miércoles, 21 de enero de 2026

EL CONCILIO DE TRENTO (15)

Publicamos la Sesión decimoquinta del Concilio Ecuménico de Trento continuado por el Papa Julio III.


SESION XV

Que es la V celebrada en tiempo del Sumo Pontífice Julio III 

en 25 de enero de 1552.

Decreto sobre la prorrogación de la Sesión

Constando que, por haberse así decretado, en las Sesiones próximas este Santo y Universal Concilio ha tratado en estos días con grande exactitud y diligencia todo lo perteneciente al Santísimo Sacrificio de la Misa, y al Sacramento del Orden, para publicar en la presente Sesión, según le inspirase el Espíritu Santo, los Decretos correspondientes a estas dos materias, así como los cuatro artículos pertenecientes al Santísimo Sacramento de la Eucaristía, que últimamente se remitieron a esta Sesión; y habiendo además de esto, creído que concurrirían entre tanto a este Sacrosanto Concilio los que se llaman Protestantes, por cuya causa había diferido la publicación de aquellos artículos, y les había concedido seguridad pública o Salvo-conducto, para que viniesen libremente y sin dilación alguna a él; no obstante, como no hayan venido hasta ahora, y se haya suplicado en su nombre a este Santo Concilio que se difiera hasta la Sesión siguiente la publicación que se había de hacer en el día de hoy, dando esperanza cierta de que concurrirán sin falta mucho tiempo antes de la Sesión, como se les concediese un Salvoconducto mas amplio; el mismo Santo Concilio, congregado legítimamente en el Espíritu Santo, y presidido de los mismos Legado y Nuncios, no teniendo mayor deseo que el de extirpar de entre la nobilísima nación Alemana todas las disensiones y cismas en materia de religión, y mirar por su quietud, paz y descanso; dispuesta a recibirles, si viniesen, con afabilidad, y oírles benignamente; y confiada también en que no vendrán con ánimo de impugnar pertinazmente la Fe Católica, sino de conocer la verdad; y que, como corresponde a los que procuran alcanzar las verdades evangélicas, se conformarán por fin a los Decretos y disciplina de la Santa Madre Iglesia; ha diferido la Sesión siguiente para dar a luz y publicar los puntos arriba mencionados, al día de la festividad de San José, que será el 19 de marzo, con lo que no solo tengan tiempo y lugar bastante para venir, sino para proponer lo que quisieren antes que llegue aquel día. Y para quitarles todo motivo de detenerse mas tiempo, les da y concede gustosamente la seguridad pública o Salvoconducto del tenor y substancia que se relatará. Más, entre tanto, establece y decreta que se ha de tratar del Sacramento del Matrimonio, y se han de hacer las definiciones respectivas a él, a más de la publicación de los Decretos arriba mencionados, así como que se ha de proseguir la materia de la reforma.

Salvoconducto concedido a los Protestantes

El Sacrosanto, Ecuménico y General Concilio de Trento, congregado legítimamente en el Espíritu Santo y presidido de los mismos Legado y Nuncios de la Santa Sede Apostólica, insistiendo en el Salvoconducto concedido en la penúltima Sesión, y ampliándole en los términos que se siguen; a todos en general hace fe, que por el tenor de las presentes, da y concede plenamente a todos, y a cada uno de los Sacerdotes, Electores, Príncipes, Duques, Marqueses, Condes, Barones, Nobles, Militares, Ciudadanos, y a cualesquiera otras personas de cualquier estado, condición o calidad que sean, de la nación y provincias de Alemania, y a las ciudades y otros lugares de la misma, así como a todas las demás personas eclesiásticas y seculares, en especial de la confesión de Augusta, los que, o las que vendrán con ellos a este General Concilio de Trento, o serán enviados, o se pondrán en camino, o hasta el presente hayan venido, bajo cualquier nombre que se reputen, o puedan especificarse; fe pública, y plenísima y verdaderísima seguridad, que llaman Salvoconducto, para venir libremente a esta ciudad de Trento, y permanecer en ella, estar, habitar, proponer y hablar de mancomún con el mismo Concilio, tratar de cualesquiera negocios, examinar, ventilar y representar impunemente todo lo que quisieren, y cualesquiera artículos, tanto por escrito, como de palabra, propalarlos, y en caso necesario declararlos, confirmarlos y persuadirlos con la Sagrada Escritura, con palabras de los Santos Padres y con sentencias y razones, y de responder también, si fuere necesario, a las objeciones del Concilio General, y disputar cristianamente, con las personas que el Concilio depute, o conferenciar caritativamente, sin obstáculo alguno y lejos de todo improperio, maledicencia e injurias; y determinadamente que las causas controvertidas se traten en el expresado Concilio Tridentino, según la Sagrada Escritura, y las Tradiciones de los Apóstoles, Concilios aprobados, consentimiento de la Iglesia Católica, y autoridad de los Santos Padres; añadiendo también que no serán castigados de modo alguno con el pretexto de religión, o de los delitos cometidos, o que puedan cometer contra ella; como también que a causa de hallarse presentes los mismos, no cesarán de manera alguna los divinos oficios en el camino, ni en otro ningún lugar cuando vengan, permanezcan, o vuelvan, ni aun en la misma ciudad de Trento; y por el contrario, que efectuadas o no efectuadas todas estas cosas, siempre que les parezca, o por mandato o consentimiento de sus superiores desearen, o deseare alguno de ellos, volverse a sus casas, puedan volverse libre y seguramente, según su beneplácito, sin ninguna repugnancia, ocasión o demora, salvas todas sus cosas y personas, e igualmente el honor y personas, de los suyos; pero con la circunstancia de hacerlo saber a las personas que ha de deputar el Concilio; para que en este caso, se den sin dolo ni fraude alguno las providencias oportunas a su seguridad. Quiere además el Santo Concilio que se incluyan y contengan, y se reputen por incluidas en esta seguridad pública y Salvoconducto; todas y cualesquiera cláusulas que fueren necesarias y conducentes para que la seguridad sea completa, eficaz y suficiente, en la venida, en la mansión y en la vuelta. Expresando también para mayor seguridad y bien de la paz y reconciliación, que si alguno o algunos de ellos, ya en el camino viniendo a Trento, ya permaneciendo en esta ciudad; o ya volviendo de ella, hicieren o cometieren (lo que Dios no permita) algún enorme delito, por el que se puedan anular y frustrar las franquicias de esta fe y seguridad pública que se les ha concedido; quiere, y conviene en que los aprendidos en semejante delito, sean después castigados precisamente por Protestantes, y no por otros, con la correspondiente pena, y suficiente satisfacción, que justamente debe ser aprobada y dada por buena por parte de este Concilio, quedando en todo su vigor la forma, condiciones y modos de la seguridad que se les concede. Quiere también igualmente, que si alguno o algunos (de los católicos) del Concilio, hicieren o cometieren (lo que Dios no quiera) o viniendo al Concilio o permaneciendo en él, o volviendo de él, algún delito enorme, con el cual se pueda quebrantar o frustrar en algún modo el privilegio de esta fe y seguridad pública; se castiguen inmediatamente todos los que sean comprendidos en semejante delito, solo por el mismo Concilio, y no por otros, con la pena correspondiente y suficiente satisfacción, que según su mérito ha de ser aprobada, y pasada por buena por parte de los señores Alemanes de la confesión de Augusta que se hallaren aquí, permaneciendo en todo su vigor la forma, condiciones y modos de la presente seguridad. Quiere además el mismo Concilio que sea libre a todos, y a cada uno de los mismos embajadores, todas cuantas veces les parezca oportuno o necesario, salir de la ciudad de Trento a tomar ayres, y volver a la misma ciudad, así como enviar o destinar libremente su correo, o correos , a cualesquiera lugares para dar órdenes en los negocios que les sean necesarios, y recibir, todas cuantas veces les pareciese conveniente, al que, o los que hayan enviado o destinado; con la circunstancia no obstante de que se les asocie alguno o algunos por los deputados del Concilio, los que, o el que deba, o deban cuidar de su seguridad. Y este mismo Salvoconducto y seguros deben durar y subsistir desde el tiempo, y por todo el tiempo en que el Concilio y los suyos les reciban bajo su amparo y defensa, y hasta que sean conducidos a Trento y por todo el tiempo que se mantengan en esta ciudad; y además de esto, después de haber pasado veinte días desde que hayan tenido suficiente audiencia, cuando ellos pretendan retirarse, o el Concilio, habiéndoles escuchado, les intime que se retiren, se les hará conducir, con el favor de Dios, lejos de todo fraude y dolo, hasta el lugar que cada uno elija y tenga por seguro. Todo lo cual promete, y ofrece de buena fe que se observará inviolablemente por todos y cada uno de los fieles cristianos, por todos y cualesquiera príncipes, eclesiásticos y seculares, y por todas las demás personas eclesiásticas y seculares de cualquiera estado y condición que sean, o bajo cualquier nombre que estén calificadas. Además de esto, el mismo Concilio, excluyendo todo artificio y engaño, ofrece sinceramente y de buena fe, que no ha de buscar manifiesta ni ocultamente ocasión alguna, ni menos ha de usar de modo alguno, ni ha de permitir que nadie ponga en uso autoridad ninguna, poder, derecho, estatuto, privilegio de leyes o de cánones, ni de ningún concilio, en especial del Constanciense y Senense, de cualquier modo que estén concebidas sus palabras, como sean en algún perjuicio de esta fe pública, y plenísima seguridad, y audiencia pública y libre que les ha concedido el mismo Concilio; pues las deroga todas en esta parte por esta vez. Y si el Santo Concilio, u alguno de él o de los suyos, de cualquiera condición o preeminencia que sea, faltare en cualquier punto o cláusula, a la forma y modo de la mencionada seguridad y Salvoconducto, (lo que Dios no permita) y no se siguiere sin demora la satisfacción correspondiente, que según razón se ha de aprobar y dar por buena, a voluntad de los mismos Protestantes; tengan a este Concilio, y lo podrán tener por incurso en todas las penas en que por derecho divino y humano, o por costumbre, pueden incurrir los infractores de estos Salvoconductos, sin que le valga excusa, ni oposición alguna en esta parte.

