jueves, 11 de junio de 2026

GRANDES REBAJAS DEL CRISTIANISMO: EL PELAGIANISMO ACTUAL (1)

¿Cuáles son los signos actuales del cristianismo pelagiano?

Por el padre José María Iraburu


Ya caractericé esta herejía de Pelagio, formulada a comienzos del siglo V: 

la naturaleza humana está sana, no está profundamente herida por un pecado original, y no necesita estrictamente del auxilio sobre-natural de la gracia de Cristo

Nuestro Señor Jesucristo es por lo tanto para nosotros, causa ejemplar de la salvación, pero no causa eficiente. Optimismo antropológico: querer es poder. Devaluación consecuente de la oración de petición, de la necesidad de los sacramentos, etc. Y recordé también la rápida respuesta de la Iglesia a esta herejía, afirmando la primacía de la gracia y su necesidad continua.

El pelagianismo es una herejía permanente que, al paso de los siglos, se produce en la Iglesia con formulaciones renovadas, que son siempre “los mismos perros con distintos collares”. Algunos de los errores de Abelardo (1079-1142), p. ej., eran de sentido pelagiano (Denzinger 725, 728). Los pelagianos de hoy, aunque no suelen orientar su optimismo antropológico hacia un ascetismo fuerte –como al parecer lo exhortaba Pelagio, monje ascético y riguroso–, mantienen en todo caso las tesis pelagianas fundamentales.

Arrianismo-pelagianismo

También hice notar que arrianismo (Jesús es hombre, no Dios) y pelagianismo (no es necesario el auxilio sobre-natural de la gracia) van juntos. Ya vimos que, según el P. Sobrino, cuando se considera la salvación que ofrece Jesucristo, “no se trata de causalidad eficiente, sino de causalidad ejemplar”. Esa frase es una muestra en la que se comprueba que la cristología arriana lleva necesariamente al pelagianismo. Ambas herejías se exigen mutuamente. Y ambas son una gran rebaja naturalista del cristianismo, muy apta para los cristianos que ya cayeron en la apostasía o que están próximos a ella. Por eso, comprobada ya la vigencia del arrianismo dentro de la Iglesia actual, comprobemos ahora en ella la gran difusión del pelagianismo.

Pelagianismo silencioso

Una advertencia: Los errores arrianos cristológicos, aunque a veces también se manifiestan por silenciamientos significativos –“el P. Galot, en el coloquio [habido con el P. Schillebeeckx en la Congregación de la Fe], mantuvo que en su último libro no había encontrado la afirmación de la divinidad de Jesucristo”–, suelen, sin embargo, ser manifestados por sus autores con cierta claridad, aunque a veces sea cautelosamente (niegan la preexistencia del Verbo, su igualdad con el Padre y el Espíritu Santo, ven en Jesús persona humana, etc.). Por el contrario, los errores pelagianos, presentes normalmente en estos mismos autores, no suelen declararse en formas explícitas, sino silenciando sistemáticamente la incapacidad radical del hombre para salvarse a sí mismo y su necesidad absoluta de la gracia de Cristo Salvador.

Indico, pues, los signos actuales del cristianismo pelagiano.

Pecado original

Hay pelagianismo cuando apenas se predica del pecado original, o cuando se minimiza el deterioro enorme que produce en la misma naturaleza del ser humano. En el ambiente pelagiano suenan muy mal las palabras de Cristo, de San Pablo, de San Agustín, de Trento, sobre los efectos del pecado original. Suenan tan mal, que no suenan: se silencian.

Jesús: “vosotros sois malos” (Mt 12,34; Lc 11,13), “tenéis por padre al diablo, queréis hacer los deseos de vuestro padre” (Jn 8,44), y “yo he venido para que tengáis vida, y vida sobreabundante” (10,10). San Pablo: “todos estábais muertos por vuestros delitos y pecados… pero Dios, rico en misericordia, os dio vida por Cristo: de gracia habéis sido salvados” (Ef 2,1-5; cf. Rm 3,23; Tit 3,3). Trento: caído Adán por el pecado, cae el hombre en la mortalidad, y cae así “cautivo bajo el poder de aquel que tiene el imperio de la muerte [Heb 2,14], es decir, del diablo, y toda la persona de Adán [y su descendencia] fue mudada en peor, según el cuerpo y el alma” (Denz. 1511).

Los pelagianos de hoy esto no se lo creen, porque si lo creyeran lo predicarían. No se lo creen: no admiten que por el pecado original se haya producido una degradación de la misma naturaleza humana y una cautividad bajo el diablo. Explican el pecado original de modos más suaves, por condicionamientos sociales negativos. Si creyeran lo que afirma la fe católica del pecado original y de sus efectos, no pondrían tanta confianza en terapias naturales psico-somáticas, tendrían mucho más cuidado, conscientes de su propia debilidad, con las ocasiones próximas de pecado frecuentes en el mundo; de ningún modo se alejarían de la Eucaristía y de los sacramentos; se entregarían a una vida ascética según el Evangelio; practicarían la oración continua de súplica y de gratitud –Señor, te piedad; gracias, Señor–, y estarían absolutamente convencidos de que fuera del nombre de Jesús “ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el Cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvados” (Hch 4,12).

Adulación del hombre

Si tuvieran fe en el pecado original, es decir, si no fueran pelagianos, no adularían al hombre, no incurrirían en declaraciones imbéciles: “yo creo en el hombre” –o en la juventud, o en la mujer, o en el obrero, o en el pueblo de tal nación, etc.–.

Aunque parezca imposible entre cristianos, uno cree que la clave de la renovación del mundo está en “la juventud”, otro en “la mujer” –el mundo sólo puede salvarse haciéndose más femenino–, otro en “los obreros”… Pero sin Cristo Salvador, todos los hombres estamos destrozados, débiles, enfermos de muerte, cautivos del diablo: todos, los jóvenes y los viejos, los varones y las mujeres, los ricos y los pobres, los socialistas, los conservadores y los centristas. Todos estamos obligados a confesar con San Pablo: “no sé lo que hago… pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero… es el pecado que mora en mí” (Rm 7,14-25). Ninguno tiene remedio sin la gracia de Cristo: “por gracia hemos sido salvados” (Ef 2,5). Por el contrario, el optimismo antropológico de los pelagianos parece algo incurable. El artículo 6º de la Constitución española de Cádiz (1812) establece como “una de las principales obligaciones de todos los españoles el ser justos y benéficos”… La Carta Magna de la nación lo establece –en serio– como la máxima obligación legal.

Moralismo

Hay pelagianismo allí donde la predicación apremia casi exclusivamente la conducta moral de los hombres, pero sin aludir al mismo tiempo a la necesidad de la gracia de Cristo para afirmarse en el bien: “sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Es ciertamente pelagiana la predicación que exhorta a ser laboriosos, solidarios, justos, etc., pero que da siempre por supuesto, al menos en forma implícita, que es suficiente con enseñar el bien y exhortarlo; como si después los hombres, por sí solos, pudieran ser buenos en su vida privada, y también eficaces en la transformación de la sociedad, con tal de que se empeñen en ello. Todo está en quererlo.

Hay pelagianismo cuando el cristianismo cae en el moralismo –y da igual que sea un moralismo del sexto mandamiento o sea de la justicia social; es lo mismo: eso depende solo de las modas ideológicas del siglo–, y deja a un lado los grandes temas de la fe dogmática, la Trinidad, la presencia eucarística, la necesidad de la gracia, etc. En ese planteamiento, la moral individual y social no aparecen como la consecuencia necesaria de vivir en Cristo, en la fe y en la gracia, sino como el motor decisivo de la vida cristiana. Y así, la inhabitación trinitaria, el acceso litúrgico al manantial de la gracia, la Eucaristía, la misma fe, en una palabra, el Misterio, quedan devaluados, como elementos accesorios, silenciados en la predicación y la catequesis, olvidados, no estrictamente necesarios para la salvación temporal y eterna de la humanidad.

Eticismo naturalista

Es pelagiano el cristianismo que propone “valores” morales, pero sin vincularlos necesariamente a Cristo, es decir, sin vincular a su gracia la posibilidad de conocerlos plenamente y vivirlos con perfección. Una ética naturalista, en primer lugar, no propone muchos valores morales que son preciosos en la vida del hombre, a veces los más importantes, por ejemplo, la virtud de la religión, la más grande después de las tres virtudes teologales: el deber moral de alabar a Dios, de bendecir su Nombre, de darle gracias siempre y en todo lugar. Pero es que además, en segundo lugar, cuando exhorta valores morales enseñados por Cristo, solamente enseña 

1) aquellos que en buena parte son admitidos por el mundo, al menos teóricamente –verdad, libertad, justicia, amor al prójimo, unidad, paz, etc., 

2) los enseña al modo según el cual el mundo los entiende, pero no en el sentido verdaderamente cristiano y evangélico, que a veces es muy distinto, y sobre todo, 

3) no vincula a Cristo Salvador la posibilidad de reconocer y vivir esos valores de verdad, justicia, fraternidad, unidad, paz, etc.:

El cristiano pelagiano no afirma que Cristo mismo es “la verdad”, y que sin Él se pierde el hombre inevitablemente en el error (Jn 14,6); que sólo Él “nos ha hecho libres” (Gál 5,1); que sólo por la fe en Él alcanzamos “la justicia que procede de Dios” (Flp 3,9); que sólo Él ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo la fuerza del verdadero amor fraterno (Rm 5,5); que sólo Él es capaz de juntar en la unidad a todos los hombres que andan dispersos, pues para eso dio su vida (Jn 11,52); y en fin, que solamente “Él es nuestra paz” (Ef 2,14).

