viernes, 11 de septiembre de 2026

DOCUMENTOS CONCERNIENTES A LA ALTA-VENDITA

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.

El Sr. Crétineau-Joly publicó, en su libro L'Eglise romaine et la Révolution (La Iglesia romana y la Revolución), algunos de los documentos que le había entregado Gregorio XVI para redactar la historia de las sociedades secretas

Hemos incluido fragmentos de ellos en este libro. Creemos que debemos reproducirlos aquí tal como aparecen en la obra de Crétineau-Joly.

I. - CARTA DEL CARDENAL CONSALVI

AL PRÍNCIPE DE METTERNICH,

fechada el 4 de enero de 1818.

La Santa Sede manifiesta en ello la previsión que tiene del peligro que el carbonarismo —a cuya cabeza pronto se situará la Alta Vendita— hace correr a la sociedad.

“Las cosas no marchan bien en ninguna parte y me parece, querido Príncipe, que nos creemos demasiado exentos de tomar las precauciones más elementales. Aquí, advierto a diario a los embajadores de Europa sobre los peligros futuros que las sociedades secretas preparan contra el orden apenas restablecido, y observo que solo se me responde con la más absoluta indiferencia. Se imagina que la Santa Sede se alarma con demasiada facilidad y causan extrañeza las advertencias que la prudencia nos dicta. Es un error manifiesto que mucho me alegraría no ver compartido por Vuestra Alteza. Posee usted demasiada experiencia para no querer poner en práctica el principio de que más vale prevenir que reprimir; pues bien, ha llegado el momento de prevenir y hay que aprovecharlo, a menos que se opte de antemano por una represión que no hará sino agravar el mal. Los elementos que componen las sociedades secretas —sobre todo aquellos que forman el núcleo del Carbonarismo— se encuentran aún dispersos, mal amalgamados o in ovo; pero vivimos en una época tan propicia a las conspiraciones y tan reacia al sentido del deber, que el incidente más trivial puede aglutinar fácilmente a estas facciones dispersas en una fuerza formidable. Vuestra Alteza me hace el honor de decirme, en su última carta, que me inquieto en exceso por ciertas sacudidas, naturales al fin y al cabo tras una tormenta tan violenta. Ojalá mis presentimientos quedaran reducidos a meras quimeras; sin embargo, no puedo albergar por mucho tiempo tan cruel esperanza.
 
Por todo lo que recojo de diversos lados, y por todo lo que vislumbro en el futuro, creo (y usted verá más adelante si me equivoco) que la Revolución ha cambiado de rumbo y de táctica. Ya no ataca con las armas en la mano a los tronos y a los altares; se contentará con minarlos mediante calumnias incesantes: sembrará el odio y la desconfianza entre los gobernantes y los gobernados; hará odiosos a los unos, mientras compadece a los otros. Luego, un día, las monarquías más seculares, abandonadas por sus defensores, se encontrarán a merced de unos pocos intrigantes de baja estofa a los que nadie se digna conceder una mirada de atención preventiva. Usted parece pensar que, en estos temores manifestados por mí (pero siempre por orden verbal del Santo Padre), hay un sistema preconcebido e ideas que solo pueden nacer en Roma. Juro a Vuestra Alteza que al escribirle y al dirigirme a las altas Potencias, me despojo completamente de todo interés personal, y que es desde un punto mucho más elevado desde donde considero la cuestión. No detenerse en ello ahora, porque todavía no ha pasado, por así decirlo, al dominio público, es condenarse a lamentaciones tardías.

