miércoles, 21 de octubre de 2026

LA LEY DE CRISTO Y LOS CATOLICOS PROTESTANTES

Estamos ante un mal de siècle, procedente de la falta de fe y de la soberbia.

Por el padre José María Iraburu


Católicos falsos

Las normas universales de la Iglesia unas veces son doctrinales (dogmas) y otras conductuales (cánones); es decir, son “definitiones et declarationes de fidei et morum”. Los católicos verdaderos reciben las enseñanzas y los mandatos de la Iglesia, mientras que los católicos falsos admiten unos dogmas sí y otros no, aceptan unas normas canónicas y resisten otras. No se hacen, pues, como niños para entrar en la Iglesia, Madre y Maestra, sino que “los pensamientos y caminos” que siguen son los que ellos deciden (cf. Is 54,9).

Es, por lo tanto, exacto en estos casos hablar de católicos falsos. El Diccionario de la Real Academia entiende por falso, en su primera acepción, “engañoso, fingido, simulado, falto de ley, de realidad o de veracidad”. También pueden ser llamados católicos anómicos, porque no ajustan a la ley eclesial ni su pensamiento ni su conducta. O católicos protestantes, que no admiten ni dogmas ni cánones.
 
Reforma o apostasía

Hoy es tal entre los bautizados la proporción de católicos falsos, que fácilmente pueden ser considerados como católicos verdaderos, ya que “estadísticamente” vendrían a ser católicos normales. Este error de apreciación es muy frecuente, y causa en la vida pastoral de la Iglesia los más grandes daños. Como ya he dedicado numerosos artículos a tratar sobre las desviaciones doctrinales que exigen reforma, trato ahora más que de la herejía, de la anomia, que produce tantos católicos falsos.

Es un hecho que el desprecio y aún la aversión a las leyes canónicas, litúrgicas y pastorales está hoy generalizado en no pocas Iglesias locales católicas. Y ésta es sin duda una de las causas principales de que tantos bautizados caigan en la apostasía. La debilitación actual de la ley en la Iglesia es una epidemia, y llega a ser a veces una criptoherejía. Sus precedentes principales son el luteranismo y el liberalismo. Es fácil comprobar que la majestad de las leyes de la Iglesia, fundadas en el señorío universal de Jesucristo, su único Señor, hoy viene a relajarse allí donde el espíritu protestante y liberal afecta a los Pastores y a los fieles, disminuyendo en los Pastores el sentido de la autoridad, y en los fieles el aprecio por la obediencia eclesial. Las leyes de la Iglesia quedan así en nada. No obligan en conciencia. Más que preceptos son consejos, meras orientaciones.
 
Fue Lutero quien introdujo en la Iglesia el odio a la ley, tanto en los teólogos, como en el pueblo sujeto a su influjo. En la historia de la Iglesia, por supuesto, siempre se dieron en uno u otro grado las rebeldías contra sus normas. Pero fue Lutero quien formuló con mayor claridad la aversión a la ley en el cristianismo. Según su doctrina, la Ley religiosa y la Gracia de Cristo son incompatibles, pues justamente “para que fuésemos libres, Cristo nos libró de la maldición de la ley” (Gál 3,13).

La Ley es judía, pertenece al Antiguo Testamento, sólo sirve para darnos conciencia de pecadores, pero nada puede hacer para salvarnos. El Evangelio, en cambio, es la gracia, que nos libera del pecado por la pura fe en Jesús. Hay entre Ley y Espíritu un antagonismo irreconciliable: sencillamente, donde está operante la constricción externa de la Ley, está ausente la acción interior del Espíritu. En efecto, la Ley espera la salvación del cumplimiento de unas ciertas obras por ella prescritas, y hace que el hombre ponga en éstas su esperanza; pero la salvación no es por las obras, sino puramente por la fe en Cristo Salvador: es decir, por pura gracia. Por lo tanto, la ley eclesial en cualquiera de sus formas –normas eclesiásticas que regulen la vida del clero o de los laicos, o Reglas religiosas o laicales de vida perfecta– son algo abominable, son una judaización del cristianismo, una falsificación perversa del mismo. De hecho, allí donde arraigó el luteranismo, desapareció la vida religiosa sujeta a Reglas y votos.

Otros protestantes primeros –Melanchton, Calvino– o modernos –Barth– no acompañaron a Lutero en ese radicalismo anómico. Pero ya desde entonces el espíritu de la anomía quedó inoculado, si no como tesis, al menos como tentación e inclinación en el cuerpo eclesial de las antiguas naciones cristianas.

La Ilustración y el Liberalismo agudizaron la aversión a la ley en los siglos XVIII y XIX, pero fundamentaron más bien la anomía en la autonomía del hombre, que sólo en sí mismo ha de hallar su norma de vida. Éstos son ya planteamientos de orientación en el fondo ateos –“seréis como dioses”–, muy diversos de los luteranos, aunque sin duda haya en ellos resabios del “libre examen” protestante.

Si el hombre ha de crecer en forma auténtica, ha de verse libre de toda norma fija objetiva, que limite y condicione su desarrollo. Ha de estar siempre disponible a nuevas y muchas veces imprevisibles incitaciones de la vida. La libertad personal sólo puede adquirirse prescindiendo de las ataduras de cualquier regla o del encadenamiento de un compromiso perpetuo. No tiene sentido, más aún, es una agresión a la dignidad del hombre todo compromiso definitivo –el matrimonio para siempre, los votos religiosos o los compromisos sacerdotales, entendidos como vínculos indisolubles–. La persona únicamente debe ser fiel a sí misma, no a normas exteriores, que pretenden aprisionar su vida y su conducta.

Según esto, si en la doctrina cristiana todo el desarrollo perfectivo del hombre ha de fundamentarse en la verdad –“santifícalos en la verdad” (Jn 17,17); “la verdad os hará libres” (8,32)–, en este planteamiento del liberalismo la verdad se ve cambiada por el valor supremo de la autenticidad. Y un hombre es auténtico en la medida en que obra por sí mismo (autós, uno mismo). Ésta es la atmósfera espiritual que necesariamente envuelve a todo hombre que vive en el siglo XX.

Católicos anómicos

La difusión de este error y de este espíritu malo ha sido tan grande, sobre todo en los últimos decenios, que muchos de los católicos, sobre todo entre los más ilustrados del Occidente rico, se han visto inficcionados por él. Concretamente, a no pocos religiosos actuales, les cuesta mucho –no sólo volitiva, sino también mentalmente– buscar la perfección a través de la observancia fiel y cuidadosa de una Regla de vida. Y a esto se debe en gran parte el relajamiento casi completo de tantos institutos religiosos. Y entre los laicos, incluso entre los mejores, no es raro captar una cierta aversión a toda manera de regular su vida con normas escritas, que prescriban ciertas obras. Estamos pues, evidentemente, ante un mal de siècle, procedente de la falta de fe y de la soberbia.

La debilitación de la ley en la Iglesia puede ser mostrada con algunos ejemplos.

–Abusos en la celebración de la Misa. El memorial de la obediencia de Cristo hasta la muerte es celebrado con frecuencia con graves desobediencias. El c
oncilio enseñó que hay obligación de atenerse a las normas litúrgicas, sin que nadie pueda “añadir, quitar o cambiar” los modos prescritos (SC 22). Pero las infracciones son numerosas, gravísimas e impunes. El catecismo califica como sacrilegios los graves abusos cometidos en las acciones litúrgicas, y especialmente en la Eucaristía (n. 2120). Numerosos documentos de la Iglesia han denunciado en los últimos decenios estos horrores (como la instrucción Redemptionis sacramentum 25-III-2004), pero resultan casi inútiles allí donde los sacrílegos no son sancionados. La anomía, por tanto, afecta no solo a los fieles, sino también a no pocos Pastores.

–Abandono de la Misa dominical. La obligación de participar en la Misa los domingos y en otros días señalados es una ley canónica (Código 1247), pero en muchas Iglesias locales ese precepto no se inculca en la catequesis, ni se urge en la predicación. Incluso se llega a enseñar que nada debe hacerse en la vida cristiana por obligación. Y muchos bautizados, consecuentemente, desobedecen el mandato de Cristo –“haced esto en memoria mía”–. No dan crédito a sus palabras: “si no coméis mi carne… no tendréis vida en vosotros” (Jn 53). Y alejados durante muchos años de la Eucaristía, no tienen sin embargo conciencia de pecado. Quizá creen posible una vida cristiana no eucarística.

- Eliminación del sacramento de la penitencia. La confesión individual es en la Ley de la Iglesia el modo único ordinario de celebrar el sacramento de la penitencia (Código 960). Pero en algunas Iglesias locales el sacrilegio de la absolución colectiva arbitraria y habitual se ha generalizado (c. 961-963).

–Tolerancia de herejías. Los Obispos están obligados por la ley canónica a “castigar con una pena justa a quien enseña una doctrina condenada por el Romano Pontífice o por un Concilio Ecuménico”, etc. (c. 1371). Pero son muchos los obispos que no dan cumplimiento a esa ley de la Iglesia, y que incluso promocionan y elevan a personas incursas en ese canon.

–Aceptación de los anticonceptivos. En 2003, el obispo de San Agustín, en Florida, Mons. Víctor Galeone, afirmaba en una pastoral sobre el matrimonio que “la práctica [de la anticoncepción] está tan extendida que afecta al 90% de las parejas casadas en algún momento de su matrimonio… No es un fallo suyo [de los cónyuges]. Con raras excepciones, debido a nuestro silencio, somos los obispos y sacerdotes los culpables”.

–Vestir del clero y de los religiosos. El traje distintivo está ordenado por la ley canónica de la Iglesia tanto para los sacerdotes (Código c. 284; cf. Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros 1994, n. 66), como para los religiosos (Código 669; cf. Vat. II, PC 17. El incumplimiento de esta norma es masivo. Y no pocas veces los infractores son elegidos como obispos, rectores de seminarios y universidades, vicarios generales, etc. Ese proceder equivale a una derogación práctica de la ley canónica.

Cuando quedan impunes, todas estas situaciones anómicas, a veces sacrílegas, y otras análogas, se hacen crónicas, como si fueran inevitables. Incluso llegan a considerarse lícitas: “se pueden hacer”; es decir, se pueden hacer lo “sin que pase nada”. Estas horribles anomías no causan horror, y no serán reformadas mientras no horroricen.

Hoy se da una configuración protestante en no pocas iglesias locales católicas. Los abusos que he relacionado son únicamente una muestra mínima, pero significativa. Todos ellos nos llevan a pensar que, al parecer, se ha generalizado la convicción de que la ley eclesiástica no obliga en conciencia; es decir, es meramente orientativa, pero no propiamente preceptiva. Las leyes, pues, se transforman en consejos, cuya inoportunidad es declarada públicamente con frecuencia. De este modo, no se permite a nuestro Señor Jesucristo gobernar su Iglesia con leyes que obliguen en conciencia. Y esto es una gran vergüenza, uno de los más graves escándalos que se dan en la Iglesia de nuestro tiempo.

Por otra parte, las Iglesias que toleran la anomía, es decir, que aceptan su generalización sin combatirla, imponen el modelo protestante de cristianismo a toda la comunidad católica. Y en esas iglesias, lógicamente, aquellos obispos y sacerdotes, religiosos y laicos que son fieles a las leyes de la Iglesia sufren persecución, y quedan marginados como legalistas antievangélicos, exagerados y fanáticos. Pero que hoy no pocas veces se sufra persecución dentro de la Iglesia por obedecer las leyes de la Iglesia es también una gran vergüenza.

Hay que decirlo abiertamente. Para no pocas iglesias locales de hoy, la opción más urgente es decidir si quieren configurarse al modo católico, con dogmas y cánones, o prefieren hacerlo al modo protestante, con libre examen y sin leyes.