Devaluación de la gracia

Hay pelagianismo evidente en todo lo que ignore la necesidad absoluta de la gracia, en todo lo que no una siempre la oración y la acción: “danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla” (Or. dom. I, T.O.). “Que tu gracia, Señor, inspire, sostenga y acompañe todas nuestras obras” (Ltg. Horas, laudes I sem.)… Allí donde faltan estas convicciones primarias de la fe sobre la gracia, expresadas tan bien en la oración de la Iglesia, allí es claro que apesta a pelagianismo.

Devaluación de la oración de petición

Éste es uno de los errores del pelagianismo que, como ya vimos, más indignaban a San Agustín. ¿Para qué pedir bienes a Dios –la castidad, el vencimiento de la pereza, lo que sea– si está en nuestra voluntad conseguirlos? Por el contrario, para el Doctor de la gracia la oración de petición es como la proa de un barco, que ha de ir por delante de todo empeño ascético volitivo. “Toda mi esperanza está en tu inmensa misericordia. Da lo que mandas, y manda lo que quieras” (Confesiones X, 29,40). Ora et labora, pero el ora siempre por delante.

Devaluación de la Eucaristía y de los sacramentos

Hay pelagianismo cuando los sacramentos y el culto litúrgico dejan de ser la clave de la transformación en Cristo de hombres y de pueblos. La inmensa mayoría de los católicos “alejados” o son pelagianos o son apóstatas. Los cristianos que creen que su salvación es ante todo gracia de Cristo jamás se apartan de los manantiales litúrgicos de la gracia. Sólo se alejan crónicamente de estas fuentes los pelagianos, los que esperan salvarse por sus propias fuerzas. O los apóstatas, que ni creen en la necesidad de salvarse –¿salvarse de qué?–, ni creen en la vida eterna, ni en nada.

Sobrevaloración de los medios

Esto es algo muy pelagiano. Ciertamente quiere el Señor en su providencia que pongamos en cada empresa los medios proporcionados al fin pretendido, según Él nos los dé. Pero no quiere que pongamos la esperanza de nuestros esfuerzos en los medios conseguidos, sino en la fuerza salvadora de su gracia.

Ahí tienen ustedes un escritor espiritual que describe en una obra de tres volúmenes los cincuenta métodos de oración más útiles para llegar pronto a la más alta contemplación –incluye técnicas respiratorias–. Dios le ampare… Esta Madre superiora nos dice, como de paso, que dos tercios de las religiosas de la comunidad tienen carrera universitaria. ¿Y qué?… Un profesor nos enseña con visible satisfacción las excelentes instalaciones de un Colegio o de una Universidad católica –biblioteca, laboratorio, aulas, piscina climatizada, etc.–, con un orgullo –orgullo corporativo, se entiende, no necesariamente personal– que nos hace temer lo peor. No es tanto la riqueza de medios lo que nos asusta, sino la confianza que vemos puesta en ellos. ¿Querrá obrar allí el Señor muchas conversiones?… Ya lo dijo Horacio, en carta a los Pisones: parturient montes, nascetur ridiculus mus (“parieron los montes, y nació un ridículo ratón”)… Para un encuentro juvenil interdiocesano –exagero un poco– cinco comisiones preparan durante varios meses cuatro sedes distintas, alternativas, en las que se ofrecen catorce talleres opcionales, para los cuales se compromete a dos cantautores, cinco Obispos y trece conferenciantes notables –eran quince, pero fallaron dos–, se editan carteles grandes, medianos y trípticos, y dos CDs, se instalan pantallas gigantes, se contrata publicidad en paneles públicos, radio y televisión, etc. La comisión de economía tiene notable importancia en la preparación del Evento… Parturient montes… Se ve que no leyeron mi libro Pobreza y pastoral, o que no se lo creyeron (Verbo Divino, Estella 1968, 2ª ed.).

David dejó a un lado la coraza y las fuertes armas que Saúl le ofrecía, se fue contra Goliath con una honda y unas piedras, y le venció (1Sam 17). Jesús nació en un corral de animales, y los Apóstoles, sin alforja ni doble túnica, llevaron el Evangelio a todo el mundo, siendo medio-iletrados… Está revelado que Dios suele elegir –no necesariamente– a los pobres y a los medios pobres para confundir la soberbia del mundo, y para que a Él solo se atribuya la gloria de las grandes obras de salvación (1Cor 1,20-31).

Sobrevalorización de las terapias naturales

Casas de Espiritualidad, comunidades religiosas, que ofertan en sus programas una macedonia increíble de frutas espirituales exóticas: eneagrama, reiki, sofrología, técnicas de autoayuda, etc. Dejo éste y otros temas para el próximo artículo.

Una cosa está bien clara. Que hoy son muchos los ambientes católicos que apestan a pelagianismo.
 

¿CON QUÉ ARMAS PODEMOS DERROTAR AL TENTADOR?

Continuamos con la publicación del capítulo VIII del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

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CAPÍTULO IX

¿CON QUÉ ARMAS

PODEMOS DERROTAR AL TENTADOR?

¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! Tal fue el clamor de la Santísima Virgen en su lamentación en Lourdes, los días 25, 26, 27 y 28 de febrero de 1858. Doce años antes, el 19 de septiembre de 1846, la Mujer del Génesis, prometida al mundo, había venido a animar a sus tropas a la batalla, diciéndoles que usaran las mismas armas. Les pidió que retomaran la práctica de la abstinencia y el ayuno, y que volvieran, junto con la mortificación, a la oración, especialmente a la santificación del domingo. En Lourdes, María también había pedido que la oración se uniera a la penitencia. Había recomendado particularmente el rezo del Rosario y mostrado con qué reverencia debía rezarse.

Veinte años antes de los reproches y advertencias de María en La Salette, Dios mismo había llamado la atención, mediante una manifestación en el aire, sobre el gran símbolo del sacrificio. En Migné, el 17 de diciembre de 1826, la Cruz apareció ante los ojos atónitos del pueblo, como en tiempos de Constantino, haciendo un primer llamamiento a Francia para su conversión. Oración, conversión, penitencia: estas son las condiciones divinamente venidas para toda misericordia.

¿Cómo se recibió este triple llamamiento? Si nos limitamos a observar la superficie, no podemos sino sentirnos profundamente consternados. En todas partes y en todas las clases sociales, el amor al placer, el lujo y la lujuria han seguido avanzando sin cesar. La lección de 1870 detuvo este avance durante unas horas. Al día siguiente, reanudó su imparable curso. Como era de esperar, nos encontramos en la misma situación hoy.

¿Y la oración —al menos la oración pública— no oímos cómo su sonido se desvanece día a día en nuestras ciudades? ¿Sabéis -pregunta el cardenal Pie- por qué el primer pueblo de todos, aquel al que el Espíritu Santo llamó pueblo de gigantes, sabéis por qué desapareció de la tierra? La Escritura nos lo dirá: Non exoraverunt antiqui Gigantes, qui destructi sunt confidentes virtuti suae, Y estos hombres que confiaron en su propia fuerza fueron destruidos. Deseamos hacer justicia a nuestro siglo; en más de un sentido, es un siglo de gigantes. Pero en medio de todas estas maravillas y todo el esplendor de esta gloria, la religión mira a su alrededor con inquietud. Porque, ¡ay!, si la oración enmudeciera entre nosotros; si el espíritu dejara de purificar y vivificar la materia; si los hombres, creyéndose autosuficientes, le dijeran a Dios que se retirara; si la desgracia que Mardoqueo rogó al Señor que apartara de su pueblo cuando dijo: “No hagas callar a los que cantan tus alabanzas”, nos sobreviniera; pronto llegaría el día en que, sobre las humeantes ruinas de nuestra patria y los restos dispersos de nuestra civilización, las generaciones venideras podrían decir: “Estos gigantes no oraron, y mientras confiaron en su propia fuerza, fueron destruidos”.

