martes, 21 de julio de 2026

VOLUNTARISMO SEMIPELAGIANO (5)

Cualquier contradicción en el pensamiento cristiano puede esperarse en cuanto se aleja de la verdad católica.

Por el padre José María Iraburu


En una casa edificada sobre un fundamento torcido, todo está mal: puertas y ventanas no se abren y cierran bien, el suelo es cuesta arriba o cuesta abajo, y las personas se tambalean al andar, etc. Un horror. Es lo que sucede en la casa espiritual semipelagiana. Todo en ella está más o menos torcido y malentendido. Por eso sería una tarea de nunca acabar ir señalando las innumerables consecuencias negativas que causa en la vida cristiana. Así que voy a terminar ya el tema con este artículo, aunque resulte un poquito largo.

Dios no te puede pedir

Allí donde se generalice en la cultura cristiana el “Dios te pide”, no tendrá nada de raro que, con un poco más, se dé el paso al “Dios no te puede pedir”. Cualquier contradicción en el pensamiento cristiano puede esperarse en cuanto se aleja de la verdad católica. Las dos actitudes, que son ciertamente contradictorias, coinciden en que centran la vida cristiana en la voluntad, la parte humana. Por el contrario, los católicos reconocemos la iniciativa absoluta de la gracia de Dios, a la que el hombre debe una docilidad incondicional, que no resiste ni pone nunca límites a lo que Dios quiera darle en su infinita misericordia.

Un buen número de moralistas católicos saben perfectamente aquello que Dios no puede pedir a los cristianos. Y elaboran planteamientos –conflicto de deberes, opción fundamental, mal menor, etc.– que permitan evitar en buena conciencia el martirio y la fidelidad a ciertas normas morales, como las que prohíben la anticoncepción, al menos en ciertos casos. “Llevan ustedes casados diez años y tienen ya cinco niños. Dios no les puede pedir que eviten los anticonceptivos”.

Otros maestros espirituales –éstos, a lo mejor, muy estrictos– saben también perfectamente aquello que Dios no puede pedir a los fieles laicos, alegando la secularidad que Él quiere en sus vidas.

Usted es una señora seglar, madre de familia, con muchas responsabilidades y trabajos. Por tanto, Dios no le puede pedir que haga una hora diaria de oración y menos aún que practique mortificaciones corporales. Prohibido. El director voluntarista, y más después del Vaticano II, sabe perfectamente lo que es un laico, y lo que Dios puede o no puede pedirle sin desmedro de su secularidad. Desde luego, con una espiritualidad semejante no tendríamos la maravilla de una Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), madre mejicana de ocho hijos, fundadora de las Religiosas de la Cruz, de los Misioneros del Espíritu Santo y de otras asociaciones para laicos. Ella tuvo la dirección espiritual de Mons. Luis Mª Martínez, Arzobispo Primado de Méjico, gran maestro de espiritualidad católica (1881-1956). De ella cuenta su biógrafo, el P. Treviño, M. Sp. S.: todas las noches dedicaba cerca de dos horas a la oración, interrumpiendo el sueño. Gustaba de unir a esta oración alguna penitencia, como hacerla postrada en el suelo, con una corona de espinas en la cabeza (Concepción Cabrera de Armida, La Cruz, San Luis Potosí 1987, 7ª ed., 108). Semejantes excesos solamente pueden ocurrir cuando la libertad del cristiano se abandona incondicionalmente a la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere (Jn 3,8).

Lo que más cuesta es lo más santificante

Eso es falso. A esa convicción conduce aquella espiritualidad voluntarista que, al menos en la práctica, centra más la santificación en el esfuerzo del hombre (parte humana), que en la eficacia intrínseca de la gracia (parte divina). Y siguiendo ese camino, el cristianismo se va entendiendo mucho más como una ascesis costosa, que como un gozo, un don, una salvación inefable, que se recibe del amor de Cristo, gracia sobre gracia (Jn 1,16). No pocos bautizados entonces van cayendo en el alejamiento de la vida cristiana, para abandonarla finalmente por completo, cayendo en la apostasía. Ya sabemos, sí, que no es posible seguir a Jesucristo sin tomar la cruz de cada día. Esto el Maestro lo decía a todos (Lc 9,23). Pero sus discípulos sabemos que ese yugo es ligero, que pesa poco, y que en él hallamos nuestro descanso (Mt 11,29-30).

La obra más santificante y meritoria es la realizada con mayor caridad. Lo explico un poco.

Es la caridad la que santifica y da mérito a nuestras obras
sólo la caridad edifica (l Cor 8,1). Sin ella, por mucho que yo haga, no teniendo caridad, de nada me aprovecha, aunque dé mi fortuna a los pobres, aunque me mate a mortificaciones (1 Cor 13,3). Por eso enseña Santo Tomás que el mérito de la vida eterna pertenece en primer lugar a la caridad, y a las otras virtudes [laboriosidad, paciencia, castidad, etc.] secundariamente, en cuanto que sus actos son imperados por la caridad (STh I-II,114,4).

Las obras hechas con más amor son las más libres y meritorias. Sigue diciendo Santo Tomás: 
es manifiesto que lo que hacemos por amor lo hacemos con la máxima voluntariedad; por donde se ve que, también por parte de la voluntariedad que se exige para el mérito, éste pertenece principalmente a la caridad (ib.). Y la caridad sobrenatural, evidentemente, sólo puede ejercitarse bajo la moción del Espíritu Santo. Es docilidad a la gracia.

El mérito de la obras no está en función de su penalidad, sino del grado de caridad con que se realizan. Y cuanto mayor es el amor, menos cuestan. El principio de que 
lo que más cuesta es lo que más mérito tiene procede de inspiración semipelagiana, y no es verdadero, pues precisamente las obras hechas con más amor son las que menos cuestan y las que más mérito tienen. Santo Tomás: importa más para el mérito y la virtud lo bueno que lo difícil. No siempre lo más difícil es lo más meritorio (STh II-II,27,8 ad 3m).

A un cristiano rico, pero apegado a sus riquezas, le cuesta mucho hacer un donativo a unos familiares muy necesitados, porque tiene muy poca caridad. Un cristiano muy caritativo, en cambio, realiza la misma obra con verdadero gozo –si no da más es porque no puede–, y su obra es mucho más meritoria. Aquella pobre viuda del Evangelio, que para el honor del Dios y de su templo, ha dado de su miseria cuanto tenía, todo su sustento (Mc 12,41-44), lo ha hecho con inmenso amor y facilidad, bajo la acción de la graciaDios ama al que da con alegría (2Cor 9,7), porque Dios ama a quien da con amor, con caridad, bajo la moción de su Amor divino.

Sólo la caridad más crecida es capaz de realizar las obras más costosas, más penosas para el hombre carnal. Bajo la moción de la gracia, el cristiano de gran caridad es capaz de obras que para otros son imposibles: dedicar la vida a cuidar leprosos, donar a un familiar la mitad de la propia hacienda para sacarle de la ruina, etc. Pero que quede claro al mismo tiempo que todo lo que se hace en caridad, por duro que sea, se realiza bajo la moción del Espíritu Santo, que da la posibilidad, más aún, la inclinación, para obrarlo. Y en este sentido se hace con alegría, aunque sea en ocasiones con gran cruz. Por eso la vida de los santos es la más crucificada, la menos costosa y la más alegre.

San Pablo expresa con frecuencia este misterio: así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación (2Cor 1,5). Estoy lleno de consuelo, rebosando de gozo en todas nuestras penalidades (7,4). Sobreabunda en gozo, en medio de mil tribulaciones y trabajos, porque sobreabunda en la caridad a Cristo y a los hombres. 

Por otra parte, la virtud más crecida es la que se ejercita con más facilidad y más mérito. Cuando la virtud de la castidad, por ejemplo, está muy débil, cuesta mucho guardar la pureza en pensamientos y deseos, palabras y obras; es una guerra muy dura. Por el contrario, cuando la virtud (virtus: fuerza) de la castidad está muy perfecta, se ejercita con toda facilidad en los buenos actos que le son propios, incluso normalmente –normalmente– con gozo. Y ésa es sin duda la castidad más meritoria y grata a Dios. 

En el crecimiento de esta virtud, como en el de todas, suelen darse tres fases: cuando la virtud es 1) incipiente, hay mucha guerra; cuando está 2) adelantada, se vive con paz su objeto propio; y cuando está 3) perfecta, se ejercita con gozo. Lo que realmente resultaría costoso y repugnante sería obrar en contra de esa virtud.

Identificar grado de virtud y posibilidad de su ejercicio suele ser también un síntoma semipelagiano, pues el voluntarismo siempre es cuantitativo y operacionista. Acabo de decir que, en principio, van juntas la perfección de la virtud y la facilidad para ejercitarla. Pero sin embargo, como Santo Tomás enseña, no siempre puede identificarse el grado de una virtud y el grado de facilidad para su ejercicio. 
Ocurre a veces que uno que tiene un hábito [virtud] encuentra dificultad en obrar y, por consiguiente, no siente complacencia en ejercitarlo [como sería lo natural], a causa de algún impedimento de origen extrínseco; como el que posee un hábito de ciencia y padece dificultad en entender, por la somnolencia o alguna enfermedad (STh I-II,65,3).

Identificar sin más virtud y obras es un grave error, que causa grandes perturbaciones en la vida espiritual, que origina muchos discernimientos erróneos, muchas exhortaciones vanas, muchas correcciones inoportunas, muchos esfuerzos inútiles y no pocos sufrimientos. El cristiano, aun revestido de la gracia de Cristo, sufre grandes limitaciones y precariedades. Bien sabemos, con Santo Tomás, que 
la gracia no anula la naturaleza, sino que la perfecciona (STh I, 1,8 ad 2m). Pero no necesariamente la gracia sana la naturaleza siempre y en todo, sino que, según el beneplácito de Dios providente, puede dejar que perduren en la naturaleza graves deficiencias, que no son pecado, para que la persona crezca en humildad y participe más de la pasión de Cristo.

