viernes, 16 de enero de 2026

EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA (I)

Comenzamos con la publicación del Segundo Tomo del libro de Monseñor Henri Delassus (1910).


EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

POR EL REVERENDO PADRE HENRI DELASSUS

Canónigo Honorario de la metrópoli de Cambrai,

Director de La Semana Religiosa de esta diócesis

CONDENACION DEL AMERICANISMO


Carta Apostólica

de S.S. León XIII

TESTEM BENEVOLENTIAE

al Emmo. Cardenal James Gibbons,

sobre el “Americanismo”

A nuestro querido hijo,
James Cardenal Gibbons,
Cardenal Presbítero del Título de Santa María del Trastevere,
Arzobispo de Baltimore:

Querido hijo Nuestro, Salud y Bendición Apostólica.

Os enviamos por medio de esta Carta el renovado testimonio de esa buena voluntad que nunca os hemos dejado de manifestar a lo largo de nuestro pontificado a vos, a vuestros colegas en el Episcopado y a todo el pueblo americano, valiéndonos gustosamente de toda oportunidad que nos ha sido ofrecida tanto por el feliz progreso de vuestra Iglesia como por cuanto habéis hecho recta y provechosamente para salvaguardar y promover los intereses católicos. Por otra parte, hemos considerado y admirado frecuentemente el noble carácter de vuestra nación, el cual permite al pueblo americano ser sensible a toda buena obra que promueve el bien de la humanidad toda y el esplendor de la civilización.

Sin embargo, esta carta no pretende repetir las palabras de alabanza tantas veces pronunciadas, sino más bien llamar la atención sobre algunas cosas que han de ser evitadas y corregidas, y puesto que ha sido concebida en el mismo espíritu de caridad apostólica que ha inspirado nuestras anteriores cartas, podemos esperar que la toméis como otra muestra de nuestro amor; esto más aun porque busca acabar con ciertas disputas que han surgido recientemente entre vosotros y que perturban el ánimo de muchos, si no de todos, con no poco detrimento de su paz.

Os es conocido, querido hijo Nuestro, que el libro sobre la vida de Isaac Thomas Hecker, debido principalmente a los esfuerzos de quienes emprendieron su publicación y traducción a una lengua extranjera, ha suscitado serias controversias por ciertas opiniones que presenta sobre el modo de vivir cristianamente. Nos, por consiguiente, a causa de nuestro Supremo Oficio Apostólico, teniendo que guardar la integridad de la Fe y la seguridad de los fieles, estamos deseosos de escribiros con mayor extensión sobre todo este asunto.

El fundamento sobre el que se basan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a la sabiduría católica a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe acercarse un poco más a la humanidad de este siglo ya maduro, aflojar su antigua severidad y hacer algunas concesiones a los gustos y opiniones recientemente introducidas entre los pueblos. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no sólo en asuntos de disciplina, sino también en las Doctrinas que conforman el “Depósito de la Fe”. Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar las voluntades de aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos de la Doctrina como si fueran de menor importancia, o moderarlos de tal manera que no conservarían el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado.

No se necesitan muchas palabras, querido hijo Nuestro, para entender con cuán reprobable designio ha sido pensado esto, si tan sólo se recuerda la naturaleza y el origen de la Doctrina que la Iglesia transmite. El Concilio Vaticano dice al respecto: 
“La Doctrina de la Fe que Dios ha revelado no es propuesta como un descubrimiento filosófico que puede ser perfeccionado por la inteligencia humana, sino como un divino depósito confiado a la Esposa de Cristo para ser fielmente custodiado e infaliblemente declarado. De ahí que también hay que mantener perpetuamente el sentido de los Sagrados Dogmas que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, y no se debe nunca abandonarlo bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo” (Constitución Dei Filius sobre la Fe Católica, cap. IV).
No puede en absoluto considerarse como carente de culpa el silencio con el que ciertos principios de la Doctrina Católica son intencionalmente omitidos y oscurecidos con un cierto olvido.

Pues uno y el mismo es el Autor y Maestro de todas estas verdades que son abrazadas por la disciplina cristiana: “el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre” (Jn 1,18). Estas verdades son adecuadas para todos los tiempos y todas las naciones, como se ve claramente por las palabras de Nuestro Señor a sus Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las naciones; enseñándoles a observar todo lo que os he mandado, y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,19). Sobre este punto dice el Concilio Vaticano: “Deben ser creídas con Fe Divina y Católica todas aquellas cosas que están contenidas en la Palabra de Dios, escrita o transmitida, y que son propuestas por la Iglesia para ser creídas como materia divinamente revelada, sea por juicio solemne, sea por su Magisterio Ordinario y Universal” (Constitución Dei Filius sobre la Fe Católica, cap. III). Así pues, no ocurra que alguien omita o suprima, por motivo alguno, alguna Doctrina divinamente transmitida; en efecto, quien lo hiciese estaría queriendo más separar a los católicos de la Iglesia que atraer a ella a los que disienten. Vuelvan, pues no hay nada más querido por Nos, que vuelvan todos los que andan extraviados lejos del rebaño de Cristo, pero no ciertamente por un camino distinto al que el mismo Cristo nos mostró.

La disciplina de vida afirmada para los católicos no es de tal naturaleza que no pueda acomodarse a la diversidad de tiempos y lugares.

La Iglesia tiene ciertamente un espíritu clemente y misericordioso que le ha sido dado por su Autor; razón por la cual, desde su inicio ha cumplido gustosamente aquello que dijo San Pablo de sí mismo: “Me he hecho todo con todos para salvarlos a todos” (1Cor 9,22).

La historia de todos los tiempos pasados es testigo de que esta Sede Apostólica, a la cual ha sido confiada no sólo el Magisterio, sino también el régimen supremo de toda la Iglesia, se ha mantenido siempre “en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo significado” (Constitución Dei Filius sobre la Fe Católica, cap. IV); y no obstante, en cuanto al modo de vivir, de tal manera ha solido disponer su disciplina que, manteniendo incólume el derecho divino, nunca ha desatendido las costumbres e idiosincrasia de los diversos pueblos que ella abraza. ¿Quién puede dudar de que actuará de nuevo con este mismo espíritu si así lo requiere la salvación de las almas?

Pero este asunto no corresponde al arbitrio de personas particulares, que a menudo se engañan con la apariencia de bien, sino que debe dejarse al juicio de la Iglesia. En esto debe estar de acuerdo todo el que desee escapar a la censura de nuestro predecesor, Pío VI, quien declaró como “injuriosa para la Iglesia y el Espíritu de Dios que la guía” la doctrina contenida en la proposición LXXVIII del Sínodo de Pistoia: “que la disciplina establecida y aprobada por la Iglesia debe ser sometida a examen, como si la Iglesia pudiese formular una disciplina inútil o más pesada que lo que la libertad cristiana pueda soportar”.

Pero, querido hijo Nuestro, en el asunto del que estamos hablando, es más peligroso y más pernicioso para la Doctrina y la Disciplina Católicas aquel proyecto por el que los seguidores de la novedad sostienen que se debe introducir una suerte tal de libertad en la Iglesia que, disminuyendo de alguna manera su supervisión y cuidado, se permita a cada uno de los fieles ser más indulgente con sus propias ideas y con su propia actividad. Por lo demás, aquellos afirman que esto es requerido por el ejemplo dado con la libertad, recientemente introducida, que es ahora el derecho y fundamento de la comunidad civil.

Hemos hablado largamente de este punto en la Carta Apostólica sobre la Constitución de los Estados dada por Nos a los Obispos de toda la Iglesia, donde también hemos mostrado la diferencia que existe entre la Iglesia, que es de Derecho Divino, y todas las demás asociaciones, que dependen de la libre voluntad de los hombres.

Así pues, conviene observar más detenidamente cierta opinión que es presentada como argumento para proponer tal libertad a los católicos. Se alega que después del solemne juicio dado en el Concilio Vaticano acerca del magisterio infalible del Romano Pontífice, ya no hay por qué preocuparse más de este asunto, y por consiguiente, desde que esto se encuentra ya a salvo, se puede abrir ahora un campo más amplio para la especulación y para la acción de cada uno.

Pero evidentemente tal manera de argumentar es contraria a la sensatez, ya que, si hemos de llegar a alguna conclusión a partir del Magisterio Infalible de la Iglesia, ésta sería más bien la de que nadie debería desear apartarse de éste, y más aun, que guiándose y dirigiéndose todos enteramente por el mismo Magisterio, se conservarían más fácilmente inmunes de todo error propio. Y además, aquellos que arguyen esto, se alejan completamente de la providente sabiduría del Altísimo, que ha querido confirmar con un juicio más solemne la Autoridad y el Magisterio de su Sede Apostólica, y por ello mismo ha querido sobre todo que ésta alejase más eficazmente de los hijos de la Iglesia los peligros de los tiempos presentes. La licencia que a menudo es confundida con la libertad; una tal pasión por hablar y contradecir; en fin, la facultad de opinar lo que se quiera y de expresarlo por escrito, todo esto tiene a las mentes tan envueltas en las tinieblas que es ahora mayor que antes la utilidad y la necesidad del Magisterio de la Iglesia, para que las personas no sean apartadas de la conciencia y del deber.

Dista ciertamente de Nos el rechazar todo lo que el ingenio de estos tiempos ha producido. Por el contrario, ciertamente acogemos gustosos cuanto es pertinente a la búsqueda de la verdad o al compromiso por el bien, para aumento del patrimonio de la Doctrina y realización de los fines de la prosperidad pública. Pero todo esto, para que no carezca de una verdadera utilidad, no debe jamás existir ni desarrollarse al margen de la Sabiduría y la Autoridad de la Iglesia.