 

EL ANTICONCILIO DE NÁPOLES Y EL CONCILIO DEL JUDAÍSMO

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


 
III - EL ANTICONCILIO DE NÁPOLES

Monseñor Martin, obispo de Natchitoches (Estados Unidos), quien había asistido al Concilio Vaticano, publicó en 1875 una carta pastoral en la que señalaba el peligro que la masonería representa para todos los países. En ella expuso lo siguiente, basándose en documentos que —según afirmó— obtuvo de primera mano.

Cuando, el 8 de diciembre de 1869, bajo la presidencia de Pío IX, la Iglesia —representada por los obispos de todo el orbe, llegados de todos los rincones del universo a la llamada del Príncipe de los Pastores— inauguraba en el Vaticano esta gran asamblea (la mayor que el mundo cristiano haya presenciado jamás desde su doloroso alumbramiento en el Calvario) con el fin de juzgar los monstruosos errores de los tiempos modernos y mostrarse ante las almas débiles o extraviadas tan inquebrantable como en los primeros días —cuando la mano de Cristo la asentó—, erigiéndose más que nunca por encima del oleaje inconstante de las opiniones humanas —esa piedra sobre la que descansan tanto la infalibilidad de la fe cristiana como la integridad de la moral evangélica—; en ese mismo día y a esa misma hora, en Nápoles, bajo el nombre de “Anticoncilio”, la secta inauguraba también solemnemente su propia gran asamblea, presidida por Ricciardi. Su propósito era renovar, tras más de dieciocho siglos, las condenas dictadas por el pretorio y el sanedrín contra el Hijo de Dios: escarnecerlo, abofetearlo, coronarlo de espinas, exponerlo —vestido con ropajes de burla— a las blasfemias de los pecadores, y repetir el grito de aquellos judíos resueltos: “No queremos que él reine sobre nosotros”. A esta orgía verdaderamente diabólica fueron convocados —y en ella tomaron parte— setecientos delegados de las grandes logias de Estados Unidos, México, Brasil, Asia, África y de todos los reinos y principados de Europa. Un incidente, provocado por la desfachatez de uno de los delegados, obligó a la policía a disolver la asamblea tras unos días de sesiones; asimismo, un tumulto popular —desencadenado por las horribles blasfemias que estos impíos profirieron contra Jesucristo y su Madre Inmaculada— forzó a los miembros a dispersarse. No obstante, como los planes de acción ya habían sido fijados de antemano, el presidente tuvo tiempo de comunicárselos a los delegados —tal como hoy los vemos desarrollarse ante nuestros ojos— y de hacer proclamar las declaraciones de principios de la secta, adoptadas por el anticoncilio.

La primera declaración de los principios masónicos, firmada por todas las comisiones del anticoncilio, está redactada de la siguiente manera, según el texto oficial de la Masonería en Florencia:

Los abajo firmantes, delegados de diversas naciones del mundo civilizado, reunidos en Nápoles para participar en el anticoncilio, afirman los siguientes principios: proclaman la libertad de la razón frente a la autoridad religiosa, la independencia del hombre frente al despotismo de la Iglesia y del Estado, la escuela libre frente a la enseñanza del clero, sin reconocer otra base para las creencias humanas que la ciencia; proclaman al hombre libre y la necesidad de abolir toda la Iglesia oficial. La mujer debe ser liberada de los vínculos que la Iglesia y la legislación oponen a su pleno desarrollo. La moral debe ser completamente independiente de toda intervención religiosa.

Otra declaración, presentada por un delegado de la Gran Logia de la capital de uno de los mayores imperios de Europa, adoptada por aclamación y refrendada por el presidente, es aún más explícita. Dice lo siguiente:

Los librepensadores reconocen y proclaman la libertad de conciencia y la libertad de examen. Consideran la ciencia como la única base de toda creencia y, en consecuencia, rechazan cualquier dogma fundado en una revelación cualquiera. Reclaman la instrucción en todos sus niveles: gratuita, obligatoria, exclusivamente laica y materialista. En lo que respecta a la cuestión filosófica y religiosa —considerando que la idea de Dios es la fuente y el sustento de todo despotismo y de toda iniquidad; considerando que la religión católica es la personificación más completa y terrible de esta idea, y que el conjunto de sus dogmas constituye la negación misma de la sociedad—, los librepensadores asumen la obligación de trabajar por la pronta y radical abolición del catolicismo, por su aniquilación, mediante todos los medios, incluida la fuerza revolucionaria (1).

IV. – CONCILIO DEL JUDAÍSMO

En ese mismo año de la apertura del Concilio Vaticano, el 29 de junio, festividad de San Pedro, se reunió en Leipzig (2) —bajo la denominación de “sínodo israelita”— un concilio del judaísmo.

Tuvo como presidente al profesor Lazarus, de Berlín, y como vicepresidentes al rabino Geiger, de Fráncfort, y al caballero Joseph de Wertheimer, de Viena. Las dos grandes facciones —los judíos reformistas y los judíos ortodoxos— mantuvieron el equilibrio en este concilio, en el que participaron representantes de Alemania, Rusia, Turquía, Austria, Inglaterra, Francia, los Países Bajos, etcétera.

En él, ambas facciones del judaísmo aprobaron por aclamación la siguiente propuesta:

El sínodo reconoce que el desarrollo y la realización de los principios modernos constituyen las garantías más seguras para el presente y el futuro del judaísmo y de sus miembros. Son las condiciones de mayor vitalidad para la expansión y el máximo desarrollo del judaísmo.

Los principios modernos, propagados por los francmasones y por la multitud de aquellos que se dejan influir por sus sugerencias, provienen de los judíos. Estos judaízan el mundo y preparan el reinado del judaísmo, es decir, la época mesiánica que nos promete la Alianza Universal.

Mucho antes de este concilio del judaísmo, el Sr. Cahen, uno de los portavoces más autorizados de los judíos modernos, había dicho: “El Mesías llegó para nosotros el 28 de febrero de 1790, con los Derechos del Hombre” (Archives israélites, VIII, p. 801, año 1847).

Continúa...

Notas:

1) El hermano Andrieux, quien más tarde fue prefecto de policía y, posteriormente, embajador ante el Vaticano, había sido delegado ante el anticoncilio por las logias de Lyon. Cuando se le encomendó esta delegación, L'Excommunié, en su número del 27 de noviembre de 1869, lo anunció en los siguientes términos:

El candidato de L'Excommunié, Louis Andrieux, fue aclamado unánimemente como delegado al concilio de Nápoles. El programa librepensador que el ciudadano Andrieux ha desarrollado nos garantiza estar representados con toda la amplitud y la energía de nuestras convicciones.

2) En Leipzig existe una logia compuesta enteramente por judíos. Con motivo de la feria, que atrae a esta ciudad a una parte de los grandes comerciantes —tanto judíos como cristianos— de toda Europa, la logia judía secreta permanece activa, sin que jamás se admita en ella a ningún cristiano (Le Juif, le judaïsme et la judaïsation des peuples chrétiens, por Gougenot des Mousseaux, p. 343).

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ENCUBRIMIENTO DE TRÁFICO SEXUAL EN SEMINARIOS

¿Como funciona la red de clérigos depredadores en EE.UU.?

Por Gene Thomas Gomulka


Los principales medios de comunicación católicos no han informado sobre la trata sexual de seminaristas extranjeros que durante décadas fueron utilizados como "carne joven" por obispos y sacerdotes homosexuales estadounidenses. Cuando escribí este breve informe sobre "La conexión colombiana", me invitaron a participar en un podcast en español con Henry Gómez Casas, director de Radio Rosa Mística Colombia. Las primeras cuatro de las diez preguntas que me hicieron durante la entrevista se incluyen a continuación de mi informe. Mis respuestas a las preguntas cinco a diez aparecerán en el artículo de la próxima semana.


LA CONEXIÓN COLOMBIANA
 
Se han destruido todos los registros para encubrir las pruebas relacionadas con el tráfico sexual sistemático de seminaristas colombianos a seminarios estadounidenses, entre ellos Cristo Rey en East Aurora, Nueva York, y la Residencia Papa Juan Pablo II para seminaristas universitarios que estudian en el Canisius College de Buffalo.

El plan fue orquestado por una red de clérigos depredadores, entre los que se encontraban el entonces obispo de Buffalo, Henry Mansell; monseñor Joseph Gatto, rector del Seminario Cristo Rey; y monseñor Paul Burkhard, asistente del obispo para la formación sacerdotal.

Aproximadamente 15 seminaristas colombianos fueron víctimas de trata sexual entre 1998 y 1999. Los seminaristas fueron evaluados en Colombia por el psicólogo especializado en homosexualidad Víctor Hugo Londoño Rengifo. Se les tomaron fotografías de frente, de perfil y de espaldas. Ninguno de los candidatos seleccionados para estudiar en Estados Unidos tenía sobrepeso ni era poco atractivo.

De los aproximadamente 15 seminaristas que llegaron en 1998-99, se dijo que unos cinco eran homosexuales, incluyendo uno que, según se informó, necesitó cirugía anal como resultado de mantener relaciones sexuales frecuentes con monseñor Burkhard. Solo uno de los colombianos fue ordenado sacerdote, el padre Jorge H. Budez-Castillo, de Buffalo. Budez posteriormente dejó el sacerdocio, se casó y se convirtió en capellán del ejército. Tras ser objeto de múltiples insinuaciones sexuales por parte de obispos, sacerdotes y seminaristas estadounidenses homosexuales, todos los colombianos, excepto Budez, abandonaron la formación, y muchos se alistaron en el ejército estadounidense como una vía alternativa para obtener la ciudadanía.

Se ha escrito muy poco sobre los innumerables seminaristas extranjeros de Polonia, Colombia, Nigeria y otros países que llegaron a Estados Unidos con visas académicas F-1, generalmente entre los 18 y los 30 años, solo para ser manipulados y abusados ​​por clérigos homosexuales depredadores en seminarios y parroquias. Estos jóvenes, a menudo en buena forma física y de buen aspecto, fueron invitados por clérigos católicos homosexuales debido a su falta de recursos económicos, sus escasas conexiones locales y las barreras lingüísticas iniciales, lo que los hizo altamente vulnerables a la manipulación, la intimidación y el abuso sexual grave.

Un exseminarista colombiano relató cómo a él y a otros seminaristas extranjeros les asignaban con frecuencia parroquias de la Diócesis de Buffalo donde el párroco, el sacerdote asociado o ambos eran homosexuales que los acosaban, incluso si ellos informaban a sus supervisores homosexuales que eran heterosexuales. El exseminarista también recordó cómo los seminaristas heterosexuales de Cristo Rey estaban segregados por lo que él denominó la "mafia gay" dominante. Los seminaristas heterosexuales que no aceptaban su dominio a menudo eran obligados a marcharse, ya fuera voluntaria o involuntariamente.

Cuando llegó a Colombia la noticia de que los seminaristas colombianos estaban siendo utilizados como "carne joven" para satisfacer los placeres carnales del clero gay estadounidense, se dice que el arzobispo Isaías Duarte Cancino, arzobispo católico romano de Cali, Colombia, se aseguró de que no se enviaran más seminaristas colombianos al norte. Valiente y audaz líder de la Iglesia que también se enfrentó a la guerrilla de las FARC, a los rebeldes del ELN y a los cárteles locales de la droga, el arzobispo Duarte fue asesinado el 16 de marzo de 2002.

Exseminaristas extranjeros de otros países, como Polonia, cuyas vidas se vieron gravemente afectadas por el acoso y abuso sexual sufrido a manos de clérigos homosexuales estadounidenses, han propuesto presentar una demanda colectiva ante un tribunal federal contra la Iglesia Católica en Estados Unidos por privarlos de sus derechos amparados por la Primera Enmienda: “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. El exseminarista y sobreviviente de abuso Wieslaw J. Walawender solicitó al vicepresidente JD Vance que iniciara una investigación bajo la Ley RICO contra la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB). La carta alega encubrimientos institucionales de mala conducta clerical y exige la suspensión y el escrutinio federal de los programas de reasentamiento de inmigrantes financiados con fondos federales de la USCCB.