Cuántas veces, por ejemplo, un cristiano muy fuerte en la virtud de la esperanza puede sufrir, sin embargo, depresiones profundas y duraderas, provenientes de huellas genéticas o familiares, por condicionamientos educativos erróneos, por causas somáticas o por noches espirituales. Un director espiritual voluntarista hará de esa terrible dolencia un diagnóstico claro: falla en usted la virtud de la esperanza, con lo cual acabará de hundirlo en la angustia y el escrúpulo. Este mismo director, si se acercara a Cristo en Getsemaní, no dudaría en decirle: menos angustias y más confianza en Dios, que un santo triste es un triste santo. Alegre esa cara, que da pena verlo.

Cuántas veces, por ejemplo, un hombre con verdadero espíritu de oración, que por lo que sea está pasando un tiempo, a veces muy largo, sin capacidad alguna para ejercitarlo en actos concretos –me refiero sobre todo a ratos largos de oración–, quizá intente, como dice Santa Teresa, atormentar el alma a lo que no puede (Vida 11,16). Y quizá se vea atormentado también, además, por un director voluntaristano se engañe; usted no hace oración porque no quiere, porque rehúye la cruz que a veces hay en ella. Los colegios de psiquiatras, para ganar clientes, deberían promover campañas pelagianas y semipelagianas en parroquias, catequesis y grupos cristianos, sea de religiosos, sea de laicos. Harían una inversión ciertamente rentable.

La santa Doctora Teresa entiende estos problemas muy de otro modo, porque los entiende al modo católicoaunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra miseria y bajo natural, mejor que nosotros mismos, y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en El y amarle. Esta determinación es la que quiere; ese otro afligimiento que nos damos, no sirve de más que para inquietar el alma; y si había de estar inhábil para aprovechar una hora, lo está cuatro (ib.). Ya dice San Juan de la Cruz que hay muchas almas que piensan no tienen oración y tienen muy mucha, y otras que tienen mucha y es poco más que nada (prólogo Subida 6).

El menosprecio de los débiles es uno de los aspectos más lamentables y dañinos del voluntarismo semipelagiano. El voluntarismo menosprecia a las personas de poca salud física y psicológica, de escasa inteligencia y cultura, de caracteres mal cristalizados, de inestabilidad emocional no superada. Y admira simétricamente a los hombres sanos, fuertes, estables, de firme carácter. Los juicios temerarios abundan inevitablemente en un ambiente espiritual semejante: 
es un tipo formidablees mejor que lo dejes: con éste no hay nada que haceraquél parece muy aprovechable (esa frase la he oído yo: una persona muy aprovechable). El voluntarismo se avergüenza del Evangelio, que tantas veces muestra la preferencia de Cristo hacia los pequeños, hacia los que no cuentan nada para el mundo (Lc 10,21; 1Cor 2,26-31). Los deja a un lado. No le valen. Así, al mismo tiempo, deja a un lado a Jesús, que fue ungido y enviado para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4,18).

Quedarían por describir muchos otros síntomas del voluntarismo, pero están más o menos incluidos en los ya señalados:

–Los esfuerzos activos son los que valen, los pasivos no, o no tanto. Una pobreza elegida santifica; padecida por ruina, no tanto.

Todo lo que es gratuito, sin esfuerzo, no vale, porque nada cuesta. Fuera, pues, el agua bendita, las novenas, los crucifijos en las habitaciones, las imágenes piadosas, y ya puestos, ¡la Misa dominical!…

Centrarse en la voluntad lleva necesariamente a una vida espiritual de ánimo cambiante, ánimo/desánimo.

La pobreza evangélica, todo eso de solo una túnica, no oro ni plata, tanto en la vida personal como en las actividades apostólicas, tiene valores románticos indudables; pero en la práctica es claro que hay que evitar la pobreza lo más posible.

Es mejor la riqueza de medios, hay que ser realistas: cuanto más fuerte esté la parte humana, tanto más crece el Reino en las personas y en el mundo. Por tanto, revista informativa carísima de un instituto o grupo cristiano, con estadísticas apabullantes. Liturgia con globitos, pantallas gigantes, danzas y cantautores. Evento juvenil cristiano, al modo de macro-maxi-hiper-super-show profano. Títulos académicos siempre que sea buenamente posible, y si no, también. Etc. Cuanto más y mejor, mejor.

 –Métodos de oración y de apostolado de segura eficacia (más o menos como los “crecepelos”), ejercitaciones de auto-ayuda, técnicas que perfeccionan tanto tanto al hombre y al mundo que no les cuento.

Adulaciones y elogios pestilentes de la parte humana: los jóvenes (la esperanza de la Iglesia), las mujeres (el mundo se salvará en clave de feminización), los obreros, los teólogos renovadores, la nueva pastoral, la familia (¡la familia salvará al mundo!), etc.

Todo ese mundo voluntarista es una miseria y un enorme error multiforme, que cierra en buena medida a la gracia del Salvador. Es causa muy suficiente para la descristianización progresiva de Occidente. Sólo nos ha sido dado bajo los Cielos un nombre, el de Jesús, en el que podamos hallar la salvación, una salvación por gracia divina (Hch 4,12).
 

LA VOZ DE LA TIERRA

Continuamos con la publicación del capítulo XVI del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

CAPÍTULO XVI

IV - LA VOZ DE LA TIERRA

EL MUNDO SE ESTÁ UNIFICANDO, ¿CON QUÉ PROPÓSITO?

Sin embargo, hay algo que no podemos ignorar, pues lo vemos desarrollarse ante nuestros propios ojos; y es, en el orden natural de las cosas, el acontecimiento más prodigioso que ha ocurrido desde los orígenes de la humanidad. Nos referimos a esta obra de unificación de la humanidad que presenciamos y en la que la ciencia y la política, el celo de los hijos de Dios y el odio de los hijos de Satanás, participan con perspectivas muy diferentes e incluso con fines opuestos. Esta obra sin precedentes, que está produciendo resultados que habrían llenado de asombro y admiración a nuestros antepasados, ¿es descabellado creer que Dios la está guiando hacia el cumplimiento de los designios de bondad infinita que acaban de ser profetizados?

“Lo que es seguro -dijo de Maistre- es que el universo avanza hacia una gran unidad que no es fácil de percibir ni de definir. El frenesí de los viajes, la comunicación de lenguas, la mezcla sin precedentes de pueblos provocada por la terrible convulsión de la Revolución, las conquistas sin igual y otras causas aún más activas, aunque menos terribles, no dejan lugar a dudas” (1). En varios pasajes de su obra, él desarrolla con mayor detalle estos pasos, podríamos decir, de la humanidad hacia la unidad que poseía antes de Babel y que busca recuperar. Los vemos multiplicarse y, podríamos decir, acelerarse en nuestros días, hasta el punto de que el desenlace, cuya fecha de Maistre dijo no poder precisar, puede parecer cercano.

América, Asia, Oceanía, África: ya no hay lugar en el mundo donde las razas europeas no se hayan asentado, donde no impongan sus lenguas, sus ideas, sus costumbres y sus instituciones. Y, por su parte, todas las razas humanas se ven inmersas en el torbellino político, comercial y científico que las atrae y tiende a unificarlas, como antes de la dispersión de Babel. Algunas se ven arrastradas espontáneamente, otras son obligadas a hacerlo.

“La unificación del mundo -dice el señor Dufourcq en el prefacio de su gran obra L'Avenir du Christianisme- hoy, y especialmente en los últimos diez años, parece que este proceso se está acelerando e incluso precipitando. Los diversos pueblos que conforman la humanidad han vivido durante siglos separados unos de otros; cada vez más, tienden a salir de su aislamiento, a desarrollar la solidaridad que los une y a unirse en una gran familia”.

Esto fue escrito en 1903 o 1904. La guerra entre Rusia y Japón, y luego la imitación de China, abrieron horizontes infinitos para esta visión.

¿Cuál será el resultado de la militarización de Oriente al estilo europeo? Solo Dios lo sabe. ¿Acaso no vale la pena señalar que las lejanas expediciones emprendidas por los estados europeos durante el último medio siglo a menudo han producido resultados contrarios a los esperados? Inglaterra, Francia y Rusia ciertamente tenían otras intenciones que arrancar a los pueblos asiáticos de sus hogares y lanzarlos al mundo. Japón ahora cuenta con un ejército comparable al de Alemania, y China se está convirtiendo en una potencia militar de primer orden.

El mismo fenómeno se da en el ámbito científico que en el político. ¡Cuántos descubrimientos se han hecho en nuestra época! El vapor, la electricidad y los nuevos usos a los que los sometemos: la telegrafía, la telefonía, la telegrafía inalámbrica; los dirigibles... todo esto sirve, y seguirá sirviendo, como las revoluciones, las guerras y las migraciones, para acercar a las personas (2). Hablar solo de la aviación humana, con sus aviones y dirigibles, significa que la humanidad ya no conoce fronteras. Ya al ​​hablar del transporte de alimentos desde diferentes climas a los pueblos más distantes, de Maistre dijo: “No existe la casualidad en el mundo, y hace tiempo que sospecho que esto se debe, directa o indirectamente, a algún trabajo secreto que se realiza en el mundo sin nuestro conocimiento”. ¿Qué deberíamos decir hoy? ¿Adónde nos llevará el radio, que nos ha dado una comprensión más íntima de la materia?

Inglaterra lleva veinticinco años trabajando en la construcción de un ferrocarril "bicontinental" que atraviese África, desde Ciudad del Cabo hasta El Cairo, y Asia, desde El Cairo hasta Singapur.

La propuesta para incorporarse a la ruta "tricontinental", que une Europa con África y Asia, consiste en atravesar África en diagonal desde Mozambique hasta Tánger, pasando al norte del lago Chad, para luego dirigirse a Figuig y, finalmente, a Fez a través del corredor de Taza.

