sábado, 13 de junio de 2026

SAN ANTONINO OP: “UN PAPA SORPRENDIDO EN HEREJÍA NO ES PAPA, PORQUE ES DEPUESTO IPSO FACTO”

El santo obispo de Florencia expresó la misma conclusión que San Roberto Belarmino: que un Papa que cae en la herejía se aparta de la Iglesia y del oficio del papado.

Por WM Review

 
San Antonino nació en 1389 y murió en 1459. Ingresó en la Orden Dominicana a los dieciséis años y realizó su noviciado con Fra Angelico. Durante el Gran Cisma de Occidente, apoyó al pretendiente romano (Gregorio XII), considerado comúnmente como el verdadero Papa. Participó como teólogo en el Concilio de Florencia y, posteriormente, el Papa Eugenio IV lo obligó a aceptar la consagración episcopal y la sede de Florencia. La Enciclopedia Católica afirma que el Papa Eugenio IV llamó a San Antonino para que lo asistiera en su lecho de muerte. Fue consultado por Papas posteriores sobre otros asuntos importantes y fue canonizado por Adriano IV en 1523.

Dom Prosper Guéranger nos cuenta lo siguiente sobre el santo:

“El cielo bendijo a esa ilustre ciudad con prosperidad terrenal gracias a su santo arzobispo. Cosme de Médici solía decir que Florencia debía más a Antonino que a ningún otro hombre. El santo prelado también era célebre por su gran erudición. Defendió el Papado contra las calumnias de ciertos obispos sediciosos en el Concilio de Basilea y, en el Concilio General de Florencia, afirmó elocuentemente la verdad de la fe católica, atacada por los instigadores del cisma griego. ¡Cuán hermosa es nuestra santa Madre la Iglesia, que engendra hijos como Antonino y los prepara para defender la verdad y resistir la falsedad!”

Su obra principal fue la Summa Theologica Moralis, que trataba sobre teología moral y fue un texto importante en los siglos XV y XVI, y es difícil encontrar copias de la misma en escritura moderna, sin las abreviaturas y marcas inusuales comunes en los textos escolásticos de esa época.

San Antonino enseña que “si un Papa es hallado apartándose de la fe, o sorprendido cayendo en herejía –lo que indica un acto externo, en lugar de un pecado meramente interno– es  ipso facto depuesto”.

Como es lógico, también explica por qué sucede esto.

Resistencia

Tras abordar el problema del “papa herético”, San Antonino se centra en la cuestión del “papa malvado”, al que distingue del anterior. Explica por qué deben diferenciarse estos dos casos y especifica el tipo de maldad al que se refiere.

A continuación del texto, reproducimos también un breve extracto de San Antonino sobre un tema relacionado, citado por Don Francesco Ricossa del IMBC y traducido al inglés por los seminaristas del Seminario de la Santísima Trinidad. Si bien el extracto trata sobre la situación tras la muerte de un Papa, tiene implicaciones evidentes para un Papa que pierde el cargo por herejía, cisma, apostasía, locura permanente o renuncia, o para cuando un hombre elegido no acepta el cargo.

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Si el Papa puede ser depuesto por algún delito

San Antonino de Florencia

De Summae Sacrae Theolgiae, Iuris Pontificii, et Caesarei , Pars Tertia.

Titulus Vigesimussecundus – De Statu Summorum Pontificem

Cap. V, De Maxima Potestate Papæ, págs. 393-4

Venetiis, Apud Bernardum Iuntam et Socios, MDLXXI. Disponible en latín en Google Books. (Transcripción en latín disponible aquí)

§3: ¿Puede deponer al Papa?

Se plantea la cuestión de si el papa puede ser depuesto por cualquier delito notorio.

Parece que sí se puede. Porque se dice, Distinción 40:

“Si el papa cayera en tales faltas, ningún mortal podría atreverse a reprenderlo, puesto que quien ha de juzgar a todos los hombres no debe ser juzgado por nadie, a menos que se encuentre desviado de la fe”.

Por lo tanto, parece que podría ser depuesto, al menos por herejía.

En efecto, la glosa del mencionado capítulo dice que por cualquier otro delito notorio, como adulterio, simonía y similares, si era incorregible y escandalizaba a la Iglesia, podía ser depuesto.

Por el contrario , dice Anacleto, Distinción 79:

“El Señor se reservó para sí la elección de los sumos pontífices, aunque concedió su elección a buenos sacerdotes y pueblos espirituales”.

Y en el capítulo 9, pregunta 3, se dice:

“Nadie juzgará a la Primera Sede”.

Porque ni por el emperador, ni por todo el clero, ni por los reyes, ni por el pueblo, será juzgado el juez, es decir, el papa. Sobre lo cual la glosa dice que un concilio no puede juzgar al papa, como en Extra, De electione, capítulo (3) Significasti; y esto es así a menos que se someta al juicio de ciertas personas, como en Causa 2, Cuestión 7, Nos.

Asimismo, el Papa Símaco dice en IX, q.3:

“Dios quiso que las causas de los demás hombres fueran resueltas por hombres, pero sin duda ha reservado al presidente de esta sede a su propio juicio; quiso que los sucesores del bienaventurado Pedro debieran su inocencia únicamente al Cielo, y que su conciencia estuviera bajo el escrutinio del examinador más sutil”.

Cabe señalar, según Agustín de Ancona, en el pasaje citado anteriormente, que el papa no debe ser depuesto por ningún delito, por muy notorio que sea, pues tal deposición o acusación perjudicaría a toda la Iglesia. Si se escucharan acusaciones contra él, la Iglesia quedaría sin cabeza.

Y así es, salvo por el pecado de herejía; aunque incluso en este caso, si estuviera dispuesto a corregirse y enmendarse, no debería ser depuesto, como señala Hugo en la distinción número veintiuno. Por lo tanto, los obispos reunidos en concilio no depusieron a Marcelino, quien había confesado herejía e idolatría, porque estaba dispuesto a ser corregido y a revocar su sentencia, lo cual, en efecto, hizo.

¿Por qué un papa hereje pierde su cargo ipso facto?

Pero por herejía misma es apropiadamente depuesto ipso facto, porque el papa es elegido como cabeza de toda la Iglesia, según lo que dice Efesios 1:

“A sí mismo, Cristo, lo dio como cabeza sobre toda la Iglesia, que es su cuerpo”.

Ahora bien, el papa representa a la persona de Cristo. Por eso, a Cristo también se le llamó Pedro Cefas, es decir, cabeza; y la función de la cabeza es infundir vida a todos los miembros. Pero el principio de la vida espiritual es la fe, pues, como dice el apóstol, “sin fe es imposible agradar a Dios”.

Por lo tanto, si se descubre que el papa se ha desviado de la fe, él mismo está muerto a la vida espiritual y, en consecuencia, no puede infundir vida a los demás. Así como un hombre muerto no es un hombre, un papa sorprendido en herejía no es papa, porque queda depuesto automáticamente.

Lo mismo afirma Pedro Paludano, en el pasaje citado anteriormente, a saber, que el papa, mientras ostente el cargo, no puede ser depuesto por ningún delito, ni por un concilio, ni por toda la Iglesia, ni por el mundo entero. Esto no se debe únicamente a su supremacía, donde no existe nadie superior que pueda juzgarlo, sino también a que la autoridad divina se ha reservado el juicio del prelado romano mientras ostente el cargo, como se indica en la Causa 9, Cuestión 3, Aliorum.

Pero cuando cae en la herejía, por ese mismo hecho queda excluido de la Iglesia y deja de ser cabeza; entonces es depuesto de facto, no de iure, porque “quien no cree ya ha sido juzgado” (de iure); pero esto ocurre antes de cualquier juicio, puesto que por el mero hecho de ser hereje, queda excluido de la Iglesia. Ahora bien, la cabeza separada del cuerpo no puede, mientras permanezca separada, ser la cabeza del cuerpo del que ha sido separada. Por lo tanto, el papa, por este mismo hecho, deja de ser la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Y así, un hereje no puede ser, ni seguir siendo, papa, porque las llaves de la Iglesia no pueden poseerse fuera de ella. Pero por otros pecados, el papa es una cabeza enferma, que por ello no deja de ser cabeza, ni puede, por consiguiente, ser juzgado por los miembros.

Una objeción: extender esta conclusión a un papa malvado

Pedro afirma además que la glosa del capítulo “Si papa”, citada anteriormente, que dice que por cualquier otro delito notorio, si el papa es incorregible, puede ser depuesto y juzgado, es falsa. Y da la razón de ello: la glosa dice que, puesto que el papa es incorregible, se dice que es herético por contumacia; y puesto que es contumacioso, por consiguiente es un incrédulo y un hereje.

Pero, según Pedro, cuando se habla de herejía contumaz, se entiende en sentido amplio, del mismo modo que a veces se llama herejía a la simonía por cierta semejanza. En cambio, cuando se dice que el papa puede ser depuesto o es depuesto por herejía, se entiende en su sentido estricto y propio, es decir, por un error firme en materia de fe. Por lo tanto, no puede ser depuesto por ningún otro pecado, por muy incorregible que sea.

Lo mismo opina Agustín de Ancona sobre esa glosa. Añade, sin embargo, que dicha glosa puede conservarse: cuando se dice que un hombre puede ser depuesto por la incorregibilidad de algún vicio, debe entenderse que se refiere a cuando es tan incorregible que el pecado que comete, aun siendo mortal, lo cree y afirma que no es pecado. Pues entonces sí sería verdadera y propiamente un hereje, y por lo tanto puede ser depuesto, pero no simplemente porque no cese en el acto de pecar.

