jueves, 26 de marzo de 2026

LOS CONGRESOS ECLESIÁSTICOS (XI)

Continuamos con la publicación del capítulo 11 del libro “El Americanismo y la Conjuración Anticristiana” (1899) de Monseñor Henri Delassus.


CAPÍTULO UNDÉCIMO

LOS CONGRESOS ECLESIÁSTICOS

Si el porvenir nuevo prometido a la Iglesia por los americanistas pide una espiritualidad nueva, ésta, a su vez, pide un clero nuevo que la enseñe y la haga practicar. 
Nuestros innovadores no han retrocedido ante esta conclusión, y han presentado al mundo, en la persona del P. Hecker, “el tipo no sólo del sacerdote estadounidense, sino del sacerdote moderno” (Padre Dufresne), “el ideal del sacerdote para el porvenir nuevo de la Iglesia”, Vida del P. Hecker, Prefacio, VII).

Para hacer sentir al clero la necesidad de un nuevo ideal e inducirlo a contemplarlo, importaba en primer lugar hacerle comprender que los eclesiásticos no son actualmente lo que deberían ser, y eso porque la Iglesia no los ha educado y dirigido convenientemente. Es lo que se hizo.

No temo decirlo: durante el siglo que se acaba, hombres que forman parte de la Iglesia han cometido el error de ser demasiado lentos en comprender las necesidades nuevas de su época, y en extender sobre ella la mano de la conciliación y la amistad. (Mons. Ireland, La Iglesia y el siglo).

En su Exposición de la situación de la Iglesia frente a las dificultades, controversias y necesidades de nuestro tiempo, el P. Hecker dice:

La influencia de la Iglesia estuvo entonces llevada por las circunstancias a ejercitarse en algún detrimento de las virtudes naturales que, sabiamente dirigidas, hacen la virilidad del cristiano en el mundo.

Y en otra parte:

Se me ha ocurrido que si la Iglesia no va directamente por delante de las verdaderas necesidades de la humanidad para satisfacerlas por todos los medios religiosos en su poder, debe achacarse a sí misma que los hombres busquen las diversiones profanas. Y es porque la Iglesia no hizo su deber que se formaron tantas sociedades laicas de reforma o antialcohólicas. Ella provee a la salvación del alma por medios espirituales tales como la penitencia, la Eucaristía y los otros sacramentos. Ahora le hace falta proveer a la salvación y transfiguración del cuerpo por sacramentos terrenales. (Vida, p. 101 -102.)

Se sabe cuán explotado ha sido este tema por nuestros supuestos demócratas cristianos en sus conferencias y sus revistas. Que baste con citar el Rev. P. Naudet:

Ni una sola vez en este siglo — salvo quizás, pero tan poco, en 1848— el clero pareció darse cuenta de lo que reclamaba de él la situación presente. Intelectual y prácticamente, se ha quedado demasiado fuera del gran pensamiento moderno, y pudo decirse con razón que, ni desde el punto de vista de la ciencia, ni desde el punto de vista de la acción, supo ser de su tiempo. (Vers avenir, p. 50.)

Y en una conferencia a los obreros de Lieja, en 1893:

La Iglesia conocía la democracia desde hace diecinueve siglos, pero estaba servida por hombres, y éstos, desde hace un tiempo demasiado largo, dejaron de comprender el papel de aquélla y el de ellos mismos.

Observemos de pasada que dichas palabras están en oposición directa con las siguientes, extraídas de la encíclica Mirari vos:

En efecto, constando, según el testimonio de los Padres de Trento, que la Iglesia “recibió su doctrina de Cristo Jesús y de sus Apóstoles, que es enseñada por el Espíritu Santo, que sin cesar la sugiere toda verdad”, es completamente absurdo e injurioso en alto grado el decir que sea necesaria cierta “restauración y regeneración” para volverla a su incolumidad primitiva, dándole nuevo vigor, como si pudiera ni pensarse siquiera que la Iglesia está sujeta a defecto, a ignorancia o a cualesquier otras imperfecciones. Con cuyo intento pretenden los innovadores “echar los fundamentos de una institución humana moderna”, para así lograr aquello que tanto horrorizaba a San Cipriano, esto es, que la Iglesia, que es cosa divina, “se haga cosa humana”.

Así es, lo veremos cada vez mejor, harían a la Iglesia toda humana, si fueran escuchados y seguidos, los que sólo hablan de sus desfallecimientos y muestran celo por su “crecimiento” en la esperanza de lanzarla a caminos nuevos donde encontrará —si hay que creerles—, su restauración y regeneración.

Estos caminos nuevos fueron trazados —dicen— por “un doctor, uno de quienes enseñan a series de generaciones humanas lo que tienen que hacer”. DIOS lo “elevó a un estado de alma que está fuera del común pero que justifica la misión extraordinaria que le destinaba” (Prefacio, VI). Esta misión era presentar al mundo en su persona “el tipo del sacerdote moderno, del sacerdote que hace falta a la Iglesia para recuperar el terreno perdido y retomar su marcha hacia adelante en el cumplimiento de su misión divina” (Vida, p. 392.)

Directores de seminarios dichosamente raros se dejaron seducir. Habían oído a Mons. Treland decirles:

El sacerdote del porvenir es a quien recomiendo un estudio serio de la Vida del P. Hecker... Él es como si fuera el tipo que importaría ver reproducirse lo más posible entre nosotros... Sepamos conservar con amor las líneas principales que constituyen la personalidad de este hombre eminente, y procuremos reproducirlas en la formación de nuestro futuro clero (Intr.).

Estos Señores oyeron, creyeron y actuaron en consecuencia.

El P. Hecker, con “su puesta en obra de los medios humanos y políticos, sus sueños de regeneración social, su personalismo exagerado, su desdén por los usos más venerables de la Iglesia, su celo desbordante para las utopías democráticas y su repugnancia por las virtudes pasivas” (34), fue presentado pues a la admiración e imitación de los seminaristas en muchas diócesis. E incluso, para no quedarse en la teoría, se las alentó a organizarse en conferencias de estudios sociales. El Rev. P. Naudet había dicho:

“La formación del clero es demasiado exclusivamente clerical, y no suficientemente humana. Se acostumbra demasiado el joven hombre a no ver un día en su ministerio más que el papel sobrenatural, o más exactamente el lado puramente religioso”. (Vers l'avenir, p. 68.)

Mons. Ireland había dicho antes de él:

Hay tiempos en la historia de la Iglesia en que es necesario que se insista en el lado sobrenatural en la acción de la religión, y hay de los tiempos en que hace falta que esta instancia recaiga en el lado natural. (L'avenir de l'Eglise aux ÉtatsUnis).

Transformar en este sentido los estudios clericales, dar, a costa del conocimiento profundo del orden sobrenatural, único que hace el sacerdote capaz de formar verdaderos cristianos, un lugar a las “cuestiones sociales”, es decir a las cuestiones de orden temporal, es obedecer el impulso secreto dado en todas las cosas por la Alianza Israelita Universal. Ella vigila los seminarios y el movimiento de los estudios que se hacen allí; se esfuerza en llevarles su influencia, sobre todo en lo que concierne a la Sagrada Escritura. Para convencerse basta con leer las siguientes líneas sacadas del Univers israélite (V. p. 2 23, año 1867):

Inaugurada por la científica y especulativa Alemania, la renovación de los estudios teológicos se aclimata en Francia que, gracias a su espíritu generalizador y expansivo, puede estar llamada a hacer por la síntesis religiosa lo que hizo un día por la reconstitución civil y política del mundo. Y todo israelita debe sentir el deseo de cooperar a esta obra, donde están empeñados nuestros intereses más sagrados.

¡Qué atención llaman tales palabras, saliendo de las tales bocas y sobre tal asunto!

Los estudios sociales tal y como se los ha emprendido en muchos seminarios sirven a estos malos designios. Allí sólo pueden hacerse en gran detrimento de la teología, porque apasionan a los jóvenes; son prematuros, y por consiguiente estériles, o más bien nocivos, pues, no encontrando luces que sin embargo son indispensables, las que da el conocimiento de los hombres y las cosas, sólo pueden extraviar; por fin, según el voto expresado al respecto por el Rev. P. Naudet y por Mons. Ireland, esos estudios forman sacerdotes en cuya alma el orden natural contrabalancea el orden sobrenatural. Nada más eficaz que tal formación clerical para alcanzar sobre seguro el fin mirado por la Alianza Israelita Universal.

