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lunes, 14 de septiembre de 2026

LAS TRES ETAPAS DE LA APOSTASÍA DE LAS NACIONES CRISTIANAS: RENACIMIENTO, REFORMA, REVOLUCIÓN

Así se cumplen las profecías de las Escrituras sobre la apostasía general. Al igual que los judíos, los pueblos claman: “Ya no queremos que Jesús reine sobre nosotros”

Por Brice Michel


El Renacimiento pagano

“[…] Los cristianos olvidaron esta otra profecía del Salvador de que antes de su triunfo completo sobre sus enemigos y su segunda venida en esta tierra, las naciones que sustituyeron a los judíos deicidas pasarían por una crisis más terrible que la persecución de los emperadores romanos. Si el Maestro no hubiera dicho, dos días antes de su muerte: 'El mundo pasará por una tribulación como nunca se ha visto ni se volverá a ver. Dios acortará su duración por amor a sus elegidos, porque en ese tiempo surgirán falsos Cristos y falsos profetas, que se distinguirán por tales prodigios que, si fuera posible, engañarían a los mismos elegidos'” [1]. Y, comentando estas palabras del Salvador a los primeros cristianos, Pablo anunció que “un misterio de iniquidad se estaba formando en la iglesia de Dios” [2], es decir, herejías, cismas y sectas impías que conspirarían contra el Evangelio y la cruz de Jesús. Previó “el surgimiento, hacia el fin de los tiempos, de reformadores, enemigos de la sana doctrina, que darían la espalda a la verdad para aferrarse a toda clase de errores” [3]. “Y entonces -exclamó- estallará la apostasía de las naciones, entonces aparecerá el hombre de pecado, el hijo de perdición, el gran adversario que se exaltará sobre todo lo que se llama Dios, de modo que se sentará en el templo para ser adorado como el único Dios” [4]. Esta sería la venganza de Satanás, su batalla final contra su vencedor, pero también su derrota definitiva. “Con un soplo de su boca, Jesús exterminará al Anticristo” [5], y todos los seguidores de este hombre impío, testigos de su caída, finalmente reconocerán al Dios-Hombre y lo proclamarán Rey de reyes y Señor de señores.

Ahora, en el tiempo señalado por Jesús para la gran prueba de las naciones, al diablo se le dio poder para abrir el pozo del abismo, y de él surgió un humo denso que cegó las mentes, les robó la luz del Evangelio y los sumió de nuevo en la oscuridad del antiguo paganismo. Fascinados una vez más por las bellezas materiales que Satanás usa para corromper las almas, los cristianos perdieron de vista la belleza sobrenatural y las virtudes celestiales que habían transformado el mundo. Olvidando su gloria, la sociedad creada por el Espíritu Divino se corrompió tanto que anhelaba la civilización griega y romana. Se la veía erigiendo, ante el Crucificado, las impuras estatuas de los dioses y diosas de la antigüedad, celebrando solemnemente las Saturnales paganas y abandonando los misterios que representaban la Pasión de Cristo para entregarse a las escandalosas pasiones condenadas por el Evangelio. Los poetas, oradores y filósofos de Roma y Atenas eran llamados divinos; sus libros se estudiaban con más esmero que los de los profetas y apóstoles. Las obras más maravillosas del arte cristiano, incluso nuestras sublimes basílicas, fueron consideradas bárbaras. Se acordó que la luz y la belleza habían desaparecido del mundo con el paganismo, y que los diez siglos de la Edad Media, iluminados por genios sublimes como Agustín, Jerónimo, Crisóstomo, Bernardo y Tomás de Aquino, engrandecidos por líderes como Carlomagno y San Luis, santificados por las virtudes heroicas de los grandes fundadores de Ordenes y sus incontables discípulos, se acordó, repito, que estos diez siglos serían conocidos en la historia como “los siglos de la ignorancia y la barbarie”, el “período de la oscuridad”, la “noche de la Edad Media”. Para caracterizar este movimiento de retorno a las ideas, costumbres y civilización paganas, se le dio el nombre de Renacimiento. De igual modo, para marcar el nuevo espíritu que a partir de entonces presidiría los destinos del mundo, la historia, desde ese momento, adoptó el nombre de “historia moderna”. Su propósito principal sería relatar los acontecimientos de la gran apostasía de las naciones, es decir, los hechos y acciones del Anticristo y sus precursores.

La Reforma Protestante

El Renacimiento pagano, primer paso de las naciones cristianas hacia la apostasía, fue sucedido en el siglo XVI por la Reforma Protestante. Tras sofocar el Espíritu de Jesús con la decadencia moral y la perversión de las ideas, la sociedad paganizada alzó la bandera de la rebelión contra la santa Iglesia de Dios. Con el pretexto de reformarla, un apóstata se propuso destruirla. A su llamado, reyes y príncipes conspiraron contra el Pontífice de Roma, cabeza de esta Iglesia, rompieron violentamente los sagrados lazos de obediencia que debían al Rey de Reyes y separaron a sus pueblos de la cristiandad. En menos de un siglo, Alemania, Inglaterra, Escocia, Suiza, Holanda y los estados escandinavos cayeron en el cisma y la herejía, persiguieron a los católicos fieles con la furia de emperadores paganos y desataron guerras civiles por toda Europa.


Satanás triunfó: la llamada “Reforma” había desmembrado la Iglesia; pero, ciego como siempre, no vio que los verdaderos hijos de Dios se purificaban y fortalecían mediante el martirio. Luchando contra los apóstatas, los cristianos combatieron hasta la muerte por el triunfo de la fe; el Concilio de Trento excomulgó a las sectas separadas, se enfrentó a sus falsos maestros con la valiente Compañía de Jesús y, al mismo tiempo, mediante reformas beneficiosas, revitalizó al clero y recondujo a los fieles por el camino de la santidad. Santos y religiosas, hombres y mujeres de fe, viajaron a lugares lejanos como América, India, Japón y China para llevar la cruz de Jesucristo. Y para demostrar a los pueblos apóstatas que intentaban en vano revivir el antiguo paganismo, el papa Sixto V no dudó, a finales del siglo XVI, en erigir el famoso obelisco del jardín de Nerón, cuya base había sido bañada en la sangre de los mártires, coronarlo con una cruz y hacer leer a todos los pueblos de la tierra esta triunfante inscripción: “¡Contemplad la cruz del Señor! ¡Huid, fuerzas enemigas! ¡El león de la tribu de Judá ha vencido! ¡Cristo reina, Cristo manda, Cristo es victorioso!”.

La Revolución Francesa

El infierno se agitó, y todos sus secuaces, iniciados en el gran misterio de la iniquidad dentro de sociedades secretas, impulsaron al pueblo hacia la tercera etapa de la apostasía. Ya no se trataba simplemente de destruir el espíritu cristiano o derrocar al papado, sino de atacar directamente a Jesucristo negando su divinidad y realeza, como lo habían hecho los judíos. Un nuevo precursor del Anticristo apareció en el mundo, rodeado de apóstatas que se hacían llamar filósofos. El líder de esta banda infernal se atrevió a declararse enemigo personal de Cristo. “¡Aplastad al Infame!”, gritó a los sectarios. Y juntos, durante medio siglo, se dedicaron a socavar la divinidad del Salvador Jesús, la revelación, toda la religión, sus dogmas, su moral, sus sacramentos, su culto. Jamás el infierno, ni siquiera bajo Nerón y Diocleciano, profirió tantas blasfemias contra el Hijo de Dios, tantas calumnias y ultrajes contra los cristianos. En nombre de la razón, la libertad y la felicidad de la humanidad, organizaron, bajo el nombre de Revolución, un nuevo orden social, basado ya no en la voluntad de Dios, sino en la voluntad del pueblo, ahora único soberano y único legislador.


Aprovechando esta conspiración satánica contra la realeza de Cristo, los conspiradores se creyeron lo suficientemente poderosos como para exterminar el catolicismo. En nombre del pueblo, del que se autodenominaban “representantes”, decretaron la abolición de todas las instituciones religiosas, exiliaron o masacraron a sacerdotes y fieles, demolieron iglesias y altares, y suprimieron todo lo que recordara el antiguo culto: la semana, el domingo, el calendario católico e incluso la era cristiana misma. El pasado dejó de existir; un nuevo mundo comenzó con la “Revolución”.

Durante un siglo, la Revolución ha perseguido, con tenacidad infernal, la descristianización de las sociedades y los individuos. Ya, las naciones, como tales, han dejado de reconocer a Jesucristo como su Rey, al Papa como su líder y al Decálogo como la ley suprema. En virtud de los llamados “principios liberales”, todos los gobiernos profesan ignorar la voluntad de Dios al legislar. No reconocen otra divinidad que la del pueblo soberano, ni otra ley que la voluntad de la mayoría, incluso cuando estas legislan contra el Evangelio, contra el Decálogo, contra Cristo y su Iglesia. Esta es la negación de Cristo Rey, de quien Carlomagno se consideraba lugarteniente; esta es la apostasía de las naciones, la disidencia profetizada por el apóstol San Pablo, y antes que él por David. “Reyes y pueblos conspiran contra el Señor y contra su Cristo”, exclamó el Rey-Profeta. “Rompamos nuestras cadenas -dicen- y arrojemos lejos de nosotros su odioso yugo”.

Sin embargo, a pesar de la poderosa influencia de los gobiernos ateos y sus leyes impías, aún quedan muchos cristianos fieles. Es cierto que la fe de muchos se desvanece gradualmente, los corazones se enfrían y la virtud se hunde en un abismo de escándalo; pero Dios preserva a sus elegidos, lo que provoca la ira de Satanás. Para arrebatar incluso al último de los bautizados de Jesús, la Revolución emplea ahora los medios más eficaces. El divino Salvador cristianizó el mundo mediante la enseñanza católica; la Revolución lo descristianiza mediante la enseñanza satánica. Arranca violentamente a los niños del Dios de su bautismo, de la Iglesia, de su madre, de sus padres según la carne, para entregarlos al diablo, el único amo al que adora. En cada ciudad y pueblo, de ahora en adelante habrá una escuela sin Dios, de la que se desterrarán el crucifijo, el catecismo y la oración. Y para que todos los niños, sin excepción, lleguen a la edad adulta sin conocer al Salvador que los bautizó con su sangre, ella cierra la escuela cristiana, hace obligatoria la escuela atea y, de este modo, obliga a las generaciones más jóvenes a recibir las lecciones de sus maestros ateos.

