domingo, 16 de agosto de 2026

GRACIA Y LIBERTAD: VIDA ESPIRITUAL (2)

La paz, la conciencia, la discreción, la cantidad de acción, la Cruz, la obediencia y la oración de petición.

Por el padre José María Iraburu


Para alcanzar un discernimiento espiritual verdadero es necesario que haya 1) Humildad y 2) Abnegación de la voluntad propia. Pero hay también otras condiciones necesarias y otros signos fidedignos:

3) La paz. La misericordia entrañable de nuestro Dios guía siempre nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1,78-79). Y así es porque nuestro “Dios no es un Dios de confusión, sino de paz” (1 Cor 14,38). Cristo “es nuestra paz” (Ef 2,14). Por eso todo lo que se hace en Cristo y con Cristo, bajo el impulso de su gracia, se hace con paz. Se hace con gozo o con dolor, pero siempre con paz. Por el contrario, cuando el cristiano, obrando desde sí mismo, aunque sea con la mejor intención, hace más o menos o algo distinto de lo que Dios quiere hacer con él, no está obrando con Cristo, no le deja obrar al Espíritu Santo, y necesariamente ve su paz disminuida o perdida. Por eso, la espiritualidad cristiana siempre ha considerado la paz como uno de los criterios principales para el discernimiento.

Así lo entiende Santa Teresa: “Suave es Su yugo, y es gran negocio no traer el alma arrastrada, sino llevarla con Su suavidad para su mayor aprovechamiento” (Vida 11,17). Y San Juan de la Cruz: “no es voluntad de Dios que el alma se turbe de nada ni padezca trabajos” (Dichos 56). Entiende aquí por trabajos aquellos esfuerzos que hace la voluntad del hombre sin la asistencia de la gracia de Dios. La paz está, pues, en esa pura sinergia de gracia y libertad. Pero analicemos un poco más este delicado punto.

4) La conciencia. Para explicar bien este tema tan importante, recordaré primero una distinción ya clásica sobre la gracia. Continuamente está el cristiano bajo la acción de Cristo, su santa cabeza. Pero así como “muchos bienes hace Dios en el hombre que no hace el hombre [gracia operante], en cambio, ningún bien hace el hombre que no conceda Dios que lo haga el hombre [gracia cooperante]” (Orange II, 529, c. 20: Denz 390).

Pues bien, cuando la gracia cooperante de Dios mueve la persona a una buena obra, la inclina obrando de modos diferentes en su entendimiento, voluntad y sentimiento: –ilumina su entendimiento a veces muy claramente, y en otras ocasiones no, aunque siempre con claridad bastante como para que conozca la persona el bien que Dios quiere concederle obrar; –mueve siempre su voluntad con interior impulso, y éste es el dato decisivo al que la conciencia debe atenerse; –y en fin, no siempre estimula la inclinación de su sentimiento; a veces sí, pero a veces no.

Según esto, cuando el testimonio de la conciencia nos dice que la gracia divina impulsa nuestra voluntad a una buena obra, debemos hacerla sin ninguna duda, la entienda nuestro entendimiento en modo claro u oscuro, y sienta en ella gozo o dolor nuestro sentimiento; da lo mismo. Por el contrario, cuando, antes de intentar una obra, o aleccionados por la experiencia de su ejercicio, el testimonio de la conciencia nos dice que la gracia no asiste nuestra voluntad para realizarla, debemos cesarla o no intentarla, vea nuestro entendimiento lo que vea, y sienta nuestro sentimiento en ello dolor o gozo; da igual. Santa Teresa, siempre armoniosa al unir gracia y libertad, nos ilustra estos principios con algunos testimonios suyos biográficos, que yo elijo entre los referidos a la oración.

Cuando hay conciencia de que la gracia nos mueve a una obra buena, ha de hacerse aunque el sentimiento sufra una agonía. “Muy muchas veces, algunos años, tenía [en la oración] más cuenta con desear se acabase la hora que tenía por mí de estar, y escuchar cuando daba el reloj, que no en otras cosas buenas; y hartas veces no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración. Y es cierto que era tan incomportable la fuerza que el demonio me hacía, o mi ruin costumbre, que no fuese a la oración, y la tristeza que me daba entrando en el oratorio, que era menester ayudarme de todo mi ánimo (que dicen no le tengo pequeño) para forzarme, y en fin me ayudaba el Señor. Y después que me había hecho esta fuerza, me hallaba con más quietud y regalo que algunas veces que tenía deseo de rezar” (Vida 8,7). Algunos llaman vencimientos a estas cooperaciones muy dolorosas de la voluntad libre con la gracia. Otro ejemplo semejante lo hallamos cuando Santa Teresa se fue al monasterio: “no creo será más el sentimiento cuando me muera” (4,1-2). Dios iluminaba su entendimiento para que supiera que ésa era la voluntad divina, y movía a ello su voluntad; pero dejaba el sentimiento en una desolación absoluta.

Por el contrario, no debe hacerse una obra buena, cuando la conciencia nos dice que la gracia no asiste nuestra voluntad para hacerla, pues eso indica que no es voluntad de Dios. Supongamos que “el maestro que enseña [oración] aprieta en que sea sin lectura; si sin esta ayuda le hacen estar mucho rato en la oración, será imposible durar mucho en ella, y le hará daño a la salud si porfía, porque es muy penosa cosa. [Yo] si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener oración sin un libro, y los pensamientos perdidos, con esto los comenzaba a recoger, y como por halago llevaba el alma. Y muchas veces en abriendo el libro, no era menester más; otras leía poco, otras mucho, conforme a la gracia que el Señor me hacía” (Vida 4,9). Y en ocasiones, ni con libro ni sin libro. Entonces, “no digo que no se procure [tener oración] y estén con cuidado delante de Dios, mas que si no pudieran tener ni un buen pensamiento, que no se maten. Siervos sin provecho somos, ¿qué pensamos poder?” (22,11). Sólo por enseñanzas como éstas –que no en cualquier santo hallamos tan claras– merece ser Doctora de la Iglesia.

5) Discreción. Haya en todo discreción. Cuando la intención de hacer algo procede de Dios, “trae consigo la luz, y la discreción y la medida. Este es punto importante para muchas cosas, así para acortar el tiempo de la oración –por gustosa que sea– cuando se ven acabar las fuerzas corporales o hacer daño a la cabeza. En todo es muy necesario discreción” (Camino Perf. 19,13).

Cierta impotencia para orar, p. ej., al menos en buenos cristianos, “muy muchas veces viene [solamente] de indisposición corporal. Entiendan que son enfermos; múdese la hora de la oración, pasen como pudieren este destierro. Con discreción, porque alguna vez el demonio lo hará; y así está bien que, ni siempre se deje la oración cuando hay gran distraimiento y turbación, ni siempre atormentar el alma a lo que no puede. Otras cosas hay exteriores, de obras de caridad y de lectura, aunque a veces no estará ni para esto. Nadie se apriete ni aflija. Ya se ve que si el pozo no mana, nosotros no podemos poner el agua. Verdad es que no hemos de estar descuidados, para que cuando la haya, sacarla” (Vida 11,16-18).

6) Cantidad de acción. El discernimiento espiritual nunca ha de realizarse en clave meramente cuantitativa. Error muy propio del voluntarismo. Por ejemplo, “como la oración es tan buena, cuanto más tiempo se le dedique, mejor”. El criterio cuantitativo, al ser en cierto modo automático, elimina el discernimiento, es siempre in-discreto. Si queremos movernos bajo la moción de Dios, en todo es precisa la discreción. Hagamos todo, solo y aquello que quiere obrar Dios en nosotros y con nosotros; no más, no menos, ni otra cosa. Cuando Dios quiere darnos una hora diaria de oración, será soberbia hacer dos, o pereza hacer media. Si se hacen dos horas de oración, cuando Dios nos quiere dar una, la otra hora no viene del Espíritu, sino de la carne. No está haciendo el cristiano en esa hora lo que Dios quería hacer en él y con él. Por inclinación temperamental, por emulación, por gratificación sensible, por moda ideológica del grupo, por lo que sea, la voluntad humana se ha desviado de la Voluntad divina.

San Juan de la Cruz lo avisa claramente: “considera lo que Dios querrá y hazlo, que por ahí satisfarás mejor tu corazón que con aquello a lo que tú te inclinas” (Dichos 72). “No pienses que el agradar a Dios está tanto en obrar mucho como en obrarlo con buena voluntad, sin propiedad”, sin apego (58).

