viernes, 16 de octubre de 2026

LA LEY DE CRISTO Y LA LEY DE LA IGLESIA (3)

Si todos los cristianos hemos de realizar un Éxodo espiritual hacia la Tierra Prometida, en esa travesía las leyes de la Iglesia serán para nosotros como un camino que facilite nuestro progreso.

Por el padre José María Iraburu


Las Leyes de la Iglesia, las reglas de perfección, los planes de vida personales, ayudan, ciertamente, a la vida espiritual de las personas y de las comunidades, para que adelanten siempre con facilidad y seguridad por el camino del Evangelio. Por lo tanto, lo que ya expuse sobre el tema (aquí y aquí) y lo que ahora expongo se refiere no sólo a las leyes universales de Dios o a las de la Iglesia –éstas son unas pocas, la misa dominical, por ejemplo–, sino que ha de aplicarse también a las reglas de perfección de comunidades religiosas o de asociaciones laicales, e incluso, de algún modo, a los mismos planes de vida espiritual que un cristiano puede trazarse.

Andar sin camino es mala cosa

Cuando una persona va andando hacia una ciudad sin sujetarse a camino alguno, el intento le resultará muy lento y fatigoso, pues con frecuencia habrá de atravesar por lugares cercados, matorrales, zonas pantanosas y bosques. Es muy probable que se extravíe más de una vez, que dé muchos rodeos innecesarios, que se pierda totalmente, o que incluso acabe por seguir caminando, pero ya sin intentar mantener una orientación continua hacia la meta que en un principio pretendía.

En la vida espiritual así camina el cristiano que, sobre todo en las acciones más directamente religiosas, no tiene pauta conductual alguna. Va a Misa un domingo y otros no, se confiesa o comulga cada mes, cada año o cada diez años, según esté su ánimo. Y así en todo. Esta situación de anomia (sin norma, a-nomos; cf. Rom 2,12), llevada al extremo, equivale ya simplemente a una vida de pecado, es decir, a una vida frecuentemente desviada del amor de Dios, a merced de la gana y de las circunstancias, siempre cambiantes, o para decirlo más exactamente: una vida cautiva de la carne, del mundo y del demonio. Así lo entiende San Pablo:

“Hubo un tiempo en que estabais muertos por vuestros delitos y pecados, cuando seguíais la corriente del mundo presente [mundo], bajo el príncipe que manda en esta zona inferior, el espíritu que ahora actúa contra Dios en los rebeldes [demonio]. Antes procedíamos también nosotros así, siguiendo los deseos de la carne, obedeciendo los impulsos de la carne y de la imaginación [carne]. Y naturalmente estábamos destinados a la reprobación, como los demás” (Ef 2,1-3).

Conviene, pues, andar por un camino. Así se consigue, con mucho menos esfuerzo mental, volitivo y físico, un avance incomparablemente más rápido y seguro. Y si son varios los que andan juntos por el mismo camino, unos se animan a otros, ayudándose mutuamente, y también el camino les ayuda a mantenerse unidos y a acrecentar esa unidad amistosa. Tanto facilita un camino el avance del caminante, que suele decirse: “este camino lleva a tal lugar”. Pues bien, si todos los cristianos hemos de realizar un Éxodo espiritual, saliendo del mundo-Egipto, y atravesando el Desierto, hacia la Tierra Prometida, en esa travesía una norma de vida –leyes de la Iglesia, reglas de perfección, plan de vida personal– será para nosotros como un camino, que facilite nuestro progreso y asegure siempre la dirección, avisándonos también cuanto nos extra-viamos.

La ley obra de modos muy diferentes en las diversas edades espirituales del cristiano. Tomemos un ejemplo de la pedagogía familiar. Cuando una madre quiere comunicarle a su hijo el espíritu de la higiene, comienza por darle ciertas normas, obligándole a cumplirlas incluso antes de que pueda entender su valor. Así, al principio, el niño se lava porque está mandado y se lo exigen; poco a poco va captando el sentido de la higiene; y finalmente la vive en su cuidado personal por convencimiento y por gusto. Pues bien, la Madre Iglesia procede de forma análoga en la educación evangélica de sus hijos, comunicándoles espíritu y obligándoles a ley. Podemos verlo, empleando el esquema clásico de las edades espirituales, considerando, por ejemplo, el precepto de la misa dominical.

–Los principiantes, que son como niños, y los pecadores, son los destinatarios principales de la ley. Están subjetivamente bajo la ley, porque les falta su espíritu. Por eso ha de decirse que “la ley no es para los justos, sino para los pecadores” (1Tim 1,9). Estos cristianos, aún tan pobres en el espíritu, tienen sin embargo el espíritu suficiente como para obedecer la ley eclesial, que no es poco –y van a misa–. Nótese que en el gráfico asoman la cabeza a la zona del Espíritu, aunque sólo un poco. Son todavía tan carnales que no harían la obra prescrita por la norma si ésta no existiera –no irían a misa los domingos, si no fuera obligatorio–.


–Los adelantados en la vida cristiana, en parte están aún bajo la ley, y en parte se mueven ya por el Espíritu. Éstos cumplen mejor los preceptos, pues van haciendo suyo el espíritu que los informa. Y si faltaran las leyes, unas veces harían las obras que prescriben y otras no –irían a misa algunos domingos–.
 
–Los perfectos en Cristo, finalmente, se mueven ya por el Espíritu, y como escribe San Juan de la Cruz en el frontispicio de la Subida del Monte Carmelo, “por aquí no hay camino, que para el justo no hay ley”. En realidad, el justo, estando por encima de la ley, es el único que la cumple perfectamente, con amor y plena libertad –seguiría yendo a misa dominical aunque se quitara el precepto–. Él no recibe subjetivamente la presión externa de la ley, pero objetivamente la reconoce, la ama y la obedece, e incluso hace mucho más de lo que ella manda –va a misa si puede todos los días–. Por lo tanto, sólo el cristiano más crecido en la gracia, más transfigurado en Cristo, es capaz de prestar a la ley de Dios y de la Iglesia una obediencia perfecta y del todo espiritual.

La fidelidad a las normas conduce hacia la plenitud del Espíritu

La Santa Madre Iglesia Católica educa a sus hijos dándoles juntamente espíritu y ley, al menos en algunas cuestiones más fundamentales –la misa dominical, la confesión y comunión anual, las penitencias cuaresmales, etc.–. En el precepto eclesiástico de la misa dominical, por ejemplo, se educa a los cristianos para que vivan de la Eucaristía, dándoles sobre ella no solamente el espíritu –por la catequesis, la predicación, el ejemplo–, sino también la ley –la obligación de la misa dominical: Código c.1246-1247–. De este modo, así como San Pablo dice de los judíos que “la Ley fue nuestro pedagogo para llevarnos a Cristo” (Gál 3,24), así también para los cristianos la ley de la Iglesia –y toda norma de vida, personal o comunitaria– tiene una función pedagógica, que conduce a la plenitud del Espíritu. Y según esto, lógicamente, la función de la ley va teniendo una importancia cada vez menor en las diversas edades espirituales del cristiano.

La ley y el amor

Recordemos que nos dijo Cristo, “si me amáis, guardaréis mis mandatos” (Jn 14,15). Si no le amamos, no podremos cumplirlos. Lo mismo asegura el Señor de los mandamientos de la Iglesia, pues son mandatos Suyos: “si amáis a la Iglesia, cumpliréis sus mandatos”. Y lo mismo dice el Señor de las Reglas de vida religiosa o de perfección laical aprobadas por la Iglesia. Por eso nunca los santos han contrapuesto amor y ley en la vida cristiana. Nunca han hecho enfrentamientos esquizoides entre ley y gracia, entre ley y amor, entre norma y Espíritu. Han entendido que se exigen y facilitan mutuamente. Son precisamente los santos los que han guardado con extrema fidelidad las leyes de la Iglesia y también, cuando son religiosos, las de su propia Regla.

Bien conocía Santa Teresa de Jesús la primacía de la caridad, pero no por eso menospreciaba el valor santificante de las leyes de la Iglesia, y preferiría pasar “mil muertes” antes de quebrantar la mínima (Vida 31,4; 33,5). Y ése era también su aprecio por las leyes del Carmelo: “La perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo. Y toda nuestra Regla y Constituciones no sirven de otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfección” (1M 2,17). “Con que procuremos guardar cumplidamente nuestra Regla y Constituciones con gran cuidado, espero en el Señor admitirá nuestros ruegos” (Camino Perf. 5,1). Cuando los Descalzos, erigidos en Provincia, estaban haciendo las Constituciones de las carmelitas (Alcalá 1981), según las primeras de Sta. Teresa (1562), es notable el empeño que ponía la santa para que ciertas normas se formulasen de éste o del otro modo. Daba a las leyes del Carmelo una gran importancia para la santificación de las monjas: “lo principal para que le dan el oficio [a la priora] es para que haga guardar Regla y Constituciones” (Visitas 22).