Así se cumplen las profecías de las Escrituras sobre la apostasía general de las naciones. Al igual que los judíos, los pueblos claman: “Ya no queremos que Jesús reine sobre nosotros”.

Fragmento de Jésus-Christ, sa vie, sa passion, son triomphe (Jesucristo, su vida, su pasión, su triunfo) del padre Augustin Berthe.

Nota: Los títulos en negrita han sido añadidos por los editores y no aparecen en el texto original .

Notas:

[1] Mat., XXIV, 21.

[2] II Ts., II , 7.

[3] II Tim., IV,3-4.

[4] II Ts., II , 3-4.

[5] II Ts., II, 7.
 

domingo, 13 de septiembre de 2026

AQUELLA QUE LLORA

“¿No vivimos en una época sin profetas? ¿Un tiempo en el que la voz de Dios parece haberse silenciado?” Esta pregunta se hizo el fallecido padre Hermann Weinzierl en el año 2017.


¿Acaso no vivimos en una época sin profetas? ¿En un tiempo en que la voz de Dios parece haberse callado? Sin embargo, cuanto más calla Dios, más se abre paso el diablo. Los verdaderos profetas parecen haberse extinguido, mientras que los falsos surgen como setas. ¡Cuántos mensajes circulan entre los fieles! Mensajes que no hacen sino aumentar la confusión y acabar con el último vestigio de sentido común.
 
Por ello, el católico a menudo se pregunta: ¿de dónde puedo esperar ayuda? ¿Dónde encuentro aún la verdad divina sin adulterar? ¡Qué necesarias serían, precisamente en esta situación, decisiones eclesiásticas que ofrecieran al católico un criterio seguro frente a los numerosos errores que destruyen la santa fe! Pero eso es precisamente lo que nos falta hoy, dado que la Sede de Pedro está vacante. El peligro de confusión y extravío espiritual en este tiempo sin Papa es enorme. A los católicos solo nos queda una opción: debemos apoyarnos en lo que siempre ha demostrado su validez y recurrir a aquello que la Iglesia ha reconocido y avalado.

Una de las profecías más significativas para nuestro tiempo es el gran mensaje de La Salette. En él, la Santísima Virgen y Madre de Dios, María, advirtió a mediados del siglo XIX sobre los peligros decisivos para la fe y la vida eterna que aguardaban a sus hijos en los tiempos apocalípticos que comenzaban a despuntar. Las pruebas de las décadas venideras se tornarían cada vez mayores, y las tentaciones, cada vez más solapadas y generalizadas, de modo que, finalmente, solo quedaría un pequeño resto de católicos fieles.

El gran mensaje de La Salette se reconoce fácilmente como una ayuda para leer y comprender el Apocalipsis de San Juan. Es la propia Santísima Virgen y Madre de Dios, María, quien nos ofrece el marco interpretativo para el último libro de la Sagrada Escritura justo cuando comienza ese tiempo terrible. Resulta llamativo, sin embargo, que casi nadie haya percibido esto; es más, el mensaje en su conjunto fue objeto de un rechazo generalizado, especialmente por parte del clero de la Iglesia.

Pero recordemos primero brevemente cómo se desarrolló la aparición. La Salette era una aldea desconocida en un valle olvidado de los Alpes franceses. No hay más que doce pequeñas aldeas en las laderas inferiores del circo montañoso, que se eleva hasta una altitud de más de 2200 metros. Es una región agreste donde el invierno dura más de la mitad del año.

Aquí, en esta soledad, dos niños —Mélanie Calvat (también conocida como Mélanie Mathieu), de 14 años, y Maximin Giraud, de 11 años— pastorean sus rebaños. Ambos eran analfabetos y carecían de formación religiosa; además, se habían conocido apenas uno o dos días antes, ya que sus zonas de pastoreo eran contiguas. Es la tarde del 19 de septiembre de 1846, durante las primeras vísperas de la fiesta de los Siete Dolores de María, momento en que la Santa Iglesia canta: “¿Con qué podré compararte o a qué asemejarte, hija de Jerusalén? ¿Con qué podré igualarte para consolarte, Virgen, hija de Sion? Grande como el mar es tu dolor”.

Pero dejemos que sea la propia Melanie quien nos cuente lo que sucedió entonces:

“Desde el pueblo se oían las campanas del Ángelus, pues el tiempo estaba despejado y no había nubes. Después de rendir homenaje al buen Dios, le dije a Maximin que debíamos llevar nuestras vacas a una pequeña explanada cerca del barranco, ya que allí había piedras para construir el "Paraíso". Llevamos las vacas a ese lugar y tomamos nuestra pequeña merienda. A continuación, reunimos las piedras y nos pusimos a construir nuestra casita, que constaba de una planta baja —que representaba, por así decirlo, nuestra vivienda— y un piso superior que, a nuestros ojos, simbolizaba el "Paraíso".
Este piso superior estaba totalmente adornado con flores de diversos colores y con guirnaldas colgantes hechas de tallos florales. El "Paraíso" estaba cubierto por una gran piedra única, también salpicada de flores. Además, habíamos colgado guirnaldas por todo el contorno. Una vez terminado el "Paraíso", lo contemplamos. Nos entró sueño y nos alejamos un par de pasos; allí nos quedamos dormidos sobre la hierba.
Al despertar y no ver nuestras vacas, llamé a Maximin y subí a la pequeña colina. Desde allí vi que nuestras vacas descansaban tranquilamente. Entonces bajé de nuevo, mientras Maximin subía a su vez. De repente, vi una luz resplandeciente, más brillante que el sol, y apenas pude articular palabra: "Maximin, ¿ves eso ahí abajo? ¡Por el amor de Dios!". Al mismo tiempo, dejé caer el bastón que llevaba en la mano. No sé qué sensación maravillosa experimenté en aquel instante, pero me sentí atraída, sobrecogida de reverencia, y mi corazón latía con una fuerza que me desbordaba. Contemplaba fijamente aquella luz inmóvil y, cuando esta se abrió, vi en su interior una luz aún más intensa que se movía y, en medio... Bajo esa luz, vi a una mujer muy hermosa sentada en nuestro "paraíso"”.

Como la mujer viste el atuendo de una campesina, los dos niños no se muestran inicialmente muy sorprendidos y más tarde explican: “Creíamos que era una mujer de Valjouffrey, golpeada por sus hijos, que había huido a la montaña para desahogar su llanto”. Y es que la mujer estaba sentada llorando sobre una piedra, ocultando el rostro entre las manos, presa del dolor y el llanto. Sin embargo, de inmediato se levanta y aparece ante los niños con un atuendo insólito y majestuoso. Mientras los contempla, cruza los brazos con gracia sobre el pecho, mientras un torrente de lágrimas baña sus mejillas. Se dirige a los niños con una voz que suena a música maravillosa: “¡Venid, hijos míos, y no tengáis miedo! ¡He venido a anunciaros un gran mensaje!”.

Los dos niños describen luego detalladamente el aspecto de la mujer: “La simpatía de su mirada, su expresión de bondad incomprensible dejaba claro y sentía que quería vestirse y entregarse; era una expresión de amor que no se puede expresar ni con la lengua ni con las letras del alfabeto”.

Llevaba una corona en forma de capucha alrededor de su cabeza hecha de rosas, cada una de las cuales brillaba con un diamante de luz. “La corona de rosas que llevaba en su cabeza era tan hermosa y brillante que uno no puede imaginarlo. Estas rosas de diferentes colores no eran terrenales; era un ramo de flores que rodeaba la cabeza de la Santísima Virgen en forma de corona; pero estas rosas estaban vivas, iban y venían. Y entonces: del interior de cada rosa salía una luz tan hermosa que deleitaba y hacía brillar las rosas con un esplendor inaudito. De la corona de rosas salían ramas como si fueran de oro y una serie de otras flores adornadas con diamantes. Todo parecía una diadema resplandeciente que por sí sola brillaba más que nuestro sol terrenal”.

Una cinta de rosas ribeteaba el chal y enmarcaba una cruz pectoral —que colgaba al cuello mediante una cadena de eslabones—, la cual presentaba una figura de Cristo en relieve. “En esta hermosa cruz, que resplandecía bajo una luz intensa, aparecía representado Cristo: era Nuestro Señor con los brazos extendidos sobre el madero. A ambos lados de la cruz, casi en los extremos, se hallaban un martillo y unas tenazas. El tono de la piel del Crucificado era natural, pero irradiaba un gran fulgor”.

En los extremos del travesaño estaban fijados verticalmente, de forma llamativa por su gran tamaño, los instrumentos de la Pasión: el martillo y las tenazas. “A veces parecía que Cristo estaba muerto; su cabeza estaba inclinada y el cuerpo daba la impresión de haberse desplomado, como si fuera a caerse de no haber estado sujeto a la cruz por los clavos. Me invadió una profunda compasión, y habría querido comunicar al mundo entero su amor desconocido e infundir en las almas de los mortales el afecto más tierno y la gratitud más viva hacia un Dios que en absoluto nos necesitaba para ser todo lo que es, lo que fue y lo que siempre será”.

Pero Cristo en la cruz no siempre está muerto, a veces aparece vivo y por eso tiene un efecto aún más poderoso sobre los niños. “Otras veces el crucificado parecía estar vivo; mantenía la cabeza erguida, los ojos abiertos y daba la impresión de aferrarse a la cruz por su propia voluntad. A veces también parecía que hablaba. Parecía querer mostrar que estaba colgado en la cruz por nosotros, por amor a nosotros, para atraernos hacia sí, que siente siempre un nuevo amor por nosotros, y que su amor a principios del año 33 era el mismo que es hoy y que durará para siempre”.

Los niños describieron la ropa como una prenda solar decorada con innumerables estrellas. “El vestido de la Santísima Virgen era de un blanco plateado y completamente radiante; no había nada material en él: estaba compuesto enteramente de luz y esplendor, estaba vivo y relucía; aquí abajo no hay expresión adecuada ni posibilidad de comparación”. Sobre él estaba atado un delantal amarillo dorado. “¿Qué estoy diciendo... amarillo? Llevaba un delantal con la luminosidad de varios soles juntos. Esto no era una sustancia material, era una variedad de glorias, y éstas brillaban con gran belleza”.