7) La Cruz. En la duda, hemos de inclinarnos a lo que más nos une a la cruz de Cristo. El Señor nos dijo “es estrecha la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y que pocos son los que dan con ella” (Mt 7,14). Así pues, en la duda, debemos inclinarnos “más a lo dificultoso que a lo fácil, a lo áspero que a lo suave, y a lo penoso de la obra y desabrido que a lo sabroso y gustoso de ella, y no andar escogiendo lo que es menos cruz, pues es carga liviana; y cuanto más carga, más leve es llevada por Dios” (Cuatro avisos 6; cf. Avisos 162). Es lo mismo que, por ejemplo, San Ignacio enseña en los Ejercicios espirituales, al describir el 3º grado de humildad: a igual gloria de Dios, o lo que es igual, en la duda, “quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios” etc. (167).

Es cierto que hay un agere contra falso y torpe, de muy malos efectos: “el que es comunicativo, que se calle; el retraído, que hable”, etc. Es un criterio sin discreción, in-discreto, fundamentado en el principio falso “lo que más cuesta es lo más santificante”. Pero hay un agere contra verdadero y sabio, porque “la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu… una y otro se oponen, y por eso no hagáis lo que queréis” (Gál 5,17). Si la conciencia nos dice que es voluntad de Dios que hagamos algo sensiblemente grato, hagámoslo al instante. Pero en la duda, digo en la duda, más bien que el camino ancho que apetece el hombre viejo y carnal, prefiramos el camino angosto de la Cruz. Es mucho más probable que acertemos así con la voluntad de Dios. Y si así no fuera, ya Él nos avisará.

Por tanto no podemos hallar en lo grato y lo ingrato un criterio de discernimiento espiritual. En ese sentido, San Juan de la Cruz avisa: “jamás dejes las obras por la falta de gusto o sabor que en ellas hallares… ni las hagas por sólo el sabor o gusto que te dieren” (Cautelas 16). Ahora bien, teniendo en cuenta que somos pecadores, y que nuestra expiación penitencial suele ser vergonzosamente insuficiente, procuremos con amor participar más de la pasión del Señor para la redención de los hombres (Col 1,24); reconozcamos que, al menos mientras todavía somos carnales, más peligro de afección desordenada suele haber, aunque no siempre, en lo atractivo que en lo repulsivo; recordemos que Jesús prefirió la pobreza a la riqueza, el oprobio al éxito mundano y al prestigio… Y así, por amor al Crucificado, cuando se nos presente realmente una duda entre dos caminos, uno ancho y otro estrecho, prefiramos el estrecho. Este amor a la Cruz es muchas veces clave para el discernimiento verdadero.

Supongamos el caso de una novicia que, estando convencida de su vocación y siendo ésta real, pasa gravísimas penalidades y sufrimientos en sus primeros años. Esto ocasiona a veces que la Superiora sin discreción la mande a su casa: “si tuviera vocación, Dios le asistiría con su gracia, y no lo pasaría tan mal”. Gravísimo error. Eso es avergonzarse de la cruz de Cristo. Cuántas veces el Señor, como un arquitecto, antes de construir una torre muy alta, comienza por excavar unos cimientos muy profundos. Veámoslo en otro caso semejante, del que yo fui testigo. El caso de la novicia alarmantemente crucificada en sus comienzos, llevó a la Superiora a un discernimiento contrario: “mucho y muy pronto está el Señor crucificando a esta hija, que aguanta convencida de su vocación; que siga, pues, adelante con nuestra ayuda –y con nuestra paciencia–, y por la cruz llegará a la luz, por el dolor a la alegría de la resurrección”. Y así fue: hoy vive en el monasterio renacida, en paz, alegre en el Señor. ¡Cuántas otras comunidades religiosas, avergonzándose de la Cruz de Cristo, no la habrían aguantado, y la habrían devuelto a su casa!

8) La obediencia. Los monjes primeros, San Benito, San Bernardo, San Ignacio, todos los maestros espirituales cristianos aseguran lo mismo, traten de religiosos o de laicos: el discernimiento más seguro es aquel que se ve ayudado por la obediencia.

Santa Teresa de Jesús “no hacía cosa que no fuese con parecer de letrados” (Vida 36,5). No se fiaba de sí misma, y llegaba al discernimiento de la voluntad de Dios, consultando a personas fide-dignas. De una mujer muy piadosa, que no quería sujetarse a confesor fijo, decía: “quisiera más verla obedecer a una persona que no tanta comunión” (Fundaciones 6,18); que ya es decir. “No hay camino que más pronto lleve a la suma perfección que el de la obediencia” (5,10). Y no pensaba sólo en los religiosos al enseñar esa verdad. 

San Juan de la Cruz: es Dios “muy amigo de que el gobierno y trato del hombre sea también por otro hombre semejante a él” (2 Subida 22,9): padre, cónyuge, párroco, director espiritual. Él estaba convencido de que muchos cristianos no van adelante por el camino del Evangelio “por faltarles guías idóneas y despiertas, que las guíen hasta la cumbre” (Prólogo Subida 3). 

San Francisco de Sales: “¿Quieres con más seguridad caminar a la devoción? Busca algún hombre virtuoso que te adiestre y guíe… Jamás hallarás tan seguramente la voluntad de Dios como por el camino de esta humilde obediencia” (Introd. a la vida devota I, 4).

9) La oración de petición. Y volvemos con esto al principio, a lo más importante: “¿qué he de hacer, Señor?” (Hch 22,10). La oración de petición es la clave principal para discernir la voluntad concreta de Dios en todas las cuestiones de nuestra vida –vocación, trabajo, oración, aceptación o rechazo de una oferta, etc.–. Es el medio más eficaz para lograr la perfecta sinergia entre gracia y libertad. Ella ha de ser siempre la proa de todas nuestras navegaciones espirituales. Señor, “danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla” (dom.1, T. Ord.).
 

LA SECTA DE LOS ILUMINATTI

Continuamos con la publicación del capítulo XXI del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


DOCUMENTOS RELACIONADOS

CON LA SECTA DE LOS ILUMINADOS

En Problème de l'heure présente (El problema de la hora presente), reproducimos en el apéndice las declaraciones juradas realizadas el 30 de marzo de 1785 por dos sacerdotes y dos profesores de humanidades de Münich que se habían dejado seducir por el movimiento iluminista, en relación con la organización de esta secta y sus doctrinas. Quienes estén interesados ​​en esta información pueden encontrarla íntegramente en Mémoires pour servir à l'histoire du Jacobinisme (Memorias para servir como historia del jacobinismo), de Barruel, que acaban de ser reeditadas. Barruel, como ya hemos mencionado, copió estos documentos en Ecrits originaux de l'ordre et de la secte des Illuminés (Escritos originales de la Orden y Secta de los Iluminados), depositados en el Archivo Estatal de Münich.

Baste decir aquí que en su declaración, el abad Renner afirmó:

Que las Logias Masónicas sólo contienen a los canallas (der tross von leuten) o el grueso del ejército antisocial y anticristiano, que los masones son dirigidos, sin darse cuenta, por los Iluminados; que éstos formen una sociedad más secreta, superpuesta a la masonería.

Lo que más me impactó de los Iluminados -dijo Renner- quien solo había sido admitido al rango de Iluminado Menor, es sin duda el método que utilizan para manipular mentes y controlar su mundo. Su mundo está compuesto por individuos distinguidos o adinerados, estadistas, gobernadores y asesores. Abades, archiveros (1), profesores, secretarios y oficinistas, médicos y boticarios siempre son candidatos bienvenidos.

Él describe el interrogatorio al que se somete a cada uno de estos candidatos antes de su admisión, y la vigilancia continua a la que son sometidos después de su ingreso en la orden y, especialmente, antes de su ingreso en las filas.


Barruel reproduce las tablillas entregadas a Weishaupt cuando Xavier Zwack, consejero de la Regencia, se presentó como candidato al Iluminismo. Estas tablillas se encuentran al final del primer volumen de los ECRITS ORIGINAUX (Escritos originales) bajo este título: Tablettes de Danaïs trazadas por Ajax con fecha del último diciembre de 1776. Están divididas en diecisiete columnas que se distinguen por otros tantos títulos diferentes: descripción del candidato, su carácter moral, su religión, su conciencia, sus estudios favoritos, los servicios que puede prestar, sus amigos, su sociedad, su correspondencia, sus pasiones dominantes, etc. Debajo de estas columnas hay una segunda tabla que tiene la misma división y pregunta sobre la familia del candidato. Estos mismos ECRITS ORIGINAUX contienen el interrogatorio dirigido al novicio en su última prueba antes de ser admitido como Iluminado menor. Incluye veinticuatro preguntas.

También contiene las respuestas que dieron dos principiantes a uno de estos exámenes.

Ante la pregunta: ¿Qué medidas tomarías si descubrieras alguna maldad o injusticia dentro de la Orden?, el primero de estos novicios, de 22 años y llamado François-Antoine St..., respondió, firmó y juró: “Incluso haría estas cosas si la Orden me lo ordenara, porque quizás no soy capaz de juzgar si son cosas realmente injustas. Además, aunque pudieran ser injustas en otro sentido, dejan de serlo en cuanto se convierten en un medio para alcanzar la felicidad y el objetivo general”.

