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viernes, 11 de septiembre de 2026

EL TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SANTA BERNADETTE SOUBIROUS

Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó en 1933, no por las magníficas apariciones que había presenciado, sino por la sencillez y santidad de su vida.

Por Vitis Vera


Santa Bernadette Soubirous nació el 7 de enero de 1844 y falleció el 16 de abril de 1879, a los 35 años. Su familia era muy pobre: ​​vivían en Boly, cerca del molino que dirigía su padre, molinero, en una habitación de dieciséis metros cuadrados (de cuatro por cuatro lados), una habitación insalubre, una antigua prisión, cuyo aire contribuyó a la grave forma de asma que acompañó a Bernadette durante toda su vida. Era la mayor de siete hermanos; uno de ellos, Justin, murió a los 10 años y los otros dos a muy temprana edad. Su padre, François, falleció en 1871 a los 64 años; su madre, Louise, falleció en 1866 a los 41 años. Bernadette era analfabeta y, siendo aún niña, la enviaron a pastorear ovejas y a trabajar como camarera en la taberna de unos amigos en Bartrés. De baja estatura y siempre enfermiza (también había padecido cólera en su infancia), aparentaba menos edad de la que tenía, e incluso algunos la consideraban con discapacidad intelectual. Sin embargo, su fe era profunda, y su humildad sincera y verdaderamente profunda. A los 14 años, tuvo visiones de la Virgen María en Lourdes. En 1866, para escapar del interés que había despertado a su alrededor, se retiró como monja laica al convento de las Hermanas de la Caridad de Nevers, donde trabajó en la enfermería y como sacristana. Tras unos años, afectada por un tumor en la rodilla derecha (tuberculosis ósea), postrada en cama y agobiada por un dolor intenso, tras aprender a leer y escribir, redactó un testamento espiritual de singular belleza. Su nombre religioso era Hermana Marie Bernarde.

Testamento espiritual de Santa Bernadette Soubirous

Por la miseria de mi madre y de mi padre, por la ruina del molino, por el vino del cansancio, por la oveja sarnosa: ¡gracias, Dios mío! Por la boca de más que yo representaba; por los niños cuidados, por las ovejas atendidas: ¡gracias!

Gracias, Dios mío, por el procurador, por el comisario, por los gendarmes, por las duras palabras de Peyremale. Por los días en que viniste, Virgen María, y por aquellos en que no viniste: no podré agradecértelo como es debido hasta que esté en el Cielo.

Pero por la bofetada que recibí, por las burlas, por los insultos, por quienes me tomaron por loca, por quienes me tomaron por mentirosa, por quienes me tomaron por oportunista: ¡gracias, Señora nuestra!

Por la ortografía que nunca dominé, por la memoria que nunca tuve, por mi ignorancia y mi estupidez: ¡gracias!

¡Gracias, porque si hubiera habido en la tierra una niña más estúpida que yo, la habrías elegido a ella!

Por mi madre, que murió lejos; por el dolor que sentí cuando mi padre, en lugar de abrir los brazos a su pequeña Bernadette, me llamó Sor María Bernarda: ¡Gracias, Jesús!

Gracias por inundar de amargura este corazón —demasiado tierno— que me diste. Por la Madre Giuseppina, que me declaró “buena para nada”: ¡Gracias! Por el sarcasmo de la maestra de novicias, su voz áspera, sus injusticias, sus burlas y por el pan de la humillación: ¡Gracias!

Gracias por ser aquella a quien la Madre Teresa podía decir: “Nunca dejas de causar problemas”.

Gracias por ser la señalada para las reprimendas, de quien mis hermanas decían: “Qué suerte no ser como Bernadette”.

Gracias por ser Bernadette —amenazada con la cárcel por haberte visto, ¡Santísima Virgen!; observada por la gente como si fuera una bestia rara; aquella Bernadette tan insignificante que, al verla, la gente decía: “¿Es ésta la que...?”.

Por este cuerpo miserable que me diste; por esta enfermedad de fuego y humo; por mi carne en descomposición; por mis huesos que se pudren; por mis sudores; por mi fiebre; por mis dolores sordos y agudos:¡Gracias, Dios mío!

Por esta alma que me diste; por el desierto de la sequedad interior; por Tu noche y Tus destellos de luz; por Tus silencios y Tus rayos; por todo —por Ti, ausente y presente—: ¡Gracias! ¡Gracias, oh Jesús!

Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó en 1933, no por las magníficas apariciones que había presenciado, sino por la sencillez y santidad de su vida. En la primera exhumación, realizada en 1909 —treinta años después de su muerte—, su cuerpo apareció perfectamente conservado.
 

GRACIA Y LIBERTAD: SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (4)

Continuamos contemplando la unión misteriosa de gracia y libertad en esta Santa.

Por el padre José María Iraburu


Santa Teresa del Niño Jesús (1)

Santa Teresa del Niño Jesús (2)

Santa Teresa del Niño Jesús (3)

La acción apostólica

Hemos comprobado bien cómo Santa Teresita creía en la absoluta necesidad de la gracia para la santificación personal, declarando que sin ella no podía nada. Esta misma convicción la tuvo en referencia a la santificación de los otros por medio de la acción apostólica. Pudo comprobarla experimentalmente cuando fue nombrada ayudante de la Maestra de novicias.

Ella, confesó, “desde hace mucho tiempo ha comprendido que Dios no necesita de nadie, y menos de ella que de las demás, para hacer el bien en la tierra” (X,3r). Se entregó, pues, a su nuevo oficio en la comunidad con toda esperanza. “Desde que comprendí que nada podría hacer por mí misma, la tarea que me confiasteis ya no me pareció difícil. Vi que lo único que necesitaba era unirme más y más a Jesús, y que “lo demás se me daría por añadidura” [Mt 6,33]. En efecto, nunca resultó fallida mi esperanza. Dios se dignó llenar mi mano cuantas veces fue necesario para alimentar el alma de mis Hermanas. Os confieso, Madre muy querida, que si yo me hubiera apoyado lo más mínimo en mis propias fuerzas, muy pronto os hubiera rendido las armas. De lejos parece fácil y de color de rosa el hacer el bien a las almas, el enseñarles a amar más a Dios, el modelarlas según los propios puntos de vista y los pensamientos personales. De cerca es todo lo contrario: el color rosa desaparece… y se comprueba que hacer el bien [a las personas] es tan imposible sin la ayuda de Dios como hacer brillar el sol en medio de la noche. Se comprueba que es absolutamente necesario olvidar los gustos personales, renunciar a las propias ideas y guiar las almas por el camino que Jesús les ha trazado, sin pretender hacerlas ir por el nuestro” (XI,22v).

El reconocimiento de la primacía de la gracia –al contrario de los planteamientos semipelagianos– lleva consigo esta absoluta delicadeza en el servicio de las almas: “¡qué diferentes son los caminos por los que el Señor conduce a las almas!” (X,2r). “Dios me hizo comprender que hay almas a las que su misericordia no se cansa de esperar, a las que no da su luz sino por grados. Por eso, me guardaba yo muy bien de adelantar la hora de Dios, y esperaba pacientemente a que Jesús tuviese a bien hacerla llegar” (XI,20v-21r).

El Señor actuó en Teresita, y ella obró con absoluta humildad y confianza

“Yo soy un pincelito que Jesús ha escogido para pintar su imagen en las almas que me habéis confiado” (XI,20r). Oración y acción apostólica han de ir siempre juntas: “supliqué a Dios que pusiese en mis labios palabras dulces y convicentes, o mejor, que él mismo hablase por mí” (XI,21r). “La oración y el sacrificio constituyen toda mi fuerza; son las armas invencibles que Jesús me ha dado. Pueden, mucho mejor que las palabras, tocar los corazones. Muchas veces lo he comprobado” (XI,24v). Así confiada en Dios, y sin fiarse en nada de sí misma, hacía Teresita el bien a sus Hermanas, y en ocasiones tenía aciertos inexplicables.

En una ocasión, una Hermana, que estaba sufriendo una gran pena interior, se acercó sonriente a Sor Teresa, y ella le dijo con toda seguridad: “tú tienes una pena”. Si hubiese hecho caer la luna a sus pies, creo que no me hubiera mirado con mayor asombro. Fue tan grande, que una especie de pasmo se apoderó también de mí, y por un instante experimenté como un miedo sobrenatural. Estaba yo segura de no poseer el don de leer en las almas; y por eso me quedé tanto más asombrada cuanto más justamente había dado en el blanco. Sentí la presencia de Dios muy cerca de mí. Supe que había repetido sin darme cuenta, como un niño, palabras que no salían de mí sino de Dios… Por otra parte, nada de eso sería capaz ciertamente de inspirarme vanidad, pues traigo de continuo presente en la memoria el recuerdo de lo que soy” (XI,26r).

Vencimientos heroicos en cosas mínimas

Santa Teresita siempre se movió movida por la gracia de Dios, lo que daba a sus actos una facilidad sobrenatural: “mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,30). Pero de ningún modo esta colaboración con la gracia divina es siempre sin dolor y esfuerzo. Ya dije que la gracia, para la obra buena, auxilia siempre al entendimiento y a la voluntad, pero no siempre al sentimiento. Por eso la docilidad a la gracia cuesta a veces esfuerzos heroicos, que la voluntad obra con el auxilio de la gracia. Teresita, con estos vencimientos, realizó actos muy intensos de virtud, y consiguio grandes crecimientos espirituales. Recuerdo algunos ejemplos. El amor propio, concretamente, al menos como tentación, duró en ella bastantes años.

Estando en el Convento, “hacía yo grandes esfuerzos por no disculparme, lo que me resultaba muy difícil… Os referiré mi primera victoria; no fue grande, pero me costó mucho. Se encontró rota una vasija que habían dejado detrás de una ventana. Nuestra Madre, creyendo que había sido yo, me la enseñó diciéndome que otra vez pusiese más cuidado. En seguida, sin replicar, besé el suelo, prometiendo ser más cuidadosa en lo futuro. Estas pequeñas prácticas [de humildad] me costaban mucho a causa de mi poca virtud, y me tenía que ayudar pensando que en el Juicio final todo se llegaría a saber” (VII,74v).

