sábado, 6 de junio de 2026

LA MUJER GUERRERA DE DIOS

Continuamos con la publicación del capítulo VIII del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

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CAPÍTULO VIII

LA MUJER GUERRERA DE DIOS

Desde finales de la Edad Media, ha existido en la cristiandad un impulso constante, ejercido no solo sobre los individuos sino sobre los pueblos en su conjunto, orientado a modificar el objetivo que la actividad humana se había fijado, basado en la palabra de Cristo. Este objetivo era la vida eterna. Costumbres, tradiciones, leyes e instituciones se habían ido configurando gradualmente en torno a este principio. Desde el Renacimiento, se ha manifestado una tendencia contraria que se fortalece y desarrolla día a día: la de convertir en meta de toda actividad social y personal la mejora de las condiciones de vida presentes para alcanzar un goce más pleno y universal. “El siglo XIV marcó el camino -afirma Taine- y desde entonces, cada siglo se ha dedicado exclusivamente a preparar nuevos conceptos en el ámbito de las ideas y nuevas instituciones en la esfera política (que se corresponden con el nuevo ideal). Desde entonces, la sociedad ya no encuentra en la Iglesia su guía, ni la Iglesia su imagen en la sociedad”.
 
¿Volverán alguna vez las naciones a la guía de la Iglesia? ¿Verá la Iglesia de nuevo a los pueblos escuchar y abrir sus corazones al Sermón de la Montaña? ¿O se contentará Dios ahora con reunir almas de entre una sociedad que se aleja cada vez más de Él? La idea de la civilización cristiana aún perdura en muchas mentes; está resurgiendo en muchos, y la Iglesia siempre está presente para mantenerla y recordársela. ¿Prevalecerá finalmente sobre la idea de la civilización naturalista? Y tras una lucha de varios siglos, ¿logrará vencer la tentación satánica y reanudar su marcha ascendente durante un período de tiempo que no podemos calcular, pero que bien podría ser más largo que el período de desorden en el que, lamentablemente, nos hemos extraviado durante demasiado tiempo?
 
¿Quién se atreve a soñar con eso?
 
Y, sin embargo, sabemos que Dios, con frecuencia, deja en manos de las pasiones humanas desatadas y del mismo diablo la tarea de ejecutar su voluntad y cumplir sus designios eternos. “Tal es, si no me equivoco -dice el cardenal Pie- la parte habitual de la Providencia en la historia de los siglos: el hombre se mueve, se agita, en el ámbito de sus pensamientos, de sus deseos a menudo pecaminosos; y Dios, experto en extraer el bien del mal, convierte los obstáculos en medios, y del crimen mismo forja un arma poderosa. Entonces el resultado proviene de Dios y siempre es admirable” (1).
 
Sin embargo, Dios no quiere actuar solo. Nos ha dado libertad, y es la gran ley del mundo sobrenatural que la usemos, para que tengamos mérito por nuestras obras y Él nos dé la recompensa.
 
El primer uso de la libertad ante la tentación es la autodefensa. Desde el renacimiento del naturalismo, la Iglesia y sus fieles nunca han dejado de hacerlo. Nuestra intención no es relatar lo que los católicos, a lo largo de estos cinco o seis siglos, han opuesto a la invasión del naturalismo en la cristiandad. No describiremos las luchas teológicas que esta invasión ha provocado en innumerables frentes, luchas a través de las cuales el error refutado ha servido para dar a la verdad una claridad más precisa y poderosa. Tampoco relataremos la historia de los esfuerzos realizados para apoyar y mantener las instituciones sociales concebidas e implementadas en el espíritu de la civilización cristiana. Estos dos enfoques —defensa y ataque— requerirían un debate interminable, que queda fuera del alcance de este libro.
 
Lo que exige el tema que se está tratando, en el punto al que ha llegado, es lo siguiente:
 
Hemos expuesto las acciones secretas de los masones, liderados por judíos, a su vez guiados por Satanás, para reemplazar la civilización cristiana por una civilización humanitaria y naturalista. La contraparte nos exige buscar si no existe otra acción secreta, la de almas santas iluminadas, guiadas por el Cielo, que contrarreste y obstaculice la obra del Infierno y, en última instancia, la destruya. La sentencia pronunciada por Dios al principio del mundo: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la suya; él te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el talón” —nos indica que nuestra búsqueda no debe ser en vano.

Tú eres Satanás; la Mujer es María. La descendencia de la serpiente incluye a la multitud de quienes lo siguen, ángeles y hombres. Él les transmite algo de su poder, Dedit illi virtutem suam et potestatem magnam (Ap. XIII, 2). La raza de la Mujer es la multitud de los fieles (2).
 
San Máximo de Turín hace esta observación: “Dios no dice: “Yo daré”, para que no se entendiera de Eva. La promesa se refiere al futuro: “Yo daré”, designando así a la mujer que dará a luz al Salvador”. Por otro lado, con estas palabras, semen tuum, semen illius, Dios no pudo haber significado una generación carnal. Satanás no tiene ni puede tenerla. Entre los seres inmateriales, solo Dios engendra un Hijo. Se trata, por lo tanto, de otro tipo de paternidad y de otro tipo de filiación: una paternidad y una filiación morales basadas en la semejanza y la adopción. Hay hijos del diablo que proceden de él en la medida en que los induce al pecado, y que son sus hijos por la semejanza que el pecado les confiere. “Tenéis al diablo por padre”, dijo Nuestro Señor a los judíos, “y cumplís los deseos de vuestro padre”. Y también hay hijos de María que la aman y son amados por ella, que la admiran y que, en esa admiración, llegan a ser, con su ayuda, semejantes a ella.
 
María los concibió en su corazón el día de la Anunciación y cooperó en el Calvario en su nacimiento espiritual. Al concebir al Salvador según la carne, nos concibió en espíritu, porque concibió nuestra Redención (3).
 
Por lo tanto, las dos razas se enfrentan claramente y la causa que las ha llevado al conflicto proviene del Cielo y de la tierra; los campeones de lo alto están hoy en nuestro campo de batalla.

El apóstol San Juan vio claramente la unidad de esta guerra. Describió sus dos fases, ambas ocurridas ante la Mujer y, por así decirlo, bajo su liderazgo.
 
En el capítulo XII de su Apocalipsis, nos muestra a la Mujer revestida del sol de la divinidad. “El Verbo, sosteniendo la vestidura de carne de María -dice San Bernardo- la hace irradiar la gloria de su majestad”. La luna, imagen del mundo inestable que ella domina y gobierna con su Hijo Jesús, está bajo sus pies. Sobre su cabeza lleva una corona de doce estrellas, símbolo de sus prerrogativas que le otorgan un esplendor superior al de las criaturas más sublimes.

Esta es la Madre de Cristo, la Madre de Dios, que está representada aquí.
 
Está a punto de convertirse en la Madre de toda la humanidad, Clamabat parturiens et cruciabatur ut pariat. Está en el Calvario. “Me parece- dice Bossuet- que oigo a María hablando con el Padre Eterno con un corazón a la vez abierto y oprimido: oprimido por un dolor extremo, pero al mismo tiempo abierto a la salvación de la humanidad mediante la santa expansión de la caridad”. Es en medio de estos dolores extremos, por los que participa de los tormentos de la cruz, que Jesús la asocia a su fecundidad: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo. Ahí tienes a tu Madre”.
 
El dragón, que ha arrastrado con su cola un tercio de las estrellas del cielo, se detiene ante la Mujer y quiere devorar a su hijo. Desde allí la batalla continuará hasta el día en que se oiga una voz en el cielo que diga: “Ahora se ha establecido la salvación de nuestro Dios, y su poder y su reino, y el poder de su Cristo, porque el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios, ha sido arrojado” (4).

Este canto de triunfo se escuchó en el Cielo tras la victoria del Arcángel San Miguel; se escuchará en la tierra cuando el dragón sea arrojado de nuevo al infierno, para no volver a emerger jamás. Los profetas, en sus oráculos, entrelazan escenas separadas por el tiempo y el espacio, ¡y sin embargo, cuántas conexiones de causa y efecto, o ideas, las unen! San Juan habla simultáneamente de la gran batalla que tuvo lugar en el cielo y de la que se libra en la tierra, porque la causa es la misma. Nuestro Señor mismo hizo lo mismo cuando anunció la destrucción de Jerusalén y la del mundo.
 
Tras su primera derrota, que lo sumió en el infierno por primera vez, el diablo descendió a la tierra para librar una nueva batalla. Allí salió victorioso y, a través del pecado original, inundó la tierra de corrupción. “La serpiente -dice San Juan- arrojó de su boca agua como un gran río tras la mujer, para arrastrarla a sus aguas”, a ella que se le había mostrado como la destinada a heredar su reino en el Cielo y en la tierra. Pensó que el río de iniquidad que había desatado en el paraíso terrenal alcanzaría a María. Dios no lo permitió; la Madre de Cristo apareció inmaculada en medio de la impureza universal. “Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra contra sus hijos que guardan los mandamientos y dan testimonio de Jesucristo” (5).

Quienes dan testimonio de Jesucristo y, por lo tanto, se muestran hijos de María, son quienes confiesan que Jesucristo es el Hijo de Dios, Redentor de la humanidad y Restaurador del orden sobrenatural. Satanás y sus seguidores, tanto los del infierno como los de la tierra, buscan, en contra de los predicadores del Evangelio, mantener bajo el control de Lucifer a aquellos que aún no han sido regenerados por la fe y el bautismo, y atraer de nuevo hacia él a quienes han regresado al orden sobrenatural. La Mujer y sus hijos luchan entre él y contra ellos para rescatar a sus víctimas, devolverlas a Dios y mantenerlas en la inocencia y la fidelidad. Esta es una lucha diaria, constantemente renovada por una enemistad que Dios ha hecho perpetua.
 
Por lo tanto, no solo entre María y la serpiente, sino también entre los secuaces de Satanás y los hijos de María, se estableció la enemistad y se predijo la lucha desde el principio del mundo: una enemistad absoluta y una lucha incesante, pues la palabra divina no establece ni tiempo ni medida. Hasta el Juicio Final, Satanás intentará subyugar a la humanidad y atraerla a su dominio; y de igual modo, hasta la Segunda Venida del Salvador divino, María se esforzará por aplicarles los méritos de la Redención y, de este modo, conducirlos al Reino de los Cielos. Porque si la Redención de la humanidad se consumó mediante el sacrificio de Jesús, fue solo en principio; la santificación debe realizarse en cada uno de nosotros individualmente. Ahora bien, esta santificación requiere que el hombre sea primero arrebatado de las manos de Satanás, y luego rescatado de él cada vez que tenga la debilidad, la insensatez o la perversidad de volver a su tirano. De ahí esta lucha perpetua, en la que la Santísima Virgen, refugio de los pecadores, auxilio de los cristianos, Madre de la fe divina y de la gracia divina, desempeña el papel que Dios le asignó en los primeros días del mundo.
 
Esta lucha es universal. La vemos por doquier, de persona a persona, entre hombres, entre cristianos y demonios, entre espíritus, y al mismo tiempo de ciudad en ciudad, desde la Ciudad de Dios hasta la ciudad del mundo, cuyo príncipe es Lucifer. En todas partes y siempre, lo que está en juego es lo mismo: lo sobrenatural.
 
Es necesario explicar aquí con mayor claridad de lo que lo hemos hecho hasta ahora qué es lo sobrenatural, para transmitir la preeminencia de esta guerra, magnum praelium, y la sublimidad de los intereses que dependen de ella.
 
El Mesías prometido el mismo día de la caída de nuestros primeros padres no sería solo nuestro Redentor, nuestro Salvador, nuestro Jesús; también sería nuestro Cristo, en quien reside la plenitud de la divinidad, por quien recibimos participación en la naturaleza divina. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y a todos los que lo recibieron les dio el derecho de ser hijos de Dios” (6). “Dios, rico en misericordia - dice el apóstol San Pablo- no consultó a nadie sino con el amor infinito con que nos amó; y aunque estábamos muertos en el pecado, nos dio vida en Cristo” (7). “Yo he venido -dijo Cristo mismo- para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (8). No cualquier vida, sino “vida eterna” (9). Es a través del bautismo que se nos comunica esta vida sobrenatural. Él nos injerta en Cristo, dice San Pablo, nos hace miembros vivos de su cuerpo místico (10). Dios no nos ha dejado ajenos a las sublimes alturas a las que nos conduce esta incorporación: “Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, formado de mujer, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos de Dios. Y por cuanto sois hijos suyos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”. Ya ninguno de vosotros es esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Dios” (11).

