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sábado, 10 de octubre de 2026

UN HOMBRE RESUCITADO REGRESA AL PURGATORIO DONDE ENCUENTRA LA MISERICORDIA DIVINA

¿Cómo podemos aliviar los sufrimientos extremos del Purgatorio a los que podríamos enfrentarnos después de la muerte?

Por Edwin Benson


Los cristianos modernos que aceptan la existencia del Purgatorio lo consideran un lugar de castigo terrible pero necesario. Esta visión es correcta, pero incompleta.

Una verdadera comprensión del Purgatorio debe entenderlo como una creación de la misericordia divina. Mediante su purificación, quienes mueren con pecados veniales pueden finalmente entrar al Cielo. Además, las almas que ingresan a este lugar de misericordia experimentan gran consuelo y esperanza.
Consolación divina

Este artículo resumirá cómo Dios consuela a las pobres almas del Purgatorio y les da esperanza.

“Santa Catalina de Génova dice: 'Dios inspira al alma en el Purgatorio… Cuanto más ama a Dios, más detesta la más mínima mancha que le desagrada… Así, si pudiera encontrar otro Purgatorio más terrible que aquel al que está condenada, esa alma se sumergiría en él, impulsada por la impetuosidad del amor que existe entre Dios y ella, para así ser liberada cuanto antes de todo lo que la separa de su Dios Soberano'” (1).

Según los estándares humanos modernos, un acto así, que conlleva aún más sufrimiento, es impensable. La tendencia humana predominante es evitar todo sufrimiento en la medida de lo posible. Si esto no es posible, el hombre moderno negocia para obtener la mayor ventaja (por medios lícitos o ilícitos) al menor costo posible. Intentaría por todos los medios escapar.

Disposición a sufrir

Quienes anhelan alcanzar el Cielo desean fervientemente estar en la Presencia del Todopoderoso, pero comprenden que las manchas del pecado deben ser borradas. Motivados por su amor a Dios, ansían ser limpiados de su culpa con tal fervor que están dispuestos a aumentar su propio castigo.

Un sufrimiento tan intenso puede parecer intolerable. De hecho, desde un punto de vista natural, es imposible soportar tales tormentos.

Sin embargo, las almas de los difuntos encuentran consuelo porque cuentan con la ayuda sobrenatural del Espíritu Santo. El padre Schouppe lo explica con una metáfora accesible: “Este Espíritu Divino, mediante la fe, la esperanza y la caridad, las pone en la disposición de un enfermo que debe someterse a un tratamiento muy doloroso, pero cuyo efecto es devolverle la salud perfecta. Este enfermo sufre, pero ama su saludable sufrimiento. El Espíritu Santo, el Consolador, otorga una satisfacción similar a las almas del santo mundo”.

Un rey y un obispo

Para reforzar esta explicación, el padre Schouppe relata la historia de un milagro que ocurrió en 1070 (2). Trata sobre el gran San Estanislao, patrón de Polonia. En la época en que transcurre la historia, Estanislao era obispo de Cracovia. Su piedad contrastaba marcadamente con la de su rey, Boleslao II.

El padre Schouppe relata que Boleslao quería provocar un escándalo a raíz de unas tierras que Estanislao había comprado unos años antes a un hombre llamado Peter Miles, quien posteriormente falleció. Boleslao convenció a los herederos de este hombre para que declararan ante el tribunal que Stanislaus se había apropiado de las tierras, pero que nunca las había pagado. Stanislaus se defendió alegando que sí había pagado el precio acordado.

Ante un grupo de testigos que declaraban lo contrario, Estanislao se mantuvo firme. Parecía que la estratagema de Boleslao había logrado desacreditar tanto al obispo como a la Iglesia. Con audacia, Estanislao solicitó un aplazamiento de tres días, prometiendo traer a declarar a Peter Miles, fallecido hacía tres años. Asombrado, Boleslao accedió burlonamente.
 
Durante esos tres días, Estanislao ayunó, no durmió y oró. Al tercer día, condujo al clero y a los fieles al cementerio y ordenó que se abriera la tumba. Los sepultureros cavaron, y solo quedaron los huesos de Pedro Miles. Estanislao tocó los huesos con la punta de su báculo y ordenó al difunto que resucitara “en el nombre de Aquel que es la Resurrección y la Vida”. Para asombro de la multitud, los huesos volvieron a unirse con músculo y luego se cubrieron de carne. Pedro Miles se levantó, salió de su tumba y caminó con Estanislao hasta el tribunal, donde testificó a su favor.

Elegir el purgatorio

Por extraordinaria que sea la historia, este no es el final. Aún quedaba por venir algo más relevante para hablar del Purgatorio.

Stanislaus agradeció a Peter Miles, diciéndole que, si Peter lo deseaba, Dios le concedería unos años más de vida. Este respondió negativamente, explicando al obispo y a los atónitos presentes que había estado sufriendo en el Purgatorio desde su muerte. Sin embargo, regresar allí era preferible a volver a la vida, lo cual, después de todo, conllevaba el riesgo del pecado y el infierno. Así pues, regresó a su tumba, se acostó y su cuerpo volvió instantáneamente a su estado de montón de huesos.

Stanislaus oró intensamente por el alma de Peter Miles, pues el padre Schouppe concluye la narración: "Tenemos razones para creer que el santo pronto obtuvo la liberación de su alma".

Las fricciones entre el rey y el obispo continuaron. De hecho, el 11 de abril de 1079, Boleslao asesinó a Estanislao con sus propias manos mientras el obispo celebraba la Santa Misa. El Papa Inocencio IV canonizó a Estanislao en 1253.

La esperanza del Cielo

La historia de Peter Miles merece ser considerada. Sin duda, si hubiera elegido la vida terrenal, sus últimos años habrían sido placenteros. Es muy posible que sus viejos amigos hubieran competido por invitarle a comer y beber. Quizás el obispo le habría proporcionado una acogedora casita y sustento durante su vejez. Por otro lado, podría haber recorrido todo el reino, entreteniendo a la multitud con su singular aventura.

Pero Peter Miles no se quedó en la tierra. Eligió el Purgatorio. Conocía los riesgos de la perdición que le aguardaban y la recompensa del Cielo que le esperaba. Decidió en un instante que era mejor retomar su estado natural (y sobrenatural).

Ese es el punto más importante de esta historia. A pesar de todos sus dolores y tormentos, el Purgatorio contiene el consuelo divino de la esperanza. Pocas personas van directamente al Cielo. Otras pasan solo unas horas o días en el Purgatorio; para muchas otras, la condena es de años, décadas o incluso siglos. Sin embargo, todas comparten la certeza y la esperanza de que están salvadas y destinadas al Cielo.


Notas:

1) Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 de Purgatory del padre FX Schouppe », publicada en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible a través de Internet Archive.

2) La mayoría de las fuentes afirman que San Estanislao no se convirtió en obispo de Cracovia hasta 1072, tras haber ocupado otros cargos importantes en la diócesis. El padre Schouppe ha cometido un error menor y sin importancia. O bien San Estanislao ocupaba un cargo ligeramente inferior, o bien este acontecimiento tuvo lugar en 1072 o posteriormente.

 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, 8 de octubre de 2026

8 DE OCTUBRE: SANTA THAIS, MADRE DEL DESIERTO

Santa Thais fue una cortesana, convertida al cristianismo, que vivió en la Alejandría romana y en el desierto egipcio, por lo que se le incluye en la lista de las “Madres del Desierto”. 


La Tradición nos dice que Thais vivió en el siglo IV en el Egipto romano. Esta incluida en la literatura en las vidas de los santos de la iglesia griega. Existen dos esbozos biográficos: uno en griego quizá del siglo V (está traducido al latín en la Vita Thaisis por Dionisio el Exiguo (Dionisio el pequeño) durante el siglo VI o VII); el otro esbozo ha llegado a tiempos modernos en latín medieval por Marbodio de Rennes (m. 1123).​ Las vidas de los Santos y Eremitas del Desierto, incluida santa Thais, fueron recopiladas en la obra Vitae Patrum.​

Santa Thais es descrita como una cortesana rica y bella viviendo en la prestigiosa ciudad de Alejandría, como una pecadora pública. 

Con el tiempo comenzó a indagar sobre el cristianismo y tomó conciencia de que su alma iba camino al infierno, pero aún así, continuó con su vida entregada a los vicios. 

Hasta que un día, un monje disfrazado y simulando ser un interesado en sus servicios, entró en sus habitaciones para convertirla, pero se encontró con que ella ya creía en Dios, a quien nada queda oculto. 

La identidad de este monje que fue a ofrecer a Thais la oportunidad de su conversión espiritual no queda clara, y son tres los nombres probables los nombres que se mencionan: san Pafnucio (obispo egipcio de la Tebaida Superior), san Besarión (discípulo de san Antonio Abad en el desierto egipcio) y San Serapión el Escolástico (obispo de Thmuis, en el Delta del Nilo).​ Después de su conversión, entró en una celda conventual con provisiones para tres años, y durante ese tiempo hizo penitencia por sus pecados  y los de aquellas personas a las que indujo a pecar. Cuando salió de su celda, ingresó como religiosa en un convento del antiguo Egipto, entregando su espíritu al Señor pocas semanas después.

Durante la Edad Media europea, la historia de Santa Thais gozó de amplia popularidad.​

Las representaciones tradicionales de Thais la muestran en dos escenas diferentes:

Quemando sus tesoros y ornamentos.

