miércoles, 17 de junio de 2026

EL CIELO ES EL REINO DE LA DESIGUALDAD

Dios instituyó la desigualdad en la Creación, y la desigualdad, en la medida y en el sentido en que fue establecida por Dios, es un bien en sí misma.

Por el Profesor Plinio Correa de Oliveira


Al revisar lo que hemos estudiado sobre el igualitarismo, podemos dividir el tema en varias partes.

Anteriormente consideramos el hecho de que nos enfrentamos a una Revolución que busca la igualdad absoluta en todas las cosas porque considera la desigualdad como un mal. Es una Revolución que ha dado lugar a logros políticos, económicos y sociales, pero que se inspira fundamentalmente en un pensamiento filosófico-religioso. Este pensamiento se opone a la desigualdad y favorece la igualdad. Ve en toda igualdad un bien en sí mismo y en toda manifestación de desigualdad un mal en sí mismo.

Luego pasé a exponer la tesis opuesta, es decir, que Dios instituyó la desigualdad en la Creación y que, por lo tanto, la desigualdad, en la medida y en el sentido en que fue establecida por Dios, es un bien en sí mismo. Esta desigualdad cumple los fines de la Creación y, por lo tanto, debe ser deseada por el hombre como algo deseado por Dios mismo.

Desigualdad en los coros angélicos

Para justificar esta tesis, hice una descripción de la desigualdad en la Creación y señalé qué tiene que ver esta desigualdad con el bien.

Comencé describiendo el Mundo Angélico, ofreciendo una descripción algo antropomórfica del mismo y utilizando el ejemplo de San Ignacio de Loyola al fundar la Compañía de Jesús, para explicar cómo se organizaban los coros de ángeles en el Cielo. Demostré que, al observar la organización de los coros de ángeles, encontramos una división del trabajo y de los servicios inspirada en el orden de la Creación. Además, no se trata solo de una división de la obra de la Creación, sino de toda la operación del pensamiento que la precede y le pertenece.

El pensamiento en sí tiene tres aspectos; la operación, que es la obra misma, se compone de cuatro. Santo Tomás señaló cómo los tres coros de ángeles superiores están sintonizados con los tres aspectos del pensamiento; los cuatro coros de ángeles inferiores están sintonizados con las etapas de la operación.

Por ello, tenemos una organización, una Organización con mayúscula, la Organización de los Ángeles por excelencia, sintonizada con la esencia del pensamiento y la esencia de la acción. Además, los ángeles no son criaturas colocadas en estas distintas etapas simplemente por una designación convencional de Dios.

Imaginemos que necesito que algunas personas aprendan radiotelegrafía. Podría elegirlas, y los elegidos podrían aceptar. Así, tendría tres radiotelegrafistas que no fueron designados para este trabajo en virtud de un postulado interno de la naturaleza que considere la radiotelegrafía esencial, sino que fueron designados debido a las circunstancias del momento.

Ahora bien, con los ángeles esto no sucede. El ángel, por su naturaleza, está hecho para la tarea particular que corresponde a su coro. Por lo tanto, digamos que el querubín, por su naturaleza y esencia, es quien realiza la tarea de los querubines. No realiza otra labor: “querubila”. Cada ángel tiene su tarea propia e intrínsecamente esencial. Con esto nos hacemos una idea de cómo la desigualdad de la tarea se une a las desigualdades de los seres considerados en sí mismos.

Desigualdades internas dentro de cada Coro Angélico

Es fácil tener una idea muy incompleta de esta desigualdad de los Ángeles.

Por ejemplo, cuando era niño, veía a menudo representaciones de los ángeles en una edición de la Divina Comedia ilustrada por Gustave Doré, quien representaba los coros de ángeles como grandes círculos dorados cada vez más alargados. De esta forma, expresaba la desigualdad entre los ángeles, ya que cada círculo representaba un coro.

Pero no expresaba la desigualdad interna que existía dentro de los distintos coros de ángeles. Sería una ilusión imaginar que todos los serafines son iguales entre sí. Incluso dentro de estos diferentes círculos, ya de por sí tan distintos entre sí, existe desigualdad. Esta desigualdad, si no fuera celestial, podría describirse como brutalmente impactante.

La desigualdad que se extiende de hombre a hombre es una desigualdad accidental. En nuestra esencia, todos somos iguales. No ocurre lo mismo con los ángeles. Cada ángel es una especie, y cada ángel es diferente de otro. No es como un hombre es diferente de otro, una raza es diferente de otra, un insecto de otro, o, aún más radicalmente, como un insecto es diferente de una planta.

Imaginemos a un hombre que estuviera solo en la raza humana. Sería diferente de todos los demás seres. De esta manera, cada ángel es diferente de los demás. Santo Tomás demuestra que esta desigualdad es necesaria entre los ángeles.

En una especie, al quitar o añadir algo, la especie cambia. Por ejemplo, consideremos la cuchara como un objeto con una cavidad y un mango, destinado a introducir alimentos líquidos en la boca. Si asocio la cuchara con una "concha", el resultado es que cada vez que use la concha como una cuchara, ya no será una concha. Si imagino un objeto con una concha pero sin mango, esto no es una cuchara, sino una concha. Si imagino un mango sin concha, podría ser cualquier cosa menos una concha, ya que le he quitado una de las características esenciales de la cuchara, que necesita para ser una cuchara.

Lo mismo puede decirse de otros objetos. Un reloj mecánico, por ejemplo, es un dispositivo diseñado para marcar el tiempo mediante un mecanismo. Si imagino algo con forma de reloj pero sin mecanismo, es como un reloj de juguete que se mueve cuando el niño lo mueve, pero se detiene cuando lo deja. Ya no es un reloj.

Tiene la apariencia de un reloj, pero le falta uno de sus elementos esenciales: la capacidad de dar la hora. Se convierte en un simple juguete, no en un reloj. Imaginemos otro objeto que da la hora pero no tiene mecanismo, como el reloj de sol. Podría ser un reloj, pero no un reloj mecánico, porque le falta uno de sus elementos esenciales.

Al eliminar un elemento esencial de una especie, esta se transforma en otra. Y los ángeles, cada uno de una especie diferente, sin duda tienen algo más o menos que los demás. Por lo tanto, no pueden ser iguales, ni siquiera los ángeles del mismo coro.

El Cielo, el reino de la desigualdad

Así pues, si hiciera un diagrama, incluso dentro de los Coros Angélicos, trazaría una línea punteada donde colocaría a Dios, otra para los Serafines, otra para los Querubines, otra para los Tronos, etc. Las líneas mostrarían las diferencias entre los coros. Pero, siendo cada Ángel una especie, es fundamentalmente desigual, porque cada uno es superior o inferior a los demás. Así, el Cielo se nos presenta, en su esencia, como el reino de la desigualdad.

Debajo del Cielo tenemos la tierra, y debajo de los Ángeles, los hombres, que pueden considerarse a la vez muy inferiores a los Ángeles y, al mismo tiempo, un poco inferiores a ellos.

Encontramos ambas expresiones en las palabras de los Santos o en las Sagradas Escrituras. La Sagrada Escritura dice que el hombre fue colocado justo debajo de los Ángeles. Tiene una dignidad muy elevada. Por otro lado, cuando los hombres ven a los Ángeles, incluso a los de la categoría más baja, tienen una impresión de tal majestad que se sienten muy inferiores a ellos.

Una cuestión que podríamos plantear es la siguiente: ¿Cómo se establecería entre los hombres esta desigualdad que he descrito entre los ángeles? Es decir, ¿se extendería también entre los hombres este sistema de división de los ángeles según su pensamiento y acción?

Abordaremos estas cuestiones en el próximo artículo.

Continúa...


17 DE JUNIO: SAN AVITO, ABAD DE MICY


17 de Junio: San Avito, abad de Micy

(✞ 530)

El religiosísimo abad de Micy, San Avito, fue hijo de un pobre labrador del territorio de Orleans.

Habiendo visto algunos monjes de la abadía de Micy, se echó a los pies del abad San Mesmino y le suplicó con los ojos llenos de lágrimas se dignase darle el hábito sagrado o por lo menos recibirle como criado en su monasterio, añadiendo que antes se dejaría morir allí, que volverse al mundo.

La abadía de San Mesmino de Micy
Dibujo de Louis Boudan, 1707
Bibliothèque nationale de France

Viendo el abad aquella humildad y resolución del fervoroso mancebo, le admitió y contó entre sus hijos.

Lo nombró procurador del monasterio; y él sustentaba con mucha caridad a los pobres que se llegaban a la puerta, con lo cual merecía que el Señor lloviese sus bendiciones sobre aquella Sagrada Comunidad.

Más al poco tiempo, movido de Dios, se retiró con licencia de su santo Abad, a un bosque muy solitario que estaba no muy lejos de allí y se llamaba el desierto de Soloña.

Por ese tiempo pasó de esta vida mortal a la eterna San Mesmino, y por voz común de todos los monjes y del Obispo de Orleans, el glorioso San Avito fue nombrado superior de aquellos Religiosos; más como el santo se juzgase indigno de aquel cargo, dejó su renuncia por escrito, y llevando consigo a uno de sus monjes se retiró secretamente a otro desierto llamado de la Percha.

Allí dio habla a un mudo de nacimiento, y corriendo de boca en boca la noticia de este prodigio, concurría gente de todos los lugares a visitarle y porque muchos querían acompañarle en aquella soledad, construyó un monasterio que se llamó después el monasterio de San Avito, donde se vieron los admirables ejemplos que habían dado los discípulos de San Antonio en Oriente.