A los pies de María había rosas. “El calzado (pues así hay que llamarlo) era blanco, pero de un blanco plateado y luminoso; estaba rodeado de rosas. Estas rosas poseían una belleza desconcertante y, del interior de cada una, surgía una llama de luz, bellísima y agradable a la vista. El calzado lucía un adorno de oro, pero no de oro terrenal, sino del oro del paraíso. La visión de la Santísima Virgen misma era un paraíso perfecto. Ella encerraba en sí todo cuanto podía colmar el espíritu, haciendo que la tierra quedara en el olvido”.

La belleza de la Inmaculada es un paraíso perfecto. Dios quiso derramar en ella los tesoros de su gracia y exaltarla por encima de todas las criaturas. La aparición permitió que esa belleza —sobrenatural e invisible para nuestros ojos— resplandeciera ante los niños videntes, tal como la describe Melanie: “La Santísima Virgen estaba hecha toda de belleza y amor; al contemplarla, sentía el anhelo de fundirme en ella. Todo en ella y cuanto la rodeaba irradiaba dignidad, el esplendor y la gloria de una Reina incomparable. Se mostraba blanca, inmaculada, cristalina, resplandeciente, celestial, fresca, nueva, como una virgen. Parecía como si la palabra "amor" fuera a brotar de sus labios plateados y tan puros. Se presentaba como una buena madre, llena de bondad, afabilidad y amor hacia nosotros, llena de compasión y misericordia”.

Se dice también que la aparición de la Virgen y Madre de Dios, María, en La Salette evoca la representación de María como Suma Sacerdotisa, conocida en Amiens. Esta alusión se ve reforzada por un hecho destacado en La Salette: ¡María llora! “La Santísima Virgen lloraba casi ininterrumpidamente mientras me hablaba. Sus lágrimas caían lentamente, una tras otra, hasta llegar a sus rodillas, y luego desaparecían como chispas de luz. Eran luminosas y estaban impregnadas de amor. Hubiera querido consolarla para que dejara de llorar. Pero me parecía que debía mostrar sus lágrimas para demostrar mejor su amor, olvidado por los hombres. Hubiera querido arrojarme a sus brazos para decirle: "¡Madre mía, no llores! Quiero amarte en nombre de todos los hombres de la tierra". Pero me parecía como si ella me dijera: "¡Hay tantos que no me conocen!"”.

María es la Corredentora que, durante toda la amarga Pasión y Muerte de su divino Hijo, permanece a su lado para compartir con Él todo el sufrimiento y ofrecerlo al Padre Celestial en expiación por los pecados de la humanidad. ¡Y cuán grata fue a los ojos de Dios esta compasión de la Inmaculada! En las Vísperas de la fiesta de los Siete Dolores de María se dice: “O quot undis lacrimarum, quo dolore volvitur” (¡Oh, en qué mar de lágrimas, en qué dolor se ve sumergida!).

Al contemplar hoy, tras casi 171 años, las apariciones de La Salette, es preciso constatar ante todo un hecho: el mensaje de La Salette fue rechazado por la mayoría como ningún otro. El escritor francés Léon Bloy defendió la causa de La Salette durante toda su vida y vivió esta tragedia muy de cerca a lo largo de décadas.

Léon Bloy nació el 12 de julio de 1846 en Périgueux —en el municipio de Notre-Dame-de-Sanilhac—, siendo el segundo de siete hijos. A lo largo de toda su vida consideró un honor especial haber nacido en el año de la aparición de La Salette. Su padre era un funcionario menor del sur de Francia que apenas comprendía las inquietudes intelectuales y artísticas de su hijo. Su madre, de origen español, mostraba mayor comprensión hacia aquel hijo que, desde muy pequeño, fue un “niño de lágrimas”. El joven Léon sufría una profunda melancolía que lo convertía en un marginado en la escuela, lo que a menudo provocaba violentos enfrentamientos con sus compañeros de clase.

Tras recorrer diversos caminos indirectos, Léon Bloy acabó convirtiéndose en escritor. En París conoció al gran Barbey d'Aurevilly, de quien era vecino. El poeta se sintió atraído por el joven —Bloy tenía entonces 23 años— y lo convirtió en su secretario. Además, el poeta le ayudó a reencontrar su fe cristiana.

Hubo pocos contemporáneos que comprendieran, como él, la fuerza penetrante del mensaje de La Salette y, por consiguiente, la gravedad del ultimátum de la Virgen que llora, Madre de Dios. Él mismo respondió a la llamada de María; peregrinó a La Salette en cuatro ocasiones. Ya entonces se manifestaba la desobediencia ante el mensaje, tal como él mismo señala: “La obediencia a la Madre de Dios —que vino expresamente hace sesenta años para manifestar su voluntad— fue el único recurso que no se utilizó”.

Léon Bloy denunció a lo largo de toda su vida las calumnias vertidas contra los niños videntes, especialmente contra Melanie. La causa última de toda aquella hostilidad hacia los videntes era la incredulidad. El mensaje de La Salette no es algo agradable ni complaciente, sino la descripción de una tragedia inimaginable que tendrá lugar al final de los tiempos, debido a que los hombres olvidan por completo a Dios y sus mandamientos. Hacia el final de su vida, el propio Bloy hace balance: “Han transcurrido sesenta años. El hombre se ha vuelto más mundano, más impío, más desobediente y más "perruno"; pero ¿no parece acaso que este fracaso incomprensible —este descalabro inmenso y, a la vez, digno de adoración— de la Señora del Paraíso resulta insignificante si se piensa en la burla imperdonable que ocupó el lugar de la obediencia?”.

Resulta aterrador y, al mismo tiempo, revelador: la Madre celestial llora y sus hijos se quejan de que pronuncie palabras tan graves, e incluso amenazadoras. La Madre de Dios había pedido: “Dirijo a la tierra un llamamiento urgente; convoco a los verdaderos discípulos del Dios vivo que reina en los Cielos. Convoco a los verdaderos seguidores de Cristo hecho hombre, el único y verdadero Redentor de la humanidad; llamo a mis hijos, a los verdaderamente piadosos que se han consagrado a mí para que yo los conduzca hacia mi divino Hijo; llamo a aquellos a quienes llevo, por así decirlo, en mis brazos, a aquellos que viven en mi espíritu; finalmente, llamo a los apóstoles de los últimos tiempos, a los fieles discípulos de Jesucristo que viven despreciando al mundo y a sí mismos, en pobreza y humildad, en el menosprecio y el silencio, en la oración y la mortificación, en la castidad y la unión con Dios, en el sufrimiento y sin ser reconocidos por el mundo. Ha llegado el momento de que se den a conocer y difundan la luz sobre la tierra. Venid y mostraos como mis hijos amados. Estoy con vosotros y en vosotros, siempre que la fe sea la luz que os ilumine en estos días de terror” (Gouin, Paul: Melanie, die Hirtin von La Salette [Melanie, la pastora de La Salette], Stein am Rhein 1982, p. 79).

Pero, lamentablemente, la disposición a la penitencia y a la conversión rara vez se encuentra ya en los corazones de los católicos. Por ello, el mensaje de La Salette a menudo cae en saco roto y es ignorado en gran medida, de modo que los castigos anunciados se cumplen uno tras otro: la guerra de 1870, la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial. Lo que resulta especialmente doloroso en este contexto es la actitud del clero. En su diario, Léon Bloy anota el 25 de diciembre de 1914: “El desconocimiento general sobre La Salette constituye un crimen enorme del episcopado. Desde el primer día, los obispos sofocaron esta revelación en ciernes tanto como pudieron. Se emplearon todos los medios posibles para llevar a cabo esta injusticia que, créanme, será castigada de manera terrible. Una vez asumida la tarea de darla a conocer, naturalmente no podía dirigirme a quienes habían sido sus ejecutores. Si hubiera creído que no podía prescindir del imprimatur [permiso episcopal de impresión] —y jamás lo habría obtenido de ningún obispo—, mi libro nunca habría visto la luz y la Santísima Virgen se habría quedado sin testimonio” - An der Schwelle der Apokalypse (En el umbral del Apocalipsis), diario de Léon Bloy 1913-1915; en Journal de Léon Bloy, vol. IV, París 1963, p. 128).

La compasión por la Madre de Dios de La Salette, que lloraba, animó al poeta a terminar, a pesar de las numerosas dificultades, su libro sobre la aparición. Lleva un título conmovedoramente sencillo y acertado: Celle qui pleure (La que llora). En su diario, con fecha del 30 de julio de 1910, anotó: “Debo escribir un libro sobre Melanie, la pastora de La Salette. Me he comprometido a realizar esta empresa, que me intimida por sus extraordinarias dificultades. En realidad, solo poseo el documento que me confió el abate C. —quien durante un tiempo fue director espiritual de la santa—: su propia historia de vida, redactada por ella misma por orden expresa de dicho clérigo. Mi libro no puede ser más que un comentario de este documento, históricamente insuficiente en sentido estricto. Habría tenido que seguir los pasos de Melanie por todas partes —Inglaterra, Italia, Francia—, cosa que no hice, o apenas hice. Habría tenido que emprender viajes de investigación e invertir sumas considerables; tal vez habría necesitado también recursos para apaciguar a ciertas personas. Me veo extraordinariamente limitado. Careceré de todo desde la primera línea, a excepción de ese documento único —magnífico, en verdad—, que, sin embargo, no va más allá de la infancia de Melanie” - Der Pilger des Absoluten (El peregrino de lo absoluto), op. cit., p. 189.

Además, escribió un prólogo para el libro en el que se publicaron los recuerdos de juventud de Melanie. Cabe citar aquí algunos fragmentos de dicho prólogo, ya que las reflexiones de Bloy nos ofrecen una profunda visión de la vida de esta vidente extraordinariamente dotada y constituyen, asimismo, una defensa frente a las numerosas calumnias vertidas contra ella. Es probable que algunos lectores se hayan topado en algún libro con afirmaciones tales como que Melanie llevó una vida inestable, que era un espíritu inquieto incapaz de permanecer en convento alguno y que no hacía más que causar preocupaciones a sus superiores, entre otras cosas. El libro de Paul Gouin, Melanie, die Hirtin von La Salette (Melanie, la pastora de La Salette) (Stein am Rhein, 1982), desmiente tales ideas. Se recomienda esta obra a todo aquel que desee saber más sobre la vidente de La Salette.