Rezando en una celda conventual, con un rollo en el que está escrito “Tú que me has creado, ten piedad de mi”.


sábado, 3 de octubre de 2026

3 DE OCTUBRE: SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS

3 de octubre: Santa Teresita del Niño Jesús, Virgen

Si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecar,
sácalo y arrójalo fuera de ti.

(Mateo, 5, 29).

La rápida difusión del culto a Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz es uno de los acontecimientos más notables de la historia religiosa de nuestra época. Entró al Carmelo de Lisieux a la edad de 15 años en 1888, y murió en él el 30 de septiembre de 1897. En pocos años fue conocida en el mundo entero, y su caminito de sencillez y de perfección en las cosas cotidianas se hizo célebre en la espiritualidad cristiana. Numerosas gracias y milagros fueron atribuidos a su intercesión. Fue canonizada en 1925.

MEDITACIÓN - EL CRISTIANO DEBE SER CIEGO, MUDO y SORDO

I. Para ser dichoso en este mundo, para vivir en él santamente, hay que ser ciego para muchas cosas. Cierra los ojos a todo lo que pueda hacerte concebir malos pensamientos, causarte tristeza o inspirarte orgullo; no mires los defectos de tu prójimo, o los tuyos. Dios mío, hazme ver la fealdad del pecado y la hermosura de la virtud. Aparta mis ojos para que no vean la vanidad. (El Salmista).

II. Hay que saber ser mudo para vivir como cristiano. Cuando se presenta una ocasión de hablar bien de ti mismo, de hablar mal del prójimo, de faltar la caridad, guarda silencio; porque generalmente sucede que quien habla mucho comete muchos pecados y profiere palabras que lamenta después amargamente. No hay nada más provechoso que vivir en el recogimiento, hablar poco con los demás y mucho consigo mismo. (Séneca).

III. ¿Para qué querer oír todo y saber todo? ¡Muchas palabras criminales, muchas maledicencias, muchos discursos impíos o atrevidos turbarán la paz de tu alma y despertarán en ella pensamientos vanos o peligrosos! El retiro te facilitará la observancia de los tres consejos que hemos dado. Retírate a la soledad, no con el cuerpo sino con el espíritu; la soledad del espíritu es la que se te recomienda, no la del cuerpo. (San Bernardo).

ORACIÓN

Señor, que habéis dicho: 
“Si no os hacéis semejantes a niños, no entraréis en el reino de los cielos”, 
concedednos que imitemos de tal modo la humildad y sencillez de corazón de la virgen Santa Teresa, 
que logremos alcanzar las recompensas eternas. 
Por Jesucristo Nuestro Señor. 
Amén.

Nota Diario7: Santa Teresita de Lisieux fue canonizada por el Papa Pío XI en 1925 y su fiesta en el Calendario Romano General se fijó originalmente para el 3 de octubre. Tras la “reforma” postconciliar en 1969 su conmemoración fue trasladada al día 1 de octubre.
 

viernes, 2 de octubre de 2026

LA MALA DOCTRINA Y LA MORAL DE FULTON SHEEN

¿Qué deben pensar los católicos contrarrevolucionarios sobre Sheen? ¿Quién era realmente?

Por Salwa Bachar


Nota Diario7: Todos los enlaces en este artículo conducen a información en inglés, excepto el enlace a Gaudium et Spes.


La semana pasada, el 24 de septiembre de 2026, tuvo lugar la misa de beatificación del obispo Fulton Sheen, presidida por el cardenal Tagle, en una de las capitales culturales del corazón de Estados Unidos, San Luis, Misuri.

Preparándose para la beatificación de Sheen, los grupos conservadores del Novus Ordo se apresuraron a mostrar sus vínculos con él. El cardenal Burke, símbolo del "ala conservadora" del progresismo, declaró en una entrevista reciente: "Estoy tan feliz, por fin, de que vaya a ser beatificado".

Incluso aquellos que se autodenominan tradicionalistas intentan exculpar a Fulton Sheen: Michael Matt insiste en que era un "buen obispo" bienintencionado que simplemente no vivió para ver la Revolución. Mel Gibson, sedevacantista que en teoría se opone al progresismo, elogió a Sheen e incluso aconsejó a los católicos que pidieran su intercesión.

Entonces, ¿qué deben pensar los católicos contrarrevolucionarios sobre Sheen? ¿Quién era realmente? ¿Por qué es elogiado y presentado como un modelo ideal por progresistas, e incluso por algunos conservadores y tradicionalistas?

TIA ha respondido consistentemente a estas preguntas y a otras sobre Sheen durante 16 años, desde 2010, en 12 artículos diferentes. Permítanme resumir estos artículos, recordando a los lectores las malas doctrinas y la moral de Fulton Sheen, que demuestran claramente que no era el obispo "conservador" que la iglesia conciliar pretende hacer creer, sino más bien un lobo con piel de cordero, un progresista radical.

Un camaleón

Una primera pregunta que debe responderse: ¿Por qué era tan popular Fulton Sheen? Al igual que los documentos del concilio, era experto en la ambigüedad: hacía que las declaraciones y doctrinas progresistas radicales sonaran conservadoras. Al igual que León XIV, su misión era de síntesis: reunir a tradicionalistas y progresistas en la vía media (el camino del medio). Por eso era popular: porque sabía cómo complacer a todos, incluso a los enemigos de la Iglesia.

Sheen y el Vaticano II

Sheen fue un defensor del Vaticano II, su latente progresismo y sus nocivas reformas. En su autobiografía, Treasure in Clay (Tesoro en arcilla), Sheen llamó Gaudium et Spes “una obra maestra bajo la inspiración del Espíritu Santo”, y afirmó que su asistencia al Vaticano II fue “una de las grandes bendiciones que el Señor concedió a mi vida” (p. 281) Su periódico diocesano de Rochester, el Catholic Courier Journal (CCJ), informó sobre sus objetivos de hacer de Rochester “una diócesis modelo inspirada y movida por el espíritu del Concilio Vaticano II”. Incluso calificó cualquier resistencia al Vaticano II de “demoníaca”.

Es difícil entender cómo alguien podría considerar a Sheen un buen obispo, considerando que elogió el único evento trascendental que institucionalizó el progresismo en la Iglesia y ha sido la causa de la destrucción de sus instituciones, doctrinas, liturgia y moral.

Promoviendo la coeducación y desmantelando la jerarquía

Hablando de destrucción de instituciones, el propio Sheen no era de alguna manera ajeno a las reformas progresistas, solo un espectador inocente, como sugieren algunos tradicionalistas. Fue un pionero en las reformas progresistas en Rochester, Nueva York, realizando cambios drásticos a nivel institucional para los que muchos de sus feligreses no estaban preparados. Consideraba a Rochester su campo de experimentación para las iniciativas progresistas más radicales, todas inspiradas en el concilio Vaticano II.

Un ejemplo fue el impulso de Sheen a la coeducación. El CCJ informó sobre la sorprendente iniciativa de Sheen de convertir la Escuela Preparatoria St. Andrew's de Rochester, una escuela secundaria exclusivamente masculina orientada a la formación de futuros sacerdotes, en la escuela mixta "King's Preparatory", para que se pudieran formar "líderes cristianos" (de nuevo, ambigüedad con la palabra "cristiano") "superando la aburrida convencionalidad". Así, la costumbre tradicional y sabia de la Iglesia de crear escuelas exclusivamente para chicos o chicas, así como sus condenas previas a la coeducación, fueron calificadas peyorativamente por Sheen como "aburrida convencionalidad".

Otras iniciativas institucionales pioneras de Sheen inspiradas en el concilio Vaticano II que TIA informó:

• Introdujo un programa de asistencia social para seminaristas que eliminó la costumbre anterior de que los seminaristas se alojaran en un recinto cerrado;

• Anunció la creación de uno de los primeros Consejos de Sacerdotes;

• Su diócesis fue una de las primeras en elevar la edad de la Confirmación de los 10-11 años a la "adolescencia tardía";

• También intentó crear un seminario ecuménico, un hecho que explicaré más adelante en este artículo.

Autogestión y copropiedad

Algunos han señalado que Sheen habló en contra del comunismo. Una vez más, este tema no es una excepción a la ambigüedad de Sheen: si bien habló en contra del comunismo, al mismo tiempo abogó por la autogestión y la copropiedad, que son los fines finales declarados del comunismo y que fueron condenados por el Papa Pío XII. De hecho, Sheen afirmó:

“Debería incorporarse alguna forma de copropiedad en la que un trabajador recibiera una parte de las ganancias que ha ayudado a producir. Ciertamente, el hombre que aportó dinero y recortó cupones tiene derecho a lo suyo, pero el trabajador también tiene derecho a una parte de esa riqueza. No tiene por qué ser solo en forma de acciones. En cualquier caso, alguna forma de cogestión, alguna forma de copropiedad, en la que se profundice el vínculo entre él y la industria en la que trabaja… ¡Ninguna clase tiene derecho a quedarse con todas las ganancias!”

Por eso Fulton Sheen era uno de los favoritos entre los distributistas, quienes, dicho sea de paso, en realidad promueven objetivos más radicales (igualdad de medios de producción) que el socialismo convencional (igualdad de frutos de la producción), según el distributista padre Patrick Cahill y el conocido socialista inglés George Bernard Shaw.