PREGUNTAS UNO A CUATRO DE LA ENTREVISTA CON HENRY GOMEZ CASAS

EN RADIO ROSA MISTICA COLOMBIA

1. Monseñor, hemos estado leyendo y compartiendo sus artículos publicados en Substack. Vemos que su página se denomina “Juan 18:37”, el versículo en el que Jesús dice: “He venido a dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad escucha mi voz”.

Elegí esa cita bíblica para mis publicaciones en Substack porque considero que hoy en día hay muy pocos obispos, sacerdotes y medios de comunicación dispuestos a decir la verdad sobre temas controvertidos como el abuso sexual de niños y adultos vulnerables y la conducta homosexual inapropiada del clero. Aunque un obispo me amenazó con una demanda por la conducta homosexual que denuncié en un artículo, nunca me han demandado por difamación. ¿Y por qué? Porque tengo pruebas que demuestran que todo lo que escribo es cierto.

2. Como investigador respetado, ¿qué puede decir sobre las estadísticas de abuso sexual en Estados Unidos y en otros países?

Los líderes de la Iglesia en el Vaticano y en todo el mundo han encubierto la verdadera magnitud de los abusos sexuales cometidos por el clero católico. Incluso el papa Francisco, antes de su elección, mintió sobre los abusos en la Arquidiócesis de Buenos Aires. En su libro de 2010, Sobre el cielo y la tierra, Jorge Bergoglio escribió que los abusos sexuales clericales "nunca ocurrieron en mi diócesis". ¡Imagínense, una arquidiócesis con una población católica de 2,7 millones de católicos, y ni un solo caso de abuso sexual! En ​​2017, el documentalista y periodista de investigación francés Martin Boudot produjo Sex abuse victims in Buenos Aires say Jorge Bergoglio ignored their reports (Abuso sexual en la Iglesia: Código de silencio). Boudot entrevistó a varias víctimas de abuso en Buenos Aires. Estas víctimas testificaron cómo Bergoglio encubrió sus abusos. En mi propia arquidiócesis militar, el arzobispo Edwin O'Brien informó que entre 1950 y 2002 solo hubo dos menores que fueron abusados (Documento PDF en inglés aquí). Una investigación posterior reveló que hubo más de 500 menores y adultos vulnerables abusados ​​en las fuerzas armadas por capellanes católicos. Debido a la grave falta de denuncias por parte de los obispos estadounidenses en 2002, se engañó al público haciéndole creer que solo el 4% de los sacerdotes en Estados Unidos habían sido declarados culpables de abuso. Sin embargo, hoy en día, el porcentaje de sacerdotes abusadores se sitúa con mayor precisión entre el 23% y el 25% (en inglés aquí). En mi propia diócesis, 51 de 200 sacerdotes fueron declarados culpables de abuso, lo que representa más del 25% del clero. Estudios realizados en otros países, como España, muestran cifras similares. Dado que la mayoría de las víctimas de abuso sexual clerical nunca denuncian los hechos, creo que el número de clérigos abusadores es incluso superior al 25% del total de sacerdotes católicos en el mundo.

3. Los líderes de la Iglesia afirman que los abusos sexuales han disminuido significativamente en las últimas décadas desde que el Vaticano y las diócesis implementaron medidas de protección para los niños. ¿Cree usted que esto es cierto?

La principal razón por la que los abusos sexuales han disminuido en Estados Unidos es que el número de sacerdotes en activo se ha reducido de 60.000 en 1970 a menos de 20.000 en 2026, una disminución del 65 por ciento. En consecuencia, habrá menos casos de abuso porque hay menos sacerdotes que puedan abusar de jóvenes. Mientras la mayoría de los obispos y sacerdotes sean homosexuales, la Iglesia seguirá sufriendo de depredación sexual y mala conducta clerical homosexual. ¿Y por qué digo esto? Porque los estudios muestran que el 73 por ciento de los hombres homosexuales admiten haber tenido relaciones sexuales con niños de entre 11 y 19 años. Muchos estudios de investigadores como el reverendo Dr. Paul Sullins, el reverendo Dr. Dariusz Oko y otros muestran que existe una correlación directa entre el número de casos de abuso y el número de sacerdotes y obispos homosexuales.

4. ¿Podría proporcionar a nuestros oyentes un ejemplo para ilustrar la depredación sexual y la mala conducta homosexual?

En 1998 y 1999, unos 15 seminaristas colombianos de entre 18 y 30 años fueron reclutados por líderes eclesiásticos homosexuales de la Diócesis de Buffalo, Nueva York. Llegaron para estudiar para el sacerdocio y ser ordenados sacerdotes para servir a los católicos hispanohablantes en Estados Unidos. Solo uno de estos 15 colombianos fue ordenado sacerdote. Este sacerdote posteriormente abandonó el sacerdocio, se casó, se convirtió al protestantismo y ahora sirve como capellán militar en el Ejército de los Estados Unidos. Todos los colombianos informaron haber recibido propuestas sexuales de sacerdotes homosexuales en sus seminarios o mientras trabajaban en parroquias. Un seminarista colombiano fue sodomizado tan gravemente que tuvo que someterse a una cirugía reconstructiva del ano. Este seminarista abandonó el seminario y hoy vive en Florida. Muchos de los otros seminaristas se fueron y se alistaron en el ejército estadounidense como vía para obtener la ciudadanía. Los seminaristas colombianos con los que he hablado creen firmemente que fueron víctimas de trata sexual para satisfacer los apetitos homosexuales de obispos y sacerdotes estadounidenses. Uno de estos exseminaristas está ayudando a traducir mi nuevo libro, Guarida de la Iniquidad, al español. El libro se basa en casos reales de abuso y trata sobre la explotación sexual de seminaristas como los colombianos de su país.

Continúa...
 

21 DE OCTUBRE: SANTA URSULA Y SUS COMPAÑERAS, VIRGENES Y MARTIRES


21 de Octubre: Santa Úrsula y sus compañeras, vírgenes y mártires

(✞ 451)

La memoria de la gloriosa Santa Úrsula y sus compañeras vírgenes y mártires se encuentra en un manuscrito muy antiguo que se conserva en el Vaticano.

En él se dice que Santa Úrsula nació en la Gran Bretaña donde la religión cristiana estaba ya muy floreciente, y que fue hija de Dionot, rey de Cornouaille, y de Doria, princesa nada inferior a su marido, ni en nobleza de la sangre, ni a las cristianas virtudes. 

Era en esos momentos general del emperador Graciano en la Gran Bretaña, el tirano Máximo; el cual habiéndose hecho proclamar emperador, cruzó el mar y desembarcó con todo su poderoso ejército en las costas de aquella parte de las Galias que se llamaba Armónica, y se apoderó de toda ella. 

Uno de los generales de Máximo que más se había distinguido en aquella expedición, era cristiano y se llamaba Conan; a este hizo Máximo gobernador de la Armónica con título de duque, y él puso su residencia en la ciudad de Nantes, dejando en el país gran parte de las tropas que eran de bretones e ingleses.

Envió luego diputados al rey Cornouaille, pidiéndole a su hija la princesa Úrsula como mujer, y como casi todos los oficiales y soldados eran también solteros, encargó a los diputados que trajesen de la isla todas las doncellas que pudiesen para casarlas con ellos.

Al padre de Úrsula le pareció bien casarla con aquel príncipe tan noble y cristiano, y habiendo recogido gran número de doncellas para formar aquella colonia que se llamó Bretaña Menor, salieron con viento próspero de Inglaterra. 

Más una tempestad arrojó toda la escuadra hacia los mares del Norte, sobre las costas de la Galia Bélgica; y habiéndose abrigado Úrsula y sus compañeras en el puerto de Tiel hacia la embocadura del Rin, siguiendo la corriente de este río, navegaron hasta Colonia, teatro del glorioso triunfo. 

Porque al saber el emperador Graciano sobre el desembarco de Máximo en las costas Galias, a falta de tropas con que hacerle resistencia llamó en su socorro a los hunos, bárbaros de la antigua Marmacia, que se habían derramado ya por toda Germania, y llegado por las márgenes del Rin hasta la Galia Bélgica. 

Luego que descubrieron navíos bretones se apoderaron de ellos, y quedaron sorprendidos al ver en aquella flota una multitud tan grande de doncellas cristianas. 

El general de los bárbaros quedó tan ciegamente prendado de Úrsula, que no perdonó medio para rendirla, pero la santa princesa le habló con tal resolución y majestad en nombre de todas sus compañeras, que mudada en furor la brutal pasión de aquellos bárbaros, se arrojaron espada en mano contra ellas; a unas atravesaron el pecho, a otras las degollaron, a otras las asaetaron, pasando todas a aumentar la corte del Cordero de Dios, con la doble palma de la virginidad y del martirio. 

Reflexión: 

Con el tiempo se fundó en la Iglesia una célebre Congregación de Religiosas bajo el nombre y la protección de la Santa Úrsula, y por eso se llaman Ursulinas, las cuales entienden en la educación de las niñas, inspirándoles una gran estima por todas las virtudes cristianas. Procuren todas las doncellas imitar en esta virtud a Santa Úrsula y a sus compañeras mártires, teniendo su pureza virginal en mayor aprecio que su propia vida, y conservándola limpia de toda mancha. 

Oración: 

Te suplicamos, Señor Dios nuestro, la gracia de venerar con incesante devoción los triunfos de la santas vírgenes y mártires Úrsula y sus compañeras, para que ya que no podemos honrarlas como merecen, les tributemos al menos humildemente nuestros frecuentes obsequios. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 
 

martes, 20 de octubre de 2026

PADRE JOAQUIM, FBMV: DISIPANDO LA PERPLEJIDAD

El padre Joaquim falleció el 16 de febrero de 2023

Por Sean Johnson


En la entrega anterior conocimos a la comunidad contemplativa FBMV, fundada en Brasil en 1969. El padre Joaquim fue miembro de esta comunidad, habiendo realizado sus estudios sacerdotales con los dominicos tradicionales de Avrille, Francia (pronto tendremos noticias de ellos).

Según todos los testimonios, fue un sacerdote ejemplar y erudito que, aquejado de un cáncer raro y agresivo, falleció con perfecta resignación y serenidad el 16 de febrero de 2023. Se acerca el aniversario de su muerte, y espero que algunos se acuerden de orar por este excelente sacerdote. Sin duda, lo merecía.

En la carta que se presenta a continuación, el padre Joaquim percibe la perplejidad que impera en la FSSPX y busca determinar sus causas y efectos. Este es un tema que retomaremos en otra publicación de este foro al hablar de la persistencia de la religión conciliar y sus “papas”.

Las notas a pie de página son mías.

10 de abril de 2013

Nos acercamos al primer aniversario del descubrimiento de la correspondencia intercambiada entre los obispos de la FSSPX que se oponian a la nueva línea —quienes por aquel entonces eran tres— y la sede central de la Sociedad, bajo la dirección del obispo y superior general Bernard Fellay; un hallazgo que impulsó, en mayor medida, el proceso de resistencia destinado a cambiar el rumbo que ha tomado la FSSPX.

Según todas las perspectivas humanas, pero también según el modo divino de proceder en correspondencia con el rechazo de la gracia, la FSSPX nunca volverá a ser la misma, pues el liberalismo es un veneno tan sutil que, una vez inoculado, se muestra rebelde a los tratamientos atenuantes. Una vez que penetra en el seno de una sociedad, su tratamiento exige una aniquilación inmediata, clara e inequívoca, con medidas prácticas proporcionales al contagio. Pero esto solo puede ser llevado a cabo por una autoridad que se preocupe, con toda claridad y firmeza de voluntad, por el bien común de la Sociedad. ¿Pero qué hacer cuando la propia autoridad es la más afectada por dicho veneno que oscurece la mente y pervierte la voluntad?

