiendo sostener tu mirada, se alejan de ti; pero otros intervienen para hacerte sufrir más.

Las negaciones de Pedro

Pero en medio de tantas acusaciones y ultrajes, veo que pones atención con tus oídos y que tu Corazón late con violencia como si estuviera por estallar a causa del dolor. Dime, afligido Bien mío, y ahora, ¿qué sucede? Pues me doy cuenta de que en todo lo que te están haciendo tus enemigos, es tan grande tu amor, que tú con ansia lo esperas y todo lo ofreces por nuestra salvación. Y tu Corazón, con toda calma, repara las calumnias, los odios, los falsos testimonios, el mal que se le hace con premeditación a quien es inocente, y reparas también por quienes te ofenden instigados por sus superiores y por todas las ofensas de los eclesiásticos. Pero ahora, mientras unido a ti sigo tus mismas reparaciones, siento en ti un cambio, un dolor nuevo que jamás había sentido hasta ahora. Dime, dime, ¿qué pasa? ¡Particípame todo, oh Jesús mío!

“Hijo mío, ¿quieres saber qué es lo que me pasa? Oigo la voz de Pedro que dice que no me conoce, y luego ha llegado a jurarlo y hasta por tercera vez ha maldecido y perjurado que no me conoce... ¡Oh, Pedro!, ¿cómo no me conoces? ¿No recuerdas de cuántos bienes te he colmado? ¡Oh, si los demás me hacen morir de penas, tú me haces morir de dolor! ¡Cuánto mal has hecho siguiéndome desde lejos y exponiéndote después a la ocasión!”.

Negado Bien mío, cómo se reconocen inmediatamente las ofensas de las almas a las que más quieres. ¡Oh Jesús!, quiero hacer fluir los latidos de mi corazón en los tuyos para mitigar el dolor tan terrible y atroz que sufres, y mi latido en el tuyo te jura fidelidad, amor, y mil y mil veces repite y jura que te conozco... Pero tu corazón todavía no se calma y buscas con la mirada a Pedro, y al ver él tu mirada llena de amor, rebosante de lágrimas por su negación, Pedro se enternece y llora y se retira de allí; y tú, habiéndolo ya puesto a salvo, te calmas y reparas las ofensas de los Papas y de los jefes de la Iglesia, sobre todo de quienes se exponen a las ocasiones.

Pero tus enemigos siguen acusándote, y Caifás viendo que no respondes a sus acusaciones, te dice: 

“Te conjuro por el Dios vivo: dime, ¿eres tú verdaderamente el Hijo de Dios?”.

Y tú, Amor mío, teniendo siempre en tus labios la palabra de la verdad, con majestad suprema y con voz sonora y suave a la vez, ante la cual todos quedan impresionados y hasta los mismos demonios se hunden todavía más en el abismo, respondes:

“Tú lo has dicho, yo soy el verdadero Hijo de Dios y un día descenderé sobre las nubes del cielo para juzgar a todas las naciones”.

Al escuchar tus palabras creadoras, todos se quedan callados en un profundo silencio, sintiendo un escalofrío por el susto... Pero Caifás, después de algunos instantes de espanto, recobrándose, furioso más que una bestia feroz, proclama en voz alta:

“¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? ¡Ha dicho una grande blasfemia! ¿Qué esperamos para condenarlo? ¡Es reo de muerte!”.

Y para darle mayor fuerza a sus palabras se rasga las vestiduras, pero con tanta rabia y furor, que todos, como si fueran uno sólo, se lanzan contra ti. Bien mío, hay quien te da puñetazos en la cabeza, quien te jala de los cabellos, te abofetean y te escupen en la cara, te pisotean...; son tantos y tales los tormentos que te hacen sufrir, que la tierra tiembla y los cielos se estremecen.

Amor mío y Vida mía, mientras te están atormentando yo siento que se me rompe el corazón por el dolor. ¡Ah!, permíteme que salga de tu Corazón adolorido y que yo afronte en tu lugar todos estos ultrajes. ¡Ah!, si me fuera posible, quisiera liberarte de tus enemigos; pero tú no quieres, porque todo esto lo requiere la salvación de todos y yo me veo obligado a resignarme.

Pero déjame limpiarte, dulce Amor mío, déjame arreglarte los cabellos, quitarte los salivazos, limpiarte y secarte la sangre para encerrarme en tu Corazón, pues veo que Caifás ya está cansado y quiere retirarse entregándote en manos de los soldados.

Por lo tanto, te bendigo y tú también bendíceme a mí. Y dándome el beso de tu amor, me encierro en el horno ardiente de tu Corazón Divino para conciliar el sueño, poniendo mi boca sobre tu Corazón, para que en cada uno de mis respiros te dé un beso; y conforme a la diversidad de tus latidos, más o menos penantes, podré darme cuenta si tú estás sufriendo o descansando. Por eso, protegiéndote con mis brazos para defenderte, te abrazo y me estrecho fuertemente a tu Corazón y así me duermo.

Reflexiones y prácticas

Jesús, al ser presentado ante Caifás, es acusado injustamente y sometido a torturas inauditas, y cuando se le interroga dice siempre la verdad.

Y nosotros, cuando nuestro Señor permite que nos calumnien y que nos acusen injustamente, ¿buscamos únicamente a Dios que conoce nuestra inocencia o más bien mendigamos la estima y el honor de las criaturas? ¿Se encuentra siempre sobre nuestros labios la verdad? ¿Somos enemigos de toda clase de mañas y mentiras? ¿Soportamos pacientemente los desprecios y las confusiones que nos causan las criaturas? ¿Estamos dispuestos a dar la vida por su salvación?

“¡Oh Dulce Jesús mío!, ¡qué diferencia tan grande hay entre tú y yo! ¡Ah!, haz que de mis labios salga siempre la verdad para que pueda herir el corazón de quien me escucha y conducir a todos hacia ti”.

Continúa...

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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (129)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


129. La curación, en Aguas Claras, de un romano endemoniado.
13 de marzo de 1945.

1 Jesús está hoy con los nueve que se han quedado; los otros tres han salido para Jerusalén. Tomás, siempre alegre, tiene que multiplicarse para atender a sus verduras –y también a las otras incumbencias más espirituales–, mientras que Pedro, Felipe, Bartolomé y Mateo se encargan de los peregrinos; los demás van al río para el bautismo (¡verdaderamente de penitencia, con el frío que hace!).
Jesús está todavía en su rincón, en la cocina. Tomás trajina, pero guarda silencio para dejar tranquilo al Maestro. En ese momento entra Andrés y dice: “Maestro, hay un enfermo que a mí me parece que convendría curarle en seguida porque... dicen que está loco, porque no son israelitas; nosotros diríamos que está poseído. Chilla, vocea, se retuerce... Ven a ver”.
“Ahora mismo. ¿Dónde está?”.
“Todavía en el campo. ¿Oyes esos aullidos? Es él. Parece un animal, pero es él. Debe ser un hombre rico porque el que le acompaña va bien vestido, y al enfermo le han bajado de un carro de mucho lujo muchos siervos. Debe ser pagano porque blasfema contra los dioses del Olimpo”.
“Vamos”.
“Voy también yo a ver” dice Tomás (su curiosidad por ver es mayor que su preocupación por las verduras).
Salen y, en vez de torcer hacia el río, tuercen hacia los campos que separan esta granja (nosotros la llamaríamos así) de la casa del capataz.
En medio de un prado, donde antes pastaban unas ovejas (que ahora, espantadas, se han diseminado en todas las direcciones, y que los pastores y un perro –el segundo que veo desde que escribo– en vano las vuelven a agrupar), hay un hombre al que tienen atado fuertemente y que, a pesar de todo, pega unos botes de loco, gritando terriblemente, y cada vez más fuerte a medida que Jesús se acerca.
Pedro, Felipe, Mateo y Natanael están allí cerca, perplejos. Hay también más gente, sólo hombres, porque las mujeres tienen miedo.
“¿Has venido, Maestro? ¿Ves qué furia?” dice Pedro.
“Ahora se le pasará”.
“Pero... es pagano, ¿sabes?”.
“Y qué valor tiene eso?”.
“¡Hombre!... ¡por el alma!...”.
Jesús sonríe ligeramente y sigue; llega al grupo del loco, que cada vez se agita más.

2 Se separa del grupo uno que por el indumento y por llevar el rostro rasurado se ve que es romano, y saluda diciendo: “Salve, Maestro. He oído hablar de ti. Eres más grande que Hipócrates en el arte de curar y que el simulacro de Esculapio en obrar milagros con las enfermedades. Porque sé esto, he venido. Mi hermano, ya lo ves, está loco a causa de un misterioso mal. Ningún médico sabe lo que le pasa. He ido con él al templo de Esculapio y ha salido aún más loco. En Tolemaida tengo un familiar, me envió un mensaje con una galera, decía que aquí había Uno que curaba a todos, y he venido. ¡Qué viaje más horroroso!”.
“Merece premio”.
“Pero, mira, no somos ni siquiera prosélitos. Somos romanos, fieles a los dioses. Vosotros decís "paganos". Somos de Síbaris, pero ahora estamos en Chipre”.
“Es verdad. Paganos sois”.
“¿Entonces... para nosotros nada? O tu Olimpo rechaza al nuestro o el nuestro al tuyo”.
“Mi Dios, Único y Trino reina, único y solo”.
“He venido en vano” dice desilusionado el romano.
“¿Por qué?”.
“Porque yo soy de otro dios”.
“El alma es creada por Uno Solo”.
“¿El alma?...”.
“El alma. Esa cosa divina que Dios crea para cada uno de los hombres: compañera en la existencia, superviviente más allá de la existencia”.
“¿Y dónde está?”.
“En lo profundo del yo. Pero, a pesar de que esté, como cosa divina, en el interior del más sagrado templo, de ella se puede decir –y digo "ella", no ésta, porque no es una cosa, sino un ente verdadero y digno de todo respeto– que no está contenida, sino que contiene”.
“¡Por Júpiter! ¿Eres filósofo?”.
“Soy la Razón unida a Dios”.
“Creía que lo eras, por lo que decías...”.
“¿Y qué es la filosofía, cuando es verdadera y honesta, sino la elevación de la humana razón hacia la Sabiduría y la Potencia infinitas, o sea, hacia Dios?”.
“¡Dios! ¡Dios!... Ahí tengo a ese desdichado que me perturba, pero casi me olvido de su estado por escucharte a ti, divino”.
“No lo soy como tú lo dices. Tú llamas divino a quien supera lo humano; Yo digo que tal nombre debe darse sólo a quien procede de Dios”.
“¿Qué es Dios? ¿Acaso alguien le ha visto?”.
“Está escrito: "¡A ti, que nos formaste, salve! Cuando describo la perfección humana, la armonía de nuestro cuerpo, celebro tu gloria". Alguien dijo: "Tu bondad refulge en que has distribuido tus dones a todos los que viven para que todo hombre tuviera aquello que necesita; y tu sabiduría queda testificada por tus dones, como tu poder al cumplirse tus deseos". ¿Reconoces estas palabras?”.
“Si Minerva me ayuda... son de Galeno (160). ¿Cómo es que las sabes? ¡Me maravillo!...”.
Jesús sonríe y responde: “Ven al Dios verdadero y su divino espíritu te hará docto en la "verdadera sabiduría y piedad, que es conocerte a ti mismo y dar culto de adoración a la Verdad"”.
“¡Pero si sigue siendo Galeno! Ahora estoy seguro. No sólo eres médico y mago, sino también filósofo. ¿Por qué no vienes a Roma?”.

