Por monseñor Rob Mutsaerts
Hay preguntas que acompañan a la persona a lo largo de su vida; no porque sean difíciles, sino porque son demasiado vastas para recibir una respuesta definitiva. “¿Qué me hace feliz?” es una de esas preguntas. A primera vista, la respuesta parece sencilla; al fin y al cabo, cada cual sabe lo que desea. Una persona anhela el amor, otra el éxito, mientras que otras suspiran por salud, paz, reconocimiento, aventura o seguridad. Sin embargo, sucede algo extraordinario. A menudo, las personas consiguen exactamente aquello que anhelaban, solo para descubrir que su anhelo no ha desaparecido. Se obtiene el título. Se consigue el empleo tan deseado. Se adquiere la casa nueva. Llega el ascenso. Se realiza el viaje. El amor llega. Y, aun así, algo en el interior de la persona sigue buscando más. No por ingratitud ni por codicia, sino porque el anhelo mismo resulta ser mayor que el objeto en el que se centraba.
Esa es una de las experiencias humanas más antiguas. Y también una de las más enigmáticas. Grandes pensadores cristianos han reflexionado profundamente sobre ella, especialmente Agustín. Aquel inquieto norteafricano conoció el éxito; fue una figura influyente y alcanzó renombre intelectual, amistades y amor. Y, sin embargo, terminó escribiendo una de las frases más célebres de la historia: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. No es una frase sombría. Todo lo contrario. Es sorprendentemente optimista, pues sugiere que nuestro anhelo no es un defecto, sino una señal. Del mismo modo que la sed apunta a la existencia del agua y el hambre a la de los alimentos, nuestro anhelo más profundo apunta a algo que realmente existe. Son estos anhelos primordiales los que señalan la existencia de realidades capaces de colmarlos.
Es una idea audaz, ya que la cultura moderna suele contar una historia diferente. Por lo general, considera el anhelo como un problema que hay que resolver. Deseas algo, lo consigues y se acabó la historia. Pero los seres humanos no funcionamos así. De hecho, las cosas más bellas de la vida parecen intensificar nuestro anhelo en lugar de satisfacerlo. Una pieza musical magnífica evoca no solo plenitud, sino también una sensación de anhelo. Un paisaje impresionante hace más que simplemente satisfacernos: despierta el deseo. Un gran amor no nos hace menos receptivos a la belleza, sino más. Es un fenómeno extraño: como si todas las cosas bellas fueran, al mismo tiempo, plenitud y promesa. Como si dijeran: “Sí, esto es bueno”, pero también: “Hay algo más”.
C.S. Lewis escribió que, a lo largo de su vida, le asaltaban momentos de anhelo repentino: breves instantes en los que una sensación de belleza, alegría o asombro le tocaba el alma. No duraban mucho; a veces, apenas unos segundos. Sin embargo, siempre persistía la misma impresión: no la de haber encontrado algo, sino la de haber recordado algo. Esto sugiere que el anhelo no solo apunta hacia adelante, sino también hacia atrás: hacia un hogar perdido, hacia un origen olvidado, hacia una realidad para la que fuimos creados. Quizás por eso la nostalgia —ese anhelo del hogar— desempeña un papel tan significativo en la experiencia humana. Incluso las personas felices la conocen. A veces nos sorprende en un momento de descuido. Uno siente una alegría casi dolorosa; no porque sea insuficiente, sino porque es tan hermosa que anhelamos que perdure. Y precisamente ahí tocamos algo esencial. Los momentos más bellos de la vida siempre parecen frágiles: pasan. El atardecer termina. Las vacaciones terminan. La juventud termina. Incluso el día más feliz llega a su fin. Esto no es pesimismo; es simplemente la condición humana. Y precisamente por eso surge la pregunta: ¿por qué anhelamos una felicidad que no tenga fin? ¿Por qué no nos basta con una alegría pasajera? ¿Por qué cada persona lleva en lo más profundo un anhelo de aquello que perdura?
La fe católica ofrece una respuesta extraordinaria: porque fuimos creados para lo que perdura. Porque nuestro anhelo no se dirige, en última instancia, hacia las cosas —ni siquiera hacia las más bellas—, sino hacia Dios. Esto puede resultar inesperado, sobre todo porque muchas personas imaginan a Dios simplemente como un tema religioso más entre tantos otros, una parte más de la vida. El cristianismo lo ve de otra manera: no como un objeto de deseo más junto a otros objetos, sino como la plenitud última de todo anhelo verdadero. Cuando anhelamos la verdad, en el fondo anhelamos a Dios. Cuando anhelamos la belleza, en el fondo anhelamos a Dios. Cuando anhelamos el amor, en el fondo anhelamos a Dios. No porque la verdad, la belleza y el amor carezcan de importancia, sino porque todas ellas tienen su origen en Él, del mismo modo que los rayos de luz remiten, en última instancia, al sol. Eso no significa que las alegrías terrenales carezcan de valor; todo lo contrario. El cristianismo siempre ha mantenido una visión extraordinariamente positiva de la creación. La amistad es buena. La música es buena. El trabajo es bueno. El amor es bueno. Una cerveza es buena. Una tarde de verano es buena. Las risas en la mesa son buenas. Pero no están destinados a reemplazar a Dios; están destinados a señalar hacia Él.
Esa distinción es importante. Pues, en cuanto esperamos una plenitud infinita de cosas finitas, inevitablemente nos sentimos decepcionados. No porque esas cosas sean malas, sino porque les pedimos que nos den algo que jamás podrían ofrecernos. El matrimonio, la carrera profesional, las posesiones, el éxito, la aventura: todo ello resulta demasiado pequeño para la inmensidad del corazón humano. Esto puede parecer una exageración, hasta que uno contempla la historia. ¿Cuántas personas han intentado construir su felicidad basándose enteramente en la riqueza, el poder, la fama o el placer? ¿Y con qué frecuencia resultó, al final, que el hambre de plenitud persistía? El problema no era que desearan demasiado; el problema era que no deseaban lo suficiente. Esa es una idea esencialmente cristiana. El ser humano no ha sido creado para un deseo menor, sino para un deseo mayor.
A menudo, los santos comprendieron esto mejor que los demás. Por eso, a veces parecen tan libres. No porque amaran menos el mundo, sino porque esperaban más de lo que el mundo por sí solo podía ofrecer. Disfrutaban de la creación sin divinizarla. Amaban a las personas sin convertirlas en ídolos. Recibían la alegría terrenal como un regalo, no como un destino final. Quizás eso sea, en última instancia, lo que conecta la esperanza cristiana con el deseo cristiano. El hombre es un viajero; la tierra no es su hogar definitivo. Del mismo modo que un peregrino puede disfrutar de una posada sin confundirla con su destino final, así el cristiano vive en el mundo —con gratitud, alegría y amor, pero también con la profunda conciencia de que hay algo más por venir. Algo más grande. Algo perdurable. Algo de lo cual toda belleza terrenal es apenas un anticipo. Y tal vez eso explique uno de los rasgos más singulares del ser humano: que, incluso en sus momentos de mayor felicidad, a veces anhela algo más. No por ingratitud, sino porque su corazón ha sido creado con una amplitud que el mundo no puede colmar. Así como la aguja de una brújula termina señalando siempre hacia el norte, el corazón humano sigue apuntando hacia su origen, hacia su destino, hacia Dios. Y tal vez ese mismo anhelo sea ya una forma de regresar al hogar.

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