Por el padre Bernhard Zaby
Muchos, si no la mayoría, de nuestros contemporáneos ya no comprenden el modernismo porque no lo entienden como un sistema; o, para ser más precisos, como un sistema filosófico. El modernismo no es, en primer lugar, una teología, sino ante todo, es una filosofía. Es decir, el modernismo siempre presupone una determinada visión del mundo, siempre ha tomado una decisión filosófica previa, de la que se deriva lógicamente su especial concepción de la religión. Nadie lo vio tan claramente como Pío X, el gran Papa antimodernista de principios del siglo XX. En su encíclica Pascendi dominici gregis del 8 de septiembre de 1907, hace más de 100 años, expone de manera aún insuperable los fundamentos intelectuales del modernismo. Por lo tanto, queremos seguir sus explicaciones, en la medida en que se refieren a nuestro tema, para obtener una mayor claridad sobre lo que realmente es el modernismo, y así poder reaccionar adecuadamente como católicos.
El mundo intelectual moderno tiene una larga historia filosófica. Al comienzo de esta historia, a diferencia de lo que ocurre en la filosofía escolástica, no existe el asombro de que exista algo absoluto, de que haya algo en lugar de nada, sino la duda de si hay algo que se pueda conocer con certeza. Por lo tanto, la filosofía moderna es sobre todo una historia de la duda. A lo largo de diferentes etapas de desarrollo, esta duda destruye gradualmente toda metafísica, de modo que finalmente solo quedan del mundo cognoscible fenómenos externos sin ningún contenido espiritual. Estos fenómenos puramente externos, solo perceptibles por los sentidos, son a partir de entonces para esta filosofía la única realidad racionalmente accesible para el ser humano. El mundo se convierte en mera materia, materia sin realidad espiritual como fundamento. Toda la superestructura metafísica de nuestro mundo se ha desmoronado con el tiempo en una duda constante; desde el punto de vista espiritual, nos encontramos ante la nada. A esta filosofía se la suele llamar “agnosticismo”.
Pío X afirmó en su encíclica que esta filosofía es, a su vez, la base intelectual del modernismo:
Comencemos ya por la filosofía (* = la más alta de las ciencias puramente naturales). Los modernistas establecen, como base de su filosofía religiosa, la doctrina comúnmente llamada agnosticismo (* = la doctrina de la completa incognoscibilidad de Dios). La razón humana, encerrada rigurosamente en el círculo de los fenómenos (* = todo lo perceptible a los cinco sentidos), es decir, de las cosas que aparecen, y tales ni más ni menos como aparecen, no posee facultad ni derecho de franquear los límites de aquéllas. Por lo tanto, es incapaz de elevarse hasta Dios, ni aun para conocer su existencia, de algún modo, por medio de las criaturas: tal es su doctrina. De donde infieren dos cosas: que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia (* = la construcción racionalmente ordenada del conocimiento); y, por lo que a la historia pertenece, que Dios de ningún modo puede ser sujeto de la historia (1).
Después de esto, ¿que será de la teología natural (* = conocimientos racionales y ordenados sobre Dios), de los motivos de credibilidad (* = prueba racional de la revelación), de la revelación externa? (* = obra visible de Dios según las Sagradas Escrituras, expuesta por la Iglesia). No es difícil comprenderlo. Suprimen pura y simplemente todo esto para reservarlo al intelectualismo (* = comprensión racional como base de todo conocimiento), sistema que, según ellos, excita compasiva sonrisa y está sepultado hace largo tiempo.
Nada les detiene, ni aun las condenaciones de la Iglesia contra errores tan monstruosos. Porque el Concilio Vaticano I (* 1870/71) decretó lo que sigue: “Si alguno dijere que la luz natural de la razón humana es incapaz de conocer con certeza, por medio de las cosas creadas, el único y verdadero Dios, nuestro Creador y Señor, sea excomulgado”. Igualmente: “Si alguno dijere no ser posible o conveniente que el hombre sea instruido, mediante la revelación divina, sobre Dios y sobre el culto a él debido, sea excomulgado”. Y por último: “Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos exteriores, y que, en consecuencia, sólo por la experiencia individual o por una inspiración privada deben ser movidos los hombres a la fe, sea excomulgado” (2).