3 “No soy ni médico, ni mago, ni filósofo, como tú dices, sino testimonio de Dios en la Tierra. Traedme aquí al enfermo”.
Entre gritos y forcejeos le arrastran hasta allí.
“¿Ves? Dices que está loco; dices que ningún médico ha podido curarle. Es cierto: ningún médico, porque no está loco; lo que sucede es que un ser infernal –así te hablo porque eres pagano– ha entrado en él”.
“Pero no tiene espíritu pitón (161). Es más, dice sólo cosas erróneas”.
“Nosotros lo llamamos "demonio", no pitón; está el que habla y el mudo (162), el que engaña con razones con color de verdad y el que sólo crea desorden mental. El primero de estos dos es el más completo y peligroso. Tu hermano tiene el segundo, pero ahora saldrá de él”.
“¿Cómo?”
“El mismo te lo dirá”.
Jesús ordena: “¡Deja a este hombre! Vuelve a tu abismo”.
“Me marcho. Contra ti, demasiado débil es mi poder. Me echas y me amordazas. ¿Por qué siempre nos vences?...”
El espíritu ha hablado por la boca del hombre, el cual, después de ello, se desploma como derrengado.
“Está curado. Soltadle sin miedo”.
“¿Curado? ¿Estás seguro? ¡Yo... yo te adoro!”. El romano hace ademán de postrarse.
Jesús no quiere: “Alza el espíritu. En el Cielo está Dios. Adórale a El y ve hacia El. Adiós”.
“No. Así no. Al menos toma. Permíteme que haga como haría con los sacerdotes de Esculapio. Permíteme oírte hablar... Permíteme hablar de ti en mi patria...”.
“Hazlo, y ven con tu hermano”.
El tal hermano mira a su alrededor asombrado y pregunta: “Pero, ¿dónde estoy? ¡Esto no es Cintium! ¿Dónde está el mar?”.
“Sufrías...”. Jesús hace un gesto para imponer silencio “sufrías a causa de una fuerte fiebre y te han traído a otro clima. Ahora estás mejor. Ven”.
Todos van a la estancia grande (pero no todos conmovidos de la misma forma: como hay quien admira, también hay quien critica la curación del pagano).

4 Jesús va a su puesto. Tiene en la primera fila de la asamblea a los romanos. 
“No os moleste el que cite un pequeño párrafo de los Reyes (163). En él se lee que, estando el rey de Siria preparado para la guerra contra Israel, tenía en su corte un hombre que era grande y honrado, de nombre Naamán, leproso. Se lee igualmente que a este hombre una jovencita de Israel venida a ser esclava suya –de ella se habían apoderado los sirios– le dijo: "Si mi señor hubiera ido al profeta que está en Samaria, sin duda le habría curado de la lepra". Oído esto, Naamán, pedida licencia al rey, siguió el consejo de la joven. El rey de Israel, sin embargo, muy desasosegado, dijo: "¿Acaso soy Dios para que el rey de Siria me envíe a los enfermos? Esto es una trampa para provocar la guerra". Pero el profeta Eliseo, conocido el hecho, dijo: "Que venga a mí el leproso y yo le curaré y sabrá que hay un profeta en Israel". Naamán fue entonces a donde Eliseo, pero Eliseo no le recibió; simplemente le envió este mensaje: "Lávate siete veces en el Jordán y quedarás limpio". Esto enojó a Naamán, pareciéndole que en balde había hecho tanto camino, e indignado, se preparó para volverse. Pero los siervos le dijeron: "No te ha pedido más que lavarte siete veces, y, aunque te hubiera ordenado mucho más, deberías hacerlo, porque él es el profeta". Entonces Naamán cedió. Fue, se lavó y recuperó la salud. Jubiloso, retornó a donde el siervo de Dios y le dijo: "Ahora sé la verdad: no hay otro Dios sobre toda la Tierra, sino solamente el Dios de Israel". Y, dado que Eliseo no quería dones, le pidió poder tomar al menos tanta tierra como para poder sacrificar, sobre tierra de Israel, al Dios verdadero.
Sé que no todos vosotros aprobáis lo que he hecho. Sé también que no estoy obligado a justificarme ante vosotros. Pero, puesto que os amo con amor verdadero, quiero que comprendáis mi gesto y de él aprendáis, y que desaparezca de vuestro ánimo todo sentido de crítica o de escándalo.
Aquí tenemos a dos súbditos de un estado pagano. Uno estaba enfermo. Se les dijo –ciertamente por medio de Israel– a través de un pariente: "Si fuerais al Mesías de Israel, El sanaría al enfermo". Y ellos han venido a mí de muy lejos. Mayor aún su confianza que la de Naamán, porque nada sabían de Israel y del Mesías, mientras el sirio, por la cercanía de las naciones y por el continuo contacto con esclavos de Israel, ya sabía que en Israel estaba Dios, el verdadero Dios. ¿No conviene que ahora un hombre pagano pueda volver a su patria diciendo: "Verdaderamente en Israel hay un hombre de Dios, y en Israel adoran al verdadero Dios"?
Yo no he dicho: "Lávate siete veces". He hablado de Dios y del alma, dos cosas que ellos ignoran, y que conllevan, como bocas de inexhausto manantial, los siete dones; porque donde existe el concepto de Dios y el de espíritu, y el deseo de llegar a ellos, nacen los árboles de la fe, esperanza, caridad, justicia, templanza, fortaleza, prudencia: virtudes que ignoran quienes de sus dioses no pueden copiar sino las comunes pasiones humanas, humanas pero más licenciosas, dado que las cumplen seres supuestamente excelsos. Ahora ellos vuelven a su patria. Y más que la alegría de haberles sido concedido lo que pedían está la de decir: "Sabemos que no somos bestias; que más allá de la vida hay todavía un futuro. Sabemos que el verdadero Dios es Bondad y que, por lo tanto, nos ama también a nosotros y nos socorre para persuadirnos a que vayamos a El".

5 ¿Qué creéis, que sois los únicos que ignoran la verdad? Hace un rato, un discípulo mío pensaba que yo no podía curarle al enfermo por tener alma pagana. Pero, ¿el alma qué es?, ¿de quién viene? El alma es la esencia espiritual del hombre, es la que, creada de edad perfecta, reviste, acompaña, vivifica toda la vida de la carne y continúa viviendo una vez desaparecida la carne, siendo, como es, inmortal como Aquel que la crea: Dios (164). Habiendo un solo Dios, no existen almas de paganos o almas de no paganos creadas por distintos dioses. Hay una sola Fuerza que crea las almas: la del Creador, la del Dios nuestro, único, poderoso, santo, bueno que no tiene pasión alguna aparte del amor, caridad perfecta enteramente espiritual. Para que estos romanos me entiendan, del mismo modo que he dicho "caridad", digo también "caridad enteramente moral"; porque son párvulos y desconocen por completo las palabras santas, no comprenden el concepto "espíritu".
¿Que creéis?, ¿que he venido sólo para Israel? Yo soy quien reunirá a las estirpes bajo un solo báculo: el del Cielo. En verdad os digo que está cercano el tiempo en que muchos paganos dirán: "Dejadnos tomar lo necesario para poder celebrar en nuestro suelo pagano sacrificios al Dios verdadero, al Dios Uno y Trino", cuya Palabra soy Yo.
Ahora ellos se marchan, y van más convencidos que si Yo, por el contrario, los hubiera humillado con mi desdén. Ellos, tanto en el milagro como en mis palabras, sienten a Dios, y esto es lo que dirán en su tierra.
Además os digo: ¿No era justo premiar tanta fe? Desorientados por los dictámenes de los médicos, desilusionados por los viajes inútiles a los templos, han sabido, no obstante, seguir teniendo fe para venir al desconocido, al gran Desconocido del mundo, al escarnecido, al gran Escarnecido y Calumniado de Israel, y decirle: "Creo que podrás". El primer crisma de su nueva mentalidad les viene de este haber sabido creer. Yo los he sanado no tanto de la enfermedad cuanto de su errada fe, porque he acercado sus labios a un cáliz que, cuanto más se bebe de él, hace sentir más sed: la sed de conocer al Dios verdadero.
He terminado. A vosotros de Israel os digo: sabed tener fe como han sabido éstos”.

6 EI romano se acerca con el hombre que ha sido curado: 
“Ya no oso decir "por Júpiter". Digo, esto sí, que, por mi honor de ciudadano romano, te juro que tendré esta sed. Ahora debo irme. Pero en adelante ¿quién me dará de beber?”.
“Tu espíritu, el alma que ahora sabes que tienes, hasta cuando un enviado mío vaya a visitarte”.
“¿Y Tú no?”.
“Yo... Yo no. Pero no estaré ausente, aun no estando presente. Y dentro de poco más de dos años, te haré un regalo mayor que la curación de este que tú amabas. Adiós a los dos. Sabed perseverar en este sentimiento de fe”.
“Salve, Maestro; que el Dios verdadero te salve”.
Los dos romanos se van y se oye que llaman a los siervos que están con el carro.
“¡Y ni siquiera sabían que tenían un alma!” dice en voz baja un anciano.
“Sí, padre, y han sabido aceptar mi palabra mejor que muchos en Israel. Ahora, dado que han ofrecido tanta limosna, favorezcamos a los pobres de Dios con doble y triple medida. Y que los pobres rueguen por estos benefactores, más pobres que ellos mismos, para que lleguen a la verdadera, única riqueza: conocer a Dios”.

7 La velada llora bajo su velo, que impide ver sus lágrimas, pero no oír sus sollozos.
“Esa mujer está llorando” dice Pedro. “Quizás es que no tiene ya dinero. ¿Se lo damos?”.
“No llora por eso. Pero, ve y dile esto: "Las patrias pasan, pero el Cielo permanece y es de quien sabe tener fe. Dios es Bondad y, por eso, ama también a los pecadores, y te otorga favores para persuadirte de que vayas a El". Ve, dile esto, y luego déjala llorar: es veneno que sale”.
Pedro se acerca a la mujer, que ya se había encaminado hacia los campos. Le habla y vuelve. “Se ha echado a llorar más fuerte” dice. “Yo creía que la iba a consolar...” y mira a Jesús.
“Y efectivamente está consolada. También la alegría provoca llanto”.
“¡Mmm!... ¡Bueno!... Mira, yo me quedaré contento cuando le vea el rostro. ¿La veré?”.
“El día del Juicio”.
“¡Oh, divina Misericordia! ¡Pero para entonces habré muerto!, y ¿qué voy a hacer con saberlo? ¡Para entonces estaré ocupado mirando al Eterno!”.
“Hazlo desde este momento; es la única cosa útil”.
“Sí... pero... Maestro, ¿quién es?”.
Se echan todos a reír.
“Si lo vuelves a preguntar, nos vamos de aquí inmediatamente; así te olvidas de ella”.
“No. Maestro. Pero... basta con que Tú te quedes...”.
Jesús sonríe. “Esa mujer –dice– es una sobra y una primicia”.
“¿Qué quieres decir? No entiendo”.
Pero Jesús le deja plantado y se marcha hacia el pueblo.
“Va a ver a Zacarías. Tiene a su mujer agonizando” explica Andrés. “Me ha encargado a mí que se lo diga al Maestro”.
“¡Tú me sacas de quicio! Sabes todo, haces todo, y no me dices nunca nada. Peor que un pez, eres”. Pedro descarga sobre su hermano el chasco que se ha llevado.
“Hermano, no te lo tomes a mal. Tú hablas también por mí. Vamos a recoger nuestras redes. Ven”.
Unos van hacia la derecha, otros hacia la izquierda, y todo termina.