Escenas de vencimientos como ésta hay muchas en la vida de la Santa. Pero citaré una que me parece especialmente conmovedora. Teresa, la Reinecita, la hermanita menor, la novena, siempre había sido muy amada en su familia, tanto por sus hermanas como por su padre, y en la soledad y el silencio del Carmelo a veces lo pasaba muy mal.

Confiesa en sus escritos a la Madre superiora: “Recuerdo que siendo postulante, me venían a veces tan violentas tentaciones de entrar en vuestra celda para darme gusto, para encontrar algunas gotas de consuelo, que me veía obligada a pasar rápidamente por delante del despacho y agarrarme al pasamano de la escalera. Se me representaba una multitud de permisos que pedir, hallaba mil razones para complacer mi naturaleza. ¡Cuánto me alegro ahora de las renuncias que me impuse en los principios de la vida religiosa! Al presente gozo ya de la recompensa prometida a los que combaten generosamente” (XI,21v-r).

La caridad fraterna también le costó a veces grandes esfuerzos, siempre realizados con la moción de la gracia del Señor. Una anciana insoportable, la Hermana Saint-Pierre, medio inválida, necesitaba ayuda para todo. “A mí me costaba mucho ofrecerme para prestar aquel servicio… Es increíble lo que me costaba”. Pero con la gracia de Dios hacia su servicio, y al terminarlo, “antes de marcharme, le dirigía la más graciosa de mis sonrisas” (XI, 28v-29r). Otras veces, en el coro, le tocaba estar cerca de una Hermana que hacía un ruidito extraño, semejante al que se haría frotando dos conchas una con otra…

“Imposible me resulta, Madre mía, deciros cuánto me molestaba aquel ruidillo. Sentía grandes deseos de volver la cabeza y mirar a la culpable, que con toda seguridad no se daba cuenta del molesto sonsonete que producía. Mirar atrás hubiera sido el único modo de hacérselo notar. Pero en el fondo del corazón comprendía que era mejor sufrirlo por amor de Dios y por no causar pena a la Hermana. Así que permanecía tranquila, procurando unirme a Dios y olvidar el pequeño ruido. Pero todo era inútil; sentía que me inundaba el sudor, y me veía obligada a hacer sencillamente una oración de sufrimiento. Aun entonces, procuraba sufrir sin irritación, con alegría y paz, al menos en lo íntimo del alma. Me esforzaba por hallar gusto en aquel soniquete, o bien hacía los posibles por no oírlo. ¡Todo en vano!” (XI,30v).

Algo semejante narra cuando en el lavadero una Hermana poco cuidadosa le salpicaba una y otra vez el rostro con el agua sucia: “Mi primer impulso fue el de echarme atrás y enjugarme el rostro, a fin de hacer ver a la Hermana que me asperjaba el gran favor que me haría obrando con más suavidad. Pero en seguida pensé que era bien tonta al rehusar unos tesoros que tan generosamente se me daban, y me guardé muy bien de manifestar mi lucha interior. Me esforcé por sentir el deseo de recibir en la cara mucha agua sucia, de suerte que terminó por gustarme aquel nuevo género de aspersión” (XI,30v-31r).

Así es como el Señor hizo de Teresita una gran santa. “Cinco panes y dos peces”, muy poca cosa, es lo que aquel joven del Evangelio puso en manos de Jesús, pero con su mínima ofrenda vino a dar de comer a una gran multitud. No se hubiera producido el milagro probablemente si hubiera entregado solo cuatro panes y un pez. Pero él, movido por la gracia, hizo al Maestro la ofrenda de todo lo que tenía. De modo semejante, Teresa, dócil a la acción de la gracia, se entregó a Dios entera, sabiéndose muy pequeña, y llegó a una altísima santidad personal. Vino a ser además, una de las Santas más santificantes para los cristianos de su tiempo, hasta el día de hoy, ayudados por su ejemplo y sus escritos: tres cuadernos escolares.

Perfecta en la humildad

El Señor misericordioso, “porque era pequeña y débil, se abajaba hasta mí y me instruía secretamente en las cosas de su amor” (V,49r). En el camino de la perfección “cuanto más se adelanta, tanto más lejos se cree del término. Por eso, ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y encuentro en ello mi alegría” (VII,74r). Perfecta en la humildad, ya no hay en ella amor propio que sufra al verse defectuosa:

“No siento pena alguna al ver que soy la debilidad misma; antes al contrario, me glorío de ello [2Cor 12,5), y cuento con descubrir en mí cada día nuevas imperfecciones” (X,15r). “Sé encontrar siempre el modo de estar alegre y de sacar provecho de mis miserias” (VIII,80r). “¡Qué dulce es el camino del amor! Ciertamente, se puede caer, se pueden cometer infidelidades; pero sabiendo el amor sacar provecho de todo, bien pronto consume lo que puede disgustar a Jesús, no dejando más que una humildad y profunda paz en el fondo del corazón” (VIII,83r).

Santa Teresita guardó la paz en su absoluta humildad, siempre abierta a la gracia. Y no le perturbaba demasiado ser a veces mal entendida y juzgada: “digo con San Pablo: “poco me importa ser juzgada por ningún tribunal humano. Yo no me juzgo a mí misma. Quien me juzga es el Señor” [1Cor 4,3-4]” (X,13v). Ella tenia la humildad plena de un mendigo que pide, pero que no exige nada, y que se conforma con lo que le dan. Fue perfecta en la humildad.

No se avergonzaba de ejercitarse sólo en pequeñas cosas y pequeñas virtudes, reconociendo que no valía para más. “Señor, no tengo otro medio de probaros mi amor…; es decir, no desperdiciar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; aprovecharme de las pequeñas cosas, aun de las más insignificantes, haciéndolas por amor” (IX,4r-v).

No se avergonzaba de confesar sus limitaciones: “debería darme pena el dormirme, desde hace siete años, durante la oración y la acción de gracias. Y sin embargo, nada de esto me da pena. Pienso que los niñitos agradan lo mismo a sus padres dormidos que despiertos” (VIII,75v). Declaró también sencillamente: “Rezar yo sola el rosario –me da vergüenza decirlo– me cuesta más que ponerme un instrumento de penitencia… ¡Sé que lo rezo tan mal! Por más que me esfuerzo por meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la atención” (XI,25v).

No se avergonzaba de confesar que muchas de sus riquezas no eran sino miserias suyas llenadas por la misericordia de Dios. Así, p. ej., cuando explicó su oración por su incapacidad de tratar con la gente. En el pensionado de la Abadía no era una niña atractiva ni para profesoras ni para sus compañeras: “nadie se ocupaba de mí. Por eso, subía a la tribuna de la capilla, y allí permanecía delante del Santísimo Sacramento hasta que papá venía a buscarme. Aquel era mi único consuelo. ¿No era, acaso, Jesús mi único amigo? No sabía hablar con nadie más que con él. Las conversaciones con las criaturas, aun las conversaciones piadosas, me ponían cansancio en el alma. Estaba segura de que era preferible hablar con Dios que hablar de Dios, pues es mucho el amor propio que se mezcla en las conversaciones espirituales” (IV,40v).

Ni siquiera se avergonzaba en su humildad de confesar las gracias excepcionales que el Señor le había dado. Sabía bien que no eran sino dones gratuitos de Dios. Su sabiduría espiritual, p. ej. era tan grande, declaró, que los estudiosos “ciertamente habrían quedado sorprendidos al ver una niña de catorce años penetrar los secretos de la perfección, secretos que toda su ciencia no sería capaz de descubrirles nunca” (V,49r).

Doctora de la gracia

Siempre la Iglesia ha sabido que todos los cristianos están llamados a la santidad, pues siempre ha inculcado que todos los cristianos cumplan el primer mandamiento, “amar a Dios con todo el corazón”; y en eso justamente consiste la santidad. Pero Santa Teresita redescubrió esta verdad, mostrando en sus escritos qué sencillo es el camino de la santidad, y qué posible es, con la gracia de Dios, avanzar por el día a día, sea el cristiano religioso o laico, fuerte o débil, culto o iletrado, sano o enfermo, y sea ésta o la otra la circunstancia de familia y de trabajo en que vive.
 
En los Manuscritos autobiográficos era siempre Jesús quien, con inmenso amor generoso, fortalecía a Santa Teresita, la guiaba, le corregía, le mostraba, le concedía, le daba, obraba en ella y con ella… –Y señalo, al paso, que en sus escritos hablaba casi siempre de “Jesús” para referirse a Jesucristo, al Señor, a Dios, a la Santísima Trinidad–. Ella, pues, entendía toda su vida como un don gratuito del amor de Dios. Y porque estaba convencida de que todo es gracia, por eso esperaba llegar a ser una gran Santa, aun viéndose tan miserable y débil. Nada había en ella, así lo reconocía, que mereciera las excelsas gracias con las que Dios quiso privilegiarla desde niña. Jesús moraba en su corazón obrando el bien en ella unas veces Él solo, pero normalmente en ella y con ella. Sin Jesús, que le asistía instante por instante, ella no podía nada por sí misma. Pero con Él todo lo puede.

Al expresar Santa Teresita este camino de la infancia espiritual, confesó en una síntesis preciosa todas las grandes verdades de la Biblia y los Padres, de los Concilios y el Magisterio apostólico sobre el misterio sublime de la gracia divina. Por eso esta joven Doctora de la Iglesia puede ser hoy para los cristianos, como dice Pío XII, “un reencuentro con el Evangelio, con el corazón mismo del Evangelio” (radiom. 11-VII-1954).
 

martes, 8 de septiembre de 2026

SAN PÍO X, DEFENSOR DE LA LUCHA CONTRA EL MODERNISMO

El último Papa verdaderamente santo sigue siendo un modelo insuperable en la lucha contra la herejía que asola a la Iglesia hoy en día. Siguiendo su ejemplo, debemos dar prioridad a la doctrina y a la Santa Misa.

