martes, 19 de mayo de 2026

RITUAL DE SANGRE: HUGO DE LINCOLN (1246-1255)

Hoy recordamos al pequeño San Hugo de Lincoln que fue víctima de un ritual de sangre en la época medieval.


Hugo de Lincoln (1246 – 29 de agosto de 1255) fue un niño inglés cuya muerte en Lincoln (Inglaterra) fue atribuida a los judíos. En idioma ingles se le conoce como Little Saint Hugh (Pequeño San Hugo) para distinguirlo del santo adulto, Hugo de Lincoln (fallecido en 1200). El niño Hugo nunca fue canonizado formalmente.

Hugo se convirtió en uno de los más conocidos niños víctimas de ritual de sangre y su muerte dio lugar a una firme acusación contra la comunidad judía local. Su muerte, similar a otras muertes de mártires infantiles medievales como las de Guillermo de Norwich y Simón de Trento (entre otros), hizo que el pueblo inglés sintiera un fuerte rechazo por “el pueblo elegido”.

La muerte de Hugo es significativa porque fue la primera vez que la Corona dio crédito a las acusaciones de asesinato ritual de niños, a través de la intervención directa del rey Enrique III. Esto se vio reforzado además por el relato de los hechos del monje benedictino Mateo de París y por el apoyo de Eduardo I al culto después de ordenar la expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290. Con esta documentación histórica, verificando la existencia real del niño, ya no pueden excusarse como en otros casos en los cuales hasta se atreven a negar que los niños y los crímenes ocurrieron, como tampoco pueden alegar que “son fantasías medievales”.
 
Las acusaciones de asesinato ritual de niños se habían vuelto cada vez más comunes tras la difusión de The Life and Miracles of St William of Norwich (La vida y los milagros de San Guillermo de Norwich), de Thomas de Monmouth, la hagiografía de Guillermo de Norwich, un niño cristiano que fue crucificado por judíos en 1144. Hubo más acusaciones, como la de Harold de Gloucester (1168) y Roberto de Bury (1181). Pero en este caso, el asesinato de Guillermo de Norwich fue lo que dio indicios concretos para esclarecer la muerte del pequeño Hugo de Lincoln.

Por aquellos años, las restricciones de la Iglesia contra los judíos se habían intensificado considerablemente. El Vaticano emitió decretos ordenando que los judíos vivieran separados de los cristianos, que los cristianos no trabajaran para los judíos, especialmente en sus hogares, y que los judíos llevaran insignias amarillas para identificarse. Estos decretos de la Iglesia llevaron a que varias ciudades inglesas expulsaran a sus comunidades judías. Enrique III codificó la mayoría de las exigencias de la Iglesia y las convirtió en ley vinculante en su Estatuto de Judería de 1253. 
 
El asesinato ritual

Por aquellos años, varios judíos de toda Inglaterra se habían reunido en Lincoln para asistir a una boda en el momento de la muerte del niño. 

Hugo, de nueve años, desapareció el 31 de julio y su cuerpo fue hallado en un pozo el 29 de agosto. Se dedujo que los judíos lo habían secuestrado, torturándolo luego, para crucificarlo finalmente. Según la Tradición, el cuerpo fue arrojado a ese pozo porque fracasaron los intentos de enterrarlo, ya que era expulsado por la tierra.

El monje benedictino Mateo de Paris (1200 - 1259)

El monje Mateo de París describió el asesinato, implicando a todos los judíos de Inglaterra:

Este año [1255], alrededor de la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo [27 de julio], los judíos de Lincoln robaron a un niño llamado Hugo, que tenía unos ocho años. Después de encerrarlo en una cámara secreta, donde lo alimentaron con leche y otros alimentos infantiles, enviaron mensajeros a casi todas las ciudades de Inglaterra en las que había judíos, y convocaron a algunos de su secta de cada ciudad para que estuvieran presentes en un sacrificio que tendría lugar en Lincoln, en injuria e insulto a Jesucristo. Porque, como dijeron, tenían a un niño escondido con el propósito de ser crucificado; así que un gran número de ellos se reunió en Lincoln, y luego nombraron a un judío de Lincoln juez, para que tomara el lugar de Pilato, por cuya sentencia, y con la concurrencia de todos, el niño fue sometido a diversas torturas. Lo azotaron hasta que fluyó la sangre, lo coronaron con espinas, se burlaron de él y le escupieron; Cada uno de ellos también lo traspasó con un cuchillo, lo hicieron beber hiel, se burlaron de él con insultos blasfemos, rechinaban los dientes y lo llamaban “Jesús, el falso profeta”. Después de torturarlo de diversas maneras, lo crucificaron y le traspasaron el corazón con una lanza. Cuando el muchacho murió, bajaron el cuerpo de la cruz y, por alguna razón, lo destriparon; se dice que para practicar sus artes mágicas.

Si bien el relato del monje París es significativo por ser la versión más famosa e influyente de esta historia, debido a su propia popularidad como cronista y talento como narrador, también se complementó con otros relatos como los Anales de Waverley y de la Abadía de Burton.

El “relato oficial”

Según se informa, un judío llamado Copin confesó el asesinato, pero dicen los “historiadores” actuales (no se sabe en qué se basan para afirmar esto): “Al parecer, Copin fue interrogado bajo tortura por Juan de Lexington, hermano de Enrique, el nuevo obispo de Lincoln y servidor del rey”. Esto los lleva a concluir que “probablemente hubo complicidad clerical para dar credibilidad a la acusación, con el fin de beneficiarse de un nuevo culto con peregrinos y sus ofrendas”. (Nota de Diario7: Como dice el viejo refrán “El ladrón cree que todos son de condición”).

Dibujo de una estatua del Pequeño San Hugo del siglo XIII que se encontraba en la Catedral de Lincoln, realizado por el anticuario del siglo XVIII Smart Lethieullier. Esta estatua estaba colocada a la cabecera del santuario del Pequeño San Hugo. 

Varias circunstancias agravaron el impacto de este suceso. Enrique III llegó a Lincoln aproximadamente un mes después del arresto y la confesión iniciales. Ordenó la ejecución de Copin y el arresto de noventa judíos en relación con la desaparición y muerte de Hugo, quienes fueron recluidos en la Torre de Londres, siendo acusados ​​de asesinato ritual. Dieciocho de los judíos fueron ahorcados por negarse a participar en el proceso, alegando que se trataba de un “juicio falso” y negándose a someterse a la clemencia de un jurado cristiano. El canadiense Gavin I. Langmuir (apasionado defensor de la causa judía) dice:

Lo que distinguió el caso Lincoln de otras acusaciones de asesinato ritual, fue que el rey tomó conocimiento personal del asunto e hizo ejecutar a un judío de inmediato y a otros dieciocho más tarde. Esa confirmación real de la veracidad de la acusación fue probablemente decisiva para “la fama de Hugo”, que “eclipsó con creces la de Guillermo de Norwich, Harold de Gloucester, Roberto de Bury St. Edmunds y el pobre niño anónimo de San Pablo”.

En el siguiente mes de enero se concedió un indulto a un judío converso de nombre Juan, tras la intervención de un fraile dominico. El 3 de febrero se celebró el juicio en Westminster para los 70 detenidos restantes en el cual fueron condenados a muerte por un jurado de 48 personas. Después de esto, intercedieron por su liberación los dominicos y los franciscanos, junto con el príncipe inglés Ricardo de Cornualles. En mayo, los prisioneros fueron liberados.

Veneración

Tras difundirse la noticia de su asesinato, se conocieron milagros gracias a la intercesión del pequeño Hugo y el 27 de julio se estableció extraoficialmente como su día festivo en la ciudad. Durante un tiempo, el Pequeño San Hugo fue aclamado como santo por los católicos de Lincoln, pero Roma nunca lo reconoció oficialmente como tal. 

El santuario donde aún se encuentran los restos de Hugo data del período inmediatamente posterior a la expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290. 

Tumba Hugo de Lincoln

Aunque fue una devoción muy popular hasta la década de 1360, el culto parece haber decaído en el medio siglo siguiente. El santuario fue destruido en gran parte después de la Reforma inglesa. Durante la restauración de la catedral en 1790 se encontró un ataúd de piedra de 1 metro de largo que contenía el esqueleto del niño, que fue dibujado por Samuel Hieronymus Grimm.

El cuerpo de Hugo en su ataúd, dibujado por Samuel Hieronymus Grimm (1791).

¿Más “relato medieval”?

La historia de Hugo es mencionada en Canterbury Tales (Los cuentos de Canterbury) de Geoffrey Chaucer, en The Prioress's Tale (El cuento de la priora) de Christopher Marlowe y la historia también se menciona como un hecho verídico en Worthies of England (
Personajes ilustres de Inglaterra) de Thomas Fuller, de 1662.
 
Además, una escuela preparatoria de Lincolnshire, St Hugh's School, Woodhall Spa, también recibió su nombre en honor al pequeño San Hugo en 1925. 

Reescribiendo la historia...

En 1958, “tras un intercambio de cartas” con Wilfred Samuel, fundador del Museo Judío, la falsa iglesia de Inglaterra colocó una placa en el lugar donde se encontraba el antiguo santuario del Pequeño Hugo en la Catedral de Lincoln.

