Mostrando entradas con la etiqueta Oraciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oraciones. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de septiembre de 2026

16 DE SEPTIEMBRE: SANTA EUFEMIA DE CALCEDONIA, MÁRTIR


16 de Septiembre: Santa Eufemia de Calcedonia, mártir

(✞ 304)

Santa Eufemia es una santa profundamente venerada tanto en Oriente como en Occidente desde el siglo IV; su cabeza luce la doble corona de la virginidad y el martirio. Su vida transcurrió en Calcedonia, una ciudad costera de Asia Menor situada frente a Constantinopla. En la magnífica iglesia que se erigió sobre su sepulcro ya en el siglo IV, se celebró en el año 451 el célebre cuarto Concilio Ecuménico de Calcedonia, el cual proclamó la doctrina eclesiástica de las dos naturalezas de Cristo —la divina y la humana— unidas en la única persona divina del Dios-Hombre.

Poco sabemos de la rica vida virtuosa de la santa virgen, pero sí conocemos más detalles sobre el conmovedor martirio de esta firme testigo de la fe. El célebre poeta Enodio, fallecido a principios del siglo VI siendo obispo de Pavía, dedica al heroísmo de su virtud los siguientes versos conmemorativos:

Oh Virgen, ¿qué boca o qué pluma podría

alabar como es debido la gloria de tu virtud?

¡Aprende de ella, hombre de fe vacilante!

¡Joven enfermo de virtud, cómo te avergüenza

el luminoso ejemplo de la fuerte Virgen!

Mira: su virtud no conoce la blandura infantil,

ni el sexo débil, ni el ánimo varonil quebrantado.

Su corazón, que como esposa abraza al Espíritu de Cristo,

rompe las ataduras de lo perecedero.

El espíritu, que irradia el poder y el fuego de Dios,

desafía con fuerza y ​​victoria cualquier tormento.

La posteridad conservó los detalles de su martirio gracias al pincel del pintor, que resultó más elocuente que la pluma del historiador. En efecto, tales detalles podían leerse a la vista de todos en las pinturas que adornaban los muros de su iglesia en Calcedonia. El obispo Asterio de Amasia, en el siglo IV, los describió. Él introduce el relato con el siguiente recuerdo piadoso: “Una mujer santa, virgen intacta llamada Eufemia, había consagrado su castidad a Dios. Cuando un día el tirano desató una persecución contra los cristianos piadosos, ella ofreció su vida con alegría y voluntariamente. Sus compatriotas y hermanos en la fe, llenos de admiración por aquella testigo de la fe —glorioso ejemplo de firmeza y santidad—, erigieron un sepulcro cerca del templo. Allí depositaron sus restos y desde entonces le rinden culto público. Celebran el aniversario como una fiesta de alegría común para todo el pueblo congregado. Si bien los ministros consagrados a la interpretación de los misterios divinos honran continuamente su memoria en sus sermones, exhortando con gran énfasis a los fieles reunidos en el culto a considerar cómo ella perseveró y culminó su lucha en el sufrimiento, también el pintor, piadoso y entusiasta, plasmó en el lienzo toda la historia de su martirio con vívida representación, y dispuso que la santa pintura se colgara allí mismo, junto al sepulcro, a la vista de todos”.

Según una tradición fidedigna, “la magnífica obra de arte” representaba con gran fuerza expresiva la gloriosa pasión de la mártir a través de cuatro escenas. La primera mostraba el interrogatorio de la confesora de la fe: “El juez, imponente, está sentado en su sitial y clava una mirada sombría y desafiante en la joven”. Ella permanece ante él y sus asesores vestida con sencillez y tonos oscuros, con la mirada castamente baja hacia el suelo, mostrándose “serena e intrépida”. Dos soldados la custodian, mientras los escribientes sostienen sus tablillas de cera para registrar el interrogatorio y la sentencia. La mano del hombre graba su sentencia de muerte en la cera; la mano de Dios, al mismo tiempo, escribe su nombre en el libro de la vida eterna.

La segunda imagen representaba con conmovedora viveza el suplicio que la santa hubo de soportar: un verdugo le inclina violentamente la cabeza hacia atrás; un segundo le sujeta el rostro con mano brutal; un tercero le arranca cruelmente los dientes con unas tenazas y un martillo. “Involuntariamente rompí a llorar —añade el piadoso observador—, y la compasión me ahogaba la voz”.

La tercera pintura mostraba a la sufriente inquebrantable en la mazmorra: “Allí permanece, abandonada y vestida de oscuro. Extiende ambas manos hacia el cielo e invoca a Dios para que la auxilie en su tribulación. Entonces, sobre la cabeza de la mujer que ora aparece una cruz... símbolo, a mi parecer, de la muerte que le aguarda tras el martirio”.

En la cuarta imagen aparecía representada una hoguera encendida. En medio de las llamas se encuentra la mártir cristiana, con las manos alzadas hacia el cielo. “Su rostro no denota tristeza, sino más bien la alegría de la peregrina a quien, tras la muerte corporal, le aguarda la vida eterna”.

El Martirologio dice: "Ella soportó por Cristo las torturas, la prisión, las fustas, los suplicios de la rueda, las llamas, los pesos, las fieras, las flagelaciones, los filos cortantes, el pez hirviendo... Llevada de nuevo al anfiteatro, para ser entregada a las fieras, después de haber orado al Señor de recibir su alma, una de las fieras la mordió, mientras las otras la lamían los pies, y ella entregó así a Dios su alma inmaculada"

A mediados del siglo VIII, el emperador bizantino Constantino Coprónimo —feroz enemigo de las imágenes de Cristo y de los santos— ordenó profanar la iglesia de Santa Eufemia y arrojar sus restos mortales al mar. No obstante, tras ser hallados por dos hermanos, la emperatriz Irene los restituyó a la iglesia reconstruida, devolviéndolos así a la veneración de los fieles.

Relicario de Santa Eufemia de Calcedonia que actualmente se conserva en la iglesia patriarcal de San Jorge.

Reflexión:

Detengamos un momento más la mirada en la imagen de la mártir que sufre y muere. A ello nos invita, al final, el obispo Asterius, quien nos la describió anteriormente. Y quien siga este consejo comprobará por experiencia propia que, cuanto más se sumerge la mirada contemplativa en la imagen, tanto más difícil resulta expresar con palabras su carácter conmovedor y edificante, y tanto más impulsa a imitar su ejemplo.
 
Oración:

Concédenos, Dios omnipotente, alegrarnos con los méritos de la santa, virgen y mártir Eufemia, y recibir beneficios por nuestras súplicas. Señor, que ella nos alcance tu perdón, pues te agradó siempre por la fortaleza en el martirio y por el mérito de su castidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 
Nota Diario7: Tras la “reforma litúrgica” ejecutada tras el nefasto conciliábulo Vaticano II, la fiesta de Santa Eufemia fue retirada de la liturgia obligatoria global permitiéndose solamente en  las diócesis, iglesias o pueblos donde es patrona (como en Antequera, España, o Rovinj, Croacia), o en los templos dedicados a ella.
 

16 DE SEPTIEMBRE: SAN CIPRIANO, OBISPO Y MARTIR


16 de Septiembre: San Cipriano, Obispo y mártir

(✞ 258)

El santísimo Obispo, sapientísimo Doctor y fortísimo Mártir de Jesucristo, San Cipriano, fue de nacionalidad africana y de ilustre sangre, pues su padre era hombre muy poderoso, senador nobilísimo, y obtuvo en Cartago la dignidad primera de aquel orden.

Desde su niñez, Cipriano se dio a las letras humanas y a la elocuencia y filosofía, y enseñó retórica con grandes loas y fama.

Más, como era gentil, cayó en todos los vicios y liviandades de los mozos paganos, hasta que se casó y tuvo hijos.