Esperar que los seminarios dieran los frutos que debe producir esta nueva cultura levítica pareció muy largo a los americanistas de aquí y de allá. Para apresurar la maduración, para precipitar “la marcha adelante”, formaron, con los elementos salidos de las conferencias de los seminarios, círculos de estudios sociales, donde el fermento del catolicismo estadounidense pudo recibir una cultura más intensa. Luego quisieron sindicar estos círculos entre sí, y es así como fueron inventados los CONGRESOS ECLESIÁSTICOS.

El que fue elegido para lanzarlos sí que era el personaje a tomar entre mil. Su perfecta honradez como hombre y como sacerdote, el mandato legislativo con el que acababa de ser investido y que atraía sobre él los ojos de todo el clero de Francia, su bonhomía mezclada de ingenuidad, su facilidad de palabra no estorbada por una ciencia teológica demasiado precisa, y por fin, y sobre todo, una comunidad de ideas ya manifestadas, no permitían vacilar.

Cuando había sido propuesta la convocatoria a París de un congreso de las religiones con motivo de la exposición de 1900, el Rev. P. Lemire se había apresurado a adherir y había respondido al que era entonces el Padre Charbonnel:

Con tal que la luz radie, importa poco el candelero. Decimos, si queréis, que una exposición es una manera de candelero. Hagamos brillar en él, pues las grandes claridades cristianas.

Más tarde, cuando el renegado Grenier fue enviado a la Cámara de Diputados por un capricho popular, y se presentó con el turbante y el albornoz con que hacía alarde de su apostasía, el mismo Padre venía a saludarlo por estas palabras: “Cualquiera que sea el color del vestido que llevamos, podemos entendernos”. Y el otro le respondió: “Sí, para trabajar por una gran idea moral: Dios y la humanidad” (35).

Si alguien acerca estas ideas y expresiones a las que son familiares a los americanistas, no se asombrará de que éstos hayan echado su ojo al personaje que los comprendía tan bien, para organizar los congresos por los cuales esperaban difundir estas mismas ideas en el clero de Francia.

Un acólito le fue dado, el Rev. P. Dabry, que recibió el título de secretario-general de los congresos eclesiásticos. Éste había mostrado más atrevimiento que su presidente en la propaganda de las ideas estadounidenses, pero ocupaba sólo un lugar de redactor en el periódico del Rev. P. Garnier, lo que lo ponía menos en evidencia; por eso tuvo sólo el segundo rango. Fue él quien hizo conocer, en el Univers, los motivos de instituir este nuevo género de concilios. He aquí una frase de este artículo, con todos los signos de interrogación y de exclamación con que lo adornó el Osservatore cattolico:

Con el paso de los tiempos, los verdaderos principios del evangelio, de la teología, del derecho canónico se han oscurecido (?) al punto de parecer una novedad a los ojos de muchos, también católicos; y los derechos secundarios (?) sustituyeron el derecho eterno (?) que, a causa de la oposición de ellos, ya no puede afirmarse sino difícilmente (??). Regresemos (???) al dogma sustancial, es decir a la verdad (!!!), y, según la palabra imprescriptible, la verdad nos libertará.


Es sabido que es en Reims que se celebró el primero y, sin duda, el último congreso eclesiástico. La ocasión elegida fue el centenario del bautismo de Clodoveo.

Fue precedido por diversos otros congresos o peregrinaciones que tenían todos, según el juicio de los demócratas cristianos, la misión “de defender la causa”. “La causa -decía le Peuple francais- es la organización de una nueva Francia, su educación cristiana, hombre por hombre (36); es la aplicación de todo un pueblo al sentimiento de su dignidad y grandeza, a la conciencia de sus deberes y a la plena posesión de sus derechos.

Nada más que eso.

Los laicos no debían ser los únicos llamados a recuperar el sentimiento de su dignidad y grandeza, a retomar conciencia de sus deberes y a volver a la plena posesión de sus derechos. El clero también debía participar en este beneficio: no tenía menos necesidad que los laicos de aprender sus derechos y deberes. Hubo quien se lo dijera; hay quien se lo diga de nuevo.

¿No podía hacerse la peregrinación de los sacerdotes que irían a hacerse bautizar hombres [!!!], a sacudir las cadenas de un sistema odioso donde el vicario piensa sólo por el párroco y el párroco por el obispo y el obispo por el gobierno? Entre nosotros, la jerarquía mata al individuo.

Lo que seguirá es más instructivo todavía:

Reservemos siempre nuestra sumisión filial y el derecho de los superiores a intervenir.

Pero, en estos límites, seamos audaces para pensar, para buscar y para ejecutar. Seamos seres vivos. No nos tomemos por un instrumento pasivo entre las manos de quienes mandan, sino como una fuerza inteligente y activa, etc.

El congreso eclesiástico no debía limitarse a llevar a la emancipación de los vicarios con respecto a sus párrocos y de los párrocos con respecto a sus obispos: debía ocuparse también de los seminarios. Productos todavía imperfectos de la nueva formación clerical, los miembros del congreso debían soñar pensar en procurar su beneficio en mejores condiciones a quienes vendrían después de ellos.

¿Por qué no podrían los sacerdotes examinar juntos, a la luz de su experiencia, en qué sentido debería ser modificada la enseñanza dada en los grandes seminarios? ¿Es esto revolucionario quizás? Los buenos cristianos de antaño, de audacias asombrosas y corajes virginales, encontrarían eso más bien anodino, en todo caso todo simplemente sabio.

Sobre estas bellas ideas fue redactado el programa del congreso de Reims, con circunspección, pero encerrando sin embargo todas las cuestiones que se refieren a la organización del clero, a la acción que debe ejercer, y a los estudios a las cuales debe entregarse; en una palabra, a todo lo que puede contribuir a su reforma.

El Revdo. Padre Dabry dijo en el Peuple francais hasta dónde, en su pensamiento, debía ir esta reforma:

Veo pocas cosas en el ESPÍRITU GENERAL, en los hábitos (37), en el método de los católicos y hasta en toda la organización eclesiástica francesa, que no estén marcadas con el signo de la ruina.

El ALTAR, construido en el estilo del siglo decimoséptimo, está destinado a ir a juntarse con el trono.

EL EDIFICIO ENTERO TIENE QUE REJUVENECERSE y ponerse en armonía con los gustos y necesidades de las generaciones que vienen (38).

Es sabido cómo el frío de la autoridad impidió en el congreso de Reims la fermentación de estas ideas, fermentación que se produce necesariamente en toda asamblea de hombres entregados a sí mismos.

Es sabido también que esta misma autoridad, sorprendida una primera vez, no permitió una segunda experiencia.

El Journal des Débats llamó al congreso eclesiástico de Reims “el mayor acto de la Iglesia de Francia desde el Concordato”. Podía ser ese el caso, porque si los congresos eclesiásticos se hubieran hecho periódicos, como era la intención manifestada de los organizadores, habrían transformado la Iglesia de Francia más radicalmente que el Concordato: su iniciativa no tendía a nada menos que a hacer de ella una Iglesia presbiteriana.

Anunciando, hace un año, la inutilidad de sus esfuerzos por obtener la reunión de un segundo congreso eclesiástico, “el presidente de la comisión de iniciativa” indujo a sus partidarios a suplir la falta de un congreso eclesiástico nacional con congresos restringidos. Estos congresos se hacen aquí y allí más o menos periódicamente; el momento de su reunión es generalmente el tiempo de las vacaciones, para que los seminaristas puedan acudir a instruirse. Es sabida la opinión respectiva del Mons. arzobispo de Cambray; la manifestó en el retiro eclesiástico, y la Semaine religieuse estuvo autorizada a dar a conocerlo:

Estas son iniciativas tomadas fuera de todo derecho.

Pertenece sólo a la autoridad convocaros para deliberar sobre cuestiones que le están reservadas. Lo hace en las conferencias reglamentadas por los estatutos diocesanos. Fuera de eso, cada eclesiástico puede presentar a su obispo sus pensamientos, sus dificultades, hasta incluso sus respetuosas observaciones. Pero en ningún sitio el derecho canónico autoriza nada de análogo a lo intentado actualmente.

