CARTA
INTER SODALICIA
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XV
Para memoria perpetua.
Entre las sociedades que promueven el culto a la Santísima Virgen María y, al mismo tiempo, los beneficios espirituales de los fieles cristianos, la Sociedad de Nuestra Señora de la Buena Muerte, fundada no hace mucho por los Sacerdotes de Santa María (de Tinchebray), ocupa sin duda un lugar de gran honor, si se considera el propósito que la impulsa y la amplia difusión que ha tenido en todo el mundo hasta el día de hoy, con la mayor abundancia de frutos. Pues quienes se incorporan a ella se proponen, de acuerdo con la institución y los estatutos de la sociedad, venerar a la Virgen María Dolorosa y velar por que todos la veneren, y así presentar a Dios los méritos de las oraciones y sufrimientos de la misma Virgen al pie de la Cruz de Jesús, y confiar en que les obtengan para sí mismos o para otros la gracia de la perseverancia en la fe y la moral cristianas o el retorno a los buenos frutos, y especialmente una santa muerte en el beso de Cristo, de la cual depende la felicidad eterna.
Pero el hecho de que la Virgen Dolorosa sea elegida e invocada como Patrona de una buena muerte no solo responde maravillosamente a la enseñanza y al significado piadoso de la Iglesia Católica, sino que también se basa en una esperanza que está justamente y felizmente depositada.
En efecto, los Doctores de la Iglesia enseñan comúnmente que la Santísima Virgen María, que parecía estar ausente de la vida pública de Jesucristo, si estuvo presente cuando se enfrentó a la muerte y fue crucificado, no fue sin consejo divino.
Por supuesto, ella sufrió y casi murió con su Hijo sufriente, y nos advierten que, al hacerlo, renunció a sus derechos maternales sobre su Hijo por la salvación de la humanidad y, para aplacar la justicia de Dios, sacrificó a su Hijo, de modo que puede decirse con razón que redimió al género humano con Cristo.
Pero si por esta misma razón todas las gracias que recibimos del tesoro de la Redención se administran como si provinieran de las manos de la misma Virgen Dolorosa, nadie deja de ver que la santa muerte de los hombres se espera de ella misma, puesto que por este don especial la obra de la Redención se realiza en cada hombre de manera eficaz y perpetua.
Es evidente también que la Virgen Dolorosa, constituida por Jesucristo como Madre de todos los hombres, los ha recibido como si se le hubieran confiado mediante un testamento de infinita caridad y cumple con el deber de proteger su vida espiritual con bondad maternal, por lo que no puede sino ser más diligente en ayudar a sus amados hijos adoptivos en el momento en que su salvación y santidad se confirman para toda la eternidad.
Por ello, la Iglesia misma, en muchas oraciones litúrgicas, implora a la Santísima Virgen María que esté misericordiosamente presente con los hombres que luchan contra la proximidad de la muerte; pero la opinión más constante entre los fieles cristianos, probada por larga experiencia, es que quienes tienen a la misma Virgen como su Patrona no perecerán para siempre.
No es de extrañar, pues, que quinientos mil fieles, de ambos sexos y de todas las clases sociales, ya se hayan inscrito en la Sociedad de Nuestra Señora de la Buena Muerte, que hemos mencionado, puesto que parece tan oportuna y apropiada para los tiempos; pues es lamentable que hoy en día demasiados hijos de la Iglesia, por no hablar de aquellos que han abandonado la fe o que han descuidado por completo los deberes cristianos, estén tan absortos en los asuntos y los placeres fugaces y vacíos del mundo que ni siquiera se detienen a pensar con una sana reflexión sobre la muerte, y se esfuerzan por apartar sus mentes y almas de ella deliberadamente.
Por consiguiente, no solo varios Cardenales y Obispos del mundo católico han aprobado vehementemente dicha Sociedad, que con razón se puede decir que persigue el bonae mortis apostolatum, sino que también nuestro bendito predecesor Pío X la ha acogido con singular benevolencia y ha aumentado nuestra abundancia de gracias; no lo consideramos menos importante que lo que nos había dado el mismo Pontífice, y estamos igualmente dispuestos a apoyar generosamente esa misma labor tan valiosa.