Corresponde ahora que nos refiramos a las conclusiones que han sido deducidas de las opiniones arriba mencionadas, en las cuales, si, como creemos, no ha sido mala la intención, sin embargo ciertamente lo que afirman no deja de suscitar desconfianza.

En primer lugar, todo Magisterio externo es rechazado por éstos, que quieren alcanzar la perfección cristiana, por considerarlo superfluo e incluso menos útil; dicen que el Espíritu Santo infunde ahora en las almas de los fieles unos carismas mayores y más abundantes que en los tiempos pasados, guiándolos e instruyéndolos, sin mediación alguna, por un cierto impulso misterioso.

Ciertamente no es poco temerario querer determinar el modo en que Dios se ha de comunicar con los hombres; pues esto depende únicamente de su voluntad y Él mismo es el más libre dispensador de sus dones. “El Espíritu sopla donde quiere” (Jn 3,8). “Y a cada uno de nosotros ha sido dada la gracia según la medida de los dones de Cristo” (Ef 4,7).

¿Y quién que recuerde la historia de los Apóstoles, la fe de la Iglesia naciente, los combates y muertes de tan animosos mártires, en fin, aquellos tiempos antiguos tan fructíferos y llenos de hombres santos, osará compararlos con el nuestro y afirmar que en ellos fue menor la efusión del Espíritu Santo? Pero, más allá de esto, no hay nadie que ponga en cuestión la verdad de que el Espíritu Santo actúa mediante un secreto descenso en las almas de los justos y los mueve con consejos e impulsos, pues si así no fuera, todo Magisterio y cuidado externo sería inútil. “Si alguno afirma que... puede dar su asentimiento a la predicación evangélica de salvación sin la iluminación del Espíritu Santo, que a todos mueve dulcemente para consentir y creer en la verdad, está engañado por un espíritu de herejía” (Segundo Concilio de Orange, can. 7). Más aun, como sabemos también por experiencia, estos consejos e impulsos del Espíritu Santo son las más de las veces experimentados a través de la mediación de cierta ayuda y preparación del Magisterio externo. Dice sobre esto San Agustín: “Él (el Espíritu Santo) coopera a que los buenos árboles den fruto, ya que externamente los riega y los cultiva mediante algún siervo, y por Sí mismo les confiere el crecimiento interno” (De Gratia Christi, cap. XIX). Es decir, corresponde a la ley ordinaria de la providencia amorosa de Dios que, así como ha decretado que los hombres se salven en su mayoría por el ministerio de los hombres, así también ha establecido que aquellos a quienes llama a un mayor grado de santidad sean guiados a éste por los hombres; de tal modo que, como dice el Crisóstomo, “seamos educados por Dios mediante los hombres” (Homilía I, in Inscr. Altar). Un claro ejemplo de esto nos es dado en el inicio mismo de la Iglesia. Pues aunque Saulo, “respirando amenazas y muertes” (Hch 9,1), escuchó la voz del mismo Cristo y le preguntó: “Señor, ¿qué quieres que haga?”, fue enviado a Damasco a buscar a Ananías: “Entra en la ciudad y allí se te dirá lo que debes hacer” (Hch 9,6).

Ocurre además que quienes buscan una mayor perfección, por el hecho mismo de recorrer un camino pocas veces transitado, están más expuestos a extraviarse, y por eso necesitan más que los demás de un maestro y guía.

Por otro lado, esta guía ha sido siempre obtenida en la Iglesia, y esta Doctrina la han profesado unánimemente cuantos en el curso de los siglos han florecido con su sabiduría y santidad. Así pues, quienes la rechazan lo hacen ciertamente con temeridad y peligro.

Pero quien considere cuidadosamente este asunto, eliminada ya toda guía externa, difícilmente encontrará a qué pueda referirse en la opinión de los innovadores esta más abundante efusión del Espíritu Santo, que tanto ensalzan.

Ciertamente el auxilio del Espíritu Santo es absolutamente necesario, sobre todo para el cultivo de las virtudes; sin embargo, aquellos aficionados a la novedad ensalzan más de lo correcto las virtudes naturales, como si éstas respondiesen mejor a las necesidades y costumbres del tiempo actual, y como si conviniese al hombre estar adornado con ellas para estar mejor fortalecido y preparado para la acción.

Ciertamente es difícil entender cómo personas en posesión de la sabiduría cristiana puedan preferir las virtudes naturales a las sobrenaturales y atribuirle a aquéllas una mayor eficacia y fecundidad. ¿Puede ser que la naturaleza ayudada por la gracia sea más débil que cuando se abandona a sus propias fuerzas? ¿Acaso han probado ser débiles e ineptos en el orden de la naturaleza aquellos hombres santísimos, a quienes la Iglesia distingue y rinde culto por haber sobresalido en las virtudes cristianas? Y aunque sea lícito maravillarse algunas veces ante ilustres actos de las virtudes naturales, ¿cuántos entre los hombres sobresalen realmente por la práctica de éstas? ¿Hay alguien cuya alma no haya sido probada, y en grado intenso? Para superar constantemente estas pruebas, así como para guardar toda la ley en el mismo orden de la naturaleza, necesita el hombre ser ayudado por el auxilio divino. Aquellos actos naturales a los que arriba hemos aludido, si son mirados con mayor atención, mostrarán ser más una apariencia que verdaderas virtudes. Incluso concediendo que lo sean, si alguno no quiere “correr en vano”, olvidándose de la eterna bienaventuranza a la que Dios en su bondad nos destina, ¿de qué nos aprovechan las virtudes naturales si no son secundadas por el don y la fuerza de la gracia divina? Así pues, dice bien San Agustín: “Maravillosas son las fuerzas y veloz el rumbo, pero fuera del verdadero camino” (In Ps. XXXI, 4). Pues así como la naturaleza del hombre, debido a la caída primera, se encontraba en el vicio y la deshonra, pero por el auxilio de la gracia es elevada, renovada y fortalecida con una nueva grandeza, así también las virtudes, que son ejercidas no con las solas fuerzas de la naturaleza, sino con la ayuda de esta misma gracia, se hacen fecundas para la bienaventuranza eterna y adquieren un carácter más sólido y firme.

A esta opinión acerca de las virtudes naturales está muy unida aquella otra, según la cual el conjunto de las virtudes cristianas se divide como en dos tipos: pasivas, como las llaman, y activas; y añaden que las primeras eran más convenientes en los tiempos pasados, mientras que estas últimas son más acordes con el presente. Surge la pregunta sobre qué debe entenderse de esta división de las virtudes; pues no existe ni puede existir una virtud verdaderamente pasiva. “Con el nombre de virtud, dice Santo Tomás, se designa cierta perfección de una potencia; y el fin de la potencia es el acto; y el acto de la virtud no es otra cosa que el buen uso del libre albedrío” (S.T. I-II, q.55, a.1), ciertamente con la ayuda de la gracia de Dios, si se trata del acto de una virtud sobrenatural.

Sólo creerá que ciertas virtudes cristianas están adaptadas a ciertos tiempos y otras a otros quien no recuerde las palabras del Apóstol: “A quienes de antemano conoció, a éstos los predestinó para hacerse conformes a la imagen de su Hijo” (Rom 8,29). Cristo es el maestro y paradigma de toda santidad y a su medida deben conformarse todos los que aspiran a ser colocados en las sedes de los bienaventurados. Ahora, Cristo no conoce cambio alguno con el pasar de los siglos, sino que Él es “el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8). Así pues, se dirigen a los hombres de todas las edades aquellas palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29); para toda época se ha manifestado Él como “obediente hasta la muerte” (Flp 2,8); y vale para toda época la sentencia del Apóstol: “Aquellos que son de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias” (Gál 5,24).

¡Ojalá que hoy en día muchos cultivasen abundantemente esas virtudes, como lo hicieron hombres santísimos en los tiempos pasados! Pues estos, con humildad, obediencia y abstinencia fueron poderosos “en palabra y en obra”, con máximo provecho no sólo para la Religión sino también para la sociedad civil y el bienestar público.

Dado este menosprecio de las virtudes evangélicas, falazmente calificadas como pasivas, era fácil que lentamente se apoderase de las mentes un desprecio por la vida religiosa. Y que esto sea común a los autores de estas nuevas opiniones lo inferimos de algunas afirmaciones suyas sobre los votos que profesan las Órdenes Religiosas. Pues dicen ellos que estos votos se alejan mucho del espíritu de nuestro tiempo, ya que coartan los límites de la libertad humanaque son más propios de mentes débiles que de mentes fuertesy que lejos de ayudar a la perfección cristiana y al bien de la sociedad humana, son más bien obstáculo y perjuicio para una y otra.

Pero cuán falsas son estas afirmaciones es algo evidente si se tiene en cuenta la práctica y la Doctrina de la Iglesia, que siempre ha aprobado en gran manera el modo de vida religioso. Y ciertamente no sin razón, pues quienes, llamados por Dios, han abrazado libremente este estado de vida, no contentos con la observancia de los preceptos comunes y yendo hasta los consejos evangélicos, se han mostrado como aprestados y valientes soldados de Cristo. ¿Acaso juzgaremos esto como propio de mentes débiles? ¿O tal vez como inútil o perjudicial para un estado más perfecto de vida? Quienes así se atan con la profesión de los votos religiosos, lejos de haber sufrido una disminución en su libertad, disfrutan de aquella libertad más plena y más libre “con la que Cristo nos ha liberado” (Gál 5,1).