Ex magno genere ex tu (De gran linaje eres tú), dijo Tobías al ángel Rafael. Esto es lo que los ángeles pueden decirnos a cada uno de nosotros, tanto a los caídos como a los santos. Ellos saben de qué linaje somos, el más grande de todos, porque somos de la estirpe de Cristo, que es el Hijo de Dios.
 
Dios, mediante un acto libre de su amor, ha establecido, por lo tanto, un vínculo trascendente entre nuestra naturaleza y la suya, entre nuestras personas y sus Personas.

Este vínculo no era inherentemente necesario; no era un mandato ni siquiera una exigencia formal de nuestra naturaleza. Surgió de la inmensa caridad, la generosidad gratuita y desmedida de Dios hacia su criatura. Pero como consecuencia de la voluntad divina, este vínculo se volvió obligatorio, indisoluble, necesario.

Subsiste eminentemente y subsistirá eternamente en Jesucristo, Dios y hombre a la vez, naturaleza divina y naturaleza humana siempre distintas, pero irrevocablemente unidas por el nudo hipostático; debe extenderse según proporciones y por medios divinamente instituidos a toda la raza de la cual el Verbo encarnado es la cabeza y ningún ser moral, ya sea individual y particular, o público y social, puede rechazarlo o quebrantarlo, en su totalidad o en parte, sin fracasar en su propósito y, por consiguiente, sin dañarse mortalmente a sí mismo y sin incurrir en la ira del Soberano Maestro de nuestros destinos.
 
Pero Satanás nunca cesa de actuar, tanto sobre cada uno de nosotros como sobre las naciones en su conjunto, para suscitar en ellas y en nosotros este grito de rebelión: “Rompamos sus ataduras y arrojemos lejos de nosotros sus cadenas” (12). Por su parte, Dios nunca deja de derramar su gracia en nuestros corazones y de dar a las sociedades la ayuda natural y sobrenatural para mantenernos en su amor.

María es la dispensadora de estas ayudas y gracias. Por lo tanto, es entre ella y Satanás donde, en última instancia, se libra la batalla: Inimicias ponam inter te et mulierem et semen tuum et semen illius. Ella te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el talón. Esta es, en efecto, la lucha habitual entre el hombre y la serpiente: esta última fácilmente se apodera del talón del hombre, que camina erguido, mientras que el hombre intenta aplastar la cabeza de la serpiente que se arrastra. Pero por cruel que sea la mordedura que inflige en el talón, no es incurable, mientras que su cabeza, una vez aplastada, le causa la muerte. El vencedor queda así claramente indicado: será la Virgen, será la Iglesia con la ayuda de María, será toda persona de buena voluntad que la invoque y se ponga bajo su protección.

Toda la historia del género humano, todo el conjunto de la religión se ramifica en un misterio de amor, en un misterio del mal, en un misterio de triunfo: el amor debe tener en cuenta la última palabra. El final de la historia universal será un amor triunfante y glorioso, del mismo modo que su comienzo fue un amor creador.

Continúa...

Notas:

1) Eloge de Jeanne d’Arc (Elogio de Juana de Arco.)

2) Corpus Ecclesiae mysticum non solum consistit ex hominibus sed etiam ex angelis... Totius autem hujus multitudinis Christus est caput. De ejus influentia non solum homines receperunt sed etiam angeli (El cuerpo místico de la Iglesia no solo está formado por hombres, sino también por ángeles... Pero Cristo es la cabeza de toda esta multitud. No solo los hombres, sino también los ángeles, han recibido de su influencia) Sum. Theol. P. II, Q, VIII, a. 4.

3) Cuando el Espíritu Santo descendió sobre ella, obró la salvación del mundo y concibió la redención. San Ambrosio, Epístola 49 a Sabino.

4) Ap 12-10, Observamos que el nombre “diablo” significa acusador. El diablo los acusa de haber sido seducidos por él.

5) Apoc. 12: 15-17.

6) Juan 1.

7) Ef., 2: 3,6.

8) Juan X, 12.

9) Juan III, 14-15.

10) Nuestro Señor Jesucristo es el nuevo Adán. Él, al igual que el antiguo Adán, fue establecido por Dios como Cabeza de la humanidad; estamos contenidos en Él como lo estuvimos en el primer hombre. De esto se deduce que Cristo y los cristianos son uno, formando una sola persona mística, cabeza y miembros a la vez.
Así como el pecado de uno nos lleva a la muerte a todos, la justicia de uno puede derramarse sobre todos y dar vida a todos. (I Cor. 15: 47-49; Rom. 5: 15; Ef. 1: 22).

11) Gal. 4: 4-5.

12) Salmos 2: 3
Los celos de Satanás lo impulsan a privar a la humanidad de la felicidad y la gloria, de ahí la tentación. Mediante la tentación, los demonios contribuyen a los designios de la Providencia, que procura el bien de la humanidad atrayendo a las personas hacia el bien y apartándolas del mal. Los ángeles buenos tienen la misión de colaborar en esta tarea.
Pero el bien humano también se alcanza indirectamente mediante nuestras acciones, al esforzarnos por repeler el mal y vencer el bien. Es a través de la tentación que los demonios contribuyen a alcanzar este segundo bien. Por lo tanto, no están completamente excluidos de contribuir al orden del universo. El último solo busca satisfacer sus celos y su odio. En realidad, contribuye a la obra divina.

 

GRANDES REBAJAS DEL CRISTIANISMO: EL ARRIANISMO ACTUAL

Ciertamente, hoy Arrio se escandalizaría mucho de las “enseñanzas” de algunos.

Por el padre José María Iraburu


Siglo IV. Decíamos ayer que en el siglo IV, cuando los paganos neo-conversos invadieron la Iglesia, muchos de ellos “necesitaban” un cristianismo no-sobrenatural, el propio del arrianismo (Cristo es un gran Maestro, pero no es Dios, ni causa la salvación) y del pelagianismo (la naturaleza del hombre está sana, y no necesita de auxilios sobrenaturales para hacer el bien). Surgieron pues, Arrio (246-336) y Pelagio (354-427), como respuesta a la exigencia de estos pseudo-cristianos. Así han surgido casi siempre los herejes. Y en tal situación, unos, los católicos, “perseveran en escuchar la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), mientras que otros, los arrianos y pelagianos, “llevados por sus inclinaciones, se procuran maestros que les halaguen los oídos, y se apartan de la verdad para para dar crédito a las fábulas” (2Tim 4,3-4).

Siglos XX-XXI. Un fenómeno bastante semejante se produjo en las naciones más ricas, de antigua filiación cristiana, a partir sobre todo de la Ilustración, a medida que iban cayendo en la apostasía –eso que más suavemente suele hoy llamarse “secularización”–. Muchos de aquellos católicos que no se habían hundido en una apostasía total, y que más o menos se mantenían dentro de la Iglesia, comenzaron a adherirse a un cristianismo profundamente rebajado, que se expresaba en nuevas claves de arrianismo y pelagianismo. Y por supuesto, surgieron para ellos, dentro mismo de la Iglesia católica, innumerables teólogos del error, que, acomodándose a sus inclinaciones, dieron de Cristo una nueva versión arriana y que presentaron la vida cristiana en versión pelagiana.

Las nuevas versiones del arrianismo no se fundamentan, por supuesto, en las explicaciones especulativas semiplatónicas de Arrio, aquel presbítero libio-alejandrino. Pero es lo mismo, porque van a dar en la misma conclusión: Cristo es hombre, no es Dios. En la declaración Mysterium Filii Dei (1972), se describen perfectamente los rasgos comunes a los “recientes errores acerca de la fe en el Hijo de Dios hecho hombre”. Todos los errores que señala esa Declaración de 1972 van por la línea arriana, y hoy se mantienen idénticos.

La persona de Cristo no existe desde toda la eternidad, igual al Padre y al Espíritu Santo. Ha de eliminarse la idea de una persona única en Cristo, de condición divina, que asume la naturaleza humana. La divinidad se manifiesta plenamente en la persona humana de Jesús; pero no por eso Jesús es propiamente Dios, ni su persona única está engendrada por el Padre antes de los siglos. Concluye la Declaración diciendo que “Los que piensan de semejante modo permanecen alejados de la verdadera fe de Jesucristo” –eufemismo para decir que son herejes–, aunque afirmen que Jesús en cierto modo puede decirse que es Dios, en cuanto que lo revela en plenitud.

Pues bien, entre los teólogos católicos actuales son numerosos los neo-arrianos, que “permanecen alejados de la verdadera fe de Jesucristo”. Señalaremos solo algunos, porque la Congregación de la Fe los ha señalado, pero hay muchísimos más.

1980.–El P. Edward Schillebeeckx, O. P. (1914-2009). La Congregación de la Fe, según ya vimos, advirtió en la Carta a él dirigida en 1980 que,

a pesar de ciertas aclaraciones y rectificaciones logradas en diálogo con la Congregación, permanecían aún límites y ambigüedades en su enseñanza cristológica, concretamente en cuanto a la concepción virginal de María, la relación entre resurrección y apariciones, el origen histórico de la fe pascual, el rechazo de la anhypostasis: “queda el lector vacilante entre los dos sentidos: persona humana, no persona humana”.

1998.–El P. Anthony De Mello, S. J. (1931-1987). Ya recordamos la Notificación de la Congregación de la Fe sobre este autor (1998). Arrio se habría espantado oyendo sus afirmaciones: “La filiación divina de Jesús se diluye en la filiación divina de los hombres… Jesús es mencionado como un maestro entre tantos… “¿Es Jesús mi salvador o me remite a una realidad misteriosa que le ha salvado a él?”… “Jesús se encontraba a gusto con los pecadores, porque entendía que no era en nada mejor que ellos”…

2004.–El P. Roger Haigth, S. J. (1936-2025). La Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Ratzinger, habiendo examinado el libro Jesus Symbol of God, Maryknoll, Orbis Books 1999; (Jesús, símbolo de Dios, Ed. Trotta 2007, 592 pgs.), dirigió al P. Haight una Notificación (13-XII-2004) en la que afirmaba que la obra “contiene afirmaciones contrarias a las verdades de fe divina y católica referentes a la preexistencia del Verbo, la divinidad de Jesús, la Trinidad, el valor salvífico de la muerte de Jesús, la unicidad y universalidad de la mediación salvífica de Jesús y de la Iglesia, y la resurrección de Jesús”.

“El Autor propone "una cristología de la encarnación, en la que el ser humano creado o la persona de Jesús de Nazaret es el símbolo concreto que expresa la presencia en la historia de Dios como Logos"” (pág. 439). Jesús, por tanto, sería “una persona finita” (pág. 205), “una persona humana” (pág. 296), “un ser humano y una criatura finita” (pág. 262). El término “"verdadero Dios" significaría que el hombre Jesús, en calidad de símbolo concreto, sería y mediaría la presencia salvífica de Dios en la historia” (págs. 262; 295). “Afirma también que no sería necesario "que Jesús se haya considerado a sí mismo como un salvador universal"” (pág. 211), y “que la idea de la muerte de Jesús como "una muerte sacrificial, expiatoria y redentora" sería solo el resultado de una interpretación gradual de sus seguidores a la luz del Antiguo Testamento” (pág. 85). Por otra parte, “afirma que "solo Dios obra la salvación, y la mediación universal de Jesús no es necesaria"” (pág. 405). “Según él, además, "es imposible en la cultura postmoderna pensar que… una religión pueda pretender ser el centro, al cual todas las otras han de ser reconducidas"” (pág. 333). La Congregación se ve obligada a “declarar que estas afirmaciones contenidas en el libro Jesus Symbol of God del Padre Roger Haight S. J. han de calificarse como graves errores doctrinales contra la fe divina y católica de la Iglesia. En consecuencia, se prohíbe al Autor enseñar teología católica en tanto no rectifique sus posiciones en plena conformidad con la doctrina de la Iglesia”.