Por M. D'Amico


Giuseppe Melchiorre Sarto, el futuro Papa con el nombre de Pío X, nació en Riese, en la provincia de Treviso, el 2 de junio de 1835, en el seno de una familia humilde, siendo el segundo de diez hijos. Su padre, Giovanni Battista (1792-1852), fue mensajero municipal durante la administración de los Habsburgo; su madre, Margherita Sanson (1813-1894), era una sencilla costurera de pueblo. Los padres también poseían pequeñas parcelas de tierra y una vaca, que les proporcionaba leche para sus numerosos hijos. Los Sarto eran gente sencilla, pero de gran fe y capaces de transmitir a sus hijos, con su ejemplo, una profunda devoción y un sincero apego a la Iglesia.

Desde niño, José demostró gran carácter, integridad e inteligencia excepcional. Pronto sintió la vocación religiosa y su párroco lo apoyó en sus estudios. Caminaba 14 kilómetros diarios hasta la escuela, superando pruebas y dificultades muy parecidas a las que enfrentó el joven San Juan Bosco. Sin embargo, lo sostenía un don que lo acompañaría toda su vida: una energía extraordinaria y una capacidad inigualable para alcanzar las metas que sentía que Dios le indicaba. Además de ser un trabajador incansable, poseía un agudo sentido de la organización y demostró a lo largo de su vida religiosa una habilidad innata para guiar a sus colaboradores y a todos los que lo rodeaban, quienes reconocían fácilmente su autoridad, su celo y su generosidad. Fascinaba y cautivaba a todos, porque todos reconocían que era el primero en sacrificarse por completo por las obras que emprendía.

En 1850, ingresó en el seminario de Padua gracias a una beca concedida por el Patriarca de Venecia, quien lo había reconocido como un joven prometedor. Se dedicó con ahínco a sus estudios, destacando en todas las materias, con una particular predilección por las científicas (conservó, por ejemplo, una gran habilidad para las matemáticas a lo largo de su vida). Consciente de la importancia de la formación teológica para su posterior labor pastoral, se dedicó por completo al estudio y la lectura de los textos más importantes de la tradición cristiana.

En 1858 fue ordenado sacerdote y comenzó a servir como vicario del párroco en el pequeño pueblo de Tombolo. En 1867 fue nombrado arcipreste de Salzano, y posteriormente, en 1875, canónigo de la catedral de Treviso y canciller del obispo. El obispo, que apreciaba enormemente sus dones y su profunda vida de piedad, también lo nombró director espiritual del seminario diocesano, cargo que resultaría crucial para toda la labor posterior del santo. Desempeñó sus funciones como canciller con su habitual energía, eficiencia e inteligencia; fue un colaborador ideal para el obispo, quien le confió tareas cada vez más importantes y exigentes, sabiendo que podía contar infaliblemente con el éxito de sus esfuerzos.

Cabe destacar que, a diferencia de otros clérigos, santos y Papas célebres, el futuro San Pío X dedicó toda su vida a la pastoral, siempre en contacto con el pueblo y sus problemas más concretos, prestando especial atención a los pobres. Nunca ocupó cargos en el Vaticano ni en la diplomacia; salvo su experiencia en Mantua, siempre desempeñó funciones en la región del Véneto y escandalizó a un cardenal francés por su desconocimiento del noble idioma de San Luis IX. Siempre conservó la sobriedad, la sencillez y la humildad que había aprendido de niño en su humilde familia. Giuseppe Sarto no era rico ni poderoso; su carrera fue lenta y discreta, ajena a la mirada pública. Sinceramente humilde, cada vez que recibía un ascenso, se sentía indigno e intentaba rechazarlo. Sin embargo, en esta discreción, destacan aún más su fervor, su caridad sin límites (siempre ayudaba a todos, amigos y enemigos, ricos y pobres), su celo por las almas, su amor sincero y ardiente por la Iglesia, su pureza y su deseo casi desgarrador de que el pueblo, y especialmente los niños, se santifiquen. Siendo un joven sacerdote, ya podría haber dicho: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál. 2:20). Existen innumerables episodios en los que se privó de todo, no solo de dinero, sino también de ropa, comida, provisiones y objetos preciosos, para dárselos a los necesitados.

En 1884, fue nombrado obispo de Mantua, donde durante nueve años trabajó con increíble fecundidad y celo, renovando por completo la diócesis, comenzando por el seminario, al que cuidó con asiduidad. En las reformas que implementó a un ritmo prodigioso, actuó con asombrosa certeza, como un hombre inspirado por Dios: sabía lo que había que hacer sin vacilación ni duda, y lo llevó a cabo sin amedrentarse ante ningún obstáculo, sabiendo además esperar y actuar con exquisito tacto, una astucia política y una prudencia sorprendentes en un simple hijo del pueblo. Por ejemplo, soportó con heroica paciencia los obstáculos con los que el gobierno masónico italiano intentó retrasar su instalación en la sede episcopal.

Poco a poco, la diócesis que le habían sido encomendadas se transformó y comenzó a crecer en la fe, como lo demostraba el creciente número de seminaristas y el fervor cada vez mayor entre la gente: todos sentían que su pastor era un guía seguro y bueno; su fe ardiente e inquebrantable parecía contagiar incluso a los más distantes, e incluso sus enemigos no podían evitar admirarlo profundamente: los pensamientos se dirigían al Papa San Pío V, a quien incluso los protestantes reconocían como santo.

Para comprender la figura de San Pío X, no podemos olvidar que su vida como hombre de la Iglesia transcurrió enteramente en medio del Risorgimento, es decir, del ataque judeo-masónico y protestante contra la Iglesia, que creó mil obstáculos para cualquiera que deseara permanecer verdaderamente fiel a Nuestro Señor. Sin embargo, el futuro Papa siempre tomó una decisión muy clara, sencilla y lineal: centrarse en santificarse a sí mismo y al pueblo que le había sido confiado, crecer en la fe y la caridad, sin preocuparse por el mundo y su hostilidad, sin descender, ni siquiera indirectamente, a la arena política. No es casualidad que los historiadores de la Iglesia lo consideren un Papa “espiritual”: en el siglo de hostilidad y constantes conspiraciones contra la Iglesia, Giuseppe Sarto parecía moverse en un plano más elevado y luminoso, tejido con el cielo y una felicidad secreta y oculta; es el plano al que se eleva la vida contemplativa más sólida. No es casualidad, por lo tanto, que el futuro santo mantuviera la costumbre de levantarse muy temprano, a las cuatro de la mañana, como los agricultores de antaño, y pasara hasta cuatro horas diarias en su capilla en profunda oración, antes de comenzar su siempre ajetreado día.

Una lámpara no puede colocarse debajo de un celemín, y del mismo modo, el obispo Sarto estaba destinado a crecer en los planes secretos de Dios. En Mantua, actuó como San Carlos Borromeo en Milán —es decir, como un obispo tridentino perfecto— con una tradición antigua, sólida y firme, dejando una huella profunda en el suelo inicialmente árido de la diócesis. Sus virtudes y capacidades se hicieron cada vez más conocidas, y en 1893 fue nombrado cardenal, elevado posteriormente al cargo de Patriarca de Venecia, donde asumió el cargo en 1894. En la noble ciudad lagunar, como en Mantua, desarrolló un ministerio pastoral de singular intensidad, centrado en una profunda devoción a la Eucaristía. Sin embargo, también desarrolló una extraordinaria labor social en favor de los numerosos pobres surgidos de la Segunda Revolución Industrial, transformando la sociedad en su conjunto. Su pragmatismo innato lo impulsó a promover la creación de decenas de fondos de ayuda mutua y bancos cooperativos para brindar asistencia a los pobres y a los trabajadores más humildes.

En 1903, tras la muerte de León XIII, en un dramático cónclave, debido al veto del Imperio Habsburgo a la nominación del cardenal Rampolla (considerado profrancés), el cardenal Sarto fue elegido Papa, para su sorpresa y disgusto. Aceptó únicamente tras la larga y sincera insistencia de otros cardenales, quienes le imploraron que no se negara, sino que diera su consentimiento a la elección del cónclave. Adoptó el nombre de Pío X, por fidelidad a los Papas del siglo XIX que tanto sufrieron la Revolución Francesa y el Risorgimento, y escogió el lema “Instaurare omnia in Christo”, que resume verdaderamente no solo lo que haría como Papa, sino también lo que siempre había hecho como hombre de la Iglesia.

Llevando una vida casi monástica, asistido por sus hermanas, apartado de toda la pompa inútil y dolorosa de la etiqueta de la corte papal, que sin embargo respetaba, en los nueve años de su pontificado desarrolló una masa de acciones y reformas asombrosas: el catecismo menor y mayor; el Código Pío-Benedictino de Derecho Canónico (una empresa que se consideraba desesperada debido a su complejidad); la reforma de la música sacra gregoriana; la Eucaristía para niños; la mejora de los seminarios, sus planes de estudio y enseñanza, atención a la elección de maestros y a la disciplina; la reforma de la curia papal y toda la organización de los dicasterios romanos; la reforma del breviario; la lucha heroica contra la Francia masónica de la Tercera República que pretendía esclavizar a la Iglesia; tensiones muy serias con el gobierno italiano y el régimen existente de separación entre Iglesia y Estado; la fundación del Instituto Bíblico; la lucha contra Le Sillon; el impulso para la acción de los laicos católicos (un preludio de la futura Acción Católica). Pero el núcleo de su acción gubernamental, el acto más importante, fue la lucha contra el modernismo que se extendía lenta e inexorablemente: con su mirada perspicaz y su profunda preparación, reconoció la herejía y la condenó en el Decreto Lamentabili y en la Encíclica Pascendi de 1907. Firme contra el error, fue, sin embargo, gentil y misericordioso con los errantes cuando los encontraba personalmente y siempre dispuesto a perdonar. Despojado de los bienes terrenales y del poder que, sin embargo, ejercía a la perfección, enemigo de todo nepotismo, hostil a la obsequiosidad y a todo formalismo vacío, prudente, sabio, decidido, de carácter firme, enérgico y a la vez metódico, fuerte y sumamente sensible al sufrimiento ajeno, incansable en su trabajo, se sacrificó a su labor —como lo había hecho durante toda su vida— con una absoluta abnegación y espíritu de sacrificio que asombraba a todos los que se acercaban a él. Como todos los santos, resulta evidente a primera vista que nunca pensó en sí mismo, sino solo en el bien de la Iglesia y en el triunfo de Cristo en cada corazón, fundamentando su extraordinario apostolado en una profunda y continua vida de oración. Ya en vida, los milagros y curaciones que realizó son incontables.