Gracias a Dios, en la tierra están sucediendo cosas más reconfortantes y tranquilizadoras. Miles y miles de almas santas permanecen cada día, cien veces al día, elevando estas súplicas al Cielo: Perdona nuestros pecados, los nuestros y los de tu pueblo; no permitas que sucumban a las tentaciones que los asaltan por todos lados; líbralos del mal en el que está sumido el mundo moderno. Y a estas invocaciones añaden estos deseos de mayor poder sobre el corazón de Dios porque estos provienen del amor puro: Padre, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en el principio... Que esta gloria sea como la mente creadora, redentora y santificadora que se concibió en el primer día del mundo; que se le dé en su plenitud a la divina Trinidad, ahora en esta hora y para siempre hasta el fin del mundo terrenal, para realizar en los siglos de los siglos, en la eternidad del Cielo, todo el concepto de la predestinación.

A estas oraciones dirigidas a Dios se suman las dirigidas a la Santísima Virgen María. De cuántos millones de bocas, y cuántas veces al día, se elevan estas palabras de veneración, admiración, confianza y amor al trono de María: “Dios te salve, María, llena eres de gracia”. Sé que puedo elevarte mis oraciones más confiadas, porque Dios está contigo. Tú eres la Bendita entre todas las mujeres, que se mostró a la humanidad en la desolación y el terror de su caída, como el canal de bendición por el cual nos llegaría la salvación. Además, tu fruto, el fruto de tu vientre, es el Bendito, en quien reside la plenitud de la misericordia y la bondad divinas.

¿Cuántas oraciones se suman a estas cada día en toda la superficie del mundo, infinitamente variadas como la diversidad de estados de ánimo, y según lo exigen las vicisitudes de los acontecimientos mundiales, pero que en última instancia se fusionan en un solo deseo: el reinado de Dios en la tierra a través del desarrollo de la vida sobrenatural en las almas?

Entonces, de vez en cuando, llegan las extraordinarias oraciones anunciadas por los Papas. Entonces, desde todos los rincones del mundo, desde el corazón de todas las multitudes, desde lo más profundo de todos los monasterios, desde los pies de todos los altares, se elevan fervientes súplicas al trono de Dios.

Las oraciones privadas deben unirse a la Sagrada Liturgia —el Oficio Divino y la Misa—, que posee un poder mucho mayor, pues es la oración de la Iglesia, la oración de la Esposa que se dirige a su Esposo. Por ello, la secta masónica ha hecho todo lo posible por suprimirla. Creía haberlo logrado en 1793 al cerrar iglesias y masacrar a sacerdotes y religiosos; y en nuestros tiempos, mediante el exilio de quienes se consagran al servicio divino, a través de intentos de cerrar iglesias nuevamente y saquear vasos sagrados, ha reabierto la era de las persecuciones.

“No digan —y esto lo dice el Cardenal Pie— que, puesto que la Iglesia tiene promesas de inmortalidad, parece inútil rezar por ella. Hay gracias muy importantes y necesarias que Dios concede a su Iglesia solo en consideración a las oraciones de sus hijos. Nadie puede expresar la luz, la fuerza, la santa inspiración y las generosas resoluciones que las oraciones, las invocaciones y los suspiros de sacerdotes fervientes, siervos humildes, vírgenes consagradas y fieles devotos pueden traer al corazón del Vicario de Jesucristo y de toda la jerarquía superior”. Si tenemos una Iglesia santa y maravillosamente preservada en medio de tantos elementos de anarquía y disolución; si tenemos un Papa heroicamente firme (Pío IX), en una época de transacciones y compromisos universales, con el episcopado y todos los órdenes eclesiásticos firmemente unidos al Vicario de Jesucristo, no lo duden, esto se debe a las oraciones de la gran familia cristiana”.

Junto con la oración, la Iglesia también realiza exorcismos. Pues, desde la segunda fase de la guerra declarada contra lo sobrenatural y contra la civilización cristiana, en los primeros días de la Reforma, el ángel del Apocalipsis clamó: “¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de los que habitan la tierra!”. Y un ángel, ministro de la venganza del Señor, recibió la llave del pozo del abismo. La abrió, y demonios salieron, tan numerosos como una plaga de langostas. A la cabeza de ellos, como rey, estaba el ángel del abismo, cuyo nombre hebreo es Abadón (que significa perdición, ruina, en oposición a Cristo el salvador) y Apolión, que significa destructor. Este fue, en efecto, el comienzo de la destrucción y la ruina, el comienzo de la perdición a través del anticristianismo. El Papa Gregorio XVI en la encíclica Mirari Vos, donde condenó la doctrina de Lamennais, dijo: Vere apertum dicimus puteum abyssi (1).

Estos demonios, que escaparon del infierno durante la Reforma, aún no han sido arrojados de nuevo al abismo. Prueba de ello reside en el exorcismo que los Papas León XIII y Pío X hicieron recitar a todos los sacerdotes que acababan de celebrar la Misa y a los fieles que unieron sus voces a la del ministro de Dios: “San Miguel Arcángel, defiéndenos en esta batalla: contra la malicia y las asechanzas del demonio, ayúdanos. Que Dios le haga sentir su poder, te lo suplicamos. Y tú, líder de la milicia celestial, por tu poder divino, arroja de nuevo al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que se extienden por el mundo para destruir almas”.

Lo que confiere su pleno poder al exorcismo, al igual que a la oración, es la unión de quien reza o realiza el exorcismo con el divino Redentor, tanto como Redentor como víctima de la expiación. Cuanto más íntima sea esta unión, mejor se recibirá la mediación entre Dios y el mundo. La gran mediadora, María, se unió en el Calvario al sacrificio de Jesús, y el dolor de su alma, traspasada por la espada que Simeón había predicho, tuvo, como nos dice la sagrada liturgia, la amargura y la inmensidad de los vastos mares.

Quienes luchan bajo su mando, al menos quienes están en las primeras filas, comparten su martirio, y es a través de este martirio que reparan la iniquidad y claman por misericordia.

Adimpleo ea quae desunt passionum Christi in came mea. ¡Palabras misteriosas! San Agustín, explicándolas, dice: Jesucristo sufrió todo lo que tenía que sufrir. Elevado en la cruz, dijo: “Consumado está”, es decir, nada falta en la medida de mis sufrimientos. Todo lo que se ha escrito de mí se ha cumplido. Por lo tanto, los sufrimientos de Jesús son completos. Sí. Pero solo en la Cabeza. Los sufrimientos de Jesús en su cuerpo místico, en sus miembros, aún quedan por soportar. Nosotros somos, en efecto, el cuerpo y los miembros de Jesucristo. El Apóstol era uno de sus miembros; por eso dice: Estoy completando en mi carne lo que aún falta en los sufrimientos de Jesucristo.

En el último capítulo del Apocalipsis, leemos otras palabras misteriosas: “El tiempo está cerca. Que los injustos sigan haciendo el mal, y los malvados sigan mancillando su fe. Que los justos sigan obrando con rectitud, y los santos sigan siendo santos”. En la terrible amenaza dirigida a los endurecidos en la primera parte de este versículo y en la urgente exhortación a los justos en la segunda, algunos autores ascéticos han visto una ley de la Providencia, en virtud de la cual, en las grandes épocas de la historia universal, cuando Dios se prepara para desplegar el poder de su brazo, si bien a menudo se produce un resurgimiento de la malicia y la corrupción entre la humanidad, también se produce un resurgimiento de la justicia y la santidad.

La adorable Providencia, cuyos caminos son pura justicia y misericordia, se complace en hacer abundar el bien donde abunda el mal. Espera hasta que los méritos y los deméritos de la pobre humanidad hayan alcanzado su punto álgido antes de descender con su misericordiosa severidad. Y despierta estos méritos en las almas privilegiadas, a quienes otorga una vocación de expiación y sacrificio.

Esta convicción sostiene el alma, con esperanza contra toda esperanza, un alma entregada filialmente a Dios. En los días más oscuros de maldad, se pregunta si el mal desbordante no podría ser secretamente compensado por el aumento del bien oculto en la intimidad de las almas con Dios.

Es necesario que nos detengamos un momento en este punto, porque es aquí donde se manifiesta la lucha entre la luz y la oscuridad, entre los poderes de este mundo y las virtudes del Cielo.

Continúa...

Notas

1. El humo que se eleva del abismo estos días y oscurece el sol son “estas ideas modernas”, que velan las verdades naturales en casi todas las mentes. Y estas langostas son los demonios que, por un lado, incitan a masones y periodistas, oradores y novelistas que se han puesto a su servicio, a emplear todo su talento en la propagación de ideas librepensadoras y revolucionarias, y que, por otro lado, llevan a lectores y oyentes a acogerlas favorablemente y a convertir estas sugerencias en la norma de su conducta pública y privada. Las encíclicas de Pío IX y, en particular, su Syllabus, las cartas de León XIII, Humanum genus e Immortale Dei, que confirman y desarrollan la encíclica de Gregorio XVI, aún no han logrado desilusionar a los hombres de nuestro tiempo de los errores que han surgido del abismo desde el siglo XVI y contra los que Pío VI, Pío VII y León XII ya les habían advertido.