Vemos que el modernista toma una decisión previa de gran alcance que le sugiere su agnosticismo: la ciencia no debe conocer a Dios. No debe conocerlo porque, aunque existiera, nunca podría reconocerlo. Por lo tanto, lo único razonable es excluir desde el principio todo lo divino de nuestra investigación científica y explicarlo todo de forma puramente natural. Este “explicarlo todo de forma puramente natural” es una característica fundamental del modernismo. En sentido estricto, el modernismo no es una creencia, sino que, al igual que la filosofía subyacente es la duda sistemática, es una duda sistemática de la fe que, en última instancia, si se piensa de forma coherente hasta el final, termina en el ateísmo.
En su encíclica, tras analizar los fundamentos del modernismo, San Pío X muestra los estragos que este principio modernista causa en diversas disciplinas teológicas. A continuación, expondremos brevemente sus ideas con respecto a la ciencia histórica:
Con lo expuesto hasta aquí, venerables hermanos, tenemos bastante y sobrado para formarnos cabal idea de las relaciones que establecen los modernistas entre la fe y la ciencia, bajo la cual comprenden también la historia.
Ante todo, se ha de asentar que la materia de una está fuera de la materia de la otra y separada de ella. Pues la fe versa únicamente sobre un objeto que la ciencia declara serle incognoscible; de aquí un campo completamente diverso: la ciencia trata de los fenómenos, en los que no hay lugar para la fe; ésta, por lo contrario, se ocupa enteramente de lo divino, que la ciencia desconoce por completo. De donde se saca en conclusión que no hay conflictos posibles entre la ciencia y la fe; porque si cada una se encierra en su esfera, nunca podrán encontrarse ni, por lo tanto, contradecirse.
Si tal vez se objeta a eso que hay en la naturaleza visible ciertas cosas que incumben también a la fe, como la vida humana de Jesucristo, ellos lo negarán. Pues aunque esas cosas se cuenten entre los fenómenos, mas en cuanto las penetra la vida de la fe, y en la manera arriba dicha, la fe las transfigura y desfigura, son arrancadas del mundo sensible y convertidas en materia del orden divino (3)
La fe y la ciencia, como ya hemos visto, son completamente distintas porque no tienen nada en común, así como lo cognoscible y lo incognoscible no tienen nada en común. La ciencia moderna es, por naturaleza, atea; no conoce a Dios, mientras que la fe se ocupa precisamente de la divinidad. El Papa objetó que obviamente hay cosas en el mundo que pertenecen a ambos ámbitos simultáneamente, especialmente la vida de Jesús. Entonces, ¿cómo aborda uno, como modernista, la vida de Jesús? Pío X lo explica:
Así, al que todavía preguntase más, si Jesucristo ha obrado verdaderos milagros y verdaderamente profetizado lo futuro; si verdaderamente resucitó y subió a los cielos: 'no', contestará la ciencia agnóstica(* = limitada a los fenómenos); 'sí', dirá la fe. Aquí, con todo, no hay contradicción alguna: la negación es del filósofo, que habla a los filósofos (científicos) y que no mira a Jesucristo sino según la realidad histórica; la afirmación es del creyente, que se dirige a creyentes y que considera la vida de Jesucristo como vivida de nuevo por la fe y en la fe (4).
... se engañaría muy mucho el que creyese que podía opinar que la fe y la ciencia por ninguna razón se subordinan la una a la otra; de la ciencia sí se podría juzgar de ese modo recta y verdaderamente; mas no de la fe, que, no sólo por una, sino por tres razones está sometida a la ciencia. Pues, en primer lugar, conviene notar que todo cuanto incluye cualquier hecho religioso, quitada su realidad divina y la experiencia que de ella tiene el creyente, todo lo demás, y principalmente las fórmulas religiosas, no sale de la esfera de los fenómenos, y por eso cae bajo el dominio de la ciencia. Séale lícito al creyente, si le agrada, salir del mundo; pero, no obstante, mientras en él viva, jamás escapará, quiéralo o no, de las leyes, observación y fallos de la ciencia y de la historia.