Lo que ocurre hoy en el mundo de la Tradición es similar a lo sucedido en los años posteriores al concilio: se percibe el mal, pero la mayoría se niega a verlo como tal. Abundan los supuestos motivos, como el respeto a la autoridad, el deseo de “regularidad”, diversos temores, etc.

Quien siente el mal sin conocer bien sus causas y efectos se confunde. Y los perplejos no actúan en proporción a la gravedad del mal, o simplemente no actúan en absoluto (1). Esta inercia adquiere gran importancia para el avance del mal que tiende a destruir o desnaturalizar la sociedad en la que se ha asentado.

No podemos negar que el liberalismo ya forma parte del modus operandi de las autoridades de la FSSPX. La revelación de los procedimientos discretos del GREC nos ha mostrado que incluso en los años 90 las intenciones de los partidarios del acuerdo se estaban formando a través de un grupo pequeño pero poderoso e influyente. Durante década y media, esta [agenda] fue madurando y experimentándose cuidadosamente entre sacerdotes y fieles. Poco a poco, los contactos con la Roma conciliar se hicieron más frecuentes, creando una especie de “estado de cosas” que es la miserable caída del movimiento católico tradicional, ya que borra en las mentes católicas la amplitud, la intensidad y las exigencias del estado de necesidad, que es tan real pero tan incómodo (2).

Sin duda, no es fácil enfrentarse a las autoridades eclesiásticas tal como son actualmente. Nuestro amado Dios los utiliza, pero ellos no le sirven. Por lo tanto, por nuestra parte, debemos practicar el reconocimiento y la resistencia, dos actitudes que ante la autoridad deberían darse solo en raras ocasiones, como en situaciones de emergencia. Pero debido a que el concilio Vaticano II y su espíritu han institucionalizado la apostasía silenciosa, nos vemos obligados a adoptar esta difícil y delicada actitud de forma habitual. Esta es nuestra cruz.

Pero cuando uno no quiere cargar con la cruz, la resistencia se transforma en compromiso, sacrificando así la coherencia de principios en nombre de una unidad utópica.

Algunos momentos de esta triste trayectoria son:

2007: La FSSPX solicitó el reconocimiento de la Misa de todos los tiempos. Roma respondió con un decreto que no la abrogaba, pero restringía su aplicación, humillándola y equiparándola al rito ilícito de Pablo VI. ¿Y qué hizo la FSSPX? Aceptó la decisión y agradeció al Papa y a muchos otros, cayendo así en un error.

2009: La FSSPX solicitó la anulación del decreto de excomunión de los obispos. Roma solo levantó las excomuniones, considerando así su validez. La FSSPX, junto con muchos otros, volvió a agradecer y aceptar, a pesar de que estas excomuniones nunca fueron válidas. Cada uno con su verdad...

2010: Luego tuvimos las discusiones doctrinales, cuya duración y secretismo no fueron de naturaleza apaciguadora para los fieles. Incluso ahora no sabemos mucho sobre ellas (¡lo cual es un secreto mayor que el del cónclave!) (3). Es muy posible que la rectitud de los defensores de la buena doctrina haya influido en sus resultados negativos, algo que ambas partes reconocen. Pero no ha habido ningún cambio: sigue existiendo un abismo insalvable entre la firmeza de la fe y su obstinación en el error.

Pero las cosas no fueron bien para la sede central de la FSSPX. La resistencia suscitada por la FSSPX no debía ser frenada. La Sociedad anunció que existía un deseo inminente de regularización canónica, pero se aseguró de que esta fuera precedida por un preámbulo doctrinal que expresara “una comprensión común de la fe”.

Casi un año después, se nos presentó la intención de regularización canónica. Es el testimonio de una voluntad de aceptar una rendición práctica en la lucha por la fe mediante una explícita profesión de ambigüedad. La ambigüedad es la forma preferida de llegar a un acuerdo entre lo que es católico y lo que no lo es. El propio obispo Bernard Fellay reconoció la ambigüedad con el comentario poco edificante sobre ver las cosas con gafas de color de rosa. La dirección de Menzingen estaba nublada por marcos llamativos y lentes gruesos de color rosa, pero sus lentes y marcos fueron destrozados por el propio Benedicto XVI, quien, con tres movimientos, lo derribó todo. Con su modernismo, el papa reinante en aquel momento era más coherente que Menzingen con su tradicionalismo de color rosa: la necesidad de aceptar el concilio, sus enseñanzas y la misa de Pablo VI. ¡Que quede claro!

El análisis de la declaración doctrinal a la que se hace referencia, junto con la consideración de los hechos aquí brevemente resumidos, es más que suficiente para concluir que nos enfrentamos a un proceso de infiltración, de envenenamiento con la consiguiente destrucción interna, aunque manteniendo ciertas apariencias (4). La infiltración busca arraigarse especialmente en los altos mandos, y la intoxicación se produce mediante entornos frecuentes y peligrosos que fomentan la ambigüedad y la contradicción. El objetivo principal en este caso es la sumisión efectiva del mayor número posible de católicos tradicionalistas a las autoridades romanas, especialmente sacerdotes y obispos. Pero si esta sumisión no se oficializa, al menos hay que vigilar a la organización insignia, la FSSPX, cuyas autoridades deben mantener intactos sus propósitos, moldeando siempre la imagen y la mentalidad de su clero y fieles.

Nos apresuramos a declarar que no tenemos pruebas concluyentes que demuestren que la dirección de la FSSPX esté compuesta por personas con información privilegiada como masones, marranos, etc., pero los hechos y los documentos muestran que actúan de una manera notablemente similar.

Hace nueve siglos, San Bernardo señaló que los judíos practicaban la usura (nihil novum sub sole) (5)... Pero también solía decir que cuando los cristianos practicaban lo mismo, se volvían peores que los judíos. Para aplicar esto adecuadamente a este caso, lo mínimo que podemos decir es que actúan como enemigos infiltrándose y moviéndose con ambigüedad y contradicción, con un objetivo final e inmutable que no es el propósito para el que se fundó la Sociedad que gobiernan.

Y esto es lo que legitima la resistencia y debe disipar cualquier perplejidad. Los católicos perplejos podrían preguntarse cómo hombres de Dios, que tan bien hablan de las cosas de Dios, pueden comportarse de esta manera. Los oyen decir constantemente que trabajan por el bien de la Tradición… Otros podrían opinar que tal vez no se dan cuenta de sus errores y que todo esto puede considerarse una ilusión bienintencionada por su parte.

Pero lo que importa son los hechos: el debilitamiento de la doctrina [que conlleva] el perjuicio de las almas y la inestabilidad de la Sociedad. Y todo esto debe considerarse en relación con el cambio de rumbo del liderazgo de la Sociedad que, al volverse más explícito, se vuelve más peligroso.

Es necesario aclarar. No se puede esperar un cambio significativo en estas condiciones. Esperar, permanecer inactivo, equivale a perjudicarse a uno mismo en lo más importante de la vida del alma: la fe teológica, que debe inspirarnos en todo. Para seguir viviendo la fe, los justos deben denunciar a quienes la traicionan (6).

P. Joaquim Daniel Maria de Sant'Ana, FBMV


Notas:

1) Volveremos sobre este tema en futuras publicaciones, en relación con el problema de por qué la mayor parte de la Iglesia no puede alcanzar la certeza respecto a la ilegitimidad de los pretendientes conciliares al papado.

2) El padre Joaquim se refiere a la disonancia cognitiva, que ha sido un tema recurrente en nuestras discusiones en otros lugares, causada por la división entre verdad y autoridad.

3) Recordemos que, antes de comenzar, la FSSPX anunció que sus reuniones serían grabadas en video, dando a entender que se compartirían con el mundo y, por lo tanto, con los fieles (y el clero) no tenían nada que temer. Eso fue hace casi 20 años.

4) Precisamente como sucedió en la iglesia conciliar, lo que llevó a +Williamson a lamentar: “La crisis en la FSSPX se asemeja en todos los aspectos a la crisis en la Iglesia después del Vaticano II, hasta tal punto que podría llamarse Vaticano II(b)”.

5) “Nada nuevo bajo el sol”.

6) Lo mismo ocurre en el caso de los pretendientes conciliares al papado (y, de hecho, con mayor razón).

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (18)

Continuamos con la publicación del capítulo 18 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Decimaoctava Hora: De las 10 a las 11 de la mañana

Jesús abraza la Cruz.

“El Vía Crucis” hasta el Calvario, donde Jesús es despojado de sus vestiduras

Jesús mío, Amor insaciable, veo que no te das tregua; siento tus delirios de amor y tus dolores; tu Corazón late fuertemente y en cada uno de sus latidos siento explosiones, torturas y violencias de amor; y tú, no pudiendo contener el fuego que te devora, te afanas, gimes, suspiras y oigo que en cada gemido dices: “¡Cruz!”; cada gota de tu sangre repite: “¡Cruz!”. Todas tus penas, en las que te encuentras nadando como en un mar interminable, se repiten unas a otras: “¡Cruz!”. Y exclamas:

“¡Oh cruz amada y suspirada, sólo tú salvarás a mis hijos; en ti yo concentro todo mi amor!”.

Segunda coronación de espinas

Entre tanto, tus enemigos hacen que entres de nuevo en el pretorio y te quitan el manto de púrpura, queriendo ponerte otra vez tus vestiduras. Pero, ¡ay, cuánto dolor! ¡Más dulce me sería morir que verte sufrir tanto! El manto se te atora en la corona de espinas y no pueden sacártelo por la cabeza, así que, con una crueldad jamás vista, te arrancan al mismo tiempo la púrpura y la corona de espinas, y por el modo tan brutal en que lo hacen, se rompen muchas espinas quedando clavadas en tu cabeza; tu sangre diluvia y es tan intenso el dolor, que gimes; pero tus enemigos sin preocuparse para nada de tantas torturas, te ponen tus vestiduras y otra vez vuelven a ponerte la corona de espinas, apretándola fuertemente sobre tu cabeza y las espinas se te clavan en los ojos, en los oídos, etc., de manera que no hay parte de tu santísima cabeza en la que no sientas sus punzadas. Es tan intenso el dolor, que vacilas estando bajo esas manos tan crueles, tiemblas de pies a cabeza, estás a punto de morir en medio de penas tan agudas y, con tus ojos apagados y llenos de sangre, me miras para pedirme ayuda en medio de tanto dolor.

¡Jesús mío, Rey de los dolores, déjame sostenerte y estrecharte a mi corazón! Quisiera hacer mío el fuego que te devora para hacer cenizas a tus enemigos y ponerte a salvo, pero tú no quieres porque tus ansias de cruz se hacen cada vez más intensas y quieres inmolarte sobre ella lo más pronto posible, incluso por manos de tus enemigos. Pero mientras te estrecho a mi corazón, tú, estrechándome al tuyo, me dices:

“Hijo mío, déjame desahogar mi amor, y repara conmigo por quienes haciendo el bien me deshonran. Estos judíos me vuelven a poner mis vestiduras para desacreditarme aún más ante el pueblo y para convencerlo de que soy un malhechor. Aparentemente el acto de vestirme era bueno, pero en sí mismo llevaba mucha malicia. ¡Ah, cuántos hacen obras buenas, administran sacramentos o los frecuentan, pero con fines humanos e incluso hasta malos!; pero el bien mal hecho conduce a la dureza y yo quiero ser coronado por segunda vez con dolores más atroces que la primera, para romper esta dureza y así, con mis espinas, atraer a las criaturas hacia mí”.

“Ah, hijo mío, esta segunda coronación me es todavía más dolorosa; siento que mi cabeza está como nadando entre espinas y cada movimiento que hago o cada golpe que me dan, me hace sufrir cruelmente la muerte una y otra vez. De este modo reparo por la malicia con la que se me ofende, reparo por quienes, hallándose en cualquier estado de ánimo, en lugar de ocuparse de su propia santificación, se disipan y rechazan mi gracia procurándome una vez más espinas aún más dolorosas, mientras yo me veo obligado a llorar con lágrimas de sangre y a suspirar por su salvación”.