A esta misma pregunta, el novicio François-Xavier B... responde, escribe y jura en el mismo sentido: “No me negaría a hacer estas cosas (malvadas e injustas) si contribuyen al bien común”.

A la pregunta sobre el derecho a la vida y a la muerte, el primero de estos novicios responde y jura: “Sí, concedo este derecho a la Orden Iluminada; ¿y por qué habría de negárselo, si la Orden se viera obligada a emplear este medio, y si sin él se temieran grandes males? (literalmente, su gran ruina). El Estado perdería muy poco con esto, puesto que el difunto sería reemplazado por muchos otros. Además, me remito a mi respuesta número 6; es decir, a aquella en la que prometí hacer incluso lo que fuera injusto, si mis superiores lo consideraban bueno y me lo ordenaban”.

El segundo novicio, ante la misma pregunta, también responde y jura: “La misma razón que me lleva a reconocer en los gobernantes de los pueblos el derecho de vida y muerte sobre los hombres, me lleva a reconocer de buen grado este derecho en mi Orden, que contribuye a la felicidad de los hombres, tal como deberían hacerlo los gobernantes de los pueblos”.

Respecto a la promesa de obediencia sin restricciones, se responde: “Sí, sin duda, esta promesa es importante; sin embargo, la considero para la Orden como el único medio para lograr su objetivo”.

La segunda es menos precisa: “Cuando -dice- considero nuestra Orden como moderna y todavía no muy extensa, tengo cierta reticencia a hacer una promesa tan aterradora; porque estoy justificado al dudar de que la falta de conocimiento o incluso alguna pasión dominante no puedan a veces hacer que se ordenen cosas que son totalmente contrarias al objetivo de la felicidad general: pero cuando imagino la Orden como más extensa, pienso que en una Sociedad donde hay hombres de estados tan diferentes, desde el más elevado hasta el más común, son más capaces de conocer el curso del mundo y de distinguir los medios para cumplir los buenos proyectos de la Orden” (2).

Augustin Barruel

Aquí, junto con las reflexiones que Barruel sigue, se encuentran algunas de las frases, también tomadas de los Ecrits originaux, que los principales Iluminados inculcan constantemente.

Cuando la naturaleza nos impone una carga demasiado pesada, es el suicidio lo que nos libera de ella. Patet exitus. — Un Iluminado, nos dijeron, debe quitarse la vida antes que traicionar a su Orden; así exaltan el suicidio como acompañado de un placer secreto.

Nada por razón, todo por pasión; este es su segundo principio.

El objetivo, la propagación, la ventaja de la Orden, son su Dios, su patria, su conciencia; todo aquello que se opone a la Orden es oscura traición.

El fin justifica los medios. Por lo tanto, la calumnia, el veneno, el asesinato, la traición, la revuelta, las infamias, todo lo que conduce al fin es digno de alabanza.

Ningún príncipe puede proteger a quien nos traiciona.

Por lo tanto, en esta Orden están ocurriendo cosas que son contrarias a los intereses de los Príncipes, cosas que, dada su importancia, merecerían ser reveladas a los Príncipes; y este descubrimiento sería, a los ojos de los Iluminados, una traición, ¡que amenazan con vengar de antemano! Por consiguiente, tienen medios para defenderse con impunidad contra sus acusadores. Estos medios son obvios.

Todos los reyes y todos los sacerdotes son canallas y traidores; o mejor dicho, todos los sacerdotes son mendigos.

En el plan de los Iluminados, es necesario aniquilar la religión, el amor a la patria y el amor a los Príncipes; porque, según dicen, la religión, el amor a la patria y a los Príncipes restringen los afectos del hombre a estados particulares y lo desvían del objetivo mucho más amplio de los Iluminados.

Debemos someternos más a los Superiores del Iluminismo que a los Soberanos o Magistrados que gobiernan al pueblo. Quien dé preferencia a los Soberanos o Gobernadores del pueblo no nos sirve de nada (Volte jemand den Regenten mehr anhängen , so taugt er nicht fur uns). Debemos sacrificar nuestro honor, fortuna y vida a nuestros Superiores. Los Gobernadores del pueblo son déspotas cuando no son dirigidos por nosotros. No tienen ningún derecho sobre nosotros, hombres libres (Sie haben keinerlei Rechte über uns, wir sind freie Menschen).

En Alemania, solo debería haber uno, o como máximo dos, Príncipes. Estos Príncipes deben ser iluminados y estar tan completamente guiados y rodeados por nuestros seguidores que ningún forastero pueda acercarse a ellos. Todos los cargos públicos, tanto altos como bajos, deben ser otorgados únicamente a miembros de nuestra Orden. Si alguna vez tuviéramos seiscientos Iluminados en Baviera, nadie podría resistirse..

Continúa...

Notas:

1) En la declaración jurada conjunta del consejero Aulique Utzschneider, el padre Cosandey y el académico Grünberger, realizada el 9 de septiembre de 1785, leemos:

Los superiores buscan obtener actos diplomáticos, documentos y títulos originales de sus subordinados. Observan con placer cómo estos cometen todo tipo de traiciones, en parte para beneficiarse de los secretos revelados y en parte para mantener a los traidores en un estado de temor constante, amenazándolos con revelar su traición si se muestran desafiantes.

2) Barruel, III, p. 82-87.


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16 DE AGOSTO: SAN ARNULFO, OBISPO Y CONFESOR


16 de agosto: San Arnulfo, Obispo y Confesor

(♱ 641)

San Arnulfo se labró una excelente reputación como estadista capaz, obispo santo y ermitaño humilde. De joven, se formó para servir en la corte del reino franco de Austrasia (la parte oriental del Imperio Franco) y se distinguió por su erudición, su perspicacia para los negocios y su fiabilidad. Tanto es así que, apenas alcanzando la mayoría de edad, recibió el cargo de mayordomo de palacio en Austrasia bajo el rey merovingio Teodeberto II a principios del siglo VII. En este cargo, se situó junto a Pipino de Tierras al frente del poder estatal y militar. 

Su hijo Ansegisel se casó con la hija de Pipino, Santa Begga. De este matrimonio nació Pipino de Herstal, bisabuelo de Carlomagno. Cuando la anciana Brunhilde, que había gobernado Austrasia para sus nietos y bisnietos, fue derrocada por el rey neustriano Clotar, Arnulfo, junto con Pipino, se convirtió en el principal consejero del nuevo rey.

En medio de su prudente servicio como primer funcionario del reino, fue elegido obispo de Metz por el clero y el pueblo en 614, y no pudo resistir las súplicas urgentes para que aceptara la elección. Para que pudiera ingresar al clero, su esposa Doda ingresó en un convento en Tréveris. 

Incluso como obispo, Arnulfo siguió siendo un consejero y ministro constante en la corte real bajo los reinados de Clotario II y Dagoberto el Grande, de quien había sido tutor, junto con Pipino de Landen y el santo obispo Cuniberto de Colonia. Arnulfo era particularmente hábil para usar su influencia y resolver cualquier conflicto entre padre e hijo.

Arnulfo no era feliz en su alta posición como estadista y obispo; anhelaba la vida monástica y contemplativa y suplicó fervientemente al rey que lo relevara de sus cargos y dignidades. Pero ni Clotario ni Dagoberto querían prescindir de su sabio consejero y lo retuvieron a la fuerza en la corte. 

Tras la muerte de Clotario, finalmente fue posible, gracias a la mediación de la reina, obtener el consentimiento de Dagoberto para la renuncia del obispo. 
 
En 629, Arnulfo se retiró a un valle apartado cerca del monasterio de Remiremont, en los montes Vosgos donde su amigo Romarich se había dedicado durante mucho tiempo a la vida contemplativa y allí construyó una pequeña capilla en la que daba refugio a leprosos y a otros rechazados por la sociedad. Sus últimos años llevó una vida ermitaña y murió allí plácidamente en el Señor el 16 de agosto de 641, siendo enterrado en su capilla de la montaña por su mejor amigo.

Unos años después, los ciudadanos de Metz solicitaron que el cuerpo de Arnulfo fuera exhumado y llevado a la ciudad para enterrarlo en la iglesia local, lugar donde había predicado durante gran parte de su vida. Y así fue.

Una multitud se trasladó hacia la montaña para luego transportar en procesión su cuerpo de regreso. Pero el viaje de vuelta era larguísimo, interminable, por lo cual, al pasar por la ciudad de Champignuelles, los fieles se detuvieron en una taberna local para saciar su sed. El problema fue que quedaba apenas una jarra de cerveza, imposible que alcanzase para todos.

La historia cuenta que uno de los integrantes de la procesión exclamó que Arnulfo iba a proveer lo necesario. Y acto seguido, milagrosamente, el contenido de la jarra alcanzó para saciar la sed de toda la muchedumbre. Ese fue el milagro más característico de San Arnulfo (además de otras intervenciones milagrosas en vida) y es por eso que se lo considera patrono de la cerveza y los cerveceros.