Este otro parecer suyo, a saber, que la vida religiosa es o enteramente inútil o de poca ayuda a la Iglesia, además de ser injurioso para las Órdenes Religiosas, no puede ser ciertamente la opinión de alguien que haya revisado los anales de la Iglesia. ¿Acaso vuestro país, los Estados Unidos, no debe tanto los comienzos de su fe como de su cultura a los hijos de estas familias religiosas? Precisamente hace poco habéis decretado, cosa muy digna de alabanza, que a uno de ellos le sea erigida públicamente una estatua.

Ahora bien, en este mismo tiempo, ¡cuán activa y fructuosa es la obra que realizan las asociaciones religiosas católicas dondequiera que se encuentran! ¡Cuántos se dirigen a nuevas fronteras para imbuirlas del Evangelio y ampliar los límites de la civilización; y esto con sumo esfuerzo y en medio de grandes peligros! Entre ellos, no menos que en el resto del clero, el pueblo cristiano encuentra predicadores de la Palabra de Dios, directores de las conciencias, maestros de la juventud, y la Iglesia toda, ejemplos de santidad.

Ninguna diferencia de dignidad debe hacerse entre quienes siguen un estado de vida activa y quienes, encantados por la vida retirada, dan sus vidas a la oración y mortificación corporal. Y ciertamente cuán buen reconocimiento han merecido ellos, y merecen, es conocido con seguridad por quienes no olvidan que “la plegaria asidua del justo” (Stgo 5,16) sirve para traer las bendiciones del cielo, sobre todo cuando a tales plegarias se añade la mortificación corporal.

Pero si hay quienes prefieren congregarse sin la obligación de los votos, que lo hagan; esto no es algo nuevo en la Iglesia ni mucho menos algo censurable. Tengan cuidado, sin embargo, de no ensalzar tal estado por encima de las Órdenes Religiosas. Por el contrario, ya que en los tiempos presentes la humanidad es más proclive que antes a entregarse a los placeres, han de ser mucho más estimados quienes “habiendo dejado todo han seguido a Cristo”.

Finalmente, para no alargarnos más, se afirma que el camino y método que hasta ahora se ha seguido entre los católicos para atraer de nuevo a los que se han apartado de la Iglesia debe ser dejado de lado, y otro debe ser elegido.

Sobre este asunto, bastará evidenciar, querido hijo Nuestro, que no es prudente despreciar aquello que la antigüedad en su larga experiencia ha aprobado y que es enseñado además por autoridad apostólica. Las Escrituras nos enseñan (Eclo 17,4) que es deber de todos trabajar por la salvación de nuestro prójimo según las posibilidades y posición de cada uno. Los fieles realizan muy provechosamente este deber que les ha sido asignado por Dios mediante la integridad de su conducta, sus obras de caridad cristiana, y su insistente y continua oración a Dios. Por otro lado, quienes pertenecen al clero deben realizar esto con una instruida predicación del Evangelio, con la reverencia y esplendor en las ceremonias, y especialmente dando a conocer con sus propias vidas la belleza de la doctrina que inculcó el Apóstol a Tito y a Timoteo.

Pero si de entre las diversas maneras de predicar la Palabra de Dios, alguna vez parezca que deba preferirse la de dirigirse a los no católicos, no en los templos sino en algún lugar adecuado, sin buscar las controversias sino conversando amigablemente, esto ciertamente no merece reprensión alguna; pero, sean destinados a esto por la autoridad de los obispos aquellos cuya ciencia y virtud probadas les sean de antemano conocidas.

Creemos que hay muchos entre vosotros que están separados de la verdad católica más por ignorancia que por mala voluntad; a estos los conducirá quizás más fácilmente al único rebaño de Cristo quien les presente la verdad como un amigo y con una predicación familiar.

Así pues, por todo lo que acabamos de decir, es evidente, querido hijo Nuestro, que no podemos aprobar aquellas opiniones que en conjunto son llamadas por algunos con el nombre de “americanismo”.

Sin embargo, si por este nombre se quiere significar el conjunto de dones espirituales que adornan a los pueblos de América, así como otros a otras naciones, o si, además, por este nombre se designa vuestra condición política y las leyes y costumbres por las cuales sois gobernados, no hay ninguna razón para que lo rechacemos. Pero si por este nombre no sólo se quiere aludir a las doctrinas arriba mencionadas, sino que se las exalta, ¿qué duda habrá de que nuestros venerables hermanos, los obispos de América, serán los primeros en repudiarlo y condenarlo como algo sumamente injurioso para ellos mismos y para todo su país? Pues suscita la sospecha de que hay entre vosotros quienes se forjan y desean en América una Iglesia distinta de la que existe en todas las demás regiones.

Pero la Iglesia es una, tanto por su unidad de Doctrina como por su unidad de régimen, y ésta es la Iglesia Católica: y, puesto que Dios estableció su centro y fundamento en la Cátedra de San Pedro, con razón es llamada Romana, porque “donde está Pedro allí está la Iglesia” (Ambrosio, In Ps.11,57). Por eso, si alguien desea recibir el nombre de católico, debe ser capaz de decir de corazón las mismas palabras que Jerónimo dirigió al Papa Dámaso: “Yo, no siguiendo a nadie antes que a Cristo, estoy unido en comunión con Su Santidad, esto es, con la Cátedra de Pedro; sé que la Iglesia ha sido edificada sobre esa piedra y que quien no recoge contigo, desparrama”.

Estas instrucciones que os damos, querido hijo Nuestro, en cumplimiento de nuestro deber, en una carta especial, tomaremos el cuidado de que sean comunicadas también al resto de obispos de los Estados Unidos, testimoniando una vez más el amor con el que abrazamos a todo vuestro país, un país que así como en tiempos pasados ha hecho tanto por la causa de la religión, con la feliz ayuda de Dios hará aún mayores cosas en adelante.

Para vos y para todos los fieles de América impartimos con gran amor, como promesa de la asistencia divina, nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 22 de enero del año 1899, vigésimo primero de nuestro pontificado.


LEÓN PP. XIII


Continúa...


 

SAN IGNACIO DE LOYOLA: ADVERSUS HÆRESES

Soy sacerdote diocesano, un cura corriente, pero hay que saber admirar todo lo admirable, dando gracias a Dios, el verdaderamente Admirable.

Por el padre José María Iraburu


Roma estaba muy mal en tiempos de San Ignacio. Siete Papas residieron en Aviñón en el siglo XIV, y dos antiPapas. En ese tiempo de Aviñón, y posteriormente en Roma, la Sede Apostólica se había visto afectada por frecuentes intrigas, ambiciones, nepotismos, cohechos, al mismo tiempo que en ella se negociaban innumerables nombramientos y dispensas, y se toleraban el absentismo de Obispos, la acumulación de cargos o más bien de rentas, la sustitución en beneficios… El padre Domingo de Soto (1494-1570), profesor dominico de Teología en Salamanca y Confesor de Carlos I, calificaba la situación de la Iglesia como subversio ordinis.

Escribe Tellechea: “Varias generaciones venían clamando en vano por una decisiva reforma que atajase el mal de raíz, mas sus clamores se perdían en el vacío o se estrellaban contra aquella inmensa máquina centralizadora y fiscal de la Curia, demasiado interesada en que no cambiasen las cosas” (ob. cit. 268). Paulo III, Papa (1534-1549), un Farnese que antes había acumulado varios obispados, se preocupaba más del engrandecimiento de su familia y de sus dos hijos, que de la reforma de la Iglesia. Sin embargo, promovió hombres valiosos para el Colegio de Cardenales, y una comisión de éstos redactó un Consilium de emmendanda Ecclesia (1536), que indicó con realismo los males de la Iglesia, pero que se quedó en el papel. Con todo, sigue Tellechea, “el espíritu de Reforma no era voz periférica y de ataque, sino ansia que florecía en el corazón de la cristiandad”. (Digo al paso: ¿se da hoy entre los buenos este clamor por la reforma de la Iglesia?…)

Ignacio de Loyola, como era un santo, no estaba afectado por el “buenismo oficialista”, y era perfectamente consciente de los graves males de la Iglesia de su tiempo. Estaba muy lejos de ese buenismo –que a veces era ingenuidad ignorante y a veces era oportunismo culpable–, que aplaudía automáticamente todo cuanto directa o indirectamente provenía del Papa, de la Santa Sede y de los Obispos, pensando erróneamente que con eso agradaba a Dios y amaba a la Iglesia. No es posible agradar a Dios y amar a la Iglesia sin permitirle al Espíritu Santo que nos abra completamente los ojos del alma para conocer y reconocer la verdad de la realidad.

En una carta de Ignacio a Diego de Gouvea (23-11-1538), principal del Colegio parisino de Santa Bárbara, donde él había residido años antes, le confesó: “no faltan tampoco en Roma muchos a quienes es odiosa la luz eclesiástica de verdad y de vida”. Dice “muchos”. Y atribuye estos errores a la mala vida: “de temer es que la causa principal de los errores de doctrina, provengan de errores de vida; y si éstos no son corregidos, no se quitarán aquellos de en medio”.

Un buen católico oficialista de hoy jamás diría una frase como ésa de San Ignacio. Pero son muchos los santos que han llorado los males de la Iglesia de su tiempo y que, según su estado y vocación, los han denunciado, procurando con oraciones y penitencias, con predicaciones y escritos, la reforma de todo lo que en doctrina o disciplina pueda estar mal en la Iglesia, también en la Santa Sede.

