miércoles, 1 de febrero de 2012

Pensar antes que actuar para evitar equivocarnos




A nuestro alrededor suceden diversos acontecimientos, y muchas veces solemos juzgar sin que nos conste su verdad, dejándonos llevar sólo por las apariencias. Se requiere que reflexionemos si nuestras palabras y actos corresponden con la realidad, ya que no basta dejarse llevar solo por buenas intenciones.


Por el Pbro. José Martínez Colín



Un relato nos pone en evidencia ese peligro.
Eran dos familias amigas y vecinas. Uno de los vecinos, llamado Pedro, les compró un conejito a sus hijos. Los hijos del otro vecino, llamado Raúl, también tenían una mascota, era un perro pastor alemán.
Pedro le manifestó a su amigo Raúl que estaba temeroso de que el perro se comiera a su conejo. Pero Raúl le dijo que su perro apenas era un cachorro, que incluso podría hacerse un buen amigo del conejo al crecer juntos. Que no se preocupara, pues él sabía mucho de perros.
Parecía que Raúl tenía razón, pues iban creciendo juntos y aparentaban ser buenos amigos. Era normal verlos jugar juntos en el jardín al conejo y al cachorro.
Sin embargo, un viernes Pedro y su familia salieron para pasar el fin de semana a la playa sin llevarse al conejo.
Ya el domingo por la tarde, en casa de Raúl, estaba toda la familia tomando la merienda, cuando vieron entrar a su cachorro pastor alemán a la cocina. El perro, traía al conejo entre los dientes, todo sucio de tierra, reventado y, por supuesto, bien muerto. Se lo quitaron del hocico y le dieron una tremenda golpiza al perro.
Pero Raúl decía: “Pedro tenía razón, mi perro iba a acabar por matar al conejo. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo se lo decimos a los niños que se habían encariñado mucho con el conejo? En unas horas van a llegar”. Todos se miraban expectantes. El perro, a su vez, no dejaba de llorar afuera, lamiendo sus heridas.
En eso a uno de los hijos se le ocurrió una idea: “Ya sé. Vamos a lavar al conejo, lo dejamos limpio, y después lo secamos con el secador y lo colocamos en su casita, como si nada. Y cuando lleguen verán que se murió durmiendo”. Así lo hicieron. Hasta perfume le pusieron al animalito, y parecía dormido.
Estuvieron esperando en su casa hasta que oyeron que llegaron los vecinos. Casi inmediatamente oyeron los gritos de los niños. “Ya lo habrán descubierto” se dijeron.
No pasaron ni cinco minutos cuando el dueño del conejo, vino asustado a golpear la puerta. Parecía que había visto a un fantasma.
Como quien no sabe, Raúl le preguntó qué pasaba. Pedro apenas podía hablar: “El conejo, el conejo...” Raúl insistió: “Qué pasa con el conejo?” Pedro por fin pudo decirle: “El conejo está muerto…” Raúl se hizo el sorprendido: “Pero si parecía sano”. Pedro le aclaró: “No. Se murió desde el viernes. Fue antes de viajar, los niños lo enterraron en el fondo del jardín. Ahora aparece y… ¡hasta perfumado!”
La historia termina aquí. Pero ya se pueden sacar algunas conclusiones. El personaje de esta historia es el pobre perro. Lo imaginamos buscando por todas partes a su amigo el conejo y cuando lo encuentra lo lleva muy triste a mostrárselo a sus amos, pero éstos le dan una tremenda golpiza.
El error muchas veces proviene de juzgar con precipitación sin antes verificar los hechos y podemos hacer sufrir a alguien. Y atrás de ello muchas veces está el orgullo que nos impide pensar que podemos estar equivocados. Así pues, la solución es doble: ser más reflexivos y humildes.

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