El profesor Haight pasó entonces a enseñar teología en la Union Theological Seminary de Nueva York, un centro no católico, y sigue publicando libros en los que persiste en sus doctrinas. Por eso en enero de 2009 la misma Congregación estimó necesario prohibirle dar clases en cualquier institución académica, católica o no, y publicar escritos sobre temas religiosos, aunque no trataran de cristología.

2006.–El P. Jon Sobrino, S. J. , nació en una familia vasca (Barcelona 1938-), ingresó en la Compañía de Jesús a los 18 años, y vive en El Salvador desde 1957. La Notificación de la Congregación de la Fe (26-XI-2006), después de examinar sus libros “La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas” (1999) y “Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret” (2001), concluye que “las mencionadas obras presentan, en algunos puntos, notables discrepancias con la fe de la Iglesia”. No tiene especial interés que enumere aquí al detalle los errores del P. Sobrino que la Notificación cita, ya que vienen a ser los mismos que se describen en la declaración Mysterium Filii Dei (1972), siempre en la línea arriana:

“Diversas afirmaciones del Autor tienden a disminuir el alcance del Nuevo Testamente que afirman que Jesús es Dios” (4)… “En este pasaje el Autor establece una distinción entre el Hijo y Jesús, que sugiere al lector la presencia de dos sujetos en Cristo” (5)… “La comprensión de la communicatio idiomatum que el Autor presenta revela una concepción errónea del misterio de la encarnación y de la unidad de la persona de Jesucristo” (6)… “El P. Sobrino afirma, citando a Boff, que “Jesús fue un extraordinario creyente y tuvo fe. La fe fue el modo de existir de Jesús”La relación filial de Jesús con el Padre, en su singularidad irrepetible, no aparece con claridad en los pasajes citados [por el Autor]; más aún, estas afirmaciones llevan más bien a excluirla” (8)… Afirma el P. Sobrino: “Digamos desde el principio que el Jesús histórico no interpretó su muerte de manera salvífica, según los modelos soteriológicos que, después, elaboró el Nuevo Testamento: sacrificio expiatorio, satisfacción vicaria” (9)… “Esta eficacia salvífica… no se trata pues de causalidad eficiente, sino de causalidad ejemplar” (10). Es el puro pelagianismo, que el arrianismo exige.

El neoarrianismo actual tiene no pocos apoyos dentro de la Iglesia. Aunque una doctrina teológica que afirma “graves errores contra la fe divina y católica de la Iglesia”, en términos del Derecho canónico es exactamente una herejía (c.751), sin embargo, las herejías cristológicas de estos autores –y la de otros muchos afines a ellos– han sido enseñadas y publicadas durante decenios con la aprobación, al menos pasiva, de no pocos superiores religiosos y obispos católicos. No son, pues, simples hipótesis atrevidas, lanzadas de modo aislado por teólogos progresistas –que regresan al siglo IV–, sino que han recibido importantes apoyos, consiguiendo por eso amplia difusión.

–El P. Anthony De Mello, S. J., fue un best seller difundido en el mundo católico durante muchos años. Cuando su “doctrina” fue reprobada en 1998 por la Congregación de la Fe, protestaron públicamente los Provinciales jesuitas de la India, con el apoyo de los Superiores Mayores de la Iglesia en Asia Meridional. Y la editorial jesuita Sal Terræ publicó en 2003 su Obra completa en dos elegantes tomos.

–El P. Roger Haight, S. J., reprobado por la Santa Sede en 2004, después de muchos años de “docencia”, no ha sido en absoluto un teólogo marginal insignificante. Ha sido presidente de la Catholic Theological Society of America. Su “cristología” halló una acogida favorable en importantes medios de su país, como en la revista Commonweal, que publica en 2007 una apasionada defensa, y también ha contado con el apoyo de la revista jesuita America. La Catholic Press Association premió en 1999 su libro “Jesús, símbolo de Dios”, y en 2005 su obra “El futuro de la cristología”.

–El P. Jon Sobrino, S. J., al ser condenadas algunas de sus obras en 2006 por la Congregación de la Fe, recibió innumerables elogios y aprobaciones de diversas instancias, especialmente de la Compañía de Jesús.

ACI Prensa informaba (17-V-2007) que “el Presidente de la Conferencia de Provinciales Jesuitas en América, el P. Ernesto Cavassa, S. J., expresó en conferencia de prensa durante la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano [en Aparecida] la esperanza de que la teología del P. Jon Sobrino se verá reivindicada con el tiempo, y que, por lo tanto, la notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe quedará desfasada históricamente”. Él aclaró públicamente que “la notificación a Jon Sobrino no es una condenación sino una notificación”. También se solidarizaron públicamente con el P. Sobrino jesuitas de la Provincia de Loyola, y otros de la Provincia argentina de Córdoba. El Centro de estudios Cristianismo y Justicia, de los jesuitas de Barcelona, le elogió y apoyó en un escrito firmado por 25 “estudiosos”, entre los que destacaba el P. José Ignacio González Faus, S. J. (Valencia 1935-, profesor desde 1968 de la Facultad de Teología de Barcelona).

El arrianismo ha logrado, pues, una notable implantación en la Iglesia. La Instrucción Pastoral “Teología y secularización en España”, importante documento publicado por la Conferencia Episcopal Española (30-III-2006), reafirma la fe católica frente a los errores que, según dice, se han difundido en los últimos decenios en España, especialmente sobre el misterio de Cristo (22-35). En efecto, tratando de lo que se ha enseñado y se enseña en una buena parte de los Seminarios y Facultades de teología, Centros catequéticos, parroquias y editoriales de España, dicen los Obispos:

“Constatamos con dolor que en algunos escritos de cristología no se haya mostrado esa continuidad [entre la figura histórica de Jesucristo y la Profesión de la fe en Él], dando pie a presentaciones incompletas, cuando no deformadas, del Misterio de Cristo. En algunas cristologías se perciben los siguientes vacíos: 1) una incorrecta metodología teológica, por cuanto se pretende leer la Sagrada Escritura al margen de la Tradición eclesial y con criterios únicamente histórico-críticos, sin explicitar sus presupuestos ni advertir sus límites; 2) sospecha de que la humanidad de Jesucristo se ve amenazada si se afirma su divinidad; 3) ruptura entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”, como si este último fuera el resultado de distintas experiencias de la figura de Jesús desde los Apóstoles hasta nuestros días; 4) negación del carácter real, histórico y trascendente de la Resurrección de Cristo, reduciéndola a la mera experiencia subjetiva de los apóstoles; 5) oscurecimiento de nociones fundamentales de la Profesión de la fe en el Misterio de Cristo: entre otras, su preexistencia, filiación divina, conciencia de Sí, de su Muerte y misión redentora, Resurrección, Ascensión y Glorificación” (n. 27).

El arrianismo está hoy tan vigente como lo estuvo en el siglo IV, aunque hoy se infiltra en la Iglesia, obviamente, con formulaciones conceptuales y verbales distintas. Las mismas encuestas sociológicas lo comprueban, cuando preguntan a los que se dicen católicos acerca de la divinidad de Jesús. La gran mayoría de ellos, que no son practicantes, se manifiestan apóstatas o arrianos. Pero también no pocos de los practicantes se declaran más o menos arrianos. Esta herejía se da hoy sobre todo en lo países más desarrollados, pero también, a través de la teología de la liberación y de ciertos indigenismos teológicos falsos, se ha ido difundiendo entre los países menos desarrollados, de fe más profunda, ingenua y pura.

El neo-arrianismo ofrece al hombre moderno una versión herética de Jesucristo, en la que puede ser aceptado sin necesidad de la fe teologal católica. Ésta es hoy la más grande rebaja del Cristianismo. Y lleva consigo la negación de la Trinidad, de la virginidad de María, de la presencia real Eucarística y de todas las demás verdades de la fe.
 

6 DE JUNIO: SAN NORBERTO, FUNDADOR Y ARZOBISPO


6 de Junio: San Norberto, fundador y Arzobispo

(✞ 1134)

El glorioso fundador de la Orden Premonstratense, San Norberto, nació en Seten, en una de las más ilustres casas de Alemania y fue hijo de Heriberto, conde de Gnepp y emparentado con el emperador.

En su mocedad se entregó en las vanidades del siglo y era como el alma de todas las diversiones de la corte, pero, caminando un día a caballo hacia un lugar de Westfalia llamado Freten, seguido de solo un lacayo, se levantó una furiosa tempestad, y cayó un rayo a los pies de su caballo, que le derribó, quedando como muerto por espacio de una hora.

Vuelto en sí, sintió de tal manera trocado su corazón que exclamó como Saulo:

- Señor, ¿Qué quieres que haga?

Y desde aquel día dejó los ricos vestidos, abandonó todos los devaneos del mundo y resolvió entregarse del todo al servicio divino.

No había querido recibir hasta entonces las Órdenes Sagradas a pesar de ser canónigo; y una vez recibidas, comenzó a predicar con gran fervor, y admiración de los oyentes, que veían convertido en santo misionero al que habían visto cortesano tan liviano y disoluto.

Habiéndosele juntado trece compañeros, buscó un lugar solitario, áspero y apartado que se llamaba Premonstrato, en el obispado de Lauduno, donde asentó los fundamentos de un monasterio; y así tuvo su origen la nueva Orden que del mismo lugar se llamó Premonstratense, y tomó la regla de San Agustín y el hábito blanco de los canónigos reglares.

Entabló con sus compañeros una vida muy penitente y más angelical que humana; y el Señor le ilustró con singulares dones de profecía y de milagros.

Más, acompañando en un viaje a Alemania al conde de Champaña, fue elegido muy a pesar suyo para el Arzobispado de Magdeburgo, y conducido con guardias de vista a aquella iglesia, a donde llegó con su pobre hábito y con los pies descalzos, pero con universal aplauso y gozo del clero y del pueblo.

Vino a él un día un hombre para confesarse; y aunque llevaba traje de penitente, cuando el santo le vio, mandó que le quitasen la capa y que mirasen lo que traía y hallaron que iba armado con un puñal para matar al Arzobispo, como él mismo lo confesó arrepentido ya de su pecado.

Finalmente habiendo provisto de prelados a la Orden Premonstratense, y gobernado santísimamente la Iglesia de Magdeburgo por espacio de ocho años, a los cincuenta y tres años de su vida preciosa entregó su espíritu en las manos del Creador, quedando su santo cadáver sin la menor señal de corrupción y expuesto durante nueve días para la veneración del pueblo.

Reflexión:

Escribe Paulo Morigia en la Historia del origen de las religiones, capítulo 17, que la Orden Premonstratense creció tanto, que tenía treinta provincias y en ellas, más de mil trescientos monasterios y cuatrocientos de monjas. Pero, ¿Quién podrá decir la muchedumbre de santos religiosos y las excelentes virtudes con que han ilustrado a la Iglesia de Dios? Toda esta gloria redunda en alabanza de San Norberto y es fruto de su conversión. Porque si hubiese permanecido en los peligros de la corte y en la vanidad del mundo, no hubiera hecho nada, y por ventura, se hubiera perdido, y sido causa de la perdición de muchas almas. Convirtiéndose de veras al Señor, y de caballero mundano vino a ser gran santo y padre de innumerables Santos.

Oración:

Oh Dios, que hiciste tan excelente el predicar de tu divina palabra al bienaventurado Norberto, tu confesor y pontífice, y por su medio, te dignaste aumentar tu Santa Iglesia con una nueva familia; concédenos por sus merecimientos, que practiquemos lo que nos enseñó con sus ejemplos y palabras. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

  

viernes, 5 de junio de 2026

EL BAUTISMO DESPUÉS DEL CONCILIO VATICANO II: ¿DUDOSO O INVÁLIDO?

Me preguntaron sobre la validez del bautismo conferido por herejes y cismáticos, como los conciliares del Vaticano II...

Por Julien Laurent


En primer lugar, examinaremos el bautismo de todos los herejes y cismáticos, y luego consideraremos la situación en la secta conciliar del Vaticano II.