La placa, colocada con la intención de borrar la historia, limpiar la imagen de “la comunidad” y hacer de cuenta que nada pasó aquí, realmente provoca indignación. Las palabras de los autopercibidos “víctimas de calumnias” dicen así:

Junto a los restos del santuario del Pequeño San Hugo.

Las historias inventadas sobre "asesinatos rituales" de niños cristianos a manos de comunidades judías eran comunes en toda Europa durante la Edad Media e incluso mucho después. Estas invenciones costaron la vida a muchos judíos inocentes. Lincoln tenía su propia leyenda, y la supuesta víctima fue enterrada en la catedral en el año 1255.

Tales historias no benefician a la cristiandad, y por eso oramos:

Señor, perdona lo que hemos sido,

enmienda lo que somos

y dirige lo que seremos. 


Nota: El dibujo que ilustra este artículo representa al Pequeño Hugo de Lincoln según un grabado del jesuita español Pedro de Bivero: “Sacrum sanctuarium crucis et patientiae crucifixorum et cruciferorum, emblematicis imaginibus...” Amberes, 1634.
 

CUANDO NUESTRA SEÑORA DERROTÓ A UN EJÉRCITO HUGONOTE EN CHARTRES

¿Sabías que en esa ciudad, la Virgen María obró un gran milagro para protegerla de una feroz invasión hugonote?

Por James Bascom


La catedral de Chartres, en Francia, es uno de los santuarios marianos más importantes y bellos de Europa. Durante más de mil años, Chartres ha acogido a innumerables peregrinos —desde reyes hasta humildes campesinos— que acuden a pedir curaciones y favores a la Virgen María. Incluso hoy en día, 1,5 millones de peregrinos y turistas visitan cada año este impresionante monumento al catolicismo medieval, la segunda catedral católica más visitada de Francia después de Notre-Dame de París.

La popularidad de Chartres se debe principalmente a su reliquia más preciada: la Santa Camisa, o Velo de la Virgen. En 876, Carlos el Calvo, nieto de Carlomagno y rey ​​de Francia Occidental (la mayor parte de lo que hoy es Francia), donó la reliquia al obispo de Chartres, donde ha permanecido desde entonces.

Los milagros de Nuestra Señora en Chartres

A lo largo de los siglos, se le han atribuido numerosos milagros al velo. El primer gran milagro registrado fue la derrota del caudillo vikingo Rollo en el asedio de Chartres en 911. En un momento crucial del asedio, el obispo de Chartres procesionó por las murallas de la ciudad con el velo de la Virgen, implorando su intercesión en la batalla. Al ver la reliquia, el ejército cristiano se reagrupó y lanzó un feroz contraataque, mientras que los paganos, inexplicablemente, perdieron el valor y huyeron presas del pánico. Poco después, Rollo se bautizó, se convirtió en vasallo del rey Carlos III y se casó con su hija Gisela, poniendo fin a las incursiones vikingas en esa parte de Francia. El rey Carlos le concedió el territorio que hoy es Normandía como feudo.

Seis siglos y medio después, otro gran milagro tuvo lugar en Chartres. En las afueras del centro histórico de Chartres, a pocos metros de las ruinas de las murallas medievales de la ciudad, se encuentra una capilla modesta y casi olvidada con un nombre bastante curioso: Notre-Dame de la Brèche (“Nuestra Señora de la Brecha”). La “brecha” alude al asedio protestante de Chartres en marzo de 1568 y a un milagro que la Virgen realizó precisamente en ese lugar.

Guerras hugonotes en Francia

En el siglo XVI, las enseñanzas heréticas de Martín Lutero, Juan Calvino y el rey Enrique VIII sedujeron a millones de europeos, alejándolos de la Iglesia Católica, destruyeron la unidad religiosa de la cristiandad e incitaron terribles guerras de religión. Mientras que la nueva religión de Lutero echó raíces en Alemania y Escandinavia, las enseñanzas heterodoxas de Juan Calvino se arraigaron en su Francia natal.

En su apogeo, hasta un 10% de la población francesa —incluida una gran parte de la nobleza— había abandonado el catolicismo para abrazar el cristianismo reformado de Calvino. Estos calvinistas franceses —conocidos como hugonotes— iniciaron una guerra civil religiosa en Francia con el objetivo de derrocar al catolicismo y a la monarquía. Las milicias hugonotes saquearon iglesias, destruyeron estatuas, profanaron reliquias y asesinaron a clérigos. Con el apoyo del Papa, los católicos franceses lanzaron un movimiento religioso de corte cruzado llamado Liga Católica. Ambos bandos libraron una encarnizada guerra de religión que duró décadas, con terribles consecuencias para Francia.

Sitio de Chartres

La Divina Providencia dispuso que la ciudad de Chartres desempeñara un papel importante en esta gran Cruzada católica. El 1 de marzo de 1568, un ejército hugonote de 9000 hombres, al mando del líder supremo de los hugonotes, Luis de Borbón, príncipe de Condé, inició el asedio de Chartres. La ciudad amurallada estaba defendida por unos 6000 hombres bajo el mando del gobernador real Antoine de Linières.

Los hugonotes necesitaban tomar la ciudad por razones estratégicas. Su caída ejercería presión sobre París, la capital y principal bastión católico del país. Pero los hugonotes también albergaban un profundo odio hacia Chartres debido a su antigua vinculación con la devoción mariana católica, así como a la fuerte resistencia de la ciudad al proselitismo protestante.

Al comenzar el asedio, los hugonotes capturaron varias iglesias católicas en las afueras de la ciudad. Profanaron objetos sagrados, saquearon el oro y las joyas, incendiaron las iglesias y ejecutaron a varios sacerdotes capturados. No cabía duda de que el mismo destino les esperaba al resto de la ciudad y a su famosa catedral en caso de victoria hugonote.

Lo que estaba en juego era de suma importancia. El propio Condé había prometido destruir todas las reliquias y estatuas de la catedral de Chartres y alimentar a su caballo en el altar mayor. Uno de sus comandantes durante el asedio, François de Coligny d'Andelot, era conocido por su odio visceral hacia el catolicismo y, en particular, hacia los sacerdotes. Según el historiador de Chartres, Jean-Baptiste Souchet, d'Andelot conservaba una colección de orejas cortadas de sacerdotes muertos como trofeos de guerra y prometió que lo primero que haría en Chartres sería ejecutar a todos los sacerdotes y derramar su sangre sobre los altares de la catedral en “reparación” por la “idolatría” católica (1).

Los protestantes determinaron que el punto más vulnerable de las murallas de la ciudad era la Puerta Drouaise, en el lado norte. El 6 de marzo, abrieron fuego con cinco cañones pesados ​​y cuatro ligeros. Al día siguiente, habían abierto una brecha de 23 metros de ancho en la muralla, lo que permitió a los hugonotes capturar uno de los revellines del muro y comenzar a entrar en la ciudad. El gobernador, consciente de la necesidad de una acción audaz y decisiva en este momento crítico, se reunió con sus oficiales. Tras prometerse mutuamente “vencer o morir”, de Linières dirigió personalmente a sus hombres en un furioso contraataque. Su ataque sorpresa dejó atónitos a los hugonotes, obligándolos a retirarse.

Condé centró entonces su ataque en la cercana Torre de Herses y sus murallas adyacentes. Durante todo el día y la noche del 9 de marzo, dinamitó las antiguas murallas medievales hasta que una gran sección se derrumbó en el río Eure, dejando al descubierto una nueva brecha que los hugonotes pudieron aprovechar. Pero la previsión y la rápida actuación de De Linières salvaron la situación una vez más. El gobernador reforzó la zona con más hombres y suministros, y los asaltos de la infantería protestante fracasaron en su intento de explotar la brecha.

Los defensores católicos contaban con el apoyo de un magnífico cañón al que llamaban “el hugonote”. Capturado del ejército derrotado de Condé en la batalla de Dreux en 1562, De Linières lo colocó en un lugar estratégico cerca de la Puerta de Drouaise, lo que permitió a los defensores aniquilar los asaltos hugonotes a través de las murallas abiertas. El cañón tuvo tal éxito que los defensores comenzaron a llamarlo “la bonne catholique” (“el buen católico”).

Mientras todos los hombres aptos para el combate luchaban en las murallas de la ciudad, las mujeres, los niños y los ancianos llenaban la cripta de la catedral, rezando día y noche a Nuestra Señora de Chartres por la victoria. Los hugonotes continuaron sus ataques durante días, hasta que, el 15 de marzo, Condé, inesperadamente, levantó el asedio y retiró su ejército. Los católicos habían perdido unos 250 hombres, mientras que los hugonotes habían perdido casi el doble. Los defensores no dejaron de ver en esta victoria la mano de la Divina Providencia y la protección especial de Nuestra Señora de Chartres.


