lunes, 8 de junio de 2026

SE ME HAN PERDIDO TRES O CUATRO MANDAMIENTOS

Supongo que mis compañeros sacerdotes podrían ratificar mis impresiones. Y es que, en confesión, ahora, parece que lo único que importa es la “calidad de las relaciones humanas”.

Por el padre Jorge González Guadalix


Penitentes que, como materia, apenas aportan que si tienen un carácter mejorable, alguna falta de genio, que si la paciencia. Todo lo demás -TODO LO DEMÁS- como si hubiese desaparecido.

En la conciencia de pecado, salvo en personas muy bien formadas, el sexto mandamiento, ese que decían que agobiaba y angustiaba tanto, directamente no existe. Incluso en el caso de personas, digamos “de Iglesia”. 

Será cosa social, será cosa de esta nueva cultura que nos impregna, pero difícilmente la gente se acusa de temas de impureza. Aquí seguimos comulgando sin mayor dificultad. Por comodidad, desconocimiento, pero así seguimos. ¿Ah, pero es que eso es pecado? Huy, yo no sabía que no podía comulgar.

También ha desaparecido de la conciencia colectiva el mandamiento BAJO PECADO GRAVE de oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar. Ahora la cosa es que voy a misa cuando puedo. Pues qué bien.

Hace años, en confesión, había dos cosas de las que nadie olvidaba acusarse: faltar a misa y pecados de impureza. 

Hoy esa sensibilidad está completamente perdida. Por eso digo que se me han perdido tres o cuatro mandamientos. El tercero, ese de santificar las fiestas que luego concreta la Iglesia en su primer mandamiento, parece que ha ido desapareciendo desde la comodidad, la ignorancia y el cansancio tal vez de sacerdotes y catequistas que no queremos pasar por “rígidos” y “tradicionalistas”. Al final, “voy si puedo”, con lo flexible que puede ser esa afirmación.

Los otros dos, claramente sexto y noveno. La castidad, siempre reconocida y valorada por la Iglesia, ha perdido tantos enteros que hoy ha pasado de virtud a cosa de memos, enfermos y estrechos de mente. Cosa de los nuevos formadores que se explican en medios de comunicación y tertulias tan falsas como superficiales. ¿Castidad? Yo no soy ni mojigato ni meapilas.

No sigo. Hoy hablar de honradez en lo económico ni merece la pena. La sinceridad pues según. Y otras cosas… tampoco serán tan importantes.

Pero sí. Me faltan algunos mandamientos.

 

8 DE JUNIO: SAN MEDARDO, OBISPO DE NOYÓN


8 de Junio: San Medardo, Obispo de Noyón

(✞ 545)

Uno de los más ilustres prelados de la Iglesia de Francia en el siglo VI, fue el caritativo Obispo San Medardo, el cual nació en Salentiaco, posesión muy rica de sus padres, que estaba en la región de Noyón.

Desde sus tiernos años fue tan amador de los pobres que les daba su misma comida y vestido, y un día hasta les dio el caballo de que tenía mucha necesidad.

Riñeron unos labradores sobre el linde y término de unas tierras que tenían y convinieron en ajustarlo con las armas y las vidas; pero cuando Medardo lo supo, fue con ellos, y viendo una piedra, puso el pie sobre ella, y dijo:

- Esta piedra es el mojón y término de esta porfía.

Y quitando el pie, vieron todos que había quedado estampado en la piedra, con cuya maravilla quedaron en paz.

Lo entregaron después sus padres al Obispo de Vermandois, para que con su doctrina, Medardo adelantase en letras y virtud; y habiendo sido ordenado para decir la misa acrecentó su fervor; afligía su carne con abstinencias, dejando de comer para dar a los hambrientos, sanaba endemoniados, y curaba todas las enfermedades, por lo cual cuando a él venían, hacían al pie la letra lo que él les decía y aconsejaba, como si se lo dijera un ángel del cielo.

Murió el obispo de Vermandois, y luego se oyó la voz común que aclamaba como Obispo a Medardo, y aunque el santo rehusó mucho aquella dignidad, al fin, vencido por los ruegos y lágrimas de todo el pueblo, tuvo que aceptarla.

Habiendo después fallecido el obispo de Tournay, eligieron también al mismo santo, y el rey pidió al pontífice que uniese las dos Iglesias para que el siervo de Dios las gobernase, y así se hizo, aunque por causa de las irrupciones de los vándalos tuvo que trasladar el santo la sede a Noyón.

Eran los de Tournay muy bárbaros e indómitos, de malas costumbres y obstinados en sus pecados e idolatrías; más al fin pudo tanto el santísimo Obispo con sus suaves y dulces razones, que a todos los bautizó e hizo buenos cristianos.

Y después de haber ganado para Jesucristo innumerables almas, con su predicación y con los grandes milagros que hacía, a los quince años de su gobierno descansó en la paz del Señor.

Los que estaban presentes vieron muchas luminarias del cielo delante del santo cuerpo, que duraron por espacio de dos horas.

Y cuando condujeron el sagrado cadáver a Soissóns, el mismo rey con otros caballeros lo llevaron en andas sobre sus hombros y el rey le hizo labrar un magnífico sepulcro, el cual fue muy célebre y glorioso por los señalados prodigios que obró el Señor allí por medio de su santo.

Reflexión:

Tal es la honra que merece la santidad aún acá en la tierra. Los pueblos y los reyes la veneran, y con universal aplauso la ensalzan sobre todas las demás grandezas del mundo. No se conceden semejantes obsequios a la opulencia, a la sabiduría, a las dignidades y placeres mundanos; porque todos entienden que estas cosas pueden hallarse hasta en un hombre malvado y digno de todo vituperio. Solo la virtud hace al hombre verdaderamente grande. Pues, ¿por qué no hemos de amarla y codiciarla y preferirla a todas las demás cosas? ¿No es ella, como dice el Sabio, incomparablemente más estimable que el oro y las piedras preciosas? ¿No es el mayor tesoro que podemos hallar sobre la tierra, y el único caudal que podemos llevarnos a la eternidad, y el único bien que nos honra en esta vida y que nos hará dignos de eterna gloria?

Oración:

Concédenos, Señor, que la venerable festividad del bienaventurado Medardo, tu confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de la devoción y el deseo de la salvación eterna. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 

domingo, 7 de junio de 2026

CUANDO EL PADRE ALTAMIRA RECHAZÓ UNA TRANSFERENCIA PUNITIVA (2014)

Después de escribir esta carta, el padre Altamira abandonó el priorato y fue seguido prácticamente por toda su congregación fuera de la FSSPX hacia la Resistencia.

Por Sean Johnson


El padre Altamira fue ordenado sacerdote por el obispo Fellay en 2000, y en el momento de esta carta estaba destinado en su Distrito Superior en Bogotá, Columbia. Poco después de esta carta, siendo inminente su expulsión, abandonó el priorato y fue seguido prácticamente por toda su congregación fuera de la FSSPX hacia la Resistencia.

Para el año 2019, el padre Altamira se había vuelto sedevacantista y el 7 de enero de 2024 fue consagrado obispo por +da Silva (Brasil) y +Roy (Canadá).

☙❧ ☙❧ ☙❧ 

6 de enero de 2014

Querido Padre Bouchacourt:

Después de mi sermón del 22 de diciembre sobre la nueva cruzada del Rosario [1], me pidió que hiciera dos cosas para evitar “medidas”.

Dije no a ambas, por las razones que expresé allí. Como resultado de mi negativa, usted me dice que me trasladarán a Buenos Aires como asistente del prior (Fr. Rubio), y que en Bogotá habrá un nuevo prior (Fr. Francisco Jiménez).

La situación de nuestra Sociedad, la Sociedad de San Pío X, se viene desarrollando desde hace un buen número de años. Empeoró dramáticamente en los últimos dos años y medio y se hizo más evidente y explícita para muchos de nosotros, los sacerdotes.

Este estado de cosas se debe a las ideas, palabras y errores de nuestro Superior General, el obispo Bernard Fellay. También por las acciones que ha tomado durante su gobierno. El obispo Fellay casi ha hecho desaparecer en él el lenguaje de la verdad, al provocar el reinado – en los casos menores - de EL IMPERIO DE LA AMBIGÜEDAD, y en otros casos peores expresando errores contra la Doctrina Católica (ver el Declaración doctrinal de abril de 2012). Y mejor no hablar de su declaración sobre la misa moderna: “Si el arzobispo Lefebvre hubiera visto celebrada adecuadamente la Nueva Misa, no habría dado el paso que dio” (Card. Cañizares); ¡Es tomar en vano el nombre de nuestro fundador decir eso!

En todo esto del obispo Fellay hay también un punto clave: el concilio Vaticano II.