Además de impulsar la autogestión y la copropiedad, Sheen le dio un papel de liderazgo a un sacerdote que era un colaborador cercano de Saul Alinsky, el famoso agitador comunista. Este sacerdote, con la bendición de Sheen, procedió a presentar la lucha de clases raciales con el movimiento FIGHT en Rochester como una falsa solución a un problema real. TIA señaló: “En lugar de condenar al agitador social abiertamente comunista Saul Alinsky, le rindió un homenaje indirecto a él y a su obra”.

Así, aunque Sheen atacó el comunismo con palabras, promovió directa o indirectamente los principios comunistas y a sus defensores más radicales.

Ecumenismo

Quizás el peor aspecto de Sheen fue su compromiso de congraciarse con religiones falsas, en particular el protestantismo y el judaísmo.

Un ejemplo fue el Seminario de San Bernardo. CCJ informó sobre su iniciativa de convertir ese seminario para sacerdotes en un seminario ecuménico, impartido por católicos y protestantes (bautistas y episcopales), y con seminaristas católicos aprendiendo junto a sus compañeros protestantes. Palabras de Sheen:

“Debido a que otros seminarios religiosos han reconocido la doble misión de servir y necesitar un Salvador, ha llegado el momento de unirnos a ellos en aquellas cosas en las que podemos ayudarnos mutuamente y salvar el mundo”.

A pesar de sus diligentes planes, ese seminario ecuménico nunca llegó a materializarse, porque no fue bien recibido por los católicos de su diócesis.

Este no fue el único ejemplo de cómo Sheen intentó congraciarse con los protestantes. Durante su estancia en Rochester, el 13 de septiembre de 1968, invitó a un pastor protestante a predicar desde el púlpito de la Catedral del Sagrado Corazón en las seis misas dominicales. Tan solo cuatro meses después, en enero de 1969, el propio obispo Sheen habló en el servicio ecuménico dominical de la Tercera Iglesia Presbiteriana ante una audiencia de 1000 personas.

TIA informó sobre sus otros logros ecuménicos durante los dos primeros años de su diócesis en Rochester: Sheen se dirigió a un servicio vespertino de Cuaresma en la Primera Iglesia Metodista de Asbury, habló en una reunión del Sínodo Luterano en la iglesia luterana de la Reforma y dio una charla en la Iglesia Presbiteriana de Bethany un domingo por la tarde. También impartió la bendición final en un servicio ecuménico en la catedral de la Iglesia Episcopal de Cristo.

Otro ejemplo del ecumenismo de Sheen fue su visita a la sinagoga: a finales de enero de 1967, visitó la sinagoga judía de Rochester, Temple B'rth Kodesh, y pronunció un discurso. Incluso se puso la kipá judía.

TIA informó que el obispo Sheen entró en la sinagoga "por primera vez en su vida", como informa el periódico (CCJ), "para alabar al pueblo judío por sus obras de misericordia para con los pobres" y asegurarles que "el Dios de Abraham, Isaac y Jacob era también el Dios de los cristianos", dispuesto a ser padre de todo hombre "por débil que sea".

Es decir, Sheen ignoró flagrantemente el Primer Mandamiento al sugerir que los judíos adoran al mismo Dios que los católicos, en contra de la enseñanza de la Iglesia.

Orgulloso de no intentar convertir a otros

Sheen era muy conocido en la televisión y la radio. Uno pensaría, naturalmente, que usaría su amplia influencia para convertir a aquellos que profesaban religiones falsas, ¿verdad?

De nuevo, se equivoca. Como señaló el Sr. Patrick Odou de TIA:

“La herejía de la salvación universal también estaba latente en su mente cuando afirmó: 'El buen hindú, el buen budista, el buen confucianista, el buen musulmán son todos salvados por Cristo y no por el budismo o el islam o el confucianismo sino a través de sus sacramentos, sus oraciones, su ascetismo, su moralidad, su buena vida'” (Treasure in Clay, p.148)

“Estaba tan convencido de que todos podían salvarse en su propia religión que nunca intentó convertir a la gente. Aunque pasó cientos de horas en televisión, este Príncipe de la Iglesia, cuya misión debería ser llevar almas a Nuestro Señor y a Su rebaño, declaró sin remordimiento que en su programa de televisión 'nunca hubo un intento de lo que podría llamarse proselitismo'” (Ibid., p. 73)

La actitud de Sheen hacia quienes profesan religiones falsas contradice por completo el carácter misionero de la Iglesia y su llamado a hacer “discípulos de todas las naciones”, mandato de Nuestro Señor escrito en los Hechos de los Apóstoles.

Mala doctrina

Para Sheen Teilhard de Chardin era un santo...

Puede que a algunos les sorprenda que Sheen elogiara a Teilhard de Chardin, el progresista cuyos escritos estaban llenos de panteísmo y fueron condenados por el Santo Oficio. 

Las palabras entusiastas de Sheen para Chardin en su libro Footprints in a Darkened Forest (Huellas en un bosque oscuro), fueron estas: 

“Es muy probable que dentro de 50 años, cuando todas las disputas triviales y verbosas sobre el significado del ‘desafortunado’ vocabulario de Teilhard hayan desaparecido o hayan pasado a un segundo plano, Teilhard aparezca como Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, como el genio espiritual del siglo XX”. 

¿Mala moral? ¿Era Sheen intachable en cuanto a moral? La respuesta es no, de nuevo. Sus puntos de vista sobre la sexualidad y el matrimonio ayudaron a allanar el camino para la inmunda Teología del Cuerpo de Juan Pablo II. Su libro Three to Get Married (Tres para casarse), introduce el tema del matrimonio al detenerse obsesivamente en el "sexo", divagando poéticamente sobre Freud (p. 3) y la "libido" (p. 14), las "energías vitales" (p. 11) y el tema "objeto-sujeto" (p. 11) tan prevalente en Teología del Cuerpo.

Conclusión: no es un santo

En resumen, Fulton Sheen no es ni un santo, ni un modelo para los católicos; fue un progresista. Elogió el Vaticano II y buscó fervientemente implementar sus reformas, desmanteló instituciones de larga data, fomentó costumbres liberales que conducirían a la inmoralidad en el clero, promovió el igualitarismo, la autogestión comunista y la copropiedad, causó escándalo público al elogiar y participar en servicios religiosos de religiones falsas, se jactó de no "hacer proselitismo", promovió el panteísmo de Teilhard de Chardin y fomentó la mala moral y la obsesión sexual freudiana.
 

sábado, 19 de septiembre de 2026

EL MIEDO Y EL SUFRIMIENTO PUEDEN SER CAMINOS QUE CONDUCEN A LA MISERICORDIA DE DIOS EN EL PURGATORIO

El Purgatorio es una expresión de la misericordia divina, porque sin el Purgatorio, no habría otro destino más que el Infierno para quienes mueren con el más mínimo pecado en sus almas.

Por Edwin Benson


En su libro Purgatory, el padre FX Schouppe explica el papel del sufrimiento en el Purgatorio como una forma de reparar los pecados ante Dios. Al final de la primera parte de su notable obra, incluye dos consejos que resultan extraños para los oídos modernos.

El miedo: ¿enemigo espiritual o aliado?

El primer consejo se refiere al Purgatorio como algo que debe temerse.

“Ese fuego, encendido por la Justicia Divina, esos dolores insoportables, comparados con los cuales todas las penitencias de los santos, todos los sufrimientos de los mártires juntos, no son nada, ¿quién puede pensar que será capaz de mirarlos sin estremecerse de miedo?” (1).

El mundo moderno enseña que el miedo siempre debe evitarse, o al menos ignorarse. Muchos creen fervientemente la mentira budista de que “el secreto de la existencia reside en no tener miedo”. Un corolario particularmente absurdo de esta mentira circula entre los atletas: “El dolor es el miedo abandonando el cuerpo”. En el contexto cristiano, sin embargo, el miedo tiene su lugar. Para quienes poseen una conciencia bien formada, advierte sobre las consecuencias para quienes sucumben a las tentaciones, a las que incluso las personas más santas se enfrentan, y pecan.

Sin embargo, tal temor no debe desplazar la confianza en Dios. El padre Schouppe continúa: “Pero no es la intención de Nuestro Señor que tengamos un temor excesivo y estéril, un temor que atormente y desanime, un temor sombrío y sin confianza. No, Él desea que nuestro temor esté atemperado por una gran confianza en su misericordia; desea que temamos el mal para prevenirlo y evitarlo; desea que el pensamiento de esas llamas vengadoras nos impulse a fervor en su servicio y nos lleve a expiar nuestras faltas en este mundo antes que en el otro”.

Observen cómo el padre Schouppe infundió el elemento de la misericordia de Dios con temores humanos razonables.

El castigo como puerta a la misericordia

El segundo consejo es permanecer vigilantes para evitar otro error común en la actualidad. En ningún momento el buen padre afirma que la misericordia o la confianza reemplacen el castigo o el sufrimiento. Más bien, todos actúan en conjunto. Se exhorta a soportar todos los justos castigos y los sufrimientos que los acompañan, expresando confianza en la misericordia de Dios. “Si Dios reserva castigos terribles en la otra vida para las faltas más leves -asegura el padre Schouppe a sus lectores- no los inflige sin, al mismo tiempo, atenuarlos con clemencia”.

En efecto, el Purgatorio es una expresión de la misericordia divina. Después de todo, sin el Purgatorio, no habría otro destino más que el Infierno para quienes mueren con el más mínimo pecado en sus almas. La perfección del Cielo jamás puede verse empañada por la existencia de ninguna imperfección.