Tenéis mejores cosas que hacer, Señores, que acudir a tales invitaciones e ir a deliberar sobre cuestiones que están fuera de la competencia de quienes las proponen; es tomar parte, con una solicitud cada vez más grande, en las retiros mensuales donde estudiáis ante DIOS los medios de haceros cada vez más conformes a vuestro divino modelo.

En el mismo tiempo, el Mons. obispo de Nancy publicaba en la Semaine religieuse de su diócesis el siguiente dictamen:

Pedimos a todos los eclesiásticos de nuestra diócesis no tomar parte, hasta nueva decisión, bajo forma alguna, en ningún congreso, reunión o junta general de obras, cualesquiera que sean, sin una autorización dada a través de la Semaine religieuse, o sin una autorización personal otorgada por Nosotros o por los Sres. Vicarios generales.

Por un sentimiento de caridad no publicamos los motivos de esta medida; son por otra parte conocidos por el conjunto del clero. Resultan manifiestamente de ciertas publicaciones y de ciertos hechos recientes.

En todas las épocas de la historia de la Iglesia novedades más o menos peligrosas buscaron hacerse presentes en la Iglesia, pero en todas las épocas también hubo obispos para cumplir los deberes de su cargo: la vigilancia sobre estas novedades, el juicio público sobre su carácter, la represión de las que pueden ser nocivas.

Y siempre también el Soberano Pontífice ha cumplido con fidelidad el ministerio que le confiara Nuestro Señor JESUCRISTO de apacentar a los corderos y a las ovejas mismas. Es sabido que la Santa Sede hizo imponer al primero y único congreso eclesiástico un presidente para nada esperado y que había hecho “responsable” a Su Em. el cardenal Langénieux de lo que se haría allí.

Cardenal Benoît-Marie Langénieux

Sobran entonces los temores de lo que pasa hoy, porque la Iglesia es siempre vigilante. Podrán perderse algunas individualidades —y desgraciadamente ocurrió así—, pero la Iglesia sólo saldrá de esta nueva prueba más pura, más hermosa y más fuerte. Y tampoco tenemos de qué escandalizarnos, pues lo que vemos actualmente, es la historia de todos los siglos predicha por el divino Salvador mismo.

Continúa...

Notas:

34) La Revue canonique.

35) Como ocurre en toda conversación captada al vuelo, ésta no fue reproducida por todos los reporteros en los mismos términos. Existe esta otra versión: “A pesar de la diferencia de nuestros trajes y de nuestras religiones, trabajamos igualmente por el bien del país”. Estas palabras han sido publicadas en todos los periódicos. Un obispo pidió cuentas públicamente al autor, y éste no le respondió.

36) Estos buenos demócratas no saben nunca, cuando hablan lo que dijeron un día antes ni lo que dirán un día después. Aquí piden “la educación cristiana” y “hombre por hombre”. En otra parte dicen que la democracia no debe ser confesional y que la renovación social no puede ni debe hacerse “hombre por hombre”, sino por leyes e instituciones que capten las masas en bloque.

37) Los hábitos son hijos de la acción, y el método, hijo de la instrucción. Aquí están entonces, con la organización eclesiástica, las tres divisiones del programa.

38) Sería equivocarse ver en estas palabras nada más que una ocurrencia: expresan una idea articulada y un fin perseguido. El mismo Padre Dabry, en el N° del 3 de febrero 1899 de su periódico La Vie catholique, aplaudiendo al discurso que el Rev. P. Lemire pronunció en la Cámara, en la sesión del 31 de enero, sobre el balance de los cultos, escribía: “Hace falta leer este discurso. Lo damos in extenso en el suplemento, lo mismo que la respuesta del Presidente del Consejo que rinde homenaje tan plenamente a lo que hay de elevado, de liberal y, digámoslo, de libertador, en las altas palabras del Padre Lemire. Es el primer picazo dado al sistema eclesiástico anticuado de 1802”.

 

“LEÓN NO ADORÓ A LA PACHAMAMA, SIMPLEMENTE SE ARRODILLÓ”

Reinaldo Nann intentó rescatar a Prevost de las fotografías de 1995. En cambio, admitió los hechos y comparó a la “madre tierra” con los santos.

Por Chris Jackson


La defensa que Reinaldo Nann hizo de León el 22 de marzo tenía como objetivo calmar el escándalo. El efecto fue el contrario. En Religion Digital, reconoció abiertamente que el joven Robert Prevost participó en el “Congreso sobre ecología y teología” de 1995, que el evento incluyó una ceremonia a la Madre Tierra y que Prevost se arrodilló en ese contexto. Luego describió la escena como un acto interreligioso que implicaba una ofrenda a la tierra y un diálogo con ella. Incluso en.news, al resumir su argumento, capturó lo absurdo de todo el asunto con un titular que reducía la defensa a esto: “León no adoró a Pachamama, simplemente le ofreció un tributo”. La propia página de autor de Religion Digital indica que Nann fue nombrado obispo en 2017, renunció en 2024 y se casó en 2025.

Léelo de nuevo despacio. La “defensa” no niega el rito. No niega el acto de arrodillarse. No niega la conexión con la “madre tierra”. No niega la ofrenda. No niega el diálogo. Simplemente intenta disimular el escándalo y pedir a los católicos que lo llamen “inculturación”.

Así de perverso se ha vuelto el lenguaje posconciliar. Se descubre a un sacerdote arrodillado en una ceremonia explícitamente ligada a la Pachamama, y ​​el contraargumento resulta ser que quizás esto no era idolatría en el sentido más estricto imaginable porque se interpelaba a la tierra como una criatura con alma, y ​​no como una diosa. Lejos de ser un rescate, se trata de una confesión redactada en lenguaje amable.

El problema original no se basa en rumores de internet. LifeSite informó que la imagen aparece en las actas publicadas del congreso agustino de 1995 en São Paulo, posteriormente impresas en el volumen de 1996 “Ecoteología: Una Perspectiva desde San Agustín”. El pie de la foto identifica el evento como “una celebración del rito de Pachamama”, descrito como “un rito agrícola ofrecido por culturas del sur andino en el Perú y Bolivia”. Una segunda fotografía grupal en el mismo volumen sitúa a Prevost entre los participantes del congreso. Informes posteriores añadieron que imágenes en color de un video de la OALA parecen mostrar la continuación del mismo rito, incluyendo a los participantes postrándose durante la ceremonia.


Así que la excusa de que no se ve una estatua en una de las imágenes es ridícula. ¿Desde cuándo un católico necesita el ángulo de la cámara para que le expliquen la teología? El rito está nombrado. El lugar está identificado. Los participantes están presentes. El propio Nann reconoce la ceremonia a la “madre tierra” y admite el acto de arrodillarse. Una vez hechas estas admisiones, alegar que la foto no muestra suficientes tallas de madera en primer plano se convierte en el equivalente eclesiástico a discutir sobre sombras mientras la casa arde.

Una vez que se habla de “ofrenda” y “diálogo con la tierra”, ya se ha cruzado la línea

El lenguaje de Nann es devastador precisamente por su carácter revelador. Afirma que un representante de la cultura andina ofrece algo a la tierra y entabla un diálogo con ella. Se trata de un acto religioso dirigido a una criatura a la que se le atribuye una connotación sacralizada.

Incluso el catecismo conciliar enseña que el Primer Mandamiento prohíbe venerar a otras divinidades, y que la idolatría incluye honrar o reverenciar a una criatura en lugar de Dios. La doctrina católica va más allá: los mártires se negaron incluso a simular tal culto. Quienes defienden el caso siguen intentando reducir el escándalo a una cuestión de intención interior, como si la Iglesia siempre hubiera enseñado que la participación externa en falsos ritos es espiritualmente neutra siempre que la intención privada sea buena. Ella nunca enseñó eso. Enseñó lo contrario con tanta vehemencia que los cristianos prefirieron morir antes que realizar ese gesto.

Y ahí radica la grotesca ironía de la defensa de Nann. Cree que está abriendo espacio para los matices, pero en realidad está aboliendo la categoría de escándalo. Bajo esta lógica, casi cualquier acto sincrético puede ser blanqueado a posteriori. Inclinarse, arrodillarse, ofrecer, cantar, usar objetos sagrados, un rito pagano con nombre, un círculo de participantes religiosos: todo se vuelve repentinamente inofensivo una vez que un clérigo asegura que la intención era noble y ecológica.