Bien conocía San Juan de la Cruz la primacía absoluta de la caridad, pero apreciaba muchísimo la virtualidad santificante de la Regla de vida religiosa. A un religioso le avisa dice: “Sea la primera cautela que jamás, fuera de lo que de orden estás obligado, te muevas a cosa, por buena que parezca y llena de caridad, sin orden de obediencia… Las acciones del religioso no son suyas, sino de la obediencia, y si las sacares de ella, se las pedirán como perdidas” (Cautelas 11). Él no quería que nunca se relajase la Regla, y lo temía: “Si en algún tiempo le persuadiera alguno, sea o no prelado, doctrina de anchura y más alivio, no la crea ni abrace, aunque se la confirme con milagros” (Carta 24).

Notas para una obediencia cristiana de la ley

Indico las principales:

–El amor al Señor y a la Iglesia ha de ser el motivo fundamental para obedecer sus leyes. Se aman y se cumplen con fidelidad y facilidad las leyes de Dios y de la Iglesia en la medida en que se les ama. Es fácil y grato hacer la voluntad del amado. Queremos observar siempre las leyes de la Iglesia para agradar a Cristo, para hacer su voluntad, y por amor a la Iglesia, para estar bien unidos a ella, haciendo su voluntad. Sabemos que fuera de ese amor y esa obediencia, no hay vida espiritual ni posibilidad alguna de apostolado fecundo.

–Toda ley ha de ser obedecida fielmente, hasta la última letra (Mt 3,18), pues “el que es fiel en lo poco, será fiel en lo mucho” (25,21-23). Cristo nos dio ejemplo cuando fue bautizado en el Jordán: “conviene que cumplamos toda justicia” (3,15), y al pagar el tributo del templo (17,24-27). Pero si Él obedecía humildemente la ley antigua, con más razón nosotros obedeceremos la ley nueva, la de Cristo y de su Iglesia.

–La caridad debe ir más allá del mero cumplimiento de la ley. La ley exige mínimos –ir a misa el domingo–. Por eso el que se limita a cumplir la ley, morirá por la letra (2Cor 3,6). La fidelidad a la ley, bien entendida, debe conducir a la plenitud del amor. Mal entendida, cuando el mínimo se toma como máximo exigido, se hace causa de mediocridad espiritual crónica.

–Hay que dar espíritu y ley, y los dos deben ser recibidos por los fieles. Si se da sólo espíritu, el camino evangélico queda sin trazar, resulta incierto, y muchos cristianos de poco espíritu se extraviarán. Si se da sólo ley, los fieles se verán judaizados bajo un yugo que no podrán soportar. Un río es agua y cauce –espíritu y ley–, no es sólo agua, ni sólo cauce. Agua sin cauce no es río, sino tierra encharcada. Cauce sin agua no es río; quizá lo fue.

Por otra parte, no conviene comenzar por la ley –del precepto dominical, por ejemplo–, sino por el espíritu. ¿Cómo podrá, p. ej., ir a Misa quien apenas tiene conocimiento y aprecio de ella? La ley debe urgirse en cuanto haya un mínimo de espíritu que haga posible –aunque arduo al principio– su cumplimiento. No se cava primero un cauce y luego se busca agua con que llenarlo. Mejor es sacar primero el agua, y que ella vaya formando suavemente su propio cauce. De hecho, en la Iglesia, la gran mayoría de las leyes fueron primero costumbres.

–La ley de Cristo es “ley de libertad” (Sant 2,12). Cumplirla, como ya he indicado, nos libera de permanecer cautivos del pecado, de la carne, del mundo y del Demonio. Haciéndonos por el amor y la obediencia “siervos de Cristo” (1Cor 7,22), así es como “él nos hace libres” (Gál 5,1; cf. 1Pe 2,16).

–La ley estimula actos internos, no sólo externos. La mera ejecución material de la obra prescrita da lugar a una obediencia puramente material, que no es virtud, y que incluso puede tener motivaciones insanas –evitarse líos, quedar bien–, y consecuencia pésimas de orgullo fariseo –“no soy como los demás hombres” (Lc 18,11)–… Por el contrario, la ley ha de suscitar una obediencia formal, que es un acto humano, un acto que implica atención de la mente e intención de la voluntad, y que, bajo la acción de la gracia, es al mismo tiempo un acto cristiano, que procede de “la fe operante por la caridad” (Gál 5,6). Cuando la Iglesia, por ejemplo, manda ir a Misa o rezar las Horas, impulsa a hacerlo buscando de verdad la glorificación de Dios y la salvación propia y ajena, con atención e intención, pues sin éstas no habría cumplimiento de la ley (sino cumplo-y-miento).

La simple repetición de actos remisos, prescritos por la ley, como no compromete el espíritu de la persona, apenas vale de nada, no crea virtud, no forma hábito, y hasta puede resultar peligrosa, pues da a la persona una apariencia engañosa de virtud. Hacer las cosas mal, aunque sean buenas, hace daño a la persona.

Amor a las leyes religiosas, por amor al Señor y a su Iglesia

Ya lo he señalado, pero insisto en ello, como también la Iglesia insiste en inculcarnos ese espíritu. En la Liturgia de las Horas, por ejemplo, en la Hora media, nos hace rezar todos los días algunas estrofas del Salmo 118, el más largo del salterio. Quiere la Iglesia que diariamente asimilemos el espíritu de un salmo, que en cada uno de sus 176 versos canta las maravillas de los mandatos divinos: “Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón. Guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo” (33-35).



LA CARTA PASTORAL DE MONSEÑOR RENDU

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


II - CARTA PASTORAL DE MONSEÑOR RENDU

Ya en el año 1858, en una carta pastoral de Cuaresma, Mons. Rendu, obispo de Annecy, había trazado —con gran perspicacia y una singular intuición del porvenir— el camino que seguiría la secta para paralizar el sacerdocio y aniquilar la acción del clero.

¡Ojalá se hubiera prestado mayor atención a sus advertencias y a sus informaciones!
 
Existe una carta dictada por la secta anticlerical; mediante la astucia y la perversión, sus adeptos han logrado introducir sus artículos principales —ya sea uno a uno, ya de forma repentina— en la legislación de casi todos los pueblos de Europa. Es conveniente, amadísimos hermanos, que conozcáis este avance subterráneo de los enemigos de vuestras almas. He aquí, pues, los artículos principales de esta Constitución anticristiana, concebida y meditada en las sociedades secretas para arrebataros la más preciada de las libertades: la de alcanzar vuestra salvación y conquistar, mediante la fe católica, el lugar que se os ha prometido en el reino de Dios. Los adeptos del racionalismo dicen a todos los legisladores de la cristiandad, y a aquellos a quienes se llama hombres de Estado:

Mantened al sacerdote en servidumbre y, cuando se le ocurra que las cadenas son demasiado pesadas, decidle que eso es libertad.

Conceded la libertad de conciencia a los herejes, a los judíos y a los ateos, pero aseguraos de que ni el sacerdote ni el católico gocen de ella.

Obstaculizad, en la medida de lo posible, el ministerio del sacerdote; separadlo del pueblo, del cual es amigo, defensor y apoyo.

No permitáis que las obras de beneficencia que ellos fundaron pasen por sus manos y lo acerquen al pobre, de quien es confidente y consolador.

Para aniquilar su influencia, quitadle los bienes que le otorgaban independencia y reducidlo al salario de un empleado del Estado, a la condición de mercenario.

Quitadle todo lo que pueda aumentar la consideración que el pueblo tiene por él, expulsadlo de los consejos, de las asambleas deliberantes, de las administraciones, de todas partes, para que caiga en la condición de paria.

Poned bajo tutela todo lo que le pertenece; que sea, si es posible, un extraño en el presbiterio, en el terreno de los muertos y hasta en su iglesia.

Mantenedlo alejado de la infancia, expulsarlo de las escuelas de la clase trabajadora.

Secularizad la educación superior de tal manera que se la prohíba al sacerdote.

Por temor a que se apele con demasiada frecuencia a la razón del pueblo, reducid el número de festividades; dedicad el domingo a ejercicios, banquetes, festejos y ocupaciones que alejen al pueblo de la moral evangélica; decidle, sobre todo, que el trabajo santifica el domingo mejor que la misa y la oración.

Instaurad fiestas nacionales, paganas o de cualquier otra índole, con tal de hacer olvidar las fiestas cristianas.

No permitáis que los misioneros recorran las parroquias para agitar las conciencias y fortalecer la fe del pueblo.

Para arrebatar al sacerdote la ventaja de respaldar sus enseñanzas con las palabras de la Escritura, válganse de esa misma Escritura para demostrar todas las doctrinas que deseen establecer en contra de la Escritura; conceded a la razón individual el derecho de interpretarla a su antojo y de forjarse una religión a su capricho.

Para debilitar al sacerdote, esforzaos por separarlo de los suyos. Poned al simple sacerdote en contra de su obispo; separad al obispo del Sumo Pontífice. Romped el vínculo de la jerarquía, y la Iglesia se derrumbará.