Reflexión:

La vida de San Arnulfo nos enseña que la verdadera grandeza no está en los títulos ni en el poder político, sino en saber abandonar lo material para buscar lo espiritual. Él pasó de mandar en un palacio a servir a los leprosos. 

Oración:

Oh Dios, que en tu misericordia has glorificado a San Arnulfo de Metz con la santidad y el don del ministerio episcopal, te pedimos, por su intercesión, que nos concedas la gracia de vivir una vida de fidelidad a ti y de servicio generoso a los demás. Que su ejemplo de entrega y amor a la Iglesia nos inspire a ser fieles discípulos de Cristo y a trabajar por la unidad y la edificación de tu Reino.
Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
 

16 DE AGOSTO: SAN ROQUE, CONFESOR


16 de Agosto: San Roque, confesor

(✞ 1327)

San Roque, abogado contra la pestilencia, fue de nacionalidad francesa y nació en la villa de Montpellier, en la provincia de Languedoc, de padres ilustres y ricos, y señores de aquel pueblo. 
Su padre se llamaba Juan y su madre Libera. 

Desde niño mostró gran inclinación a la virtud y siendo de doce años, comenzó a macerar su cuerpo con ayunos y penitencias, y a hacer guerra a sus gustos y apetitos. 

Muertos sus padres, vendió a una tierna edad la hacienda que heredó, que era riquísima, y la repartió entre los pobres; y tomando el hábito de la Tercera Orden de San Francisco, y encomendado a un tío suyo el gobierno de su estado y vasallos, se vistió de romero y dejando su patria, casa, deudos y amigos, partió de Francia hacia Italia a visitar los santos lugares de Roma. 

Llegó al lugar de Acquapendente, donde halló muchos pueblos que estaban heridos de pestilencia. 

Fue al hospital, y comenzó a servir a los pobres y a hacer la señal de la cruz sobre los apestados, y los sanó maravillosamente a todos. 

Los mismos milagros obró en Roma, Cesena, Placencia y otras ciudades de Italia. 

Más para que él no se envaneciese con tantas maravillas que la virtud de Dios le regalaba, y para que acrecentase su corona con la paciencia, sufrió una recia y aguda fiebre, y permitió el Señor que fuese herido en un muslo. 

Pasó estas penas con entera resignación y alegría, retirado en un lugar desierto, donde la providencia de Dios ordenó que un perro le trajese cada día de la mesa de su amo un pedazo de pan con que se pudiese sustentar. 

Finalmente volvió a Montpellier, su patria, y la halló muy alterada por la guerra, y como lo tomaron por un espía, lo capturaron y lo pusieron en la cárcel por orden de su mismo tío, a quien el santo no quiso darse a conocer, para ser maltratado y padecer por amor al Señor. 

Cinco años estuvo así desconocido por todos, hasta que entendiendo que se acercaba el fin de su peregrinación, se armó con los santos sacramentos, y entregó su espíritu al creador, siendo de edad de 32 años. 

En su muerte tocaron alegremente por sí mismas las campanas, y se halló junto a su cuerpo una tabla donde estaba escrito el nombre del santo, y la vida que había llevado y el favor que alcanzaría del Señor a los que heridos de pestilencia implorasen con viva fe su patrocinio. 

Llevaron su sagrado cadáver con gran pompa a la iglesia y le sepultaron honoríficamente, y su tío, que era hombre rico y principal, le edificó un magnífico templo en el cual y en muchas partes Dios obró por San Roque muchos milagros. 

Reflexión

Creció más la devoción de los pueblos, por el gran portento que sucedió en la ciudad de Constanza el año 1414; donde celebrándose el Concilio y siendo fatigada aquella tierra y comarca por una grave pestilencia, se le hizo al Santo una solemnísima procesión en la cual se llevaba la imagen de San Roque, y luego cesó aquella terrible plaga y azote del Señor. También se ha experimentado este mismo favor del santo en otras muchas partes, de manera que los pueblos, ciudades y provincias en su mayor aflicción acuden a él y le toman por intercesor, y por sus oraciones alcanzan del Señor el remedio que no han podido hallar en los médicos ni en las medicinas humanas. 

Oración

Te rogamos, Señor, que guardes con tu continua piedad a tu pueblo, y que por los méritos del glorioso San Roque, los libres de todo contagio de alma y cuerpo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

sábado, 15 de agosto de 2026

EL FANTASMA DEL CONCILIO VATICANO II

El concilio Vaticano II llegó para quedarse. Sus enseñanzas oficiales no serán anuladas. Sin embargo, tarde o temprano, esas enseñanzas pueden y deben ser aclaradas.

Por The Quixotic Catholic


Los conocedores del modernismo quieren retrasar las inevitables aclaraciones el mayor tiempo posible. Hacen todo lo posible por preservar la ambigüedad que, en muchos sentidos, definió el concilio Vaticano II.

Los tradicionalistas, en cambio, exigen estas aclaraciones cuanto antes. Mientras tanto, no hay paz. Y eso no es bueno.

El concilio Vaticano II fue legítimo. He aprendido a aceptarlo. Pero el reconocimiento de su legitimidad no resuelve la cuestión fundamental.

He aquí otro dato: un futuro papa tendrá la autoridad para revertir muchos de los cambios implementados después del concilio Vaticano II.

Es irrelevante que esos cambios —como el novus ordo— se hayan atribuido al concilio. En su mayor parte, las modificaciones posconciliares se enmarcan dentro de la disciplina y la liturgia. Los papas siempre han tenido la autoridad para modificarlas, y siempre la tendrán.

Las enseñanzas oficiales del concilio permanecen. Sin embargo, las formas concretas en que esas enseñanzas se pusieron en práctica posteriormente son variables.

Los modernistas que actualmente dirigen los asuntos dentro de la Iglesia no quieren que esta distinción sea ampliamente comprendida. La nueva iglesia que están construyendo no es más que un castillo de naipes. El aliento purificador del Espíritu Santo, en algún momento del futuro, lo derribará.

Puedes apostar por ello.

Caso en punto

El arzobispo Lefebvre criticó duramente el concilio Vaticano II, pero nunca llegó a declararlo ilegítimo. Sostuvo que el concilio estuvo dominado por tendencias liberales, modernistas y neoprotestantes que produjeron reformas ruinosas posteriormente.

La FSSPX no afirma que el concilio Vaticano II fuera ilegítimo. Sin embargo, sostiene que el concilio contiene enseñanzas novedosas que contradicen la doctrina magisterial previa. Y tienen razón.

Nada impide que León XIV revierta las reformas que han llevado a la confirmación de homosexuales activos e impenitentes dentro de la iglesia posconciliar, junto con una serie de otras prácticas que constituyen rupturas evidentes con el pasado.

Sin embargo, no lo hace. ¿Por qué?

Lefebvre vio venir lo que se avecinaba en 1974:

Nos adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma, a la Roma católica, guardiana de la Fe Católica y las tradiciones necesarias para mantener esta fe, a la Roma eterna, dueña de la sabiduría y la verdad.

Por otro lado, nos negamos y siempre nos hemos negado a seguir la tendencia neomodernista y neoprestestante de Roma, que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas que resultaron de él.

De hecho, todas estas reformas contribuyeron y contribuyeron todavía a la demolición de la Iglesia, a la ruina del Sacerdocio, a la aniquilación del Sacrificio y los Sacramentos, a la desaparición de la vida religiosa, a la enseñanza naturalista y teilhardiana. En las universidades, seminarios y catequesis, hay enseñanzas resultantes del liberalismo y del protestantismo, muchas veces condenadas por el magisterio solemne de la Iglesia.

Llamar a León neomodernista no es un insulto; es un hecho. Y Lefebvre previó la llegada de Francisco y León.

Más verdad:

• El modernismo es un fenómeno creado por el hombre —probablemente impulsado por el Diablo— y, por lo tanto, mortal.

• La Iglesia Católica es la morada del Espíritu Santo y es eterna.

Teniendo en cuenta esta distinción, existe una razón para el concilio Vaticano II y para el caos que le siguió: la Iglesia está siendo puesta a prueba. Al final, como siempre, el plan de Dios prevalecerá.

Los modernistas tienen el control por ahora, pero el infierno jamás vencerá a la verdadera Iglesia.

Como respondió Jesús a Simón Pedro:

Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los Cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo.

Conclusión

El fantasma del concilio Vaticano II nació del propio concilio. Son las ambigüedades e innovaciones que se arrogaron la autoridad del concilio al tiempo que se apartaban de la tradición de la Iglesia.

Ese fantasma sigue acechando a la Iglesia porque los modernistas que se apropiaron del concilio evitan a toda costa las aclaraciones necesarias.

Las auténticas enseñanzas del concilio permanecerán. Las prácticas concretas que las siguieron deben corregirse.