“¡Ah, yo hago de todo por amar a las criaturas y ellas hacen de todo por ofenderme! Al menos tú no me dejes solo en mis penas y en mis reparaciones”.

Jesús toma la cruz

Destrozado Bien mío, contigo reparo, contigo sufro; mas veo que tus enemigos te empujan por la escalera; la multitud te espera con ansia y furor; hacen que encuentres ya preparada la cruz que con tantos suspiros buscas, la miras con amor, y con paso decidido te acercas a ella para abrazarla. Pero antes la besas y sientes como un escalofrío de alegría por toda tu santísima humanidad, y con un gozo supremo, vuelves a mirarla y mides su longitud y su anchura; en ella estableces ya una porción para todas las criaturas y les das la dote suficiente para vincularlas a la Divinidad con el vínculo nupcial y para hacerlas herederas del Reino de los Cielos. Y luego, no pudiendo contener tu amor por las criaturas, vuelves a besar la cruz y le dices:

“¡Cruz adorada, finalmente te abrazo! Tú eras el suspiro de mi Corazón, el martirio de mi amor; pero tú, oh cruz, has tardado tanto, mientras que mis pasos siempre hacia ti se dirigían. Cruz santa, tú eras la meta de mis deseos, la finalidad de mi existencia sobre la tierra. En ti yo concentro todo mi ser, en ti pongo a todos mis hijos, tú serás su vida, su luz, su defensa, tú serás quien me los cuide y les des fuerza, tú los sostendrás en todo y me los conducirás gloriosos al cielo. ¡Oh cruz, cátedra de sabiduría, sólo tú enseñarás la verdadera santidad, tú formarás los héroes, los atletas, los mártires, los santos! Cruz hermosa, tú eres mi trono, y teniendo yo que abandonar la tierra, te quedarás tú en mi lugar; a ti te doy como dote a todas las almas. ¡Cuídamelas, sálvamelas, a ti te las confío!”.

Y diciendo esto, lleno de ansiedad haces que te la pongan sobre los hombros. ¡Ah, Jesús mío!, la cruz para tu amor es demasiado ligera, pero al peso de la cruz se une el de nuestras enormes e inmensas culpas que se extienden tanto cuanto el cielo; y tú, triturado Bien mío, sientes que el peso de tantas culpas te aplasta. Tu alma se horroriza ante su vista y sientes la pena propia de cada culpa; tu santidad queda sacudida ante tanta monstruosidad. Por eso, sosteniendo la cruz sobre tus hombros, vacilas, respiras afanosamente y de tu santísima humanidad empieza a brotar un sudor mortal.

¡Ah, Amor mío, no me animo a dejarte solo!; quiero dividir contigo el peso de la cruz, y para darte alivio por el peso de tantas culpas, me estrecho a tus pies. Quiero darte a nombre de todas las criaturas amor por quien no te ama; alabanzas por quien te desprecia; bendiciones, gratitud y obediencia por todos. Es mi intención solemne ofrecerte todo mi ser en reparación por cualquier ofensa que recibas, hacer el acto opuesto a las ofensas que las criaturas te hagan y consolarte con mis besos y mis continuos actos de amor. Pero veo que yo soy demasiado miserable y tengo necesidad de ti para poder darte verdadera reparación; por eso, me uno a tu santísima humanidad y junto contigo uno mis pensamientos a los tuyos para reparar los malos pensamientos míos y de todos; uno mis ojos a los tuyos para reparar las malas miradas; uno mi boca a la tuya para reparar por las blasfemias y las malas conversaciones; uno mi corazón al tuyo, para reparar las malas inclinaciones, los malos deseos y los malos afectos; en una palabra, quiero reparar por todo lo que repara tu santísima humanidad, uniéndome a la inmensidad de tu amor por todos y al inmenso bien que les haces a todos. Pero no me contento todavía; quiero unirme a tu Divinidad, para hacer que mi vida se pierda en ella y así pueda darte todo.

Jesús se encamina hacia el Calvario

Pacientísimo Jesús mío, veo que ya das los primeros pasos bajo el peso enorme de la cruz. Uno mis pasos a los tuyos y cuando tú, por la debilidad, desangrado y vacilante, estés por caer, a tu lado estaré yo para sostenerte y pondré mis hombros bajo la cruz para compartir contigo su peso. No me desdeñes, acéptame cual fiel compañero tuyo.

¡Oh Jesús!, me miras y veo que reparas por quienes no llevan con resignación su propia cruz, sino que reniegan, se irritan, se suicidan o cometen homicidios; y tú pides para todos resignación y amor a la propia cruz.

Jesús cae por primera vez

Pero es tanto tu dolor, que sientes que el peso de la cruz te aplasta. Apenas has dado los primeros pasos y ya caes bajo su peso y al caer te golpeas en las piedras, las espinas se clavan todavía más en tu cabeza, mientras que todas tus heridas se te vuelven a abrir y empiezan a sangrar de nuevo; y no teniendo fuerzas para levantarte, tus enemigos, irritados, a puntapiés y a empujones tratan de ponerte de pie.

Caído Amor mío, déjame ayudarte a ponerte de pie, déjame que te bese, que te limpie la sangre y que repare junto contigo por quienes pecan por ignorancia, por fragilidad y por debilidad, y te suplico que ayudes a estas almas.

Jesús se encuentra con su Madre Santísima

Vida mía, Jesús, tus enemigos, haciéndote sufrir penas inauditas, han logrado ponerte de pie y mientras vacilante caminas, siento tus afanosos respiros; tu Corazón late con más fuerza y nuevas penas lo traspasan cruelmente; sacudes la cabeza para liberar tus ojos de la sangre que los cubre y buscas con ansiedad... ¡Ah, Jesús mío, ahora comprendo todo! Es tu Madre, que cual paloma herida te está buscando. Quiere decirte su última palabra y recibir tu última mirada; tú sientes sus penas, su Corazón lacerado en el tuyo, enternecido y herido por el amor mutuo. La encuentras abriéndose paso a través del gentío queriendo a toda costa verte, abrazarte y decirte por última vez: “Adiós”. Pero tú quedas aún más adolorido al ver su palidez mortal y todas tus penas reproducidas en ella por la fuerza del amor. Si ella sigue con vida es solamente por un milagro de tu omnipotencia divina. Diriges tus pasos hacia ella, pero a duras penas pueden cruzarse la mirada.

¡Oh dolor del Corazón de ambos! Los soldados se han dado cuenta y a golpes y empujones impiden que Madre e Hijo se despidan por última vez.

Jesús cae por segunda vez

Es tan grande la angustia de ambos, que tu Madre queda petrificada por el dolor y está a punto de desvanecerse; el fiel Juan y las piadosas mujeres la sostienen, mientras que tú vuelves a caer bajo la cruz. Y entonces, tu dolorosa Madre, lo que no puede hacer con el cuerpo al verse imposibilitada, lo hace con el alma. Entra dentro de ti, hace suya la Voluntad Divina del Padre y asociándose a todas tus penas, hace su oficio de Madre: te besa, te repara, te cura y derrama sobre todas tus llagas el bálsamo de su doloroso amor.

Penante Jesús mío, yo también me uno a tu dolorosa Madre; hago mías todas tus penas y en cada gota de tu sangre, en cada llaga, quiero serte madre y junto contigo y con tu Madre quiero reparar por todos los encuentros peligrosos y por quienes se exponen a las ocasiones de pecado o que forzados a exponerse por necesidad quedan atrapados por el pecado.

Y tú, mientras tanto, gimes caído bajo la cruz. Los soldados temen que vayas a morir bajo el peso de tantos tormentos y por la pérdida de tanta sangre; es por eso que a fuerza de latigazos y puntapiés tratan de ponerte de pie a duras penas. De este modo reparas las repetidas caídas en el pecado, los pecados graves cometidos por toda clase de personas y ruegas por los pecadores obstinados, llorando con lágrimas de sangre por su conversión.

La profundísima llaga del hombro de Jesús

Quebrantado Amor mío, mientras te sigo en tus reparaciones, veo que ya no puedes sostenerte de pie bajo el peso enorme de la cruz. Tiemblas de pies a cabeza; las espinas penetran cada vez más en tú santísima cabeza por los continuos golpes que recibes; la cruz, por su peso tan grave, va penetrando en tu hombro formando una llaga tan profunda que te descubre los huesos; y a cada paso que das me parece que mueres, por lo que te ves imposibilitado a seguir adelante. Pero tu Amor, que todo lo puede, te da fuerzas, y al sentir que la cruz va penetrando en tu hombro, reparas por los pecados ocultos, que por no ser reparados acrecientan la crudeza de tus dolores. Jesús mío, deja que ponga mi hombro bajo la cruz para darte alivio y para que repare contigo por todos los pecados ocultos.

El Cirineo es obligado a cargar la cruz de Jesús

Tus enemigos, entonces, por temor a que mueras bajo la cruz, obligan al Cirineo a ayudarte a llevar la cruz y él te ayuda, pero de mala gana y a regañadientes, no por amor, sino por la fuerza. Entonces, en tu Corazón hacen eco todos los lamentos de quienes sufren las faltas de resignación, las rebeliones, los enojos y los desprecios en el sufrir. Pero quedas mucho más adolorido al ver que las almas consagradas a ti, cuando las llamas para que te acompañen y te ayuden en tu dolor, huyen de ti; y si tú con el dolor las quieres estrechar a ti, ¡ah!, ellas se zafan de tus brazos para ir en busca de placeres, dejándote así sufriendo solo.

Jesús mío, mientras reparo contigo, te ruego que me estreches entre tus brazos tan fuertemente, que no llegue a haber ninguna pena que tú sufras en la que yo no tome parte, para transformarme en ellas y para compensarte por el abandono de todas las criaturas.

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Quebrantado Jesús mío, a duras penas caminas encorvado totalmente. Pero te detienes y buscas con la mirada. Corazón mío, ¿qué pasa, qué quieres? ¡Ah!, es la Verónica, que valientemente, sin ningún temor, enjuga con un paño tu rostro cubierto totalmente de sangre, y tú se lo dejas impreso en señal de gratitud.

Generoso Jesús mío, también yo quiero enjugarte, y no con un paño, sino que quiero ofrecerte todo mi ser para darte alivio; quiero entrar en tu interior, ¡oh Jesús!, y darte latidos por latidos, respiros por respiros, afectos por afectos, deseos por deseos; quiero arrojarme en tu santísima inteligencia y haciendo correr todos esos latidos, respiros, afectos y deseos en la inmensidad de tu Voluntad, quiero multiplicarlos al infinito. Quiero, ¡oh Jesús mío!, formar olas de latidos, para hacer que ningún latido malo repercuta en tu Corazón y así poder dar alivio a todas tus íntimas amarguras; quiero formar olas de afectos y de deseos, para alejar de ti todos los malos afectos y los malos deseos que pudieran entristecer en lo más mínimo tu Corazón; y también, quiero formar olas de respiros y de pensamientos que pongan en fuga cualquier respiro y pensamiento que pudiera desagradarte en lo más mínimo. Pondré mucha atención, ¡oh Jesús!, para hacer que ya nada te aflija o añada otras amarguras a tus penas íntimas.

¡Oh Jesús mío!, ¡ah!, haz que todo mi interior nade en la inmensidad del tuyo, así podré hallar amor suficiente y voluntad capaz de hacer que no entre en tu interior un amor malo ni una voluntad que pueda desagradarte.

Mientras tanto, tus enemigos, viendo mal este acto de la Verónica, te fustigan, te empujan y hacen que prosigas tu camino.

Jesús consuela a las mujeres piadosas

Otros pocos pasos y te vuelves a detener. Tu amor, bajo el peso de tantas penas, no se detiene y viendo a las mujeres piadosas que lloran a causa de tus penas, te olvidas de ti mismo y las consuelas, diciéndoles:

“¡Hijas, no lloréis por mis penas, sino por vuestros pecados y por los de vuestros hijos!”.

