lunes, 31 de julio de 2000

HAERENT ANIMO (4 DE AGOSTO DE 1908)


EXHORTACIÓN APOSTÓLICA

HAERENT ANIMO

DE S.S. SAN PÍO X

SOBRE LA SANTIDAD DEL CLERO

1. Grabadas en el ánimo profundamente y llenas de espanto se mantienen aquellas palabras que a los Hebreos dirigía el Apóstol de las Gentes cuando, al instruirles sobre la obediencia debida a los superiores, hablaba en estos gravísimos términos: Ellos en verdad velan por vosotros, como quienes han de dar cuenta de vuestras almas (He 13,17). Y si esta advertencia se refiere a cuantos en la Iglesia tienen autoridad, toca sobre todo a Nos que, a pesar de Nuestra insuficiencia, ejercemos en ella -por divina ordenación- la suprema autoridad. Por ello, con Nuestra incesante solicitud, día y noche nunca cesamos de pensar y de procurar todo cuanto atañe a la defensa y al aumento de la grey del Señor.

Y, entre todos, Nos preocupa sobremanera este asunto: el que los ministros sean plenamente cual deben ser por su cargo. Pues bien persuadidos estamos de que así es, sobre todo, como puede esperarse el buen estado y el progreso de la Religión. Por ello, desde que fuimos investidos del Pontificado, aunque, considerado el clero en general, bien claros se veían sus muchos méritos, creímos, sin embargo, que debíamos exhortar con todo empeño a Nuestros venerables Hermanos, los Obispos de todo el orbe católico, para que de nada se ocuparan con mayor constancia y actividad como de formar a Cristo en todos los que por su ministerio están destinados a formar al mismo Cristo en los demás. Y bien hemos comprobado Nos cuál ha sido el celo de los Prelados en cumplir Nuestro cargo. Bien hemos comprobado con qué vigilancia y con cuánta solicitud se han aplicado asiduamente a formar a su clero en la virtud: por ello queremos, más que alabarles, darles las gracias públicamente.


2. Ahora bien: si, a consecuencia de este cuidado de los Obispos, vemos con regocijo cómo se ha reanimado el fuego divino en un gran número de sacerdotes, de suerte que recobrarán o aumentarán la gracia de Dios que recibieron por la imposición de las manos de los presbíteros; pero aún Nos hemos de lamentar de que otros, en algunos países, no se muestran tales que el pueblo cristiano, al poner con razón sus ojos en ellos como en un espejo, pueda ver lo que ha de imitar. A éstos, pues, queremos manifestar Nuestro corazón en esta Carta: corazón en verdad paterno, que late con amor lleno de angustia a la vista de su hijo gravemente enfermo. Inspirados en este amor, queremos añadir Nuestras exhortaciones a las del Episcopado; y, aunque, sobre todo, tienen por objeto el reducir a los extraviados y a los tibios, queremos que también a los demás sirvan de estímulo. Queremos señalarles el camino seguro que cada cual ha de esforzarse por seguir cada día con mayor empeño, para ser verdaderamente, según la clara expresión del Apóstol, el hombre de Dios (1Tm 6,11), y para corresponder a todo lo que tan justamente espera la Iglesia.

Nada os diremos que no os sea conocido, ni nuevo para nadie, sino lo que importa bien que todos recuerden: Dios Nos hace sentir que Nuestra palabra producirá abundante fruto. Ved, pues, lo que os pedimos: Renovaos... en el espíritu de vuestra vocación y revestíos del hombre nuevo, que ha sido creado según Dios en justicia y en verdad (Ep 4,23-24); para Nos, éste será vuestro presente más hermoso y más agradable en el quincuagésimo aniversario de Nuestro sacerdocio. Cuando examinemos Nos ante Dios con un corazón contrito y espíritu de humildad (Da 3,39) estos años pasados en el sacerdocio, Nos parecerá poder expiar en alguna manera todo cuanto de humano haya de llorarse, recomendándoos y exhortándoos a caminar dignamente para en todo agradar a Dios (Col 1,10). -Mas con esta exhortación no sólo miramos por vuestro bien particular, sino también por el bien general de los católicos todos, pues no puede separarse el uno del otro. Porque no es tal la condición del sacerdote que pueda ser bueno o malo sólo para sí, ya que su vida y costumbres tan poderosamente influyen en el pueblo. Allí donde haya un buen sacerdote, ¡qué bien tan grande y precioso tienen!

3. Comenzaremos, por lo tanto, queridos hijos, Nuestra exhortación excitándoos a la santidad de vida que la excelencia de vuestra dignidad requiere. -Todo el que ejerce el sacerdocio no lo ejerce sólo para sí, sino también para los demás: Porque todo Pontífice tomado de entre los hombres está constituido para bien de los hombres en las cosas que miran a Dios (He 5,1). El mismo pensamiento expresó Jesucristo cuando, para mostrar la finalidad de la acción de los sacerdotes, los comparó con la sal y con la luz. El sacerdote es, por lo tanto, luz del mundo y sal de la tierra. Nadie ignora que esto se realiza, sobre todo, cuando se comunica la verdad cristiana; pero ¿puede ignorarse ya que este ministerio casi nada vale, si el sacerdote no apoya con su ejemplo lo que enseña con su palabra? Quienes le escuchan podrían decir entonces, con injuria, es verdad, pero no sin razón: Hacen profesión de conocer a Dios, pero le niegan con sus obras (Tt 1,16); y así rechazarían la doctrina del sacerdote y no gozarían de su luz. Por eso el mismo Jesucristo, constituido como modelo de los sacerdotes, enseñó primero con el ejemplo y después con las palabras: Empezó Jesús a hacer y a enseñar (Ac 1,1). -Además, si el sacerdote descuida su santificación, de ningún modo podrá ser la sal de la tierra, porque lo corrompido y contaminado en manera alguna puede servir para dar la salud, y allí, donde falta la santidad, inevitable es que entre la corrupción. Por ello Jesucristo, al continuar aquella comparación, a tales sacerdotes les llama sal insípida que para nada sirve ya sino para ser tirada, y por ello ser pisada por los hombres (Mt 5,13).

4. Verdades éstas, que con mayor claridad aparecen, si se considera que nosotros, los sacerdotes, no ejercemos la función sacerdotal en nombre propio, sino en el de Cristo Jesús. Así, dice el Apóstol, nos considere todo hombre como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1Co 14,1); somos embajadores de Cristo (2Co 5,20). -Por esta razón, Jesucristo mismo nos miró como amigos y no como siervos. Ya no os llamaré siervos..., os he llamado amigos: porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he hecho conocer a vosotros... Os he escogido y destinado para que vayáis al mundo y hagáis fruto (Jn 15,15-16). -Tenemos, pues, que representar a la persona de Cristo; pero la embajada, por El mismo dada, ha de cumplirse de tal modo que alcancemos lo que él se propuso. Y como querer o no querer la misma cosa es la sólida amistad, estamos obligados, como amigos, a sentir en nosotros lo que vemos en Jesucristo, que es santo, inocente, inmaculado (He 7,26): como embajadores suyos, hemos de ganar -para sus doctrinas y leyes- la confianza de los hombres, comenzando antes por observarlas nosotros mismos; como participantes de su poder, tenemos que liberar las almas de los demás de los lazos del pecado, pero hemos de procurar con todo cuidado no enredarnos nosotros mismos en ellos. Pero sobre todo, como ministros suyos, al ofrecer el sacrificio por excelencia, que cada día se renueva -en virtud de una fuerza perenne- por la salud del mundo, nos hemos de poner en aquella misma disposición de alma con que El se ofreció a Dios cual hostia inmaculada en el ara de la Cruz.

5. Si antiguamente, cuando no había sino símbolos y figuras, se requería santidad tan grande en los sacerdotes, ¿qué no habrá de exigirse a nosotros, cuando Cristo mismo es la víctima? ¿A quién no debe aventajar en pureza el que goza de semejante sacrificio? ¿A qué rayo de sol en esplendor la manos que parte esta carne, la boca que se llena del fuego espiritual, la lengua que se enrojece con la sangre que hace temblar? (S. Io. Chrysost. In Mt hom. 82, n. 5). Con gran razón insistía así San Carlos Borromeo, en sus discursos al clero: "Si nos acordáramos, queridísimos hermanos, de cuán grandes y cuán dignas cosas ha puesto Dios en nuestras manos, ¡qué fuerza tendría esta consideración para excitarnos a vivir una vida digna de sacerdotes! ¿Qué no ha puesto el Señor en mí mano, cuando ha puesto a su propio Hijo, unigénito, coeterno y consubstancial a sí mismo? En mi mano ha puesto todos sus tesoros, los sacramentos, la gracia; ha puesto las almas, para él lo más precioso, que ha amado más que a sí mismo, pues las ha comprado a precio de su misma sangre; en mi mano ha puesto el mismo cielo, que yo pueda abrir y cerrar a los demás... ¿Cómo podría, pues, yo ser tan ingrato a tan gran dignación y amor, que llegue a pecar contra El, a ofender su honor, a contaminar este cuerpo que es suyo, a profanar esta dignidad, esta vida consagrada a su servicio?".

6. A esta santidad de vida, de la que aún queremos hablar más todavía, atiende la Iglesia por medio de esfuerzos tan grandes como continuos. Para ello instituyó los Seminarios: en éstos, los jóvenes que se educan para el sacerdocio han de ser imbuidos en ciencias y letras, han de ser al mismo tiempo, pero de un modo especial, formados desde sus más tiernos años en todo cuanto a la piedad concierne. Después, como solícita madre, la Iglesia los conduce gradualmente al sacerdocio, con largos intervalos en los que no perdona medio alguno para exhortarles a que adquieran la santidad. Place bien recordar aquí todo esto.

Cuando ya la Iglesia nos alistó en la sagrada milicia, quiso confesáramos con verdad que el Señor es parte de mi herencia y de mi suerte: Vos sois, Dios mío, quien me devolveréis esta herencia (Ps 15,5). Por estas palabras -dice San Jerónimo- el clérigo queda bien avisado de que él, que es parte del Señor o tiene al Señor por parte suya, se muestre tal, que también posea al Señor y sea poseído por El (Ep. 52, ad Nepot n. 5).
¡Qué lenguaje tan grave emplea la Iglesia con aquellos que van a ser promovidos al subdiaconado! Una y muchas veces habréis de considerar la carga que voluntariamente tomáis sobre vuestros hombros... Porque, si recibís este orden, no os será permitido volver atrás en vuestra decisión, sino que tendréis que servir siempre a Dios y guardar, con su ayuda, la castidad. Y, por fin: Si hasta el presente habéis estado retraídos de la Iglesia, desde ahora debéis ser asiduos en frecuentarla; si hasta hoy soñolientos, desde ahora vigilantes...; si hasta aquí deshonestos, en lo sucesivo castos... ¡Ved qué ministerio se os confiere! -Por los que van a pasar al diaconado, la Iglesia ruega así a Dios, por la voz del Obispo: Que en ellos abunde el modelo de toda virtud, una autoridad modesta, un pudor constante, la pureza de la inocencia y la observancia de la disciplina espiritual... Que en sus costumbres brillen tus preceptos, a fin de que, con el ejemplo de su castidad el pueblo fiel tenga como propio un modelo que imitar. -Más conmovedora aún es la advertencia dirigida a los que han de ser elevados al sacerdocio: Preciso es subir con gran temor a grado tan alto y procurar que la sabiduría celestial, la probidad de las costumbres y la perpetua observancia de la justicia recomienden a los escogidos para tal cargo... Que el perfume de vuestra vida sea la alegría de la Iglesia de Dios, de manera que por la predicación y el ejemplo construyáis la casa, es decir, la familia de Dios. Pero, sobre todo, nos ha de mover aquel gravísimo mandato que añade: Imitad lo que tenéis entre manos, el cual ciertamente concuerda con aquel precepto de San Pablo: Hagamos a todo hombre perfecto en Jesucristo (Col 1,28).

7. Siendo, por lo tanto, éste el pensamiento de la Iglesia, en cuanto a la vida sacerdotal, a nadie podrá parecer extraño que los Santos Padres y Doctores estén todos tan unánimes en este asunto que hasta puedan parecer quizá demasiado prolijos; y, sin embargo, si los juzgamos con prudencia, concluiremos que nada han enseñado que no sea plenamente recto y verdadero. A esto se reducen sus palabras: Entre el sacerdote y cualquier hombre probo debe haber tanta diferencia como entre el cielo y la tierra, por cuya razón se ha de procurar que la virtud del sacerdote no sólo esté exenta de las más graves culpas, sino también aun de las más leves. El Concilio de Trento siguió en esto el juicio de hombres tan venerables, cuando advirtió a los clérigos que huyesen hasta de las faltas leves, que en ellos serían muy grandes (Sess. 22 de reform. c. 1); muy grandes, en efecto, no en sí, sino con relación al que las comete, y a quien, con mayor razón que a las paredes de nuestros templos, ha de aplicarse esta frase de la Escritura: La santidad es propia de tu casa (Ps 92,5).

8. Ahora bien: preciso es determinar en qué haya de consistir esta santidad, de la cual no es lícito que carezca el sacerdote; porque el que lo ignore o lo entienda mal, está ciertamente expuesto a un peligro muy grave. Piensan algunos, y hasta lo pregonan, que el sacerdote ha de colocar todo su empeño en emplearse sin reserva en el bien de los demás; por ello, dejando casi todo el cuidado de aquellas virtudes -que ellos llaman pasivas- por las cuales el hombre se perfecciona a sí mismo, dicen que toda actividad y todo el esfuerzo han de concentrarse en la adquisición y en el ejercicio de las virtudes activas. Maravilla cuánto engaño y cuánto mal contiene esta doctrina. De ella escribió muy sabiamente Nuestro Predecesor, de feliz memoria: Sólo aquel que no se acuerde de las palabras del Apóstol: "Los que El previó, también predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo" (Rm 8,29), sólo aquél -digo- podrá pensar que las virtudes cristianas son acomodadas las unas a un tiempo y las otras a otro. Cristo es el Maestro y el ejemplo de toda santidad, a cuya norma se ajusten todos cuantos deseen ocupar un lugar entre los bienaventurados. Ahora bien: a medida que pasan los siglos, Cristo no cambia, sino que es el mismo "ayer y hoy, y será el mismo por todos los siglos" (He 13,8). Por lo tanto, a todos los hombres de todos los tiempos se dirige aquello: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,20): y en todo momento se nos muestra Cristo "hecho obediente hasta la muerte" (Ph 2,8). También aquellas palabras del Apóstol: "Los que son de Cristo han crucificado su carne con los vicios y las concupiscencias" (Ga 5,24) valen igualmente para todos los tiempos.