El gobierno de Su Majestad Imperial, Real y Apostólica adopta —lo sé, y el Santísimo Padre se lo agradece desde lo más profundo de su alma— todas las medidas prudentes que la situación exige; pero desearíamos que no se durmiera, como el resto de Europa, ante la posibilidad de terribles acontecimientos. La inclinación a conspirar es innata en el corazón de los italianos; no hay que permitirles desarrollar esa mala tendencia, pues, de lo contrario, en pocos años los príncipes se verán obligados a actuar con rigor. La sangre o la cárcel levantarán un muro de separación entre ellos y sus súbditos. Así nos encaminaremos hacia un abismo que, con un poco de prudencia, sería muy fácil evitar. Gracias a los eminentes servicios que Vuestra Alteza prestó a Europa, se ha ganado un lugar privilegiado en el consejo de los Reyes. Usted, querido Príncipe, ha conquistado e inspirado confianza; acreciente aún más esa gloria tan universal impidiendo que los conspiradores novatos puedan causar daño a los demás o a sí mismos. Es en este arte de la previsión y el cálculo anticipado donde han brillado los grandes estadistas; usted sabrá no faltar a su vocación”.

El lenguaje de la Santa Sede no fue comprendido y sus advertencias fueron desdeñadas. Poco después, o al mismo tiempo, se constituía la Alta Vendita.

II. — INSTRUCCION  SECRETA PERMANENTE, 

dada a los miembros de la Alta Vendita

“Desde que nos hemos constituido como fuerza de acción y el orden comienza a reinar tanto en el fondo de la Vendita más apartada como en el seno de la más cercana al centro, existe una idea que ha preocupado profundamente a los hombres que aspiran a la regeneración universal: la idea de la emancipación de Italia, de la cual debe surgir, en un momento determinado, la emancipación del mundo entero, la República fraternal y la armonía de la humanidad. Esta idea aún no ha sido comprendida por nuestros hermanos de más allá de los Alpes. Ellos creen que la Italia revolucionaria solo puede conspirar en las sombras, asestar algunas puñaladas a esbirros o traidores y soportar pacíficamente el yugo de los acontecimientos que se desarrollan más allá de las montañas para Italia, pero sin Italia. Este error ya nos ha sido fatal en varias ocasiones. No hay que combatirlo con palabras —pues eso sería propagarlo—, sino aniquilarlo con hechos. Así, entre las preocupaciones que agitan a los espíritus más vigorosos de nuestra Vendita (1), hay una que jamás debemos olvidar.

El Papado ha ejercido siempre una influencia decisiva en los asuntos de Italia. A través de la acción, la palabra, la pluma y el corazón de sus innumerables obispos, sacerdotes, monjes, religiosas y fieles de todas las latitudes, el Papado encuentra muestras de entrega constantemente dispuestas al martirio y al entusiasmo. Dondequiera que le place invocarlos, tiene amigos que mueren y otros que se despojan de todo por ella. Es una palanca inmensa cuyo poder total solo unos pocos papas han sabido apreciar (y aun así, solo la utilizaron hasta cierto punto). Hoy no se trata de reconstruir para nosotros ese poder, cuyo prestigio se ha visto momentáneamente debilitado; nuestro objetivo final es el de Voltaire y el de la Revolución francesa: la aniquilación definitiva del catolicismo e incluso de la idea cristiana, la cual, al haber permanecido en pie sobre las ruinas de Roma, habría de constituir su perpetuación futura. Pero, para alcanzar con mayor certeza este objetivo y no provocarnos alegremente reveses que aplacen indefinidamente o comprometan por siglos el éxito de una buena causa, no debemos prestar oídos a esos franceses fanfarrones, a esos alemanes de ideas nebulosas ni a esos ingleses sombríos, que se imaginan todos ellos acabar con el catolicismo, ya sea con una canción impura, con una deducción ilógica o con un sarcasmo grosero introducido de contrabando, como el algodón de Gran Bretaña. El Catolicismo tiene más resistencia que todo eso. Ha visto adversarios más implacables y terribles, y a menudo se ha dado el maligno placer de rociar con agua bendita la tumba de los más furibundos. Dejemos, pues, que nuestros hermanos de esas tierras se entreguen a los excesos estériles de su celo anticatólico; permitámosles incluso burlarse de nuestras vírgenes y de nuestra devoción aparente. Con este salvoconducto, podremos conspirar a nuestras anchas y llegar poco a poco a la meta propuesta.