Está haciendo todo un movimiento para que acabemos acordando y reconociendo como “Enseñanza Católica” al citado Vaticano II. Sus propias palabras: Lo aceptamos con reservas, no nos piden una aceptación total sino sólo parcial, estamos de acuerdo con el 95% del Concilio, hay cosas buenas y malas en ello.

Creo que este punto es uno de los más importantes de todos en su agenda, ya que sabemos que la Roma modernista nunca aceptará que no reconozcamos el concilio como “el Magisterio”. ¿Podría algo que contenga bien y mal, verdad y error, ser alguna vez el Magisterio? El obispo Fellay tiene “buenos” teólogos que escriben artículos con este propósito, demostrando que el Vaticano II “representa la Enseñanza de la Iglesia”. Aquí es donde estamos.

Pero el Vaticano II es sólo un concilio ladrón, a diferencia de todos los demás concilios que ha habido en la historia de la Iglesia. EL VATICANO II NO ES LA ENSEÑANZA DE LA IGLESIA CATÓLICA, y como enseñan el Padre Calderón y otros, “es necesario (para nosotros) declarar solemnemente su total nulidad”.

Es más, existe este tipo de fijación que tiene el obispo Fellay de pensar como si no estuviéramos en la Iglesia Católica. Leamos algunas de sus palabras (creo que hay muchas más que se podrían mostrar): en “Les Nouvelles caléedoniennes”: “El Papa ha revivido las ideas tradicionales” (esto es completamente falso, Benedicto XVI es muy modernista, incluido su corazón)… Quizás estemos mucho más cerca de la posición del Papa de lo que parecemos. (…) Entonces un simple decreto de Roma nos permitirá REGRESAR a la Iglesia. Pero eso vendrá. Soy muy optimista al respecto” (27 dic./2010). Son los demás los que se han ido: La falsa “iglesia conciliar”. Tenemos los cuatro puntos (véase el arzobispo Lefebvre en mi sermón del 22 de diciembre). Creo que esta crisis en la Iglesia será solucionada sólo por Dios, y mientras tanto tenemos que seguir haciendo lo que siempre hemos hecho (¿o estábamos haciendo?).

No quiero continuar; tal vez escriba una carta abierta al obispo Fellay.

Sin duda, mis decisiones no se toman “por” la última cruzada del rosario, sino “con motivo” de ella. Esta cruzada del rosario no es un hecho aislado, y en mi caso fue “la gota que colmó el vaso”, después de un estado de cosas que ha durado años. NECESITAMOS DECIR “¡YA ES SUFICIENTE!”, creo que muchos de nosotros los sacerdotes debemos decir “Ya es suficiente”, y creo que nuestra paciencia ha sido EXCESIVA. Por otro lado, ambos sabemos que hace más de un año en Bucaramanga, después de que le expliqué mi oposición, respondió: “Pero si estás tan en contra de lo que está haciendo el obispo Fellay, deberías irte” Y eso respondí: “Sí Padre, estoy muy en contra de lo que está haciendo el obispo Fellay, y tengo la impresión de que va a terminar mal para la Sociedad, pero ahora estoy empezando a ver por qué están sucediendo y sucederán cosas en estos meses y ahora estoy empezando a ver qué hacer”. Es demasiado tiempo para que ya haya pasado más de un año.

En conclusión: no haré lo que me usted me dijo (ir a Buenos Aires, etc). Permanezco en el cargo de prior y en mi casa, el Priorato de Bogotá, a la espera de las dos amonestaciones canónicas y del proceso de una muy probable (¿inválida?) expulsión.

En el proceso que pueda iniciarse, casi seguramente se argumentará que es porque no fui a Buenos Aires:

Declaro aquí y ahora que ese no es mi motivo, que EL MOTIVO ES DOCTRINAL, EL MOTIVO ES DOCTRINA: Los errores, dichos, palabras y AMBIGÜEDADES del obispo Fellay, que probablemente terminarán destruyendo nuestra Congregación INCLUSO SIN HACER UN ACUERDO con la falsa “iglesia conciliar”.

Atentamente, en Nuestra Señora Santísima,

Padre Fernando Altamira

Nota:

[1] En la “Carta a amigos y benefactores” #81 del obispo Fellay, anunció un 3ra Cruzada del Rosario, cuyas intenciones incluían, entre otras, un ambiguo “retorno de la Tradición a la Iglesia”. Esto desató una controversia inmediata, ya que la Carta parecía haber sido emitida en cumplimiento de un acuerdo práctico (es decir, la FSSPX interpretaría su regularización canónica como el retorno de la Tradición a la Iglesia), y era materialmente lo opuesto a lo que el apostolado de la FSSPX siempre había buscado (es decir, el retorno de la Iglesia a la Tradición). Los sitios web de la FSSPX posteriormente eliminaron y reformularon esta intención en más de una ocasión, pero la redacción inicial parecía revelar la verdadera intención.
 

EL CONCILIO VATICANO II (1962-1965 d. C.)


Este fue el punto de inflexión donde los modernistas usurparon la verdadera Iglesia con un concilio manipulado. 


Desde entonces, la verdadera Iglesia fundada por Cristo está en decadencia, olvidada por un mundo obsesionado con la gratificación instantánea y la corrección política, donde todo está patas arriba. Se necesitará un milagro para enderezar el rumbo. Sin embargo, sabemos que la verdadera Barca de Pedro no puede naufragar y, cuando este interminable interregno termine finalmente y tengamos de nuevo un verdadero Papa, entonces podrá comenzar la restauración de la Iglesia Católica Romana. Hasta entonces, los católicos fieles perpetúan la fe y perseveran en las catacumbas de todo el mundo.

El último de los Concilios Ecuménicos no solo fue el más controvertido, sino también la puerta de entrada que permitió que el lenguaje ambiguo de los documentos abriera una caja de Pandora, demostrando durante los últimos sesenta años que no hay frutos según las palabras de Nuestro Señor en Mateo 7:15-20. 

Debido a las herejías promovidas con tanta sutileza, hoy nos encontramos en la ruina, no de la Iglesia Católica Romana propiamente dicha, sino de la iglesia creada por el hombre que comenzó en 1962 y se separó de la única Iglesia verdadera fundada por Cristo para unirse a las más de 33.000 sectas falsas que han rechazado lo que el Hijo de Dios mandó, creyendo que el hombre sabe más que la Divinidad. 

Esto ha llevado a que los llamados líderes de la iglesia y otros interpreten el dogma y la doctrina desde una perspectiva protestante, haciendo hincapié en el humanismo, el ecumenismo, la libertad religiosa y la colegialidad, en un intento por adaptarse al mundo moderno en lugar de que el mundo se adhiera a lo que la Iglesia siempre ha enseñado. 

En efecto, se trata de la Gran Apostasía profetizada en las Sagradas Escrituras, por los santos, y por la Virgen María, especialmente en Quito y La Salette. 

De este concilio surgió la comprensión de la abominación desoladora de la que Jesús advirtió. 

Este concilio fue convocado por Juan XXIII el 11 de octubre de 1962 y continuado por su sucesor, Pablo VI, durante tres años más, concluyendo el 8 de diciembre de 1965 y desatando, según la propia admisión de Pablo, el “humo de Satanás en el santuario”. 

Desde entonces, los errores se han extendido universalmente y la Iglesia ha estado sumida en la confusión, empujando a más almas hacia la oscuridad gracias a las administraciones heréticas del “obispo” Karol Wojtyla de 1978 a 2005 y, posteriormente, del “padre” Joseph Ratzinger

Aquí expondremos estas herejías para que todos los católicos conozcan verdaderamente la fe y así puedan mantenerla

Discurso de apertura de Juan XXIII (11 de octubre de 1962)

Principales documentos conciliares

Constituciones:

Gaudium et spes - Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno - 7 de diciembre de 1965

Dei Verbum - Constitución sobre la Divina Revelación - 18 de noviembre de 1965

Lumen Gentium - Constitución sobre la Iglesia - 21 de noviembre de 1964

Sacrosanctum Concilium - Constitución sobre la Sagrada Liturgia - 4 de diciembre de 1963

Decretos:

Ad Gentes - Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia - 7 de diciembre de 1965

Apostolicam Actuositatem - Decreto sobre el Apostolado de los Laicos - 18 de noviembre de 1965

Christus Dominus - Decreto relativo al oficio pastoral de los obispos en la Iglesia - 28 de octubre de 1965

Inter Mirifica - Decreto sobre los medios de comunicación sociales - 4 de diciembre de 1963

Optatam Totius - Decreto sobre la formación sacerdotal - 28 de octubre de 1965

Orientalium Ecclesiarum - Decreto sobre las Iglesias católicas de rito oriental - 21 de noviembre de 1964

Perfectae Caritatis - Decreto sobre la adaptación y renovación de la vida religiosa - 28 de octubre de 1965

Presbyterorum Ordinis - Decreto sobre el Ministerio y la Vida de los Sacerdotes - 7 de diciembre de 1965

Unitatis Redintegratio - Decreto sobre el Ecumenismo - 21 de noviembre de 1964

Declaraciones:

Dignitatis Humanae - Declaración sobre la libertad religiosa - 7 de diciembre de 1965

Gravissimum Educationis - Declaración sobre la educación cristiana - 28 de octubre de 1965

Nostra Aetate - Declaración sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas - 28 de octubre de 1965


Discurso de clausura del Papa Pablo VI - 8 de diciembre de 1965
 

7 DE JUNIO: SAN PEDRO Y CINCO COMPAÑEROS MÁRTIRES DE CÓRDOBA


7 de Junio: San Pedro y cinco compañeros Mártires de Córdoba

(✞ 851)

En la sangrienta persecución que suscitó contra los cristianos el rey de los sarracenos Abderramán III, en Córdoba, capital de su reino en España, entre otros ilustres Mártires que dieron su vida en defensa de la fe de Cristo, se destacaron mucho por su admirable valor los santos mártires Pedro Walabonso, Sabiniano, Wistremundo, Abencio y Jeremías.