Además, aunque se ha dicho que Dios es objeto de sola la fe, esto se entiende tratándose de la realidad divina y no de la idea de Dios. Esta se halla sujeta a la ciencia, la cual, filosofando en el orden que se dice lógico, se eleva también a todo lo que es absoluto e ideal (* = el ámbito de las ideas y los conceptos). Por lo tanto, la filosofía o la ciencia tienen el derecho de investigar sobre la idea de Dios, de dirigirla en su desenvolvimiento y librarla de todo lo extraño que pueda mezclarse... (5).
Es evidente que mientras la humanidad conserve un mínimo de razón, no tomará en serio las creencias modernistas y, por lo tanto, las subordinará a la ciencia. Esta subordinación conduce a un proceso de depuración, al final del cual —podríamos llamarlo así— yace “un concepto ateo de Dios”, es decir, una contradicción intrínseca.
Desde el principio, caracterizamos el modernismo como una duda sistemática, es decir, como un sistema inherentemente contradictorio. Como tal, el modernismo es en sí mismo un fenómeno muy moderno, es decir, irracional-emocional. Hoy en día, algunos “filósofos” incluso hablan de razón emocional en contraposición a la lógica. Por lo tanto, no es sorprendente que la fe irracional-emocional deba ir constantemente a la zaga de la ciencia racional, al igual que la razón emocional debe ir constantemente a la zaga de la razón lógica. Pues, en última instancia, solo se puede juzgar y discutir racionalmente lo que es lógicamente comprensible. Pío X también abordó este fenómeno en su encíclica:
... de aquí el axioma de los modernistas: “la evolución religiosa ha de ajustarse a la moral y a la intelectual”; esto es, como ha dicho uno de sus maestros, “ha de subordinarse a ellas”.
Añádase, en fin, que el hombre no sufre en sí la dualidad; por lo cual el creyente experimenta una interna necesidad que le obliga a armonizar la fe con la ciencia, de modo que no disienta de la idea general que la ciencia da de este mundo universo. De lo que se concluye que la ciencia es totalmente independiente de la fe; pero que ésta, por el contrario, aunque se pregone como extraña a la ciencia, debe sometérsele (6).
Basta con echar un vistazo a la “teología” modernista para encontrar esta observación confirmada una y otra vez. La llamada fe moderna no es más que un apéndice superfluo de la ciencia moderna. Pero el creyente moderno, al parecer, se ha acostumbrado tanto a ser un apéndice superfluo que ya no le preocupa personalmente. Simplemente cree en algo nuevo cada día, ¡y eso, en sí mismo, se considera moderno!
En épocas anteriores, durante la era católica, las cosas eran bastante diferentes:
Todo lo cual, venerables hermanos, es enteramente contrario a lo que Pío IX, nuestro predecesor, enseñaba cuando dijo: “Es propio de la filosofía, en lo que atañe a la religión, no dominar, sino servir; no prescribir lo que se ha de creer, sino abrazarlo con racional homenaje; no escudriñar la profundidad de los misterios de Dios, sino reverenciarlos pía y humildemente”. Los modernistas invierten sencillamente los términos: a los cuales, por consiguiente, puede aplicarse lo que ya Gregorio IX, también predecesor nuestro, escribía de ciertos teólogos de su tiempo: “Algunos entre vosotros, hinchados como odres por el espíritu de la vanidad, se empeñan en traspasar con profanas novedades los términos que fijaron los Padres, inclinando la inteligencia de las páginas sagradas... a la doctrina de la filosofía racional, no fiara algún provecho de los oyentes, sino para ostentación de la ciencia... Estos mismos, seducidos por varias y extrañas doctrinas, hacen de la cabeza cola, y fuerzan a la reina a servir a la esclava” (7).
Cuando la fe aún se reconocía como verdad divinamente revelada, la filosofía era su servidora, y la ciencia secular también servía a la fe divina. Solo la fe divina nos garantiza, en última instancia, la certeza absoluta, mientras que el conocimiento humano de lo contingente es propenso al error en muchos aspectos. Y si consideramos, aunque sea brevemente, la frecuencia con la que la ciencia moderna ha citado los “últimos descubrimientos” en contra de la fe verdadera, solo para que se disipen rápidamente, entonces, como católicos, adquirimos una ecuanimidad soberana hacia estos últimos descubrimientos científicos. Pues al poco tiempo, estos últimos descubrimientos científicos suelen quedar obsoletos, mientras que la fe divina perdura para la eternidad. Es comprensible que los modernistas carezcan por completo de tal ecuanimidad, pues su “fe” ya no tiene fundamento sólido y, en consecuencia, se han vuelto completamente dependientes de la ciencia moderna.