I. Bautismo conferido por un hereje y/o cismático

Aquí les presentamos algunas autoridades en este tema:

I.1. El Concilio Sacrosanto de Trento – Sesión VII

Sobre los sacramentos:

Canon XI: 11. Si quis dixerit in ministris dum sacramenta conficiunt et conferunt non requiri intentem saltem faciendi quod facit Ecclesia: anathema sit.

—Si alguien dice que en los ministros, al consagrar y conferir los sacramentos, no se requiere al menos la intención de hacer lo que hace la Iglesia, sea anatema.

Sobre el bautismo:

Canon IV: Si quis dixerit baptismum qui etiam datur ab haereticis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti eum intente faciendi quod facit Ecclesia non esse verum baptismum: anathema sit.

—Si alguien dice que el bautismo que también dan los herejes en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, con la intención de hacer lo que hace la Iglesia, no es un verdadero bautismo, sea anatema.

Por lo tanto, no es automáticamente inválido el bautismo administrado por un hereje. Dado que la intención de la Iglesia es borrar el pecado original y todos los demás pecados, es posible que los herejes, como la mayoría de los protestantes, tengan esta válida intención.

Así, quienes son bautizados entre ellos antes de alcanzar la edad de la razón quedan ipso facto (por ese mismo hecho) unidos a la Una Santa Católica y Apostólica Iglesia. Pero, al llegar a la edad de la razón, si no abandonan su secta herética o cismática, ¡incurren en el pecado de herejía y cisma!

I.2. San Cipriano se equivocó en este punto.

San Cipriano fue corregido por el Papa Esteban (Denzinger n° 110). Rohrbacher, en su Historia Universal de la Iglesia Católica, considera que murió reconciliado con la Santa Sede en este punto.

I.3. San Agustín, el más augusto de los Padres de la Iglesia, en su obra De Baptismo, Libro II, trató el tema de Cipriano y esta controversia. Menciona que la Iglesia mantenía, con respecto a los herejes y cismáticos, la costumbre de no reiterar lo que ya se había dado. Según él, esta costumbre, como muchas otras, provenía de la tradición de los apóstoles (2.7.12: Quam consuetudinem credo ex apostolica traditione venientem), que como costumbres se mantenían en toda la Iglesia (et tamen quia per univeram custodiuntur ecclesiam).

Estos son, pues, los argumentos más sólidos:

– Lo que viene de los apóstoles es infalible;

– Y lo que se ha enseñado y practicado en todas partes, siempre y por todos (quod ab omnibus, ubique et semper creditur in Ecclesia) es infalible.

San Agustín sobre la validez del bautismo administrado por herejes y cismáticos:

http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/c2s.htm

Sin embargo, San Agustín reconoció el principio de la necesidad de la intención, por supuesto: “el ministro es un ser racional y debe actuar como tal; su ministerio debe consistir, por lo tanto, en un acto consciente y voluntario, de modo que no se puede presumir la existencia de un sacramento por la mera presencia del rito, cuando no hay una intención correspondiente” (De sacramentis, II, 6, 13, PL, CLXXVI, 460).

I.4. Documentos Pontificios de Su Santidad Pío XII, volumen 1949, pp. 549-550.

Declaración del Santo Oficio sobre la validez del Bautismo conferido en ciertas sectas (28 de diciembre de 1949).

“Cierto número de obispos de los Estados Unidos han planteado las siguientes preguntas a la Suprema Congregación del Santo Oficio:

1) Para juzgar casos matrimoniales, ¿puede considerarse inválido el bautismo conferido en las sectas de los Discípulos de Cristo, Presbiterianos, Congregacionalistas, Bautistas y Metodistas, con la materia y fórmula necesarias, basándose en que el ministro no tendría la intención de hacer lo que hace la Iglesia y lo que Cristo instituyó?

2) O, por el contrario, ¿debería presumirse válido este bautismo, a menos que, en un caso particular, se demuestre su invalidez?

El 21 de diciembre de 1949, los Eminentes y Reverendísimos Cardenales encargados de la custodia de la fe y la moral, tras haber consultado con los Consultores, decidieron responder a las preguntas:

– No, a la primera.

– Sí, a la segunda.

Al día siguiente, el 22 del mismo mes y año, Su Santidad Pío XII aprobó esta resolución, la confirmó y la publicó.

Es sabido que todo sacramento es válido siempre que se utilice la materia y se pronuncien las fórmulas sacramentales, y que el ministro tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Esta es la doctrina de la fe, y en cuanto alguna secta modifica sustancialmente la materia o las fórmulas, deja de ser un sacramento. Esto se puede comprobar fácilmente. Pero el problema es mucho más delicado en lo que respecta a la intención. Los teólogos han debatido si, aun con un error fundamental sobre los efectos del sacramento, el ministro conserva la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Coinciden en afirmar que, en el caso de que el ministro persiga manifiestamente un fin opuesto al de la Iglesia Católica y haga explícita esta oposición, falta la rectitud de la intención. Por consiguiente, el sacramento no existe.

Tras esta declaración, no se debe concluir que, ipso facto, todo bautismo administrado por presbiterianos, bautistas, discípulos de Cristo, etc., sea válido. Es importante examinar en cada caso si se han observado las condiciones generales de validez. Simplemente significa que no se debe decretar a priori que los bautismos administrados en estas sectas en los Estados Unidos sean inválidos.

I.5. El Catecismo del Concilio de Trento ofrece aún más explicaciones:

“En tercer y último lugar, vienen aquellos que, en caso de necesidad, pueden administrar este Sacramento sin las ceremonias habituales. De este grupo se incluyen todos los seres humanos, hombres y mujeres, incluso los más humildes y de cualquier religión que profesen. En efecto, judíos, infieles, herejes, cuando la necesidad lo requiera, todos pueden bautizar, siempre que tengan la intención de hacer lo que hace la Iglesia al administrar este Sacramento. Así lo habían decidido ya varias veces los Padres y los antiguos Concilios. Pero la santa Asamblea de Trento ha pronunciado además un anatema contra todos aquellos que se atrevan a sostener que el Bautismo dado por herejes en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, con la intención de hacer lo que hace la Iglesia, no es un Bautismo válido y verdadero”.

Y ciertamente, esta es para nosotros una hermosa ocasión para admirar la perfecta bondad y la infinita sabiduría de nuestro Dios. Dado que el Bautismo es necesario para todos, Él ha elegido e instituido como materia de este Sacramento el agua, que se encuentra en todas partes, y al mismo tiempo no ha querido negar a nadie el poder de administrarlo. Solo que, como ya hemos dicho, no todos tienen derecho a conferirlo con las ceremonias establecidas por la Iglesia; no porque estos ritos y ceremonias sean algo más augusto que el Sacramento mismo, sino porque son menos necesarios.

Por lo demás, si a todos se les permite bautizar, los fieles no deben pensar, por ello, que la decencia no obliga a establecer cierto orden entre los distintos ministros de este sacramento. Una mujer, por ejemplo, no debería administrar el bautismo si hay un hombre presente; ni un laico, si hay un clérigo; ni un clérigo, si hay un sacerdote. Sin embargo, las parteras acostumbradas a bautizar no son en absoluto reprochables si, en ciertos casos y en presencia de un hombre que no sabe cómo conferir este sacramento, asumen ellas mismas esta función, que en otras circunstancias parece mucho más apropiada para un hombre.

I.6. Proposición condenada por Alejandro VIII (n° 1318 en Denzinger, Enchiridion):

Valet baptismus collatus a ministre, qui omnem ritum externum formamque baptizandi observat, intus vero in corde suo apud se resolvit: Non intendo, quod facit Ecclesia.

“El bautismo conferido por un ministro que observa todo el rito y la forma externa del bautismo es válido, pero que decide en su corazón: ‘No pretendo lo que hace la Iglesia’”.

Puesto que esta proposición está condenada, ese bautismo NO es válido.

I.7. Un ejemplo práctico: debido a la negligencia sistemática con la que la secta anglicana ha conferido bautismos (por aspersión a distancia, etc.), la Iglesia católica en Inglaterra tenía la costumbre, mucho antes del concilio Vaticano II, de reiterar en todos los casos el bautismo de los conversos. Esto es bastante particular, pero comprensible y prudente.

Pero en otros casos, el pastor responsable debe, por supuesto, estudiar e investigar la validez de los conversos bautizados caso por caso.

Conclusión:

La Iglesia ya ha resuelto este asunto desde hace mucho tiempo; por lo tanto, sigamos su doctrina: los bautismos conferidos por herejes y cismáticos con la forma, la materia y la intención requeridas son ilícitos pero válidos.

* * *

II. Bautismos conferidos en la secta conciliar

Antes de 2007…

Si aplicamos esta doctrina a los bautismos conferidos en la secta conciliar, debemos tener en cuenta que en el (mal llamado) Catecismo de la Iglesia Católica de Juan Pablo II en 1992…

https://es.wikipedia.org/wiki/Catecismo_de_la_Iglesia_cat%C3%B3lica

Escriben que el bautismo borra los pecados. Por lo tanto, la intención requerida para su validez está presente.

https://es.wikipedia.org/wiki/Bautismo

Después de 2007…

Pero en el documento de 2007 de la Comisión Teológica Internacional, sobre “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautizar”, firmado por Benedicto XVI, se expresa la esperanzaen contra de la enseñanza bimilenarista de la Iglesia, entre otros, de San Agustín y Santo Tomás de Aquino— de que todos los niños estén en el Cielo. Esto implica que el pecado original ya no representa un pecado importante o ni siquiera un pecado, que no es un pecado mortal que prive de la visión beatífica y… que el bautismo de niños sin razón, por lo tanto, no elimina el pecado mortal original, puesto que no existe. Y ha habido muy pocas o ninguna reacción en la secta conciliar. Por consiguiente, cabe suponer que esta falsa doctrina es aceptada casi universalmente allí.

En la página web oficial francesa, afirman que el bautismo es “un rito de iniciación en la Iglesia”, y nada más.

Por lo tanto, debemos asumir que los bautismos conferidos por la secta conciliar, al menos a partir de esa fecha, son todos inválidos debido a una intención oficial y, por ende, general en toda la secta, contraria a la intención requerida por la Iglesia para la validez.

Aunque los ministros conciliares afirmen tener “la intención de hacer lo que la Iglesia desea”, esta intención es, concretamente y en realidad, “la intención de hacer lo que la anti-Iglesia de la Roma apóstata desea. Y desde el decreto mencionado, esta intención está claramente comprometida.

El anatema del Concilio de Trento no es aplicable en estas circunstancias, pues evidentemente solo se aplica a los bautismos conferidos por herejes y cismáticos que no tienen una intención contraria a la de la Iglesia, como la mayoría de los protestantes. De lo contrario, estarían sujetos a la condena de Alejandro VIII.

En efecto, como hemos visto anteriormente (I.4.), el Papa Pío XII declaró que 

“en el caso de que el ministro persiga manifiestamente un fin opuesto al de la Iglesia Católica y explicite esta oposición, falta rectitud de intención. Por consiguiente, el sacramento no existe”.

La Iglesia también enseña que un sacramento dudoso debe considerarse inválido, pues uno debe tener certeza respecto a los sacramentos.

Ejemplo reciente: para “respetar” las nuevas normas de distanciamiento social con motivo del covid-19, un ministro conciliar de Detroit, Estados Unidos, utilizó en mayo de 2020 una pistola de agua, llena de “agua bautismal”, para “bautizar” a un bebé en la iglesia de Saint-Ambrose.

Si se reitera el bautismo en caso de duda, el sacerdote dice: “Si no estás bautizado, yo te bautizo”, y Dios sabe si el primer bautismo fue válido o no. Por lo tanto, ciertamente no hay riesgo de sacrilegio al reiterar un sacramento que solo se puede recibir una vez.

En la práctica, para verificar la validez de los bautismos dudosos, hay que interrogar al bautizado (si tenía edad de razón en el momento del bautismo) y, si es posible y útil, a los padres, padrino y madrina, a la familia y a todos los que estuvieron presentes en el bautismo:

Sobre el tema del bautismo:

que debe ser agua

que debe fluir

en la frente (y no solo en el cabello, lo cual es dudoso y por lo tanto inválido según todos los teólogos morales)

en la forma:

El mismo ministro que vierte el agua debe pronunciar simultáneamente estas palabras: “Nombre(s), yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. El latín es obligatorio en el rito latino para la licitud, pero no para la validez de la forma.

