jueves, 29 de enero de 2026

EL CONCILIO DE TRENTO (16)

Publicamos la Sesión decimosexta del Concilio Ecuménico de Trento continuado por el Papa Julio III.


N.d.E.: El Papa Julio III murió el 23 de marzo de 1555 en Roma a los 67 años. Tras el fallecimiento del Papa, el Concilio fue suspendido y en el Cónclave de abril de 1555 y tras 4 días de deliberación, fue elegido Papa Marcello II, siendo coronado el día 10 de abril. La mañana del 30 de abril de 1555, tras solamente 22 días de Pontificado, el Papa Marcelo II sufrió un infarto y entró en coma, muriendo esa misma noche. Del nuevo Cónclave realizado el 15 de mayo siguiente, resultó electo  el Papa Paulo IV, quien en ese momento contaba con casi 80 años de edad y que falleció el 18 de agosto de 1559, a sus 83 años. El siguiente elegido para el Trono de Pedro el 25 de diciembre de 1559 fue el Papa Pío IV, quien reanudó las sesiones del Concilio de Trento.

SESION XVI

Que es la VI y última celebrada en tiempo del Sumo Pontífice Julio III, en 28 de abril de 1552.

Decreto de la suspensión del Concilio

El Sacrosanto, Ecuménico y General Concilio de Trento, congregado legítimamente en el Espíritu Santo, y presidido de los reverendísimos señores Sebastián, Arzobispo de Siponto, y Luis, Obispo de Verona, Nuncios Apostólicos, tanto en su nombre, como en el del Legado el reverendísimo e ilustrísimo señor Marcelo Crescendo, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, del título de san Marcelo, ausente por causa de gravísimas indisposiciones en su salud; no duda sea patente a toda la cristiandad que este ecuménico Concilio de Trento fue primeramente convocado y congregado por el Sumo Pontífice Paulo III, de feliz memoria, y que después fue restablecido a instancias del augustísimo emperador Carlos V por nuestro santísimo Padre Julio III con el determinado y principal objeto de restablecer en su primer estado la Religión, lastimosamente destrozada y dividida en diversas opiniones en muchas provincias del orbe, y principalmente en Alemania; así como para reformar los abusos y corrompidísimas costumbres de los cristianos, y habiendo concurrido con este fin gran número de Padres de diversas regiones, con suma alegría, sin reparar en ningunos trabajos, ni peligros suyos, y adelantándose las cosas vigorosa y felizmente, con gran conformidad de los fieles, y con no leves esperanzas de que los Alemanes que habían causado aquellas novedades vendrían al Concilio con ánimo y resolución de adoptar unánimemente las verdaderas razones de la Iglesia, y que en fin, parecía iban a tomar favorable aspecto las cosas, y que la república cristiana, abatida antes y afligida, comenzaría a levantar la cabeza y recobrarse, se han encendido repentinamente tales tumultos v guerras por los artificios del demonio, enemigo de los hombres, que el Concilio se ha visto precisado, con bastante incomodidad, a suspenderse e interrumpir su progreso, perdiéndose toda esperanza de ulterior adelantamiento en este tiempo; estando tan lejos de que cure el Santo Concilio los males e incomodidades de los cristianos, que contra su expectación, mas bien irritará que aplacará los ánimos de muchos. Viendo pues el mismo Santo Concilio que todos los países y principalmente la Alemania, arden en guerras y discordias, y que casi todos los Obispos Alemanes, en especial los Príncipes Electores, se han retirado del Concilio para cuidar de sus iglesias; ha decretado no oponerse a tan urgente necesidad, y diferir la continuación a tiempo mas oportuno, para que los Padres que al presente nada pueden adelantar aquí, puedan volver a sus iglesias a cuidar de sus ovejas, para no perder mas tiempo ociosa é inútilmente en una y otra parte. En consecuencia, pues, decreta, puesto que así lo piden las circunstancias del tiempo, que se suspendan por espacio de dos años las operaciones de este Ecuménico Concilio de Trento, como en efecto las suspende por el presente Decreto; con la circunstancia no obstante, de que si antes de los dos años se apaciguasen las cosas, y se restableciese la antigua tranquilidad, lo que espera sucederá por beneficio de Dios óptimo máximo, quizás dentro de poco tiempo se tenga entendido que la continuación del Concilio ha de tener desde el mismo tiempo su fuerza, firmeza v vigor. Pero si (lo que Dios no permita) prosiguiesen mas de los dos años los impedimentos legítimos que quedan expresados; téngase entendido, que luego que cesen, quedará levantada por el mismo caso la suspensión, así como restituida al Concilio toda su fuerza y vigor, sin que se necesite nueva convocación, agregándose a este Decreto el consentimiento y autoridad de su Santidad y de la Santa Sede Apostólica. Exhorta no obstante entretanto el mismo Santo Concilio a todos los Príncipes cristianos y a todos los Prelados que observen y hagan respectivamente observar, en cuanto a ellos toca, en sus reinos, dominios e iglesias, todas y cada una de las cosas que hasta el presente tiene establecidas y decretadas este Sacrosanto y Ecuménico Concilio.

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BULA DE LA CELEBRACION DEL CONCILIO DE TRENTO, EN TIEMPO DEL SUMO PONTÍFICE PIO IV