¡Qué sublime enseñanza! ¡Qué dulce es tu palabra! ¡Oh Jesús!, reparo junto contigo todas las faltas de caridad y te pido que me concedas la gracia de olvidarme de mí mismo, para que no me acuerde sino de ti solamente.

Jesús cae por tercera vez

Pero tus enemigos, al oírte hablar se ponen furiosos y te jalan de las cuerdas y te empujan con tanta rabia, que te hacen caer y cayendo te golpeas en las piedras; el peso de la cruz te tortura y tú te sientes morir. Déjame que te sostenga y que proteja con mis manos tu santísimo rostro. Veo que tocas la tierra y estás agonizando en tu propia sangre; pero tus enemigos te quieren poner de pie jalándote de las cuerdas, levantándote por los cabellos, dándote de puntapiés..., pero todo es en vano. ¡Te estás muriendo, oh Jesús mío! ¡Qué pena! ¡Se me rompe el corazón por el dolor! Casi arrastrándote, te llevan al monte Calvario; y mientras te arrastran, siento que reparas por todas las ofensas de las almas consagradas a ti, que te dan tanto peso, que por más que te esfuerzas para levantarte, te resulta imposible... Y así, arrastrado y pisoteado, llegas al Calvario dejando por donde pasas las rojas huellas de tú preciosísima sangre.

Jesús es despojado de sus vestiduras

Y aquí te esperan nuevos dolores. Te vuelven a desvestir arrancándote de nuevo tus vestiduras junto con la corona de espinas. ¡Ah!, tú gimes al sentir que te arrancan de la cabeza las espinas; y al arrancarte tus ropas, te arrancan también tus carnes laceradas que se encuentran pegadas a ellas. Tus llagas se vuelven a abrir, la sangre diluvia corriendo hasta el suelo y es tan grande tu dolor, que casi muerto, caes. Pero nadie se mueve a compasión por ti, mi Bien. Al contrario, con rabia bestial te ponen de nuevo la corona de espinas a fuerza de golpes; y es tan insoportable tanto dolor por las laceraciones y por los cabellos que pegados a tu sangre coagulada te han arrancado, que solamente los ángeles podrían decir todo lo que sufres, mientras que ellos horrorizados y llorando retiran sus miradas celestiales.

Desnudado Jesús mío, déjame que te estreche a mi corazón para calentarte, porque veo que tiemblas y que un sudor mortal friísimo invade toda tu santísima humanidad. ¡Cuánto quisiera darte mi vida y mi sangre para sustituir la tuya que has perdido para darme vida!

Y mientras tanto, Jesús, mirándome con sus ojos llorosos y moribundos, parece que me dice:

“¡Hijo mío, cuánto me cuestan las almas! Este es el lugar en donde espero a todos para salvarlos y donde quiero reparar los pecados de quienes llegan a degradarse hasta por debajo de las bestias y que se obstinan tanto en ofenderme, que llegan a no saber vivir sin estar pecando. Su razón queda ciega y pecan frenéticamente; por eso me vuelven a poner la corona de espinas por tercera vez. Y al ser desnudado reparo por quienes se visten lujosamente y con indecencia, por los pecados contra la modestia y por quienes están tan atados a las riquezas, a los honores y a los placeres, que de todo eso se hacen un dios para sus corazones. ¡Ah, sí!, cada una de estas ofensas es una muerte que siento, y si no muero, es porque la Voluntad de mi Eterno Padre aún no ha decretado el momento de mi muerte”.

Desnudado Bien mío, mientras reparo contigo, te suplico que con tus santísimas manos me despojes de todo y que no permitas que ningún afecto malo entre en mi corazón; vigílamelo, rodéalo con tus penas y llénalo con tu amor. Haz que mi vida no sea más que la repetición de tu vida y confirma este despojo con tu bendición.

¡Oh Jesús!, bendíceme de corazón y dame la fuerza para asistir a tu dolorosa crucifixión, para quedar crucificado junto contigo.

Reflexiones y prácticas

El amor de Jesús por la cruz, las ansias de su amor que quiere morir sobre la cruz para salvar a todas las almas, son inmensas. Y nosotros, ¿amamos el sufrimiento como Jesús? ¿Podemos decir que los latidos de nuestro corazón hacen eco a los suyos y que también nosotros pedimos nuestra cruz?

Cuando sufrimos, ¿lo hacemos con la intención de acompañar a Jesús para quitarle el peso a su cruz? ¿Cómo lo acompañamos? Y cuando lo insultan, ¿estamos siempre dispuestos a ofrecerle nuestras pequeñas penas para aliviar las suyas?

Cuando hacemos algo, cuando oramos y cuando bajo el peso de nuestros sufrimientos íntimos sentimos lo crudo de nuestro sufrir, ¿le ofrecemos nuestras penas a Jesús, cual paño que enjugue su sudor y lo reanime, haciendo nuestra la crudeza de sus sufrimientos?


¡Oh Jesús mío!, llámame siempre a que esté cerca de ti y haz que tú siempre estés cerca de mí, para que siempre te conforte con mis penas.

Continúa...

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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (136)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


136. En la fiesta de las Encenias, en casa de Lázaro, se hace memoria del nacimiento de Jesús

La ya de por sí espléndida casa de Lázaro, esta noche está maravillosa. Parece arder por el número de lámparas encendidas, y la luz se derrama hacia fuera, en este comienzo de la noche, rebosando desde las salas al atrio y desde éste al pórtico, para alargarse vistiendo de oro los guijarrosos senderos, el césped y las matas de cuadros del jardín, luchando - venciendo en los primeros metros - con el claror de la luna con su amarillo y carnal esplendor, mientras que más lejos todo toma aspecto angélico por el vestido de pura plata que la luna extiende sobre las cosas.
También el silencio que envuelve al magnífico jardín, en que suena sólo el arpegio del chorro de agua cayendo en el estanque de los peces, parece aumentar la recogida y paradisíaca paz de la noche lunar, mientras junto a la casa voces alegres y numerosas y un festivo rumor de correr muebles y de sacar la vajilla a las mesas recuerda que el hombre es hombre y no todavía espíritu.
Marta se mueve ágilmente con su amplio vestido espléndido y pudoroso de un color violeta rojo; parece una flor, una hermosa campanilla; o una mariposa en vivaz movimiento chocándose contra las paredes purpúreas del atrio o contra las
paredes de diminutas representaciones -parecen una alfombra- de la sala del banquete.
Jesús, sin embargo, pasea solo y absorto junto al estanque de los peces, y parece como si alternadamente quedara subsumido en la oscura sombra proyectada por un alto laurel, un verdadero árbol gigante, o en la fosfórica luz lunar que cada vez se hace más clara; tan viva, que el surtidor del estanque parece un penacho de plata que luego se fragmenta en lascas de brillantes, que van a caer, para perderse en ella, en la lámina quieta, pura plata, del pilón. 
Jesús mira y escucha las palabras del agua en la noche. Estas llegan a tener un sonido tan musical, que despiertan a un ruiseñor que, en el tupido laurel, responde al arpegio lento de las gotas con un agudo de flauta y luego se para, como para tomar la nota y seguir el acorde del agua y finalmente comienza, como rey del canto que es, su perfecto, variado, suave himno de alegría.
Jesús ya ni siquiera camina, para no turbar con el rumor de los pasos la serena alegría del ruiseñor, y creo que también suya porque sonríe, con la cabeza agachada, con una sonrisa de alegría realmente serena. Cuando el ruiseñor, después de una nota purísima sostenida y modulada en tono ascendente - que no sé cómo puede sostenerla una garganta tan pequeña -, interrumpe su canto, Jesús exclama:
-¡Te bendigo, Padre santo, por esta perfección y por el gozo que con ella me has proporcionado! - y sigue su lento paseo lleno de quién sabe qué profundidades de meditación.

Llega Simón:
-Maestro, Lázaro te ruega que vayas. Todo está ya dispuesto.
-Vamos. Desaparezca así el último motivo de duda que pudiera existir de que les hubiera perdido estima por causa de María.
-¡Cuánto llanto, Maestro! Sólo un secreto milagro tuyo ha podido aplicar una cura a ese dolor. ¿No sabes que Lázaro casi decide huir después de que ella, cuando volvieron, salió de casa diciendo que dejaba los sepulcros y abrazaba la alegría y... otras insolencias? La posición mía y de Marta fue: "¡Te conjuramos: no lo hagas!" - entre otras cosas porque... nunca se sabe la reacción de un corazón; si la hubiera encontrado, yo creo que la habría escarmentado de una vez por todas -. Habrían deseado de ella al menos el silencio acerca de ti...
-Y el inmediato milagro mío respecto a ella. Y habría podido hacerlo. Pero no quiero una resurrección forzada en los corazones. A la muerte la forzaré y me devolverá sus presas, porque Yo soy el Señor de la muerte y de la vida. Pero en los espíritus, que no son materia que, sin hálito, carezca de vida, sino que son inmortales esencias capaces de renacer por voluntad propia, Yo no fuerzo la resurrección. Otorgo la primera llamada y la primera ayuda, como quien abriera un sepulcro en que alguien hubiera sido enterrado semivivo, donde moriría si permaneciera largo tiempo, en esas tinieblas asfixiantes; dejo entrar aire y luz... luego, espero. Si el espíritu tiene deseos de salir, sale; si no lo desea, sus tinieblas aumentan y queda hundido. Pero; si sale... ¡Oh, si sale... en verdad te digo que ninguno será mayor que el renacido en su espíritu! Sólo la Inocencia absoluta es mayor que este muerto que vuelve a vivir en virtud del propio amor y para alegría de Dios... ¡Son mis mayores triunfos!
- Observa el cielo, Simón. ¿Ves que tiene estrellas y planetas, más o menos grandes? Todos poseen vida y esplendor por Dios, que los ha hecho, y por el sol que los ilumina, mas no todos son luminosos y grandes en igual medida. Así será también en mi Cielo: todos los redimidos tendrán vida por mí y esplendor por mi luz, mas no todos serán luminosos y grandes en igual medida. Unos serán simple polvo de astros, como el que hace láctea a Galatea: serán aquellos, innumerables, que habrán recibido del Cristo, o, mejor dicho, habrán aspirado, sólo ese mínimo indispensable para no ser réprobos, y sólo por la infinita misericordia de Dios, después de un largo purgatorio, irán al Cielo. Otros serán más fúlgidos y estarán más formados: los justos que hayan unido su voluntad (nota que digo "voluntad" no "buena voluntad") a la del Cristo, y hayan prestado obediencia, para no condenarse, a mis palabras. Luego, estarán los planetas, las buenas voluntades, ¡oh..., luminosísimos!: son los enamorados hasta la muerte por el amor, los penitentes por amor, los que obran por amor, los inmaculados por amor; su luz es de puro diamante o de resplandor de gemas de distintos colores (rojo-rubí o violeta-amatista o amarillo-topacio o cándido-perla). Y habrá algunos entre estos planetas - y serán mis glorias de Redentor - que tendrán en sí destellos de rubí y de amatista y de topacio y de perla, porque serán todo por amor. Heroicos hasta llegar a perdonarse el no haber sabido amar antes, penitentes hasta saturarse de expiación como Ester antes de presentarse a Asuero se saturó de perfumes, incansables para hacer en poco tiempo, en el poco tiempo que les queda, cuanto no hicieron durante los años que perdieron en el pecado, puros hasta la heroicidad para olvidarse - no sólo en el alma y en el pensamiento, sino también en las propias entrañas - de que existe el sentido. Serán aquellos que atraerán hacia sí, por su multiforme resplandor, los ojos de los creyentes, de los puros, de los penitentes, de los mártires, de los héroes, de los ascetas, de los pecadores, y, para cada una de estas categorías, su resplandor será palabra, respuesta, llamada, garantía... Pero, vamos, que nosotros estarnos aquí hablando y allí nos esperan.
-Es que cuando Tú hablas uno se olvida de que vive. ¿Puedo decir todo esto a Lázaro? Me parece ver en ello una promesa...
-Lo debes decir. La palabra del amigo puede posarse sobre su herida y no se ruborizarán de haberse puesto colorados en mi presencia...
-Te hemos hecho esperar, Marta; es que estaba hablando con Simón de estrellas y nos hemos olvidado de estas luces. Tu casa es verdaderamente un firmamento esta noche...
-Las hemos encendido no sólo para nosotros y la servidumbre, sino también para ti y para los huéspedes, tus amigos. Gracias por haber venido para la última noche. Ahora la fiesta es realmente la Purificación... 