9. Verdad es que estas enseñanzas se aplican por igual a todos los fieles, pero dicen mejor con los sacerdotes; y, como dicho a ellos antes que a los demás, han de tomar lo que Nuestro Predecesor añadía con su apostólico celo: Quisiera Dios que estas virtudes fuesen practicadas ahora por mayor número de gente, como lo fueron por tantos santos personajes de tiempos pasados, que en humildad de corazón, obediencia y abstinencia fueron "poderosos en obras y palabras", con provecho muy grande para la religión y la sociedad. Ni está fuera de lugar el recordar cómo el sapientísimo Pontífice con toda razón hace una muy singular mención de aquella abstinencia que, en lenguaje evangélico, llamamos "abnegación de sí mismo". En efecto, queridos hijos, en ella principalmente están contenidas la fuerza, la eficacia y todo el fruto del ministerio sacerdotal; así como de su negligencia procede todo cuanto en las costumbres del sacerdote puede ofender los ojos y las conciencias de los fieles. Porque, si alguno obra por un vergonzoso afán de lucro, si se enreda en negocios temporales, si ambiciona los primeros puestos y desprecia los demás, si se hace esclavo de la carne y de la sangre, si busca el agradar a los hombres, si confía en las palabras persuasivas de la sabiduría humana, todo ello proviene de que desdeña el mandato de Cristo y desprecia la condición por El puesta: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo (Mt 16,24).

10. Mientras Nos inculcamos tanto todo esto, no dejamos de advertir al sacerdote que no ha de vivir santamente para sí solo, pues él es el obrero que Cristo salió a contratar para su viña (Mt 20,1). Le corresponde, pues, arrancar las perniciosas hierbas, sembrar las útiles, regarlas y velar para que el enemigo no siembre luego la cizaña. Guárdese bien, por lo tanto, el sacerdote, no sea que, al dejarse llevar por un afán inconsiderado de su perfección interior, descuide alguna de las obligaciones de su ministerio que al bien de los fieles se refieren. Tales son: predicar la palabra divina, oír confesiones cual conviene, asistir a los enfermos, sobre todo a los moribundos, enseñar la fe a los que no la conocen, consolar a los afligidos, hacer que vuelvan al camino los que yerran, imitar siempre y en todo a Cristo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los tiranizados por el diablo (Ac 10,38).

11. Pero, en medio de toda esta actividad, que en su alma esté siempre profundamente grabada la advertencia insigne de San Pablo: Ni él que planta es algo, ni él que riega; sino él que obra el crecimiento, Dios (1Co 3,7). Bien está que entre lágrimas vaya echando las semillas, bien que luego las cuide con todo esmero; pero que germinen y den el fruto deseado, sólo pertenece a Dios y a su auxilio todopoderoso. Y es que, sobre todo, siempre se ha de tener muy presente que los hombres no son sino instrumentos que usa Dios para la salvación de las almas; por ello, siempre han de estar muy bien preparados para que Dios pueda servirse de ellos. Pero ¿de qué modo? ¿Creemos, por ventura, que Dios se moverá a valerse de nuestra actividad, en el extender su gloria, por alguna excelencia nuestra ingénita o lograda por el trabajo? En manera alguna; porque escrito está: Dios se escogió lo necio del mundo para confundir al sabio; y lo débil del mundo, para confundir lo fuerte; y lo vil del mundo, lo tenido en nada y lo que no es, se lo escogió Dios para anular lo que es (1Co 1,27-28).

12. En realidad, tan sólo hay una cosa que une al hombre con Dios, haciéndole agradable a sus ojos e instrumento no indigno de su misericordia: la santidad de vida y de costumbres. Si esta santidad, que no es otra que la eminente ciencia de Jesucristo, faltare al sacerdote, le falta todo. Pues, separados de esta santidad, el caudal mismo de la ciencia más escogida -que Nos mismo procuramos promover en el clero-, la actividad y el acierto en el obrar, aunque puedan ser de alguna utilidad, ya a la Iglesia, ya a cada uno de los cristianos, no rara vez les son lamentable causa de perjuicios. Pero cuánto pueda, por ínfimo que sea, emprender y lograr con gran beneficio para el pueblo de Dios quien esté adornado de santidad y por la santidad se distinga, lo prueban numerosos testimonios de todos los tiempos, y admirablemente el no lejano de Juan B. Vianney, ejemplar cura de almas, a quien Nos tuvimos gran placer en decretar el honor debido a los Beatos. -Únicamente la santidad nos hace tales como nos quiere nuestra divina vocación, esto es, hombres que estén crucificados para el mundo y para quienes el mundo mismo esté crucificado, hombres que caminen en una nueva vida y que, como enseña San Pablo, en medio de trabajos, de vigilias, de ayunos, por la castidad, por la ciencia, por la longanimidad, por la suavidad, por el Espíritu Santo, por la caridad no fingida, por la palabra de verdad (2Co 6,5 ss.), se muestren ministros de Dios, que se dirijan exclusivamente hacia las cosas celestiales y que pongan todo su esfuerzo en llevar también a los demás hacia ellas.

13. Mas, como nadie ignora, la santidad de la vida en tanto es fruto de nuestra voluntad, en cuanto es fortificada por Dios mediante el auxilio de la gracia; y Dios mismo nos ha provisto colmadamente para que no careciésemos jamás, si no queremos, del don de la gracia, lo cual logramos principalmente por el espíritu de oración. En efecto, entre la santidad y la oración existe dicha relación tan necesariamente que de ningún modo puede existir la una sin la otra. Por esto, muy conforme a la verdad es la frase del Crisóstomo: Yo creo que es evidente para todos que es sencillamente imposible el vivir en la virtud sin la defensa de la oración (De praecatione orat. 1); y San Agustín, agudamente, formula esta conclusión: Verdaderamente sabe vivir bien quien sabe orar bien (Hom. 4 ex 50).

Jesucristo mismo nos persuade con más fuerza estas enseñanzas por la exhortación constante de su palabra, y más todavía con su ejemplo: sabido es cómo para orar, se retiraba a los desiertos, o se acogía a la soledad de las montañas; gastaba noches enteras con gran empeño en esta ocupación; iba frecuentemente al templo, y hasta rodeado de las muchedumbres oraba en público con los ojos alzados al cielo; en fin, clavado en la cruz, aun entre los mismos dolores de la muerte, llorando y con gran clamor suplicó a su Padre.

14. Tengamos, por lo tanto, como cierto y probado que el sacerdote, a fin de poder cumplir dignamente con su puesto y su deber, necesita darse de lleno a la oración. No es raro tener que deplorar que lo haga más por costumbre que por devoción interior; que a su tiempo rece el oficio con descuido o que recite a veces algunas oraciones, pero después ya no se acuerde de consagrar parte alguna del día para hablar con Dios, elevando su corazón al cielo. Y sin embargo, el sacerdote, mucho más que cualquier otro, debe obedecer al precepto de Cristo: Preciso es orar siempre (Lc 18,1); precepto que seguía San Pablo, cuando insistía con tanto empeño: Perseverad en la oración, pasando en ella las vigilias con acción de gracias (Col 4,2); Orad sin cesar (1Th 5,17).

Y ¡cuántas ocasiones se presentan durante el día para elevarse hacia Dios a un alma poseída por el deseo de la propia santificación y de la salvación de las otras almas! Angustias íntimas, fuerza y pertinacia de las tentaciones, falta de virtudes, desaliento y esterilidad en los trabajos, innumerables ofensas o negligencia y, finalmente, el temor a los juicios divinos: todas estas cosas nos incitan poderosamente a llorar ante el Señor para enriquecernos fácilmente, a sus ojos, de méritos y, además, conseguir su protección. Y hemos de llorar no tan sólo por nosotros. Entre el gran diluvio de pecados que, sin cesar se extiende por todas partes, a nosotros nos corresponde, sobre todo, el implorar y suplicar la divina clemencia, así como el insistir ante Cristo, dador muy benigno de toda gracia, en el admirable Sacramento: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo.

15. Punto capital, en esto, es el designar cada día un tiempo determinado para la meditación de las cosas eternas. No hay sacerdote que, sin nota de grave negligencia y detrimento de su alma, pueda descuidar esto. Escribiendo el santísimo abad Bernardo a Eugenio III, discípulo suyo en otro tiempo y a la sazón Romano Pontífice, con no menor libertad que energía le avisaba que ningún día dejara de entregarse a la meditación de las cosas divinas, sin que le sirvieran de excusa alguna las ocupaciones tan numerosas y graves como lleva consigo el supremo apostolado. Y con toda razón se empeñaba en lograrlo de él, enumerándole así con gran sabiduría las utilidades de tal ejercicio: La meditación purifica su propia fuente, esto es, la mente de donde procede. Regula luego las afecciones, dirige los actos, corrige los excesos, arregla las costumbres, cohonesta y ordena la vida; confiere, en fin, tanto la ciencia de las cosas divinas como de las humanas. Es la que aclara lo confuso, corrige los extravíos, concentra lo esparcido, escudriña lo oculto, investiga lo verdadero, examina lo verosímil y explora lo fingido y aparente. Ella prepara lo que debe hacerse y repasa lo hecho, de suerte que nada subsista en el ánimo que no esté corregido o que tenga necesidad de corrección. En lo próspero, ella presiente lo adverso; y, en lo adverso, hace como que no siente: propio es lo uno de la fortaleza, lo otro de la prudencia (De considerat. 1, 7). El conjunto de estas grandes ventajas, que la meditación lleva consigo, nos enseña y a la vez nos advierte cómo en todos los sentidos no sólo es provechosa, sino muy necesaria.

16. Aunque las diferentes funciones sacerdotales sean augustas y llenas de veneración, ocurre, sin embargo, que quienes las cumplen por costumbre, no las consideran con la religiosidad que se merecen. De aquí, disminuyendo el fervor poco a poco, fácilmente se pasa a la negligencia y hasta al disgusto de las cosas más santas. Añádase a esto que al sacerdote le es necesario el vivir diariamente como en medio de una generación depravada, de modo que muchas veces, aun en el ejercicio mismo de la caridad pastoral, habrá de temer no se encubran allí las asechanzas de la serpiente infernal. ¿Qué decir de la facilidad con que hasta los corazones piadosos se manchan con el polvo del mundo? Bien, pues, se ve cuál y cuán grande es la necesidad de volverse todos los días hacia la contemplación de las cosas del cielo, para que, recobradas de tiempo en tiempo las fuerzas, la mente y la voluntad queden robustecidas contra las tentaciones. Conviene, además, que el sacerdote adquiera cierta facilidad y hábito para elevarse y tender hacia las cosas celestiales, a fin de gustar las cosas de Dios, enseñarlas y aconsejarlas con ahínco; y ordenar su vida sobre las cosas humanas de tal suerte que todo cuanto haga según su ministerio, lo haga según Dios, inspirado y guiado por la fe. Ahora bien; que esta disposición de ánimo, esta unión como espontánea del alma con Dios, se produce y se conserva principalmente gracias a la meditación cotidiana, cosa es tan clara a quien piense un poco siquiera, que ya no es necesario el detenernos más en su explicación.

17. Confirmación de todo esto, bien triste por cierto, podemos hallar en la vida de aquellos sacerdotes que o hacen poco caso de la meditación de las cosas eternas, o la miran con fastidio. Y así son de ver aquellos hombres, en quienes ha languidecido bien tan importante como el sentir de Cristo, entregados por completo a las cosas de la tierra, pretendiendo cosas vanas, hablando fútiles palabras y tratando las cosas santas negligente, fría y aun indignamente quizá. En un principio, esos sacerdotes, fortalecidos por la gracia de su reciente unción sacerdotal, preparaban con diligencia su ánimo para rezar el oficio divino, para no hacer como los que tientan a Dios: buscaban el tiempo más oportuno y los sitios más retirados del estrépito de las gentes; procuraban investigar los sentidos de la palabra de Dios; cantaban alabanzas, gemían, se alegraban y derramaban su espíritu con el Salmista. Y ahora, con relación a entonces, ¡cuán cambiados!... Apenas si ya nada en ellos queda, de aquella animosa piedad con que anhelaban los divinos misterios. ¡Cuán amados les eran en otros tiempos aquellos tabernáculos! Ansiaba el alma por sentarse a la mesa del Señor y poder llevar continuamente a otras muchas hacia ella. Antes del sacrificio, ¡qué pureza, qué oraciones las de aquella alma fervorosa! En la celebración de la misa, ¡cuánta reverencia entonces, exactamente cumplidas las augustas ceremonias en toda su hermosura! ¡Qué gracias dadas de lo íntimo del corazón! Así, felizmente, en el pueblo se esparcía el buen olor de Cristo… Acordaos, os rogamos hijos amadísimos, acordaos... de los pasados días (He 10,32) cuando, en efecto, el alma ardía inflamada por el entusiasmo de la santa meditación.

18. Entre aquellos mismos a quienes es gravoso recogerse en su corazón (Jr 12,11) o que lo descuidan, no faltan ciertamente quienes no disimulan la consiguiente pobreza de su alma, y se excusan poniendo por causa que se entregaron totalmente a la actividad del ministerio sacerdotal, a la múltiple utilidad de los demás. Más se engañan miserablemente. Porque, no acostumbrados ya a tratar con Dios, cuando de El hablan a los hombres o cuando les dan consejos para la vida cristiana, carecen totalmente del espíritu de Dios, de suerte que en ellos la palabra evangélica parece casi muerta. Su voz, aunque brille con una prudencia o facundia que se alaba, ya no es el eco de la voz del buen Pastor, única que las ovejas oyen para su bien, sino que resuena y se pierde sin fruto, algunas veces infecunda por el mal ejemplo, no sin deshonra para la religión y escándalo para los buenos. Lo mismo sucede en los demás ministerios de su agitada vida; pues, o no se sigue ventaja alguna de sólida utilidad, o es de corta duración, porque le falta la lluvia del cielo que se atrae en abundancia tan sólo por la oración del que se humilla (Si 35,21).

19. Y no podemos menos que lamentarnos vehementemente por aquellos que, arrastrados por perniciosas novedades, ni se avergüenzan siquiera de pensar en contra de lo que llevamos dicho, juzgando ellos que es como perdido el trabajo que se emplea en meditar y en orar. ¡Funesta ceguera! ¡Ojalá que los tales, considerando bien consigo mismo, lleguen por fin a conocer en qué paran esa negligencia y desprecio tal de la oración! De aquí procedió la soberbia y la contumacia; y éstas dieron frutos harto amargos, que el ánimo de Padre rehuye recordar y desea totalmente arrancar. Dios atienda a este deseo, y mirando con ojos benignos a los extraviados, derrame sobre ellos tan abundantemente el espíritu de gracia y de oración, que llorando su error vuelvan de grado, con alegría de todos, a los caminos en mal hora abandonados, y continúen en ellos con más cautela. ¡Y séanos Dios testigo, como en otro tiempo lo fue con el Apóstol (Ph 1,8), de cómo los amamos a todos ellos en las entrañas de Jesucristo!

20. Que en ellos, como en todos vosotros, hijos amadísimos, se grabe muy bien Nuestra exhortación, porque es también de Cristo Señor Nuestro: Atended, vigilad y orad (Mc 13,33). Ante todo, que cada cual aplique su industria al empeño de meditar piadosamente; procure esto mismo con diligencia y ánimo confiado, suplicando: ¡Señor, enséñanos a orar! (Lc 11,1). Ni tiene poco peso para inducirnos a meditar esta especial razón: a saber, cuán gran influencia en el consejo y virtud procede de aquí, cosa muy útil para la recta cura de almas, obra la más difícil de todas Y muy a propósito viene, siendo digna de ser recordada, la alocución pastoral de San Carlos: Entended, hermanos, que nada es tan necesario a todos los varones eclesiásticos como la oración mental, que preceda, acompañe y siga a todas nuestras acciones; "Cantaré, dice el Profeta, y entenderé" (Ps 100,2). Si administras los sacramentos, oh hermano, medita qué haces; si celebras la misa, piensa qué ofreces; si cantas, mira con quién y qué cosas hablas; si diriges las almas, piensa en la sangre con que están lavadas (Ex orationib, ad clerum).