Sobre la intención: si el ministro vive y se puede hablar con él, pregúntele qué opina del bautismo: "¿Es solo un rito de iniciación o algo más, o también borra todo pecado y el pecado original, especialmente en los bebés, como se creía antes del Vaticano II?". Depende de la respuesta si la intención era contraria a la de la Iglesia.

Personalmente, en varias ocasiones he hablado por teléfono con el ministro y he recibido respuestas que me han permitido actuar en consecuencia.

Si el ministro ya no vive, se puede indagar sobre todo aquello que pueda ser útil para conocer la intención, por ejemplo, un folleto o una hoja de bautismo que se entregaba a los asistentes con los textos y explicaciones del bautismo. Si la duda persiste, se debe proceder a la reiteración condicional.

AMDG ESA

Ad maiorem Dei Gloriam animarumque salutem!


¡Para mayor gloria de Dios y salvación de las almas!

Abate Eric Jacqmin +
 

EFECTOS MARAVILLOSOS QUE PRODUCE LA SABIDURIA ETERNA EN QUIENES LA POSEEN (Cap. 8)

Continuamos con la publicación del capítulo 8 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO OCTAVO

EFECTOS MARAVILLOSOS QUE PRODUCE LA SABIDURIA ETERNA EN QUIENES LA POSEEN (1)

Siendo por naturaleza amante del bien (2), y en particular del bien del hombre, esta hermosura suprema que es la Sabiduría encuentra su mayor complacencia en comunicarse a él.

Por ello dice el Espíritu santo que la Sabiduría busca, a través de las naciones, personas dignas de ella y que se difunde y explaya en las almas santas (Sb 7,27). Precisamente esta comunicación de la Sabiduría eterna ha formado los amigos de Dios y los profetas (3).

Entró en tiempos antiguos en el alma del siervo de Dios Moisés, comunicándole luz abundante para ver cosas magníficas y un poder maravilloso para realizar portentos y alcanzar victorias: Entró en el alma del servidor de Dios, que hizo frente a reyes temibles con sus prodigios y señales (4).

Cuando la Sabiduría divina entra en una persona, le trae toda clase de bienes y le comunica riquezas innumerables: Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables (5). Es el testimonio que Salomón rinde a la verdad después de haber recibido la Sabiduría.

Entre las innumerables operaciones realizadas en el alma por la Sabiduría muchas veces de manera tan secreta que uno ni siquiera tiene conciencia de ellas (6), éstas son las más frecuentes: 

1. Discernimiento y penetración

La Sabiduría comunica su espíritu a quien la posee. Espíritu que es totalmente luminoso: Por eso supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría (7).

Con este espíritu sutil y penetrante (8), el hombre -a ejemplo de Salomón- se convierte en juez de todas las cosas, con gran discernimiento y penetración: En los procesos lucirá mi agudeza, y seré la admiración de los monarcas (9) gracias a la Sabiduría que me comunicó su espíritu.

Comunica al hombre la ciencia sublime de los santos (10) y las demás ciencias naturales -incluso las más ocultas-, si le han de ser provechosas: Si alguien ambiciona una rica experiencia, ella conoce el pasado y adivina el futuro, sabe los dichos ingeniosos y la solución de los enigmas (11). A Jacob le dio a conocer los santos (12).

Comunicó a Salomón la verdadera ciencia de toda la naturaleza: Me otorgó un conocimiento infalible de los seres (13). Le reveló multitud de secretos que nadie había descubierto: Todo lo sé, oculto o manifiesto (14).

En esta fuente infinita de luz bebieron los más grandes doctores de la Iglesia-entre otros, Santo Tomás de Aquino, como él mismo lo afirma- (15) aquellos admirables conocimientos que los han hecho dignos de elogio. Es de notar que las luces y conocimientos que comunica la Sabiduría no son áridos, estériles o carentes de devoción, sino luminosos, llenos de unción y piadosos, conmueven y alegran el corazón e iluminan el entendimiento (16).

2. Trasmisión atrayente y eficaz de la Buena Noticia

La Sabiduría comunica al hombre no sólo las luces para conocer la verdad, sino también la capacidad maravillosa de darla a conocer a otros: la Sabiduría sabe todo lo que se dice (17) y comunica la ciencia de decirlo bien. Efectivamente, la Sabiduría abrió la boca de los mudos y soltó la lengua de los niños (18).

Soltó la lengua tartamudeante de Moisés. Comunicó a los profetas la palabra para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar (19), a pesar de que reconocían que, abandonados a sí mismos, no sabían hablar mejor que un niño (20).

La Sabiduría comunicó a los apóstoles facilidad para predicar por todas partes el Evangelio y anunciar las maravillas de Dios (21), colmando su boca de palabras adecuadas (22).

Dado que la Sabiduría divina es Palabra en la eternidad y en el tiempo, ha hablado siempre, y por su palabra fue creado y restaurado todo (23). Ha hablado por medio de los profetas y de los apóstoles, y seguirá hablando, hasta el fin de los tiempos, por boca de aquellos a quienes se comunique.

Pero las palabras que comunica la divina Sabiduría no son palabras ordinarias, naturales y humanas. Son palabras divinas: El mensaje de Dios no lo acogieron como palabra humana, sino como lo que es realmente, como palabra de Dios (24). Son palabras enérgicas, conmovedoras, penetrantes: La palabra de Dios es viva y enérgica, más tajante que una espada de dos filos (25). Son palabras que parten del corazón de quien habla y penetran hasta el fondo del corazón del oyente. Salomón había recibido este don de Sabiduría cuando escribe que Dios le había concedido expresar con claridad lo que le dictaba el corazón: Me concedió Dios saber expresarme (26).

Y éstas son las promesas de Nuestro Señor a los apóstoles: Yo les daré palabras tan acertadas, que ningún adversario les podrá hacer frente… (27).

¡Oh! ¡Cuán pocos son hoy día los predicadores que poseen este inefable don de la palabra y pueden decir con San Pablo: Exponemos un saber divino, enseñamos la Sabiduría de Dios (28).

La mayor parte hablan guiados por las luces naturales de su inteligencia o según lo que han aprendido en sus lecturas, pero no según los dones recibidos de lo alto (29), es decir, no según la divina Sabiduría les hace sentir, ni según la abundancia del corazón (30), o sea, según la abundancia que reciben de la divina Sabiduría. Por eso son tan raras las conversiones logradas con la predicación. Si el predicador hubiera recibido de la Sabiduría el don de la palabra en forma eficaz, el auditorio no podría resistirlo, como sucedía en otro tiempo: los oyentes no podían resistir a la Sabiduría y al Espíritu que hablaba por boca de él (31). Un predicador lleno de esta Sabiduría hablaría con tanta suavidad y autoridad -Jesús enseñaba con autoridad (32)-, que su palabra no regresaría vacía sin haber realizado su misión (33).

3. Fuente de gozo y de consuelo

Siendo la Sabiduría eterna el objeto de la felicidad y complacencia del Padre eterno y la alegría de los ángeles, constituye, para el hombre que la posee, el principio de los más suaves deleites y consuelos. Le comunica el gusto por las cosas de Dios y le hace perder el de las criaturas. Alegra su espíritu con el resplandor de sus luces. Derrama en su corazón la alegría, la dulzura y la paz más indecibles, como lo atestigua San Pablo al decir: Reboso alegría en medio de todas mis penalidades (34). Y, antes de él, Salomón: Al volver a casa, aunque esté solo, descansaré a su lado, pues su trato no desazona, su intimidad no deprime, sino que regocija y alegra (35). Y no sólo en casa, sino en todas partes, porque camina delante de mí. Su amistad es noble deleite (36). En cambio, las alegrías y goces que pueden hallarse en las criaturas no son más que apariencia de placer y aflicción de espíritu (37).

4. Dones y virtudes del Espíritu santo

Cuando la Sabiduría eterna se comunica a una persona, le infunde, en grado eminente, todos los dones del Espíritu Santo y todas las grandes virtudes, a saber: las virtudes teologales: fe viva, firme esperanza y caridad ardiente; las virtudes cardinales: templanza sobria, prudencia consumada, perfecta justicia y fortaleza invencible; las virtudes morales: religión perfecta, humildad profunda, mansedumbre atrayente, obediencia incondicional, desapego total, mortificación continua, oración sublime, etc. Virtudes admirables y dones celestiales que el Espíritu Santo enumera maravillosamente en pocas palabras al decir: Si alguien ama la rectitud, las virtudes son fruto de sus afanes; es maestra de templanza y prudencia, de justicia y fortaleza; para los hombres, no hay en la vida nada más provechoso que esto (38).

5. Inspira grandes empresas… Da pesadas cruces

Por último, no habiendo nada más dinámico que la Sabiduría -la Sabiduría es más móvil que cualquier movimiento (39)-, no permite que quienes se honran con su amistad se adormilen en la tibieza y la negligencia. Les inflama e inspira grandes empresas por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Y, para ponerlos a prueba y hacerlos aún más dignos de sí misma, les proporciona grandes combates y les reserva contradicciones y obstáculos en casi todo lo que emprenden (40).

En efecto, permite ya que el diablo los tiente o el mundo los calumnie o desprecie, ya que sus enemigos los superen y derriben, ya que sus amigos y parientes los abandonen y traicionen.

Aquí permite que los aflija la pérdida de sus bienes, allá que los atormente la enfermedad; más allá, una injusticia; y más allá aún, la tristeza y el desaliento. En una palabra: los prueba de mil maneras en el crisol de la tribulación.

Pero el Espíritu Santo dice: Sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes favores, porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí; los probó como oro en crisol, los recibió como sacrificio de holocausto; a la hora de la cuenta resplandecerán como chispas que prenden por un cañaveral (41).

La Sabiduría dio éxito a las tareas del justo e hizo fecundos sus trabajos; lo protegió contra la codicia de los explotadores y lo enriqueció; lo defendió de sus enemigos y lo puso a salvo de sus asechanzas; le dio la victoria en la dura batalla para que supiera que la Sabiduría es más fuerte que todo (42).

Se lee en la vida del Beato Enrique Suso, religioso dominico, que su deseo de adquirir la Sabiduría eterna era tan vivo, que él mismo se ofreció varias veces a padecer toda clase de 29 tormentos con tal de alcanzar sus favores. "Pues, ¡qué! - reflexionaba-. ¿No sabes que los enamorados soportan miles y miles de sufrimientos por el objeto de su amor? Consideran dulces los desvelos, agradables las fatigas y el trabajo como un descanso, cuando tienen la seguridad de que la persona amada se sentirá obligada y satisfecha. Si los hombres hacen todo esto para dar gusto a una pobre criatura, ¿no te avergüenzas de tu falta de empeño cuando se trata de adquirir la Sabiduría? ¡Oh Sabiduría eterna! ¡No, no retrocederé jamás en tu amor, aunque para llegar a tu mansión tenga que caminar entre zarzas y barzas que me envuelvan hasta la cabeza! Aunque me vea expuesto a mil crueldades en el cuerpo y en el alma, ¡preferiré tu amistad a todo y te haré reinar como soberana absoluta sobre todos mis afectos!"

Algunos días después, yendo de camino, cayó en manos de unos ladrones, que lo golpearon y redujeron a estado tan lamentable, que ellos mismos se sintieron movidos a compasión. Enrique, al verse en tan deplorable situación y desprovisto de todo socorro, cayó en profunda melancolía y, olvidando su propósito de mantener el valor en las pruebas, comenzó a llorar, preguntándose por qué le afligía Dios de esa manera. Pensando esto, se durmió. Al clarear la mañana, oyó una voz que le reprendía, diciendo: "¡Miren a nuestro héroe! Ese que hiende las montañas, trepa por las rocas, asalta ciudades, mata y despedaza a todos los enemigos cuando goza de prosperidad… ¡Pero en la adversidad no tiene ni coraje, ni brazos, ni piernas! ¡En tiempo de consolación es un león; en la tribulación, un ciervo pusilánime! ¡La Sabiduría no ofrece su amistad a cobardes e indolentes como éste!"

