El Valle de los Caídos fue construido como signo de reconciliación cristiana. Hoy lo quieren convertir en una atracción turística con barniz ideológico.
por Jaime Gurpegui
En lo alto de Cuelgamuros se alza la Cruz más grande del mundo. Una cruz de 150 metros que no solo atraviesa las nubes, sino que ha sido durante décadas el testimonio de una fe que no se avergüenza de su historia, de sus muertos ni de su Redentor.
Esa cruz, símbolo de reconciliación, sacrificio y perdón, es hoy el blanco de una operación cuidadosamente diseñada para vaciarla de sentido. Y lo más doloroso: con la complicidad directa del Vaticano.
El 25 de febrero de 2025, mientras Francisco agonizaba ingresado con broncoespasmos en el hospital Gemelli, su secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, se reunía en Roma con el ministro de Presidencia, Félix Bolaños. ¿El motivo? Pactar la “resignificación” del Valle de los Caídos —ahora oficialmente llamado por el Gobierno Cuelgamuros— y desbloquear la salida del prior Santiago Cantera, incómodo por no doblegarse ante el relato oficial.
Días después, con Francisco aún convaleciente, se formalizó el acuerdo entre el Gobierno, la Santa Sede y el cardenal José Cobo. El resultado: un concurso internacional para intervenir artísticamente la nave, el atrio, la cúpula y el vestíbulo de la basílica, es decir, todo menos el altar. Se mantendrá formalmente el culto, sí, pero rodeado de propaganda museística al gusto de la izquierda. La fórmula no es nueva. Stalin ya la ensayó con éxito: convertir los templos en museos del ateísmo. Ahora, con un matiz escalofriante: es la propia Iglesia la que lo acepta.
Esta rendición ante el poder no es una excepción: es la norma de una diplomacia vaticana que lleva años vendiendo a sus hijos. Lo hizo en China, pactando con el Partido Comunista la entrega de la Iglesia clandestina a cambio de promesas vacías. Lo hace en Estados Unidos, promocionando a McElroy, cardenal de lo políticamente correcto, mientras castiga a obispos fieles como Strickland. Y ahora lo hace en España, entregando a la izquierda el corazón espiritual de nuestra memoria colectiva.
Que se permita a un Gobierno abiertamente anticristiano intervenir un templo en uso, con la bendición del Vaticano, es una claudicación histórica de dimensiones bíblicas. Se ha negociado la profanación política de un santuario, disfrazándola de “diálogo, cultura y reconciliación”. Pero no se puede reconciliar nada arrancando raíces, manipulando símbolos ni silenciando a quienes han resistido durante décadas en oración y fidelidad.
José Cobo, fabricado a medida por los nuevos tiempos, habla de “paz, diálogo y cultura del encuentro”. Palabras vacías cuando se trata de ceder la casa de Dios a los que desprecian su nombre. Parolin, artífice del acuerdo, actúa como si la Iglesia fuera una cancillería más, ajena al sufrimiento de los fieles perseguidos o humillados. Y Francisco, enfermo, ausente, probablemente sin plena conciencia de lo que se cocinaba en su nombre, queda como testigo involuntario de una traición monumental.
El Valle de los Caídos, con su Cruz inquebrantable, fue construido como signo de reconciliación cristiana. Hoy lo quieren convertir en una atracción turística con barniz ideológico. Pero que no se engañen: mientras un solo católico rece allí, mientras un alma se arrodille bajo esa Cruz, el Valle seguirá siendo un lugar sagrado.
La historia juzgará con dureza a los que pactaron con los perseguidores de la fe. Y los fieles no olvidarán.
lunes, 31 de marzo de 2025
CUMPLIENDO NUESTRO PROPIO MODELO IDEAL
La inocencia es algo que encaja con todas las edades: uno debe crecer en la inocencia hasta la hora de la muerte.
Por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira
Un anciano se debilita físicamente y, al mismo tiempo, su mente se limita cada vez más a lo inmediato, preocupado por el momento que pasa, preocupado por asuntos prácticos y concretos.
Varios de mis viejos conocidos, de unos sesenta años, tienen dos preocupaciones exclusivas. Una es administrar la casa de campo donde viven: las gallinas y la bomba de agua son para ellos un evento. Otra es cuidar de su salud. Por la mañana comentan cómo les late el corazón por la noche y viven aterrorizados por la próxima mala pasada que la enfermedad pueda jugarles. Al ver la enfermedad y las sombras de la muerte a medida que envejecen, se defienden frenéticamente. No tienen otras preocupaciones.
Una persona más joven podría pensar: "¿Cómo es posible estar así después de toda una vida? ¡Es algo espantoso! Nunca querría que esto me pasara. Pero... estoy empezando a caer en horizontes y preocupaciones que acabarán así".
El arco voltaico de la inocencia
Si a lo largo de su vida un hombre ha sabido crecer no sólo en experiencia sino en discernimiento de espíritu, en sentido común y en sabiduría, su mente adquirirá en la vejez un esplendor y una nobleza que se reflejarán en su rostro y serán la verdadera belleza de sus últimos años.
Su cuerpo físico es un recordatorio de la muerte que se acerca, pero, en compensación, su alma tiene destellos de inmortalidad.

El arco voltaico: dos polos por donde pasa la electricidad produciendo una luz intensa.
Un hombre de 50 o 60 años podría pensar: "¡Qué hermosa es la juventud! Anhelo mi primera inocencia. ¡Esa franqueza y frescura de alma! No quiero morir sin haber recuperado las cualidades de mi infancia, para que al presentarme ante Nuestra Señora pueda decir: 'Madre mía, mi vida entera está en tus manos. De todo lo que me diste, casi no perdí nada. Tú cosechaste fruto de todo lo que me diste. Sin embargo, hubo algunas cosas que me diste en mi infancia que ya no tengo y necesito recuperar'".
Cuando un niño alcanza esos primeros albores de la razón, Dios le muestra de alguna manera cómo quiere ser visto, conocido y adorado por esa persona. Lo más probable es que, cuando esté a punto de morir, Dios se manifieste de nuevo a esa persona en esa forma primigenia, que es la forma en que más se siente atraída por Dios Nuestro Señor.
Una especie de arco voltaico se establece entre el momento en que la persona nace y el momento en que exhala su último aliento. Y esa imagen especial de Dios se presenta de nuevo al final, atrayéndola e invitándola al Cielo.
A lo largo de la vida, hay momentos en que uno recuerda esa primera imagen y se prepara para la última. Un hombre así preparado, habiendo aprovechado la primera imagen de inocencia y recibido la última, puede decir: «Oh, Dios mío, te amo y te adoro de esta manera particular».
Entonces, Dios recoge esa alma y la lleva al Cielo porque es similar a la imagen que le dio con la primera inocencia.
La vida no es un río que desemboca en el vacío, sino que fluye hacia un mar armonioso y similar al hombre. Comienza con un amanecer metafísico y termina con un sol metafísico.
En la Catedral de Estrasburgo, cada cuarto de hora aparece uno de los cuatro personajes en la cima de su reloj monumental. Representando las diferentes edades de la vida, las figuras de un niño, un joven, un hombre en plena madurez y un anciano desfilan ante la Muerte. Uno de ellos hace sonar una campana y el otro invierte su reloj de arena para indicar que un tiempo ha terminado y otro ha comenzado.

Cuando un niño alcanza esos primeros albores de la razón, Dios le muestra de alguna manera cómo quiere ser visto, conocido y adorado por esa persona. Lo más probable es que, cuando esté a punto de morir, Dios se manifieste de nuevo a esa persona en esa forma primigenia, que es la forma en que más se siente atraída por Dios Nuestro Señor.
Una especie de arco voltaico se establece entre el momento en que la persona nace y el momento en que exhala su último aliento. Y esa imagen especial de Dios se presenta de nuevo al final, atrayéndola e invitándola al Cielo.
A lo largo de la vida, hay momentos en que uno recuerda esa primera imagen y se prepara para la última. Un hombre así preparado, habiendo aprovechado la primera imagen de inocencia y recibido la última, puede decir: «Oh, Dios mío, te amo y te adoro de esta manera particular».
Entonces, Dios recoge esa alma y la lleva al Cielo porque es similar a la imagen que le dio con la primera inocencia.
La vida no es un río que desemboca en el vacío, sino que fluye hacia un mar armonioso y similar al hombre. Comienza con un amanecer metafísico y termina con un sol metafísico.
Uno debe crecer en la inocencia
En la Catedral de Estrasburgo, cada cuarto de hora aparece uno de los cuatro personajes en la cima de su reloj monumental. Representando las diferentes edades de la vida, las figuras de un niño, un joven, un hombre en plena madurez y un anciano desfilan ante la Muerte. Uno de ellos hace sonar una campana y el otro invierte su reloj de arena para indicar que un tiempo ha terminado y otro ha comenzado.

Paseo de la infancia, la juventud, la adultez y la vejez ante la muerte en el reloj de la Catedral de Estrasburgo

De alguna manera, en nuestra vida, al pasar de una era a otra, suena también una campana o gong simbólico. Un reloj de arena se invierte. Algo cambia.
Pero ¿significa el cambio una ruptura con el pasado? ¿O deberíamos pensar en una sumatoria? ¿Puede un anciano conservar algo de la infancia, la juventud y la madurez en la vejez?
La respuesta depende de la concepción de la vida de cada persona. Muchos ven el cambio como una ruptura gradual. Otros creen que debería haber una sumatoria. ¿Cómo se explica esto?
Generalmente se considera que la infancia es inocente, la juventud es ferviente e idealista, la madurez reflexiva y venal, y luego llega la vejez. Sin embargo, la inocencia es algo que encaja con todas las edades: uno debe crecer en la inocencia hasta la hora de la muerte. ¿Es esta visión de las cuatro eras verdadera? ¿Debe serlo irrevocablemente?
Pero ¿significa el cambio una ruptura con el pasado? ¿O deberíamos pensar en una sumatoria? ¿Puede un anciano conservar algo de la infancia, la juventud y la madurez en la vejez?
La respuesta depende de la concepción de la vida de cada persona. Muchos ven el cambio como una ruptura gradual. Otros creen que debería haber una sumatoria. ¿Cómo se explica esto?
Generalmente se considera que la infancia es inocente, la juventud es ferviente e idealista, la madurez reflexiva y venal, y luego llega la vejez. Sin embargo, la inocencia es algo que encaja con todas las edades: uno debe crecer en la inocencia hasta la hora de la muerte. ¿Es esta visión de las cuatro eras verdadera? ¿Debe serlo irrevocablemente?
Una "lucha de clases" entre las eras

Cuando uno es infiel a su inocencia, la vejez parece el preludio de la nada.
En esta concepción, un niño sueña con lo maravilloso: es débil, frágil, pequeño, pero puro. Lo puro y lo maravilloso son las cualidades del niño.
Luego llega la juventud. Ya no es puro, se atreve a afirmarse practicando la impureza, pero es idealista, fuerte, romántico, amoroso. Las malas tendencias aparecen con las características románticas y amorosas.
Luego llega la madurez. El individuo pierde la impulsividad y el idealismo. Su fuerza reside en la estabilidad y la fijación. La realidad se vuelve más concreta para él. Manda, gobierna. Ya no tiene la fuerza de un soldado de vanguardia, sino el vigor de un general.
Después llega la vejez. Es el desencanto. La vida no vale nada. El egoísmo lo es todo (esta es la concepción que estamos examinando). Su boca, vacía de dientes, tolerando una cabeza vacía de ideas, con los ojos vacíos de luz y los oídos vacíos de sonido. Sentado en su silla, en pantuflas, se compromete con la muerte y disfruta lo que puede de la vida hasta que llega la muerte.
Es la trayectoria de la vida de un hombre infiel a su primera inocencia. Es una "lucha de clases" de una época contra otra.