Cómo responder a un Papa malvado

¿Qué se debe hacer entonces cuando el papa es tan malvado que con su conducta destruye la Iglesia de Dios? Pedro Paludano dice que hay un remedio doble.

La primera es siguiendo el ejemplo de Pablo, quien se enfrentó a Pedro cara a cara en Antioquía, porque estaba desviando a los gentiles, inclinándolos, por así decirlo, hacia el judaísmo, mediante una condescendencia excesiva hacia los judíos conversos, para no escandalizarlos, como se encuentra en Gálatas 2 y en 2, q. 7. Así, según Pablo, al papa no se le debe obedecer en asuntos malvados, sino resistirlo con una reprensión honesta.

Por lo tanto, si el papa deseara entregar todo el tesoro de la Iglesia a sus parientes, o destruir la Iglesia de San Pedro, o dar a sus parientes el patrimonio de Pedro, o hacer cualquier cosa de este tipo que no sea lícita, no debería permitírsele, sino que se le debería resistir, aunque sin recurrir a la deposición.

El segundo remedio sigue el ejemplo del beato Hilario, quien prevaleció contra el Papa León mediante la oración. Este León era, creo, el mismo que con otro nombre se llama Papa Liberio, quien favoreció a los herejes arrianos. Por lo tanto, por un papa tan incorregible, toda la Iglesia debería orar para que Dios lo corrija o lo quite del mundo. Dios jamás despreciaría tanto a su Iglesia como para no escucharla. Y debería convocarse un concilio contra él, si él mismo no quisiera convocarlo, para que mediante él fuera amonestado, o para que se implorara a Dios que aplicara un remedio resistiendo los males que deseaba cometer, para que la Iglesia no corriera peligro. Otro ejemplo de este remedio se encuentra en el caso del Papa Anastasio, quien, favoreciendo a los herejes, fue castigado por la justicia divina, como se lee en la Causa 19, Anastasio.

Asimismo, cabe señalar, según Agustín de Ancona, que si bien el papa es papa y un concilio general no puede ser convocado excepto por su autoridad (como queda claro en la distinción 17 a lo largo de todo el texto), no obstante, dado que un papa a causa del delito de herejía no es papa, en tal caso su autoridad no es necesaria; la autoridad del colegio cardenalicio y de otros obispos y doctores sería suficiente.

También dice que si es notorio que un papa ha muerto en herejía, y durante su vida en la Iglesia enseñó o fomentó una doctrina perversa, y no se enmendó, incluso después de su muerte puede ser acusado y condenado, como se argumenta en la Causa 24, Cuestión 3, capítulo Si vera.

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El poder del Papa durante un interregno

San Antonino de Florencia

Traducido al inglés por seminaristas del Seminario de la Santísima Trinidad (uso legítimo)

De Summae Sacrae Theolgiae, Iuris Pontificii, et Caesarei, Pars Tertia.

Titulus Vigesimussecundus – De Statu Summorum Pontificem

Cap. V, De Maxima Potestate Papæ, págs. 376-7.

Venetiis, Apud Bernardum Iuntam et Socios, MDLXXI. 

§ 3. ¿El poder del Papa permanece en el Colegio Cardenalicio después de la muerte del Papa?

Agustín de Ancona responde en la tercera pregunta del libro citado: Tras su muerte, el poder del Papa permanece en el Colegio Cardenalicio de dos maneras. Primero, con respecto a la raíz, pues el Colegio se compara con el Papa como la raíz con el árbol o la rama. Pero así como el poder del árbol o la rama, por el cual florece y da fruto, permanece en la raíz incluso después de que el árbol o la rama misma hayan sido destruidos, así también el poder papal permanece en la Iglesia o el Colegio tras la muerte del Papa. Permanece en el Colegio como en la raíz próxima y en la iglesia de los prelados y demás fieles como en la raíz remota. Segundo, dicho poder permanece en la Iglesia y en el Colegio con respecto a lo que es material en el papado, puesto que tras la muerte del Papa el Colegio puede, mediante la elección, determinar a una persona para el papado, que sea tal o cual. Por lo tanto, así como la raíz produce el árbol a través del cual produce las flores y el fruto, así también el Colegio hace un Papa que tiene jurisdicción y administración en la Iglesia. Por lo tanto, si por papado entendemos la elección y determinación de la persona (que es lo esencial del papado, como ya se ha dicho), entonces ese poder permanece en el Colegio tras la muerte del Papa. Pero si por poder papal entendemos su autoridad y jurisdicción (que es lo formal), entonces ese poder nunca muere, porque siempre reside en Cristo, quien, resucitado de entre los muertos, ya no muere.

Por lo tanto, San Agustín, al comentar las palabras “toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra... y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28), dice que los Apóstoles, a quienes Cristo habló, no iban a permanecer hasta el fin del mundo, sino que Él les habló en la persona de todos los que les sucederían, como a un solo cuerpo de la Iglesia. Sin embargo, si por el nombre de poder papal entendemos la administración real, que es lo material y formal del papado, entonces es cierto que esta administración real muere con la muerte del Papa, puesto que la administración real del poder papal no permanece en el Colegio después de la muerte del Papa (excepto en la medida en que les fue confiada por decreto del predecesor), ni permanece, de esta manera, en Cristo, porque, según el derecho común, Cristo no ha ejercido tal poder, después de su resurrección, excepto a través de la mediación del Papa; Porque aunque Él mismo es la puerta, no obstante ha constituido a Pedro y a sus sucesores como sus porteros, por cuya mediación se abre y se cierra la puerta de acceso a Él.

Por lo tanto, el poder de la Iglesia en cuanto a jurisdicción (que es, por así decirlo, lo formal en el papado) no muere con la muerte del Papa, sino que persiste en Cristo. Tampoco muere en cuanto a la elección y determinación de la persona (que es como el elemento material), sino que persiste en el Colegio Cardenalicio; muere, sin embargo, en cuanto a su administración y jurisdicción efectivas, porque después de la muerte del Papa, la Iglesia queda vacante y privada de la administración de tal poder. Esta conclusión no se ve obstaculizada por decir que el sacerdocio de Cristo perdurará para siempre, al igual que Cristo, y que por lo tanto, después de la muerte del Papa, su poder permanece, porque esto es cierto en cuanto a lo formal en el sacerdocio. Pues así como todos los sacerdotes, en cuanto al poder de consagración, son un solo sacerdote, Cristo, en cuanto que todos consagran en la persona de Cristo; así también todos los Papas son un solo Papa, Cristo, porque todos los Papas reciben jurisdicción y el poder de gobernar directamente de Dios; y sin embargo, la administración efectiva de dicho poder muere con la muerte de este o aquel Papa.
 

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

Sobre la brevedad de la vida

Por San Alfonso María de Ligorio


“Vosotros que no sabéis qué será de vuestra vida el día de mañana... ¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!” (Santiago 4: 15)

Primer punto: La muerte llega pronto

¿Qué es tu vida? Es como una neblina que se disipa con el viento y desaparece. Todos saben que han de morir; pero muchos se engañan al imaginar la muerte tan lejana como si nunca fuera a llegar. Pero Job nos dice que la vida del hombre es corta:

“El hombre nacido de mujer, corto de vida… Como la flor, brota y se marchita (Job 14, 1,2)

Esta verdad le mandó el Señor a Isaías que predicara al pueblo:

“¡Grita! - Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo... La flor se marchita, se seca la hierba... La hierba se seca, la flor se marchita” (Isaías 40, 6-8)

La vida del hombre es como la vida de una brizna de hierba; Llega la muerte, la hierba se seca: he aquí, la vida termina, y la flor de toda grandeza y de todos los bienes mundanos se marchita.

Dice Job: “Recuerda que mi vida es un soplo” (Job 7: 7) 

La muerte corre a nuestro encuentro más veloz que un rayo, y nosotros, a cada instante, corremos hacia ella. Cada paso, cada aliento nos acerca a nuestro fin.

“Lo que escribo -dice Jerónimo- es mucho de la vida”. “Mientras escribo, me acerco a la muerte”.

“Todos hemos de morir; como el agua que se derrama en tierra no se vuelva a recoger (2 Samuel 14: 14)

¡Mira cómo el arroyo corre hacia el mar, y las aguas que pasan nunca regresan! Así, hermano mío, pasan tus días y te acercas a la muerte. Pasan los placeres, las diversiones, las pompas, las alabanzas y las aclamaciones; ¿Y qué queda?

“Mis días se apagan sólo me queda el cementerio (Job 17: 1)

Seremos arrojados a una tumba y allí permaneceremos pudriéndonos, despojados de todas las cosas. En la hora de la muerte, el recuerdo de los deleites disfrutados y de todos los honores adquiridos en esta vida, sólo servirá para aumentar nuestro dolor y nuestra desconfianza de obtener la salvación eterna. Entonces el miserable mundano dirá: “Mi casa, mis jardines, mis muebles elegantes, mis cuadros, mis vestidos, dentro de poco tiempo ya no serán míos, y sólo me quedará la tumba”.