Ante tal reprimenda, el Beato Enrique confesó la falta que había cometido al afligirse en forma exagerada, y suplicó a la Sabiduría que le permitiera desahogar su corazón llorando amargamente. "¡No, no! -replicó la voz- Nadie en el cielo te estimará en nada si -como un pequeñuelo o una mujercilla- te pones a llorar. ¡Enjuga tus ojos y muestra un rostro sereno!"

La cruz es, pues, el patrimonio y recompensa de cuantos desean y poseen la Sabiduría eterna. Pero esta amable Soberana - que lo hizo todo con número, peso y medida- sólo envía a sus amigos, cruces proporcionadas a sus fuerzas y vierte tan suave unción sobre los sufrimientos, que en ellos encuentran sus delicias (43).

Continúa...

Notas:

1) En pocos textos, como en este capítulo, habla la experiencia personal del P. de Montfort.

2) Sb 7,22.

3) Sb 7,27c-d.

4) Sb 10,16.

5) Sb 7,11.

6) Ver ASE 53; SM 55.

7) Sb 7,7.

8) Ver Sb 7,22-24.

9) Sb 8,11.

10) Su amigo y compañero Juan Bautista Blain dice de Montfort: "Poseía gran inteligencia y penetración. Habría sobresalido, ciertamente, si hubiera continuado sus estudios en la universidad. Pero prefirió la ciencia de los santos a la teología" (Blain, 56).

11) Sb 8,8.

12) Sb 10,10.

13) Sb 7,17.

14) Sb 7,21.

15) Ver, por ejemplo, Guilermo de Tocco, Vida de Santo Tomás c.32: "Efectos admirables de su oración".

16) Ver ASE 58.

17) Sb 1,7.

18) Sb 10,21.

19) Jr 1,10.

20) Ver ASE 1-2.

21) Hch 2,11.

22) Himno Veni, Creator Spiritus.

23) El P. de Montfort poseyó este don, según testifica él mismo a su director, el P. Leschassier (Carta11).

24) 1Tes 2,13.

25) Heb 4,12.

26) Sb 7,15 (Vulgata).

27) Lc 21,15.

28) 1Cor 2,7.

29) Ver Sb 7,15.

30) Mt 12,34.

31) Hch 6,10.

32) Mt 7,29.

33) Is 55,11.

34) 2Cor 7,4.

35) Sb 8,16.

36) Sb 8,18.

37) Ver CT 126,7.

38) Sb 8,7.

39) Sb 7,24.

40) Cartas 15 y 16

41) Sb 3,4-7.

42) Sb 10,10-12.

43) Ver VD 153-154: la Virgen María es la dulzura de las cruces.

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (109)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


109. En los campos de Jocanán y en los de Doras. Muerte de Jonás.
15 de febrero de 1945.

1 Vuelvo a ver, de día, el llano de Esdrelón; un día medio nublado de finales de otoño. Ha debido caer durante la noche una de las primeras lluvias de los tristes meses invernales, porque la tierra está húmeda, si bien no fangosa. Sopla todavía el viento, un viento húmedo que se lleva las hojas amarillentas y penetra hasta los huesos con su aliento cargado de humedad.
En los campos hay escasas yuntas de bueyes tirando del arado. Levantan fatigosamente la tierra densa y pesada de esta fértil llanura para prepararla a recibir la semilla. Lo que me da pena es ver que en ciertos lugares son los mismos hombres los que hacen el trabajo de los bueyes, empujando la reja del arado con toda la fuerza de sus brazos, e incluso del pecho, apretando fuertemente los pies contra el suelo removido, trabajando como esclavos en esta operación que cansa incluso a los robustos juvencos.
También Jesús mira y ve, y se entristece su rostro, hasta llorar incluso.
Los discípulos –once porque Judas aún no ha vuelto y los pastores ya no están– hablan entre sí, y Pedro dice: “Pequeña, pobre, fatigosa es también la barca... ¡Pero cien veces mejor que este servicio de animales de tiro!
, y pregunta: Maestro, ¿serán ya siervos de Doras?.
Responde Simón Zelote: 
No lo creo. Sus campos están al otro lado de aquellos árboles frutales, me parece. Todavía no los vemos.

2 Pero Pedro, curioso siempre, deja el camino y va por un lindero entre dos parcelas. En los bordes se han sentado un momento cuatro delgados y sudorosos agricultores. Están jadeantes por el esfuerzo realizado. Pedro les pregunta: 
¿Sois de Doras?.
No. Pero somos de su pariente, de Jocanán. ¿Y tú quién eres?.
Soy Simón de Jonás, pescador de Galilea hasta la luna de Ziv. Ahora, Pedro de Jesús de Nazaret, el Mesías de la Buena Nueva. Pedro dice esto con el respeto y la gloria con que uno diría: "Pertenezco al alto y divino César de Roma", y mucho más todavía; su honesto rostro resplandece de la alegría de profesarse de Jesús.
¡Oh, el Mesías! ¿Dónde, dónde está? dicen los cuatro infelices.
Aquél es. Aquél, alto y rubio, vestido de rojo oscuro. Aquél, el que mira ahora hacia aquí esperándome sonriente.
¿Si fuéramos nosotros... nos rechazaría?.
¿Rechazaros? ¿Por qué? Es el amigo de los desdichados, de los pobres, de los oprimidos, y me da la impresión de que vosotros... sí, realmente sois de ésos....
¡Claro que lo somos! ¡Y cómo! De todas formas, de ninguna manera como los de Doras. Al menos disponemos del pan que queramos y no nos azotan sino en el caso de que interrumpamos nuestro trabajo, pero....
De modo que si ahora ese señorito de Jocanán os encuentra aquí hablando, os....
“Nos azotaría como no lo hace ni con sus perros...
.
Pedro silba en modo significativo. Luego dice: 
Entonces será mejor así... y, abocinando las manos en torno a la boca, llama fuerte: Maestro. Ven aquí. Que hay corazones que sufren y te necesitan.
¡¿Pero qué estás diciendo?! ¡¿El?! ¡¿Aquí, donde nosotros?! ¡Pero si nosotros no somos más que unos despreciables siervos!. Los cuatro hombres están aterrorizados de tanta osadía.
A nadie le gusta que le azoten, y si pasa por aquí ese "distinguido" fariseo, no quisiera recibir yo también una ración... dice Pedro riendo mientras zarandea con su manota al más aterrorizado de los cuatro.

3 Jesús, con su largo paso, ya está llegando. Los cuatro hombres no saben qué hacer. Quisieran correr a su encuentro, pero el respeto los paraliza (pobres a quienes la maldad humana ha transformado en seres atemorizados de todo). Caen rostro en tierra, adorando desde ahí al Mesías, que se llega a ellos.
La paz a todos los que me anhelan. El que me anhela anhela el bien, y Yo le quiero como a un amigo. Levantaos. ¿Quiénes sois?.
Pero los cuatro apenas alzan el rostro del suelo, permaneciendo de rodillas y mudos.
Habla Pedro y dice: 
Son cuatro siervos del fariseo Jocanán, familiar de Doras. Querrían hablarte, pero... si llega él les dan de palos; por eso te he dicho: "Ven". ¡Venga, muchachos, que no os come! Tened confianza. Considerad que es un amigo vuestro.
Nosotros... nosotros sabemos de ti... por Jonás....
Por él vengo. Sé que me ha anunciado. ¿Qué sabéis de mí?.
Que eres el Mesías. Que te vio cuando eras niño. Que los ángeles, con tu venida, cantaron la paz a los buenos. Que fuiste perseguido... pero que te salvaste, y que ahora has buscado a tus pastores y... y los quieres. Esto lo decía ahora, esto último. Y nosotros pensábamos: si es bueno como para amar y buscar a unos pastores, sin duda también a nosotros nos querrá un poco... Necesitamos verdaderamente a alguien que nos quiera....
Yo os quiero. ¿Sufrís mucho?.

4 ¡Oh!... Pero más todavía los de Doras. ¡Si Jocanán nos encontrase aquí hablando!... Pero hoy está en Gerguesa. Todavía no ha vuelto de los Tabernáculos. No obstante, su intendente esta noche vendrá a medir el trabajo y luego nos dará la ración de alimento.
Pero no importa, recuperaremos el tiempo no descansando para la comida de la hora sexta
.
Dime, muchacho. ¿No sería yo capaz de empujar ese apero? ¿Es un trabajo difícil? pregunta Pedro.
Difícil no, pero sí fatigoso. Se requiere fuerza.
La tengo. Déjame ver. Si soy capaz, tú hablas y yo hago de buey. Tú, Juan, Andrés y Santiago, ¡venga!, a la lección. Pasamos de los peces a los gusanos del suelo. ¡Hala!.
Pedro pone su mano sobre el eje transversal del timón. Por cada arado hay dos hombres, uno a este lado, el otro al otro lado de la larga barra del timón. Mira e imita todos los movimientos del campesino. Siendo fuerte y estando descansado, trabaja bien. El hombre le alaba.
Soy un maestro de la aradura exclama contento el buen Pedro. ¡Venga, Juan, ven aquí! Un toro y un juvenco por arado. En el otro, Santiago y el mudo ternero de mi hermano. ¡Venga! ¡Ah... eup!, y los dos pares de aradores van parejos removiendo la tierra y trazando los surcos por el largo campo. Llegados al linde, vuelven el arado y hacen el nuevo surco. Parece como si hubieran trabajado siempre en el campo.

5 “¡Qué buenos son tus amigos!
 dice el más audaz de los siervos de Jocanán. ¿Los has hecho tú así?.
Yo he dado una regla a su bondad. Como tú haces con las tijeras de podar. Pero la bondad ya estaba en ellos. Ahora florece bien porque hay quien la cuida.
También son humildes. ¡Amigos tuyos y servir así a unos pobres siervos...!.
Conmigo, sólo puede estar quien ama la humildad, la mansedumbre, la honestidad y el amor; sobre todo el amor, porque quien ama a Dios y al prójimo posee como consecuencia todas las virtudes y consigue el Cielo.
¿Nosotros también podremos conseguirlo, nosotros que no tenemos tiempo para rezar, para ir al Templo, para ni siquiera levantar la cabeza del surco?.
Responded: ¿guardáis odio a quien tan duramente os trata? ¿Hay en vosotros rebelión y acusación contra Dios por haberos colocado entre los ínfimos de la Tierra?.
¡No, no, Maestro! Es nuestro destino. Pero cuando, cansados, nos dejamos caer sobre la yacija, decimos: "Bien, pues el Dios de Abraham sabe que estamos tan agotados que no podemos decirle más que: '¡Bendito sea el Señor!' "; también decimos: "Un día más hemos vivido sin pecar"... Ya sabes... podríamos robar un poquito, comer con el pan un fruto, o echar algo de aceite en las verduras cocidas. Pero el patrón ha dicho: "A los siervos les basta el pan y las verduras cocidas, y durante la recolección un poco de vinagre en el agua para calmar la sed y dar energía". Y nosotros lo hacemos. En fin... se podría estar peor.
Os digo que en verdad el Dios de Abraham sonríe por vuestros corazones, mientras que muestra rostro acerbo a quienes le insultan en el Templo con engañosas oraciones mientras no aman a sus semejantes.
¡Pero entre iguales se aman! Al menos... eso parece, porque se veneran recíprocamente con regalos y reverencias. Es con nosotros con quienes no tienen amor. Pero nosotros somos distintos de ellos, y es justo.
No. En el Reino del Padre mío no es justo, y distinto será el modo de juzgar. No recibirán honores los ricos y poderosos por el hecho de serlo, sino sólo aquellos que hayan amado siempre a Dios, queriéndole por encima de sí mismos y por encima de cualquier otra cosa, como el dinero, el poder, la mujer, la mesa; y amando a sus propios semejantes, que son todos los hombres, sean ricos o pobres, conocidos o desconocidos, doctos o sin cultura, buenos o malvados. Sí, también hay que amar a los malvados. No por su maldad, sino por piedad hacia su alma, herida de muerte por ellos mismos. Hay que amarlos con un amor que suplique al Padre celeste curarlos y redimirlos. En el Reino de los Cielos serán bienaventurados los que hayan honrado al Señor con verdad y justicia y hayan amado a los padres y a los familiares por respeto; los que no hayan robado en modo alguno nada, o sea, los que hayan dado y pretendido lo justo incluso en el trabajo de los servidores; los que no hayan matado ni reputaciones ni criaturas, y no hayan deseado matar, aunque los modos de actuar de los demás hayan sido crueles como para soliviantar el corazón en actitud desdeñosa y de sublevación; quienes no hayan jurado lo falso, dañando al prójimo y lesionando la verdad; quienes no hayan cometido adulterio o cualquier otro acto vicioso carnal; quienes mansa y resignadamente hayan aceptado su suerte sin envidias hacia los demás. De éstos es el Reino de los Cielos. El mendigo puede ser un rey bienaventurado allí arriba, mientras que el Tetrarca con su poder no será nada; es más, más que nada: será pasto de Satanás si ha actuado contra la ley eterna del Decálogo” (84).