Sin embargo, cuando el hombre es fiel, las cualidades de las distintas épocas se suman. Conserva todas las cualidades de la infancia hasta la vejez.

Luego llega la juventud. Ya no es puro, se atreve a afirmarse practicando la impureza, pero es idealista, fuerte, romántico, amoroso. Las malas tendencias aparecen con las características románticas y amorosas.
Luego llega la madurez. El individuo pierde la impulsividad y el idealismo. Su fuerza reside en la estabilidad y la fijación. La realidad se vuelve más concreta para él. Manda, gobierna. Ya no tiene la fuerza de un soldado de vanguardia, sino el vigor de un general.
Después llega la vejez. Es el desencanto. La vida no vale nada. El egoísmo lo es todo (esta es la concepción que estamos examinando). Su boca, vacía de dientes, tolerando una cabeza vacía de ideas, con los ojos vacíos de luz y los oídos vacíos de sonido. Sentado en su silla, en pantuflas, se compromete con la muerte y disfruta lo que puede de la vida hasta que llega la muerte.
Es la trayectoria de la vida de un hombre infiel a su primera inocencia. Es una "lucha de clases" de una época contra otra.
La suma de las épocas
Sin embargo, cuando el hombre es fiel, las cualidades de las distintas épocas se suman. Conserva todas las cualidades de la infancia hasta la vejez.

El anciano conserva la inocencia del niño, el idealismo del joven, la estabilidad del adulto y la sabiduría de su edad.
En la juventud, debe haber las cualidades de la infancia; en la madurez, las de la juventud y la infancia; en la vejez, un refinamiento, mediante el cual se poseen todas las cualidades de las épocas anteriores. Al morir, entrega su alma a Dios con las riquezas de toda su vida.
Es mucho más hermoso exhalar el último aliento así. El hombre se entrega a Dios como quien devuelve el conjunto de tesoros que recibió de Él, implorando la misericordia divina por lo que no está completo.
Así debe ser la muerte del hombre católico.
Por lo tanto, debemos asumir, en las diversas edades, los dones de la época anterior.
Esto no significa que no debamos madurar, sino que debemos añadir las perfecciones propias de cada edad. Y así llegar a la madurez con la inocencia de la infancia, el idealismo de la juventud y todas las características de las épocas anteriores.
María Estuardo, reina de Francia y posteriormente reina de Escocia, era apenas una niña cuando viajó de Lorena a Francia. Durante el camino, fue recibida en francés y latín por el pueblo. Una niña muy precoz, respondió en francés o latín. ¡Solo tenía siete años!

Es mucho más hermoso exhalar el último aliento así. El hombre se entrega a Dios como quien devuelve el conjunto de tesoros que recibió de Él, implorando la misericordia divina por lo que no está completo.
Así debe ser la muerte del hombre católico.
Por lo tanto, debemos asumir, en las diversas edades, los dones de la época anterior.
Esto no significa que no debamos madurar, sino que debemos añadir las perfecciones propias de cada edad. Y así llegar a la madurez con la inocencia de la infancia, el idealismo de la juventud y todas las características de las épocas anteriores.
María Estuardo, reina de Francia y posteriormente reina de Escocia, era apenas una niña cuando viajó de Lorena a Francia. Durante el camino, fue recibida en francés y latín por el pueblo. Una niña muy precoz, respondió en francés o latín. ¡Solo tenía siete años!

María Estuardo, reina de Francia y Escocia
Al final de su vida, cuando era una anciana de cabello blanco, tuvo una manifestación de juventud que considero asombrosa. La víspera de su ejecución, sabiendo que iba a morir, durmió toda la noche con tanta tranquilidad que, cuando llegó la hora de vestirse para la ejecución, la criada tuvo que despertarla. Se acercó y dijo:
—Señora, ha llegado la hora.
—¿Qué ocurre?
—Señora, ha llegado la hora.
—Me voy.
Rezó sus oraciones matutinas, se adornó y se dirigió a la muerte.
Demostró que su dominio psíquico estaba en pleno apogeo. Tras 18 años de prisión, sufrimiento y una vida de aventuras —no todas muy hermosas—, murió con gran dignidad. ¡Era el encanto y la grandeza de la Casa de Lorena!
—Señora, ha llegado la hora.
—¿Qué ocurre?
—Señora, ha llegado la hora.
—Me voy.
Rezó sus oraciones matutinas, se adornó y se dirigió a la muerte.
Demostró que su dominio psíquico estaba en pleno apogeo. Tras 18 años de prisión, sufrimiento y una vida de aventuras —no todas muy hermosas—, murió con gran dignidad. ¡Era el encanto y la grandeza de la Casa de Lorena!
Si has perdido tu primera inocencia, ¡intenta recuperarla! Y así recuperarás toda la felicidad posible en esta Tierra.
COMPRA Y VENTA DE ALMAS (51)
Los corazones nobles entre los protestantes vacilan en creer que haya una trata de almas; y, sin embargo, es cierto que el dinero ha venido a ser el agente principal de esa propaganda.
En Francia y en otros países católicos, se hace una distribución inmensa de libros y de folletos heréticos. Ya lo hemos dicho antes: Pero esa distribución, aunque tan perniciosa y tan activa como es, no es más que un medio secundario para los agentes de la propaganda protestante. Hay otro medio más eficaz, al cual no se avergüenzan de recurrir, que es el dinero. “Un grito unánime de indignación -dice el señor Arzobispo de Génova, en una pastoral reciente- un grito unánime de indignación, se levanta sobre este punto en toda la Europa católica, por manera que es inútil que las sectas protestantes, tengan la audacia de negarlo”.
Este tráfico con las almas es un hecho comprobado. Es verdad, y yo lo sé, que no faltan entre los protestantes, y aun entre sus ministros, hombres incapaces de recurrir a semejantes prácticas. Los que forman esta excepción, se indignan de que se haga este cargo al protestantismo; y yo me alegro de oír sus reclamaciones enérgicas, porque ellas prueban la honradez de sus personas. Pero no por eso quedan justificados los medios de propaganda que usa su partido. El carácter general de esta propaganda es presentar a los pobres el grosero cebo de la plata y de los socorros temporales, para inducirlos a apostatar de la religión católica; y esta acusación se apoya en hechos diarios y auténticos, de modo que no hay lugar a la duda. Las personas que aman y auxilian a los pobres, descubren a cada instante alguna de esas tentativas de seducción; y a pesar de eso, todavía están lejos de conocerlas todas. Los desgraciados que se dejan seducir, se guardan bien de dar a conocer su infamia; y los agentes provocadores se limitan, cuando dan cuenta de su obra nefanda, a presentar el guarismo de sus convertidos. A juzgar por el número de negativas que encuentran, el de tentativas debe ser muy considerable. Yo personalmente conozco muchas familias de operarios o de indigentes, a quienes los convertidores o convertidoras han ofrecido auxilios, trabajo, dinero y algunas veces mucho dinero, bajo la condición de que se hicieran protestantes. El venerable cura de San Sulpicio de París, después de haber hecho una indagación en su parroquia, en la cual declararon bajo su firma muchos individuos particulares y familias, atestiguando las maniobras culpables de la propaganda herética; presentó al ministro de los cultos todas estas pruebas, para lo que pudiese convenir, en el mes de enero de 1858.
Un obispo ilustre decía hace poco: “¿No habéis por ventura encontrado algunos de esos mercaderes de conciencias que recorren los campos, se pasean en las ciudades y se introducen hasta en el seno de las familias para sembrar la cizaña y la mentira? Este ramo de comercio, nuevo entre nosotros, toma una extensión singular y merece ser conocido. Para esto véase como pasan las cosas. Hay por ejemplo en una aldea una familia pobre y adeudada, que está amenazada de que se le venda la cabaña que la abriga. Inmediatamente se presenta uno de esos corredores de almas, que por el olfato conocen donde amenaza la desgracia; y con un aire de ingenuidad, dice al jefe de aquella familia: ¡Pobre hombre! ¿Qué mal acomodado estás en esta choza tan mal cerrada? ¿Aquí hará frio? ¿Cómo es que el cura del lugar no le da para reparar la casa y vestirte bien? ¡Mira que cosas! Yo soy ministro protestante y cuando hay pobres en mi feligresía los asisto... Venga mañana a casa, yo le daré un cobertor para la cama y alguna ropilla para tus hijos...” Con esto se va dejando a aquellas pobres gentes con dos palmos de narices, por la admiración de una caridad tan hermosa.
“El cobertor viene y el ministro protestante no tarda en venir detrás. Esta segunda vez habla de reparar la casa, asegurando que la cantidad necesaria para la obra se encontraría, si la familia fuera protestante en vez de ser católica. Al oír esto la mujer se incomoda y el ministro se va, sin dejar en la choza más que un libro malo”.
“En otra parte cae enfermo un jornalero, que para mantenerse con su mujer y dos hijos, no tiene más capital que sus brazos. La miseria y el hambre son malos consejeros; ellas dan lugar a grandes tentaciones. Los mercaderes de almas lo saben, y por eso acuden prometiendo pan a aquellos infelices, con tal que consientan en entregarles su conciencia. ¡Ay! Ellos lo hacen”.
“En la casa de enfrente hay un pobre labrador que no tenía más que un pedazo de tierra; pero un acreedor le hace sacar aquellos pocos bienes a pública subasta, con el objeto de pagarse. Los predicantes vienen a ofrecerle que le darán con que pagar, si él quiere abandonar su religión. El pobre llora y promete”.
“Una pobre madre viuda tiene dos hijos, con los cuales anda de puerta en puerta, para tener un pan que darles. Los corredores envían a su encuentro algunas celadoras que la preguntan por sus hijos, ofreciéndole educárselos cómodamente. Como quien quiere transigir con su conciencia, la pobre madre cede uno y reserva el otro para Dios”.
“Los compradores de conciencia se dirigen de preferencia y con más éxito a los borrachos, que siempre tienen necesidad de dinero; a los quebrados, que ansían por una tabla para salvarse del naufragio; a las mujeres perdidas, que solo tienen un alma muy gastada para vendérsela; y, sobre todo, a los simples e ignorantes. En los hoteles, en las tabernas, en los buques de vapor, en los coches públicos y a lo largo de los caminos reales, se encuentran predicantes, catequistas y distribuidores de libros, dispuestos a convertir a todo el mundo, cada uno según su secta”.
Para no hablar más que de la Francia, nuestras grandes ciudades y especialmente París, son trabajadas por los protestantes con un ardor sin igual. Los jefes de las sectas protestantes han dicho: “A todo precio es necesario apoderarnos de París, porque cuando seamos dueños de París, lo seremos de la Francia, seremos señores de la Europa”. En consecuencia de este plan de campaña, los agentes pagados, las fanáticas mujeres protestantes, los diáconos, las diaconisas, etc., penetran en casa de nuestros pobres, procurando comprarlos a ellos y a sus hijos.
Varias veces han provocado los protestantes a los católicos, para que den los nombres de los pastores o agentes, adviértase que los primeros no tienen señal que los distinga de los segundos, que se valgan de los recursos denunciados en este artículo. Pero ¿es leal esta provocación? Pues que ¿no saben los protestantes que esos agentes se guardan de decir su nombre cuando son rechazados con desprecio? Esos, señores solo declaran cómo se llaman, dando las señas de su casa, cuando los desgraciados a quienes se dirigen aceptan el contrato; y por cierto que estos últimos no han de venir a darnos el nombre de los que los han comprado.