Continúa...

Notas:

160) El nombre de Galeno, aquí y unos renglones más abajo, si no es un error de escritura o de lectura, tiene que referirse a un Galeno distinto del que conocemos, médico y filósofo que vivió en el siglo segundo después de Cristo.

161) Cfr. Lev. 19, 26 y 31; 20, 6 y 27; Dt. 18, 9–22; 1 Re. 28, 3–25; 4 Re. 21, 1–18; 23, 24–25; 1 Paralip. 10, 13–14; Is. 8, 16–20; 19, 3; Hech. 16, 16–24.

162) Como en esta obra se hace mención frecuente de demonios y endemoniados, cfr. Gen. 3, 1–15; 1 Paralip. 21, 1–2; Job. 1, 6–12; Ps. 108; Zac. 3, 1–2; Mt. 4, 1–11 y 24; 6, 13; 8, 16 y 28–34; 9, 32–34; 10, 1 y 8; 12, 22–32 y 43–45; 15, 21–28; 17, 14–21; Mc. 1, 12–13 y 21–28; 3, 11 y 22–30; 5, 1, 20; 9, 14–29; Lc. 3, 1–37; 4, 1–13 y 40–41; 8, 1–3 y 26–39; 9, 37–43; 10, 17–20; 11, 14–26; 12, 10; 13, 10–17 y 32; 22, 1–6; Ju. 6, 67–71; 8, 44; 13, 2 – 5, 21–30; Hech. 16, 16–18; 19, 11–20; 2 Cor. 4, 3–4; 2 Thes. 2, 1–12; 1 Ju. 2, 18–29; 4, 1–6; 2 Ju. 7–11; Apoc. 12–13.

163) Cfr. 4 Re. 5, 1–20.

164) El alma es llamada inmortal como su Creador en el sentido de que siendo espiritual y no teniendo en sí misma un principio de corrupción, una vez que Dios la creó, no dejará de existir.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  

 
 
 

 
 
 
 
 

15 DE SEPTIEMBRE: SANTA CATALINA DE GÉNOVA, VIUDA


15 de Septiembre: Santa Catalina de Génova, viuda

(✞ 1510)

La heroica enfermera y consoladora de los pobres, Santa Catalina de Génova, fue natural de la ciudad que lleva su nombre, y de la nobilísima casa de los Fieschi.

Deseaba en gran manera imitar el ejemplo de una hermana suya llamada Limbonia, que servía al Señor en un monasterio de monjas agustinianas; más estorbáronselo sus padres, los cuales a todo trance quisieron casarla con un mancebo muy noble y rico de Génova.

Este caballero se llamaba Julián Adorno, y aunque antes de tomar a Catalina por esposa parecía de loables costumbres, se desenfrenó después, de manera que los diez años que vivió en compañía de la santa, fueron para ella diez años de cruel martirio.

Lo ponían fuera de sí la ambición de honrar mundanas, la ficción al juego, y a los deleites sensuales; y aunque la santa con muchas lágrimas pedía al Señor la conversión de su marido, no abrió éste los ojos hasta que el juego y con los vicios, hubo perdido su salud y toda su hacienda y la de su esposa.

Entonces por las oraciones de la santa se convirtió a Dios y entró en la Tercera Orden de San Francisco, y al poco tiempo pasó de esta vida con señales de verdadera contrición y arrepentimiento.

Desde aquel día determinó la santa viuda comenzar a servir a Dios y a los pobres de Jesucristo en el hospital Mayor de Génova, donde por muchos años fue como el ángel consolador de los enfermos.

Era tan grande la Caridad que ardía en su pecho que se extendía a todos los enfermos de la ciudad; de día y de noche los visitaba en sus casas, los animaba y les regalaba cuanto podía, llevando lo que les era menester para remediar sus necesidades.

La ciudad de Génova bendice todavía con singular reconocimiento el nombre de la santa por los portentos de Caridad que obró en los años 1497 y 1501 cuando la pestilencia desolaba la población.

Todos huían por escapar del terrible azote, pero no huyó la santa, antes se quedó como enfermera de los heridos de la peste, acudía a su socorro, y a unos daba la salud del cuerpo, y a otros, disponía a bien morir y alcanzar la eterna salvación del alma.

No se pueden decir ni imaginar las proezas de Caridad que llevó a cabo esta gran Santa. Más si no fueron menos asombrosas sus austeridades y ayunos, porque pasó veintitrés cuaresmas y otros tantos advientos sólo con el pan eucarístico y bebiendo un poco de agua mezclada con sal y vinagre.

Escribió un hermoso diálogo sobre el purgatorio que basta para desengañar a los herejes protestantes que niegan este dogma.

Finalmente, a la edad de setenta y siete años, sabiendo que llegaba su dichosa muerte, recibió el santo viático diciendo:

- Ven, oh querido Esposo de mi alma.

Y llena de méritos y virtudes voló a la gloria del cielo.

Reflexión:

No es maravilla que todos los buenos genoveses alaben y glorifiquen a esta santa heroína de la Caridad y la invoquen con gran fe en las públicas calamidades. En ella se manifiesta el verdadero amor del prójimo, propio de la Caridad cristiana, que en semejantes ocasiones suele llegar hasta el heroísmo, y se distingue del falso amor al prójimo que huye de todo peligro de muerte, faltando a veces aún a las obligaciones y oficios más necesarios de la Caridad y careciendo hasta de palabras de consuelo y esperanza para reanimar los corazones de los enfermos y moribundos.

Oración:

Dígnate, oh Señor, Autor de nuestra salud, escuchar nuestras humildes súplicas, para que así como nos alegramos en la festividad de la bienaventurada Catalina, así imitemos su piedad y afectuosa devoción. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

lunes, 14 de septiembre de 2026

UNA DICHA INIMAGINABLE: LO QUE NOS ESPERA EN EL CIELO

“Después de la resurrección del cuerpo, el único objeto de la esperanza del cristiano es la recompensa de la vida eterna”.

Por Por Matthew McCusker


“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” – Jn 17:3.

El fin último del hombre, y su dicha eterna, es ver a Dios cara a cara.

El Catecismo del Concilio de Trento enseña que “después de la resurrección de la carne, el único objeto de la esperanza del cristiano es la recompensa de la vida eterna [1].

Sin embargo, la naturaleza de esta recompensa nos resulta imposible de comprender plenamente en esta vida. San Pablo nos dice que:

Ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha entrado en corazón de hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9).

El Catecismo de Trento habla asimismo tanto de “la intensidad de la felicidad que los justos disfrutan en su patria celestial” como de “su absoluta incomprensibilidad para todos, excepto para ellos mismos”.

“La idea
-continúa el catecismo- presenta a la mente algo demasiado grande, demasiado sublime, para ser expresado plenamente con un término adecuado”.

Por eso:

La felicidad del Cielo se expresa en las Escrituras con una variedad de otras palabras, como el reino de Dios, de Cristo, del Cielo, el paraíso, la ciudad santa, la nueva Jerusalén, la casa de mi Padre; sin embargo, está claro que ninguna de estas denominaciones es suficiente para transmitir una idea adecuada de su grandeza.

Esto se debe a que:

La mente es incapaz de comprender o concebir la grandeza de esta gloria: solo puede conocerse mediante su realización, es decir, entrando en el gozo del Señor y satisfaciendo así plenamente los deseos del corazón humano.

Al introducir el concepto de la visión beatífica, Catholic Encyclopedia reconoce:

Es un modo de percepción tan extraordinario que no podemos comprender claramente ni el hecho ni la manera en que es posible [2].

Sin embargo, aunque no podamos comprender plenamente este misterio, podemos tener un verdadero conocimiento del mismo. En el versículo que sigue al citado anteriormente, San Pablo afirma:

Pero a nosotros Dios nos las reveló por medio de su Espíritu (1 Corintios 2:10).

Dios ha revelado a Su Iglesia ciertas verdades sobre las alegrías del Cielo. En este artículo, comenzaremos a explorar el misterio central: la visión beatífica.

Esta es la tercera parte de una serie sobre las “Cuatro Últimas Cosas”, que son la muerte, el juicio, el Cielo y el infierno. La primera entrega, sobre la muerte, se puede encontrar aquí; la segunda, sobre el juicio, se puede encontrar aquí.

La visión beatífica

La Iglesia enseña que el fin último del hombre es ver a Dios tal como es por toda la eternidad y que en esta visión de la Santísima Trinidad alcanzamos la felicidad suprema.

Esta visión de Dios se llama “la visión beatífica”.

Puede que nos ayude a comprender el concepto de la visión beatífica contrastándolo con el conocimiento de Dios que podemos alcanzar en esta vida.

En nuestro estado actual, adquirimos conocimiento acerca de Dios a través de las cosas que Él ha creado, como explica San Pablo en su carta a los Romanos:

Porque lo invisible de él, desde la creación del mundo, se hace claramente visible, siendo entendido por medio de las cosas hechas; también su eterno poder y su divinidad (Rm 1:20).

A partir de la contemplación de la creación, podemos alcanzar cierto conocimiento de la existencia de Dios y de muchas verdades acerca de sus atributos y su gobierno de la Creación. Este conocimiento se obtiene mediante el ejercicio de nuestra razón natural.

Dios también se nos ha revelado mediante la revelación sobrenatural confiada a su Iglesia. Esta revelación abarca misterios que escapan a la plena comprensión de nuestro intelecto, como los dogmas de la Santísima Trinidad y la Encarnación.

Sin embargo, aunque estas verdades nos son dadas a conocer por medios sobrenaturales, aún nos son dadas a conocer a través de las criaturas. Las recibimos del ministerio de enseñanza de la Iglesia, no de nuestra propia visión directa de Dios. Como enseña san Pablo:

¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Y cómo oirán sin que haya quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados, como está escrito: “Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de la paz, de los que traen buenas nuevas de cosas buenas”? (Rm 10:14-15).

Pero en el Cielo, nuestro conocimiento de Dios será muy diferente; lo conoceremos viéndolo, cara a cara, y tal como es.

Estos dos estados de conocimiento son reconocidos y contrastados tanto por San Pablo como por San Juan. En su primera epístola, San Juan escribe:

Amados hermanos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es (1 Jn 3:2).

Y en su primera carta a los Corintios, San Pablo escribe:

Ahora vemos como en un espejo, oscuramente; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré plenamente, así como yo soy conocido (1 Corintios 13:12).

Y en su segunda carta a esa iglesia, enseña:

Mientras estamos en el cuerpo, estamos alejados del Señor, porque caminamos por fe y no por vista (2 Corintios 5:6-7).