La comparación con los santos es probablemente la parte más estúpida de todo

Luego viene la frase que debería haber puesto fin a la discusión por pura vergüenza: a la Pachamama podemos hablarle como hablamos a los santos. Nann dice que los católicos podemos arrodillarnos ante ella como ante los Santos, siempre y cuando la veamos como creatura y no como diosa.

Esto es un colapso teológico en público.

Los santos no son espíritus de la naturaleza. No son metáforas de ecosistemas. No son el alma de una colina, un árbol o la tierra. Los santos son personas humanas santas en la gloria, vivas en Cristo, contemplando a Dios, alabándolo e intercediendo por los fieles en la tierra. El Catecismo dice que pedimos su intercesión por esa razón. También dice que el honor que se le da a una imagen sagrada se transfiere al prototipo, es decir, a la persona representada, y que la adoración pertenece solo a Dios. El propio Francisco afirmó en una audiencia de 2021 que los santos no son adorados, sino venerados, y que nos conducen a Jesucristo. Nada de esto puede interpretarse como una autorización para arrodillarse ante “el alma de la tierra”.

Nótese la ironía. Los católicos han pasado siglos explicando a los protestantes por qué arrodillarse ante la imagen de un santo no es idolatría. ¿Por qué? Porque el honor es relativo, el santo es un miembro glorificado del Cuerpo Místico de Cristo, y el gesto culmina en Dios a través de sus amigos. Nann llega, ignora las distinciones y afirma que la misma lógica se puede aplicar a Pachamama. De un solo golpe, logra insultar la teología católica, justificar la caricatura protestante y bautizar un símbolo pagano.

“La intención importa” es cierto, pero no funciona como estas personas quieren

Por supuesto que la intención importa. La intención siempre importa. Pero la intención no es un blanqueador sacramental. No neutraliza el significado objetivo de un acto religioso realizado en un contexto religioso. No hace que sea seguro para un clérigo católico participar en una ofrenda interreligiosa a la “madre tierra”. No convierte el escándalo en catequesis. No borra el hecho de que a quienes presencian el acto se les enseña, a través del acto mismo, que este tipo de cosas son espiritualmente permisibles.

La Iglesia siempre ha sabido que los gestos externos enseñan. Por eso la liturgia es importante. Por eso los mártires rechazaron los ritos falsos. Por eso los católicos no participan casualmente en las prácticas sagradas de cultos paganos para luego escudarse en la privacidad de sus propias intenciones. La fórmula de Nann haría imposible juzgar la religión pública. Una vez que la sinceridad interior se convierte en el único criterio válido, toda abominación externa encuentra una excusa.

Y fíjense en lo selectivo que se vuelve esto. A los católicos tradicionalistas se les sermonea día y noche sobre la importancia de los gestos en la liturgia, la obediencia, la comunión eclesial, la imagen, la postura y el tono. Pero una vez que vemos a León arrodillado en un rito de Pachamama, de repente los gestos no significan nada. Entonces se nos dice que apartemos la mirada del cuerpo y miremos al alma. Ese truco habría sido ridiculizado si los enemigos de Francisco lo hubieran intentado al revés.

Involucrar a San Francisco en esto es otro acto de vandalismo

Nann también intenta encubrir todo el asunto bajo la espiritualidad franciscana. Dado que San Francisco habló del Hermano Sol y la Hermana Luna, sugiere, tal vez hablarle a la tierra como un “ser con alma” se enmarque dentro de la misma corriente de pensamiento.

Esa postura raya en la ignorancia teológica. San Francisco alabó a Dios a través de las criaturas. No enseñó a los católicos a participar en ritos de ofrenda y diálogo dirigidos a la “madre tierra”. La dirección del culto sigue siendo vertical. Dios es el Creador. La criatura proporciona ocasión para la alabanza. La criatura no es tratada como receptora personal de homenaje ritual.

Esa distinción es fundamental. Si se pierde, el cristianismo comienza a disolverse en poesía religiosa sin límites dogmáticos. Lo cual, por supuesto, es precisamente la propuesta posconciliar: conservar el vocabulario cristiano, el tono afectivo y delicado, el encanto franciscano, y luego reconfigurar sutilmente la esencia subyacente.

El precedente de Francisco hace que todo esto sea aún más condenatorio

La ironía más profunda es histórica. En 2019, la ceremonia en los jardines del Vaticano se convirtió en un escándalo mundial porque los católicos comprendieron instintivamente lo que veían. Francisco se refirió posteriormente a las figuras recuperadas como “estatuas de la Pachamama” y afirmó que habían sido exhibidas sin intenciones idolátricas. Aquello ya fue una declaración desastrosa. La defensa que Nann hace de León ahora repite el mismo patrón casi palabra por palabra: el objeto puede ser la Pachamama, el rito puede ser la Pachamama, los gestos pueden ser reverenciales, pero tranquilos, porque no se ha demostrado la idolatría interior.


Así pues, la vieja fantasía de Trad Inc. de que León “representaba una ruptura total con Francisco” sufre otro revés. El problema nunca fue simplemente el viejo “papa” argentino con talento para el simbolismo escandaloso. El problema era la cultura religiosa que normalizó, justificó y, finalmente, banalizó dicho simbolismo. Si las fotografías y grabaciones de 1995 son auténticas, entonces los Jardines Vaticanos no fueron un estallido aislado. Fueron la erupción de algo que se había estado gestando durante décadas.

¿Y qué hay de Trad Inc.?

Comparemos la reacción ante el actual escándalo con la furia de 2019. Comparemos la repetición, la indignación, la claridad moral, la sensación de que se había cruzado la línea y no se podía volver atrás. Compárese eso con la evasiva, la minimización, el cauteloso titubeo, la estudiada reticencia a convertir esto en el escándalo definitorio que evidentemente es. La asimetría habla por sí sola. Cuando Francisco lo hizo, la Pachamama se convirtió en “el símbolo de toda la implosión conciliar”. Cuando la evidencia apunta a León, demasiados guardianes conservadores y tradicionalistas descubren de repente títulos en antropología, matices contextuales y una profunda preocupación por el “odio”.

Ese silencio no es casual. Es el sonido de una clase que protege su inversión. Demasiadas personas vendieron a sus audiencias una narrativa de restauración. Demasiadas personas prometieron un pontificado más sereno, limpio y menos embarazoso. Demasiadas personas les dijeron a los fieles que fueran pacientes, prudentes, abiertos, respetuosos y comedidos. Entonces, la vieja religión reapareció en una fotografía de 1995, arrodillada a plena vista.

La dura verdad que eligen no decir

Nann quería defender a León de la acusación de idolatría. En realidad, lo que defendía era la participación en un rito sincrético, la reverencia ritual hacia la “madre tierra”, el lenguaje sobre el alma de la tierra, la comparación de la Pachamama con los santos y el principio de que los gestos religiosos públicos pueden justificarse a posteriori por una intención privada. Eso no es catolicismo. Eso es el proyecto posconciliar hablando con una franqueza inusual.

Y por eso este episodio importa. No porque un defensor haya escrito alguna tontería en una página web. Los católicos se han acostumbrado a las defensas absurdas. Importa porque esa defensa absurda reveló la verdadera “teología” que subyace. El rito puede permanecer. Los símbolos pueden permanecer. La ofrenda puede permanecer. La reverencia puede permanecer. Lo único que debe desaparecer es el instinto católico de rechazo.

Una vez que desaparece ese instinto, todo lo demás llega por añadidura. El símbolo pagano se convierte en “un puente cultural”. El falso rito se transforma en “diálogo”. El escándalo provocado se convierte en “odio”. El sacerdote se convierte en un “misionero de la inculturación”. Y el católico que se opone se convierte en un “fanático”.

Esa inversión ha causado un daño inmenso a la Iglesia. Nann no la creó. Simplemente la expresó en voz alta.
 

HOLLERICH: “LAS MUJERES SUFREN PORQUE NO TIENEN ACCESO AL MINISTERIO ORDENADO”

Jean-Claude Hollerich, “arzobispo” de Luxemburgo, declaró el jueves pasado en un simposio celebrado en Bonn que la cuestión del acceso de las mujeres a los ministerios ordenados no está cerrada.