En Lyon se repiten los mismos hechos. El señor presbítero Catet, vicario general de aquel arzobispado, cita muchos en un opúsculo sobre el protestantismo. He aquí algunos extractos:
“Al pintar el cuadro de esas vergonzosas maniobras del protestantismo para hacer prosélitos, tenemos la mano llena de certificados, dados por católicos pobres de nuestros campos, que habían sido seducidos de esta manera; los cuales confusos y arrepentidos, después de haberse dejado comprar así por los apóstoles del nuevo Evangelio, han declarado por escrito el miserable medio de seducción que se había empleado para pervertirlos. Después de haber escrito sobre esto, hemos enviado al Rector de la Academia de Lyon cuatro certificados de padres de familia, los cuales declaraban haber recibido, dinero por enviar sus hijos a la escuela de los protestantes. ¡Qué preciosa y cuán digna de ser reproducida es la reflexión que hacía uno de los hombres así comprados, cuya abjuración hicimos recibiera un eclesiástico de la Diócesis! Atormentado de remordimientos desde que tuvo la debilidad de recibir el precio de su apostasía, decía a su mujer que también había caído en el lazo: 'Francamente hablando, mujer, yo desconfío de una religión que da dinero para hacerse aceptar'”.
En presencia de estos hechos notorios, ¿todavía se atreverá el comité de Evangelización a sostener, que en su secta no se da dinero para acaparar gente?
Necesario fuera hacer aquí una estadística, que excedería a los límites de la obra presente; pues en todas partes se procede de la misma manera, empleándose la elocuencia argentina de la caja llena, con el objeto de convertir a los católicos pobres. “No pasa día, dicen los Anales de Ginebra, en que no sepamos de algunos ensayos de conquistas, emprendidos bajo el patrocinio del dios Mammona. Una vez es un ministro protestante muy conocido, que para en la calle a una jornalera, ofreciéndole trabajo y socorros para el invierno. Otra vez es una gran, señora que se lleva en el coche a la criada, para explicarle las preciosas ventajas de la Reforma. Otra vez es un señor cualquiera, que aunque no haya salido bien la primera vez, repite la carga, a la sordina, sobre un padre de familia, hasta que envía sus hijos a un colegio protestante etc. Los Anales añaden, por vía de nota, lo siguiente: Debemos señalar a los señores Oltramore, Jacquet y Bordier, pastores protestantes de Ginebra; porque ellos mismos, con descaro, se hacen conocer en esas visitar a los católicos pobres”.
Donde quiera se hacen esas visitas obsequiosas y multiplicadas, en las cuales se explota la situación poco desahogada del clero católico, para arruinar la fe de las almas simples. “¡Cómo! -dicen los agentes del protestantismo, a aquellos infelices ya exasperados por la necesidad- ¿cómo es que vuestros sacerdotes no os dan dinero!” Sobre esto cargan con los lugares comunes de los vicios del clero y de los abusos de la religión católica. Después meten diestramente una moneda en la mano del que los oye; y se marchan glorificándose de haber hecho una campaña evangélica. No importa que aquel sea un cristiano que no iba a Misa, que no cumplía con la Iglesia y que aborrecía a los sacerdotes. Está ganando a la causa del puro Evangelio; y eso al protestantismo le basta.
Tal es la propaganda protestante que se aumenta cada día. Tales son esas conversiones, no menos inmorales que vergonzosas, para los que las hacen y para los que son víctimas de ella. Los corazones nobles entre los protestantes, como entre los católicos, vacilan creer en esa trata de almas; y, sin embargo, es cierto que el dinero ha venido a ser el agente principal de esa propaganda. En sus manos la caridad no se ofrece como un socorro desinteresado, sino como una prima a la apostasía. “¿Sois pobre? Venid a nosotros y tendréis bienestar”.
¡Cuán amargo debe ser el pan que se compra con semejante infamia!
Por consecuencia de ese agiotage religioso, las grandes ideas de honor y de moral, ya tan debilitadas, van desapareciendo cada vez más: los corazones se rebajan, los caracteres se enervan, las convicciones decaen; y la verdad y la religión parecen no ser para los hombres que tal hacen, sino un medio de explotar al rico y de envilecer al pobre.
Comprar y vender. He aquí las últimas palabras de la propaganda protestante.
Tomado del libro “Conversaciones sobre el protestantismo actual”, impreso en 1862.
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domingo, 30 de marzo de 2025
EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (26)
Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.
26. José pide perdón a María. Fe, caridad y humildad para recibir a Dios.
31 de mayo de 1944.
1 Después de 53 días, la Madre reanuda sus manifestaciones con esta visión, y me dice que la escriba en este libro. La alegría me invade. Ver a María, en efecto, es poseer la Alegría.
2 Así, veo el huertecillo de Nazaret. María está hilando a la sombra de un tupidísimo manzano repleto de frutos, que ya empiezan a tomar color rojo y que parecen, con su redondez y color rosado, carrillos de niño.
Sin embargo, María no tiene, de ninguna manera, ese color. Le ha desaparecido la linda coloración que, en Hebrón, avivaba su cara. En la palidez de marfil de su rostro, sólo los labios trazan una curva de pálido coral. Bajo los párpados semicerrados hay dos sombras oscuras y los bordes de los ojos están hinchados como en quien ha llorado. No veo los ojos, porque Ella está con la cabeza más bien agachada, pendiente de su trabajo y, sobre todo, de un pensamiento suyo, que debe afligirla, pues la oigo suspirar como quien tuviera un pesar en el corazón.
Está toda vestida de blanco, de lino blanco; es que hace mucho calor, a pesar de que la frescura todavía intacta de las flores me dice que es por la mañana. Tiene la cabeza descubierta, y el Sol, que juega con las frondas del manzano movidas por un ligerísimo viento, y se filtra con agujas de luz hasta tocar la tierra oscura de los parterres, deposita en su cabeza rubia aritos de luz en que los cabellos parecen de oro obrizo.
De la casa no viene ningún ruido, ni tampoco de los lugares cercanos. Se oye sólo el murmullo del regatillo que va a un pilón del fondo del huerto.
3 María se estremece al oír un golpe dado con resolución a la puerta de la casa. Apoya rueca y huso y se levanta para ir a abrir. A pesar de que el vestido sea suelto y amplio, no llega a ocultar completamente la rotundidad de su pelvis.
Se encuentra de frente a José. María palidece, hasta incluso en los labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está. María mira con ojo que escruta tristemente; José, con ojo que parece suplicar. Guardan silencio, mirándose. María rompe el silencio:
131) Cfr. Lev. 19, 18 y pág. 141, not. 129.
132) Cfr. Mt. 1, 24; también pág. 85 nota 80.
133) Cfr. pág. 141, not. 129.
26. José pide perdón a María. Fe, caridad y humildad para recibir a Dios.
31 de mayo de 1944.
1 Después de 53 días, la Madre reanuda sus manifestaciones con esta visión, y me dice que la escriba en este libro. La alegría me invade. Ver a María, en efecto, es poseer la Alegría.
2 Así, veo el huertecillo de Nazaret. María está hilando a la sombra de un tupidísimo manzano repleto de frutos, que ya empiezan a tomar color rojo y que parecen, con su redondez y color rosado, carrillos de niño.
Sin embargo, María no tiene, de ninguna manera, ese color. Le ha desaparecido la linda coloración que, en Hebrón, avivaba su cara. En la palidez de marfil de su rostro, sólo los labios trazan una curva de pálido coral. Bajo los párpados semicerrados hay dos sombras oscuras y los bordes de los ojos están hinchados como en quien ha llorado. No veo los ojos, porque Ella está con la cabeza más bien agachada, pendiente de su trabajo y, sobre todo, de un pensamiento suyo, que debe afligirla, pues la oigo suspirar como quien tuviera un pesar en el corazón.
Está toda vestida de blanco, de lino blanco; es que hace mucho calor, a pesar de que la frescura todavía intacta de las flores me dice que es por la mañana. Tiene la cabeza descubierta, y el Sol, que juega con las frondas del manzano movidas por un ligerísimo viento, y se filtra con agujas de luz hasta tocar la tierra oscura de los parterres, deposita en su cabeza rubia aritos de luz en que los cabellos parecen de oro obrizo.
De la casa no viene ningún ruido, ni tampoco de los lugares cercanos. Se oye sólo el murmullo del regatillo que va a un pilón del fondo del huerto.
3 María se estremece al oír un golpe dado con resolución a la puerta de la casa. Apoya rueca y huso y se levanta para ir a abrir. A pesar de que el vestido sea suelto y amplio, no llega a ocultar completamente la rotundidad de su pelvis.
Se encuentra de frente a José. María palidece, hasta incluso en los labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está. María mira con ojo que escruta tristemente; José, con ojo que parece suplicar. Guardan silencio, mirándose. María rompe el silencio:
“¿A esta hora, José? ¿Necesitas algo? ¿Qué deseas decirme? Ven”.
José entra y cierra la puerta. Todavía guarda silencio.
“Habla, José. ¿Qué deseas de mí?”.
“Tu perdón”. José se curva como si quisiera arrodillarse. Pero María, siempre tan reservada al tocarle, le agarra con resolución por los hombros y se lo impide.
El color aparece y desaparece del rostro de María, ora completamente roja, ora de nieve como antes.
José entra y cierra la puerta. Todavía guarda silencio.
“Habla, José. ¿Qué deseas de mí?”.
“Tu perdón”. José se curva como si quisiera arrodillarse. Pero María, siempre tan reservada al tocarle, le agarra con resolución por los hombros y se lo impide.
El color aparece y desaparece del rostro de María, ora completamente roja, ora de nieve como antes.
“Mi perdón? No tengo nada que perdonarte, José. No debo sino agradecerte una vez más todo cuanto has hecho aquí dentro, en mi ausencia, y el amor que me tienes”.
José la mira. Veo formarse dos gruesas gotas en la cavidad de su ojo profundo, permanecer como en el borde de un recipiente, y luego deslizarse por las mejillas y por la barba. “Perdóname, María. He desconfiado de ti. Ahora veo (130). Soy indigno de poseer tan gran tesoro. He faltado a la caridad, te he acusado en mi corazón, te he acusado injustamente porque no te había preguntado la verdad. He faltado contra la ley de Dios no amándote como yo me habría amado a mí mismo (131)...”.
“¡Oh, no, no has faltado!”.
“Sí, María. Si yo hubiera sido acusado de un delito así, me habría defendido. Tú... No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar decisiones sin preguntarte primero. He faltado contra ti ofendiéndote con una sospecha. El solo hecho de sospechar ya es ofensa, María. El que sospecha no conoce. Yo no te he conocido como debía. Pero, por el dolor que he sufrido... tres días de suplicio..., perdóname, María”.
“No tengo nada que perdonarte. Es más, te pido yo perdón por el dolor que te he causado”.
“¡Oh, dolor sí que fue! ¡Cuánto dolor! Fíjate, esta mañana me han dicho que tengo las sienes canosas y arrugas en la cara. ¡Estos días han significado más de diez años de vida!
4 Pero, María, ¿por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?”.
José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera. María le pone su manita en la cabeza, y sonríe. Parece como si le absolviera. Dice:
José la mira. Veo formarse dos gruesas gotas en la cavidad de su ojo profundo, permanecer como en el borde de un recipiente, y luego deslizarse por las mejillas y por la barba. “Perdóname, María. He desconfiado de ti. Ahora veo (130). Soy indigno de poseer tan gran tesoro. He faltado a la caridad, te he acusado en mi corazón, te he acusado injustamente porque no te había preguntado la verdad. He faltado contra la ley de Dios no amándote como yo me habría amado a mí mismo (131)...”.
“¡Oh, no, no has faltado!”.
“Sí, María. Si yo hubiera sido acusado de un delito así, me habría defendido. Tú... No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar decisiones sin preguntarte primero. He faltado contra ti ofendiéndote con una sospecha. El solo hecho de sospechar ya es ofensa, María. El que sospecha no conoce. Yo no te he conocido como debía. Pero, por el dolor que he sufrido... tres días de suplicio..., perdóname, María”.
“No tengo nada que perdonarte. Es más, te pido yo perdón por el dolor que te he causado”.
“¡Oh, dolor sí que fue! ¡Cuánto dolor! Fíjate, esta mañana me han dicho que tengo las sienes canosas y arrugas en la cara. ¡Estos días han significado más de diez años de vida!