Esta es la visión de Dios que ya disfrutaron los santos ángeles, tal como se revela en estas palabras de Nuestro Señor:

Mirad que no menospreciéis a ninguno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los Cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los Cielos (Mt 18:10).

Esta visión de Dios es la visión beatífica.

La visión beatífica en la enseñanza de la Iglesia

En el artículo 12 del Credo de los Apóstoles, profesamos nuestra creencia en la “vida eterna”.

Estas palabras enseña el Catecismo de Trento:

Significa no solo esa continuidad de existencia a la que están destinados los demonios y los malvados, sino también esa perpetuidad de felicidad que ha de satisfacer los deseos de los bienaventurados.

Según el catecismo, “la felicidad del Cielo consiste en dos cosas: ver a Dios tal como es en su naturaleza y sustancia, y ser hechos semejantes a él”.

En 1336, en la Constitución Benedictus Deus, el Papa Benedicto XII definió lo siguiente acerca de aquellas almas que mueren en estado de gracia y han sido purificadas en el purgatorio (si fuera necesario):

“[Estas almas] ven y verán la esencia divina con visión intuitiva e incluso facial, no teniendo ninguna criatura intermediaria que se tenga a sí misma en la naturaleza del objeto visto, pero la esencia divina inmediatamente manifestándose desnuda y abiertamente a ellos; y que los que así ven gocen de la misma esencia divina, y no sólo que de tal visión y gozo sean verdaderamente benditas las almas de los que ya fallecieron y tengan vida y descanso eterno, y serán de los que luego fallecen, cuando verán la misma esencia divina y se gozarán ante el juicio general...” [3].

Asimismo, el Concilio de Florencia enseña que:

“las almas de quienes no han incurrido en mancha alguna de pecado después del Bautismo, así como las almas que, tras incurrir en él, han sido purificadas, ya sea corporalmente o extracorpóreamente, como se indicó anteriormente, son recibidas inmediatamente en el Cielo y contemplan claramente al Dios trino tal como es, aunque una persona sea más perfecta que otra según la diferencia de sus méritos” [4].

El hombre encuentra su felicidad suprema en esta visión sobrenatural de Dios, y no en ningún bien creado. Muchas personas se sienten tentadas a pensar en el Cielo como una versión más perfecta de este mundo. “Tendemos a engañarnos a nosotros mismos -escribió John Henry Newman- y a considerar el Cielo como un lugar como esta tierra” [5]. Algunos incluso creen que las alegrías del Cielo consisten principalmente en el disfrute de los placeres corporales.

Y muchos que evitan este error, sin embargo, piensan que las alegrías del Cielo consisten principalmente en la ausencia de males, como el pecado, el sufrimiento y la muerte, y en la satisfacción de los buenos deseos naturales, como el reencuentro con los seres queridos que hemos perdido.

Estas cosas son verdaderamente buenas, pero no es en ellas donde reside nuestra felicidad suprema y eterna. En terminología teológica, estas alegrías se denominan bienaventuranzas accidentales, mientras que nuestra bienaventuranza esencial se encuentra en la visión de Dios.

Nuestra felicidad suprema se encuentra solo en Dios

Nuestro Señor Jesucristo expresó esta verdad en la oración que dirigió a su Padre en la Última Cena:

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Jn 17:3).

Al comentar este versículo, el Catecismo de Trento afirma:

La felicidad sólida, que podemos denominar comúnmente "esencial", consiste en la visión de Dios y en el disfrute de su belleza, que es la fuente y el principio de toda bondad y perfección.

Esta verdad era conocida por el salmista que cantaba:

¿Qué tengo yo en el cielo? ¿Y fuera de ti, qué deseo en la tierra? Porque mi carne y mi corazón desfallecen ante ti; tú eres el Dios de mi corazón, y mi porción eterna (Salmo 72:25-26).

Los santos siempre han anhelado esta visión de Dios. En el párrafo inicial de sus Confesiones, San Agustín escribió la famosa frase:

Nos has creado para ti, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en ti [6].

Y en La Ciudad de Dios, el mismo santo explicó:

Él es la fuente de nuestra felicidad, Él el fin de todos nuestros deseos. Al estar unidos a Él, o mejor dicho, al estar reunidos —pues nos habíamos desprendido y perdido el contacto con Él—, al estar, digo, reunidos a Él, nos inclinamos hacia Él por amor, para descansar en Él y hallar nuestra bienaventuranza al alcanzar ese fin. Porque nuestro bien, sobre el cual los filósofos han discutido tan acaloradamente, no es otro que estar unidos a Dios [7].

San Gregorio Nacianceno enseñó:

Dios mismo… es la corona suprema de todas las cosas inteligibles, hacia quien se dirige y se fija todo deseo, y de ninguna manera el deseo se extiende más allá de él… Porque él es lo último de todo lo que se puede desear, y cuando lo alcancemos, toda búsqueda encontrará descanso [8].

Y mientras meditaba sobre esta sublime verdad, John Henry Newman escribió:

Solo Tú eres el alimento de mi alma. Solo Tú eres inagotable y siempre me ofreces algo nuevo que conocer, algo nuevo que amar. Al cabo de millones de años te conoceré tan poco que me pareceré a mí mismo que apenas estoy comenzando. Al cabo de millones de años encontraré en Ti la misma dulzura, o mejor dicho, mayor que al principio, y me parecerá entonces que apenas estoy comenzando a disfrutar de Ti; y así, por toda la eternidad, seré siempre un niño pequeño al que se le empiezan a enseñar los rudimentos de tu infinita naturaleza divina. Porque Tú mismo eres la sede y el centro de todo bien, y la única sustancia en este universo de sombras, y el cielo en el que viven y se regocijan los espíritus bienaventurados [9].

La felicidad suprema se encuentra en Dios, y solo en Él.

¿Por qué Dios es la bienaventuranza suprema del hombre?

En el libro del Apocalipsis leemos:

Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso (Apocalipsis 1:8).

Dios es nuestro primer comienzo y nuestro último fin. Él creó todas las cosas de la nada, Él sustenta todas las cosas en la existencia, y Él es el fin último hacia el cual se dirige toda la creación.

Si esto es así —y sabemos, tanto por la razón como por la revelación, que lo es— Dios debe ser la satisfacción suprema de todos nuestros deseos [10]. Si necesitáramos algo más que Dios para estar plenamente satisfechos, aún habría algo que alcanzar más allá de Dios, en cuyo caso Él no podría ser nuestro fin último.

Como Él es nuestro fin último, todos nuestros deseos deben encontrar su plenitud en Él. Mediante la revelación divina confiada a la Iglesia, sabemos que esta plenitud se halla en la visión beatífica: una visión sobrenatural que trasciende todo lo que la naturaleza humana, por sí sola, podría desear o alcanzar.

En terminología teológica, se dice que Dios es el objeto suficiente y necesario de nuestra bienaventuranza.

Dios es el objeto suficiente , porque al poseer a Dios, poseemos todo lo necesario para la felicidad perfecta.

Como lo expresa el teólogo de mediados del siglo XX Joseph F. Sagües, SJ, Dios es el “bien supremo” que contiene “en sí mismo… de manera ilimitada y excelente… todo lo que puede traer felicidad a un hombre” [11].

Dios es el objeto necesario porque sin Él no podemos ser verdaderamente felices. Sagües explica:

Puesto que el objeto de la voluntad humana es todo lo bueno, y el objeto del intelecto es todo el ser, Dios, como bien supremo y ser supremo, es el objeto de esas facultades y, de hecho, el principal. Por lo tanto, es el último objeto, hasta tal punto que sin él estas facultades no pueden ser satisfechas [12].

En otras palabras, los bienes menores pueden satisfacer nuestro intelecto y voluntad hasta cierto punto, pero solo Dios puede satisfacer plenamente nuestra naturaleza racional. Por lo tanto, solo en la presencia de Dios podemos encontrar nuestra plenitud y bienaventuranza duradera.

Conclusiones

En este artículo, hemos visto que la Iglesia Católica enseña que el objeto esencial de nuestra bienaventuranza eterna es Dios mismo. Quienes mueren en estado de gracia santificante lo verán tal como es por toda la eternidad, y en esa visión sobrenatural encontrarán su felicidad suprema. Este estado se llama Cielo.

En el próximo artículo, profundizaremos en la exploración de esta sublime verdad.

Notas:

1) Catecismo del Concilio de Trento, art. XII, “Vida eterna”.

2) “Heaven”, The Catholic Encyclopedia (1913).

3) Papa Benedicto XII, Benedictus Deuss, 1336.

4) Concilio de Florencia, Sexta Sesión, 6 de julio de 1439.

5) John Henry Newman, Holiness Necessary for Future Blessedness (La santidad necesaria para la bienaventuranza futura), Parochial and Plain Sermons (Sermones parroquiales y sencillos), vol. I, sermón I.

6) San Agustín de Hipona, Confesiones , III.

7) San Agustín de Hipona, La Ciudad de Dios , X.3. 

8) San Gregorio Nacianceno, citado por el Rev. Joseph F. Sagües, Summa Theologiae Sacrae IVB, p 317.

9) John Henry Newman, God the Sole Stay for Eternity (Dios, el único sustento para la eternidad), Meditations and Devotions (Meditaciones y devociones). Fuente: https://www.newmanreader.org/works/meditations/meditations12.html#doctrine23.

10) Que Dios es el fin último de toda su creación queda demostrado en la rama de la filosofía llamada teología natural.

11) Sagües, STS IVB , págs. 317-18.

12) Sagües, STS IVB , pág. 318.

LA INFALIBILIDAD DE LA IGLESIA O DEL PAPA EN LAS CANONIZACIONES

Cuando un Papa canoniza un Santo es infalible. Pero ¿qué pasa cuando quien canoniza no es papa?

Una rectificación de Anton M. Holzer
(Agosto de 2008)


La FSSPX sigue empeñada en rebajar la doctrina católica sobre la infalibilidad de la Iglesia para poder aferrarse a su propia postura —ajena al catolicismo— de reconocer al “Papa” (solo de palabra) mientras le niega (en la práctica) la obediencia a sus leyes generales. La postura católica —¡recordémoslo!— fue formulada en su día por el Papa Pío XI en 1928, en su encíclica antiecumenista Mortalium animos, en los siguientes términos: “En esta única Iglesia de Cristo nadie está ni permanece si no reconoce y acepta con obediencia (!) la autoridad y la potestad de Pedro y de sus legítimos sucesores” (1)

Recientemente, un teólogo (?) escribió en la revista “Rome-Kurier” (edición alemana de la publicación romana “Sisinono”, editada por la FSSPX; nº 124, (2) enero de 2004) un artículo de fondo bajo el seudónimo de Hirpinus titulado Klare Ideen von der Heiligsprechung (Ideas claras sobre la canonización); en él, basándose en un estudio del padre dominico Daniele Ols —profesor del Angelicum y “relator” de la Congregación para las Causas de los Santos—, niega la infalibilidad no solo a las canonizaciones realizadas tras el Vaticano II, sino, en principio, a todas las canonizaciones de la Iglesia.