En los tiempos calamitosos que vivimos, es imposible mirar a San Pío X sin una profunda nostalgia: ¿qué es el odio del mundo, qué es la persecución misma, cuando los cristianos sufren todo sabiendo que pueden contar con el apoyo, la comprensión y el amor paternal del Papa? Por el contrario, ¿qué hay más atroz que luchar por la verdad y por la Iglesia Católica, teniendo en el Papa y los obispos a los primeros y más acérrimos enemigos, como sucede hoy con León XIV? ¿Qué puede ser más amargo para un católico que ver a quienes ostentan autoridad en la Iglesia sembrar dudas y errores entre los fieles, propagar herejías y profanar con la más vergonzosa vulgaridad y malicia las cosas más sagradas y toda la Tradición?

Hoy, cuando el papa y los obispos de todo el mundo parecen complacerse y someterse a ello y a sus falsos valores, volvamos a orar con mayor intensidad a San Pío X, volvamos a pedirle que, con su intercesión, acelere el momento en que la Santa Iglesia Católica vuelva a tener como su pastor supremo a un hombre verdaderamente digno y santo, y no a un lobo con piel de cordero.
 

domingo, 6 de septiembre de 2026

GRACIA Y LIBERTAD: SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (3)

Continuamos contemplando en Santa Teresita la obra maravillosa de la gracia de Dios.

Por el padre José María Iraburu


Santa Teresa del Niño Jesús (1)

Santa Teresa del Niño Jesús (2)

Santificada con mediaciones escasas

Algunas expresiones de Santa Teresita son sumamente audaces, y ella es consciente de ello. “Tal vez juzguéis exageradas mis expresiones… Pero yo os aseguro que en mi pequeña alma no hay exageración alguna; todo en ella está tranquilo y sereno. Al escribir, me dirijo a Jesús y le hablo a él; así me resulta más fácil expresar mis pensamientos” (IX,1v).

La gracia de Dios obra en ella maravillas en la Eucaristía, los sacramentos, en su familia, en la observancia fiel de la vida en el Carmelo, etc. Pero aparte de esos medios fundamentales, se sirve de medios muy escasos. No tiene director espiritual, tampoco lee muchos libros, fuera de los santos Maestros carmelitas. Tiene una especie de inapetencia crónica para leer diversos libros que la biblioteca del monasterio le ofrece.

“En medio de esta mi impotencia, la Sagrada Escritura y la Imitación de Cristo vienen en mi ayuda. En ellos encuentro un alimento sólido y completamente puro. Pero lo que me sustenta en la oración es por encima de todo el Evangelio. En él encuentro todo lo que necesita mi pobre alma. Siempre descubro en él nuevas luces de sentidos ocultos y misteriosos. Comprendo, y sé por experiencia, que “el reino de Dios está dentro de nosotros” [Lc 17,21]. Jesús no tiene necesidad de libros ni de doctores para instruir a las almas. El es el Doctor de los doctores. Enseña sin ruido de palabras. Nunca le oigo hablar, pero sé que está dentro de mí. Me guía, y me inspira en cada instante lo que debo decir o hacer. Justamente en el momento que las necesito [no antes, no le da nunca provisiones], me hallo en posesión de luces cuya existencia ni siquiera habría sospechado. Y no es precisamente en la oración donde se me comunican abundantemente tales ilustraciones; las más de las veces es en medio de las ocupaciones del día…” (VIII,83rv).

Privilegiada inmensamente por el amor de Dios misericordioso

A su hermana Paulina, la que más influyó en su educación cristiana de niña y adolescente, y ahora su Priora del Carmelo, M. Inés de Jesús, le confiesa: “¡Oh, Madre mía querida! Después de tantas gracias ¿no podré yo cantar con el salmista: “El Señor es bueno y eterna es su misericordia” [Sal 117,1]?…. Creo que si las demás criaturas gozasen de las mismas gracias que yo, Dios no sería temido de nadie, sino amado con locura. Y amándole, no temiéndole, ninguna alma llegaría a ofenderle… Comprendo, sin embargo, que no todas las almas pueden parecerse. Es necesario que haya diferentes modelos, a fin de honrar especialmente cada una de las perfecciones de Dios. A mí me ha dado su misericordia infinita, y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas. Así, todas se me presentan radiantes de amor. Hasta la Justicia –y tal vez ella más que ninguna otra– me parece revestida de amor”9*-+ (VIII,83v).

“Vos conocéis los ríos, o mejor, los océanos de gracia que han inundado mi alma… Siento que el Amor me penetra y me rodea. Me parece que ese Amor Misericordioso renueva y purifica a cada instante mi alma, no dejando en ella traza de pecado. Por eso, no puedo temer el purgatorio. Sé que por mí misma ni siquiera merecería entrar en ese lugar de expiación, al que sólo tienen acceso las almas santas. Pero sé también que el fuego del Amor es más santificante que el purgatorio. Sé que Jesús no puede desearnos sufrimientos inútiles, y que no me inspiraría los deseos que siento si no estuviese dispuesto a colmarlos” (VIII,84r).

“Madre mía: Jesús ha concedido a vuestra hija la gracia de penetrar las misteriosas profundidades de la caridad. Si me fuese posible expresar todo lo que me es dado a entender, oiríais una melodía celestial” (XI,18v). “¡Oh Jesús mío! Tal vez sea una ilusión, pero creo que no podéis colmar a un alma de más amor del que habéis colmado la mía. Por eso me atrevo a pediros que améis a los que me disteis como me amáis a mí misma” (XI,35r)… “Pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su amor, que me una tan estrechamente a sí que sea él quien viva y obre en mí”. El Amor divino hará en Teresita y con ella todas las obras que quiera, “porque un alma abrasada de amor no puede permanecer inactiva” (XI,36r). Y sin embargo…

Noche oscura, ausencia habitual de consolaciones sensibles

“No creáis que nado en medio de las consolaciones. ¡Oh no! Mi consolación es no tenerla en la tierra [Es la gracia especial que pidió en su primera comunión, haciendo suya una frase de la Imitación IV,16,2]” (IX,1r). El Señor “permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas… Y esta prueba no debía durar sólo unos días o unas semanas: no se extinguirá hasta la hora marcada por Dios… y esa hora no ha sonado todavía. Quisiera poder expresar lo que siento, pero, ¡ay!, creo que es imposible. Es preciso haber peregrinado por este negro túnel para comprender su oscuridad” (X,5v). “Madre querida, tal vez os parezca que exagero la congoja de mi alma. De hecho, si me juzgáis por los sentimientos que expreso en las poesías que he compuesto este año, os debo parecer un alma llena de consolaciones, para quien casi se ha rasgado el velo de la fe”.

“Y sin embargo, no es ya un velo, es un muro que se eleva hasta el Cielo y me oculta el firmamento estrellado. Cuando canto la felicidad del Cielo, la eterna posesión de Dios, no experimento alegría alguna, porque canto simplemente lo que deseo creer. Algunas veces, es verdad, un pequeñito rayo de sol viene a esclarecer mis tinieblas; entonces la prueba cesa por un instante. Pero inmediatamente, el recuerdo que trae consigo este rayo de luz, en lugar de causarme gozo, hace aún más espesas mis tinieblas. Nunca había experimentado como ahora qué dulce y misericordioso es el Señor. No me mandó este martirio interior antes, sino en el momento en que me encuentro con fuerzas para soportarlo, pues de haber sido antes, creo que me hubiera hundido en el desaliento. Al presente, este tormento limpia todo lo que de satisfacción natural pudiera haber en el deseo que tengo del Cielo. Me parece que ahora ya nada me impide volar, pues no tengo grandes deseos, excepto el de amar hasta morir de amor (9 de junio [1895])” (X,7v).

El Señor le muestra su vocación personal: ser el amor en la Iglesia

Santa Teresita, aunque era tan consciente de su pequeñez y debilidad, confiesa con todo atrevimiento: “Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme… Pero no es así… Yo siento en mí otras vocaciones. Siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir… Siento en mí la vocación de sacerdote… ¡Oh, Jesús, amor mío, vida mía! ¿Cómo hermanar estos contrastes? ¿Cómo realizar los deseos de mi alma pobrecita? Tengo vocación de apóstol, quisiera recorrer la tierra, plantar tu cruz gloriosa en tierra infiel. Pero, Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo… Quisiera ser misionero, y no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguir siéndolo hasta la consumación del mundo” (IX,10v).

Así escribía en su celda la que sería, con toda razón, Patrona universal de las misiones católicas… “¡Jesús, Jesús! ¿Qué responderás a todas mis locuras? ¿Hay acaso un alma más pequeña e impotente que la mía? Y no obstante fue precisamente esta mi debilidad la que te movió siempre, oh Señor, a colmar mis pequeños deseos, y la que te mueve hoy a colmar otros deseos míos más grandes que el universo” (IX,3r). Una vez más, el Señor responde a los deseos que en ella había infundido, mostrándole el himno paulino de la caridad, 1 Corintios, 12-13:

“Por fin había encontrado el descanso para mi alma… Considerando el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por San Pablo; o mejor dicho, creía reconocerme en todos. La caridad me dio la clave de mi vocación… Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor… Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que el amor abarca todos los tiempos y todos los lugares, en una palabra, que el amor es eterno. Entonces, en un transporte de alegría delirante, exclamé: ¡Oh, Jesús, amor mío! Por fin he encontrado mi vocación; mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi lugar en la Iglesia. Dios mío, vos mismo me lo habéis enseñado. En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor. Así lo seré todo, así mi sueño se verá realizado” (IX,3v).