4 Pero, María, ¿por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?”.
José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera. María le pone su manita en la cabeza, y sonríe. Parece como si le absolviera. Dice:
“Si no lo hubiera sido de modo perfecto, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que ha destruido al hombre. Y además no he hecho sino obedecer... Dios me pidió esta obediencia... Me ha costado mucho... por ti, por el dolor que te produciría... pero, tenía que obedecer. Soy la Esclava de Dios, y los siervos no discuten las órdenes que reciben; las ejecutan, José, aunque provoquen lágrimas de sangre”.
María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo. Entonces, levanta la cabeza y –es la primera vez que le veo hacer este gesto– aprieta las manitas de María entre las suyas, oscuras y fuertes, y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.
5 “Ahora habrá que tomar las medidas necesarias para que...”. José no sigue; mira al cuerpo de María, y Ella se pone como la púrpura, y se sienta de golpe para apartar sus formas de la mirada que la observa.
María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo. Entonces, levanta la cabeza y –es la primera vez que le veo hacer este gesto– aprieta las manitas de María entre las suyas, oscuras y fuertes, y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.
5 “Ahora habrá que tomar las medidas necesarias para que...”. José no sigue; mira al cuerpo de María, y Ella se pone como la púrpura, y se sienta de golpe para apartar sus formas de la mirada que la observa.
“Habrá que actuar rápidamente. Yo vendré aquí... Cumpliremos la ceremonia de la boda (132)... La próxima semana. ¿Te parece bien?”.
“Todo lo que tú haces está bien, José. Tú eres el jefe de la casa; yo, tu sierva”.
“No. Yo soy tu siervo. Yo soy el feliz siervo de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta tarde aviso a los parientes. Y después... ya estando yo aquí, nos dedicaremos a preparar todo para recibir... ¡Oh, cómo podré recibir en mi casa a Dios; en mis brazos, a Dios? ¡Moriré de gozo!... ¡Jamás podré osar tocarle!...”.
“Podrás, como yo, por gracia de Dios”.
“Pero tú eres tú. ¡Yo soy un pobre hombre, el más pobre de los hijos de Dios!...”.
“Jesús viene por nosotros, pobres, para hacernos ricos en Dios; viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos que lo somos. Exulta, José. La estirpe de David tiene a su Rey esperado, y nuestra casa va a ser más fastuosa que el palacio de Salomón, porque aquí estará el Cielo y compartiremos con Dios el secreto de paz que después conocerán los hombres. Crecerá entre nosotros dos. Nuestros brazos le servirán de cuna al Redentor durante su crecimiento, y nuestras fatigas le procurarán el pan... ¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamándonos ‘padre y Madre!’ ¡Oh!...”.
María llora de alegría; ¡un llanto tan feliz...! Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida estancia.
La visión termina en este momento.
6 Dice María:
“Que nadie interprete erróneamente mi palidez. No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José. Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad. Cuando le vi, por este motivo, la sangre me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad (133), habría podido ofender a la Justicia. Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta –él, que no la cometía nunca– me hubiera producido un dolor supremo.
7 Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite –como he dicho a José– no habría merecido llevar en mí a Aquel que, para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a sí mismo hasta la humillación de ser hombre.
8 Te he mostrado esta escena, no recogida por ningún Evangelio, porque quiero atraer la atención, demasiado extraviada, de los hombres hacia las condiciones esenciales para agradar a Dios y para recibir su continuo hacerse presente en los corazones.
Fe. José creyó ciegamente en las palabras del enviado celeste. No pedía otra cosa sino creer, porque tenía la convicción sincera de que Dios era bueno y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, defraudado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor. No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, sólo con dolor podía pensar que otro no lo fuera. El vivía la Ley, y la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo pensándole imperfecto?
Caridad absoluta. Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar: perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable.
Humildad tan absoluta como la caridad. Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”. Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”? Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros –cuando el darle gloria no requiera proclamarlas– para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se sienta menos. ¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo realmente era cuando le llegó la hora de saberlo.
9 Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos. El tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita, porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios le quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor. ¡Permaneced en la sombra y en el silencio, Oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen, para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece!
¡Oh, Luz esplendorosísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti, sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman”.
El Poema del Hombre-Dios (21)
El Poema del Hombre-Dios (25)
130) Cfr. Mt. 1, 19–24.
“Todo lo que tú haces está bien, José. Tú eres el jefe de la casa; yo, tu sierva”.
“No. Yo soy tu siervo. Yo soy el feliz siervo de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta tarde aviso a los parientes. Y después... ya estando yo aquí, nos dedicaremos a preparar todo para recibir... ¡Oh, cómo podré recibir en mi casa a Dios; en mis brazos, a Dios? ¡Moriré de gozo!... ¡Jamás podré osar tocarle!...”.
“Podrás, como yo, por gracia de Dios”.
“Pero tú eres tú. ¡Yo soy un pobre hombre, el más pobre de los hijos de Dios!...”.
“Jesús viene por nosotros, pobres, para hacernos ricos en Dios; viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos que lo somos. Exulta, José. La estirpe de David tiene a su Rey esperado, y nuestra casa va a ser más fastuosa que el palacio de Salomón, porque aquí estará el Cielo y compartiremos con Dios el secreto de paz que después conocerán los hombres. Crecerá entre nosotros dos. Nuestros brazos le servirán de cuna al Redentor durante su crecimiento, y nuestras fatigas le procurarán el pan... ¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamándonos ‘padre y Madre!’ ¡Oh!...”.
María llora de alegría; ¡un llanto tan feliz...! Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida estancia.
La visión termina en este momento.
“Dejad al Señor el cuidado de proclamaros sus siervos”
6 Dice María:
“Que nadie interprete erróneamente mi palidez. No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José. Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad. Cuando le vi, por este motivo, la sangre me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad (133), habría podido ofender a la Justicia. Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta –él, que no la cometía nunca– me hubiera producido un dolor supremo.
7 Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite –como he dicho a José– no habría merecido llevar en mí a Aquel que, para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a sí mismo hasta la humillación de ser hombre.
8 Te he mostrado esta escena, no recogida por ningún Evangelio, porque quiero atraer la atención, demasiado extraviada, de los hombres hacia las condiciones esenciales para agradar a Dios y para recibir su continuo hacerse presente en los corazones.
Fe. José creyó ciegamente en las palabras del enviado celeste. No pedía otra cosa sino creer, porque tenía la convicción sincera de que Dios era bueno y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, defraudado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor. No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, sólo con dolor podía pensar que otro no lo fuera. El vivía la Ley, y la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo pensándole imperfecto?
Caridad absoluta. Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar: perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable.
Humildad tan absoluta como la caridad. Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”. Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”? Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros –cuando el darle gloria no requiera proclamarlas– para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se sienta menos. ¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo realmente era cuando le llegó la hora de saberlo.
9 Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos. El tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita, porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios le quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor. ¡Permaneced en la sombra y en el silencio, Oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen, para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece!
¡Oh, Luz esplendorosísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti, sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman”.
Notas:
131) Cfr. Lev. 19, 18 y pág. 141, not. 129.
132) Cfr. Mt. 1, 24; también pág. 85 nota 80.
133) Cfr. pág. 141, not. 129.
EL SAGRADO CORAZON DE JESUS (24)
Cómo en la Sagrada Comunión el Corazón de Jesús nos purifica nos ilumina y nos deifica en su santo amor
Por Monseñor de Segur (1888)
Imaginad, si podéis, toda la caridad, todos los amorosos afectos habidos y por haber en todos los corazones que la omnipotente mano de Dios ha formado y puede formar; imaginadlos unidos y como condensados en un corazón bastante capaz para abarcarlos a todos; decidme, ¿no formaría esto un foco de amor verdaderamente incomprensible? Pues bien (y es de fe) esto no sería nada, por decirlo así, en comparación del amor infinito en que arde el Hijo eterno de Dios por nosotros, por cada uno de nosotros, en su Sagrado Corazón, y por consiguiente en el Santísimo Sacramento del altar.
Así, pues, cuando comulgamos tenemos la dicha de recibir en nuestro cuerpo y en nuestra alma al divino Jesús con el tesoro infinito de su Corazón y de su amor. Entra en nosotros todo abrasado, y ¿qué quiere sino abrasarnos también con el fuego sagrado en que arde?
“Fuego vine a poner en la tierra, dice, ¿y qué quiero sino que arda?” Para corresponder más fácilmente a este deseo del Corazón de Jesús, entiéndase que el fuego de que habla, es un fuego que purifica, que ilumina, que santifica, que transforma, que deifica: el fuego de su santo amor.
Es un fuego que purifica. Cuando tenemos la dicha de comulgar dignamente, las sagradas llamas del Corazón de Jesús purifican nuestra alma hasta de sus menores manchas. Como el oro en el crisol, nuestra alma se derrite de amor en el Corazón de Jesús, y las mil pajitas imperceptibles que alteraban su pureza son devoradas por el fuego del divino amor. La sagrada Comunión ha sido instituida, dice el Concilio de Trento, “para preservarnos de los pecados mortales, y para librarnos de nuestras faltas cotidianas”. Estas faltas veniales que se ocultan a la humana fragilidad, lejos de apartarnos de la Comunión frecuente, deben por el contrario excitarnos más a ella, como la enfermedad nos hace desear el médico y el remedio. La sagrada Comunión es el remedio directo que el Médico celestial nos ofrece para purificarnos, para desembarazarnos de nuestros pecados veniales; y en este Sacramento el fuego del amor es el que obra esta saludable purificación.
En segundo lugar, el fuego del Corazón eucarístico de Jesús ilumina. En la Eucaristía Jesús es como el sol, que da luz al mismo tiempo que calienta. La Comunión es un foco de amor que ilumina, que fortifica, que aumenta los esplendores de la fe, que disipa en nuestra alma las ilusiones y las tinieblas con que el infierno trata sin cesar de oscurecerla, y que nos hace entrar cada vez más en la admirable luz de Jesucristo, en las espléndidas realidades de la fe. Al comulgar, sobre todo, es cuando debemos decir con toda confianza a Jesús: “Señor, aumentad nuestra fe”. Y Él nos abrirá con amor los tesoros de luz celestial de que es sol y foco su divino Corazón.
En tercer lugar, el fuego del amor de Dios santifica. No sin fundamento el acto de recibir el Sacramento de la Eucaristía, es llamado en la Iglesia “la Sagrada Comunión, la Santísima Comunión”. Ella nos santifica, es decir, nos desprende de la tierra uniéndonos más y más al Rey de los cielos. Hace que viva y crezca en nosotros Jesucristo, el Santo de los Santos; y alimenta en nosotros todas las virtudes que constituyen la santidad cristiana. El amor de Jesús en la Eucaristía es el verdadero alimento de los imperfectos que desean alcanzar la perfección, de los pecadores penitentes que resuelven enmendarse y ser fieles siempre más, de los débiles que quieren hacerse fuertes. ¡Oh santísimo Cuerpo! ¡oh santísimo Corazón de mi Dios! haced que reporte de mis Comuniones todos los frutos de santidad que vuestro amor ha depositado en ellas.
El fuego del Corazón de Jesús en la Santa Comunión es también un fuego que transforma. Así como el fuego material transforma el oro, la plata, los metales más duros, y de sólidos los vuelve líquidos, de groseros y ásperos los convierte en sutiles, puros y brillantes; así también el fuego del santo amor de Jesucristo hace que nuestras Comuniones obren insensiblemente en nosotros una transformación maravillosa, como que de mundanos nos hacen cristianos y espirituales; de negligentes, tibios y disipados que éramos antes de frecuentar el sacramento del Amor, nos transforman poco a poco en hombres recogidos, fervorosos, llenos de celo; cambian nuestros gustos y la dirección de nuestra vida, nos vuelven mansos y humildes de corazón, castos, amantes de nuestros hermanos hasta el sacrificio; en una palabra, concluyen por transformarnos en otros tantos Cristos; y a fuerza de alimentarnos con la Bondad, la Pureza, la Santidad, que no son otra cosa que Jesucristo mismo, nos hacen llegar a ser buenos, puros y santos de un modo sobrenatural.