1. Nota preliminar metodológica

Refutemos aquí esta tesis brevemente mediante un único argumento, el cual resulta el más imperativo para un católico. En efecto, constituye un proceder teológico fundamentalmente incompatible con la norma de fe católica argumentar contra la infalibilidad del Magisterio actual basándose en consideraciones que no parten del estado más reciente de la doctrina de fe presentada infaliblemente por el Magisterio, a menos que se trate de una contradicción directa entre la doctrina proclamada infaliblemente en el pasado y la presentada ahora nuevamente bajo condiciones de infalibilidad.

Como es bien sabido, según la doctrina católica, el Magisterio actual no es solo la norma general e inmediata para la fe, sino también, por supuesto, para el conocimiento teológico en teología. El Papa Pío XII lo enfatizó expresamente de nuevo en 1950 en su encíclica Humani generis en respuesta a los neomodernistas liberales de la época, cuando declaró que

“...el Magisterio de la Iglesia en materia de fe y costumbres... debe ser la norma próxima y universal —pues a él (al Magisterio) le fue confiada por Cristo, el Señor, la misión de conservar, proteger y explicar el depósito íntegro de la fe, la Sagrada Escritura y la Tradición divina” (DS 3884) (3).

Por consiguiente, cuando se trata de dirimir una cuestión teológica controvertida, el punto de partida ha de ser siempre, por principio, la doctrina del Magisterio vigente en ese momento, la cual —siempre que exista un pronunciamiento explícito y directo al respecto— representa el estado actual de la doctrina vinculante. En la medida en que dicho pronunciamiento doctrinal actual posea carácter infalible, las declaraciones anteriores adquieren un valor meramente informativo, confirmatorio o explicativo. No obstante, si no existiera tal pronunciamiento actual, o si este no fuera infalible, es preciso retroceder hasta encontrar uno que lo sea o que resulte sustancialmente equivalente. Solo a falta de ello cabe —y es necesario— recurrir al parecer y a los argumentos de los teólogos.

Por consiguiente, al abordar a continuación la cuestión de la infalibilidad de las canonizaciones, seguiremos la vía recién mencionada. Dado que las canonizaciones solo han pasado a ser problemáticas —de hecho— para algunos tradicionalistas (4) (especialmente los de la FSSPX y sus seguidores), así como para otros católicos, a raíz de la proliferación de beatificaciones 
(5) y canonizaciones posteriores al Vaticano II, nos remontaremos a la época anterior al Vaticano II para examinar qué grado de calidad y certeza teológica debe atribuirse a las canonizaciones según el magisterio eclesiástico supremo. Esto se ajusta, por lo demás, a la regla de San Vicente de Lérins, a la que tanto suele apelar la FSSPX.

Solo entonces —y teniendo presente la doctrina más reciente del Magisterio— cabe abordar las posturas de los teólogos y sus argumentos para, por ejemplo, evaluar el valor de las afirmaciones o de la argumentación propiamente teológica de Hirpinus. No obstante, es seguro a priori que tales planteamientos no pueden aportar contraargumentos concluyentes. En consecuencia, prescindimos aquí de refutar la argumentación teológica expuesta por Hirpinus (6).

2. Las tesis de Hirpinus

Las tesis principales de Hirpinus que aquí interesan y que se van a examinar —con las cuales cree poder socavar el fundamento de la infalibilidad de las canonizaciones— son las siguientes:

1. la canonización no es en absoluto una materia sujeta a la infalibilidad, ya que “la canonización de tal o cual persona no es necesaria para la preservación y defensa del depósito de la fe”, y

2. ningún Papa ha reivindicado jamás la infalibilidad para una canonización, como lo demuestran la progresiva atenuación y la eventual desaparición de las cláusulas de amenaza de sanción.

Con ello, Hirpinus contradice —según él mismo afirma— la opinión general de los teólogos. Ciertamente, considera que tiene plena legitimidad para hacerlo, tal como muestran ambas tesis. Por consiguiente, debemos examinar cómo entendía la Iglesia —o los Papas que realizaban las canonizaciones— sus propios actos de canonización antes del Vaticano II, y qué pensaban sobre la infalibilidad de los mismos. No obstante, antes conviene formular los principios en los que se basa nuestra argumentación.

3. Valoración de estas tesis

Ya desde el Vaticano I quedó establecido entre los teólogos que “con las verdades reveladas... guardan también una conexión más o menos estrecha otras verdades que, aun no estando reveladas en sí mismas, sin embargo, son necesarias para conservar íntegro el depósito de la revelación, para explicarlo debidamente y para definirlo eficazmente; tales verdades —entre las cuales se cuentan, en todo caso y per se, los hechos dogmáticos, dado que sin ellos no podría conservarse ni exponerse el depósito de la fe—, tales verdades —digo— no pertenecen en sí mismas al depósito de la fe, pero sí se refieren a la conservación de dicho depósito. Por ello, todos los teólogos católicos coinciden en que la Iglesia es infalible al proponer y definir auténticamente tales verdades, de modo que negar esta infalibilidad constituiría un error gravísimo. Ciertamente, la discrepancia surge únicamente respecto al grado de certeza: a saber, si la infalibilidad en la exposición de estas verdades —y, por consiguiente, en la condena de errores mediante calificaciones teológicas inferiores a la de herejía— debe considerarse un dogma de fe, de tal manera que quien niegue esta infalibilidad de la Iglesia sería un hereje; o bien si se trata de una verdad no revelada en sí misma, sino derivada de un dogma revelado, y que, por consiguiente, goza tan solo de certeza teológica (7).

Y para aclarar la importancia de esta distinción, añadimos —tomado de la misma exposición de Gasser sobre el objeto de la infalibilidad papal— que “en la aplicación de esta infalibilidad a los decretos particulares del Papa debe hacerse una distinción; de tal modo que —al igual que ocurre con las definiciones dogmáticas de los concilios— algunos elementos son ciertos de fide; es decir, que quien niegue que el Papa actuó con infalibilidad al promulgar un decreto concreto se convertiría eo ipso en hereje, independientemente de si niega o afirma la doctrina en sí misma. Otros decretos del Romano Pontífice son también ciertos en lo que respecta a la infalibilidad, pero esta certeza no es idéntica —del mismo modo que no existe una certeza idéntica respecto a la infalibilidad en las demás definiciones y decretos de los concilios—; se trata, pues, de una certeza meramente teológica, en el sentido de que quien niegue que la Iglesia —o, igualmente, el Papa— actuó con infalibilidad al promulgar dicho decreto, aunque no sería formalmente hereje, incurriría no obstante en un error gravísimo y, por consiguiente, en un pecado muy grave” (8).

a) Principios de evaluación

(1) La primera y necesaria condición para el ejercicio adecuado y oportuno del magisterio eclesiástico es que dicho magisterio no pueda errar al valorar el alcance de su autoridad y el ámbito u objeto sobre el que esta se extiende. Si realmente posee la infalibilidad —y si esta ha de tener algún sentido—, no puede incurrir en error ni inducir a él traspasando los límites del ámbito de proclamación que Cristo le asignó, ni decidiendo sobre cuestiones para las cuales Cristo no le prometió su presencia (Mt 28,20) ni la asistencia del Espíritu Santo (9). Esta es una condición necesaria para cualquier otro juicio infalible de la Iglesia, pues, de no cumplirse, cualquier dogma eclesiástico podría verse socavado.

(2) De ello se sigue, sin embargo, que siempre que la Iglesia —y para cualquier caso en que lo haga— reivindica de hecho y expresamente la infalibilidad en actos que pretenden ser definitivos respecto a una verdad concerniente a la fe y a las costumbres, entonces la Iglesia es necesariamente infalible —de facto y en todo caso—, a menos que el don de la infalibilidad que se le atribuye haya de ser ilusorio.

Ahora bien, para enseñar de manera infalible, la Iglesia no necesita en absoluto formular explícitamente tal pretensión. Según el dogma del Vaticano I, la Iglesia —o el Papa— enseña de forma infalible siempre que, en calidad de autoridad suprema, declara claramente (es decir, define) qué doctrina relativa a la fe y a las costumbres debe ser sostenida por toda la Iglesia. Esto último puede llevarse a cabo de diversas maneras, pero debe expresarse “al menos de algún modo” o “hasta cierto punto” (saltem aliquatenus), tal como explicó expresamente el obispo Gasser —portavoz de la Delegación para la Doctrina de la Fe durante el Vaticano I— en su intervención aclaratoria sobre la propuesta del dogma de la infalibilidad (10).

Sin embargo, de hecho, la Iglesia ha reivindicado la infalibilidad para sus canonizaciones —no solo de manera implícita, sino incluso explícita en varios casos—, tal como podemos demostrar mediante citas de algunos Papas canonizadores de tiempos recientes, algo que haremos a continuación. Esta circunstancia tiene consecuencias decisivas para la tesis de Hirpinus.

b) La práctica y las declaraciones de los Papas en relación con la canonización

Cualquiera que haya abordado la cuestión de la infalibilidad de las canonizaciones sabe que los manuales de teología, al tratar este tema, remiten siempre a las fórmulas solemnes de canonización para demostrar o reafirmar dicha infalibilidad. Lamentablemente, en las fórmulas citadas con mayor frecuencia no suele aparecer explícitamente la pretensión de infalibilidad, por lo que la argumentación resulta poco clara para el profano o se vuelve innecesariamente compleja. Si bien aquí presentamos también la fórmula habitual de canonización, tenemos la fortuna de poder complementarla con otros textos en los que se afirma expresamente dicha pretensión de infalibilidad.

Examinemos, pues, en primer lugar dos ejemplos de las fórmulas que se emplean habitualmente en las canonizaciones:

Benedicto XIII canonizó a San Juan de la Cruz en el año 1726 con la siguiente fórmula:

Para gloria de la Santísima e indivisa Trinidad, para exaltación de la fe católica y para el crecimiento del nombre cristiano, Nos, en virtud de la autoridad de Dios todopoderoso —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y de nuestra propia autoridad, tras consultar a nuestros hermanos los cardenales y con su consentimiento unánime, hemos definido que el beato Juan de la Cruz es santo y hemos decidido que sea añadido al canon de los santos confesores no obispos —tal como por la presente lo definimos, decidimos y añadimos—, y hemos ordenado y ordenamos que sea venerado como verdaderamente santo por todos los fieles cristianos en el seno de toda la Iglesia (11).

De esta fórmula solemne se desprende que el Papa (1) ejerce formalmente su suprema autoridad, (2) se dirige a toda la Iglesia, (3) establece una verdad (la santidad del canonizado) que debe sostenerse y (4) prescribe su observancia práctica (la veneración).

Con la misma fórmula, Benedicto XIII canonizó también ese mismo año a san Luis Gonzaga (12) y a san Estanislao de Kostka (13).

Pío XII utilizó la siguiente fórmula el 22 de junio de 1947:

Para gloria de la Santísima e indivisa Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la religión cristiana, con la autoridad de Dios todopoderoso —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra propia, tras madura deliberación, habiendo invocado repetidamente la ayuda divina y consultado a nuestros venerables hermanos los cardenales, decretamos y definimos que el beato mártir Britto y los confesores José Cafasso y Bernardino Realino sean santos, y los inscribimos en el catálogo de los santos, estableciendo que su memoria sea honrada por toda la Iglesia con piadosa devoción. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén” (14)

De estas fórmulas se desprende claramente, pues, como ya se ha indicado, que el Papa emite aquí —en virtud de su suprema autoridad pastoral y magisterial y con carácter vinculante para toda la Iglesia— un juicio doctrinal solemne, declarando que debe sostenerse por toda la Iglesia que esa persona concreta es santa (este juicio doctrinal se refiere al hecho dogmático de su santidad) y ordenando, al mismo tiempo, que dicho santo sea venerado por toda la Iglesia (esta disposición constituye una ley general preceptiva para toda la Iglesia).