¡Ah! En esa hora todos los bienes terrenales son vistos sólo con dolor por aquellos que se han apegado a ellos. Y este dolor sólo servirá para aumentar el peligro de su salvación eterna; porque vemos por experiencia que las personas apegadas al mundo desean al morir hablar sólo de su enfermedad, de los médicos que serán llamados para atenderlas y de los remedios que pueden restaurar su salud. Cuando alguien habla del estado del alma, pronto se cansa y ruega que se le permita descansar. Se quejan de dolor de cabeza y dicen que les duele oír hablar a alguien. Y si a veces responden, se confunden y no saben qué decir. Sucede frecuentemente que el confesor les da la absolución, no porque sepa que están dispuestos para el sacramento, sino porque es peligroso diferirlo. Así es la muerte de aquellos que piensan poco en la muerte.

Segundo punto: La vela encendida al morir

El rey Ezequías dijo entre lágrimas: “Mi morada es arrancada, se me arrebata como tienda de pastor. Enrollo como tejedor mi vida, del hilo del tejido me cortaste. De la noche a la mañana acabas conmigo” (Isaías 38: 12). 

¡Cuántos han sido alcanzados y arrebatados por la muerte mientras ejecutaban y organizaban proyectos mundanos ideados con tanto esfuerzo! A la luz de la última vela, todo en este mundo —aplausos, diversiones, pompas y grandeza— se desvanece. ¡Gran secreto de la muerte! Nos hace ver lo que los amantes de este mundo no ven. Las fortunas más principescas, las dignidades más elevadas y los triunfos más magníficos pierden todo su esplendor al contemplarlos desde el lecho de muerte. Las ideas que nos hemos formado de una falsa felicidad se transforman entonces en indignación contra nuestra propia necedad. La sombra negra y sombría de la muerte cubre y oscurece toda dignidad, incluso la de reyes y príncipes. 

En la actualidad, nuestras pasiones hacen que los bienes de este mundo parezcan diferentes de lo que son en realidad. La muerte desvela la verdad y revela lo que realmente es: humo, suciedad, vanidad y miseria. 

¡Oh, Dios! ¿De qué sirven las riquezas, las posesiones o los reinos al morir, cuando solo queda un ataúd de madera y una simple vestidura apenas suficiente para cubrir el cuerpo? ¿De qué sirven los honores, cuando todo culmina en una procesión fúnebre y pomposas exequias, que serán inútiles para el alma en el infierno? ¿De qué sirve la belleza, cuando después de la muerte solo quedan gusanos, hedor y horror, y al final un poco de polvo fétido?

“El me ha puesto -dice Job- como refrán de los pueblos” (Job 17,6)

El rico, el capitán, el ministro de Estado, muere: su muerte es el tema de conversación general; pero si ha llevado una vida disoluta, se convertirá en “un escarnio del pueblo y un ejemplo para ellos”. Como muestra de la vanidad del mundo, e incluso de la justicia divina, servirá de advertencia para los demás. Tras el entierro, su cuerpo se mezclará con los de los pobres.

“Chicos y grandes son allí lo mismo(Job 3, 19).

¿Qué provecho obtuvo de la hermosa estructura de su cuerpo, que ahora no es más que un montón de gusanos? ¿De qué sirven el poder y la autoridad que ejerció, cuando su cuerpo ahora se pudre en una tumba y su alma, quizás, ha sido enviada a arder en el infierno? ¡Oh, qué desgracia! ¡Ser motivo de tales reflexiones para los demás, y no aprovecharlas para su propio beneficio! 

Convenzámonos, pues, de que el momento adecuado para reparar los desórdenes del alma no es la hora de la muerte, sino la hora de la salud. Apresurémonos a hacer ahora lo que no podremos hacer entonces. “El tiempo apremia”. Todo pasa pronto y llega a su fin; por lo tanto, esforcémonos por emplear todo lo que tenemos para alcanzar la vida eterna.

Tercer punto: la importancia del último momento

¡Qué grande, pues, la insensatez de quienes, por los miserables y transitorios placeres de esta corta vida, se exponen al peligro de una eternidad infeliz! ¡Oh! ¡Qué importante es ese último momento, ese último suspiro, el cierre definitivo de la escena! De él depende una eternidad de deleites o de tormentos; una vida de felicidad eterna o de sufrimiento perpetuo.

Consideremos que Jesucristo se sometió a una muerte cruel e ignominiosa para obtenernos la gracia de una buena muerte. Que podamos morir en la gracia de Dios en ese último instante es la razón por la que Él nos llama tantas veces, nos ilumina tantas veces y nos advierte con tantas amenazas.

Antístenes, siendo pagano, al preguntársele cuál era la mayor bendición que el hombre podía recibir en este mundo, respondió: “Una buena muerte”.

¿Y qué dirá un católico, que sabe por la fe que en el momento de la muerte comienza la eternidad, y que en ese instante toma una de dos ruedas que arrastran consigo la alegría eterna o los tormentos eternos? 

Si en una lotería hubiera dos boletos, uno con la palabra “Infierno” y el otro “Paraíso”, ¡cuánto cuidado tendrías en sacar el que te da derecho al Paraíso y evitar el otro, con el que ganarías un lugar en el Infierno! ¡Oh, Dios! ¡Cómo tiemblan las manos de aquellos desdichados condenados a lanzar los dados de los que depende su vida o su muerte! ¡Qué grande será vuestro terror al acercarse esa última hora, cuando digáis: “De este instante depende mi vida o mi muerte para siempre; de ​​esto depende mi felicidad eterna o mi desesperación eterna”!

San Bernardino de Siena relata que, al morir, cierto príncipe exclamó con temblor y angustia:

“¡Mirad! Tengo tantos reinos y palacios en este mundo; pero si muero esta noche, no sé qué lugar me corresponderá”.

Hermano, si crees que debes morir, que existe la eternidad, que solo puedes morir una vez y que si entonces te equivocas, tu error será irreparable para siempre, ¿por qué no decides comenzar ahora mismo a hacer todo lo que esté a tu alcance para asegurar una buena muerte?

San Andrés Avellino dijo temblando:

“¿Quién sabe cuál será mi suerte en la otra vida? ¿Seré salvado o condenado?”

La idea de la incertidumbre de ser condenado o salvado llenó a San Luis Bertrán de tal terror que no pudo dormir por la noche, a causa de este pensamiento que le sugería: “¿Quién sabe si te perderás?” ¿Y tú, que has cometido tantos pecados, no temblarás?

¡Oh! Apresúrate a aplicar un remedio a tiempo. Decide entregarte sinceramente a Dios y comienza desde ahora una vida que, a la hora de la muerte, sea para ti fuente no de aflicción, sino de consuelo. Dedícate a la oración, frecuenta los sacramentos, evita toda ocasión peligrosa y, si es necesario, abandona el mundo, asegúrate la salvación eterna y convéncete de que para asegurar la vida eterna ninguna precaución es demasiado grande.
 

EL PADRE ALTAMIRA SOBRE LA CRISIS EN LA FSSPX (2014)

En esta entrega, el padre Altamira se dirigió a sus fieles, casi todos los cuales lo siguieron en la Resistencia.

Por Sean Johnson


En la entrega anterior, el padre Altamira rechazó un traslado punitivo por protestar contra algunas de las concesiones de Fellay y predijo su inevitable expulsión.

En esta entrega, el padre Altamira se dirige a sus fieles, casi todos los cuales lo siguieron en la Resistencia, sobre el estado de necesidad en la FSSPX como justificación de la resistencia a los actos subversivos del superior general, y subraya la importancia del estudio doctrinal para poder discernir cuándo uno está siendo desviado del “camino angosto”.

Los énfasis son todos del P. Altamira. Las notas a pie de página son mías.

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12 de enero de 2014

Estimados fieles:

Así es como ahora “resistiremos”, en “La Resistencia”. Lo dije el viernes, pero lo repetimos para quienes no estuvieron presentes: ¿A qué nos resistimos?

(a) Primero, la crisis de la Iglesia, esta crisis causada por el concilio Vaticano II, que ha creado una religión falsa, llamada por ellos mismos “La iglesia conciliar”, es decir, la que surgió del concilio.

b) Pero ahora debemos resistir también otra crisis, la crisis interna de mi Congregación, la Sociedad de San Pío X, encabezada por el obispo Fellay, nuestro Superior General, debido a las ideas y acciones que lleva a cabo. Esta crisis interna, creada en nuestra Congregación, constituye un estado de necesidad interna que permite y exige ciertas decisiones, entre ellas, saber decir no, saber decir basta a monseñor Fellay, y hacerlo públicamente, porque públicamente está cometiendo errores y ejerciendo un mal gobierno.

Entre estas cosas de Monseñor Fellay, una de ellas, quizás la más generalizada, es LA AMBIGÜEDAD ETERNA en sus palabras: Decir blanco y luego negro, mitad blanco y mitad negro, “blanco pero rojo, rojo pero azul”.

El padre Faure dijo, con razón, acerca de las causas e instrumentos de esta crisis interna de la Compañía: “Como siempre, el arma predilecta del diablo es la ambigüedad en las palabras”. Palabras engañosas, poco claras.

“¿Cómo has disminuido la Verdad?” Dios se queja en uno de los salmos: “¿Cómo has disminuido la Verdad?”, y eso es lo que ha hecho el obispo Fellay: ha disminuido la Verdad.

La resistencia a este ESTADO DE NECESIDAD en mi Congregación comenzó hace 6 o 7 años por parte de algunos padres que “gritaron” entonces las desviaciones que veían; fueron previsores; vieron antes que los demás.