Marta querría continuar hablando, pero siente que le sube el llanto y calla.
-Paz a todos vosotros - dice Jesús entrando en el atrio resplandeciente de decenas de luces de plata, todas encendidas, colocadas por todas partes.
Lázaro, sonriente, se dirige hacia Jesús:
-Paz y bendición a ti, Maestro, y muchos años de santa felicidad.
Se besan.
-Me han dicho ciertos amigos nuestros que Tú naciste mientras Belén ardía por una lejana fiesta de las Luminarias. Ellos y nosotros estamos jubilosos de tenerte esta noche. ¿No preguntas quiénes son?
-No tengo más amigos que los discípulos y mis amados de Betania, aparte de los pastores. Por tanto son ellos. ¿Han venido? ¿Para qué?
- Para adorarte, Mesías nuestro. Lo supimos por Jonatán, y aquí estamos, con nuestros rebaños, que ahora están en los establos de Lázaro, y con nuestros corazones, ahora y siempre a tus pies santos.
Isaac ha hablado por Elías, Leví, José y Jonatán, que están postrados a los pies de Jesús: Jonatán con su esponjoso vestido del intendente estimado por su señor; Isaac con el suyo de incansable peregrino, de gruesa lana marrón oscura, impermeable al agua; Leví, José, Elías, con las vestiduras que Lázaro les ha dado, frescas, limpias, para poder tomar asiento en las mesas sin tener que llevar el pobre indumento, roto y con olor a aprisco, de los pastores.
-¿Por este motivo me habéis mandado al jardín? ¡Dios os bendiga a todos! Sólo falta mi Madre para completar mi felicidad. Alzaos, alzaos. Es la primera Navidad que celebro sin mi Madre. Pero vuestra presencia me alivia la tristeza, la nostalgia de su beso.
Entran todos en la sala de las mesas. Aquí la mayoría de las lámparas son de oro. El metal aumenta su brillo por la luz de la llama, la llama parece más resplandeciente por el reflejo de tanto oro. La mesa está dispuesta en forma de U para que quepa tanta gente como hay y poderla servir sin dificultar las operaciones de los trinchadores y de los criados. Además de Lázaro están los apóstoles, los pastores, y Maximino, el anciano servidor de Simón.

Marta cuida de la disposición de los puestos. Querría permanecer en pie, pero Jesús se impone:
-Hoy no eres la hospedadora, eres la hermana, y te vas a sentar como si fueras de mi misma sangre. Somos una familia. Cesen las reglas para dar paso al amor. Aquí, a mi lado, y, junto a ti, Juan. Yo con Lázaro. Dadme una lámpara. Entre mí y Marta vele una luz... una llama, por las ausentes que a pesar de todo están presentes: por las amadas, esperadas, por las mujeres amadas y lejanas. Todas. La llama tiene palabras de luz. El amor tiene palabras de llama, y estas palabras van lejos, siguiendo la onda incorpórea de los espíritus que se encuentran siempre, más allá de los montes y de los mares, llevando besos y bendiciones... Llevando todo. ¿No es, acaso, verdad?
Ella deposita la lámpara en el lugar donde Jesús desea, en un puesto que quedará vacío, y, habiendo comprendido, se inclina a besarle la mano (la que luego, bendecidora y reconfortante, Jesús pone sobre la cabeza morena de Marta).

Comienza la cena. Al principio un poco confusos, los tres pastores - Isaac se siente ya más seguro y Jonatán no da signos de sentirse incómodo - van tomando cada vez más confianza a medida que la cena se desarrolla, y, después de un tiempo de silencio, comienzan a hablar: ¿de qué podría ser, sino de su recuerdo?
-Hacía poco que nos habíamos recogido - dice Leví - Tenía tanto frío, que me resguardé entre las ovejas, llorando por la nostalgia de mi madre...
-Yo, sin embargo, pensaba en la joven Madre que había visto poco antes, y me decía a mí mismo: "¿Habrá encontrado lugar?". ¡Si hubiera sabido que estaba en un establo, la habría traído al aprisco!... Pero, era tan delicada - una azucena de nuestros valles - que me pareció una ofensa el decirle: "Ven con nosotros". Yo pensaba en Ella... Y sentía más vivamente el frío, pensando en cuánto le debía hacer sufrir. ¿Te acuerdas qué luz aquella noche? ¿Y te acuerdas de tu miedo?
-Sí... pero luego... el ángel... ¡Oh!... - Leví, un poco absorto como en estado de ensoñación, sonríe al recordarlo.
-¡Un momento! ¡Escuchadme, amigos! Nosotros sabemos poco y lo sabemos mal. Hemos oído hablar de ángeles, de pesebres, de rebaños, de Belén... Y sabemos que Él es galileo y carpintero... ¡No es justo que estemos en la ignorancia! Yo le he preguntado al Maestro en Agua Especiosa... pero luego se habló de otras cosas. Éste, que sabe, no me ha dicho nada... Sí, hablo contigo, Juan de Zebedeo. ¡Vaya forma de respeto hacia el anciano! Te lo tienes todo para ti y me dejas que vaya adelante como un tarugo de discípulo. ¿Es que ya por mí mismo no soy suficiente tarugo?
Se echan a reír por el gesto bueno de indignación de Pedro. Pero él se vuelve hacia su Maestro y dice:
-Se ríen, pero tengo razón
Luego se vuelve a Bartolomé, Felipe, Mateo, Tomás, Santiago y Andrés:
-¡Venga, decidlo también vosotros, protestad conmigo! ¿Por qué no sabemos nada nosotros?
-¿Dónde estabais cuando murió Jonás? ¿Dónde estabais en los altos del Líbano?
-Tienes razón. Pero, por lo que se refiere a Jonás, yo al menos, creí que se tratase del delirio de un moribundo, y, en los altos del Líbano... estaba cansado y con sueño. Perdóname, Maestro, pero es la verdad.
-¡Y será la verdad de muchos! El mundo de los evangelizados frecuentemente responderá, al Juez eterno, para disculparse de su ignorancia a pesar de la enseñanza de mis apóstoles, eso mismo que tú dices: "Creí que se trataba de un delirio... Estaba cansado y tenía sueño". Y, frecuentemente, no admitirá la verdad porque la confundirá con un delirio, y no se
acordará de la verdad porque estará cansado y tendrá sueño por demasiadas cosas inútiles, caducas e incluso pecaminosas. Una sola cosa es necesaria: conocer a Dios.
-Bien, después de decirnos lo que nos corresponde, cuéntanos cómo sucedieron los hechos... Cuéntaselo a tu Pedro. Yo después hablaré de ello a la gente. Si no... ya te lo he dicho, ¿qué puedo decir? El pasado no lo conozco; las profecías y el Libro... no los sé explicar; el futuro... ¡oh, pobre de mí! Y entonces ¿qué anuncio?
-Sí, Maestro, que lo sepamos también nosotros... Sabemos que eres el Mesías, y esto lo creemos, pero, al menos por lo que a mí respecta, me ha costado trabajo admitir que de Nazaret pudiera provenir algo bueno... ¿Por qué no me has dado a conocer, ya desde el principio, tu pasado? - dice Bartolomé.
-Para probar tu fe y la luminosidad de tu espíritu. Pero ahora sí os voy a hablar; es más, os vamos a hablar de mi pasado. Yo diré lo que incluso los pastores no saben y ellos dirán lo que vieron. Conoceréis así el alba de Cristo. Oíd.
Habiéndose cumplido el tiempo de la Gracia, Dios se preparó su Virgen. Os será fácil comprender cómo Dios no podía residir donde Satanás había puesto un incancelable signo. Por lo tanto, la Potencia actuó para hacer su futuro tabernáculo sin mancha, y de dos justos, en la ancianidad, y contra las reglas comunes de la procreación, fue concebida aquella en la que no existe mancha alguna.
¿Quién depositó esa alma en la carne embrional que con su presencia daba nueva lozanía al anciano seno de Ana de Aarón, la abuela mía? Tú, Leví, viste al Arcángel de todos los anuncios. Puedes decir: es ése. Porque la "Fuerza de Dios" ("Fuerza de Dios" es el significado etimológico de "Gabriel", el nombre del arcángel de los anuncios) fue siempre el Victorioso que llevó el tañido de alegría a los santos y a los profetas; el Indomable, contra el que la fuerza, también grande, de Satanás se quebró cual sutil tallo de musgo seco; el Inteligente que desvió con su buena y lúcida inteligencia las insidias del otro inteligente, si bien malvado, poniendo en acto con prontitud el mandato de Dios.
Con un grito de júbilo, él, el Anunciador, que ya conocía los caminos de la Tierra por haber descendido a hablarles a los Profetas, recogió del Fuego divino esa chispa inmaculada que era el alma de la eterna Doncella, y, custodiada dentro de un círculo de llamas angélicas, las de su espiritual amor, la condujo a la Tierra, a una casa, a un seno. El mundo, desde ese momento, tuvo consigo a la Adoradora; y Dios, desde ese momento, pudo mirar a un punto de la Tierra sin experimentar disgusto. Y nació una criaturita: la Amada de Dios y de los ángeles, la Consagrada a Dios, la santamente Amada de sus familiares.