Finalmente, el fuego del Sagrado Corazón de Jesús que abrasa nuestras almas cuando recibimos a Jesucristo en la Comunión, es un fuego que deifica. Sí, la gracia y el amor de Dios llegan hasta el punto de hacernos partícipes de su naturaleza divina, como Él mismo lo declara: Divinæ consortes naturae. Y aunque la gracia comienza ya esta deificación en el Bautismo, debe comprenderse, no obstante, que sin la santa Comunión no podría desarrollarse, ni aún subsistir; como la vida que recibimos al nacer no podría desarrollarse ni subsistir sin el alimento que la nutre de continuo.
“Sois dioses e hijos del Excelso”, nos dice el Señor. ¿Es sorprendente que dioses, que hijos de Dios se alimenten con la carne y la sangre del Unigénito de Dios, que reside real y verdaderamente en la Eucaristía bajo las apariencias de pan? ¡Y todos estos prodigios, Salvador mío, no reconocen otra causa que vuestro adorable amor! todos manan de una fuente única, que es vuestro sagrado Corazón, presente y encendido en medio de vuestra celeste humanidad, y contenido juntamente con ella en el gran Sacramento del altar. ¡Oh, haced que me abrase, que se abrasen también todos vuestros sacerdotes, todos vuestros fieles, hombres y mujeres, niños y ancianos, ricos y pobres, todos sin excepción, en vivas ansias de recibiros en este Sacramento de amor! Hacednos comprender a todos que comulgar es amaros; que comulgar con frecuencia y bien dispuestos es amaros perfectamente. ¡Gloria y amor al Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento del altar!
Por Monseñor de Segur (1888)
Imaginad, si podéis, toda la caridad, todos los amorosos afectos habidos y por haber en todos los corazones que la omnipotente mano de Dios ha formado y puede formar; imaginadlos unidos y como condensados en un corazón bastante capaz para abarcarlos a todos; decidme, ¿no formaría esto un foco de amor verdaderamente incomprensible? Pues bien (y es de fe) esto no sería nada, por decirlo así, en comparación del amor infinito en que arde el Hijo eterno de Dios por nosotros, por cada uno de nosotros, en su Sagrado Corazón, y por consiguiente en el Santísimo Sacramento del altar.
Así, pues, cuando comulgamos tenemos la dicha de recibir en nuestro cuerpo y en nuestra alma al divino Jesús con el tesoro infinito de su Corazón y de su amor. Entra en nosotros todo abrasado, y ¿qué quiere sino abrasarnos también con el fuego sagrado en que arde?
“Fuego vine a poner en la tierra, dice, ¿y qué quiero sino que arda?” Para corresponder más fácilmente a este deseo del Corazón de Jesús, entiéndase que el fuego de que habla, es un fuego que purifica, que ilumina, que santifica, que transforma, que deifica: el fuego de su santo amor.
Es un fuego que purifica. Cuando tenemos la dicha de comulgar dignamente, las sagradas llamas del Corazón de Jesús purifican nuestra alma hasta de sus menores manchas. Como el oro en el crisol, nuestra alma se derrite de amor en el Corazón de Jesús, y las mil pajitas imperceptibles que alteraban su pureza son devoradas por el fuego del divino amor. La sagrada Comunión ha sido instituida, dice el Concilio de Trento, “para preservarnos de los pecados mortales, y para librarnos de nuestras faltas cotidianas”. Estas faltas veniales que se ocultan a la humana fragilidad, lejos de apartarnos de la Comunión frecuente, deben por el contrario excitarnos más a ella, como la enfermedad nos hace desear el médico y el remedio. La sagrada Comunión es el remedio directo que el Médico celestial nos ofrece para purificarnos, para desembarazarnos de nuestros pecados veniales; y en este Sacramento el fuego del amor es el que obra esta saludable purificación.
En segundo lugar, el fuego del Corazón eucarístico de Jesús ilumina. En la Eucaristía Jesús es como el sol, que da luz al mismo tiempo que calienta. La Comunión es un foco de amor que ilumina, que fortifica, que aumenta los esplendores de la fe, que disipa en nuestra alma las ilusiones y las tinieblas con que el infierno trata sin cesar de oscurecerla, y que nos hace entrar cada vez más en la admirable luz de Jesucristo, en las espléndidas realidades de la fe. Al comulgar, sobre todo, es cuando debemos decir con toda confianza a Jesús: “Señor, aumentad nuestra fe”. Y Él nos abrirá con amor los tesoros de luz celestial de que es sol y foco su divino Corazón.
En tercer lugar, el fuego del amor de Dios santifica. No sin fundamento el acto de recibir el Sacramento de la Eucaristía, es llamado en la Iglesia “la Sagrada Comunión, la Santísima Comunión”. Ella nos santifica, es decir, nos desprende de la tierra uniéndonos más y más al Rey de los cielos. Hace que viva y crezca en nosotros Jesucristo, el Santo de los Santos; y alimenta en nosotros todas las virtudes que constituyen la santidad cristiana. El amor de Jesús en la Eucaristía es el verdadero alimento de los imperfectos que desean alcanzar la perfección, de los pecadores penitentes que resuelven enmendarse y ser fieles siempre más, de los débiles que quieren hacerse fuertes. ¡Oh santísimo Cuerpo! ¡oh santísimo Corazón de mi Dios! haced que reporte de mis Comuniones todos los frutos de santidad que vuestro amor ha depositado en ellas.
El fuego del Corazón de Jesús en la Santa Comunión es también un fuego que transforma. Así como el fuego material transforma el oro, la plata, los metales más duros, y de sólidos los vuelve líquidos, de groseros y ásperos los convierte en sutiles, puros y brillantes; así también el fuego del santo amor de Jesucristo hace que nuestras Comuniones obren insensiblemente en nosotros una transformación maravillosa, como que de mundanos nos hacen cristianos y espirituales; de negligentes, tibios y disipados que éramos antes de frecuentar el sacramento del Amor, nos transforman poco a poco en hombres recogidos, fervorosos, llenos de celo; cambian nuestros gustos y la dirección de nuestra vida, nos vuelven mansos y humildes de corazón, castos, amantes de nuestros hermanos hasta el sacrificio; en una palabra, concluyen por transformarnos en otros tantos Cristos; y a fuerza de alimentarnos con la Bondad, la Pureza, la Santidad, que no son otra cosa que Jesucristo mismo, nos hacen llegar a ser buenos, puros y santos de un modo sobrenatural.
Finalmente, el fuego del Sagrado Corazón de Jesús que abrasa nuestras almas cuando recibimos a Jesucristo en la Comunión, es un fuego que deifica. Sí, la gracia y el amor de Dios llegan hasta el punto de hacernos partícipes de su naturaleza divina, como Él mismo lo declara: Divinæ consortes naturae. Y aunque la gracia comienza ya esta deificación en el Bautismo, debe comprenderse, no obstante, que sin la santa Comunión no podría desarrollarse, ni aún subsistir; como la vida que recibimos al nacer no podría desarrollarse ni subsistir sin el alimento que la nutre de continuo.
“Sois dioses e hijos del Excelso”, nos dice el Señor. ¿Es sorprendente que dioses, que hijos de Dios se alimenten con la carne y la sangre del Unigénito de Dios, que reside real y verdaderamente en la Eucaristía bajo las apariencias de pan? ¡Y todos estos prodigios, Salvador mío, no reconocen otra causa que vuestro adorable amor! todos manan de una fuente única, que es vuestro sagrado Corazón, presente y encendido en medio de vuestra celeste humanidad, y contenido juntamente con ella en el gran Sacramento del altar. ¡Oh, haced que me abrase, que se abrasen también todos vuestros sacerdotes, todos vuestros fieles, hombres y mujeres, niños y ancianos, ricos y pobres, todos sin excepción, en vivas ansias de recibiros en este Sacramento de amor! Hacednos comprender a todos que comulgar es amaros; que comulgar con frecuencia y bien dispuestos es amaros perfectamente. ¡Gloria y amor al Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento del altar!
sábado, 29 de marzo de 2025
SEIS “CARDENALES” ACUSADOS DE ENCUBRIR ABUSOS SEXUALES EN LA IGLESIA CATÓLICA
Seis “cardenales” de alto rango, incluidos dos considerados fuertes candidatos a ser futuro “papa”, han sido acusados de encubrir abusos sexuales en la Iglesia.
Según informó Yahoo Noticias, un expediente explosivo de quejas compilado por grupos que representan a sobrevivientes de abusos sexuales clericales ha sido entregado al “cardenal” Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano y número dos de Bergoglio.
Las acusaciones se hicieron públicas el jueves cuando se supo que Bergoglio, de 88 años, que fue dado de alta del hospital el domingo después de cinco semanas de tratamiento por neumonía doble y otras infecciones, todavía tiene dificultades para hablar.
La Red de Sobrevivientes de Abusos por Sacerdotes (Snap por sus siglas en inglés), junto con una organización de sobrevivientes llamada Nate's Mission, denuncian que los seis “cardenales” permitieron u ocultaron abusos sexuales cometidos por “clérigos católicos” y pidieron a la Santa Sede que inicie inmediatamente una investigación.
El Vaticano no respondió a una solicitud de comentarios ni se ha referido públicamente a las acusaciones.
Los “cardenales” acusados fueron identificados como Peter Erdo, de Hungría, Kevin Farrell, de Irlanda, Victor Manuel Fernandez, de Argentina, Mario Grech, de Malta, Robert Francis Prevost, de Estados Unidos, y Luis Antonio Tagle, de Filipinas.
Los “cardenales” Tagle y Erdo son considerados fuertes candidatos para suceder al falso papa.
El “cardenal” Tagle, de 67 años, ha sido apodado “el Francisco asiático” por su “buen humor” (¿?) y sus ideas modernistas. El “cardenal” Erdö, “arzobispo” de Esztergom-Budapest, es, en cambio, considerado “conservador”.
“Si bien es comprensible la compasión por el 'papa' Francisco en su delicado estado de salud, no podemos ignorar la trágica realidad: entre los 'cardenales' a los que ha 'empoderado' se encuentran hombres que han encubierto abusos —dijo Peter Isely, de Snap—. Ahora, algunos de estos mismos hombres están siendo considerados como candidatos para ser el próximo 'papa'”.
El expediente de encubrimientos y mala gestión “marca la primera vez que varios 'cardenales' de alto rango han sido blanco de una acción coordinada liderada por los sobrevivientes”, dijo.
Estos activistas reconocen que Bergoglio ha pasado por la hospitalización más larga de sus 12 años de “papado” y que su salud es frágil, pero le pidieron que utilizara el tiempo que le quedaba como “pontífice” para implementar una ley de tolerancia cero para el “clero católico” que abusara de niños y menores.
Según esa ley, la Iglesia estaría obligada a remover de sus ministerios a los “sacerdotes” reconocidos como infractores y a exigir responsabilidades a los “obispos” si se descubre que han encubierto delitos sexuales.
“Los sobrevivientes han hecho el trabajo que los líderes de la iglesia se niegan a hacer”, dijo Shaun Dougherty, presidente de Snap, que tiene más de 25.000 sobrevivientes y simpatizantes en su red.
“Hemos recopilado las pruebas, seguido los procedimientos del Vaticano y dado a conocer los nombres. Si Francisco se tomara en serio su política de 'tolerancia cero', nombraría a un investigador verdaderamente independiente y abriría los archivos de abusos a esa persona, como prometió en 2019”.
A principios de esta semana, los grupos de campaña lanzaron Conclave Watch, una base de datos destinada a investigar exhaustivamente a los potenciales “candidatos papales”, conocidos en italiano como “papabile”.