Un caminito humilde santo y santificante para los pequeños. Y para todos

“Siempre he deseado ser una santa”, confiesa Santa Teresita, al mismo tiempo que declara su pequeñez y debilidad tan grandes. Y el ser consciente de su mínima condición personal, “en vez de desanimarme, siempre que lo he pensado, me ha llevado a esta reflexión: Dios no puede inspirar deseos irrealizables. Por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Crecer me es imposible. He de soportarme a mí misma tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero hallar el modo de ir al Cielo por un caminito muy recto, muy corto; por un caminito del todo nuevo (je veux chercher le moyen d’aller au Ciel par une petite voie bien droite, bien courte, una petite voie toute nouvelle). Estamos en el siglo de los inventos”. Ahora en vez esforzarse subiendo escaleras, basta con tomar el ascensor. “Yo quisiera encontrar también un ascensor para llegar hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la ruda escalera de la perfección. Entonces busqué en los Sagrados Libros… y hallé estas palabras: “el que sea pequeñito que venga a mí” [Prov 9,4]” (X,2v).

“Madre, yo soy demasiado pequeña para sentir vanidad, soy demasiado pequeña también para hacer frases bonitas con el fin de hacerle creer que gento una gran humildad. Prefiero reconocer con toda sencillez que el Todopoderoso ha obrado grandes cosas en el alma de la hija de su divina Madre; y la más grande de todas es precisamente haberle dado a conocer su pequeñez y su impotencia” (X,4r).

Santa Teresita habla de su invento con ironía, en broma, pues en realidad de ningún modo lo entiende ella como un camino nuevo. Ya desde niña, antes de la primera comunión, le han inculcado “el medio para llegar a ser santa por la fidelidad en las más pequeñas cosas” (IV,33r). Y bien sabe ella que todos los santos han llegado a la santidad experimentando y descubriendo la infinita Misericordia divina en la insondable miseria del ser humano. Todos los santos se reconocen como un niño analfabeto, que solo puede escribir algo válido si su mano es llevada por la mano de Dios. Pero algunos ha habido que no captaron la broma. Un cierto autor francés, por ejemplo, escribió un libro sobre la espiritualidad de Santa Teresita, dándole por subtítulo flamante un chemin entiérement nouveaux, descubierto, por cierto, en Francia. En realidad, Teresita, en el sentido etimológico más preciso, inventa = encuentra, en medio de una selva de católicos voluntaristas, pelagianos o semipelagianos, y de luteranos, quietistas, jansenistas, etc., el camino verdadero de la fe católica. No hay otro. No hay en la Iglesia otro camino de perfección que el de la infancia espiritual. “Si no os hiciéreis como niños, no entraréis en el reino de los Cielos” (Mt 18,3). Está claro.

Amor al prójimo

Se preguntaba Santa Teresita, ¿cómo amar al prójimo como Jesús le amó? Parece un mandato imposible de cumplir. El Concilio de Trento afirma que “Dios no manda cosas imposibles”, porque Él hace posible por su gracia su cumplimiento (Denz 1536). Y así es como nuestra santa y joven Doctora responde a su pregunta. Los mandamientos son gracias externas, por las cuales Cristo nos revela aquello que, asistiéndonos con su gracia interna, quiere Él obrar en nosotros y con nosotros.

“¡Ah Señor! Sé que no mandáis nunca nada imposible. Conocéis mejor que yo misma mi debilidad. Sabéis que nunca podría amar a mis Hermanas como vos las amáis, si vos mismo, oh Jesús, no las amáis también en mí. Y porque queríais concederme esta gracia, por eso impusisteis un mandamiento nuevo. ¡Oh, con qué amor lo acepto, pues me da la certeza de que es voluntad vuestra amar en mí a todos los que me mandáis amar! Sí, lo experimento: cuantas veces yo soy caritativa, es Jesús quien obra en mí. Y cuanto más unida estoy a él, tanto más amo a mis Hermanas” (X,12r).

“He notado, y es muy natural, que las Hermanas más santas son las más amadas… Por el contrario, a las almas imperfectas no se las busca… se evita su compañía… Pues ved la conclusión que saco de todo esto: En la recreación, en la licencia, debo buscar la compañía de las Hermanas que me son menos agradables y cumplir con esas almas heridas el oficio del buen Samaritano. Una palabra, una sonrisa amable, bastan a veces para alegrar un alma triste… Deseo ser amable con todas –particularmente con las Hermanas que me son menos agradables– para complacer a Jesús y seguir el consejo que él nos da en el Evangelio [Lc 14,12-14; Mt 6,4]” (XI,27v-28r).

Seguiremos, Dios mediante.
 

domingo, 30 de agosto de 2026

VALIOSAS LECCIONES SOBRE EL PURGATORIO EN LOS SUFRIMIENTOS DE LA HERMANA TERESA

Una sola mancha en una vida por demás ejemplar le costó a la hermana Teresa Gesta dos semanas en el Purgatorio.

Por Edwin Benson


Aproximadamente a media hora en coche al sureste de Asís se encuentra el convento franciscano de Santa Ana en Foligno. Fue fundado alrededor de 1393. El acontecimiento más significativo en la larga historia del convento tuvo lugar el 16 de noviembre de 1859, cuando ocurrió la aparición de una visitante del Purgatorio. Pero no solo lo visitó, sino que dejó una marca visible que atestigua su presencia.

La visitante era la hermana Teresa Gesta. Antes de su muerte, había sido maestra de novicias del convento. Este cargo requería a alguien que aplicara rigurosamente la regla que regía el convento, a la vez que mostrara la debida compasión hacia quienes se adaptaban a la vida religiosa. También era la sacristana, otro puesto de gran responsabilidad. Todos los elementos necesarios para la Santa Misa y otras ceremonias estaban a su cargo.

El padre Schouppe (1) incluye un comentario breve pero incisivo sobre el aprecio que la comunidad le profesaba. “La hermana Teresa fue un modelo de fervor y caridad. No debemos sorprendernos —dijo su director— si Dios la glorifica con algún prodigio después de su muerte”. El 4 de noviembre de 1859, falleció repentinamente a los sesenta y dos años a causa de un derrame cerebral.

Doce días después del fallecimiento de la hermana Teresa, su sucesora como sacristana, la hermana Anna Felicia, estaba a punto de entrar en la sacristía cuando oyó gemidos desde dentro. Al abrir la puerta, no vio a nadie, pero los gemidos continuaban. Presa del pánico, la monja exclamó: “¡Jesús! ¡María! ¿Qué será eso?”.

Apenas habían salido estas palabras de la boca de la hermana Anna Felicia cuando oyó la voz lastimera que decía: “¡Oh! ¡Dios mío, cuánto sufro! ¡Oh! ¡Dios, cuánto lo lamento!”. En su agonía, el alma confesó que su falta estaba relacionada con su papel de sacristana. La hermana Anna Felicia reconoció de inmediato la voz de su difunta predecesora.

En ese instante, la habitación se llenó de un humo oscuro y espeso. En medio de la bruma, el espíritu de la hermana Teresa se hizo visible, moviéndose hacia la puerta. Al llegar a ella, exclamó: “¡He aquí una prueba de la misericordia de Dios!”. Extendiendo la mano, apoyó la palma y los dedos de su mano derecha sobre un panel de la puerta. Luego desapareció.

Casi presa del pánico, la hermana Anna Felicia notó algo extraordinario. Donde el espíritu de la hermana Teresa había tocado la puerta, la imagen de una mano estaba grabada a fuego, como si hubiera sido dejada por un hierro al rojo vivo.

“Donde el espíritu de la Hermana Teresa había tocado la puerta, la imagen de una mano quedó grabada a fuego, como si la hubiera dejado un hierro al rojo vivo”

La hermana Anna Felicia gritó asustada. En cuestión de minutos, toda la comunidad se había congregado en la sacristía, que olía claramente a madera quemada. La hermana Anna Felicia les contó lo sucedido, y todos se asombraron al ver las marcas de quemaduras en la puerta. Muchas de las monjas reconocieron de inmediato la huella de la mano de la hermana Teresa, ya que las manos de la difunta eran notablemente pequeñas.

En cuanto las monjas se percataron de lo que veían, corrieron inmediatamente al coro. La mayoría pasó toda la noche en oración y penitencia por la hermana Teresa. A la mañana siguiente, su capellán celebró una Misa por su alma. Para entonces, la noticia de la visión había trascendido los muros del convento. Muchos de los habitantes de Foligno unieron sus oraciones a las del convento.

La noche del 18 de noviembre, la hermana Anna Felicia se disponía a dormir. Al entrar en su celda, volvió a oír la voz de la hermana Teresa. En ese mismo instante, la celda se llenó de una luz tan brillante como la del mediodía. La hermana Teresa exclamó triunfante: “¡Morí un viernes, el día de la Pasión , y he aquí que, un viernes, entro en la gloria eterna! ¡Sed fuertes para llevar la cruz, sed valientes para sufrir, amad la pobreza!”. A su benefactora, añadió con afecto: “¡Adiós, adiós, adiós!”. Al instante, apareció su rostro, como transfigurado y envuelto en una nube deslumbrante. La nube ascendió al Cielo y desapareció.

Si el propósito de este artículo fuera simplemente contar una buena historia con un final feliz, podría terminar aquí. El hermoso momento en que Nuestro Señor nos recibe en su presencia eterna es un deleite —e incluso un beneficio— para la mente. Sin embargo, detenerse ahí sería perder de vista lo esencial. Los milagros de Dios no ocurren simplemente para entretener a la ociosa humanidad ni para ofrecer agradables tentaciones. Él los diseña para que tengan efectos duraderos y beneficiosos. El padre Schouppe vio dos propósitos en esta visión, los cuales explicó cuidadosamente.

La primera explicación fue sencilla, aunque sorprenda a quienes conciben a Dios como infinitamente comprensivo y nunca ofendido. “Así -explica- vemos que la Justicia Divina castiga con mayor severidad hasta las faltas más leves”. Una sola mancha en una vida por demás ejemplar le costó a la hermana Teresa Gesta dos semanas en el Purgatorio. Su estancia fue breve porque su pecado era menor. Sin embargo, sus dolores durante ese tiempo fueron muy reales, como lo indica su grito: “¡Oh, Dios mío, cuánto sufro! ¡Oh, Dios, me duele tanto!”.
 