Pedro fue natural de Ecija y ordenado como sacerdote; Walabonso era diácono, y nacido en Lípula, lugar llamado hoy Peñaflor; Sabiniano era monje ya entrado en edad, y natural de Froniano en la sierra de Córdoba, Wistremundo era todavía mozo, natural de Ecija y monje en la abadía de San Zoilo; Abencio era hijo de Córdoba y había tomado el hábito en el monasterio de San Cristóbal; y Jeremías era también natural de Córdoba, casado con Isabel, y hombre muy rico y poderoso que había fundado el monasterio llamado Tabanense a dos leguas de aquella ciudad.

Todos estos seis fervorosos varones, oyendo que acababan de ser martirizados los santos Isaac y Sancho, se presentaron delante del rey moro y le dijeron:

- Nosotros también, oh juez, somos cristianos como nuestros hermanos Isaac y Sancho, y tenemos la misma Fe, por la cual has mandado darles la muerte. Confesamos como ellos a Jesucristo como verdadero Dios, y afirmamos que vuestro profeta Mahoma es precursor del Anticristo, y decimos que los que profesan la fe de Jesucristo gozarán de la felicidad del cielo, y que los que sigan la falsa doctrina de Mahoma padecerán los eternos tormentos del infierno.

Al oír el tirano tan espontánea y clara confesión, mandó luego aprender a los valerosos mártires y pronunció contra ellos sentencia de muerte, ordenando que fuese cruelmente azotado el santo viejo Jeremías, por haber blasfemado, como decía el juez, al profeta Mahoma.

Azotaron pues con tanto rigor al venerable anciano, que cuando le llevaron a degollar, no podía ir por sus pies.

Pero todos los demás caminaron al lugar del suplicio con tanta ligereza y alegría de sus almas como si fuesen a un espléndido banquete.

San Pedro y Walabonso fueron los primeros en ser degollados, y después sus cuatro compañeros, y así dieron todos sus benditas almas a Dios.

Tomando después los sayones aquellos sagrados cadáveres los ataron a unos palos, y pasando algunos días los quemaron y echaron las cenizas en el río.

Reflexión:

Mucho vale una santa y pronta resolución cuando se ve que para ella inspira y anima el Espíritu Santo, como es cierto inspiró a estos gloriosos mártires, para que sin temor alguno de la muerte, todos unidos y conformes, se fuesen a reprender al inicuo juez, que cuatro días antes había quitado la vida al glorioso San Isaac, y después a Sancho, y a otros santos mártires. No seamos pues tardos y perezosos en ejecutar la voluntad divina cuando se nos manifiesta claramente por las divinas inspiraciones que todo nuestro provecho o daño espiritual depende de ponerlas o de no ponerlas por obra. Pongámonos delante de los ojos los ejemplos de los santos; los cuales por su fidelidad en poner por obra los altos pensamientos e inspiraciones de la divina gracia, llegaron a ser tan grandes en el reino de los cielos. ¡Oh, cómo reprenden y condenan nuestra flojera y cobardía! ¡Cómo nos cubrirán de vergüenza en el día del juicio, donde se descubrirá el mal uso que hemos hecho de las inspiraciones de Dios y de los beneficios de la gracia!

Oración:

Oh Dios, que nos alegras en la anual solemnidad de tus Santos Pedro, Sabiniano y sus compañeros mártires, concédenos propicio que así como gozamos de sus merecimientos, así nos movamos a imitar sus virtudes. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

sábado, 6 de junio de 2026

EL CIRCO DE LEÓN SE DOBLEGA ANTE OBISPOS FALSOS Y AMENAZA LA FSSPX

La iglesia de León sigue demostrando a quién acoge, a quién teme y a quién rechaza.

Por Chris Jackson


La pregunta que nadie quiere que se haga

¿Inclinaría el “obispo” Peter Collins de East Anglia la cabeza para recibir la bendición de un obispo de la FSSPX?

Por supuesto que no.

Ya casi se puede oír el comunicado de prensa: preocupación por la comunión eclesial, angustia por la irregularidad en el estatus, fidelidad al sucesor de Pedro, la grave herida del cisma y todo el habitual fervor por la cobardía. Roma siempre encuentra un canon cuando la tradición está en juego. La burocracia tiene un cajón lleno de ellos.

Sin embargo, esa misma jerarquía logra encontrar sonrisas, calidez, presencia mutua, testimonio compartido y “amistad” cuando la otra parte es anglicana. En Walsingham, el propio diario diocesano de Collins lo registró asistiendo a la peregrinación al Santuario Anglicano de Nuestra Señora de Walsingham el 25 de mayo a las 11:30. El programa de la peregrinación anglicana indicaba la “misa solemne” de las 12 del mediodía con Luke Irvine-Capel, el “obispo” anglicano de Richborough, como celebrante principal, seguida de un sermón, una procesión y una bendición predicada por John Wilson, el “arzobispo católico” de Southwark.

Dejando de lado la fotografía que circula de Collins inclinándose para recibir la “bendición” anglicana, los registros verificados ya son suficientemente incriminatorios. Un “obispo católico” asistió a un evento público en un santuario anglicano centrado en un rito eucarístico inválido, presidido por un hombre que se hace llamar “obispo” en una comunión cuyas órdenes León XIII había declarado inválidas. El artículo ecuménico incluso consideró “particularmente llamativo” que un “obispo” anglicano presidiera la celebración eucarística principal mientras un “arzobispo católico” predicaba más tarde ese mismo día. Collins figuraba entre los líderes de las iglesias católica, anglicana y ortodoxa presentes.

“Particularmente llamativo” es una forma de decirlo.

Otra forma: la iglesia conciliar ahora trata el fraude sacramental como una forma de “comunión”, mientras que considera la Tradición Católica como un riesgo biológico.

El “obispo” sin órdenes

Los católicos solían entender esto sin necesidad de un comité, una sesión de escucha sinodal o una hoja de trabajo de acompañamiento pastoral.

En su obra Apostolicae Curae, León XIII consideró inválidas las ordenaciones según el rito anglicano por defectos de forma e intención, y las declaró “completamente nulas y sin efecto”. El texto en latín afirma que las ordenaciones realizadas según el rito anglicano “han sido y son completamente nulas y sin efecto”.

Esto significa que un “obispo” anglicano, por muy ornamentadas que sean sus vestiduras, no es un obispo en el sentido sacramental católico. No es sucesor de los Apóstoles. No puede ordenar. No puede ofrecer el Santo Sacrificio. No puede impartir la bendición episcopal porque no posee el episcopado.

Imaginen el absurdo. Un obispo católico no honrará públicamente a un obispo tradicional válidamente consagrado cuyo único delito real es rechazar la revolución del concilio Vaticano II. Sin embargo, puede aparecer tranquilamente en una ceremonia donde un laico anglicano, vestido de obispo, preside lo que los católicos deben considerar un rito eucarístico inválido.

Esa es toda la crisis resumida.

La validez no importa cuando el ambiente es “ecuménico”. Pero si un obispo católico tradicional consagra sucesores para preservar la antigua Misa, la antigua doctrina, el antiguo sacerdocio y los antiguos sacramentos, Roma recuerda de repente que los obispos importan.

El Vaticano advirtió recientemente a la FSSPX que sus consagraciones episcopales previstas constituirían “un acto cismático” y acarrearían la “excomunión”

El “cardenal” Fernández calificó las consagraciones del 1 de julio, previstas por la FSSPX, como una “decisión sumamente grave”, mientras que la AP señaló que la FSSPX aún no tiene estatus legal en la estructura posconciliar, a pesar de su crecimiento mundial y su apego a la Misa en latín anterior al concilio Vaticano.