Esperan que el expediente ponga de relieve el problema de los abusos sexuales por parte del “clero” antes del próximo cónclave, la elección secreta en la que los “cardenales” se reúnen en la Capilla Sixtina para elegir al próximo “papa”.
“Si el próximo papa realmente quiere terminar con los abusos del “clero”, debemos asegurarnos de que no los haya encubierto y que respalde una ley vinculante y universal de tolerancia cero”, dijo Isely.
Señalando que la única parte del mundo católico que había adoptado una política de tolerancia cero era Estados Unidos, añadió: “Estados Unidos representa solo el 6 % del mundo católico. Así que el 94 % no la tiene”.
Los médicos han dicho que Bergoglio necesita descansar al menos durante los próximos dos meses, lo que pone en duda si podrá participar en algún evento de Pascua.
“En este momento, ciertamente tiene dificultad para hablar, pero estoy seguro de que transmitirá mensajes incluso a través de su silencio”, dijo Gianfranco Ravasi, “cardenal” italiano, al periódico “Il Messaggero”.
Según informó Yahoo Noticias, un expediente explosivo de quejas compilado por grupos que representan a sobrevivientes de abusos sexuales clericales ha sido entregado al “cardenal” Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano y número dos de Bergoglio.
Las acusaciones se hicieron públicas el jueves cuando se supo que Bergoglio, de 88 años, que fue dado de alta del hospital el domingo después de cinco semanas de tratamiento por neumonía doble y otras infecciones, todavía tiene dificultades para hablar.
La Red de Sobrevivientes de Abusos por Sacerdotes (Snap por sus siglas en inglés), junto con una organización de sobrevivientes llamada Nate's Mission, denuncian que los seis “cardenales” permitieron u ocultaron abusos sexuales cometidos por “clérigos católicos” y pidieron a la Santa Sede que inicie inmediatamente una investigación.
El Vaticano no respondió a una solicitud de comentarios ni se ha referido públicamente a las acusaciones.
Los “cardenales” acusados fueron identificados como Peter Erdo, de Hungría, Kevin Farrell, de Irlanda, Victor Manuel Fernandez, de Argentina, Mario Grech, de Malta, Robert Francis Prevost, de Estados Unidos, y Luis Antonio Tagle, de Filipinas.
Los “cardenales” Tagle y Erdo son considerados fuertes candidatos para suceder al falso papa.
El “cardenal” Tagle, de 67 años, ha sido apodado “el Francisco asiático” por su “buen humor” (¿?) y sus ideas modernistas. El “cardenal” Erdö, “arzobispo” de Esztergom-Budapest, es, en cambio, considerado “conservador”.
“Si bien es comprensible la compasión por el 'papa' Francisco en su delicado estado de salud, no podemos ignorar la trágica realidad: entre los 'cardenales' a los que ha 'empoderado' se encuentran hombres que han encubierto abusos —dijo Peter Isely, de Snap—. Ahora, algunos de estos mismos hombres están siendo considerados como candidatos para ser el próximo 'papa'”.
El expediente de encubrimientos y mala gestión “marca la primera vez que varios 'cardenales' de alto rango han sido blanco de una acción coordinada liderada por los sobrevivientes”, dijo.
Estos activistas reconocen que Bergoglio ha pasado por la hospitalización más larga de sus 12 años de “papado” y que su salud es frágil, pero le pidieron que utilizara el tiempo que le quedaba como “pontífice” para implementar una ley de tolerancia cero para el “clero católico” que abusara de niños y menores.
Según esa ley, la Iglesia estaría obligada a remover de sus ministerios a los “sacerdotes” reconocidos como infractores y a exigir responsabilidades a los “obispos” si se descubre que han encubierto delitos sexuales.
“Los sobrevivientes han hecho el trabajo que los líderes de la iglesia se niegan a hacer”, dijo Shaun Dougherty, presidente de Snap, que tiene más de 25.000 sobrevivientes y simpatizantes en su red.
“Hemos recopilado las pruebas, seguido los procedimientos del Vaticano y dado a conocer los nombres. Si Francisco se tomara en serio su política de 'tolerancia cero', nombraría a un investigador verdaderamente independiente y abriría los archivos de abusos a esa persona, como prometió en 2019”.
Investigan a los “papabiles”
A principios de esta semana, los grupos de campaña lanzaron Conclave Watch, una base de datos destinada a investigar exhaustivamente a los potenciales “candidatos papales”, conocidos en italiano como “papabile”.
Esperan que el expediente ponga de relieve el problema de los abusos sexuales por parte del “clero” antes del próximo cónclave, la elección secreta en la que los “cardenales” se reúnen en la Capilla Sixtina para elegir al próximo “papa”.
“Si el próximo papa realmente quiere terminar con los abusos del “clero”, debemos asegurarnos de que no los haya encubierto y que respalde una ley vinculante y universal de tolerancia cero”, dijo Isely.
Señalando que la única parte del mundo católico que había adoptado una política de tolerancia cero era Estados Unidos, añadió: “Estados Unidos representa solo el 6 % del mundo católico. Así que el 94 % no la tiene”.
El estado de salud del Sumo Hereje
Los médicos han dicho que Bergoglio necesita descansar al menos durante los próximos dos meses, lo que pone en duda si podrá participar en algún evento de Pascua.
“En este momento, ciertamente tiene dificultad para hablar, pero estoy seguro de que transmitirá mensajes incluso a través de su silencio”, dijo Gianfranco Ravasi, “cardenal” italiano, al periódico “Il Messaggero”.
EL MIEDO AL INFIERNO SALVA ALMAS
Hoy se habla poco del Infierno, incluso los “papas postconciliares” niegan que sea un lugar real. Sin embargo, el padre Frederick William Faber (1814-1863) dejó claro que la existencia del Infierno es una “verdad terriblemente real”.
¿Cuánto tiempo perseveraríamos en servir a Dios si no creyéramos que existe el Infierno? ¿Por qué dejaríamos nuestros pecados si no existiera el Infierno? El padre Faber aconseja que nadie se aparte nunca de la vista del Infierno para que no empecemos poco a poco a deslizarnos fuera del buen camino y acabemos en ese lugar de destierro.
Cuando Nuestro Señor mostró a la Madre Francisca del Santísimo Sacramento, una carmelita española, la pérdida de un alma, y varias veces en una visión la obligó positivamente a estudiar las torturas en ese lugar, Él la reprendió por llorar.
- ¿Por qué lloras?
¿Cuánto tiempo perseveraríamos en servir a Dios si no creyéramos que existe el Infierno? ¿Por qué dejaríamos nuestros pecados si no existiera el Infierno? El padre Faber aconseja que nadie se aparte nunca de la vista del Infierno para que no empecemos poco a poco a deslizarnos fuera del buen camino y acabemos en ese lugar de destierro.
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Cuando Nuestro Señor mostró a la Madre Francisca del Santísimo Sacramento, una carmelita española, la pérdida de un alma, y varias veces en una visión la obligó positivamente a estudiar las torturas en ese lugar, Él la reprendió por llorar.
- ¿Por qué lloras?
Ella cayó postrada a Sus sagrados pies y dijo:
- ¡Señor! Por la condenación de esa alma y la forma en que ha sido condenada.
Él se dignó responder:
Él se dignó responder:
- ¡Hija! Ha elegido condenarse. Le he dado muchos auxilios de gracia para que se salvara, pero no ha querido aprovecharlos. Me complace tu compasión, pero quisiera que amaras más bien mi justicia.
Y en otra ocasión, cuando se vio obligada a fijar su mirada en aquellos dolores, los Ángeles le dijeron:
Y en otra ocasión, cuando se vio obligada a fijar su mirada en aquellos dolores, los Ángeles le dijeron:
- ¡Oh Francisca! Esfuérzate en el santo temor de Dios.
¡Quién puede dudar de que aquí hay, en esta hora, millares y decenas de millares en los bienaventurados del Cielo que nunca habrían estado allí si no hubiera existido el Infierno! ¡Ay del reproche que esto representa para los corazones desamorados de los hombres, pero, después de todo, la Cruz de Cristo no ha tenido mejor ayuda en la tierra que el insoportable fuego del Infierno!
¡En verdad es bueno, por nuestro propio bien, pensar algunas veces en ese horrible lugar! Tan cierto como que la hermosa Francia se encuentra al otro lado del Canal de la Mancha, tan cierto como que el sol brilla sobre la blanca muralla y los alegres puentes y los brillantes jardines y los palacios de muchos pisos de su hermosa capital, tan cierto como que miles de hombres y mujeres viven allí vidas reales y cumplen diversos destinos, tan cierto es que existe un lugar como el Infierno, todos vivos en esta hora con la vida multitudinaria de incontables agonías e innumerables gradaciones de desesperación.
Salvo los Bienaventurados en el Cielo, nadie vive una vida tan aguda o consciente como esos millones de almas arruinadas. No es imposible que nosotros también vayamos allí. No es imposible que hayamos enviado a los hombres a la ruina. Algunos ya están allí.
Cuando pasamos por las calles, debemos ver a menudo a los que habitarán allí para siempre. Ahora hay algunos que no estaban allí hace una hora. Hay algunos que ahora están en los campos verdes, o en los céspedes abarrotados, en camas cómodas, o en los mares soleados, que en otra hora quizás habrán ido allí. Esta es una verdad terriblemente real.
Extracto de Purgatory, escrito por el padre Frederick William Faber, Impreso en 1928.
¡Quién puede dudar de que aquí hay, en esta hora, millares y decenas de millares en los bienaventurados del Cielo que nunca habrían estado allí si no hubiera existido el Infierno! ¡Ay del reproche que esto representa para los corazones desamorados de los hombres, pero, después de todo, la Cruz de Cristo no ha tenido mejor ayuda en la tierra que el insoportable fuego del Infierno!
¡En verdad es bueno, por nuestro propio bien, pensar algunas veces en ese horrible lugar! Tan cierto como que la hermosa Francia se encuentra al otro lado del Canal de la Mancha, tan cierto como que el sol brilla sobre la blanca muralla y los alegres puentes y los brillantes jardines y los palacios de muchos pisos de su hermosa capital, tan cierto como que miles de hombres y mujeres viven allí vidas reales y cumplen diversos destinos, tan cierto es que existe un lugar como el Infierno, todos vivos en esta hora con la vida multitudinaria de incontables agonías e innumerables gradaciones de desesperación.
Salvo los Bienaventurados en el Cielo, nadie vive una vida tan aguda o consciente como esos millones de almas arruinadas. No es imposible que nosotros también vayamos allí. No es imposible que hayamos enviado a los hombres a la ruina. Algunos ya están allí.
Cuando pasamos por las calles, debemos ver a menudo a los que habitarán allí para siempre. Ahora hay algunos que no estaban allí hace una hora. Hay algunos que ahora están en los campos verdes, o en los céspedes abarrotados, en camas cómodas, o en los mares soleados, que en otra hora quizás habrán ido allí. Esta es una verdad terriblemente real.
Extracto de Purgatory, escrito por el padre Frederick William Faber, Impreso en 1928.
viernes, 28 de marzo de 2025
FIESTA DE LAS CINCO LLAGAS DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Festividad de las
CINCO LLAGAS DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO -
viernes después del 3° domingo de Cuaresma
Las Cinco llagas de Jesucristo es una devoción que hace referencia a las cinco heridas que recibió Jesús en su crucifixión.
Estando vivo le fueron infligidas las perforaciones de ambas manos y pies, practicadas por los clavos que lo asieron a la Cruz; y una vez muerto y como modo de asegurarse de su fallecimiento, recibió una herida en el costado derecho, practicada con una lanza que le atravesó el tórax.
El culto a las llagas recuerda la dimensión humana de Cristo al mostrarlas como emblema de su sufrimiento. Vinculan a Jesús con el Antiguo Testamento, ya que lo presentan como el cordero llevado al matadero de la profecía de Isaías.