Los bancos y el papel moneda ya ofrecían a los extranjeros las más maravillosas facilidades. Un erudito ginebrino, el Sr. René de Saussure, se propuso crear una moneda universal: un valor que fuera válido en todas partes en el intercambio internacional de dinero (3).

Se realizaron esfuerzos similares para facilitar el intercambio de ideas. En 1908, se fundó en Japón la Sociedad Romajikwai, dedicada a la adopción del alfabeto latino. Esta sociedad publicó una revista y trabajó para que las obras de los principales escritores del país se imprimieran en caracteres latinos. El marqués Saioujl, primer ministro de Japón, fue su presidente, y muchos japoneses apoyaron esta reforma, cuyo objetivo era facilitar la comunicación con otros países.

Conocemos los intentos realizados en diversos lugares por crear un idioma universal: el esperanto, el volapuk y el ido también dan testimonio de la necesidad que mueve las mentes de acercar a las personas.

La Revolución avanza al ritmo de todas estas innovaciones.

Hemos visto que desde sus inicios se expresó la esperanza de que convertiría a todas las naciones en un solo pueblo, destruyendo las nacionalidades para establecer una república universal sobre sus ruinas; y, por otro lado, aniquilaría el cristianismo y fundaría una nueva religión, una religión humanitaria, según los deseos de algunos, una religión satánica, según los deseos de otros; pero, para ambas, una religión universal, que apresaría a todos los hombres para confinarlos en el mismo templo como en la misma ciudad.

Tal concepción, tal proyecto, debió parecer una auténtica locura en su momento. Sin embargo, hay que reconocer que hoy parece más factible de lo que pudo haber sido a los ojos de quienes lo presentaron por primera vez a los miembros de la Convención; y que todo, tanto en el movimiento de ideas como en las revoluciones políticas y en los descubrimientos y aplicaciones de la ciencia, parece prestarse a su realización.

¿Cómo es posible que, hace un siglo, cuando no podían tener ni idea de lo que vemos hoy, los hombres de la Revolución concibieran la idea de una Revolución que abarcara a toda la humanidad para transformarla tan radicalmente?

Esto solo puede explicarse por la inspiración de Satanás. El ángel caído vio, por lo tanto, en sus causas, los acontecimientos que presenciamos hoy, que derriban una tras otra las barreras que separaban a pueblos y razas; también vio el progreso que las recién nacidas ciencias físicas estaban destinadas a lograr y las convulsiones sociales que producirían. Finalmente, vio las negaciones radicales a las que los seguidores de Voltaire y Rousseau conducirían a la razón, separada de la fe. Juró apoderarse, a través de aquellos que consintieran en convertirse en sus esclavos en sociedades secretas, de estos movimientos de orden material e intelectual, político y moral, y utilizarlos para restaurar, sobre toda la humanidad, el dominio que la regeneración cristiana le había hecho perder.

Sabemos cómo y con qué éxito, podemos decir, trabajó allí durante todo el siglo XIX. Escuchamos a sus secuaces en el gobierno y en la prensa, en las logias y en los clubes, gritar al unísono: ¡Nosotros tenemos la victoria!

En su edición del 7 de enero de 1899, La Croix publicó esta declaración de un judío: “Es nuestro imperio el que se está preparando; es aquel a quien ustedes llaman el Anticristo, el judío al que temen, quien aprovechará todos los nuevos caminos para conquistar rápidamente la tierra”.

Ignoran, o prefieren ignorar, que por encima de su amo Satanás, infinitamente por encima, está Dios, el Dios Todopoderoso. Él creó el mundo para su gloria, la gloria inefable que todas sus criaturas, sin excepción, le rendirán eternamente, aunque de diferentes maneras: algunas manifestando su bondad, otras su justicia. Hasta el día del juicio final, las deja en libertad, de modo que tanto los malvados como los buenos, los perversos como los virtuosos, sirven al cumplimiento de los designios de su infinita sabiduría.

Como dice Donoso Cortés: “Lucifer no es el rival, sino el siervo del Altísimo. El mal que inspira o introduce en el alma y en el mundo, no lo introduce ni lo inspira sin el permiso del Señor; y el Señor solo se lo permite para castigar a los impíos o para purificar a los justos con el hierro candente de la tribulación. De este modo, incluso el mal se transforma en bien bajo la todopoderosa invocación de Aquel que no tiene igual en poder, ni en grandeza, ni en maravilla; que es el que es, y que sacó todo lo que es, aparte de sí mismo, del abismo de la nada” (4).

Dios permite, como nosotros, por desgracia, presenciamos, las andanzas del hombre e incluso la rebelión contra él, pero solo hasta cierto punto; espera. Todo servirá a sus propósitos, y cuando la prueba haya terminado, todo se resolverá; entonces solo habrá daño para los culpables obstinados. Pero, digamos, los culpables mismos recordarán los amorosos designios de Dios para sus criaturas: lo que habrá causado su caída será, en efecto, el abuso de una bendición destinada a traerles una gloria inmensa, el abuso de la libertad que Dios concede a sus criaturas para formar elegidos que puedan decir con san Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no ha sido en vano (5). Sin embargo, no fui yo quien trabajó, sino la gracia de Dios que estaba conmigo”.

El fundador del iluminismo francés, Saint-Martin, intuía estas verdades y creía que Satanás no tendría la última palabra en la Revolución. El 6 de enero de 1794, escribió al barón de Kirchberger: “Por mi parte, nunca he dudado de que la Providencia intervendría en nuestra Revolución y de que no le sería posible retroceder. Creo más que nunca que las cosas seguirán su curso y tendrán un final muy importante e instructivo para la humanidad” (6).

De Maistre pensaba igual. “Para cualquier hombre con buen ojo -decía- y que desee observar, no hay nada más visible que el vínculo entre los dos mundos. Todo lo que sucede en la tierra tiene su razón de ser en el Cielo. Todos los acontecimientos, todas las revoluciones que la historia ha registrado, todas las que registrará hasta el fin de los tiempos, están ordenados al cumplimiento de decretos divinos: todos contribuyen, según su naturaleza e importancia, a la obra secreta que Dios lleva a cabo casi sin que lo sepamos, y que solo se revelará plenamente en el gran día de la eternidad. Si las revoluciones son provocadas por los errores de los hombres, si se originan en sus crímenes, Dios las controla hasta el punto de hacerlas contribuir al cumplimiento de sus designios, que datan de la eternidad”.

Nadie ha expresado esta bella y reconfortante verdad con un lenguaje más sublime. En los versos iniciales de su primera obra, transmitió esta acción de la Providencia que guía a los hombres hacia donde quiere, dejándoles al mismo tiempo libertad de movimiento.

“Estamos unidos al trono del Ser Supremo por una flexible cadena que nos sujeta sin esclavizarnos. Lo más admirable del orden universal de las cosas es la acción de los seres libres bajo la mano divina. Libremente esclavizados, actúan tanto voluntaria como necesariamente; hacen verdaderamente lo que desean, pero sin poder perturbar los planes generales. Cada uno de estos seres ocupa el centro de una esfera de actividad cuyo diámetro varía según la voluntad del geómetra eterno, quien sabe extender, restringir, detener o dirigir la voluntad sin alterar su naturaleza... Su poder opera con ligereza; en sus manos, todo es flexible, nada se le resiste; para él, todo es un medio, incluso el obstáculo; y las irregularidades producidas por las operaciones de los agentes libres se ordenan dentro del orden general” (7).

Satanás no está exento de esta ley. Él también hace lo que le place; pero, al hacerlo, contribuye al cumplimiento de los designios divinos. Triunfa en el presente; todo transcurre según sus deseos, y sus siervos humanos se regocijan. No se dan cuenta de que, si bien aparentan liderar la Revolución, participan en ella solo como meros instrumentos, y que su maldad siempre se ha vuelto en contra de los fines que se habían propuesto.

Quieren aniquilar el cristianismo; no lo ocultan, lo proclaman; y al ver las ruinas que han acumulado durante el último siglo, tanto en almas como en sociedad, se engañan creyendo que lo lograrán. Sus gritos de júbilo, mezclados con sus gritos de odio, resuenan por doquier con una insolencia cada vez mayor. Se equivocan. Se glorifican en lo que, de una forma u otra, les acarreará vergüenza.

Así como la unidad del imperio Romano había preparado el terreno para propagar el Evangelio, todos los nuevos inventos y todas las revoluciones preparan la fusión de los pueblos. ¿Con qué fin?

Conocemos los pensamientos y esperanzas de la secta: una sola religión que una a todas las mentes, una sola Convención que gobierne a todos los pueblos. Los hijos de Dios tienen esperanzas completamente diferentes.

Lacordaire los expresó una vez desde el púlpito de Notre-Dame en estos términos: “Oh vosotros, hombres de nuestro tiempo, príncipes de la civilización industrial, sois, sin saberlo, los pioneros de la Providencia. Estos puentes que suspendéis en el aire, estas montañas que abrís ante vosotros, estos caminos por donde el fuego os arrastra, creéis que están destinados a servir a vuestra ambición; no sabéis que la materia no es más que el canal por el que fluye el espíritu. El espíritu vendrá cuando hayáis cavado su lecho. Así lo hicieron los romanos, vuestros predecesores; pasaron setecientos años uniendo pueblos con sus armas y cruzando los tres continentes del Viejo Mundo con sus largas calzadas militares; creían que sus legiones pasarían eternamente por estos lugares para llevar sus órdenes al universo; no sabían que estaban preparando los caminos triunfales del cónsul Jesús. Oh vosotros, sus herederos, y tan ciegos como ellos, los romanos de la segunda generación, continuad… la obra de la que sois instrumentos; “Acortad el espacio, disminuid los mares, extraed de la naturaleza sus últimos secretos, para que un día la verdad ya no sea detenida por ríos y montañas, sino que fluya recta y veloz. ¡Cuán hermosos son los pies de los que evangelizarán la paz!” (8).

El señor Dufourcq, en el libro que acabamos de citar, también opina que lo que se está preparando será la continuación, la culminación de lo que se ha hecho desde Jesucristo.