Ahí está. El anglicanismo consigue la amistad. La FSSPX consigue a Fernández.

Florencia y el Evangelio de la Afirmación

El episodio ocurrido en Walsingham ya sería bastante malo por sí solo. Y empeora aún más al compararlo con el de Florencia.

El 21 de mayo, el “arzobispo” Gherardo Gambelli de Florencia ofreció esta reflexión durante una vigilia de oración diocesana para “superar la homotransfobia”, organizada en colaboración con “grupos católicos lgbtq”. El medio Outreach publicó “su reflexión” bajo el titular de que la iglesia debe ser “un hogar para todos”.

Gherardo Gambelli

El folleto oficial de la vigilia es más revelador que cualquier resumen hostil. Comienza con oraciones y un lenguaje que presenta la reunión como una celebración de personas de todas las orientaciones sexuales e “identidades de género”. El texto da la bienvenida a los presentes “sin diferencias de orientación sexual, identidad de género, creencias ni etnias”, al tiempo que recuerda a las personas homosexuales, transexuales y de otras categorías de “orientación e identidad” como víctimas de violencia y exclusión.

Luego vinieron los “testimonios”. Un orador elogió la famosa frase de Francisco “¿Quién soy yo para juzgar?” como un punto de inflexión que transformó la imagen del papado, pasando de juez a hermano. Habló de haber encontrado a Cristiano, su “pareja” desde hace dieciocho años, y describió su posterior “acogida” en la iglesia como “un regalo”, agradeciendo al “arzobispo” Gherardo por no haber retrocedido jamás ante situaciones de discriminación.

Ese es el verdadero sermón, independientemente de las palabras que Gambelli haya elegido.

El mensaje no es difícil de descifrar. La antigua Iglesia llamaba al pecador al arrepentimiento. La nueva iglesia le enseña a narrar su pecado como un carisma, su desorden como una identidad, su resistencia a la conversión como autenticidad espiritual.

La doctrina católica no es oscura. El Catecismo afirma que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados, contrarios a la ley natural, incompatibles con el don de la vida, carentes de una auténtica complementariedad afectiva y sexual, e imposibles de ser aprobados bajo ninguna circunstancia. Asimismo, enseña que las personas con arraigadas tendencias homosexuales están llamadas a la castidad, el dominio de sí mismas, la oración y la gracia sacramental.

La Congregación para la Doctrina de la Fe emitió en 1986 una carta que es aún más contundente. Afirma que la actividad homosexual es contraria a la sabiduría creadora de Dios, impide la plenitud y confirma en la persona una inclinación sexual desordenada. Advierte que grupos de presión dentro de la Iglesia intentan presentar toda crítica a la actividad y el estilo de vida homosexual como “discriminación injusta”. También insta a los obispos a retirar su apoyo a las organizaciones que socavan, distorsionan o ignoran la enseñanza de la Iglesia.

Ahora compárelo con Florencia.

La antigua Congregación para la Doctrina de la Fe advertía a los obispos que no apoyaran a grupos de presión homosexuales. El arzobispo moderno se sitúa en el santuario, ofrece su presencia, brinda una cálida bienvenida y permite “testimonios” que elogian una relación homosexual de dieciocho años como vía hacia la aceptación eclesial.

Eso es un colapso doctrinal supervisado.

Suiza y la criminalización de la sanación

Los obispos suizos han añadido una pieza más al rompecabezas. El 26 de mayo, la Conferencia Episcopal Suiza respaldó el objetivo de prohibir a nivel nacional las llamadas “terapias de conversión”. En su declaración, definieron dichas medidas como “intervenciones destinadas a cambiar o suprimir la orientación sexual, la identidad de género o la expresión de género”, al tiempo que insistieron en que la atención pastoral, el asesoramiento y la psicoterapia, sin restricciones de tiempo, deben seguir estando protegidos.


Naturalmente, condenaron la presión, las amenazas, la manipulación, la humillación y la coacción. De acuerdo. Ningún católico tiene por qué defender el abuso. El problema radica en la orientación teológica de la declaración. Los obispos no se limitan a condenar la brutalidad. Hablan como si cualquier esfuerzo deliberado por ayudar a una persona a superar una inclinación sexual desordenada o una confusión de género fuera inherentemente sospechoso, a menos que permanezca “abierto”.

¿Abierto a qué?

La frase suena suave porque ha sido diseñada para sonar suave. En la práctica, el “acompañamiento abierto” suele significar que el consejero puede caminar junto al penitente, escucharlo, afirmar su dignidad y validar su relato, siempre y cuando nunca lo dirija claramente hacia el orden moral que Dios ha revelado.

La declaración suiza toma el régimen terapéutico moderno y bautiza sus categorías: “Orientación sexual”, “Identidad de género”, “Expresión de género”. Los “obispos” utilizan el vocabulario de la revolución y luego se preguntan por qué la doctrina católica se desvanece dentro de ella.

El enfoque católico tradicional era más claro y misericordioso. Incluso el documento vaticano de 1995 sobre la sexualidad humana afirma que las tendencias homosexuales deben distinguirse de los actos homosexuales, que estos últimos son intrínsecamente desordenados y contrarios a la ley natural, y que muchos casos pueden beneficiarse de una terapia adecuada, especialmente antes de que los actos homosexuales se conviertan en un hábito. Asimismo, aboga por el respeto, la dignidad, la delicadeza y la evitación de la discriminación injusta.

Observa el equilibrio. La verdadera compasión no niega el desorden ni le dice a un hombre herido que la herida es su ser más profundo.

Los “obispos” suizos hablan de “abuso espiritual” cuando la religión se utiliza para avergonzar o manipular. ¿Cómo llamaremos a la situación en la que los “obispos” usan la religión para mantener a las almas atrapadas en sus pasiones? ¿Cómo llamaremos a la situación en la que los “pastores” tratan la sanación como violencia y el arrepentimiento como daño psicológico?

Cristo le preguntó al paralítico: “¿Quieres ser sanado?”

Los “obispos” modernos parecen aterrorizados ante la posibilidad de que alguien responda que sí.

Daegu y la máquina de los nombramientos

Luego está el nombramiento del “obispo” Simon Jong-Gang Kim como “arzobispo coadjutor” de Daegu, Corea. La Santa Sede anunció el 26 de mayo que León XIV había designado a Kim, hasta entonces “obispo” de Cheongju, para la arquidiócesis metropolitana de Daegu. La biografía del Vaticano destaca su papel en la formación de seminaristas, la conferencia episcopal coreana, la doctrina, las beatificaciones y canonizaciones, la pastoral juvenil y la pastoral misionera.

Simon Jong-Gang Kim

La prensa local coreana destacó que se trata del primer “arzobispo coadjutor” en los 115 años de historia de Daegu y que el nombramiento conlleva derechos de sucesión. En otras palabras, no es un cargo meramente simbólico, sino un plan de sucesión. Kim se incorpora al futuro de una de las principales arquidiócesis de Corea.

Según los informes, Kim es de tendencia política izquierdista y está vinculado a círculos “católicos” activistas. La maquinaria de nombramientos de León XIV sigue promoviendo a hombres formados en el vocabulario pastoral de la era de Francisco: juventud, migración, ecología, acompañamiento, activismo social, sinodalidad, un lenguaje misionero alejado de las “rígidas doctrinas”.

El mismo tipo de persona sigue apareciendo. Los mismos instintos siguen siendo recompensados.

Un obispo puede ser flexible en cuanto a las fronteras ecuménicas. Puede presidir o participar en eventos que apoyen a la comunidad lgbt. Puede adoptar la gramática de la antropología terapéutica moderna. Puede hablar incansablemente de acogida, inclusión, diálogo y acompañamiento.

Pero si un obispo preserva el catolicismo tradicional fuera de los cauces establecidos, Roma se convierte de repente en Atanasio con una máquina de fax.

La nueva Mercy tiene enemigos

El denominador común aquí no es la confusión. La confusión es lo que quieren que sientan los católicos comunes.

El hilo es prioritario.

El establishment conciliar sabe perfectamente lo que hace. Puede tolerar a “obispos” anglicanos inválidos porque el anglicanismo ya no representa una amenaza para el sistema. Puede tolerar testimonios homosexuales presentados como “gracia” porque la revolución sexual encaja a la perfección en el culto posconciliar a la “experiencia”. Puede tolerar un lenguaje legal en contra de la “conversión” porque el mundo moderno ya ha decidido que la castidad es “violencia psicológica”. Puede tolerar a “obispos” activistas porque extienden el mismo proyecto bajo la apariencia “episcopal”.


Lo único que no tolera es que la vieja religión actúe como si aún tuviera derechos. La antigua Misa, el antiguo sacerdocio, la antigua doctrina y el antiguo episcopado son intolerables porque exponen el fraude.