Por lo tanto, la canonización, tanto en cuanto juicio doctrinal como en cuanto ley general, entra en el ámbito de la infalibilidad de la Iglesia: como juicio doctrinal, en lo que respecta a su verdad; como ley general, en lo que respecta a su compatibilidad con la fe y las costumbres, así como a su inocuidad.

Como ley general, implica, en efecto, que se trata de un medio adecuado, eficaz y digno.

1. “para gloria de la Santísima e indivisa Trinidad”, es decir, para la glorificación de Dios “en espíritu y en verdad”, lo que aquí significa también: en sus (verdaderos) santos,

2. “para el incremento de la fe católica” y

3. para la imitación de su ejemplo por parte de los fieles (como se expresa en otra parte de la fórmula de proclamación del acto de canonización) y

4. “para el crecimiento del nombre cristiano”.

Por consiguiente, si esta fórmula no ha de ser meramente la expresión de una esperanza piadosa o un engaño piadoso (pia fraus), sino que indica realmente la finalidad de la canonización, entonces el juicio doctrinal subyacente es infalible también por esta razón adicional: es decir, en aras de la santidad de la Iglesia.

Véase, Gegen die Begründung der Unfehlbarkeit der Heiligsprechung aus der Formel (En contra de fundamentar la infalibilidad de la canonización en dicha fórmula), a Schenk, págs. 94 y ss.

Pasemos ahora a aquellas declaraciones y canonizaciones en las que los Papas que las llevaron a cabo reclamaron expresamente la infalibilidad en cuanto al fondo del asunto:

Ya en la canonización del beato Ubaldo, realizada por el Papa Celestino III el 4 de marzo de 1198, se apunta al menos a la pretensión de infalibilidad, al declarar el Papa que el acto de canonización es —por su propia naturaleza— un “juicio divino” necesario, para el cual depende, por lo tanto, de la iluminación de Dios:

“Sin embargo, considerando que esta obra (de la canonización) trasciende nuestra capacidad de juicio y comprensión —puesto que está sujeta más al juicio divino que al humano, ya que solo Él conoce plenamente a quienes le pertenecen—, hemos aplazado durante un tiempo tu petición (es decir, su cumplimiento), para que la gracia del Espíritu Santo nos revele a nosotros y a nuestros hermanos qué es lo que conviene hacer” (15).

En 1351, el Papa Clemente VI (1342-1352) exigió a los armenios —bajo sus católicos Mkhitar y cuya unión con Roma estaba pendiente— la profesión de fe (16):

“¿Creéis firmemente que el bienaventurado (Papa) León (I. bzw. d. Gr.; 440-461), bajo cuyo pontificado se celebró el Concilio de Calcedonia ... contempla con claridad la esencia de Dios entre los demás santos y goza de ella en bienaventuranza? (17).

La firme profesión de fe aquí exigida implica, por una parte —en lo que respecta a su cualidad teológica—, un juicio infalible de la Iglesia y, por otra —en lo que atañe a la materia—, su posibilidad de extenderse en principio a todos aquellos santos cuya veneración prescribe la Iglesia.

El Papa Sixto IV (1471-1484) antepuso a la fórmula habitual de la bula “Superna caelesti”, con motivo de la canonización de san Buenaventura, las siguientes palabras:

“...confiando en que Dios no permitirá que nos equivoquemos en esta canonización...” (18).

El Papa Clemente VII relata, el 26 de noviembre de 1523:

“Nuestro predecesor Adriano, considerando que Dios no permitiría error alguno por su parte en dicha canonización... tras madura reflexión y confiando en la misericordia de Dios y en la autoridad de sus bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, decidió que Antonino, de feliz memoria... fuera santo y se le inscribiera y asociara a la lista de los demás santos de Dios, y que esto debiera aceptarse con fe firme; asimismo, lo añadió y asoció solemnemente a la comunión de los santos confesores y doctores a quienes venera la santa Iglesia de Dios, y quiso y declaró que fuera venerado como santo tanto en privado como en público. Estableció y ordenó a todos que celebraran solemne y piadosamente, cada año, la fiesta de san Antonino...” (19)

Sixto V (1585-1590), por su parte, afirmó —según el testimonio del Papa Benedicto XIV— en el discurso que pronunció antes de la canonización de san Diego, el 7 de julio de 1588:

“...que el Papa de Roma..., por quien Cristo Señor rogó para que su fe no desfalleciera, y que es la verdadera cabeza de la Iglesia —la cual es fundamento y columna de la verdad y es guiada y dirigida por el Espíritu Santo—, no podía errar ni ser engañado en la canonización. Y que esto debía creerse no solo con fe piadosa, sino con fe necesaria y firmísima...” (20).

Y así, con motivo de la canonización de este mismo san Diego, en la bula de canonización “Rex regum” del 7 de julio de 1588, él mismo formula una vez más esta pretensión de infalibilidad:

“En virtud de la autoridad y potestad de la Sede Apostólica y confiando en la protección singular y la asistencia infalible del Espíritu Santo —prometida por Dios, fiel en todas sus palabras, y que asistirá ininterrumpidamente hasta el fin de los tiempos a aquellos por quienes ella [= la Sede Apostólica] es gobernada—, hemos dicho aquello que la naturaleza del asunto y del momento parece exigir más imperiosamente...” (21).

También el Papa Pío XI (1922-1939), con motivo de la canonización de André Hubert Fournet en 1933, dejó patente de manera inequívoca su pretensión de infalibilidad:

“Tras haber implorado de nuevo, y con mayor fervor, la luz de lo alto, Nos, como Maestro supremo de la Iglesia Católica, pronunciamos el juicio infalible con las siguientes palabras: "Para gloria..."...” (22).

También con motivo de la canonización de Sor Michaela ab Augusto Sacramento en 1934, Pío XI formula una vez más, de manera explícita, esta pretensión de infalibilidad:

Desde la Cátedra del divino Pedro, como Maestro supremo de toda la Iglesia de Cristo, hemos proclamado solemnemente el juicio infalible con las siguientes palabras: "Para gloria..."” (23).

También su sucesor, el Papa Pío XII (1939-1958), reivindicó expresamente la infalibilidad en 1941, con motivo de la canonización de Gemma Galgani:

Nos, como Maestro universal de la Iglesia Católica, desde la única Cátedra fundada sobre Pedro según la palabra del Señor, hemos proclamado solemnemente este juicio infalible con las siguientes palabras: "Para gloria..."...” (24).

En 1947, con motivo de la canonización del beato Miguel Garicoïts y de la beata Isabel Bichier des Ages por parte de Pío XII el 13 de agosto, el Cardenal Bacci anunció el acto de canonización en los siguientes términos:

“¡Atención todos...! Desde el Cielo, la luz de lo alto ilumina al Papa, que está a punto de pronunciar su juicio infalible...” (25).

Y con ocasión de la canonización de los beatos Juan de Brito, José Cafasso y Bernardino Realino en el año 1949, Pío XII declara nuevamente en persona:

“Nos... sentados en la Cátedra y ejerciendo el magisterio infalible de Pedro, hemos proclamado solemnemente: "Para gloria..."” (26)

Con motivo de la canonización del beato Antonio María Claret el 7 de mayo de 1950, el Cardenal Micara anuncia el acto de canonización que llevará a cabo el Papa Pío XII en los siguientes términos:

“Que la España católica se regocije... Antonio María Claret está a punto de ser proclamado santo mediante un juicio que no puede errar (27).

Resulta evidente que, en este caso, al menos los Papas Pío XI y Pío XII actuaron expresamente como autoridades del magisterio supremo de toda la Iglesia (Pio XI: Catholicae Ecclesiae supremus magister; Pio XII: supremus universalis Christi Ecclesiae Magister) y, por consiguiente, 
ex cathedra (Pío XII añade explícitamente las palabras ex Cathedra divi Petri—incluso de forma solemne (sollemniter)— un juicio doctrinal para toda la Iglesia, reclamando además explícitamente la infalibilidad para dicho juicio docente (Pio XI: infallibilem sententiam pronunciavimus; Pio XII:  falli nesciam hanc sententiam).

¿Cómo puede un católico afirmar entonces que ningún Papa ha reclamado jamás la infalibilidad para una canonización? ¿Cómo podría un católico estar seguro de que un juicio doctrinal goza de infalibilidad si la Iglesia —o los Papas— pudiera inducir a error a los fieles incluso al invocar expresamente su infalibilidad en juicios doctrinales definitivos (e incluso solemnes) vinculantes para toda la Iglesia, y si el Espíritu Santo no impidiera que reclamaran tal infalibilidad en una materia en la que —¡según la opinión de un teólogo aislado!— no pueden hacerlo en absoluto? Aunque la Iglesia no haya promulgado una definición explícita declarando que es infalible por principio en los juicios de canonización, lo cierto es que, al reclamar e incluir la infalibilidad —explícitamente para canonizaciones concretas e implícitamente, por lo tanto, para todas ellas en general—, se exige también un asentimiento absoluto e incondicional, o bien la aceptación de la santidad de la persona en cuestión.

Las pocas citas aducidas bastan, pues, para demostrar de manera inequívoca y suficientemente clara que, según el juicio explícito de los propios Papas que llevan a cabo la canonización, esta conlleva —por derecho propio y por principio— una pretensión de infalibilidad, la cual, por lo tanto, le corresponde también de hecho. Todo católico está vinculado por este juicio, a menos que quiera negar a la Iglesia toda capacidad para saber qué está facultada y autorizada a hacer en el ejercicio de su magisterio supremo, y cuándo goza de la asistencia del Espíritu Santo. El católico que dudara de ello o lo negara convertiría, eo ipso, el privilegio de la infalibilidad del magisterio y del oficio pastoral en una palabra vacía y sin sentido —carente de valor concreto y práctico—, reduciéndolo así a una ilusión y a algo nulo.