Dejó algún tiempo el santo abad su retiro para ir a Orleans donde le llamaba el bien de las almas, y habiendo alumbrado allí a un ciego de nacimiento, el gobernador de la ciudad para celebrar este y otros prodigios del varón de Dios mandó abrir las cárceles y dar libertad a los presos.

Volviendo Avito a su convento, halló en el féretro a su discípulo que había traído consigo del monasterio de San Mesmino, hincándose de rodillas dijo al cadáver:

- Yo te mando en nombre de Dios Todopoderoso que te levantes.

Y alzándose el difunto, se arrojó a los pies del santo y fue con él a dar gracias a Dios.

El glorioso San Lubín, obispo de Chartres, asegura qué oyó este prodigio de boca del mismo monje resucitado, el cual sobrevivió muchos años a nuestro Santo.

Finalmente, lleno de méritos y virtudes, a la edad de sesenta años entregó su purísima alma al Señor.

Reflexión:

De varios Santos leemos que han alcanzado con su autoridad y sus prodigios la libertad de los presos, y desde los días de San Pablo que libró de la servidumbre al esclavo Onésimo y le llamó con el dulce nombre de 'hermano', hasta la obra de La Redención de Cautivos y actual rescate de los esclavos de África, siempre se ha mostrado la Religión Cristiana amiga y favorecedora de la libertad. ¿Sabes por qué? Porque para obligar a los hombres al cumplimiento de sus deberes, tiene medios más eficaces que los recursos de la fuerza y de la violencia de que ha de echar mano la justicia humana; pues esta solo puede atar los brazos del cuerpo; más la religión ata hasta los malos deseos del alma. Por esta causa vemos que los que temen solamente a la justicia de los hombres se ríen de ella muchas veces, más el que teme a Dios, tiembla de sus amenazas, porque sabe que es imposible escaparse de las manos divinas.

Oración:

Te suplicamos, Señor, que nos recomiendes delante de ti la intercesión del bienaventurado San Avito, para que alcancemos por su patrocinio lo que no podemos conseguir por nuestros méritos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

martes, 16 de junio de 2026

CARTA DEL ARZOBISPO CARLO MARIA VIGANÒ A LEÓN XIV

La carta de Mons. Vigano a León XIV debe ser tomada en serio por cualquiera que se esté preguntando en qué se ha convertido la Iglesia que antes era Católica y hoy es “sinodal”.


Hace unas semanas, hice públicos los acontecimientos relacionados con mi solicitud de reunión con León, su aceptación inicial, su repentina retractación y su cancelación definitiva. Mientras que un arzobispo católico es considerado “indigno” de ser recibido en audiencia, una abortista homosexual, vestida como una “arzobispa” anglicana, no solo mereció los honores protocolares del Vaticano, sino incluso el derecho a comulgar in sacris con León y otros prelados, llegando incluso a impartir una “bendición” en el santuario del Príncipe de los Apóstoles. Esto demuestra el doble rasero aplicado por los representantes de la iglesia sinodal. Creo que no es necesario extenderme más. Tras largos meses de silencio, ha llegado el momento de compartir el contenido de mi carta a León del 25 de enero, para dejar constancia documental.


Santidad:

Con esta carta deseo presentarle para su consideración los acontecimientos más destacados de mi vida personal y ministerial, para que pueda conocerme y comprender las intenciones que me inspiran.

Nací el 16 de enero de 1941 en Varese, en el seno de una familia profundamente católica, gracias a la cual pude crecer en la práctica diaria de la fe, recibir una sólida formación superior y desarrollar mi vocación al sacerdocio. Fui ordenado sacerdote el 24 de marzo de 1968 y, tras un breve período de ministerio parroquial en Pavía, el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Giovanni Benelli, me invitó a ingresar en la Pontificia Academia Eclesiástica, donde fui admitido en octubre de 1971. He servido a cinco Pontífices: en las Nunciaturas de Bagdad, Kuwait y Londres; luego, desde enero de 1978, en la Secretaría de Estado durante más de diez años como Secretario de tres Sustitutos; y finalmente, como Observador Permanente ante el Consejo de Europa y el Parlamento Europeo en Estrasburgo (1988-1992). Tras mi consagración episcopal, recibida de manos de Juan Pablo II, fui enviado a Nigeria como Nuncio Apostólico (1992-1998), y posteriormente llamado a la Secretaría de Estado como Delegado para las Representaciones Pontificias (1998-2009) . En 2009, el Papa Benedicto XVI me nombró Secretario General de la Gobernación y en 2011 Nuncio Apostólico en los Estados Unidos de América, cargo que desempeñé hasta 2016.

En mi calidad de Delegado para las Representaciones Pontificias, me encontré gestionando los procesos de información para los ascensos al episcopado, tanto en la Curia como en las Nunciaturas, así como los casos más confidenciales y delicados que involucraban a obispos y cardenales, incluyendo el expediente de Theodore McCarrick y otros prelados homosexuales. Mis acciones en este ámbito me valieron la destitución de la Secretaría de Estado y mi traslado a la Gobernación como Secretario General, donde el Papa Benedicto XVI me encomendó combatir la mala gestión y la extensa red de corrupción financiera. Aun así, a pesar de haber transformado el presupuesto de la Gobernación, pasando de un déficit de 15 millones de euros a un superávit de 35 millones en un año y medio, y a pesar del deseo del Papa de promoverme a la Presidencia del Consejo Pontificio para Asuntos Económicos de la Santa Sede, fui destituido de la Curia Romana y enviado a Washington como Nuncio Apostólico. Mis acciones inquietaron a quienes ostentaban un gran poder en aquel momento y tenían la capacidad de anular la voluntad del Papa Benedicto XVI.

En 2016, justo el día de mi septuagésimo quinto cumpleaños, Bergoglio me ordenó abandonar la Nunciatura en Washington y me prohibió regresar al Vaticano, donde Juan Pablo II me había asignado un apartamento permanente. También me prohibió vivir en la residencia romana para nuncios jubilados, designada especialmente por el Papa Benedicto XVI. Antes de su muerte, Bergoglio también me revocó la ciudadanía vaticana y el pasaporte; me impidió recibir la atención médica que se brinda a los miembros del Servicio Diplomático, a pesar de haber pagado siempre mis contribuciones; ordenó que mi vehículo fuera dado de baja del Registro de Vehículos del Vaticano; e impidió la renovación de mi licencia de conducir vaticana, que había usado continuamente desde 1973, lo que me causó graves dificultades y, en la práctica, me condenó al arresto domiciliario.

Tras publicar en agosto de 2018 mis explosivas memorias sobre Theodore McCarrick y la extensa red de corrupción y complicidad dentro de la Curia Romana, en la que estaba implicado directamente el propio Jorge Mario Bergoglio, viví durante varios años en lugares secretos, siguiendo el consejo del cardenal Raymond Leo Burke, dadas las amenazas que había recibido y el hecho de que mi predecesor inmediato en Washington, el nuncio Pietro Sambi, había fallecido en circunstancias muy sospechosas, tras haber tenido duros enfrentamientos con el entonces cardenal McCarrick al comunicarle las medidas adoptadas por Benedicto XVI para contrarrestar sus crímenes como abusador serial.

La corrupción, el chantaje, el engaño y la traición con los que he tenido que lidiar me han llevado a cuestionar los orígenes profundos del desastroso estado en el que se encuentra la Iglesia Católica.

Rememorando mis años de formación en la Universidad Lateranense (1960-1964) y la Universidad Gregoriana (1965-1969), tuve que reconocer que, incluso antes de la conclusión del concilio Vaticano II, el marco ideológico de todo el cursus studiorum —y del profesorado— ya estaba influenciado por las nuevas enseñanzas conciliares, aunque aún no hubieran sido aprobadas. Recuerdo bien cómo en los seminarios romanos la disciplina clerical dio paso a la anarquía en todos los frentes, y cómo fueron los superiores quienes alentaron la participación de clérigos en las conferencias de los “nuevos teólogos”: me refiero a aquellos que, hasta pocos años antes, habían sido vistos con justificada sospecha por el Santo Oficio, como Küng, Ratzinger, Rahner, Schillebeeckx, Congar y con ellos esa prole de modernistas que pronto infestaría las cátedras universitarias y los puestos de responsabilidad en el Vaticano y las diócesis. Y como siempre ha ocurrido con todas las operaciones subversivas, el clima de cambio general, de reformas continuas, de enormes mutaciones fue creado hábilmente desde arriba.

Desde mi privilegiada posición como Secretario del Sustituto, fui testigo de la hemorragia de miles de vocaciones sacerdotales y religiosas; mientras que aquellos sacerdotes que no querían apoyar el nuevo rumbo conciliar, o abandonaban la liturgia tridentina, o eran marginados, tratados como herejes, excomulgados o suspendidos a divinis, privados de sus salarios y abandonados a morir en soledad.

Al releer aquellos acontecimientos y reformas con la mirada desencantada de hoy y con la experiencia adquirida en otros sucesos similares —sobre todo en la gestión del Sínodo sobre la Familia que dio lugar a Amoris Lætitia y, sobre todo, en la revolución sinodal en curso— no pude evitar ver en todo ello una mentalidad que ya había preparado la acción subversiva que poco después revelaría sus efectos más disruptivos.

La revolución conciliar siguió un guion preciso, bajo una única dirección. Todo debía parecer perfectamente legal y conforme a la práctica habitual de la Iglesia: cada documento promulgado debía permitir una interpretación ortodoxa para tranquilizar a los padres conciliares y una interpretación herética que pudiera ser posteriormente refutada. Estos documentos revelan las verdaderas intenciones de quienes explotaron maliciosamente un concilio para imponer errores doctrinales, morales y litúrgicos ya condenados por los Romanos Pontífices.