Pío Obispo, siervo de los siervos de Dios, para perpetua memoria. Llamados por sola la misericordia divina al gobierno de la Iglesia, aunque sin fuerzas bastantes para tan grave peso, volvimos inmediatamente la consideración a todas las provincias de la república cristiana; y mirando con grande horror cuan extensamente había cundido la peste de las herejías y cisma, y cuanta necesidad tenían de reforma las costumbres del pueblo cristiano; comenzamos, en fuerza de la obligación del cargo que habíamos recibido, a dedicar nuestros pensamientos y conatos a ver como podríamos extirpar las herejías, disipar tan grande y pernicioso cisma, y reformar las costumbres en tanto grado corrompidas y depravadas. Y como entendiésemos que el remedio mas eficaz para sanar estos males, era el del Concilio Ecuménico y General, de que esta Santa Sede tenía costumbre valerse; tomamos la resolución de congregarlo y celebrarlo con el favor de Dios. Antes había sido él mismo convocado por nuestros predecesores de feliz memoria Paulo III y su sucesor Julio; pero impedido e interrumpido muchas veces por varias causas, no pudo llegar a su perfección; pues habiéndolo indicado primeramente Paulo para la ciudad de Mantua, y después para Vincencia; lo suspendió la primera vez por ciertas causas que se expresan en sus Bulas, y después lo transfirió á Trento; luego, habiéndose también diferido por ciertos motivos el tiempo de celebrarlo allí, removida la suspensión, tuvo en fin principio en la misma ciudad de Trento. Pero habiendo celebrado algunas Sesiones el mismo Concilio y establecido varios Decretos, se transfirió por sí mismo, accediendo también la autoridad de la Sede Apostólica, por ciertas causas, a la ciudad de Bolonia. Mas Julio, que sucedió a Paulo III, lo restableció en la de Trento, en cuyo tiempo se hicieron también algunos otros Decretos; y habiéndose suscitado nuevas turbulencias en los países inmediatos de Alemania, y encendiéndose de nuevo una guerra violentísima en Italia y Francia; se volvió a suspender y diferir el Concilio, por los conatos sin duda del enemigo del género humano, que ponía obstáculos y dificultades, encadenadas unas de otras, para que, ya que no podía privar absolutamente a la Iglesia de tan grande beneficio, a lo menos lo retardase por el más tiempo que pudiese. Cuanto empero se aumentasen entretanto, se multiplicasen, y propagasen las herejías y cuanto creciese el cisma, ni lo podemos mencionar, ni referir sin gravísimo sentimiento. Al fin el Dios de piedad y de misericordias (Habac. 3.), que nunca se irrita de manera que se olvide de su clemencia, se dignó conceder la paz y concordia a los Reyes y Príncipes cristianos; y Nos, valiéndonos de la ocasión que se nos presentaba, concebimos, fiados en la divina misericordia, fundadas esperanzas de que llegaríamos a poner fin por medio del mismo Concilio a estos tan graves males de la Iglesia. En esta disposición, hemos resuelto, que para extirpar el cisma y las herejías, para corregir y reformar las costumbres, para conservar la paz entre los Príncipes cristianos, no se debe diferir por mas tiempo la celebración del Concilio. Y habiendo en consecuencia deliberado maduramente con nuestros Venerables Hermanos, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, y certificado de nuestra resolución a nuestros hijos carísimos en Cristo Femando, Emperador de Romanos, y los otros reyes y príncipes, a quienes hemos hallado, según nos lo prometíamos de su suma piedad y prudencia, muy dispuestos para contribuir a la celebración del Concilio; a honra, alabanza y gloria de Dios omnipotente, y para utilidad de la Iglesia universal, con el consejo y asenso de los mismos Cardenales nuestros Hermanos, con la autoridad del mismo Dios, y de los Bienaventurados Apóstoles San Pedro y San Pablo, de la que gozamos en la tierra, y en la que nos fundamos y confiamos, indicamos para la ciudad de Trento el Sagrado, Ecuménico y General Concilio, para el próximo futuro día de la Santísima Resurrección del Señor; estableciendo y decretando, que removida cualquiera suspensión se celebre en aquella ciudad. Con este motivo exhortamos y amonestamos con la mayor vehemencia en el Señor, a nuestros Venerables Hermanos de todos los lugares, Patriarcas, Arzobispos, Obispos, y a nuestros amados hijos los Abades, y a todos los demás a quienes se permite por derecho común, o por privilegio, o por antigua costumbre tomar asiento en el Concilio General, y dar su voto, y además de esto, les mandamos en todo el rigor de precepto, en virtud de santa obediencia, en fuerza del juramento que hicieron, y só las penas que saben estar decretadas en los Sagrados Cánones contra los que despreciaren concurrir a los Concilios generales (Carthag. III. cap. 43.): que concurran dentro del término señalado al Concilio que se ha de celebrar en Trento, si acaso no estuvieren legítimamente impedidos; cuyo impedimento no obstante, han de hacer constar al Concilio por medio de legítimos Procuradores. Además de esto, amonestamos a todos y a cada uno, a quienes toca, o podrá tocar, que no dejen de presentarse al Concilio; y exhortamos y rogamos a nuestros carísimos hijos en Cristo, el electo Emperador de Romanos, y demás Reyes y Príncipes, quienes sería por cierto de desear que pudiesen hallarse en el Concilio; que si no pudieren asistir personalmente, envíen sin falta a sus Embajadores, que sean prudentes, graves y piadosos, para que asistan en su nombre; cuidando también con celo, por su piedad, que los Prelados de sus reinos y dominios den sin rehúsa, ni demora, en tiempo tan necesario, cumplimiento a la obligación que tienen a Dios y a la Iglesia. También estamos ciertos de que han de cuidar los mismos Príncipes de que por sus reinos y dominios sea libre, patente y seguro el camino a los Prelados, a sus familiares y comitiva, y a todos los demás que vayan al Concilio, y vuelvan de él; y de que serán recibidos y tratados benignamente y con urbanidad en todos los lugares; así como en lo que a Nos toca lo procuraremos también con todo esmero; pues tenemos determinado no dejar de hacer cosa alguna de cuantas podamos facilitar, como constituidos en esta dignidad, que conduzca a la perfecta ejecución de tan piadosa y saludable obra; sin buscar otra cosa, como Dios lo sabe, y sin tener otro objeto en la celebración de este Concilio, que la honra de Dios, la reducción y salvación de las ovejas dispersas, y la perpetua tranquilidad y quietud de la república cristiana. Y para que estas letras, y cuanto en ellas se contiene, lleguen a noticia de todos los que deben tenerla, y ninguno pueda alegar la excusa de ignorarlas, principalmente no siendo acaso libre el camino para que lleguen a todas las personas que deberían certificarse de ellas; queremos y mandamos que se lean públicamente y con voz clara por los cursores de nuestra curia, o algunos notarios públicos en la Basílica Vaticana del Príncipe de los Apóstoles, y en la iglesia de Letrán, cuando el pueblo suele congregarse en ellas para asistir a la Misa mayor; y que después de recitadas, se fijen en las puertas de las mismas iglesias, y además de estas en las de la Cancillería Apostólica, y en el lugar acostumbrado del campo de Flora, donde han de estar algún tiempo en el que puedan leerse y llegar a noticia de todos; y cuando se quiten de allí, queden fijas en los dichos lugares copias de las mismas letras. Nos por cierto, queremos que todos y cada uno de los comprendidos en estas nuestras letras, queden tan precisados y obligados por su recitación, publicación y fijación, a los dos meses del día en que se publiquen y fijen, como si se hubiesen publicado y leído en su presencia. Mandamos también y decretamos se dé toda fe sin género alguno de duda a las copias de esta Bula, que estén escritas o firmadas de mano de algún notario público, y autorizadas con el sello y firma de alguna persona constituida en dignidad eclesiástica. No sea pues permitido absolutamente, por ningún caso, a persona alguna quebrantar u oponerse audaz y temerariamente a esta, nuestra Bula de indicción, estatuto, decreto, precepto, aviso y exhortación. Y si alguno tuviere la presunción de caer en este atentado, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente, y de sus Apóstoles los Bienaventurados San Pedro y San Pablo. 

Expedida en Roma, en San Pedro, en 29 de noviembre del año de la Encarnación del Señor 1560, el primero de nuestro Pontificado.

Antonio Florebelli, Lavelino —Barengo.

Continúa...

 

CARDENAL PIE, OBISPO DE POITIERS, LÚCIDO Y VALIENTE

En medio una Francia oscura y perversa, la luz del Obispo de Poitiers fue una antorcha encendida, que llevaba siempre en alto la Palabra de la vida.

Por el padre José María Iraburu


Louis Edouard Pie (1815-1880), hijo de un zapatero, nació en un pueblecito de la diócesis de Chartres, estudió en un colegio y en el Seminario Menor de esa ciudad, en 1835 ingresó en el Seminario de San Sulpicio, cerca de París, siendo ordenado sacerdote en 1839 y Obispo de Poitiers en 1849, donde ejerció su ministerio pastoral durante treinta años, hasta su muerte, siempre bajo el lema mariano Tuus sum ego, que hizo suyo ya al recibir el subdiaconado. A mediados del siglo XIX, cuando parte del episcopado francés era galicano y otra parte ultramontano, según se inclinase a una cierta autonomía de Roma o profesara una fidelidad total a la Sede romana, el Obispo de Poitiers se adhirió siempre en doctrina y disciplina a Roma, como todos los obispos de la zona eclesiástica de Burdeos, a la que pertenecía Poitiers. Muerto el Beato Pío IX (1878), con quien mantenía una relación personal y cordial muy estrecha, su sucesor, León XIII, en uno de sus primeros actos, creó Cardenal al Obispo de Poitiers (1879).

Mons. Pie, desde su ordenación episcopal, se mostró sumamente devoto de San Hilario de Poitiers (310-367) –el gran defensor, con San Atanasio, de la divinidad de Cristo frente a los arrianos–, procurando en todo seguir su ejemplo y citando sus escritos con gran frecuencia. Cuidó siempre especialmente de los sacerdotes y de los religiosos. A semejanza de San Carlos Borromeo en referencia a San Ambrosio de Milán, Pie fundó los Oblatos de San Hilario, para sacerdotes diocesanos con vida comunitaria. Celebró veinte Sínodos diocesanos, procurando siempre en ellos la buena formación doctrinal de su clero, su fervor espiritual y pastoral, y su fidelidad disciplinar.

Poitiers es un lugar de Francia de muy especial significación histórica. 

–En la batalla de Poitiers es donde los francos, dirigidos por Carlos Martel, lograron una victoria militar definitiva sobre los invasores islámicos (732), salvando la autonomía y el cristianismo de las naciones europeas. 

–Cerca de la ciudad de Poitiers está la abadía de Ligugé, cuna de la vida monástica en las Galias. Fue fundada en el año 361 por San Martín de Tours (316-397), discípulo de San Hilario, obispo de Poitiers, que le cedió el terreno de una antigua villa romana. Este monasterio fue rescatado de las ruinas por Mons. Pie y su íntimo amigo dom Guéranger (1805-1875), restaurado en Solesmes de la vida monástica en Francia, que había sido eliminada por la Revolución. 

–La Vendée, perteneciente a la diócesis de Poitiers, fue misionada por San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), y presentó la resistencia y la guerra más valiente contra las fuerzas anticristianas de la Revolución (1793-1796).