Entonces trabó amistad con un santo presbítero llamado Cecilio, el cual con su ejemplo y doctrina le persuadió que se hiciese cristiano, y él lo hizo, con tan particular conocimiento de la merced que recibía de Dios por medio de Cecilio, que siempre lo reverenció como a padre de su alma y maestro de su nueva vida.

El mismo día que se bautizó con el beneplácito y consentimiento de su mujer, se apartó de su compañía, y dejando a ella y a sus hijos todo lo que habían de necesitar para su sustento, repartió sus grandes riquezas a los pobres y comenzó a hacer una vida perfectísima, y a enseñar una doctrina alta y admirable que no parecía sino haberla recibido del cielo.

Porque tras bautizarse, comenzó a pensar y hablar como excelentísimo teólogo, y aunque el mismo decía que procuraba cortar de raíz la elocuencia y el ornato de palabras, sus escritos causan admiración a los grandes maestros.

Fue elegido presbítero de Cartago por aclamación de todo el clero y el pueblo, y poco después, habiendo muerto el Obispo Donato, a una voz escogieron al santo como sucesor en aquella cátedra, sacándolo del retiro en el que se había ocultado.

No se puede fácilmente decir cuán admirablemente resplandeció como antorcha clarísima de la Iglesia africana.

Se hacia amar, temer y reverenciar por todos, y en una terrible pestilencia, en la que los gentiles desamparaban a sus enfermos y huían de Cartago, el santo les visitaba y socorría, convirtiendo gran numero de ellos a la fe de Jesucristo.

Escribió entre otros muchos libros un tratado sobre la unidad de la Fe y otro acerca de la modestia con que habían de vestirse las vírgenes y también una elocuentísima exhortación al martirio.

Habiéndose levantado una terrible persecución que había anunciado el santo, en la cual deseaba morir por la Fe, no pudo alcanzarlo, a pesar de que en el anfiteatro no se oían más que gritos de los idólatras que clamaban: ¡Cipriano a los leones!

Ellos pensaban triunfar sobre los fieles con la muerte del santo Obispo, pero alguien le aconsejó a Cipriano que se escondiese, como lo hizo por el bien de su Iglesia.

Más tarde, se renovó nuevamente la persecución, y entonces, el santo Obispo fue llamado por el tirano Galerio Máximo. Él se presentó ante el tribunal, y a todas las preguntas que le hizo, contestó:

- Soy cristiano y me glorío de serlo.

Juzgando el procónsul que no era conveniente dilatar el martirio del santo prelado, mandó que ese mismo día le cortasen la cabeza.

Reflexión:

A pesar de ser San Cipriano tan sabio y santo Obispo, cayó en un error creyendo que era inválido el Bautismo, siempre que fuese administrado por herejes; en ello creía seguir la Tradición de la Iglesia africana en tiempo en que nada había definido. “Permitió Dios -dice San Agustín- que por el entendimiento humano que es limitado, Cipriano errase para que conociésemos que la infalibilidad no es privilegio de los Doctores esclarecidos, sino de las decisiones de la Iglesia, y de su cabeza visible que es el vicario de Cristo”.

Oración:

Asístenos, Señor, con tu gracia en la festividad del bienaventurado mártir y pontífice San Cipriano, para que su poderosa intercesión nos haga agradable a tu Divina Majestad. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 

martes, 15 de septiembre de 2026

15 DE SEPTIEMBRE: SANTA CATALINA DE GÉNOVA, VIUDA


15 de Septiembre: Santa Catalina de Génova, viuda

(✞ 1510)

La heroica enfermera y consoladora de los pobres, Santa Catalina de Génova, fue natural de la ciudad que lleva su nombre, y de la nobilísima casa de los Fieschi.

Deseaba en gran manera imitar el ejemplo de una hermana suya llamada Limbonia, que servía al Señor en un monasterio de monjas agustinianas; más estorbáronselo sus padres, los cuales a todo trance quisieron casarla con un mancebo muy noble y rico de Génova.

Este caballero se llamaba Julián Adorno, y aunque antes de tomar a Catalina por esposa parecía de loables costumbres, se desenfrenó después, de manera que los diez años que vivió en compañía de la santa, fueron para ella diez años de cruel martirio.

Lo ponían fuera de sí la ambición de honrar mundanas, la ficción al juego, y a los deleites sensuales; y aunque la santa con muchas lágrimas pedía al Señor la conversión de su marido, no abrió éste los ojos hasta que el juego y con los vicios, hubo perdido su salud y toda su hacienda y la de su esposa.

Entonces por las oraciones de la santa se convirtió a Dios y entró en la Tercera Orden de San Francisco, y al poco tiempo pasó de esta vida con señales de verdadera contrición y arrepentimiento.

Desde aquel día determinó la santa viuda comenzar a servir a Dios y a los pobres de Jesucristo en el hospital Mayor de Génova, donde por muchos años fue como el ángel consolador de los enfermos.

Era tan grande la Caridad que ardía en su pecho que se extendía a todos los enfermos de la ciudad; de día y de noche los visitaba en sus casas, los animaba y les regalaba cuanto podía, llevando lo que les era menester para remediar sus necesidades.

La ciudad de Génova bendice todavía con singular reconocimiento el nombre de la santa por los portentos de Caridad que obró en los años 1497 y 1501 cuando la pestilencia desolaba la población.

Todos huían por escapar del terrible azote, pero no huyó la santa, antes se quedó como enfermera de los heridos de la peste, acudía a su socorro, y a unos daba la salud del cuerpo, y a otros, disponía a bien morir y alcanzar la eterna salvación del alma.

No se pueden decir ni imaginar las proezas de Caridad que llevó a cabo esta gran Santa. Más si no fueron menos asombrosas sus austeridades y ayunos, porque pasó veintitrés cuaresmas y otros tantos advientos sólo con el pan eucarístico y bebiendo un poco de agua mezclada con sal y vinagre.

Escribió un hermoso diálogo sobre el purgatorio que basta para desengañar a los herejes protestantes que niegan este dogma.

Finalmente, a la edad de setenta y siete años, sabiendo que llegaba su dichosa muerte, recibió el santo viático diciendo:

- Ven, oh querido Esposo de mi alma.

Y llena de méritos y virtudes voló a la gloria del cielo.

Reflexión:

No es maravilla que todos los buenos genoveses alaben y glorifiquen a esta santa heroína de la Caridad y la invoquen con gran fe en las públicas calamidades. En ella se manifiesta el verdadero amor del prójimo, propio de la Caridad cristiana, que en semejantes ocasiones suele llegar hasta el heroísmo, y se distingue del falso amor al prójimo que huye de todo peligro de muerte, faltando a veces aún a las obligaciones y oficios más necesarios de la Caridad y careciendo hasta de palabras de consuelo y esperanza para reanimar los corazones de los enfermos y moribundos.

Oración:

Dígnate, oh Señor, Autor de nuestra salud, escuchar nuestras humildes súplicas, para que así como nos alegramos en la festividad de la bienaventurada Catalina, así imitemos su piedad y afectuosa devoción. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

lunes, 14 de septiembre de 2026

14 DE SEPTIEMBRE: LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


14 de Septiembre: La Exaltación de la Santa Cruz

(Hacia el año 630)

Queriendo nuestro Señor castigar al emperador Focas, príncipe vicioso y desalmado, que mató a Mauricio y le sucedió en el Imperio, movió a Cosroes II, rey de Persia, que le hiciese la guerra y tomase muchas y grandes provincias.

Focas acabó su vida asesinado y sucedióle en el Imperio Heraclio, príncipe muy virtuoso.