Es un hecho que los pueblos cristianos ocupan el primer lugar y desempeñan un papel protagónico. Fueron los cristianos quienes colonizaron Rusia y América, repelieron el islam, conquistaron la India y abrieron China; es la civilización cristiana la que transmite a otros pueblos los principios organizativos de la vida material y moral. Parece que todas las corrientes humanas fluyen, para ser recogidas sucesivamente por ella, hacia el gran río que, nacido en Palestina, ensanchado en Galilea hace mil novecientos años, hace circular lentamente sus aguas vivificantes por todo el mundo.

Antes que él, J. de Maistre había expresado las mismas predicciones: “Cuando una posteridad no muy lejana vea el resultado de la conspiración de todos los vicios, se proclamará llena de admiración y gratitud” (9). Y unos meses después: “Lo que ahora se está preparando en el mundo es uno de los espectáculos más maravillosos que la Providencia jamás ha ofrecido a los hombres”.

Incluso en medio de los horrores de 1793, había logrado apartar su mirada de esta escena desesperada para prever su desenlace. “La generación actual está presenciando uno de los mayores espectáculos que jamás haya ocupado el ojo humano: la batalla sin cuartel entre el cristianismo y la filosofía (10). Las listas están abiertas, los dos enemigos están enfrascados en combate y el universo está observando. Vemos, como en Homero, el padre de Dios y de los hombres, alzando la balanza que pesa los dos grandes intereses; pronto uno de los platillos se inclinará”. Y tras mostrar a qué se había reducido el catolicismo en el momento en que escribía, añadió: “La filosofía, por lo tanto, ya no tiene quejas que presentar; todas las probabilidades humanas están a su favor; todo se hace por ella y todo en contra de su rival. Si sale victoriosa, no dirá como César: Vine, vi, vencí; pero al fin habrá vencido: podrá aplaudir y sentarse orgullosamente en una cruz invertida. Pero si el cristianismo emerge de esta terrible prueba más puro y vigoroso, si, como un Hércules cristiano, fuerte en su propia fuerza, levanta al hijo de la tierra y lo estrangula en sus brazos: ¡Patuit Deus!”.

Nada de lo que presenció durante el medio siglo posterior al Terror pudo apartarlo de esta esperanza. Calificó todas las convulsiones que vio como un “prefacio”, un “terrible e indispensable preliminar”. En el extremo opuesto del espectro del pensamiento humano, Babeuf decía al mismo tiempo:

“La Revolución Francesa es el presagio de una Revolución mucho mayor”. ¡Cuántos otros han pensado y dicho lo mismo!

¿Prefacio de qué libro? ¿Precursor de qué transformación? ¿Preliminar de qué nuevo orden de cosas? Ciertamente, Babeuf y de Maistre no compartían la misma idea, como tampoco la comparten hoy Jaurès y Pío X (11). En la encíclica Praeclara, del 20 de junio de 1894, dirigida a los príncipes y pueblos del mundo, León XIII también había dicho: “Vemos allí, en la lejanía del futuro, un nuevo orden de cosas; y no conocemos nada más dulce que la contemplación de los inmensos beneficios que serán su resultado natural”.

De hecho, todo debe cambiar si los tiempos no llegan a su fin. La perversión de las mentes, la corrupción de los corazones han llegado a todas las clases de la sociedad y las han hecho llegar a un estado más allá del cual no hay más que la pútrida descomposición del cuerpo social. Si Dios no quiere que lleguemos a ese punto, debe, por medios que él conoce, hacernos alcanzar un cambio casi total, al mismo tiempo universal, ese cambio en el mundo moral y religioso que Santa Hildegarda y tantos otros nos han profetizado.

Si hemos de creer a Pío IX, León XIII y Pío X, de Maistre, Blanc de Saint-Bonnet y otros, lo hará, quizás pronto. “Pueden suceder cosas que confundan nuestras especulaciones; pero sin pretender excluir ninguna falla ni ninguna desgracia intermedia, siempre estaré seguro de un resultado favorable” (12). “Aún no vemos nada, porque hasta ahora la mano de la Providencia solo ha despejado el terreno; pero nuestros hijos exclamarán con respetuosa admiración: Fecit magna qui potens est” (13). “En esta inmensa revolución, existen sucesos fortuitos que la razón humana no puede comprender del todo; pero también hay una tendencia general que perciben todos aquellos que han podido adquirir cierto conocimiento. AL FINAL TODO SALDRÁ BIEN” (14).

Continúa...

Notas:

1) OEuvres complètes de J. de Maistre. T. XII, n. 33.

2) El 1 de noviembre de 1902, el Sr. Chamberlain recibió dos telegramas que habían dado la vuelta al mundo, uno por Oriente y el otro por Occidente. El primero tardó diez horas y diez minutos en completar su largo viaje, el segundo trece horas y media.

3) El señor de Saussure toma como unidad una moneda de oro de 8 gramos, cuyo valor sería de aproximadamente 25 francos, 20 marcos, una libra esterlina o cinco dólares. Esta unidad monetaria se dividiría en decimales, y la diezmilésima parte se denominaría, por ejemplo, “speso”. Cien spesos constituirían un “Ispecento”, equivalente a 20 céntimos, 16 pfennings o dos cuartos de penique. Mil spesos formarían un “spesmce”, que equivaldría a 2 marcos, 2 chelines, medio dólar, medio peso español o un yen japonés, etc.

4) L'Eglise et la Révolution.

5) Cor. XV, 10.

6) Correspondencia inédita de S. C. de Saint-Martin publicada por L. Schauer. París, Dentu. — Un proverbio provenzal expresa la misma idea a su manera: El diablo lleva la piedra. El diablo mismo lleva su piedra a los edificios de Dios.

7) OEuvres complètes de J. de Maistre, T. I, p. 1.

8) Conférences de Notre-Dame, t. II, p. 198

9) Ibid., t. X, p. 448.
 
10) También podemos decir que están muy alejados: de la civilización cristiana y de la civilización humanitaria.

11) Véanse las esperanzas expresadas en la encíclica que concede un Jubileo al mundo católico con motivo de la ascensión de Pío X al trono papal y del quincuagésimo aniversario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción.

12) Ibid., t. XIII, p. 64.

13) Ibid., t XIII, p. 169.

14) OEuvres complètes de J. de Maistre, t. XIII, p. 176.

 

21 DE JULIO: SAN VÍCTOR Y SUS COMPAÑEROS, MÁRTIRES


21 de Julio: San Víctor y sus compañeros, mártires

(† 290)

Al poco tiempo de haber mandado degollar a toda la legión Tebea, fue el emperador Maximiano a Marsella, donde había una iglesia numerosa y floreciente. 

A su llegada temblaron por su vida todos los fieles de la ciudad y se prepararon para el martirio. 

Durante esta general consternación un oficial cristiano, llamado Víctor, iba todas las noches de casa en casa a visitar a sus hermanos en Jesucristo para exhortarles al desprecio de la muerte, e inspirarles el deseo de la vida eterna. 

Habiendo sido sorprendido en una acción tan digna de un soldado de Cristo, fue conducido al tribunal de los prefectos Asterio y Eutiquio, que le representaron el peligro que corría, y cuan loco era de exponerse a perder el fruto de sus servicios y el favor del príncipe, por querer adorar a un hombre muerto. 

Contestó Víctor que renunciaba a todas las ventajas que no podía gozar sino renunciando a Jesucristo, Hijo eterno de Dios, que se había dignado hacerse hombre y que había resucitado después de muerto. 

Semejante respuesta excitó furiosos gritos de indignación, pero como el prisionero era persona ilustre, lo enviaron al emperador Maximiano, el cual, para torcer la constancia de Víctor lo hizo atar de pies y manos y mandó que lo paseasen por todas las calles de la ciudad, exponiéndolo así a los insultos del populacho. 

A la vuelta de este público desprecio, lo presentaron todo cubierto de sangre a los prefectos, y Asterio mandó que lo extendiesen sobre el caballete, donde los verdugos le atormentaron por largo espacio. 

Lo encerraron después en una lóbrega prisión, en la cual, a medianoche, lo visitó el Señor por el ministerio de sus ángeles. La cárcel se llenó de admirable claridad. El santo mártir cantaba con los espíritus celestiales las alabanzas del Señor. 

Tres soldados encargados de custodiarlo quedaron tan asombrados de lo que pasaba, que arrojándose a los pies de Víctor, le pidieron perdón y la gracia del bautismo. Se llamaban Longinos, Alejandro y Feliciano, los cuales fueron bautizados aquel día, y Víctor les sirvió de padrino. 

Al día siguiente, supo todo esto el emperador, y montado en cólera hizo trasladar los cuatro santos a la plaza pública, donde fueron cargados de injurias por la plebe soez y cortadas las cabezas de los tres centinelas. 

Tres días después llamó de nuevo el emperador a Víctor a su tribunal y le mandó adorar una estatua de Júpiter puesta sobre un altar, pero Víctor, lleno de fe en Jesucristo, dio un puntapié al altar, y lo derribó juntamente con el ídolo hecho pedazos. 

El tirano, para vengar a sus dioses, le hizo cortar el pie ordenando luego que metiesen al mártir debajo de la rueda de un molino. 

Y como a la primera vuelta el molino se descompusiese, sacaron de allí al santo y le cortaron la cabeza. 

Su cuerpo, junto con los cadáveres de Longinos, Alejandro y Feliciano, fueron arrojados al mar, pero los cristianos los encontraron sobre la orilla y les dieron honrosa sepultura.

Reflexión:

Se mostró san Víctor muy digno de su nombre, porque fue ilustre y glorioso vencedor de todos los poderes de la tierra y del infierno. Por esta causa triunfa ahora en el paraíso con todos los santos mártires a quienes animó a alcanzar también victoria de los tiranos y tormentos. Hagamos asimismo nosotros obras dignas del nombre que llevamos, imitando las virtudes del santo cuyo nombre nos pusieron en el bautismo, para que, así como ahora nos honramos con su nombre, participemos después de su eterna recompensa.