Las tinieblas mundanas del siglo XIX fueron especialmente oscuras en Francia, durante la vida de Mons. Pie. A partir del luteranismo, que rechazaba a la Iglesia y a la Escritura, en cuanto Palabra divina, reduciéndola por el libre examen a palabra de hombre, y que rompía en trozos contrapuestos la unidad de la Cristiandad, se llegó derechamente al Siglo de las luces, a la Ilustración, en gran parte difundida por los enciclopedistas franceses y la masonería, y al estallido de la Revolución Francesa (1789-1792), cuyo espíritu naturalista marcaba ya el Occidente de modo definitivo, y se fue imponiendo más y más a lo largo del XIX en la cultura, la educación, las instituciones y las estructuras políticas a través del liberalismo.

La vida de Mons. Pie transcurrió en una Francia, posterior a la Revolución Francesa, que avanzaba dando tumbos continuamente, con cambios bruscos de régimen, pero ya sellada para siempre por el espíritu del 89, tanto en la restauración de los Borbones (1814), como en la monarquía republicana de Luis Felipe (1830), en la II República (1848), en el II Imperio, con Napoleón III (1848) y en la III República (1870), con Gambetta, Thiers, etc., que dió inicio a una serie increíble de gobiernos inestables, unos 50 hasta 1914. Francia, a lo largo del siglo XIX, permanecía y crecía en el espíritu de la Revolución, afirmaba los derechos del hombre negando los derechos de Dios y de su Iglesia, retiró los crucifijos de los tribunales, hizo estatal y laicista la enseñanza, oprimió o suprimió las Ordenes Religiosas, controló el nombramiento de los Obispos, etc.

Fue, pues, en el siglo XIX cuando se consumó en Francia la configuración cultural y política de la nación en un espíritu naturalista, que se cerró a la gracia, a lo sobre-natural, que se volvió racionalista, que se cerró a la Revelación divina y a la fe, que afirmó la libertad del hombre como la fuente única de los valores: “seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Gén 3,5), rechazando toda sujeción a la soberanía de Dios y del orden natural por Él creado y mantenido.

En medio de este mundo oscuro y perverso, la luz del Obispo de Poitiers fue una antorcha encendida, que llevaba siempre en alto la Palabra de la vida (cf. Flp 2,15-16). Mons. Pie mostró en el siglo XIX una admirable lucidez y valentía para “combatir los buenos combates de la fe” (1Tim 6,12). Su gran Instrucción sinodal de 1854 sobre los principales errores de nuestro tiempo fue el antecedente inmediato de los documentos del Papa Pío IX, la encíclica Quanta cura (1864) y el Syllabus o colección de los errores modernos (1864), textos muy notables que el gobierno de Francia (la campeona de “la libertad de prensa”) prohibió publicar.

En estos grandes textos, lo mismo el Obispo de Poitiers que el Papa intentaron mostrar con claridad a los cristianos tanto los errores entonces más vigentes como las verdades católicas que habían de vencerlos con la luz de Cristo. Mons. Pie combatió, concretamente, con gran fuerza aquellas modalidades de naturalismo y del liberalismo, que afectaban a buena parte de sus hermanos obispos franceses, designados para tal cargo por el Gobierno.

Apoyándose continuamente en la Escritura y en el testimonio de los grandes Padres y Doctores Católicos, Atanasio, Hilario, Agustín, Belarmino, el Obispo de Poitiers combatió incansablemente el naturalismo imperante en todas sus expresiones: el ateo, el agnóstico, el deísta, el racionalista y liberal, como también el catolicismo liberal que admite el reinado de Cristo en las conciencias, pero que lo considera perjudicial en las naciones.

Hay ya en el mundo muchos anticristos. Así lo afirmaba el Apóstol Juan: “ésta es la hora última, y está para llegar el Anticristo, y os digo ahora que muchos se han hecho anticristos, y por eso conocemos que ésta es la hora última” (1Jn 2,18). El Cardenal Pie, comentando este texto, denunciaba el anticristianismo filosófico, moral, social, político, el anticristianismo más radical que niega a Dios Padre, “sustituyendo la realidad de Dios por abstracciones y sueños que fluctúan entre el ateísmo y el panteísmo”; que niega a Jesucristo, el Hijo enviado por Dios, y al Espíritu Santo.

“Es también anticristo el que niega el milagro; anticristo es el que niega la revelación divina en las Escrituras; anticristo el que niega la institución divina de la Iglesia…; anticristo el que niega la superioridad de los tiempos y de los países cristianos sobre los países infieles, o que dice que el cetro de Cristo, suave y bienhechor para las almas, y aun quizá para las familias, es malo e inaceptable para las ciudades y los imperios” (Oeuvres II,194).

El Obispo de Poitiers, aludiendo a una afirmación muy significativa escrita por un político anticristiano, escribió: 

“Encarnando en la voluntad de la multitud el derecho supremo de dominar, hemos oído hace poco a la Revolución, en las columnas de uno de sus órganos más autorizados, que el entendimiento entre la Iglesia y la sociedad moderna seguirá siendo imposible mientras no hayamos quitado de nuestros programas la máxima de los Apóstoles, “que es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres”, dado que el artículo fundamental y en adelante indiscutible de nuestras Constituciones es que la ley brotada de las voluntades del pueblo no conoce nada por encima de ella, y que ella se impone, cualquiera que sea [aunque se trate, p. ej., del “matrimonio homosexual” o de la eutanasia, añado yo] a todas las conciencias” (II,682). 

Mons. Pie declaró en una ocasión: “Sé evidentemente que el Anticristo ha de venir un día, y ha de prevalecer. Pero Dios me guarde de haber figurado entre sus agentes y precursores” (I,681).

La lucha contra la Bestia liberal y contra sus efectos dañosos era librada por el Cardenal Pie de modo total y coherente. A diferencia de muchos de sus hermanos Obispos, él no luchaba solamente contra los efectos nocivos del laicismo anticristiano imperante –cuestiones concretas: el divorcio, la limitación o supresión de la enseñanza privada, etc.–; él luchaba ante todo y sobre todo contra la Bestia laicista del Estado liberal, es decir, contra la causa incesante de la destrucción de Francia, de su ser, de su misión, de su historia, contra la degradación de las leyes, de la cultura, de las instituciones, y consecuentemente, contra la causa principal de la descristianización del pueblo. Otros Obispos, como digo, aceptaban la Bestia secularista y secularizante a veces por una necesidad que consideraban inevitable, pero otras veces incluso por una convicción doctrinal errónea. En este sentido, merecen ser recordadas las últimas palabras de Mons. Pie pronunciadas como testamento en su cátedra episcopal:

“Vosotros todos, mis hermanos, si estáis forzados a ver el triunfo del mal, no lo aclaméis jamás. No digáis nunca al mal “eres el bien”; a la decadencia, “eres el progreso”; a la noche, “eres la luz”; a la muerte, “eres la vida”. Santificaos en el tiempo en que Dios os ha colocado. Gemid por los males y desórdenes que Dios tolera. Oponedle la energía de vuestras buenas obras y de vuestros esfuerzos. Mantened toda vuestra vida pura de errores, libre de impulsos malos. De tal manera que después de haber vivido aquí unidos al Espíritu del Señor, seáis admitidos a no ser sino uno con Él por los siglos de los siglos” (II,732). Amén.
 

LA IGLESIA CATÓLICA Y EL IGUALITARISMO

El profesor Plinio impartió estas clases en 1957 y hoy vemos cómo el igualitarismo en cada uno de los campos que señalaba ha aumentado y ha llegado a dominar casi por completo

Por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira


La tendencia igualitaria es tan poderosa hoy como lo fue la Iglesia Católica en la Edad Media. Estamos, por así decirlo, en el “siglo XII” del igualitarismo (el siglo XII es considerado por muchos historiadores como el apogeo de la Edad Media). ¿Cómo se puede probar esto?

Civilización medieval

Lo que caracteriza a un alma fervorosa con respecto a la vida espiritual es que tiene la religión católica como su valor supremo. Entiende que todos los valores de la vida solo son buenos en la medida en que sirven a la religión católica. Además, toma cada cosa que existe y la transforma, adaptándola y conformándola a la religión católica.

Un misionero francés con los indios de Canadá

Un ejemplo es el misionero católico. Consideremos a un misionero que va a evangelizar a un pueblo pagano. ¿Cómo actúa entre estas personas?

● Dado que el valor supremo de la vida es la religión católica, todo debe ordenarse con este fin. Por lo tanto, entre estas personas que evangelizará, su objetivo es ordenarlo todo de esta manera.