Entre tanto Cosroes, tomaba las ciudades por fuerza de armas; hasta que finalmente, vino sobre la Santa Ciudad de Jerusalén, y la tomó y saqueó, y mató en ellas miles de personas, y llevó consigo preso y cautivo a Zacarías, patriarca de Jerusalén, santo varón y excelente prelado y a otro gran número de gente, y tomó el santo madero de la Cruz de Jesucristo, nuestro Redentor, y le llevó a Persia, y le puso encima de su trono real, que era de oro fino, entre muchas perlas y piedras preciosas.

Como Heraclio viese los daños de su imperio, juntó un ejército de gente nueva y bisoña para salir en busca de Cosroes, confiando que Dios le daría victoria sobre el blasfemo e insolente rey.

Trabáronse entre los dos ejércitos crueles batallas, sin declararse la victoria por ninguna de las partes, hasta que pidiendo Heraclio socorrer a la Virgen Santísima, cuya imagen llevaba en la mano derecha, súbitamente se levantó un viento muy recio, con gran lluvia y granizo, que a los cristianos daba en las espaldas y a los persas en los ojos, con lo cual los cristianos quedaron desde aquel día, vencedores.

Cosroes, humillado y vencido, restituyó todas las tierras que había tomado del imperio, y el tesoro de la casa real que poseía su padre, y la Santa Cruz, y todos los cristianos que tenía cautivos.

El emperador Heraclio para dar gracias a Nuestro Señor, ordenó una solemnísima procesión, en la cual llevaba él mismo en sus hombros la Santa Cruz que había estado catorce años en poder de Cosroes.

Pero al entrar con ella en Jerusalén, y llegando a la puerta de la ciudad, no pudo dar un paso adelante.

Entonces el santo patriarca Zacarías le dijo:

- Mira, oh emperador, si es la causa de esto, el llevar tú la Cruz con muy diferente traje y manera que el Señor la llevó por este camino.

Entonces se quitó Heraclio la vestidura imperial y la corona de la cabeza; y con los pies descalzos pudo proseguir con la procesión hasta poner la Sacrosanta Cruz en el mismo lugar de donde Cosroes la había quitado.

Quiso Nuestro Señor establecer aquel triunfo y regalar a su pueblo con grandes maravillas entre las cuales resucitó aquel día un muerto, cuatro paralíticos cobraron salud, quince ciegos la vista, diez leprosos quedaron limpios, y muchos que eran atormentados del demonio quedaron libres y gran número de enfermos con entera salud; a cuyos prodigios pueden añadirse otros infinitos obrados en toda la cristiandad por la virtud de las reliquias de la Santa Cruz, en la cual se nos dio la salud, la redención y la vida eterna.

Reflexión:

Así como Heraclio llevó humildemente sobre sus hombros la Cruz de Jesucristo, así hemos de llevar con humildad y resignación nuestra Cruz conforme a lo que dice el Señor en su Evangelio: Si alguno quisiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame (Luc. XIV). Mostremos pues nuestra paciencia cristiana en las enfermedades, dolores, pobrezas, infamias, falsos testimonios y otras muchas aflicciones semejantes; que estas cosas son para nosotros la Cruz de Cristo, y en sufrirlas por su amor está nuestra virtud, merecimiento y corona.

Oración:

Oh Dios! Que nos alegras en este día con la solemnidad de la Exaltación de la Santa Cruz, te rogamos nos concedas que merezcamos gozar en el cielo el premio de la redención, cuyo misterio hemos conocido en la tierra. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

domingo, 13 de septiembre de 2026

13 DE SEPTIEMBRE: SAN EULOGIO, PATRIARCA DE ALEJANDRÍA


13 de Septiembre: San Eulogio, patriarca de Alejandría

(✞ 608)

El celosísimo defensor de la Iglesia de Jesucristo y patriarca de Alejandría San Eulogio, fue natural de Esmirna y vino al mundo en los calamitosos tiempos en que la herejía de Eutiques, Arrio y Nestorio turbaban la paz de la Iglesia.

Abrazó desde su mocedad la vida monástica en su misma patria; y mientras los herejes Eutiquianos derramaban la ponzoña de sus errores en las cristiandades de Siria y de Egipto, el santo estudiaba con diligencia en el silencio y retiro del monasterio las letras humanas y divinas, y se adelantaba en el ejercicio de todas las virtudes, para defender valerosamente la casa de Dios, y librar de los lobos las ovejas del rebaño de Jesucristo.

Habiendo alcanzado gran caudal de ciencia, y profundo conocimiento a las Sagradas Escrituras y Tradiciones de la Iglesia, explicaba en los Concilios y ante los doctores más sabios y aprobados; y fue sacado de su soledad y ordenado Presbítero, de mano de Atanasio, Patriarca de Antioquía.

Desde aquella sazón contrajo estrecha amistad con San Eutiquio, Patriarca de Constantinopla, y unió sus fuerzas con las de este santo prelado para refrenar la osadía de los herejes.

Había fallecido ya el emperador Justiniano II, después de un reinado de diez años y sucedido en el trono imperial Tiberio Constantino, que fue príncipe virtuoso y enemigo de los herejes, y deseando que ocupase la Silla de Alejandría un pastor sabio y celoso, puso los ojos en nuestro santo, el cual por muerte del Patriarca Juan, fue elegido para la dignidad patriarcal, y resplandeció en ella muchos años como lumbrera de la Iglesia Católica.

A los dos años de su consagración pasó a Constantinopla y acabó con feliz suceso algunos gravísimos negocios para bien de su Iglesia; y como viese en aquella corte a San Gregorio el Magno, trabó con él muy gran amistad, de manera que desde que los dos santos se conocieron y trataron, no parecían tener más que un solo corazón y una sola alma.

Compuso nuestro santo muchos libros de excelente doctrina para refutar las herejías de los acéfalos y confundir las sectas de los Eutiquianos; escribió además otros seis libros para deshacer los errores de los Novacianos de Alejandría, y en el quinto de ellos demuestra muy de propósito, cuán dignos son los santos mártires del culto y veneración que reciben en la Iglesia Católica.

San Gregorio Magno, a cuyo juicio y censura sujetó el santo sus libros, le envío su aprobación diciéndole:

- No he encontrado cosa alguna que no sea admirable en vuestros escritos.

Finalmente, después de haber gobernado santísimamente su Iglesia y trabajado sin cesar por la entereza de la Fe y extirpación de las herejías, poco tiempo después de la muerte de su amigo el Papa San Gregorio, descansó en la paz del Señor, y fue a gozar de la recompensa de sus grandes méritos y trabajos.

Reflexión:

Muy buena y loable era sin duda la amistad y unión que juntaba en uno los corazones de San Eulogio y de San Gregorio; porque no fundándose en carne ni sangre ni en motivo alguno de terrenal interés, sino en Dios y en el aprecio que ambos hacían de la santidad verdadera, se ayudaban mutuamente y se animaban a hacer nuevos progresos en toda virtud y perfección. Más cuando la amistad es de mal linaje y se funda en malas aficiones, es grandemente perjudicial, y a los que traban tales amistades, les hace peores que antes; porque no parece sino que en cada uno de ellos se junta la maldad de todos.

Oración:

Te rogamos, oh Dios omnipotente, que la venerable solemnidad de tu bienaventurado Confesor y Pontífice Eulogio, acreciente en nosotros la gracia de la devoción y la salud eterna. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

sábado, 12 de septiembre de 2026

12 DE SEPTIEMBRE: SAN GUIDO, SACRISTÁN


12 de Septiembre: San Guido, sacristán

(✞ 1012)

El glorioso y devotísimo sacristán San Guido o Guidón, fue hijo de padres tan escasos de bienes como ricos en virtudes cristianas y nació en una aldea de Bramante llamada Anderlecht, por lo cual era conocido con el nombre de santo padre de Anderlecht.

Siendo todavía niño, pasó por el pueblo de Lacke que está a media legua de Bruselas, y entrando en una iglesia, estuvo una larga hora en oración muy fervorosa ante el altar de la Virgen Santísima Nuestra Señora; y al verlo el capellán que gobernaba aquella parroquia, le rogó que se quedase para ser monaguillo de la iglesia.