6 Los hombres le están escuchando con la boca abierta de admiración.
Con Jesús están Bartolomé, Mateo, Simón, Felipe, Tomás, Santiago y Judas de Alfeo; los otros cuatro continúan su trabajo, colorados, sudorosos, pero alegres. Basta Pedro para tenerlos alegres a todos.
¡Qué razón tenía Jonás llamándote Santo! En ti todo es santo: las palabras, la mirada, la sonrisa; ¡jamás hemos sentido el alma tanto!.
¿Hace mucho que no veis a Jonás?.
Desde que está enfermo.
¿Enfermo?.
Sí, Maestro. No puede más. Antes a duras penas lograba moverse, después de las faenas estivas y de la vendimia ya realmente es que no se tiene en pie; y a pesar de todo... le hace trabajar ese... ¡Oh..., dices que hay que amar a todos, pero es muy difícil amar a las hienas, y Doras es peor que una hiena!
Jonás le ama....
Sí, Maestro. Pienso que es tan santo como aquéllos a quienes, por fidelidad al Señor Dios nuestro, han matado con martirio.
Dices bien. ¿Cómo te llamas?.
Miqueas, y éste Saulo y éste Joel y éste Isaías.
Le recordaré vuestros nombres al Padre. ¿Y decís que Jonás se encuentra muy enfermo?.
Sí, nada más terminar el trabajo se deja caer sobre el forraje y nosotros no le vemos. Nos lo dicen otros siervos de Doras.
¿Está trabajando a esta hora?.
Si está en pie, sí. Debería estar al otro lado de aquel pomar.
¿Ha sido buena la cosecha de Doras?.
Se ha hablado de ella en toda la región. Los árboles estaban apuntalados porque los frutos tenían un tamaño verdaderamente milagroso. Doras ha tenido que mandar hacer nuevos lagares, porque la uva, de tanta como había, no habrían podido meterla en los que se venían usando.
¡Entonces Doras habrá premiado a su siervo!.
¡¿Premiado?! ¡Señor, qué mal le conoces!.
Pero si Jonás me dijo que hace años le dio una paliza mortal por haber desaparecido algunos racimos, y que pasó a ser esclavo por deudas habiéndole acusado el patrón de pérdidas por la escasa cosecha. Este año, que ha tenido una abundancia milagrosa, habría debido premiarle.
No. Le azotó ferozmente, acusándole de no haber obtenido los años precedentes la misma abundancia por no haber cuidado la tierra como se debía.
¡Este hombre es una fiera salvaje! exclama Mateo.

7 No. Es un hombre sin alma” (85) dice Jesús. Os dejo, hijos, con una bendición. ¿Tenéis pan y comida para hoy?.
Tenemos este pan y, sacando un pan oscuro de un talego que estaba en el suelo, se lo enseñan.
Tomad mi comida. No tengo más que esto. Pero Yo hoy estaré en casa de Doras y....
¿Tú en casa de Doras?.
Sí. Para rescatar a Jonás. ¿No lo sabíais?.
Aquí ninguno sabe nada. Pero.... no te fíes, Maestro; serás como una oveja en el antro del lobo.
No podrá hacerme nada. Tomad mi comida. Santiago, da cuanto tenemos, incluso nuestro vino. Que haya un poco de gozo también para vosotros, pobres amigos, en el alma y en el cuerpo. ¡Pedro, vamos!.
Voy, Maestro. Sólo queda este surco por terminar y corre hacia Jesús, congestionado por la fatiga; se seca con el manto que se había quitado, se lo vuelve a poner y ríe contento.
Los cuatro no cesan de dar las gracias.
¿Pasarás por aquí, Maestro?.
Sí, esperadme. Saludaréis incluso a Jonás. ¿Podéis hacerlo?.
¡Claro! La tierra debía estar arada para la noche. Está hecho más de dos tercios de ella, ¡y qué bien y que rápido! ¡Son fuertes tus amigos!... Que Dios os bendiga. Hoy para nosotros es más que la fiesta de los Acimos. ¡Que Dios os bendiga a todos, a todos, a todos!.

8 Jesús va derecho hacia el pomar, lo cruzan, llegan a los campos de Doras. Más campesinos al arado, o agachados para limpiar los surcos de las hierbas arrancadas; pero Jonás no está. Reconocen a Jesús y, sin dejar de trabajar, le saludan.
“¿Dónde está Jonás?”.
“Después de dos horas ha caído sobre el surco y le han llevado a casa. ¡Pobre Jonás! Poco tiempo más deberá sufrir. Está realmente en las últimas. Jamás tendremos un amigo mejor”.
“Me tenéis a mí en la Tierra y a él en el seno de Abraham. Los muertos quieren a los vivos con dúplice amor: el propio y el que asumen estando con Dios (por tanto, amor perfecto)”.
“¡Ve en seguida con él! ¡Que te vea ahora que sufre!”.
Jesús bendice y continúa su camino.
“¿Y ahora qué piensas hacer? ¿Qué le piensas decir a Doras?” preguntan los discípulos.
“Voy a ir como si no supiera nada. Si se siente descubierto, es capaz de cebarse en Jonás y en sus siervos”.
“Tiene razón tu amigo: es como un chacal” dice Pedro a Simón.
“Lázaro no dice nunca sino la verdad y no es maldecidor; cuando le conozcas, le querrás” responde Simón.

9 Se ve la casa del fariseo: ancha, baja, bien construida, entre árboles ya despojados de sus frutos; una casa de campo, pero rica y cómoda. Pedro y Simón se adelantan para avisar.
Sale Doras. Un viejo de semblante duro, propio de un anciano avaro: ojos irónicos, boca de sierpe que esboza bruscamente una sonrisa falsa detrás de una barba más blanca que negra. “Salud, Jesús” dice en tono familiar y con clara ostentación de benevolencia.
Jesús no dice: “Paz”; responde: “Que ella vuelva a ti”.
“Entra. La casa te acoge. Has sido puntual como un rey”.
“Como una persona honesta” replica Jesús.
Doras se ríe, como si se hubiera tratado de una gracia.
Jesús se vuelve y les dice a los discípulos, que no han sido invitados a entrar: “Entrad”. Y añade: “Son mis amigos”.
“Que entren... pero... ¿ése no es el recaudador de tributos, hijo de Alfeo?”.
“Este es Mateo, el discípulo del Cristo” –dice Jesús, en un tono que... el otro entiende y... vuelve a reírse más forzadamente que antes–.
Doras pretende aplastar al "pobre" maestro galileo bajo la opulencia de su casa, fastuosa por dentro, fastuosa y gélida; los servidores parecen esclavos. Caminan encorvados; si entran en escena, desaparecen furtivamente y con rapidez, como quien teme siempre un castigo. Se tiene la impresión de una casa en que reinan la frialdad y el odio.
Pero Jesús no se apabulla ante la exposición de riquezas, ni ante el recuerdo de censo y parentela... y Doras, que percibe la indiferencia del Maestro, le lleva consigo por el pomar–jardín, mostrando árboles raros y ofreciendo sus frutos –los servidores los acercan en bandejas y copas de oro–. Jesús degusta y alaba la exquisitez de la fruta, parte conservada en una especie de almíbar (melocotones primorosos), parte fruta natural (peras de singular tamaño).
“Soy el único que las tiene en toda Palestina, y creo que ni siquiera en toda la península las hay como éstas. Las he mandado traer de Persia, y de más lejos aún. La caravana me costó el precio de un talento. Ni siquiera los Tetrarcas disponen de estos frutos; quizás ni siquiera César los tiene. Cuento las piezas y exijo todos los huesos. Las peras sólo se consumen en mi mesa, porque no quiero que se lleven ni una semilla. A Anás le mando algunas peras, pero sólo de las cocidas porque así son estériles”.
“Son plantas de Dios, y los hombres son todos iguales”.
“¿Iguales? ¡No, hombre, no! ¿Yo igual que... que tus galileos?”.
“El alma viene de Dios, y El las crea iguales”.
“¡Pero yo soy Doras, el fiel fariseo!...” –diciendo esto parece esponjarse como un pavo–.
Jesús le asaetea con sus ojos de zafiro, cada vez más encendidos (signo que en El denuncia que rebosa de piedad o de severidad). Jesús es mucho más alto que Doras y le domina; está majestuoso con su vestido purpúreo al lado del pequeño y un poco encorvado fariseo, apergaminado, que lleva un vestido de una holgura y una abundancia de franjas impresionante.
Doras, después de un rato de autoadmiración, exclama: “Pero Jesús, ¿por qué has enviado a casa de Doras, el puro fariseo, a Lázaro, hermano de una meretriz? ¿Amigo tuyo, Lázaro? ¡No debes permitirlo! ¿No sabes que está anatematizado porque su hermana, María, es una meretriz?”.
“No conozco más que a Lázaro y sus acciones, que son honestas”.
“Pero el mundo recuerda el pecado de esa casa y ve que su mancha se extiende entre los amigos... No vayas a esa casa. ¿Por qué no eres fariseo? Si lo deseas... yo soy poderoso... hago que te acojan como tal a pesar de que seas galileo. Yo lo puedo todo en el Sanedrín. Está en mi mano Anás como lo está esta orla de mi manto. Te temerían más”.
“Deseo sólo ser amado”.

10 Yo te amaré. ¿Ves como ya te amo al condescender a tu deseo dándote a Jonás?.
He pagado por él.
Es verdad, y estoy asombrado de que hayas podido abonar tal suma.
No Yo, un amigo por mí.
Bien, bien. No quiero indagar. Mira como es verdad que te amo y deseo satisfacerte: tendrás a Jonás después de la comida. Sólo por ti hago este sacrificio... y se ríe con su cruel risa.
Jesús, con los brazos cruzados a la altura del pecho, cada vez más severo, le traspasa con la mirada. Todavía están en el huerto–jardín en espera de la comida.
Pero Tú tienes que concederme una cosa. Satisfacción por satisfacción. Yo te doy mi mejor siervo, por lo tanto me privo de una futura ganancia. Este año tu bendición –sé que viniste cuando comenzaba el calor fuerte– me ha proporcionado una recolección que ha hecho famosas mis propiedades. Bendice pues ahora mis rebaños y mis campos. El próximo año no echaré de menos a Jonás... y, entre tanto, encontraré uno como él. Ven, da tu bendición. Dame la satisfacción de que me celebren en toda Palestina y de tener rediles y graneros saturados de bienes. Ven. Y le aferra y trata de arrastrarle, invadido por la fiebre del oro.
Pero Jesús se resiste: 
¿Dónde está Jonás? pregunta severo.
En la aradura. No ha querido marcharse sin hacer este trabajo para su buen patrón, pero antes de terminar de comer vendrá. Mientras, ven a bendecir rebaños, campos, árboles frutales, cepas y almazaras. Todo, todo... ¡Ah, qué fértiles serán el año próximo! ¡Ven!.
¿Dónde está Jonás? truena Jesús más fuerte.
¡Pero si ya te lo he dicho! Está dirigiendo la aradura. Es el primero entre mis servidores y no trabaja: preside.
¡Embustero!.
¿Yo? ¡Lo juro por Yahvé!.
¡Perjuro!.
¿Yo? ¿Yo perjuro? ¿Yo que soy el fiel, más fiel? ¡Cuidado cómo hablas!.
¡Asesino!. Jesús ha ido levantando la voz, y la última palabra es un trueno.
Los discípulos hacen un círculo en torno a El, los criados se asoman a las puertas, temerosos. El rostro de Jesús transparenta una severidad insostenible. Los ojos parecen emanar rayos fosforescentes.
Doras siente un momento de miedo. Se hace más pequeño, madeja de estopa finísima junto a la alta persona de Jesús, vestida de pesada lana rojo oscuro. Pero luego la soberbia vuelve a hacerse con él. Doras se pone a gritar con su voz chillona (exactamente como la de los zorros): 
En mi casa doy órdenes sólo yo. Vete, vil galileo.
Me iré después de maldecirte a ti, a tus campos, a tus rebaños y a tus cepas, para éste y para los futuros años.
¡No, eso no! Sí. Es verdad. Jonás está enfermo, pero se le está cuidando, se le está cuidando bien. Retira tu maldición.

