lunes, 13 de abril de 2026

PERSONAJES HETERODOXOS Y SUBVERSIVOS DE LE SILLON

Entre los errores de Le Sillon se encontraban la herejía del americanismo, así como falsas nociones de dogma, la condena de una religión de Estado, el pacifismo y el socialismo humanitario.

Por la Dra. Carol Byrne


Otro sacerdote francés, el padre Emmanuel Barbier, fue un opositor formidable e incansable de todas las formas de modernismo y liberalismo religioso a principios del siglo XX, como se puede apreciar en sus numerosas publicaciones. Era un sacerdote sumamente cualificado, más que capaz de desafiar las pretensiones de Marc Sangnier en el campo de batalla teológico y de exponer los errores en los que cayó Le Sillon bajo su liderazgo.

En esta tarea, contó con el apoyo, entre otros, de los obispos de Cambrai, Beauvais, Montpellier, Nancy y Quimper, quienes criticaban abiertamente a Le Sillon por sembrar la división entre los fieles de sus diócesis.

En una carta dirigida al padre Barbier, el obispo de Nancy, monseñor Charles-François Turinaz, explicó cómo se produjo esta situación. Cuando Le Sillon entraba en una diócesis -dijo- sus miembros desafiaban las órdenes de León XIII y Pío X, así como la autoridad del obispo local, e introducían la división donde antes no existía, donde florecían las organizaciones caritativas y reinaba la paz entre el clero y el pueblo:

Le Sillon crea divisiones entre el clero, entre la juventud católica, entre los fieles en las ciudades y el campo. Lo hace rechazando a todos aquellos que no están dispuestos a admirar sus ideas sobre la República y la Democracia, y tratándolos como los enemigos más peligrosos de la Iglesia. Crea división entre, por un lado, los trabajadores y, por otro, sus empleadores a quienes quiere eliminar de la fuerza laboral; entre los propios trabajadores al promover los sindicatos 'rojos', es decir, los sindicatos de la Revolución y el Internacionalismo, y al criticar a los sindicatos que defienden una relación armoniosa con los empleadores” (1).

Monseñor Charles-François Turinaz, obispo de Nancy, un fuerte crítico del movimiento Le Sillon.

Es obvio que el problema de raíz era la creación de dos partidos y dos lealtades que obligaban a sacerdotes y fieles a tomar partido a favor o en contra de las estructuras de autoridad de la Iglesia. San Pío X dijo célebremente que los católicos debían elegir “el Partido de Dios”, y León XIII enseñó que la cuestión social es ante todo una cuestión moral y, por lo tanto, religiosa, y no puede resolverse por medios ajenos al catolicismo.

Esto nos lleva al padre Emmanuel Barbier, quien realizó un exhaustivo análisis histórico de Le Sillon, su naturaleza, métodos y objetivos. En su libro, Les Erreurs du Sillon (Los errores de Le Sillon), ofreció un útil resumen (págs. 366-368) de los numerosos puntos en los que esta organización no superaba la prueba de la ortodoxia católica en su intento de construir la “ciudad del futuro” soñada por Marc Sangnier. Los siguientes puntos, cada uno de ellos meticulosamente investigado y verificado con pruebas documentales, son los más relevantes e ilustran las transgresiones de Le Sillon en materia religiosa, política y social:

• Popularizó, en Francia, la herejía del americanismo (2) –condenada en 1899 por León XIII– que valoraba la acción por encima de la contemplación, ignoraba la autoridad magisterial de la Iglesia y fomentaba la confianza en la conciencia individual, alegando inspiración directa del Espíritu Santo.

• Propagó falsas nociones de dogma, especialmente las ideas evolucionistas del “padre” Alfred Loisy, que negaban o disminuían las verdades y los principios católicos con el fin de acercarse a los no creyentes y adaptar la Iglesia a los “tiempos modernos”.

• Exigía una reforma de los estudios eclesiásticos; denigraba la autoridad de Santo Tomás de Aquino, declaraba que la escolástica carecía de valor, negaba cualquier vínculo necesario entre filosofía y teología, y sustituía las pruebas racionales de la existencia de Dios por sentimientos y experiencias internas.