Pero volvamos a las reflexiones de Léon Bloy. A modo de introducción, señala:

“Ningún cristiano que no rechace el milagro de La Salette puede afirmar que los dos niños videntes fueran otra cosa que instrumentos frágiles, sin exponerse al ridículo más absoluto.
Se da por sentado que, en 1846, ambos eran dos niños campesinos toscos y rudos; si bien no deficientes mentales, fueron elegidos precisamente por esa condición para demostrar mejor la credibilidad de una revelación sobrenatural.
Es más: en el peor de los casos, se le reconocía a Maximin un tenue atisbo de inteligencia —a él, que no publicó su secreto y que, por ello, resultó menos molesto con el paso del tiempo que su compañera—. La cronista de los primeros años de la peregrinación, la señorita Des Brulais, lo describe como un chiquillo de extraordinaria vivacidad que, al margen de su cometido como testigo, tenía ocurrencias muy divertidas. En cambio, a Melanie no se le reconoce nada, absolutamente nada.
Se la tilda de "pobre inocente", de "cabezota" y "obstinada", incapaz de comprender ni una sola de las respuestas —a menudo extraordinarias— que le eran inspiradas desde lo alto. Así se expresaba la señorita Des Brulais sobre ella; una mujer ciertamente inteligente, pero una maestra de manual, totalmente incapaz de vislumbrar el misterio de aquella vocación insólita.
Sesenta y cinco años más tarde, tras su muerte en 1904, la célebre Melanie es objeto de mayor desprecio que nunca. Cuando ya no se pudo sostener la acusación de deficiencia mental, se habló de presunción, vagabundeo, rebeldía criminal... y conducta inmoral. Sacerdotes e incluso obispos, que deberían haber encomendado sus corazones endurecidos a esta joven prodigiosa, se volvieron, por el contrario, contra ella...” “...se han conjurado, algunos hasta llegar a un frenesí mortal, para proclamar así la importancia única y la predestinación incomparable de su víctima. Se encuentran incluso eclesiásticos —supuestamente honorables— a quienes el mero nombre de Melanie hace perder el equilibrio y provoca la ira. Uno casi se siente tentado a preguntar si no habrá aumentado el número de estos dementes” (Citamos según la revista Einsicht, año 26, número 3, septiembre de 1996/6).

La realidad difería enormemente de la imagen pública que se tenía de la vidente. En sus recuerdos de infancia y juventud —plasmados por escrito únicamente por orden expresa de su confesor— descubrimos a una niña que, desde su más tierna edad, fue objeto de grandes gracias divinas, de las cuales no era en absoluto consciente, pues creía que todo el mundo vivía experiencias, intuiciones y ayudas celestiales semejantes.

Los relatos de Melanie, que ella escribió cuando ya contaba 69 años, constituyen en el fondo una guía para contemplar y admirar los caminos de la Providencia divina. Apenas nacida, ya era objeto del odio de su madre. “Ese odio singular, desmesurado y casi espectral —que la narradora se ve obligada a relatar por obediencia, al tiempo que intenta justificarlo—, ese rechazo repentino y absoluto hacia una hija largamente deseada incluso antes de su nacimiento, constituía en sí mismo una especie de milagro; un fenómeno que solo puede explicarse mediante una intuición incomprensible que aquella madre tuvo sobre el destino sobrenatural de su hija” (Ibid., p. 14).

Al igual que santa Bernadette, Melanie fue preparada por Dios para su encuentro con la Reina del Cielo. Sin embargo, para Melanie, esta preparación supuso una escuela aún más dura. Bernadette pertenecía a la familia más pobre de Lourdes, pero al menos tenía familia: contaba con padres y hermanos a quienes amaba. Melanie, en cambio, fue echada de casa por su madre y a menudo vivió durante días o incluso semanas en el bosque.

“No hay nada más desgarrador que leer el grito de aquella niña abandonada de tres años, a quien su pequeño hermano celestial —aparecido de repente— le prometía una mamá. —"¡Una mamá!", exclamaba llorando; "¡pero si yo ya tengo mamá!". Su madre la había echado a la calle —como tantas veces ocurriría después— en plena noche y bajo un aguacero torrencial...
Repito: tenía tres años y apenas sabía caminar. Aprendió a andar en un bosque, donde pasó días, noches y semanas enteras alimentándose solo de lo que le llevaba su maravilloso hermano —sin que nadie pudiera verla ni percibirla, pues era invisible e intangible— y fue llevada a lugares de los que san Pablo no se atrevió a hablar.
Al regresar a casa de sus padres, recibía terribles palizas de su madre; esta no quería que fuera hermana de sus otros hijos y exigía a estos que la insultaran llamándola muda, niña salvaje o “niña loba”, echándola a menudo de casa en cuanto la ausencia del padre lo permitía. Fue un milagro que aquella niña no muriera” (Ibíd.).

Dios contempló con beneplácito a esta pequeña niña, en quien se nos hace tangible el inescrutable misterio de la elección divina. Pues, sin duda, había entonces muchos niños en todo el mundo que se encontraban en una situación similar, pero solo Melanie fue guiada por Dios de manera tan extraordinaria. Su pequeño hermano celestial se convirtió en su protector y maestro. Él no solo ayudó a la pequeña a desenvolverse y sobrevivir en este mundo terrenal, sino que también la ayudó a comprender el mundo celestial y a vivir de la gracia. Al leer estos relatos, uno tiene realmente la impresión —como también señaló Léon Bloy— de estar leyendo las Fioretti de San Francisco de Asís. He aquí un ejemplo encantador.

“... A veces, sobre todo cuando la nieve cubría las cumbres de las montañas, los lobos, los zorros y las liebres buscaban alimento. Entonces repartía mi pan entre ellos y estos animales salvajes quedaban satisfechos; luego les hablaba del buen Dios; venerado y querido Padre, me cuesta recordar qué les decía; sé que en varias ocasiones me avergonzaron con su obediencia —a mí, un gusano de quien nada esperaban—. Les relataba a estos animales su creación mediante la palabra omnipotente del Dios eterno, tal como mi querido hermano me había enseñado, y los animaba a buscar su alimento por todas partes sin causar perjuicios a los hombres —que son sus señores y reyes por haber sido creados a imagen de Dios en las facultades de su alma y por ser imágenes de Jesucristo en sus cuerpos, etcétera, etcétera—.
En primer lugar, acudía cada día un lobo, al que instruía lo mejor que podía. Sin embargo, aquello no me satisfacía del todo, pues el lobo no puede manifestar su interés o desinterés como lo haría un ser humano. Me servía de tal manera que, a veces, sentía el deseo de gritar a voz en cuello e invitar a todos los hombres de la tierra a alabar, ensalzar y glorificar al divino Salvador Jesús, quien nos amó infinitamente y dio su vida para salvarnos.
Pronto aumentó el número de lobos, zorros y liebres; también acudían a diario crías de rebeco y una bandada de pájaros. A falta de seres humanos a quienes hablar del buen Dios, la “niña loba” les predicaba; para terminar, se cantaba el himno “Goûtez, âmes ferventes...” Todos mostraban gran devoción e inclinaban la cabeza ante los santísimos nombres de JESÚS y MARÍA.
Los lobos acudían a una hora determinada, al igual que los zorros, las liebres, los rebecos y los pájaros. (También apareció una serpiente, pero fue ahuyentada). Tras su llegada, cada animal ocupaba el lugar asignado y escuchaba. Tras oír la frase final, que venía a decir algo así como “Sit nomen Domini benedictum!” [¡Bendito sea el nombre del Señor!], se volvían locos de alegría. Sobre todo los zorros gastaban bromas a sus hermanos lobos: les mordían las orejas y la cola; daban toques con las patas a las liebres y las hacían rodar; tiraban hacia atrás de las pequeñas gamuzas por sus rabitos, etcétera. Cuando les ordené retirarse, todos desaparecieron...” (Ibid., págs. 14 y sig.).

La persona moderna incrédula descartará tales historias como si fueran cuentos de hadas; la persona iluminada en la fe reconocerá en ellos la restauración del paraíso por la gracia de la redención. Melanie, como San Francisco, restauró la inocencia de la naturaleza. ¿Pero cuál es fue precio por ello? ¿Cuál fue el precio de este milagro de gracia? ¡Un mar de sufrimiento! El Santo Francisco, hacia el final de su vida, fue marcado con los estigmas de Jesús, un premio celestial que ilustraba su compasión por el divino Salvador a cualquiera que quiera verlo, al igual que Melanie.

“Ella veía y sentía en Dios; se veía obligada a pasar a través de Dios —por así decirlo—, a atravesar un triple tabique de luz para llegar al punto sensible; cosas que para ella eran tan indistinguibles como los humildes muebles del campesino que regresa a casa tras la cosecha, cegado por la luz del sol. Esto resulta especialmente notable cuando su confesor le preguntaba detalles sobre ciertas curaciones milagrosas y, sobre todo, cuando debía hablar de sus estigmas, que ella consideraba entonces algo habitual y común a todo cristiano. "Si el buen Dios hace todo lo que quiere, yo no soy la causa de ello", decía. Eso le bastaba, y para siempre” (Ibid., p. 16). He aquí, pues, a la pequeña campesina a quien la gente tenía por tonta e ignorante. Para Dios, era una elegida extraordinaria, un prodigio de santidad: de apariencia insignificante e ignorante en todo lo relativo a las cosas humanas, pero, por otra parte, profundamente instruida en la sabiduría de Dios. “La famosa aparición —que para ella no tenía nada de novedad— fue el resultado necesario, querido por Dios, de toda la vida interior y profundamente oculta de una niña pequeña que había recorrido las etapas más elevadas de la mística y a quien se tenía por simple basura del camino” (Ibid.).

Cuanto más se profundiza en estos años de preparación, mayor es el asombro, hasta el punto de querer exclamar con san Pablo: “¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!”. Todas estas gracias extraordinarias que marcan la vida de Melanie están orientadas hacia el encuentro maravilloso con “Aquella que llora”.

Antes de adentrarse en el mensaje de la Virgen que llora —la Madre de Dios de La Salette— y reflexionar sobre él, es preciso detenerse a considerar a fondo a la mensajera: ¿por qué envía Dios a María a nosotros y por qué llora María?

Sobre esto también, Léon Bloy formula algunas reflexiones ciertamente dignas de consideración.

“Un amigo de Dios me escribió un día esta frase magnífica:
"En *La que llora* escribes sobre el fracaso 'evidente' de la Redención. Y, en efecto, si se contempla la historia del pueblo cristiano... ¡Pues bien! No; la respuesta es sencilla: la Redención tuvo un éxito total, de tal modo que basta eternamente a Dios y a los hombres. La humanidad y la creación se han unido a Dios conforme a la plenitud de la voluntad divina. Y ese éxito total y manifiesto de la Redención es la Santísima Virgen.
Por eso Dios la necesitaba. Su sangre no debía derramarse en vano. Después podía venir cualquier cosa: crímenes, cismas, mentiras, impurezas, abominaciones... e incluso imperfecciones y faltas de fidelidad por parte de los santos. La Redención triunfó a la primera, de una vez por todas. La Santísima Virgen responde a todo, compensa todo, tiene más peso que todo"” (Ibid., págs. 17 y ss.).