Durante los largos años de mi ministerio al servicio de la Sede Apostólica, mi obediencia incondicional a los Pontífices y mi total dedicación a las tareas que se me encomendaron no me permitieron comprender la revolución que se estaba gestando. ¿Cómo iba a imaginar la subversión y la traición que se estaba produciendo? ¿Cómo iba a creer que la suprema Autoridad de la Iglesia y todo el Episcopado pudieran haberse vuelto cómplices de los enemigos más insidiosos de Cristo, a quienes san Pío X había identificado en los modernistas?

Mi retiro en 2016 me permitió dedicarme a la oración, el estudio y la meditación a estos graves problemas. Así comprendí que el concilio Vaticano II, si bien conservaba las características de un concilio ecuménico, tenía como objetivo revolucionar todo el edificio eclesiástico y subvertir cada uno de sus componentes: doctrina, liturgia, disciplina, normas canónicas y, especialmente, en su estructura jerárquica. Los propios artífices del Vaticano II lo definieron como “el 1789 de la Iglesia” y consideraron este experimento subversivo como “el concilio por excelencia”, demostrando así su heterogeneidad con respecto a todos los demás concilios y a la Tradición perenne de la Iglesia.

Tanto Jorge Bergoglio como los papas posconciliares han afirmado con orgullo su continuidad ideológica con el concilio Vaticano II para implementar y legitimar cada una de sus “reformas”. Significativamente, todo el corpus magisterial posconciliar establece un nuevo paradigma sancionado por el concilio. Sus doctrinas fluidas —en constante evolución, al igual que la síntesis hegeliana que las sustenta— representan una clara ruptura con el Magisterio de la Iglesia, con dos mil años de antigüedad, anterior al Vaticano II.

El concilio apoyó y contribuyó a la descristianización de Occidente y al establecimiento, en el ámbito civil, de un nuevo orden conforme a los designios de la masonería. Los planes de las logias son bien conocidos, y sabemos los medios que emplearían para lograr sus objetivos. Esto implicaba infiltrarse en la Iglesia Católica y atacarla desde dentro.

El debate sobre el concilio Vaticano II y el golpe de Estado en la Iglesia me llevó a redescubrir, hace relativamente poco, el Rito Tradicional. El abandono de la misa montiniana marcó una nueva era en mi ministerio episcopal. Junto con la Misa Tridentina (que fue la Misa de mi ordenación sacerdotal), descubrí un universo oculto de sacerdotes, religiosos y seminaristas perseguidos y marginados. Consideré mi deber apostólico escuchar su clamor de auxilio, ofreciéndoles una respuesta que inspirara una renovada confianza en la Iglesia de la que se sentían traicionados y expulsados. Esto me llevó a crear la Fundación Exsurge Domine, haciendo todo lo necesario para garantizar los medios de subsistencia —espirituales y materiales— y una identidad eclesial auténticamente católica a aquellos que, por su fidelidad a la Tradición, fueron injustamente perseguidos por el Terror Bergogliano.

Entre ellos se encuentran los miembros de la Fraternidad Sacerdotal Familia Christi, fundada y reconocida primero dentro de la Iglesia de Dios, para luego ser brutalmente destruida y eliminada. Sus miembros fueron víctimas de una terrible persecución —que no se puede ignorar— a manos del actual Arzobispo de Ferrara, Gian Carlo Perego, y de la propia Santa Sede. A estos clérigos, que acudieron a mí tras ser abandonados a su suerte y sin sustento, y a los candidatos al sacerdocio que se unieron a ellos, les aseguro mi cuidado paternal.

Mi denuncia de la apostasía de la iglesia conciliar y sinodal y su ruptura con la Tradición, junto con las dudas expresadas sobre la legitimidad del “pontificado” de Bergoglio —que abordé con la convicción de cumplir mi mandato como Sucesor de los Apóstoles— me han valido una excomunión injusta, ilegítima e ideológicamente motivada. Esta sanción canónica, aun considerándola nula, conlleva graves repercusiones eclesiales, institucionales y personales que me entristecen profundamente y resultan chocantes al compararlas con la impunidad de la que gozan cardenales, obispos y sacerdotes notoriamente heréticos y corruptos.

Entre ellos, no puedo dejar de mencionar a Eleuterio Vásquez Gonzales, conocido en Chiclayo como “padre Lute”, acusado de abusar sexualmente de varias jóvenes víctimas. La Santa Sede recientemente le concedió la expulsión del estado clerical sin un juicio canónico adecuado, dejándolo impune. Mientras tanto, el abogado canónico de las víctimas, Mons. Ricardo Coronado Arrascue, fue destituido de sus funciones, despedido e investigado por difamación. El asunto fue documentado y explicado detalladamente por el propio Mons. Coronado. Este caso repite el modus operandi de Bergoglio, ya empleado con McCarrick, y revela una administración de justicia aberrante por parte de la Santa Sede.

Ante la excomunión que ilegítimamente me fue impuesta, declaro que no soy cismático. Por la gracia de Dios, soy y seré un hijo devoto de la Santa Iglesia Romana y un fiel súbdito del Pontificado Romano. Creo firmemente en la Comunión Apostólica y reconozco la Primacía Petrina. Asimismo, reconozco la necesidad de pertenecer no solo al Cuerpo Místico invisible, sino también al cuerpo eclesial institucional y visible.

Junto conmigo, en el banquillo de los acusados ​​del antiguo Santo Oficio, fueron llamados todos los Papas de la historia hasta Pío XII.

A menudo me he preguntado el motivo de la persecución que sufro en la fase final de mi vida terrenal; y si mi convicción de actuar con rectitud y conforme a la voluntad de Dios pudo haber sido errónea. Pero por mucho que intente examinar mis acciones, como si estuviera ante Cristo Juez en el momento de mi muerte, no encuentro nada moralmente reprochable. Mis acusadores simplemente siguieron una sentencia preescrita, con el objetivo de derrocar, mediante un recurso “canónico”, a quien denunció la infidelidad de la jerarquía católica, proclamando la Verdad sin censura. Una voz —la mía— que no podía ser silenciada por el simple hecho de que nadie jamás podría sobornarme ni chantajearme.

Los funcionarios del antiguo Santo Oficio no pudieron refutar ni uno solo de mis argumentos. Pero les bastó con que me atreviera a criticar al concilio Vaticano II y a Jorge Mario Bergoglio para condenarme a la excomunión por el delito de “cisma”, precisamente cuando es mi amor por el Papado y el Magisterio perenne de la Iglesia lo que me expone a este ataque despiadado del Vaticano. Jamás tuve la intención de separarme de la Comunión Apostólica, ni de desobedecer al Vicario de Cristo, ni de fundar una “iglesia paralela”, como algunos me han acusado de querer hacer. De hecho, creo que no podría haber servido mejor al Papado y a la Santa Iglesia que hablando y actuando como lo hice, afrontando los sufrimientos que de ellos se derivaban con espíritu de unión con los sufrimientos del divino Redentor.

Me dirijo a usted como Arzobispo de mayor antigüedad, por amor a Nuestro Señor y por fidelidad a la Santa Iglesia. Me dirijo a usted para expresarle mi angustia al ver a la Iglesia Católica eclipsada y desfigurada por quienes la ocupan y detentan el poder. No puedo comprender cómo, tras la desastrosa experiencia de Jorge Bergoglio, no solo se niega a condenar sus errores y escándalos, sino que además aprovecha cualquier oportunidad para reafirmar su total continuidad con ellos, en nombre de una “iglesia sinodal” que adultera la estructura jerárquica y la naturaleza monárquica que Nuestro Señor quiso otorgar a su Iglesia, y demuele todo su edificio doctrinal.

Apelo a otro León, el gran Papa Vincenzo Gioacchino Pecci, en la paradójica situación de saber que él encontraría mis palabras aceptables y dignas de alabanza, mientras que la iglesia bergogliana las ha considerado dignas de un cismático. ¿Qué ha sucedido en la Iglesia católica en el transcurso de unas pocas décadas para que me encuentre condenado, y conmigo todos los Papas preconciliares? Quomodo facta est meretrix civitas fidelis? (Is 1:21).

La fe que profeso, la Misa Tridentina que celebro, los Concilios y Actos Magistrales que acepto, la Professio Fidei Tridentina y el Jusjurandum antimodernisticum que tantas veces he repetido, son comunes a toda la Iglesia y me unen a ella. De esta Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana, inmutable en doctrina y moral, me considero un hijo y servidor devoto. Ese Papado, igualmente inmutable, es el Papado Romano al que soy obediente, pues en la voz del Vicario resuena la Verdad del Buen Pastor que da su vida por las ovejas (Jn 10,11).

La autoridad de las Llaves Sagradas debe abrir las puertas de la Jerusalén celestial a los justos y excluir a los impíos, no al revés. Esta autoridad emana de Nuestro Señor (Romanos 13:1) y es vicaria de Su autoridad. No puede usarse para legitimar lo que Él condena, y mucho menos para condenar lo que Él ha mandado. Por esta razón, no puedo obedecer a nadie que, aun estando investido de autoridad, se niegue a someterse y obedecer a la suprema Autoridad de Dios.

Pienso en las palabras de San Pablo: “Pero aun si nosotros, o un ángel del cielo, os predicáramos un evangelio contrario al que os hemos predicado, ¡sea anatema!” (Gál 1:8). ¿De qué Iglesia estoy separado? ¿Y qué autoridad me condena? ¿La del Vicario de Cristo o la de quienes predican un evangelio contrario al recibido de Nuestro Señor?