¿Queréis lograr dominar la Iglesia con mayor seguridad? Atribuíos el derecho de elegir, nombrar y formar a los sacerdotes; hacedlos, en la medida de lo posible, a vuestra imagen. Ejerced la inspección sobre las escuelas eclesiásticas; reservaos el nombramiento de los profesores de teología y dictad sus lecciones. En lugar de enviados de Jesucristo y de su Iglesia, tened maestros de religión, y haced que enseñen la vuestra.

Mientras no sean dueños de las conciencias, su poder no será más que un despotismo incompleto.

Para arrebatar al sacerdote la entrega absoluta que lo hace querido por el pueblo, procurad atarlo a una familia; volved a la opinión pública contra el celibato. Haced cerrar los claustros, expulsad a los religiosos, confiscad sus bienes; y cuando se vean reducidos a la miseria, privados de sus derechos ciudadanos, apartados de las obras de beneficencia, expulsados ​​de las escuelas y desprestigiados por vuestros publicistas, entonces clamaréis más fuerte que nunca contra sus usurpaciones.

No todo el mundo os creerá, pero ¿qué más da? Siempre habrá suficientes personas para paralizar la casa parroquial y ayudarnos a destruirla.

En cinco años, esto se ha logrado y superado.

Continúa...

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16 DE OCTUBRE: SAN GALO, ABAD


16 de Octubre: San Galo, abad

(✞ 646)

El glorioso abad San Galo, fue de nacionalidad irlandesa, hijo de padres tan ilustres por su nobleza como por sus cristianas virtudes. 

Le pusieron desde niño en el monasterio de Bencor bajo la disciplina de San Columbano, donde hizo grandes progresos en la virtud, en la poesía y en las Letras Sagradas. 

Siguió como fiel discípulo a San Columbano cuando este pasó de Irlanda a Inglaterra, y después a Francia, donde fueron muy bien recibidos como varones de Dios del Rey Sigeberto, y fundaron el monasterio de Anegroy en una selva de la diócesis de Besancon, y dos años después el de Luxenil. 

Habiendo sido desterrado de este monasterio San Columbano por el rey Trierry cuyas liviandades había reprimido, se retiró con San Galo a los estados de Teodoberto que era el rey de Austrasia, y pusieron su asiento en una soledad horrorosa cerca del lago de Constanza. 

Encontraron en él una capilla dedicada a San Aurelio, pero profanada por los gentiles, los cuales habían colgado algunos de sus ídolos en las paredes. 

Encendióse el celo de San Galo a la vista de aquella abominación y determinó trabajar en la conversión de aquellas gentes con la esperanza de encontrar la corona del martirio. 

Llegó el día de la fiesta principal de aquel lugar, y concurriendo mucho gentío, les predicó el santo con tanto fervor y eficacia contra las supersticiones del paganismo, que redujo a muchos a la fe cristiana. 

Pasando después de las palabras a las obras, derribó las estatuas de sus dioses y arrojó al lago los pedazos que hizo de ellas. 

San Columbano purificó la capilla, la bendijo, puso una ara sobre el altar y celebró el santo sacrificio de la Misa. 

Fue creciendo aquella comunidad, se levantaron celdas alrededor de la capilla, y aquella colonia de santos Religiosos hizo triunfar la vida monástica en medio del paganismo. 

San Galo curó una doncella hija del duque de Cunzón, que estaba poseída por el demonio, y que no había podido curarse con los exorcismos; y reconociéndolo el duque, hizo cuanto pudo para que el santo admitiese el obispado de Constanza que en aquella sazón había vacado; pero San Galo se resistió a aceptarlo. 

Por muerte de San Eustaquio, abad de Luxeu, todos los monjes eligieron por sucesor suyo a San Galo, pero este renunció también a aquella abadía, y nunca quiso salir de su soledad. 

Finalmente, habiéndole enviado el santo presbítero Willimar a la fiesta de su parroquia, predicó el santo con gran fruto delante de un numerosísimo concurso de gente, y tres días después, pasó de esta vida, a los ochenta años de edad, y recibió la recompensa por sus méritos y virtudes. 

Reflexión: 

No se puede hacer elogio más honorífico de un hombre, que el decir que fue amado por Dios. ¿Puede, en efecto, aspirar a más la ambición del corazón humano, que ser favorecido por Dios con su amistad, como lo fue San Galo? Por esto los santos despreciaron siempre las honras y dignidades terrenas, y se abrazaron únicamente con la humildad, persuadidos de que así agradaban de veras al Señor, y entraban por lo tanto, a formar parte del número de sus amigos predilectos. O Cristo se engaña, dice San Bernardo, al abrazarse con la humildad y las deshonras, o el mundo yerra, al correr desolado en pos de las honras y dignidades; pero Cristo no se puede engañar, porque es sabiduría infinita; luego el mundo yerra miserablemente.

Oración: 

Te rogamos, Señor, que nos recomiende delante de tu divino acatamiento la intercesión del bienaventurado abad Galo, para que lo que no podemos conseguir por nuestros méritos, lo alcancemos por su patrocinio. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 

jueves, 15 de octubre de 2026

DECLARACIÓN DEL P. RAPHAEL ARRIZAGA, OSB

Luego se ser expulsado por apoyar a Monseñor Williamson, el padre Arizaga, OSB, escribió esta carta.

Por 
Sean Johnson


Expulsado del monasterio de Silver City, Nuevo México, por apoyar a Monseñor Williamson en contra de un acuerdo de la FSSPX con la Roma modernista, pronto se enemistaría con este mismo obispo, esgrimiendo las mismas objeciones que los padres Pfeiffer y Hewko. Desde entonces, el inquieto monje ha viajado por México, varios países latinoamericanos y Estados Unidos, buscando donaciones para fundar su propio monasterio.

Hace un par de años, causó revuelo cuando anunció que comenzaría a realizar confirmaciones de validez (muy) cuestionable como simple sacerdote.

Marzo de 2013

Declaro que soy siervo de Nuestro Señor Jesucristo, de la Santísima Virgen María de Guadalupe y del padre de Nuestro Señor, San José, y que deseo vivir y morir por amor a Él. Movido por esta actitud, escribo esta declaración pública para aclarar las razones de mis acciones, acciones en las que no creo haber sido movido por rebeldía, interés personal ni por ningún otro motivo que no sea el amor a la doctrina y la caridad.

El motivo de mis acciones han sido las palabras de Garrigou Lagrange:

“La Iglesia es intolerante en principio porque cree; es tolerante en la práctica porque ama. Los enemigos de la Iglesia son tolerantes en principio porque no creen; son intolerantes en la práctica porque no aman”.

Los principios católicos que hemos recibido del arzobispo Lefebvre son el motor, el corazón, la razón de ser de la FSSPX, el mayor tesoro que hemos heredado de él, y a través del cual hemos recibido la religión católica en toda su fuerza e integridad. El amor a esta doctrina me ha llevado a confiar de manera especial en la enseñanza del obispo Williamson. Su consejo me guió sabiamente a continuar en mi amado monasterio de Silver City y a cultivar una vida monástica de fidelidad, sabiendo que esta es la mejor manera de servir a la Iglesia en la sublime vocación benedictina. La intolerancia respecto a los principios me impulsó necesariamente a apoyarme en el obispo Williamson, mientras que la tolerancia en la caridad me llevó a continuar en mi amado monasterio. Desafortunadamente, mis superiores han decidido que esta forma de vida no es posible. El domingo 24 de febrero, las puertas de mi monasterio se cerraron para mí, para mi gran sorpresa. ¿Mi crimen? Seguir al obispo Williamson. 

No deseo atacar a mi monasterio, ni a mi padre espiritual Dom Cyprian; no son modernistas; Su intención es entregarlo todo a Dios y ser santos, y su generosidad es incuestionable. El problema radica más bien en no comprender la grandeza de la doctrina: su prioridad sobre todo lo demás. Doctrina que se fundamenta sólidamente en el obispo Williamson, especialmente, aunque no exclusivamente. Esto se demuestra por el hecho de que su enseñanza y sus Comentarios Eleyson nunca han sido refutados. Este amor por la doctrina implica que la condena del obispo Williamson también recae sobre mí: fui su amigo y su hijo, y ese fue mi pecado. Mi búsqueda de sabiduría a través de la dirección espiritual, sin deseo de abandonar mi monasterio, sino solo de confirmarme en la fe y continuar mi defensa de la fe como un soldado de Jesucristo debía hacerlo, para así ayudar mejor al monasterio, fue la causa de mi expulsión.

La caridad me exige no condenar ni a la FSSPX ni al monasterio de Ciudad de Plata; solo Dios puede juzgar. Perdono toda la injusticia cometida contra mí. Asimismo, pido perdón a todos aquellos a quienes he ofendido, especialmente a Dom Cyprian, a quien jamás dejaré de amar y por quien sigo orando con especial fervor, esperando que la Divina Providencia nos vuelva a reunir. No me declaro enemigo de nadie. Simplemente declaro que soy intolerante con el pecado y enemigo de la doctrina liberal, pecado contra el Primer Mandamiento, puesto que el liberalismo es una blasfemia en la práctica, que sin duda se ha infiltrado en diversas partes de la FSSPX.