El Papado es, pues, parte integrante de la historia de Italia desde hace mil seiscientos años. Italia no puede respirar ni moverse sin el permiso del Pastor supremo. Con él, posee los cien brazos de Briareo; sin él, está condenada a una impotencia que inspira lástima. No le queda más que fomentar divisiones, ver surgir odios y escuchar cómo estallan hostilidades desde la primera cadena de los Alpes hasta el último eslabón de los Apeninos. No podemos desear tal estado de cosas; es preciso, por tanto, buscar un remedio a esta situación. El remedio está ya hallado. El Papa, sea quien sea, nunca acudirá a las sociedades secretas; corresponde a las sociedades secretas dar el primer paso hacia la Iglesia, con el fin de vencer a ambas.

El trabajo que vamos a emprender no es el trabajo de un día, ni de un mes, ni de un año; puede durar varios años, tal vez un siglo; pero en nuestras filas el soldado muere y la lucha continúa.

No pretendemos ganar a los Papas para nuestra causa, ni convertirlos en neófitos de nuestros principios o en propagadores de nuestras ideas. Sería un sueño ridículo; y, por más que den un giro los acontecimientos —incluso si cardenales o prelados, por ejemplo, hubieran llegado a conocer parte de nuestros secretos, ya fuera voluntariamente o por sorpresa—, ello no constituye en absoluto motivo alguno para desear su elevación a la Sede de Pedro. Tal ascenso sería nuestra perdición. La ambición por sí sola los habría llevado a la apostasía; las necesidades del poder los obligarían a sacrificarnos. Lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y aguardar —tal como los judíos aguardan al Mesías— es un papa que se ajuste a nuestras necesidades. Alejandro VI, con todos sus crímenes privados, no nos convendría, pues jamás erró en cuestiones religiosas. Un Clemente XIV, por el contrario, sería el hombre ideal para nosotros de pies a cabeza. Borgia era un libertino, un auténtico sensualista del siglo XVIII (aunque vivió en el siglo XV). Fue anatematizado —a pesar de sus vicios— por todos los vicios de la filosofía y la incredulidad, y debe tal anatema al vigor con que defendió a la Iglesia. Ganganelli se entregó de pies y manos a los ministros de los Borbones que le infundían temor y a los incrédulos que celebraban su tolerancia; y Ganganelli llegó a ser un grandísimo Papa. Es bajo condiciones similares como necesitaríamos uno, si es que aún resulta posible. Con ello avanzaremos con mayor seguridad hacia el asalto de la Iglesia que con los panfletos de nuestros hermanos de Francia o incluso con el oro de Inglaterra. ¿Queréis saber la razón? Porque así, para romper la roca sobre la que Dios edificó su Iglesia, ya no necesitamos el vinagre de Aníbal, ni la pólvora, ni siquiera nuestros propios brazos. Tenemos el dedo meñique del sucesor de Pedro comprometido en la conspiración, y ese dedo meñique vale, para esta cruzada, más que todos los Urbano II y todos los san Bernardo de la Cristiandad.

No dudamos de que alcanzaremos este objetivo supremo de nuestros esfuerzos; pero ¿cuándo?, ¿cómo? Lo desconocido aún no se ha revelado. No obstante, dado que nada debe apartarnos del plan trazado —y que, por el contrario, todo debe converger en él, como si el éxito fuera a coronar mañana mismo una obra apenas esbozada—, queremos ofrecer, en esta instrucción que permanecerá reservada a los iniciados, consejos que los responsables de la Vendita Suprema deberán inculcar a todos los hermanos, ya sea como enseñanza o como memorándum. Es fundamental —y ello por razones de discreción evidentes— no dejar entrever jamás que estos consejos son órdenes emanadas de la Vendita. El clero se ve demasiado directamente involucrado en este asunto como para que, en el momento actual, podamos permitirnos jugar con él tal como se hace con esos reyezuelos o pequeños príncipes a los que basta un soplo para hacer desaparecer.