El Señor le dijo a Santa Catalina de Siena: “Mira y fíjate cómo mi Esposa tiene sucia la cara. Cómo está leprosa por la inmundicia y el amor propio y entumecida por la soberbia y la avaricia” (Diálogo II, cp. XIV). Los pastores no corrigen “al que está en puesto elevado, por miedo de comprometer su propia situación. Reprenderán, sin embargo, al menor, porque ven que en nada los puede perjudicar… Por culpa de los pastores malos son malos los súbditos” (III, cp. CXXII). Y ella exclama: “¡Ay de mí! ¡Basta de callar! Gritad con cien millares de lenguas. Veo que, por callar, el mundo está podrido y la Esposa de Cristo ha perdido su color” (Cta. 16, a un alto prelado).

San Ignacio y la Compañía de Jesús guardaron a la Sede Apostólica la más perfecta fidelidad. La guardaban por convicción profunda de fe, de obediencia y de caridad eclesial. Pero también porque sabían que la peste protestante que estaba devastando la Iglesia en Europa era una herejía cuyo mismo centro era precisamente un cisma, el rechazo de la Iglesia como Madre y Maestra. El libre examen luterano arrasaba y se llevaba por delante los Sucesores de los Apóstoles, los Sacramentos, los Padres, los Santos, los Concilios y la misma Sagrada Escritura, que de ser revelación de Dios vino a reducirse a pensamiento de hombres. De ahí ese énfasis ignaciano por la adhesión a la Iglesia, ya expresado en los Ejercicios (353-370):

“1ª regla. Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica”. 

“9ª regla. Alabar todos preceptos de la Iglesia, teniendo ánimo pronto para buscar razones en su defensa y en ninguna manera en su ofensa”. 

“13ª regla. Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas”. 

La formulación de esta última regla hay que entenderla en sentido espiritual, pues en un estricto sentido literal no es apenas aceptable.

El combate ignaciano por la Fe Católica “adversus hæreses” era a vida o muerte. San Ignacio sabía y creía, que entre la fe verdadera y la herejía estaba en juego la salvación temporal y eterna de los hombres y de las naciones. Por eso dio a este asunto una importancia central en sus Constituciones, Cartas e Instrucciones

“En las cosas más fructuosas y útiles para nuestro instituto es bien se ponga mayor estudio, como sería la materia de Sacramentos y otras cosas morales, o controversias con heréticos” (Constituciones Colegios 67). 

La formación doctrinal y espiritual debía dar a los jesuitas una absoluta vacunación contra todos los errores vigentes en su tiempo: y para ello, debían conocerlos exactamente, sin deformaciones o exageraciones, y debían estar preparados para vencerlos con la fuerza de la Verdad Católica, es decir, con la fuerza de Cristo y de su Iglesia.

Dispuso Ignacio en una Instrucción enviada al padre Juan Pelletier, superior en Ferrara (13-6-1551): 

“Téngase especial advertencia sobre las herejías, y estén armados contra las tales, teniendo en la memoria las materias controvertidas con los herejes, y procurando estar atentos en esto a descubrir las llagas y curarlas; y, si tanto no se puede, a impugnar su mala doctrina” (II p., 6). 

Y a los Padres enviados a Alemania (24-9-1549): 

“Procuren todos tener a mano aquellos puntos del dogma controvertidos con los herejes, y, cuando sea oportuno, afirmen y confirmen la verdad católica con las personas que tratan, e impugnen los errores, y a los dudosos y vacilantes fortifíquenlos tanto en los sermones y lecciones, como en las confesiones y conversaciones particulares”. 

Pero debían de hacerlo con toda veracidad y prudencia:

“De tal modo defiendan la Sede Apostólica y su autoridad que atraigan a todos a su verdadera obediencia; y por defensas imprudentes no sean tenidos por papistas y por eso menos creídos. Y al contrario, de tal modo han de impugnar las herejías, que se manifieste con las personas de los herejes amor, deseo de su bien y compasión más que otra cosa”. 

Lo mismo había dicho poco antes: 

“Cuiden de hacérselos amigos, y de ir poco a poco y con destreza y con muestras de mucho amor apartándoles de sus errores”.

Ignacio estableció la estrategia del combate por la fe con todo cuidado. Podemos comprobarlo, por ejemplo, en la Carta al padre Pedro Canisio (13-8-1554), en la que búsqueda de la regeneración católica de Alemania. No excluía la guerra, ya que muchos príncipes alemanes estaban apoyando la herejía y en cierto modo obligando a ella:

“Lo primero de todo, si la Majestad del Rey se profesase no solamente católico, como siempre lo ha hecho, sino contrario abiertamente y enemigo de las herejías, y declarase a todos los errores hereticales, guerra manifiesta y no encubierta, éste parece que sería, entre los remedios humanos, el mayor y más eficaz”. Esta lucha incluye medidas elementales, como “no permitir que siga en el gobierno ninguno inficcionado de herejía”… El hereje o sospechoso de herejía “no ha de ser agraciado con honores o riqueza, sino antes derrocado de estos bienes”.

Pero más aún, ya en el interior mismo de la Iglesia Católica debían tomarse decisiones que aseguraran la victoria del “combate por la fe”, y sin las cuales, ciertamente, esa lucha estaría destinada al fracaso. Los profesores públicos de Universidad o de colegios privados inficcionados de herejía debían ser “desposeídos de sus cargos”“Convendría que cuantos libros heréticos se hallasen, en poder de libreros y de particulares, fuesen quemados, o llevados fuera”“Sería asimismo de gran provecho prohibir bajo graves penas que ningún librero imprimiese alguno de los libros dichos”“¡Ojalá tampoco se consintiese a mercader alguno, bajo las mismas penas, introducir en los dominios del Rey tales libros, impresos en otras partes!”“No deberían tolerarse curas o confesores que estén tildados de herejía, y a los convencidos de ella habríase de despojar de todas las rentas eclesiásticas; que más vale estar la grey sin pastor, que tener por pastor a un lobo”“Quien no se guardase de llamar a los herejes “evangélicos” convendría pagase alguna multa… a los herejes se los ha de llamar por su nombre, para que dé horror hasta nombrar a los que son tales, y cubren el veneno mortal con el velo de un nombre de salud”… Haya “buenos predicadores y curas y confesores en detestar abiertamente y sacar a luz los errores de los herejes, con tal que los pueblos crean las cosas necesarias para salvarse, y profesen la Fe Católica”

Exhortó también San Ignacio a fundar colegios y centros teológicos, elaborar uno o dos catecismos, componer algún libro “para los curas y pastores menos doctos, pero de buena intención”, y alguna buena “suma de teología escolástica que sea tal, que no la miren con desdén los eruditos de esta era, o que ellos a sí mismos se tienen por tales”… Todas estas intenciones, todas, se fueron cumpliendo, del modo más perfecto. Entre ellas, la fundación en Roma del Colegio Romano, que vendría a ser la Gregoriana, y también “el Colegio Germánico de Roma”. 

Innumerables colegios, Seminarios, Universidades, fueron naciendo de la Compañía de Jesús, en tanto que los Ejercicios espirituales hacían grandes bienes entre los laicos. La Compañía además, ya desde sus comienzos, mostró una formidable potencia misionera para difundir el Evangelio. 

La santidad personal de San Ignacio de Loyola es fuente de todos estos bienes para la Iglesia. Él es:

–un místico: la visión de la Virgen en Loyola, las revelaciones junto al río de Manresa, en La Storta, las frecuentes lágrimas en la celebración de la Eucaristía, siempre “contemplativo en la acción”…

extremadamente humilde: decía que tener o no devoción, consolaciones, amor intenso, no está en nuestra voluntad, “más que todo es don y gracia de Dios” (Ejercicios 322). Él se veía como puro “impedimento” para la acción de Dios. “Antes que venga la gracia y obra del Señor nuestro, ponemos impedimentos”, con pecados, distracciones, enamoramientos de lo terreno, “y después de la venida, lo mismo… Antes y después soy todo impedimento; y de esto siento mayor contentamiento y gozo espiritual en el Señor nuestro, por no poder atribuir a mí cosa alguna que buena parezca” (Carta a Francisco de Borja, fines de 1545). ¡Nada tienen que ver con él, nada, las desviaciones voluntaristas en cuestiones de gratia de un padre Luis de Molina S. J. (1535-1600)!

–se comprueba también su santidad por la cantidad de santos que el Señor le dio como Hermanos en la Compañía. Recordaré solo a los más próximos a él:

El saboyano Beato Pedro Fabro (1506-1546), uno de los primeros y principales

El navarro San Francisco de Javier (1506-1552), Patrono de las Misiones Católicas

El joven polaco San Estanislao de Kostka (1550-1568)

El duque de Gandía, San Francisco de Borja (1510-1572), tercer General de la Compañía

El joven italiano San Luis Gonzaga (1568-1591)

El holandés San Pedro Canisio (1521-1597), Doctor de la Iglesia, autor de un “Catecismo” que tuvo más de 200 ediciones en 15 idiomas

El italiano San Roberto Belarmino (1542-1621), Doctor de la Iglesia, cuyos tres volúmenes de “Controversias” fueron ayudas formidables para los defensores de la Fe Católica

El joven flamenco San Juan Berchmans (1599-1621)

El Hermano San Alonso Rodríguez (1533-1617), viudo, encargado de la portería, maestro espiritual de San Pedro Claver (1580-1654), esclavo de los esclavos… 

Los jesuitas canonizados son 24, y los beatificados 141.