La intuición de Lefebvre y la propia promesa de Cristo de que las puertas del infierno no prevalecerán, apuntan a la misma conclusión.

El fantasma no desaparecerá sólo ignorándolo. Solo se le dará sepultura cuando se aclare la ambigüedad y se reviertan las reformas que han resultado ruinosas, al provocar escándalos constantes.

Hasta que llegue ese día, la Iglesia permanece bajo prueba. La prueba en sí es temporal, pero la Iglesia no lo es.
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (5)

Continuamos con la publicación del capítulo 5 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Quinta Hora: De las 9 a las 10 de la noche

La primera hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní

Afligido Jesús mío, me siento atraído como por una corriente eléctrica a este huerto... Comprendo que tú me llamas, cual potente imán sobre mi corazón herido y yo corro, pensando dentro de mí:

¿Qué es lo que siento en mí que me atrae con tanto amor? Ah, tal vez mi perseguido Jesús se halla en tal estado de amargura, que siente necesidad de mi compañía.

Y yo vuelo. Mas... me siento aterrorizado al entrar en este huerto. La oscuridad de la noche, la intensidad del frío, el movimiento lento de las hojas, que como voces de lamento anuncian penas, tristezas y muerte para mi afligido Jesús. Las estrellas, con su dulce centelleo como ojos llorosos, están atentas a mirarlo, y haciendo eco a las lágrimas de Jesús, me reprocha mis ingratitudes. Y yo tiemblo y a tientas lo busco y lo llamo:

Jesús, ¿dónde estás? Me llamas, ¿y no te dejas ver? Me llamas, ¿y te escondes?

Todo es terror; todo es espanto y silencio profundo... Pero poniendo atención para ver qué oigo, puedo percibir un respiro afanoso, y es precisamente a Jesús a quien encuentro. Pero, ¡qué cambio tan terrible! Ya no es el dulce Jesús de la cena Eucarística, cuyo rostro resplandecía con una hermosura arrebatadora y deslumbrante, sino que ahora se encuentra triste y de una tristeza mortal que desfigura su belleza natural. Ya agoniza y yo me siento turbado al pensar que tal vez no vuelva a escuchar su voz, porque parece que muere. Por eso me abrazo a sus pies y haciéndome más audaz, me acerco a sus brazos, le pongo mi mano en la frente para sostenerlo y en voz baja lo llamo: “¡Jesús, Jesús!”.

Y él, sacudido por mi voz, me mira y me dice:

“Hijo, ¿estás aquí? Te estaba esperando y ésta era la tristeza que más me oprimía: el completo abandono de todos; y te estaba esperando a ti para hacer que fueras espectador de mis penas y que bebieras junto conmigo el cáliz de las amarguras que mi Padre Celestial me enviará dentro de poco por medio del Ángel; lo tomaremos juntos, poco a poco, porque no será un cáliz de consuelo sino de intensa amargura, y siento la necesidad de que algún alma que verdaderamente me ame beba de él por lo menos alguna gota... Es por eso que te he llamado, para que tú la aceptes y compartas conmigo mis penas y para que me asegures que no me vas a dejar solo en tanto abandono”.

¡Ah, sí, mi afligido Jesús, beberemos juntos el cáliz de tus amarguras, sufriremos tus penas y jamás me separaré de tu lado!

Y mi afligido Jesús, ya seguro de mí, entra en agonía mortal y sufre penas jamás vistas u oídas. Y yo, no pudiendo resistir y queriendo compadecerlo y darle un alivio, le digo: ¡Oh Jesús mío, amor mío!, dime, ¿por qué estás tan triste, tan afligido y solo en este huerto y en esta noche? Es la última noche de tu vida sobre la tierra; pocas horas te quedan para dar inicio a tu pasión... Pensaba encontrar por lo menos a tu Madre Celestial, a la apasionada Magdalena, a tus fieles apóstoles, mas por el contrario, te encuentro solo, solo, agobiado por una tristeza que te hace morir despiadadamente, sin hacerte morir. ¡Oh, Bien mío y Todo mío!, ¿no me respondes? ¡Háblame! Pero parece que te falta la palabra, tanta es la tristeza que te oprime... ¡Oh, Jesús mío!, esa mirada tuya, llena de luz, sí, pero afligida e indagadora, que tal parece que busque ayuda, tu rostro tan pálido, tus labios abrasados por el amor, tu divina persona que tiembla de pies a cabeza, tu Corazón que late fuertemente, y cada uno de estos latidos tuyos que busca almas con tanto afán que parece que de un momento a otro vas a expirar, todo, todo me dice que tú estás solo y que quieres mi compañía...

Aquí me tienes, oh Jesús, junto a ti, soy todo tuyo. Pero mi corazón no resiste al verte tirado por tierra; te tomo en mis brazos y te abrazo a mi corazón; quiero contar uno por uno todos tus afanes; una por una todas las ofensas que se presentan ante ti, para ofrecerte por cada una un alivio, una reparación y por lo menos para ofrecerte mi compañía.

Pero, ¡oh Jesús mío!, mientras te tengo entre mis brazos tus sufrimientos aumentan. Siento que corre por tus venas un fuego, siento cómo hierve tu sangre queriendo romper las venas para salir. Dime, Amor mío, ¿qué tienes? No veo azotes, ni espinas, ni clavos, ni cruz y sin embargo, apoyando mi cabeza sobre tu Corazón, siento clavadas en tu cabeza terribles espinas, flagelos despiadados que no dejan a salvo ni una sola parte ni dentro ni fuera de tu divina persona, y tus manos retorcidas y desfiguradas peor que si estuvieran clavadas... Dime, dulce Bien mío, ¿quién es el que tiene tanto poder, incluso en tu interior, para poder atormentarte tanto y hacerte sufrir tantas muertes por cuantos tormentos te hace sufrir?

Ah, me parece que el bendito Jesús, abriendo sus labios débiles y moribundos, me dice:

“Hijo mío, ¿quieres saber quién es el que me atormenta mucho más que los mismos verdugos? Es más, ¡ellos no harán nada en comparación con lo que ahora sufro! Es el Amor Eterno, que queriendo tener la supremacía sobre todo, me está haciendo sufrir todo junto y hasta en lo más íntimo de mi ser, lo que los verdugos me harán sufrir poco a poco. ¡Ah, hijo mío! Es el amor que prevalece totalmente sobre mí y en mí: el amor es para mí clavo, flagelo y corona de espinas; el amor es para mí todo; el amor es mi pasión perenne, mientras que la de los hombres será temporal... Hijo mío, entra en mi Corazón, ven y piérdete en los abismos de mi amor: solamente en mi amor llegarás a comprender cuánto he sufrido y cuánto te he amado, y aprenderás a amarme y a sufrir sólo por amor”.

¡Oh Jesús mío!, puesto que me llamas a entrar en tu Corazón para ver todo lo que el amor te hizo sufrir, yo entro, y entrando veo las maravillas del amor, el cual te corona la cabeza no con espinas materiales, sino con espinas de fuego; te flagela no con cuerdas, sino con flagelos de fuego; te crucifica no con clavos de hierro, sino de fuego... Todo es fuego que penetra hasta en la médula de tus huesos y que convirtiendo toda tu santísima humanidad en fuego, te causa penas mortales, ciertamente más que durante toda tu pasión y, al mismo tiempo, prepara un baño de amor para todas las almas que quieran lavarse de cualquier mancha y obtener el derecho de ser hijos del amor.

¡Oh Amor infinito, me siento retroceder ante tal inmensidad de amor y veo que para poder entrar en el amor y comprenderlo, debería ser todo amor; mas no lo soy, oh Jesús mío! Pero como de todas maneras quieres mi compañía y quieres que entre en ti, te suplico que me transformes totalmente en amor.

Por eso, te suplico que corones mi cabeza y cada uno de mis pensamientos con la corona del amor. Te pido, oh Jesús, que con el flagelo del amor flageles mi alma, mi cuerpo, mis potencias, mis sentimientos, mis deseos, mis afectos, en fin, que todo en mí quede flagelado y marcado por tu amor. Haz, oh Amor interminable, que no haya cosa alguna en mí que no tome vida del amor... ¡Oh Jesús!, centro de todos los amores, te suplico que claves mis manos y mis pies con los clavos del amor, para que clavado del todo en el amor, en amor me convierta, el amor comprenda, de amor me vista, de amor me alimente y el amor me tenga clavado en ti totalmente, para que ninguna cosa, dentro y fuera de mí, se atreva a desviarme o a apartarme del amor, oh Jesús.

Reflexiones y prácticas

En esta hora, Jesucristo, abandonado por el Padre Eterno sufrió un tal incendio de ardientísimo amor, que habría podido destruir todos los pecados, incluyendo los imaginables y posibles, habría podido inflamar de amor a todas las criaturas de mil mundos y a todos los que están en el infierno si no se hubieran obstinado en su propio capricho.