Poco cabe hacer con los viejos cardenales o con los prelados de carácter firme. Hay que dejarlos que sigan siendo incorregibles en la escuela de Consalvi y extraer de nuestras reservas de popularidad o impopularidad las armas que vuelvan inútil o ridículo el poder que ostentan. Una palabra inventada con destreza y difundida con arte entre ciertas familias respetables —para que desde allí pase a los salones y de los salones a la calle— puede, a veces, acabar con un hombre. Si un prelado llega de Roma para ejercer alguna función pública en el fondo de las provincias, conoced al instante su carácter, sus antecedentes, sus cualidades y, sobre todo, sus defectos. ¿Es acaso un enemigo declarado de antemano? ¿Un Albani, un Pallotta, un Bernetti, un della Genga, un Rivarola? Envolvedlo en cuantas trampas podáis tender bajo sus pasos; creadle una de esas reputaciones que horrorizan a los niños pequeños y a las ancianas; pintadlo como un ser cruel y sanguinario; relatad ciertos rasgos de crueldad que puedan grabarse en la memoria del pueblo. Cuando los periódicos extranjeros recojan por mediación nuestra estos relatos, los cuales embellecerán a su vez (inevitablemente por respeto a la verdad), mostrad, o más bien haced mostrar por algún respetable imbécil, aquellas hojas donde se relatan los nombres y los excesos amañados de dichos personajes. Al igual que Francia e Inglaterra, Italia jamás carecerá de esas plumas que saben tallarse a sí mismas en mentiras útiles para la buena causa. Con un periódico, del cual no comprende la lengua, pero donde verá el nombre de su delegado o de su juez, el pueblo no tiene necesidad de otras pruebas. Se encuentra en la infancia del Liberalismo; cree en los Liberales como más tarde creerá en no sabemos muy bien qué.

Aplastad al enemigo sea quien fuere; aplastad al poderoso a fuerza de murmuraciones o de calumnias, pero, sobre todo, aplastadlo en el huevo. Es a la juventud a quien debemos dirigirnos; es a ella a quien es preciso seducir, a ella a quien debemos arrastrar, sin que lo sospeche, bajo la bandera de las Sociedades secretas. Para avanzar a pasos contados pero seguros en esta vía peligrosa, dos cosas son menester de toda necesidad: debéis aparentar ser simples como palomas, pero seréis prudentes como la serpiente. Vuestros padres, vuestros hijos, vuestras mismas esposas deben ignorar siempre el secreto que lleváis en vuestro seno; y si os pluguiese, para mejor engañar al ojo inquisitorial, acudir a menudo a confesión, estáis, como de derecho, autorizados a guardar el más absoluto silencio sobre estas materias. Sabéis bien que la menor relación, que el más pequeño indicio escapado en el tribunal de la penitencia o en cualquier otra parte, puede acarrear grandes calamidades, y que es su propia sentencia de muerte la que firma así el revelador, ya sea voluntario o involuntario.

Así, pues, para asegurarnos un Papa de las condiciones exigidas, se trata ante todo de modelar para ese Papa una generación digna del reinado que soñamos. Dejad a un lado la vejez y la edad madura; id a la juventud y, si es posible, hasta la infancia. Jamás tengáis para con ella una palabra de impiedad o de impureza: Maxima debetur puero reverentia. Nunca olvidéis estas palabras del poeta, pues os servirán de salvaguardia contra libertades de las cuales importa esencialmente abstenerse en interés de la causa. Para hacerla fructificar en el umbral de cada familia, para otorgaros derecho de asilo en el hogar doméstico, debéis presentaros con todas las apariencias del hombre grave y moral. Una vez establecida vuestra reputación en los colegios, en los gimnasios, en las universidades y en los seminarios, una vez que hayáis captado la confianza de profesores y estudiantes, haced que aquellos que principalmente se alistan en la milicia clerical gusten de buscar vuestros coloquios. Nutrid sus espíritus con la antigua esplendidez de la Roma papal. Siempre hay en el fondo del corazón del italiano un lamento por la Roma republicana. Confundid hábilmente estos dos recuerdos el uno en el otro. Excitad, enfervorizad estas naturalezas tan llenas de incandescencia y de patriótico orgullo. Ofrecedles primero, mas siempre en secreto, libros inofensivos, poesías resplandecientes de énfasis nacional, y luego, poco a poco, conduciréis a vuestros discípulos al grado de maduración deseado. Cuando en todos los puntos a la vez del Estado eclesiástico este trabajo de todos los días haya esparcido nuestras ideas como la luz, entonces podréis apreciar la sabiduría del consejo de cuya iniciativa nos hacemos cargo.