¿Qué pensaría San Ignacio de Loyola si viera hoy que dentro de la Iglesia los principales centros difusores del error están precisamente situados en ciertos Seminarios, Facultades de teología, Universidades, congregaciones, editoriales, librerías y otros centros católicos? ¿Qué diría y qué haría? No sé lo que haría; pero sí sé lo que diría: reforma o apostasía.
 

UNA MIRADA AL FIN DE LOS TIEMPOS MARIANOS (II)

San Pío X opuso a los ataques y hostilidades el principio inquebrantable bajo el que había colocado su pontificado: Instaurare omnia in Christo

Por el padre Bernhard Zaby


Apareció una gran señal – Parte 1

Apareció una gran señal - Parte 2

La Inmaculada Concepción

En 1858, el 11 de febrero, la Virgen María se aparece por primera vez a Bernadette Soubirous, de 14 años, en Lourdes, un pequeño pueblo de los Pirineos. No es casualidad que sea nuevamente Francia la que reciba esta tercera gran aparición mariana del siglo XIX, después de París y La Salette. Al fin y al cabo, fue también Francia, con París como punto de partida, desde donde la revolución de los masones y jacobinos se extendió por todo el mundo.

Durante las apariciones, la Virgen María exhorta insistentemente al arrepentimiento, pide que se construya una capilla en ese lugar y que se acuda allí en procesión, hace brotar una fuente milagrosa y, finalmente, el 25 de marzo, se revela con las palabras: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. De este modo, vuelve a convertir a Francia en fuente de innumerables gracias que, al igual que con la Medalla Milagrosa, llenan el mundo entero. ¡Cuántos peregrinos de todo el mundo han acudido desde entonces a Lourdes, cuántos milagros físicos y, sobre todo, espirituales han tenido lugar allí, cuántos incrédulos y racionalistas han encontrado o recuperado allí la fe! Lourdes, con su fuente de gracias, ha desenmascarado de manera muy concreta, sencilla e irrefutable la miseria de la fe racional y el agnosticismo masónicos. “Gaude, Maria Virgo: cunctas haereses sola interemisti in universo mundo” —Alégrate, Virgen María, porque tú sola has vencido todas las herejías en todo el mundo.

Pero, sobre todo, Lourdes fue también una brillante confirmación de la Iglesia, de sus dogmas y de la infalibilidad del Papa. “Yo soy la Inmaculada Concepción” —“El Señor me poseía al principio de sus caminos, desde el principio, incluso antes de crear nada. Desde la eternidad fui establecida, desde el principio, antes de que existiera la tierra. Aún no existían los abismos, y yo ya había sido concebida...”. La gran señal, el “signum magnum” en el Cielo, volvió a aparecer en nuestra tierra.

La decimoctava y última aparición en Lourdes tuvo lugar en la festividad de Nuestra Señora del Monte Carmelo, el 16 de julio de 1858. En un libro leemos al respecto: “Durante tres años hubo sequía en Israel y ninguna lluvia fecundó la tierra. Pero Elías dijo al rey Acab: “Ve, come y bebe, porque oigo el ruido de la lluvia”. Cuando Acab se fue, Elías subió a la cima del Carmelo, se inclinó hacia la tierra y puso su rostro entre sus rodillas. Luego dijo a su criado: “Sube y mira hacia el mar”. Él subió, miró y dijo: “No se ve nada”. Elías le ordenó: “Vuelve a subir”. Así lo hizo siete veces. A la séptima vez, le dijo: “Se ve una nube que se levanta del mar, tan pequeña como la mano de un hombre”. Entonces Elías respondió: “Ve y dile a Acab: Engancha y baja al valle, para que la lluvia no te detenga”. Poco después cayó una fuerte lluvia, la lluvia que lo fertiliza todo (1 Reyes 18, 41-45). Los Padres de la Iglesia interpretaron la nube que se eleva del mar como un símbolo de la Virgen María. Ella trajo al mundo la lluvia de la salvación, Cristo el Señor. Así canta el profeta Isaías: “El cielo rocíe al justo, las nubes lo lluevan” (H. Lasserre, Thomas Jentzsch: Die Erscheinungen der Muttergottes in Lourdes [Las apariciones de la Virgen María en Lourdes].

La Orden del Carmelo se remitió al profeta Elías como su verdadero fundador. Como saben -escribe al respecto la priora de un convento carmelita- nuestra santa Orden puede presumir de ser la más antigua de la Santa Iglesia, ya que sus raíces se remontan al Antiguo Testamento, concretamente al Santo Profeta Elías, el “padre y guía de los carmelitas” (liturgia). Desde que él y sus discípulos comenzaron una vida de ermitaños para honrar por adelantado a la Santísima Virgen María, cuya llegada le había sido anunciada por la aparición de una pequeña nube sobre el mar, la orden no ha dejado de considerarse propiedad de la Madre de Dios. Es una creencia generalizada que los testigos del Apocalipsis que se enfrentarán a la “bestia”, el Anticristo, son Enoc y Elías, que hasta ahora no han muerto, sino que han sido “raptados” por Dios. También en La Salette, la Santísima Virgen habló de Enoc y Elías, que vendrán y predicarán en el momento del gran eclipse de la Iglesia, como hemos visto anteriormente.

En Lourdes, el rosario también tiene una gran importancia. Nuestra Señora llevaba en sus apariciones un gran rosario en el cinturón, que dejaba deslizar entre sus dedos mientras Bernadette rezaba el rosario. Con ello mostró el gran poder que adquiere el rosario en estos últimos tiempos. También San Luis María ve a sus apóstoles de los últimos tiempos con la cruz en una mano y el rosario en la otra, precisamente como apóstoles de Jesús y María.

El rosario y el exorcismo

Por lo tanto, no nos sorprende que León XIII, quien gobernó la Iglesia a finales del siglo XIX (1878-1903) en una época difícil y llena de dificultades, tanto internas como externas, pusiera el rosario en el centro de sus esfuerzos. Le dedicó nada menos que 16 encíclicas, sus famosas “encíclicas del rosario”, añadió la invocación “Reina del Santo Rosario” a la letanía lauretana y convirtió el mes de octubre en el “mes del rosario”, en el que se debe rezar el rosario todos los días en todas las iglesias.

El mes del rosario es, en cierto modo, una ampliación de la fiesta del rosario, que la Iglesia celebra el 7 de octubre. Debe su origen a la victoria de los cristianos sobre los turcos el 7 de octubre de 1571 en Lepanto, que el Santo Papa Pío V atribuyó enteramente a la ferviente oración del rosario de la cristiandad y a la ayuda de la Santísima Virgen María, vencedora en todas las batallas de Dios. En 1716, en vísperas de la fundación de la masonería, por así decirlo, la fiesta fue extendida a toda la cristiandad por Clemente XI debido a la nueva victoria de los cristianos sobre los turcos por el príncipe Eugenio en Peterwardein, Hungría. Esto ocurrió justo antes de que la amenaza turca fuera sustituida por la amenaza mucho mayor de la subversiva “sinagoga de Satanás”.

En un folleto titulado Der hl. Michael und der Sieg von Morgen (San Miguel y la victoria del mañana) se relata que León XIII, durante su contemplación, presenció la invasión de la Tierra por oscuras hordas de espíritus malvados que salían del abismo. “El 13 de octubre de 1884, al abandonar el altar tras la celebración de la Santa Misa, el mismo Papa escuchó una sorprendente conversación entre Cristo y Satanás. Satanás exigió 100 años más y más poder para destruir la Iglesia de Dios. Cristo se lo concedió”, como se dice en la página web del Priorato de San Miguel. A raíz de ello, el Papa León XIII introdujo las “oraciones leoninas” u oraciones finales después de la Misa silenciosa, que llevan su nombre, y el 18 de mayo de 1890 publicó el famoso “pequeño exorcismo”, que también lleva su nombre. En él se hace eco de La Salette cuando dice:

Sí, este monstruo, esta serpiente antigua, llamada diablo y Satanás, que engaña al mundo entero, fue arrojado al abismo con sus ángeles. Pero he aquí que este viejo enemigo y asesino de hombres se ha levantado de nuevo con arrogancia. Se ha transformado en un ángel de luz y vaga con toda la hueste de los espíritus malignos para apoderarse de todo el mundo y borrar de él el nombre de Dios y de su Ungido; para robar, asesinar y precipitar a la perdición eterna las almas destinadas a la corona de la gloria eterna. Este dragón malvado derrama como un torrente inmundo sobre los hombres, cuya mente ya está desolada y cuyo corazón está corrompido, el veneno de su maldad, el espíritu de la mentira, la impiedad y la blasfemia, sí, el aliento pestilente de los excesos y de todos los vicios y maldades. Enemigos llenos de malicia han colmado de amargura y empapado de ajenjo a la Iglesia, la esposa del Cordero inmaculado; han extendido sus manos sin piedad hacia sus posesiones más sagradas. Incluso en el lugar consagrado, donde se erigió la sede de San Pedro y la cátedra de la verdad como luz del mundo, han establecido el trono abominable de su impiedad con el funesto plan de golpear al pastor y dispersar al rebaño.


Además de la Virgen María, el Papa depositó sus esperanzas especialmente en San Miguel Arcángel, que es el comandante del ejército de la Virgen Inmaculada y que también aparece como tal en el Apocalipsis de San Juan, en la lucha contra la serpiente y sus seguidores: “Y se desató una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón, y el dragón y sus ángeles luchaban, pero no prevalecieron, y ya no se encontró lugar para ellos en el Cielo” (Ap 12,7s). Según muchos otros profetas serios, el arcángel San Miguel desempeñará un papel importante en las luchas de los últimos tiempos.