De hecho, durante la batalla, Nuestra Señora realizó un milagro que enfureció y aterrorizó a los soldados hugonotes. Ubicada en un nicho sobre la entrada de la Puerta de Drouaise se encontraba una estatua de Nuestra Señora, Carnutum Tutela o “Protectora del pueblo de Chartres”. Los hugonotes, llenos de odio hacia la devoción católica a la Virgen María,

“…se jactaban de que María tenía tanto poder en la ciudad como Diana en Éfeso, y tomando dicha imagen como objeto de su ira y furia, dispararon tantos cañonazos y proyectiles de artillería contra ella que todo en los alrededores quedó destrozado hasta quedar reducido a cuatro dedos de ancho, como aún hoy se aprecian las huellas; sin embargo, jamás pudieron dañar la santa imagen… Y fue para su gran vergüenza que experimentaran esto a manos de la patrona de Chartres: pues, habiendo sido repelidos, más por su poder que por las armas humanas, se vieron obligados, tras grandes pérdidas y la matanza de sus hombres, a retroceder y a dar una vez más, por segunda vez, el nombre del Prés des Reculés [“el Prado del Retiro”], en medio del cual habían plantado orgullosamente sus abominables tiendas”

Por más que los hugonotes dispararan sus fusiles contra la estatua, las balas se desviaban milagrosamente y solo impactaban en el marco de piedra que la rodeaba. Este milagro asombró tanto a atacantes como a defensores, dando origen a una piadosa tradición entre los habitantes de Chartres. Afirmaban que la Virgen María apareció en el cielo con su Divino Hijo en brazos y que, con su vestimenta, detuvo y repelió las balas de los cañones hugonotes. “Los habitantes de Chartres comprendieron que era la Santísima Virgen, junto con su amado Hijo, quien visiblemente tomaba la defensa de la ciudad en sus propias manos, mientras el clero y las mujeres rezaban y los hombres en edad militar se reagrupaban y lanzaban un ataque contra los sitiadores, a quienes repelieron con vigor” (2).

Nuestra Señora de la Brecha

En el primer aniversario de la victoria, el 15 de marzo de 1569, “de acuerdo con los deseos del pueblo”, las autoridades municipales y el obispo de Chartres declararon ese día, día festivo en Chartres. Ordenaron misas, oraciones y una gran procesión en acción de gracias por la gran victoria. En Chartres, el 15 de marzo se convirtió en la fiesta de Nuestra Señora de la Brecha, también llamada Nuestra Señora de la Victoria.

En 1600, treinta y dos años después del milagro que salvó a su ciudad de los hugonotes, las autoridades municipales y el obispo de Chartres construyeron una pequeña capilla en el mismo lugar donde ocurrió el milagro, cerca de la Puerta Drouaise. Esta pequeña capilla, Notre-Dame de la Brèche, albergaba la estatua Carnutum Tutela del asedio, que milagrosamente había desviado las balas de fusil y cañón de los hugonotes.

Notre-Dame de la Brèche

Durante más de doscientos años, esta gran procesión recorrió la ciudad con gran pompa y devoción, siendo la segunda en importancia después de la del Corpus Christi. Nuestra Señora de la Brecha y su procesión anual fueron símbolos vivos del catolicismo militante del pueblo de Chartres, que luchó valientemente en defensa de Dios, la Virgen María, la religión católica y su rey contra la herejía de los hugonotes que estuvo a punto de conquistar Francia en el siglo XVI.

La procesión tuvo lugar por última vez el 15 de marzo de 1789. Apenas unos meses después, estalló la Revolución Francesa, desatando una violenta persecución contra la Iglesia Católica. Se prohibieron todos los actos religiosos públicos y se confiscaron las propiedades de la Iglesia, incluida Nuestra Señora de la Brecha. El 17 de julio de 1791, la Asamblea Nacional vendió la pequeña capilla a un particular que decidió demolerla. Cuando terminó la Revolución, lamentablemente la procesión pública por las calles de Chartres nunca se reanudó.

Una nueva capilla

Unos años más tarde, respondiendo al deseo de los fieles de recuperar su antigua devoción a la Virgen María, el obispo de Chartres decidió reconstruir la pequeña capilla en el mismo lugar. Tras adquirir el terreno donde se alzaba la Puerta de Drouaise, colocaron la primera piedra el 25 de marzo de 1843. Una oración compuesta para la ocasión y grabada en la primera piedra decía: “Que el Señor vele por su pueblo, y que la Santísima Madre del Señor mantenga siempre su ciudad libre de toda mancha de herejía y de toda corrupción moral”. Esta capilla aún se conserva.

La estatua original de Carnutum Tutela fue salvada durante la Revolución Francesa por un católico devoto que la escondió en su casa. Cuando se construyó la nueva capilla, la estatua fue devuelta y colocada nuevamente en un lugar de honor en una capilla que honra el milagro que obró tantos años atrás.

Aunque la reconstrucción de la capilla contribuyó a un renacimiento del fervor por Nuestra Señora de la Brecha, a principios del siglo XX, la peregrinación y la devoción (como tantas otras tradiciones católicas) se habían extinguido tristemente una vez más. Lo que la Revolución Francesa no pudo destruir por completo fue sofocado por el espíritu moderno del “indiferentismo” y el “progresismo”, que desprecia las devociones tradicionales como las procesiones y los milagros.

Resurgimiento del interés en el siglo XXI

En 2026, sin embargo, los católicos locales de Chartres decidieron revivir la devoción. Alexandre Barbier, sacristán de la capilla de Notre-Dame de la Brèche, y el abad Clément Pierson, sacerdote de la diócesis de Chartres, organizaron una peregrinación el 15 de marzo, antigua festividad de la Virgen María. Unos 30 católicos recorrieron a pie los 4,3 km (2,5 millas) desde Lèves, a las afueras de Chartres, hasta la capilla de Notre-Dame de la Brèche. Al llegar a la capilla, se celebró la Santa Misa y se rezó ante la estatua de la Virgen.



La historia de Nuestra Señora de la Brecha es uno de los grandes acontecimientos de la Francia católica, un momento en que la Virgen María intervino directamente en una batalla en favor de sus fieles hijos contra los ejércitos de la herejía de los hugonotes. Aunque ocurrió hace casi cinco siglos, esta batalla encierra lecciones para nuestros días. La sociedad occidental actual se ve amenazada por la destrucción, no por las balas de cañón hugonote, sino por el materialismo, la apostasía, la indiferencia religiosa y la inmoralidad. Pero la Virgen María, la “destructora de todas las herejías”, puede y nos protegerá… si le somos fieles a ella y a su Divino Hijo.
  

RESPUESTA DEL PADRE FRANÇOIS LAISNEY A UNA CARTA DEL PADRE CHAZAL (2013)

A continuación, se presenta la respuesta del padre Laisney al padre Chazal sobre la crisis actual en la Iglesia y la reacción apropiada de un católico, y especialmente de un sacerdote, ante esta crisis. 

Por Brent Klaske


Nota: Se publicó originalmente aquí: http://sspxasia.com/Documents/Society_of_Saint_Pius_X/2013-04-19_Fr_Laisneys_answer_to_%20Fr_Chazal.pdf


Singapur, 19 de abril de 2013

Reverendo y querido Padre:

¿Desde cuándo sostienes que la carga de la prueba recae sobre el acusado? ¿No recae más bien sobre el acusador? ¡Ustedes son quienes acusan al obispo Fellay de ser liberal; ustedes son quienes deben probarlo! Por lo tanto, se equivocan por completo al escribir: “Así que empiezan diciendo que no hemos logrado demostrar que el obispo Fellay esté equivocado… ¡De acuerdo! ¡Pero demuéstrenlo!”.

Luego afirmas que simplemente citas al obispo Fellay. Aquí, de nuevo, se produce otro grave error: las citas que proporcionas pueden ser imperfectas, incluso defectuosas, pero es erróneo que las interpretes de la peor manera posible, ignorando las circunstancias y el contexto. ¿Has leído alguna vez a Santo Tomás en su Summa?

¿Deben interpretarse las dudas de la mejor manera? … Sin embargo, es mejor equivocarse con frecuencia por tener buena opinión de un hombre malvado que equivocarse con menos frecuencia por tener una mala opinión de un hombre bueno, porque en este último caso se inflige un daño, pero no en el primero (IIa IIae qu. 60 a.4 ad 1m).

Así pues, el hábito de interpretar de forma negativa lo que dice otro hombre es un gran vicio. Santo Tomás explica (ibid., a.3) que:

Esto se debe a que un hombre tiene mala disposición hacia otro: pues cuando un hombre odia o desprecia a otro, o está enojado o envidioso de él, es llevado por leves indicios a pensar mal de él, porque todos creen fácilmente lo que desean.

Resulta bastante evidente que esa “mala disposición” hacia “las autoridades de la FSSPX” impregna los escritos suyos y de sus compañeros. Tal disposición no es virtuosa.

Para demostrar la malicia con la que pretendes citar al obispo Fellay, basta con comprobar la cita en tu carta. Esto es lo que escribes:

El doble discurso de Menzingen es un proceso continuo y bien documentado; basado en la idea de que el Concilio Vaticano II y la Nueva Misa son reparables y, por lo tanto, no podemos exigir que el Novus Ordo los condene.  (Entrevista del 15 de febrero en Nouvelles de France).

