lunes, 24 de enero de 2011

Tiranía semántica



La tiranía del Pensamiento Único se ha agudizado de tal forma que ni siquiera permite el uso de ciertas palabras, aunque nada tengan que ver en el contexto con los judíos.


Por Juan E. Olmedo Alba Posse


Ello ocurre precisamente en un mundo de brutales permisiones, donde se ha llegado a insultar sacrílegamente a lo más santo —Nuestro Señor
Jesucristo y su Santísima Madre— como lo hizo hace poco la televisión israelí sin que se levante el condigno reclamo y la exigencia de la correspondiente reparación.

En estos días la ex candidata republicana a la vicepresidencia de los Estados Unidos ha sido acusada de antisemita, por una frase dicha en respuesta a acusaciones relacionadas con los incidentes ocurridos en Arizona. La señora Sarah Palin expresó entonces, que “periodistas y expertos no deberían fabricar libelos de sangre que sólo sirven para incitar al odio y a la violencia que pretenden condenar”. Nada apartado del caso concreto. Pero, según repite “La Nación” (del 13 de enero de 2011), la han criticado diciendo que se trata de una frase “utilizada para justificar el antisemitismo” y representa una ofensa para los judíos (sic). “Libelo de sangre”, explica, es el término que se utilizó en la Edad Media para referirse a la acusación que se hacía contra los judíos de matar a niños cristianos para usar su sangre en rituales religiosos.

Es notable que la ridiculez de semejante susceptibilidad, extendida al repudio de palabras absolutamente ajenas a dobles intenciones, venga a servir como un boomerang. En primer lugar para recordar históricos crímenes cometidos por fanáticos judíos. Como lo reconociera recientemente el investigador israelí Ariel Toaff, autor del libro “Pasque di Sangue” (Pascua de sangre), declarando que tienen fundamento algunos libelos que acusaban a los hebreos de emplear sangre de niños cristianos en sus rituales. En su obra, Toaff sostiene que en la Edad Media extremistas judíos de las comunidades de Europa oriental (ashkenazíes) se habrían valido de la sangre, según acusaciones cristianas de la época, incluso reducida a polvo y empleada como medicina. Precisamente el libelo más conocido de aquella época, ocurre cuando al llegar la semana de Pésaj (Pascua), los judíos mataban a un niño cristiano y bebían su sangre como si fuese el vino con el cual celebran la liberación de la esclavitud en el Egipto faraónico.

En segundo término irrumpe el interrogante: ¿Acaso es antisemitismo acusar los asesinatos más aberrantes? Y da la respuesta implícita el valiente investigador judío: “Yo no renunciaré a mi devoción por la verdad ni a la libertad académica aunque el mundo me crucifique”; expresada en declaraciones recogidas por el diario israelí “Haaretz”.

Y en tercer lugar cabe una reflexión muy preocupada. Lo que está ocurriendo tiene una importancia gravísima, porque el avance de la extorsión denominada “antisemitismo” —aplicada ya sobre el uso de las palabras— sin duda no se va a detener frente a las severas palabras de Nuestro Señor Jesucristo, de San Pedro y San Pablo, de San Esteban y los seguidores cristianos, que figuran con absoluta precisión en las Escrituras. No falta mucho para que se exija su supresión. Y son predecibles muchos acomodamientos…

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