Nuevamente, esta es una idea impopular en la vida moderna, pues muchos tienden a pensar en la misericordia como una liberación o indulto de los justos castigos. A menudo rechazan de forma automática la posibilidad de que puedan combinarse. Sin embargo, el padre Schouppe explica que “nada muestra mejor la admirable armonía de la perfección divina que el Purgatorio, porque allí se ejerce la justicia más severa junto con la misericordia más inefable”.

El padre Schouppe continúa: “Si nuestro Señor castiga a las almas que le son queridas, es por su amor, según las palabras: “A los que amo, los reprendo y los castigo”. Con una mano golpea, con la otra sana. Ofrece misericordia y redención en abundancia: Quoniam apud Dominum misericordia, et copiosa apud eum redemptio?” (Porque con el Señor hay misericordia, y con él hay redención abundante)”.

Exceso de confianza en uno mismo

Santa Liduvina (1380-1433), la mística holandesa a quien se dedicó un artículo anterior de esta serie, conversó sobre el Purgatorio con un sacerdote piadoso y otros visitantes. La conversación giró en torno a los sufrimientos del Purgatorio. El sacerdote expresó su total disposición a soportarlos. Al ver un jarrón lleno de semillas de mostaza, dijo: “me conformaría con ir allí durante tantos años como semillas haya en el jarrón; así, al menos, tendría la certeza de mi salvación”.

La mística reprendió al sacerdote: “¿Por qué tienes tan poca confianza en la misericordia de Dios? ¡Ah! ¡Si supieras mejor qué es el Purgatorio, qué terribles tormentos se sufren allí!”

—Sea el Purgatorio lo que sea —respondió el sacerdote—, yo mantengo lo que digo.

Algún tiempo después de la conversación, el sacerdote falleció. Uno de los presentes en la conversación le pidió a Santa Lidwina que compartiera sus reflexiones sobre el estado del sacerdote tras su muerte. “El difunto está bien, gracias a su vida virtuosa; pero le habría convenido más tener fe en la Pasión de Jesucristo y haber adoptado una postura más indulgente respecto al Purgatorio”.

Nota:

1) Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 del libro Purgatory del padre FX Schouppe, publicada en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible a través de Internet Archive.
 

viernes, 11 de septiembre de 2026

EL TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SANTA BERNADETTE SOUBIROUS

Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó en 1933, no por las magníficas apariciones que había presenciado, sino por la sencillez y santidad de su vida.

Por Vitis Vera


Santa Bernadette Soubirous nació el 7 de enero de 1844 y falleció el 16 de abril de 1879, a los 35 años. Su familia era muy pobre: ​​vivían en Boly, cerca del molino que dirigía su padre, molinero, en una habitación de dieciséis metros cuadrados (de cuatro por cuatro lados), una habitación insalubre, una antigua prisión, cuyo aire contribuyó a la grave forma de asma que acompañó a Bernadette durante toda su vida. Era la mayor de siete hermanos; uno de ellos, Justin, murió a los 10 años y los otros dos a muy temprana edad. Su padre, François, falleció en 1871 a los 64 años; su madre, Louise, falleció en 1866 a los 41 años. Bernadette era analfabeta y, siendo aún niña, la enviaron a pastorear ovejas y a trabajar como camarera en la taberna de unos amigos en Bartrés. De baja estatura y siempre enfermiza (también había padecido cólera en su infancia), aparentaba menos edad de la que tenía, e incluso algunos la consideraban con discapacidad intelectual. Sin embargo, su fe era profunda, y su humildad sincera y verdaderamente profunda. A los 14 años, tuvo visiones de la Virgen María en Lourdes. En 1866, para escapar del interés que había despertado a su alrededor, se retiró como monja laica al convento de las Hermanas de la Caridad de Nevers, donde trabajó en la enfermería y como sacristana. Tras unos años, afectada por un tumor en la rodilla derecha (tuberculosis ósea), postrada en cama y agobiada por un dolor intenso, tras aprender a leer y escribir, redactó un testamento espiritual de singular belleza. Su nombre religioso era Hermana Marie Bernarde.

Testamento espiritual de Santa Bernadette Soubirous

Por la miseria de mi madre y de mi padre, por la ruina del molino, por el vino del cansancio, por la oveja sarnosa: ¡gracias, Dios mío! Por la boca de más que yo representaba; por los niños cuidados, por las ovejas atendidas: ¡gracias!

Gracias, Dios mío, por el procurador, por el comisario, por los gendarmes, por las duras palabras de Peyremale. Por los días en que viniste, Virgen María, y por aquellos en que no viniste: no podré agradecértelo como es debido hasta que esté en el Cielo.

Pero por la bofetada que recibí, por las burlas, por los insultos, por quienes me tomaron por loca, por quienes me tomaron por mentirosa, por quienes me tomaron por oportunista: ¡gracias, Señora nuestra!

Por la ortografía que nunca dominé, por la memoria que nunca tuve, por mi ignorancia y mi estupidez: ¡gracias!

¡Gracias, porque si hubiera habido en la tierra una niña más estúpida que yo, la habrías elegido a ella!

Por mi madre, que murió lejos; por el dolor que sentí cuando mi padre, en lugar de abrir los brazos a su pequeña Bernadette, me llamó Sor María Bernarda: ¡Gracias, Jesús!

Gracias por inundar de amargura este corazón —demasiado tierno— que me diste. Por la Madre Giuseppina, que me declaró “buena para nada”: ¡Gracias! Por el sarcasmo de la maestra de novicias, su voz áspera, sus injusticias, sus burlas y por el pan de la humillación: ¡Gracias!

Gracias por ser aquella a quien la Madre Teresa podía decir: “Nunca dejas de causar problemas”.

Gracias por ser la señalada para las reprimendas, de quien mis hermanas decían: “Qué suerte no ser como Bernadette”.

Gracias por ser Bernadette —amenazada con la cárcel por haberte visto, ¡Santísima Virgen!; observada por la gente como si fuera una bestia rara; aquella Bernadette tan insignificante que, al verla, la gente decía: “¿Es ésta la que...?”.

Por este cuerpo miserable que me diste; por esta enfermedad de fuego y humo; por mi carne en descomposición; por mis huesos que se pudren; por mis sudores; por mi fiebre; por mis dolores sordos y agudos:¡Gracias, Dios mío!

Por esta alma que me diste; por el desierto de la sequedad interior; por Tu noche y Tus destellos de luz; por Tus silencios y Tus rayos; por todo —por Ti, ausente y presente—: ¡Gracias! ¡Gracias, oh Jesús!

Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó en 1933, no por las magníficas apariciones que había presenciado, sino por la sencillez y santidad de su vida. En la primera exhumación, realizada en 1909 —treinta años después de su muerte—, su cuerpo apareció perfectamente conservado.
 

GRACIA Y LIBERTAD: SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (4)

Continuamos contemplando la unión misteriosa de gracia y libertad en esta Santa.

Por el padre José María Iraburu


Santa Teresa del Niño Jesús (1)

Santa Teresa del Niño Jesús (2)

Santa Teresa del Niño Jesús (3)

La acción apostólica

Hemos comprobado bien cómo Santa Teresita creía en la absoluta necesidad de la gracia para la santificación personal, declarando que sin ella no podía nada. Esta misma convicción la tuvo en referencia a la santificación de los otros por medio de la acción apostólica. Pudo comprobarla experimentalmente cuando fue nombrada ayudante de la Maestra de novicias.

Ella, confesó, “desde hace mucho tiempo ha comprendido que Dios no necesita de nadie, y menos de ella que de las demás, para hacer el bien en la tierra” (X,3r). Se entregó, pues, a su nuevo oficio en la comunidad con toda esperanza. “Desde que comprendí que nada podría hacer por mí misma, la tarea que me confiasteis ya no me pareció difícil. Vi que lo único que necesitaba era unirme más y más a Jesús, y que “lo demás se me daría por añadidura” [Mt 6,33]. En efecto, nunca resultó fallida mi esperanza. Dios se dignó llenar mi mano cuantas veces fue necesario para alimentar el alma de mis Hermanas. Os confieso, Madre muy querida, que si yo me hubiera apoyado lo más mínimo en mis propias fuerzas, muy pronto os hubiera rendido las armas. De lejos parece fácil y de color de rosa el hacer el bien a las almas, el enseñarles a amar más a Dios, el modelarlas según los propios puntos de vista y los pensamientos personales. De cerca es todo lo contrario: el color rosa desaparece… y se comprueba que hacer el bien [a las personas] es tan imposible sin la ayuda de Dios como hacer brillar el sol en medio de la noche. Se comprueba que es absolutamente necesario olvidar los gustos personales, renunciar a las propias ideas y guiar las almas por el camino que Jesús les ha trazado, sin pretender hacerlas ir por el nuestro” (XI,22v).

El reconocimiento de la primacía de la gracia –al contrario de los planteamientos semipelagianos– lleva consigo esta absoluta delicadeza en el servicio de las almas: “¡qué diferentes son los caminos por los que el Señor conduce a las almas!” (X,2r). “Dios me hizo comprender que hay almas a las que su misericordia no se cansa de esperar, a las que no da su luz sino por grados. Por eso, me guardaba yo muy bien de adelantar la hora de Dios, y esperaba pacientemente a que Jesús tuviese a bien hacerla llegar” (XI,20v-21r).