Y todo esto, en verdad, se hará más patente al que considera la conducta de los modernistas, que se acomoda totalmente a sus enseñanzas. Pues muchos de sus escritos y dichos parecen contrarios, de suerte que cualquiera fácilmente reputaría a sus autores como dudosos e inseguros. Pero lo hacen de propósito y con toda consideración, por el principio que sostienen sobre la separación mutua de la fe y de la ciencia. De aquí que tropecemos en sus libros con cosas que los católicos aprueban completamente; mientras que en la siguiente página hay otras que se dirían dictadas por un racionalista (* = entre otras cosas, un negador de la revelación sobrenatural). Por consiguiente, cuando escriben de historia no hacen mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los templos la confiesan firmísimamente. Del mismo modo, en las explicaciones de historia no hablan de concilios ni Padres; mas, si enseñan el catecismo, citan honrosamente a unos y otros (8).
Este fenómeno de la escritura modernista se ha mantenido inalterado a lo largo de las décadas: en sus libros, encontramos cosas que un católico podría respaldar con entusiasmo; sin embargo, al pasar la página, uno podría pensar que un “racionalista” estaba al mando. Este es precisamente el peligro de los modernistas: en la superficie, mantienen cierta fachada católica y, por lo tanto, a menudo engañan a sus lectores desprevenidos. ¿Y cuántos, especialmente los católicos semiconservadores, todavía se dejan engañar fácilmente hoy en día? Si un modernista pronuncia incluso una sola frase “católica”, inmediatamente aplauden con entusiasmo, creyendo que es un nuevo rayo de esperanza y que las cosas no son tan malas como afirman los eternos detractores.
Pocos católicos aún poseen la capacidad de discernir claramente los métodos de los modernistas. La mayoría espera una presentación coherente e internamente consistente de un tema, lo cual, según el modernismo, es imposible. Por el contrario, al modernista le gusta jugar con las contradicciones o desarrollar sus pensamientos de forma circular, permaneciendo en la vaguedad. Por lo tanto, es casi imposible atribuirle una afirmación específica. Esta es también la diferencia esencial entre los herejes de épocas anteriores y los modernistas. Los primeros se oponían abiertamente a las enseñanzas de la Iglesia; el modernista siempre permanece vago. Se niega a ser expulsado de la Iglesia bajo ninguna circunstancia. La única excepción a esto son las tropas de choque modernistas de izquierda, que proclaman abierta y vehementemente su incredulidad. Su tarea es impulsar la revolución, mientras que los modernistas conservadores se proponen establecerla.
Algunos de entre los modernistas, que se dedican a escribir historia, se muestran en gran manera solícitos por que no se les tenga como filósofos; y aun alardean de no saber cosa alguna de filosofía. Astucia soberana: no sea que alguien piense que están llenos de prejuicios filosóficos y que no son, por consiguiente, como afirman, enteramente objetivos (* = imparcial, factual). Es, sin embargo, cierto que toda su historia y crítica respira pura filosofía, y sus conclusiones se derivan, mediante ajustados raciocinios, de los principios filosóficos que defienden, lo cual fácilmente entenderá quien reflexione sobre ello.
Los tres primeros cánones de dichos historiadores o críticos son aquellos principios mismos que hemos atribuido arriba a los filósofos; es a saber: el agnosticismo, el principio de la transfiguración de las cosas por la fe, y el otro, que nos pareció podía llamarse de la desfiguración. Vamos a ver las conclusiones de cada uno de ellos.
Según el agnosticismo, la historia, no de otro modo que la ciencia, versa únicamente sobre fenómenos. Luego, así Dios como cualquier intervención divina en lo humano, se han de relegar a la fe, como pertenecientes tan sólo a ella.