Oración:

Oh Dios, que nos concedes la gracia de celebrar el nacimiento para el cielo de los gloriosos mártires Víctor y sus compañeros, concédenos también la de gozar de tu eterna bienaventuranza en su santa compañía. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 

lunes, 20 de julio de 2026

LA VIDA Y MILAGROS DE GUILLERMO DE NORWICH (1144)

Fragmentos del libro del monje medieval Thomas de Monmouth sobre algunos milagros ocurridos ante la tumba de San Guillermo de Norwich.



Introducción

Durante la Semana Santa del año 1144, Guillermo, un aprendiz de peletero de doce años, fue hallado muerto en Thorpe Wood, Norwich, una ciudad de Anglia Oriental. Según su biógrafo, Thomas de Monmouth (fallecido hacia 1173), el niño había sido torturado y crucificado ritualmente por judíos locales. 

En este libro, la muerte de Guillermo de Norwich no es el tema principal, sino algunos registros contemporáneos de los 110 milagros relatados en siete libros, ochenta de ellos relacionados con discapacidades físicas y mentales.

A continuación se presentan diez ejemplos representativos. La mayoría de estos peregrinos con discapacidades fueron llevados a la tumba de Guillermo por sus amigos y familiares (Libros III.vii, V.xiii, V.xvi, VI.v, VI.viii, VII.iii y VII.xiv), mientras que otros viajaron al santuario por su cuenta, tanto con ayuda (Libro VI.xi) como sin ella (Libro VII.vi). Por ejemplo, Gilliva (ciega) era guiada por una cuerda sostenida por su sobrino en el Libro VI.viii, y Agnes (que padecía de gota) era llevada a la tumba en brazos de su madre en el Libro VII.xiv. La mayoría de los milagros atribuidos a Guillermo tuvieron lugar en su tumba. En un caso, el cáncer de una mujer se curó gracias a la intervención de Guillermo en su casa, pero el cáncer reapareció cuando ella no llevó una ofrenda votiva a la tumba; al hacer la ofrenda en el santuario, se curó por segunda vez (Libro VII.vi). Estos ejemplos revelan que las personas con discapacidad no estaban marginadas de la sociedad en la Edad Media, incluso si deseaban curarse de sus dolencias. Al contrario, eran amadas y cuidadas por sus familias, amigos y vecinos. Estas sólidas redes de apoyo permitieron a las personas con discapacidad recorrer, a veces distancias considerables, en busca de una cura para diversas enfermedades.


Book III.vii

Acerca de cierta mujer curada de una larga enfermedad. 

Claricia, esposa de Gaufridus de Marc y sobrina de los hermanos Gerold, llegó al sepulcro del bienaventurado mártir buscando un remedio muy anhelado para su dolencia. Esta señora había estado sufriendo durante algunos años de dolor en las piernas y las rodillas, y ningún médico había podido curarla, a pesar de haber gastado mucho en ellos. Pero llegando a este venerable sepulcro por medio de quienes la guiaron hasta allí, o más bien guiada por su fe, permaneció allí un momento y ofreció una oración, y luego, doblando las rodillas todo lo que pudo, las apoyó desnudas sobre la piedra. E inmediatamente al contacto con ella, el mencionado dolor en sus miembros comenzó a disminuir, de modo que sintió que la salud perdida hacía tiempo se extendía por sus extremidades. Así sucedió que aquella que llegó con su cuerpo débil de la mano de otros, cuando la medicina celestial hizo su efecto, regresó sana y salva sin necesidad del apoyo de ningún hombre.

Book III.ix

Acerca del niño que, estando al borde de la muerte, fue curado por los méritos de San Guillermo.

En aquellos días, el hijo pequeño de Radulfus, sobrino del prior Elías, estaba gravemente enfermo y su última hora se acercaba. Por ello, se aconsejó a sus padres que hicieran con la mayor celeridad una vela del tamaño del niño y que, una vez hecha, la ofrecieran a San Guillermo por la recuperación de su hijo, asegurándoles que sin duda lo recibirían sano y salvo. Así pues, siguiendo el consejo recibido, enseguida se hizo la vela, y el padre la llevó en sus propias manos y la ofreció como ofrenda votiva en la tumba del santo mártir. Al regresar, el padre se alegró al encontrar a su hijo sano y salvo, a quien poco tiempo antes habían dado por muerto.

Book V.xiii

De la curación de un segundo loco.

También vi a otro hombre poseído, sanado en la tumba de San Guillermo por la piedad divina en la semana de Pentecostés. Era hijo de Richard de Needham, y su madre se llamaba Silverun; y un día fue apresado por un demonio y comenzó a comportarse con tanta rudeza que siete hombres apenas pudieron encadenarlo. Permaneció en este estado, atado, durante seis días, sin comer nada, y el sueño lo abandonó por completo. Así atado, sus padres finalmente lo pudieron llevar a la tumba mencionada con frecuencia; y al acercarse, de repente gritó con una voz terrible y dijo: "¿Qué quieres de mí? ¿Adónde me llevas? ¡No iré allí! ¡No iré allí!". Pero como lo arrastraban allí con cierta violencia, rompió sus ataduras, no por su fuerza sino por la del espíritu maligno, y atacando a su madre, la arrojó al suelo y le clavó los dientes en la garganta. Y ciertamente la habría matado si la gente no hubiera corrido a rescatarla. Luego, rechinando los dientes y mirando ferozmente a los que estaban allí, maltrataba terriblemente a todos los que podía alcanzar. Se reunió una multitud; Lo apresaron salvajemente y lo ataron, y con las manos y los pies atados juntos, lo dejaron, quisiera o no, junto al santo sepulcro. Tan pronto como tocó el lugar sagrado, es maravilloso decirlo, ni con la voz ni con la mirada mostró la menor muestra de locura. Después de una hora, gentil y mansamente pidió que lo soltaran, y uno de los siervos de la Iglesia lo desató. A partir de entonces se comportó tan tranquila y mansamente como si no hubiera sufrido ningún toque de locura. Al poco tiempo le sobrevino el sueño, y el que hacía muchos días que no dormía nada, como dije, pudo descansar.

Al despertar, después de llevaba muchos días sin comer, dijo que tenía muchísima hambre. Le trajeron comida, comió y bebió, y regresó a casa con sus padres y amigos, sano y salvo, rebosante de alegría.

Book V.xvi

De una niña encorvada y muda que fue sanada.

El Jueves Santo de ese mismo año, que los cristianos llaman el día de la absolución, mientras el obispo Guillermo celebraba la Misa, llegó una mujer a la tumba de San Guillermo con su hija de siete años, encorvada y muda. La madre la dejó junto a la tumba a la vista de muchos, y después de rezar con lágrimas, se sentó junto a Godiva, esposa de Sibaldo, hijo de Brunstán, que también estaba allí sentada. Al poco rato, la niña se quedó dormida. Entonces, al parecer, alguien había dejado un huevo sobre la tumba. La niña, que nunca había podido hablar ni caminar, se levantó ante la vista de Godiva, tomó el huevo, se volvió hacia su madre y le dijo en inglés: “¡Mira, madre! ¡Tengo un huevo!”. La madre, al ver a su hija hablar y caminar, rompió a llorar de alegría. Y, ahora, segura de que su hija estaba curada, proclamó públicamente ante los presentes los grandes beneficios que la misericordia de Dios le había concedido por los méritos de San Guillermo. Corrí hacia allí e indagué diligentemente sobre los hechos, y Godiva y muchos otros me informaron de inmediato que conocían bien a la mujer y que habían visto anteriormente a la niña deforme y muda.

Book VI.v

De un segundo hombre extraordinariamente loco que recuperó la salud.

En otra ocasión, vimos también a un segundo hombre fuera de sí, furioso y aterrorizado ante la tumba del bienaventurado mártir: se llamaba Robert, de la parroquia de San Miguel Conisford en Norwich. Sufría ataques de locura a intervalos irregulares y, por consiguiente, había acudido con su madre a San Guillermo con la esperanza de curarse. Al llegar a la iglesia, comenzó a comportarse violentamente. Su madre, entre lágrimas, logró convencerlo de que entrara y lo presentó ante la tumba del mártir. Pero tras permanecer un rato en silencio junto a su madre, que rezaba ante una gran multitud de espectadores de ambos sexos, de repente comenzó a temblar como si fuera a derrumbarse por completo; y sufrió un dolor indescriptible. Sus ojos brillaban con furia; emitía sonidos espantosos. La misma boca profería toda clase de sonidos: olvidando su humanidad, se arrancó la ropa y se desnudó; incapaz de controlarse, ejerció una fuerza descomunal. La multitud de espectadores estaba aterrorizada; todos estaban asombrados, algunos lloraban, otros oraban por la recuperación del enfermo. ¿Y qué más? Por la intervención, según creemos, de las oraciones del santo mártir, la misericordia de Dios se posó sobre el hombre, expulsó la locura de su espíritu desbocado y le concedió la cordura para el futuro. La gente, llena de asombro ante el milagro, proclamó que el poder divino era maravilloso en su santo Guillermo y regresó a sus hogares con alegría.

Book VI.viii

De una mujer ciega que recuperó la vista.