• Condenaba públicamente la idea de una religión de Estado, toleró la separación de la Iglesia y el Estado y respaldó con entusiasmo la Ley de Separación de 1905 del gobierno francés, que despojó a Francia de su herencia católica y causó un profundo dolor a San Pío X (3).

• Se oponía al patriotismo (4), utilizando expresiones propias del socialismo internacional y el humanitarismo, y consideraba la defensa militar del propio país como “inmoral” (5).

• Perturbaba el orden social al participar en actos revolucionarios contrarios a la Ley Natural y la Moral Católica, sembrando la división por doquier.

• Predicaba una mística de socialismo humanitario, confundiendo su acción democrática republicana con la doctrina social de la Iglesia, y utilizaba los Evangelios para justificar sus errores doctrinales.

• Denunciaba la propiedad privada como incompatible con el espíritu cristiano y la redujo al mínimo porque sería un obstáculo para la construcción de su tan cacareada “ciudad del futuro” basada en principios colectivistas.

• Predicaba la igualdad de clases, avivaba la codicia y el rencor entre los trabajadores contra sus empleadores, se negaba a buscar una solución en una relación armoniosa entre ellos y quería que los sindicatos excluyeran a los empleadores para que los trabajadores pudieran lograr su propia emancipación y eliminar a los patrones.

• Proponía una reorganización radical de la sociedad sobre bases socialistas: todos los servicios públicos propiedad de capitalistas debían ser expropiados por el Estado; la propiedad de las pequeñas empresas privadas y los medios de producción —en la industria, el comercio y la agricultura— debían ponerse en manos de los trabajadores.

Este era el programa de reformas de Sangnier, que expuso en un discurso pronunciado en la Conferencia de Le Sillon en julio de 1908, cuando fue interrogado por un representante del sindicato militante de izquierda, la Confederación General del Trabajo, que luchaba por la propiedad social y el control obrero.

Cardenal Louis Luçon: “Le Sillon es un flagelo”

Otro testimonio contundente provino del Arzobispo de Reims, Cardenal Louis Luçon, quien se opuso a los intentos de establecer un círculo sillonista en su Arquidiócesis. En la edición de diciembre de 1908 del Bulletin du Diocèse de Reims, Le Sillon fue descrito como “un flagelo” por los siguientes motivos:

“Con respecto a la organización política y social llamada Le Sillon, el resultado más común de sus acciones es fácil de ver: sembrar la división, alejar a los jóvenes de las obras católicas y apartarlos de la influencia del clero en asuntos sociales.

La influencia de Le Sillon es abominable, y el estado mental que crea en sus seguidores es nefasto: hace que incluso los mejores entre ellos pierdan la noción precisa de la verdad y el juicio correcto, así como el sentido del respeto”.
 
Notas:

1) Emmanuel Barbier, Les Erreurs du Sillon: Histoire Documentaire (Los errores de Le Sillon: una historia documental), París: Lethielleux, 1906, p. 10.

2) Antes de ser nombrado y condenado por San Pío X en la encíclica Pascendi Dominici gregis, el modernismo era conocido como americanismo, debido a sus experiencias iniciales en Estados Unidos. Ambos tienen la misma inspiración y los mismos errores.

3) San Pío X condenó este principio en Vehementer nos (1906): “Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva”.

4) Según la doctrina católica, rechazar el patriotismo, que forma parte de la virtud de la piedad, constituye una violación del Cuarto Mandamiento y una falta de caridad y justicia hacia la propia patria. En un encuentro público con republicanos y socialistas, Sangnier declaró: “Amamos apasionadamente a Francia, pero la consideramos territorio al servicio de toda la humanidad, y en cierto sentido somos patriotas internacionalistas”. Ibid., pág. 119.

5) La postura de Sangnier fue refutada por Monseñor Turinaz, obispo de Nancy, quien habló extensamente sobre la virtud del patriotismo y citó el ejemplo de Juana de Arco como “la encarnación del patriotismo más puro y heroico”. (Charles-François Turinaz, Discours Patriotiques (Discursos patrióticos), París: Roger & Chernoviz, 1901, pág. 102).