En mi caso, y creo que en la gran mayoría de los sacerdotes de la Sociedad de San Pío X, debido a una confianza EXCESIVA, “casi ciega” (mala de nuestra parte) en los Superiores, si percibíamos algo, nos decíamos: Esto suena “extraño”, “pero bueno: los Superiores sabrán lo que hacen”: De nuevo, malo de nuestra parte, uno nunca puede renunciar a la Verdad, y si uno nota cosas malas, debe denunciarlas y decirlas: En privado primero (lo hice muchas veces antes del P. Bouchacourt) (1) y PÚBLICAMENTE cuando las circunstancias lo exigen.

Sin duda, la norma es decir en privado las cosas malas de un superior, pero tampoco cabe duda de que pueden surgir circunstancias que exijan palabras públicas de censura sobre sus acciones.

Piensen en esto: si no se pudiera decir nada públicamente al Superior, ni más ni menos que el arzobispo Lefebvre habría cometido una falta, pues habló públicamente no solo de un Superior General (el obispo Fellay), sino del máximo superior en la tierra (el Papa). Lefebvre denunció públicamente los errores y las malas acciones de los papas, de los papas del concilio, de los papas que crearon esta falsa religión conciliar o “iglesia conciliar”, como ellos mismos la llaman.

¿Qué circunstancias tenemos hoy que justifiquen hablar públicamente en contra de lo que hace el obispo Fellay? Pueden escuchar algunos ejemplos en mi sermón del viernes pasado; esta vez quiero destacar solo algunos puntos:

a) La gravedad de las cosas que Mons. Fellay ha dicho contra la doctrina católica: lo peor de todo: su declaración de abril de 2012 (2)

b) La seriedad de la AMBIGÜEDAD con la que maneja sus palabras.

c) Sus simpatías a favor del concilio Vaticano II, y otras en las que dice que no es lo más grave que sufre la Iglesia hoy en día, “hay otras cosas más graves que el concilio”. Sus palabras de aceptación de dicho concilio, sus insinuaciones de querer aceptarlo como “magisterio de la Iglesia”, teólogos como el Padre Gleize diciendo de manera escandalosa que “el Vaticano II REPRESENTA el Magisterio de la Iglesia”.

d) La negativa a reconocer que este concilio creó una iglesia falsa, como el propio arzobispo Lefebvre reconoció. Por el contrario, el obispo Fellay y el padre Gleize sostienen que hoy no se puede ni se debe decir que exista una iglesia conciliar falsa, sino solo malas tendencias dentro de la Iglesia.

e) ¡Y sobre la misa moderna! El obispo Fellay ha llegado a decir que si el arzobispo Lefebvre la hubiera visto bien celebrada, no habría tomado la medida que tomó (3) ¡Qué increíble y qué desleal decir eso del fundador! Lefebvre rechazó CATEGÓRICAMENTE la misa moderna y nos enseñó que uno no debe ir a tal “misa”, cuyo principal problema no es “la forma en que se celebra” (si no, vayamos a las modernas “piadosas” misas del Opus Dei). Su principal problema es que la definición misma de esa “misa” (su esencia), sus textos y sus ritos, son —por decir lo menos— de tendencia protestante: Esa “misa” daña la Fe.

f) ¿Qué más justifica que se le digan públicamente estas cosas al obispo Fellay? No solo la gravedad de la crisis y la situación de necesidad que él mismo ha provocado, sino también la DURACIÓN de esta crisis interna de la Sociedad de San Pío X, que, si bien lleva gestándose más de dos años, se hizo evidente hace más de dos años. Y, sin embargo, el obispo Fellay no solo no se retracta, sino que continúa justificando sus palabras, sus declaraciones y sus acciones.

Los hechos que he explicado son un tanto complejos.

En realidad, deseamos, si Dios quiere, que —si se me permite decirlo— más que nunca, los católicos seamos personas formadas, y bien formadas, en la doctrina. De lo contrario, no podremos mantenernos firmes.

Sin duda, la formación doctrinal no lo es todo, pero sin duda es también el punto de partida. Después, habrá que actuar en consonancia con la doctrina católica, pero no sabré qué hacer ni ante estas crisis ni ante mi vida privada (mis acciones) si no he partido de la Verdad, de la doctrina católica, es decir, del conocimiento.

Entonces:

(1) Los fieles católicos de hoy no pueden ignorar por qué el concilio Vaticano II es malo, por qué ese “concilio” nunca puede ser ENSEÑANZA CATÓLICA.

(2) No pueden desconocer cuáles son los errores del Vaticano II.

(3) No pueden ignorar qué es lo que está mal en la misa moderna.

(4) No pueden desconocer las razones por las que la Fraternidad San Pío X se encuentra en crisis.

(5) No pueden desconocer qué errores y cosas malas ha hecho el obispo Fellay, y por qué han sucedido esas cosas.

De lo contrario, actuarán sin discernimiento, apoyarán a la Resistencia sin convicción, se opondrán al concilio Vaticano II sin saber por qué, querrán resistir la crisis y el estado de necesidad de mi Congregación (resistir lo que hace el obispo Fellay) sin conocer las razones. Y eso no se puede permitir ni se permitirá.

Ahora es más necesario que nunca: la FORMACIÓN. Ser católicos con formación, no superficiales ni tradicionalistas por sentimentalismo.

El arzobispo Lefebvre solía repetir una frase contundente (que pertenecía a un padre que acabó por “relajarse” y unirse al IBP, al Buen Pastor, pero la frase sigue siendo válida): “Si no leéis (añado: si no os formáis), todos seréis traidores”, tarde o temprano acabaréis traicionando (4). El punto de partida es la formación, no es lo único, pero es el comienzo: después hay que vivir de la Caridad, de acciones coherentes.

Para concluir: Hay tantas cosas que aprender aquí. Yo solo diré tres:

Primero, debemos desear la humildad (y pedirla), porque cualquiera de nosotros puede caer, y caer en cosas muy graves, y no hay límite para nuestra caída: errores de doctrina, errores morales, errores en nuestra conducta. Que Dios nos conceda que esto no nos suceda, pues así lo deseamos y así lo pedimos.

Segundo, el deber de reaccionar ante lo que hemos explicado, ante cualquier autoridad, para superar nuestros miedos, comodidades, temores, etc. (todos somos así). Y hacerlo, por supuesto, con respeto, a veces diciendo cosas difíciles, pero sin faltar al respeto. La manera y el modo importan.

En tercer lugar, no se aferren a las personas. Somos falibles, podemos fallar y de hecho fallamos, ¡y traicionamos! La confianza debe depositarse en Dios. Y solo en las personas, en un sacerdote, en la medida en que este padre tenga fidelidad a Dios. El día que alguno de nosotros, el día que el Padre Altamira enseñe cosas erróneas o malas, tendremos que despedirnos del Padre Altamira. No debemos aferrarnos a las personas.

Podríamos enseñar mucho más, pero lo dejamos ahí.

Recuerden de ahora en adelante el compromiso de la FORMACIÓN, de ser formados en la Doctrina Católica para saber por qué hacen las cosas. Con la gracia de Dios, intentaré transmitirles eso.


Notas:

1) En aquel entonces, el padre Christian Bouchacourt era el Superior de Distrito de Sudamérica. En 2018, pasó a ser el Segundo Asistente del Superior General.

2) La referencia es al infame Preámbulo Doctrinal (también conocido como “Declaración Doctrinal del 15 de abril de 2012”).

3) La historia fue la siguiente: +Fellay estaba en Roma y acompañó al secretario del cardenal Canizares a una iglesia en la que se estaba diciendo el novus ordo “con reverencia”, no para asistir a la nueva misa, sino que muy probablemente fue llevado allí por el secretario del cardenal para mostrarle a Fellay cómo podría ser la nueva misa si se “celebrara adecuadamente”. +Fellay hizo el comentario mencionado por el padre Altamira (es decir, que si +Lefebvre hubiera visto el novus ordo celebrado de esta manera, no se habría resistido). El escándalo estalló de inmediato. Los responsables de comunicación de la FSSPX, siempre atentos, entraron inmediatamente en modo de control de daños e intentaron argumentar que la declaración de +Fellay había sido malinterpretada o mal traducida. La explicación no fue convincente y, en consecuencia, como en tantos otros casos de compromiso, la eliminaron de sus sitios web. 

4) Agrego una nota a pie de página solo para detenerme en esta observación crítica, cuya veracidad queda demostrada por la apostasía universal de la Iglesia en el concilio Vaticano II, que triunfó principalmente debido a la incapacidad de los católicos para estudiar las doctrinas de su fe, prefiriendo los rosarios y los santos a Santo Tomás y las encíclicas, de tal manera que la revolución pasó sin que fueran capaces de formular una objeción coherente.
 

13 DE JUNIO: SAN ANTONIO DE PADUA, CONFESOR Y DOCTOR


13 de Junio: San Antonio de Padua, confesor y doctor

(✞ 1231)

El maravilloso predicador de Cristo, San Antonio de Padua, nació en Lisboa, cabeza del reino de Portugal, y fue hijo de muy nobles y virtuosos padres.

Bebió con la leche de su madre la devoción a la Virgen Santísima; y a la edad de quince años tomó el hábito en el monasterio de canónigos reglares de San Agustín, donde hizo su profesión; más once años después, pasó con la venia de sus superiores a la religión seráfica, llevado del deseo de convertir a los moros y derramar su sangre por Jesucristo.

Pero el Señor que le destinaba a otro apostolado, le envió en África una grave enfermedad; y para cobrar salud se embarcó con rumbo a España, más por vientos contrarios fue llevada a la nave a Italia.

Su seráfico padre San Francisco, le mandó que leyese teología en las ciudades de Montpellier en Francia, y de Bolonia y Padua en Italia, y le encomendó después el oficio de predicar.