Según informó Katolisch.de Hollerich afirmó que “A largo plazo, no puedo imaginar cómo puede existir una iglesia cuando la mitad del pueblo de Dios sufre porque no tiene acceso al ministerio ordenado.

Este nefasto personaje tuvo el descaro de afirmar que él “antiguamente era más conservador en ese tema”, pero que “había cambiado de opinión”

“También he aprendido como obispo que esto no es solo un deseo de algunas asociaciones de mujeres de izquierdas, sino que, cuando hablo con las mujeres de las parroquias, el 90 % de nosotros tenemos la misma opinión (😏). Este secuaz de Prevost consideró que “los obispos deben escuchar la voz de los fieles” en ese sentido.

Además, el “cardenal” pidió “paciencia” porque, en su opinión, “las mujeres de otras culturas consideran que la reivindicación europea de la ordenación de las mujeres es un problema artificial”

Hollerich agregó que “esta también es una realidad que tenemos que considerar y que hace falta más tiempo para que todas las culturas lleguen al mismo punto”.

También señaló que la posibilidad de que las mujeres ocupen altos cargos en la curia, abierta por el falso papa Bergoglio en la constitución apostólica Praedicate Evangelium, fue “un paso importante”. Según Hollerich, “esa posibilidad seguirá abierta durante el pontificado de León XIV”.

Del simposio en la Universidad de Bonn también participaron los “cardenales” Óscar Rodríguez Maradiaga y Oswald Gracias, los “obispos” Franz-Josef Overbeck y Klaus Krämer, así como el “teólogo” y exdirector general de Misereor Josef Sayer y las “teólogas” Margit Eckholt y Klara-Antonia Csiszar.
 

26 DE MARZO: SAN BRAULIO, OBISPO DE ZARAGOZA


26 de Marzo: San Braulio, Obispo de Zaragoza

(✞ 651)

El santísimo y sapientísimo Obispo San Braulio, honor inmortal de la Silla de Zaragoza, fue hermano del Obispo Juan, y sucesor suyo en el Obispado, y natural de la misma ciudad (a lo que algunos escriben), y de la sangre de los reyes godos de España.

Tuvo por maestro a San Isidoro, Arzobispo de Sevilla, y fue tan aventajado en las lenguas y ciencias divinas y humanas, que su mismo sapientísimo Maestro le envió su famoso libro Etimologías para que lo corrigiese.

“Etimologías” de San Isidoro

Se halló en tres concilios Toledanos, que fueron el cuarto (en que presidió San Isidoro, su Maestro), y el quinto y el sexto. En el quinto tuvo San Braulio gran influencia, y ordenó los cánones y decretos, y todo el peso de los negocios cargaba sobre él, por ser considerado como el oráculo de toda la Iglesia de España.

Escribió una carta al Sumo Pontífice que a la sazón era Honorio, primero de este nombre, con tan excelente doctrina, estilo y elocuencia, que fue celebrada y leída con la admiración en Roma.

En ella le daba cuenta del celo con que tanto el rey Cihntila como los obispos de España trabajaban por conservar en toda su integridad y pureza la Doctrina Católica y Divina de Jesucristo.

Escribió más tarde una carta al rey Chindasvinto, cuyo efecto fue declarar a Recesvinto sucesor del reino, y rey juntamente con su padre; con lo cual acabó con las facciones y turbulencias, y ahorró mucha sangre.

Residía el santo prelado en la iglesia de Santa María la Mayor, llamada del Pilar de Zaragoza, ocupándose de día y de noche en el servicio de Dios y de su Santísima Madre. Hizo edificar una Iglesia sobre la sepultura de los santos mártires Santa Engracia y sus dieciocho compañeros, y de los innumerables mártires de Zaragoza, que antiguamente se llamó la Iglesia de las Santas Masas, y ahora tiene título de Santa Engracia, donde después el rey católico Don Fernando labró un suntuoso monasterio y se lo dio a los Padres de la Orden de San Jerónimo.

Finalmente, a los 20 años de su gloriosísimo Obispado, descansó San Braulio en la paz del Señor, dejando a toda la ciudad de Zaragoza con gran sentimiento por haber perdido tan excelente Padre, Pastor y Maestro.


El sagrado cadáver se encuentra sepultado en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar.

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

OTRO ESCÁNDALO PARA LA IGLESIA SINODAL: EL “SACERDOTE” MUERTO EN EXTRAÑAS CIRCUNSTANCIAS

Un nuevo caso de inmoralidad sacude a Tijuana (México) ya que culminó con la muerte del susodicho “padre”. Los medios de Trad. Inc., cómplices de la iglesia sinodal ocultan la verdad.


El relato oficial según Trad. Inc.

La Arquidiócesis de Tijuana, en el estado mexicano de Baja California, informó del hallazgo sin vida del padre José Luis Rodríguez de Anda, sacerdote de 55 años que había sido reportado como desaparecido después de ausentarse durante algunos días de sus actividades ministeriales.

La noticia fue dada a conocer por monseñor Mario Nicolás Villanueva Arellano, Administrador Apostólico de Tijuana, mediante un comunicado compartido el 19 de marzo. En ese mensaje se informó que el cuerpo del sacerdote fue localizado por las autoridades en la Colonia Madero el martes 17.

La autoridad eclesiástica explicó también que el padre José Luis “padecía diversos problemas de salud, entre ellos hipertensión, diabetes y otras complicaciones graves que afectaron significativamente su estado”. Ese dato fue incluido en el comunicado oficial difundido por la arquidiócesis al informar sobre el fallecimiento del presbítero.

Monseñor Villanueva Arellano señaló que: “Al ausentarse algunos días de sus actividades ministeriales, se inició su búsqueda y se dio aviso a la autoridad correspondiente, a quien agradecemos su atención y cercanía”

Hasta el momento, ni las autoridades civiles ni las eclesiales han hecho públicas las causas de la muerte. El propio obispo indicó que no se ofrecerán más detalles “por respeto al proceso y para no obstaculizar el esclarecimiento de los hechos”. Con ello, la Iglesia local ha optado por la prudencia ante una situación dolorosa que aún requiere aclaración.

Mientras continúan las actuaciones pertinentes, la arquidiócesis dirigió también una petición a los fieles católicos para que “acompañen espiritualmente este momento de duelo”. Monseñor Villanueva Arellano invitó a “elevar oraciones y sufragios por su eterno descanso, así como a manifestar cercanía y consuelo a sus familiares y amigos en este momento de dolor”.
 
Según el comunicado de la arquidiócesis, “en los últimos años desempeñó su ministerio como capellán de las congregaciones religiosas de la Arquidiócesis de Tijuana. Ese encargo da testimonio de una entrega sacerdotal sostenida en el tiempo y de una vida consagrada al servicio de Dios y de la Iglesia.

La muerte del padre José Luis Rodríguez de Anda “deja dolor en la Iglesia local, que ahora encomienda su alma al Señor y acompaña en la oración a quienes sufren por su partida”. En medio de la consternación, la arquidiócesis ha querido unir a los fieles en la caridad cristiana, el respeto debido a las investigaciones en curso y la súplica por el descanso eterno del sacerdote fallecido.

La noticia real sin el edulcoramiento sinodal

Dado que los medios de México que no tienen compromisos ni intereses comunes con la iglesia conciliar y sinodal ya han informado sobre las vergonzosas circunstancias que desencadenaron la muerte del “padre” José Luis Rodríguez de Anda, podemos confirmar lo que realmente pasó y que por complicidad -“caridad” según los sinodales- se está ocultando.


Según El Financiero:

José Luis Rodríguez de Anda, padre de la Arquidiócesis de Tijuana, fue hallado sin vida en el interior de un motel de la colonia Madero, esto después de ser reportado como desaparecido desde la semana pasada.

En el interior del cuarto se encontró al cura con huellas de haber sido víctima de violencia; además, tenía en el brazo izquierdo una jeringa inyectada, la cual se presume pudo contener alguna droga relacionada con opioides.