Fueron a aquella iglesia los padres del santo muchachito, y dando su autorización, él comenzó a cumplir desde aquel día con gran devoción las obligaciones de su oficio.

No podía soportar que se manchasen los manteles de los altares con alguna gota de aceite o de cera, y tenía muy aseadas y bien compuestas todas las cosas del templo; porque decía que así habían de estar las del palacio de Dios.

Decía que las campanas eran la voz del Señor que llamaba a los fieles, y que las velas que arden en el altar representaban la vida de los cristianos que debe gastarse toda en servicio y honra de Jesucristo.

Obedecía puntualmente y reverenciaba con gran acatamiento a los sacerdotes; jamás ponía los ojos en rostro de una mujer, y era tan rara su modestia y compostura que cuantos le hablaban y miraban, le veneraban como a un ángel de la iglesia.

Daba a la oración largas horas antes de acostarse y tomaba después breve descanso en el suelo del templo, y lo que recibía para sustentarse, lo repartía en gran parte entre los pobres.

Le sacó de aquel oficio cierto mercader de Bruselas, diciéndole que podría recibir más grandes limosnas si cambiaba el oficio y tomaba parte en los negocios de su casa.

Así lo hizo el santo, y al poco tiempo, bajando por el río en una nave cargada de mercancías; dio en un banco de arena, y queriendo sacar la nave con un largo madero, hizo tanta fuerza, que lo rompió, y le entró una astilla muy dentro del brazo.

Con este mal suceso, volvió a la iglesia, y postrado a los pies de la Virgen, le rogó con muchísimas lágrimas que le sanase; y antes de levantarse de su oración salió por sí misma aquella astilla del brazo.

Después de haber servido algunos años más en aquella iglesia, pasó los últimos siete años de su vida peregrinando a pie a Roma y mendigando, hizo dos veces el viaje a tierra Santa.

Volviendo a Anderlecht entendió que se acercaba su dichosa muerte.

Una noche, se vio resplandecer con una luz muy clara el aposento donde él oraba, y se oyó una voz del cielo que decía:

- Ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor.

Y en aquella hora, pasó el fidelísimo siervo de Dios de esta vida mortal a la eterna.

Reflexión:

La reverencia con que San Guido trató las cosas del templo, y la edificación que daba a todos los fieles, nos enseña el respeto que se debe a la divina Majestad de Dios, que tiene allí su morada. No permitamos, pues, que se le ofenda con irreverencias, faltas de silencio, inmodestias, miradas licenciosas y trajes profanos; y, si es posible, procuremos que los sacristanes y monaguillos que sirven en el templo, sean tales que muevan a devoción como nuestro Santo, a los que los miren.

Oración:

Oh Dios! Que nos alegras en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Guido; concédenos propicio, que los que celebramos su nacimiento para el cielo, imitemos sus virtudes y loables acciones. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

viernes, 11 de septiembre de 2026

11 DE SEPTIEMBRE: SAN PAFNUCIO, OBISPO Y CONFESOR


11 de Septiembre: San Pafnucio, obispo y confesor

(✞ hacia el año 356)

El ilustre confesor de Cristo y venerable Obispo de la Tebaida superior, San Pafnucio, fue natural de Egipto e hijo de padres cristianos y muy virtuosos.

Oyendo desde niño la admirable vida que llevaban los santos anacoretas en los desiertos de la Tebaida, se sintió tocado por el Señor para imitar sus ejemplos; y llegado a la mocedad, dio libelo de repudio a todas las cosas del mundo, para servir solo a Dios en la soledad, debajo de la disciplina y magisterio del gran San Antonio Abad.

Teniendo delante de los ojos aquel perfectísimo ejemplar de todas las virtudes, hizo tan grandes progresos en el camino de la perfección, que extendiéndose la fama de su gran santidad y de sus divinas letras, le obligaron a recibir las Ordenes Sagradas, y poco después de haber sido ordenado como sacerdote, fue elegido por común consentimiento para la Silla Episcopal de la Tebaida.

Gobernaba santísimamente su Iglesia como verdadero Pastor del rebaño de Jesucristo, cuando los tiranos Galerio Maximiano, Marco Aurelio Maximiano y Galerio Valerio Maximino (nacido como Daia) comenzaron las más grandes y sangrientas persecuciones que afligieron aquella santa cristiandad. Entonces fue preso y cargado de cadenas. 

El venerable Obispo Pafnucio fue el primero de los santos confesores a quien cortaron los nervios de la parte trasera de su rodilla izquierda, y le sacaron el ojo derecho y lo condenaron después a trabajar en las minas.

Pero habiendo sucedido a la persecución de los tiranos, la paz que dio a la Iglesia el emperador Constantino, el santo volvió a su Silla de nuevo con celo y con gran júbilo de todos los fieles de su diócesis; los cuales le recibieron como a su amado Obispo y como a valeroso confesor de la fe.

Por este título le hicieron también mucha honra los Padres del Concilio de Nicea, en el cual se halló y señaladamente, el emperador Constantino el Grande, que se holgaba conversando con él largas horas, jamás se despedía del siervo de Dios sin besarle con reverencia el hueco del cual le habían arrancado el ojo.

Gozó el santo del tan gran autoridad en aquel Concilio, que viendo desasosegados los ánimos en cierta controversia de nuevas doctrinas en las cosas de la fe, se levantó y dijo en voz alta:

- Nada se mude. Estad firmes en las Sagradas Tradiciones.

Y todos se aquietaron y le obedecieron. Fue San Pafnucio familiar amigo de San Atanasio y estuvo con él en el Concilio de Tiro, donde al ver seducido por los arrianos al Obispo Máximo, llegó hasta él y tomándolo de la mano, lo sacó de entre ellos diciéndole;

- No puede sufrir entre herejes un Obispo que ha padecido por la fe.

Y oídas las razones de Pafnucio, el obispo Máximo volvió a confesar la Fe Católica.

Finalmente, después de haber gobernado muchos años santamente su Iglesia entregó su espíritu en manos del Creador.

Reflexión:

Por ventura te parecerá cosa extraña que un Obispo como Máximo que había sido confesor de la fe y había padecido por ella como nuestro San Pafnucio, cayese en los errores de los herejes arrianos; pero has de recordar que la Fe es siempre libre en sus actos, y que es sobremanera pestilencial la herejía y maligno su veneno. Para librarnos pues del contagio de toda herejía e impiedad, es menester creer con fortaleza las verdades que nos enseña la Santa Iglesia depositaria legítima de la doctrina de Dios, y estimarlas sobre toda doctrina humana y preferirlas a nuestras propias ideas y discursos; porque es insensata soberbia querer poner la verdad de Dios en tela de juicio y gran presunción el pretender tragar a la ponzoña de los herejes e impíos sin envenenarse.

Oración:

Concédenos, oh Dios Todopoderoso, que la venerable solemnidad del bienaventurado Pafnucio, tu confesor y pontífice, acreciente en nosotros la gracia de la devoción y de la sabiduría eterna. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

jueves, 10 de septiembre de 2026

PECADOS DE OMISIÓN

Las faltas a menudo pasadas por alto que conducen a las almas al purgatorio.

Por Edwin Benson


Al confesarnos, la tendencia es hacer una lista mental de los pecados cometidos y pedirle al sacerdote la absolución. Desafortunadamente, pocos tienen en cuenta los pecados de omisión: aquellas acciones que debieron haberse realizado, pero que no se hicieron, nunca se completaron o fueron justificadas con algún tipo de excusa.

A diferencia de los pecados de comisión —actos malvados cometidos deliberadamente—, que requieren esfuerzo, los pecados de omisión son sorprendentemente fáciles de cometer. 