La FSSPX no solo prefiere el latín, sino que representa una acusación viva. Su continua existencia demuestra que el concilio Vaticano II no fue un concilio pastoral inofensivo cuya implementación se descuidó un poco. Afirma que la nueva orientación produjo una nueva religión del hombre, basada en el diálogo, la libertad, el ecumenismo y la ambigüedad doctrinal.

Por eso Roma prefiere acoger a un “obispo” falso antes que tolerar a uno real al que no puede controlar.

¿Deseas sentirte completo?

La mentira más cruel de todo esto es la afirmación de que la práctica pastoral moderna es “más compasiva” que la doctrina católica.

Un hombre agobiado por pasiones desordenadas no necesita un “obispo” que admire sus cadenas. Una mujer confundida acerca de su identidad no necesita un “comité sinodal” que confirme su confusión. Un pecador no necesita un micrófono en el templo para contarle a la congregación “lo rechazado que se sintió hasta que la iglesia dejó de pedirle que se arrepintiera”.

Ellos necesitan a Cristo.


Cristo no disimula la herida; la sana. Cristo no le dice a la adúltera que integre su historia a la comunidad; la perdona y le ordena que no peque más. Cristo no deja al paralítico en su camilla para que nadie se sienta juzgado por caminar; le dice que se levante.

Los “obispos” modernos han invertido la misericordia. Llaman “identidad” al desorden, “violencia” a la corrección y “amistad” al indiferentismo ecuménico. Y llaman “cisma” a la resistencia católica tradicional.

Y de alguna manera, todavía esperan que los católicos comunes no se den cuenta del diseño.

• Un “obispo católico” puede asistir a una peregrinación anglicana donde un hombre sin órdenes válidas preside como “obispo”

• Un “arzobispo católico” puede otorgar legitimidad diocesana a una vigilia lgbt donde la relación homosexual de larga duración se integra en un discurso de acogida eclesial. 

• Una “conferencia episcopal” puede respaldar la hostilidad legal hacia los esfuerzos por restablecer el orden sexual. 

• Un “nuevo pontificado” puede seguir colocando personal de la era de Francisco en sedes estratégicas.

Pero si el viejo mundo católico intenta preservar a los Obispos, los Sacerdotes, la Misa, la Doctrina y los Sacramentos, de repente la máquina de la misericordia se convierte en una guillotina.

Esa es la verdadera lección de Walsingham, Florencia, Suiza y Daegu.

La jerarquía posconciliar tiene cabida para casi todos. Pseudo-obispos anglicanos. Activistas lgbt. Burócratas sinodales. Cargos progresistas. Moralistas terapéuticos. Eclesiásticos políticos. Todos son bienvenidos a la mesa del diálogo.

La antigua fe católica también es bienvenida, siempre y cuando llegue encadenada, pida disculpas por existir, acepte no reproducirse jamás y acepte su reserva en el borde del parque eclesial.

De lo contrario, Fernández se pondrá en contacto con usted.

 

LA MUJER GUERRERA DE DIOS

Continuamos con la publicación del capítulo VIII del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

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CAPÍTULO VIII

LA MUJER GUERRERA DE DIOS

Desde finales de la Edad Media, ha existido en la cristiandad un impulso constante, ejercido no solo sobre los individuos sino sobre los pueblos en su conjunto, orientado a modificar el objetivo que la actividad humana se había fijado, basado en la palabra de Cristo. Este objetivo era la vida eterna. Costumbres, tradiciones, leyes e instituciones se habían ido configurando gradualmente en torno a este principio. Desde el Renacimiento, se ha manifestado una tendencia contraria que se fortalece y desarrolla día a día: la de convertir en meta de toda actividad social y personal la mejora de las condiciones de vida presentes para alcanzar un goce más pleno y universal. “El siglo XIV marcó el camino -afirma Taine- y desde entonces, cada siglo se ha dedicado exclusivamente a preparar nuevos conceptos en el ámbito de las ideas y nuevas instituciones en la esfera política (que se corresponden con el nuevo ideal). Desde entonces, la sociedad ya no encuentra en la Iglesia su guía, ni la Iglesia su imagen en la sociedad”.
 
¿Volverán alguna vez las naciones a la guía de la Iglesia? ¿Verá la Iglesia de nuevo a los pueblos escuchar y abrir sus corazones al Sermón de la Montaña? ¿O se contentará Dios ahora con reunir almas de entre una sociedad que se aleja cada vez más de Él? La idea de la civilización cristiana aún perdura en muchas mentes; está resurgiendo en muchos, y la Iglesia siempre está presente para mantenerla y recordársela. ¿Prevalecerá finalmente sobre la idea de la civilización naturalista? Y tras una lucha de varios siglos, ¿logrará vencer la tentación satánica y reanudar su marcha ascendente durante un período de tiempo que no podemos calcular, pero que bien podría ser más largo que el período de desorden en el que, lamentablemente, nos hemos extraviado durante demasiado tiempo?
 
¿Quién se atreve a soñar con eso?
 
Y, sin embargo, sabemos que Dios, con frecuencia, deja en manos de las pasiones humanas desatadas y del mismo diablo la tarea de ejecutar su voluntad y cumplir sus designios eternos. “Tal es, si no me equivoco -dice el cardenal Pie- la parte habitual de la Providencia en la historia de los siglos: el hombre se mueve, se agita, en el ámbito de sus pensamientos, de sus deseos a menudo pecaminosos; y Dios, experto en extraer el bien del mal, convierte los obstáculos en medios, y del crimen mismo forja un arma poderosa. Entonces el resultado proviene de Dios y siempre es admirable” (1).
 
Sin embargo, Dios no quiere actuar solo. Nos ha dado libertad, y es la gran ley del mundo sobrenatural que la usemos, para que tengamos mérito por nuestras obras y Él nos dé la recompensa.
 
El primer uso de la libertad ante la tentación es la autodefensa. Desde el renacimiento del naturalismo, la Iglesia y sus fieles nunca han dejado de hacerlo. Nuestra intención no es relatar lo que los católicos, a lo largo de estos cinco o seis siglos, han opuesto a la invasión del naturalismo en la cristiandad. No describiremos las luchas teológicas que esta invasión ha provocado en innumerables frentes, luchas a través de las cuales el error refutado ha servido para dar a la verdad una claridad más precisa y poderosa. Tampoco relataremos la historia de los esfuerzos realizados para apoyar y mantener las instituciones sociales concebidas e implementadas en el espíritu de la civilización cristiana. Estos dos enfoques —defensa y ataque— requerirían un debate interminable, que queda fuera del alcance de este libro.
 
Lo que exige el tema que se está tratando, en el punto al que ha llegado, es lo siguiente:
 
Hemos expuesto las acciones secretas de los masones, liderados por judíos, a su vez guiados por Satanás, para reemplazar la civilización cristiana por una civilización humanitaria y naturalista. La contraparte nos exige buscar si no existe otra acción secreta, la de almas santas iluminadas, guiadas por el Cielo, que contrarreste y obstaculice la obra del Infierno y, en última instancia, la destruya. La sentencia pronunciada por Dios al principio del mundo: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la suya; él te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el talón” —nos indica que nuestra búsqueda no debe ser en vano.

Tú eres Satanás; la Mujer es María. La descendencia de la serpiente incluye a la multitud de quienes lo siguen, ángeles y hombres. Él les transmite algo de su poder, Dedit illi virtutem suam et potestatem magnam (Ap. XIII, 2). La raza de la Mujer es la multitud de los fieles (2).
 
San Máximo de Turín hace esta observación: “Dios no dice: “Yo daré”, para que no se entendiera de Eva. La promesa se refiere al futuro: “Yo daré”, designando así a la mujer que dará a luz al Salvador”. Por otro lado, con estas palabras, semen tuum, semen illius, Dios no pudo haber significado una generación carnal. Satanás no tiene ni puede tenerla. Entre los seres inmateriales, solo Dios engendra un Hijo. Se trata, por lo tanto, de otro tipo de paternidad y de otro tipo de filiación: una paternidad y una filiación morales basadas en la semejanza y la adopción. Hay hijos del diablo que proceden de él en la medida en que los induce al pecado, y que son sus hijos por la semejanza que el pecado les confiere. “Tenéis al diablo por padre”, dijo Nuestro Señor a los judíos, “y cumplís los deseos de vuestro padre”. Y también hay hijos de María que la aman y son amados por ella, que la admiran y que, en esa admiración, llegan a ser, con su ayuda, semejantes a ella.
 
María los concibió en su corazón el día de la Anunciación y cooperó en el Calvario en su nacimiento espiritual. Al concebir al Salvador según la carne, nos concibió en espíritu, porque concibió nuestra Redención (3).
 
Por lo tanto, las dos razas se enfrentan claramente y la causa que las ha llevado al conflicto proviene del Cielo y de la tierra; los campeones de lo alto están hoy en nuestro campo de batalla.