21. Por lo cual, con justa razón, nos manda la Iglesia repetir frecuentemente aquellas palabras de David: Bienaventurado el varón que medita en la ley del Señor, su voluntad permanece de día y de noche; todas las cosas que haga le resultarán bien. Además, sirva a todos de noble estímulo esto último: si el sacerdote se llama otro Cristo, y lo es, por la comunicación de la potestad, ¿no deberá hacerse tal y ser considerado como tal también por la imitación de sus obras?... Sea, pues, nuestro gran empeño meditar la vida de Jesucristo (De imit. Christi, 1, 1).


domingo, 30 de julio de 2000

MENTI NOSTRAE (23 DE SEPTIEMBRE DE 1950)


EXHORTACIÓN APOSTÓLICA

MENTI NOSTRAE

DEL PAPA PÍO XII,

AL CLERO DE TODO EL MUNDO

Sobre el desarrollo de la santidad en la vida sacerdotal


HERMANOS VENERABLES E HIJOS AMADOS, SALUDOS Y BENDICIÓN APOSTÓLICA:


INTRODUCCIÓN

1. Las palabras del Divino Redentor a Pedro siguen viniendo a Nuestra mente: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?... apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” [1]; y también las palabras pronunciadas por el mismo Príncipe de los Apóstoles exhortando a los obispos y sacerdotes de su tiempo: “Apacienta el rebaño de Dios que está entre vosotros... convirtiéndose desde el corazón en modelo para el rebaño” [2].

Necesidad principal de nuestro tiempo

2. Reflexionando cuidadosamente sobre estas palabras, Consideramos que el principal deber de Nuestro ministerio supremo es hacer todo lo posible para ayudar a que el trabajo de los pastores y sacerdotes sea cada día más eficaz para alentar a los fieles a evitar el mal, superar los peligros y adquirir la perfección. Esto es tanto más necesario en nuestros días cuando los pueblos y las naciones, como resultado de la reciente y terrible guerra, no solo son acosados ​​por serias dificultades materiales, sino que sufren en el fondo de sus almas mientras los enemigos del catolicismo, cada vez más audaces, que deberían estar al estado de la sociedad civil, están luchando con un odio mortal y con trampas sutiles para separar a los hombres de Dios y Jesucristo.

Solicitud paterna por los sacerdotes

3. La necesidad de esta renovación cristiana, que todo hombre de bien agradecerá, nos urge a dirigir nuestros pensamientos y afectos de manera especial a los sacerdotes de todo el mundo porque sabemos que su humilde, vigilante y esmerado trabajo entre el pueblo, cuyas dificultades, sufrimientos y necesidades corporales y espirituales perciben, es capaz de restaurar la moral mediante la práctica de los preceptos del Evangelio y de establecer firmemente en la tierra el Reino de Cristo, “un Reino de justicia, amor y paz” [3].

4. Pero el sacerdocio no puede de ninguna manera procurar los efectos plenos que exigen las necesidades del tiempo presente, a menos que los sacerdotes brillen entre el pueblo con las marcas de la santidad, como dignos “ministros de Cristo”, fieles “dispensadores de la misterios de Dios” [4], “Ayudantes de Dios” [5] y listos para toda obra noble [6].

Expresión de gratitud

5. Creemos que no hay forma más adecuada en la que podamos mostrar Nuestra gratitud al clero del mundo que, con motivo de Nuestro jubileo, mostraron su afecto filial por Nosotros ofreciendo oraciones a Dios en nuestro nombre, que exhortando paternalmente a todo el clero a alcanzar esa santidad de vida sin la cual su ministerio no puede ser fructífero. Deseamos que la primicia del Año Santo, que proclamamos para la renovación de la moral de acuerdo con las enseñanzas del Evangelio, sea que los líderes de los fieles se esfuercen por adquirir una mayor perfección para que, así inspirados y así preparados, puedan renovar en su rebaño el espíritu de Jesucristo.

6. Debe recordarse que, aunque las necesidades crecientes de la sociedad cristiana hoy exigen con más urgencia la santidad personal en los sacerdotes, ya están obligados por la misma naturaleza del alto ministerio que les ha confiado Dios a trabajar incesantemente por su propia santificación siempre y en todas partes.

El gran don del sacerdocio

7. Como enseñaron nuestros predecesores, especialmente Pío X [7] y Pío XI [8], y como nos referimos en las encíclicas Mystici Corporis [9] y Mediator Dei [10], el sacerdocio es un gran don del Divino Redentor, quien, para perpetuar la obra de redención del género humano, que completó en la Cruz, confió sus poderes a la Iglesia en la que quiso participar con su sacerdocio único y eterno. El sacerdote es como “otro Cristo” porque está marcado con un carácter indeleble que lo convierte, por así decirlo, en una imagen viva de nuestro Salvador. El sacerdote representa a Cristo que dijo “Como el Padre me envió, yo también os envío” [11]; “el que a vosotros oye, a mí me oye” [12]. Admitido a este ministerio sublime por un llamado del cielo, “es designado por los hombres en las cosas de Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” [13]. A él debe acudir todo aquel que desee vivir la vida del Divino Redentor y que desee recibir fuerza, consuelo y alimento para su alma; de él la medicina saludable debe ser buscada por todo aquel que desee levantarse del pecado y llevar una buena vida. Por tanto, todos los sacerdotes pueden aplicarse con pleno derecho las palabras del Apóstol de los gentiles: “Somos los ayudantes de Dios” [14].

8. Esta elevada dignidad exige de los sacerdotes que reaccionen a su exaltado oficio con la más estricta fidelidad. Dado que están destinados a promover la gloria de Dios en la tierra y a apreciar y acrecentar el Cuerpo Místico de Cristo, deben sobresalir por la santidad de sus vidas para que a través de ellos la “fragancia de Cristo” se extienda por todas partes. [15]

El deber fundamental

9. Queridos hijos, el mismo día que fuisteis elevados a la dignidad sacerdotal, el Obispo, en nombre de Dios, os señaló solemnemente vuestro deber fundamental con las siguientes palabras: “Comprended lo que hacéis, remediad las cosas con las que lidiáis y celebrad el misterio de la muerte del Señor, esforzaos por mortificar en vuestros miembros todo vicio y concupiscencia. Que vuestra doctrina sea la medicina espiritual para el pueblo de Dios; dejad que la fragancia de vuestra vida de virtud sea un adorno de la Iglesia de Cristo; y con vuestra predicación y ejemplo edificad la casa, que es la familia de Dios”. [16] Vuestra vida, que debería ser completamente inmune al pecado, debería estar aún más escondida con Cristo en Dios [17] que las vidas de los laicos cristianos. Avanzad pues, así adornado con esa alta virtud que exige vuestra dignidad, a la obra de completar la redención del hombre para la que habéis sido destinado en vuestra ordenación sacerdotal.

10. Ésta es la empresa que habéis asumido libre y espontáneamente; sed santos porque, como sabéis, vuestro ministerio es santo.


PARTE I. SANTIDAD DE VIDA

La perfección consiste en caridad ferviente

11. Según la enseñanza del Divino Maestro, la perfección de la vida cristiana consiste especialmente en el amor a Dios y al prójimo [18], un amor ferviente, devoto y esmerado. Si tenéis estas cualidades, se puede decir que abarcáis todas las virtudes [19] y, con razón, se puede llamar “vínculo de perfección” [20]. En cualquier circunstancia que se coloque a un hombre, debe orientar sus intenciones y acciones hacia ese fin.

El sacerdote es llamado a la perfección

12. Sin embargo, el sacerdote está obligado a hacerlo por su propio oficio. Por su propia naturaleza, toda acción sacerdotal tiende necesariamente a este fin, ya que el sacerdote está llamado a ello por vocación divina, destinado a ello por su divino oficio y confirmado por una gracia divina. Porque debe cooperar con Cristo, el único y eterno Sacerdote; debe seguirlo e imitarlo, quien durante su vida en la tierra no tuvo otro propósito que dar testimonio de su más ardiente amor por su Padre y otorgar a los hombres los infinitos tesoros de su corazón.


IMITACIÓN DE CRISTO

Unión íntima con Jesús

13. El primer esfuerzo del alma sacerdotal debe ser hacia la unión más íntima con el Divino Redentor, hacia la aceptación completa y humilde de los preceptos de la doctrina cristiana, y hacia una aplicación tan diligente de esos preceptos en cada momento de su vida que su la fe iluminará su conducta y su conducta será un reflejo de su fe.

14. Guiados por la luz de esta virtud, mantened los ojos fijos en Cristo. Seguid de cerca su enseñanza, sus acciones y su ejemplo, convencéos a vosotros mismos que no basta con cumplir con los deberes encomendados a los fieles ordinarios. Debéis esforzaros con esfuerzos cada vez mayores para tender a la perfección de la vida de acuerdo con la alta dignidad del sacerdocio, según la advertencia de la Iglesia: “Los clérigos deben vivir, tanto interior como exteriormente, una vida más santa que los laicos, y deben superarlos dando ejemplo de virtud y buenas obras” [21].

15. La vida sacerdotal, puesto que surge de Cristo, debe estar siempre y en todo dirigida hacia Él. Cristo es la Palabra de Dios y no desdeñó asumir la naturaleza humana. Vivió una vida en la tierra para obedecer la voluntad del Padre Eterno. Él esparció de Sí mismo la fragancia del lirio. Vivió en la pobreza y “anduvo haciendo el bien y sanando a todos” [22]. Finalmente, se ofreció a sí mismo como víctima para la salvación de sus hermanos. Eso, amados hijos, es el resumen de la maravillosa vida que se os propone. Esforzáos con todas vuestras fuerzas por reproducirlo en vosotros mismos y recordad sus palabras de exhortación: “Porque un ejemplo os he dado, que como yo os he hecho, así también lo hagais vosotros” [23].

La práctica de la humildad

16. El comienzo de la perfección cristiana proviene de la humildad. “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” [24]. La consideración de la alta dignidad a la que estamos llamados por el Bautismo y el Orden Sagrado y el conocimiento de nuestra propia necesidad espiritual deben inducirnos a meditar en las palabras de Cristo: “Sin mí nada podéis hacer” [25].

Desconfianza en uno mismo

17. Que el sacerdote no confíe en su propia fuerza ni se complazca en sus propios dones, ni busque la estima y la alabanza de los hombres, sino que imite a Cristo, que “no vino para ser servido sino para servir” [26], negándose a sí mismo según la enseñanza del Evangelio [27], separándose de las cosas de la tierra para seguir más fácilmente al divino Maestro. Todo lo que tiene, sea lo que sea, se debe a la bondad y al poder de Dios; si quiere gloriarse en esto, recuerde las palabras del Apóstol de los gentiles: “En nada me gloriaré más que en mis debilidades” [28].

Inmolación de la voluntad

18. El espíritu de humildad, iluminado por la fe, dispone el alma a la inmolación de la voluntad mediante la obediencia. Cristo mismo estableció en la sociedad. Él fundó una autoridad legítima que es una continuación de la suya. Por lo tanto, el que obedece a las autoridades de la Iglesia, está obedeciendo al mismo Redentor.

La necesidad de la obediencia

19. En una época como la nuestra, en la que el principio de autoridad se ve gravemente perturbado, es absolutamente necesario que el sacerdote, teniendo en cuenta los preceptos de la fe, considere y acepte debidamente esta misma autoridad, no solo como baluarte de la fe, el orden social y religioso, sino también como fundamento de su propia santificación personal. Mientras los enemigos de Dios, con astucia criminal, tratan de incitar y solicitar las pasiones rebeldes de las personas, para hacerlas rebelarse contra los mandatos de la Santa Madre Iglesia, deseamos alabar debidamente y animar con aliento paternal a ese vasto ejército de ministros de Dios, quienes, para manifestar abiertamente su obediencia cristiana y preservar intacta su fidelidad a Cristo y a la autoridad legítima establecida por Él, “Han sido contados dignos de sufrir deshonra por el nombre de Jesús”, [29] y no solo deshonra, sino persecuciones y prisión e incluso la muerte.

Celibato

20. El sacerdote tiene como campo propio de su actividad todo lo que pertenece a la vida sobrenatural, ya que es él quien promueve el aumento de esta vida sobrenatural y la comunica al Cuerpo Místico de Jesucristo. Por tanto, es necesario que renuncie a “las cosas del mundo”, para preocuparse únicamente por “las cosas del Señor” [30]. Y es precisamente porque debe estar libre de preocupaciones por las cosas mundanas para dedicarse enteramente al servicio divino, que la Iglesia ha establecido la ley del celibato, haciendo así cada vez más manifiesto a todos los pueblos que el sacerdote es un ministro de Dios y el padre de las almas. Por la ley del celibato, el sacerdote, lejos de perder el don y los deberes de la paternidad, los aumenta inconmensurablemente, porque, aunque no engendra progenie para esta vida pasajera de la tierra, engendra hijos para esa vida que es celestial y eterna.

21. Cuanto más resplandeciente es la castidad sacerdotal, tanto más se convierte el ministro sagrado, junto con Cristo, en “pura víctima, santa víctima, víctima inmaculada” [31].

22. Para preservar cuidadosamente sin manchar este inestimable tesoro de nuestra castidad, es conveniente y necesario ser obedientes a esa exhortación del Príncipe de los Apóstoles, que repetimos diariamente en el Oficio Divino: “Sed sobrios y velad” [32].

Vigilancia y oración son las salvaguardias de la castidad

23. Sí, mirad, amados hijos, porque la castidad sacerdotal está expuesta a tantos peligros, ya sea por la laxitud de la moral pública, sea por las tentaciones del vicio que os resultan tan fácilmente seductoras en estos días, o, finalmente, porque de esa libertad excesiva en las relaciones entre los sexos que a veces se atreve a insinuarse incluso en el ejercicio del sagrado ministerio. “Velad y orad” [33], teniendo en cuenta que vuestras manos tocan lo más sagrado, que habéis sido consagrados a Dios y debéis servirle solo a Él. El mismo hábito que usáis os recuerda que no debéis vivir para el mundo, sino para Dios. Por eso, confiando en la protección de la Virgen Madre de Dios, esforzaos generosamente en conservaros “limpios, sin mancha, puros y castos, como llegan a ser los ministros de Cristo y los dispensadores de los misterios de Dios” [34].

Evitación de la familiaridad

24. A tal fin, consideramos oportuno dirigiros una exhortación especial en cuanto a vuestra dirección de asociaciones y cofradías de mujeres, para que os mostréis como sacerdote; para que evitéis toda familiaridad; cuando debais prestar vuestros servicios, hacedlo de una manera que sea apropiada para los ministros sagrados. Además, al dirigir estas asociaciones, limitad vuestro interés a las exigencias del sagrado ministerio.