Sabemos que no todas las personas se salvarán. Sabemos que hoy en día hay muchas personas que ya no tienen fe alguna ni respetan mandamiento alguno. Para estas personas, la Redención fue en vano, pues no se salvarán, sino que serán condenadas si mueren sin gracia. En una meditación sobre la agonía de Jesús se dice: “Sufrir es duro, muy duro; pero sufrir en vano es algo terrible, algo indescriptible. Quisiste experimentar este dolor en grado sumo, oh divino Salvador. En las angustiosas horas del Huerto de los Olivos, prevés la inutilidad de tu muerte sacrificial en la cruz para muchísimas personas. Esta triste certeza llena de amargura hasta el borde el cáliz de tu sufrimiento; traspasa tu santísimo corazón y lo habría hecho estallar de dolor si no hubieras conservado tu vida mediante un milagro de tu omnipotencia divina, para beber hasta la última gota el cáliz de la expiación por nuestros pecados”.

¿Quién puede comprender los sufrimientos del divino Corazón de Jesús, afligido ante la inutilidad de la Redención para tantas personas? ¿Y quién puede comprender los sufrimientos del Inmaculado Corazón de María, perfectamente unido al de su Hijo? Nuestro divino Redentor derrama lágrimas de sangre ante esta tremenda ingratitud y frialdad de los hombres impíos. También María llora; llora incesantemente en La Salette. “Ella, a quien todas las criaturas deben proclamar bienaventurada. Lloraba como solo Ella puede llorar. Derramaba lágrimas infinitas por todas nuestras faltas —que Ella misma nos ha enumerado— y llora por cada una de ellas. Se ve, pues, afectada por ello, aun en el seno de su bienaventuranza. La mente humana no lo abarca. ¡Una bienaventuranza que "sufre" y que llora! ¿Es posible comprenderlo?”.

Volvamos de nuevo a la meditación sobre la agonía de Jesús. Allí se dice además: “Es indescriptible la amargura que Tú, oh Jesús, sientes al contemplar a esas almas para quienes tu pasión y tu muerte resultan eternamente inútiles. Solo quien fuera capaz de comprender el amor infinito de tu Corazón podría calibrar la magnitud del dolor que sufriste por la pérdida de esas almas, tan queridas para Ti, en aquella noche del Huerto de los Olivos. Esta triste visión te resulta casi insoportable. Con todo el amor de tu compasivo Corazón de Redentor, luchas contra la justicia divina airada para aplacarla y obtener gracia para esas almas desdichadas. ¡Pero en vano! Ellas no quieren, rechazan todas las gracias y prefieren una vida de placeres breves y pecaminosos a la bienaventuranza eterna. "En vano" —te lamentas entonces con el salmista— "extiendo mi brazo para atraer a las almas hacia Mí; ellas se me resisten, quieren perecer". Entonces brota con mayor abundancia el sudor de sangre de tus poros y, en medio de tu tristeza y abatimiento, rompes a suplicar con insistencia creciente: "Padre mío, si es posible, que pase de Mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya"”.

Ciertamente sabemos que Jesús y María —quienes ya se encuentran en el Cielo en cuerpo y alma— no pueden llorar allí. Sin embargo, María llora en La Salette. ¿Llora acaso por pura apariencia? ¿Llora solo por nosotros, a pesar de gozar de una felicidad infinita en el Cielo? Tal explicación resultaría demasiado simplista. Quizás pueda compararse con el santo sacrificio de la Misa. En él, nuestro divino Redentor renueva su sacrificio de la Cruz —un sacrificio verdadero y perfecto, aunque incruento, pues Jesús ya no puede sufrir ni morir, ya que está presente en las ofrendas transustanciadas tal como ahora reina glorificado en el Cielo—. Y, no obstante, muchos santos místicos contemplan a nuestro Señor colgado de la Cruz y sufriendo por nosotros durante la santa Misa, porque en el sacrificio se hace presente también todo su sufrimiento expiatorio. Algo semejante cabe pensar respecto a María. Cuando ella se aparece en La Salette y llora casi ininterrumpidamente, se hace presente su terrible sufrimiento de la vida terrenal; una presencia eficaz, cabría afirmar —y sin duda con toda razón—.

Ante la Madre de Dios de La Salette, que llora, nos encontramos, pues, ante el misterio de la pasión redentora y, con ello, de la propia redención: ¿quién podría dudarlo?

“¿Acaso tu san Juan —con quien Dios pareció hablar más que con otros hombres— no dijo que son tres los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre [cf. 1 Jn 5,6: Pues tres son los que dan testimonio en el Cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno], y que estos tres corresponden a la Trinidad? Ese es precisamente su texto. ¿No es cierto que esto hace que los tres diluvios sean indispensables para la redención? El antiguo diluvio fue de agua; el diluvio de sangre, que aún no termina tras diecinueve siglos; y el diluvio de fuego, anunciado por tantos presagios, que está por llegar.
El reino del Padre, a quien le pesa haber creado a los hombres; el reino del Hijo, cargado con esta divina penitencia; y el reino universal del amor, mediante el cual todo debe renovarse. “Ecce nova facio omnia” [He aquí que hago nuevas todas las cosas. Ap 21,5]. Pero ¿de qué manera y a qué precio? Sin duda lo sabes, pues eres la "Sede de la Sabiduría", más aún, la Sabiduría misma; y por eso lloras” (Ibid., p. 18).

Nuestra Madre celestial hace suyas las preocupaciones de su divino Hijo, nuestro Redentor. Perfectamente unida a Él en el sufrimiento, recorre el camino de la Cruz. ¡Cuánto siente en esos momentos los muchísimos pecados de los hombres que causan a su Hijo este sufrimiento indecible! Pero, una vez más: ¿qué sucede cuando el sufrimiento carece de sentido porque ya nadie quiere salvarse? “El antiguo diluvio fue de agua; el diluvio de sangre, que ni siquiera tras diecinueve siglos ha terminado; y el diluvio de fuego, anunciado por tantos presagios, está por llegar”. ¿Acaso tenemos ante nosotros, de forma inminente, el diluvio de fuego?

Léon Bloy invita a reflexionar:

“En el año 1846, cuando pronunciaste aquellas palabras angustiosas: "Ya no puedo contener el brazo de mi Hijo", viniste a confiar tu aflicción a la única criatura capaz de escucharte y comprenderte: esa humilde Melanie, elegida por ti por parecer la más ínfima de todas las criaturas; y le confiaste un secreto que ya no podías soportar a solas, tú, que habías llevado en tu seno al Hijo de Dios sin ayuda alguna.
Doce años más tarde te revelaste de nuevo a una pastora, pero sin mostrarle tus grandes lágrimas —de las que los cristianos no quisieron saber nada— y sin confiarle aquel terrible secreto que habías encargado a la primera pastora que divulgara y propagara entre la gente. ¡Cuántas veces en vano! Lourdes, previsto y anunciado por ti en La Salette, fue un esfuerzo aún más heroico, un modo de ocultar tu dolor, como una madre que, ante la muerte, se viste de fiesta para tranquilizar a sus hijos.
Transcurrieron de nuevo algo más de doce años y llegó aquel año terrible, llamado el año del espanto. Francia, pisoteada por la chusma, se retorcía en la angustia. Una última vez te apareciste a unos pobres niños de manera muy enigmática. Desplegaste extrañas imágenes de ti misma, acompañadas de inscripciones breves y apenas sugeridas, que podían significar tanto un exceso de amenaza como un exceso de perdón.
Y eso fue todo. Desde entonces no se ha vuelto a saber nada de ti. El mundo cristiano, que debería haberse sentido aterrado por este silencio, cayó cada vez más bajo. La Salette es despreciada; Lourdes se ha convertido en un lugar de mercadeo y en un tema literario; Pontmain, en piadosas estampas de los libros de cánticos. Es evidente que ya no encuentras fe en tu pueblo y que ya no puedes ayudarlo. Habría llegado, pues, el momento del ocaso” (Ibid.).

Gracias al mensaje de La Salette, sabemos que nos encontramos ya en el fin de los tiempos. Todos los acontecimientos tremendos y aterradores anunciados —aunque de forma velada, mas con suma claridad— en el Apocalipsis de San Juan se están convirtiendo cada vez más en realidad ante nuestros ojos. Hace ya casi 171 años que nuestra Madre celestial nos advirtió de que el fin de los tiempos había comenzado. Nos hallamos, pues, en medio de este tiempo de prueba suprema de la historia de la salvación. Sin embargo, como hemos oído, casi nadie quiso escuchar a la Madre celestial que lloraba.

¿Qué nos queda por hacer, entonces, a nosotros que deseamos escuchar el mensaje de María?

“María es el paraíso terrenal; nunca me cansaré de decirlo. Pero ¿qué es ese paraíso terrenal y dónde se encuentra? En tiempos de fe, hubo cristianos que lo buscaron. Raimundo Lulio pareció haber pensado en ello, y se cuenta que Cristóbal Colón no dudó que lo había encontrado cerca de las Antillas o un poco más allá. Solo Melanie ha encontrado el paraíso terrenal —que ya era bien conocido antes por ella, aunque sin una denominación precisa, tal como se descubre un tesoro enterrado bajo los propios pies a la vista de todo el mundo—; Melanie reconoció este paraíso como fruto de una milagrosa iluminación interior.
El paraíso terrenal es el sufrimiento, y no existe otro. En verdad, el hombre vive siempre en el paraíso de todo deleite, y su expulsión es más que evidente. Fue solo a raíz de la desobediencia cuando se vio desnudo —vio desnuda la tierra y todo cuanto en ella habita— y comprendió que el sufrimiento no es otra cosa que el deseo puro y desnudo. Innumerables santos pudieron haber tenido esta intuición, pero nada más que eso: una intuición, pues la era de lo Absoluto aún no había comenzado.
El paraíso terrenal estaba reservado para una joven pastora, una niña carente de toda erudición humana, sin más formación que la que se adquiere en la escuela elemental de los ángeles. A ella le correspondía ser la anunciadora y profetisa del Cristianismo Absoluto. Pues esa es, precisamente, su misión.
La maravillosa joven no puede hablar ni escribir sin hacer resurgir a los mártires, sin evocar aquel tiempo de los mártires en el que se sabía que Dios nunca puede exigir demasiado a sus criaturas. Es, por así decirlo, el límite de su omnipotencia. Dios no puede exigir demasiado. Pero ¿puede exigir lo suficiente? Que la erudición moderna intente responder a esta cuestión”. “Pero entonces se creía —si se contempla en retrospectiva a la luz de la vocación de Melanie—, conforme al Evangelio, que, aun habiéndolo dado y dejado todo, uno seguía siendo un "siervo inútil"” (Ibid., pp. 18 y sig.).