Por lo tanto, si se encuentra algo que conste de dos elementos, uno divino y otro humano — como sucede con Cristo, la Iglesia, los sacramentos y muchas otras cosas de ese género —, de tal modo se ha de dividir y separar, que lo humano vaya a la historia, lo divino a la fe. De aquí la conocida división, que hacen los modernistas, del Cristo histórico y el Cristo de la fe; de la Iglesia de la historia, y la de la fe; de los sacramentos de la historia, y los de la fe; y otras muchas a este tenor.
Las tres reglas fijas más importantes de este tipo de historiador y crítico son, como se mencionó, precisamente los principios que encontramos anteriormente en sus filósofos: a saber, el agnosticismo (la incognoscibilidad científica y la irrelevancia de Dios), la visión de la transfiguración de las cosas mediante la fe, y el otro principio, que hemos llegado a reconocer como la visión de la distorsión. Consideremos las consecuencias de cada uno de estos principios. — Según el agnosticismo, la historia, al igual que la ciencia (natural), se ocupa únicamente de los fenómenos (apariencias perceptibles). Dios y cualquier intervención de Dios en la historia humana deben, por lo tanto, relegarse al ámbito de la fe: pues solo allí reside su dominio.
Después, el mismo elemento humano que, según vemos, el historiador reclama para sí tal cual aparece en los monumentos, ha de reconocerse que ha sido realzado por la fe mediante la transfiguración más allá de las condiciones históricas. Y así conviene de nuevo distinguir las adiciones hechas por la fe, para referirlas a la fe misma y a la historia de la fe; así, tratándose de Cristo, todo lo que sobrepase a la condición humana, ya natural, según enseña la psicología, ya la correspondiente al lugar y edad en que vivió.
Además, en virtud del tercer principio filosófico, han de pasarse también como por un tamiz las cosas que no salen de la esfera histórica; y eliminan y cargan a la fe igualmente todo aquello que, según su criterio, no se incluye en la lógica de los hechos, como dicen, o no se acomoda a las personas. Pretenden, por ejemplo, que Cristo no dijo nada que pudiera sobrepasar a la inteligencia del vulgo que le escuchaba. Por ello borran de su historia real y remiten a la fe cuantas alegorías aparecen en sus discursos (9).
Nos parece que ya está claro cuál es el método de los modernistas en la cuestión histórica. Precede el filósofo; sigue el historiador; luego ya, de momento, vienen la crítica interna y la crítica textual. Y porque es propio de la primera causa comunicar su virtud a las que la siguen, es evidente que semejante crítica no es una crítica cualquiera, sino que con razón se la llama agnóstica, inmanentista, evolucionista; de donde se colige que el que la profesa y usa, profesa los errores implícitos de ella y contradice a la doctrina católica (10).
En realidad, para un católico la situación debería estar clara desde el principio: un católico nunca puede aceptar un sistema de incredulidad como este. Más bien, todo católico debe afirmar rotundamente que este sistema es contrario a la doctrina católica. Hay que tener siempre presente que, si el fundamento de una doctrina es una filosofía errónea, nunca podrá surgir de ella nada verdadero. La filosofía y la teología están demasiado estrechamente relacionadas entre sí. Por lo tanto, es lógico que el primer autor (es decir, el filósofo) siempre comunique sus propias ventajas a sus sucesores. ¡Y este procedimiento se vende entonces al público asombrado como una ciencia imparcial y objetiva!
Cabe preguntarse cómo fue posible que un sistema tan anticatólico ganara cada vez más terreno en la Iglesia, hasta convertirse en doctrina general de la Iglesia con el llamado concilio Vaticano II. Pío X ya abordó esta misma cuestión hace un siglo y dio una respuesta bastante convincente:
Siendo esto así, podría sorprender en gran manera que entre católicos prevaleciera este linaje de crítica. Pero esto se explica por una doble causa: la alianza, en primer lugar, que une estrechamente a los historiadores y críticos de este jaez, por encima de la variedad de patria o de la diferencia de religión; además, la grandísima audacia con que todos unánimemente elogian y atribuyen al progreso científico lo que cualquiera de ellos profiere y con que todos arremeten contra el que quiere examinar por sí el nuevo portento, y acusan de ignorancia al que lo niega mientras aplauden al que lo abraza y defiende. Y así se alucinan muchos que, si considerasen mejor el asunto, se horrorizarían.