Desapego de las posesiones mundanas

25. Tampoco debéis considerar suficiente renunciar a los placeres terrenales por la castidad y someteros en generosa obediencia a vuestros superiores; a ellos también debéis unir cada día un desprendimiento de vuestro corazón de las riquezas y de las cosas de la tierra. Tomad con reverencia como modelos a los grandes santos de la antigüedad y de los tiempos modernos que unieron este desprendimiento esencial de los bienes materiales a una profunda confianza en la Divina Providencia y al más ardiente celo sacerdotal; como resultado, produjeron obras verdaderamente maravillosas, confiando únicamente en Dios, quien, ciertamente, nunca se encuentra falto en nuestras necesidades. Incluso los sacerdotes que no hacen profesión de pobreza por un voto especial, deben guiarse siempre por el amor a esta virtud, un amor que debe manifestarse en la sencillez y modestia de su modo de vida, en su vivienda, y en su generosidad con los pobres. Que se abstengan especialmente de aquellas empresas económicas que obstaculicen el cumplimiento de sus deberes pastorales y menoscaben el respeto que les deben los fieles. Dado que es oficio del sacerdote esforzarse al máximo para obtener la salvación de las almas, debe aplicarse a sí mismo esas palabras de san Pablo: “No busco lo tuyo, sino a ti” [35].

El sacerdote, modelo de todas las virtudes

26. A Nuestra mente se le ocurren muchas cosas que podríamos decir si hubiera aquí la oportunidad de dar un tratamiento detallado de todas las virtudes por las que el sacerdote debe reproducir en sí mismo con la mayor fidelidad posible el Modelo Divino, Jesucristo. Pero hemos optado por concentrar Nuestra atención en aquellas cosas que parecían ser especialmente necesarias en nuestro tiempo. En cuanto a otras virtudes, baste con recordar ahora las palabras de ese libro de oro, “La Imitación de Cristo”: “El sacerdote debe estar adornado con todas las virtudes y dar ejemplo a los demás de una vida justa. No sea su conversación según las costumbres comunes y vulgares de los hombres, sino con los ángeles y con los hombres perfectos”.


NECESIDAD DE GRACIA PARA LA SANTIFICACIÓN

27. Todos sabéis, amados hermanos, que es imposible para un cristiano y, de manera especial, un sacerdote, imitar el ejemplo admirable del Divino Maestro en la vida diaria sin la ayuda de la gracia y sin el uso de esos instrumentos de la gracia que Él mismo ha puesto a nuestra disposición: un uso que es tanto más necesario cuanto mayor es el grado de perfección que debemos alcanzar, y mayores son las dificultades que surgen de nuestra inclinación natural al mal. Por ello, juzgamos oportuno pasar a la consideración de algunas otras verdades, tan sublimes como consoladoras, de las que debe desprenderse aún más claramente cuán profunda debe ser la santidad del sacerdote y cuán eficaces son para nosotros las ayudas del Señor para permitirnos cumplir en nosotros mismos los designios de Su divina misericordia.

La vida del sacerdote, una vida de sacrificio

28. Así como toda la vida del Salvador estuvo dirigida hacia el sacrificio de sí mismo, así la vida del sacerdote, que debe reproducir en sí misma la imagen de Cristo, también debe estar con Él, por Él y en Él, un sacrificio agradable.

Después del ejemplo de Jesús en el Calvario

29. De hecho, el sacrificio que el Señor hizo en el Calvario, colgado en la cruz, no fue solo la inmolación de Su propio Cuerpo; pues se ofreció a sí mismo, víctima de la expiación, como cabeza del género humano y, por tanto, “al poner su Espíritu en las manos del Padre, se encomienda a sí mismo a Dios como hombre, para encomendar al Padre Eterno a todo el género humano” [37].

... y en la Santa Misa

30. Lo mismo ocurre en el Sacrificio de la Eucaristía, que es la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz: Cristo se ofrece al Padre Eterno para su gloria y para nuestra salvación. Y en la medida en que Él, Sacerdote y Víctima, actúa en su calidad de Cabeza de la Iglesia, se ofrece e inmola no sólo a sí mismo, sino a todos los cristianos y, en cierto modo, a toda la humanidad [38].

Los tesoros del sacrificio eucarístico

31. Ahora bien, si esto es cierto para todos los cristianos, mucho más vale para los sacerdotes, que son los ministros de Cristo, principalmente para celebrar el Sacrificio Eucarístico. Y precisamente en el Sacrificio Eucarístico, cuando “en la persona de Cristo”, consagra el pan y el vino, que se convierten en Cuerpo y Sangre de Cristo, el sacerdote puede sacar de esa misma fuente de vida sobrenatural los tesoros inagotables de la salvación y de toda aquellas ayudas que necesita para sí mismo personalmente y para el cumplimiento de su misión.

Viviendo la Misa

32. Al estar en tan estrecho contacto con los misterios divinos, el sacerdote no puede sino tener hambre y sed de justicia, [39] o no sentirse inspirado a asimilar su vida a su exaltada dignidad, y orientar su vida hacia ese sacrificio en el que debe ofrecerse e inmolarse con Cristo. En consecuencia, no sólo celebrará la Santa Misa, sino que la vivirá íntimamente en su vida diaria; de ninguna otra manera podrá obtener ese vigor sobrenatural que lo transformará y lo hará partícipe de la vida de sacrificio del Redentor.

Ser una víctima con Jesús

33. San Pablo establece como principio básico de la perfección cristiana el precepto “Vestíos del Señor Jesucristo” [40]. Nuevamente, si este precepto se aplica a todos los cristianos, se aplica de manera particular a los sacerdotes. Pero vestirse de Jesucristo no significa simplemente adaptar la mente a Su doctrina; significa que una persona entra en una nueva vida que, para brillar con el esplendor de Thabor, primero debe conformarse a los sufrimientos y pruebas del sufrimiento de nuestro Redentor en el Calvario. Se trata de un trabajo largo y arduo, mediante el cual el alma se transforma al estado de víctima, para que pueda participar íntimamente en el sacrificio de Cristo. Sin embargo, esta ardua y asidua labor no se logra con veleidad vacía, ni se logra con meros deseos y promesas; debe ser un ejercicio infatigable y continuo, que apunta a una fructífera renovación del espíritu; debe ser un ejercicio de piedad, que remite todas las cosas a la gloria de Dios; debe ser un ejercicio de penitencia, que templa y refrena los movimientos inmoderados del alma; debe ser un acto de caridad, que encienda el alma de amor a Dios y al prójimo, y que efectúe obras de misericordia; debe ser, en definitiva, esa disposición activa y pronta por la que nos esforzamos y luchamos para lograr lo que sea más perfecto.

La amonestación de San Pedro Crisólogo

34. El sacerdote debe, por tanto, estudiar para reproducir en su propia alma las cosas que se efectúan sobre el Altar. Como Jesucristo se inmola a sí mismo, así su ministro debe ser inmolado con él; así como Jesús expía los pecados de los hombres, así él, siguiendo el duro camino del ascetismo cristiano, debe trabajar en la purificación de sí mismo y de los demás. De ahí la amonestación de San Pedro Crisólogo: “Sé sacerdote y sacrificio de Dios; no perdáis lo que te ha sido dado por la autoridad de Dios. Vestíos con el manto de la santidad, ceñiros con el cinturón de la castidad; dejad que Cristo sea la cubierta de vuestra cabeza; dejad que la cruz de Cristo sea la protección de vuestro rostro; inculcad en vuestro pecho el sacramento de la sabiduría divina; quemad constantemente el incienso de la oración; agarrad la espada del Espíritu; dejad que vuestro corazón sea, por así decirlo, un altar en el que podáis ofrecer vuestro cuerpo con seguridad como víctima a Dios... Ofrecedle vuestra fe para el castigo de la perfidia; ofrecedle vuestro ayuno para que cese la glotonería; ofrecedle vuestra castidad como sacrificio para que muera la pasión; poned en el Altar vuestra piedad, que la impiedad sea quitada; invocad misericordia, para que la avaricia sea vencida; y para que la locura desaparezca, pedid la inmolación de la santidad. De esta manera, vuestro cuerpo será también vuestra víctima, si no ha sido herido por ningún dardo del pecado” [41].

Muerte mística en Cristo


35. Deseamos repetir aquí de manera especial para los sacerdotes lo que ya hemos propuesto a la meditación de todos los fieles en la Encíclica Mediator Dei: “Es muy cierto que Cristo es sacerdote; pero no es sacerdote para sí mismo sino para nosotros, cuando en nombre de todo el género humano ofrece nuestras oraciones y homenaje religioso al Padre eterno; También es una víctima, ya que se sustituye por el hombre pecador. Ahora bien, la exhortación del Apóstol: “Sea en vosotros esta mente que también estaba en Cristo Jesús”, exige que todos los cristianos posean, en la medida de lo humanamente posible, las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando se ofreció a sí mismo en sacrificio: es decir, debéis, con actitud humilde, rendir adoración, honor, alabanza y acción de gracias a la suprema majestad de Dios. Además, significa que debeis asumir hasta cierto punto el carácter de víctima, que se niega a sí misma como manda el Evangelio, que libremente y por su propia voluntad hagáis penitencia y que cada uno deteste sus pecados. Significa, en una palabra, que todos debemos sufrir con Cristo una muerte mística en la cruz para que podamos aplicarnos las palabras de San Pablo: 'Con Cristo estoy clavado en la cruz'” [42].

Las riquezas de la sangre de Cristo

36. Sacerdotes e hijos amados, tenemos en nuestras manos un gran tesoro, una perla preciosa, las inagotables riquezas de la sangre de Jesucristo; usémoslos hasta la prodigalidad, para que, mediante el sacrificio total de nosotros mismos ofrecidos con Cristo al Padre Eterno, seamos, en verdad, mediadores de justicia, “en las cosas que son de Dios”, [43] y para que merezcamos la aceptación de nuestras oraciones y obtener una sobreabundancia de gracias que refresque y haga más fecunda la Iglesia y el alma de todos los hombres. Solo cuando nos hayamos hecho uno con Cristo a través de Su oblación y la nuestra y cuando hayamos alzado nuestra voz con el coro de los habitantes de la Jerusalén celestial, como leemos, “Nos unimos en canto con ellos, nuestras esperanzas en la Santa Sión” [44], sólo entonces, fortalecidos por la virtud de nuestro Salvador, podremos descender seguros de las alturas de santidad a las que hemos alcanzado, para llevar a todos los hombres la vida y la luz de Dios por medio de nuestro ministerio sacerdotal.


NECESIDAD DE ORACIÓN Y PIEDAD

La obligación del oficio divino

37. La perfecta santidad también exige una comunicación continua con Dios; y debido a que este contacto íntimo que el alma sacerdotal debe tener con Dios, no debe interrumpirse nunca en la sucesión de días y horas, la Iglesia obliga al sacerdote a recitar el Oficio Divino. De esta manera, ella ha sido fielmente obediente al mandato del Señor: “Orar siempre y no desmayarse” [45].

38. Así como la Iglesia misma no deja de orar nunca, así también desea ardientemente que sus hijos hagáis lo mismo, repitiendo las palabras del Apóstol: “Por lo tanto, por Él (Jesús), ofrezcamos siempre un sacrificio de alabanza a Dios, es decir, fruto de labios que alaban su nombre” [46]. A los sacerdotes les ha encomendado el deber especial de consagrarse a Dios, rezando también en nombre del pueblo, en todos los momentos del día y en todas las circunstancias de la vida.

La Voz de Cristo y de la Iglesia

39. Obedeciendo a este deber, el sacerdote continúa haciendo a lo largo de los siglos lo que hizo el mismo Cristo, que “en los días de su vida terrena, con gran clamor y lágrimas, ofreció oraciones y súplicas... y fue escuchado por su reverente sumisión” [47]. Esta oración tiene, sin duda, una eficacia singular porque se hace en el nombre de Cristo, “por nuestro Señor Jesucristo”, quien es nuestro Mediador con el Padre, presentándole incesantemente su propia satisfacción, sus méritos y el precio infinito de Su Sangre. Es verdaderamente “la voz de Cristo”, que “reza por nosotros como nuestro Sacerdote, reza entre nosotros como nuestra Cabeza” [48]. Del mismo modo, es siempre “la voz de la Iglesia” la que recoge los sentimientos y deseos de todos los fieles que unen sus voces a la oración y a la fe del sacerdote en la alabanza de Jesucristo y, a través de Él, dan gracias al Padre Eterno, obteniendo de Él la asistencia que necesitan en su vida todos los días y todas las horas. De esta manera se repite diariamente, por medio de los sacerdotes, lo que Moisés hizo una vez en la cima de la montaña, cuando, con los brazos alzados al cielo, habló a Dios y le suplicó con fervor misericordia y favor para su pueblo, quien estaba sufriendo pruebas en el valle de abajo.

El Oficio Divino, un medio de santificación

40. Además, el Oficio Divino es un medio de santificación sumamente eficaz. Ciertamente no es una mera recitación de formularios o de cánticos ejecutados artísticamente; no se trata solo de respetar ciertas normas, llamadas rúbricas, o de las ceremonias de culto externas; se trata sobre todo de elevar la mente y el corazón a Dios, al unísono con los espíritus bienaventurados [49] que eternamente cantan alabanzas a Dios. Por lo tanto, las horas canónicas deben recitarse “con dignidad, atención y devoción”, como se recuerda al inicio del Oficio.

Teniendo las mismas intenciones que Cristo

41. En consecuencia, el sacerdote debe rezar con la misma intención que el Redentor. De modo que su voz es, por así decirlo, la voz del Señor que, por medio del sacerdote, sigue implorando al Padre misericordioso los beneficios de la Redención; es la misma voz del Señor con la que están asociados los ejércitos de los ángeles y santos en el cielo y de todos los fieles en la tierra, para rendir la debida gloria a Dios; es la voz de Cristo, nuestro Abogado, por la cual recibimos el inmenso tesoro de sus méritos.

42. Meditad con cuidado y atención en estas fecundas verdades que el Espíritu Santo nos ha revelado en las Sagradas Escrituras y sobre las que los escritos de los Padres y Doctores son comentarios explicativos. Mientras vuestros labios repiten las palabras dictadas por el Espíritu Santo, tratad de no perder nada de este gran tesoro y, para que vuestras almas respondan a la voz de Dios, apartad de vuestras mentes con todo esfuerzo y celo todo lo que pueda distraeros y recordad vuestros pensamientos, para que así podáis más fácilmente y con mayor fruto asistir a la contemplación de las verdades eternas.

El ciclo litúrgico

43. En la encíclica Mediator Dei, hemos explicado extensamente por qué la Iglesia, a lo largo del año litúrgico, recuerda y representa ante nuestros ojos, de manera ordenada, todos los misterios de Jesucristo y nos invita a celebrar las fiestas de la Virgen María y de los santos. Esas lecciones, que allí impartimos a todos los cristianos porque son eminentemente útiles para todos, deben ser especialmente meditadas por vosotros, los sacerdotes; vosotros, que a través del Sacrificio de la Eucaristía y del Oficio Divino, jugáis un papel tan importante en el desarrollo del ciclo litúrgico.

Ejercicios espirituales

44. Para que podamos progresar cada día más rápidamente por el camino de la santidad, la Iglesia nos recomienda de todo corazón, además de la celebración de la Misa y del rezo del Oficio Divino, también otros ejercicios de piedad. Con respecto a estos, aquí está previsto proponer algunos puntos para vuestra consideración.