De esta voluntad Nuestra, poco después de asumir el Pontificado, por el misericordioso consejo de Dios, publicamos un claro testimonio en una Carta escrita a Nuestro amado hijo, el Moderador General de la Congregación de Sacerdotes de Santa María, y pronto publicaremos otro igualmente claro, guiados por una buena y cierta esperanza, de que los mismos Sacerdotes a quienes Santa María ha confiado el bonae mortis apostolatus cumplirán su oficio como si fuera propio, para que, con la ayuda de los Obispos, sacerdotes de la Curia y zelatoribus, como se les llama, puedan promover la Compañía más ampliamente por todo el mundo y obtener para los fieles pretiosam in conspectu Domini mortem y que los fieles obtengan tantas bendiciones como sea posible de la Augusta Patrona.
Puesto que, nuestro amado hijo Henri Rondet, Procurador General de la misma Congregación, nos ha hecho suplicantes peticiones para que añadamos algunas otras indulgencias de bondad apostólica a las indulgencias concedidas por nuestro inmediato predecesor a la Sociedad de Nuestra Señora de la Buena Muerte, hemos decidido acceder a tales piadosos deseos, por nuestra devoción a la Virgen Dolorosa y nuestro celo por tan fructífera obra.
Por lo tanto, confiando en la misericordia de Dios Todopoderoso y en la autoridad de los Apóstoles Pedro y Pablo, habiendo escuchado a nuestro amado Hijo, el Cardenal Penitenciario Mayor, todos y cada uno de los fieles, tanto los que han sido como los que serán inscritos en la misma Sociedad de Nuestra Señora de la Buena Muerte, que, habiendo confesado debidamente y recibido la Sagrada Comunión en los días de fiesta de Nuestra Señora de la Buena Muerte, es decir, el 11 de mayo, la aparición de San Miguel Arcángel, es decir, el 7 del mismo mes, la Dedicación de San Miguel Arcángel, es decir, el 29 de septiembre, desde el mediodía del día anterior hasta la medianoche de la misma fiesta, hayan visitado alguna iglesia u oratorio público, y allí hayan derramado piadosas súplicas a Dios por la concordia de los príncipes cristianos, la erradicación de las herejías, la conversión de los pecadores y la exaltación de la Santa Madre Iglesia, en cuyo último día hayan cumplido la obra prescrita, les concedemos indulgencia plenaria y remisión de todos sus pecados en el Señor.
Pero si los mismos miembros no pueden confesarse y ser reconfortados por el alimento celestial, en lugar de una indulgencia plenaria, les concedemos misericordiosamente en el Señor una indulgencia de siete años y cuarenta, como se ha dicho, visiten cualquier templo u oratorio público durante esos días y ofrezcan oraciones a la mente del Sumo Pontífice, se lo concedemos misericordiosamente en el Señor.
Además, por la misma autoridad Nuestra, a todos y cada uno de los fieles, incluso si no están afiliados a la Compañía, en cada uno de los siete viernes consecutivos inmediatamente anteriores a la fiesta de la Virgen María, si, habiendo confesado y recibido los sacramentos, han rezado siete veces el Pater, Ave, Gloria, siempre que hayan completado el ejercicio piadoso novenal, con el cual, se implorar la gracia de una santa muerte, se recitan diariamente la oración Recordare, Virgo, según la copia de esta Nuestra Carta y que se adjunta a ella y debe conservarse en el registro de los Breves Apostólicos de la Cancillería, siempre que hayan hecho debidamente la expiación y se hayan alimentado con alimento celestial, asimismo una indulgencia plenaria; bajo esta última condición, una vez al mes, si han recitado diariamente el Ave, Mater dolorosa, también añadido a esta Nuestra Carta y que se guarde en el registro que hemos dicho, asimismo el día en que hayan cumplido el último de los preceptos, concedemos y otorgamos una indulgencia plenaria y remisión de todos sus pecados.