Ahora, hay un final aparente de la cita aunque no es un final estándar, sin una cita inicial, por lo que no se sabe si la “idea de que el Vaticano II y la Nueva Misa son corregibles” está realmente en la entrevista, aunque esto se insinúa: un método tan insidioso ya es malicioso. Además, ese pasaje pretende que el obispo Fellay dijo: “no podemos exigir al Novus Ordo que los condene”; ahora mirando el original de la entrevista, se encuentra que el obispo Fellay dijo: “nous ne nous attendons pas à ce que Rome condamne Vatican II avant longtemps” – (No esperamos que Roma condene el Vaticano II PRONTO). ¡Esa última palabra cambia completamente el significado de la oración! Sí, pedimos que Roma condene los errores del Vaticano II y de la Nueva Misa, pero siendo realistas no lo esperamos pronto. Por lo tanto, cortar la última palabra lleva a la idea de que el obispo Fellay piensa que el Vaticano II y la Nueva Misa son “corregibles”, para usar su palabra; ¡Pero al contrario, eso NO es lo que dijo!

Solía ​​decir: “No confíen en los modernistas cuando citan a los Padres de la Iglesia; ¡vean y verifiquen la cita!”. Ahora debo añadir: “No confíen en el Padre Chazal y otros similares cuando citan a nadie, especialmente a las autoridades de la Sociedad de San Pío X. ¡Vayan y verifiquen la cita!”. Su astuta manera de distorsionar las palabras ajenas, omitiendo lo esencial, me hace perder toda confianza en su honestidad intelectual.

Otro ejemplo de una cita tan maliciosa: usted escribe: “Como usted cita más adelante con tanta brillantez, una nueva Iglesia se ha “manifestado claramente” después del Concilio Vaticano II”. Mi respuesta es: ¿dónde? El único lugar que puedo encontrar es mi cita del pasaje de la declaración del arzobispo Lefebvre del 21 de noviembre de 1974:

Por el contrario, rechazamos y siempre nos hemos negado a seguir la Roma de las tendencias neomodernistas y neoprotestantes, como las que se manifestaron claramente durante el Concilio Vaticano II y, posteriormente, en todas las reformas resultantes.

¿Quién no ve que, una vez más, has distorsionado maliciosamente la cita? El arzobispo Lefebvre habla de “tendencias neomodernistas y neoprotestantes”, no habla de “una nueva Iglesia”. ¡Esta es tu manera maliciosa de hacer que alguien diga lo que no dice!

Luego sigues diciendo que “la regularización es… indiferente”. No, no es indiferente, es buena en sí misma. Porque el orden es bueno en sí mismo, especialmente dentro de la Iglesia. Regularizar no significa someterse al “Novus Ordo”, sino al orden canónico: esto es muy diferente. El orden jerárquico en la Iglesia no es obra de los innovadores del Concilio Vaticano II, sino que fue establecido por Nuestro Señor Jesucristo mismo; tales costumbres ordenadas existían desde los tiempos apostólicos y fueron codificadas en antiguas leyes de la Iglesia. Nadie puede rechazar la bondad de tal orden sin pecar.

Al decir que “la regularización es indiferente”, rechazas la bondad de tal orden canónico. Por lo tanto… Parece que nunca has escuchado al arzobispo Lefebvre, quien insistió en la importancia de que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X hubiera sido aprobada por el obispo Charrière, siendo este nuestro derecho de nacimiento: éramos verdaderamente una “obra de la Iglesia”, aprobada por la Iglesia. Él le dio —con razón— gran importancia a ese hecho. Solo en contra de su voluntad se le negó ese orden canónico, cuando el Derecho Canónico se usó en contra de su propósito (en 1975 las primeras sanciones fueron contrarias al Derecho Canónico; luego, en 1976, los cánones relativos a las cartas dimisoriales, establecidos para asegurar la bondad de los candidatos al sacerdocio, se usaron para impedirle ordenar buenos seminaristas, que celebrarían la Misa Tradicional: ese fue el comienzo de la situación no canónica de la FSSPX). El arzobispo Lefebvre estaba tan convencido de la bondad de ese orden canónico que estuvo dispuesto a firmar el Protocolo imperfecto en 1988, en un esfuerzo por restaurarlo.

Intentas justificarte diciendo: “Someterse al mal por obediencia es pecado”. Pero aquí no distingues entre la posesión de la autoridad que proviene de Nuestro Señor Jesucristo, que en sí misma es buena, y el ejercicio de esa autoridad, que puede ser un mal uso —un abuso— de la misma. La regularización canónica en sí misma es la sumisión a la autoridad que proviene de Nuestro Señor, es decir, a su posesión; no implica seguir órdenes abusivas, es decir, el ejercicio abusivo de la misma. Por lo tanto, la regularización canónica no es “someterse al mal”. A principios de los años 70, había muchos buenos sacerdotes tradicionalistas que estaban debidamente sujetos a sus superiores legítimos, sin seguir los abusos promovidos por ellos. La idea de que resistir las órdenes abusivas requiere rechazar la autoridad misma de la que emanan es un error, y dista mucho del ejemplo de los santos.

Una vez más intentas justificarte mencionando a la FSSP, la ICKSP, el IBP (Institut du Bon Pasteur) y Campos. Pero no debemos condenar en ellos lo que no es malo, sino aquello en lo que realmente radica su error. El gran error de la FSSP no fue amar el orden canónico correcto, sino creer que podían resistir las presiones de los obispos modernistas incluso sin tener obispo: de hecho, en el momento de la ordenación, si un obispo modernista les decía: “No ordenaré a sus sacerdotes si no enseñan el Concilio Vaticano II en sus seminarios”, ¿qué podían responder? Por lo tanto, fueron inducidos a enseñar los errores modernos (en particular la tesis del P. Basile) en sus seminarios. Prefirieron el orden canónico a tener obispo: ese fue su error.

Salvo prueba en contrario, quienes nos han dejado no han obtenido obispo ni representación alguna en la Comisión Romana, y así se han entregado, atados de pies y manos, a los progresistas. En tales condiciones, jamás lograrán mantener la Tradición. (Arzobispo Lefebvre, Un año después de las Consagraciones)

El arzobispo Lefebvre juzgó acertadamente que la fidelidad a la fe, a la liturgia y a la moral requería un obispo, o mejor dicho, cuatro. Esto ha sido la base de la fortaleza de la Sociedad de San Pío X desde entonces.

Otro error de Campos fue creer que podían mantenerse solos: la unión hace la fuerza. El obispo Fellay había sido fiel al invitar al obispo Rangel a discutir asuntos importantes, como las propuestas del cardenal Hoyos en el año 2000 (reunión del 13 de enero de 2001, a la que asistí y a la que el obispo Rangel envió al entonces padre Rifan), pero el padre Rifan llegó a un acuerdo sin consultar previamente al obispo Fellay. Y, como era de esperar, Roma prácticamente le impuso la necesidad de separarse de nosotros: solo, no pudo soportar las presiones. (Por cierto, esto también se aplica en sentido contrario a la asociación informal de la llamada “resistencia”, que ya incluye a algunos sedevacantistas y feeneyitas declarados; su falta de vínculos adecuados es una receta segura para el desastre: no se puede mantener la fe por mucho tiempo cuando se está alejado de la Iglesia).

La historia de los donatistas demuestra precisamente eso: primero fueron cismáticos, luego herejes. Por lo tanto, lo que usted dijo sobre los donatistas, lamentablemente, evidencia su ignorancia. Los errores de los donatistas no se limitaban a la validez sacramental, sino que también —e incluso antes— se referían a la “comunión con los malvados”; rechazaban la comunión con la Iglesia, con el pretexto de que, al comulgar con el (supuesto) malvado obispo de Cartago, Cecilio, el resto de la Iglesia había “caído”. San Agustín los reprendió enérgicamente al enunciar el principio católico de que “en la Iglesia la comunión con los malvados no perjudica a los buenos, siempre y cuando no consientan las malas acciones”. Pero usted prácticamente ha rechazado este principio católico.

Luego, procedes a juzgar al Papa (Benedicto XVI) como hereje, sin ninguna restricción. Una cosa es señalar las malas acciones y enseñanzas, como hizo el obispo Tissier en su estudio sobre este Papa, pero otra muy distinta es emitir un juicio sobre la persona; especialmente sobre un Papa. Santo Tomás de Aquino dice (ibid., ad 3m):

Una cosa es juzgar las cosas y otra juzgar a los hombres… al juzgar las cosas debemos tratar de interpretar cada cosa según lo que es, y al juzgar a las personas, interpretar las cosas para lo mejor, como se ha dicho anteriormente.

¿Quién no ve que no pones en práctica las enseñanzas de Santo Tomás? En los sitios web de Dici y sspx.org se mencionan tanto las malas acciones como los errores modernos, pero también las buenas. Sin embargo, en tus escritos solo se exponen las malas, e incluso las buenas se interpretan de forma negativa (como tu interpretación de Summorum Pontificum y de las Cruzadas del Rosario). Esto es típico de un celo amargo, denunciado por el arzobispo Lefebvre.

¡Qué rápido juzgas! Parece que suspender el juicio está fuera de tu alcance. ¡Ya has juzgado al Papa Francisco! Al final de nuestra vida, Nuestro Señor Jesucristo no nos exigirá un juicio correcto sobre todos los hombres, sino que cumplamos con nuestro deber. Y tu deber era, en la Sociedad de San Pío X, obedecer a tus superiores, quienes no te impusieron nada incorrecto, sino simplemente ir a tu priorato asignado y atender a los fieles que necesitaban el ministerio sacerdotal. En esto fallaste.