Por caridad hacia mi pobre alma, imploren la infinita misericordia de Dios, y a todos ustedes, mis hermanos en la Fe, les pido su caridad fraterna para que oren mucho por su pobre siervo.

Con la ayuda de Dios pronto abriremos un nuevo monasterio, y desde ahora les pido su colaboración. Recibiremos a todos los católicos que sean intolerantes en la doctrina pero tolerantes en la caridad.

Siempre suyo en Nuestro Santo Padre San José,

Padre Raphael Arizaga, OSB
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (17)

Continuamos con la publicación del capítulo 17 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.



Decimaséptima Hora: De las 9 a las 10 de la mañana

La Coronación de espinas de Jesús “Ecce Homo!”

Jesús es condenado a Muerte

¡Jesús mío, Amor infinito, más te miro y más comprendo cuánto sufres! Te encuentras de tal forma lacerado que no queda parte sana en ti. Los verdugos, volviéndose todavía más feroces, al ver que tú, en medio de tantas penas, los miras con tanto amor que tu mirada llena de amor forma un dulce encanto, casi como si hablara rogando y suplicando más y más penas, aunque son inhumanos, de todos modos se sienten forzados por tu amor a ponerte de pie; pero tú, no pudiendo mantenerte parado, caes de nuevo en tu sangre, y ellos, irritados, a patadas y a empujones te hacen llegar al sitio en donde te coronarán de espinas.

Amor mío, si tú no me sostienes con tu mirada de amor, yo no podré seguir viéndote sufrir; siento ya un escalofrío que me llega hasta los huesos, mi corazón salta, me siento morir... ¡Jesús, Jesús, ayúdame!

Y mi amable Jesús me dice:

“Ánimo, hijo mío, no vayas a perderte nada de lo que he sufrido; pon atención a mis enseñanzas. Yo debo rehacer al hombre en todo; la culpa le ha quitado su corona y lo ha coronado de oprobios y de confusión, de modo que no puede comparecer ante mi majestad. La culpa lo ha deshonrado, haciéndole perder cualquier derecho a los honores y a la gloria, es por eso que quiero ser coronado de espinas, para volver a ponerle al hombre sobre la frente su corona, y para devolverle todos los derechos a toda clase de honor y gloria. Y mis espinas serán ante mi Padre reparaciones y voces de disculpa por tantos pecados de pensamiento, especialmente de soberbia, y serán también voces de luz para cada mente creada con las que les suplicaré que no me ofendan. Por eso, únete a mí, ora y repara junto conmigo”.

Coronado Jesús mío, tus crueles enemigos hacen que te sientes, te echan encima un trapo viejo de púrpura, toman la corona de espinas, y con furia infernal te la ponen sobre tu adorable cabeza; y con un palo, a base de golpes, hacen que las espinas penetren sobre tu frente y parte de ellas se te clavan hasta en los ojos, en los oídos, en el cráneo y hasta por detrás de la nuca.

Amor mío, ¡qué penas tan desgarradoras e indescriptibles! ¡Cuántas muertes tan crueles sufres! Tu sangre corre sobre tu rostro, de manera que ya no se ve más que sangre; pero bajo esas espinas y esa sangre se puede ver todavía tu rostro santísimo, radiante de dulzura, de paz y de amor. Y los verdugos, queriendo concluir la tragedia, te vendan los ojos, te ponen en la mano una caña como si fuera un cetro y dan inicio a sus burlas. Te saludan cual Rey de los judíos, te golpean la corona, te dan bofetadas y dicen:

“Adivina, ¿quién te ha golpeado?”.

Y tú callas y respondes reparando las ambiciones de quienes aspiran a los reinos, a las dignidades, a los honores, y por quienes ocupando estos puestos, no comportándose debidamente, forman la ruina de los pueblos y de las almas confiadas a ellos y que, por sus malos ejemplos, incitan al mal y a que las almas se pierdan.

Y con esa caña que tienes en la mano, tú reparas por tantas obras buenas, vacías de espíritu interior o incluso hechas con malas intenciones. Con los insultos y esa venda, reparas por quienes ponen en ridículo las cosas más santas, desacreditándolas y profanándolas; reparas también por quienes se vendan la vista de la inteligencia para no ver la luz de la verdad.

Y con la venda ruegas por nosotros para que nos quitemos las vendas de las pasiones, de las riquezas y de los placeres.

Jesús, Rey mío, tus enemigos te siguen insultando; tu sangre chorrea tanto de tu santísima cabeza que llegándote hasta la boca te impide hacerme oír claramente tu dulcísima voz, por lo que no puedo hacer lo que tú estás haciendo; por eso me arrojo a tus brazos y quiero sostener tu cabeza traspasada y adolorida y poner la mía debajo de tus espinas, para sentir sus punzadas...

Pero mientras estoy diciendo esto, Jesús me llama con su mirada de amor y yo corro, me abrazo a su Corazón y trato de sostener su cabeza. ¡Oh, qué gusto da estar con Jesús, aún en medio de mil tormentos!

Y él me dice:

“Hijo mío, estas espinas proclaman que quiero ser constituido Rey de cada corazón; a mí me corresponde todo dominio; y tú, toma estas espinas y atraviesa con ellas tu corazón y haz que salga de él todo lo que a mí no me pertenece; deja dentro de tu corazón una espina, como señal de que yo soy tu Rey y para impedir que ninguna otra cosa entre en ti; luego recorre todos los corazones de las criaturas y traspasándolos con mis espinas haz que salgan de ellos todos los humos de soberbia, la podredumbre que tienen, y constitúyeme Rey de todos”.

Amor mío, el corazón se me oprime cuando te dejo. Por eso te suplico: que ensordezcas mis oídos con tus espinas, para que ya no pueda oír alguna otra voz que no sea la tuya; que cubras con tus espinas mis ojos, para tener ojos solamente para mirarte a ti; que me llenes con tus espinas la boca, para que mi lengua permanezca muda a todo lo que pueda ofenderte y se encuentre libre para alabarte y bendecirte en todo. ¡Oh Jesús, Rey mío!, rodéame de espinas y que estas espinas me cuiden, me defiendan y me tengan abismado totalmente en ti.

Y ahora quiero limpiarte la sangre y besarte, pues veo que tus enemigos te conducen ante Pilato, quien te condenará a muerte. Amor mío, ayúdame a seguir tu doloroso camino y bendíceme.

Jesús de nuevo ante Pilato

Coronado Jesús mío, mi pobre corazón, herido por tu amor y traspasado por tus penas, no puede vivir sin ti y por eso te busco y te encuentro nuevamente ante Pilato.

Pero, ¡qué espectáculo tan conmovedor! ¡Los cielos quedan horrorizados y el infierno tiembla de espanto y de rabia! Vida de mi corazón, yo no puedo seguir viéndote sin que me sienta morir. Mas la fuerza de tu amor me obliga a mirarte, para hacer que comprenda bien tus penas; así que, entre lágrimas y suspiros, te contemplo.

Jesús mío, te encuentras desnudo y en vez de llevar ropa, estás vestido de sangre; todo tu cuerpo está destrozado, tus huesos han quedado al descubierto, tu rostro santísimo está irreconocible, las espinas clavadas en tu cabeza te llegan hasta los ojos; y por todo tu rostro, yo ya no veo más que sangre que corriendo por el suelo forma un arroyo bajo tus pies.

¡Oh Jesús mío, ya no te reconozco! ¡A qué estado te han reducido! ¡Has llegado a los excesos más profundos de las humillaciones y de los dolores! ¡Ah, no puedo soportar seguir viéndote en ese estado tan doloroso! ¡Me siento morir! Quisiera arrebatarte de la presencia de Pilato, para encerrarte en mi corazón y darte descanso; quisiera sanar tus llagas con mi amor; quisiera inundar el mundo entero con tu sangre para encerrar en ella a todas las almas y conducirlas a ti como conquista de tus penas.

Y tú, paciente Jesús mío, a duras penas, parece que me miras a través de las espinas y me dices:

“Hijo mío, ven a mis brazos atados, apoya tu cabeza sobre mi Corazón y sentirás dolores todavía más intensos y amargos, porque todo lo que ves por fuera de mi humanidad, no es sino lo que rebosa de todo lo que estoy sufriendo en mi interior. Pon atención a los latidos de mi Corazón y sentirás que reparo las injusticias de los que mandan, la opresión de los pobres, de los inocentes pospuestos a los malhechores, la soberbia de quienes para conservar sus dignidades, cargos o riquezas, no titubean en transgredir cualquier ley y hacerle mal al prójimo, cerrando los ojos a la luz de la verdad. Con estas espinas quiero hacer pedazos el espíritu de soberbia de sus señorías y, con los agujeros que hacen en mi cabeza, quiero abrirme camino en sus mentes, para reordenar en ellas todas las cosas a la luz de la verdad. Y estando así humillado ante este juez injusto, quiero hacerles comprender a todos que solamente la virtud es la que constituye al hombre rey de sí mismo, y les enseño a los que mandan que sólo la virtud, unida al recto saber, es la única digna y capaz de regir y gobernar a los demás, mientras que todas las demás dignidades, sin la virtud, son cosas peligrosas y deplorables”.