Continúa...

 

UNA MIRADA AL FIN DE LOS TIEMPOS MARIANOS (III)

La época del Anticristo se describe como una época sin emperador ni papa. ¿Ha llegado ese momento?

Por el padre Bernhard Zaby


Apareció una gran señal – Parte 1

Apareció una gran señal – Parte 2

Apareció una gran señal - Parte 3

El último remedio

A menudo ocurre que una luz vuelve a brillar intensamente antes de apagarse. Así, Dios volvió a regalar al mundo dos luces en forma de un gran Papa Santo y un emperador santo como sus representantes en la Tierra, antes de que fueran eliminados por los enemigos para dar paso a la hora de la oscuridad. “Pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas” (Lc 22,53).

El año 1917 fue un año significativo. Fue el único año completo del reinado del emperador Carlos de Austria, fue el año en que Estados Unidos entró en guerra y, con ello, se convirtió definitivamente en una guerra mundial, la primera de su triste género, y fue el año de la revolución bolchevique en Rusia. El P. Jentzsch escribe al respecto en su libro Fatima und der Halbmond (Fátima y la media luna) (parte 1, p. 166): “Cada vez más se llega a la conclusión de que el año 1917 representa un punto de inflexión histórico decisivo a gran escala. Algunos incluso opinan que en este año se puede fijar el final de la era moderna. Por un lado, Estados Unidos, con su ideología liberal, se apoderó, por así decirlo, de Europa; por otro lado, estaba Rusia con su ideología comunista. Ambas ideologías son, en el fondo, ideologías anticristianas. Atrapado entre estas dos ideologías mundiales, la del Este y la del Oeste, el emperador Carlos encarnaba, por así decirlo, la tercera fuerza. Luchó por la idea cristiana”.


“A raíz de los acontecimientos de la Primera Guerra Mundial, el Imperio católico, resto del último Sacro Imperio Romano Germánico, se materializó en la doble monarquía austrohúngara, destruida por potencias anticatólicas. Esto supuso la destitución del cargo de gobernante de su posición consagrada. Hasta ese momento, el Estado y el poder estatal se consideraban otorgados por Dios. Incluso el gobernante secular era consciente de que solo él era responsable ante Dios de sus actos, por supuesto, por el bien y el bienestar de sus pueblos y súbditos. A partir de ese momento, los efectos de la Revolución Francesa se hicieron notar en todo el mundo. “¡Todo el poder emana del pueblo!”. Ese es el principio de la Revolución Francesa. Este poder desde abajo es el polo opuesto a Dios, el poder desde arriba”.

En el mismo año en que la revolución se dispuso a conquistar el mundo entero y, tras eliminar al tercer poder, el cristiano, aplastar a toda Europa entre las ideologías del liberalismo y el comunismo, cuando el dragón levantó con violencia su cabeza, volvió a aparecer en el cielo la gran señal: María, la Inmaculada Concepción. Entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, la Reina del Cielo se aparece a tres niños en Fátima, Portugal.

En su primera aparición, les pidió que volvieran al mismo lugar a la misma hora cada día 13 durante los siguientes seis meses y les prometió una séptima aparición. Les preguntó si estaban dispuestos a ofrecerse a Dios como sacrificio expiatorio por los pecados y les pidió que recen el rosario todos los días para conseguir la paz en el mundo y el fin de la guerra”. En su segunda aparición, en junio, renovó la petición de rezar el rosario todos los días.

La tercera aparición tuvo lugar el 13 de julio. Aquí Nuestra Señora anunció que se revelaría en su última aparición en octubre y realizaría un gran milagro como señal de la autenticidad y sobrenaturalidad del acontecimiento. A continuación, volvió a pedir a los niños que se sacrifiquen por los pecadores y les mostró una visión del infierno para animarlos poderosamente a esta obra de amor. Al hacerlo, reveló a los tres niños un secreto que, según las palabras de Lucía, constaba de “tres partes diferentes”, de las cuales ella ha revelado dos. “La primera parte fue la visión del infierno”, escribió en su “Tercer memoria”. La segunda parte consistía en las palabras de la Santísima Virgen:

Habéis visto el infierno, adonde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacéis lo que os digo, se salvarán muchas almas y habrá paz. La guerra terminará. Pero si no se deja de ofender a Dios, bajo el pontificado del Papa Pío XI comenzará otra guerra peor. Si una noche veis el cielo iluminado por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da para que sepáis que va a castigar al mundo por sus delitos con guerras, hambrunas, persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para evitarlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado y la comunión reparadora los primeros sábados del mes. Si se escuchan mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz. Si no, difundirá sus herejías por el mundo, provocará guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán destruidas, pero al final mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre consagrará Rusia, que se convertirá, y al mundo se le concederá un tiempo de paz”.

En su “Cuarta Memoria, sor Lucía completa esta segunda parte del secreto con las siguientes palabras: “En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe, etc. No se lo digáis a nadie; podéis contárselo a Francisco”. Esto parece referirse a la tercera parte del secreto, que permaneció oculta por el momento, pero que debía revelarse como muy pronto en 1944, cuando Lucía la escribió, y como muy tarde en 1960, porque “en ese momento se vería más claro”, como dijo la hermana Lucía. Más tarde, esta tercera parte se denominó, de forma no del todo correcta, el “tercer secreto de Fátima. El sobre que lo contenía fue llevado de Leiria al Vaticano en 1957 y abierto por Juan XXIII en 1959. Sin embargo, como sabemos hoy, el “tercer secreto no fue revelado hasta el año 2000 por el secretario de Estado del Vaticano y publicado junto con un comentario del entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger, y su secretario, Bertone.

Existen dudas fundadas sobre si el “tercer secreto publicado por el Vaticano es realmente la tercera parte del secreto de Fátima. La visión que se describe en él parece demasiado vaga y poco impactante como para entender por qué se mantuvo en secreto durante tanto tiempo, incluso 40 años después de 1960. Hasta entonces, todos los expertos coincidían en que el “tercer secreto no podía referirse a otra cosa que a la eclipse de la Iglesia ya anunciada en La Salette. De hecho, no podemos dudar de que se trataba precisamente de una advertencia sobre lo que se estaba gestando después de la Segunda Guerra Mundial y que luego ocurrió en la Iglesia después de 1960. Esa sería también la única razón válida por la que los “papas conciliares” Juan XXIII y Pablo VI no quisieron que se diera a conocer, a pesar de que, o precisamente porque, se sabe que conocían su contenido.


Los acontecimientos de Fátima concluyeron el 13 de octubre. La aparición se identificó como “Nuestra Señora del Rosario”, volvió a insistir en la importancia de rezar el rosario todos los días y, como prueba de su veracidad, realizó el famoso milagro del sol. Durante este milagro, los tres niños vieron un panorama de visiones, entre ellas San José, la Sagrada Familia y, al final, Nuestra Señora del Monte Carmelo con el escapulario.

Vemos la relación con todas las grandes apariciones marianas anteriores. Sin embargo, las cosas se presentan de forma aún más insistente y precisa. Así, la Virgen María exhorta aquí con más urgencia que antes a rezar el rosario, se llama a sí misma “Nuestra Señora del Rosario” y subraya una y otra vez que el rosario debe rezarse a diario. También la exhortación al arrepentimiento y la expiación es aquí aún más apremiante y concreta. Si en Lourdes ya se había revelado como la Inmaculada Concepción, ahora ponía especialmente de relieve su Corazón Inmaculado.

Pero, sobre todo, la Reina de los Profetas subrayó el carácter apocalíptico de sus apariciones. Ella llamó a la devoción a su Corazón Inmaculado el “último remedio” que Dios ha dado a este mundo. Ella mostró que realmente se trataba de todo y que se avecinaba la batalla decisiva entre ella y sus seguidores, y la serpiente y sus seguidores, como también lo subrayó sor Lucía en su conversación con el P. Fuentes el 26 de diciembre de 1957. Ella indicó los medios para librar y ganar esta batalla. Estos medios son el rosario y la devoción a su Inmaculado Corazón, que pueden relacionarse fácilmente con la verdadera devoción a María que enseñó San Luis María.

La Hermana Lucía destacó que la Virgen María le reveló que el rosario había sido dotado de un poder muy especial para estos últimos tiempos, de modo que su devota oración podía resolver todos los problemas privados y públicos: “La Santísima Virgen dotó al rosario de tal eficacia que no hay ningún problema material, espiritual, nacional o internacional que no pueda resolverse mediante el rosario y nuestro sacrificio” (conversación con el P. Fuentes). Esto se ha confirmado muchas veces, quizás de forma más espectacular en 1955 en Austria, cuando este país fue liberado de la ocupación soviética gracias a la oración del rosario. Brasil se salvó del comunismo en 1964 y Portugal en 1975, en ambos casos gracias a la oración del rosario. Aquí, la Reina del Rosario demostró el poder de esta oración, sobre todo en la lucha contra aquellas herejías que, según sus palabras, Rusia difundiría por todo el mundo si no se escuchara a ella y sus advertencias.