● De las cosas que ya existen entre ellos, sólo son buenas aquellas que se pueden ordenar de esta manera.

● Son buenos en la medida en que se transforman de ese modo.

● Lo que no pueda ordenarse en este sentido debe rechazarse. Esta es la completa sumisión de todas las cosas a la religión católica, que exige un alma verdaderamente católica.

Cuando un pueblo o una civilización es fervientemente católico, adopta la misma actitud. Esto es precisamente lo que caracteriza a la civilización medieval: todo estaba ordenado a la religión; lo existente se transformaba cada vez más para adaptarse a ella; todo lo que no se adaptaba a la religión era rechazado por ser contrario no solo al bien de la sociedad, sino a su esencia, que es la realización de su fin. La Edad Media alcanzó su apogeo gracias a esto (1).

¿Cómo es la civilización hoy?

Ahora, volvamos a nuestros días.

Demostramos, con los numerosos ejemplos que hemos dado en artículos anteriores, que nuestro siglo considera el igualitarismo como el valor predominante en todas las cosas. Todo lo existente se transforma para conformarse a una concepción igualitaria, y aquello que no encaja en esta concepción se rechaza, se destruye o se ignora, cuando no hay otra forma de evitarlo.

Por ejemplo, no se puede negar que todos los rostros humanos son desiguales, pero este hecho se pasa por alto sin comentarios ni conclusiones. Es decir, el mismo servicio y ordenamiento de todos los valores a la religión que se hizo en el siglo XII, lo hacemos hoy con respecto al ordenamiento de todo según el igualitarismo. Por lo tanto, podríamos decir que el igualitarismo es el valor supremo de nuestro tiempo.

Las clases altas promueven el igualitarismo

Necesitamos conocer el valor de este “valor supremo actual” con respecto a la doctrina católica. ¿Qué opina la Iglesia Católica sobre este valor supremo del igualitarismo?

Se podría argumentar que no es cierto que nuestra era tienda al igualitarismo en todo. Después de todo, es una época de profunda transformación económica. Algunos ascienden, otros caen. Por lo tanto, es natural que la envidia impulse a los de abajo a buscar un equilibrio con los de arriba. Así, la revolución igualitaria es una revolución de la envidia.

Creo que la envidia influye en esto, pero sería infantil reducirlo todo a la envidia. La envidia no es la esencia de esta transformación.

Los nobles abolieron sus propios privilegios en la Revolución Francesa

Cabe destacar que, en esta Revolución Igualitaria, quienes más tendrían que perder con este proceso de nivelación colaboran activamente con ella. Por ejemplo, fui profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad y poco después en la Universidad Estatal. En la Universidad había personas de la burguesía media y alta. En la Universidad Estatal, había personas de la burguesía media y baja, y a veces de una pequeña burguesía muy reciente.

En general, encontré una acogida incomparablemente mejor para las ideas contrarrevolucionarias en la Universidad Estatal que en la Universidad. Hay una tendencia mucho mayor hacia el igualitarismo en la clase alta que en las clases media y baja.

¿Cómo se explica esto? ¿No deberían ser las clases medias y bajas las personas más interesadas en el igualitarismo? Deberían, pero no lo son.

Toda la sociedad alta y tradicional de São Paulo, en mi época, es igualitaria en sus ideas. Puede que no sea un hábito mental, pero es profundamente igualitaria en sus ideas. Hoy en día, me resulta mucho más fácil hablar sobre la desigualdad con la gente de las clases más humildes.

En el clero, ¿es la envidia a la autoridad lo que lleva al clero a intentar igualarse con los laicos? Es un disparate. Los príncipes y nobles, ¡con qué entusiasmo se nivelan! Es lo contrario de lo que uno podría sospechar. Y una demostración histórica de esto no sería difícil.

De hecho, el movimiento igualitario no solo es apoyado, sino liderado, por quienes tienen influencia y tienen todo que perder. Si no fuera por esto, el movimiento no avanzaría. ¿Y qué motiva esto? Es el gusto por la igualdad por la igualdad misma; es el odio a la desigualdad simplemente porque es desigualdad. Esto es realmente lo que es.

En el próximo artículo abordaremos la parte filosófica de este comentario.

Continúa...


Nota:

1) Como bien señala León XII en su encíclica Immortale Dei del 1 de noviembre de 1885:

“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La Religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer” (N° 9).

  

29 DE ENERO: SAN FRANCISCO DE SALES, OB., CONF. y DR.


San Francisco de Sales, Obispo, Confesor y Doctor

(✝ 1622)

San Francisco de Sales nació en el castillo de Sales en el ducado de Saboya. Siendo niño, repartía a los pobres lo que le daba para su entretenimiento la condesa, su madre; y llegado a la edad competente, aprendió las letras humanas y divinas en el colegio que tenían en París los Padres Jesuitas, y tuvo por maestro de teología al sapientísimo padre Maldonado, y por maestro de las lenguas hebrea y al famoso Genebrardo. Comulgaba cada ocho días, ceñíase el cilicio tres días a la semana, y siendo prefecto de la Congregación de María Santísima, hizo votos de perpetua virginidad. 

De París pasó a la universidad de Padua para estudiar jurisprudencia, y escogió por confesor al insigne padre Posevino de la Compañía de Jesús.

Allí fue donde algunos malignos compañeros de escuela le llevaron a la casa de una dama ruin, de cuya tentación hubo de librarse el castísimo mancebo tirándole a la cara un tizón que halló a mano. 

Habiéndose ordenado sacerdote, le confiaron el ministerio de la palabra, y en su primer sermón convirtió trescientos pecadores.

Andaba de aldea en aldea y de choza en choza, padeciendo fríos, lluvias, hielos, insultos y persecuciones de muerte por ganar almas para Cristo. Siempre iba entre los lobos aquel cordero mansísimo, pero con su caridad mudaba los lobos en corderos.

Cuando entró en Tonón no había más que siete católicos en toda la ciudad; y poco después pasaban ya los seis mil; y no paró hasta reducir a la verdadera fe los protestantes de Ger, de Gaillac y del Chablais. El mismísimo hereje Teodoro Beza se convenció y lloró; aunque por haber diferido su conversión, murió apóstata en Ginebra. 

El rey de Francia Enrique IV ofreció al santo el obispado de París, y el capelo cardenalicio, más rehusó él estas dignidades, y sí admitió la mitra de Ginebra, fue porque el sumo Pontífice se lo mandó con riguroso precepto. 

Visitó a pie todas las parroquias poniéndose mil veces en peligro de muerte, predicó muchas Cuaresmas, fue como el oráculo de su tiempo y escribió muchos libros de piedad y entre ellos la Introducción a la vida devota, del cual se dice, que son más las almas que ha convertido que las letras que tiene; y el Tratado del amor de Dios, suficiente para encender en el amor divino los corazones más fríos y helados.

Fundó además la Orden de la Visitación, inspirando a sus Religiosas un espíritu de suavidad y caridad de Cristo, que jamás ha padecido menoscabo.

Finalmente, después de increíbles trabajos y méritos, a la edad de 56 años, murió el santo en el humilde aposento del hortelano de la Visitación.


Su corazón precioso y conforme al de Cristo se conserva en una urna de oro que mandó labrar el rey Luis XIII por haber recobrado la salud en el mismo instante que se le mostró aquella sagrada reliquia.


miércoles, 28 de enero de 2026

LOS BÁRBAROS NO SON EL PROBLEMA

Lo que hoy está quedando es un cristianismo que ya no salva a las personas, sino que solo las “acompaña”. Hacia el abismo.

Por Monseñor Rob Mutsaerts


Hillaire Bellock escribió una vez las famosas palabras de que no tenía miedo a “los bárbaros que golpean las puertas”, sino al peligro que viene de dentro. Es una afirmación que se malinterpreta fácilmente. Belloc no quería decir que las amenazas externas fueran inofensivas, sino que las civilizaciones rara vez mueren a causa de enemigos externos. Mueren cuando dejan de creer en lo que una vez nos llevó a creer.

Quisiera dirigirme ahora a los teólogos y creyentes liberales. No para acusarlos, sino para invitarlos a reconsiderar. Porque si Belloc tuviera razón, y nos hablara hoy, podría decir: El cristianismo en Europa está amenazado no solo por la secularización, sino por una teología que ya no confía en su propia esencia.

