domingo, 23 de enero de 2011

No se fabrican beatos y santos

Gran satisfacción me causó la noticia de la próxima beatificación del Papa Juan Pablo II. Es algo que desde hace tiempo esperábamos, dadas las virtudes heroicas que manifestó en su vida, sobre todo al término de sus días, soportando con serenidad y fortaleza sus terribles enfermedades y limitaciones.

Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel

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No falta quien intente ensombrecer nuestro gozo, aduciendo su posible omisión en el caso Maciel. No dudo de que haya conocido las acusaciones sobre ese sacerdote, pero en su tiempo no se tenían las pruebas que después aparecieron; al principio, la mayoría pensábamos que eran calumnias. Yo tengo plena confianza en la seriedad como se llevó el caso. Se hicieron investigaciones muy acuciosas y se le encontró libre de culpa. Sólo los de corazón torcido le pueden tachar de complicidad.
Hay quienes, sin conocer a fondo el procedimiento tan minucioso que en estos casos lleva la Iglesia, se atreven a decir que fabricamos beatos y santos arbitrariamente; que es una estrategia para atraer fieles y para abatir los déficits económicos de la institución. ¡Quien tiene los ojos sucios, todo lo me manchado!

JUZGAR

Tuve la gracia de conocer a este gigante de los tiempos modernos. Pude estar en algún momento de sus cinco visitas a nuestro país. Antes de ser obispo, experimenté su valía excepcional durante el Sínodo Mundial de Obispos, todo el mes de octubre de 1990, en que participé como experto. Nos invitó a compartir los alimentos. Conversé personalmente con él quince minutos, durante la Visita Ad Limina de 1995. Estuve cerca de él durante el Sínodo de América, en 1997. Pero lo que llevo más en mi corazón es cuando me llamó a Roma, el 18 de marzo de 2000, para preguntarme si estaba dispuesto a dejar la diócesis de Tapachula y asumir la de San Cristóbal de Las Casas. En ningún momento me presionó, ni me obligó, sino que tuvo sumo respeto a lo que le expresé. Nada decidió de inmediato, sino que el 25 de marzo de ese año, estando él en Jerusalén y en Nazaret, el día central del Jubileo de la Encarnación de Jesucristo, me mandó preguntar, por medio de la Nunciatura, si sostenía la respuesta que le había dado. Siempre que voy a Roma, paso por su tumba y le ruego que interceda por mí, para que pueda desempeñar adecuadamente la tarea que Dios, por su mediación, me confió. He sentido su poderosa intercesión y compañía.
He leído sus escritos y meditado todos sus documentos pontificios. Me fascina su obsesión por Jesucristo, que podríamos ver reflejada, por ejemplo, en su Exhortación Iglesia en América, cuyo título es: El encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad. Títulos semejantes llevan las demás exhortaciones de los otros Sínodos Continentales. Ya desde la inauguración de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, en 1979, había insistido en un trípode esencial: La verdad sobre Cristo, sobre el Hombre y sobre la Iglesia. En la IV Conferencia en Santo Domingo, nos remarcó la necesidad de una nueva evangelización, empezando por Jesucristo, ayer, hoy y siempre.
Su pasión por Jesucristo la vivía en tres dimensiones incluyentes: Eucaristía, Iglesia y Pobres. Fue un hombre eucarístico, un hombre de Iglesia, un hombre para los pobres. Esto último lo reflejó en su lucha por la justicia, desenmascarando no sólo los regímenes comunistas, sino también el capitalismo neoliberal tan generador de estructuras injustas. Algo de esto podemos ver en sus Encíclicas Laborem exercens (1981), Sollicitudo rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991). Quienes trabajamos con indígenas, valoramos tantas intervenciones a favor de su dignidad y sus derechos, en la sociedad y en la Iglesia. Un claro ejemplo es la canonización de Juan Diego. Anejo a ello, su preocupación por la evangelización de las culturas y la inculturación. Pero más que documentos, su testimonio de vida, su santidad, su espiritualidad, es lo que nos convence y nos atrae.

ACTUAR

Lo podemos invocar confiadamente, como un valioso intercesor. Lo más importante es esforzarnos por seguir su ejemplo de amor pleno a Dios y al prójimo, su entrega a Jesucristo, a la Iglesia y a los pobres.

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