6) El discurso de Sangnier fue relatado por Mons. Théodore Delmont en Modernisme et Modernistes en Italie en Allemagne, en Angleterre et en France (Modernismo y modernistas en Italia, Alemania, Inglaterra y Francia), París: Lethielleux, 1909, p. 446.

7) Ibid., pág. 447.

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146ª Parte: El Santo Oficio fue destruido por Ratzinger149ª Parte: El modernismo en la raíz de la confusión teológica actual
  

13 DE ABRIL: SAN HERMENEGILDO, PRÍNCIPE DE ESPAÑA


15 de Abril: San Hermenegildo, príncipe de España

(✞ 586)

San Hermenegildo, príncipe de España y mártir glorioso, fue hijo de Leovigildo, godo y hereje arriano, rey de España, el cual tuvo dos hijos: a Hermenegildo, que era el mayor, y príncipe del reino, y como tal le dio el título de rey; y a Recaredo, que por muerte de Hermenegildo su hermano, posteriormente le sucedió en el reino.

Estos dos príncipes se criaron con la leche ponzoñosa de herejía arriana que tenía su padre y los godos habían traído a España, hasta que, habiendo crecido Hermenegildo en edad y discreción, conoció el engaño, y enseñado por San Leandro, Arzobispo de Sevilla, se convirtió enteramente a la santa Fe Católica.

Hubo entre el rey Leovigildo y su hijo, el príncipe, algunos debates y diferencias, al principio mansamente y después con rompimiento en guerra; y finalmente, el hijo católico cayó en manos del padre hereje, el cual le hizo llevar preso y ordenó ponerle en una torre hedionda y oscura, cargado de cadenas.

Estando en esta cárcel, el santo príncipe comenzó a desear mucho el reino del cielo, y no contentándose con las prisiones y penas que sufría se vistió de cilicio, haciendo continuamente oración al Señor.

Vino la festividad de la Pascua, y aquella noche el pérfido rey Leovigildo envió un Obispo arriano a la cárcel para que su hijo recibiese la comunión pascual de la mano sacrílega de aquel hereje, prometiéndole, si lo aceptaba, de admitirle en su gracia: pero el santo mozo echó de ahí al obispo arriano reprendiéndole y diciéndole las palabras que merecía oír.

Entonces el padre salió de sí, y arrebatado de saña y furor, envió sus soldados y ministros para que allí donde estaba le matasen, y así se hizo; porque entrando en la cárcel, le dieron un golpe con una antorcha en su santa cabeza y le quitaron la vida corporal, que el mismo santo con tanta constancia había menospreciado.

Añade aquí San Gregorio, que el pérfido padre y homicida de su hijo tuvo dolor y arrepentimiento de lo que había hecho, más no de manera que le aprovechase para la salud eterna, porque puesto caso que conoció que la Fe Católica es la verdadera, no se atrevió a confesarla públicamente, por temor de sus súbditos, y por no perder el reino; y cayendo enfermo, y estando para morir, encomendó a San Leandro, Obispo, a quien antes gravemente había afligido, que tuviese mucha cuenta con Recaredo su otro hijo, que dejaba por sucesor, y procurarse reducirlo a la Fe Católica, y tras decir esto, acabó su vida.

El cuerpo de San Hermenegildo se venera en Sevilla, menos la santa cabeza que fue llevada a Zaragoza cuando los moros se apoderaron de Andalucía.

domingo, 12 de abril de 2026

EL INDIGENISMO TEOLÓGICO DESVIADO (1)

Aquellos frailes “sufrían inevitablemente el error de la Iglesia de su tiempo, un error que no sería superado hasta llegar al concilio Vaticano II” (“El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego”)

Por el padre José María Iraburu


El indigenismo, el nacionalismo religioso, el pluralismo de religiones, son tendencias relacionadas entre sí, que se han ido acentuando en la Iglesia Católica en los últimos decenios. Los aspectos más negativos de la Teología de la liberación se conectan también con esas tendencias. Suele haber en el trasfondo de ellas una exaltación de las religiones naturales y autóctonas precristianas, que devalúa gravemente a Cristo y a la Iglesia, como sacramento universal de salvación. En ocasiones, la unión sincretista de esas religiosidades naturales –hindúes, budistas, aztecas, incaicas, etc.– con el Evangelio conduce a una falsificación profunda de la fe católica.