Así lo relata la vidente Ana Catalina Emmerich en una de sus visiones: Volví a ver la iglesia de San Pedro con su alta cúpula. Miguel estaba de pie sobre ella, resplandeciente, con una túnica rojo sangre y una gran bandera de guerra en la mano. En la tierra había una gran contienda. Los verdes y los azules luchaban contra los blancos, y estos blancos, que tenían una espada de fuego sobre ellos, parecían sucumbir por completo; pero ninguno sabía por qué luchaban. La iglesia estaba completamente teñida de rojo sangre, como el ángel, y me dijeron: “Será lavada con sangre”. Cuanto más duraba la lucha, más desaparecía el color rojo sangre de la iglesia, que se volvía cada vez más translúcida. Pero el ángel descendió y se unió a los blancos, y lo vi muchas veces delante de todos los grupos. Entonces les invadió un valor maravilloso, y no sabían de dónde venía. Era él quien golpeaba a los enemigos, y estos huían por todos lados...” (30 de diciembre de 1819, Schmöger, p. 177).

A pesar de todos estos esfuerzos y medidas, el siniestro plan de los “carbonarios” estaba a punto de realizarse definitivamente tras la muerte de León XIII. En 1903, los cardenales ya se habían puesto de acuerdo en el cónclave para elegir al cardenal Rampolla como próximo papa, cuando el veto del Emperador austriaco, presentado en el cónclave por el arzobispo de Cracovia, impidió esta elección. Hay testimonios de que Rampolla era masón y que el emperador austriaco tenía conocimiento de ello. En su lugar, fue elegido Papa el patriarca de Venecia, Giuseppe Sarto, que tomó el nombre de Pío X y que fue canonizado el 29 de mayo de 1954.

El Santo Papa

San Pío X se hizo famoso por sus reformas, pero también por su implacable lucha contra los modernistas. Había reconocido claramente el peligro que amenazaba a la Iglesia, ya no solo desde el exterior, sino más bien desde el interior. Ya en su encíclica inaugural E supremi apostolatus, del 4 de octubre de 1903, el Papa habla de esa guerra sacrílega que ahora, casi en todas partes, se suscita y se fomenta contra Dios.

Papa San Pío X

Porque en verdad, “Las naciones se han enfurecido y los pueblos han imaginado vanidades” (Sal. 2: 1) contra su Creador, tan frecuente es el grito de los enemigos de Dios: “Apártate de nosotros” (Job 21: 14)”. 

Por eso, en la mayoría de los casos, se ha extinguido el temor reverencial hacia el Dios eterno. Ni en la vida privada ni en la pública se tiene como principio su voluntad suprema. Más bien, se hace todo lo posible, con todas las artimañas, para que incluso el recuerdo de Dios y el pensamiento en Él desaparezcan por completo. Pío X continúa:

“Cuando se considera todo esto, hay buenas razones para temer que esta gran perversidad pueda ser como un anticipo, y quizás el comienzo de esos males que están reservados para los últimos días; y que puede estar ya en el mundo el "Hijo de Perdición" de quien habla el Apóstol (II. Tes. 2: 3)”.

Por lo tanto, ve claramente la dimensión apocalíptica que ha adquirido la lucha:

¡Tal es, en verdad, la audacia y la ira empleadas en todas partes para perseguir la religión, combatir los dogmas de la fe, en un esfuerzo descarado por desarraigar y destruir todas las relaciones entre el hombre y la Divinidad! Mientras que, en cambio, y esto según el mismo Apóstol es la marca distintiva del Anticristo, el hombre se ha puesto con infinita temeridad en el lugar de Dios, elevándose por encima de todo lo que se llama Dios; de tal manera que, aunque no puede extinguir por completo en sí mismo todo conocimiento de Dios, ha despreciado la majestad de Dios y, por así decirlo, ha hecho del universo un templo en el que él mismo ha de ser adorado. “Se sienta en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios” (II. Tes. 2: 4)”.

En su famosa encíclica Pascendi Dominici gregis, del 18 de noviembre de 1907, sobre los modernistas, afirma:

“Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados”.

A estos ataques y hostilidades, San Pío X opuso el principio inquebrantable bajo el que había colocado su pontificado: Instaurare omnia in Christo (Renovar todo en Cristo). 

“De ahí se sigue que, restaurar todas las cosas en Cristo y hacer que los hombres vuelvan a la sumisión a Dios es un mismo objetivo. A esto, entonces, Nos corresponde dedicar Nuestro cuidado: llevar a la humanidad de regreso al dominio de Cristo; hecho esto, lo habremos devuelto a Dios”... “Por lo tanto, si alguien nos pide un símbolo como expresión de nuestra voluntad, le daremos este y ningún otro: "Renovar todas las cosas en Cristo"”...  (E-Supremi)

Se trata del clásico “agere contra”, el programa contrario a la mencionada “guerra sacrílega que ahora, casi en todas partes, se suscita y se fomenta contra Dios”. A la llegada del Anticristo como usurpador, él le opone al verdadero Rey, Nuestro Señor Jesucristo.

El Santo Papa libró su batalla —¿cómo podría ser de otra manera?— en íntima unión con la Santísima Virgen María. Con motivo del 50º aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción, apareció su maravillosa Carta Apostólica Ad diem illum laetissimum, del 2 de febrero de 1904, en la que proclama la alabanza de la Inmaculada y sigue los pasos de San Luis María Grignion de Montfort y su Tratado sobre la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen María, rindiendo así, en cierto modo, un homenaje papal a este profeta mariano y a sus escritos.

San Luis María Grignion de Montfort

Pío X expresó su deseo: “Un intervalo de algunos meses traerá nuevamente ese día feliz en el que ... Nuestro Predecesor Pío IX ... rodeado de una noble corona de Cardenales y Obispos, pronunció y promulgó con la autoridad de la Magisterio infalible como verdad revelada por Dios de que la Santísima Virgen María en el primer instante de su concepción estaba libre de toda mancha de pecado original”.

Contra aquellos que lamentan “que hasta ahora estas esperanzas no se hayan cumplido”, señala los “dones secretos de la gracia” que “Dios ha concedido a su Iglesia por intercesión de la Santísima Virgen”.

“E incluso pasando por alto estos dones, ¿qué se puede decir del Concilio Vaticano tan oportunamente convocado? o del dogma de la infalibilidad papal tan convenientemente proclamado para afrontar los errores que estaban a punto de surgir; ¿O, finalmente, de ese fervor nuevo e inédito con el que los fieles de todas las clases y de todas las naciones se congregan desde hace tiempo para venerar en persona al Vicario de Cristo? Seguramente la Providencia de Dios se ha mostrado admirable en Nuestros dos predecesores, Pío y León, quien gobernó la Iglesia en los tiempos más turbulentos con tanta santidad a lo largo de un pontificado que no se concedió a nadie antes que ellos”.

El Santo Papa también ve las apariciones de Nuestra Señora de Lourdes en este contexto:

“Apenas Pío IX proclamó como dogma de la fe católica la exención de María de la mancha original, la misma Virgen inició en Lourdes esas maravillosas manifestaciones, seguidas de los vastos y magníficos movimientos que han producido esos dos templos dedicados a la Madre Inmaculada, donde los prodigios que aún se siguen produciendo por su intercesión aportan espléndidos argumentos contra la incredulidad de nuestros días”.
 
El Papa continúa: “Testigos, pues, como somos de todos estos grandes beneficios que Dios ha concedido a través de la benigna influencia de la Virgen en esos cincuenta años que están por cumplirse, ¿por qué no creer que nuestra salvación está más cerca de lo que pensábamos? tanto más cuanto que sabemos por experiencia que, en la dispensación de la Divina Providencia, cuando los males llegan a su límite, la liberación no está muy lejos”. Así, ve en este “signum magnum” un signo de esperanza, un verdadero arco iris.

“Pero la primera y principal razón, Venerables Hermanos, por la que el cincuentenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción debe suscitar un fervor singular en las almas de los cristianos reside para nosotros en esa restauración de todas las cosas en Cristo que tenemos ya establecido en nuestra primera encíclica. Porque, ¿puede alguien dejar de ver que no hay camino más seguro y directo que el de María para unir a toda la humanidad en Cristo y obtener por medio de él la perfecta adopción de hijos, para que seamos santos e inmaculados ante los ojos de Dios?”.

Este es también el principio de San Luis María y su oración constante: Adveniat regnum Mariae, ut adveniat regnum tuum” (Venga el reino de María, para que venga tu reino, oh Dios!). 


En este sentido, el Papa dice: 

“Estos principios se establecieron, y volviendo a nuestro diseño, que no verán que tenemos buenas razones para reclamar a María que -como compañera constante de Jesús desde la casa de Nazaret hasta la altura del Calvario, como más allá de todos los demás iniciada en los secretos de su Corazón, y como distribuidora, por derecho de su Maternidad, de los tesoros de sus méritos, es, por todas estas razones, una ayuda más segura y eficaz para nosotros para llegar al conocimiento y al amor de Jesucristo. Esos, ¡ay! con su conducta nos proporcionan una prueba perentoria de ello, quienes, seducidos por las artimañas del demonio o engañados por falsas doctrinas, creen que pueden prescindir de la ayuda de la Virgen. ¡Infelices los que descuidan a María con el pretexto del honor que se le debe rendir a Jesucristo! ¡Como si el Niño pudiera encontrarse en otro lugar que no fuera con la Madre!”.