Meditación sobre las verdades eternas

45. Sobre todo, la Iglesia nos exhorta a la práctica de la meditación, que eleva la mente a la contemplación de las cosas celestiales, que influye en el corazón con amor a Dios y lo guía por el camino recto hacia Él. Esta meditación sobre las cosas sagradas ofrece el mejor medio de preparación antes y de acción de gracias, después de la celebración del Sacrificio Eucarístico. La meditación también dispone al alma a saborear y comprender las bellezas de la liturgia, y nos lleva a la contemplación de las verdades eternas y de los maravillosos ejemplos y enseñanzas del Evangelio.

... Y sobre los misterios de la vida de Jesús

46. ​​Corresponde a los sagrados ministros, por lo tanto, esforzarse por reproducir en sí mismos los ejemplos del Evangelio y las virtudes del Divino Redentor. Sin embargo, así como el alimento del cuerpo no nutre, sostiene o desarrolla nuestra vida a menos que, después de ser digerido y asimilado, se convierta en nuestra propia sustancia, el sacerdote no puede dominarse a sí mismo y sus sentidos, no puede purificar su espíritu, no puede esforzarse por la virtud como debería, no puede, en resumen, cumplir fiel, generosa o fecundamente los deberes de su sagrado ministerio, a menos que su vida se una con la vida del Señor mediante la meditación asidua e incesante sobre los misterios de la Divino Redentor, modelo supremo de perfección y fuente inagotable de santidad.

Consecuencias graves de omitir la meditación

47. Consideramos, por tanto, nuestro grave deber exhortaros de manera especial a la práctica de la meditación diaria, práctica recomendada a todo el clero también por el Derecho Canónico [50]. Porque así como el deseo de perfección sacerdotal se alimenta y fortalece con la meditación diaria, así su descuido es fuente de disgusto por las cosas espirituales, por lo que la piedad disminuye y se vuelve lánguida, y el impulso hacia la santificación personal no solo se debilita o cesa por completo, sino que todo el ministerio sacerdotal sufre un gran daño. Por lo tanto, debe afirmarse sin reservas que ningún otro medio tiene la eficacia única de la meditación y que, en consecuencia, su práctica diaria no puede en modo alguno ser sustituida.

Oración vocal y espíritu de oración

48. De la oración mental no se puede separar la oración vocal, y aquellas otras formas de oración privada que, según las necesidades particulares de cada uno, ayudan a unir el alma con Dios. Sin embargo, recordemos esto: más que una mera multiplicidad de oraciones, hay que valorar la piedad y el verdadero y ardiente espíritu de oración. Si alguna vez, especialmente en nuestros días, es necesario este ardiente espíritu de oración, cuando el llamado "naturalismo" ha invadido la mente y el corazón de los hombres, y cuando la virtud está expuesta a toda clase de peligros, peligros que no pocas veces se encuentran en el mismo ejercicio del ministerio de uno. ¿Hay algo que pueda protegerlos con mayor seguridad contra estas trampas, algo que pueda elevar sus almas con mayor seguridad a las cosas celestiales y mantenerlas unidas a Dios, que la oración asidua y la súplica por ayuda divina?

Devoción a la Santísima Madre

49. Puesto que los sacerdotes pueden ser llamados por un título muy especial, hijos de la Virgen María, nunca dejaréis de amarla con una piedad ardiente, la invocaréis con perfecta confianza y con frecuencia imploraréis su fuerte protección. Para que todos los días, como recomienda la misma Iglesia [51], recéis el Santo Rosario que, al proponer por nuestra meditación los misterios del Redentor, nos conduzca “a Jesús por María”.

Visita diaria al Santísimo Sacramento

50. Además, antes de cerrar vuestra jornada de trabajo, el sacerdote se dirigirá al Sagrario, y pasará allí al menos un poco de tiempo para adorar a Jesús en el Sacramento de su amor, para reparar la ingratitud de tantos hombres, para encender en sí mismo cada vez más el amor de Dios, y permanecer, en cierto sentido, incluso durante el tiempo de reposo de la noche, que nos recuerda el silencio de la muerte, presente en Su Sacratísimo Corazón.

Examen de conciencia y confesión frecuente

51. No omitáis tampoco vuestro examen diario de conciencia, que es sin duda el medio más eficaz que tenemos para tener en cuenta el desarrollo de nuestra vida espiritual durante el día, para eliminar los obstáculos que obstaculizan o retrasan el progreso en la virtud, y finalmente, para determinar los medios más adecuados para asegurar a nuestro sagrado ministerio una mayor fecundidad e implorar al Padre Celestial la indulgencia de tantas de nuestras obras miserablemente realizadas.

52. Esta indulgencia y la remisión de nuestros pecados nos son dadas de manera especial en el Sacramento de la Penitencia, obra maestra de la bondad de Dios, por la cual nuestra debilidad se fortalece. Que nunca suceda que el mismísimo ministro de este sacramento de la reconciliación, él mismo, no lo utilice. La Iglesia, como ustedes saben, declara al respecto: “Que los Ordinarios estén atentos para que todo su clero limpie con frecuencia las manchas de su conciencia en el Sacramento de la Penitencia” [52]. Aunque somos ministros de Cristo, somos, sin embargo, miserables y débiles; ¿Cómo entonces podemos ascender al Altar y manejar los Sagrados Misterios a menos que hagamos un esfuerzo frecuente por expiar nuestros pecados y limpiarnos? Por medio de la confesión frecuente, “aumenta el conocimiento correcto de uno mismo, se desarrolla la humildad cristiana, se desarraigan los hábitos morales perversos, se resiste la negligencia y el letargo espiritual, se purifica la conciencia, se fortalece la voluntad, se obtiene un sano dominio propio y se aumenta la gracia, asegurada por el hecho mismo de recibir el Sacramento” [53].

Dirección espiritual

63. Creemos que hay aquí otra recomendación más, que, al emprender y avanzar en la vida espiritual, no debéis confiar demasiado en vosotros mismos, sino que, con dócil sencillez debéis buscar y aceptar la ayuda de quien, con sabia moderación, pueda guiar vuestra alma, señalaros los peligros, sugeriros los remedios adecuados, y en cada dificultad interna y externa, pueda orientaros por el camino correcto hacia una perfección cada vez mayor, según el ejemplo de los santos y las enseñanzas del ascetismo cristiano. Sin estas guías prudentes para la conciencia, a menudo es muy difícil responder debidamente a los impulsos del Espíritu Santo y de la gracia de Dios.

Retiros

64. Por último, queremos recomendar de todo corazón a todos la práctica de Retiros. Cuando nos apartamos durante algunos días de nuestras ocupaciones y ambiente habituales, y nos retiramos a la soledad y al silencio, entonces estamos más atentos a escuchar la voz de Dios, que por tanto penetra más profundamente en nuestra alma. Los retiros, mientras nos llaman a un cumplimiento más santo de los deberes de nuestro ministerio, y a la contemplación de los misterios del Redentor, dan nueva fuerza a nuestra voluntad, para que podamos “servirle sin temor, en santidad y justicia ante Él todos nuestros días” [54].


PARTE II. LA SANTIDAD DEL SAGRADO MINISTERIO

55. El costado del Redentor fue traspasado en el monte Calvario y de él fluyó Su Preciosa Sangre corriendo como un torrente en inundación a través de los siglos para limpiar las conciencias de los hombres, expiar sus pecados, impartirles los tesoros de la salvación.

El sacerdote como dispensador de los misterios de Dios

56. Son los sacerdotes los que están destinados a realizar este misterio tan sublime. No solo procuran y comunican la gracia de Cristo a los miembros de Su Cuerpo Místico, sino que también son los órganos por los que este Cuerpo Místico se desarrolla porque siempre deben dar a la Iglesia nuevos hijos, criarlos, educarlos y guiarlos. Los sacerdotes son “los administradores de los misterios de Dios” [55]; por lo tanto, deben servir a Jesucristo con perfecta caridad y consagrar todas sus fuerzas a la salvación de sus hermanos. Son los apóstoles de la luz; por lo tanto, deben iluminar al mundo con las enseñanzas del Evangelio y ser tan fuertes en la fe cristiana como para poder comunicarla a los demás, y seguir el ejemplo y la doctrina del Divino Maestro para llevar a todos a Él. Son los apóstoles de la gracia y el perdón: por lo tanto, deben consagrarse enteramente a la salvación de los hombres y llevarlos al altar de Dios para que puedan alimentarse del pan de la vida eterna. Son los apóstoles de la caridad: por eso deben promover las obras de caridad, tanto más urgentes hoy cuando las necesidades de los indigentes han crecido enormemente.

57. El sacerdote también debe esforzarse por que los fieles comprendan correctamente la doctrina de la “Comunión de los santos”, la sientan y la vivan. Para ello, recomendad con celo las instituciones conocidas como Apostolado Litúrgico y Apostolado de la Oración. Asimismo, debéis promover todas aquellas formas de apostolado que hoy, por las necesidades especiales del pueblo cristiano, son tan importantes y urgentes. Trabajad, pues, con la máxima diligencia por la difusión de la instrucción en el Catecismo, el desarrollo y la difusión de la Acción Católica y la Acción Misionera, y, con la ayuda de laicos bien preparados y formados, acrecentad los proyectos de apostolado social que son demandados por nuestro tiempo.

Unión con Cristo en la obra apostólica

58. Pero el sacerdote debe recordar que cuanto más unido a Cristo y guiado en sus actividades por el espíritu de Cristo, más fructífero será su ministerio. Así, su obra sacerdotal no se reducirá a una actividad puramente natural que fatiga el cuerpo y la mente, y desvía al sacerdote mismo del camino correcto sin poco detrimento tanto para él como para la Iglesia. Pero su obra y su labor serán fecundos y corroborados por esos dones de gracia que Dios niega a los soberbios pero concede generosamente a los que trabajan humildemente en “la viña del Señor”, no buscando para sí mismos y sus propios intereses [56], sino para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Por lo tanto, fiel a las enseñanzas del Evangelio, no confiéis en vosotros mismos y en vuestras propias fuerzas, poned vuestra fe en la ayuda del Señor.

59. Cuando el apostolado está dirigido e inspirado de esta manera, es imposible que el sacerdote no atraiga las almas de todos con una fuerza casi divina. Al reproducir en sus hábitos y en su vida una imagen viva de Cristo, todos los que se dirigen a él como maestro, reconocerán, gracias a alguna convicción interior, que las palabras que habla no son suyas sino de Dios y que no actúa por propia voluntad, sino por la virtud de Dios: “Si alguno habla, sea con palabras de Dios. Si alguno ministra, sea como con la fuerza que Dios da...” [58]. Al esforzaros por la santidad y al ejercer vuestro ministerio con la mayor diligencia, los sacerdotes debéis dedicaros a representar a Cristo tan perfectamente como, con toda modestia, poder repetir las palabras del Apóstol de los Gentiles: “Sed imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo”.

La herejía de la acción

60. Por estas razones, alabando debidamente a quienes en los años que siguieron a la larga y terrible guerra, impulsados ​​por el amor de Dios y de hacer el bien al prójimo, guiados y siguiendo el ejemplo de sus obispos, han consagraron toda su fuerza al alivio de tanta miseria, No podemos abstenernos de expresar nuestra preocupación y nuestra ansiedad por aquellos que por las circunstancias especiales del momento se han hundido tanto en el torbellino de la actividad externa que descuidan el deber principal del sacerdote, su propia santificación. Ya hemos declarado públicamente por escrito [60] que aquellos que presumen que el mundo puede salvarse mediante lo que se ha llamado con razón "la herejía de la acción" deben ejercer un mejor juicio. La herejía de la acción es aquella actividad que no se basa en la ayuda de la gracia y no hace un uso constante de los medios necesarios para la búsqueda de la santidad que Cristo nos ha dado. De la misma manera, sin embargo, hemos considerado oportuno estimular a las actividades del ministerio a aquellos que, encerrados en sí mismos y casi desconfiados de la eficacia de la ayuda divina, no trabajan lo mejor que pueden para hacer que el espíritu del cristianismo penetre en la vida cotidiana en todas aquellas formas que exige nuestro tiempo [61].

Consagración completa a la salvación de las almas

61. Os exhortamos, por tanto, a trabajar con toda solicitud por la salvación de aquellos que la Providencia ha confiado a vuestro cuidado, unidos estrechamente al Redentor con cuya fuerza podemos hacer todas las cosas [62] ¡Cuán ardientemente deseamos, oh amados! hijos, que emuléis a aquellos santos que en tiempos pasados, con sus grandes hazañas, han demostrado lo que el poder de la Gracia Divina puede hacer en este mundo. Que todos, con humildad y sinceridad, podáis atribuiros siempre a vosotros mismos, con vuestras cargas espirituales como testigos, las palabras del Apóstol: “Con mucho gusto, por mi parte, gastaré y seré gastado por vuestras almas” [63]. Iluminad las mentes, guiad las conciencias, consolad y sostened a las almas que luchan con la duda y gimen de dolor. A estas formas de apostolado, añádanse también todas aquellas que las necesidades de los tiempos exigen.

Siguiendo el ejemplo del Redentor

62. De la misma manera que, para urgiros a la santificación personal, os hemos exhortado a reproducir en vosotros mismos la imagen viva de Cristo, así que ahora, por la eficacia santificadora de vuestro ministerio, os exhortamos a seguir constantemente el ejemplo de Divino Redentor. Lleno del Espíritu Santo, “anduvo haciendo bienes y sanando a todos los que estaban en el poder del diablo; porque Dios estaba con él”. [64] Fortalecidos por el mismo Espíritu y alentados por Su Fuerza, podréis ejercer un ministerio que, alimentado y encendido por la caridad cristiana, será rico en virtud divina y capaz de comunicar esta virtud a los demás. Que vuestro celo apostólico esté animado por esa caridad divina que todo lo soporta con serenidad, que no se deja vencer por la adversidad, y que abraza a todos, ricos y pobres, amigos y enemigos, fiel e infiel. Este esfuerzo diario y estas penurias diarias os son demandadas por almas por cuya salvación Nuestro Salvador sufrió pacientemente dolor y tormento hasta la muerte para restaurarnos a la Amistad Divina. Este es, y bien lo sabéis, el mayor bien de todos. No os dejéis, pues, dejaros llevar por el deseo inmoderado de éxito, no os dejéis desanimar si, después de un trabajo asiduo, no recogéis los frutos deseados. “Uno siembra, otro cosecha” [65].

La caridad en la obra apostólica


63. Dejad que vuestro celo apostólico brille con benigna caridad. Es necesario, y es deber de todos, luchar contra el error y repeler el vicio, el alma del sacerdote debe estar siempre abierta a la compasión. El error debe combatirse con todas nuestras fuerzas, pero el hermano que se equivoca debe ser amado intensamente y llevado a la salvación. ¿Cuánto bien no han hecho los santos, cuántas hazañas admirables no han realizado con su bondad incluso en circunstancias y ambientes penetrados por la mentira y degradados por el vicio? En verdad, quien, para complacer a los hombres, pasara por alto sus malas inclinaciones o fuera indulgente con sus formas incorrectas de pensar o actuar, perjudicando así la enseñanza cristiana y la integridad de la moral, estaría traicionando su ministerio. Pero cuando se conservan las enseñanzas del Evangelio y los que se han desviado son movidos por el sincero deseo de volver al camino correcto, el sacerdote debe recordar la respuesta de Nuestro Señor a San Pedro cuando le pregunta cuántas veces debe perdonar a su vecino. “No te digo siete veces, sino setenta veces siete”.