Regresar diez minutos tarde de un descanso programado en el trabajo, “olvidar” convenientemente un día de precepto, etc., no requiere esfuerzo ni reflexión. Las excusas surgen de inmediato: “todo el mundo lo hace”, “tuve un mal día”, “me merezco un descanso” o “estábamos de vacaciones”, entre muchas otras. Es tan fácil idear tales autojustificaciones que muchas personas las descartan rápidamente de su conciencia.

Sin embargo, los pecados de omisión son tan reales como los pecados de comisión, y estos pecados aumentan significativamente el tiempo que las almas pasan en el Purgatorio.

Aparece un alma del purgatorio

En su libro Purgatory, el padre F.X. Schouppe ofrece numerosos ejemplos de personas virtuosas que se encuentran en ese estado debido a actos que debieron haber realizado, pero no los hicieron. En el capítulo dieciocho, el padre Schouppe menciona al Hermano Juan de Vía, “un religioso santo”, miembro de la Orden de los Frailes Menores, comúnmente conocidos como los franciscanos.

El Hermano Juan trabajaba en una casa franciscana en las Islas Canarias cuando enfermó y tuvo que ser ingresado en la enfermería, donde falleció.

Tras la muerte del Hermano Juan, el enfermero, el Hermano Ascensión, rezaba por el alma del difunto. De repente, una hermosa luz inundó la celda del hermano Ascensión. En la luz, el buen Hermano vio una figura humana, pero no pudo reconocerla. Asombrado, recobró la compostura y le preguntó a la figura quién era y por qué había aparecido en su celda.

Una solicitud

“Soy —respondió la aparición— el espíritu del Hermano Juan de Vía. Te agradezco las oraciones que has elevado al Cielo por mí, y vengo a pedirte un último acto de caridad. Sabe que, gracias a la Divina Misericordia, estoy en el lugar de la salvación, entre los predestinados al Cielo; la luz que me rodea es prueba de ello. Sin embargo, no soy digno de ver el rostro de Dios a causa de una omisión que aún debo expiar. Durante mi vida mortal, por mi propia culpa, omití varias veces rezar el Oficio de Difuntos, cuando así lo prescribía la Regla. Te ruego, querido Hermano, por el amor que le tienes a Jesucristo, que reces esos oficios de tal manera que mi deuda quede saldada y pueda ir a disfrutar de la visión de mi Dios” (1).

Asombrado, el Hermano Ascensión corrió a ver a su Superior. Le describió la visita. Rápidamente, los Hermanos recitaron los oficios que Juan de Vía había omitido.

Los restos del Convento Franciscano de Betancuria, fundado en 1416, donde ocurrieron los hechos.

Los pecados más fáciles

Cuando los demás monjes recitaron los oficios religiosos, el Hermano Juan se apareció de nuevo al Hermano Ascensión. Esta vez, la luz que lo rodeaba era más brillante que en su visita anterior, una señal impactante de que el Hermano Juan gozaba entonces de la felicidad eterna.

¡Qué fácil debió ser para el Hermano Juan de Vía cometer los pecados que lo mantuvieron fuera del Cielo! Quizás tenía prisa porque necesitaba terminar alguna tarea importante. Tal vez había trabajado mucho ese día y omitió el Oficio de Difuntos por el cansancio comprensible. Tal vez se aburrió de rezar las mismas oraciones repetidamente y, descuidadamente, omitió esos pasajes en su libro de oraciones sin darse cuenta de que había hecho algo malo. Es muy posible que se hubiera olvidado por completo de estas omisiones hasta que llegó y encontró las puertas del Cielo temporalmente cerradas para él.

Dado que el padre Schouppe se refería a Juan de Vía como “un religioso santo”, es probable que tales omisiones fueran muy raras. Aparte de eso, los lectores no tienen más información sobre el estado mental del Hermano Juan ni sobre su comportamiento general. Sin embargo, muchos en el mundo moderno tenderían a considerar tales pecados menores de omisión como algo sumamente insignificante, ciertamente no como algo que impediría a alguien entrar al Cielo.

Orando por el perdón de pecados olvidados hace mucho tiempo

Dios permitió que el Hermano Juan se apareciera al Hermano Ascensión porque sus pecados eran insignificantes en comparación con la vida rigurosa y obediente que llevaba. De hecho, la ocasión es notable en parte por su rareza. Sería una insensatez que las personas, por mucha piedad que tengan, supusieran que Nuestro Señor les brindará la misma oportunidad.

Por lo tanto, es conveniente pedirle a Dios que nos recuerde los pecados de omisión como parte de la preparación para el Sacramento de la Confesión. Otra opción sería incluir el Confiteor en la oración diaria mientras se reflexiona sobre los pecados de omisión.

Confieso ante Dios Todopoderoso, ante la Santísima Virgen María, ante el Santísimo Miguel Arcángel, ante el Santísimo Juan el Bautista, ante los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, ante todos los ángeles y santos, y ante vosotros, hermanos, que he pecado gravemente de pensamiento, palabra y obra: por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa. Por tanto, ruego a la Santísima Virgen María, al Santísimo Miguel Arcángel, al Santísimo Juan el Bautista, a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor.

 Continúa...


Nota:

1) Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 del libro Purgatory del padre FX Schouppe, publicado en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible en Internet Archive.

10 DE SEPTIEMBRE: SAN NICOLÁS DE TOLENTINO, CONFESOR


10 de Septiembre: San Nicolás de Tolentino, confesor

(✞ 1246)


El fervorosísimo y religioso sacerdote San Nicolás de Tolentino, ornamento de la Sagrada Orden de San Agustín, nació en la ciudad de Fermo, que está en la provincia de la Marca de Ancona.

Los padres ya eran mayores cuando, cuando un ángel visitó a la madre de nuestro santo y le aconsejó ir a visitar el sagrado cuerpo de San Nicolás, Obispo, que está en la ciudad de Bari en el reino de Nápoles. Fueron entonces en peregrinación hasta aquella tumba y pidieron la gracia divina de un niño.

Todo se cumplió así: porque mientras iba el niño creciendo en edad, así iba adelantándose en virtud y ciencia; y orando un día en el templo vio a Cristo, Nuestro Señor con los ojos corporales. 

A la edad de seis años comenzó a ir a la escuela parroquial y era encargado de la distribución de la limosna a los pobres. A los doce años de edad, ingresó al oblato en el convento local de los ermitaños de Bréttino, que luego tras fundirse, dio origen a Orden de los Agustinos Ermitaños. Hizo votos solemnes cuando tenía menos de diecinueve años.

Treinta años estuvo en el convento de Tolentino sin comer carne ni huevos, ni peces, ni derivados de la leche, ni aún manzanas, ahora estuviese sano, ahora enfermo. 

Visitaba con gran caridad a los enfermos, consolaba a los afligidos, reconciliaba a los discordes, socorría a los pobres y libraba a los cautivos y encarcelados. 

Fue devotísimo de las ánimas del Purgatorio por una visión que tuvo, en la cual vio gran número de ánimas que con gran instancia le pedían el sufragio de sus oraciones y Misas, y habiéndolas dicho, le dieron las gracias por ello. 

El Señor le ilustró con muchos y grandes milagros, porque dio maravillosamente la salud a muchos enfermos que estaban afligidos de varias dolencias, alumbró ciegos y libró muchos endemoniados. 

Toda la vida de San Nicolás fue de hombre perfectísimo y venido del Cielo, y como tal, le favoreció y regaló mucho nuestro Señor. 

Seis meses antes que muriese, a la hora de Maitines, le hacían escuchar música los ángeles; y él entendió que se acercaba la hora de su dichosa muerte, y así la profetizó y avisó de ella a sus Hermanos Religiosos. 

Les rogó que le perdonasen sus faltas y al Prior, que le diese la absolución de todos los pecados, y le administrase los Santos Sacramentos de la Iglesia; los cuales recibió con grandísima devoción y abundancia de lágrimas. 