El Santo Papa destaca el efecto del dogma de la Inmaculada Concepción sobre las virtudes, en particular la virtud de la fe. 

“¿Cuál es verdaderamente el punto de partida de los enemigos de la religión para la siembra de los grandes y graves errores por los que se tambalea la fe de tantos? Empiezan por negar que el hombre haya caído por el pecado y haya sido arrojado de su posición anterior”. 

Esta negación está contenida en la concepción liberal de la “dignidad humana” inherente e inalienable a todos los seres humanos desde su nacimiento, mientras que en realidad, el hombre nace en pecado y necesita el Bautismo para recuperar su dignidad.

“De ahí que consideren como meras fábulas el pecado original y los males que fueron su consecuencia. La humanidad viciada en su origen vicia a su vez a toda la raza humana; y así se introdujo el mal entre los hombres y se involucró la necesidad de un Redentor. Al rechazar todo esto es fácil comprender que no quede lugar para Cristo, para la Iglesia, para la gracia o por cualquier cosa que esté más allá de la naturaleza; en una palabra todo el edificio de la fe se estremece de arriba abajo”.

En contra: “Pero que la gente crea y confiese que la Virgen María ha sido preservada de toda mancha desde el primer momento de su concepción; es inmediatamente necesario que admitan tanto el pecado original como la rehabilitación del género humano por Jesucristo, el Evangelio y la Iglesia y la ley del sufrimiento. En virtud de este Racionalismo y Materialismo se arranca de raíz y se destruye, y queda a la sabiduría cristiana la gloria de tener que guardar y proteger la verdad”. Esto es precisamente, como hemos visto, el contenido de las apariciones de Lourdes, que vuelven a enfatizar especialmente la relación entre el sufrimiento y la enfermedad con el pecado.

Pío X continúa: “Además, es un vicio común a los enemigos de la fe de nuestro tiempo, especialmente, que repudian y proclaman la necesidad de repudiar todo respeto y obediencia a la autoridad de la Iglesia, e incluso a cualquier poder humano, en la idea de que así será más fácil poner fin a la fe. Aquí tenemos el origen del anarquismo, que nada es más pernicioso y pestilente para el orden de las cosas, sean naturales o sobrenaturales”. Se trata de la aspiración liberal a la “libertad”, que también ha causado un daño considerable entre los católicos.


También en este caso, el “signum magnum” de la Inmaculada Concepción es el remedio. Porque “esta plaga, que es igualmente fatal para la sociedad en general y para el cristianismo, encuentra su ruina en el dogma de la Inmaculada Concepción por la obligación que impone de reconocer en la Iglesia un poder ante el cual no sólo tiene la voluntad de inclinarse, sino la inteligencia para sujetarse. Es a partir de una sujeción de esta razón que el pueblo cristiano canta así la alabanza de la Madre de Dios: "Eres toda hermosa, oh María, y la mancha del pecado original no está en ti" (Misa de Immac. Concep.). Y así se justifica una vez más lo que la Iglesia atribuye a esta augusta Virgen que ha exterminado todas las herejías del mundo”.

El Santo Papa también se refiere directamente al gran signo del Apocalipsis: "Una gran señal", así describe el apóstol San Juan una visión que le envió divinamente, aparece en los cielos: "Una mujer vestida del sol, y con la luna debajo de sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza" (Apoc . 12: 1). Todos saben que esta mujer significaba la Virgen María, la inmaculada que dio a luz nuestra Cabeza. Continúa el Apóstol: "Y estando encinta, lloró de parto y tuvo dolores de parto" (Apoc. 12: 2). Juan, por tanto, vio a la Santísima Madre de Dios ya en la felicidad eterna, pero sufriendo un misterioso parto. ¿Qué nacimiento fue? Seguramente fue el nacimiento de nosotros que, aún en el exilio, aún estamos por ser engendrados a la perfecta caridad de Dios y a la felicidad eterna. Y los dolores de parto muestran el amor y el deseo con que la Virgen del cielo nos vela y se esfuerza con oración incansable para lograr el cumplimiento del número de los elegidos”. Aquí hay también otra explicación para las lágrimas de Nuestra Señora de La Salette.

San Pío X concluye su carta “manifestando de nuevo la gran esperanza. Apreciamos fervientemente que a través de este extraordinario don del Jubileo otorgado por Nosotros bajo los auspicios de la Virgen Inmaculada, un gran número de los que están desgraciadamente separados de Jesucristo puedan regresar a Él, y que el amor a la virtud y el fervor de la devoción puedan florecer de nuevo entre el pueblo cristiano”. “Hace cincuenta años, cuando Pío IX proclamó como artículo de fe la Inmaculada Concepción de la Santísima Madre de Cristo, parecía, como ya dijimos, como si se derramara sobre la tierra una increíble riqueza de gracia; y con el aumento de la confianza en la Virgen Madre de Dios, el antiguo espíritu religioso del pueblo se acrecentó grandemente en todas partes. ¿Está prohibido esperar cosas aún mayores para el futuro?”

Como predijo San Luis María: “Especialmente hacia el fin del mundo, y muy pronto, María será venerada en la tierra con un fervor sin precedentes; porque precisamente para los últimos tiempos, Dios ha decidido, en unión con su Santa Madre, criar santos que superarán en santidad a la mayoría de los demás santos, como los cedros del Líbano se elevan por encima de los arbustos”.


Pío X: En medio de este diluvio de maldad, la Virgen Clemente se levanta ante nuestros ojos como un arco iris, como árbitro de la paz entre Dios y el hombre: "pongo mi arco en las nubes y será por señal del pacto entre yo y la tierra" (Génesis 9: 13). "Cuando el arco esté en las nubes, lo miraré para acordarme del pacto eterno entre Dios y todo ser viviente de toda carne que está sobre la tierra" (Génesis 9: 16). "Y nunca más se convertirán las aguas en diluvio para destruir toda carne". Qué palabras tan consoladoras también para nosotros y qué indicación de la verdadera era del arco iris, que es la era de María.

Así concluye el Santo Papa con la perspectiva, también contemplada por San Luis María para los últimos tiempos, de la que pisará la serpiente, ya prometida en el Paraíso: “Si confiamos como debemos en María, ahora especialmente cuando estamos a punto de celebrar, con más fervor que de costumbre, su Inmaculada Concepción, reconoceremos en ella a esa Virgen poderosa "que con pie virginal aplastó la cabeza de la serpiente"”.
 
Estas citas bastante detalladas muestran la visión profética de este Santo Papa, pero también, una vez más, la estrecha relación entre la Santísima Virgen María y el representante de su divino Hijo en la Tierra. Pío X murió el 20 de agosto de 1914, siendo la primera víctima de la Primera Guerra Mundial. “La guerra, que había previsto desde hacía mucho tiempo y que intentó evitar con llamamientos a la paz, le habría roto el corazón, según una declaración contemporánea del Vaticano” (Wikipedia). Al final de su vida, también vio que todas sus medidas contra los modernistas no habían tenido el éxito deseado. Estos solo se habían agachado y volverían a levantarse para continuar su ataque contra la Iglesia desde dentro. En su motu proprio del 1 de septiembre de 1910, el Santo Papa se lamenta: “Nos parece que a ningún Obispo se le oculta que esa clase de hombres, los modernistas, cuya personalidad fue descrita en la encíclica Pascendi dominici gregis (1), no han dejado de maquinar para perturbar la paz de la Iglesia. Tampoco han cesado de atraerse adeptos, formando un grupo clandestino” (Sacrorum Antistitum)

El último emperador

Si bien las fuerzas hostiles a la Iglesia casi habían alcanzado su objetivo en el cónclave de 1903, el emperador austriaco se lo impidió. Por lo tanto, estaba claro que, para conquistar la Santa Sede, primero debía caer el Imperio austriaco. Este fue uno de los principales objetivos de la Primera Guerra Mundial.

Sobre el Imperio austriaco, la “monarquía danubiana”, dice en una conferencia un destacado conocedor de la materia, el padre Thomas Jentzsch:

“El imperio era la monarquía danubiana, que no era un Estado nacional. Se basaba más bien en la antigua idea del Sacro Imperio Romano Germánico, que existió hasta el 6 de agosto de 1806. Bajo la presión de Napoleón y con el apoyo de un gran número de príncipes alemanes que se habían pasado al bando de Napoleón, el último emperador, Francisco II, declaró la disolución del imperio. Antes de estos acontecimientos, en 1804, el último emperador romano había elevado sus territorios hereditarios, Austria con Bohemia y Hungría, a imperio hereditario. Así, durante dos años existió un doble imperio: por un lado, el Imperio alemán y, por otro, el Imperio hereditario austriaco. Posteriormente, el Imperio Romano pasó a ser el Imperio hereditario austriaco. Además, se adoptaron los colores imperiales negro y dorado. El Imperio austriaco se presentó legalmente como el Estado sucesor del Imperio Romano, vinculado a la idea de una familia de Estados cristianos supranacionales”.