Es significativo que entre las intervenciones reprobatorias que la Congregación de la Doctrina de la Fe ha publicado en los últimos años quizás las más numerosas son aquellas que, con una u otra perspectiva, tratan de frenar y superar estos males. Las Notificaciones sobre Anthony De Mello, S. J. (1998), el pluralismo religioso de padre Jacques Dupuis, S. J., las dos Instrucciones de la Congregación sobre la teología de la liberación (1984 y 1986) y la Notificación al padre Ion Sobrino, S. J. (2006; por cierto, doctor honoris causa en 2009 por la Universidad Católica S. J. de Deusto, España), vienen a reprobar ciertas deformaciones de la fe católica, que se presentan, sin embargo, como “expresiones legítimas de un pueblo” o como “exigencias de una religiosidad antigua”.

El Magisterio apostólico ha enfrentado siempre las desviaciones principales que en forma de inculturación exacerbada, de nacionalismos religiosos o de indigenismos desviados, han venido a lesionar la unidad y armonía de la verdad católica. Y en este tema un documento pontificio valioso ha sido, sin duda, el de la Congregación de la Fe, Dominus Iesus; declaración sobre la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (6-VIII-2000).

Voy a tratar aquí sobre este amplio y complejo tema, pero limitando mucho mi intento: solo analizaré un libro mexicano muy notable sobre la Virgen de Guadalupe.


El libro “El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego” es quizá el estudio más valioso que sobre los diversos aspectos de este tema se ha escrito (Ed. Porrúa, México 2001, ed. 4ª, 608 págs.; la ed. 1ª es de 1999). No tenía yo conocimiento de este gran libro cuando escribí los “Hechos de los apóstoles de América” (Fundación GRATIS DATE, Pamplona 1992; 2003, ed. 3ª, 557 págs.), obra en la que traté con especial atención la evangelización de México, y dediqué un capítulo a San Juan Diego y Guadalupe.

El origen del libro que analizo ahora es el siguiente. En 1998, la Congregación para las Causas de los Santos, preparando la beatificación y canonización del indio Juan Diego, nombró una comisión de historiadores para que documentaran en cuanto fuera posible la veracidad del Acontecimiento Guadalupano y la santidad del indio vidente. Fue nombrado presidente de la Comisión Histórica el Dr. “padre” Fidel González Fernández, catedrático de historia eclesiástica en la Urbaniana de Roma y profesor en la Gregoriana. También fueron nombrados otros “expertos” auxiliares, el Dr. “padre” Eduardo Chávez Sánchez y el Lic. “padre” José Luis Guerrero Rosado. Son éstos los tres autores que firman el libro que ahora comento. Esta obra tiene principalmente un carácter histórico y en esa condición estriba su valor fundamental. Pero también ofrece con bastante frecuencia consideraciones teológicas, muchas veces atinadas, pero en bastantes casos inadmisibles.


Y precisamente porque el libro es muy importante y de gran valor conviene señalar esos errores. Yo lo hice en primera instancia enviando un informe amplio al Arzobispado de México, que lo pasó a la consideración de los tres autores; y en segunda instancia, acudiendo a la Congregación de la Doctrina de la Fe. Estos intentos fueron amablemente recibidos, pero no produjeron resultado alguno. Transcribo, pues, ahora algunos textos entresacados del libro aludido, destacando yo algunas frases erróneas más significativas.