 

11 DE JUNIO: SAN BERNABÉ, APÓSTOL


11 de Junio: San Bernabé, Apóstol

(✞ 62)

El bienaventurado discípulo y mártir de Jesucristo, San Bernabé, que también en la Escritura se llama José Levita, fue de nacionalidad hebrea, de la tribu sacerdotal de Leví, y nació en la isla de Chipre, en la cual sus padres tenían grandes y ricas posesiones.

Aprendió en Jerusalén las letras sagradas, en la escuela de Gamaliel, varón doctísimo y muy versado en la ley de Moisés, y tuvo por condiscípulo a San Esteban protomártir, y a Saulo, que después se llamó Pablo y fue Apóstol y vaso escogido del Señor.

En esos tiempos vino Cristo nuestro Redentor a Jerusalén, y maravillado Bernabé de su celestial doctrina, ejemplos y milagros, entendió que era el Mesías prometido, y se echó a sus pies; el Señor lo bendijo y le contó en el número de los setenta y dos discípulos que le siguieron.

Y él, conforme al consejo evangélico, repartió su hacienda entre los pobres, quedándose con una sola posesión, cuyo precio, después de la Ascensión del Señor, puso también a los pies de los Apóstoles.

Cuando los discípulos huían todavía de San Pablo, porque ignoraban su conversión, San Bernabé se llegó a él, y entendiendo cuán cambiado estaba, y lo que le había acontecido yendo a Damasco, lo abrazó y lo llevó a los Apóstoles y con gran regocijo fue admitido en su compañía.

Los Apóstoles enviaron a Bernabé a Antioquía, donde estuvo con San Pablo predicando por espacio de un año, con tan gran aprovechamiento de los fieles, que dejando el nombre de discípulos y perdiendo el vano temor y respeto del mundo, comenzaron a llamar cristianos.

Volviendo después a Jerusalén, se concertaron allí con San Pedro algunos otros Apóstoles, para que ellos predicasen a los hebreos, y Saulo y Bernabé a los gentiles.

No es fácil decir los trabajos y persecuciones que padecieron estos dos santos por sembrar la doctrina evangélica y plantar a Cristo en los corazones de los hombres en tantas ciudades, islas, reinos y provincias.

Y, por lo que escriben grandes autores y se saca de firmes testimonios y piedras antiguas, San Bernabé fundó la Iglesia de Milán, y estuvo en ella siete años, y fue el primer Arzobispo de aquella insigne ciudad.

También se muestra en Brescia el altar donde el santo Apóstol decía Misa y en otras muchas Iglesias se conserva la memoria de este varón apostólico y compañero de San Pablo.

Finalmente, hallándose en la isla de Chipre, vinieron de Siria unos judíos con intención de perseguirle y darle muerte; y aunque el santo lo entendió, deseoso ya de juntarse con Jesucristo, entró en la sinagoga para predicar a los judíos; más éstos, con gran enojo lo apedrearon y en ese martirio dio su espíritu al Señor.

Reflexión:

Aunque San Bernabé no era del número de los doce apóstoles que escogió Jesucristo, los primeros Santos Padres de la Iglesia le dan ya el título de Apóstol, no sólo por sus muchos y apostólicos caminos y trabajos, sino que también por haber sido particularmente llamado por el Espíritu Santo a aquel Sagrado Ministerio (ACT. APOST. XII, 2). Honrémosle, pues, como a los doce Apóstoles que son las doce columnas indestructibles de la Iglesia, y despreciando las doctrinas anticatólicas, descansemos con entera confianza en la verdad de la Iglesia Católica, sellada con la sangre del Redentor, y de sus santos Apóstoles y discípulos.

Oración:

Oh Dios, que nos consuelas con la intercesión de tu Bienaventurado Apóstol Bernabé, concédenos benigno, que consigamos por tu gracia aquellos beneficios que te pedimos por su ruego. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

miércoles, 10 de junio de 2026

POR QUÉ DEBERÍAS DECIR "NO" A SER DONANTE DE ÓRGANOS

El consejo de un sacerdote y ex paramédico

Por el padre David Nix


Aunque soy sacerdote católico, también soy exparamédico y me gradué en ciencias de la salud en el Boston College. Escribo esta entrada, “Por qué deberías decir no a la donación de órganos en tu licencia de conducir”, como exparamédico, no como sacerdote. En otras palabras, esta entrada ofrecerá consejos médicos prácticos para todos los lectores, católicos o no. No habrá bioética católica explícita a continuación, salvo estas dos frases: La Iglesia Católica no tiene ningún problema con la donación de órganos en sí misma. El problema radica en que ciertos órganos siempre se extraen de personas vivas, lo que constituye un homicidio por “buenas razones”.

Si bien se puede extraer un hígado o una córnea de un cadáver para donación de órganos, en los países desarrollados siempre se extrae el corazón de un cuerpo vivo. El término “muerte cerebral” fue acuñado por un equipo de médicos de Harvard para redefinir la muerte con este propósito. La llamada “muerte cerebral” significa, esencialmente, que un paciente tiene un sistema cardiovascular activo, pero tiene una actividad reducida en el electroencefalograma (EEG).

Como saben, un EEG mide la actividad eléctrica del cerebro. No debe confundirse con un electrocardiograma (ECG), que mide la actividad eléctrica del corazón. Los cirujanos de trasplantes prefieren extraer el corazón de pacientes vivos con electrocardiograma activo (pero con electroencefalograma mínimo) porque un corazón que ha dejado de latir daña el tejido mediante un fenómeno llamado “lesión hipóxica”. Recuerden que el corazón debe bombear sangre rica en oxígeno no solo a todo el cuerpo, sino también a sí mismo.

En términos sencillos, el músculo cardíaco se deteriora tan rápidamente tras un paro cardíaco que los cirujanos de trasplantes deben anestesiar al paciente para poder extraer el corazón de un cuerpo vivo. ¡Es obvio que un cadáver no necesitaría anestesia! Pero esto suena demasiado macabro como para no tener justificación. La Facultad de Medicina de Harvard inventó la excusa de la “muerte cerebral” precisamente para justificar la extracción de corazones de personas vivas.

Si usted puso “Sí” a la donación de órganos en su licencia de conducir, y si sufriera una lesión cerebral traumática sin daños en su sistema cardiovascular, sin duda es un candidato “ideal” para que le extraigan el corazón de su propio cuerpo vivo (considerado con “muerte cerebral” debido a un EEG reducido).

El New England Journal of Medicine eliminó recientemente un artículo que antes se encontraba aquí, en el que admitían que los cirujanos de trasplantes estaban extirpando corazones de pacientes vivos. Su justificación bioética decía textualmente: “Muchos objetarán que los cirujanos de trasplantes no pueden, legal ni éticamente, extirpar órganos vitales de pacientes antes de la muerte, ya que hacerlo les causaría la muerte. Sin embargo, si las críticas a los métodos actuales para diagnosticar la muerte son correctas, entonces tales acciones ya se realizan de forma rutinaria.

Permítanme traducirlo en términos sencillos: “Algunas personas pueden pensar que está mal extirpar órganos de personas vivas, y puede que tengan razón, pero es irrelevante porque simplemente es demasiado tarde para protestar, ya que llevamos haciéndolo bastante tiempo.

Ciertamente, ciertos órganos pueden extraerse de una persona viva sin que ni siquiera los bioeticistas más conservadores pongan objeciones. Por ejemplo, una persona podría donar un riñón a otra y ambas podrían seguir viviendo. Pero tras ciertos traumatismos, especialmente neurotraumatismos (de cabeza y cuello), los cirujanos de trasplantes buscan extraer el corazón para la siguiente persona viva que pueda necesitarlo. De nuevo, este debe extraerse de un paciente vivo al que se le haya declarado con actividad cerebral reducida, es decir, con “muerte cerebral”, como pretexto para tranquilizar a los bioeticistas más escépticos.

Además de que esto justifica el asesinato (¡ya que se necesita una intervención quirúrgica para extraer el corazón!), cabe destacar que numerosas personas que fueron declaradas con “muerte cerebral” se han recuperado. El Dr. Shewmon, neurólogo pediátrico de la UCLA, ha demostrado que niños que sobrevivieron con muerte cerebral hasta por 14 años superaron infecciones e incluso heridas.

Por esta razón, debemos considerar que Byrne et al. en el libro Life, Life Support and Death (Vida, soporte vital y muerte) escriben: “Nadie será determinado o declarado muerto a menos que y hasta que haya destrucción de al menos los tres sistemas unificadores básicos del cuerpo, a saber, los sistemas circulatorio y respiratorio, y el cerebro completo”.