“Hijo mío, haz eco a mis reparaciones y sigue poniendo atención a todas mis penas”.

Amor mío, veo que Pilato, viéndote reducido a tal extremo se estremece, y sumamente impresionado exclama:

“¿Cómo puede ser posible tanta crueldad en el corazón del hombre? ¡Ah, no era esta mi intención al condenarlo a la flagelación!”

Y queriendo liberarte de las manos de tus enemigos, para poder hallar razones más convincentes, casi arrepentido y apartando la mirada de ti, no pudiendo seguir soportando el verte en ese estado tan doloroso, vuelve a preguntarte:

“Pero dime, ¿qué has hecho? Tu gente te ha entregado en mis manos. Dime, ¿tú eres Rey? ¿Cuál es tu Reino?”.

A la tempestad de preguntas que te hace Pilato, tú, ¡oh Jesús mío!, no respondes, y metido en ti mismo piensas en salvar mi pobre alma a costa de tantas penas.

Y Pilato, viendo que no le respondes, añade:

“¿No te das cuenta de que está en mi poder ponerte en libertad o condenarte?”.

Pero tú, Amor mío, queriendo hacer que resplandezca en Pilato la luz de la verdad, respondes:

“No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto; pero quienes me han entregado en tus manos han cometido un pecado aún más grave que el tuyo”.

“Ecce Homo”. Jesús es condenado a muerte


Entonces, Pilato, casi movido por la dulzura de tu voz, indeciso y con el corazón en tempestad, creyendo que el corazón de los judíos era más piadoso, se decide a mostrarte a ellos desde la terraza, esperando que se muevan a compasión al verte tan destrozado, para así poder ponerte en libertad.

Adolorido Jesús mío, mi corazón desfallece al verte seguir a Pilato. Caminas fatigosamente, encorvado bajo esa horrible corona de espinas, la sangre señala tus pasos y apenas sales, escuchas a la multitud alborotada que aguarda con ansiedad tu condena. Y Pilato, imponiendo silencio para obtener la atención de todos y así poder ser escuchado, con visible repugnancia, toma los dos extremos de la púrpura que te cubre el pecho y los hombros, y la levanta para hacer que todos puedan ver en qué estado has quedado reducido, y dice en voz alta:

“¡Ecce Homo! ¡Mírenlo, ya no tiene aspecto de hombre! ¡Observen sus llagas: ya no se le reconoce! Si ha hecho mal, ya ha sufrido bastante, mejor dicho, demasiado; yo ya estoy arrepentido de haberlo hecho sufrir tanto; por eso, pongámoslo en libertad”.

Jesús, Amor mío, déjame que te sostenga, pues veo que vacilas al no poder mantenerte de pie bajo el peso de tantas penas. ¡Ah, en este momento solemne se va a decidir tu suerte! Inmediatamente después de las palabras dichas por Pilato, se hace un profundo silencio en el cielo, en la tierra y en el infierno; y luego, como a una sola voz, oigo el grito de todos:

“¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Lo queremos muerto a cualquier costo!”.

Vida mía, Jesús, veo que estás temblando. El grito de muerte, penetra hasta lo más profundo de tu Corazón, y en estas voces percibes la voz de tu amado Padre que dice:

“¡Hijo mío, te quiero muerto y muerto crucificado!”.

¡Ah!, oyes también a tu querida Madre, que, aunque llena de dolor y desolada, hace eco, a tu amado Padre:

“¡Hijo, te quiero muerto!”.

Los ángeles y los santos, como también el infierno, gritan todos a una voz:

“¡Crucifícalo, Crucifícalo!”

De manera que no hay quien te quiera vivo. Y, ¡ay de mí! Lleno de vergüenza, de dolor y de asombro, también yo me veo forzado por una fuerza suprema a gritar:

“¡Crucifícalo!”

Jesús mío, perdóname si yo también, miserable alma pecadora, te quiero muerto, pero te suplico que me hagas morir junto contigo.

Y entre tanto tú, destrozado Jesús mío, movido por mi dolor, parece que me dices:

“Hijo mío, estréchate a mi Corazón y toma parte en mis penas y en mis reparaciones. El momento es solemne: se debe decidir entre mi muerte y la muerte de todas las criaturas. En este momento dos corrientes desembocan en mi Corazón: en una están todas las almas que si me quieren muerto, es porque quieren hallar en mí la vida y aceptando yo la muerte por ellas, son absueltas de la condenación eterna y las puertas del cielo se abren para recibirlas; en la otra corriente están las almas que me quieren muerto por odio y para confirmar su condena, por lo que mi Corazón queda destrozado y siente la muerte de cada una de ellas y hasta las mismas penas del infierno”.

“Mi Corazón no soporta estos dolores tan amargos; siento la muerte en cada latido, en cada respiro, y me repito una y otra vez: ¿Por qué tanta sangre será derramada en vano? ¿Por qué mis penas serán inútiles para tantos?”.

“¡Ah, hijo mío, sostenme que ya no puedo más! Toma parte en mis penas y que tu vida sea una continua ofrenda para salvar almas y para mitigar mis penas tan desgarradoras”.

Corazón mío, Jesús, tus penas son mías, por lo que quiero hacer eco a tus reparaciones.

Pero Pilato queda atónito y se apresura a decir:

“¡Cómo! ¿Debo crucificar a su Rey? ¡Yo no encuentro culpa alguna en él para condenarlo!”.

Y los judíos gritan, ensordeciendo el aire:

“¡No tenemos más rey que el César! ¡Quita, quita! ¡Crucifícalo, crucifícalo!”.

Y Pilato, ya no sabiendo qué hacer, por temor a ser destituido, hace que le traigan un recipiente con agua y lavándose las manos, dice:

“Soy inocente de la sangre de este justo”.

Y te condena a muerte. Pero los judíos gritan:

“¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”.

Y al verte condenado, se ponen de fiesta, aplauden, silban y gritan. Y mientras, tú, oh Jesús, reparas por quienes hallándose en el poder, por vano temor o por no perder su puesto, pisotean las leyes más sagradas, no teniendo cuidado alguno de la ruina de pueblos enteros, favoreciendo a los malvados y condenando a los inocentes. Reparas también, por quienes después de la culpa, incitan la cólera de Dios a castigarlos.

Pero mientras reparas esto, el Corazón te sangra por el dolor de ver a tu pueblo escogido fulminado por la maldición del cielo, que ellos mismos, con plena voluntad, han pedido sellándola con tu sangre. ¡Ah, el Corazón se te deshace! Déjame que lo sostenga entre mis manos haciendo mías tus reparaciones y tus penas. Pero el amor te empuja hasta el más alto grado y ya con impaciencia buscas la cruz.

Reflexiones y prácticas

Jesús, coronado de espinas, es tratado cual rey de burla y debe soportar insultos y penas inauditas; repara de manera especial los pecados de soberbia; y nosotros, ¿evitamos todo sentimiento de orgullo? ¿Atribuimos a Dios todo el bien que hacemos? ¿Nos sentimos inferiores a los demás? ¿Está siempre vacía nuestra mente de cualquier otro pensamiento para poder darle lugar a la gracia?

Muchas veces no le damos lugar a la gracia por tener nuestra mente llena de otros pensamientos; así que no estando nuestra mente llena de Dios, somos nosotros mismos la causa de que el demonio nos moleste, y casi que somos nosotros mismos quienes fomentamos las tentaciones. En cambio, cuando nuestra mente está llena de Dios, si el demonio quiere acercarse a nosotros, no encontrando lugar en dónde sugerirnos sus tentaciones, se aleja lleno de confusión, porque los pensamientos santos tienen tanta fuerza contra el demonio, que mientras él hace como que quiere acercarse al alma, dichos pensamientos son como espadas que lo hieren y lo alejan.

Por eso en vano nos lamentamos cuando el enemigo nos está molestando; es nuestra poca vigilancia la que incita al enemigo a atacarnos, pues está siempre espiando nuestra mente para poder encontrar pequeños vacíos y poder lanzar su ataque. Y entonces, en vez de darle alivio a Jesús con nuestros santos pensamientos y así quitarle las espinas de la cabeza, con suma ingratitud se las enterramos aún más haciéndole sentir dolores más amargos; y así la gracia queda frustrada y no puede desarrollar en nuestras mentes su trabajo dándonos santas inspiraciones.