 

miércoles, 26 de agosto de 2026

GRACIA Y LIBERTAD: SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (1)

Beata (1923), Santa (1925), Patrona universal de las misiones católicas, con San Francisco Javier (1927), llegó a ser Doctora de la Iglesia (1997). 

Por el padre José María Iraburu


Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), nació en Alençon, Francia y fue la última de nueve hermanos. Dios se sirvió de sus padres, Luis José Martin y María Celia Guerin, beatificados en 2008, y de sus hermanas para dar a Teresita una educación cristiana de altísima calidad, que le hizo crecer en el mundo de la gracia con una precocidad extraordinaria.

A los 2 años tomó “la resolución de hacerse monja”, y a los 3 decidió “no rehusar nada al buen Dios”, recibir siempre su gracia. Ingresó en el Carmelo de Lisieux a los 15 años y murió a los 24. Beata (1923), Santa (1925), Patrona universal de las misiones católicas, con San Francisco Javier (1927), llegó a ser Doctora de la Iglesia (1997). 

Su doctrina espiritual se expresó fundamentalmente en sus Manuscritos autobiográficos, escritos en tres cuadernos escolares, que han sido distribuidos en once capítulos (I-XI). El cuaderno A (1895, a su hermana, Hna. Inés de Jesús), el B (1896, a su hermana, Hna. Mª del Sagrado Corazón) y el C (1897, a su priora, M. María de Gonzaga). Son conocidos como La historia de un alma. También son numerosas sus Cartas, Poesías y Oraciones. Y del final de su vida tenemos las Últimas conversaciones, anotadas por la Hna. Inés de Jesús.

El escrito que sigue viene a ser una antología de textos de Santa Teresita sobre la acción de la gracia de Dios en ella. Y quiera el Señor que los lectores que no hayan acabado de entender la doctrina intelectual que hasta aquí he expuesto sobre gracia-libertad, la entiendan por fin en la declaración experiencial que hizo de ella esta Santa Doctora.

La distribución desigual que Dios hace de sus gracias, tan claramente experimentada por Teresita en su propia vida, es el primer tema que toca en su primer cuaderno, y que desarrolla a lo largo de todos sus escritos. Bien podría ella ser llamada Doctora de la gracia.

“Este es el misterio de mi vocación, el de toda mi vida: el misterio, sobre todo, de los privilegios que Jesús ha dispensado a mi alma. No a los que son dignos; Jesús llama a los que quiere. O como dice S. Pablo: “Dios tiene misericordia de quien quiere y tiene compasión de quien quiere. No es, pues, obra ni del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia” (Rm 9,15-16).

“Durante mucho tiempo estuve preguntándome a mí misma por qué Dios tenía preferencias; por qué no todas las almas recibían sus dones por igual. Era cosa que me maravillaba. Al verle prodigar favores extraordinarios a los santos que le habían ofendido –como S. Pablo, S. Agustín–, forzándoles, por así decirlo, a recibir sus gracias; o bien, al leer la vida de aquéllos a quienes Nuestro Señor colmaba de caricias desde la cuna hasta el sepulcro, apartando de su camino todo lo que fuese obstáculo para elevarse a él, y previniendo sus almas con tales favores que no pudiesen empañar el brillo inmaculado de su vestidura bautismal, me preguntaba a mí misma por qué los pobres salvajes, por ejemplo, morían en gran número sin siquiera haber oído pronunciar el nombre de Dios”.

“Jesús se dignó instruirme acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza. Y comprendí que todas las flores creadas por él son bellas”, tanto una rosa aromática y preciosa, como una mínima margarita. “Lo mismo acontece en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha creado a los santos grandes, que pueden compararse a las azucenas y a las rosas. Pero ha creado también a otros más pequeños… La perfección consiste en cumplir su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos” (I,2v-r).

Toda la vida de Teresita ha sido una obra maravillosa de la gracia de Dios. “No es mi vida propiamente dicha lo que voy a escribir, sino más bien mis pensamientos acerca de las gracias que Dios se ha dignado concederme”…

“La Flor [la Florecilla de Jesús] que va a contar su historia se complace en hacer públicas las delicadezas, totalmente gratuitas, de Jesús. Reconoce que nada había en ella capaz de atraer sobre sí las divinas miradas del Señor, y que sólo su misericordia ha obrado todo lo bueno que hay en ella. Él la hizo nacer en una tierra santa… Él la quiso precedida de ocho azucenas… Él, en su amor, tuvo a bien preservar a su Florecilla del aliento envenenado del mundo. Apenas empezaba a abrirse su corola, cuando este divino Salvador la trasplantó a la Montaña del Carmelo”… (I,3v). Sólo escribo “lo que Dios ha hecho por mí” (I,4r).

Un natural malo y una educación excelente

El don de la gracia de Dios no actúa en Teresita sobre un don de naturaleza sana y excelente. Todo lo contrario. Ella misma se describe con una niña hipersensible, dada a llorar, con un enorme amor propio, y atacada a veces por unas rabietas de intensidad anormal. Transcribe de una carta de su madre:

“Cuando las cosas no salen a su gusto, se revuelca por el suelo como una desesperada, creyéndolo todo perdido. Hay momentos en que la contrariedad la vence, y entonces hasta parece que va a ahogarse. Es una niña muy nerviosa” (I,8r). Narró también la terrible rabieta que una vez tuvo contra la criada Victoria (II,15v-16r).

La gracia divina concedió, por el contrario, a Teresa una excepcional educación cristiana. “Dios se ha complacido en rodearme siempre de amor” (I,4v). Recordaré sólo algunos detalles muy significativos. Su hermana Paulina, por gracia de Dios, le obligaba en ocasiones a ejercitarse en ciertos vencimientos, como a vencer el miedo a quedarse a oscuras sola de noche: “considero una gracia muy señalada el que me acostumbraseis, Madre mía querida, a vencer mis temores” (II,18v). A los seis o siete años, yendo con su padre de paseo, un señor y una señora que les saludaron dijeron cortésmente que la niña “era muy guapa. Papá les contestó que sí: pero me di cuenta de que por señas les decía que no me dirigiesen alabanzas” (II,21v).

Muy lectora, la gracia de Dios le libró de malas lecturas. “No sabía jugar, pero me gustaba la lectura; me hubiera pasado la vida leyendo. Gracias a Dios, tenía en la tierra ángeles para guiarme; cuidaban de escogerme los libros… Nunca permitió Dios que leyese uno solo capaz de hacerme daño. Es verdad que al leer ciertos relatos caballerescos, no siempre percibía de momento la realidad de la vida; pero en seguida me daba Dios a entender que la verdadera gloria era la que duraba eternamente” (IV,31v-32r).

La gracia de la vocación la recibió de Dios con toda certeza. A los nueve años “comprendí que el Carmelo era el desierto adonde Dios quería que yo fuese a esconderme. Lo comprendí con tan viva evidencia, que no quedó la menor duda en mi corazón. No fue el sueño de una niña a quien uno pueda llevar en pos de sí; fue la certeza de una llamada divina” (III,26r).

Tuvo no pocas penas en su infancia y adolescencia. “Dios, que deseaba sin duda purificarme y sobre todo humillarme, permitió que aquel martirio íntimo durase hasta mi entrada en el Carmelo, donde el Padre de nuestras almas barrió como con la mano todas mis dudas… Si Dios permitió al demonio acercarse a mí, me enviaba también ángeles visibles que me ayudaban” (III,28v-29r).

A los diez años pasó una misteriosa enfermedad, con unos dolores de cabeza y delirios, que parecían fingidos. Su padre, viéndola tan mal, entregó varias monedas de oro para que se ofrecieran misas por ella en Nuestra Señora de las Victorias, en el santuario de París. “Se necesitaba un milagro, y fue Nuestra Señora de las Victorias quien lo obró… De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa que nunca había visto nada tan bello… Pero lo que me llegó hasta el fondo del alma fue la encantadora sonrisa de la Santísima Virgen” (III,30r). Con este gozo, quedó curada. Unos años más tarde, en 1887, visitando en París ese santuario, “la Santísima Virgen me dio a entender claramente que había sido ella, en verdad, quien me había sonreído y curado” (VI,56v).

Santa muy oculta y muy popular

No pocos santos, ya en vida, han sido reconocidos como santos. Pero no fue así en el caso de Santa Teresita. Cuando murió, no había en su comunidad conciencia de que habían convivido con una gran santa. Sólo lo fueron descubriendo al leer sus cuadernos biográficos. El Señor le reveló interiormente esta gracia. La que había de venir a ser una de las santas más populares de nuestro tiempo, hasta hoy, en vida pasó oculta e inadvertida.

“Recibí una gracia que siempre he considerado como una de las mayores de mi vida, pues en aquella edad no recibía aún las luces divinas de que ahora me veo inundada… Dios me hizo comprender que mi gloria quedaría oculta a los ojos de los mortales, y que consistiría en llegar a ser una gran Santa… Este deseo podría parecer temerario, teniendo en cuenta lo débil e imperfecta que yo era –y aún lo soy ahora, después de siete años vividos en religión–. No obstante, sigo sintiendo hoy la misma confianza audaz de llegar a ser una gran Santa, pues no me apoyo en mis méritos –no tengo ninguno–, sino en Aquél que es la Virtud y la misma Santidad. El solo, contentándose con mis débiles esfuerzos, me elevará hasta sí, y colmándome de sus méritos infinitos, me hará Santa” (IV,32r; subrayados suyos).

A los once años se preparó cuidadosamente para la primera comunión, con la ayuda de María, su hermana: “ella me indicaba el medio para llegar a ser santa por la fidelidad en las más pequeñas cosas” (IV,33r). Es el santo camino ya enseñado por San Francisco de Sales, Bossuet, Jean Pierre de Caussade, S.J. y otros maestros espirituales de la escuela francesa.

Por entonces, dijo Teresita, el Señor encendió en su corazón “un gran deseo de sufrir, quedando al mismo tiempo convencida de que Jesús me tenía reservadas un gran número de cruces. Al instante me hallé inundada de tan grandes consolaciones, que las considero como una de las gracias más extraordinarias que he recibido en mi vida… Experimenté también el deseo de no amar más que a Dios, de no hallar alegría fuera de él. Con frecuencia repetía en mis comuniones las palabras de la Imitación [del Kempis]: “¡oh Jesús, dulzura inefable! Cambiadme en amargura todas las consolaciones de la tierra”. Esta oración brotaba de mis labios sin esfuerzo, sin violencia; me parecía repetirla, no por voluntad propia, sino como una niña que repite las palabras que una persona amiga le inspira” (IV,36r-v). La gracia de Dios obrando en ella y con ella.