Esto es lo que María quiere decirnos: solo vencerá aquel que esté dispuesto a entregarse por completo, pues Dios lo pide todo. Precisamente de esto adolece el hombre moderno, que siempre quiere dar calculando —incluso a Dios— y no quiere aceptar la verdad: “El paraíso terrenal es el sufrimiento, y no existe otro”. La mayoría de las almas ya no son capaces de soportar el sufrimiento porque no ven sentido alguno en el sacrificio, sino que solo buscan divertirse. Pero sin sufrimiento es imposible pertenecer totalmente a Dios. No hay otro camino de regreso al paraíso que el camino de la Cruz. “Los contemporáneos de san Ireneo o de san Lorenzo, que se asemejaron a Jesucristo en su afán de santidad, incluso anhelaban el tormento. Y la piedad sencilla consistía en ser despedazados. Aquellos primeros cristianos desconocían la existencia de reinos prósperos o la posibilidad de alcanzar la gloria sin haber transitado por el dolor. “O bona Crux, diu desiderata; sollicite amata...” [¡Buena Cruz, tanto tiempo anhelada, ardientemente amada! Breviario Romano, sexta lectura de los maitines en la fiesta de san Andrés, 30 de noviembre]: esto decía san Andrés camino del lugar de su ejecución, y era una expresión de lo más corriente. Un buen padre de familia leía a sus hijos relatos sobre el potro de tortura, el aceite hirviendo, el plomo fundido y las fieras; aquello constituía una herencia muy envidiada” (Ibid., p. 20).

Por lo general, estamos a años luz de tal espíritu de sacrificio y de tal alegría al sacrificarse. Nos falta esa comprensión más profunda —obra de la gracia— sobre el poder transformador del sufrimiento, que se nos hace visible en el ejemplo de la Madre Dolorosa. Este mar de sufrimiento de María desemboca, en la mañana de Pascua, en un mar de felicidad inimaginable. ¡Ese es el secreto de todos los santos! En el sufrimiento no se entristecen; al contrario, se vuelven cada vez más valientes y más dispuestos a la entrega. Así ocurría también, naturalmente, con Melanie, tal como señala Léon Bloy: “Creo que el verdadero nombre de Melanie es MAGNIFICAT. Todo lo que hace, todo lo que dice —ya sea en su infancia o en su vejez—, parece una paráfrasis del cántico de alabanza de la Inmaculada: "Engrandece su alma la grandeza del Señor"…” (Ibid., p. 21).

Hay que reconocer que es una idea fascinante y, a la vez, audaz que, por cierto, recuerda a Isabel de Dijon. En una carta dirigida al canónigo A. en enero de 1906, escribió: “Quiero confiarle algo muy íntimo. Mi anhelo es ser alabanza de su gloria. Lo leí en san Pablo, y mi Esposo me hizo saber que esa es mi vocación ya aquí, en el destierro, incluso antes de llegar a la ciudad de los santos para cantar el “Sanctus”. Pero esto exige una gran fidelidad, pues para ser "alabanza de su gloria" es preciso morir a todo lo que no sea Él, para vibrar únicamente bajo su contacto; y la pobre Isabel todavía comete muchas torpezas ante su Maestro. Pero Él la perdona como un padre tierno; su mirada divina la purifica. Al igual que san Pablo, ella procura olvidar lo que queda atrás para lanzarse hacia lo que tiene delante” (P. Michael Philipon O.P., Die geistliche Lehre Schwester Elisabeths von der Heiligsten Dreifaltigkeit, Editorial Herder, Viena 1951, p. 110).

Podría expresarse también de este modo: mi anhelo es cantar un “Magníficat” constante. Para ello, también “es preciso morir a todo lo que no sea Él, a fin de vibrar únicamente bajo su contacto”. Cualquiera comprenderá de inmediato que esto es imposible sin grandes y constantes sacrificios, es decir, sin sufrimiento. Pero si nos atrevemos, Dios, como un Padre tierno, nos perdonará una y otra vez todas nuestras imperfecciones, siempre que nuestra intención sea y permanezca pura. También Léon Bloy es consciente de ello: “Sé que habrá quienes consideren atrevido encontrar las palabras de la nueva Eva en boca de otra persona que no sea ella. Sin embargo, eso es lo que hace la Iglesia cuando invita a todos los fieles a cantar las Vísperas. Somos de tal manera miembros de Jesucristo —e incluso dioses, según las palabras del salmista, subrayadas explícitamente y con autoridad divina en el Evangelio— que no hay expresión aplicable en sentido estricto a la Divinidad que no resulte aconsejable y saludable retomar con amor y aplicársela a uno mismo. Ese es todo el secreto de la liturgia católica. ¡Con cuánta mayor razón pertenece ese lenguaje sagrado a ciertos seres extraordinariamente privilegiados, como Melanie, separados —no se sabe hasta qué punto— de las demás criaturas humanas en virtud de su vocación profética y apostólica!” (Einsicht, p. 21).

La sagrada liturgia, la oración de la santa Iglesia, nos introduce en el culto celestial y nos capacita para cantar el Magníficat con el espíritu de María. Naturalmente, habremos de crecer en este espíritu a lo largo de toda nuestra vida, para que nuestra existencia se convierta en un Magníficat continuo. En este sentido, la oración es precisamente el medio que, como miembros de Jesucristo, nos permite plasmar día a día la vida sobrenatural en nuestra alma. Esto es especialmente válido para Melanie: “No hay palabra en el Magníficat que no encaje a la perfección con esta pastora, como una prenda hecha a su medida. Es preciso leer lo que ella misma escribió —no digo para comprenderlo, sino para penetrar en el misterio absolutamente inefable de la compenetración de esta mendiga desconocida, casi inexistente, con la deslumbrante Madre del Hijo de Dios—. Aquí resulta difícil distinguirlas, saber quién habla y quién calla, quién llora y quién contempla las lágrimas, quién amenaza y quién suplica. Ella se consideraba únicamente como una luz de dolor en vertiginoso remolino”.

La vidente de La Salette se funde con lo que ve —o, mejor dicho, con Aquella a quien ve—. El Cielo eligió a esta joven porque era la única capaz de tal simbiosis extraordinaria del alma. Melanie hizo suyo el mensaje de su Madre celestial y, conforme a la voluntad de Dios, lo convirtió en la misión de su vida. Por ello, jamás permitió que la silenciaran, por muchas que fueran las intrigas, persecuciones y calumnias. Siempre se mantuvo fiel a su misión celestial.

Es absolutamente cierto lo que promete Léon Bloy:

“El asombro admirativo está reservado para aquellos que, conociendo el secreto de Melanie, deseen leer el relato conservado de los años de su infancia.
Para ello, sin embargo, se requiere una gran sencillez de corazón. Jamás ha existido una criatura más sencilla que Melanie. "Ecce ancilla"... [He aquí la esclava... Lc 1, 38]. Es sencilla como María en Nazaret, si es que tal comparación está permitida. Respira a Dios y a la Madre de Dios con la ingenuidad de una de esas plantas del Paraíso, indescriptiblemente puras y gráciles, de las cuales ella misma parece haber sido la jardinera. Vive en la tierra como si no estuviera en ella, y su clarividencia —a menudo extraordinaria— respecto a las cosas terrenales es consecuencia de su visión de las eternas. Dotada de un don profético en un sentido mucho más elevado, para ella no existen ni la sucesión ni el encadenamiento de ideas. Los conceptos de espacio y tiempo le resultan inútiles. No necesita comprender; sabe mediante un conocimiento infuso y original, como el de Adán y Eva antes del pecado.
Es cierto que ella, como cualquiera de nosotros, está sujeta a la ley del pecado original; pero, merced a una extraordinaria inversión, desde el primer día cae hacia lo alto...
Para sanar en ella las manos y los pies de Adán, Dios los traspasó desde su más tierna infancia; para evitar que otras criaturas anidaran en su corazón, Dios le clavó la lanza del Calvario; para preservar su cabeza, cubrió su frente con la terrible corona del Pretorio. Incluso antes de saber hablar, solo podía contemplar a los hombres a través de la sangre de Jesucristo.
Así fue hasta el último de sus días. Vivía tan cerca de Dios —y la Madre de Dios le había concedido un lugar muy próximo a su trono— y estaba tan alejada de todos nosotros, que le resultaba imposible elevarnos; a sus ojos, habría sido una gravísima falta al deber tener que exaltar aquello que carecía de amor.
Incapaz de existir de otro modo que no fuera en lo absoluto —alojada y atrincherada en la absolutidad de lo absoluto—, ¿qué podía comprender ella de la casuística de la piedad de los modernos? ¿Qué sentido podía tener para ella una escala gradual del bien o del mal? Observaba a todos los hombres, fueran cristianos o no, arrastrándose a ras de suelo como lombrices, y veía cómo se menospreciaban los mandamientos de Dios. Observaba sobre todo a los sacerdotes —y con qué terrible exactitud—:
“Comprendí —decía ella— que en el clero la pureza de intención es la guardiana de la pureza del cuerpo; que no existe castidad corporal sin una pureza constante del espíritu; y que el espíritu y los sentidos no conservan su pureza si no están CRUCIFICADOS con Jesucristo”. “Ayúdame a sostener a mis siervos caídos”, le dijo Jesús tras una visión aterradora.
El inmenso sufrimiento que le causaba conocer la miseria espiritual y las carencias del clero subyace en todo lo que piensa, dice y escribe. Un sollozo interior incesante. Basta leer las páginas de "Das gute Jahr" [El buen año], donde describe con tanta alegría cómo sus maestros la dejaban morir por falta de alimento, al no darle nunca nada de comer: "Es voluntad de Dios que yo sufra en expiación —de hambre o de sed— por el lujo y el amor a las riquezas de un gran número de miembros del clero" (Ibid., págs. 23 y sig.).