Dejo esta carta en sus manos para que comprendan las razones de mis posturas y acciones, con la esperanza de poder impulsarlos a un profundo examen de conciencia y a una necesaria y urgente conversión de corazón, mente y voluntad, teniendo presentes las palabras de Nuestro Señor: “Simón, Simón, Satanás ha pedido ayuda para zarandearlos como trigo; pero yo he rogado por ustedes, para que su fe no falte; y tú, cuando te hayas convertido, fortalece a tus hermanos” (Lucas 22:31-32). Les pido que ejerzan su suprema autoridad para fortalecer a mis hermanos en la fe. Les pido que me fortalezcan en la fe: les ruego que lo hagan. O bien, díganme en qué me equivoco y de qué manera contradigo el Depósito de la Fe que deben custodiar y en el que se fundamenta la Unidad Católica. Es por la profesión de la verdadera fe que debo ser juzgado; por lo tanto, díganme en qué contradigo la fe católica, y enmendaré mi conducta.

Pero no hay argumentos que justifiquen mi excomunión: fue impuesta ilegítimamente, para destruirme a mí y a mi labor en defensa de la Verdad Católica; una sanción motivada, entre otras cosas, por el odio implacable de Jorge Mario Bergoglio hacia mí. Una injusticia que exige reparación por el grave daño causado a mí y a la Causa de la Santa Iglesia Romana.

Confío en que me concederá una audiencia tras la cancelación de la que me fue concedida el 11 de diciembre. Así podré comunicarle personalmente varios asuntos de suma importancia relacionados con mi ministerio apostólico y la necesidad de asegurar su continuidad y futuro.

De ahora en adelante, renuevo mi intención incondicional de cumplir con todas las obligaciones que me impone como Sucesor de los Apóstoles,

en Cristo Rey,

+ Carlo Maria Viganò,

Arzobispo titular de Ulpiana, Nuncio Apostólico

Viterbo, 25 de enero de 2026

In Conversione S. Pauli Apostoli

RECORDANDO A MONSEÑOR WILLIAMSON: DIVINIDAD TRASCENDENTE

“¡Ningún dios está por encima de mí!”, piensa arrogantemente la persona vanidosa. Cegada por el orgullo, ignora que Dios guía su destino.

Por Mons. Richard Williamson


8 de abril de 2017

Si hay un día del año especialmente propicio para reflexionar sobre el sufrimiento y la muerte de nuestro Señor Jesucristo, sin duda es hoy, la víspera del Domingo de Ramos, justo antes del comienzo de la Semana Santa. Esta reflexión se ha vuelto más necesaria con el paso de los años durante el último medio siglo, porque el sufrimiento de la Madre Iglesia, que comenzó con el concilio Vaticano II, se hace cada vez más terrible y, al mismo tiempo, más misterioso. Haríamos bien en recordar que Dios es misterioso; es decir, que está infinitamente por encima de nuestra limitada comprensión humana. De lo contrario, corremos el riesgo de menospreciarlo y de que se vea forzado a encajar en los límites de estas mentes. “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos”, declara el Señor. “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 5:8-9).

Esta crucial revelación se nos presenta en el Quinto Misterio Gozoso del Santo Rosario. A los doce años, Nuestro Señor permitió que su madre y San José lo perdieran de vista, para recordarles que debía defender la causa de su Padre. Su madre no podía comprenderlo: “Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto?”. Pues durante tres días había causado a sus padres humanos una angustia terrible: “Mira, tu padre y yo te hemos estado buscando con angustia”. Nuestro Señor respondió como si no hubiera motivo para su preocupación: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que debía estar en la casa de mi Padre?”. Pero la angustia de sus padres era tan grande que esta respuesta carecía de sentido para ellos desde un punto de vista humano: “Y no entendieron la palabra que les habló”. Sin embargo, su madre sabía que habría sido un error interrogar más a su hijo. En cambio, “guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2:48-51), para comprender por qué Dios tenía razón, aunque no pudiera entenderlo.

El futuro líder de la Iglesia, la roca sobre la que se edificaría, también necesitaba comprender esta misma idea: que los caminos de Dios son verdaderamente inescrutables para nosotros, aunque de una manera algo más tangible que para la amada Madre de Nuestro Señor. Con una humanidad desbordante, Pedro reprendió a Nuestro Señor por atreverse a anunciar a los Apóstoles que iría a Jerusalén a sufrir y morir. La respuesta de Nuestro Señor fue tajante: “¡Apártate de mí, Satanás!”. Sin embargo, la explicación es esencialmente la misma que la que le dio a su Madre: “Porque no pensáis en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mateo 16:21-23). ​​Pedro, recién nombrado la roca de la Iglesia (Mateo 16:18-19), es la última persona a la que se le puede permitir pensar en términos humanos en lugar de divinos una vez que tenga que liderar la Iglesia.

Pero, por supuesto, Nuestro Señor reconoce el problema de que la gente piensa demasiado humanamente cuando se trata de cosas divinas. Por lo tanto, poco después de reprender severamente a Pedro, lo llevó, junto con Santiago y Juan, a una montaña alta, donde fue transfigurado para que su divinidad brillara desde su naturaleza humana. Por lo tanto, aunque todos los apóstoles hayan sido conmovidos hasta lo más profundo por el terrible deicidio en Jerusalén, tres de ellos podrían dar testimonio de lo que habían visto con sus propios ojos (cf. Segunda carta de Pedro I, 16-18): cómo, incluso antes de la Pasión, la divinidad resplandecía en el cuerpo del hombre que iba a ser crucificado en el Calvario.

¿Y en nuestros tiempos? Los católicos saben que la vida de la Iglesia Católica es la continuación en la tierra de la Encarnación de Cristo; por lo tanto, saben en principio que, así como los 33 años de vida asignados a Cristo aquí terminaron con su Pasión y su muerte, así también la Iglesia puede terminar su tiempo en la tierra desangrándose de todas sus heridas hasta prácticamente extinguirse. Sin embargo, presenciar este proceso con sus propios ojos puede hacer tambalear la fe de muchas personas de bien. 

“¿Cómo es posible que estos papas, estos cardenales y estos obispos sean los portadores de la autoridad de Dios en la estructura de su única y verdadera Iglesia?” 

Por supuesto, generalmente no son sus fieles portadores, pero ¿dónde más se encuentran los portadores que constituyen su estructura? Solo tengan paciencia. Cuando Dios fue arrastrado al Gólgota, todavía estaba allí, y todavía está allí hoy, mientras es arrastrado al Nuevo Orden Mundial. ¡Pero aún no ha pronunciado su última palabra!

Kyrie eleison
 

GRANDES REBAJAS DEL CRISTIANISMO: EL PELAGIANISMO ACTUAL (2)

Una vez que la apostasía hizo que gran parte de las antiguas naciones cristianas abandonaran su fe en Cristo, la cultura de Occidente permanece cerrada, sin el auxilio sobrenatural de Dios. 

Por el padre José María Iraburu


El hombre a solas con el hombre

Una vez que la apostasía hizo que gran parte de las antiguas naciones cristianas abandonaran su fe en Cristo, la cultura de Occidente permanece cerrada en el inmanentismo del hombre solo, sin la gracia, sin el auxilio sobrenatural de Dios. Y solo le queda entonces, en la onda de la Ilustración, profesar el mito del progreso necesario, Fichte, Herder, Comte, Hegel, o después de los horrores del siglo XX, hundirse en la náusea de Sartre y compañeros. Pero miremos dentro de la misma Iglesia.

Si buscamos actualizaciones del pelagianismo, vamos a dar en algunos autores de los que ya he tratado: Teilhard de Chardin, S. J., Anthony De Mello, S. J., con su Autoliberación interior, una obra que encabeza cientos de otros títulos semejantes, o topamos con Schillebeeckx y las devaluaciones del pecado original en el Catecismo holandés… Señalaré aquí al respecto dos autores más.

Karl Rahner, S. J. (1904-1984) sugirió una rehabilitación del monje británico Pelagio. Ya desde los años 1930 afirmaba Rahner la vinculación necesaria de lo sobrenatural a la naturaleza humana. Rahner presentó abiertamente la teología de lo sobrenatural no gratuito. Algunas doctrinas semejantes se hallan en la obra Surnaturel (1946) del P. Henry de Lubac, S. J. Pero no es éste el lugar apropiado para examinar a fondo estas tesis. Recuerdo aquí solamente al cardenal José Siri (1906-1989), que en su obra Getsemaní; reflexiones sobre el movimiento teológico contemporáneo (CETE, Toledo 1981), refuta la teología de Rahner en su teología de la gracia:

“Rahner concluye que la gracia es el cumplimiento de nuestra esencia. Partiendo de una visión de las cosas que, quiérase o no, rechaza de facto la verdadera gratuidad del orden sobrenatural, llega él a colocar a Cristo y a Dios en las cosas: "Dios y la gracia de Cristo están en el todo, como la esencia secreta de toda realidad"” (pág. 87). Según estas tesis, entiende Rahner que “el dogma [de la Inmaculada Concepción] en ningún modo significa que el nacimiento de un ser humano esté acompañado por algo contaminante, por una mancha, y que para evitarla, un privilegio fuese necesario a María” (págs. 89-90). Esta doctrina, comenta el card. Siri, “conduce hasta la doctrina del cristiano anónimo, hasta la doctrina de la muerte de Dios, de la secularización, de la desmitización, de la liberación y tantas otras” (92). La doctrina rahneriana sobre la gracia se aproxima al pensamiento de Pelagio, para el cual el mismo libre arbitrio dado por Dios al hombre es la gracia. José Antonio Sayés, coincidiendo con el análisis de Siri, en La esencia del cristianismo; diálogo con K. Rahner y H. U. Von Balthasar (Cristiandad, Madrid 2005, 132-140) examina con gran claridad las tesis neo-pelagianas de Rahner.