La gracia hace que todo en Teresa, también sus deficiencias, sea para su bien. Todo es para el bien de quienes aman a Dios (Rm 8,28). Muy precoz en lecturas y pensamientos, era torpe en labores manuales y en el trato con las otras niñas. Era muy distinta de ellas, y aunque quería conseguir su aprecio, no lo conseguía.

“Ahora considero todo aquello como una gracia de Dios, el cual, queriendo sólo para sí mi corazón, escuchaba ya mi súplica “cambiando en amargura las consolaciones de la tierra”. Tanta mayor necesidad tenía yo de ello cuanto que, seguramente, no hubiera permanecido insensible a las alabanzas”. Carecía, confiesa, “de habilidad para ganarme las simpatías de las criaturas. ¡Dichosa falta de habilidad! ¡Cuántos y cuán grandes males me ha evitado! (IV,37v-38r). “Doy gracias a Jesús por haber permitido que sólo hallase amargura en las amistades de la tierra. Con un corazón como el mío, me hubiera dejado prender y cortar las alas. Y entonces ¿cómo habría podido “volar y descansar” [Sal 54,6]?… Jesús conocía lo débil que yo era, para exponerme a la tentación… Yo sólo encontré amargura donde otras almas más fuertes que la mía encuentran gozo, aunque renuncian a él porque son fieles” (IV,38v).

“No es, por lo tanto, mérito mío, ni mucho menos, el haberme visto libre del amor a las criaturas, pues sólo la gran misericordia del Buen Dios me preservó de él. De faltarme el Señor, reconozco que hubiera podido caer tan bajo como Santa María Magdalena. Sí, ya sé por las palabras de Nuestro Señor a Simón que “aquél a quien menos se le perdona, menos ama” [Lc VII,47]; pero esas profundas palabras resuenan con inmensa dulzura en mi alma, porque sé también que Jesús me ha perdonado más a mí que a la Magdalena, puesto que me ha perdonado de antemano, impidiéndome caer”. Obró Dios con Santa Teresita como un médico que, más que curar a su hija de una caída, se adelanta a quitar la piedra del camino para que no se caiga (IV,38v).

“Si mi corazón no hubiese sido dirigido hacia Dios desde su primer despertar, si el mundo me hubiera sonreído desde mi entrada en la vida, ¿qué habría sido de mí?… ¡Con cuánta gratitud canto las misericordias del Señor! Cumpliendo las palabras de la Sabiduría, ¿no me “retiró Él del mundo antes de que su malicia corrompiese mi espíritu y sus apariencias engañosas sedujesen mi alma” [Sab 4,11]? (IV,40r).

El Señor “quiso llamarme a mí [al Carmelo] antes que a Celina [que era mayor que ella], y ella merecía mejor que yo, ciertamente, este favor. Pero Jesús sabía cuán débil era yo, y por eso me escondió primero en las cavernas de la piedra” [Cantar 2,14; Ex 33,22] (IV,44r). “Si el cielo me colmaba de gracias, no era debido, ciertamente, a mis méritos, pues era aún muy imperfecta” (V,44r).

De la fragilidad sufriente a la fortaleza alegre

Por temperamento, por sí misma, Santa Teresita era muy débil en sus sentimientos, muy frágil y vulnerable. Era una sufridora.

“Realmente en todo hallaba motivo de aflicción. Exactamente todo lo contrario de lo que me pasa ahora, pues Dios me ha concedido la gracia de no apenarme por ninguna cosa pasajera. Cuando me acuerdo del tiempo pasado, mi gratitud se desborda en mi alma viendo los favores que he recibido del cielo. Se ha obrado en mí tal cambio, que ni yo misma me reconozco. Deseaba, es verdad, alcanzar la gracia de “tener un dominio absoluto sobre mis acciones, ser su dueña, no su esclava”. Estas palabras de la Imitación me impresionaban profundamente. Pero sólo con el tiempo y a costa de deseos, por decirlo así, llegaría a obtener esta gracia inestimable. Entonces no era más que una niña que no parecía tener voluntad propia; lo cual hacía pensar a las personas de Alençon que era de carácter débil” (IV,43r-v).

“Verdaderamente, mi extremada sensibilidad me hacía insoportable. Si me acontecía disgustar involuntariamente a alguna persona querida, lloraba como una Magdalena… Y cuando empezaba a consolarme de la falta en sí misma, lloraba por haber llorado. Eran inútiles todos los razonamientos; no conseguía corregir tan feo defecto” (V,44v). ¿Cómo iba a entrar ella así en el Carmelo?… Necesitaba un cambio, una gracia especial. Distingue Santo Tomás entre gracia operante y gracia cooperante: “la primera depende de la gracia sola, mientras que la segunda de la gracia y del libre albedrío” (STh III,86, 4 ad 2m). Pues bien, el Señor concedió entonces a Teresita, según ella misma lo describe, una gracia operante maravillosa:

“Era necesario que Dios obrase un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento. Y el milagro lo realizó el día inolvidable de Navidad… La noche en que Él se hace débil y paciente por mi amor, a mí me hizo fuerte y valerosa. Me revistió de sus armas. Desde aquella noche bendita nunca más fui vencida en ningún combate. Por el contrario, marché de victoria en victoria. Comencé, por decirlo así, “una carrera de gigante” [Sal 18,5]… Fue el 25 de diciembre de 1886 [a los 13 años] cuando se me concedió la gracia de salir de mi infancia; en otras palabras, la gracia de mi completa conversión… Teresa ya no era la misma. Jesús había cambiado su corazón” (V,44v-45r).

Continúa, con el favor de Dios.
 

viernes, 21 de agosto de 2026

GRACIA Y LIBERTAD: SANTO TOMÁS DE AQUINO

El pensamiento de Santo Tomás se expresa en un lenguaje muy claro y preciso, que nos comunica el veritatis splendor.

Por el padre José María Iraburu


Santo Tomás de Aquino (1225-74) nació de familia noble en el castillo de Roccasecca, en la provincia de Nápoles, del reino de Sicilia. Educado como oblato benedictino (1230-1239), ingresó en la Orden de Predicadores y estudió en Nápoles, París y Colonia, donde tuvo por maestro a San Alberto Magno. Fue ante todo un religioso santo, de altísima oración contemplativa. Y partiendo siempre de la Escritura, de los Padres y de los Concilios, logró, con la ayuda de la filosofía aristotélica, convenientemente evangelizada, una maravillosa síntesis filosófica y teológica.

Durante siglos los Papas han recomendado atenerse a su magisterio. Así lo dispuso también el concilio Vaticano II (OT 16). Y en 1983 el Código de Derecho Canónico ordenó que la teología dogmática, fundada en la Biblia y la Tradición, fuera estudiada “teniendo principalmente como maestro a Santo Tomás” (c.252,3). Por eso es llamado el Doctor común, porque extiende su luz a todas las escuelas católicas de pensamiento. La iconografía del Doctor angélico suele poner en su pecho el sol de la Eucaristía, centro de su doctrina y devoción. Canonizado en 1323, fue declarado Doctor de la Iglesia en 1567, y Patrón de las universidades y centros católicos de estudio en 1880.

La causalidad universal de Dios, “en quien vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28) tanto en el orden natural como en el sobrenatural, es sin duda una de las verdades más importantes de la razón y de la fe, y una de las más ignoradas por los cristianos de hoy (Catecismo 318). Él mueve los astros en sus órbitas, hace crecer las plantas, da vida y movimiento a los animales, y, por supuesto, da ser, vida y movimiento a los hombres, sus criaturas más preciosas en el mundo visible.

Santo Tomás: “Dios es propiamente en todas las cosas la causa del ser mismo en cuanto tal, que es en ellas lo más íntimo de todo, y por lo tanto, Dios obra en lo más íntimo de todas las cosas” (Summa Theologicæ I,105,5). “En cualquier género de causas, la causa primera es más causa que la segunda, ya que la causa segunda no es causa sino movida por la causa primera… Por lo tanto, el supremo Agente actúa todas las acciones de los agentes inferiores, moviéndolos todos a sus acciones propias” (CGentes 3,17). Así pues, “no sólo recibimos de Dios la virtud de querer [la voluntad libre], sino también la operación. Dios es por lo tanto, causa en nosotros no solamente de la voluntad, sino también de su querer” (ib. 3,84). Parece evidente que aquello que “no tiene por sí mismo el ser, tampoco tiene por sí solo el poder obrar” (In Sent. d.37, q.2 ad 2). Y si esto es obvio en el plano natural, a fortiori lo es en el plano sobre-natural.

Dios nos salva con la gracia habitual y nos asiste siempre con sus gracias actuales. De ningún modo los hombres en nuestros actos libres nos auto-excluimos de la causalidad de Dios, que es universal.

“El hombre necesita para vivir rectamente un doble auxilio [de Dios]. Por un lado, un don habitual [la gracia santificante] por el cual la naturaleza caída sea restaurada y, así restaurada [sanada y elevada], sea capaz de hacer obras meritorias de vida eterna, que exceden las posibilidades de la naturaleza. Y por otro lado, necesita el auxilio de la gracia [actual] para ser movida por Dios a obrar… ya que ningún ser creado puede producir cualquier acto a no ser por la virtud de la moción divina” (STh I,109,9). Por lo tanto, “la acción del Espíritu Santo, mediante la cual nos mueve y protege, no se limita al efecto del don habitual [gracia santificante, virtudes y dones], sino que además nos mueve y protege juntamente con el Padre y el Hijo” (I,105,5 ad 2m). Esta doctrina expresa la enseñanza de la Biblia y de los Concilios, como ya vimos (aquí y aquí), en la que se afirma que es Dios quien obra siempre en nosotros y con nosotros el querer y el obrar el bien, y que es la gracia la que causa la obediencia de nuestra voluntad (Flp 2,13; Indículo, c. 6; Orange II, c. 6; Trento ses. 6,16). No parece, pues, compatible con esa enseñanza la de Molina, según el cual, infundido el hábito de la gracia, “es suficiente el concurso general de Dios para realizar actos sobrenaturales de fe”, esperanza y caridad (Concordia q.14, a.13, resp.8).