Eran sus palabras como unas llamas de fuego que abrasaban los corazones, y como Dios las confirmaba con grandes prodigios, fueron innumerables los herejes y pecadores que convirtió así en Francia como en Italia.

Una vez, disputando con un hereje llamado Bonibillo, que negaba la presencia de Cristo en la Eucaristía, hizo que la mula del hereje, a pesar de haber estado tres días sin comer, dejase la cebada que le ponían delante, para arrodillarse delante del Santísimo Sacramento; con este milagro se convirtió aquel principal maestro de los herejes.

Otra vez estando en la ciudad de Armino, para confundir a los herejes que no querían oírle, se llegó a la ribera del mar, a predicar a los peces, a los cuales, asomando del agua, les echó su bendición.

Un día lo convidaron a comer unos herejes y le pusieron ponzoña en el plato, y el santo les afeó aquella maldad, porque haciendo la señal de la cruz sobre el manjar, lo comió sin recibir del veneno lesión alguna.

Aconteció muchas veces que predicando en una lengua le entendían los oyentes de diferentes naciones y lenguas, como si predicara en la lengua de cada uno, y aún fue oído dos millas lejos de donde predicaba.

Era tanta la gente que acudía a sus sermones, que no cabiendo en los templos se salían a los campos.

Acechó una noche al Santo el huésped que le había recibido en su casa, y vio en su aposento una gran claridad, y el Niño Dios hermosísimo y sobremanera gracioso encima de un libro, y después, en los brazos de San Antonio, y que el santo se regalaba con él sin apartar los ojos de su Divino rostro.

Finalmente, a los diez años de sus apostólicos ministerios, acabó su vida llena de virtudes, y en la ciudad de Padua entregó su alma bienaventurada al Señor.

San Antonio de Padua fue el segundo santo más rápidamente canonizado por la Iglesia (tras san Pedro Mártir de Verona), el día 30 de mayo de 1232 en la Catedral de Spoleto Estados Pontificios por el papa Gregorio IX.

Reflexión:

Entre los milagros con que Dios ilustró a este Santo gloriosísimo, es muy digno de mención el que aconteció treinta y dos años después de su muerte, en la traslación de su sagrado cuerpo. Porque se halló entre los huesos de la boca la lengua tan entera y fresca como si estuviera viva; y tomándola en las manos San Buenaventura, que en ese momento era ministro general de la Orden de San Francisco, bañado en lágrimas exclamó: - ¡Oh lengua bendita! que siempre alabaste a Dios, y fuiste a causa de que tantos le alabasen, bien se ve ahora de cuánto merecimiento eres delante del Criador, para que tan alto oficio te había formado! Empleemos también la nuestra en alabar al Señor, ya que es este el mejor uso que podemos hacer de ella.

Oración:

Haz, Señor Dios mío, que la solemne festividad de tu confesor Antonio regocije a toda la Iglesia, para qué fortificada con los socorros espirituales, merezca disfrutar los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 

viernes, 12 de junio de 2026

CONTEMPLA ESTE CORAZÓN

La devoción al Sagrado Corazón jamás debe relegarse al pasado ni limitarse a una espiritualidad particular. Pertenece a la misión actual de la Iglesia.

Por el arzobispo Paul D. Etienne


La Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús este viernes 12 de junio. Esta devoción tiene sus raíces en el siglo XVII. Sin embargo, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es más relevante que nunca porque, como escribió el padre jesuita John Croiset, “bien entendida, no es otra cosa que un ejercicio de amor. El amor es su objeto, su motivo y su principio, y es el amor el que debe ser su fin”.

El testimonio de Santa Margarita María Alacoque

Entre 1673 y 1675, la hermana Margarita María Alacoque, monja de la Visitación en Paray-le-Monial, Francia, experimentó tres grandes revelaciones en las que Jesús compartió con ella el misterio de su corazón y, a través de ella, con el mundo entero. Jesús reveló su corazón, ardiente de amor: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres que nada ha escatimado, incluso agotándose y consumiéndose, para dar testimonio de su amor”.

Jesús le pidió a la hermana Margarita María que recibiera la Comunión el primer viernes de cada mes, que rezara en expiación por la indiferencia y la ingratitud de tantos por quienes murió y que trabajara para establecer una fiesta en honor del Sagrado Corazón el octavo día del Corpus Christi, la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

En las revelaciones hechas a la hermana Margarita María, vemos la respuesta de Cristo a la ingratitud de la humanidad: la revelación de su amor ardiente. El principio fundamental de esta devoción es el amor desbordante de Dios, un amor misericordioso que vence el pecado y el mal. “Incapaz de contener en sí mismo las llamas de su ardiente caridad, y sin poder castigar a sus criaturas ingratas, decidió vencerlas con la fuerza de la ternura”. En la cruz, el costado traspasado de Cristo se abre, y su corazón anhela manifestarse.

El corazón de Jesús: Revelación, no metáfora

Cuando Jesús habla de su corazón en el Evangelio, no se limita a ofrecer una imagen poética o un sentimiento conmovedor. Revela la verdad interior de su persona. En esas palabras: “Soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29), el Hijo de Dios nos abre el centro más profundo de su vida humana y divina.

La devoción de la Iglesia al Sagrado Corazón surge precisamente de estas palabras de Cristo. Como lo deja claro la tradición —documentada por el padre jesuita John Croiset en su libro The Devotion to the Sacred Heart of Jesus (La devoción al Sagrado Corazón de Jesús)— , “el objeto particular de esta devoción es el inmenso amor del Hijo de Dios, que lo impulsó a entregarse a la muerte por nosotros y a darse por completo a nosotros en el Santísimo Sacramento del altar”. El Corazón de Jesús, por lo tanto, no es una imagen para ser contemplada, sino una persona para ser conocida, un amor para ser recibido y un misterio al que la Iglesia se siente atraída.
 
La verdadera devoción al Sagrado Corazón es devoción al amor del Hijo Encarnado, crucificado y resucitado, que se entrega enteramente por la vida del mundo.

El corazón de Cristo y el corazón humano herido

En los Evangelios, Jesús identifica consistentemente el corazón humano como el centro de la vida moral y espiritual: “De dentro de las personas, del corazón, salen los malos pensamientos…” (Marcos 7:21; cf. Mateo 15:19). El desorden del mundo, las divisiones en las familias, las comunidades e incluso dentro de la Iglesia, no son solo problemas estructurales o políticos. Comienzan en el corazón humano.

La devoción al Sagrado Corazón habla directamente a esta realidad. Lo hace sin ingenuidad, reconociendo que los obstáculos a la conversión suelen ser internos: la tibieza, el amor propio, el orgullo y las pasiones descontroladas. El Sagrado Corazón se propone no como una reprimenda a nuestra humanidad, sino como un remedio: la respuesta divina al corazón humano herido.

En la revelación del Sagrado Corazón, el Corazón de Cristo se revela lleno de amor y misericordia para con nosotros. De este corazón fluye la gracia que, sola, puede sanar lo que el pecado ha desfigurado. En Cristo, Dios no solo nos llama a la conversión, sino que nos da un corazón nuevo.

Recuerdo las palabras de la escritora católica Flannery O'Connor: “Toda la naturaleza humana se resiste con vehemencia a la gracia porque la gracia nos transforma, y ​​esa transformación es dolorosa”. Cristo vino al mundo precisamente para darnos esta gracia. Quizás su amor sea lo que nos motiva a superar esta resistencia y a recibir y compartir el inmenso amor de Dios: de corazón a corazón.

Cristo morando en el corazón del creyente

El Nuevo Testamento profundiza en este misterio al proclamar que el amor revelado en el Corazón de Jesús no es algo externo a nosotros. San Pablo escribe: “Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20) y “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Romanos 5:5). La devoción al Sagrado Corazón, bien entendida, es profundamente sacramental y eclesial. Está orientada hacia la comunión y la unidad: Cristo mora en el corazón del creyente y moldea el corazón del creyente según el suyo.

El propósito de la devoción al Sagrado Corazón no es el consuelo emocional, sino la transformación. La meta última de esta devoción es que el corazón de Jesús y el corazón humano se unan. Una vida cristiana madura es aquella vivida en, con y para Cristo; una vida llena de un amor ardiente, inspirado en el propio corazón amoroso de Cristo, y motivada por él. Ese amor es el que forma discípulos, sostiene la fidelidad y envía a la Iglesia a la misión.

Reparación: El amor que responde al amor.

Si la devoción al Sagrado Corazón comienza con la revelación del amor de Cristo, conduce a la reparación, no como una carga impuesta a los fieles, sino como la respuesta adecuada del amor al amor rechazado. La reparación no debe quedar al margen de la vida cristiana, sino en su centro mismo, pues brota directamente de la comunión con el Señor crucificado y resucitado.

Hablar de reparación es reconocer una cruda verdad: el amor puede ser rechazado. San Juan Fisher, obispo inglés martirizado en 1535, lamentó que “no pensemos en su amor, ni reconozcamos la magnitud de su bondad hacia nosotros… La extraordinaria misericordia que ha mostrado continuamente a los pecadores no nos impulsa a vivir y actuar según su santísimo mandato”. La reparación es la negativa de la Iglesia a permanecer indiferente cuando el amor de Cristo ha sido ignorado, olvidado o despreciado.