El apóstol San Juan vio claramente la unidad de esta guerra. Describió sus dos fases, ambas ocurridas ante la Mujer y, por así decirlo, bajo su liderazgo.
 
En el capítulo XII de su Apocalipsis, nos muestra a la Mujer revestida del sol de la divinidad. “El Verbo, sosteniendo la vestidura de carne de María -dice San Bernardo- la hace irradiar la gloria de su majestad”. La luna, imagen del mundo inestable que ella domina y gobierna con su Hijo Jesús, está bajo sus pies. Sobre su cabeza lleva una corona de doce estrellas, símbolo de sus prerrogativas que le otorgan un esplendor superior al de las criaturas más sublimes.

Esta es la Madre de Cristo, la Madre de Dios, que está representada aquí.
 
Está a punto de convertirse en la Madre de toda la humanidad, Clamabat parturiens et cruciabatur ut pariat. Está en el Calvario. “Me parece- dice Bossuet- que oigo a María hablando con el Padre Eterno con un corazón a la vez abierto y oprimido: oprimido por un dolor extremo, pero al mismo tiempo abierto a la salvación de la humanidad mediante la santa expansión de la caridad”. Es en medio de estos dolores extremos, por los que participa de los tormentos de la cruz, que Jesús la asocia a su fecundidad: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo. Ahí tienes a tu Madre”.
 
El dragón, que ha arrastrado con su cola un tercio de las estrellas del cielo, se detiene ante la Mujer y quiere devorar a su hijo. Desde allí la batalla continuará hasta el día en que se oiga una voz en el cielo que diga: “Ahora se ha establecido la salvación de nuestro Dios, y su poder y su reino, y el poder de su Cristo, porque el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios, ha sido arrojado” (4).

Este canto de triunfo se escuchó en el Cielo tras la victoria del Arcángel San Miguel; se escuchará en la tierra cuando el dragón sea arrojado de nuevo al infierno, para no volver a emerger jamás. Los profetas, en sus oráculos, entrelazan escenas separadas por el tiempo y el espacio, ¡y sin embargo, cuántas conexiones de causa y efecto, o ideas, las unen! San Juan habla simultáneamente de la gran batalla que tuvo lugar en el cielo y de la que se libra en la tierra, porque la causa es la misma. Nuestro Señor mismo hizo lo mismo cuando anunció la destrucción de Jerusalén y la del mundo.
 
Tras su primera derrota, que lo sumió en el infierno por primera vez, el diablo descendió a la tierra para librar una nueva batalla. Allí salió victorioso y, a través del pecado original, inundó la tierra de corrupción. “La serpiente -dice San Juan- arrojó de su boca agua como un gran río tras la mujer, para arrastrarla a sus aguas”, a ella que se le había mostrado como la destinada a heredar su reino en el Cielo y en la tierra. Pensó que el río de iniquidad que había desatado en el paraíso terrenal alcanzaría a María. Dios no lo permitió; la Madre de Cristo apareció inmaculada en medio de la impureza universal. “Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra contra sus hijos que guardan los mandamientos y dan testimonio de Jesucristo” (5).

Quienes dan testimonio de Jesucristo y, por lo tanto, se muestran hijos de María, son quienes confiesan que Jesucristo es el Hijo de Dios, Redentor de la humanidad y Restaurador del orden sobrenatural. Satanás y sus seguidores, tanto los del infierno como los de la tierra, buscan, en contra de los predicadores del Evangelio, mantener bajo el control de Lucifer a aquellos que aún no han sido regenerados por la fe y el bautismo, y atraer de nuevo hacia él a quienes han regresado al orden sobrenatural. La Mujer y sus hijos luchan entre él y contra ellos para rescatar a sus víctimas, devolverlas a Dios y mantenerlas en la inocencia y la fidelidad. Esta es una lucha diaria, constantemente renovada por una enemistad que Dios ha hecho perpetua.
 
Por lo tanto, no solo entre María y la serpiente, sino también entre los secuaces de Satanás y los hijos de María, se estableció la enemistad y se predijo la lucha desde el principio del mundo: una enemistad absoluta y una lucha incesante, pues la palabra divina no establece ni tiempo ni medida. Hasta el Juicio Final, Satanás intentará subyugar a la humanidad y atraerla a su dominio; y de igual modo, hasta la Segunda Venida del Salvador divino, María se esforzará por aplicarles los méritos de la Redención y, de este modo, conducirlos al Reino de los Cielos. Porque si la Redención de la humanidad se consumó mediante el sacrificio de Jesús, fue solo en principio; la santificación debe realizarse en cada uno de nosotros individualmente. Ahora bien, esta santificación requiere que el hombre sea primero arrebatado de las manos de Satanás, y luego rescatado de él cada vez que tenga la debilidad, la insensatez o la perversidad de volver a su tirano. De ahí esta lucha perpetua, en la que la Santísima Virgen, refugio de los pecadores, auxilio de los cristianos, Madre de la fe divina y de la gracia divina, desempeña el papel que Dios le asignó en los primeros días del mundo.
 
Esta lucha es universal. La vemos por doquier, de persona a persona, entre hombres, entre cristianos y demonios, entre espíritus, y al mismo tiempo de ciudad en ciudad, desde la Ciudad de Dios hasta la ciudad del mundo, cuyo príncipe es Lucifer. En todas partes y siempre, lo que está en juego es lo mismo: lo sobrenatural.
 
Es necesario explicar aquí con mayor claridad de lo que lo hemos hecho hasta ahora qué es lo sobrenatural, para transmitir la preeminencia de esta guerra, magnum praelium, y la sublimidad de los intereses que dependen de ella.
 
El Mesías prometido el mismo día de la caída de nuestros primeros padres no sería solo nuestro Redentor, nuestro Salvador, nuestro Jesús; también sería nuestro Cristo, en quien reside la plenitud de la divinidad, por quien recibimos participación en la naturaleza divina. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y a todos los que lo recibieron les dio el derecho de ser hijos de Dios” (6). “Dios, rico en misericordia - dice el apóstol San Pablo- no consultó a nadie sino con el amor infinito con que nos amó; y aunque estábamos muertos en el pecado, nos dio vida en Cristo” (7). “Yo he venido -dijo Cristo mismo- para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (8). No cualquier vida, sino “vida eterna” (9). Es a través del bautismo que se nos comunica esta vida sobrenatural. Él nos injerta en Cristo, dice San Pablo, nos hace miembros vivos de su cuerpo místico (10). Dios no nos ha dejado ajenos a las sublimes alturas a las que nos conduce esta incorporación: “Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, formado de mujer, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos de Dios. Y por cuanto sois hijos suyos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”. Ya ninguno de vosotros es esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Dios” (11).

Ex magno genere ex tu (De gran linaje eres tú), dijo Tobías al ángel Rafael. Esto es lo que los ángeles pueden decirnos a cada uno de nosotros, tanto a los caídos como a los santos. Ellos saben de qué linaje somos, el más grande de todos, porque somos de la estirpe de Cristo, que es el Hijo de Dios.
 
Dios, mediante un acto libre de su amor, ha establecido, por lo tanto, un vínculo trascendente entre nuestra naturaleza y la suya, entre nuestras personas y sus Personas.

Este vínculo no era inherentemente necesario; no era un mandato ni siquiera una exigencia formal de nuestra naturaleza. Surgió de la inmensa caridad, la generosidad gratuita y desmedida de Dios hacia su criatura. Pero como consecuencia de la voluntad divina, este vínculo se volvió obligatorio, indisoluble, necesario.

Subsiste eminentemente y subsistirá eternamente en Jesucristo, Dios y hombre a la vez, naturaleza divina y naturaleza humana siempre distintas, pero irrevocablemente unidas por el nudo hipostático; debe extenderse según proporciones y por medios divinamente instituidos a toda la raza de la cual el Verbo encarnado es la cabeza y ningún ser moral, ya sea individual y particular, o público y social, puede rechazarlo o quebrantarlo, en su totalidad o en parte, sin fracasar en su propósito y, por consiguiente, sin dañarse mortalmente a sí mismo y sin incurrir en la ira del Soberano Maestro de nuestros destinos.
 
Pero Satanás nunca cesa de actuar, tanto sobre cada uno de nosotros como sobre las naciones en su conjunto, para suscitar en ellas y en nosotros este grito de rebelión: “Rompamos sus ataduras y arrojemos lejos de nosotros sus cadenas” (12). Por su parte, Dios nunca deja de derramar su gracia en nuestros corazones y de dar a las sociedades la ayuda natural y sobrenatural para mantenernos en su amor.