La devoción por las cinco llagas fue iniciada por San Francisco de Asís que, estando en éxtasis, recibió directamente del Crucificado estos estigmas en su propio cuerpo.
El renacimiento de la vida religiosa y la fervorosa actividad de San Bernardo y San Francisco en los Siglos XII y XIII, dieron impulso a la devoción a la Pasión de Jesucristo, particularmente a las prácticas en honor a las Llagas de sus Sagradas Manos, Pies y Costado.
El renacimiento de la vida religiosa y la fervorosa actividad de San Bernardo y San Francisco en los Siglos XII y XIII, dieron impulso a la devoción a la Pasión de Jesucristo, particularmente a las prácticas en honor a las Llagas de sus Sagradas Manos, Pies y Costado.
La devoción a las llagas derivó en la creación de la práctica piadosa del Ejercicio de las Cinco Llagas. De igual modo, se vincula el culto a las llagas con la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
El 11 de agosto de 1823 la Santa Sede aprobó una corona o rosario de las Cinco Llagas, y lo hizo nuevamente en 1851: Consiste en 5 partes, cada una compuesta por: 5 Glorias, en honor a las Llagas de Cristo, y 1 Ave María, en conmemoración de la Madre Dolorosa. La bendición de las cuentas se reservaba a los Pasionistas.
El 11 de agosto de 1823 la Santa Sede aprobó una corona o rosario de las Cinco Llagas, y lo hizo nuevamente en 1851: Consiste en 5 partes, cada una compuesta por: 5 Glorias, en honor a las Llagas de Cristo, y 1 Ave María, en conmemoración de la Madre Dolorosa. La bendición de las cuentas se reservaba a los Pasionistas.
Desde 1831, cuando los Pasionistas adoptaron en Roma las fiestas en honor a la Pasión, se le asignó a esta fiesta el viernes después del tercer domingo de Cuaresma.
El Oficio es uno de los legados que nos dejó la edad media. Aunque esta fiesta no se celebra en toda la Iglesia, el Oficio y la Misa están considerados en el apéndice del Breviario y el Misal.
EL SEÑOR TE AMA, PERO ¿LE GUSTAS?
Si somos amigos de Jesús, deberíamos tener una idea de lo que le gusta y le disgusta
Por Michael Pakaluk
Una forma de saber si una persona conoce bien a otra es si está familiarizada con lo que le gusta y lo que no. Aristóteles decía que era señal de amistad gustar y disgustar lo mismo. Quizás quienes lo hacen puedan pasar más tiempo juntos, con menos conflictos. Al menos, saber qué le gusta a alguien es una prueba de amistad. ¿Música country o clásica? ¿Autos rápidos o navegar en un río tranquilo? ¿Comida étnica o macarrones con queso?
Por lo tanto, si somos amigos de Jesús, deberíamos tener una idea de lo que le gusta y le disgusta. Me refiero a su naturaleza humana: esos gustos y disgustos que tienen la naturaleza de gustos o reacciones viscerales. Jesús amaba la misericordia y odiaba el pecado, por supuesto. ¿Reaccionó visceralmente al pecado, en su naturaleza humana? Presumiblemente sí. Y, sin embargo, quizás, incluso en este caso, lo hizo con mayor intensidad ante algunos pecados que ante otros.
Él tuvo que haber tenido gustos y disgustos, como todos nosotros, si asumió una naturaleza humana genuina.
Cuando pensamos en estas cosas, a menudo empezamos con la comida. Empecemos por ahí. ¿Sabemos algo sobre la comida que le gustaba? Newman dijo que prefería la sencillez. Después de la Resurrección, en la orilla, cuando Pedro y sus amigos estaban pescando en la barca, podría haberse preparado, con su infinito poder, cualquier comida que deseara. Al fin y al cabo, era una cena de Pascua. Tú o yo podríamos haber elegido filete miñón y buen vino. Sin embargo, Jesús asó un pequeño pescado y un poco de pan sobre brasas (Jn 21:9).
Por otra parte, tenía gusto por el buen vino, “has guardado el buen vino hasta ahora” (Jn 2,10). Y con magnanimidad, reconoció el lugar para él, en abundancia, en la celebración de una boda.
En cuanto a la vestimenta, parecía despreciar el lujo: “Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con ropas delicadas? Mirad, los que visten con ropas delicadas están en las casas de los reyes” (Mt. 11:8). Y, sin embargo, amaba la buena mano de obra, pues llevaba junto a sí una prenda exquisita, tan bien hecha que ni siquiera los soldados más rudos se atrevían a rasgarla (Jn. 19:23).
Debió de gustarle caminar. Los Evangelios le atribuyen cientos de kilómetros de viajes a pie. Era evidente que le encantaba estar al aire libre, durante días y días. Por sus enseñanzas, sabemos que amaba la naturaleza, las flores, los pájaros, los peces del mar, las estaciones, el cielo. Le gustaba escalar montañas. Le gustaba la soledad y la tranquilidad de la naturaleza.
Su padre terrenal, José, eligió dónde crecería. Pero al hacerlo, José solo seguía la providencia del Señor. Fue Jesús quien eligió el lugar de su infancia. ¿Qué le gustaba? No una ciudad, sino un pequeño pueblo junto a un lago, alejado de cualquier ciudad, a dos días de viaje de Jerusalén. El lago es hermoso y aislado, un lugar que un niño pequeño puede considerar fácilmente su hogar.
Le encantaba compartir la vida con su familia y parientes. Podría haberles dicho que se quedaran, pero, claramente, los invitó a seguirlo. Le gustaba la hospitalidad; la suya era una familia abierta. Consideramos sus instrucciones a los apóstoles: “Encuéntrenles algo de comer”, frente a los 5000 y 4000, como una prueba especial de su fe. Pero ¿y si simplemente estuviera diciendo lo que solía decir cuando muchos invitados se unían a ellos para cenar?
En política, expresó su desinterés por la democracia, aunque podría haberlo hecho. Su propio gobierno era una mezcla de monarquía (Pedro), aristocracia (los Apóstoles) y timocracia (los aproximadamente setenta discípulos). La única vez que se representa a una multitud con voz propia es cuando exigió la liberación de Barrabás y exigió su propia crucifixión. Sus parábolas se refieren a señores, amos y reyes. Le gustaba actuar a través de mediadores. En la práctica, parecía adoptar el enfoque de su padre terrenal, quien simplemente evitaba los conflictos con gobernantes malos como Herodes: “Cuando os persigan en esta ciudad, huid a otra” (Mt. 10:23).
Le gustaba la lógica, las disputas, definir términos, establecer distinciones y la discusión; ningún niño de 12 años se mete entre la multitud de doctores, comportándose como ellos. “Lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas” (Lc 2:46).
Le encantaba leer, memorizaba las Escrituras y, en su discurso, imitaba la poesía de las Escrituras, su cadencia, tono e imágenes. Parece que sus favoritos eran el libro de Isaías y los Salmos.
Estoy haciendo conjeturas aquí, sin considerarme de ninguna manera dueño de la verdad, y te invito a hacer lo mismo.
¿Y qué hay de las personalidades? Estas parecen diferentes de las virtudes y los vicios. ¿Es la presunción una virtud o un vicio? ¿La sinceridad? ¿La ironía? Hay tres tipos de personalidad que le disgustaban mucho: la dureza de corazón (Mc. 3:5); la hipocresía (Lc. 12:1); y el creerse justo (Jn. 9:41). Hay razones teológicas para odiar estas características, pero para Él también parecían viscerales. Si quieres “gustarle” a Jesús, evítalas. Él te amará de todos modos, pero ¿quieres que su amor supere la repulsión?
A Él le gustaba lo opuesto. Estas preferencias, al parecer, explican su elección de los Apóstoles. Juan tenía una evidente ternura de corazón. En su vejez, según Jerónimo, Juan simplemente repetía una y otra vez: “Hijitos, amaos los unos a los otros”. En Natanael no había engaño ni hipocresía (Jn 1:47). Pedro parece siempre consciente de su propia debilidad y pecado: “Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador” (Lc 5:8).
Dios nos ama, sin duda. Y, sin embargo, aquí tienes una idea para la Cuaresma: conviértete en alguien que Jesús realmente aprecia.
Por Michael Pakaluk
Una forma de saber si una persona conoce bien a otra es si está familiarizada con lo que le gusta y lo que no. Aristóteles decía que era señal de amistad gustar y disgustar lo mismo. Quizás quienes lo hacen puedan pasar más tiempo juntos, con menos conflictos. Al menos, saber qué le gusta a alguien es una prueba de amistad. ¿Música country o clásica? ¿Autos rápidos o navegar en un río tranquilo? ¿Comida étnica o macarrones con queso?
Por lo tanto, si somos amigos de Jesús, deberíamos tener una idea de lo que le gusta y le disgusta. Me refiero a su naturaleza humana: esos gustos y disgustos que tienen la naturaleza de gustos o reacciones viscerales. Jesús amaba la misericordia y odiaba el pecado, por supuesto. ¿Reaccionó visceralmente al pecado, en su naturaleza humana? Presumiblemente sí. Y, sin embargo, quizás, incluso en este caso, lo hizo con mayor intensidad ante algunos pecados que ante otros.
Él tuvo que haber tenido gustos y disgustos, como todos nosotros, si asumió una naturaleza humana genuina.
Cuando pensamos en estas cosas, a menudo empezamos con la comida. Empecemos por ahí. ¿Sabemos algo sobre la comida que le gustaba? Newman dijo que prefería la sencillez. Después de la Resurrección, en la orilla, cuando Pedro y sus amigos estaban pescando en la barca, podría haberse preparado, con su infinito poder, cualquier comida que deseara. Al fin y al cabo, era una cena de Pascua. Tú o yo podríamos haber elegido filete miñón y buen vino. Sin embargo, Jesús asó un pequeño pescado y un poco de pan sobre brasas (Jn 21:9).
Por otra parte, tenía gusto por el buen vino, “has guardado el buen vino hasta ahora” (Jn 2,10). Y con magnanimidad, reconoció el lugar para él, en abundancia, en la celebración de una boda.
En cuanto a la vestimenta, parecía despreciar el lujo: “Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con ropas delicadas? Mirad, los que visten con ropas delicadas están en las casas de los reyes” (Mt. 11:8). Y, sin embargo, amaba la buena mano de obra, pues llevaba junto a sí una prenda exquisita, tan bien hecha que ni siquiera los soldados más rudos se atrevían a rasgarla (Jn. 19:23).
Debió de gustarle caminar. Los Evangelios le atribuyen cientos de kilómetros de viajes a pie. Era evidente que le encantaba estar al aire libre, durante días y días. Por sus enseñanzas, sabemos que amaba la naturaleza, las flores, los pájaros, los peces del mar, las estaciones, el cielo. Le gustaba escalar montañas. Le gustaba la soledad y la tranquilidad de la naturaleza.
Su padre terrenal, José, eligió dónde crecería. Pero al hacerlo, José solo seguía la providencia del Señor. Fue Jesús quien eligió el lugar de su infancia. ¿Qué le gustaba? No una ciudad, sino un pequeño pueblo junto a un lago, alejado de cualquier ciudad, a dos días de viaje de Jerusalén. El lago es hermoso y aislado, un lugar que un niño pequeño puede considerar fácilmente su hogar.
Le encantaba compartir la vida con su familia y parientes. Podría haberles dicho que se quedaran, pero, claramente, los invitó a seguirlo. Le gustaba la hospitalidad; la suya era una familia abierta. Consideramos sus instrucciones a los apóstoles: “Encuéntrenles algo de comer”, frente a los 5000 y 4000, como una prueba especial de su fe. Pero ¿y si simplemente estuviera diciendo lo que solía decir cuando muchos invitados se unían a ellos para cenar?