Sin embargo, la reparación nunca es un intento de “añadir” algo a la obra salvadora de Cristo. Más bien, es la participación llena de gracia de los bautizados en su único sacrificio. Como sabiamente aconseja la tradición: “Une lo poco que haces a la cantidad infinita que Jesucristo realiza. Así, sin hacer nada por ti mismo, harás mucho por medio de Jesucristo”. La reparación no es autosuficiencia; es comunión.

El Sagrado Corazón y la Comunión Eucarística

El Corazón de Jesús se revela plenamente allí donde su amor se entrega por completo: en la entrega de la cruz y en el don permanente de la Eucaristía. Como enseña la Iglesia: “El inmenso amor del Hijo de Dios… lo impulsó a entregarse a la muerte por nosotros y a entregarse por completo a nosotros en el Santísimo Sacramento del altar”.

La devoción al Sagrado Corazón es inseparable de la fe eucarística, pues la Eucaristía es el lugar privilegiado donde la Iglesia se encuentra con el Corazón vivo de Cristo. En cada celebración de la Misa, el mismo amor que latía en el Corazón de Jesús en el Calvario se hace presente sacramentalmente y se ofrece de nuevo para la vida del mundo. Por lo tanto, la comunión eucarística no es solo recepción; es conformación: la formación de nuestros corazones según el suyo.

La devoción al Sagrado Corazón encuentra aquí su expresión más auténtica. La Eucaristía es el lugar sacramental de este tesoro, donde Cristo no se entrega solo parcialmente, sino que se entrega por completo.

Por esta razón, la comunión frecuente, la adoración eucarística y la entrega de la vida diaria en unión con la Misa no son solo prácticas devocionales opcionales; son formas concretas en que los fieles aprenden a vivir desde el Corazón de Cristo.

Esta comunión da fruto en paz. Donde los corazones se forman mediante la comunión eucarística con el Sagrado Corazón, la división da paso a la reconciliación, la indiferencia a la caridad y el miedo a la esperanza. San Pablo exhorta a la Iglesia: “Que la paz de Cristo gobierne vuestros corazones” (Colosenses 3:15).

Todo esto exige una conversión interior. Sin las disposiciones interiores adecuadas, la devoción corre el riesgo de convertirse en algo meramente performativo o rutinario. Pero con ellas, nuestra devoción puede transformarse. En una época de distracciones y fatiga espiritual, el recogimiento interior es en sí mismo un acto de reparación. Poner el Corazón de Jesús ante nuestros ojos —ya sea mediante la adoración eucarística o la contemplación de una imagen sagrada— no es escapismo. Es un acto de resistencia a una cultura que ya no sabe cómo vivir con amor.

El Sagrado Corazón y la Misión de la Iglesia

El amor revelado en el Sagrado Corazón de Jesús jamás es autorreferencial. Es, por su propia naturaleza, misionero. El Corazón que se abrió en la Cruz permanece abierto en la vida de la Iglesia, impulsándola como sacramento del amor de Cristo por el mundo. La verdadera devoción al Sagrado Corazón no aparta al creyente del mundo, sino que configura a la Iglesia para su misión evangelizadora.

Este carácter misionero emana directamente de la lógica interna del Evangelio. Jesús dijo: “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21). Cuando el Corazón de Cristo se convierte en el tesoro de la Iglesia, su misión adopta su forma, marcada por la humildad, la misericordia, la paciencia y el amor abnegado. La evangelización deja de ser una estrategia y se convierte en testimonio, nacido de la comunión.

La Iglesia no inventa su misión; participa de la misión del Hijo de Dios, Jesús. San Pablo lo expresa con radical claridad: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20). La vida apostólica solo es posible porque Cristo se entrega primero interiormente, habitando en el corazón de los creyentes por la fe (cf. Efesios 3:17). La devoción al Sagrado Corazón mantiene presente esta verdad ante la Iglesia.

La tradición insiste en que el Corazón de Jesús es “el tesoro de todos los dones sobrenaturales y de todas las gracias”. La misión no surge únicamente del celo humano, sino de permanecer en este tesoro. La Iglesia evangeliza eficazmente solo en la medida en que se nutre del amor inagotable de Cristo y permite que ese amor moldee sus palabras, sus obras y su testimonio. La misión sin comunión es mero activismo.

Esto tiene implicaciones concretas. Donde se conoce y se ama al Sagrado Corazón, las familias encuentran la unidad, las comunidades se reconcilian y los corazones endurecidos se ablandan, no por la fuerza, sino por la misericordia. La tradición habla del fruto de la devoción al Sagrado Corazón: “establecer la unión y la paz en las familias más divididas” y “obtener la victoria sobre las pasiones más fuertes”. Estos no son beneficios privados; son signos evangélicos en un mundo fracturado.

Una invitación a la Iglesia hoy

“Proclamad esta devoción por todas partes -dijo Cristo a Santa Margarita María- como un medio seguro y fácil para obtener… un verdadero amor a Dios” para los fieles y “un medio eficaz para alcanzar la perfección de su estado” para el clero y los religiosos. Estas palabras de Jesús a Santa Margarita María están dirigidas a la Iglesia de todos los tiempos.

Hoy, el Señor confía nuevamente esta devoción a la Iglesia. En un tiempo marcado por la división, el cansancio y la pérdida de confianza en el amor mismo, el Sagrado Corazón de Jesús sigue siendo lo que siempre ha sido: la revelación de quién es Dios y en quién estamos llamados a convertirnos.

En cada época, la Iglesia debe preguntarse no solo qué proclama, sino con qué corazón lo proclama. El Sagrado Corazón de Jesús nos da la respuesta. La Iglesia es enviada al mundo no con un mensaje abstracto, sino con una persona viva —Cristo mismo— cuyo corazón permanece manso y humilde, incluso ante el rechazo.

En una cultura a menudo recelosa de las afirmaciones de verdad, pero profundamente herida por la falta de amor, el Sagrado Corazón revela cómo es una evangelización creíble: la verdad dicha con caridad, la misericordia ofrecida sin reservas y la fidelidad vivida con paciencia. La Iglesia no persuade al mundo por el poder, sino por el amor hecho visible.

La devoción al Sagrado Corazón jamás debe relegarse al pasado ni limitarse a una espiritualidad particular. Pertenece a la misión actual de la Iglesia. Forma sacerdotes según el Corazón de Cristo, fortalece a las familias como iglesias domésticas y sostiene a los fieles en las obras de justicia, misericordia y evangelización. En resumen, configura una Iglesia misionera cuyo corazón late al unísono con el Corazón de su Señor.

Una exhortación y encomienda

Hoy, el Sagrado Corazón de Jesús sigue presente ante nosotros no solo como un misterio para contemplar, sino como una vida para vivir. El Señor, que se revela como “manso y humilde de corazón”, continúa invitando a su Iglesia a aprender de él, no en teoría, sino en las vivencias cotidianas de la vida cristiana.

Por lo tanto, exhorto a todos los fieles a que abracen una devoción al Sagrado Corazón de Jesús de manera sencilla, eclesial y duradera, para que la fe eche raíces no solo en nuestras palabras, sino también en nuestros hogares, nuestras parroquias y nuestra ofrenda diaria de vida.

El objetivo final de esta devoción es un amor más grande: que amemos como Cristo nos amó primero (véase 1 Juan 4:19).

¡Que Dios nos llene siempre del amor de Cristo y nos guíe y fortalezca nuestro amor por su Sagrado Corazón!
 

LA GRAN Y BUENA DESIGUALDAD EN LOS COROS DE ÁNGELES

Desde el punto de vista de la desigualdad, hay que considerar por qué Dios hizo esto. ¿Lo hizo por capricho?

Por el Profesor Plinio Correa de Oliveira


Habiendo presentado así las siete etapas de la acción humana (aquí y aquí), procederé ahora a demostrar su relación con el mundo de los Ángeles. Todo esto sirve como una analogía para ayudar a comprender el funcionamiento del Cielo. Porque el Cielo es una entidad dinámica, un sistema que funciona. Posee varios órganos y categorías, y se mueve orgánicamente hacia el cumplimiento de sus propósitos.

Observamos que hay siete categorías de acción, que corresponden a los siete coros de Ángeles. En el Cielo, cada Ángel sobresale en una de estas áreas, naturalmente, de la manera propia de un Ángel.

Tenemos, entonces, los Querubines, Serafines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Tronos, Arcángeles y Ángeles. Los Ángeles se subdividen además en tres categorías: los Principados, los Arcángeles y los Ángeles propiamente dichos, o Ángeles Guardianes. 

Serafines, Querubines y Tronos: los Ángeles Cognitivos

1. ¿Qué es un Serafín? Es el espíritu de la más alta pureza el que posee el conocimiento más eminente de los propósitos de la creación y de la gloria de Dios, así como el poder de atraer a las almas —de hecho, a todas las cosas— hacia su fin último.

2. Los Querubines se diferencian de los Serafines en que no conocen tan bien el fin en Dios. Los Querubines están más instruidos acerca del fin último por la comunicación que les transmiten los Serafines. Sin embargo, conocen el orden de la creación en Dios en la medida en que avanzan hacia la realización de ese fin último.

3. Los Tronos reciben ese nombre debido a su proximidad a Dios, visto como Rey y activo en el gobierno. Conocen en Dios la emisión de decretos mediante los cuales Él gobierna el universo, es decir, las operaciones de gobierno de Dios. Los Tronos disciernen con mayor claridad el orden del universo de esta manera. Lo que saben, se lo comunican entre sí y también a los Ángeles de menor rango que son, por así decirlo, más operativos por naturaleza que los Ángeles cognitivos.