Muchas veces es peor todavía: mientras sentimos el peso de las tentaciones, en vez de ofrecérselas a Jesús para consumarlas en el fuego de su amor, nos ponemos a pensar, nos entristecemos, hacemos cálculos sobre las mismas tentaciones, por lo que no solamente nuestra mente está ocupada en estos malos pensamientos, sino que también todo nuestro ser queda envuelto en ellos y entonces sí que casi se necesitaría un milagro de Jesús para desatarnos. Y Jesús, a través de esas espinas parece que nos mira y nos dice:

“¡Ah, hijo mío, eres tú mismo quien no quiere mantenerse unido a mí!, si tú te hubieras acercado de inmediato a mí, yo mismo te habría ayudado a liberarte de las molestias que el enemigo te ha puesto en la mente y no me habrías hecho anhelar tanto tu regreso a mí. Estuve buscando ayuda de tu parte para que me quitaras estas espinas tan dolorosas, pero he esperado en vano, porque tú te hallabas ocupado con el trabajo que el enemigo te había procurado. ¡Oh, cuánto menos serías tentado si te arrojaras de inmediato a mis brazos! El enemigo, teniendo miedo, no de ti sino de mí, te dejaría”.

“Jesús mío, que tus espinas sellen mis pensamientos en tu mente y le impidan al enemigo cualquier clase de tentación”.

Cuando Jesús se hace sentir en nuestra mente o en nuestro corazón, ¿correspondemos a sus inspiraciones o nos olvidamos de ellas? Jesús es tratado cual rey de burla y nosotros, ¿respetamos todas las cosas santas? ¿Hacemos uso de todo el respeto debido hacia ellas como si estuviéramos tocando a Jesús mismo?

“Coronado Jesús mío, hazme sentir tus espinas para que al sentirsus punzadas pueda comprender cuánto sufres y así te constituya Rey de todo mi ser”.

Jesús fue presentado para ser condenado a muerte por ese pueblo que él tanto había amado y beneficiado.

Nuestro amante Jesús, para darnos la vida, acepta morir por nosotros. ¿Estamos dispuestos a aceptar cualquier pena para que Jesús ya no sea ofendido y no sufra? Nuestros sufrimientos debemos aceptarlos para no hacer sufrir a Jesús; y puesto que su humanidad sufrió infinitamente, siendo que nosotros debemos continuar su vida sobre la tierra, debemos corresponder con nuestras penas a las penas de la humanidad de nuestro amado Jesús.

¿De qué manera compadecemos las penas que Jesús sufre al ver tantas almas arrancadas de su Corazón? ¿Hacemos nuestras sus penas para darle alivio en todo lo que sufre?

Los judíos lo quieren muerto para hacer que él muera como un infame y su nombre sea cancelado de la faz de la tierra. Y nosotros, ¿hacemos lo posible porque Jesús viva sobre la tierra? Con nuestros actos, con nuestros ejemplos, con nuestros pasos debemos dejar una huella divina en el mundo para hacer que Jesús sea conocido por todos y que su vida tenga un eco divino en nosotros que se oiga de un extremo al otro de la tierra. ¿Estamos dispuestos a dar nuestra vida para hacer que Jesús encuentre un alivio en nosotros por todas las ofensas que recibe, o más bien imitamos a los judíos, un pueblo tan favorecido por él, casi igual que nuestra pobre alma tan amada por Jesús, y gritamos como ellos “Crucifícalo”?

“Condenado Jesús mío, que tu condena sea también la mía que acepto por amor a ti; y para consolarte me fundiré continuamente en ti, para llevarte a todos los corazones de las criaturas, hacer que todos te conozcan y darles a todos tu vida”.

Continúa...

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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (135)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