Por ejemplo, consideremos la situación en Alemania. Los “bárbaros” no son el problema. El problema viene de dentro. Los obispos alemanes han publicado el documento “Segen gibt der Liebe Kraft” (La bendición da fuerza al amor), que ofrece “directrices pastorales” para sacerdotes y agentes pastorales sobre la bendición de “parejas” que viven en relaciones de convivencia que la Iglesia califica como “desordenadas”. Las bendiciones se presentan como una forma de poner el amor y la esperanza de las personas bajo la bendición de Dios. Los “procesos sinodales” alemanes ya han aprobado anteriormente documentos que abogan por una reconsideración de la doctrina sobre la homosexualidad, el espacio para la diversidad de género y la inclusión de las personas trans e intersexuales, y debates sobre el celibato. Y todo ello bajo el pretexto del “cuidado pastoral”.
 
Pero la cuestión es esta: en la teología católica, la acción pastoral nunca puede separarse de la verdad. La Iglesia distingue entre el orden moral objetivo (lo que es bueno o pecaminoso) y la culpa subjetiva (cuán responsable es cada persona personalmente). La Iglesia puede ser indulgente con la culpa, ofrecer orientación en la formación de la conciencia y guiar a las personas paso a paso, pero no puede declarar moralmente bueno algo que siempre ha considerado intrínsecamente desordenado

Cuando una conferencia episcopal bendice relaciones objetivamente pecaminosas según la doctrina sin un llamado claro a la conversión o al cambio de vida, la norma moral se revisa en la práctica, aunque no lo diga formalmente. Por eso, Roma, bajo el papa Francisco, declaró explícitamente ya en 2021 :Dios no puede bendecir el pecado.

La Iglesia universal siempre ha establecido una distinción crucial entre el acto y el autor, entre la persona (siempre amada por Dios) y sus acciones o estado de vida. Consideremos las famosas palabras de Agustín: odiar el pecado, amar al pecador. Si justificas el pecado, conduces al pecador aún más al abismo. Esto es de lo más antipastoral. Si las situaciones pecaminosas se bendicen estructuralmente sin un lenguaje claro sobre la conversión, la Cruz, el ascetismo o el crecimiento moral, entonces: el pecado se trivializa como “debilidad”. Puede que suene pastoralmente agradable, pero donde ya no hay pecado, ya no hay razón para la conversión, y el sacrificio de Jesús en la Cruz se declara superfluo. Y toda bendición carece de sentido. Y no, esto no es “pastoral”. El amor sin verdad no es amor.

Los mayores desafíos de nuestro tiempo —el progreso científico, el pluralismo, la diversidad religiosa, la crítica histórica— no son bárbaros. No son enemigos de la fe. Al contrario: a menudo surgieron de una civilización cristiana que se tomó la verdad tan en serio que se atrevió a explorarla. Pero ¿qué sucede cuando obispos, sacerdotes y teólogos están tan ocupados “defendiendo el cristianismo” de tal manera que el mundo secular ya no se ofende con sus opiniones contrarias? ¿Acaso no han dejado, de hecho, de defender el cristianismo

Cuando la resurrección de Jesús se reduce a “la historia continúa” en lugar de la resurrección real de Jesús de la tumba; cuando Jesús ya no es Salvador, sino principalmente un ejemplo moral; cuando el pecado es reemplazado por “debilidad” sin culpa y gracia mediante la afirmación sin conversión? Lo que queda es un cuasi-cristianismo vago, educado y respetable, en el que nada está en juego y que no se diferencia en nada de las visiones seculares.

El liberalismo a menudo parte de una noble motivación: ¿cómo podemos hacer que la fe cristiana sea comprensible para la gente moderna? Pero si eso conduce a una mera confirmación -cuando el cristianismo se adapta demasiado al espíritu de la época-, pierde precisamente lo que lo hace relevante. Y, por lo tanto, se vuelve completamente superfluo. Además, surgen nuevos dogmas en su lugar: el dogma de la autonomía, el dogma de la autenticidad sin verdad y el dogma de la inclusión sin distinción. No son sistemas de creencias menos estrictos, lo que da como resultado en una visión trágica del ser humano.

La teología liberal enfatiza acertadamente la dignidad humana, pero a menudo tiene dificultades con el pecado radical, no como fracaso moral, sino como desequilibrio existencial. La gran tragedia es que cuando el pecado desaparece, el perdón también pierde su significado. Y sin perdón, la gracia se convierte en una palabra vacía. Y la bendición también. Lo que queda es un cristianismo que ya no salva a las personas, sino que solo las “acompaña”. Hacia el abismo.

La pregunta clave, en última instancia, no es qué significa Cristo para mí, sino: ¿Quién es Cristo, independientemente de mi interpretación? Cristo no es un símbolo de valores universales, sino una presencia histórica, concreta y disruptiva del propio Dios. Una teología que hace a Cristo “seguro” para el hombre moderno, lo hace irreconocible para el Evangelio.

La cuestión no es si pensamos críticamente, sino dónde termina nuestra crítica. Quizás el verdadero desafío para la teología liberal hoy sea este: 

1. ¿Nos atrevemos a creer de nuevo que el cristianismo es verdadero, y no solo “valioso”

2. ¿Nos atrevemos a aceptar que el Evangelio nos juzga antes de liberarnos? 

3. ¿Nos atrevemos a volver a hablar de conversión, sacrificio y redención, sin disculparnos ? 

No porque los bárbaros estén a las puertas, sino porque la Iglesia corre el peligro de quedarse vacía.

Bellock no temía a los bárbaros que se abrían paso, sino a la civilización que ha olvidado su propia alma. No temía a la razón, sino a la razón sin fe. No temía a la modernidad, sino a la humanidad que ha olvidado su necesidad de perdón. ¿Lo único que debemos temer es una teología que ya no se atreve a creer lo que una vez proclamó?
 

ENGAÑO Y VERDAD

“Si alguno de vosotros se extravía de la verdad y alguien lo hace volver, sabed que quien haga volver a un pecador de su error lo salvará de muerte y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5:19-20). 

Por Antimodernist


La “Octava de Oración por la Unidad de los Cristianos” ha finalizado el pasado domingo y en nuestros días se celebra con gran fervor en nombre de un “ecumenismo” desacertado, ya que originalmente 
tuvo un significado completamente distinto. Esta práctica surgió como una iniciativa centrada principalmente en el retorno de los anglicanos a la Iglesia Católica, fue aprobada por el Papa Pío X en 1909 y extendida a toda la Iglesia por el Papa Benedicto XV en 1916. Las propias fechas revelan las intenciones de los iniciadores, ya que la semana de oración se extiende desde el 18 de enero, festividad de la Cátedra de San Pedro -abolida por Juan XXIII- hasta el 25 de enero, festividad de la Conversión de San Pablo Apóstol.

El propósito, por lo tanto, es la conversión de los cristianos separados de la Iglesia a la unidad de la verdadera Iglesia bajo el Vicario de Cristo y sucesor de San Pedro, el Romano Pontífice; precisamente algo que hoy se desestima con desprecio. Y, sin embargo, es el único camino a la salvación, pues solo existe esta única Iglesia Verdadera en la que somos salvados. Si nos preocupa la salvación de las almas de los cristianos separados, no podemos evitar orar para que encuentren el camino de regreso a la verdadera Iglesia. Esto es más urgente y precario hoy que nunca, ya que la verdadera Iglesia está “oscurecida” y un engañador ha tomado su lugar, razón por la cual incluso los llamados “católicos” necesitan conversión y retorno. Por lo tanto, tenemos la innegable necesidad de iluminar a las almas, en la medida de lo posible, y mostrarles dónde, en el mar tempestuoso y en la oscuridad, pueden encontrar un puerto seguro, donde puedan anclar y no perecer: la Iglesia de Cristo.

Carta del lector

Louie Verrecchio recibió una carta de un lector que le preguntaba: 

“¿Por qué se esfuerza tanto en convencer a la gente de que la 'iglesia conciliar' no es realmente la Iglesia Católica? Parece una completa pérdida de tiempo. Incluso si tiene razón, debe admitir que el engaño es tan astuto que la mayoría de la gente buena cae en él. Cristo resolverá esto en nuestro juicio particular. La gente no va al infierno por haber sido engañada. Así que, una vez más: ¿Por qué se esfuerza tanto?”

Sin duda, es una muy buena pregunta que merece una respuesta sensata. El Sr. Verrecchio también lo pensó y se propuso formular una respuesta, que publicó porque podría ser útil para otros lectores. Nosotros también lo pensamos y queremos compartir el fruto de su labor con nuestros lectores.