La moción de Dios no suprime la libertad del hombre, sino que la causa y activa. Es posible el pecado, la resistencia a la gracia, en la medida en que Dios lo permite. Y la docilidad del hombre a la gracia es un acto libre y meritorio asistido por la gracia. Por eso, como enseña Trento, “no puede decirse que el hombre mismo no hace nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; pero tampoco sin la gracia de Dios puede moverse, por su libre voluntad, a ser justo ante Él” (ses.6, 5). Dice Santo Tomás: “Dios no nos justifica sin nosotros, porque por el movimiento de la libertad, mientras somos justificados, consentimos en la justicia de Dios. Sin embargo, aquel movimiento no es causa de la gracia, sino su efecto. Y por lo tanto, toda la operación pertenece a la gracia” (I-II,111, 2 ad 2m).

Y aquí lo explica más: “El libre albedrío es causa de su propio movimiento, pues el hombre se mueve a sí mismo a obrar por su libre albedrío. Ahora bien, la libertad no requiere necesariamente que el sujeto libre sea la primera causa de sí mismo; como tampoco se requiere para que una causa sea causa de otra el que sea su causa primera. Dios es la causa primera que mueve, tanto a la causas naturales [no libres], como a las causas voluntarias [libres]. Y de igual manera que al mover a las causas naturales no impide que sus actos sean naturales, así al mover a la voluntarias tampoco impide que sus acciones sean voluntarias [esto es, libres], sino que más bien hace que lo sean, pues Él obra en cada criatura según su propio modo de ser” (I,83,1 ad 3m).

La gracia es eficaz por sí misma, intrínsecamente

El paso del teocentrismo cristiano bíblico y tradicional al antropocentrismo moderno deja a la mayoría de los cristianos ignorantes de esta verdad grandiosa. Cuántas veces los creyentes, psicológicamente, se captan hoy a sí mismos como si fueran causa de su ser, o como si al menos fueran causa de su propio actuar.

Así pensaba Leonardo Leys, S. J., Lessius (1554-1623), profesor en Lovaina, molinista puro, para quien el sí o el no de la voluntad a la gracia “nace de la elección sola de la libertad, y no de la diversidad del auxilio preveniente” de la gracia (“ex sola libertate illud discrimen oritur, ita ut non ex diversitate auxilii prævenientis”) (De gratia efficaci). Si así fuera, la libertad humana es la que haría eficaz la gracia divina.

La enseñanza de la Escritura y de los Concilios, ya recordada (aquí y aquí), nos asegura que no es el acto autónomo de la libertad el que da eficacia a la gracia, sino que, como dice Trento, es “Cristo Jesús, como cabeza sobre los miembros, quien continuamente (iugiter) influye su virtud [gracia] sobre los justificados, virtud que antecede siempre a sus buenas obras, las acompaña y sigue” (Ses. 6,16). De otro modo la Causa divina, primera y universal, no sería también causa primera del acto libre del hombre, no produciría todo el ser y todas las diferencias del ser. Y el acto humano libre, lo más precioso del universo creado, le quedaría substraido, y sólo tendría su causa en el hombre. Lo cual es un gravísimo error filosófico y teológico.

Cito a dos Doctores de la Iglesia. San Roberto Belarmino, S. J. (1542-1621), como ya vimos (aquí), condena como gran error pensar que “la eficacia de la gracia se constituye por el asentimiento y la cooperación humana”. Y San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), afirma igualmente la existencia de “la gracia intrínsecamente eficaz con la que nosotros infaliblemente, aunque libremente, obramos el bien… No puede negarse que San Agustín y Santo Tomás han enseñado la doctrina de la eficacia de la gracia por sí misma y por su propia naturaleza” (Tratado de la oración… II p., cp. IV).

El dominico Billuart (1685-1757), señala las diversas explicaciones teológicas de esta realidad, y concluye: “pero que la gracia es eficaz por sí misma e intrínsecamente, lo enseñamos los tomistas como un dogma teológico íntimamente conexo con los principios de la fe…, y con nosotros todas las escuelas, a excepción de la molinista” (De Deo, dis. VIII, a.5). El padre Ch. Baumgartner, S. J.: “siempre que obramos bien, la razón última no es la elección humana, sino la elección y predilección divinas… Si la gracia de Dios es eficaz, la razón última de esta eficacia no puede venir del consentimiento del hombre, sino de la voluntad y del amor de Dios” (La gracia de Cristo, Herder, Barcelona 1968, 371, 396).

Solo Dios puede mover y cambiar infaliblemente la libertad humana sin violentarla

“El corazón del rey, como una corriente de agua, está en manos de Dios, que lo puede dirigir a donde quiera” (Prov 21,1). La Escritura, los Concilios, la Liturgia enseñan esta verdad con gran frecuencia, concretamente en oraciones de petición.
 
Sin embargo, “algunos, que no entienden cómo Dios puede causar la moción de la voluntad en nosotros sin lesionar la libertad de la voluntad, interpretan mal [estas enseñanzas de la Escritura], entendiendo que Dios causa en nosotros el querer y el obrar en cuanto que causa en nosotros la virtud de querer [virtutem volendi, la voluntad], pero no en cuanto que nos haga querer eso o lo otro… Éstos resisten evidentemente la enseñanza de las Sagradas Escrituras. Isaías dice: “tú obras, Señor, en nosotros todo lo que nosotros hacemos” (26,12). Por lo  tanto, no solamente tenemos de Dios la virtud de la voluntad, sino también el querer” (CGentes 3,84). “Dios, sin duda, mueve la voluntad inmutablemente, por la eficacia de su fuerza motora; pero por la naturaleza de la voluntad movida, que está abierta a diversas acciones, no le impone una necesidad, sino que permanece libre” (De malo 6 ad 3m).

Esta acción causal de Dios en la libertad humana es única. “Solo Dios puede mover la voluntad como agente sin violentarla” (CGentes 3,88); “solo Dios puede inclinar la voluntad, cambiándola de esto a lo otro, según su voluntad” (De veritate 22,9). Por eso cuando pedimos en la liturgia, “mueve, Señor, los corazones de tus hijos” (dom. 34, T. Orden.), no le suplicamos que violente nuestra libertad personal, sino que por su gracia la libere de sus cautividades, y de este modo “podamos libremente cumplir su voluntad” (ib. 32).

Dios no ama igualmente a todos los hombres. Y si alguien es más santo, es porque ha sido más amado por Dios. Es evidente que las criaturas existen porque Dios las ama: “Tú amas todo cuanto existe, y nada aborreces de lo que has hecho, que no por odio hiciste cosa alguna” (Sab 11,25). También es evidente que entre los seres creados, concretamente entre los hombres, hay unos mejores que otros, hay unos que tienen más bienes que otros. ¿Y de dónde viene que unas personas sean mucho más buenas que otras? Del amor de Dios. Dios no ama igualmente a todos los hombres. Y si uno es más bueno, es porque ha sido más amado por Dios.

Recuerdo un principio previo. El amor de Dios es muy diferente del amor de las criaturas. El amor de éstas es causado por los bienes del objeto amado: “la voluntad del hombre se mueve [a amar] por el bien que existe en las cosas” o personas. Por el contrario, “de cualquier acto del amor de Dios se sigue un bien causado en la criatura” (STh I-II,110, 1).

El amor de Dios es infinitamente gratuito, es un amor difusivo de su propia bondad: Dios ama porque Él es bueno. Así la luz ilumina por su propia naturaleza luminosa, no por la condición de los objetos iluminados. Y amando Dios a las criaturas, causa en ellas todos los bienes que en ellas pueda haber. Consecuentemente, si todos los hombres en alguna medida han recibido bienes de Dios, aquellos que han recibido más y mayores bienes los deben todos a un mayor amor de Dios hacia ellos.

Los santos, en sus autobiografías, dan con frecuencia testimonio agradecido de esta gran verdad, y a Dios atribuyen todo el bien que ellos tienen, que ciertamente es mucho mayor que el de otros hombres. “El Señor ha hecho en mí maravillas” (Lc 1,49). “¿Quién es el que a ti te hace preferible? ¿Qué tienes tú, que no hayas recibido?… Gracias a Dios soy lo que soy” (1Cor 4,7; 15,10).

Por lo tanto, Dios no ama más a una persona porque sea más perfecta y santa, sino que ésta es más santa y perfecta porque ha sido más amada por Dios. Esta verdad es constantemente proclamada en la Escritura. En ella resplandece el amor especial de Dios por su pueblo elegido, Israel, “el más pequeño” de todos los pueblos (Dt 7,6-8); por María, haciéndola inmaculada ya antes de nacer; por los cristianos, “elegidos de Dios, santos, amados” (Col 3,12); por “el discípulo amado”, etc. Por eso Santo Tomás enseña que,

por parte del acto de la voluntad, Dios no ama más unas cosas que otras, porque lo ama todo con un solo y simple acto de voluntad, que no varía jamás. Pero por parte del bien que se quiere para lo amado, en este sentido amamos más a aquel para quien queremos un mayor bien, aunque la intensidad del querer sea la misma… Así pues, es necesario decir que Dios ama unas cosas más que a otras, porque como su amor es causa de la bondad de los seres, no habría unos mejores que otros si Dios no hubiese querido bienes mayores para los primeros que para los segundos” (STh I,20, 3). Es éste un principio teológico fundamental, que aplica el santo Doctor al misterio de la predestinación (I,23, 4-5) y a toda su teología de la gracia (I-II,109-114).

Son muchos los cristianos que hoy ignoran estas grandes verdades, pues casi nunca les son predicadas. Y por eso se desconciertan cuando las oyen. Pero un cristiano que apenas las conozca, conoce mal, muy mal, el misterio de Dios y el de su gracia. Apenas entiende la maravilla sobrenatural de la vida cristiana.