Entremos en Jesús y después de haber penetrado hasta en las partes más íntimas de su ser, en sus latidos de fuego, en su inteligencia encendida, tomemos este amor y revistámonos dentro y fuera con el fuego que encendía a Jesús. Luego, saliendo fuera de él y fundiéndonos en su Voluntad, encontraremos a todas las criaturas; démosle a cada una el amor de Jesús y tocando sus mentes y sus corazones con este amor, tratemos de transformarlas a todas en amor; y del mismo modo con cada deseo, con cada latido del corazón, con cada pensamiento de Jesús: démosle vida a Jesús en el corazón de cada criatura.

Luego le llevaremos a Jesús a todas las criaturas en las que él mismo vive en su corazón y presentándoselas a él le diremos: “¡Oh Jesús, te traemos a todas las criaturas que te tienen en su corazón, para que halles alivio y consuelo; no sabemos de qué otro modo poder darle un alivio a tu amor, sino sólo poniendo a todas las criaturas en tu Corazón!”. Haciendo así, le ofreceremos un verdadero alivio a Jesús, pues es muy grande el fuego que lo consume y que lo hace decir incesantemente: “Me consumo de amor y no hay quién lo haga suyo. ¡Ah, déjenme descansar un poco, reciban mi amor y denme amor!”.

Para conformar toda nuestra vida a la de Jesús debemos entrar en nosotros mismos para aplicarnos estas reflexiones: ¿Podemos decir que en todo lo que hacemos fluye en nosotros continuamente el amor que corre entre Dios y nosotros? Nuestra vida es un flujo continuo de amor que recibimos de Dios; si nos ponemos a pensar, todo es un flujo de su amor, cada latido del corazón es amor, la palabra es amor, todo lo que hacemos es amor, todo lo recibimos de Dios, y todo, es amor; pero, ¿vuelven a Dios todas nuestras acciones? ¿Puede hallar Jesús en nosotros el dulce encanto de su amor que fluye hacia él, para que extasiado por este encanto nos colme de su amor con mucho más abundancia?

Si en todo lo que hemos hecho, no hemos puesto la intención de fluir junto al amor de Jesús, entrando en nosotros mismos le pediremos perdón por haber hecho que perdiera el dulce encanto de su amor hacia nosotros.

¿Hemos dejado que las manos divinas nos modelen como a la humanidad de Cristo? Todo lo que sucede en nosotros, excepto el pecado, debemos tomarlo como parte de la obra divina en nosotros, de lo contrario negamos la gloria del Padre, hacemos que se aleje de nosotros la vida divina y perdemos la santidad. Todo lo que sentimos en nosotros, inspiraciones, mortificaciones y gracias, no es más que la obra del amor; y nosotros ¿lo tomamos todo así como Dios lo quiere? ¿Le damos a Jesús la libertad de hacer lo que quiera en nosotros o por el contrario, todo lo vemos en modo humano, o como si fueran cosas indiferentes rechazamos la obra divina, y de este modo, obligamos a Dios a estarse cruzado de brazos? ¿Nos abandonamos en sus brazos como si estuviéramos muertos para recibir todos los flagelos que él quiera mandarnos para nuestra santificación?

“Amor mío, que tu amor me inunde por todos lados y queme en mí todo lo que no es tuyo, y haz que mi amor fluya siempre hacia ti para quemar todo lo que pueda entristecer tu Corazón”.
 
Continúa...

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (123)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


123. Los discursos en Aguas Claras: No fornicarás (129).
La afrenta de cinco hombres notables.
4 de marzo de 1945.

1 Me dice Jesús:
“Ten paciencia, alma mía, por este doble esfuerzo. Es tiempo de sufrimiento. ¡¿Sabes lo cansado que estaba los últimos días?! Ya ves. Al andar me apoyo en Juan, en Pedro, en Simón, y también en Judas... Sí. ¡Yo, que emanaba milagro con sólo rozar con mis vestiduras, no pude cambiar aquel corazón! Déjame que me apoye en ti, pequeño Juan, para volver a decir las palabras ya dichas en los últimos días a esos obstinados obtusos sobre quienes el anuncio de mi tormento resbalaba y no penetraba. Y deja también que el Maestro hable de sus horas de predicación en la triste llanura de Aguas Claras. Y te bendeciré dos veces: por tu esfuerzo y por tu piedad. Llevo la cuenta de tus esfuerzos, recojo tus lágrimas. Los esfuerzos por amor a los hermanos recibirán la recompensa de aquellos que se consumen por dar a conocer a Dios a los hombres. Tus lágrimas por mi sufrimiento de la última semana recibirán como premio el beso de Jesús. Escribe y recibe mi bendición”.

2 Jesús está en pie, encima de un cúmulo de tablas, alzadas a manera de tribuna en una de las piezas, la última, y allí habla con voz poderosa, para que le oigan tanto los que están dentro de la estancia como los que se encuentran bajo el cobertizo, e incluso en la era, encharcada por la lluvia. Cubiertos con sus mantos oscuros y de lana en bruto, sobre la cual resbala el agua, parecen frailes todos ellos. En la estancia están los más débiles; bajo el cobertizo, las mujeres; en el patio, bajo la lluvia, los fuertes, la mayoría hombres.
Pedro va y viene, descalzo y sólo con la prenda corta, cubierto con un lienzo que se ha puesto sobre la cabeza; pero no pierde el buen humor, a pesar de que tenga que ir guachapeando en el agua y se esté duchando sin desearlo. Con él están Juan, Andrés y Santiago. Están trayendo de la otra estancia, con precaución, a unos enfermos, y guiando a unos ciegos y haciendo de apoyo a algunos tullidos.
Jesús aguarda con paciencia a que todos hayan terminado de acomodarse, y sólo le duele el que los cuatro discípulos estén empapados, como esponjas dentro de un cubo.
¡Nada, nada! Somos madera empecinada. No te preocupes. Nos bautizamos otra vez, y el bautizador es Dios mismo” responde Pedro a las muestras de desazón de Jesús.
Por fin todos están en sus respectivos lugares y Pedro estima que puede ir a ponerse ropa seca. Así lo hace, como también los otros tres. Pero, vuelto donde el Maestro, ve sobresalir por la esquina del cobertizo el manto gris de la mujer velada, y se dirige hacia ella sin pensar que para hacerlo tiene que volver a cruzar el patio en diagonal bajo el chaparrón, que va a más, y sin pensar en los charcos que salpican hasta la rodilla al chocar tan fuerte en ellos las gotazas de agua. La agarra de uno de los codos, sin retirar el manto, y la arrastra bien hacia arriba, hasta la pared de la estancia, resguardada del agua, y luego se planta a su lado, duro e inmóvil como un centinela.

3 Jesús ha visto la escena y ha sonreído inclinando la cabeza para celar la luminosidad de su sonrisa. Ahora habla.
No digáis, vosotros, los que habéis venido con regularidad, que no hablo con orden y que salto alguno de los diez mandamientos. Vosotros oís, Yo veo; vosotros escucháis, Yo aplico mi palabra a los dolores y a las llagas que veo en vosotros. Yo soy el Médico. Un médico va primero a los más enfermos, a los que están más cerca de la muerte. Luego se vuelve a los menos graves. Yo también.
Hoy digo: "No forniquéis".
No dirijáis a vuestro alrededor la mirada tratando de leer en el rostro de uno la palabra: "lujurioso". Tened reciproca caridad. ¿Os gustaría que uno la leyera en vosotros? No. Pues entonces no queráis leerla en el ojo turbado de quien está a vuestro lado; en su frente que se avergüenza y se inclina hacia el suelo. Además... ¡Oh!, decidme, especialmente vosotros, hombres. ¿Quién de entre vosotros no ha hincado nunca los dientes en el pan de ceniza y estiércol de la satisfacción sexual? ¿Acaso es lujuria sólo la que os lleva a estar durante una hora entre brazos meretricios? ¿No es, acaso, lujuria, también, la profanación del connubio con la esposa al eludir las consecuencias de éste, que queda reducido, por lo tanto, a una recíproca satisfacción del sentido, a un vicio legalizado?
Matrimonio quiere decir procreación, y el acto quiere decir y debe ser fecundación. Sin ello es inmoralidad (130). No se debe del tálamo hacer un lupanar; y en lupanar se transforma si se ensucia de libídine y no se consagra con maternidades. La tierra no rechaza la semilla, la acoge y de ella forma una planta. La semilla no huye de la gleba una vez depositada; por el contrario, en seguida echa raíz y se agarra para crecer y dar una espiga: la criatura vegetal nacida del connubio entre gleba y semilla. El hombre es la semilla, la mujer es la tierra, la espiga es el hijo. Negarse a producir la espiga y desaprovechar la fuerza para vicio es culpa. Es meretricio cometido en el lecho nupcial, pero en nada distinto del otro; es más, agravado por la desobediencia al mandamiento que dice: "Sed una sola carne y multiplicaos en los hijos" (131).
Por lo tanto, ved, mujeres voluntariamente estériles, esposas legales y honestas (no a los ojos de Dios, sino del mundo), cómo, a pesar de ello, vosotras podéis ser prostitutas y fornicar igual, aunque seáis sólo de vuestro marido, porque no vais hacia la maternidad, sino al placer, demasiado y demasiado frecuentemente. ¿Y no os paráis a pensar que el placer es un tóxico que, aspirado por una boca, cualquiera que fuere, contagia, produce quemazón, cual fuego que, creyendo consumirse, traspasa, devorador, cada vez más insaciable, los límites del hogar, dejando acre sabor de ceniza bajo la lengua y desagrado y náusea y desprecio de sí y del compañero de placer? Porque cuando la conciencia se despierta –y lo hace entre dos momentos febriles– no puede dejar de nacer este desprecio de sí, rebajados como quedan uno y otro a un nivel incluso inferior al de los animales.