11 “¿Dónde está Jonás? Que un criado me conduzca a él, inmediatamente. Yo le he pagado, y, dado que para ti es una mercancía, una máquina, tal lo considero; y, puesto que le he comprado, le quiero”.
Doras saca del pecho un pequeño silbato de oro y silba tres veces. Una nube de servidores de la casa y de las tierras acude de todas partes; corren –encorvados hasta el punto de que casi rozan el suelo– hasta donde está el temido patrón.
“Traedle a Jonás a éste y entregadlo. ¿A dónde vas?”.
Jesús ni siquiera responde. Sigue a los servidores que, presurosos, han cruzado el jardín en dirección a las casas de los campesinos, los misérrimos cuchitriles de los míseros campesinos.
Entran en el tugurio de Jonás. Este está completamente esquelético, jadeante a causa de la fiebre, semidesnudo, sobre un cañizo; como colchón, un vestido remendado; como manta, un manto aún más roto. La joven de la otra vez le cuida como puede.
“¡Jonás! ¡Amigo mío! ¡He venido a llevarte conmigo!”.
“¿Tú? ¡Mi Señor! Me estoy muriendo... pero me siento feliz de tenerte aquí”.
“Amigo fiel, ahora eres libre. No morirás aquí. Te llevo a mi casa”.
“¿Libre? ¿Por qué? ¿A tu casa? ¡Ah, sí! Me prometiste que vería a tu Madre”.
Jesús, combado hacia el miserable lecho del infeliz, es todo amor, mientras que Jonás, de alegría, parece reanimarse.
“Pedro, tú eres fuerte, levanta a Jonás. Vosotros, poned aquí vuestro manto; es demasiado duro este lecho para uno en su estado”.
Los discípulos se despojan de sus mantos con prontitud, los pliegan en varios dobleces y los extienden; con algunos hacen la almohada. Pedro deposita su carga de huesos y Jesús tapa a Jonás con su propio manto.
“Pedro, ¿tienes dinero?”.
“Sí, Maestro, ten cuarenta denarios”.
“Bien. ¡Vamos! ¡Animo, Jonás! Todavía un poco de esfuerzo; luego mucha paz en mi casa, con María...”.
“María... sí... ¡tu casa!”. El pobre Jonás está en el límite de sus fuerzas y llora; lo único que es capaz de hacer es llorar.
“Adiós, mujer; el Señor te bendecirá por tu misericordia”.
“Adiós, Señor. Adiós, Jonás. Ora, orad por mí”. La joven llora...

12 Llegados al umbral de la puerta, aparece Doras. Jonás tiene una reacción de temor y se cubre el rostro; más Jesús le pone una mano sobre la cabeza y sale a su lado, más severo que un juez. La mísera comitiva sale al rústico patio y toma el sendero del huerto.
“¡Ese lecho es mío; te he vendido el siervo, no la cama!”.
Jesús le arroja a los pies la bolsa sin decir nada.
Doras la coge, la vacía: “Cuarenta denarios y cinco didracmas. ¡Es poco!”.
Jesús mira fijamente, de arriba abajo, –es imposible describir su gesto– al codicioso y repugnante cómitre, y no responde.
“Al menos dime que retiras tu maldición”.
Jesús le fulmina con una nueva mirada y una breve frase: “Te remito al Dios del Sinaí
” (86), y pasa erguido, al lado de la tosca camilla que, con cuidado, transportan Pedro y Andrés.
Doras, viendo que todo es inútil y que la condena es cierta, grita: “¡Volveremos a vernos, Jesús! ¡No pienses que te has librado de mis zarpas! ¡Te haré la guerra a muerte! Llévate si quieres ese pingajo de hombre; ya no me sirve. Me ahorro la sepultura. ¡Vete, vete, maldito Satanás! Pero te pondré en contra a todo el Sanedrín. ¡Satanás! ¡Satanás!”.
Jesús no hace ni siquiera ademán de haber oído. Los discípulos están consternados.

13 Jesús se ocupa sólo de Jonás; busca los senderos más llanos, más protegidos, hasta que llega a un cruce de caminos en la propiedad de Jocanán. Los cuatro campesinos corren a saludar al amigo que parte y al Salvador, que los bendice.
Pero el camino de Esdrelón a Nazaret es largo y además no se puede ir deprisa con esa conmovedora carga humana. A lo largo de la calzada principal no hay ningún carro, ninguna carreta, nada. Continúan caminando en silencio. Jonás parece dormir, mas no suelta la mano de Jesús.
Al atardecer, un carro militar romano pasa a su lado. “En nombre de Dios, parad” dice Jesús levantando el brazo.
Dos soldados detienen el carro; el comandante, un hombre todo pomposo, se asoma, descorriendo un poco el toldo con que acababan de cubrir el carro porque empezaba a llover. “¿Qué quieres?” le pregunta a Jesús.
“Tengo un amigo que está agonizando. Lo que os pido es un lugar para él en el carro”.
“No se podría hacer.. pero... sube. Al fin y al cabo, no somos perros”.
Se sube la camilla.
“¿Tu amigo? ¿Tú quién eres?”.
“El rabí Jesús de Nazaret”.
“¿Tú? ¡Oh!...” el militar le mira con curiosidad. “Si eres Tú, entonces... montad cuantos más podáis. La única cosa es que tratéis de que no se os vea... Así está ordenado... pero, por encima de las órdenes está la humanidad, ¿no? Y Tú eres bueno, yo lo sé. Nosotros, los soldados, sabemos todo... ¿Que cómo es que lo sé? Hasta las piedras hablan, bien o mal; y nosotros tenemos oídos para oírlas, para servir al César. Tú no eres un falso Cristo como los demás de antes, sediciosos y rebeldes. Tú eres bueno. Roma lo sabe. Este hombre... está muy mal”.
“Por eso le llevo donde mi Madre”.
“¡Mmm! ¡Poco tiempo podrá cuidarle! Dale un poco de vino. Está en esa cantimplora. Tú, Aquila, instiga a los caballos, y tú, Quinto, dame la ración de miel y de mantequilla; es mía, pero le sentará bien. Tiene mucha tos y la miel es medicinal”.
“Eres bueno”.

14 No. Soy menos malo que muchos, y estoy contento de tenerte conmigo. Acuérdate de Publio Quintiliano, de la Itálica. Estoy en Cesarea, pero ahora voy a Tolemaida. Inspección de rigor.
No estás en enemistad conmigo.
¿Yo? Soy enemigo de los malos, jamás de los buenos. Y desearía ser yo también bueno. Dime: para nosotros, hombres de armas, ¿qué doctrina predicas?.
Una es la doctrina, para todos: justicia, honestidad, continencia, piedad. Ejercer el propio oficio sin abusos. Incluso en la dura necesidad de las armas, seguir la humanidad. Tratar de conocer la Verdad, o sea, a Dios Uno y Eterno; sin este conocimiento toda acción queda privada de gracia y, por lo tanto, de premio eterno.
Pero, una vez muerto, ¿para qué me sirve el bien que haya hecho?.
Quien se llega al Dios verdadero encuentra ese bien en la otra vida.
¿Renazco otra vez? ¿Llego a ser tribuno, o incluso emperador?.
No. Eres como Dios, desposándote con su eterna felicidad en el Cielo.
¿Cómo? ¿En el Olimpo yo? ¿Entre los dioses?.
No hay dioses. Existe el Dios verdadero, el que Yo predico, el que te oye y signa tu bondad y tu deseo de conocer el Bien”.
¡Esto me gusta! No sabía que Dios se pudiera ocupar de un pobre soldado pagano.
El te ha creado, Publio; por eso te ama y querría tenerte consigo.
Bueno, ¿y por qué no? Pero... nadie nos habla de Dios... nunca....
Iré a Cesarea y me oirás.
Sí, iré a oírte. Allí está Nazaret. Querría servirte más, pero si me ven....
Bajo, y te bendigo por tu bondad.
Adiós, Maestro.
Que el Señor se muestre a vosotros, soldados. Adiós.

15 Bajan. Se ponen a caminar de nuevo.
Dentro de poco descansarás, Jonás dice Jesús para animarle.
Jonás sonríe. Cada vez más tranquilo, a medida que la tarde va cayendo y que está seguro de estar lejos de Doras.
Juan con su hermano se adelanta corriendo para avisar a María. Y, cuando la pequeña comitiva llega a Nazaret, casi desierta al caer de la tarde, María está ya en el umbral de la puerta esperando a su Hijo.
Madre, éste es Jonás. Se acoge a tu dulzura para empezar a gustar su Paraíso. ¿Contento, Jonás?.
¡Contento! ¡Contento! susurra como en éxtasis el exhausto.
Le llevan a la pequeña habitación en donde murió José.
Estás en la cama de mi padre, y aquí está mi Madre, y aquí estoy Yo. ¿Ves? Nazaret se hace así Belén, y tú ahora eres el pequeño Jesús entre dos que te quieren, y éstos son los que veneran en ti al siervo fiel. No ves a los ángeles, pero sus alas de luz espiran sobre ti y cantan las palabras del salmo natalicio....
Jesús derrama su dulzura sobre el pobre Jonás, que se va apagando por momentos. Parece como si hubiera resistido hasta este momento para morir aquí... Pero es feliz. Sonríe, trata de besar la mano de Jesús, la de María, y de decir, decir... pero el jadeo quiebra la palabra. María, como una madre, le conforta. Y él repite: 
Sí... sí, con una sonrisa en ese rostro suyo esquelético.
Los discípulos, que están a la puerta del huerto, guardan silencio y observan con emoción.
Dios ha escuchado tu prolongado deseo. La Estrella de tu larga noche viene a ser ahora la Estrella de tu eterna mañana. Tú sabes su Nombre dice Jesús.
¡Jesús, el tuyo! ¡Oh! ¡Jesús! Los ángeles... ¿Quién me está cantando el himno angélico? El alma lo está oyendo... También el oído lo quiere escuchar... ¿Quién, para que yo duerma feliz?... ¡Tengo mucho sueño! ¡He trabajado mucho! Muchas lágrimas... Muchos insultos... Doras... yo le perdono... pero no quiero oír su voz y la oigo... Es como la voz de Satanás en la hora de mi muerte. ¡Alguien que me cubra esa voz con las palabras provenientes del Paraíso!.
Es María quien con la misma melodía de su canción de cuna entona dulcemente: 
Gloria a Dios en los altos Cielos y paz a los hombres aquí abajo. Y lo repite dos o tres veces porque ve que Jonás oyéndola se calma.
Ya no habla Doras dice, pasado un rato. Sólo los ángeles... Era un Niño... en un pesebre... entre un buey y un asno... y era el Mesías... y yo le adoré... y con él estaban José y María.... La voz se pierde en un breve gorgoteo dando paso al silencio.
¡Paz en el Cielo al hombre de buena voluntad! Ha muerto. Le pondremos en nuestro pobre sepulcro. Merece esperar la resurrección de los muertos junto al padre mío justo dice Jesús.
Y mientras, advertida no sé por quién, entra María de Alfeo, todo cesa.

Continúa...

Notas:

84) Cfr. Ex. 20, 1–21; Dt. 5, 1–22.

85) “…sin alma”, esto es, con el alma espiritualmente muerta, porque no tiene amor de Dios, ni del prójimo: uno que odia; un poseído de Satanás.

86) Cfr. Ex. 19, 9–25; 20, 18–19.


 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)