Me asombra leerte: “En caso de tal enredo, como el del trigo y la paja, ¿qué hacemos? ¿Salimos al campo? ¡No!”. ¡En verdad, no has leído a San Agustín ni a San Cipriano! Ellos te responderían muy sencillamente: si no estás en el campo de Nuestro Señor Jesucristo, no serás reunido en el granero de Nuestro Señor Jesucristo, ¡no irás al Cielo! ¡Tu rotundo “¡No!” es una clara afirmación de cisma! Si estamos EN la Iglesia, estamos EN el campo de Nuestro Señor. Por cierto, parece que confundes dos parábolas: en el campo, tienes el trigo y la paja (Mt. 13:24-30); en la era, tienes el buen grano y la paja (Mt. 3:12). San Cipriano, y después de él San Agustín, señalan con razón que si uno abandona la era para no estar en compañía de la paja, se convierte en paja, ¡ya que solo la paja se aleja de la era! Lean a San Agustín y tal vez le presten más atención que a mí.

Mientras tanto, ustedes pretenden “mantener el mayor apego posible a la Iglesia Católica visible, como rezar y reconocer al Papa o Papas y Obispos”. Son palabras vacías, pues al mismo tiempo les imponen los juicios más severos, interpretando todos sus actos de la peor manera posible y negándose a cualquier posibilidad de una correcta regularidad canónica.

¡Cuidado, querido Padre, con los frutos que empiezan a aparecer! Algunos fieles siguen más tus obras que tus palabras y están empezando a desviarse: una familia, por ejemplo, como bien sabes, de donde empezaste en Malasia, ahora es una sedevacantista extrema declarada, que ni siquiera reconoce la validez de tu propio sacerdocio; otro fiel se sorprendió recientemente al ver en nuestra sacristía el nombre del obispo local.

¿Significa eso que queremos estar en una situación imposible? ¡En absoluto! Desde el año 2000, el obispo Fellay ha actuado con prudencia en este sentido y sigue muy interesado en la protección de la obra de la Tradición; por lo tanto, después de más de doce años de prudencia, ¡difícilmente se le puede acusar de falta de ella! Una cosa es buscar una situación canónica viable, y otra muy distinta es rechazar sistemáticamente cualquier regularización canónica. Por cierto, comparar una regularización canónica con “poner nuestros papeles en orden”, como si se tratara de mero papeleo, es pasar por alto el punto espiritual esencial de la “comunión eclesiástica”, ese tercer elemento en la unidad de la Iglesia según san Roberto Belarmino, sin el cual nadie puede salvarse: así que no es una cuestión de papeleo. Mientras la irregularidad de nuestra situación no sea culpa nuestra, no es un obstáculo para la salvación; Pero en cuanto uno se niega a esa regularidad misma, como si fuera mala y peligrosa, o una mera formalidad innecesaria, entonces esa negativa se convierte en un obstáculo para la salvación.

No comparto ninguna de las “falsas suposiciones del arzobispo di Noia”: ¿ha leído mi carta abierta dirigida a él en The Remnant (https://web.archive.org/web/20121113010615/http://www.remnantnewspaper.com/Archives/2012-1015-laisney-di-noia.htm)?

Trato de verificar tus citas y, lamentablemente, tu referencia es errónea o, al menos, imprecisa: afirmas que citas al arzobispo Lefebvre en una “declaración de junio de 1976”, pero ciertamente no se trata del sermón del 29 de junio de 1976, la única “declaración” del arzobispo Lefebvre que conozco de ese mes. Además, te remito a mi artículo sobre “¿Varias Iglesias?”. Ten cuidado con tu forma de pensar sobre la “iglesia conciliar”: si crees que es una estructura separada de la Iglesia Católica, te equivocas, y este no era el pensamiento del arzobispo Lefebvre, por lo que resulta muy peligroso.

Ahora bien, no me gustan las ambigüedades, y en este sentido, no me gusta la declaración del 14 de abril. Pero entre una declaración ambigua que posteriormente se retracta y una traición total hay una gran diferencia. También podría decirse que había algunas ambigüedades en el Protocolo del 5 de mayo de 1988, y aun así el arzobispo Lefebvre lo firmó. Y es erróneo decir que lo rechazó al día siguiente: lean el texto de esa carta del 6 de mayo, es la mejor refutación de tal afirmación: ¡el arzobispo Lefebvre afirma allí que está agradecido por haberlo firmado! Lo cierto es que lo que pidió el 6 de mayo fue la pronta implementación de dicho protocolo, solicitando una fecha para su cumplimiento en un futuro próximo: esto dista mucho de rechazar dicho protocolo, sino más bien de otorgarle un sentido de urgencia. Fue solo ante las tácticas dilatorias de Roma que vio el peligro de que Roma no cumpliera lo estipulado en el Protocolo, a saber, la concesión de un obispo, y entonces decidió seguir adelante. Esa decisión se tomó a finales de mayo. Lea mi libro Archbishop Lefebvre and the Vatican (El arzobispo Lefebvre y el Vaticano); allí se encuentran todos los documentos esenciales.

Independientemente de si “Roma se encamina hacia la Tradición” bajo el pontificado del Papa Francisco o no, una cosa sé: la Cabeza de la Iglesia es Nuestro Señor Jesucristo. Confío en Él y quiero seguir el orden que Él ha establecido, sin transigir con el error. En cuanto al futuro, sé que Él tiene el control. Por eso, procuro cumplir con mi deber cada día, por más monótono que parezca.

Observo que usted desvió por completo mi argumento de que sus razones para oponerse al obispo Fellay eran desproporcionadamente menores que las del arzobispo Lefebvre para resistirse al Concilio, la Nueva Misa y Asís. Prudencia, sí, pero ¿rebelión pública como la suya? ¡No! Tal rebeldía no era en absoluto el espíritu del arzobispo Lefebvre. El arzobispo no era un rebelde; su postura inicial no era “en contra” de las novedades, sino “a favor” de la fidelidad. En consecuencia, no se apresuró a condenar; supo esperar: ¡a algunos les hubiera gustado que hiciera consagraciones antes! Pero esperó hasta 1988. Muchos han olvidado que el 30 de junio fue la cuarta fecha que fijó: ya la había pospuesto al menos tres veces, con la esperanza de obtener una situación canónica regular adecuada. ¡Qué contraste con la forma precipitada y apresurada en que usted condena tanto al Papa como al obispo Fellay!

Me pregunto si te has releído. Escribes que “esta es la segunda vez en la vida que la obediencia se usa para desobedecer a Dios”. ¡Vamos! Honestamente, ¿qué “desobediencia a Dios” se les ha pedido a alguno de ustedes? Esa pregunta se le hizo al padre Joseph Pfeiffer en St. Mary's el pasado agosto y no pudo responder. ¿Qué pecado se les pidió a ustedes? Puede que se les haya pedido que se abstuvieran de hacer su propia voluntad, pero ciertamente no se les pidió que hicieran algo en contra de la voluntad de Dios.

Algunos tienden a confundir su propia voluntad con la voluntad de Dios. Este subjetivismo es una tendencia muy común, y debemos combatirla. Si la obediencia es uno de los tres consejos evangélicos, es precisamente porque es el remedio a este error tan común, tan opuesto a la verdadera vida espiritual: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9:23).

Puede que le hayan pedido que se abstuviera de hacer declaraciones públicas, pero ¿quién no ve que la razón de tal orden —de lo más razonable— es la intemperancia de sus declaraciones? El padre de Cacqueray no es, desde luego, un sacerdote al que se podría acusar de liberalismo. Ahora bien, el obispo Fellay lo puso bajo las órdenes del padre de Cacqueray, ¿y usted se negó a obedecer? ¿Acaso tal orden del obispo Fellay fue una “desobediencia a Dios”? No. ¿Por qué, entonces, desobedeció? Lo siento, padre, su caso no tiene fundamento.

¡Ahora pretendes que quieres establecer “un cuerpo, un ejército”! ¡Renuncias al puesto que te asignó tu “general”, convirtiéndote en un rebelde, y pretendes ser capaz de organizar un cuerpo de ejército!

Tras haber roto una primera promesa, ¿cómo se puede confiar en que cumplirás una segunda? Por eso el divorcio y el nuevo matrimonio no son buenos; lo mismo ocurre con los sacerdotes que abandonan su deber original.

Tu lugar es arrepentirte y regresar al lugar al que debiste haber ido: bajo la guía del P. de Cacqueray. Esta es la única manera de cumplir las promesas que hiciste, promesas de obediencia a Dios a través de tus superiores.

Por esto rezaré, especialmente a Nuestra Señora y a San José, cuya gran virtud fue indudablemente la obediencia (y la prudencia: no se apresuró a condenar (véase Mt. 1:19-20).

Sinceramente en Jesús y María,

Padre François Laisney
 

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO


La admirable Avenida del Espíritu Santo refiérese en el libro de los Hechos de los Apóstoles con estas palabras:

Entrados los apóstoles en la Ciudad de Jerusalén, subiéronse a una habitación alta, donde tenían su morada Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás , Bartolomé y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo y Simón, llamado el Celador y Judas, hermano de Santiago.

Todos los cuales, animados de un mismo espíritu perseveraban juntos en oración con las piadosas mujeres, y con María la Madre de Jesús y con los hermanos o parientes del Señor.