Desinterés

64. El objeto de vuestro celo no deben ser las cosas terrenales y pasajeras, sino las eternas. La resolución de los sacerdotes que aspiran a la santidad debe ser ésta: trabajar únicamente para la gloria de Dios y la salvación de las almas. ¡Cuántos sacerdotes, incluso en las estrechas circunstancias de nuestro tiempo, han tomado el ejemplo y las advertencias del Apóstol de los gentiles como regla de conducta! El Apóstol de los Gentiles, contento con el mínimo indispensable, declaró: “... pero teniendo comida y ropa suficiente, contentos con esto”. [67]

65. A través de este desinterés y este desprendimiento de las cosas terrenas dignas de la más alta alabanza, junto con la confianza en la Divina Providencia, el ministerio sacerdotal ha dado a la Iglesia frutos maduros de bien espiritual y social.

Incrementar el conocimiento y el celo

66. Finalmente, este celo trabajador debe ser iluminado por la luz de la sabiduría y la disciplina, e inflamado por el fuego de la caridad. Quien se proponga su propia santificación y la de los demás debe estar dotado de un conocimiento sólido que comprenda no sólo la teología, sino también los resultados de la ciencia moderna y el descubrimiento para que, como un buen padre, pueda sacar “de su almacén cosas nuevas y viejas” [68] y hacer cada vez más apreciado y fecundo su ministerio. En primer lugar, dejad que vuestras actividades se inspiren y permanezcan fieles a las prescripciones de esta Sede Apostólica y a las directrices de los Obispos. Que nunca suceda, amados hijos, que esas nuevas formas y métodos de apostolado, tan oportunos hoy, especialmente en las regiones donde el clero no es suficientemente numeroso, permanezcan muertos o, por mala dirección, no correspondan a las necesidades de los fieles.

67. Que vuestro celo aumente cada día, y por lo tanto, sustente a la Iglesia de Dios, sea ejemplo para los fieles y constituya un poderoso baluarte contra el cual se rompan los asaltos de los enemigos de Dios.

Satisfacción con los directores espirituales

68. Deseamos igualmente, en esta paternal exhortación nuestra, hacer mención especial a aquellos sacerdotes que, con humildad y ardiente caridad, trabajan prudentemente por la santificación de sus hermanos sacerdotes como consejeros, confesores o directores espirituales. El bien incalculable que rinden a la Iglesia permanece oculto en su mayor parte, pero un día se revelará en la gloria del reino de Dios.

El ejemplo de San Giuseppe Cafasso

69. No hace muchos años, con gran satisfacción, decretamos los honores del altar al sacerdote turinés Giuseppe Cafasso quien, como saben, en un período de lo más difícil, fue el guía espiritual sabio y santo de no pocos sacerdotes que ayudó a progresar en la virtud y cuyo sagrado ministerio hizo particularmente fecundo. Estamos plenamente seguros de que, a través de su poderoso patrocinio, nuestro Divino Redentor levantará a muchos sacerdotes en la misma santidad que se llevarán a sí mismos y a sus hermanos en el ministerio a tal altura de perfección en sus vidas, que los fieles, admirando su ejemplo, se sentirán movidos espontáneamente a imitarlos.


PARTE III. REGLAS PRÁCTICAS

70. Hasta el momento hemos expuesto las principales verdades y los principios básicos sobre los que se fundamenta el sacerdocio católico y el ejercicio de su ministerio. En la práctica diaria, todos los santos sacerdotes se ajustan diligentemente a estas verdades y principios, mientras que todos aquellos que, ay, han desertado o renunciado al sacerdocio, han violado las obligaciones contraídas en la sagrada ordenación.

Nuevos métodos para nuevos tiempos

71. Ahora, sin embargo, para que nuestra exhortación paterna sea más eficaz, creemos oportuno señalar con mayor detalle algunas de las cosas que se refieren a la práctica de la vida diaria. Esto es tanto más necesario porque en la vida moderna hay una serie de situaciones y problemas presentados de una manera nueva que exigen un examen más diligente y más atención. Es Nuestra intención, por tanto, exhortar a todos los sacerdotes, especialmente a los Obispos, a que empleen toda su solicitud en promover todo lo necesario en nuestro tiempo y en traer de vuelta a la verdad, al bien y a la virtud a todos los que se apartan del camino correcto.


FORMACIÓN DEL CLERO

Sacerdotes seculares y religiosos unidos por el bien de la Iglesia

72. Como bien sabéis, después de los prolongados y variados trastornos de la guerra reciente, el número de sacerdotes tanto en los países católicos como en las misiones a menudo se ha quedado atrás de las necesidades cada vez mayores. Por ello, exhortamos a todos los sacerdotes, tanto los del clero diocesano como los pertenecientes a órdenes o congregaciones religiosas, a avanzar unidos por lazos de caridad fraterna, en unión de fuerza y ​​voluntad, hacia el objetivo común: la bien de la Iglesia, santificación personal y santificación de los fieles. Todos, incluso los religiosos que viven apartados del mundo y en silencio, pueden contribuir a la eficacia del apostolado sacerdotal con la oración, el sacrificio y también con la acción pronta y generosa, en la medida de lo posible.

Contratación de nuevos trabajadores

73. Pero también es necesario contratar nuevos trabajadores. con la ayuda de la gracia divina. Por lo tanto, llamamos la atención especialmente de los Ordinarios y de quienes de alguna manera se dedican al cuidado de las almas sobre esta cuestión tan importante que está íntimamente relacionada con el futuro de la Iglesia. Es cierto que la Compañía fundada por Cristo nunca carecerá de los sacerdotes necesarios para su misión. Sin embargo, es necesario que todos estén atentos y se esfuercen, atentos a las palabras de Nuestro Señor, “la mies es mucha, pero los obreros pocos” [69], y ser lo más diligentes posible en la entrega a la Iglesia de numerosos y santos ministros.

Oración por las vocaciones

74. El mismo Señor nos muestra el camino más seguro para tener numerosas vocaciones: “Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”: [70] humilde oración confiando en Dios.

Creando gran estima por el sacerdocio

75. Pero también es necesario que las almas de los llamados por Dios estén preparadas para el impulso y la acción invisible del Espíritu Santo. La contribución que pueden dar los padres cristianos, pastores, confesores, superiores de seminarios, todos los sacerdotes y todos los fieles que tienen en el corazón las necesidades y el crecimiento de la Iglesia, es preciosa para este fin. Procurad los ministros de Dios, no sólo con la predicación y la instrucción catequética, sino también en conversaciones privadas, disipar los prejuicios ahora tan extendidos contra el estado sacerdotal mostrando su elevada dignidad, su belleza, su necesidad y su gran mérito. Toda madre y padre cristianos, sea cual sea su estatus social, deben orar a Dios para que sean dignos de que al menos uno de sus hijos sea llamado a su servicio. Finalmente, todos los cristianos deben considerar su deber animar y ayudar a quienes se sienten llamados al sacerdocio.

... Especialmente por Santidad de Vida

76. La elección de los candidatos al sacerdocio recomendada por el derecho canónico [71] a los pastores de almas debe ser tarea particular de todos los sacerdotes, que no sólo deben dar gracias humildes y generosas a Dios por el don inestimable que han recibido, sino también del mismo modo, nada debe ser más caro o más agradable que encontrar y preparar un sucesor para sí mismos entre aquellos jóvenes que saben que están equipados con las calificaciones necesarias. Para lograrlo con mayor eficacia, todo sacerdote debe esforzarse por ser y mostrarse ejemplo de vida sacerdotal que, para los jóvenes a los que se acerca y entre los que busca signos de la llamada divina, puede constituir un ideal de imitación.

Selección cuidadosa y prudente

77. Esta sabia y prudente selección debe continuar siempre y en todos los lugares, no solo entre los jóvenes que ya están en el seminario, sino también entre los que están estudiando en otro lugar y, en particular, entre los que participan en las diversas actividades del apostolado católico. Estos últimos, aunque ingresan en el sacerdocio a una edad posterior, suelen estar dotados de virtudes mayores y más sólidas porque ya han sido probados y han fortalecido su alma en el contacto con las dificultades de la vida y ya han colaborado en un campo que es también el ámbito de la actividad sacerdotal.

Investigación de aspirantes

78. Pero siempre es necesario investigar con diligencia a los aspirantes individuales al sacerdocio, para conocer las intenciones y las razones con las que han tomado esta resolución. En particular, cuando se trata de varones, es necesario averiguar si están dotados de las calificaciones morales y físicas necesarias y si aspiran al sacerdocio únicamente por su dignidad y el provecho espiritual de ellos mismos y de los demás.

Las calificaciones físicas de los candidatos

79. Bien sabéis, venerables hermanos, cuáles son las condiciones de aptitud mental y moral que la Iglesia requiere en los jóvenes que aspiran al sacerdocio. Consideramos superfluo detenernos con este tema. Por otro lado, nos parece útil exhortaros a que examinéis con su reconocida prudencia y con cuidado si los que desean recibir las Órdenes están en buena forma física, tanto más porque la guerra reciente ha dejado con frecuencia huellas mortales en la nueva generación y los ha perturbado de muchas maneras. Por esta razón, estos candidatos deben ser examinados cuidadosamente y, cuando sea necesario, se debe buscar el juicio de un buen médico.

80. Con esta elección de vocaciones hecha con celo y prudencia, confiamos en que surgirá por todos lados una numerosa y selecta fuerza de candidatos al sacerdocio.


EL CUIDADO DE LAS VOCACIONES

Un deber serio

81. Pero si muchos pastores están preocupados por la disminución de vocaciones, no menos se inquietan cuando se trata de manejar a los jóvenes que ya han entrado en el seminario. Somos conscientes, venerables hermanos, de lo ardua que es esta labor y de las grandes dificultades que presenta. Pero el cumplimiento de tan serio deber os dará el mayor consuelo en la medida en que, como decía nuestro predecesor León XIII: “De los cuidados y solicitud que impone la formación de los sacerdotes, obtendréis los resultados ardientemente deseados y experimentaréis que vuestro oficio episcopal será más fácil en su ejercicio y mucho más fructífero en sus resultados” [72].

82. Consideramos oportuno, por tanto, darles algunas reglas sugeridas por la necesidad, hoy más grande que nunca, de formar a los santos sacerdotes.

Un ambiente sano y tranquilo

83. En primer lugar, es necesario recordar que los alumnos de los seminarios menores son adolescentes separados del medio natural de su hogar. Es necesario, por tanto, que la vida que llevan los muchachos en los seminarios corresponda en la medida de lo posible a la vida normal de los muchachos. Se le dará gran importancia a la vida espiritual, pero de una manera adecuada a su capacidad y grado de desarrollo. Todo debe realizarse en un ambiente sano y tranquilo. Sin embargo, incluso aquí debe observarse que “la medida justa es la moderación” para que no suceda que los que tienen que ser preparados para el sacrificio y las virtudes evangélicas “vivan en casas suntuosas con la atención pagada a su gusto y comodidad”. [73]

Desarrollar un sentido de responsabilidad

84. Debe prestarse especial atención a la formación del carácter de cada niño, desarrollando en él el sentido de la responsabilidad, la capacidad de juzgar a los hombres y los acontecimientos y el espíritu de iniciativa. Por esta razón, los directores de seminarios deben usar la moderación en el empleo de medios coercitivos, aligerando gradualmente el sistema de control riguroso y restricciones a medida que los niños crecen, ayudando a los niños a valerse por sí mismos y a sentirse responsables de su comportamiento. Los directores deben dar cierta libertad de acción en algunos tipos de proyectos, acostumbrando a sus alumnos a la reflexión para que la asimilación de las verdades teóricas y prácticas les resulte más fácil.

85. De esta manera se encamina a los jóvenes por el camino de la honestidad y la lealtad, de la estima por la firmeza y rectitud de carácter y de la aversión por la falsedad y toda duplicidad. Cuanto más sinceros y rectos sean, mejor podrán ser conocidos y guiados por sus superiores, quienes deberán juzgar si son llamados por Dios para asumir las cargas del sagrado ministerio.

No demasiado aislamiento del mundo

86. Si los hombres jóvenes, especialmente los que han ingresado al seminario a una edad temprana, son educados en un ambiente demasiado aislado del mundo, pueden, al salir del seminario, encontrar serias dificultades en sus relaciones con la gente común o con los educados laicos, y puede suceder que adopten una actitud equivocada y falsa hacia los fieles o que consideren su formación bajo una luz desfavorable. Por ello, es necesario que los alumnos se acerquen, paulatina y prudentemente, a los juicios y gustos de la gente para que cuando reciban el Orden Sagrado y comiencen su ministerio no se sientan desorientados, cosa que perjudicará sus almas y que también perjudicará la eficacia de su trabajo.

Formación intelectual, literaria y científica

87. Otro deber importante de los Superiores es la formación intelectual de los estudiantes. Tenéis en cuenta, venerados hermanos, las normas y prescripciones dadas por esta Sede Apostólica sobre este tema y nosotros mismos desde nuestro primer encuentro con los estudiantes de los seminarios y colegios de Roma al comienzo de nuestro pontificado hemos recomendado a todos estas directrices [74].

No inferior al de los laicos

88. En primer lugar, instamos a que la educación literaria y científica de los futuros sacerdotes no sea al menos inferior a la de los laicos que toman cursos similares. De esta forma, no solo se asegurará la seriedad de la formación intelectual sino que también se facilitará la elección de materias. Los seminaristas se sentirán más libres en la elección de su vocación y se les advertirá del peligro de que, por falta de una preparación cultural suficiente que asegure una posición en el mundo, uno u otro alumno se sienta de alguna manera impulsado a tomar un camino que no es suyo, siguiendo el razonamiento del mayordomo infiel: “Cavar no puedo, mendigar me da vergüenza” [75]. Si, entonces, ocurriera que algún alumno en quien se abrigaban buenas esperanzas para su ingreso a la Iglesia dejara el seminario, esto no sería motivo de preocupación, porque luego el joven que logra encontrar su camino, no podrá olvidar los beneficios recibidos en el seminario y con su actividad, podrá hacer una contribución notable al trabajo de los laicos católicos.

Formación filosófica y teológica

89. En la formación intelectual de los jóvenes seminaristas - aunque no deben pasarse por alto otros estudios, especialmente los relacionados con las cuestiones sociales, tan necesarios hoy en día, se debe dar la mayor importancia a la enseñanza filosófica y teológica "según el método del Doctor Angélico" [76], actualizado y adaptado para responder a los errores modernos. El estudio de estos temas es de máxima importancia y utilidad tanto para el propio sacerdote como para el pueblo. Los maestros de la vida espiritual afirman que el estudio de las ciencias sagradas, siempre que se impartan de la manera correcta y según los sistemas correctos, es una ayuda sumamente eficaz para preservar y nutrir el espíritu de fe, controlar las pasiones y mantener el alma unida a Dios. Hay que añadir que el sacerdote que es “sal de la tierra” y “luz del mundo” [77] debe trabajar con fuerza por la defensa de la Fe predicando el Evangelio y refutando los errores doctrinales  difundidos hoy entre el pueblo por todos los medios posibles. Pero estos errores no pueden combatirse eficazmente si no se conocen a fondo los principios inexpugnables de la filosofía y la teología católicas.