Reconocer la verdadera religión no es difícil

Louie comienza con la encíclica Immortale Dei de León XIII, donde el Papa escribe: 

“Todo hombre de juicio sincero y prudente ve con facilidad cuál es la Religión Verdadera. Multitud de argumentos eficaces, como son el cumplimiento real de las profecías, el gran número de milagros, la rápida propagación de la fe, aun en medio de poderes enemigos y de dificultades insuperables, el testimonio de los mártires y otros muchos parecidos, demuestran que la única Religión Verdadera es aquella que Jesucristo en persona instituyó y confió a su Iglesia para conservarla y para propagarla por todo el tiempo”.

Verrecchio sitúa estas palabras en su contexto histórico, señalando que fueron escritas en 1885, apenas un año después de que, según se dice, el Santo Padre tuvo una visión de espíritus demoníacos que tramaban una gran ofensiva contra la Iglesia, lo que lo impulsó a componer la Oración a San Miguel Arcángel. Al año siguiente, 1886, el Santo Padre instituyó las “Oraciones Leoninas” (que incluyen la oración a San Miguel), ordenando que se recitaran después de cada Misa rezada. No existe mucha documentación sobre los detalles de la experiencia mística del Santo Padre, pero se dice ampliamente que implicó un diálogo entre Satanás y Nuestro Señor, y que el Diablo se jactaba arrogantemente de que, si se le daba suficiente tiempo, podía destruir la Iglesia.

La falsa “iglesia”

Sea cual sea la verdad del asunto, una cosa es segura para Verrecchio: 
Aunque Satanás no ha tenido éxito (y de hecho no puede tener éxito) en destruir la Iglesia, es evidente que ha estado muy ocupado intentándolo, y lo que es más, ha logrado crear mucho más caos del que el Papa León XIII y sus contemporáneos probablemente jamás imaginaron posible(Aunque los planes de la masonería, que esencialmente lo definían todo en detalle, ya se conocían en aquel entonces). Mucho ha cambiado desde entonces -según Verrecchio- gracias a los esfuerzos del Maligno. En 1885ciertamenteno era muy difícil discernir la identidad de la única Religión Verdadera. Pero luego, sucedieron muchas cosas, especialmente a medida que se acercaba la década de 1960.


El Papa Pío XII falleció en 1958 y Angelo Giuseppe Roncalli, quien adoptó el nombre de Juan XXIII, se apresuró a convocar el concilio Vaticano II. Tras su muerte en 1963, Giovanni Battista Montini, quien adoptó el nombre de Pablo VI, ordenó que el concilio continuara, lo cual se cumplió hasta el 8 de diciembre de 1965.

Esta reunión revolucionaria del episcopado mundial produjo una serie de documentos cargados de errores, que sirvieron como Carta Magna de la falsa religión que engendró -llamémosla la 'iglesia conciliar'-, una sociedad que simplemente se presenta como la Santa Iglesia Católica Romana y que existe con el único propósito de difundir la religión conciliar

En realidad, se debería ser más preciso: su único propósito es desplazar o “eclipsar” a la Iglesia Católica, como sucede durante un eclipse solar cuando la Luna pasa frente a ella.

Esta iglesia 
falsa considera sacrosantas numerosas doctrinas que son totalmente irreconciliables con la fe tal como se enseñó en los siglos previos al concilio. Esto es obvio; cualquiera que se tome el tiempo de comparar la doctrina bimilenaria de la Iglesia Católica con el cuerpo de enseñanza conciliar, concluirá necesariamente que no son lo mismo ni puede afirmarse que esta última sea un “desarrollo genuino” en continuidad con la primera

Este es el punto crucial: las obvias contradicciones en la doctrina y la disciplina con lo que ha sido válido en la Iglesia durante siglos son innegables. Dado que la Iglesia no puede contradecirse, la conclusión es ineludible de que existen diferentes “iglesias”, una de las cuales es falsa. Dado que la “vieja” Iglesia no pudo haber sido falsa durante siglos, la “nueva” es la falsa. Es importante señalar: No se trata de evaluar y rechazar cualquier “innovación” simplemente porque no nos guste. Se trata de identificar la contradicción obvia y extraer la única conclusión lógica de ella.

Ser engañado y dejarse engañar

Aún así -observa Verrecchio- hay muchos individuos, personas inteligentes, aparentemente sinceras, que parecen no querer nada más que ser y seguir siendo católicas, pero que insisten en que esta “iglesia conciliar” es la verdadera. Si bien un número considerable de ellas reconoce que muchos de los líderes de esta “iglesia”, incluyendo, en particular, al hombre de blanco que la preside, son culpables de envenenar los corazones y las mentes de creyentes ingenuos con doctrinas corruptas de fe y moral, y sin embargo, insisten en mantener su rumbo, comportándose como si esta “iglesia” 
falsa fuera el Cuerpo Místico de Cristo y el Arca de la  Salvación, a pesar de estar gravemente dañada, inundada y a punto de naufragar.


¿Pero realmente lo creen? En otras palabras, ¿son víctimas involuntarias de un engaño religioso diabólico y brillante, o son, en cierto modo, cómplices de la artimaña y, por lo tanto, culpables de su apego a una religión tan manifiestamente falsa? ¿Simplemente fueron engañados o se dejaron engañar? Nuestro Señor juzgará correctamente -pero según Louie- si bien algunos probablemente estén genuinamente engañados, muchos otros simplemente encuentran más cómodo, más popular o más rentable seguir la corriente de la mayoría. Conocemos este fenómeno, que el mismo Salvador retrató con la imagen del camino ancho y fácil y del sendero angosto y empinado. Las masas siempre preferirán el primero y se dejarán engañar fácilmente. Solo unas pocas almas valientes encuentran el camino angosto. Su “número es tan pequeño que palideceríamos de pena si los viéramos”, dijo san Luis María Grignion de Montfort.

Corrupción espiritual

En cualquier caso, el Sr. Verrecchio cree que la situación dista mucho de ser tan clara hoy como lo era en 1885, cuando el Papa León XIII escribió su encíclica. La única Religión Verdadera ya no es tan fácil de encontrar, gracias en gran medida a los esfuerzos de Satanás por destruir la Iglesia. No debemos olvidar los siglos de trabajo preliminar que se han sentado desde finales de la Edad Media para crear un ambiente completamente liberal y corromper por completo el pensamiento de la gente con el escepticismo, el agnosticismo, el naturalismo, el materialismo y otras “filosofías modernas”.

Esta corrupción intelectual ha progresado tan rápidamente en los últimos 150 años que es difícil encontrar a alguien que conserve el sentido común y se atreva a usarlo. Andersen ya no podría escribir el cuento del Traje Nuevo del Rey hoy, porque, o bien el niño que ve y dice la verdad sin prejuicios ya no existe, o bien porque este niño sería silenciado inmediatamente por otros que no tolerarían ser despertados de su ilusión.

El silenciamiento de la voz viva de la profesión docente

Sin embargo, Verrecchio sostiene que no se ha vuelto imposible para los buscadores honestos encontrar la verdad y reconocer la única religión verdadera, incluso hoy en día. Sin duda, Dios concede con gusto las gracias necesarias para penetrar en la espesura del engaño diabólico. (Así debe ser, pues de lo contrario, Dios mismo estaría facilitando el engaño). Él, Verrecchio, es prueba viviente de ello. De hecho, ha recorrido un largo y errático camino, que lo llevó desde la apostasía, pasando por el lado “conservador” de la “iglesia conciliar” y el “tradicionalismo” de la Fraternidad San Pío X, hasta el “sedevacantismo”. Sin embargo, existen algunas dificultades que superar que no existían hace 150 años.


Ante todo, está el silenciamiento de la voz viva del Magisterio de la Iglesia

Bueno, por un lado, la voz autorizada de la Santa Madre Iglesia en nuestros días está confinada abrumadoramente a los archivos del Vaticano, el magisterio preconciliar y los escritos de los teólogos aprobados de esa época. Claro que hay sacerdotes y obispos (en particular aquellos pastores de almas que rechazan abiertamente la iglesia conciliar) que predican la verdadera fe, aplicando sus principios eternos a las circunstancias contemporáneas, pero sus voces son como un clamor en un desierto lejano comparado con la cacofonía de charlatanes clericales que rutinariamente dispensan el alimento venenoso del error.