Excelsa era la religión azteca, y sublime su Dios único

Con gran frecuencia afirman los tres autores de esta obra que los misioneros que llegaron a México no entendieron en absoluto la religiosidad de los mexicanos. Pensaron de ellos que eran politeístas e idólatras, sujetos al influjo del Diablo. Una visión extremadamente negativa y errónea, que vendría causada por el ambiente doctrinal de la época. Los misioneros no llegaron a conocer que el concepto que aquellos indios tenían de Dios “era tan definido, tan depurado y tan rico en su sentido ontológico que podría equipararse –y superar– al pensamiento europeo de su época” (pág. 155); es decir, al pensamiento cristiano sobre Dios.

Por otra parte, la religiosidad náhuatl, siguen afirmando, no era propiamente politeísta. Es cierto que daba nombres y cultos diversos a varios dioses, pero con ello solo venía a personalizar atributos diversos de Dios. En realidad creía en un solo Dios y Señor. Y ese monismo integrador de diversos aspectos de la divinidad “contradice tanto y tan poco al principio monoteístico como la Trinidad cristiana” (pág. 156).


El nombre que daban aquellos mexicanos a Dios como Tlayocoyani, el que se crea a sí mismo, era un “nombre pasmoso, más rico que nuestra palabra Creador, que demuestra que los tlamatinime [los antiguos sabios religiosos] alcanzaron las máximas alturas a que ha podido llegar la mente humana en su reflexión sobre Dios(pág. 159). Más aún, “su idea de Dios era tan o más cristiana que la de sus evangelizadores” (pág. 518).

Tan sublime altura de pensamiento no va, de cierto, muy de acuerdo con el estereotipo de una religión embrutecida y embrutecedora que los españoles acusaron a los indios de profesar, y más sorprendente aún es comprobar que eso [ese pensamiento altísimo de Dios] no era patrimonio de unos pocos, sino que, con sus más y sus menos, así lo entendían todos” (pág. 159).

Los sacrificios humanos eran graves errores, pero también eran “expresiones sublimes” de la religiosidad azteca.

El indio mexicano, nos explican, según sus ideas religiosas míticas, era perfectamente consciente de que ni él, ni la vida, ni el orden cósmico podían subsistir sin los sacrificios sangrientos humanos.

“La sangre, por tanto, el “Agua Divina”, era una necesidad tan imprescindible como el alimento y el aire, y debía procurarla a los dioses por un doble motivo, el agradecimiento y la propia conveniencia” (pág. 522). “Detrás de esos mitos había una lógica impecable […] Era lógico, pues, que no viesen el sacrificio como un asesinato, sino como un privilegio: un favor de parte de quien lo ejecutaba, que venía siendo por ello un bienhechor insigne, y una gracia para quien lo recibía” (pág. 523).

En cierta ocasión, pidieron al Tlatoani de Culhuacán que les entregase a su hija para convertirla en diosa de la guerra. El Tlatoani accedió, sin imaginarse cuan literal era el designio de los aztecas, quienes, con fiel apego a lo declarado, la sacrificaron, convirtiéndola así en diosa, y no contentos con eso, trajeron a su padre para que viniera a adorar al sacerdote que se había revestido de su piel desollada (pág. 74). En este caso se trata de un sacrificio individual. Pero en realidad, como veremos más adelante, eran muchos miles los sacrificios humanos que anualmente habían de ser ofrecidos a los dioses, y más numerosos aún habían de ser en cada acontecimiento extraordinario.


La humanidad y el cosmos tenían, según la “excelsa religiosidad azteca”, una necesidad absoluta de la sangre humana sacrificada a los dioses. Según estos tres autores, esto obligaba a los aztecas a guerrear incansablemente con los pueblos vecinos, con el fin de capturar prisioneros, que serían luego ofrecidos a los dioses en sacrificios. Y por eso, “en la sociedad mexicana, por su continuo guerrear, había muchas más mujeres que hombres” (pág. 206). Los aztecas, en efecto, vivían “en una sociedad poligámica porque las continuas guerras diezmaban su población masculina provocando que hubiese mucho más mujeres que varones, y que las ausencias de estos fuesen no solo largas y sistemáticas, sino con desoladora frecuencia definitivas” (pág. 534).