El Señor actuó en Teresita, y ella obró con absoluta humildad y confianza

“Yo soy un pincelito que Jesús ha escogido para pintar su imagen en las almas que me habéis confiado” (XI,20r). Oración y acción apostólica han de ir siempre juntas: “supliqué a Dios que pusiese en mis labios palabras dulces y convicentes, o mejor, que él mismo hablase por mí” (XI,21r). “La oración y el sacrificio constituyen toda mi fuerza; son las armas invencibles que Jesús me ha dado. Pueden, mucho mejor que las palabras, tocar los corazones. Muchas veces lo he comprobado” (XI,24v). Así confiada en Dios, y sin fiarse en nada de sí misma, hacía Teresita el bien a sus Hermanas, y en ocasiones tenía aciertos inexplicables.

En una ocasión, una Hermana, que estaba sufriendo una gran pena interior, se acercó sonriente a Sor Teresa, y ella le dijo con toda seguridad: “tú tienes una pena”. Si hubiese hecho caer la luna a sus pies, creo que no me hubiera mirado con mayor asombro. Fue tan grande, que una especie de pasmo se apoderó también de mí, y por un instante experimenté como un miedo sobrenatural. Estaba yo segura de no poseer el don de leer en las almas; y por eso me quedé tanto más asombrada cuanto más justamente había dado en el blanco. Sentí la presencia de Dios muy cerca de mí. Supe que había repetido sin darme cuenta, como un niño, palabras que no salían de mí sino de Dios… Por otra parte, nada de eso sería capaz ciertamente de inspirarme vanidad, pues traigo de continuo presente en la memoria el recuerdo de lo que soy” (XI,26r).

Vencimientos heroicos en cosas mínimas

Santa Teresita siempre se movió movida por la gracia de Dios, lo que daba a sus actos una facilidad sobrenatural: “mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,30). Pero de ningún modo esta colaboración con la gracia divina es siempre sin dolor y esfuerzo. Ya dije que la gracia, para la obra buena, auxilia siempre al entendimiento y a la voluntad, pero no siempre al sentimiento. Por eso la docilidad a la gracia cuesta a veces esfuerzos heroicos, que la voluntad obra con el auxilio de la gracia. Teresita, con estos vencimientos, realizó actos muy intensos de virtud, y consiguio grandes crecimientos espirituales. Recuerdo algunos ejemplos. El amor propio, concretamente, al menos como tentación, duró en ella bastantes años.

Estando en el Convento, “hacía yo grandes esfuerzos por no disculparme, lo que me resultaba muy difícil… Os referiré mi primera victoria; no fue grande, pero me costó mucho. Se encontró rota una vasija que habían dejado detrás de una ventana. Nuestra Madre, creyendo que había sido yo, me la enseñó diciéndome que otra vez pusiese más cuidado. En seguida, sin replicar, besé el suelo, prometiendo ser más cuidadosa en lo futuro. Estas pequeñas prácticas [de humildad] me costaban mucho a causa de mi poca virtud, y me tenía que ayudar pensando que en el Juicio final todo se llegaría a saber” (VII,74v).

Escenas de vencimientos como ésta hay muchas en la vida de la Santa. Pero citaré una que me parece especialmente conmovedora. Teresa, la Reinecita, la hermanita menor, la novena, siempre había sido muy amada en su familia, tanto por sus hermanas como por su padre, y en la soledad y el silencio del Carmelo a veces lo pasaba muy mal.

Confiesa en sus escritos a la Madre superiora: “Recuerdo que siendo postulante, me venían a veces tan violentas tentaciones de entrar en vuestra celda para darme gusto, para encontrar algunas gotas de consuelo, que me veía obligada a pasar rápidamente por delante del despacho y agarrarme al pasamano de la escalera. Se me representaba una multitud de permisos que pedir, hallaba mil razones para complacer mi naturaleza. ¡Cuánto me alegro ahora de las renuncias que me impuse en los principios de la vida religiosa! Al presente gozo ya de la recompensa prometida a los que combaten generosamente” (XI,21v-r).

La caridad fraterna también le costó a veces grandes esfuerzos, siempre realizados con la moción de la gracia del Señor. Una anciana insoportable, la Hermana Saint-Pierre, medio inválida, necesitaba ayuda para todo. “A mí me costaba mucho ofrecerme para prestar aquel servicio… Es increíble lo que me costaba”. Pero con la gracia de Dios hacia su servicio, y al terminarlo, “antes de marcharme, le dirigía la más graciosa de mis sonrisas” (XI, 28v-29r). Otras veces, en el coro, le tocaba estar cerca de una Hermana que hacía un ruidito extraño, semejante al que se haría frotando dos conchas una con otra…

“Imposible me resulta, Madre mía, deciros cuánto me molestaba aquel ruidillo. Sentía grandes deseos de volver la cabeza y mirar a la culpable, que con toda seguridad no se daba cuenta del molesto sonsonete que producía. Mirar atrás hubiera sido el único modo de hacérselo notar. Pero en el fondo del corazón comprendía que era mejor sufrirlo por amor de Dios y por no causar pena a la Hermana. Así que permanecía tranquila, procurando unirme a Dios y olvidar el pequeño ruido. Pero todo era inútil; sentía que me inundaba el sudor, y me veía obligada a hacer sencillamente una oración de sufrimiento. Aun entonces, procuraba sufrir sin irritación, con alegría y paz, al menos en lo íntimo del alma. Me esforzaba por hallar gusto en aquel soniquete, o bien hacía los posibles por no oírlo. ¡Todo en vano!” (XI,30v).

Algo semejante narra cuando en el lavadero una Hermana poco cuidadosa le salpicaba una y otra vez el rostro con el agua sucia: “Mi primer impulso fue el de echarme atrás y enjugarme el rostro, a fin de hacer ver a la Hermana que me asperjaba el gran favor que me haría obrando con más suavidad. Pero en seguida pensé que era bien tonta al rehusar unos tesoros que tan generosamente se me daban, y me guardé muy bien de manifestar mi lucha interior. Me esforcé por sentir el deseo de recibir en la cara mucha agua sucia, de suerte que terminó por gustarme aquel nuevo género de aspersión” (XI,30v-31r).

Así es como el Señor hizo de Teresita una gran santa. “Cinco panes y dos peces”, muy poca cosa, es lo que aquel joven del Evangelio puso en manos de Jesús, pero con su mínima ofrenda vino a dar de comer a una gran multitud. No se hubiera producido el milagro probablemente si hubiera entregado solo cuatro panes y un pez. Pero él, movido por la gracia, hizo al Maestro la ofrenda de todo lo que tenía. De modo semejante, Teresa, dócil a la acción de la gracia, se entregó a Dios entera, sabiéndose muy pequeña, y llegó a una altísima santidad personal. Vino a ser además, una de las Santas más santificantes para los cristianos de su tiempo, hasta el día de hoy, ayudados por su ejemplo y sus escritos: tres cuadernos escolares.

Perfecta en la humildad

El Señor misericordioso, “porque era pequeña y débil, se abajaba hasta mí y me instruía secretamente en las cosas de su amor” (V,49r). En el camino de la perfección “cuanto más se adelanta, tanto más lejos se cree del término. Por eso, ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y encuentro en ello mi alegría” (VII,74r). Perfecta en la humildad, ya no hay en ella amor propio que sufra al verse defectuosa:

“No siento pena alguna al ver que soy la debilidad misma; antes al contrario, me glorío de ello [2Cor 12,5), y cuento con descubrir en mí cada día nuevas imperfecciones” (X,15r). “Sé encontrar siempre el modo de estar alegre y de sacar provecho de mis miserias” (VIII,80r). “¡Qué dulce es el camino del amor! Ciertamente, se puede caer, se pueden cometer infidelidades; pero sabiendo el amor sacar provecho de todo, bien pronto consume lo que puede disgustar a Jesús, no dejando más que una humildad y profunda paz en el fondo del corazón” (VIII,83r).

Santa Teresita guardó la paz en su absoluta humildad, siempre abierta a la gracia. Y no le perturbaba demasiado ser a veces mal entendida y juzgada: “digo con San Pablo: “poco me importa ser juzgada por ningún tribunal humano. Yo no me juzgo a mí misma. Quien me juzga es el Señor” [1Cor 4,3-4]” (X,13v). Ella tenia la humildad plena de un mendigo que pide, pero que no exige nada, y que se conforma con lo que le dan. Fue perfecta en la humildad.

No se avergonzaba de ejercitarse sólo en pequeñas cosas y pequeñas virtudes, reconociendo que no valía para más. “Señor, no tengo otro medio de probaros mi amor…; es decir, no desperdiciar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; aprovecharme de las pequeñas cosas, aun de las más insignificantes, haciéndolas por amor” (IX,4r-v).

No se avergonzaba de confesar sus limitaciones: “debería darme pena el dormirme, desde hace siete años, durante la oración y la acción de gracias. Y sin embargo, nada de esto me da pena. Pienso que los niñitos agradan lo mismo a sus padres dormidos que despiertos” (VIII,75v). Declaró también sencillamente: “Rezar yo sola el rosario –me da vergüenza decirlo– me cuesta más que ponerme un instrumento de penitencia… ¡Sé que lo rezo tan mal! Por más que me esfuerzo por meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la atención” (XI,25v).