A favor, pues, del poderoso dominio de los que yerran y del incauto asentimiento de ánimos ligeros se ha creado una como corrompida atmósfera que todo lo penetra, difundiendo su pestilencia (11).
Y ahora, abarcando con una sola mirada la totalidad del sistema, ninguno se maravillará si lo definimos afirmando que es un conjunto de todas las herejías. Pues, en verdad, si alguien intentara recopilar todos los errores que se han lanzado contra la fe y concentrar en uno solo la esencia de todos ellos, no podría lograrlo mejor que los modernistas. Pero han ido tan lejos que no sólo han destruido la religión católica, sino, como ya hemos indicado, absolutamente toda religión (* NB: ¡tanto las sobrenaturales como las naturales!). Por ello les aplauden tanto los racionalistas (* - pensadores ateos centrados en lo terrenal; ilustrados); y entre éstos, los más sinceros y los más libres reconocen que han logrado, entre los modernistas, sus mejores y más eficaces auxiliares (12).
Tras esta clara afirmación, Pío X vuelve a referirse a la filosofía del agnosticismo. Es necesario, en efecto, poner de manifiesto la importancia de esta filosofía para la religiosidad de cada creyente. Una filosofía puramente subjetivista tiene, en definitiva, consecuencias de gran alcance para la vida religiosa personal.
Pero volvamos un momento, venerables hermanos, a aquella tan perniciosa doctrina del agnosticismo (* = negación de la cognoscibilidad de Dios). Según ella, no existe camino alguno intelectual que conduzca al hombre hacia Dios; pero el sentimiento y la acción del alma misma le deparan otro mejor. Sumo absurdo, que todos ven. Pues el sentimiento del ánimo responde a la impresión de las cosas que nos proponen el entendimiento o los sentidos externos. Suprimid el entendimiento (solo), y el hombre se irá tras los sentidos exteriores (* vista, oído, etc.) con inclinación mayor aún que la que ya le arrastra (* NB: por el mero camino de la fantasía). Un nuevo absurdo: pues todas las fantasías acerca del sentimiento religioso no destruirán el sentido común (sano); y este sentido común (sano) nos enseña que cualquier perturbación o conmoción del ánimo no sólo no nos sirve de ayuda para investigar la verdad, sino más bien de obstáculo. Hablamos de la verdad en sí (* NB: es decir, según el entendimiento; que existe realmente fuera del interior del ser humano, objetivamente); esa otra verdad subjetiva (* = meramente “personal”), fruto del sentimiento interno y de la acción, si es útil para formar juegos de palabras, de nada sirve al hombre, al cual interesa principalmente saber si fuera de él hay o no un Dios en cuyas manos debe un día caer (13).
Para obra tan grande le señalan, como auxiliar, la experiencia. Y ¿qué añadiría ésta a aquel sentimiento del ánimo? Nada absolutamente; y sí tan sólo una cierta vehemencia, a la que luego resulta proporcional la firmeza y la convicción sobre la realidad del objeto. Pero, ni aun con estas dos cosas (*¡el sentimiento y su experiencia!), el sentimiento deja de ser sentimiento, ni le cambian su propia naturaleza siempre expuesta al engaño, si no se rige por el entendimiento; aun le confirman y le ayudan en tal carácter (sentimiento y experiencia), porque el sentimiento, cuanto más intenso sea, más sentimiento será.
En materia de sentimiento religioso y de la experiencia religiosa en él contenida (y de ello estamos tratando ahora), sabéis bien, venerables hermanos, cuánta prudencia es necesaria y al propio tiempo cuánta doctrina para regir a la misma prudencia. Lo sabéis por el trato de las almas, principalmente de algunas de aquellas en las cuales domina el sentimiento; lo sabéis por la lectura de las obras de ascética (* = doctrina sobre la práctica de la perfección cristiana): obras que los modernistas menosprecian, pero que ofrecen una doctrina mucho más sólida y una sutil sagacidad mucho más fina que las que ellos se atribuyen a sí mismos (14).