La devoción a su Inmaculado Corazón es, por un lado, la devoción de expiación que todos deben practicar, cuya forma más simple fue revelada por Nuestra Señora a la vidente Lucía el 10 de diciembre de 1925 en Pontevedra y confirmada con una promesa: Al menos tú, esfuérzate por consolarme y comunica que prometo asistir en la hora de la muerte, con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas, a todos aquellos que durante cinco meses, el primer sábado de cada mes, se confiesen, comulguen, recen un rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando los 15 misterios del rosario, con la intención de repararme”.


Por otra parte, sin embargo, exigió un acto muy especial que debía realizar el Papa, como comunicó Nuestra Señora a la Hermana Lucía el 13 de junio de 1929 en Tuy, España: “Ha llegado el momento en que Dios pide al Santo Padre que, en unión con todos los obispos del mundo, consagre Rusia a mi Corazón Inmaculado. Él promete salvarla por este medio”

Como sabemos, las peticiones de la Santísima Virgen no se escucharon y ocurrió lo que ella había profetizado para este caso: se produjo otra guerra aún peor y Rusia se dedicó a difundir sus herejías por todo el mundo. Pero, sobre todo, se cumplió también la tercera parte de su secreto, que evidentemente afectaba en primer lugar a la Iglesia y a la fe.

La Segunda Guerra Mundial

En 1929 aún habría sido posible evitar las catástrofes que se avecinaban. En 1927, Josef Stalin llegó al poder en la Unión Soviética y en 1929 comenzó su “deskulakización” mediante “detenciones, expropiaciones, condenas a muerte y deportaciones” (Wikipedia) y, sobre todo, una sangrienta persecución de los cristianos creyentes, tanto ortodoxos como católicos unidos. Pocos años después, la fatalidad siguió su curso con la “toma del poder” del “soldado bohemio” Adolf Hitler. Surgió aquella caricatura malvada y demoníaca del Sacro Imperio Romano Germánico, en la que precisamente un austriaco, nacido aún en la monarquía danubiana, estableció en el antiguo corazón del Imperio Romano, Alemania, un “Tercer Reich” totalmente impío y criminal. Los doce años de existencia de este “Reino Milenario” bastaron para llevar al colapso no solo a Alemania, sino prácticamente a todo el antiguo Occidente cristiano.

Como hemos visto, María, la que aplasta al dragón, intentó por todos los medios evitar este colapso. La Hermana Lucía comunicó inmediatamente “el deseo de María de consagrar Rusia al Inmaculado Corazón de María” a su confesor Francisco Rodríguez S.J., quien, tras consultar con el obispo de Leiria, lo transmitió a Roma. “Sin embargo, cuando el entonces Santo Padre Pío XI dejó pasar hasta 1931 varias ocasiones muy propicias para realizar esta consagración, entre ellas, por ejemplo, el 1500 aniversario del concilio “mariano” de Éfeso de 431, la Hermana Lucía recibió en agosto de 1931 en Rianjo, una pequeña ciudad costera portuguesa cerca de Pontevedra, la aterradora noticia de que el papado, al igual que los Borbones, desaparecería por haberse negado a consagrar Rusia. Al igual que estos últimos, en la figura de Luis XIV, se negaron en 1689 a consagrar su país al Sagrado Corazón de Jesús, siguiendo la indicación de santa Margarita María Alacoque, y cien años más tarde perdieron su trono, también el papado desaparecería por su negativa a consagrar Rusia al Inmaculado Corazón (De: Petrus und die Herodianer [Pedro y los herodianos], de Helmut Waldmann; véase Ferdinand Baumann SJ, Fatima und die Rettung der Welt [Fátima y la salvación del mundo]).


En Alemania, por aquella época se formó un círculo en torno a la vidente estigmatizada Resel de Konnersreuth, del Alto Palatinado. A este círculo pertenecían, entre otros, el converso y publicista Fritz Michael Gerlich y el padre capuchino Ingbert Naab. “Therese Neumann rechazaba sin concesiones el hitlerismo, que despreciaba a Dios y a los hombres, y su “cristianismo positivo”, la “religión de Dios” del nacionalsocialismo”, escribe Wolfgang Johannes Bekh en su libro Therese von Konnersreuth. ¡Tenemos que hacer algo por el Salvador!”, solía decir. En una de las reuniones en Wutzhaus, exhortó al padre Ingbert y a Gerlich: “¡Vosotros dos tenéis que luchar! Quizás no sirva de nada, ¡pero tenéis que luchar!”.

Con su revista Der Gerade Weg (El camino recto), Gerlich y Naab iniciaron en julio de 1931 su lucha contra Hitler y el nacionalsocialismo. Como dijo el padre Naab: “En nuestra lucha por la verdad, tenemos ante nuestros ojos el ejemplo de los profetas. Su tarea era, en tiempos de grandes catástrofes, presentarse ante el país y el pueblo con un valor inquebrantable, como una “columna de bronce” y un “muro de hierro”. Los profetas nunca siguen a la mayoría. Al contrario, sufren terriblemente el destino del aislamiento. Así, Jeremías no debía temer “exponerse demasiado”... Los más astutos prefieren esperar a ver cuál es el resultado. Pero los profetas deben seguir por el camino recto sin tener en cuenta el consentimiento o el rechazo. Intentaron hasta el final todo lo posible para impedir la victoria de los nazis. Tras la “toma del poder, Gerlich fue arrestado inmediatamente y más tarde asesinado en relación con el “golpe de Röhm en 1934. El padre Naab pudo huir y murió en el exilio en 1935.

Solo se puede impedir que un tirano llegue al poder antes de que lo haga, después es demasiado tarde, se decía. Eso también se cumpliría aquí. Si no se hubiera impedido la “toma del poder, lo que sin duda se habría logrado si el Papa hubiera llevado a cabo la consagración de Rusia que se le había pedido, la catástrofe ya no se podía detener. Hitler arrastró a Alemania, a Europa, incluso al mundo entero, a una guerra terrible que se cobró innumerables vidas y que finalmente no dejó más que escombros y ruinas del antiguo Occidente cristiano, sobre los que ahora se iba a construir el “Nuevo Orden Mundial sin Cristo y sin Dios. Por el momento, el poder se repartía entre los Estados Unidos liberales y capitalistas y la Rusia comunista. La línea fronteriza entre ambos discurría por el antiguo corazón del Sacro Imperio Romano Germánico, Alemania, e incluso por su última capital, Berlín.

No cabe duda de que el fin de la Segunda Guerra Mundial se debe a la consagración del mundo que Pío XII llevó a cabo el 31 de octubre de 1942. “Pero fue una consagración del mundo y no de Rusia”, escribe el P. Gérard Mura en su folleto “Fátima-Roma-MoscúHay que distinguir claramente entre el deseo del Cielo de que se consagre Rusia, la petición del Cielo de que se consagre el mundo (con mención especial a Rusia) y las diferentes promesas del Cielo. Se trata de dos consagraciones con dos promesas diferentes del Cielo: para la consagración del mundo se prometió el acortamiento de la guerra mundial y para la consagración de Rusia, la conversión de Rusia”. De hecho, tras esta consagración del mundo se produjo un giro en la Segunda Guerra Mundial que finalmente condujo al fin de la guerra en la festividad del arcángel San Miguel, en el mes de María, el 8 de mayo de 1945.

Probablemente fueron razones políticas las que llevaron al papa Pío XII, al igual que a su predecesor Pío XI, a no cumplir el deseo de la Santísima Virgen, a pesar de haber recibido dos señales muy personales. Fue consagrado obispo el 13 de mayo de 1917 a mediodía, es decir, el día y la hora de las primeras apariciones de Nuestra Señora en Fátima. Es una señal muy clara del Cielo, que él también reconoció como tal (discurso del Papa Pío XII con motivo de la consagración de la iglesia de San Eugenio en Roma)” (P. Mura, op. cit., p. 41). Incluso se autodenominó “el Papa de Fátima”. Pío XII también vio varias veces el milagro solar de Fátima, concretamente en los días de la definición de la Asunción corporal de María al Cielo. Esto ocurrió en 1950, los días 30 y 31 de octubre, así como el 1 y el 8 de noviembre, en los jardines del Vaticano. También lo anunció oficialmente en Fátima” (ibid.).


El 1 de noviembre de 1950, el Papa Pío XII proclamó solemnemente el dogma de la Asunción de María al Cielo. Él mismo lo consideró un signo apocalíptico y, en este sentido, encargó la redacción de un nuevo formulario de Misa para la fiesta de la Asunción de María el 15 de agosto, que comienza con las palabras del Apocalipsis de San Juan: Signum magnum apparuit...”. En general, se esperaba que, con motivo de esta dogmatización y su celebración en Roma, el Papa, en unión con los obispos, que estaban presentes en gran número, llevara a cabo finalmente la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María. La expectativa fue en vano. El Papa dejó pasar también esta oportunidad sin aprovecharla. La alianza entre María y el Papa se había roto.