Hans Küng (1928-), ya alejado por la Iglesia de la docencia católica (Congregación de la Fe, Declaración 15-XII-1979), publicó un best-seller, escasamente refutado por los teólogos católicos (Projekt Weltethos, Piper, Munich 1990: Proyecto de una ética mundial, Trotta, Madrid 1991; 6ª ed, 2003). Lógicamente, la obra fue inmediatamente adoptada por la UNESCO como texto básico para un Congreso mundial sobre la moral. Su enseñanza se asemeja a la Declaración de una Ética Mundial (Parlamento de las Religiones del Mundo, Chicago, IX-1993). Küng fue presidente de la Fundación por una Ética mundial (Weltethos), en la que caben todos, menos los católicos.

“¿Rehabilitar a Pelagio? De nuevo en auge el hereje del siglo V. Se quiere suprimir el dogma del pecado original. Cómo se vuelven pelagianos los católicos”. Este es el título que aparece en una portada de la revista 30 Días (1-1991). En ella se cita a Augusto del Noce: “el intento filosófico más importante del mundo moderno [ha sido] elaborar una religión de la que se excluyera lo sobrenatural”. Es un intento que viene ya de atrás. En 1793 el señor Kant escribe La Religión dentro de los límites de la sola razón.

“Podemos reconocer –escribe el profesor Francisco Canals– que en nuestros días, tras siglos de pensamiento y cultura ya emancipados de la inspiración cristiana, y mientras sería muy difícil advertir en los católicos el peligro de un pesimismo jansenista o de un predestinacionismo fatalista, es bastante general la ignorancia sobre los puntos más centrales de la salvación del hombre por la gracia de Jesucristo” (En torno al diálogo católico protestante, Herder, Barcelona 1966, 68).

El pelagianismo, hoy sobreabundante en la Iglesia, se da en múltiples versiones. Señalaré algunas principales.

Pelagianismo roussoniano


Sonriente, buenista, que mantiene un optimismo a ultranza –pase lo que pase en el mundo y en la Iglesia–, positivo, creativo, eufórico, energético, activista, “todo el mundo es bueno”. Ramalazos de él, al menos, afectan también a buenas personas y obras católicas. Silencio discreto sobre “el pecado del mundo”, pero sobre todo acerca de la condición caída de la naturaleza humana. Silencio sobre la necesidad urgente y absoluta de la gracia de Cristo. Revistas católicas que apenas hablan de Dios y de la salvación: “querer es poder”, “diez normas para mantener unido el matrimonio” –todas puramente naturales–, noticias positivas. Postales, carteles, calendarios, a veces de obras religiosas, con imágenes de gente feliz, hermosa y de buena salud, que van acompañados de frases sublimes, casi nunca tomadas de la Escritura o de los santos: “sonriendo transformamos el mundo” (Anthony Morgan-Klaus). Todo ese positivismo, ya me perdonarán, nada tiene que ver con la alegría cristiana, hecha de amor a Dios y al prójimo, y de esperanza de la vida eterna. Todo eso, hoy tan frecuente, es simple pelagianismo puro y duro.

Ovidio (+17), poeta pagano contemporáneo de Cristo, estaría en condiciones de desengañar a los actuales cristianos pelagiano-roussonianos, porque él sabía lo que hoy parecen ignorar no pocos teólogos y laicos ilustrados: “video meliora proboque, deteriora sequor” (veo lo que es mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor) Metamorfosis VII, 20; = Rm 7,15). El hombre, afectado por el pecado original, está siempre entre el bien y el mal, y sin el auxilio sobrenatural de la gracia de Cristo está perdido.

Pelagianismo de terapias naturales


Espera lograr la perfección del hombre mediante la aplicación de métodos psico-somáticos. Reuniones y libros de Autoayuda, de Autoliberación interior. (Bueno está el hombre para auto-liberarse…) No suelen faltar en estos libros y grupos frecuentes dosis orientalistas. El budismo, al no creer en un Dios personal, no puede sino pretender una salvación autónoma, en la que sea el hombre quien salva al hombre. En los últimos decenios es cada vez más frecuente que en Comunidades religiosas, Casas de Ejercicios, Centros de Espiritualidad, junto a reuniones bíblicas o ejercicios espirituales, se oferte también una serie muy variada de terapias naturales: eneagrama, meditación transcendental, reiki, técnicas individuales o comunitarias de autorrealización, yoga, zen, energía positiva, rebirthing, dinámicas de grupo, sofrología, yosoki, etc. etc. etc. New Age. Palitos de incienso, en salas con moqueta y luz indirecta, donde a veces quedó colgado un crucifijo, una imagen de la Virgen María… “Traer ropa y calzado cómodos”. Transcribo de la propaganda de algunos de estos Centros:

“Una técnica liberadora de las tensiones psíquicas y de la dispersión mental como camino que facilita el sereno acceso a la identidad personal. Una paciente y sosegada escucha del lenguaje del cuerpo, como recuperación del silencio y de la unidad. Escuchar la experiencia, ver la realidad como es (vispassana)”. “Los retiros [les llaman retiros] de yoga, reiki y sofrología caycediana son encuentros de trabajo y profundización personal, así como de iniciación en estos procesos de crecimiento, que generan una profunda paz y bienestar, así como una gran revitalización, equilibrando la energía, despertando la consciencia, serenando la mente, armonizando los chacras [esto es importante], despertando la vida del ser, elevando el alma, ayudando a crecer y dar los pasos necesarios en el momento de la vida en que cada uno se encuentra… Desomatiza lo negativo, somatiza lo positivo. Equilibra todo el sistema energético, generando un agradable estado de cálido bienestar y confianza interior. Actualiza las potencialidades dormidas o paralizadas. En un ambiente tranquilo y apacible, como es el monasterio de N. N… Comida vegetariana”… Página web, números de teléfono, e-mail de contacto. Organización perfecta. Y a veces los dichos cursillos son caros. Pero merece la pena: lo que vale, cuesta.

De todo esto nada supieron los pobres San Benito, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz… Y el diablo ahora lo fomenta con entusiasmo. Lo que hunde al diablo en la miseria es la Misa, el rosario, la oración, el agua bendita, el signo de la Cruz, las jaculatorias, la frecuencia de la confesión, la dirección espiritual –y más si es con obediencia–, la lectura de la Biblia y de autores espirituales, la práctica de las virtudes y de las obras de misericordia, visitar enfermos, ayudar a pobres, etc., las novenas, etc. Ésas son las cosas que lo matan. En cambio con estas otras el diablo se fortalece y está feliz. Lo suyo es el pelagianismo.

Pelagianismo sincretista


Notemos que la verdad es refractaria a todos y a cada uno de los errores. Por el contrario, los errores, aunque a veces sean contradictorios entre sí, muestran una singular capacidad de amalgama y de unidad operativa. La Ética mundial ya aludida engloba innumerables filosofías, terapias y religiones, muchas veces inconciliables entre sí; pero que, sin embargo, se concilian amistosamente y concelebran juntos. Y si consiguen la presencia de algún monje vestido de color naranja, pongamos, su santidad Darwha Mira Ramchandani, tanto mejor; aunque no sea indio, que a lo mejor, por ejemplo, es un señor de Murcia, don Ernesto Paniagua; también les vale. Es lo que digo: pueden juntarse todas estas diversidades en comunes celebraciones llenas de color y falso entusiasmo. Y es que en realidad hay algo que les une profundamente: el rechazo unánime de Cristo y de su gracia. Pongo un ejemplo tomado de un diario:

“Por cuarto año consecutivo, en el Colegio [católico] de los Padres N. N., el día 29 de enero, aniversario de la muerte de Gandhi, se celebrará un Encuentro por la Paz y la Reconciliación”. Se invita a todos, cristianos, creyentes no-cristianos, ateos. Hay que sumar, y no restar. En la fotografía del Evento se aprecia en el amplio patio del Colegio la palabra PAZ, configurada por unos ochocientos alumnos, debidamente ordenados por sus profesores, algunos de ellos religiosos… ¿No es conmovedor? Según dicen, “son estos pequeños gestos los que tienen fuerza para crear un mundo nuevo”… En el fondo del patio, a espaldas de todos los alumnos, se alcanza a ver una imagen de la Virgen, puesta allí hace cincuenta años. Ella es la Madre del único Príncipe de la paz, de esa paz que, ciertamente, el mundo no puede dar (Jn 14,27). Ni siquiera Gandhi, que ya está muerto.

Pelagianismo liberacionista


Ceñudo y tenso, como no podría ser de otro modo. Che Guevara. Mayo de 1968. Teología de la Liberación. El Jesús de Pasolini, de ceja única. Cuando la Congregación de la Fe, presidida por el cardenal Ratzinger, publica la instrucción Libertatis nuntius, sobre algunos aspectos de la teología de la liberación (6-VIII-1984), advierte que “solamente recurriendo a las capacidades éticas de la persona y a la perpetua necesidad de conversión interior [imposibles sin la gracia] se obtendrán los cambios sociales que estarán verdaderamente al servicio del hombre… La inversión entre moralidad y estructuras conlleva una antropología materialista, incompatible con la verdad del hombre” (XI,8). Sin la gracia de Cristo, sin la oración de petición y los sacramentos, sin el Espíritu Santo –el único que puede “renovar la faz de la tierra”–, el intento liberacionista se hace estéril, torvo, amargo, violento: revolución, atentados, lucha de clases, infiltraciones culturales por la vía Gramsci, etc., sufrimientos y ruina del pueblo.