"Y Abel dio a Dios las primicias de su rebaño". ¡Oh..., realmente los abuelos del eterno Abel supieron ofrecer a Dios la primicia de lo que constituía su bien, todo su bien, muriendo por haber dado este bien a quien se lo había dado a ellos!
Mi Madre fue la Jovencita del Templo desde los tres a los quince años y aceleró la venida del Cristo con la fuerza de su amar. Virgen antes de su concepción, virgen en la oscuridad de un seno, virgen en sus vagidos, virgen en sus primeros pasos, la Virgen fue de Dios, de Dios sólo, y proclamó su derecho, superior al decreto de la Ley de Israel, obteniendo del esposo que le había sido dado por Dios el permanecer intacta después del desposorio
José de Nazaret era un justo. Sólo él podía ser destinatario de la Azucena de Dios, y sólo él la recibió. Ángel en el alma y en la carne, él amó como aman los ángeles de Dios. La profundidad abismal de este fuerte amor, que supo dar toda la ternura conyugal sin sobrepasar la barrera de celeste fuego tras la que estaba el Arca del Señor, será comprendida en la Tierra sólo por pocos. Es el testimonio de lo que puede un justo, con el simple hecho de que quiera; lo que puede, porque el alma, aun estando herida por la mancha de origen, posee poderosas fuerzas de elevación, y recuerdos y retornos a su dignidad de hija de Dios, y divinamente obra por amor al Padre.
Aún estaba María en su casa, en espera de unirse a su esposo, cuando Gabriel, el ángel de los divinos anuncios, volvió a la Tierra y pidió a la Virgen ser Madre. Ya había prometido al sacerdote Zacarías el Precursor, y no había sido creído. Pero la Virgen creyó que ello podía acaecer por voluntad de Dios y, sublime en su desconocimiento, sólo preguntó: "¿Cómo puede acontecer esto?".
Y el ángel le respondió: "Tú eres la Llena de Gracia, María. No temas, por lo tanto, porque has hallado gracia ante el Señor también en cuanto a tu virginidad. Concebirás y darás a luz un Hijo al que pondrás por nombre Jesús, porque es el Salvador prometido a Jacob y a todos los Patriarcas y Profetas de Israel. Será grande e Hijo verdadero del Altísimo, porque será concebido por obra del Espíritu Santo. El Padre le dará el trono de David, como ha sido predicho, reinará en la casa de Jacob hasta el fin de los siglos, mas su verdadero Reino no tendrá nunca fin. Ahora el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo esperan tu obediencia para cumplir la promesa. El Precursor del Cristo ya está en el seno de Isabel, tu prima, y, si das tu consentimiento, el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y será santo Aquel que nacerá de ti y llevará su verdadero nombre de Hijo de Dios".
Entonces María respondió: "He aquí la Esclava del Señor. Hágase de mí según su palabra". Y el Espíritu Santo descendió sobre su Esposa y en el primer abrazo le impartió sus luces, que sobreperfeccionaron las virtudes de silencio, humildad, prudencia y caridad que Ella poseía en plenitud, y Ella resultó un todo con la Sabiduría e inseparable de la Caridad. La Obediente y Casta se perdió así en el océano de la Obediencia que Yo soy, y conoció el gozo de ser Madre sin conocer la turbación de ser siquiera tocada. Fue la nieve que se concentra en flor y se ofrece a Dios así...
-¡Y el marido? - pregunta Pedro lleno de estupor.
-El sigilo de Dios cerró los labios de María, y José no tuvo noticia del prodigio sino cuando, de vuelta de la casa de Zacarías, su pariente, María apareció como madre ante los ojos de su esposo.
-¿Y qué hizo él?
-Sufrió... y María también...
-Si hubiera sido yo...
-José era un santo, Simón de Jonás. Dios sabe dónde poner sus dones... Sufrió acerbamente y decidió abandonarla, cargándose sobre sí el ser tachado de injusto. Pero el ángel bajó a decirle: "No temas tomar contigo a María, tu esposa; porque lo que en Ella se está formando es el Hijo de Dios; es Madre por obra de Dios. Cuando nazca el Hijo, le pondrás por nombre Jesús, porque es el Salvador"
-¿Era docto José? - pregunta Bartolomé.
-Como conviene a un descendiente de David.
-Entonces habrá recibido una inmediata luz recordando al Profeta: "He aquí que una virgen concebirá..."
-Sí. La recibió. A la prueba sucedió el gozo...
-Si hubiera sido yo -vuelve a decir Simón Pedro- no hubiera sucedido, porque antes yo habría... ¡Oh, Señor, qué bien que no fuera yo! La habría quebrantado como a un tallo delgado sin dejarle tiempo ni de hablar. Pero después - caso de que no me hubiera convertido en un asesino - habría tenido miedo de Ella... El miedo secular, al Tabernáculo, de todo Israel...
-También Moisés tuvo miedo de Dios, y, no obstante, fue socorrido y estuvo con Él en el monte... José se dirigió, pues, a la casa santa de la Esposa, para cubrir las necesidades de la Virgen y del Niño que había de nacer. Y habiendo llegado, para todos, el tiempo del edicto, fue con María a la tierra de los padres. Pero Belén los rechazó porque el corazón de los hombres está cerrado a la caridad. Ahora hablad vosotros.
-Yo, cayendo ya la tarde, me encontré con una mujer joven y sonriente a caballo de un borriquillo. Un hombre venía con ella. Me pidió leche y algunas informaciones. Yo dije lo que sabía... Luego vino la noche... y una gran luz... y salimos... y Leví vio a un ángel que estaba cerca del aprisco. El ángel dijo: "Ha nacido el Salvador". Ya era completamente de noche y el cielo estaba lleno de estrellas, aunque la luz quedaba absorbida por la de aquel ángel y la de otros miles de ángeles... (Elías llora aún al recordarlo). Y nos dijo el ángel: "Id a adorarlo. Está en un establo, en un pesebre, entre dos animales... Encontraréis a un Pequeñuelo envuelto en unos pobres pañales...". ¡Oh..., qué fulgor el del ángel al decir estas palabras!... ¿Te acuerdas, Leví, cómo despedían llamas sus alas cuando, después de inclinarse para nombrar al Salvador, dijo: "... que es el Cristo Señor"?
-¡Claro que me acuerdo! ¿Y las voces de esos millares de ángeles: "¡Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad"!? Aquella música está aquí, está aquí, y me transporta al Cielo cada vez que la oigo - y Leví alza el rostro, un rostro extático en que luce el llanto.
-Y fuimos -dice Isaac-, cargados como bestias, alegres como para una boda, y, luego..., cuando oímos tu tenue voz y la de tu Madre, ya no supimos hacer nada, y empujamos a Leví, que era un niño, para que mirase. Nosotros nos sentíamos como unos leprosos junto a tanto candor... Y Leví escuchaba y reía llorando y repetía las palabras, con una voz tal de cordero, que la oveja de Elías baló. José vino al portillo y nos invitó a pasar... ¡Qué pequeño y lindo eras! Un capullo de rosa encarnada sobre el rudo heno... Y llorabas... Luego te reíste por el calorcito de la piel de oveja que te ofrecimos y por la leche que ordeñamos para ti... Tu primera comida... ¡Oh!... y luego... y luego te besamos... Dejaste en nosotros un sabor a almendra y a jazmín... y nosotros ya no podíamos separarnos de ti...
-Efectivamente, desde entonces no me habéis dejado.
-Es verdad - dice Jonatán -. Tu rostro quedó grabado en nosotros y lo mismo tu voz y tu sonrisa... Crecías... eras cada vez más hermoso... El mundo de los buenos venía a deleitarse en ti... y el de los malvados no te veía... Ana... tus primeros pasos... los tres Sabios... la estrella...
-¡Qué luz aquella noche! El mundo parecía arder con mil luces. Sin embargo, la noche de tu venida la luz estaba fija y era como de perla... Ahora era la danza de los astros; entonces, la adoración de los astros. Nosotros, desde un alto, vimos pasar la caravana y la seguimos para ver si se detenía... Al día siguiente, toda Belén vio la adoración de los Sabios. Y luego... ¡Oh..., no hablemos de aquel horror, no hablemos de él!...- Elías palidece al recordarlo
-Sí, no hables de ello. Guárdese silencio sobre el odio...
-El mayor dolor era el hecho de no tenerte ya y el no tener noticias tuyas. Ni siquiera Zacarías sabía nada; él, que era nuestra última esperanza... Luego... luego ya nada más.
-¿Por qué, Señor, no confortaste a tus siervos?
-¿Preguntas el porqué, Felipe? Porque era prudente hacerlo. Mira cómo Zacarías, cuya formación espiritual se completó después de ese momento, tampoco quiso descorrer el velo. Zacarías...
-Tú nos dijiste que Zacarías fue quien se ocupó de los pastores. Siendo así, ¿por qué él no dijo, primero a ellos y luego a ti, que los unos estaban buscando al Otro?
-Zacarías era un justo enteramente hombre. Se hizo menos hombre y más justo durante los nueve meses de mutismo. Luego, durante los meses que siguieron al nacimiento de Juan, se perfeccionó. Pero fue en el momento en que sobre su soberbia de hombre cayó el mentís de Dios, cuando se hizo espíritu justo. Había dicho: "Yo, sacerdote de Dios, digo que en Belén debe vivir el Salvador". Dios le había mostrado cómo el juicio, aunque sea sacerdotal, si no está iluminado por Dios, es un pobre juicio. Horrorizado por el pensamiento de que por su palabra hubiera podido provocar que mataran a Jesús, vino a ser el justo, el justo que ahora descansa en espera del Paraíso. Y la justicia le enseñó prudencia y caridad. Caridad hacia los pastores, prudencia respecto al mundo que debía permanecer en la ignorancia acerca del Cristo. Cuando, regresando a la patria, nos dirigimos a Nazaret, por la misma prudencia que ya guiaba a Zacarías, evitamos Hebrón y Belén, y, costeando el mar, volvimos a Galilea. Ni siquiera el día de mi mayoría de edad fue posible ver a Zacarías, que había partido el día antes con su niño para la misma ceremonia.
Dios velaba, Dios probaba, Dios proveía, Dios perfeccionaba. Tener a Dios significa también esfuerzo, no sólo contento. Y así mi padre de amor y mi Madre de alma y de carne tuvieron que esforzarse también. Se puso veto incluso a lo lícito, para que el misterio envolviese en sombra al Mesías niño.
Y que esto les sirva de explicación a muchos que no comprenden la dúplice razón de la congoja cuando no me encontraban durante tres días. Amor de madre, amor de padre hacia el niño perdido; temblor de custodios por el Mesías que podía quedar de manifiesto antes de tiempo; terror a haber tutelado mal la Salud del mundo y el gran don de Dios. Éste fue el motivo de aquella insólita exclamación: "¡Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te estábamos
buscando!"
. "Tu padre", "tu madre"... El velo echado sobre el resplandor del divino Encarnado. Y la tranquilizante respuesta: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que Yo debo ser activo en las cosas del Padre mío?". Y la Llena de Gracia recogió y comprendió tal respuesta en su justo valor, o sea: "No tengáis miedo. Soy pequeño, un niño; mas, si bien crezco, según la humanidad, en estatura, sabiduría y gracia ante los ojos de los hombres, Yo soy el Perfecto en cuanto que soy el Hijo del Padre y por lo tanto, sé conducirme con perfección, sirviendo al Padre haciendo resplandecer su luz, sirviendo a Dios conservándole el Salvador". Y así hice hasta hace un año.
Ahora el tiempo ha llegado. Se descorren los velos, y el Hijo de José se muestra en su naturaleza: el Mesías de la Buena Nueva, el Salvador, el Redentor y el Rey del siglo futuro.
-¿Y no volviste a ver nunca a Juan?
-Sólo en el Jordán, Juan mío, cuando solicité el Bautismo.
-De modo que ¿Tú no sabías que Zacarías les había beneficiado a éstos?
-Ya te he dicho que después del baño de sangre, de sangre inocente, los justos se hicieron santos, los hombres se hicieron justos Sólo los demonios permanecieron como eran. Zacarías aprendió a santificarse con la humildad, la caridad, la prudencia, el silencio.
-Deseo recordar todo esto. Pero, ¿podré hacerlo? - dice Pedro.
-Tranquilo, Simón. Mañana - dice Mateo - les pido a los pastores que me lo repitan, con sosiego, en el huerto, una, dos, tres veces, si hace falta. Tengo buena memoria, ejercitada en mi banco de trabajo, y me acordaré por todos. Cuando quieras, te podré repetir todo. Tampoco tenía notas en Cafarnaúm y sin embargo...
-¡No te equivocabas ni en un didracma!... ¡Sí que me acuerdo... bien! Te perdono el pasado, de corazón realmente, si te acuerdas de esta narración... y si me la cuentas a menudo. Quiero que me entre en el corazón de la misma forma que está en éstos... como lo tuvo Jonás... ¡Morir diciendo su Nombre!...
Jesús le mira a Pedro y sonríe. Luego se levanta y le besa en la entrecana cabeza.
-¿A qué se debe este beso tuyo, Maestro?
-A que has sido profeta: tú morirás diciendo mi Nombre; he besado al Espíritu, que hablaba en ti.

Luego Jesús entona, fuerte, un salmo, y todos, en pie, le secundan:
-"Alzaos y bendecid al Señor vuestro Dios, de eternidad en eternidad. Bendito sea su Nombre sublime y glorioso, con toda alabanza y bendición. Tú sólo eres el Señor. Tú has hecho el cielo y el cielo de los cielos y todo su ejército, la Tierra y todo lo que contiene", etc. (es el himno que cantan los levitas en la fiesta de la consagración del pueblo, cap. IX del libro II de Esdras).
Todo termina con este largo canto, que no sé si se encuentra en el rito antiguo o si Jesús lo dice motu propio.

Continúa...

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)