Dominaciones, Virtudes y Potestades

4. A continuación, tenemos las Dominaciones, que distribuyen los deberes entre todos los Ángeles y los dirigen; es decir, poseen la capacidad de liderar.

5.  Las Virtudes imparten movimiento a todo el universo, específicamente movimiento dentro del curso continuo de la creación de Dios. Poseen una eminente capacidad de acción.

6. Debajo de ellas tenemos las Potestades, que son propiamente los 'Ultramontanos' del Cielo, porque colaboran en toda esta obra, concentrando sus esfuerzos particularmente en superar los obstáculos; son el terror de los demonios.

Las Dominaciones tienen la capacidad de liderar y distribuir tareas a los demás Ángeles.

Principados, Arcángeles y Ángeles

7. Luego tenemos los Ángeles simples:

A. Algunos cuidan de los pueblos. San Miguel Arcángel, por ejemplo, en la Antigüedad velaba por los persas, judíos y griegos, según Santo Tomás. Él afirma esto porque el profeta Daniel lo declaró así. Estos Principados están sobre Reinos y transfieren el dominio de un pueblo a otro. Es decir, tienen en sus manos el desarrollo de la Historia. También corresponde a estos Arcángeles inspirar a los hombres que lideran los pueblos o naciones.

B. Después de los Principados, tenemos a los Arcángeles propiamente dichos. Santo Tomás dice que un Arcángel es una mezcla entre el Principado y el Ángel, pues vela por el bien común de la Fe y los asuntos de culto. Esto se justifica por el hecho de que el bien común de la Fe se realiza en el bien de cada individuo. Es algo mucho más personal que el bien común de todo un pueblo. Por lo tanto, requiere un arte especial: la capacidad de tratar a cada persona individualmente en lo que respecta a la Fe.

C. El Ángel vela por el bien individual, ya que ayuda a cada persona a cumplir su destino personal. En este sentido, el Ángel está al servicio del Arcángel y del Principado. Son los seres a quienes los Arcángeles y los Principados dan órdenes. Para cumplir mi destino, tengo mi Ángel de la Guarda, que vela por mi bienestar particular.

Santo Tomás dice que, por esta razón, los Arcángeles y los Principados son enviados para anunciar a las personas y al mundo asuntos relacionados con el bien común, tanto espiritual como temporal. Por eso Gabriel fue un Arcángel. Pero cuando se trata de anunciar a un individuo específico algo que le concierne a su propio bien, es un ángel quien viene.

Las grandes desigualdades de los ángeles

Observamos así una especialización de funciones en el Cielo y obtenemos una visión general de las jerarquías —las desigualdades— que Dios mismo estableció en el Cielo. Vemos que esto constituye una concepción del universo poblado por ángeles, y por ángeles mucho más numerosos que los hombres o cualquier otro ser. Por esta razón, los ángeles también existen en la atmósfera y ejercen una presencia activa en ella.

San Miguel, encargado de velar por pueblos enteros: los persas, los griegos y los judíos

Sabemos que todo lo que se mueve se mueve por causas secundarias, pero, en última instancia, como nos dice Santo Tomás, a través del ministerio de los ángeles, que intervienen en la historia y participan con los hombres en la configuración de los acontecimientos históricos.

Podríamos analizar, aunque Santo Tomás no lo haga, la acción del infierno, procediendo de abajo hacia arriba. Y llegaríamos igualmente a la concepción medieval de una gran batalla que tiene lugar en el mundo: una batalla entre ángeles y demonios, y entre hombres buenos y malos, con ángeles buenos y malos presentes en todo y activos en el desarrollo de los acontecimientos. 

¿Por qué Dios hizo todo tan desigual?

Desde el punto de vista de la desigualdad, hay que considerar por qué Dios hizo esto. ¿Lo hizo por capricho? ¿Lo hizo simplemente porque sintió que debía hacerlo?

No. Aquí residen los designios de su sabiduría. El hecho es que el gobierno de cualquier empresa está compuesto por estas partes específicas. Estas constituyen los componentes intrínsecos y lógicos del gobierno de una cosa; son las etapas lógicas de la acción. Por lo tanto, para cada etapa creó una categoría de espíritus celestiales.

Cada Ángel es único en su especie

Cabe destacar que entre estos Ángeles no existe nada parecido a lo que ocurriría si, por ejemplo, el Sr. "X" entrara en esta habitación y nos asignara una tarea a cada uno. Todos los humanos pertenecemos al mismo género; sin embargo, cada Ángel es, en sí mismo, un género propio, único dentro de su género. La diferencia entre un Ángel y otro no tiene nada que ver con la diferencia entre un hombre y otro, ni siquiera entre una raza y otra. La diferencia es similar a la que existe entre un ser humano y una humanidad completamente distinta. Cada ángel es un ser racional de una categoría diferente, perteneciente a una especie completamente distinta.

Los serafines, por su naturaleza, se centran en el Fin Último; no se ocupan de asuntos que escapan a su alcance. Lo mismo ocurre con los querubines, que son, esencialmente y por su naturaleza, el ser intermediario, aquel que percibe los medios. Los tronos son los seres que perciben la acción misma. Cada uno de ellos constituye una especie distinta.

Si consideramos esto, veremos que la desigualdad entre ellos no es caprichosa. Dios actuó correctamente al crearlos así, pues es la esencia misma de la acción la que establece estas distintas etapas.

Esta desigualdad tampoco es artificial ni meramente convencional; más bien, es en su propio ser donde se constituyen. Son desiguales en lo más profundo de su ser por voluntad de Dios, para que esta desigualdad misma alcance cierta perfección. Es una perfección del conjunto mucho mayor que si todos fueran iguales entre sí. Así, tenemos una desigualdad creada por Dios, arraigada en cada ser, que obedece a la teoría de la organización adecuada, según la teoría de la acción adecuada.

Tomando como ejemplo a los ángeles, se puede deducir la naturaleza de la relación que debe existir entre hombres desiguales.

Observemos cómo esta desigualdad es creada típicamente por Dios; es una desigualdad que no alberga envidia hacia nadie. El ángel de menor rango posee una naturaleza espléndida en sí misma, que también abarca la visión beatífica de Dios. Lo que uno contempla en Dios apenas es superior a lo que otro contempla.

Estos seres reciben, como un orden específico de ángeles, una medida específica de conocimiento para su propio gobierno. Sin embargo, en todo esto, percibimos una reverencia a Dios en cada criatura, una reverencia que convierte incluso al más humilde entre ellos en un verdadero príncipe. Es una desigualdad que dignifica, una desigualdad que eleva.

El hombre debería seguir el ejemplo del ángel

Esto sirve como una excelente lección sobre cómo un hombre inteligente, o percibido como tal, debe considerar a un hombre menos inteligente, o percibido como tal. Es un tema magnífico para la meditación que ayuda a disipar pretensiones sobre asuntos como este. Un ángel de menor rango, al observar a uno superior, no pensaría: “Le falta mi vigilancia y también mi capacidad de argumentación. Esto es algo que no recibe por comunicación divina como yo. Yo soy el baluarte del Cielo y el brazo de Dios; soy la fortaleza del brazo de Dios que mantiene a raya a los demonios”.

Siguiendo el ejemplo de los ángeles, una clase no debe despreciar a las demás

Semejante pensamiento sería una insensatez, pues Dios concede a cada uno, incluso al más modesto, ciertos dones que les niega a quienes ocupan posiciones más elevadas.

Por otro lado, quien se encuentra en una posición superior, al observar a alguien mucho más modesto, debería reflexionar así: “Él es más modesto que yo, pero hay un aspecto en el que es más capaz”.

Precisamente por eso Dios a veces actúa como lo hace con los hombres. Le otorga a un filósofo una prodigiosa capacidad de liderazgo; sin embargo, para mantenerlo humilde y reafirmar el principio de desigualdad que ha tejido en la esencia de todas las cosas, lo deja sin capacidad en otro ámbito, donde ese filósofo es completamente incapaz de realizar incluso la tarea más sencilla.

De hecho, parece que Santo Tomás era precisamente un hombre así. Ese intelecto prodigioso resultó completamente inútil e incluso muy ingenuo al aplicarlo a ciertos asuntos. Así es el camino de Dios. Todo hombre, de alguna manera, debe pagar su cuota a la suerte común de la naturaleza humana. Y todo hombre, por muy bien preparado que esté en un campo, sigue estando mal preparado en otro.

Ahí reside la armonía. No hay, pues, motivo para que se avergüencen quienes poseen menos talentos, ni razón alguna para que se enorgullezcan quienes tienen alguna pequeña superioridad. Al contrario, sirve de sobra para que el hombre inteligente reconozca que nunca debe tratar a nadie como un necio, pues quien es menos inteligente que él, sin embargo, es más inteligente en otro ámbito específico.

Pasando del Cielo a la Tierra, veremos que Dios, habiendo establecido esta desigualdad en el Cielo, creó a los hombres de tal manera que, por su propia naturaleza, son iguales como hombres, pero desiguales en sus circunstancias. Esta desigualdad es algo bueno y ya existía en el Paraíso.

Por lo tanto, la desigualdad no debe considerarse algo que cause tristeza o angustia. En el Cielo seremos eternamente felices al contemplar a los seres que están por debajo y por encima de nosotros. Y allí contemplaremos una armonía en el orden divino que no veríamos con tanta claridad si Dios hubiera creado una sola perspectiva.

Continúa...