Al cumplirse pues los días de Pentecostés, estando todos juntos en un mismo lugar, sobrevino de repente del cielo un ruido, como de viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban.

Al mismo tiempo vieron aparecer como unas lenguas de fuego, que se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos. Entonces fueron llenos todos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas las palabras que el Espíritu Santo ponía en sus bocas.

Había a la sazón en Jerusalén, judíos piadosos y temerosos de Dios, de todas las naciones del mundo.

Divulgado pues, este suceso, acudió una gran multitud a ellos, y quedaron atónitos, al ver que cada uno oía a los apóstoles en su propia lengua.

Así pasmados todos, y maravillados se decían unos a otros: ¿Por ventura estos que hablan, no son todos galileos rudos e ignorantes? pues, ¿cómo es que les oímos cada uno de nosotros hablar nuestra lengua nativa?

Partos, Medos y Elamitas, los moradores de Mesopotamia de Judea y de Capadocia, del Ponto y del Asia, los de Frigia, de Panfilia, y del Egipto, los de Libia, confinante con Cirene y los que han venido de Roma, tanto judíos, como prosélitos, los Cretenses y los Árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios
(Hechos de los Apóstoles, cap. II).

Los efectos que obró el Espíritu Santo en los Apóstoles fueron tan admirables como las obras con que asombraron al mundo.

Infundióles una celestial sabiduría para que entendiesen y comprendiesen los misterios altísimos de Dios que habían de predicar, imprimióles en sus corazones la ley de gracia, alentándoles soberana fuerza para cumplirla perfectísimamente, y sobre todo, los abrasó con un amor tan encendido, tan ardiente y fervoroso, que si mil vidas tuvieran, las ofrecerían por Cristo.

Este fuego de amor es el que los animaba para que saliesen luego al encuentro a todo el poder del mundo y del infierno, y para decir en pocas palabras lo que obró por ellos este divino Espíritu en esta venida, no es menester sino considerar la conversión del mundo que resultó de ella por la predicación de los sagrados apóstoles, los cuales, no eran más que doce pobres y despreciados pescadores, sin elocuencia ni sabiduría humana, sin favores ni amistades de príncipes.

Reflexión

Además de aquella primera venida tan visible y prodigiosa del Espíritu Santo hay otra invisible que siempre dura y obra cosas muy admirables en las almas de los justos enriqueciéndolas con sus dones y con su real presencia. Es el que alumbra con soberana luz su entendimiento, el que enciende en amor de Dios su voluntad, de manera que los que lo reciben por una sincera conversión se sienten como trocados en otros hombres muy diferentes de los que antes eran.

Oración

Oh Dios, que en el día de hoy, derramando la luz del Espíritu Santo sobre los corazones de los fieles, les enseñaste la verdad divina, concédenos que por el mismo espíritu sintamos de ella rectamente, y gocemos siempre de su consolación. 
Por Jesucristo Nuestro Señor. 
Amén.
 

19 DE MAYO: SAN IVÓN, PRESBÍTERO Y ABOGADO DE LOS POBRES


19 de Mayo: San Ivón, presbítero y abogado de los pobres

(✞ 1303)

San Ivón fue natural de una aldea llamada comúnmente Kermartin, en la Bretaña menor.

Haciendo sus estudios en París y en Orleans, no bebía vino y no daba atención a todos los entretenimientos sensuales, conservando así las fuerzas de su espíritu con la entera pureza de su cuerpo y alma.

Ejerció luego el oficio de juez eclesiástico y vicario general del obispo Trecorense y se retiró después a una iglesia parroquial para entregarse completamente al Señor.

Aconteció una vez estar siete días en oración, tan embebido y absorto en Dios, que ni tuvo hambre, ni comió bocado; y acabada su oración, salió tan bueno y con tantas fuerzas como si hubiera comido regularmente.

Era excelente predicador e iba a pie por diversos pueblos para sembrar la palabra divina; pero sobre todas las virtudes se esmeró en la misericordia con los pobres.

Les recibía con gran caridad, les lavaba los pies, les proveía de todo lo que necesitaban, y tenía su casa señalada para esto: nueve años tuvo en su casa a un pobre hombre casado con cuatro hijos, sustentándolos y remediándolos con extrema caridad.

En una gran carestía, no teniendo más que un pan en casa para comer él y dar a los pobres que en gran número habían concurrido, el Señor le multiplicó de manera que tuvo para comer y repartir a todos los que habían venido.

Otros muchos milagros obró el Señor para proveerle y recompensar su caridad.

Diciendo a Misa un día, al momento de alzar la hostia se vio un globo de fuego de maravillosa claridad que le rodeaba, el cual desapareció cuando acabó de alzar el cáliz.

Queriendo pasar el santo por un puente sobre un río caudaloso, había crecido el río de tal manera que había sobrepasado el puente, y él haciendo la señal de la cruz sobre las aguas, se abrieron y le dejaron el paso libre, y después de haber pasado volvieron a cubrir el puente.

Muchos otros milagros hizo el Señor para declararnos la santidad de su siervo; el cual hallándose ya lleno de méritos y extenuado por sus muchos ayunos y penitencias, tendido en su cama ordinaria, que era de tierra, y abrazado con la santa cruz, entregó su bendita alma al Señor.

Su sagrado cuerpo fue sepultado honoríficamente en la iglesia Trecosense, donde acuden de diversas partes del mundo muchos peregrinos por los innumerables milagros que allí obra el Señor.

 

lunes, 18 de mayo de 2026

EL CONCILIO VATICANO I (1869-1870 d.C.) [PRIMERA PARTE DE TRES]

El Concilio Vaticano I fue el primer concilio celebrado en la Ciudad del Vaticano, tres siglos después del Concilio de Trento.


Prefacio

La traducción que se presenta aquí es la que aparece en Decrees of the Ecumencal Councils, editados por Norman Tanner. SJ. Aparte de las notas a pie de página, todo el texto entre corchetes [ ] es una adición del editor. La elección de los términos que se imprimen en negrita o cursiva, la organización del texto en párrafos en formato de inglés estructurado, así como la numeración de los párrafos, también son del editor y constituyen su interpretación/comentario “invisible”. Sin embargo, la numeración de los cánones se encuentra en el texto de Tanner.

Contenido

• INTRODUCCIÓN

• SESIÓN 1: 8 de diciembre de 1869 - Apertura del Concilio

• SESIÓN 2: 6 de enero de 1870 - Profesión de fe

• SESIÓN 3: 24 de abril de 1870 - Constitución Dogmática sobre la Fe Católica

૦ Capítulo 1: Sobre Dios, el creador de todas las cosas

૦ Capítulo 2: Sobre la revelación

INTRODUCCIÓN

Este Concilio fue convocado por el Papa Pío IX mediante la bula Aeterni Patris del 29 de junio de 1868. La primera sesión se celebró en la Basílica de San Pedro el 8 de diciembre de 1869, en presencia y bajo la presidencia del Papa.

El propósito del Concilio era, además de condenar los errores contemporáneos, definir la doctrina católica sobre la Iglesia de Cristo. De hecho, en las tres sesiones siguientes, solo se discutieron y aprobaron dos constituciones: la Constitución Dogmática sobre la Fe Católica y la Primera Constitución Dogmática sobre la Iglesia de Cristo, esta última relativa a la primacía e infalibilidad del Obispo de Roma. La discusión y aprobación de esta última constitución suscitó, sobre todo en Alemania, amargas y gravísimas controversias que llevaron a la salida de la Iglesia de los conocidos como “viejos católicos” (o “antiguos católicos” o “veterocatólicos”).

El estallido de la guerra franco-prusiana provocó la interrupción del Concilio. De hecho, nunca se reanudó ni se clausuró oficialmente. Como en otros Concilios en los que el Papa estuvo presente y presidió, los Decretos se presentaron en forma de Bulas, al final de las cuales figuraba la clara declaración: “con la aprobación del Sagrado Concilio”. Asistieron numerosos fieles a este Concilio, entre ellos, por primera vez, Obispos de fuera de Europa y sus países vecinos. También se invitó a Obispos de las iglesias ortodoxas orientales, pero no acudieron.

Los Decretos del Concilio se publicaron en varias ediciones simultáneas. Posteriormente fueron incluidos en el volumen 7 de Collectio Lacensis (1892) y en los volúmenes 49-53 de la colección de Mansi (1923-1927). La colección que utilizamos es la titulada Acta et decreta sacrosancti oecumenici concilii Vaticani in quatuor prionbus sessionibus, Roma 1872. La comparación con otras ediciones no revela discrepancias, sino un acuerdo absoluto.

☙❧ ☙❧ ☙❧

SESIÓN 1: 8 de diciembre de 1869

Decreto de apertura del Concilio

Pío, obispo, siervo de los siervos de Dios, con la aprobación del Sagrado Concilio, para que quede constancia eterna.

Reverendísimos padres, es vuestro deber que,

• para alabanza y gloria de la santa e indivisible Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,

• para el aumento y la exaltación de la Fe y la Religión Católica,

• para la erradicación de los errores actuales,

• para la reforma del clero y del pueblo cristiano, y

• para la paz y concordia común de todos,

¿Debería abrirse el Santo Concilio Ecuménico del Vaticano y declararse abierto?