Fueron los elementos de la Fiscalía General del Estado de Baja California (FGE BC) los que confirmaron el deceso a las autoridades eclesiásticas de la ciudad, esto luego de dar con el paradero del cuerpo, el cual estaba en un motel localizado en una colonia de alto poder adquisitivo de Tijuana.

“Fortalecidos en la fe en este tiempo de Cuaresma, mientras nos encaminamos hacia la Pascua, caminando en la esperanza de la Resurrección, les compartimos con profundo dolor y pesar el sensible fallecimiento de nuestro hermano sacerdote, el Pbro. Lic. José Luis Rodríguez de Anda, llamado a la Casa del Padre el día martes 17 de marzo de 2026, fecha en la que la autoridad nos informó de lo sucedido”, se lee en el comunicado de la Arquidiócesis de Tijuana.
 
¿Qué se sabe sobre la muerte del padre de Tijuana?

De manera extraoficial se presume que el sacerdote ingresó a alquilar un cuarto del motel en compañía de otra persona, la cual se habría retirado a las horas de registrarse con el sacerdote.

La Fiscalía de Baja California indicó que realiza las diligencias necesarias para dar con los testigos que puedan ayudar a esclarecer el caso, ya que no se descarta la posible muerte por sobredosis de droga o que haya una persona involucrada en el deceso.
  

CONCILIACIÓN DEL TRABAJO: HOMBRES Y MUJERES EN EL HOGAR

¿Cuál es la única manera de romper el ciclo revolucionario que ha destruido el hogar y la familia?

Por Marian T. Horvat


La confusión que sienten algunos hombres acerca de los roles tradicionales del padre y la madre en el hogar es muy indicativa de nuestros tiempos, cuando la familia y la sociedad han sido quebrantadas casi por completo por la Revolución, especialmente por el Feminismo y la Revolución Cultural Hippie de los años '60.

Desde principios del siglo XX hasta la década de 1950, a pesar del progreso del Liberalismo, este problema nunca se habría planteado. El padre normal de la familia trabajaba y proporcionaba el ingreso y la autoridad en la familia, mientras que el dominio de la esposa y madre era el hogar: Ella cuidaba a los bebés y niños, preparaba las comidas del día, lavaba los platos y limpiaba la casa.

Si el hombre tenía los recursos económicos, contrataba ayuda doméstica o para el cuidado de los niños en el hogar para aliviar la carga de su esposa y permitirle desarrollar otras habilidades y aficiones o tener una vida social más activa. Si no podía hacerlo, su esposa asumía la responsabilidad total del hogar y los hijos.

Una niña aprendía estas habilidades domésticas y culinarias de su madre, como su madre aprendía de la suya, y así sucesivamente, y lograba equilibrar su tiempo y su día para cumplir con sus deberes domésticos y crear un ambiente de paz y tranquilidad en el hogar, como señala tan bellamente Pío XII en su Alocución a los recién casados ​​de 1942.

Esto también explica por qué la Iglesia animaba a las mujeres a casarse dentro de su misma clase social. Una mujer que creció con ayuda doméstica sabía cómo manejar a los sirvientes y no se vería abrumada por el trabajo físico al que no estaba acostumbrada. Una joven que no contaba con esta ayuda en su hogar se formaba y era capaz de administrar un hogar y una familia sin ayuda, siguiendo el ejemplo de su propia madre.

Como podemos ver en la mencionada Alocución del Papa Pío XII, la inquietud en el hogar ya comenzaba a gestarse en la mente de las mujeres a mediados de siglo. Ese descontento estalló con la Revolución Cultural de los años '60: las mujeres comenzaron a exigir igualdad con los hombres en todos los ámbitos, abandonando la falda para usar pantalones y dejando el hogar para emprender carreras profesionales. Incluso la materia “economía doméstica” en la escuela secundaria fue reemplazada por química y biología.

La Revolución alentó a las mujeres a pensar que estaban siendo explotadas al ser la ayudante del hombre, como Dios nos creó, y se obsesionaron con sus derechos. En lugar de ser la reina del hogar, querían entrar en el ámbito público del hombre.


Con la esposa fuera de casa realizando tareas tradicionalmente masculinas, muchas veces el marido tuvo que ocupar su lugar en el hogar, hasta el punto de que se acuñó un nuevo término: el amo de casa. Un error recurrente. En su intento por liberar a las mujeres, el feminismo, en realidad, las masculinizó. Y los hombres sufrieron una especie de feminización.

Ahora, justo cuando deberíamos esperar que la Iglesia contrarrestara este feminismo que destruye la familia jerárquica tradicional, sucedió algo inesperado. Tras el concilio Vaticano II, se empezó a enseñar una nueva “teología”. Se hablaba, se enfatizaba y se promovía la igualdad social: igualdad salarial, igualdad de oportunidades en el trabajo, participación en el matrimonio. Una nueva expresión apareció en el vocabulario católico y se extendió rápidamente: la complementariedad de los sexos, dos partes iguales que se complementan y forman un todo.

Como señala Atila Guimaraes en Destructio Dei, volumen 7 de su colección sobre el Vaticano II, esta noción del hombre desarrollando sus cualidades femeninas fue retomada por Juan Pablo II en su “Teología del Cuerpo”. Esta nueva forma de pensar, que da lugar a los hombres afeminados y débiles que vemos por todas partes hoy en día, se repite incluso en círculos conservadores y tradicionales.


Es razonable pensar que hay algo erróneo, radicalmente erróneo, en los argumentos que se presentan para justificar que hombres y mujeres compartan la responsabilidad del hogar y el cuidado de los hijos. En última instancia, al masculinizar a las mujeres y feminizar a los hombres, esta “nueva teología”, llevada a sus últimas consecuencias, favorece indirectamente el androginismo.

Ahora bien, en el ámbito práctico, lo ideal es que la madre cuide de los bebés, cambie los pañales, cocine y lave los platos, etc., mientras que el padre esté preparado para ayudar en situaciones de emergencia (cuando la esposa esté enferma, indispuesta o bajo algún problema particular). Ese debería ser el objetivo a alcanzar en el hogar católico.

Desafortunadamente, hoy en día seguimos influenciados por la Revolución Cultural de los años '60. Hace poco hablaba con mi madre sobre este mismo tema. Ella comentó con tristeza que muchas mujeres jóvenes hoy en día están cursando estudios superiores y comenzando carreras profesionales a tiempo completo, pero carecen de las habilidades básicas y la disciplina necesarias para administrar adecuadamente un hogar y cuidar de una familia. Pueden pasar el día tramitando cuentas en un banco, pero se ven abrumadas ante la perspectiva de preparar la comida o cuidar de un bebé.

Por lo tanto, es posible que un esposo o padre ayude a una mujer moderna sobrecargada con los hijos o las tareas del hogar. La esposa acepta la ayuda con gratitud, no como un derecho ni porque sea el deber de su esposo ayudar como un igual en el hogar.

Como se ha señalado, su objetivo debería ser aprender a organizar su tiempo y mejorar sus habilidades para poder asumir más plenamente las responsabilidades de la maternidad y el hogar, y luego enseñárselas a sus hijas. Esta es la única manera de romper el ciclo revolucionario que ha destruido el hogar y la familia.

En cuanto a los padres que juegan con los niños, creo que estamos viendo de nuevo un abuso que resulta en una falta de seriedad tanto para hombres como para mujeres. Cuando un hombre siempre está jugando con sus hijos, su autoridad paterna en el hogar se ve afectada. Los niños empiezan a verlo como un compañero de juegos y amigo, no como el padre y soberano del hogar.
  