La caída del papado

“Que mis siervos sepan que, al seguir el ejemplo de los reyes franceses y posponer la ejecución de mi petición, también les seguirán en su desgracia”, dijo Cristo en una visión en agosto de 1931 a la Hermana Lucía, después de que Pío XI se mostrara reacio a realizar la consagración exigida por Nuestra Señora de Fátima. Al igual que los reyes franceses “en la figura de Luis XIV se negaron en 1689 a consagrar su país al Sagrado Corazón de Jesús, siguiendo la indicación de santa Margarita María Alacoque, y cien años más tarde perdieron su trono, también el papado caería debido a su negativa a consagrar Rusia al Inmaculado Corazón”. Después de que Pío XII también fracasara de manera evidente, la catástrofe siguió su curso. Ya en la década de 1950, bajo su pontificado, comenzaron los preparativos para aquella catástrofe que el arzobispo Lefebvre llamó en una ocasión la “Tercera Guerra Mundial”: el Vaticano II y la iglesia conciliar que surgió de él, con sus “papas conciliares”. Ocurrió lo que Nuestra Señora de La Salette había predicho más de cien años antes: “La Iglesia se oscurecerá. Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo”.

Ya desde 1948, una comisión litúrgica vaticana dirigida por el padre masón Annibale Bugnini trabajaba para llevar a cabo una “reforma” litúrgica integral, cuyo primer golpe fue la reorganización de la Semana Santa en 1955, que trastocó todas las tradiciones litúrgicas, y que finalmente, tras veinte años, celebró su último triunfo sobre la liturgia católica con el Novus Ordo Missae. En 1954, cuando ya se daba por hecho el fallecimiento del enfermo Pío XII, algunas voces masónicas ya predecían la elección del cardenal Angelo Roncalli como próximo papa. Incluso su nombre, Juan XXIII, ya era conocido por estos iniciados, así como el hecho de que convocaría un concilio para revolucionar la Iglesia (cf. Die Verfinsterung der Kirche”, Durach 2004, p. 67). Cuatro años más tarde, a finales de 1958, llegó el momento. Roncalli salió del cónclave como el papa Juan XXIII.

Franco Bellgrandi, antiguo chambelán del Papa y colaborador del Osservatore Romano, relata en un libro publicado en 1977 una conversación que mantuvo poco antes del cónclave con una personalidad de alto rango, “de la que sabía que era una alta autoridad masónica y que estaba en contacto con el Vaticano”. Esta persona le dijo a Bellgrandi que el próximo papa “ya había sido elegido” y que se trataba “del patriarca de Venecia Roncalli”. A la sorprendida pregunta de quién lo había elegido, recibió una respuesta no menos sorprendente: “Nuestros masones, que están representados en el cónclave. Cuando Bellgrandi preguntó asustado si realmente había masones en el cónclave, la respuesta fue: “Por supuesto que sí. La Iglesia está en nuestras manos (“Die Verfinsterung der Kirche”, p. 69 y ss.).


Hay indicios indudables de que tanto Roncalli como Montini, que como Pablo VI sería su sucesor y continuador del concilio Vaticano II, eran miembros de la logia masónica. Si aún queda alguna duda, invitamos a todos los que lo deseen a estudiar los textos del Concilio Vaticano II de Juan XXIII, y se verá que muchos de sus fundamentos se basan en los principios y postulados de la masonería”, escribe un “iniciado” de alto rango (ibid., p. 74). La conspiración de los “carbonarios” había finalmente alcanzado su objetivo. Lo que en 1903 había sido impedido por el emperador austriaco, ahora se había logrado: uno de los suyos había ascendido al trono de Pedro.

Desde entonces, los enemigos de Cristo y de la Iglesia tienen el Vaticano en su poder. La influencia de la masonería no ha disminuido con los años, sino todo lo contrario. Por lo tanto, no es de extrañar que la elección de Bergoglio como “Francisco I”  ya hubiera sido predicha por los masones. Al menos, fue muy elogiada y acogida por los masones a posteriori, como por ejemplo por “B'nai B'rith”  y la “Liga Antidifamación”, de origen judío-masónico. Por lo tanto, si desde hace más de cinco décadas los masones determinan quién ocupa la sede de Pedro, esto no puede interpretarse más que como el fin, aunque sea temporal, del papado católico.

El resto sucedió con la extraña renuncia de Benedicto XVI (que, por primera vez, ya ni siquiera llevaba la tiara en su escudo) y su estatus de “papa emérito, las apariciones conjuntas vestidos de blanco con su sucesor y su “encíclica a cuatro manos”, de modo que los observadores más perspicaces hablaron de un nuevo papado que, en cumplimiento del deseo expresado por Juan Pablo II, consiste en una mera primacía honoríficade amor”, mientras que los fieles más sencillos simplemente estaban confundidos por los dos papas”. Gracias a los esfuerzos del papa Bergoglio, que como “Francisco I”  hizo todo lo posible, empezando por su nombre, para no seguir en ningún caso la tradición papal, se llamaba siempre solamente “obispo de Roma”, no llevaba ni el anillo del pescador ni los zapatos rojos ni ningún otro signo papal excepto la sotana blanca, vivía en la casa de huéspedes del Vaticano en lugar de en los aposentos papales, etc., incluso los más rezagados deberían haberse dado cuenta de que el papado católico tal y como lo conocíamos había llegado a su fin.


Aquí cabría incluir dos textos que dan un testimonio ciertamente insospechable sobre estos últimos acontecimientos del papado. El primero es de un masón llamado Ernesto Galli della Loggia, que comentó la renuncia de Benedicto XVI en el periódico italiano La Stampa el 13 de febrero de 2013 de la siguiente manera: La renuncia papal significa, por el poder de los hechos, una desacralización de su cargo. El significado teológico del mismo (ser vicario de Cristo) puede permanecer inalterado, pero su modo de designación, el ejercicio de su ministerio y su “aura” se reducen a una dimensión absolutamente ordinaria. Si es posible que un papa renuncie —y con ello derribe una práctica centenaria en la cúspide del poder—, entonces también son posibles otras innovaciones. Entonces también pueden derribarse otras prácticas centenarias en los niveles inferiores. Con el caso de Benedicto XVI se cuestiona, por lo tanto, la existencia de la estructura central de la Iglesia: se somete a la prueba de los hechos, a la dura prueba del tiempo y a la insignificancia humana.

El segundo texto apareció en el diario “WELT” el 28 de febrero de 2013 y es de Richard Herzinger: La renuncia del papa Benedicto XVI tiene un efecto simbólico cuyo impacto solo se revelará con el tiempo. El aura de la Iglesia católica depende de su afirmación de haber sido establecida como institución por Dios y no por el esfuerzo humano. En consecuencia, se aplica al papa, como representante de Cristo en la Tierra, que en última instancia no está sujeto a los peligros mundanos. El hecho de que ahora un papa, por motivos de salud, renuncie a esta posición de sobrenaturalidad y, si se quiere, de superhumanidad, y pase sus últimos años como un particular, lleva esta construcción de la fe al absurdo. Al afirmar que ya no podía ejercer con la eficacia necesaria el difícil cargo de líder de la Iglesia debido al deterioro de sus fuerzas físicas, Josef Ratzinger habló como un jefe de Gobierno o el presidente del consejo de administración de una empresa, no como un hombre santo que, al trascender a la esfera de lo sagrado, ya se había alejado de lo terrenal. ... Por muy comprensible e incluso simpática que pueda resultar su renuncia por motivos de edad, el hecho de que bajo el cargo sagrado vuelva a aparecer de repente un ser humano corriente demuestra hasta qué punto el papado y la institución que encarna ya se han visto envueltos en las ruedas del molino de la secularización, y lo probable que es que acaben siendo triturados por ellas. El hecho de que el papa, al fin y al cabo, solo quiera ser un ser humano como tú y como yo, profana un cargo que, según la voluntad de la Iglesia —sin tener en cuenta las críticas a las acciones concretas de su titular—, debe representar algo intocable, diferente de la insuficiente existencia mundana. El signo de la humanización y la temporalización del cargo papal se adherirá ahora para siempre también a los sucesores de Benedicto.

Roger Mahony

El “cardenal” Roger Mahony, participante en el cónclave de marzo de 2013, nos ofrece otra pista interesante al describir un hecho curioso en su blog: “Sé que muchos millones de católicos de todo el mundo rezaron para que el Espíritu Santo nos mostrara a la persona más adecuada para dirigir la Iglesia. Cuando finalmente llegamos a la Capilla Sixtina el 12 de marzo, yo todavía estaba considerando dos o tres candidatos. Sin embargo, cuando nos entregaron la primera papeleta en blanco y tuvimos que escribir un nombre en ella, ocurrió algo poderoso y extraño. Cogí mi bolígrafo para escribir y empecé. Sin embargo, mi mano fue movida por un poder espiritual superior. El nombre en la papeleta simplemente apareció. Aún no había concentrado mis pensamientos en un nombre, pero algo lo hizo por mí. Lo escribí y luego me asusté mucho. Entonces supe que el 'Espíritu Santo' estaba en plena actividad en la Iglesia de Jesucristo y que mi tarea no era “elegir al nuevo sucesor de Pedro, sino “escribir su nombre, un nombre que me había sido dado. El poder abrumador de la oración y la confianza en el 'Espíritu Santo' supera toda imaginación humana. Para cualquiera que tenga algunos conocimientos y experiencia en este campo, está claro que este tipo de cosas pertenecen al ámbito del ocultismo y que el “gran poder espiritual” que movió aquí la pluma y llevó a la elección de Bergoglio no fue, en ningún caso, el Espíritu Santo.

El anti-Éfeso

En el Concilio de Éfeso, que se celebró como tercer Concilio Ecuménico del 22 de junio al 31 de julio del 431 d. C. en la ciudad de Éfeso, en Asia Menor, en la iglesia mariana local, se declaró solemnemente a la Santísima Virgen María “Madre de Dios” en defensa contra la herejía de Nestorio. Esta fue una de las grandes victorias de la pisoteadora de serpientes sobre Satanás y su maldad serpentina. Pero el diablo no olvida y vio que había llegado su hora de vengarse y contraatacar. El concilio Vaticano II (1962-1965), iniciado por Juan XXIII y continuado por Pablo VI, le brindó la mejor oportunidad para ello.