[Respondieron: Sí]

Pío, obispo, siervo de los siervos de Dios, con la aprobación del Sagrado Concilio, para que quede constancia eterna.

Reverendísimos padres, ¿es vuestro deber que

• Debería celebrarse la próxima sesión del Santo Concilio Ecuménico del Vaticano en la fiesta de la Epifanía del Señor, es decir, el 6 de enero de 1870?

[Respondieron: Sí]

☙❧ ☙❧ ☙❧ 

SESIÓN 2: 6 de enero de 1870

Profesión de Fe 

1. Yo, Pío, obispo de la Iglesia Católica, con fe firme creo y profeso todos y cada uno de los artículos contenidos en la Profesión de Fe que usa la Santa Iglesia Romana, a saber:

૦ Creo en un solo Dios,

■ Padre todopoderoso,

■ Creador del

■ Cielo

■ y de la tierra, 

■ de todas las cosas

■ visibles e invisibles. 

■ Y en un solo Señor Jesucristo

■ Hijo unigénito de Dios.

■ Nacido del Padre antes de todos los siglos.

■ Dios de Dios,

■ luz de luz,

■ Dios verdadero de Dios verdadero.

■ Engendrado, no creado,

■ de una misma sustancia que el Padre:

■ Por quien todas las cosas fueron hechas.

■ Quien por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación

■ bajó del Cielo.

■ Se encarnó por obra del Espíritu Santo en la Virgen María y se hizo hombre.

■ Fue crucificado también por nosotros, 

■ padeció bajo el poder de Poncio Pilato y fue sepultado. 

■ Al tercer día

■ Resucitó de nuevo según las Escrituras. 

■ Ascendió al Cielo y está sentado a la derecha del Padre.

■ Y vendrá de nuevo con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin. 

■ Creo en el Espíritu Santo,

■ Señor y Dador de vida,

■ Que procede del Padre y del Hijo.

■ Que con el Padre y el Hijo recibe la misma adoración y Gloria

■ Y que habló por los profetas. 

■ Creo en la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica.

■ Confieso un solo Bautismo para el perdón de los pecados. 

૦ Y creo 

■ en la resurrección de los muertos. 

■ Y la vida del mundo futuro. Amén.

2. Las tradiciones apostólicas y eclesiásticas, así como todas las demás observancias y constituciones de esa misma Iglesia, las acepto y abrazo con la mayor firmeza.

3. Asimismo acepto las Sagradas Escrituras 

૦ según el sentido que la Santa Madre Iglesia sostuvo y sostiene,

■ puesto que es su derecho juzgar el verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras;

૦ ni las recibiré ni las interpretaré salvo con el consentimiento unánime de los Padres.

4. También profeso que

૦ Hay siete Sacramentos de la nueva ley,

■ Verdaderamente y con toda propiedad así se llama,

■ instituida por nuestro Señor Jesucristo

■ y necesario para la salvación,

■ aunque no es necesario que cada persona las reciba todas.

૦ Ellos son:

1. Bautismo,

2. Confirmación,

3. Eucaristía,

4. Penitencia,

5. Ultima unción,

6. Orden y

7. Matrimonio; 

૦ y confieren gracia.

૦ De estos

■ Bautismo,

■ Confirmación y

■ Orden

No debe repetirse sin blasfemia.

5. Asimismo, recibo y acepto los ritos de la Iglesia Católica que han sido recibidos y aprobados en la administración solemne de todos los Sacramentos antes mencionados.

6. Abrazo y acepto la totalidad y cada una de las partes de lo que fue definido y declarado por el Santo Concilio de Trento con respecto al pecado original y la justificación. Asimismo,

7. Yo profeso que

૦ En la Misa se ofrece a Dios un verdadero, propio y propiciatorio sacrificio por los vivos y los muertos; y que

૦ En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía está verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, junto con el Alma y la Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo; y que allí tiene lugar la conversión de toda la sustancia del pan en su Cuerpo, y de toda la sustancia del vino en su Sangre, y a esta conversión la Iglesia Católica la llama transustanciación.

8. Confieso que solo bajo una de las especies se recibe a Cristo íntegro y completo, y el verdadero Sacramento.

9. Sostengo firmemente que

૦ El purgatorio existe,

૦ Y las almas allí retenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles. Asimismo, que

૦ Los Santos que reinan con Cristo deben ser honrados y se les debe orar, y que

૦ Ellos ofrecen oraciones a Dios por nosotros, y que

૦ Sus reliquias deben ser veneradas.

10. Afirmo resueltamente que las imágenes de 

1. Cristo,

2. la siempre Virgen Madre de Dios, 

3. y asimismo las de los otros Santos,

deben ser guardados y conservados, y se les debe mostrar el debido honor y reverencia.

11. Afirmo que el poder de las indulgencias fue legado por Cristo en la Iglesia, 

12. y que su uso es sumamente beneficioso para el pueblo cristiano.

13. Reconozco la

૦ Santa,

૦ Católica,

૦ Apostólica y

૦ Romana

Iglesia, Madre y Señora de todas las iglesias [1].

14. Asimismo

Todas las demás cosas que han sido transmitidas, definidas y declaradas por los Sagrados Cánones y los Concilios Ecuménicos, especialmente el Sagrado Concilio de Trento, las acepto sin vacilar y las profeso; del mismo modo

Por el contrario, cualesquiera herejías que hayan sido condenadas, rechazadas y anatematizadas por la Iglesia, yo también las condeno, rechazo y anatematizo.

Esta verdadera Fe Católica que ahora profeso libremente y sostengo verdaderamente, es lo que mantendré y confesaré con firmeza, con la ayuda de Dios, en toda su plenitud y pureza hasta mi último aliento, y haré todo lo posible para asegurar [2] que todos los demás hagan lo mismo. Esto es lo que yo, el mismo Pío, prometo, voto y juro. 

Que Dios me ayude y ayude a estos Santos Evangelios de Dios.

☙❧ ☙❧ ☙❧ 

SESIÓN 3: 24 de abril de 1870

Constitución dogmática sobre la Fe Católica 


Pío, obispo, siervo de los siervos de Dios, con la aprobación del Sagrado Concilio, para que conste en constancia eterna.

1. El Hijo de Dios, Redentor del género humano, Nuestro Señor Jesucristo, prometió, cuando estaba a punto de regresar a su Padre Celestial, que estaría con esta Iglesia Militante en la tierra todos los días hasta el fin del mundo [3]. Por lo tanto, nunca en ningún momento ha dejado de estar al lado de su amada esposa,

૦ ayudándola cuando da clases,

૦ bendiciéndola en sus labores y

૦ brindándole ayuda cuando está en peligro.

2. Esta providencia redentora se manifiesta con toda claridad en innumerables beneficios, pero sobre todo se evidencia en las ventajas que los Concilios Ecuménicos han asegurado para el mundo cristiano, entre los que cabe mencionar especialmente el Concilio de Trento, celebrado a pesar de haber tenido lugar en tiempos difíciles.

3. De allí vino

1. una definición más precisa y una exposición más fructífera de los Santos Dogmas de la Religión y

2. la condena y represión de los errores; de ahí también,

3. la restauración y el vigoroso fortalecimiento de la disciplina eclesiástica,

4. el avance del clero en celo por

■ aprendizaje y

■ piedad,

5. la fundación de colegios para la formación de los jóvenes al servicio de la Religión; y finalmente

6. la renovación de la vida moral del pueblo cristiano por

■ una instrucción más precisa de los fieles, y

■ una recepción más frecuente de los Sacramentos. Además, de allí también surgió

7. una unión más estrecha de los miembros con la cabeza visible y un mayor vigor en todo el Cuerpo Místico de Cristo. De ahí surgió

8. la multiplicación de Órdenes Religiosas y otras organizaciones de piedad cristiana; de ahí también

9. ese fervor decidido y constante por la expansión del reino de Cristo por todo el mundo, incluso a costa de derramar la propia sangre.

4. Si bien recordamos con corazones agradecidos, como corresponde, estos y otros logros sobresalientes que la misericordia divina ha otorgado a la Iglesia, especialmente por medio del último Sínodo Ecuménico, no podemos reprimir el amargo dolor que sentimos ante los males más graves, que han surgido en gran medida porque

૦ La autoridad del Sagrado Sínodo era despreciada por demasiados, o porque

૦ Sus sabios Decretos fueron ignorados.

5. Todo el mundo sabe que esas herejías, condenadas por los Padres de Trento, que rechazaban el magisterio divino de la Iglesia y dejaban las cuestiones religiosas al juicio de cada individuo, se han ido desmoronando gradualmente en una multiplicidad de sectas, ya sea en desacuerdo o en acuerdo entre sí; y de este modo, a mucha gente se le ha destruido toda Fe en Cristo.

6. De hecho, incluso la propia Biblia, que en su momento afirmaron que era la única fuente y juez de la Fe Cristiana, ya no se considera divina, sino que comienzan a asimilarla a las invenciones del mito.