Con este fin, concedemos a todos y cada uno de los fieles, aunque no sean miembros de la Compañía, en cada una de las seis ferias antes mencionadas, si rezan el Pater, Ave, Gloria siete veces, siete años y cuarenta; por cada día del ejercicio de la novena antes mencionada, trescientos días; siempre que reciten la fórmula antes mencionada, también deducimos trescientos días del número de penitencias, en la forma usual de la Iglesia.
Además, deseamos que a todos los mismos miembros y fieles cristianos se les permita expiar las faltas y penas de los difuntos durante sus vidas con las indulgencias plenarias y parciales que hemos concedido.
Decidiendo que las presentes Cartas existirán siempre y permanecerán firmes, válidas y efectivas, y tendrán y obtendrán sus plenos y completos efectos, y que aquellos a quienes se refieren o a quienes remiten podrán ser plenamente apoyados en todo y por todos los medios, y que serán definidas y juzgadas como tales en las presentes, y que serán nulas y sin efecto si alguien, por cualquier autoridad, a sabiendas o sin saberlo, intenta hacer lo contrario. Las presentes Cartas tendrán vigencia perpetua. No obstante cualquier disposición en contrario.
Dado en Roma, en San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día 20 de marzo, fiesta de los Siete Dolores de Nuestra Señora, en el año 1918, cuarto de Nuestro Pontificado.
Cardenal Gasparri
Secretario de Estado
BENEDICTO PP. XV
I. Preces novendiales ad sanctam mortem
a Virgine Perdolente effiagitandam.
Recordare, Virgo Mater Dei, dum steteris in conspectu Domini, ut
loquaris pro nobis bona, et ut avertat indignationem suam a nobis.
1. Sancta Mater, istud agas,
Crucifixi fige plagas
Cordi meo valide.
2. Fac ut portem Christi mortem,
Passionis fac consortem
Et plagas reeolere
3. Flammis ne urar succensus,
Per te, Virgo, sim defensus
In die iudicii.
4. Christe, cum sit hinc exire,
Da per Matrem me venire
Ad palmam victoriae.
5. Quando corpus morietur,
Fac ut animae donetur
Paradisi gloria. Amen.
f. Ora pro novis, virgo dolorosissima.
Rj. Quae iuxta Crucem Iesu constitisti.
Oremus
Interveniant pro novis, quaesumus, Domine Iesu Christe, nunc et in hora mortis nostrae, apud tuam clementiam, Beata Virgo Maria Mater tua, cuius sacratissimam animam in hora tuae Passionis doloris gladius pertransivit. Per te, Iesu Christe, Salvator mundi, qui cum Patre et Spiritu Sancto vivis et regnas in saecula saeculorum.
Rj. Amen.
3 Ave Maria
Nostra Domina a bona morte, ora pro nobis.
Sancte Ioseph, ora pro nobis.
II.- Rhythmus in honorem Nostrae Dominae a bona morte.
1. Ave, Mater dolorosa,
Martyrumque prima rosa,
Audi vocem supplicis:
Fac, ut mortis in agone,
Tua fidens protectione,
Iusti pace gaudeam.
2. Per dolorem, o Maria,
Tibi Senis prophetia,
Velut ense, conditum:
Fac, ut mortis, etc.
3. Per dolorem, quem tulisti,
In Egyptum quum fugisti,
Ut salvares Puerum:
Fac, ut mortis, etc.
4. Pe r dolorem, quando moerens,
Inter notos Iesum quaerens,
Revocabas perditum:
Fac, ut mortis, etc.
5. Per dolorem, qui te pressit,
Dulcis Natus quum processit,
Fractus ligni pondere:
Fac, ut mortis in agone,
Tua fidens protectione,
Iusti pace gaudeam.
6. Per dolorem cordi infixum,
Dum spectabas Crucifixum,
Sacra simul victima:
B'ac, ut mortis, etc.
7. Per dolorem, quando Christi
Corpus ulnis excepisti
E Cruce depositum:
Fac, ut mortis, etc.
8. Per dolorem, dum condebas,
Pia Mater, et linquehas
In sepulcro Filium:
Fac, ut mortis, etc.
9. Christe, cum sit hinc exire,
Da per Matrem me venire
Ad palmam victoriae.
Amen.
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