En octubre de 1963 se desató en este concilio una disputa sobre el esquema previsto sobre la Santísima Virgen. “La discusión reveló la oposición entre dos corrientes, una maximalista y otra minimalista” escribió Roberto de Mattei en su libro “El Concilio Vaticano II: una historia aún por escribir”“Los “maximalistas” eran los continuadores del gran movimiento mariano del siglo XX, que, tras la definición del dogma de la Asunción de María, deseaba la proclamación de un nuevo dogma por parte del Papa y de los obispos reunidos en el concilio: María como mediadora de las gracias” (p. 352 y ss.).

Según este autor, ya en el congreso mariano de 1958 en Lourdes se pusieron de manifiesto entre los mariólogos “dos corrientes: una maximalista, que derivaba todos los privilegios divinos de María de su maternidad divina en el marco del orden hipostático”, es decir, en última instancia, del dogma mariano de Éfeso, “y otra minimalista, según la cual la mariología tenía su fundamento en el paralelismo entre María y la Iglesia. La primera corriente se denominó ‘cristotípica’, porque enfatizaba la estrecha conexión entre Cristo y su madre en el único acontecimiento salvífico. De esta unión surgieron la corredentora y la mediación de María. La segunda corriente, por el contrario, defendía la opinión de que el papel de María estaba subordinado al papel de la Iglesia, a la que correspondía el primer lugar después de Cristo y de la que María era solo un miembro. Sus privilegios se limitaban al interior de la comunidad cristiana, de la que era 'tipo' y modelo. Por esta razón, la corriente se denominó 'eclesiológica'” (ibid., p. 353 y ss.).

Los “teólogos conciliares” Congar, Rahner y Laurentin lanzaron una ofensiva “antimaximalista, en realidad antimaria. El verdaderamente gran mariólogo P. Roschini se opuso a las declaraciones del “mariólogo” Laurentin como defensor de la Madre de Dios. En su exhaustivo estudio, llegó a la conclusión de que en realidad no se podía hablar de una “corriente maximalista. Por el contrario, se puede hablar con fundamento objetivo de una tendencia minimalista que ignora por completo la doctrina del magisterio ordinario y no solo niega y pone en duda verdades absolutas, sino que ha llegado incluso al punto de 'preferir' la fe en la maternidad divina para identificar finalmente a la Santísima María con la Iglesia y rebajarla así al nivel de todos los demás miembros del cuerpo místico de Cristo, como prima inter pares” (ibid., p. 358).

En realidad, se trataba de otra batalla entre la mujer y sus seguidores y la serpiente y los suyos. Como es sabido, los “minimalistas” se impusieron en nombre del “ecumenismo” y convirtieron así el Vaticano II en un “anti-Éfeso”. No hace falta mencionar que la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María, propuesta y solicitada por varios padres conciliares con motivo del concilio, no se llevó a cabo, como era de esperar.

En su lugar, se produjo una apostasía mundial, esa gran “apostasía de Dios” (2 Tes 2,3), que se considera uno de los presagios del Anticristo. Esta gran apostasía se vio reforzada por la “apertura del Este” desde finales del siglo XX, que, por un lado, permitió la penetración del liberalismo en países como Polonia, que hasta entonces habían permanecido católicos gracias a la resistencia contra la presión comunista, y, por otro lado, la propagación del ateísmo a los países occidentales, que hasta entonces eran en su mayoría cristianos. En Alemania, en particular, la “reunificación” provocó un aumento repentino del porcentaje de ciudadanos que ya no profesan ninguna religión; según las últimas cifras, este porcentaje se sitúa ahora en el 40 %.

El Anticristo

La Hermana Lucía dijo una vez que el contenido del “tercer secreto” se encuentra en las Sagradas Escrituras, más concretamente en los capítulos 8 a 13 del Apocalipsis de San Juan. Sin embargo, en él aparece el Anticristo como una terrible “bestia salida del mar”, a la que se le ha dado el poder de combatir y vencer a los santos, hasta que al final él mismo será derrotado y vencido por la luz de Cristo. Dado que la Virgen ya había hablado en La Salette de la llegada del Anticristo, es lógico que también en Fátima advirtiera con mayor urgencia al respecto.

Hermana Lucía

Ya hemos visto anteriormente que san Pablo, en su segunda carta a los Tesalonicenses, habla de una fuerza inhibidora que aún se opone a la llegada del Anticristo. También hemos visto que muchos Santos Padres entendían que se trataba del Imperio Romano. Por lo tanto, podemos suponer que fueron el emperador y el papado los que impedían la llegada del Anticristo. Por eso, la época del Anticristo se describe como una época sin emperador ni papa. ¿Ha llegado ese momento?

El “Índice Mundial de Persecución” de 2012 señalaba a los cristianos como el grupo más numeroso de todos los perseguidos por motivos religiosos en todo el mundo. Ya a finales de diciembre de 2011, el sociólogo, especialista en ciencias de la religión y representante de la OSCE contra el racismo, la xenofobia y la discriminación contra los cristianos, Massimo Introvigne, se refirió en Radio Vaticano al “siglo de los mártires”, como él denominó al siglo XX, que continúa con más fuerza en el siglo XXI. Las persecuciones de los cristianos no solo afectan a los países en los que impera el islam militante, el comunismo o un nacionalismo de carácter religioso, sino que también abarcan “lo que está sucediendo aquí, en Occidente, en Europa. Aunque no hay nada comparable a la violencia que se da en ciertas zonas de África y Asia, en Europa se puede observar ese intento sutil, y a veces ni siquiera tan sutil, marginar y restringir el cristianismo, negar la identidad cristiana y las raíces cristianas y atacar de múltiples maneras a la Iglesia y al Santo Padre” (kath.net, 27/12/2011). En cualquier caso, se puede observar un espíritu cada vez más anticristiano en todo el mundo, sobre todo porque ya casi no se le opone resistencia.

El pequeño resto

A raíz del concilio Vaticano II, se formó dentro de la Iglesia católica un movimiento de resistencia al que se solía llamar “tradicionalista”. Impulsado por las innovaciones posconciliares de Pablo VI, y luego nuevamente por el ecumenismo sin límites de Juan Pablo II y su abominación de Asís, este movimiento experimentó un auge considerable en los años setenta y ochenta. Su figura más destacada fue el arzobispo francés Marcel Lefebvre, quien, con su “Fraternidad Sacerdotal San Pío X” y las comunidades afines a ella, supo construir una estructura mundial de sacerdotes, seminarios, prioratos, capillas y monasterios que asumió cada vez más una función sustitutiva de las instituciones eclesiásticas ocupadas y desaparecidas por la iglesia conciliar. El colapso espiritual de la fundación del arzobispo Lefebvre, que entretanto había degenerado en la “Fraternidad San Pío X”, solo podía tener las consecuencias más graves.

En el prólogo de los estatutos de su fraternidad, el arzobispo Lefebvre escribió: “1965-1990: la era del socavamiento del sacerdocio católico. 1970-1990: la divina Providencia, en su infinita sabiduría, suscita una obra para renovar el sacerdocio católico, con el fin de custodiar los tesoros que Jesucristo ha confiado a su Iglesia, a saber, la fe en su integridad, la gracia divina a través de su sacrificio y sus sacramentos, así como los pastores destinados a distribuir estos tesoros de vida divina”. Él veía en su obra un pequeño arca enviada por la divina providencia para salvar los bienes esenciales de la Iglesia y llamó a su fraternidad “Apóstoles de Jesús y María”. Las consagraciones episcopales que realizó en 1988 sin mandato papal y que le valieron la “excomunión”, las denominó “Acción Supervivencia” y las justificó con la necesidad de “que la Iglesia perdurara”. Poco antes de su muerte, monseñor Lefebvre fue llevado ante los tribunales por la “Liga Antidifamación”, de origen judío-masónico, y condenado por “racismo”, él, que había sacrificado la mejor parte de su vida como misionero para el pueblo africano.

Monseñor Marcel Lefebvre

Tras el fracaso casi total de todos los obispos que él consagró en su día y la decadencia de la fraternidad que él fundó, que comenzó antes de su muerte y que en los últimos 15 años ha llevado a su completa ruina espiritual, de este arca no queda más que escombros huecos. El “movimiento de la tradición” se ha vuelto impotente, fragmentado, dividido, disperso. Entonces, ¿dónde quedaría un verdadero obstáculo, una fuerza espiritual concentrada que se opusiera a la llegada del Anticristo?

Hoy más que nunca es válida la profecía de la beata Ana Catalina Emmerich, que ya hemos citado anteriormente: “Los pozos en los que ahora se refugia el fuego sagrado de la Iglesia son las pocas almas santas de ese tiempo, que bajo las aguas del sufrimiento y la tribulación deben guardar los tesoros que, siendo antes el deleite y la joya de la novia de Jesucristo, ahora son pisoteados por aquellos a quienes iluminan, abandonados y traicionados por aquellos que los protegen y preservan, y saqueados y desperdiciados por aquellos que deberían protegerlos y defenderlos”. Estas pocas almas santas son el “talón” de la aplastadora de serpientes de la que habló San Luis María, son esas personas insignificantes y pobres a los ojos del mundo, “humilladas, pisoteadas y oprimidas por todos, como el talón en comparación con el resto de los miembros del cuerpo”, pero que, en cambio, son ricas “en gracias ante Dios, que María les concederá en abundancia”. Son los pocos elegidos a los que la Reina de los Profetas llamó en La Salette “mis hijos, mis verdaderos devotos; aquellos que se han entregado a mí para que los conduzca a mi divino Hijo; aquellos a quienes, por así decirlo, llevo en mis brazos; aquellos que han vivido de mi espíritu”. A través de ellos, María vencerá y derrotará al Anticristo, pues son precisamente el talón con el que aplastará la cabeza de la serpiente.