Cuando fui sacerdote en comisión de servicio en Florida hace varios años, me llamaron para ayudar a una familia hispanohablante a la que no conocía. Los padres eran de México, pero habían criado a sus tres hijos en California. Su hijo de 33 años, Joel, era un trabajador muy popular en un restaurante de Jacksonville, Florida. Por razones desconocidas, una noche, hace varios años, recibió un disparo en la cabeza y fue trasladado por los servicios de emergencia de Jacksonville al Hospital Memorial, donde sufrió un paro cardíaco, pero fue reanimado. Posteriormente, Joel fue trasladado a la UCI. La herida de bala en la cabeza parecía incompatible con una vida plena.

Joel y su madre, a quienes tuve la oportunidad de atender antes de que falleciera. Ella me dio permiso para publicar su historia.

Así pues, el personal del hospital quería llevarse a Joel en camilla para extraerle el corazón en una habitación aparte. Sin embargo, esto significaba que Joel no moriría en presencia de sus padres en la UCI. (No se puede permitir que los padres vean cómo se le extrae el corazón a su hijo aún con vida, ¿verdad?). Yo acababa de llegar para intervenir y, posteriormente, les expliqué a los padres el destino de su hijo. Como era de esperar, sus padres se negaron a que mataran a su hijo, que aún podía mirarlos a los ojos, para extraerle el corazón.

En respuesta a mi intervención y a los deseos de sus padres, dejaron a Joel en la UCI para que muriera de hambre. Protestamos contra esta decisión tanto en inglés como en español, pero fuimos ignorados durante casi dos días mientras Joel moría de hambre. Finalmente, llamé a abogados civiles en Washington D.C. de una organización llamada Life Legal Defense Foundation.

Finalmente, el abogado de LLDF logró obligar a los médicos de la UCI del hospital a colocarle una sonda nasogástrica para alimentar a Joel. Joel recibió nutrición e hidratación artificiales (NHA) hasta que falleció unos días después en la UCI a causa de la herida de bala. Si bien una herida de bala no se considera una muerte natural, sin duda fue una muerte más natural que la extirpación de su corazón. Como se puede apreciar en la foto, Joel pudo mirarme cuando saqué mi teléfono para tomarle una foto con su madre.

Lamentablemente, pocos días después, Joel falleció en paz, sin necesidad de narcóticos. Lo bueno es que recibió los sacramentos. Murió rodeado de sus padres y su hermano. Nada de esto habría sido posible si el personal del hospital le hubiera extirpado el corazón o administrado una sobredosis de narcóticos.

Como exparamédico, mi sugerencia es que indiques “No” a la donación de órganos en tu licencia de conducir. Una mejor opción es la siguiente: un poder notarial duradero para la atención médica es un documento legal que te permite designar a otra persona para que tome decisiones sobre tu atención médica en caso de que no puedas hacerlo tú mismo. Si deseas indicarle a esa persona que deseas donar, por ejemplo, hígado, riñones o córneas a pacientes que los necesiten (en caso de fallecimiento), entonces la persona a la que le has otorgado el poder notarial duradero para la atención médica (quien, idealmente, comparte tus mismos principios bioéticos) puede tomar esa decisión por ti.

En definitiva, es mejor empezar con un “No” a la donación de órganos en tu permiso de conducir y dejar que tu cónyuge haga el trámite, que empezar con un “Sí” y que un ser querido no pueda impedir que te lleven en camilla mientras te extraen el corazón de tu cuerpo vivo, en caso de que hayas sufrido una lesión cerebral traumática.

Finalmente, si no me creen, vean cómo incluso el periódico laico USA Today publicó un artículo después de mi entrada original del blog, reproducida arriba, titulado Death by Donation: Euthanizing Patients for Organs (Muerte por donación: eutanasia de pacientes para obtener órganos), en el que se revela que numerosos cirujanos dicen lo mismo que les dije anteriormente.
 

'MADAME BOVARY' Y NOSOTROS

Madame Bovary sirve como una advertencia profética contra los efectos aislantes y destructivos de las tecnologías digitales modernas.

Por Casey Chalk


Cuando la clásica novela francesa Madame Bovary apareció por primera vez en 1856, los fiscales la tacharon de obscena —un ultraje a las buenas costumbres y a la religión— debido al retrato íntimo que el autor, Gustave Flaubert, hacía de una mujer burguesa aburrida que se enfrascaba en múltiples aventuras extramatrimoniales. Como suele suceder, el posterior juicio de Flaubert solo atrajo más atención pública hacia el libro, y tras su absolución al año siguiente, se convirtió en un éxito de ventas. Dos décadas después, al ser traducida al inglés, Madame Bovary se convirtió en un fenómeno mundial. 

La ironía, hoy en día, es que la descripción que hace Flaubert de las sensuales aventuras de Bovary apenas sería clasificada como apta para todos los públicos.

La Iglesia Católica no sale bien parada en la célebre obra de Flaubert: describe a los católicos laicos sin formación como personas que se aferran a “prejuicios” y “tradiciones”, confiando en sus “novenas, reliquias y curas... en lugar de considerar natural acudir al médico o al farmacéutico”.

La literatura católica piadosa se describe como “condescendiente”, “sentimental” y “empalagosa”. El cura local es retratado como “ignorante” pero seguro de sí mismo, incapaz de defender eficazmente la antigua religión contra los escépticos influenciados por la Ilustración.

Cualesquiera que fueran las intenciones de Flaubert con la novela, los críticos literarios, en el más de siglo y medio transcurrido desde la publicación de Madame Bovary, han señalado que el personaje principal (Emma Bovary) es en realidad bastante banal, una persona moral e intelectualmente atrofiada que se vuelve ridícula y desquiciada a medida que se hunde más en sus pecados.

Ella encarna a la perfección el romanticismo: su vida intelectual y moral están completamente desvinculadas de las personas y del mundo que la rodea. Y, en ese sentido, se asemeja mucho al yo moderno, inmaduro, atomizado y adicto a lo digital.

Todos somos conscientes del efecto de los teléfonos inteligentes en la capacidad de atención y el rendimiento cognitivo, un hecho cada vez más documentado por la investigación empírica. Tanto los teléfonos inteligentes como las redes sociales distorsionan nuestra concepción de la realidad y las relaciones, llevándolas al extremo o a la idealización, dada su tendencia a una autopresentación filtrada y cuidadosamente seleccionada, así como a la amplificación algorítmica.

Antes era común entablar una conversación con un desconocido en público; ahora, se considera incómodo e incluso de mala educación interrumpir a alguien absorto en su dispositivo. Incluso existe una palabra para referirse a ignorar a los demás para concentrarse en el teléfono inteligente: “phubbing”.


Además, existen peligros emocionales e intelectuales que plantea la inteligencia artificial. Un estudio reciente del Instituto de Estudios Familiares y el Instituto Wheatley de la Universidad Brigham Young reveló que uno de cada siete jóvenes adultos con relaciones estables se comunica habitualmente con inteligencia artificial como pareja sentimental (en inglés aquí). Casi un tercio de los encuestados había experimentado con uno de estos bots románticos al menos una vez.

Si interpretamos estos datos a la luz de la actual epidemia de adicción a la pornografía, hablamos de generaciones de ciudadanos cuyas concepciones del romance y la intimidad están alarmantemente alejadas de la realidad, centradas en ficciones idealizadas que infantilizan y empobrecen moralmente al usuario. Las parejas románticas artificiales y los videos pornográficos satisfacen deseos limitados y (a menudo) cada vez más depravados.

Quienes sucumben a estas tentaciones ciertamente no están bien preparados no solo para los desafíos (y las maravillas) de la verdadera intimidad relacional, sino que tampoco están preparados para la vida espiritual, que requiere capacidad de contrición y contemplación.

Todo esto se refleja en el personaje de Madame Bovary. A medida que la vida matrimonial se vuelve monótona, desarrolla una obsesión por las novelas románticas que fomenta una visión idealizada del mundo. Esto, a su vez, la lleva a anhelar hedonistamente belleza, riqueza, estatus y pasión desenfrenada.

Flaubert retrata conmovedoramente la inestabilidad que esto le provocaba: “Anhelaba viajar; anhelaba regresar a su convento (donde había recibido su educación) para vivir. Quería morir y quería vivir en París”. Con el tiempo, apenas lograba disimular su desprecio por la gente y sus circunstancias, desarrollando la costumbre de provocar innecesariamente a los demás.

En el transcurso de sus amoríos, Madame Bovary ignoraba cada vez más a su joven hija; la madre estaba demasiado absorta en sí misma, demasiado entregada a sus impulsos y afectos. Sobre sus relaciones, Flaubert escribe: “Ya no era amor; era más bien una seducción perpetua… ella era la amada de todas las novelas, la heroína de todos los dramas, la figura indefinida de todos los poemas”.

En su mente, Bovary estaba representando una versión de las fantasías que había leído; en realidad, estaba arruinando su alma y su matrimonio.

Con el paso del tiempo, las aventuras amorosas de Madame Bovary se volvieron cada vez más extremas. Las mentiras no solo eran necesarias para mantener en secreto sus amoríos, sino que se convirtieron en una obsesión, un placer. Gastaba con derroche en ropa y comida suntuosas durante sus viajes semanales a la ciudad donde conoció a su segundo amante.