Un sentimiento siempre sigue siendo un sentimiento, por sublime que parezca. Y es propio de la naturaleza del sentimiento ser siempre susceptible al engaño si no se rige por la razón. Por lo tanto, si alguien construye su religión únicamente sobre sus propios sentimientos, inevitablemente se desviará de muchas maneras. Pues el objeto mismo de la religión católica, las verdades sobrenaturales, es por naturaleza oscuro para la humanidad y, por lo tanto, incluso después de su revelación, es difícil de captar y comprender. Por esta razón, la Iglesia siempre ha juzgado cada experiencia mística según si concuerda o no con las verdades de la revelación. Una experiencia mística que no concuerda con la fe es un signo inequívoco de falso misticismo. Pío X se refiere específicamente a la dirección espiritual a este respecto. Los directores espirituales experimentados siempre instan a una gran moderación en este ámbito. El Papa enfatiza: “En materia de sentimiento religioso y de la experiencia religiosa en él contenida, sabéis bien, venerables hermanos, cuánta prudencia es necesaria y al propio tiempo cuánta doctrina para regir a la misma prudencia. Lo sabéis por el trato de las almas, principalmente de algunas de aquellas en las cuales domina el sentimiento”.
Nos parece, en efecto, una locura, o, por lo menos, extremada imprudencia, tener por verdaderas, sin ninguna investigación, experiencias íntimas del género de las que propalan los modernistas. Y si es tan grande la fuerza y la firmeza de estas experiencias, ¿por qué, dicho sea de paso, no se atribuye alguna semejante a la experiencia que aseguran tener muchos millares de católicos acerca de lo errado del camino por donde los modernistas andan? Por ventura ¿sólo ésta sería falsa y engañosa? Mas la inmensa mayoría de los hombres profesan y profesaron siempre firmemente que no se logra jamás el conocimiento y la experiencia sin ninguna guía ni luz de la razón. Sólo resta otra vez, pues, recaer en el ateísmo (la negación total de Dios) y en la negación de toda religión (15).
Ni tienen por qué prometerse los modernistas mejores resultados de la doctrina del simbolismo (símbolos = símbolos y signos inventados arbitrariamente) que profesan: pues si, como dicen, cualesquiera elementos intelectuales no son otra cosa sino símbolos de Dios (“cifras”, “palabras clave” vacías), ¿por qué no será también un símbolo el mismo nombre de Dios o el de la personalidad divina? Pero si es así, podría llegarse a dudar de la divina personalidad; y entonces ya queda abierto el camino que conduce al panteísmo (el universo en su conjunto es inherentemente “divino”; no hay un Dios personal más allá de eso).
Al mismo término, es a saber, a un puro y descarnado panteísmo (es decir, “Dios” existe dentro de los seres humanos), conduce aquella otra teoría de la inmanencia divina, pues preguntamos: aquella inmanencia, ¿distingue a Dios del hombre, o no? (16).
Finalmente, la distinción que proclaman entre la ciencia y la fe no permite otra consecuencia, pues ponen el objeto de la ciencia (* y del conocimiento) en la realidad de lo cognoscible, y el de la fe, por lo contrario, en la de lo incognoscible. Pero la razón de que algo sea incognoscible no es otra que la total falta de proporción entre la materia de que se trata y el entendimiento; pero este defecto de proporción nunca podría suprimirse, ni aun en la doctrina de los modernistas; luego lo incognoscible lo será siempre, tanto para el creyente como para el filósofo. Luego si existe alguna religión, será la de una realidad incognoscible. Y, entonces, no vemos por qué dicha realidad no podría ser aun la misma alma del mundo (* o alma del universo), según algunos racionalistas (* = meros pensadores de este mundo) afirman.
Pero, por ahora, baste lo dicho para mostrar claramente por cuántos caminos el modernismo conduce al ateísmo (a la negación de Dios) y a suprimir toda religión (* aquí = unión del hombre con Dios). El primer paso lo dio el protestantismo (* ¡separación de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo!); el segundo corresponde al modernismo (* ¡separación de la realidad de Dios!); muy pronto hará su aparición el ateísmo (* la completa impiedad) (17).
Para un conocimiento más profundo del modernismo, así como para mejor buscar remedios a mal tan grande, conviene ahora, venerables hermanos, escudriñar algún tanto las causas de donde este mal recibe su origen y alimento.