El heroísmo de los santos estimula nuestros corazones a un nuevo fervor. No desfallezcamos, pues, en estos tiempos sombríos; no permitamos que la desesperanza de la situación nos arrebate la certeza de que Dios está, a pesar de todo, por encima de los acontecimientos terrenales. Ciertamente, nuestro divino Redentor no nos ahorrará el sufrimiento, pero, a cambio, nos recompensará con creces —con su amor— por todo cuanto nos atrevamos a hacer por Él.

Soportemos, ante todo, con paciencia la creciente soledad, pues:

“Hoy en día ya no quedan sufrientes —salvo, tal vez, algunas pobres almas dispersas, repudiadas por el mundo, que solo aguardan el martirio; un rebaño insignificante de almas evangélicas y sencillas sobre las que ha caído la sombra de San Pedro y que representan la actual Iglesia de las catacumbas.
Para ellas escribió Melanie, y para ellas solas se publican estas humildes páginas de la pastora, que la masa despreciará.
"No quiero ir más a la escuela porque allí se hace demasiado ruido. Temo que mi alma lo oiga", decía esta niña, a quien el Creador de todos los mundos ha situado infinitamente por encima de sus truenos” (Ibid., p. 24).

Continúa...

Publicación original en Antimodernist
 

viernes, 11 de septiembre de 2026

EL TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SANTA BERNADETTE SOUBIROUS

Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó en 1933, no por las magníficas apariciones que había presenciado, sino por la sencillez y santidad de su vida.

Por Vitis Vera


Santa Bernadette Soubirous nació el 7 de enero de 1844 y falleció el 16 de abril de 1879, a los 35 años. Su familia era muy pobre: ​​vivían en Boly, cerca del molino que dirigía su padre, molinero, en una habitación de dieciséis metros cuadrados (de cuatro por cuatro lados), una habitación insalubre, una antigua prisión, cuyo aire contribuyó a la grave forma de asma que acompañó a Bernadette durante toda su vida. Era la mayor de siete hermanos; uno de ellos, Justin, murió a los 10 años y los otros dos a muy temprana edad. Su padre, François, falleció en 1871 a los 64 años; su madre, Louise, falleció en 1866 a los 41 años. Bernadette era analfabeta y, siendo aún niña, la enviaron a pastorear ovejas y a trabajar como camarera en la taberna de unos amigos en Bartrés. De baja estatura y siempre enfermiza (también había padecido cólera en su infancia), aparentaba menos edad de la que tenía, e incluso algunos la consideraban con discapacidad intelectual. Sin embargo, su fe era profunda, y su humildad sincera y verdaderamente profunda. A los 14 años, tuvo visiones de la Virgen María en Lourdes. En 1866, para escapar del interés que había despertado a su alrededor, se retiró como monja laica al convento de las Hermanas de la Caridad de Nevers, donde trabajó en la enfermería y como sacristana. Tras unos años, afectada por un tumor en la rodilla derecha (tuberculosis ósea), postrada en cama y agobiada por un dolor intenso, tras aprender a leer y escribir, redactó un testamento espiritual de singular belleza. Su nombre religioso era Hermana Marie Bernarde.

Testamento espiritual de Santa Bernadette Soubirous

Por la miseria de mi madre y de mi padre, por la ruina del molino, por el vino del cansancio, por la oveja sarnosa: ¡gracias, Dios mío! Por la boca de más que yo representaba; por los niños cuidados, por las ovejas atendidas: ¡gracias!

Gracias, Dios mío, por el procurador, por el comisario, por los gendarmes, por las duras palabras de Peyremale. Por los días en que viniste, Virgen María, y por aquellos en que no viniste: no podré agradecértelo como es debido hasta que esté en el Cielo.

Pero por la bofetada que recibí, por las burlas, por los insultos, por quienes me tomaron por loca, por quienes me tomaron por mentirosa, por quienes me tomaron por oportunista: ¡gracias, Señora nuestra!

Por la ortografía que nunca dominé, por la memoria que nunca tuve, por mi ignorancia y mi estupidez: ¡gracias!

¡Gracias, porque si hubiera habido en la tierra una niña más estúpida que yo, la habrías elegido a ella!

Por mi madre, que murió lejos; por el dolor que sentí cuando mi padre, en lugar de abrir los brazos a su pequeña Bernadette, me llamó Sor María Bernarda: ¡Gracias, Jesús!

Gracias por inundar de amargura este corazón —demasiado tierno— que me diste. Por la Madre Giuseppina, que me declaró “buena para nada”: ¡Gracias! Por el sarcasmo de la maestra de novicias, su voz áspera, sus injusticias, sus burlas y por el pan de la humillación: ¡Gracias!

Gracias por ser aquella a quien la Madre Teresa podía decir: “Nunca dejas de causar problemas”.

Gracias por ser la señalada para las reprimendas, de quien mis hermanas decían: “Qué suerte no ser como Bernadette”.

Gracias por ser Bernadette —amenazada con la cárcel por haberte visto, ¡Santísima Virgen!; observada por la gente como si fuera una bestia rara; aquella Bernadette tan insignificante que, al verla, la gente decía: “¿Es ésta la que...?”.

Por este cuerpo miserable que me diste; por esta enfermedad de fuego y humo; por mi carne en descomposición; por mis huesos que se pudren; por mis sudores; por mi fiebre; por mis dolores sordos y agudos:¡Gracias, Dios mío!

Por esta alma que me diste; por el desierto de la sequedad interior; por Tu noche y Tus destellos de luz; por Tus silencios y Tus rayos; por todo —por Ti, ausente y presente—: ¡Gracias! ¡Gracias, oh Jesús!

Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó en 1933, no por las magníficas apariciones que había presenciado, sino por la sencillez y santidad de su vida. En la primera exhumación, realizada en 1909 —treinta años después de su muerte—, su cuerpo apareció perfectamente conservado.
 

GRACIA Y LIBERTAD: SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (4)

Continuamos contemplando la unión misteriosa de gracia y libertad en esta Santa.

Por el padre José María Iraburu


Santa Teresa del Niño Jesús (1)

Santa Teresa del Niño Jesús (2)

Santa Teresa del Niño Jesús (3)

La acción apostólica

Hemos comprobado bien cómo Santa Teresita creía en la absoluta necesidad de la gracia para la santificación personal, declarando que sin ella no podía nada. Esta misma convicción la tuvo en referencia a la santificación de los otros por medio de la acción apostólica. Pudo comprobarla experimentalmente cuando fue nombrada ayudante de la Maestra de novicias.

Ella, confesó, “desde hace mucho tiempo ha comprendido que Dios no necesita de nadie, y menos de ella que de las demás, para hacer el bien en la tierra” (X,3r). Se entregó, pues, a su nuevo oficio en la comunidad con toda esperanza. “Desde que comprendí que nada podría hacer por mí misma, la tarea que me confiasteis ya no me pareció difícil. Vi que lo único que necesitaba era unirme más y más a Jesús, y que “lo demás se me daría por añadidura” [Mt 6,33]. En efecto, nunca resultó fallida mi esperanza. Dios se dignó llenar mi mano cuantas veces fue necesario para alimentar el alma de mis Hermanas. Os confieso, Madre muy querida, que si yo me hubiera apoyado lo más mínimo en mis propias fuerzas, muy pronto os hubiera rendido las armas. De lejos parece fácil y de color de rosa el hacer el bien a las almas, el enseñarles a amar más a Dios, el modelarlas según los propios puntos de vista y los pensamientos personales. De cerca es todo lo contrario: el color rosa desaparece… y se comprueba que hacer el bien [a las personas] es tan imposible sin la ayuda de Dios como hacer brillar el sol en medio de la noche. Se comprueba que es absolutamente necesario olvidar los gustos personales, renunciar a las propias ideas y guiar las almas por el camino que Jesús les ha trazado, sin pretender hacerlas ir por el nuestro” (XI,22v).

El reconocimiento de la primacía de la gracia –al contrario de los planteamientos semipelagianos– lleva consigo esta absoluta delicadeza en el servicio de las almas: “¡qué diferentes son los caminos por los que el Señor conduce a las almas!” (X,2r). “Dios me hizo comprender que hay almas a las que su misericordia no se cansa de esperar, a las que no da su luz sino por grados. Por eso, me guardaba yo muy bien de adelantar la hora de Dios, y esperaba pacientemente a que Jesús tuviese a bien hacerla llegar” (XI,20v-21r).

El Señor actuó en Teresita, y ella obró con absoluta humildad y confianza

“Yo soy un pincelito que Jesús ha escogido para pintar su imagen en las almas que me habéis confiado” (XI,20r). Oración y acción apostólica han de ir siempre juntas: “supliqué a Dios que pusiese en mis labios palabras dulces y convicentes, o mejor, que él mismo hablase por mí” (XI,21r). “La oración y el sacrificio constituyen toda mi fuerza; son las armas invencibles que Jesús me ha dado. Pueden, mucho mejor que las palabras, tocar los corazones. Muchas veces lo he comprobado” (XI,24v). Así confiada en Dios, y sin fiarse en nada de sí misma, hacía Teresita el bien a sus Hermanas, y en ocasiones tenía aciertos inexplicables.

En una ocasión, una Hermana, que estaba sufriendo una gran pena interior, se acercó sonriente a Sor Teresa, y ella le dijo con toda seguridad: “tú tienes una pena”. Si hubiese hecho caer la luna a sus pies, creo que no me hubiera mirado con mayor asombro. Fue tan grande, que una especie de pasmo se apoderó también de mí, y por un instante experimenté como un miedo sobrenatural. Estaba yo segura de no poseer el don de leer en las almas; y por eso me quedé tanto más asombrada cuanto más justamente había dado en el blanco. Sentí la presencia de Dios muy cerca de mí. Supe que había repetido sin darme cuenta, como un niño, palabras que no salían de mí sino de Dios… Por otra parte, nada de eso sería capaz ciertamente de inspirarme vanidad, pues traigo de continuo presente en la memoria el recuerdo de lo que soy” (XI,26r).

Vencimientos heroicos en cosas mínimas

Santa Teresita siempre se movió movida por la gracia de Dios, lo que daba a sus actos una facilidad sobrenatural: “mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,30). Pero de ningún modo esta colaboración con la gracia divina es siempre sin dolor y esfuerzo. Ya dije que la gracia, para la obra buena, auxilia siempre al entendimiento y a la voluntad, pero no siempre al sentimiento. Por eso la docilidad a la gracia cuesta a veces esfuerzos heroicos, que la voluntad obra con el auxilio de la gracia. Teresita, con estos vencimientos, realizó actos muy intensos de virtud, y consiguio grandes crecimientos espirituales. Recuerdo algunos ejemplos. El amor propio, concretamente, al menos como tentación, duró en ella bastantes años.