Después se hizo traer una cruz en la que estaba un pedazo de la de Nuestro Redentor, la cual adoró con profundísima humildad. 

Se regocijaba su espíritu en aquella hora sobremanera; y como los frailes le preguntasen por qué estaba tan contento y alegre respondió: 

- Porque mi Señor Jesucristo, acompañado de su dulce Madre y de nuestro padre San Agustín me convida a la partida, y me dice que me alegre y entre en el gozo de mi Dios. 

Y luego dijo aquellas palabras: 

- En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. 

Y levantando las manos y los ojos hacia la cruz que tenía presente, con maravillosa tranquilidad dio su alma al Señor a la edad de setenta años.

Se le considera protector de las almas del Purgatorio,​ e intercesor por la justicia, la maternidad, la infancia y la salud. Su protección es invocada por las víctimas de las pestes.

La Iglesia Católica lo canonizó el 5 de junio de 1446, al atribuírsele más de trescientos milagros acaecidos tanto en vida como después de su muerte. Fue el primer agustino canonizado.

Su cuerpo incorrupto fue presentado en 1345.

Reflexión

Léese también en la Vida de los Santos, que hallándose una vez gravemente enfermo, la Virgen Santísima le bendijo unos bocados de pan diciéndole - Pide en caridad, en nombre de mi Hijo, el pan. Cuando lo hayas recibido, lo comerás después de haberlo mojado en agua, y gracias a mi intercesión recuperarás la salud, y comiéndolos San Nicolás, quedó de repente sano. En memoria de esta maravilla todos los años se bendice en el día de su fiesta en las iglesias de su Orden los panecillos que llaman “de San Nicolás”, con ciertas oraciones aprobadas por el papa Eugenio IV, comunicando Dios a estos panecillos, maravillosa virtud contra todo género de enfermedades. 

Oración

Oye, Señor, benignamente las humildes súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Nicolás, para que los que no confiamos en nuestras virtudes, seamos ayudados por los méritos de este santo que fue tan agradable a tus divinos ojos. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén. 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

9 DE SEPTIEMBRE: SAN PEDRO CLAVER, APÓSTOL DE LOS NEGROS


9 de Septiembre: San Pedro Claver, Apóstol de los Negros

(✞ 1654)

El heroico apóstol de los esclavos negros, y pacientísimo enfermero de los leprosos, San Pedro Claver, fue natural de Verdú en el principado de Cataluña. 

Aprendió las letras humanas en Barcelona y recibió la tonsura y Órdenes Menores de mano del Obispo de aquella ciudad, el cual elogió públicamente las muchas letras y virtudes del santo mancebo. 

El Señor lo llamó a la Compañía de Jesús para que fuese un gran apóstol, y habiendo hecho su noviciado en Tarragona, continuó sus estudios en Palma de Mallorca, donde trató las cosas de su espíritu con el hermano portero de la casa, que era San Alonso Rodríguez, el cual en una de sus sublimes revelaciones vio muchos tronos en el cielo, y uno de extraordinaria hermosura y claridad, y entendió que este solio tan resplandeciente era para su discípulo Claver, en recompensa de las almas que había de ganar para Cristo en las Indias Occidentales. 

Enviaron en efecto los superiores a América al Santo Claver, el cual terminada su teología en Santa Fe de Bogotá, pasó a la ciudad de Cartagena, Puerto del Mar Atlántico, adonde acudían para su tráfico muchas gentes de México, de Perú, de Potosí de Quito y de las islas vecinas. 

Allí se hacía cada año un abominable comercio de diez o doce mil negros africanos. 

Siempre que entraba en el puerto algún buque cargado de ellos, acudía el santo provisto de bizcochos, dulces, tabaco, aguardiente y bebidas frescas y olorosas; y después de ganar el corazón de aquellos infelices con estos regalos, les instruía por medio de intérpretes, les enseñaba a amar a Dios, y bautizaba a los enfermos; muchos de los cuales no parece sino que esperaban este favor del Cielo para morir. 

A los que no estaban en peligro de muerte enseñaba más despacio la Doctrina Cristiana y los colocaba en filas de diez en diez para bautizarlos, y a los neófitos de cada cadena, ponía el mismo nombre para que lo pudiesen recordar mejor. 

No es posible decir las proezas de Caridad que hizo el santo con los pobres esclavos negros, hasta ganar cuatrocientos mil de ellos para Cristo y hacerles herederos del Reino de los Cielos: más no fue menos heroica la misericordia que usó con los enfermos del hospital de San Sebastián y particularmente del de San Lázaro, donde estaban los leprosos. 

Les entregaba regalos, les daba de comer con sus manos, les limpiaba las llagas asquerosas y se las besaba, y era cosa extraña que la manta con que muchas veces los cubría, se conservaba limpia y exhalaba suavísima fragancia. Dio a muchos enfermos entera salud, alumbró ciegos y resucitó tres muertos. 

Convirtió al pastor de los herejes anglicanos y con él a seiscientos herejes. 

Finalmente, lleno de méritos y virtudes, a los setenta y cuatro años de edad, descansó en el Señor con gran duelo y sentimiento de los negros, de los enfermos y de todos los pobres. 

Reflexión

No hay duda que el precepto de caridad que es el principal del Evangelio, el ejemplo del Hijo de Dios que dio la vida por nosotros, y la recompensa de las obras de caridad, que Jesucristo premiará como hechas a su persona, son argumentos tan eficaces que pueden inspirar una ardentísima caridad como la de San Pedro Claver. Pero ¿qué obras de sacrificio pueden esperarse de los que no obedecen al Evangelio, ni creen en Jesucristo, ni esperan recompensa alguna por las buenas obras en el Cielo? 

Oración

Oh Dios, que para llamar al conocimiento de tu nombre a los negros reducidos a la esclavitud, fortaleciste al bienaventurado Pedro, tu confesor, con caridad y paciencia para ayudarlos; concédenos por su intercesión que buscando lo que es de Jesucristo, amemos a nuestro prójimo con obras de verdadera caridad. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor. Amén. 

martes, 8 de septiembre de 2026

8 DE SEPTIEMBRE: LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN


8 de Septiembre: La Natividad de Nuestra Señora la Virgen

La alegre natividad de Nuestra Señora, la Virgen Santísima Madre de Dios, había sido anunciada en el Paraíso terrenal a nuestros primeros padres, vislumbrada por los santos patriarcas, vaticinada por los profetas y decretada por los eternos consejos de Dios en los divinos misterios de la reparación del mundo. 

El padre de la Virgen fue Joaquín, de Nazaret; su madre, Ana, de la ciudad de Belén, y los dos eran de la tribu de Judá y del linaje de David.

Eran ricos y nobles y de sangre ilustrísima, porque descendían de muchos reyes, de valerosos capitanes, de grandes y sabios jueces y de santísimos patriarcas del pueblo escogido. 

Y lo que más importa, eran personas santísimas; porque tal convenía que fuese el árbol que había de producir tal fruto.

Habían vivido veinte años casados sin tener hijos; más Dios nuestro Señor ordenó que fuese estéril santa Ana para que el nacimiento de su hija santísima fuese milagroso; y así habiendo oído el Señor las oraciones de los dos santos esposos les envió el arcángel San Gabriel para anunciarles la venida al mundo de aquella que había de ser la Madre del Mesías prometido.

Nació pues esta gloriosa niña en una casa que tenían sus padres en el campo, entre los balidos de las ovejas y alegres cantares de los pastores, como dice San Damasceno; y fue en el cuerpo más linda, más bella y hermosa que ninguna pura cristiana, y en el alma tan sin mancha de pecado original, y tan perfecta y adornada de gracias y virtudes, que los mismos serafines y querubines se admiraban y estaban suspensos de verla.