4 "No forniquéis", está escrito.
Es fornicación gran parte de las acciones carnales del hombre, ni siquiera toco la cuestión de esas uniones inconcebibles, que son como una pesadilla y que el Levítico condena con estas palabras: "Hombre, no te acercarás al hombre como si fuera una mujer"; y también: "No te unirás a bestia alguna para no contaminarte con ella. Y así hará la mujer, y no se unirá a ninguna bestia, porque es infamia" (132). Bien..., he hecho alusión al deber de los esposos respecto al matrimonio –el cual deja de ser santo cuando, por malicia, viene a ser infecundo– y ahora voy a hablar de la fornicación en sentido propio entre hombre y mujer, por recíproco vicio o por obtener dinero o regalos.
El cuerpo humano es un magnífico templo que encierra en sí un altar. En ese altar debería estar Dios. Mas Dios no está donde hay corrupción. Por lo tanto, el cuerpo del impuro tiene su altar desconsagrado y sin Dios. Como quien se revuelca, ebrio, en el lodo y en el vómito de la propia ebriedad, el hombre, en la bestialidad de la fornicación, se rebaja a sí mismo, viniendo a ser menos que un gusano o que el animal más inmundo.
Decidme –si entre vosotros hay alguno que se haya depravado a sí mismo hasta el punto de comerciar con su cuerpo como se hace con cereales o animales– ¿qué beneficio os ha reportado? Poneos, poneos vuestro corazón en la mano, observadlo, preguntadle, escuchadlo, ved sus heridas, sus estremecimientos de dolor, y luego decidme, respondedme: ¿tan dulce era ese fruto, que compensara este dolor de un corazón nacido puro, forzado por vosotros a vivir en un cuerpo impuro, a latir para dar vida y calor a la lujuria, a irse consumiendo en el vicio?
Decidme: ¿Sois tan depravadas que no lloráis secretamente sintiendo una voz de niño que llama: "mamá", y pensando en vuestra madre –¡Oh mujeres de placer que habéis huido de casa, u os han echado de ella para que el fruto empodrecido no destruyera con el exudado de su putridez a los demás hermanos!–, pensando en vuestra madre, muerta quizás por el dolor de tener que decirse a sí misma: "He dado a luz a una persona que ha sido motivo de oprobio"?
¿Pero es que no sentís que se os parte el corazón cuando veis a un anciano cuyas canas le dan un porte solemne, al pensar que sobre las de vuestro padre habéis derramado el deshonor, como barro tomado a manos llenas, y junto con el deshonor el menosprecio de su tierra natal?
¿Pero es que no sentís que se os retuercen las entrañas de doliente añoranza al ver la felicidad de una esposa o la inocencia de una virgen, teniendo que decir: "Yo he renunciado a todo esto, y nunca más volveré a poseerlo"?
¿Pero es que no sentís como si la vergüenza os arrancara la piel de la cara, al ver la mirada, voraz o llena de desprecio, de los hombres?
¿Pero es que no sentís vuestra miseria cuando tenéis sed de un beso de niño y ya no os atrevéis a decir: "Dámelo" porque habéis matado vidas en su comienzo, vidas que habéis rechazado como peso fastidioso e inútil carga, vidas arrancadas del mismo árbol que las había concebido, arrojadas para estiércol, vidas que ahora os gritan: "¡Asesinas!"?
¿Pero es que no teméis, sobre todo, al Juez que os ha creado y que os espera para preguntaros y deciros: "¿Qué has hecho de ti misma? ¿Para eso, acaso, te di la vida? Pululante nido de gusanos, ¿cómo te atreves a estar en mi presencia? Tuviste todo lo que para ti era dios: el placer. Ve al lugar de maldición sin término"?

5 ¿Quién llora? ¿Ninguno? ¿Decís: "ninguno"? Pues mi alma va hacia otra alma que llora. ¿Para qué va hacia ella? ¿Para lanzarle el anatema por ser meretriz? No. Porque siento piedad por su alma. Todo en mí es repulsa hacia su sucio cuerpo, sudado por el esfuerzo lascivo. ¡Pero su alma...!
¡Oh! ¡Padre! ¡Padre! ¡También por esta alma Yo me he encarnado y he dejado el Cielo (133) para ser su Redentor y el de muchas almas hermanas suyas! ¿Por qué debo no recoger a esta oveja que va descarriada, y llevarla al redil, limpiarla, unirla al rebaño, sacarla a pastar, y darle un amor que sea perfecto como sólo el mío lo puede ser, tan distinto de los que tuvieron hasta ahora para ella nombre de amor y no eran sino odio; tan piadoso, completo, delicado, que ella ya no llore por el tiempo pasado, o lo haga sólo para decir: "Demasiados días he perdido lejos de ti, eterna Belleza. ¿Quién me restituirá el tiempo perdido? ¿Cómo gustar en lo poco que me queda cuanto habría gustado si hubiera sido siempre pura?"?
A pesar de ello, no llores, alma pisoteada por toda la libídine del mundo. Escucha: eres un trapo asquerosamente sucio, pero puedes volver a ser una flor; eres un estercolero, pero puedes ser un jardín; eres un animal inmundo, pero puedes volver a ser un ángel. Un día lo fuiste; danzabas en los prados floridos, rosa entre las rosas, fresca como ellas, y despedías fragancia de virginidad; cantabas, serena, tus canciones de niña, y luego corrías a donde tu madre, a donde tu padre, y les decías: "Vosotros sois mis amores". Y el invisible guardián que tienen todas las criaturas al lado sonreía ante tu alma blanca–azul... ¿Y luego? ¿Por qué? ¿Por qué te has arrancado esas alas de pequeño inocente? ¿Por qué has pisoteado un corazón de padre y de madre para correr hacia otros corazones inciertos? ¿Por qué has consignado tu voz pura a embusteras frases de pasión? ¿Por qué has quebrado el tallo de la rosa y te has profanado a ti misma?
Arrepiéntete, hija de Dios. El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima. ¿El hombre no te puede perdonar? ¿Ni siquiera tu padre podría ya hacerlo? Bueno, pues Dios puede, porque la bondad de Dios no es comparable con la bondad humana y su misericordia es infinitamente más grande que la humana miseria. Hónrate a ti misma haciendo, con una vida honesta, digna de honor a tu alma. Justifícate ante Dios no volviendo a pecar contra tu alma. Hazte un nombre nuevo ante Dios. Eso es lo que tiene valor. ¿Eres vicio? Sé honestidad, sé sacrificio, sé la martir de tu arrepentimiento. Bien supiste martirizar tu corazón para hacer gozar a la carne, sabe ahora martirizar la carne para darle a tu corazón una eterna paz.
Ve. Marchad todos, cada uno con su peso y con su pensamiento, y meditad. Dios espera a todos y no rechaza a ninguno que se arrepienta. ¡Que el Señor os dé su luz para conocer vuestra alma! ¡Adiós!
.
Muchos se marchan en dirección al pueblo. Otros entran en la habitación. Jesús va hacia los enfermos y les devuelve la salud.