No se avergonzaba de confesar que muchas de sus riquezas no eran sino miserias suyas llenadas por la misericordia de Dios. Así, p. ej., cuando explicó su oración por su incapacidad de tratar con la gente. En el pensionado de la Abadía no era una niña atractiva ni para profesoras ni para sus compañeras: “nadie se ocupaba de mí. Por eso, subía a la tribuna de la capilla, y allí permanecía delante del Santísimo Sacramento hasta que papá venía a buscarme. Aquel era mi único consuelo. ¿No era, acaso, Jesús mi único amigo? No sabía hablar con nadie más que con él. Las conversaciones con las criaturas, aun las conversaciones piadosas, me ponían cansancio en el alma. Estaba segura de que era preferible hablar con Dios que hablar de Dios, pues es mucho el amor propio que se mezcla en las conversaciones espirituales” (IV,40v).

Ni siquiera se avergonzaba en su humildad de confesar las gracias excepcionales que el Señor le había dado. Sabía bien que no eran sino dones gratuitos de Dios. Su sabiduría espiritual, p. ej. era tan grande, declaró, que los estudiosos “ciertamente habrían quedado sorprendidos al ver una niña de catorce años penetrar los secretos de la perfección, secretos que toda su ciencia no sería capaz de descubrirles nunca” (V,49r).

Doctora de la gracia

Siempre la Iglesia ha sabido que todos los cristianos están llamados a la santidad, pues siempre ha inculcado que todos los cristianos cumplan el primer mandamiento, “amar a Dios con todo el corazón”; y en eso justamente consiste la santidad. Pero Santa Teresita redescubrió esta verdad, mostrando en sus escritos qué sencillo es el camino de la santidad, y qué posible es, con la gracia de Dios, avanzar por el día a día, sea el cristiano religioso o laico, fuerte o débil, culto o iletrado, sano o enfermo, y sea ésta o la otra la circunstancia de familia y de trabajo en que vive.
 
En los Manuscritos autobiográficos era siempre Jesús quien, con inmenso amor generoso, fortalecía a Santa Teresita, la guiaba, le corregía, le mostraba, le concedía, le daba, obraba en ella y con ella… –Y señalo, al paso, que en sus escritos hablaba casi siempre de “Jesús” para referirse a Jesucristo, al Señor, a Dios, a la Santísima Trinidad–. Ella, pues, entendía toda su vida como un don gratuito del amor de Dios. Y porque estaba convencida de que todo es gracia, por eso esperaba llegar a ser una gran Santa, aun viéndose tan miserable y débil. Nada había en ella, así lo reconocía, que mereciera las excelsas gracias con las que Dios quiso privilegiarla desde niña. Jesús moraba en su corazón obrando el bien en ella unas veces Él solo, pero normalmente en ella y con ella. Sin Jesús, que le asistía instante por instante, ella no podía nada por sí misma. Pero con Él todo lo puede.

Al expresar Santa Teresita este camino de la infancia espiritual, confesó en una síntesis preciosa todas las grandes verdades de la Biblia y los Padres, de los Concilios y el Magisterio apostólico sobre el misterio sublime de la gracia divina. Por eso esta joven Doctora de la Iglesia puede ser hoy para los cristianos, como dice Pío XII, “un reencuentro con el Evangelio, con el corazón mismo del Evangelio” (radiom. 11-VII-1954).
 

martes, 8 de septiembre de 2026

SAN PÍO X, DEFENSOR DE LA LUCHA CONTRA EL MODERNISMO

El último Papa verdaderamente santo sigue siendo un modelo insuperable en la lucha contra la herejía que asola a la Iglesia hoy en día. Siguiendo su ejemplo, debemos dar prioridad a la doctrina y a la Santa Misa.

Por M. D'Amico


Giuseppe Melchiorre Sarto, el futuro Papa con el nombre de Pío X, nació en Riese, en la provincia de Treviso, el 2 de junio de 1835, en el seno de una familia humilde, siendo el segundo de diez hijos. Su padre, Giovanni Battista (1792-1852), fue mensajero municipal durante la administración de los Habsburgo; su madre, Margherita Sanson (1813-1894), era una sencilla costurera de pueblo. Los padres también poseían pequeñas parcelas de tierra y una vaca, que les proporcionaba leche para sus numerosos hijos. Los Sarto eran gente sencilla, pero de gran fe y capaces de transmitir a sus hijos, con su ejemplo, una profunda devoción y un sincero apego a la Iglesia.

Desde niño, José demostró gran carácter, integridad e inteligencia excepcional. Pronto sintió la vocación religiosa y su párroco lo apoyó en sus estudios. Caminaba 14 kilómetros diarios hasta la escuela, superando pruebas y dificultades muy parecidas a las que enfrentó el joven San Juan Bosco. Sin embargo, lo sostenía un don que lo acompañaría toda su vida: una energía extraordinaria y una capacidad inigualable para alcanzar las metas que sentía que Dios le indicaba. Además de ser un trabajador incansable, poseía un agudo sentido de la organización y demostró a lo largo de su vida religiosa una habilidad innata para guiar a sus colaboradores y a todos los que lo rodeaban, quienes reconocían fácilmente su autoridad, su celo y su generosidad. Fascinaba y cautivaba a todos, porque todos reconocían que era el primero en sacrificarse por completo por las obras que emprendía.

En 1850, ingresó en el seminario de Padua gracias a una beca concedida por el Patriarca de Venecia, quien lo había reconocido como un joven prometedor. Se dedicó con ahínco a sus estudios, destacando en todas las materias, con una particular predilección por las científicas (conservó, por ejemplo, una gran habilidad para las matemáticas a lo largo de su vida). Consciente de la importancia de la formación teológica para su posterior labor pastoral, se dedicó por completo al estudio y la lectura de los textos más importantes de la tradición cristiana.

En 1858 fue ordenado sacerdote y comenzó a servir como vicario del párroco en el pequeño pueblo de Tombolo. En 1867 fue nombrado arcipreste de Salzano, y posteriormente, en 1875, canónigo de la catedral de Treviso y canciller del obispo. El obispo, que apreciaba enormemente sus dones y su profunda vida de piedad, también lo nombró director espiritual del seminario diocesano, cargo que resultaría crucial para toda la labor posterior del santo. Desempeñó sus funciones como canciller con su habitual energía, eficiencia e inteligencia; fue un colaborador ideal para el obispo, quien le confió tareas cada vez más importantes y exigentes, sabiendo que podía contar infaliblemente con el éxito de sus esfuerzos.

Cabe destacar que, a diferencia de otros clérigos, santos y Papas célebres, el futuro San Pío X dedicó toda su vida a la pastoral, siempre en contacto con el pueblo y sus problemas más concretos, prestando especial atención a los pobres. Nunca ocupó cargos en el Vaticano ni en la diplomacia; salvo su experiencia en Mantua, siempre desempeñó funciones en la región del Véneto y escandalizó a un cardenal francés por su desconocimiento del noble idioma de San Luis IX. Siempre conservó la sobriedad, la sencillez y la humildad que había aprendido de niño en su humilde familia. Giuseppe Sarto no era rico ni poderoso; su carrera fue lenta y discreta, ajena a la mirada pública. Sinceramente humilde, cada vez que recibía un ascenso, se sentía indigno e intentaba rechazarlo. Sin embargo, en esta discreción, destacan aún más su fervor, su caridad sin límites (siempre ayudaba a todos, amigos y enemigos, ricos y pobres), su celo por las almas, su amor sincero y ardiente por la Iglesia, su pureza y su deseo casi desgarrador de que el pueblo, y especialmente los niños, se santifiquen. Siendo un joven sacerdote, ya podría haber dicho: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál. 2:20). Existen innumerables episodios en los que se privó de todo, no solo de dinero, sino también de ropa, comida, provisiones y objetos preciosos, para dárselos a los necesitados.

En 1884, fue nombrado obispo de Mantua, donde durante nueve años trabajó con increíble fecundidad y celo, renovando por completo la diócesis, comenzando por el seminario, al que cuidó con asiduidad. En las reformas que implementó a un ritmo prodigioso, actuó con asombrosa certeza, como un hombre inspirado por Dios: sabía lo que había que hacer sin vacilación ni duda, y lo llevó a cabo sin amedrentarse ante ningún obstáculo, sabiendo además esperar y actuar con exquisito tacto, una astucia política y una prudencia sorprendentes en un simple hijo del pueblo. Por ejemplo, soportó con heroica paciencia los obstáculos con los que el gobierno masónico italiano intentó retrasar su instalación en la sede episcopal.

Poco a poco, la diócesis que le habían sido encomendadas se transformó y comenzó a crecer en la fe, como lo demostraba el creciente número de seminaristas y el fervor cada vez mayor entre la gente: todos sentían que su pastor era un guía seguro y bueno; su fe ardiente e inquebrantable parecía contagiar incluso a los más distantes, e incluso sus enemigos no podían evitar admirarlo profundamente: los pensamientos se dirigían al Papa San Pío V, a quien incluso los protestantes reconocían como santo.