Porque como del cuerpo de la Virgen había de formarse el cuerpo de Jesucristo y organizarse de su delicada sangre, fue cosa muy conveniente que aquella carne de la cual se había de vestir el Verbo eterno, fuese muy proporcionada a la del Hijo y bien compuesta y en todos los dones naturales acabada con suma perfección; y para que la Madre fuese digna de tal Hijo, no menos convenía que fuese adornada el alma de la Virgen con la plenitud de la gracia y las inmensas riquezas de todas las virtudes.

Y así, todas las gracias que Dios repartió a todos los otros santos y ángeles, las atesoró y juntó en la Virgen Santísima con mayor perfección y con medida más colmada.

Pues, ¡oh bienaventurada y dichosa Señora! ¡que lengua, aunque sea de ángeles, podrá explicar o qué mente comprender las maravillas que obró en ti toda la Santísima Trinidad para ensalzarte y engrandecerte!

Nacida eres de la carne de Adán, más sin la corrupción de Adán; hija eres de Eva, más para reparar las miserias de Eva; hija eres de hombre, pero Madre de Dios.

Con razón pues, hoy jubila y se alegra con gran fiesta y regocijo la Santa Iglesia; porque tu Santísimo Nacimiento es como la aurora suspirada del claro día de la redención del mundo y el principio tan deseado de nuestra salud.

Reflexión:

Exclama lleno de gozo San Juan Damasceno: “Venid todas las gentes y todos los estados de hombres de cualquier lengua, edad y condición que sean, para celebrar con gran afecto el dichoso y alegre nacimiento de esta Virgen Soberana. Demos el parabién a esta niña, que nace predestinada para ser Madre de Dios y corredentora del mundo. Hagámosle reverencia como humildes vasallos a nuestra gran reina, para que en este día de su bendito nacimiento comencemos a renacer a la vida de la gracia y a recobrar el derecho a la vida eterna y gloriosa.

Oración:

Te rogamos Señor, que concedas a tus siervos el don de la gracia celestial, para que la votiva solemnidad del Nacimiento de la bienaventurada Virgen, acreciente la paz del Cielo a los que fue su parto el principio de la salvación. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

lunes, 7 de septiembre de 2026

7 DE SEPTIEMBRE: SANTA REINA O REGINA, VIRGEN Y MÁRTIR


7 de Septiembre: Santa Reina o Regina, virgen y mártir

(✞ 224)

La gloriosa virgen y martir Santa Reina fue natural de la ciudad de Alisia, sita en la parte septentrional de Germania; su padre era gentil y se llamaba Clemente.

Siendo de edad de quince años creía en Cristo sin que su padre lo supiese, y bien instruida en la Fe Católica, se bautizó y ofreció a Dios su virginidad y pureza.

Era tan hermosa, esmalte que divinamente sale sobre el oro de la virtud, que pasando por Alisia, el prefecto Olibrio, y viéndola, se enamoró de ella.

La hizo traer a su presencia, y sabiendo por ella misma que era cristiana, la mandó poner en la cárcel, advirtiéndole que él iba a hacer un viaje y que, si al volver de él, no había mudado de religión, experimentaría su rigor.

Volvió de su viaje y habiendo sacrificado a sus falsos dioses, hizo sacar de la cárcel a la santa virgen Reina.

La mandó sacrificar, y hallándola firme y constante en la Fe que había prometido a su Esposo Jesús, la hizo suspender en el ecúleo, después herir por mucho tiempo con varas de hierro, y atormentar y rasgar sus delicadas carnes con uñas de acero.

Tan cruel fue este martirio y con tan gran inhumanidad fue herida y despedazada la santa virgen, que el mismo Olibrio y todos los demás circunstantes cubrían sus rostros de horror por no ver tan lastimoso espectáculo.

Los arroyos de sangre que corrían no parecían posible que de tan tierno y delicado cuerpo emanasen.

Pero viéndola constante y siempre fiel, el cruel Olibrio la mandó descolgar del ecúleo y volver a la cárcel.

En ella fue admirablemente consolada por su Divino Esposo, el cual le envió una cruz de oro de maravillosa hermosura, sobre la cual tremolaba una hermosísima paloma, que sin duda era el Espíritu Santo, que bajó a consolarla y sanarla de sus heridas, y animarla para el fin de la pelea.

Pasados dos días, Olibrio la mandó otra vez poner en el ecúleo, y que debajo encendiesen una gran hoguera que la abrasase; y cuando ya el fuego había hecho su oficio, la mandó descolgar, y que, atada de pies y manos, como inocente cordero, la metiesen dentro de un baño de agua muy fría para que con la contrariedad de los tormentos padeciese más crudamente; y al entrarla en el agua hubo un horrible terremoto, y aquella hermosa paloma que en la cárcel la había consolado, bajó sobre ella.

Este prodigio fue tan patente a todos los que habían concurrido a ver el espectáculo, que se convirtieron a la Fe de Jesucristo ochocientos cincuenta gentiles.

Con esto se encendió más en furor diabólico del presidente y la hizo degollar, con lo que acabó gloriosamente su triunfo la santa virgen Reina. 

Fue sepultado su glorioso cuerpo por los cristianos en la misma ciudad de Alisia, donde resplandece con milagros. 

Reflexión

En el martirio de esta santa doncella hay como en los martirios de los demás santos un gran misterio. ¿Cómo permitía el Señor que fuesen tan cruelmente atormentados con todo tipo de suplicios? ¿Por ventura no les amaba o no se acordaba de ellos? Si, mira con qué maravillas del cielo consolaba a la santa Reina, y con qué finezas de amor curaba las llagas de otros mártires. Pero no por esto les sacaba de las manos de los sayones, porque con el martirio quería darles gran gloria en los Cielos. Entendamos pues, que nunca permite el Señor que ninguno de sus escogidos padezca mucho en este mundo, sino porque está destinado a gran gloria. 

Oración

¡Oh Dios! Que entre las demás maravillas de tu poder, diste también al sexo frágil la victoria del martirio; concédenos propicio, que los que veneramos el nacimiento para el cielo de la bienaventurada Reina, tu virgen y mártir, guiados por sus ejemplos, caminemos hacia ti. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén. 

domingo, 6 de septiembre de 2026

6 DE SEPTIEMBRE: SANTA ROSALIA DE PALERMO, VIRGEN


6 de Septiembre: Santa Rosalía de Palermo, virgen

(✞ 1160)

Santa Rosalía, virgen protectora de Nápoles y Sicilia, fue natural de Palermo e hija de un noble caballero llamado Sinibaldo, descendiente de la real familia de Carlomagno.

Había sido criada desde niña en la verdadera Fe y en santas costumbres y tocada por Dios, dio libelo de repudio a todas las vanidades del siglo para comenzar desde su infancia una vida enteramente consagrada a su Esposo Jesucristo.

Y como sus parientes, ya con ruegos y promesas, ya con crueles amenazas procurasen disuadirla de su santo propósito, la santa niña, temiendo al violencia que podrían hacerle, huyó secretamente de la casa de su deudos y fue a esconderse en una cueva que halló en el monte llamado del Peregrino, donde solo era conocida de una pastorcilla que le traía para su sustento un poco de pan y leche.

Dios era quien la había llamado a aquella soledad y así la regalaba con sus consuelos y visitaciones celestiales.

Temiendo ser hallada, subía a veces a la cumbre de aquel monte y desde allí miraba la ciudad de Palermo, oía el sonido de las campanas y el rumor confuso de las gentes: y al pensar que tantos pecadores andaban por el camino de la perdición, dolíase mucho de su tan gran ceguedad y desventura, y con muchas lágrimas y sollozos hacía oración por su patria y por sus conciudadanos.

Tenía escritas en la pared de las rocas de su cueva: “Yo, Rosalía, por amor a mi Esposo Jesús y por no faltar a la fidelidad que le he prometido, he escogido esta gruta como mi perpetua morada”.