6 Un grupo de hombres, en un ángulo, habla en voz baja; divididos como están en distintas tendencias, gesticulan y se acaloran. Algunos se muestran acusadores de Jesús; otros, defensores; y otros exhortan a éstos y a aquéllos a tener un juicio mas maduro.
Al final, los más obstinados, quizás porque son pocos respecto a los otros dos grupos, se deciden por una tercera vía: van a donde Pedro, que está transportando junto con Simón las camillas –que ya no hacen falta– de tres de los curados, y le asaltan avasalladoramente dentro de la vasta habitación, que ha quedado transformada en hospedería de los peregrinos. Dicen: 
Hombre de Galilea, escucha
.
Pedro se vuelve y los mira como a unos bichos raros. No habla, pero su cara es todo un poema. Simón sólo lanza su mirada hacia los cinco energúmenos, y sale, dejándoles plantados a todos.
Uno de los cinco continúa diciendo: 
Yo soy Samuel, el escriba; éste es el otro escriba, Sadoq; y éste es el judío Eleazar, muy conocido e influyente; y éste, el ilustre anciano Calasebona; y éste, finalmente, Nahúm. ¿Entendido? ¡Nahúm!
 (y, por si fuera poco, el tono es enfático).
Pedro se inclina ligeramente según va oyendo estos nombres, pero, al oír el último, se queda a mitad de camino, y dice con la mayor indiferencia: 
No lo sé, nunca le he oído, y... no entiendo nada
¡Vulgar pescador! ¡Has de saber que es el fiduciario de Anás” (134)!.
No sé quién es; bueno, conozco a muchas mujeres de nombre Ana; incluso en Cafarnaúm hay un montón de Anas, pero no sé de qué Ana éste es fiduciario
.
¿Este? ¿A mí se me dice: "éste"?
.
Y entonces, ¿cómo quieres que te llame?: ¿asno? ¿pájaro? Cuando iba a la escuela, me enseñó el maestro a decir "éste" hablando de un hombre, y, si no veo visiones, tu eres un hombre
.
El hombre se revuelve como torturado por esas palabras. El otro, el primero que ha hablado, aclara: 
Anás es el suegro de Caifás...
.
¡Aaaah!... ¡¡¡Ahora entiendo!!! ¿Y bien...?
.
¡Pues que has de saber que nosotros estamos indignados!
.
¿Con qué? ¿Con el tiempo? Yo también. Es la tercera vez que me cambio y ya no tengo más ropa seca
.
¡No seas necio!
.
¿Necio? Pero si es verdad; si no estáis indignados con el tiempo, entonces, ¿con qué? ¿con los romanos?
.
¡Con tu Maestro! Con el falso profeta
.
¡Oye, tú, Samuel, ojo, que entro en acción, y entonces soy como el lago: de la calma a la tempestad paso en un momento. Ten cuidado con lo que dices...
.
En esto, han llegado también los hijos de Zebedeo y de Alfeo, y con ellos Judas Iscariote y Simón, y se arriman a Pedro que, por su parte, levanta cada vez más la voz.
¡No tocarás con tus manos plebeyas a los grandes de Sión!
.
¡Oh, qué señoritos más majos! Y vosotros no me toquéis al Maestro, porque, si no, voláis al pozo, inmediatamente, a purificaros de verdad, por dentro y por fuera
.
Recuerdo a los doctos del Templo –dice serenamente Simón– que la casa es de dominio privado
. Y agrega Judas Iscariote: Y que el Maestro, y soy garante de ello, ha mostrado siempre hacia las casas de los demás, y en primer lugar hacia la casa del Señor, el máximo respeto. Hágase igual con su casa.
Tú cállate, gusano falso
.
¡De qué, falso? Me habéis asqueado y me he venido donde no hay asquerosidades, ¡y Dios quiera que el haber estado con vosotros no me haya corrompido hasta lo más profundo!
.

Brevemente: ¿qué queréis?
 pregunta secamente Santiago de Alfeo.
¿Y tú quién eres?
.
Soy Santiago de Alfeo, y Alfeo de Jacob, y Jacob de Matán, y Matán de Eleazar; y si quieres te digo toda la ascendencia hasta el rey David, de quien procedo; y soy primo del Mesías. Por lo tanto, te ruego que hables conmigo, de estirpe real y de raza judía, si es que a tu arrogancia le da asco el hablar con un honesto israelita que conoce a Dios mejor que Gamaliel y que Caifás. Vamos. Habla
.
Tu Maestro y pariente permite que le sigan las prostitutas. Esa mujer velada es una de ellas, yo la he visto estando ella vendiendo oro, y la he reconocido. Es la amante que se le ha escapado de las manos a Siammái, y eso le deshonra».
¿Qué Siammái? ¿A Siammái, el rabino? Pues debe ser entonces un carcamal. Por lo tanto, no hay peligro... 
 dice burlonamente Judas Iscariote.
¡Cállate, desequilibrado! A Siammái de Elquí, el predilecto de Herodes
.
¡Caramba! Eso es señal de que ella ya no le prefiere al predilecto. Ella es quien tiene que ir a la cama con él, no tú; ¿por qué te lo tomas entonces a mal?
. Judas de Keriot se muestra sumamente irónico.
Hombre, ¿no crees que te deshonras haciendo de espía?
 pregunta Judas de Alfeo. Y, ¿no crees que se deshonra el que se rebaja a pecar y no, al contrario, quien trata de levantar al pecador? ¿Qué deshonra puede venirle a mi Maestro y hermano del hecho de que haga llegar su voz hasta las orejas profanadas por la baba de los lascivos de Sión?.
¿La voz? ¡Ja! ¡Ja! ¡Tu Maestro y primo tiene treinta años, y no es sino un hipócrita mayor que los demás! Y tú, y todos vosotros, dormís profundamente por la noche...
.
¡Desvergonzado reptil! Fuera de aquí o te estrangulo
 grita Pedro, haciéndole coro Santiago y Juan; Simón, por su parte, se limita a decir: ¡Qué vergüenza! Tu hipocresía es tan grande, que regurgita y se desborda, y babeas como una gran babosa encima de la flor pura. Sal y sé hombre, porque ahora no eres sino baba. Te he reconocido, Samuel. Eres siempre el mismo corazón. Que Dios te perdone; pero, vete de mi presencia.
Y mientras el Keriot y Santiago de Alfeo contienen al fogoso Pedro, Judas Tadeo, que en este acto se asemeja más que nunca a su Primo (de quien ahora tiene el mismo centelleo azul en la mirada y la imponencia en la expresión), dice vehementemente: 
A sí mismo se deshonra quien deshonra al inocente. Dios ha hecho los ojos y la lengua para llevar a cabo obras santas. El maldiciente los profana y rebaja, haciéndoles cumplir obras malvadas. Yo no me voy a manchar a mí mismo con un acto vil contra tu canicie, pero te recuerdo que los malvados odian al hombre íntegro y que el necio descarga su aversión sin reflexionar ya siquiera en que con ello se pone al descubierto. Quien vive en las tinieblas confunde una rama florida con un reptil, pero quien vive en la luz ve las cosas como son y, si alguien las desacredita, las defiende por amor a la justicia. Nosotros vivimos en la luz. Somos la generación casta y hermosa de los hijos de la luz, y nuestro Caudillo es el Santo que no conoce ni mujer ni pecado. Nosotros le seguimos y le defendemos de sus enemigos, hacia los cuales, como El nos ha enseñado, no sentimos odio; antes bien, oramos por ellos. Aprende, anciano, de un joven, que se ha hecho maduro porque la Sabiduría es su Maestro, aprende a no ser precipitado para hablar e inútil para obrar el bien. Vete, y refiere a quien te ha enviado que Dios en su gloria está en esta pobre morada, y no en la profanada casa del monte Moria. Adiós
.
Los cinco no se atreven a replicar y se marchan.

8 Los discípulos conjuntamente examinan si decírselo o no a Jesús, que está todavía con los enfermos curados. Deciden que es mejor decírselo. Se acercan a El, le llaman y se lo dicen.
Jesús sonríe sereno y responde: 
Os agradezco vuestra defensa... pero ¿qué podéis hacer? Cada uno da lo que tiene
.
Pero tienen un poco de razón. Los ojos están en la cabeza para ver y muchos ven. Ella está siempre ahí fuera, como un perro. Te perjudica
 dicen varios.
Dejadla que esté. No será ella la piedra que golpeará mi cabeza. Y si ella se salva... ¡Oh..., bien merece la pena una crítica por una alegría así!
”.
Al dar esta dulce respuesta todo termina.

Continúa...

Notas:

129) Cfr. Ex. 5, 18; 20, 14.

130) “Matrimonio, …inmoralidad…” estas frases entendidas como se debe, esto es, en su contexto, son exactas. Se afirma únicamente que el matrimonio pecaminoso es el infecundo por mala voluntad, esto es, por malicia. Por esto, en el contexto aparecen palabras como las siguientes: “lupanar, libídine, rechaza, huye, rehúsa, desperdiciar, acto de prostitución, voluntariamente estériles, ser compradas, envilecidos hasta el nivel de las bestias, uniones inconcebibles” Y con toda exactitud se llega a la conclusión “el matrimonio… deja de ser santo cuando por malicia se hace infecundo… ”.

131) Cfr. Gén. 1, 26–28; 2, 18–24; 9, 1.

132) Cfr. Lev. 18, 22–23.

133) “…he dejado el cielo…” Expresión popular pero exacta, semejante a la que hay en el Credo: “descendió del Cielo”.

134) Los nombres Anás y Ana en italiano tienen la misma forma (Anna), ello explica, en el original italiano, el malentendido de Pedro (NdT).


 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)