Por supuesto, no se puede atribuir al magisterio un error si algunos teólogos y libros de texto teológicos van a la zaga de la realidad y no reflejan necesariamente el estado más reciente del conocimiento teológico. El único teólogo que conocemos actualmente que tuvo en cuenta las sentencias de canonización de los últimos Papas es Joaquín Salaverri SJ, quien afirma en su tratado eclesiástico - muy cautelosamente, por supuesto - que la infalibilidad de la Iglesia y de los Papas es hoy, según todos los teólogos, al menos teológicamente cierta y que puede ser establecida según Pío XI y Pío XII, como se define implícitamente, aunque Salaverri, por supuesto, no explica por qué uno sólo podía decir esto y ni siquiera tenía que hacerlo (28).

c) Consecuencias

En cualquier caso, de las fórmulas de canonización aquí citadas —y ocasionalmente empleadas— se deducen con absoluta certeza para todo fiel y teólogo, dado que están implícitamente definidas en ellas, las siguientes verdades como consecuencia necesaria:

1. que la canonización es, sin duda, una materia que en principio cae bajo el ámbito de la infalibilidad; además —y concretamente en relación con el dogma de la infalibilidad pontificia definido por el Concilio Vaticano I (29),

2. que un Papa, al realizar canonizaciones —las cuales, a diferencia de las beatificaciones (como se desprende del procedimiento de dos fases), constituyen juicios definitivos para toda la Iglesia—, eo ipso (es decir, en virtud de la naturaleza objetiva del acto y de la materia), aunque sea solo de forma implícita, necesariamente reclama siempre la infalibilidad y actúa necesariamente de manera infalible; y, por consiguiente,

3. que, además, ni siquiera habría podido prescindiren virtud de la propia naturaleza objetiva del acto— de esa pretensión de infalibilidad inherente al acto mismo; y, finalmente,

4. que, en consecuencia, resulta imposible demostrar que algún Papa haya dejado de reclamar su infalibilidad al canonizar; de donde se sigue que a quienquiera que niegue esto le son aplicables, cuando menos, todas las censuras que ya señaló Benedicto XIV (30).

Pues si la materia pertenece fundamentalmente al objeto indirecto de la infalibilidad, entonces el Magisterio, al emitir juicios definitivos —que son a la vez vinculantes para toda la Iglesia—, plantea eo ipso (y sin necesidad de formularlo expresamente) una pretensión de infalibilidad que es fundamentalmente necesaria y, por lo tanto, constante; en consecuencia, resulta eo ipso realmente infalible.

Ahora bien, resulta absolutamente incompatible con la naturaleza del Magisterio de la Iglesia, guiado por el Espíritu Santo, que una claridad y certeza ya alcanzadas sean abandonadas o desmentidas por medidas o declaraciones posteriores del propio Magisterio. Por consiguiente, cualquier manifestación o argumentación teológica que tienda a retroceder respecto a la claridad y certeza ya logradas queda condenada a priori por insostenible y errónea. Así pues, ya no constituye un argumento teológicamente válido contra la infalibilidad del Papa en las canonizaciones el alegar que, tras el Vaticano II, “la opinión general de los teólogos... se ha ido erosionando progresivamente” (31), o que la evolución experimentada desde entonces en las fórmulas de canonización —especialmente la supresión del anatema o de cualquier amenaza de sanción (32)— demuestra que nunca se pretendió afirmar la infalibilidad en tales actos.

Sin embargo, de estos hechos se derivan con igual certeza otros principios —ya sean de contenido o metodológicos— para la labor del teólogo. Una vez establecido con absoluta certeza el hecho de que la canonización pertenece, en principio —como objeto indirecto del anuncio de fe de la Iglesia—, al ámbito de la infalibilidad:

1. corresponde a la teología determinar con mayor precisión en qué medida la canonización entra dentro de la infalibilidad de la Iglesia;

2. todos los argumentos esgrimidos contra la infalibilidad dejan de ser, a priori, objeciones capaces de anular dicho hecho, para pasar a considerarse y tratarse meramente como dificultades que —a la luz de la fe— pueden hallar una solución plenamente razonable.
 
Por consiguiente, las conclusiones que Daniele Ols (OP) y Hirpinus (FSSPX) extraen de su argumentación resultan también absolutamente insostenibles, con certeza a priori. Hirpinus comenta la cuestión planteada por Benedicto XIV“¿es lícito negar la santidad de tal o cual canonizado?”— y la respuesta del mismo Pontífice, según la cual quien niega la santidad de un santo concreto “no es ciertamente hereje, pero sí temerario; provoca escándalo en toda la Iglesia; es injusto para con los santos; favorece a los herejes que niegan la autoridad de la Iglesia en la canonización de los santos; es sospechoso de herejía —es decir, actúa como quien abre camino a los incrédulos para que se burlen de los fieles—; defiende una tesis errónea y se expone a las penas más graves” (ibid., nº 28)—, ofreciendo a su vez la siguiente observación:

1. “Al igual que las censuras conminadas en las bulas de canonización, estas observaciones del Papa Benedicto XIV se aplican lógicamente a la persona que, "públicamente y sin motivo suficiente", rechaza o pone en duda la santidad de tal o cual canonizado; pero no a quien, "en su corazón", tiene realmente —o cree tener— "buenas razones" para rechazar o cuestionar dicha canonización y guarda el silencio debido (silentium obsequiosum), absteniéndose de expresar públicamente su opinión discrepante (p. 49, nota 126)”.

Y, a modo de conclusión propia, añade:

2. “A esta exposición queremos añadir que, también en el caso de las canonizaciones, "el peligro de escándalo para la fe" permite —e incluso obliga a— romper el silencio debido (silentium obsequiosum) ante la autoridad, dado que Santo Tomás sostiene la siguiente doctrina: "...Cuando existe un peligro para la fe, los súbditos pueden reprender a los prelados incluso públicamente" (S.Th. II-II, q. 33, a. 4, ad 2). En otro lugar cita a San Gregorio: "Pero si de la verdad se sigue escándalo, es preferible soportar el escándalo antes que abandonar la verdad" (S.Th. III, q. 42, a. 2, ad 1)”.

Sin embargo, en el caso de una canonización no existe tal motivo, dada la infalibilidad inherente a su propia naturaleza.

Para que no haya dudas sobre qué posibles canonizaciones motivan la revisión de la doctrina tradicional sobre la infalibilidad de la Iglesia en materia de canonizaciones que aquí plantea Hirpinus, este añade:

“...Tal sería el caso si —¡Dios no lo quiera!— se llegara a la canonización de Juan XXIII y Pablo VI con el fin de otorgar credibilidad al Concilio y al catastrófico cambio de rumbo impuesto al mundo católico. Ciertamente, el primero de los dos papas mencionados solo gozaba de una fama de "bondad" creada artificialmente, mientras que el segundo no poseía ni remotamente fama de santidad”.

Y, finalmente, se formula una pretensión totalmente desmesurada:

“Por lo tanto, dadas las circunstancias históricas actuales, resulta sumamente útil tener ideas claras sobre la infalibilidad de las canonizaciones. Esperamos que el estudio que hemos expuesto más arriba sirva de ayuda fiable en este sentido”.

Lo que la FSSPX viene haciendo desde su fundación —valiéndose de ideas tan “claras” (Hirpinus) y “liberadoras” (obispo Williamson) sobre la infalibilidad para tergiversar la doctrina tradicional— asombraría y alegraría enormemente, sin duda, al cardenal Suenens, sobre todo viniendo de un sector donde jamás se habría sospechado tal cosa. Quizás se recuerde aquella significativa declaración del cardenal —quien en su día fue uno de los máximos exponentes de la “nueva iglesia” surgida del “nuevo Pentecostés” del Concilio, liberada de su antigua coraza y corsé y animada ahora por el movimiento carismático—, realizada en su notoria entrevista de mayo de 1969:

“Se puede elaborar una lista impresionante de tesis que anteayer y ayer todavía se enseñaban en Roma como las únicas válidas (!) y que fueron eliminadas por los padres conciliares”.

La FSSPX prosigue diligentemente la obra de destrucción del Concilio en este aspecto, y ello con el único fin de poder mantener ese difícil equilibrio —que tanto parece importarle— entre el reconocimiento de los “papas” conciliares y posconciliares y, al mismo tiempo, la desobediencia a todas sus leyes generales de reforma.

*

P. D. Si realmente llegara a producirse un error manifiesto en esta materia, ello solo podría explicarse —a la luz del dogma católico— por el hecho de que los supuestos papas no son verdaderos papas y, precisamente por ello, no gozan de la asistencia infalible del Espíritu Santo, prometida a estos para el ejercicio de su supremo magisterio sobre toda la Iglesia.

Notas:

1) “In hac una Ecclesia Christi nemo est, perseverat nemo, nisi Petri legitimorumque eius successorum auctoritatem potestatemque oboediendo (!) agnoscat atque accipiat” - AAS 20, 1928, p. 15.

2) “Si Si No No” – Quincenario católico antimodernista, boletín para los miembros del Centro Católico de Estudios Antimodernistas. Fundador: P. Francesco Putti. Dirección postal: Via Madonna degli Angeli 78, I-00049 Velletri (RM).

3) “Et quamquam hoc sacrum Magisterium, in rebus fidei et morum, cuilibet theologo proxima et universalis norma esse debet, utpote cui Christus Dominus totum depositum fidei - Sacras nempe Litteras ac divinam ,traditionem‘ - et custodiendum et tuendum et interpretandum concredidit, attamen...” - DS 3884

4) Así, por ejemplo, en la página web http://www.mypage.bluewin.ch/holy-cards/text/fragwhsp.htm se encuentra una crítica expresada con relativa cautela. En la introducción de un artículo titulado “Canonizaciones cuestionables” se plantea la reflexión de que “ciertas canonizaciones tal vez no estén exentas de toda duda, por lo que cabe preguntarse si pertenecen a esa categoría de declaraciones papales que pueden reclamar para sí la infalibilidad. En los últimos cien o ciento cincuenta años, la pretensión de infalibilidad papal se ha extendido de una manera que invita a la reflexión. Mientras que antaño se limitaba más o menos a cuestiones fundamentales de fe (formuladas ex cathedra y acompañadas de un anatema), hoy parece abarcar también asuntos más bien marginales. Paralelamente a la pérdida de su poder político, el ministerio petrino reivindicó una autoridad moral. Sin embargo, esta evolución resulta peligrosa, ya que la autoridad moral —por muy intachable que sea en el momento actual— es frágil”. — Ciertamente, la problemática mencionada en último lugar no será objeto de análisis en el presente artículo.

5) Así, por ejemplo, en una “Nota de la redacción” del boletín informativo de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X para el ámbito de habla alemana (n.º 310, octubre de 2004, p. 45), bajo la sección “Noticias de la Iglesia”, se afirma: “Con 476 santos y más de 1300 beatificaciones en 25 años, Juan Pablo II beatificó y canonizó a más personas que sus predecesores en cuatro siglos juntos. Este hecho, sumado al cambio de procedimiento en los procesos de beatificación, plantea ciertos interrogantes sobre la cuestión: ¿qué cabe pensar de la beatificación de la Madre Teresa? ¿O incluso de las beatificaciones del papa Juan XXIII y de Josemaría Escrivá?”.

6) En antimodernist.org (noviembre de 2013) figura un estudio específico titulado Von Heiligen (Sobre los santos), que aborda los restantes argumentos —de carácter teológico, aunque secundarios— expuestos por Hirpinus.

7) Mansi 52, 1226 B 3 - C 6.

8) Mansi 52, 1316 C 15 - D14.