Para comprender la figura de San Pío X, no podemos olvidar que su vida como hombre de la Iglesia transcurrió enteramente en medio del Risorgimento, es decir, del ataque judeo-masónico y protestante contra la Iglesia, que creó mil obstáculos para cualquiera que deseara permanecer verdaderamente fiel a Nuestro Señor. Sin embargo, el futuro Papa siempre tomó una decisión muy clara, sencilla y lineal: centrarse en santificarse a sí mismo y al pueblo que le había sido confiado, crecer en la fe y la caridad, sin preocuparse por el mundo y su hostilidad, sin descender, ni siquiera indirectamente, a la arena política. No es casualidad que los historiadores de la Iglesia lo consideren un Papa “espiritual”: en el siglo de hostilidad y constantes conspiraciones contra la Iglesia, Giuseppe Sarto parecía moverse en un plano más elevado y luminoso, tejido con el cielo y una felicidad secreta y oculta; es el plano al que se eleva la vida contemplativa más sólida. No es casualidad, por lo tanto, que el futuro santo mantuviera la costumbre de levantarse muy temprano, a las cuatro de la mañana, como los agricultores de antaño, y pasara hasta cuatro horas diarias en su capilla en profunda oración, antes de comenzar su siempre ajetreado día.

Una lámpara no puede colocarse debajo de un celemín, y del mismo modo, el obispo Sarto estaba destinado a crecer en los planes secretos de Dios. En Mantua, actuó como San Carlos Borromeo en Milán —es decir, como un obispo tridentino perfecto— con una tradición antigua, sólida y firme, dejando una huella profunda en el suelo inicialmente árido de la diócesis. Sus virtudes y capacidades se hicieron cada vez más conocidas, y en 1893 fue nombrado cardenal, elevado posteriormente al cargo de Patriarca de Venecia, donde asumió el cargo en 1894. En la noble ciudad lagunar, como en Mantua, desarrolló un ministerio pastoral de singular intensidad, centrado en una profunda devoción a la Eucaristía. Sin embargo, también desarrolló una extraordinaria labor social en favor de los numerosos pobres surgidos de la Segunda Revolución Industrial, transformando la sociedad en su conjunto. Su pragmatismo innato lo impulsó a promover la creación de decenas de fondos de ayuda mutua y bancos cooperativos para brindar asistencia a los pobres y a los trabajadores más humildes.

En 1903, tras la muerte de León XIII, en un dramático cónclave, debido al veto del Imperio Habsburgo a la nominación del cardenal Rampolla (considerado profrancés), el cardenal Sarto fue elegido Papa, para su sorpresa y disgusto. Aceptó únicamente tras la larga y sincera insistencia de otros cardenales, quienes le imploraron que no se negara, sino que diera su consentimiento a la elección del cónclave. Adoptó el nombre de Pío X, por fidelidad a los Papas del siglo XIX que tanto sufrieron la Revolución Francesa y el Risorgimento, y escogió el lema “Instaurare omnia in Christo”, que resume verdaderamente no solo lo que haría como Papa, sino también lo que siempre había hecho como hombre de la Iglesia.

Llevando una vida casi monástica, asistido por sus hermanas, apartado de toda la pompa inútil y dolorosa de la etiqueta de la corte papal, que sin embargo respetaba, en los nueve años de su pontificado desarrolló una masa de acciones y reformas asombrosas: el catecismo menor y mayor; el Código Pío-Benedictino de Derecho Canónico (una empresa que se consideraba desesperada debido a su complejidad); la reforma de la música sacra gregoriana; la Eucaristía para niños; la mejora de los seminarios, sus planes de estudio y enseñanza, atención a la elección de maestros y a la disciplina; la reforma de la curia papal y toda la organización de los dicasterios romanos; la reforma del breviario; la lucha heroica contra la Francia masónica de la Tercera República que pretendía esclavizar a la Iglesia; tensiones muy serias con el gobierno italiano y el régimen existente de separación entre Iglesia y Estado; la fundación del Instituto Bíblico; la lucha contra Le Sillon; el impulso para la acción de los laicos católicos (un preludio de la futura Acción Católica). Pero el núcleo de su acción gubernamental, el acto más importante, fue la lucha contra el modernismo que se extendía lenta e inexorablemente: con su mirada perspicaz y su profunda preparación, reconoció la herejía y la condenó en el Decreto Lamentabili y en la Encíclica Pascendi de 1907. Firme contra el error, fue, sin embargo, gentil y misericordioso con los errantes cuando los encontraba personalmente y siempre dispuesto a perdonar. Despojado de los bienes terrenales y del poder que, sin embargo, ejercía a la perfección, enemigo de todo nepotismo, hostil a la obsequiosidad y a todo formalismo vacío, prudente, sabio, decidido, de carácter firme, enérgico y a la vez metódico, fuerte y sumamente sensible al sufrimiento ajeno, incansable en su trabajo, se sacrificó a su labor —como lo había hecho durante toda su vida— con una absoluta abnegación y espíritu de sacrificio que asombraba a todos los que se acercaban a él. Como todos los santos, resulta evidente a primera vista que nunca pensó en sí mismo, sino solo en el bien de la Iglesia y en el triunfo de Cristo en cada corazón, fundamentando su extraordinario apostolado en una profunda y continua vida de oración. Ya en vida, los milagros y curaciones que realizó son incontables.

En los tiempos calamitosos que vivimos, es imposible mirar a San Pío X sin una profunda nostalgia: ¿qué es el odio del mundo, qué es la persecución misma, cuando los cristianos sufren todo sabiendo que pueden contar con el apoyo, la comprensión y el amor paternal del Papa? Por el contrario, ¿qué hay más atroz que luchar por la verdad y por la Iglesia Católica, teniendo en el Papa y los obispos a los primeros y más acérrimos enemigos, como sucede hoy con León XIV? ¿Qué puede ser más amargo para un católico que ver a quienes ostentan autoridad en la Iglesia sembrar dudas y errores entre los fieles, propagar herejías y profanar con la más vergonzosa vulgaridad y malicia las cosas más sagradas y toda la Tradición?

Hoy, cuando el papa y los obispos de todo el mundo parecen complacerse y someterse a ello y a sus falsos valores, volvamos a orar con mayor intensidad a San Pío X, volvamos a pedirle que, con su intercesión, acelere el momento en que la Santa Iglesia Católica vuelva a tener como su pastor supremo a un hombre verdaderamente digno y santo, y no a un lobo con piel de cordero.
 

domingo, 6 de septiembre de 2026

GRACIA Y LIBERTAD: SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (3)

Continuamos contemplando en Santa Teresita la obra maravillosa de la gracia de Dios.

Por el padre José María Iraburu


Santa Teresa del Niño Jesús (1)

Santa Teresa del Niño Jesús (2)

Santificada con mediaciones escasas

Algunas expresiones de Santa Teresita son sumamente audaces, y ella es consciente de ello. “Tal vez juzguéis exageradas mis expresiones… Pero yo os aseguro que en mi pequeña alma no hay exageración alguna; todo en ella está tranquilo y sereno. Al escribir, me dirijo a Jesús y le hablo a él; así me resulta más fácil expresar mis pensamientos” (IX,1v).

La gracia de Dios obra en ella maravillas en la Eucaristía, los sacramentos, en su familia, en la observancia fiel de la vida en el Carmelo, etc. Pero aparte de esos medios fundamentales, se sirve de medios muy escasos. No tiene director espiritual, tampoco lee muchos libros, fuera de los santos Maestros carmelitas. Tiene una especie de inapetencia crónica para leer diversos libros que la biblioteca del monasterio le ofrece.

“En medio de esta mi impotencia, la Sagrada Escritura y la Imitación de Cristo vienen en mi ayuda. En ellos encuentro un alimento sólido y completamente puro. Pero lo que me sustenta en la oración es por encima de todo el Evangelio. En él encuentro todo lo que necesita mi pobre alma. Siempre descubro en él nuevas luces de sentidos ocultos y misteriosos. Comprendo, y sé por experiencia, que “el reino de Dios está dentro de nosotros” [Lc 17,21]. Jesús no tiene necesidad de libros ni de doctores para instruir a las almas. El es el Doctor de los doctores. Enseña sin ruido de palabras. Nunca le oigo hablar, pero sé que está dentro de mí. Me guía, y me inspira en cada instante lo que debo decir o hacer. Justamente en el momento que las necesito [no antes, no le da nunca provisiones], me hallo en posesión de luces cuya existencia ni siquiera habría sospechado. Y no es precisamente en la oración donde se me comunican abundantemente tales ilustraciones; las más de las veces es en medio de las ocupaciones del día…” (VIII,83rv).

Privilegiada inmensamente por el amor de Dios misericordioso

A su hermana Paulina, la que más influyó en su educación cristiana de niña y adolescente, y ahora su Priora del Carmelo, M. Inés de Jesús, le confiesa: “¡Oh, Madre mía querida! Después de tantas gracias ¿no podré yo cantar con el salmista: “El Señor es bueno y eterna es su misericordia” [Sal 117,1]?…. Creo que si las demás criaturas gozasen de las mismas gracias que yo, Dios no sería temido de nadie, sino amado con locura. Y amándole, no temiéndole, ninguna alma llegaría a ofenderle… Comprendo, sin embargo, que no todas las almas pueden parecerse. Es necesario que haya diferentes modelos, a fin de honrar especialmente cada una de las perfecciones de Dios. A mí me ha dado su misericordia infinita, y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas. Así, todas se me presentan radiantes de amor. Hasta la Justicia –y tal vez ella más que ninguna otra– me parece revestida de amor”9*-+ (VIII,83v).

“Vos conocéis los ríos, o mejor, los océanos de gracia que han inundado mi alma… Siento que el Amor me penetra y me rodea. Me parece que ese Amor Misericordioso renueva y purifica a cada instante mi alma, no dejando en ella traza de pecado. Por eso, no puedo temer el purgatorio. Sé que por mí misma ni siquiera merecería entrar en ese lugar de expiación, al que sólo tienen acceso las almas santas. Pero sé también que el fuego del Amor es más santificante que el purgatorio. Sé que Jesús no puede desearnos sufrimientos inútiles, y que no me inspiraría los deseos que siento si no estuviese dispuesto a colmarlos” (VIII,84r).