En ella perseveró la santa muchos años llevando una vida muy austera y como un ángel en carne humana hasta que su Esposo Divino la llamó para sí a su retiro celestial.

La noche que murió se vio resplandecer con gran claridad todo aquel monte, de manera que toda la ciudad de Palermo quedó asombrada por aquella extraordinaria luz, y como nadie sabía la causa, aquella pastora que servía a Rosalía la descubrió, diciendo que no podía ser sino un milagro que en aquel lugar hacía Dios por la santa.

Acudió entonces a aquel monte el clero y el pueblo en devota procesión, y hallando el sagrado cadáver de Rosalía, lo trasladaron a la catedral, donde lo sepultaron honoríficamente; y desde aquel día comenzó el Señor a glorificar a la santa virgen con muchos prodigios, entre los cuales es digno de singular mención el que aconteció en el año 1625 en que estando la ciudad de Palermo y toda Sicilia muy afligida de peste, sacaron en procesión de penitencia el sagrado cuerpo de santa Rosalía, y luego se vieron libres de aquel terrible azote.

Reflexión:

No podemos dudar por los efectos, de haber sido Dios el autor de la soledad y aspereza de vida que escogió para sí esta santa virgen para huir de los lazos y peligros del mundo; y esto no se debe imitar si no cuando el mismo Señor con particular revelación lo mandare. Mas lo que debemos sacar de este ejemplo es el cuidado y diligencia grande con que debemos evitar todas las ofensas a Dios, entendiendo que a pesar de los malos ejemplos que vemos en la gente del mundo arrastrada por la fuerza de las malas pasiones y rendida a los enemigos mortales del alma, no nos falta la gracia suficiente para vencer todas las tentaciones y perseverar hasta el fin en el divino servicio, porque como dice el Apóstol: “Fiel es Dios y no permitirá que seamos tentados sobre nuestras fuerzas”.

Oración:

Oh Dios, autor de nuestra salud, dígnate oír nuestras súplicas; para que así como nos alegramos en la fiesta de tu bienaventurada virgen Rosalía, así crezcamos en verdadera piedad y devoción. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 

6 DE SEPTIEMBRE: SAN ELEUTERIO, ABAD Y CONFESOR


6 de Septiembre: San Eleuterio, Abad y Confesor

(✞ 586)

El Papa San Gregorio Magno relata la vida de San Eleuterio en sus escritos con las siguientes palabras:

“Eleuterio, el padre del Monasterio de San Marcos Evangelista, situado a las afueras de Spoleto, pasó mucho tiempo en el monasterio de esta ciudad, donde yo también fui miembro de la congregación, y donde falleció. Sus discípulos cuentan que resucitó a un muerto mediante la oración. Era un hombre de tal sencillez y contrición que no cabe duda de que las lágrimas que brotaron de un corazón tan humilde y sencillo pudieron obtener mucho de Dios Todopoderoso. Ahora les contaré un milagro suyo, que él mismo me relató con sencillez en respuesta a mis preguntas:

Un día, mientras viajaba y no encontraba dónde pasar la noche, entró en un convento de vírgenes. Allí vivía un niño que era atormentado cada noche por un espíritu maligno. Cuando las monjas recibieron al hombre de Dios, le preguntaron: "¿Puede ese niño quedarse con usted esta noche?". Eleuterio lo recibió amablemente y le permitió acostarse con él durante toda la noche. Al amanecer, las monjas interrogaron cuidadosamente al padre, preguntándole si el niño que le habían dado le había hecho daño durante la noche. Sorprendido por sus preguntas, respondió: "Nada". Entonces le explicaron la condición del niño, diciéndole que el espíritu maligno nunca lo abandonaba, y le rogaron encarecidamente a Eleuterio que lo llevara a su convento, ya que no podían soportar más su sufrimiento. El anciano accedió y llevó al niño al convento. Cuando el niño llevaba mucho tiempo en el monasterio, y el antiguo enemigo ya no se atrevía a aparecer, el corazón del anciano se llenó de una alegría casi desmesurada por la liberación del niño. Una vez les dijo a los hermanos: "Hermanos, el diablo solía jugarles malas pasadas a esas Hermanas; pero conmigo no se atreve a atacarlo". Apenas hubo hablado, en ese mismo instante, el diablo se apoderó del muchacho y lo atormentó delante de todos los hermanos. Ante esto, Eleuterio comprendió su pecado de vanagloria, lloró amargamente y confesó su culpa. Cuando los Hermanos intentaron consolarlo, él respondió: "Créanme, nadie comerá hoy a menos que el diablo libere a ese muchacho". Acto seguido, fue con todos los hermanos a orar, y oraron hasta que el muchacho fue liberado de la posesión. Y, en efecto, quedó tan completamente sano que el diablo no se atrevió a atacarlo de nuevo”.

La vanidad mezquina que se apoderó de San Eleuterio fue expiada mediante el arrepentimiento, la humildad y la oración ferviente. Otros no tienen una vida tan santa ni las oraciones de hermanos devotos que ofrecer para que, como San Eleuterio, puedan recordar la gracia que han perdido y que les ha sido arrebatada.

San Gregorio continúa: “Experimenté de primera mano el gran poder de la oración de este hombre. Pues en cierto momento, sufría de una debilidad estomacal tan grave que, si no ingería comida casi a cada instante, sentía que me desvanecía y mi fin se acercaba cada hora. Los Hermanos solo evitaban mi muerte administrándome tónicos con frecuencia, y llegó la Pascua. Como no podía ayunar el Sábado Santo, cuando todos, incluso los niños pequeños, ayunan, comencé a languidecer más por el dolor que por mi enfermedad física. Pero mi espíritu pronto encontró consuelo; llevé en secreto al hombre de Dios al oratorio y le rogué que implorara al Señor Todopoderoso, mediante su oración, que me concediera la fuerza para ayunar. Así sucedió. Con su oración, mi estómago recibió tal fuerza que la comida y la enfermedad desaparecieron por completo de mi mente. Comencé a contemplar con asombro quién era ahora y quién había sido, porque ya no sufría nada de lo que había sufrido antes. Sí, al llegar la noche, me sentía tan fuerte que podría haber soportado el ayuno hasta el día siguiente si hubiera querido”.

Ya anciano, Eleuterio renunció a su cargo de abad y se trasladó a Roma. Vivió y conversó largamente con San Gregorio Magno en el propio monasterio del Papa (el Monasterio de San Andrés). Allí falleció alrededor del año 586. Tiempo después, sus restos fueron devueltos a Spoleto.
 
Reflexión:

Es bien sabido que cuando uno recibe alguna gracia de Dios y se jacta de ella, o incluso habla de ella innecesariamente, suele perderla. Incluso la gente mundana lo sabe. Tan pronto como surgen la autocomplacencia y la vanidad en relación con una gracia de Dios que poseemos, la gracia se convierte en veneno para nuestra alma, alimento para el pecado, por así decirlo. Por lo tanto, Dios la retira. Así pues, preocúpate y guarda silencio sobre las gracias de Dios; pero si te sientes obligado a hablar de ellas, hazlo con tal intención y de tal manera que no tú, sino solo Dios, obtenga gloria de ellas. 

Oración:

Oh Dios, que concediste a tu siervo, el bienaventurado abad Eleuterio, la gracia de una admirable sencillez y un profundo espíritu de oración, elevándolo a la gloria de tus santos por su vida de humildad y penitencia. Te suplicamos humildemente que, así como escuchaste sus súplicas en la tierra sanando a los enfermos y consolando a los afligidos, escuches hoy nuestra oración y nos concedas, por su intercesión, ser liberados de las ataduras de nuestro orgullo, sanar las debilidades de nuestra alma y perseverar con fidelidad en tu santo servicio. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.