Se enfurecía con facilidad y era particularmente errática. Sus afectos románticos eran adictivos, y parecía sufrir periodos de retraimiento cuando se separaba de sus amantes. Por sus pecados, su destino final (y el de su familia) era la miseria.

Llevamos más de dos décadas inmersos en nuestro gran experimento global con las redes sociales. Nuestra relación con los teléfonos inteligentes es casi igual de antigua. La era de la inteligencia artificial apenas comienza, y los efectos iniciales en nuestras almas y relaciones no son prometedores.

Intuimos que estas tecnologías nos están volviendo, como a Madame Bovary, más impulsivos y dispersos, menos centrados, pacíficos y satisfechos. Peor aún, lo estamos viendo todo y, sin embargo, a menudo no podemos evitar su intrusión en cada aspecto de la vida cotidiana.

Nuestro mundo está adquiriendo las cualidades autodestructivas de Madame Bovary. Los jóvenes impresionables, más susceptibles a la depresión, la ansiedad y el egocentrismo que genera la tecnología moderna, necesitan un estilo de vida y una visión del mundo en el que, al menos desconfíen, de todo aquello que nos separa de los demás, del mundo natural y, sobre todo, de lo divino.

Teniendo en cuenta cómo los líderes de la industria tecnológica describen su futuro previsto (en inglés aquí), tenemos todos los motivos para ser cautelosos. “Toca la hierba”. “Entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre” (Mateo 6:6). Y lee Madame Bovary. Porque Flaubert tenía razón.
 

ENCARNACION Y VIDA EN LA TIERRA DE LA SABIDURIA ETERNA (Cap. 9)

Continuamos con la publicación del capítulo 9 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO NOVENO

ENCARNACION Y VIDA EN LA TIERRA DE LA SABIDURIA ETERNA

1 - ENCARNACION DE LA SABIDURIA ETERNA

El Verbo eterno, la Sabiduría eterna, dio a conocer a Adán -como es creíble- y prometió a los antiguos patriarcas -como lo atestigua la Sagrada Escritura- que se haría hombre para salvar a la humanidad, de acuerdo a la decisión tomada en el consejo de la Santísima Trinidad (1).

Por ello -durante los cuatro milenios que siguieron a la creación-, (2) todos los santos del Antiguo Testamento pedían con insistentes plegarias la llegada del Mesías. Gemían, lloraban, suplicaban: Cielos, destilen el rocío; nubes, derramen la victoria; ábrase la tierra y brote la salvación (3). “¡Oh Sabiduría, que procedes de la boca del Altísimo…, ven a liberarnos!” (4).

Pero sus gritos, plegarias y sacrificios no tenían la fuerza suficiente para hacer descender del seno del Padre a la Sabiduría eterna, el Hijo de Dios (5). Alzaban los brazos al cielo, pero éstos no eran lo suficientemente largos para llegar hasta el trono del Altísimo. Ofrecían a Dios continuos sacrificios, incluso el de sus corazones, pero su precio no alcanzaba a merecer la gracia de las gracias (6).

Por último, cuando llegó el momento de realizar la redención de los hombres, la Sabiduría divina se construyó una casa (7), una habitación digna de ella misma. Creó y formó en el seno de Santa Ana a la divina María, con mayor complacencia que la que había experimentado en la creación del universo. Es imposible expresar las inefables comunicaciones de la Santísima Trinidad a tan hermosa criatura, lo mismo que la fidelidad con que María respondió a las gracias de su Creador (8).

El torrente impetuoso de la bondad de Dios, estancado violentamente por los pecados humanos desde el comienzo del mundo, se explaya con toda su fuerza y plenitud en el corazón de María. La Sabiduría eterna le comunica todas las gracias que hubieran recibido de su liberalidad Adán y sus descendientes si hubieran conservado la justicia original. En fin -como dice un santo- (9), toda la plenitud de la divinidad se derrama en María, en cuanto una pura criatura es capaz de recibirla.

¡Oh María! Obra maestra del Altísimo, milagro de la Sabiduría, prodigio del Omnipotente, abismo de la gracia… Confieso, con todos los santos, que solamente tu Creador puede comprender la altura, anchura y profundidad de las gracias que te comunicó (10).

La divina María realizó en catorce años tales progresos en la gracia y sabiduría de Dios, su fidelidad al amor del Señor fue tan perfecta, que llenó de admiración no sólo a los ángeles, sino también al mismo Dios. Su humildad, profunda hasta el anonadamiento, embelesó al Creador (11); su pureza, enteramente divina, lo cautivó; su fe viva y sus continuas y amorosas plegarias le hicieron violencia. La Sabiduría se encontró amorosamente vencida por tan amorosa búsqueda:
“¡Oh! ¡Cuán grande fue el amor de María que venció al Omnipotente!”, exclama San Agustín (12). ¡Cosa admirable! Queriendo la Sabiduría descender del seno del Padre al seno de una virgen para descansar entre los lirios de su pureza; queriendo hacerse hombre en Ella y darse enteramente a Ella, envió al arcángel Gabriel a llevarle su saludo y manifestarle que le había conquistado el corazón, por lo cual deseaba hacerse hombre en su seno, siempre que Ella diera su consentimiento.

El arcángel cumplió su misión. Aseguró a María que conservaría su virginidad a pesar de ser madre, y obtuvo -no obstante la resistencia de su profunda humildad- el consentimiento inefable que la santísima Trinidad, los ángeles y todo el universo esperaban desde hacía tantos siglos. María, humillándose ante su Creador, respondió: He aquí la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que has dicho (13).

Observa cómo, en el instante en que María otorgó su consentimiento de ser Madre de Dios, se obraron múltiples prodigios. El Espíritu Santo formó de la purísima sangre de María un cuerpecito y lo organizó con perfección. Dios creó el alma más perfecta que jamás ha creado. La Sabiduría increada, el Hijo de Dios, se unió en realidad de persona a ese cuerpo y esa alma. Y así se realizó este gran portento del Cielo y de la tierra, este prodigioso exceso del amor de Dios: El Verbo se hizo carne (14). La Sabiduría eterna se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre, sin dejar de ser Dios. Este Hombre-Dios se llama Jesucristo, es decir, Salvador (15).

A continuación, el compendio de su vida divina en este mundo.

2 - VIDA DE LA SABIDURIA ENCARNADA

1. Nace de una madre virgen

El Hijo de Dios quiso nacer de una mujer casada -aunque realmente virgen con el fin de que no pudiera reprochársele el haber nacido de una unión ilegítima y por otras razones importantísimas que nos explican los Santos Padres. Su concepción fue anunciada a la Santísima Virgen por el arcángel Gabriel -como acabamos de ver-. Jesucristo se hizo hijo de Adán, pero sin heredar su pecado.

2. Nace en Belén de Judá

La encarnación tuvo lugar un viernes 25 de marzo. El Salvador del mundo nació el 25 de diciembre en la ciudad de Belén, en un establo destartalado, donde tuvo por cuna un pesebre.
Un ángel anunció, a unos pastores que guardaban sus rebaños en el campo, el nacimiento del Salvador, recomendándoles que fueran a Belén a adorarlo. En ese instante oyeron un coro de ángeles que cantaban: Gloria a Dios en el Cielo, y paz en la tierra a los hombres, que él quiere tanto (16).

3. Se somete a la circuncisión - los magos lo adoran

El octavo día de su nacimiento, y para conformarse a la ley de Moisés, aunque no estaba sujeto a ella, fue circuncidado, y se le impuso el nombre de Jesús, dado de antemano por el Cielo. Tres magos de Oriente vinieron a adorarlo, avisados por una estrella extraordinaria que los condujo a Belén. Esta fiesta se llama Epifanía, es decir, manifestación de Dios. Y se celebra el 6 de enero.

4. Es presentado en el templo y huye a Egipto

Quiso ser presentado en el templo cuarenta días después de su nacimiento y observar toda la ley de Moisés, para el rescate de los primogénitos. Poco después, un ángel advirtió a José, esposo de la Santísima Virgen, que tomara al Niño y a la Madre y huyera a Egipto para evitar el furor de Herodes. José obedeció. Opinan algunos autores que Nuestro Señor permaneció en Egipto dos años. Otros, que tres, y otros -como Baronio- que hasta ocho. Su presencia santificó todo aquel país, haciéndolo digno de verse más tarde poblado de santos anacoretas.

Dice Eusebio que al entrar Jesús en Egipto huyeron los demonios. Y San Atanasio añade que los ídolos se hicieron añicos.

5. Se manifiesta como sabio, es bautizado

A la edad de doce años, el Hijo de Dios discutió con un grupo de doctores de la ley, manifestando tal sabiduría que dejó admirado a todo su auditorio. Después de este acontecimiento, el Evangelio no nos dice nada de él hasta su bautismo, que recibió cuando tenía treinta años. Retiróse inmediatamente al desierto, donde ayunó cuarenta días, sin comer ni beber; y, al ser tentado por el demonio, triunfó sobre éste.