El método escolástico

90. A este respecto, no está fuera de lugar recordar que el método de enseñanza que se ha utilizado durante mucho tiempo en las escuelas católicas es de particular eficacia para dar conceptos claros y mostrar cómo las doctrinas confiadas como depósito sagrado a la Iglesia, maestra de los cristianos, están conectados orgánicamente y son claros. Hoy no faltan quienes, apartándose de las enseñanzas de la Iglesia y pasando por alto la claridad y precisión de las ideas, no sólo se apartan del método correcto de nuestras escuelas sino que abren el camino a los errores y la confusión, como demuestra la triste experiencia.

91. Para evitar vacilaciones e incertidumbres en los estudios eclesiásticos, os exhortamos encarecidamente, venerables hermanos, a velar por que las reglas precisas establecidas por esta Sede Apostólica para dichos estudios sean recibidas fielmente y traducidas en hechos.


ENTRENAMIENTO MORAL Y ESPIRITUAL

El daño del conocimiento por sí mismo

92. Si con tanta solicitud hemos recomendado, en el desempeño de nuestro oficio apostólico, una sólida formación intelectual entre el clero, es fácil comprender cuánto nos preocupamos por la formación espiritual y moral de los jóvenes clérigos sin la cual ni siquiera el conocimiento sobresaliente puede causar un daño incalculable debido al orgullo arrogante que fácilmente entra en el corazón. Por eso, la Madre Iglesia desea ante todo y con ansiedad que en los seminarios se pongan bases sólidas para la santidad que el ministro de Dios debe desarrollar y practicar durante toda su vida.

Los clérigos deben buscar la vida interior

93. Como ya hemos escrito respecto a los sacerdotes, ahora insistimos en que los estudiantes clericales estén profundamente convencidos de la necesidad de esforzarse por adquirir esos ornamentos del alma que son las virtudes y, después de adquirirlos, conservarlos con el deseo de incrementarlos.

94. En el transcurso del día, siguiendo el programa más o menos uniforme, los clérigos realizan los mismos ejercicios espirituales. Existe el peligro de que los ejercicios externos de la piedad no vayan acompañados de un movimiento interior del alma, cosa que puede volverse habitual e incluso agravarse cuando, fuera del seminario, el ministro de Dios se deja llevar a menudo por la necesaria ejecución de sus deberes.

El espíritu de fe

95. Por eso, cuidemos con esmero la formación de los futuros clérigos para la vida interior, que es la vida del espíritu y según el espíritu. Que hagan todo a la luz de la Fe divina y en unión con Cristo, convencidos de que no hay otro tipo de vida posible para quien un día debe recibir el carácter sacerdotal y representar al Divino Maestro en la Iglesia. Para los seminaristas, la vida interior es el medio más eficaz para adquirir las virtudes sacerdotales, para superar las dificultades y llevar a cabo resoluciones saludables.

Sus directores deben inculcarles las virtudes eclesiásticas

96. Los responsables de la formación moral de los seminaristas deben aspirar siempre a que adquieran todas las virtudes que la Iglesia exige a los sacerdotes. De estas virtudes ya hemos hablado en otra parte de esta Exhortación y, por tanto, no hay razón para volver aquí al tema. Pero no podemos dejar de señalar y recomendar entre todas las virtudes que los aspirantes al sacerdocio deben poseer firmemente aquellas sobre las que se construye la estructura moral del sacerdote, como sobre sólidos pilares. Particularmente, obediencia.

97. Es necesario que los jóvenes adquieran el espíritu de obediencia, acostumbrándose a someter sinceramente la propia voluntad a la de Dios, manifestada por la legítima autoridad de los superiores. Nada se puede lamentar más en la conducta del futuro sacerdote que no sea conforme a la Voluntad de Dios. Esta obediencia debe estar inspirada siempre por el modelo perfecto, el Divino Maestro que en la tierra tenía un solo programa “hacer tu voluntad, oh Dios” [78].

98. A partir del seminario, el futuro sacerdote debe aprender a dar obediencia filial y sincera a sus superiores para estar siempre dispuesto a obedecer dócilmente a su Obispo, según la enseñanza del invencible Atleta de Cristo, Ignacio de Antioquía: “Obedeced todos al obispo como Jesucristo obedeció al Padre” [79], “El que honra al obispo es honrado por Dios”, “El que hace algo sin el conocimiento del Obispo, sirve al diablo” [80], “No hagas nada sin el obispo, mantén tu cuerpo como templo de Dios, ama la unión, huye de la discordia, sé imitador de Jesucristo como él fue imitador de su Padre” [81].

Castidad sólida y probada

99. Hay que poner todo el cuidado y la solicitud para que los jóvenes soldados del ejército sagrado aprecien, amen y conserven la castidad, porque de esta virtud depende en gran medida la elección del estado sacerdotal y la perseverancia en él. Al estar expuesta a peligros mayores, la castidad debe poseerse sólidamente y demostrarse extensamente. Que los seminaristas, por lo tanto, sean informados sobre la naturaleza del celibato eclesiástico, de la castidad que deben observar y de las obligaciones que conlleva, [82] y se les advierta sobre los peligros que pueden encontrar. Ellos deben defenderse de estos peligros desde una tierna edad, recurriendo fielmente a los medios que ofrece el ascetismo cristiano para refrenar las pasiones, porque cuanto más fuerte y eficazmente las dominen, cuanto más progrese el alma en las demás virtudes, más seguro será el fruto de su ministerio sacerdotal. Por eso, siempre que los jóvenes seminaristas muestren malas tendencias al respecto y, después de un debido juicio, se muestren incorregibles, es absolutamente necesario despedirlos del seminario antes de recibir las Sagradas Órdenes.

Devoción al Santísimo Sacramento

100. Estas y todas las demás virtudes sacerdotales pueden ser fácilmente adquiridas y firmemente poseídas por los seminaristas si desde el principio han adquirido y cultivado una sincera y tierna devoción a Cristo Jesús presente “verdadera, real y sustancialmente” en medio de nosotros en el más profundo y augusto Sacramento, y hacer de Él la inspiración y el fin de todas sus acciones y aspiraciones. Y, si a la devoción al Santísimo Sacramento unen la devoción filial a la Santísima Virgen María, llena de confianza y abandono a la Madre de Dios e instando al alma a imitar sus virtudes, entonces la Iglesia será supremamente feliz, porque el fruto de un ministerio ardiente y celoso nunca puede faltar en un sacerdote cuya adolescencia se ha alimentado del amor de Jesús y María.

Cuidado del clero más joven

101. Aquí no podemos dejar de exhortaros enérgicamente, venerables hermanos, a que os ocupéis especialmente de los jóvenes sacerdotes.

102. El paso de la vida abrigada y tranquila del seminario al ministerio activo puede ser peligroso para el sacerdote que entra en el campo abierto del apostolado si no ha sido preparado con prudencia para la nueva vida. Debéis daros cuenta de que las muchas esperanzas puestas en los sacerdotes jóvenes pueden fracasar si no se les presenta gradualmente la obra, no se les observa con sabiduría y se los guía paternalmente en los primeros pasos de su ministerio.

103. Aprobamos, por lo tanto, la reunión de jóvenes sacerdotes cuando sea posible durante algunos años en instituciones especiales donde, bajo la guía de superiores experimentados, puedan desarrollar su piedad y perfeccionarse en los estudios sagrados y encaminarse hacia esa forma de ministerio que corresponda más estrechamente a sus temperamentos y aptitudes.

104. Por esta razón, nos gustaría ver instituciones de esta naturaleza establecidas en cada diócesis o, según las circunstancias, para varias diócesis juntas.

105. En Nuestra Ciudad Querida, Nosotros mismos hicimos esto cuando, en el 50º aniversario de Nuestro sacerdocio, erigimos el Instituto San Eugenio para jóvenes sacerdotes [83].

106. Os exhortamos, Venerables Hermanos, a evitar en la medida de lo posible colocar a sacerdotes todavía inexpertos en plena actividad pastoral o enviarlos a lugares alejados de la Sede de la diócesis o de otros centros mayores. En esta situación, aislados, inexpertos, expuestos a peligros, sin consejeros prudentes, ellos mismos y su ministerio ciertamente sufrirían daños.

107. Es especialmente recomendable que los sacerdotes jóvenes convivan con algún párroco y sus ayudantes, porque así, con la guía de los mayores, pueden adaptarse más fácilmente al ministerio sagrado y perfeccionar el espíritu de piedad.

108. Recordamos a todos los pastores de almas que el futuro de los sacerdotes recién ordenados está en gran medida en vuestras manos. El celo ardiente y los propósitos generosos con que se animan al inicio de su ministerio pueden gastarse y ciertamente debilitarse con el ejemplo de sus mayores, si estos no brillan con el esplendor de la virtud o si, con el pretexto de no cambiar viejas costumbres, se muestran inclinados a la holgazanería.

Vida comunitaria

109. Aprobamos y recomendamos encarecidamente lo que ya es el deseo de la Iglesia [84] de introducir y extender la costumbre de la vida comunitaria entre los sacerdotes de la misma parroquia o de las parroquias cercanas.

110. Si la práctica de la vida comunitaria conlleva algún sacrificio, no cabe duda de que de ella se derivan grandes ventajas. En primer lugar, alimenta diariamente el espíritu de caridad y celo entre los sacerdotes. Luego, da un ejemplo admirable a los fieles del desprendimiento de los ministros de Dios de sus propios intereses y de sus familias. Finalmente, es un testimonio del escrupuloso cuidado con que se salvaguarda la castidad sacerdotal.

Continuación de estudios

111. Por otra parte, los sacerdotes deben cultivar el estudio, como prescribe sabiamente el Derecho Canónico: “Los clérigos no deben suspender sus estudios, especialmente los de carácter sagrado, después de haber recibido el sacerdocio” [85]. El Código, además de exigir que los exámenes se realicen “todos los años durante al menos tres años” [86] cuando se trate de nuevos sacerdotes, también prescribe que el clero debe celebrar reuniones varias veces al año “para promover el conocimiento y la piedad” [87].

Bibliotecas para el clero

112. Para fomentar estos estudios, a veces dificultados por las precarias condiciones económicas del clero, sería muy oportuno que los Ordinarios, según la espléndida tradición de la Iglesia, devolvieran la dignidad y la eficacia a las bibliotecas catedralicias, colegiadas y parroquiales.

113. A pesar del despojo y destrucción que han sufrido, muchas bibliotecas eclesiásticas poseen a menudo un valioso patrimonio de pergaminos, de libros manuscritos o impresos, “testimonio elocuente de la actividad e influencia de la Iglesia, de la fe y la piedad generosa de nuestros antepasados, sus estudios y su buen gusto” [88].

114. Estas bibliotecas no deben descuidarse como receptáculos para libros sino como estructuras habitables con un espacio de consulta y lectura. Pero sobre todo, que se actualicen y enriquezcan con obras de todo tipo, especialmente las relativas a las cuestiones religiosas y sociales de nuestro tiempo, para que los maestros, los párrocos y, en particular, los jóvenes sacerdotes encuentren allí la doctrina necesaria para difundir la verdad del Evangelio y luchar contra el error.


PARTE IV. PROBLEMAS ACTUALES

115. Por último, Venerados Hermanos, consideramos nuestro deber advertiros sobre las dificultades propias de nuestro tiempo.

El espíritu de la novedad

116. Ya sabéis que entre los sacerdotes, especialmente los menos dotados de doctrina y de vida menos estricta, se difunde un cierto espíritu de novedad de una manera cada vez más grave y perturbadora.

117. La novedad nunca es en sí misma un criterio de verdad y sólo puede ser digna de alabanza cuando confirma la verdad y conduce a la rectitud y la virtud.

118. La época en que vivimos adolece de graves errores: sistemas filosóficos que nacen y mueren sin mejorar en modo alguno la moral; monstruosidades del arte que incluso pretenden llamarse cristianas; normas de gobierno en muchos países que están dirigidas a los intereses personales de los individuos más que a la prosperidad común de todos; métodos de vida y relaciones económicas y sociales que amenazan más a los hombres honestos que a los astutos. De esto se desprende casi con naturalidad que no faltan en nuestro tiempo sacerdotes, infestados de alguna manera con este contagio, que se empapan de opiniones y siguen un modo de vida incluso en la vestimenta y el cuidado de su persona ajeno tanto a su dignidad como a su misión; sacerdotes que se dejan engañar por la manía de la novedad, ya sea en la predicación a los fieles o en la lucha contra los errores de los adversarios; sacerdotes que comprometen no solo su conciencia sino también su buen nombre y la eficacia de su ministerio.

Los cambios requieren la aprobación del obispo

119. Sobre todo esto, llamamos sinceramente vuestra atención, Venerables Hermanos, convencidos de que, entre la pasión generalizada por lo nuevo y el apego exagerado al pasado, utilizarán una prudencia circunspecta y vigilante incluso cuando se intenten nuevos caminos de actividad y lucha por el triunfo de la verdad. Estamos lejos de sostener que el apostolado no debe ser acorde con la realidad de la vida moderna y que no deben promoverse proyectos adaptados a las necesidades de nuestro tiempo. Pero dado que todo el apostolado realizado por la Iglesia está por esencia bajo el control de la Jerarquía, no deben introducirse nuevas formas salvo con la aprobación del Obispo.

120. De esta manera, todo se hará de forma ordenada y disciplinada y se asegurará la eficacia de la acción sacerdotal. Que todos estén convencidos de esto: que es necesario seguir la Voluntad de Dios y no la del mundo, y regular la actividad del apostolado según las directrices de la Jerarquía y no según las opiniones personales. Es una vana ilusión creerse capaz de ocultar la propia pobreza interior y aun así cooperar eficazmente en la difusión del Reino de Cristo mediante novedades en su método de acción.


EL CLERO Y LA CUESTIÓN SOCIAL

121. Asimismo, se requiere una actitud correcta con respecto a la doctrina social de nuestro tiempo.

Enfrentando directamente al comunismo

122. Hay algunos que se muestran temerosos e inseguros ante la maldad del comunismo que pretende robar su fe a los mismos a quienes promete prosperidad material. Pero documentos recientemente emitidos por esta Santa Sede han mostrado claramente el camino a seguir, el camino del que nadie debe desviarse a menos que desee incumplir su deber.

Denunciando los excesos nocivos del capitalismo

123. Otros se muestran no menos tímidos e inseguros ante ese sistema económico que deriva su nombre de la excesiva acumulación de riqueza privada [capitalismo excesivo o exagerado] *, cuyos graves efectos la Iglesia no ha dejado de denunciar . La Iglesia no solo ha señalado los abusos del capital y del derecho de propiedad promovidos y defendidos por este sistema, sino que ha insistido igualmente en que el capital y la propiedad privada deben ser instrumentos de producción en beneficio de toda la sociedad y los medios para sostener y defender la libertad y la dignidad de la persona humana. Los errores de los dos sistemas económicos y los resultados nocivos que se derivan de ellos deben persuadir a todos, especialmente a los sacerdotes, a permanecer fieles a la doctrina social de la Iglesia, a difundir el conocimiento de ella y, en la medida de su poder, reducirlo a una aplicación práctica. Esta enseñanza es la única que puede remediar los males tan extendidos que hemos denunciado. Esta enseñanza une y perfecciona las exigencias de la justicia y los deberes de la caridad y promueve un orden social que no oprime a los individuos y no los aísla en un egoísmo ciego, sino que une a todos en relaciones armoniosas y en el vínculo de la solidaridad fraterna.