Casi al mismo tiempo, en Lynn, en la parroquia de San Edmundo, vivía una mujer llamada Gilliva, hija de Burcard, un carpintero. Perdió la vista en un accidente y sufrió ceguera durante tres años. Para colmo de su desgracia, padecía tales dolores y angustia en los párpados que durante todo ese tiempo sus pestañas permanecieron cerradas, como pegadas, y nunca pudo abrirlas. Al cabo de tres años, decidió buscar consuelo en la tumba del bienaventurado mártir Guillermo, su único refugio; y lo hizo con mayor confianza al saber que otros afligidos de manera similar se habían curado en su tumba. Su joven sobrino le puso un hilo en la mano y se adelantó para guiarla, y así llegó a Norwich y a San Guillermo. De pie ante el altar, comenzó a rezar, y apenas había terminado una parte de su oración cuando la interrumpió un repentino e instantáneo ataque de dolor. Su cabeza dio vueltas, sus ojos se llenaron de un vapor ardiente; se arañó la frente y las mejillas con las uñas, y cayendo al suelo agonizando, rodó por el pavimento como una loca, llenando la iglesia con gritos fuertes y aterradores. Sin embargo, en medio de su dolor, exclamó con tales exclamaciones: “¡Oh, muchacho bondadoso y mártir Guillermo, ten piedad de mí! ¡Muchos son aquellos de quienes tienes misericordia!”. Una gran multitud se congregó rápidamente, que ese día había llegado a la iglesia en procesión. Todos se compadecieron de su aguda agonía; y, movidos por la compasión, derramaron oraciones y lágrimas. Hombres y mujeres lloraron, rezaron y gritaron por igual ante la lastimera escena. ¿Pues qué corazón podría haber sido tan insensible como para contemplar esto y abstenerse de derramar lágrimas? Finalmente, tras esta larga tortura, ante la mirada de la misericordia divina, por la intervención, como creemos sinceramente, de los méritos del bienaventurado mártir, el dolor comenzó a disminuir lentamente. Entonces la mujer, sintiendo que la medicina celestial estaba en camino, se levantó y, alzando las manos al cielo, abrió aquellos párpados que antes habían estado cerrados y que no podía abrir ni por un instante, por el dolor que le causaban. Al instante, un rayo, como podría llamarlo, de sangre brotó de cada ojo, y con ello la larga noche de ceguera se desvaneció como al amanecer de una nueva luz. Ella, que durante mucho tiempo no había visto y había anhelado la luz, ahora veía; y con alegría dijo: “Ahora a Ti, oh Dios Altísimo, creador y redentor de todas las cosas, y a Ti también, Guillermo, santísimo mártir de Dios, te doy las gracias y alabanzas que te debo, porque ahora recibo de nuevo descanso después de tan gran dolor, y la vista después de tres años de ceguera”. Con estas palabras se limpió la sangre de los ojos y se acercó a la tumba del santo mártir. Oró y ofreció una vela que había traído consigo, y, volviéndose hacia la gente, proclamó que había recuperado la vista. Los presentes se maravillaron; Su tristeza se transformó en alegría, y todos unieron sus voces para ensalzar el glorioso y evidente poder del bienaventurado mártir Guillermo, para alabanza de Dios.

Book VI.xi

Sobre la curación de cierta mujer que estaba increíblemente encorvada.

Había entonces una mujer llamada Matilde, a quien una lamentable debilidad aquejaba desde su más tierna infancia. Desde entonces, de hecho, su cuerpo era tan débil que, debido a la curvatura de su columna, se encorvaba por completo, con las piernas torcidas y las rodillas pegadas una contra la otra. Como consecuencia, cuando quería ir de un lugar a otro, tenía que apoyarse en un bastón para sostener sus débiles miembros y, a veces, lograba avanzar un poco, y otras veces ni siquiera eso podía. Pedro, el sacerdote de Langham, una aldea del obispo, la había acogido durante mucho tiempo por caridad, proporcionándole comida y ropa. Si alguna vez deseaba visitar algún santuario para recuperar la salud, él la hacía llevar allí arropada como un saco sobre un caballo. Pero siempre la devolvían igual que había entrado, y sus esfuerzos no daban ningún resultado. Cuando la fama de la gran virtud de San Guillermo se extendió, ella concibió la esperanza de curarse por medio de él, y con entusiasmo nacido de la confianza, tomó su bastón y partió hacia Norwich. Sus pasos eran impulsados ​​más por las fervientes emociones de su mente que por la ayuda material de sus pies, y confiaba menos en su propia fuerza que en el bastón que la sostenía. Cada paso era apenas de la longitud de un dedo, y había una considerable demora entre ellos, de modo que quien observara su progreso la juzgaría más lenta que una tortuga. El resultado fue que, aunque partió el duodécimo día antes de Cuaresma, llegó a Norwich en la cuarta semana después de Pascua. En el momento de entrar en la catedral, sintió que las plantas de sus pies le pinchaban como si fueran espinas; pero cuando se detuvo ante la tumba del glorioso mártir, y apoyando sus débiles miembros en su bastón, alzó las manos en oración y derramó toda su alma ante Dios, en medio de su oración fue interrumpida por un repentino ataque de dolor. La angustia aumentó, y ella rodó por el suelo, golpeándolo con la cabeza, los hombros, los pies y las manos, y llenó la iglesia de gritos, comportándose de una manera lamentable. ¿Quién, me pregunto, sería tan insensible como para quedarse mirando esto y contener las lágrimas? Finalmente, después de todo este angustioso contorsionismo, la violencia del dolor disminuyó, como se calma el mar embravecido cuando amainan los vientos furiosos. Así que la mujer, poco después, se levantó, y como aún se encontraba débil, se dirigió a la reja, y la recorrió aferrándose a los pilares, y así llegó finalmente a la tumba del bienaventurado mártir. Allí, en oración y acción de gracias, pasó buena parte del día; y luego se volvió hacia la multitud de espectadores y testificó valientemente las grandes cosas que se habían hecho por ella por los méritos de San Guillermo. Pero, dado que una persona incrédula y sin fe tendía a atribuir la curación a la astucia en lugar de a un milagro, juró que no abandonaría Norwich hasta que llegara su mencionado Don Pedro de Langham y, dando testimonio de la verdad, pusiera fin a las largas alegaciones de incredulidad. Y así fue; pues esperó la llegada de Pedro, y él, al llegar, dio testimonio de la verdad.

Book VII.iii

De un clérigo loco sanado.

Vi también a un tal Robert, un clérigo, hijo de William de Crachesford, que estaba perturbado y demente, siendo llevado a la tumba del bienaventurado mártir por varias personas. Tras pasar la noche allí tranquilamente con sus amigos, al amanecer lo venció el sueño y, al despertar alrededor de la tercera hora, sintió que su locura y el dolor en sus miembros habían desaparecido. Sus amigos se alegraron y dieron gracias al santo mártir por su recuperación, y los presentes también se regocijaron ante tan grande y repentino milagro, pues vieron marcharse cuerdo a quien había llegado loco.

Book VII.vi

De una mujer curada dos veces de cáncer.

En la misma aldea del obispo vivía una mujer cuyo nombre he olvidado, que sufría terriblemente de cáncer de pecho. Le supuraba mucho y padecía de esta enfermedad. La aquejó durante mucho tiempo y no recibió ayuda de los médicos; así que, desesperada por no obtener ayuda humana, se encomendó a Dios. Tomó una vela, la ablandó al fuego y, en nombre del santo mártir Guillermo, se la aplicó en el pecho, dejándola allí un tiempo, mientras rezaba y hacía votos con lágrimas al mencionado mártir. Sorprendentemente, el dolor disminuyó de inmediato y la enfermedad, que avanzaba sigilosamente, dejó de molestarla, y la secreción también cesó. Pero como día tras día posponía la presentación de una vela a San Guillermo en Norwich, según su voto, la enfermedad volvió a atacar su pecho con más violencia que antes. Por lo tanto, conjeturó que el bienaventurado mártir sintió que su pecado, al romper su voto, debía ser expiado con un castigo severo, y que debía recordar cumplir su voto mediante la aflicción de un segundo ataque de su enfermedad. Entonces, reconociendo su falta, tomó una vela y se la aplicó una vez más en el pecho, y en poco tiempo, recuperó la salud perdida. Se volvió más cuidadosa para el futuro y se apresuró a ir a Norwich, donde ofreció una vela en la tumba del santo mártir, cumplió su voto y regresó a casa llena de alegría.

Book VII.xiv

De una criada curada de gota.

En Norwich vivía una criada de ocho años llamada Agnes, cuyo padre era Bondo, de apellido Hoc, y su madre, Gunnilda. Desde su nacimiento, sufría gravemente de gota en manos y pies, siendo incapaz de incorporarse o incluso de girarse de un lado a otro sin ayuda. Para colmo, tenía los tendones del cuello contraídos y la mejilla izquierda tan firmemente adherida al hombro izquierdo que se veían incrustadas una en la otra; el cuello no se podía doblar en ninguna dirección sin doblar también el hombro. Por lo tanto, padecía todas estas aflicciones: no podía caminar con sus pies gotosos, ni tocar nada con sus manos contraídas, mientras que la adhesión de su cabeza al hombro la privaba de la capacidad habitual de ver, mantenerse en pie, girar, incluso comer: pues cuando tenía que tomar comida, se la cortaban en el suelo o en una bandeja, y ella se acostaba y comía como una bestia, capaz solo de comer lo que su lengua o sus dientes alcanzaban. En este estado de absoluta indefensión, otros la giraban, la levantaban y la movían. Esta pobre criatura fue llevada en brazos de su madre a la tumba del santo mártir Guillermo a la hora de las maitines del segundo domingo de Cuaresma, y, en presencia de la multitud que se congregó en mayor número de lo habitual ese día, por la intercesión de los méritos del santo, obtuvo inmediatamente alivio y curación. Por lo tanto, debemos considerar cuán grande y misericordioso es el poder de los santos, ya que puede, inmediatamente después de su llegada, devolver sanos y salvos a aquellos que carecen de toda fuerza.


Nota final:

El texto proviene de Thomas de Monmouth, The Life and Miracles of St. William of Norwich, editado y traducido por Augustus Jessopp y M.R. James (Cambridge University Press, 1896). El texto original está en latín y se conserva en el manuscrito Additional 3037 de la Biblioteca de la Universidad de Cambridge. 
 

CUARTO MEDIO PARA ALCANZAR LA SABIDURIA (Último Capítulo)

Finalizamos con la publicación del último capítulo del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO DECIMOSEPTIMO 

CUARTO MEDIO PARA ALCANZAR LA SABIDURIA:

UNA VERDADERA Y TIERNA DEVOCION A LA SANTISIMA VIRGEN

Aquí tienes, finalmente, el mejor medio y el secreto más maravilloso para adquirir y conservar la divina Sabiduría: una tierna y verdadera devoción a la Santísima Virgen (1).