 

INTELIGENCIA ARTIFICIAL PARA CATÓLICOS QUE AÚN CREEN EN EL DIABLO

Cualquier análisis de la IA debería incluir la mención del diablo que está “al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar”

Por John Horvat II


Llama la atención la gran diversidad de temas que aborda la primera encíclica del León XIV, Magnifica humanitas. La mención de la dignidad humana, la deshumanización, la teoría de la guerra justa, la justicia social y el transhumanismo son temas significativos, aunque abstractos.

Son muy teóricos y no abordan cómo la IA afecta la vida de los católicos en el mundo real.

En efecto, lo que los católicos en las bancas quieren saber es cómo afrontar la amenaza que la IA representa para su santificación. Quieren saber cómo resistir las ocasiones de pecado que la IA les presenta, especialmente a los jóvenes. Luchan contra la frenética intemperancia de este nuevo medio, que absorbe gran parte de su tiempo y cultura en detrimento de sus almas. Muchos jóvenes católicos pierden horas buscando consejos en chatbots de IA que los desvían del buen camino.

No se hacen referencias a la salvación personal

La encíclica no menciona nada sobre esta lucha por la salvación personal. Ni siquiera utiliza las palabras “santificación”, “infierno” o “diablo”. El pecado apenas se menciona. La lucha diaria por vencer al diablo, la carne y el mundo no figura en este documento, que adopta un enfoque antropológico y naturalista que a la mayoría de los fieles les resulta difícil de comprender.

Para los verdaderos católicos que aún creen en el diablo, es hora de examinar algunas cuestiones muy concretas y prácticas sobre la IA que quedaron sin respuesta en la encíclica.
 
Este tipo de debate es controvertido. Estas preguntas se sitúan al margen de la discusión, acechando en las sombras de la web oscura. La gente se plantea estas preguntas, pero teme formularlas. Dudan en expresarlas públicamente porque no quieren parecer marginados.

Quizás sea mejor plantear el problema directamente: ¿Amenaza la influencia de la IA la salvación de las almas? ¿Puede la IA servir como instrumento de tentación y perdición? Los católicos necesitan saber si existe algo más allá de la interacción de impulsos electrónicos dentro de la IA.

Estas son preguntas legítimas que corresponden a las experiencias de católicos reales que creen en el diablo. Para responderlas, es necesario replantear algunas premisas sobre el diablo y sus malas acciones.

Restablecimiento de las premisas

La primera premisa es que el diablo existe. Mucha gente ya no cree en él, y él hace todo lo posible por convencerlos de que no existe. Actúa mejor en las sombras.

De hecho, muchos teólogos actuales no mencionan al diablo. Afirman que el infierno está vacío, por lo que no hay razón para temer que el diablo esté allí ni que esté “al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar”.

Sin embargo, el diablo existe, independientemente de lo que piensen quienes lo niegan. Y es muy activo.

La segunda premisa es que el diablo desea la condenación eterna de todos. Trabaja incansablemente para enviar la mayor cantidad de almas al infierno, utilizando cualquier medio para lograrlo. La visión del infierno en Fátima lo mostraba repleto.


La siguiente premisa olvidada es que el diablo puede ejercer concretamente su influencia y actuar sobre las almas.

Formas en que el diablo actúa sobre las almas

La Iglesia Católica enseña que esto se puede hacer de varias maneras.

El diablo puede actuar, tentando a las personas a pecar. Esto lo puede lograr manipulando la imaginación con imágenes, sugerencias y pensamientos malignos.

El diablo puede usar la materia para influir en las personas. No puede crearla, pero puede manipularla, moverla o adherirse a ella. Así, puede producir sonidos y luz, y proyectar imágenes. Puede afectar el sistema nervioso y causar enfermedades. Puede manipular lo que la gente ve o percibe. Este impacto en la materia explica por qué las tablas Ouija, por ejemplo, facilitan la incursión en el ocultismo.

Finalmente, el diablo puede presentarse a sí mismo o sus engaños a la vista humana de forma visible y directa, o a través de un medio o canal.

Por esta razón, la Iglesia cuenta con numerosas oraciones y exorcismos dirigidos contra el diablo. Él es muy real y deja sentir su influencia por doquier. Dado que el diablo se vale de las cosas creadas, se deduce que no hay nada contrario a la doctrina de la Iglesia en admitir que esta influencia podría aplicarse a la IA o incluso aumentar su impacto exponencialmente.
 
En efecto, la IA es una herramienta poderosa porque permite que las máquinas parezcan actuar como humanos. Representa la vanguardia de la comunicación. El diablo estaría loco si no la utilizara al máximo para lograr sus fines. Es un ángel caído con inteligencia angelical y, por lo tanto, puede percibir su utilidad. El diablo no es un alguien que se oponga a las nuevas tecnologías.

Además, la IA es el medio ideal para la manipulación. No es algo físico, sino más bien espiritual y virtual. Implica imágenes que él maneja con especial destreza.

Acción indirecta

La mentalidad liberal se niega a reconocer que tanto ángeles como demonios son capaces de realizar acciones sobrenaturales en el mundo. Ante esta negación, cualquier consideración sobre cómo podría llevarse a cabo dicha acción mediante inteligencia artificial se considera especulativa y se ignora.

Sin embargo, las acciones del diablo con la IA serían coherentes con su forma de actuar con cualquier objeto o sistema material. Rara vez se manifiesta directamente porque resulta repugnante en su estado caído y eternamente condenado. Los humanos se sienten naturalmente atraídos por Dios y por todo lo bueno, verdadero y bello. Si el diablo se manifestara plenamente en todas las acciones de la IA, la gente se escandalizaría y, por lo tanto, estaría actuando en contra de sus propios intereses.

La forma más frecuente en que podría actuar mediante IA sería a través de la influencia indirecta sobre las personas. Incluso los más escépticos, que apenas creen en el diablo, tendrían que admitir que este tipo de acción es posible.

Así, la IA puede crear condiciones en el alma humana que abren las puertas a acciones demoníacas. Por ejemplo, puede favorecer el narcisismo, la adulación y las falsas realidades, lo que propicia acciones demoníacas asociadas con la autoexaltación y el orgullo. Puede erosionar el pensamiento crítico al depender excesivamente de algoritmos, lo que conlleva un declive en el razonamiento humano. El diablo prospera cuando la razón está ausente o muy reducida. Las redes sociales y los chatbots impulsados ​​por IA favorecen el aislamiento y la soledad al reemplazar las relaciones humanas. El diablo puede entonces llenar ese vacío.

El diablo también podría tentar a la persona a pecar usando la IA. Por ejemplo, podría tentarla a usar la IA para encontrar pornografía y crear formas aún más pecaminosas y degradantes. Podría consumir a las personas con la intemperancia, lo que llevaría, por ejemplo, a conversaciones de 14 horas con chatbots. La IA abre enormes oportunidades para todo tipo de pasiones y vicios pecaminosos.

El poder de manipular la materia y los sistemas

Si se admite que el diablo puede manipular la materia existente, entonces es posible algún tipo de intervención demoníaca en las conversaciones de chatbots, la proyección de imágenes o la manipulación de las percepciones. Los sistemas pueden comunicar tentaciones.

En efecto, si el diablo producía ruidos como los que mantenían despierto al cura de Ars por las noches, transmitidos mediante ondas sonoras, ¿por qué no impulsos electrónicos a través de cables de fibra óptica? Si el diablo puede comunicarse mediante una ouija, ¿por qué no mediante la placa base de un ordenador o un teléfono móvil?

Finalmente, el diablo incluso podría, aunque raramente, presentarse ante los ojos humanos en las aplicaciones de IA, ya que estas constituyen un medio propicio para sus acciones a través de imágenes.

Lugares oscuros donde suceden cosas extrañas

En efecto, existen rincones oscuros en la web donde suceden cosas extrañas. Internet ha sido durante mucho tiempo un refugio para lo oculto. Desde sus inicios, el llamado movimiento tecnopagano en el ciberespacio fusionó creencias espirituales con las tecnologías emergentes. Sus seguidores instalaron altares digitales como espacios rituales para exhibir imágenes e invocar a sus deidades ocultas en plataformas en línea inmersivas.

Hoy en día, la web está repleta de brujería, astrología y otras actividades ocultas en línea que pueden mejorarse con aplicaciones de inteligencia artificial.

Por ejemplo, hay informes de que las aplicaciones de IA o los chatbots con connotaciones ocultistas están incitando a la gente al suicidio. Los exorcistas advierten a la población que se mantenga alejada de estas influencias. Todo esto sugiere que la participación del diablo en este ámbito es muy significativa.

Destruyendo la vida de personas reales

El alcance de la influencia del mal en la IA depende del grado de rechazo que cada persona le tenga a esta idea en su vida cotidiana. Sin embargo, la amenaza es real.

Estas influencias están dañando la vida de personas reales. Estas tentaciones están haciendo que las almas se pierdan.

Por lo tanto, cualquier análisis de la IA debería incluir la mención del diablo, que está “al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar”. La Iglesia debería aprovechar su vasta experiencia en este tema para advertir sobre este peligro.

No se trata solo de la dignidad de la persona humana, sino también de la salvación de las almas. Esta amenaza sobrenatural merece ser mencionada con seriedad. Sin embargo, la encíclica guarda un extraño silencio sobre el peligro que representan las acciones del diablo, las cuales siempre han sido reconocidas a lo largo de la historia de la Iglesia.

Los católicos del mundo real que aún creen en el diablo quedan a su suerte. No se atreven a mencionar al diablo, ya que alertar a la gente sobre su nefasta influencia es totalmente contrario al espíritu de estos tiempos perversos.