María es la dispensadora de estas ayudas y gracias. Por lo tanto, es entre ella y Satanás donde, en última instancia, se libra la batalla: Inimicias ponam inter te et mulierem et semen tuum et semen illius. Ella te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el talón. Esta es, en efecto, la lucha habitual entre el hombre y la serpiente: esta última fácilmente se apodera del talón del hombre, que camina erguido, mientras que el hombre intenta aplastar la cabeza de la serpiente que se arrastra. Pero por cruel que sea la mordedura que inflige en el talón, no es incurable, mientras que su cabeza, una vez aplastada, le causa la muerte. El vencedor queda así claramente indicado: será la Virgen, será la Iglesia con la ayuda de María, será toda persona de buena voluntad que la invoque y se ponga bajo su protección.

Toda la historia del género humano, todo el conjunto de la religión se ramifica en un misterio de amor, en un misterio del mal, en un misterio de triunfo: el amor debe tener en cuenta la última palabra. El final de la historia universal será un amor triunfante y glorioso, del mismo modo que su comienzo fue un amor creador.

Continúa...

Notas:

1) Eloge de Jeanne d’Arc (Elogio de Juana de Arco.)

2) Corpus Ecclesiae mysticum non solum consistit ex hominibus sed etiam ex angelis... Totius autem hujus multitudinis Christus est caput. De ejus influentia non solum homines receperunt sed etiam angeli (El cuerpo místico de la Iglesia no solo está formado por hombres, sino también por ángeles... Pero Cristo es la cabeza de toda esta multitud. No solo los hombres, sino también los ángeles, han recibido de su influencia) Sum. Theol. P. II, Q, VIII, a. 4.

3) Cuando el Espíritu Santo descendió sobre ella, obró la salvación del mundo y concibió la redención. San Ambrosio, Epístola 49 a Sabino.

4) Ap 12-10, Observamos que el nombre “diablo” significa acusador. El diablo los acusa de haber sido seducidos por él.

5) Apoc. 12: 15-17.

6) Juan 1.

7) Ef., 2: 3,6.

8) Juan X, 12.

9) Juan III, 14-15.

10) Nuestro Señor Jesucristo es el nuevo Adán. Él, al igual que el antiguo Adán, fue establecido por Dios como Cabeza de la humanidad; estamos contenidos en Él como lo estuvimos en el primer hombre. De esto se deduce que Cristo y los cristianos son uno, formando una sola persona mística, cabeza y miembros a la vez.
Así como el pecado de uno nos lleva a la muerte a todos, la justicia de uno puede derramarse sobre todos y dar vida a todos. (I Cor. 15: 47-49; Rom. 5: 15; Ef. 1: 22).

11) Gal. 4: 4-5.

12) Salmos 2: 3
Los celos de Satanás lo impulsan a privar a la humanidad de la felicidad y la gloria, de ahí la tentación. Mediante la tentación, los demonios contribuyen a los designios de la Providencia, que procura el bien de la humanidad atrayendo a las personas hacia el bien y apartándolas del mal. Los ángeles buenos tienen la misión de colaborar en esta tarea.
Pero el bien humano también se alcanza indirectamente mediante nuestras acciones, al esforzarnos por repeler el mal y vencer el bien. Es a través de la tentación que los demonios contribuyen a alcanzar este segundo bien. Por lo tanto, no están completamente excluidos de contribuir al orden del universo. El último solo busca satisfacer sus celos y su odio. En realidad, contribuye a la obra divina.

 

GRANDES REBAJAS DEL CRISTIANISMO: EL ARRIANISMO ACTUAL

Ciertamente, hoy Arrio se escandalizaría mucho de las “enseñanzas” de algunos.

Por el padre José María Iraburu


Siglo IV. Decíamos ayer que en el siglo IV, cuando los paganos neo-conversos invadieron la Iglesia, muchos de ellos “necesitaban” un cristianismo no-sobrenatural, el propio del arrianismo (Cristo es un gran Maestro, pero no es Dios, ni causa la salvación) y del pelagianismo (la naturaleza del hombre está sana, y no necesita de auxilios sobrenaturales para hacer el bien). Surgieron pues, Arrio (246-336) y Pelagio (354-427), como respuesta a la exigencia de estos pseudo-cristianos. Así han surgido casi siempre los herejes. Y en tal situación, unos, los católicos, “perseveran en escuchar la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), mientras que otros, los arrianos y pelagianos, “llevados por sus inclinaciones, se procuran maestros que les halaguen los oídos, y se apartan de la verdad para para dar crédito a las fábulas” (2Tim 4,3-4).

Siglos XX-XXI. Un fenómeno bastante semejante se produjo en las naciones más ricas, de antigua filiación cristiana, a partir sobre todo de la Ilustración, a medida que iban cayendo en la apostasía –eso que más suavemente suele hoy llamarse “secularización”–. Muchos de aquellos católicos que no se habían hundido en una apostasía total, y que más o menos se mantenían dentro de la Iglesia, comenzaron a adherirse a un cristianismo profundamente rebajado, que se expresaba en nuevas claves de arrianismo y pelagianismo. Y por supuesto, surgieron para ellos, dentro mismo de la Iglesia católica, innumerables teólogos del error, que, acomodándose a sus inclinaciones, dieron de Cristo una nueva versión arriana y que presentaron la vida cristiana en versión pelagiana.

Las nuevas versiones del arrianismo no se fundamentan, por supuesto, en las explicaciones especulativas semiplatónicas de Arrio, aquel presbítero libio-alejandrino. Pero es lo mismo, porque van a dar en la misma conclusión: Cristo es hombre, no es Dios. En la declaración Mysterium Filii Dei (1972), se describen perfectamente los rasgos comunes a los “recientes errores acerca de la fe en el Hijo de Dios hecho hombre”. Todos los errores que señala esa Declaración de 1972 van por la línea arriana, y hoy se mantienen idénticos.

La persona de Cristo no existe desde toda la eternidad, igual al Padre y al Espíritu Santo. Ha de eliminarse la idea de una persona única en Cristo, de condición divina, que asume la naturaleza humana. La divinidad se manifiesta plenamente en la persona humana de Jesús; pero no por eso Jesús es propiamente Dios, ni su persona única está engendrada por el Padre antes de los siglos. Concluye la Declaración diciendo que “Los que piensan de semejante modo permanecen alejados de la verdadera fe de Jesucristo” –eufemismo para decir que son herejes–, aunque afirmen que Jesús en cierto modo puede decirse que es Dios, en cuanto que lo revela en plenitud.

Pues bien, entre los teólogos católicos actuales son numerosos los neo-arrianos, que “permanecen alejados de la verdadera fe de Jesucristo”. Señalaremos solo algunos, porque la Congregación de la Fe los ha señalado, pero hay muchísimos más.

1980.–El P. Edward Schillebeeckx, O. P. (1914-2009). La Congregación de la Fe, según ya vimos, advirtió en la Carta a él dirigida en 1980 que,

a pesar de ciertas aclaraciones y rectificaciones logradas en diálogo con la Congregación, permanecían aún límites y ambigüedades en su enseñanza cristológica, concretamente en cuanto a la concepción virginal de María, la relación entre resurrección y apariciones, el origen histórico de la fe pascual, el rechazo de la anhypostasis: “queda el lector vacilante entre los dos sentidos: persona humana, no persona humana”.

1998.–El P. Anthony De Mello, S. J. (1931-1987). Ya recordamos la Notificación de la Congregación de la Fe sobre este autor (1998). Arrio se habría espantado oyendo sus afirmaciones: “La filiación divina de Jesús se diluye en la filiación divina de los hombres… Jesús es mencionado como un maestro entre tantos… “¿Es Jesús mi salvador o me remite a una realidad misteriosa que le ha salvado a él?”… “Jesús se encontraba a gusto con los pecadores, porque entendía que no era en nada mejor que ellos”…

2004.–El P. Roger Haigth, S. J. (1936-2025). La Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Ratzinger, habiendo examinado el libro Jesus Symbol of God, Maryknoll, Orbis Books 1999; (Jesús, símbolo de Dios, Ed. Trotta 2007, 592 pgs.), dirigió al P. Haight una Notificación (13-XII-2004) en la que afirmaba que la obra “contiene afirmaciones contrarias a las verdades de fe divina y católica referentes a la preexistencia del Verbo, la divinidad de Jesús, la Trinidad, el valor salvífico de la muerte de Jesús, la unicidad y universalidad de la mediación salvífica de Jesús y de la Iglesia, y la resurrección de Jesús”.