9)Así, el P. Johannes Baptist Franzelin, S.J.: “Principium V. Si Ecclesia est infallibilis in custodiendo deposito fidei saltem stricte sumpto, ac proinde in declarando vero sensu dogmatum revelatorum; eo ipso est infallibilis in iudicio de vero sensu, de intensione et extensione quae propriae auctoritatis et infallibilitatis seu, quod idem est, in iudicio de conditionibus et de obiectis, in quibus sibi divino iure competat auctoritas et promissa sit assistentia Spiritus veritatis. Haec enim auctoritas et infallibilitas in se profecto est dogma revelatum. - Corollarium. Contradictionem involvit admittere infallibilitatem Ecclesiae in dogmatibus revelatis, et simul auctoritatem definitionis quae supponatur actu existens, negare eo, quod res definita non pertineat ad dogmata revelata. Si enim Ecclesia vel Pontifex loquens ex cathedra actu definit veritatem in se non revelatam, eo ipso exercite etiam definit extensiouem suae infallihilitatis ad huiusmodi veritates. Definit ergo vim ac verum sensum dogmatis revelati, cuiusmodi certe est infallibilitas Ecclesiae et Pontificis. Atqui adversarius ipse admittit auctoritatem infallibilem ad definiendum verum sensum dogmatum revelatorum. Ergo in hypothesi existentis definitionis ex suis principiis admittat necesse est exteusionem infallibilitatis etiam ad veritates in se non revelatas, eandem vero simul negat. Ergo contradictio inter principium et conclusionem est manifesta” (De divina Traditione et Scriptura, Rom 1875 S. 124ff.) - Asimismo, Franz Hettinger: “La primera y más necesaria condición para el ejercicio del magisterio eclesiástico es que este no se equivoque al valorar el alcance de su propia autoridad y el ámbito al que esta se extiende” (Lehrbuch der Fundamental-Theologie oder Apologetik. Freiburg/Br. 2 1888, § 47 I., S. 770f.). - Y Scheeben-Atzberger: “...2. Una vez establecida dogmáticamente la infalibilidad doctrinal de la Iglesia en general, es evidente que también debe admitirse que la Iglesia puede pronunciarse sobre el sentido de dicha infalibilidad, o sobre el ámbito o las condiciones de su autoridad infalible, de modo que nunca pueda extender arbitraria o erróneamente ese ámbito más allá de los límites que Dios le ha trazado...” (Handbuch der Kath. Dogmatik. Buch 7 § 336 n. 129, Freiburg/Br. 3 1959, S.368). - Christian Pesch SJ: “Solutio quaestionis de infallibilitate summi pontificis iu canonizatio praecipue inde petenda est, quid ipsi summi pontifices de hoc actu censuerunt. Ecclesiastica enim auctoritas scire debet, quibus in actibus ipsa sit infallibilis. Iamvero secundum communem regulam pontifices tum ut infallibiles doctores agunt, cum pro suprema sua auctoritate universam ecclesiam ad aliquid tenendum obligant. Atqui hoc fit in canonizatione...” (Christian Pesch, Praelectiones dogmaticae, I (Freiburg/Br. 1894) Pars II. De ecclesia Christi. Sectio 5. De obiecto magisterii ecclesiastici. Propositio LI. Ecclesia est infallibilis in canonizatione Sanctorum. n. 550).

10) Mansi 52, 1225 B 15.

11) “Ad honorem sanctae et individuae Trinitatis, fidei catholicae exaltationem et christiani nominis incrementum, auctoritate omnipotentis Dei Patris, Filii et Spiritus Sancti, et BB. Apostolorum Petri et Pauli ac Nostra, de venerabilium fratrum Nostrorum S.R.E. Cardinalium... consilio et unanimi consensu, B. Ioannem a Cruce... Sanctum esse definivimus, Sanctorum Confessorum non Pontificum canoni adscribendum decrevimus, prout praesentium tenore definimus, decernimus et adscribimus, eumdemque per universos Christi fideles tamquam vere Sanctum honorari mandavimus et mandamus ... ab universa Ecclesia”. - Benedictus XIII: Bullarium Romanum. ed. Taurinen. 22 (1871) 482.

12) Benedictus XIII: Bullarium Romanum. ed. Taurinen. 22 (1871) 486.

13) Benedictus XIII: Bullarium Romanum. ed. Taurinen. 22 (1871) 489.

14) “Ad honorem Sanctae et Individuae Trinitatis, ad exaltationem Fidei Catholicae et Christianae Religionis augmentum, auctoritate Domini Nostri Iesu Christi, BB. Apostolorum Petri et Pauli ac Nostra, matura deliberatione praehabita et divina ope saepius implorata, ac de Venerabilium Fratrum Nostrorum S. R. E. Cardinalium, ...consilio; BB. Ioan-nem de Britto Martyrem, Iosephum Cafasso et Bernardinum Realino Confessores, Sanctos esse decernimus et defini-mus ac Sanctorum Catalogo adscribimus, statuentes ab Ecclesia universali illorum memoriam...pia devotione recoli debere. In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen” - Pius XII: AAS 39 (1947) 209.249.28l.329.377.

15) "Nos vero opus istud intuentes sensum et intelligentias Nostras excedere, quia potius est divini iudicii quam humani, cum ipse solus plene noverit, qui sunt eius, suspendimus desiderium tuum aliquamdiu, ut Noibis et fratribus Nostris, quid potius agendum esset, Spiritus Sancti gratia revelaret". Zitiert nach Anton Straub, De Ecclesia. Bd. II, Innsbruck 1912, n. 911, S. 276 ohne Quellenangabe.

16) Cabe señalar, no obstante, que en aquel entonces el término “creer” (credere) se empleaba todavía en el sentido más amplio de “dar un asentimiento absoluto”, sin atender a la naturaleza de la relación con la revelación; por consiguiente, se aplicaba indistintamente tanto a las verdades formales de la revelación como a aquellas verdades y hechos dogmáticos intrínsecamente vinculados a ellas.

17) “Si beatum Leonem, sub quo celebratum est chalcedonense concilium ... firmiter creditis divinam essentiam inter sanctos alios clare videre et beatifice ea frui”. - según Anton Straub, a.a.O., n. 911, S. 277, indicando la fuente: “apud Raynald., annal. eccl. ad a. 1351. n. 4”.

18) “...confidentes quod in hac canonizatione non permittat nos Deus errare...” - Según Scheeben-Atzberger, Handbuch der kath. Dogmatik, Bd. IV n.135.

19) Benedikt XIV., De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione. I, c. 36 nn 11-22 ?? c. 43, n. 2.

20) “... romanum pontificem .... pro quo oravit Christus Dominus, ne eius fides deficeret, eundemque verum caput ecclesiae, quae est firmamentum et columna veritatis, quaeque a Spiritu Sancto regitur et gubernatur, in sanctorum canonizatione errare et falli non posse. Idque non modo pie, sed necessario et certissima fide credendum affirmavit” - Benedicto XIV, De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione. I, c. 43, n. 2.

21) “Nos ipsi de... apostolicae sedis... auctoritate et potestate deque Spiritus Sancti singulari patrocinio atque infallibili assistentia a Deo in omnibus verbis suis fideli promissa usque ad consummationem saeculi perpetuo adfutura, quibus gubernatur, ea diximus, quae causae et temporis ratio potissimum requirere videbatur.....”. - Citado también según Anton Straub, a.a.O., n. 911, S. 276f, allí, haciendo referencia a la obra de Benedicto XV. "De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione" c.43 n.; La parte decisiva de la cita, que hemos destacado, se encuentra también en Scheeben-Atzberger Handbuch der katholischen Dogmatik, Bd. IV n. 135.

22) “Superno lumine iterum ferventiusque implorato, infallibilem Nos, uti Catholicae Ecclesiae supremus Magister, sententiam in haec verba protulimus: 'Ad honorem etc.'”. - Pi0 XI: AAS 25 (1933) 425f

23) “Nos, ex Cathedra divi Petri, uti supremus universalis Christi Ecclesiae Magister, infallibilem hisce verbis sententiam sollemniter pronunciavimus: 'Ad honorem etc.'”. - Pio XI: AAS 26 (1934) 540.

24) “Nos universalis Catholicae Ecclesiae Magister, ex Cathedra una super Petrum Domini voce fundata, falli nesciam hanc sententiam sollemniter hisce pronunciavimus verbis: 'Ad honorem etc.'”. - Pio XII: AAS 33 (1941) 105.

25) “Attendite igitur omnes...E caelo superna lux Pontificem Maximum collustrat, qui iam inerrantem sententiam suam laturus est...” - AAS 39 (1947) 281.

26) “Nos... in Cathedra sedentes, inerranti Petri Magisterio fungentes, sollemniter pronunciavimus: Ad honorem etc.” - Pio XII: AAS 41 (1949) 137.

27) “Catholica gaudeat Hispania... Antonius Maria Claret iam in eo est, ut sententia falli nescia declaretur Sanctus...” - AAS 42 (1950) 369.

28) “Nunc autem hanc doctrinam omnes tenent saltem ut theologice certam. Immo, iuxta apertam Pii XI et XII mentem, dici potest implicite definita” - Joaquin Salaverri, De Ecclesia Christi. En: Patres SJ, Sacrae Theologia Summa, Vol. I (BAC 61; La Editorial Catolica Madrid 1962) Tr. III, Liber II, Caput III, n. 726, S. 733

29) En consecuencia, “el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra —es decir, cuando, en el ejercicio de su cargo de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina sobre fe o costumbres que debe ser sostenida por toda la Iglesia—, goza, gracias a la asistencia divina que le fue prometida en la persona de san Pedro, de aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso dotar a su Iglesia al definir doctrinas sobre fe o costumbres...” (DS 3074).

30) “.....Quienquiera que se atreva a afirmar que el Papa se equivocó en tal o cual canonización, o que tal o cual santo canonizado por el Papa no deba ser objeto del culto de dulía, debe ser considerado —digámoslo claramente—, si no como hereje, al menos como temerario; como alguien que escandaliza a toda la Iglesia, ofende a los santos y favorece a los herejes que niegan la autoridad de la Iglesia en las canonizaciones; alguien cuya postura roza la herejía —al dar ocasión a los incrédulos para burlarse de los fieles— y que sostiene una tesis errónea, haciéndose acreedor a las censuras más graves, tal como reconocen incluso aquellos que enseñan que no es materia de fe que tal o cual canonizado sea santo”. (Benedicto XIV, De servorum Dei beatificatione et beatorum canonization. e Buch I c. 45 n. 28) - No obstante, no se formula una censura absoluta de herejía por el hecho de que muchos teólogos aún no consideran que la infalibilidad de la Iglesia respecto a su objeto indirecto (que incluye las canonizaciones) haya sido formalmente revelada. Por consiguiente, si bien debe sostenerse con absoluta firmeza, no es fide divina (basándose en la palabra infalible de Dios), sino únicamente fide ecclesiastica (basándose en la palabra infalible de la Iglesia). No es posible abordar aquí brevemente la controversia que esto conlleva. — Véase a este respecto a Francisco Marín-Sola, La Evolución Homogénea del Dogma Católico. 2a Edición. BAC n. 84. Madrid 1963, BTE vol. 14, Valencia 1963. c. 5, S. 392- 478.

31) Walter Kern - Franz-Josef Niemann, Theologische Erkenntnislehre. Leitfaden Theologie 4. Patmos Verlag, Düsseldorf 1981, S. 166

32) Así Hirpinus en su artículo Klare Ideen von der Heiligsprechung (Ideas claras sobre la canonización)
 en Rome-Kurier (edición alemana de la revista romana “Si Si No No”, publicada por la FSSPX, enero de 2004, nº 124).