6. Realiza su misión: vida pública

Comenzó entonces su predicación en Judea, llamando a sus apóstoles, y realizó todos los adorables portentos que mencionan los textos sagrados. Basta recordar que el tercer año de su vida pública -trigésimo tercero de su edad Jesucristo resucitó a Lázaro. Entró triunfante en Jerusalén el 29 de marzo. El 2 del inmediato mes de abril, 14 de Nisán, celebró la Pascua con sus discípulos, lavó los pies a los apóstoles e instituyó el santísimo sacramento de la Eucaristía, bajo las especies de pan y vino.

Se somete a la pasión y a la muerte

La tarde del mismo día, sus enemigos, guiados por Judas, el traidor, lo pusieron preso. Al día siguiente −3 de abril-, a pesar de ser fiesta, fue condenado a muerte después de haber sido flagelado, coronado de espinas y tratado con extrema ignominia. Ese mismo día fue conducido al Calvario y clavado en una cruz entre dos malhechores. Así quiso morir el Dios de la inocencia, con la muerte más vergonzosa, y padecer el suplicio que merecía un ladrón llamado Barrabás, a quien los judíos le pospusieron.

Los Santos Padres dicen que Jesús fue clavado en la cruz con cuatro clavos y que en medio de ella sobresalía un tosco madero en forma de asiento, sobre el cual podía apoyarse.

8. Es sepultado, resucita y sube al Cielo

Después de tres horas de agonía, el Salvador del mundo murió a la edad de treinta y tres años. José de Arimatea tuvo el valor de pedir su cuerpo a Pilato y lo colocó en un sepulcro nuevo, excavado en la roca. No se puede olvidar que la naturaleza manifestó su dolor ante la muerte de su propio Autor, mediante una serie de prodigios acaecidos en el momento en que expiraba.

La resurrección de Jesucristo tuvo lugar el 5 de abril. Se apareció varias veces a su santísima Madre y a los discípulos durante cuarenta días, hasta el jueves 14 de mayo, en que condujo a los discípulos al monte de los Olivos, donde en presencia suya subió a los Cielos, por su propia virtud, a la diestra del Padre, dejando sobre la roca las huellas de sus sagrados pies.

Continúa...

Notas:

1) ASE 46. Todo el Antiguo Testamento es un largo adviento-preparación a este paso de la Sabiduría, que se acerca al hombre en la encarnación.

2) Sobre esto y otras fechas ver ASE 110: encarnación, y 116, muerte y resurrección.

3) Is 45:8: Resumen del Antiguo Testamento, como grito y preparación a la venida de la Sabiduría, que da sentido a la vida del hombre (ver Libros "sapienciales" y Jn 1,1-18).

4) Antífona de vísperas [cántico evangélico] correspondiente al 17 y 18 de diciembre.

5) Ver SM 7.

6) VD 16.72

7) Pr 9,1: "La Sabiduría se ha edificado una casa, ha labrado siete columnas".

8) María: su colaboración con la gracia y progreso en la virtud han ido en ascenso continuo.

9) Abad Guerrico, Sermón 3 para la Asunción de María, n.4: PL 185,196; San Bernardo, Hom 4 super Missus est, n.3: PL 183,81.

10) VD 7: Dios se ha reservado a sí mismo el conocimiento perfecto de María.

11) Ver VD 2ss.

12) No hay evidencia de que se trate de un texto de San Agustín. Quizás sea de Ricardo de San Víctor (en su Comentario al Cantar de los cantares 26: PL 196,483). Ver Juan Morinay, s.m.m., María y la debilidad de Dios

13) Lc 1,38.

14) Jn 1,14.

15) Mt 1,21; Lc 1,31.

16) Lc 2,14.

 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (110)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


110. En casa de Jacob en las cercanías del lago Merón.

17 de febrero de 1945.

1 Yo diría que, además del lago de Galilea y del Mar Muerto, Palestina tiene otro pequeño lago o rebalsa, una laguna en suma, cuyo nombre ignoro. Para calcular medidas yo no valgo nada, pero, a ojo, diría que esta pequeña depresión puede ser de unos tres kilómetros por dos. Poca, bien poca cosa como se ve. Confiérenle gracia, no obstante, su entorno verde y su superficie, tan azul y sosegada, que parece una gran lámina de esmalte azul cielo veteada en el centro por una pincelada más clara, y ligeramente más movida, quizás por la corriente del río que se introduce en ella al Norte para salir al Sur y que, por lo pequeña que es la laguna –creo que sobre todo es poco profunda–, no pierde su corriente, sino que, como vena viva en un agua parada, denota esta vitalidad y presencia suyas con el color distinto y el ligero fruncimiento de las aguas.
No hay barcas de vela en la laguna; sólo alguna pequeña barquita de remos, desde donde un solitario pescador echa o extrae sus nasas de pesca, o que sirven para pasar al otro lado a un viandante que quiere abreviar el camino. Y rebaños, rebaños, rebaños... que descienden, sin duda, de los pastos montanos porque avanza el otoño, y pacen en estas márgenes de prados verdes y feraces.

2 Por el vértice sur del lago –puesto que es de forma oval– pasa una vía de comunicación de primer orden que se extiende de Este a Oeste –o, mejor, más o menos de nordeste a sudoeste–, bastante bien conservada y muy frecuentada por transeúntes dirigidos hacia los pueblos esparcidos por esa zona. Por esta calzada camina Jesús con los suyos.
El día está más bien gris y Pedro observa: “Hubiera sido mejor no ir a donde esa mujer. Los días se acortan cada vez más y el tiempo es cada vez más desapacible... y Jerusalén está todavía muy lejos”.
“Llegaremos a tiempo. Y, créeme, Pedro, hacer el bien es más obediencia a Dios que hacer una ceremonia externa. Esa mujer ahora bendice a Dios con todos sus hijos en torno al cabeza de familia, que está tan curado, que podrá hallarse en Jerusalén para los Tabernáculos, mientras que habría debido estar durmiendo ya, para ese tiempo, entre vendas y bálsamos, en un sepulcro. No corrompas nunca la fe con la exterioridad de los actos. No se debe criticar nunca. ¿Cómo puedes asombrarte de los fariseos, si tú también caes en un error de piedad y cierras el corazón al prójimo diciendo: "Sirvo, a Dios y basta"?”.
“Tienes razón, Maestro; soy más ignorante que un borrico”.
“Y Yo te tengo conmigo para hacerte sabio. No tengas miedo. Cusa me ha ofrecido el carro casi hasta Yabboq. Desde allí al vado hay poco camino. Ha insistido tanto, y con razones tan justas, que he cedido, a pesar de que Yo juzgue que el Rey de los pobres debe servirse de los medios de los pobres; pero la muerte de Jonás ha impuesto un retardo y tengo que adaptar mi pensamiento a este imprevisto”.

3 Los discípulos hablan de Jonás compadeciendo su mísera vida y envidiando su feliz muerte.
Simón Zelote susurra: “No he podido hacerle feliz y dar al Maestro un verdadero discípulo, madurado en largo martirio e inquebrantable fe... y lo siento. ¡El mundo tiene mucha necesidad de criaturas fieles, convencidas de Jesús, para equilibrar a los muchos que niegan y negarán!”.
“No importa, Simón” responde Jesús. “El se siente más feliz ahora, y es más activo. Y tú has hecho más de lo que hubiera hecho cualquier otro por él y por mí, y por él también te doy las gracias; ahora él sabe quién fue el que le liberó, y te bendice”.
“Entonces maldice a Doras” exclama Pedro.
Y Jesús le mira y le pregunta: “¿Tú crees? Estás equivocado. Jonás era un justo, ahora es un santo. En vida ni odió ni maldijo; ni odia ni maldice ahora. Pone su mirada en el Paraíso, desde su lugar de espera, y se regocija porque sabe que pronto el Limbo dejará salir a los que están esperando. No hace nada más”.
“Y en Doras... ¿incidirá tu anatema?”.
“¿En qué sentido, Pedro?”.
“Pues... haciéndole meditar y cambiar... o... sometiéndole a castigo”.
“Le he remitido a la Justicia de Dios; Yo, el Amor, le he abandonado” (87).
“¡Misericordia! ¡No quisiera estar en él!”.
“¡Ni yo tampoco!”.
“¡Y yo tampoco!”.
“Ninguno querría, porque ¿qué será la Justicia del Perfecto?” dicen los discípulos.
“Será éxtasis para los buenos; será rayo para los perversos, amigos. En verdad os digo: ser durante toda la vida esclavo, leproso, mendigo, es felicidad de rey al lado de una hora, una sola hora, de castigo divino”.