En otro lugar, nuestro autor escribe sobre este Imperio romano, que duró desde el emperador Carlomagno (800) hasta el emperador Francisco II:

“En 1806, el Sacro Imperio Romano Germánico, que había perdurado durante mil años, fue declarado extinto y disuelto por el emperador Francisco II bajo la presión de las circunstancias de la época. El papa Pío VII, por su parte, había impugnado la validez jurídica de esta declaración, ya que el emperador solo podía renunciar a la corona personalmente. Sin embargo, esto no significaba que una realidad religiosa e ideal, como la del Sacro Imperio Romano Germánico, “ya no exista”. El Sacro Imperio Romano Germánico fue el principio social y estatal decisivo de la cristiandad occidental. Se trataba de una alianza entre el Imperio y la Iglesia, que Carlomagno había establecido por primera vez. Este Imperio, como monarquía universal, estaba destinado a dar a la cristiandad la forma de Estado que, como reino de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra, mejor se ajustaba al Evangelio. Cabe recordar, sobre todo, que la monarquía es la única institución política que recibe la santificación de la Iglesia en un acto religioso solemne: la coronación y la unción con óleo santo. A través de la gracia divina en el acto de la consagración, el gobernante se convertía en una persona santificada. Estaba al servicio de la realeza universal de Jesucristo como defensor de los derechos de Dios en el mundo. Además, encarnaba de manera mística al pueblo en su totalidad y los principios morales en los que se basaban los cimientos del Estado, a saber, la justicia como representación terrenal de la autoridad y el poder divinos, así como la concordia social y nacional en su realización. El Imperio era la orientación de la sociedad hacia Dios, una comunidad supranacional de Estados y culturas de muchos pueblos, unidos en la persona del emperador. Era una de las formas de organización más nobles y perfectas que jamás hayan existido en esta tierra. El gobernante, como ungido, es el representante del poder divino en la tierra. Se asemeja a la realeza de Cristo a través de la unción eclesiástica”.

Por lo tanto, está claro que primero había que destruir los restos del Sacro Imperio Romano Germánico en forma de la monarquía danubiana, esa potencia protectora de la Santa Iglesia Romana al servicio de la realeza universal de Jesucristo, antes de poder atacar a la Santa Sede. San Pablo escribe en su segunda carta a los Tesalonicenses sobre el inminente Anticristo: “También sabéis lo que ahora lo detiene, para que se manifieste en su momento. Porque el misterio de la iniquidad ya está en acción, solo que el que ahora lo detiene lo detiene hasta que sea quitado. Y entonces se manifestará aquel inicuo...” (2 Tes 2,6-8). En la Biblia Allioli encontramos el siguiente comentario al respecto: “Muchos Santos Padres, entre ellos Crisóstomo y Jerónimo, entendieron bien que, según Daniel 2,40, el Imperio Romano era la fuerza que lo impedía”.

Carlos I de Austria

El último monarca de la monarquía danubiana fue el santo emperador Carlos de Austria. P. Jentzsch nos ofrece la siguiente breve reseña sobre él: “El emperador Carlos nació el 17 de agosto de 1887 en Persenbeug. En 1911 se casó con la princesa Zita de Borbón-Parma (fallecida en 1989). Dios bendijo este matrimonio con ocho hijos. El 21 de noviembre de 1916, en la festividad de la Presentación del Señor —todas las fechas importantes de su vida estaban relacionadas con las fiestas marianas—, el siervo de Dios Carlos se convirtió en emperador de Austria en los momentos más difíciles. El 30 de diciembre de 1916 fue coronado rey apostólico de Hungría en Budapest”.

Sobre su destino se dice:

Despreciado incluso por sus aliados, ya que llevaba a cabo una política muy previsora y orientada al futuro (si se tienen en cuenta sus esfuerzos por la paz y la reorganización federal del Imperio), finalmente fue traicionado y abandonado por sus colaboradores más cercanos. Al final de la Primera Guerra Mundial, se encontraba solo, salvo por unos pocos fieles, pero sin perder la fe en su misión, con una firme confianza en Dios y entregado a la voluntad divina. También en el emperador Carlos se cumplió la palabra del prólogo de Juan: 'vino a lo suyo, pero los suyos no lo recibieron'. Fue expulsado de su patria sin renunciar al trono. Según su convicción, un gobernante nunca podía abdicar. Lejos de sus propiedades privadas y despojado de toda seguridad terrenal, vilipendiado por mentiras y calumnias, murió el 1 de abril de 1922, a los 35 años, en el exilio, en la isla de Madeira, en presencia y adoración del Santísimo Sacramento, con las palabras: “Hágase tu voluntad”. Como casi ningún otro ser humano, fue calumniado y difamado. Perdonando a todos de corazón, siguió el ejemplo de su Maestro en el exilio en Madeira y ofreció su joven vida a Dios Padre por la Santa Iglesia y sus pueblos. ... El Santo Papa Pío X profetizó sobre el emperador Carlos: “Será la salvación de sus pueblos, pero solo después de su muerte”.

En un libro sobre el emperador Carlos, nuestro autor también aborda en detalle la dimensión apocalíptica de este emperador y su caída:

“Detengámonos un momento en las palabras del Papa Pío XII, quien en 1957 dijo: “Hay señales de que la venida de Cristo no está lejos”. También en este contexto podemos interpretar las intenciones del emperador. De ello se deriva una conclusión de magnitud apocalíptica. Un librito del año 1310 resume la opinión extendida en la Edad Media de que el Imperio Romano perdurará hasta la llegada del Anticristo. No es el único libro en el que se expresa esta opinión, sino que se trata simplemente de uno de los libros más antiguos, escrito por un benedictino de Admont. ... La señal de alarma del inminente fin del Imperio es la gran triple apostasía. Engelbert von Admont interpreta estas palabras a su manera: La apostasía de los pueblos del Imperio Romano; la apostasía de la Iglesia y la apostasía de la fe”. El emperador Carlos quería salvar esta triple brecha. Para ello, había puesto todo su empeño en la balanza. Las acciones del emperador Carlos deben entenderse a partir de estas perspectivas apocalípticas. Solo se puede comprender y entender su aferramiento a la corona y a su tarea real si se tiene presente esta perspectiva” (Thomas Jentzsch: Kaiser Karl I.).

Continuamos leyendo:

Esta triple apostasía, la apostasía del reino, del orden secular, es el primer paso. La apostasía de la Iglesia es el segundo paso, tal y como lo vivimos durante la Reforma. Lo que vivimos hoy en día no es más que la apostasía de la fe, y no solo fuera de la Iglesia a través de las grandes ideologías mundiales de Oriente y Occidente, sino también la apostasía de la fe en lo más profundo, es decir, dentro de la propia Iglesia. En este punto se encuentran dos figuras decisivas de nuestro siglo que se dan la mano. Por un lado, el Papa San Pío X, que de manera profética tomó, por así decirlo, los antídotos a través de su lucha contra el modernismo. Por otro lado, su contemporáneo, el emperador Carlos, que como representante del Imperio representa a la otra parte de la jerarquía. Ambos se conocían, se apreciaban y se respetaban. Juntos hicieron heroicamente lo que les correspondía para mantener este baluarte contra el dominio del Anticristo, tal y como está escrito en el Apocalipsis, la revelación secreta”.

Por su parte, la masonería no permaneció inactiva:

“En vista de esta visión apocalíptica de las cosas, el emperador, como sabemos hoy, había rechazado decididamente todas las tentadoras ofertas de los masones. Los masones querían ayudarle a volver al trono, pero el emperador debía aceptar varias promesas y condiciones misteriosas. Debía contentarse con un papel puramente representativo y renunciar al ejercicio de su “ministerio pascual” como rey coronado y ungido. El emperador Carlos no accedió a estas exigencias. Desde este punto de vista, la figura de este emperador crece hasta alcanzar una altura gigantesca ante la historia y, sin duda, también ante Dios. En ambos casos, se mantuvo fiel a su juramento de coronación y a la corona. No quería convertirse en un traidor. Las palabras que le gritó su consagrador durante su coronación se habían convertido en un presentimiento aterrador: “Permanece y defiende tu lugar: sta et retine”. El emperador sabía que si abandonaba el lugar en el que Dios lo había colocado, se abrirían las puertas al caos. Comenzaría el reinado del Anticristo. Solo así podemos comprender mejor las acciones individuales del emperador. ... Nunca se trató de su propia persona ni de ninguna pretensión personal de poder. Más bien era la preocupación por sus pueblos y, en especial, por el Santo Imperio, que solo vivía en él como rey coronado, consagrado y ungido. Su preocupación era defenderse de las fuerzas destructivas que darían paso al reinado del Anticristo.

No nos sorprende que este emperador santo, el último representante del Sacro Imperio Romano Germánico, en el que esta idea resurgió con toda su fuerza, tuviera una relación especial con la Santísima Virgen María, la que aplastará al dragón. Rezaba el rosario todos los días y lo consideraba una de sus tareas más importantes. Como ya se ha mencionado anteriormente, su vida estaba visiblemente bajo la protección de la Madre de Dios, lo que se manifestaba en el hecho de que todas las fechas importantes de su vida estaban relacionadas con las fiestas marianas. Así pues, su sacrificio no fue en vano, aunque su destierro y su muerte sellaron inicialmente el destino de la monarquía danubiana y, con ello, el del Sacro Imperio Romano Germánico.

Las potencias anticatólicas destituyeron al soberano de su cargo sagrado y lo secularizaron, y los tronos fueron derrocados. El objetivo secreto de la logia era llevar a cabo este proyecto mediante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, con ello no se había alcanzado aún el objetivo. El caos, al que se le abrieron las puertas en aquel entonces, ha continuado. En los últimos tiempos, la lucha se dirige contra la Iglesia y contra el altar. ... Una vez eliminada la fuerza secular dentro del orden sagrado, en la jerarquía, la lucha debía continuar. El Papa fue la siguiente víctima. Se eliminó la fuerza protectora de la Iglesia.

Pero una vez más, la Inmaculada estuvo allí para descubrir y destruir la malicia de la serpiente.

7 de diciembre de 2013