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (95)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


95. Santiago de Alfeo recibido como discípulo. Jesús habla junto al banco de Mateo.
2 de febrero de 1945

1 Mañana de mercado en Cafarnaúm. La plaza está llena de vendedores de los más diversos tipos de mercancías.
Jesús, que llega a este lugar desde el lago, ve que vienen a su encuentro sus primos Judas y Santiago. Acelera el paso en dirección a ellos y, después de abrazarlos con afecto, pregunta presuroso: “¿Vuestro padre?... ¿Qué ha sucedido?”.
Nada nuevo respecto a su vida responde Judas.
¿Por qué has venido, entonces? Te había dicho: quédate allí.
Judas baja la cabeza y calla. Ahora es Santiago quien no se contiene: 
Por culpa mía él no te ha obedecido. Sí, por culpa mía; pero es que no he podido soportar más. Todos en contra. Y, ¿por qué? ¿Hago mal, acaso, en amarte?, ¿acaso hacemos mal? Hasta ahora me había frenado un escrúpulo de estar actuando mal. Pero ahora que sé las cosas, ahora que Tú has dicho que ni siquiera el padre está por encima de Dios, no he aguantado más. He tratado verdaderamente de ser respetuoso, de hacer comprender las razones, de enderezar las ideas. He dicho: "¿Por qué combatís contra mí? Si es el Profeta, si es el Mesías, ¿por qué queréis que el mundo diga: 'Su familia fue enemiga suya; entre los que le seguían ella faltó?' ¿Por qué, si es el infeliz que vosotros decís, no debemos, nosotros los de la familia, estarle cercanos en su demencia, con el fin de impedir que sea nociva no sólo para El sino también para nosotros?". ¡Oh!, Jesús, yo hablaba así para razonar humanamente, como razonaban ellos. Tú sabes, efectivamente, que ni yo ni Judas te creemos demente; sabes que en ti vemos al Santo de Dios; que hemos dirigido siempre nuestra mirada a ti como a nuestra Estrella mayor. Pero, no han querido entendernos. Ni siquiera han querido seguir escuchándonos. Y entonces yo me he marchado. Ante el dilema "o Jesús o la familia", te he elegido a ti. Aquí estoy, a nada que me aceptes; si no, seré el más infeliz de los hombres, porque no tendré nada: ni tu amistad ni el amor de la familia.
¿En esto estamos? ¡Santiago mío, mi pobre Santiago! Habría deseado no verte sufrir así, porque te quiero. Pero si Jesús–Hombre llora contigo, Jesús–Verbo se alegra íntimamente por ti. Ven. Estoy seguro de que la alegría de ser portador de Dios a los hombres aumentará de hora en hora tu gozo, hasta llegar al pleno éxtasis en la hora extrema de la tierra y en la eterna del Cielo.

2 Jesús se vuelve y llama a sus discípulos, que se habían detenido prudentemente a la distancia de unos metros. 
Venid, amigos. Mi primo Santiago ahora forma parte de mis íntimos y por lo tanto, es vuestro amigo. ¡Cuánto he deseado esta hora, este día, para él, mi perfecto amigo de infancia, mi buen hermano de juventud!.
Los discípulos acogen con alegría al nuevo llegado y a Judas, que hacía días que no le veían.
Hemos estado en casa. Te buscábamos. Pero estabas en el lago.
Sí, en el lago, durante dos días con Pedro y los demás. Pedro ha tenido buena pesca. ¿No es cierto?.
Sí, y ahora –esto me disgusta– tendré que dar muchos didracmas a aquel ladrón... y señala al recaudador Mateo, cuyo banco está asediado por gente que paga la tierra –creo– o las mercancías.
Digo Yo que todo será proporcionado. Cuanto más pescas, más pagas, pero también ganas más.
No, Maestro. Si pesco más, gano más; pero si pesco el doble de peso, ése no es que me haga pagar el doble, sino que me hace pagar el cuádruplo... ¡Aprovechado!.
¡Pedro!... Pues vamos a ir exactamente allí al lado. Deseo hablar. Siempre hay gente junto a aquel banco de recaudación.
¡Hombre claro! –dice Pedro mascullando–, gente y maldiciones.
Pues bien, Yo iré a introducir bendiciones. Quién sabe... a lo mejor entra un poco de honestidad en el recaudador.
No, Tú tranquilo, que tu palabra no pasará a través de su piel de cocodrilo.
Lo veremos.
¿Qué le piensas decir?.
Directamente, nada. Pero, por mi modo de expresarme, él será también destinatario de mis palabras.
¿Vas a decir que tan ladrón es el salteador de caminos como el que despelleja a los pobres que trabajan para obtener el pan y no mujeres o borracheras?.
Pedro, ¿quieres hablar tú en vez de mí?.
No, Maestro. No sabría hablar bien.
Y con la acritud que tienes dentro, te dañarías a ti y le dañarías a él.

3 Ya están cercanos al banco de los impuestos.
Pedro tiene intención de pagar. Jesús le detiene y dice: 
Dame las monedas; hoy pago Yo. Pedro le mira atónito y le da una bolsa de piel, con dinero.
Jesús espera su turno y, cuando se encuentra frente al recaudador, dice: 
Pago por ocho canastas de pescado de Simón de Jonás. Las canastas están allí, a los pies de los peones. Comprueba, si lo crees oportuno; de todas formas entre hombres honestos debería bastar la palabra, y creo que tú me consideras tal. ¿Cuánto es la tasa?.
Mateo, que estaba sentado detrás de su banco, en el momento en que Jesús dice 
creo que tú me consideras tal, se pone en pie. Es bajo y más bien anciano, más o menos como Pedro. Su rostro muestra el cansancio propio de quien se goza la vida. Muestra también Mateo un claro estado de turbación. Primero tiene la cabeza agachada, luego la levanta y mira a Jesús. Y Jesús le mira fijo, serio, dominándole con toda su imponente estatura.
¿Cuánto? repite Jesús después de un poco.
No hay tasa para el discípulo del Maestro responde Mateo, y añade en voz más baja: Ruega por mi alma.
La llevo en mí, porque recojo a los pecadores. Pero tú... ¿por qué no la cuidas?. Dicho esto, Jesús le vuelve la espalda y torna adonde Pedro, que se ha quedado de piedra, como también los demás. Bisbiseos, gestos…

4 Jesús se pone junto a un árbol, a unos diez metros de Mateo, y empieza a hablar.
El mundo es comparable a una gran familia, cuyos componentes tienen distintos oficios, todos necesarios. En él hay agricultores, pastores, viñadores, carpinteros, pescadores, albañiles; quién trabaja la madera o el hierro, quién escribe; hay soldados, oficiales destinados a misiones especiales, médicos, sacerdotes.... de todo hay. El mundo no podría estar compuesto de una sola categoría; son todas necesarias, todas santas, si hacen todas lo que deben con honestidad y justicia. Pero, ¿cómo se puede alcanzar esto, si Satanás tienta por tantas partes? Pues pensando en Dios, que ve todas las cosas, incluso las obras más escondidas, y pensando en su ley, que dice: "Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo, no le hagas lo que no querrías que te hicieran a ti, no robes en ningún modo" (41).
Decid, vosotros que me escucháis: Cuando uno muere, ¿acaso se lleva consigo las bolsas de sus dineros? Y aunque fuera tan necio como para querer tenerlas consigo en el sepulcro, ¿puede, acaso, usarlas en la otra vida? No. Sobre la podredumbre de un cuerpo corrompido, las monedas se transforman en pedazos de metal corroídos. En cambio, en otro lugar, su alma estaría desnuda, más pobre que el bienaventurado Job (42), privada de la más insignificante moneda, aunque aquí y en la tumba hubiera dejado muchísimos talentos. Os digo más, ¡escuchad, escuchad! En verdad os digo que teniendo riquezas difícilmente se gana el Cielo –antes al contrario, generalmente con ellas se pierde–, aunque sean riquezas adquiridas honestamente por herencia o ganadas, porque pocos son los ricos que las saben usar con justicia.
¿Qué hace falta, entonces, para conseguir este Cielo bendito, este reposo en el seno del Padre? Hace falta no tener avidez de riquezas. No tener avidez en el sentido de desearlas a toda costa, incluso faltando a la honestidad y al amor; no tener avidez en el sentido de que, teniendo esas riquezas, se amen más que al Cielo y al prójimo, negándole caridad al prójimo necesitado; no tener avidez por cuanto las riquezas pueden dar, o sea, mujeres, placeres, rica mesa, vestiduras pomposas, lo cual ofende a quien pasa frío y hambre. Hay, sí, hay una moneda para cambiar las monedas injustas del mundo por divisa que vale en el Reino de los Cielos, y es la santa astucia de hacer riquezas eternas de las riquezas humanas, a menudo injustas o causa de injusticia; se trata de ganar con honestidad, devolver lo que se obtuvo injustamente, usar de los bienes con moderación y desapego, sabiéndose separar de ellos, porque antes o después nos dejan –¡Ah, pensad esto–, mientras que el bien realizado no nos abandona jamás.
Todos querríamos ser llamados "justos" y que nos creyeran tales, y ser premiados como tales por Dios. Mas, ¿cómo puede Dios premiar a quien sólo tiene nombre de justo, no teniendo las obras? ¿Cómo puede decir "te perdono", si ve que el arrepentimiento es sólo verbal y que no va acompañado de una verdadera mutación de espíritu? No existe arrepentimiento mientras dura el apetito hacia el objeto por el que se produjo nuestro pecado. Cuando uno, en cambio, se humilla, se mutila del miembro moral de una mala pasión, que puede llamarse mujer u oro, diciendo: "Por ti, Señor, no más de esto", entonces es cuando verdaderamente está arrepentido, y Dios le acoge diciendo: "Ven; te quiero como a un inocente, como a un héroe"
.
Jesús ha acabado. Se marcha sin ni siquiera volverse hacia Mateo (que se había acercado al círculo de quienes escuchaban, desde las primeras palabras).