Se nos asegura, pues, que en la visión religiosa mexicana,ni el Politeísmo era tal, ni los sacrificios humanos un culto diabólico incompatible con la rectitud moral. Uno y otros eran expresiones, todo lo erradas que se quiera, pero coherentes y válidas en su buena fe, de su incondicional entrega a Dios, que fue eso: absoluta, incondicional, desbordante, quizá el caso más completo que conoce la historia de un pueblo todo entero que se entrega tan por entero al servicio de Dios(pág. 523).

Alguna rara vez, no obstante, los tres autores señalan en su libro “ciertos errores graves” de la religiosidad azteca, pero lo hacen sin dejar por eso de considerarla absolutamente excelsa y sublime. Así, por ejemplo, cuando escriben: …“por más que admiremos el excelso concepto que motivaba los sacrificios humanos, éstos eran un innegable atentado contra la propia especie, que ya tenían a esa nobilísima religiosidad mística en un tris de desbocarse en un incontrolable fanatismo patológico y ciego que hubiese terminado devorándose a sí mismo” (pág. 215).

La buena fe de los aztecas era total, y en modo alguno estaban bajo el influjo del Diablo. Los misioneros, se nos dice en esta obra, veían en la religiosidad de los aztecas una idolatría cruel que, bajo el poder del Diablo, les llevaba a reiterar y añadir, en frase de fray Gerónimo Mendieta, “pecados a pecados”. Pero para aquellos indios, arguyen nuestros autores, en su historia precristiana, “no había, ni podía haber, añadiduras de “pecados a pecados” por la irrebatible razón moral de que no puede pecar quien actúa de buena fe. Todo esto era y es obvio, pero Mendieta no lo podía ver entonces, ni lo pudo ver jamás; ni hasta antes del Vaticano II lo pudimos ver nosotros (pág. 518).


Ninguno de aquellos misioneros, siguen diciendo, “ni aún Las Casas, podía aceptar que fuera “inculpable” el desconocimiento de algo tan elemental como el derecho a la vida” (pág. 123). Misioneros y cronistas –Motolinía, Mendieta, Sepúlveda, Sahagún, Durán, López de Gómara–, todos pensaban más o menos lo mismo (págs. 524-525): que detrás de tales aberraciones colectivas tenía que estar la acción de Satanás, padre de la mentira, que tenía engañados a aquellos indios. Y así, por ejemplo, a mediados del siglo XVI, fray Francisco de Aguilar, en su “Relación breve de la Conquista de la Nueva España”, decía que habiendo estudiado los ritos de antiguas religiones de distintos países, “en ninguna de estas he leído ni visto tan abominable modo y manera de servicio y adoración como era la que estos hacían al demonio, y para mí tengo que no hubo reino en el mundo donde Dios nuestro Señor fuese tan deservido, y a donde más se le ofendiese que en esta tierra, y adonde el demonio fuese más reverenciado y honrado(pág. 123).

La “ceguera de los misioneros”, que veían por todas partes influjos diabólicos en la religión mexicana, es denunciada una y otra vez por estos tres autores. Aquellos frailes “sufrían inevitablemente el error de la Iglesia de su tiempo, un error que no sería superado hasta llegar al concilio Vaticano II (cf. 162). Todos los misioneros de entonces, todos, incurrían en esta ceguera. Ni “el mismo comprensivo y tolerante padre Acosta, S. J.”, en su “Historia natural y moral de las Indias”, escapa a esa visión, y en el capítulo 11 expone: “De cómo el demonio ha procurado asemejarse a Dios en el modo de sacrificios y religión y sacramentos”… “Y ante esto [el padre Acosta] considera no que Dios viera con paternal complacencia esa entrega en total buena fe, sino que, efectivamente, el Demonio conseguía subyugar a maravilla a sus víctimas(137).

La evangelización, en estos planteamientos de los misioneros, se presentaba, pues, a juicio de estos tres autores, como una misión imposible, “pues se trataba de dos pueblos [el de los cristianos europeos y el de los mexicanos] totalmente en buena fe y decididos a ser fieles a sus principios hasta la muerte; sin embargo, ese problema no era el peor; el peor era que los mexicanos estaban, si cabe, aun más convencidos de su verdad que los españoles de la suya… (pág. 526).