“El Autor propone "una cristología de la encarnación, en la que el ser humano creado o la persona de Jesús de Nazaret es el símbolo concreto que expresa la presencia en la historia de Dios como Logos"” (pág. 439). Jesús, por tanto, sería “una persona finita” (pág. 205), “una persona humana” (pág. 296), “un ser humano y una criatura finita” (pág. 262). El término “"verdadero Dios" significaría que el hombre Jesús, en calidad de símbolo concreto, sería y mediaría la presencia salvífica de Dios en la historia” (págs. 262; 295). “Afirma también que no sería necesario "que Jesús se haya considerado a sí mismo como un salvador universal"” (pág. 211), y “que la idea de la muerte de Jesús como "una muerte sacrificial, expiatoria y redentora" sería solo el resultado de una interpretación gradual de sus seguidores a la luz del Antiguo Testamento” (pág. 85). Por otra parte, “afirma que "solo Dios obra la salvación, y la mediación universal de Jesús no es necesaria"” (pág. 405). “Según él, además, "es imposible en la cultura postmoderna pensar que… una religión pueda pretender ser el centro, al cual todas las otras han de ser reconducidas"” (pág. 333). La Congregación se ve obligada a “declarar que estas afirmaciones contenidas en el libro Jesus Symbol of God del Padre Roger Haight S. J. han de calificarse como graves errores doctrinales contra la fe divina y católica de la Iglesia. En consecuencia, se prohíbe al Autor enseñar teología católica en tanto no rectifique sus posiciones en plena conformidad con la doctrina de la Iglesia”.

El profesor Haight pasó entonces a enseñar teología en la Union Theological Seminary de Nueva York, un centro no católico, y sigue publicando libros en los que persiste en sus doctrinas. Por eso en enero de 2009 la misma Congregación estimó necesario prohibirle dar clases en cualquier institución académica, católica o no, y publicar escritos sobre temas religiosos, aunque no trataran de cristología.

2006.–El P. Jon Sobrino, S. J. , nació en una familia vasca (Barcelona 1938-), ingresó en la Compañía de Jesús a los 18 años, y vive en El Salvador desde 1957. La Notificación de la Congregación de la Fe (26-XI-2006), después de examinar sus libros “La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas” (1999) y “Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret” (2001), concluye que “las mencionadas obras presentan, en algunos puntos, notables discrepancias con la fe de la Iglesia”. No tiene especial interés que enumere aquí al detalle los errores del P. Sobrino que la Notificación cita, ya que vienen a ser los mismos que se describen en la declaración Mysterium Filii Dei (1972), siempre en la línea arriana:

“Diversas afirmaciones del Autor tienden a disminuir el alcance del Nuevo Testamente que afirman que Jesús es Dios” (4)… “En este pasaje el Autor establece una distinción entre el Hijo y Jesús, que sugiere al lector la presencia de dos sujetos en Cristo” (5)… “La comprensión de la communicatio idiomatum que el Autor presenta revela una concepción errónea del misterio de la encarnación y de la unidad de la persona de Jesucristo” (6)… “El P. Sobrino afirma, citando a Boff, que “Jesús fue un extraordinario creyente y tuvo fe. La fe fue el modo de existir de Jesús”La relación filial de Jesús con el Padre, en su singularidad irrepetible, no aparece con claridad en los pasajes citados [por el Autor]; más aún, estas afirmaciones llevan más bien a excluirla” (8)… Afirma el P. Sobrino: “Digamos desde el principio que el Jesús histórico no interpretó su muerte de manera salvífica, según los modelos soteriológicos que, después, elaboró el Nuevo Testamento: sacrificio expiatorio, satisfacción vicaria” (9)… “Esta eficacia salvífica… no se trata pues de causalidad eficiente, sino de causalidad ejemplar” (10). Es el puro pelagianismo, que el arrianismo exige.

El neoarrianismo actual tiene no pocos apoyos dentro de la Iglesia. Aunque una doctrina teológica que afirma “graves errores contra la fe divina y católica de la Iglesia”, en términos del Derecho canónico es exactamente una herejía (c.751), sin embargo, las herejías cristológicas de estos autores –y la de otros muchos afines a ellos– han sido enseñadas y publicadas durante decenios con la aprobación, al menos pasiva, de no pocos superiores religiosos y obispos católicos. No son, pues, simples hipótesis atrevidas, lanzadas de modo aislado por teólogos progresistas –que regresan al siglo IV–, sino que han recibido importantes apoyos, consiguiendo por eso amplia difusión.

–El P. Anthony De Mello, S. J., fue un best seller difundido en el mundo católico durante muchos años. Cuando su “doctrina” fue reprobada en 1998 por la Congregación de la Fe, protestaron públicamente los Provinciales jesuitas de la India, con el apoyo de los Superiores Mayores de la Iglesia en Asia Meridional. Y la editorial jesuita Sal Terræ publicó en 2003 su Obra completa en dos elegantes tomos.

–El P. Roger Haight, S. J., reprobado por la Santa Sede en 2004, después de muchos años de “docencia”, no ha sido en absoluto un teólogo marginal insignificante. Ha sido presidente de la Catholic Theological Society of America. Su “cristología” halló una acogida favorable en importantes medios de su país, como en la revista Commonweal, que publica en 2007 una apasionada defensa, y también ha contado con el apoyo de la revista jesuita America. La Catholic Press Association premió en 1999 su libro “Jesús, símbolo de Dios”, y en 2005 su obra “El futuro de la cristología”.

–El P. Jon Sobrino, S. J., al ser condenadas algunas de sus obras en 2006 por la Congregación de la Fe, recibió innumerables elogios y aprobaciones de diversas instancias, especialmente de la Compañía de Jesús.

ACI Prensa informaba (17-V-2007) que “el Presidente de la Conferencia de Provinciales Jesuitas en América, el P. Ernesto Cavassa, S. J., expresó en conferencia de prensa durante la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano [en Aparecida] la esperanza de que la teología del P. Jon Sobrino se verá reivindicada con el tiempo, y que, por lo tanto, la notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe quedará desfasada históricamente”. Él aclaró públicamente que “la notificación a Jon Sobrino no es una condenación sino una notificación”. También se solidarizaron públicamente con el P. Sobrino jesuitas de la Provincia de Loyola, y otros de la Provincia argentina de Córdoba. El Centro de estudios Cristianismo y Justicia, de los jesuitas de Barcelona, le elogió y apoyó en un escrito firmado por 25 “estudiosos”, entre los que destacaba el P. José Ignacio González Faus, S. J. (Valencia 1935-, profesor desde 1968 de la Facultad de Teología de Barcelona).

El arrianismo ha logrado, pues, una notable implantación en la Iglesia. La Instrucción Pastoral “Teología y secularización en España”, importante documento publicado por la Conferencia Episcopal Española (30-III-2006), reafirma la fe católica frente a los errores que, según dice, se han difundido en los últimos decenios en España, especialmente sobre el misterio de Cristo (22-35). En efecto, tratando de lo que se ha enseñado y se enseña en una buena parte de los Seminarios y Facultades de teología, Centros catequéticos, parroquias y editoriales de España, dicen los Obispos:

“Constatamos con dolor que en algunos escritos de cristología no se haya mostrado esa continuidad [entre la figura histórica de Jesucristo y la Profesión de la fe en Él], dando pie a presentaciones incompletas, cuando no deformadas, del Misterio de Cristo. En algunas cristologías se perciben los siguientes vacíos: 1) una incorrecta metodología teológica, por cuanto se pretende leer la Sagrada Escritura al margen de la Tradición eclesial y con criterios únicamente histórico-críticos, sin explicitar sus presupuestos ni advertir sus límites; 2) sospecha de que la humanidad de Jesucristo se ve amenazada si se afirma su divinidad; 3) ruptura entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”, como si este último fuera el resultado de distintas experiencias de la figura de Jesús desde los Apóstoles hasta nuestros días; 4) negación del carácter real, histórico y trascendente de la Resurrección de Cristo, reduciéndola a la mera experiencia subjetiva de los apóstoles; 5) oscurecimiento de nociones fundamentales de la Profesión de la fe en el Misterio de Cristo: entre otras, su preexistencia, filiación divina, conciencia de Sí, de su Muerte y misión redentora, Resurrección, Ascensión y Glorificación” (n. 27).

El arrianismo está hoy tan vigente como lo estuvo en el siglo IV, aunque hoy se infiltra en la Iglesia, obviamente, con formulaciones conceptuales y verbales distintas. Las mismas encuestas sociológicas lo comprueban, cuando preguntan a los que se dicen católicos acerca de la divinidad de Jesús. La gran mayoría de ellos, que no son practicantes, se manifiestan apóstatas o arrianos. Pero también no pocos de los practicantes se declaran más o menos arrianos. Esta herejía se da hoy sobre todo en lo países más desarrollados, pero también, a través de la teología de la liberación y de ciertos indigenismos teológicos falsos, se ha ido difundiendo entre los países menos desarrollados, de fe más profunda, ingenua y pura.

El neo-arrianismo ofrece al hombre moderno una versión herética de Jesucristo, en la que puede ser aceptado sin necesidad de la fe teologal católica. Ésta es hoy la más grande rebaja del Cristianismo. Y lleva consigo la negación de la Trinidad, de la virginidad de María, de la presencia real Eucarística y de todas las demás verdades de la fe.