Emma Bonino, la “queridísima amiga” de Jorge Bergoglio, estuvo involucrada en el asesinato de miles de bebés por abortos ilegales, algunos incluso realizados en su departamento.
Por el Prof. Martino Mora
Emma Bonino fue una feminista radical. Lo quisiera o no, su imagen pública quedó indisolublemente ligada a tres hombres.
El primero es Marco Pannella: su mentor —una figura casi al estilo de Pigmalión— y líder de su partido durante décadas.
El segundo es George Soros, quien, al menos durante los últimos veinte años, ha sido abiertamente el principal financiador de sus actividades políticas.
El tercero es Jorge Mario Bergoglio, quien la ha elogiado públicamente y se ha reunido con ella en numerosas ocasiones.
Es un trío que dice mucho.
Liberal, defensora del libre mercado, libertina y libertaria —términos que Pannella empleaba para definir a los radicales—, Emma Bonino fue el símbolo mismo del movimiento a favor del aborto en Italia; según ella misma reconoció, participó en esta práctica de manera ilegal, primero como paciente y más tarde como proveedora de abortos. Sin embargo, naturalmente, fue mucho más que eso.
Feminista, defensora de la eutanasia y de la agenda homosexual —y, naturalmente, una fanática de las vacunas durante la plandemia—, fue también una ferviente partidaria de la inmigración masiva, promotora del mestizaje (y, por ende, profundamente admirada por Bergoglio, quien la aclamó como “una gran italiana”).
El primero es Marco Pannella: su mentor —una figura casi al estilo de Pigmalión— y líder de su partido durante décadas.
El segundo es George Soros, quien, al menos durante los últimos veinte años, ha sido abiertamente el principal financiador de sus actividades políticas.
Es un trío que dice mucho.
Liberal, defensora del libre mercado, libertina y libertaria —términos que Pannella empleaba para definir a los radicales—, Emma Bonino fue el símbolo mismo del movimiento a favor del aborto en Italia; según ella misma reconoció, participó en esta práctica de manera ilegal, primero como paciente y más tarde como proveedora de abortos. Sin embargo, naturalmente, fue mucho más que eso.
Feminista, defensora de la eutanasia y de la agenda homosexual —y, naturalmente, una fanática de las vacunas durante la plandemia—, fue también una ferviente partidaria de la inmigración masiva, promotora del mestizaje (y, por ende, profundamente admirada por Bergoglio, quien la aclamó como “una gran italiana”).
Partidaria de la teoría del "Gran Reemplazo", enemiga de la familia y de todo orden natural y civil, y siempre favorable tanto al caos como al gran capital, buscaba vaciar las cárceles del mismo modo que pretendía vaciar las cunas. También abogó por la legalización de las drogas.
Los Radicales —incluso en Italia— introdujeron el concepto de “derechos civiles” basado en el modelo anglosajón. Ahí reside su importancia decisiva.
También adoptaron el modelo anglosajón de una “sociedad abierta” compuesta por átomos consumistas y flotantes —esencialmente intercambiables— dedicados exclusivamente a fines económicos y hedonistas, al tiempo que rechazaban cualquier concepción cristiana trascendente de lo sagrado o cualquier sentido del deber comunitario. Exigían constantemente “derechos”, particularmente aquellos relacionados con la esfera situada por debajo de la cintura.
Es la antropología materialista del “Último Hombre”, reducido a átomos —pero también reducido a bestia, a pura animalidad— que se cree su propio dios.
Puro nihilismo, que lamentablemente se ha convertido hoy en un fenómeno de masas. El triunfo de la ignorancia espiritual.
Fanática pro Unión Europea, partidaria de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en política exterior, partidaria de las “guerras humanitarias” en los Balcanes y Oriente Medio y de las “Primaveras Árabes” en el norte de África, además de sionista radical (aunque últimamente se había vuelto extrañamente hostil hacia Netanyahu), Emma Bonino encarnaba el globalismo en su estado más puro. El globalismo de las plutocracias.
Favorecida por Berlusconi debido a sus posturas liberales y de libre mercado, y respaldada por la izquierda como arquitecta panerótica (*) de la subversión de las costumbres sociales, ocupó altos cargos a pesar de contar con escaso apoyo electoral.
Era, obviamente, muy amada —no sólo por los Estados Unidos y la burocracia de Bruselas, sino también por el variopinto grupo de artistas y figuras del mundo del espectáculo—, pues ella misma era parte integrante del sistema orgiástico-mercantil que los engendró.
Meloni ya ha propuesto un “funeral de Estado” para despedir a Bonino. Resulta apropiado. Un país y una civilización que se detestan a sí mismos —con fronteras perforadas, caos en las calles y cunas vacías— solo pueden encumbrar a la mujer que presidió este suicidio colectivo.
(*) Panerotismo: Atracción erótica, deseo o placer hacia cualquier persona, objeto o manifestación del entorno, sin límites impuestos por el género, el sexo biológico o las normas tradicionales de la atracción.

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