La causa próxima e inmediata es, sin duda, la perversión de la inteligencia. Se le añaden, como remotas, estas dos: la curiosidad y el orgullo (*orgullo = altanería).
Con razón escribió Gregorio XVI, predecesor nuestro (encíclica Singulari Nos del 25 de junio de 1834): “Es muy deplorable hasta qué punto vayan a parar los delirios de la razón humana cuando uno está sediento de novedades y, contra el aviso del Apóstol, se esfuerza por saber más de lo que conviene saber, imaginando, con excesiva confianza en sí mismo, que se debe buscar la verdad fuera de la Iglesia católica, en la cual se halla sin el más mínimo sedimento de error”.
Pero mucho mayor fuerza tiene para obcecar el ánimo, e inducirle al error, el orgullo, que, hallándose como en su propia casa en la doctrina del modernismo, saca de ella toda clase de pábulo y se reviste de todas las formas. Por orgullo conciben de sí tan atrevida confianza, que vienen a tenerse y proponerse a sí mismos como norma de todos los demás. Por orgullo se glorían vanísimamente, como si fueran los únicos poseedores de la ciencia, y dicen, altaneros e infatuados: “No somos como los demás hombres”; y para no ser comparados con los demás, abrazan y sueñan todo género de novedades, por muy absurdas que sean. Por orgullo desechan toda sujeción y pretenden que la autoridad se acomode con la libertad. Por orgullo, olvidándose de sí mismos, discurren solamente acerca de la reforma de los demás, sin tener reverencia alguna a los superiores ni aun a la potestad suprema. En verdad, no hay camino más corto y expedito para el modernismo que el orgullo. ¡Si algún católico, sea laico o sacerdote, olvidado del precepto de la vida cristiana, que nos manda negarnos a nosotros mismos si queremos seguir a Cristo, no destierra de su corazón el orgullo, ciertamente se hallará dispuesto como el que más a abrazar los errores de los modernistas! (18).
¿Quién no ve que esta descripción del modernista dada por el Papa se ha cumplido cientos de veces? Casi se diría que está dibujando el retrato de uno u otro modernista. La curiosidad y el orgullo están tan profundamente arraigados en el alma humana que no se les puede dejar impunes, como hacen los modernistas. Si no se combate decididamente el orgullo, acabará dominando el pensamiento y ya no será la verdad. Así sucedió en este sistema de error, en el que el orgullo se ha instalado, por así decirlo, en la doctrina del modernismo como en su propia casa. Solo podemos tener siempre presente la advertencia del santo Papa: sin duda, no hay camino más corto y fácil hacia el modernismo que el orgullo. Si un católico del ámbito de los laicos, o incluso algún sacerdote, olvida la regla de vida cristiana que nos manda negarnos a nosotros mismos si queremos seguir a Cristo, y no arranca el orgullo de su corazón, entonces él es, por encima de todos los demás, el más propenso a aprobar y aceptar los errores modernistas.
Estará en pie la profesión del Concilio IV Constantinopolitano: “Así, pues, profesamos conservar y guardar las reglas que la santa, católica y apostólica Iglesia ha recibido, así de los santos y celebérrimos apóstoles como de los Concilios ortodoxos, tanto universales como particulares, como también de cualquier Padre inspirado por Dios y maestro de la Iglesia”. Por lo cual, los Pontífices Romanos Pío IV y Pío IX decretaron que en la profesión de la fe se añadiera también lo siguiente: “Admito y abrazo firmísimamente las tradiciones apostólicas y eclesiásticas y las demás observancias y constituciones de la misma Iglesia” (19).
La verdadera filosofía y teología católicas no perecerán. Sin embargo, después de 100 años, ya es hora de lanzar una contraofensiva. Pío X ya se adelantó 100 años a la mayoría de sus contemporáneos en este aspecto…
Notas:
1) Todos los pasajes del texto están tomados de la Encíclica Apostólica Pascendi dominici gregis del Papa San Pío X, § 4.
2) § 4
3) § 15
4) § 15
5) § 16
6) § 16
7) § 16
8) § 17
9) § 28
10) § 32
11) § 32
13) § 39
14) § 39
15) § 40
16) § 40
17) § 40
18) § 41
19) § 42