Estando en el Convento, “hacía yo grandes esfuerzos por no disculparme, lo que me resultaba muy difícil… Os referiré mi primera victoria; no fue grande, pero me costó mucho. Se encontró rota una vasija que habían dejado detrás de una ventana. Nuestra Madre, creyendo que había sido yo, me la enseñó diciéndome que otra vez pusiese más cuidado. En seguida, sin replicar, besé el suelo, prometiendo ser más cuidadosa en lo futuro. Estas pequeñas prácticas [de humildad] me costaban mucho a causa de mi poca virtud, y me tenía que ayudar pensando que en el Juicio final todo se llegaría a saber” (VII,74v).

Escenas de vencimientos como ésta hay muchas en la vida de la Santa. Pero citaré una que me parece especialmente conmovedora. Teresa, la Reinecita, la hermanita menor, la novena, siempre había sido muy amada en su familia, tanto por sus hermanas como por su padre, y en la soledad y el silencio del Carmelo a veces lo pasaba muy mal.

Confiesa en sus escritos a la Madre superiora: “Recuerdo que siendo postulante, me venían a veces tan violentas tentaciones de entrar en vuestra celda para darme gusto, para encontrar algunas gotas de consuelo, que me veía obligada a pasar rápidamente por delante del despacho y agarrarme al pasamano de la escalera. Se me representaba una multitud de permisos que pedir, hallaba mil razones para complacer mi naturaleza. ¡Cuánto me alegro ahora de las renuncias que me impuse en los principios de la vida religiosa! Al presente gozo ya de la recompensa prometida a los que combaten generosamente” (XI,21v-r).

La caridad fraterna también le costó a veces grandes esfuerzos, siempre realizados con la moción de la gracia del Señor. Una anciana insoportable, la Hermana Saint-Pierre, medio inválida, necesitaba ayuda para todo. “A mí me costaba mucho ofrecerme para prestar aquel servicio… Es increíble lo que me costaba”. Pero con la gracia de Dios hacia su servicio, y al terminarlo, “antes de marcharme, le dirigía la más graciosa de mis sonrisas” (XI, 28v-29r). Otras veces, en el coro, le tocaba estar cerca de una Hermana que hacía un ruidito extraño, semejante al que se haría frotando dos conchas una con otra…

“Imposible me resulta, Madre mía, deciros cuánto me molestaba aquel ruidillo. Sentía grandes deseos de volver la cabeza y mirar a la culpable, que con toda seguridad no se daba cuenta del molesto sonsonete que producía. Mirar atrás hubiera sido el único modo de hacérselo notar. Pero en el fondo del corazón comprendía que era mejor sufrirlo por amor de Dios y por no causar pena a la Hermana. Así que permanecía tranquila, procurando unirme a Dios y olvidar el pequeño ruido. Pero todo era inútil; sentía que me inundaba el sudor, y me veía obligada a hacer sencillamente una oración de sufrimiento. Aun entonces, procuraba sufrir sin irritación, con alegría y paz, al menos en lo íntimo del alma. Me esforzaba por hallar gusto en aquel soniquete, o bien hacía los posibles por no oírlo. ¡Todo en vano!” (XI,30v).

Algo semejante narra cuando en el lavadero una Hermana poco cuidadosa le salpicaba una y otra vez el rostro con el agua sucia: “Mi primer impulso fue el de echarme atrás y enjugarme el rostro, a fin de hacer ver a la Hermana que me asperjaba el gran favor que me haría obrando con más suavidad. Pero en seguida pensé que era bien tonta al rehusar unos tesoros que tan generosamente se me daban, y me guardé muy bien de manifestar mi lucha interior. Me esforcé por sentir el deseo de recibir en la cara mucha agua sucia, de suerte que terminó por gustarme aquel nuevo género de aspersión” (XI,30v-31r).

Así es como el Señor hizo de Teresita una gran santa. “Cinco panes y dos peces”, muy poca cosa, es lo que aquel joven del Evangelio puso en manos de Jesús, pero con su mínima ofrenda vino a dar de comer a una gran multitud. No se hubiera producido el milagro probablemente si hubiera entregado solo cuatro panes y un pez. Pero él, movido por la gracia, hizo al Maestro la ofrenda de todo lo que tenía. De modo semejante, Teresa, dócil a la acción de la gracia, se entregó a Dios entera, sabiéndose muy pequeña, y llegó a una altísima santidad personal. Vino a ser además, una de las Santas más santificantes para los cristianos de su tiempo, hasta el día de hoy, ayudados por su ejemplo y sus escritos: tres cuadernos escolares.

Perfecta en la humildad

El Señor misericordioso, “porque era pequeña y débil, se abajaba hasta mí y me instruía secretamente en las cosas de su amor” (V,49r). En el camino de la perfección “cuanto más se adelanta, tanto más lejos se cree del término. Por eso, ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y encuentro en ello mi alegría” (VII,74r). Perfecta en la humildad, ya no hay en ella amor propio que sufra al verse defectuosa:

“No siento pena alguna al ver que soy la debilidad misma; antes al contrario, me glorío de ello [2Cor 12,5), y cuento con descubrir en mí cada día nuevas imperfecciones” (X,15r). “Sé encontrar siempre el modo de estar alegre y de sacar provecho de mis miserias” (VIII,80r). “¡Qué dulce es el camino del amor! Ciertamente, se puede caer, se pueden cometer infidelidades; pero sabiendo el amor sacar provecho de todo, bien pronto consume lo que puede disgustar a Jesús, no dejando más que una humildad y profunda paz en el fondo del corazón” (VIII,83r).

Santa Teresita guardó la paz en su absoluta humildad, siempre abierta a la gracia. Y no le perturbaba demasiado ser a veces mal entendida y juzgada: “digo con San Pablo: “poco me importa ser juzgada por ningún tribunal humano. Yo no me juzgo a mí misma. Quien me juzga es el Señor” [1Cor 4,3-4]” (X,13v). Ella tenia la humildad plena de un mendigo que pide, pero que no exige nada, y que se conforma con lo que le dan. Fue perfecta en la humildad.

No se avergonzaba de ejercitarse sólo en pequeñas cosas y pequeñas virtudes, reconociendo que no valía para más. “Señor, no tengo otro medio de probaros mi amor…; es decir, no desperdiciar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; aprovecharme de las pequeñas cosas, aun de las más insignificantes, haciéndolas por amor” (IX,4r-v).

No se avergonzaba de confesar sus limitaciones: “debería darme pena el dormirme, desde hace siete años, durante la oración y la acción de gracias. Y sin embargo, nada de esto me da pena. Pienso que los niñitos agradan lo mismo a sus padres dormidos que despiertos” (VIII,75v). Declaró también sencillamente: “Rezar yo sola el rosario –me da vergüenza decirlo– me cuesta más que ponerme un instrumento de penitencia… ¡Sé que lo rezo tan mal! Por más que me esfuerzo por meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la atención” (XI,25v).

No se avergonzaba de confesar que muchas de sus riquezas no eran sino miserias suyas llenadas por la misericordia de Dios. Así, p. ej., cuando explicó su oración por su incapacidad de tratar con la gente. En el pensionado de la Abadía no era una niña atractiva ni para profesoras ni para sus compañeras: “nadie se ocupaba de mí. Por eso, subía a la tribuna de la capilla, y allí permanecía delante del Santísimo Sacramento hasta que papá venía a buscarme. Aquel era mi único consuelo. ¿No era, acaso, Jesús mi único amigo? No sabía hablar con nadie más que con él. Las conversaciones con las criaturas, aun las conversaciones piadosas, me ponían cansancio en el alma. Estaba segura de que era preferible hablar con Dios que hablar de Dios, pues es mucho el amor propio que se mezcla en las conversaciones espirituales” (IV,40v).

Ni siquiera se avergonzaba en su humildad de confesar las gracias excepcionales que el Señor le había dado. Sabía bien que no eran sino dones gratuitos de Dios. Su sabiduría espiritual, p. ej. era tan grande, declaró, que los estudiosos “ciertamente habrían quedado sorprendidos al ver una niña de catorce años penetrar los secretos de la perfección, secretos que toda su ciencia no sería capaz de descubrirles nunca” (V,49r).

Doctora de la gracia

Siempre la Iglesia ha sabido que todos los cristianos están llamados a la santidad, pues siempre ha inculcado que todos los cristianos cumplan el primer mandamiento, “amar a Dios con todo el corazón”; y en eso justamente consiste la santidad. Pero Santa Teresita redescubrió esta verdad, mostrando en sus escritos qué sencillo es el camino de la santidad, y qué posible es, con la gracia de Dios, avanzar por el día a día, sea el cristiano religioso o laico, fuerte o débil, culto o iletrado, sano o enfermo, y sea ésta o la otra la circunstancia de familia y de trabajo en que vive.
 
En los Manuscritos autobiográficos era siempre Jesús quien, con inmenso amor generoso, fortalecía a Santa Teresita, la guiaba, le corregía, le mostraba, le concedía, le daba, obraba en ella y con ella… –Y señalo, al paso, que en sus escritos hablaba casi siempre de “Jesús” para referirse a Jesucristo, al Señor, a Dios, a la Santísima Trinidad–. Ella, pues, entendía toda su vida como un don gratuito del amor de Dios. Y porque estaba convencida de que todo es gracia, por eso esperaba llegar a ser una gran Santa, aun viéndose tan miserable y débil. Nada había en ella, así lo reconocía, que mereciera las excelsas gracias con las que Dios quiso privilegiarla desde niña. Jesús moraba en su corazón obrando el bien en ella unas veces Él solo, pero normalmente en ella y con ella. Sin Jesús, que le asistía instante por instante, ella no podía nada por sí misma. Pero con Él todo lo puede.

Al expresar Santa Teresita este camino de la infancia espiritual, confesó en una síntesis preciosa todas las grandes verdades de la Biblia y los Padres, de los Concilios y el Magisterio apostólico sobre el misterio sublime de la gracia divina. Por eso esta joven Doctora de la Iglesia puede ser hoy para los cristianos, como dice Pío XII, “un reencuentro con el Evangelio, con el corazón mismo del Evangelio” (radiom. 11-VII-1954).