La Unión Soviética, con todo el poder concentrado en un partido gobernante entre 1917 y 1989, no consigue producir “el hombre nuevo”. Y no lo hubiera conseguido en un par de siglos más de adoctrinamiento en escuelas y universidades estatales, reuniones obligadas de grupos, marchas, pancartas enormes, estatuas e imágenes de hombres macizos y mujeres musculosas, animales humanos pletóricos de fuerzas positivas y reivindicativas. Algo semejante es preciso decir de la teología de la liberación. Es cierto que se expresa en formas muy diversas, “algunas son auténticas, otras ambiguas y otras, en fin, representan un grave peligro para la fe y para la vida teologal y moral de los cristianos… La concepción totalmente politizada del cristianismo, a la que conducen estas teologías, deja sin contenido los misterios de la fe y de la moral cristiana” (Libertatis nuntius, síntesis previa, VI).

Algunas ONG de inspiración cristiana

A veces son sumamente beneméritas (por eso prefiero no citarlas por su nombre) y tienen también sus ramalazos pelagianos roussonianos o/y liberacionistas. Recibiendo a veces el 90 % de sus recursos del pueblo cristiano, concretamente de la colecta de las Misas, apenas nunca citan en sus propagandas a Cristo, frases evangélicas, motivaciones de fe, de caridad, sino que “secularizan” tanto su fisonomía –quizá para recibir también ayudas de los no-cristianos– que apenas parecen ONG cristianas. Y eso es muy lamentable. No está nada bien distribuir una gran abundancia de donativos, ocultando en la práctica al Donante principal, a Cristo, que por su gracia ha movido precisamente en la Misa –“éste es mi cuerpo que se entrega”– el corazón de esos benditos cristianos donantes.
 
San Jerónimo (342-420) fue, con San Agustín, quien con más fuerza combatió la herejía pelagiana (Diálogos contra los pelagianos, libri III: 415). Cuando aún vivía Pelagio, escribió en el año 414 contra su doctrina una carta durísima, en la que vencía todas sus tinieblas con la luz de la Palabra divina (Patrologia latina, Migne 21,1147-1161). Y terminó rogándole al amigo destinatario de la carta, y a los que se reúnen en su santa casa:

“que no acojan a través de aquellos homúnculos [pelagianos] el excremento o, por decir poco, la infamia de tan graves herejías. Allí donde se alaba la virtud y la santidad, que no tenga morada la vergüenza de la presunción diabólica y de una compañía obscena. Sepan los que prestan ayuda a hombres de esa calaña, que recogen a una multitud de herejes, y que son enemigos de Cristo y alimentan a Sus adversarios”.
 

LA DIMISIÓN DEL PADRE ROLAND DE MERODE (2014)

El padre de Merode es un belga ordenado por el arzobispo Lefebvre en 1984 y que presentó su renuncia a la FSSPX el 19 de marzo de 2014.

Por Sean Johnson


El padre de Merode es un belga ordenado por el arzobispo Lefebvre en 1984. No sé mucho sobre él, aparte de que parece haber sido asignado al Distrito Asiático en la década de 1990, sirviendo en Filipinas y Sri Lanka, y al menos hasta 2011 era el prior de la capilla de la FSSPX en Lourdes hasta el momento de su renuncia.

Poco después de unirse a la Resistencia, se convirtió en coordinador de la extinta USML (Unión Sacerdotal Marcel Lefebvre) en Francia y posiblemente en los territorios circundantes, que había intentado aportar algún tipo de estructura flexible a los sacerdotes que operaban en la naciente Resistencia.

Hasta donde sé, sigue estando entre los sacerdotes de la Resistencia que operan en Europa, pero no tengo conocimiento de ninguna declaración pública al respecto en los últimos años.

En la carta de renuncia que figura a continuación, se dirige al padre Regis de Cacqueray (entonces Superior del distrito francés) y le informa de su partida.


19 de marzo de 2014

Estimado Padre:

Durante los últimos dos años y medio, con una creciente inquietud, he soportado el flujo constante de textos, ríos de conferencias, estudios y declaraciones, todos ambiguos o incluso contradictorios, que Menzingen y Suresnes (1) nos arrojan sin cesar. En varias ocasiones he tenido la oportunidad de comunicarle mi inquietud y mis objeciones, pero jamás he recibido una respuesta clara, ni de usted ni de sus colaboradores, que pudiera calmar mis temores.

Sin embargo, existe una respuesta clara que no ha sido citada ni destacada en ningún lugar desde al menos 2012. Se encuentra en la carta de nuestro venerable fundador a los cuatro futuros obispos:

“Les conferiré esta gracia [el episcopado] con la confianza de que pronto la Sede de Pedro será ocupada por un sucesor de Pedro perfectamente católico, en cuyas manos podrán depositar la gracia de su episcopado para que él la confirme”.

¿Por qué un principio de acción tan simple, claro y firme como este? Porque:

“La Sede de Pedro y los puestos de autoridad en Roma están ocupados por anticristos, y la destrucción del reinado de Nuestro Señor se persigue rápidamente en el interior mismo de su cuerpo místico aquí en la tierra…”.

Entonces, ¿por qué seguimos buscando un acuerdo o, como dice el obispo Fellay, un reconocimiento canónico? ¿Para someternos a la autoridad de los anticristos y, por lo tanto, ponernos en peligro de perder la fe?

La fe da certeza, no extravía las mentes en un laberinto de sutiles ambigüedades. Por lo tanto, para liberarme de esta atmósfera de ambigüedades difusas que no mejora, he decidido renunciar a mi cargo como prior de Lourdes a partir de mañana, 20 de marzo de 2014.

La segunda razón que me lleva a separarme del rumbo actual de la Compañía es la grave injusticia moral que mis superiores actuales han infligido a todos aquellos sacerdotes que han tenido el valor de denunciar el peligro de llegar a un acuerdo comprometedor o de buscar el reconocimiento canónico sin un acuerdo doctrinal. Han sido obligados a marcharse o, peor aún, han sido sometidos a un juicio simulado injusto seguido de castigos desproporcionados. Por consiguiente, deseo trabajar para establecer una estructura que permita a aquellos sacerdotes que han sido expulsados ​​a la calle recuperar una vida sacerdotal comunitaria normal y un ministerio que responda a su celo por la salvación de las almas.

El simple hecho de haber invitado al P. Salenave, quien no está bajo ninguna sanción en Francia, a celebrar la Misa el domingo 8 de marzo en Pau, como ayuda y para que pudiera confesarme, provocó que usted suprimiera inmediatamente mi apostolado en Pau. Veo en ello la prueba de que mi labor de reunir a estos sacerdotes aislados y descontentos no será aceptada por mis superiores. Por lo tanto, me dedicaré a esta labor, a partir de mañana, y fuera de las estructuras de la actual FSSPX.

Por favor, Padre, le pido que no intente contactarme por el momento, sino que lo deje para el futuro, si llega el momento oportuno.

Ruegue por mí, como yo ruego por usted,

P. R. de Merode.


Notas:

1) Sede del distrito francés.
 

VÍCTIMAS DE LA EXPIACIÓN Y LA SALVACIÓN

Continuamos con la publicación del capítulo IX del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

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CAPÍTULO IX

VÍCTIMAS DE LA EXPIACIÓN Y LA SALVACIÓN

Nuestro Señor Jesucristo, que vive siempre para interceder por nosotros, también muere continuamente en el altar para aplacar la justicia infinita por nosotros. No está solo al realizar este sacrificio de expiación. Monjes y monjas acuden a encerrar sus vidas cerca del sagrario, y cada día mezclan la pequeña gota de agua de sus sacrificios con el vino del sacrificio del Redentor, para que, como dice san Pablo, puedan realizar en su carne lo que debe añadirse a los sufrimientos de Cristo, por la Iglesia, que es su cuerpo. Tomemos como ejemplo al cartujo; evitemos algunas de las mortificaciones que su regla le impone: levantarse por la noche para el rezo del Oficio Divino, el cilicio que lleva puesto continuamente, los golpes, las contusiones de la disciplina, la abstinencia perpetua de carne, el ayuno desde el 15 de septiembre de cada año hasta Pascua, la abstinencia de productos lácteos durante el Adviento y la Cuaresma y todos los viernes del año, la abstinencia de pan y agua una vez por semana, etc.
 
En estos tiempos, nos hemos acostumbrado a ver el ingreso en conventos de hombres y mujeres dedicados a la contemplación y la penitencia como una obra egoísta de salvación individual. Es bueno recordar a aquellas almas capaces de heroísmo en este tiempo que esta es la principal labor social, pues es allí donde reside y siempre residirá el gran poder contra el autor de todos los males que afligen a la sociedad (1). Como dice san Pablo, no solo debemos luchar contra la carne y la sangre, sino también contra los principados, contra las potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales del mal en las regiones celestiales (2). Y por eso nuestro Señor nos dio este consejo: que los grandes demonios solo pueden ser expulsados ​​con el ayuno y la oración (3).
 