Sirviendo tanto a los pobres como a los acomodados

124. Siguiendo el ejemplo del Divino Maestro, el sacerdote debe ayudar a los pobres, a la clase trabajadora, a todos los que están en dificultades y miserias, que incluye también a muchos de la clase media y no pocos hermanos sacerdotes. Pero no debe pasar por alto a quienes, aunque acomodados en cuanto a bienes terrenales, son a menudo, los más pobres de alma y necesitan ser llamados a la renovación espiritual para hacer como lo hizo Zaqueo, que dijo: “Yo doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado” [89]. En lo que respecta a la sociedad en lucha, el sacerdote no debe perder nunca de vista el propósito de su misión. Con celo y sin miedo, debe explicar los principios correctos sobre la propiedad, la riqueza, la justicia social y la caridad cristiana entre las diferentes clases.

Educar a los laicos en los deberes sociales

126. Habitualmente, la realización de estos principios sociales cristianos en la vida pública es tarea de los laicos, pero cuando no se encuentran laicos católicos capaces, el sacerdote debe esforzarse por formar a algunos adecuadamente.


LA SOLICITUD DEL SANTO PADRE PARA LOS SACERDOTES POBRES

126. Este tema nos da la oportunidad de decir unas palabras sobre las condiciones económicas en las que, durante la posguerra, se encuentran muchísimos sacerdotes, especialmente los de las regiones que han sentido más gravemente las consecuencias de la guerra y de la situación política acerca del reciente conflicto. Este estado de cosas nos angustia profundamente y no dejamos nada por hacer para aliviar lo mejor que podamos las dificultades, la miseria y la necesidad extrema que muchos experimentan.

127. Vosotros especialmente, venerables hermanos, sabéis muy bien cómo, en los lugares donde había extrema necesidad, intervenimos a través de la Sagrada Congregación del Concilio y dimos facultades extraordinarias a los Obispos y establecimos normas especiales para eliminar las flagrantes desigualdades económicas entre los sacerdotes de la misma diócesis. Observamos que, en algunos lugares, los sacerdotes han respondido al llamado de su Pastor de una manera loable. En otros lugares, no ha sido posible llevar a cabo plenamente la normativa establecida, debido a las serias dificultades encontradas.

128. Por eso, os exhortamos a que sigáis paternalmente el camino que habéis tomado y nos comuniquéis los resultados de vuestros esfuerzos, pues es inadmisible que vaya el obrero que ha sido enviado a la viña del Señor, sin su pan de cada día.

Seguridad social para sacerdotes

129. Por otra parte, Venerados Hermanos: Agradecemos vivamente todos los esfuerzos conjuntos que hacéis para que los sacerdotes no sólo no falten a sus necesidades diarias, sino también para que su futuro esté provisto, siguiendo el sistema de seguridad social que ya está vigente en otras clases de sociedad, que tanto alabamos y que asegura la debida asistencia en caso de enfermedad, invalidez y vejez. De esta manera aliviaréis las angustias de los sacerdotes ante un futuro inseguro.

Alabanza a los que ayudan a los compañeros sacerdotes

130. En este sentido, expresamos Nuestro agradecimiento paternal a todos aquellos sacerdotes que, incluso con grandes sacrificios, han ayudado y siguen ayudando a sus hermanos, especialmente a los enfermos y ancianos. Al actuar de esta manera, dan una prueba brillante de esa caridad mutua que Jesucristo ha establecido como la marca distintiva de sus discípulos: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” [90]. Confiamos en que estos lazos de amor fraterno se estrechen cada vez más entre los sacerdotes de todas las naciones para que sea cada vez más evidente que ellos, ministros de Dios Padre Universal, están unidos por el vínculo de la caridad, dondequiera que vivan.

131. Pero, comprended bien que tal problema no puede resolverse adecuadamente a menos que los fieles sientan la obligación de ayudar al clero según su capacidad y de dar todos los pasos necesarios para lograr este fin.

Educar a los fieles para ayudar a los sacerdotes necesitados

132. Por lo tanto, instruid a los fieles bajo vuestro cuidado sobre su obligación de ayudar a los sacerdotes en la miseria. Las palabras de Nuestro Señor son siempre ciertas: “El obrero merece su salario” [91]. ¿Cómo se puede esperar un trabajo ferviente y enérgico de los sacerdotes cuando carecen de las necesidades de la vida? Los fieles que pasan por alto este deber abren el camino, aunque involuntariamente, a los enemigos de la Iglesia que en varios países buscan reducir al clero a la miseria para privar al pueblo de sus legítimos pastores.

Obligación también por parte de las Administraciones Públicas

133. Los poderes públicos también, según las condiciones imperantes en cada país, tienen el deber de atender las necesidades del clero, de cuya actividad la sociedad deriva incalculables beneficios espirituales y morales.


EXHORTACIÓN FINAL

134. Finalmente, antes de cerrar Nuestra exhortación, no podemos dejar de recapitular y repetir cuánto deseamos grabar nuestras palabras cada vez más profundamente en vuestras mentes como un programa de vida y trabajo.

Llevando a todas las almas a Jesús

135. Somos sacerdotes de Cristo. Por lo tanto, debemos trabajar con todas nuestras fuerzas para que los frutos de su redención se apliquen con la mayor eficacia a cada alma. Considerad la inmensa necesidad de nuestro tiempo. Debemos hacer todo lo posible para hacer volver a los principios cristianos a los hermanos que se han descarriado por el error o han sido cegados por las pasiones, para iluminar a las naciones con la luz de la doctrina cristiana, para guiarlas según las normas cristianas y para formar en ellas más conciencias cristianas, y, por último, instarlos a luchar por el triunfo de la verdad y la justicia.

Transmitir a los demás la vida recibida de Cristo

136. Alcanzaremos nuestra meta sólo cuando nos hayamos santificado de tal manera que podamos transmitir a los demás la vida y la virtud que hemos recibido de Cristo, mostrando un buen ejemplo.

137. Por eso, recordamos a todo sacerdote las palabras del Apóstol: “No descuidéis la gracia que está en ti, que te fue concedida en virtud de la profecía con la imposición de manos del presbiterio” [92]. “Muéstrate en todo ejemplo de buenas obras, en la enseñanza, en integridad y dignidad; sea ​​tu discurso sano y sin mancha, para que cualquiera que se oponga, sea avergonzado, sin tener nada malo que decir de nosotros” [93].

Estimación de la vocación sacerdotal

138. Tened la mayor atención a vuestra vocación, amados hijos, y vividla de modo que produzca abundantes frutos para la edificación de la Iglesia y la conversión de sus enemigos.

Renovación del Espíritu en este Año Santo

139. Para que esta Exhortación paterna nuestra alcance el resultado deseado, os repetimos estas palabras que, de cara al Año Santo, son más oportunas que nunca: “Pero sed renovados en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, que ha sido creado según Dios en justicia y santidad de verdad” [94]. “Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos muy amados y andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros en ofrenda y sacrificio a Dios para ascender en olor fragante” [95]. “Mas sed llenos del Espíritu, hablándonos unos a otros con salmos e himnos y cánticos espirituales, cantando y haciendo melodías en vuestros corazones al Señor” [96]. “Estad atentos con perseverancia y súplica por todos los santos” [97].

Un retiro de año santo

140. Reflexionando sobre estos incentivos dados por el Apóstol de los Gentiles, creemos oportuno sugerir que durante el transcurso de este Año Santo debéis realizar un Retiro extraordinario para que, llenos de renovado fervor y piedad, podáis incitar a otras almas a adquirir los tesoros de la indulgencia divina.

Confianza en María, Madre de los sacerdotes

141. Cuando os encontréis con dificultades muy graves en el camino de la santidad y en el ejercicio de vuestro ministerio, volved los ojos y la mente con confianza a Ella, que es la Madre del Eterno Sacerdote y, por lo tanto, la Madre amorosa de todos los sacerdotes católicos. Eres muy consciente de la bondad de esta Madre. En muchas regiones habéis sido los humildes instrumentos de la misericordia del Inmaculado Corazón de María al reavivar maravillosamente la fe y la caridad del pueblo cristiano.

142. La Virgen ama a todos con el más tierno amor, pero tiene una especial predilección por los sacerdotes que son imagen viva de Jesucristo. Consolaos con el pensamiento del amor de la Divina Madre por cada uno de vosotros y encontraréis mucho más fáciles las labores de vuestra santificación y ministerio sacerdotal.

Todos los sacerdotes confiados a María

143. A la amada Madre de Dios, mediadora de las gracias celestiales, encomendamos a los sacerdotes de todo el mundo para que, por su intercesión, Dios conceda un derramamiento generoso de su Espíritu que mueva a todos los ministros del altar a la santidad y , a través de su ministerio, renovará espiritualmente la faz de la tierra.

Bendición especial para el clero perseguido

144. Confiando en el poderoso patrocinio de la Inmaculada Virgen María en lo que respecta a la realización de estos deseos, imploramos abundancia de gracias divinas a todos, pero especialmente a los obispos y sacerdotes que sufren persecución, encarcelamiento y destierro a causa de su diligente defensa de los derechos y la libertad de la Iglesia. Os expresamos nuestro más tierno afecto y os exhortamos paternalmente a seguir dando ejemplo de valentía y virtud sacerdotal.

Bendición para todos los sacerdotes

145. Que la Bendición Apostólica que con amor impartimos a todos y cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y a todos vuestros sacerdotes, sea la prenda de estas gracias celestiales y una prueba de nuestra paternal benevolencia.

146. Dado en Roma, en San Pedro, el veintitrés de septiembre del año del Gran Jubileo de 1950, duodécimo de Nuestro Pontificado.

PIO XII


NOTAS FINALES

* - Frase entre paréntesis insertada por el traductor. La redacción anterior es una traducción literal del texto latino oficial. Debido a que la traducción al italiano que aparece en L'Osservatore Romano usó la palabra “capitalismo” mientras que el latín no lo hizo, el NCWC News Service solicitó una explicación precisa del significado de la frase latina. Mons. Antonio Bacei, secretario de la Secretaría de Escritos a los Príncipes del Vaticano, dijo que lo que se pretendía con la frase latina era “capitalismo excesivo o exagerado”. Monseñor Bacci encabeza el secretariado que se encarga de la preparación en latín de los documentos que le encomienda el Papa.

1. Cf. Ioann., XXI, 15 y 17.

2. I Petr., V, 2 y 3.

3. Praef. Miss. in festo Iesu Christi Regis.

4. Cf. I Cor., IV, 1.

5. Cf. I Cor., III, 9.

6. Cf. II Tim., III, 17.

7. Exhortatio Haerent animo; Acta Pio X , vol. IV, pág. 237 pies cuadrados

8. Litt Enc. Ad catholici sacerdotii, AAS , XXVIII, 1936, pág. 5 

9. AAS, XXXV, 1943, pág. 193

10. AAS XXXIX, 1947, pág. 521

11. Ioann., XX, 21.

12. Luc., X, 16.

13. Hebr., V, 1.

14. I Cor., III, 9.

15. II Cor., II, 15.

16. Pontificale Rom., De ord. presbyt.

17. Cf. Col., III, 3.

18. Cf. Mateo, XXII, 37, 38, 39.

19. Cf. I Cor., XIII, 4, 5, 6, 7.

20. Col., III, 14.

21. CIC, can. 124.

22. Act. Ap., X, 38.

23. Ioann., XIII, 15.

24. Mateo, XI, 29.

25. Ioann., XV, 5.

26. Mat., XX, 28.

27. Cf. Mateo, XVI, 24.

28. II Cor., XII, 5.

29. Acta Ap., V, 41.

30. I Cor., VII, 32, 33.

31. Missale Rom., lata.

32. I Petr., V, 8.

33. Marc., XIV, 38.

34. Pontificale Rom., En ordin. Diacon.

35. II Cor., XII, 14.

36. De imit. Christi, IV, c. 5, verso 13, 14.

37. S. ATHANS., De incarnatione, n. 12: Migne, PG, XXVI. 1003s.

38. Cfr. S. Aug., De civitate Dei; 1. X, c. 6: Migne, PL, XLI, 284.

39. Cfr. Mateo, V, 6.

40. Rom., XIII. 14.

41. Sermo CVIIIs Migne, PL, LII, 500, 501.

42. AAS, XXXIX, 1947, págs. 552, 553.

43. Hebr., V, 1.

44. Brev. Rom., Hymn. pro. off. Dedic. Eccl.

45. Luc., XVIII, 1.

46. ​​Hebr., XIII, 15.

47. Ibíd., V, 7.

48. S. Aug., Ennar. en Ps. LXXXXV, n. 1: Migne, PL, XXXVII, 1081.

49. Cfr. Litt. Enc Mediator Dei: AAS, XXXIX, 1947, pág. 574.

50. Cf. lata. 125, 2.

51. Cf. CIC, can. 125, 2.

52. CIC, can. 125, 1.

53. Litt. Enc. Mystici Corporis Christi: AAS, XXXV, 1943, pág. 235.

54. Luc., I, 74, 75.

55. I Cor., IV, 1.

56. Cfr. I Cor., X, 33.

57. I Cor., III, 7.

58. I Petr., IV, 11.

59. I Cor., IV, 16.

60. Cf. AAS, XXXVI, 1944, pág. 239; Epist. Cum Proxime exeat.

61.Cf. Orat. die XII mesis sept. a. MCMXXXXVII habitam.

62. Cf. Phillipp., IV, 13.

63. II Cor., XII, 15.

64. Acta Ap., X, 38.

65. Ioann., IV, 37.

66. Mateo, XVIII, 22.

67. I Tim., VI, 8.

68. Cf. Mateo, XIII, 52.

69. Luc., X, 2.

70. Ibidem.

71. Cfr. lata. 1353.

72. Litt. Enc. Quod Multum, ad Episcopos Hungarieae, dei 22 mensis Augusti a. 1886: Acta Leonis, vol VI, p. 158.

73. Cfr. Allocut. D. 25 de noviembre a. 1948 habitam: AAS, SL, 1948, p. 552. 74. Cfr. Orationem die 24 mensis Iunii 1939 habitam: AAS, XXXI, 1939, págs. 245-251.

75. Luc., XVI, 3.

76. Cfr. CIC, can 1366, 2.

77. Cfr. Mateo, V, 13, 14.

78. Hebr., X, 7.

79. Ad Smyrnaeos, VIII, 1; Migne, PG, VIII, 714.

80. Ibíd., IX, 1, 714, 715.

81. Ad Philadelophienses VII, 2; Migne, PG, V, 700.

82. Cfr. CIC, can. 132.

83. Cfr. AAS, XLI, 1949, págs. 165-167.

84. Cf. CIC, can. 134.

85. Can. 129.

86. Can. 130, 1.

87. Can 131, 1.

88. Epistulam Emi Card. Petri Gasparri, a publicis Ecclesiae negotiis, ad Italiae Episcopos datam de 15 mensis Aprilis anno 1923: in Enchiridion Clericorum, Typ.

89. Luc., XIX, 8.

90. Ioann., XIII, 35.

91. Luc., X, 7.

92. I Tim., IV, 14.

93. Tit., II, 7, 8.

94. Efesios, IV, 23, 24.

95. Ibíd., V, 1, 2.

96. Ibíd., V, 18, 19.

97. Ibíd., VI, 18.