4 “Llueve, Maestro, ¿qué hacemos? ¿A dónde vamos?”. Efectivamente, sobre el lago, que se ha oscurecido reflejando el cielo completamente cubierto de nubes plúmbeas, caen y rebotan las primeras gruesas gotas de una lluvia que promete intensificarse.
“A alguna casa. Pediremos amparo en nombre de Dios”.
“Esperemos encontrar uno bueno como aquel romano. No creía que fueran así... Siempre me había alejado de ellos considerándolos impuros, pero veo que... sí, si hago cuentas son mejores que muchos de nosotros” dice Pedro.
“¿Te agradan los romanos?” pregunta Jesús.
“¡Bueno!... no veo que sean peores que nosotros. Sólo son samaritanos...”.
Jesús sonríe y no dice nada.
Llega a su altura una pequeña mujer que va arreando a ocho ovejas.
“Mujer, ¿sabes decirnos dónde podemos encontrar un techo?...” pregunta Pedro.
“Yo sirvo a un hombre pobre y solo. Pero si queréis venir… Creo que mi patrón os acogerá con bondad”.
“Vamos”.
Caminan bajo el aguacero, rápidos, entre las ovejas, que van trotando con sus cuerpos obesos para escaparse del chaparrón. Dejan la calzada principal para tomar un caminito que conduce a una pequeña casa baja. La reconozco como la casa del campesino Jacob, el de Matías y María, los dos huerfanitos de la visión (88) de agosto, me parece.
“¡Ahí está! Corred mientras llevo las ovejas al aprisco. Al otro lado de la tapia hay un patio por el que se va a la casa. Estará en la cocina. No os fijéis en si es de pocas palabras... Está angustiado por muchas cosas”.
La mujer va hacia un cuchitril que está a la derecha.

5 Jesús, con los suyos, gira a la izquierda.
Se ve la era con el pozo, y el horno en el fondo, y el manzano a un lado. La puerta de la cocina está abierta de par en par. En ésta arde un fuego de pequeñas ramas y un hombre está reparando un apero agrícola roto.
“Paz a esta casa. Te pido refugio para la noche, para mí y mis compañeros” dice Jesús en el umbral de la puerta.
El hombre alza la cabeza. “Entra –dice– y que Dios te restituya la paz que ofreces. Pero... ¿paz aquí?... La paz es enemiga de Jacob desde hace un tiempo. ¡Pasa, pasa!... Entrad todos. El fuego es lo único que puedo daros con abundancia... porque... ¡Oh, pero... pero si Tú, ahora que te has quitado la capucha (Jesús se había tapado la cabeza con el extremo del manto, teniéndolo agarrado con la mano por debajo de la garganta) y te veo bien... Tú eres, sí, eres el rabí galileo, el que llaman Mesías y hace milagros...! ¿Eres Tú? Dilo, en nombre de Dios”.
“Soy Jesús de Nazaret, el Mesías. ¿Me conoces?”.
“Te oí hablar durante la pasada luna en casa de Judas y Ana... Estaba entre los vendimiadores porque... soy pobre... Una cadena de desgracias: pedrisco, orugas, enfermedades en las plantas y en las ovejas... Para mí, sólo con una mujer a mi servicio, me bastaba mi haber. Pero ahora me he entrampado porque me persigue la mala suerte... Para no vender todas las ovejas he trabajado en casa ajena... ¿Mis tierras?... ¡Estaban tan quemadas, y las vides y los olivos se habían quedado tan estériles, que parecía que hubiera pasado por ellas la guerra! Desde que se me murió la mujer, hace ya seis años, parece como si Satanás se estuviera divirtiendo. ¿Te das cuenta? Estoy trabajando en este arado, pero tiene la madera toda rota. ¿Qué puedo hacer? No soy carpintero, y ato, ato... pero no sirve. Y ahora tengo que tratar de evitar los mas mínimos gastos... Voy a vender otra oveja para reparar los aperos. Tengo goteras... pero me acucia más el campo que la casa. ¡Mala suerte! Las ovejas están todas preñadas... Esperaba rehacer el rebaño... ¡En fin!”.
“Veo que vengo a ser una carga donde ya hay mucha”.
“¿Tú una carga? No. Te oí hablar y… se me grabó en el corazón lo que decías. Es verdad que he trabajado honradamente, y, sin embargo... Pero pienso que quizás no era todavía lo bastante bueno. Pienso que quizás quien era buena era mi mujer, que tenía piedad de todos; pobre Lía, muerta demasiado pronto, demasiado para su marido... Pienso que el bienestar de entonces venía por ella del Cielo. Y quiero ser mejor, por lo que Tú dices y por imitar a mi esposa. No pido mucho... sólo permanecer en esta casa donde ella murió, donde yo nací... y disponer de un pan para mí y la criada que me hace de mujer y de pastora y me ayuda como puede. No tengo más personas a mi servicio. Tenía dos y me eran suficientes, trabajando, como trabajaba, también yo en las tierras y en el olivar... Pero el pan que tengo, a duras penas alcanza para mí...”.
“No te prives de él por nosotros...”.
“No, Maestro. Aunque no tuviera más que un pedazo de pan, te lo daría. Es para mí un honor tenerte... Jamás lo hubiera esperado. Si te manifiesto mis miserias es porque eres bueno y comprendes”.

6 “Sí, comprendo. Dame ese martillo. No se hace así. Así rompes la madera. Dame también ese punzón, pero primero ponle al rojo; se taladrará mejor la madera, con lo cual podremos pasar la clavija de hierro sin esfuerzo. Déjame. Yo he sido carpintero...”. 
“¿Trabajar Tú para mí? ¡No!”.
“Déjame. Tú me das hospedaje, Yo te ayudo; entre los hombres el amor mutuo debe ser dando cada uno lo que pueda”.
“Tú das la paz, das la sabiduría, das el milagro... ¡das ya mucho, mucho!”.
“Doy también el trabajo. ¡Venga, obedece!”.
Y Jesús, sólo con la túnica, trabaja rápido y con práctica en el astillado timón; taladra, ata, emperna, hace pruebas hasta que siente que está fuerte.
“Podrá trabajar todavía mucho tiempo, hasta el año que viene, y entonces podrás hacerle nuevo”.
“Yo también lo creo. Esa reja ha estado en tus manos y me bendecirá la tierra”.
“No te la bendecirá por esto, Jacob”.
“¿Por qué entonces, mi Señor?”.
“Porque practicas la misericordia. No te cierras en el rencor del egoísmo y de la envidia, sino que aceptas mi doctrina y la pones en práctica.. Bienaventurados los misericordiosos: obtendrán misericordia”.
“¿En qué la practico contigo, Señor? Casi no tengo lugar ni alimento para tu necesidad; no tengo más que la buena voluntad, y nunca como ahora me ha pesado el ser indigente, por no tener con qué darte el debido honor a ti y a tus amigos”.
“Me basta tu deseo. En verdad te digo que incluso un sólo cáliz de agua dado en mi nombre es cosa grande a los ojos de Dios. Yo era un cansado viandante bajo la tormenta, tú me has dado hospedaje. Llega la hora del alimento y me dices: "Te ofrezco cuanto tengo". Se hace de noche y tú me ofreces un techo amigo. ¿Qué más quieres hacer? Ten confianza, Jacob. El Hijo del hombre no mira la pompa del recibimiento y de la comida, mira el sentimiento del corazón. El Hijo de Dios le dice al Padre: "Padre, bendice a mis benefactores y a todos aquellos que en mi nombre son misericordiosos con los hermanos". Esto digo para ti”.

7 La criada, que mientras Jesús trabajaba con la grada ha hablado con el patrón, vuelve con algo de pan, con leche que acaba de ordeñar, pocas manzanas algo secas y una bandeja de aceitunas.
“No tengo más” se justifica el hombre.
“¡Oh, Yo veo en tu comida un alimento que tú no ves! Y de ése me nutro porque tiene sabor celeste”.
“¿Será que te alimentas, Tú, Hijo de Dios, de algún alimento que te traen los ángeles? Quizás vives del pan del espíritu”.
“Sí. Más que el cuerpo, tiene valor el espíritu, y no en mí sólo. Pero no me nutro de pan angélico, sino del amor del Padre y de los hombres. Esto lo encuentro en tu mesa y bendigo por ello al Padre que a ti me ha conducido con amor, y te bendigo a ti que con amor me acoges y amor me das: éste es mi alimento, y hacer la voluntad del Padre mío”.
“Bendice, entonces, y ofrece Tú, por mí, el alimento a Dios. Hoy eres el Cabeza de familia y siempre serás mi Maestro y Amigo”.
Jesús toma y ofrece el pan teniéndolo sobre las palmas levantadas en alto, y ora con un salmo, creo. Luego se sienta, parte y distribuye...
Todo así termina.

Continúa...

Notas:

87) el sentido de esta afirmación se aclara en 191.8 y en 261.2. Cfr. también cap.109 not. 86.

88) que se halla incluida en el capítulo 298.
 
 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)