La vida mortificada de los religiosos y religiosas, y de quienes los imitan en mayor o menor medida en el mundo, ejerce una influencia crucial en el curso de los acontecimientos; el infierno lo sabe bien, y los políticos sectarios lo perciben. Parece como si un espíritu satánico les susurrara al oído: “Ahí residen vuestros adversarios más formidables”. Así, su primer acto al llegar al poder es cerrar los santuarios de oración y penitencia. Afortunadamente para nosotros, los carmelitas, los trapenses y los cartujos no son destruidos por el exilio; continúan su labor en el extranjero, y esto es siempre para Francia como para la Iglesia. “Una de las consideraciones más dignas de toda la inteligencia humana -dijo Joseph de Maistre- aunque, de hecho, la gente común le presta muy poca atención, es que la persona justa, al sufrir voluntariamente, no solo satisface su propia conciencia, sino también, por reversibilidad, la culpa del culpable. Esta es una de las verdades más grandes e importantes del orden espiritual”. En sus Eclaircissements sur les sacrifices (Aclaraciones sobre los Sacrificios), afirma además: “Ninguna nación ha dudado jamás de la virtud expiatoria del derramamiento de sangre. Sin embargo, ni la razón ni la locura podrían haber inventado esta idea, y mucho menos haberla hecho generalmente aceptada. Tiene sus raíces en lo más profundo de la naturaleza humana, y la historia, en este punto, no presenta la más mínima discrepancia. Se creía, como se ha creído, como siempre se creerá, que el inocente podía pagar por el culpable. Tal ha sido la creencia constante de toda la humanidad. Ha variado en la práctica, según el carácter de los pueblos y sus religiones; pero el principio siempre permanece. En particular, todas las naciones coinciden en la maravillosa eficacia del sacrificio voluntario del inocente que se consagra a la divinidad como víctima propiciatoria”. Los hombres siempre han otorgado un valor infinito a esta sumisión del justo que acepta el sufrimiento; es por esta razón que Séneca, después de haber pronunciado sus famosas palabras: “Mirad al gran hombre luchando contra la desgracia, estos dos luchadores son dignos de ocupar la mirada de Dios -añade inmediatamente- especialmente si él la provocó”.


Orígenes, hablando del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, dice: “Sirvió como expiación según ciertas leyes misteriosas del universo, habiéndose sometido voluntariamente a la muerte por amor a la humanidad, y nos redimió con su sangre de las manos de aquel que nos había seducido y a quien fuimos vendidos por el pecado”. De esta Redención general realizada por el gran sacrificio, Orígenes pasa a aquellas redenciones particulares, que podrían considerarse disminuidas, pero que aún se adhieren al mismo principio. “Otras víctimas -dice- son similares a esta. Me refiero a los generosos mártires que también dieron su sangre… Su muerte destruye poderes malignos; provee una ayuda maravillosa para un gran número de personas, en virtud de un poder que no se puede nombrar”.

El cristianismo se fundamenta por completo en el dogma de la expiación, de la redención a través del sufrimiento. El Salvador de la humanidad actuó poco -observa el Cardenal Pie- y sufrió mucho. El Evangelio es conciso sobre su vida, extenso sobre su pasión. Su gran obra fue morir; es a través de su muerte que dio vida al mundo. Ahora bien, si esta es la primera y más fundamental verdad del credo cristiano, entonces es también la primera ley moral del cristianismo que los discípulos, y especialmente los apóstoles del Crucificado, continúen el misterio de sus sufrimientos.
 
Todos, religiosos o seculares, pueden contribuir con su pequeña o gran parte a esta obra de expiación y salvación; aunque no todos de la misma manera. Todo cristiano debe vivir una vida verdaderamente cristiana; Sin embargo, la vida cristiana no pasa sin mortificación, y en virtud de la comunión de los santos, toda mortificación, todo sacrificio tiene sus repercusiones en el cuerpo de la Iglesia, para expiación del pecado, y también para quitar de las tentaciones su fuerza de seducción.

Por encima de la vida meramente cristiana, existe un estado místico al que no se debe acceder por propia voluntad, sino solo por el llamado de Dios, guiado y reconocido por un sabio director.

Esta recomendación es importante. No es raro ver almas que se dirigen al Maestro Divino con una petición de sufrimiento en un arrebato de fervor. Dios no siempre concede esta petición. Él sabe, en su presciencia, que a pesar de la sinceridad de su súplica, estas almas no son capaces de convertir sus deseos en acción. Además, estos deseos pueden darles la ilusión de haber alcanzado la perfección.
 
En el estado místico que surge de la predestinación divina, el alma se une íntimamente al Cordero divino sacrificado para la salvación del mundo; sufre con Él, ya sea infligiendo a su cuerpo los tormentos inspirados por Dios o aceptando, con un corazón amoroso, aquellos que Dios le inflige directamente. Las vidas de los santos están llenas de relatos relacionados con uno u otro de estos casos. 


En cuanto a la primera, tomemos este ejemplo entre miles: Santa Coleta, a quien Nuestro Santo Padre el Papa Pío X acaba de incluir en el calendario de fiestas que celebra la Iglesia universal. Llamada a reformar la Orden Franciscana, se sometió a expiaciones cuyo recuerdo estremece. Su lecho consistía en unos pocos sarmientos; su almohada, un trozo de madera. “Ella se vistió -dice el manuscrito de Thonon- con una camisa de cilicio áspera e inhumana; ciñó su frágil cuerpo con tres crueles cadenas de hierro que le rozaban dolorosamente la carne inocente”.
 
La Venerable Catalina Emmerich, que vivió de 1774 a 1824 (4), nos ofrece un ejemplo reciente de expiación pasiva. Nos detendremos en ella porque esta mujer extática tenía la misión específica, como veremos, de combatir la masonería y sus obras.
 
El día de su Primera Comunión, Jesús la inspiró a ofrecerse como víctima por la Iglesia. Al recibir el Sacramento de la Confirmación, se le indicó que la gracia del Espíritu Santo le daría la fuerza para mantenerse fiel a la resolución que había tomado tras esta inspiración: sufrir lo que Dios le hiciera sufrir en expiación por los crímenes de los que son culpables los cristianos. Desde entonces, comenzó a ofrecer a Dios sus acciones y sufrimientos por diversos fines católicos. Por ejemplo, cuando arrancaba la maleza en el campo de su padre, imploraba al Señor que arrancara de raíz la maleza que el enemigo había sembrado en el campo de la Iglesia. Cuando las ortigas que recogía le escocían las manos, suplicaba al Señor que no permitiera que los pastores de almas se desanimaran por las dificultades y sufrimientos que afrontaban al cultivar la viña del Señor.
 
Pero estas fueron meras pruebas de aprendizaje. Poco después, suplicó al Señor que le confiara las expiaciones que exigía la justicia divina. Aceptado su sacrificio, soportó, a lo largo de su vida, con increíble paciencia, sufrimientos indescriptibles de toda índole. A los veinticuatro años, Jesús le permitió participar del tormento de la corona de espinas. Esto ocurrió en 1798, justo cuando Bonaparte encarceló al papa Pío VI y se apoderó de los Estados Pontificios. Posteriormente, recibió y llevó durante el resto de su vida los demás estigmas de la Pasión.
 
Ana-Catalina Emmerich

Esta joven campesina de la aldea de Flamske completó el pensamiento de aquellos dos genios, Orígenes y de Maistre, que citamos anteriormente, y lo hizo con un estilo no menos noble que el de ellos: “Vi -dijo un día- la gracia del Espíritu Santo fluyendo a través de las acciones de los Apóstoles, los discípulos, los mártires, todos los santos: vi cómo sufrieron por amor a Jesús, cómo sufrieron en Jesús y en la Iglesia, que es su cuerpo; vi cómo se convirtieron así en canales vivos del río de gracia de su Pasión reconciliadora. Además, como ellos sufrieron en Jesús, Jesús sufrió en ellos, y de Jesús procedían sus méritos, que transmitieron a la Iglesia. Vi cuántas conversiones efectuaron los mártires: eran como canales excavados por el sufrimiento para llevar la sangre viva del Redentor a miles de corazones”. Con estas palabras, resumió todo el misterio de su propia vida y la de tantas otras esposas de Cristo.
 
En su época, es decir, a principios del siglo pasado, por mencionar solo nuestra época, otros habían recibido la misma vocación. Ella misma nos lo cuenta: “La Madre de Dios distribuyó esta labor (de luchar contra los secuaces de Satanás y expiar sus crímenes) entre siete personas, la mayoría mujeres. Vi entre ellas a la estigmatizada de Cagliari, a Rosa María Serra y a otras que no puedo nombrar, a un franciscano del Tirol y a un sacerdote que vivía en una casa religiosa en las montañas, quien sufre enormemente por el mal que se comete en la Iglesia”. Y en otro lugar: “Vi a seis personas trabajando conmigo para la Iglesia, de la misma manera que yo trabajo, tres hombres y tres mujeres. Eran la estigmatizada de Cagliari, Rosa María Serra, y una persona muy enferma, afligida por grandes dolencias físicas; el franciscano del Tirol, a quien he visto muy a menudo unido en intención conmigo; luego un joven clérigo que vivía en una casa donde residían varios otros sacerdotes, en un país montañoso. Debe ser un alma excepcional; está en una aflicción inefable debido al estado actual de la Iglesia, y tiene que soportar dolores extraordinarios, que Dios le favorece. Cada noche, le dirige una ferviente oración, para que se digne hacerlo sufrir por todo el mal que se hace ese día en la Iglesia. El tercero es un hombre de alto rango, casado, con muchos hijos, una esposa malvada y extravagante, y una casa grande. Vive en una gran ciudad donde hay católicos, protestantes, jansenistas y librepensadores. Todo está perfectamente ordenado en su casa: es muy caritativo con los pobres y soporta con gran nobleza todo lo que su malvada esposa le hace sufrir” (5). Catalina añade: “Todavía veo a cien mil hombres creyentes cumpliendo con su deber con sencillez”.
 