1 - TE ES NECESARIA UNA VERDADERA DEVOCION A MARIA

Nadie, fuera de María, encontró gracia delante de Dios para sí misma y para toda la humanidad; nadie sino Ella tuvo el poder de encarnar y dar a luz a la Sabiduría Eterna; y nadie, fuera de ella, puede, aun hoy -por decirlo así-, encarnarlo en los predestinados gracias a la operación del Espíritu Santo (2).

Los patriarcas, los profetas y los santos del Antiguo Testamento gimieron, suspiraron e imploraron la encarnación de la Sabiduría Eterna, pero ninguno pudo merecerla (3). Sólo María, por la sublimidad de sus virtudes, fue encontrada digna de subir hasta el trono de la divinidad y merecer ese bien infinito (4). Vino a ser Madre, Señora y Trono de la divina Sabiduría.

María es la dignísima Madre de la Sabiduría, porque la encarnó y dio a luz como fruto de sus entrañas: Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (5).

Por ello podemos afirmar con toda verdad que en todo lugar donde esté Jesús-en el Cielo, en la tierra, en los sagrarios o en los corazones- es fruto y obra de María y que sólo María es el árbol de vida, y Jesús su único fruto.

Por consiguiente, quien desee este fruto maravilloso en el corazón, debe poseer el árbol que lo produce. ¡Si deseas tener a Jesús, debes tener a María! (6).

María es Señora de la Sabiduría. No porque sea superior o igual a la Sabiduría, que es verdadero Dios. Blasfemo sería pensarlo o decirlo. Sino porque Dios Hijo, la Sabiduría encarnada, se ha sometido perfectamente a María, su Madre; porque El le ha otorgado un incomprensible poder maternal y natural sobre sí mismo, no solamente durante la vida terrena, sino también en el Cielo, ya que la gloria no destruye a la naturaleza, sino que la perfecciona. De suerte que Jesús es en el Cielo, más que nunca, Hijo de María, y María, Madre de Jesús (7). Y en cuanto tal, María tiene autoridad sobre El. Y El, en cierto modo, le está sometido, porque así lo quiere. Esto significa que María, por su plegaria poderosa y su divina maternidad, obtiene de Jesús todo cuanto quiere, lo comunica a quien quiere y lo produce cada día en quien Ella quiere (8).

¡Oh! ¡Qué dichoso es quien se ha granjeado la benevolencia de María! Puede estar seguro de poseer muy pronto la Sabiduría. Porque María, que ama a los que la aman (9), le comunica sus dones a manos llenas, especialmente el que encierra a todos los demás: Jesús, fruto de su vientre.

Si podemos decir con toda verdad que, en cierto sentido, María es Señora de la Sabiduría encarnada, ¿qué diremos de su poder sobre las gracias y dones de Dios y de la libertad de que goza para distribuirlos a quien le plazca? Dicen los santos Padres que María es el océano inmenso de todas las gracias de Dios, el magnífico almacén de sus bondades, el tesoro inagotable del Señor y la tesorera y distribuidora de todos sus dones (10).

Habiéndole dado su propio Hijo, el Padre quiere -al mismo tiempo- que lo recibamos todo de Ella, y no desciende a la tierra don celestial alguno, que no pase por sus manos como por un canal.

Todo lo hemos recibido de su plenitud. Y si hay en nosotros alguna gracia, alguna esperanza de salvación, es don de Dios que nos llega por María. Tan dueña es Ella de los bienes de Dios, que da a quien quiere, cuanto quiere, cuando quiere y como quiere todas las gracias de Dios, todas las virtudes de Jesucristo y todos los dones del Espíritu Santo, todos los bienes de la naturaleza, de la gracia y de la gloria. Son éstos, pensamientos y expresiones de los Santos Padres, cuyos textos latinos no transcribo para abreviar (11).

Pero sean cuales fueren los dones que nos otorgue nuestra soberana y amable Princesa, Ella no se da por satisfecha hasta darnos la Sabiduría Encarnada, su Hijo Jesús, y vive buscando personas dignas de la Sabiduría (12) para comunicársela.

María es, además, el Trono regio de la Sabiduría eterna. En quien la Sabiduría manifiesta sus grandezas, ostenta sus tesoros y encuentra sus delicias. Y no hay otro lugar en el Cielo y en la tierra donde la Sabiduría Eterna derroche tanta magnificencia y se complazca tanto, como en la incomparable María.

Por ello, los Santos Padres (13) la definen como santuario de la divinidad, descanso y complacencia de la Santísima Trinidad, trono de Dios, ciudad de Dios, altar de Dios, templo de Dios, mundo y paraíso de Dios. Epítetos y alabanzas que resultan verdaderas en relación con las múltiples maravillas que el Altísimo ha realizado en María.

Es así como sólo por María podrás obtener la Sabiduría. Pero, si llegamos a recibir un don tan sublime como el de la sabiduría, ¿dónde lo colocaremos? ¿Qué casa, qué lugar, qué trono ofreceremos a una Reina tan pura y resplandeciente, ante la cual los rayos del sol no son sino fango y tinieblas? Quizás respondas que la Sabiduría sólo busca nuestro corazón, y que basta ofrecérselo y colocarla en él.

¿Ignoras, quizás, que nuestro corazón está manchado e impuro, es carnal y está lleno de múltiples pasiones, y, por lo tanto, es indigno de hospedar a tan santo y noble huésped? (14). Y, aun cuando tuviéramos cien mil corazones como el nuestro y se los ofreciéramos para que le sirvan de trono, con todo derecho podría despreciar nuestro ofrecimiento, permanecer sorda a nuestras solicitudes, acusarnos de temeridad e insolencia por pretender alojarla en lugar tan infecto e indigno de su majestad (15).

¿Qué hacer, pues, para que nuestro corazón sea digno de la Sabiduría? Aquí está el gran consejo, el secreto admirable: ¡Introduzcamos -por decirlo así- a María en nuestra casa (16), consagrándonos a Ella como servidores y esclavos suyos! ¡Desprendámonos, en sus manos y en honor suyo, de todo cuanto más amamos, sin reservarnos nada! Y esta bondadosa Señora, que jamás se deja vencer en generosidad, se dará a nosotros de manera incomprensible, pero real. Entonces, la Sabiduría Eterna vendrá a morar en Ella, como en su trono más glorioso.

María es el imán sagrado que dondequiera que esté atrae tan fuertemente a la Sabiduría Eterna, que ésta no puede resistir. Es el imán que la atrajo a la tierra para los hombres, y la sigue atrayendo todos los días a cada una de las personas en que Ella mora. Si logramos tener a María en nosotros, fácilmente y en poco tiempo, gracias a su intercesión, alcanzaremos también la divina Sabiduría.

Entre todos los medios que existen para poseer a Jesucristo, María es el más seguro, fácil, corto y santo. Aunque hiciéramos las más espantosas penitencias, emprendiéramos los viajes más penosos y los trabajos más pesados; aun cuando derramáramos nuestra sangre para adquirir la divina Sabiduría, si nuestros esfuerzos no están acompañados de la intercesión de la Santísima Virgen y de la devoción a Ella, serán poco menos que incapaces e inútiles para alcanzarla. Pero si María pronuncia una palabra en favor nuestro, si su amor mora en nosotros, si nos hallamos marcados con el sello de los fieles servidores que observan sus caminos, pronto y sin fatiga obtendremos la divina Sabiduría.

Observa que María no es solamente la Madre de Jesús, Cabeza de los elegidos, sino también la Madre de todos sus miembros; de hecho, Ella los engendra, los lleva en su seno y los hace nacer a la gloria, mediante la gracia de Dios que Ella les comunica.

Esta doctrina pertenece a los Santos Padres -entre otros, a San Agustín-, quien dice que los elegidos moran en el seno de María y que Ella los da a luz cuando entran en la gloria (17).

Además, solamente a María ha dicho Dios que habite en Jacob, tome por herencia a Israel y arraigue en los elegidos y predestinados (18).

De estas verdades debemos deducir que:

1) en vano nos gloriamos de ser hijos de Dios y discípulos de la Sabiduría, si no somos hijos de María;

2) para entrar en el número de los elegidos es necesario que María habite y arraigue en nosotros, por medio de una tierna y sincera devoción hacia Ella;

3) oficio de María es engendrar en nosotros a Jesucristo, y a nosotros en El, hasta la perfección y madurez totales (19), de suerte que puede decir de sí misma, con mayor verdad que San Pablo: Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto hasta que Cristo tome forma en ustedes (20).

2 - EN QUE CONSISTE LA VERDADERA DEVOCION A MARIA

Deseoso de hacerte devoto de la Santísima Virgen, quizás me preguntes en qué consiste la verdadera devoción a Ella.

Te respondo en dos palabras: consiste en un gran aprecio de sus grandezas, en un reconocimiento sincero de sus beneficios, en un celo inmenso por su gloria, en una invocación continua de su ayuda, en una total dependencia de su autoridad, en una firme y tierna confianza en su bondad maternal (21).

Cuídate mucho de las falsas devociones a la Santísima Virgen. De ellas se sirve el demonio para engañar y llevar a la condenación a muchas almas. No me detengo a describirlas. Me contentaré con afirmar que la verdadera devoción a la Santísima Virgen es siempre interior, sin hipocresía ni superstición; tierna, sin indiferencia ni escrúpulos; constante, sin alteraciones ni infidelidad; santa, sin presunción ni desorden.