Sobre todo, podemos añadir, estas voces carecen, en última instancia, de autoridad eclesiástica, pues ninguno de estos sacerdotes y obispos posee un mandato oficial.

El fallo del Vicario de Cristo y su vergonzoso sustituto

La circunstancia más dolorosa de nuestro tiempo es, sin duda, la ausencia del Vicario de Cristo, el Pastor Supremo, quien debería hablar en nombre del Rey y representar para nosotros la regla infalible de la fe en todos los asuntos religiosos. (Peor aún, por supuesto, es que un papa de cartón finja un cargo herético y vacío). En los siglos anteriores al concilio, incluso un buscador no cristiano de la Verdad Religiosa no podía dejar de impresionarse por la firmeza y santidad inquebrantables de los Papas. Estos hombres eran considerados la autoridad moral mundial, su estatura excedía con creces la de cualquier otro supuesto “líder mundial”. La influencia de sus enseñanzas en la fe y la moral se hacía sentir tanto en católicos como en no católicos.
La Iglesia, baluarte inmutable de la verdad, brilló bajo la dirección de estos Papas como un faro de esperanza incluso en los días más oscuros -afirma Verrecchio con entusiasmo y un toque de poesía. Podría decirse con certeza que la Verdadera Religión es fácil de encontrar.

Tras el concilio, la “iglesia” que robó su santo nombre, la “iglesia conciliar”, se dedicó a negociar con los enemigos de la Iglesia Católica. Formó alianzas con paganos, herejes y judíos. Hizo pactos con los comunistas, fomentó tácitamente todo tipo de depravación incluso dentro de los seminarios, hizo la vista gorda ante el abuso sexual de menores por parte del clero, apoyó a los líderes de movimientos políticos ateos a cambio de dinero e influencia, etc.


En resumen, las pruebas que el Papa León XIII reconoció con razón por su abundancia han sido eclipsadas desde entonces por lo que un buscador sincero de la Única Religión Verdadera no puede dejar de ver como evidencia de que la “iglesia” que actualmente ocupa el Vaticano no lo es.

Una de las peores consecuencias de este sustituto fraudulento, vergonzoso y blasfemo es que ha dañado tan gravemente la imagen de la Iglesia ante el mundo, y con ello su reputación y prestigio, que resulta difícil comprender por qué alguien querría seguir perteneciendo o convirtiéndose a esta “iglesia”.

Si bien esto es ventajoso en cierto sentido, ya que disuade a muchos creyentes serios de unirse a esta secta, también es un obstáculo para quienes buscan la verdadera religión y no la encuentran, ya que la monstruosa “iglesia conciliar” que confunden con la Iglesia Católica resulta repulsiva. Por otro lado, cabe señalar que es precisamente la repulsiva abominación de esta “ramera babilónica” la que deja claro y sin rodeos que NO es la Iglesia Católica. La dificultad radica en encontrar la verdadera Iglesia, que, oculta y “oscurecida” por esta figura arrogante y bebedora de la “sangre de los santos”, debe llevar una existencia en las sombras como la “Iglesia en la Diáspora”. (Aunque, hay que admitirlo, la actitud y el comportamiento de los representantes de esta “Iglesia en la Diáspora” generalmente no ayudan a convencer a los extraños de que se trata de la verdadera Iglesia).

Reivindicación moral

Verrecchio ve otra razón por la que la monstruosa “iglesia conciliar” puede ser seductora: 

Para algunas de estas personas, muchas incluso, elegir entrar en la Iglesia “papista” que siempre se ha mantenido firme contra el divorcio, el aborto, la homosexualidad y similares, conduciría inevitablemente a la pérdida de amistades, podría cortar efectivamente ciertos lazos familiares e incluso podría limitar sus oportunidades profesionales.

Esto era un obstáculo para muchos. Con la “iglesia conciliar”, esto ya no existe. Se puede ser “católico conciliar” sin tener que cumplir ningún requisito moral. La “iglesia de la misericordia” lo hace posible. “Divorciados vueltos a casar”, “parejas del mismo sexo”, lo que sea, no hay problema alguno. Todos son cálidamente bienvenidos en esta “iglesia” y reciben la “comunión” y la “bendición” por su estilo de vida.

Esto también es, por supuesto, un arma de doble filo. Por mucho que algunos se contenten con vivir sus pecados con impunidad y sin temor, sin dejar de ser un “católico ejemplar” —a menudo incluso participando como “lectores”, “ministros extraordinarios de la sagrada comunión”, etc.—, un alma con un mínimo de profunda religiosidad difícilmente se sentirá atraída por este tipo de “religiosidad”. Porque, sinceramente, ¿por qué debería alguien preocuparse por la religión si solo quiere llevar una vida superficial y cómoda? Esto es precisamente lo que hace tan atractivos a muchos grupos “tradicionalistas”, especialmente para los jóvenes que buscan un sentido más profundo en sus vidas. Pero ahí también reside su poder de seducción, porque estos grupos se parecen mucho más a la Iglesia Católica, pero no lo son. Puede que no sean la “corriente principal”, pero sí pertenecen a la “iglesia conciliar”, y por eso el engaño que perpetran es aún más flagrante.

“Cuidadosa consideración” y “corazón sincero”

Después de todo, se trata de la salvación de las almas, de la felicidad eterna o de la condenación de la humanidad. Pertenecer a la Verdadera Iglesia es, sencillamente, esencial para la salvación. Por lo tanto, es y sigue siendo de suma importancia reconocer a la Verdadera Iglesia como tal. ¿Sigue vigente hoy la afirmación del Papa León XIII: “Todo hombre de juicio sincero y prudente ve con facilidad cuál es la Religión Verdadera”? Creemos que sí. Es cierto que es más difícil que hace 150 años. Requiere una reflexión más cuidadosa y un corazón aún más sincero. La mayoría de las veces, falta al menos uno de estos. Pero si ambos están presentes, y si se añade la gracia de Dios, que no faltará a quien se esfuerce por alcanzarla y ore, entonces aún es posible reconocer la Verdadera Religión. A menudo, una vez que se han eliminado los obstáculos del corazón y se ha aclarado la visión de la mente, uno se sorprende de lo increíblemente fácil que puede ser.


Que la monstruosa “iglesia conciliar” no es la Iglesia de Cristo es fácil de ver, sobre todo, gracias a la participación de Bergoglio. Sin embargo, muchos de los que dan este paso se verán inicialmente cegados por las variantes tradicionalistas. Pero quienes se mantienen sinceros de corazón y continúan dedicándose a una cuidadosa reflexión tendrán que comprender que estos grupos no se oponen realmente a la iglesia humanista conciliar. Ya sea que estén plenamente o parcialmente integrados en ella o se muevan en su ámbito como “cismáticos”, todos tienen en común que presentan la monstruosa “iglesia conciliar” como la verdadera Iglesia de Cristo y, por lo tanto, intencionalmente o no, actúan como cómplices del impostor papal. Y tienen algo más en común: todos luchan contra el mismo enemigo, es decir, el “hiperpapalismo” o el “ultramontanismo” -precisamente lo que caracteriza al verdadero católico- y, por lo tanto, son estrictamente anti sedevacantistas. Por lo tanto, sólo hace falta mirar en la dirección que ellos rechazan y a la que más temen para encontrar la Verdadera Iglesia.

Peligros y dificultades

Esto no significa que se hayan superado todos los peligros y dificultades, pues debido al colapso de las autoridades eclesiásticas, la Verdadera Iglesia se ha convertido en una “Iglesia en Dispersión”. Es decir, no encontramos una gran estructura claramente identificable, sino solo grupos dispersos. Sin embargo, existen directrices claras, según la antigua regla: “Ubi papa, ibi ecclesia” (donde está el Papa, allí está la Iglesia). Por lo tanto, por ejemplo, quienes mencionan a un falso “papa” en el canon de la misa, o quienes lo consideran aceptable o declaran permisible la asistencia a dichas misas, no pueden ser la Verdadera Iglesia. Del mismo modo, quienes, a pesar del colapso de la autoridad eclesiástica, se atribuyen algún poder pastoral o “jurisdicción” -aparte de la jurisdicción sustitutiva para administrar los sacramentos- no pueden pertenecer a la Verdadera Iglesia. También se recomienda mucha cautela cuando se defiende una filosofía distinta de la filosofía escolástica de Santo Tomás de Aquino, recomendada y prescrita por los Papas, o cuando se enseñan tesis o ideas especiales que nunca han sido enseñadas o aprobadas por un Papa, pero cuya adhesión es necesaria para ser miembro de ese grupo o para recibir la ordenación.