5 Llegados cerca de la casa de Pedro, su mujer acude a su encuentro para decirle algo. Pedro hace señas a Jesús para que se acerque. 
Está la madre de Judas y Santiago. Quiere hablar contigo, pero no desea ser vista. ¿Cómo lo hacemos?.
Hacemos esto: Yo entro en casa como para descansar y todos vosotros vais a distribuir el óbolo a los pobres. Ten también las monedas de la tasa condonada. Ve.
Jesús dirige a todos un gesto de despedida, mientras Pedro les habla para persuadirlos de que vayan con él.
¿Dónde está la madre, mujer? pregunta Jesús a la mujer de Pedro.
En la terraza, Maestro, donde aún hay sombra y frescor. Sube... Hay además más libertad que en casa.
Jesús sube por la pequeña escalera.
En un ángulo, bajo la tupida pérgola de vid, sentada en un pequeño banco colocado junto al pretil, toda vestida de obscuro, muy cubierto el rostro por el velo, está María de Alfeo. Llora bajo, calladamente.
Jesús la llama: 
¡María!, ¡mi querida tía!.
Ella levanta un pobre rostro angustiado y tiende las manos: 
¡Jesús! ¡Cuánto dolor hay en mi corazón!.
Jesús está a su lado. La fuerza a permanecer sentada, pero Él se queda de pie. No se ha quitado todavía el manto, elegantemente dispuesto en pliegues; tiene una mano sobre el hombro de su tía, la otra entre las manos de ella. 
¿Qué te pasa? ¿Por qué tanto llanto?.
Jesús, me apresuré a salir de casa diciendo: "Voy a Caná a buscar huevos y vino para el enfermo". Con Alfeo está tu Madre, que le atiende como Ella sabe hacer, y estoy tranquila. Pero, en realidad, he venido aquí. He caminado presurosa todas las noches para llegar antes. No puedo más... De todas formas el cansancio no es importante. ¡Lo que verdaderamente me duele es el pesar que tengo en el corazón!... Mi Alfeo... mi Alfeo... mis hijos... Pero ¿por qué entre quienes son de la misma sangre hay tanta diferencia, por qué esta diferencia es como las dos piedras de un molino para triturar el corazón de una madre? ¿Están contigo Judas y Santiago? ¿Sí? Entonces ya lo sabías... ¡Jesús! ¿Por qué mi Alfeo no comprende? ¿Por qué muere, por qué quiere morir así? ¿Y Simón y José? ¿Por qué, por qué no están contigo, sino contra ti?.
No llores, María. Yo no les guardo rencor. Esto se lo he dicho también a Judas. Comprendo y siento compasión. Si es por esto por lo que lloras, no llores más.
Por esto, sí, porque te ofenden. Por esto y, además... además, y además... porque no quiero que mi esposo muera como enemigo tuyo. Dios no le perdonará... y yo... no le tendré ya ni siquiera en la otra vida....
María está verdaderamente angustiada. Llora con grandes lagrimones sobre la mano izquierda que Jesús le deja sin oponer resistencia. Y María se la besa de vez en cuando, y de vez en cuando alza su pobre rostro lleno de dolor.
No dice Jesús. No. No hables así. Yo perdono. Y si perdono Yo....

¡Ven, Jesús! Ven a salvarle el alma y el cuerpo, ven. Dicen también, para acusarte, que has arrebatado dos hijos a un padre que está muriendo, y lo van diciendo por Nazaret, ¿comprendes? Y dicen también: "Por todas partes hace milagros y en su casa no sabe hacerlos", y se ponen en contra de mí porque te defiendo diciendo: "¿Qué puede hacer, si prácticamente le habéis echado con vuestros reproches; qué puede hacer si no creéis?".
Es así, es como has dicho: "si no creéis". ¿Cómo puedo actuar donde no se cree?.
¡Tú puedes todo! ¡Yo creo por todos! Ven. Haz un milagro... por tu pobre tía....
No puedo” (43) (se le ve apenadísimo a Jesús al decir esto). En pie, erguido, apretando contra su pecho la cabeza de María, que sigue llorando, parece como si confesara a la naturaleza serena su impotencia, como si la tomara por testigo de su pena de no poder por decreto eterno.
La mujer llora más vehementemente.
Escucha, María. Sé buena. Te juro que si pudiera, si hacerlo estuviera bien, lo haría, arrancaría esta gracia al Padre, por ti, mi Madre, Judas y Santiago, e incluso, sí, también por Alfeo, por José y Simón. Pero no puedo. Tu corazón está ahora muy afligido y no puedes comprender la justicia de este no poder mío. Te la expreso, pero de todas formas no la entenderás. Cuando llegó la hora del tránsito de mi padre –y tú sabes en qué medida era justo y mi Madre le quería– Yo no le devolví a la vida. No es justo que la familia en que un santo vive esté exenta de las inevitables desventuras de la vida. Si así fuera, Yo debería ser eterno sobre la Tierra, y en cambio moriré pronto, y María, mi santa Madre, no podrá arrebatarme a la muerte. No puedo. Lo que puedo hacer, y lo haré, es esto –Jesús se ha sentado y ha puesto la cabeza de su pariente sobre el hombro–, esto: prometerte, por este dolor, la paz a tu Alfeo, asegurarte que no serás separada de él, darte mi palabra de que nuestra familia será reunida en el Cielo, compuesta de nuevo para toda la eternidad, y que, mientras Yo viva, e incluso después, infundiré mucha paz a mi querida tía, mucha fuerza, hasta hacer de ella una apóstol ante tantas pobres mujeres más fácilmente accesibles a ti, mujer. Serás mi dilecta amiga en este tiempo de evangelización. La muerte –no llores– la muerte de Alfeo te libera de los deberes conyugales y te eleva a los más sublimes de un místico sacerdocio femenino, muy necesario ante el altar de la gran Víctima y entre muchos paganos que doblegarán más su ánimo ante el heroísmo santo de las mujeres discípulas que ante el de los discípulos. ¡Oh, tu nombre, querida tía, será como una llama, en el cielo cristiano!... No llores más. Ve en paz, fuerte, resignada, santa. Mi Madre... ha sido viuda antes que tú... y te consolará como Ella sabe hacer. Ven. No quiero que partas sola bajo este sol. Pedro te acompañará con la barca hasta el Jordán y de allí a Nazaret con un asno. Sé buena
Bendíceme, Jesús. Dame fuerza.
Sí, te bendigo y te beso, tía bondadosa. Y la besa tiernamente, teniéndola aún durante largo tiempo contra su corazón, hasta que la ve calmada.

Continúa...

Notas:

41) Cfr. Ex. 20, 15; 21, 16; Lev. 19, 11 y 18; Dt. 5, 19; 24, 7; Mt. 5, 43; 7, 12; 22, 39; Lc. 6, 31; Rom. 13, 8–10; Gal. 5, 14; Sant. 2, 8.

42) Cfr. Jb. 2, 7–10.

43) “No puedo”. Esta expresión y otras iguales o semejantes que aparecen en este cap. deben interpretarse a la luz de Mc. 6, 1–6; Lc. 22, 42; Filip. 2, 8; y del mismo contexto en que se les da suma importancia a tres principios: la necesidad de sujetarse al decreto eterno de Dios, la necesidad del sufrimiento y necesidad de la fé (y cuyo obstáculo es la incredulidad).