7. Entonces surgió y se extendió por todo el mundo la doctrina del racionalismo o naturalismo, totalmente opuesta a la Religión Cristiana, puesto que esta es de origen sobrenatural, la cual no escatima esfuerzos para lograr que Cristo, el único Señor y Salvador nuestro, sea excluido de la mente de las personas y de la vida moral de las naciones. De este modo, pretenden establecer lo que llaman la regla de la razón simple o de la naturaleza. El abandono y el rechazo de la Religión Cristiana, y la negación de Dios y de su Cristo, han sumido a muchos en el abismo del panteísmo, el materialismo y el ateísmo, y la consecuencia es que se esfuerzan por destruir la naturaleza racional misma, negar cualquier criterio de lo que es correcto y justo, y derrocar los cimientos mismos de la sociedad humana.

8. Con esta impiedad extendiéndose en todas direcciones, ha sucedido, por desgracia, que muchos incluso entre los hijos de la Iglesia Católica se han desviado del camino de la verdadera piedad, y a medida que la verdad se diluía gradualmente en ellos, su sensibilidad católica se debilitaba. Llevados por enseñanzas diversas y extrañas [4] y confusas

૦ naturaleza y gracia,

૦ conocimiento humano y fe divina,

Se ha comprobado que distorsionan el verdadero sentido de los Dogmas que la Santa Madre Iglesia sostiene y enseña, y que ponen en peligro la integridad y la autenticidad de la Fe.

9. Ante todo esto, ¿cómo no va a sufrir angustia el ser más íntimo de la Iglesia? 

૦ Porque así como Dios quiere que todas las personas sean salvas y lleguen al conocimiento de la verdad [5], así como Cristo vino a salvar lo que se había perdido [6] y a reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos [7],

૦ Así pues, la Iglesia, designada por Dios como Madre y Señora de las naciones, reconoce sus obligaciones para con todos y está siempre dispuesta y ansiosa

■ para levantar a los caídos,

■ para sostener a los que tropiezan,

■ para acoger a los que regresan y

■ para fortalecer lo bueno e impulsarlos hacia lo mejor.

Así, ella nunca podrá dejar de dar testimonio de la verdad de Dios que sana a todos [8] y de declararla, porque sabe que estas palabras fueron dirigidas a ella: Mi espíritu que está sobre ti, y mis palabras que he puesto en tu boca, no se apartarán de tu boca desde ahora y para siempre [9].

10. Y así nosotros, siguiendo los pasos de nuestros predecesores, de acuerdo con nuestro supremo oficio apostólico, nunca hemos dejado de hacerlo

૦ enseñar y defender la verdad católica y

૦ condenando doctrinas erróneas.

Pero ahora nuestro propósito es

profesar y declarar desde esta Cátedra de Pedro ante todos los ojos la enseñanza salvadora de Cristo, y, por el poder que Dios nos ha dado,

Rechazar y condenar los errores contrarios.

Esto haremos 

• con los Obispos de todo el mundo como nuestros co-asesores y colegas jueces, reunidos aquí como están en el Espíritu Santo por nuestra autoridad en este Concilio Ecuménico, y

• Confiando en la palabra de Dios,

૦ en las Escrituras 

૦ y la Tradición tal como la hemos recibido,

૦ preservado religiosamente y auténticamente expuesto por la Iglesia Católica.

☙❧ ☙❧ ☙❧ 

Capítulo 1: Sobre Dios, el creador de todas las cosas

1. La Santa, Católica, Apostólica y Romana Iglesia cree y reconoce que hay un solo Dios verdadero y vivo,

૦ Creador y Señor del Cielo y de la tierra,

૦ todopoderoso,

૦ eterno,

૦ inconmensurable,

૦ incomprensible,

૦ infinito en 

■ voluntad,

■ comprensión y

■ toda perfección.

2. Dado que Él es

૦ uno,

૦ singular,

૦ completamente simple y

૦ inmutable

૦ espiritual

૦ sustancial,

Debe ser declarado como tal en realidad y en esencia,

૦ distinto del mundo,

૦ supremamente feliz en sí mismo y por sí mismo, y

૦ Inefablemente más elevado que cualquier otra cosa que exista o pueda imaginarse, aparte de Él mismo.

3. Este único Dios verdadero,

૦ Por su bondad y poder omnipotente,

૦ no con la intención de aumentar Su felicidad,

૦ ni mucho menos de alcanzar la felicidad,

૦ sino para manifestar Su perfección mediante las cosas buenas que Él otorga a lo que Él crea,

૦ mediante un plan totalmente gratuito,

૦ juntos desde el principio de los tiempos

૦ creado de la nada

■ el orden doblemente creado, es decir

■ lo espiritual y lo corporal,

■ lo angélico y lo terrenal,

■ y después lo humano que, en cierto modo, es común a ambos ya que está compuesto de espíritu y cuerpo [10].

4. Todo lo que Dios ha creado, Él lo protege y gobierna mediante su providencia, que se extiende de un extremo a otro de la tierra y ordena todas las cosas bien [11]. Todas las cosas están abiertas y al descubierto ante sus ojos [12], incluso aquellas que serán producidas por la libre actividad de las criaturas.

☙❧ ☙❧ ☙❧ 

Capítulo 2: Sobre la revelación

1. La misma Santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, la fuente y el fin de todas las cosas,

૦ se puede saber

■ con certeza a partir de la consideración de las cosas creadas,

■ por el poder natural de la razón humana: desde la creación del mundo, su naturaleza invisible se ha percibido claramente en las cosas que han sido hechas [13].

2. Sin embargo, fue grato a Su sabiduría y bondad revelar

૦ Él mismo y

૦ las leyes eternas de Su voluntad

a la raza humana por otro, y de una manera sobrenatural.

૦ Así lo expresa el Apóstol: De muchas y diversas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas; pero en estos últimos días nos ha hablado por medio de un Hijo [14].

3. Es precisamente gracias a esta revelación divina que aquellos asuntos que conciernen a Dios

૦ que no están en sí mismos más allá del alcance de la razón humana,

૦ pueden, incluso en el estado actual de la raza humana, ser conocidos

■ por todos

■ sin dificultad,

■ con firme certeza y

■ sin mezcla de errores.

4. No es por esto que uno deba considerar la revelación como absolutamente necesaria; la razón es que Dios dirigió a los seres humanos hacia un fin sobrenatural,

૦ esa es una participación en las cosas buenas de Dios que sobrepasa por completo el entendimiento de la mente humana; en verdad, ojo no ha visto, ni oído ha oído, ni ha venido a nuestros corazones concebir las cosas que Dios ha preparado para los que le aman [15].

5. Ahora bien, esta revelación sobrenatural, según la creencia de la iglesia universal, tal como fue declarada por el Sagrado Concilio de Trento, está contenida en

૦ libros escritos y

૦ tradiciones no escritas,

que eran

૦ recibidas por los Apóstoles de los labios del mismo Cristo,

૦ o llegaron a los Apóstoles por dictado del Espíritu Santo,

૦ y se transmitieron como de mano en mano hasta que llegaron a nosotros [16].

6. Los libros completos del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, tal como aparecen enumerados en el Decreto de dicho Concilio y como se encuentran en la antigua edición latina de la Vulgata, deben ser recibidos como Sagrados y Canónicos.

7. Estos libros son considerados Sagrados y Canónicos por la Iglesia.

૦ no porque posteriormente los aprobara con su autoridad después de que hubieran sido compuestos por habilidad humana sin ayuda,

૦ ni simplemente porque contienen revelación sin error,

૦ sino porque,

■ estando escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo,

■ ellos tienen a Dios como su Autor,

■ y como tales estaban comprometidos con la Iglesia.

8. Ahora bien, puesto que el Decreto sobre la interpretación de las Sagradas Escrituras, provechosamente dictado por el Concilio de Trento con la intención de frenar la especulación temeraria, ha sido malinterpretado por algunos, renovamos dicho Decreto y declaramos que su significado es el siguiente: 

૦ que en materia de fe y moral,

૦ perteneciendo como pertenecen al establecimiento de la Doctrina Cristiana,

૦ ese significado de las Sagradas Escrituras debe ser considerado como el verdadero,

૦ que la Santa Madre Iglesia sostuvo y sostiene,

■ ya que es su derecho juzgar el verdadero significado e interpretación de las Sagradas Escrituras.

9. En consecuencia, no está permitido que nadie interprete las Sagradas Escrituras en un sentido contrario a esto, o incluso en contra del consentimiento unánime de los Padres de la Iglesia.

Continúa...

Notas:

1) La Profesión de Fe de los demás Padres añadía: y prometo y juro verdadera obediencia al Romano Pontífice, sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y Vicario de Jesucristo.

2) La Profesión de Fe de los demás Padres continúa: mis súbditos, o aquellos por quienes tengo responsabilidad en virtud de mi oficio, sostienen, enseñan y predican la misma.

3) Véase Mt 28: 20.

4) Véase Hebreos 13: 9

5) 1 Tm 2: 4.

6) Lc 19: 10.

7) Jn 11: 52.

8) Véase Sb 16, 12

9) Is 59, 21

10) Véase Concilio de Letrán IV, const. 1.

11) Sb 8: 1.

12) Hebreos 4: 13.

13) Rm 1: 20.

14) Hebreos 1: 1-2

15) 1 Corintios 2: 9.

16) Concilio de Trento, sesión 4, primer Decreto.

 

Tomado de Decrees of the Ecumencal Councils