135. Llegada a Betania. La Magdalena escucha el discurso de Jesús

Cuando Jesús, subida la última pendiente, llega al páramo, ve Betania, toda esplendorosa bajo un sol de Diciembre que quita tristeza a los campos desnudos y hace menos oscuros los rodales de verde de los cipreses, chaparros y algarrobos que crecen aquí o allá y parecen cortesanos en ademán de saludar a alguna que otra palma altísima, verdaderamente regia, que se eleva solitaria en los jardines más bellos. Y es que Betania no ostenta sólo la bonita casa de Lázaro, sino también otras moradas de ricos, quizás habitantes de Jerusalén que prefieren vivir aquí, cerca de sus bienes; sus villas, de voluminosa y bella arquitectura, con jardines bien cuidados, destacan sobre el conjunto de las casitas de los aldeanos. Produce una extraña 
sensación ver en un terreno ondulado todavía alguna palma evocadora del Oriente, con su tallo esbelto y el penacho duro y rumoroso de sus hojas, tras cuyo verde jade, instintivamente, se busca la inacabable amarillez del desierto. Aquí, sin embargo, el fondo es de olivos verde y plata y de campos arados (por ahora carentes del menor signo de trigo) y de esqueléticos conjuntos de árboles frutales de troncos oscuros y de ramajes enmarañados, como si fueran almas retorciéndose por una tortura infernal.
Y ve también enseguida a un servidor de Lázaro puesto de centinela. Éste saluda con gran reverencia y pide permiso para llevar a los señores la noticia de su llegada; obtenido el permiso, se marcha presuroso.
Entretanto, del campo y de la misma ciudad, acuden a saludar al Rabí, y, tras un seto de laurel, que circunda con su verde perfumado una hermosa casa, se asoma una joven mujer que, ciertamente, no es israelita. Su peplo o, si no recuerdo mal los nombres, su estola (larga hasta formar una pequeña cola, amplia, de suave lana blanquísima a la que da viveza una greca bordada de intensos colores en que destacan brillantes hilos de oro, ceñida a la cintura por un cinturón igual que la franja) y su tocado (una redecilla de oro que mantiene un complicado peinado: por delante, del todo hecho de pequeños bucles; luego liso, para terminar en un moño grande sobre la nuca) me hacen pensar que es griega o romana. Mira con curiosidad, incitada por los gritos cantarines de las mujeres y los gritos de júbilo de los hombres; luego sonríe despreciativamente al ver que se dirigen hacia un pobre hombre que carece hasta de un burro en que ir montado y que camina rodeado de un grupo de personas como él, que despiertan aún menos interés. Se encoge de hombros y, con un gesto de aburrimiento, se aleja, seguida - como si fueran perros - de un grupo de aves zancudas variopintas entre las que hay blancas ibis y multicolores flamencos; no faltan dos zancudas del color del fuego con una coronita trémula sobre la cabeza que parece de plata, único candor de su espléndido plumaje de llama dorada.
Jesús la mira un instante, luego continúa escuchando a un anciano que... querría no padecer la debilidad que padece en las piernas. Jesús le acaricia y le exhorta a... tener paciencia; que dentro de poco vendrá la primavera y con el buen sol de abril se sentirá más fuerte. Llega al improviso Maximino, que precede en unos metros a Lázaro.
-Maestro... me ha dicho Simón que... que Tú vas a su casa... Le va a dar pena a Lázaro... pero es comprensible...
-Hablaremos de ello luego. ¡Oh, amigo mío!
Jesús se acerca rápido a Lázaro, el cual parece sentirse violento, y lo besa en la mejilla. Entretanto han llegado a una callejuela que conduce a una casita situada entre otros terrenos de árboles frutales y el de Lázaro.
-Entonces, ¿estás decidido a ir donde Simón?
-Sí, amigo mío. Traigo conmigo a todos los discípulos y lo prefiero así...
Lázaro encaja mal esta determinación, pero no replica; sólo se vuelve a la pequeña aglomeración de gente que los sigue y dice:
-Marchaos. El Maestro necesita descansar.
Y esto me da ocasión para ver el poder que tiene Lázaro. Todos, oídas estas palabras, previa reverencia, se marchan, mientras Jesús se despide de ellos con su dulce: “Paz a vosotros. Os avisaré de cuándo voy a predicar”.
-Maestro - dice Lázaro, ahora que están solos, adelantados respecto a los discípulos, los cuales, algunos metros más atrás, están hablando con Maximino -... Maestro... Marta está llorando desconsoladamente; por esta razón no ha venido. Luego sí vendrá. Yo lloro sólo en mi corazón. Pero hay que reconocer que es justo. Si hubiéramos pensado que ella venía... pero no viene nunca en las fiestas... ¿Es que, acaso, ha venido alguna vez?... Yo digo: precisamente hoy tenía que traerla aquí el demonio.
-¿El demonio? Y, ¿por qué no su ángel por mandato de Dios? De todas formas, créeme, aunque ella no estuviera, Yo habría ido a casa de Simón.
-¿Por qué, mi Señor? ¿No te dio paz mi casa?
-Tanta paz que, después de Nazaret, es el lugar que más estimo. Y ahora, respóndeme: ¿Por qué tu misiva de que dejara Agua Especiosa? Por la asechanza que se avecina, ¿no es así? Pues entonces Yo vengo a las tierras de Lázaro, pero no pongo a Lázaro en la situación de que lo insulten en su casa. ¿Piensas que te respetarían? Para pisotearme a mí, pasarían incluso por encima del Arca Santa... Déjame hacerlo como pienso, por ahora al menos. Más tarde iré. Y además, nada me impide comer en tu casa, como nada impide que tú vengas a donde me alojo Yo. Deja que se diga: "Está en casa de un discípulo suyo".
-¿Y yo no lo soy?
-Tú eres el amigo. Es más que discípulo para el corazón, es distinto para donde hay malicia. Déjame hacer las cosas como he pensado. Lázaro, esta casa es tuya... pero no es tu casa, la bonita y rica casa del hijo de Teófilo, y, para los pedantes, eso cuenta mucho.
-Eso es lo que dices... pero es porque... es por ella... eso es. Yo estaba ya casi decidido a perdonar... pero si ella es causa de que Tú te apartes, ¡vive Dios que la odiaré!
-Y me perderás del todo. Depón este pensamiento enseguida o ahora mismo me pierdes... Aquí viene Marta. Paz a ti, mi dulce hospedera.
-¡Oh, Señor!
Marta, de rodillas, llora. Se ha bajado el velo, que lleva sobre el tocado hecho en forma de diadema, para no mostrar mucho su llanto a los extraños; pero, a Jesús no piensa ocultárselo.
-¿Por qué este llanto? ¡Verdaderamente estás desperdiciando estas lágrimas! Hay muchos motivos para llorar, y para hacer de las lágrimas un objeto precioso. Pero, ¡llorar por este motivo!... ¡Oh! ¡Marta! ¡Parece como si ya no supieras quién soy Yo! Del hombre, como sabes, no tengo más que lo que se ve; el corazón es divino, y palpita como divino. ¡Vamos, levántate y entra en casa!... Y a ella... dejadla. Aunque viniera a burlarse de mí, dejadla os digo. No es ella. Es el que la posee quien la hace instrumento de turbamiento. Pero aquí hay Uno que es más fuerte que su amo. Ahora la lucha es entre él y Yo, directamente. Vosotros orad, perdonad, tened paciencia y creed. Y nada más.
Entran en la casita (es una pequeña casa cuadrada rodeada de un pórtico que la hace más extensa). Dentro hay cuatro habitaciones divididas por un pasillo en forma de cruz. Una escalera, exterior como siempre, conduce a la parte alta del pequeño pórtico, que, por tanto, aquí es una terraza, que da acceso a una vastísima estancia de las mismas dimensiones que la casa; en el pasado ciertamente destinada para las provisiones, ahora enteramente libre y limpia, absolutamente vacía.
Simón, que está al lado de su anciano criado - oigo que le llaman José -, hace los honores de la casa. Dice:
-Aquí se podría hablar a la gente, o, si no, comer... Como Tú quieras.
-Ahora veremos. Entretanto, ve a decirles a los demás que después de la comida la gente puede venir. No defraudaré a la gente buena de este lugar.
-¿Dónde digo que vayan?
-Que vengan aquí. El día está templado. El sitio está resguardado de los vientos. Los árboles frutales, desnudos como están, no sufrirán daño si la gente viene. Hablaré aquí, desde la terraza. Ve.
Se quedan solos Lázaro y Jesús. Marta - de nuevo la "buena hospedera" al tener que ocuparse de atender a tantas personas - trabaja abajo con los criados y con los mismos apóstoles disponiendo lo necesario para las mesas y para el descanso. Jesús pone un brazo sobre los hombros a Lázaro y lo conduce fuera de la sala, a pasear por la terraza que rodea la casa, con un buen sol que calienta algo el día, y, desde arriba, observa el trabajo de los criados y de los discípulos, y le sonríe a Marta, la cual va de aquí para allá y alza su rostro, serio, sí, pero ya menos turbado. Mira también el bonito panorama que rodea al lugar y nombra con Lázaro distintas localidades y personas, para terminar preguntando a quemarropa:
-Entonces, la muerte de Doras fue como agitar una vara dentro del nido de serpientes, ¿no?
-Maestro, me ha contado Nicodemo que la sesión del Sanedrín fue de una violencia nunca vista.
-¿Qué le he hecho al Sanedrín para que se inquiete? Doras se murió por sí mismo, ante los ojos de todo un pueblo; la ira lo mató. Yo no permití que se actuara irrespetuosamente con el cadáver. Por lo tanto...
-Tú tienes razón. Pero ellos... Están locos de miedo. Y.. ¿sabes que han dicho que hay que pillarte en pecado para poderte matar?
-¡Entonces, estate tranquilo! ¡Van a tener que esperar hasta la hora de Dios!
-¡Pero, Jesús! ¿Sabes de quién se habla? ¿Sabes de qué son capaces fariseos y escribas? ¿Sabes qué alma tiene Anás? ¿Sabes quién es su segundo? ¿Sabes?... Pero, ¿qué estoy diciendo? ¡Tú sabes! Por lo tanto, es inútil que te diga que se inventarán el pecado para poderte acusar.
-Ya lo han encontrado. Ya he hecho más de lo que necesitan. He hablado a romanos, he hablado a pecadoras... Sí, a pecadoras, Lázaro. Una - no me mires tan asustado - ... una viene siempre a oírme y ha recibido de tu capataz alojamiento en una cuadra, a petición mía, porque, para estar cerca de mí, se había establecido en una pocilga.
Lázaro es la estatua del estupor. Ha quedado inmóvil. Mira a Jesús como si estuviera ante una persona asombrosa por su extrañez. Jesús lo zarandea un poco sonriendo:
-¿Has visto a Satanás?- pregunta.
-No... La Misericordia he visto. Pero... pero si yo lo entiendo. Sin embargo, ellos, los del Consejo, no. Y dicen que es pecado. ¡Entonces es verdad! Yo creía... Pero ¿qué has hecho?
-Mi deber, mi derecho y mi deseo: tratar de redimir a un espíritu caído. Esto te hará ver, por lo tanto, que tu hermana no será el primer cieno que voy a conocer, ni el primero hacia el que me voy a inclinar; como tampoco será el último. En el cieno Yo quiero sembrar flores y hacerlas nacer: las flores del bien.