“El que tenga oídos, que oiga. El que está destinado al cautiverio, irá al cautiverio. El que debe ser muerto a espada, será muerto a espada. Aquí es donde debe demostrarse la firmeza y la fidelidad de los santos” (Ap 13,9s).

El triunfo del Corazón Inmaculado

Sabemos que la victoria del Anticristo llegará, pero también sabemos que solo puede ser temporal y que finalmente deberá ceder ante la victoria de Cristo Rey. María aplastará la cabeza de la serpiente. “Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará”. Esta predicción de la Reina del Cielo es absoluta. “El Santo Padre consagrará Rusia, que se convertirá, y al mundo se le concederá un tiempo de paz”, dice Nuestra Señora de Fátima, pero “será tarde”. “Como el rey de Francia, se arrepentirán”, es decir, de no haber escuchado la petición del Cielo de consagrar Rusia, “lo harán entonces, pero será tarde”, según el mensaje a la Hermana Lucía de 1931.

Así que habrá de nuevo un papa católico que finalmente llevará a cabo la consagración. Según muchas profecías serias, también habrá de nuevo un monarca católico, un emperador. Se producirá una gran conversión de todo el mundo y una renovación de la Iglesia. Habrá verdadera paz, porque el triunfo del Inmaculado Corazón nos traerá el reinado de su divino Hijo, el Rey Cristo. Sin embargo, esta paz no durará mucho tiempo, como ya predijo la Virgen María en La Salette. Después, Satanás deberá ser liberado una vez más por un breve periodo de tiempo para despertar a los hombres, que se han vuelto indiferentes y tibios, para el gran y terrible día del regreso de Cristo.

“El reinado especial de Dios Padre duró hasta el Diluvio, y concluyó con un diluvio de agua. El reinado de Jesucristo concluyó con un diluvio de sangre. Pero vuestro reinado, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa en el presente y concluirá con un diluvio de fuego, de amor, de justicia, reza san Luis María Grignion en su “oración ardiente” al Espíritu Santo. ¿Cuándo vendrá este diluvio de fuego y amor puro, que vais a encender en toda la tierra con tanta fuerza y dulzura que todas las naciones, turcos, idólatras, incluso los judíos, arderán con él y se convertirán? Non est, qui se abscondat a calore ejus: Y no hay nadie que pueda esconderse de su calor”
 
Accendatur: Que se encienda: Que este fuego divino, que Jesucristo vino a traer al mundo, se encienda antes que el de vuestra ira, que lo reducirá todo a cenizas. Emitte Spiritum tuum et creabuntur et renovabis faciem terrae: Enviad vuestro Espíritu y serán creados, y renovaréis la faz de la tierra”. El fuego del Espíritu Santo, que arde en el Inmaculado Corazón de su santísima Esposa, el fuego del amor puro, debe llenar primero la tierra, antes de que en el fuego final “los Cielos se desvanezcan con estruendo”, los “elementos se quemen y se disuelvan” y “la tierra y todo lo que hay en ella” ya no se encuentren. “Si todo se desintegra de esta manera, ¡cuán santos y piadosos debéis vivir, esperando el día de Dios y acelerando su llegada! En ese día, el Cielo se desintegrará en el fuego y los elementos se derretirán en el incendio. Entonces, según su promesa, esperamos un Cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia” (2 Pedro 3,10-13). “Entonces vi un Cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer Cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar ya no existía” (Apocalipsis 21,1).

13 de Diciembre de 2013
 
Continúa...
 

EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA (I)

Continuamos con la publicación del capítulo 1 del Segundo Tomo del libro de Monseñor Henri Delassus


Nolite conformari huic sæculo sed
reformamini.
Rom. XII, 2.

Si la Iglesia forma al sacerdote para los tiempos,
no modela al sacerdote según los tiempos.
Osservatore Romano.


CAPÍTULO PRIMERO 

¿POR QUE ESTE LIBRO?

Entre todos los motivos de inquietud que ofrece al observador el estado actual del mundo se destaca Estados Unidos. Acababa apenas de nacer, cuando ya inspiraba desconfianzas a J. de Maistre, el Visionario de este siglo. Las justifica.

Lo que lo caracteriza es la audacia. La ha manifestado en primer lugar en las empresas industriales y comerciales cuyos excesos desvían la mirada del hombre de sus fines últimos y le hacen considerar el gozo y la riqueza —simples medios suyos— como el objeto supremo de sus deseos y de su actividad. Acaba de mostrar esa audacia en las relaciones internacionales, pisoteando todas las leyes de la civilización cristiana para adueñarse de posesiones codiciadas.

¿Llevaría esta audacia a las cosas de la religión?

Ya en 1869, el Revdo. P. Gay, más tarde consagrado obispo, decía en Roma misma: “La Santa Sede no puede vigilar demasiado a Estados Unidos; allí se preparan cosas singulares” (1). Estas cosas singulares que entonces estaban en germen, ¿estarían ahora a punto de nacer?

Se habla de un CATOLICISMO ESTADOUNIDENSE. Es el título que un francés americanista -barbarismo ya recibido- dio a un artículo-programa en la Revue francaise d'Edimbourg, en septiembre de 1897. La palabra ha quedado integrada en el lenguaje común y goza de prestigio.

¡Un Catolicismo estadounidense!

El catolicismo no es ni estadounidense, ni francés, ni italiano: es universal, se extiende siempre a todos los tiempos y lugares, como que es siempre y por doquier semejante a sí mismo. Si existiera verdaderamente un catolicismo estadounidense, sería un cristianismo que no sería más el catolicismo, pues tomaría una especificación que lo separaría de la gran unidad religiosa: herejía, si su especificación es doctrinaria; cisma, si lo arranca de la autoridad de aquél a quien JESUCRISTO dijo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”.

Gracias a DIOS, la denominación “Catolicismo estadounidense” no es la etiqueta de un cisma ni de una herejía. Y sin embargo sus autores la crearon y la lanzaron al mundo pensando que acababa de nacer algo nuevo que importaba bien caracterizar por un nombre apropiado.

Este algo nuevo es un conjunto de tendencias doctrinarias y prácticas que tienen su hogar en Estados Unidos y desde allí se difunden en el mundo cristiano y particularmente entre nosotros.

Desde hace siete años -desde que Mons. Ireland pasó por París en 1892- Francia vio entablarse bajo todas las formas una propaganda de las más activas a favor de las cosas comprendidas bajo el nombre americanismo. Las personas menos atentas al movimiento de las ideas pudieron notar una campaña de descrédito de los antiguos métodos de apostolado y de las obras e instituciones creadas para reparar celosamente lo arruinado por la Revolución, y por otra parte una propaganda activa y ruidosa de ideas temerarias, métodos arriesgados e instituciones sospechosas.

Todo eso emana de una escuela que tiene sus maestros y sus discípulos, que son sus ardientes y ruidosos propagadores.

Esta escuela no pretende nada menos que tomar la dirección del clero en Francia y en otras partes; ofrece también encargarse de su formación.

Esta pretensión ha quedado puesta a plena luz con la publicación de la Vida del P. Hecker. En el prefacio de este libro, el Revdo. P. Klein dice:

El P. Hecker trazó y realizó en sí el ideal del sacerdote para el nuevo porvenir de la Iglesia... Estableció los principios íntimos de la formación sacerdotal para los tiempos que empiezan.

Y Mons. Ireland, en la introducción de este mismo libro, presenta al P. Hecker como el adorno y la joya del clero estadounidense, como “EL TIPO que habría que ver reproducirse lo más posible entre nosotros”.

Los americanistas esperan que la formación del clero, según este tipo, “conducirá la Iglesia a éxitos que no conoció nunca”. ¿Y eso cómo? El P. Hecker nos lo dice:

Recurrirá a hombres que posean esta nueva síntesis de verdad que permite resolver los problemas, eliminar los antagonismos y encontrarse con las necesidades de nuestra época; a hombres que sabrán interpretar todas las aspiraciones del genio moderno en materia de ciencia, de movimiento social, de política, de espiritismo (2), de religión, y transformarlas todas en medios de defensa y de universal triunfo para la Iglesia. (Vida, p. 398.)

El “catolicismo estadounidense” ya ha sido estudiado en diversas obras que han llamado la más seria atención de NN. SS. los Obispos y de Roma misma. Basta con señalar el libro del Revdo. P. Maignen: ¿El P. Hecker es un santo? Estudios sobre el americanismo; y el del R. P. Delattre, S. J.: Un catolicismo estadounidense. Éste se esmera particularmente en criticar las opiniones del todo especiales del P. Hecker sobre los votos de religión; aquél considera el americanismo bajo todos los aspectos que presenta la Vida del Padre Hecker editada por el Revdo. P. Klein; muestra todos sus errores y los refuta con vigor.