Estos también son indicadores claros que deben tenerse en cuenta. Nunca se debe ignorar la “consideración cuidadosa” y el “corazón sincero” y asumir que se ha llegado al grupo adecuado, al oasis de los bienaventurados y a la Verdadera Iglesia, y que se puede confiar en ella sin preocupaciones. Solo con la Iglesia, con su fundamento rocoso, el Papa, tenemos esta certeza, pero no con cualquier grupo, por muy convincente que parezca, por grande que sea una organización mundial, por uno o más obispos, clérigos y “religiosos”, etc., y por muy prominente que sea su “presencia en las redes sociales”. Al contrario, cuanto más existan estas cosas, mayor será la desconfianza, pues mayor será el peligro de caer presa de una “iglesia sustituta”, que ciertamente no es la Verdadera Iglesia de Cristo; pues esta no puede ser “reemplazada”. Oremos y esperemos pacientemente hasta que Dios nos dé un Papa, y por lo demás permanezcamos vigilantes, aferrémonos a la Única y Verdadera Iglesia de Cristo, que no existe sin Papa (aunque, por supuesto, haya épocas de sede vacante en las que no haya un Papa legítimo).

Respuesta a la pregunta

Así que, volviendo a la pregunta inicial del lector, ahora podemos responder: 

“¿Por qué se esfuerzan tanto en convencer a la gente de que la 'iglesia conciliar' no es realmente la Iglesia Católica? Parece una completa pérdida de tiempo”

No es una pérdida de tiempo en absoluto, porque fuera de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, no se puede encontrar la salvación. Por lo tanto, es de suma importancia saber dónde está esta Iglesia y dónde no. Nada menos que nuestro destino eterno depende de esta cuestión: la salvación o la perdición del alma, que es mucho más que el cuerpo. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). La búsqueda del “Reino de Dios” debe ser nuestra primera tarea. Pero el reino de Dios en la tierra es la Iglesia.

“Incluso si tienes razón, debes admitir que el engaño es tan astuto que la mayoría de la gente buena cae en él. Cristo lo aclarará en nuestro juicio particular. La gente no va al infierno por ser engañada. Así que, de nuevo, ¿para qué molestarse?”

Porque la Iglesia es necesaria para la salvación. “Fuera de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana nadie puede salvarse, como nadie pudo salvarse del diluvio fuera del Arca de Noé, que era figura de esta Iglesia”, nos enseña el Catecismo de San Pío X (n° 170). Sin embargo, también es cierto que: “Quien sin culpa, es decir, de buena fe, se hallase fuera de la Iglesia y hubiese recibido el bautismo o, a lo menos, tuviese el deseo implícito de recibirlo y buscase, además, sinceramente la verdad y cumpliese la voluntad de Dios lo mejor que pudiese, este tal, aunque separado del cuerpo de la Iglesia, estaría unido al alma de ella y, por consiguiente, en camino de salvación” (n° 172).


Por lo tanto, quien, sin culpa propia y aunque “busque sinceramente la verdad”, haya caído en el engaño de la “iglesia conciliar” (o de cualquier tradicionalista), “aunque separado del cuerpo de la Iglesia, está unido a su alma y, por lo tanto, en el camino de la salvación”. Si la persona en cuestión ha fallado realmente en reconocer a la Verdadera Iglesia sin culpa propia, será determinado por Cristo en el juicio personal. Sin embargo, por regla general, Dios no abandonará en el engaño a un alma que busca sinceramente la verdad, sino que le concederá las gracias y la guía necesarias para que alcance su meta. “Buscad y encontraréis” (Mt 7,7). Por lo tanto, no debemos asumir simplemente que quienes se dejan engañar y persisten en el engaño son completamente inocentes. Sin embargo, si este es el caso de una u otra persona, claro que no irá al infierno solo por esa razón, sino posiblemente por otros pecados que no habría cometido si hubiera estado unido no solo con el alma, sino también con el cuerpo de la Iglesia. Solo por esta razón, es importante ilustrar a las almas sobre el engaño conciliar.

Amor a la verdad

Desenmascarar el engaño asesino de almas perpetrado por la “iglesia conciliar” y quienes la apoyan, como los “tradicionalistas”, es una de las tareas más cruciales de nuestro tiempo. Quienes se dedican a esta tarea quizá vean poco éxito visible, pero pueden estar seguros de que lo que dice Santiago se aplica a ellos: 

“Hermanos míos, si alguno de vosotros se extravía de la verdad y alguien lo hace volver, sabed que quien haga volver a un pecador de su error lo salvará de muerte y cubrirá multitud de pecados (Santiago 5:19-20). 

Por lo tanto, si tan solo una persona se salvara, el esfuerzo habría valido mil veces la pena.

El principio fundamental es este: siempre vale la pena esforzarse por alcanzar la verdad y hacer todo por ella. Dios es verdad. “Dios es Espíritu, y quienes le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad” (Juan 4:24). El Salvador dice de sí mismo: “Para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Juan 18:37-38). Y en otro lugar: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6). La verdad está inextricablemente ligada al amor: “Porque el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Efesios 5:9). El amor “no se goza de la injusticia, sino que se goza de la verdad” (1 Corintios 13:6). Si amamos al Salvador y a las almas, no podemos evitar perseverar en aferrarnos a la verdad contra la mentira y el engaño, y proclamarla y difundirla lo mejor que podamos. Para los últimos días, San Pablo predice que muchos “perecerán por no haber recibido el amor de la verdad para ser salvos” (2 Tesalonicenses 2:10). ¡Ay de nosotros si abandonáramos el “amor de la verdad”!
 

28 DE ENERO: SAN JULIAN, OB. DE CUENCA


San Julián, Obispo de Cuenca

(✝ 1208)

San Julián, obispo y patrón de la Iglesia de Cuenca, nació en Burgos, de honrados y virtuosos padres, y el cielo ilustró su nacimiento con prodigiosas señales de su futura santidad y dignidad; porque mientras le bautizaban, apareció un ángel con la mitra y el báculo pastoral, y dijo:
 Julián ha de ser su nombre

Y en efecto, habiendo pasado Julián con la pureza de un ángel del cielo los años de su niñez y de su mocedad, fue elevado al sacerdocio, y a la dignidad de Arcediano en Toledo, y finalmente a la silla episcopal de Cuenca. 

Predicaba con tan grande unción y gracia la divina palabra que los oyentes decían: nunca habló así otro hombre

No tenía en su palacio más que un capellán, que fue el santo Lesmes, el cual hacía los oficios de paje, limosnero, mayordomo y secretario del santo Obispo. 

En sus correrías apostólicas convirtió a innumerables moros, y corrigió en muchas poblaciones los siniestros resabios que en ellas había dejado la morisma.

Todas sus rentas eran para los pobres, y para sustentarse hacía él unas cestillas, que luego compraban los fieles, y las guardaban como joyas de su santo Obispo. Recompensóle el Señor la caridad que usaba con los menesterosos, apareciéndole una vez Jesucristo entre los pobres y honrándole con el nombre de amigo suyo

Un día halló colmado de trigo el depósito que estaba vacío y en otra ocasión vio entrar por la ciudad una recua numerosa cargada de trigo, que sin guía se dirigió al palacio del caritativo prelado. 

Finalmente, a los ochenta años de edad, entendiendo que llegaba el fin de sus días, revistióse de sus vestiduras pontificales para recibir los últimos sacramentos, pero luego se rodeó de un áspero cilicio, se cubrió de ceniza y se tendió en el duro suelo, reclinada la cabeza sobre una piedra. 

Entonces vio a la Virgen Santísima, que coronada de rosas y acompañada de un coro resplandeciente de santas vírgenes, venía a recibir su alma purísima para llevarla a los cielos. 

A los 319 años después de su muerte se halló el sagrado cuerpo tan entero como el día que falleció, y las vestiduras pontificales tan nuevas como se acabasen de labrarse. Estaba vestido de pontifical con mitra de raso blanco labrada de oro, con báculo, cáliz y vinajeras, todo de plata. Tenía al lado un ramo de Palma tan verde y fresco como si el mismo día se hubiera cortado, exhalando una suavidad peregrina y admirable. 

Hízose la traslación del santo cadáver con una procesión solemísima, y nuestro Señor obró muchos prodigios; pues ese día hubo de catorce milagros, como consta por jurídica información.