“Madre mía: Jesús ha concedido a vuestra hija la gracia de penetrar las misteriosas profundidades de la caridad. Si me fuese posible expresar todo lo que me es dado a entender, oiríais una melodía celestial” (XI,18v). “¡Oh Jesús mío! Tal vez sea una ilusión, pero creo que no podéis colmar a un alma de más amor del que habéis colmado la mía. Por eso me atrevo a pediros que améis a los que me disteis como me amáis a mí misma” (XI,35r)… “Pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su amor, que me una tan estrechamente a sí que sea él quien viva y obre en mí”. El Amor divino hará en Teresita y con ella todas las obras que quiera, “porque un alma abrasada de amor no puede permanecer inactiva” (XI,36r). Y sin embargo…

Noche oscura, ausencia habitual de consolaciones sensibles

“No creáis que nado en medio de las consolaciones. ¡Oh no! Mi consolación es no tenerla en la tierra [Es la gracia especial que pidió en su primera comunión, haciendo suya una frase de la Imitación IV,16,2]” (IX,1r). El Señor “permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas… Y esta prueba no debía durar sólo unos días o unas semanas: no se extinguirá hasta la hora marcada por Dios… y esa hora no ha sonado todavía. Quisiera poder expresar lo que siento, pero, ¡ay!, creo que es imposible. Es preciso haber peregrinado por este negro túnel para comprender su oscuridad” (X,5v). “Madre querida, tal vez os parezca que exagero la congoja de mi alma. De hecho, si me juzgáis por los sentimientos que expreso en las poesías que he compuesto este año, os debo parecer un alma llena de consolaciones, para quien casi se ha rasgado el velo de la fe”.

“Y sin embargo, no es ya un velo, es un muro que se eleva hasta el Cielo y me oculta el firmamento estrellado. Cuando canto la felicidad del Cielo, la eterna posesión de Dios, no experimento alegría alguna, porque canto simplemente lo que deseo creer. Algunas veces, es verdad, un pequeñito rayo de sol viene a esclarecer mis tinieblas; entonces la prueba cesa por un instante. Pero inmediatamente, el recuerdo que trae consigo este rayo de luz, en lugar de causarme gozo, hace aún más espesas mis tinieblas. Nunca había experimentado como ahora qué dulce y misericordioso es el Señor. No me mandó este martirio interior antes, sino en el momento en que me encuentro con fuerzas para soportarlo, pues de haber sido antes, creo que me hubiera hundido en el desaliento. Al presente, este tormento limpia todo lo que de satisfacción natural pudiera haber en el deseo que tengo del Cielo. Me parece que ahora ya nada me impide volar, pues no tengo grandes deseos, excepto el de amar hasta morir de amor (9 de junio [1895])” (X,7v).

El Señor le muestra su vocación personal: ser el amor en la Iglesia

Santa Teresita, aunque era tan consciente de su pequeñez y debilidad, confiesa con todo atrevimiento: “Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme… Pero no es así… Yo siento en mí otras vocaciones. Siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir… Siento en mí la vocación de sacerdote… ¡Oh, Jesús, amor mío, vida mía! ¿Cómo hermanar estos contrastes? ¿Cómo realizar los deseos de mi alma pobrecita? Tengo vocación de apóstol, quisiera recorrer la tierra, plantar tu cruz gloriosa en tierra infiel. Pero, Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo… Quisiera ser misionero, y no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguir siéndolo hasta la consumación del mundo” (IX,10v).

Así escribía en su celda la que sería, con toda razón, Patrona universal de las misiones católicas… “¡Jesús, Jesús! ¿Qué responderás a todas mis locuras? ¿Hay acaso un alma más pequeña e impotente que la mía? Y no obstante fue precisamente esta mi debilidad la que te movió siempre, oh Señor, a colmar mis pequeños deseos, y la que te mueve hoy a colmar otros deseos míos más grandes que el universo” (IX,3r). Una vez más, el Señor responde a los deseos que en ella había infundido, mostrándole el himno paulino de la caridad, 1 Corintios, 12-13:

“Por fin había encontrado el descanso para mi alma… Considerando el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por San Pablo; o mejor dicho, creía reconocerme en todos. La caridad me dio la clave de mi vocación… Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor… Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que el amor abarca todos los tiempos y todos los lugares, en una palabra, que el amor es eterno. Entonces, en un transporte de alegría delirante, exclamé: ¡Oh, Jesús, amor mío! Por fin he encontrado mi vocación; mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi lugar en la Iglesia. Dios mío, vos mismo me lo habéis enseñado. En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor. Así lo seré todo, así mi sueño se verá realizado” (IX,3v).

Un caminito humilde santo y santificante para los pequeños. Y para todos

“Siempre he deseado ser una santa”, confiesa Santa Teresita, al mismo tiempo que declara su pequeñez y debilidad tan grandes. Y el ser consciente de su mínima condición personal, “en vez de desanimarme, siempre que lo he pensado, me ha llevado a esta reflexión: Dios no puede inspirar deseos irrealizables. Por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Crecer me es imposible. He de soportarme a mí misma tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero hallar el modo de ir al Cielo por un caminito muy recto, muy corto; por un caminito del todo nuevo (je veux chercher le moyen d’aller au Ciel par une petite voie bien droite, bien courte, una petite voie toute nouvelle). Estamos en el siglo de los inventos”. Ahora en vez esforzarse subiendo escaleras, basta con tomar el ascensor. “Yo quisiera encontrar también un ascensor para llegar hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la ruda escalera de la perfección. Entonces busqué en los Sagrados Libros… y hallé estas palabras: “el que sea pequeñito que venga a mí” [Prov 9,4]” (X,2v).

“Madre, yo soy demasiado pequeña para sentir vanidad, soy demasiado pequeña también para hacer frases bonitas con el fin de hacerle creer que gento una gran humildad. Prefiero reconocer con toda sencillez que el Todopoderoso ha obrado grandes cosas en el alma de la hija de su divina Madre; y la más grande de todas es precisamente haberle dado a conocer su pequeñez y su impotencia” (X,4r).

Santa Teresita habla de su invento con ironía, en broma, pues en realidad de ningún modo lo entiende ella como un camino nuevo. Ya desde niña, antes de la primera comunión, le han inculcado “el medio para llegar a ser santa por la fidelidad en las más pequeñas cosas” (IV,33r). Y bien sabe ella que todos los santos han llegado a la santidad experimentando y descubriendo la infinita Misericordia divina en la insondable miseria del ser humano. Todos los santos se reconocen como un niño analfabeto, que solo puede escribir algo válido si su mano es llevada por la mano de Dios. Pero algunos ha habido que no captaron la broma. Un cierto autor francés, por ejemplo, escribió un libro sobre la espiritualidad de Santa Teresita, dándole por subtítulo flamante un chemin entiérement nouveaux, descubierto, por cierto, en Francia. En realidad, Teresita, en el sentido etimológico más preciso, inventa = encuentra, en medio de una selva de católicos voluntaristas, pelagianos o semipelagianos, y de luteranos, quietistas, jansenistas, etc., el camino verdadero de la fe católica. No hay otro. No hay en la Iglesia otro camino de perfección que el de la infancia espiritual. “Si no os hiciéreis como niños, no entraréis en el reino de los Cielos” (Mt 18,3). Está claro.

Amor al prójimo

Se preguntaba Santa Teresita, ¿cómo amar al prójimo como Jesús le amó? Parece un mandato imposible de cumplir. El Concilio de Trento afirma que “Dios no manda cosas imposibles”, porque Él hace posible por su gracia su cumplimiento (Denz 1536). Y así es como nuestra santa y joven Doctora responde a su pregunta. Los mandamientos son gracias externas, por las cuales Cristo nos revela aquello que, asistiéndonos con su gracia interna, quiere Él obrar en nosotros y con nosotros.

“¡Ah Señor! Sé que no mandáis nunca nada imposible. Conocéis mejor que yo misma mi debilidad. Sabéis que nunca podría amar a mis Hermanas como vos las amáis, si vos mismo, oh Jesús, no las amáis también en mí. Y porque queríais concederme esta gracia, por eso impusisteis un mandamiento nuevo. ¡Oh, con qué amor lo acepto, pues me da la certeza de que es voluntad vuestra amar en mí a todos los que me mandáis amar! Sí, lo experimento: cuantas veces yo soy caritativa, es Jesús quien obra en mí. Y cuanto más unida estoy a él, tanto más amo a mis Hermanas” (X,12r).

“He notado, y es muy natural, que las Hermanas más santas son las más amadas… Por el contrario, a las almas imperfectas no se las busca… se evita su compañía… Pues ved la conclusión que saco de todo esto: En la recreación, en la licencia, debo buscar la compañía de las Hermanas que me son menos agradables y cumplir con esas almas heridas el oficio del buen Samaritano. Una palabra, una sonrisa amable, bastan a veces para alegrar un alma triste… Deseo ser amable con todas –particularmente con las Hermanas que me son menos agradables– para complacer a Jesús y seguir el consejo que él nos da en el Evangelio [Lc 14,12-14; Mt 6,4]” (XI,27v-28r).

Seguiremos, Dios mediante.