En política, expresó su desinterés por la democracia, aunque podría haberlo hecho. Su propio gobierno era una mezcla de monarquía (Pedro), aristocracia (los Apóstoles) y timocracia (los aproximadamente setenta discípulos). La única vez que se representa a una multitud con voz propia es cuando exigió la liberación de Barrabás y exigió su propia crucifixión. Sus parábolas se refieren a señores, amos y reyes. Le gustaba actuar a través de mediadores. En la práctica, parecía adoptar el enfoque de su padre terrenal, quien simplemente evitaba los conflictos con gobernantes malos como Herodes: “Cuando os persigan en esta ciudad, huid a otra” (Mt. 10:23).
Le gustaba la lógica, las disputas, definir términos, establecer distinciones y la discusión; ningún niño de 12 años se mete entre la multitud de doctores, comportándose como ellos. “Lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas” (Lc 2:46).
Le encantaba leer, memorizaba las Escrituras y, en su discurso, imitaba la poesía de las Escrituras, su cadencia, tono e imágenes. Parece que sus favoritos eran el libro de Isaías y los Salmos.
Estoy haciendo conjeturas aquí, sin considerarme de ninguna manera dueño de la verdad, y te invito a hacer lo mismo.
¿Y qué hay de las personalidades? Estas parecen diferentes de las virtudes y los vicios. ¿Es la presunción una virtud o un vicio? ¿La sinceridad? ¿La ironía? Hay tres tipos de personalidad que le disgustaban mucho: la dureza de corazón (Mc. 3:5); la hipocresía (Lc. 12:1); y el creerse justo (Jn. 9:41). Hay razones teológicas para odiar estas características, pero para Él también parecían viscerales. Si quieres “gustarle” a Jesús, evítalas. Él te amará de todos modos, pero ¿quieres que su amor supere la repulsión?
A Él le gustaba lo opuesto. Estas preferencias, al parecer, explican su elección de los Apóstoles. Juan tenía una evidente ternura de corazón. En su vejez, según Jerónimo, Juan simplemente repetía una y otra vez: “Hijitos, amaos los unos a los otros”. En Natanael no había engaño ni hipocresía (Jn 1:47). Pedro parece siempre consciente de su propia debilidad y pecado: “Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador” (Lc 5:8).
Dios nos ama, sin duda. Y, sin embargo, aquí tienes una idea para la Cuaresma: conviértete en alguien que Jesús realmente aprecia.
EL PAPA PIO XII HABLA SOBRE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES
Publicamos las palabras pronunciadas por el Papa Pío XII en 1948 dirigiéndose a una peregrinación organizada por la “Obra de Ejercicios Parroquiales” del padre Francisco de Paolo Vallet de España.
La peregrinación conmemoraba la aprobación pontificia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y las bodas de plata de su organización. Pío XII elogió su dedicación a la auténtica espiritualidad ignaciana, atribuyendo la firme fe católica de España a estos retiros parroquiales.
La peregrinación a Roma y el legado de San Ignacio
Desde las orillas del Urola y del Cardoner, hijos carísimos, y desde otras regiones de España, habéis venido a las orillas del Tíber para concluir con nosotros las celebraciones conmemorativas de la aprobación pontificia del Libro de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, a la vez que solemnizáis las bodas de plata de vuestra Obra de Ejercicios Parroquiales de Barcelona.
Es natural que el peregrino de los Ejercicios vaya a Loyola, suba a Montserrat y baje a Manresa, para visitar los lugares santificados por la conversión, las austeridades y las iluminaciones del gran Patriarca; pero no es menos razonable que venga a Roma, como hizo Ignacio (y como quiso hacer San Francisco de Borja) —quizá cojeando y con su modesto librito en la alforja— para arrojarse a los pies de nuestro ilustre predecesor Paulo III y pedir humildemente el aval de la Iglesia en favor del pequeño manual de Manresa.
Lo que no pudo lograr personalmente, lo logró a través de su enviado en la Ciudad Eterna. Las batallas que esas pocas y sencillas páginas habían provocado hasta ese momento ya no tendrían sentido. Roma había hablado y declarado que "El Libro" rezumaba piedad y santidad, era útil y beneficioso; y por ello el Vicario de Cristo lo aprobó, elogió y ratificó. Más de treinta Sumos Pontífices, en numerosos documentos, repetirían, más o menos, lo mismo; y nosotros mismos, cuando ha surgido la ocasión, no hemos dejado de hacer lo mismo. Por lo tanto, como se nos ha informado, están aquí para conmemorar y dar gracias por tan solemnes documentos.
Sean, pues, bienvenidos; pero sepan que su presencia también tiene otro aspecto, que podríamos llamar complementario. Vienen a agradecer estas aprobaciones; pero, sin darse cuenta, también vienen a demostrar que, a juzgar por los frutos que han dado, han sido y siguen siendo muy oportunos.
Pues, en efecto, ¿qué sois en este momento sino la representación de un pueblo profundamente católico, cuya perseverancia en la fe —ardiente y viva— quizá se explique también, entre otras razones, por el florecimiento de los Ejercicios de San Ignacio en vuestra tierra natal? ¿Qué sois vosotros —amadísimos hijos de la Obra de Ejercicios Parroquiales de Barcelona— con vuestros 63.000 ejercitantes y vuestros 1.700 retiros en completa reclusión, sino el cuerpo mismo de una organización que puede presentarse como modelo de fervor y vida cristiana? ¡Cuán grande fue su valor en la hora de la prueba, cuando, en medio de la persecución, vuestra fidelidad y vuestro espíritu de sacrificio quedaron escritos con la sangre de vuestros heroicos hermanos! ¡Un magnífico cumplimiento de las resoluciones de los Ejercicios, demostrado no en vida, sino en muerte!
Pero su ejemplo también nos sirve para enfatizar la eficacia de los Ejercicios de San Ignacio cuando se preserva la fidelidad al espíritu y al método, como, gracias a Dios, sucede entre ustedes. No es cierto que el método haya perdido su eficacia ni que no se corresponda con las exigencias del hombre moderno. Al contrario, es una triste realidad que el licor pierde su fuerza y la máquina su poder cuando se diluye en las aguas incoloras de la sobreadaptación o cuando se desmantelan ciertas partes fundamentales del mecanismo ignaciano. Los Ejercicios de San Ignacio siempre serán uno de los medios más eficaces para la regeneración espiritual del mundo y su correcto ordenamiento, pero a condición de que sigan siendo auténticamente ignacianos.
Han recorrido en Roma los lugares donde la naciente Compañía de Jesús probó sus primeras armas impartiendo los Ejercicios; han rezado ante la gloriosa tumba de su Autor. Y ahora, han querido reunirse con nosotros para consolar nuestro afligido corazón paternal y pedirnos una bendición. Que Dios los bendiga, como nosotros los bendecimos. Y, a la invocación de nuestra voz, desciendan de lo alto —por intercesión del Santo que nos dio los Ejercicios y de los muchos Santos que los Ejercicios nos han dado— las gracias más selectas: gracias de prosperidad para sus organizaciones, gracias de fecundidad para su apostolado, gracias de santificación para los Ejercitantes; y gracias de paz y de todos los bienes que desean para ustedes mismos, para sus seres queridos y para su amada patria.
Discorsi e Radiomessaggi, vol. X, págs. 261-262.
La peregrinación conmemoraba la aprobación pontificia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y las bodas de plata de su organización. Pío XII elogió su dedicación a la auténtica espiritualidad ignaciana, atribuyendo la firme fe católica de España a estos retiros parroquiales.
Discurso a una peregrinación de 'La Obra de Ejercicios Parroquiales de España'
Papa Pío XII
Domingo 24 de octubre de 1948
La peregrinación a Roma y el legado de San Ignacio
Desde las orillas del Urola y del Cardoner, hijos carísimos, y desde otras regiones de España, habéis venido a las orillas del Tíber para concluir con nosotros las celebraciones conmemorativas de la aprobación pontificia del Libro de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, a la vez que solemnizáis las bodas de plata de vuestra Obra de Ejercicios Parroquiales de Barcelona.
Es natural que el peregrino de los Ejercicios vaya a Loyola, suba a Montserrat y baje a Manresa, para visitar los lugares santificados por la conversión, las austeridades y las iluminaciones del gran Patriarca; pero no es menos razonable que venga a Roma, como hizo Ignacio (y como quiso hacer San Francisco de Borja) —quizá cojeando y con su modesto librito en la alforja— para arrojarse a los pies de nuestro ilustre predecesor Paulo III y pedir humildemente el aval de la Iglesia en favor del pequeño manual de Manresa.
Lo que no pudo lograr personalmente, lo logró a través de su enviado en la Ciudad Eterna. Las batallas que esas pocas y sencillas páginas habían provocado hasta ese momento ya no tendrían sentido. Roma había hablado y declarado que "El Libro" rezumaba piedad y santidad, era útil y beneficioso; y por ello el Vicario de Cristo lo aprobó, elogió y ratificó. Más de treinta Sumos Pontífices, en numerosos documentos, repetirían, más o menos, lo mismo; y nosotros mismos, cuando ha surgido la ocasión, no hemos dejado de hacer lo mismo. Por lo tanto, como se nos ha informado, están aquí para conmemorar y dar gracias por tan solemnes documentos.
La fidelidad de España a los ejercicios en medio de la persecución
Sean, pues, bienvenidos; pero sepan que su presencia también tiene otro aspecto, que podríamos llamar complementario. Vienen a agradecer estas aprobaciones; pero, sin darse cuenta, también vienen a demostrar que, a juzgar por los frutos que han dado, han sido y siguen siendo muy oportunos.
Pues, en efecto, ¿qué sois en este momento sino la representación de un pueblo profundamente católico, cuya perseverancia en la fe —ardiente y viva— quizá se explique también, entre otras razones, por el florecimiento de los Ejercicios de San Ignacio en vuestra tierra natal? ¿Qué sois vosotros —amadísimos hijos de la Obra de Ejercicios Parroquiales de Barcelona— con vuestros 63.000 ejercitantes y vuestros 1.700 retiros en completa reclusión, sino el cuerpo mismo de una organización que puede presentarse como modelo de fervor y vida cristiana? ¡Cuán grande fue su valor en la hora de la prueba, cuando, en medio de la persecución, vuestra fidelidad y vuestro espíritu de sacrificio quedaron escritos con la sangre de vuestros heroicos hermanos! ¡Un magnífico cumplimiento de las resoluciones de los Ejercicios, demostrado no en vida, sino en muerte!
El poder perdurable del método ignaciano
Pero su ejemplo también nos sirve para enfatizar la eficacia de los Ejercicios de San Ignacio cuando se preserva la fidelidad al espíritu y al método, como, gracias a Dios, sucede entre ustedes. No es cierto que el método haya perdido su eficacia ni que no se corresponda con las exigencias del hombre moderno. Al contrario, es una triste realidad que el licor pierde su fuerza y la máquina su poder cuando se diluye en las aguas incoloras de la sobreadaptación o cuando se desmantelan ciertas partes fundamentales del mecanismo ignaciano. Los Ejercicios de San Ignacio siempre serán uno de los medios más eficaces para la regeneración espiritual del mundo y su correcto ordenamiento, pero a condición de que sigan siendo auténticamente ignacianos.
Han recorrido en Roma los lugares donde la naciente Compañía de Jesús probó sus primeras armas impartiendo los Ejercicios; han rezado ante la gloriosa tumba de su Autor. Y ahora, han querido reunirse con nosotros para consolar nuestro afligido corazón paternal y pedirnos una bendición. Que Dios los bendiga, como nosotros los bendecimos. Y, a la invocación de nuestra voz, desciendan de lo alto —por intercesión del Santo que nos dio los Ejercicios y de los muchos Santos que los Ejercicios nos han dado— las gracias más selectas: gracias de prosperidad para sus organizaciones, gracias de fecundidad para su apostolado, gracias de santificación para los Ejercitantes; y gracias de paz y de todos los bienes que desean para ustedes mismos, para sus seres queridos y para su amada patria.
Discorsi e Radiomessaggi, vol. X, págs. 261-262.
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