Habíamos leído la Vida del P. Hecker recién aparecida con un afán nacido del deseo y la esperanza de encontrar la luz que se nos anunciaba. En todas las horas críticas de la historia de la Iglesia, Dios siempre suscitó santos para mostrar a los hombres de buena voluntad el camino que deben seguir para cooperar con sus designios. El P. Hecker -decían publicidades que habríamos podido encontrar demasiado llamativas para juzgarlas dignas de toda confianza- era el santo suscitado para guiar a las almas hoy día, al clero, a la Iglesia misma, en las oscuridades de un porvenir completamente nuevo. Nuestra decepción fue grande; así y todo, por nuestra lectura rápida sólo teníamos vislumbres un tanto confusos sobre la oposición que habíamos percibido en todo el libro entre el espíritu del héroe y los panegiristas, y el espíritu de la Santa Iglesia. La obra del Revdo. P. Maignen vino a precisar lo vislumbrado, poner en evidencia los errores del americanismo y mostrar su peligrosa seducción.

Fue entonces que un deseo que consideramos como una orden nos indujo a precaver a la diócesis de Cambrai contra esta seducción mediante los artículos que serían publicados en la Semana Religiosa.

Lo hicimos con tanto mayor empeño cuanto que considerábamos el americanismo, a partir de un estudio anterior, desde el punto de vista particular de sus relaciones con las esperanzas y proyectos de los judíos y más generalmente con las tendencias anticristianas de las leyes, de los gobiernos y de la parte de la sociedad que pretende el monopolio de la intelectualidad. Es lo que indica la segunda parte del título: La Conjuración anticristiana (3).

Los artículos de la Semana Religiosa despertaron atención fuera de la diócesis de Cambrai, en Francia, en Alemania, en Estados Unidos y en Roma misma; y desde diversos lados se nos expresó el deseo de verlos reunidos en una misma encuadernación.

Dígnese Nuestra Señora de la Parra, la Augusta Patrona de Lille, bendecir la obra modestísima de su humilde capellán.

En los siglos XVI y XVII, por milagros que reconoció la autoridad eclesiástica, Ella llevó por así decir a los extremos límites de nuestra comarca el enrejado que la rodea, para hacer de él una barrera contra la herejía de los patarinos; más tarde la misma protección nos fue otorgada por la divina Madre, que usó de los mismos medios, contra el jansenismo favorecido por el obispo de Tournai, Gilbert de Choiseul, que tenía entonces la ciudad de Lille bajo su jurisdicción. Que Ella preserve a Francia, que preserve a la Iglesia de las tendencias doctrinarias y también prácticas que han tomado el nombre americanismo; y aunque no tengamos ni la voluntad ni el poder de tomar aquí la palabra herejía en el rigor de su significado, que nos deje pedirle que tenga a bien justificar una vez más el grito de agradecimiento que todos los siglos le han elevado:

Gaude, Maria Virgo, cunctas heereses sola interemisti in universo mundo!

Antes de entrar en materia, debemos hacer algunas observaciones:

1°, Aquí el catolicismo de que se va a hablar se titula: UN catolicismo estadounidense, y no EL catolicismo estadounidense. Es que en efecto no se puede decir que este catolicismo sea el catolicismo de la Iglesia de Estados Unidos. Muchos obispos y sacerdotes estadounidenses han protestado contra el americanismo, y desgraciadamente el americanismo cuenta con partidarios en otras partes que en Estados Unidos.

El R. P. Martin decía últimamente en Études:

No hace mucho tiempo, nosotros mismo hemos oído a obispos de Estados Unidos, muy patriotas pero también muy católicos, desaprobar del modo más absoluto las tendencias, ideas y artimañas de una escuela que mira —decían— a hacer predominar las opiniones de un pequeño número, en contra de la grandísima mayoría de los obispos, en cuestiones de enseñanza y de conducta.

Uno de estos obispos, Mons. Mac Quaid, obispo de Rochester, para precaver a su rebaño, un día se sintió obligado a subir a la cátedra de su catedral revestido de adornos pontificales y báculo en mano, para leer una declaración de singular energía contra las artimañas de uno de sus colegas, el más ardiente propagador del americanismo.

M. Arthur Preuss, director de The Review -periódico católico muy difundido en Estados Unidos- escribía en el mismo sentido al Revdo. P. Maignen:

Permítame agradecerle en el nombre de millares de sacerdotes y laicos estadounidenses que abominan “el americanismo”, porque es una doctrina falsa y peligrosa.

Intentan engañar, pues, quienes quieren solidarizar a los americanistas con la Iglesia de los Estados Unidos (4). Se concibe el interés que tienen por acreditar este error.

2°. Estaremos obligado, y ya lo hemos estado, a pronunciar algunos nombres. Es imposible sustraerse completamente a esta necesidad en un estudio de este género; la evitaremos todas las veces que nos sea posible.

Igualmente deberemos recordar hechos que muestran que el americanismo, sus tendencias, sus doctrinas y sus peligros de perversión no están tan lejos de nosotros como nos gustaría suponerlo. Si importa ver el peligro cuando está todavía lejos, es un deber imperioso mostrarlo si ya ha tomado pie entre nosotros.

Este peligro no es imaginario.

El Doctor Brownson protestante convertido al catolicismo al mismo tiempo que el P. Hecker— dijo en la Review de Saint Louis (Missouri) del 23 de diciembre de 1897:

Debo yo mismo confesar para mi vergüenza y gran pesadumbre que a lo largo de tres o cuatro años escuché con demasiado respeto a estos católicos liberales y liberalizantes, aquí o en el extranjero, e intenté alentar su tendencia hasta donde podía sin separarme absolutamente de la fe y la moral católicas.

Pero no me llevó mucho tiempo, por la gracia de DIOS, descubrir que la tendencia que yo alentaba, de ser seguida hasta el fin, me conduciría fuera de la Iglesia; y en cuanto eso me quedó claro, no dudé en abandonarla y en soportar del mejor modo la humillación de haber cedido a una influencia peligrosa y anticatólica.

3°. Un digno obispo, celoso por mantener en el clero el espíritu eclesiástico y las sanas doctrinas, Mons. el obispo de Annecy, escribía últimamente:

Los hombres, laicos o sacerdotes, que se han dado la función de suministrar al clero un espíritu nuevo para los tiempos nuevos, sólo se proponen -dicen- procurar el cumplimiento de las voluntades más altas. Se cubren de los más honorables pabellones, usurpándose una garantía en el destaque de las personalidades más justamente reputadas y veneradas; trabajan con seguridad por el desposeimiento de la autoridad establecida por Dios en su Iglesia y que es la vida misma de la Iglesia.

Luego, para mostrar de una manera sorprendente adónde eso puede conducir, Su Excelencia incitaba a meditar en lo ocurrido al final del siglo último.

En 1789 sólo llegaban a hacerse escuchar aquellos que, rechazando todo pensamiento de reformas y mejorías graduales, exigían una refundición universal y completa; destruir todo, construir de nuevo y sobre nuevos fundamentos: ése era el grito de toda esta generación. Los jóvenes arrastraron a los ancianos, y, por hablar sólo del clero tanto regular como secular, ¡cuántos de sus miembros “se abandonaron a la Revolución” sin quererlo, sin saberlo! Adivinaron, luego comprendieron adónde se los llevaba cuando ya se había hecho imposible detenerse. Habían creído salvar a la Iglesia de Francia asociándola al movimiento de una supuesta renovación general: cruelmente equivocados, no habían hecho más que comprometerla; habían dado escándalo; habían puesto en peligro su propia salvación. Todos estos fenómenos están reapareciendo y extendiéndose rápidamente sobre todo desde hace tres años.

¡Plazca a DIOS que no haya que deplorar más la misma desdicha! Para apartarla en cuanto nos sea posible, hemos escrito estas páginas.

Continúa...


Notas:

1) Citado en la Semaine d'Annecy, en junio de 1895.

2) ¡¡Así el espiritismo mismo estaría llamado a defender a la Iglesia y procurar su triunfo universal!!

3) Hay otra conjuración anticristiana que trabaja mediante revoluciones y guerras para debilitar y si fuera posible aniquilar las naciones católicas para dar la hegemonía a las naciones protestantes. Y de veras parece que los conspiradores se quieren servir para este fin de Estados Unidos como de Alemania e Inglaterra. Pero esta cuestión es ajena al objetivo de este libro.

4) Un panfleto anónimo, pero de autor conocido, titulado: Una campaña contra la Iglesia de Estados Unidos, ha sido difundido con profusión en el clero.


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21 DE ENERO: S. INÉS V. y MR. y Ss. AUGURIO Y EULOGIO DIÁC. MRS.


Hoy el Santoral Tradicional recuerda a Santa Inés, virgen y mártir, y a los Santos Augurio y Eulogio Diáconos y mártires


Santa Inés, virgen y mártir


(✝ 304)

El año 291 nació esta gloriosísima niña y fortísima mártir de Cristo de padres cristianos, ricos y nobles. Catorce años tenía, y ponderaban su extraordinaria hermosura hasta en la corte imperial. Enamorado de ella el hijo del gobernador de Roma, llamado Procopio, envío a la doncella un riquísimo presente, y usó de todo linaje de halagos, promesas y amenazas para alcanzarla por esposa. Respondió ella que quería ser leal a otro esposo mucho más noble, el cual solo le pedía por dote la virginidad. Por donde entendiendo el gobernador que Inés era cristiana, le concedió veinticuatro horas de tiempo, para escoger una de dos cosas: o dar la mano a su hijo, y ser una de las primeras damas romanas, o resignarse a morir en los más afrentosos y dolorosos suplicios. 

- No es menester tanto tiempo -respondió Inés- lo que me está mejor es morir, y coronar mi virginidad con la gloria del martirio. 

- Irás, pues, al lugar infame -replicó el prefecto- y morirás sin ser virgen.