Lo que la Venerable dice de estos cien mil, y en particular de este hombre rico, que contribuyó con ella a reparar las iniquidades del mundo y a aplacar la Justicia Divina, es verdaderamente admirable y muy reconfortante. No dice que se impusieran penitencias a sí mismos, sino que cumplieron fielmente con sus deberes y soportaron pacientemente las dificultades que la Providencia había puesto en sus manos. De este modo, obtuvieron el derecho de Dios a incluirlos entre aquellos que no solo se justifican a sí mismos, sino que enmiendan los pecados ajenos y acuden en ayuda de la Santa Iglesia en las dificultades que le causan los impíos.
 
Santa Liduvina

En cada hora de prueba para la Iglesia, Dios ha derramado este espíritu de reparación, y siempre ha sido acogido por muchos fieles según la medida de su caridad y también según la gracia que les fue concedida. Siempre, incluso en momentos de crisis, ha habido almas más generosas, más heroicas, para responder al llamado divino y aceptar la misión de las víctimas. El autor de la vida de San Liduvina, Huysmans, lo dice muy bien: “Dios siempre ha hallado, a lo largo de los siglos, santos que han consentido en pagar, mediante el sufrimiento, el rescate por los pecados y las faltas. Esta ley de mantener un equilibrio entre el bien y el mal es singularmente misteriosa cuando se la considera; pues, al establecerla, el Todopoderoso parece haber querido poner límites él mismo y contener su Omnipotencia. Para que esta regla se aplique, Jesús debe ciertamente pedir la cooperación de la humanidad, y la humanidad no debe negarse a prestarla. Para expiar los pecados de algunos, exige las oraciones y mortificaciones de otros; Y esta es verdaderamente la gloria de la pobre humanidad: Dios nunca fue engañado”. El autor de estas líneas ha relatado, para asombro de la gente de nuestro tiempo, la terrible y prolongada agonía de la Virgen de Schiedam, y se ha preocupado de antemano por describir el estado espantoso en el que se encontraba Europa en el momento en que esta santa consintió en ser víctima por ella, es decir, a finales del siglo XIV y principios del XV, cuando la cristiandad comenzaba a descarriarse.
 
Casi al mismo tiempo, aunque un poco antes, Santa Brígida atendió las necesidades de la Iglesia de una manera diferente. Ella, una mujer humilde, tuvo que combatir públicamente la corrupción de la época con palabras y acciones. Se la veía viajando por toda Europa, exhortando al pueblo a la paciencia, reformando la moral del clero y los religiosos, e imponiendo a obispos, príncipes y reyes normas de vida marcadas por la sabiduría divina. Durante treinta años, instó a los papas de Aviñón a romper sus cadenas y regresar a Roma. Su vida parece más activa que pasiva; sin embargo, la enumeración de sus penitencias —como dice Vastovio— nos estremecería y nos parecería inventada, si no supiéramos que el amor divino eleva el alma por encima de sí misma. A estas penitencias corporales se sumaron los tormentos del alma. Experimentó dificultades casi insuperables para aparecer en público y denunciar, como se le había ordenado, los crímenes de príncipes y pueblos. “Ve a Roma -le había dicho Nuestro Señor- y quédate en esa ciudad hasta que hayas podido hablar con el Papa y el Emperador y comunicarles lo que te diré en su nombre”. La Santísima Virgen le había anunciado el Cisma de Occidente a Brígida y le había ordenado que transmitiera al Cardenal Albani lo que le dictaba: “Informo al Cardenal por medio de usted que, en el lado derecho de la Santa Iglesia, los cimientos están considerablemente debilitados, de modo que la bóveda superior está agrietada en varios puntos y amenaza con derrumbarse, de manera que muchos de los que pasan por debajo pierden la vida. La mayoría de las columnas, que deberían estar erguidas, ya están inclinadas hacia el suelo, y el pavimento está tan deteriorado que los ciegos se caen al entrar”. A veces, lo mismo les sucede a quienes ven bien: caen como los ciegos al tropezar con baches. Esta situación hace que la Iglesia sea muy peligrosa; y las consecuencias se verán pronto: pues (la parte derecha) sufrirá un derrumbe total si no se repara. La caída será tan estruendosa que se oirá en toda la cristiandad. Pero estas cosas deben entenderse en un sentido espiritual, es decir, no en el sentido de una iglesia material, sino de la Iglesia en su conjunto.


¡Cuántas otras víctimas voluntarias podríamos mencionar a lo largo de la historia de la Iglesia! En nuestro tiempo, vimos, entre muchas otras, a Louise Lateau, cuyos éxtasis y estigmas han presenciado muchos de nuestros lectores. La Madre María Teresa fundó una congregación cuyo único propósito, podría decirse, es la adoración reparadora.
 
Ante los monstruosos excesos del mal, la gracia de Dios ha despertado en muchos corazones fieles un inmenso deseo de compensar, mediante la devoción de su amor, las ofensas de la impiedad. Así, otras obras han surgido de este gran pensamiento de reparación. Cada una tiene su propósito; ¡tantos pecados hay que expiar! Cada una tiene su carácter particular, apareciendo en el lugar y el momento que Dios ha dispuesto en ese maravilloso jardín de las almas donde las flores se multiplican infinitamente sin ser jamás exactamente iguales. Nuestro Señor permite que todas estas asociaciones reparadoras participen activamente en sus sufrimientos, y todas juntas, unidas a la Iglesia, dice san Pablo, reproducen en su plenitud el misterio de su vida y muerte.
 
Mientras algunos blasfeman, otros gritan y lloran: unus orans et umus maledicens. Mientras algunos insultan a Cristo y a su Iglesia, otros se inmolan junto a la santa Víctima.

La patrona de todas estas almas expiatorias es Nuestra Señora de los Dolores. El 29 de diciembre de 1819, Jesús le reveló a Catalina Emmerich el sufrimiento de su Madre en la hora de su Pasión y le dijo: “Si quieres ayudar, sufre así”. Tras el regreso de su Hijo al Cielo, María permaneció en la tierra hasta que, bajo su protección, la Iglesia se fortaleció y pudo sellar la victoria de la Cruz con la sangre de los mártires.

Desde entonces, y hasta la segunda venida del Señor, jamás ha permitido que la Iglesia carezca de miembros que, siguiendo su ejemplo, se conviertan, mediante su sacrificio voluntario, en fuentes de perdón y bendición para la comunidad cristiana. Es, pues, esta Madre de la Misericordia quien, según las necesidades y méritos de la Iglesia, encomienda a instrumentos escogidos la tarea que deben cumplir para combatir victoriosamente a Satanás y a quienes se someten a su dominio: Inimicitias ponam inter te et mulierem et semen tuum et semen Illius.

Continúa...


Notas:

1) En su discurso durante la consagración de la Iglesia del Sagrado Corazón en Belén-les-Anvers, el obispo Mermillod se dirigió acertadamente a las "Hijas del Corazón de Jesús", encargadas de la tarea de orar en este santuario: "Sin las almas sacrificiales y consoladoras que unen sus sacrificios al de Jesús en el altar, el mundo se desmoronaría. Presencié una escena sublime en Alemania: La Última Misa se celebra en la tierra. En el Cielo, el Padre Eterno espera su consumación; los ángeles del juicio, apoyados en sus trompetas, se preparan para ejecutar las órdenes del Altísimo y convocar al mundo a la gran asamblea de la eternidad. Y, sin embargo, la Hostia y el Cáliz, elevados por el sacerdote, aún suspenden el cumplimiento de la sentencia suprema. Cuando se beba la última gota del cáliz, Dios dirá: 'La sangre de mi Hijo ha dejado de fluir en la tierra; las inmolaciones de las almas justas, unidas a las de la gran Víctima del altar, se han completado. Todo está bien. Se acabó, ya no hay tiempo'. Así, en su unión con Jesucristo, las almas justas que fueron inmoladas sostienen el mundo.

2) Ef. VI: 2

3) Marc, IV-28

4) Catalina Emmerich era hija de campesinos pobres y piadosos de la aldea de Flamske, cerca de Coesfeld, localidad de la diócesis de Münster. Tuvo varios historiadores, todos alemanes. Sus obras han sido traducidas al francés: el Dr. Krobbe, deán de la catedral de Münster; el padre Thomas Wegéner, postulador en su proceso de beatificación; y el padre Schmoeger, redentorista; la obra de este último consta de tres volúmenes en octavo.
Dom Guéranger rindió este homenaje a esta sierva de Dios y a la misión que se le encomendó: “Al leer estas visiones, que en su conjunto son de gran belleza y que con frecuencia llevan la impronta de una luz sobrehumana, es inevitable reconocer una acción providencial que se ejerció primero en las regiones de Europa donde el naturalismo había causado mayores estragos, antes de llegar hasta nosotros y ayudarnos poderosamente a reavivar esta fe piadosa que había languidecido durante mucho tiempo”.
El 9 de mayo de 1909, la Sagrada Congregación de Ritos se reunió en el Vaticano para examinar los escritos de la Venerable Ana Catalina Emmrich, con vistas a su beatificación.

5) San Juan de la Cruz hace esta observación: “Las penitencias que él elige no pueden producir en el alma los mismos frutos que la cruz de la Providencia; y vemos a personas de gran austeridad incapaces de soportar una contradicción”.