Cuidado, pues, con pertenecer:

- al número de los devotos hipócritas, que hacen consistir su devoción únicamente en las palabras y en lo exterior;

- al número de los devotos críticos y escrupulosos, que temen honrar demasiado a la Santísima Virgen y deshonrar al Hijo al honrar a la Madre;

- al número de los devotos indiferentes e interesados, que no tienen amor tierno a la Santísima Virgen y filial confianza en Ella y sólo recurren a María para obtener o conservar bienes temporales;

- a los devotos inconstantes y superficiales, que son devotos de la Santísima Virgen sólo a su capricho y a intervalos y abandonan su servicio cuando llega la tentación;

- ni, finalmente, a los devotos presuntuosos, que, bajo el velo de algunas devociones exteriores, esconden un corazón corrompido por el pecado y se hacen la ilusión de que, gracias a estas prácticas de devoción a la Santísima Virgen, no morirán sin confesión y se salvarán, por más pecados que cometan.

No descuides alistarte en las cofradías de la Santísima Virgen, especialmente en la del Santísimo Rosario, cumpliendo los compromisos que conllevan, y que son muy eficaces para la salvación.

Pero la más perfecta y útil de todas las devociones a la Santísima Virgen es la de consagrarte totalmente a Ella -y a Jesucristo por medio de Ella- en calidad de esclavos, haciéndole entrega total y perpetua del propio cuerpo, alma, bienes interiores y exteriores, satisfacciones y méritos de las buenas obras, y del derecho de disponer de ellas y, en fin, de todos los bienes recibidos en el pasado, de los que posees en el presente y poseerás en el futuro.

Dado que son muchos los libros que tratan de esta devoción, básteme afirmar que no he encontrado jamás una práctica de devoción a la Santísima Virgen más sólida que ésta -porque se apoya en el ejemplo de Jesucristo-, ni que dé más gloria a Dios, sea más saludable al alma, más terrible a los enemigos de la salvación, más suave y fácil.

Esta devoción, debidamente practicada, no sólo atrae al alma a Jesucristo, la Sabiduría eterna, sino que la mantiene y conserva en ella hasta la muerte. Pues, te pregunto, ¿de qué nos servirá buscar mil secretos y gastar mil esfuerzos para alcanzar el tesoro de la Sabiduría si, después de recibirlo, tenemos la desgracia de perderlo por nuestra infidelidad, como le sucedió a Salomón? El era tan sabio como quizás nosotros no llegaremos a serlo jamás. Era, por consiguiente, más fuerte e iluminado. Y, sin embargo, fue engañado y vencido y cayó en el pecado y la locura, dejando a sus sucesores doblemente asombrados: ante sus luces y sus tinieblas, ante su sabiduría y la insensatez de sus pecados. Si su ejemplo y sus escritos animaron a todos sus descendientes a desear y buscar la Sabiduría, podemos decir que su caída, o la duda bien fundada que de ella tenemos, ha retraído a una multitud de personas de buscar una realidad tan hermosa en verdad, pero tan fácil de perder.

Para ser, pues -en cierta forma-, más sabios que Salomón, coloquemos en manos de María cuanto poseemos y el mismo tesoro de los tesoros que es Jesucristo, con el fin de que Ella nos lo conserve. Somos vasos demasiado frágiles; no pongamos en ellos tan precioso tesoro ni este celestial maná. Muchos enemigos nos rodean y son demasiado astutos y experimentados; no confiemos en nuestra prudencia ni en nuestra fuerza. La dolorosa experiencia que tenemos ya de nuestra inconstancia y natural ligereza, nos obligan a desconfiar de nuestra prudencia y fervor.

María es prudente; pongámoslo todo en sus manos. Ella sabrá disponer de nosotros y de cuanto nos pertenece para mayor gloria de Dios.

María es caritativa; nos ama como a hijos y servidores suyos. Ofrezcámosle todo. No perderemos nada, ya que todo lo hará redundar en provecho nuestro.

María es generosa; devuelve más de lo que se le confía. Démosle cuanto poseemos sin reserva alguna y recibiremos el ciento por uno: por cien huevos, un buey, según reza el refrán.

María es poderosa; nadie puede arrebatarle lo que se le ha confiado en depósito. Pongámonos en sus manos, que Ella nos defenderá y nos hará triunfar sobre nuestros enemigos.

María es fiel; no deja perder ni extraviar lo que se le confía. Es la Virgen fiel por excelencia a Dios y a los hombres. Conservó cuanto Dios le había confiado, sin perder ni una partícula, y sigue conservando con particular esmero a quienes se colocan bajo su protección y cuidado.

Confiémoslo, pues, todo a su fidelidad. Agarrémonos a Ella como a una columna que nadie puede derribar, como a un áncora que nadie puede arrancar o, mejor, como a la montaña de Sion, a la que nadie puede conmover (22). Por muy ciegos, débiles e inconstantes que seamos por naturaleza y por muy numerosos y malignos que sean nuestros enemigos, jamás seremos engañados, ni nos extraviaremos, ni tendremos la desdicha de perder la gracia de Dios y el infinito tesoro de la Sabiduría eterna.

CONSAGRACIÓN de sí mismo a Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, por medio de María (23).

¡Oh Sabiduría Eterna y Encarnada, oh amabilísimo y adorable Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo único del Padre eterno y de María, siempre Virgen!

Te adoro profundamente en el seno y esplendores del Padre, durante la eternidad, y en el seno virginal de María, tu dignísima Madre, en el tiempo de la encarnación.

Te doy gracias por haberte anonadado, tomando forma de esclavo (24) para liberarme de la cruel esclavitud del demonio.

Te alabo y glorifico por haberte sometido libremente y en todo a María, tu Madre santísima, para hacerme por Ella tu esclavo fiel.

Pero, ¡ay! Ingrato e infiel como soy, no he cumplido contigo los votos y promesas que tan solemnemente te hice en el bautismo, no he cumplido mis obligaciones ni merezco llamarme hijo ni esclavo tuyo.

Y no habiendo en mí nada que no merezca tu cólera y rechazo, no me atrevo a acercarme por mí mismo a tu santísima y augusta Majestad.

Por ello, acudo a la intercesión y misericordia de tu santísima Madre. Tú me la has dado como Mediadora ante ti. Yo espero alcanzar de ti, por mediación suya, la contrición y el perdón de mis pecados y la adquisición y conservación de la Sabiduría.

Te saludo, pues, ¡oh María inmaculada!, tabernáculo viviente de la divinidad, en donde la Sabiduría Eterna, escondida, quiere ser adorada por ángeles y hombres.

Te saludo, ¡oh Reina del Cielo y de la tierra! A tu imperio está sometido cuanto hay debajo de Dios.

Te saludo, ¡oh Refugio seguro de los pecadores!; todos experimentan tu gran misericordia.

Atiende mis deseos de alcanzar la divina Sabiduría, y recibe para ello los votos y ofrendas que en mi bajeza te vengo a presentar.

Yo, N.N., pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en tus manos los votos de mi bautismo; renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me consagro totalmente a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida y a fin de serle más fiel de lo que he sido hasta ahora.

Te escojo hoy, en presencia de toda la corte celestial, por mi Madre y Señora; Te entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y hasta el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras.

Dispón de mí y de cuanto me pertenece, sin excepción, según tu voluntad, para la mayor gloria de Dios en el tiempo y la eternidad.

Recibe, ¡oh Virgen benignísima!, esta humilde ofrenda de mi esclavitud; en honor y unión de la sumisión que la Sabiduría Eterna ha querido tener para con tu maternidad; en honor del poder que ambos tenéis sobre este gusanillo y miserable pecador, y en acción de gracias por los privilegios con los que la Santísima Trinidad ha querido favorecerte.

Protesto que de hoy en adelante quiero, como verdadero esclavo tuyo, buscar tu honor y obedecerte en todo.

¡Oh Madre admirable! Preséntame a tu querido Hijo, en calidad de eterno esclavo, a fin de que, habiéndome rescatado por tu mediación, me reciba ahora de tu mano.

¡Oh Madre de misericordia! Alcánzame la verdadera Sabiduría de Dios, colocándome para ello entre aquellos a quienes amas, enseñas, diriges, nutres y proteges, como a tus verdaderos hijos y esclavos.

¡Oh Virgen fiel! Haz que yo sea en todo tan perfecto discípulo, imitador y esclavo de la Sabiduría encarnada, Jesucristo, tu Hijo, que logre llegar, por tu intercesión y a ejemplo tuyo, a la plenitud de su edad sobre la tierra y de su gloria en el Cielo. Amén.

El que pueda con eso, que lo haga (25).

Quien sea sabio, que lo entienda,

quien sea inteligente, que lo comprenda (26).

FIN DEL LIBRO “EL AMOR DE LA SABIDURÍA ETERNA”


Notas:

1) Condensa aquí San Luis María la doctrina que más ampliamente expondrá en El Secreto de María y en el Tratado de la Verdadera Devoción

2) Ver Lc 1,35.

3) Ver ASE 104.

4) San Gregorio Magno, In librum primum Regum expositio I, c 1, n 5: PL 79,25; San Bernardo, Sermo de aquaeductu, PL 183,441.

5) Lc 1,42; ver VD 33.44.77.164.218.249.261.

6) "Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos". (Pablo VI, 24-3 1970.)

7) VD 27.39.164.165.

8) VD 17.27-28.

9) Ver Pr 8,17.

10) Ver SM 9-14; VD 23-26.

11) VD 26.

12) Sb 6,16.

13) VD 262 y nota.

14) SM 72-74; VD 79.81.213.245.

15) Recuérdese lo dicho en Jn 15,5 y GS 13. La afirmación del P. de Montfort no quiere contradecir en forma alguna lo que sabemos sobre la dignidad de la persona humana (Ver DH 1).

16) Jn 19,27.

17) Ver VD 30-33 y notas.

18) Ver SM 15; VD 29-36.

19) Ver Ef 4,13.

20) Gal 4,19; ver SM 16-17; VD 33.218.

21) SM 25; VD 115-118.

22) Ver Sl 125(124),1; 46(45),6.

23) Existen contactos entre esta Consagración y las del Jesuita P. Nepveu ("Exercices intérieurs").

24) Filp 2,7.

25) Mt 19,12.

26) Os 14,10