- Esas son las infamias que os inspiran vuestros dioses -repuso la niña- pero no las temo, porque hay quien me librará de ellas.

Cargáronla, pues, de cadenas, y lleváronla como arrastrando al templo de los ídolos, y así le movieron por fuerza la mano para que ofreciese incienso a los dioses, y ella al levantar la diestra hizo la señal de la cruz, Por lo cual de allí fue conducida al lugar de infamia; más un resplandor celestial atajó los pasos de los mozos deshonestos que se le llegaron, y el hijo del prefecto, que osó entrar en aquel sitio, cayó repentinamente muerto. Consternado el padre de este joven, rogó a Inés que, si podía, le resucitase; y la niña oró y el mancebo resucitó, confesando delante de todos que Jesucristo era Dios. Al ver estos prodigios, los sacerdotes de los ídolos conmovieron al pueblo contra la niña cristiana, diciendo que era una gran hechicera y sacrílega, Por lo cual el teniente del gobernador dio sentencia de que fuese quemada. Encendióse la hoguera y con asombro de todos apareció la niña sin lesión en medio del fuego. Entonces, temiéndose una sedición del pueblo, mandó el presidente que asimismo fuese degollada, y atravesándole el pecho un verdugo, voló el alma de Inés a su celestial Esposo. Pusieron su santo cuerpo en una heredad de sus padres, fuera de la puerta Nomentana, que ahora se llama de Santa Inés, donde muchos cristianos concurren a hacerle reverencia.



Santos Augurio y Eulogio, Diáconos y mártires


(✝ 259)

Entre los mártires más preclaros de la España romana se destacan el Obispo de Tarragona San Fructuoso y sus diáconos Augurio y Eulogio. Murieron en Tarragona, bajo la persecución de los emperadores Valeriano y Galieno, el año 259.

De las actas del martirio de San Fructuoso, obispo, y sus compañeros:

Cuando el Obispo Fructuoso, acompañado de sus diáconos, era conducido al anfiteatro, todo el pueblo sentía compasión de él, ya que era muy estimado no sólo por los hermanos, sino incluso por los gentiles. En efecto, Fructuoso era tal como el Espíritu Santo afirmó que debía ser el Obispo, según palabras de san Pablo, instrumento escogido y maestro de los gentiles. Por lo cual, los hermanos, que sabían que su Obispo caminaba hacia una gloria tan grande, más bien se alegraban que se dolían de su suerte.

Llegados al anfiteatro, en seguida se acercó al Obispo un lector suyo, llamado Augustal, el cual le suplicaba, entre lágrimas, que le permitiera descalzarlo. Pero el bienaventurado mártir le contesto:

“Déjalo, hijo; yo me descalzaré por mí mismo, pues me siento fuerte y lleno de gozo, y estoy cierto de la promesa del Señor”.

Colocado en el centro del anfiteatro, y cercano ya el momento de alcanzar la corona inmarcesible más que de sufrir la pena, pese a que los soldados beneficiarios le estaban vigilando, el Obispo Fructuoso, por inspiración del Espíritu Santo, dijo, de modo que lo oyeran nuestros hermanos:

“No os ha de faltar pastor ni puede fallar la caridad y la promesa del Señor, ni ahora ni en el futuro. Lo que estáis viendo es sólo el sufrimiento de un momento”.

Después de consolar de este modo a los hermanos, los mártires entraron en la salvación, dignos y dichosos en su mismo martirio, pues merecieron experimentar en sí mismos, según la promesa, el fruto de las Santas Escrituras.

Cuando los lazos con que les habían atado las manos se quemaron, acordándose de los Santos Mártires de la oración divina y de su ordinaria costumbre, alegres y seguros de la resurrección y convertidos en signo del triunfo del Señor, arrodillados, suplicaban al Señor, hasta el momento en que juntos entregaron sus almas.


martes, 20 de enero de 2026

LE SILLON: EL PLAN PARA EL VATICANO II

Marc Sangnier emergió como el líder de este movimiento que fue condenado en 1910 por el Papa Pío X.

Por la Dra. Carol Byrne


En 1893, un grupo de estudiantes universitarios, algunos aún adolescentes, con el corazón encendido por las aspiraciones de cambiar la sociedad, se reunían regularmente en el sótano del Stanislas College, dirigido por la Orden Marianista en París. Las reuniones, alentadas por dos miembros de la Orden, el padre Joseph Leber y el hermano Louis Cousin, se caracterizaban por una mezcla de política y religión, pero de un tipo que excluiría, en principio, el concepto católico tradicional de una alianza de trono y altar (1).

Nada menos que la democracia global era su objetivo, que se lograría mediante la aplicación de los principios revolucionarios de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”.

El ejército adolescente de Marc Sangnier

Ya podemos ver esbozado el desarrollo de un tipo de gobierno cívico y eclesiástico que sería canonizado en el Vaticano II bajo las etiquetas de Libertad Religiosa y separación de la Iglesia y el Estado, ambas condenadas por el Magisterio anterior

Debido al secretismo en el que se desarrollaban sus discusiones clandestinas, pocos previeron el peligro inminente de los planes que formularon, que involucrarían a la Iglesia en la reorganización del orden social y eclesiástico. Juntos, el grupo radical estableció Círculos de Estudio entre estudiantes y jóvenes trabajadores, con la asistencia de sacerdotes, todos participando en igualdad de condiciones y aprendiendo unos de otros.

En 1894, uno de los miembros del grupo original, Paul Renaudin, inauguró la Revista Le Sillon. Poco después, su Movimiento se lanzó al dominio público y tomó el nombre de la revista homónima.

Marc Sangnier, un orador y organizador excepcionalmente talentoso que provenía de una familia católica francesa adinerada y privilegiada, emergió como su líder de facto. Su personalidad carismática, sus habilidades oratorias y aspiraciones pretenciosas expresadas con una retórica inflada, su excepcional capacidad para involucrar y persuadir a sus oyentes, su celo ilimitado por una nueva cristiandad, conmovieron a multitudes de trabajadores e intelectuales que lo escucharon hablar, e incluso movieron a algunos obispos a darle su apoyo.

Desde su propio autorretrato como un joven totalmente consumido por una sed insaciable de Justicia Social, se presentó como una figura quijotesca, luchando contra los molinos de viento de aquella sociedad en un esfuerzo por corregir los errores del mundo. Es innegable que se describía a sí mismo, en un lenguaje salpicado de bravuconadas desenfrenadas y fantasías retóricas, como alguien con un destino único y trascendental, dispuesto a conquistar el mundo. Parece que Sangnier y sus compañeros flotaban en una ola de emocionalismo autocomplaciente que acalló cualquier duda inteligente sobre la sensatez de sus acciones.

No pasó mucho tiempo antes de que se hicieran sentir síntomas preocupantes de una ambición desmedida que rayaba en la megalomanía. El grupo Le Sillon formó una Jeune Garde (Joven Guardia) cuasi-militar; el nombre recordaba a las tropas de choque de Napoleón, un regimiento de soldados de élite y altamente disciplinados que cumplían las órdenes del Emperador. Cualquiera que conozca las semblanzas autobiográficas de Sangnier sobre su papel como líder político y educador social podría preguntarse si sus delirios de grandeza lo llevaron a considerarse un Napoleón moderno en términos de capacidad de liderazgo.

Marc Sangnier (centro) con la “Joven Guardia” de Le Sillon

La “Joven Guardia” se distinguía por su boina negra de uniforme, camisa blanca, fajín (símbolo de honor, lealtad, dedicación y unidad), un bastón con punta de metal y una porra. Tocaban tambores y ondeaban las banderas de la Justicia Social y la Democracia en un esfuerzo por despertar el entusiasmo por su causa dentro de la Iglesia y la comunidad en general. (Hoy en día, sus esfuerzos propagandísticos se denominarían una “operación psicológica”). Hablaban de poseer un “alma común”, lo que facilitaba un proceso de unión y creación de redes entre ellos.

De Le Sillon, para Le Sillon, por Le Sillon

Hay pruebas que demuestran que los integrantes de esta “Joven Guardia” fueron víctimas de una agresiva campaña de propaganda por parte de Sangnier, que exigía una fe ciega en su visión de la sociedad perfecta. También exigía un compromiso total de sus vidas con Le Sillon como único medio para lograrlo. (Esto continuó incluso después de que Le Sillon fuera clausurado y condenado por el Papa Pío X, ya que, como veremos, la organización simplemente continuó bajo otro nombre).


Lo que esta visión implicaba se expuso en el libro de Sangnier, L'Esprit Démocratique (El espíritu de la democracia), publicado en 1905. En la sociedad perfecta que él imaginaba, las personas renunciarían a cualquier motivo de beneficio personal y trabajarían únicamente “por el bien común”, bajo la bandera de la “solidarité humaine” (solidaridad humana) hasta el punto en que no hubiera distinción entre intereses privados y públicos, entre una clase y otra, entre trabajadores y empleadores, y donde todos sean “égaux et frères” (iguales y hermanos) (2).

El vínculo con el lema revolucionario francés Libertad, Igualdad y Fraternidad es demasiado obvio para pasar desapercibido. Es importante señalar aquí que la Iglesia nunca ha enseñado estas ideas y que Pío X, en su condena a Le Sillon, advirtió que tal arreglo, de implementarse en la sociedad, “traería consigo el socialismo”.

Continúa...

Notas:

1) Louis Cousin, Vie et Doctrine du Sillon, Lyon: Emmanuel Vitte, 1906, p. 6.

2) Marc Sangnier, L'Esprit Démocratique, París: Perrin, 1905, págs. 164-165.


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