-¡Oh! ¡Dios! ¡Dios mío!... Pero... ¡Oh!, Maestro mío, Tú tienes razón. Estás en tu derecho, es tu deber y es tu deseo; pero, las hienas no lo comprenden. Son carroña tan fétida, que no sienten el olor, no pueden sentir el olor de las azucenas, y hasta en donde éstas germinan, ellos, esas carroñas poderosas, sienten olor de pecado; no comprenden que proviene de su sentina... Te lo ruego, no permanezcas largo tiempo en un lugar; muévete, cambia continuamente de sitio para no darles la posibilidad de encontrarte. Sé como un fuego nocturno que danza sobre los tallos de las flores, veloz, inaprensible, de paso desconcertante. Hazlo; no por cobardía, sino por amor al mundo, que necesita que Tú vivas para ser santificado. La corrupción aumenta; contraponle la santificación... ¡La corrupción!... ¿Has visto a la nueva habitante de Betania? Es una romana casada con un judío. Él es observante, pero ella es idólatra y, al no poder vivir tranquilamente en Jerusalén, porque, debido a sus animales, surgieron disputas con los vecinos, se ha venido aquí. Llena de animales - para nosotros impuros - está su casa, y... la más impura es ella, porque vive burlándose de nosotros y con licencias que... Yo no puedo criticar porque... Pero sí digo que, mientras que no se pone pie en mi casa porque está María, que pesa con su pecado sobre toda la familia, a casa de esa mujer sí que van. Pero es que, claro, le ha caído en gracia a Poncio Pilato y vive sin su marido. Él, en Jerusalén; ella, aquí. Así fingen, él y ellos, no profanarse viniendo, y no constatar que se profanan. ¡Hipocresía! Viven metidos en la hipocresía hasta el cuello; ¡no tardarán en perecer ahogados en ella! El sábado es el día en que celebran el festín,.. ¡Y entre ellos hay también miembros del Consejo! Un hijo de Anás es el más asiduo.
-La he visto. Sí. Déjala que haga lo que quiera, y a ellos también. Cuando un médico prepara un fármaco, mezcla los productos, y el agua parece como si se inquinase, porque agita la mezcla y el agua se enturbia. Pero luego las partes muertas se depositan, el agua recupera su limpidez, a pesar de estar saturada de la sustancia de esos productos saludables. Esto mismo sucede ahora. Todo se mezcla y Yo trabajo con todos. Luego, las partes muertas se depositarán y serán arrojadas afuera, y las otras, vivas, permanecerán activas en el gran mar del pueblo de Jesucristo. Bajemos. Nos llaman...
Y la visión se reanuda mientras Jesús sube de nuevo a la terraza para hablar a la gente que, de Betania y los alrededores, ha venido a escucharle.
-Paz a vosotros.
Aun cuando Yo callara, los vientos de Dios llevarían hasta vosotros las palabras de mi amor y del odio de otros. Sé que estáis turbados porque no desconocéis el porqué de que Yo esté entre vosotros. Pues no sea sino agitación de alegría, y bendecid al Señor conmigo, que aprovecha el mal para proporcionar un motivo de alegría a sus hijos, conduciendo de nuevo a su Cordero, aguijoneado por el mal, a donde los otros corderos, para ponerlo al seguro contra los lobos.
Ved qué bueno es el Señor. Al lugar en que me encontraba llegaron, como aguas a un mar, un río y un regato. Un río de amorosa dulzura, un regato de abrasadora amargura. El primero era vuestro amor, desde Lázaro y Marta al último del lugar; el regato era el injusto rencor de quien, no pudiendo ir al Bien que le llama, acusa al Bien de ser Pecado. Y el río decía: "Vuelve, vuelve con nosotros. Que nuestras olas te circunden, te aíslen, te defiendan, te den todo aquello que el mundo te niega". El regato malvado lanzaba amenazas y quería matar con su veneno. Mas, ¿qué es un regato comparado con un río?, ¿qué, comparado con un mar? Nada. Como a nada ha quedado reducido el veneno del regato, porque el río de vuestro amor lo ha sobrepujado en tal modo, que al mar de mi amor no ha llegado sino la dulzura de vuestro amor. Podríamos decir más aún: ha producido un bien. Me ha traído de nuevo con vosotros. Bendigamos por ello al Señor altísimo.
La voz de Jesús se expande, poderosa, por el aire calmo y silencioso. Jesús, lleno de hermosura bajo el sol, desde lo alto de la terraza, gesticula y sonríe sereno. Abajo, la gente lo escucha encantada: son como un floreado de rostros alzados sonriendo a la armonía de su voz. Lázaro está cerca de Jesús, como también Simón y Juan. Los demás están diseminados entre la multitud. Sube también Marta y se sienta en el suelo a los pies de Jesús, mirando hacia su casa, que se ve más allá de los árboles frutales.
- El mundo es de los malos. El Paraíso es de los buenos. Ésta es la verdad y la promesa; apóyese sobre ella nuestro firme vigor. El mundo pasa. El Paraíso no pasa. Si, siendo bueno, uno se lo gana, eternamente lo gozará. ¿Por qué, pues, debe turbarnos lo que hacen los malos? ¿Os acordáis de las quejas de Job?: son las eternas quejas de los buenos que se sienten oprimidos; porque la carne gime, más no debería hacerlo, sino que, cuanto más pisoteada fuera, más se deberían alzar las alas del alma regocijándose con el júbilo del Señor.
¿Qué pensáis: que se sienten felices los que parecen estarlo debido a que - en ocasiones, lícitamente; en otras, las más, ilícitamente - tienen llenos los graneros, colmos los tinos, rebosantes de aceite sus odres? No. Sienten el sabor de la sangre y de las lágrimas de los demás en todo lo que toman como alimento, y el lecho les parece como erizado de espinas por lo desgarrador de sus remordimientos cuando en él yacen. Depredan a los pobres, desvalijan a los huérfanos, le roban al prójimo para atesorar, tiranizan a quien es menos que ellos en poder y en perversidad. No importa. Dejadlos. Su reino es de este mundo. Después de su muerte, ¿qué quedará? Nada. A menos que se quiera llamar tesoro al cúmulo de culpas que se llevan consigo y con el que ante Dios se presentan. Dejadlos. Son los hijos de las tinieblas, los que se rebelan contra la Luz; no pueden seguir los luminosos senderos de ésta. Cuando Dios hace brillar la estrella de la mañana, ellos la llaman sombra de muerte y, como tal, la consideran contaminada y prefieren caminar a la luz del destello sucio de su oro y de su odio, que resplandece solamente porque las cosas infernales tienen brillo de fósforo, el brillo de los eternos lagos de perdición...
-¡Mi hermana, Jesús... oh! - Lázaro descubre a María, que se desliza tras un seto del pomar de Lázaro para llegar lo más cerca posible. Va agachada, pero su cabeza rubia brilla como oro contra el boj oscuro.
Marta hace ademán de levantarse, pero Jesús le pone una mano sobre la cabeza y aprieta, de forma que debe quedarse donde está. Jesús alza aún más su voz:
-¿Qué decir de estos infelices? Dios les ha dado tiempo de hacer penitencia y ellos no hacen otra cosa sino abusar de él para pecar. Pero no los pierde de vista Dios, aunque parezca que lo haga. Llega el momento en que, o bien porque, cual rayo capaz de penetrar incluso en la roca, el amor de Dios hiende y desgarra su duro corazón, o bien, porque la suma de los delitos hace llegar el nivel de su cieno hasta introducirse en su boca y en su nariz - y experimentan, sí, ¡al fin experimentan la repugnancia de ese sabor y de esa fetidez que a los demás da asco y que colma su corazón! - llega el momento en que ello les produce náusea y surge un movimiento de aspiración al bien.
El alma entonces grita: "¿De quién recibiré el don de volver a ser como un tiempo fui, cuando vivía en amistad con Dios, cuando su luz resplandecía en mi corazón y bajo su rayo yo caminaba, cuando, al ver mí justicia, guardaba silencio, admirado, el mundo, y quien me veía me llamaba bienaventurado? El mundo bebía mi sonrisa, mis palabras eran acogidas como palabras de ángel, saltaba de orgullo el corazón en el pecho de mis familiares. Y ahora, ¿qué soy? Motivo de burla para los jóvenes, de horror para los ancianos, yo soy el tema de sus chácharas, el esputo de su desprecio me surca el rostro". Sí, así habla en ciertas horas el alma de los pecadores, de los verdaderos Job, porque no hay miseria mayor que ésta, la de quien ha perdido para siempre la amistad de Dios y su Reino. Deben infundir piedad, sólo piedad. Son pobres almas que han perdido, por ociosidad o por ligereza, al eterno Esposo. "Por la noche, en mi lecho, busqué el amor de mi alma y no lo encontré". Así es. En las tinieblas no se puede distinguir al esposo, y el alma, aguijoneada por el amor, irreflexiva por hallarse envuelta en la noche espiritual, busca y quiere encontrar un refrigerio para su tormento. Cree encontrarlo con cualquier amor. No. Uno sólo es el amor del alma: Dios. Van buscando amor estas almas a las que el amor de Dios aguijonea. Bastaría con que admitieran la luz en ellas para que el amor fuera su consorte. Van como enfermas, buscando a tientas amor, y encuentran todos los amores, todas las cosas sucias que el hombre ha bautizado así, mas no encuentran el amor, porque el amor es Dios y no el oro, el sentido, el poder. ¡Pobres, pobres almas! Si, menos ociosas, se hubieran puesto en pie al oír la invitación del Esposo eterno, al oír a Dios que dice: "Sígueme", a Dios que dice: "Ábreme", no habrían llegado tarde a abrir la puerta, con el ímpetu de su amor despertado, cuando, desilusionado, el Esposo ya estaba lejos y había desaparecido... Y no habrían profanado ese ímpetu santo de una necesidad de amor en un lodo tan inútil y con tantos diminutos tríbulos diseminados en él, que hasta al animal inmundo le da asco; tríbulos que no eran flores, sino sólo pinchos, pinchos que laceran, no coronan. Y no habrían conocido los vituperios de todos aquellos que, cual guardias de ronda, como Dios, pero por motivos opuestos, no pierden de vista al pecador y lo acechan para burlarse de él y criticarlo. ¡Pobres almas maltratadas, expoliadas, heridas por todos! Sólo Dios permanece al margen de esta lapidación de cruel escarnio; es más, vierte sus lágrimas para cura de las heridas y para cubrir con diamantino vestido a su criatura. Siempre su criatura... Sólo Dios... y los hijos de Dios con el Padre.
Bendigamos al Señor. Él ha querido que, por los pecadores, Yo debiera volver aquí para deciros: "Perdonad. Siempre perdonad. Haced de todo mal un bien. Haced de toda ofensa una gracia". No os digo sólo "haced"; os digo: repetid mi gesto. Yo amo y bendigo a los enemigos, porque por ellos he podido volver a vosotros, amigos míos.
La paz sea con todos vosotros.
La gente agita velos y ramajes en dirección a Jesús y luego, lentamente, se va alejando.
-¿Habrán visto a esa desvergonzada?
-No, Lázaro. Estaba detrás del seto bien escondida. Nosotros podíamos verla porque estábamos aquí arriba. Los demás, no.
-Nos había prometido que...
-¿Y por qué no debía venir? ¿No es ella, acaso, también una hija de Abraham? Quiero de vosotros, hermanos, y de vosotros, discípulos, el juramento de no hacerle observaciones de ningún tipo. Dejadla. ¿Que se burla de mí? Dejadla. ¿Que llora? Dejadla. ¿Que quiere quedarse? Dejadla. ¿Que quiere alejarse? Dejadla. Es el secreto del Redentor y de los redentores: tener paciencia, bondad, constancia y oración. Nada más. Todo gesto sobra ante ciertas enfermedades... Adiós, amigos. Yo me quedo orando. Vosotros marchad a las respectivas tareas. Y que Dios os acompañe.
Y todo termina.

Continúa...

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)