Los acontecimientos que, a nuestro entender, se precipitan con demasiada rapidez (2), habrán de provocar necesariamente, de aquí a unos meses, una intervención armada de Austria. Hay locos que, con ligereza de corazón, se complacen en arrojar a los demás al medio de los peligros; y, sin embargo, son esos locos los que, en una hora dada, arrastran incluso a los sabios. La revolución que se hace meditar a Italia no conducirá sino a desgracias y a proscripciones. Nada está maduro, ni los hombres ni las cosas, y nada lo estará aún por mucho tiempo; mas de estas desgracias podréis fácilmente extraer una nueva cuerda que hacer vibrar en el corazón del joven clero. Esta será el odio al extranjero. Haced que el alemán (il Tedesco) sea ridículo y odioso aun antes de su prevista entrada. A la idea de la supremacía pontificia, mezclad siempre el viejo recuerdo de las guerras del Sacerdocio y del Imperio. Resucitad las pasiones mal apagadas de los Güelfos y los Gibelinos, y así os labraréis, a poca costa, una reputación de buen católico y de patriota puro.

Esta reputación dará acceso a nuestras doctrinas en el seno del joven clero como en el fondo de los conventos. En pocos años, este joven clero habrá, por la fuerza de las cosas, invadido todas las funciones; gobernará, administrará, juzgará, formará el consejo del soberano y será llamado a elegir al Pontífice que habrá de reinar; y este Pontífice, como la mayor parte de sus contemporáneos, estará necesariamente más o menos imbuido de los principios italianos y humanitarios que vamos a comenzar a poner en circulación. Es este un pequeño grano de mostaza que confiamos a la tierra; y que el sol de la justicia lo desarrollará hasta su más alta potencia, y veréis un día qué rica cosecha producirá ese pequeño grano.

En la vía que trazamos a nuestros hermanos, se hallan grandes obstáculos que vencer y dificultades de más de una especie que superar. Se triunfará de ellos por la experiencia y por la perspicacia; mas el fin es tan hermoso, que importa desplegar todas las velas al viento para alcanzarlo. ¿Queréis revolucionar a Italia? Buscad al Papa cuyo retrato acabamos de diseñar. ¿Queréis establecer el reino de los elegidos sobre el trono de la prostituta de Babilonia? Que el Clero marche bajo vuestro estandarte creyendo siempre marchar bajo la bandera de las Llaves apostólicas. ¿Queréis hacer desaparecer el último vestigio de los tiranos y de los opresores? Tended vuestras redes como Simón Barjona; tendedlas en el fondo de las sacristías, de los seminarios y de los conventos antes que en el fondo del mar: y si nada precipitáis, os prometemos una pesca más milagrosa que la suya. El pescador de peces se convirtió en pescador de hombres; vosotros atraeréis amigos nuestros alrededor de la Cátedra apostólica. Habréis predicado una revolución con tiara y capa pluvial, marchando con la cruz y el estandarte; una revolución que solo necesitará un ligero estímulo para incendiar los cuatro rincones del mundo.

Que cada acto de vuestra vida tienda, pues, al descubrimiento de esta piedra filosofal. Los alquimistas de la Edad Media perdieron su tiempo y el oro de sus incautos en la búsqueda de ese sueño. El de las Sociedades secretas se cumplirá por la más simple de las razones: y es que está fundado sobre las pasiones del hombre. No nos desanimemos, por lo tanto, ni por un fracaso, ni por un revés, ni por una derrota; preparemos nuestras armas en el silencio de la Vendita; dispongamos todas nuestras baterías, fijemos todas las pasiones, las más deplorables como las más generosas, y todo nos mueve a creer que este plan triunfará un día, aun más allá de nuestros cálculos más improbables.

Continúa...

Notas:

1) Las Venditas del Carbonarismo, en cuya cúspide se situaba la Alta Vendita.

2) Este escrito está fechado en 1819.

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